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Full text of "La margarita : album de las señoras catolico-monarquicas."

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ANTONIO PÉREZ DÜBRULL, EDITOR. 




DE LAS SEÑORAS CATOLICO-BIOMARQUICAS. 



CONTIENE ESCMTos DE 



Losaras. AnniñofdoFm Robae- 

tinul. 
Biedma (doña Patrocinio de). 
Carolina P. 
Esperanza. 
Floresta. 

Popel (dona Isabel). 
Earalegul (doña M. do la C.|. 
V loa bra. Al ircon (D. Julio). 
Aparísi y Guijarro. 



Bnríi«ona.(D. Joaquín). 
Barbagero (D. Justo). 
CarraT(D. U. P.). 
Doblas (II. Eduardo). 
Doldan(D. Homanl. 
Fábrecuen(l). Salvador María). ' 
García González (D. Arcadlo). J 
Hflvía (D. Domingo. ) 
InsausU (D. Patricio). 
Jornet. 



Juan de Luz. 

Uniere (D. Saatiairoi. 

Manterols, 

Marlia Melcar. 

Nombela (I). Julio). 

Novoa íD. Valentini. 

Perea (D. UMulio). 

Topífer. 

Valljuena (D. Antonio). 

Vizconde de la Esperanza. 




MADKID.-1871. 

ÍJII'IIKNTA X CABQO DE D. ANT0NIO PBUKZ DUillíULL, 

calle del Pez, núm. 6, prai. 



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ÁLBUM DE US SEÑORAS CATOLICO-MONAflOUlCAS 



AÑO I. 



2 ABRIL 1871. 



NÚM. 1." 



S O M ARIO .—Nuestro pensamiento.— Flor de 
siempre, por D. F. Martín Melgar,— Mantillas; 
peinetas, por Juan de Luz.— Loa Cápatenos df. i.a 
Moiia : rnprefltonBa lie viaje. — Bsllkzas db lx 
Rki-ichon: Snlve Regina.— Ecosdc Madrid — Mar- 
gar! taa.— Charada. 



NUESTRO PENSAMIENTO. 

Anunciado al público nuestro pro- 
pósito en el prospecto que á gdisa >¡c 
tarjeta hemos pasado á las señoras ca- 
tólico- monárquicas, deber nuestro es, 
al ser admitidos en su presencia, al 
hacerles la primera visita, darles á co- 
nocer, con la sinceridad que corres- 
ponde, todo nuestro pensamiento. 

Hace dos años que millares de espa- 
ñoles leyeron estas frases , que había 
trazado el mas honrado de los hom- 
bres políticos de España : 

"Doña Margarita de Borbon, decia, 
es un encanto. La he contemplado 
junto ala cuna de su hija, ocupada en 



domésticas labores, como Isabel la Ca- 
tólica. En aquella cuna, y en su mari- 
do, tiene su mundo. ¡Qué sencilla en 
su trato! ¡Cuan buena páralos pobres! 
;Qué hermana de caridad para los en- 
fermos! Bien lo supo el anciano Aré- 
valo poco antes de morir , y la bendi- 
jo... Cuando habla esa mujer, se le ve 
el corazón , y nada hay mas hermoso 
en el mundo: cuando habla, no quisié- 
ramos que acabase de hablar: porque 
hay en esa mujer una cosa rara , muy 
y es que tiene un ingenio pere- 
grino, pero ella no lo sabe. ¡ Dichoso 
el hombre que la llama su esposa! 
¡Dichoso el pueblo que la salude su 
Reina!" 

Tal fue el primer retrato que el má- 
gico pincel del ¡lustre Aparisi y Gui- 
jarro hizo de la egregia Princesa unida 
al heredero legítimo del Trono de Fe- 
lipe V y de Carlos III; y esta pintura 
tan sencilla como fiel cautivó los co- 



,v- 






ír~ 



— 2 — 



razones, convirtiendo á doña Marga- 
rita en un ídolo. 

Desde entonces hay un deseo en to- 
dos los que anhelan el triunfo de la 
legitimidad: amar y ser amados de tau 
noble señora. 

¿Qué poder humano habrá que lo- 
gre impedir que la ilustre desterrada 
reine, si no en el Trono, en el corazón 
de los que la conocen , de los que es- 
peran la salvación y la felicidad de su 
cariño? 

Pues bien : sin eludir las leyes exis- 
tentes ; sin incurrir en las iras legales 
de los que gobiernan, podemos en este 
inofensivo semanario dar espausion y 
desahogo a ese afecto purísimo que nos 
une á la ilustre Princesa; conocer sus 
deseos, sus pensamientos; admirar sus 
cualidades: adorar sus virtudes; acos- 
tumbrarnos mas y mas á esperarlo 
todo de su buen corazón, de su privi- 
legiado talento, y ofrecer á su alma 
dulcísimo consuelo , llevando á su re- 
tiro la espresiou de nuestro profundo 
respeto, de nuestro acendrado cariño. 

¿No es verdad, apreciables lectoras, 
no es verdad que al saber á menudo 
lo que piensa , lo que hace, lo que 
anhela la Reina... de nuestro corazón, 
esperinientareis una pura alegría? ¿No 
es verdad que os complacerá en estre- 
mo conocer sus proyectos, participar 
de sus esperanzas , oir á cada instante 
detalles de su vida íntima , figurárosla 
á cada momento animando á los tími- 
dos, calmando álos impacientes, con- 
solando á los afligidos, y contemplan- 
do en sus sienes la aureola do la espo- 
sa y de la madre, ya que no todavía 
la Corona de la soberana? 

Pues del mismo modo complacerá á 
doña Margarita tener noticia de vues- 
tros pensamientos , escuchar vuestras 



quejas, saber por vosotras lo que su- 
fre el país, y animaros con su ejemplo. 
Profundamente religiosa la ilustre 
Princesa, amante del hogar, de la fa- 
milia, no desdeña el progreso verda- 
dero; al contrario, lo desea para Es- 
paña. Sabe que es necesario endulzar 
los trabajos con lícito recreo: y siguien- 
do en todo sus inspiraciones , adivi- 
nándolas , demostraremos que no son 
las tinieblas, sino la luz; que no es el 
fanatismo, sino la Religión purísima; 
que no es la ignorancia repugnante, 
sino la civilización cristiana , lo que 
desea ofrecer á España el partido que 
la considera como su ídolo. 

En este Álbum, que, de seguro, no 
rechazarán ni aun nuestros adversa- 
rios — que sabrán respetarle porque se 
liará apreciar — aprenderán á hacernos 
justicia, y se convencerán de que lo 
que queréis al ser políticas, es cum- 
plir la misión que Dios ha dado á la 
mujer; esto es, curar las llagas que 
destruyen la sociedad, enjugar las lá- 
grimas que cuestan las luchas intesti- 
nas, cultivar el hermoso ramo de oli- 
va, y asentar el reinado de la paz, para 
que á su calor fructifiquen los grandes 
heroísmos, las santas virtudes, las hon- 
rosas acciones. 

Buscando la forma mas amena , pi- 
diéndoos la asidua revelación de vues- 
tras ideas en favor de los santos prin- 
cipios que defendemos, ansiamos es- 
trechar mas y mas los lazos que nos 
unen á doña Margarita, justificar á los 
ojos del mundo entero nuestras aspi- 
raciones, y hacer una propaganda le- 
gitima, honrada, fecunda. 

Con que conozcan todos á la ilustre 
Princesa ; con que os conozcan , basta. 

Nuestro Álbum se ocupará en todo 
cuanto pueda interesaros ; y para que 



¿I 



- 3- 



Dios nos conceda el acierto necesario, 
invocamos la protección fiel Altísimo, 
imploramos, al comenzar nuestro tra- 
bajo, la bendición del Jefe visible de la 
Santa Iglesia , y dedicamos nuestras 
tareas á la augusta Princesa cuyo que- 
rido nombre nos sirve de emblema. 
La Redacción-. 

flor de siempre. 

v 

Crece en los hermosos campos 
de la dulce patria mia 
una flor, la mas modesta 
que el manso viento acaricia. 

Mécese su erguido Tallo , 
no por ensalzarse altiva , 
pero para ver el cielo 
y recibir sus sonrisas. 

Blanca diadema de perlas 
sus pétalos simbolizan, 
y un broche de oro en el centro 
del sol á los rayos brilla. 

¡Bendita flor que así hermana, 
humildad y gallardía! 
violeta que no se oculta, 
sino que á los cielos mira. 

Dios la arrojó en nuestros campos, 
prendió en ellos su semilla, 
y sin ajenos cuidados 
por todas partes germina. 

Ella engalana los valles , 
ella viste las colinas, 
sin tener mas jardinero 
que el sol, el agua y las brisas. 

Aunque manos despiadadas 
pretendieran destruirla, 
por cada flor que arrancasen 
veinie nuevas brotarían. 

Pues quiso Dios que en mi patria 
esa flor perenne viva, 
y habiendo un palmo de tierra 
brotará una margarita. 

As! también el recuerdo 
de otra flor aun mas querido, 
en los pechos españoles 
con el corazón palpita. 

Otra flor del mismo nombre, 
mas modesta todavía, 
que también lleva la frente 



con diadema guarnecida. 

Dios la formó para España, 
que lejos de ella agoniza, 
y la espera como al ángel 
que ha de cerrar sus heridas. 

Ella reina en las montañas , 
ella en los valles domina, 
respétanln en los palacios , 
bendíccnlacn las campiñas. 

Aunque arrancar un recuerdo 
pretendan manos impías, 
no podrán, como no arranquen 
con el recuerdo la vida. 

¡Bendita ti ¡r, cuya imagen 
al q ue.su fre fortifica, 
y en quien las almas cristianas 
cuanto hay grande simbolizan! 

¡Bendita también mil veces, 
beodita la patria mh! 
¡Mientras tenga un pecho honrado, 
latirá por MARGARI TA! 

F. Martín Melgar. 



MANTILLAS Y PEINETAS. 



Nadie ha dado en el quid. 

En vano ha asegurado algún perió- 
dico que carece de malicia la elección 
de mantillas de casco y peinetas de 
teja que las señoras de la aristocracia 
han exhumado para adornarse. 

En vano han demostrado que, en 
vez de ser un acto de oposición, es 
pura y simplemente una necesidad de 
reemplazar los figurines de la moda 
francesa, que con motivo de la guerra 
se han escondido y no dan señales de 
vida. 

Indicaciones, protestas, todo ha sido 
inútil. 

— Pero i por qué, se preguntan las 
personas imparciales, por qué los que 
gobiernan han visto en las peinetas 
y las mantillas un acto de rebelión 
contra la dinastía revolucionaria? 

La razón es muy sencilla. 

Las hombres que hoy dominan, ma- 
nifestaron también con la cabeza, hará 
cosa de doce años , su oposición al go- 
bierno que entonces regia los destinos 
del pais. 



fr 



— 4 - 



Los progresistas estaban en des- 
gracia. 

D. Salustiano de Olózaga, que tiene 
algo de infantil , no podia vivir en Ja 
soledad, en el silencio: necesitaba lla- 
mar la atención, sacar á su partido del 
ostracismo, y, en su alan de reformar, 
en su anhelo de destruir los obstácu- 
los tradicionales, se levantó una ma- 
ñana inspirado, y esclamó: 

— ¡Voy á salvar el pais; voy á abolir 
el sombrero de copa alta! 

La idea pareció peregrina á sus 
amigos. 

— ¡Cuando el gobierno nos vea &, 
todos con sombrero hongo , pensaron, 
temblara ! 

Hubo varias reuniones ; se consultó 
á los sombrereros; los periódicos trata- 
ron en artículos de fondo esta cues- 
tión capital, y poetas y prosistas, mu- 
chos de los que hoy son eminencias, 
tuvieron la bondad de regalar á Espa- 
ña un libro en el que cada cual emitió 
su opinión sobre aquella reforma, que, 
en concepto de sus iniciadores, debia 
hacer una revolución. 

Ventura de la Vega honró aquel li- 
bro con este inolvidable dístico: 

Yo ni apadrino ni rechozo ol uonjro: 
si todos so lo ponen, me lo pongo. 

Preparadas las cosas después de mu- 
chos cabildeos, se dieron cita los hon- 
guistas , y era de ver al turgente señor 
Olózaga con su gracioso sombrerito de 
pastor de la Arcadia, y á otro porción 
de amigos suyos , cruzando el Prado 
como quien está seguro de producir 
honda sensación en la sociedad. 

Dios sabe lo que hubiera pasado si 
aquella tarde no hubiese refrescado 
una menuda lluvia el hongo y la ca- 
beza acalorada de los progresistas. 

Por fortuna, aquel primer paso de la 
revolución se ahogó , y el gobierno sa- 
lió ileso de tan rudo ataque. 

Los sombrereros hicieron su neo- 
do , y la cosa no pasó adelante. 

Ahora bien: como los hombres de la 
situación creyeron por aquel medio 
acabar con el gobierno tiránico que 
imperaba , ¿tiene algo de estraño que, 



en su adorable candidez , hayan visto 
un peligro para las instituciones vi- 
gentes en las mantillas y las peinetas? 

Hay, pues , que perdonarles la alar- 
ma en gracia del susto que se han lle- 
vado-, y hasta, si es necesario, pre- 
guntarles si pertenece ó no á los dere- 
chos ilegislables el de vestirse al gusto 
propio , ó si ha de ser al gusto del go- 
bierno. 

Por lo demás , si no fuera cierto 
aquello de que cuando la Providencia 
quiere perder á los hombres los ciega, 
ellos, los que blasonaban de ser espa- 
ñoles de pura raza , se habrían entu- 
siasmado, ó hubieran fingido que se 
entusiasmaban, al ver á las señoras de- 
jar de ser esclavas de la moda francesa 
para buscar en los recuerdos españoles 
airosos trajes , lucidos adornos , y, so- 
bre todo , recuerdos gratos al alma y 
halagadores al orgullo nacional. 

¿No acusan á las damas porque vi- 
ven á la francesa , porque tienen cria- 
dos estranjeros, porque son tributarias 
de la industria esterior? 

¿Pues por qué no alentar ese rena- 
cimiento? 

_ Y, sin embargo, esto, que parece fú- 
til é insignificante , encierra un prin- 
cipio salvador. 

Para que España exista es necesario 
que haya españoles ; y para ser buen 
español es preciso , absolutamente pre- 
ciso, que la riqueza de España se con- 
suma en España ; que las costumbres 
tengan carácter propio; que se esti- 
mule el trabajo ; que se aliente el es- 
píritu industrial en nuestra patria; 
que tengamos á gala no usar otros pro- 
ductos que los nacionales, porque solo 
así podremos salvar de la pobreza á 
las clases desheredadas , y contribuir 
al engrandecimiento del pais. 

Esta idea ha sido y es una de las 
mas vehementes de doña Margarita. 

En una nación en donde hay cos- 
tumbres y recuerdos gloriosos, no es 
posible , sin una abdicación lamenta- 
ble, ronunciar á lo que se posee, para 
pedir al estranjero lo suyo. En un pais 
donde las mujeres tienen bastante ima- 
ginación y bastante gusto para ador- 



mí/ 



-5 - 



narse y embellecerse sin necesidad de 
inspiraciones artificiales de fuera, es 
una verdadera desdicha que aguarden 
todas el figurín francés. 

Es necesario hasta exagerar el es- 
pañolismo para volver á ser dignos de 
habitar en una nación civilizada ; es 
necesario buscar la realización, no solo 
de las necesidades , sino de los capri- 
chos, en el trabajo y en el ingenio es- 
pañol. 

Y si algún dia quiere Dios, como 
esperamos y deseamos, — si es el deseo 
ilegislable, se entiende; — si algún dia 
quiere Dios que nuestras esperanzas 
se realicen , todas las mujeres que se 
identifiquen con doña Margarita imi- 
tarán su ejemplo , y su ejemplo será 
dar á todo lo español la preferencia, y 
lograr que la moda, siendo tambieD 
española , en vez de arruinar á las fa- 
milias , sea el sosten de las clases tra- 
bajadoras, y la manifestación del buen 
gusto y de la virtud de las damas es- 
pañolas. 

Lo que hoy quieren evitar unos 
pocos, lo aceptarán mañana todos. 
Por de pronto, nos consta que en la 
próxima Semana Santa estrenarán lu- 
josas mantillas las damas mas distin- 
guidas de Madrid. 

Animo , lectoras : sed españolas, y 
vuelva la mantilla á su apogeo. 

Los que os combatan tienen que ser 
por fuerza españoles degenerados. 

Juan de Luz. 



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LOS CAPRICHOS DE LA MODA. 



IMPRESIONE» DE VIAJE. 
I. 

Paréceme, queridísimas lectoras de 
La Margarita, que muchas de vos- 
otras estáis ya preparando vuestros 
mundos y vuestros mas elegantes tra- 
jes para ir á lucirlos en Bayona, Biar- 
ritz , tal vez en Spa y Vichy ; algunas 
en San Sebastian, Alzóla ó Bilbao; no 
pocas en Santander, Castro y Sardi- 
nero ; bastantes en Andalucía y Va- 



lencia ; muy pocas en Galicia, esa Es- 
cocia de España, y las mas modestas 
en Pozuelo, el Escorial, ó Avila. 

Desde luego os felicito , y os deseo 
que salgáis bien de vuestra empresa; 
pero leed antes las impresiones espe- 
rimentadas por mí el año anterior. 

Para que me comprendáis mejor, 
voy á contaros sucintamente mi his- 
toria, que es por do mas sencilla. 

Yo soy hija de un antiguo militar 
que llegó á coronel en las filas del 
ejército de D. Carlos, pero que no quiso 
reconocer nunca á doña Isabel ; por lo 
cual no conservó de su graduación mas 
que el mal humor, propio de todos los 
veteranos, y la costumbre de mando. 

Habiendo venido á Madrid el año 
1850, se casó con mi madre , y á los 
dos años estábamos en el mundo mi 
hermano y yo. 

Como este nada tiene que ver con 
mi viaje, haré caso omiso de él. 

Mi madre murió cuando yo tenia 
ocho años, y por esta causa fui escesi- 
vamente mimada por el autor de mis 
dias. 

Uno solo de mis caprichos no pude 
conseguir ver satisfecho: el de ve- 
ranear. 

Mi buen padre decia que no debe 
viajarse sin motivo. 

Hace dos años contraje matrimonio 
con un joven que me adora . y el ve- 
rano pasado vi satisfecho un deseo 
que yo creia insaciable, y que os pro- 
meto no volveré á tener. 

Tiene razón mi padre ; no se debe 
viajar sin motivo, y el veranear no es 
motivo suficiente. 

Una vez casada, todo el invierno lo 
pasé en convencer á mi marido de que 
debíamos salir de Madrid por el verano. 

Como Enrique (este es el nombre de 
mi marido) me ama con estremo , con- 
seguí al fin mi objeto. 

Aunque nuestra fortuna es modesta, 
podíamos permitirnos este lujo. 

Cuando ya habíamos decidido vera- 
near, la discusión del punto donde ha- 
bíamos de ir nos tuvo indecisos bas- 
tante tiempo. 

Al fin nos decidimos por las provin- 



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ir 



— 6 — 



cías Vascongadas, con intención de lle- 
gar á Francia. 

II. 

El dia 16 de julio salimos en el tren 
expresa, á las cinco y media de la tar- 
de , después de haber estado tres dias 
desesperada , ya con la modista , que 
no me acababa los sombreros ó los ves- 
tidos , ya con que el mundo era poco 
para contener el equipaje , ya con to 
dos los inconvenientes que ocurren 
siempre antes de salir. 

Por la mañana habia estado en la 
iglesia del Carmen , para oir misa en 
el altar de la Virgen , y pedirle su po- 
derosa protección durante el viaje. 

Mi buen padre salió á despedirnos 
ala estación, y estando en el anden, 
repetía su eterna caución: "No se debe 
viajar cuando no hay necesidad de 
ello." 

Por fin la locomotora partió , arras - 
trando una larga fila de carruajes de 
primera clase, y dejando en pos de RÍ 
una nube de negro humo. 

Llevaba por compañeros de viajo 
una señora con su esposo , alto em- 
pleado en el ministerio de Hacienda, 
según nos dijo, amigo íntimo de Fi- 
guerola, y escuso deciros que ardiente 
partidario de la gloriosa revolución 
que le habia elevado, de escribiente 
en una administración de carros de 
mudanzas, á jefe de tino de los princi- 
pales negociados. 

Iban también en el mismo compar- 
timiento que nosotros dos franceses, 
oficiales del ejército, que viajaban por 
España con licencia, y que marchaban 
á reunirse á sus banderas con motivo 
de la guerra, próxima á comenzar , y 
que tan funestos resultados ha traído 
á la orgullosa nación que se jactaba 
de estar á la cabeza del mundo civili- 
zado, aunque no sabemos lo que Dios 
le tendrá reservado en sus inescruta- 
bles designios. 

Al principio reinó entre los seis via- 
jeros un profundo silencio, hablando 
pocas palabras , y estas sotto voce , mi 
marido y yo; pero como en estos tiem- 
pos de vapor y electricidad dos perso- 



nas que se hayan visto dos veces ya 
se llaman amigos, cuando llegamos al 
Escorial la conversación se habia ani- 
mado en estremo , en lo cual tuvieron 
bastante parte los franceses. 

El empleado de Hacienda nos habia 
dicho que iba á Víchy. porque padecía 
una dolencia crónica del hígado, que 
habia adquirido en la emigración, y 
que mientras tanto su esposa queda- 
ría en San Sebastian, donde tenia ha- 
bitación en el Parador Real, pedida y 
la desde el mes de mayo. 

Apenas la mujer del empleado de 
Hacienda hubo oido que yo no habia 
salido nunca de Madrid mas que para 
ir de campo, ó cosa parecida, empezó 
á darnos cuenta de los viajes que todos 
los veranos emprendía, mezclando en 
su chachara algunas palabras en un 
francés que hacia asomar la sonrisa á 
loa labios de nuestros compañeros de 
viaje, y otras en españul que nos hi- 
cieron encoger de hombros mas de una 
vez á mi marido y á mí. 

Cuando pasamos el puerto, el fresco 
nos hizo cerrar las ventanillas y poner- 
nos los abrigos. 

El empleado de Hacienda, como 
siempre decían, tanto él como su cara 
mitad, que no habia dejado de fumar 
á pesar de la presencia de dos señoras 
en el carruaje, produjo tal nube de 
humo, que, enrareciéndose la atmósfe- 
ra, tuvimos, para no ahogarnos, que 
abrir las ventanillas, y ya podéis co- 
nocer, amables lectoras mías, qué pla- 
cer tendríamos en aquellos instantes. 

Ai llegar á Avila cesó por algún 
tiempo nuestro tormento. 

Enrique bajó á la fonda y me hizo 
servir un chocolate. 

— Vo no acostumbro tomar nada de 
los hoteles del camino de hierro, dijo 
mi compañera de carruaje, porque en 
ellos todo es caro y malo: y así que 
por eso traemos las alforjas bien pro- 
vistas. Cuando pasemos de Avila ce- 
naremos, y pueden Vds., si gustan, 
hacerlo con nosotros , que para todos 
habrá. 

Dímosles las gracias por su ofreci- 
miento. 



V^- 



J) 



- 7 — 



El marido tomó entonces la palabra, 
y nos ponderó , lo mismo que su mu- 
jer, lo bueno que era cuando se viaja- 
ba llevar buena prevención de fiam- 
bres. El hablaba por esperiencia , pues 
babia viajado mucho, y estaba con- 
vencido de que cualquier cosa que se 
comía costaba un sentido. 

Momentos antes de salir de Avila 
subió á nuestro coche un caballero de 
bastante edad, que nos saludó con es- 
quisita urbanidad , y que hizo cesar 
las habladurías del alto empleado de 
Hacienda^ 

Nuestro nuevo compañero venia 
muy embozado en un abrigo azul os- 
curo, y con unos anteojos de viaje, de 
modo que , unido á la poca luz de la 
lámpara, apenas se podía juzgar de 
su semblante. 

Sin embargo, su cortesanía prevenía 
en su favor, y Enrique se apresuró á 
hacerle lado en nuestra banqueta. 

Cuando el tren volvió á emprender 
su marcha , el matrimonio comenzó 
sus preparativos sacando las provisio- 
nes de las alforjas. 

Las tales alforjas eran una enorme 
cesta de camino, llena de fiambres, en 
que figuraba el pavo trufado y otros 
no menos delicados , y muchas pastas. 

Volvieron á repetir otras dos ó tres 
veces sus interminables ofrecimientos, 
sazonándolos con la muletilla de lo 
malo y de lo caro que era todo en las 
fondas , y que ellos hablaban por espe- 
riencia 

Después de concluir ellos su cena, 
procuramos todos acurrucamos lo me- 
jor posible para pasar el resto de la 
noche, la que trascurrió sin mas nove- 
dad que la de tener que volver á abrir 
las ventanillas para dar salida á las 
nubes de humo de los inacabables ci- 
garros del amigo de Figuerola. 

(Se eoiMinuardj CAROLINA P. 



BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



SALVE, REGINA. 

Salve, Reina poderosa 
de cuanto el espacio encierra, 




de los cielos, de la tierra, 
del tiempo y la eternidad; 
Madre de misericordia 
que ofreces á los mortales 
los bálsamos celestiales 
de eterna felicidad. 

Dios te salve, soberana 
Reina. Madre y Virgen pura, 
vida, esperanza y dulzura 
del misero pecador; 
que ñor Tí Hora y suspira, 
y :i Tí llama fervoroso 
en el valle tenebroso 
de lágrimas y dolor. 

Vuélvenos esos tus ojos, 
que, pues son del alma espejos, 
cuanto alcanzan sus reflejos 
se inunda en luz celestial; 
y después de nuestro viaje 
muéstranos, clemente v pia. 
á quien se hospedara un día 
en tu seno virginal. 

En el mar de laexistencia 
sea tu piedad, Señora, 
nuestra tabla salvadora, 
nuestro robusto sosten; 
para que dignos seamos, 
por tu gracia omnipotente, 
de gozar eternamente 
las delicias del Edén. 

Obdulio de Perea 1 . 

— <--py«d — 

ECOS DE MADRID. 



Por esta vez me limitaré á esplicar 
el objeto de este artículo , que formará 
parte del Álbum que ofrecemos á las 
lectoras. 

Nada hay que despierte tanto inte- 
rés como la narración de los sucesos 
que. encadenados, constituyen la vida 
de las sociedades. 

La realidad supera á la novela me- 
jor imaginada, y como dicen, y es ver- 
dad, que la esperiencia es el gran libro 
de la vida , brindaremos á las lectoras 
e3ta esperiencia hasta donde sea posi- 
ble . contándoles cuanto suceda y ave- 
rigüemos. 

Como la mariposa, libaremos el cá- 
liz de todas las flores. 

Dando hoy cuenta de nn baile , ha- 
blando mañana de nna función teatral, 
buscando á todas horas los episodios 
mas interesantes de la vida íntima, 



I -te eminente poe'.a católico ha bajado al 
sepulcro "ti noviembre último, liejanflo ana be- 
llísima colección «le poesías religiosas. 




/>= 



^ 



— S — 



examinando todos los actos que se rea- 
licen y sirvan para estimular al bien 
y para apartar del mal, recogiendo las 
(rases mas elegantes y discretas /sa- 
cando de las sombras del misterio los 
rasgos de virtud y de heroísmo parti- 
culares que pasan desapercibidos: en 
una palabra: formando un ramillete 
de ideas, de anécdotas, de escenas, de 
frases y de retratos morales, ameniza- 
remos esta sección; y con la fina y de- 
corosa sátira, ó el entusiasta y razona- 
do elogio, fijaremos algunos principios 
que constituyan la educación moral, 
que enseñen deleitando, y que pongan 
coto á ciertos estravíos, á ciertas de- 
bilidades que se naturalizan poco á 
poco en la sociedad y en la familia, dis- 
frazados con el ropaje de la elegancia, 
porque no hay un portero que los co- 
nozca, les arranque la máscara y les 
niegue la entrada. 

Esto serán los Ecos de Madrid , y 
confiamos en quela provincia y la aldea 
nos suministrarán también datos pre- 
ciosos para completar nuestro cuadro. 

• 
» » 

La ocasión en que ve la luz La 
Margarita nos impone cierto recogi- 
miento. 

Hemos salido de la semana de Pa- 
sión y entramos en la Semana Santa. 

Dias son estos que deben consagrar- 
se, y lian consagrado nuestras lectoras, 
á la meditación , á las prácticas reli- 
giosas. 

No podemos, no debemos turbar su 
devoción. 

Consolador y edificante ha sido el 
espeotáculo que han ofrecido los tem- 
plos en la última semana. 

Todas las clases de la sociedad , la 
aristocracia y el pueblo confundidos 
en el sentimiento religioso, han acu- 
dido alas iglesias, abandonando los pa- 
seos y las distracciones, á conmemo- 
rar los Dolores de la Virgen Santísima. 

El Carmen, las Calatravas , San 
Antonio délos Portugueses, los Ita- 
lianos y San Marcos, han reunido bajo 
sus santas bóvedas á las señoras mas 
ilustres y mas distinguidas de Madrid. 



¡Qué felicidad tan inmensa la que 
brinda la fe! 

¡Oh! en aquellos momentos en que 
la imaginación se fijaba en las amar- 
guras de la Madre de Dios ; cuando 
penetraban en el alma las palabras del 
sacerdote , los dulcísimos acordes del 
órgano, olvidando las desventuras que 
nos rodean , podíamos creernos los se- 
res mas dichosos de la tierra, 

¡Qué bálsamo tan consolador caia 
en nuestra alma! ¡Qué ideas tan puras 
las que inspiraba la oración! 

¡Ah! solo el ateísmo descarado ó en- 
cubierto, que es el espíritu que alien- 
ta la revolución , puede ser causa de 
los males que lamentan los pueblos 
que han perdido la fe. 

Si los que gobiernan fueran profun- 
damente religiosos; si se inspiraran en 
el catolicismo , harían el bien , porque 
no se concibe, después de conocer la 
felicidad que ofrece al que lo hace, ol- 
vidar por completo que Dios ha queri- 
do que seamos hermanos. 






Y basta por hoy: ya saben las lecto- 
ras mis propósitos. 

Abandonemos todo lo que pueda 
apartarnos del recogimiento religioso 
á que la Iglesia nos convida, y que 
tanto necesita nuestra alma. 

Esperanza. 

MARGARITAS. 

La ley debe ser la justicia escrita. 

(De Levls.) 

El que está contento de sí , descon- 
tenta a muchos. 



(Alhi.) 



Prima y torcía 
v.u] ,\ vienen, 
lian noticias, 
entroticn mi: 
de la ausencia 
bou consuelo, 
calmar i 

'anhelo, 
y nos llenan 
ile tristeza, 
ó noa brindan 
el plncor. 



CHARADA 



La sopunda 
es flor hermosa, 
la mas noble 
y primorosa. 
Si va unido 
a Ja tcrconi. 
de las domos 
enumera 
el talento 
y travesura 
que embellece 
o le. mojen 



Nombre dnn 
las tres uiiidn.í 
fi Las «Imnii-j 

impii ios, 

las mujeny 

*as, 
íiiwtr.ulaa, 
bondadosas, 
de la batí la 
(l no adoramos 
esperanza. 
honor y prez. 



MADRID. 1871. -Imprenta de La Enperan;a , 
cargo de D. A. Pérez Dubrull, Pez 6. 



r? 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATGLICO-MQNARQUICAS 



AÑO I. 



9 ABRIL 1871. 



NÜM. 2." 



Si;mario.-E1 Pasado y ol porvenir, por 
Juan do Luz.— Bbllbzas db la ItBi.rciON: La lío- 
ion, por doña María C. Saralejrui de Cu- 
mia.— Caprichos db i..\ Moda: EttlpresJ 
viajo (continuación), por doña Carolina p.— Bo- 
CARLisTAfí: D. Natías Vatl, diputado por 
en, por X.— Curiosa relación do las artes 
■■■ engallan i los bnenoaoristíanos los here- 
jes que han venido de Estrnnjis: romance de cie- 
ga Iiarú abrir los ojosa los tontos, por XXX. 
—Ecos de Madrid.— Margan lu3. 



EL PASADO Y EL PORVENIR. 

Si España entera hubiera podido 
asistir á la sesión preparatoria del Con- 
greso, ¡ qué lección tan elocuente ha- 
bría recibido! 

Los periódicos han referido ya lo 
que allí sucedió; pero no es lo mismo 
oir que ver. 

Yo voy á ver si puedo dar una idea 
exacta á mis lectoras, trazar el cuadro, 
que bien merece la pena de figurar en 
la galería contemporánea como uno de 
los mas edificantes y sorprendentes. 

Llegó la hora en que debían congre- 
garse los representantes del país, y al- 
gunos minutos antes llenaban el salón 
de conferencias y los elegantes pasi- 
llos multitud de diputados. 



La alegría de los ministeriales era 
inmensa. Dábanse unos á otros apreto- 
nes de manos, abrazos entusiastas; con- 
tábanse las peripecias de su elección, y 
como si fueran dueños de la situación, 
miraban de reojo á los desconocidos. 

— Hay muchas caras nuevas, decía 
uno. 

— Esas son las temibles, contestaba 
otro. 

— To estoy seguro de adivinar á los 
carlistas. 

— Eso es muy fácil : todo3 los ros- 
tros compungidos, todos los ojos cón- 
cavos, todas las caras mondas y liron- 
das, son de carlistas. 

— Y luego el traje y el modo de 
llevarlo les ha do denunciar. 

— Levitas abrochadas hasta arriba; 
¿no es eso? 

— ¡Magnífico! 

— Corbatines de raso negro altos, 
con un conato de cuello de camisa. 

— ¡Soberbio! 

— Sotabarba... 

— Eso no, poco á poco: la sotabarba 
es también un adorno progresista. 



— 10 — 



— Pantalón negro muy estrecho y 
un bastón de muleta... Los que vean 
Vds. así, son carlistas de fijo. 

— Allí va uno que parece... 

— ¿Aquel? 

— ¡Hombre, por Dios, si aquel es un 
demócrata! 

— Pues no se ve ningún original de 
los que acaba V. de darnos ten fiel re- 
trato. 

— Ya vendrán , ya vendrán , que no 
son pocos los que han logrado salir de 
las catacumbas. 

— Por supuesto, que todos serán 
viejos, ¿eh? 

— ¡Es natural...! Del año 33. 

— Ruinas , amigo mió , ruinas. 

— Me parece que han llamado á la 
puerta. 

— ¡Está V. en su juicio! 

— Oigo una campanilla. 

— Es la que nos llama al salón de 
sesiones. Vamos, vamos adentro. 

Los ministeriales se agruparon á la 
derecha, los republicanos á la iz- 
quierda. 

— Y los carlistas , ¿ dónde estarán? 
se preguntaban los radicales. 

— Allí aparece Nocedal... ¡Ellos son! 
quince... veinte... treinta... cuarenta... 
¡diantre! ¡Eso es un regimiento! 

— ¿Pues qué diria V, si á última 
hora no hubieran los agentes del go- 
bierno...? 

— ¡Silencio , que principia la sesión! 

El Sr. Moya , por obra y gracia de 
la viveza de sus electores , pudo ser el 
primero en presentar su acta, y presi- 
dió al principio. 

Pero era necesaria una mesa de 
edad. 

Después de los preliminares , se vio 
que el mas anciano de los presentes 
era D. Matías Valí. 

Y el bizarro general carlista de este 
nombre pasó á ocupar la presidencia. 

¡Digo, eh! ¿les parece á Vds. un sar- 
casmo de la suerte mas eficaz? Todo un 
veterano de la guerra civil , un héroe 
de los campos de batalla, que represen- 
taba ademas cerca de cuarenta años 
de lealtad , do silencio , de sacrificios, 



de consecuencia, venerable por sus anos 
y por su historia, ¡presidir á la mayo- 
ría prestidigitalmente elaborada en el 
gabinete particular de un ministro re- 
volucionario! 

¡Tiene que ver! . 

—¡Es natural ! dijo uno de los de la 
derecha sacando fuerzas de flaqueza, 
con lo cual dicho se está que era 
moro fronterizo: nos preside el pasa- 
do... Lo mas remoto es el carlismo... 
no hay que estrañar que se haya le- 
vantado del sepulcro para ocupar la 
silla presidencial. 

Esta frase cundió como un consuelo 
en las filas ministeriales. 

Sin embargo, algunos unionistas de 
los mas largos de vista fijaban sus mi- 
radas en los bancos de donde habia sa- 
lido el Sr. Valí. 

Iban á designarse los secretarios de 
entre los diputados mas jóvenes. 

— ¡Lo que es ahora, no hay cuidado! 
esclamó un progresista de los que aun 
creen que han progresado. 

Pero ¡nuevo sarcasmo, ó , mejor di- 
cho , elocuente lección ! 

Secretario segundo : D. Matías Bar- 
rio Mier, joven carlista. 

Secretario cuarto : el conde de Ro- 
che, otro joven , y también carlista. 

— ¡Dos! ¡Eso es demasiado! 

— ¡Cómo qué! 

— Dos carlistas secretarios de edad. 

— ¡Horror! y son simpáticos, y suben 
con desenvoltura , y uno de ellos tiene 
barba corrida, es elegante, airoso, y el 
otro llega con el prestigio de su méri- 
to, con la reputación de su talento. 
Esto no puede ser... nos han engañado: 
esos no son carlistas. 

—Pues mire V: en los bancos donde 
se sientan abundan los jóvenes sin so- 
tabarba , sin cuello alto , sin bastón de 
muleta. 

— Luego no es solo la generación 
que se va la carlista , sino la que viene. 

— ¡Habráse visto cosa igual! ¡Jóvenes 
y carlistas, ó, como quien dice , jóve- 
nes y ya tan desgraciados ! 

Sí, radicales; sí, revolucionarios, 
vosotros nos habéis permitido, con la 



— 11 — 



revolución que habéis hecho, que po- 
damos demostrar á España que el pa- 
sado y el porvenir están reunidos por 
un lazo: la fe, la santa fe que vosotros 
habéis perdido. 

Nosotros os mostraremos oradores 
tan elegantes , tan elocuentes y mas 
profundos que los vuestros ; en sus de- 
claraciones hallareis la verdad que 
triunfa siempre, y la verdad es que la 
salvación de España en el porvenir es 
la juventud carlista que habéis visto 
en el Congreso , y la que no habéis 
visto. Pero, Dios mediante, la veréis 
pronto, dándoos ejemplo de abnega- 
ción , en otras partes, en las acade- 
mias católicas, por ejemplo, de respeto 
á la ley, de veneración al Trono y de 
amor al progreso, que viene en linea 
recta del cristianismo, y que en vues- 
tras manos es infecundo porque habéis 
separado la rama del tronco, porque 
habéis reemplazado con el estéril egoís- 
mo la hermosa caridad cristiana, sin 
la cual no es posible ni la sociedad , ni 
la civilización. 

JüAN de Luz. 



BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



LA RESURRECCIÓN. 

FRAGMENTO. 
Reina del cielo, alégrate : aleluya. 

Era al despuntar el alba del dia ter- 
cero después de aquel en el que los 
cielos y la tierra fueron mudos espec- 
tadores de la escena sangrienta del 
Gólgota. Apenas las montañas, estre- 
mecidas por los sacudimientos que es- 
perimentaran en la muerte de su Crea- 
dor, habían recobrado su antigua exis- 
tencia. Ni el Key de los astros devol- 
vía á su radiante disco la hermosura 
de su gala. Las hijas de la ciudad deici- 
da lloraban pesarosas los tormentos del 
Nazareno. 

La purísima perla de la creación 
yacia abismada en el insondable mar 
de su amargura. La candida Paloma 
de Nazareth permanecía escondida en 



las concavidades de la peña. María , la 
mas hermosa de las mujeres, la mas 
amante y afligida de las madres, la es- 
clarecida Reina de los mártires , que, 
cual intrépida heroina, de pie junto á 
la cruz de su Hijo, se sobrepuso á 
los mas acerbos dolores, y sola, aban- 
donada, fue mas fuerte que la in- 
feliz Agar, permanecía retirada en un 
aposento de la ingrata Jerusalen , re- 
pasando en su dolorido corazón los 
misterios de la regeneración del linaje 
humano , cuando ; oh maravilla de la 
omnipotencia de Dios ! súbitamente 
aparece ante sus nublados ojos, ra- 
diante de gloria , y con los resplando- 
res de la Divinidad , el objeto de sus 
amorosos suspiros , el Hijo purísimo 
de sus entrañas , aquel Jesús á quien 
poco antes habia visto sufrir los mas 
acerbos tormentos , y sacrificarse por 
los pecados del mundo. Aquel que en 
boca del profeta Isaías fuera el oprobio 
de las gentes, ahora , triunfando de 
la muerte y el sepulcro , resucita glo- 
rioso para nunca mas morir. Sus ojos 
le vieron ; su corazón quedó embarga- 
do con la mas celestial alegría; sus po- 
tencias todas se sintieron vivificadas 
en la presencia del esplendoroso Sol de 
justicia, y su alma inmaculada, espejo 
en donde se retrata la luz divina, poco 
antes empañado en las sombras de la 
muerte , se levanta regocijada , y resu- 
cita á una nueva vida en la presencia 
de su Amado, que la colma de celestia- 
les alegrías. 

Reina del cielo, alégrate: aleluya. 

En vano el cuerpo de guardia que 
custodiábala sepultura del Rey de los 
judíos hizo los últimos esfuerzos para 
impedir, según ellos, el hurto que su- 
ponían hicieran los discípulos de Jesús 
del cadáver de su Maestro. Llegó el 
momento feliz en que se cumplían to- 
das las profecías. El Rey de los cielos, 
sacudiendo las ligaduras de los suda- 
rios con las que le envolvieran para su 
enterramiento, se levanta como la au- 
rora desterrando las sombras del Testa- 
mento antiguo, resucitado y glorioso, 
con asombro de los ángeles y de los 




-O 



— 12 — 



hombres, quedando la muerte absor- 
ta de tan estupenda victoria. Los 
mundos se estremecen de gozo en la 
presencia del Salvador resucitado. El 
infierno tiembla. Huye despavorido el 
ángel de las tinieblas viendo arrebata- 
da su presa. Los Santos Padres, que en 
el seno de Abraham esperabau ansio- 
sos el momento feliz de su libertad, se 
dan el parabién. Los discípulos del Se- 
ñor se regocijan y confirman en la fe 
del Mesías reparador, y los judíos, 
avergonzados, confiesan que verdade- 
ramente este era el Hijo de Dios. El 
misterio de la cruz aparece ahora ra- 
diante de gloria á la faz de las nacio- 
nes, y la serpiente antigua ve aplas- 
tada su inmunda cabeza por Aquel que 
poco há espiró en el sagrado leño. Los 
serafines entonan un cántico nuevo 
al Cordero que ha sido sacrificado por 
el pecado de Adán ; y el hombre , de 
hijo de ira y maldición , se ve elevado 
á la augusta dignidad de cordero de 
Jesucristo, porque la misericordia y la 
justicia se han dado el ósculo de sem- 
piterna paz. Por eso la naturaleza toda 
se atavía con sus galas en la Resurrec- 
ción admirable del Hijo del Altísimo. 
¡Reina de los cielos y de la tierra, 
incomparable María: alégrate, porque 
el que nació de tus entrañas virginales, 
resucitó! Aleluya. 

María C. Saralegui de Cumia. 



CAPRICHOS DE LA MODA. 

IMPRESIONES DE VIAJE. 

(Continuación) il). 

IIL 

No creáis, amabilísimas lectoras, 
que aquellos momentos de silencio (y 
digo momentos, aunque fueron mas 
de dos horas, porque para mí pasaron 
como un instante , pues hubiera de- 
seado llegar al término de mi viaje 
antes de la conclusión de la noche); 

(1) Véase el número anterior. 



ni 



no creáis, repito, que yo descansé 
pude cerrar los ojos, no; por una parte 
la novedad que habia para mí, y la 
poca costumbre do viajar, y por otra 
una idea terrible que se me ocurrió, 
me sumieron en un mar de confusiones. 

Imaginóme que podia suscitarse en- 
tre los viajeros hablar de política ; y 
temia, y con razón, que Enrique, le- 
gitimista ardiente , no pudiera conte- 
nerse en los límites de la prudencia si 
el progresista amigo de Figuerola era 
capaz de defender los tristes sucesos 
del Casino carlista, acontecimiento 
que era entonces objeto de todas las 
conversaciones, y en el que mi padre 
y él habían corrido un verdadero peli- 
gro de muerte. 

Pero dejaré digresiones que nada 
tienen que ver con el objeto de mi des- 
aliñado artículo, y que lo van á hacer 
interminable, produciendo en mis be- 
llas lectoras el mismo efecto quo una 
dosis de soporífero beleño, y seguiré 
el relato de mi viaje. 

Eran Ia9 tres y media de la maña- 
na; acabábamos de salir de la estación 
de Burgos, donde habia estado con- 
templando llena de emoción las bellas 
torres de su gótica catedral, que se des- 
tacaban entre la masa oscura de la ciu- 
dad, apenas alumbrada por los pálidos 
rayos del crepúsculo que aun no domi^ 
naba las tinieblas de la noche, cuando 
el tren se detuvo de pronto, sufriendo 
los coches un pequeño choque, que yo, 
poco acostumbrada á estos azares, juz- 
gué seria uno de esos siniestros tan fre- 
cuentes, lo que me causó no poco susto. 

Afortunadamente, todo se redujo á 
una rotura de la máquina, que nos hizo 
retrasar mas de una hora, teniendo 
que volver á Burgos para poner otra 
máquina 

Con el percance y la venida del dia, 
todos salimos del entumecimiento, ó 
adormecimiento, mejor dicho, en que 
habíamos estado, y después de haber 
comentado mucho el lance y de haber 
hecho apresuradamente cada uno de 
por sí su toilette-, comenzaron los hom- 
bres á charlar, y bien pronto llegó el 



- 13 - 



momento, que yo tanto temía, en que 
se entabló polémica sobre aquellos tris- 
tes sucesos, y en que la cuestión se 
agrió, á causa de la intransigencia de 
nuestro progresista , partidario ar- 
diente de la libertad, según se decía; 
pero suprimo el daros cuenta de ello, 
pue3 es seguro que cada una de vos- 
otras habrá pasado mas de una vez por 
este amargo trance. 

Figuraos , amigas mias , cuál seria 
mi sorpresa cuando vi que el caballero 
que había entrado en Avila era cono- 
cido del amigo de Figuerola, el cual le 
trataba con un respeto indecible, y que 
también era amigo de mi marido , á 
quien abrazó con efusión cuando se 
reconocieron, y que me le presentó, 
dándole el nombre do D. Ildefonso 
García. 

Por su parto, nuestra compañera de 
viaje, lo mismo que su marido, al ver 
la deferencia que gastaba con nosotros 
D. Ildefonso, dejaron el aire orgulloso 
y petulante que habian tenido el dia 
anterior, y parecieron humanizarse al- 
gún tanto, lo que produjo una sonrisa 
de los oficiales franceses , que no pu- 
dieron menos de notar el cambio ocur- 
rido en el dichoso matrimonio. 

Nada mas de particular ocurrió en 
el camino, y llegamos á San Sebastian 
con dos horas do retraso. 

(Continuará.) 

Carolina P. 



BOCETOS CARLISTAS. 



D. MATÍAS VALL. 

DIPUTADO POR GANDESA. 

Lleno de fe por la santa causa de la legi- 
timidad, paso á paso ganó en la guerra de 
los siete años el empleo de brigadier. 

Al terminarse la campaña, sufrió la es- 
patriacion, y sin reconocer nunca el con- 
venio de Vergara, soportando los mayores 
sacrificios, ha vivido en el mas completo 
retiro. 

Es el tipo del militar veterano. 

Alto, de noble presencia, adorna su ros- 
tro una larga barba canosa. 

Ni los años ni las desgracias han encorva- 



do su cuerpo; firme como el roble, desafia 
todas las tempestades; y sin mas norma ni 
mas estímulo que la conciencia, está siem- 
pre dispuesto á nuevos sacrificios por la 
causa á que ha consagrado su vida. 

Su presencia inspira respeto y vene- 
ración. 
—Debe tener un genio fuerte, dice uno. 
— ¡ Dios nos libre de sus iras 1 esclama 
otro. 

— No debe morderse la lengua cuando 
llegue la ocasión. 

— Capar es de soltar una fresca al lucero 
del alba. 

Estas opiniones se borran cuando logra 
uno verle en el seno de la intimidad. En- 
tonces es el hombre franco, bondadoso, 
natural. Agrédale la conversación amena, 
y sabe embellecerla con sus rápidos jui- 
cios, con sus frases espontáneas y gráficas, 
con los recuerdos de sus campañas, con la 
espresion de su inquebrantable fe. 

En otro lugar refiere este semanario un 
rasgo suyo. 

Es su retrato. 

La verdad le encanta, la farsa le indigna. 

El primero para el peligro, buscará el úl- 
timo puesto para la gloria y los honores. 

Es de la antigua raza española : religioso, 
caballeresco, valiente. 

Sus costumbres son sencillas; la familia 
su encanto. 

Dadle el reposo del hogar ó los azares de 
la guerra, y estará en su centro. 

En el Congreso variará á cada instante 
de postura: nunca estará á su gusto. 

No puede ver con serenidad las desdichas, 
y el Congreso es la alcoba donde el enfer- 
mo tiene que oir á sus doctores. 

El cortaria por lo sano; y no concibe que 
para que se aumenten los honorarios del 
médico se prolongue la enfermedad. 

Algunos dirán de él: 

— Es un hombre que no sabe vivir... 

El completaría la frase, añadiendo: 

— A costa del prójimo. 

Tal es su boceto. X. 



CURIOSA RELACIÓN 

<te las artes conque engaitan & los bnenos cristianos 
loa herejes qua han venido do Estranjts. 



ROMANCE DE CIEGO, 
que hará abrir los ojos á los tontos. 

En nombre de San Hereje, 
San Sin Vergüenza, San Palo, 
San Serení, San Fason, 
San Convino y otros santos 
que por sus muchas hazañas 
no los reza el calendario, 



— 14- 



vamos á descristianar 

al pueblo del Dos de Mato. 

El dinero de Inglismanglis 
á corto interés prestamos, 
y por muy poco dinero 
damos mil almas al diablo. 

Por las calles y plazuelas 
vamos comprando muchachos, 
cuidando de que sus madres 
no nos den para tabaco; 
que mas de una vicjccilía, 
y mas de un perro cristiano, 
con un palo en las espaldas 
nos han rezado el rosario. 

Damos abrigo al desnudo, 
damos ropa al desastrado; 
pero al que no se hace hereje, 
al punto le desnudamos. 

Conque animarse, mocitos, 
no desperdiciéis el trato, 
que á nadie se descuartiza, 
y á todos se le dan cuartos. 

Por nuestra intención se dijo: 
«Detras de la cruz... el saco;» 

Í hemos inventado un cielo 
ueno, bonito y barato. 
Para estender nuestra secta, 
tenemos curas muy guapos, 
que usan bigote y patillas, 
y llevan el pelo largo: 
suelen ir estos apóstoles 
todas las tardes al Prado, 
y escriben unas epístolas 
que no están en el Breviario; 
bailan Can-can, y habaneras, 
van á fiestas-y saraos, 
almuerzan y comen fuerte, 
y cenan en el Colmado. 

Como se casan y todo, 
no dan jamás un escándalo; 
pues cuando pelan la pava 
están evangelizando : 
en fin, como dijo el otro, 
al monge no le hace el hábito, 
y son unos misioneros 
con traje de currutacos. 

Visitar nuestras iglesias 
es como ir á los teatros, 
pues que los espectadores 
tienen butacas v palcos: 
son tertulias religiosas, 
en las que se cantan salmos, 
las muchachas hacen media, 
y las miran los muchachos. 
Como ofrecemos á todos 
casa, asiento y alumbrado, 
algunos van por la noche, 
porque allí pasan el rato. 

No se ven en las paredes 
imágenes de los Santos, 
porque, como Juan Palomo, 
nosotros nos adoramos. 

Esta es la religioncita 
que les conviene á los malos, 
pues no se desata nunca 
el saco de los pecados; 



mas aunque no se confiesa, 
comulgar ya es otro paso; 
que son nuestras comuniones 
como tomar un bocado: 
en especies las hacemos, 
que son especies de tragos, 
mezclando el pan con el vino, 
con tan esquisito tacto, 
que el vino es de Cariñena 
y el pan tostada de abajo. 

Todos los divinos libros 
se vuelven en nuestras manos 
libros de partida doble 
en donde hay mano de gato, 
pues si no sale la cuenta 
falsificamos el saldo: 
los libros serán oscuros, 
mas, como no hay comentarios 
en ellos, puede leerse 
haciendo lo negro blanco; 
y así, con estas lecturas 
puede creer cualquier bellaco 
que es un Goliat, si es forzudo, 
que es un David, si no es manco, 
y que imita al Santo Abraham 
quien se procura un serraüo. 

Dando almuerzo de mañana 
y por la noche sarao, 
conciertos á todas horas 
y curas de rumbo y garbo, 
para los tiempos que corren 
no deja de ser estraño 
que haya tan pocos herejes, 
siendo tan corto el trabajo; 
mas como, á pesar de todo, 
cebamos y no pescamos, 
ya los herejes se pagan 
á doce reales diarios. 

Venid, pues, como corderos , 
y con cencerros tapados, 
para que España no advierta 
que entráis en nuestro rebaño. 

Venid , que nuestros pastores 
están disponiendo el hato, 
y harán, á fuerza de labia, 
de los perdidos, ganados. 

Os ofrecemos la gloria, 
y ademas os damos cuartos; 
que hemos inventado un cielo 
bueno , bonito y barato. 

Conque animarse, y ¡á hereje! 
que es oficio útil y sano : 
si no lo agradece Dios, 
lo pagará bien el diablo. 

XXX. 



ECOS DE MADRID. 



¡Qué felicidad i esperi menta el alma que 
ha vivido estos días consagrada á la medi- 
tación religiosa! Las campanas llenaban 
ayer con sus sonidos el espacio , el sol bri- 
llaba á intervalos ; todo renacía en la ima- 



.V 



— 15 — 



ginacion, en el alma, en el campo, al anun- 
ciar la gloria del Redentor del mundo. 

Hoy nos sonríe la Pascua florida; en bre- 
ve adornarán las lilas los jardines, elevarán 
su pélalo las florecillas abandonadas para 
bendecir una vez mas á la Providencia que 
las cuida, y todo en la naturaleza cobrará 
vida y esplendor. 

Impresionadas por este espectáculo que 
se renueva todos los años, por estos senti- 
mientos dulcísimos que llenan nuestro co- 
razón, nos causa pesadumbre tener que 
fijar los ojos en las desdichas que nos 
rodean. 

¿Por qué no reinará la paz? ¿Por qué tur- 
barán nuestra ventura recuerdos dolorosos, 
fatídicos temores? 

La lectura de los periódicos , las conver- 
saciones particulares nos anuncian á cada 
instante que vivimos sobre las pasiones po- 
líticas como sobre un volcan. 

A cada instante nos sorprende una aflic- 
ción: hoy es el desvalido maestro de escue- 
la, condenado á la miseria por los que se 
llaman adoradores de la ilustración, que 
implora nuestra caridad; mañana es el 
sacerdote á quien los enemigos de la Reli- 
gión condenan al suplicio del hambre, el 
que nos mueve á lástima. Cuando no nos 
anuncian próximos trastornos, desconsola- 
doras luchas civiles, desgarra nuestro cora- 
zón la iniquidad impune de un miserable 
Judas, que ha hecho víctima de un ardid la 
buena te y el heroísmo de algún honrado 
defensor de nuestra causa. Pero ¿qué mas? 
ya habrán sabido las lectoras que en un 
banquete se han reunido, hace poco, unos 
cuantos generales, y que en los postres, en 
medio de la alegría, de los brindis, su pen- 
samiento dominante fue acabar con los que 
estorban su digestión revolucionaría. 

Continúen imitando á la serpiente de la 
fábula : nosotros somos la lima, que ni los 
dientes ni el veneno pueden destruir. 

Y pidiendo á Dios que nos dé fuerzas, á 
nosotras para resistir, á nuestros hermanos 
para acabar con los falsos mercaderes polí- 
ticos y religiosos, apartemos los ojos del 
cuadro desconsolador que constituye nues- 
tro horizonte, para fijarlos en otros sucesos 
mas superficiales y mas entretenidos, que 
son los Ecos de Madrid déla última semana. 



¡Qué dia de apuros el 31 del pasado! 

I labia gran recepción en Palacio, y no se 
había dado mas que veinticuatro horas de 
termino á las nuevas damas para improvi- 
sar el trage de corte. 

Pocas eran las que tenían el indispensa- 
ble manto, y aunque las modistas fueron 
objeto de cariñosas insinuaciones, no hubo 
medio de contentar á todas. 

Lo que se habló de este suceso daría 
asunto sobrado para un tomo. Nosotras 
somos así: la cosa mas insignificante nos 



preocupa, y como somos dadas á la mur- 
muración, divertiría en estremo á las lec- 
toras si les contase todo lo que he escu- 
chado. 

Las escenas en los gabinetes de las mo- 
distas fueron deliciosas ; los chistes que 
unas damas inspiraron á otras damas, en- 
cantadores; las acusaciones dirigidas con- 
tra los que , desconociendo las exigencias 
del tocador, quisieron que en veinticuatro 
horas se improvisaran trajes de corte, ar- 
dían en... una bujía; no me atrevo á decir 
en un candil. 

Por último : las que por fjlta de traje no 
pudieron asistir, han dado en hablar estos 
dias de yo no sé qué cirios, tres ó cuatro, 
y todo esto ha servido de estímulo á la con- 
versación. 



Para no dejar de ser pecadoras, la mur- 
muración se ha estendijo á las señoras 
que, en su mayor parte con guante de co- 
lor, ocuparon en la sesión de apertura de 
las Cortes los bancos destinados á la opo- 
sición. 

Parece mentira que en unos tiempos tan 
democráticos, á pesar de los títulos que se 
codician, pueda estrañar la gente que las 
señoras, ávidas de admirar la obra de sus 
esposos y amigos, ocuparan los bancos de 
los diputados y fuesen adornadas con cierta 
naturalidad. 

¡También es candidez la de los que se 
ofenden porque en aquella memorable se- 
sión no respondiera nadie al grito de ¡Viva 
España! lanzado sin duda por algún picaro 
reaccionario! 

¿Han visto Vds., al llamar á una puerta, 
que les respondan, no habiendo gente en 
casa? 

Faltaban los ilusos que se han empeñado 
en que España sea para los españoles, y por 
eso se quedó el grito sin respuesta : pero 
otra vez será. 

Del discurso que pronunció el jefe del 
Estado, nada diré. Los bromistas, que no 
faltan en nuestro país, le llaman el discur- 
so de lajota, cuando es el de menos jotas 
de cuantos se han pronunciado en España. 

Es imposible dar gusto á todos. 



La cuestión capital de Ja mantilla sigue 
su curso. En la última semana muchas se- 
ñoras han lucido este hermoso tocado es- 
Eañol, disimulándole un poco, por miedo á 
.s espansiones, con encajes blancos. Pero 
esto no pasa de ser un pueril temor. ¿Habrá 
quien insulte á una dama porque se ador- 
ne á la española? Yo creo que no, y esta 
tarde se espera que en la corrida de toros 
lucirán preciosos trajes de majas las damas 
mas distinguidas de Madrid. 

Aun hay mas: se trata de formar una 
asociación nacional protectora y propaga- 




■■^Í^Í^B 



-16 — 



dora de la mantilla. Por medio de una sus- 
cricion voluntaria se recaudarán fondos para 
comprar mantillas y regalarlas á las espa- 
ñolas que no puedan adquirirlas. 

Este españolismo es muy plausible, y los 
que se opongan á él serán, por lo menos, 
españoles dudosos. 

También se ha visto en la Fuente Caste- 
llana á tres jóvenes distinguidos vestidos de 
maios. 

Esto es ya demasiado : quede para la mu- 
jer el privilegio de recordarnos lo que pue- 
de valer España si nos empeñamos en re- 
cordar á los caballeros que nuestra gracia y 
gentileza les inspiró la hidalguía y genero- 
sidad que les valió la reputación que van 
perdiendo. 

**# 

Las funciones religiosas se han celebrado 
con la solemnidad y devoción acostumbra- 
das. Los caballeros de Calatrava y de San- 
tiago han abierto á lo mas distinguido de 
Madrid las_ puertas de sus templos. La Ju- 
ventud católica ha conmemorado la pasión 
y muerte del Salvador en San Isidro, v to- 
das las iglesias de Madrid han ofrecido 'á los 
fieles ocasión de acreditar sus sentimientos 
religiosos y de oir la inspirada palabra de 
los oradores sagrados. 

Algo hemos echado de menos; pero Dios 
querrá que otros años no falte este consue- 
lo á nuestro corazón. 

#*♦ 

Mañana, lunes, vuelve la señora condesa 
de buperunda á abrir sus salones, centro de 
la mas escogida sociedad madrileña , que 
esta noble dama, digna por sus virtudes v 
su bondad del afecto que inspira, sabe hacer 
agradables. Yo soy justa : la condesa, que, 
acaso sin sospecharlo, por sus ¡deas v sus 
sentimientos quiere lo que nosotras, guarda 
fidelidad á otras personas. ¿Le negaremos 
por esto las prendas que la adornan? Eso 
seria imitar á los hombres poscidos de la 
pasión política. Lejos de nosotras semejan- 
te pohreza de espíritu. Amemos lo bueno, 
lo noble, lo grande, donde quiera que esté. 

*** 

En esto nose nos parecen los periodis- 
tas. | Si supierais, queridísimas lectoras, 
cómo han tratado algunos á nuestro in- 
otensivo periódico! Sin embargo, consolé- 
monos: primero, porque no hemos pasado 
desapercibidas á sus ojos; y después, por- 
que, 4 pesar de nuestra debilidad femenil, 
deben temer un poco siquiera, la influencia 
que podemos ejercer esponiendo tranquila 
y desapasionadamente nuestras ideas. 

De no ser así , nos habrían saludado al- 
gunos por pura galantería, y otros ni se ha- 
brían lijado en nosotras. 

Cuando nos zahieren. ..tenemos que agra- 
decerles hasta los chistes que les hemos I 



obligado á cometer, porque nos han ayu- 
dado á dar á conocer nuestros deseos. 

Somos tan buenas, que hasta sus ligeros 
alfilerazos les perdonamos. 

Por lo demás, ya se irán convenciendo 
de que lo que nosotras deseamos, lo desea 
la juventud mas ilustrada. 



El dia de la apertura de 13S Cortes se co- 
locó cerca del Museo de Pinturas la prime- 
ra piedra para la estatua de Murillo. El acto 
estuvo poco concurrido, y las eminencias 
políticas brillaron en él por su ausencia. 

Era natural: el célebre pintor enriqueció 
los templos con sus cuadros, y no se su- 
blevó nunca. 

Elogiemos, sin embargo, al Sr. Lois, que, 

aunque está muy lejos de nosotras por sus 

ideas, ha sabido honrar la memoria de uno 

de los mas ilustres españoles. 

» 
* * 

Y. para concluir , vaya una anecdotilla 
del venerable Sr. Valí, presidente de edad 
del Congreso. 

Ua lacayo se presenta en el cuarto que 
ocupa en la fonda Peninsular. 

— ¿Qué desea V.? le pregunta el general. 

— Vengo S tomar órdenes de V. E.: abajo 
espera el coche. 

— Puede V. retirarse: como no soy demó- 
crata, tengo costumbre de ir á pie'á todas 
partes. 

Es muy posible que, á pesar de ir S pie, 
llegue antes á la estimación del público que 
los que, después de gritar contra los hono- 
res, cruces y bandas en nombre de la de- 
mocracia, buscan bandas, cruces y honores 
para asombrarse de su loca fortuna. 

Esperanza v 



MARGARITAS. 

El fausto hace odiosa la riqueza, como el 
énfasis hace ridicula la elocuencia. (***) 

El hombre mas dichoso es aquel que sabe 
establecer una íntima relación entre el prin- 
cipio y el fin de su vida. (GoETHB. 

Saber y sentir : hé aquí toda la educa- 
cl ° n .\ , . (Mai>. StawJ 

fc.1 hombre mas útil 5 sushermanos.es 
el mas perfecto. ;g A 

El freno mas poderoso para contener 
nuestras pasiones, es una sana educación; 
y si ellas causan estragos en el hombre 
son responsables de este daño los padres' 
los maestros y los gobiernos. (Taylor.) 

Buscad, y encontrareis el reinado de Dios 
sobre la tierra. (San Juan.) " 



«ADETD, 1,-1. -Impronta <lo La Esptranta , & 
cargo do D. A. Pérez Dubrull, Pez 0. 



: ^ 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS 



AÑO I. 



16 ABRIL 1871. 



NÚM, 3." 



s r M A HIO.-I,:i Gntnd.'za y el pueblo . jior 
Juande Luz.— Rkllkías de la Religión : La vir- 
ycn á sus devotos, por U.Antonio de Vnlhuonn. 
— Caprichos dbu Moda: Impreslonea - .o vi.ij ■• 
( continuación ), porCurolina P.—BocaTO* cau- 
listas: D. Matías Barrio Micr.— Uno revolución 
on Oceajun, por I). Santiago de Lioiers.— lícoa 
de Madrid , por Esperanza.— Margaritas. 



LA GRANDEZA Y EL PUEBLO. 



¡Qué error tan grande el que come- 
ten los que escitan al pueblo contra la 
Grandeza! 

¡Qué obcecación tan funesta la de la 
Grandeza cuando se pone en pugna 
con el pueblo! 

La sociedad no puede existir sin ge- 
rarquías. Si todos fueran ricos, ¿de qué 
serviría la riqueza? Si todos fueran po- 
bres, ¿dónde estaría el consuelo que 
necesitan las desdichas? 

"Tanto honra la limosna al que la 
da como al que la recibe," ha dicho 
Chateaubriand. Sin los pobres, no po- 
drían los ricos gozar la inmensa dicha 
de hacer bien : sin los ricos, no podrían 
los pobres esperimentar el dulce sen- 
timiento de la gratitud. 




Quéjase el que trabaja de la dura 
condición á que está sujeto ; clama 
contra lo que él supone injusticia de 
la suerte, y esa voz tentadora del so- 
cialismo, que le habla aprovechando 
sus horas de cansancio, le desespera y 
le arma contra el rico. 

Esta voz le aconseja el suicidio. 

¿Qué seria el humilde trabajador si 
no hubiera quien utilizase su trabajo, 
y corno podría vivir la sociedad sin 
trabajadores? 

Si escuchase la voz amiga de la Re- 
ligión, inspirándole la fe; si escuchase 
la voz de la razón , inspirándole la con- 
formidad, se enorgullecería y llegaría 
á considerarse el ser mas privilegiado 
de la creación. 

En primer lugar, el trabajador es el 
hombre mas necesario de la sociedad, 
es el que forma y multiplica los capi- 
tales : la riqueza tiene que buscarle: le 
son indispensables sus servicios: sin 
él dejaría de ser riqueza. 

Por otra parte, es el que mas direc- 
tamente cumple el precepto divino, y 
es ademas el mas feliz, porque sus ne- 



'¿/ 



- 18- 



cesidades son escasas , porque sus sa- 
tisfacciones son continuas. 

El ejercicio conserva su salud y des- 
arrolla sus facultades físicas ; la ocu- 
pación le aparta de los escollos; el pre- 
mio de su trabajo es el sosten de una 
familia, su sueño es tranquilo y repa- 
rador, sus virtudes ó su talento pue- 
den elevarle en la estimación pública 
á los mas altos puestos, y las glorias 
mas puras de la humanidad se deben 
al trabajo. 

El rico también trabaja: hasta en su 
ociosidad obedece esa ley ineludible. 
Para ocupar el tiempo busca al pintor 
que ha de enriquecer sus salones con 
sus obras, busca al arquitecto que ha 
de trazar sus palacios, busca al indus- 
trial que ha de engalanar su morada 
con todos los productos del trabajo. 

Unos viven á espensas de otros: son 
partes integrantes de un todo sin el 
cual la sociedad no existe. 

La Grandeza es ademas un estímu- 
lo. Esos hombres, esas familias que 
hoy ostentan preciados blasones, tie- 
nen su origen en el pueblo ; sus ante- 
pasados eran, ó el militar valiente, ó el 
sabio profundo, ó el genio privilegia- 
do, y marcan al talento, á la virtud y 
al valor el camino que hay que seguir 
para llegar á la gloria, la herencia que 
los hombres distinguidos pueden dejar 
á sus descendientes. 

Mucho mas podríamos decir sobre 
esta trascendental cuestión , que estu- 
diaremos bajo todas sus fases en la 
práctica. 

Nuestro objeto hoy por hoy se re- 
duce á recordar á los nobles y al pue- 
blo que ni aquellos ni este deben fo- 
mentar el odio que ha empezado á 
manifestarse, y que esplotan ya con 
habilidosa intención los enemigos del 
orden. 

Eu vez de aparecer separadas ambas 
clases, deben estar unidas, y lo esta- 
rían seguramente, aconsejadas por el 
instinto de conservación, si, fieles á sus 
deberes y á sus tradicioues, no hubie- 
ran algunas familias aristocráticas 
contemporizado con la revolución, que 



ha sido, es y será su mayor enemigo. 

Digámoslo con todos los respetos 
debidos aun al mismo error, cuando no 
es voluntario. 

El ejemplo puede verse en los dig- 
nos miembros de la nobleza que , para 
protestar contra el imperio de la fuer- 
za, se refugiaron, con el derecho, en las 
provincias y en Jas aldeas á cuidar de 
sus bienes, á favorecer á los pobres. 

Ellos han ganado el respeto y el ca- 
riño de los que á todas horas los han 
visto á su lado. 

En cambio, los que han vivido con 
la revolución ; los que se han creído 
omnipotentes cuando la policía los res- 
petaba y defetfdia : los que, en vez de 
sembrar en España, han hecho gala de 
rendir homenaje á las costumbres es- 
tranjeras ; los que se han apartado del 
pueblo , no pueden exigir que este los 
conozca y los estime. 

Pero no teman: el pueblo español 
es bueno , es generoso , y solo con que 
vea que la Grandeza es española, re- 
cordará aquellos tiempos en que á su 
lado peleaba , y en que á cada instante 
pagaba sus favores con heroica abne- 
gación. 

¡Pueblo! Ya lo sabes por esperiencia: 
sin los ricos , eres esclavo de la po- 
breza. 

¡Ricos! Sin los pobres , en medio de 
las riquezas, faltará siempre á vuestra 
alma la tranquilidad y la satisfacción 
de hacer el bien. 

Juan de Luz. 



BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



LA VIRGEN A SUS DEVOTOS. 

(Imitación.) 

Hijo mió, note turbe 
mi majestad poderoso; 
Yo soy tu Madre amorosa, 
tu amparo, tu salvación. 

Yo te ofrezco en mi cariño 
felicidad y ventura, 
si con voluntad segura 
me entregas tu corjzon. 



Estrella soy reluciente, 



^ 



ir 



— 19 — 



v^ 



que alumbra el mar de la vida, 
playa hermosa que convida 
del naufragio á descansar. 

Al pecho de amor herido 
con otro amor le doy caima; 
solo en mi amor goza el alma 
los encantos de la paz. 

Soy la palma, cuya sombra 
buscando en ese desierto 
va triste, con paso incierto, 
el que navega por ¿1; 

Y siempre el pobre estraviado, 
cuando hallarla solicita, 

halla esta sombra bendita, 
y en ella dulce placer. 

Yo soy la Virgen hermosa 
de los candidos amores; 
y al que me consigra flores 
de pureza y de virtud. 

Le daré allá en otro reino 
una corona esplendente, 
y allí bañarán su frente 
auras de gloria y de luz. 

Soy la ¡nocente paloma 

?ue desciende en raudo vuelo 
la tierra desde el cielo 
con la oliva del perdón; 

Y nadie nunca en el mundo 
invocó en vano mi nombre; 
que si soy Madre del hombre, 
también soy Madre de Dios. 

Si í impulso de tus pasiones 
corriendo desatentado, 
del Señor que te ha criado 
rompiste loco la ley, 

No temas: ven á mis brazos; 
llora con firme esperanza; 
que siempre el perdón alcanza 
quien llega humilde á mis pies. 

Deja que tras los placeres 
el necio se precipite; 
deja que cante y que grite 
satisfecho, triunfador... 

¡Ah! Cuando piense que toca 
la cumbre de su ventura, 
halla un cáliz de amargura, 
espinas, luto y dolor. 

Solo á mi lado se anida 
la dicha que no perece, 
el amor que no fenece, 
el placer puro sin fin. 

Solo goza en ese mundo 
bella paz, blando reposo, 
el corazón venturoso 
que se enamora de mí. 

Ven, no tardes, hijo mió: 
dame de amor un abrazo; 




duerme amante en mi regazo; 
Yo soy tu Madre..., tu bien... 

Cuando se cierren tus ojos 
á una muerte sin tormento, 
tendré para ti un asiento 
en la gloria del Edén. 

Antonio de Valbuena. 



CAPRICHOS DE LA MODA. 

IMPRESIONES DE VIAJE. 
(Continuación) il}. 

IV. 

D. Ildefonso, que también se dirigía 
al mismo punto, y que conocía de- 
talladamente las provincias Vasconga- 
das , como quien habia viajado mucho 
por ellas , me fue refiriendo por el ca- 
mino , desde que salimos de Vitoria, 
mil detalles interesantes del pintoresco 
pais que atravesábamos, evitando de 
este modo la conversación de política, 
que habia conseguido dominar con un 
tacto esquisito. 

TJna vez en San Sebastian, dimonos 
prisa á buscar alojamiento , pue3 no 
habíamos tenido la precaución de al- 
quilarle y pagarle desde el mes de 
mayo, como nuestros compañeros de 
viaje, á causa de que nosotros no con- 
tábamos mas que con nuestra fortuna 
para sufragar los gastos , y ya era di- 
fícil encontrar donde aposentarse, pues 
las casas estaban literalmente atesta- 
das de bañistas. 

Por fin encontramos una habitación 
interior en un piso tercero en la calle 
del Puerto, en la que nos pusieron dos 
camas, ó al menos así las llamaban, por 
la que, y sin darnos servicio de nin- 
guna clase , nos exigieron la pequenez 
de 30 rs. 

D. Ildefonso se alojó en la misma 
casa, en una especie de camaranchón, 
por el cual le cobraban nada mas que 
un duro. 

Tuvimos que resignarnos, so pena de 
irnos á dormir al raso. 

No os podré nunca referir lo estra- 



(1) Véase el número anterior. 



■¿f 



20 - 



ño que todo esto se me hacin, á mí que 
nunca babia salido de mi casa , en la 
que tenia todas las comodidades po- 
sibles. 

Aconsejóme Enrique que durmiera 
la siesta para descansar de la incomo- 
didad del viaje ; pero ¡ay, amigas m ¡as! 
aquella cama era el lecho de Procusto, 
del que tanto hablan los autores , y 
que no debia ser mas incómodo que 
ella. 

A las seis de la tarde salimos á dar 
una vuelta, y los tres nos dirigimos á 
la fonda de Beraza á comer en la mesa 
redonda. 

Después de haber visto toda la po- 
blación, que me gustó en estremo, así 
como el mar, queme causó una impre- 
sión de que no os hablará, pues es mas 
para sentida que para espíicada , vol- 
vimos á nuestra casa. 

¡Qué noche pasé, queridas lectoras, 
qué noche! 

A pesar de mi cansancio, loa mos- 
quitos y otros insectos propios de la 
estación , y sobre todo los innumera- 
bles ratones que el piso de madera 
encerado de la casa , como todos los 
de las Provincias , según tuve luco 
ocasión de ver , ocultaban , me die- 
ron tanto tormento , que me fue im- 
posible dormir, y ya empecé á com- 
prender que mi buen padre tenia ra- 
zón en no querer sujetarse á la moda 
de viajar sin necesidad, y que este ca- 
pricho, como tantos otros de la reina 
del mundo en. estos tiempos, no tiene 
mas razón de ser que la necedad hu- 
mana. 

Desisto de referiros minuciosamente 
todas las incomodidades y todos los 
desengaños que sufrí en los quince dias 
que en San Sebastian permanecí; aun- 
que, á decir verdad, también pasé al- 
gunos ratos muy agradables, y que á 
veces contribuían mucho á prolongar 
mi loca afición: tales como el dia que 
pasé en la quinta del marques de Por- 
tngalete, la escursion que hicimos á la 
Farola, desde la que se obtiene un pun- 
to de vista admirable , que mi marido 
sacó en su álbum al lápiz ; nuestra vi- 



sita á Pasajes y á Rentería, lindísimos 
puertos que conservan restos de loque 
fueron en tiempos pasados, cuando no 
había progresistas en el mundo que 
cubrieran »á España de honra, y el 
gran regocijo que me causó la visita- 
peregri nación que hicimos á la ermita 
del Cristo de Lezo, al que tanta vene- 
ración tienen aquellos naturales, y 
cuyo capellán, modesto cuanto sabio y 
virtuoso sacerdote , llevó su compla- 
cencia conmigo hasta el estremo de 
descubrir la sagrada imagen y permi- 
tirme imprimir un ósculo de venera- 
ción en sus sagrados pies, al mismo 
tiempo que lo pedia por la vida de mi 
padre y por la del que siempre me han 
enseñado á reconocer como mi Rey. 
(Continuará.) 

Carolina P. 



BOCETOS CARLISTAS. 



D. MATÍAS BARRIO IYIIER, 

DIPUTADO POR CEBVEEA (FALENCIA). 

Hé aquí un ejemplo de lo que engañan 
las apariencias. 

Si le veis en la calle ó en paseo, pasará 
desapercibido á vuestros ojos; si le halláis 
en los claustros de la Universidad de Vi- 
toria, donde es catedrático, le tomareis por 
un estudiante modesto y aplicado; si le veis 
en los escaños del Congreso , os parecerá 
un ¡oven seminarista que ha dejado la beca. 

Tiene veinticinco anos y dos ó tres meses. 

Es de estatura regular; y aunque viste 
con aseo, cuida tan poco de su traje v de 
su persona, que, en competencia con algún 
unionista de los que van á la tertulia del 
duque de la Torre, quedaría vencido. 

I Para él sí que es artículo de lujo el to- 
cador! Desconoce los perfiles de la moda, v 
puede asegurarse que es en su esterioridad 
lo que el estilo clásico al romántico. 

No le habléis de Caracuel ni de Aimable; 
desconoce por completo la existencia de 
Dubost, y apuesto cualquier cosa á que no 
sabe guiar un lílbun en la Castellana, ni 
pujar un caballo en el Tatter's-Hall. 

Decididamente no sirve para el sistema 
representativo. 

Y qué, amables lectoras, estas breves 
noticias, ¿no os agradan? 

Oid, oíd; que yo os aseguro que vais á 
concluir por admirarle y quererle de ve- 
ras, como todos los que le conocen. 



-¿I 






-21 - 



Barrio Mier nació en un pueblo de la pro- 
vincia de Patencia , y , poseído desde muy 
niño del amor al estudio , sacrificó su ju- 
ventud á la ciencia. 

Desdeñando la tlor, buscó el fruto. 

Su carrera es un ejemplo: su talento y 
su aplicación se la han costeado. Obtenien- 
do todos los premios escolares, ha llegado 
en continuo triunfo desde el banco del es- 
tudiante á la cátedra del profesor. 

Solo ha cometido de tarde en tarde al- 

Suna infidelidad á su idolo la ciencia , para 
aliar en la caza ejercicio y recreo. 
¡Qué abnegación ! i Qué heroismo en su 
vida de estudiante y de profesor! ¡Qué apli- 
cación, qué talento, qué ilustración tan no- 
tables le adornan! Pero no es esto todo: 
cuando sepáis que se propone hablar en el 
Congreso, id 4 oirlc. 

Le veréis pedir la palabra casi con temor; 
al levantarse os inspirará simpatía, la sim- 
paíia de la modestia; os figurareis que, al 
comenzar su marcha, vaá tropezar...: casi 
os aprestareis á tenderle una mano...; pero 
bien pronto esta ansiedad se trocara en ad- 
miración^ 

La magia de su palabra, la profundidad 
de sus pensamientos, el colorido y la ri- 
queza de su estilo, os fascinará, y le veréis 
remontarse y crecer, y de inspiración en 
inspiración arrebatar á su auditorio. 

Entonces, despojada su alma de la exte- 
rioridad, la veréis tal cual es, hermosa co- 
mo la verdad; y eclipsado el hombre por el 
orador, os parecerá sublime, y le aplaudi- 
réis con entusiasmo, y vuestra admira- 
ción solo tendrá un límite, el del afecto... 
Cuandodejc de hablar, sentiréis hacia él ese 
cariño quenoseesplica, peroque se siente. 

Hombre de genio, la luz brotará de sus 
labios, y el que habéis visto de secretario 
de edad en el Congreso, no tardará en re- 
cibir sinceros plácemes hasta de sus ad%-er- 
sarios, porque logrará que le admiren. 

Pues bien: después del triunfo, casi os 
pedirá perdón por haberos arrancado aplau- 
sos, y creyendo que ha cumplido un deber, 
lleno de gratitud hacia su auditorio, os juz- 
gará superiores á él, porque le habéis esti- 
mulado. 

Tal es su boceto. 

No solo honra á su partido, sino & su na- 
ción, sino á la humanidad. 

Y si no, ¡al tiempo! 

Se me olvidaba decir que tiene una me- 
moria asombrosa. 

¡Mucho ojo, diputados ministeriales! 



UNA REVOLUCIÓN EN OCEANIA. 

IMPRESIONES DE VIAJE. 

Mi querido amigo: Juzgáis muy á la li- 
gera los de Europa del genial nativo de es- 



tos habitantes y colonos ; los creéis á to los 
imbuidos por igual de ciertas ideas nivela- 
doras, á cuyo influjo solo el mérito perso- 
nal es virtud, y solo el lucro es norma de 
conducta y ambición de la vida. 

¡Ay, amigo mió! El hombre, sea dicho sin 
ofender á nadie, es un animal muy estraño; 
parece que Dios le ha dado la memoria para 
su tormento, y la facultad del raciocinio 
para juzgarse siempre perfectible, ó, lo que 
es igual, imperfecto: diñase que el progre- 
so es el cambio constante de postura de ese 
gran tullido que se llama mundo; y aunque 
este país ha entrado el último á la parte con 
el mundo, es al fin y al cabo un mundo 
como otro cualquiera. 

Sus saludables climas no dan lugar á la 
nostalgia ; pero aqui, poco ó mucho, todos 
padecen de nostalgia moral, y apelan para 
su curación á los recursos más est ranos. 

Como el espósito, que si atribuye su tris- 
te vida á un crimen, siempre hace de su pa- 
dre un criminal ilustre, así nosotros, depo- 
sitados en este torno del mundo viejo, as- 
piramos siempre á imitarle hasta en las fla- 
quezas y miserias que produjeron nuestro 
viaje. 

El que vino aquí para olvidar su historia, 
inventa una nueva ; el que salió de Europa 
demagogo, cae aquí en los absurdos del 
doctrinarismo reaccionario, y mas de un 
parricida nos habla á cada paso de sus 
abuelos. 

Mira tú qué mane r a tan distinta de en- 
tender el progreso: ni esa sueñan los pen- 
sadores con oholir las nacionalidades; y 
aquí nos contentarlo mo> con ser una na- 
ción como el Valle de Andorra. 

Cada pais, representado por sus hijos, se 
opone á ello con sus tendencias peculiares, 
y en cada cualidad nativa, trasmitida de 
unos en otros con la tenacidad que la raza 
imprime, y en la oposición constante de 
esas tendencias, de esas cualidades, de esos 
impulsos, hallan bs leyes un obstáculo in- 
superable, pues no es posible armonizar lo 
que en la esencia es inarmonizable. 

Y ¡oh inconstancia del espíritu huma- 
no! Aquí el individuo, entregado á sí mis- 
mo, como Mártos quiere, suspira por la ar- 
monía social que en vano persigue: aquí 
los mismos que huyeron de las leyes darian 
un año de libertad por un tomo de la Co- 
lección legislativa, aunque viniera acom- 
pañado de un comentario de Gómez de la 
Serna. Y ¡oh fenómeno digno de notarse! 
Aquí todos los liberales son autoritarios, y 
es ser reaccionario ser demócrata. 

Todos los esfuerzos hechos hasta el dia 
para nacionalizar la Occanía. han sido tan 
estériles como los realizado; en España, se- 
gún me dices, para consolidar la obra de 
setiembre. 

Ningún lazo nos une, fuera del lazo de 
nuestra desesperación impotente; cada cual, 
encerrado dentro de su campo, de su mina 



^\ 



~\ 



ó de su fábrica, ni ama, ni espera, ni adora, 
ni cree lo que adora, ama. cree ó espera su 
vecino, por la razón sencilla de que nin- 
guno ama, ni cree ni adora mas que á su 
fabrica, á su campo ó á su mina. 

Esta tierra tan generosa y tan rica, no es, 
sin embargo, la ñerra de la patn •, y parece 
que con la p'oJigalidad de fus done; quiere 
echarnos en cara sus beneficios. 

Si, déjame decírtelo; aquí esplotamo;, 
pero no vivimos. La vida es algo mas que 
una empresa, y esosadmirables ¡uguctesque 
vooros manejáis aun, y que se llaman/e, 
tradición, honor nacional y patriotismo, ó 
son algo mas que juguetes, ó los hombres 
nunca' dejar.ín de ser niños. 

Uno de los ensayos de gobierno, y tal 
vez el mas serio que aquí se ha practicado, 
me cupo á mí la suerte ó la desdicha de 
imaginarlo; y, aunque en pequeña escala, 
puede darle una idea de lo que puede ser 
fundar una sociedad política, como se fun- 
da una sociedad por acciones. 

Yo, simple tenedor de libros en una 
gran fábrica de fundición de metales, ima- 
giné (iai.'igínacion propia de un español) 
convertir el establecimiento minero de 
Ch... en un establecim : ento monárquico- 
fahril-dcmocrático. 

Te dispenso la historia de mi propaganda, 
y hasta el relato de una pequeña revolu- 
ción, que costó á mi principal muy buenos 
cuartos. Hay que advertir que mi principal 
era fl monarca que vo destinaba para regir 
los destinos de la colonia minera de Ch.... 
Mi primer proyecto de Constitución era 
admirable. En él solo daba voto á los pro- 
pietarios y fabricantes: pero desistí de esta 
Constitución conservadora, por considerar 
que, no habiendo en Ch... mas fabrican- 
te que mi principal, ni mas propietario que 
el dueño de sus minas, con quien aquel es- 
taba siempre en guerra, la Cámara de re- 
presentantes de Ch... y el iiímo pacifico de 
los partidos iba á ofrecer una monotonía 
insoportable. Pensé alguna vez en la con- 
quista: y acordándome de mis estudios de 
enciclopedista, me repetí á mí mismo cien 
veces que le premier quiful Roi.fut un sol- 
iat heureux, y aconsejé á mi principal que 
buenamente se pusiera á la cabeza de sus 
operarios, y apoderándose del poder supre- 
mo, sujetara bajo su cetro á su rival c' pro- 
pietario. 

Pero mi principal, aunque dichoso, no 
habia sido nunca soldado, v el ardor bélico 
no era precisamente su cualidad dominante. 
Entonces decidí jugar el todo por el todo: 
en un breve programa llaméal pueblo á de- 
cidir de sus destinos; convoqué á la comar- 
ca á Asamblea Constituyente, y esperé tran- 
quilo á que de su fallo resultara mi forma 
predilecta de gobierno. 

El pais se dividió en dos bandos, y esto 
ya me hizo augurar felizmente del resulta- 
do de mi política. 



- 22 — 

Uno, compuesto esclusivamente de los 
operarios de las fraguas, se apellidó fracción 
de los rojos; v el otro, formado de los obre 
ros de las minas, tomó el nombre de bando 
de los negros. , ■ ■ i 

Mi razonamiento era el siguiente: los 
rojos, es decir, los herreros, son indispensa- 
ble complemento de la existencia de los 
negros Es evidente que el dia que aquellos 
no fundjn, los mineros no pueden estraer 
un terrón de las minas; luego el partido de 
mi principal es el mas fuerte, por la inflexi- 
ble lógica de los principios económicos; 
luego mi principal será sin dudí alguna el 
Rey de la monarquía fabril democrática 

deCh... 

Por su parte, el propietario de las minas 
razonaba de la siguiente manera: < Yo seré 
el Rcv de los negros y de los rojos, porque 
mi partido es el mas fuerte; y que es mas 
fuerte no cabe ni dudarlo, cuando se con- 
sidera que mis minas son las unirás que 
dan hierro, y que toda. la habilidid de los 
rojos no es bastante para sacar una agu|a 
de hacer media de un mineral de yeso ó de 
un canto del rio.» _ 

Entre estas reflexiones secretas se abrió 
públicamente la Asamblea Constituyente 
deCh... ., , . 

—Cierre V. la fábrica , aconseje á mi 
principal, v verá V. cómo los rojos piden 
misericordia á los ocho dias. 

— Suspenderé la «¡tracción de las minas, 
pensó el propietario, y el fabricante no ten- 
drá mas remedio, dentro de ocho dias, que 
entregarse á mí en cuerpo y alma. 

La primera noticia que rojos y negros 
tuvieron de la decisión de sus respectivos 
señores, fue encontrarse en la plaza del 
pueblo cruzados de brazos, y contemplán- 
dose por vez primera unís á otros. Para 
contemplarse mas á su sabor nuevamente, 
se convidaron á la taberna. 

A los ocho dias. el fabricante, mi princi - 
pal, pensaba lo siguiente: -Llevo ocho dias 
sin trabajir, lo que equivale á treinta mil 
duros de pérdida, puesto nue mis operarios 
siguen cobrando C"mo si trabajaran. La 
popularidad es algo cara: renuncio á la co- 
rona. 

En cuanto al propietario délas minas, 
pensaba de este modo: «No quiero corona: 
cuando llegue á reinar, mi reino no va á 
ser de este mundo; mis mineros me cues- 
tan un ojo de la cara, y voy á volverlos á 
las minas.» 

Entrambos rivales, el fabricante y el 
propietario, se disponían mutuamente á 
darse varias satisfacciones, y ror común 
acuerdo volver al estado en que ocho dias 
antes se encontraban, cuando en medio de 
la plaza , á donde acudieron movidos cada 
uno por el deseo de firmar las paces con el 
otro, se hallaron sorprendidos por un cla- 
mor de voces que salia del templo de la 
representación nacional. 



^ 



— 23 — 



Al oirle, y como movidos por un resorte, 
ocultó cada uno en su bolsillo la mano que 
ya se disponía á alargar á su vecino. 

Las voces decían : ¡Vívala soberanía na- 
cional! ¡Viva el Rey! Y, como era natural, 
ambos creyeron á un tiempo que cada uno 
era el Rey que la soberanía se daba á sí 
misma. 

Su desengaño fue terrible. Rojos y ne- 
gros, como enamorados noveles, se habian 
hecho las siguientes declaraciones: 

1." El hombre no ha nacido para traba- 
jar debajo de tierra, ni al calor de un horno 
de fundición. 

2.* El hombre tiene derecho á la anar- 
quía, que es el estado mas libre que los au- 
tores reconocen. 

3.* El hombre tiene derecho á ser ali- 
mentado por la tierra. 

Y después de estas declaraciones, y como 
consecuencia de ella?, habian decretado: 

1.° La abolición de las minas, de las fá- 
bricas y de sus propietarios. 

2." La supresión de todo reglamento, 
de toda ordenanza y de toda ley, incluso la 
ley de la moneda. 

3." El repartimiento de todas las tier 
ras que por si mismas se negasen á alimen- 
tarlos. 

4.° y último. La creación puramente 
transitoria de una monarquía que se encar- 
gara de realizar estas medidas y que se 
comprometiera á no imponerse al público 
una vez realizadas. 

Una comisión compuesta de rojos y ne- 
gros desembocó muy lucida y acompañada 
de músicos, danzantes y banderas en la 
plaza, donde, apenas repuestos de su asom- 
bro, se encontraban mi principal el fabri- 
cante y su antes rival, y ahora compañero 
de infortunio, el propietario. 

Aquellos obrero», dotados de singular es- 
píritu practico, habian iJeado una forma 
monárquica perfectamente adecuada á sus 
necesidades. 

Ofrecían la Corona á la ram3 de los pro- 
pietarios hasta que esta quedara completa- 
mente estinguida en obsequio del pueblo, y 
6 su estincion la Corona pasaba á la rama 
de los fabricantes, con idéntica obligación 
de estinguirsc. 

El propietario y el fabricante, al oir estas • 
declaraciones de derechos, cayeron desma- 
yados ; su pueblo respetó el desmayo, en 
prueba de la simpatía que le merecían sus 
príncipes. 

Vueltos en sí, se abrazaron cariñosamen- 
te; y enjugándose las lierimas con un nú- 
mero de La Época de Ch..., echaron chi- 
nas para saber S cuál le tocaba cstinguirse 
primero. 

Y yo, que, aunque español liberal v tene- 
dor de libros, soy nombre de buena fe, aver- 
gonzado de mí mismo y de mi necia tenta- 
tiva de hacer una revolución conservadora 
por medio de las clases populares, y con los 



principios democráticos, huía toda prisa de 
Ch... y me dispongo á embarcarme para 
España, donde, según leo en El Debate, las 
clases conservadoras han hecho una revo- 
lución democrática y popular que no ofre- 
ce peligro alguno para lo porvenir. 
Tu amigo que de veras te quiere, — Diego- 

Sr. Director de La Margarita. 

Me pidió V. un artículo para su aprecia- 
ble semanario, y creo cumplir mi promesa 
remitiéndole para su inserción la carta de 
mi corresponsal de Oceanía. 

Y queda de V. su afectísimo seguro ser- 
vidor Q, B. S. M. 

S. DE LlNIERS. 



ECOS DE MADRID. 



Si pudiera hablar en secreto á mis lecto- 
ras , es decir , si los ministeriales no se en- 
terasen de nuestra conversación, les diría 
unas cosas... 

;Y por qué no decirlas? 

La mujer, mas perspicaz y desapasionada 
que el hombre, sobre todo en política, debe 
ser previsora. 

Por otra parte, la caridad debe ser el sen- 
timiento que llene su alma , y la caridad 
nos aconseia á todas que empleemos nues- 
tra influencia para impedir que nuestros 
padre; y nuestros esposos, que nuestros hi- 
jos y nuestros hermanos caigan en el lazo 
que un inexplicable odio de nuestros ene- 
migos 'es tiende, con fines que podemos 
pe-donarles porque somos generóos, pero 
cuva realización es preciso impedir. 

;He despertado vuestra curiosidad? No 
me estraña. Pue=_ sabed que los que mal 
nos quieren, sueñín con una insurrección 
carlista, la necesitan orno el enfermóla 
salud, como el pobre el dinero, y, no obte- 
niéndola natural, andin desalados bascan- 
do el medio de proporcionarse una arti- 
ficial. 

Serian capaces hasta de pedir á los car- 
listas, por el amor de Dios, que saliesen al 
campo, -y les comprarían armas y muni- 
ciones, y les harían proclamas, y se las re- 
partirían gratis. 

¡Vamos! tienen mucha necesidad de un 
levantamiento, po r quc. como el instinto de 
conservación aguza el ingenio, com-renden 
que la cuestión de Francia va á resolverse 
en breve, v para cuando esto suceda nece- 
sitan tener las cárceles llenas de carlistas, 
los derechos individuales trasformados en 
consejos de guerra, y lo* diputados y sena- 
dores i muchas leguas del Parlamento. 

Así es que trabajan... ¡pobrecillos! y con 
el ca'or que hace van á enfermar, porque 
no viven ni sosiegan. 

Nuestros amigos, preciso es confesarlo. 



v^ 




J 



- 24 



son buenos , generosos, y, poco avezados á 
las intrigas y los ardides,' caen en la red con 
la mayor facilidad. 

Enseñadles vosotras á desconfiar, porque 
de esto dependen su seguridad y su vida. 

A lo mejor entrará vuestro esposo en 
casa muy satisfecho, muy contento. 

— ¿Hay buenas noticias? le preguntareis. 

— ¡Escelentes! contestará. 

— Pues ¿qué sucede? 

— ¡Nada...! Que hasta los liberales mas 
acérrimos van convirtiéndose poco á poco. 

—¿De veras? 

— ¡Vaya...! Sin ir mas lejos, acabo de ha- 
blar con uno, y me ha dicho: «Yo he sido 
liberal toda mi vida: he hecho los mayores 
sacrificios por la libertad ; pero al ver que 
estamos mucho peor que en tiempo de Gon- 
zález tVabo, me he desengañado, y soy car- 
lista; si, señor, carlista de los mas rabio- 
sos.» Como sabe que yo soy de la Junta, me 
ha ofrecido sus servicios, asegurándome que 
se pone á mis órdenes para proporcionó- 
nos armas y para salir al campo con los 
muchachos. 

Otro dia rogareis á vuestro hermano que 
os acompañe á pasco. 

— ¡Imposible! dirá; tengo que hacer. 
— ¡Pero, hombre...! 

— Nada... nada: la causa es lo primero. 
Tengo una cita con un sargento. Me ha bus- 
cado ; me ha dicho que toda su familia es 
carlista, que no puede pasar por la pena de 
combatir contra los que profesan las ideas 
de sus padres, y que está resuelto á suble- 
var dos ó tres compañías de acuerdo con 
sus camaradas: ya ves, esto es muy impor- 
tante, y si desperdiciamos tan buenas dis- 
posiciones... 

En otra ocasión se presentará en vuestra 
casa un desconocido, el cual asegurará á 
vuestro padre que comhatió á las órdenes 
de Cabrera en Cataluña, y que, deseoso de 
prestar servicios á la causa, se compromete 
con unos cuantos amigos á trasportar ar- 
mas ó alistar gente. 

Vuestra misión en todos estos casos, 
amables lectoras, es contener el entusias- 
mo de los seres queridos, y pronunciar 
continuamente las mágicas palabras: ¡Es- 
coda, Carretero, y LallaveI 

No demos el gusto á los que nos persi- 
guen de fortalecerse con nuestras debilida- 
des. Sepamos aguardar, y la Providencia 
no tardará en abrirnos el camino de la sal- 
vación. 

Al ver defraudados sus deseos con la 
desesperación de la impotencia, improvisa- 
rán motines ; pero la verdad se hará paso, 
y las personas honradas que, ilusionadas, 
creen aun en lo existente, execrarán los 
atentados que se cometan, las falsificacio- 
nes que se practiquen, y pasarán á nuestro 
lado la balanza de la justicia. 

Dado ese aviso..., nada mas tengo que 
deciros sobre el particular. 



Una noticia de un periódico ministe- 
rial ha producido numerosos ataques de 
nervios. 

Después de oirle, no queda duda...: va- 
mos á traer la Inquisición. 

Le han faltado algunos datos, y yo, po- 
bre de mí, voy á proporcionárselos. 

Necesitándose algunos instrumentos de 
hierro, aprovecharemos los rails de los 
ferro-carriles, y hasta el vapor; porque 

rara veranear viajaremos en coches de co- 
leras ó en muías de alquiler. 
Yo no sé cómo somos carlistas después 
de oir estas cosas; y, francamente, entre 
nuestra Inquisición y la guillotina de los 
republicanos , comprendo que los liberales 
de la situacbn prefieran el festín del pre- 
supuesto. 

No son tontos..., aunque llevan la fama 
de serlo. 

• 
• * 

Ha llamado la atención que el autor de 
la zarzuela Los Holgazanes haga pasar la 
acción de su obra en los mejores tiempos 
de los liberales. 

Y 6 pesar de estar llena de gracias la zar- 
zuela, hay quien opina que esta coinciden- 
cia es el mejor chiste de toda la obra. 

Sin salir de los teatros, voy á apuntar 
otra observación. 

En la pantomima La Fuente Castellana, 
i mantillas y peinetas, hay una escena 
muda que el público aplaude con entusias- 
mo. En tanto que un galán desliza en la 
mano de una dama un billete, un rapazuc- 
lo de»liza su diestra en el bolsillo del galán, 
y le escamotea el pañuelo. Un guardia le 
sorprende, y se le lleva preso. 

Aquí estalla el aplauso. 

— ¡Eh! ¿Qué tal? esclamó un progresista: 
eso es lo que se llama tener respeto á la au- 
toridad. El público aplaude al verla repre- 
sentada en el teatro. 

—Desengáñese V., le cintestó un amigo 
mió: el publico aplaude al guardia figura- 
do, porque llega mas á tiempo en el teatro 
que los guardias de verdad en la calle. 
Esperanza. 

MARGARITAS. 

La honradez y el juicio tienen mas valor 
que la riqueza. (Dryi»:n. 

El que confiesa sus errores, debía compla- 
cerse en vez de avergonzarse: su confesión 
demuestra que sabe hoy mas quca\cr 

a - , - <?'" 

Asi como el genio crea , consagra la opi- 
nión. (F«c.) 



VADRID. 1871. -Imprenta itc La Biptvanza , f¡ 
cargo do D. A. Peivz Dubrull, Pez 0. 



^: 



dJ 



^ 




ÁLBUM OE LAS SEÑORAS CAT0LICO-KONAR0UICAS 



ASO I. 



23 ABRIL 1871. 



NUM. 4." 



SUMARIO — La política y la mujor. porción 
Salvador Moría ilo Fiibrcffues.— Caprichos i»k i. a 
Uoda: Impresiones ile viaje { continuación), por 
Cnroilna p.— Bhllbias dk la Kbligion : A San 
Vicente Perrer, Patrón de Valeucla, por D. An- 
tonio Aparlsi y Uuijarro.— Bocetos cahlistas: 
D. Cándido No::edal.-*Ecos de Madrid , por Espe- 
ranza.— Margaritas. 



LA POLÍTICA V LA MUJER. 

Si la libertad proclamada por el mo- 
tin de Cádiz, cuna de todos los engen- 
dros del liberalismo, no fuese una so- 
lemne mentira, sobre todo para el par- 
tido monárquico legitimista , no nos 
ocurriera hoy salir en defensa de un 
derecho tan incuestionable como cual- 
quier otro, si convenimos en que la 
política, en nuestro desgraciado pais, 
es el cáncer que lentamente destruye 
todo lo bueno que poseemos. ¿Tienen 
las mujeres derecho á figurar en polí- 
tica? Cuando la misión de la mujer, 
que es de paz y de amor, puede ejercer 
benéfica influencia, siquiera sea en uu 
terreno poco practicable para ella, de- 
bemos concederle amplia libertad; es 
mas: debemos aplaudirla y estimular- 



la, porque se han visto en tiempos pa- 
sados grandes figuras que han oscure- 
cido la brillante aureola que rodea al 
genio, patrimonio cuya esclusiva pro- 
piedad se ha adjudicado el hombre. 

En otras circunstancias tendríamos 
por una aberración del espíritu sem- 
brar semejantes ideas en el fértil cam- 
po de la prensa periódica; diríamos lo 
que Saavedra Fajardo en su República 
literaria ; pero hoy que en nombre de 
la libertad vemo3 desmoronarse el edi- 
ficio social ; hoy que por do quiera no 
contemplamos mas que huestes de ván- 
dalos que destruyen , y no brigadas de 
pacíficos obreros que edifiquen ó re- 
paren los daños del tiempo, con el al- 
ma contristada tendemos la vista alre- 
dedor, buscando quien reconstruya el 
minado edificio que amenaza desplo- 
marse. Con pena lo confesamos: no he- 
mos encontrado en el filósofo ni en el 
estadista abnegación suficiente para 
dar el primer paso en tan colosal como 
arriesgada empresa. Pero sí hemos vis- 
to 6, muchas damas , honra y prez de 
su sexo , que sin tener en cuenta su 



-26 — 



debilidad, con ánimo varonil , han to- 
mado á su cargo la iniciativa de tan 
grande obra , adoptando el emblema 
que representa el mas acendrado espa- 
ñolismo , ó luciendo la simbólica flor, 
anatema tácito de la inmoralidad y de 
los malos gobiernos. ¿Por qué, pues, no 
hemos de conceder en las apiñadas 
filas de nuestro partido un lugar pre- 
ferente á las que tan acreedoras se han 
hecho á ser también cobijadas por el 
blanco estandarte de la verdadera li- 
bertad? ¿Qué razón hay para que ne- 
guemos á la mujer el derecho de liacer 
política? 

Preciso es que tengamos en cuenta 
que la politica en la mujer no puede 
ser la enconada lucha de intrigas , de 
coacciones, de atropellos y de críme- 
nes de todo género. Las hijas de Eva 
no tienen mas armas que sus bellos 
ojos, sus mágicas sonrisas, sus hechi- 
ceros encantos, empleados siempre con 
talento oportuno ó con diplomática 
astucia. Ellas no podrán disparar un 
re\rolver ni dirigir á fondo de una esto- 
cada ; pero saben desarmar al hombre 
de mas valor; saben vencer al mas 
bravo y afortunado en la pelea. La en- 
cantadora sonrisa de unos labios de 
coral, ó la lágrima brillante y diáfana 
que se desprende de unos ojos de aza- 
bache, son la xdtimaratio regum en las 
luchas políticas que entabla la mujer, 
y cuyo triunfo es suyo las mas veces. 
La mujer, como amante, como esposa 
y como madre, sabe imponerse al hom- 
bre cuando quiere ; y no ha habido 
aun ejemplo de voluntad rebelde que 
haya resistido á la dulce presión que 
el bello sexo sabe ejercer en el sexo 
fuerte, siempre que con insistencia se 
propone llevar á cabo una empresa, 
por irrealizable que haya parecido. 
Un antiguo proverbio decia : En la 
mujer está el querer; lo que puede 
traducirse: "No hay imposibles para 
la mujer cuando ella quiere." 

Pues si esto es as!; si la lógica de 
los hechos nos obliga á confesarlo, ¿por 
qué no hemos de esclamar: ¡Plaza, 
plaza á la mujer en el campo de la 



politica ! Los israelitas tuvieron una 
Débora: los católico-monárquicos pue- 
den tener una Margarita. La. revolu- 
ción francesa de 17S9 produjo una 
Teroine y una Mad. Rolland , dos ti- 
pos bien opuestos ; la revolución espa- 
ñola de 1868 ha de producir una fa- 
lange de heroínas que combatirán sin 
tregua ni descanso por su Dios, por 
su Rey, y por su Patria. 

Salvador María dk Fábregurs. 



CAPRICHOS DE LA MODA. 

IMPRESIONES DE VIAJE. 

(Continuación) ¡1). 

\". 

Habíamos decidido estar en San Se- 
bastian hasta el día 4 ó 5 de agosto; 
pero una noche fuimos testigos de una 
escena salvaje que nos obligó á acele- 
rar nuestra partida , pues podia repe- 
tirse, y no presagiaba nada bueno para 
nosotros. 

Corrían aquellos dia3 rumores de 
que los carlistas pensaban lanzarse al 
campo; rumores esparcidos por los in- 
ventores de la ho7irosa acción de La- 
llave y comparsa, y los progresistas de 
la capital de Guipúzcoa, envalentona- 
dos con la poca energía , ó mas bien 
connivencia, de las autoridades , voci- 
feraban que iban á tener una cacería, 
como la que habían tenido sus compa- 
ñeros de la corte, en la que no ibau á 
dejar un carlista con vida. 

Acabábamos de comer un domingo 
en casa de un amigo de mi padre, su 
antiguo compañero de armas , á quien 
nos babia encargado visitáramos, y nos 
dirigíamos Enrique y yo á dar un pa- 
seo por la Concha, cuando, al acercar- 
nos al Parador Real, vimos una mul- 
titud de gente que daba gritos desafo- 
rados, que al principio no pudimos en- 
tender. 

Estos gritos de muerte se dirigian 



(1) Véase el número anterior. 



^: 



_ 27 — 



contra nuestro partido , apostrofándo- 
nos con loa epítetos mas ultrajantes, 
acompañados de las interjecciones mas 
indecentes. 

Afortunadamente el dueño del pa- 
rador no se hallaba en la población, y 
los progresistas de allí se contentaron 
con los gritos y amenazas, y una es- 
pecie de cencerrada , única cosa qne 
pueden dar , y después de repetir la 
escena delante de otra ú otras dos ca- 
sas, se dispersaron, jurando que al dia 
siguiente no habia de quedar un car- 
lista vivo para un remedio. 

No puedo , queridas lectoras mias, 
esprosaros el susto que pasé; y tanto 
hice , que pude conseguir de Enrique 
que al dia siguiente saliéramos de aque- 
lla ciudad , dirigiéndonos á uno de los 
establecimientos de baños , que tanto 
abundan en aquella provincia. 

Debo deciros, antes de abandonar la 
capital de Guipúzcoa, que en todo el 
tiempo que permanecí en ella no vi 
mas que dos veces á mi compañera de 
viaje, la esposa del alto empleado de 
Hacienda, pues yo no concurrí á nin- 
gún baile ni concierto de la Kursaal, 
á los que ella no faltaba, y que aque- 
llo de la habitación tomada y pagada 
desde el mes de mayo , lo mismo que 
lo de la emigración de su marido , era 
una de las muchas mentiras que dicen 
ciertas gentes cuando se hallan entre 
personas que no las conocen, y creen 
darse importancia y hacerse envidiar 
de los que las escuchan. 

Salimos de San Sebastian á las ocho 
de la mañana para detenernos en To- 
losa á almorzar, y esperar allí el tren 
exprés para llegar á Zumárraga , es- 
tación de donde parten diligencias á 
todos los puertecitos de la provincia y 
á todas las casas de baños. 

Hora y media después nos apeamos 
en Tolosa, una de las poblaciones mas 
bonitas de las Provincias si sus calles 
fuesen un poco roas anchas y sus casas 
un poco mas blancas , pues á primera 
vista me hicieron el efecto de casas 
que hubieran sufrido un incendio. 

La magnífica iglesia parroquial, de- 



dicada á la Asunción de Nuestra Se- 
ñora, me agradó en estremo , pues es 
espaciosa, clara y de buen gusto, lo 
mismo que la fábrica de papel de Iru- 
ra, montada con todos los adelantos 
que las mejores de Bélgica y Angule- 
ma, según nos dijeron , y la de fósfo- 
ros de Yurrita, en la que vi trabajan- 
do un gran número de niños y ni ñus, 
muchos de los cuales aprendían á leer 
y á escribir en las horas de descanso 
que les daba el dueño de la fábrica 
con este objeto. 

En la fonda donde almorzamos lo 
hicimos en compañía de tres oficiales 
de las tres compañías que guarnecían 
la población ; y habiéndose suscitado 
la conversación sobre próximo levanta- 
miento carlista, ninguno de ellos me 
pareció muy inclinado á salir en bu 
persecución, y todos reprobaron la 
conducta de los... liberales de Madrid, 
San Sebastian y otros porristas. 

VI. 

A las cinco de la tarde llegamos á 
Zumárraga, donde, á pesar de los mu- 
chos carruajes que saUan en todas di- 
recciones , no encontramos billete en 
ninguno de ellos. 

Viendo la contrariedad que esto me 
causaba , el administrador, joven es- 
tremadamente amable, llamado D. Ig- 
nacio Artiz , nos ofreció ponernos un 
coche particular. 

Aceptamos el ofrecimiento : mas 
cuando estábamos esperando que en- 
gancharan, supimos que al dia siguien- 
te, en que la Iglesia celebra á San Ig- 
nacio de Loyola , habia gran función 
en Azpeitia y en el santuario, y varia- 
mos de opinión, decidiéndonos á pasar 
la noche en la fonda, ir por la mañana 
á Loyola, volver por la tarde, y á aque- 
lla hora salir en el coche á Vergara, 
donde queríamos permanecer un par 
de (lias. 

Tomada esta resolución , comunicá- 
rnosla al Sr. Artiz, quien la aprobó y 
dio las órdenes necesarias al efecto. 

Mientras anochecía salimos á recor- 
rer el pueblo , que me dejó encantada, 



fc 



-28 — 



pues tiene una iglesia magnífica, una 
plaza mayor con soportales , que aun 
no está concluida, pero cuya casa con- 
sistorial, de un gusto severo y elegan- 
te, le da un aspecto tal, que, una vez 
terminado el resto de la plaza , habrá 
pocas como ella en muchas capitales 
de España. 

Tiene ademas muchos edificios de 
buen gusto, y fábrica de fósforos, que 
el Sr. Mendía, con la amabilidad que 
es característica en todos aquellos na- 
turales, nos enseñó detenidamente, así 
como todas las operaciones quo en ella 
se efectúan , mostrándonos al paso al- 
gunos grabados de suma perfección 
hechos en su litografía, bajo la direc- 
ción del Sr. Oráa , antiguo dueño de la 
fábrica. 

También visitamos el antiguo pala- 
cio del marques délos Narros, situado 
en Villareal, pueblo unido enteramen- 
te á Zumárraga, y que yo creia al prin- 
cipio era uno solo. 

Este palacio , cuyos escudos estaban 
cubieitos de crespón, pues su dueño 
acababa de morir en los brazos de don 
Carlos de Borbon en Paris, estaba 
alhajado con un lujo y un gusto que 
me deslumhraron, y, mas que morada 
de un particular, me pareció mansión 
digna de un Rey. 

Cuando volvimos á la fonda, nos 
sirvieron la comida con un gusto y 
una limpieza que nada teuian que en- 
vidiar á las mas elegantes de la corto, 
y este gusto y este aseo me hicieron 
augurar bien de la habitación, donde 
aquella noche pensé desquitarme de lo 
mucho que habia sufrido en el chiribi- 
til de San -Sebastian. 

(Continuar.! 

Carolina. Y. 

BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 

A UN VICENTE FERRCR . PATHUX HE ULENUA (I). 

Mirad tras largo siglo onAl despunta! 
Kt sol hermoso que mí patria! espera. 



(I) Verdadera joya literaria, esta composición, 
nunque ya publicada, la reproducimos para que 
pueaian conservar nuestros suscrlloraus en Cato al- 
bou tan Inspirada como bella poesía. 



i Ya resplandece el suspirado día! 

Mirad cómo palpita ile alearía 

La hija noble del Cid, y se engalana 

Cual virgen que á los brazos del esposo 

Va inocente y ufana. 

De rosa y de laurel y luí ceñida 

Su mirada de amor levanta al cielo; 

Ese sol que lo Inflama refulgente 

Vuela a decir al estendido mundo 

131 claro nombre de su gran Vichntií. 

Por eso en la región del vago viento 
El címbalo sonoro 

Lanza su grande voz; hierve en lns plazas 
Cliimoroso el pueblo: ñlzanso altares; 

Y al festivo ondear de blanco lino. 
En preí insigne del varón divino 
Resuenan por do quier ledos cantores: 
Contemos: lo qua el mundo llama gloria , 
Itelámpago voloz relumbro y ciega, 

O rnyo abrasador trqenn y devora. 

Brilló, tronó, despareció...; ¿dó es Ido 

Su esplendor y poder? Fue, y ha pasado: 

Pero bella en su trono inmaculado. 

Hija del ciólo, la virtud divina. 

Aunque reina ultrajada de la tierra , 

Eterna la fecunda y la ilumina. 

¡Oh gran Vicente! ;Oh patria! ¡Oh venturosa 

Rntre t'idos los pueblos que elsDl mira, 

Y con sus largos brazos el mor cierra! 
Tú, ha'agada del cielo y la fortuno; 
Tú. del mundo encantado paraíso; 

Td. de un i-raile inmortal egregia cuna. 

Mos ;ny! ¿por que improviso 
Me tiembla el corazón, la lira estalla, 
y so agolpa ó mis ojos lloro ardíante? 
> ilusión de la abitada mente? 

, ¡Ilusión! ;Ah! no, no, que filos me Inspiru. 
Callad los quo roínnis sobre la lira; 

I No lügn'.s i|ue ese sol luce hoy mas puro, 
Quo mus suave el cedro suspiro . 
Que en medio de vergel ale gayas flores 
Con flu gracia gentil se alza riendo 
Valonóla entre apacibles resplandor*' i. .. 
¡Ay. tristes! que la luz se va estinguiendo. 

Y llegan yo lo noche y sus horrores, 

Y en arenal que moribundo alumbra 
El rayo de una luna macilenta. 

Mi infeliz patria en doloroso angustia 
A mis pasmados ojos se presento. 

Aun en la sien ostenta 
Su coaona do llores: ¡mas ya mustia ! 
Aun el manto que el oro ha recamado. 
Cine... pero ¡miradlo! está rasgado, 

Y tinto en fungo vil... ¡Oh patria mía! 
|Ayl ¿por qué en temblorosa 
Agonía to «gitos, cual esposa 

Que esposo inesperado on su alegra , 
Adúlt<-]'a sorprende; y, desolada, 
Lanzas grande alarido, cual si atroces 
Vinieran sobre ti peste y espada? 
Vienen... ticmbln... el bramido 
¿No escuchas yo de tempestad vecina, 
Que al mundo anuncia funeral estrago? 
De Jaime do Aragón cruza indignada 
Lo adusta sombra por el airo vago: 
Uriti que se ha encendido 



I 



I 



-■O 



rr 



-29 - 



La cólera do Dios... A inmensa alun i 
He eleva el numen, y á muí pies la tierra 
Miro, y rásgala el velo 
Contempla el porvenir un ojo humano. 
¡Ouny de ti, guay de Ü, del Océano 
Reina altiva y cruel. Tiro avarienta, 
En quien hasta el honor es mercancía! 
iGoay de ti, guay do ti. Babel impía, 
Que ser la hija de tu Dios te afronta, 

Y sueñas en ser Dios, de un hombre esclavu! 
;Ay de ti, España, que el Señor le amaba, 

Y ora estás sumergida 
En letargo profundo; 

Gloria del mundo ayer, risa Iny del mun !o! 
¡Ay, Europa, de ti...! Desde su Trono 
Fulgurante en Li cúspide del cielo. 
Dios inclinó su frente 

Y retembló la Inmensidad... Al panto 

I ña ftsgfll, que fue hombre, los espacios 

Cruza como relámpago, de gloria 

Dejándolos y de su lumbre Henos. 

El habla, y siete truenos 

Hablan con El : iTemed á Dios potente. 

Temed y honrad & Dios.» ¿Qué dice el mundo? 

|Ayu.| ¿Qué ha dicho? El infiomose ha alegrado; 

Satán ha concitado á sus gigantes. 

La noche por la tierra se derrama; 

¡Horror y confusión! á hierro y llama 

Se alzan luchando gentes contra gentes. 

Cual dos mares furentes 

Que se arrojasen a chocar, sus olas 

Rompiéndose, y revueltas, y bramando. 

Aquí el fuego devora; centellando 

La espada hiere allá... ¡Cielos! ¿Qué veo? 

¿Qnión es, quién ese monstruo 

Gigantesco y feroz, inmundo y feo? 

Desnudo va; eu su frente una corona; 

Sangre y lujaría su mirada empañan: 

Hacha que hlande.su furor pregona; 

Hambre y peste sus pa«os acompañan ; 

Va a hacer trizas los tronos de la tierra-. 

Va a asolar los altares del Eterno, 

Y en perpetua discordia y cruda guerra 
Va á dar ni mondo el caos y el infierno. 

A la tierra inclinados desde el cielo 
Los ángeles de Dios la miran tristes, 

Y sobre ella, asolada 

Y sangrienta y convalsa en su agonía, 
Resuena de Satán la carcajafn... 

Dios santo, que este mundo tan hermoso. 
Con agua, planta y flor enriqueciste, 

Y con fulgente sol iluminaste; 

Tú. que al hombre á tu imagen bueno hiciste; 

Tú, que Rey de la tierra le llamaste; 

Tú, que, por dorle el cielo, ú tu Hijo diste, 

(Salva al mundo y al hombre á quien criaste! 

Angeles que al sonar las liras de oro, 

Cantáis su nombre santo 

En día eterno, en incesable coro, 

¡Por nosotros rogad! Los que en el mundo. 

De sus pompas humildes triunfadores, 

Amasteis y sufristeis, y en el cielo 

Ya de luz que no muere estáis ceñidos, 

¡Volved los ojos al oscuro suelo. 

Somos vuestros hermanos! Y tú, Padek, 

De tu dulce Valencia ya olvidado. 




¿Nos has desamparado? 
¿Paea no naciste aqui? ¿Pues no vivías 
Entre nosotros, y en virtud y en gracia 
Anto los hombres y ante Dios crecias? 
El aire qne respiro, respirabas; 
La tierra «pie yo piso, tú pisabas: 
Esta es Valencia ¿ves? hoy sos dolores 
Por festejarte la Infeliz esconde, 
Y' orna su frente pálida de flores... 

Y te llama, y su Hijo no responde: 
I-e llama en su agonía, 

Y él se está allá en el cielo... ;ay! ¡el ingrato...! 
Mas^qué dije? ¡gran Dios! ¡nordou! perdona; 
Pero ven: salva á España, salva al mundo. 

Tú pasaste por él. y lo alumbraste; 

Dista & los pueblos paz. á un R*»y corona; 

En nombre del Señor al mundo hablaste, 

Y el oprimido levantó su frente. 
E hincaron su rodilla los tirano». 

Y todos ante un Dioijnstoy clemente. 
Se sintieron felices, siendo hermanos. 
Ven. pues, y no tardes, que el siniestro 
Día de horror y lato se avecina: 

Mira qae ante ta Dios, ante el Dios nuestro. 

Por siempro reprobada 

España no ha de ser...: y ¿dñ su rayo 

Lanzaría de Diosla diestra airada 

Ea esta hermosa tierra, qae amó el cielo. 

Tierra de Recaredo y de Pelayo. 

Toda en sangre de mártires bañaba? 

¡Ati! no será: tras tempestad sombría 
El irte lucirá de la alianza: 
Que Díes, si es justo Jue?, es Padre baeno. 
¿No visteis estallando 
Ronca tormenta en desgarrado troeno? 
Rudo granizo arroja y rayo ardiente, 

Y mares de ngoa. y brama... el suelo tiemh'.a. 
Ye«tremé*eíe pálida la gente. 

Mas sobre el nubarrón, que envuelve horrible 
Con "u medrosa oscuridad el suelo, 
I"n ciclo hay claro, y bello, y npacihle, 

Y un espléndido sol en ese cielo. 

Y Dios da la señal, y en prestas alas 
Los céfiros sonando 

I anaai la oscura nube... y centellea 
Reapareciendo e! sol, y canta el rv<\ 

Y se anima la tierra y se hermosea 
A su dulce calor y luz suave. 

Ahí será; Ira» ttmji+ita>> tombría 
E! trti lucirá de la a'iansa; 
Va la tierna piedad tras la ira impía, 

Y aldo^or acompaña la esperanza, 
A la Justicia de so Dios atento. 

Mí fatídico numen 

Miríídel mundo el funoral estrago: 

Olvidé que ora padre: ;ea nuestro Padre 

El qae es Rey de los siglo?...! ¿Mas me engaña 

Sueño feliz de burHdor deseo? 

Veoíd presto, corred, cercedme todos? 

Decidme, si es que veis lo que yo veo. 

Veo un ángel hermoso 

En la radiante esfera 

Con gran les alas de oro aparecido; 

Y es triste, pero tierna . su mirada, 

Y está sobre Valencia suspendido. 
Y" leo en torno de su noble frente 



Que ciñon rayos de esplendor sereno: 

Temed y honrad d Dio*, que es grande y&lMHO, 

¡Ah padre! ¡oh gloría nuestra! ¡oh gran Vicbntb! 

¡Cuánto has tardado, padre! Al fin te vemos... 

Ahí nos amas... tus hijos 

Te aman también... enjuga, pues, su llanto 

Y ú sus males prolijos 

Pon ya Un, nuestro héroe, nuestro Santo. 

Bable,., tu voi nos mando; 

Habla, ¿qué quieres, di...? ¿lo habéis oido? 

Temed y honrad á Dios, oue m bueno y ¡/rande. 

Antonio Apabisi y Guijarro. 



BOCETOS CARLISTAS. 

D. CÁNDIDO NOCEDAL, 

DIPUTADO POR PRAV1A Y POR VAl.MASKliA. 

Si solo los ojos Je la cara hubieran de 
fijarse en este boceto, la tarea era fácil; 
pero son los ojos de la pasión . y, como 
Campoamor dice en su célebre Dolora: 

«T>.do es efecto en el mundo 
Del cristal con que se mira.» 

Y vean Vds. lo que son las cosas: esta 
diversidad de pareceres es ya una parte de! 
retrato. 

Nocedal se vio sorprendido en la juven- 
tud por la libertad , y su primer latido de 
amor fue para ella. 

Los que le culpan de haber sido milicia- 
no nacional, si lo fue, que lo ignoro, se 
cjvidan desús primeros amores: ¿quién no 
ha hecho sacrificios estéticos al objeto 
adorado? 

Pero por lo mismo que amó la libertad, 
cúlpanle algunos de inconsecuente al verle 
convertido en su enemigo, como si no fue- 
ra condición humana odiar al ser amado 
desde el momento en que pierde á nuestros 
ojos todo su valor, y le vemos entregado á 
las locuras de la vida, de que quisimos pre- 
servarle con nuestro cariño. 

Figúrese el lector que es joven, que en- 
cuentra una mujer encantadora, que se le 
aparece adornada con todas las virtudes, 
que la ama fascinado, y que un día la en- 
cuentra entre los demagogos del 48. en el 
banquete progresista de los Campis Elíseos, 
en el despacho de un ministro pidiendo cre- 
denciales para sus consecuentes admirado- 
res, ó en un café manchego trincando con 
los ejecutores de la alta justicia de un go- 
bierno liberal. 

_ ¿Qué haria? Desengañarse, perder las ilu- 
siones v esclamar, al hallarse en presencia 
de la falsa deidad : «No es á ti á quien he 
amado; tú has tomado las fnrmas de mi 
ídolo, y. sin perder mi amor á la libertad, 
te odio y te persigo porque eres su moneda 
falsa.» 



30 — 

Nocedal es uno de los primeros hombres 
del Parlamento, no de España, de Europa; 
y porque lo es, cuando condena el parla- 
mentarismo hay que creerle. 

Pero ¡cosa estraña! es ademas un hora • 
bre de gobierno. 

Por efecto del empuje de su genio, al abo- 
gar por la descentralización, ha dado al sis- 
tema autoritario el aire que necesitaba 
para vivir. 

No hay una sola persona de cuantas le 
conocen, amigos y adversarios, que no con- 
fiesen su soberano talento, su asombrosa 
serenidad v su valor cívico. 

El dia 30 de setiembre de 18l¡8, cuando 
las masas populares dominaban y caia heri- 
do el secretario de González Brabo, Noce- 
dal paseaba tranquilamente por las calles 
mas céntricas do Madrid. 

Confiado en la elocuencia de su palabra, 
y gran conocedor de las fibras del pueblo, 
espera tranquilo los movimientos de las 
masas. 

Es el continuo triunfo de la inteligencia 
sobre la fuerza. 

Por mas que no lo crean muchos, es re- 
volucionario, y al mismo tiempo organi- 
zador. 

AI verle sostenido sobre sus delgadas 
piernas; al contemplar su rostro siempre ri- 
sueño, no parece posible que pueda infun- 
dir pavor á sus adversarios. 

Pero lo infunde solo con pedir la palabra, 
porque es á la vez general y guerrillero; 
forma el plan de batalla, dirige la lucha y 
toma parte en la pelea, adornando el ata- 
que con eficaces improvisaciones. 

Como ha sido varias veces ministro de la 
Corona y presidente de la Cámara; como 
ha terciado en todas las contiendas políti- 
cas, tiene algunos rasguños. 

Pero no seamos tan severos: ¿quién ha 
luchado en política y ha salido ileso? 

No se puede negar que Nocedal es uno de 
esos hombres de genio que pasan á la pos- 
teridad después de influir en la marcha de 
las naciones. 

El partido carlista tiene con él, en la es- 
fera civil, un poderoso ariete, y está de en- 
horabuena con su adquisición , y Nocedal 
lo está también, porque ha encontrado al 
fin el puesto natural, el que lógicamente 
debia ocupar, dadas sus condiciones de ca- 
rácter, sus ¡deas y sus sentimientos. 

Aun es joven y vigoroso ; aun puede ga- 
nar muchas batallas; y ¿por qué no decirlo, 
si la franqueza y la lealtad es patrimonio 
de los carlistas?) al talento que busca el bien 
hay que tomarlo tal cual es, y darse uno 
por satisfecho. , 

Para ser justo, debo añadir que si como 
político figura en primer término , como 
letrado y como publicista es rival de sí 
mismo. 

Dos distritos le han elegido. 



vV. 



31 - 



Así es que no es estraño que valga lo me 
nos por dos á los ojos de los ministeriales. 
A los de sus amigos vale mas. 

X. 



ECOS DE MADRID. 



Como nosotras somos así, tan poco prác- 
ticas, tan tímidas y tan nerviosas, la noti- 
cia de que el gobierno habia obtenido un 
triunfo, gracias al rompimiento de los car- 
listas y los republicanos, nos quitó un poco 
el sueño. 

Y no porque nosotras esperemos vencer 
con el auxilio de los que mas han contri- 
buido á arrancar las creencias religiosas de 
algunos pechos españoles. 

Solo confiamos en la fe y la constancia 
de nuestros hermanos; pero, hoy por hoy, 
aunque nuestros vecinos nos molesten, 
como tenemos un enemigo común, debe 
causarnos pena todo lo que tienda á rom- 
per la armonía entre los moradores de la 
misma casa. 

Pero todo fue nube de verano, y aquella 
escaramuza , que tanto entusiasmó á los 
partidarios del eoler azul , ha servido para 
demostrar la importancia que dan á la bue- 
na inteligencia de sus adversarios. 

*** 

Voy á confesar á mis lectoras una debili- 
dad que he tenido. 

Creo firmemente que nosotras no esta- 
mos en nuestro sitio al ocupar un asiento 
en las tribunas de las Cámaras; pero iba á 
hablar Aparisí y Guijarro, y no pude me- 
nos de arrostrar el sacrificio de parecer por 
un momento demócrata ó mora fronteriza. 

¿No habéis oído hablar á Aparisi y Gui- 
jarro? Os compadezco. Su corazón late en 
su voz, y cuando habla , como se ve que 
dice lo que siente, y lo que siente es bello 
como su alma , conmueve y arrebata. 

¡Con qué sinceridad decia: «He tenido la 
honra de conocer á un Principe augusto, 
de noble corazón y alto pensamiento ; he 
tenido la honra de ser secretario del señor 
Duque de Madrid , pero secretario sin suel- 
do, y con el propósito y resolución mani- 
festados de que si llega , ■coa la avuda de 
Dios y del pueblo , á sentarse en el Trono 
de sus abuelos, no seré ministro ; me iré al 
rincón de mi casa á hacer lo que he hecho 
siempre, el poco bien que he podido!» 

¡Secretario sin sueldo, ycon el propósito 
de retirarse i su casa el dia del triunfo! 
Esto no lo comprenden todos: nosotras, sí, 
porque oimos continuamente á nuestros 

E adres, á nuestros esposos y á nuestros 
crínanos los mismos propósitos. 
¡ Qué contraste entre lo que llaman el 
caos, y lo que pretenden que es la luj! 



¡Vamos, me entusiasme oyendo al ora- 
dor católico! 



Poco después anadia, recordando sus pa- 
labras profeticas , y dirigiéndose á los mi- 
nisteriales: «Un hombre vendrá al fin: si 
antes ó después de la revolución, lo ignoro, 
pero sé que vendrá; y si se ha de salvar el 
pais, y quizás si os habéis de salvar muchos 
de vosotros, esc hombre ha de venir.» 

Sí: esc hombre vendrá, y vendrá acom- 
pañado, añado yo, de una mujer angelical, 
cuya dulce misión es enjugar las lágrimas 
de los que sufren, fortalecer con su ánimo 
á los débiles, consolar á los tristes, y re- 
constituir la familia española con su ejem- 
plo, sirviendo de modelo con sus virtudes 
á las mujeres españolas, que no tienen poca 
parte, por su condescendencia, en las des- 
dichas que lamentamos. 

Y cuando esos dos seres queridos vengan; 
cuando se inspiren en el amor vehemente y 
desinteresado que por lo que representan y 
lo que son despiertan en los corazones lea- 
les, será la patria de hoy digna de su gloria 
de ayer, y solo vivirán en nuestra alma los 
santos y purísimos afectos que nazcan al 
calor de la felicidad que otorga el bien. 

Poseída de esta esperanza, que desearía 
comunicar á mis lectoras, todo lo perdona- 
ría, todo, hista las lágrimas que ha arran- 
cado á nuestros ojos el odio de los que han 
combatido contra nuestros hermanos. 



fe y 



¡Qué verdad es que todo es corazón, 
arino entre nosotros! 

Yo querría que sin pasión fueran los que 
nos tildan de fanáticos y vengativos á bus- 
car á los carlistas que mas han sufrido. 

Dias pasados hablaba yo con una pobre 
mujer, anciana, achacosa, reducida á la con- 
dición de una humilde portera, después de 
haber sido rica, de haber perdido por sus 
ideas su fortuna, y de haber estado encar- 
celada, y de habersido condenada á muerte 
por haber prestado servicios durante la guer- 
ra á los que combatían por la legitimidad. 

Repito que vive en la miseria , y que sus 
achaques son para ella un continuo tor- 
mento. 

— Todo lo que he sufrido , y todo lo que 
sufro, me decia, lo daria por bien empleado 
con tal de ver una vez siquiera á D. Carlos y á 
doña Margarita. Tengo sus retratos y los de 
los príncipes; me los na regalaJo un caballe- 
ro; ¡Dios le bendiga! y todos Iosdias los veo, 
y hablo con ellos, y les pido que perdonen á 
los que tanto mal me han hecho, y que ha- 
gan felices á los españoles. Solo anhelo vivir 
para que se me cumpla este deseo.. .; y los 
veré; ¡vaya si los veré! Hasta entonces no me 
muero, añadió con profunda convicción, al 
mismo tiempo que rebosaban las lágrimas 
en sus escaldados ojos. 



— 32 — 



Estos ejemplos , de los que hay muchos 
en nuestro campo, consuelan y animan. 

Dios lee en los corazones, y sabe por qué 
amamos la legitimidad. 

Nosotros no somos católicos porque nues- 
tros antepasados han matado moros; lo so- 
mos porque creemos en Dios, porque es- 
peramos en su justicia y confiamos en su 
misericordia. 

Esta consideración lleva naturalmente 
mis miradas á Francia. 



Horrorizan los detalles que acerca de lo 
que está pasando en París publican los pe- 
riódicos. 

Todo aquel drama parece un capítulo 
del Inferno del Dante. 

Bien pagan su egoismo y su frivolidad los 
franceses. ¡Qué lección para los pueblos 
que han abandonado las dulzuras de la fe 
por los mentidos goces del materialismo! 

Pensad un momento en la aflicción de las 
familias que se han enriquecido explotando 
las debilidades humanas. Pensad en los que, 
después de una derrota horrible, dan a sus 
vencedores el espectáculo de su funesta dis- 
cordia. 

La crisis es tan terrible, que de ella ha de 
venir la muerte ó la vida. 

Porque una madre, la del famoso agita- 
dor Flourens, ha recogido piadosamente el 
cadáver de su desdichado hijo y le ha 
dado sepultura católica , insultan tos ami- 
gos de aquel el dolor de la pobre señora, 
escandalizándose de su piedad. 

Pero ¿qué mas? Oíd este decreto de los 
revoltosos de Paris, y estremeceos: 

«Atendiendo á que los curas son unos 
bandidos, dice, y las iglesias cavernas en 

3uc se asesina moral mente al pueblo, se 
ecréta la prisión de los curas y la clausura 
de los templos.» 

¡Y después de esto no quieren que sea- 
mos políticas! ; Ah! Por ese camino aspiran 
á sumirnos en la esclavitud pagana, de que 
nos libertó el cristianismo. No podemos, no 
debemos consentirlo , y en este punto so- 
mos mas fuertes que los hombres. 

Pero tal es la situación del pais que nos 
ha conquistado con su moda, que, ó Francia 
perece, y con ella las demás naciones que 

Íioco mas ó menos tienen en su conciencia 
os mismos pecados, ó la fe y el patriotismo 
triunfan en Francia, y la Religión y la legi- 
timidad se levantan triunfantes sobre los es- 
combros de la revolución. 

¡Dios se apiade de ese desdichado pais y 
del nuestro, que bien lo necesitanl 

# 
* * 

Sin embargo, la esperanza nos sonríe al 
ver el entusiasmo con que la juventud vuel- 
ve los ojos al catolicismo, y se congrega en 
asociaciones , y reanima ei espíritu con el 
ejemplo de su fervor. 



Actualmente celebra interesantes sesio- 
nes la Asamblea católica convocada por la 
Juventud católica de Madrid. 

Lo único que no encuentro^ bien es que 
no nos sea permitido asistir á estas sesio- 
nes, de las que somos oyentes por derecho 
propio, aunque solo oimos lo que nos 
cuentan los privilegiados que tienen la 
fortuna de escuchar á los jóvenes oradores 
católicos. 

**• 

No os hablo de salones, ni de teatros. 
Otro dia lo haré. Ahora, para borrar un tan- 
to la dolorosa impresión de los anteriores 
párrafos, voy á contaros un diálogo que he 
oído. 

La escena pasaba en un salón elegante, 
en el que estaban reunidas varias personas 
de buena sociedad. 

En esto llega un diputado. 

— ¿Ha habido algo importante esta tarde 
en el Congreso? le preguntan. 

— Sí; varios diputados han escitado al go- 
bierno á que disponga lo necesario para es- 
tinguir... 

— ¿La empleomanía? 

-No. 

—¿El déficit? 

—Tampoco. 

— .Los banquetes? 

— ¿La concesión de gracias? 

— ¿El estado de alarma del pais? 

— Nada de eso, señores; para estinguir la 
langosta en los pueblos. 

— Eso es pedirle que cometa un suicidio, 
dijo el mas malicioso de la reunión. 
Esperanza. 

MARGARITAS. 

El símbolo de la vida humana es una 
cruz cubierta con una guirnalda de rosas. 
(Feuchtersleben.) 

La vanidad es la que hace en muchas 
mujeres culpable la juventud y ridicula la 
vejez. ;De Flahaut.) 

¿Sabéis qué hay mas fuerte que el bron- 
ce y el acero, y mas indestructible que los 
colosos de granito cjue en forma de pirámi- 
des erigieron en Egipto los Faraones? Pues 
es la fe cristiana. (Landa.) 

La paciencia es el apovo del débil, y la 
impaciencia el escollo del fuerte. 

;Feuchtersi.eiiks. 

Creer que un enemigo débil no puede 
dañarnos, es creer que una chispa no pue- 
de producir un incendio. ¡Saadí.) 

El Desorden almuerza con la Abundan- 
cia, come con la Pobreza , cena cqn la Mi- 
seria, y duerme con la Muerte. 

(Franklin.) 

MADRID, 1811. —Imprenta de La Esperanza A 
carpo de D. A. Pcroz Dubrull, Pez 0. 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATÓLICO -MONÁRQUICAS 



AÑO I. 



30 ABRIL 1871. 



NÚM. 5." 



^ 



SUMARIO. — Maa Tuerto . por Juna da 
I.u*. — Un cueuto ... «le niños, por Floresia.— Ca- 
prichos i»8 la Moua: Impresiones >'e vinjo ( con- 
tinuación) . por Carolina P. — Uki.i.kias dh la 
Rbl'GIon: La Verdad. —Ecos ile Madrid.— Mur- 
ffü rilas. 



MAS FUERTE. 



Hé aquí una frase que he recogido 
de unos labios que pertenecen al sexo 
débil. 

— Pero ¿qué significa? 

— Significa que, en su impaciencia y 
en su amor á la causa que sostenemos, 
le parece que no hemos interpretado 
todavía las esperanzas , los deseos, los 
ayes y las lágrimas de los que sufren 
la tiranía del liberalismo, y quiere que 
empleemos un lenguaje mas fuerte. 

"¡Pues qué! esclama con el acento de 
la fe y del dolor: ¿es posible saber dón- 
de se halla la luz y conformarse con 
vivir en las tinieblas? 

uSensible es que la indiferencia re- 
ligiosa domine en los actos públicos; 
sensible es que las leyes sean vulnera- 
das á todas horas, y encubran, bajo la 



máscara de la igualdad, el privilegio 
hipócrita; sensible ea que funcionen en 
toda la Península compañías de la 
Porra, quo se cometan toda clase de 
abusos, que tomen proporciones los 
pimíos negros , que el número oprima 
á la voluntad, que la Hacienda se es- 
tinga; sensible son, en una palabra, 
todas las causas de malestar y de di- 
solución que preocupan 6. los políticos; 
pero por grandes, por profundas que 
sean las huellas que dejen á su paso, 
no es comparable, ni con mucho, lo que 
padecemos nosotras á lo que sufren 
los hombres mas castigados por la re- 
volución. 

iiYo, por mi parte, anadia al hablar- 
me mi interlocutora, soy esposa y soy 
madre. 

"Mi marido tiene algunos bienes, y 
aficionado en estremo á la agricultu- 
ra, su afán ha sido siempre poseer 
tierras , cultivarlas con arreglo á los 
adelantos modernos, dar trabajo á los 
pobres , sacar provecho de sus desve- 
los, y hacer el bien en torno suyo. 

nPues esta anarquía mansa en que 



,V_ 



-4 



vivimos , anarquía que favorece á los 
que nada tienen que perder , nos lia 
obligado íi abandonar el pueblo en 
donde vivíamos en santa paz porque 
empezaron á llamar blanco á mi ma- 
rido; le enviaron anónimos diciéndole 
que iban á ser degollados todos los 
carlistas de la comarca; le amenazaron 
con quemarle vivo si impedia que se 
aprovechasen los pobres del producto 
de sus tierras; y secundando el alcalde 
las miras de nuestros enemigos, le des- 
terró por mucho ñivor , asegurándole 
que si no se iba, lo metiaen la cárcel, 
por conspirar en íiivor de D. Carlos. 

n M i historia es la de muchas ma- 
dres de familia. 

..Vinimos á Madrid, dejando aban- 
donado nuestro patrimonio, y aquí 
gastamos los ojos do la cara en un mal 
hospedaje , y yo estoy frita al ver que 
no estoy en mi casa, 

"Todo esto podría soportarse con 
tal de que cesaran pronto los disgus- 
tos; pero lo que me subleva es que mi 
marido, que antes no hablaba mas que 
de tierras y labores , de mercados y 
cambios , con ánimo de ayudar á los 
que profesan sus ideas á devolver á 
España el orden y el sosiego que nece- 
sita, no tiene ni un instante de reposo, 
y vive y me hace vivir en el mayor 
desorden. 

"Siempre asistiendo á juntas, siem- 
pre acudieudo á conferencias, organi- 
zando distritos , viajando de un punto 
á otro, dando dinero hoy para un ne- 
cesitado, haciendo á todas horas sacri- 
ficios que menoscaban su salud, su 
fortuna y su felicidad doméstica. Esto 
es insoportable. 

"Apenas podemos hablar do3 pala- 
bras; tan pronto espera como descon- 
fia. Si dura mucho tiempo semejante 
situación, me quedaré viuda, y pobre, y 
desesperada. 

"Pues ly mis hijos...? ¿En dónde me 
deja V. mis hijos? Oyendo siempre pa- 
labrotas, porque ahora hasta los caba- 
lleros no saben hablar si no salpican 
su lenguaje con frases que hacen aso- 
mar el rubor á la cara; presenciando 



- 31 — 

continuamente escenas escandalosas, y 
sin poder darles educación fuera de 
casa, porque hoy todo se enseña menos 
doctrina cristiana. 

! lígame V. si estas y otras muchas 
cosas, que callo, y que conforme mo 
pasan á mí, pasan á todas las mujeres 
que se hallan en mi caso, no son para 
encender lasan. 

"Por eso digo que ya no es tiempo 
de andarse con perfiles, de emplear 
adornos para escribir, sino de hablar 
MUY FUERTE, de revelar á todo el mun- 
do lo que nos pasa, de clamar al cielo, 
para encontrar, si no remedio, des- 
ahogo." 



De esta manera se espresaron los la- 
bios pertenecientes al sexo débil : yo 
tomé nota, y traslado sus palabras á 
los oido3 do mercader que nos gobier- 
nan, seguro, sin embargo, de que estos 
ayes llegarán á los corazones generosos 
que han de dar el remedio á nuestros 
miil es. 

Juan de Luz. 



UN CUENTO DE... NIÑOS. 

I [abia , no me acuerdo en qué par- 
te del mundo, una nación devorada 
por los partidos políticos. 

Los mas audaces declararon cesante 
á su cacique, hicieron mangas y capi- 
rotes de la cosa pública , y para que 
todo saliera á medida de su deseo, en- 
viaron heraldos á todas partes pidien- 
do otro cacique con mucha necesidad. 

Después de muchas idas y venidas, 
de muchas vueltas y revueltas, halla- 
ron uno. 

— Este cacique , se dijeron unos 
cuantos , parece un infeliz ; y como 
nosotros le buscamos , hará nuestra 
santísima voluntad. 

— Es joven, y parece aprovechado, 
dijeron otros; le educaremos á nuestro 
gusto. 

— ¡Bah! Ese pobre soberano, escla- 
maron con demasiada candidez los que 
tenían fe en sus ideas y le considera- 



- 35 — 



ban como un usurpador: ese pobre 
soberano caerá á manos de los que le 
han traido, ó se aburrirá de no poder 
hablar con nadie. 

Porque hay que advertir que aquel 
cacique , el de mi cuento, no hablaba 
el dialecto de aquella tribu. 

Atendiendo cada cual á su negocio, 
no observaron la conducta del jefe. 

¿Y qué hacia él ? Era muy Hato, y 
sabia de sobra dónde lo apretaba el 
zapato. 

Al poco tiempo de estar al frente de 
la tribu comprendió el pie de que co- 
jeaba la nación, y se dijo: 

— Aquí los guerreros son los que 
mandan. Sucede lo que ellos quieren 
que suceda, y de nada sirve que chi- 
llen los prohombres y que se queje el 
pueblo. Agucemos el ingenio. 

Y no pensó mas que en los guerre- 
ros. Los quería como á las niñas de sus 
ojos ; los mimaba, asistía á sus ejerci- 
cios; en una palabra: iba con maña 
ganándose su deseo de ascender, para 
poder decir un dia: 

— Señores: aunque no soy cartagi- 
nés, hago lo que ellos. Yo soy el amo, 
y el que rechiste, lo mando dar una 
carrera de baquetas. — 

Tardo conocieron su error amigos y 
adversarios, y á punto ya de perecer 
bajo el peso de las rodelas, hachas, 
mazas, clavas y demás armas de aque- 
llos soldados, debieron su salvación á 
las mujeres de la tribu. 

Las madres influyeron en sus hijos; 
las esposas en sus esposos , las hijas en 
sus padres , y no quedaron al lado del 
cacique mas que I03 solteros. 

— Ya veréis lo que es bueno, dije- 
ron las solteras ; y juraron no mirar á 
los guerreros , ni oir sus requiebros , ni 
amarlos, dando á sus pretensiones 
amorosas terribles calabazas. 

Viendo que hasta las mujeres de las 
clases mas inferiores les hacían la cruz 
como si fueran el mismísimo diablo, 
reflexionaron , y después de estudiar 
qué era lo que mas les convenia, ma- 
nifestaron al cacique que le aban- 
donaban si no lograba conquistarse 



la voluntad de las muchachas bonitas. 

Esto bastó para que el cacique de- 
volviera la alegría á los habitantes de 
la tribu, haciendo el equipaje y mar- 
chándose con la música á otra parte. 

El sexo bello volvió á ser amable, 
salvó la tribu , y... colorín colorado, 
mi cuento ya se ha acabado. 

Floresta. 
CAPRICHOS DE LA MODA. 

IMPRESIONES DE VIAJE. 
ICntlnuacion) ,1). 

VIL 

A la mañana siguiente, cuando ape- 
nas habia salido el sol, una do las ca- 
mareras de la fonda subió á avisarnos 
que el coche estaba enganchado, y 
que nos iban á servir el chocolate. 

Vestime apresuradamente, y en po- 
cos momentos me hallé dispuesta. 

Cuando tomábamos el chocolate, un 
caballero que se hallaba al otro estre- 
mo de la mesa vino á saludar á Enri- 
que, abrazándose los dos cariñosa- 
mente. 

Después me le presentó, diciéndome 
era su nombre D. Luis Z***, compañero 
suyo de colegio, é hijo de uno de los 
principales propietarios de la pro- 
vincia. 

Era D. Luis un joven de unos vein- 
ticuatro añ03, de una estatura regular, 
y no mal parecido. Sus modales dis- 
tinguidos y su elegante traje de cam- 
po demostraban bien claramente la 
esmerada educación que habia reci- 
bido. 

Cuando supo que íbamos á Loyola á 
pasar el dia y ver el santuario, dijo á 
Enrique: 

— Como yo no tengo nada que ha- 
cer, si no tienes inconveniente, os ser- 
viré de guia. 

— Al contrario: de ese modo tendré 



(1) Vé-ise ol número anterior. 




: ^ 



— 36 — 



un placer muy grande, pues ya que 
no pueda verte en Madrid, donde re- 
sido, estaremos juntos una docena do 
horas en tu pais. 

— ¿Y por qué no se le puede ver en 
Madrid? pregunté yo con la curiosidad 
natural en nuestro sexo. 

— Porque ha jurado no pisar la corte 
hasta que se halle en la misma dispo- 
sición en que se hallaba cuando salió 
de ella su abuelo, dijo Enrique son- 
riendo. 

— Así es, dijo D. Luis; y por nada 
en el mundo quebrantaré mi propósito. 

Acogí la escentricidad, si así puede 
llamarse, con una franca carcajada, 
que no pareció incomodarle de ningún 
modo, y quedamos los mayores amigos. 

Cuando subimos al carruaje , tomó 
D. Luis la palabra, y dándome prue- 
bas de sus poco comunes conocimien- 
tos, me describió el santuario del mo- 
do que vais á ver, bellas lectoras mias, 
y que creo os interesará mas que la 
descarnada narración que yo podria 
ofreceros. 

Así, pues, si os agrada la descrip- 
ción que voy á trascribir , agradecéd- 
selo á D. Luis Z***, que es quien ha- 
bla ; si no os complace, culpadme á 
mí , que no he conservado bien en la 
memoria sus palabras, á pesar de lo 
mucho que cautivaron mi atención. 

— El santuario de Loyola, dijo , está 
situado en el valle del mismo uombre, 
valle conocido por el Jardín de las 
provincias Vascongadas ; pues es tal 
su amenidad, que con dificultad po- 
drán superarle las renombradas vegas 
de Granada y Valencia. 

Enfrente del santuario se eleva la 
peña de Iztarritz, colocada por la Pro- 
videncia en un estremo del valle. No 
sabria V. cuál de los dos portentos ad- 
mirar mas , si el construido por la 
grandeza del Criador, ó el edificado por 
la pequenez del hombre. Pero como 
ahora lo que nos ocupa es el secun- 
do, dejaremos el otro para mejor oca- 
sión. 

Allá por los años de 1GS0, la madre 
de D. Carlos II, doña Mariana de Aus- 



tria , cuya conciencia dirigía un padre 
Jesuíta, ideó fundar un colegio en el 
mismo sitio donde habia nacido y con- 
vertídose el guerrero San Ignacio. Al 
efecto obtuvo de D. Luis Euriquez de 
Cabrera y de su esposa doña Teresa 
Enriquez de Volasco, marqueses de Al- 
cañices y de Oropesa do Indias, po- 
seedores entonces de lo que hoy es el 
santuario, la cesión de la casa, pero á - 
condición de que esta habia de conser- 
varse, incluyéndola en el edificio que 
se levantara. 

Avínose de buen grado la católica 
Reina, mucho mas cuando esta habia 
sido su intención, y firmóse la escritu- 
ra de donación en Toro, el dia 24- de 
mayo do 1681. 

Trascurrieron ocho años , en los que 
la piadosa Reina no perdió de vista su 
buen deseo , y que empleó en allegar 
fondos para una empresa tan costosa y 
que tanta gloria debia reportarle. 

En este tiempo, el arquitecto Carlos 
Fontana trazó, por orden de Su Santi- 
dad, los planos de tan grandioso edifi- 
cio, y el dia 28 de marzo de lo'SÍ) se 
puso la primera piedra, celebrándose 
grandes fiestas y regocijos por aquellos 
devotos guipuzcoanos. 

Muerta doña Mariana, se encargó la 
Compañía de las obras, que, á causa de 
su inmenso coste, adelantaron con su- 
ma lentitud ; y cuando se llevó á cabo 
la inicua espulsion de los PP. de la 
Compañía en 1767, por orden de Car- 
los III, quedó paralizada del todo, sin 
quo después haya vuelto á adelantar 
nada. 

Cuando Fernando VII hizo volver 
á los Jesuítas , recobraron su colegio, 
en el que permanecieron hasta 1841; 
e3 decir, siete año3 después de la es- 
pulsion de todos los religiosos do sus 
conventos. 

Por tercera vez volvieron, y por ter- 
cera vez la gloriosa revolución de se- 
tiembre ha vuelto á arrojarlos de su 
casa . con gran sentimiento de todos 
estos naturales , y particularmente de 
los muchos jóvenes que en su colegio 
recibían una educación esmeradísima 



^ 



- 37 - 



y arreglada á sus facultades morales y 
materiales. 

Voy ahora á describirá V. ol edificio. 

Le dio Fontana la figura de un águi- 
la estendiendo su vuelo, delicada alu- 
sión al distintivo do su fundadora, 
hija del Emperador de Alemania. For- 
ma el cuerpo del águila el magnífico 
templo ; las alas están figuradas por el 
colegio , que se halla á un lado , y es 
el que está sin terminar , y la Santa 
Casa , que se halla al otro; la cabeza 
está representada por el pórtico , y la 
cola por las cocinas y otras dependen- 
cias , ocupando entre todo un espacio 
de mas do ciento treinta mil pies. 

Lo primero que sorprende al que 
visita el santuario de Loyola , gran 
conjunto de cosas sorprendentes, es su 
magnifica escalinata de mármol con 
tres ramales que se reúnen en una es- 
paciosa meseta, de la que otra escali- 
nata conduce al pórtico, todo de már- 
moles , que no tiene mas falta que lo 
muy recargado que se halla de adornos. 

El templo es magnífico, y su esplen- 
dido pavimento, así como sus paredes, 
de hermoso mármol y de bellos mo- 
saicos, está, sin embargo, oscurecido 
por la esplendidez de su retablo ma- 
yor; y al levantar la mirada, no se 
comprende cómo puede haberse cerra- 
do aquella inmensa cúpula, toda de 
piedra. En efecto: estuvo largo tiempo 
sin poderse conseguir , hasta que don 
Ignacio Ibero lo consiguió, con no 
poca admiración de todos los inteli- 
gentes, que creían la obra imposible. 

Preciosos cuadros de los mejores 
maestros adornan y materialmente cu- 
bren las paredes, tanto de la iglesia 
como de todos los claustros, sacristías 
y demás dependencias. 

Ocho magníficas puertas comunican 
con las dos sacristías que hay detras 
del altar mayor, con la Santa Casa 
(así se llama la en que nació San Ig- 
nacio), con el colegio y con las otras 
dependencias. Encima de cada puerta 
hay una tribuna ; las cuales , á pesar 
de ser muy grandes, apenas se ven 
desde la iglesia. 




Saliendo por uua de la derecha, des- 
pués de atravesar un patio pequeño, 
se llega á la casa de Loyola, que tiene 
tres cuerpos, de I03 cuales el primero 
es de piedra, la mitad del segundo lo 
mismo, y el resto de ladrillo. 

Conserva la casa el mismo aspecto 
de castillo fuerte que tenia cuando 
habitaban en ella los guerreros seño- 
res de Liyola (cuya alta clase indica 
el escudo de sus armas , en que figura 
la caldera , distintivo de los señores 
mesnaderos ) , á pesar de la notable di- 
ferencia de destino que ahora tiene. 

En el primer piso , que era establo, 
convertido hoy en oratorio, asegura 
una piadosa tradición que nació San 
Ignacio, pues su noble y devota ma- 
dre, queriendo imitar á la Santísima 
Virgen , quiso que el que tan devoto 
habia de ser de nuestro divino Reden- 
tor, le imitase en esto. 

El oratorio en que he dicho se ha 
convertido, está dedicado á Jesús Sa- 
cramentado y á la Purísima Concep- 
ción de la Virgen. 

El piso segundo, que era la antigua 
capilla de la casa, es donde dijo la pri- 
mera misa San Francisco de Borja, y 
tiene un magnífico cuadro , en que el 
antiguo duque de G india da la sagra- 
da comunión á su hijo D. Juan. 

En el último piso está la habitación 
en que San Ignacio, convaleciendo do 
las heridas tan peligrosas que recibiera 
defendiendo á Pamplona de los france- 
ses, y habiendo pedido algunos libros 
de caballería para leer, como no los 
hubiera, tuvo que contentarse con 
unas vidas de Santos, las cuales, por 
permisión divina , le abrieron los ojos 
á la luz de la verdad, y le acarrearon 
la inmarcesible gloria doser el primero 
y principal fundador de la Compañía 
sagrada de Jesús. 

El oratorio muy bajo de techo, y en 
él se admiran tres bajo-relieves, obra 
de un escultor portugués, que pasó por 
aquí en dirección á Roma , y que son 
tres obras maestras en su género. 

Representa el primero á San Igna- 
cio predicando á sus paisanos; y es tal 



■¿J 



- 38 — 



la verdad y la belleza, con que está re- 
tratado el Sauto; es tan natural su 
postura y su espresion, que el espec- 
tador se recoge en su interior para oir 
la voz llena de unción y fe religiosa 
del predicador. 

En el segundo se ve á San Ignacio 
entregando el estandarte de la fe á San 
Francisco Javier, que iba á embarcar- 
se para llevar la luz del Evangelio á las 
Indias, y también resplandece en los 
semblantes de los dos Santos el espíri- 
tu religioso que los animaba. 

El tercero figura á San Francisco de 
Borja, cuando, arrepentido de su vida 
mundanal , y convencido de la nada 
de las grandezas terrenas, pide á Sun 
Ignacio que le admita de novicio en 
su Compañía. Vese al duque de ti ni- 
dia, adornado con nn riquísimo traje 
de corte, humildemente arrodillado á 
los pies del Santo fundador, el cual le 
abraza y le admite al noviciado. 

En este oratorio, en un primoroso 
relicario , se halla guardado con gran 
devoción un dedo del Santo. 

Después de esto, poco podré decir á 
V., sino que el resto del edificio corres- 
ponde con lo que le he descrito, pues 
todo en él es grandioso, y demuestra que 
no es exagerado el nombre que se le ha 
dado de la. Maravilla de Guipúzcoa. 

Concluía su relato D. Luis cuando 
llegamos al santuario, y á su vista me 
pareció que todas las ponderaciones 
que me habia hecho eran pocas para 
describir lo que efectivamente era una 
maravilla. 

No puedo, queridas lectoras, pinta- 
ros la alegre animación que reinaba en 
el valle, pues los estrechos límites á 
que me hallo reducida me lo impiden: 
y así, terminaría aquí mi relato si do 
tuviera que participaros una terrible 
decepción- 

Por fuera el edificio era superior á 
lo que me habia descrito D. Luis ¡pero 
¡ay, amigas inias! apenas puse el pie en 
la iglesia, me apercibí de que la segur 
revolucionaria habia pasado por allí. 
Los cuadros que me habia ponderado 
habían desaparecido en su mayor par- 



te, y solo pude ver el tamaño que te- 
nian por la sombra que habían pro- 
yectado en la pared, y por el grosor de 
los clavos que habían estado encarga- 
dos de sostenerlos. 

listo espectáculo me impresionó de 
tal modo, que habiendo sabido que los 
mismos destrozos se habían hecho en 
el resto del edificio, me negué á recor- 
rerle; y quedándome en el pórtico, me 
entretuvo , mientras Enrique , menos 
impresionable qne yo, lo visitaba, en 
admirar la obra del Criador, contra la 
cual no pueden nádalas fuerzas de los 
revolucionarios , por impíos que sean. 

D. Luis nos abandonó en Loyola, 
después, que él y mi marido hubieron 
admirado todo el santuario, ofrecien- 
do hacernos una visita en Madrid 
cuando D. Carlos ocupe el Palacio de 
sus mayores, y despidiéndonos con las 
mayores pruebas de afecto. 

De vuelta á Zumárraga, el mayoral, 
habiéndonos oido hablar con D. Luis 
Z.***, conocido y querido de todos los 
labradores de la provincia , franqueóse 
con nosotros , diciéndonos que habia 
hecho la guerra civil á las órdenes de 
Zumalacárregui, y fuenos refiriendo los 
encuentros en que se habia hallado, y 
dándonos algunos detalles de los luga- 
res que recorríamos, entre ellos del sitio 
en que su jefe habia derrotado á las co- 
lumnas unidas de Espartero y otros dos 
generales cuyos nombres no recuerdo, 
en el cual habia él, después de estar he- 
rido, cogido prisionero 6. un coronel de 
las tropas del ejército liberal, acto por 
el cual D. Tomás (así le llamaba siem- 
pre el mayoral), después de decirle las 
palabras: Eres un valiente, que era la 
mejor recompensa que concedía á sus 
soldados, le habia puesto la gineta de 
sargento en el mismo campo de bata- 
lla, haciendo mención de su nombre en 
la orden del dia. (Se continuará.) 

l'AHOI.IXA P. 
■ i-ac ara» 
BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 

Decidme, subios coi 
vosotros que las horas 



1 



^Z 



: ^N 



— 39 — 



'■useando altísimas 
verdades brillodoras 
que alejen sombras ldjubres 
que ofuscan la razón: 
¿qué vístela cuando férvidos 

• ioesteíuolo 
á ltH en trallas lóbro 

anhelo 
ese lucero prístino 
do eterna bendición? 

adlto 

del inefable arcano. 

quo ffuarda entra sus ámbitos 

lo que el saber hu:t . 

on so ambición ain limites 

noalcansia desclfr 

i íi moi 
'ales 
de n'inesn antorcha espléndida. 
que el Dios de los mortales 
alzó, del hombre minero 
la mente a iluminar? 

Uec'dmo: cnando talrépl 
el peasunlenl 

tras la vonlad mojrtiitlca 
que *h lo mortal boíV- 

voeátro profundo u 
tío: que otuui 

con vuestra falni ciencia 
ni vuej ¡íiído 

do vuestra intendencia, 

en los senderos tobw 

I isdel error. 

. 
!a ruta que n 
hacia. Adíes 

queda pac y «te 

■ ndo placida 
del alma la virtud. 
Venid: ¡con dulce jll 
dejad la oscura fonda 
do vuestra ciencia errónea. 
. . venda 

3v r sutísima 
a lo inmortulln luz! 

i alfombra fíllgldn. 
donde su eyretfia pin 
descansa el Dio* sin término, 
el Dios que el orbe canta, 
el Dios Justo, purísimo, 
el Dio : 

y nlii, sobre el zafíreo 
velo, dondo las nubes 
tienden su.; tule:; diáfanos, 
sentada entre querubes 
encontrareis bellísima 
la luz de ¡a verdad. 

Isabel Poooi db Llourtít». 



ECOS DE MADRID. 



No creáis, lectoras mias, lo que os digan 
los periódicos acerca de escisiones y difi- 
cultades entre les carlistas. Vosotras sabéis 
que esto es imposible; pero como nuestros 
adversarios viven en continua lucha intes- 
tina, desean que imitemos su ejemplo; y 
aunque aseguran que la luz nos rechaza, 
que nos movemos por efecto del galvanis- 
mo; que no conseguiremos ver realizadas 
nuestras esperanzas, se preocupan tanto de 
nuestros asuntos . que el dia que ven un 
poco triste á Aparisi y Guijarro, ó un poco 



serio á Nocedal, ó un poco cabizbajo á cual- 
quier otro de nuestros amigos, gritan en 
sus periódicos que estamos desunidos, y 
cantan victoria. 

Para curar todos los desperfectos que el 
amor propio ó el interés personal de los 
hombres causan en los partidos , solo hay 
una receta. Mucha fe en las ideas, mucha 
obediencia y mucha generosidad : hé aquí 
el remedio que todos los carlistas tienen en 
su corazón. 

Vivid tranquilas y confiad, porque, como 
decia muy bien el jueves por la tarde en el 
Senado un orador'de nuestra comunión, 
muchos de los que-dicen en público que no 
son carlistas, cuando hablan en confianza 
con nuestros amigos: «¡La verdad es. cscla- 
man, que esto no marcha bien! ¿Cuándo 
vienen Vds.?» 

Profesar las ideas que nos animan,_ ha 
llegado á ser hasta una necesidad para ins- 
pire' confianza á las gentes. 



Ya saben lo que se hacen los que han 
dispuesto que el Diario de las Sesiones de 
Corles no circule. Por casualidad he tenido 
en la mano algunos números de esta pu- 
blicación, y, francamente, al leer ciertos 
abusos de los cometidos en las elecciones, 
me parecía hojear uno de esos libros dra- 
máticos en donde, bajo el titulo de Causas 
célebres, se hace la anatomía moral de la 
inmoralidad. 

Pero no es necesario leer el citado Diario. 
Los periódicos políticos bastan para darnos 
una idea del triste estado de nuestra so- 
ciedad. 

Cuando tanto hay que hacer para salvar 
los mas preciosos intereses ; cuando nadie 
se entiende; cuando parece que siquiera el 
peligro debia hacer abrir los ojos á los que, 
minando la base, están amenazados de caer 
bajo los escombros, lo único que el agita- 
do y temeroso pais sabe es que hay crisis, 
que Oiózaga dimite, que Ruiz Zorrilla no 
quiere ser presidente, que Rivera va á ha- 
cer oposición, queMártos, si verse solo, 
desea una embajada, que entra Silvela, que 
sale Morct; en una palabra : la política se 
llama Juan ó Pedro. ¡Mísero personalismo! 
Ya solo Cilla que los hombres políticos exi- 
jan para distinguirse, á falta de otras cua- 
lidades, que se publiquen sus nombres, 
como los de los toreros y los cómicos, en 
letras mas ó menos gordas, según la impor- 
tancia que crean tener. 



Apartemos los ojos de este cuadro som- 
brío para dirigirlos á la residencia en Vevey 
de nuestra Margarita, de la Reina de... nues- 
tro corazón. 

El dia 26 todo ha sido alegría y felicidad 
en aquella morada. El infante O. Alfonso, 
el ilustre hermano de D. Cirios , el fervo- 




— 40- 



roso príncipe católico , el valiente soldado 
del Papa, unia su suerte á la de la virtuosa 
y bella infanta de Portugal doña María de 
las Nieves, hija del noble y caballeroso don 
Miguel de BraRanza. 

Ignoro aun los pormenores de la ceremo- 
nia; pero confío en que una bella y discreta 
amiga mia que esta en Vevey me comuni- 
cará todos los detalles de tan interesante 
solemnidad, y me apresuraré á dar traslado 
de ellos á mis lectoras. 



La conmemoración de los héroe; del Dos 
de Mayo ha animado á los carlistas, como 
á los demás españoles, á rendir homenagc á 
los que con su glorioso martirio inspiraron 
á nuestra nación el heroísmo que tras una 
lucha asombrosa le permitió conservar la 
independencia. 

Una magnífica corona, costeada por los 
donativos de los carlistas de Madrid y los 
diputados y senadores de nuestra comu- 
nión, será depositada mañana por la tarde 
en el monumento del Dos de Mayo, y al 
dia siguiente, á las diez y media, habrá un 
solemne Oficio en la iglesia del Carmen Cal- 
zado. 

La corona es preciosa, y de grandes di- 
mensiones. Está formada con siemprevivas 
y rosas y plumas encarnadas, representan- 
do los colores nacionales. Adórnanla pen- 
samientos, margaritas y hojas de laurel. 

En el copete se ven las flores de lis, que 
nos corresponden con mas derecho que á 
nadie, y el lazo es de riquísimo gró encar- 
nado y amarillo. 

En el centro, sobre fondo negro, hay una 
cruz, y debajo, en letras blancas, esta ins- 
cripción: 

DIOS, PATRIA Y REY. 

X LOS HÉROES DEL DOS HE MAYO DE 1808, 

LA ESPAÑA 

CATÓLICO-MONÁRQUICA. 

En mi próxima Revista referiré cuanto 
suceda en esta fiesta cívico-religiosa. 



Terminaré con una anecdotilla. 
• Noches pasadas se comentaba en una ter- 
tulia el respeto y las consideraciones que 
los prusianos han guardado durante la 
guerra á los maestros de escuela de Francia. 

— Sus casas, decia uno, se veian libres de 
alojados. 

— ¡Ya sé por qué! esclamó un pobre se- 
ñor que, aunque en sus mocedades fue li- 
beral, ahora hace la oposición á sus amigos. 

— ¿Por qué? le preguntamos todos. 

— ¡Toma! Porque es sabido que los 
maestros de escuela, que están rabiando de 



hambre, no pueden dar otra cosa... que 
lecciones. 

—Eso solo sucede en España, buen ami- 
go, contestó uno de los circunstantes; si 
bien es cierto, para ser justos, que á la re- 
volución hecha en nombre del progreso 
corresponde la gloria de haber logrado su- 
primir la enseñanza..., atrasando el estó- 
mago de los dómines. 



* 
* * 



P. S. El Sr. Aparisi y Guijarro ha sali- 
do para ln nación vecina, pero volverá en 
breve. ¡Como que va á tomar una parte 
muy activa en la discusión del mensaje! 

Y por cierto que debia aparecer en este 
número el boceto del ilustre orador; pero 
el retratista anuncia hoy que le faltan al- 
gunos toques para acabar su obra. 

En el-próximo número lo verán mis lec- 
toras. 

Esperanza. 



MARGARITAS. 



Se engañan los que acusan á los cortesa- 
nos de falta absoluta de carácter, y de amol- 
darse á sus dueños y señores : es muy cier- 
to que se los ve tristes, alegres ó devotos 
con los que lo son ; pero no se les ha visto 
jamás desgraciados con los que llegan á 
serlo. (Federico el Grande.) 

El corazón que verdaderamente ha ama- 
do, jamás olvida, y conserva la fidelidad 
hasta en el último latido : semejante al tor- 
nasol, vuelve á su astro, cuando se cstinguc, 
la misma mirada que le dirigió en su au- 
rora. (Tomas Moore.) 

El talento es como la salud, que cuando 
se disfruta es cuando rneno* se conoce. 

(Helvetius.) 

Cuanto mas grande sea nuestro amor á 
Dios y á los hombres, menor será nuestro 
amor propio. (Juan Pablo Richter.) 



MADRID, 1871. —Imprento do La Esperanza, n 
cargo da D. A. Pérez Dubrnll, Pez 0. 



¿) 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CAT0LIGO-M0NAR0U1CAS 



AÑO I. 



7 MAYO 1871. 



NÜM. 6.° 



SUMAKIO.-BI Dim do Mayo, por Juan 
«lo l.uie.— Caprichos db la Moda: Impresiones .le 
viaje- í continuación) . por t'arolina P. — Boce- 
tos cablistas: ApariJÍ jf Guijarro. — Brllezas 
db La HbliGion: Lo? Ateos, por doña Patroci- 
nio Riedmo. — Ecoade MadriJ , por Esperanza.— 
Margaritas. 



EL DOS DE MAYO. 

jHan visto Vds. la corona que los 
carlistas han colocado en el monumen- 
to del Dos de Mayo? 

— ¡Vaya si la hemos visto! ¡Es mag- 
nífica! 

— Dicen que un personaje quiso com- 
prarla. 

— iDe veras? 

— Como V. lo oye: y ofreció por ella 
cuanto quisiera el florista ; pero quería 
modificar un poco la leyenda del centro. 

— Deseaba borrar algo: ¿no es eso? 

— Precisamente: donde se lee Dios, 
Patria y Rey, hubiera querido poner 
tres cifras. 

— Dos unos guardando á un nue- 
ve, ¿eh? 

— Eso es: y abajo, donde dice La 
E&paUacatólico-monárquica, dos nom- 
bres de pila. 



— El hecho es que no logró su deseo. 
— ¡No faltaba otra cosa! 

— Querer borrar las tres palabras 
que pronunciaron nuestros padres al 
combatir á los franceses, era profanar 
la gloria mi» pura de España. 

— Y esa gloria , digan lo que quie- 
ran los partidos políticos, es nuestra, 
solo nuestra , únicos herederos de la 
fe que alentó á los vencedores de Mn- 
rat, únicos guardadores de la tradi- 
ción de España. En los momentos del 
combate lucian en el sombrero y en el 
brazo los madrileños cintas en las que 
estaba escrito el santo lema de Dios, 
Patria t Rey; nuestras ideas bullian 
en la mente de aquellos héroes ; nues- 
tros sentimientos latian en su corazón, 
y las virtudes que guardamos, á su ad- 
mirable ejemplo las debemos. 

— Y, sin embargo, los partidos, que 
entonces no existían, que han destrui- 
do con sus pasiones la obra gloriosa 
de nuestros padres , se disputan esa 
sublime página de la historia del pue- 
blo español. 

— Es natural que busquen algo en 



-yj 



r r- 



el pasado con que enorgullecerse ; su 
presente es bien triste. 

— Pero, ¿qué mas...? Este año el go- 
bierno y sus amigos han dado una so- 
lemnidad inusitada á la conmemora- 
ción del Dos de Mayo. 

— La conciencia tal vez... 

— O el deseo de halagar al pueblo... 

— Cualquiera que sea el móvil que 
haya incitado á los revolucionarios á 
honrar tan ostentosamente la memo- 
ria de aquellos mártires , la verdad es 
que, sin pensarlo, han rendido home- 
nage á nuestro partido. 

— Y muy bien dicho que está eso. 

Allí han ido á admirar el valor , el 
heroísmo de los españoles que prefi- 
rieron la muerte á la dominación de 
un Rey intruso; que lo sacrificaron 
todo á la unidad católica; que sin su 
Rey legítimo nada querían: que al ver 
la patria hollada por el estranjero, 
derramaron su sangre en el altar de la 
patria. Aquellos héroes jamás se ha- 
bían sublevado , jamás habían hecho 
elecciones al gusto del gobierno; jamás 
habían oido una doctrina atea ; jamás 
habían pensado en que podían arran- 
car del Trono á su representante legí- 
timo. Ellos pensaban en 1808 como 
nosotros pensamos en 1871 ; nosotros 
somos la familia que les ha quedado; 
el templo de nuestras ideas y nuestros 
sentimientos está en el Dos de Mayo. 
Por eso hemos adornado nuestro hogar 
con la mejor corona ; por eso hemos 
escrito en ella el grito de nuestros pa- 
dres , y por eso, al postrarse los parti- 
dos ante la fúnebre urna, han hecho 
los honores á nuestros padres y á nos- 
otros, los guardadores de sus creen- 
cias, los ejecutores de su testamento. 

En los momentos en que se coloca- 
ba la corona: 

— Hé aquí una gloria que pertenece 
á España, dijo uno de los circuns- 
tantes. 

— No, señor, á nosotros, contestó 
un carlista. 

— Eso es, porque nosotros somos 
España. 

Santo y bueno que todos los espa- 



42 — 
ñolea olviden en ese dia ante el altar 
del Dos de Mayo la discordia que no3 
destruye ; pero confiesen todos que los 
genuinos representantes de tan in- 
maculada gloria, somos los que, inspi- 
rados por la tradición, vivimos y mo- 
riremos condensando nuestras aspira- 
ciones en las sublimes palabras que la 
fe y el amor han escrito en nuestra 
bandera: 

Dios, Patria y Rey. 



Juan- dk Luz. 



CAPRICHOS DE LA MODA. 



IMPRESIONES DE VIAJE. 

' (Continuación) ¡1). 

VIII. 

Llegamos á la fonda á las cuatro de 
la tarde , y quedamos agradablemente 
sorprendidos al encontrar en ella á 
D. Ildefonso, que se hallaba en com- 
pañía de dos caballeros, uno que pare- 
cía de mas de setenta años, bastante 
achacoso, con aspecto de antiguo mili- 
tar, de rostro afable, y el otro de unos 
treinta años, demostrando, por su es- 
tremado parecido, que era su hijo. 

Saludándonos mutuamente, y el jo- 
ven vino á estrechar la mano á Enri- 
que , como persona á quien conocía de 
antemano, y le presentó á bu pudre. 

Era este el marques de M***, ancia- 
no venerable, que había sido uno de 
los consejeros íntimos de D. Carlos 
durante la guerra civil, y que, al oir el 
nombre de mi padre, me dijo que era 
un valiente , cuyo nombre figuraba 
muy á menudo en la orden del dia del 
ejército. 

Cuaudo supo que nos dirigíamos á 
Vergara, ciudad donde residía de or- 
dinario, en la que pensábamos pasar 
un par de dias, alegróse en ostremo, 
pues esperaba que los pasáramos en su 
casa. 

Ofreciónos asientos en el faetón que 



(1) Véase el número anterior. 



-43 - 



el dueño de las diligencias le habia 
dispuesto, en el que saldríamos á las 
seis ó seis y media, para llegar á Ver- 
gara poco después de anochecer. 

Aceptó Enrique con placer, después 
de lo cual comimos todos juntos. 

Durante la comida, refirió D. Ilde- 
fonsoal marques loa incidentes de nues- 
tro viaje desde Madrid á San Sebas- 
tian , haciéndole reir bastante á costa 
del empleado en Hacienda y de su mu- 
jer, mucho mas cuando, al decirle su 
nombre, recordó que habia estado tam- 
bién empleado en una ferrería de Bea- 
sain, en cuya propiedad tenia él una 
parte, y de la que el buen amigo de 
Figuerola, como él se decia, habia sido 
despedido por su conducta, poco digna 
de elogio. 

Cuando llegó el tren, el administra- 
dor vino a pedir la venia al marques 
para ocupar un asiento del faetón con 
un caballero que iba á Vergara , y al 
que no podia colocar en ningún otro 
carruaje. 

El marques se lo concedió con la ma- 
yor amabilidad , y seguimos nuestra 
comida , dando orden de que pusieran 
los equipajes en la vaca. 

Cuando concluimos, Enrique y Car- 
los (así se llamaba el hijo del mar- 
ques) salieron á fumar un cigarro, 
dejándome en compañía de D. Ilde- 
fonso y do su amigo. 

Pocos minutos hacia que habian sa- 
lido, y estábamos á la puerta de la fonda 
sumamente distraidos con el movimien- 
to de los viajeros, cuando fuimos sor- 
prendidos por una voz chillona y des- 
templada", que gritaba desde el inte- 
rior del carruaje en que debíamos 
partir: 

— ¡Mayoral! ¡Mayoral! 
Este, que después de haber presen- 
ciado la carga de los equipajes habia 
venido á saludar al marques, fue á ver 
lo que hacia gritar asi á nuestro futuro 
compañero de viaje. 

— jQué ocurre, caballero? le pre- 
guntó con la afabilidad propia de to- 
dos los vascongados. 
— ¿Cuándo salimos? 



— Cuando quieran los demás via- 
jeros. 

— jDesde cuándo los coches alteran 
las horas á gusto de los viajeros? 

— Eso pregúnteselo V. al adminis- 
trador. 

El viajero se sentó, y el mayoral se 
fue á beber un jarro de cerveza que 
habia mandado darle el marques. 

Este incidente fue comentado por 
nosotros, y ya casi lo habíamos olvida- 
do, cuando volvieron los paseantes, al 
mismo tiempo que la voz chillona, y 
mas destemplada que la vez primera, 
volvió á gritar: 

— ¡Mayoral! ¡Mayoral! 

Esta vez el mayoral no hizo caso 
del llamamiento, y el viajero volvió á 
gritar: 

— j Dónde está el administrador? 

Este fue á ver lo que quería , y ha- 
biéndole hecho la misma pregunta, le 
respondió: 

— Es un coche particular, como dije 
á V: al darle el asiento, y saldrá cuan- 
do quiera el viajero para quien se puso 
el servicio. 

— Pero es que yo tengo mucha 
prisa. 

— Yo no puedo hacer mas que rogar 
á los viajeros que se apresuren, si gus- 
tan hacerlo. 

Y, efectivamente, vino á nosotros á 
decírnoslo. 

— Mándele V. á decir con un mozo, 
dijo el anciano marques, que estamos 
tomando el café, y que en seguida 
iremos. Y tómele V. con nosotros, aña- 
dió con su esquisita finura 

Mízose así efectivamente, y no ha- 
bíamos acabado de tomarle , cuando 
volvió á resonar el consabido grito: 

— ¡Mayoral! ¡Mayoral! 

Levantóse Carlos con viveza, y dijo: 

— Voy i. enseñar á ese imperti- 
nente... 

Una mirada de su padre le contuvo, 
así como á Enrique, que también Be 
habia levantado con el mismo intento. 

— No sean Vds. niños, dijo; tiene... 
razón y prisa. 

El administrador fue otra vez á ver 



V:; 



*■• 



— 41 — 



lo que quería ; pero ya el viajero se 
había bajado del carruaje y entraba en 
la oficina echando chispas por los 
ojos, como suele decirse , y tan irrita- 
do, que balbuceaba al hablar. 

— Voy á quejarme al gobernador del 
mal servicio de estos carruajes. 

D. Ignacio, con una flema de que 
yo no le hubiera creído capaz, le con- 
testó: 

— Todo lo que puedo hacer por Vi, 
es darle papel y sobre , y encargarme 
de echarla al correo, ó de trasmitirla 
por otro conducto mas seguro. 

El bueno del viajero no se apercibió 
de la ironía, y, tomando el papel, es- 
cribió la queja. Después de cerrada, le 
puso un sello que le dio el administra- 
dor, y mandó á un mozo que la lleva- 
ra al correo. Cuando hubo concluido 
estas operaciones, 

— Veremos, dijo, si se acuerda V. 
de mí. 

— Sí me acordaré, contestó D. Ig- 
nacio ; pero no por el resultado de la 
queja. Está V. muy equivocado. Este 
es un servicio particular, y por lo tan- 
to, ni el gobernador ni nadie mas que 
el dueño de la empresa tiene que ver 
con las faltas del servicio. Ademas, este 
carruaje estaba tomado, y por hacerle 
á V. un servicio he pedido á los viaje- 
ros para quien estaba preparado el 
favor de que le cedieran un asiento: de 
otro modo hubiera V. dormido aquí, ó 
habría tenido que irse.á pie. 

Entonces el marques tomó la pala- 
bra, y dijo con acento severo, pero sin 
desmentir la amabilidad que le era ca- 
racterística. 

— Caballero, dispense V. que le ha- 
yamos hecho esperar ; pero habíamos 
dispuesto salir á las seis y media, y 
como cuando lo dispusimos no sabía- 
mos que tendríamos la honra de lle- 
varle por compañero de viaje, no he- 
mos podido acabar antes. Ruego á V., 
por tanto, que retire esa queja, que, por 
otra parte, ningún mal resultado pue- 
de tener para el apreciable D. Ignacio. 

El viajero hizo un signo negativo. 

— ¡Oh , señor marques! dijo aquel: 



hágame V. el favor de no rogar á na- 
die por mí. 

Terminado este incidente, el mar- 
ques, apoyado eu el brazo de su hijo, 
y con el auxilio de su muleta, se diri- 
gió al carruaje, Beguido de todos nos- 
otros. 

El coche era de diez asientos ; de 
modo que las seis personas que íbamos 
pudimos colocarnos con toda como- 
didad. 

La pequeña disputa con que habia 
comenzado nuestro viaje podia tener 
consecuencias si seguía, y me propuse 
evitarlo , haciendo al hijo del marques 
que me describiera las cercanías del 
lago de Ginebra, donde habia estado el 
año antprior con Enrique, ó alguna de 
las curiosidades de París ó de Lon- 
dres , que habían visitado también 
juntos. 

— ¿Para qué quiere V. que le descri- 
ba ninguna de esas cosas, que es se- 
guro que Enrique le ha descrito á V. 
mejor que yo puedo hacerlo ? Lo que 
voy á hacer es referirle á V. una anéc- 
dota interesante que presencié hace 
poco tiempo en París. 

Habia ido un .dia á un palacio de 
aquella población , palacio en el que 
siempre, como todos los españoles, era 
bien recibido, y me dijeron que el due- 
ño de la casa habia salido á caballo, y 
la dueña habia ido á misa y todavía 
no habia vuelto. 

Eu la imposibilidad de ver á ningu- 
no do los dos, dirigíame á una casa de 
la calle La Harpe, cuando me acordé 
quo la noche anterior se habia hecho 
una cuestación para socorrer á un po- 
bre español , cuya esposa acababa de 
dar á luz una niña y se encontraba sin 
el menor recurso. 

Casualmente llevaba en el bolsillo 
las señas de la habitación de mi com- 
patriota, y me encaminé á su casa con 
idea de darle algún socorro. 

Cuando llegué á ella, una señora 
bajaba la escalera. De su sombrero 
pendia un espeso velo que ocultaba 
enteramente su rostro , y hacia impo- 
sible reconocerla. Iba vestida con un 



^ 



— 45 — 



severo, elegante y sencillo traje negro. 

Déjela pasar, saludándola cortes- 
mente, y subí á la buhardilla donde 
me dirigía. 

Quedó sorprendido cuando llegué, 
al ver á mi compatriota dando gracias 
á Dios por su felicidad. 

— ¿Qué le ha sucedido á V.? le pre- 
gunté. 

— ¡Ay, señor! respondió : (que esa 
santa que acaba de salir de aquí ha 
provisto á todas mis necesidades con 
estremada largueza! 

— ¿Y quién es esa señora? 

— No lo sé: un ángel sin duda. 

— Pero ¿qué le ha dicho á V.? 

— Nada: ha venido con un criado 
que traía una canastilla completa, dig- 
na de un principe ; la ha dejado ahí; 
me ha dado dos billetes de mil fran- 
cos; me ha encargado pusiese á mi hija 
por nombre Blanca, y que pidiera á 
Dios que colme de felicidades á Es- 
paña. (Continuará ) 

Carolina P. 

— fc- e - C a JOo — 

BOCETOS CARLISTAS. 
APARISt Y GUIJARRO, 

SENADOR POR GUIPÚZCOA. 

Para conocer á fondo á Aparisi y Guijar- 
ro hay que buscar el reflejo de su fisono- 
mía en el corazón de todos los que le han 
tratada. 

Si yo no me valiera de este medio para 
bosquejar á tan ilustre patricio, no lograría 
dar una idea de lo que es y de lo que vale. 

Este estudio objetivo es muy sencillo. 

Preguntad á los hombres del pueblo, no 
ya de Valencia, que allí es un ídolo, sino 
de cualquier parte de España, v os dirán 
que de todos los oradores del Parlamento 
es el único á quien comprenden. 

— Yo no sé lo que tiene el Sr. Aparisi, 
he oido decir á uno; pero habla al alma, y 
da gusto ver cómo se entiende todo lo que 
refiere. Luego le hace á uno tomar cariño 
á su nación; y aunque parece que no, es 
mas liberal que todos los liberales juntos. 
Será reaccionario; pero, si lo es, hay que 
confesar que todos los hombres de bien son 
reaccionarios. 

Preguntad á los hombres ilustrados; y 
movidos por la impresión que en ellos ha 
causado con sus palabras y con sus actos el 



elocuente orador, tributarán sinceros y en- 
tusiastas elogios á su talento y á sus vir- 
tudes. 

Aparisi y Guijarro es un hombre escep- 
cional. 

Su mágica palabra es un limpio fanal que 
permite ver su alma en toda su belleza. 

Todo lo grande, todo lo bueno, todo lo 
bello le encanta ; pero no le basta el goce 
del sentimieato á solas; necesita comuni- 
car á todo el mundo su felicidad, y por eso, 
ni quiere mal á nadie ni tiene un solo ene- 
migo. 

Es la voz poética del pasado ; todas las 
glorias, todos los heroísmos, todos los ayes 
de la patria resuenan en su acento ; pero es 
al mismo tiempo la voz profética del por- 
venir. 

Colocado entre el ayer y el mañana, es 
providencial la misión que hoy desempeña. 

El ha opuesto al escepticismo de los go- 
biernos moderados las glorias de los tiem- 
pos en que el Rey y el pueblo se entendían 
y se amaban sin intermediarios ; él ha re- 
cordado al pueblo sus virtudes , su heroís- 
mo, su influencia en los destinos de la na- 
ción, y le ha demostrado que sus mejores 
timbres los debe á su fervor religioso, á su 
amor al Trono; él ha recordado á los Re- 
yes lo que han debido al pueblo ; y á los 
que le han llamado reaccionario , oscuran- 
tista , y yo no sé qué mas , ha respondido 
con esta declaración: 

«Nadie tema decir: ¡Viva la libertad! que 
la libertad es cristiana.» 

Anarisí y Guijarro, á pesar de su mereci- 
da fama y de lo mucho que ha trabajado, 
es pobre, y no quiere ser rico. 

Últimamente decía en el Senado: 

«He sido secretario sin sueldo del señor 
duque de Madrid , y el día del triunfo me 
retiraré á mi casa á hicer lo que he hecho 
siempre: todo el bien posible. » 

Conocido en Valencia , su patria , desde 
los primeros años, hastal858, en que vinoá 
las Cortes, no le conoció España. 

Desde aquel tiempo no hay quien no le 
quiera. 

Apenas estalló la revolución de setiem- 
bre, buscando el hombre que necesitaba 
nuestra nación , corrió al lado del Príncipe 
á quien la legitimidad reconocía como he- 
redero del Trono español. 

Cuando le vio y estudió á fondo su ca- 
rácter, se proclamó su mas entusiasta par- 
tidario, y su folleto El Rey de España ha 
hecho una inmensa propaganda. 

Aparisi y Guijarro es hombre de familia: 
solo en la intimidad y el cariño puede 
vivir. 

Desgraciadamente tiene poca salud. 

Todo corazón , las emociones han gasta- 
do sus fuerzas. 

|D¡os querrá, sin embargo, que vea lucir 
el dia en que aparezca i sus ojos reedificada 
la Jerusalen cuyas ruinas cantó , y cuyas 



-yj 




: ^\ 



- 46 — 



venturas ba profetizado, haciendo amar la 
tradición y enalteciendo el catolicismo! 

X. 



BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



X.OS ATEOB, 

Á MI QUERIDA AMIGA LA SEÑORA MARQUESA 
DEL CASTILLO. 

Si una co3adebe ser estimada en 
razón de 3U mayor ó inenor utili- 
dad, el ateísmo es harto desprecia- 
ble, parque á nadie aprovecha. 
(Chateaubriand.) 

¿Qué buscáis ..? ¿Qué buscáis on ese abismo 
don.te de la razón echáis la souda 
con el febril afán de la locum ..? 

jQuó queréis que en ni esconda, 
si entre la sombra oscura 
de la vil negación de lo divino 
no hay mas que lo sombrío 
do la misma razón, que pors» sola 
no puede producir sino el vacío! 

Vosotros, ideólogos soberbios, 
que en el sofisma impío 
buscáis un nuevo mundo fi las Ideas*; 
apóstoles del mal, que en el cinismo 
entronizáis la nada, 
queriendo hallar la luz en el abismo. 
Vosotros, que negáis el sentimiento 
(que es la luz natural do nuestra ¿IOS) 
de la vida de un Dios, y en lo mezquino 
déla omargay letal Blosófía, 
análisis naciendo del destino, 
queréis hallar vuestra razón impla. 

«A dónde vais, decid? Si todo es nada 
y es parte de psa nada vuestra vida, 
¿qué esperáis? ¿qnfi sentís? ¿cuál es el dique 
que alcanza á dominar vuestras pasiones? 
¿En qué ley, en qué ciencia 
rundáis vuestra moral, vuestras acciones, 
si el instinto segáis, nn \n conciencia...? 

¿En qué base asentáis el fl 
de la vida soeiil? ¿Bn quédnetrirm 
si no tenéis ninguna? ¿puede acaso 
señalar el camino de la vida 
quien croe que de la vida en el ocaso 
lo mismo fl bien que el mal pasa y se olvida...? 

¿Y que ofrecéis en cambio h vuestra idea? 
No hay una religión, secta 6 reforma , 
que en una dicha posterior no crea; 
según pura asan forma 
son bellos sus promesas de esperanza; 
pero en toda?:, cual luz del sentimiento, 
una vida de nmor el pensamiento 
tres de los velos de la muerte alcanza ! 
Solo en el ateísmo 
la negación es tolo: 
ídolo se hace el hombre de si mismo, 
y con su acento lo impiedad levanta, 
dejando en su camino sangro y lodo 
cual diana huella de su impura planta. 

¡Cuftn triste es su m-slon! Ir esparciendo 
las fatales semillas do Ir duda, 
que estériles so tornon 
en el alma ferviente do florece 
el árbol celestial de la esporanza. 
que frutos de consuelo ni hombre ofrece. 
Depurar ni crisol del descreimiento 
los males, los dolores, 
para ir mostrándola mayor miseria: 
sentir hetera el alma 
bajo el yugo tenaz de la materia, 
mientras. fingiendo calma, 
sienten secarse el corazón impío 
que rebocando vida 
se aletarga eo el seno del vaaio...! 

— ¡Oh qué triste existir! lener corrada 
nn almo inteligente 
al cántico de amor de la esperanza; 



u 



^ 



no mirar de la fe la lux divina 
como el faro celesle que nos guia 
de las playas del mundo 
hasta ese puerto del amor profundo 
rpie el pensamiento Inmaterial ansia. 

Ver elevar.se como eterno muro 
el sepulcro que encierra 
cuanto queda de unn persona amada, 
y ante Ible «le la muerto 

—tan triste sin la fe— sentir ln 
descomponiendo la materia inerte. 
Ver la creación como obra del acaso 
' tilma fria ' 

maravillas, 
buscando de la ciencia eu el arcano 
solución material ii los misterios 

vano inquiere su saber profano. 
Con el pecho estragado 
por lo* mezquino-: gooes sensuales 
no admirar la magnifica grandeza, 
la sublime armonía 
y el orden de la gran naturaleza : 

unes, 
que impregnan dulces al sereno viento; 
sus nrrovosde limpidns corrientes 
que copínn el atol del tlrraamentoj 
su espacio sin confines, 

i tora vox de sus torrentes 
apuntas 

que reflejan del ir 9 los colorea, 

enana patean ■•■• brumas. 

Ésoí mandos lumíueos de la esfera 
que dan 6 la creación calor y vida, 
y siguen inmutables su cr- 
esas nubes que flotan en Oriente 
cual pabellón do seda 
que el nlba forma á la risueña auroro ; 
esa brisa que rueda, 
y perlas en su- ondas ntesora , 
con que salpica el cáliz de las llores, 
cuhl llanto de la n 
condenando en auríferos vnpores. 

Las franjas delicados, 
que como bancos de algodón se estienden. 
envolviendo ni ocaso . 

1 Ins <o encienden 
cuando sus orlns de nevado raso 
la tenue luz reflejan 
de los rayos del sol, une ya so alejan. 

La sombra azul do la serena noche, 
arcada colosal de lo infinito, 
donde en letras de los gigante brilla 
del Creador inmortal el nombre escrito... 
Bsa mar ana eu su seno 
duerme A la tierra con amor profundo, 
meciéndola al arrullo de sus olas, 

5nr)nndosii3 orillos 
p blancas y espumantes aureolas. 

Cuantas bellezas la creación encierra 
con el sello inmortal de lo infinito, 
pasan á vuestros ojos 
sin despertnr un eco en vuestro pecho; 

¡niraUcual hábil mecanismo 
lo que es efecto de un podorsupreino. 

¡Cuan pequeño en si mismo 
es el hombro que osad i so levanta 
parí medir de Dios el poderío, 
y no Id alcanza; de su luz se espanta , 
y vuelvo a sostener so desvario! 

;Ah no encendáis la llama poderosa 
do la humana razón, hiempre soberbia, 

Pira buscar á Dios en nuestra nada...! 
Bnetrnd en 81 alma, 
y en unanspirncion pura y sin nombro 
qne agita npeslrp ser, sentir su esencia 

i >r que impulsa al hombre 
m buscar otro espacio á su existencia. 

Si el sopinde indnda 
del corazm en el inmenso abismo 
levanta poderosos tempestades, 
y envolviendo su forma 
on piélagos de sombra impide yerln , 
en su fondo de nmor brillará oculta , 
como en el seno de lu mar ln perla. 

Allí donde resbala 
el aura virginal del rcntimlento 
como un perfume que el amor exhala: 



¿J 



- 47 - 



allí do tiendo oí genio 
su túnica «lo luz em>rienda ni arte, 
y prest-indo e-plendor ri sus creaciones. 
allí Be diente :'> Dios, al li palpita 
su nliento soberano, 
ijuo en sed de gloria el corazón agita. 
Dios brilla en la sonrisa de la madre 
qoe en inefable arrullo 
una dulce oración el'va en calma • 

mecer al virginal capullo 
que ai aura del iinnr broto en bu al m». 
En la paz que ilumina 

la frente del cristiano moribundo, 

que en cielos da ea| ■ 

— al tocar \o:* dinteles de otro mundo — , 

una aurora divina í\ ver alcaau. 
Dios palpita en la 

iiue impulsa al pueblo que se lanza osado 

í vencer ó morir en la peí 

KlSB cuando una nación guarda en el alma 

de l'atria y Religión el santo nombre, 

en la lucha gibante 

un héroe es caita hon 
Y en la ciencia tunbien 6. Dios He mira: 

su luz siempre brillante 

no se oscurece_con ul rayo puro 

del foro celestial de donde emana: 

el fanatismo oscuro 

queon su manto de sombra envolvió al mundo, 

ijuedó roto en pedazos 

ante los rayos de esplendor divino 

déla razón, la ciencia y el talento, 

que chispas BOn de la celeste llama 

que brota en Dio3 y idumhrael pensamiento. 
—Romped, pucs.e*a niebla vergonzosa 

que vuestro ser é inteligencia abisma; 

tdla ciencia en Dios, y no en la ciencia 

queráis hacer escala hasta su gloria, 

pue* la luz bruta en El; alzad Inunfaoto 

el signo de la fe, cual pura enseña 

que nos conduce íl mundos de esperanza, 

Ímes la raxonsin f- siempre es pequeña: 
a fe con la razón to.io lo alcanza. 

Patrocinio du Bibdma. 



ECOS DE MADRID. 



No os hablaré, mis queridas lectoras, de 
la tempestad que el tolo que preside la 
Cámara de los diputados desencadenó el 
sábado anterior. 

Hablaba un joven diputado, Luis Eche- 
verría, y creyó Olózaga que su sabiduría 
parlamentaria podía gozarse en la inespe- 
riencia de nuestro simpático amigo. 

¡Pobre señor! No puedo oír hablar de él 
- sin acordarme de aquella célebre cantante 
Julia Grissi, que por no haber sabido reti- 
rarse á tiempo, vio terminada su brillante 
carrera con una serenata de silbidos. 

Pero Luis Echeverría, fuerte con la ra- 
zón, respetuoso con la infantil ancianidad, 
logró las simpatías de la Cámara, y el Júpi- 
ter Olímpico recibió, en premio de su ca- 
laverada, un insidioso cáustico, que bordó 
Castelar para que no sufriera al verle el 
pobre enfermo. 

■ Aquella misma tarde nos perdono la vida 
el ministro de Estado...! Dios se lo pague 

áS. E. 

• 
• » 

Por fin llegó el domingo, y todas las per- 
sonas que pasaban por delante de la tienda 
del florista de la Carrera de San Gerónimo, 



se detenían á contemplar una magnífica 
corona que, no cabiendo en el escaparate, 
adornaba todo un lienzo de p3red en la 
tienda. 
¡Qué preciosa corona 1 
Voy a describirla á mis lectoras de pro- 
vincia. 

Figuraos un óvalo de unos seis metros 
de circunferencia , y alrededor una franja 
de cuarenta centímetros, formada por dos 
líneas de rosas y plumas encarnadas, y en 
el centro una linea de hermosas siempre- 
vivas. 

A los lados anchas hojas de laurel y bo- 
tones de oro. 

De trecho en trecho pensamientos, y á 
los dos lados, y en la parte superior c infe- 
rior, cuatro grandes margaritas. 

El lazo, de riquísimo gró encarnado y 
amarillo, estaba velado por un crespón. 

En el centro, bajo la cruz, se leia la ins- 
cripción que indique en mi anterior Revista. 
Tan espléndida corona era digno tributo 
de los verdaderos españoles de hoy á los 
españoles de ayer , y ha sido costeada por 
los donativos de los individuos de las Jun- 
tas central y provincial, los senadores y 
diputados, y los carlistas de Madrid. 

Como nosotros no somos aficionados á 
llamar la atención, en vez de la procesion- 
cita á que nos tienen acostumbrados los 
progresistas y los republicanos, dispuso la 
comisión nombrada para dirigir la mani- 
festación católico-monárquica que la coro- 
na fuese llevada sin ostentación al Campo 
de la Lealtad. 

Allí se descubrió en medio de un gentío 
inmenso, precisamente al dispararse el pri- 
mer cañonazo. 

Hasta la casualidad se asociaba á nos- 
otros. 

En los alrededores de la verja habia tam- 
bién mucha gente. 

Todos salpicaban con curiosos comenta- 
rios la conversación. 

— Amigo: ¡este año se han lucido los car- 
listas! decía uno. 

—¡Ya...! ¡ya...! toman un vuelo que asom- 
bra. 
— Cada dia se aumenta el número. 
— Bien dice el refrán... .4/ cabo de los años 
mil... 
— Pero es muy grande esa corona. 
— Con eso se ve mejor. 
—Al lado suyo , las demás parecen muy 
pequeñas. 

—Eso mismo sucede á los planetas que 
giran alrededor del sol. 

—Mira, mira, decia unsoldadoá otroque 
iba con él : allí está escrito lo que decia mi 
padre que debíamos defender los soldados. 
—¿Dios, Patria y Rey? preguntaba su com- 
pañero. 

— Sí ; me acuerdo bien : ¡ á cada instante 
lo repetía... ! 
— ¡Qué quiere V. que le diga! esclamaba 



V^: 



-¿y 



-48 — 



un señor mayor en un grupo; esa corona 
ocupa el mejor sitio. 

— Lo que yo siento, contestaba una an- 
ciana, es no poder ayudar á ponerla mas 
alta aun á los que la colocan. 

En resumen: aquel dia y el siguiente se 
habló de la corona en todas partes. 



El dia 2, como buenos católicos, acudie- 
ron nuestros amigos al Carmen á elevar al 
cielo sus oraciones por el alma de los már- 
tires de la independencia. 

Bajo la nave se elevaba un modesto cata- 
falco. 

Seis filas de bancos enlutados contenían 
lo mas notable de la comunión católico- 
monárquica. 

Presidian el conde de Orgaz, Nocedal, 
Martin Melgar y Antúñano. El sitial del 
centro permitía á la imaginación ver en él 
á un ilustre ausente. 

No necesito nombrarle. 

El templo estaba lleno: nosotras ocupá- 
bamos el espacio próximo al presbiterio. 

Ofició el venerable Obispo de Urgcl, au- 
xiliado por el deán de Coria y el Sr. Vidal 
y Carla, los dos diputados. 

El Sr. Martínez Izquierdo, diputado tam- 
bién, pronunció una sentida oración. 

¡Con qué elocuencia nos describió lo que 
significa la patria! Sin ofenderá nadie, con 
arrobadora dulzura, elogió á los héroes, y 
trazó el camino que España debía seguir 
para ser digna de su gloría. 

Todos salieron del templo poseídos de 
los mas puros, de los mas dulces senti- 
mientos. 

Si las lectoras que viven en las provin- 
cias ó en las aldeas hubieran podido ver 
en torno del monumento del Dos de Mayo 
ó en el templo del Carmen al partido tra- 
dicional, á los que anhelan la salvación de 
la patria, á los que han de realizar nuestros 
deseos, ¡cómo se animarían! 

Ya es una gloria para todos llamarse car- 
listas, y sufrir las consecuencias de esta de- 
claración, que suelen ser fatales, gracias al 
odio que les profesan sus enemigos. 

Pero hasta el peligro incita, y los jóvenes 
que no han podido derramar su sangre 
por la santa causa , quieren ser dignos de 
ios veteranos. 

**« 

Y á propósito: noches pasadas vi reuni- 
dos á unos cuantos militares de los nues- 
tros que, olvidando sus proezas, contaban 
las de sus comoañeros. 

Un libro no bastaría para contener lodos 
los rasgos de valor que o! referir. 

Solo reproduciré dos. 

— Entre los prisioneros de la isla de 
León, contaba uno de los veteranos, había 
uno en tan deplorable estado, que, á fuerza 
de hambre y de trabajos, no tenia mas que 



huesos. El hambre y la desnudez le mata- 
ban. Todos los presos estaban juntos en 
un patio, cuando llegó una carta en la que 
el Rey les daba gracias por su heroísmo. 
Cinco ó seis líneas tenía el escrito, y bas- 
taron para hacer asomar las lágrimas a los 
ojos de aquellos infelices. El que he citado 
antes trató de incorporarse, pero no pudo; 
hizo un supremo esfuerzo, gritó ¡Viva 
Carlos VI y cayó para no volver á levan- 
tarse. . „ r\ ■ 

Dio su último aliento al Rey... ¡<¿ue 
muerte tan gloriosa! 

El otro hecho que oí citar fue el de un 
oficial que, después de romperle el brazo 
izquierdo un casco de obús, cayó prisio- 
nero. 

—¡Está V. herido? le preguntó Espartero. 

— No, señor, contestó. 

—¿Y esc brazo que cuelga, y esa sangre 
que inunda el suelo? 

—Eso no es nada... ¡Aun me queda otro 

brazo para defender á mi Rey ! 

» 
« « 

Pero no hablemos de estas cosas, porque, 
á pesar de su grandeza, llenan de pena el 
alma. 

Tampoco diré nada de las escenas que en 
la calle de Alcalá tuvieron lugar el dia 2, 
entre los socios de La Internacional, que 
en nombre de la fraternidad deseaban abo- 
lir la conmemoración de las víctimas de 
Murat, y la célebre y mitológica compañía 
de la Porra, que se despachó á su gusto. 

Esto, y el calor que hizo aquel dia, fue 
bastante motivo para que algunos madrile- 
ños se creyeran habitantes del África. 

#*♦ 

Estamos en el Mes de María; todo sonríe 
para nosotras en la naturaleza , bajo el im- 
perio de la Reina de los Angeles. Los tem- 
plos están llenos todas las tardes, y me 
consta que no hay una buena carlista que 
no pida á la Virgen todos los días que no 
pase para nosotros un nuevo mes de Mayo 
sin que veamos á nuestro lado la hermosa 
flor que es el símbolo de nuestra felicidad. 
Esperanza. 

P. 5. Aun no he recibido detalles de la 
boda de nuestros queridos príncipes. Los 
espero muy pronto. 



^: 



MARGA RITAS- 

Combatid el mal .haciendo prosperar el 
bien en la vida práctica. (Zknd-Avesta.) 

La amistad es un alma que habita en 
dos cuerpos: un corazón que habita en dos 
almas. (Aristóteles.) 

MADRID, 1871. — Imprenta de La Etperanza , & 
cargo de D. A. Pérez Dobrull, Paz 6. 



¿> 



^ 








JUUH 



ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS 



ANO I. 



14 M!AYO 1871. 



NÚM. 7." 



sl'.mauio.-I.i que w li ibln, por Juan de 
Luz.— Capricho* db i.\ Moka: Impresiones de 
Ttaje ( cnntinuRcl'in) , por Cnrolina P.— Boce- 
tos carlistas: Kl Conde de Orjraz. — BaiXBZAS 
n b i.a Rut. -a ioíí: Las Plore* de Mayo, por D, Va- 
lentín iio Ñnvoa. — Kcos de Madn I 
xa.— Murffa r i las. 



LO QUE SE HABLA. 



prenderlo también , por mas que no le 
Horade, que á todas horas pidáis al quo 
todo lo puede el triunfo de las santas 
ideas que os animan ; comprendo que 
deseéis, mejor hoy que mañana, ver 
realizadas vuestras esperanzas; pero 
desconfiad, no solo de I03 enemigos, 
sino de los amigos demasiado celosos. 
¡Ya so ve! Anheláis por momentos 
volver a ver en todo su brillo la Reli- 
gión, en toda su grandeza la patria, 
en todo su apogeo la monarquía: no 
os esplicais cómo á estas horas hay es- 
pañoles que no deseen lo que vosotras; 
suponéis, y, dicho sea de paso, hacéis 
muy bien, que siendo mas los que 
quieren lo que queréis, y menos los que 
no lo quieren , sucumbirán nuestros 
adversarios con la misma arma del nú- 
mero que ellos esgrimen, aunque solo 
sea para que se cumpla el refrán de 
que guien á hierro mata, á hierro 
muere. 



=¿ 



— 50 



Todo esto es muy natural; está muy 
puesto en el orden, y vuestra alegría 
es lógica. 

Es el único goce que os permiten los 
revolucionarios ; pero yo sentiría que, 
comunicando vuestras esperanzas á 
vuestros esposos ó á vuestros hijos , á 
vuestros padres á ó vuestros hermanos, 
los animarais demasiado entregándolos 
á sus voraces enemigos, que, en pleno 
Carnaval, siempre se disfrazan de sire- 
nas, y les cae hien el traje. 

Mucha prudencia, lectoras mías. 
Cuantos mas rumores lleguen á 
vuestro oido, tened mas calma y em- 
plead esa previsión, esa perspicacia, 
ese golpe de vista, esa inspiración que 
permite á la mujer que sea un verda- 
dero ángel de la guarda del hombre. 

Oid y adivinad quilín os habla, si el 
dolo ó la candidez, si la traición ó el 
fanatismo sordo v ciego. 

Tan perjudiciales son los unos como 
los otros. 

¡Calma y calma! 

Más que hablar de política en estos 
momentos, os conviene orar. 

No en España, en Europa, se está 
dando una gran batalla: la revolución 
atea y demoledora sucumbe ante los 
golpes del derecho cristiano. 

Sucede lo que debe suceder, lo que 
tiene razón de ser: y ante la voluntad 
de Dios nada vale la de los hombres. 

Ni alegría ni temor. 

Os dicen, por ejemplo: 

— González Brabo se ha declarado 
carlista. 

— Lo celebramos infinito, podéis con- 
testar; es hombre de talento, y aunque 
el demonio del liberalismo le ha ten- 
tado algunas veces, arrepentidos quiere 

DÍ03. 

— Las autoridades francesas han in- 



ternado á los carlistas de la frontera... 

— ¡Tanto mejor...! Si está de Dios que 
han de venir, con eso no hacen mas 
que proporcionarles I03 medios de to- 
mar carrera. 

— El gobierno va á adoptar una ac- 
titud enérgica. 

— Si no-cubre con un velo la esta- 
tua de la justicia, no hará con eso mas 
que cumplir con su deber. 

— Pues dicen que si hay ó no disi- 
dencias en el seno de las juntas direc- 
tivas del partido. 

— ¡Bah! no lo creemos. La fe hace 
milagros. 

— Va á fundarse un periódico que, 
llamándose carlista, atacará á los car- 
listas. 

— Es natural: no hay peor cuña que 
la de la misma madera ; pero ¿qué ma- 
dera será la que solo sirve para cuñas? 

En uua palabra, mis queridas lec- 
toras : vosotras y nosotros los que res- 
petamos la ley, aunque anhelemos el 
triunfo de la justicia , debemos estar 
tranquilos, oir, calmar las pasiones, 
curar las heridas y rezar , s! , rezar 
mucho, porque la oración eleva nues- 
tro ser á Dios y nos aparta de las hu- 
manas miserias. 

Y al mismo tiempo debemos con- 
testar con nuestro ejemplo á los que 
nos acusan de querer las tinieblas , de 
no desear mas luces que las de las ho- 
gueras de la Inquisición, y de otras 
cosas por el estilo que ya no so hallan 
mas que en la guardaropía de los tea- 
tros para representar los dramas del 
romanticismo. 

Que vean que sabemos unir á los 
mas puros sentimientos religiosos la 
sed do ilustración y libertad que han 
nacido del catolicismo , y solo á su ca- 
lor han sido fecundos ; que vean que 



^: 



- J y 



r? 



-51 
podemos realizar el orden sin la tira- 
nía , el respeto sin la bajeza , el pro- 
greso sin el Himno de Mego ; que se 
convenzan de que, practicando nos- 
otros en la vida privada todas las vir- 
tudes cristianas, podemos contribuir 
cada cual al todo armónico que sim- 
boliza nuestra bandera. 

Firmes con nuestra fe , con nuestro 
amor á la tradición , con nuestro res- 
peto al derecho; mostrando que, en vez 
de huir de la luz, la deseamos; que 
nada tememos, porque nuestra concien- 
cia está tranquila, vosotras seréis dig- 
nas imitadoras de la mujer cristiana, 
y nosotros, inspirándonos en vosotras, 
sufriremos, como inquebrantables rocas 
puestas por la Providencia en el límite 
del mar , el oleaje de la revolución. 

Y creedme : aunque triunfasen de 
nosotros — que no es posible — nuestros 
vencedores nos admirarían , y su jefe 
haria nuestro elogio esclamando: 

— -Dichoso el Príncipe que reina en 
el corazón de esos mártires! 

Juan de Luz. 



CAPRICHOS DE LA MODA. 



IMPRESIONES DE VIAJE. 

(Continuación) (1}. 

Al oir estas palabras de nuestro 
compatriota, recordé á la señora que 
había encontrado en la escalera , su 
porte distinguido y la severa elegan- 
cia de su traje , y esto fue un rayo de 
luz para mí. 

Ocurrióseme que el dia anterior, en 
el palacio donde antes habia estado, y 
que he citado en el curso de mi nar- 
ración , se habia hablado de la situa- 
ción angustiosa en que se hallaba aque- 
lla pobre familia ; y la señora, verda- 



(1) Véase el numero anterior. 



dera hada benéfica que ejerce la cari- 
dad del modo mas noble que se puede 
imaginar y con el mayor secreto posi- 
ble, habia oido la conversación y se 
habia adelantado á nuestras inten- 
ciones. 

Deseando asociarme en algún modo 
á tan benéfica obra , pregunté si ha- 
bian bautizado á la niña ; y habiendo 
sabido que no, ofrecime á ser su pa- 
drino, lo que aceptó con alegría el es- 
pañol. — 

Cuando concluyó D. Carlos su re- 
lato, habia hecho asomar las lágrimas 
á mis ojos, y murmuré en mi interior 
upa bendición á aquel ángel que tan 
bien y con tanta largueza sabe repar- 
tir sus beneficios. 

En estas sabrosas pláticas, y con la 
distracción que ofrecen los pintorescos 
caminos de las provincias, particular- 
mente los de aquella , pasamos entre- 
ten idos el resto de nuestro viaje ; y 
como por otra parte nuestro descono- 
cido compañero de viaje guardó un si- 
lencio sepulcral durante todo el tra- 
yecto, no volvió á reproducirse el in- 
cidente que yo temia, llegando feliz- 
mente á Vergara. 

Al apearnos allí en la casa del mar- 
ques, que era un verdadero palacio, se 
despidieron del desconocido, dicién- 
dole sus nombres, y este contestó dán- 
donos el suyo (1). 

Al oirle, Carlos soltó una carcajada, 
esclamando: 

— ¡El corredor de Reyes! 

El ruido del faetón al emprender la 
marcha ahogó la carcajada y las pa- 
labras del joven , las que no pudo oir 
el viajero. 

IX. 

Creo , queridísimas lectoras , que si 
os fuera á describir todas las bellezas, 
tanto naturales como artísticas é his- 
tóricas, qne admiré en los dias siguien- 
tes , ya en Vergara , ya en Oñate , en 



il) Le suprimo, porque, después de haber es- 
crito la primara parte lie esta articnlo, he sabido 
que hnMa muerto: al lo hubiera sabido anta* . no 
la hubiese escrito, pues todo se reducía acallar 
uno de los inconvenientes que pueden ocurrir en 
en vlBJe. 



v^. 



i) 



^ 



- 52 — 



Deva como eu Motrico , en Arechava- 
leta, en Alzóla, y eu los innumera- 
bles pueblos que en Guipúzcoa casi se 
tocau con la mano , seria tarea inter- 
minable ; y si mi ya larga narración 
no os ha cansado — cosa que dudo mu- 
cho — estoy segura os fastidiaría en su- 
mo grado. 

Así, pues, dejo de hablaros de la 
ermita de San Prudencio, que se halla 
á dos leguas de Vergara, en el camino 
de Oñate ; de los magníficos edificios 
de esta última población ; del santua- 
rio de Nuestra Señora de Aráuzazu , á 
poca distancia de ella, edificado en el 
mismo sitio en que, según la piado- 
sa tradición, allí muy acreditada, se 
apareció la Santísima Virgen á un jo- 
ven de noble alcurnia que se hallaba 
guardando un rebaño, pues los anti- 
guos vascones no se desdeñaban de 
hacer toda clase de trabajo. 

No os hablaré de la romería de San 
Roque, en Deva , una de las mas con- 
curridas de la provincia, aunque sí os 
diré una cosa muy sencilla, pero ¡vira 
mí la mas notable que he visto en Jas 
provincias Vascongadas, y la que mas 
alto habla en favor de la moralidad y 
buenas costumbres de aquel delicioso 
pais. 

Acostumbrada yo al aparato de 
fuerza que despliegan en Madrid las 
autoridades siempre que se ha de 
reunir mucha gente, ya en las verbe- 
nas, ya en las romerías, lo mismo en 
los paseos que en los teatros, y que á 
pesar de eso, rara es la función de esa 
clase en que no haya desgracias, no 
pudo menos de llamarme la atención 
que en ninguna de estas funciones veía 
ningún dependiente de la autoridad; 
pues si bien es verdad habia algún 
que otro guardia civil ó miguelete 
entre la concurrencia , estos se halla- 
ban mas como curiosos que como en- 
cargados de velar por el orden. 

No pude menos de demostrar la 
admiración que esto me causaba, y 
D. Ildefonso y ü. Carlos, que á todas 
partes nos acompañaban, me dijeron 
que no tenia nada de particular, pues 



en aquel pais impone mas respeto la 
vara del alcalde que en cualquier otra 
provincia de España toda la Guardia 
civil. 

Efectivamente: tuve ocasión de con- 
vencerme de ello en Deva, en la ro- 
mería de San Roque. 

Presentáronse en ella unos cuantos 
jóvenes con boinas blancas, á pesar de 
estar prohibidas por el gobernador de 
una de las provincias; pero los vas- 
congados saben muy bien que en su 
fuero existe aquello de "Se obedece, 
pero no se cumple." 

Presentáronse, digo, unos cuantos 
con boinas blancas, y á la conclusión 
de un zorzico cuya música es muy pa- 
recida á la del Himno de D. Carlos, 
que entonces se cantaba allí mucho, 
uno de ellos no pudo dominar su en- 
tusiasmo y dio un ¡viva Carlos VII! 

Todos sus compañeros, y casi todos 
los que lo oyeron, con pequeñas es- 
cepciones, contestaron á aquel grito, 
tan querido de sus corazones. 

Sin embargo, unos pocos quisieron 
protestar, y gritaron: ¡viva la libertad! 

En otra parte esto hubiera sido la 
señal de una colisión sangrienta; allí 
la presencia de un anciano de cerca 
de sesenta años, con un junquito ne- 
gro, delgado como un hilo, en la mano, 
fue bastante para apaciguar el tumul- 
to, y que los mas recalcitrantes se re- 
tiraran eu silencio, sin pasar adelante 
en su disputa. 

Una do las pocas curiosidades que 
dejé de ver fue la cueva de San Vale- 
rio, que está cerca de los baños de 
Santa Águeda, y eso que Enrique me 
dijo que era una de las obras mas ad- 
mirables de la naturaleza, pues parece 
un palacio de cristal de colores; de una 
magnitud tal, que parece increíble que 
aquellos techos puedan sostenerse, y 
termina en un precipicio espantoso, 
cuya profundidad no ha podido llegar 
á conocerse. 

Y con esto acaban, queridas mias, 
las emociones dulces que esperi menté 
durante el viaje, aunque no todas lo 
habian sido , y eso que paso por alto 



^Z 



-53 - 



las incomodidades que proporciona el 
cansancio, el trasnochar, el madrugar, 
el polvo y todas las que vosotras sabéis 
tan bien como yo, y que creo eácusado 
referiros. 

Como la intención que teníamos al 
salir de Madrid para nuestro veraneo 
era llegar hasta Paris, decidimos salir 
el dia 18 de agosto y detenernos un 
par de dias en Bayona, y otros dos ó 
tres en Burdeos, antes de irá visitar 
la gran ciudad. 

Comunicamos nuestro plan á Carlos 
y á D. Ildefonso; y aunque este lo des- 
aprobó, el primero, no solo lo aprobó, 
sino que se empeñó en acompañarnos, 
contando con el beneplácito de su 
padre. 

Pero en el momento en que Íbamos 
á poner nuestro plan por obra , la de- 
claración de la guerra entre Prusia y 
Francia nos lo hizo modificar un tanto. 
(Se continuará.] 

Carolina P. 



BOCETOS CARLISTAS- 



EL CONDE DE ORGAZ, 

PRESIDENTE DE LOSCtNTROS PARLAMENTARIOS, 
V DIPUTADO POR VILLADIEGO. 

Ante este verdadero Grande de España 
necesitamos todos seguir el consejo que 
nos daba Aparisi y Guijarro en su carta á 
los periódicos católico-monárquicos para 
cuando pasáramos delante de los restos del 
glorioso ejército carlista; esto es: debemos 
descubrirnos como si pasáramos por de- 
lante de la lealtad y el honor. 

Hay en este personaje algo , ¡qué algo! 
lodo lo que recuerda á aquellos españoles 
de pura raza, leales hasta el sacrificio , lle- 
nos de fe y de hidalguía , capaces de aban- 
donar todos los goces del fausto y la rique- 
za por un humilde puesto en las Cruzadas, 
felices al poder depositar fortuna y vida en 
los altares de la Religión , de la Patria y 
del Rey. 

Büta verle para comprender los tesoros 



de fidelidad y de heroísmo que encierra su 
alma. 

Es joven: podrá tener de treinta á treinta 
y dos años; y su rostro, adornado con la 
severidad de un carácter puro , con la se- 
riedad de la reflexión, solo ante las virtu- 
des ofrece una esperanza de bondad. 

El conde de Orgaz es leg timista de raza. 

Con !a sangre y el nombre ha heredado 
los sentimientos. 

Manteniendo siempre viva su fe, cuando 
ha llegado la ocasión todo lo ha sacrificado 
para acudirá :u puesto. 

Cualquiera, al contemplarle detenidamen- 
te, esclama ria : 

— ¡Hé ahí un joven que no conoce la ju- 
ventud! 

Sus ideas, sus actos, sus palabras, todo 
revela en él que, reflejándose en su cora- 
zón la desdicha de España desde que rom- 
pió con el derecho, sorprendido de niño con 
la guerra, ha vivido, ha crecido y se ha des- 
arrollado en el dolor de la patria. 

¿Le habéis visto sonreír alguna vez? ¿Le 
habéis visto animarse estimulado por algu- 
na idea, por algún sentimiento ajeno á la 
santa causa en que se ha amamantado? 

Por sus merecimientos, por sus sacrifi- 
cios es sin duda el primero, y, sin embar- 
go, aceptará el último puesto contento si 
le ofrecéis el triunfo. 

Es la flor trasplantada; es la voz del pro- 
feta que llora la perdida Jerusalen; es el pi- 
jaro encarcelado; dadle la monarquía le- 
gitima, y la flor vivirá en su e'emcnto, su 
voz doliente será voz de alegría; la tristeza 
del pájaro se deshará en dulcísimos gor- 
jeos. 

No le pidáis, cuando espresa sus senti- 
mientos, adornos y perfiles oratorios ; no 
esperéis que busque rodeos para decir lo 
que siente. 

Silencioso siempre, cuando habla obede- 
ce á su corazón , y su corazón late en sus 
palabras ; y como su corazón es hermoso, 
lo es también su oratoria. 

La tradición, su mejor timbre, inspira 
hícia el respeto : después de estar uno á su 
lado, quisiera que fuera espansivo, porque 
debe serlo; porque parece que sufre no 
siéndolo; querría uno penetrar algo mas de 
lo que él permite en su alma ; pero, aunque 



^: 



--V 



ir 



- 54 — 



esto no se consigue, se retira uno querién- 
dole. 

Su reserva no es la del orgullo : es la de 
la seriedad. 

Nombrado recientemente jefe superior 
de los centros parlamentarios del partido 
carlista, le dan la guardia en este puesto su 
lealtad y su constancia. 

Ante él, lo repetimos, es necesario des- 
cubrirse como si se pasara delante del 
honor. 

X. 



BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



FLORE3 DE MAYO. 
I. 

De entro las pintadas flores 
que al sol primaveral crecen, 
<Ie entre los bellos pimpollos 
que en ol campo mayo vierte, 
ile lirios y de azucenas, 
margaritas y claveles, 
dejad que tejan mis manos 
magnifico ramillete, 
y con él ufano acuda, 
y ante las plantas lo eleve 
de la Reina S Verana 
que sobre solio fulgente, 
coronada con estrella*, 
á sus pies la luna tiene. 

Ante osas plañías divinas 
que yo adoro reverente, 
quiero que mis ¿rayas llores 
sean puro y flel intérprete 
de los anhelos recónditos 
y de las ansia* fervientes 
con que allí consuelo un alma 
al mal busca que padece. 
Que no es. no, mi lengua pobre 
la que á conversar se atreve 
con quien stn sombra de mancha 
Purísima resplandece. 

Vayan, pues, de mis deseca 
mis llores á ser intérpretes, 
que j-o no puedo decir 
lo que mi corazón siente. 

II. 

Hirióme punzante espina. 
y sangre la herida vierto; 
que ocultos tras de sus fl-res 
y sus menguados deleites, 
desgarradores abrojos 
el mundo falaz envuelve, 
y al que de su falso halago 
corro en pos, fieros le hieren. 



VS- 



Ya de la roísern envidia 

percibe el agudo dñ-nto: 

ya con dobleces y engaños 

pérfida amistad le venden; 

las dichas pasan veloces, 

se afirma el pesar ingente: 

que es nuestra vida, cual rio 

que corre al mar de la muerte. 

¿Qué importa que el desgraciado 

de sus penas se Inmen'e, 

íi entre los que sueíinn goces 

el dolor eco no tiene? 

Con quejidos angustiosos 

en vnno los ñires hiere, 

que en torno de él gira el mundo 

sin oirle. indiferente. 

Pero hay consuelo inefable 
pnra el triste que padece; 
hny una Mauro amorosa, 
una esperanza indeleble, 
que al abatido levanta, 
que al atribulado ofrece 
de sus pesares por premio 
un bien tal, que fln no tiene. 

Y eres Tú, Reina del cielo , 
Tú. la de piedades fuente , 
Tú, Consuelo de afligidos, 
Tú, Madro de atntr col esto . 
Tú, de los mures Estrella. 
Tú, Faro que nunca muere, 
la que íi puerto feliz guias 
al que ú Ti los ojos vuelve. 

Cuando los míos se fijan, 
suplicantes y dolientes, 
en tu somblante divino, 
tu amparo implorando siempre, 
tal delicia inunda el alma, 
de esperanza tan ardiente 
so lleno...! pero mis flores 
fragantes esto revei-n; 
que yo no puedu decir 
lo que mi corazón siente. 

III. 

¿Qué es de la flor siempre bella 
quo al cielo su cáliz yergue. 
y fragancia exhala pura 
de suavísimo deleite? 
De la tranquila inocencia . 
¿dónde está la flor rionte? 
¡Ayí rasgáronla en mi pecho 
punzantes abrojos crueles. 
Y fue su contacto impuro 
do eternos pesares germen : 
que n manos del desengaño 
las ilusiones perecen , 
y el mundo esperíencia llama 
lo que os de quebrantos serio. 

|Oh dulcísima inocencia, 
paz del olma, flor que siempre 
tersa se ostenta y lozana 
en primavera perenne! 
¡Flor amada! ¡Ali! No campeas 
en mi humilde ramillete... 

Mas si en el vergel ameno 



j¡ 



no puedo entrar donde creces ; 
oi lágrimas ardorosas 
vierto eternas por no verte, 
otra flor también preciada , 
qne perfuma el puro ambiente , 
que también ae abre a los cielos, 
y consuelo al alma ofrece. 
alcanzar pueden mis manos, 
y ostentarla en mi presente. 

Flor que huyendo pompas vanas, 
bu:<ca retirado albergue, 
[.¿primas son su rocío, 
y en solitarios vergeles 
fecundas tornad su influjo 
tierras ¡ay! antes estériles. 

¡Flor del arrepentimiento, 
que tan deliciosa ores! 
Ven á mis impuras manos, 
ven, porque quiero oirecerto 
a la quo es mística Rosa 
en las praderas colestes. 

A Ti, la Mujer bendita 
entre todas las mujeres ; 
a Ti, conc-hida en gracia; 
á Ti, n quien himno perenne 
en sus arpas do oro entonan 
los Serafines ardientes; 
a Ti. que Hija. Esposa y Madre 
de Dios Trino y uno eres; 
S Ti un alto bien imploro, 
hoy un ruego quiero hacerte. 
Pues consuelo eres del triste, 
suplicóte me ponstioles. 
y entre estas terrenas flores 
esa santa flor se encuentre, 
y. luz del nimn. ella sen 
la que tu favor impotre: 
la. que te diga mi angustia; 
la que mis cuitas te esprese, 
m¡s anhelos fervorosos, 
mis esperanzas celestes- 
la que pueda revelarte 
lo que mi corazón siente. 

Valentín dr Novoa. 

Orense í»de mayo de 1871. 



ECOS DE MADRID. 



<No sobéis pormenores de la solemnidad 
religiosa que se celebró en la iglesia de San 
Ginés en uno de los primeros dias de la 
semana? 

Fue tan interesante como magnífica. 

Tratábase de solemnizar la proclamación 
de San Alfonso de Ligorio como Doctor de 
la Iglesia, recientemente hecha por el Pa- 
dre común de los fieles, y el Sr. Obispo de 
Cuenca debía pronunciar el panegírico del 
Santo. 

El templo no bastaba ¡5 contener los nu- 
merosos fieles que se apiñaban.bajo las na- 



ves y llenaban el coro, las capillas, las puer- 
tas y los atrios. 

Damas de las mas distinguidas de la cor- 
te, personajes políticos, ilustraciones de 
todas clases acudían á oiría elocuente pa- 
labra del Prelado, á tomar parte en la ale- 
gría de la Iglesia porque vcia aumentado el 
número de sus preclaros Doctores. 

¡Qué tiempo tan precioso el que allí cm- 
pleamosl Porque yo t3mbien asistí, y asis- 
tiré siempre que pueda á donde quiera que 
el Obispo de Cuenca deje oir su evangélica 
palabra. 

Dias antes tuve que acompañar á unas 
forasteras á la tribuna del Senado, y le 
oímos con júbilo ponderar las escelencias 
del catolicismo y predicar la tolerancia á 
os que todo lo toleran escepto el fervor re- 
ligioso de los españoles. 

Allí supimos que al dia siguiente habla- 
ría el Obispo de Urgel, y, aunque no fui al 
Senado, he leidosu discurso. 

Recomiendo á mis lectoras que lo bus- 
quen y meUitcn sus sabias observaciones, 
sobre todo las que se refieren al matrimo- 
nio civil. 

Nos interesan muy de cerca. 

.*. 

Y á propósito : voy á contaros en con- 
nanza_ una declaración que he arrancado á 
una joven amiga mia. 

Como todas, es decir, como las pocas que 
no nos conocen á fondo, nos califica de fa- 
náticas, de oscurantistas; pues bien: en un 
momento de espansion me decía contes- 
tando á esta pregunta mia: 

—Si te ofrecieran el título de esposa un 
carlista ó un liberal, ¿á auién elegirías? 

—Al que mas arraigados tuviera los sen- 
timientos religiosos, me dijo. 
— ¿Es decir, al carlista? 
—Pues bien, sí; para maridos no hay 
quien iguale á... esos. 

Sobre este mismo tema puedo contar 
una anécdota muy reciente. 

Hablábase delante de una distinguida da- 
ma, Grande de España por mas señas, del 
triste estado de la servidumbre. 

— ¡Oh, sí! esclamó uno de los circunstan- 
tes; los criados son verdaderos enemigos 
domésticos. 
— Los míos no, dijo la dama. 
— ¡Es una suerte! 

— Pero si no son enemigos domésticos, lo 
son políticos. 
—¿Es posible? 

— bí; todos ellos, incluso el mayordomo, 
son carlistas. 

— -Cómo los tiene V. en su casa no pro- 
fesando sus opiniones? 

— Por una razón muy sencilla : el que 
menos lleva doce años á mi lado , y nin- 
guno me ha dado el mas leve motivo para 
dudar de su lealtad y de su gratitud. Créan- 
me Vds.: los carlistas son profundamente 



rs- 




religiosos, y los que son religiosos no faltan 
nunca á su deber. 

Bueno es que empiecen á hacernos jus- 
ticia. 

» 

■■■• a 

No quiero pasar por alto un suceso muy 
triste, y que revela al mismo tiempo la jus- 
ticia providencial. 

Hace unos cuantos dias que un alcalde 
de barrio de Madrid se presentó en la hu- 
milde morada de un pobre hombre, repu- 
tado de ardiente legitimista. 

La autoridad pensaba hallar en su casa 
armas ó papeles que le comprometieran, y 
llegó en ocasión en que solo estaba su es- 
posa. 

Sus pesquisas fueron inútiles; pero con 
sus palabras alarmó á la pobre mujer. 

Criaba la infeliz á un niño de siete meses; 
de resultas del susto se le retiró la leche, y 
después de una penosa enfermedad, ha lu- 
jado al sepulcro, dejando cinco huérfanos. 

¡Dios la tenga en su santa gloria! Pero 
vamos al caso. 

Tres dias después de la indicada visita, 
se hallaba el mismo alcalde en un café en- 
tre varios amigos, y haciendo gala de libe- 
ralismo, no faltó quien le recordara que en 
otro tiempo habia sido entusiasta carlista. 

Sufrió tal sofocón, que, obligado á reti- 
rarse á su casa, se metió en cama y espiró 
al dia siguiente, antes que la desgraciada á 
quien habia alarmado. 

¡Dios le haya perdonado! 

Pero meditad un instante sobre este su- 
ceso, y recordadlc & los que se empeñan en 
negarla justicia providencial. 
* 

Cambiemos de decoración. 

Una señora muy católica y carlista de 
raza ha llegado á Madrid desde una villa 
próxima, en donde habita. 

Un amigo la encuentra en la Plaza Mayor. 

— ,; Usted por aquí , señora ? esclama al 
verla. 

— Sí, señor: aquí vengo con una comi- 
sión de las amigis de mi pueblo. 

— Siempre animadas, ;eh? 

— ¡Y tanto! Figúrese V. que, entre otras 
cos,is, hemos resuelto lomar un cuarto en 
la Plaza Mayor para ver las funciones rea- 
les, cuando Dios quiera, qu; creo será 
pronto: v eso es lo que ando buscando aquí, 
donde V. me ve. 

¿Puede darse mayor confianza, mas fe en 
las ideas? 



No faltará quien caiifique de candidez 
este entusiasmo. Pero tanto peor para los 
que no sepan admirar estos nobles senti- 
mientos. 

¿Qué dirían si supieran que en casi todas 
las poblaciones de España se reúnen por 



las tardas las jóvenes carlistas y se dedican 
á bordar de oro v plata las airosas boinas 
con que se proponen adornar su cabeza 
cuando llegue el momento en que deban 
salir al encuentro de las personas que rei- 
nan... en su corazón? 

Tranquilícense los liberales: estas ocu- 
paciones y estos proyectos , aunque Jes pa • 
rezara subversivos, hacen menos daño a su 
causa que los desaciertos que á todas ho- 
ras cometen; y son de admirar esas si se 
quiero pueriles ocupaciones de algunas jó- 
venes que, temerosas de la realidad, viven 
de la esperanza. 

Hasta ahora sabemos que los deseos son 
iicgislnbles, y todavía no se ha votado nin- 
guna ley qué prohiba lis boinas. 

* * 

Dicen que con las glorias se van las me- 
morias, y e,sto sucede seguramente a la 
amiga á quien supliqué que me comunica- 
ra pormenores del casamiento del Princi- 
pe D. Alfonso con la princesa dona Mana 
de las Nieves. 

I.o único que puedo decir es que nuestra 
querida doña Margarita ha mudado de re- 
sidencia, trasladándose al Bocagc, sitio pin- 
toresco en cstremo, y el mas á propósito 
para la estación en que estamos. 

Allí vive cuidando á sus hermosos hijos 
el príncipe D. Jaime y la princesa doña 
Blanca, que estin hermosísimos, y pensan- 
do en nosotros, en su amada España. 

Estos dias he visto un retrato muy re- 
ciente de la señora , en el que está á su lado 
doña Blanca. ¡Si vierais qué espresion tan 
angelical la de la augusta niñal 

No quiero decir mas , porque vosotras 
adivináis lo que calla vuestra 

Esperanza. 



MARGARITAS 



La pérdida de la fortuna no hace mas que 
encumbrar al hombre virtuoso. 

(Goldsmit. 

Prefiere el silencio al eco. [Juvenal.) 

El camaleón toma tolos los colores , es- 
cepto el blanco : el adulador lo remeda 
todo, cscepto la verdad. (Plutarco.) 

La credulidad recluía , arma y mantiene 
las tropas que se alistan al servicio de la 
calumnia. (Séneca.) 

La gracia e; la hermosura en movimiento. 
(Lkssing. 1 



MADRID, 1871.— Imprenta de La Esperanza, & 
cargo do D. A. Por.'Z Dubrull. Pez G. 




kc 



AlBUM DE US SEÑORAS CATOUCO-IWMROUICAS 



AÑO i. 



21 MAYO 1871. 



NÚM. 8." 



BCMit i tío Dn pico da política, y otro poco 

da vüijea, por Jnnn ile l.nz.— C&PRiosofl i'K há 
: Iinun-siuniM ile viaje (conclusión), por 
:'i¡i p. — Bocetos oarmstas : I». Gahmo 
Tejn.l". — Hr.i.i.KzA* dk la Hbl'GIon: Salmo xuv, 
por 1». Justo Ittrlmporo. — Ecos Oo M;i Ir 
Kspentn/ii. — Morirán tas. 

UN POCO DE POLÍTICA, 

Y OTRO POCO BE VIAJES. 

¡Qué hermoso es poder pensar alto! 

Ademas de ser esta operación psi- 
cológica el efecto de una conciencia 
pura, ofrece al alma dulcísimo des- 
ahogo. 

Pensemos, pues, en alta voz. 

Aunque dijéramos á los hombres 
de la situación y al jefe del Estado 
que deseábamos ver consolidada su 
obra, no nos creerían, y harian muy 
bien. 

Mejor es decir la verdad. 

Vosotras, lectoras mias, sois buenas, 
y no deseáis mal á nadie, pero tenéis 
obligación de desear el bien; y el bien 
para nosotros es el triunfo de la Reli- 
gión y el de la monarquía legítima. 

No debemos ser hipócritas: es un 
vicio muy feo. 



Santo y bueno que respetemos la 
ley, aunque no nos den ejemplo los 
que deben dárnoslo; santo y bueno 
que deseemos que la trosforuiacion se 
verifique sin que se inmolen nuevas 
víctimas; pero no nos figuremos tan 
candidos á los que nos dominan que 
crean á puño cerrado que no anhela- 
mos que se vayan. 

Sin faltar á la ley existente, pode- 
mos manifestar nuestras simpatías y 
nuestras esperanzas, y asistir al mo- 
vimiento intelectual que se opera en 
nuestro partido con alegría ó con pe- 
na, según las circunstancias. 

Vosotras habréis oido hablar, y tal 
vez leido, un proyecto de discurso en- 
tre humorístico y serio, que ha publi- 
cado La Regeneración. 

Habréis sabido que Nocedal ha sido 
confirmado en el cargo de director de 
la minoría parlamentaria. 

No habrá faltado quien os diga que 
la Junta de Bayona ha sido disuelta. 

Bien conozco que todos los perfiles 
de la política solo os inspiran esta 
pregunta : 



— ¡Quiere decir todo eso que avan- 
zarnos, que nos estacionamos, ó que re- 
trocedemos? 

Precisamente para satisfacer esa cu- 
riosidad os dedicamos estas líneas. 

Nadie puede negar que para dirigir 
el timón de un buque es preciso un 
piloto. jDe qué serviría el talento, el 
corazón, la fe y el valor de los dipu- 
tados carlistas ante esa fria. compli- 
cada, maliciosa y astuta escuela de los 
oradores parlamentarios? 

Llevad un general heroico á un Con- 
greso de diputados, y en presencia de 
un orador imberbe, parecerá un reclu- 
ta. Pero colocad en el campo de bata- 
lla al orador delante del general, y el 
águila del Parlamento se convertirá en 
rana. 

Este símil me sirve para demostrar 
que debiendo toda clase de luchas lle- 
varse á cabo con armas iguales, de ve- 
nir los carlistas á las Cortes, lo que es 
muy sensible, y de tener á su lado á 
Nocedal, lo que es muy agradable, su 
jefe, sn director, su guia en el Congre- 
so, no podia ser otro que él. 

Nocedal es en este terreno, no uno 
de los mas temibles, sino el mas temi- 
ble para las situaciones que viven de la 
palabra y en esa eterna comedia que 
se llama parlamentarismo. 

El conoce ese juego de florete, y tie- 
ne un brazo y un ojo que imponen 
desde luego. 

Orfeo, según cuentan, construyó una 
ciudad con su voz: Nocedal es capaz 
con su palabra de destruir toda la obra 
del parlamentarismo. 

Al recibir del jefe moral de los 
españoles que acatan la legitimidad la 
confirmación de un puesto al que lo 
habia elevado la voz pública de ami- 
gos y adversarios, hay un motivo de 
alegría y otro de pena. 

De alegría, porque servirá allí ad- 
mirablemente la causa que defiende; 
de pena, porque es doloroso que tenga 
que someterse al régimen flojístico de 
las Cortes una enfermedad que solo 
requiere aires puros y alimentos sanos. 

No falta quien sospeche que se ha 



— 58 — 

operado un cambio en nuestra polí- 
tica. 

Los hombres somos mas suspicaces 
que vosotras: creedme, no ha habido la 
menor alteración en el fondo; la forma 
es lo único que ha sufrido una ligera 
modificación. 

El tren iba despacio. 

El camino era tan hermoso, tan 
dulces los recuerdos que evocaba para 
los viajeros, tan encantadores los pai- 
sajes, que nada tenia de estraño que 
los maquinistas, llenos de buena fe, de 
amor á lo bello y de precauciones 
para no descarrilar, olvidasen echar 
carbón, ó lo echasen en pequeñas dosis. 

jY qué es lo que sucede? 

Una cosa muy sencilla. Los viajeros 
desean llegar, tienen madres que te- 
men, esposas que esperan, hijos que 
llaman; tienen intereses comprometi- 
dos, ansias vehementes, y la mas lige- 
ra indicación ha bastado para que el 
tren avance con mayor rapidez. 

Ya lo veis : las campiñas llegan y 
desaparecen, los caseríos se pierden en 
la marcha, el humo es mas negro, casi 
se ve la llama, porque la caldera hier- 
ve: que haya carbón, que el maquinis- 
ta observe el camino, que el guarda- 
freno oiga atento el silbato de órde- 
nes, que el guarda-aguja no se duerma, 
y el tren llegará al término del viaje. 

Todo es cuestión de pulsaciones. 

Después vendrá el tren de recreo: 
ahora el exprés. 

Yo bien sé que diréis á todo esto 
que una marcha tan rápida puede oca- 
sionar choques, descarrilamientos, des- 
gracias. 

¡Sobro la voluntad del hombre está 
la voluntad de Dios! 

Permanezcamos cada cual en sil 
asiento: unos en primera, otros en se- 
gunda, otros en la máquina. 

Dejemos á los maquinistas que nos 
guien, que nos lleven al paso que quie- 
ran; corramos como el espatriado al 
hogar donde espera la familia, el amor, 
la felicidad. 

Todo es preferible á estar en la es- 
tación sin que el tren marche. 



i) 



- Ó'J — 



El primer efecto de la vida es el 
movimiento. 

Del movimiento brota la idea, la 
idea engendra el sentimiento, el senti- 
miento inspira el heroísmo , el heroís- 
mo brinda la gloria. 

El viaje es largo... pero ¡ qué im- 
porta! Es diñcil... pero ¡qué importa! 

Oid los rumores sin alegraros ni 
entristeceros. 

Si nuestra causa es justa, triunfa- 
rá; si halla obstáculos, los vencerá; si 
muere, renacerá. 

Una observación, y concluyo. 

Nuestro tren va de prisa, pero mas 
corre por opuesto camino el de la re- 
volución, y delante de él avanza el de 
la pobre Hacienda. 

Ño seria estraño que, al llegar nos- 
otros á la primera estación, hubieran 
terminado aquellos su viaje. 

¡Dios sobre todo! 

Y creo que basta lo espuesto para 
llevar la tranquilidad á vuestro espíri- 
tu, para evitar dudas, y para prepara- 
ros contra las hablillas de los que lo 
ven todo negro 6 todo de color de rosa. 

Lo que ha pasado es que se ha abier- 
to la válvula, y el tren so mueva.., 
pero, lo repetimos, el viaje es largo y 
penoso. 

Dormid, pero no del todo... porque 
podéis hallar compañeros de viaje que, 
si os dormís ricos, os bogan despertar 
pobres. 

Sobre todo, guardad muy bien la fe, 
que es vuestra mejor joya, y no en el 
saco de noche, sino en el corazón. 

Juan de Luz 



CAPRICHOS DE LA MODA. 

IMPRESIONES DE VIAJE. 
(Conclusión) (1). 

X. 

Salimos para Bayona en el exprés, 
y llegamos allá á las once y media do 
la mañana , y desde luego la primera 



II) Véase ol número anterior. 



impresión que en mi produjo la vista 
de la población fue desagradable. 

No sé si será cariño á mi patria ; no 
sé si á vosotras (si habéis salido de 
España) os sucederá lo mismo que á 
mi; pero puedo aseguraros que apenas 
pasé el Bidasoa, me pareció que el sol 
brillaba menos , que el cielo no era tan 
puro, y, en fin , que no ofrecía el pais 
el conjunto de bellezas que presentaba 
España. 

D. Carlos y Enrique se rieron de 
mi, y al fin y al cabo convinieron con- 
migo en que tenia razón , aunque no 
eé si por galantería solamente. 

Pasamos á Burdeos, que me gusté 
mas que Bayona; pero no esperéis, 
queridas inias, que os vaya describien- 
do las cosas buenas que v! , y confieso 
mi pecado , mas con envidia que con 
admiración. 

Llevábamos cuatro dias de perma- 
nencia en Burdeos , y todas las noti- 
cias que se recibían del teatro de la 
guerra eran favorables á los prusianos, 
lo cual podéis figuraros en qué estado 
pondría á los franceses. 

Eran los últimos dias del mes de 
agosto, y ya sabéis que cada dia era 
una derrota para nuestros, en esta oca- 
sión, desgraciados vecinos. 

Habíamos salido una noche del tea- 
tro, y al llegar al hotel donde parába- 
mos, observamos un confuso tropel de 
gente que le rodeaba, dando fuertes 
voces, y algunos gendarmes que tra- 
taban de disolver los grupos, procu- 
rando calmar á los mas furiosos. 

Retirémonos de allí, esperando que 
se calmara aquella efervescencia, pues 
entre los diferentes gritos que oimos á 
la turbamulta, el que predominaba era 
el de Mort aux espagnols! (¡Mueran 
loa españolea!) y esto acompañado de 
terribles ademanes. 

Dírigímonos á la habitación de un 
amigo, emigrado, á pedirle alojamien- 
to para aquella noche; y habiendo en- 
contrado un agente en la calle, le su- 
plicamos nos informase qué motivaba 
aquel desorden, y á qué causa se debia 
aquel furor contra nuestros naturales. 



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— m- 



Segun parecía, un joven español ha- 
bía imprudentemente provocado la ira 
de los franceses en una cuestión de 
café, en la quehabia empezado por sos- 
tener un francés que su ejército había 
panado la última acción que se habia 
dado, y el español que la habia per- 
dido; de ahi fue agriándose la cues- 
tión, que concluyó por asegurar este 
último que se alegraría de que los pru- 
sianos tomaran á Paris. 

Esto, dicho en público, delante de 
algunos oficiales del ejército, habia 
producido el efecto que os podéis figu- 
rar; y, una vez escitadas las pasiones, 
nadie sabe hasta qué punto pueden 
llegar. 

El pobre joven habia sido herido en 
la cabeza, y recibido dos ó tres contu- 
siones, llevándole sus amigos á la fon- 
da, y siguiéndole la multitud, que cada 
vez habia ido en aumento, vociferando 
y aullando con estrema irritación. 

El semi-motin que siguió á esta es- 
cena, produjo en mí el susto que 
era natural , pues al día siguiente los 
ánimos seguían irritados aun contra 
los españoles , diciendo que nosotros 
éramos los causantes, y queriendo que 
los emigrados y los no emigrados pa- 
iráramos los desaciertos del gobierno 
(si tal puedo llamarse, que lo dudo) de 
España y los errores do Napoleón, nos 
obligó á volver á nuestra patria 
apresuradamente. 

Pero aquí nos esperaba otro susto. 
En los últimos dias de agosto habia 
producido su efecto la escollada , que 
con tanta gracia ha descrito un sim- 
pático y elegante escritor en un pn si- 
llo publicado en el Almanaque carlis- 
ta, y unos cuantos carlistas ilusos ha- 
bíanse lanzado á las armas ; de modo 
que cuando llegamos á San Sebastian 
el último dia del mes, estábanlas pro- 
vincias en estado de sitio, las partidas 
de tropa circulaban por todas partes, 
los ferro - carriles parecían fortalezas 
ambulantes, pues no pasaba un tren 
en el que no se vieran por las porte- 
zuelas roses y sombreros de guardias 
civiles, y, sobre todo , el telégrafo es- 



vs 



taba interrumpido por orden del go- 
bierno, hasta el ostremo de que, ha- 
biendo querido yo telegrafiar á mi pa- 
dre para tranquilizarle, me dijeron 
que, dadas sus opiniones carlistas, era 
muy fácil que el telegrama, en vez de 
darle tranquilidad, pudiera proporcio- 
narle alguna persecución. Conténteme, 
pues, con escribirle, diciéndole que 
esperábamos su parecer para volver a 
Madrid ó quedarnos en las Provincias. 

Su contestación fue que , si los tre- 
nes corrían por toda la linea, nos vol- 
viéramos á Madrid, y, de lo contrario, 
nos embarcáramos para Santander, 
desde donde podríamos regresar con 
facilidad. 

Como yo estalla ya tan cansada de 
viajes, de incomodidades y de moles- 
tias; como los sustos que había pasado 
en el mes y medio que llevaba fuera 
de mi casa superaban con mucho á los 
goces que habia esperimentado, y como 
afortunadamente la vía estaba espedi- 
ta, pues los carlistas no trataban de 
dificultar la persecución que les ha- 
cían destruyendo puentes que eran en 
otros tiempos obras maestras, para que 
no vuelvan á reedificarse , ni son tan 
enemigos de la civilización que pen- 
saran en destruir el camino de hierro, 
determinamos volver por el mismo 
sitio. 

Así lo hicimos; y como los detalles 
de nuestra vuelta fueron muy monó- 
tonos, pues todo se redujo, hasta que 
llegamos á Burgos, á ver subir y bajar 
tropas, lo que nos hacia llegar con 
gran retraso, omitiré daros cuenta de 
ellos. 

Habíamos llegado con toda felici- 
dad á Pozuelo ; ya veíamos en lonta- 
nanza el anhelado término do nuestro 
viaje, cuando nuestro tren chocó con 
otro de mercancías que habia parado 
á la entrada de la estación , y que por 
descuido de un guarda-agujas estaba 
en la misma via que nosotros llevá- 
bamos. 

El choque fue terrible, y sus conse- 
cuencias harto deplorables. 

Ademas del maquinista, que quedó 



^ 



- 01 - 



muerto en el acto, y el fogonero muy 
mal herido, varios viajeros recibieron 
heridas y contusiones mas ó menos 
graves, contándose entre ellos la que 
os está describiendo los percances de 
su viaje. 

No puedo decir, amables lectoras 
que hasta aquí me habéis seguido, có- 
mo sucedió aquello: lo que sí puedo 
aseguraros es que cuando volvi en mí, 
me encontraba en la cama de! jefe de 
estación, donde un médico de Madrid 
y Enrique me estaban curando; tenia 
la cabeza completamente vendada, y 
el brazo derecho en bastante mal es- 
tado, no pudiendo resistir los dolores. 

Por fin, algo repuesta del golpe, me 
trasladaron á una berlina, en la que 
llegué á Madrid, donde encontré los 
brazos de mi padre. 

Un mes después , cuando ya estaba 
completamente restablecida, aunque 
con una cicatriz en la frente que con- 
servaré toda la vida como recuerdo de 
mi viaje , me dijo mi padre: 

— Vamos á ver; tanta gana como 
tenias de salir á veranear : ¿qué has 
sacado de bueno del viaje? Voy á de- 
círtelo: disgustos, no pocos ; placeres, 
muy escasos; algunos desengaños; una 
cicatriz, sin contar el golpe y el mes 
de sufrimiento, y algunos miles de pe- 
setas, como quiere el gobierno que di- 
gamos, menos en el bolsillo. ¿Cuánto 
mas te hubiera valido para con Dios y 
para contigo misma , en vez de ese 
gasto su peí lino , que ninguna falta te 
hacia, y que ten poco te ha hecho dis- 
frutar , haber empleado ese dinero en 
socorrer dos ó tres familias necesita- 
das , cosa que es tan grata á tu co- 
razón? Desengáñate, hija mia; yo que 
tanto he viajado y que tantos motivos 
tengo para saberlo, te lo aseguro. No 
se debe viajar cuando no hay necesi- 
dad de ello. 

Esto mismo, queridas mias , os digo 
yo: aprended de mí, y lo que tan sin 
fundamento empleáis en esos viajes de 
verano que tanto cuestan, empleadlo 
en obras de caridad ; y después de la 
bendición de Dios y las de los pobres 



á quienes hayáis socorrido , tendréis 
en vuestro corazón la íntima y verda- 
dera satisfacción que resulta de hacer 
bien. Cakoun'a P. 

BOCETOS CARLISTAS- 
D- GABINO TEJADO. 

SENADOR POR CASTELLÓN. 

Hace ya muchos años que figura en la 
vida pública, y pocos son los que no le co- 
nocen, aunque son mas los que han visto su 
caricatura que su retrato. 

En la política se gastan los hombres, so- 
bre todo cuando no hacen lo que esas mu- 
jeres de mundo, que prefieren la química á 
la vejez. 

Acostumbrado á hablar alto sin cuidarse 
de su auditorio, es uno de los hombres que 
mas han usado las verdades del Barquero; 
el que mas frescas ha dicho á los políticos 
con la pluma y con la lengua; y cuando 
después de escudriñar su vida privada ; 
cuando después de aquilatar su talento, se 
han convencido los vapuleados por él de 
que no podían hincar el diente ni en su 
corazón ni en su inteligencia, en vez de de- 
cir , como acostumbra el criterio libera- 
lesco: «Es un desdichado publicista y un fu- 
nesto político, porque j/,» le ha combatido 
con esta lógica: «¿Qué se puede esperar de 
un escritor que ni es buen mozo de cuer- 
po, ni guapo de cara?* 

Yo recuerdo que una vez proponía el Di- 
rector de un periódico ministerial á un 
ministro unionista que confiase un gobier- 
no á un joven amigo suyo, el cual no tenia 
mucho de Salomón, pero en cambio goza- 
ba de un palmito digno de Apolo, y de una 
talla de granadero. 

— ¡Pero cómo quiere V. que le haga go- 
bernador, decia el ministro, si carece de 
condiciones! 

—Tiene la principal. 

— ;Cuál es? 

—La facha. 

En el sistema representativo entra por 
mucho, como es natural, la representación, 
y en las comedias solo los buenos mozos 
hacen de galanes. Los que no lo son, tienen 
que conformarse con ser barbas, graciosos 
ó caricatos. 

Confesemos, porque ante todo somos im- 
parciales, que el reputado publicista cuyo 
bosquejo trazamos carece de esas condicio- 
nes estéticas que sirven, por ejemplo, para 
hacer una buena boda, ó para lograr que 
un sastre nos dé la ropa gratis á cambio 
de servirle de figurín ; pero también es 
preciso confesar que en medio de esa feal- 
dad que le atribuyen, y que los periódicos 
satíricos han esplotado, logra imponerse 



^: 



JJ 



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- Ü2 - 



en el Parlamento con su lógica inflexible, 
y en la amistad con su conversación siem- 
pre animada é instructiva, con la sencillez y 
la honradez de sus costumbres. 

La hermosa tierra de Estrcmadura, don- 
de nació, le envió ala corte sazonado; pero 
de tal manera, que su palabra picante, sue- 
le hacer ampollas en !a piel demasiado 
afeitada de sus adversarios. 

Discutidor por naturaleza, franco por 
carácter, sin abandonar los límites de la 
mas pulida finura dice todo lo que quiere 
decir y lo que no quisieran que dijera los 
que le oyen. 

Discípulo y amigo de Donoso Cortés, ha 
sostenido sus doctrinas, ha reñido formi- 
dables batallas por el catolicismo, y ha 
dado con su vida austera un constante ejem- 
plo de no ser el diablo predicador, sino la 
práctica de sus teorías. 

Ha escrito mucho, ha hablado mucho, 
ha combatido contra el liberalismo como 
un zuavo; mas aun, como un español de 
1808; y después de haber querido inútil- 
mente que doña Isabel adoptase su política, 
buscó en D. Carlos el bello ideal de sus 
aspiraciones. 

Si queréis darle un mal rato, llamadle 
absolutista en el sentido que el vulgo da á 
esta palabra. 

Verdadero católico, ama la libertad hija 
legítima del catolicismo, pero recuerda al 
divino Maestro cuando arrojó del templo á 
los falsos mercaderes, y siemnre tiene el lá- 
tigo levantado contra los fariseos del si- 
glo XIX. 

Vivo, muy vivo, quizás su viveza le per- 
judica, quizás por eso sirve mas para pelear 
que para dirigir la batalla; sin embargo, en 
la última que ha dado á la revolución en el 
Senado ha desempeñado á un tiempo v 
bien las funciones de general en jefe y de 
soldado de línea. 

Hará cosa de un año perdió á su herma- 
no, que le dejó un sobrino, al que quiere y 
ampara como si fuera su hijo. 

Los que no le ven de cerca, le creen 
implacable en sus enemistades. 

¡Error! Perdonar y amar es lo que mas 
necesita su alma. 

Que no nos engañen las apariencias: es 
el buen bebedor de la mala capa; pero 
esta capa puede en momentos dados ofre- 
cer á su dueño la satisfacción de cubrir 
con ella las miserias de los Loths con- 
temporáneos. \ 



; 



BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 

Siendo la poesía sagrada la mas be- 
lla de todas las poesías , porque la su- 
blimidad de su objeto engrandece las 
ideas y exalta el entusiasmo del poeta; 



y ocupando el primer lugar en este 
género de composiciones los salmos 
de David, que nuestro ilustrado ami- 
go el Sr. D. Justo Barbagero acaba de 
poner en elegante verso castellano, 
creemos que los suscritores de La 
Margarita leerán con el mismo gus- 
to que nosotros el siguiente salmo 
epitalámico. que bien puede conside- 
ra rse como una flor y como una perla 
margarita éntrela numerosa colección 
de variadas flores y preciosas piedras 
que hermosean y enriquecen el salte- 
rio del Profeta- lley: 

SALMO XL.1V 

Eructavit oor raeum vcrbuin bonum... 

Mi corazón rebosa 
Kn altos penanmfon 

Cons:i£ro mis acentos 
Al soberano Rey. 
Mi lenj/ua es cómo pluma 
En maño do eacribu-nto. 
Que copia velozmente 
Palabras de tu ley. 

Del hombre entre los hijos 
Eres herm> 
Gracia vertió en tu labio, 

■■te el 8sBor. 
Ciño ¡oh Rey potentísimo! 
Tu espniln fulgurante: 
Ven, avanza triunfante 
Con ploriay esplendor. 

Reinaras con justicia, 
Verdad y mansedumbre. 

Y te alzará a In cumbre 
Tu diestra dol |>odor. 
Tus saetas acudas 
Hieren los corazones; 
Numerosas unciones 
Te habrán de obedecer. 

¡Oh Dloa! Hl Trono tuyo 
Porsífflos permanece ¡ 
Tu ceiro resplandece. 
Cetro de rectitud. 
Amaste la justicia. 
Aborreciste el vicio: 
Ali tu Ojos, propicio, 
Te un<r¡6 con plenitud. 

Mlrrn, y aloe, y casia. 
Perfuman tus vestidos: 
Recrean tus sentidos 
Kn casas de marfil. 
Hijas de Rey tus damas, 
La Reina está á tu lado, 
Vestida do brocado 
Con variedades mil. 

Escucha ;oh hija! v mira. 

Y presta atonto oído: 
Pon to. pueblo ea olvido 

Y casa paternal. 

Que es el Señor, D'os tuyo, 
A quien el orbe adora. 
Quien de ti se enamora 
Connmor oslasttaj. 

Vendrán hijas de Tiro 
Con dones y rescates; 
Del pueblo los mairn»te< 
A tus plantas verás. 
Kn medio de sus <rains, 
De tanta maravilla. 
La hija del Rev brilla 
Por su modestia mas. 

Llevada sera en pompa 
Al Rey, gozosa y bulla; 



-J , 



' 



^ 



- t>3 - 




Vírgenes en pos de ella 
En su templo entrarán. 
En luíanle tus padres 
Tendrás hijos gloriosos; 
Príncipe poderosos 
En la tierra serán. 

Que en siglos venideros 
Con*Tven la memoria 
De tu nombre, y tu glorio 
Acrezca en esplendor. 
Asi todos los pueblas 
(¿ue el universo alcanza 
(Jnntarín tu nliilinnTn, 
Bendecirán tu amor. 



Justo Bardaobbo. 



ECOS DE MADRID. 



— ¡Lo que yo no comprendo es la influen- 
cia que ejerce la mujer en el partido car- 
lista! 

De esta manera espresaba su asombro no- 
ches pasadas en un elegante gabinete un 
personaje conservador; y debia serlo, en 
efecto, porque, á pesar de sus años, estaba 
bien conservado. 

Yo le oí, pero no me pareció oportuno 
contestarle. 

Otros se encargaron de hacerlo, escla- 
mando: 

— ¡Como la Religión es la base de ese 
partido, y la mujer es religiosa, nada tiene 
de cstraño que influya! 

Algo hay de esto, pero no es todo. 

Me esplicaré, porque nos conviene espli- 
car, y muy alto, la razón que nos mueve á 
ser políticas no debiendo serlo. 

El partido carlista recibe para todos sus 
actos y todos sus deseos la inspiración purí- 
sima de la Religión católica. 

Por lo mismo conserva la familia en toda 
su integridad. 

Ahora bien: ¿tiene algo de particular que 
la mujer, que, gracias al cristianismo, no 
es una esclava, sino una compañera , se 
constituya en guardadora de los intereses 
morales de la familia? 

¿No mina la revolución los lazos de la 
familia? ¿No aparta la política al hombre 
del hogar? 

Pues tenemos que ser enemigas constan- 
tes de la revolución en general y de la po- 
lítica en particular. 

Ahora bien: como nuestros maridos sue- 
len vivir para su familia; como no pasan la 
noche en el Casino jugando , ó en el club 
conspirando; como no almuerzan en tor- 
nos, ni escriben su correspondencia en el 
Congreso, ni tratan los negocios en el café; 
en una palabra: como viven en su casa y 
del amor de las personas que los rodean, 
saben apreciar en lo que valen los consc)OS 
de una madre, las advertencias de una es- 
posa, las súplicas de una hija ; y como lo 
que nosotras pedimos es bueno.de aquí 
nuestra influencia, que es un constante es- 



tímulo, un apoyo perenne para cualquiera 
debilidad en que pudieran incurrir. 

Y tengan en cuenta que nosotros, cuando 
llega el caso, sabemos aceptar toda clase de 
sacrificios, porque creemos en Dios, y te- 
nemos lagrimas para llorar y resignación 
para sufrir. 

* 

¡Qué semana la última! 

Madrid se ha inundado de forasteros; 
pasan de 40,000 los que han llegado, y en- 
tre ellos no pocos amigos nuestros, que han 
venido á ver de cerca la Torre de Babel 
para afirmarse mas y mas en sus creencias. 

La romería á San Isidro ha sido anima- 
dísima, y afortunadamente escasos los dis- 
gustos proporcionados por los abusos gas- 
tronómicos. 

No se pueden quejar los viajeros : Madrid 
ha hecho todo lo posible para divertirlos. 

Les ha ofrecido la romería del Santo Pa- 
trono de la corte; una corrida de toros, 
cuyo principal objeto ha sido que los foras- 
teros conozcan á D. Amadeo, colocado en 
el cuadro mas nacional que ha quedado en 
España : y para que nada faltase, hasta les 
ha proporcionado el espectáculo de una 
crisis, iniciada, discutida y empastelada con 
toda la maestría parlamcntario-representa- 
tiva-constitucional que puede pedirse á los 
señores revolucionarios. 

Esto no estaba en el programa ; pero bien 
puede considerarse como un obsequio á los 
forasteros, y sobre todo á los portugueses. 

Y, 5 propósito..., amigas ; los lusitanos 
deben haber quedado satisfechos. 

La prensa liberal y conservadora les ha 
preparado una verdadera ovación. Ha ha- 
bido comisiones para recibirlos, para ser- 
virles de cicerones, para prepararles un 
banquete, y para despedirlos. 

La comida se celebró en el palacio del 
ayuntamiento, y menudearon los brindis y 
los abrazos morales. 

También hubo versos muy pintorescos. 

Manuel del Palacio habló del alma, y 
Santistcban supuso que, de vivir en nuestra 
época, San Isidro seria federal. 

Lo mas estraño es que para el banquete 
tuvo España que pedir su cocina á Francia. 

Hubo consommé printanier, croulaies a 
la chasseur, saumon a la Chambord, filéis 
de bceuf, cailles en caisse, coleleltcs de 
pigeon, dindoneaux, asperges, etc. 

Los anfitriones debían al menos haber 
traducido la lista, para que los comensales 
no se creyeran en el estranjero.^ 

¡Pues qué! ;no hay en España salmón, 
chuletas, solomillo, pichones, codornices y 
espárragos? 

¡Pues qué! la cocina española, ¿no es pre- 
sentable a los estranjeros? 



Se me olvidaba : también ha ofrecido el 



ministro de Hacienda á los forasteros el 
espectáculo de la Hacienda española , que 
es lamentable, según la franca declaración 
de S. E. ; y casi al mismo tiempo siete se- 
ñores diputados han pedido á las Cortes 
que voten una pensión de 12.000 duros 
anuales en favor de la viuda del general 
Prim, que es rica, que cobra 6,000 duros 
por acuerdo de las Constituyentes, y que de 
seguro no aceptará la generosidad de que 

3uieren hacerla objeto susamigos, contan- 
o con el presupuesto. 
¡ Se ven unas cosas... ! 
Bien es verdad que, para consolarnos, he- 
mos podido leer el Manifiesto del Conde de 
Chambord. ¡Qué lenguaje tan sincero y tan 
digno! Es la voz del ángel salvador de Fran- 
cia, y no tardará en ser la voz de esa nación 
desventurada buscando su salvación en las 
fuentes del bien : la Religión y la legiti- 
midad. 



Al fin he recibido algunas noticias del 
casamiento del augusto Príncipe D. Alfonso 
con la Princesa doña María de las Nieves; 
pero no todas las que yo esperaba. 

La ceremonia se verificó en un castillo 
de Baviera, y asistió á ella gran número de 
representantes de las Casas reales de Eu- 
ropa. 

No faltaron tampoco Grandes de España 
y Portugal, identificados con la causa legi- 
timista en ambos países. 

Los desposados, dignos del brillante por- 
venir que les espera, llegaron á Gratz el dia 
ll del actual, después de haber hecho en Vie- 
na las visitas de etiqueta y de haberse des- 
pedido de sus augustos tios. 

«La joven princesa, dice una carta , cau- 
tivó, no solo á la escelente Archiduquesa 
María Beatriz y á los demás que forman su 
comitiva, sino también á los habitantes de 
la mencionada capital que tuviéronla di- 
cha de verla. 

►Los recien casados ocupan su casa, cer- 
ca de la de su santa madre. Casi todos sus 
dependientes son españoles. Ademas de don 
Manuel Echarri, y del hijo del marques de 
la Romana , sirven al príncipe tres zuavos 

3uc pertenecieron á su compañía. La con- 
esita de Flores, hermana de las dos jóve- 
nes dignísimas que acompañan á la esposa 
egregia de Carlos Vil , ocupa el mismo 
puesto al lado de la nueva infanta espa- 
ñola. 

»EI dia 10 obsequiaron con una comida 
española á su augusta madre, prototipo de 
princesas católicas, en celebridad de sus 
dias. Ademas de las personas mencionadas, 
fueron invitados el respetable general don 
Luis de García Puente, modelo de lealtad 
y de consecuencia, como también los esce- 
lentes condes de Galyany.» 

Hasta aquí las noticias de la carta: he 
oido decir que muy en breve piensan los 



64 - 
egregios príncipes visitar en el Bocage á 
doña Margarita. 

Y por cierto que no os he referido un 
suceso tristísimo acaecido á la señora. Hace 
algunos diasque surcaba en una góndola 
el lago de Ginebra, acompañada de la se- 
ñorita de Arjona y de una de las de Casa- 
Florez; de pronto estalló una de esas tem- 
pestades tan frecuentes en el lago, y una 
familia suiza que iba en otra góndola cayó 
sumergida con la embarcación en el fondo 
del agua, sin que los esfuerzos que se hi- 
cieron bastasen á salvarla. 

El mismo peligro corrieron doña Marga- 
rita y sus damas, cuya pena al presenciar 
aquella catástrofe fue inmensa. Por fortu- 
na los remeros eran diestros y fuertes, y la 
ilustre Princesa pudo llegar sana y salva á 
la orilla. 

Hallándose en estado interesante, el sus- 
to podía haber producido fatales conse- 
cuencias. No fue así: su salud ha sido y es 
inmejorable. La Providencia vela por ella. 

Los Príncipes, según mis últimas noti- 
cias, están hermosísimos. D. Jaime va á 
cumplir once meses el 2" del actual, y está 
muy grueso y muy saludable. Doña Blanca, 
que tiene ya dos años y ocho meses, repre- 
senta lo menos cuatro años. Jamás se apar- 
tan del lado de la señora, que los cuida con 
tierna solicitud, y educa su corazón para el 
bien. Doña Blanca empieza á hablar el es- 
pañol, primer idioma que ha oido en torno 
suyo. 

iin lo sucesivo procurare informarme de 
todo lo que pase cerca de nuestra augusta 
Princesa para satisfacer el vivo deseo que 
manifiestan todas las lectoras de vivir algo 
de la vida de lo que mas aman en el 
mundo. 

Esperanza. 

MARGA RITAS- 



La mujer se eleva mucho mas que el 
hombre en la grandeza moral: no existe 
virtud, amor ó heroísmo en el que no le 
aventaje. (Feuillet.) 

Todo lo que es vicioso en su origen, es 
pernicioso en su progreso. (Cicki 

La paz tiene sus victorias, y estas no son 
menos importantes que las de la guerra. 

(MlLTON.) 

El secreto de vivir mucho tiempo, con- 
siste en vivir lentamente. (Hufeland.) 

Bástale á la mujer la convicción de ser 
perfectamente amada para ser enteramente 
feliz. (Mao.Stakl., 



vS 



MADRID. 1871. — Impronta do La Euperama , ñ 
cargo de D. A. Pérez Dubroll, Pe» 0. 



J, 




AL8UM DE US SEÑORAS CATOUCO-HDNAROUICAS. 



AÑO I. 



28 MAYO 1871. 



NÚM. 9." 



9 UM A I5IO.— Ln Situación, por Juan de I,uz. 
—El Parlamentarismo al alcance de todos, por 
D< Jallo Nomhela. — Dulce venganza, por don 
Francisco Martin Melgar.— Rochi 
D. Joan Vidal y Carta.— A ¡>S. AA. ItH. el Prín- 
cipe l». Alfonso de Borlion y Austria de Este y lo 
Princesa do Portugal dníta Muría do ln 
Isalwl de líra¡jnrm: Epitalamio, por D. I). He vía. 
—Ecos de Madrid , por Esperanza. 



LA SITUACIÓN. 

Nunca cou mas razón que estos dias 
ha podido llamarse el Congreso la ver- 
dadera representación, si no del país, 
al menos del estado del país. 

Las sesiones dedicadas , no á la dis- 
ensión de la proposición tiránica de 
un demócrata, sino al pugilato entre 
la mayoría y las oposiciones, han sido 
el resumen, el índice, la síntesis de la 
revolución. 

Lo que allí ha visto España es el 
reflejo de lo que pasa en su seno. 

I Soberbia situación ! 

Seguramente esclamarán los pue- 
blos, que son muy bonachones , al sa- 
ber que los padres de la patria han 
pasado diez y seis horas en la Cámara 
sin separarse del enfermo: 



— ¡ Pobrecillos ! ¡ Qué sacrificios ha- 
cen por nosotros! 

Tranquilícense las almas piadosas. 

L ii aprovechado fondista convirtió 
en comedor uno de los salones del 
Congreso, y allí fraternizaban, bajo la 
influencia de suculentos manjares, los 
que, entre bocado y bocado , abando- 
naban la mesa pura ir á votar cuando 
la campanilla los llamaba á cumplir 
su deber de ministeriales. 

Tal es la situación. 

El drama sigue su curso, los espec- 
tadores, muy interesados en el desen- 
lace, sufren; pero los actores comen, 
y al oir los aplausos de la cUitjue, 
creen en el entusiasmo de los estóma- 
gos agradecidos que aplauden, y no se 
cuidan do los ayes que exhalan los pe- 
chos, ni de las lágrimas que vierten 
los ojos. 

Pero ¡ay! no son tan felices como 
parecen. 

Su conciencia les habla á todas ho- 
ras, y no se atreven ni á dormir, por- 
que temen el despertar. 

Asaltados en el insomnio por térro- 



¿> 



— 66 - 



ríficas visiones, como lady Mackbeth, 
para engañarse á sí propios, mudan ]a8 
guarniciones , cambian los mandos, 
mueven la policía y rinden culto á la 
diosa habilidad. 

¿Los veis alegres? Pues su alegría es 
uua máscara de la incertidumbre en 
que viven, del remordimiento que los 
devora , del temor que los asedia. 

¿Los veis tranquilos? Pues su tran- 
quilidad es una mascara de la agita- 
ción, de la fiebre que los consume. 

Ellos saben muy bien lo que han 
hecho. 

Aunque asistan á continuos ban- 
quetes y busquen en los manjares el 
aturdimiento que produce el apetito 
satisfecho, y en el vaporoso vino el ol- 
vido de los pesares , su digestión es 
siempre difícil. 

Cuando las luces del festin se apa- 
gan ; cuando el hombre, bajo el domi- 
nio de la gula , deja de ser inteligen- 
cia para ser todo cuerpo, el alma, 
como los fuegos fatuos que se despren- 
den de las cenizas que encierra el se- 
pulcro, separándose de aquellos miem- 
bros enervados , abandona la estancia 
de la orgía, vuela, y va.. 

¿Queréis saber qué es lo que ve? 
Pue3 ve, al resplandor siniestro de 
las hogueras que consumen todas las 
glorias y todas las riquezas de París; 
ve, repito, á favor de esa llama sinies- 
tra, la obra de todos los revolucionarios 
del mundo , que es su obra en España. 
Ve destronados por su impía mano 
á los soberanos legítimos, y los ve 
fuertes con su derecho cuando la revo- 
lución , ebria de sangre y hastiada de 
ruinas, sufre, como los glotones, por- 
que ya no puede devorar mas. 

Ve el trono mas antiguo del mundo 
cobardemente usurpado, la Iglesia ca- 
tólica inicuamente perseguida , y apri- 
sionado el Sumo Pontífice. 

Ve las entrañas de Francia sembra- 
das de cadáveres, y oye, mezcladas 
con los gemidos del dolor, las maldi- 
ciones que fulminan las madres sin 
hijos, los hijos sin padres, las esposas 
sin esposos. 



Ve al derecho triunfante en las al- 
turas de la capital del mundo civili- 
zado, representado por Prusia, contem- 
plando á la revolución conservadora y 
á la revolución demagógica devorarse 
una á otra. 

Volviendo horrorizada el alma er- 
rante, el alma en pena, al seno de su 
patria, ve iglesias destruidas, fortunas 
arruinadas, la piedad perseguida: al 
pobre destruyendo la caridad, al jor- 
nalero destruyendo el capital, al hom- 
bre de bien postergado, á la Hacienda 
perdida, al pais entero esquilmado, he- 
rido, desesperado y acechando el mo- 
mento de castigar á los que le han en- 
gañado para encumbrarse sobre sus 
hombros; á los que han halagado sus 
pasiones para debilitarle, á los que le 
han robado la fe y la esperanza. 

Y entonces es cuando, en su delirio, 
so figura que los regimientos van á su- 
blevarse en contra suya; cuando cree 
adivinar en el ceño del sargento ó del 
oficial, que conspira; cuando los paque- 
tes de chocolate se le figuran cajas de 
municiones; cuando, desesperada, todo 
lo atropella, y se hace opresora y tirá- 
nica, y se ciega para perderse mas 
pronto. 

¡Ah, revolucionarios...! vuestro últi- 
mo festin se acerca; cuando el enfermo 
no encuentra una postura que alivie su 
malestar, es que le llega la última hora. 

No son los- partidos, como suponéis, 
los que han de levantarse amenazado- 
res contra vosotros; es vuestra con- 
ciencia la que 03 asusta; es vuestra 
obra, que, amasada con barro, se mue- 
ve y está próxima á desplomarse so- 
bre vuestras cabezas. 

La situación que os intimida vos- 
otros la habéis creado. 

Poco á poco habéis hollado los de- 
rechos mas legítimos, los intereses mas 
sagrados y las quejas han formado el 
odio, como el vendaval, agitando la 
nieve, forma la avalancha. 

No son solo los hombres vuestros 
enemigos ; son las mujeres , á cuyos 
sentimientos habéis atentado ; son los 
niños, á quienes habéis dejado huérfa- 



-¿J 




— 67 — 



nos de religión y de enseñanza ; es el 
mismo pueblo , qae ve que sois peores 
que aquellos á quienes arrojasteis , pi- 
diendo á la nación que santificara vues- 
tra rebeldía. 

Y los hombres, y Jas mujeres , y los 
niños, y el pueblo, unidos á vuestra 
conciencia, que la tenéis, aunque no 
lo creáis , son esos fantasmas que tur- 
ban vuestra digestión. 

Ellos, no con fusiles ni con pólvora, 
pero formando el sentimiento público, 
son vuestro torcedor y vuestro castigo. 

Hay algo que puede mas que un ge- 
neral y que un banquero ; algo que 
puede mas que todos los conspiradores 
y todos los ejércitos , y ese poder es el 
que ha triunfado del formidable im- 
perio materialista, el que ha anonada- 
do á la nación de la gran esposicion 
de 18C7. 

El Rey de Prusia le nombró al ga- 
nar la primera batalla : se llama la 
ProvideTieia. 

Sus actos tienen también un nom- 
bre: la Justicia. 

Juan de Luz. 
EL PARLAMENTARISMO 

Al. ALCANCE DE TODOS. 

Tiempo es ya do desenmascarar por 
completo á ese picaro revolucionario, 
que ha dado á los pueblos modernos 
mas guerra que Napoleón. 

Nada tiene de cstraño qne al pre- 
sentarse por la primera veza los hom- 
bres , los fascinara. 

El les decia : 

— Señores : el poder de un Rey es 
tiránico: es preciso oponerle una cor- 
tapisa, y esa cortapisa soy yo. Veréis 
qué bien lo arreglamos. En primer lu- 
gar, el Rey reina, pero no gobierna. 

— Es decir, no hace nada. 

— ¡Vaya si hace ! Se divierte , cobra 
el sueldo, firma como en un barbecho; 
y si salen las cosas mal , echa la culpa 
á los ministros. 

— ¡Bonito oficio! 

— ¡Ya lo creo! Por eso se han dedi- 



cado tantos á la carrera de Reyes de- 
mocráticos. 

— ¿Eso es carrera? 

— Al principio no, pero al fin, sí... 
—¡Ya...! Prosiga V. 

— Decíamos que el Rey reina, pero 
no gobierna. 

— ¿Pues quie'n gobierna entonces? 

— Los ministros y las Cortes ; esto 
es, los ministros mientras cuentan con 
el apoyo do los representantes del 
pais, ó consiguen que el Rey, á pesar 
de no gobernar, mande las Cortes á 
paseo y deje en sus poltronas á los 
ministros. 

— ¡Pues eso es el poder absoluto... 
de los ministros! 

— ¿Y dónde me dejan Vds. la Cons- 
titución? 

— ¿Cuál? 

— La que rija. 

— ¡Toma! Con el apoyo de las Cor- 
tes ó la benevolencia del Rey, pueden 
infringirla cuantas veces se les antoje. 

— Es que son responsables. 

— No lo dudamos; pero figúrese V. 
que un ministro ó un gobierno hace 
una atrocidad, las Cortes no la aprue- 
ban: el gobierno presenta su dimisión; 
el Rey no la admite; disuelve las Cor- 
tes, son convocadas otras ; las gracias 
se reparten á manos llenas entre los 
electores ; los que no ceden al favor se 
doblegan al miedo; vienen otras Cor- 
tes, y absuelven al gobierno: ¿quiere V. 
decirme qué diferencia hay entre la 
responsabilidad ministerial y la cara- 
bina de Ambrosio? 

— Ninguna; pero son pocos los quo 
saben todo eso . y es lo mas fácil del 
mundo fascinar al pueblo, diciéndo- 
le: "Ven , ciudadano : ya no eres un 
paria; tienes derecho á votar el can- 
didato ministerial; él, representándote, 
influye en los destinos del pais... pes- 
cando los que puede , y haciendo... lo 
que al gobierno le conviene. ¿ No es 
esto preferible á que un Rey reine y 
gobierne, disponiendo, con arreglo á la 
ley y á la justicia, eso sí, de la suerte 
de sus vasallos? En el sistema repre- 
sentativo, cuya forma concreta, el par- 



a 



lamentarisnio, soy yo, al menos parece 
que loa pueblos influyen. 

n¿Y qué importa que los agentes 
electorales tiendan un lazo á los elec- 
tores, les ayuden á infringir la ley , y 
luego les digan: ó votas espontánea- 
mente al candidato ministerial , ó te 
forman causa? ¿Qué importa que las 
elecciones perturben la tranquilidad 
de los pueblos, roben brazos al trabajo 
para dar cuerpos ociosos é inteligen- 
cias nulas á las oficinas , siembren en 
las familias luto y lágrimas, y con- 
viertan en horrible infierno la decan- 
tada paz de las aldeas ? ¿Qué importa 
quelos diputados imiten á los electo- 
res que han doblegado su derecho y 
su voluntad para elegirlos, y sean man- 
sos servidores del gobierno que man- 
da? ¿Qué importa, por último , que el 
gobierno ejerza un verdadero despo- 
tismo si se presenta en un escenario 
pintoresco con la mascara de la liber- 
tad, y gracias á una porción de fór- 
mulas de guardaropía, hace lo que le 
conviene con las apariencias de la le- 
galidad? 

nDesengañaos , amigos mios , pro- 
seguía diciendo el Parlamentarismo: 
yo soy lo mas cuco del mundo. Venid 
á mí los que sabéis hablar , los que te- 
neis talento para hacer de lo negro 
blanco, y vice-versa; formemos entre 
todos una sociedad de socorros mu- 
tuos; mejor aun : una sociedad de cré- 
dito como esas en las que los impo- 
nentes pierden, y ganan los adminis- 
tradores y los que los vigilan. Conmigo 
podéis hacer del voto que os dan los 
pueblos una vara mágica que nada os 
negará ; nada mas fácil para vosotros 
que aparecer en público como guar- 
dianes de los intereses de vuestros 
electores, sin perder la gracia del go- 
bierno, porque, con avisar á S. E., os 
ponéis de acuerdo con él, habláis gor- 
do, el ministróos contesta, y dicen de 
vosotros en el distrito: "Aunque no 
logra nada , se las tiene tiesas al go- 
bierno." En una palabra: vuestra mi- 
sión es decir á todo amen , y en cam- 
bio disfrutáis del presupuesto, podéis 



- 63 — 

auxiliar con vuestras noticias á los 
jugadores de Bolsa , os codeáis con los 
que mandan , entráis á todas horas en 
los ministerios , conseguís que se des- 
pachen todos los espedientes que os 
interesen, adquirís posición, y podéis, 
haciendo un cuarto de conversión, de- 
jar al gobierno que cae para seguir 
gozando de los favores del gobierno 
que se levanta. 

„Con los demás sistemas , solo el ta- 
lento triunfa: con el mió, la astu- 
cia , la habilidad y la poca aprensión, 
bastan. 

nPara mayor comodidad vuestra, yo 
haré que, añadiendo el adjetivo polí- 
tico , no os podáis ofender cuando os 
acusen de falta de pudor... político, de 
vergüenza... política , de probidad... 
política. 

ii Venid á mí, que no he de durar mu- 
cho ; pero, entre tanto, podéis haceros 
importantes , ser ministros , siquiera 
sea para cobrar la cesantía, y vuestro 
trabajo estará reducido á hablar... á 
hablar por los codos.» 

Asi habló hace años el Parlamenta- 
rismo, y, gracias á él. sostiene la na- 
ción una porción de eminencias polí- 
ticas, de notabilidades parlamentarias. 
Gracias á él, los pueblos están como 
saben mis lectoras: las fuentes de la 
riqueza pública, convertidas en pesa- 
das contribuciones ; la ley, en letra 
muerta; la justicia, en favor, y la ti- 
ranía disfrazada de soberanía nacional. 
Gracias á él, los gobiernos no han 
podido hacer otra cosa que descubrir 
conspiraciones ó sufrir sus efectos, que 
estender credenciales ó defender sus 
carteras en las Cortos de los ambicio- 
suelos que las han codiciado. 

Gracias á él , tenemos numerosos 
partidos, jefes de fracción, ninfas Ege- 
rias de gobiernos, leaders de mayo- 
rías, muñidores de elecciones y un 
presupuesto desnivelado, una intran- 
quilidad continua , un desorden cró- 
nico , y una Deuda flotante que en- 
gruesa la fortuna particular y deja 
escuálida la pública. 

Pero también le debemos una espe- 



^V_ 



— 69 
rienda preciosísima, y hoy son muy 
pocos ya los que no le conocen y le 
detestan. 

Un etimólogo dice, y dice bien , que 
Parlamento se forma de las dos pala- 
bras parla y miento; razón por la 
cual la ciencia parlamentaria es aque- 
lla que oculta la verdad con la c/¿ar- 
lataneria. 

Ahora, para terminar este bosquejo, 
y para que comprendáis mejor lo que 
es el parlamentarismo , me valdré de 
un símil. 

Figuraos la casa de un soltero do- 
minada por un ama de llaves. Esta se- 
ñora necesita halagar á I03 criados para 
que no la malquisten con el amo, y 
dominar al amo para hacer su ne- 
gocio. 

Que el soltero quiera casarse; el ama 
empleará todos los medios , hasta los 
mas inicuos, para evitar el funesto 
consorcio. 

La esposa le horripila. 

Entrar esta por la puerta y salir 
aquella por la ventana, es todo uno. 

Pues bien: el soltero es el Rey cons- 
titucional; el ama de llaves, el gobier- 
no parlamentario; la servidumbre, los 
Cuerpos colegisladores. 

¿Queréis decirme dónde hay un ama 
de gobierno que no haga su negocio? 

Otra pregunta, para concluir: ¿<[nó 
casa está mejor : la que gobierna la 
mujer legítima, ó la que está en poder 
de un ama de llaves? 

Prefiero ver á oír vuestra respuesta. 

Julio Nombela. 



DULCE VENGANZA. 



Sobre la mullida alfombra 
del verde césped flnrfdn, 
poblandn alegres los aires 
con saí» inórenlos grito*, 
juegan en dulce consorcio 
ana niíin, junto a un ni 5o, 
y á pocos pasos, sentada 
bajo lasnmbrade nn tilo, 
esta su inn/lr*\ gozando 
con su infantil regocijo. 
como el pastor goza viendo 



triscar a sus corderinos, 
como goza el Ángel bueno 
arrancando un alma al vicio- 
Mas de pronto presurosa, 
con los bracitos tendidos, 
corre la niña á su madre, 
buscando en ello un asilo, 
porque sn Iracundo hermano 
quiere pegarla, en castigo 
do que trepando anhelantes 
por un agreste árbol i 1 !o, 
para ver sí entre sus ramas 
encontraban algún nido, 
llegó la niña primero, 
haciendo escalón del niño, 
que cayó sobre la yerba 
rodando sin conseguirlo: 
y para vengar sn afrenta, 
en ir.i el nutro encendido, 
con una piedra en la mano 
la persigue vengativo. 
La madre entonces terciando 
en el infantil conflicto, 
reparte sus tiernos besos 
en loa frentes fifi sos hijos. 
y estrechando entre sns brazos 
al rapnzuelo ofendido, 
le dice asi, con acento 
entre severo y solícito : 
■Arroja al suelo esa pie Ira. 
abre tu mano, hijo mío, 
y en lo que voy á decirte 
mira un elocuente avi30. 
Al cogerla, ana violeta 
qne germinaba ñ su abrigo, 
huyendo, como los buenos, 
de la luz y del bul!, 
has arrancado iracundo 
sin repararlo tú mismo. 
Y en cambio, la pobre ilor, 
¿cómo venga tu delito? 
Solo un tesoro tonta: 
su nroma delicadísimo. 
y al morir con él perfuma 
la mano de su asesino. 
Asi se vengan las dores; 
¡no lo olvides, hijo mío!» 

Fiusceco M*rtis Melgar, 



BOCETOS CARLISTAS- 



D JUANVIDAL Y GARLA, 

DIPUTADO POR SORT (LÉRIDA). 

¿En qué consistirá que siendo profunda- 
mente católico y entusiasta carlista este di- 
putado, que es eclesiástico también, se com- 
placen en conversar y discutir con el los 
republicanos, y hasta los radicales de la 
mayoría? 

IJa esplicacion es muy sencilla. 



¿J 



- 70 - 



¿Podéis imaginaros un talento clarísimo, 
un corazón magnánimo y una sencillez pu- 
rísima: 1 Pues estas tres cualidades adornan 
al Sr. Vidal y Carla, y como dice lo que 
siente y lo dice bien, y por añadidura lo 
que siente es la verdad, y su lenguaje care- 
ce de pasión, y su palabra está siempre sa- 
turada de las máximas del Evangelio, los 
incrédulos se acercan á él para admirar la 
fe, con la sorpresa del niño que se acerca al 
espejo sorprendido; y á la admiración su- 
cede el afecto. 

No es posible tratar al Sr. Vidal y Carla 
sin quererle. 

Y no creáis: á pesar de su carácter, dis- 
cute con energía, como el que está seguro 
de tener razón, y no cede ni da cuartel á los 
sofismas. 

Como lo que tiene en el alma es bueno, 
no lo oculta. 

Poco le importa que su interlocutor sea 
grande 6 humilde: la única diferencia que 
encuentra es la verdad ó la mentira. 

Póstrase ante la primera : combate á la 
segunda con la fe del templario y con la 
abnegación del misionero. 

Dotado de una viva imaginación, y todo 
él de cristal, refléjase su genio vivo en sus 
ojos, en sus facciones, en su boca, en su 
cuerpo, en sus manos. 

Es uno de esos hombres que no pueden 
pasar desapercibidos, que los ve uno aun- 
que no quiera. 

La Religión primero, la legitimidad des- 
pués, le hallan siempre dispuesto á aceptar 
todo género de sacrificios. 

Estimulado por estos sentimientos, ja- 
más siente el cansancio, jamás desfallece. 

Su actividad la comunica instantánea- 
mente & cuantos le rodean. 

Ilustrado, pero con una ilustración sóli 
da, escribe con la facilidad v la belleza de 
estilo del mas correcto novelista. 

En breve tiempo ha escrito una obra que 
barí eterna su fama; el Libro de los Reyes 
se titula, y está en publicación. 

Lcedlo, que después de lo que vemos 
hace falta volverlos ojosa los buenos tiem- 
pos de la Majestad. 

El Sr. Vidal y Carla podrá tener escasa 
mente de treinta y ocho á cuarenta años. 

Es doctor en teología, y podría á estas 
fechas por su mérito ocupar un puesto dis- 
tinguido en la gerarquía eclesiástica. 

Prefiere su curato, sus feligreses, sus ora 
ciones, sus estudios y sus paseos por las 
montañas de su pais. 

—Cuando veo á hombres rectos y honra- 
dos, decia hace poco, incurrir en debilida- 
des apenas ocupan puestos importantes, 
pido á Dios que me deje siempre en mi mo- 
desta posición. 

Y en otra ocasión anadia: 

— La ambición es el demonio que, va- 
liéndose de halagos , penetra en nuestra 



alma. Dominarla es alcanzar la mejor di- 
cha de la tierra. 
Por último, y este rasgo le retrata mejor 

que todos: 

— ¿Cuál es el mayor deseo de V.? le pre- 
guntó uno de sus mas afectuosos amigos. 

—Besar la mano en el Palacio de Madrid 
á D. Carlos y á doña Margarita, y retirarme 
á mi iglesia á pedir á Dios que ¡abren la fe- 
licidad de los españoles. 

¡Aprended, diputados revolucionarios! 

X. 



A SUS ALTEZAS REALES 

ti Prinfipi D. Alian» ii B»rb«n j Anilria it Eilr y li Triaca» 
df Porltifil doáa lana it lai Mtul lulirl Jt Brigán». 



EPITALAMIO (1). 

¿Cómo cesaron do la madre España 
Las querellas y lúgubres gemidos 
Que lanzara en la guerra desastrosa . 
Do sus mejores hijos perecieron. 
Bn un lapo de sangre sumergidos 
Porotros hij ue insanos 

Escándalo y baldón al orno fueron...'.' 
t.H* que, bramando la Discordia impía, 
Huyera en raudo vuelo, 
Por la desolación del patrio duelo. 
Del orco ardiente a la caverna umbría? 
aPor qué. si no. de purpurinas [lores 
De Iberia se corona el mustio suelo 
Kn la estación del hielo 
Que la oprime con ásperos rigores? 
Ei quo In de Himeneo nntorclin pura 
Colmo el júbilo ibero-lusitano, 
Al enluce oste 
l»..l nnior, la virtud y 'a hermosura. 

Mturanola al Pnstorsantu (3 
De Sion Impetró los almos dones 
Para el místico lazo venturoso, 
I.n Fama, dedúe Mata al Manzanares 
Volando, de la Europa los confines 
Llena con sus clarines 
De júbilo en armónicos cantares. 
Son cánticos de amor y complacencia 
Que dos pueblo* hermanos 
Envian a la clara descendencia 
De los Carlos. Alionaos y nitpos, 
De dos mandos un tiempo soberann;. 
De horrendo cataclismo en ocho lustros 

Loso y Tubal bol!;' 
Bajo escomhros sancrientos destrozadas 
Por el pecio del mal qne os atormenta, 
Depone! esos fúnebres crespones 
Que os enlutan las frentes desoladns 
De la impiedad por la opresión violenta; 
Y lanzando al L-teo 
De grandezas y gloria el bien perdido, 
r.ozad. en pos de la tristura y duelo. 
Con Airunsn y María. 
En tan solemne din. 
El don mayor que recibís del cielo: 
Prole real que .1»! Olimpo al mundo 
El Hacedor envía soberano 
En consuelo A tamaun desventura. 
Lucio, por fln, la sonrosada aurora 
Do sol mas claro, S Hesperia, y la esperanza, 



(1) El argumentóse ha tomado de La Esperan- 
cay de La Tradición, periódico do Loon. 
.12) El lllmo.Sr. Obispo de Maguncia, que auto- 
rizó el acto. 



V.- 



-yj 



1\ — 



Como sereno el iris, que colora 

Las Uses de Borboa y de Rrn ¡ronza 

Del príncipe que guarda el Vaticano, 

Escudo de la Esposa del Cordero, 

Que de sacro laurel orla su frente, 

La rosa lusitana. 

Relia como Diana 

En su carro de nácar esplendente, 

Era «le Alfonso la mejor corona. 

¡María de las Nieves!! El encanto, 

Al par que do Minerva insi<rn-» alumna, 

de una Reina inmortal es dítrna prole 

Que atesora en su nombre sus vfrtude3- 

Ik- amargura letal término al lloro 

D&\ Hímcn ante el sol radiante y pnro. 

Horóscopo seguro 

De ventura, y de paz rico tesoro. 

Es consolante al corazón hispano 

Ver al tronco real de los Borhones 

Cual ostentados vastagos nacientes, 

Elevándose unidos. 

Como suben los pámpanos lloridos 

p/ir el "lino que adornan con sus dones. 

Tal de Iberia con clona y venturanza 

La virtud y el valor en dulce lazo 

hizo brillar, en **ien de nuestra gente. 

El 6ngel do los candidos amores, 

Como crece la vid al cedro unida 

Y ¡ü tulipán la reina de Ins flores. 
Si grato es recordar en la bonanza 
Las pasadas tormentas y rencores 
Del proceloso mar de la política, 
Que hundiera on el nvernn 

La patria de Pelayo y de Ramiro , 
Suscitando la-* iras del Tierno. 
Cuando Thémis al cielo se volvin. 
Por no ver los desórdenes as t risos 
Déla nejjra traición que la envolvía.. .. 
Más eraío es columbrar on lontananza 
Del Ol'mpo los placidos fulíro^s. 

Suo abren el pocho hispano a la esperanza: 
oí la insólita pompa y los honores 
Que Lr.wenstetn espléndidos recibe 
De la Europa monárquica , homenngo 
Cual deomoralos principes emblema. 
¡Es ella! En su semblante peregrino 
Brilla con el germano 
El genio lusitano, 
Pura centella del saber divino. 
SÍ en lo futuro Investigar es dado 
Al mísero mortal ¡cuan altos dones 
Reserva el cielo AL. feliz Península! 
Cuando súbito el sol robre la margen 
Del Rhin pura su carro esplendoro-;-). 
De la pompa nupcial enamorado . 
Viendo de Carlas Sétimo en Alfonso 
Baluarte á la Corona -Ifamantino. 
Cual cumple al campeón del Vaticano, 
Gloria de Ihnria. en norvenir cercano. 
Ya las ninfas del Tajo majestuoso 
Por el eolfo cantábrico llevaron 
A la Infanta sus plfi.-eme' y amores; 
I>e la mareen del Duero al Elba undoso 
El júbilo germano 
fo*spaudeal lusitano. 
Cantando del amor el triunfo hermoso. 

Y no solo de amor la dulce prenda 
Estrecha con su vínculo flirneneo. 
Que también Isabel nn lauro de oro 
De Apolo conquistara en el liceo... 
Sobre base tan (Irme se levanta 

De la justicia eterna el gran trofeo. 
Del crimen liberal sobre lns ruinas 
Que anegó en sangre los iberos campos . 
Para expiar, bramando, sus errores 
Del Tártaro sombrío en los ardores. 
Carlos y Jaime, Manjar i t/i y Blanca, 

Y los que Europa atónita hoy admira. 
De la Cruz así gocen 6 la sombra 
Veinte lustro. 1 *, en tanto, de vontura : 

Y en luenga sucesión brillen sus nombres, 
El aura respirando de ln irlorín 

En las páginas do oro de la historia. 

D. Hevia. 



ECOS DE MADRID. 



¡Estoy horrorizada, y seguramente par- 
ticipareis de mi horrorl 

Cuesta trabajo creer en las noticias que 
comunica el telégrafo, y sin embargo son 
ciertas. 

Un humo denso se estiende sobre Paris, 
sobre la ciudad atea y materialista; y aque- 
llos excépticos, aquellos egoístas, contem- 
Elan su castigo al resplandor siniestro de 
is hogueras que convierten en ruinas el 
Ítalacio de las Tullerías, los muscos del 
.ouvre, el Luxemburgo, el Hotel deVille, 
los ministerios, el palacio de la Legión de 
Honor y otros edificios suntuosos , teatro 
ayer de las solemnidades de un imperio 
grandioso que tenia podrido el corazón. 

Figuraos por un momento, mis queridas 
lectoras, esas escenas de exterminio, de 
sangre y lágrimas, de luto y desesperación; 
pensad en el castigo que sufren, no solo los 
reos, sino sus consentidores. 

H.irá pronto cuatro años que Europa en- 
tera corrió á admirar la gran esposícion 
universal de Paris. 

Víctor Hugo y sus discípulos escribieron 
un libro que era la apoteosis de aquella ciu- 
dad, cerebro de la Europa, capital del mun- 
do civilizado, como la llamaban los que, 
deslumhrados por las apariencias, no veían 
que aquel ropaje encubría el cáncer asque- 
roso que ha producido su muerte. 

Y nosotras, preciso es confesarlo, tam- 
bién éramos cómplices. Ir á Paris consti- 
tuía nuestro mas vehemente deseo. Tenía- 
mos fijos los ojos en la moda , que desde 
allí, estendiéndose por todo el mundo, mi- 
naba la familia, corrompía las costumbres 
y prostituía la sociedad. 

Pagado3 todos del falso brillo, del artís- 
tico efecto de todo lo que de París proce- 
día , nuestra aristocracia derramaba en 
aquella ciudad el oro á manos llenas, y to- 
maba criados franceses y arrinconaba los 
objetos de la industria y el arte español 
para adornar los salones con los productos 
de una (amasia estraviada, con ios capri- 
chos de un arte que solo buscaba pasiones 
y debilidades para halagarlas. 

Los libros franceses llevaban á todas par- 
tes la semilla de la depravación, engalanada 
con la novedad del estilo, con la viveza de 
la frase, con la satisfacción del chiste. 

Napoleón, como esos tutores que sacrifi- 
can el deber al egoísmo, permitía á su pue- 
blo, á sus pupilos, todo género de liberta- 
des; mas aun: les permitía embriagarse con 
los goces materiales, con tal de que no le 
pidieran cuenta de su conducta. 

Cuando tenia fuerza, era injusto y tirano 
por solo encubrir las miserias de su ambi- 
ción con la aureola de una gloria .ensan- 
grentada; cuando tenia que oprimirá los 
partidos, permitía todas las aberraciones 



(r 



— 72 — 



de la inteligencia, y condecoraba á Renán 
después de negar este hombre impío la di- 
vinidad del Salvador. 

Tantos crímenes, tantas iniquidades ne- 
cesitaban una expiación tremenda, y desde 
hace diez meses viene sufriendo Francia el 
castigo mas grande que registra la historia. 

¡Qué elocuente lección! 

¡Ahí nosotras debemos aprovecharla, y, 
valiéndonos de nuestra influencia, apartar 
de la senda de perdición á nuestros esposos 
y á nuestros hijos, á nuestros hermanos y 
á nuestros padres. 

Y ¿sabéis cómo? Sí; lo sabéis: conservan- 
do á toda costa en su alma el sentimiento 
religioso, renunciando á los goces del amor 
propio, á los caprichos de la, imaginación 
estraviada, ensenándoles á amar la justicia, 
á dominar la soberbia, á proteger al débil, 
á que todos sus actos se inspiren en la ca- 
ridad cristiana. 

Nosotras en todas las esferas, en todas 
las posiciones , podemos conseguir este 
triunfo, que nos evitará los horrores que 
han presenciado nuestras hermanas de Pa- 
rís, los dolores que han sufrido, la viudez 6 
la orfandad en que se hallan, el luto que 
hoy visten, la desolación en que se en- 
cuentran. 

Y tenemos que emprender pronto este 
trabajo; los combustibles hacinados en Pa- 
rís pueden estenderse por Europa ; las 
chispas del incendio pueden venir á Es- 
paña. 



Lo que sucede fuera, apenas nos deja 
apercibirnos de lo que ocurre dentro, y sin 
embargo, no estamos bien : nuestra propia 
conciencia nos hace presentir sucesos gra- 
ves, y los actos del gobierno confirman estos 
presentimientos. 

Las guarniciones se cambian con rapi- 
dez; todos los que nos hablan y los perió- 
dicos ministeriales anuncian como próxi- 
mas insurrecciones, luchas... ¡Válganos 
Dios! ¡Que siempre hemos de vivir sobre- 
saltadas! 

Y no hay duda: lo que nos cuentan los 
que van al Congreso son síntomas precur- 
sores de tempestad. 

Nuestras ideas están allí bien sostenidas; 
los jóvenes diputados luchan como héroes; 
el conflicto vendrá, y solo Dios sabe quién 
podrá ver el arco iris, y quién sucumbirá he- 
rido por el rayo; pero entre tanto, ¿no mere- 
ce fijar la atención nuestra angustia? Estos 
hombres que abusan de la paciencia de los 
buenos, que tiranizan á los que oponen á 
sus ideas disolventes la tradición y el dere- 
cho, y á su impiedad la religión, ¿no tie- 
nen madres ó hijas, esposas ó hermanas? 

Y si las tienen, ¿no escuchan sus lamen- 
tos? Porque, no hay duda: en esas luchas 
que traban los partidos, no son los que su- 
cumben los que mas sufren; ¿y sus familias? 



¿Y los que no tienen mas amparo que el 



suyo.' 



» 



Quisiera buscar otro asunto para distraer 
vuestro ánimo, y no lo encuentro... ¡Ah, 
sí...! Fijad los ojos en Gratz, donde reside la 
santa madre de D. Carlos. Allí se espera, 
de un momento á otro, una gran alegría. 
Hoy aquella señora ve acercarse la hora de 
la justicia, y espera en la felicidad de su 
hijo. Hoy ve á su lado á D. Alfonso, unido 
á una princesa modelo de virtud, verdade- 
ro ángel de su familia, y para colmo de di- 
cha confian los que viven de la ventura de 
doña Beatriz, que muy en breve cesará la 
única pena que ha tenido siempre, y vol- 
verán para ella dias como aquellos en que 
veia en la cuna á sus dos hijos, y á su lado, 
admirando sus virtudes, á su esposo. 



De Ginebra se han recibido buenas noti- 
cias. Doña Margarita , impulsada por la fe, 
animada por la mas dulce esperanza , pide 
á Dios con fervor que libre á España de los 
horrores que contempla Europa atemo- 
rizada. 

Estos dias sale poco de su morada. Los 
jardines del Palacio que habita son bellísi- 
mos, y pasea en ellos con sus hijos y sus 
damas. 

El 10 de junio son susdias. 
¿No os parece que debíamos manifestar- 
le nuestro amor de algún modo? 

La Margarita abre una suscricion po- 
pular, y, con arreglo á lo que se recaude 
y X las indicaciones que hagan las suscrito- 
ras, resolverá qué objeto ha de adquirir, 
para elevarlo, como una muestra de respe- 
tuoso cariño, á la augusta Princesa. 

Desde luego os aseguro que la señora 
sentirá que hagáis el menor sacrificio. 

Poco importa que la recaudación sea exi- 
gua: no es el valor intrínseco lo que ha de 
representar nuestro recuerdo, sino el amor 
que siente nuestra alma. 

En el próximo número insertaremos la 
lista de los donativos, y, en vista del resul- 
tado, decidiremos, de acuerdo con algunas 
señoras, la inversión que hemos de darles. 
El tiempo urge para esto : al remitirnos 
su óbolo cadi suscritora, indicará si hemos 
de poner en la lista que ha de acompañar 
al recuerdo su nombre ó sus iniciales. 

Repito que no ha de hacerse esta idea 
cuestión de amor propio, sino de amor 
vehemente á la Princesa de quien espera- 
mos nuestra ventura ; y el amor, ya lo sa- 
béis, estima mas una sencilla flor que una 
alhaja riquísima. 

Esperanza. 

MADRID, 1871. — Imprenta ile La Esperanza , & 
cargo de D. A. Pérez Dubrull, Per 6. 



=4 



S\ 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATOLICO-BONAHOUICAS. 



AÑO I. 



4 JUNIO 1871. 



NÜM. 10. 



8UMARIO.-EI Problema, por Juan de Luz. 
—Cuadros vivos político* y s. cíale.-: El Am- 
bicioso de provincia, por D. Julio Nombela,— 
Bbllbzas dr La Khligiox: A un temp.o, por 
doña Isabel Po^rci de Llórente.— Bocktoscahlis- 
Tas: l). Luis Echeverría.— Lns carlistas en San 
Juan de Luz.— Ecos de Madrid, por Esperanza,— 
Margaritas. 



EL PROBLEMA. 

Horrible es el espectáculo que ha 
ofrecido París en estos dias al mundo 
entero ; triste es el que ofrecen hoy los 
restos del bárbaro combate ; pero no es 
menos triste y horrible la actitud de 
los que , en presencia de tan atroces 
crímenes, pretenden con sofismas sacar 
ilesas las ideas de entre ese fango ama- 
sado con sangre. 

"Reivindiquemos los principios, es- 
claman, y condenemos á sus miserables 
ejecutores. " 

Más daño han hecho á la sociedad 
los que han vestido el frac y la cor- 
bata blanca con las doctrinas disolven- 
tes que han puesto en práctica los re- 
beldes en París , que esos miserables 
asesinos é incendiarios. 

Los que animados por la ciega so- 



berbia no han vacilado en arrancar al 
pueblo las creencias religiosas, han 
puesto, sin saberlo, en sus manos la tea 
destructora y el puñal homicida. 

Han buscado á las clases proletarias, 
y fingiendo una piedad que son inca- 
paces de abrigar en su corrompido pe- 
cho, les han dicho: 

"Ayudadme á destruir la Religión 
que os impone estrechos deberes, la 
ley que os oprime, el capital que 03 
esplota, el trabajo que os martiriza; y 
cuando llegue eí dia del triunfo, seréis 
libres , dichosos ; dominareis á los que 
hoy os dominan." 

Y proclamando eso que se llama hi- 
pócritamente soberanía ruicional, han 
destruido los tronos seculares , han 
manchado las glorias de la tradición, 
han despertado la codicia en las masas, 
y han pagado los criminales sacrificios 
que han hecho para encumbrarlos con 
la mas cruel de las tiranías. 

"No te quejes, pueblo estúpido , le 
han dicho desde las alturas del poder; 
tú me has dado el látigo con que cru- 
zo tu cara. " 



y 



Y el pueblo entonces , sin la resig- 
nación de la fe , sin el consuelo de la 
esperanza , sin la abnegación de la ca- 
ridad , se ha convertido en una fiera. 

La fiera la liemos visto estos dias 
en Paris; pero de entre los escombros 
han salido, para desparramarse por 
Europa, treinta mil foragidos ; otros 
treinta mil presos hoy, pasarán mañana 
en los presidios por héroes y harán pro- 
sélitos. Ademas las ideas , las semillas 
que han producido esas catástrofes, 
subsisten : el trabajo de los agitadores 
es incesante: en todas partes hay pe- 
chos dispuestos á acogerlas y á propa- 
garlas. 

Ha llegado , pues , el momento de 
dar una batida general á la fiera , y 
para esterminarla es preciso que bus- 
quemos fortaleza en los sentimientos 
religiosos, en el respeto á la ley; y 
también lo es que, desechando el egoís- 
mo que se ha apoderado de nuestro 
corazón, busquemos y aceptemos el sa- 
crificio de nuestra vida, si es preciso, 
en aras de la paz y la concordia , en 
aras del bien universal. 

¿Puede estrañar á nadie que la mu- 
jer se alarme en presencia del espec- 
táculo que acaba de ver? ¿No es natu- 
ral que su carácter previsor le haga 
temer que se propaguen á España las 
chispas del incendio , y que en la ho- 
guera de Ja venganza perezca todo lo 
que mas ama? 

Estas solas consideraciones justifi- 
can esa pasión de que gran número de 
españolas se hallan poseídas para com- 
batir por todos los medios que están á 
su alcance los estímulos que conducen 
á la depravación. 

Preguntadles por qué son fervien- 
tes católicas, y os dirán que lo son 
porque el catolicismo , fundando la 
moral en la paz y el amor , es el in- 
destructible valladar de las pasiones 
que engendran los crímenes. 

Preguntadles por qué son monárqui- 
cas, por qué desean la monarquía fun- 
dada en el derecho, inspirada en las 
virtudes cristianas: y os responderán, 
sin entrar en ese dédalo de teorías que 



^r 



los políticos han dado en llamar cien- 
cia, que lo son porque la monarquía 
representa á sus ojos la justicia , el or- 
den, la prosperidad, el amparo del dé- 
bil contra el fuerte; en una palabra: el 
triunfo de todo lo bueno, de todo lo 
grande, de todo lo belJo, de la ley 
sobre el capricho, de la caridad sobre 
la filantropía, de la equidad sobre el 
abuso, de la familia creyente sobre la 
sociedad egoista. 

Es preciso cerrar los ojos á la luz 
para no ver que la salvación de los mas 
altos intereses de Europa solo puede 
esperarse del restablecimiento de los 
Tronos legítimos. 

El problema que hoy ofrece esa lu- 
cha tenaz entre el liberalismo y la li- 
bertad, entre la fe y la negación de 
todo, no puede resolverse eficazmente 
mas que de un modo: por la influen- 
cia de la familia. 

Y en este caso , meditadlo bien : la 
mujer está llamada á desempeñar una 
misión providencial. 

Hoy uo es posible que un gobierno, 
por justo y por fuerte que sea, pueda 
estirpar de raiz las llagas que corroen 
á la sociedad. En medio del caos que 
reina , puede hacer la luz en la vida 
pública á costa de grandes y trascen- 
dentales trabajos ; pero no al mismo 
tiempo en los misteriosos asilos de la 
vida privada. 

El mal se ha infiltrado hasta en la 
misma conciencia humana , y no basta 
que la ley corrija sus efectos en la pla- 
za pública. 

Es necesario que todos los españo- 
les estén bien preparados para coadyu- 
var á la reconstrucción del edificio 
destruido por la impiedad y por la 
mas hipócrita de las tiranías ; es nece- 
sario que empiece la reforma en el 
hogar doméstico , que el individuo se 
modifique para que de este trabajo 
aislado, individual, resulte de pronto 
el conjunto armónico, para que esté 
dispuesto á interpretar las ideas de 
arriba en todas las esferas. 

Esto no lo creerán los grandes polí- 
ticos , los que suponen que con un dis- 




— Ih — 



curso ó un decreto pueden cambiar la 
faz de una nación ; pero la verdad es 
que la mujer es la primera , la que ya 
desde ahora está llamada & preparar y 
á adelantar la trasformacion , exigien- 
do que en su hogar , donde es reina y 
donde, si ella quiere, puede evitar la 
entrada de las corrientes del liberalis- 
mo, se practiquen desde luego las doc- 
trinas salvadoras , para que desde allí 
salgan en su dia á la vida esterior y 
quede resuelto el problema. 

Juan de Luz. 



CUADROS VI VOS 

POLÍTICOS Y SOCIALES. 
El ambioioao de provincia. 

Hé aquí un mártir que es á la vez verdu- 
go. La ambición que le domina, la ha des- 
pertado en su alma el abandono religioso 
en que le han dejado sus padres, y la ha 
desarrollado la envidia. 

Desde niño ha empezado á desear todo lo 

Sue no tiene. Este deseo ha ido convirtién- 
osc por grados en pasión, y como el sen- 
timiento religioso, faltando en su corazón, 
no ha podido compensar las amarguras que 
padece con los goces purísimos del alma, 
comparándose con sus compañeros, con sus 
amibos, ha llegado á creer que su insignifi- 
cancia al lado de ellos es una injusticia de 
la suerte. 

Por regla general, procede de una fami- 
lia modesta. 

Lo primero que siente, cuando se com- 
para con los seres afortunados á quienes 
envidia, es vergüenza de haber nacido en 
humilde cuna. 

En vano el autor de sus dias ha podido, 
á fuerza de trabajo y de abnegación, soste- 
ner á su familia y ofrecer á su hijo los ca- 
riñosos cuidados de padre. 

En vano alega, al hallarse detras del mos- 
trador de una tienda de comestibles, ó es- 
grimiendo la navaja de Fígaro, ó traficando 
en algo, que ha podido enriquecerse, pero 

3ue ha preferido á la riqueza la reputación 
e hombre honrado: el joven ambicioso 
no estima en nada este timbre de honra. 

Empieza por calificar de infelif á su pa- 
dre, y acaba por conferirle el título de 
inepto. 

Para salir de la situación en que se en- 
cuentra, manifiesta desde luego horror á 
la profesión de su padre, y asegura que ha 
nacido con vocación para estudiar. 



Entusiasmado el que le ha dado el ser, 
se impone los mayores sacrificios para pro- 
porcionar una carrera á su hijo. 

Costéale las matrículas, los libros; sacri- 
fica á su esposa, á sus hijas, si las tiene; se 
sacrifica á sí propio para poder vestir al 
niño mimado con el decoro propio del jo- 
ven que estudia una carrera, y le facilita 
recursos para que pueda alternar con sus 
caraaradas. 

El premio de estos sacrificios es casi 
siempre un desengaño doloroso. 

La aplicación del estudiante no es el efec- 
to del deseo de adquirir gloria para poder 
desempeñar en el mundo una misión pri- 
vilegiada; es la sed de igualarse con los jó- 
venes á quienes envidia; es el deseo de lla- 
mar sobre sí la atención pública para que 
no se fije en los antecedentes de su familia. 

No anima al ambicioso el honrado pen- 
samiento de pagar á sus padres los sacrifi- 
cios que por él hacen, sino el de adquirir 
recursos para abandonar la provincia en 
que ha nacido, para poder darse tono en 
donde no le conozcan, para tener ocasión 
de negar á sus padres, castigando con la 
aflicción de que llena su alma , la debilidad 
que han tenido de fomentar en él aspiracio- 
nes bastardas. 

Fácilmente le reconoceréis en su pro- 
vincia. 

Desdeñado por los que saben su origen, 
por los que tienen noticia de su humilde 
condición, apenas le veréis en los parajes 
públicos: buscando siempre paseos solita- 
rios, sin otra compañía que sus abrasadores 
deseos, le hallareis siempre acechando la 
ocas ; on de realizarlos. 

Orgulloso por despecho , se arrastrará 
como la serpiente ante el personaje que 
pueda darle la mano para llegar á la altura 
á que aspira. 

Todos los sentimientos de su alma están 
supeditados á su pasión. 

Si alguna vez fija sus ojos en una mujer, 
no será la que ofrezca á su alma las condi- 
ciones de la esposa cristiana , de la madre 
de familia. 

Poco le importará que la joven cuyo co- 
razón cree poder conquistar sea capricho- 
sa, vana; la perdonará de buen grado los 
devaneos que haya tenido. No será obstácu- 
lo á su propósito que aparezca una mancha 
en su reputación. Es rica ; tiene parientes 
que pueden apoyarle en sus pretensiones; 
puede, á cambio del sacrificio de su honra, 
mudar de posición , ostentar el mas des- 
enfrenado lujo...; pues todo lo sacrificará 
con tal de realizar sus deseos. 

Aceptará los encargos mas bajos y mise- 
rables , y correrá toda clase de ríeseos . 6 
trueque de que el premio le lleve á la reali- 
zación de sus esperanzas. 

Todos los goces puros de la vida están 
vedados á su corazón. 

¿Qué le importan las caricias de una ma- 



^: 



4 



ir 



— 76 — 



dre solícita, si le avergüenza el modesto tra- 
je que lleva, y hasta el defectuoso modo de 
hablar que tiene, porque no ha recibido 
una educación esmerada? 

Los beneficios que quieren dispensarle 
los que por él se interesan, le humillan. 

Jamás ha sentido ni sentirá los dulces 
goces de gratitud. 

Los amigos... ¡oh amigos! él no puede 
tenerlos. La envidia, que, como una víbora, 
se ha apoderado de su corazón, le impulsa 
á creer que los goces y las satisfacciones de 
los demás es un robo que le hacen. 

La política, semillero de vicios , de abdi- 
caciones, de debilidades y hasta de críme- 
nes, corre á su encuentro como engañado- 
ra sirena, y le abre la dorada puerta de su 
alcázar. 

El ambicioso no tiene ideas ni doctrina. 

S.¡ un partido le ofrece como precio de 
sus trabajos un modesto empleo en su pro- 
vincia y otro le brinda un empleo mejoren 
Madrid, será progresista, moderado, demó- 
crata ó absolutista, lo quemas le convenga. 

Nada le importa la patria; lo que él quie- 
re es romper las trabas que le sujetan , co- 
municar á los demás la envidia que siente, 
la envidia que le devora; y por realizar esta 
pasión, conspirará, armará su brazo , com - 
batirá contra sus hermanos, contra sus 
bienhechores , contra su mismo padre , y 
todo por venir á Madrid; porque Madrid se 
presenta á sus ojos como el loero desús de- 
seos; porque su amor propio le engaña , y. 
haciéndole creer que la ambición es genio, 
que la codicia es talento, piensa que en 
este ancho campo hallará el triunfo que am- 
biciona. 

Su carácter se hace reservado, tétrico; 
domina en él el temperamento bilioso; pre- 
maturos achaques alteran su salud, y, con- 
tribuyendo á su impotencia, le mortifican 
mas y mas. 

Muchos sucumben en medio de la indi- 
ferencia y del desprecio de sus paisanos, de- 
jando horribles remordimientos en sus 
padres. 

Otros, después de haber vendido su alma 
al diablo, logran hacerse agentes electora- 
les, periodistas, diputados, altos funciona- 
rios; pero al llegar á esta posición , se tras- 
forman , y ya los daré á conocer bajo este 
punto de vista. 

lina palabra para terminar. 

Estos hombres, plantas parásitas que solo 
nacen en el cenagoso pantano de las pasio- 
nes revolucionarias, son los que contribu- 
yen al malestar en que vivimos ; son los 
mayores enemigos de la juventud honrada, 
laboriosa; y mientras no se libre de ellos á 
la nación, tendrá siempre instrumentos de 
perturbación la obcecada y vengativa polí- 
tica que viene en nuestra patria sembrando 
el luto y la desolación desde hace cincuen- 
ta años. 

Julio Nombela. 



BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



A -OJ>T TEMPLO. 

Salve, mansión do mora 
la Religión sublime: 
do el hombre halla consuelos 
que el mundo le negó: 
Salve ¡oh sagrado templo! 
donde el que triste gimo 
su padecer profundo 
desparecer miró. 

Contra el inmenso piélago 
de penas Infinitas, 
do de la vida se hunde 
levísimo el batel, 
se elevan como diques 
tus bóvedas benditas, 
que la bondad recuerdan 
de Dios, al hombre infiel. 

En ti, sacro recinto, 
delicias inefables 
de santa paz inundan 
el triste corazón: 
en ti los goces vanos, 
efímeros, mudables, 
se olvidan, formulando 
purísima oración. 

En ti se desvanecen 
los negros torbellinos 
de indómitas pasiones, 
que afligen al mortal: 
en ti solo se escuchan 
los cánticos divinos, 
que férvidos se elevan 
al Dios universal. 

En ti hasta el descreído , 
que de tu ser blasfema, 
aun suele reverente 
llegarse a arrodillar: 
allí teme que el cielo 
le lance un anatema, 
y, nrrepontido acaso, 
se humilla para orar. 

¡Cnán grato es de los templos 
en la sublime calma 
llegar á bendecirte 
loh Dios de eterna luz! 
allí se purifica 
y elévase nuestra alma 
con el sagrado fuego 
de mística virtud. 

Los ángeles, que lloran 
en torno á los aliares, 
donde la imagen santa 
se ve del Redentor, 
nos traen á la mente 
las horas de pesares 
del Mártir que en el Qólgota 
salvara al pecador. 

La voz del sacerdote, 
los órganossonoros, 
que vierten de armonías 
purísimo raudal, 
al corazón recuerdan 






~ 77 — 



los rutilantes coros, 

que ante el Eterno elevan 

su canto celestial. 

Y el alma seestasia: 
los vuelos do la mente 
se elevan á otros mandos 
en alas de la fe. 

allí donde se asienta 
el Dios omnipotente, 
teniendo las estrellas 
de alfombras de su píe. 

¡Oh templo! ¡Cuántas veces 
en tu recinto santo, 
alzando mi plegaria, 
mis lagrima? vertí! 
Oraba por mi madre, 
de mi existencia encanto; 
lloraba por un padre, 
que nina aun perdí. 

Y mi plegaria tierna, 
do incienso entre la nube, 
miraba yo á los cielos 
purísima anbir: 

allí de nuestra guarda 
el lúcido querubo 
la ofrece ¡í Dios, qno calma 
nuestro cruel sufrir. 

Bendito seas, templo, 
do los recuerdos moran; 
bendito tu recinto 
de paz y dulce bien; 
donde hallan los que tristes 
sobre este munilo lloran, 
la célica esperanza. 
que fruía hacia el Edén. 

ISADEL POGGI DE LLÓRENTE. 

BOCETOS CARLISTAS- 



D. LUÍS ECHEVERRÍA, 

DIPUTADO POR AOIZ (NAVARRA). 

Figuraos un ¡oven de veintiséis ú veinti- 
ocho años, alto, bien formado , esbelto , de 
facciones finas, de blanco cutis, de ojos azu- 
les, de cabello rubio... 

Me parece que os va gustando la pintura: 
pues es un fiel retrato. 

Pero aun no he concluido : si le veis en 
la calle, en el paseo , en algún salón, os pa- 
recerá que falta movilidad á aquellas fac- 
ciones , que aquel cuerpo no tiene la des- 
envoltura que debe tener , que bajo aquel 
conjunto de líneas atrevidas hay una timi- 
dez inconcebible. 

Acaso notareis , si os fijáis mas: en sus 
ojos azules algo que revela cierta malicia; 
en la configuración de sus labios, algo que 
indica cierto desden. 

Difícil es penetrar desde luego en aque- 
lla fisonomía que parece no agitarse mas 



que para señalar flacos humanos, 6 para 
contemplar impasible la comedia de la 
vida. 

Las apariencias engañan. 

Debajo de esta capa que recuerda á Ma- 
quiavelo, se oculta un corazón bueno y 
sano, un corazón que desea ser espansivo, 
pero que no busca espansion porque la 
teme. 

Lo primero que se nota en su rostro es 
la indiferencia. 

Buscando mas, se halla una curiosidad 
previsora. 

Un poco mas allá se descubre una sere- 
nidad que le permite aquilatar las emocio- 
nes antes de darles entrada en su corazón. 

Por último, después de andar este cami- 
no difícil, se encuentra una sinceridad que 
consuela de los trabajos que se han pasa- 
do para llegar á ella. 

Educado en lamas severa rectitud, ha 
pensado mas que ha sentido; ha andado por 
el mundo sacrificando el entusiasmo de las 
bellezas que se ofrecían á sus ojos al cui- 
dado de evitar los escollos en que podían 
chocar sus pies. 

La severidad en las ideas, en las costum- 
bres, en todo, ha acentuado algo su rostro, 
que mas parece de la Grecia de Sófocles y 
Eurípides, que de la España de Caltañazor 
y Arderius. 

Ha nacido en Navarra, y no puede ne- 
gar que ha visto la luz en ese pais viril, 
morigerado, serio y leal. 

Cursó leyes, y desde muy temprano bus- 
có en las lides perioiísticas campo para de- 
fender las ideas que habían ido á buscarle 
en la cuna , y le_ habian acompañado en la 
infancia y en la juventud. 

El Pensamiento Español publicó sus es- 
critos, y, considerando la política contem- 
poránea con el criterio del catolicismo, en- 
sayó su pluma en censurar las aberraciones 
y las iniquidades del liberalismo. 

Estraño era no verle en las tribunas del 
Congreso ó del Senado. 

Desde allí , silencioso , estudiando la co- 
media que veia, convenciéndose mas ymas 
de las fatales consecuencias del parlamen- 
tarismo, se hacia poco á poco, acaso sin sa- 
berlo, hombre de Parlamento. 

Elegido diputado por el distrito de Aoiz, 
en Navarra, ha tenido ocasión de terciaren 
algunos debates, y amigos y adversarios de- 
claran que su serenidad, su aplomo, el do- 
minio que ejerce sobre su palabra, lo in- 
tencionado de su dialéctica y el conoci- 
miento que tiene del terreno que pisa , de 
los recursos oratorios , de las habilidades 
parlamentarias, han puesto en sus manos 
armas iguales para combatir contra los mas 
consumados oradores, de las Asambleas po- 
líticas. 

Y, en efecto, dice todo lo que quiere de- 
cir; pone el dedo en la llaga ; espera tran- 
quilo los golpes de los mas diestros adver- 



Vi: 



rr 



— 78 — 



sarios: los para con una maestría que, en 
vez de ofender, agrada , y después de una 
tempestad aparece su rostro sereno y apa- 
cible, 

Enemigo del parlamentarismo, quemará 
con gusto los laureles adquiridos por sus 
dotes parlamentarias ; y será siempre uno 
de los mas distinguidos campeones de la 
causa de la legitimidad. 

Quizás el día del triunfo, deponiendo las 
armas que se ha creado con su carácter para 
defenderse, se convertirá su previsión en 
confianza, su recelo en espansion. 

X. 



LOS CARLISTAS EN SAN JUAN DE LUZ. 



San Juan de Luz 25 de mayo. 

Sr. Director de La Margarita. 

Mi querido amigo: Habia pensado remi- 
tir á V. un artículo titulado/?/ Mes de Ma- 
ría en San Juan de Luj; pero me place mas 
referirle en una breve y sencilla carta lo 
que pensaba decir en aquel artículo. Usted 
puede publicarla en su acreditado sema- 
nario , y así sabrán las señoras carlistas que 
viven en España lo que hacen sus herma- 
nas á este lado del Bidasoa. 

En la iglesia parroquial de San Juan de 
Luz se ha celebrado este año el Mes de 
Mayo con inusitada solemnidad. La colo- 
nia española, es decir, carlista, hace por su 
cuenta función tres dias cada semana , fa- 
vor que debe á la amabilidad del cura rec- 
tor de la parroquia; los demás dias las fun- 
ciones se celebran , ya en vasco ya en 
francés. 

__ Los dias que toca la función á los espa- 
ñoles se comienza rezando el Santo Rosario 
ante unaimágen de la Reina del ciclo , co- 
locada hacia la capilla de la derecha , bajo 
un templete de bastante buen gusto , pri- 
morosamente adornado con gasas azules y 
blancas. Siguen después algunas oraciones, 
cantando en seguida una letrilla á la Vir- 
gen , luego el sermón, que predica nuestro 
buen amigo D. Vicente Manterola ; se canta 
después la Letanía , se rezan algunas ora- 
ciones mas, y se canta la letrilla de despe- 
dida. r 

De ninguna manera, ni aun faltando á la 
brevedad que me he propuesto , podría en- 
carecer á V. bastante lo bien que desempe- 
ña su cometido el gracioso coro, compues- 
to de distinguidas jóvenes hijas de carlistas, 
entre jas que citaré las bellísimas hijas de 
los señores barones de Rada y de Uxola y 
dirigido hábilmente por el ex-diputado se- 
ñor Olazábal. No parece un coro de señori- 
tas aficionadas ; parece un coro de maestras 
de canto ; parece un coro de ángeles. Le 



digo á V., con la formalidad que mees pro- 
pia, que, si fuera posible olvidar el motivo 
que por aquí nos tiene , no nos acordaría- 
mos tampoco de volver á España. Oyendo 
rezar en el hermoso idioma de Cervantes la 
oración de Santo Domingo de Guzman de- 
lante de una imagen de la Virgen adorna- 
da á la española ; oyendo la dulce melodía 
de los cánticos sagrados españoles , canta- 
dos por ilustres hijas de la antigua España, 
que de este lado del Pirineo piden con ter- 
nura á la Virgen que renueve el milagro de 
Covadonga ; oyendo los elocuentes acentos 
del magistral de Vitoria , que exhorta á la 
virtud y á la oración , se cree uno traspor- 
tado á España, y pudiera decir trasportado 
al ciclo. 

Le remito , por si quiere publicarla , una 
de las letrillas, compuesta por un amigo de 
V., y puesta en música por el distinguido 
pianista Sr. Aldálur, también emigrado. 

¡Quiera la Virgen Santísima agradecer 
estos humildes obsequios , é interesarse efi- 
cazmente por la pronta felicidad de España! 

Üe V. , como siempre , afectísimo ami- 
go,— V. 

Hé aquí ahora la bellísima composición 
á que alude nuestro apreciable corres- 
ponsal: 

Á LA VIRGEN MARÍA. 



FLORES. 

A tas altares , 
Mauro ile amores, 
traemos florea 
coo devoción. 

Si te agradares 
de que son bellas, 
danos por ellas 
tu prolucciou. 

No ta pedimos 
vanos antojos, 
a Ti los ojos 
al levantar. 

,A;. : que sufrimos 
hondo quebranto. 
¡Lloramos tanto 
sin descansar! 

Al otro lado 
del Pirineo 
clama el deseo 
por tu bondad. 

Tu pueblo amado, 
la bella Espuria, 
sufre la saña 
de la impiedad. 

Mira el tormento 
de sus ancianos , 
que alzan lug inaao3 , 
mirando a Ti. 

Oye el acento 
de las querellas 
que sus doncellas 
cantau aquí. 



Por Ti vencidos, 
siempro corrieron 
cuantos quisieron 
bollar su proz. 









- 79- 



No tus oídos 
cierres ahora: 
su honor. Señora , 
salva otra vez. 

Haya espantada 
la infame turba 

!ae la perturba 
ora y tenaz. 
Y, renovada , 
de hoy para arriba 

f'ozando viva 
osticia y paz. 

Su Rey la envía, 
tan deseado, 
noble dechado 
de alto valor. 

Y con él, pía, 
dulce, amorosa, 
la Reina hermosa 
de nuestro amar. 

De la fo el rayo 
la patria encienda. 
y, ardiendo, ofrenda 
pura sera. 

Y cuando mayo 
florido torne, 
tus sienes orno 
de flores ya. 

A tus altares. 
Madre de amores, 
traemos flores 
con devoción. 

SI te agradares 
de verlas bellas, 
danos por ellas 
tu bendición. 



ECOS DE MADRID. 



La situación sigue empeorando. 

Por cualquier lado que la miréis, es mala. 

En vano os darán los ministeriales el es- 
pectáculo de su alegría comiendo. 

Si es en Fornos , las digestiones son difí- 
ciles, y ya veis los resultados de estas diges- 
tiones. 

Si es en Palacio, se levanta sobre el ban- 
quete la cuestión de etiqueta. 

El enfermo se mucre, y ahí tenéis á su 
lado un Banco que se llama de Castilla; 
Banco que me hace el mismo efecto que los 
que andan alrededor de un joven que des- 
pilfarra su fortuna. 

Por si vuestros maridos caen en la tenta- 
ción de interesarse en él, estad alerta. Esc 
Banco sabe mucho: ha recogido todo lo que 
la revolución ha derrochado, sin otro objeto 
que imponer la ley á los valores revolucio- 
narios. 

Cuando quiera que suban los bonos, su- 
birán; cuando quiera que bajen, bajarán, y 
en una de estas bajadas puede caer i los in- 
cautos encima la maza de Fraga. 

» 
• * 

Como las mujeres somos así, tan impre- 



sionables, aunque admiramos mucho dis- 
cursos tan elocuentes como los que estos 
dias han pronunciado el conde de Orgaz, 
Estrada y Nocedal en el Congreso, y Tejido 
V Carbonero y Sol en el Senado; aunque al 
leerlos se una nuestra alma con sincera ad- 
hesión á los plácemes que han recibido 
hasta de sus mismos adversarios, la verdad 
es que desearíamos algo mas que palabras, 
por elocuentes que sean las promesas que 
nos ofrecen. 

Yo hablo á menudo con señoras carlistas, 
y todas , todas están desesperadas , porque, 
como ellas dicen: 

— Si nuestros amigos continúan frecuen- 
tando el Congreso y oyen aplausos , van á 
acabar por hacerse parlamentarios y estable- 
cer en sus hogares el sistema representativo. 

No deja de haber alguna exageración en 
esto; pero lo que sí es cierto es que nos- 
otras no podemos concebir que pase entre 
los bastidores del Congreso lo que sucede 
entre los bastidores del teatro. 

Si con sus doctrinas y sus actos pertur- 
ban la sociedad los que combatís, diputa- 
dos carlistas; si ya estáis persuadidos de que 
con vuestra cariñosa benevolencia no ha- 
béis de atraerlos á vuestro campo, ¿cómo 
podéis vivir al lado suyo? 

Nosotras bien sabemos que estrecháis su 
mano, que los llamáis por el nombre de 
rila, que escucháis de cuando en cuando 
los cuentos de Albarcda. las bromas de Ri- 
vero, los chistes de Romero Robledo; nos- 
otras bien sabemos que algunas veces co- 
méis en su compañía ; y, francamente, por 
eso no estamos contentas de vosotros. 

Sabemos á lo que obliga la cortesía, el 
compañerismo ¡triste compañerismo! pero 
nos hace temblar la idea de que viváis mu - 
cho tiempoá su lado. 

No quisiéramos que, oyéndolos con pa- 
ciencia, os acostumbrarais demasiado á sus 
costumbres. 

Estos dias ha corrido la noticia de que 
alguno de vosotros ha comido en Fornos. 
Yo la desmiento desde luego ; esa es una 
calumnia. Y no porque no crea que no de- 
béis comer en una fonda; pero estas espan- 
siones son para los dias de alegría, y vos- 
otros no la tenéis. 

El espectáculo de España os contrista, el 
de Roma os hiere en vuestros mas arraiga- 
dos sentimientos, el de Francia os hor- 
roriza. 

¿Puede ser cierto que os entreguéis en 
Fornos á los placeres de la mesa cuando el 
incendio brilla en Paris; cuando las calles 
de aquella ciudad están llenas de cadáveres; 
cuando Roma está aherrojada ; cuando Es- 
paña sucumbe á impulsos de la revolución 
mansa; cuando la Europa entera, en un mo- 
mento de suprema crisis, necesita de pechos 
varoniles donde anide la fe? 

No es cierto, no; mil veces no. 
*** 



\ 



^ 



r r 



Hablemos ahora de otras cosas mas inte- 
resantes, mas puras, mas hermosas; de 
nuestra Margarita. 

¡Con qué entusiasmo ha sido acogido 
nuestro pensamiento de ofrecer una mues- 
tra de nuestro acendrado cariño en el dia de 
su Santo á la augusta Princesa á quien está 
dedicada nuestra publicacionl 

En la cubierta insertamos la lista de los 
donativos recogidos basta el viernes últi- 
mo. Sé que muchas señoras esperan ver el 
resultado para contribuir por su parte; y 
repito lo que Jije: no se trata de hacer un 
agasajo espléndido. Harto sabe la Señora 
que la voluntad de las que la aman es infi- 
nitamente superior á los medios con que 
cuentan; y hasta me consta que, estimando 
la intención, ha sentido que La Margarita 
haya querido enviarle algo mas que la en- 
tusiasta felicitación de las señoras católico- 



monárquicas. 
¡Si la ilustre Princesa hubiera oido lo que 

Jo he escuchado estos dias á las que han 
levado su ofrenda á nuestra redacción! 

Con lagrimas en los ojos , decían unas: 

— No esta insignificante prueba de afecto 
daría yo á la señora; mi vida la sacrificaría 
gustosa por verla tan feliz como mere- 
ce ser. 

¡Y qué cartas rae han enviado! 

¡Ah! los que aseguran que el pais está 
nadando en oro, que todos somos dichosí- 
simos, debían leer esos renglones, en los 
que confiesan algunas que la situación en 
que ha puesto á sus familias la revolución 
les impide ofrecer como quisieran su con- 
curso al pensamiento que nos anima. 

«Pero digan Vds., si pueden, á la se- 
ñora, añade una, que vivimos pensando en 
ella, esperándolo todo de su buen corazón, 
y que solo fervientes oraciones podemos 
darle las que para defender su causa hemos 
dado y daremos siempre nuestros maridos, 
nuestros hermanos y hasta nuestros hijos.» 

Os llamo la atención sobre una frase de- 
licada que hallareis en la lista: revela un 
noble corazón : 

«¡Una suscritora dice que siente por pri- 
mera vez ser pobre! »_ 

¡Qué hermoso sentimiento! ¡Dios bendi- 
ga el alma que le ha espresado! 

La suscricion quedará cerrada el dia 10, 
y, con arreglo á lo que se recaude, se elegirá 
el objeto por una comisión de señoras. 

El dia 10 enviaremos por el telégrafo una 
felicitación á doña Margarita ; y apenas ad- 
quirido el objeto, se lo remitiremos con 
una felicitación impresa, firmada por to- 
das las personas que hayan contribuido á la 
suscricion. 

Y no solo describiremos el objeto elegido, 
sino que lo reproduciremos en nuestro Ál- 
bum por medio de un grabado. 

Muchas señoras nos preguntan si quere- 
mos que se encarguen de recaudar algunas 
cantidades entre sus amigas. Asi lo han he- 



— 80 - 

cho algunas, y es el medio mas fácil y mas 
rápido. 

Conviene, pues, que las que deseen con- 
tribuir á la ofrenda se apresuren á manifes- 
tarlo , y conviene también que propaguen 
nuestro propósito, y que no vacilen en ayu- 
darnos á realizarle por querer y no poder. 

Yo querría que fuéramos muchas , aun- 
que diéramos poco. 

Antes de cerrar este párrafo, quiero ma- 
nifestar mi gratitud á los periódicos católi- 
co-monárquicos de provincia que han anun- 
ciado la idea de La Margarita, y recordar 
á algunos de Madrid que se han olvidado de 
prestarme su generosa ayuda. 

Otra cosa: advierte una suscritora, y tie- 
ne razón, que el objeto que se envié á doña 
Margarita sea español, y elaborado por ar- 
tistas españoles. 

Tal ha sido y es el propósito de las seno- 
ras encargadas de elegirlo. 

Animo, mis queridas lectoras: llevemos 
á la ¡lustre desterrada una prueba de nues- 
tro afecto ; modesta, sí, porque esta ba sido 
una improvisación, porque no hay tiempo 
apenas para que lo sepan todas las que de 
seguro nos ayudarían , pero sincera y en- 
tusiasta. 



La fausta noticia que os anunciaba en mi 
revista anterior, se ha realizado. 

En los últimos dias ha tenido doña Bea- 
triz la dicha de abrazar á su hijo D. Carlos 
en Gratz , y de ver á su lado á su esposo. 

La mas completa felicidad sonríe á esa 
santa señora. 

Esperanza. 



- oocgjrj» 



MARGA RITAS- 



Lo bello tiene derecho á nuestras investi- 
gaciones y á nuestro amor ; la belleza es 
el alimento del bien y de la salud. 

(Feuchtersleben.) 

Nada es imposible á la constancia y á la 
voluntad que no apartan sus miradas del 
cielo. (SlRAHS.) 

El camaleón toma todos los colores, es- 
cepto el blanco; el adulador lo remeda todo, 
escepto la verdad. (Plutarco.) 

De lo que se siente á lo que se dice, hay 
la misma distancia que del alma á las le- 
tras del alfabeto. (Lamartine.) 



MADRID. 1871. — Imprenta da La Esptrama , á 
cargo de D. A. Pérez Dubrull, Pez, 6. 



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ALBUm DE LAS SEÑOBAS CATOUCD-WOHAROUICAS. 

Á DOÑA MARGARITA DE BORBON Y DE BORBON. 

Hoy es, Señora, para nosotros dia de júbilo y de tristeza. El amor 
que sentimos hacia la ilustre desterrada por quien suspiramos , nos 
llena de alegría ; pero ese dulce sentimiento que nos embarga, no evita 
que pensemos en la distancia quo nos separa, y esa distancia, Señora, 
es la historia de todas nuestras desdichas. 

Y no es porque los ojos de la cara tengan envidia de los del alma; 
no es porque no veamos á todas horas y en todas partes al ídolo de 
nuestro corazón ; no es porque no pensemos en él en todos los instan- 
tes de nuestra vida, procurando acomodar nuestros actos á las virtudes 
que le adornan : es, Señora, que esa separación retarda la aurora del 
hermoso dia en que ha de lucir el sol de la felicidad ; es que esa sepa- 
ración nos tiene también en un destierro, en donde solo brilla nues- 
tra fe, en donde solo nos consuela nuestra esperanza, en donde solo nos 
anima la caridad divina. 

Sabed , Señora, que por lo que sois, aun mas que por lo que represen- 
tais, tienen millares de corazones latidos de acendrado cariño para vos; 
y todos esos latidos, reunidos hoy aquí, van & buscaros, van á pediros un 
latido como los que sentís por vuestros hermosos hijos , porque hijos 
vuestros por el amor anhelan ser los que viven de vuestra esperanza. 

Recibid, Señora, la felicitación de nuestra alma: unidos lleva los 
votos fervorosos que los discretos labios callan. 

¡Dios conserve dilatados años vuestra preciosa vida, así como tam- 
bién la de vuestro egregio esposo y la de vuestros augustos hijos ' 

Madrid 10 de junio d» 1811. 

Lo tedAClorc» y lutcrilore* de LA MARGARITA. 



JÍJ1J1J "5 J 1 J IsJO. 



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AÑO I. 



10 JUNIO 1871. 



NÚM. 11. 



SUMARIO — Felicitación.— Teléfrrama.— I.a 
voluntad de doña Marparita.— El retrato de dona 
Margarita.— Su retrato moral.— Cuadros vivos 
políticos Y socialbs: El cacique de puoblo, por 
D. Julio Nombela.— BooEToa carlistas: D. Gui- 
llermo Estrada y Villaverde — Meditación . por 
D. A. de Valbuena. — Ecos de Madrid , por Espe- 
ranza. 



Ademas hemos enviado el dia 9 por 
la noche el siguiente telegrama : 

DOÑA MARGARITA DE BORBON. 

Ginebra. — Bocage. 

Los redactores y suscritores de La 
Margarita elevan al cielo fervientes 
votos por vuestra felicidad y la de 
vuestra augusta familia. 

Por todos, 

Pérez Ddbrull. 



LA VOLUNTAD DE DONA MARGARITA. 

Hemos tenido el honor de recibir la 
siguiente comunicación , que publica- 
mos sin mas comentarios, porque ella, 
en su grandiosa sencillez, dice mas, 
mucho mas, de lo que pudiéramos decir 
nosotros : 

"Le BocAge 2 de junio. 

nA la redacción del periódico La 
Margarita. 

uLa Sra. Duquesa de Madrid me 
manda dar, en su nombre , las gracias 
á la iniciadora del pensamiento de 
abrir la suscricion popular que anun- 
cia La Margarita en el último ar- 
tículo de su número de 28 de mayo, 
firmado Esperanza, y á las señoras 
que han tomado parte en ella. Siendo 
el regalo mas agradable que puede ha- 
cerse á la Sra. Duquesa de Madrid el 
alivio de los padecimientos de los car- 
listas menesterosos, recomendables por 
su conducta y antecedentes, desea que 



VS 



el producto de la espresada suscricion 
se invierta del modo mas adecuado 
para lograr este fin. Pues conociendo 
el buen corazón y caridad de las seño- 
ras españolas, no puede dudar que las 
suscritoras aprobarán el diferente des- 
tino dado á los fondos recaudados. 

uLa Sra. Duquesa de Madrid apre- 
cia como se merecen los leales senti- 
mientos de que le dan diariamente 
pruebas la redacción y colaboradoras 
del periódico La Margarita, y me en- 
carga que así se lo manifieste. 

..María Teresa de Flores." 

Ya ven nuestras lectoras cuál es la 
voluntad de doña Margarita; voluntad 
que no sorprenderá á nadie que conoz- 
ca su generoso corazón , como no nos 
ha sorprendido á nosotros. 

Deseosos de cumplirla, y mas aun 
de acertar á distribuir los donativos 
como quiere la Señora, entre los car- 
listas menesterosos, recomendables por 
su conducta y antecedentes , nos he- 
mos dirigido á las señoras condesas del 
Prado y de Santa Coloma, y á la seño- 
ra marquesa de Gramosa, para que 
sean, por decirlo así. las ejecutoras de 
la voluntad de doña Margarita, á lo 
que se han prestado con el mayor 
gusto. 

Pero es el caso que de entre la clase 
menesterosa á quien en nombre de la 
ilustre Princesa ha de socorrerse, ha 
partido la idea de que se destine una 
parte de la suscricion para la adquisi- 
ción de un objeto que pueda servir á 
doña Margarita de recuerdo, no ya del 
entusiasmo con que se han adherido 
á la idea de festejar su Santo gran nú- 
mero de personas, sino de la gratitud 
con que los pobres á quienes por su 






=á * 



— 83 
voluntad se socorre han acogido au 
noble y generosa determinación. 

Por nuestra parte estamos satisfe- 
chos. El resultado de la suscricion, 
dadas las tristes circunstancias que 
atraviesan las familias carlistas, es sa- 
tisfactorio, como verán nuestros lecto- 
res en la lista de la suscricion ; tanto 
mas, cuanto que los donativos han sido 
completamente espontáneos, y no nos 
han ayudado á propagar la idea, sin 
duda porque conocían que los tiempos 
eran difíciles, mas que algunos perió- 
dicos de provincia y uno de Madrid. 

Pero aun así, las señoras católico- 
monárquicas han acudido á nuestro 
llamamiento; y si fuera posible repro- 
ducir las cartas que hemos recibido, 
se comprendería que raya en verda- 
dero delirio el amor que inspiran las 
prendas de doña Margarita. 

También hemos recibido innumera- 
bles composiciones poéticas felicitando 
á la augusta Princesa : eu todas rebo- 
sa el entusiasmo y la fe: no pudiendo 
insertarlas todas, preferimos limitar- 
nos á dar cuenta de ellas. 

Creemos , pues . que nuestras apre- 
ciables suscritoras estarán satisfechas, 
como lo estamos nosotros; y les damos 
las mas espresivas gracias por el ínte- 
res con que han contribuido á realizar 
nuestro pensamiento. 

Las bondadosas frases que han leído 
en la carta de la distinguida intérpre- 
te de los sentimientos de doña Marga- 
rita, deben animarnos á seguir adelante 
en nuestro propósito, que tiende áestre- 
char mas y mas los lazos que nos unen 
con la ilustre Princesa llamada por la 
Providencia á labrar nuestra felicidad. 

Elegida la comisión de señoras para 
distribuir los fondos recaudados y ad- 
quirir el recuerdo que ha de enviarse 



S\ 



á doña Margarita, en nuestro próximo 
número daremos cuenta detallada de 
la distribución de las limosnas , con- 
tando los antecedentes de las personas 
ó familias favorecidas. 

Al mismo tiempo indicaremos qué 
objeto se ha elegido , y en cuanto nos 
sea posible, lo reproduciremos por me- 
dio de un grabado. 

EL HETRATO DE DOÑA MAR6ARITA. 

También nosotros queremos celebrar 
el fausto dia de la augusta Princesa á 
quien está dedicado nuestro Álbum, y 
al efecto regalamos á nuestros suscri- 
tores un retrato de doña Margarita, 
que por su parecido y su mérito, como 
obra artística, de seguro agradará. 

Personas que han visto reciente- 
mente á la señora, aseguran que la co- 
pia es exacta. 

Correspondiendo al favor del pú- 
blico , que en tanto estima nuestros 
propósitos, de cuando en cuando ofre- 
ceremos regalos como el de hoy. 

Aprovechamos esta ocasión para de- 
cir que, no habiendo logrado obtener 
una buena viñeta para la cabeza del 
periódico, hemos mandado hacer la 
cuarta ya por un nuevo procedimien- 
to. Si no saliese á nuestro gusto , re- 
nunciaremos á la viñeta, poniendo en 
su lugar un dibujo alegórico. 



SU RETRATO MORAL. 



Rodeada de sus damas 
en su apacible redro, 
pensando siempre en su esposo, 
cuidando siempre á sus hijos; 
nada hay en el mundo, nada 
que á su corazón purísimo 
ofrezca mas alegría 
que los placeres tranquilos 



^ 



riJ 



— 84 — 



del hogar, de la familia. 

¿Queréis ver el regociio 

en sus ojos celestiales? 

Pues venid, veniJ conmigo , 

sorprendedla en los momentos 

de espansion... Su rostro tímido 

se anima, todo respira 

en torno suyo cariño ; 

tan pronto mece la cuna 

en donde Bianca, su ídolo, 

duerme e! sueño de los ángeles, 

como coge al tierno niño 

en el que tiene gozosa 

España los ojos fijos ; 

y le acaricia y le arrulla , 

y con ínteres solícito , 

imitando á la gran Reina 

que nuestro pueblo ha tenido, 

cose, y borda, y lleva cuentas, 

y cuida del buen servicio 

de su casa, sin perder 

un solo instante el prestigio 

de la elevada y augusta 

posición en que ha nacido. 

Su lujo es la caridad, 

su amor, que raya en delirio, 

es su esposo, que la adora , 

son sus inocentes hijos. 

Sus esperanzas dulcísimas, 

volver al noble y altivo 

pueblo español la grandeza, 

el bienestar que ha perdido. 

Su ambición ser bendecida, 

sus distracciones los libros, 

las artes, las reuniones 

cariñosas que ha sabido 

formar, donde la etiqueta 

de los palacios ha visto 

trocarse, sin perder nada, 

en respetuoso cariño. 

Por la noche, los salone; 

donde está son paraísos; 

si cuenta algún episodio. 

todos están suspendidos 

de su acento. Dios le ha dado 

un ingenio peregrino: 

y en sus labios las palabras 

son amoroso rocío 

que dan á sus sentimientos 

mayor belleza y mas brillo. 

Si habla de sus esperanzas, 

el ánimo conmovido 

oye los nobles propósitos, 

los admirables designios 

que su caridad le inspira; 

los inmensos beneficios 

que ha de reportar á España 

con su corazón purísimo. 

El pueblo español, modelo 
de virtud y de heroismo, 
cuando á su lado la vea, 
cuando en su roitro divino 
lea el amor y adivine 
sus pensamientos mas íntimos, 
ángel de paz y consuelo 
la llamará agradecido: 



y será por dicha nuestra, 
de los españoles ídolo. 
(De El Romancero Español de doña Uargarlt rj 



CUADROS VI VOS. 

POLÍTICOS Y SOCIALES. 

El cacique de pueblo. 

Aunque este tipo varia en la forma, en 
el fondo es el mismo en todas partes. 

Por regla general, pertenece á una fami - 
lia de historia. 

Cuando llega un forastero al pueblo en 
donde domina, y al verle pasar con la arro- 
gancia de un señor feudal, pregunta: 

— ¿Quién es esc? 

Sus convecinos, que le odian, aprove- 
chan la ocasión de desahogarse, contando 
las misteriosas causas del ascendiente que 
ejerce sobre el pueblo. 

Este tipo es hijo de la revolución. 

Suele ser rico ó por herencia ó por con- 
quista; pero la causa originaria de su for- 
tuna es siempre justiciable. 

Dejemos al cacique que hereda el título, 
y bosquejemos al que le consigue por dere- 
cho propio. 

Dotado de un carácter enérgico, desde 
muchacho ha logrado dominar á sus cama- 
radas en los juegos infantiles. 

Mas tarde se ha distinguido por su des- 
aplicación. 

Después de haber aprendido malamente 
á leer y á escribir, se hizo pendenciero, ju- 
gador y enamorado. 

Aprendió pronto todas las trampas del 
juego; y como estaba seguro de que su tra- 
vesura le habia de librar de cualquier per- 
cance, en cuanto alguno le descubría, re- 
solvía la cuestión con el garrote ó la nava- 
ja, haciéndose temible. 

Cuando no se valia de estas armas , apro- 
vechaba el atractivo de su agraciada figura, 
ó ia influencia del natural ingenio, para lle- 
gar por estos medios á dominará sus con- 
vecinos. 

Como si adivinara la necesidad que en lo 
sucesivo iba á tener de conocer la ley para 
hacer la trampa, suele matricularse al no- 
tariado en la capital de la provincia donde 
reside, y anda un poco de tiempo entre la 
curia. 

No hay feria á la que no acuda y en la 
que no haga algún negocio. 

Comprendiendo que necesita auxiliares 
para realizar sus designios, los busca entre 
los mas viciosos, y se forma con ellos una 
especie de camarilla. 

Estos desalmados, cuya cooperación sos- 
tiene á fuerza de francachelas y de dádivas, 
completan^su-poder. 



^ 



V 



: ^\ 



- 85 — 



Cuando el cacique llega á tener cata 
guardia de honor, especie de embrión de 
partida de la Porra, no hay quien le tosa 
en toJa la comarca. 

Mostrándose humilde con sus secuaces y 
soberbio y tiránico con los que, al ver todo 
el lujo de fuerza que despliega, le temen, no 
tarda en ser el amo del cotarro. 

La política, que necesita de auxiliares co- 
mo él, no vacila en buscarle y en ponerse £ 
su lado, si es preciso, para que venza á los 
caciques que le han precedido en el desem- 
peño de sus funciones, á trueque de favo- 
res que cuestan muchas lágrimas al pueblo. 

Quiere un gobierno constitucional el con- 
curso de unas Cortes para tomar medidas 
trascendentales; pero como estas Cortes 
elegidas sinceramente por los pueblos pue- 
den ser contrarias á los deseos del gobier- 
no, invocando los derechos del instinto de 
conservación, influye el gobierno en la elec- 
ción de diputados. 

Preciso es confesar que en este punto ha- 
bía llegado á la alta perfección el último go- 
bierno moderado. 

Los gobernantes anteriores influían en 
los colegios electorales. 

—Ese es mucho trabajo, dijo un minis- 
tro: los colegios son mucho»; los diputados 
pocos. Que nos envíen los colegios diputa- 
dos, y tratando con ellos ahorraremos tiem- 
po y trabajo. 

Pero la revolución de setiembre , para 
retroceder en todo, también ha retrocedido 
en esto. 

El cacique, poco menos que postergado 
en las postrimerías del último gobierno de 
doña Isabel de Borbon, ha vuelto á levantar 
la cabeza. 

Volvamos al retrato. 

La política, digo, busca al cacique. 

El gobierno elige el candidato, y se lo 
recomienda al gobernador de la provincia. 

El gobernador llama al cacique, y el ca- 
cique acude al gobierno, y recibe el homc- 
nage de la autoridad. 

Por regla general, el cacique no tiene 
opiniones políticas. 

Voy á dar una triste noticia á mis lecto- 
res, pero la verdad es que, en saliendo de 
Madrid y algunas ciudades^ principales, las 
ideas y los principios políticos se trasfor- 
man en hombres. 

—¿De qué partido es V.? se pregunta por 
ejemplo al habitante de una aldea; y en vez 
de responder moderado, progresista, unio- 
nista o demócrata, responde: 

— Soy del partido de Fulano. (El nom- 
bre del cacique de quien teme ó espera.) 

De exprofeso no he citado el partido car- 
lista ni el republicano, porque, en honor 
de la verdad, estos dos partidos son los 
que, hasta en la aldea y en el caserío, tie- 
nen ideas. 

Las observaciones que acabo de pintar 
esplican ese fenómeno, que habrá llamado 



la atención de mis lectores, de que cuando 
un gobierno es moderado, la mayoría de las 
Cortes sea de la opinión del gobierno, y 
suceda lo mismo pocos meses después, 
cuando el gobierno tiene distinto color po- 
lítico. 

Porque, una de dos : 

ü hay que confesar que el cuerpo electo- 
ral es muy voluble, toda vez que concede 
mayorías á todos los partidos que dominan, 
ó que es muy débil, y en vez de represen- 
tar la opinión, representa el miedo. 

De un modo ó de otro, ó por enfermo ó 
por culpable, merece un buen castigo. 

Pero busquemos de nuevo al cacique. 

El dispone de los votos de su provincia; 
él influye en todas las cuestiones locales, y 
el que, víctima de la centralización desas- 
trosa que impera en España , tiene que 
construir un molino, levantar una casa, ins- 
talar una fábrica, realizar cualquier acto de 
esos que necesitan espedientes voluminosos 
llenos de consultas que solo sirven para 
justificar el sueldo que cobran una porción 
de personajes cuya condescendencia alcan- 
za el gobierno dándoles puestos análogos á 
los de esos famosos consejos de vigilancia 
de las sociedades de crédito, que solo han 
servido para lo que todo el mundo sabe y 
no me atrevo á decir para no gastar dinero 
en papel sellado; el que necesita algo de la 
administración, repito, no puede prescin- 
dir de valerse de la influencia del cacique, 
sacrificando sus creencias, sus sentimien- 
tos, sus opiniones, y á veces algo mas. para 
el logro de la cosa mas sencilla y mas justa. 

Los que son amigos del cacique pueden 
vivir tranquilos. 

¿Necesitan empleos? Les obtendrán. 

¿Tienen cuentas pendientes con el fisco.' 
Pueden dormir á pierna suelta. 

.Han dado algún palo? ¿Han tenido algu- 
na riña de fatales consecuencias , quieren 
separarse de sus mujeres , quieren vivir sin 
tener que obedecer ciegamente á la ley? 
Pues el cacique arreglará todo esto en su 
favor, con tal de que en un momento dado 
acudan en su auxilio con sus votos y los de 
las personas que de ellos dependan , para 
dar el triunfo á un diputado ministerial, 
aunque este ignore el paraje que ocupa el 
distrito en el mapa de España. 

El cacique desea algunas veces ser alcal- 
de, y procura siempre formar parte del 
ayuntamiento. 

Aquí se me ocurre hacer una pregunta, 
que ya he formulado muchas veces. 

Si se nombrase un jurado sin mas misión 
que la de examinar los inventarios de los 
bienes de propios de los pueblos en el 
año 1800 y los de hoy, ¡ cuántas personas 
irian á presidio! 

Yo condeno el socialismo; pero no pue- 
do menos de disculpar á las ciases ignoran- 
tes que del socialismo lo esperan todo. 

¡Pues qué! Los infelices braceros, quehan 



fr 



— 86 — 



sabido por sus familias, por sus padres, por 
la tradición, que tal ó cual campo, tal ó 
cual heredad pertenecía al pueblo, y_ que 
hoy saben que aquellos bienes, sin legítimo 
titulo de propiedad, son del dominio del 
cacique ó caciques (que á veces hay mas de 
uno en los pueblos) y de sus paniaguados, 
¿no han de creerse con títulos iguales para 
poseer lo que no les pertenece? 

¡Ahí Si en vezde hacer política se admi- 
nistrase en España ; si se averiguase cómo 
han desaparecido de los inventarios los bie- 
nes que faltan, y en poder de quién se ha- 
llan, algo mas rica seria la Hacienda espa- 
ñola y algo mas felices viviríamos todos. 

Pero aun hav mas: los caciques contribu- 
yen con su influencia á esas infinitas ocul- 
taciones de la propiedad que se hacen en 
los pueblos para evadir el pago de la con- 
tribución, y son la verdadera causa del in- 
justo reparto de esa imprescindible carga 
que, cuando es equitativa, cuando es justa, 
no es gravosa, ni con mucho, ni á la pro- 
piciad, ni á la industria, ni al trabajo. 

Resulta , pues, que el cacique es en los 
pueblos el representante de la fuerza y del 
egoísmo, que son las cualidades distintivas 
de la política tal como la conocemos. 

Es ademas la tea de la discordia, y , aun- 
que parece que es feliz , vive rodeado de 
amigos mientras les sirve para algo, y de 
enemigos que solo desean su mal y apro- 
vechan todas las ocasiones de causárselo. 

Su casa suele ser un infierno. Ocupado 
continuamente en las intrigas , no se cuida 
de su mujer, y tiene abandonada la educa- 
ción de sus hijos. 

La mayor parte de las veces muere el ca- 
cique á mano airada. 

No son pocos los que han concluido de 
un trabucazo. 

Haced una leva de estos perturbadores, 
y, no lo dudéis , España será una balsa de 
aceite. 

Jomo Nombela. 



BOCETOS CARLISTAS- 



D. GUILLERMO ESTRADA T TILLA VERDE, 

DIPUTADO POR LAVIANA. 

Un solo discurso, en el que con maravi- 
llosa inspiración ha sabido engarzar en oro 
puro las ideas salvadoras, ha conquistado á 
Estrada la admiración y el aprecio de todas 
las personas de sano corazón. 

De aquí que todos se pregunten: ¿Quién 
es Estrada? 

Figuraos un hombre de treinta y cinco 
á treinta y seis años, dominado por el es- 
tudio y vencido por él. La salud vive escla- 
va de la ciencia ; pero dadle la realización 
de sus aspiraciones, y volviendo al seno de 



su querida familia, recuperará la salud, el 
poderío, en las hermosas y sanas montañas 
de Asturias, donde ha nacido Estrada para 
aumentar la gloria de aquella provincia, 
cuna de Jovellanos. 

Cuanto pudiera decir para bosquejar la 
superior inteligencia y el alma privilegia- 
da del diputado austuriano, van á decir- 
lo mejor que yo dos párrafos que tomo de 
su discurso. Cuando sepáis cómo compren- 
de la patria y cómo siente el catolicismo, le 
conoceréis á fondo. Oid: 

LA PATRIA. 

«El amor de la patria, señores, es ese sen- 
timiento indefinible que nos une al suelo 
Iue nos vio nacer, donde nuestra vida se 
esarrolla, y donde esperamos y queremos 
que se abra nuestra tumba; es el amor al 
suelo donde viven las personas que nos son 

3ueridas dentro y fuera de la familia, donde 
escansan los huesos de nuestros padres, 
donde nacen esos seres que solo á cada uno 
de nosotros es dado llamar con el nombre 
inefable de nuestros hijos; donde habita 
esa familia inmensa á la cual nos unen los 
vínculos del idioma, de la legislación, de 
las costumbres, de la historia, y como po- 
día decirse hasta hace poco tiempo en Es- 
paña, los vínculos de una Religión misma. 
Las glorias de la patria son nuestras glon.is; 
sus desgracias son nuestras desgracias; y 
tratándose de la patria, es lícito tener or- 
gullo y disculpar errores, porque nos guia, 
no un egoísmo personal, sino un egoísmo 
generoso. La patria tiene un valor que solo 
comprende el infeliz proscrito que la llora 
perdida ; tiene un valor tal, que aun los 
días de corrupción y de decadencia no pue- 
den borrar aquella sentencia propia de eda- 
des viriles y heroicas : dulce el decorum est 
pro patria mori. 

EL CATOLICISMO EN ESPAÑA. 

».., La misión de España es la de 

identificar su existencia y su grandeza con 
el catolicismo. Si la España gótica, consti- 
tuida en nación independiente, estuvo al 
frente de la civilización europea alrededor 
del siglo vil, lo debió al catolicismo ; si des- 
pués emprendió una lucha que duró siete 
siglos, y que forma una epopeya sin igual 
en la historia del mundo, lo debió al catoli- 
cismo : si llegó á ser el imperio mas colosal 
que han conocido los siglos, fue para de- 
fender briosamente la causa católica, para 
llevar su civilización alas inmensas regiones 
de un continente nuevo, y para marcar con 
el sello del catolicismo su prepotencia so- 
bre el mundo. Si como último destello de su 
grandeza en los tíemposmodernos fue la pri- 
mera en derrocar el imperio de Napoleón, lo 
debió en gran parte al catolicismo. En Espa- 
ña, patria de grandes teólogos, de grandes 
fundadores, de grandes Santos, la herejía y 
los herejes apenas tienen historia ; y sus le- 



¿/ 



yes, lo mismo que sus artes y sus letras, v 
que sus instituciones, todo tiene el sello del 
catolicismo. En el gran concurso de las na- 
ciones, España se distinguía de derecho v 
se distingue de hecho, y yo espero en Dios 
que continúe distinguiéndose por su unidad 
católica : que siempre fue muv grave y cons- 
tante el carácter español para que doce 
lustros de revolución borren las huellas de 
doce siglos de nuestra historia.» 

Completaré el bosquejo con algunas no- 
ticias. 

Estrada era catedrático en Oviedo, y per- 
dió lo que tantos desvelos le habia costado 
por no |urar la Constitución. 

Diputado constituyente, demostró su fe y 
su talento en algunas discusiones, sobre to- 
do atacando el regalismo. 

Fue presidente de la junta que llevó á 
Vevey al principe D. Jaime la Cruz de la 
Victoria. 

Modesto en estremo, después del triunfo 
que ha obtenido se admira y esclama: 
«iQué hermosa es la verdad! Solo al verla 
en mis labios ha triunfado de los incré- 
dulos.» 

Como hombre generoso , ha endosado su 
triunfo á la verdad; y, en efecto, la verdad 
le ha otorgado uno de sus mas brillantes 
triunfos. La bandera que ha levantado Es- 
trada es la bandera del gran partido tradi- 
cionalista español. 

X. 



MEDITACIÓN. 

ASÍ ES LA VIDA. 
Balada. 
I. 

A la luz de primavera, 
rico eo pompa y on orgullo, 
se abrió un precioso capullo 
en la rama de un rosal. 

—«Gentil, galam, hechicera, 
bella soy — dijo la rosa;— 
por fresante y por hermosa 
el vergel no me d« igual. 
Aura pura 
vagnrasa, 
de frescura 
deliciosa, 
con dulzura 
ven, ven á mecer la rosa 
en su tallo virginal.» 
II. 
Con envidia de mil flores 
un insecto la enamora, 



- 87 - 



y embriagado duerme ahora 
en el seno de la flor. 

— ;Ah!— dijo ella! tengo amores. 
Mas feliz no puedo vermo... 
Duerme, dueño mío, duerme 
sueno dulce, oncantador... 
Aura pura, 

vagarosa, 

de frescura 

deliciosa, 

con ternura 
ven á arrullar de la rosa 
el blando suefio de amor.» 

ni. 

Despertóse ya marchita; 
y sos hojas, una á a na. 
fue mirando A la laguna 
secas, pálidas, bajar. 

— «;Oh!— decía en tfíste culta— 
¡Breve amor, falsa belleza, 
que se acaba cuando empieza , 
dejando eterno pesar. 
En la altura 

mi perfume. 

ni ae apura 

ni consume. 

Aura pura 

silenciosa 

con tristura 
ven, las éralas do la rosa, 
entre cieno á sepultar.* 

A. de Valdubsa. 



ECOS DE MADRID. 



Ya lo habéis visto, mis queridas lectoras: 
la Duquesa de Madrid, ángel de caridad, 
desea convertir en piadosas y aprovechadas 
limosnas los donativos vuestros. 

Pero este generoso sentimientoha esci- 
tado vivísima gratitud; y si hubierais oido 
hablar á algunas familias menesterosas, os 
habría entusiasmado su lenguaje. 

— Es necesario, decia una infeliz, cuya 
historia, como la de todas las personas so- 
corridas, contaré; es necesario que de esa 
dádiva quede un recuerdo pira la Señora. 

Y cuantos la escucharon, adhiriéndose á 
la idea, acabaron por formular esta propo- 
sición : 

«Gran número de personas admiradoras 
de doña Margarita han contribuido á una 



^ 



suscricion destinada á ofrecer una humilde 
muestra de amor y respeto á tan ¡lustre 
Princesa. Doña Margarita acoge con júbilo 
esta espontánea manifestación, y dice: 

— sEl mayor placer que podéis darme es 
socorrer á los pobres.» 

Y los pobres añaden: 

— «Para que esa santa limosna deje satis- 
fecha nuestra alma, permitidnos. Señora, 
que nosotros, de lo que nos dais, os deje- 
mos un recuerdo.» 

Este es el desenlace de la hermosa histo- 
ria nacida al calor de un pensamiento, el 
mas feliz de cuantos h; tenido, y sobrada- 
mente premiado con las palabrasque en la 
carta de la señorita de Flores se dedican á 
la iniciadora. 

¡Quién nos diera pasar el día de hoy en 
la morada de doña Margarita! 

¿Queréis que adivinemos...? 

Pues bien : el primer pensamiento de la 
Señora será para España, y en 61 irán uni- 
dos todos, todos los objetos de su cariño. 

Dios ha querido que su fiesta se celebre 
cuando todas las flores adornan los jardi- 
nes, y numerosos aldeanos de los alrededo- 
res del Bocage que la conocen y que la 
aman porque la ven siempre rodeada de sus 
hijos, porque les dirige preguntas cariño- 
sas, porque continuamente reciben pruebas 
de su caridad; los aldeanos, repito, llevarán 
con sus felicitaciones preciosos ramos. 

|Ah! mucho los agradecerá la Señora; 

Eero, no lo dudéis, pensará en las llores de la 
ermosa Valencia y en las de la encantado- 
ra Andalucía , porque España es el vergel 
de Europa , y no hay flores como las que 
brotan en su suelo. 

Después de oir misa en la capilla de su 
quinta, se entregará á las mas dulcísimas 
emociones. 

A cada instante llegará un telegrama: 
una felicitación, votos fervientes por su fe- 
licidad. 

Y no solo de las juntas, sino de particu- 
lares, de admiradores entusiastas, de cora- 
zones agradecidos. 

Después el correo, lleno de cartas, y en- 
tre ellas la del amado esposo, las de los so- 
lícitos hermanos, la de una santa madre... 

A cada instante asomarán á sus oíoslas 
lágrimas, lágrimas de purísima felicidad. 
¿No os parece verla besar con efusión ó sus 
hermosos hijos: 1 Pues en esos besos, des- 
ahogo de un alma henchida de felicidad, 
algo hay para vosotras, españolas amantes 
del derecho y de la gloria tradicional. 

En todo lo que he contado no hay mas 
que presuncionde lo que pasará... Yo con- 
fio en que podré ofrecer en breve una re- 
seña verídica y detallada de todo lo que el 
dia 10 de junio' haya ocurrido en la preciosa 
quinta del Bocage. 



Y después de hablar de lo que mas ama- 



mos, ¿qué podré deciros que pueda desper- 
tar en vosotras interés ni curiosidad? 

Yo bien sé lo que me diríais si no pudiera 
oíros el gobierno; yo bien se que estáis im- 
pacientes; que envidiáis á Suiza, y no es 
Eor lo que tiene de republicana; sé tam- 
ien que os ha gustado la voz de alarma 
que en mi anterior revista os di respecto de 
nuestros diputados; sé que por vuestro gus- 
to y el mió habríais abandonado ya la teo- 
ría por la práctica; sé... pero ¿para qué 
traer á vuestra memoria estos motivos de 
tristeza? 

La Providencia nos protege , y ella nos 
sacará adelante. 

En Francia, á pesar de las habilidades de 
los revolucionarios de frac y guante blan- 
co, ocupará muy pronto Enrique V el Tro- 
no de sus mayores; y este acontecimiento 
significará que si la revolución fue un casti- 
go para los Reyes que no cumplieron todos 
sus deberes, el castigo ha cesado , y vuelve 
para Europa la restauración del derecho, y 
con ella la paz y la prosperidad. 

Tojo contribuye á inspirar estas ideas á 
las personas honradas. 

Oid , y tened muy presente lo que los 
amigos de los incendiarios de París en Es- 
paña prometen hacer cuando se los ataque: 

«Si algún dia nos arrastraseis á la lucha 
como clase (dicen á los que han condenado 
las iniquidades de la commune), si ellos han 
quemado, si ellos han fusilado y asesinado, 
nosotros deberemos reducir estos tres es- 
tremos i uno solo : nosotros volaremos con 
las ciudades y con vosotros.» 

Solo se puede hablar as! cuando se ha 
perdido todo sentimiento religioso; y los 
que han quitado la religión á las clases tra- 
bajadoras, son los verdaderos responsables 
de los crímenes que en su locura cometen 
las turbas incrédulas y apasionadas. 



Yo no asistí á la procesión del Corpus, 
ñero me aseguran que los jefes de uno de 
los regimientos formados en la carrera no 
presentaron las espadas al pasar la Sagrada 
Custodia. 

Estas son las consecuencias del desarre- 
glo en que vivimos. 

Sospechando algo de esto, no asistieron 
á la procesión nuestros amigos. Fue, por lo 
tanto, una solemnidad liberal, y por eso hu- 
bo en c la ¡gracias como la de los jefes del 
citado regimiento. 

¡Cuándo acabará todo esto! 

¡Y pensar que hiv todavía quien cree que 
la situación se hundirá por sí sola! 



Esperanza. 



vs- 



MADRID, IS71. — Impronta de La Esperanza , á 
cargo de D. A. Peivz Dnbrull, Pez, 6. 



: N\ 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS EATOLlCO-MONARflUICAS. 



AÍJO I. 



18 JUNIO 1871. 



NÚM. 12. 



SUMARIO.— Política femenina, por Juan de 
Luz.— Cuadros vivos políticos y sociales: Kl 
diputado cunero, por D. Julio Nombela.— Los dos 
nssles, poesía <le U, Franci$üo Martin Melgar.— 
Bocetos o asustas: D. A. J. de Vilriósola, porX. 
—Ecos de Madrid, por Esperanza.— Margaritas. 



POLÍTICA femenina. 

L 

Decia yo en mi último artículo: "Es 
necesario que empiece la reforma en 
el hogar doméstico." 

Esta proposición me ha sugerido el 
pensamiento de estudiar con vosotras 
y para vosotras las costumbres de la 
vida privada, los hábitos de la familia 
moderna, para ver si hay en ellos, que 
yo creo que sí, algunas de las causas 
que constituyen el malestar en que 
vivimos. 

Y no hay que cansarse : los que en 
la vida familiar no cumplan los debe- 
res que impone la moral católica , se- 
rán pésimos gobernantes y peores go- 
bernados. 

Estudiemos, pues, en la vida prácti- 
ca, por medio de ejemplos, salpicando 
de anécdotas, enriqueciendo con datos 



curiosos nuestras observaciones : estu- 
diemos , repito, los defectos interiores 
que salen al esterior ; estudiemos las 
costumbres que hemos adquirido con 
el progreso que ha infiltrado el libe- 
ralismo en nuestro modo de ser , y 
procuraremos que un supremo acto de 
abnegación nos purifique y nos prepare 
para la única vida que debemos vivir, 
si ha de salvarse España. 

El triunfo , no lo dudéis , es seguro. 

Podrá tardar mas ó menos tiempo; 
podrá encontrar mas ó menos obstácu- 
los ; exigirá de nuestra parte mas ó 
menos sacrificios: pero el Jiecho, no con- 
sumado, avanza lógica y majestuosa- 
mente á su consumación. 

Dejemos, pues, á los políticos com- 
binar sus planes ; á los soldados apres- 
tarse á la última y decisiva batalla. 

Aquellos hallarán á todas horas nues- 
tra fe; estos hallarán siempre en vues- 
tra alma la hermosa caridad. 

Imitemos á la noble Princesa cuyo 
nombre nos sirve de emblema. Ella en 
su hogar es - el modelo de la mujer 
cristiana , conoce su misión , y la 
cumple. 



^: 



rr 



-90- 



Aun hace mas: confiada en el triun- 
fo de la justicia, sus meditaciones, sus 
pensamientos son para la nación cu- 
yos destinos regirá , Dios mediante, y 
estudia y combina planes para reali- 
zarlos algún día, planes que enjugarán 
muchas lágrimas, evitarán muchas 
desdichas, y alcanzarán á la ilustre Se- 
ñora Jas bendiciones de la mas pura 
gratitud. 

Pues bien : preparémonos nosotros 
á ser dignos de ese premio; purifique- 
mos nuestra alma examinando ante 
nuestra conciencia lo bueno y lo malo 
que hacemos ó podemos hacer. 

Y si logramos, inspirados en los 
nobles sentimientos que nos infunde 
la bandera á que vivimos abrazados, 
ser dignos individuos de la familia 
que ha de venir á sustituir esta mal 
llamada sociedad en que nos agitamos; 
si conseguis con la práctica de las vir- 
tudes devolvernos la energía , el he- 
roísmo , la abnegación y la caballero- 
sidad del verdadero tipo español, vos- 
otras habréis cumplido la misión que 
hoy os encomienda la patria, dando á 
Reyes cristianos y legítimos, servido- 
res leales y útiles para el bien. 

jNo es verdad que os agrada el es- 
tudio que os ofrezco? ¿No es verdad 
que me permitiréis sondear las llagas 
y aplicarles el cauterio de la impar- 
cialidad? ¿No es verdad que me per- 
mitiréis que diga todo lo que sienta, 
aun á riesgo de recordaros algunas 
culpas que no son vuestras , sino del 
aire que respiráis , de la esfera en que 
vivís, no por gusto vuestro? 

Pues bien: contando con vuestra 
benevolencia, daré comienzo á mi ta- 
rea; y así como nuestros diputados han 
levantado la bandera política que ama- 
mos y seguimos , vosotras levantareis 
la bandera moral , que es la que mas 
necesita España entera, porque cuan- 
do la raiz no está sana, la planta ni da 
flores ni da frutos. 

Para llevar á cabo nuestro propósi- 
to , empezaré esplicándoos lo que sig- 
nifican muchas palabras del dicciona- 
rio político y otras pocas del dicciona- 



rio social, que oís á todas horas, que 
os inspiran aversión , sin mas motivo 
que el de que vuestros padres ó vues- 
tros esposos les atribuyen todos los 
males de la patria; y cuando conozcáis 
de qué sutil manera esas palabras, vi- 
niendo á España bajo la forma de fo- 
lletines, de modas, ó de artículos fabri- 
cados en el estranjero , han ido satu- 
rando con su ponzoñoso significado los 
sentimientos y las creencias, os con- 
vencereis de que el progreso , el ade- 
lanto , la civilización son admirables, 
son dones preciosísimos del cielo cuan- 
do los ilumina la fe cristiana, y motivo 
de inquietud, y pesar, y desgracia in- 
finita, cuando la soberbia humana ocul- 
ta bajo mentidas galas el fuego eterno 
que la devora, y al que fue condenada 
por rebelarse contra el Hacedor. 

Todo lo andaremos, yo os lo ase- 
guro. 

Pero como el camino es largo, nece- 
sito que me acompañe vuestra benevo- 
lencia, y yo os prometo en cambio 
ofreceros las verdades con la galanura 
que emplean los modernos farmacéuti- 
cos para exhibir las pildoras á los en- 
fermos elegantes. 

Empeñada mi palabra , en el próxi- 
mo artículo estudiaremos el liberalis- 
mo, que es la raiz del mal 

Juan de Luz. 



C UADROS VI VOS 

POLÍTICOS V SOCIALES. 



El diputado cunero. 

Llegó á Madrid, Dios sabe cómo, pero 
provisto de una carta de recomendación 
para un personaje político, que fue muy 
atendida, porque el firmante de ella había 
dispensado favores electorales al que desti- 
naba para Mecenas de su recomendado. 

A las tres ó cuatro visitas, no contentán- 
dose con promesas, espuso al personaje su 
triste situación, y este no halló otro medio 
de aliviarle que ofrecerle la plaza de cor- 
rector de pruebas, con seis reales diarios, de 
un periódico que inspiraba. 
La política es una serie de círculos con- 
j céntricos. 



^ 



(r 






— 91 — 
En torno del jefe del Estado giran unos 
cuantos astros luminosos ; en torno de 
cada uno de estos astros giran otros satéli- 
tes, y esta operación se repite hasta el por- 
tero de la oficina, en torno del cual giran 
los aspirantes á una parte del presupuesto. 

El personaje á quien nuestro tipo vino 
recomendado era un planeta de segundo 
orden; pero estaba en camino de hacer car- 
rera, y su foco era un periódico de oposi- 
ción. 

Aunque inspiraba dicho periódico, solo 
escribía los artículos de compromiso, y el 
corrector de pruebas, mozo listo, circuns- 
tancia sin la cual no podría pasar de este 
empleo, procuraba que los artículos de su 
protector saliesen sin erratas, y se constituía 
en panegirista de ellos. 

— ¡Cómo se conoce que ha escrito V. hoy! 
decía á su protector ; los demás días se cae 
el periódico de las manos; pero lo que es 
el número que acabo de corregir, causará 
sensación. 

Estos elogios, repetidos continuamente, 
hacian esclamar al Mecenas : 

— ¡Qué listo y qué simpático es el correc- 
tor! Ka cuanto lleguemos al poder, es ne- 
cesario hacer algo en su obsequio. 

Por este camino llega á gacetillero del 
periódico; escribe después sueltos; mas tar- 
de artículos de fondo ; hace la corte á su 
protector; ofrécese á desempeñar todo gé- 
nero de comisiones; brindase á ser gratui- 
tamente su secretario particular; distrae los 
ocios del personaje refiriéndole todos los 
episodios de la crónica escandalosa que lle- 
gan á su noticia, los chistes mas sangrientos 
que se han pronunciado durante el dia 
contra sus enemigos; logra ingerirse en sus 
interioridades, y acaba por formar en su 
estado mayor. 

Cuando el Mecenas llega, por sus pasos 
contados, á jefe de fracción y se presentan 
unas elecciones, el instinto de conserva- 
ción y la práctica del sistema representativo 
le aconsejan que lleve al Parlamento el 
mayor número de diputados posible. 

Cuando está en la oposición , harto hace 
con sacar á salvo su candidatura , triunfo 
que es casi siempre producto de transac- 
ciones vergonzosas; pero cuando está en el 
poder se acerca al ministerio y le dice: 

-^Si yo he de dar mi apoyo al gabinete, 
necesito tantos distritos. 

Si es buen orador, si es temible por su 
habilidad, si el gobierno quiere tenerle con- 
tento, le da letra abierta en los distritos 
que elige, y el ministro encargado de las 
elecciones se limita ú decir á los goberna- 
dores de la provincia elegida por el jefe in- 
fluyente: 

—Hagan Vds. todo lo que mande Fulano. 

Y en lo sucesivo se entiende directamen- 
te con ellos. 

Entonces es cuando el joven listo que ha 
cultivado su carrera paso á paso con una 



humildad y perseverancia asombrosas, re- 
clama el premio de sus servicios. A cambio 
de una obediencia ciega, consigue que los 
electores cucos y candidos, dirigidos por 
un cacique que recibe la inspiración del 
jefe de fracción, conozcan su nombre, ig- 
norado hasta entonces, y depositen en él 
toda su confianza para que los represente 
en el Congreso de los diputados. 

Este éxito que alcanzan las candidaturas 
de los hombres desconocidos es quizás lo 
que mas daño ha hecho al parlamentarismo. 

En efecto : se necesita toda la candidez y 
iodo el egoísmo de los que contribuyen á 
hacer las elecciones, para otorgar amplios 
poderes á un hombre á quien ni siquiera 
conocen de vista, abdicando sus derechos 
á la decantada participación que la Consti- 
tución concede á los ciudadanos en el go- 
bierno del Estado, á cambio de unas cuan- 
tas credenciales, ó del placer de recibir una 
carta de un personaje político brindando 
su amistad á un candido elector. 

Esto es peor que vender el derecho de 
primogenitura por un plato de lentejas. 

La cara debería caérseles de vergüenza á 
los que sin conocer siquiera el lugar que 
ocupan en el mapa los pueblos que les eli- 
gen, se atreven á llamarse sus representan- 
tes en el palacio de las Cortes. 

Sin embargo, apenas el gobierno pone el 
vistobueno á la candidatura, el gobernador 
se convierte en agente electoral del diputa- 
do cunero. 

Escríbele cartas afectuosísimas; indícale 
el número y la calidad de los favores que 
debe hacer para salir triunfante, y cuando 
el jefe de fracción va por las noches al mi- 
nisterio, lleva treinta ó cuarenta notas pi- 
diendo otros tantos destinos que le recla- 
ma su protegido para los que trabajan en 
su elección. 

Por regla General, no van los diputados 
cuneros al distrito. Esto lo hacen, sin du- 
da , para no adquirir compromisos, toda 
vez que el objeto que les mueve á tener 
voz v voto en el Congreso no es otro que 
el de poder apoyar al gobierno que les da 
asiento en el festín del presupuesto, ó com- 
batir al que les niegue esta satisfacción. 

Creen mas oportuno hacer el negocio 
por cartas, convencidos de que la distancia 
servirá para aumentar su pequenez. 

Alguno que otro, sobre todo cuando se 
siente con ánimos para ser hombre políti- 
co, va al distrito, aprovecha la ocasión para 
adquirir buenas relaciones en él. y propo- 
niéndose en las nuevas elecciones trasfor- 
mar el distrito prestado en distrito natural, 
se convierte en verdadera sanguijuela del 
presupuesto, y llena de destinos á los que 
en otra ocasión pueden votarle. 

El diputado cunero que observa esta con- 
ducta se sale de los límites de mi cuadro. 

Yo hablo solo del que se presta á ser ins- 
trumento de una fracción ó de un gobier- 



— 92 — 



no, y viene al Congreso á decir que si 6 á 
decir que no, según se lo manden sus jefes 
inmediatos. 

¡Plantas parásitas del sistema representa- 
tivo, contribuyen á la tiranía del número, 
mas insensata y perturbadora que la tira- 
nía de un hombre! 

¡Ellos han fomentado las desdichas de la 
patria con solo poner su peso al lado de 
cualquiera de los gobiernos despóticos, bajo 
la máscara de libertad, quc han ocasionado 
los trastornos y los conflictos en que esta- 
mos sumidos! 

Sin voluntad propia; sin otro distintivo 
que la librea de esa sociedad anónima que 
se llama política ; con sus afirmaciones ó 
negaciones ; con su voracidad para chupar 
la sangre mas pura y productiva de la na- 
ción, han sido la langosta de la patria. 

Verdad es que no tienen ellos la culpa, 
sino los pueblos que, en cambio de merce- 
des ilegítimas y desastrosas, han favorecido 
su desarrollo en la esfera política, dándo- 
les una vida que de otra manera no hubie- 
ran podido adquirir. 

Pero como siempre acompaña al pecado 
la penitencia , los pueblos mas dóciles, los 
que con mas facilidad se han prestado á las 
exigencias de los gobiernos, son los que 
mas hondamente sufren las consecuencias 
de su debilidad: y los diputados cuneros, 
sembrando la discordia en los distritos, 
inoculando el virus del favoritismo entre 
las clases trabajadoras, falseando las insti- 
tuciones, han sido y son la causa principal 
del descrédito en que el sistema represen- 
tativo ha caido á los ojos de todas las per- 
sonas sensatas y honradas. 

Sí: esos diputados, que no son mas que 
dóciles instrumentos de un gobierno; que 
solo sirven para poner en evidencia el 
triunfo de la fuerza sobre la razón; que no 
tienen mas misión que la de ser editores 
responsables de poderes arbitrarios vdcs- 

Í óticos, no solo desacreditan á la especie 
umana por el rebajamiento moral con que 
se nos presentan, sino que han dado á co- 
nocer lo falso del sistema á cuvo cargo vi- 
ven, aumentando de esta manera el parti- 
do de los que quieren volver á ver en el 
Parlamento Cortes como aquellas famosas 
de Castilla que servían para poner de relie- 
ve los grandes caracteres de los españoles 
y cuerpos electorales como aquel de Sego- 
via, que arrastró á su procurador Tordesi- 
llas por haber sacrificado los intereses de 
sus representados á su condescendencia 
con una injusta pretcnsión del Rey. 

El diputado cunero, que empezó á darse 
á conocer en las Cortes de Cádiz y que pro- 
siguió su marcha ascendente, llegando á su 
apogeo en tiempo de los moderados y úl- 
timamente de los progresistas y cimbrios 
se halla en el último período de su vida. ' 

Dentro de poco desaparecerá entre las 
ruinas del parlamentarismo, ruinas que ha 



socavado con su egoismo, su docilidad y su 
desvergüenza. 

Julio Nombela. 

los dos rosales. 



APÓLOGO ÁRABE. 

Alzabí sus frescas hojas 
En los bosques un rosal: 
Como el coral eran rojas. 
Brillantes como el coral. 

No tuvo otro jardinero 
Que el roció de las noches, 

Y tan solo el aguacero 
Regaba sus rojos broches. 

De la tempestad violenta 
Los raudales le arrullaban, 

Y al soplo de la tormenta 
Sus capullos germinaban. 

Y así elevó vigoroso 
Llena de flores su frente, 

Y embalsamó venturoso 
Con su perfume el ambiente. 

Reducido a un corto espacio, 
Miraba su gallardía 
Desdo el vergel de un palacio 
Un rosal de Alejandría. 

Y comparando su sino. 
Que le hizo débil y enano, 
Con el brillante destino 

Que hizo gigantea su hermano, 

En son de queja ó reprooho 
Dejó un suspiro osen par , 
\ así al aura de la noche 
Le refirió su pesar: 

«Dime tú, brisa indiscreta. 
Para cuyo atento oído 
No hay cosa que esté secreta 
Ni arcano que esté escondido. 
•¿Por qué raquítico crezco 

Y me daña hasta el rocío, 

Y si hace sol languidezco, 
Y' me hielo si hace frió; 

•Y en cambio tengo un hermano 
Que en el bosque altivo crece, 
Que ante el frió se alza ufano 
Y' ante el sol se robustece? 

•Él vive sin jardinero, 
Sin que nadie cuido de él : 
Yo soy la flor ¡y me muero! 
Mas mimada del vergel. • 

•¡Pobre planta! No te quejes, 
Respondió la inquieta brisa; 
Es preciso que to dejes 
Secar y morir sumisa. 

•Porque (i ti, flor desdichada, 
No es tu mndre quion te cuida; 
Es una madre prestada 
La que sostiene tu vida. 

>Y ese rosal bienhadado 
Que ves alzarse altanero, 
No se encuentra abandonado; 
Tiene también jardinero. 






— 93 — 



•Jardinero que destierra 
Todo lo que mal le cuadre : 
Su jardinero es la tierra. 
Y la tierra es ¡ay! su madre.» 
Francisco Martin Mblgar. 



BOCETOS CARLISTAS. 
D. A- J. DE VILDÓSOLA, 

DIPUTADO POR GUERNICA. 

Descendiente de una antigua é ilustre fa- 
milia de Vizcaya, educado primero en San 
Ignacio de Loyola y después en varios cole- 
gios de Francia, donde ganó los premios de 
todas las clases & que asistía, es quizás uno 
de los que con mas gusto han vestido á la 
moderna las ideas antiguas. 

Sus viajes por Francia, Italia, Alemania 
y Suiza ; su prolongada estancia en algu- 
no de estos paises , han modificado en él 
el tipo vizcaíno para darle ese aspecto cos- 
mopolita que caracteriza á los hijos de la 
civilización del ferrocarril y de los perió- 
dicos ilustrados. 

En el fondo está el vascongado : en la 
forma aparece el europeo flexible, elegante, 
negligente, enciclopédico, universal. 

Vildósola, harto lo saben sus adversarios 
políticos, es uno de los mas eficaces argu- 
mentos contra los que nos pintan con gorro 
negro de algodón, sin cuello de camisa, 
con levita abrochada hasta arriba, bastón 
de muletilla, y por añadidura creen que, 
huyendo de la luz del sol, suspiramos por 
la luz de las hogueras, de aquellas hogue- 
ras que, ofreciendo hace poco á un joven 
demócrata un mechón de pelo y un trozo 
de herradura entre sus cenizas, le dieron 
con tan miseros objetos una cartera de mi- 
nistro y el derecho de poder negar oficial- 
mente la existencia de Dios. 

Escribe el francés como el castellano , y 
ha defendido en V Union de París lo que 
en nuestra Esperanja en Madrid. 

Infatigable soldado de la buena causa, 
para luchar desecha el fusil de chispa y 
adopta el chassepot. 

Esto es lo que mas sienten nuestros ene- 
migos, los cuales desearían que nuestro 
amor al pasado nos colocase con cañones 
de madera enfrente de sus ametralladoras. 

Todo esto quiere decir que Vildósola, 
como todos sus correligionarios , busca los 
adelantos para ponerlos al servicio de la fe 
política y la moral cristiana. 

El periodismo ha sido el arma poderosa 
de los revolucionarios; Vildósola ha llega- 
do á ser uno de los primeros periodistas 
para luchar con armas iguales. 

El folleto ha demolido mas que la pique- 
ta. Vildósola ha reconstruido á fuerza de 
folletos. 



En la tribuna ha hecho lo mismo que en 
la prensa; y si no se puede decir de él que 
es un escritor profundo, porque espera para 
serlo á que llegue el tiempo en que el ta- 
lento domine a la imaginación, y un ora- 
dor grandilocuente, para lo cual le falta 
la palabra y acaso le estorbe el talento, la 
verdad es que como escritor periodista y 
como periodista de la tribuna , si se nos 
permite la espresion, está á la altura de los 
primeros. 

Conoce demasiado á su adversario para 
dejarse sorprender , y á intencionado, y 
cáustico si es preciso, pocos son los que le 
ganan. 

Pues bien: este soldado incansable, ape- 
nas cesa de luchar y halla descanso en el 
senodela familia, es la antítesis de si mismo. 

Débil ante el cariño, doblega gustoso su 
voluntad; cede á todo; la mas insignificante 
puerilidad le distrae; celebra el chiste agu- 
do, y aplaude con espansion. 

Está casado con una hija del ilustre é in- 
olvidable D. Pedro de la Hoz , de las mas 
distinguidas prendas de talento y carácter, 
que educa perfectamente á sus preciosos 
hijos, que por cierto son t3n carlistas como 
sus padres. 

Vildósola es un gran músico. 

Ademas , posee el arte de Brillant-Sava- 
rin, y es uno de los primeros gastrónomos 
de estilo. 

Es decir, tiene un paladar de príncipe, y 
no en la cantidad, sino en la calidad de los 
manjares, elige con mas acierto que dipu- 
tados ministeriales el neo-conservador Sa- 
gasta. 

Una de sus pasiones es el juego de aje- 
drez, y una de sus debilidades ponerse triste 
cuando le dan mate. 

Falta á este boceto un rasgo caracte- 
rístico. 

Vildósola es una especialidad en el arte 
de adivinar charadas, logogrifos y gerogli- 
ficos; y no solo los españoles, sino los fran- 
ceses. 

Apenas vio en Paris el de la Commune, 
esclamó: «¡Enrique V, Rey de Francia!» 

El que hoy ofrece España, que ni aun 
sus mismos autores aciertan á resolverlo, 
le ha inspirado hace tiempo esta solución: 
«Restauración de la legitimidad.» 

Como tiene fama de adivinar, esperamos 
con ansia el número siguiente , para ver si 
ha dado con la solución verdadera. 

X. 



ECOS DE MADRID. 

Ante todo, diré lo que se ha hecho res- 
pecto de las dádivas destinadas á los pobres, 
por voluntad de doña Margarita. 

El editor de nuestro álbum dirigió S las 
señoras condesas del Prado y de Santa Co- 



^ 



--¿I 



(r 



— 94 - 



loma, y marquesa de Gramosa, el siguiente 
oficio: 

«Habiendo resuelto la Sra. Duquesa de 
Madrid que el producto de la suscricion for- 
mada por el periódico La Margarita con 
el objeto de ofrecerle un recuerdo el dia de 
su Santo, se invierta en socorrer á los car- 
listas menesterosos que por su conducta y 
antecedentes lo merezcan , la empresa del 
mencionado periódico ha creído deber 
nombrar una comisión de señoras legiti- 
mistas para que ejecuten la voluntad de la 
ilustre Princesa; y teniendo presentes las 
nobles prendas de V. E. y el ínteres gene- 
roso con que desempeñará tan hermosa mi- 
sión, ruega á V. E. se sirva aceptarla. 

>Dios guarde á V. E. muchos años. Ma- 
drid 13 de junio de 1871.— Antonio Perej 
Dubrull.» 

Aceptada por tan nobles señoras la mi- 
sión de hacer el bien en nombre de doña 
Margarita, yo misma corrí á ponerme á sus 
órdenes, teniendo ocasión de ser testigo del 
celo con que se han apresurado á dis tribuir 
equitativamente la cantidad recaudada. 

Numerosas han sido las familias que, ben- 
diciendo á la Señora, han acudido á implo- 
rar la caridad. Personas de confianza han 
visitado las míseras moradas de los pobres 
y han tomado minuciosos informes para 
que las limosnas pudieran ser repartidas á 
los carlistas menesterosos que ¡o merecie- 
sen por su conducta y antecedentes, según 
los deseos de doña Margarita. 

Todos estos trabajos han ocupado tiem- 
po y han servido para convencernos mas y 
mas de las desdichas en que viven sumidas 
muchas familias que todo lo han sacrifica- 
do á su lealtad. 

Después de un concienzudo examen de 
las cualidades y situación de cada uno de 
los circunstantes, se ha-resucho la distribu- 
ción, y en el próximo artículo daré cuenta 
detallada de ella , y referiré la historia de 
cada uno de los agraciados para que se vea 
con cuánta justicia se les ha socorrido. 

Por supuesto que han quedado muchos 
sin socorro porque no ha alcanzado á mas 
la cantidad recaudada, de la que, por acuer- 
do unánime y entusiasta de los favorecidos 
y de los que han tenido que conformarse 
con una buena voluntad , se han segregado 
2,000 rs. para el objeto que ha de ofrecerse 
á doña Margarita. 

—¿Y qué objeto es ese? preguntarán mis 
lectoras? 

Pues es un relicario , que guardará una 
reliquia , preciosísima por lo que represen- 
ta y por la historia que tiene. 

Cuando yo vi á la señora condesa del Pra- 
do, con lágrimas de felicidad: 

— Hace tiempo, me dijo, que tengo vivos 
deseos de ofrecer á doña Margarita una re- 
liquia que regaló á mi padre el Papa Gre- 
gorio XVI. Aprovechemos esta ocasión para 
ofrecérsela. La dádiva de un Pontíñce que 



tanto afecto profesó á la ilustre familia de 
D. Carlos, hecha á uno de sus mas lea es 
servidores, debe ser dos veces grata á los 
ojos de la Señora.» 

Yo no lo dudo : en primer lugar es una 
reliquia, un facsímile de uno de los clavos 
que sirvieron para el suplicio del Señor; 
ademas fue del conde del Prado, del ilus- 
tre defensor de la legitimidad. ¿Qué mejor 
regalo podemos ofrecer á una princesa ca- 
tólica, y que representa para nosotros el 
derecho? 

Pero esto es el regalo de la señora condesa 
del Prado ; y para unirlo al nuestro, han 
pensado las señoras de la comisión que con 
la cantidad segregada debia adquirirse un 
relicario. 

Para que el trabajo sea español , se han 
dirigido al distinguido platero Sr. Moratilla; 

¡después de indicarle su pensamiento, le 
an manifestado el objeto del relicario, ro- 
gándole que haga lo mas que pueda por la 
menor cantidad posible. 

El artífice ha ofrecido un trabajo acaba- 
do, dentro del presupuesto exiguo de 2,000 
reales. 

Muv pronto podremos ofreceros un dise- 
ño del relicario. 

Las señoras de la comisión han ideado 
una composición sencilla, pero bella. 

Sobre un zócalo en el que podrán escul- 
pirse las inscripciones necesarias, se levan- 
tará una columna hueca, donde se encerrará 
la Bula que demuestra la autenticidad de 
la reliquia. 

La columna estará coronada por dos án- 
geles que sostendrán el clavo. Los adornos 
serán emblemáticos. 

De esta manera, cubierto el relicario por 
un fanal, podrán algún dia verlo los fieles 
en una capilla que no nombro, pero que ya 
suponéis cuál es, como un vivo testimonio 
de la admiración que nos inspira la piedad 
v la fe religiosa de nuestra bondadosa doña 
Margarita. 

Cuando el relicario esté terminado, repro- 
duciremos su diseño en el periódico, y en- 
viaremos nuestro recuerdo á la Señora. 
¿Os parece bien todo esto? 
Creo que sí, y me atrevo á dar en vues- 
tro nombre un voto de gracias á las seño- 
ras que tan bien han interpretado vuestras 
aspiraciones. 



Yo no sé por qué llamo á estos artículos 
Ecos de Madrid, cuando, si son algo, son 
ecos de vuestro corazón. 

Yo por mí declaro que no sé hablar mas 
que de doña Margarita, y lo mejor que hay 
es que á vosotras lo que mas os gusta es 
oír hablar de ella. 

Se han recibido muchas noticias de Gi- 
nebra, algunas para La Margarita esclu- 
sivamente; pero he sido indiscreta, no he 
podido ocultar mi alegría; he contado mis 



- 95 — 



^ 



nuevas, y los periódicos diarios las han an- 
ticipado. 

No roe importa; porque lo que yo quiero 
es que cuanto antes disfruten mis lectoras 
el purísimo goce de saber lo que pasa allí 
donde está siempre fijo su pensamiento, 
allí donde van todos los latidos de su co- 
razón. 

Pero para las que no hayan visto los pe- 
riódicos diarios, reproduciré las noticias, y 
de este modo, las que las sepan, volverán á 
oirías, y con gusto; porque á nosotras nos 
pasa con las cartas en que nos hablan de 
doña Margarita lo que á las madres con las 
cartas de sus hijos ausentes, lo que á los 
amantes con las cartas de sus amadas : las 
leemos muchas veces, las aprendemos de 
memoria y las besamos con toda nuestra 
alma. 

Ya tenérnosla descripción del dia 10. 

Por la mañana, dice una carta fechada 
el 11 en el Bocage, en vez de la misa rezada 
de todos los dias en la preciosa capilla que 
pertenece al Bocage, oimos todos misa ma- 
yor, á la que asistió nuestra infantita, que 
encantaba á todo el mundo; después déla 
misa, como la Señora, no estando al lado 
de su augusto esposo , no se separa de sus 
hijos reunió una docena de niños en la 
quinta, los cuales merendaron, con la mas 
infantil alegría, con SS. AA. RR. 

Durante todo el dia no cesaron de llegar 
felicitaciones de todos los puntos de Espa- 
ña. La familia imperial de Austria, la de 
Baviera, la de Sajonia, y otras personas rea- 
les, enviaron igualmente telegramas de fe- 
licitación. 

Por la noche hubo una comida de etique- 
ta , a la que solo asistieron los españoles 
que están en Ginebra , porque la fiesta era 
de familia, y solo españoles debian acom- 
pañar en aquel momento á la Señora. 

En el centro de la mesa lucia un magní- 
fico ramillete , rematado por la corona 
real, y regalo del Conde de Chambord, y 
llamaba la atención un precioso ramo , re- 
galo de la señora condesa de Orgaz. 

La recepción que siguió á la comida fue 
verdaderamente de corte : todos los cstran- 
jeros residentes en Ginebra y la colonia ca- 
tólica, con la ilustre redacción del Journal 
de Genévc , llenaron los salones y jardines 
del Bocage. 

¡Cuánto se habló de Españal ¡Cuánto se 
pensó en la amada patria! 

Solo faltaba allí la presencia de D. Car- 
los, que, como dice discretamente una car- 
ta de Ginebra, se halla cada dia mas con- 
tento,^ esta donde hace mas/alia. 

El dia 12 debió trasladarse doña Marga- 
rita á Wartey, donde se propone pasar una 
semana con su augusto hermano el Duque 
de Parma y la Gran Duquesa deToscana. 
Doña Blanca y D. Jaime irán con la S eñora, 
que nunca se separa de ellos. £SW 

Aun á riesgo de repetir noticias, voy á 



reproducir unas muy interesantes para vos- 
otras, que ya han visto la luz en La Espe- 
ranza. 

Aquí vivirán mas, porque vosotras con- 
servareis siempre La Margarita. 

Hé aquí las noticias: 

«Los Condes de Chambord serán padri- 
nos del Principe ó Princesa que la Reina 
Margarita debe dar á luz el próximo mes de 
agosto. 

>E1 Bocage, linda residencia de la señora 
Duquesade Madrid, está siempre muy ani- 
mado. Francisco II de Ñapóles le dedicó su 
primera visita al llegar á Ginebra; el Conde 
de Chambord es su comensal cotidiano: 
S. A. R. el Duque de Brunswik, que tan in- 
mensa fortuna posee en su colección de 
diamantes, la mas rica y bella de Europa, 
la visita frecuentemente con todos los es- 
tranjeros de distinción que se detienen en 
Ginebra, formándose, por tanto, con la co- 
lonia española, la señora condesa de Orgaz, 
las señoritas de Arjona, las señoritas de 
Flores, etc., un circulo tan distinguido, que 
mas bien que círculo, dicen nuestras cartas, 
es una corte. Hace pocos dias se detuvo allí 
dos la señora marquesa de la Romana, que, 
acompañada de su hija y su cuñado el señor 
D. Tomás Caro, iba á tomar baños cerca de 
Berna, y nuevamente se detendrán á su 
vuelta de los baños. 

•Escusado es decir á Vds., añade una 
carta, que la Sra. Duquesa de Madrid, con 
su talento privilegiadísimo, con su instruc- 
ción, que le permite hablar al ruso y al ale- 
mán, como al inglés y al italiano, en su 
lengua nativa; con su amabilidad, que tiene 
para todos palabras agradables, y especial- 
mente con el perfume que exhalan sus vir- 
tudes de esposa y madre, es el alma y el 
encanto de estas reuniones, que tienen siem- 
pre el carácter diplomático y político en 
medio de su naturalidad.» 

Estos dias se han recibido en Madrid 
preciosos retratos de la Señora y de sus 
hermosos hijos. También ha llegado un 
retrato, en el que aparece D. Carlos tenien- 
do en brazos á doña Blanca y á D. Jaime. 

D. Carlos se ha dejado toda la barba, que 
le sienta muy bien. 

Pronto habrá reproducciones de estos re- 
tratos, en varios tamaños. 



No pondré fin á estas noticias sin copiar 
un párrafo de una carta de Gratz , donde, 
como sabéis, residen doña Beatriz y D. Juan, 
y los Principes doña María de las Nieves y 
D. Alfonso. 

En esa carta se dice que D. Juan asistirá 
con doña Beatriz al alumbramiento de doña 
Margarita allí donde tenga lugar; «porque, 
añade la epístola, no se debe aventurar nada, 
y aunque pudiera comunicar á Vds. nues- 
tras esperanzas y presentimientos acerca 
del punto en que se halle en el mes de agos- 



<?■ 



— 98 — 



to la Sra. Duquesa de Madrid , eso es toda- 
vía el secreto de Dios. » 



Al llegar aquí, mi buena fortuna me 
proporciona nuevas noticias, que me apre- 
suro á comunicaros. 

El dia del Corpus fue la Señora á la Gran 
Saconnex, pueblecito inmediato á Ginebra. 
Llevaba un magnífico traje de raso de color 
de rosa, adornado con raso blanco y en- 
cajes. 

Completaba su adorno una magnífica 
mantilla blanca, sujeta con dos alfileres de 
brillantes que figuraban flores de lis. 

La mantilla es un regalo de D. Carlos á su 
adorada esposa, y los alfileres otro recuer- 
do cariñoso de la Emperatriz de Austria. 

Figuraos á la Señora con este hermoso 
traje, y envidiad á los que viven á su lado. 

Apenas abandona doña Margarita su mo- 
rada para ir á Ginebra. 

¿Y cómo ha de hacerlo si le falta tiempo 
para recibir las numerosas y diarias visitas, 
no solo de españoles, sino de estranjeros, 
que van á saludar á la ilustre Princesa? 

Por las noches hace labor la Señora en 
el magnífico salón del Bocage , rodeada de 
sus damas y de los españoles que residen 
en Ginebra. 

Las veladas terminan á las diez. 

¿Por qué no he de deciros otras cosas 
que sé? 

Parecerán pueriles á los que no sienten 
el amor que nosotras; pero solo prueban 
que queremos vivir de la vida de los au- 
gustos desterrados. 

La_infantita, que es encantadora, habla el 
español, el francés y el alemán. 

El príncipe empieza á andar, yya articula 
algunas palabras que encantan á su madre y 
á cuantos la rodean. 

Hermoso v consolador cuadro de familia, 
del que no debemos apartar nuestros ojos, 
porque él encierra nuestra felicidad. 

»*# 
Consagremos ahora algún pensamiento al 
Padre de los fieles, y participemos del jú- 
bilo que inunda el corazón de los católicos. 
España estará representada cerca de Su 
Santidad por una comisión del gran parti- 
do legitimista, y otra de la Asociación de 
Católicos. 

Dios ha querido que en estos tiempos, en 
que los encarnizados enemigos de la Igle- 
sia redoblan sus ataques, se levante ma- 
jestuosa sobre la impiedad la venerable figu- 
ra de Pió IX. 

¿No veis la Providencia en ese grandioso 
espectáculo? 

Los donativos que ha enviado España al 
Padre Santo han sido numerosos en dinero 
y en joyas de valor. 

Dos rasgos-de piedad os contaré. 

Al ver las dádivas para Su Santidad, un 



pobre sacerdote, que ya no se acuerda 
de cuándo cobró la última vez, sacando un 
humilde reloj de plata del bolsillo, 

— ¡ Vale poco, esclamó; pero no tengo mas 
que ofrecer! 

Un individuo de la Juventud Católica, 
pobre también , se quitó de la corbata un 
alfiler con un topacio, y, al darlo, dijo : 

— Es lo único que tengo. 

Para esta noche se preparan grandes ilu- 
minaciones. Los edificios en donde habitan 
familias católicas ostentarán preciosas col- 
gaduras. 

Según mis noticias, la condesa de Bornos 
colgará sus balcones de terciopelo; el mar- 
ques de Monistrol pondrá bajo un dosel, en 
el balcón principal de su casa, el retrato del 
Papa. 

La España católica será digna de este tí- 
tulo con que se gloría. 

Confiemos y pidamos á Dios que los co- 
razones españoles, que aunque viven separa- 
dos se comprenden, logren reunirse pronto 
y fundir en uno solo sus sentimientos, que 
son los únicos que nos pueden salvar. 

Esperanza. 



MARGA RITAS. 



Fl hombre es un ser grande é inmenso 
cuando conoce su pequenez y su limitación. 

» 
» * 

Si hay perversidad en aparentar menti- 
das virtudes, también hay debilidad puni- 
ble en hacer alarde de despreocupación 
moral y religiosa. 

» 
» » 

La luz de la fe alumbra mas que la luz 
del sol, porque la luz del sol alumbra los 
espacios finitos, y la luz de la fé alumbra 
los horizontes infinitos de lo eterno. 

*** 
Así como el rigor de la Justicia suprema 
se templa con el bálsamo de la misericor- 
dia, así la orfandad del pauperismo, que es 
el fantasma aterrador del mundo, se cubre 
con el manto divino de la caridad cristiana. 

*** 
La Iglesia es la fuente copiosa del agua 
santa que apaga la sed ardiente del espíritu. 

*** 

La vida del alma es la vida de la eter- 
nidad. 



(Juan Cancio Mena.) 



MADRID, 1871. — Impronta de LaBíptrama, i 
cargo de D. A. Pérez Dubrull, Pez, 6. 



=\N 




ÁLBUM D£ LAS SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



ANO I. 



25 JU1VIO 1871- 



NÚM. 13. 



SUMARIO.— Política fbmbnina: El libe- 
ralismo , por Juan de Luz.— Caprichos db la 
moda : Mantillas y sombreros, pir Carolina P.— 
Brllbzas i»b larbuoion : A Pío IX. Pontífice y 
Rey, on elTÍpéaJmoqaintoaniversrirto de bu exal- 
tación ü la Cátedra excelsa de S«i Pedro, snnelo, 
por Ü. Valentín de No voa.— Ecos de Madrid, por 
Esperanza.— Margaritas. 



POLÍTICA FEMENINA. 

El liberalismo. 
ARTÍCUI.O PRIMERO. 

Vamos á reducirle á las proporcio- 
nes del bogar, de la familia, para verle 
mejor, para conocerle á fondo. 

Figuraos un matrimonio con mu- 
chos hijos, algunos parientes, y nume- 
rosos criados. 

Marido y mujer son ricos porque, 
gracias al orden, á la severidad de cos- 
tumbres y al generoso deseo de sus 
padres , han heredado mayorazgos sa- 
neados. 

Su casa , de la mas remota antigüe- 
dad, está llena de muebles, que reveían 
en su consistencia y en su mérito , y 
hasta si se quiere en su valor intrín- 
seco, que los productos de la industria 
y el trabajo, ni eran esclavos de la vo- 



luble moda , ni tenían por objeto apa- 
rentar, ni estaban hechos para una sola 
generación. 

Entre otros estaba el antiguo sillón 
de baqueta, donde se habian sentado 
los tatarabuelos, bisabuelos y abuelos 
del jefe de la familia : la taquilla de 
ébano con incrustaciones de nácar y 
adornos dorados donde habian vivido 
la ejecutoria de la familia , los docu- 
mentos interesantes, y no lejos de ellos, 
en complicado secreto , las famosas pe- 
luconas, los juros de heredad, y otros 
valores por el estilo. 

En la alcoba, cerca del monumental 
lecho, el reclinatorio , la pila del agua 
santa, y el Crucifijo que en sus últi- 
mos momentos habian abrazado todos 
los individuos de aquella familia. 

No faltaban en el estrado algunas 
cornucopias , y en la antesala algunos 
criados de los que recordaban á cada 
instante á su señor que lo habian visto 
tamañito, y por eso leteuian ley. 

Los lectores dirán, y con mucha razón: 

— ¡Venturosa familia , rica de pelu- 
conas y de recuerdos! Lo único que 
debe hacer es formar un museo con to- 



¿J 






dos los objetos que representan su pa- 
sado, hacer con ellos un santuario de 
la familia , enseñarlos á sus hijos para 
que no solo hereden dinero , sino hon- 
ra, virtudes, amor y respeto; conservar 
á los antiguos y fieles criados para que 
sirvan de modelo á los nuevos : y sin 
variar de ideas , sin romper esos lazos 
que hacen de ese hogar un paraíso, 
cambiar las cornucopias por espejos, el 
sillón de cuero por cómodas butacas; 
en una palabra , poner en movimiento 
su capital para fomentar el trabajo y 
gozar de sus productos. 

Esto es lo que aconseja, no ya la mo- 
ral, sino hasta el instinto de conserva- 
ción ; conservar lo bueno antiguo ; au- 
mentarlo con lo nuevo bueno. 

Pero aun hay mas. Habladme con 
franqueza. ¿Qué efecto os produce una 
de esas casas antiguas, en las que cada 
generación va dejando sus huellas, y 
os ofrece á la vista desde la armadura 
del guerrero que peleó contra los mo- 
ros durante la reconquista, hasta el 
ros y el poncho del soldado que, mu- 
chos siglos después , volvió é África á 
refrescar su memoria acerca del valor 
de los españoles? ¿Qué efecto os pro- 
duce, decídmelo también, la casa don- 
de todos los objetos son nuevos, donde 
lo mas antiguo que se conserva es del 
33 al 40, durante los suministros á los 
ejércitos, ó de cualquiera de los años 
que marcan la quiebra de una socie- 
dad de crédito, el desempeño de una 
cartera , la contrata de algún servicio 
del Estado, un premio gordo de la lo- 
tería, ó una estafa tan ingeniosa como 
impune? 

Pero no contestéis á estas preguntas, 
porque adivino las respuestas. 

Volvamos á mi ejemplo. 

Tenemos á la familia que va á ser- 
virnos de anima vili para el esperi- 
mento de liberalismo que á fin de ana- 
lizarlo voy á hacer, rodeada del pres- 
tigio de la tradición, de la fortuna y 
del orden, porque orden, fortuna y 
tradición dan autoridad al jefe de la 
casa, é inspiran cariño y respeto á sus 
subordinados. 



Pero un dia , dia ocioso por supues- 
to, va el padre á visitar á unos ami- 
gos, que, faltos de ejecutoria, sin casa 
solariega, se han fabricado un hotelito 
con escombros de algunas tapias de 
una población, por ejemplo, que los 
individuos de un ayuntamiento han 
aprovechado como buenas hormigui- 
tas , y el hotelito deslumhra á nuestro 
hombre, con su microscópico jardín, 
su escalinata de Portland y sus paredes 
de escayola, para reemplazar aquel la 
piedra de sillería, y esto los pórfidos. 

Todo en aquel palacio, digno del ra- 
quitismo de nuestros tiempos, revela 
que lo útil yace bajo el peso de lo 
agradable, la realidad bajo la aparien- 
cia, la verdad bajo la farsa. 

Para que nada falte allí, las habita- 
ciones de la esposa están á un lado, las 
del esposo á otro; los hijos tienen sus 
cuartos especiales, con sus criados es- 
peciales. 

En una palabra: aquellacasa y aque- 
lla familia no ofrece mas historia que 
la que. partiendo de la reforma en ma- 
teria de Religión, se convirtió en filo- 
sofía soberbia, en libre-examen, en en- 
ciclopedia, en revolución francesa , en 
revolución europea , en soberanía na- 
cional, en períodos constituyentes, en 
fortunas improvisadas . en patatas fri- 
tas al vapor, en trajes completos por 
ochenta reales, y en sombreros de copa 
por un napoleón, dejando el viejo. 

Esta es la historia del liberalismo, 
contada á grandes rasgos. 

Después de pasar un buen rato res- 
pirando en aquella atmósfera cuyas 
apariencias seducen, torna á su casa y 
¡es natural! los criados viejos de su 
antesala, comparados con los jóvenes 
de cabello rizado, blanca corbata, etc.; 
sus maritornes fieles, pero toscas, com- 
paradas con las del amigo, con vestido 
de cola, peinado de montaña, verdade- 
ras señoritas de Capellanes ó del Fre- 
nesí submañno , de 'as que al bailar 
dan á sus galanes el pañuelo para que 
no queden estampados los dedos de 
estos en el vestido de sus amas que se 
han prestado á sí mismas; sus muebles 




-99- 



y adornos con loa de sus antepasados, 
y, por último, sus costumbres libres, 
francas, espansivas, alegres , con las de 
su casa, morigeradas, saturadas de es- 
píritu religioso, fundadas en la equi- 
dad y en el respeto á la tradición de 
la familia ; después de este ligero exa- 
men, de esta rápida comparación , es- 
clama: 

— iPues , señor: no es posible vivir 
ya como vivo; soy un anacronismo, es- 
toy á cien mil leguas de mi época ! 

Y comunicando á su familia sus pro- 
yectos ; se apodera de ella el demonio 
de la novedad ; todos aplauden : los 
aplausos embriagan y fascinan al jefe 
de la familia , y formula su primera 
proclama condenando el pasado. 

— ¡A la buhardilla todos los muebles 
que no han visto hasta ahora mas que 
la luz de los velones encendidos al con- 
tacto de Ja mísera pajuela! Keemplá- 
cenlos objetos acostumbrados á ln luz 
del gas , encendido por fósforos de Cas- 
cante. 

Y todos los individuos de la familia, 
por aquello de lo que hacen los frailes 
cuando el guardián juega á los nai- 
pes, empiezan á verificar la mudanza, 
destruyen los objetos, se burlan de las 
piadosas memorias , y tiene lugar una 
verdadera revolución , como si dijéra- 
mos, el albor de la libertad. 

Todo es obra de un momento. ¡ Des- 
truir es tan fácil ! 

¡Ea! ya tienen Vds. las habitacio- 
nes vacías , los frescos de la pared 
forrándose con papel continuo por ope- 
rarios con blusa , que murmuran del 
que les paga, que aseguran que el tra- 
bajo es una injusticia, y que lo espe- 
ran todo de La Internacional. La 
buhardilla está atestada, y el Cristo de 
los moribundos, que se ha caído en la 
escalera, sirve á los chicos del portero 
para hacer una procesión, y la proce- 
sión les sirve para que su padre , vo- 
luntario de la libertad, y patriota , les 
dé una zurra para que no se embrutez- 
can con las prácticas del catolicismo, 
según ha oido decir á Diaz Quintero, 
y para que su madre, piadosa y desdi- 



chada mujer, repita los azotes para que 
en lo sucesivo no jueguen con las co- 
sas sagradas. 

Entre zurra y zurra, otro chicuelo 
ha cogido el Cristo, se lo ha dado á su 
madre, y esta le ha vendidoá una pren- 
dera por mucho menos de lo que ven- 
dió Judas al original. 

Destruidos los obstáculos tradicio- 
nales , empiezan á llegar los muebles 
nuevos. 

Pero como no todo lo hemos de exa- 
minar en un dia, dejemos para otro la 
descripción del liberalismo bajo la for- 
ma de muebles y costumbres con que 
van á llenarse los huecos que una mala 
impresión ha hecho, no solo en el ho- 
gar, sino en el corazón de una santa 
familia. 

Juan de Luz. 

CAPRICHOS DE LA MODA- 

MANTILLAS V SOMBREROS. 

Voy, queridas lectoras de La Margarita, 
á daros cuenta de una pequeña discusión 
que tuvo lugar hace algún tiempo en mi 
casa, pues estoy segura os interesará á to- 
das; pero antes bueno será que os diga las 
personas que tomaron parte en ella , dán- 
doos algunos antecedentes. 

Era el primero D. Antonio T..., antiguo 
jefe del ejército de D. Carlos, que emigró el 
año 39, cuando el convenio, y que no habia 
vuelto á Madrid ni á España hasta hace dos 
años. Creyendo que era verdad aquello de 
nuestra regeneración por medio de la glo- 
riosa de setiembre, se decidió, á pesar de 
tus setenta años, á ponerse en camino, para 
ver deslizarse sus últimos dias bajo el cielo 
hermoso y apacible de la madre patria. 

La segunda era su nieta Teresa, preciosa 
joven de diez y nueve años, nacida en Fran- 
cia y criada en Bélgica, y aunque española, 
según dice, hasta la medula de los huesos, 
ardiente admiradora y sostenedora de todas 
las invenciones del lado allá de los Piri- 
neos , que encuentra todo lo español feo, 
sin gracia, y soberanamente ridículo. 

Tcrcsita , á pesar de todo, es una joven 
modesta , sencilla y de buen corazón ; y 






r r 



únicamente este resabio de su educación de 
colegio es el que hace que algunas veces me 
disguste con ella, aunque al poco tiempo su 
recto juicio, claro talento y chistosas ocur- 
rencias, disipan mi mal humor con mas 
presteza que nube de verano. 

Ademas de estas dos personas, mi pa- 
dre, mi marido y yo, éramos los interlocu- 
tores. 

Escuso decir nada de nosotros tres, pues 

mis amadas lectoras ya nos conocen. 

Versaba la conversación sobre los escán- 
dalos que habia producido en Madrid la 
cuestión de las peinetas y las mantillas, y 
D. Antonio nos h'zo este razonamiento: 

—Allá por el año 32, cuando yo salí de 
Madrid con el regimiento, el aspecto que 
presentaba el Prado en un dia de paseoí 
era bastante triste. Todos los hombres que 
no era militares, paseaban vestidos unifor- 
memente de negro, embozados en sus capas 
escepto los dos ó tres meses de calor fuerte, 
y todas las señoras lucian su basquina de ale- 
pín, de merino, de tafetán, de raso, ó de ter- 
ciopelo, segunsu fortuna, aunque de esta úl- 
tima tela rara vez solian verse tres en una 
tarde, á no ser el dia de .luéves Santo, desti- 
nado esclusivamente para este traje éntrelas 
elegantes de aquella época, y todas, sin cí- 
cepcion, ostentaban con orgullo el lindo 
zapato bajo de cabra ó de tabinete, y la poé- 
tica y nacional mantilla. 

Si alguna vez ocurria el caso estraordina- 
rio de ver un sombrero adornando la cabe- 
za de una señora, no habia que preguntar 
su nacionalidad; la cabeza que llevaba aquel 
promontorio tan sin gracia, que nuestro 
pueblo habia calificado gráficamente con el 
nombre de calesín, no podia pertenecer á 
una española. Estas, si se lo ponían alguna 
vez, después de pensarlo mucho, era para 
hacer gala de aquel chisme indigesto en 
Trillo ó la Isabela, que eran los baños que 
monopolizaban el privilegio de abrigar en 
sus entonces poco elegantes y menos cómo- 
das pilas, á los bañistas de la corte. 

Entonces, los pocos cstranjeros que visi- 
taban nuestro país nos encontraban espa- 
ñoles en toda la estension de la palabra, y 
podían estudiar nuestras costumbres, que 
no se habían corrompido todavía, ó al me- 
nos no habian hecho otra cosa que empe- 
zar á corromperse. 



— 100 — 

Han trascurrido cerca de cuarenta años, 
y á mi vuelta, cuando yo ansiaba venir á 
mi amada patria, á esta tierra clásica de los 
garbanzos y de las mantillas; cuando ya me 
regodeaba , ú pesar de mis muchos años, 
con la idea de ver á mis compatriotas lu- 
ciendo las mantillas y sus zapatos de gal- 
gas, sufrí un terrible desengaño. 

El segundo dia de estar en Madrid, ape- 
nas descansado de las fatigas del viaje, bajé 
S pascar al Prado para saciarme de ver 
mantillas llevadas con gracia. ¡Fatal errorl 

El paseo estaba tan trasformado , que 
apenas pude conocerlo; pero si la parte ma- 
terial y de adorno del Prado habia ganado 
muchísimo en la reforma , no sucedía lo 
mismo con respecto á la concurrencia. 

Parecía esta un campo esmaltado de flo- 
res de todos colores, y á la monotonía de 
ayer habia sucedido una variedad indes- 
criptible. 

Es verdad que ahora cada mujer se viste 
y se adorna con los colores y el traje que 
mejor le sientan , ó que al menos así lo 
cree; es verdad que ahora la rubia parece 
mas blanca por el vestido que lleva, y la 
morena escoge el color que mejor dice con 
el de su rostro ; son verdad otras muchas 
cosas que por ahí hemos ganado ; pero en 
cambio, ¡qué cabezas sé ven por esos pa- 
seos, Dios mió! 

Cuál se adorna con un cucurucho, que 
sobre la inmensa balumba de moñas, y ti- 
rabuzones, y trenzas de todas clases con 
que sobrecarga su cabeza, me producen el 
mas mal efecto que pueden Vds. imaginar- 
se; cuál otra, cubierta la cabeza con una es- 
pecie de plato lleno de flores y hojas de 
todas clases, se asemeja á una maceta en la 
que una mano inhábil hubiera sembrado 
diferentes flores á cual mas desiguales; 
otras, con un sombrero imperceptible, lle- 
van un promontorio de tules y encajes, de 
tal modo dispuestos, que mas parece mues- 
tra de escaparate de tienda de modas que 
cabeza humana. 

Algunas, mas modestas ó menos atrevi- 
das, llevan un velo de tul, que ni es manti- 
lla ni es sombrero, y que nc les hace gracia 
ninguna. 

De suerte que todas las señoras se han es- 
tranjerizado de tal modo, que dudo, al en- 
trar en un paseo, ó al salir á la calle, <i estoy 



4 




(r 



— 101 - 



ea la capital de España, ó me encuentro, sin 
saberlo, en Paris ó en Bruselas (1). 

—Pero, papá, dijo á este tiempo Teresi- 
ta; me parece que exagera V. mucho. Es 
verdad que la inmensa mayoría gasta som- 
brero; pero hay muchas que gastan manto, 
particularmente en traje de mañana, y el 
manto es prenda española. 

— Estás equivocada, querida mía; el man- 
to no es prenda española, aunque hay mu- 
chos que creen que es una degeneración de 
los mantos con que se encubrían las damas 
en tiempo de los Felipes III y IV. 

Aquellos mantos son los que ahora se 
usan en la Andalucía Baja, particularmen- 
te en Tarifa y Veger, y nuestras damas los 
tomaron de las mujeres moras , las que to- 
davía los usan. Los mantos de ahora proce- 
den de Ñapóles , donde también gastan 
mantilla las mujeres; pero no son españo- 
les ; son mas bien un signo de aborreci- 
miento á nuestra patria ; pues viendo las 
napolitanas que la mantilla era un adorno 
que tanto cautivaba la atención de los hom- 
bres cuando los españoles dejaron de do- 
minar en aquel bello pais , inventaron los 
mantos, por guardar en algún modo la gra- 
cia del adorno, y no usar de este , que era 
prenda nacional de los que por tanto tiem- 
po les habían dominado. 

Pero , volviendo á mi asunto, ¿qué com- 
paración cabe entre un sombrero y una 
mantilla en una cabeza de española? ¿Es po- 
sible que Vds. hayan podido desechar por 
completo un adorno que á la que carece de 
gracia se la presta, y ala que la tiene , por 
poca que sea, la hace parecer arrebatadora? 
¿Conque es decir que untá?™23 a 5l°*."~ 
tranjeros" admiran y las cs'tranjeras envi- 
dian, las españolas le desprecian para usar 
esas invenciones ridiculas ' que las hacen 
perder la mayor parte de sus encantos, sin 
poder cubrirles la cabeza? 

Aunque, bien mirado, nada tiene de par- 
ticular, pues en nuestro afán de imitar las 
modas de Francia, España, que el mundo 
aclama como la tierra predilecta de los pies 
diminutos, los ha estado viendo cubiertos 

(1) Debe tenerse en ononta que esta conversa- 
ción ocurrió hace algunos meses, y por tanjo _no 
habla empezado á efectunrso la reacción en livor 
de 1« mantilla española que se esta llevando a cano 
entre nuestras damas, y en la que «eo que, tomara 
parte la inmensa mayoría de mis queridas loctoraa. 



mucho tiempo por unas faldas desmesura- 
damente largas y unas colas que mas ser- 
vían para limpiar las calles que para otra 
cosa ; y las españolas, cuya gracia para an- 
dar es proverbial, han procurado ocultarla 
metiéndose en cubas, pues ese es el efecto 
que me hacen las señoras con miriñaque: 
el de encubadas. 

En fin, tengo para mí que la decadencia 
de España viene de nuestro afán de estran- 
jerizarnos en todo, y que la culpa principal 
la tienen las señoras por haber abandonado 
las mantillas. 

Es seguro que si Daoiz y Velarde hubie- 
ran sido amados por mujeres que gastaran 
apagador de luces en la cabeza, hubieran 
sido incapaces de llevar á cabo su heroica 
hazaña. Su entusiasmo se hubiera apagado 
naturalmente. 

Es imposible que los hombres de hoy 
sean buenos españoles mientras vean á la 
mujer que aman con un adorno parecido á 
un molde de gelatinas, tomado delestranjc- 
ro, de donde viene todo lo malo, en lugar 
de la airosa mantilla española, que tanto 
entusiasmo produce en todos los que la mi- 
ran, llevada con la gracia peculiar de una 
española.» 

Así concluyó D. Antonio su filípica con- 
tra los sombreros; y yo, que la conservé 
íntegra en la memoria , os la trasmito, de- 
seando os convenza, como á mí me con- 
venció, y que, arrojando á un lado las ba- 
ratijas eslranjeras que tan poco nos favore- 
cen, hagáis uso de la mantilla, que es mo- 
da nuestra, y que tanto se glorían fran- 
cesas é inglesas de habernos hecho abando- 
nar, arrebatándonos, para entrar en liza con 
nosotras, el arma mas temible para ellas, 
pues no saben, ni han sabido, ni sabrán 
nunca manejarla. 

Esto os desea, y que Dios os colme de 
felicidades, 

Carolina P. 

BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 

A PIÓ IX, 

PONTÍFICE Y REY , 

en el vigésimoquinto aniversario de mi exalta* 

cion a la Cátedra eseelsa de San Pedro. 

SOHETO. 
¡Pontífice Inmortal! ¡Gran Pío Nono! 
Tú. el siervo predilecto de María', 



rD 



^ 



Qne, al proclamarlo Inhaoülada nn dio. 
De Satán humillaste el fiero encono. 
Rey y Pastor, que desle sacro Trono 
La grey á campos inmortales guia. 
Infalible doctor. Victima pia. 
Sacrificada de la fe en abono. 
Si la virtud de Pedro has emulado, 
Sus días por premio y sin igual trofeo. 
Dios te otorgó en el sumo apostolado- 
Te oprime la maldad... Pero ¡ah! ya veo 
Al conturbado mundo, á ti inclinado. 
Que, ansiando salvo ser, esclama: ¡CREO!! 
Valentín db Novoa. 
Orense 16 de junio de 1871. 



ECOS DE_MADRID. 

¡Cuánta paciencia necesitamos! 
Y no se nos diga que tengamos calma, 
que las cosas se caerán por su peso, que los 
frutos hasta que están maduros no deben 
cogerse, y otra porción de cosas por el 
estilo. 
No, señor: esto no nos convence. 
Es necesario no andarse por las ramas; es 
necesario que los que están libres piensen 
en los que están presos, que los que están 
ricos se acuerden de los que están sumidos 
en la miseria por la lealtad y la consecuen- 
cia; es necesario que todos hagan grandes 
sacrificios, aun cuando solo sea para que 
no presencie España sesiones como la del 
viernes de la semana pasada, y espectácu- 
los como el de la noche del domingo an - 
anterior. 

En nuestra calidad de mujeres, no en- 
tendemos muchas cosas, pero podemos de- 
cir muchas verdades á amigos y á adver- 
sarios. 

Oigan, pues, nuestra opinión unos y otros, 
que no en vano peleamos nosotras, y Dios 
sabe con qué fe y con qué resultados, por 
el triunfo de la buena causa. 

¿Para qué han venido los diputados car- 
listas? 

Nosotras creemos que han venido á de- 
mostrar tres cosas : 

1.* Que la elección de cincuenta y cua- 
tro diputados v veintiocho senadores, con- 
tra la voluntad del gobierno y los atropellos 
de sus muñidores de elecciones; y ademas 
los millares de votos que han dado 5 can- 
didatos sacrificados en el escrutinio gene- 
ral, demuestran que España es católico- 
monárquica, 6, lo que es igual, legitimista 
por sus cuatro costados. 

2." Que la revolución no ha hecho otra 
cosa que perturbar, destruir y arruinar al 
pais. 

Y 3.' _ Que la bandera de la legitimidad 
es la única salvación de España. 

De las tres cosas está- convicta y confesa 
la nación. 

Prueba la primera el número de núes- 



v>- 



102 — 

tros diputados y senadores ; aquellos y es- 
tos han evidenciado la segunda, y Aparisi 
y Guijarro, el conde de Orgaz, Estrada y 
Nocedal han levantado la gloriosa bandera. 
¿Qué hay que hacer después de esto? 
Creo que no hay necesidad de decirlo. 
¡Qué ocasión tan hermosa para protestar 
v retirarse la de la negativa del Congreso á 
felicitar al Romano Pontífice! 

¡Qué ocasión tan solemne para protestar 
y retirarse la de la absolución del ministe- 
rio por la mayoría , después de los debates 
sobre la noche de vergüenza! 

Quizás soy indiscreta, quizás hablo de lo 
que no entiendo; pero, siendo carlista, he 
de ser sincera, he de decir lo que siento. 

La opinión pública ha juzgado ya á la 
revolución y á sus hombres; y empezará á 
juzgarnos con no menos severidad si no 
hacemos todos un supremo esfuerzo de ge- 
nerosidad, de abnegación, de amor propio, 
de intereses, de todo, para lograr que el de- 
recho triunfe y la justicia reine y gobierne. 

Echaos piropos unos á otros, llamaos 
amigos particulares, decid en un arranque 
de generosidad que no hay ningún político 
que no sea recto, digno y noble, dejad que 
os perdonen la vida, 6 perdonadla á vuestra 
vez, andad, si es necesario, i las manos y 
calmaos y perdonaos mutuamente. 

Todo eso puede ser muy parlamentario 
y muy bueno , pero no evita que mañana 
os busquen para apalearos; que no se nos 
permita el ejercicio de mas derechos indi- 
viduales que los que agraden á los inspira- 
dores de esos escándalos que se repiten de 
tiempo en tiempo, sin otro sacrificio que el 
de dar pasaporte á un cord placiente gober- 
nador; eso no evita que el pais se arruine, 
que la agitación cunda, que el malestar nos 
invada, y que, de sobresalto en sobresalto, 
lleguemos á presenciar la expiación de los 
que nos oprimen, al resplandor de los in- 
cendios de otra Commune, que nos sepul- 
tará también á nosotros bajo los canden- 
tes escombros. 

Pasó el tiempo de argüir; llegó el tiempo 
de obrar. 

Nosotras, porque nosotras hemos sido, 
hemos dado el ejemplo. 

Era preciso demostrar nuestro ferviente 
catolicismo, y prescindiendo de eso que se 
llama política, unidas en el sentimiento re- 
ligioso, todas las mujeres que aun son dig- 
nas de la redención que deben al cristianis- 
mo , influimos y logramos que nuestros 
balcones ostentaran vistosas colgaduras, 
que brillaran en ellos millares de luces. 

¡Cuántas luchas domésticas, cuántas ob- 
servaciones de los maridos v de los padres! 
Y sin embargo, hubo colgaduras y hubo 
luminaciones. 

Que los faroles fueron apagados á pedra- 
das; que los retratos de Su Santidad fueron 
quemados : que las colgaduras fueron ras- 
gadas... ¡Y bien! ¿No logramos con esto que 



-■y 



— 103 - 



nuestros enemigos tuvieran que cansarse 
en contarlas luces? ¿No logramosquc sepan 
que el espíritu católico domina? ¿No logra- 
mos que ellos, heraldos de la civilización y 
de la luz, tuvieran qut recurrir á la barba- 
rie yá la oscuridad? ¿No logramos, por ú- 
timo, que todas las personas honradas se 
indignaran? Y esta indignación, ¿no está 
hoy á nuestro lado ? ¿Qué piensa el pais de 
los que han permitido la bacanal del do- 
mingo; que los militares que vieron ape- 
dreados los balcones desús casasó las de sus 
amigos ; qué piensan todas las clases de la 
sociedad de un gobierno que no ha pro- 
testado, acompañando la protesta con un 
ejemplar castigo? 

Pues todo esto, creedlo, no lo han hecho 
las mujeres esperando semejantes efectos; 
lo han hecho animadas por el espíritu reli- 
gioso, que es la salvaguardia de su familia; 
lo han hecho porque han querido dar un 
mentís solemne á los que dicen que ha 
muerto el catolicismo ; lo han hecho por- 
que anhelaban mostrar su admiración y su 
veneración al Santo Padre. No imaginaban 
que los atropellos se cometerían ; pero se 
han cometido , y ellos han acabado con la 
falsa libertad, con la revolución hipócrita, 
al acabar con la paciencia, no ya de los po- 
líticos, sino de los vecinos honrados de los 
pueblos. 

Su epitafio lo ha puesto el diputado Díaz 
Quintero al csclamar en pleno Parlamento: 
< |E1 catolicismo embrutece!» 

Es verdad...; en cambio civiliza el ateís- 
mo que apaga a pedradas las luminarias del 
entusiasmo religioso. 

De cualquier modo , lo que nosotras 
creemos es que así no se puede vivir, y que 
necesitamos quien nos salve. 

Haced un supremo esfuerzo. ¿Queréis 
que renunciemos á nuestras galas y á nues- 
tras joyas? ¿Queréis que aceptemos hasta el 
martirio? 

Pues hablad, pero no malogréis nuestros 
esfuerzos; y si hay algún traidor ó algún 
idiota, no le compadezcáis, no le_ cubráis 
con una mal entendida conveniencia: salga 
á la plaza pública, y sufra hoy el castigo 
del desprecio, mañana el de la ley. 

Perderéis una voluntad dañada: ganareis 
mil corazones sanos. 



No hay duda de que pareceré muy exal- 
tada. Tal vez lo estoy , tal vez lo estamos 
todas; pero con motivo, porque nos han 
herido en nuestros sentimientos mas pro- 
fundos, y los que tal han hecho, al ver la 
impunidad, pueden creer que nos han do- 
minado. 

No y mil veces no: si ellos se obstinan y 
las autoridades no nos amparan, seremos 
nosotras dignas hijas de la gloria de núes - 
tras madres en la guerra de la Indepen- 
dencia. 



Pongamos punto á estas reflexiones do- 
lorosas, y hagamos lo que nos enseñan á 
hacer. 

Pidamos escusa si hemos ofendido á al- 

riien, protestando de que no volveremos 
hacerlo; y para calmar nuestra pena bus- 
quemos consuelo en asuntos mas gratos. 

»*• 

Ante todo, el editor de La Margarita 
tuvo el honor de entregar á la Excma. se- 
ñora condesa del Prado (víctima también 
délos apagaluces, pero olvidemos esto!; tu- 
vo, repito, el honor de entregar á tan bon- 
dadosa señora 5,700 rs. 

La condesa, de acuerdo con las señoras 
marquesa de Gramosa y condesa de Santa 
Coloma, tuyo la bondad de enviarnos el 
adjunto recibo: 

«He recibido del Sr. D. Antonio Pérez 
Dubrull la cantidad de cinco mil setecien- 
tos reales, importe de la suscricion recau- 
dada por el periódico La Margarita para 
ofrecer un recuerdo á la Sra. Duquesa de 
Madrid el dia de su Santo, y destinada, por 
orden de la augusta Princesa, al socorro de 
carlistas pobres que lo merezcan por su 
conducta y antecedentes. 

♦Madrid 16 de junio de 1811.— La Con- 
desa del Prado.* 

AI mismo tiempo hemos recibido una 
discreta carta de las señoras de la Comisión, 
que insertamos con el mayor gusto, porque 
es una prueba mas de sus delicados, y bue- 
nos sentimientos. 

«Sr. Director de La Margarita. 

»Muy señor nuestro y de todo nuestro 
aprecio: Aceptando la honrosa misión de 
repartir S los carlistas pobres , en nombre 
de doña Margarita, la cantidad recaudada 
por el periódico que V. dirige, hemos dis- 
puesto distribuirla en esta forma: 

Rs.vn. 

Para el recuerdo que ha de enviarse 

á la Sra. Duquesa de Madrid 2.000 

Para el presidio de Valladolid 400 

Para el de Burgos 200 

Para el de Zaragoza 200 

Para el de Cartagena 100 

Para el de Alcalá 80 

Para los emigrados pobres de San 

JuandeLuz 300 

Cinco lotes de 160 rs. cada uno 800 

Cuatro id. de 120 480 

Dos id. de 80 160 

Dos id de 60 120 

Veintiuno id. de 40 840 

Uno id. de 20 20 

Total 5.700 

«Como las personas que han sido socor- 
ridas, en su mayor parte, unas pertenecen 
á familias distinguidas en otro tiempo, su- 



¿J 



midas hoy en la pobreza, y otras son muy 
significadas y pudieran ser objeto de perse- 
cuciones, creemos hacerles una nueva ca- 
ridad callando sus nombres. 

»Pero tendremos el honor de elevar á la 
Sra. Duquesa de Madrid una Memoria de- 
tallada de la distribución de los fondos 
recaudados, con espresion de las personas 
socorridas; y si hemos logrado interpretar 
sus nobles deseos y los de las entusiastas 
suscritoras de La Margarita, quedaremos 
satisfechas. 

»Lo que tenemos el gusto de participar 
S V., quedando de V. afectísimas seguras 
servidoras , — La condesa del Prado. — La 
marquesa de Gramosa. 

«Madrid 20 de junio de 1871.» 

La señora condesa de Santa Coloma no 
ha podido firmar la anterior carta, según 
se nosdicc, por hallarse ausente de Madrid. 
Ayer entregamos á la señora condesa 
del Prado el resto de la cantidad recaudada; 
y á su tiempo diremos su inversión : ahora 
solo nos resta darles en nuestro nombre 
y en el de nuestras amables suscritoras las 
mas espresivas gracias por el celo, el acier- 
to y la justificación con que han distribui- 
do la limosna de Doña Margarita. 

Confio en que la Señora leerá con gusto 
la memoria que se proponen elevar á sus 
manos. 

Aun no hay nada resuelto acerca del re- 
licario: creo que en el próximo número 
podré daros algunas noticias. 

También debo indicar que se han recibi- 
do estos dias muchas cartas de personas 
que lamentan no haber tenido á tiempo 
noticia de la suscricion, porque nos asegu- 
ran que hubieran contribuido á ella con 
el mayor gusto. 

* • 

No tengo carta de Suiza; pero supongo 
que ya habrá regresado la Señora de su 
viaje á Wartey, y que estará muy satisfecha 
de su entrevista con su augusto hermano. 

Pronto vendrán noticias con que perso- 
nas que estiman los deseos de La Marga- 
rita se proponen favorecerla. 

Pero si no hemos recibido tan deseadas 
nuevas, en cambio hemos recibido precio- 
sísimos retratos de la augusta familia. 

Ya los veréis, porque han sido reprodu- 
cidos, y alguno de ellos piensa ofreceros el 
editor de este Albun. 

Os los describiré: 

Hay dos retratos de D. Carlos, con toda 
la barba. En uno de ellos está abrazada á él 
su hermosa Blanca; en el otro tiene en bra- 
zos á sus dos augustos hijos. 

En otro de los retratos aparece doña 
Blanca al lado de su aya la señora doña 
Amalia Patzel. 

En otro, la misma encantadora infantita, 
está recostada sobre un hermoso perro de 
Terranova, que estima mucho la augusta 
familia. 



— 104 — 

En el otro, por fin, aparecen sentados 
D. Jaime y doña Blanca. ¡Si vierais qué 
grupo tan bellísimo forman! 

Creí que lograría describíroslos, y veo 
que no lo consigo: es preciso que los con- 
templéis, y aun así solo tendréis un vehe- 
mente deseo : verlos de cerca, y lo mas 
pronto posible. 

• 



La Margarita ha recibido, de una mano 
que bendice, un precioso manuscrito, en el 
que se refieren algunos rasgos de D. Carlos 
que le caracterizan. 

Yo me he encargado de engarzar estas 
preciosas piedras en mis Revistas para dar 
á estas últimas valor. 

Pocoá poco las enriqueceré con tan dis- 
tinguidos rasgos. 

Oíd hoy uno: 

Poco después de la elección del duque 
de Aosta, dijo á D. Carlos la señora de un 
general francés: 

-Señor: si yo fuera D. Carlos, ya estaría 
en España. 

— Pues si yo fuera francés, contestó el 
Príncipe, ya estaría en Berlin. 

Esperanza. 



MARGA RITAS. 



Donde el filósofo tiene que detenerse, re- 
conociendo su impotencia, el creyente pue- 
de seguir su marcha guiado por la Fe. 

• 
* • 

Existen verdades que no podemos descu- 
brir con la ciencia , pero que penetramos 
con la conciencia. 



La Fe y la Razón, que proceden de Dios, 
no pueden estar nunca en desacuerdo. 

•*• 

Aplicad el criterio católico á la ciencia 
económica , y encontrareis el ideal de la 
Caridad ; aplicadlo á la ciencia del foro , y 
hallareis el ideal de la Justicia ; aplicadlo á 
la ciencia de gobierno , y habréis cumplido 
el ideal de la Libertad. 



(Dr. Nicasio Landa.) 



MADRID, 1871. — Imprenta de La Esperanza, á 
cargo de D. A. Peroz Dubrull, Pez, 6. 



V 



:; nN 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



AÑO I. 



2 JULIO 1871. 



NÜM. 14. 



SVM ARIO.— Política phmrsina: El libe- 
ralismo (articulo seamndu;, por Juan de l.nz.— 
Bkllbzasdb i-i Religión: ¡Salve! por D. Eduardo 

dfl lSS DobliH. — COADBOS VIVOS POLÍTICOS 

uet El elector candido? el elector* 

Julio Nomhela.— A doña Margarita do Bol D 
Borbon, poesía, pordofin Patrocinio de Biedma.— 
BoCBTos carlistas: Valentín líomei.— Eo n de 

Ma iri.l, por Esperanto.— Margaritas. 



POLÍTICA FEMENINA. 



El liberaliimo. 
ARTÍCULO II. 

¡Qué hermosa, qué insinuante y 
qué fascinadora es la novedad! 

Cid á la familia que os presenté en 
mi anterior artículo. 

Cada mueble, cada objeto que llega 
& reemplazar á los arrinconados por 
antiguos, arranca á los alegres habi- 
tantes de la casa renovada entusiastas 
esclamaciones. 

Por de pronto, han desaparecido to- 
dos los recuerdos. 

¿Para qué sirve el pasado? 

Demuéstranos que la fortuna de que 
disfrutamos, que el nombre ilustre que 
nos honra fueron el resultado de gran- 



des sacrificios de nuestros mayores; 
pero es molesto cuando queremos dis- 
frutar lo que nos pertenece oir á cada 
instante una voz insidiosa que nos di- 
ga: "Si hubieran hecho vuestros pa- 
dres lo que vosotros hacéis, ni seriáis 
ricos, ni cifraríais orgullo en vuestro 
nombre.» 

Los que no ven mas que la superfi- 
cie de las cosas son ciegos mas dignos 
de lastima que los que ni siquiera pue- 
den ver esa superficie. 

Los objetos, los muebles, todo cuan- 
to nos rodea, es parte de nuestra vida, 
influye en nuestro modo de ser. 

Figuraos, y perdonad el símil, que 
una mujer, bajo el imperio de una pa- 
sión culpable, olvida un momento sus 
deberes de esposa y de madre , y se de- 
cide á dar por escrito una esperanza al 
galán que ha hecho llegar á sus manos 
una carta atrevida. 

Ha luchado, y no ha logrado ven- 
cerse; pero al escribir cautelosamente 
las palabras que han de perderla , fija 
sus ojos distraídos ¿en qué diré yo? en 
cualquier cosa , en un reloj de oro que 
le regaló su esposo para conmemorar 



(r 



el dia felicísimo en que aumentó su 
afecto la esperanza de verse en 1 breve 
reproducidos ; y si no queréis el reloj, 
en el muñeco manco y descalabrado 
que ha dejado su hijo junto á ella al 
despedirse de su madre para ir á pa- 
sear con la niñera. 

En este caso, el reloj dice algo mas 
que la hora; el muñeco es algo mas 
que un juguete. 

Uno y otro son la voz de la con- 
ciencia... 

A veces... ¡qué á veces! siempre que 
habla de este modo á una mujer olvi- 
dada un momento de su deber, vence, 
y la salva. 

Pues bien: todo esto que puede evi- 
tar desdichas, recordar dulces emocio- 
nes, evocar recuerdos santos , ha des- 
aparecido de la casa. 

¡No hay tradición! 

Hé aquí por qué el liberalismo lo 
primero que ha hecho ha sido destruir 
la tradición , borrar el pasado, y para 
conseguir su objeto ha inventado la 
palabra antiguallas ; ha sustituido en 
la vejez lo venerable con lo ridículo, y 
ha inventado el cosmético para teñir 
las canas, las pelucas para ocultar las 
calvas , y todos los postizos habidos y 
por haber. 

Pero prosigamos. 

— ¡Vida nueva! esclama el jefe de 
la familia. Delego mi poder en todos 
los que me rodean ; cada cuál tendrá 
el derecho de proponer lo que crea 
conveniente; una amplia discusión pre- 
cederá á todos los acuerdos que se to- 
men; no se hará nada sin que la ma- 
yoría lo resuelva así; sin perjuicio 
(añade para su coleto) de que si á mí 
no me conviene lo que decida la ma- 
yoría, haga yo mi santísima voluntad. 

Esta resolución tan liberal fascina á 
todo el mundo, y es en pequeño la fór- 
mula del sistema parlamentario. 

Desde el momento en que todos tie- 
nen participación en la marcha de la 
casa, empiezan á dibujarse los carac- 
teres de cada cuál, y las influencias se 
manifiestan á favor de la libertad, que 
contribuye á su desarrollo. 



— 106 - 

Pongamos un ejemplo sencillísimo: 
el mas bueno. 

Figuraos que el jefe de la familia 
dice un dia: 

— Todos los meses nos sobran vein- 
te duros ; y como Dios manda al rico 
que socorra al pobre, opino que debe- 
mos destinarlos á hacer obras de ca- 
ridad. 

Nada mas noble ni mas santo. 

Por eso cito ese ejemplo ; para de- 
mostrar que el sistema convierte irre- 
misiblemente el bien en mal. 

— Cierto, dice la esposa; la limosna 
es muy buena; cumple uno al hacerla 
deberes sagrados. Pero es preciso que 
no le sorprendan á uno. Hay muchos 
que se fingen pobres; otros que lo son 
por efecto de los vicios , y en este caso 
la caridad puede ser un estímulo á la 
pereza ó á la depravación. 

Esta opinión representa en la fami- 
lia el partido moderado. 

No se niega á hacer el bien , pero 
impide que se haga fundado en consi- 
deraciones que parecen atendibles, pero 
que no lo son. 

— ¡Es muy cierto lo que dice mamá! 
esclama el hijo mayor; pero con arre- 
glo á su criterio nada podría hacerse. 
Yo opino que esos veinte duros me los 
debian Yds. dar á mí , y yo que soy 
joven y necesito ver mundo, buscaría 
las familias pobres , me enteraría de 
sus condiciones, y los distribuiría con 
equidad. Tal vez en mis esploraciones 
hallaría alguna joven guapa, y al apar- 
tarla del abismo, haría un bien, y ad- 
quiriría lecciones provechosas. 

Esta opinión representa á la Union 
Liberal. 

— ¡Vaya una gracia! dice el agua- 
dor, que á favor de la libertad que 
reina en la casa ha podido detenerse, 
sentarse sobre la cuba y tomar parte 
en la discusión. Lo que el señuritu 
quiere, ya lo sé yo, que nun me ma- 
mo el dedo. Ya es aprovechado el mo- 
zu; su padre puede dejarle solu, que 
nun se perderá. Mire V., señuritu, 
nadie mejor que yo puede colocar bien 
esos duretes. Soy pobre, y conozco 



i ■ 




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— 107 

mejor que denguno las necesidades. 
Démelos su mercé, que yo los haré re- 
productivos. 

— Enriqueciendo al tabernero , dice 
nn criado. 

— Calla, animal. 

— El borrico eres tú. 

— Señor, esa no es crianza. Pido que 
se escriban sus palabras. 

— No, hombre, que las esplique. 

— Pues bien, sea. 

— Señor : yo le he llamado borrico, 
y probaré por qué. ¿No va cargado? 

— Si. 

— ¿No lleva clavos en los zapatos? 

—Sí. 

— ¿No da pares de coces cuando lle- 
ga el caso? 

-Sí. 

— Pues dígame ahora lisia qué di- 
ferencia hay entre el aguador y el asno. 

— ¿Se da V. por satisfecho con esas 
esplicaciones? 

— ¡Ah! Sí, señor. 

— Si aun lo desea, seré mas esplí- 
cito... 

—¡Basta! ¡Basta! gritan todos. 

— Prosiga la discusión , añade el 
padre. 

Proseguirá en el siguiente artículo. 

Entre tanto , vayan pensando los 
lectores qué partido es el que puede 
representar el aguador. 

JUAH DE LUZ. 

BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



¡sal-ve: 

¡Dios te salve. Madre amada, 
Rico manantial de amores , 
Alivio de los dolores 
Que acongojan al mortal ! 
¡Salve ñ Ti . mística Roa*. 
Fuente de vida y consuelo, 
Que eres, por tu amante anhelo. 
La alearía celestial ! 

¡Salve, aroma de la brisa 
Que alienta el pecho angustiado! 
¡Salve, perfecto dechado 
De bondades y virtud ! 
¡Salve a Tí, que tierna guiña 
Al hombre, en tu amor profundo. 
Desde que nace á este mundo 
Hasta el pie del atand ! 



Tú eres el celeste espirita 
Que mas cercano ó Dios mora, 

Y en nuestro auxilio. Señora. 
Se inclinó tu voluntad ; 

Por e f o, en Ti confiados, 
Ni aun nos espanta la muerte. 
Porque tenemos el fuerte 
Escudo de tu piedad. 

Caminando ciego el hombre, 
Contra sa dicha conspira; 
La atmósfera que respira 
Con su hálito envenenó; 
Mas de tu errada el destollo 
Rápido <■! espacio puebla, 
a lo la d"nsa .niebla 
Que allí el pp<*iv!n formó. 

Til proteye 5 " cariñosa 
\ los que tristes lloramos. 
Mientras el valle habitamos 
Do hoIo el dolor se ve ; 
Haz, pues. Madre Idolatrada, 
Que. en medio le tantos males. 
Nunca pierdan los mortal»* 
El tesoro de la fe. 
. Yola tengo, y conflo 
Q'i" tu amorosa indulgencia, 
Parabién de mi '-^istenc'a. 
No hade faltarme jnmns; 

Y se que en aquel momento 
En que mi alma dolorida 
Se desprenda de esta vida. 
Tú a recibirla vendrás. 

Gracias mil yo te tributo 
Porque tu amparo benigno 
Desciende hasta el hombre indlírno 
Que va de su mal en pos; 

Y Tú á todusde él nos libras 
Por amor, según loratieutni 
El Humarte Madsk EV08STRA 
Siendo la Madre de Dios. 

Edcardo ns las Doblar. 



CUADROS VIVOS 

POLÍTICOS Y SOCIALES. 
El elector candido. 

Pocos hay de esta clase; el lipo se va per- 
diendo. . . 

Para encontrar alguno que otro indivi- 
duo de esta familia, hay que registrar mu- 
chas aldeas, y detenerse en aquellas en las 
que mas domina el fervor religioso. 

El elector candido es espansivo, franco, 
bonachón por naturaleza. 

No hav nadie que le gane á optimista. 

Cuando el cacique ó alguna de las perso- 
nas influyentes le pide su voto: 

— ¿Es cristiano.' pregunta. 

—Cristiano viejo, contesta su interlocutor. 

— ;Es casado, 6 soltero? 
— Casado, y con familia. 



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r¿ 



- 108 - 



^- 



— Pero ¿se porta bien, cumple con exac- 
titud sus deberes? 
— Es un modelo de esposos y de padres. 
— Y ¿qué ideas tiene? 
— Lea V. su programa. 
El elector candido lija sus ojos en el im- 

Íireso, y como siempre encuentra los m.is 
evantados deseos en favor del país, el mas 
acrisolado patriotismo, el noble propósito 
de arrostrar los mayores sacrificios . y 
como siempre el candidato ofrece defender 
los legítimos intereses de la localidad, pro- 
curar que se disminuyan las contribucio- 
nes, abolir el sistema de quintas, etc., etc., 
aunque ya muchas veces ha oido prometer 
estas cosas, y ha visto que, en vez de cum- 
plirlas los candidatos electos, apoyan el go- 
bierno á cambio de destinos para ellos y sus 
ahijados: 

— Eso, eso, — esclama con verdadero entu- 
siasmo: — eso es lo que nos hace falta. Yo 
no daré mi voto mas que á los hombres 
que abriguen estos propósitos. 

—Si V. puede proporcionarle algunos 
votos mas... nada mas fácil que obtener un 
empleo para su hijo. 

—De ninguna manera; yo no quiero gra - 
var el presupuesto. He nacido labrado-, v 
mi hijo lo será Umbien. Lo que yo quiero 
es tener en las Cortes hombres puros. 

— Pues lo que es este que le proponemos 
á V., es de los pocos. 

Y como nuestro hombre necesita creer, 
porque la fe rebosa en su alma, trabaja con 
ardor, acude á emitir su voto con entu- 
siasmo, v al poco tiempo sufre un terrible 
desengaño. 

Pero no importa; no se convence por eso 
de la trama. 

Que vuelva á escuchar otra vez las pro- 
mesas queá los candidatos inspira esa sire- 
na que se llama política; que pongan ante 
sus ojos un programa muy bien hablado, y 
veréis renacer las esperanzasen su corazón; 
y hace nuevos sacrificios, y confia siempre 
en que algún dia saldrá la patria de los apu- 
ros en que se cneuentra. 

El boceto que ofrezco 5 los lectores va á 
parccerles inverosímil. Ya he dicho que 
quedan muy pocos ejemplares de este tipo, 
pero por la misma razón conviene recor- 
darle, para que siquiera quede memoria de 
él cuando se estinga, lo que, si no ha suce- 
dido ya, sucederá bien pronto. 



El eleotor cuco, 

¡Este sí que abunda! Se ha propagado en 
las capitales de provincia, en las aldeas, y 
hasta en Madrid, de una manera prodigiosa. 

La mala semilla crece mucho. 

Hay electores cucos en todas las clases 
déla sociedad. 

Veamos algunos ejemplos: 

— Sr. D. Juan, dice un agente electoral á 



un ricacho del pueblo: tengo que pedir á 
usted un favor. 

— ;Se trata de elecciones? 

— Precisamente. Ya ve V., es necesario 
dar fuerza al gobierno para que no se diga 
que en esta provincia somos revoltosos; y 
como V. tiene influencia, y puede procurar 
al candidato ministerial gran número de 
votos... 

— Es muy cierto, pero ya conoce V. mis 
ideas. 

— Ya sé que no están muy conformes con 
las de los ministros; pero... ¿á V. qué mas 
le dá? Si con los 200 ó 300 votos que puede 
usté I dar a mi protegido fuera posible cam- 
biar la faz del país, santo y muy bueno. 
Pero de no poder hacer una cosa así, lo 
mejor es estar bien con el gobierno. 

— ¡Hombre! ¿y la conciencia..-.? 

— Vamos, qué no le vendrá á V. mal un 
empleo para el hijo de su hermana de usted, 
que quedó viuda hace poco, y como el 
chico es listo... 

—Mientras yo tenga, á él no le faltará. 

— ¿Y para qué quiere V. cargas? Si con- 
sigue un buen empleo, y lo conseguirá si 
usted se empeña, V. se ahorra lo que había 
de gastar con él, y el gobierno es el que 
paga. Ademas, yo no sé á quién he oído 
decir que... no le desagradaría á V. una cruz 
de Carlos III. 

— ¿Para qué quiero yo cruces? Bastante 
tengo con la que Dios me ha dado. 

— Vamos, que cuando vaya V. á la ciu- 
dad á despachar algún asunto, no le vendrá 
del todo mal llevar la cinta en el ojal de la 
levita. Y luego... entre nosotros podemos 
hablar con franqueza; ya sabe V. que se le 
trata bien; que se le ayuda á ocultar una 
buena parte de su propiedad para que la 
contribución no sea tan grande; que se ha 
echado tierra encima al negocio de los pa- 
los que dio V., estando acalorado, al sobri- 
no del señor cura. Conque... ¿cuento con 
esos votos, si ó no? 

—Mire V., la verdad; yo no digo ni que 
s! ni que no. Si el gobierno da un empleo á 
mi sonrino. si me ofrece la cruz de que he- 
mos hablado, si me despachan pronto el 
pleito que tengo pendiente, si trasladan al 
|uez, que me es muy antipático, porque 
me gana siempre que jugamos al tresillo, 
y si dan una canongía á mi hermano el 
cura, natural es que yo me muestre agra- 
decido, y entonces, bien puede ser, aunque 
no sea mas que por la gratitud y porque no 
digan que uno es descastado... que dé los 
300 votos que V. me pide. 

Presentada la cuestión de este modo, no 
tarda en obtener lo que quiere, y entonces, 
al reunir los votos que ha ofrecido, tropie- 
za á su vez con otros cuantos electores cu- 
cos que, aunque en inferior clase, no por 
eso son menos exigentes. 

Uno de sus colonos , á cambio del voto, 
le exige que rebaje el arrendamiento; otro 



-i> 



^\ 



— 109 

que le perdone una deuda; otro que le libre 
un hijo de quintas; otro que le saque la pla- 
za de estanquero, y cada cual, valiéndose 
del derecho electoral, procura arrimar el 
ascua á su sardina. 

Las elecciones son, para esta clase de elec- 
tores, un verdadero festín. 

Pero no para aquí la cosa. 

Algunos de los mas cucos se cuelgan de 
los faldones de la levita de! candidato elec- 
to, se vienen a Madrid, y no le dejan á sol 
ni á sombra, hasta que han conseguido rea- 
lizar los caprichos que su influencia les da. 

No habléis á esta clase de electores contra 
el parlamentarismo. Es su cucaña; como 
pescan en rio revuelto, no están en su ele- 
mento sino mientras se verifican las cam- 
pañas electorales. 

Gracias al voto que pueden emiiír, eluden 
el cumplimiento de la ley, obran á su anto- 
jo, seguros de que cuando llegue el momen- 
to, la administración acudirá en su auxilio 
para legalizar sus actos. 

Pero la administración suele ser mas cu- 
ca que ellos, y en ciertas ocasiones hace la 
vista gorda, para poder en un momento da- 
do, removiendo espedientes, obligarles á 
servir sus deseos gratis el amore. 

Cuando Dios quiera que la farsa parla- 
mentaria termine para siempre, se acabará 
esta raza de hombres, que son en los pue- 
blos lo que la langosta en los campos. 

Hijos de la revolución, concluirán con 
ella, y se sepultarán bajo sus escombros. 

Julio Nombela. 



A DOÑA MARGARITA DE BORBON. 



James, señora, resonó mi canto 
Pretendiendo halagar al poderoso 
Con sus vagas y dulces vibraciones: 
Libre mi pensamiento. 
Solo sabe cantar sus Impresiones, 

Y ensalzar lo que admira, independíenlo 
Cual del arroyo que eu la roca salta 

La caprichosa y desigua) corriente . 
Que en rayos de oro y de zafir se esmalta. 
Halagada al nncer por la fortuna, 
Qqa ulfombró con «as llores mi camino 

V en el paterno hogar meció mi cuna. 
No sé lo <|u<- es ni la ambición sombría, 
Ni el homenage homilde que envileco, 
Ni la vil y mezquina hipocresía. 

Como en la flor el celestial perfume. 
Como la espuma en la veloz corriente. 
Como en la estrella el resplandor suave. 
Brota la inspiración en mi alma anuente, 
(¿ue mu misterio comprender no sabe. 
¿De qué nace? Jamás puede el poeta 
Medir ni analizar el sentimiento 
Que en una nueva vida 
Dilata é ilumina el pensamiento. 
Ya le inspira una flor, que del rocío 



Guarda el cristal en sus matices rojos; 
Ya la estrella que tiembla en el vacía 

Y entro celajes vaporosos arde: 
Ya la luz misteriosa que derrama 
El crepúsculo dulce de la tarde. 

Y la virtud, con su sencillo encanto, 

Y la bondad, que el corazón admira, 
Hacen brotar su canto, 

Que en su ejemplo purísimo se inspira. 

Por eso yo, sen ora. 

Hoy te vengo á cantar endulce calma? 

Pero no ¿ tu graulezi: 

Solo a tu corazón, solo ú tu alma. 

Cantar no quiero a la gentil Princesa, 
Bolla esperanza de la patria nía, 
Ea laque esüiu los corazones Qj .s, 
Sino á la madre que amorosa vive 
Entro las cunas de sus tiernos hijos. 
Canten otros, señora, 
Glorias de un porvenir, quizas no lejos, 
Pues ya percibe el alma 
Da sus rayos divinos los reflejos. 
Digan que en esto suelo 
Serás el iris que, tras negra nube. 
Le presta galas al azul del cielo. 
Que yo te hablaré solo 
Del santo amor que al corazón enciende. 
Porque ú una mn.lre que á sus hijos ama, 
¿Quién mejor que otra madre la comprende? 
¡Cuento se aman, señora! Nuestras almas 
Parece que eo las suyas se dilatan 
En una ola de amor, que eterna brota 
De nuestro corazón, como si fuese 
Raudal divino que jamás se agota. 
Cuando sus labios con amor besamos. 
Cuando con ellos dulces sonreimos. 
Cuando en sus lindos ojos nos miramos. 
¡Qué emoción tan purísima sentimos...! 
Yo tengo un ángel de cabellos blondos. 
De negros ojos y nevada frente : 
Cuando en dulce embeleco 
Le miro junto & mí, y en su boqulta. 
Puro nido de amor, Imprimo na beso. 
Te recuerda, señora, mi deseo, 

Y cutre mis pensamientos, en tí fijos, 
Eo mi ilusión parece que te veo 
Acariciando á tus hermosos hijos. 

Te miro d«?l Bocage en los jardines 
Bajo áureos pabellones de esmeraldas 
Que cual dosel ñ tu cabeza ü<. 
El ramaje te forma en sus guirnaldas; 
Miro asida ó tu mano 
A tu Blanca gentil, que es mas hermosa 
Que la luz de la au rora al reflejarse 
En el rocío de la blanca rosa: 

Y en tu amante regazo 

Al tierno Jaime, cuya linda boca, 
Capullo delicado que á tus besos. 
Como la flor al aura que la toca. 
Se entreabre dulcemente, 

Y balbucea en desigual sonido 

Del idioma español frases mas dulces 
Que el suspiro del viento adormecido. 

Y así les dices con amante anhelo. 
Señalando tn mano 
Del horizonte el vagaroso velo: 



^: 



-yj 






«Allá lejos, muy lejos, tras la bruma 

Que, como velo de flotante encaje. 

Se eationde en el espacio 

Formando pabellones de celaje; 

Tras ese azul vacío 

Que cual toldo de seda se dilata, 

Bordado por las nubes de rocío 

Que forman orlas de brillante plata. 

Se oculta nuestra patria, el noble pueblo 

I"ie (frandes hechos y brillante historia. 

Que no le bastó un mundo 

Para abarcar su gigantesca gloría. 

Allí pechos leales 
Siempre fieles nos airan, 

Y en esos ecos que <Ula:a ol viento 
Vibra el eco de amor con que nos llaman. 
Acaso en este ambiente 
Que, al mecerse en las flores. 
Besa con sus aromas nuestra frente. 
Palpiten los suspiros 
Que desde nuestra patria nos envian 
Los nobles defensores del derecho. 
Que á las serenas brisas los conflan 
Al escaparse antientes de su pecho. 
Ved cuan amarga prueba 
Sufren por nuestro amor: sed, hijos mios. 
Dignos de esa lealtad, de esa constancia 
Que sustenta tan altas tradiciones: 
Que es dulce la desgracia 
SÍ se tienen por trono corazones. 
Pedid á Dios que cesen sus pesares; 
Que no se empane su brillante historia: 
Que vuelvan á elevarse sus altares , 

Y la fe simbolice la victorias 

¡Cuadro consolador! ¡Hermoso ejemplo 
Que amor, grandeza y sencillez conclliai 
¡Bendito el pecho que so erice on templo 
Do se eleva ol altar de su familia ! 
¡Oh señora! Al calor de tus cariños, 
El fuego del amor y la hidalguía 
Templa las almas de tus tiernos niños: 
Tus palabras dulcísimas comprenden, 

Y es semilla del bien, que en su memoria 
Prometo frutos de abundante gloria. 

Por eso, aunque jamás la lira min 
Vibró para ensalzar al poderoso. 
Hoy sus ecos te envía 
Figurando de amor lazo dichoso. 
Mas yo no canto á la gentil Princesa, 
Orgullo y gloria de la Europa entera, 

Y en la que están los corazones fijos; 
Sino a la madre que amorosa vive 
Entre las cunas de sus tiernos hijos. 

Patrocinio i>b Bibdma db Quapuos. 



- 110- 

traje y la finura de sus maneras , parece un 
hijo de Madrid nacido y educado en los sa- 
lones. „ ... , , 

Criado en el seno de una familia de hon- 
rados comerciantes , es mas poeta que ma- 
temático, mas artista que geómetra. 

Con todo el aspecto de uno de esos jóve- 
nes favorecidos por la naturaleza , de uno 
de esos jóvenes que hacen el papel de gala- 
nes en la comedia de la vida, por su carác- 
ter, por sus ideas, por sus costumbres, es la 
antitesis de lo que parece. 

Buen hüo y buen esposo , llena su alma 
de fe católica, hwe de la sociedad, rechaza 
todo lo que es pueril, ama lo bueno, lo be- 
llo, lo serio ; y para que no cese el eterno 
contraste que entre el fondo y la forma de 
este talento privilegiado existe, es en todo 
y por todo la forma mas moderna de la tra- 
dición, como escritor , como orador, como 
hombre. 

En estremo original, inauguró su carrera 
literaria con un libro que revelaba su ca- 
rácter. 

Titulábase: Meditaciones de color claro 
por un autor oscuro. _ 

Primeras flores de un ingenio privilegia- 
do, auguraban los frutos que han saborea- 
do mas tarde los lectores de El Pensamien- 
to Español. 

Al terminar la carrera de abogado entró 
en este periódico. 

En vez de defender pleitos particulares, 
tomó á su cargo la defensa del gran pleito 
que la sociedad moderna sostiene con el 
racionalismo; y en artículos doctrinales, en 
críticas literarias, en estudios artísticos, en 
su precioso y edificante libro Los liberales 
sin máscara, y por último, en los discursos 
llenos de fuego y de vehemencia que ha 
pronunciado en el Congreso, no ha hecho 
otra cosa que hablar de su pleito, que es el 
nuestro, que es el de todas las personas que 
consideran la moral cristiana como punto 
de partida y término de su viaje en el 
mundo. 

Tiene veintisiete años. 

Cuando aun no habia cumplido los vein- 
ticinco, en la noche del 16 de julio de 186S. 
íí cosa de la once, llegó á su casa el general 
D. Hermenegildo Diaz de Ceballos. 

— Vengo, le dijo, á hacer á V. una pre- 
gunta. 

— ¿Cual.' esclamó. 

— Hov es lfi de julio: ¿quiere V. estar el 
20 en Londres á ver á D. Carlos? 

—¡Yo! 



BOCETOS CARLISTAS. 



VALENTÍN GÓMEZ, 

DIPUTADO POR DAROCA. 

Ha nacido en un pueblo de Aragón, y por 
lo elegante de su figura , lo atildado de su 



replicó asombrado Valentín Gó- 
mez:' ;que voy á hacer en Londres? 

— He sido invitado, como otrasvarias per- 
sonas del partido, á asistir á una reunión 
que allí ha de celebrarse el dia 20 de este 
mes. La fatalidad hace que me sea de todo 
punto imposible salir de Madrid en estos 
dias. He pensado buscar vna persona que 
me sustituyera. A pesar de que es V. joven, 
creo no equivocarme al depositar en V. to- 



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Cr 



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da mi confianza para cumplir la misión que 
le vov á dar. 

— Machas gracias, le replicó sin salir de 
su asombro; pero yo no tengo antecedentes 
de ningún género: ni sé lo q ue allí se va á 
hacer, ni mis pocos años me permiten toda- 
vía tomar parte en asuntos tan graves. 

— Nada: tengo hecha mi resolución: ¿quie- 
re V. ó no salir mañana en el exprés para 
llegar á Londres el 19 por la noche? 

Después de vacilaralgunos instantes, res- 
pondió Gómez: 

— Mañana me pongo en camino. 

Y, en efecto: fue á Londres; asistió á la 
primera ¡unta, conoció á D. Carlos, fue mas 
tarde á Paris, vivió algún tiempo cerca de 
los Duques de Madrid; acompañó á doña 
Mirgarita formando su cohorte, con otras 
personas distinguidas, en alguna de sus visi- 
tas á los hospitales y casas de beneficencia, 
y al volver á España fue uno de los que mas 
dieron á conocer las nobles prendas de los 
augustos Principes, con su palabra y con su 
pluma. 

Elegido diputado por la circunscripción 
de Calatayud, su acta durmió el sueño de 
los... injustos, y no tomó asiento en las 
Constituyentes. 

El distrito de Daroca le ha enviado á las 
actuales Cortes, y en ellas ha demostrado 
que posee la elocuencia de la convicción. 

Es un tanto incisivo, y sus frases suelen 
ser á veces dardos que llegan al corazón de 
sus adversarios. 

Antes que carlista es católico: pero por 
lo mismo es uno de los mas ardientes par- 
tidarios de la legitimidad. 

Los que le quieren bien, desean que cuan- 
to antes tenga que abandonar el escenario 
y los bastidores del parlamentarismo; y esto 
para que no tropiece con las sirenas de ese 
mar proceloso. 

En honor de la verdad, es loque mas de- 
sea el joven diputado. 

X. 



ECOS DE MADRID. 



Comencemos enviando á nuestra doña 
Margarita los mas sinceros votos por la fe- 
licidad de su augusto hijo el Príncipe don 
Jaime. El dia¿7 cumplió S. A. el primer 
año, y con este motivo todos los periódicos 
legitimistas han elevado sus mas entusias- 
tas y fervorosos plácemes á la augusta fa- 
milia. 

Nosotras, mas identificadas, como muje- 
res y como madres, con la Señora, compren- 
demos su felicidad al ver á su hermoso vas- 
tago objeto de nuestro mas entrañable 
amor, al saber que todas hemos pedido á 
Dios que en el próximo año pueda solem- 
nizarse el aniversario del natalicio de D. Jai - 



me bajo el hermoso cielo que, por lo azul, 
lo sereno y el cariño que nos inspira, nos 
recuerda á cada instante los cariñosos, se- 
renos y azules ojos de la amadísima Reina... 
de nuestro corazón. 

La fiesta del augusto Príncipe se celebró 
en el Bocage con un convite á varios niños, 
y con visitas afectuosas de los egregios per- 
sonajes que residen en Ginebra, y de los 
españoles adictos, sin que faltasen telegra- 
mas que espresaran sentimientos que ja- 
más pierden su vehemencia. 

El augusto niño se cria con una robustez 
admirable: su salud es perfecta, y soporta 
con privilegiada energía todas las incomo- 
didades propias de su edad. 

¡Si le vierais qué serio se pone aveces! 
Parece que adivina, que presiente el por- 
venir que le está reservado. 

Y tiene su gcniecillo, ¡vaya si lo tiene! 
pero un beso, una caricia del ángel de su 
guarda, de su afectuosa madre, le torna ri- 
sueño y feliz. 

» 

* # 

La crisis de los faroles, como ha dado en 
llamarse á la que ha amenizado estos dias 
las funciones parlamentarias, ha acabado 
con las fuerzas de los actores y con la pa- 
ciencia del publico. 

No pide que le vuelvan su dinero, por- 

3ue sabe que esto es imposible; y después 
e haber oido á un doctor, el Sr.'Ardanaz, 
se ha convencido de que el enfermo no tie- 
ne cura; pero son muchos los que piensan 
que no ha sido feliz la fábula de la última 
comedia. 

Para estas cosas debian los ministros lla- 
mar á los novelistas. Ellos hubieran prepa- 
rado algo mas nuevo y de mas efecto que 
la obra de arte de repostería que han con- 
feccionado con ayuda del patriarca de los 
demócratas. 

Hé aquí la crisis al alcance de todo el 
mundo. 

El ministerio no puede moverse , pero 
para vivir no tiene mas remedio que sal- 
var el abismo de la Hacienda. 

Moret es muy guapo y debe saltar bien; 
pero teme dar de fondo, v se retira. 

Surge la campaña de los faroles, de la 
cual, según la frase del ministerial Ortiz de 
Pinedo, el último farol que se apagó fue 
Rojo Arias. 

Los ministros unionistas que aun con- 
servan relaciones en la buena sociedad, pro- 
testan : los otros, que siempre están cum- 
plidos con sus amigos y que están seguros 
de haber dado gusto á su Tertulia, darian 
con gran placer una condecoración á los 
faroleros. 

El mensaje se eterniza. 

El verano, con sus calores, avanza. 

Los presupuestos no pasan. 

Y en vez de adoptar un remedio heroico, 
se adopta uno melodramático. 



¿f 



^ 



— 112 - 



— Señores: estamos muertos, dice el ¡efe 
del gabinete ; sois generosos, y no podéis 
ensañaros con cadáveres. Retirad las en- 
miendas, y votad : la votación será nuestro 
responso. 

Castelar promete un hosanna á los radi- 
cales, 6, mejor dicho, les hace creer que 
pueden contar con los republicanos. 

La crisis empieza. 

El jefe del Estado declara que dentro del 
sistema representativo no puede admitirla. 

V después de tres días de ansiedad, ha- 
ciendo los ministros enormes sacrificios y 
sacrificando al pais para que participe de su 
suerte, resucitan, se quedan, y las oposicio- 
nes y la nación prorumpen en un ¡ahí que 
los ministeriales califican de admiración, y 
los que no lo son le califican de boslejo. 

No ha polido darse un espectáculo mas 
edificante. Yo llamaría á la crisis el parla- 
mentarismo por dentro. 

En una palabra : los faroles se apagaron 
& pedradas , sucumbió el gobernador , fue 
votado el mensaje, y resucitó Lázaro, aun- 
que no curado. 

En cambio, oid. para consolaros, una es- 
cena que os gustará. 

Una señora de la última hornada tenia 
entre su servidumbre tres criadas : cocine- 
ra, doncella y niñera. 

El 18 por la tarde pidieron á su ama que 
iluminase los balcones. 

— ¡Yo...! ¡Dios me libre! esclamó; soy 
libérala. 

— Pues nosotras, dijo una de las tres, no 
lo somos; sino carlistas, y muy carlistas, y 
si no ilumina V., nos vamos ahora mismo. 

Así lo hicieron, y aquella noche se quedó 
dos veces á oscuras la señora de la si- 
tuación. 



¿No habéis reparado estos dias las caras 
de nuestros amigos? 

¡Qnc enfadados parecen unos momentos, 
y qué risueños otros! 

Enseñadlos á disimular, para que se ha- 
llen dentro... iba á decir de la legalidad 
existente, pero no lo digo ; para que se pa- 
rezcan al ministerio, que cubre con la capa 
de la conciliación las disidencias de sus in- 
dividuos. 

Que no se duermen en las pajas nuestros 
amigos, ya lo sabemos; que los ministeria- 
les querrian tenderles un lazo, ,-quién lo 
duda? Y si no, leed lo que dice El Norte, 
de Gerona, del famoso Escoda y Canela, y 
lo que cuentan los periódicos de fusiles 
aprehendidos. 

Lo que parece cierto es que algunos, que 
no somos nosotros , trabajan y activan sus 
tareas para darnos una sorpresa. 

Ellos piensan que el que da primero da 
dos veces, y que cuando la masa está bien 
preparada, se hacen muy bien las tortas. 



^Z 



En fin: tengamos paciencia, y esperemos 
á que suceda lo que Dios quiera. 

Lo que sí me atrevo á aconsejaros es que 
no rindáis culto á la moda de los viajes de 
verano; los tiempos son difíciles; hay que 
economizar; hay que evitar los contratiem- 
pos de los caminos , y , sobre todo , nunca 
está una mejor que en su casita. 

Ya comprendéis que mi consejo es salu- 
dable. 

#** 

Del precioso manuscrito de que os hablé 
en mi anterior revista, voy á tomar, para 
concluir esta, una anécdota que de seguro 
arrancará á vuestros ojos lágrimas de entu- 
siasmo. 

Un dia se presentó á D. Carlos en Vevey 
un carlista de toda la vida. Al verle se en- 
terneció, y no acertaba á decir una sola pa- 
labra. 

Al fin esclamó: 

— ¡Si yo pudiera dar un abrazo S V. M.I 

—Venga, dijo D. Carlos estrechándole, 
que estos abrazos hacen bien al corazón. 

Poco después, al marcharse, encontró en 
la antesala á un título de Castilla, compa- 
ñero suyo de viaje, que al reparar en el 
quiso darle una palmada en el hombro para 
ñamar su atención; pero el buen carlista le 
apartó diciéndole: 

—No me profane V., que el Rey acaba de 
abrazarme. 

Esperanza. 

P. S. Como habréis visto, se ha aumen- 
tado algo la suscricion. Ya indicaré la in- 
versión de estos fondos, y en mi próxima 
revista os hablaré del relicario. 



MARGA RITAS. 



No hay desdicha en la tierra que no ten- 
ga cerca de sí un consuelo. 

* 

Un viejo honesto y una joven sencilla 
pueden ser, v son ciertamente, amigos mas 
Íntimos que dos muchachos ó dos mu- 
chachas. 



El deber tiene espinas; pero las espinas 
del deber son las flores del triunfo. 

» 
» * ' 

La lumbre es el emblema del hogar, es el 
núcleo de la familia, es el calor esterno, en 
torno de cuyas llamaradas se reúne y con- 
serva el calor interno de nuestra alma. 

Castro y Sburano, en La Capitana Coek. 

MADRID, 1811. — Imprenta de La Ef tranza . I¡ 
enrgo de D. A. Perer Duhrull, Peí, 6, 



^ 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



AÑO I. 



9 JULIO 1871. 



NÚM. 15. 



SUMARIO.— Política fbubnina: El libe- 
ralismo (articulo tercer».}, por Juan de Luz — 
Bkllbias de la Religión: El 25.° aniversario de 
Pto IX, poesía, por D.A. de Valbuen i. -Bocetos 
Cablistas: D.Cruz U;uoa, por X.— E l Náufra- 
go, poesía.— ¿En dónde estao los ateo*? por I). R. 
Joroeu— Ecos de MadriJ , por Esperanza.— Mar- 
car!'.;!-. 



POLÍTICA femenina. 



El liberalíimo. 

artículo nr. 

Terminado el incidente parlamenta - 
rio entre el aguador y el doméstico, 
prosigue su majestuoso curso la dis- 
cusión. 

— iQué quiere V. que yo le diga, 
papá? dice una de las hijas. V. creerá 
que le sobran esos veinte duros men- 
suales, pero no es así. Mi hermana y 
yo necesitamos para alfileres algo mas 
de lo que V. nos da, y no es justo que 
nos falte algún cabo, mientras V. re- 
parte entre pobres que, por serlo, ape- 
nas tienen necesidades, la cantidad con- 
sabida. 



— O podia el señor aumentarme el 
salario , dice la cocinera. 

— Bastante tiene V. con lo que sisa, 
añade la doncel la , que está desespera- 
da porque no puede sisar. 

Segundo incidente. 

El parlamentarismo es muy entre- 
tenido. 

— Señor , esclama la cocinera : mi 
honra acaba de ser vulnerada, y 3'0 
pido que se abra una información, que 
se nombre una comisión de las perso- 
nas menos afectas á mí para que di- 
gan si es verdad que yo bíso. 

— Así se hará , contesta el jefe, si 
bien yo me complazco en asegurar 
desde luego que si en efecto hay sisa, 
la culpa no será de V., sino de los que 
le venden á V. los comestibles por un 
precio inferior al que V. pone en bus 
cuentas. 

— Corriente; pero veamus entre tan- 
tu qué es lo que se hace con los dure- 
tes, que esa es la madre del cordera, 
esclama el aguador. 

— Jugarlos á la lotería, dice el ma- 
yordomo, que es protector nato dé to- 
dos los juegos... de la casa, porque 



VS 





(r 



solo el hacer la vista gorda le vale cou- 
servar el puesto y recibir continuos 
agasajos. 

— Dádmelos á mí , para invertirlos. 

Y añade otro de los presentes. 

—No: á mí. 

— A mí ha de ser. 

— Yo tengo mas motivo... 

— Mi esperiencia es una garantía. 

— Si yo no los reparto, protesto. 

— Y yo. 

—Y yo. 

— ¡Orden, familia., menuda! esclama 
el presidente; orden, ó me cubro, que 
es lo mismo que si dijera: "Me guardo 
los veinte duros , y hago con ellos lo 
que me dé la gana. 11 

Ya ven Vds. , bondadosas lectoras, 
que ni aun para hacer el bien pueden 
entenderse los apreciables individuos 
de la familia liberal. 

Es necesario que una votación re- 
suelva las dudas. 

El jefe de la casa la propone . y es 
aceptada. 

Los que desean estar bien con él 
por la cuenta que les tiene, le buscan. 

— Vamo3 á ver, esposo, dice su mu- 
jer, qué es lo que te parece que vote- 
mos los de la familia. 

— ¡Dios me libre de influir lomas 
mínimo en vuestra voluntad! Sois li- 
bres, libérrimos. Lo que conviene es 
que me autoricéis á disponer de los 
400 rs., porque al fin y al cabo tengo 
probado con mi conducta que haré 
buen uso de ellos. Eso seria ademas 
una prueba do confianza que yo esti- 
maría; pero respeto vuestra autono- 
mía, y si bien es verdad que de no 
quedar satisfecho con la votación, pue- 
do dar un golpe de Estado, también lo 
es que la votación ha de ser espontá- 
nea, sin coacción de ningún género. 

La mujer y las hijas , para que no 
les quite sus alfileres , votan la auto- 
rización ; los hijos se abstienen, para 
negociar en una segunda votación y 
sacar del autor de sus dias unos cuar- 
tos que necesitan para pagar unas deu- 
das* atrasadas. 

Los domésticos se dividen. 



- 114 — 

La cocinera vota en pro, después de 
haber oido esplicar satisfactoriamente 
á su amo la causa de sus sisas. 

La doncella y los criados votan en 
contra 

El aguador no sabe qué hacer, y de 
buena gana iría al pilón á reunirse en 
tertulia con sus paisanos para pedirles 
parecer. Un guiño del amo que le vie- 
ne á decir: "Si no votas como yo quie- 
ro te quedas sin parroquiano, " le hace 
decidirse, y la autorización es votada. 

Las autorizaciones parlamentarias 
son la anulación voluutaria del sis- 
tema. 

Los que las votan dicen : 

" Queremos llegar al absolutismo 
parlamentariamente." 

El jefe de la casa hace entonces de 
los veinte duros lo que mejor le place- 
pero á medias. 

— Si no me das, le dice la mujer, 
cien reales cuando menos , declaro á la 
asamblea que tienes peluca, que te 
pones por la noche gorro de dormir, y 
que te tiñes el bigote. 

— Toma, mujer. 

— Si no me da V. cien reales . dice 
el hijo mayor, publico que si ha pe- 
dido V. la autorización es para poder 
dar la cantidad á una modista joven y 
guapa que le ha bordado á V. unos ti- 
rantes. 

— Toma , picaro , toma , que sabes 
mas que lo que yo te he enseñado. 

— Si nun me da Y. cien realazus, 
dice el aguador , le envenenu el agua, 
ó cuando pase V. pur cerca de la fuen- 
te en tre yo y mis paisanus le echamus 
al pilón. 

— Toma, condenado farruco, que me 
conviene tenerte contento por si algún 
dia necesito ablandar los huesos á al- 
gún prójimo, ó echar á rodar los faro- 
les, como suele decirse. 

Quedan cien reales para la limosna; 
pero llega una carta de un amigo de 
la juventud, que por efecto de loa vi- 
cios ha perdido su fortuna , le pide 
cinco duros para salir del apuro, y se 
los da 

Los pobres, es decir, el país, se quedan 



V^: 



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- 115 — 

en la miseria. ¡Oh! Pero la cosa se lia 
discutido ampliamente , y el jefe de la 
familia acepta la responsabilidad de su 
conducta. 

Las hijas saben que la mamá ha sa- 
cado tajada, y con embozadas amena- 
zas ó halagüeñas promesas le esca- 
motean algo. 

La doncella, qne sabe los trapichees 
de las jóvenes, pide su parte. 

Los criados amenazan al aguador, y 
este no puede menos de convidarlos á 
una copa. 

Total : se ha perdido el tiempo, el 
dinero , y se ha desmoralizado la fa- 
milia. 

Queda la conciencia de todos mal 
humorada, y el mal humor prepara la 
tormenta. 

Las exigencias contra el padre au- 
mentan , los gastos crecen porque es 
preciso tapar á todos la boca ; á pesar 
de los sacrificios , nadie está conten- 
to ; un dia se tiran los trastos, y como 
son de los que hoy se fabrican para 
salvar las apariencias, Be hacen mil pe- 
dazos. 

Un prendero, ó, como si dijéramos, 
nna especie de Banco de Castilla, los 
recoge por un pedazo de pan, y se en- 
riquece con ellos. 

Sin trastos la casa , hay que buscar 
los antiguos en la buhardilla; ellos re- 
cuerdan el pasado, y un dia esclama 
el padre: 

—¡Basta ya! Hay una ley mora 1 , que 
es la que preside á la familia. Ella ha 
de respetarse, y yo me encargo de ser 
bu guardador. 

Los criados son arrojados á la calle; 
la esposa y los hijos tienen que en- 
mendarse ; renace el orden ; viene en 
pos de el la libertad , y el bienestar se 
restaura en la casa. 

Entonces es cuando echan de monos 
aquel Crucifijo , el de la familia, y 
vuelven á él sus ojos, y le encuentran 
pagándole muy caro á losjudios. que 
han comerciado con él . 

}No es verdad que esta imagen en 
pequeño del liberalismo os ha quitado 
las ganas de rendirle culto? 



¿Sí ? Pues sabed que en vuestro 
caso, para dicha de todos , se halla la 
mayoría de los españoles. 

Juan de Luz. 



BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



EN El. 25.' ANIVERSARIO DE PIÓ IX. 
(LlUin UJinrulldCalifoadfViDti'.l 

¿Qué alborozo, qué alearía 
Los corazones deshiela, 
Y on alas del viento vuela 
I'. ir la hermosa patria mlH? 

Ds su redención el dia 
¿Llegó ya tan suspirado? 
¿Es ya tan feliz su estado 
Como miserable fue? 
¿Por qué el contento, por qaé 
Pe ese pueblo entusiasmado? 

; !'"r<(Ué la noblo algazara 
m u en todas partes se nota'' 
¿Por qué el alma se alborota 
Seliendoie por la cara? 

¿Porqué la fr.ni|'i>/i rnri 
Que antiguos n-Uos olvi la? 
¿Por qué lu color perdida 
Recobra el orbe mancUadu. 
Que pasa de invierno holn .■ 
A primavera florida? 

Es que tras del cataclismo 
Da reTolocIon funesta. 
Celebra el mundo una tiesta 
Da puro catolicismo: 

Es que . silvando el abluí] • 
De su larga desventura. 
La copa del gozo apura 
i"-in afición Indecible, 
Auto un presagio infalílil'- 
De su bonanza futura. 

K* que el supremo Pastor 
Que oprimido en liorna vive. 
\l-.rcada merced recibe 
De lu mano del --ñor: 

Be que, de su fe en honor. 
De su grandezi en abono. 
Bn el pontificio Trono. 
Entre amarguras y daños. 
Cumplió y» veinticinco nñ)s 
El augusto Pío Nono. 

Por eso el mundo sus gloria-* 
Kn'imorado celebra, 
Y acordes músicos quiebra 
En honor do sus vic: - 

Por eso sus cien historias 




(7- 



— 116 - 



Repasa con emoción; 

Y tío ln ardiente reg-lon 
Hasta Ja reglón del frío. 
Solo se oye: «¡Gloria á Pio¡ 
¡Gloria, gloria y bendición!» 

Y aquel rueblo caballero 
De Granada y de Lepanto. 
En regocijo tan santo , 

¿No habia ile ser el primero? 
¡Ya se ve que lo es! Entero 
So alzó do «a inercia fría. 

Y al Papa con alegría, 
Dijo, y con presteza estrena: 
—«Aquí esté, señor, España 
Para celebrar tu día.»— 

Y olvidando la pobreza 
Que sin su culpa le abruma, 
Lleva a su Padre una suma 
Estimable de riqueza. 

Corre á los tomplos y reza, 
Sale á las calles y írrita. 
Goza, se aTana, se agita. 
Se entusiasma, se estremece. 
Se trastorna, so enloquece... 
¡Bendita España, bendita! 

Haciendo ni dolor reproche. 
s« abraza con la alearía. 
Se viste pompas de din, 

Y se ilumina de noche. 

Abre al entusiasmo el hroch*. 

Y toda jubilo es... 
¡Padre! m'rn: ¿no ln ves? 
Mira el católico bando, 
BapftSa entera, saltando 
Como nn cordero A tus pies. 

Burlando el tiempo y sus huellas. 
El viejo se torna mozo: 
<i>. asoma festivo el froto 
\l rostro do las doncellas: 

Sus ojos, que son estrellas. 
Te envían sus resplandores; 
Éreseos nromas do flores 
Te dan sus auras inquietas: 

Y te cantan sus poeta»!. 

Y te pintan sus pintores... 

¡Padre! con placer WtraJio 
Para gloriarse en tu frloria, 
Brilla la hermosa Vitoria 
A orillasilel Avendauo. 

Presenta en graciosn amnho 
Su hermosura y su piedad; 
Las aldeas la bendicen, 
Vnelven ñ mirarla, y dicen: 
«¡Qué hermosa eatA la ciudad!» 

Rejuvenecida toda, 
Brillante, rica y apuesta, 
Como una virgen compuesta 
Para el dia de su boda; 

Y al ver cómo se acomoda 
Sus {ralas y sus primores; 



Y al ver I03 vivos colores 
Con que su frente engalana , 
Parecen llamarla hermana 
Los pájaros y las florea. 

En concierto estraordinnrio 

Y en religiosa actitud, 
Su entusiasta Juventud 
Celebra tu aniversario , 

Y pide al Dios del Calvario 
por su preciosa Pasión, 
Te libre de la opresión 
De ese verdugo malvado... 
—¡Envíanos, Padre amado, 
La divina bendición!— 

A. DB Valbubna. 

BOCETOS CARLISTAS. 



D. CRUZ OCHO A. 

Un talento claro, una imaginación vehe- 
mente, una fuerza de voluntad navarra, 
una lealtad á toda prueba y algunos resa- 
bios de los que suelen tener los niños mi- 
mados: hé aquí el retrato moral de Cruz 
Ochoa. 

Con estas prendas, y su figura esbelta, 
sus facciones agraciadas, sus ojos azules, su 
cabello rubio, su valentía para hablar y su 
serenidad para arrostrar el peligro, no es 
de estrañar que en breve espacio de tiempo 
hava adquirido celebridad. 

Su primera educación la debe á una san- 
ta v cariñosa madre. 

La tradición v el espíritu del benemérito 
cuerpo de la Guardia civil, en cuvas filas 
ha formado, acabaron de completarla. 

Con el honroso uniforme frecuentaba las 
aulas, y llamaba la atención de sus profeso- 
res v de sus compañeros por las cualida- 
des de su inteligencia y las prendas de su 
corazón. 

De esta manera heroica llegó á ser aboga- 
do, y lo primero que hizo af obtener el tí- 
tulo, fue defender la causa de la legitimidad. 

Elegido diputado constituyente, no tardó 
en alcanzar popularidad por su arrojo, por 
su energía, por su audacia. 

Al mismo tiempo publicaba un periódico 
que obtuvo gran número de suscritores, y 
que solia decir muy buenas cosas. Pero no 
faltaron almas caritativas que, temerosas de 
que los ímpetus de Cruz Ochoa y délos que 
con 61 escribían les proporcionasen disgus- 
tos, los apartaron del precipicio, y el perió- 
dico sucumbió á los abrazos y á los besos 
de sus amigos. 

Como soy imparcial y no acostumbro á 
poner en mi paleta para los retratos el color 
Je la adulación, debo decir que Cruz Ochoa, 
estimulado por la popularidad que alcanza- 



— 117 — 



ba, iba avanzando, avanzando, y en su ar- 
rojo olvidaba S veces que solo era un solda- 
do distinguido. 

La culpa no fue suya, sino del parlamen- 
tarismo, y los mismos que le criticaban han 
venido á incurrir en nicótica debilidad. 

No se puede negar á Cruz Ochoa, sin co- 
meter una gran injusticia , que ha sido 
uno de los mas fervientes y mas útiles pro- 
pagandistas de la causa de D. Carlos. 

Su ruda franqueza ha podido inducirle á 
esclamar como el rico- home de Alcalá: 
«¡Del Rey tbajo, ninguno!» Ha podido, por- 

3ue es joven y fogoso, cometer alguna in- 
iscrecion; pero en el momento del peli- 
gro presentará su pecho, mientras que al- 
gunos otros solo dejarán ver su espalda... y 
I lo lejos. 

Como se trata de un hombre querido con 
delirio por unos , mirado con recelo por 
otros, el dibujo que ofrezco no puede ser 
mas que un estudio de claro-oscuro. 

El verano último, después de haberse li- 
brado de la Porra madrileña, fue i la fron- 
tera, y en compañía de Rada y dedosdipu- 
tados navarros negoció con Escoda. 

Se equivocó , que al fin y al cabo no es 
infalible; pero con su energía evitó que su 
provincia secundare aquel descabellado mo- 
vimiento. 

Llamado al Congreso, envió un parte te- 
legráfico que se le ha criticado mucho. 

En fin, estas son pequeneces que los hom- 
bres atribuyen á las mujeres, y que estas 
deben atribuir á los diputados, 'cualquiera 
que sea su procedencia. 

Cruz Ochoa ha vuelto al Congreso, y con 
una modestia que le honra ha dejado á 
otros su lugartenencia del año pasado, limi- 
tándose á denunciar abusos. 

Hoy puede meditar, y seguiamente me- 
dita, sobre la situación de su partido, la de 
su patria, y la suya propia. 

Tiene talento y corazón. 

Es ardiente legitimista y sincero católico, 
cristiano rancio, como suele decirse. 

Con estas cualidades puede hacer mucho 
si llega á comprender, como parece com- 
prenderlo ya, que el sacrificio del amor 
propio en aras del amor de la patria , es el 
triunfo mas puro que pueden conseguir un 
talento y un alma privilegiados. 



EL NAUFRAGO 1 



Cuando al abrir tos ojos 
el desgraciado náufrago 
la soledad Inmensa 
mira en su derredor , 

(1) Una señorita nos ha enviado arta composi- 
ción, poro so modestia le ha obligado a ocultar su 
nombre. 



fin naxlie que a sus ayes 
compasivo conteste: 
sin nadie que comprenda 
su grito de dolor, 
en un inmenso cao* 
gira su entendimiento, 
y ni palpitar puede 
su helado corazón. 
Ya su razón vacila 
de su desgracia al roso; 
ya nna blasfemia impla 
tal vez va á pronunciar: 
mas levanta los ojos 
y los Sjn en el cielo . 
y el llanto del consuelo 
so ve de ellos brotar, 
■lúe célico esperanza 
su corazón anima. 
y 6 bu contacto puro 
la congoja pasó. 
Su silencioso llanto 
so lleva su amargura, 
y el mundo le sonríe 
tranquilo y sin dolor; 
su voz dirige al cielo . 
y en su plegaria férvida 
perdón y amparo pide 
al poderoso Dios, 
y gracias sabe darle 
con fervoroso anhelo , 
pues que al mirar al cielo 
consuelo en él bnlb*,. 



;.EN OONDE EST»N LOS OUE SE DICEN ATEOS'." 



Barcelona 31 de junio. 

Cualquiera que sea el espíritu de un pue- 
blo, se manifiesta, por mas que haya quien 
tenga interés en amortiguarlo, en sus festi- 
vidades político-religiosas. 

Es una verdad que las ostentaciones es- 
tertores no son hechas para nuestro gran 
partido; déjanse para los que, en número 
muy inferior al nuestro, tienen por costum- 
bre meter mucha bulla y algazara para en- 
contrar en su forzado entusiasmo lo que 
les niega la realidad. Pero si bien es cierto 
que no estamos acostumbrados á ostenta- 
ciones de fuerza, no lo es menos que, dadas 
las actuales circunstancias, debemos com- 
batir á nuestros enemigos con las mismas 
armas con que ellos nos combaten. 

Se echa mano de la historia y de la im- 
prenta para tergiversar los hechos de nues- 
tros antepasados y calumniarlos: nosotros 
con la historia y la imprenta, los defende - 
raos y los combatimos; á los clubs y socie- 
dades secretas en donde el zapatero del lado 
de mi casa improvisa una multitud de dis- 
parates, v adquiere fama del mejor teólogo 
moralista, debemos oponer nuestras socie- 
dades católicas , en donde se les enseña 



¿J 



sus deberes para con Dios y para con el 
prójimo; en una palabra, á las manifesta- 
ciones antireligiosas y antisociales, han de 
salirles al encuentro nuestras pacíficas ma- 
nifestaciones, que, por lo numerosas, lle- 
van el consuelo al alma afligida , y ha- 
cen temblar al hereje. Y si no, dígalo 
Barcelona y su provincia , dígalo Espa- 
ña entera , que ha visto sus góticas ca- 
tedrales llenas á todas horas de un gentío 
inmenso, dando de ese modo un mentís á 
las calumnias de cuatro 6 cinco que se lla- 
man Ubre-pensadores. Ya Barcelona no es 
la religiosa, decían estos; el comercio, al 
rápido contacto con las demás naciones ci- 
vilizadas, la ha despreocupado; la clase 
media, pronta á desengañarse, se ve indife- 
rente y apática ; el pueblo ¡oh! el pueblo 
está muy empapado en las modernas ¡deas 
de libertad,igualdad y fraternidad para que 
se deje sorprender: ¿no veis, ademas, esos 
candidatos ateos que salen de esos clubs? 

¿Qué es eso? ¿Qué significará esc continuo 
insulto á nuestras creencias por una turba 
descreída que hace gala de ser mas católi- 
ca que Dios? Por fortuna, la Virgen de 
Montserrat, desde su magnífica y altísima 
atalaya , ¿no ha descubierto los ejércitos 
enemigos, y, como en otros tiempos, no ha 
bendecido nuestro pendón guerrero? ¿Qué 
es eso? La Virgen de las Mercedes, ¿va no 
hace caso al furioso embate de las olas de 
aquel mar que se prestó gustoso á servir de 
alfombra á nuestros intrépidos guerreros, 
para libertar de las cárceles agarenas los 
cristianos cautivos? ¿Ya no atiende al silbido 
del huracanado viento al pasar por entre los 
mástiles que le advierte la hora del peligro 
para volar en socorro de sus hijos? ¿Qué es 
eso...? No: no dormia la Morenita desde su 
atalaya. Todo lo escuchaba con confiada 
calma la Perla de Barcelona: como que sa- 
bia que en la ciudad donde murió Santa 
Eulalia no se apagaría la fe que tan heroi- 
ca joven le legaba, y así se ha podido ver 
con motivo del vigésímoquinto aniversario 
del pontificado de Pió IX, Papa y Rey. 

Las fibras de nuestros corazones se con- 
movieron por tal recuerdo, y era cosa de 
ver lo generales y espléndidas que han sido 
las fiestas que con tal motivo se han cele- 
brado. No han escaseado luces, colgaduras, 
fuegos artificiales, fogatas en las torres de 
nuestra basílica y demás iglesias, v la mul- 
titud que recorría las calles con la alegría 
pintada en el rostro, de emoción en emo- 
ción, llegaba á no poder contener su puro 
entusiasmo, hasta gritar ¡Viva PioIX, Pa- 
par Rey! 

Varias fueron las funciones que en cele- 
bridad de tan providencial acontecimiento 
se verificaron: entre ellas es de notar la pro- 
cesión que salió de la basílica para ofrecer 
á la Virgen de las Mercedes el cetro de oro 
que la ciudad de Barcelona le ha regalado, 



- 118 - 

á cuyo acto asistieron mas de 3,000 perso- 
nas, llamando la atención la insignia que 
usa la Sociedad católica de Amigos del pue- 
blo, consistente en una tiara y las llaves, con 
unas cintas délos colores nacionales y pon- 
tificios, como signo de distinción de su 
amor y adhesión al Pontificado. Comunico 
con el mayor gusto estas noticias á las lec- 
toras de La Margarita, segura de compla- 
cer sus puros sentimientos religiosos. 

R. JORNET. 



ECOS DE MADRID. 



¿Qué sucede? ¿Estamos seguros? 
— ¿Por qué esas preguntas? 

— ¿Qué..., Vds. no saben? 
— N'j. 

— jPuesahíes nada...!Loqueacontece es 
grdve. En primer lugar, los partidarios de 
D. Alfonso se han entendido con los de 
Montpensier. 

— ¿Sin previa reconciliación? 

—Con reconciliación completa. 

— ¿Pero es posible eso? 

— Todo es posible en pleno liberalismo. 
Ademas, parece que la cosa se ha hecho 
por influencia de María Cristina. 

— iKatal influencia para los españoles! 
— Para los españoles, sí; pero para los que 

viven de la política, ha sido la mas fecunda 
siempre. 

— ¡Bah! eso no puede realizarse. ¡Pues 
qué! ¿as! se maneja á un pueblo? 

— Ya sabemos que de ese abrazo resul- 
tará lo que de todos los abrazos que se han 
dado desde 1810. Sin ir mas lejos, O-Don- 
nell y Espartero se abrazaron, y á los dos 
años fueron ametrallados los progresistas. 
Hoy, mas que nada, inspira el amor propio 
esa conspiración. 

— ;Y cuentan con elementos? 

— Los ministeriales aseguran que sí. 

— V nosotros, ¿qué hacemos? 

— Nosotros.. .¿qué hemosde hacer? Aguar- 
dar á que el edificio se desplome. 



Eli 3 es que debe haber algo grave. Me 
han asegurado personas desveladas que han 
oido estas noches pasadas, á cosa de las dos, 
algunos tiros; otros han visto luces en al- 
gunos tejados. 

Ademas, han sido 6 van á ser relevados 
algunos jefes militares. 

— ¿Conque es decir que en julio...? 

— ¡Así parece! 

—¿Habrá cambio de postura? 

— ¡Quién sabe! 

— Pero la enfermedad, ¿continuará? 

—¡Oh! no. 

— JSabc V. algo? 

—Yo solo sé que hay lógica en el mundo. 



vt 



- 119- 



— Bien; pero la lógica... 

—La lógica lo puede todo. 

- Dígame V. en confianza si sabe algo. 

—Ni sé, ni quiero, ni debo saber; y crea 
usted que si esto hubiera sucedido siempre, 
la enfermedad se habría curado ya. 

A 

— ¡Pobre Moret! 

No os asombre esta csclamacion : soy 
justa, y tengo motivos para lastimarme de 
la desdicha de un hombre que es un esce- 
lente esposo y un amantísimo padre. 

Si le vierais rodeado de sus seis hermosos 
hijos, y teniendo que luchar con los punios 
negros, sentiríais tristeza. 

Ya sabéis que una contrata de tabacos 
ilegalmentc ejecutada ha caído sobre la si- 
tuación como una bomba, y ha aplastado 
al inocente ministro de Hacienda. 

Solo en la esfera de la política, donde no 
hay entrañas, podrán pensar mal de él; yo 
creo firmemente que la única culpa de Mo- 
ret es haber sido ministro de Hacienda, no 
debiendo ser masque unelocuente catedrá- 
tico. 

Pero tampoco es suya la culpa, sino de 
la revolución, que no teniendo presente ni 
pasado, se ha visto precisado á negociar so- 
bre los hombres de su porvenir. 

En resumen : el punto negro oscurece el 
ya nublado cielo de la situación; la Hacien- 
da se ha quedado sin galán, y el pais se 
quedará muy pronto á oscuras, si el so! no 
rasga las tinieblas. 

* » 
Y sin embargo, Madrid se divierte. 
Id al Prado desde las ocho hasta las diez, 
y veréis innumerables figuras de movimien ■ 
lo, muy engalanadas todas, aunque solo 
Dios sabe á qué costa, paseando en distin- 
tas direcciones , y agitándose en aquella 
jaula como si la felicidad les sonriera. 

Pero aquella distracción no es la mas 
cara. 

En el Teatro y Circo de Madrid, en el de 
Price, en los Campos Elíseos, en el Jardín 
del Buen Retiro hallareis millares de cuer- 
pos, por poco digo de almas, que se exhi- 
ben, y demuestran que pueden permitirse 
aquel lujo, ó que pueden proporcionarse 
aquel placer. 
El hogar asusta á la familia moderna. 
El sacrificio que se hace á la esíeriori - 
dad hace que el interior de la casa sea mo- 
lesto, y por olvidarle corren hijos y padres, 
esposas y esposos, á embriagarse con mú- 
sicas, piruetas, ejercicios gimnásticos, chis- 
tes indecorosos é intriguillas de las que 
revolotean en torno de todos los espec- 
táculos. 

Olvidar y fjozar: hé aquí los dos polos de 
esta loca sociedad. 

Muchas familias de la aristocracia se han 
¡do al estranjero, á París tal vez, para ver 



los estragos de la Commune v poder contar 
entre chistes y frases humorísticas lo que 
ven, sin tomar las lecciones que dan aque- 
llas ruinas. 

|Ah! ¡Cuánto tiene que hacer la Reina... 
de nuestro corazón para devolver á la fa- 
milia la pureza de costumbres que hoy la 
condena al suplicio de carecer de hogar! 

Pero todo se andará. Dios mediante. 

.** 

Voy á deciros algo acerca del regalo que 
con parte de vuestros donativos nos pro- 
ponemos ofrecer á doña Margarita. 

Ya deberia estar en su poder, y lo esta- 
ría seguramente sin un contratiempo que 
ha podido costar caro al platero. 

Iba hace dos semanas por la calle, y, 
enredándose en la cola del vestido de una 
señora, tropezó, cayó, y se lastimó, aunque 
no gravemente. 
Este suceso paralizó sus trabajos. 
Ya está restablecido, y ha enviado á de- 
cir á la señora condesa del Prado que en 
la próxima semana le entregará el relicario. 
No hemos visto el diseno , porque el ar- 
tífice, penetrado de nuestra idea, ha que- 
rido interpretaría con arreglo á su propia 
inspiración. 

Cuando esté terminado, mandaremos sa- 
car un diseño, y lo publicaremts en nues- 
tro Álbum. 

Los donativos se han aumentado con 
40 rs. déla señora de Obregon y 80 de las 
señoras de Iturraldc, hijas del célebre ge- 
neral carlista ; cantidades que por estar 
cerrada nuestra lista han entregado á la se- 
ñora condesa del Prado. 

Esta bondadosa y angelical señora, que 
solo goza socorriendo á los desvalidos, ha 
distribuido los últimos donativos entre un 
benemérito y antiguo carlista, y la viuda 
de otro no menos digno, que se hallan en 
la mayor indigencia. 

# 
* * 

(¿uiero recomendaros la lectura de un 
precioso libro del diputado carlista don 
José María de Pereda , titulada Tipos y 
paisajes , en el que con mágico pincel se 
describen las mas pintorescas costumbres 
de la montaña de Santander. 

También es bellísima !a colección de 
cantares titulada Trinos, de D. Manuel 
Jorreto, que me ha regalado su autor, dán- 
dome á conocer el alma de un verdadero 
poeta. 

Por las Margaritas de este número po- 
déis formar una idea de su alma. 



Me tienen olvidada mis buenas amigas 
de Ginebra. ¡Ya se ve! ¡Son tan felices al 
lado de la Señora! Si ellas supieran el gozo 
con que las lectoras de La Margarita leen 
las noticias de allí, serian caritativas. Las 



t 



4 



(r 



cartas que recibo de- las suscritoras me re- 
fieren escenas de una ternura inconcebible. 
La Señora puede estar segura de que se es- 
cucha con lágrimas de felicidad todo lo 
que á ella se refiere; que cada dia es mayor 
el cariño que inspira, y que millares de es- 
paño las piden á Dios todos los dias en sus 
oraciones que vea realizados sus deseos. 

¿No merecen estos purísimos sentimien- 
tos algunos detalles de la vida íntima de su 
ídolo? 

Que no lo olviden mis bondadosas y aho- 
ra un poco descuidadas amigas. 



- 120 - 

¡Lo que se habló! ¡Lo que se murmuró! 

¡Dios nos libre de la pasión política! 

No seré vo quien eche lena al fuego... 
aunque, tarde ó temprano, todo ha de sa- 
berse y aclararse; pero para tranquilizar á 
los furiosos diré que la publicación estraor- 
dinaria del documento consabido no ha 
sido originada ni por una necesidad políti- 
ca ni por un fin lucrativo. 

Tanto es así, que me han asegurado que 
el producto de la venta de los millares de 



El viernes último sorprendió La Regene- 
ración á la corte de las Españas nada me- 
que con un Manifiesto y una Constitu- 
ción de Carlos Vil, según decian los ciegos 
al venderlo. 

Desde luego presumo que no les darían 
ni en la redacción ni en la administración 
orden de engañar al público con aquel gri- 
to; porque esto lo hacen los periódicos li- 
berales, y condenamos y execramos su con- 
ducta. 

Pero aunque estamos escarmentados, 
oíamos decir: 

— «¡Suplemento estraordinario á La Re- 
generación, con el manifiesto y la Constitu- 
ción de D. Carlos!» Y no hubo un carlista 
que no se apresurase á adquirir tan precio- 
sos documentos, y hasta los que no lo son 
se lo arrebataban de las manos. 

Pintar el efecto que el engaño de los 
vendedores produjo, mas aun entre los car- 
listas que entre los liberales, es indecible. 
Lo refiero para que, llegando á noticia de 
los propietarios del diario católico-monár- 
quico, puedan corregir á sus dependientes. 
Los situacioneros se frotaban las manos 
de gusto, y los pobres carlistas... Con decir 
que hasta hubo quun dio por el tal Mani- 
fiesto su última moneda , está dicho todo. 
Cuentan que se vendieron mas de 15,000 
hojas sueltas de La Regeneración. 

Pero vamos al caso: el Manifiesto y la 
Constitución que atribuían los vendedores 
á D. Carlos no era ni mas ni menos que un 
proyecto, un boceto, algunas ideas para la 
Constitución que, á juzgar por la carta de 
D. Carlos á su hermano D. Alfonso, quiere 
aquel príncipe plantear. 

Firmábalas un suscritor antiguo; pero 
como las publicaba La Regeneración en 
suplemento, y estaban escritas y pensadas 
de cierto modo, todo el mundo dio en decir 
que el suscritor anónimo era el Sr. Aparisi 
y Guijarro. 

Pero, amigas, la publicación de un docu- 
mento tan trascendental, asi, de sopetón, y, 
según me han dicho, sin previo acuerdo de 
la Junta central, sin permiso de nuestro 
verdadero jefe, sin que tuvieran noticia de 
él los otros dos periódicos de Madrid, causó 
un efecto que no me atrevo á describir. 



ejemplares del suplemento se destina ¡i ali- 
viar la indigencia de los muchos carlistas 
que hoy arrastran la cadena de presidiarios. 

Lo creo, porque esto es noble y bueno, 
y así se convencerán nuestros maevolos 
adversarios de que el grito de venta , espe- 
cie de anzuelo, fue obra esclusiva de los 
vendedores. 

Dentro de nuestro partido no cabe el 

í20Ísmo. 

•» 

* * 

H¿ aquí, para terminar, una muestra de 

la generosidad de nuestros amigos. 

Me la suministra el precioso manuscrito 
de que os tengo hablado. 

A fines de 1868, y en los momentos en 

3ue los comisarios regios recaudaban fon- 
os, se presentó un labrador al comisario 
de una provincia, y entregándole una can- 
tidad. . 

—Tome V., le dijo, y empléelo en favor 
de la causa: hace un año que no fumo para 
poder juntar esta pequeña suma. 
¡Que lección tan elocuente! 

Esperanza. 



MARGA RITAS. 

Procura, niña, que siempre 
tan limpia tengas el alma, 
que cuando llegue el pecado 
le dé temor el mancharla. 



Cuanto mas dentro se forma 
del mar, la perla es mas pura ; 
Las virtudes que mas valen 
son las que están mas ocultas. 

**. 
Nunca jamás la calumnia 
dejes salir de tu boca, 
que es una chispa de fuego 
sobre montones de pólvora. 

• • 
Formó Dios un alma hermosa 
con las almas de los ángeles, 
le dio un amor puro, inmenso, 
y después la llamó Madre. 

Manuel Jorrkto. 



MADRID, 1871. — Imprenta iIb La Eiptrama , 
cargo de D. A. Verex Dubrull. Peí, 6. 



: ^ 





ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



AÑO I. 



16 JULIO 1871. 



NÚM. 16. 



SUMARIO.— r,a Tradición, por doBn Pntro- 
oínio de Biedma «le Qumlros. — Verbena triste, 
poesía.— Caprichos dr la Moda : Kl Luja, por 
Carolina P.— Un poco do moral, por I>. A. de 
Valbaona. — Ecos de Madrid , por Espcrania.— 
Margaritas. 



LA TRADICIÓN. 

Hay palabras que por sí solas espre- 
san, no ya una idea, sino un senti- 
miento, una esperanza , una aspiración. 

Palabras que todos oyen con respe- 
to, que vibran dulcemente en todos 
los corazones, pues ellas parecen hacer 
visible esa misteriosa cadena que dila- 
ta sus eslabones en cada hora de nues- 
tra vida, y une con un lazo simpático 
el pasado y el porvenir. 

La palabra tradición tiene ese po- 
der, que deberíamos llamar divino, 
pues reanima lo que fue y da vida con 
el aliento de la esperanza á lo que aun 
no ha sido. 

A ella van unidas todas las glorias 
do que el corazón se enorgullece, todas 
las ilusiones que halagan el pensa- 
miento. 

Así en la vida do los pueblos como 



en la vida de las familias, la tradición, 
que poetiza con sus galas el pasado , es 
como una luz del porvenir , como un 
delicado velo estendido sobre la amar- 
ga realidad del presente , como el es- 
píritu benéfico que embellece la, vida. 

A través de la nada del pasado , se 
la ve brillar como una estela de luz 
mas viva cuanto mas lejana ; ella os el 
recuerdo imperecedero do altos hechos 
de gloria , la heroína inmortal de los 
rasgos de valor, grandeza y virtud que 
honran la humanidad. 

TJn pueblo, para ser grande, debe 
conservar las tradiciones de gloria que 
le han sido legadas por sus mayores; 
debe recoger, enaltecer y respetar to- 
dos los hechos, todos los sucesos, todas 
las palabras que esa tradición susten- 
ta, como s! ella le trasmitiese el latido 
de los corazones que ya se han deshe- 
cho en polvo vano, pero que, animados 
un dia por el fuego del deber, dejaron 
su nombre al apagarse su vida en ese 
altar qne la muerte respeta y que los 
siglos elevan mas y mas, como si ellos 
fuesen pedestal de su grandeza , en el 
altar de la gloria. 



Z-i) 



r r 



— 122 — 



Y esa tradición que inmortaliza un 
nombre sustentando su gloria, es nece- 
saria á la vida, porque el corazón, 
como si tuviese sus raices en el pasa- 
do, entre el polvo de los sepulcros, se 
alimenta con los recuerdos, se inspira 
en altos ejemplos de virtud , y ellos le 
obligan y le guian en la senda del de- 
ber, de la virtud y la gloria. 

Los pueblos no pueden, sin renegar 
de su pasado, borrar las tradiciones 
donde palpita la vida de las generacio- 
nes que pasaron, sin borrar con ellas 
las páginas de su historia; no pueden 
romper esa misteriosa cadena que flota 
invisible de uno á otro pensamiento, 
porque ella es como el dique puesto 
por Dios mismo al torrente invasor de 
nuestras versátiles pasiones, como el 
cauce seguro de la corrieute de nues- 
tras ideas. 

La tradición que flota sobre la vida 
sin desvanecerse, es como el perfume 
que vaga sobre la flor marchita. 

¡Pobre del pueblo que quiera des- 
truir con la piqueta de una nueva idea 
el edificio grandioso de su antigua 
vida, prueba de su grandeza! 

En vano querrá elevar sobre sus sa- 
gradas ruinas un edificio moderno que 
trace el capricho, la razón ó el cálculo; 
ese edificio nada hablaría al corazón; 
le faltaría la base principal, el respeto 
á los grandes hechos que representa; 
porque la sociedad que puede y debe 
modificarse á medida que la ciencia se 
estiende sobre lo desconocido, robán- 
dole sus secretos y adivinando sus pro- 
digios , la sociedad no puede renegar 
de sí misma, ni renacer á una nueva 
vida á su antojo; porque el pueblo que 
esto hiciese seria huérfano de senti- 
mientos, y su historia, como un libro 
en blanco en que el capricho escribiese 
la primera página con mano tan débil 
que un azar la borrase, no podría ins- 
pirarle ni respeto ni admiración. 

Y no se crea que la tradición vive 
por sí sola y no se apoya en un nom- 
bra Como recuerdo, como historia, 
puede flotar sobre el pensamiento de 
un pueblo ; pero como ejemplo y como 



gloria, -necesita ser sustentada por el 
nombre que inmortaliza, para que sea 
algo mas que una sombra vaga cer- 
niéndose sobre el pasado. 

Y esas tradiciones que como una 
herencia de amor viven en nuestro 
corazón con nuestra vida, grabadas en 
él á la luz del hogar y al calor de una 
dulce costumbre, no pueden ser borra- 
das , ni el nombre que les da forma y 
que es la vida de ellas, ese nombre que 
á fuerza de oirle vibrar en labios que- 
ridos ha llegado á ser una parte de 
nuestro corazón, puede cambiarse por 
algún otro estraño á los labios y estra- 
ño al corazón. 

Esperemos en Dios que en nuestra 
amada patria la tradición no se rompa, 
ya que ella es la esperanza de tantos 
corazones, la luz de tantos pensamien- 
tos, y digamos á los que como nosotros 
aman ese glorioso imán que atrae por 
su grandeza: "La muerte de la tradi- 
ción es el olvido : si queréis que viva, 
esperad y amad." 

Patrocinio de Biedua de Quadros. 



VERBENA TRISTE. 



¡Quó hermosa está la mañana! 
De entre loa chopos el viento 
Viene á rozar en mi frente 
Húmedo, suave y fresco. 

El camino de Avechuco 
Cuajado hasta por en medio 
Esta <le frrupos que ríen, 
Hablan y corren Utreros. 

Manadas llevan de flores 
Los uiuas y los mancebos, 

Y van á San Juan de Arriado, 
Si uo devotos, contentos. 

Pues las sencillas 
Fiestas del pueblo 
Siempre tu gloria 
Tu encanto fueron, 
Vamos, corazón mío, 
Vamos con ellos... 

¿Qué es estoV Mis pies no quieren 
Ir ajelante... ¿Qué es esto? 
¿Que fuerza oculta me aparta 
Del bullicio quo apetezco..,? 

A mi derecha una verja, 
i allá de la verja dentro, 
r lias de necros ciprcses 
(jue alzan sus puntas al cielo, 

Y pirámides, y emblemas, 

Y cruces... ¡el cementerio! 
Huyamos, corazón mió: 
Huyamos de aquí muy lejos. 

Aquí me asaltan 
Tristes recuerdos... 
Quisiera huirlos... 
¡Es vano intento...! 



— 123 — 



¡Ah! Tenf-o que abrazarlos... 
No puedo menos. 

¡Jesús, qué triste y qué solo! 
¿Qué frialdad, qué silencio! 
¿Dónde estará de estas calles, 
Donde estará el jardinero...? 
Allí so aparece un hombre 
Mudo y de feroz aspecto... 
¿Cabe aquí un alma insensible 
Entre tanto sentimiento? 

¿Por qué guarda tan medroso 
En sitio de pai pusieron? 
¿Temen que vengan los vivos. 
Q que se va van los muertos? 
Todo atiilado 
Con tanto esmero... 
Mas si en virtudes 
No flore oleron, 
¿QnÓ les sirvo en sus tumbas 
Verdor eterno. .? 

Hace un afio... mas de un alio, 
Entré por aquí un enl ierro; 
Muchos vinieron con olla , 
Pero sin ella se fueron. 

¡Tanto tiempo, hermana mía, 
lijos de ti. tanto tiempo! 
\ ahora que vuelvo ñ buscarte 
Ni aun tu sepultura encuentro. 

Por calles de humanas ruinas 
Desorientado me pierdo, 

Y te llamo y no me escuchas... 
¡Cómo has de escucharme...? ¡Meno! 

—Era mi vida. 
Mi pensamiento: 
Era el tesoro 
De mis ensueño-i... 
¿No hallaré quien me d¡™a 
Dónde le han puesto? 

Aquí los arboles tienen 
Mas gracioso movimiento: 
Aquí el ambiente respiro 
Mas aromado, mas fresco : 

Aquí rosas y azucena^. 

Y malva', y pensamiento-:. 
No mas puros que sus ojos. 

Ni mas limpios, ni mas nefrros. 

Anuí debe ser... airosa 
Se alza aun piedra: en su centro 
Dnas letras... Aquí yatx... 
(Su nombra (Valedme. rielo-' 
Marmol que avaro 
Guardas sus restos. 
Trasmite pío. 
Trasmite lusco 
Al alma de mi vida 
Mi ardiente beso. 

Las rodillas a la piedra 
Como por imon secreto. 
Se adhieren, y en dulce lazo 
Cautiva el ánima siento. 

Quiero llorar, y me ahogo; 
Quiero rezar, y no acierto... 
;0h Til que los corazones 
Reatetras. Dios de los cielos' 

pomo plegaría recibe 
t-is dos lagrimas de fuego 
Que eo mis mejillas denuncian 
El dolor que hny en mi pecho... 
Rntre los Angele*. 
Allá en mis sueños, 
Illancu y h*"-mo<a 
Siempre la veo... 
Mas si aun purgando 
Leves defectos. 
Ka triste corcel 
Suspira lejos, 
Al seno de tu gloria 
Llévala presto! 

A. db Valbuena. 

Vitoria 34 de junio de 1871. 

-^AAAAAAA'— 



CAPRICHOS DE LA MODA. 



EXj LUJO. 

No sé hasta dónde tendré razón al incluir 
el lujo entre los variados é innumerables 
caprichos de la reina del mundo, pues ten- 
go para mi que, en vez de ser uno de los 
caprichos de esa voluble deidad, este cán- 
cer de la sociedad es su creador, y á ¿1 de- 
bemos su existencia. Así, pues, queridas 
lectoras, tengámosle por padre ó por hijo 
de la moda, voy á referiros algunas consi- 
deraciones que se me ocurren con respecto 
á esta que un moralista llamaría lepra dé la 
sociedad, tal vez con bastante razón, pues 
la creo una de las principales causas de la 
desmoralización que tanto cunde hoy. 

Si repasamos la historia, veremos que to- 
das las naciones han sido tanto mas gran- 
des cuanto mas sencillas eran sus costum- 
bres; y que á medida que han ido desple- 
gando mayor lujo, se han hallado mas pró- 
ximas á su ruina. 

No soy amiga de digresiones de ninguna 
especie, y mucho menos históricas, para las 
cuales hace falta una erudición de que ca- 
rezco, por lo cual no seré muy estensa en 
la pequeña escursion que me propongo ha- 
cer por el campo de la historia. 

Egipto, mientras fue gobernado por los 
Reyes pastores, es decir, desde Mcnes, nieto 
de Noé, que parece haber sido el fundador 
de este imperio, hasta unos seiscientos años 
antes de la venida de Jesucristo, conservó 
la sencillez de sus costumbres primitivas, y 
fue poderoso, conquistó innumerables ter- 
ritorios, y construyó todas las maravillas 
que aun subsisten, y muchas que han des- 
aparecido bajo la piqueta de los hombres, 
que ha causado siempre mas destrozos que 
la del tiempo; y solamente cuando empezó 
á afeminarse con el lujo que introdujeron 
en su seno los paises conquistados, fue de- 
cayendo, hasta el estremo de que una na- 
ción que tenia mas de un millón de com- 
batientes se vio conquistada en muy poco 
tiempo, menos de un año, por Cambises, 
hijo de Ciro, Rey de Persia. 

Reformó este durante su dominación las 
costumbres de Egipto, y volvió á florecer, 
aunque por poco tiempo, pues dos siglos 
después fue vuelto á conquistar por Ale- 
jandro Magno, á cuya muerte, que, como 
es sabido, fue muy temprana.se hicieron 
señores de aquella poderosa nación los Pto- 
lomcos, los cuales volvieron á reformar as 
costumbres, floreciendo en su tiempo las 
ciencias y las artes. A pesar de las conti- 
nuadas guerras civiles y estranjeras, con- 
servaron por mas de trescientos anos su 
dominio, hasta que el lujo desenfrenado y 
los banquetes continuados y sensual moli- 
cie que son su consecuencia, del ultimo de 
los Ptolomcos, de Berenice y de Cleopatra, 



J\ 



le hicieron presa fácil de la ambiciosa re- 
pública de Roma. 

Y ya que nombro áRoma, os diré algo de 
la antigua dominadora del mundo : su his- 
toria es igual á la de Egipto y á la de todos 
los pueblos antiguos: mientras duró la pri- 
mera severidad de costumbres; mientras la 
república romana no se entregó a losde- 
leites, al desenfreno del lujo, fue la señora 
del mundo. Estoy segura que la loca osten- 
tación de Lúculo, las necias prodigalidades 
de Nerón y la inmunda molicie de Caraca- 
lia contribuyeron mas á la destrucción del 
gran imperio romano que los godos y los 
alanos. 

En toda la historia antigua vemos los 
mismos ejemplos; y para no cansaros mas, 
amables lectoras, únicamente os citaré ya 
á Grecia, vencedora de Persia y de todos 
sus enemigos el tiempo que conservó las 
virtudes sencillas y primitivas deLaccdemo- 
nia y Atenas, esclava en cuanto se abandonó 
al lujo y á la molicie de Chipre y de Pafos. 
Nada os diré de Asiria, de Persia, de Car- 
tago y demás naciones de la antigüedad. 

Vengamos á nuestra patria, que bastan- 
tes ejemplos tenemos en ella, por desgra- 
cia, de las funestas consecuencias que el 
lujo desmesurado trae consigo. 

El imperio de los godos ofreció tan poca 
resistencia á Tarif, cuando invadió á Espa- 
ña, porque sus guerreros se habían afemi- 
nado con el lujo y los placeres, y de este 
modo los vencedores de Roma, los suceso- 
resde Ataúlfo, de Sisenando y de Teodori- 
co cayeron innoblemente en el Guadalete, 
en una sola aunque sangrienta jornada. 

El imperio árabe fue destruido por los 
españoles, merced á la decadencia de sus 
guerreros, que abandonaron la cota de 
malla y la lanza para entregarse á la vo- 
luptuosidad, pasando su vida en zambras y 
banquetes. 

La sencillez de costumbres de los Reyes 
Católicos y de los primeros monarcas de la 
Casa de Austria nos hicieron la primera 
nación de los tiempos modernos, y al lujo 
y á la licencia, consecuencia natural de 
aquel, de Felipe IV y Carlos II, debemos en 
gran parte la decadencia y postración en 
que hoy nos hallamos. 

Reformáronse las costumbres con los 
tres primeros Borbones que rigieron los 
destinos de España, y volvíamos á florecer, 
cuando el lujo desenfrenado de estos úl- 
timos tiempos, difundido desgraciadamen- 
te por la inmensa mayoría de todas las 
clases sociales, nos ha vuelto á poner en es- 
tado de ser presa fácil de cualquier advene- 
dizo que se le antoje dominarnos. 

Esto en cuanto al lujo en general de toda 
la nación. En cuanto á los destrozos que 
ocasiona en las familias, ¿qué podré decir 
que ¡guale á la realidad, por mucho que re- 
cargue el cuadro con los colores mas ne- 
gros que pueda encontrar? 



— 124 — 

Salid á la calle; mirad á cualquiera que 



Salid á la calle: miraa a cualquiera que 
encontréis, y estad seguras de que su traje 
no indica, ni con mucho, su posición social. 
Ved, por ejemplo, aquel caballero que 
va con paso precipitado á la una ymedia 
de la tarde, en dirección al ministerio de... 
cualquiera que sea, pues en todas partes 
sucede lo mismo ; al verle con su elegante 
levita de Caracuel, su magnífico pantalón 
de Torroba y su lustroso sombrero de Ai- 
mable ¿ de Campo, su preciosa caña con 
puño de oro ó marfil, y su estirado guante 
de Dubost, no podréis menos de decir: «Ese 
es un primer oficial de secretaría.» Con mas 
motivo lo diríais si supierais que almuerza 
en el café, no importa en cuál, y que si co- 
me en su casa, y eso_ no todos los dias, 
siempre cena en el Suizo ó en Fornos 4 la 
salida del teatro, y se retira á su casa á las 
dos ó las tres de la madrugada. Y sin em- 
bargo, si tal pensarais, os equivocaríais de 
medio á medio, amabilísimas lectoras mias: 
el que acabáis de ver no es mas que un 
simple escribiente con i 6 5,000 rs. de suel- 
do, ó cuando mas un auxiliar con 10,000, 
porque cuando se tienen ya de 11,000 para 
arriba, se va siempre en coche; y si se es 
oficial de secretaría, que se cobran de 24,000 
en adelante, entonces... entonces se tiene 
coche propio. 

El demonio del lujo ha tentado á esta 
clase social (hay muchas escepciones, algu ■ 
ñas de ellas sumamente honrosas), y es pre- 
ciso brillar en la sociedad, aparentar lo que 
no hay, aunque para conseguirlo se convier- 
ta en ingleses á la mitad de los españoles. 

Mirad aquella linda muchacha con vesti- 
do de seda de doble falda, mas oscura la de 
encima que la de debajo, preciosa bota de 
tafilete oprimiendo el pulido pie, y gracioso 
manto de granadina, ocultando á medias 
un promontorio de cabellos , comprados en 
casa de Peña : estoy segura que no me 
creeréis si os digo que es una modista de 
casa de Madama*»* ó una florista; y sin 
embargo, nada mas cierto : gana seis ó siete 
reales de jornal, y solo gasta uno y medio en 
comer , pues casi nunca come caliente, y 
esa es la causa de su color enfermizo, con 
tal de poder vestir con el lujo que os he 
descrito. 

De este modo podría referiros muchas 
ficciones que se ven en el mundo: el arte- 
sano, por lujo, no quiere llamarse así , y 
quiere se le diga artista , y viste de modo 
que se le pueda confundir con este ; el es- 
cribiente quiere pasar por oficial de secre- 
taría, y este seda aires de banquero; el 
banquero ostenta el boato y la importancia 
del duque, y asi todos. 

Sin embargo, no creáis que es oro todo 
lo que reluce , como veréis en el segundo 
articulo que se propone dedicar á tan im- 
portante estudio vuestra amiga 

Carolina P. 



- 125 — 



UN POCO DE MORAL. 



No se asuste el coro de ángeles que lee de 
punta á cabo La Margarita. No se asusten 
las_ damas católicas al poner los ojos en el 
epígrafe de este artículo, creyendo que voy 
i llenar las páginas de su ameno Semanario 
con alguna trabajosa disertación teológica. 
No se asusten , porque ni la cosa va princi- 
palmente con ellas, ni la cosa es para asus- 
tar á nadie. 

Se trata de proscribir una moda algo pe- 
caminosa, y estoy seguro de que las señoras 
carlistas han de poner todo cuanto esté de 
su parte para el feliz éxito de la empresa. 

No puedo yo creer que nuestras damas 
católicas vayan escotadas, á no ser cuando 
asi se lo exija una rigurosa etiqueta ; pero 
por eso mismo estoy seguro de que en el 
dia nolcjano en que ellas sean aquí las úni- 
cas señoras de buen tono y de buena socie- 
dad, y en que desde los reales alcázares de 
España puedan dar á todas las españolas la 
ley que hasta ahora recibían de Francia, des- 
terrarán para siempre y cambiarán por otra 
esa etiqueta, á que tienen que sujetarse aho- 
ra alguna vez contra su voluntad. 
6 "¡hié etiqueta tan fea! 
aréceme que la primera mujer que tuvo 
el capricho estravagante de vestirse así. 6, 
hablando con mas propiedad, de desnudar- 
se así, no estaba en su cabal conocimiento. 

¿Seria casada? Los Santos Padres y los 
doctores moralistas y ascéticos dicen que 
no deben las mujeres casadas engalanarse 
mas ni menos que lo que sea del agrade de 
sus maridos, ni deben ponerse otros trajes 
que los que á sus maridos parezcan bien. 

Hé aquí las palabras terminantes de Ter - 
tuliano en el libro De cullu farminarum: 
iVosotras tenéis obligación de agradar solo 
á vuestros maridos.» 

jY es posible que haya algún hombre que 
se complazca en ver á su mujer ir haciendo 
pública esposicion de sus bellezas ó de sus 
defectos naturales? Los hombres, siquiera 
sea por egoismo, siempre han de mirar eso 
con disgusto. Tertulianoañadió las siguien- 
tes palabras á las que acabo de copiar arri- 
ba: «Tanto mas les agradareis á ellos, cuan- 
to menos procuréis agradar á los demás.» 

;Seria doncella? No solamente es incom- 
patible esa desnudez impúdica con el reca- 
to, la timidez y el pudor de las doncellas 
cristianas, sino que ni aun dentro del sen- 
sualismo pagano se encuentran á menudo 
antecedentes de semejante moda. 

La aspiración de la mayor parte, de casi 
todas las jóvenes, es el matrimonio: y bien 
se puede decir de las que para realizar esta 
aspiración van escotadas, q ue cojen el ras- 
tro al revés. Habrá, por desgracia, muchos 
jóvenes á quienes agrade ver señoritas es- 
cotadas en los paseos, en los teatros, en las 
iglesias; pero no habrá uno solo que quiera 



elegir esposa entre las que tienen afición 
especial á esa manera de vestirse. 

Ahora bien : si es preciso creer que la 
primera mujer que tuvo el capricho de ir 
escotada estaba loca, y que lo estaban tam- 
bién todas las que apadrinaron el capricho, 
es preciso asimismo que todas las que no lo 
están trabajen lo que puedan por desterrar- 
le; y empleando, según su posición, unas 
el consejo, otras el precepto, y todas el 
ejemplo, hagan que dentro de poco sea ne- 
cesario ir de alio para ir de rigurosa eti- 
queta. 

Ni á casadas ni á doncellas conviene sos - 
tener esamala costumbre, porque ni á ma- 
ridos ni á pretendientes parecen bien con 
ella. 

Las inclinaciones de los hombres, poco 
mas ó menos, siempre han sido las mismas, 
y voy á citar algunos datos antiguos y mo- 
dernos á este propósito. Las jóvenes hebreas, 
cuya hermosura es proverbial, y las de otros 
pueblos antiguos, llevaban la cara cubierta 
con un velo. La religión de Mahoma, en 
medio de su sensualismo semisalvajc, pro- 
hibe i todas las mujeres indistintamente sa- 
lir á la calle ó asomarse á las ventanas con 
la cara descubierta. Entre nosotros es mas 
ó menos general, en diferentes pueblos , la 
costumbre de llevar las mujeres por la calle 
velado su semblante, y yo no he encontra- 
do ningún hombre á quien esta costumbre 
disguste, ni aun en las poblaciones donde 
mas generalizada está. 

Pues si ni aun la cara de sus mujeres 
gustan los casados que vean los demns, 
;cómo ha de gustarles que se vistan menos 
de lo que deben? 

Abandonando esta serie de consideracio- 
nes, pudiera yo llevar la cuestión al terre- 
no de la estética, mas conocido, mas fácil, 
mas llano para mí que el de la filosofía, y 
demostrar allí que esa manera de vestir es 
fea, es de mal gusto; pero esto me separa- 
ría demasiado de mi propósito, y haría que 
este artículo no tuviera parentesco alguno 
con su título. 

Por otra parte, tampoco lo creo necesa- 
rio. Escribo para las lectoras de La Marga- 
rita, y á las carlistas españolas no les im- 
porta tanto el estar mas ó menos hermosas 
como el ser buenas cristianas. Con que yo 
les demuestre que dentro de la sana moral 
católica no caben desahogadamente las mu- 
jeres que se doblegan al pecaminoso capri- 
cho de la moda que censuro, e^toy seguro 
de que no vuelven á pensar en ir escotadas. 

San Alfonso María de Ligorio, á quien 
siguen todos los tratadistas modernos, en su 
Teología Moral, aprobada por la Iglesia, 
dice que pecan las mujeres que llevan los 
brazos y el pecho desnudos en una pequeña 
parte, á no ser que sea esta la costumbre 
del pais. lo cual disminuiría la gravedad de 
la culpa; pero que si la desnudez, ó sea el 
escote, se estiende á una parte muy notable, 



^ 



•V 



S\ 



— 126 — 



siempre pecan mortalmente, sin que la cos- 
tumbre pueda escusarlas. (Núm. 55.) 

San Pablo, en su Carta primera á los fie- 
les de Corinto (cap. xi), San Pedro en una 
de sus Cartas, el Sabio en los Proverbios, y 
algunos otros sagrados escritores, condenan 
implícitamente los escotes al encargar á las 
mujeres la honestidad en el vestir. 

Todos los ascéticos españoles han puesto 
especial cuidado en recomendar esa misma 
honestidad : el insigne Fr. Luis de León 
emplea el capítulo mas largo de su Perfecta 
casada en condenar los afeites y trajes poco 
honestos de las mujeres; hablando de las 
que los usan en términos tan duros, que 
contrastan con su habitual mansedumbre y 
dulzura. Es de advertir, sin embargo, que 
los escotes, tal como ahora se usan, no co- 
menzaron hasta fines del siglo xvn y prin- 
cipies del xviii. 

Materia tendría, no ya para muchos ar- 
tículos, sino para muchos libros, si quisiera 
copiar todo lo que han dicho sobre el asun- 
to los Santos Padres, los Concilios, los 
Papas y los doctores católicos ; por lo cual 
habré de contentarme con citar un canon 
de un Concilio provincial de Tarragona (ce- 
lebrado en Gerona, bajo la presidencia del 
Obispo de esta última ciudad, D. Miguel 
Taberner y Rubí, en 1717), que por su cua- 
lidad de español ha llamado mi atención 
con preferencia. 

Pero he de hacer antes una declaración, 

3ue se me habia olvidado hacer mas arriba 
onde tenia lugar oportuno, y que no quie- 
ro dejar de hacer, por mas que á los lecto- 
res les importe muy poco, casi nada, y es- 
toy por suprimir el casi. 

Por muy enamorado que yo estuviera, y 
soy capaz de enamorarme mucho, me bas- 
taría ver una vez escotada á la mujer de 
quien estuviese enamorado, para convertir 
el amor en profundo desprecio. 

Hé aquí ahora testualmcnte el canon re- 
ferido; pero como las bellas lectoras de La 
Margarita no tienen obligación de saber 
latin, y pudiera decir que tienen casi obli- 
gación de no saberlo, voy á traducírselo al 
castellano: 

tCánon 35. Se prohibe á las mujeres, 
de cualquier estado 6 condición quesean, ir 
con el pecho, las espaldas ó los bracos des- 
cubiertos.* 

El Papa Alejandro VII, de buena memo- 
ria, condenó en una de sus Constituciones 
el malísimo y detestable uso que habían to- 
mado las mujeres en el pasado siglo de lle- 
var desnudo el cuello hasta los hombros; y 
sin embargo, en estos desgraciados tiempos 
ponen como especial cuidado en aumentar 
las proporciones de la exhibición. 

«Por lo cual, debiendo apartar de los 
pueblos cristianos este escándalo, fundados 
en las constituciones del referido Alejan- 
dro VII y de Inocencio XI, severamente 
prohibimos á todas y á cada una de las mu- 



jeres, aun á las que son las primeras de entre 
la nobleza secular, que vayan á los paseos, 
y mucho menos & las iglesias, con el pecho, 
las espaldas y los brazos medio desnudos, 
bajo la pena de no ser admitidas á los san- 
tos sacramentos de la Penitencia y la Euca- 
ristía ; encargando al mismo tiempo á los 
plrrocos y confesores que vigilen mucho en 
asunto de tanta importancia, y que, si fuere 
necesario, no absuelvan ni administren el 
divino sacramento de la Eucaristía á las 
mujeres que desobedezcan esta nuestra 
prohibición, reservando al arbitrio de los 
Ordinarios otras penas, que deberán impo- 
nerse según la gravedad de los casos.» (Te- 
jada, tomo vi, pág. 1155. 
Ahora ¿qué os parece? 

A. de Valbuena. 



ECOS DE MADRID. 

Tengo un amigo muy original. 

,Figúrense Vds. que el otro dia se empe- 
ñó en oir hablar bien del gobierno! 

Y no crean Vds. que es inglés; por el con- 
trario, es español rancio, y ya de edad. 

Pero tiene manías, y esta fue una. 

Después de andar todo el dia y una buena 
parte de la noche, tuve ocasión de oirle 
espresar su desesperación: 

— Todos mis esfuerzos han sido inútiles, 
me dijo; no he conseguido oir hablar bien 
del gobierno. 

— ¿Ni á sus amigos? 

— ¡Si no los tiene! 

— Sin embargo... los progresistas... 

— Precisamente mi primera visita fue á 
un ropero de los portales de la Plaza Ma- 
yor. Es un veterano que estuvo en Cádiz, 
se batió el 7 de julio, na dado mucho dine- 
ro para los emigrados, y no ha habido jara- 
na en la que no funcione. 

— No le hallaría V. en casa, porque, de lo 
contrario, le habria hablado á V. bien... 

— Pues estaba, y lo primero que me dijo 
al verme fue que el dia menos pensado iba 
á hacerse reaccionario. 

— «¿Es posible? le pregunté. 

— »Esto no puede soportarse. 

— «¿Está V. disgustado del gobierno? 

— *¿Hay por ventura quien esté contento 
de él? En sacando á los que cobran del pre- 
supuesto, no se halla uno. 

— «¡Válgame Dios! ¿Quién lo diria? 

— »Yo lo digo, que no me muerdo la len- 
gua cuando llega el caso, porque soy libe- 
ral, está V., y de los netos. 

— »Pues Sagasta... 

— »Sagasta se ha hecho conservador... La 
mala compañía de los fronterizos le ha con- 
taminado... 

— »Pcro Mirtos... 

— »Es de lo mejorcito que hay; pero 



- J J 



— m - 

tampoco... ha dado cruces á diestro y si- 
niestro, y todavía no ha pensado en el gre- 
mio de roperos... Dígame V. qué puede es- 
perarse de un gobierno que todo se lo ar- 
regla charlando, y sin embargo, no se acuer- 
da de los roperos... > 

Ese pobre señor se quejaba de una he- 
rida de amor propio. 

Acto continuo me fui á una oficina: 
«Aquí, pensé, cobran corrientemente, y no 
faltará algún estómago agradecido.» Casi 
todos los empleados me conocian. El pri- 
mero á quien saludé era hace tres años uno 
de nuestros mas distinguidos picapedreros. 
Este joven trabaja poco, porque, como él 
dice : «Harto he trabajado en mi vida: aho- 
ra me toca descansar y cobrar. 

—•¿Supongo, le pregunté, que estará V. 
satisfecho al ver que su buen amigo, el se- 
ñor Sagasta, lo mismo sirve para Goberna- 
ción que para Hacienda? 

— »No me hable V. ; estoy desesperado. 

— »¿Por qué? 

— »¿Le parece á V. que esto que nos 
manda es gobierno? 

— »Hombrc, creo que sí. 

— >Pues yo le digo á V. que no , y que 
me pesa en el alma haber empleado mis 
fuerzas y mi habilidad en hacer barricadas. 
¿Cree V. que un hombre de mi empuje 
puede estar satisfecho con un empleo como 
el que tengo? 



S\ 



— »¿Y por qué no? 

— »0 tienen confianza en mí , ó no ; y de 
tenerla , yo debia estar en Palacio ; que si 
vamos á méritos , puede ser que tenga yo 
mas que algunos de los zurce-pleitos que 
por allí andan. Desengáñese V.: mientras el 
gobierno no eche mano de nosotros los 
hombres de acción, no hará nada bueno.» 

— «Y V., amigo, pregunté á un antiguo y 
pundonoroso empleado, ¿qué me cuenta? 

— »Quc estoy aburrido. 

— »¿Hay mucho trabajo? 

— »A1 contrario , los espedientes duer- 
men; solo en el negociado del personal hay 
movimiento. No tenemos ni sombra de go- 
bierno.» 

Al salir de la oficina encontré á una dama 
de las que se ingenian proporcionando em- 
pleos. 

—«V. sí que estará contenta, le dije. 
Dominan los amigosde V.,y de seguro sale 
V. á cuatra credenciales y ocho cruces por 
dia. 

— »Calle V., hombre; todo está perdido... 
Hoy somos mas de ciento en el oficio, y con 
la agencia de cruces... Le digo á V. que si- 
tuación como esta no la ha habido jamás.» 

Acto continuo me dirigí por la calle de 
Espoz y Mina. 

—«¿Se vende mucho? pregunté á un co- 
merciante. 

— »¡Vaya... muchísimo! pero se cobra 
poco. 

— »¿Cómo es eso? 



— »Los unos porque están cesantes, y los 
otros porque tienen que pagar los festines 
de torno3, dicen al dependiente que vuelva 
mañana. .Mientras que no entre en caia 
el pais...!» 

—Voy á cometer un pecadillo, me dije, 
prosiguió mi amigo. Voy á comer á Fornos. 
Allí siquiera hablarán bien. 

—¿Y logró V. su deseo? 

— Calle V, amiga mía: ¡uno de los cama- 
reros, antiguo conocido, me contó unas 
cosas... 1 Ya se ve; él asiste á los postres, ve á 
los situacioncros en esos momentos de es- 

Eansion en que el Champagne presenta al 
ombre tal cual es. 

— «Francamente , señor , me ha dicho; 
cuando oigo hablar á ciertas personas, me 
convenzo mas y mas de que hasta que los 
unionistas no se queden solos , esto no 
marchará.» 

Poco después fui á un café. 

En la mesa donde me senté habia bolsis- 
tas, comerciantes; en otra inmediata vo- 
luntarios; en otra, artistas... todos, cada 
cual desde su punto de vista , decían mil 
atrocidades. 

Al cabo de un rato me dejaron solo , y 
me quedé un poco traspuesto. 

Soñé... ¡vaya un sueño! soñé que tenia 
ocasión de ir visitando uno por uno á todos 
los ministros, y, en sueños por supuesto, 
cada cual hablaba lo peor que podia de su 
compañero. 

Después se me apareció el pais, personifi- 
cado en un contribuyente... ¡Considere V. 
lo que me diría el infeliz! 

Me desperté sobresaltado, y poco antes 
de llegar a mi casa me atacó un pobre con 
ademan hostil. 

— «Retírese V.,» le dije con entereza; y 
así lo hizo , porque vio aproximarse dos 
personas. 

— «Me han evitado Vds. un disgusto, dije 
á los dos hombres recien llega-'os. 

— »Ya lo presumo, contestó uno. Ese bi- 
gardo pide siempre amenazando, y ya ha 
estado tres veces en el Pardo. Pero siempre 
sale... tiene influencia. ¡Ya se ve! con este 
gobierno... 

»E1 portero de V. me ha asegurado que 
este último juicio pertenece á un individuo 
de los de la policía secreta. ¿Puede haber 
desesperación mayor que la mía?» 

Me hizo tanta gracia la conversación de 
mi amigo, que, á falta de otro asunto, he 
creido oportuno referírosla. 
• 

Durante la semana no se ha hablado mas 
que de la cuestión del tabaco. 

Al fin han logrado convertirla en un ob- 
jeto de pastelería sentimental. 

El gobierno ha conseguido autorizaciones 
para administrar la Hacienda española, se- 
mejantes á aquellas que los actuales gober- 
nantes censuraban en los antiguos. 



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S\ 



— 128 — 



Se han notado conatos de insurrección 
en un cuartel. . . 

Los alfonsinos y los mqntpensieristas, 
estrechamente unidos , trabajan para dar el 
espectáculo oficial de su reconciliación á 
este pacienti'simo pueblo. 

Todo hace creer que las ideas fermenta- 
rán con el calor. 

¡Dios se apiade de nosotros! 

• * 

Y sin embargo , continúa Madrid divir- 
tiéndose: los teatros, los circos, los Campos 
Elíseos, los paseos, están llenos. 

El lujo oculta en vano las llagas de nues- 
tra sociedad. 

¡Ay! vemos á los actores en escena, y 
donde hay que verlos es entre bastidores. 

¡Cuántas lágrimas! ¡Cuánta vergüenza^ 

Pidamos hoy á Nuestra Señora del Car- 
men, protectora de los navegantes, que nos 
ampare en medio de este temporal que cor- 
remos, y que nos lleve pronto al puerto sal- 
vador. 

Todavía no han terminado los donativos 
para la suscricion que hemos verificado en 
el mes de junio. 

Ayer tuve el gusto de entregar á la seño- 
ra condesa del Prado 40 rs. mas, 10 de la 
señora doña Áurea de Soto y Salava, de 
Grañon, 10 de doña F. E. , de Tolosa, 
puesto que por un error involuntario, ha- 
biendo dado 20, solo se incluyeron 10 en la 
lista, y 20 de la señora doña María Bernar- 
da Amorós, de Santiago. 

Según mis noticias, de mañana á pasado 
entregará el platero el relicario que ha de 
ofrecerse á doña Margarita. 

Las noticias que tengo de Ginebra son 
muy satisfactorias. La Señora y sus augus- 
tos hijos gozan de perfecta salud. La tem- 
peratura es allí deliciosa, y por las tardes 
da_ largos paseos doña Margarita con los 
príncipes y sus damas. 

**# 

La emigración voluntaria empieza á me- 
dida que arrecian los calores. 

Nuestros diputados estánton el pie en el 
estribo. 

Algunos se han marchado ya: entre estos 
podemos citar al conde de Canga Arguelles, 
que bien necesita un poco de descanso, por- 
que ha trabajado como pocos. 

Su última frase, la de despedida, como 
quien dice, quedará como la fotografía mas 
acabada de los demócratas economistas. 

Parodiando la frase célebre en la revolu- 
ción francesa, sálvense los principios y pe- 
rezcan las colonias, ha dicho que el lema 
del gobierno en la cuestión de Ultra- 
mar, era: 

«Perezcan las colonias, y sálvense los 
cimbrios.» 

Yo conozco su idea: sin duda espera, como 



yo, que muy en breve podrán colonizar los 
cimbrios otros terrenos. 

Estamos de acuerdo... siempre que colo- 
nicen en Fernando Póo, 6 mas allá. 

**» 

Una observación para concluir: Víctor 
Manuel ha pasado una noche en Roma sen- 
tado en una silla. . 

La causa de esto es que le tiene proleti- 
zado una gitana que ha de morir en una 
cama en el Quirinal. 

Hé aquí los hombres fuertes. 

No creen en Dios, y creen en una gitana. 
Esperanza. 



MARG ARITAS. 

No hay timbre mas bello que la hon- 
radez. 

» 

* * 

La humildad es el pedestal en que des- 
cansa la verdadera grandeza. 
» 

* * 

El error es el tirano de la inteligencia. 

La modestia es una Mor castísima. Sus 
hojas resplandecen con los encantos del 
amor divino, y su aroma engrandece al 
alma. 

*** 

¿Qué es la hermosura...? Una ilusión que 
recrea breves instantes la fantasía. 

Solo la belleza del alma es positiva é im- 
perecedera, porque tiene el privilegio de 
vivir siempre. ¡Oh! ¡Cuan lindas y arreba- 
tadoras son sus galas ! No hay perlas mas 
preciosas que las perlas de la virtud, de que 
está enriquecida la hija del cielo. 
* 

* * . 

No pongáis vuestros ojos en el oropel , la 

ostentación y la vanidad. Vuestro destino 
es superior , infinitamente superior á las 
glorias mundanas. 

**# 
La ambición es el sepulcro de la virtud. 

**♦ 

La mujer es un ángel cuando, obede- 
ciendo á los nobles impulsos de sti corazón, 
recorre los floridos senderos de la cari- 
dad, resistiendo con valor los embates del 
egoísmo. 

*** ' 

En la tumba se apagan los falsos resplan- 
dores de la opulencia, y el ruido de las or- 
gías no penetra en los sombríos alcázares 
de la muerte. (R. D. y F.) 



MADRID, 1811. — Imprenta de La Etptrtmsa . & 
cargo de D. A. Pérez Dubrull, Pez, 6. 



r= 



■«*- 



: ^ 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATOUCO-AIONARQUICAS. 



AÑO I. 



23 JULIO 1871. 



NÚM. 17. 



SUMARIO.— Política femenina: I-a Revo- 
lución pintada por los revolucionarios, por Joan 
de Luz. —Dolor y consuelo (poesía), por D. Va- 
lentín de Novoa.— Capbichos de la Moda : El 
Lujo (arlicalo u\, por Carolina P.— A 1* señora 
daila Margarita de Borboo: Al Sr. D. Carlos de 
Borbrm y Annrlade Este, sonetos, por D. A. de 
Valbnena.— Bocetos cablistas: Vidal de Lloba- 
tera. por X.— Plegaría. — Ecos de Madrid , por 
Bape ran za .— M arg ari tas. 



POLÍTICA FEMENINA. 



tA EHTOLDCION PINTADA POS L03BST01.C0IONARI0S. 

Yo quisiera hallar el medio de es- 
plicaros lo que es la Revolución: no la 
de setiembre, ni la de julio, ni la fran- 
cesa, ni la europea , sino la revolución 
general que va á cumplir en breve los 
cien años, y que ha aprovechado tan 
bien el tiempo, que no ha dejado títe- 
re con cabeza en ninguna parte del 
mundo. 

Si os digo que su madre es la so- 
berbia y su padre el talento unido á 
aquella después de haber vivido do- 
minado por la codicia y la pereza, algo 
podéis saber de su genealogía. 

Creció á favor del abandono de los 
Reyes y de los gobiernos, que, olvida- 



dos de que eran padres y tutores de 
los pueblos . los trataron con indife- 
rencia ó tiranía, sin ocuparse en otra 
cosa que en pedirles el producto del 
sudor de su frente para gastarlo en 
francachelas y placeres. 

La Revolución, impulsada por su pa- 
dre y su madre , vestidita con sus mas 
fascinadoras galas, buscó al pueblo, le 
ofreció el oro y el moro , clainú contra 
los tiranos que le oprimían, le conquis- 
tó, y subiéndose en sus hombros, der- 
ribó dinastías , destruyó tronos, acabó 
con seculares instituciones , y cambió 
la faz del mundo. 

{Queréis ahora saber qué es la Re- 
volución? Pues es la venganza. 

Figuraos que siendo pobres com- 
prendéis y deseáis las riquezas; que te- 
niendo talento envidiáis al idiota con- 
vertido en personaje; que ambicionan- 
do mucho y queriendo obtener á prisa 
lo que ambicionáis, al llamar á la puer- 
ta de una persona cuya protección ne- 
cesitáis os dicen que no está en casa, 
ó que está comiendo y no puede reci- 
biros, ó que no recibe porque no le da 
la gana, y mucho menos á vosotros, 



--y 



— 130 



que carecéis de títulos para moles- 
tarle. 

El primer impulso de vuestra so- 
berbia es vengaros , y pedís á la fuer- 
za ó al talento los medios de realizar 
vuestro deseo. 

La santa Religión os busca, y mos- 
trándoos la mas hermosa de sus vir- 
tudes, la caridad, os dice: 

— ¡Perdonad! 

¡Sí, sí; para perdonar estáis ! La so- 
berbia es inaccesible ; estimula vues- 
tro talento; os inspira Tos medios de 
adquirir la fuerza que necesitáis fasci- 
nando, engañando, perdiendo á los 
ignorantes; pero ¡qué importa! La 
cuestión es que el que os ha humilla- 
do sea humillado por vosotros; aun- 
que rueden desde el cadalso las cabe- 
zas de Luis XVI y de María Anto- 
nieta; aunque los pueblos se llenen de 
escombros; aunque el incendio ilumi- 
ne las poblaciones ; aunque el huracán 
se lleve las cenizas de vuestros padres. 

La revolución es el ángel caido, que 
se apodera de todos los malos instin- 
tos de la humanidad , y los convierto 
en su mayor castigo. 

Pero no me creáis bajo mi palabra: 
oid á los mismos revolucionarios en 
sus momentos de espansion. 

He recogido algunas de sus mas cé- 
lebres y significativas frases, y con 
ellas he formado un ramillete para 
que, apreciando la revolución tal cual 
es, la O' liéis conmigo , seguro de que 
solo vuestro odio puede acabar con ella. 

Rousseau decia en un arranque de 
sinceridad: "Nos aproximamos al tér- 
mino crítico del siglo de las revolu- 
ciones." 

D'Alembert, que abrió el camino á 
la soberbia con su funesta enciclope- 
dia: "Por poco que se estudie el siglo 
en que vivimos (el xvtii) , decia , es 
fácil percibir que se ha verificado una 
trasformacion notable de principios, 
trasformacion que promete otra ma- 
yor." 

"La posteridad fijará el objeto, esen- 
cia y límites de la Revolución que se 
prepara, y cuyos inconvenientes ó ven- 



tajas ella mejor que nosotros conocerá. " 

Ya los ha conocido. 

Voltaire , en su carta á M. Girón - 
din (1762), dijo: 

"Cuanto veo es semilla de una revo- 
lución inevitable, aunque yo no tendré 
el placer de presenciarla." 

Si hubiera vivido un poco mas, ha- 
bría sido guillotinado por sus propios 
discípulos. 

"Las distancias se estrechan, ana- 
dia, y las luces van á estallar al menor 
estímulo: entonces habrá nn trastorno 
de todos los diablos." 

Fontenelle, otro de los padres de la 
Revolución, presintiendo el efecto de su 
obra: 

"¡Despavorido me tiene, esclamaba 
al final de su vida, la horrorosa incer- 
tidumbre que palpo y nos circunda por 
todas partes!" 

Carrier, sentenciado á muerte por la 
Convención consentidora de sus críme- 
nes, esclamó: 

"¡Os lo predigo: seréis envueltos en 
una inevitable proscripción!" 

El feroz Oanton dijo á los conven- 
cionales: 

"El metal está fundido, pero la es- 
tatua de la libertad no está construida: 
si no vigiláis el hornillo, arderemos 
todos." 

El mismo, sentenciado á la guilloti- 
na, manifestó que se le sacrificaba á la 
ambición de unos pocos bandidos;-pero 
que estos no gozarían por mucho tiem- 
po de su victoria criminal. Así fue. 

"La Convención (dijo Robespierre), 
gangrenada por la corrupción y desahu- 
ciada de remedio, no puede salvar la 
república: ambas perecerán. Ya uno de 
mis pies está en la sepultura; en breve 
pereceré..." 

"No contéis para nada con la Asam- 
blea; se^un es su formación, cincuenta 
años de anarquía os aguardan." Así 
pintó el tigre Marat aquella reunión 
de los mayores filósofos del siglo. 

Bourdon se esplicó así: 

"Hace seis años (desde 1789) el cri- 
men va en aumento; cada época de la 
revolución, cada suceso nuevo aumen- 



^: 



fr 



ta la fiereza revolucionaria. Quien una 
vez tiñó sus manos en sangre; quien 
ha saqueado y degollado, pretende es- 
tar degollando y saqueando siempre. 
El comer y el revolucionar no quieren 
mas que empezar." 

Por último : nada esplica mejor las 
cualidades del primer fruto ó término 
del filosofismo, vulgo revolución , que 
fue el imperio de los jacobinos, como 
la sentencia del famoso revolucionario 
Vergniaud. "La república, dijo, devo- 
rará á sus prosélitos, como Saturno á 
sus hijos. " 
Asi sucedió , y así sucederá siempre. 
En la época del segundo término, 
la tiranía militar, ninguna madre fran- 
cesa dejó de llorar uno ó mas hijos sa- 
crificados. 

Debió cesar la Revolución con los 
escarmientos de los dos términos cita- 
dos en 1814 : mas se reprodujo con el 
aspecto de gobierno misto, y en 1830 
se mezclaron usurpación y demagogia. 
Ya habéis oido , mis queridas lec- 
toras. 

^ La Revolución descarada y feroz, se 
hizo cruel bajo la gloria de Napoleón; 
se hizo devota bajo el reinado de 
Luis XVIII; vivió á la sombra de la 
candidez de Carlos X ; se hizo hipó- 
crita y populachera bajo Luis Felipe; 
sacó las uñas pidiendo socialismo en 
1848; se entregó á Napoleón, y vivió 
con él , engañándole y engañando á 
Francia, y ha acabado de presentarse 
tal cual es en la Commune. 

A España ha venido bajo la forma 
de ciencias, artes, empréstitos , socie- 
dades de crédito, modas, objetos de 
bisutería, telas, domésticos... 

Vive en nosotros , y as la causa de 
todas nuestras desdichas. 

Verdadero diablo , solo la Religión 
puede dominarle. 
Solo vuestro odio puede estinguirla. 
¿Queréis ahora saber qué es lo que 
debéis hacer para acabar con ellaí Pues 
aguardad al siguiente número , y yo os 
lo indicaré. 

Juan de Luz. 



— 131 — 



^ 



DOLOR Y CONSUELO. 



Yo vi la floresta amena 
de mágica flor vestida, 
doquier ostentando vida 
y belleza sin ignal; 
mas luego la flor galana 
y la hermosura Infinita, 
al rayo caer marchita 
la vi del sol estival. 

Alzarse en cielo sereno 
admiré rosada aurora, 
y hechicera precursora 
de un bello día la creí¿ 
pero ¡ay dolor! densa nube 
pronto el horizonte empana, 
y de su rugiente entraña 
desolación brotar vi. 

En el monte yerta encina 
por el huracán tronchada; 
y alta torre destrozada 
por el rayo contemplé. 
Así soberbia grandeza 
quo absorto admirara ol mundo, 
ejemplo grave y profundo 
en su inmenso eatrago fue. 

Pensamientos halagúenos 
por el orgullo formado*. 
como humo vi disipados 
que el vago viento arrastró; 
y fiestas vi suntuosas, 
galas y gozo radiante, 
que la fortuna Inconstante 
en hondo duelo cambió. 

Y en la tranquila morad» 
también del varón piadoso. 
vi Inopinado, angustioso, 
infortunio penetrar. 
Vi qne Inocentes amores, 
lazos de un santo destino, 
la pálida muerte vino 
de repente á quebrantar. 

Esperanzas vi frustradas; 
ensueños desvanecidos; 
proyectos mil atrevidos 
que creó altiva ilusión, 
por el auolo derribados 
vi, de quien los forjó en daño- 
do quierdueloy desengaño, 
do quier llanto y confusión. 

Mas en esta inmensa pena. 
este universal lamento, 
este incesante tormento, 
este perpetuo anhelar; 
en esta lucha sin tregua 
del hombre oon su destino, 
un sentimiento hay divino 
que brinda dicha sin par. 

Consuelo es en los pesaren 
que amargan nuestra existencia; 
es la soberana ciencia, 
es la paz del corazón: 






^ 



es la inefable esperanza, 
de férvida fe nacida, 
que infunde al alma afligida 
sublime resignación. 

«Nada soy, Jico ol creyente: 
Dios cuanto tengo me ha dado ; 
si quitármelo es su agrado, 
su nombre bendeciré. 
SÍ de Aus manos recibo 
esos bienes que apetezco, 
¿por qué malos que merezco 
Id justo resistiré? 

• Pues en desnudez nucido, 
tornar desnudo á la tierra 
debo, el nudo que me aferra 
rompo de la vanidad; 
rompo las rudas cadenas 
con que insano error me hostiga, 
y, libre el alma, al eol siga 
de la inefable verdad.» 

¡Ay! Breve ensueBo es la vida; 
sombra es que se desvanece, 
nube que desaparece, 
humo que se disipó; 
es como velera nave 
que la mar surca ligera; 
es cual flor de la pradera 
que un día apenas duró. 

Sus efímeras venturas 
al alma no satisfacen, 
y rápidas se deshacen 
lazos que ama el corazón; 
vida empero hay verdadera 
do las dichas son colmadas; 
donde esas dulcen lazadas 
imperecederas son. 

¿Y ha de ser nuestra locura 
tanta que nos afanemos 
solo por un bien que vemos 
do entro los mnnos huir? 
Si término de esa dicha 
mentida es pena y gemido, 
¿otra daremos a olvido 
que jamos se ha de estlnguir? 

Valentín- db Noto* 

Orense 23 de junio de 1871. 

CAPRICHOS DE LA MODA. 



EL LUJO. 
ARTÍCULO II. 

No creáis, amabilísimas lectoras, después 
de todo lo que os he dicho en mi artículo 
anterior, que yo sea enemiga en absoluto 
del lujo, no: lo que aborrezco de muerte 
es el desenfreno del lujo, y lo que siento 
es que se halle tan desarrollado en nuestra 
amada España. 



132 — 

Todo lo que el lujo moderado, sostenido 
con arreglo á la posición del que lo gasta, 
es útil y ayuda a mantener las sociedades 
en un estado floreciente, el otro, el exage- 
rado, las lleva con pasos precipitados á su 
ruina. 

Todavía recuerdo con fruición las leyes 
suntuarias de los siglos pasados, las cuajes, 
si bien tenian alguna apariencia de tiráni- 
cas, ofrecían mucho de paternal, y hacían 
del monarca el padre de todas las familias 
de la nación. 

En estos tiempos de derechos ¡legisla- 
bles, y sobre todo inaguantables, parecerá 
una aberración la tesis que he sostenido en 
el párrafo anterior; y es seguro que la in- 
mensa mayoría de los hombres que perte- 
necen i todos los partidos soi-dissant libe- 
rales pondrán el grito en el cielo si llegan 
á pasar la vista por mi pobre escrito; pero, 
á pesar de todo, comprendo muy bien que 
el gobierno, como padre de todas las fami- 
lias que componen la entidad moral llama- 
da Estado, arregle los gastos de cada uno 
de sus hijos, imbuyéndoles de este modo 
hábitos de economía, con los cuales llega- 
ban á formarse aquellas fortunas, si bien 
modestas, tan saneadas y tan honradamen- 
te adquiridas. 

Pero dejando estos que no pasan de ser 
sueños, entremos en materia. 

A pesar de tanto como se combate el 
lujo, cuando este no es desmedido, cuando 
no se lleva la exageración hasta aparentar 
lo que no se tiene, de lo que me lamentaba 
en mi primer artículo, es muy útil: es hasta 
necesario. 

En efecto: que las clases elevadas, que los 
protegidos de la fortuna protejan á su vez 
las artes de su patria desplegando un lujo 
moderado, siempre con arreglo á los me- 
dios que poseen, es cosa muy laudable. 

Pero yo quisiera que ese lujo de que hi- 
cieran ostentación nuestros magnates fue- 
ra en beneficio de las artes y de la indus- 
tria españolas. 

Comprendo muy bien que cuando nues- 
tra industria no produzca absolutamente 
un objeto, se le vaya á buscar al estranjero; 
pero que una de nosotras vaya á comprar 
un vestido, sea de terciopelo, de gro o de 
percal, y porque el comerciante nos diga 
que viene de Florencia, de París, 6 de Bír- 
mineham lo paguemos doble que siendo 
producto de las fábricas de Valencia, Tala- 
vera ó Barcelona, de donde efectivamente 
procede, es cosa con la que no puedo estar 
conforme. 

;No os parece que, siendo la raza de ca- 
ballos españoles la mejor de Europa, el ir á 
buscar los caballos geométricos ingleses, 6 
los de abultadas formas de Normandía, es 
una ridiculez imperdonable en el buen gus- 
to que naturalmente debe tener nuestra 
aristocracia? 

¿Qué me diréis de los españoles que traen 



(r 



— 133 — 






del estranjero todos sus sirvientes porque 
cuestan mas caros que los españoles, aun- 
que no tengan habilidad mas que para cosas 
que no son de este lugar? 

De todos los lujos posibles, este, el de 
proteger la industria y las artes estranjeras 
con detrimento de las de nuestra patria, es 
el mas indisculpable. 

Entre Fernando el Católico, no teniendo 
mas camisas que las que podia hacerle su 
esposa en los raros qne le dejaba desocupa- 
dos la gobernación de sus vastos Estados, 
habiendo antes hilado en compañía de sus 
damas el lino de quese hizo la tela; en- 
tre Felipe II, no poniéndose jamás ropilla 
de paño que no fuera de Scgovia, de tercio- 
pelo que no fuera de Valencia , y nuestros 
magnates modernos que envían sus camisas 
4 planchar á París porque «aqui, dicen, ca- 
recemos hasta de planchadoras,» no hay 
que decir que yo prefiero la modestia de los 
primeros. 

Y á propósito de productos estranjeros: 
voy á contaros una anécdota ocurrida hace 
ya bastantes años que me ha referido un 
testigo presencial. 

Una dama de las mas nobles, ricas y dis- 
tinguidas fue á Barcelona, y éntrelas curio- 
sidades que visitó fue una la fábrica de 
percales de un industrial del Principado 
que , sin auxilio de nadie y solo con su 
trabajo , habia conseguido montarla con 
arreglo á los mejores adelantos hechos en 
Inglaterra en este ramo. 

Llevaba aquella señora entre sus efectos 
de viaje un corte de vestido de percal in- 
gles de una finura en el tejido y de una 
belleza en el colorido tan admirables, que 
era una verdadera maravilla , y esta era 
la causa de que se le hubieran regalado. 

Después de admirar todos los utensilios 
tan complicados que sirven para la fabrica- 
ción, allí donde entra el algodón en rama 
por un lado y sale la pieza de tela doblada 
en el intervalo de una hora, ó poco mas, ha- 
bló la ilustre dama al fabricante del ves- 
tido que le habían regalado , y del sen- 
timiento que le causaba el que en España 
no pudieran hacerse de aquella clase. 

El fabricante manifestó alguna incredu- 
lidad, y la señora, para convencerle, mandó 
á buscar la tela. 

Apenas el fabricante la vio, le dijo son- 
riendo: 

—Si V. me quiere hacer la honra de 
prolongar su visita é mi fábrica por dos ho- 
ras, le haré ver una parecida. 
—No tengo inconveniente. ... 
En seguida, el fabricante, dirigiéndose al 
contramaestre de la fábrica, que estaba pre- 
sente, le dijo: , , 

—Mande V. poner los aparatos de ro mas 
fino, y que monten el cilindro estampador 
número 1,207. . , 

En un momento se hizo la operación, y 
cuando aun no habia trascurrido el plazo 



marcado, la visitante, que habia aceptado 
interinamente un refresco, quedó sorprendi- 
da con una pieza de percal enteramente 
igual á la que tanto ponderaba, creyéndola 
inglesa. 

La tela habia salido de aquella fábrica; 
únicamente que el dueño, para poder ven- 
derla á un precio regular, tenia que sacrifi- 
car su orgullo de fabricante, y csportarla 
de contrabando, para introducirla con eti- 
queta de fabricación inglesa. 

Esto os probará las preocupaciones que 
padecemos al comprar los géneros estran- 
jeros, y la razón con que los combate vues- 
tra amiga 

Carolina P. 



1 LA SEÑORA DOÑA MARGARITA DE BOBBOÜ. 



SONETO. 

Augusta dama, en quien la patria mira 
Brillante faro entro revueltas olas, 
¡Cuanto amor en las almas españolas 
Tu bondadoso corazón inspira! 

Las uore3 que del sol sufren la ira 
No elevan al rocío las corolas 
Con el afán sagrado con que á solas 
Todo pecho leal por ti suspira. 

Tanto en amor como en valor fecundos 
A ti los hijos de la raza ibera 
Sus homenajes rendirán profundos. 

Cuando, del Rey hermosa compañera. 
Partas con él el cetro de dos mundos 

Y el áureo Trono de Isabel primera. 

JL SR. D. CABIOS DE B0BB01 í AUSTRIA BE ESTE. 

SONETO. 

Venid, señor, que por la España entera 
Voló ya vuestro nombre y vues'.ra fama. 

Y aun arde en ella la caliente llama 
De la fo sacrosanta qne venera. 

Preciusa libertad, justicia austera 
Del pueblo el noble corazón inflama: 
Por eso el pueblo con ardor os llama. 

Y de vos solo su ventura espera. 
Venid, señor, que si menguada gente 

Brillar no ve con.claridad e3trafta 

La bendición de Dios en vuestra frente, 

Alto desprecio haciendo de su saña. 
El pueblo hidalgo entonará ferviente 
Himnos de gl "r¡a al salvador de España. 

A. DB VaLBüBXA. 



BOCETOS CARLISTAS. 

VIDAL DE LLOBATERA. 

Alto, corpulento, músculos de hierro, 
ojos penetrantes y amenazadores, barba 



:¿ 



negra, larga y poblada: hé aquí el diputado 
gerundense. 

De carácter indomable, apenas se persua- 
de de que la verdad late en su corazón , la 
espresa con sus labios, con sus manos, con 
su cuerpo; y si no basta la elocuencia de su 
frase , es capaz de demostrarla con sus 
puños. 

Es uno de los hombres mas formidables 
que he conocido. 

Yo me lo figuro capitaneando á unos 
cuantos voluntarios , y estoy seguro de que 
los que tuvieran que habérselas con él no 
quedarían con ganas de repetir la función. 

Por lo mismo que es fuerte, es prudente, 
y prefiere, quizás compadecido de sus ad- 
versarios ; prefiere, repito, la discusión á la 
lucha. 

Antes de venir á las Cortes sostuvo una 
polémica original con un republicano en 
presencia de los habitantes de Llagostera, 
su villa natal. 

Cada uno de los dos contrincantes^ pro- 
nunció su discurso, y este duelo cortés va- 
lió á Vidal ser profeta en su patria. 

Allí donde le ven Vds., no tiene mas que 
treinta y un años. 

Cuando recibió la investidura 



de doctor 

en leyes, suprimido el juramento por la le- 
gislación revolucionaria, hizo pública pro- 
testa de fe católica jurando por Dios Trino 
y Uno, por la Santa Virgen María y por los 
santos Evangelios, guardar, defender y ob- 
servar toda su vida la Religión católica; y 
esta declaración tan espontánea como so- 
lemne fue objeto de sinceros y entusiastas 
elogios, que aparecieron en muchos perió- 
dicos de Madrid y provincias. 

Ya ven Vds. que el rudo y formidable 
catalán, mas á propósito para llevar la cota 
guerrera que el frac diplomático, posee un 
alma noble y digna. 

Para acabar de conocerle á fondo es pre- 
ciso leer algunos párrafos del Manifiesto 
que dirigió á sus electores. 

«Joven, sin espericncia, decia. y con mas 
teoría que práctica, he meditado muchas 
veces sobre las grandes calamidades y ter- 
ribles catástrofes de la desventurada Espa- 
ña: siempre me ha deslumhrado la santa 
idea de libertad, y hasta me dejé seducir 
por un momento por el falaz doctrina - 

rismo 

» 

Después de hacer esta declaración, escla- 
maba: 

«¿Qué ha sido la España desde que en ella 
puso la planta el parlamentarismo? ¿Qué es 
hoy todavía? Nada mas que una fea y re- 
pugnante mascarada en la que nadie se en 
tiende. Todo es confusión , se malgasta 
todo, los principios ceden á las personas, 
las leyes al capricho, la inmoralidad cunde 
por todas partes, la justicia ha muerto, los 
delitos no se castigan, la Religión se pisotea 
y escarnece, la honra no se conoce, el de- 



— 134 - 

coro no existe, el pueblo se muere de ham- 
bre, el principio de autoridad se arrastra 
por el fango, y en espantosa algarabía todos 
quieren gobernar, todos son motines, y 
por asalto se arrebatan unos á otros la san- 
gre del pueblo, que es el botin codiciado, y 
todo es enredo, y todo embrollo, y no hay 
orden, ni armonía, ni concierto.» 

|Eh! ;Qué tal? ¿Sabe ó no sabe poner el 
dedo en la llaga el diputado por Torroella? 

No es, sin embargo, pesimista, y aun 
cree en la salvación del pais á pesar del 
estado en que se encuentra. 

«Vistamos á la España, decía, con su an- 
tiguo ropaje; enarbolcmos la gloriosa ban- 
dera española de Dios, Patria y Rey, y la 
España se salvará. Sí; se salvará, y_ con Ijs 
luces y progresos del dia , acompañados de 
la buena fe y el patriotismo de antes , su 
gloria será mas radiante y mas duradera.» 

El Sr. Vidal de Llobatera es, pues, un ar- 
diente legitimista, y con la palabra y con la 
fuerza defenderá siempre la santa causa. 

Merece ser conocido de sus amigos y de 
sus adversarios. 

De los primeros, para que le busquen. 

De los segundos, para que le eviten. 

X. 



■t ' Cg>«¡> « 



PLEGARIA. 



A la Virgen María 
Madre de gracia, con filial ternura 
La pillo cada día 
Que te conserve para, 
Preciosa flor de la esperanza inin. 

La pido que tu aliento 
Blando perfume que de amor me encanta. 

Y el dulcísimo acento 
De tu linda garganta 

No los agite amargo sentimiento. 

Que tu frente serena 
En donde con la púrpura y la rosa 
Se mezcla la azucena. 
La guarde candorosa 
Sin seü&les de culpa ni de pena. 

Qne tus hermosos ojos 
Dulces, limpios y claros como el cielo, 
Jamas vean enojos, 

Y serenen mi anlielo 

Con mirada de amor, y mis antojo!. 

Qne la leve sonrisa 
Que orea tus encantos y primorea 
De tu inocencia brisa, 
No apaguen los furores 
Del huracán quo tu temor divisa. 

Que tu alma pura y bella. 
Fresco jardín de gmciía y virtudes, 



^: 



¿J 



~ — — 



^\ 



- 135- 



Abrigue junto & ella 

Exenta de inquietudes. 

Sorda a la aguda mundanal querelln. 

Y que un ángel envió 
A que de la virtud por el sendero 
Tus breves posos guie, 

Y con amante esmero 

Piedras y abrojos de tul pies desvie. 

Y, en flo, que á mi rortuna 
Atenta, mengüe de esperanza el plazo. 
Que felices nos una 
En sacro y tierno lazo, 

Y en la gloria mas tarde no3 reúna. 

V. 



ECOS DE MADRID. 

[Cómo se conoce que la revolución es 
vieja! 

La pobrecilla vive en un continuo ataque 
de nervios, y las anti-histéricas mas efica- 
ces apenas mitigan sus dolorosas crisis. 

En cambio, el país ha desarrollado un 
temperamento linfático capaz de quemar la 
sangre á los contribuyentes, que son los in- 
dividuos mas chupados de la nación. 

Si no fuera por esa calma del pais, hace 
ya tiempo que habría enviado á la enferme- 
ría á la incurable y perturbadora matrona 
que solo sirve para enredar la casa, para 
comernos por un codo, y para tenernos 
siempre sobresaltados, esperando que un 
dia dé un estallido, ó truene como arpa 
vieja. 

¿No es verdad, mis queridas lectoras, que 
hay momentos en los que lamentáis ser 
mujeres? 

¡Arde la sangre en las venas al pensarque 
unos cuantos holgazanes, que emplean su 
talento para buscar el medio de redondear 
su fortuna, se diviertan .i costa del trabajo 
y de la paciencia de nuestros padres y de 
nuestros maridos! 

Y asi vivimos. 

Un dia, por ejemplo, cena Rivero mas 
fuerte que_de costumbre, pasa la noche en 
vela, 6 sueña atrocidades por efecto de una 
mala digestión; al dia siguiente se levan- 
ta de mal humor, y dice á todos los que 
van á hacerle la corte: 

— Esto no puede seguir así; es necesario 
que la conciliación se rompa. 

Y con sus palabras de aquel dia, y con los 
artículos del periódico que inspira, agita esa 
blanda masa que se llama mayoría y pone 
en un brete al gobierno. 

—¡Crisis! esclaman los bien informados. 

— ¡Crisis! repiten los ociosos en la Carre- 
ra de San Gerónimo. 

— ¡Crisis! murmura el pais frotándose las 
manos. 

Pero un hábil fronterizo se acerca al pro- 



y, dándole un golpecito en el 



lie he 



hombre , 
hombro: 

—¿Sabe V. D. Nicolás, le dice, que 
hecho un decubrimiento? 

—¿Cuál? 

—Acaba de llegar un té esquisito: me lo 
han llevado á casa, y va V. á venir á tomar 
una tacita. 

—¡Hombre, sí...! eso me compondrá el 
estómago. 

—Con unas gotitas de rom. 

—¡Sublime! 

— Pues á tomarlo. 

— Vamos. 

Una hora después ya está D. Nicolás res- 
tablecido, y empieza á ver las cosas de co- 
lor de rosa. 

—¿Conque rompemos con los fronteri- 
zos? le dice un cimbrio que espera ser mi- 
nistro. 

— ¿Está V. en su juicio? 

—¿Cómo? 

— Sin la conciliación, que nos toquen á 
muerto. 

—¡Pero, D.Nicolás...! ¡Esta mañana...! 

— ¡Bah! fue un poco de bilis. 

— El periódico ha dicho... 

— Con decir lo contrario, se luce el re- 
dactor, y punto concluido. 

—Pero... 

— Luego hablaremos, que allí viene Al- 
bareda, y quiero darle un abrazo. 

— «Se conj uro la crisis, » dicen los que en- 
tran y salen en el Congreso. 

—¡Se ha pasteleado la crisis! esclaman los 
ociosos de la Carrera de San Gerónimo. 

—¡Pues, señor, ya no hay crisis! repite el 
pais frotándose las manos. 

Esta es la triste verdad. 

Vivimos en una tiranía mucho peor que 
la de los déspotas descarados. 

El dia en que se incomode Mártos porque 
lees imposible dejarse la barba; c' dia en que 
Moret note su primera arruga; el dia en que 
Serrano tenga que vestir interiormente de 
franela; el dia en que Olózaga no pueda chu- 

§ax media docena de caramelos, no incen- 
iaráná Romacomo Nerón, ni harán adorar 
á sus caballos, como Calígula; pero provo- 
carán una crisis, disolverán unas Cortes, su- 
mirán al pais en unas elecciones, harán 
una revolución... todo parlamentariamente 
y con el concurso del pais, eso sí, repre- 
sentado por la mayor ó menor fuerza de 
su voluntad. 



Y si no, díganme Vds.: ¿que significan la 
crisis de hace veinte dias y la crisis de ayer? 

Hace veinte dias convinieron los minis- 
tros en que no podian vivir juntos, y acor- 
daron dimitir antes de arañarse unos 6 otros. 

— ¡Eso no puede serl les dijo D. Amadeo. 
Yo soy Rey constitucional y parlamentario; 
si las Cortes les dan á Vds. el pasaporte, 
bueno; si no... non. 



¿J 



—¡Gran Rey! ¡Sublime Rey! cantaron los 
organillos de la prensa. . . 

Todo se apaciguó; los ministros hicieron 
las paces, y tutti contenti. 

La misma mayoría concede al gobierno 
todas las autorizaciones necesarias para que 
se provea de fondos, y apenas los ministros 
reciben esta prueba de confianza; es decir, 
apenas tienen esperanzas de poder echar al- 
gunos remiendos á la Hacienda, vuelve á 
suscitarse la crisis, 6, de otro modo, dispu- 
tan los tres partidos coaligados sobre quién 
ha de ser el zurcidor. 

¡Hermoso espectáculo! 

Nosotras no entendemos de eso, pero á 
cualquiera se le alcanza que la crisis tiene 
tanto que ver con las reglas parlamentarias 
como yo con los progresistas de la Ter- 
tulia. 

Pero el hecho es que los ministros han 
dimitido, y que á la hora en que escribo 
(sábado muy temprano) aun no ha llegado 
á mi noticia la suerte que ha cabido á la 
conciliación. 

Al ver pelearse á los cimbrios con los 
fronterizos, recuerdo involuntariamente la 
fábula de los dos conejos, y siento que no 
haya unos perros que se encarguen de re- 
solver la cuestión. 

Pero tengamos paciencia, que todo se 
andará. 

En resumen: lo que deseo demostrares 
que parlamentariamente hacen del pais 
lo que quieren, los que se sacrifican por la 
patria aceptando carteras. 

Aprended, lectoras, ya que vuestros ma- 
ridos no aprenden, y buscad entre los re- 
medios caseros la receta para acabar con el 
mal que nos mata. 

¡Ah! Procurad también que ellos la 
aprendan de memoria. 



Vamos á otra cosa mas interesante y mas 
grata á nuestro corazón. 

Las noticias que han llegado esta semana 
de Ginebra son muy satisfactorias. 

La salud de doña Margarita es escelente: 
todo hace creer que muy en breve, y bajo 
los mejores auspicios, tendrá lugar su alum- 
bramiento. 

En los primeros dias del mes actual fue- 
ron á visitar á doña Margarita el príncipe 
Luis de Baviera y su augusta esposa. El 
príncipe se distinguió por su valor en 1866 
en la batalla de Schafenbourg. Su esposa es 
prima hermana de D. Carlos. 

El dia que pasaron en el Bocage fue un 
verdadero dia de fiesta en aquella deliciosa 
quinta. 

Doña Margarita espera un dia de estos la 
visita de su hermano el ilustre Duque de 
Parma. 

Muy en breve llegarán al Bocage otras 
personas de la augusta familia de la Seño- 
ra, y las comisiones que, como es costum- 



— 136 — 

bre, irán desde España á asistirá la presen- 
tación del infante recien nacido. 

Recemos mucho para que salga con la 
mas completa felicidad de su cuidado nues- 
tra adorada... Princesa. 

Pasado mañana son los dias del Principe 
D. Jaime; es decir, Santiago Apóstol, Patrón 
de España. 

Reciba su augusta Madre nuestra mas en- 
tusiasta felicitación. 

S. A. solo tiene, como recordareis , un 
año y veinticinco diss ; pero está tan des- 
arrollado, que ya le han quitado el ama y 
empieza á andar con una firmeza que en- 
canta á cuantos tienen la fortuna de verle. 

La infantita es muy juiciosa, y ya quiere 
que la enseñen á coser y á bordar. 

¡Qué felicidad se respira en aquella man- 
sión, donde las ideas mas puras laten en el 
corazón de doña Margarita , y hallan eco 
en todos los seres que la rodean! 

Doña María Teresa, la ilustre viuda de 
Carlos V, ha ido á Gratz á visitar ásus nie- 
tos D. Alfonso y doña María de las Nieves. 

También están con sus hijos doña Bea- 
triz y D. Juan; pero irán u Ginebra muy en 
breve. 

Después de daros estas noticias , pongo 
punto, para que os dure la dulce emoción 
que despiertan en vuestra alma. 

Esperanza. 



MARGA RITAS. 



Un rayo sin luz, sin llama 
una antorcha, una venera 
sin aljófar, una caja 
sin joya..., esto es al fin 
una hermosura sin alma. 
* 
• * 

Es el deseo 

monstruo que de lo imposible 
se alimenta, vivo fuego 
que en la resistencia crece, 
llama que la aviva el viento, 
disimulado enemigo 
que mata á su propio dueño. 



En llegando á estar celoso 
deja uno de ser amante. 

* * 
En los estremos del hado 
no hay hombre tan desdichado 
que no tenga un envidioso . 
ni hay hombre tan venturoso 
que no tenga un envidiado. 

(Calderón de la Barca.) 



MADRID, 1811. — Imprenta de La Esperanza , 
cargo de D. A. Pérez Dubrull, Peí, 6. 



IV. 




\BL 



ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



ASO I. 



30 JULIO 1871. 



NUM. 18. 



SUMARIO.— El 28 de julio.— Política fs- 
mbnlva: Una receta casera, por Juan ilo Luz.— 
Baílelas de la Religión: la Virgen üt; las Angus- 
tias (canto á María), por D. Arcad Ío García (íoi- 
zalez.— Páginas de la mujer fu?rte, por D. B. Fe- 
lipe Carral.— ¿Y después? (poesía), por D- Julio 
Aíorcon.— Eco* de Madrid, por Esperanza. — Mar- 
garitas. 



EL 28 DE JULIO. 

En las primeras horas de la mañana 
del viernes último se recibió en Ma- 
drid mi telegrama dirigido al ilustre 
conde de Orgaz por el Sr. D. Emilio 
Arjona, secretario particular de don 
Carlos. 

El despacho estaba concebido en 
estos términos: 

■•Ginebra. 28 (á las ochoydies mi- 
nutos de la mañana; Madrid id., á 
loe diez de la mañana). — Conde de 
Orgaz.— La Duquesa de Madrid lia 
dado á luz una infanta, que se lla- 
mará Elvira, á las seis rítenos cuarto 
de la mañana de hoy. Madre é hija 
perfectamente. Comunique V. la no- 
ticia senadores, diputados, Juntas y 
periódicos. — Arjona. » 

Esta noticia , que llenó de júbilo á 



los que la supieron, cundió rápida- 
mente entre nuestros amigos, y no 
fueron pocos los que acudieron á casa 
del Conde de Orgaz y á las redaccio- 
nes de los periódicos, ávidos de saber 
pormenores y de comunicar la dicha 
que esperimentaban por tan fausto 
acontecimiento. 

Para nosotros es causa de inmensa 
alegría. 

Ardientes legitimistas y entusias- 
tas admiradores de las nobles prendas 
que adornan á la ilustre Duquesa de 
Madrid , su felicidad es nuestra felici- 
dad, y constantemente pedimos al To- 
dopoderoso que vele por la ventura de 
la Princesa católica , ángel tutelar 
nuestro, modelo de esposas y de madres. 

Creemos interpretar fielmente el 
deseo de las numerosas lectoras de La 
Margarita , llevando á nuestra ama- 
da Princesa la espresion del inmenso 
júbilo que esperimentan por su feliz 
alumbramiento, y uniendo á nuestra 
entusiasta felicitación los mas Binceros 
votos por la ventura de la Duquesa de 
Madrid , de su egregio esposo y sus 
augustos hijos. 



SJ 



— 138 — 



POLÍTICA FEMENINA. 



UNA RECETA CASERA. 

La revolución, ya lo veis, es el ma- 
yor enemigo de vuestra felicidad. 

Ella no hace otra cosa que minar la 
familia. 

Su última aspiración ha sido consig- 
nada por la Commune de París : quie- 
re romper los vínculos, anular todos 
los lazos, estinguir todos los senti- 
mientos y reducir la humanidad á la 
condición de las bestias. 

No quiere madres ni hermanas, es- 
posas ni hijas: solo desea que existan 
varones y hembras numerados. 

Diréis que esto es una exageración. 
Consignado en documentos oficiales se 
halla este programa de la familia co- 
munista. 

Los foragidos de París se han quita- 
do la máscara. 

Los revolucionarios que aun usan 
guantes siguen, acaso sin saberlo , el 
mismo camino. 

Ellos empiezan atacando la Keli- 
gion. 

Ellos arrebatan á la Iglesia la cus- 
todia de los intereses morales de la fa- 
milia para entregarlos á la adminis- 
tración civil. 

Ellos reducen un sacramento á la 
condición de un contrato. 

Ellos hacen de la moral un ne- 
gocio. 

Estimulando con los triunfos de la 
fuerza ó la astucia la pereza y los ma- 
los instintos, arrancan al hombre del 
dominio de la ley del trabajo, y le con- 
vierten en conspirador. 

Desde este instante esclaviza á su 
familia. 

La madre, la esposa, la hija, la her- 
mana, viven en un continuo sobre- 
salto. 

Si tratan de disuadir al que conspi- 
ra, presentándole los peligros que le 
amenazan , 

— ¡Es cierto, esclama este; arriesgo 
la cabeza; pero si triunfo, tendré em- 



pleos, honores, riquezas: tú, esposa 
mía , en vez de ser capitana, serás bri- 
gadiera: en vez de ser periodista, serás 
ministra: en vez de vestir un traje de 
lanilla, te adornarás con un traje 
de gró: en vez de un aderezo de dou- 
blé y piedras falsas, lucirás aderezos 
de oro y brillantes; nuestras hijas po- 
drán casarse con marqueses, y nues- 
tros hijos harán carrera al vapor. Este 
porvenir bien merece la pena de jugar 
el pellejo. 

Y la esposa, y las hijas, sintiendo 
estimulada la pasión del amor propio, 
son las primeras que animan al cons- 
pirador , las que le encubren , las que 
le empujan. 

— Fulanita me humilló cuando su 
marido vino de diputado , piensa la 
madre de familia; yo me vengaré lle- 
vándola á paseo en el coche ministerial 
cuando triunfemos. 

— Arturo me abandonó, dice la hija, 
porque supo que yo no tenia dote. 
¡Ah! Cómo riabiará cuando me vea ca- 
sada con un joven diplomático, á quien 
mi papá hará embajador cuando sea 
ministro! 

Yo creo firmemente que la mujer 
es la principal causa de todos los ma- 
les y de todos los bienes de la fa- 
milia. 

Vosotras conoceréis á muchas que 
piensan y hablan como la madre y la 
hija que acabo de presentaros. 

Meditad un instante en sus triunfos. 

Desde el momento en que el esposo 
ó el hijo figura en política y conspira 
en favor del triunfo de los hombres 
que han de encumbrarle, la paz se ale- 
ja del hogar doméstico. 

Del éxito de la conspiración pende 
todo. 

El trabajo del hombre que conspira 
no es productivo sino cuando se esplo- 
ta la conspiración , es decir, cuando se 
estafa el dinero recibido de los jefes, ó 
cuando se venden los secretos. 

Pero entonces , no es solo el gobier- 
no constituido quien amenaza al cons- 
pirador; sus mismos amigos pueden 
descubrirle y asesinarle. 



*= 



— - 



— 



— 139 — 



¡Qué noche de insomnio! 

¡Qué temores á cada instante! 

El hombre dominado por estas ideas, 
no puede amar á su esposa, no puede 
encantarse con sus virtudes, no puede 
gozar con las caricias de sus hijos. 

Al contemplar á estos seres queri- 
dos, le asalta la idea de que puede per- 
derlos, de que sus crímenes pueden 
descubrirse y caer sobre ellos la ver- 
güenza , y piensa que algún dia llega- 
rán á renegar de él y á maldecirle. 

Pero no os fijéis en el conspirador 
infame, sino en el que es leal á la causa 
que sigue , porque todo lo espera de 
ella. 

Un dia ve las cosas en una situación 
favorable. 

Su rostro respira alegría. 

— ¡Parece que hay esperanzas! le 
dice un usurero que , ansioso de esplo- 
tarle, le hace la corte. 

— Sí, señor, muchas. 

— iSegun eso...? 

— Todo está preparado, y de un mo- 
mento á otro... 

— Pero ¿cuentan Vds. con tropa? 

El conspirador le habla al oido. 

— Pues, amigo, añade el usurero ; si 
cuentan Vds. con esa espada, la cosa 
es hecha. 

— Pero la policía no nos deja á sol 
ni á sombra ¡Si yo pudiera mar- 
charme! 

—Es lo que debe V. hacer. 

— ¿Y el dinero? 

— Buscando se halla... 

— ¡Si V. pudiera indicarme algún 
medio.-! 

— I Tendrá V. bastante con mil 
duros? 

— Por ahora sí. 

— Pues firmo V. un pagaré á un mes 
de mil quinientos ; deje V. el nombre 
en blanco, y dentro de una hora ten- 
drá V. la talega. 

Así sucede ; pero pasa el mes, y ha 
habido obstáculos insuperables , y se 
han descubierto los planes, y hay que 
volver á empezar , y al presentarse el 
pagaré hay que aplazarlo un mes mas, 
y en vez de mil quinientos hay que 



poner dos mil ; y esto produce en el 
deudor un humor endiablado , y este 
humor se traduce en continuos disgus- 
tos domésticos; y pasa un año , y pa- 
san dos, y los mil duros se han con- 
vertido en siete ú ocho mil. 

En e3te tiempo todo se ha aplazado 
en la casa, las deudas se han multi- 
plicado, la educación de los hijos se 
ha descuidado , las comodidades inte- 
riores faltan... Pero al fin se triunfa , y 
el pobre diablo es director , es diputa- 
do ó es ministro. 

¡Qué felicidad! ¿no es cierto? 

¡Horrible sarcasmo y terrible cas- 
tigo ! 

El pasivo es enorme: hay que llenar 
el abismo , hay que recoger los paga- 
rés, y hay que luchar con los envidio- 
sos, con los caídos que conspiran. 

Entonces llega la hora de las humi- 
llaciones, de las abdicaciones ; enton- 
ces es cuando los que desearían hacer 
la felicidad de la patria y la de su fa- 
milia, tienen que marcar su camino 
con una serie interminable de puntos 
negros. 

Preguntad á la mujer mas afortu- 
nada de un hombre político si es feliz, 
y si la observáis bien , veréis llenarse 
sus ojos de lágrimas cuando os con- 
fie que es la mujer mas dichosa del 
mundo. 

Ahora bien: la política, lo que se 
llama política, es la forma social , por 
decirlo así, de la revolución : es el as- 
pecto que toma para ingerirse en la 
familia, para destruir su base y llegar, 
aniquilándola, al logro de sus fines. 

Ella, no lo dudéis, es vuestro mayor 
enemigo; porque... decídmelo con la 
mano puesta en el corazón : l no cons- 
tituye vuestra felicidad la paz domés- 
tica ? 

Y esta paz. ¿no es el fruto mas san- 
to y mas hermoso del trabajo ? 

Tened presente que no aludo solo 
al trabajo material. 

Si es grato para el hombre el traba- 
jo que le permite cumplir la ley divi- 
na, sostener una familia, prestar ser- 
vicios ala sociedad, y esto lo mismo 



=¿J 






(7- 



— 140 — 



desde un andamio que delante de un 
escritorio, lo mismo con la azada que 
con el pincel ó el formón, no es menos 
grato ni meritorio el trabajo del que 
administra su fortuna, de la mujer que 
arregla la casa . y economiza para el 
porvenir. 

El que lo espera todo del triunfo de 
un partido; el que lo espera todo del 
éxito de una conspiración; el que ante 
la esperanza de un mañana próspero 
se entrega hoy á la culpable ociosidad 
del cálculo y de la intriga ; en una pa- 
labra : el que lo espera todo del presu- 
puesto , ó, mas claro aun, el que quie- 
re vivir del sudor de los que trabajan, 
no puede ser dichoso , ni hacer dicho- 
sos á los que le rodean ; pierde la sa- 
lud y el sosiego; negocia el porvenir y 
acaso el honor y la tranquilidad de su 
familia. 

Es agente de la revolución. 

Aunque os diga que os ama y que 
quiere labrar vuestro bien , os odia y 
prepara vuestra ruina. 

Vosotras, dentro del catolicismo, 
con la dulzura, con el cariño , con las 
virtudes cristianas que atesora vues- 
tro corazón, sois el eje, la base de la 
familia. 

Consagraos á cultivar en vuestros 
esposos y en vuestros hijos el senti- 
miento católico y el amor al trabajo; 6. 
las esperanzas de medro , á los halagos 
del amor propio, oponed la tranquili- 
dad del espíritu, la paz de la concien- 
cia, y con esta conducta formareis las 
legiones que han de acabar con la re- 
volución. 

Negad el agua y el fuego á los que 
no sean beligiosos ni trabajadores; 
dadles el ejemplo practicando estos 
deberes; hacedles considerar como ene- 
migos de su ventura y la vuestra á los 
irreligiosos y á los holgazanes, y sabed 
llevar, síes preciso tan grande sacrifi- 
cio, la toca de la viuda y el luto de 
las huérfanas. 

Solo de esta manera acabareis con 
la Revolución. 

Vosotras , con el amor, con la cari- 
dad y con el martirio, podéis ser en la 



tierra el santo emblema que humille, 
como la Cruz, al demonio del mal, que 
se os ha entrado en casa bajo las for- 
mas mas seductoras, para perderos, es- 
clavizaros y destruir los elementos de 
vuestra felicidad. 

Juan de Luz. 



BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



LA VÍRGEN DE LAS ANGUSTIAS. 
CANTO Á MARÍA (1). 

Dignare me laudare te % 
Virgo lácrala. 

En tus santos sitares postroclo. Madre mía, 
Poeta sin laureles, o3Curo trovador, 
Envuelvo mis plegarias en tosca poesía, 
Exhalo mis dolores en cantigas de amor. 

Mis cuitas te conilo con místicos cantares, 
Que ensalzan tu pureza, que ensalzan tn poder. 
Tu amor y tu hermosura, tus gracias singulares. 
Las glorias de tu nombre, las glorias de tu ser. 

Y mis rudos canciones, las notas de mi lira. 
El alma las modula, las canta el corazón ; 

Ni el arte las compone, ni el estro las inspira : 
La Te solo es mi arto, tu amor mi inspiración. 

Quotenraomasqueal anra aman los gayas flore», 
Masque la vida al alma, que al puerto ama el bajel. 
Que a sus hijos la madre, su lira los cantores, 
Quo sus glories un pueblo, que el héroe su laurel. 

Tu amor es mi esperanzo, tu amor mi santoanhelo. 
Cendal de mis dolores , guia en mi soledad, 
Oasis do mis penas, aurora de mi cielo, 
El iris de mi almo, el sol de mi orfandad. 

Amarte. Virgen sonta, es solo ral contento; 
Amarte, Reina augusta, es solo mi ambición: 
Amarle, Madre Virgen, mi solo pensamiento: 
Amarto, casta Esposa, es solo mi pasión. 

¿Y cómo no adorarte, ¡oh santa Madre mía! 
Si Tú eres de amor centro, de gracia eterna luz, 
Refugio del culpado, del huérfano la gula, 
Del mundo redentora con tu llanto en la Cruz? 

Y quién habrá en la tierra que tu amor no le cuadre? 
¿Y quien que no se postre rendido por tu amor? 
¿A quien llamarás ¡Hijol que no respondo ;.Vadrt.1 
¿Y quien to llama Madre que no oigas su clamor? 

¡Oh Virgen sin mancilla! ¡Oh Madre inmaculada! 
Destello del Eterno, virtud de su poder, 
Aliento de su aliento, fulgor de au mirada, 
Centella do su espíritu, reflejo de su ser. 

El cielo te bendice por au Reina y sonora : 
La tierra te bendice por tu ser virginal ; 
El hombre te bendice por ser su intercesora: 
El ángel to bendice por tu gloria inmortal. 

Tu nombre sacrosanto, por Dios mismo bendito, 
Escrito está en el cielo, escrito está en el sol ; 
En fondo do los mares con perlas e3tá escrito. 
Escrito está en los vientos en ¿Ttsas de arrobol. 

Tu nombro dice el aura con su n.' lento do flores. 
La fuente lo murmura sus linfas al corear, 
Lo cantón en las frondas los pardos rul8ef; or| Sai 
til ngmla en las nubes sus nías al tender. 
r!?£ " lb . r '> bendecido de gracia es santuario ' 
Con fe santa le invoca contrito ol pecador • 
Le invoca el desgraciado en su acerbo calvarlo 
El sabio en sus estudios, en su trova el cantor?' 



;v. 



J-r \. Composición prominda con el lirio de plaU 
mon d^isío Blbl " , S ráfl »-M«i«»» «a el certáí 



Bo medio del desierto lo invoca el peregrino, 
En lides el soldado, el náu trapo en el mar, 
Y el santo misionero con tu nombre divino 
Convierte á los salvajes de Thimor y Samar. 

Tú siempre de los hombres la madre te moUraite, 
Mas tu pueblo escogido el pueblo hispano fue- 
Bajando hasta su suelo su ambiento saturaste 
Con auras de virtudes, con ráfagas de fe. 

Y fuiste su Abog-ada y fuiste su Pa trona, 
1.a egida de sus glorias, el centro do su amor. 
Llenaste de laureles su escudo y su corona, 
Llenaste de blasones su lábaro de honor. 

Por ti la altiva España, dol mundo fue en la historia 
La España de los hóroes. la Eupaüa del poder, 
La España de los triunfos, la España do la gloria 
La España de loa Santos, la España del saber. 

La España del Salado, Clavijo y Covadonga, 
DeOtumbay de Lepanto, Bailen y San Marcial, 
Laque antes n,ne extranjero su vil yugo le imponga 
Morir sabe abrazada con sn pendón triunfal. 

La patria de los Cides, Alfonsos y (ruzmanes. 
La patria de los bravos, la patria del valor. 
La patria de Pelayos y heroicos capitanes. 
La patria de leales, la patria del honor. 

Por tí cubrióla tierra con sus lauros fecnndos. 
Por tí ha alzado en el orbe invicto su pavés, 

Y esclavos hizo a pueblas, y feudos a nos mundos 

Y & Reyes y naciones miró bajo sus pies. 

Por eso agradecida doquier te elevó altares, 

Sue su piedad pregonan, pregonan su fervor; 
tu nomhre repite al sonde sus cantares, 
En sus hurras de gloria, en sus trovas de amor. 

Ye% Virgen, cada templo de tu imagen sagrario; 
Pregona cada pneblo tuntuparosingular» 
En cada enhiesto monte te eleva un santuario, 

Y en cada pecho hispano tú tienes un altar. 
Entro estos santuarios hay uno que se eleva 

En medio de las flores, en medio do un vergel: 
De la oriental Granada en la frondosa vega 
Alzado por los Reyes Fernando é Isabel. 

Allí se ve una imagen de faz radiante y pura, 
De angélica belleza, de angélico mirar, 

Y todo el que contempln su célica hermosura 
En su asombro se postra rendido ante su altar. 

Con férvido entusiasmo recuerda mi memoria 
Las gloriando la imngen.su santa tradición. 
Recuerda desu templo, de su ermita la historia; 
RecuerdasusmiUgro3.su santa protección. 

Recuerdaque un santuarioalzado fue en Granada 
Por la piadosa Rei na, la grnn Reina Isabel, 
Recuerda que la Imagen que allí es hoy venerada 
Por medio de los ángeles alzada ha sido en el. 

Recuerda luego un templo; suntuoso se levanta, 
Memoria del portento, recuerdo del favor; 

Y el pueblo granadino ante la Imagen santa 
En so altar deposita ofrendas de su amor. 

Y allí halla el desgraciado rnns-ielo fi sus dolores 
Allí encuentra ol poeta la Ideado un cantar. 
Allí alcanzan contritos perdón los pecadores, 

Y allí el huérfano triste su amparo va á buscar. 
Allí D. Juan el de Austria, el hijo de la gloria, 

D» In divina Virgen amparo va a pedir: 

Y o'li después del triunfo los lauros do victoria. 
De fe su pecho henchido, piadoso va a rendir. 

Virgen de las Angustias, Patrona de Granada, 
Mira ri la triste España con ojoí de piedad; 
No dejes. Madre mía, que caiga deshonrada 
Al peso déla afronta, al golpe de impiedad. 

Perdona, Virgen Santa, perdona si en España 
Hay quien el cieno lanza de tu pureza ni sol. 
Si un Judas hubo Apóstol ¿.que tonga á quién osl raña 
Un Dolfos y un blasfemo el gran pueblo español? 

En cambio toda España A tus pies reza y llora; 
Rechaza la blasfemia del hijo de Luzbel, 
E invoca tu clemencia y tu piedad implora. 
Perdón para el blasfemo, perdón para el infiel. 

Arcadio García Gonzalbz- 



- 141 - 

PÁGINAS DE LA MUJER FUERTE (I). 



Y se levantó de noche, y dio la 
porción de carne á sus dom<sti- 
cos. y los mantenimientos á sua 
criadas. 

Que los libros sagrados contienen buení- 
simas instrucciones para todas las necesi- 
dades de la vida moral y material, es una 
verdad innegable , corroborada tina vez 
mas por estas lecciones, que, basadas sobre 
temas del libro divino de los Proverbios. 
dan á la mujer nociones claras de buen go- 
bierno doméstico, que no desdeñará la mas 
exigente. Y en verdad, ¿que mas puede 
exigirse á la mujer que las realice? ¿Se ha- 
llara casa mas metódicamente ordenada 
que agüella en la que se lleven á efecto los 
consejos del sabio? Como toda mujer se 
penetre bien de ellos y los plantee, téngase 
por seguro que el orden y la abundancia, 
la paz y bienestar la sonreirán todos los 
días de su vida. Cierto que necesita previ- 
sión y vigilancia ; pero como á ellas se 
acostumbre desde sus primeros años , de 
fijo que no las perderá jamás. Que tales 
dotes son necesarias al buen régimen y ad- 
ministración de la casa, es claro ; dejad si 
no las provisiones todas al cuidado solo de 
los domésticos ; que el ama de la casa no 
distribuya por su manólos mantenimien- 
tos y deje á cada uno tomar á su antojo la 
porción que gustare, y se verán mermar 
con rapidez pasmosa las provisiones todas. 
No es por esto decir que falte fidelidad a 
todos los domésticos; pero en el abandono 
que muestra la dueña de la casa los pone 
en ocasión próxima de pecar y pueden ce- 
der 4 la tentación, que En el arca abierta 
el justo peca, dice el adagio español. Es 
común sentencia de buen gobierno en todas 
sus aplicaciones evitar la ocasión para 
quitar el peligro. 

Por eso la mujer fuerte distribuye por 
mano propia los mantenimientos á* sus cria- 
dos, y, á la nar que les evita tal vez una fal- 
ta, les enseña con su modo de obrar ,í ser 
cuidadosos y diligentes; pues que ella, mu- 
jer de posición, no desdeña atender por 
si misma á las necesidades de sus familia- 
res, ellos, en justa correspondencia y cum- 
pliendo con su deber, deben cuidar con es- 
mero igual de los intereses de su amo. Esto 
consigue la mujer que , conociendo su po- 
sición v circunstancias, da con su modo ^e 
obrar lecciones de moralidad, aunque mu- 
das , elocuentes para sus domésticos , y á la 
vez cuida que el orden y la economía presi- 
dan á" las operaciones todas de la casa. Pues 
conocido es, y por sabido debiera callarse, 
que si la mujer evita que nada le falte; si 
hace comprender á sus domésticos y depen- 
dientes que nada en el trabajo deben de- 



(!) Páginasdonn libro que dedica su autor á 
doña Margarita. 



— 142 — 



fraudar á sus amos, claro es que los asuntos 
domésticos prosperarán por su previsión y 
vigilancia. 

Nace de lo dicho la reprobación de la 
conducta que observa una porción grande 
de amas de gobierno , ó dueñas de casa , á 
las que una vida asaz muelle priva de aten- 
der é inspeccionar á tiempo la distribución 
de los mantenimientos y provisiones de la 
familia , conñando acaso mas de lo debido 
en manos estrañas , y de cuyos efectos y 
consecuencias tenemos ejemplos abundan- 
tísimos, que hacen mas y mas necesario re- 
comendar la vigilancia á las amas de casa. 
No es razón suficiente el decir que su ele- 
vada posición, el rango, los deberes de so- 
ciedad las escusan : no ; el nombre verda- 
dero de tales evasivas es el orgullo y la pe- 
reza , vicios que no debe tener ni una Rei- 
na, pues que el solio real jamás debe prote- 
ger al vicio ; frivolos pretestos de una edu- 
cación viciada , y que no son propios de la 
mujer que tenga conciencia de su dignidad 
y misión. 

Cuanto mas elevada sea la posición en 
que la Providencia colocare a la mujer; 
cuanto mas brille por el lustre de su cuna, 
entonces debe conocer mejor sus deberes, 
mayor solicitud ha de desplegar en cum- 
plirlos, porque su ejemplo debe ser norte 
3ue jamás se oscurezca, y alumbrará á to- 
os cuando ella guie y conduzca en el la- 
berinto intrincado que ofrece el gobierno 
de una casa grande. La mujer, aunque des- 
cienda de regia estirpe, no por ello deja de 
ser mujer, esposa y madre ; y si la casa y 
los asuntos domésticos no están por ella 
regidos, ¿cómo podrá con su poderoso in- 
flujo llevar orden y acierto al aconsejar á 
su esposo la mejor manera de administrar 
á sus dependientes? La princesa ¡lustre 
como la sencilla labriega , la aristocrática 
dama como la modesta esposa del menes- 
tral, todas á una necesitan gobernar y diri- 
gir su casa , los intereses de sus hijos, la 
prosperidad de la familia , si en verdad 
quieren ser madres y esposas. La egregia 
Princesa que está realizando estas verda- 
des, la nieta de cien Reyes , que mece con 
su pie la cuna donde duerme su pequeño 
hijo, y hace , velando tan dulce sueño , el 
canastillo que en dias no lejanos ha de lu- 
cir el hije de sus entrañas, es digna de loor 
y de ventura. ¿Pierde algo de su elevado 
rango al obrar de ese modo? No; antes bien 
le añade mayor esplendor con sus virtudes 
domésticas, y se capta con su ejemplar 
conducta el amor, respeto y entusiasmo de 
cuantos la admiran. ¡Que Dios la haga por 
siempre feliz...! 

15. F. Carral. 



¿Y DESPUÉS? 

Sniero viajar por la tierra, 
sro sus ciudades ver; 



v desde el llano & la sierra 
las maravillas que encierra. 

—¿Y después? 
De una legión de g-uerreros 
yo solo el caudillu ser, 
y ni brillo de SOS qceros 
sojuzgar pueblos* mi teros. 

—¿Y después? 
Quiero que por tierra y mares 
sientan todos mi poder; 
que hablen de mí en sus hogares, 
que me alcen tronos y altares. 

—¿Y después? 
Gozar dé cuantos placeres 
me pueda el mundo ofrecer; 
del aplauso de otros seres, 
del amor do las mujeres. 

— ¿Y después? 
Que nr* coronen de flores. 
que rindan culto á mi ser. 
mendigando mis favores, 
millares de adoradoras. 

— ¿Y después? 
Quiero vivir de esta suerte, 
V en lo* brazos del placer, 
hasta que me arroje inerte 
en los brazos de la muerte...! 

— ¿Y después? 

Julio Alabcojí. 



ECOS DE MADRID. 

¿Sois aficionadas á leer novelas? Vamos, 
no bajéis la cabeza; las novelas, cuando son 
morales, deben leerse : esto no es un peca- 
do... ¿Conque sois aficionadas? Perfecta- 
mente: asi me gusta. 

Ahora bien:¿no es lo que mas os divierte 
en las novelas creer adivinar lo que va á 
suceder á tal ó cuál personaje, y salir luego 
con que sucede todo lo contrario? 

Pues este goce ha proporcionado la-.últi- 
ma crisis ministerial á los que leen la no- 
vela de la politica, que , dicho sea de paso, 
es una de las novelas que debemos arrojar 
al fuego. 

El general Serrano dijo: Yo quiero or- 
den, justicia y moralidad. 

— Puesá formar ministerio. 

Y el duque se fue al jardin del Buen Re- 
tiro á tomar el fresco, á oir música y á for- 
mar su combinación. 

Estos hombres políticos no tienen ideas 
ineeniosas. 

Figuraos que al general Serrano se le hu- 
biera ocurrido ofrecer la cartera de Ha- 
cienda al que despachaba los billetes para 
entrar al jardin , la de Gobernación al que 
dirigía la orquesta, la de Fomento al dueño 
del café. 

España entera, poseída de asombro , hu- 
biera esclamado : 

— ¡Qué idea tan original la del duque! 

Y , aceptándola con fruición por lo in- 
esperada, hubiera aplaudido á los nuevos 
ministros, y perdonado al general sus pe- 
cadi'los. 

Si por añadidura los nuevos consejeros 
de la Corona hubieran salido buenos, lo 
cual es mas que probable, ó mejores que 
todos los políticos de la baraja que está en 



IV. 



¿> 




- 143 — 

juego, lo_ cual es probable sin género de 
duda, ahí lienen ustedes salvada la revo- 
lución. 

Pero mientras el duque tomaba el fresco, 
la Tertulia famosa, completamente acalora- 
da y á pesar de odiar las hogueras, fulmi- 
naba sus rayos y queria quemar en efigie á 
Sagasta. 

Al dia siguiente todo estaba arreglado; el 
ministerio iba á jurar. 

Pero Ulloa, que es muy lince, como buen 
unionista, noto que el ex-ministro de la 
Gobernación estaba triste. 

-Observe V. á Sagasta, dijo al oido á 
Serrano. 

—Está muy cabizbajo. 

—Profundícele V. con diplomacia. 

-Voy allá. 

Y encarándose con el ministro; 

—Compañero, le dijo; seamos francos: 
usted no tiene cara de ministro que entra, 
sino de ministro que sale. 

— No, señor: mi cara es de ministro que 
ni entra ni sale. 

— ¿Acaso la Tertulia...? 

—¡Pues...! 

—Pues, compañero , si V. quiere , yo 
pronto... 

—¡Dios me libre...! Conozco demasiado 
á mis amigos. 

— Entonces, decídase V. 

—Por un lado quisiera... pero por otro... I 

— ¡Vamos, no sea V. porra! 

—Si lo fuera, no vacilaría; pero... 

Un cuarto de hora después dimitía Ser- 
rano, y Ruiz Zorrilla, presentando su pro- 
grama, decia: «Yo quiero moralidad, jus- 
ticia y orden.» 

Poco después juraban los nuevos minis- 
tros, y La Correspondencia, con la longa- 
nimidad que la necesidad de noticias ofi- 
ciales le ha dado, esclamaba: 

«Los que pretenden conocer el pensa- 
miento del nuevo gabinete, y los amigos ín- 
timos del Sr. Ruiz Zorrilla, aseguran que 
este se propone resueltamente separar en 
lo posible la política de la administración, 
manteniendo desde luego en sus puestos á 
todos los empleados probos, inteligentes y 
celosos, sin tener para nada en cuenta su 
procedencia ni opiniones políticas.» 

Poco después decia el mismo bondadoso 
periódico: 

«Hoy se han presentado al ministro de la 
Guerra los jefes y oficiales de la guarnición, 
S cuyo acto han asistido los oficiales gene- 
rales y jefes de cuerpos. El Sr. Fernandez 
de Córdova ha dirigido un sentido discurso 
á las comisiones que han asistidoá la recep- 
ción, encareciéndoles la Ordenanza y los 
principios de libertad.» 

¡La Ordenanza y la libertad ! Hermosa 
página de la novela de que os he hablado 
antes. 

Poco después gritaban los periódicos mi- 
nisteriales : 



«¡Se ha salvado el pais! Tenemos un mi- 
nisterio progresista puro.» 

Y Córdova y Beranger lo han creido. 

Y el bueno del Sr. Madrazo también. 
¡Oh! ¡Son unos benditos! 

Y sin embargo, preguntada los emplea- 
dos qué opinan del nuevo gabinete. 

— ¡Calle V., por Dios! escíamarán. ¿Qué se 
puede esperar de unos ministros que han 
convertido á los funcionarios públicos en 
jornaleros? De ocho á doce, trabajo; de doce 
á dos, comida y siesta; de dos á cinco, tra- 
bajo. El dia menos pensado nos verán Vds. 
comiendo con nuestra mujer y nuestros hi- 
jos en las aceras de las calles los garbanzos 
con salsa azafranada que tanto envidian los 
poetas cuando están á la cuarta pregunta. 

Dcaquí resulta quelos primerosenemigos 
que tieneel ministerio son los domésticos . 

Pero ¡qué importa ! la conciliación está 
rota. 

Los puntos negros van á luchar con su 
mayor enemigo. 

La moralidad y la justicia nos brindan 
benéfica paz. 

Háganme Vds. el favor de no sonreírse, 
que la cosa es mas seria de lo que parece. 

*** 

Me habia propuesto tratar aquí en familia 
algunos asuntos que nos atañen. 

Nuestros amigos atraviesan un período de 
calma, 

Parecemos cartujos. 

Dios quiera que este silencio y esta calma 
nos restablezcan de \* enfermeíaú que j.a 
decemos. 

Nuestros diputados han partido. 

¡Nada se oye! 

Y, sin embargo, con permiso de los re- 
volucionarios, no puedo menos de deciros 
que en mi corazón sonrie la mas dulce es- 
peranza. 

Hoy por hoy nuestro ojos están fijos en 
el Bocage. 

Por no estar aun terminado el estuche 
donde ha de ir encerrado el Relicario, no ha 

E adido llevarlo el lllmo. Sr. Obispo de 
aulia , que va á Ginebra á administrar el 
santo sacramento del Bautismo á la in- 
fanta recien nacida ; pero ayer quedó com- 
pletamente terminado, y después de ha- 
cer el diseño de la joya, se ha encargado 
de ponerla en las augustas manos de doña 
Margarita una persona que va atener la 
dicha de ver á nuestra amada... Princesa. 

No podemos ofreceros hoy, como espe- 
rábamos, el diseño del relicario. Después 
de terminado, ha sufrido algunas ligeras 
reformas, y ha quedado una obra perfectí- 
sima. 

El artista ha justificado su fama. 

El Relicario tiene verdadero carácter re- 
ligioso ; y no digo mas por ahora , toda vez 
que muy pronto podréis ver el diseño en 
La Margarita. 






/? 



La señora condesa del Prado, después de 
haber dado la reliquia , ha suplido también 
algunos gastos, para no privar á los pobres 
de la cantidad destinada á socorrerlos. 

Podéis estar seguras de que doña Marga- 
rita estimará muchísimo vuestro recuerdo, 
unido al de la ilustre condesa del Prado. 

El encargado de poner en sus manos el 
Relicario lleva también otros objetos, tes- 
timonio de acendrado cariño para doña 
Margarita, D. Carlos y los infantes. 

En primer lugar, figura otro relicario de 

Elata que contiene carne quemada de San 
orenzo, y lo ofrece á la Señora el presbí- 
tero D. Luis Marín. 

Una joven , entusiasta admiradora de la 
Duquesa de Madrid , remite una preciosa 
colchita ó cubre-cuna, formada con precio- 
sos círculos de crochet sobre un fondo de 
tafetán rosa. 

Algunas monjitas,que no debo nombrar, 
envían á los augustos infantes Evangelios, 
escapularios y otros recuerdos análogos, en 
prueba de acendrado cariño. 

Una señorita muy conocida por su fer- 
voroso carlismo y su asombrosa habilidad 
para las labores femeniles, envia á D. Car- 
los dos pañuelos bordados, que son dos 
obras de arte. 

La señorita doña Dámasa Morales , á 
quien de seguro conocerán muchas de mis 
lectoras, es la inspirada bordadora. 

En el otoño último fue á Vevey á ofrecer 
á doña Margarita un pañuelo que habia 
bordado para que lo estrenase en un acto 
solemne, que ya os potlcis figurar cual será. 
Más de un año empleó en enriquecer 
aquel pedazo de fina batista, con sus manos 
de hada. En los cuatro ángulos aparecían 
admirablemente retratados de cuerpo en- 
tero doña Isabel la Católica , D. Fernan- 
do V , su esposo, Felipe II y D.Jaime el 
Conquistador. No faltaba ningún detalle á 
estas figuras, y en la de Felipe II llamaba 
la atención, sobre todo , la perfección del 
rosario y del libro de devociones. 

En el centro, sobre un sissé verde luz, 
bordadas con seda blanca y oro, aparecían 
las armas de España. 

Una orla de margaritas y capullos termi- 
naba el adorno del sissé y del pañuelo. 

En las esquinas del sissé habia ademas 
castillos y leones. 

Cuantos han visto este pañuelo aseguran 
que es una verdadera joya. 

Tanto agradó á doña Margarita y á don 
Carlos, que la señorita Morales ofreció al 
augusto Duque de Madrid bordarle dos 
pañuelos. 
Ahora ha cumplido su promesa. 
Yo he visto los pañuelos, y puedo ase- 
guraros que son una maravilla. 

Uno de ellos está adornado con una orla 
de castillos y leones, de la que pende el 
Toisón. En el centro se lee : Carlos VII. 
En el otro aparecen las armas de Espa- 



— 144 - 

na con la Corona. Rodéalas el collar del 
Toisón, y á los lados hay una C y un 7 en- 
lazados con el escudo. 

Los bordados están sobre almohadillas 
perfumadas de color de rosa. 

La caja que los encierra está cubierta de 
gro de Paris blanco, y en la parte superior 
tiene una paisaje preciosísimo. 

Estoy segura de que los plácemes que ha 
recibido aquí la autora de tan inspirado 
trabajo, se repetirán en el Bocage. _ 

La señorita Morales envia también a dona 
Margarita una reliquia que la dejó su tio el 
Cardenal D. Judas José María Tadeo. Es 
una imagen de Santa Teresa de Jesús hecha 
con barro de la sepultura donde se guardan 
los restos de la ilustre Doctora. 

No sé si seré indiscreta ; pero no puedo 
ocultar que he visto unos acericos y una 
caja para guantes que, con el propósito de 
regalárselos también á doña Margarita, esta 
bordando la señorita Morales. 

Cuando estén concluidos, me complaceré 
en describiros sus primores 



¡Con qué placer recibirá estas muestras 
de entusiasta cariño la Reina... de nuestro 
corazón! 

Para terminar, os diré que las ultimas no- 
ticias que se han recibido de Ginebra anun- 
cian que doña Margarita y la augusta re- 
cien nacida siguen perfectamente. 

Demos gracias á Dios con toda nuestra 
alma por el feliz alumbramiento de la Se- 
ñora, y pidámosle que conserve su preciosa 
salud, la de su augusto esposo y la de sus 
adorados hijos. 

Esperanza. 



M A RG ARITAS. 

¿Respondedmesi en la tierra 
puede haber cosa mas pura 
que el beso que da una madre 
al niño que está en la cuna? 

**# 
Es como un arroyo el vicio 
que por una cuesta baja; 
hasta que el abismo encuentra 
nunca su corriente para. 

**. 

¡Cuan inmenso es el espacio! 

Si es mayor que el mundo el sol, 

¿cómo seremos nosotros 

ante los ojos de Dios? 

» 
* * 

Camino de las riquezas 

se fueron mis ilusiones; 

mas vieron que era preciso 

para ser rico, ser pobre. 

Manuel Jorreto. 



MADRID, 1871. — Imprenta de La Esperanza , i 
cargo de D. A. Feroz Dubrull, Pez, 6. 



^: 



-¿ 



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ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATOLICO-MOHAROUICAS. 



AÑO I. 



6 AGOSTO 1871. 



NÜM. 19. 



SUMARIO. — Kl parlamentarismo para los 
parlamentarios , por D. Valentín de Novoa.-l.os 

a (fantasía), por Joan de Luz Cuadros 

yivos políticos y sociales: el ministro liberal, 

Sir D. Julio Nombela.— Dos visitas (|*o«siaf. por 
.Julio Alarcon.— Ecos de Madrid, por Esneran- 
n.— Margaritas. 



EL PARLAMENTARISMO 

PARA LOS PARLAMENTARIOS. 

Bien sabe Dios que no quisiéramos 
hablar de política á las lectoras apro- 
babilísimas de La Margarita: pero 
es la política un contagio que todo lo 
invade , y no para que se inficionen, 
sino para que se preserven y nos pre- 
serven, combatimos aquí y donde quie- 
ra esa peste que de tal manera cunde. 

¡Qué triste cosa , lectoras amables, 
es el parlamentarismo , y cuánto mas 
estéril que triste es todavía! 

Es triste, como todo lo que á la ver- 
dad es refractario; es estéril , como lo 
es siempre lo que , lejos de aceptarla 
por fundamento, le antepone la pasión. 

La misión de todo cuerpo delibe- 
rante convendréis en que no debe ser 
otra que la de dilucidar la verdad, 



para, una vez depurada , adherirse á 
ella. No acontece así , empero, en las 
Asambleas parlamentarias ; en ellas 
discute de ordinario la razón apasio- 
nada, no la tmnquilaé imparcial, que 
ama la justicia y lealmente la busca: 
discute el liberalismo, salvo alguna 
honrosa escepcion , no para esclarecer 
lo bueno y lo verdadero, y preferirlo 
de buena fe á lo malo y lo falso , sino 
para falsear el bien y la verdad, aho- 
gándolos en último estremo, cuando 
á sus planes son contrarios , con la ul- 
tima vatio de los votos; lo cual no ne- 
gareis que traspasa los límites de lo 
contradictorio, llegando 6. los términos 
de lo absurdo. 

Vosotras habréis oido, y es lo cier- 
to, que los gobiernos liberales forman 
las mayorías falseando las elecciones, 
y las mayorías sostienen á I03 gobier- 
nos, ya por espíritu de partido, ya por 
los empleos y gracias que de ellos re- 
ciben en recompensa. 

Ese es el juego: juego esencialmente 
inmoral y esencialmente corruptor. 

Y en ese juego en tanto grado fu- 
nesto, ¿os parece que será lícito, que 



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será conveniente que tome parte aque- 
lla comunión que mas abiertamente le 
condena, que aspira á estirpar todo lo 
que ese sistema tiene de pernicioso y 
de falso, dejando lo verdadero y lo fe- 
cundo en un punto tan principal para 
la buena gobernación de un Estado, 
cual es la representación del pais? 

Dícese generalmente que para con- 
trarestar al enemigo en justa defensa, 
se puede echar mano de las mismas 
armas que él emplea para acometer y 
dañar. Convenimos en ello, siempre que 
tales medios no adolezcan del vicio de 
la inmoralidad, por la razón sencillísi- 
ma que vosotras no rechazareis, de que 
fines rectísimos no cohonestan inmo- 
rales medios; que esas armas y esos 
medios sean susceptibles de propor- 
cionar la victoria, y que no haya otros 
que mas fácil y mas honrosamente la 
preparen. 

Que los procedimientos parlamenta- 
rios son la inmoralidad misma, dicho 
está; y es hoy de tanta evidencia, que 
casi nos releva de insistir en tal de- 
mostración. 

Los gobiernos liberales solo aspiran 
á perpetuarse en el poder, quehan es- 
calado comunmente por medio de la 
cabala y del amaño: para lograrlo ne- 
cesitan, en primer término, reunir 
mayoría en el Parlamento; ganar las 
elecciones ; tienen á este fin en una 
mano el premio, en otra la amenaza, 
de cuyos recursos usan, sin que la jus- 
ticia les preocupe ni les contenga la 
odiosidad y la repulsión que inspiran 
el abuso y la violencia: antes por el 
contrario, parecen estimularles; y, por 
último , cuentan con el caciquismo ofi- 
cial y no oficial, dispuesto á secundar- 
les, consumando toda clase de misti- 
ficaciones , ilegalidades y atropellos, 
seguros de que la impunidad les escu- 
da. Con semejantes medios , de tal ma- 
nera usados, i es posible que haya 
quien resista tan dura presión? ¿Ño 
es maravilla que en un Congreso libe- 
ral haya un solo diputado de oposi- 
ción? 

Que mayorías de tal manera forma- 



- 146 - 

das no son el producto de la voluntad 
del pais espontáneamente manifesta- 
da, ni por tanto la representan, es 
evidente; pero no lo es menos que 
ellas así se llaman y así se imponen. 

Ahora bien: ¿es conveniente, vol- 
vemos á decir, que personas y parti- 
dos que condenan este absurdo, que 
profesan distinto sistema, y que pro- 
ceden siempre con digna rectitud, to- 
men parte en tan miserable farsa? 

Dirase, y es la verdad, que, lejos de 
ser autores, son víctimas en ella, y que 
van á ponerla en evidencia y comba- 
tirla. 

Hallamos, sin embargo, sumamente 
peligroso que el pais se acostumbre á 
ver de continuo la verdad cínicamente 
hollada, descaradamente despreciada, 
ahogada siempre por el número , que 
es como si dijéramos por la fuerza, por 
mas valerosa y elocuentemente que se 
esponga y sostenga. 

Esos gobiernos y esas mayorías lle- 
van constantemente una idea precon- 
cebida; tratar de disuadirlos de ella, 
por errónea que sea , es tiempo perdi- 
do, como lo seria el predicar virtud á 
loa i-. 'probos que allá moran con Sa- 
tanás. 

Por una especie de fatalidad que 
preside á ese sistema, jamás han sido 
favorables al bien las decisiones de las 
Asambleas parlamentarias , aun en 
aquellos casos en que hombres religio- 
sos y de orden componen la mayoría. 

Los católicos belgas , á quienes debe 
el pais su independencia , y que cons- 
tituían gran mayoría en la Asamblea 
de 1830, hicieron , sin embargo, una 
Constitución en alto grado libre-cul- 
tista, y aceptaron un Rey protestan- 
te ; á poco , por resultado de esos erro- 
res, fueron dominados y oprimidos por 
una minoría anticatólica, y en el go- 
bierno de ese Rey protestante y franc- 
masón habia dos ministros solidarios: 
hoy, con una Cámara en que los cató- 
licos están en mayor número, y con 
un gobierno que también lo es, no va- 
ciló este en dar orden á su minis- 
tro plenipotenciario en Florencia de 



— 147 — 



acompañar á Víctor Manuel á Roma. 

Austria, parlamentaria, aunque ca- 
tólica en mayoría inmensa, está gober- 
nada por un ministro protestante, que, 
por espíritu de secta, es Cima que, 
contra lo que el interés mismo de su 
país recomendaba, impulsó la trasla- 
ción del gobierno italiano á la capital 
del orbe católico. 

La actual Asamblea francesa ha te- 
nido una ocasión brillante de consoli- 
dar la paz de esa nación desgraciadísi- 
ma, tanto mas desgraciada cuanto que 
no la corrige la desgracia, restable- 
ciendo el gobierno legítimo, y la dejó 
pasar, y no lo ha hecho. 

No hallamos, lo repetimos, que nun- 
ca la votación de esos Congresos par- 
lamentarios haya producido el bien, ó 
sido un recto y desinteresado homena- 
ge á la verdad. 

Podrán, en casos dados, las mayo- 
rías ministeriales convertirse en mayo- 
rías de oposición, y derribar un go- 
bierno; pero esto no es porque la luz 
de la verdad se haga lugar, sino por- 
que allí donde la pasión y el interés 
luchan , la discordia es secuela inevita- 
ble. Entonces sobrevienen las revola* 
ciones, y el mal, en vez de aminorarse, 
se agrava. 

Para que esta discordia, que es, sin 
embargo, la perdición de los ambicio- 
sos, se desarrolle mas rápida y e 
ca, es en alto grado conveniente que 
los partidos dominantes se hallen solos 
en las Cámaras ; que no tengan en- 
frente de sí una oposición nutrida y 
vigorosa que les avise el peligro y les 
contenga en sus apasionados arran- 
ques; por lo cual creemos que las opo- 
siciones mas bien dilatan que precipi- 
tan la descomposición de tales mayo- 
rías, y que ese medio no es conducen- 
te al fin para que se emplea. 

Después de la revolución de 1840, 
el Congreso se compuso esclusivamen- 
te de progresistas ; no había mas mo- 
derado que el Sr. Pacheco, el mas pro- 
gresista de los moderados ; luego sur- 
gieron las divisiones, saliendo de allí, 
en 18-13, el alzamiento que echó 



por tierra la regencia de Espartero. 

JIudada la escena, en las Cortes mo- 
deradas de 1845 no habia mas progre- 
sista que el Sr. Orense, entonces el 
mas moderado de los progresistas, y 
ya en lS-tG la discordia llegó á punto 
de andar á tiros en Galicia , unos con 
otros, los moderados, fautores esclusi- 
vos de aquella revolución que inicia- 
ran con la mira de derribar, como der- 
ribaron, á Narvaez. 

Hoy, por fin, rompióse la mal soste- 
nida conciliación de los 191; pero ¿no 
se hubiera roto mucho antes, y no ten- 
dríamos , por tanto, algo mas adelan- 
tado, ai no hubieran visto los mal cou- 
ci liados, oposiciones formidables y ame- 
nazantes? Es evidente que si ; es evi- 
dente que el instinto de la propia con- 
servación les contuvo hasta este mo- 
mento, en que creen poder obrar con 
mas desembarazo, porque, votados los 
impuestos, fácil les parece cerrarlas 
Cortes , y aun disolverlas. Por eso es- 
talló ruidosa la disidencia, y se hizo 
ostensible la discordia que venia tra- 
bajando y manifestándose de cuando 
en cuando, á pesar del temor á las opo- 
siciones, en esa mal coaligada ma- 
yoría. 

Conviene , oiréis repetir, que la ver- 
dad se haga paso , que resuene en to- 
dos los recintos. En efecto : grandes 
verdades han dicho nuestros diputa- 
dos, con valentía y con elocuencia ad- 
mirables; la campaña ha sido brillante, 
y sus esfuerzos merecedores de alta 
loa; pero insistimos en nuestro deseo 
de que, no solo la verdad se oiga, sino 
que se oiga allí donde no conste de 
antemano que ha de ser á la faz del 
mundo sistemáticamente ultrajada y 
menospreciada; donde no se tenga por 
sabido que el necio sofisma , la grose- 
ra argucia , y sobre todo el numero 
de los votos, se han de burlar, en todo 
momento, audazmente de ella; esto 
redunda gravemente en su despresti- 
gio ; esto lo juzgamos pernicioso en 
"rado sumo : que pernicioso en grado 
sumo es que las gentes se habitúen á 
ver que, con intervención de los mis- 



Vfc: 



í) 



(r 



— 148- 



V^: 



mos que lo reprueban, no son razones, 
Bino votos los que valen. 

Y no menos pernicioso nos parece 
que aquella opinión, que es la que está 
arraigada en la inmensa mayoría del 
pais, por los escamoteos, las ilegalida- 
des y las falsías , venga, en una Asam- 
blea parlamentaria , á figurar en mi- 
noría, y á dar fuerza, con la presencia 
de los que la mantienen, á los actos de 
mayorías ficticias. 

Partidarios somos de la propaganda; 
y ¿cómo podríamos no serlo? Lo somos 
en tanto grado, que en todos los mo- 
mentos que el cumplimiento de otros 
deberes nos lo permite, á hacerla dedi- 
camos nuestros recursos escasísimos. 
Deseamos que la verdad resuene en 
todos los ámbitos del mundo; pero no 
queremos verla rebajada allí donde 
ciegos y sordos voluntarios están pre- 
dispuestos á no ver ni oir ; allí donde 
no se va en busca de verdades, sino á 
caza de empleos y ministerios. 

Otros recintos hay de eco estensí- 
sirao, donde su enseñanza es siempre 
fructuosa: la prensa misma no adolece 
de tan graves inconvenientes. 

Dejad luchar solos á los parlamen- 
tarios entre sí ; abstengámonos de to- 
mar cartas en los juegos del parlamen- 
tarismo : que sus ambiciones , sus des- 
pilfarros, sus mutuos odios y sus dis- 
cordias los pongan en evidencia á los 
ojos del pais, que esto basta. 

Por eso creemos que hay medios me- 
jores que I03 parlamentarios para com- 
batir al parlamentarismo falso , funes- 
to y corruptor, y obtener sobre e'l la 
apetecida victoria. 

¿Es esta también vuestra creencia, 
amabilísimas lectoras? Parécenos que 
sí, puesto que ya en vuestro Álbum 
nos habéis dicho algo que con ella 
coincide. 

Pues si lo fuese, y si creencia seme- 
jante conduce al bien que todos anhe- 
lamos, á que todos tenemos derecho, 
y al que todos debemos cooperar se- 
gún nuestra condición y estado lo per- 
mitan, instad vosotras, instad, rogad, 
y suplicad, que vuestros ruegos y 



vuestras súplicas no serán estériles, y 
acaso nos libren del funesto contagio. 

Valentín de Novo*. 

Oreue 2* de jallo de 1871. 



LOS PARTIDOS. 



FANTASÍA. 

_ Para conocer cuál es el verdadero espí- 
ritu de los partidos, no se me ocurre mas 
que un medio : buscar á cada uno de sus 
representantes mas caracterizados á ¡asal- 
tas horas de la noche mientras duermen , y 
oirlos soñar. 

Los partidarios de tal 6 cual principio, 
de cual ó tal personalidad, son seres apa- 
sionados. 
Y la pasión sueña en voz alta. 
Atención, y mucho oido. 
CUADRO PRIMERO. Dormitorio ele- 
gante, cama de bronce, colgadura de da- 
masco blanco, mesa de noche de palo san- 
to, alfombra de moqueta. Sobre el mullido 
lecho, un caballero; sobre el caballero, un 
cordón. 

—No hay duda... el pais se ha cansado va 
de los revolucionarios; es hasta cuestión de 
buen gusto y de sentimiento traer al prin- 
cipe Alfonso. |Y vendrá! Tenemos ocho 
generales, cuatro coroneles... ¡Si viene, yo 
seré embajador, ó ministro, ó regente! Aquí 
la cuestión es tener tropa, y la tendremos 
CUADRO II. Catre de tijera, colchón 
escuálido, palomilla de pino, un candelero 
de barro, y una vela de sebo apagada. Silla 
•» Vl í ona s la «becera del catre. Sobre la 
sala. Las Ruinas de Palmira; en el suelo un 
libro de Proudhon; sobre la almohada, un 
numero de El Cuarto Estado. 

En el lecho, un hombre con la barba ne- 
gra, muy cerrada, duerme sobre el lado del 
corazón... Oídle. 

—¡Esto es una iniquidad! Los ministeria- 
les han bastardeado la revolución. El pue- 
blo no come; los mendigos de ayer cubren 
su pecho de placas, y nos llenan de lodo con 
sus carruajes. Quieren sacudirnos con el 
1. tigo del despotismo. ¡Ay de ellos! En el 
ciuo los hemos juzgado y sentenciado. El 
t*,?! ex P ¡aci ° n «acerca; la gran liqui- 
dación avanza. Habrá una hor<£ en cada 
calle. Los ricos partirán su fortuna con los 
pobres. Caeremos sobre ellos como la lan- 
gosta. Nos sortearemos... ¡El puñal...! ¡El 
cadalso...! ¡El incendio...! ' 

CUADRÓ III. Cama de matrimonio de 
caoba ; a cama, no el matrimonio), ocho ó 

™w° •"' mes £. de noche > 'amparilla 
sobre una cómoda. Duermen marido y mu- 
jer: ella con cofia, el con gorro blanco 



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- 149- 
El.— No hay duda... Los unionistas nos 
tienden un lazo. Hemos sido tontos siem- 
pre, y lo seremos una vez mas. Muerto el 
Rey se irá con ellos y nos dejará con un pal- 
mo de nances. 



Nos desarmarán.. ¡Vaya si nos desar- 
marán! Pero es preciso que les cueste 
caro... Me parece que tocan á generala... 
No, es el Himno de Riego; no, es á genera- 
la; confundo siempre los dos toques. A ver 
mi casco, digo, mi ros, mi uniforme, mi 
fusil... ' 

Ella.— ¿Qué te pasa, hombre, que estás 
tan desasosegado? ¿Tienes hormiguillo' 
Me has despertado en lo mejor del sueño 
Figúrate que yo iba subiendo las escaleras 
de Palacio, y me llevaban la cola entre dos 
camaristas. 
El. — ¿La cola? 

Ella.— Si: ¿no ves que me había hecho 
su dama de honor la Reina nueva? Y mira 
lo que es la falta de costumbre de ir á Pala- 
cio... en sueños y todo, estaba sofocada. 

CUADRO IV.— Cama de hierro de las 
de 80 rs. Accesorios modestos. Sobre la 
mesa de noche la Guia de Forasteros. Jo- 
ven aprovechado. 

—He sido iberista, genovista , hohenzo- 
llerista, interinista, y ahora soy aostista, 
progresista, demócrata, radical, y seré todo 
lo que quiera el gobierno, siempre que lo- 
gre un puesto distinguido en la Guia de 
Forasteros. Lo menos 50 ó 60,000 rs.; no 
vale menos el color que me ha salido al 
rostro por las inconsecuencias que me han 
notado, aunque mejor seria algo bueno, 
gordo y de una vez, porque todo esto se lo 
va á llevar la trampa, y si uno no apro- 
vecha... 

Si no fuera triste la galería de cuadros 
que de los partidos os acabo de ofrecer, se- 
ria una comedia divertida. 

Lo peor es que cuesta cara á los espec- 
tadores. 

Pero tranquilizaos, lectoras mias: aun me 
queda otro cuadro que exhibir, y los apun- 
tes de este nos harán olvidar los demás. 

CUADRO V. Dormitorio en una casa de 
labor, situada en el pliegue de una montaña . 
Sobre una cama de roble hay dos col- 
chones; sobre los colchones, un mozo for- 
nido. Acaba de rezar, y se duerme. Ya sue- 
ña... Oidle. 
— Mis padres pelearon por la Religión, 

Ear la patria yel Rey. El Rey legitimo es 
. Carlos... Si él lo manda, hay que darle 
hasta la última gota de sangre. Hoy hemos 
hecho el ejercicio con el jefe, y ya sabemos 
lo necesario para luchar. En cuanto avisen, 
hay que dejar familia, casa, todo, y morir. 
¡Ah! Qué dicha la del que contribuya apo- 
ner en el Trono al Rey legitimo, á defender 
la Religión, á devolver la independencia á 
la patria! 
Elijan ustedes. 

Juan- de Luz. 



CUADROS VIVOS POLÍTICOS 

Y SOCIALES. 
El ministro liberal. 

A Jas ocho de la mañana entra el ayuda 
de cámara de un ministro cualquiera, el 
que Vds. elijan, con tal de que sea liberal 
doctrinario. 
—¡Señor! ¡Señor! 

—¡Eh! ¿Quién va? Sin abrir los ojos.) Está 
oien Haré loque esté de mi parte: déje- 
me V. una nota. ' 
— ¡Señor , que son las ocho! 
— ¡ Ah! ¿Eres tú...? Creia que era un pre- 
tendiente. ' 

.— **» faltan... Ahí tiene V. E. desde las 
seis a los de costumbre, aumentados con 
una viuda, dos huérfanos y quince cesantes 
—¡Mi ropa en seguida...! ¡Oh! lo que es 
hoy no recibo á nadie. (Empieza á vestirse ' 
Es necesario ver el modo de simplificarla 
administración, de organizaría de un modo 
mas sencillo. 

Ya hace dos meses que medito... pero... 
¡esos pretendientes...! Son las ocho y veinte- 
hasta las doce trabajaré. ¡Hay tanto que ha- 
cer! Desde la oposición he hecho promesas, 
tengo ideas, la revolución exige... No reci- 
biendo á nadie hasta las doce, lograré... 
— Señorito... 
— ¿Qué quieres? 
— Ahí está... 
— No recibo. 
— Es que... 
— Nada , no recibo. 
— Bueno; pero trae una carta. 
— ¿De quién? 
— Del suegro de V. E. 
— ¡Válgame Dios! dile que pase; será al- 
gún amigóte de mi padre político, y si no 
le recibo... 
— El Sr. D. Pantaleon Sobreascuas. 
— Adelante. 
— V. E. perdonará... 
—Apee V. el tratamiento. 
— Gracias. Pues su papá de V. me ha en- 
cargado que venga. 
— Sí; ya sé. 

—Porque yo soy muy amigo de su papá 
de V.; nos conocimos siendo niños. Por 
cierto que fue el día 15 de enero..., y hacia 
un dia hermoso... ¡Mire V. lo que son las 
cosas! Y á su señora de V. la vi nacer, ¡y 
tantas veces la tuve en mis rodillas! 

— Sí, comprendo ; pero estoy bastante 
atareado, y desearía... 

— ¡Ahí ¡Ya caigo...! ¿Hay mucho que ha- 
cer, eh? 
— Sí, señor. 

— Pues, nada: iré al asunto derecho. Em- 
pezaré contándole á V. mi historia» 
—Ha padecido V. mucho por la libertad, 
I ¿no es eso? 



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— 150 — 




—Mucho; pero es preciso que V. sepa... 
—Lo sé todo; vamos á ver: ¿qué es lo 
que quiere V.? 

— Pues nada: estudié abogacía en mis mo- 
cedades, y no la he aprovechado; así es que 
una placi'ta de magistrado de una Audien- 
cia me vendría de perilla. 

— Escriba V. una nota. 
—Si ya la traigo escrita, y no una, sino 
varias. 
— ¿Sóbrelo mismo? 

— ¡Ca! no, señor; allá en el pueblo son 
todos muy liberales, y me han dicho: «Ya 
que V. va, pida V. para todos.» Aquí hay 
catorce notas , todas de compañeros que 
se han criado con su mujer de V. 

— Bien : déjemelas V. todas ; ahora estoy 
de prisa. 

— Es que no vaya V. á hacer lo que to- 
dos, darles carpetazo. 

— Haré lo que pueda. 

— No, pues yo no me voy sin la palabra. 

— ¡Bien, hombre, bien! 

— Es que yo necesito ver á la señora. 
—Ahora es temprano. 

— Volveré luego ; ¡pues poquito me en- 
cargó su padre que la viera! ¡Ah ! Mire V., 
lo mió es loque me interesa mas. Así es que 
pienso dar otra nota á la señora, y otra al 
ayuda de cámara, y otra á la cocinera, y 
otra... ¡Que V. lo pase bien! 

— ¡Uf! ¡Qué hombre! Un ministro no 
debía haber nacido en ninguna parte, ni 
tener familia... ni... Y si no los recibe V., 
e! papá suegro escribiría acusándome de 
haberme dado tono. Las nueve y media, 
y ya he perdido el hilo ; vuelta á empezar. 

— ¡Señor! 

— ¿Qué es eso? 

— Ahí está una señora. 

— ¡Pero, hombre! ¿note he dicho que no 
recibo? 

—Es que dice que para ella está V. E. 
siempre. 

— ¿Quién es? 

— Aquí está su tarjeta. _ 

La señora, que ha seguido al criado, dice 
entrando : 

— Soyjyo : ¿no me conoce V.? 

— ¡Doña Manuela! 

— ¡Av! me ha reconocido... ¡Qué emoción! 
¿No le dije yo á V. que para mí sí estaba? 

— Vete. ¿Qué quiere V., señora? 

— ¡Cuánto tiempo hacia ya que no nos 
veíamos! 

—Mucho. 

— Fue V. mi mejor huésped; bien es ver- 
dad que yo no era tirana. Algunos meses 
le esperaba á V. 

— ¿En qué puedo servirla? 

— ¡Si V. supiera lo que me ha sucedido 
en estos quince a_ños! Se lo contaré á V. 

— Otro dia, señora; estoy muy ocupado. 

— Bien ; pero le diré á V. lo gordo. 

—¿Con brevedad , no es eso? * 



—Pues bien : á mi Mercedes , ¿se acuer- 
da V. , aquella chica que le gustaba á V. 
tanto? 

— No; pero... 

—Pues le ha salido un novio, y para que 
se case con ella le he ofrecido un destino. 

— ¡Pero, señora...! 

— ¡Qué quiere V.! los hombres son unos 
picarones. — Soloá este precio quiere salvar 
la honra de mi Merceditas. ¡Oh! en los 
cuarenta años que tiene de vida, ese es el 
único disgusto que me ha dado; con que... 

— Es imposible lo que V. pide. 

— ¡Imposible! ¡Ah! V. no tiene corazón... 
¡Ay!... á mí me va á dar algo. 

—Vuélvase V. por ahí. 

— Pero la palabra; que yo me lleve la pa- 
labra de V. 

— Bien; pero ahora déjeme V. en paz. 
¡Pícara mujer! Me ha quitado una idea, 
prosigamos. 

— ¡Señor! 

— ¡Vete con mil de á caballo! 

— Es que... 

—Te vas, ó te... 

— Es que... Ahí está el banquero inglés 
que dice que vi ene á ofrecer dinero al go- 
bierno. 

— ¿Dinero? ¡Que pase, que pase! 

El inglés pasa, y luego un amigo de la 
infancia, y después un recomendado de un 
prohombre, y á la puerta esperan veinte as- 
pirantes. 

Desañando sus acometidas , llega el mi- 
nistro al ministerio. 

Allí le aguarda una nube de preten- 
dientes. 

Quiere encerrarse con los oficiales para 
trabajar, pero dan las cinco y no ha he- 
cho mas que recibir peticiones. 

_ Llega al Consejo de ministros; todos con- 
vienen en que es preciso hacer , en que el 
tiempo se pasa, en que la revolución se ma- 
logra; pero, al despeJirse, se dicen: 

— No olvide V. mi encargo; el juzgado 
de término. 

— Ni V. la vuelta al servicio de mi reco- 
mendado. 

—Que me envié V. la credencial del pro- 
tegido de D. Antonio. 

— El ascenso del guardia-marina. 

—Sí, ya sé: que me reserve V. la primera 
secretaría de gobierno para un sobrino de... 

—La administración de correos, que no 
me deja á sol ni á sombra el pretendiente. 

Se despiden. 

La mesa espera. 

EJlacayo-.No olvide usía mi encarguitu. 

£./ ayuda de cámara: ¿Ha hecho el señor 
lo de mi primo? 

La cocinera: Hoy va á gustarle a! señor 
la comida. ¿Se acordó el señorito del estan- 
co que le he pedido? 

El hijo: Papá, he ofrecido un destino en 
tu nombre al papá de un amigo mió. 






^\ 



— 151 — 



La esposa : Hoy ha estado á verme una I mosa y robusta _niña , digna hermana de 
amiga de colegio. ¡Qué buena es'. Siento I D. Jaime y de doña Blanca, 
que no la hayas visto. Han dejado á su es- 
poso cesante porque le colocó Narvaez; 
pero yo le he ofrecido que tú le repondrás. 

El ministro, en sueños, alas cuatro de la 
madrugada: Pues, señor, esto va mal... es 
necesario poner remedio... el pais se... 

Concluyan Vds. la frase. 

Julio Nombela. 






DOS VISITAS, 
i. 

Abre, que llaman... íQuó pasa? 
¿A qué viene ese temblor? 
¿Qnién es? — ¡La muerte, señor! 
— Dlle que no estoy on casa. 
—Es que veros le precisa. 
— Deapáeb&Ja. — ¡Vano intento! 
— Dile que atruarde un momento. 
—Dice que viene de prisa. 
—Pues hazla entrar, y los dos 
nos arreírlaromos.— ¿Si? 
Voy al instante...— ¡Heme aquí, 
que venuo en nombre de Dios! 
—¿Y podré sabor, señora, 
qué os trae tan de repente? 
— Anunciarte solamente 
que ya de partir es hora. 
— ¿Qnién marcha ea lelos instantes 
estando tan mal dispuesto? 
—Para disponerte ft esto 
ya tuviste liemiK) anl 
—¡Yo, señora...!— ¡No ui ¡romas! 
Ven, que ya impaciente estoy. 
—Mas... decidme: ¿á dónde voy? 
-¡Infeliz! Ya lo sabrás. 

II. 

— Llesra ¡l ca«a en esta instante 
La muerte . que quiere verte. 
— ¡Ah! ¿Nuestra a mi ira la muerte? 
dile >iue pase adelante... 
—Dispensa, buen cnbnllero. 
- • Mee mucho esperar. 
—si: ¿porqué lo he de negarl 
Hace mucho que os espero. 
—Es que me detienen...— ¿Qulenf 
—Los que hallo sin contrioion. 
— jY son mucho??— Muchos son, 
Pu'cs muy pocos viven b'en. 
— ;Y cómo me halláis á mi . 
—lie un modo tal, que me placo. 
— lAy, muerte, que trio hace 
desde que estáis vos aquí! 
—Es que se acerca la hora 
que marca ol reloj divino 
pora emprender ol camino. 
— Poesenani" -"i-t-'i". señora. 
—Falta un instante no mas; 
¡Estás dispuesto?— 1.0 estoy: 
mas. decidme : ¿a dunda voy» 
—No temas; ya lo sabrás. 

Julio Alarcon. 



ECOS DE MADRID. 



Ante todo,_ pensemos en nuestra amada 

doña Margarita. , . 

Puede decirse que ya esta completamen- 
te restablecida; y en cuanto á la mfantita 
doña Elvira, todas las noticias que llegan 
estín contestes en declarar que es una ncr- 



Todavía no he recibido vo las detalladas 
descripciones que espero. Y es natural: las 
distinguidas personas que por complaceros 
y complacerme me favorecen con sus cartas, 
no han tenido tiempo de consagrar á vues- 
tro vehemente deseo la atención que me- 
rece. 

Pero esas noticias vendrán, y vendrán 
pronto. 

Entre tanto, contentémonos con saber 

?ue la egregia madre y la augusta hija dis- 
rutan de completa salud, y que el dia 2 del 
actual se celebró con la mayor solemnidad 
el bautizo de la ¡nfantita. 

El IUrao. Sr. Obispo de Daulia, que salió_ 
de Madrid el 20 del pasado, administró á 
S. A. el santo sacramento del Bautismo, 
siendo padrinos los augustos Condes de 
Chambord , y en su representación el señor 
marques de Tamarit y la señora condesa de 
Orgaz. 

Asistieron al acto gran número de perso- 
najes, así españoles como estranjeros , v la 
servidumbre de los Srcs. Duques de Ma- 
drid. 

Ya sabéis el nombre que han puesto íi 
S. A. Los augustos padrinos han estado 
verdaderamente inspirados. 

El nombre de doña Elvira tiene grandes 
recuerdos en la historia de España. ¿Quién 
no recuerda á doña Elvira, tia de D. Rami- 
ro III de León, que con tantasabiduría go- 
bernó durante la larga minoría de esc prín- 
cipe, y á cuya prudencia se debió la eleva- 
ción de sus Estados de la decadencia en que 
se hallaban cuando tomó á su cargo tan di- 
fícil empresa? 

También llevaron este nombre la madre 
y tutora de Alfonso V, la que por su pru- 
dencia y valor fue apreciada hasta por sus 
mismos enemigos; la esposa de este mismo 
Rey; la de Sancho el Mayor, madre de don 
García y D. Fernando, v por último doña 
Elvira Nuña, madre de D. Alfonso y de don 
Ramiro, el vencedor de Clavijo. _ 

¡Dios quiera que nuestra dona Elvira 
figure en esta lista con la gloria que con- 
serva la historia á tan ilustres princesas! 

*** 

Ayer fueron los dias de S. A ; doña Blan- 
ca, que, dicho sea de paso, está muy entu- 
siasmada con su hermanita. 

¡Dios la bendiga! 

Con su carácter afectuoso, con los rasgos 
de ingenio que despliega á cada instante, 
hace que se aumente por momentos el ca- 
riño que la profesan cuantos tienen la suer- 
te de vivir á su lado. 

Reciba nuestra mas sincera felicitación. 



Tengo que hablaros algo acerca del Re- 
licario. 



fr 



— 152 — 



El sábado debió llevarlo á Ginebra una 

Cersona de toda confianza; pero llegó la 
ora de partir el tren, y por cuestión de 
diez minutos se quedó en Madrid. 

Esto ha dado lugar á la ilustre condesa 
del Prado para realizar un bellísimo pen- 
samiento. 

Si hubiera salido de Madrid el Relicario 
el sábado anterior, hubiera tenido que ir 
sin estuche, porque no se encontró quien 
lo hiciera con la premura necesaria. 

Ahora irá como debe ir. 

La condesa ha mandado hacer un estu- 
che preciosísimo. 

Representa una capilla, y está forrado 
de raso de color de rosa con almohadillado. 

Abriendo las dos puertas, se ve el Relica- 
rio, y sobre el fondo rosa la reliquia y los 
dibujos de la joya producen un bellísimo 
efecto. 

El estuche está forrado de terciopelo 
verde-luz, y tiene en la parte anterior, bajo 
la corona de Castilla , las iniciales de doña 
Margarita. 

Todo esto lo ha costeado la condesa del 
Prado, porque, como recordareis , solo se 
destinaron a la joya dos mil reales, y poco 
á poco ha subido á tres mil. 

Se ha sacado el diseño del Relicario, se ha 
dibujado en madera, y en cuanto esté gra- 
bado lo publicará La Margarita. 



Atravesamos un periodo de calma. 

Las familias de los empleados están con 
el alma en un hilo: ni á respirar se atreven, 
por miedo de que se aperciban que cobran 
del presupuesto y los dejen en ayunas. 

Los partidos descansan de la lucha. 

Los republicanos y los progresistas que 
están en el poder representan la fábula del 
grajo y la raposa. 

Aquellos esperan que estos suelten el 
queso para encasquetarles el gorro frigio. 

Los montpensieristas, ém ulos de los gim- 
nastas que hacen sus habilidades en el Cir- 
co, practican las mas violentas evoluciones. 

Susurrase que en setiembre habrá un mi- 
nisterioconservador presidido por Cánovas, 

3ue se acerca por momentos á la dinastía 
emocrática. 

De los alfonsinos y unionistas, tan pronto 
se asegura que están de acuerdo, como se 
dice que no consiguen entenderse. 

— Y nosotros, ¿qué hacemos? 

Lo que hacemos , lo ignoro ; pero puedo 
deciros lo que debemos hacer. 

Ya habréis oido contar los planes de Bis- 
mark, el vencedor de los franceses. 

Solo el catolicismo puede devolver á 
Francia su grandeza: y como el imperio 
alemán odia al imperio francés, se ha con- 
vertido el sagaz y afortunado ministro pru- 
siano en azote del catolicismo. 

Por otra parte, esa sociedad demoledora 
que se llama La Internacional se desarrolla 



á espensas del doctrinarismo y la falsa li- 
bertad de los gobiernos representativos. 

La Religión y la propiedad, la fí y el ca- 
pital, están amenazados. 

Un pequeño sacrificio hoy, nos evitaría 
mañana los horrores de una guerra religio- 
sa y de una guerra social. 

La gran monarquía cristiana española, 
restableciendo la justicia y el orden, libra- 
ría á España de los horrores de esas guer- 
ras que van á fermentar en el seno de Eu- 
ropa , y de las cuales no han sido mas que 
un ensavo losactos de la Commune de París. 

Nuestra nación, defendida por la fe cató- 
lica y fuerza de la justicia, ofrecería sus 
campos sin cultivo y sus ciudades despo- 
bladas á las clases trabajadoras, industrio- 
sas y pacíficas de Europa; á ella vendrían á 
parar los capitales retirados del incendio, y 
mientras los elementos revolucionarios se 
despedazaban, nosotros podríamos realizar 
los verdaderos destinos de España, pais lla- 
mado á ser, por su suelo y su cielo, por sus 
rios y sus puertos, el emporio del comer- 
cio, la fuente de la riqueza, el modelo del 
bienestar. 

Pues bien: todo esto puede perderse si 
un estéril egoísmo, si una fatal duda nos 
retrae en la hora del sacrificio. 

¿No queremos el bien? Pues el bien no 
se alcanza sin trabajo. Para que la tierra 
produzca frutos, pide el sudor del hombre. 

Sin un gran esfuerzo de abnegación y de 
desprendimiento, nada puede hacerse. 

Comprended bien lo que quiero deciros, 
y pensad que el egoísmo de hoy puede ma- 
ñana ser vuestra desastrosa ruina. 



Esperanza." 



*e^&*&* 



MARGA RITAS. 



Una mujer sin modestia, es una flor sin 
aroma. 



La mujer inmodesta es castigada en lo 
mismo que intenta conseguir. Su mas im- 
perioso deseo es agradar, y desagrada: busca 
el aprecio de todos, y se acarrea el despre- 
cio universal. 



El culto exagerado de la moda fomenta 
las pasiones y eleva en el corazón de la 
mujer un altar donde todo se sacrifica en 
aras del amor propio. 

{A. R. D. C.) 



MADRID, 1811. — Impronta de La Eiperanz, 
cargo do D. A. Pérez Dubrull, Peí, 6. 



">1 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



AÑO I. 



13 AGOSTO 1871. 



NTJM. 20. 



SUMARIO.— Política isiiinika: El primer 
deber , por D. Salvador María de K&breifues.— 
Cuadros vivos pouticos t sooialbs: Loa cesan- 
ten. por ü. Julio Nombela.— Niñerías, por D. Ja- 
lio Alarcon.— La ca-°a de vecindad , cuento, ñor 
Juan de Luz.— Un recuerdo, por D. A. de Valboe- 
na.— La madre, por doña Ki-btisiinna Armiño de 
Cuesta.— Heos de Madrid, por Esperanza.— Marga- 
rina. 



POLÍTICA femenina. 



EL PRIMER DEBER. 

No hay duda, la mujer puede y de- 
be ser política en el tiempo en quo vi- 
vimos, por mas que se comprenda que 
la política es una farsa ; pero ¡qué far- 
sa! Ella promete libertades para impo- 
ner mejor la cadena de la esclavitud; 
hace la guerra á todo lo grande, lo no- 
ble y lo que es español puro , y escar- 
nece hasta los antiguos y legítimos re- 
cuerdos de nuestra pasada gloria. 

Convencidos de todo eso y de mucho 
mas que no queremos sacar á cola- 
ción por no hacer mas patente nuestra 
desdicha, sostenemos que existe la ne- 
cesidad de que el bello sexo haga polí- 
tica, de que discuta , de que propague 
las buenas ideas que han de salvar 



nuestra desgraciada sociedad: de que 
organice una especie de falange mace- 
dónica para combatir en el terreno le- 
gal á esos politiquillos de pacotilla, 
que no teniendo mas dios que el estó- 
mago, dilapidan, en escandalosos festi- 
nes y en banquetes que bien podría- 
mos llamar orgías, la sangre del hon- 
rado pueblo, de las clases productoras, 
que trabajan para que puedan comer 
suculentos manjares los merodeadores 
del presupuesto. 

La degradación de un pueblo no 
puede nunca llegar á ser un hecho ir- 
remediable , si la parte mas débil se 
propone redimirle de la esclavitud en 
que yace. Ejemplos de ello hemo3 visto 
registrados en la historia ; rasgos de 
heroísmo nos recuerdan las crónicas, 
en que la mujer, y solo la mujer, ha 
comprendido la necesidad de hacer un 
esfuerzo supremo, y con esa abnega- 
ción que no tiene igual lo ha llevado 
á cabo, aun cuando su vida haya cor- 
rido grave riesgo. Pues esa convicción 
existe ya hoy en la conciencia de to- 
das las damas españolas , que con ma- 
nifestaciones pacíficas, ora ostentando 



^ 



la simbólica flor cuyo emblema es de 
todos conocido, ora luciendo la clásica 
mantilla y la característica peineta, 
se han apresurado á hacer profesión 
de fe del españolismo acendrado que 
animaba á nuestros abuelos. 

Pero la mujer , neófita en política, 
necesita un guia, un mentor que la di- 
rija en esa vereda plagada de escollos, 
de peligros y de traiciones. Es preciso 
ir trazándole poco á poco un plan de 
campaña; es necesario hacerle com- 
prender sus deberes , para que pueda 
con orden y claridad sostener en la 
discusión la bondad de los principios 
que defiende nuestro partido. Y una 
vez que de deberes hemos hablado, es- 
pondremos el principal , el que mejor 
sienta al bello sexo, el que con mas ar- 
dor debe cumplir: el deber de defender 
la unidad religiosa, con todas las con- 
secuencias que de la misma se des- 
prenden. 

El primer blanco á que la revolu- 
ción dirige sus tiros es el catolicismo, 
religión de verdad y de justicia que 
no puede dejar impunes los crímenes 
que hoy manchan la tierra. En su afán 
de esterminarlo, toma diversas formas, 
y ya en nombre de la filosofía , ya en 
nombro del progreso , ya en la forma 
política , ataca por todas partes á esa 
sociedad pacífica que para defenderse 
no dispone de escuadras blindadas ni 
de ametralladoras , y sí solo de la pa- 
labra de sus ministros. Destruir, ester- 
minar , borrar hasta el nombre de la 
Religión de Jesucristo es el móvil de 
la impía revolución que hoy socava 
los cimientos de nuestra carcomida so- 
ciedad, i Lo conseguirá ? No. El Fun- 
dador de la Iglesia dijo que estaría 
con ella hasta la consumación de los 
siglos , y que las puertas del infierno 
no prevalecerían contra ella ; y el que 
es infalible, no puede engañarnos. 

Si en el terreno franco y leal de la 
discusión razonada quisieran los de- 
clamadores aceptar la batalla, no cabe 
duda alguna de que serian derrotados; 
es mas: lo han sido ya cuando á la pro- 
paganda se ha opuesto la propaganda, 



-154 — 

al folleto el folleto , y al libro el libr 
No les -queda otra arma mas que 
terror, y llámese este el socialismo, 
llámese el comunismo , es todavía im- 
potente para ahogar el sentimiento ca- 
tólico, que aun vive en Europa con 
un entusiasmo parecido al de los pri- 
meros siglos. Pero los trabajos no ce- 
san ; hay que preparar la contramina, 
y para eso nadie mas á propósito que 
el bello sexo. 

Es necesario sacudir esa apatía que 
enerva las fuerzas vitales. Para reor- 
ganizar la sociedad; para estirpar de 
raiz ese cáncer que todo lo envenena, 
ya que la mujer ha de tomar parte en 
esa empresa, tócale, como primer de- 
ber, constituirse en firme apoyo de las 
fuerzas que se agotan en luchas des- 
iguales ; en alentar á los que pierdan 
la esperanza ; en consolar á los que su- 
fren contratiempos. Con ese tacto es- 
quisito que le es peculiar, debe poner 
el reparo al cuerpo que desfallece; con 
esa ternura que en ocasiones tanto tie- 
ne de angelical, debe animar el cora- 
zón que vacila, que lucha sin fe ; con 
esa elocuencia del alma debe llevar la 
convicción al intranquilo espíritu del 
que está abocado al escepticismo. La 
mujer de nuestros dias, la que forma 
en las filas de un partido político que 
quiere la paz, el orden y la justicia, 
está llamada á desempeñar una alta y 
noble misión , á cumplir un deber que 
está encarnado en sus deberes de hija, 
esposa y madre ; á defender la Religión 
católica , á abogar por el venerable 
cautivo del Vaticano , por el sucesor de 
Pedro. No es posible dudarlo: la mujer 
puede hacer mucho en la lucha empe- 
ñada, y de ese mucho ha empezado ya 
á hacer algo. Prosiga, pues, con fe y 
constancia la comenzada obra, que al- 
gún dia dirá la historia: "El catolicis- 
mo se ha salvado de un terrible nau- 
fragio, merced á la influencia avasalla- 
dora de la mujer." 

Lectoras de La Margarita: á vos- 
otras particularmente me dirijo. No 
cejéis en vuestra empresa ; no abdi- 
quéis de vuestro predominio sobre el 



^: 






- 155- 



hombre, aun cuando os separe de él la 
barrera de un partido político contra- 
rio á las ideas que profesáis. Consigue 
mas la mujer cuando emplea argu- 
mentos de fuerza tales como una lá- 
grima ó una sonrisa, que toda la orato- 
ria parlamentaria del hombre de mas 
talla. El orgullo del hombre no capi- 
tula al talento, pero se rinde á discre- 
ción á la fascinadora magia de la belle- 
za. El triunfo será vuestro si tenéis 
perseverancia; y como siempre estáis 
dispuestas á hacer cosas buenas, no 
será mentida ilusión el augurar la re- 
generación social que tanto se necesi- 
ta, producto de los trabajos mancomu- 
nados del sexo débil, que hoy debe 
precisamente hacer política para ahu- 
yentar una nueva irrupción de bárba- 
ros que un moderno Atila capitanea. 
Obrad como os dicte vuestra concien- 
cia , y habréis merecido bien de DÍ03 
y de la patria. 

Salvador María de Fábregues. 



CUADROS VIVOS POLÍTICOS 

Y .SOCIALES. 



Los cesantes. 

Hace algún tiempo que leí, no se dónde, 
un anuncio concebido en estos ó parecidos 
términos : 

•Se convoca á todos los cesantes residen- 
tes en Madrid para una reunión en la que 
ha de acordarse la creación de un periódico 
que se encargue de defender los intereses 
de tan benemérita claso 

Ignoro quién fue el autor del pensa- 
miento. 

Como no le conozco , presumo que le 
guió la mejor buena fe. 

Pero la imaginación es el mismo de- 
monio. 

A pesar mió, me figuré la reunión con to- 
dos sus detalles. 

La respetable clase de los cesantes es en 
estremo pintoresca; tiene un carácter es- 
pecial. 

Desde el jubUado ochentón con la pelu- 
ca roja y el pañuelo de yerbas, hasta la jo- 
ven viuda de veinticuatro abriles que acude 
á cobrar las dos primeras pagas con el re- 
cuerdo del esposo perdido y el rubor de la 
mujer que se acerca al Estado á pedirle di- 



nero, la escala de los cesantes, viudas y pen- 
sionistas es la galería de tipos mas com- 
pleta que el observador puede echarse á 
la cara. 

Merece un detallado estudio , y no puedo 
detenerme. 

Pero, pónganse Vds. en acecho durante 
los diez primeros días del mes en la puerta 
de la pagaduría, y verán Vds. cómo la pro- 
cesión de los que van por la paguita es lo 
mas pintoresco que puede verse en estos 
üempos... de pinturas. 

Solo recordaré un rasgo de su fisonomía 
general. 

Es la gente mas crédula del mundo. 

Hay cesante que lleva veinte años preten- 
diendo. 

— ¿Ha visto V. al ministro? le pregunta 
un amigo. 

—Sí, señor, pero mi trabajo me ha cos- 
tado: me pasé cinco horas de plantón en la 
puerta de su casa. 

— ¿Y qué le ha dicho á V:f 

—Que reconoce que soy un ciudadano 
benemérito; que se propone premiar los 
servicios de todos los que se hallan en mi 
caso, y que verá... 

— ¡Naturalmente! Si no se queda ciego, 
verá. 

—No, señor, créalo V.; me habló con sin- 
ceridad: yo conozco á los hombres en se- 
guida. 

— Lo mismo dice V. de todos los mi- 
nistros. 

—Los otros me engañaron , pero lo que 
es este... 

Declaro que el abultado cuerpo de ce- 
santes me inspira respeto y lástima. 

Ellos son el problema de la felicidad del 
país. 

Suprímanlos Vds., y la Hacienda está 
salvada. 

Si yo no fuera partidario de la supresión 
de las manifestaciones, diria á los cesantes: 

— Amigos míos: dense Vds. cita un dia 
en cualquier parte; fórmense Vds., y paseen 
por Madrid sus años de servicios. 

Este espectáculo seria el golpe de gracia 
del parlamentarismo, que es quien engen- 
dra, sostiene y multiplica la abigarrada y 
numerosa clase de cesantes. 

Pero vamos al caso, es decir, al perió- 
dico de los cesantes. 

— Ya sabe V., me dijo uno de ellos entu- 
siasmado, que vamos S tener un órgano. 

— ¿Se van Vds. á dedicar á la música? 

— No, hombre: se trata de un órgano déla 
opinión. 

— Pues qué, ¿tienen Vds. opinión? 

— Y opiniones: por eso nos vemos como 
nos vemos. 

— ¡Ah! ya. 

— Un individuo ha proyectado la crea- 
ción de un periódico para defender los in- 
tereses de la clase. 

— ¡Qué! ¿peligra la paga? 



ir 



— 156 — 



—¡Dios no lo quiera! pero yo hablo de 
los intereses morales. 

—¿Y cómo se llamará el periódico:' 

— No sé; pero su mejor títulosena LaLre- 
dencial. Ya verá V... , ya verá V. cómo po- 
nemos en él á los ministros que no nos ha- 
can caso. , - - 

_¿A los que no hagan caso a todos los 
cesantes? , , ■ 

—A todos no; pero á los que anden al- 
rededor del periódico, á los que escriban 

en él . sí. , , 

—¿Y piensan Vds. escribir artículos de 

doctrina? . 

¡Harta doctrina saben ya los cesantes! 

Repito que ignoro cuál es el pensamiento; 
pero si me encargara de dirigir el perió- 
dico , yo haria aplaudir 6 censurar los re- 
glamentos , publicar nuestras ho|as de ser- 
vicios, denunciar las injusticias, dar cuenta 
de los actos de favoritismo de los minis- 
tros; en fin, todo lo relativo á la clase. 
— ;Y quién costearía esa publicación? 
—¡Toma 1 Nosotros, con una pesen Ha al 
mes, podíamos reunir, todos los que cobra- 
mos por pasiva, cerca de 2,000_duros, ya ve 
V., cuatro reales es un pequeño sacrificio. 
— ¡"Yo lo creo! pero se me ocurre una idea: 
¿tendrá suscritores ese periódico? 
—¡Vaya! nosotros. ... , . , , 

En ese caso, dinero perdido. Leyéndolo 

Vds. solos , no harán mas que decirse lo 
que saben. 

¡Y el gusto de verlo en letras de molde! 

Ante esta respuesta, incliné mi frente. 
Y eso que yo personalmente profeso esta 
teoría, que entrego á la meditación de mis 
lectores: los periódicos son á las clases pa- 
sivas lo que el agua á las calabazas. 
Pero volvamos á mi cuento. 
La reunión de cesantes se celebró, y los 
que se encargaron de velar por los intereses 
de la clase pescaron buenos destinos,)' de- 
jaron á sus hermanos saborear un desen- 
gaño mas. 

La revolución ha aumentado el numero 
de estos infelices, y el presupuesto sufre las 
consecuencias. 

El gobierno subvenciona una ociosidad 
forzada, cuyo espectáculo inspira á los que 
trabajan el deseo de ser empleados para lle- 
gar á la cesantía. 

Al lado de los cesantes se ha desarrollado 
la clase de prestamistas sobre pagas, al inte- 
rés de 50 por 100. 

Estinguir á unos y á otros es lo primero 
que necesita hacer el gobierno que pueda. 
Dos medios hav de conseguirlo. 
Colocar á los. cesantes existentes, y su- 
primir las cesantías, 6 capitalizarsu sueldo, 
crear coloniasagrícolas y poblarlas con ellos. 
Desaparecerán los tipos cómicos y lasti- 
mosos; pero respirará la Hacienda, v la mo- 
ralidad dormirá tranquila sobre sus lau- 
reles. 

Julio Nombela. 



niñerías. 



Madre: militares vienen, 
muy apuestos y bizarros ; 
luciendo sus uniformes 
en rus fogosos caballos: 
¡Córaomn gusta la tropa...! 
•Yo quisiera sor soldado! 

Madre: ha venido el Obispo; 
el que pnrn confirmarnos 
dicen que pega en la cara . 
mas dicen que no ha^e dono; 
vo quisiera ser Obisno, 
V e-tar siempre confirmando. 

Madre: woé función vi anoche! 
una función de teatro: 

todos nplaudioron mucho. 

¡v ¡i mime gustaba tentó! 

¡*Ay! yo quisiera ser cómico. 

para recibir aplausos. 

Hadra: el lacayo de enfrente 

se va en coche paseando; 

en una mano las riendas 

v el litigo en otra mano. 

¡Qué bien se debe ir en coche! 

yo quisiera ser lncayo. 

" Madre: de la iglesia vengo; 

v en los altares mas altos 

lio visto muchas imágenes; 

con trojes negros y blancos: 

¡Cómo me gustaban todas...! 

¡ Ay, yo quisiera ser santo! 

Julio Aurcon. 



LA CASA DE VECINDAD. 



CUENTO. 

Erase una casa de vecindad, propiedad 
de menores, v administrada con arreglo á 
la ley por un tutor entrometido. 

Los inquilinos no podían verse ni pinta- 
dos los unos á los otros; el del piso bajo 
era andaluz; tenia tienda, y siempre estaba 
á la puerta requebrando a las mozas que 
pnsahan, hablando libremente, ydiciéndole 
una fresca al lucero del alba: ¡cómo que era 
republicano federal! 

El del piso principal de la izquierda era 
un joven muy listo y aprovechado; se daba 
mucho tono, no saludaba á nadie; y aun- 
que comía en su casa judías v lentejas, y 
dormía en tablado, al salir á la calle pare- 
cia un potentado, como que era de la Union 
Liberal, y pertenecía fi la fracción espec- 
iante. 

El del principal de la derecha habia sido 
progresista templado, y luego moderado, 
luego puritano, luego conservador-liberal, 
luego histórico, y habia vuelto á ser con- 
servador. Conservaba una cesantía de 3,000 
reales; conservaba los ahorros hechos en el 
desempeño de sus destinos, y, por conser- 
var, conservaba la esperanza de que vol- 
vería doña Isabel 6 el_ príncipe Alfonso, y 
en este caso se proponía ser mas conserva- 
dor de lo que habia sido. No se metía con 
nadie; pero todos murmuraban de él, por si 
tenia 6 no trapillos. 
En los cuartos segundos y terceros vi- 



^ 



¿¿ 



=S\ 



— 157 



vían gentes sin opinión, S la buena de Dios, 
indiferentes, que hablaban mal de los ve- 
cinos políticos, y así á la chita callanda y 
haciendo que ni entraban ni salían, se apro- 
vechaban hoy de unos y mañana de otros, 
para pedirles favores. 

En los sotabancos vivin un carlista que 
no quiso convenirse en Vergara, y pasaba 
grandes privaciones ; pero á quien nunca le 
faltaba la fe en Dios, en la Patria y en el 
Rey. A su lado, en el otro cuarto, vivía un 
trabajador, í quien las continuas reyertas 
de la vecindad dejaban sin trabajo, unas 
veces preocupando su atención, otras im- 
pidiendo á sus parroquianos que fuesen á 
encargarle obra, porque temian ser vícti- 
mas de las luchas civiles de aquella casa de 
Tócame-Roque. 

As! las cosas, y viendo el tutor que no 
podía con ellos, resolvió nombrar un ad- 
ministrador que los hiciese entrar por ve- 
reda. 

En tiempos de sufragio, natural era que 
los inquilinos quisieran influir en la desig- 
nación del testaferro. 

— Yo quiero un mozo cruo, decia el de 
la tienda, elegido por todos los de la casa, 
hasta por los niños de teta ; que haga justi- 
cia lo mismo al del sotabanco que al del 
principal; que deje en libertad á cada cual 
dentro de su casa, y que rebaje los precios 
del inquilinato. 

— Pues yo quiero un administrador, de- 
cia el del principal de la izquierda, que 
contemporice con todo el mundo y que no 
me cobre á mí, en cambio de los favores 
que le preste vo aconsejando á los veci- 
nos que cumplan sus deberes con religio- 
sidad. 

—Yo quiero, decia el del principal de la 
derecha, uno que ponga orden á los veci - 
nos, para que yo pueda hacer lo que me dé 
la real gana á cencerros tapados. 

En una palabra: cada cual quería un ad- 
ministrador á su gusto, v esta actitud daba 
jugar á revertas, durante las cuales, toman- 
do el tutor fuerza de la debilidad de los ve- 
cinos, nombró el administrador que mejor 
convenia í sus intereses, v. lo que es mas, 
desplegó un lujo de tiranía contra los veci- 
nos, mandando arrimar sendas palizas i los 
que murmuraban de él y aspirando por la 
sorpresa y el terror a subvuRar á todos los 
vecinos, para que, como mansas ovejas, 
pasasen por sus caprichos v diesen cierto 
matiz de legalidad á sus resoluciones. 

El tutor creia tener dominada la situa- 
ción, v una mañana se presentó con el ad- 
ministrador i darle posesión de su em- 
pleo. 

Allí fue ella. 

El tendero le vio doblar la esquina, y dio 
la voz de alarma. 

Los vecinos fueron saliendo unos detras 
de otros, y se reunieron en el portal. 
Lo que pasa es horrible, decia uno. 



— No se puede resistir. 
— Si solo se tratase de ideas, de princi- 
pios, yo no me asociaría á V. 
— Ni yo. 
—Ni yo. 

— Yo creo que se debe cerrar el portal 
temprano. 
— Y yo, que debe haber luz en la escalera. 
— Yo, que deben cobrar por trimestres. 
— Yo, por años. 
— Yo, que no deben cobrar. 
— Claro se ve que entre nosotros no nos 
entendemos ; pero ahora no se trata de 
principios, sino de fines. 
— El tutor va contra todos. 
—Desconoce nuestros derechos. 
— Y nos impone un administrador. 
— A palos. 

— Y obligándonos á legalizar su conducta. 
— Seamos vecinos, y nada mas. 
— Eso, eso. 

— Unidos todos por los mismos intereses 
de vecindad , nada mas fácil que conseguir 
del juez que nombre otro tutor. 
— i Ahí está el hombre! 
— Que nos vea compactos. 
— ¡Y si nos pega...? 

— Que hable el instinto de conservación. 
Y, amigo lector . algunos minutos des- 
pués, el tendero, el joven aprovechado, los 
de los sotabancos, y hasta el que dormia 
en tablado, emprendieron una de gritos, 
pescozones, trancazos, etc., etc., que pare- 
cía que se hundía la casa. 

Los vecinos pacíficos detras del ventani- 
llo, aumentaban con sus voces el bullicio; 
v cuando el tutor llamaba pidiendo auxi- 
lio, echaban el cerrojo . daban una vuelta á 
la llave, y á los propósitos de enmienda 
contestaban cantando: 

Erca turco , y no te creo. 

Resultado : que el administrador tomó 
las de Villadiego, y el tutor tuvo que esca- 
par por el tejado con los huesos converti- 
dos en gelatina. 

Este suceso paso no ha mucho en un 
pueblo de cuyo nombre no quiero acordar- 
me, y vo lo cuento para solaz y enseñanza 
de los lectores. . 

iAh! se me olvidaba decir que al fin y al 
cabo convinieron los vecinos en que el úni- 
co que nodia administrar la casa con orden 
y justicia era el del sotabanco, que no qui- 
so convenirse en Vcreara. y confiriéndole 
el carso, vivieron en paz y pagaron los al- 
quileres con puntualidad. 

Juan de Luz. 



UN RECUERDO. 



Yo no sé, Dios de mí vida, 
C6mo te adore y t0 nlaDe * 

Y le venero y te quiera, 

Y te bertfitra bastante. 



J) 



rr 



— 158 — 



Yo no sé cómo nirrndezca 
I.os favores inefables 
De que te place, amor mió. 
Con larf*a mano colmarme. 

¿Por qué en lusfftrde castigos 
Mr' día consuelos tan {frondes? 
¿Qué merezco yo, Dios bueno, 
Para que así rae recales? 

La impura nube.de polvo, 
La bomba de espuma frágil, 
Que al primer soplo del viento 
Se disipa y se deshace, 

¿Es justo que así reciba 
De tu cariño raudales? 
¿Si asi mimas á los hombros. 
Qué dejas pnra lo* íatrelaSf 

Si t i o ji ** « tantas dulzuras 
En este mísero valle, 
¿Qué les darás en los cielos 
Á tus eternos amantes.-,? 

lObsi el placer que me ocupa 
Del alma las facultades, 
A su ordenado ejercicio 
Diera vagar un instantel 

¡Si yo describir pudiera 
Con sus íntimos detalles 
Los goces que aquí rae brinda 
Sincera amistad afable 1 

]Y si al pintar esta escena. 
Lo mas fielmente que alcance. 
Eterna, como en mi pecho, 
Pudiera hacer que durase! 

¡Si la voz decir suniera 
Lo que el olma sentir sabe ! 
¡ Si este popel fuera un bronce, 
Y un buril fuera este lápiz! 



La fértil llanada de Álava 
Se estiende hermoso delante. 
Con sus huertos y sus mieses 

Y sus pequeños lugares. 
E» me;!io se alza Vitoria, 

Dorada ni sol de lo larde, 
Sobro su airoso colina. 
Como lo reinn del valle. 

Estivnriz al Oriente 
Sus bizantino* pilares 
Muestra próximos a ruina. 
De este sífrlo paro ultraja: 

Allí el fnert" de Guevara, 
Monumento perdurable 
De unn razado valientes 

Y de otrartza deinfnmes: 
A la derecha * leería. 

Donde el eran Zimniacárregui 
Unn do tantas derrotan 
Les hizo a los libnrales: 

El sol en el Occidente 
Tras de bis cumbres se cae. 
Que al despedirle amorosas 
En bus resplandores arden : 

Y de las sombras surtiendo 
Su adiós le cantan las n ves. 
Temerosas de que vuelva, 
Indecisas y cobardes : 

Silba el tren y raudo oruzn 
Nubes sembrando en loa aires, 

8ue el céfiro de Gorven 
on blando soplo deshace : 

Labradores on las eras, 
Al son de alegres cantares. 
Con nuevos afanes ¿ofren 
El fruto de ras afanes: 

Allí la uceada iglesia 
Don 'le devotos v irraves 
A Hios adoran los hijos 
Como adoraron los padre* : 

Aquí lo aromada estancia 
Llena el sonido agradable 
De octogenario plano 
Herido por manos hábiles: 

Mientras llega de improviso 
Refresco sencillo y fácil, 
Tan sazonado y sabroso 
Cual nunca gusté manjares. 



Aquí la huerta, que luce 
Frondoso, verde ramaje , 
Como un jnrdin encantodo 
De los cuentos orientales ; 

La fuente, que desde el medio 
Corre tí mojar abundante 
Matas de yerbas v (lores 
Que aromatizan el aire; 

Atentos y cariñosos 
Doblan sus ramas los árboles. 
Y hasta mis manos las bajan 
Sos frutará regularme... 

Todo en la calma de un ata 
Que se desmaya Fumve 
En los brazos do una no<-he 
Bella, dulce, incomparable...! 

¡Qué media luz tan hermosa 
Va ocultando lo dictante! 

K~5roo lis sombras avanzan 
r el fondo de los valles,.. ! 
¡Qué frescura en loa salones! 
¡Qué aroma entre los frutales! 

Bniéo ilesde aquí no desp-ecía 
bulla de las ciudades...? 
¡Cuántos plañeres. Dios mío , 
Sentirá mi pecho haces! 
¡Nadie se muere de gozo 
Si yo no muero esta tarde ! 



A. db Valdubtca. 



Arcaya 26 de julio de 1871 . 



Vis 



LA MADRE. 



Nada mas grande, nada mas santo, nada 
mas augusto que una madre rodeada de sus 
hijos. 

El corazón de la madre es un manantial 
purísimo de donde brotan á la vez senti- 
mientos tan nobles, tan espontáneos y de 
tan esquisita delicadeza , que las mas veces 
ella misma ignora toda la dicha que espar- 
cen sobre la tierra los fecundos raudales 
de aquella misteriosa fuente. 

En el amor maternal es donde existen 
i-sas indescriptibles y santas espar.siones, 
flores celestes que la vista del incrédulo no 
percibe, pero que embalsaman la atmósfera 
con sus dulcísimas emanaciones. 

Para la madre no existe dolor que no 
pueda consolar , lágrima que no enjugue, 
pena en cuyo fondo no consiga depositar 
unn esperanza. 

Cuando la tempestad brama, sembran- 
do el firmamento de sombríos y aglomera- 
dos nubarrones , un rayo de sol penetra el 
denso y medroso caos, y las nubes huyen 
despavoridas , volviendo á vestir el cielo su 
azulado manto. 

I. a mujer es ese rayo consolador : es la 
poderosa lumbre que disipa la tormenta y 
vuelve la calma al corazón del hombre. 

Un sentimiento de compasión inherente 
5 su modo de ser y sentir, una simpatía 
irresistible, la arrastra hacia todo ser que 
sufre ó llora ; como si Dios hubiese enco- 
mendado á su amante corazón la dulce 
tarea de erigirse en redentora de todas las 
miserias <jue afligen á la humanidad, en 
providencia de esa numerosa tribu de po- 
bres enfermos y abandonados. 



: ^ 



— 159 — 
Dolada , para ejercer la caridad , de una 
sensibilidad muy superior al hombre, la 
mujer, débil criatura nacida tan solo para 
sentir y amar, despliega al pie del lecho del 
enfermo y_ del enajenado una fortaleza y 
una energía de la que los anales del mun- 
do nos ofrecen los mas grandes y edifican- 
tes ejemplos. 

Esa numerosa falange de jóvenes pre- 
destinadas que en nuestros dias abandonan 
las dulzuras del hogar doméstico para ir á 
militar bajo las banderas de la caridad, esas 
inimitables hijas de San Vicente de Paul, 
que, despreciando los peligros y Us epide- 
mias, atraviesan los mares para'ir á recoger 
en los campos de batalla el último suspiro 
del moribundo, caminan siempre impulsa- 
das por su generoso corazón, castísimo san- 
tuario en el que Dios ha colocado una cen- 
tella de su divina llama, de esa llama invisi- 
ble y portentosa que forma la misteriosa 
esencia del amor materno. 



Rorustiana Armiño de Cuesta. 



ECOS DE MADRID. 



¡Qué semana la última...! ¡Dios nos asista! 

Robos, asesinatos, suicidios, de todo ha 
habido, y los periódicos han acabado de 
alarmarnos asegurándonos que, gracias al 

régimen liberal en que vivimos, habitan en 

Madrid 0.000 presidiarios, sin que la autori- 
dad pueda vigilarlos, y 3,000 mas c¡ue de- 
ben á la revisión de sus causas la libertad 
necesaria para ayudar á sus consortes á co- 
meter toda clase de fechorías. 

Basta pensar que hay 12,000 hombres, 
cuyo único trabajo consiste en ver cómo 

Iioeden apoderarse de lo ajeno contra la vo- 
untad de su dueño. 

De aquí que toda precaución sea inútil; 
de aquí que vivamos esperando ser víctimas 
de la inventiva audaz de esos malhechores 
libres. 

Se roban los sotabancos y las cocheras; 
se detienen carruajes cerca del jardín del 
Buen Retiro, v se roba como en Sierra-Mo- 
rena á los qué van dentro; se roba un ga- 
bán á un ministro en la Puerta del Sol y en 
su propio carruaje; se intenta arrebatar el 
abrigo á una señora que se dirige en su lan- 
do al Circo de Madrid; se acomete en las 
Calatravas á un anciano, y en un momento 
en el que no hay gente en la iglesia, se le 
pide el reloj poniéndole un puñal al pecho; 
se asalta por las alcantarillas la casa del ge- 
neral Lemcry, y ocurren á cada instante 
otra multitud de sucesos por el estilo. 

Nadie se atreve á andar al anochecer por 
sitios retirados: las familias no se arriesgan 
á internarse en el Parque de Madrid ; los 
hombres llevan el estoque preparado ó el 



rcwolver montado cuando pasan por calles 
solitarias , y en las casas no se abren las 
puertas sin tener antes en observación al- 
gunos minutos á las personas que llaman. 

Todo el mundo está en guardia, y ya no 
sirve anunciar la visita de un amigo ó de 
un pariente. 

A nuestro diputado Valentín Gómez le 
robaron en la sala de su propia casa un pre- 
cioso abrigo de niño, que para su hermoso 
Carlitos acababa de recibir de París. 

Un caballero preguntó por él. 

— No está en casa, dijo la criada. 

— ,-Podria escribirle cuatro letras? 

—Pase V. á la sala. 

Pasó, trazó en una tarjeta cuatro línea?, 
y quej índose del calor sofocante que ha- 
cia, pidió un vaso de agua. 

La criada fue á buscarlo. 

— Pienso, dijo nuestro hombre después 
de apurar el vaso, que será mejor que 
vuelva. 

— Como V. guste. 

— ¿A qué hora estará en casa? 

— A las seis de la tarde. 

— Pues volveré á esa hora. 

Una hora después notaron en la casa que 
habia desaparecido el abrigo. 

El caballero no volvió. 

De esta manera robaron también á un 
personaje revolucionario una levita, un re- 
wolver y algunos otros objetos. 

Añadan Vas. á esto, dos suicidios de em- 
pleados pundonorosos, y multitud de riñas, 
sin contar el asesinato del Sr. Pelletan en 

el Retiro, que, según dicen los periódicos, 
fue el resultado de una equivocación ; y 
teniendo presente que hace un calor de 
34 y 38 grados, digan si tenemos ó no mo- 
tivo para desear salir cuanto antes de uno 
de los períodos mas peligrosos que registra 
la accidentada historia contemporánea. 

#*# 

— Pero, ¿no hay gobierno? preguntareis. 

— Parece que si; pero está muy ocupado 
haciendo economías. 

—¿Y los agentes de orden público? 

— Suelen estar en las esquinas, entrete- 
niendo á veces con su conversación á las 
domésticas; y tienen tal acierto, que nunca 
se hallan en los parajes en que hacen falta. 

Si este estado de cosas continúa; si, co- 
mo se asegura, quedan cesantes la tercera 
parte de los empleados, ¡qué noches las 
del invierno próximo! 

Dios querrá que para entonces todo haya 
variado. 

Y, á propósito: estos dias no se habla mas 
que de la fusión, realizada ya según pare- 
ce, entre alfonsinos y montpensieristas. 

Los que conocen la habilidad de estos 
señores para conspirar, esperan que no aca- 
be el mes de agosto sin que estalle alguna 
sublevación. 

Es tanta su destreza, que para funcionar 



— 160 — 



mas á sus anchas, llenan todos los dias los 
periódicos con noticias que presentan á los 
carlistas preparándose á jugar el todo por 
el todo. 

De este modo alarman al gobierno , no 
hay amnistía, y mientras los presidiarios 
andan sueltos, gimen en los presidios nues- 
tros pobres, honrados y heroicos amigos. 

Por fortuna hay algo superior á las habi- 
lidades de los fusionistas , y ese algo que 
está con nosotros, será algo , y aun algos, 
cuando llegue el momento. 



¡Qué cosas pasan á los progresistas de- 
mócratas! 

Figuraos, mis queridas lectoras, que han 
tenido que emplear el telégrafo para corre- 
gir una errata de la Guia de Forasteros 
que acaban de publicar. 

Ni saben cuándo son los dias de la esposa 
de D. Amadeo, y para que fueran solemni- 
zados oficialmente tuvieron que advertir 
por telégrafo á las autoridades que eran el 
dia 1, y no el dia 9, como indicaba la Guia. 

Gracias al aviso, hubo repique de campa- 
nas, lo que no se hacia con la infanta doña 
Isabel cuando era Reina, y hubo ilumina- 
ción en los edificios del gobierno. 

Esto da una idea de cómo entienden el 
amor á sus Reyes los radicales. 

En cambio, 'nosotros vivimos de la vida 
de nuestros príncipes, tomamos parte acti- 
va en todas sus alegrías y en todas sus pe- 
nas, y no apartamos los ojos del sitio en 
donde se hallan, porque nuestra felicidad 
consiste en amarlos y ser amados de ellos. 

,-No es verdad que estáis impacientes 
porque aun no sabéis todos los detalles que 
os he prometido de la infantita doña El- 
vira? 

Como todos los periódicos católico-mo- 
nárquicos, ha recibido La Margarita una 
carta dando noticias de la presentación por 
D. Carlos de su augusta hija á los españoles 
reunidos en el Bocage. 

Asistieron á este acto S. A. R. el Duque 
de Parma (accidentalmente en el Bocage), 
el marques de Tamarit, Dr. Aymiñi, el 
barón de la Torre, D. Juan Rocaberti de 
Dameto, D. José de Suelves, la condesa de 
Orgaz, la baronesa de la Torre, las seño- 
ritas doña María Teresa y doña María Jua- 
na Florez, damas de la Duquesa de Madrid; 
doña Consuelo de Arjona de Arjona, doña 
María de Medina, los gentiles-hombres del 
Duque de Madrid, D. Luis Vives y D. Mi- 
guel Marichalar; el capellán del Bocage, 
D. Anselmo Ruiz ; el médico asistente, 
Dr. Vined, y el secretario particular del 
Duque de Ma'drid, D. Emilio de Arjona. 

La infantita recibió en el bautismo los 
nombres de Elvira, Enriqueta, María Tere- 
sa y otros, hasta veintiocho. 

Durante la ceremonia llevó el Duque de 



Madrid el Toisón de su augusto abuelo y la 
gran cruz de Carlos III. 

Después hubo un espléndido almuerzo. 

El Sr. Obispo de Daulia brindó solo, y re- 
sumió en sentidas frases los deseos y las as- 
piraciones de todos. «Por la regia familia, 
dijo; per España, y porque Dios permita su 
salvación inmediata.» 

La infantita, según mis noticias particu- 
lares, es preciosísima: admira la belleza de 
sus facciones , correctas en estremo v per- 
ceptibles , lo que no es propio en niños de 
tan corta edad. 

Su augusta madre se halla restablecida 
por completo; v, no solo no se ha desmejo- 
rado, sino que brilla en sus ojos la salud, y 
en su rostro ese hermoso y vivo color son- 
rosado que la distingue. 

Estos dias se han recibido en el Bocage in- 
numerables felicitaciones , y es mayor que 
nunca el número de españoles que acude 
á visitar á los egregios Príncipes. 

¡Cuántas cosas os diría si fuera posible!! 

¡Dios mió! si lo que te pedimos es la feli- 
cidad , la salvación de España , ,; desoirás 
nuestros ruegos ? 

Esperanza. 



MARGA RITAS. 



Una dama española debe rechazar con 
dignidad y altivez la esclavitud de modas 
estrajijeras. La majestuosa frente de una 
española no debe humillarse ante el capri- 
cho de una modista francesa. 



La belleza del cuerpo desaparece como 
flor de un dia : la hermosura del alma per- 
severa como la siempreviva de nuestras 
montañas. 

.*• 

Solo la mujer virtuosa no pierde su va- 
lor cuando pierde su hermosura. La que 
no lo es, vale tanto tiempo cuanto duran 
sus atractivos á los ojos del hombre. 



Ganad con vuestras virtudes el corazón 
de vuestros maridos , y hallareis la verda- 
dera paz. La que interesa solo sus ojos con 
el atractivo de gracias pasajeras, engendra, 
á lo mas, un afecto egoista, voluble como 
la pasión, fecundo en disensiones domes- 
ticas. 

A. R. D. C. 



^ 



MADRID, 1871. — Imprenta de La Etptrama 
cargo de D. A. Hereí Dubrull, pez, 6. 



^■i 




ÁLBUM DE LAS SEÑERAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



AÑO I. 



20 AGOSTO 1871. 



NÚM. 21. 



BY7M ARIO.— La políticntle los mujeres, por 

la señora ilolin Patrocinio «le Bfednu.— A Isa lec- 
toras lio I. a Margarita, por Juno <¡e Luz.— La 
poesimlel Norte, por 11. Julio NomUeliu— ;V yo 
Mían; muerto! por D. Julio Alnrcaa.— La Moda, 

ST X.— 1IRLT.BZAS DB LA RELIGIÓN: A li 
aria, olí-paria, por D. A. 'i** Vulbueiia.— Heos 
Je Müdrid, por Esperanza.— Margaritas. 



LA POLÍTICA DE LAS MUJERES. 

Hace algún tiempo se hallaba la que 
esto escribe en una agradable reunión 
de confianza, entre varias amigas suyas. 

Un periódico circulaba entre ellas 
de mano en mano : La Margarita. 

Las jóvenes leian sus poesías , y co- 
mentaban á su antojo las noticias de 
Esperanza. 

— No sé por qué, dijo una, un pe- 
riódico que se dice dedicado á señoras 
se ha de ocupar constantemente de po- 
lítica. 

— Y en verdad, añadió otra, que es 
lo mas insoportable del mundo hablar 
de esa moderna caja de Pandora, don- 
de, como en la antigua, se encierran 
todos los males. 

— Yo prefiero leer un periódico de 
modas. 



— Pues á mí me gusta leer este pe- 
riódico; pero la política no la entiendo; 
acostumbrada á leer novelas, me pare- 
ce una novela sin desenlace. 

— Pues yo voy mas lejos que vos- 
otras, pues creo que es ridículo en la 
mujer hablar de política, pues ni la 
entiende, ni debe entenderla. 

Aquí llegaban en su discusión nues- 
tras amigas, cuando un amigo nuestro, 
que las oia sonriendo, nos preguntó 
nuestro parecer. 

— En verdad , que es muy distinto 
que los que V. acaba de oir, le dijimos. 

— Pues deseo saberlo. 

— Yo creo que la mujer de nuestra 
sociedad, ilustrada y digna, no debe 
ser tan frivola que solo se ocupe de un 
lazo, de un encaje ó de un prendido. 
Creo que puesto que esta mujer tiene 
padre ó hermanos, esposo ó hijos, debe 
mirar con interés , y comprender si- 
quiera los resortes de esa complicada 
máquina que se llama política, que, 
obedeciendo el impulso de una volun- 
tad, puede llevar la desgracia al hogar 
tranquilo del hombre que con ese po- 
der impulsivo no esté conforme. 



rí> 



(7- 



- 162 — 



No pretendemos que la mujer haga 
política; seria, á mas de inútil, ridícu- 
lo , porque nada puede por sí misma; 
pero abrigamos la convicción de que 
debe comprenderla , para influir en el 
ánimo de los hombres que la rodean, 
é inclinarlos á lo que según su corazón 
y su razón crea mejor. 

Casi todas habéis visto á una per- 
sona querida , ya huir á pais estranje- 
ro , donde solo y sin amigos no podia 
ni acercarse á la frontera á mirar el 
hermoso cielo de España; ya estar per- 
seguido como un criminal por tener 
el valor de sostener sus ideas, ó bien 
encarcelado por causas imaginarias. 

¿No habréis sufrido entonces? Pues 
si sentís los efectos, justo es que com- 
prendáis las causas. 

Este periódico, dedicado á seño- 
ras, cumple perfectamente su misión, 
pues no liace política : defensor de una 
grande y noble idea , recuerda á sus 
lectoras que ella es el derecho, la jus- 
ticia y el deber ; las ilustra poniendo 
ante su vista las faltas de la situación 
que combate y los rasgos sublimes de 
un noble corazón ; les da á conocer las 
condiciones físicas y morales de los 
que levantan en su corazón un trono 
al ausente, y las recrean con artículos 
morales, con poesías religiosas, con 
todo lo que es agradable al pensa- 
miento tierno y sencillo de la mujer. 

No por esto renunciéis á leer vues- 
tras revistas de modas ; se puede ser 
á un mismo tiempo ilustradas y ele- 
gantes ; pero, decidme : al leer un nú- 
mero de La AIauuauita , ¿ no gozáis 
mas que al leer las prescripciones de 
la moda? 

Estas hablan á la vanidad, aquel al 
corazón ; este os enseña lo que debéis 
pedir á los hombres sobre quien tenéis 
la influencia del cariño ; y en la fra- 
seología de aquellas no se os dice cómo 
debéis evitar lo que tanta influencia 
puede tener en vuestra felicidad. 

Oid lo que yo deciahace algún tiem- 
po á una amiga: 

«Esnatural que la mujer olvide 
la política inútil que no alcanza, 



pues sus ventajas su razón no mide; 
pero en esta mañana de esperanza 
do el porvenir de España se decide, 
¿quién á su ocaso con afán no avanza? 

.¿Quién no percibe , di , las convulsiones 
que agitan hoy tan poderosamente 
la mas noble nación de las naciones; 
y quién^l corazón latir no siente 
de indignación, si locas ambiciones 
ve que la impulsan por fatal pendiente?» 



La situación no ha cambiado ; aun 
debemos mirar al horizonte político. 
Cuando este se ilumine con la luz de- 
seada, podremos descansar. 

Patrocinio de Biedma de Quadros. 



A US LECTORAS DE LA WlfcRGARITA. 



Proponíame yo esplicaros por qué 
este semanario se ocupa mas de lo que 
seria de desear de la política palpi- 
tante, cuando el bellísimo artículo de 
nuestra distinguida colaboradora que 
acabáis de leer , os ofrece, en precioso 
ramillete de flores, las ideas que yo no 
hubiera podido presentaros sin contar 
antes con vuestra bondad. 

La Margarita , que odia lo que se 
llama política, porque esta política es 
el mayor enemigo de la felicidad do- 
méstica, ha tenido que andar , aunque 
saltando para no mancharse , por ese 
lodazal donde las ambiciones de los 
hombres amasan las desdichas de las 
mujeres. 

Ha entendido cumplir un deber recor- 
dándoos lo mucho que cuestan los go- 
ces del amor propio, para que os creáis 
mas dichosas formando parte de la fa- 
milia de un hombre leal , aunque po- 
bre , que cuando os sonría la idea de 
ser gobernadoras ó ministras. 

También ha considerado de la ma- 
yor necesidad demostraros las tenden- 
cias de la revolución , y os ha dicho y 
repite: "La salvación déla sociedad 
está en el catolicismo ; la salvación de 
España en la monarquía legítima." 

Si vuestros padrea y vuestros her- 
manos; si vuestros esposos y vuestros 



i * 



— 163 — 
hijos se despiden de vosotras algún 
dia para salir á defender con su vida, 
si es preciso, las ideas salvadoras , ya 
sabéis á dónde van ; 3'a sabéis que, 
mártires ó héroes , bien arranquen lá- 
grimas á vuestros ojos ó esclamaciones 
de entusiasmo á vuestro corazón , su 
abnegación es grande ; y de un modo ó 
de otro os legan una herencia de honra. 
Salvar la sociedad, salvar la patria, 
es cumplir uu deber ; y la mujer, al 
lado de este deber, tiene otro que cum- 
• plir : el de saber resignarse. 

Como dice El Romancero de Car- 
loa VII, al dar á conocer el temple de 
alma de los carlistas: 



«¿Qué les importa la muerte.' 
¡Qué los trabajos y el hambre? 
Si dejan viudas y huérfanos, 
la fe los anima, y saben 
que no faltará en el mundo 
quien su desventura ampare.» 



Ahora bien: después de haberos dado 
á conocer las miserias de la política; 
cuando ya estáis penetradas de que sin 
la fe católica, la monarquía tradicional 
y el respeto de la ley nada puede pros- 
perar en la patria , inútil es que fije- 
mos de nuevo los ojos en esa caja de 
Pandora, como dice muy bien la seño- 
ra de Biedma, de donde salen todos 
nuestros males. 

Basta ya de política palpitante: esta 
resolución obedece á una voluntad que 
es para vosotras, como para mí , omni- 
potente. 

La enfermedad no podemos curarla 

padeciéndola. 

Apartemos los ojos del incendio; 
nada podéis hacer para salvar el edi- 
ficio que se quema : las lamentaciones 
solas, son estériles. 

Pero al lado de la casa que se que- 
ma , y cuyos estragos contendrán los 
hombres, si Dios así lo quiere, vosotras 
tenéis una nueva casa que os espera, 
para que en ella preparéis todas las di- 
chas del hogar á los que salgan ilesos 
del incendio. 

Vuestra misión no es destruir, sino 

crear. . . 

Aunque nada suceda, aunque el in- 
cendio siga, vuestro deberes practicar 



todas las virtudes, emplear todo el in- 
genio que debéis á la Providencia para 
oponer al ejemplo destructor, al ejem- 
plo creador. 

Nosotros, digan lo que quieran nues- 
tros enemigos para calumniarnos, ama- 
mos la ilustración: ¡no hemo3 de amar- 
la, si es la consecuencia inmediata de 
la moral, y la moral es el cristianismo! 
Debemos, pues, estudiar todas las 
cuestiones que pueden llevarnos al ma- 
yor grado de civilización cristiana. 

De este modo daremos gusto á la 
Princesa á quien amamos, y os prepa- 
rareis á comprender y secundar sus 
pensamientos , que son , como Dios 
quiera que lo veáis muy pronto, tan 
cristianos como civilizadores. 

Queda esplicado por qué razón he- 
mos sido algo políticos, y por qué en 
adelante procuraremos mas instruir y 
deleitar el ánimo que mortificarle con 
el recuerdo de lo que pase. 

Ademas: es necesario tener prepara- 
da la nueva casa... por lo que pueda su- 
ceder. 

Juan de Luz. 



LA POESÍA DEL NORTE. 



Dias pasados cogí por acaso un libro, li- 
bro precioso, que contenia los cantares de 
los slavos de Bohemia. 

Estos cantares me revelaron una raza 
poética y original, que ha conservado in- 
tactos su idioma y sus tradiciones primi- 
tivos. ' ..,!•«. 1 

Un poeta de Bohemia ha dicho que^ el 
slavo es entre los pueblos lo que el ruiseñor 
entre las aves. Tiene razón. 

Tanto me agradóla lectura del libro, que 
voy á ofreceros en prosaico castellano al- 
gunos de los cantares que mas llamaron 
mi atención. ,, 

«¡Ah, estrella, pálida estrella! dice uno: 
¡si tú supieras lo que es amor... si tuvieras 
corazón, Horarias lágrimas de fuego!» 

Como en los cantos alemanes, la idea 
del amor en los slavos está casi unida a la 
idea del sufrimiento. 

¡Efectos de su triste filosofía! 
Estrofas hay que, comenzando alegre- 
mente, concluyen con la mayor tristeza, 
con la sonrisa sofocada por los sollozos. 
Hasta la misma embriaguez del amor 



^ 



ir 



— 164 — 



no se espresa en estos cantos mas que por 
imágenes. 
Busquemos otros asuntos mas bellos. 

I. 



Loi Palomas. 

«Sobre la verde encina j uguetean dos pa- 
lomas. Todos cuantos las ven las envidian. 
¡Pobres gentes! No las envidiéis. ¡También 
nos hemos amado como dos palomas, y 
después nos hemos separado como dos go- 
londrinas^ 

II. 
La visita del cementerio. 

«Buena madre, ¿en dónde está vuestra 

hija? He venido á verla porque hace ya tres 
años que no la veo. 

— »Mi hija duerme en el cementerio: re- 
nuncia á la esperanza de que sea tu esposa. 

»Vos, madre, indicadme el sitio en don- 
de está, y cavaré la tierra para volver á 

verla. ... . 

»A1 llegar al cementerio, vio una tumba 

nueva. .... 

• Dos rosas encarnadas le indicaron que 
estaba allí su corazón. 

— >Dime, rosa: ¿es esta la tumba de mi 
amante? 

•La rosa se inclinó, y le hizo un signo 
afirmativo. 

— «Levántate, alma mia, dijo. 

— »No puedo, porque me falta el co- 
razón. 

•Aquellas hojas se habían marchitado. 

— «¡Pobre alma mia! ¡Te separaron tus 
padres de mis brazos, y te arrojaron en los 
de la muerte!» 

III. 

El violin. 

«Dos músicos viajaban juntos. 

•El uno dijo al otro: 

— >¡Mira qué árbol tan hermoso, herma- 
no mió! 

— »Es un magnifico plátano, con el que 
se podria hacer un buen violin. 

— »Vamos á partirle para hacerle. 

— «Se pueden hacer dos; uno para ti y 
otro para mí. 

•Enarbolaron las hachas, y al primer gol- 
pe el árbol suspiró. 

»A1 segundo golpe brotó sangre. 

»A1 tercero habló el árbol de este modo: 

— »No me partas; no soy un árbol: soy 
una joven de la aldea vecina ; mi padre me 
ha maldecido, y por eso estoy en esta forma. 

•Los músicos hicieron, sin embargo, sus 
violines, y fueron á tocar delante de la ma- 
dre de la joven. 

— «¡Callad, músicos! ¿Por qué desgarráis 
mi alma! ¡Bastante sufro por haber perdido 
á mi hija! 



— »¡ Desgraciada la madre que maldice á 
sus hijos!» 

IV. 

La huérfana. 

«La pobre niña quedó huérfana cuando 
no tenia mas que año y medio. 

»Mas tarde dijo un dia á su padre. 

—«Padre mió: ¿qué ha sido de mi madre.' 

«Tu madre duerme el sueño eterno: 

está en el cementerio, al lado de la puerta. 

»La niña corrió al cementerio. 

—•Madre mia, hablad, dijo la pobrecita. 

—•Vete, vete á tu casa , que allí tienes 
otra madre, contestó la infeliz que le habia 
dado el ser. 

—«Ella no están buena como vos. Cuan- 
do me da pan, me da el mas duro, y vos 
me dabais el mas tierno; cuando me peina 
me arranca los cabellos, y vos me los besa- 
bais ; cuando lava mi ropa me maldice; 
cuando vos me la lavabais, cantabais. 

— «Vuelve, vuelve á tu casa, hija mía, 
dice la madre; mañana al amanecer iré á 
buscarte. 

•La niña fue á su casa, y se acostó. 

— » Padre, padre mió, preparadme un 
ataúd. 

•La niña cayó enferma, y al amanecer 
lanzó el último suspiro.» 

Terminaré con el canto de los soldados. 

El Kaiscrlik del Elba y del Choldan con- 
serva bajo el uniforme blanco un corazón 
bohemio. El sentimiento de abandonar su 
novia y su aldea . es la nota que domina en 
sus tristes cantos de adiós. 

V. 
Los dos hermanos. 



— «Cuando te vayas, querido mió, yo se- 
guiré al regimiento. 

— »¿Y que harás allí? Entre los soldados 
no podrás reconocerme. 

— »Me convertiré en pajarito, y me posa- 
re en tu hombro. 

»E1 recluta parte, y trata de alegrarse, pero 
su alegría es amargura. 

— »Mi padre me ha dicho siempre que 
hallaría bueno el pan de munición. Mi ma- 
dre me ha dicho que me gustaría el agua 
de los arroyos. Mi hermana me ha dicho 
que mi caballo negro me agradaría, que el 
sable me sentaria muy bien. Mis amigos, 
que un dia me matarían los enemigos en 
el campo de batalla. No importa; yo me 
lanzaré contra el enemigo, y al pelear ten- 
dré presente la imagen de mi amada.» 

La hermana que consolaba al recluta 
diciéndole que le sentaria bien el sable, 
aparece en otra canción yendo al encuentro 
del regimiento, que vuelve al pueblo, como 
en la Leonora de Burger , buscando en 
vano á su hermano en medio de las filas. 



^ 



Cr 



— 165 - 

«El primer dia salió y vio el alba. 

— t ¡Mi hermano ha partido ya! csclamó. 

tEl segundo vio la rosada aurora. 

— »¡0h Dio* mió! esclamó. ¡Mi hermano 
está luchando! 

»E1 tercero vio un rojo crepúsculo. 

— »¡Oh Dios mió! esclamó. ¡ Mi her 
ha muerto! 

»Pasado algún tiempo, todos sus camara- 
das vuelven at lugar. 

— » ¡Soldados, soldados' decidme: ¿qué 
habéis hecho de mi hermano? 

— »Tu hermano ha muerto coronado de 
gloria. Está cerca del Danubio, envuelto en 
la negruzca tierra.» 



i hermano 



Podria continuar traduciendo algunas 
otras canciones ó baladas; pero bastan las 
que he reproducido, á pesar de su sencillez, 
para ver á través de la bruma el espíritu de 
esa raía pura, de ese pueblo que conserva 
todas sus tradiciones , y que , por decirlo 
asf , condensa en su poesía todos los senti- 
mientos de su alma. 

J. Nombela. 



¡Y YO ESTARE MUERTO! 

Doblan las campanas con son funerario : 
Doblan las campanas en el campanario; 
Quizás pronto doblen con triste concierto... 
;Y yo estaré muerto! 
Coando por mi doblen, quizás en un dia 
Del rol esplendente de paz y alearía. 
Ir* el hortelano r.int^ndoá su hnerto... 
¡Y yo estaré muerto! 
Irí el caminante por bosques de pinos . 
Por larcas veredas, por lardos caminos; 
Verá el navegante de lejos el puerto... 
¡Y yo estaré muerto! 
Bullirá la gente por plazas y calles. 
Volarán las oves por montes y valles ; 
Correrá el arroyo do flores cubierto... 
I Y yo estaré muerto! 
Irán los soldados, Iráná la cnerrn, 

Y los misioneros cruzando la tierra , 

Y las caravanas cruzando el desierto... 

; Y yo estaré muerto! 
Cuando por mí doblen con son funerario; 
Cuando por mi doblón en el campanario , 
SI «1 abrir la fosa hallo el cielo abierto... 
iYo no estaré muerto! 

Jomo Anacos. 



LA MODA. 

¡La moda! Nada hay mas tiránico que 
esta caprichosa deidad, y sin embargo no 
podemos resistir á sus mandatos, bien sea 
por amor propio, ó bien por conveniencia. 



La moda puede compararse á una de esas 
mujeres cuya inconstancia y ligereza sabe- 
mos, sin que por eso deje de entusiasmar- 
nos una mirada suya, una sonrisa, una pa- 
labra. En nuestros dias se asemeja á la adu- 
lación: cuanto mas escéntrica, mejor con- 
sigue sus Unes. 

Hoy mas que nunca gusta aparentar, esto 
es, ir a la moda. 

Aparentar, para un empleado subalter- 
no, es imitar á sus superiores. Ayunará en 
su casa, pero no le fallará un frac, una cor- 
bata blanca y unas botas de charol para las 
grandes ocasiones. 

Aparentar, para un capitalista, es fasci- 
nar á cuantos le conocen, con un lujo de 
príncipe. 

Aparentar, para los nobles atrasados, es 
restaurar sus blasones por medio de eniaces 
sin amor, con jóvenes de clases inferiores, 
pero forradas en billetes de Banco y accio- 
nes de carreteras. 

Aparentar, para un artista ó un poeta 
nominales, es adular con el pincel ó con la 
pluma el gusto depravado ó las debilidades 
de los que pueden ser sus Mecenas. 

Aparentar, para ciertas mujeres, es ador- 
narse de una manera original, escéntrica, y 
sobre todo vistosa. 

Podria citar mil casos; pero es inútil: todo 
el mundo desea abandonar su clase y ele- 
varse; nadie se conforma con vivir en su 
esfera : Je aquí la necesidad de aparentar. 
La industria ha comprendido perfecta - 
mente esta enfermedad de nuestra época, y, 
en vez de consagrarse , como en la Edad 
Media, á buscar la piedra filosofal, con me- 
nos trabajo y mas provecho, ha inventado el 
similor, la plata galvánica ó mol? , las pie- 
dras falsas, el miriñaque, los cabellos y los 
dientes postijos, las telas económicas '. los 
coches de alquiler sin número, etc., etc. 

Las mujeres desplegarán un lujo ruino- 
so, se impregnarán de pertVmcs, se pinta- 
rán el rostro; pero todo esto, que haria re- 
troceder á un espartano, lo salva la moda. 
Al calor de esta terrible deidad han na- 
cido una porción de industrias curiosas y 
pintorescas. 

En otro tiempo había hombres y muje- 
res que decian la buenaventura , magneti- 
zadoras, libelistas que vendían sus epigra- 
mas como las lloronas del Oriente sus lá- 
grimas, oradores al aire libre, etc,. etc. 

Hoy tenemos aeronautas, espiritistas, 
pitonisas, fotógrafos, hombres-anuncios, 
corredores de todas clases, armadores de 
negocios , y otra porción de industriales de 
mas baja estofa, que no hay para qué nom- 
brar. Todos son hijos de la moda. 

Entrando en otro orden de ¡deas, preciso 
es recordar que todos los que se encuen- 
tran en la calle , en paseo , ó en cualquier 
parte, se preguntan indefectiblemente unos 
á otros: 
—¿Cómo lo pasaV.? 



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ir 



— 166 — 



—Bien, gracias: jy V.? 
— Para servir á V., gracias. 
Con estas frases comete la moda un pleo- 
nasmo, ó, mejor dicho, un ripio. ¡Pregun- 
tar lo que se ve! Pero no es eso; todo el 
mundo hace las mismas_ preguntas y res- 
ponde en los mismos términos. Rebelarse 
contra esta ley es ir contra la moda. 

Nuestra época es tan positivista ; los hom- 
bres se preocupan tanto de sus intereses, 
de sus placeres, y las mujeres de sus ador- 
nos, que la moda se ha visto en la necesi- 
dad de intervenir en la institución del ma- 
trimonio , y en Inglaterra y Francia se han 
creado agencias y seguros matrimoniales. 

La mayor parte de mis lectoras creerán 
que exagero; pero los que han viajado sa- 
ben que lo que cuento es la pura verdad. 

Por mi parte, estoy harto de leer en los 
anuncios de los periódicos estranjeros pro- 
posiciones de ambos sexos. 

Siempre he creído que el matrimonio era 
una institución fundada en el amor, y no 
en el interés; pero la moda,6, mejor dicho, 
sus escesos, ha colocado esta institución 
bajo la salvaguardia de los tribunales de co- 
mercio, al convertirla en un negocio. 

Ademas de lo dicho, tenemos los artistas 
y los autores de moda; los hombres y las 
mujeres, los industriales y los comerciantes 
á la moda; las fondas de moda, como la de 
Fornos, por ejemplo; pero, como la moda 
misma, la duración de su apogeo es efímera. 
El autor de moda escribe sobre arena, es 
decir, escribe para hoy; mañana ocupará 
otro su puesto, y los adoradores dirigirán 
sus miradas á un nuevo ídolo. 

El talento de un hombre á la moda con- 
siste en saber crearse una cohorte de pará- 
sitos. La historia ha conservado el nombre 
y la físonom ía de algunos de esos héroes. 
En primera línea figura Jorge Brummcll, 
que debe su celebridad europea á lord By- 
ron. Llegó á reconcentraren sí de tal modo 
las miradas de sus compatriotas, que cuan- 
do sonreía alegraba á Londres , que es 
cuanto hay que decir. 

Como un Dios olímpico, 6 como un mi- 
nistro revolucionario, distribuía títulos de 
eloría. ¿No han sido célebres su peluquero 
Ward ,' su sastre Brooker y su zapatero 
Yougar-Tull? 

A este nombre pueden añadirse los de 
Horacio Walpole, Cinq-Mars, Buckíngham, 
Essex, Lauzun; y en Madrid, hace tiempo, 
Velluci, Campanon, y los duques de San 
Carlos y Osuna. 

Los industríales y los comerciantes á la 
moda tienen el talento de especular sobre 
nuestras vanidades y flaquezas. 

Hemos tenido el' sombrero Gibus , los 
bastones Verdier, el agua de Colonia de 
Juan Fariña, el guante Dubost, la camisa 
Laforest, el frac Utrilla, el pantalón Bor- 
re// y el chocolate de Doña Mariquita. 
Los cafés, al hacerse de moda, han dado 



un golpe mortal á la familia; son una con- 
tinuación ó una preparación de todos los 
negocios pendientes al cerrarse los merca- 
dos de todas clases. 

En el siglo pasado estuvieron en Francia 
muy en moda los salones Jiterarios , donde 
bastaba tener ingenio para ocupar en ellos 
un buen lugar : hoy el ingenio es lo de 
menos. 

Por eso, en vez de salones literarios , hay 
thes dansants y chocolates de varias clases. 
En ellos puede reemplazarse el ingenio con 
la ligereza de pies para bailar, la flexibili- 
dad del cuerpo para hacer cortesías , y, so- 
bre todo, con un buen frac. 

Por último, la moda ha inventado las 
carreras de caballos, los jokcys, el tanto 
por ciento, los viajes de verano, los circos 
ecuestres, en donde se ofrecen coronas de 
laurel á las ecuyeres; las tarjetas fotográ- 
ficas, el Can-can y otra multitud de cosas; 
razón por la cual puede decirse que es un 
verdadero Proteo. 

Conste que detestamos sus caprichos; 
pero, como dice Pascal : «Burlarse de la 
filosofía es filosofar;» y este axioma puede 
aplicarse á la hermosa deidad. 

¡Hablar mal de la moda , es moda] 



^ 



BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



A LA VÍHOEN MARÍA. 

PLEGARIA. 

In tnanw tuas eominen. 
fio xpiriium tneum. 
A tus brazos, Madre buena, 
Vengo á decirte la pena 
Que mo parle el corazón. 
¡Ay! que tengo el alma llena 
De amarga tribulación. 

Siempre que en mi desconsuelo 
Tu dulce Nombre invoqué. 
Siempre, siempre, amor del cielo, 
En tu clemencia el consuelo 
De mis pesares bailé. 

Hoy también el alma llora 
La dulce pnz que perdí: 
Ea, pues. Madre y Señora, 
No me desprecies ahora 
Que también acudo á Ti. 

Tu acento eo el alma suene 

Y de suavidad la llene, 

Y termine mi sufrir; 
Mae si yo no sé pedir. 

Tú ves lo que me conviene... 

Viva en tu amor. Madre amada. 

Y viva de cualquier modo: 
Bien sabes, gloria adorada 

8ue sin Tí no tengo nada, 
ontigo lo tengo todo. 

Ufen sahes que mJs suspiros, 
Que mis deseos mas caros, 
Solo quieren agradaros. 
Solo acertar á serviros 
Para llegar á gozaros. 

A. db Valddmwa. 



=& 



(r 



— 167 — 



ECOS DE MADRID. 



Los que viven en las aldeas apartadas, 
jin recibir periódicos , sin tener noticia de 
lo que pasa en las capitales , suspiran por 
Madrid. 

Es verdad que allí sufren las consecuen- 
cias de las batallas electorales ; que allí van 
los soldados á cobrar la contribución ; que 
lili se aburren soberanamente ; pero hay 
días en los que no es posible dejar de pensar 
con envidia en los aldeanos. 

Aqui sabemos mas de lo necesario; aquí 
do hay una hora de paz para el alma ; aquí 
vivimos en continua liebre. 

Ayer, sin ir mas lejos, pasé un dia de 
prueba. 

Hacia un calor insoportable, y, para en- 
tretener el tiempo, cogí maquinalmente un 
periódico. 

Todos publican la dramática reseña de 
los consejos que se están verificando en 
Versailles. 

Lectura de atractivo irresistible es esa; 
pero |ay! ¡deja una tristeza tan grande en el 
alma...! 

De las palabras que pronuncian los acu- 
sados, de las declaraciones de los testigos, 
resulta una dolorosa verdad. 

Esos grandes criminales que han desgar- 
rado el corazón de la patria al verla herida 
por el estranjero; esos inspiradores délos 
incendios ; esos promovedores de las catás- 
trofes que Paris llora , por mas que quiera 
ocultar con la risa las lágrimas para que no 
leabandonen los forasteros cuya curiosidad 
le sostiene, han cometido los crímenes y 
horrores que se les imputan, acosados por 
la sed de riquezas todos , algunos por la sed 
de popularidad. 

¡Maldita política! 

En otros tiempos esos hombres que no 
carecen de talento, que algunos tienen in- 
genio, hubieran podido ser útiles á la hu- 
manidad con sus luces, y llegar á la gloria 
y á la fortuna. 

Pero ¿qué puede hacer el artista ó el in- 
dustrial que se ve humillado por el audaz 
político que, por efecto de la intriga de mí- 
sera ambición , se convierte en omnipotente 
personaje; y mas cuando carece de fe reli- 
giosa? . 

Todos han abandonado su profesión para 
llegar mas pronto al logro de sus deseos, y 
han militado en la Commune como hubie- 
ran militado bajo cualquier otra bandera. 

La cuestión era atesorar miles de fran- 
cos, dominar á las masas, hacerse célebres. 

Todos ellos vivian de mala manera, ro- 
deados de vicios; por eso su primer cuida- 
do fue legitimar sus iniquidades. 

No hay uno solo que no carezca de senti- 
mientos religiosos: su ídolo es la materia, 
el goce. 



No creyendo mas que en el oro, todo lo 
han arrostrado por su falso dios. 

Pero oídlos, y sus réplicas, ingeniosas á 
veces, atrevidas siempre, van poco á poco 
oscureciendo á los ojos de los lectores su 
carácter de criminales, para darles un tinte 
novelesco. 

Yo creo que esa novela que en grandes 
dosis ofrecen los periódicos á sus lectores, 
ha de hacer mucho daño. 

Solo los hábiles doctores pueden sondear 
las heridas; ellos aprenderán mucho al es- 
tudiar esa llaga; los profanos, ó sufrirán 
como yo he sufrido, ó entibiarán su odio í 
los asesinos é incendiarios. 

Si devoráis esas páginas, pensad al menos 

3ue esos hombres que pretenden pasar plaza 
e héroes, son los que, minando la fami- 
lia, quieren volver el mundo al imperio de 
la fuerza bruta. 



A poco de dejar el periódico que tan tris- 
tes reflexiones me sugería, llega una amiga. 

— Estoy amedrentada, me dice. 

— ¿Pues qué ocurre? 

— ;No ha leído V. el manifiesto de La In- 
ternacional? 

— Sí, por cierto. 

— Amenaza con el incendio á toda Eu- 
ropa. 

— Europa apagará sus fuegos. 

— Algunos de sus miembros han venido 
á España. 

— Eso animará á nuestros amigos. 

— Cuentan que se hallan decididos á apro- 
vechar la primera ocasión para quemar los 
templos. 

— Antes quemarán los palacios de los ri- 
cos, v los ricos dejarán de ser egoistas. 

— Esa sociedad es muy fuerte. 

— El pecado es soberbio, pero débil. 

— Hasta se han atrevido sus adeptos en 
España á esponer al presidente del Conse- 
jo de ministros lo que harán si no se go- 
bierna á su gusto. 

— Efectos de la libertad que nos domina; 
pero el jefe del gobierno habrá procedido 
contra los de La Internacional , siquiera 
con el mismo celo que procedió contra los 
Obispos. 

—Al contrario : hay quien cuenta que el 
gobierno les ha prometido atender sus jus- 
tas quejas. 

— Todo eso es lógico. 

— Pero doloroso. 

—Confie V. en la lógica... , que es el re- 
medio universal. 



Algunas otras personas que vinieron á 
visitarme, me hablaron de infinitos puntos 
negros, de las intrigas que se urden , de los 
misterios de la Granja , de los tratos entre 
los republicanos y los ministeriales , de los 



"N 



— 168 — 



últimos y cotidianos robos... ¡Cómo me 
pusieron la cabeza! 

A poco, oigo gritos en la calle. Eran los 
vendedores de periódicos , que pregonaban 
Los sucesos de Puerto- Rico. 

— ;Qi_é habrá sucedido en aquella Isla? 
pregunté. 

- ¡Pues qué! ¿lo ignora V.? 

— Sí : La Correspondencia ha asegurado 
que allí no ha habido nada. 

—El correo de ayer ha traido noticias 
lamentables. 

—Cuente V., cuente V. 

— Los filibusteros, disfrazados de ardien- 
tes entusiastas del liberalismo, han roto el 
fuego contra los españoles. 

— ¿Una nueva insurrección? 

— Se ha contenido , según parece; pero 
para brotar con mas vigor si no se toman 
enérgicas medidas. 

— El capitán general... 

—¡Es Baldrich! 

— Bien ; pero es español. 

— Y sin embargo, mandó arrestar á un 
¡efe de voluntarios porque se obstinó en 
gritar / Viva España! aun cuando S. E. solo 
quería que vitorease á la ley. 

— El gobierno le habrá depuesto, le ha- 
brá residenciado. 

— Era uno de los mejores amigos de 
Prim. 

¡ Pobre España, si no hallas pronto quien 
te devuelva tu grandeza! 

•*« 

Un periódico ministerial ha empezado á 
publicar una serie de artículos con el título 
de El Carlismo en Vizcaya. 

Propónese atraer á los vascongados al 
actual orden de cosas. ¡Si tendrá ánimos! 

El diario en cuestión no concibe que, 
siendo tan amantes de la libertad, sean 
afectos al carlismo. 

Pues por eso lo son. ¿Qué han creido 
Vds.? ¿Que nosotros no queremos la li- 
bertad? 

Lo que nosotros no queremos es esa li- 
bertad falsa que oprime á los que no pien- 
san como conviene á los que mandan; que 
esclaviza el débil al fuerte con el auxilio de 
la mas refinada hipocresía ; pero la libertad 
que deben á sus buenas costumbres y á sus 
leyes los vascongados , nos entusiasma de 
tal modo, que por ella no hay sacrificio 
que no arrostremos. 

Y como D. Carlos representa esa libertad, 
los vascongados y los que no lo son quie- 
ren que venga. 

Y vendrá: ¡vaya si vendrá! 

Pierde el tiempo esa sirena que dirige sus 
cantos ala noble y leal familia euskara. 

**» 

Todos los dias publican los periódicos 
noticias de los carlistas. 



Tan pronto se mueven, como se están 
quietos. 

Tan pronto somos temibles, como in- 
ofensivos. 

La verdad es que se preocupan mucho de 
nuestros amigos. . 

Lo que mas les agrada es leer esas hojas 
que 374 llamados carlistas, pero que ocul- 
tan sus nombres (por modestia será) lanzan 
de cuando en cuando. 

—¡Están divididos! esclaman. Los viejos 
no pueden ver á los nuevos. 

No lo creáis, queridas lectoras. ' 

En todas partes hay disidentes, y, como 
dice el refrán, La ociosidad es madre de to- 
dos los vicios. 

Pero que se dé ocupación á los nuevos y 
á los viejos, y ya verán lo divididos que es- 
tamos. 

Nosotros tenemos una fortuna inmensa: 
la de no oir mas voz que la del que puede 
hablar. 

Pero, en fin... dejadlos que crean que hay 
disidencias v que nada podemos hacer para 
labrar la felicidad de la patria. 

Entre tanto , firmes con vuestra fe, y sin 
olvidar la caridad, creed con mas vehemen- 
cia que nunca en vuestra 

Esperanza. 



MARGA RITAS. 

Dos cosas hay en el mundo 

3ue me hacen siempre llorar: 
e amargura , el egoísmo; 
de gozo , la caridad. 



Espinas guarda la rosa, 
y tiene manchas el sol; 
solo la verdad es grande, 
porque la verdad es Dios. 

Si te quieres corregir 
de tu orgullo sin igual, 
alza los ojos al cielo, 
fija tu vista en el mar. 



La soberbia y la ignorancia 
se dieron la mano un dia; 
por eso, niña, en el mundo 
siempre las verás unidas. 

(J. de Fuentes. 



Vfcs 



MADRID, 1871. — Imprenta do La E*ptra*sa, i 
carffo do D. A. Porez Dubrall, Pez, 6. 



-y 




AÑO I. 



27 AGOSTO 1871. 



KtiM. 22. 



SUMARIO.— Fiírun'-rn inoi... . por Joan de 

Luí.— &UUR03 VIVOS POLÍTICOS Y SOCIALES : Bl 
bnmlire de la dicha, por D. Julio Nombeia.— I.a 
Ofician , por 1» «sflora dolía Patrocinio 
ma.— Ecos de Madrid f por F.*peranxa. — Marga- 
ritas. 



FIGURÉMONOS... 



{Qué queréis que nos figuremos, 
«preciables lectoras? _ 

Nuestros adversarios se figuran 
que somos fanáticos, que odiamos el 
progreso, que la civilización nos da 
ataques de nervios, que coincidirá con 
nuestro triunfo la oscuridad de las ca- 
lles por la noche y la de las inteligen- 
cias á todas horas... ;qné sé yo lo que se 
figuran...'. 

Pero, dejándolos con su tema , que 
no es tema, sino ardid para mantener 
en sus filas á algunos infelices de los 
que sirven de pedestal á su loca ambi- 
cian, ya que está permitido por la Cons- 
titución el lenguaje figurado , de lo 
que ellos nos dan continuo ejemplo, 
vamos á recrear nuestro ánimo figu- 
rándonos que la Providencia ha escu- 



chado nuestros ruegos, y que, por obra 
y gracia de su divina voluntad, esta- 
mos ya., como queremos. 

¿Cómo ha sucedido esto? No nos in- 
cumbe adivinarlo. 

El hecho es que, con arreglo á nues- 
tra figuración, ondea en el alcázar 
tradicional la bandera de los Reyes 
legítimos, ó sea por derecho heredi- 
tario. 

¡Qué alegría causa en vosotras la 
sola idea de que esto puede suceder! 

Ved, en cambio, el temor que se apo- 
dera, no de los revolucionarios , que 
esos harto saben cuáles son nuestras 
aspiraciones, sino de los pobres que han 
creído de buena fe lo que de nosotros 
les han hablado lo3 liberales. 

— Nos odian los carlistas, las han 
dicho, y han jurado esterminarnos 
hasta la cuarta generación. 

El pánico es espantoso. 

Ni por un ojo de la cara se encuen- 
tra un retrato del desdichado Riego, y 
ni en el Rastro aparece para muestra 
un uniforme de miliciano. 

Ocultos en las cuevas , la claridad 
escasa que penetra les parece el si- 



■V 



■* 



niestro resplandor de las hogueras in- 
quisitoriales. 

Su imaginación acalorada cree ver 
en cada esquina una horca. 
¡Pobres gentes! 

Los mas atrevidos formulan tímidas 
palinodias, y piden á la hipocresía los 
medios de conseguir que se olvide su 
ayer. 

Algunos, recordando su antigua au- 
dacia, piden muy alto que se cierren 
las escuelas de primeras letras y se 
abran las clases de tauromaquia , cre- 
yendo conquistar con este rasgo de 
trasnochada adulación un puesto en -el 
festin que , según se figuran , ha sus- 
tituido á la orgía en que vivieron. 
¡Pobres gentes! repito. 
Dejadles purgar bus culpas en ese 
infierno de duda y de temor que su 
conciencia ha fórmalo para castigar- 
los , y figuraos su asombro al ver el 
espectáculo que nuestro triunfo lea 
ofrece. 

Los reptiles que salieron del fango 
á negar la existencia de Dios, han vuel- 
to á su escondrijo. 

La Religión católica ha fundido en 
uno solo los latidos de los corazones 
españoles. 

La hermosa unidad religiosa nos 
ofrece la verdadera frcUernidad, 

Por ella el pobre es hermauo del 
rico, el ignorante es hermano del 
bio, el subdito es hermano del Rey. 
Las pasadas desdichas nos presen- 
tan á nuestra santa madre la Reli 
bajo la forma de la caridad ; y la cari- 
dad nos ofrece el inmenso placer de 
perdonar á nuestros enemigos. 

"¡Perseguidos hasta la cuarta gene- 
ración!" 

¡Ali! ¡qué error y qué" calumnia ! 
— Señor : vea V. M. ese pobre niño. 
Es hijo de un artesano. Su padre tra- 
bajaba bien y era honrado. Un dia le 
dijeron que un ministro necesitaba su 
voto: desde entonces se creyó hombre 
importante, y, descuidan ratos, 

se consagró á arreglar el pais. Perdió 
el trabajo, perdió laa buenas costum- 
bres, se hizo conspirador , estuvo pre- 



- 170- 

so, murió su esposa de pesadumbre, y 
su hijo se ha criado en la cali- 
sabe ni leer, ni escribir, ni doctrina, 
ni tiene oficio alguno; y su padre , te- 
miendo ser ahorcado por liberal, ha 
huido. 

"¡Que se emparede al niño!" ¿Noes 
verdad, liberales? 

Pues, no, señor: el niño recibirá ana 
educación moral que estinga las malas 
inclinaciones que el abandono ha des- 
pertado en ¿1, y después tendrá un ofi- 
cio ó ejercerá una profesión , y apren- 
derá á pagar á su padre bien por mal. 

No hay liberales ni carlistas: hay 

.ies felices ó infelices: para estos 

la caridad . para aquellos el placer de 

asociarse ni soberano en el ejercicio de 

tan emita virtud. 

Primero, fecundo y admirable triun- 
fo de la Religioa 

Ya no tiene enemigos que combatir; 
su misión es enseñar al gxu no sabe, 
i ve lo lid ' 

•onsolar al tris- 
te , etc., etc. 

irimer efecto de esta saludable 
reacción es despertar la fe, animar la 
■ 

La fe traslada montañas , y aunque 
a el ánimo ante el trabajo qoa 
re desarraigar los vicios i 
i3, >qué no logra la/e cu 
impulsa la * 
sonríe ? 

{Qué no puede lograr un Rey que 
vive del amor de su pueblo? 

No se os pide , como en el sistema 
entativo, que deleguéis vu 
derechos, no ; es preciso que todos 
ayudéis, cada cual en su i 
cual en el seno de su familia, cada 
cual en lo mas íntimo de su cono 

Antes os engañaban, os adormecían, 
os embriagaban. 

— Sois ciudadanos, os decian; tenéis 
votos... Dadnos esos votos, sin los cua- 
les no somos nada . pero con los cuales 
somos absolutos, hacemos nuestro ne- 
gocio , y os dejamos satisfechos. 

Ahora os habla de otra manera quien 
puede. 






- 171 



—La ley, os dice, es absoluta ; pero 
la ley no es nada, si todos vosotros no 
la sostenéis, respetándola y haciéndola 
respetar. Antes os separaba del Trono 
una barrera de funcionarios con cru- 
ces, con responsabilidades ficticias, con 
ambiciones iusaciables. Hoy el mas 
pobre, el mas humilde puede acercarse 
al Rey, seguro de que hallará justicia. 

Y aquí tenéis la igualdad, esa igual- 
dad tan decantada, que antes de nues- 
tra figuración solo servia á los . 

eos de hoy para igualarse á los políti- 
cos de ayer; es decir, para redondearse. 

— ¡Pero nos falta la libertad! escla- 
marán algunos. 

Como la comedia política ha cesado; 
como no hay ambiciones desmedidas, 
ó por lo menos se les ha cerrado el ca- 
mino ; como la bienhechora descentra- 
lización ha llevado á las provincias la 
vidii que les robaban las tiránicas ne- 
cesidades de la capital; como la pala- 
bra político ha llegado á ser sinónimo 
de vago; como á favor de la paz y del 
orden la agricultura absorbe la aten- 
ción, y la industria prospera á su lado, 
y el comercio , perseguido en sus resa- 
bios, ha tenido que refugiarse en la 
buena fe, y las artes, y las ciencias, y 
las letras constituyen el principal ele- 
mento de celebridad y fortuna; como 
ya no se sublevan los soldados, porque 
tienen un verdadero jefe ; como la fa- 
milia ha recuperado todo sn esplendor 
con el ejemplo de la familia augusta; 
como, por último, á favor de la frater- 
nidad y la igualdad, han desparecido 
el e^oismo y el privilegio, las buenas 
costumbres se han arraigado, y existe- 
de hecho una gran asociación de los 
buenos contra los malos. 

De este trabajo, elaborado por cada 
individuo, por cada familia, por cada 
clase, por cada gremio, resulta un con- 
junto admirable. 

Por la educación se ha llegado á la 
libertad verdadera. 

Y como la educación moral ó inte- 
lectual eleva al hombre , de aquí que 
los que Bolo pensaban en conspirar 
para subir , en adular para medrar, 



buscan honra y provecho en el traba- 
jo, en la aplicación; y hay cultura, y 
hay bienestar, y los progresos que an- 
tes servian para destruir, sirven ahora 
para crear y conservar. 

Por eso. el vapor, el telégrafo, las 
ciencias físicas, las ciencias económi- 
cas, brillan hoy en todo su esplendor; 
sirviendo mas á la prosperidad de la 
nación quo á los intereses de uu go- 
bierno de partido. 

Por eso, en vez de la oscuridad 
anunciada, brilla la luz fecundadora. 

Por eso asistimos á concursos regio- 
nales, á grandiosas esposiciones; por 
eso nuestras fabricas compiten con las 
mejores del estranjero; por eso nues- 
tras artes y nuestras letras son dignas 
de su pasado glorioso; por eso, en vez 
del enjambre de empleados y preten- 
dientes, vemos ilustrados agricultores, 
inteligentes industriales , publicistas 
honrados, artistas envidiables ; y tene- 
mos periódicos que ilustran y no agi- 
tan, y teatros que enseñan deleitando, 
y no corrompen ; y disfrutamos de to- 
dos los puros y envidiables coces qne 
pueden ofrecer la ,'. -"/que nace 

de la Religión, la igualdad que crea 
la ley. la libertad que proporciona la 
educación. 

Figuraos qué efecto producirá en 
nuestros enemigos este espectáculo: 
figuraos su asombro cuando vean que 
la realización de su ideal, de ese ideal 
quo nunca han podido practicar, está 
en nuestra harinosa bandera, simboli- 
zado por Jai sublimes palabras ¡ Dios, 
Patria y Ret ! 

Ahora bien : todas estas figuracio- 
',ies son vuestra aspiración; mejor di- 
cho: la aspiración de los Príncipes á 
i pii'nes amamos. 

Nuestro amor solo , basta para que 
la realicen. 

Ya que nosotros nos hemos figura- 
do lo que. Dios mediante, ha de suce- 
der , figúrense nuestros adversarios 
con qué afán desearemos que suceda; 
y disculpen este inocente desahogo, en 
gracia de lo mucho que nos hacen su- 
frir cuando aseguran que estamos 



■V 



(? 



muertos, y que solo queremos y po- 
demos vivir 6. favor de las tinieblas. 

Juan de Luz. 



CUADROS VIVOS POLÍTICOS 

T .SOCIALES, 

El hombre de la dicha. 

Existe en la sociedad moderna un tipo 
misterioso, que es, por decirlo asi, el resul- 
tado de la confusión de las clases en que 
vivimos. 

Suele llamársele el hombre de la dicha, 
porque sin trabajar vive gozando , por lo 
menos en la apariencia. 

Hoy voy á retratarle. 

La casualidad me ha permitido sorpren- 
der en un momento de cspansion á uno de 
estos afortunados mortales, ¡oven de buen 
aspecto, que vive bien, aunque son pocos 
los que saben cómo vive; que viste mejor, 
y que frecuenta los salones de todas las 
clases de la sociedad que los tienen. 

Un amigo suyo le acompañaba, y los tres 
nos sentamos en una mesa del salón que en 
el cafe de Madrid está consagrado á la Agri- 
cultura. 

— Hé aquí el hombre de la dicha, dijo el 
amigo. 

— ¡Yo lo creo! un hombre que se levanta 
á las doce, que cuando hace sol pasea, y 
cuando llueve visita; que & primera hora 
está en una butaca de la Opera ó de Jovella- 
nos, y que después encuentra en un salón 
mujeres hermosas y discretas , hombres 
distinguidos, un té, pretesto para cenar, 
música, baile, ó las dos cosas reunidas... Un 
hombre que vive de ese modo, tiene que ser 
dichoso por fuerza. 

— Hasta que deja de serlo. 

— ;Y cuándo sucede eso? 

— Varias veces al año. 

—Hasta esa circunstancia aleja la mono- 
tonía. 

—Sí; pero yo querría que no se alejase, 
porque, acá para entre los tres, los dias en 
que gozo no compensan, ni con mucho, los 
en que sufro... Precisamente han puesto 
Vds. el dedo en la llaga; me duele, no 
tengo mas remedio que quejarme, y voy 
á desahogarme, á usar de ese derecho que 
se concede hasta á los ahorcados. 

— Héaquí un misterio, me dije yo. 

—No soy rico, añadió mi hombre. 

—Para no creerlo, es preciso creerle á V. 
bajo su palabra. 

—Pues, lo repito, no lo soy; tengo 12,(100 
reales que me produce anualmente mi 
patrimonio; soy abogado, pero no ejerzo, 
porque en ciertos círculos es de mal tono 



— ire — 

trabajar, cuando no es por matar el tiem- 
po: mi figura no es despreciable; he apren- 
dido en la sociedad á ser sociable; tengo 
una afición loca á los salones, y yo no sé 
cómo lo he conseguido, pero ello es que 
conozco á lo mas distinguido de Madrid! 

No hay baile para el que no reciba invi- 
tación; no hay boda en la que no cuenten 
conmigo, ni ceremonia fúnebre ó alegre en 
la que no figure vo. 

— ¿Y se queja V...' 

— No me quejo de que me inviten; al con- 
trario, eso prueba que mi frac y mi corbata 
blanca desempeñan un buen papel; que mi 
conversación es grata; que se perfectamente 
bailar un rigodón , una Virginia , y que, 
cuando llega el caso, puedo cantar una ro- 
manza ó desempeñar un papel en una co- 
media casera. 

— Todo eso es delicioso. 

— ¡Oh, sí! es una medalla , pero con su 
correspondiente reverso. 

Prescindamos del peluquero y de los 
guantes, que consumen la mitad de mis 
rentas; estos son gastos ordinarios: los que 
asustan, los que me martirizan, son los ex- 
traordinarios. 

Me invitan i los bailes veinte ó treinta 
salones; me hacen pasar al año, si no mil y 
una noches encantadoras , por lo menos, 
doscientas; estos veinte salones tienen vein- 
te señoras, de las que hacen los honores de 
la casa con la mas esquisita amabilidad, y 
entre todas, lo menos treinta hijas ó sobri- 
nas de estas señoras, que tienen nombres 
deliciosos: Hortensias, Margaritas, Lauras, 
Isabeles, Amelias, nombres bellísimos: ,no 
es verdad ! 

— ¡Yo lo creo! 

—Pues bien: .i mí se me figuran horroro- 
sos, y necesito todos los años una docena, 
lo menos, de almanaques. 

—¿Para qué? 

— Para reemplazar los que rompo con mis 
nerviosas manos cuando me dicen: «Mini- 
na son los dias de Hortensia, ó de Laura, ó 
de Amelia, y cuando menos es necesario 
que emplees cuatro duros en un modesto 
ramo de los que han enriquecido al valen- 
ciano de la calle de Sevilla.» 

¡Oh! Francamente; cuando, para cum- 
plir, hojeo el calendario y veo en él los pro- 
saicos nombres de Tomasa , Pascuala, Do- 
rotea, me parecen sublimes... Aun no he 
encontrado en un salón una Pascuala ; es 
nombre que solo se concibe en torno de 
una camilla, jugando á la Perejila, y con- 
servando las ganancias para ir en mayo al 
soto de Migas Calientes á pasar un dia de 
campo, con la consabida tortilla de esca- 
beche... el queso de bola y el vulgar Val- 
depeñas. 

Pues ,-corao iba diciendo, todos los años 
no hay quien me libre de comprar cuarenta 
ramos... que, á cuatro duros... Vamos... no 
quiero pensar en esto, porque, si pienso 



- 173- 



mucho, voy á ver que me tiene mas cuenta 
cultivar un jardín. 

Pero no es esto solo... ¿cómo evita uno 
que tal ó cual familia pase de la simpatía á 
U intimidad? 

—Usted es de los nuestros, me dice una 
señora ; mañana comerá V. con nosotros: 
mi marido ha cazado una liebre, y hay que 
solemnizarla. 

— ¡Mi rio , esclama otra , ha llegado de la 
Habana , y ha traído unas pinas esquisitas! 
. Venga V. á probarlas. 

Llega un dia en que la familia que me ha 
admitido en su seno está ebria de alegría. 

— Angclita , ó Luisita , se nos casa , dice 
una mamá. 

—Que sea enhorabuena. 

— Como la quieren tanto los amigos de 
casa, la obsequian que es un gusto. El señor 
de A... le ha regalado un Devocionario 
magnífico; la señora de B... una sortija pre- 
ciosa; el Sr. de C... un necessaire de lo mas 
elegante. 

¡ Qué hace un amigo íntimo en este 
caso.' Cerrar los ojos, entrar en la Dalia 
áfu/,por lo menos , y dejarse allí media 
onza para ofrecerá la novia un recuerdo de 
doble efecto: de alegría en la que lo recibe; 
de dolor en el que lo da , porque le cuesta 
un sacrificio. 

Llega la primavera, esa época del año 
en que todo convida i gozar. 

— ¡Qué hermoso estará el campo! dice 
una viuda cualquiera. Generalmente son las 
viudas las que proponen las giras cam- 
pestres. 

— ¿Por que no vamos á Carabanchel? es- 
clam'an varias pollitas. 

— No: mejor es á la Alameda del duque 
de Osuna. 

— lEscelente! ¿Qué le parece á V.? me 
preguntan. 

— ¡Escelentísimo...! tengo que responder. 

— Pues, nada, que los caballeros se en- 
carguen. 

—Usted que es joven, que tiene buen hu- 
mor, v sobre todo ideas, me dicen. 

— ¡Ohl gracias; pero yo no sabria organi- 
zar el menú. 

—Que le aconseje í V. el marques. 

Total: 500 rs. por mi parte. 

Supongamos ahora un suceso tristísimo; 
que fallece un amigo ó una amiga. 

La esquela fúnebre no tarda en llegar i 
mis manos con aquel fatídico Se suplica 
el coche. 

Un coche que se suplica , no puede, no 
debe ser de los que tienen número; hay que 
encargar uno; 50 rs., porque de esta mane- 
ra se honra al que en vida... 

¡ Pues y cuando se acerca la Semana 
Santa! 

«La señora de A. tiene el honor de parti- 
cipar á V. que pedirá de tal hora á tal hora 
para los niños espósitos en la iglesia de...» 

Esto dicen, con ligeras variantes , veinte, 



ó treinta, ó cincuenta tarjetas que llegan á 
mis manos. 

¿Qué remedio hay? Ir á la iglesia, y depo- 
sitar en la banJeja una moneda de oro que 
brille bien y suene mejor. 

Cuando llega este caso, francamente , no 
sé lo que haria con los desnaturalizados 
padres que son capaces de abandonar á las 
inocentes criaturas. 

Por supuesto , que estos son gastos pre- 
vistos ; los imprevistos son los mas lasti- 
mosos. 

En este capítulo figuran las cuestaciones 
adomicilio y en otras mu:has partes, los 
billetes de rifas para este ú otro objeto pia- 
doso, las funciones teatrales, los bailes de 
nuiscaras, la rifa anual, la de las alhajas , y 
hasta la del obeso animalito que exhibe en 
lo mas céntrico de Madrid su turgente 
figura. 

—¡Cualquiera que le oiga á V...! escla- 
mé yo... 

_ — No exagero... Después llega el famoso 
dia de San Silvestre, y con el, en algunas 
casas, los años con los motes nuevos para 
damas y galanes, y cinco dias después los 
estrechos. 

Esta es cuestión de vida ó muerte; y si 
no le ha tocado á V. la lotería de Navidad, 
y es V. como vo , lo que las mamas llaman 
un joven inofensivo, de seguro le toca á V. 
salir de año ó de estrecho con la señorita 
de la casa. 

La señorita tiene un novio algo celoso; 
la señorita quiere darle gusto, y dice: 

— Tú debes salir con mamá para que 
puedas granjearte su afecto regalándole 
algo. 

— Es verdad; pero tú... 

— ¿Con quién quieres que salga? 

— Con Fulano, que es un buen muchacho. 

Y Fu'ano sale con la señorita, y como 
visita la casa, ;qué ha de hacer sino aña- 
dir una cantidad mas para una modes- 
ta caja de dulces, que cuesta una onza, si 
ha de ser recular? 

Resultado: que mis 12,000 rs. anuales no 
llegan, estirándolos, mucho masque hasta 
abril ó mayo; que durante el verano tengo 
que economizar en los baños... de calor 
que me proporciona la modesta habitación 
que ocupo en la casa de huéspedes en que 
habito, y que al comenzar el otoño tengo 
que visitar i los usureros. 

El gusano del tanto por ciento h3 entrado 
ya en mis bienes, y estoy á punto de que- 
darme sin un terrón de tierra y sin un ami- 
go; porque , aunque tenga buenas relacio- 
nes, aunque aspire á un empleo de escri- 
biente para ganar lo necesario á mi manu- 
tención, ¿cómo los que me dan la mano en 
los salones querrán que sea escribiente un 
amigo suyo? 

Si á esto llaman Vds. ser el hombre ¿e la 
dicha , hay que modificar el Diccionario de 
la Lengua. 



W- 



JJ 



Y" 



— 174 — 



Así terminó su confesión general mi hé- 
roe, y yo fijé mis distraídos ojos en la esta- 
tua que teníamos cerca. 

Parecía sonreírse, y decir, como ducha 
en cuestiones de agricultura: 

— ¡Quien siembra, recoge! 

¿Es culpa de la sociedad que haya en su 
seno individuos como el que acaba de re- 
tratarse: 1 Yo creo que no. 

Los bailes, los festines, las bodas, las ri- 
fas, las cuestaciones, las giras campestres, 
los años, los estrechos, todo esto contribu- 
ve al movimiento mercantil é industrial, 
fomenta el trato, hace agradable la exis- 
tencia; pero ¿pueden vivir el pájaro en el 
agua, el per en el aire? 

Uno y otro se ahogan, porque abandonan 
su elemento. 

Julio Nom»ela. 



LA ORACIÓN. 

A MI HIJO 

JO!Si : : M AJRÍA DEL OLVIDO. 



—Ven junto ft mi, luz del cielo. 
Te sentaré en mis rodillas 

Y besaré tus mejillas 
Mas puros que el azahar: 
Mira : ya se a papa el día 
Kn la bóveda serena; 

Ya la campanil resuena, 
Vnn<ns. mi vida, A rezar. 

—/.Presuntas por qué rezamos? 

—Porque la oración, bien mío, 
lestlftl rocío 
Que refresca al coma 
Bsriei alma oasta o-encia 
Que al trono de Dios se eleva, 
Pues un finpel se la lleva 
A la "-elesle reglón. 

— ¿Que n'i ven al Ángel, dices...? 
Tampoco ves el ambiente 
Que viene en tu blanca frente 
Tus cabellos a rizar; 
Ni ves el arorai dulce 
Q'M* en sus tugas «le colores 
GHiardan esas bellas florea 
Que pozas «n aspirar : 

V. >in erabarg-o, lú sientes 
Esa esencia y ese viento, 
Que si cesa en el momento 
Aleo suyo 'leja en po«. 
Asi el que busca consuelo 
De la oración en la calma . 
Siente en el fradodcl alma 
Que -"n acento rs-ticha Dios. 

— ".'' : —¿Ves el cielo, 

Que empieza á envolver la sombra? 
Pups de su planta es alfombra 
Su maimiflca es tensión: 
Bajo sus divinas huellas 
Brotan astros á porfía, 

Y por eso cada día 
M»tí innumerab'ea son. 

Dios le da su dulce arrallo 
A esa tórtola que canta ; 
Hizo la luz que abrillanta 
Las nubes do rosicler. 
Esas aves, ese viento, 
Bea cielo trasparente 

Y ese arroyuelo bullente, 
Todo ensalza su poder. 

Dios palpita en la mirada 
Del que compasión implora , 



i\- 



Vibra un el dadlo que Hora 
Rl huérfano con aun, 
Yseniivina en el llanto 
Que asoma, nifio. li tus ojos. 
Cuando calmas sus enojos 
Damloal meniliuo^u pan. 

Dios para loa niños buenos 
Como tú, luz de mi 

¡{ende ánuelcs al suelo 
Que le* preserven d«il xnnl ¡ 
¡npre así le amas. 
Tu ángel bueno, vida mta. 
Potra 1 levarte nlt-un dia 
Ante su I rouo inmortal. 

—¿Dices que besirle quieres? 
Pues reza con embeleso. 
Y basta El tu inocente beso 
Du tu oraetoo i ni en pos ; 
Obesa, uní". 

Cuando 4 Dina besar te cuadre, 
Porque el alma de una madre 
Puede ser altar do uu Dios. 

Patboci.iiodbBiidv* di Quinao». 



ECOS DE MADRID. 



Con las economías del gobierno sucede 
lo que en la zarzuela El Ultimo mono. 

El gobierno economiza sueldos de em- 
pleados. 

Los empleados economizan el alquiler 
déla casa, es decir, no pagan al casero. 

Y estas economías alcanzan & los indus- 
triales, á los comerciantes y i todos los que 
viven del trabajo. 

Las clases pobres son aquí, como siem- 
pre, el último mono. 

No quiere decir esto que yo. á pesar de 
no entender de esas cosas, crea que no de- 
ben suprimirse empleados. N.ida de eso; 
pero la política, al arrancar de los trabajos 
agrícolas ó industriales, de las tareas cien- 
tíficas ó literarias, para darles empleos, á 
una porción de prójimos, si tuviera en- 
trañas, antes de dejar sin comer á los que 
á cambio de servicios aceptaron sus falaces 
caricias, les habria proporcionado, restable- 
ciendo el orden y la justicia, los medios de 
ganarse el sustento. 

Pero, no, señor: los presupuestos se nive- 
larán, como pueden nivelarse dos hombres 
de distinta estatura; es decir, cortando á 
uno de los dos lo que le sobre; lo que tiene 
es que al pueblo es á quien toca siempre 
hacer el papel de mutilado. 

#*. 

Si fuéramos aficionadas á chismogr.mia, 
lo que ocurre en la Granja podria propor- 
cionarnos grato solaz. 

Todavía no han olvidado las señoras in- 
vitadas á un baile en el Real Sitio la nota 
que llevaban las esquelas, prescribiéndolas 
que asistiesen vestidas de media cola. 

¡Oh inespericncia progresista! 

Encargarían al organizador de la fiesta 
que fuesen las damas de media etiqueta; el 






aaaaBBi 



-175- 
organizador recordaría la cola de los vesti- 
dos de corte, y para resolver la dificultad 
hizo lo que Alcibiades con su perro: le cortó 
la cola. 

Siempre arrimados á ella... ¡Es un dolor! 

Estos dias, con motivo de la llegada del 
príncipe Humberto, ha habido cacerías y 
un simulacro. 

Los disparos en este último se han he- 
cho con bala , y , según cuentan, han su- 
frido bastante los árboles que servían de 
blanco. 

¡Es curioso eso de buscar blanco en el 
verde ! 

Temerían, sin duda, que se les volviese 
lo blanco, negro. 



En Madrid no se hace política: apreve- 
chando este interregno, los perióJicos se 
entretienen en observar con minuciosa 
atención nuestro campo. 

«Los carlistas han realizado un emprés- 
tito, y están muy envalentonados.» 

«Los carlistas no logran adquirir un solo 
céntimo, y, gracias á esto, no habrá suble- 
vación este verano.» 

«Los carlistas están divididos: unoscuan- 
tos quieren lanzarse á probar fortuna, otros 
se oponen á ello.» 

«Se espera de un momento á otro un al- 
zamiento carlista. » 

«Ya no habrá alzamiento.» 

«Van S levantarse las Proviocias.» 

>Ya no se levantan, porque están desen- 
gañadas: en cambio el movimiento se hará 
en octubre en Galicia.» 

Estas y otras noticias , amenizadas con 
episodios novelescos , ocupan las columnas 
de los periódicos. 

«¡Pobres ilusos!» dicen unos. 

«No hay que hacer caso: ¡los carlistas es- 
tán muertos!» añaden otros. 

Como ven mis lectoras, se preocupan 
bastante de nosotros, y demuestran con eso 
que quieren encañarse á sí mismos, a! su- 
poner que estamos galvanizados. 

Tranquilícense nuestros adversarios, que 
no sucederá mas que lo que Dios quiera, y 
ya saben que su voluntad omnipotente 
puede hasta resucitar á los muertos. 



Los robos continúan en Madrid á la or- 
den del día, de la tarde y de la noche. 

El mismo día en que los periódicos mi- 
nisteriales aseguraban que los ladrones ha- 
bían desaparecido, dos caballeros que pasa- 
ban tranquilamente por la calle del Homo 
de la Mata sintieron un fuerte golpe en el 
sombrero, y al reponerse de la sorpresa se 
encontraron sin los relojes. 

Los hurtos en las casas se repiten de una 
manera escandalosa. 

Coincide con esto la noticia de que en la 
cárcel es donde se fraguan los planes de 



estas campanas que agentes diestros llevan 
á cabo. 

Al mismo tiempo ha habido que lamen- 
taren la última semana tres muertes de al- 
hamíes, producidas por caídas desde los an- 
damies de las obras en que trabajaban. 

Unos atribuyen estas desgracias á la ne- 
cesidad que tienen de trabajar en las obras 
personas que jamás han ejercido el oficio 
de arañiles; y esto, si es cierto, acusa el 
triste estado en que se hallan ciertas clases. 

Otros creen que es culpa de los destajis- 
tas, que, por ganar mas, ponen andamios 
inseguros, con el fin de economizar made- 
ra v jornales en este trabajo preparatorio. 

El resultado, cualquiera quesea la causa, 
es que tres familias han quedado sumidas 
en el desconsuelo y la pobreza. 



Los espectáculos públicos continúan es- 
tragando el paladar de los aficionados á di- 
vertirse á toda costa. 

Ahora se anuncia, parala inaueuracion 
de la próxima temporada, en un teatro, una 
zarzuela que se titulará Chamusquina, 6 la 
hija del petróleo. 

Estoes jugar con fuego, y ya se sabe lo 
que semejante distracción puede dar de sí. 



Apartemos la vista de tan tristes asuntos, 
que en mi calidad de cronista no puedo de- 
jar pasar desapercibidos, y busquemos en 
otra esfera algo que borre ía impresión que 
mis anteriores ecos habrán producido en 
vosotras. 

Las noticias que tengo de Ginebra son 
muy buenas. La Sra. Duquesa de Madrid 
esta completamente restablecida , v todo 
respira en torno suyo esa purísima felicidad 
que es el encanto de cuantos viven en el 
Bocage, 6 acuden á visitar á la augusta fa- 
milia. 

Todavía no ha habido una ocasión de en- 
viar á Ginebra el Relicario, que estí en po- 
der de la señora condesa del Prado. Con 
este motivo han manifestado algunas seño- 
ras suscritoras de Madrid deseos de verle, 
yereemos que se buscará el medio de espo- 
ñer la joya en paraje en donde puedan sa • 
tisfacer su justo deseo. 

Muy en breve publicaremos el facsímile 
del Relicario, que está grabándose á toda 
prisa. 

También está terminando nuestro dibu- 
jante un retrato de D. Carlos, del mismo 
tamaño que el de doña Margarita, y que re- 
partiremos antes deque termine el mes de 
setiembre. 



Las lectoras recordarán algunas anécdo- 
tas relativas al ilustre Duque de Madrid, que 
debía yo á la bondad de importantes testi- 
gos de tan notables rasgos de carácter. 



Vi: 



■¿I 



(r 



— 176 — 



Hoy voy á completarlas con unas cuan- 
tas mas, que prueban el temple de alma y 
las distinguidas cualidades del egregio prín- 
cipe. 

#*# 

Había recibido aviso el Duque de Madrid 
deque debía presentarse en Paris un sugeto, 
cuyas señas le enviaban, mandado por cier- 
tas sociedades secretas para atentar contra 
su vida. 

Pocos dias después le anuncia un gentil- 
hombre que un individuo pregunta por él: 
su estatura , sus maneras, su nombre; todo 
coincidía: sin embargo, D. Cirios le hace 
entrar. El agente le presenta un memorial, 
v le pide que lo lea. 

— sNo quiero leerlo ahora; después lo 
leeré.» dice el príncipe; y le mira de hito 
en hito. ; 

Enmudece el individuo, se despide, y sale 
temblando del cuarto. 

Tal vez un rewolvcr de nada le hubiese 
servido: pero el fluido magnético le fue 
muy útil : para esos casos creo que sirve el 
magnetismo. 

Examinado después el memorial , se vio 
que estaba hecho á intento para llamar la 
atención. Era muy largo; el principio muy 
interesante, y no decia nada en sustancia. 
Nadie lo reclamó después. 



M. de Lavalette , ministro de Negocios 
estranjeroí en Paris, fue en cierta ocasión 
S decir á D. Cirios, en nombre de Nipo- 
leon, que no le permitirían pasar la fron- 
tera de España. 

La respuesta de D. Carlos VII fue : 

— Agradezco ¡i V. la atención que ha te- 
nido en prevenirme, pues asi podré tomar 
mejor las precauciones necesarins. 

El mismo dia en que caia Lavalette del 
ministerio, entraba D. Carlos en Cataluña 
disfrazado de payés, con su gorro catblan 
y sus alpargatas. 

*** 

A la vuelta de esta cscursion , cansado y 
con hambre, tuvo que guarecerse D. Car- 
los en una posada de un pueblo francés. 
Era de noche: los gendarmes cercaron la 
casa. No habia evasión posible. 

En tan duro trance, apeló D. Carlos íí su 
serenidad: encendió un cigarro y salió S la 
calle; el sargento le detuvo , y le pidió el 
pasaporte. 

D. Carlos le dijo que subiese, y se lo en- 
señiria. 

Carecia de pasaporte ; pero habia en la 
posada licor ; bebió el sargento una copa 
tras otra, y habiéndole dicho por fin que 
era un emigrado carlista, brindó con él por 
la salud de su Rey. Con la conversación se 
olvidó del pasaporte ; pero simpatizó de tal 
manera con D. Carlos, que le buscó uji car- 
ruaje para que se trasladase á otro punto, 



v estrechó su mano con verdadera efusión. 

* 
• • 

En otra espedicion S la frontera española 
fue ■': parar á una masía. Su dueño era un 
buen carlista. D. Carlos pasaba por ayu- 
dante del general que le acompañaba. El 
buen hombre estaba loco de contento por 
tener escondidos en su casa á unos car- 
listas. 

Su aspecto era venerable: parecía un pa- 
triarca rodeado de sus hijos. 

No qui«o aceptar un real por el hospeda- 
je: y l>. Cirios trató de darse á conocer; 
pero el gcne r al le rogó que desistiese de su 
propósito. Entonces escribió con lápiz en 
un libro de cuentas que encontró sobre la 
mesa estas palabras: 

«Gracias por la generosa hospitalidad 
que sin conocerme me has concedido. Si 
llego (i Madrid, podrás buscarme en la casa 
de mis mayores; si sigo emigrado y tengo 
un pedazo de pan, siempre estaré dispuesto 
á partirlo contigo. — Carlos.» 

Pongo aquí punto para dejaros la agra- 
dable impresión que de seguro producen 
en vuestra alma las anteriores líneas. 
Esperanza. 



MARGA RITAS. 

La Religión habia colocado la monarquía 
en el corazón. La filosofía la ha arrancado 
de allí, y la ha colocado en la cabeza. Era 
un sentimiento: ahora es un sistema. La so- 
ciedad ha perdido la paz con este cambio. 

» 

* *■ 

Necedades cometidas por gentes hábiles, 
estravagancias dichas por gentes de talento, 
crímenes cometidos por hombres honrados- 
¡hé aquí las revoluciones! 

*** 
La justicia después de una revolución, es 
el arco-iris después de la tormenta. 

# 

* • 

Los hombres se colocan á menudo en la 
sociedad como los cuerpos en los fluidos: 
los mas graves bajan, los mas ligeros suben. 

* 

* * 

Pequeras recompensas para grandes ser- 
vicios ofenden el amor propio ; pero gran- 
des recompensas para pequeños servicios, 
corrompen las costumbres. 

**# 

No es el pueblo ocupado el que reclama 
la soberanía: es el pueblo ocioso, que quie- 
re hacer al pueblo ocupado soberano á pe- 
sar suyo, para gobernar en su nombre y 
vivir S su costa. (BokamO 

MADRID, 1871. — Imprento de La Entrama, i 
cargo de D. A. Por« Dubrull, Peí, 6. 



^r 



■¿I 



=^ 




ALBUW DE US SEÑORAS CATOLlCO-mOHAROUlCAS. 



AÑO I. 



3 SETIEMBBB 1871. 



iNÚM. 23. 



SUMAiuo.- Conversiones, por D. Valentía 
de Novoa. — Cuxi'Ros vivos políticos y rocia- 
Ua:El prfotninoy liinsurn, por D.Julia Nom. 
bela.— Bru.kza^ na la rblioion : A Jornia 
montado, por D. A. -le Vulbuena.— Kl G - 
por X.— Kcos de Madrid . por Kaporanza. 



CONVERSIONES. 



I. 

Mi corazón siéntese hoy embarbillo 
por el júbilo mas puro; y como quiera 
que la causa que lo produce ha de ins- 
pirarlo igual á todos los que de católi- 
cos blasonen , y muy especialmente á 
las lectoras de L\ Margarita, por ra- 
zones que luego espresard, pláceme re- 
ferírsela en su precioso Alhum. 

En los dias turbulentos que corre- 
mos, en que grado tan bajo marca el 
barómetro moral de la sociedad, moti- 
vo e8 de gozo , y grandísimo , el ver 
cómo en el supremo trance de la muer- 
te, los que mas alejados afectan mos- 
trarse de las creencias y prácticas reli- 
giosas, se vuelven y reconcilian con 
nuestra amorosísima e indulgentísima 
Madre. 



Este gran consuelo ha dado á los 
rieles católicos el joven diputado uni- 
tario Sr. Sánchez Ruano , Director de 
El Pvñbln , periódico que guerra tan 
cruda tiene declarada á la Iglesia ca- 
tólica y á su venerable y santo Pontí- 
fice; pues, según se ha dicho, con ver- 
daderas disposiciones de cristiano ar- 
repentimiento acaba do pasar á vida 
mejor. 

Semejante espectáculo, dulce y con- 
solador, se está repitiendo en estos 
mismos instantes en el punto en que 
trazo estas líneas , y há ahí el justo y 
grande motivo de mi alegría intensa. 

Otro republicano, otro antiguo pro- 
pagandista , otro agitador infatigable, 
que, sin ser el mas instruido , era el 
mas importante en esta localidad por 
su decisión , por su ardor , por sus tra- 
bajos incesantes ; porque , hombre del 
pueblo, era mas que otro alguno creído 
por las masas populares, acometido de 
grave enfermedad , volvióse á aquello 
contra lo que tanto habia trabajado; 
recordó aquella fe, bálsamo divino para 
todo corazón lacerado, y aquellas prác- 
ticas tiernas y piadosas que ya ignora- 



ír 



— 178 - 



* 



ba (¡tanto3 años habia que las abando- 
nara!), y, reconciliado, cumplió loa de- 
beres de católico, recibiendo los santos 
sacramentos, habiéndosele administra- 
do el sagrado Viático con numerosa 
concurrencia , pues esta reconciliación 
piadosa es para los fieles , en este pue- 
blo, un fausto y gratísimo aconteci- 
miento. 

El Sr. Sánchez Ruano era un hom- 
bre científico, un hombre de vasta ins- 
trucción y grandes talentos; mi paisa- 
no carece de estas dotes relevantes; 
pero eso demuestra que la muerte es 
un misionero elocuentísimo ; que su 
acento glacial persuade lo mismo al sa- 
bio que al que no lo es : que su mano 
helada llama á las conciencias cou tan 
recias aldabadas, que ninguna hay que 
no despierte á su llamamiento , por 
adormecido que se halle el hombre y 
olvidado de su alma y de su Dios. 

¡ Ay , que es pavoroso aquel mo- 
mento en que el hombre siente cerrarse 
para él las puertas de este mundo, 
mientras que de par en par se le abren 
las de la eternidad ; es pavoroso el ins- 
tante en que el hombre reconoce la 
nada y la mentira de cuanto le rodea, 
puesto que cuanto le rodea le desam- 
para, ¿Qué habrá que calme aquella 
agitada conciencia que ya el mundo 
no puede adormecer? ¿Qué otro con- 
suelo puede haber que los que ofrece 
esa Religión divina, que calma la an- 
gustia de los últimos instantes del 
hombre fiel y arrepentido, cou subli- 
mes perdones, con dulces bálsamos y 
celestiales esperanzas? 

¡Oh grande é incomparable espec- 
táculo el do la muerto del cristiano! 
¿Quién te presenció una vez que no 
conserve indeleble en su corazón tu 
recuerdo sublime? ¡Plegarias humildes 
y fervorosas, palabras solemnes, tanto 
tlel que ya toca los linderos de lo eter- 
no, y ya no ve la ilusión, sino la rea- 
lidad de las cosas , como del sacerdote 
que con sus exhortaciones blandas y 
amorosísimas le consuela, y con cari- 
dad incomparable impetra de la mise- 
ricordia divina el perdón para el alma 



inmortal que ante ella va á comparecer...! 
El insigne autor del Genio del Cris- 
tianismo ha dicho: "La escena subli- 
me que toda la antigüedad no presentó 
mas que una vez al morir el primero 
de sus filósofos, se renueva diariamen- 
te en la humilde cama del mas ínfimo 
cristiano que espira." Reconozco y 
miro la superioridad del genio que tra- 
zó este concepto; pero, reconociendo 
también mi pequenez, mi fe, sin em- 
bargo, me dice que la escena que ofre- 
ce al mundo la muerte del cristiano 
mas humilde, es infinitamente supe- 
rior á la que ha presentado la muerte 
de Sócrates. 

Y ahora tiempo es que diga qué es 
lo que me hace pensar que estas con- 
versiones han de ser motivo de espe- 
cial satisfacción para las cristianas lec- 
toras ile L\ Margarita ; no es otra 
cosa que el ver, como veo instintira- 
mente en tan felices acontecimientos, 
el fruto de la semilla en los converti- 
dos corazones, sembrada por madres 
piadosas; el ver en ellos el premio de 
las anuentes plegarias que por sus ex- 
traviados hijos elevaron al cielo esas 
amantes madres. 

Y este triunfo del bien sobre el mal; 
este resultado incomparable de la fe- 
menina piedad, ¿puede dejar de cnu-ar 
un supremo placer á las que de piado- 
sas se precian, y que do serlo dan co- 
tidianas y estraordinarias pruebas? 

Yo me persuado de que el germen 
del bien y de la virtud habia existido 
en otro tiempo en aquellas almas, y 
de que en esa iniciación piadosa no 
pudieron dejar de tener participación 
muy principal madres cristianas que 
saben, sin estudiado arte, inspirar afec- 
tos é ¡deas tales de una manera indele- 
ble; las pasiones, los embates del mundo 
cubrieron la flor hermosa de esl 
brezo; pero el hálito de la cercana muer- 
te hizo desaparecer las nocivas plan- 
tas , y se ostentó de nuevo la flor bri- 
llante, que dio repentino y opimo fru- 
to en aquellas almas. 

Este milagro hase repetido frecuen- 
temente , y en los mas grandes hom- 



— 179 — 



bres. Chateaubriand, estraviado, cuen- 
ta lo que hizo su madre para conseguir 
su vuelta á la fe, en tales términos: "La 
memoria de mis estravíos fue la que 
eo sus últimos dias le causó una gran 
amargura: al tiempo de morir encargó 
á una da mis hermanas me hiciese vol- 
ver á la sagrada Religión en que ha- 
bia sido educado. Comunicóme aque- 
lla hermana el último deseo de mi 
madre. Cuando después de atravesar 
los mares llegó la carta á mis manos, 
habia muerto ya mi hermana de re- 
sultas de la prisión. Estas dos voces 
que saliau del sepulcro, y aquella 
muerte que servia de intérprete á la 
muerte misma , me tocaron al cora- 
zón. Volvióle cristiano. Confieso que 
no me rendí á las grandes verdades 
sobrenaturales: mi convencimiento sa- 
lió del corazón: lloré, y creí." 

Nuestro egregio marques de Valde- 
gamos refiere también que su conver- 
sión fue debida á la misericordia di- 
vina puramente, á la muerte que pre- 
senciarade un hermano, "que ha muer- 
to, dice , como morirían los ángeles, 
si los ángeles murieran," y á su gran 
ternura de corazón. Esa gran u 
cion de ese corazón á la ternura, ¿quién 
sino una cristiana madre pudo infun- 
dirla? 

Corazones sensibles , corazones afec- 
tuosos y tiernos, manantial inagotable 
de dulzura y lágrimas : ¿á quién prin- 
cipalmente debéis esos nobles afectos 
mas que al amor y á la maternal pie- 
dad que tan suavemente los inspira y 
tan hondamente los arraiga? 

Y ved ahí , lectoras amables, cuan 
bella y cuan trascendental es la tarea 
que, sin ruidoso aparato , en el secreto 
del hogar doméstico llena una madre 
cristiana, y de qué manera tan alta y 
tan eficaz contribuye á salvar esta so- 
ciedad desquiciada, á la que las disputas 
de los hombres conducen al preci- 
picio (1). 

Valentín de Notoa. 

Orense 27 do agosto de 1871. 



(H Ka el próximo número publicaremos la se- 
gunda parte de este notable artículo. 



CUADROS VIVOS POLÍTICOS 

T SOCIALES. 
El préstamo y la ulura. 

España, preciso es confesarlo, es el pais 
del préstamo. 

La mayor parte de sus desventuras las 
debe á esa sirena que se llama la usura. 

El préstamo es el mas hábil diplomático 
que conozco. Antes de dar un paso, sabe 
dónde va, y siempre llega á tiempo. 

Su cara, cuando ofrece, es simpática; 
cuando da, fascinadora; cuando pide, nadie 
la conoce. 

Llega acariciando; pero, como la culebra 
que se guarda en el pecho, muerde, y arro- 
ja en la herida letal veneno. 

En los pueblos tiene siempre la figura de 
un hombre rechoncho, colorado, sano, con 
un pedazo de oro por corazón, con unos 
labios que solo saben sonreír, con unos ojos 
que jamás humedecen las lágrimas. 

All! busca al labrador enfermo, al padre 
que ve á su hijo próximo á ser soldado, al 
jornalero honrado que no tiene trabajo. 

— ¿(¿ué se hace? pregunta al segundo, por 
ejemplo. 

— Eítov desesperado. 
— ;Kah! V. se tiene la culpa. 
-¡Yol 

— V., sí. ¿Le ha caido á V. soldado el 
hijo? Eso sucede tarde ó temprano; debía 
V. esperarlo, y si hubiera V. ahorrado, si 
hubiera V. pensado en el mañana, como yo. .. 
— ¡Pensar! Mirto he pensado; pero con 
cinco hijos, y mi mujer y mi madre impe- 
uiúa...! 

— No haberse casado... Yo estoy soltero, 
V me va bien. 
El pobre padre pudiera decirle: 
— Usted no se ha casado, no l..i cargado 
con obligaciones; pero en la capital de la 
provincia ó en Madrid, están sirviendo, ó 
Dios sabe dónde, algunas infelices mucha- 
chas del pueblo á quien V. ha seducido. 

Pero como es rico, y puede hacerle un 
favor, se calla. 

— Ademas, continúa el prestamista, ser- 
vir al Rey no es un desdoro. Los chicos se 
despabilan corriendo tierras. 

Es verdad que después prefieren un em- 
pleo de portero á coger una azada; pero 
¡qué diablo! vo también habría cargado con 
el chopo si no hubiera sido corto de talla. 
—Todo eso es verdad; pero en fin, mi 
hijo me sirve, y ademas no los ha criado 
uno para que se vayan por ahí á lo mejor. 
— Tensa V. pecho. 
— Lo que quisiera es tener dinero. 
— ¡No es V*. tonto, no! 
Si yo fuera tan rico como V., y ca- 
yera soldado el hijo de algún vecino del 
pueblo... 
—En primer lugar, yo no soy neo ; en 



^ 



rs 



— 180 - 



segundo, si tuviera V. dinero y cayere sol- 
dado el hijo de algún vecino, le daría V. 
otra vuelta & la llave del arca. 

— Si al menos encontrase un sustituto 
barato... 

— No faltan ; yo tengo encargo de uno. 

—¿Sabe V.? ¿Y cuánto pide? 

— Muy barato: ocho onzas. 

—No tcnuo mas que dos ; si me prestara 
V. las otras seis... 

— |En mi vida las he visto juntas! 

— ¡Vamos, no diga V...! 

— Teneo casas, es cierto, y una al lado 
deladeV.; ¡pero dinero...! Y como hay Dios 
que siento no poder servir á V... |Bah! escri- 
biré á un amigo, y, si me presta, le daré á 
V. lo que necesita. Por supuesto que V. 
hipotecará la casa. 

—Lo que V. quiera. 

— Podrá valer veinte onzas; yo le daré á 
V. seis, y en la escritura pondremos que le 
he dado á V. diez. 

— ¡Eso es mucho! 

— ¡Yo lo creo! Pero no me darán un ocha- 
vo sin ese rédito, que lo que es para m!, no 
le quiero. Casi es mejor que deje V. al chi- 
co ir á servir al Rey. 

— Eso no: se pondrá lo que V. quiera. 

—Piénselo V. bien; mire V. que el sacri- 
ficio es grande, y no quisiera que mañana... 

El padre pasa por todo, y su hijo encuen- 
tra un sustituto; pero en cambio á los dos 
años la deuda y los intereses ascienden al 
valor de la finca hipotecada , y el labrador 
ha perdido su hogar. 

El usurero tiene una casa mas; en mu- 
chas partes llega á hacerse dueño de! pueblo. 

Todos le odian, pero todos le buscan. 

Veamos ahora lo que pasa en la capital 
de la provincia. 

Allí tiene la forma de un hombre tosco; 
es un maestro de obras que, á fuerza de ha- 
cer casas y revenderlas, se ha enriquecido; 
otras veces, con mas frecuencia, es un hom- 
bre que nasa por piadoso, y tiene todo el 
aspecto de las caricaturas en que Ortego 
saca á la vergüenza á los Tartuffes contem- 
poráneos. 

En este caso, saca el jugo á sus paisanos 
como una sanguijuela. 

Rusca siempre á los ricos, pero no para 
esplotar su bolsa, sino sus debilidades. 

Vea un mayorazgo que se queda sin pi- 
dres y en posesión de una gran fortuna ; le 
halaea , se las echa con él' de calavera . le 
conduce á la orgía y le aguarda á la puerta 
para aprovecharse de su embriaguez, so prc- 
testo de hacer una obra de caridad, guiando 
los vacilantes pasos del hombre que ha per- 
dido la cabeza. 

Los amhiciosos son su mejor presa. 

Viven felices en una provincia dos jóve- 
nes esposos: los dos disfrutan la herencia 
de sus padres : una heredad , una casa , al- 
gunas alhajas. 



^: 



—Ustedes deben aburrirse aquí, les dice 
el prestamista. 
— Un poco. 

—¿Por qué no van Vds. á la corte? 
—No es por falta de ganas. 

— Pues ¿por qué? 

— Nuestra renta es bastante para vivir 
aquí; allí nos faltarían recursos. 

— ¡Bah! ¡Quien piensa en eso! Ahí tiene 
V. á Fulano , que fue á Madrid y triunfa 
y gasta. En Madrid se gasta mucno.pcro 
también se gana mucho. ^V. es abogado; 
aquí no tiene pleitos: allí , presentándose 
con cierto decoro, se daria V. á conocer, 
afiliándose á un partido político, y con re- 
laciones en la provincia, seria V. nuestro 
diputado, y quién sabe hasta dónde podría 
V. llegar; porque V. es despejado, simpá- 
tico, i Oh ! y lo que es su esposa de V. vivi- 
ría felicísima : palco en el teatro, modista 
francesa , bailes en los salones mas distin- 
guidos... 

—Todo eso cuesta un dineral. 

— Lo que mucho vale... 

— Solo para empezar necesitaríamos " ú 
8,000 duros. 

—¿Qué es eso para V.? 

— Poseo mas en tierras y casas; pero mi 
renta no pasa ningún año de 30,000 rs. 

— Por eso no se apure V...; yo tengo me- 
tálico; le quiero á V., y si puedo ayudarle... 

— Gracias... 

— Con franqueza... no vaya V. á privarse 
de un porvenirrisueño. 

— Lo pensaré. 

F.l resultado es siempre el mismo. 

Lo piensa, su mujer vence los obstácu- 
los, le incita, pide al prestamista 8,000 du- 
ros; este, por aquello de que somos morta- 
les, le exige una hipoteca, y ademas logra 
que le nombre administrador de sus bienes. 

Los esposos, ebrios de gozo, vienen á Ma- 
toman casa, la amueblan, y al fin del 
primer año piden al administrador otra 
cantidad. 

A los dos ó tres años, cansados de la cor- 
te, habiendo comprado desengaños y : 
hores con sacrificios, echan de menos n 
antiguo bienestar. Ya es tarde: su patrimo- 
nio ha pisado \ manos del usurero. Solo 
les queda vergüenza y trabajo. 

Pero en donde el préstamo reviste todas 
las formas imaginables y despliega todo su 
lujo de imaginación es en Madrid. 

Llega el verano; es moda el ir á Biarritz; 
pasar uno 6 dos meses en Paris. Con el 
buen tiempo se animan los paseos, y es ne- 
cesario en ellos lucir trajes costosos, jovas 
de precio. 

El presupuesto de gastos se ha dejado en 
la mitad del camino al de ingresos. 

El pasivo es enorme. 

— No, no es posible, se dice el padre de 
familia. ¿Cómo llevo á mi esposa y á mis 
hi|as, no ya á Biarritz, sino á San Juan de 



-¿) 






- 181 - 



Luz? El viaje es lo de menos; el hospedaje 
es muy barato; pero cada una necesita un 
mundo para sus trajes: lo superfluo es allí 
necesario. Y, sin embargo, ¿qué se dirá de 
mi si me quedo en la corte? Creerán que 
ando apurado, y, temerosos mis amigos de 
que les pida un préstamo, me volverán la 
cara. Mis hijas se desesperarán, y mi mujer 
dirá, si no se casan mañana, que yo tengo 
la culpa. Con mi sueldo, ¿quién ño puede 
viajar un par de meses en el verano? 

Sale á la calle, y lo primero que ve es 
un cartel ofreciendo... DINERO. 

Resiste cuatro, cinco, diez veces al mági- 
co halago de esta oferta; pero al fin su- 
cumbe. 

—Tomaré 10,000 reales sobre mi sueldo, 
v con economía en el invierno, saldré ade- 
lante. 

En el mismo caso, aunque bajo diversa 
forma, se encuentran infinitas personas. 

La ocasión, que las busca, les ofrece un 
presente risueño, que oculta un porvenir 
terrible.^ 

El préstamo da por la capa del artesano 
Innecesario para que vaya á los toros, se 
embriague en la taberna, de una paliza á su 
mujer, y acaso se pierda para siempre. 

Al hijo de familia le da por el reloj 61a 
sortija de su madre lo suficiente para que 
en una noche de Carnaval olvide su pasado 
y se lance á una vida desarreglada. 

Al hombre de talento, de porvenir, bus- 
cándole en sus mas críticos apuros, le ofre- 
ce con una mano el dinero y con la otra el 
pagaré, que nunca podrá liquidar con oro, 
pero que le costará quizás su honra, y la 
tranquilidad de su conciencia, cuando mas 
envidiado sea por haber llegado á su apogeo. 

El préstamo , ayudado de la usura, per- 
vierte al honrado operario, al hijo de fa- 
milia; es el cáncer que roe la fortuna del 
aristócrata, que merma el sueldo del em- 
pleado , que conduce al abismo á la mujer; 
en una palabra: es el mejor amigo que tie- 
nen: la curia para ganar honorarios, el es- 
cándalo para divertir á sus adoradores. 

Y en Madrid, por desgracia, no hav una 
calle sin una casa de préstamos pública y 
una ó dos misteriosas. ¡Hay mas que es- 
cuelas; ¡yo lo creo! muchas mas, y en estos 
tiempos... ! 

Ahora bien: para obedecer á las leyes de 
la higiene del cuerpo se han llevado fuera 
de puertas algunos establecimientos: la ne- 
cesidad ha cerrado otros ; las casas de prés- 
tamos se enseñorean en M id rid. ¿Porqué 
no se suprimen? ¿Porqué no se persiguen? 
Matad estos dos gusanos, y el cuerpo so- 
cial adquirirá la salud que le falto. 

Julio Nombela. 



BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



K JESÚS BACRAMENTADO. 

PABA CASTO. 

Divino jardinero 
de las eterna? flores. 
á tu vergel de amores 
déjame presto entrar. 

Allí con santo esmero 
te adorará mi alma: 
allí en eterna calma 
podré ta amor ¡rozar. 

Corriendo arrebatado 
en pos de tus aromas, 
los valles y las lomas 
del mundo atmsdpje. 

A tu huerto, he llevado 
de eterna flor cubierto: 
admíteme en tn Imerto. 
feliz porque te hallé. 

Si por trozar tus llores 
mas bellos y mas finas 
hay qne pisar espinal 
y padecer dolor; 

Yo sufro, Dios de amores, 
por tí cualquier consejo: 
roasdéinmo que coja 
las flores de tn amor. 

Aquí mana ana fuente 
de sin ifroal (resfinrs! 
yo quiero en su onda pora 
mi ardiente sel templar. 

Yo q-iiero eternamente 
morar en tus jinlines... 
Aquí, entre serafines, 
amar... y siempre amar.. . 

A. ñu Validen*. 



EL EGOÍSMO. 



Las palabras egoísta y egoísmo deben ser, 
6 muy modernas, ó enteramente bastardas 
al idioma castellano, supuesto que ni una 
ni otra se encuentran en el Diccionario de 
la Real Academia Española. 

Pero están tan consagradas por el uso, 
que ya es tiempo de asignarlas una signifi- 
cación fija, determinando su sentido, d: 
modo que la idea que representen no pueda 
confundirse con ninguna otra. Diremos, 
pues, que el egoísmo es el amo' propio, 
que consiste en referir todas las cosas á su 
propia utilidad, 6 en hablar mucho de sí: y 
el egoista es aquel 6 aquella que sigue la 
doctrina del egoísmo. 



tr 



En cuanto á la segunda parte de esta de- 
finición, es decir, en cuanto al vicio de mo- 
lestar á los demás con lo que solo le inte- 
resa á uno mismo, es una maña tan general 
y tan antigua, que difícilmente se podrá re- 
mediar, ni aun corregir, por mas que se le 
ataque con las armas del ridículo ; porque 
primero dejaremos de ser lo que somos, que 
resolvernos á no darnos la primera impor- 
tancia en la sociedad. Cuantos hasta ahora 
han intentado retratar en la escena á los 
egoístas, se han contentado con dar alguna 
que otra pincelada, sin atreverse á formar 
de ellos un verdadero cuadro ; y es lástima, 
por cierto, que haya tal escasez de pinto- 
res, teniendo tanta abundancia de modelos. 

El que los hombres solo se alegren ó se 
entristezcan de los sucesos en cuanto tienen 
relación con su conveniencia ó disconve- 
niencia propia, es una cosa tan natural, que 
pretender lo contrario no es mas que pro- 
vocar la hipocresía política, no menos de- 
testable que la hipocresía religiosa. El hom- 
bre se ama á sí mismo infinitamente mas 
que á los demás ; y cuantas protestas y ju- 
ramentos se hagan de lo contrario, son otras 
tantas palabras vanas, que suenan bastante 
bien en boca de un enamorado ó de un pa- 
rásito. 

Los egoístas son una fruta que abunda 
en todos los tiempos y estaciones; pero re- 
gularmente nunca menudea mas que en los 
de revolución. Esta es verdaderamente la 
época de su cosecha, y cuando á su salvo se 
encubren con cuantos disfraces le vienen á 
cuento. Entre todos, el que mas general- 
mente vemos que se adopta es el disfraz 
del patriotismo, por lo mismo que es la 
virtud que mas se opone al escesivo amor 
de sí propio. ¡Oh! ¡Qué enjambre de egoís- 
tas de todos trajes y colores veo aparecer 
como llovidos en derredor de esta pobre 
patria, buscando el modo de hincarle el 
diente y de sacarle una triza á fuerza de 
requiebros y de amoríos! El uno se presen- 
ta en traje marcial y guerrero con dos char- 
reteras en los hombros, ofreciendo sacrifi- 
carse por la patria en clase de coronel ó 
general. Otro viene ponderando sus cono- 
cimientos económicos, y ofrece hacer ma- 
ravillas por la bagatela de 80 ó 100/0 rea- 
les al año. Aquel está tan prendado de la 
patria, que se resigna á ser ministro perpe- 
tuo, á pesar de sus achaques. Este se indig- 
na de haber podido aguantar durante tan- 
tos años una canongía, y se resuelve á ad- 
mitir un obispado para servir á la patria á 
lo divino. Otro se desgañifa gritando con- 
tra los egoístas, y dice que él, y solo él, se 
ha olvidado de sí propio, y por eso, y no 
mas, se ve precisado á pretender. 

Ninguno de estos deja de clamar incesan- 
temente contra los egoístas; y al oírlos, no 
habría nadie que no los tuviese por unos 
patriotas acrisolados, que se olvidan ente- 
ramente de su propia existencia para no 



^: 



— 182 - 

pensar mas que en la utilidad común. Pero 
míreseles despacio; sígase paso á paso su 
carrera pública, y se verá que no hay uno 
siquiera entre toda esa turba, que no 
sabido ó procurado formarse un mayoraz- 
go de su amor á la patria. 

Propone cualquiera de ellos un plan úti- 
lísimo, al parecer, filantrópico, y dirigido í 
la prosperidad nacional : ensálzase la idea 
hasta las nubes ; sus camaradas se encar- 
gan de publicarle y preconizarle ; la gente 
los escucha con la boca abierta. Si algún 
hombre de juicio y de previsión espone 
modestamente algunas dificultades, que no 
son mas que invencibles, se desatan contra 
él, le llenan de injurias y de baldones, con- 
citan contra su irresistible lógica los mas 
injustos dicterios , se vuelve á la carga , el 
plan no se ejecuta ; pero se pescan los 
destinos, y se echa una arenga contra el 
egoísmo. 

Al día siguiente sale otro perillán presen- 
tando un proyecto de economías. ¡Qué 
bueno! Este sí que es patriota, este si que 
es enemigo de los egoístas ; ahora se verá 
lo que puede el amor de su país en las al- 
mas bien nacidas; ¡qué lástima que este 
pozo de saber haya estado oscurecido tanto 
tiempo! ¡Pobrecilo! Por eso le perseguían 
y le tenian arruinado : que se lea c! plan, 
que se imprima, que se discuta, que se eje- 
cute ; pero eso no es posible, porque todo 
el proyecto consistía en jubilar á cuatro 
empleados para crear ocho, y ponerse el 
proyectista de jefe de todos ellos. 

Otro, mas disimulado, logra encubrir por 
algún tiempo su nulidad con cuatro frases 
brillantes, y consique que le tengan por 
hombre de provecho, y que le pongan al 
frente de la administración. Empieza por 
echar abajo cuanto habia en ella, sin susti- 
tuir recurso alguno á los medios, buenos ó 
malos, con que habia marchado hasta aque- 
lla época. Se sienten los males ; no impor- 
ta: luego vendrán los bienes: escasea el di- 
nero; no hay cuiJado, luego entrará todo 
junto : los acreedores claman; no hay que 
escucharlos, porque son unos egoístas: se 
desplomj el edificio ; ¿y eso qué le hace.' Lo 
esencial es que el señorito no se quede í 
pedir limosna; porque aunque haya hecho 
ver que es un estúpido, en señalándole un 
buen sueldo, puede que se le despierten las 
potencias, y á lo menos ayudará á clamar 
contra el egoísmo. 

Sin embargo, no se crea que ninguno de 
estos se tiene por egoista; antes bien, por 
el contrario, es cosa de alquilar balcones 
cuando ellos empiezan á mofarse de este 
vicio. Unos lo toman por lo serio, y hacen 
tantas esclamaciones, que es cosa de estre- 
mecerse al ver lo que sufren sus patrióticas 
almas por la falla de virtudes que echan de 
menos en los demás. 

Otros, de humor mas festivo, escriben 
sátiras y epigramas contra otro bando de 



: ^ 



— 183 — 



egoístas, que, si no son sus hermanos melli- 
ios, se íes parecen á lo menos como un 
huevo á otro huevo. Cantan con noble or- 
gullo su independencia ; pero pierden el co- 
lor y se ponen trémulos con solo imaginar 
que pueden disgustar, aunque involuntaria- 
mente, á los criados de los criados de sus 
dignísimos patronos. Todo lo sufren con 
semblante sereno, menos el que les dismi- 
nuyan las pesetas, 6 los llamen egoístas; 
porque el dia en que la gente se desengañe 
de que todo ese amor á la patria no es mas 
que un purísimo embrollo y un egoísmo 
refinado, será cosa de que todo el mundo 
les escupa á la cara. 

Lo que hemos dicho hasta aquí pertenece 
esclusivamente á los egoístas de oficio, que 
hacen un verdadero tráfico de su ridículo 
v falso amor á la patria ; y es tanto lo que 
ha cundido de algunos años á esta parte 
esta numerosa cofradía, que ya se puede 
ofrecer un riquísimo premio al que señale 
con el dedo un solo individuo que no haya 
dado pruebas claras y positivas de un acen- 
drado egoísmo. 

Nota. Este artículo que acaban Vds. de 
leer apareció en una Revista el año 1821, á 
los pocos meses de la primera revolución. 

Al cabo de cincuenta años pueden Vds. 
colegir lo que hemos progresado, y con- 
vencerse deque el único remedio es des- 
truir la causa, con lo cual cesarán instan- 
táneamente los efectos. 

X. 



ECOS DE MADRID. 



Sorpresa, temor, desesperación, alegría: 
hé aquí, en resumen, las emociones que han 
esperimentado nuestros amigosen la última 
semana. 

Desde hace algún tiempo los secretos de 
nuestro partido no son contados en con- 
fianza, como alguna vez ha sucedido, y esto, 
que prueba que los que dirigen nuestros 
asuntos se han aleccionado en la esperien- 
cia, es causa á un tiempo de pesar y alegría 
para los que, no estando llamados a facili- 
tar el camino á una alta y justa reparación 
histórica, vivimos de las esperanzas y los 
temores que nos comunican. 

De pesar, porque todos querríamos co- 
nocer las mas recónditas intenciones; de 
alegría, porque nos hemos persuadido de 
que lo malo que nos puede suceder lo de- 
bemos á lo que se nos ha pegado de libre 
examen y parlamentarismo; y aunque nos 
pese no saber, nos alegra en estremo que 
permanezcan en el mayor misterio las ideas 

fias soluciones de los que están llamados 
satisfacer nuestras aspiraciones. 



Todo esto me sirve para indicar que no 
estando enterados de los proyectos de la 
augusta persona á quien anhelamos obede- 
cer, natural es que nos sorprendieran las 
noticias que publicaron los periódicos anun- 
ciando que los carlistas se agitaban en Na- 
varra, que salían oficiales de reemplazo á 
ponerse al frente de los soldados de la legi- 
timidad; que en Galicia habia grandes pre- 
parativos, y por último que D. Carlos ha- 
bía llegado á Bayona y se disponía á entrar 
en España. 

Confesemos nuestra flaqueza ; estas noti- 
cias nos alegraban. |Y qué! ¿no entusiasma- 
ría al gobierno saber qu« todos los partidos 
contrarios á la revolución habían decidido 
vincular en sus manos el poder? Pues ¡usto 
es que comprenda nuestra alegría al figu- 
rarnos que habia llegado el momento de 
resolver el problema que entraña la ventu- 
ra de España. 

Todo se nos volvía & nosotras estrechar- 
nos la mano con efusión, decirnos indirec- 
tas, formular comentarios y pedir á Dios 
en nuestras oraciones que , sin desgracias 
de ningún género, se realizasen nuestras 
esperanz as. 

Al mismo tiempo nos asaltaba temor. 

Hay operaciones quirúrgicas que salvan 
la s-ida á un enfermo; pero ¿pndeis pedir 
tranquilidad de espíritu á la familia del 
paciente? Imposible. 

— ¡Dios se apiadará de nosotros! 

Y todo se nos volvía tomar informes. 

— ¿I li visto V. á Fulano? preguntábamos, 
aludiendo á algún carlista importante. 

— Sí: esta mañana. 

— ¡Y qué aspecto tenía? 

— Parecía muy contento. 

— Entonces debe ser verdad lo que cuen- 
tan. 

— Sin embargo, cuando él está tran- 
quilo... 

Si nos decían que estaba trisTc, 

— ¡Mala señal! esclamábamos. 

En una palabra, estábamos agitadas, fe- 
briles, nerviosas. 

«Se conocen todo'- los planes de los car- 
listas,» decia un periódico. 

Y nosotras , que tenemos f.ima de no sa- 
ber callar un secreto, procurábamos averi- 
guar quién era el parlanchín para exe- 
crarle. 

«Han sido internados D. Carlos y algu- 
nos generales carlistas.» decia otro diario. 

Y la desesperación se apoderaba de nos- 
otras. 

Así vivimos unos dias, hasta que al fin y 
al cabo supimos que toda la alarma habia 
sido producida por el bueno del Sr. Oló - 
zaga. 

¡Dios le perdone los ratos que su apren- 
siva actividad nos ha hecho pasar! 

Por supuesto, que ni D. Carlos se ha mo- 
vido del lado de su augusta esposa, ni ha 
habido órdenes para lanzarse á la lucha, ni 



<7- 



" 



~S\ 



-184- 



los carlistas de la frontera han tomado dis- 
posiciones hostiles, ni se hi pensado por 
ahora en turbar el reposo del gabinete pro- 
gresista que con tanto celo como mala 
fortuna en ciertas regiones preside el soli- 
tario de Tablada. 

La Época, que está siempre bien infor- 
mada, y que como alfonsina tendría ínte- 
res en fijar la atención sobre nosotros, para 
3ue sus amigos trabajasen entre tanto, ha 
escifrado el enigma probando con ci I 
monio de su Director, que está en Biarntz, 
que los carlistas no piensan intentar aven- 
turas, esperándolo todo de La Internacio- 
nal, que, dicho sea de paso, se propone en - 
señar lo que les conviene á las clases pro- 
ductoras y ricas en Madrid, Barcelona y 
Sevilla, con el auxilio de la luz que produ- 
ce el petróleo al incendiar los edificios. 

Oficiosidad de D. Salustiano. ¡Pobre se- 
ñor! Repito que Dios le perdone el susto 
que nos hadado. 

Ahora bien: ¿queréis saber lo que pasó? 
Pues yo os lo contaré. 

Desde que destruyó el Sr. Olózaga los 
obstáculos tradicionales, el buen señor ha 
sustituido aquel maggyar que le perseguía 
en todas partes, con los carlistas. 

Apenas pasa el puente del Bidasoa, los 
dedos se le figuran huéspedes, ó, lo que es 
lo mismo, no ve mas que carlistas, y car- 
listas dispuestos á arrebatar á su señoría la 
embajada de Paris, que es, después de su 
reverenda persona, lo que mas ama en este 
mundo. 

Su primer cuidado al llegará Bavona fue 
detenerse. 

— ¿Para descansar? 

— No, señoras; para trabajar por la causa 
de la libertad, que es después de su perso- 
na, de la embajada de Paris y del Toisón 
de oro, lo que mas ama en este mundo. 

— Que se presente el cónsul, dijo. 

— Aquí estov, señor. 

—¿Qué tal? 

— Muy bien, ¿v V. E.? 

—No le pregunto á V. por la salud. 

— Creí... 

—Al decir ¿qué tal? quiero decir que si 
hay muchos carlistas por aquí. 

— Muchos, muchísimos ; cada año que 
pasa se multiplica el número. 

—¡Si yo fuera poder...! I'or supuesto que 
conspiran. 

—Hasta cuando comen, hasta cuando 
duermen. 

—¡Si yo lograse que el gobierno francés 
les prohibiese comer y dormir...! Por su- 
puesto, ¿se preparan á salvar la frontera? 

—Todo lo tienen preparado. 

—¿Habrá V. advertido al gobierno.' 

— Todos los dias envió un parte. 

—¿Y el Rey? 

— ¿D. Amadeo? 

—No, hombre... el Rey de los carlistas, 
¿esta aquí? 



^ 



v 



— Me parece que no, pero le esperan... 

— ¿Le esperan...? ¡Eh!... ¡Dios miol 

—¿Qué es eso, D. Salustiano? 

— Abómese V. aquí. 

— ¿Qué es ello? 

— ¿Ve V. aquel joven? 

—Sí. 

— Es alto, ¿no es verdad? 

— Y buen mozo. 

—Con barba y ojos negros... ¡Es él! ¡Es 
él! ¡A ver, pronto... recado de escribir...! 

—Pero... 

— ¡En seguídí...! ¡No tienen Vds. celo...! 
AprenJan de mí... ¡ No he hecho mas que 
llegar, y ya he descubierto á D. Carlos...! 

— Pero si... 

— ¡A ver..., la pluma..., pronto! 

Y con pulso agitado escribía en cifra: 
«D. Carlos ha llenada y va á entrar en Es- 
paña. ¡Esto arde! ¡ La revolución peligra! 
¡Animo, compañeros! ¡Duro con ellos! Yo 
mevov a Paris á saludar á mi amigo Thiers. 
II iré que interne á todo el mundo, y, si es 
preciso, hasta á las mismas poblaciones de 
la frontera.» 

El joven alto y buen mozo, que, según 
se ha sabido después, era un unionista, alar- 
mó al gobierno, y dio motivo & que unos 
cuantos soldado- tomaran el sol, que ha 
picado de lo lindo estos dias. 

Decididamente D. Salustiano no logra, 
por mas que lo desea, salvar la liben 
pero, consuélese S. E : aun le quedan su 
persona, el Toisón y la embajada. 
* * 

Hablemos ahora de nuestra alegría. 

El tardío, pero siempre plausihle. perdón 
que á los delitos po íticos ha concedido ti 
gobierno, nos ha llenado de júbilo. Yacían 
en los presidios y en las cárceles mss de 
cuatro mil carlistas inocentes, ó inconstim- 
cionalraente condenados. 

Con la amnistía han podido volver a! 
seno de sus familias, llorar de felicidad el 
hijo en los brazos de 'a madre, el esposo en 
los brazos de la esposa. 

El martirio ha aumentado su fe; ¡oh 
yo los conozco : hoy sienten mas fe que 
nunca, porque desean saber que existe en 
el mundo la justicia, como han sabido que 
existe generosidad en el afortunado ven- 
cedor. Esperan 

MARGARITAS. 

La niñez es el sueño dorado de la . 
Por eso, cuando recordamos esa edad, sus- 
piramos siempre por ella. 

Nunca es tarde para volver á las buenas 
costumbres. 

(Salvador María de Fábregues.j 



MADRID, 1871. — Imprentó de I.aBmran:a, • 
cargo da D. A.Porez Dubrull, Peí, i. 




S\ 





ÁLBUM DE US SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



AÑO I. 



10 SETIEMBRE 1871. 



KUM. 24. 



*-(~M \HIO.- Ornvr-'ímes {articulo ir», par 
l). Valentín deNovoa.— El N Pimiento «Ir Ma- 
rá, por L>. Koman Doidno.— ConU'mpl >ci 

.:;-.— I.n 3 Muertos o,ue 
Tlven, balada liberal, por X.— Cuento m 
por D. Julio AInrc.on.— Ecos de Madrid . ; or Ba- 
perania.— Margaritas. 



CONVERSIONES 



II. 



La tarea de que os hablaba en mi 
anterior articulo es jarata y propia por 
de mas de la mujer cristiana , por dos 
razones: la primern , porque el cristia- 
nismo es en sus obras todo amor, man- 
sedumbre y caridad ; sentimientos y 
virtudes que tanto se adaptan al cora- 
zón amoroso de la mujer y á su carác- 
ter suave , mientras las obras de sus 
enemigos son hijas de la soberbia y de 
la ambición, tau egoísta como altiva y 
agreste; y la segunda , porque el cris- 
tianismo ha sido el que rehabilitó á la 
mujer degradada por las leyes y las 



(I) V&ueeloúraoroM. 



costumbres de los antiguos pueblos: el 
que la restituyó su dignidad : el que 
de sierva la tornó en compañera del 
hombre. Fuera del catolicismo no hay 
para la mujer mas que esclavitud hu- 
millante ó licencia vergonzosa. Por eso 
es certísima esta máxima de Do Mais- 
tre, que en otra ocasión ya he citado: 
"Antes de borrar el Evangelio, encer- 
rad á las mujeres, ó abt amadlas con 
leyes horrorosas como las de la India." 

Si vosotras defendéis el Evangelio, 
este á la vez e3 vuestro escudo , como 
lo es de la sociedad y del mundo. 

Hoy amenaza á este una asociación 
de descreídos formidable; y si no fuera 
cosa de tan incalculable gravedad y de 
tan terribles consecuencias, nos move- 
ría á risa la creencia en que están, ó 
aparentan estar, ciertos hombres de 
Estado de poder conjurar el mal solo 
fulminando leyes mas ó menos repre- 
sivas contra los individuos de esa aso- 
ciación. 

¿Qué se diría de un me'dico que. de- 
jando á un lado el remedio probado y 
eficaz, se entretuviese en aplicar al en- 
fermo paliativos , á despecho de los 



rr- 



cuales, tomando el mal incremento, 
concluyera por producir la muerte? Se 
le tendría por ignorante ó por loco , y 
se le despediría , llamando á la cabe- 
cera del paciente otro profesor mas 
cuerdo y masesperimentado. Pues otro 
tanto acontece con esos estadistas: 
aplican los paliativos de esas leyes, por 
sí solas insuficientes para la salud del 
pueblo, y dejan el principal remedio: 
dejan el hacer á los hombres religio- 
sos para que sean morigerados , justos 
y gobernables ; por lo cual la sociedad 
tendrá que perecer, ó que despedir , si 
quiere salvarse, á doctores que tan des- 
acertados andan. 

Serán , no quiero ponerlo en duda, 
grandes políticos, estadistas, oradores 
y diplomáticos ; pero ¡ay! pertenecen 
á aquella clase de hombres de quienes 
acaba de decir quien tiene autoridad 
inapelable, que conspiran contra la Igle- 
sia y contra la sociedad; pues aunque 
se suponga en ellos las mas rectas in- 
tenciones y la mejor buena fe , acari- 
cian las doctrinas liberales , esas doc- 
trinas que favorecen los principios de 
donde nacen todas las revoluciones, 
tanto mas perniciosas , cuanto que, 
acaso á primera vista , aparecen mas 
generosas. 

Su ciencia es falsa : no son sabios, 
aunque presumen serlo. Y ¿sabéis por 
qué? Porque han olvidado el temor de 
Dios, que es el principio do la sabidu- 
ría verdadera. 

Precisamente la misión de la madre 
cristiana es infundir en el tierno cora- 
zón de sus hijos el santo temor de 
Dios , el mas bello de todos los temo- 
res. Temor fecundo , pues él es quien 
hace á los hombres buenos para Dios, 
buenos para sí mismos y buenos para 
la sociedad; donde El no existe, no hay 
otra cosa que perdición , duelo , lágri- 
mas y sangre. 

Esta es vuestra gran política ¡oh 
madres católicas ! Criar á vuestros hi- 
jos en el temor y amor de Dios. Si con 
la leche de vuestros pechos nutrís su 
cuerpo , alimentad su alma con vues- 
tras santas palabras, de una dulzura y 



- 186 — 

suavidad mayor mil veces que la de la 
leche misma, y formad con ellas sus 
corazones para el bien. 

jNo es una locura y una desgracia 
inmensa que el hombre atraviese los 
desiertos de la vida divorciado de aque- 
llo que , cuando se aproxima el trán- 
sito, cuando el velo cae, cuando la rea- 
lidad de las cosas se ofrece desnuda á 
la vista , se encuentra como lo único 
verdadero, lo único consolador, lo úni- 
co que permanece coronado por la au- 
reola de la esperanza? ¿Y no será mo- 
tivo de hondo desconsuelo y remordi- 
miento el haber en ese divorcio vi- 
vido '? 

Pues la madre católica es laque con- 
tribuye poderosamente á evitar este 
mal inmenso. El recuerdo de las ver- 
dades religiosas infiltradas en el alma 
por los amorosos labios de una madre, 
en la edad infantil , tiene un prestigio 
y un encanto tal, que no se borra ja- 
más de la memoria. El es bastante po- 
deroso para hacer que el hombre per- 
manezca fiel á la verdad , y alcance en 
la vida aquella felicidad única , que es 
simplemente la preparación para otra 
mas cumplida y mas durable; y cuan- 
do las turbaciones del mundo, exul- 
tando las pasiones , le aparten de las 
trabajosas pero seguras sendas del 
bien, para lanzarle en las turbulentas 
del error , todavía á ese recuerdo que- 
da poder bastante para en los trances 
supremos obrar con el divino auxilio 
conversiones como las que ocasionan 
estas líneas: gozo y alegría de los bue- 
nos, pero gozo inefable y alegría infi- 
nita para la cristiana madre del arre- 
pentido pecador, ora viva derramando 
por di lágrimas en el mundo , ora por 
aquella oveja estraviada esté rogando 
ante el Trono de Dios. 



Valentín de Novoa. 



Orense 27 de agosto de 1811. 



4s 



■yj 



m 



^ 



- 187 _ 



EL NACIMIENTO DE MARÍA. 



Hilónos el ciólo en eate clia un 
magoitlco presente, un presente ile 
inestimable valor. 

18a» Buhnardo.) 



¿Qué sucede...? ¿Qué pasa en la región 
del dolor...? 

La aurora, engalanada con deslumbrado- 
res atavíos, asoma por los montes y sonríe 
dulcemente, derramando preciosos rubíes 
desde su carroza de nácar. 
El cielo se envuelve en finísimo encaje 
El sol envia sus hebras de oro, circunda- 
do de albos y ricos tules. 

Los aves hienden los aires y entonan al- 
borozadas melodiosos himnos. 

El mar se mueve de un modo apacible, 
salpicando la superficie con la nacarada es- 
puma que sus olas producen. 

El aura besa con ternura las gallardas 
plantas y recoge en sus alas de gasa el aro- 
ma de los vegetales. 

Las ñores ostentan sus bellos matices y 
embalsaman el ambiente de esquisilo per- 
fume. 

Las adelfas y las dalias juguetean amoro- 
sas en su trono de esmeraldas. 

El arroyuelo susurra de júbilo, esmal- 
tando su clara senda de arenas de plata, de 
precioso musgo y de las verdes hojas que 
sobre el derraman las vistosas lianas y los 
pintorescos sauces. 
Colores mil adornan las amenas praderas. 
Todo palpita, todo se estremece de inde- 
cible gozo. 

Murmuran alegres las fuentes, las casca- 
das, las plantas, los insectos, los animales, 
la benigna brisa. 

Una voz misteriosa resuena en el inmen- 
so ámbito del universo. 

El panorama de la creación deleita con 
nuevos encantos. 

No hay nada que no sorprenda en tan 
solemnes momentos. 

Cada átomo , cada hoja que el céfiro ar- 
ranca de los árboles, despierta emociones 
suaves. 

La naturaleza entera parece que se tras- 
forma, que multiplica las maravillas que la 
engrandecen. 

Y el orbe, alcázar fabricado por el supre- 
mo Artista, conmueve sus ejes de zafir. 



II. 



El suceso mas fausto acaba de realizarse 
en el mundo. 

El sabio, el justo, ha dado cumplimiento 
á una gran promesa. 



La humanidad puede estar satisfecha. 

La cania del primer culpable, del prínci- 
pe del Edén, va á dar lugar á cosas emi- 
nentemente prodigiosas. 

Ha nacido ya la ctiatura privilegiada, 
santa, escogida. 

Ha visto la luz del dia la Deseada de las 
naciones, la Reparadora augusta, la Con- 
soladora de los hombres, la Mensajera del 
bien. 

Se halla entre los hijos del crimen la que 
ha brotado, como la azucena, del tronco 
bendecido por el Ser Eterno. 

Y viene para curar las llagas de la huma- 
nidad , para ensenarle el camino de la vir- 
tud, para romper los grillos que envilecen 
su dignidad ultrajada. 

¡Que hermosa es...! 

Sus ojos peregrinos irradian fulgores que 
fascinan el entendimiento. 

Su frente es diáfana, su boca preciosa, su 
tez suavísima, sus cabellos de oro. 

De sn cuerpo, esbelto, gracioso', de cor- 
rectas formas, se eleva con donaire su gen- 
til cabeza. 

Y su aliento es mas puro que los suspiros 
de los querubes, que el aroma del jazmín. 

Y su voz es mas dulce que las liras de 
los serafines, y mas delicada que el canto 
de los ruiseñores, y mas cadenciosa que las 
armonías de la tierra, y mas grata que el 
vago murmullo de los torrentes. 

Sembrada de rosas está su cuna. 

¿Que comparación tiene la esencia de los 
tulipanes con la que despide esta cscelsa 
Niña...? 

Ella se mece á impulsos de las auras di- 
vinas, del soplo que vivifica las almas castas. 

Y su lozanía es mayor que la de las lin- 
das violetas, los airosos claveles, los ele- 
gantes lirios. 

Y es un admirable conjunto de perfec- 
ciones, una obra acabada, una joya de in- 
finito precio. 

Contemplan gozosos á la tierna infanta 
los ilustres consortes que la engendraron. 
_Y Dios la mira benigno desde su trono de 
diamantes. 

Y los emisarios celestes hacen resonar 
en honor suyo sus arpas de marfil. 

Y las inmensas legiones de inmortales 
espíritus «aludan desde lo alto á la que ha 
de mandar como soberana. 

m. 

Motivos tienes, pueblo bendito, Nazareth, 
para estar orgulloso. 

Regocíjate, pues, entre tus mirtos y tus 
plátanos, tus palmeras y tus cedros , tus 
límpidos manantiales y risueños campos. 

Sí... en tu seno guardas á la salvadora 
del humano linaje, á la que ha de ser la 
augusta capitana de las huestes católicas, á 
la que ha de rasgar una por una las páginas 
funestas del código del error. 



rr 



— 188 — 



Nada mas justo que reverenciar la vir- 
tud; nada mas natural que seguir aspira- 
ciones sublimes. , 

Envanécete, sí, ciudad venturosa, con ci 
magnífico presente que tanto te honra. 

Es una lumbrera que te ilumina, un faro 
que te muestra las sendas de la justicia. 

Es un portento que te hace grande, un 
tesoro que te enriquece, un ser que te hie- 
re con la viva claridad de sus fulgentes des- 
tellos. 

¿Qué mas puedes desear que tener dentro 
de tus muros á la que ha de convertirse en 
morada de Jehovah? 

¿Qué otra cosa apetecer que hospedar a 
la que llevará el egregio título de Empera- 
triz de los mundos...? 

IV. 

Esa Niña, que ahora se agita blandamen- 
te, cual tierno capullo acariciado por la bri- 
sa , derribará los ídolos de la impiedad , y 
los baluartes del error, y los imperios le- 
vantados por el humano orgullo. 

Sí..., porque va á ser muv pronto clcvadB 
á la mas alta esfera , porque va 5 concebir 
y ser Madre del que ha formado el univer- 
so, y dado belleza á las (lores, y armonías á 
las aves, y esplendor á la creación . y es- 
maltado de soles el magnífico pabellón que 
nos cubre. 

Y será enriqucciJa con todas las gracias, 
con todos los dones, con todas las magnifi- 
cencias. 

Y recibirá del Hacedor invisible diadema 
de rubíes, y un cetro robusto, v una so- 
beranía superior á las que en el mundo 
existen. 

Y mandará como Reina, como Señora de 
gran poder. 

Y obedecerán sus decretos los espíritus 
angélicos , todas las milicias de la eterna! 
Sion ; y los corazones creyentes militaran 
baio sus inmaculadas banderas. 

Y i la influencia de su prestigio caerán 
por tierra los gigantescos edificios que el 
sofisma erija. 

Y la mentjra será vencida por la verdad. 

Y la enseña de la redención ondeará en 
toHas partes. 

Y las herejías sufrirán ignominiosas der- 
rotas. 

Y los tiranos se hundirán en el polvo. 

Y la civilización de la Cruz alumbrará al 
mundo con sus brillantes resplandores. 

Y el Pontificado, institución divina, atra- 
vesará la corriente de los siglos , orlada su 
frente con los trofeos de sus enemigos. 

No habrá nadie que pueda resistir al 
brioso empuje de María, de la ilustre Virgen 
Je Hclcn. 

Porque su fuerza será inquebrantable; 
porque su autoridad será inmensa ; porque 
su grandeza confundirá á los que intenten 
empañar su inmortal Corona. 



¿Quién será capaz de luchar con Mar!» 
con la Princesa de los orbes... '. 

¿Quién se atreverá á combatir sus prero- 
gativas, á negar sus glorias , á ofender sus 
timbres...? 

¿Quién formará contra ella ejércitos, y | c 
hará implacable guerra, y profanará el nom- 
bre augusto de la protegida del Altísimo.. .- 

¡Ah! ¡Desgraciados los que escarnezcan i 
la Virgen sin mancilla...! 

V. 

Infinitos templos se levantarán á María. 
Monarcas y pueblos se postrarán ante sus 
altares. 

Y los humildes reconocerán su clemen- 
cia, y los sabios su majestad, y los potenta- 
dos sus inefables atributos. 

Y los talentos encomiarán sus virtudes, 
sus escelen cias, su poderío, su incompara- 
ble hermosura. 

Y los vates cantarán sus_ grandezas, sus 
acciones, sus hechos, sus seña lados triunfos. 

Y las doncellas adornarán sus efigies coa 
piadosas didivas , con ramos de alelíes, 
con guirnaldas de jacintos, con odotiíeras 
yerbas. 

Los guerreros implorarán su valimiento 
en los campos de batalla. 

Y en su pecho llevarán su sagrada ima- 
gen, y las victorias mas insignes" se alcanza- 
rán por la mediación de María. 

¡'resúmase algún problema que pueda 
hacer temblar á la humanidad? 

No hay que temer su solución, su desen- 
lace. 

María hará fracasar los planes de los ad- 
versarios de su Hijo. 

Con valor detendrá los golpes de la hipo- 
cresía, con firmeza destruirá los in 
memos del mal, con arrojo hará pedazos 
las infernales concepciones Jcl presuntuoso. 

Los amantes de Jesús acudirán siempre 
á l.i Abogada de los que gimen. 

Invocará su patrocinio el náufrago co- 
medio del irritado Océano, el Rey en sus 
mavores conflictos, el mendigo afligido por 
c! hambre, la joven combatida por pasio- 
nes violentas, el enfermo aquejado por sus 
dolencias, el católico en todos los momea- 
tos le la vida. 

Y Maria oir j lis plegarias de los que i 
Ella recurran, de los que á su solio se acer 
quen. 

Y enjugará las lágrimas de! desvalido, y 
consolará al infortunado, y derram r 
rocío de sus finezas, y disipará coa cariño 
las borrascas dei alma. 

Porque su caridad será inmensa. Es Hija 
predilecta de Dios, y asombrará al orbe por 
sus extraordinarios merecimientos. 

Ninguno que con fe la invoque dejará 
de ser socorrido; ninguno que la ame se 
cansará de tributarla los homenages de- 
bidos. 



^ 



■J) 



- 189 - 



VI. 



Salve, Niña augusta, salve. 

A ti alabanzas, á ti coronas, á ti bendi- 
ciones. 

A ti las ofrendas descorazón , á ti los sa - 
enficios del alma fiel, á ti los nobles impul- 
sos de la humanidad. 

Crece, Niña divina . en medio de las llo- 
res que rodean tu estancia, de las auras que 
acarician tu lindo rostro , de los tapices de 
oro que te ofrecen los lujosos valles. 

Sonríete, riquísimo vastago; duerme 
tranquilo suelo al embriagador arrullo de 
amorosos acentos, y de los cánticos de los 
ángeles, y de los canoros pajarillos que 
gorjean en torno de tu pobre albergue. 

Bella y grande eres , criatura santa , em- 
beleso del ciclo , pasmo de los justos y ad- 
miración del mundo. 

El Señor te magnifica, el universo te en- 
salza. ' 

No temas ¡oh egregia Infanta! á los ven- 
davales del mal: que los ministros de Dios, 
cobijándote bajo sus alas de púrpura , cus- 
todian respetuosos a* la Elegida para tan al- 
tos destinos. 

Román Dolda* y Fernandez. 



CONTEMPLACIÓN. 



i. 

Al cruzar este erial lleno de abrojos. 
Que el hombre llama esplendoroso, 
¿En él qué miran nuestros tristes ojos? 
¡Solo amargara y padecer proí 

iiuton las virginales flores 
La dicha ofrecen, al alzarse ufanas, 
AUeplo destructor de loa dolores 
¡Ruedan mustias en márgenes insanos! 

S¡ el dulce anhelo do venturo santa 
Agita ni alma con febril latido, 
Como dulce ilusión, que nos encanta, 
Le miramos en humo convertido. 

¿Amarguras, falsías, decepciones 
Do quiérase bailan sobre el mundo Impío! 
Por eso santo amor, á otras regiones 
Lleva afanoso el pensamiento miu. 

II, 

Allí está la verdad; ulli la calma: 
AUi cuaotOM adora do sublime. 
TV eres ¡oh Dios! la dulce paz del alma, 
¡Santo refugio del que triste gime! 

Te eres la pura, Incatinguibic idea, 
Que enardece y feounda ol pensamiento : 
Lus «-elestial que en nuestras almas crea 
I)e fe y amor el dulce sentimiento. 

Tú, á quien coro de angélicos querubes 
Himnos entonada alabanza ardiente, 



Teniendo por alfombra blancas nubes. 
Que reflejan el sol resplandeciente. 
III. 

¡Al escuchar mi cántico sonoro, 
A Ti elevado coa ferviente anhelo, 
Envía 6 mi laúd rico tesoro 
De inagotable, divinal consuelo! 

¡Haz que 3us notas de ventura en horas 
Un eco de los cielos don al mundo! 
¡Haz que resuenen siempre halagadoras 

Y *?1 bien derramen con afán profundo! 
¡Ha?, que al oírse mi entusóla acento, 

Todos te amen . mi D os, cual yo te amo; 

Y en porcuno dulcísimo concento 

Te aclamen con la fe que yo te aclamo! 

IV. 

Yo tu poder admiro soberano 
En ese sol, que esplendoroso brilla : 
Yul contemplar inmenso el Océano, 
Pora adorarte el corazón se humilla. 

Do quiera que ae fije la mirada, 
So admira tu grandeza y no ferio: 
Ya en la brisa que gime en la enramada , 
Ya en lo* murmurios de sonoro rio. 

¡Dios! dice el son del fragoroso irneno. 
Estremeciendo la riscosa cumbre: 
¡Dios! dice al pechi de pesares lleno 
De centella tagas te roja lumbre 

¡Dios! 'ticen los horrísonos silbido! 
Dal humean . que ruge en selva oscura : 

j cen de los mares los bramidos, 
A la nave al m strar la sepulto». 

¡Dios! dice al estraviado navegante 
La tutelar estrella, que l* guia, 
Cuando, al ver su esperanza agonizante, 
I-e muestra «l puerto, do l legar ansia : 

La briiia, ai deslizarse entre 1t< flores : 
El blando murmurar de man* - rio ; 
De la tormenta fiera los horrores: 
Ponderan tu bondad y poderío! 

Porque eres Ti' la perenoil idea. 
Que fecunda y sublima el pensamiento: 
Luz celestial , que en nuestras almas crea 
De fe y amor el dulce sentimiento...! 

V. 

Tu, á quien raí alma en el espacio admira : 
Te, luz sublim». qoe en misterios arde : 
Tú, por quien pulso mi creyente Hra: 
Tfl. de mi anhelo majestuoso alarde: 

Te, la armonía de mi tierno canto, 
Dios de grandeza y de bondad tesoro : 
Tú, ¡i quien proclnman los querubes santo: 
La fe ilumina con que yo te adoro! 

Isabel Poogi db Llohhstk. 



LOS MUERTOS QUE VIVEN. 



Balad, liberal. 

18<0. ¡Pobres ilusos! Se creian titanes. 
I un abrazo ha bastado para obligarlos á 



-yj 



sucumbir. Ya no hay carlistas. A vivir, com- 
pañeros; el pais es nuestro. Ahora podemos 
disputarnos el poder y dividirnos y subdi- 
vidirnos, sublevarnos y enriquecernos... 
¡Los carlistas han muerto! 



- 190 - 

embajadora París, los carlistas de la frontera 
son internados ó espulsados... ¡Y aun creen 
que podrán hacer algo...! Perdonémoslos: 
¿qué daño pueden hacernos si están muer- 
tos...? 



18<8. ¡Bah! no es que han resucita- 
do... Si se agitan, si pelean, es por efecto 
del galvanismo. Enviemos soldados... ¿No 
bastan? Enviemos oro... |Eh! ¿Qué tal? Se 
retiran, traspasan la frontera. Respiremos... 
¡Los carlistas han muerto! 

1855. Una sublevación carlista en Za- 
ragoza... ¡Aquí de los nacionales! Una ba- 
talla en los llanos de Alfamen... ¡Nos pe- 
gan! ¡Huyamos...! Pero no... Eran unos po- 
cos... no los secundan... ¡Pobrecillos! Fu- 
silémoslos, y en paz. ¡Cuando yo decia que 
estaban muertos los carlistas! 

1860. ¡Hola! ahora parece que se han 
multiplicado., y tienen tropa... ¡Malo! 
¿Cómo habrán podido salir de las tumbas? 
Los generales mas bizarros están con ellos... 
Bueno será ir buscando una boina... Pu- 
diera suceder... Pero el general Concha va 
á Valencia... Se ha descubierto la conspi- 
ración; Ortega es fusilado; D. Carlos y su 
hermano prisioneros... ¡Necio de mí... asus- 
tarme de unos muertos! 

1868. ¡Es claro! La agitación revolucio- 
naria llega hasta los sepulcros. Los antiguos 
carlistas rodean al joven Duque de Madrid... 

1869. Pues, señor, se agitan. Y el tal 
Don Carlos parece hombre de empuje... iY 
el partido seaumenta...! ¡Los derechos indi- 
viduales, la libertad de cultos, la Porra y el 
manejo de los fondos engruesan sus filas...! 
Los elementos mas sanos del pais van á bus- 
car la paz de las tumbas. 

Y hablan en las Cortes diputados carlis- 
tas, y sostiene el partido mas de ochenta 
periódicos, y se levantan en armas en la 
Mancha v en León. 

¡Bah! ¡Un puñado de locos...! ¡Fusilan á 
Balanzátegui, deportan á Polo y á Milla, los 
demás huyen ó llenan los presidios! ¡Muer- 
tos y retemuertos! 

1870. ¡Pero, hombre! ¿es posible...? Se 
organizan en juntas y se multiplican los 
adeptos, y en segundas elecciones obtienen 
miliares de votos, y uno solo de sus perió- 
dicos tira 40,000 ejemplares. No hav que 
apurarse. ¡Ahí está Escoda...! ¡Cómo! ¡No ha 
sabido echarles el anzuelo...! ¡Y se sublevan 
las provincias Vasgongadasy la Rioja...!;Scrá 
cosa de hacer el equipaje...? Los presidios 
se llenan de carlistas... Los han escarmenta- 
do. Tranquilicémonos... Ahora si que se ha- 
brán convencido de que son cadáveres. 

1871. Elecciones tenemos... ¡y luchan 
los carlistas! ¡Pobres gentes! Eso si; a fe nadie 
les gana, pero... ¡cómo! ¡Cincuenta y cuatro 
diputados, diez mas escamoteados á última 
hora, y cerca de treinta senadores! ¡300,000 
\ otos a pesar de la Porra! Esto es grave. Lue- 
go viven, luego... pero ¡quiá! Olózaga vade 



1872. ¡Pues, señor... vivían y estaban 
fuertes...! ¡Quién lo hubiera creído!! I 

X. 



CUENTO MATERNAL. 



¿Quieres que te cuente un cuento? 
Pues escucha, nina min. 
Erase una pobre madre 
que tuvo solo una hija. 
la que, catando enamorada, 
nadan su madre decia... 
Pero, ¿porqué palideces? 
¡No to gusta ol cuento, niña? 
' Al mancebo mas gallardo 
de lodos las cercanías , 
encanada con promesas, 
le daba a la reja citas; 
y miontras su pobre madre 
tranquilamente dormía... 
Miv.. ¿por qué te pones triste? 
*No t* gusta el cuento, nina? 
' Convinieron que una noche 
sin ser do nadio sontida, 
por marcharse con él, ella, 
su ca*a abandonaría , 
abandonando a su madre 
mientras durmiese tranquila... 
Mas, dime, ¿por qué sollozos? 
¿No te gusta el cuento, niña? 

Y llegó la noche aquella 
y la hora convenido... 
y el mancebo la esperaba... 
y ella... no acudió a la cita, 
porque contándole un cuento 
su madre la entretenía... 
Mas, di... ¿por qué estos llorando? 
¿Conque es cierto el cuento, hija? 

Julio Alarcon. 



-*^<=<£?-=>o- 



ECOS DE MADRID. 



Vfc= 



Diez ó doce días han pasado desde que 
apareció el decreto concediendo amnistía á 
todos los presos por delitos políticos; y aun- 
que los emigrados han podido volver á la 
madre patria, aun gimen encerrados en las 
cárceles muchos infelices aguardando á que 
sus espedientes se resuelvan. 

¿Por qué esta tardanza en devolver la li- 
bertad_ a los que, vencedores, hubieran 
sido héroes, según la teoría revolucionaria? 

¿Por qué retardar á las impacientes fami- 
lias la dicha de abrir los brazos á los seres 
queridos que tanto han padecido lejos de 
su seno? 

¡Ah! Si es grande y digno administrar 
justicia, no hay sentimiento que iguale al 
de perdonar: piensen los jueces en las ben- 



(F 



- 191 



diciones de que serán objeto, en cambio 
del sacrificio que hagan, velando, si es pre- 
ciso, para ahorrar un día, una hora, un mi- 
nuto de prisión á los que sucumbieron á la 
fuerza, a los que la justicia ha perdonado! 

Triste y dolorosa es la necesidad que tie- 
nen los hombres de recurrir í la fuerza 
para defender los principios y las institu- 
ciones en que fundan la paz de sus hogares 
y el bienestar de sus familias; pero la histo- 
ria de la humanidad está llena de ejemplos 
de luchas intestinas ; y si tienen mucho de 
horroroso, también tienen mucho de res- 
petable. 

Los carlistas, por ejemplo, que, en me- 
dio de la descomposición que en las ideas 
y los partidos se ha operado en lo que va 
de siglo, son los únicos que viven de la fe 
heredada , los únicos que conservan el de- 

SSsito de la tradición y la llave del camino 
ti verdadero progreso , desde hace cerca 
de cuarenta años vienen defendiendo la le- 
gitimidad, el catolicismo en toda su puré - 
za, la libertad que nace de la civilización 
cristiana , y combatiendo el liberalismo 
desorganizador y ruinoso , al acudir á los 
campos de batalla cumplen un deber y eje- 
cutan un acto que hasta sus mismos adver- 
sarios admiran, digan lo que quieran. 
No es un interés personal, no es la sed de 

foces individuales, no es la ambición la que 
leva i los hombres al combate, la que hace 
de ellos héroes ó mártires : esos millares de 
voluntarios que acuden cuando los llaman, 
que obedecen sin examinar las órdenes, 
que abandonan familia, bienes, todo, son 
la fuerza, son el movimiento de una idea. 
Pueden contenerla, no estinguirla. Pero 
por lo mismo que es noble su conducta, 

Iue luchan por el bien general, convencí- 
as de que lo que desean es lo que convie- 
ne á la nación; aunque se equivoquen, aun- 
que sean vencidos, no pueden, no deben 
inspirar odio á los corazones bien nacidos. 

De aquí que el perdón sea para ellos un 
acto de justicia. 

Los vencedores, que, por serlo, tienen el 
privilegio de perdonar , pueden estar segu- 
ros de que los que han vivido en el des- 
tierro, de que los que han arrastrado la ca- 
dena del presidiario , sienten en su alma 
una inmensa gratitud. 

¿Cómo no han de sentirla si han hallado 
los brazos de una bendita madre, de una 
amada esposa, de hijos queridos, de una fa- 
milia, en fin, huérfana y triste en su ausen- 
cia, alegre y dichosa al verlos tornar? 

Hasta os habrán bendecido, ¡yo lo creo! 
pero, ¿tendréis razón para calificarlos de 
ingratos si algún día tornan al campo a 
luchar con vosotros? 

No, si sois justos : dadles lo que piden, 
lo que necesitan; dadles la historia , la tra- 
dición, las costumbres; respetad el derecho 
en que han nacido, la religión en que se ha 



formado su alma ; dadles en los campos y 
en las ciudades la seguridad; garantizad sus 
derechos; hacedlos verdaderamente iguales 
ante la ley; no los separéis de sus tareas; no 
encendáis la discordia en sus familias, para 
que por medio de ilusorios votos justifi- 
quen lo que la hipocresía de vuestro siste- 
ma requiere ; en una palabra : dadles el 
bienestar que anhelan, pero tal y como ellos 
lo quieren , y no temáis que os disputen lo 
que hoy suponen que el liberalismo y sus 
hombres les han usurpado. 

Pero esto no lo haréis , y fomentando la 
desesperación , natural será que algún dia 
volváis á hallarla en vuestro camino. 



No será , sin embargo, tan pronto como 
suponen las noticias de los periódicos mi- 
nisteriales y las correspondencias de la 
frontera. Podéis tranquilizar al agitado se- 
ñor Olózaga , que disfrute dulcemente 
de su embajada mientras se disputan la 
presidencia del Congreso las dos tenden- 
cias que luchan en vuestro propio seno. 

Nosotras no conocemos los secretos de 
los carlistas; pero tenemos bastante pene- 
tración para conocer que el peligro que 
amenaza á los que hoy dominan la situa- 
ción, por lo menos el mas inmediato, no es 
una sublevación de nuestros amigos.^ 

Confieso que si me fuera permitido ser 
política, me asustaría lo que encanta á los 
situacioneros. 

—Pues ;qué es lo que les encanta y asus- 
ta á nuestra cronista? preguntareis. 

—Leed los periódicos, y sabréis por ellos 
que existe un pacto cnlrc el gobierno y los 
republicanos. Estos son los que con mas 
entusiasmo saludan á D. Amadeo de Sa- 
boya en su viaje; para que obren con esa 
generosidad, para que festejen á la monar- 
quía ellos que la detestan, algo han debido 
ofrecerles, algo esperan. Yo bien sé que un 
ministro puede ofrecer una cosa y ser re- 
emplazado por otro al acercarse el momen- 
to de cumplirla. Yo bien sé que la intriga 
tiene mucho talento; pero también se que 
no hay intriga sin desenlace, y que los des- 
enlaces de las intrigas políticas son san- 
grientos. Buscad al león, y adormecedle; 
cuando despierte, volverá á ser león. 

Con esto, con los trabajos de zapa de los 
conservadores dinásticos, que ahora tienen 
un nuevo periódico, que los califica perfec- 
tamente, El Argos; con las tendencias de 
muchos moderados á aceptar lo existente 
antes que la ali-.nza del que, en su concep- 
to, arrojó del Trono á la infanta dona Isa- 
bel; con los planes de los que desean aca- 
bar con esto y traer al pobre niño al lado 
de su tío, que ha jurado la Constitución 
de 1869, le sobra al gobierno y á sus ami- 
gos para vivir en la mayor zozobra, sin 
pensar en nosotros. 



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"^ 



- 192- 



Pero noto que mi revista tiene sus hu- 
mos de artículo de fondo de periódico 
serio. 

Perdonadme, mis buenas lectoras; pero 
como vivimos sobre un volcan, como no 
hay m;is que_ política en todas partes, la 
epidemia me invade. 

¡Maldita política!. 

Cuando pienso que si vive es por obra y 
gracia de los hombres de talento que quie- 
ren hacerse ricos sin trabajar... 

Pero doblemos la hoja. 



¡Imposible! para eso tendría que prescin- 
dir de hablaros de la gran pérdida que aca- 
ba de sufrir una familia digna por todos 
conceptos de estimación. 

Ya habréis sabido la muerte de González 
Brabo... Pero ¡cómo ha muerto! Horroriza 
pensarlo. 

Después de una vida tempestuosa, sin 
quejarse nunca, siempre firme, siempre lu- 
chando, el vendaval revolucionario le llevó 
á Biarritz. 

Allí ha pasado tres años tranquilo, silen- 
cioso; allí ha meditado , allí ha llorado por 
la patria, allí comprendió al finque solo 
borrando las huellas de la revolución po- 
día salvarse España; y reconociendo á don 
Carlos, fue el mas activo destructor de los 
obstáculos que se oponen á su triunfo. 

Pues bien: el dia l.° del actual se sentía 
incómodo; el calor le sofocaba. En su mo- 
desta casa habia reunidos algunos amigos: 
su esposa y su hija conversabjn tranquila- 
mente con sus contertulios. 

González Brabo sale á respirar las brisas 
del mar; su amigo Berriz le acompaña. A 
los pocos pasos de su casa encuentran al 
barón de la Torre, que ¡ha en su carruaje. 
Suben al coche, parten, y á los pocos minu- 
tos dice González Brabo aflojándose la cor- 
bata: 

— ¡Me ahogo...! ¡Me muero...! ¡Mi hija! 
¡Dios mió, perdonadme! 

Y espira en brazos de sus amigos, quizás 
en el momento en que su familia esperaba 
verle tornar aliviado. 

¡Dios mió! Respetamos tus altos designios; 
pero déjanos implorar tu piedad para la 
infortunada familia del hombre que ha 
llenado con su genio cuarenta años de la 
historia de España. 



El telégrafo,_que es un gran embustero á 
veces, anunció que doña Margarita y su 
augusto esposo estaban en Paris vi -¡lados 
por la policía francesa. 

No es verdad. 

Lo que habrá sucedido es que el Sr. 016- 
zaga se habrá figurado que los ha visto, y 
ha telegrafiado enseguida. 

Ni D. Carlos ni doña Margarita han aban- 
donado el Bocagc. 



i: 



Allí hará diez ó doce dias ha recibido la 
ilustre Duquesa de Madrid el Relicario que 
i.i señora condesa del Prado y las suscrito- 
ras de nuestro Álbum han elevado á sus 
augustas manos como un homenage de res- 
peto, cariño y lealtad. 

Precisamente cuando yo os anunciaba 
que no habia sido posible enviar el Relica- 
rio, la señora condesa hallaba una ocasión 
propicia, y la aprovechó. 

Terminado el grabado del diseño de esta 
modesta joya, creemos poder ofrecerlo con 
el número próximo. 

* 

Concluyamos hoy enviando nuestras mas 
sinceras felicitaciones 5 S. A. doña Blanca, 
que ha cumplido tres años el jueves último, 
y á S. A. D. Alfonso, que el martes 12 ce- 
lebrará el aniversario de su nacimiento. 

* 
* * 

Una noticia para concluir: con el último 
número de este mes recibirán los señores 
suscritores el retrato de D. Carlos, del mis- 
mo tamaño que el que regalamos de su au- 
gusta esposa. 

Esp»ranza. 



MARGA RITAS. 



Cual pierde el Iris luz y colores, 
Cual p« dophnce la feble espuma. 
Como el arbusto pierde Un florea 

Y el blando arnranque le perfnmi, 
Asi del alma que sueña un cielo 
Pns r t el encanto do su ilusión, 

Se desvanece su ardiente anhelo, 

Y una luz sola mira en el suelo, 
Luz que esdivina: \}\ tUUfftoni 

(Patrocinio db Bibdma.) 

**• 

La vanidad hace íí los hombres despre- 
ciables: la escesiva humildad les hace sos- 
pechosos. 

* * 
El medio mas seguro de agradar á los 
demás es no complacerse uno á sí mismo. 

#*# 

La amistad, si es verdadera, es el afecto 
que gasta menos el corazón. 

* 

Hay mujeres que pasan por la vida como 
las brisas déla primavera, vivificando cuan- 
to encuentran al paso. 

*** 
Sucede muchas veces que el mejor ami- 
go del hombre es la mujer. 

(Salvador María de Fábrkgues.', 

MADRID, 1871. — Imprenta de I.tt Eiperama , i 
I cargo ile D. A. l'orez Duhrull, Peí, 6. 



-yj 



H 




ÁLBUM DE US SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



AÑO I. 



17 SETIEMBRE 1871. 



NÚM. 25. 



SUMARIO.- Política vkubxina: Hablemos 
claro, por Joan de Luz.— La vida moderna, por 
Carolina J'.-Brlt.eza* pb la rilioio* : Ora- 
don, por D. A. de Valbueoa.— Cüauum vivo* po- 

Y 60C1ALBH: El Ama de hilé-; ■ 
D. Joiio Nombela.— Bl An c I). Julio 

Alar con.— Ecos de Madrid , por E*q ornnza. 



política femenina. 

HAJ1LEMOS CLARO. 

Si nuestros enemigos conocieran á 
fondo nuestras aspiraciones, nodiriau, 
como dicen, que la lógica nos rechaza, 
que somos un anacronismo, que solo 
por efecto del galvanismo podemos 
agitarnos, y otras lindezas por el es- 
tilo. 

Claro es que si quisiéramos vivir 
enlS71 como vivían nuestros abuelos 
en 1788, aspiraríamos á lo imposible. 

Los pueblos, como los individuos, 
tienen períodos y condiciones especia- 
les. Desear hoy aquellas calles mal 
empedradas ó llenas de ruinas, aque- 
lla suciedad que, recogiéndose en los 
portales do las casas, hacia de cada 
puerta un muladar ; pretender resuci- 
tar muchas de las costumbres que 



existían, y vivir sin mas emociones 
que Ins que proporcionaba la Gaceta 
contando un suceso acaecido dos ó tres 
meses antes , seria un absurdo. 

Los que tal desearan, estarían en el 
caso del sabio que quisiera volverse 
ignorante, del hombre que anhelara 
tornarse niño. 

No, y mil veces no: nosotros que- 
remos la fe de aquellos tiempos con 
las comodidades de estos, y, la verdad, 
algo mns de lo que tenemos , y que no 
pueden darnos los discípulos del libe- 
ralismo , porque sin paz y sin orden 
no puede venir, y el orden y la paz 
están reñidos con ellos. 

{Habéis visitado las provincias Vas- 
congadas? ¿Habéis oído referir sus im- 
presiones á los que han vivido en ellas? 
Pues en caso afirmativo admirareis se- 
guramente & sus celosos administrado- 
res , que, mirando con mayor atención 
los intereses de la provincia que los 
suyos propios , las han dotado de 
cuantos beneficios puede reportar á la 
sociedad y al individuo una bien en- 
tendida administración. 

Los caminos , algunos de ellos tra- 



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zados al pie de las montañas y al bor- 
de de los precipicios, están tan limpios 
y bien cuidados como los jardines y 
parques de Londres y Berlín; las ca- 
lles de los pueblos son tacitas de pla- 
ta, el ornato do los edificios encanta, y 
seduce la blancura de los desparrama- 
dos caseríos que aparecen entre el ver- 
de follaje de las encinas y los manzanos. 

En aquellas provincias nada queda 
que bacer á la caridad ; los mercados 
son modelos; el agiotaje es imposible; 
no puede haber acaparadores , porque 
la administración sale á su encuentro, 
y enfrente de la codicia coloca la equi- 
dad ; en una palabra , ningún progreso 
útil, ningún adelanto falta allí. La 
propiedad bien repartida, la moralidad 
bien desarrollada, la educación católi- 
ca bien estendida, hacen que el viajero 
pueda cruzar los caminos y las sendas 
solo, sin armas, y cargado de dinero, 
si es preciso, sin que halle quien le 
acecha Si encuentra algún aldeano, le 
verá quitarse la boina , saludarle con 
un respetuoso "Dios guarde á V.,» y 
prestarle solícito cuantos servicios 
pueda necesitar. 

Pues bien : esta suma de ventajas 
la debe al cordón sanitario de sus fue- 
ros , usos y buenas costumbres : sus 
adelantos los debe al espíritu católico, 
que, arraigando la moralidad en sus 
administradores, les inspira el deseo 
de hacer el bien á sus paisanos , con- 
tentándose con la gloria de haberlo 
hecho. 

No en vano los llaman Padres de 
provincia ; padres son , y sus adminis- 
trados tienen que ser por fuerza , y lo 
son, hijos agradecidos. 

Pues bien : nosotros , que sabemos 
que el mundo marcha y marchamos 
con él , al avanzar queremos llegar al 
verdadero progreso ; queremos , sin 
apartarnos del destino que nos ha mar- 
cado la Providencia, llegar al mayor 
grado de civilización , porque la civi- 
lización, que sirve para comprender 
mas y mas al Creador de todo, eleva á 
la criatura y la lleva á Ja perfectibili- 
dad que mas agrada al Todopoderoso. 



_ 194- 

No rechazamos, pues, las luces de la 
fe y del progreso; lo que queremos es- 
tinguir es el fuego de las pasiones, que 
abrasa á la sociedad revolucionaria y 
atrae á los incautos, como las hogueras 
al niño, para fascinarlos primero y 
consumirlos después. 

Para que todos los progresos de la 
inteligencia sean verdaderamente úti- 
les , lo primero que hay que hacer es 
examinarlos, organizarlos , clasificar- 
los y prodigarlos con orden y medida. 
El joven que abre hoy los ojos de su 
alma 'ante lo que se llama sociedad 
moderna, se halla en el mismo caso del 
viajero que llega á uua populosa ciu- 
dad obligado á visitarla en veinticua- 
tro horas. 

Todo lo que ve le fascina, le admi- 
ra; pero es tanto, que se confunde su 
inteligencia, se turba su memoria, y no 
consigue mas que una fuerte escitacion 
nerviosa, un cansancio mortal , un in- 
útil esfuerzo de todas sus potencias. 

Dadle tiempo ; que pueda examinar- 
lo todo en detalle, que pueda estable- 
cer relación entre lo que ve, que apre- 
cie luego el conjunto, y su observación 
será provechosa. Verá lo bueno y lo 
malo, y en la pequeña escala do la in- 
dividualidad imitará lo que crea mas 
útil para el bien. 

Si por efecto de la fuerza de la lógi- 
ca, ó de la lógica de la fuerza, triunfa- 
sen en la nación nuestras aspiraciones, 
y aceptásemos á España tul cual es, 
aunque á beneficio de inventario, segu- 
ramente nos veríamos apurados. 

¿Cómo elegir de pronto, sin riesgo 
de cometer alguna injusticia, ó de de- 
jar el germen de algún mal? 

Partiendo del principio de que los 
legitimistas españoles aceptan el dere- 
cho consuetudinario, y anhelan la ma- 
yor suma de progresos legítimos, natu- 
ral es que nuestros pensadores hayan 
practicado ya el difícil trabajo de es- 
coger lo bueno, de desechar lo malo, y 
de crear lo que falte en cierto orden 
de ideas, en cierta esfera elevada. 

Pero aquí para entre nosotros, mis 
buenas lectoras, los hombres serios, los 



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195 - 



ch 



hombres sabios, los estadistas, en una 
(«labra, dejan pasar desapercibidas mu- 
chas cosas pequeñas que no están á su 
Icance, como no lo está el enano al 
leí gigante. 

Preguntad , por ejemplo, á los filó- 
sofos y á los publicistas: 

— ¿Qué opinan Vds. de las diversio- 
nes de los pueblos, de los espectáculos 
públicos, de las espansioues de la so- 
ciedad? 

Casi todos responderán que no te- 
niendo tiempo pura divertirse, no se 
han preocupado del asunto. 

Esto equivale á un padre que. por 
estar muy atareado en labrar la fortu- 
na de sus Lijos, confiase la dirección do 
sus juegos y de sus distracciones á los 
lacayos. 

Sucede esto , pero no debe suceder; 
y cuando se practica, las consecuencias 
son dolorosas : el trabajo del padre lo 
destruye el hijo abandonado. 

Yo creo, en vista de estas observa- 
ciones, que vosotras, mas bellas cuan- 
to menos serias sois, y bellísimas cuan- 
do aois buenas , debéis ayudar á los 
filósofos y estadistas dándoles ciertos 
trabajos hechos , que serán mas útiles 
para la sociedad, creedlo sin modestia, 
que muchas de sus tareas abstractas y 
trascendentales. 

Si lo permitís , consagraremos unos 
cuantos artículos á estudiar la influen- 
cia que deben tener en los pueblos las 
diversiones públicas; y con mis notas 
y las observaciones que me inspiréis, 
podremos acaso fijar ia atención de es- 
critores mas graves, y ayudarles á ven- 
cer no pocas dificultades. 

Ademas, conseguiremos que nues- 
tros enemigos vean que, sin apartarnos 
del Evangelio, sabemos dar d Dios lo 
que es de Dios , y al César lo que es 
del Cesar. 

Jl'AJf de Luz. 



cia, con la que menos puedo transigir, 
es el afiin en los hombres de ser hues- 
pedes en su casa. 

Esto es enteramente propio de los 
franceses en general, y ahora, aunque 
algo exagerado, va siéndolo de España. 

Figuraos, amables lectoras mias, un 
hombre que sale á negocios á las diez 
de la mañana, y á las once y media ya 
le tenéis metido en Levante ú otro 
cualquiera de los cafés de la Puerta 
del Sol. 

Va á almorzar, y, por parco que sea, 
y advertid que uo puede siempre serlo, 
porque unas veces tiene que convidar 
X alguno, otras se ve obligado á apa- 
rentar delante de quien le mira , y por 
este estilo aducirá muchas razones para 
gastar mas de lo regular. Por muy piu- 
co que sea, decia, tiene por lo menos 
que gastar catorce reales , y no creáis 
que ' xagero ; mirad de propósito una 
do las muchas untáis que conservo do 
un amigo de quien tendré ocasión de 
hablaros alguna otra vez, y que almuer- 
za modestamente , como él dice , todos 
los dias en el café Europeo: 

tortilla de yerbas :¡ .',U 

Un beefiuaek ■ 

Media botella de vino 2 

Postres 2 

Cale 1 ? >" 

Copita de cognac 2 



LA VIDA MODERNA. 

I. 

Una de las cosas que el sexo fuerte 
de nuestro pais ha importado de Fran- 



jo 

Como veis por la cuenta anterior, 
no se estiende mucho que digamos, y, 
sin embargo, ¡cuántas cosas buenas po- 
dría hacer una mujer hacendosa y ar- 
reglada si contara cun esos diez y seis 
reales mas todos los dias! 

Pero volvamos á nuestro hombre de 
negocios. 

Después de haber almorzado en uno 
de esos cafés, donde pasa dos horas ó 
dos y media, va en busca de los dichos 
negocios ; pero no creáis que anda 
mucho. 

Todos los cafés que hay en el centro 
de Madrid , y en especial el de Fran- 
cia, situado en el Pasaje de Matheu 
(el único en el que se negocia hasta en 
los dias festivos), la Bolsa y la Union 



^: 



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— 196 — 



Mercantil : hé aquí todos los sitios por 
donde anda rondando hasta los seis de 
la tarde , que es hora de comer ; pero 
como está lejos de su casa y á las siete 
tiene una cita para un negocio urgente 
en el café del Siglo, le es imposible ir 
hasta allá, y aprovecha la mesa redon- 
da del café de Francia, de la Perla, ú 
otra cualquiera , en la cual permanece 
con algún otro hombre de negocios 
como ¿1, á quien ha encontrado por 
casualidad , hasta las ocho , que va á 
tomar café á Fornos, para desde allí, 
en compañía de algunos amigos, hom- 
bres de negocios también , dirigirse al 
Circo de Ri vas ó de Price, y á la salida 
del teatro, tomando alguna cosa , 6 sin 
tomar nada , da un vistazo por los ca- 
fés, mas concurridos á esa hora que á 
ninguna otra del dia ó de la noche , y 
se dirige á su casa á las dos de la ma- 
ñana. 

Esta vida se repite todos los dias, 
con muy raras escepciones. 

¿Qué os parece que podrá hacer la 
familia de este hombre de negocios? 
¿Qué educación recibirán los hijos de 
este padre, que apenas los ve, y que 
generalmente, cuando esto sucede, se 
halla de mal humor, por una causa ó 
por otra, haciéndoles á ellos pagar cul- 
pas ajenas? ¿Qué podrá pensar de su 
marido una mujer que se halla com- 
pletamente abandonada , que cada vez 
que le ve tiene que sufrir una campa- 
ña por motivos fútiles, y que mientras 
él gasta tres ó cuatro duros diarios, 
que no sabe de dónde los saca, la deja 
completamente olvidada , y mira con 
estremada indiferencia los apuros en 
que se ve para salir adelante? 

¿No creéis , como yo , que la vida 
moderna, esa triste entre todas las 
tristes importaciones del estranjero, es 
la que va destruyendo casi por com- 
pleto, al menos en Madrid, aquella otra 
vida dulce y familiar, que hacia que el 
hombre no encontrara goces fuera de 
su casa, y que todos los placeres del 
mundo los trocara por una caricia de 
sus hijos y por el casto beso de una 
mujer amada? 



Pues si como yo pensáis que esta 
vida desordenada viene á destruir en 
nuestros maridos todos los sentimien- 
tos elevados que tanto han hecho bri- 
llar en la historia el glorioso nombre 
español, tenemos que estudiar un me- 
dio de impedir que esa carcoma siga 
corroyendo los cimientos de la felici- 
dad doméstica; es necesario hallar un 
arma con que combatir ventajosamen- 
te á ese enemigo terrible , y doble- 
mente terrible porque, no solo nos ata- 
ca á nosotras , sino á nuestros hijos, 
esos pedazos de nuestras entrañas, que 
nos son tan caros, y cuya felicidad de- 
seamos á toda costa. 

Estamos obligadas á ello ; si á nos- 
otras por fortuna no nos toca, muchas 
de nuestras amigas, gran parte de 
nuestras semejantes , se hallan en ese 
caso. 

En otro artículo diré los medios que 
á mi parecer podríamos poner en prác- 
tica para llevar á cabo esa buena obra, 
mientras se realiza lo que con tanto 
afán deseamos. 

Entre tanto, os saluda con el afecto 
que siempre profesa á sus simpáticas 
lectoras, 

Carolina P. 



BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



OBAOION 



LA VXRaBH. 



(Para el álbum ir ana niña.) 

En tus manos, Virgen pura, 
Pootr.» yo mi corazón ; 
Te llamo vida y dulzura, 

Y me tengo por segura 
Rn tu santa protección. 

si abran pesar ¡nelemento 
Me agita, dnme paciencia; 

Y de amor la llama ardiente 
No enturbie nunca en mi frente 
i:i brillo do la inocencia. 

Mi debilidad protege, 

Y alumbra mi juventud : 
Nunca de tu amor me aleje: 
Nunca permitas que deje 
La senda de la virtud. 

Yo te invoco CBda dia; 
No te olvides Tú de mí : 

Y en la postrera agonía 
Ven a darme. Madre mía, 
La paz que espero de ti. 



^ 



■ 

Y pueda, deshecho el Uso 
De cala existencia Ilusoria, 
Volar á darto nn abrazo, 
Y 4 dormir en tu regazo 
Da sueno eterno de gloria. 

A. br Valbübx». 
Pedros» (León) setiembre de 18T1. 



^ 



CUADROS VIVOS POLÍTICOS 

T SOCIALES. 



El Ama 



de huespedes. 

Madrid tiene para los forasteros, para los 
pretendientes, para Jos estudiantes, y sobre 
todo para los solterones, algo que' no se 
encuentra en las demás ciudades del cs- 
tranjero; algo que sirve para reemplazar á 
la familia; que, si no ofrece todos sus co- 
ces, brinda con gran parte de sus atrac- 
tivos. 

Este algo es un tipo; este tipo es el ama 
de huéspedes á la antigua. 

Y digo á la antigua , porque hoy tene- 
mos al ama de huespedes moderna, tipo 
peligroso que puede verse á todas horas en 
el balcón , representado por una joven 
agraciada, vestida con lujo, y que asi como 
el papel sujeto á los hierros dice: «Aquí 
falta uno,» ella dice: «Aquí hay alguien de 
mas.» 

Hablo de esa buena señora que ofrece 
en el Diario de Avisos habitaciones con 
sol, que llevaba ocho reales, y hoy lleva 
doce con principio; buena mujer, de cua- 
renta á cincuenta, viuda ó soltera, pero con 
todas las condiciones de la madre de fami- 
lia, y sin ninguno de sus goces, porque la 
mayor parte de sus huespedes son cuer- 
vos, que lesacan, si no los oíos, el dinero 

Figúrese el lector que acaba de llegar á 
Madrid, y que, deseando economizar, bus- 
ca para vivir una casa de huéspedes. 

Recorre algunas calles , ve en un balcón 
un papel en los hierro- de la izquierda, 
sube á la casa, y llama. 

Una criada con el pelo de la dehesa toda- 
vía, la saya corta y el cabello de cerda, 
pero muy reluciente por el efecto de la gra- 
sa, salea abrir. 

— ¿Qué se le ofrece á V.? pregunta. 

— ¿Es aquí casa de huéspedes.' 

— Si, señor. 

—.Está el ama? 

—Sí, señor. 

— ;Se la puede ver? 

-Pase V. 

Y le conduce & una especie de comedor, 
en el que está una señora de cuarenta á cin- 
cuenta, bastante gruesa y de rostro bonda- 
doso, sentada en una silla, con un perrito 
de aguas en la falda. 

El perro ¡adra ; nada mas natural. 
—Calla, Lindoro , dico con voz meliflua 
la patrona. 



— 197 — 

— Señora : un caballero quiere hablar 
con V. , sobre un cuarto , añade la Mari- 
tornes. 

— Sírvase V. pasar adelante. 

— Buenos dias, señora. 

—Tome V. asiento. 

— Tantas gracias. 

— Cúbrase V. 

— No se moleste V., señora. 

— ;En qué puedo servir á V.? 

— Usted_ admite huéspedes, ¿no es verdad? 

— Sí, señor; precisamente tengo ahora un 
cuarto libre, y le aseguro á V. que mi casa 
es una délas mejores, no porque vo lo diga; 
pero he tenido muchos hijos de familia , y 
puedo enseñar á V. cartas de sus padres 
dándome las gracias por el cuidado v el es- 
mero con que los he tratado. ¡ Asi es que 
hacen unas ausencias de mí...! Mis huéspe- 
des son hijos míos , porque yo no soy de 
esas que escatiman dos cuartos de aceite, 
que ponen todos los dias el mismo postre... 
No, señor; gracias á Dios, he recibido muy 
buena educación de mis padres ; porque, 
aquí donde V. me ve, pertenezco á una fa- 
milia distinguida. Mi padre perdió su for- 
tuna en las minas, y la casa vino á menos. 
Yo me casé: mi marido era brigadier; pero 
una pelindrusca le levantó de cascos, y me 
dejó abandonada; y aunque no me faltaron 
ocasiones de tomar la revancha, ¡ya se ve! 
educada en tan buenos principios , he pre- 
ferido ganarme la vida a andar por ahí he- 
cha una cualquiera. Así, pues, sin alabar- 
me, no encontrará V. otra mas á propósito 
que vo. 

— No lo dudo, señora; pero yo descaria 
una habitación modesta. 

— Precisamente tengo dos cuartos inte- 
riores que se han desocupado ayer; y no 
crea V. que por ser interiores son malos. 
El último que ha estado en uno de ellos 
era un canónigo de la catedral de Sevilla. 
Ya sabe V. que los canónigos se dan muy 
buena vida, aunque es verdad que ahora 
andan, como quien dice, á la cuarta pregun- 
ta, por mor de la gloriosa. Pues bien:_al 
marcharse me dijo: «Crea V., doña Car- 
men, que no me olvidaré del trato que me 
ha dado V.» Venga V. á verle. 

El cuarto es una alcoba blanqueada, con 
una ventana alta que da al patio. 

En él hay, á lo sumo, un catre, un col- 
chón, una mesita de pino pintsda de encar- 
nado, un palanganero de hierro y un jarrón 
y una aljofaina de peltre. 

— No dirá V. que no es bonito. 

— Un poco triste me parece. 

— ¡Ci! No lo crea V.; está cerca de la co- 
cina, y la muchacha está siempre cantando. 

— Vamos; en ese caso, me figurare que 
estoy en un jardín y que vienen á verme 
los ruiseñores. ¿Y cuánto me llevará V.? 

— ,-Por supuesto que comerá V. en casa? 

— ¡Se entiende! 

— ;Por la mañana chocolate? 



rr 



— 198 - 



— Lo que V. quiera. 

— En mi casa es siempre el chocolate de 
ocho reales. No crea V. que lo tomo de 
cuatro ó cinco como en otras partes; le falta 
poco^para ser soconusco. ¿Comerá V. á la 
española? 

— Como V. guste. 

— En ese caso, al medio dia, sota, caba- 
llo y rey. ¿O quiere V. principio? Aunque 
mejor cuenta le tendrá á V. comer con los 
otros huéspedes. 

— Por supuesto. 

— De esa manera estará V. mas distraído. 
Uno cuenta una cosa, otro otra; se estable- 
ce cierta intimidad entre todos, y hoy por 
ti, mañana por mí... 

— Sí, si; yo soy muy sociable. 

— Por la noche un guisado y una ensala- 
da; lo que no quita para que si se le ocurre 
á V. pedir una taza de te... 

— Bien está. 

— En otras partes todo se toma en cuen- 
ta; pero yo no... 

— Veo que es V. una jova, doña Carmen. 
¿Y cuánto la he de dar á V. por eso? 

— Tenga V. presente que si se pone V. 
malo, le cuiJaré. 

— Procuraré no ponerme. 

— Si se le rompe á V. el gabán, si hay que 
pegar algún botón, eso lo hago yo todo. 

— Bien, bien; pero , ¿cuánto he de dar 
áV.? 

— Ya sabe V. rjue todo anda por las nubes. 

— ¡Ca! no, señora; yo he venido por el 
suelo. 

—Sí; pero el aceite, los garbanzos, la 
carne son renglones... Y ahora con los con- 
sumos... 

— Si, ya sé; pero óigame V.: ¿cuánto me 
va á llevar? 

—En fin, me dará V. 12 rs. diarios. 

Pero por 12 rs. doña Carmen ó cualquie- 
ra otra de las amas de huéspedes de su ín- 
dole se convierte para el forastero en una 
madre, en una hermana. 

Aunque la han oido Vds. ponderar su 
origen, preparar el efecto del precio de su 
hospedaje, y ha charlado por los codos, es 
una bendita de Dios. 

A los pocos días se establece entre ella y 
el huésped una verdadera intimidad que 
no traspasa las conveniencias. 

Si ha venido á pretender, calma su exas- 
peración refiriéndole ejemplos de otros 
muchos que han tardado dos ó tres años 
en desengañarse ; si estudia, le exhorta á 
aprovechar el tiempo ; le perdona las esca- 
padas á Capellanes; le espera muchas no- 
ches de Carnaval ; en una palabra, lo com- 
prende todo, lodisculpa todo;y si riñe & sus 
hijos, como ella los llama, es por su bien. 

Se me dirá que no todas son así, que no 
son pocas las que csplotan á sus huéspe- 
des...: es cierto; pero aun asi se asemeja 
mas su casa al hogar de la familia que el 
hotel garní de Paris y Londres. 



Ademas, estas llevan en el pecado la pe- 
nitencia; el egoismo,la codicia, no les deja 
vivir en la apacible calma de las que se pa- 
recen á la que he pintado antes. 

Yo he conocido algunas como doña Car- 
men; yo las he visto velar á la cabecera de 
sus huéspedes enfermos con la solicitud de 
una madre; yo las he visto hacer sacrificios 
de consideración para evitarles disgustos 
con sus familias; yo sé de algunas que han 
comprendido mejor que el mundo á sus 
huéspedes, cuando estos eran hombres de 
talento que luchaban con la indiferencia 
general, y los han ayudado á llegar á la 
realización de sus deseos. 

¡Cuántos poetas aplaudidos, cuántos po- 
líticos que han ocupado después elevadas 
posiciones, han debido el principio de su 
fortuna á sus patronas! 

Pero aun hay mas : casi todos las han ol- 
vidado al verse en el apogeo; casi todos 
hasta se han negado á recibirlas en sus pa- 
lacios, después de haberles debido el pan de 
la pobreza , y, á pesar de esta ingratitud, 
apenas se quejan esas pobres mujeres. 

Alo sumo , cuando oyen citar el nom- 
bre célebre del que fue huésped suyo , más 
como una satisfacción que se proporcionan 
que como un esceso de vanidad, esclaman: 

— ¡Yo le tuve en mi casa cuando no tenia 
sobre qué caerse muerto! ¡A mí me debe 
una gran parte de su suerte! 

Y continúan dando su casa y empleando 
sus ahorros con otros que á su vez harán lo 
mismo. 

Tal es el tipo del ama de huéspedes. 

Calumniada hasta ahora , me complazco 
en haberla presentado bajo el verdadero 
punto de vista que ocupa en la moderna so- 
ciedad. 

Julio Nomeei.a. 



< C-1-3-. 



EL ANIVEHS1BIO. 



Llegan los años, y pasin. 
Pasan, y llegan los días; 

Y la cadena de afectos 
Que las existencias lipa, 
Ni se sabe dónde empieza, 
Ni se V'' dónde termina. 

Hay épocas en el ano. 
Hay épocas en la vida. 
Que con lazos mas estrochos. 

Y con una unión mas Intima, 
Toños trazan suavemente 
Del caior <-.e la familia: 

Y en rededor de una mesa. 
Mientra» el presente olvidan, 
Recuerdan tiempos pasados, 
Recuerdan pasadas dichas, 

Y otros momentos iguales, 
Y' otras personas queridas. 

Y en tanto los años pasan, 

Y pasan con mucha prisa , 

Y !;t- personas de ayer 
Acuden hoyé la cita, 

Y en el salón del convite 
Vuelven á encontrarse unidas, 
Y' el aura en torno sonríe, 

Y alumbra el sol de la dicha. 



^; 



: ^ 



- lí)!l 



Másese Bol 'nn hermoso 
Qno nunca sin nieblas brilla, 

i"'Ua3 
yue ron su aroma nos brindan, 
lo dará en el ocaso 
la despedida, 
i -" 

Porque lio .lo llorar un abo, 
Porque ha de llegar un ilia 
En que eitlíodos" todus, 
ino fnl'e ít la .- | 
■' *iilan del oonvlta 
Hnbra una silla vacia...: 

Pero loüftn Vello es el camio 
Que nuestra esperanza mira! 
lorie noa senara, 
nova vida; 
Si ahni> nns de-unimos. 
No* uniremos arriba. 
Valor. pue«:y ni separarnos 
Con !i .' -n. 

Cllémonos para el cielo... 
iQuenmlin falte á la 

JOUO \nncox. 



ECOS DE MADRID. 

Se ha anticipado el otoño, y hace ya dias 
que apenas nos sonríe el sol. ¿Guisará esa 
continua niebla la tristeza de nuestra alma? 

Porque estamos tristes, muy tristes. 

Vemos llegar la primavera con sus her- 
mosos celajes, con sus verdes prados, con 
sus flores perfumadas, y no llena nuestra 
alma la alegría, porque nos falta algo. 

Llega el verano, y parece que sus dias 
largos, sus noches de luna, van á ofrecernos 
sublimes espectáculos... van á brindarnos, á 
cambio del martirio, la suprema ventura... 

Nuestra esperanza cae como las hojas en 
los primeros dias del otoño, y nuestra me- 
lancolía busca el invierno, porque en sus 
eternas noches la nieve y el frió reúne en el 
hogar á la familia; v allí, hablando al amor 
de la lumbre del pasado y el porvenir, vuel- 
ve á brotar de la fe, que nunca se cstinguc. 
la esperanza que ha de sonreír en la nueva 
primavera. 

Todavía nos quedan cuatro paredes y un 
poco de fuego para librarnos de la crudeza 
del tiempo. Pero ¿cómo evitar que hasta 
nuestro retiro alcancen los efectos de las 
pasiones que reinan y gobiernan en la so- 
ciedad? 

Los desterrados vuelven al hogar; los pri- 
sioneros ven abrirse las pucrtas_ de la cár- 
cel...; todo yace en suspenso; reina en nues- 
tra alma el silencio del sueño; pero bajo las 
cenizas está la chispa; el fuego no se apaga 
bajo la nieve; la fe late en los corazones. 

El anciano suspira esclamando: «]Yo no 
lo veré!> En cambio el joven piensa: «Mis 
fuerzas y mi entusiasmo se aumentan con la 
edad. Mañana seré mas útil que hoy.» 

Cuando el veterano cae en la fosa para 
dormir el sueño eterno, la triste viuda nace 
entre sollozos jurar S su hijo que morirá 
por defender la herencia que le ha legado 
el muerto. 



Igncro la voluntad de la Providencia; 
pero sé que nuestros sentimientos no muc 
ren jamás; son la imagen del tiempo: son- 
ríen en mayo, dan frutos en agosto, se en- 
tristecen en octubre, parecen muertos en 
enero; pero todos lósanos tornan á sonreír. 

Nuestra primavera puede formarse ins- 
tantáneamente al impulso de una palabra; 
en el reposo mismo somos mas felices que 
nuestros enemigos. 

Ellos creen... en el presupuesto. 

Nosotros creemos en Dios, y lo espera- 
mos todo de su justicia. 



— ¡Q .é triste está Esperanza! diréis. 

— Es cierto. 

— Pero ¿por qué? 

— ¡Si me fuera dado desahogar mis penas, 
abrir m¡ corazón...! 

— jY por que no....' 
HMP es bien : siendo yo únicamente res- 
Ponsablede mis ideas y de mis palabras, os 
confesaré que hay momentos en los que se 
apodera de mi alma la mas profunda indig- 
nación. Si oyerais hablar á los políticos Je 
todos los partidos; si percibierais lo que 
pasa en ese palenque de la ambición huma- 
na que se llama política... Oid á los pro 
S resistas... aduladores de la dinastía que 
an exaltado al Trono, apurar el lenguaje 
figurado para ponderar un entusiasmo que, 
si fuera cierto, se prestaría á tristísimas 
consideraciones. Pero esos miamos hom- 
bres elevan 6 deprimen al jefe que han 
nombrado según le ven dispuesto á echarse 
en sus brazos ó á buscar el apoyo de los 
conservadores. 

— D. Amadeo va á Logroño á ver al du- 
que de la Victoria , porque se propone re- 
organizar el antiguo partido progresista, 
dice uro. 

To.i'os le elogian, y huyen de los demó- 
cratas. 

— Para octubre habrá un ministerio de 
fuerza. Serrano tendrá la presidencia , Ca- 
ballero de Rodas entrará en Guerra , Tope- 
te en Marina ; Cánovas y Rios y Rosas for- 
marán parte de él. 

— ¡Al fin, Rey! esclaman los progresistas: 
todavía no se ha criado á un cuervo, que no 
saque los ojos. 

Y entonces se oye decir : «Ruiz Zorrilla 
y los suyos se harán republicanos.» 

Y los republicanos, ante la idea de llevar- 
se al partido progresista , aceptan sus pro- 

v les dan en cambio saludos y víto- 
res para la monarquía viajera. 

Unid á este desbarajuste, á este estado de 
perturbación moral, el egoísmo, el utilita- 
rismo que se ha apoderado de todos, y 
comprendereis por qué unos cuantos jue- 
gan con la nación, y por qué no hay mas re- 
medio á nuestra enfermedad que un terri- 
ble sacudimiento. 

El escándalo impera. 






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¿No habéis leido en algunos periódicos la 
noticia de que un eclesiástico, después de 
renunciar ala Religión católica, ha con- 
traído matrimonio? 

Pues de esto se ha hablado en todas par- 
tes, y muchos diarios liberales han sentido 
la satisfacción de un inmenso goce. 

¿No habéis sabido lo que ha pasado en la 
cárcel del Saladero, donde, según de públi- 
co se dice, se inventaban las estafas mas in- 
geniosas, y los presos, con su producto, 
entretenían sus ocios, teniendo una verda- 
dera banca, que ha sido sorprendida por la 
autoridad.' 

¿No os habéis enterado de la vergüenza 
que ha tenido que soportar el famoso repu- 
blicano francés Julio Favre, teniendo que 
confesar, él, severo moralista en público, 
que ha sido adúltero durante quince años, 
i que ha tenido que recurrir á penables^ 
alsincaciones para dar á sus hijos 1¡B~ 
limidad que no tenían ? 

¿Y no habéis sabido, por último, que, 
después de esta confesión que el Código de 
todos los pueblos pena con la cadena de 
presidiario, el ex-minístro ha sido absuelto, 
y su acusador condenado? 

Esta perturbación, esta inmoralidad, este 
caos que corroe las entrañas déla sociedad, 
es bastante para entristecer á cuantos, por 
vivir en el incendio, podemos perecer abra- 
sados. 

Sí, mis buenas lectoras; estoy triste, muy 
triste, porque tarda el momento de la re- 
generación. 

¡Qué inmensa gloria podía alcanzar Es- 
paña ! 

Aquí, donde no penetróla chispa protes- 
tante cuando incendiaba á Alemania y 5 
Francia; aquí, donde el espíritu católico fue 
siempre heroico y vencedor, y hoy, bien 
guiado, triunfaría de todos los obstáculos; 
aquí, donde el apartamiento en que esta- 
mos de Europa nos favorece tanto; aquí 
podía empezar la reacción saludable; aquí 
podía conservarse para el mundo, como se 
conservó en Covadonga para España, la san- 
ta bandera del cristianismo, en tanto que 
en el corazón de Europa riñen la inevitable 
batalla el socialismo y la propiedad , el 
ateísmo y la fe. 

| Ah, mis buenas lectoras 1 Figuraos que 
España, legítimamente gobernada, devuelta 
al catolicismo , y llamando á su seno á to- 
dos los elementos sanos de Europa, pudiera 
con su impulso levantarse sobre las ruinas 
de las naciones ateas, y contribuir á restau- 
rar en ellas las venerandas instituciones des- 
truidas por la revolución. ¡Qué inmensa 
gloria 1 

Y nada mas factible. La España católica, 
que soporta indiferente las comedías que 
representan sus enemigos, estimulada por 
una gran idea, guiada por un gran príncipe, 
se levantaría , impulsada por un solo la- 
tido... 



- 200 — 

Perdonadme estas digresiones : os he to- 
mado tal cariño , que cuando escribo para 
vosotras pienso alto, y traspaso los limites 
que me están marcados. 
A pesar de todo, yo tengo fe, yo creo, yo 
pero... ¡Ah, sí! la voluntad de Dioses 



espero... \i 
siempre justa. 

El ilustrado y virtuoso eclesiástico don 
Vicente de Manterola , á quien con tanta 
saña observan , ó , mejor dicho , pretenden 
observar los corresponsales de los periódi- 
cos, ha dirigido á algunos un comunicado, 
desde Ginebra, desmintiendo cuantas noti- 
cias han publicado, y recordándoles ciertos 
deberes de caballerosidad. 

Mientras suponían en la frontera al señor 
Manterola , convertido en un conspirador 
formidable, se hallaba en Ginebra restable- 
ciéndose de una penosa enfermedad, y con- 
sagrando sus ocios á trabajos científicos, 
"políticos y literarios que muy en breve em- 
pezarán á ver la luz. 

Todas las noticias que los diarios libera- 
les dan de nuestros asuntos, son por el mis- 
mo estilo. . _ 

Pero somos su remordimiento, y no es 
estrnño se preocupen tanto de nosotros. 

.*. 

Con este número reciben nuestras sus- 
critoras un facsímile, grabado en madera, 
del Relicario que hemos ofrecido en.su 
nombre á Doña Margarita. 

La historia de la reliquia ya la sabéis; re- 
galada al ilustre conde del Prado por el 
Papa Gregorio XVI, su hija la señora con- 
desa ha querido ofrecerla á la augusta prin- 
cesa. 

El Relicario es de plata cincelada, y por 
su forma se asemeja al que en la Capilla 
real de Madrid servia para guardar uno de 
los clavos auténticos de la crucifixión del 
Señor. 

Doña Margarita ha agradecido en estre- 
mo vuestro obsequio, que, bendecido, ocu- 
pa ya un lugar preferente en la capilla del 
Bocage. 

*** 
Con el número próximo se repartirá un 

retrato en litografía de D. Carlos. Está co- 
piado de una fotografía muy reciente, y es 
de gran parecido. 

Os lo regala la empresa de este Álbum 
como una muestra de gratitud por el 
ció que la demostráis. El regalo del próxi- 
mo trimestre es un grupo, en el que apare- 
cen SS. AA. D. Jaime y Doña Blanca ju- 
gando con un hermoso perro de Terrano- 
va, que estiman mucho los Duques de Ma- 
drid. El grabado ha sido hecho por París, y 
estoy segura de que os agradará. 

Esperanza. 

MADRID, 1871. — Imprenta de LaBtptnmsa, »• 
cargo de D. A. l'erez Dubrull, Pez, 6. 









^ 



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S\ 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



AÑO I. 



24 SETIEMBRE 1871. 



NUM. 26. 



BUM ARIO- —Política jhuen:.xa: i 
pesiad rfeverano. por Juan iln Luz.— i 

■olALH--: El Muíriii 
despunto* «le vistn, jht U. 
Rueda do li« Pon un 

mi fin. — ¡J¿, ja. Ja! (fo«Mttt) ( por U. Julio Alnreou. 
—Eco» «le Maürul , ¡ u— Margaritas. 



POLÍTICA femenina. 



UNA TEMPESTAD PE VERANO. 

Debía en este número continuar la 
serie de artículos que os he prometido, 
mis queridas lectoras, para estudiar 
con vuestra ayuda la cuestión impor- 
tante de los espectáculos públicos. 

Pero hablaros en estos momentos de 
diversiones, me ganaría la nota de in- 
oportuno. 

Días atrás recordaba un amigo mió, 
de esos que para todo tienen su cuento 
preparado, lo que acaeció en las Cortes 
de Cádiz cuando Angulema bombar- 
deaba la ciudad. 

Hallábanse reunidos los diputados 
esperando de un momento á otro que 
una granada ó una bomba convirtiese 
en escombros el edificio, y en aquellos 



instantes críticos se le ocurrió á un pa- 
dre de la patria presentar y apoyar una 
proposición pidiendo que se prohibiese 
á los maestros de escuela emplear los 
azotes para castigar á los niños. 

Sus deseos eran angelicales ; pero 
hablar de azotes cuando las bombas 
encendidas cruzaban el espacio, indi- 
caba un candor del que me acusaríais 
si yo estudiase con vosotras el mejor 
medio de utilizar las manifestaciones 
del nrte en los espectáculos públicos 
para moralizar la familia, cuando des- 
de hace días vivís á una temperatura 
de 40 grados y oís conversaciones en 
las que las palabras se asemejan al 
hierro que la fragua enrojece. 

Inútil es disimular. 

Todos hemos sufrido un fuerte sa- 
cudimiento ; todos nos hemos ofuscado; 
la liebre se ha apoderado de nosotros, 
y en medio de esta agitación, no es 
posible pensar en mañana. 

¡Hoy! He" aquí lo mas apremiante. 

Por lo tanto, mi deber es hablaros 
de hoy, calmar la agitación que os han 
comunicado , levantar vuestro espíritu 
no abatido, sino trastornado , recorda- 



^ 



r r 



ros que la fe y la esperanza son nues- 
tro patrimonio, que la caridad es 
nuestra virtud. 

Hoy es mas necesaria que nunca 
vuestra poderosa influencia; hoy es 
cuando tenéis que desplegar todas 
las cualidades que os reconocemos; hoy 
es cuando debéis hacer la luz en 
torno vuestro y decir á los hombres: 
"Sobre vosotros está la Providencia: 
respetad sus designios, y acatadlos." 

Declararé sin rodeos que no seria 
mi pluma la mas á propósito para ofre- 
ceros dulce consuelo: respeto todas las 
resoluciones que emanan del supremo 
poder que reconozco en la tierra, y obe- 
deciendo todas sus órdenes , dispuesto 
como el primero á sacrificarlo todo en 
aras de la obediencia y del amor , no 
puedo menos de pensar que los miem- 
bros podridos no se curan; hay que 
cortarlos para que no inficionen á los 
sanos. 

Esta humilde espresion de mi creen- 
cia os probará que no soy el mas apto 
para ofrecer calma á la agitación, por 
mas que no se estinga la fe que llena 
mi alma. 

Pero una feliz casualidad me ha 
proporcionado dos cartas , las dos es- 
iritas con mano femenil , y al repro- 
ducirlas, cometiendo quizás una indis- 
creción, voy á conseguir informaros de 
todo lo que sucede, y demostrar que el 
entusiasmo de nuestros amigos tiene 
algo , tiene mucho de sublime. 

De la antigua , de la gloriosa Espa- 
ña , no quedan mas que unos hombres: 
los carlistas. 

Leed las cartas, y sentiréis al ver la 
última una inmensa felicidad , yo os lo 
aseguro. 

La primera es muy corta ; la señora 
que la ha escrito se retrata en ella: vos- 
otras la juzgareis. Dice así: 

«Mi querida amiga : Grande fue mi ale- 
gría cuando la casualidad , después de ha- 
bernos reunido en el colegio, volvió íi re- 
novar hace tres años nuestra amistad por 
defender nuestros esposos la misma causa. 

¿■El mió no halló, en medio del caos re- 
volucionario, mas salvación que el triunfo 
de los carlistas; y aunque por su importan- 



— 202 - 

cia habia ya figurado 
vida á la causa. . 

•Pudo muy bien aceptar la revolución, 



1) 



se dio con alma y 



• mejorar de posición en ella; pero todo lo 
sacrificó al triunfo del catolicismo, del or- 
den y de la legitimidad. , 

»Desdc entonces ha trabajado mucho, y 
bien sabe Dios que nos hemos atrasado 
bastante. Durante este tiempo le han hecho 
proposiciones brillantes; pero ¡riada! Yo 
estaba entusiasmada ; me acuerdo de tus 
conversaciones: ¡qué fe la tuya! ¡que entu- 
siasmo! Al oír á tu esposo, me figuraba yo 
que al dia siguiente era nuestro el tnunlo... 
Pero, amiga, han pasado tres años, y, como 
dice mi marido, hay demasiada buena fe 
en vosotros. Se sabe todo lo que pensáis, 
todo lo que hacéis, y abrigáis en vuestro 
seno á las serpientes sin conocerlas, sois 
palomas sin hiél, y no sabéis conspirar. Ya 
ves: ¡tres intentonas , y ningún resultado. 
Luego luchas entre vosotros... Vamos, es 
cosa concluida. As! es que mi mando ha 
resuelto retirarse á la vida privada: vere- 
mos si puede conseguir que le devuelvan su 
cesantía, aunque sea jurando la Constitu- 
ción ; y como tenemos hijos, si lo existente 
se consolidase, que me parece que sí, pue- 
de ser que acepte alguna posición, no por 
otra cosa sino por contribuir, como el dice, 
á sostener el orden. Todas las personas 
honradas deben asociarse con este fin, sin 
reparar en sacrificios. 

»Te cuento todo esto porque te quiero, 
v para ver si escarmientas en cabeza ajena. 
Tu marido es un santo ; tenéis mucha fa- 
milia, y debéis pensar seriamente en vues- 
tro porvenir. Aunque te quite una ilusión, 
te digo que, según se han puesto las cosas, 
nuestros nietos podrán quizás ver el triun- 
fo... ¡Lo que es nosotras...! Ya sabes que te 
quiere tu amiga... 

»P. D. Si conservas la carta en que te 
suplicaba que indicases á la persona aque- 
lla lo mucho que me agradaría obtener la 
banda consabida, devuélvemela... Pudiera 
perderse, y en nuestra buena amistad su- 
pongo que con placer me evitarás un dis- 
gusto, tanto mas cuanto que mi marido no 
sabe que te escribí, y se sulfuraría.» 

A esta carta ha respondido con la 
siguiente la amiga de la señora tráns- 
fuga: 

«¡Válgame Dios, mi querida...! ¡Qué pena 
me ha causado tu carta! Cualquiera pen- 
saría que, tanto tú como tu marido, esta- 
bais esperando algo mas que el orden y la 
paz. Aunque fuera verdad lo que me dices, 
que no lo es, la caridad debía impulsaros 
á no abandonar á los desvalidos. Por for- 
tuna, querida mía, hoy tenemos mas fe y 
mas esperanza que nunca. 

»No te ofendas por lo que voy á decirle; 
pero siempre me figuré que tú no echarías 



vs- 



- 203- 
raices entre nosotras. Hablabas demasiado 
de las esposas de los diputados, de los go- 
bernadores y de los ministros. Criticabas á 
las que, después de casarse, se encerraban 
en su casa con sus hijos, y desaparecían del 
mundo ; deseabas tener coche : en fin, eras 
un poco esclava del quiero y no puedo... 
¿Habrías tú mantenido la fe pura durante 
cuarenta años, como mi pobre madre, que, 
después de haber perdido su fortuna: des- 

Cucs de haber perdido dos hijos el 1N y Je 
aber visto á su esposo en capilla para 
ser fusilado, al morir esclamaba: «Solo 
«siento morirme porque no voy á poder 
«gritar ¡Viva Carlos VII! cuando vengan 
»los Reyes. > ¡No, hija mia, no! Tres años, 
en los que ha ganado tu marido importan- 
cia figurando en un partido que tiene vin- 
culada la honra de España ; en los que no 
has tenido que sacrificar mas que un poco 
de paciencia , te impulsan á marcharte. 
¡Bendita de Dios vayas, que lo que nosotras 
necesitamos esquíen haga sacrificios, quien 
lo de todo por el triunfo de la causa ! Me 
alegraría de que vieses á mi marido estos 
dias. Yo creía quererle todo lo posible, 
pero me equivocaba : hoy le quiero mas 
que ayer, mas que nunca. ¿Y sabes por 
qué? Pues escucha, y lee mi carta á tu 
esposo, para que aprenda. 

•Cuando todos esperaban próximo el mo- 
mento de dar su vida por la Religión, por 
la Patria y por el Rey. llega una noticia que 
conmueve hondamente aun á los mas fuer- 
tes. Quien puede, ordena que se suspenda el 
movimiento, y entonces el esfuerzo conte- 
nido se desahoga formulando conjeturas, 
buscando espiraciones y exhalando ayes 
de dolor. 
»Mi casa ha sido estos dias un jubileo. 
•Llegaban dos ó tres á hablar con mi 
marido. 
— »Ya sabes lo que pasa. 
— »Sí. 

— /Estamos hundidos. 
— >¡Por supuesto...! No es buen carlista 
quien tal piense. 

— »Pero, hombre, cuando todo estaba pre- 
parado, cuando la ocasión... 

—«Hijos mios... nuestra misiones obe- 
decer y respetar las órdenes de quien puede 
darlas. 

— »Pcro, ()• si hay consejeros á quienes 
no conviene...? 

— «¡Cómo se nos va pegando el liberalis- 
mo! Desengañaos, amigos: solo la fe puede 
salvarnos; no hay que desmayar. Descono- 
cemos las razones que han motivado la de- 
terminación superior, y no está dentro de 
nuestros principios pedir esplicacíones. 

— >Pero si nosotros, que estamos aqui, 
vemos lo que algunos pueden tener interés 
eo ocultar, creo que debemos proclamarlo 
muy alto. 

— «¡Os ofuscáis...! ¿Por ventura nos aban- 
donan? ¿Nos encargan siquiera que desista- 



mos? Bueno y santo que la impaciencia nos 
devore; es natural, y esto demostrará nues- 
tro temple : pero entre tanto pensemos una 
sola cosa : obedezcamos sin replicar, per- 
manezcamos firmes en nuestras creencias, 
no culpemos á nadie... v estemos prepa- 
rados. 

—«Pero... 

— «Nada... nada... Obediencia y fe inque- 
brantable en los santos principios. 

«Apenas salen unos, entran otros á ver á 
mi marido. 

—«Los periodistas son los que nos matan, 
le dice uno. ¡Ya se ve! como defendiendo al 
partido tienen muchas suscriciones, y cuan- 
do triunfemos se han de quedar aspergis, 
no quieren. 

— «Ellos contribuyen; pero los peores 
son los que esperan que se desmorone el 
edificio, como si eso fuera posible. 

—«Desengáñese V.; los neos, los neos son 
los que tienen la culpa. 

— «Los peores son los diputados. Como 
pueden darse tono, y codearse con los mi- 
nistros, y hacerles recomendaciones por de- 
bajo de cuerda... 

— » Y los abogados armarse con los pleitos 
de los carlistas. 

— «Hemos criado cuervos. 

— «¡No, pues como yo descubra la ver- 
dad...! 

«Estas y otras lindezas por el estilo echan 
por esa boca los que se olvidan por un mo- 
mento hasta de lo que se deben 5 si mis- 
mos. , Y crees tú que mi marido se apura? 
-Crees que desmaja? Habías de verle cómo 
se pone. 

— «¡Aun cuando fuera cierto todo eso, 
que no lo es, csclama, al hablar de esc mo- 
do dejais de ser buenos carlistas! No, y mil 
veces no. A nuestro lado no puede vivir la 
canalla, v canalla serian los que quisieran 
sacrificar el partido para vivir á sus espen- 
sas. Lo que sucede es que hay que quitar 
de nuestro campo la mala yerba ; que es 
necesario que se vayan los traidores. Cuan- 
do ha dispuesto quien puede, que nos este- 
mos quietos, y espera que por esto se irán 
algunos, debíais comprender que la medida 
ha sido dictada por un principio de alta 
sabiduría. ,Qué apostáis á que dentro de 
poco cantáis el mea culpa^ y no sabéis dón- 
de poner ¡i nuestro Principe? Los que han 
sido descubiertos, los que nos engañaban, 
no pueden menos de querer dejar la dis- 
cordia en nuestro campo. ¿Queréis vencer? 
Pues obediencia, obediencia y obediencia. 

«En fin, querida mia ; los que ven á mi 
marido se van contentos, y con mas entu- 
siasmo que nunca. Con sospechas, con des- 
confianzas, con investigaciones insidiosas, 
no haremos nada. Por eso nos alegramos 
de que los tornadizos se marchen. Nosotros 
estaremos en la brecha, siempre esperando, 
siempre creyendo en que sin la legitimidad 
no hay salvación para España , siempre 



¿J 



dispuestos á obedecer , siempre dispuestos 
á devorar á los traidores, cualquiera que 
sea la forma que tomen. Si pasan anos, yo 
enseñaré á mis hijos á amar á D. Carlos y 
á D. Jaime; v si mis hijos no le ven en e 
Trono, enseñarán á los suyos á amar al 
Rev legítimo, y espiraremos gritando siem- 
pre: / Viva el verdadero Rey de España! 
dispuestos á sacrificar hacienda y vida. 

>Hé aquí lo que somos los carlistas... 
Adiós.» 



Esta carta revela el verdadero espí- 
ritu que nos anima. Y vosotras , mis 
buenas lectoras, dignas compañeras de 
la que escribe como habéis visto,^ de- 
béis recordar á los que se quejen, á los 
que duden, álos que desesperen, estas 
palabras que ponen término á la real 
orden de D. Carlos : 

"Díles que la verdadera ocasión se 
acerca, y mucho , y que ese dia debe 
encontrarnos fuertes , unidos y vigi- 
lantes." 

Juan de Luz. 



CUADROS VIVOS POLÍTICOS 

Y SOCIALES. 

El m»tr¡mon¡o bajo dos puntos de vista. 

¡Se ha hablado tanto ya sobre el matri- 
monio! ¡Y, sin embargo, apuesto cualquier 
cosa á que todas las solteras leen con gusto 
el título de este artículo! 

Pero no todas piensan sobre él del mis- 
mo modo. 

Vengan Vds. conmigo á un gabinete rica- 
mente adornado , en el que se encuentran 
reunidas, á cosa de las cinco de una tarde 
lluviosa , cuatro jóvenes de diez y seis á 
veinte años, de las que van muy á menudo 
á la Castellana y al Real , y de las que viven 
en la esfera llamada del buen tono. 

Tres de ellas son amigas de la mas rubia, 
que es la señorita de la casa, y como no 
han podido pasear por la picara lluvia , han 
ido a pasar la tarde en su compañía. 

¿Qué pueden hacer cuatro jóvenes que se 
ven solas en un elegante gabinete? 

¡Soñar! diria un poeta. 

¡Murmurar! esclamaria un filósofo mo- 
derno. 

La filosofía se va acercando á las mate- 
máticas, pero aun no llega. 

— ¡Qué deliciosas noches hemos pasado! 
dice una. 



— 204 — 

—Yo no he perdido un solo baile. 

—Pues lo que es yo, no he perdonado un 
solo wals. _ 

—¡Bailar es vivirl 

— Cómo se cambian las ideas! Cuando yo 
estaba en el colegio y leía á hurtadillas las 
cartas de Abelardo y Eloisa y las novelas 
que nos llevaba de ocultis el primo de Con- 
suelo, todo mi afán era encontrar un Abe- 
lardo. , . 

— Lo mismo me pasaba a mi. 

Ser Virginia y poseer un amor como 

el de Pablo, ¡qué felicidad! 

— Vivir entre las flores, oír todas las no- 
ches á la misma hora los gorjeos del rui- 



señor... . 

—Fijar los ojos en un lucero , y adivinar 
en su brillo el reflejo de la mirada de un 
hombre amado. 

—Adorar en silencio la flor marchita que 
recibimos de sus manos. 

— Preguntar á las flores si seríamos ama' 
das. ¡Oh cuánta dicha! 
— ¡Q_aé dulcísimos sueños! 
— ¡Bah! ¡Eramos mas tontas! 
— Tienes razón. / 

— Cuánto mas vale probarse un rico tra- 
je , leer La Moda Elegante, adornarse con 
un aderezo de Pizzala, hollarla blanca al- 
fombra de un salón, bailar un wals y es- 
trenar un sombrero microscópico, que no 
cruzar el campo, donde hay bichos; que no 
formar ramos de flores," cuyas espinas 
punzan. 

— Cuánto mas vale casarse con un hom- 
bre Je posición, ó que figure, que no ado- 
rar á un Pablo cualquiera, pobre, descalzo, 
con un traje de rayas blancas y azules como 
las que tienen los negros en las láminas co- 
loreadas. 

— Desengañaos: el amor solo existe en la 
imaginación algún tiempo. Después que 
pasa este arrechucho , hay que buscar un 
entretenimiento, y los bailes, la moda, las 
visitas, las cscursiones al campo, la etique- 
ta, los viajes veraniegos, las novelas en ac- 
ción, es nuestro único recurso. 

— ¡Cada vez que pienso que he podido 
amar algún tiempo á un poeta que ni aun 
podia vender sus versos, porque nadie los 
compra ya, según parece...! 
— Tiempo perdido. 

—Nada , chicas : es preciso casarse para 
gozar del mundo, como hacen otras. 
— Para poder vestirnos de terciopelo. 
— Y hacer los honores de la casa con 
nuestra proverbial finura , como dicen los 
gacetilleros. 

— Entre los aspirantes á mi mano , hay 
uno á quien estima mucho mi familia. Es 
rico , y está metido en política; y lo que 
papá dice : si triunfan los suyos , le harán 
embajador; yeso de ser embajadora es muy 
bonito. 

— ¡Yo lo creo! ¡Ojalá mi primo Pepe imi- 
tara el ejemplo de tu futuro! Pero, como es 



^: 



y) 



- 205 - 



^ 



rico, no hay quien le saque de los pica- 
deros. 

— [Vaya un malí Te convertirás en ama- 
zona. 

—Aun cuando nos casemos seremos muy 
amigas: ¿no es verdad? 

— ,IIasta la muerte! 

— Nos contaremos lo que nos pase. 

—Y cuando sea preciso, nos uniremos 
para espiar á nuestros maridos. 

Ahí tenéis cuatro jóvenes labrando su 
desdicha futura. 

En esto entró un criado, y anunció lo 
que se anuncia todos los dias á las seis ó las 
siete: que la sopa estaba en la mesa. 

Las cuatro amigas se sientan á comer, y, 
lo que es mas, comen. 

Hí aquí una cosa que no se hubiera creí- 
do en los tiempos en que hacia furor la céle- 
bre comedia de Gorostiza : Contigo pan y 
cebolla. 

Como las comedias de magia están de 
moda, no estra fiareis un cambio de deco- 
ración. 

Dos amigos, el vizconde de A. y otro jo- 
ven cuyo nombre no hace al caso, se hallan 
en el saloncito de la repostería del cafe 
Suizo, á cosa de las doce de la noche, sa- 
boreando cada cual una ración de lengua á 
la escarlata, con ;u correspondiente Bur- 
deos. 

Por una rara casualidad, que estrañará 
muchísimo á los que asisten á esta hora al 
indicado cafe, mis dos héroes no murmu- 
ran, hablan; pero como la conversación es 
tan caprichosa, habiendo comenzado con 
varios comentarios sobre la próxima espo- 
sicion, va á parar... 

¿A dónde? dirán mis lectores. Nada me- 
nos que á ocuparse con seriedad del matri - 
momo. 

— ¿Conque nuestro amigo Luciano se 
casa? pregunta el vizconde. 

— Fso me han dicho. 

— (Ya es pájaro de cuenta! ¡Se sale con la 
suya! Hará dos años que en este mismo si - 
tío proclamó en alta voz que no se casaría 
hasta que no encontrase una mujer con 
un millón lo menos. 

— Y so futura, ,;cs millonaria? 

— Dos ó tres veces. 

— Le compadezco. 

— ;Está V. en su juicio? 

— Me parece que sí. 

— ¿No es el dinero el rey del siglo? 

— Por eso nos domina. 

— ¡Vamos, que un milloncejo no viene 
nunca mal! 

— ¡Cuando viene solo ! 

—Por lo que veo, ¿es V. enemigo del 
matrimonio? 

— No , señor ; sov acaso uno de sus mas 
entusiastas partidarios. 

— Lo que yo creo es que es V. un enigma. 

—Me esplicaré : si hallase V. una mujer 
con un millón, ¿se casaría V. con ella? 



—¡Ya lo creo! sobre todo si el millón era 
de duros. 

— ¿Aun cuando no la amase V. ■ 

—¡Hombre! siempre se ama á una mujer 
rica. 

— El dinero cambia de manos, y la mu- 
jer no debe cambiar; ¿no es esto? 

— ¡Ya lo creo'. 

—Pues ahí tiene V. uno de los peligros 
de los que buscan dote en la mujer antes 
que nada. 

— Las ideas de V. son muy antiguas. 

— Pues á mí me parece que son las mas 
modernas. ;No es el negocio lo principal 
en todo? 

— Convenido. 

—Pues, amigo mió, yo creo que el mejor 
negocio que puede hacer un hombre que 
resuelve casarse , es encontrar una mujer 
que le haga feliz , aunque sea pobre. 

—Eso equivale á probar que dos son mas 
que veinte. 

— ¿Y quien le ha dicho á V. que no? Pero, 
volviendo á nuestro asunto, cuando usted 
busca á una mujer rica, ¿por qué la bus- 
ca V.? 

— Para aumentar mis bienes con los su- 
yos, y hacer que nada falte en casa. 

— ¿Y quién le ha dicho á V. que la mujer 
no desea también, cuando varía de estado, 
mejorar de suerte ? 

— Las mujeres no entienden de esas 
cosas. 

— En el dia sí : la economía política ha 
hecho muchos progresos. Cuando son ricas, 
acostumbradas á vivir en el fausto, al casar- 
se desean mejorar; y con el pretesto de que 
sus bondadosos padres han añadido á su 
trousseau algunos títulos de propiedad, ó 
algunos treses; con pretesto de estas sumas, 
que depositan en poder del esposo , creen 
tener derecho á disfrutar de todo cuanto 
hay en el mundo, considerando los gastos 
de sus costosos caprichos ni ma:- ni menos 
que como réditos del capital que aportan. 
Si se defraudan sus esperanzas, hacen un 
mal negocio, y esto es lo peor que puede 
suceder al infeliz marido; si las realizan, en 
pocos años destruyen dos fortunas ; resul- 
ta, pues, que es infinitamente mas cara una 
mujer millonaria que una mujer pobre. 

— Eso quiere decir... 

— Que las buenas esposas se hallan, como 
las perlas, escondidas, y que es preciso pa- 
ra adquirirlas sacrificarse un poco. 

Era ya tarde, y Maver, el mozo del café, 
despidió á los diseñadores. 

Ya hemos visto lo que se habla y lo que 
se piensa respecto de un asunto demasiado 
importante para echarlo en olvido. 

¿Comprenden Vds. ahora por qué hay 
tantos matrimonios desgraciados? 

Volveré á ocuparme de esta trascenden- 
tal cuestión. 

Julio Nombela. 



-yj 



- 206 — 



LA RUEDA DE LA FORTUNA. 



Entre las educandas del colegio de huér- 
fanas de militares fundado en Ecouen por 
Napoleón I, y dirigido por Mad. Campan, 
distinguíanse tres hermosas jóvenes , las 
mas bellas, las mas simpáticas, y las que 
mas unidas estaban por los dulces lazos de 
una amistad sincera y desinteresada. 

Estas tres amigas se llamaban María, Cla- 
ra y Hortensia. 

Educadas en las ideas reinantes en aque- 
lla época, en que se proclamaban incesante- 
mente los principios de igualdad, no se ha- 
cia en el colegio de Mad. Campan la menor 
distinción de clase, y la fraternidad que 
allí reinaba era para causar envidia á los 
mas acrisolados republicanos. 

María era hija de un pobre alférez, ciego 
de resultas de una descarga que había su- 
frido en las orillas del Rhin ; Clara hija de 
un general á quien Napoleón habia conver- 
tido en príncipe, y Hortensia , hija también 
de otro general, tan ilustre por su valor co- 
mo por ios títulos y timbres de su familia. 
En la época délos premios anuales, las 
tres amigas estaban siempre seguras de ser 
llamadas las primeras para recibir la coro- 
na, dando con eso su amistad mayor envi- 
dia á las que no podian igualarlas ni en in- 
teligencia ni en sentimientos. 

La amistad de las tres alumnas se au- 
mentaba con los años, y el dia en que una 
de ellas se vio obligada á dc¡3r el colegio, 
fue el dia mas amargo que vieron lucir en- 
tre los tilos de Ecouen las jóvenes pensio- 
nistas. 

La que salia era María, la mas pobre, la 
hija del alférez ciego, que iba á consagrar 
su vida entera al cuidado del pobre enfer- 
mo, que se habia quedado viudo. 

—Juremos, esclamó Clara tomando de la 
mano á sus dos amigas, que, sea cual fuere 
nuestro destino, nos reuniremos dentro de 
diez años en la verja de las Tullerías. 

— Lo juro, respondió la tímida Hortensia 
con la dulzura de ios ángeles: diez años, á 
contar desde este momento... ¿Locumplireií? 
— [Pues qué! ¿Te atreves A dudarlo, Hor- 
tensia? esclamaron á la vez sus dos compa- 
ñeras. 

Pero Hortensia, por toda respuesta, llamó 
á uno de los jardineros que cuidaban el 
jardín. 

— Jorge, le dijo con solemnidad; ven á 
ser testigo de esta sencilla promesa. María, 
Clara y yo hemos prometido reunimos 
de hoy en diez años, á las seis de la tarde, 
en la verja de las Tullerías. 

María salió aquel mismo dia de Ecouen; 
y Clara, dos meses después, para casarse, 
permaneciendo Hortensia otro año aun en 
compañía de Mad. Campan. 

Diez años son un soplo para los dichosos; 
y si Clara, esposa de uno de los banqueros 



mas acaudalados de Europa, se lanzó al re- 
vuelto mar de los goces superficiales, del lujo 
y el despilfarro, sin freno ni medida, Hor- 
tensia, la preferida del Emperador, la ilus- 
tre dama, no veia en torno suyo mas que 
esclavos que se esforzaban en adivinar su 
voluntad. 

Los diez años pasaron al fin: el reloj de 
las Tullerías dio las seis, y no se divisaba 
en la verja una sola persona. ¿Quién fia ya 
en la amistad? 

Pero el camino se cubre de polvo; un 
magnífico carruaje, arrastrado por cuatro 
caballos, entra por la verja, y el lacayo, 
desplegando un estribo guarnecido de oro, 
aguarda áque baje una graciosa joven, rica- 
mente vestida, que va mirando á todas par- 
tes con inquietud. 

Aquella gran señora era María ; María, á 
la que la Restauración habia devuelto los 
bienes que la revolución le confiscara. 

Una mujer aseada , pero que revelaba en 
su traje una decorosa miseria , se acerca á 
María, y después de contemplarla algunos 
momentos con indecisión , se arroja en sus 
brazos , derramando un torrente de lá- 
grimas. 

Era Clara. _ 

Clara, la hija del príncipe, se encontraba 
arruinada ; pero arruinada hasta la mise- 
ria. Su marido, después de una vergonzosa 
quiebra , se habia fugado á Inglaterra, de- 
jándola completamente abandonada. 

— Ven, le dijo María estrechándola tier- 
namente contra su corazón ; no me aban- 
dones jamás ; en el colegio tú eras la rica, 
y me amabas ; ahora me toca á mí recor- 
darte la fraternidad de Ecouen. 

— ¿Y Hortensia? esclamaron á la vez las 
dos amigas. 

— ¿Sabes que ha sido de ella? preguntó 
María exhalando un suspiro. 

— ¿Sabes lo que es ahora? añadió Clara 
dejando correr una lágrima de sus hermo- 
sos ojos. 

En aquellos diez años, María se habia en- 
riquecido, Clara estaba arruinada,)' Horten- 
sia lloraba en Alemania su penoso destierro. 

En el momento en que las dos amigas 
iban á subir al carruaje, salió de entre los 
árboles el anciano Jorge, testigo del amisto- 
so juramento. 

— ¡Señorita_ María, señorita Claral les 
dijo con la misma familiaridad que si fue- 
sen todavía pensionistas; aquí tenéis el re- 
cuerdo de vuestra pobre amiga, añadió en- 
tregando una cajita á cada una. 

Las dos jóvenes abrieron apresurada- 
mente las cajitas que puso en sus manos el 
anciano Jorge. 

En la caja de María se encontraba la mi- 
tad de la corona de Hortensia. Reina de 
Holanda y madre de Napoleón III, Empe- 
rador de los franceses; y en la de Clara la 
otra mitad. 

Robustiana Armiño. 



^: 



— 207 — 



¡JA, JA. JA ! 



,Y lo ries de esa nncinnn. 
Que haciéndolo cru 
Al templo tan do manuna '. 
;Ja. jn. jn! 
¡Y huta de aquella señora 
Que en traje nupcial esta 
Para uulrs': al que la adora! 
;J«. ja, jo! 
¡Y -t .11 'le esa niña Inocente 
Que, temerosa quizá. 
Baja con rubor su frente ! 
n. Ja! 
Mas ¿no ves que esa es tu hernianoY 
¡Que aquel la es tu esposa ya! 
;\ -lUeestu madre esa ii:¡'.-: 

IPUO Alaiicox. 



ECOS DE MADRID. 



jEl movimicnlo es la vida! 

Digan lo que quieran, jamás ha habido 
mas animación que estos dias en nuestro 
campo. 

Hasta los impacientes, hasta los revolto- 
sos, poseídos de la liebre del deseo, mos- 
traban claramente que nuestro partido, 
acusado por algunos de débil y enfermizo, 
lo que tiene es plétora de vida. 

Hubiera yo querido que nuestro aususto 
Principe hubiese podido prcíenciar sin ser 
visto las escenas, y oído las conversacio- 
nes de estos dias. 

¡Qué ñebre en las palabras! ¡Qué varie- 
dad de comentarios! ¡Qué sutileza y qué 
candidez para buscar esplicaciones! ¡Qué 
desaliento en unos! ¡Qué efervescencia en 
oíros! Pero al mismo tiempo, ¡quésublime 

Í consoladora unanimidad para acatar la 
rden superior! 

Después de divagar; después de echar al- 
gunos, como suele decirse, por esos trigos 
de Dios, una sola palabra bastaba para res- 
tablecer la disciplina. 

— Señores, obediencia ante todo, decía 
uno. 
—¡Eso sí! 

— Union y vigilancia. 
—¡Quién lo duda! 

—En vez de perder las fuerzas interpre- 
tando lo que no nos incumbe averiguar, 
erfcccioncmos los trabajos, dupliquemos 
; bríos. 



— ¡Eso... eso! 

— El triunfo es nuestro, pero á condición 
de que practiquemos la obediencia, la leal- 
tad y la abnegación. 

Y se separaban los amigos estrechándose 
la mano con efusión, jurando fidelidad á 
los santos principios, y dominados por una 
reacción de amor profundo al augusto prín- 
cipe. 

Hasta los mas tímidos aspiran á ser hé- 
roes. ¡Oh! el partido carlista es y. tiene que 
ser la admiración de todo el mundo. 

No rae cstraña lo que me han contado con 
referencia á la conversación de un mi- 
nistro: 

— ¡Conque están Vds. de enhorabuena? 
le decía un ministerial. 

— ;Por qué? 

— Porque han aplazado los carlistas su 
alzamiento... De esta hecha se dividen... 

— No los conoce V. Lo que sucede es que 
han dado un paso para tomar carrera. El 
dia menos pensado caen sobre nosotros, y 
nos aplastan. 



El folleto de Minterola ha llegado con 
una oportunidad que me atrevería á llamar 
providencial. 

1 l.i sido el dulcísimo rocío que ha refres- 
cado la acalorada atmósfera. 

Con una sencillez, con una claridad y 
con un colorido encantadores, presenta los 
problemas latentes, los examina con una 
pureza de juicio admirable, los resuelve 
con el criterio carlista, contesta á todas las 
objeciones, destruye los torpes errores, y 
prueba con lógica irresistible que es nece- 
sario decidirse á apoyar á D. Carlos, ó su- 
frir las consecuencias de La Internacional. 

Leedlo, y recomendad su lectura. 

Consuela v convence. 



Os anunciaba en una de mis últimas re- 
vistas que doña Margarita había estimado 
vuestro recuerdo. 

La augusta señorase ha dignado remitir 
un autógrafo S la señora condesa del Prado 
espresando sus sentimientos hacia vosotras. 

Mi buena amistad con la señora condesa 
me ha proporcionado la dicha de ver ese 
precioso autógrafo, y me atrevo á reprodu- 
cirlo, porque de esta manera os proporcio- 
nare una inmensa ventura. 

Oíd la carta : 

«Bocage 23 de agosto. 

>Estimada condesa del Prado: Recibe las 
mas sinceras gracias, y dalas en mi nombre 
á tus dignas compañeras por lo bien que 
habéis interpretado mis deseos. 

»Yo os envidio el placer de haber socor- 



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— 208 - 



rido personalmente á los carlistas necesi- 
tados ; su amor y su agradecimiento es la 
joya que tengo en mas estima. 

íPor eso guardaré agradecida la que me 
enviáis; en ella leeré siempre los nombres 
de los pobres á quienes he podido hacer al- 
gún bien, y veré al mismo tiempo una 
prueba de cariño de las señoras españolas, 
a las que agradezco de todo corazón su de- 
licado recuerdo. 

•Siento que por mí te hayas privado del 
facsímile del clavo del Salvador , recuerdo 
de familia para ti. Eso le da inestimable 
precio á mis ojos, porque es el mayor testi- 
monio de tu adhesión. 

•Gracias de nuevo , y cree te aprecia tu 
afectísima 

«Margarita.» 

Después de la lectura de esta sencilla es- 
prcsion de los purísimos sentimientos de la 
Reina... de nuestro corazón, no puede me- 
nos de esperimentar el alma una inmensa 
felicidad, que solo puede formularse con 
esta frase : ¡Bendita sea doña Margarita! 



¿Qué os parece el retrato de su augusto 
esposo que hoy os ofrecemos? 

¡Qué majestuosa espresion en su varonil 
fisonomía! 

Todos aseguran que está parecidísimo. 
Nuestro dibujante ha sacado la copia de una 
fotografía muy reciente. 

Y á propósito: el fotógrafo Sr. Maní ha 
hecho ampliaciones de los retratos de los 
egregios Duques de Madrid; y su hijo, que 
es un escclcnte pintor, los ha iluminado al 
óleo, y ya sé yo de algunas familias que 
tienen en su» salones, en magníficos mar- 
cos dorados, los retratos de D. Carlos y doña 
Margarita, de lamaño natural. 

# 
* * 

Para que se vea lo adelantados de noti- 
cias que están los periódicos liberales, os 
recordare que entre las infinitas á cual mas 
absurdas que han circulado eslos dias, ha 
sido una la referente á que D. Carlos iba á 
abdicar en su hijo D. Jaime, niño de trece 
anos. 

Mas de veinte cartas he recibido llamán- 
dome la atención sobre este lapsus y 
pidiéndome que lo rectifique. ' 

¿Para qué? 

Nosotros, que vivimos de la vida de la 
augusta familia, sabemos todos los detalles 
que llenan nuestra alma de dicha. Nuestros 
adversarios sabrán también muy pronto lo 
que ignoran ó quieren ignorar. 



Tengo noticias de Gratz muy recientes. 



S. A. R. el Príncipe D. Alfonso de Bor- 
bon y Austria de Éste regresó felizmente 
de Gleichenberg, á donde fue con su joven 
y dignísima esposa doña María de las Nie- 
ves, con el fin de tomar las aguas que á la 
salud de la Infanta convenían. Acompañó 
á la feliz pareja el anciano y respetable ge- 
neral D. Luis de García Puente. 

Ocho dias han pasado en Gratz la ilustre 
señora de D. Carlos V, tan amada por todos 
los legitimistas españoles, la esposa egregia 
de D. Enrique de Borhon, en quien cifran 
tantas esperanzas los franceses, y el señor 
Duque de Módena, enemigo implacable de 
la revolución mansa ó fiera. 

Lo que han tratado, no lo sé; pero hay 
quien asegura que no han perdido el tiempo. 

La escelente Archiduquesa doña María 
Beatriz , madre de nuestros Príncipes y 
prototipo de princesas católicas, continúa, 
gracias á Dios, sin novedad, aunque suma- 
mente delicada. 

La señora condesa de López, el Sr. Vi- 
llavicencio, conde de la Constancia, el Pa- 
dre Ruiz, el general Sacanell, el Dr. Car- 
dona, y el Sr. Azcoaga, siguen también al 
lado de las augustas personas , á quienes 
han consagrado su mas acendrada lealtad. 



Podria terminar mi artículo hablándoos 
de las tentivas de incendios internaciona- 
listas, ó del inesperado baño que, según 
cuentan, tomó D. Amadeo de Saboya á 
presencia de un crecido auditorio, y sin que 
estuviera anunciado en el programa de los 
festejos. 

Pero no quiero jugar con fuego, ni habla- 
ros de... la mar. 

Vuestra 

Esperanza. 



MARGARITAS. 






La política moderna tiene dos dalos, que 
cree infalibles, para juzgar de la prosperidad 
de un listado ó de su decadencia: el regis- 
tro de nacimientos, y el de importaciones y 
esportaciones; yo preferiría la lista de co- 
muniones pascuales, y el registro de las 
causas criminales. 

* * 

Si se conocieran las tenebrosas intrigas de 
ios gobiernos unos contra otros, hace alqun 
tiempo, para perjudicarse y debilitarse re- 
ciprocamente, nos espantaríamos de sus 
resultados para los que han sido mas há- 
biles o mas felices. 

(BONALD.) 



^: 



M.-UiUII) 1SJ1 Imprenta do ;,.!,«»:„, | 
cargo de D. A. l>erez Dubrul!, pói, 6. 



é 




AÑO I. 



Btm KRIO.— Política íbmsx:sa: Variacio- 
nes sobre el mismo lema, por Juan iie Luz.— Cua- 
dros VIVOS POLÍTIC' - : Los Empica- 

■lc«,por D. Julio Nímbela.— Bulubzaü ub la 
bbligion : La Fe, por i». .' ina.— La 

Honradez y el Traf«ajo , par X.— Ecos «le Madrid, 
por Esperanza. 



POLÍTICA femenina. 



variaciones sobre el mismo tema. 

Eq loa momentos críticos por que 
atraviesan de vez en cuando los parti- 
das, es en donde se puede y se debe 
apreciar el espíritu que los anima. 

Son la piedra de toque en donde se 
descubre el oro fino y el oro falso. 

El hombre en esos momentos llega á 
ser, ó todo corazón, ó todo estómago. 

Compréndase por estas indicaciones 
qué ancho campo habrán ofrecido á mi 
observación los sucesos que durante 
los últimos días han sido objeto de aca- 
lorados debates, de infinitos comenta- 
rios y de animadas conversaciones en 
el seno de nuestra comunión. 

¡Si yo acertara á esplicaros todo lo 
que he visto y he oido...! Pero ¿acaso 



vosotras no habéis presenciado las mis- 
mas escenas? 

Sucede en el partido carlista una 
cosa en estremo original. 

Hay, por decirlo así , un molde mo- 
ral, en el que la buena masa del pais 
se deja amoldar, y esto esplica el para 
algunos fenómeno de que los carlistas 
viejos de pura raza y los carlistas jó- 
venes que, al venir á nuestro campo, 
traen un alma pura, piensen y sientan 
de la misma manera y estén cortados 
por un mismo patrón. 

Nosotros, por fortuna, pertenecemos 
al elemento joven ; y decimos por for- 
tuna, atendiendo á que la edad nos 
promete ocasión de ser útiles, y disfru- 
tar de la felicidad con que el triunfo 
no lejano nos brinda ; pero nuestra ad- 
miración hacia los veteranos raya en 
delirio. 

Es natural que esto suceda. 

En primer lugar, se presentaná nues- 
tros ojos con latriple aureola de la idea, 
del valor y déla constancia. 

Cuando hallamos 6. uno de esos car- 
listas que rayan en los sesenta, que 
hicieron la guerra de 1833 a" 1840, y de 



¿) 



1847 á 1S48; que conspiraron en 1S55; 
que en 1860 volvieron á la carga, y 
que, firmes en sus creencias, han re- 
sistido al halago, á la necesidad y has- 
ta á la miseria, y hoy, después de cer- 
ca de cuarenta años, solo están impa- 
cientes porque ven que la edad los em- 
puja al sepulcro, y temen no poder ver 
en el Trono al Rey legítimo de Espa- 
ña : cuando contemplamos a uno de 
esos mártires, dispuestos á todo género 
de sacrificios, lleno de fe y de esperan- 
za, no puede el alma meuos de sentir 
veneración profunda , y vivísimos de- 
seos de estrechar aquellas manos que 
interpretan los latidos de un corazón 
leal, de besarlas y de doblar la rodilla 
ante ellos, imagen viva de la majestad 
que representan. 

Atribuyese á D. Carlos el deseo de 
ver un dia reunidos en torno suyo á 
todos esos leales , verdaderas reliquias 
de patriotismo. 

Los restos de ese ejército glorioso 
son los que , estimulando con su ejem- 
plo a la juventud, han traído al partido 
carlista esa numerosa falange de jóve- 
nes dispuestos á imitarlos, herederos 
de su fe , sin mas aspiración que la de 
completar la obra de aquellos para ad- 
quirir una parte de la gloria que co- 
rona su frente. 

Viejos y jóvenes están, pues, fuerte- 
mente identificados , y en los últimos 
dias se los ha visto unidos, compactos 
y vigilantes, recordando á los pocos 
que se abatían el cumplimiento de sa- 
grados deberes. 

El pasado y el porvenir influirán de 
una manera poderosa sobre el presen- 
te , que, á pesar suyo , tiene que ado- 
lecer de las enfermedades endémicas 
que reinan en España desde hace mu- 
chos años. 

Si nuestros sentimientos , guiados 
por nuestra razón , no nos impul- 
saran á detestar el llamado gobierno 
representativo , la triste esperiencia 
que vamos adquiriendo nos demostra- 
ría que la felicidad de los pueblos con- 
siste en que la ley, solo la ley, mande, 
y los ciudadanos obedezcan. 



— 210 — 

El libre examen es la piqueta con 
que lo ha demolido todo el protestan- 
tismo. 

Dándole cabida en nuestro pecho, 
nos herimos de muerte. 

Por eso todos los buenos, inspirados 
en una misma idea, esclamaban: 

— ¡No nos toca juzgar: nuestra mi- 
sión es obedecer! 

¿Y cuál es el resultado que se ha 
obtenido? 

Admira y llena el alma de esperan- 
za: la reacción ya se ha operado. La 
crisis momentánea ha separado los cuer- 
pos estraños , que interceptaban la li- 
bre circulación de la sangre , y hoy, 
recobrada por completo la salud , la fe 
es mayor, mayor el entusiasmo, mayor 
el brío. 

¡Ah, sí...! el espectáculo es sublime: 
di"an lo que quieran nuestros enemi- 
gos, nos envidian. Todos nuestros co- 
razones responden á un solo latido, y 
con la rapidez de la electricidad , una 
palabra pronunciada por augustos la- 
bios llega á nosotros , nos calma ó nos 
agita. 

¡Qué gloria para el soberano de nn 
pueblo tan leal! ¡Qué felicidad para un 
pueblo que cumple de este modo sus 
deberes! 

No lo dudéis, queridas lectoras; lu- 
cirá el dia que anhelamos , y lucirá 
pronto. 

Nada hay que pueda quebrantar 
nuestro vigor ; nada que pueda amen- 
guar nuestra esperanza. 

Aunque todos los medios humanos 
nos faltasen, vendrían en nuestro auxi- 
lio medios providenciales. 

¿Qué es lo que queremos? 

Fundirnos todos en el crisol de la 
verdad católica, y restaurar la hermo- 
sa unidad religiosa , á la que hemos 
debido toda nuestra gloria y nuestro 
poderío. 

Volver los ojos á la purísima fuente 
del derecho, y buscar en la monarquía 
tradicional, en la monarquía cristiana, 
el punto de partida para progresar 
conservando, y conservar progresando. 

Destruir los vicios, buscando en el 



r>) 



CUADROS VIVOS POLÍTICOS 



Y SOCIALES. 



LOS Eüfl.EAIiOÍ. 



-211 - 
trabajo la armonía que produce la paz 
y el bienestar. 
Paessin esto no hay sociedad posible. 
Para obtener este resultado, solo la 
abnegación nos basta. 
El egoísmo seria nuestra muerte. 
Por eso el instinto de conservación 
nos hace generosos y lleva nuestros 
ojos á la Religión, al derecho y al tra- 
bajo, únicos elementos do regeneración 
y de prosperidad. 

Como ha dicho elocuentemente el 
ilustre Manterola , la nación está en- 
ferma. 

El enfermo se oncuentra irresisti- 
blemente en este dilema : ó se salva, ó 
se muere. 
jQui¿n ofrece los elementos de vida? 
¿Quien ha sido la causa de la enfer- 
medad? 

Una de dos: ó está decretada la rui- 
na de España, ó tendrá su regenerador 
en D. Carlos. 
Nuestra doctrina es la salvación. 
Por eso los carlistas, sorprendidos y 
desalentados ayer, han vuelto en sí, y 
hoy, no lo dudéis, unidos, compactos 
y vigilantes, aguardan una palabra. 

Ya resuena en nuestro corazón y 
nos electriza. 

Cuando sneneen núes tro oido , de- 
mostrará que la fe... trasporta las mon- 
tañas. 

Juan- de Luz, 



Muchos gritos ha formulado la revolución 
desde que anda enredando por el mundo. 

Gritando ha conseguido formar el caos. 

Si á fuerza de gritos nos fuera dado hacer 
la luz, yo desearía que gritáramos con to- 
aos nuestros pulmones: 

(Abajo la empleomanía! 

ÍViva el trabajo! 
'or de pronto, parecerá una contradic- 
ción pedir que viva el trabajo y que muera 
la empleomanía. 

—¡Pues qué! Querer ser empleado de la 
nación. ;ro es querer trabajar? pregunta- 
rán mis lectores. 
Si me lo preguntan en serio, me echa- 



re i reir involuntariamente ; pero si me lo 
preguntan en broma, ya es otra cosa. 
Es preciso decir la verdad. 
Salvas honrosas, pero pocas, escepciones, 
los empleados han sido y son los niños mi- 
mados de la fortuna cuando están los su- 
yos, es decir, sus amigos, en el poder. 

En cada sección ó centro directivo hay 
uno ó dos hombres laboriosos, inteligentes, 
modestos, que asisten con puntualidad, que 
llevan en peso el negociado, que trasnochan 
en sus casas por cumplir ; en una palabra: 
que se matan para ver, como premio de sus 
afanes, saltar por cima de ellos al sobrino 
de la favonta de un ministro, al hijo de un 
elector influyente, ó algún otro individuo 
de idéntico origen. 

Todavía dan gracias á la suerte porque 
no los dejan cesantes, aunque siempre es- 
tán con el alma en un hilo. 

Estos honrados empleados no suelen te- 
ner lempo ni aun para pensar, razón por 
la cual no son políticos. 

Los demás que se agitan en torno suyo, 
en vez de ayudarlos, se pasan el día hablan- 
do mal del ministerio , recibiendo visitas 
contando los sucesos de la crónica del diá 
al director, algunos emborronando papel 
para enviar sueltos á los periódicos contra 
las medidas que van 5 adoptarse, v que 
pue len obligarlos á trabajar. 

Hay que ser francos; hay que decir la 
verdad: dos ó tresá quienes sus elegantes y 
perezosos compañeros ponen en ridículo, 
llamándoles como Vds. saben, despachan 
los espedientes que pueden, los demás huel- 
gan, y la nación mantiene 5 una porción de 
señoritos, dándoles con el tiempo derecho á 
cesantía. 

Tan sabidas son estas cosas, que hasta pa- 
rece de mal gusto decirlas, por vulgares. 
Pero constituyen una grave enfermedad del 
Estado: son, por decirlo así, un humor de 
la sangre, y hé aquí por lo qi'c yo recuerdo 
á los doctores del porvenir el tal humor, 
para que lo ataquen en su causa original. 

Cansados estamos todos de saber los pa- 
sos que cuesta cualquier espediente; cansa- 
dos de ver en las antesalas de los ministe- 
rios y de las direcciones á pobres preten - 
dientes, á cesantes llenos de méritos, á 
hombres respetables, aguardando el mo- 
mento de ver á un oficial ó á un jefe para 
pedirle algún informe, mientras el oficial ó 
el jefe conversan con tres ó cuatro amigos de 
la función teatral de la noche anterior, del 
lance de honor pendiente, de la buena ó 
mala calidad del tabaco, de la belleza de tal 
ó cual suripanta. 

— Pase V. esta tarjeta al jefe, dice alguno 
cansado de esperar. 
— Está muy ocupado; no puede recibir. 
—Pregunte V. al menos á qué hora reci- 
birá. 

— Ahora está conferenciando con tres di- 
putados. 






¿J 



r? 



— 212 - 



Si al cabo de muchas súplicas entra el 
portero y sorprende á los amigos en alegre 
tertulia: 

— ¿Que quiere V.? dice el jefe. 

— Espera mucha gente á V. S. 

— Que esperen, ó se vayan: ahora no pue- 
do recibir; estoy ocupadísimo... en asuntos 
del servicio. 

Estas tertulias cuestan caras á la nación, 
porque despiertan en los jefes el deseo de 
tener amueblados con lujo , con esplendi- 
dez, sus despachos; y hace vivir á una muí 
titud de personas en la impaciencia, gas- 
tando un dineral en las casasde huéspedes. 

¡Quién no ha venido á Madrid á despachar 
un asunto en ocho dias y ha tenido que 
estar ocho meses! 

— Desengáñese V., dice algún práctico; 
es necesario recomendación. 

—¿Para que mi espediente , que ya está 
despachado, vaya á la firma? 

— ¡Desde luego! 

— ¡Pues qué! ¿no se firma diariamente? 

— Cuando esta de humor el jefe. 

— ¿Y qué debo hacer? 

— Alguna espresioncilla al oficial, ó á su 
esposa, ó á su hijo, ó á su subalterno. 

Hay escepciones; pero la regla general es 
esta. 

La clasificación de un cesante, de una 
viuda, dura años. ¡Cuántas de las últimas 
han muerto de miseria mientras su espe- 
diente dormía en el pupitre de un emplea- 
do que hablaba de toros todo el dia, ó de 
música, 6 salia dos horas á una cátedra, 6 
tenia permiso para administrar las casas de 
su protector, etc., etc. ! 

En una palabra : de todos los empleados 
de España, solo la cuarta parte cumplen su 
deber; esto prueba que con la mitad de los 
que hay habrá bastante, si trabajan, para 
que todo se despache al dia, para que los 
ciudadanos que les pagan tengan derecho á 
exigirles el cumplimiento de su deber. 

Pero parece que me pongo serio, que 
hago un articulo de fondo, y no son esas 
mis pretensiones. 

¿De qué elementos se compone el cuerpo 
de empleados, á quienes los periódicos y la 
opinión llaman sanguijuelas del Estado, ó 
presenta sentados alfestin del presupuesto? 

De una parte laboriosa, inteligente, sofo- 
cada bajo el horrible círculo de la centra- 
lización, mejor dicho, de la complicación 
administrativa ; de otra parte rutinaria, in- 
capaz, sostenida por recomendaciones, y 
de otras dos partes de hombres y niños, o 
ineptos, ó sin oficio ni beneficio, ó proce- 
dentes de todas las carreras, de todas las 
profesiones, por no querer trabajar, ó por 
saber que empleado de favor quiere decir 
vago autorizado. 

Las palabras que empleo son duras; pero 
están en la conciencia de todo el mundo. 

No en balde he vivido diez ó doce años 
en las fábricas de posiciones, sin haberme 



vs- 



elaborado una de tantas : no en vano he 
luchado para hacer una profesión de lo que 
ha sido hasta ahora un medio ; no en vano 
puedo asegurar, como lo aseguro, que antes 
de aspirar á ser un caso de la empleomanía 
buscaré en un trabajo_ corporal y oscuro el 
modo de atender á mis obligaciones. 

Y cuenta, que no es mi ánimo enumerar 
aquí á los hombres que cultivan á un tiem- 
po las letras y la política; en todos los que 
alcanzan una posición brillante reconozco 
mérito; lo único que lamento es que pri- 
ven á las letras de su genio; porque las le- 
tras, educando el sentimiento moral de los 
pueblos, los preparan á la educación polí- 
tica; pero como dan al pais lo que quitan á 
la literatura, comprendo y deseo que ocu- 
pen altas posiciones. Empleos hay en los 
que pueden ser útiles; lo que dudo es que 
sirvan para todo. 

Repito, pues, que no aludo 5 una clase 
respetable para mí; porgue ante el talento, 
como ante la virtud, bajo la cabeza. La em- 
pleomanía es otra cosa; la empleomanía es 
un gusano que poco á poco roe el cuerpo 
social; él ha contribuido poderosamente á 
la inmoralidad, á 13 relajación de las cos- 
tumbres. 

— ¿Has visto, decia en un pueblo la mujer 
de un labrador á su esposo; has visto al 
hijo del barbero? Le han dado un empleo en 
la provincia. 

— ¡Es claro! ¡Como que proporcionó cin- 
cuenta votos al diputado! 

—Pues nuestro hijo Juan tiene mejor 
letra que él. 

— Y lee de corrido. 

— Ya ves si no era mas justo que le hu- 
bicrancmpleado á él. 

— Déjate, que en las próximas elecciones 
yo le buscaré una proporción. 

— Harás bien: que nuestro hijo no ha de 
ser menos que el del barbero. 

— Y que el del herrador. 

—Y que el del alcalde ; al fin, con vara y 
sin ella, ¿qué es mas que un tendero? 

Y llegan las elecciones, y se presenta un 
diputado protegido por el gobierno, y ofre- 
ce destinos, y los electores votan. 

— ¿Sabes, decia otro marido á su mujer, 
que ya me voy cansando de cavar la tierra? 

— ¿Por qué no la arrendamos? 

— ¡Si yo pescara un cmpleillo...! 

— Escribe á D. .losé: tú le proporcionaste 
veinte votos. 

-Le pediré... ¿el qué? 

— Un esianco. 

— jCá, tonta...! Hay que pedir mas : la 
administración de rentas. 

— ¡Si no entiendes de números! 

—El hijo del sacristán es listo, y dán- 
dole una peseteja al mes... 

Y pide la administración, y la obtiene. 
Resultado de esto: que los vanidosos, los 

holgazanes, los ambiciosos abandonan las 
labores del campo, las profesiones, los ofi- 



Z¿) 



«ios, viven en los pueblos manteniendo una 
guerra horrible, perturbando la familia, 
dando que hacer á veces á los tribunales 
6 los abandonan para ir á la capital ; los de 
la capital, á su ver, sueñan con un empleo 
en Madrid, y dejan el patrimonio de sus 
padres en manos de los usureros, para venir 
a pretender, para ocupar á los diputados, á 
los ministros, para aumentar el número de 
vagos, de descontentos; y no es esto lo 
peor; lo peor es que dan su sufragio í per- 
sonas desconocidas que pagan favores con 
destinos, que no hacen nada por la locali- 
dad ni por el pais, que tienen que obedecer 
á una consigna, que votan á ciegas y dan 
al pais leyes... leyes de las que solo diré, 
porque no quiero h¡ debo decir mas, que, 5 
fuerza de estirar la elástica paciencia de los 
españoles, nos han traído al infierno en que 
vivimos. 

No culpo á tal ó cual partido ; todos han 
sido culpables hasta ahora. 
Hago historia: no juzgo. 
La empleomanía, pues, ha constituido 
un gran escándalo; ha minado íordamente 
los triunfos de las pasadas revoluciones; ha 
quebrantado los tornillos de la maquina 
administrativa ; ha paralizado su impulso; 
ha insubordinado S la juventud, lanzándola 
por una senda que la ha llevado á la vejez 
política; ha gravado á la nación con el pre- 
supuesto de clases pasivas, panteón donde 
icosa estraña! los muertos sirven masque 
los vivos; y ha secado las fuentes del patrio- 
tismo. 

¡Muera, pues, la empleomanía; baje al se- 
pulcro con lo que ha desaparecido ; vuelva 
el labrador á labrar la tierra, el operario ü 
su trabajo; que el empleado sea una rueda 
de la gran talquina : que todas las ruedas 
las muevan manos inteligentes ; que des- 
aparezcan de los despachos de los jefes esos 
libros horribles en donde cada empleado 
tiene al lado uno 6 dos nombres de perso- 
najes que pueden producirle un ascenso 6 
una cesantía, según los ministerios que se 
formen; que no se repitan escenas como las 
de aquel alto funcionario que respondía á 
una observación de su oficial: 

—Que escriban primero el oficio, y luego 
pondré yo la minuta. 

Que no sea el presupuesto un estímulo 
de la pereza; que nodigan los padres: 

— Nuestro hijo ha sido un holgazán . ha 
perdido el tiempo : busqucmosle un des- 
tino. 

Que la juventud busque lejos del presu- 
puesto los medios de vivir, al mismo tiem- 
po que para la familia, para la patria! 

Esto solo se conseguir;! concluyendo con 
la empleomanía, y con la empleomanía solo 
puede acabar el trabajo. 

SVUO NoMBELA. 



— 213 — 

BELLEZAS DE LA RELIGIÓN. 



LA FE. 

Columna inquobrani.-il.le v paleros». 
Firme sosten del corazón sencillo. 
Novo de la esperanza, ln/. hermosa 
Que el pecho Inundas con la eterno brillo. 

F -iro Inmortal que hiela el inhumo puerto 
Llamas al navegante: sol fecundo. 
One ile sagrado re 
Disipas las tinieblas rio este toun.lo. 

Tú re, limes ' -ente 

Peí malestar de que ne mira esclava. 

'Ti'wa y viva h 
Do la impureza tiel errrr ae lava. 

Tú .las al corazón ei faeffa paro 
Que mu pesadas sombras ilun 

■ muro 
Ante el ine muda la razón se incluía. 

Tú o 

¡Ida i'Onniaa; 

I uz Je la esperanza. 

■ 

netrre velo; 
De las pielrii- niemí 

Y ore-' !:. c 

Jote- 



La. HONRADEZ Y EL TRABAJO. 



Juan acababa de esperimentar la mas 
pura, la mas inmensa de las felicidades, y, 
sin embargo, después de haber gozado mu- 
cho, habia c3Ído de pronto en un profundo 
abatimiento. 

Ju3n era mozo de labor en casa de uno 
de los mas ricos hacendados de un pueblo 
de Castilla, y unido con una joven aldeana, 
habia recibido de sus amantes brazos el 
mas preciado tesoro que puede ofrecer una 
madre al hombre que con su amor le ha 
dado el título de esposa. 

Hasta este dulce instante no habia senti- 
do Juan el torcedor de la ambición; huér- 
fano desde los primeros años de la vida, 
nada le habia faltado con su soldada: v hs 
obligaciones de su estado, al casarse, no ha- 
bían apenas aumentado sus gastos, porque 
su mujer era muv hacendosa, muy econó- 
mica, y no perdia ocasión de contribuir, 
con los trabajos que desempeñaba, á au- 
mentar los ingresos de su casa. 

Ocupado desde el amanecer hasta la no- 
che en las faenas agrícolas, descansaba el 
domingo; después de oir misa, iba con va- 
rios amieos í casa del señor cura, el cual 
les enseñaba la doctrina bajo una forma 
amena; por la tarde reunía con su vihuela, 
bajo el emparrado de su casa, á todos las 
mozas y mozos del pueblo; al dia siguiente 
se entregaba de nuevo & las faenas, y así 



¿) 



fr 



'-\ 



- 214 — 



pasaba la vida en paz y en gracia de Dios. 

La honradez y el trabajo engendran 
en el alma la felicidad que otros buscan 
sin encontrarla por caminos enteramente 
opuestos. 

Pero tuvo un hijo, y como Juan era hom - 
bre que pensaba, notó que para atender á 
las necesidades de su familia, para librar 
mas tarde de quintas al fruto de su amor, y 
para dejarle, lo mismo que á su madre, cuan- 
do él muriera, algo con que vivir, le fal- 
taba mucho. Dominado por esta idea, co- 
menzó á cavilar, buscando á toda costa los 
medios de hacerse dueño de un pedazo de 
tierra, de una casita, y por lo menos de una 
yunta ó un par de muías, á fin de no vivir 
siempre sometido á un salario, y de ganar 
verdaderamente con el sudor de su rostro 
el pan y la felicidad de los dos seres que 
Dios habia puesto bajo su amparo. 

Sus amigos notaron que, al llegar el do- 
mingo, no faltaba á la misa ni á las confe- 
rencias del señor cura ; pero después, en 
vez de tocar la guitarra y reunir á los mo- 
zos y mozas á la puerta de su casa, ó se iba 
á pasear por aquellos campos, ó se quedaba 
al lado de su esposa y de su hijo. 

— Tú tienes algo, Juan, le decia su cari - 
nosa compañera, que, entusiasmada con el 
precioso fruto de sus entrañas , vivia del 
presente, sin que empañaran el cielo de su 
vidalas tristes sombras del porvenir; tú 
tienes algo, repetía, y haces mal en ocul- 
tármelo. 

— No, mujer... esas son aprensiones. 

— Será lo que tú quieras; pero la verdad 
es que desde que tenemos un hijo, en vez 
de alegrarte, has caido en una profunda 
tristeza. 

— ¡Vaya, que tienes unas cosas ! contes- 
taba Juan. 

— ¿ Te pesa que Dios haya bendecido 
nuestra unión? 

— ¿Cómo puedes creerlo? 

— ¿Hubieras preferido una niña? 

— No, mujer... Doy muchas gracias á 
Dios, porque nos ha concedido un hijo que 
sea en la vejez nuestro consuelo. 

—Pues entonces, ¿por qué estás triste? 

— ¡Si no lo estoy! 

—¿Acaso has dado un beso á tu hijo? 

—Es verdad. 

—¡Mira, mira el angelito qué cara po- 
ne...! Parece que riñe porque no le haces 
caso. 

Juan besaba la frente de su hijo, y al mis- 
mo tiempo dos lágrimas abrasaban sus ojos. 

Pasaban algunas semanas, y Juan, á fuer- 
za de cavilar, se iba quedando en los hue- 
sos. El medico del pueblo, que era muy 
campechano y le quería en cstremo, notó 
lo que pasaba, y le llamó á su casa. 

— Vamos á ver, le dijo: tú tienes algo, y 
vas á confiarme el motivo de tus penas. 
Un padre de familia debe conservar su sa- 
lud para que nada falte á su mujer ni á sus 



v^ 



hijos; y si en vez de cumplir este deber, te 
vas dejando, no serás útil á tu casa, y cau- 
sarás el tormento de cuantos te rodean. 

Estas reflexiones hicieron mella en su 
alma. 

— ¡Ay, señor! contestó: lo que me aflige 
es la idea de que no tengo nada mas que 
mi salario, y á cada instante pienso si yo 
cayese malo, qué seria de mi Antonia y de 
mi chico. 

— ¡Es decir, que te has dejado dominar 
por la aprensión! 

—No lo sé: lo que puedo asegurar á V. es 
que no duermo pensando en estas cosas. 

— ¿Te falta algo? 

— Por ahora, no, señor, á Dios «racias. 

— ¿Te ha faltado algo desde que desem- 
peñas con honradez y celo los trabajos que 
te encarga tu amo? 

— No, señor. 

— Pues va ves: no tienes motivo para du- 
dar de la Providencia. 

— Es verdad ; pero mi hijo me quita el 
sueño: los años pasan pronto ; él crecerá, 
yo me haré viejo, y cuando mas lo necesi - 
temos su madre y yo cumplirá los veinte 
años, entrará en quintas y se alejará de nos- 
otros para servir al Rey. Si al menos pudié- 
ramos guardar algo de lo que gano; si yo 
tuviera algunas tierras , una casita ; vamos, 

?o echaría el quilo trabajando, y cuando 
legase el momento del sorteo, no solo po- 
dría pagarle un hombre, sino que , entre- 
gándole mis bienes , le proporcionaría los 
medios de socorrernos en la vejez. 

— Eso es pensar como Dios manda. 

— S! ; pero ¿cómo adquirir un pedazo de 
tierra? 

— ¿No tienes nada ahorrado? 

— No, señor. 

— Sin embargo, voy á darte un consejo. 
En Madrid hay algunas sociedades que com- 
pran tierras, casas y aperos á los pobres co- 
mo tú, se los entregan mediante una corta 
cantidad que les exigen en el acto de darles 
posesión de estos bienes, y después les ha- 
cen pagar una cantidad todos los años, 
hasta que sin sentirse convierten en dueños 
de las tierras que labran. Las mismas fincas 
quedan hipotecadas al pago, y si no cum- 
plen religiosamente los compromisos que 
contraen, las sociedades los despojan de 
los bienes que les han dado: pero el que hace 
este negocio con honradez y trabaja con ce- 
lo, cumple y ve coronados sus deseos. Aho- 
ra bien: Juan, si tú quieres, puedes hacer que 
una deesas sociedades te compre algún ter- 
reno en los alrededores del pueblo," te cons- 
truya una casa, te procure una yunta y los 
aperos indispensables: en vez de cavilar, tra- 
bajas, y en diez ó doce años te encuentras 
convertido en un labrador hecho y derecho. 
¿Qué te parece mi consejo? 
— ¡Ah! me vendría que ni pintado. 
— ;Y por qué no lo sigues? 
— Porque no poseo nada, y V. me ha di- 



4 



- 215 - 

choque es necesario adelantar una cantidad 
—Se que eres honrado y laborioso, te 
aprecio mucho y no tengo inconveniente 
en prestarte lo que necesites. Tendrás que 
trabaiar mas, porque tus acreedores serán 
dos: pero... 



Sn 



—Eso seria lo de menos, si Dios me da 
salud. 

—-■Conque quiere decir que aceptas mi 
proposición i 

— ¡C° n mil amores...! me vuelve V. la 
vida, y le prometo eterna gratitud. 

La alegría volvió á pintarse en el rostro 
de Juan, porque la esperanza habia renacido 
en su pecho. 

El medico escribió á un amigo suvo de 
Madrid; poco después vino con Juan á la 
corte, arreglaron el negocio, y seis meses 
después tomó el honrado aldeano posesión 
de unas cuantas aranzadas de tierra , muv 
bien cercadas, y de una casita en la que ha- 
bía un par de bueyes y varios instrumentos 
de labranza. 

Trabajando con incansable afán noche y 
día, veia á un mismo tiempo crecer sus 
mieses, aumentarse su gallinero, poblarse 
su corral de animales propios para el con- 
sumo, y desarrollarse su hijo en medio de la 
felicidad que al lado de su esposa disfrutaba. 
La bendición de Dios habia caido sobre 
sus campos; su mujer era económica y tra- 
bajadora; le avudaba en las faenas, ¡ha á los 
pueblos inmediatos á vender los productos 
de su hacienda, y al fin del año podia pa- 
gar á sus dos acreedores, y dejar algo para 
comprar mas tarde un hombre que sustitu- 
yera á su hijo en el servicio del Rey. 

Veinte años se pasaron, v cuando los ca- 
bellos de Juan y de su esposa empezaban i 
encanecer, ya no debían nada; conservaban 
á su lado á su hijo, que. educado con el 
ejemplo del trabajo y de la virtud, honraba 
i sus padres, habían "aumentado sus tierras 
y provisto su casa. 

Todo les sonrcia, y después de una vida 
laboriosa, les ofrecía la Providencia una 
vejez feliz, tranquila y desahogada. 

Este cuadro risueño es uno de los efectos 
que produce el crédito dirigido por la bue- 
na fe y el amorá la humanidad. 

Prestar al pobre los medios de enrique- 
cerse con el trabajo y la honradez, es cum- 
Elir uno de los deberes mas nobles que 
a impuesto Dios á los capitales reunidos. 
Ahora bien, mis queridas lectoras: este 
cuadro risueño no lo veréis realizado hasta 
que ¡os oscurantistas, como nos llaman, 

Suitemos el crédito á los fúnganos para 
árselo á las abejas. — .Y. 



ECOS DE MADRID. 

Ante todo, permitidme que medesahogue. 
Son innumerables las cartas que ha reci - 



bidoel editor del periódico manifestando 
que el retrato de D. Carlos, ó"ha sido esca- 
moteado del número, ó inicuamente estro- 
peado, sin duda por los que ni aun en efigie 
se atreven á mirar cara á cara al que está 
llamado, por ejemplo, i no consentir que 
seconfic el sagrado de la correspondencia 
pública á consecuentes barricadistas. 

«He recibido La Margarita estropeada, 
dice una suscritora de un pueblo de Anda- 
lucía, el retrato mas que arrugado, y ade- 
mas con una mancha en la hermosa frente. 
No puedo esplicar á V. el disgusto que tengo 
con esto, pues hasta lágrimas he derramado, 
no se si de sentimiento ó de ira ; creo que 
de una y otra cosa.» 

Otra suscritora de la provincia de Alba- 
cete nos dice : 

«Acabo de recibir el núm. 20 con el de- 
seado retrato del Sr. D. Carlos VIL que una 
infame mano, ejecutora de infames pensa- 
mientos, ha rasgado vil y cobardemente.» 

En estos ó parecidos términos se espre- 
san las autoras de otras muchas cartas. 

La administración se ha apresurado á 
duplicar el envió. 

Yo hago público el mísero procedimien- 
to, porque retrata á nuestros adversario*. 

Pero su afán es inútil: aunque se ensañen 
con el retrato, el original queda, y ese se 
vengará de los culpables perdonándolos y 
haciéndolos participar de la ventura que 
ofrece á España su legítimo triunfo. 

*•• 

Madrid se anima estos días. Vuelven las 
familias que nos abandonaron para animar 
con su presencia las costas del Océano y 
los pintorescos pucblecillos de los Pirineos; 
los teatros abren sus puertas, y coincide 
con esto la reunión de los diputados en el 
Congreso. 

Este teatro absorbe la atenciop y perju- 
dica á las empresas particulares. 

En él vamos á ver representar una obra 
cuvo primer acto es cómico. 
El segundo promete ser dramático. 
En cuanto al tercero, hay quien sospe- 
cha que pueda convertirse en tragedia. 

El ministerio homogéneo y las economías, 
que han vivido el verano favorecidos por el 
interregno parlamentario y el viaje de don 
Amadeo, vana presentarse ante sus jueces. 
La elección del presidente es el final del 
primer acto de la comedia. 
Yo me figuro la función. 
— Aquí estamos, dirá Ruiz Zorrilla. Ya 
habéis visto que nuestra vida ministerial ha 
sido fecunda. Hemos nivelado el presupues- 
to á los ojos del pais; hemos hecho un em- 
préstito que nos ha llenado de oro para 
rrtat3r unas cuantas trampillas, la Porra no 
ha dado señales de vida, el pais ha destila- 
do por medio de los partes de la Gaceta un 
entusiasmo inconmensurable, y la dinastía 
democrática se ha apoderado del corazón 



^ 



<?■ 




- 216 — 



de los pueblos, representados por las auto- 
ridades, y se ha ganado las simpatías de los 
aficionados á los baños de mar; y por últi- 
mo, y esto es lo mas grande, hemos puesto 
una cadena de seda á la fiera del republica- 
nismo, y con una amnistía y los buenos 
oficios de Olózaga y el Toisón de oro para 
Thiers, hemos logrado que pase setiembre 
sin levantamiento carlista. 

Pues bien: á pesar de todos estos méritos, 
el pais, simbolizado por sus representantes, 
pagará los desvelos del gobierno coa la mas 
negra ingratitud. 

Los federales csclamarán: 

—El entusiasmo del viaje es nuestro: ar- 
men Vds. á los voluntarios, facilítennos 
Vds. los medios de que establezcamos la re- 
pública, ó revelamos la verdad al mundo 
entero. 

Olózaga dirá: 

— Si los carlistas han estado quietos, yo 
soy quien debe recoger la gloria de este 
fausto suceso. 

Las economías vistas de cerca producirán 
terribles desengaños en sus admiradores. 

Llegará la elección del presidente, y en- 
tonces... ¡oh! entonces empezará á dibujarse 
el drama. 

Los sagastinos, unidos con los froterizos, 
los zorril listas con los martistas, darán lu- 
gar mientras se despedazan á que el elemen- 
to conservador se agrupe ■en torno de don 
Amadeo. 

En este instante caerá el telón. 

La orquesta ejecutará en el intermedio 
una_ fantasía sobre el motivo de la polka del 
Canon, y al empezar el acto segundo... 

¡Qué divertido seria todo esto si no cos- 
tase caro el espectáculo! 

Confiemos en que la Providencia llegará 
á tiempo á cortar el nudo para ofrecer un 
desenlace que satisfaga á los espectadores. 

... * * 

.Mientras que aquí se preparan estos su- 
cesos melodramáticos, las brisas de la veci- 
na Francia nos traen noticias inconcebibles. 

Doña Isabel ha reunido á sus amigos. 

—Se trata de la reconciliación de toda la 
familia, decian unos. 

—No hay la! : es pura y simplemente una 
negociación entre doña María Cristina y el 
duque de Montpensicr. 

—Acuden moderados á la cita. 

— Y unionistas. 

— Hay moderados que rechazan todo tra- 
to con el favorecedor de la revolución de 
setiembre. 

— En cambio otros aseguran que si no se 
llega á un acuerdo práctico, se harán con- 
servadores de D. Amadeo. 

— ¡Esperemos la solución! 

La solución ha venido. 

¡Pobre doña Isabel! 

Es verdaderamente lamentable la desdi- 
cha que pesa sobre la que fue Reina cons- 
titucional. 



Algunos indican que su juicio se halla 
algo trastornado. 

Tales consejeros tiene, que no seria es- 
traño. 

De todos modos apena su infortunio. 

Si es cierto, como dicen, que ha delega- 
do sus poderes de madre en doña María 
Cristina, y que desea el triunfo de su hijo 
con la legalidad existente, compadezcamos 
á la infeliz señora, que se ve obligada á re- 
nunciar á todo género de influencia sobre 
un hijo querido, y á entregarle á los dere- 
chos ilegislables de los revolucionarios de 
setiembre. 

¡Cuánto debe sufrir! 

Por lo demas,_una sola voz se ha levanta- 
do en toda España al saber que se ha encar- 
gado de dirigirlo todo doña María Cristina. 

Esa voz es el recuerdo de la historia con- 
temporánea, es el resumen de los treinta y 
siete años de discordia en que vivimos. 

Este recuerdo y esta historia se sinteti- 
zan en un nombre: María Cristina. 

,** 

Hablemos de otras cosas: de las Asocia- 
ciones de católicos, que, recogiendo en sus 
escuelas á los hijos de los pobres, les in- 
funden los sanos principios de la Religión 
y cu mplen el precepto sagrado de enseñar 
al que no sabe. 

En todos los barrios de Madrid hay es- 
cuelas quedan resultados muy apreciabas, 
y especialmente en el barrio de Salamanca, 
en donde los asociados despliegan un celo 
digno de los mayores elogios. 

El domingo anterior se verificaron los 
exámenes, y los niños dieron muestras de 
lo bien cultivados que están su corazón y 
su inteligencia. 

Hoy es el dia señalado para darles los pre- 
mios; y á fin de solemnizar el acto, ha es- 
crito el presidente de la Asociación , don 
Francisco Pareja, el eminente jurisconsulto 
y distinguido escritor católico, un sencillo, 
pero sentido himno, que ha puesto en mú- 
sica D. Santiago Masarnau. 

Varias señoritas del barrio se han pres- 
tado á cantarlo, v en los momentos en que 
leéis La Margarita, se estará celebrando 
esa función tierna y conmovedora. 
* 
* * 

Terminaré anunciándoos que ha llegado 
á Madrid desde Ginebra un nuevo folleto 
deManterola, titulado El Espíritu Carlista, 
y que he oído asegurar que es un cuadro 
admirable de lo que es el partido de la le- 
gitimidad, y de lo que se propone hacer para 
salvar á España. 

Añaden los que conocen este trabajo que 
es el mas notable de cuantos ha producido 
su inspirada pluma. 

Esperanza. 



^: 



MADRID, 1871. - Imprenta do La Esperanza . i 
cargo de D. A. Pereí Dubro.ll, Hez, 6. 




=N\ 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATOLICQ-BONARQUICAS. 



AÑO I. 



8 OCTUBRE 1871. 



NÚM. 28. 



StTM vmo.-El Matrimonio, por doiio Pa- 
trocinio de Bietlm».— La Vicio moderna . 
rollna P. — Ccadkoh vivos políti-^ 
Los Pobres de oficio, por i». Julio Nombela.— 
La llosa y la Stem] : A. Je Vall.ue- 

na.— Ecoa tio Madrid , por Esperanza. — Marga- 
ritas. 



EL MATRIMONIO. 



Al elerarel matrimonio i I 
■ latí do sacramento. Jesucristo no9 ho 
mostrado la ¿rao figura de su unión 
coa la Iglesia. 

(CnATBACUT:- 

Demasiado comprendemos nuestra 
insuficiencia para escribir acerca de 
este importante acto de la vida , que 
siendo como es Ja base sobre que des- 
cansa y se eleva la familia , puede con- 
siderarse como el eje poderoso sobre 
que giran las sociedades. 

Esta dificultad es hoy mayor , pues 
el matrimonio se nos presenta, no solo 
como el augusto sacramento á que la 
Religión pone, cnal un sello divino, su 
sanción protectora; no como la ley mo- 
ral sustentada en ese sabio Código 
eclesiástico donde se guardan las ins- 
piraciones de la fe con las inmortales 



creaciones del talento de los que han 
sido y son á través de los siglos lum- 
breras de la Iglesia, sino como el con- 
trato legal, como la ley civil de que el 
hombre es al mismo tiempo legislador 
y protegido. 

No abrigamos la pretensión de pro- 
fundizar esta grave cuestión en toda 
su importancia y trascendencia; solo 
queremos, viviendo como vive graba- 
do en nuestra alma el sentimiento ca- 
tólico, cual una inestinguible estrella 
que hubiese encendido el soplo de Dios, 
esponer algunas consideraciones que, si 
carecen de ciencia, son el resultado de 
nuestras creencias y nuestra fe. 

Desde que en esta nación se ha es- 
tablecido la nueva ley que hace obli- 
gatorio el contrato civil para legalizar 
i-imonio canónico, hemos teni- 
do ocasión de oir muy distintos pare- 
ceres acerca de ella; quién , llevando la 
exageración hasta el estremo , negaba 
como nn crimen la obediencia á la ley 
vigente; quién la proclamaba como 
una amplia medida de salvación social. 

¡Con cuánto placer vimos que nues- 
tros mas ilustres Obispos han esclare- 



- 218 — 



cido con su autorizada palabra los pun- 
tos oscuros; y demostrando que ha- 
biendo sido siempre y en todos los paí- 
ses esencialmente religioso el matri- 
monio, han dado á la nueva ley su 
verdadero y único valor! 

En ningún caso, por ningún concep- 
to, puede el que ha vivido bajo el am- 
paro de nuestra Santa Religión olvidar 
sus preceptos; y si los sigue siempre, 
¿cómo ha de olvidarlos en el mas im - 
portante acto de su vida? 

¿Cómo buscaría en esa ley de un dia 
la sagrada autoridad de la ley sobre la 
cual han pasado los siglos respetándo- 
la, y que han admirado y obedecido 
miles de generaciones ; de ese Código 
inmortal, que refunde junto á la ver- 
dad revelada del Evangelio la ley del 
Derecho canónico y del Derecho ro- 
mano? 

Ningún católico puede, sin la san- 
ción del sacramento instituido por Dios 
y cuidadosamente conservado por la 
Iglesia, sin el sello indestructible que 
la Religión pone en los lazos que for- 
ma, considerarse unido con una unión 
eterna; un contrato basado en una ley 
que otra ley posterior puede anular, 
podrá unir los intereses de aquellos 
dos seres, acaso su voluntad material; 
pero no unirá nunca sus almas; no 
será la unión ideal, eterna, tal como 
Dios la creó para la perfectibilidad de 
la raza humana. 

El matrimonio, que es la realización 
del anhelo del alma en su aspiración 
constante de amor, debe tener el aura 
de inmortalidad que hinche al corazón 
cuando ama. si ha de estar protegido 
por su propia grandeza contra el tor- 
rente invasor de nuestras versátiles 
pasiones. 

El matrimonio es la fuente de que 
brotan las comentes de la familia, cor- 
rientes que llenan y ensanchan el océa- 
no social: ¿será nunca bastante puro, 
bastante grande, el manautial de que 
toman vida las generaciones que al 
sucederse conservan siempre el sello 
elevado ó miserable de su origen? Qui- 
tad á esa unión sublime su misterioso 



^: 



velo de divinidad ; romped en él el se- 
llo sagrado con que Dios mismo la ben- 
dice, y la razón humana sabrá abrir 
brecha á través de su indisolubilidad, 
y dejando escapar por ella las ondas 
invasoras de sus deseos , de sus insta- 
bles impresiones, que el dique santo de 
la Religión contenia , se alzará la pa- 
sión triunfante sobre el derecho ven- 
cido, y lentamente irá destruyendo las 
bases en que se eleva la familia, en- 
volviendo en sus ruinas cuanto hay de 
mas sagrado. 

Hay, por desgracia , católicos que, 
olvidando los preceptos de nuestra Re- 
ligión , prescinden del matrimonio ca- 
nónico , acaso por seguir las corrientes 
de la opinión, ó acaso por no compren- 
der todo el daño que esta ligereza pue- 
de causar, no solo á su conciencia, sino 
á la sagrada legitimidad de sus hijos. 

Si cuando el corazón ama, todo le 
parece poco para estrechar los lazos 
que han de unirle á la persona amada; 
si el alma anhela identificarse con otra 
alma , uniéndose en aspiraciones , en 
deseos ; si quieren vivir, en fin, la mis- 
ma vida, ¿ por qué rechazar lo que 
completa y perfecciona estaunion? 

Hó aquí lo que , á mas de su casi 
inutilidad , hallamos malo en la nueva 
ley: la perversión de los espíritus dé- 
biles que no saben cumplir sus de- 
beres. 

Por lo demás, la ley civil ni ha po- 
dido ni puede poner impedimento al- 
guno al cumplimiento de la ley canó- 
nica; y siendo así, no tienen género al- 
guno de escusa los que , desentendién- 
dose de la Religión que profesan , han 
tomado de esa ley un pretesto para 
justificar ante la sociedad civil lo que 
es en realidad , y será alguna vez en 
su conciencia, una crimiual apostasía. 

Que los católicos no olviden su de- 
ber; que no dejen falsearse en su base 
el precepto de nuestra Religión, y la 
ley civil no será mas que un nuevo 
registro donde conste una vez mas la 
obligación contraída ante los altares: 
á lo sumo, una ley material, que, uni- 
da á la ley moral , puede formar un 



ZÍ) 









todo completo al realizar la unión de 
la materia y la unión del alma. 



— 210 — 



Patrocinio de Biedma. 



—**G<$>^*- 



LA VIDA MODERNA. 



II. 

Por el estilo de lo que os he relata- 
do en la primera parte de mi escrito, 
podría describiros laa costumbres de 
muchas familias que han variado por 
completo de método de vida; pero se- 
ria interminable, y estoy segura de 
que os cansaría con mis lamentaciones, 
sin conseguir que nadie abandonara por 
ahora las malas costumbres que por 
desgracia de nuestra querida patria se 
van adoptando. 

Me contentaré, para terminar la 
enojosa tarea que me he propuesto, 
con indicaros el medio que os prome- 
tía en la primera parte. 

No creáis, sin embargo, que seré 
larga ni minuciosa en mi consejo; sé 
por esperiencia que nada hay tan fas- 
tidioso como recibir consejos que no 
se piden, á no ser el darlos cuando se 
han pedido. 

Yo he leido, no sé dónde, que los 
refranes son estrados de la ciencia, que 
en pocas palabras encierran toda su 
sabiduría. 
Pues bien: recordad el siguiente: 
_ La mujer comjiuesta quila al ma- 
rido de otra puerta. 

Estoy segura de que no hay una ca- 
sada que no le haya oído mas de una 
vez, y, sin embargo, ¡qué poquísimas 
son las que sacan producto de una 
máxima que las mas de las veces po- 
dría conservar la felicidad en muchas 
familias! 

Pues bien : mi consejo es este : con- 
formidad, paciencia y coquetería con- 
yugal. 

Con estas tres cosas conseguiréis 
muchas de las que os propongáis , y 
las mas de las veces veréis volver á . 
vuestros maridos al buen camino. 



Entended, por supuesto, que al ha- 
blaros de coquetería, he querido deci- 
ros que seáis agradables para con vues- 
tros esposos. 

La mujer que resignada sufre pa- 
cientemente á su marido esos peque- 
ños defectos que con el tiempo llegan 
á ser irreparables ; que sigue amable 
y placentera ; que cuando le ve tris- 
te le consuela, sin preguntarle jamás 
la causa de su incomodidad ; que es, 
en fin , su verdadero ángel familiar.' 
llega á convencerle de que la verda- 
dera felicidad se halla en el hogar do- 
méstico, en el amor puro y desintere- 
sado de una esposa y de unos hijos 
queridos , y entonces el marido, pró- 
digo fuera, se hace pródigo dentro. 

Voy á contaros la historia de dos 
hermanas, amigas mías, que viene co- 
mo de molde para convenceros de lo 
que digo. 

Paca y María eran desde niñas dos 
tipos encontrados. La primera, domi- 
nante y altanera; la segunda, dulce y 
con una paciencia inalterable. 

Casáronse las dos el mismo día con 
dos amigos , bolsistas los dos , ambos 
ricos, y muy metidos en lo que se lla- 
ma el buen tono. 

Al principio de su matrimonio todo 
fueron venturas. Paca brillaba en los 
salones: y María , semejante á la hu- 
milde violeta, esparcía en la casa los 
dulces perfumes de su virtud. 

Pasada la luna de miel, los dos es- 
posos, entregados á los negocios, pare- 
cían cada vez menos por su casa : poco 
á poco fueron haciendo una vida pare- 
cida 6 la que os describí en la primera 
parte de este ligero estudio. 

Paca se enfureció , y cada vez fue 
agriando mas el carácter de su marido. 
María , por el contrario , le recibia 
siempre con su dulzura inalterable, y 
si no conseguía atraerle al parecer, por 
lo menos no le rechazaba. 

El marido de Paca estaba seguro de 
que cuando volviera á su casa habia 
de tener una escena tempestuosa : el 
de María sabia que encontraría á su 
mujer leyendo ó cosiendo junto á la 






- 220 - 



cuna de su hijo , con su angelical son- 
risa, esperándole sin impacientarse, 
aunque el nuevo sol empezara á lucir. 

Poco á poco los acontecimientos po- 
líticos , que tanto influyen en los ne- 
gocios de Bolsa, fueron disminuyendo 
las fortunas de ambos matrimonios , y 
entonces las reyertas y las pérdidas 
agriaron los caracteres de Paca y de 
su marido , de modo que la casa era 
un infierno, lo cual obligaba al marido, 
para librarse de aquella continuada 
querella, á prolongar cada vez mas sus 
ausencias. 

En casa de María no habia nada de 
eso : á la primera insinuación de su 
marido redujo los gastos en dos terce- 
ras partes, sin demostrar el mas míni- 
mo pesar, y este la veia siempre le- 
yendo ó bordando junto á la cama 
de su hijo : siempre amable , jamás le 
preguntaba por el estado de sus nego- 
cios ,^ contentándose con oir lo que él 
quería decirle , y sin hacer jamás la 
alusión mas remota al abandono en que 
la dejaba. 

Tan diferente conducta por parte 
de ambas hermanas no pudo menos 
de producir resultados diametralmente 
opuestos. 

Un dia que el marido de Paca tuvo 
una perdida mayor que las que habia 
tenido anteriormente, que le dejaba 
reducido casi á la miseria , llegó á su 
casa mal humorado, como era natural 
y su mujer, al saberla terrible noticia) 
dejándose arrebatar de su ira mas que 
de ordinario , en vez de procurar con- 
solarle y darle conformidad para so- 
brellevar su desgracia , le increpó con 
dureza, y comenzó la pelea ; pero de 
tal suerte, que el pobre marido, exas- 
perado por su pérdida, y mas que nada 
por la furia de su mujer, llegó á per- 
der la razón, y... le levantó "la mano. 

En el mismo instante de cometer 
aquella acción que tanto le degrada- 
ba, conoció lo mal que habia obrado, y 
se arrepintió. Pero ya era tarde. La 
felicidad habia concluido para ellos, y, 
conociéndolo demasiado, cogió el som- 
brero, y salió de su casa. 



^ 



El marido de Paca no ha vuelto mas. 

La mujer sabe que salió de Madrid, 
pero es la última noticia que ha tenido 
de él. 

Paca ha probado mil modos de vi- 
vir; pero su maldito genio no le ha 
consentido jamás conformarse con las 
contrariedades tan comunes en la vida, 
y hace mucho tiempo que no he sa- 
bido de ella. 

Por el contrario, María , á fuerza de 
dulzura y paciencia, hizo compren- 
der á su esposo que la verdadera feli- 
cidad estaba en el hogar doméstico, en- 
tre la bondad de su mujer y las cari- 
cias de su lujo. 

No teniendo que sufrir el martirio 
interno que su amigo, pudo consagrar- 
se con mas tranquilidad que él á hacer 
frente á su mala suerte, y teniendo mas 
despejada la imaginación para los ne- 
gocios, logró rehacer la mayor parte, 
si no toda su fortuna, y hoy es uno 
de los hombres de negocios mas acre- 
cí i l:\ Jos, y á quien jamás veréis, fuera 
del tiempo que dedica á estos, de otro 
modo que rodeado de su mujer y su 
hijo, y de algunos pocos amigos bien 
probados. 

Ya ven las amables lectoras de La 
Mabgakita el mejor remedio que po- 
demos aplicar á esta especie de desvio 
que nos manifiestan algunas veces nues- 
tros maridos. 

Una paciencia y una bondad inalte- 
rables nos harán conseguir, si no el 
amor que por desgracia hayamos per- 
dido, el aprecio y la consideración, 
que á veces son una prenda de felici- 
dad tan segura como aquel. 

Esto, mientras una reforma de cos- 
tumbres, efecto por lo que tanto de- 
seamos, no haga mas difícil ese des- 
bordamiento que hoy se nota en los 
hombres, causa funesta de muchos dra- 
mas de familia , que no por pasar casi 
desapercibidos para el resto de la so- 
ciedad, son menos dolorosos. 

Pero mas que nada desea que no 
tengáis que hacer uso del remedio y 
que os amen siempre vuestros maridos, 

Carolina P. 



=4 



^ 



— 221 — 



CUADROS VIVOS POLÍTICOS 



T SOCIALES. 



LOS POBRES DE OFICIO. 

La -pobreza oficial es á un tiempo una 
desgracia y una industria. 

Estudiémosla para ver si encontramos un 
medio de acabar con la industria y de am- 
parar & la desgracia. 
El estudio es pintoresco. 
Apenas sale de su casa un habitante de la 
corte, empieza ti recibir acometidas. 

En cada calle hay, cuando menos, un 
pobre de los de chapa, es decir, de los ma- 
triculados y autorizados para vivir de la ca- 
ridad pública. 

Estos constituyen la aristocracia de los 
pedigüeños. 

Tienen su silla de tijera, están muy arro- 
pados en invierno, y no se tratan del todo 
mal. 

¡Cuántas veces los he visto suspender un 
mordisco á un pedazo de salchichón ó lon- 
ganiza para esclamar con tono lastimero: 

— ¡Una limosna por el amor de Dios, her- 
manito! ¡No tengo ni siquiera un bocado de 
pan que llevar á la boca! 

Los pobres de chapa abandonan los dias 
de fiesta sus puestos de las calles para inun- 
dar los pórticos de las iglesias. 

Un dia estaba un ciego en la puerta de 
un templo , y reñia á su lazarillo porque le 
había jugado una mala pasada. 
Yo le escuche un buen rato. 
—Eres un tuno, le decia ; en cuanto lle- 
gue á casa voy á descuartizarte. 
Pero anadia al oir pasos: 
— ¿Quién me manda rezar un Padrenues- 
tro por las benditas ánimas de su obli- 
gación? 
Y continuaba diciendo al lazarillo: 
— ¡Si eres de mala ralea, pillo, granuja! 
— Por el amor de Dios, hermanitos, una li- 
mosna al pobre ciego. — ¡Te he de matar, 
tunante! — Tened lástima y compasión de 
este desgraciado. 
No todos son ciegos, aunque lo dicen. 
Precisamente uno de estos dias pasaba 
una señora con un niño, y una pobre le 
dijo después de asegurarle que era ciega: 

— Bien podia V-, señora, buscarme un 
traje viejo de esc niño para uno mió que es 
de su misma edad. 

Estos pobres ejercen una industria : su 
historia es, por regla general, la misma. El 
vicio los ha conducido á la miseria , la pe- 
reza los ha inclinado á vivir de la limosna, 
y como no les va mal, se resignan con su 
suerte. 

Algunos están tan gordos y tan sanos, 
que da gozo verlos. ¡Para ellos es el mundo! 



Comen bien, no destruyen sus fuerzas con 
el trabajo, y pueden hacer ahorros. 

¡Son las grandes fortunas de la pobreza! 

Cuando mueren , suelen hallarse en los 
jergones de los mas miserables crecidas 
cantidades de dinero. 

Su lujo ha sido la avaricia. 

Si no abundasen tanto estos pordioseros; 
si no fueran en su mayor parte un perni- 
cioso ejemplo para los operarios laboriosos, 
señan hasta necesarios para dar í la corte 
claro-oscuro, para aumentar su lado pinto- 
resco. 

Siguen en el orden social, S los pobres 
de puesto fijo, los vagabundos, los trova- 
dores que con la guitarra ó el violin propa- 
gan por las calles la teoría de que 

liay pona como la vistiv 

y otras cosas por el estilo. 

Estos al menos trabajan, rascando el vio- 
lin ó la guitarra : entonando canciones ale- 
gres ó sentimentales se buscan la vida , y 
no les va del todo mal; el que menos, saca 
un jornal diario que varía entre seis y diez 
reales. 

Vienen en seguida los pobres que tienen 
parroquia , es decir , los que reparten los 
dias de la semana en cada barrio, y van á 
golpe seguro. 

—El pobre de los lunes, ó de los jueves, 6 
de los viernes, dicen al llamará las puertas. 
Los individuos de la gran familia que 
hasta ahora he citado son industriales, nada 
mas que industríales, y hacen su negocio. 
La prueba es que no quieren ir á los esta- 
blecimientos de beneficencia. 

Colocados en la puerta del palacio del 
rico, en las gradas del templo , 6 con la vi- 
huela en la mano y el lazarillo al lado, en la 
calle ó en el paseo , son detalles artísticos 
que componen, que dan valor a' cuadro. 

Pero la pobreza de hoy, la que sale al en- 
cuentro de los transeúntes y les tiende la 
mano , es aterradora. 

La miseria vergonzante , la que antes se 
ocultaba en las buhardillas v aguardaba allí 
con resignación la visita del hermano de 
San Vicente de Paul , ó el óbolo de la ilus- 
tre dama que velaba por los pobres de su 
parroquia, ha devorado la vergüenza y se 
ha echado á la calle en gran parte. 

Detras de cada esquina hay una señora 
cubierta con un velo, ó un caballero con 
traje deteriorado y rostro macilento, qvc 
acechan la mirada'del transeúnte y le dicen 
al oido : 

— ¡una limosna! Soy viuda, y no tenao 
que dar á mis hijos. Soy cesante, y mi fa- 
milia se mucre de hambre. 

jQué significa para esta gente la moneda 
de dos cuartos que puede darles el tran- 
seúnte? , 

Son á los ojos del observador el resultado 
de una lucha entre el vicio y la necesidad, 
entre la vergüenza y el hambre. 



^ 



¿f 



^ 



— 222 - 



De todos modos, el espectáculo es horro- 
roso. 

Por mi parte, declaro que no creo gran 
cosa en las señoras y caballeros que piden. 
El traje supone cierta educación, y la 
educación implica sentimientos que no 
pueden llevarse á la calle para esplo- 
tarlos. 

Comprendo esas grandes desgracias que 
arrojan por imprevisión á las familias aco- 
modadas en los brazos de la miseria. Las 
comprendo y las respeto ; pero cuando no 
llaman á la puerta de los establecimientos 
de beneficencia; cuando no renuncian á la 
levita ó al velo para buscar trabajo en otra 
esfera; cuando convierten los despojos de 
su pasada prosperidad en un elemento con- 
movedor, me parecen poco dignos de lásti- 
ma, y hasta censurables, porque hacen or- 
guliosa á la caridad. 

A un verdadero pobre andrajoso le da- 
mos un ochavo; á un pobre de levita, ¿que 
menos ha de dársele que una peseta? Oe 
otro modo, nos rebajaríamos. 

¿Y sabéis qué es lo que hacen con la pe- 
seta algunas de las viudas que os piden con 
el velo echado ; algunos de los caballeros 
que bajan los ojos al dirigiros la palabra? 
Aquellas ir á jugar; estos ir al café. 

Al lado de estos pobres que he descrito, 
hay un enjambre de chiquillos de tres años 
en adelante que persiguen á los transeún- 
tes en las calles, en los paseos, en los cafés, 
en las tiendas. 

— ¿Por qué molestas á los que vienen á 
comprar? decia no há mucho un comer- 
ciante á un muchacho de cinco á seis años. 
— ¡Toma! porque mi madre dice que es 
mejor pedir en las tiendas que en las calles. 
En las calles andan; y como no es posible 
seguir á uno solo, los abandonamos pron- 
to; pero aquí se están quietos, y nos dan 
algo para que los dejemos en paz. 

Estos chicos son pobres á unas horas; 
vendedores de fósforos á otras; en ocasio- 
nes pregonan decimos de la lotería; por la 
noche venden periódicos, y cuando pueden, 
escamotean un pañuelo. 

Son un plantel de holgazanes, que con 
el tiempo dejarán consignada su historia 
en papel sellado. 

Últimamente, condolida la prensa de al- 
gunos infelices, para implorar la caridad en 
su favor, anunció su desgracia, y señaló su 
habitación para que las almas caritativas 
acudiesen en su socorro. 

A la sombra de este generoso procedi- 
miento se ha creado una industria. Muy á 
menudo publican en la sección de anuncios 
el Diario y La Correspondencia ocho ó 
diez líneas, indicando las señas de una fa- 
milia que perece de necesidad. 

Los periódicos no llevan nada por esto 
cuando lo publican en la sección de noti- 
cias; en la de anuncios pagan los pobres 
ocho, diez, quince y veinte reales, y la sec- 



^: 



cion de anuncios es un campo donde se 
siembra para recoger. 

Tal es el boceto de la pobreza que nos 
asalta en la calle, de la pobreza que debi- 
lita las fuerzas que la caridad debe emplear 
para socorrer las grandes desventuras, re- 
uniendo fondos para crear cocinas económi- 
cas, ó yendo á buscar los grandes infortu- 
nios en el misterio en donde esperan resig- 
nados los consuelos de las almas piadosas. 

Los verdaderos pobres prefieren á la li- 
mosna pública los establecimientos de be- 
neficencia, la protección de las asociaciones 
piadosas. 

¿Qué debe hacerse con los pobres de 
oficio? 

Julio Nombela. 



LA ROSA Y LA SIEMPREVIVA. 



APÓLOGO. 

Era una siesta del quemado eatio 
Cuando en el zenit resplandece el sol ; 
Cuando los campos, respirando fuego. 
NI yerba brotan, ni pintada flor. 

La rosa mustia, deshojada y saca , 
De la alta rama del rosal cayó; 
Y asi dijo á la verde siemprovivn 
En temblorosa, suspirante v 7. : 

— ¡Ay! ¡Yo perezco! Mi frescura y galas 
La lumbre ardiente marchitó del sol... 
¿Qué fue lo que vivi sobre la tierra? 
Fugaz Instante que por siempre huyó, 

■Apenas vieron mi capullo abierto 
Las leves auras murmurando amor... 
Ayer mis hojas estendí purpúreas 
¡Ay! lEnlre e! polvo para verlas hoyl 

■ Tú no morirte nunca... siempro verde: 
Sufres los rayos dol estivo sol, 
Como los huracanes del otoño, 
Como de invierno el áspero rigor. 

• iOb! Tú, inmortal afortunada planta. 
Al hielo impenetrable y al calor, 
Te burlas de los tiempos... ¡Duro el ciclo 
Conmigo desdichada se mostró!- 

Ln siempreviva estremeció su tallo. 

Y al aura mansa que voló en redor 
Eslos acentos de tristeza humilde 
En su escondido idioma confló: 

—¡Feliz la rosa que marchita muere, 

Y trocado su néctar en vapor. 



, 



^ 



-22.3 - 



Sube su aroma en espiral inmenso 
Á perfumar la celestial mansión! 

• ¡Triste ile mi.que en la región del llanto 
Mi vida lenta devorando voy. 
Sin un halago de la brisa blanda 
Que en el cáliz se duerme de la flor! 

•Á todo presta mayo lozanía. 
Sin renovar mi pillido verdor; 
Nunca una abeja susurró ñ mi lado. 
Nunca una virgen mi matiz besó. 

■¡Ah, tú ya moeres! Tus Tragantes hojas 
Mece contenta al espirar.— Adiós. 
Vote á exhalar tu embriagador perfume 
Delante de la faz del Creador. 

«Vete & humear en incensarios de oro 

Y á oir del ángel la armoniosa voz , 

Y A embalsamar con tus esencias puro* 
El alto alcázar donde mora Dios. 

•Al llegar i bus plantas soberanas 
Pon ante ellas mi férvida oración; 

Y que termine mi existencia triste, 
Ruégalo al Sumo Sor qoe mo la dlí. 

• Dile que en este valle tengo pena 
Por no ver de so rostro el claro sol; 
Que me arranque y me llove hacia su lado. 
Puente de gozo, de bondad y amor. 

•Que es la inmortalidad prenda sublima 
Arriba en la aerifica mansión; 
Pero es abajo en la sombría tierra 
Legado de miseria y de dolor.- 

A. DB VAI.BUE.TA. 



ECOS DE MADRID. 



La semana ha sido de las mas dramáticas . 
Llegada de Sagasta. 
Disolución de la mayoría. 
Votación del presidente en el Congreso. 
Crisis y llamamiento del general Espar- 
tero. 

Manifestación y paseo del retrato del ge- 
neral Prim. 
Mueras á Sagasta. 
Vivas & Ruiz Zorrilla. 
Agitación en la Tertulia progresista. 
Negativa de Espartero á formar gabinete. 
Nombramiento de Malcampo. 
Formación de un gabinete progresista- 
histórico. 

Entrada de los cimbrios y radicales en el 
Congreso de dos en dos para producir sen- 
sación. 
Risa general en la superficie de Madrid. 




¡Dolor profundo en el corazón de la pa- 
tria ! ' 

En siete dias hemos esperimentado todas 
estas sensaciones. 

Está visto: unos cuantos ambiciosos pue- 
den divertirse á costa de la nación. 
¡Y luego nos acu<an de impacientes! 
Los situacioncros, en nombre de los dere- 
chos ilegislables, coartan la libertad, ó, me- 
jor dicho, la monopolizan. 

Podria citar muchos casos en que esto 
sucede. 
Citaré uno. 

Una señora amiga mia provecto el miér- 
coles último llevar á sus hijos á paseo. 

Los pobres niños necesitan respirar aire 
puro, y la señora á quien me refiero llevó á 
los suyos al Prado. 

Jugaban allí los angelitos, y su madre se 
recreaba en sus juegos, cuando de pronto 
empieza á llenarse el Prado de gente. 

unos gesticulaban, otros hablaban fuerte, 
otros llevaban banderas. 
— ¿Qué es eso? preguntó la buena señora. 
— Son los de la manifestación. 
— ;Los deque? 

— Los que van á demostrar que no pue- 
den vivir sin el gobierno que ha dimitido. 
El Prado se llenó de gente, se oyeron 
vivas á la república, y la madre, recogien- 
do á sus hijos por temor de que aquello 
acabase mal, se fue con ellos á la plaza de 
Oriente. 

A poco rato, la plaza donde se halla el 
alcázar regio se v¡6 invadida por los mani- 
festantes. 

Total: que una ciudadana y unos ciuda- 
danitos se vieron cohibidos por unos cuan- 
tos hombres que ejercitaban sus derechos, 
según decían. 

Ahora bien: ¿queréis que esa madre y 
esos niños enmudezcan? ¿No tiene razón si 
desea y trabaja para que venga un tiempo 
en el que se pueda pascar con libertad; en 
que los hombres, por la ley de la fuerza, no 
alejen á las mujeres y á los niños de los 
paseos; en que las masas no vayan á los al- 
rededores de Palacio á imponer, sino á aca- 
tar y á bendecir á los principes que en él 
se alberguen? 

Pero dejemos á los revolucionarios des- 
pedazarse unos á otros, y procuremos nos- 
otros que su espectáculo y las consecuen- 
cias que de él se derivan nos sirvan de 
saludable aviso para no incurrir en las 
mismas faltas. 



El gobierno de Ruiz Zorrilla acabó de 
exhibir su odio al clero católico con los 
proyectos que sometió á la Cámara, relati- 
vos al medio de pagarle sus asignaciones. 

Los créditos pueden trasferirse. pero las 
deudas no. 

Lo que pretendía hacer el gobierno radi- 



ír 



^ 



-221 - 



cal, y llevará á cabo su heredero si le de- 
jan, es acabar con el culto católico, porque 
los municipios, que carecen de recursos, 
mal podrán pagar al clero sus asigna- 
ciones. 

Si el gobierno les obliga, los ayunta- 
mientos no tendrán mas remedio que im- 
poner contribuciones para atender á esta 
nueva obligación, y de ahí, según los mo- 
dernos discípulos de Voltaire, el quebranto 
del catolicismo. 

Estos Maquiavelos bufos, juzgando á los 
fervientes católicos con el egoísta criterio 
que les anima, dicen: 

— Cuando tengan los pueblos que pagarse 
el culto religioso, buscarán el mas barato, 
ó renunciarán á él. 

Pues se equivocan Vds. de medio á me- 
dio. El gobierno tendrá que cumplir los 
Concordatos; y, si no, tarde ó temprano 
llegará para él la hora de la justicia. 

Entre tanto, la España católica, herida en 
sus mas arraigados sentimientos por la im- 
piedad oficial, si no puede sostener el culto 
en magníficas catedrales , hará todo género 
de sacrificios para dar un solemne mentís á 
los que creen posible que nuestra patria 
puede ser atea. 

* • 

¿ Queréis una prueba de lo que son los 
discípulos del liberalismo? 

Pues oid este parrafito de La Correspon- 
dencia : 

«Las Tertulias progresistas de muchas 
ciudades han respondido ya á la cscitacion 
de la de Madrid , enviando felicitaciones al 
gabinete dimisionario. También han .felici- 
tado al Sr. Sagasta por haber sido elegido 
presidente del Congreso.» 

El también vale un Perú, y los retrata. 

»** 

En el Teatro Español se está represen- 
tando con gran éxito un drama titulado La 
Bel ir aneja. 

Esta obra es una verdadera inspiración. 

En ella se retrata con maestría el noble 
carácter castellano; y gracias á la magia de 
la poesía y á la belleza de las situaciones, 
desaparece toda la parte odiosa del episodio 
histórico en que se funda la acción. 

No hay duda: el teatro español es hoy el 
primero de Europa. 

En medio de las iniquidades literarias 
que constituyen su repertorio en estos tiem- 
pos, aparecen de cuando en cuando obras 
dignas herederas de la gloria de Calderón, 
de Lope y de Moreto. 
• Los .. 8randes y purísimos sentimientos 
simbolizados en las palabras Dios, Patria 
y R V r \ V nica salación de nuestro pais, 
producirán seguramente en las artes un re- 
nacimiento asombroso. 

Solo ellos pueden inspirar grandes libros, 
grandes cuadros y grandes dramas. Entre 



^: 



tanto, admiremos esos destellos de la inte- 
ligencia que, aunque de tarde en tarde, vie- 
nen á revelar los tesoros de poesía que en - 
cierra el genio de la patria. 



Hoy debe tener lugar la inauguración de 
la Imposición de bellas artes. 

La Margarita, que no correspondería á 
lo que representa su nombre si no sintiera 
admiración hacia todo lo bello, hacia todo 
lo bueno, hacia todo lo grande, consagrará 
unos cuantos artículos a describir algunos 
objetos de la Esposicion, y tendrá ocasión 
de espresar sus ideas bajo el punto de vista 
del arte. 

Esperanza. 



MARGA RITAS. 



El mundo es un campo de batalla, donde 
es preciso pelear siempre para alcanzar la 
inmarcesible corona de la inmortalidad. 

*** 
El hombre justo es mil veces mas dicho- 
so, aun careciendo de honores y riquezas, 
que el hombre mas opulento de la tierra. 

#** 

Los imperios pasan: solo Dios permanece 
siempre. 

* 

» * 

La sabiduría que se aparta del Legislador 
Supremo, esparce sobre la tierra las tinie- 
blas y el desorden, y es el azote mas terri- 
ble que puede afligir á la humanidad. 

*** 
¿Queréis disfrutar de los riquísimos teso- 
ros de la fe cristiana...? Sed amantes de la 
Religión. La Religión es la atmósfera santa 
en que respira el justo. 

*** 
Áspero y escabroso es el camino que 
atraviesan los escogidos ; pero ellos saben 
trasformarlo en hermosa via. 

¡R. de F.) 



MADRID, 1811. -Imprenta de La Bqmmta, i 
cargo de D. A. Pérez DubruII, Pez, 6. 



,¿) 



: ^ 




ÁLBUM DE LSS SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



AÑO I. 



15 OCTUBHE 1871. 



NÚM. 29. 



HüMARIO.-U Mnjcr católica, por doña 
Patrocinio de Biediuii.— Al Sr. D. Cirios ña Bar- 
bón y A ' D. Valentín <lo 

íiovoa.— I.a-j ' • el Pilaron Za- 

ragoza, por D. lÍTinon l»oliian j 
Cüadiw? vivos políticos y sociales La Lucha 
del talento, por D. Julio NouiUela.— Kcoj de Ma- 
drid, por Esperanza. 



LA MUJER CATÓLICA. 

Varias son las plumas que han escri- 
to acerca de la mujer, ya en el suave 
estilo del moralista , ya con la pro- 
fundidad del filósofo , ó bien bajo el 
punto de vista de la fisiología y la fre- 
nología. 

Por mas que algunos escritores ha- 
yan embellecido sus juicios con bri- 
llantes pensamientos, con rasgos su- 
blimes, no creemos que han logrado 
su objeto; esto es, juzgar do una ma- 
nera exacta á la mujer. 

No queremos , no podemos seguirles 
en sus brillantes razonamientos para 
oponer á ellos nuevas ideas ; tanto 
mas, cuanto que tenemos la convicción 
deque si han podido hábiles frenólogos 
encontrar mas limitado el cerebro de 



^ 



la mujer, nadie ha podido sondear su 
corazón, que se hallaría infinitamente 
mas grande á medirle por sus senti- 
mientos. 

Creemos que no puede juzgarse á la 
mujer estudiando á las mujeres, pues 
cada una tiene muy especial manera 
de ser , y solo vamos á hablar de ella 
en el cumplimiento de los deberes que 
le impone la dulce Religión que las 
iguala, que las nivela, si no en aspira- 
ciones materiales , en la aspiración del 
alma. 

La mujer debe á la Religión católi- 
ca el ser considerada como el ángel de 
la familia, como la sonrisa del hogar; 
desde la'abyeccion mas profunda fue 
elevada por Jesucristo á compartir con 
el hombre la soberanía del mundo ; á 
ser, no su esclava, sino su compañera, 
pues al nacer de María honró en ella 
para siempre á la mujer , que debe sus 
mas dulces sentimientos de pudor, de 
dignidad, de pureza, á la Religión que 
la engrandece, y en que halla consuelo 
para "todos sus dolores, recompensas 
para todos esos martirios del alma, 
mas grandes cuanto mas ignorados. 

. / 



fr 



~\\ 



La mujer, acaso por un instinto se- 
creto de agradecimiento , es mas fer- 
viente católica que el hombre, y nues- 
tra pura, nuestra grande, nuestra úni- 
ca y verdadera Religión halla en el co- 
razón de la mujer su mas elevado 
altar. 

Débil y dulce por carácter , por cos- 
tumbre, por naturaleza, halla en la 
Religión el valor con que sabe vencer 
en las grandes pruebas que llenan su 
vida y su pensamiento, que, aunque 
á veces suele brillar , tiene siempre la 
vacilante luz de la llama que oscila en 
la mano de un niño , se fortalece por 
la fe, y por ella alcanza á ver bellísi- 
mos horizontes de esperanza, hacia los 
que avanza serena, olvidando las espi- 
nas que hieren sus pies. 

El hombre puede alguna vez vivir 
alejado de la Religión, llenando sus 
horas las diferentes ciencias que se 
disputan el dominio de la razón, y que 
á veces, no bien comprendidas , hacen 
mas daño que la ignorancia misma: 
pero la mujer , jen dónde buscaría el 
apoyo moral que la Religión le ofrece, 
en dónde las espansiones de su cora- 
zón apasionado, que vacia, digámoslo 
así, todos sus sentimientos en una ora- 
ción ferviente? 

En la mujer no hay la razón fria 
que analiza , sino el ardoroso corazón 
que siente; y esta Religión, toda amor, 
toda sentimiento, tiene que ser la luz 
purísima de sus días, el velo de miste- 
rios inefables en que para no desma- 
yar en la vida se envuelve su alma 

Quédese en buen hora para el hom- 
bre, sediento siempre de emociones 
nuevas, el avanzar en el laberinto cien- 
tífico que absorbe y seca la savia de su 
' alma; sea él el que desmenuce I03 so- 
fismas de los Voltaire y los Bayle , y 
el que pase su vida en la investigación 
de las propiedades de un círculo ó de 
un triángulo: nada de esto llenaría el 
pensamiento ni el corazón de la mu- 
jer , hasta el cual solo se abre camino 
lo que es tan puro, tan tierno, tan de- 
licado como sus aspiraciones. 

Hablando de las creencias de la mu- 



— 22tí — 

jer, dice Chateaubriand : "¿Quién pres- 
tará apoyo á esta caña si la Reli- 
gión no sostiene su fragilidad? ¿Quién 
sostendrá á este ser que sonríe y mue- 
re sino su esperanza mas allá de una 
existencia efímera?» 

Creemos difícil que haya mujeres 
incrédulas , y de todo punto imposible 
que estas mujeres sean madres. 

La madre, que adivina á Dios en la 
sonrisa de su hijo, que ve en él la ima- 
gen del ángel mas bello; si no cono- 
ciese un Dios á quien pedir para él fe- 
licidades , si no tuviese una Religión 
que enseñarle, la inventaría, como in- 
ventaban el canto con que creian ha- 
cer mas dulce el sueño de muerte de 
sus hijos las madres que en los bos- 
ques de la India los suspendían des- 
pués de muertos de los ramos mas 
floridos, esperando que su aroma les 
hiciese despertar... 

En la madre brilla toda la grandeza 
de la Religión católica. 

¡Y cómo no, si una Madre mas pura 
que el cáliz de una azucena del de- 
sierto, fue la base santa de esta Reli- 
gión divina! 

Ella divinizó el amor maternal al 
sentirle, y lo legó al mundo como el 
mas grande de todos los sentimientos 
que puede abrigar el corazón. 

Ved á una madre junto á la cuna 
de su hijo. 

¿Quién ha podido enseñarles las tier- 
nas palabras, los nombres dulcísimos 
con que espresa su amor hacia aquel 
pedazo de su corazón? 

Aunque se trate de una mujer vul- 
gar, brusca, despegada, ¡cómo se cam- 
bia en ternura la dureza de su carác- 
ter, y cómo hallan elevación su£ pen- 
samientos al asociarse al intenso amor 
que siente! 

No han podido soñar los mas gran- 
des poetas en todas esas fantasías que 
encantan, nada mas tierno, mas poéti- 
co, mas conmovedor, que el sencillo 
cuadro que forma una madre enseñan- 
do á su hijo la primera oración...! 

La mujer católica tiene en su mis- 
ma creencia, en su fe , un manantial 



^ 






- 227 - 
inagotable de purísimos consuelos de 
esperanzas que la alientan, de ilusiones 
que la sostienen. 

La que es ferviente católica, la que 
guarda en au corazón como un tesoro 
las promesas de la fe, tiene valor en 
las contrariedades; valor que como 
bálsamo divino cierra en su corazón 
las heridas que de otro modo le deja- 
rían muerto y seco para siempre. 

jQué" seria , sin la fortaleza que im- 
prime la Religión, de la pobre madre 
que ve caer marchita por la muerte la 
flor de sus amores? 

(Dónde hallaría, no el olvido, por- 
que este no le hay para ella, sino el 
consuelo, la resignación, á no ser en la 
esperanza de volverle á ver entre el 
coro de ángeles que rodean á la Madre 
de Dios"? 

Si la Religión católica . como única 
verdadera, tiene que ser la Religión 
del mundo, su mas elevado altar es el 
corazón de la mujer. 

Por eso no hay mujeres , al menos 
entre nosotras ( y bendecimos & Dios 
porque no nos las ha hecho conocer), 
que no seau religiosas, no tibias, no 
débiles, sino con un ardor sincero, con 
una fortaleza tan invencible y tan 
grande como su fe. 

Ellas, aunque débiles, pueden hacer 
mucho cumpliendo la gran misión 
que Dios les impone: la de trasmitir á 
sus hijos sus creencias, arrojando en 
sus inocentes almas esas semillas de 
piedad y de tierna moral que están 
ocultas en ellas hasta que el calor de 
la razón las hace florecer , y perfu- 
man la sociedad con su puro y santo 
aroma. 

Si las madres católicas no olvidan 
su misión, y la saben cumplir , los ni- 
ños de hoy, al ser hombres mañana, 
respetarán y elevarán con au ejemplo 
nuestra augusta Religión, que, así co- 
mo la gota de agua al caer en el mar se 
ensancha en círculos que de uno en 
otro van á morir en su orilla , de 
igual manera esta Religión divina hace 
diez y nueve siglos va ensanchando 
desde Nazareth las corrientes de vida 



^ 



que Jesús hizo brotar . hasta que cu- 
bran al mundo entero,' llenándole de 
gloria. 

Patrocinio de Biedma. 



AL SR. 0. CARLOS DE BORBQK Y AUSTRIA DE ESTE. 



Dentro del pecho sofocado queda 
El alto nombre cm que el airan os llama; 
Mus ya que al !ob ; o revelar no pueda 
l uo «aclama 
le la ardiente llama 
y de amor ana el pecho enciende: 
¡•io en la llanura tiende 
Sus onda», tal mi acento 
En nías corra -!nto. 

U> el ánimo apenado! 
Maso gozo el corazón inunda 
Al contemplaren vos.de estirpe clara 

.al héroe destinado 
A libertar á nuestra patria cara, 
Hoy maltratada por fortuna avara, 
,'ie sufre bárbara cov un nal 
Tierra, vos lo sabéis, es la de España 
Do los embates de la ai versa suerte 
>-n Ksrfatidot con heroica hazaña. 
Natía mas varonil, nada mas fuerta 
Que el valor da «OS hijos 

«ritrastar males prolijos. 
Las pá?mas radiantes de su historia. 
Do mas desdichas, muestran mavor gloriu. 
De uu Rey un triste error: de cortesanos 
Viles traición horrenda. 
Sobre la patria atraen (ahúmanos 
Dw ventura tremenda. 
Presa fue de tiranos: 
Do enemigos feroces y sangrientos, 

lal raudo torrente, 
Kl suelo hispano inundan de repente. 

■rminio sedientos. 
Arrasan, talan, queman, 
Cuanto encuentran destrozan, 
En el furor se estreñían, 

Y s lo en san ere y destrucción se poian. 
Rendida ¡infeliz patria! á horda tan llera, 
¡Qué porveui; le esclavitud le Otn ira] 

Mus cuando ve perdida la eTpeninzi, 
Un héroe á combatir parta cual rayo, 

Y triunfo inmenso en i.'ovadonga alcanza. 
Mil "i pendón da sania in 'e;>endencia 
En sus manos tremola el pran Pelayo; 
A tli vibra la espada de victoria: 

Y rindiendo de Apar la descendencia. 
Lauro Bfl ciñe da perenne eloria. 

Luego Alfonso en las Navas, 

Y Fernando en Sevilla, 
Isabel en Granada , 
Vencen la* hordas del error esclavas: 

ifi i lavan la fatal mancilla. 
Tornándola gloriosa y libertada. 
Ya, teatro a nusvoa triunfa, busca un orando 

8ue esconde, cual muralla, el mar profundo. 
.;ií y pizarra, sin i*>¡ 
Consumaron nrofzas inmorinlps: 

raí de España la Indomable tropo 
Trlunfaon la anticua Europa: 
Que do uuler, para a s ombro de la historia, 
Coronó a nuestras armas la victoria. 
Use amor a la patria independencia 
Poderoso, vehemente: 
Esa fe que en su pecho Ittf ardl-nto- 
Cuál hálito vital de so existencia: 
Esa constancia, heroica cual ninguna. 
Que rinde ó la fortuna: 
Vítor al coraron, pujanza al brazo 
Presta al pnin pueblo ibero. 
Pora romper el fementido ¡nzo 
Que ose tenderle déspoto estranjero. 



■yj 



rr 



— 228 — 



Formidable, valiente, numeroso, 
Así un tiempo rindió la Media Luna: 
Así venció no hft mucho á aquel coloso, 
Prodigio de la guerra y la fortuna. 

Los ojos siempre fijos 
De la fe en la divisa soberana, 
i "na! nntes. sígnenla hoy, los buenos hijos 
De esta nación mafro&ofmay cristiana. 
En su defensa intrépidos lidiaron, 

Y a salvar de invasión asaz ostraña. 
A su adorada España, 

Una v->z ma* Isa armas empuñaron. 

Ln jnsiicia, la fe. la monarquía, 

El derecho legitimo sagrado, 

Inicunmente hollado; 

Entonces, lo por siempre noble España 

Del honor en el campo defendía 

Contra el oprobio que su timbre empaña. 

Altas heroicidades, 
Proezas i nllnitas 

Que admiración serán de las edades, 
Allí contempló el mundo 
Con asombro profundo; 
AHÍ con sangre leal han sido pseritas: 

Y en eterna memoria 
r.raiiarnlits la historia 
En i úginasde oro. 

De esos ínclitos héroes por decoro. 

De la sublime esfera 
Bajad, lauros triunfales, 

Y a ornar la nahlo frente 

Id de Zumalacarreguí valiente. 

Y al invicto Cabrero. 

Gómez, Villnreal, Tristani, Elío 

Y otros mil bravos de indomable brío, 
Ciñan también coronas inmortales. 

Laureles de los Arcos y Morella, 
Los Amézcoas, Hernant y Cantnvieia, 
¡Cómo fortuna pn sombra estéril deja, 
El fulgor puro que de vos destella! 
;Ah! No; estéril no ha sido 
Ni empañado será. Si hubo un impío, 
s hubo un traidor que con furor sombrío, 
Frustró de tanto nfon el bello fruto, 

Y en hondo y triste luto. 

Ingrato, ti tnpftna misera ha sumido, 
¿Quién negará que brilla aun mnsradlanto 
El alto esfuerzo, la inmortal protesta. 
Que opuso el valor fiel, al mal triunfante? 

Y un grande ejemplo, /.quién no ve que presta 
Al mundo esa defensa <le los fueros 

Di-l bien, qup con denuedo y bizarría 
Acunó la lealtad, honor que un día 
Estímulo será íí los venideros? 

Y A nosotros también. . Mirad doliente 
A la patrio querida; ved ingente 
Al mal cruH que en ella estrema su ira; 
Ved que convulsa espira... 
Miradlo: ya lo azotan vendavales: 
Ya presa es de chacales 
Hambrientos, que desgarran ¡ay! su entraña 
Con iracundo sana... 
¿Dónde, en tan rudos males, 
En ton crueles enojos, 
A quién volver los ojos 
Podra la triste España, 
Sino o lo* generosos y leales? 

Vos sois. Señor, su gu ia. 
Su Jefe augusto, su real escudo: 
En vuestras manos resplandece pia 
La enseña gloriosa, 
A la cual, si tal vez lo traición osa, 
.lomas vencer e! enemigo pudo. 
Gloria sois de la patria, y su esperanza; 
Un derecho os asiste, que es sagrado, 

Y el amor de los pueblos acendrado. 
Lleváis el panto emblema 

Que el alto porvenir do Espino encierra 
Siempre adorado en esta noble tierra- 
Del bien divisa, al mal duro anatema, 
Dios, Patria, Bty.,A Blasón de ínclita glorio 
Que honor siempre á la patrio dio. y victoria 
Por él, con vos, en cuyas manos brilla. 
Grande, heroica otra vez seré Castilla. 
Como el sol las tinieblas desvanece' 
Como por fuerte bóreas arrollado, 
El siniestro nublado, 



fc= 



Que destrucción amaga pavorosa, 

Y tompln, purifica y enrarece 

Lu atmósfera antes densa y tormentos», 

Asi pnr vuestro brazo 

Caiga rota y deshecha la discordia 

Quo á hermanos generosos hoy desune: 

Vos, poderoso lazo 

De amor y de concordia 

Sed, que lus nobles voluntades une. 

Bol que destruya 
La tiniebla que oprime 
A la patria que esclava y triste gime, 

Y prez y libertad le restituya. 

¡o la verdad restaure el fuero, 

Y ni lustre santo de la fe vindique, 

Y tolo lo engrandezca y fortiilque, 
Siendo en la i'tierrn rayo, 

En la paz justiciero: 

Sien. lo el nuevo Pelnyo 

Que de la patria la alma independencia 

Da cabalas liberte, y de mancilla... 

Vos, en quien timbre Tan escelso brilla: 

Vos, A" quien señaló la Providencia 

p Ira la (fronda hazaña; 

Vos, á quien tornase anhelosa España. 

El bien Vos lo daréis que ansia cumplido, 

Volviendo grande lo quo grande ha sido. 

Da gratitud y amor, entro profundos 

Aplausos restaurada, 

A esta patria que si hoy gime oprimida. 

Un tiempo tuvo el cetro de dos mundos, 

A esta pntria adorada 

Tornareis grande, espléndida, temida, 

Y sabia, y poderosa, y envidiada. 

Valentín db N'ovoa. 
Orense 5 de octubre do 1871. 

LAS FIESTAS DE LA VÍRGEN DEL PILAR 

EN ZARAGOZA. 

Cuando este número llegue á roanos de 
las apreciabilísimas lectoras de La Marga- 
rita. Zaragoza, la ciudad heroica, seguirá 
ofreciendo un espectáculo verdaderamente 
conmovedor. 

Rindiendo entusiasta homenage á las 
egregias tradiciones que constituyen su in- 
mortal grandeza, celebra con fervor la fes- 
tividad de María. 

¡Ya lo veis, incrédulos...! 

¿Qué decís, racionalistas c indiferentes, 
en presencia del imponente movimiento 
que durante estos dias se verifica al lado del 
caudaloso Ebro? 

La alegría que, obedeciendo á una idea 
santa, embarga dulcemente los corazones 
de valerosos españoles; el estraordinario 
entusiasmo que inflama los pechos de los 
altivos aragoneses, ¿nada habla á 'vuestro 
entendimiento...? 

¡Ahí Estas ruidosas y espontáneas mani- 
festaciones, por mas que otra cosa piensen 
los enemigos declarados de las grandezas 
de nuestra patria, son indudablemente una 
prueba elocuentísima de la ardorosa fe de 
los españoles, fe con la cual conquistaran 
un dia sus pasadas glorias. 

Hay entre nosotros seres bastante osados 
que pretenden destruir uno por uno los 
monumentos grandiosos de la Religión de 
nuestros padres. 



■.¿y 



— 229 - 

¡Insensatos! ¡Cuan locos y temerarios son 
sus planes! ¡Que tinieblas tan horribles se 
estienden por su débil entendimiento.. ! 

,-Quién es capaz de contener las llamara- 
das de amor que en estos instantes exhalan 
los corazones ardientemente católicos de los 
hijos esclarecidos de la Virgen del Pilar? 

¿Quién será tan atrevido que intente arro- 
llar la gloriosa bandera que, con un valor 
digno de la noble causa de la verdad , des- 
pliegan á todos vientos los amadores de 
María? 

¡Oh! ¡Un cuadro sublime y majestuoso 
habrá presentado estos dias aquel célebre y 
suntuoso templo, joya benditísima del pue- 
blo aragonés! 

Allí la dama católica se confunde con la 
humilde aldeana. 

El niño y el anciano, el guerrero y el 
sabio, el rústico v el potentado, reverentes, 
inclínanse k los pies de María, de la Virgen 
peregrina de los célicos tabernáculos, v ple- 
garias fervorosas murmuran cuantos a Ella 
recurren. 

Hoy, es indudable, las necesidades son 
mavores. 

Borrascas furibundas están próximas á 
estallar sobre nuestras cabezas. 

Insolente y descarada la incredulidad, 
pasea sus negros pendones por las aldeas v 
las provincias de nuestra Península, y por 
eso la conñanza en la Reina de los Angeles 
se aumenta de día en dia. 

Y ¿cómo no ha de implorar la patria de 
San Fernando el patrocinio de María si 
Ella es la columna poderosa en que descan- 
san el bienestar y las libertades de los 
pueblos? 

El protestantismo, inmunda secta que se 
descompone por momentos, está recibiendo 
una grande y severa lección. 

El culto de María, lejos de disminuirse 
con sus ataques estúpidamente impíos, 
acreciéntase cada dia mas. 

Dígalo si no la muchedumbre de líeles 
que invade los templos eatóicos los dias 
consagrados á sus solemnes festividades. 

Dígalo el bullicio del valiente pueblo ara- 
gonés, que celebra este año, quizás enn ma- 
!'or regocijo que los anteriores, las inmacu- 
adas grandezas de su celestial Patrona. 

Y esto que pasa en los actuales momen- 
tos á los ardientes apasionados de la Virgen 
del Pilar, es sin duda alguna verdadera- 
mente providencial. 

No desmayemos, por lo tanto, un instan- 
te, aun cuando veamos azotado el rostro de 
nuestra querida patria con los furiosos ven- 
davales del error y de la impiedad. 

María es nuestro escu lo. 

Ella , que es Madre cariñosa de los espa- 
ñoles, nos concederá muy pronto, si con fe 
ardorosa i su Trono recurrimos, el bien 
inapreciable de la libertad cristiana. 



^ 



E 



Ramón Doldan v Fernandez. 



CUADROS VIVOS POLÍTICOS 

Y SOCIALES. 
LA LUCHA. DEL TALENTO, 

_ Los mas sublimes pensamientos, las crea- 
ciones mas grandiosas, las obras del in- 
genio que han conseguido entusiasmar, no 
solo a un pueblo , sino al mundo entero, 
han nacido en las condiciones mas hu- 
mildes. 

Cervantes escribió su inmortal Don Qui 
jote en el calabozo de una cárcel; en el des- 
tierro concibió sus mejores obras Ovidio: 
Moliere trazo muchos de sus admirables 
cuadros de costumbres en las posadas, ó en 
las miserables habitaciones en donde se 
albergaba con su compañía de cómicos de 
la legua ; Dumas escribió su primer drama, 
el que leyó el gran Taima, en una pobre 
buhardilla. Tal vez en un cuartel idearon 
García Gutiérrez su Trovador, y Fernan- 
dez y González^ su novela La Mancha de 
Sangre; y yo sé de un poeta dramático que 
ha pensado una de las mejores obras de 
nuestro teatro acostado durante la noche 
en los bancos de la plaza de Oriente, por no 
tener hogar. 

¿Qué hay mas doloroso que el espectácu- 
lo del genio luchando con la miseria? 

Entre la aspiración á la gloria y la cele- 
bridad, hay infinitas é invencibles bar- 
reras. 

Figuraos un escritor que concibe una de 
esas grandes ideas que llegan á ser el alma 
de las obras maestras que contribuyen al 
esplendor de los pueblos, que ejercen una 
inmensa influencia en las sociedades. 

El que tal vez mañana despertará la ad- 
miración del universo, piensa en su obra 
copiando pliegos de curia, aserrando ma- 
dera, ó en la antesala de un ministro á 
quien V3 á pedir una plaza de escribiente, 
todo con el objeto de ganar el sustento. 

El presente le roba el porvenir. 

Pero figuráosle dotado de una fuerza de 
voluntad inquebrantable; figuraos que ven- 
ce los obstáculos de su pobreza; que oye 
con calma las observaciones de un solícito 
padre que le cita ejemplos de los que han 
sucumbido en la lucha, que quiere des- 
truir con su fria esperiencia el entusiasmo 
del que quizás será mañana una gloria de 
su país ; figuraos que quitándose el sueno 
y el descanso para que no les falte el pan á 
una madre enferma, á unos hermanos des- 
validos , sacrificándolo todo á sus propósi- 
tos, logra escribir, á veces en pedacitos de 
papel desiguales y trabajosamente busca- 
dos, una gran obra. 

Ya ha vencido muchas dificultades; la 
alegría de este primer triunfóle embriaga, 
y cuando su salud quebrantada le recuerda 



Vb- 



:¿J 



fr- 



- 230 - 



el pasado doloroso, la esperanza del porve- 
nir le sonríe. 

Terminada una lucha, empieza otra mas 
terrible. 

Ha podido equivocarse, y necesita la opi- 
nión de los hombres celebres, de los maes- 
tros; no los conoce , pero su fuerza de vo- 
luntad, su mismo ingenio, le sugiere los 
medios de acercarse á ellos. 

Después de muchas idas y venidas, de 
muchas antesalas, consigue verlos; y cuan- 
do espera que van á adivinarle, la solemne 
indiferencia con que es recibido produce en 
su alma el mas horrible desengaño. 

— ¿Conque ha escrito V. una obra? 

— Sí, señor; una obra que deseo someter 
al juicio de un escritor tan ilustrado como 
usted. 

— Tantas gracias; pero, amigo mió , per- 
mítame V. que le diga que ha emprendido 
V. una carrera espinosa. 

— Ya lo se ; sin embargo , me considero 
con fuerzas para sufrir. 

— Hoy todo el mundo escribe ; el que 
hace unos versos fi los dias de fulanita . se 
cree un poeta; el que traza una fábula , to- 
mada de otras mil, se cree un novelista, y 
hay muchos que, pudiendo ejercer honra- 
damente oficios manuales, emborronan pa- 
pel que es un dolor. 

— Por lo mismo, deseo saber qué con- 
cepto forma V. de mi trabajo. 

El maestro mide por el volumen la esten- 
sion del manuscrito, y lee su titulo. 

Si es autor dramático, y el joven desco- 
nocido le presenta una novela, empieza 
censurando el género. 

— Una novela la hace cualquiera, dice; la 
gran dificultad es el teatro. 

O viceversa. 

— En fin : ya que V. se empeña . la leeré, 
añade: peroestov muy ocupado, y hay para 
dias. Vuélvase V. por ahí dentro de un par 
de meses. 

El autor obedece, vuelve, no encuentra á 
su censor, y cuando al fin le halla, si no ha 
ojeado el manuscrito, que es lo que sucede 
con mas frecuencia : 

— Siento desengañarle á V., le dice; pero 
es un deber mió: estudie V., lea V. los bue- 
nos modelos... Ya se sabe lo que es la pri- 
mera obra : siempre hay que condenarla al 
olvido ; si no se encuentra V. con fuerzas, 
renuncie V. á una pretensión que es la mas 
costosa de todas. 

Si la ha leido y la ha admirado : 

—Hay algo en su obra de V., le dice; re- 
vela grandes disposiciones , pero se nota en 
ella la inesperiencia del autor. Si no des- 
maya V., es muy posible que consiga V. sus 
deseos. 

No faltan algunos que dicen : 

— ¡Mire V. qué casualidad ! También yo 
he tenido la idea que V. , y ya está en casa 
del librero el primer tomo de mi libro. Será 
preciso que condene V. el suyo al silencio, 



si no quiere V. que los que desconozcan la 
coincidencia le tachen de plagiario. 

Los que obran asi son muy contados, 
como lo son también los que, al llegar al 
apogeo de la gloria , conservan el entusias- 
mo necesario para hacer justicia al talento, 
y la caridad precisa para dar una roano al 
tiue empieza. 

Nunca me olvidaré de uno de los conse- 
jos que me dio mi inolvidable maestro don 
Alberto Lista: 

—Cuando escribas algo para el publico, 
me decia, no consultes la opinión de los li- 
teratos; ni es infalible, ni por lo regular es 
Generosa. En las obras de amena literatura, 
pide tu parecer á las mujeres de clara inte- 
ligencia; su impresión, no su reflexión, es 
lo mas infalible en materia de crítica. 

Pero el autor novel que se dirige á una 
celebridad, no busca solo un voto, sino un 
elogio. . 

Desesperado en vista de la acogida que le 
dispensan los grandes hombres, se dice: 

—Quiero que el público me juzgue, y me 
juzgará. 

Desde este instante se ve obligado a des- 
pejar una incógnita: esta incógnita es el 
editor. 
Las antesalas se repiten. 
Propone su obra, y le responde estas o 
parecidas respuestas: 

— Amigo mió: siento mucho no poder 
publicarla ; su nombre de V. no es cono- 
cido. 

— Para que le conozca el púhlico, es ne- 
cesario que aparezca en mi primera obra. 

— Con efecto; pero mi negocio no es ar- 
ruinarme; y de seguro me arruinaría pu- 
blicando la obra de un desconocido. 

— Sin embargo, mi obra puede interesar. 
Léala V. 

— Un editor no puede leer mas que su 
libro de caja y los pedidos de sus corres- 
ponsales. 
— iQué hacer entonces? 
— Hágase V. un nombre, y vuélvase V. 
por aquí. 

Lo primero que se le ocurre al aspirante 
es quemar el templo de Diana, ó ejecutar 
un acto parecido. 

En Francia se dan á conocer no pocos 
retratando los grandes crímenes que se co- 
meten, ó escribiendo las memorias de las 
celebridades galantes. 

Otras veces el editor se toma el trabajo 
de leer algunas páainas del manuscrito. 

— No está mal hilado, dice al autor; tie- 
ne V. disposición; pero el público quiere 
cosas mas ligeras, v, sobre tolo, títulos. 
Olvide V. su obra, y escríbame una novela 
de cien entregas, que se titule El Puñal 
ensangrentado. 

La impresión que estas palabras produ- 
cen en el escritor, fácilmente se com- 
prende. 
Como aun conserva una idea elevada de 



^: 



:¿) 



=\\ 



- 231 - 



las letras, se retira indignado á su casa. 
— Haré un sacrificio, se dice; me quitare 
elsaeño y el pan, si es necesario, y publi- 
caré el libro por mi cuenta. 

Reúne con trabajos mas que forrados lo 
necesario para imprimirlo; se hace toda cla- 
se de ilusiones, y al fin le ve en disposición 
de ser vendido al público. 

¡Cuántos pasos tiene que dar para que 
los periódicos le consagren una estereoti- 
pada gacetilla! 

Pero no es esto lo peor: lleva su obra á 
las librerías, y espera el resultado de la 
venta. 

La mayor parte de los libreros están, 
como suele decirse, í su negocio. Ahora 
bien: su negocio, si el libro es bueno, con- 
siste en ganar mucho con el. 

Pasa un mes, y el autor recorre las li- 
brerías. 
— ;Se han vendido algunos ejemplares? 
—No, señor, le contestan; la gente dice 
que es caro. 

— Sin embargo, los periódicos han pon- 
derado su mérito. 
—Nadie hace caso de eso. 
Poco después entra un comprador á pedir 
el libro, y, por regla general, le contestan 
que se ha agotado la edición. 

Pasan tres, cuatro, seis meses, y el autor, 
que espera el precio de los ejemplares para 
pagar I la imprenta, se desespera. 

—Créame V., le dice un librero de cuarto 
6 quinto orden; no venderá V. un solo 
ejemplar; y si no quiere V. perderlo todo, 
délo V. al peso. 
—¡Pero, hombre de Dios, eso es terrible! 
—¡Ya lo creo! y por lo mismo, si V. quiere, 
le pagaré la arroba á 40 reales... los demás 
se la pagarán á V. á 30 ó 32 reales. 

Pasan cuatro ó cinco meses mas, y al fin y 
al cabo vende el autor al peso sus mas que- 
ridas ilusiones. 

Entonces el librero que ha hecho el ne- 
gocio, imprime una nueva portada en la 
que pone: Segunda edición , y vende los 

libros. . 

Esto al fin da á conocer al autor, y ya le 
es fácil hallar un editor. 

;Ha vencido después de esto todos los 
obstáculos? 

Aun no; todavía le quedan muchos que 
vencer...; pero me he detenido demasiado, 
y en otros artículos completare este cua- 
dro, y describiré lo que cuestan los triunios 



teatrales. 



Julio Nombela. 



ECOS DE MADRID. 

La crisis interrumpió la inauguración de 
la Esposicion de Bellas Artes; hoy se abrirá, 



por fin, al público ese modesto palacio, que 
albergará durante una temporada al genio 
artístico de España. 
He oido decir que hay cuadros bellísimos. 
¿No ha de haberlos, si el cielo de nuestra 
patria y la tradición son manantiales de 
inspiración, á pesar de la atmósfera en que 
vivimos? 

¡Ah! El dia que cerremos las puertas de 
ese teatro en donde se elabora la desdicha 
de España; el dia en que los habladores 
audaces no puedan ofrecer empleos á los 
aplaudidores de oficio ; el dia en que, ani- 
mados los sabios, los artistas y los poetas 
por los santos principios de Dios, de la Pa- 
tria y del Rey, puedan recuperar la aten- 
ción pública que les rob3n los saltimban - 
quis políticos, la patria de Feijóo y de 
Balmcs. de Calderón y Morcto, de Murillo 
y Velazquez, de Matini y Lcdesma, volverá 
á ser lo que fue: el emporio de las ciencias, 
las letras y las artes. 

No lo dudéis : el dia en que se cierre esc 
fácil camino que la política abre á la ambi- 
ción, en vez de tener directores arquitectos, 
gobernadores médicos, ministros poetas, 
tendremos artistas y escritores que nos ilus- 
trarán deleitándonos; que trocarán el vene- 
no de los periódicos, ministeriales 6 de opo- 
sición, en amenas é instructivas lecturas; 
las animadas sesiones en bellísimos dramas; 
y ademis, á favor de la paz, podremos asis- 
tir á las esposiciones de la industria, á los 
triunfos del trabajo, y recrear nuestra alma 
con las creaciones del arte. 

Hoy todo lo absorbe y todo lo agosta la 
política. 

Mañana ¡ah! mañana, cuando este cerca 
de nosotros doña Margarita , que alimenta 
su alma con los purísimos goces de la inte- 
ligencia ; cuando podamos soñar sobre 
nuestros laureles, ene dulcísimo sueño sera 
la realización de mis augurios. 

Y como cuando los goces sor. puros el 
alma anhela todo lo bueno y todo lo gran- 
de, las mezquinas pasiones que hoy nos 
agitan desaparecerán y no habrá en nues- 
tro corazón mas que un solo sentimiento: 
amor. . 

.Amor á Dios , amor á la Pama, amor 
al Rey, amor á la familia, amor a la sabi- 
duría, amorá la virtud, amor al trabajo...! 
Pero os estoy regalando ecos del porve- 
nir, y mi deber es hablaros del pasado. 

* 
* * 

Ya lo estáis viendo : nuestros diputados, 
haciendo sin duda un inmenso sacrificio, 
están demostrando lo que es el Parlamento, 
y lo que es la soberanía del número. 

Seríais injustas si juzgaseis su conducta 
con la severidad de la pureza de vuestros 

Pr Elíos'saben , mejor que vosotras , que la 
farsa no puede continuar, y si aprovecnan- 
do las divisiones hieren con la infiuencia 



rr 



— 232 - 



de sus votos á los gobiernos parlamenta- 
rios; si votan un día con Sagasta para anu- 
lar á Ruiz Zorrilla, y otro día con Ruiz Zor- 
rilla para anular á Sagasta , dan al pais una 
provechosa lección. 

— Ved lo que son los Parlamentos, le di- 
cen : diez ó doce hombres podemos estor- 
bar el paso á trescientos , les obligamos á 
que falten ásu Decálogo político, y, exaspe- 
rándolos, vamos á hacer que una vez mas 
sancionen su doctrina de desatar los nudos 
á cañonazos. Al llevarlos á este terreno ¡oh 
sufrido pais! arrancamos á los revoluciona- 
rios vuestra sentencia absolutoria para el 
dia en que, cansados de tanta farsa , echéis 
los trastos por la ventana. 

Esto es lo que hacen los pocos que han 
venido al Parlamento ; y al verse obligados 
á entrar en aquella fábrica de nuestra des- 
dicha ; al tener que tomar parte en intri- 
guillas habilidosas ; al tener que respirar 
aquel aire inficionado , hacen un inmenso 
sacrificio. 

Comprendo que de los cincuenta y tan- 
tos solo hayan venido veinte ó treinta ; se 
necesita mas valor para parlamenlear que 
para salir al campo de batalla ; pero los po- 
cos que nos representan sufren lo que no 
es decible. 

— Confieso, me decia uno ayer, que des- 
pués de haber pedido su bendición al Padre 
Santo, tener que tomar parte en esa come- 
dia me produce un dolor inmenso. Solo 
porque se trata de destruir para edificar el 
bien sobre las ruinas del mal , acepto con 
gusto el sacrificio. 

— Lo creo: se pueden perdonarlos triun- 
fos oratorios con tal de no vivir en aquella 
atmósfera; y lo que es yo, os aseguro que, 
convencida de que el camino recto es siem- 
pre el mejor, de buena gana ahorraría el 
martirio á los que por nosotros sufren 
tanto 

* 

¡Mísera política! 

A pesar mió tengo que hablaros de cosas 
que repugnan.^ mi modo de ver. 

Pero ¿de qué he de hablaros? 

En los teatros no hay nada nuevo, ni nada 
bueno, á no ser La Beltraneja, de que ya os 
di noticia. 

En los salones...; en los nuestros, que son 
los que yo frecuento, la conversación es, y 
no puede menos de ser, política. 

Al reunimos hablan nuestros corazones, 
se desahogan , y ya sabéis cuál es nuestra 
conversación de siempre. 

Algunas suscritoras me dicen cuando, al 
hallarlas en alguna casa, condeno nuestra 
afición á hablar de política: 

«Tiene V. la culpa. Si en vez de llamar á 
sus revistas Ecos de Madrid, las llamase 
Ecos de Ginebra ; si nos describiese V. el 
Bocage; si pudiéramos, por las reseñas da 
usted, ver con los ojos de nuestra alma 



aquellas cumbres del Mont-Blanc, aquellos 
paisajes, aquel lago; si nos hablara V. yun- 
que fuera cometiendo indiscreciones, de la 
augusta señora, de sus paseos, de sus ale- 
grías, de los príncipes; en una palabra: si 
llegara á nosotras algún reflejo de aquel 
foco de luz y de amor donde nos abrasa- 
mos , entonces cada noticia , comentada 
por nosotras, alimentaria nuestra alma du- 
rante mucho tiempo, y en vez de entriste- 
cernos, de murmurar, de desesperarnos con 
la política, respiraríamos en una atmósfera 
serena, pura; todas nuestras ideas serian 
buenas, todos nuestros sentimientos nos 
brindarían una felicidad dulcísima:)', no lo 
dude V., como ¡nlluimos en nuestros espo- 
sos y en nuestros hijos, les comunicaría- 
mos nuestra dicha, y los que son dichosos, 
créalo V., ni desesperan, ni murmuran, ni 
sufren.» 

Asi me habló hace poco una señora á 
quien estimo mucho, y creo que tiene ra- 
zón; pero los augustos Duques de Madrid 
viven en su apacible retiro consagrados £ 
pensar en nuestro bien , á procurárnoslo; 
aquel hogar es para nosotros sagrado, y 
tenemos que contentarnos con las noticias 
que amigos afortunados nos comuniquen. 

Lo que puedo deciros es que allí se vive 
en España y para España; que allí no hay 
un latido que no responda á una esperanza 
nuestra. 

Sabemos ademas que las augustas perso- 
nas disfrutan de cscelente salud. 

Cuando algún pesar gane vuestra alma, 
pedid á vuestra imaginación que adivine, 
fijad vuestros ojos en los retratos que po- 
seéis, leed en aquellas miradas, orad y es- 
perad. 

¿Que son las desdichas del presente anic 
las venturas de la esperanza? 

La Religión , la patria y la monarquía 
cristiana son á los pueblos'lo que la vi 
los individuos; y pues sentimos, vivimos. 

Fe, mucha fe: obediencia ciega; espe- 
ranza inquebrantable; caridad para los que 
no nos comprenden, para los que nos aban- 
donan , para los que nos aborrecen. 

El premio de estas virtudes vendrá , y 
vendrá á tiempo. 

Si obramos como nuestros adversarios, 
¿será estraño que vivamos como ellos? 

No hay aflicción en nosotros, por grande 
que sea , que no encuentre consuelo pen- 
sando en los seres queridos. 

Pensemos en ellos siempre ; amémoslos 
cada dia mas. 

El amor que se siembra en corazones ge- 
nerosos, produce felicidades sublimes. 

Esperanza. 



MADRID, 1871. — Impronta da La Espera»:* , ¿ 
curgo de D. A. Pérez Dabrull, Pez, 0. 



rí> 




ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATOLlCO-HOKAflOulCAS. 



AS O I. 



22 OCTUBRE 1871. 



NÜM. 30. 



SUMARIO — Política femenina: Una Voz da 
alerla, por Juan ilo Lux. — Las Arles t por don 
Jalio Nomboln.— Coaukos vivos puuhcm v so- 
cialb»: La Farsa social, por X.— La Belleza en 
las artes, por Talffer.— Eco» ilo Madrid, por E«- 
perania. 



POLÍTICA FEMENINA. 



1XA VOZ DE ALERTA. 

Voy á ver si consigo, por medio ile 
una parábola , calmar impaciencias, di- 
sipar dudas y fortificar en los corazo- 
nes la esperanza y la fe. 

Vosotras, mis queridas lectoras, vais 
á juzgar el caso, y cuidado que espero 
que inculquéis vuestro fallo á los que 
giran en torno do vosotras , viviendo 
de vuestro cariño. 

Figuraos que un joven ha heredado 
un vasto terreno lleno de escombros, 
y que en virtud de su derecho se pro- 
pone construir un palacio rodeado de 
casas cómodas y baratas para albergar 
á bus servidores. 



Lo primero que busca es un arqui- 
tecto , el cual traza los planos y se en- 
tiende con los maestros do obras para 
que le provean de los materiales y de 
los operarios indispensables. 

El terreno es hermoso ; su propieta- 
rio tiene buen gusto y cuenta con re- 
cursos. Las obras ofrecen gloria al ar- 
quitecto y houroso trabajo á los jor- 
naleros. 

Todos aceptan la tarea con entu- 
siasmo. 

Los planos son magníficos . 

Los destajistas buscan y encuentran 
escelen tes materiales. 

Los trabajos principian. 

Unos empiezan &. quitar los escom- 
bros para dejar limpio el terreno. 

Otros Labran la piedra. 

Otros pulen la madera. 

Otros amasan el yeso y escogen los 
ladrillos para que la obra sea sólida y 
perfecta. 

Y todo es vida , y movimiento , y 
animación. 

La idea de contribuir á la creación 
del edificio encanta y fascina á los ope- 
rarios. 



IV.. 



¿J 



Tr 



— 234 — 



Los que poseen terrenos ó casas cer- 
ca, envidian al amo que tan fieles ser- 
vidores tiene, y les desespera la idea 
de que con el tiempo van sus casas, 
construidas por contrata, á arruinarse, 
mientras que se levantará majestuoso, 
sobre sólidas bases, el edificio en cons- 
trucción. 

Esta idea les quita el sueño , y en 
sus desvelos buscan el modo de des- 
truir aquella fe, aquel entusiasmo. 

La impaciencia de los operarios es 
grande. 

Todos han de tener vivienda cómo- 
da y barata: todos han de estar prote- 
gidos por aquel palacio que, creado por 
el amor y la caridad , á la caridad y al 
amor ha de albergar bajo sus muros. 

De pronto , por razones respetables, 
dispone el dueño que se suspendan las 
obras. 

Los que se proponían hacer negocio 
se despiden, y se van á ofrecer sus 
servicios á los vecinos. 

Los que no tienen mas hogar ni 
quieren tener mas amparo que el que 
ha de prestarles el noble trabajo á que 
se han consagrado, sufren, pero no 
desmayan. 

Entre estos últimos, muchos aban- 
donan los útiles, y, sin perder la espe- 
ranza, se entregan á la ociosidad. 

Los que se han ido , y los que quie- 
ren que las obras no prosigan los bus- 
can , los halagan , é insidiosamente los 
entretienen con noticias, los preocupan 
con temores, escitan en ellos habilido- 
sas sospechas , y con hipócrita maldad 
desempeñan cerca de ellos el mismo 
papel que el diablo cuando , bajo la 
forma de serpiente, entró en el pa- 
raíso. 

— El maestro de obras tal, les dicen, 
es quien tiene la culpa de la suspen- 
sión de los trabajos. ¡Ya se ve! ¡El quer- 
ría acapararlo todo! 

— El proveedor de piedra es el que 
ha puesto dificultades. 

— El arquitecto es la causa de todo. 
Y algunos traidoramente llegan has- 
ta á insinuar si tal ó cual influye en el 
ánimo del dueño. 



Como no van de frente, como doran 
la pildora, ¿qué sucede? 

Los trabajadores ociosos se desespe- 
ran ; llenos de dudas y de sospechas, 
pierden la tranquilidad de espíritu, y 
no conocen que son víctimas de la fa- 
lacia de sus enemigos. 

¡Ah, inocentes! Lo que esos quieren 
es arrebataros la fe, debilitar vuestras 
fuerzas, para que cuando llegue el día 
en que el dueño del terreno vuelva á 
llamaros, estéis divididos, y carezcáis 
de aquellos elementos que pueden ele- 
varos á la categoría de titanes , de hé- 
roes, en la construcción de la obra. 

Cuando menos, desean ingerir en 
vuestra alma el virus de la duda, el 
demonio de la soberbia, que corroe sus 
entrañas. 

Para que caigáis en el lazo os hala- 
gan, os fascinan, se presentan á vos- 
otros con la máscara del patriotismo, 
del sufrimiento ; y ellos , perezosos y 
diñciles ayer , lo presenten hoy todo 
como hecho, como próspero, como ma- 
logrado. 

Pero la mayoría de los operarios 
solo ha formulado este reflexión: 

—Nadie mas interesado que el due- 
ño del terreno en trocar los estériles y 
horribles escombros en fecundas y 
hermosas viviendas. Cuando él nos 
dice "esperad" después de las pruebas 
de amor que nos ha dado, acaso ha 
visto el medio de llegar al fin con me- 
nos sacrificios de nuestra parte De 
cualquier modo, creer es infinitamente 
mejor que dudar, y, „o hay remedio, 
el edificio tiene que levantarse. 

Y en vez de descansar, en' vez de 
echarse en brazos de la sociedad los 
unos prosiguen quitando escombros; 
los otros cuidan de que los materiales 
no se estropeen; otros aprovechan 
el tiempo para ver si hallan perfeccio- 
nes que aplicar á los trabajos; el ar- 
quitecto y sus ayudantes estudian de 
nuevo los planos para mejorarlos; y 
todos, sin perder la costumbre del 
trabajo auxiliados con el provecho de 
la meditación , firmes, serenos, llenos 
de fe y esperanza , felices con sus 







-235 - 
creencias, mas felices aun porque curn- 
y)len un deber esperando , aguardan la 
orden de reanudar sus tareas, y están 
seguros de que, mas concienzudos y 
perfectos los preparativos, darán mejo- 
res resultados. 

;Y (¡lié! los ociosos ¿no podían ocu- 
par el tiempo en tareas fecundas? 

¿No hay industrias, no hay cien- 
cias, no hay artes que perfeccionar y 
que apropiar á las necesidades del nue- 
vo edificio? 

¿No hay medidas que adoptar para 
el buen uso de los dones ofrecidos? 

¿No es avanzar á la realización de la 
esperanza pensar en los problemas 
pendientes, y resolverlos? 

Decidme ahora , lectoras : ¿quiénes 
creéis que aciertan: los que trabajan 
en los preparativos, sin escuchar los 
rumores que llegan á su oido, y sin ver 
mas que la luz interna de su fe, ó los 
que, considerando que hay tiempo, 
impacientes é intranquilos, prefieren 
la ociosidad , y oyen desde los brazos 
de esta falaz sirena las voces del egoís- 
mo, de la envidia, del despecho ó de la 
maldad? 

Decidid y encerrad con vuestras ca- 
riñosas palabras en el lazareto de la fe 
á los buenos, á quienes quieren inficio- 
nar los malos. 

Yo os aseguro que el edificio se le- 
vantará, y se levantará pronto, y será 
sólido y grandioso. 

Que no tengan que amasar sus mu- 
ros las lágrimas del remordimiento. 
Que todos, con el alma pura y la con- 
ciencia tranquila, podamos colocar so- 
bre su cúpula... la santa cruz de la re- 
dención de la patria. 

Juan de Luz. 



LAS ARTES. 



ARTICULO I. 



El grandioso cuadro que 
del Hacedor desarrolló á la 
hombre desde el momento en que, for- 



Ia mano 
vista del 



mandóle á su semejanza, pudo com- 
prenderle, despertó su admiración; y 
el deseo de reproducir aquellas magní- 
ficas obras que contemplaban sus ojos, 
de imitar aquellos sonidos que pare- 
cían ser el lenguaje de la naturaleza, 
unido á una necesidad imprescindible 
de formar un mundo para el pensa- 
miento , produjeron las artes. ¡Las ar- 
tes! Esas inmortales sibilas que reve- 
lan con todos los atractivos de la be- 
lleza , los misterios del alma, porque 
representan todos sus sentimientos; 
esas inspiraciones de todos los siglos, 
que después de elevar al hombre pri- 
vilegiado á mayor altura que los de- 
mas , engrandecen las naciones , las 



hermanan, se levantan sobre sus rui- 
nas, y guardan su memoria cuando el 
tiempo las borra de la tierra. 

La sabia Providencia , que al impo- 
nernos necesidades nos ha proporcio- 
nado también los medios de satisfa- 
cerlas, ha hecho de las artes una ne- 
cesidad moral, apremiante, vital; pero 
nos ha dotado con dos elementos po- 
derosos para crearlas y gozar sus efec- 
tos : la imaginación y el sentimiento, 
que, reunidos (jara estos fines, forman 
el sesto sentido de que nos habla Topf- 
fer; ese sesto sentido, fuente inagota- 
ble de emociones purísimas, de felici- 
dades inmensas ; ese sesto sentido que, 
como un ángel tutelar del hombre, 
parece que se esmera en renovar sus 
esperanzas cuando los desengaños las 
destruyen, y en ofrecerle los encantos 
del mundo ideal , cuando los dolores 
del mundo material asedian y martiri- 
zan su combatido corazón. 

Ellas toman todas las formas para 
satisfacer los deseos mas nobles y ole- 
vados del alma que los busca , aumen- 
tan la ventura y endulzan el pesar, 
velan continuamente por el bien de la 
humanidad, y la aleccionan, seducién- 
dola primero, mostrándola el ejemplo, 
dominándola después, no para esclavi- 
zarla, sí para enaltecerla. 

Ellas tienen consuelo para todas las 
aflicciones, sosteniendo la fe, escitando 
el entusiasmo, ofreciendo el eterno ga- 



^ 



¿) 



— 236 — 



lardón de la gloria; inspiran, las heroicas 
acciones, los generosos pensamientos, 
y son un fiel espejo donde todas las 
civilizaciones retratan sus grandezas y 
sus debilidades. 

Ellas han conservado las figuras co- 
losales que cada siglo ha presentado 
para realizar una idea , para destruir 
un error, para descubrir y allanar el 
camino de la humana perfección ; han 
robado á la naturaleza sus encantos, al 
espacio sus sonidos; han idealizado la 
materia ; han engrandecido el átomo; 
han poblado el vacío; y el hombre, en 
posesión de la belleza, ha gozado sin- 
tiendo , y ha visto despertarse en su 
alma el entusiasmo , y por estos cami- 
nos ha llegado á la civilización , que 
es la verdad , ha llegado á enorgulle- 
cerse de sí mismo sin desconocer á la 
Divinidad, por el contrario, compren- 
diéndola y adorándola, y ha llorado de 
alegría al levantarse sobre la ignoran- 
cia, al contemplarse el ser mas privi- 
legiado de la creación. 

Preguntad á todos los que viven en 
ese mundo luminoso del pensamiento, 
qué representan á sus ojos las artes , y 
os dirán que los goces del alma. Y no 
preguntéis solo á los que piensan, sino 
á los que sienten : mostrad á un aldea- 
no un lienzo en el que esté copiado un 
valle hermoso y una cruz en su cen- 
tro , una cabana en la colina , las tor- 
res de una ciudad en lontananza , y 
le oiréis esclamar con júbilo en las mas 
inesperadas admiraciones. Para él, 
aquel lienzo representa su infancia , su 
familia, su fe, sus esperanzaa Hacedle 
oir una melodía cualquiera, un canto, 
por sencillo que sea, y según lo que 
esprese , le veréis llorar de pena ó de 
alborozo, porque recordará los arrullos 
de su tierna madre, las plegarias de su 
padre al saludar la luz del alba , los 
cantares de sus compañeros en el dia 
de fiesta al reunirse en el fondo del 
valle, ó la voz de la mujer querida que 
despertó en su alma inocente el primer 
sentimiento de amor. 

Tal es el gran influjo de las artes; y 
aunque diferentes en su forma , todas 



vs 



tienden á un mismo fin, todas ellas 
pueden producir efectos análogos, por- 
que su esencia es una misma. 

En el próximo artículo demostraré 
e3te aserto, y después de esplicar lo 
que á mis ojos representan las artes, os 
daré cuenta de las obras que constitu- 
yen la Esposicion que se inauguró el 
domingo anterior y está siendo objeto 
de la curiosidad y de la admiración del 
público madrileño. 

Julio Nombela. 



CUADROS VIVOS POLÍTICOS 



Y SOCIALES. 



La farsa social. 

La casualidad, esa musa de los novelistas, 
reunió una noche del pasado invierno en 
uno de los pocos bailes distinguidos que 
hubo en Madrid, á una ¡oven de veinte á 
veintidós primaveras, y á un joven de vein- 
tiséis á veintiocho años. 

Ella estaba vestida con elegancia, con 
lujo, y al mirar su rostro no podia uno me- 
nos de figurarse que contemplaba las fac- 
ciones de uno de los ángeles con que ador- 
nó Murillo su San Antonio. 

En él habia belleza , inocencia y alegría. 

El joven, por su parte, iba también ves- 
tido de rigurosa etiqueta, y no dejaba de 
ser agraciado. 

_ Natural era que, al ver á la hermosa ni- 
ña, desease hablarla, estar al lado suyo y 
bailar con ella. 

Mi joven y la elegante señorita se vie- 
ron, se agradaron, y bailaron un vmls. 

—¿Viene V. á menudo á los bailes de la 
señora de Pérez.'' preguntó él. 

— No, señor : hacia ya mas de un año 
que no asistía á ninguna función. 

—Por eso yo buscaba algo sin encon- 
trarlo. 

— Es V. muy amable. 

—¡Oh, no! ¡Pero me interesa V. tanto! 

— ;Esoes galantería, ó es verdad? 

— Es natural. 

—Perdóneme V. una indiscreción: ;cómo 
se llama V.? 

—Rosa. 

—¡Qué casualidad! se dijo Hipólito (que 
este era el nombre del galán). ¡Como mi 
vecina del cuarto principal! Pero si se pa- 
recen en el nombre, en lo demás se dife- 
rencian: mi vecina es una coqueta. 



^ 



— 237 - 



Terminado este aparte , que fue un re- 
lámpago en la imaginación del ¡oven. 

—Indiscreción por indiscreción, dijo ella: 
¿cómo se llama V.? 
—Hipólito. 

La joven pensó algo; pero no me convie- 
ne repetirlo : baste saber que este nombre 
le recordó el de un joven de quien había 
oido decir : 

— Es un buen muchacho; pero tan po- 
breton , que no tiene sobre qué caerse 
muerto. 

—¡Qué diferencia entre uno y otro Hi- 
pólito! 

El que tenia delante , al menos podia 
caerse muerto sobre su frac. 

—¿Y piensa V. ir este año á muchos 
bailes? 
— A todos los que V. vaya. 
— Pocos serán entonces... Es un milagro 
que haya venido aqui. No me agradan los 
bailes. 
— A mí tampoco. 

—El silencio, la soledad, la lectora, el 
piano, la familia, estos son mis únicos 

B oces - 
— También los míos. 



— Así es que deseo siempre con ansia que 
llegue la primavera. 
— ,;Para dar envidia á las flores? 
—Ño, por cierto: para salir de Madrid, en 
donde me aburro, y pasar cuatro meses en 
las inmensas posesiones que tiene mi fami- 
lia en Valencia. 
—¡Es rica! se dijo Hipólito. 
—El verano lo paso en una quinta que 
poseemos cerca de Bayona, y mi mayor 
martirio es tener que venir á Madrid. ¿No 
le parece í V. que aqu! se sufre mas que se 
goza? . 

—¿Pues no? También yo estoy cansado 
de esta vida. Se levanta uno á las doce, una 
hora en la sala de armas, otra hablando de 
toros y caballos, dos en paseo, dos en visi- 
tas estériles, tres en la Opera, cuatro 6 cin- 
co en un salón aristocrático, una ó dos en 
el Casino oyendo murmurar del gobierno 
que manda... ¡Esto es horrible...! cansa, 
hastía... empequeñece la inteligencia, y al 
fin y al cabo se convence uno deque la so- 
ledad, el campo, la primavera, la « ml - 
constituyen la única felicidad. |Ah. si, 
Ro<a : todo lo que constituye el bello ideal 
de V., es mi sueño dorado ; pero yo no soy 
egoista; siendo feliz, necesitaría dar parte 
de mi felicidad. ¿No ha amado V.? 
—¡Yo! Nunca. , . 

—Y sin embargo, el amor es la luz, es la 

—Mi alma presiente su belleza ; pero la 
teme. 

— ¡He oído hablar tan maldelos hombres 
desde que escucho lo que oigo...! 
—Hay escepciones. 
— No lo niego. 



—El amor es una semilla que se siembra 
en el alma y que produce lo que V. mas 
quiere: la familia. 
— O la desgracia. 
— ¿No son otros felices? 
— Sí; mas yo, para serlo con el amor, ¡ne- 
cesitaría tanto! ¡Soy tan estraña! ¡He for- 
mado una idea del amor! ¡Hay tanta pureza, 
tanta sublimidad en ella , que la conservo 
como un tesoro , y tengo miedo de no ha- 
llar en el mundo un alma que pueda com- 
prenderla! 

— ¡Ah ! V. no se parece á las demás mu- 
jeres. 

— Tampoco V. á los hombres que me han 
hablado hasta ahora. 

— Es decir , que quiere V. que seamos 
amigos. 
— Con mucho gusto. 
— ¿Y nada mas que amigos? 
— ¿Qué mas? 

— ¡Oh', algo mas... mucho mas... 
— Va V. muy deprisa. 
—No tanto como mi alma desea. 
—Mi mamá se levanta: tal vez quiera que 
nos retiremos. 
— ;Se va V. ya? 
— És preciso. 
— ; Volveremos 4 vernos? 
—Mañana iré al Teatro Español. 
—Yo también. 

— No olvide V que soy su amiga. 
—No olvide V. tampoco que yo nunca 
podré olvidarla. 
Rosa corrió al encuentro de su mamá. 
Era ya tarde: los convidados fueron des- 
tilando. 
Hipólito estaba entusiasmado. 
-¿Me amará? se decia al bajar la esca- 
lera; nos uniremos, v pasaremos la prima- 
vera en nuestras posesiones de Valencia; el 
verano, en Bayona; el invierno... 

Distraído con estas esperanzas, subió a 
un coche de alquiler que estaba á la puer- 
ta, y le dijo: 
—¡A la calle del Baño! 
El cochero arreó, y no tardó en llegar á 
la calle designada. 

Detras iba otro coche, que se detuvo en 
la misma puerta. 
Hipólito alargó una peseta al cochero. 
—Son diez reales, le di]o el auriga. 
— ¡Cómo diez! 
— Han dado ya las doce. 
—Sí ; pero e'mpieza á amanecer, y una 

carrera de día... . _• 

-Yo no entiendo de eso: ¡vengan mis 

diez reales! _ _, 

En aquella situación, no tuvo mas re- 
medio que pedir al portero seis reales pres- 
tados. ,. .. . . 
El buen hombre se los dio, diciendole: 
—Tenga V. para -salir de! apuro; pero 
r» vez no caste coche si no puede pa- 



otra vez no gaste 
garlo. 



=¿> 



(r~ 



— 238 — 



Entonces pasó al lado de Hipólito, y le 
miró con estrañeza, una joven envuelta en 
una rica sortie de bal. 

— ¿Quién es esc? pregunto al portero, 
mientras Hipólito iba á pagar al auriga. 

—El huésped del tercero. 

—¿El que no paga el hospedaje, y anda 
siempre entrampado? 

— El mismo. 

— ¡Oh desengaño! dijo la joven al subir 
con su madre la escalera. |Y yo que me 
habia figurado haber hallado ya un marido 
rico y bondadoso! 

Hipólito subió á su cuarto, y no durmió, 
pensando en la candida joven y en sus po- 
sesiones de Valencia. 

Al dia siguiente, por la mañana, dio es- 
peranza á sus acreedores, logró que un usu- 
rero le prestase algunos duros, buscó quien 
le presentase en la embajada, y, al volver, 
encontró en la escalera á una joven. 

lEra ella! 

El portero la saludó con veneración. 

Hipólito bajó, pagó su deuda de la noche 
anterior, dio al cancerbero dos reales de 
propina, y le dijo: 

— ¿Conoce V. á esa joven? 

— ¡Ya lo creo! Como que vive en la casa. 

—¿En la casa? 

— Sí: es la señorita del principal. 

— ¿La que tiene tantos novios? 

— La misma. 

— ¡Adiós ilusiones mías! Hé aquí un des- 
engaño que me ha costado una noche de 
sueños y doce reales. 

— Es lo menos que cuesta una butaca en 
cualquier teatro, dirá el lector. 

Desde entonces los dos huyen el uno del 
otro, y él sigue diciendo que el oro le abur- 
re, y ella que aun no ha amado. 

Pero si engañan á los demás, no pueden 
ya>ngañarse. 

X. 



LA BELLEZA EN LAS ARTES. 



LIBRO PRIMERO. 

CAPITULO PRIMERO. 

Da efimo el hombre tiene seis sentidos. 

Conocidos los cinco primeros, réstanos 
demostrar el sesto, y esto es sumamente 
difícil, porque carece de los medios de ma- 
nifestación que sus compañeros; es invisi- 
ble, y reside oculto en el interior del cere- 
bro. Pero reside donde decimos, y desde su 
retiro misterioso domina á sus cinco her- 
manos, esclavizándolos á sus deeseos. 

Y no hay duda: con los ojos vemos, con 



el oido oiraos, con la nariz olemos; pero 
¿qué es oler, oir y ver? También para c 
bruto la hoja es verde, la flor olorosa, el 
cielo brillante. Los animales perciben, gra- 
cias á sus cinco sentidos; pero no hacen mas 
que percibir. ,,..,. 

Solo el hombre ha alcanzado el privilegio 
de poseer el sesto sentido: su rudimento se 
halla en todos los cerebros de la especie 
humana; pero en los unos se desarrolla, y 
en los otros aborta ó permanece ocioso. 

CAPÍTULO II. 

De cómo el autor escamotea la descripción dol ses- 
to sentido, y se embrolla á ojos vistos. 

Voy á decir cómo se le nombra en el 
mundo, porque es mas fácil designarle que 
describirle. 

Los unos le han llamado la poesía de la 
inteligencia, la inspiración ; los otros dicen 
que tener este sesto sentido es tener vena, 
numen. 

Pero, ¿qué es lo que ve, que es lo que 
huele ese sesto sentido? Huele, oye, toca; 
en una palabra: desempeña las funciones de 
los otros cinco, pero en un mundo ideal, 
en donde estos no entran. Antes he hablado 
de la hoja, del lago, del cielo; pues bien: 
todas estas cosas se le presentan con un en- 
canto en el que no entran para nada ni la 
brillantez, ni el verde, ni el azul. Un en- 
canto del cual son la ocasión estas percep- 
ciones, pero no el objeto; ellas lo escitan, 
lo provocan, pero por s! solas no bastarían á 
producirle. Puedo afirmar que este encanto 
existe; pero, ¿cómo pintarlo? Cuando se le 
quiere fijar, se disipa; cuando se le quiere 
coger, se escapa ; cuando se logra poseerlo, 
se marchita al instante. 

CAPÍTULO III. 

De cómo el autor , tratando de describir cosas sen- 
limontnles, aparece enfadoso, afectado y oscuro, 
sin dojar por eso da ser hombre de bien. 

Voy á probar á describirlo. 

El encanto de que hablo consiste en ver 
en la hoja algo de caduco, de efímero; con- 
siste en pensar á su vista en la rapidez con 
que se alejan los años , en las tristes meta- 
morfosis que opera el tiempo ; consiste en 
descubrir en la hoja alguna semejanza con 
nuestro destino, juguete de las cosas este- 
riores , como la hoja lo es de los tiempos y 
de las tempestades ; consiste en espenmen- 
tar , al hallarse en el lago, un sentimiento 
apacible , dulce , tranquilo , un misterioso 
retiro ó un puro reflejo del cielo, variable 
como él ; é inspirando al alma , tan pronto 
una melancolía que la contrista, como una 
espansiva alegría que la recrea; por último, 
consiste en hallar en el cielo una profundi- 



239 — 



I 



dad que conmueve , horizontes inmensos, 
playas lejanas... 
Creo que me conviene no seguir adelante. 

CAPÍTULO IV. 

De cómo el autor sale del «puro de la mejor manera 
posible. 

Por oscuro y estúpido que sea mi ante- 
rior capítulo.si mis lectores han compren- 
dido algo de él, es como si lo hubieran com- 
prendido por completo, porque estarán se- 
guros de que la sensación pura y sencilla, 
no es mas que la humildísima esclava de 
mi sesto sentido, al cual proporciona sin 
cesar los medios de soñar, de sentir, de 
vagar dulcemente por un pais delicioso v 
sin límites, que no es el material que ven 
los ojos ni huellan nuestros pies. 

Pero si no habéis comprendido nada, será 
sin duda alguna porque no he dicho nada 
comprensible (lo que me inclino á creer), 6 
bien que, careciendo del sentido en cues- 
tión, es imposible daros una idea de el (lo 
que es poco probable, porque estoy seguro 
de que mis lectores son todos hombres in- 
teligentes v de una constitución perfecta). 

Juan Pablo, ciego de nacimiento, leía en 
una ocasión acerca de los colores, y decia 
del autor que no solo no entendía una pala- 
bra, sino que ni tampoco se entendía á sí 
mismo... Y acaso tenia razón Juan Pablo. 

CAPITULO V. 

De cómo el autor recapitula y enlaza lo que ha 
dlono con lo que va a decir. 

Existe, pues, un sesto sentido; pero 
;quc es? 

La vena, como decimos en España; la 
bosse, como se dice en Francia. 

Todos no la tienen ; pero mis lectores y 
yo la tenemos. 

Ahora bien: ,qué haremos con ella? 

Esto es precisamente lo que voy á deci- 
ros en el capítulo que sigue. 

(Se continuara.) 

RODOLFO TOLFFER. 



ECOS DE MADRID. 



Después de unos cuantos dias de una 
temperatura deliciosa, de esa temperatura 
que hace de Madrid el mejor de los climas 
en el otoño, han empezado las lluvias, y 
todo parece triste en la naturaleza. 

Las flores agostadas por el estío, los fru- 



tos madurados por el calor, las hojas aban- 
donadas en el árbol, todo desaparece. 

Y, sin embargo, en el corazón de ese ár- 
bol que va á arrostrar los vendavales del 
invierno, que va á sufrir el helado con- 
tacto de la nieve , están los gérmenes de 
las flores y de los frutos que alegrarán la 
primavera y fecundizarán el verano. 

La Providencia veía por el pobre tronco. 

El otoño es sin duda la estación mas 
triste del año para el campo; la mas ani- 
mada para las ciudades. 

Ingratos, muy ingratos son los que, des- 
pués de haber gozado de las delicias del 
campo, le abandonan cuando pierde su be- 
lleza. 

Y ved lo que son las cosas: mientras nos- 
otros dejamos de recrearnos en el espec- 
táculo de los verdes valles, de las producti- 
vas huertas, de los floridos jardines, de los 
paisajes encantadores, esa tierra abandona- 
da recoge la semilla, y con el cuidado de 
unos cuantos seres á quienes creemos des- 
dichados, pero que son felices, muy felices, 
mientras nosotros gastamos nuestra alma 
en las sensaciones de la vida de la ciudad; 
mientras nosotros no pensamos en ella, 
piensa en nosotros, y nutre con su jugo la 
semilla, y trabaja para darnos el alimento, 
para recrearnos de nuevo con sus galas. 

[Bendito sea Dios, que nos muestra de 
este modo su infinita misericordia! 

La tristeza del campo es el germen de 
nuestra alegría. 

Su generosidad es un ejemplo que debe- 
mos imitar. 

Al comunicarnos su melancolía, nos in- 
vita á meditar, y la meditación, cuando se 
eleva al cielo, es bálsamo dulcísimo. 

Al mostrarnos el sacrificio que hace por 
nosotros, nos invita á sufrir y nos enseña 
que siempre alcanza el premio la cons- 
tancia. 

No sé por qué, mis queridas lectoras, 
pero este otoño es quizás el primero de mi 
vida en que la tristeza del campo no puede 
alterar la alegría de mi corazón. 

Hay en él una flor muy guardada, que ni 
las lluvias ni el vendaval pueden marchi- 
tarla; es una siempreviva, pero con color y 
aroma: es la esperanza, que esta vez, no lo 
dudéis, dará flores y frutos sobre la misma 
nieve. 

¿No sentís su perfume en vuestro co- 
razón? 

Y si lo sentís, ¿no es verdad que sois 
muy dichosas? 

¡Ahí Si fuera posible reunir en uno solo 
vuestros latidos, y llevarle lejos, muy lejos, 
á aquella santa morada, trono al que sirve 
de dosel el Mont-Blanc , y de alfombra el 
césped siempre verde; si ese latido pudiera 

Eenetrar en el corazón mas puro y mas no- 
le de la tierra, y tornara á nosotras des- 
pués, ¡qué tesoros de amor, y de esperanza, 
y de felicidad hallaríais en él! 



ir 



=. 



— 240 - 



Ese latido os diría que hay una flor tras- 
plantada que necesita el purísimo sol de 
España; que al estar aquí difundirla su 
aroma celestial en todas partes: ¿y qué no 
haríais vosotras por recrearos en esa flor 
que guarda en su cáliz el secreto de vues- 
tra ventura? 

Pues bien: vuestras oraciones serán oídas, 
vuestras esperanzas serán calmadas; Dios lo 

3uiere, y presto , muy presto, la espansion 
e vuestra alma alejará las tristes ideas que 
os abruman. 

Presto, muy presto dejareis de qir en tor- 
no vuestro la murmuración, á quien reem- 
plazará la admiración. 

Presto, muy presto enjugará la dicha 
vuestras lágrimas, y creeréis soñar al yeros 
trasportadas á un mundo en el que la inte- 
ligencia y el sentimiento de lo bello ilumi- 
narán todos los horizontes. 
_ Presto, muy presto, tras las lluvias oto- 
ñales, brillará el arco-iris. 

No me preguntéis nada. 

Os habla mi corazón, y el corazón de la 
mujer es leal. 



Tan contenta estoy, que no quiero habla- 
ros mas de las miserias de la política. 

¿Qué adelantaría presentándoos á un mi - 
nistro de la Guerra que, al tratarse de los 
asuntos de Melilla, anuncia que el gobierno 
está resuelto á no retroceder ni ante los mo- 
ros ni ante los cristianos? 

¿Qué añadiría á lo que sabéis, diciendo 
que la epidemia del personalismo ha divi- 
dido á los revolucionarios, y que el minis- 
tro de los puntos negros y su partido se va • 
len del buzón del Congreso para enviar á 
sus amigos treinta ó cuarenta mil manifies- 
tos, privando al Tesoro, según dicen los pe- 
riódicos, de cerca de dos mil duros de in- 
gresos? 

¿Qué no os afligiria si os recordase que 
nuestros soldados se baten en África, y que 
se dice muy alto que entre los moros del 
Riff circula el oro filibustero? 

Apartemos con asco y con horror nues- 
tra vista de este cuadro ; cerremos nuestros 
nidos á las atrocidades que en pleno Parla- 
mento ha dicho un orador defendiendo á 
La Internacional; y pues que nos convidan 
la Esposicion de Bellas Artes y los teatros, 
busquemos por este camino notas que for- 
men armonía con las que la esperanza ar- 
ranca de nuestro corazón. 



Una Esposicion de Bellas Artes debia ser, 
y será algún dia, un gran acontecimiento. 

Los cuadros , las esculturas , los planos y 
los dibujos, no son meros adornos de un 
salón, no son una distracción de los ojos y 
un estímulo de la desocupada curiosidad de 
un pueblo. 

Cada objeto artístico es el producto que 



un alma saca de su contacto con otras al- 
mas; es un rasgo de la sociedad que ha 
quedado en el objetivo de un artista. 

Que vayan en buen hora á ver figuras y 
colores los que quieran ; pero allí ha de 
haber algo mas: allí debe encontrarse el 
espíritu de un pueblo, las huellas de una 
época, el resumen del movimiento intelec- 
tual del mundo. 

Pero, sin querer, voy invadiendo el cam- 
po que Julio Nombel3, nuestro querido Di- 
rector, se ha propuesto cultivar para vos- 
otras en este Álbum. 

Me atreveré á decir, sin embargo, con 
su permiso , que la Esposicion de Bellas 
Artes, abierta al público en Madrid, es, en 
conjunto, una imagen de la situación que 
ofrece España. 

Allí hay algo bueno, mucho mediano, 
mucho malo; y aquellos cuadros y aque- 
llas esculturas presentan el confuso tropel 
de ideas que dominan á nuestra sociedad. 

Falta la unidad de pensamiento, la uni- 
dad de tendencias , y, por lo mismo , la va- 
riedad sin unidad: es una colección de cuer- 
pos sin alma. 

* * 

En el magnífico teatro de la Opera se ha 
cantado La Hebrea bastante bien; pero hay 
una gran decadencia en la escuela de canto 
moderna. 

El público, llenando el teatro Español 
para saborear las bellezas del drama La 
Beltraneja, ha dado un solemne mentís á 
los que aseguran que solo el género bufo es 
capaz de conmover á nuestra sociedad. 

En el teatro de la Zarzuela se han estre- 
nado dos de escasa importancia, tituladas: 
Don Pacifico, y El Hombre es débil. 

La moralidad de sus fábulas es un poco 
dudosa ; pero , dadas las obras que ordina- 
riamente se representan, pueden clasificarse 
entre las mas sanas. 

En el Circo ha vuelto á ponerse en esce- 
na la comedia Dulces cadenas. Es bellí- 
sima. 

Matilde, gue es una gran actriz cuando 
no se empeña en hacer papeles de jóvenes 
de quince años, ha reverdecido sus laureles 
en la bella comedia Por derecho de con- 
quista. 

* 

* * 

Leed el último folleto de Manterola titu- 
lado El Espíritu carlista. Allí encontrareis 
el alma inspirada y la elocuencia arrebata- 
dora de ese hombre privilegiado, que es 
á un tiempo el profeta, el cantor y el sol- 
dado de la santa causa de la legitimidad. 

Esperanza. 



MADRID: 1811. — Impronta de La Esperan ca , & 
cargo do D. A. Pérez DabrulI, Poz, 6. 



^: 






■*> 







&\B. 




ALBUIÍ DE LAS SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



aíio I. 



29 OCTUBRE 1871. 



NUM. 31. 



SUMARIO.- Política i-buenina: LasMuje- 
res carlistas , por Juan do Luz.— Las Anea (ar- 
tículo II).— CCADROS VIVO» POLÍTICOS Y SOCIALES: 

El Din Je los difunto», por D. Julio Nombola.— 
Ecos de Madrid, por Esperanza. 



POLÍTICA FEMENINA. 



LAS MUJERES CARLISTAS. 

Digámoslo de una vez y siu rodeos: 
en nuestro partido valen mucho los 
hombres, pero las mujeres valen mas, 
mucho mas. 

Admirable es el valor del joven que 
acude á dar su vida en aras de la pa- 
tria; del anciano que olvida sns acha- 
ques y corre en busca del peligro ; del 
esposo y del padre que sacrifican sus 
afectos por defender la Religión, la 
patria y la monarquía; pero el joven, 
el viejo, el esposo y el padre, al con- 
vertirse en soldados de una santa cau- 
sa, :¡', reunirse unos con otros, al su- 
frir juntos las penalidades, al encon- 
trarse en medio del fragor del comba- 
te, forman una familia; un fluido mag- 



nético desarrolla su vitalidad, y el hu- 
mo de la pólvora, el estruendo de los 
disparos, el polvo que levantan los ca- 
ballos, el arrebatador sonido de las 
músicas, ó la sensación eléctrica do los 
vivas que escuchan en torno suyo , los 
convierten en seres estraordinarios, los 
embriagan, los fascinan, los alientan, y 
en aquella confusión, en aquella pelea, 
en aquella conmoción nerviosa, no ven 
mas que una bandera y un triunfo. 

¡ Ah! todos los españoles que sienten 
algo en su pecho , hasta los que pare- 
cen mas pusilánimes, pueden tornarse 
en héroes en esos supremos momentos. 
Un caballo y una lanza , el mando de 
una batería, el asalto de una trinche- 
ra, la resistencia de una carga á la ba- 
yoneta, todos estos episodios del com- 
bate Bon arrebatadores. 

Y si se ve á los moribundos exhalar 
el último suspiro gritando: ¡ viva el 
Rey! y si se ve á los heridos besando 
el escapulario que una madre piadosa 
ha puesto al cuello de un hijo amado; 
y si se ven obstáculos insuperables, y 
detras de ellos el laurel de la gloria; y 
si eu medio del estruendo se percibe 



- 242 - 



esa sublime música , ese canto vascon- 
gado que está en nuestros corazones y 
termina con la sencilla y embriagado- 
ra esclamacion ay! ay! ay! mutillac, 
¡oh! entonces se comprende todo lo 
grande, todo lo heroico , todo lo arre- 
batador de la resolución que ha im- 
pulsado al combate ; y aunque el re- 
cuerdo de un ser querido nos asalte, 
parece en aquellos instantes que una 
doble vista nos permite ver mas allá 
de nuestra tumba , oir las bendiciones 
de los que nos suceden , y contemplar 
colmados de beneficios, y sobre todo 
de cariño y respeto, á las enlutadas 
personas que nos lloran y que dicen 
en medio del dolor, con una alegría 
santa: 

—Mi padre, mi esposo y mi hijo ven 
desde el cielo el triunfo. ¡Dios los haya 
recogido en su seno! Su sangre ha re- 
gado la tierra ingrata y la ha hecho 
buena y fecunda, porque en su sangre 
estaba el germen del bien. 

Todo esto, que es doloroso y al mis- 
mo tiempo sublime y grande , hace 
del actor un héroe ; pero los accesorios 
de la escena le ayudan; allí no es mas 
que el hilo conductor de una electri- 
cidad que está en la atmósfera que 
respira ; allí su vida es el vértigo : el 
valor de estos hombres es un gran va- 
lor ; pero hay otro mas grande : el de 
la esposa, el de la madre, el de la hija; 
en una palabra : el de la mujer car- 
lista. 

La mujer carlista tiene en su alma 
el sentimiento de la Religión y el sen- 
timiento de la patria. 

Ella conoce que la salvación de la 
sociedad depende del triunfo de estos 
principios , y ni aun en los instantes 
de mas dulce espansion de la familia 
olvida que la felicidad de la sociedad 
en cuyo seno vive, la impone los mas 
dolorosos sacrificios. 

Al dar su pecho al hijo amado; al 
recrearse en sus hermosos ojos , en sus 
frescas mejillas ; al acariciar sus delica- 
das manecibas ; al deleitarse en su pura 
sonrisa, piensa en la Religión , en la 
Patria y en el Rey. 



— Tú , hijo mió, le dice cuando aun 
no puede comprenderla, serás muy 
cristiano; y cuando llegue el dia, vola- 
rás como tu padre á defender loque él. 

Sabe que cria y educa un soldado, 
quizás un mártir ; y aunque se estre- 
mece de dolor, acepta el deber que la 
imponen sus sentimientos. 

Ella le enseña á rezar ; ella rodea su 
cuna con las imágenes del Rey, á quien 
rinde culto , á quien ama mas porque 
sufre el destierro de la patria , cuyas 
desdichas lamenta, y su goce supremo 
consiste en oir la argentina voz de su 
hijo cuando, al preguntarle los amigos 
qué es, responde: 

—i Yo...? Carlista. 

Ama á su esposo , y, sin embargo, 
cuando llega la hora del combate , en 
vez de detenerle; en vez de recordarle 
las desdichas que la esperan si él su- 
cumbe; en vez de llamar á sus hijos y 
pedirle que no los abandone, ahogando 
el dolor , devorando las lágrimas:— 
Parte, le dice, y cumple como bueno. 
No temas por nuestros hijos: si Dios 
dispone que no volvamos á vernos en 
el mundo, yo les enseñaré á respetar y 
bendecir tu memoria; yo les guiaré por 
el camino que tú les has trazado. La 
atmósfera en que viven está corrompi- 
da; vé á buscar para ellos y para mí la 
paz y la ventura del hogar; vé sin te- 
mor , que nuestras oraciones te acom- 
pañarán. 

¡Oh qué grandiosa es la mujer cris- 
tiana! El mas leve rumor en medio de 
la noche la asusta, y, sin embargo, no 
hay serenidad, no hay valor compara- 
ble al suyo , cuando á solas arregla la 
maleta del ser querido que va á partir, 
y limpia el uniforme que quizás van á 
atravesar las balas. 

Pero su heroísmo es mayor cuando 
al movimiento de los preparativos si- 
gue el silencio de la ausencia. 

No la busquéis en los paseos , no la 
busquéis en los teatros , no esperéis 
verla asomarse al balcón. 

Los niños, que han oido algo , que 
presieuten la guerra, juegan á los sol- 
dados: 



■2) 



^ 



— 243 — 



— Yo soy papá, dice uno armado de 
un palo cualquiera. 
— No; soy yo, esclama otro. 
— Entonces, ¿con quién nos peleamos? 
Y no hallando enemigos, la empren- 
den con las sillas y las mesas. 

Esta algazara llega al retiro de la 
esposa y se confunde con el suspiro 
que exhala su pecho como aquellas 
grandiosas frases del cuarteto de Ri- 
goletto , en que se enlazan las carcaja- 
das del duque con los desgarradores 
gritos de Gilda. 

Pensad por un momento en las lar- 
gas horas de soledad, de temor, de zo- 
zobra , de martirio de la mujer que 
espera á cada instante una noticia ter- 
rible , que sin las emociones y los estí- 
mulos que agitan á los que se baten, 
sola, con los cuidados de la casa , con 
las preocupaciones del porvenir, siente 
la batalla en su alma, mientras su cuer- 
po está inmóvil. 

Recoged sus latidos, examinadlos, y 
hallareis en ellos una abnegación su- 
blime, un valor heroico. 

Que ella vea triunfantes la Religión, 
la Patria y el Rey: que ella pueda oir 
desde el misterio de su hogar, y cuan- 
do llora una gran pérdida, los gritos 
del entusiasmo que inspira el triunfo, 
y ofrecerá á Dios sus martirios, y acep- 
tará toda clase de trabajos y de sacri- 
ficios para reemplazar al que solo vive 
en la admiración de la posteridad. 

/No es un retrato fiel de vuestros 
sentimientos el que acabo de trazar? 

Pues si lo es, confesemos con orgnllo 
que las mujeres carlistas, no solo como 
esposas y madres, como hermanas é hi- 
jas, sino pura y simplemente como 
mujeres, dignas herederas de las he- 
roínas de Nnmancia y Sagunto, de las 
víctimas de la Independencia en Ge- 
rona, en Madrid y Zaragoza, valen 
mas, mucho mas, que los hombres. 

¡Dios premiará vuestras virtudes. 
Cuarenta años de lágrimas son toda 
una cuaresma de martirio, que tendrá 
en breve hermosa Pascua de Reaur- 



LÁS ARTES. 



ARTICULO II. 



^ 



. 



reccioD. 



Juan de Luz. 



El poeta menos universal por la bar- 
rera de los idiomas , pero el mas pode- 
roso de los intérpretes del arte, con el 
auxilio de la imaginación y el senti- 
miento , da movimiento y vida á las 
palabras, combinándolas , armonizán- 
dolas , esclavizándolas al capricho de 
su fantasía; forma con ellas cuadros 
como el pintor, modela estatuas como 
el escultor, levanta edificios grandiosos 
como el arquitecto, imita y combina 
los sonidos como el músico, y reunien- 
do en cada una de sus creaciones los 
efectos que á las suyas dan los demás 
artistas, fascina y arrebata, conmueve 
y seduce, convence y admira. 

Abrid La I liada: cualquiera de sus 
páginas es una prueba de lo que de- 
cimos. 

Recordad, por ejemplo, la descrip- 
ción del famoso combate entre los dio- 
ses tutelares de los griegos y los de los 
troyanos. Júpiter truena desde el Olim- 
po, Neptuno desde el seno de las aguas 
conmueve la tierra y agita las cimas 
de las montañas ; Pluton, horrorizado 
en sus profundos antros, se lanza de su 
trono, y prorumpe en imprecaciones, 
temeroso de que la tierra se abra y 
aparezca su imperio tenebroso y horri- 
ble á los ojos de los dioses y de los 
hombres; ¡todo es grande, todo es som- 
brío, todo es magnífico en este cuadro! 
Registrad la Biblia , ese poema su- 
blime de la Religión, y hallareis en 
cada libro, encada página, en cada ver- 
sículo, nuevos é irrecusables testimo- 
nios de nuestro aserto, á los que pue- 
den añadirse las bellísimas Inspiracio- 
nes de Virgilio y Tibulo, de Ossian y 
Milton , de Byron y de Moot. 

Buscad en la Divina Comedia al 
artista poeta, al artista universal , y le 
encontrareis dominando todos los ele- 
mentos; su imaginación tiene colores 
para todos los paisajes, para todos los 
objetos , para todas las figuras de su 
cuadro; su voz modula todos los acen- 



Z=¿> 






ir 



— 214 — 



tos, su alma siente todos los afectos, 
comprende todos los dolores , esperi- 
menta todas las pasiones, enjuga todas 
las lágrimas , castiga todas las malda- 
des; es el dispensador de la justicia 
humana, y en cada episodio, no solo 
ofrece un cuadro agradable ú horrible, 
melancólico ó risueño , sino que esta- 
blece y desarrolla los principios de la 
moral y la filosofía, de la política y de 
la Religión. 

También el novelista tiene en su 
mano omnímoda los resortes de cada 
una y de todas las artes; pero donde 
presentan un conjunto mas completo, 
mas bello, mas grandioso, es en el tea- 
tro. En la escena, reunidas, ostentando 
aislada y colectivamente sus atracti- 
vos, ejercitando sus múltiples recursos, 
fascinando la vista y el oido,' conmo- 
viendo el ánimo, guiando la inteligen- 
cia, corrigiendo los vicios, enaltecien- 
do todo lo bueno, todo lo grande, todo 
lo heroico, curando las llagas de la so- 
ciedad, distrayendo honesta y agrada- 
blemente, consiguen el mayor, el mas 
completo de sus triunfos , porque , co- 
mo hemos dicho en otra ocasión, con- 
mueven, arrebatan, dominan á las ma- 
sas hasta el punto de hacerles olvidar 
sus dolores verdaderos para sentir el 
dolor imaginario que les comunican, 
hasta el punto de arrancar á millares 
de ojos una sola lágrima, á millares de 
labios una sola sonrisa, una sola es- 
clamacion, hasta el punto de fundir los 
latidos de millares de corazones en uno 
solo. 

Y si colectivamente alcanzan este 
triunfo las artes , no es menos grande 
la gloria y los efectos que consiguen 
cada una de por sí. 

Parad vuestras miradas en los cua- 
dros de Rafael y de Murillo, de Velaz- 
quez y Ribera, de Ticiano y de Gioto, 
de Rubens, de Van-Dyk y de tantos 
otros maestros ; traed á vuestra ima- 
ginación el recuerdo de las basílicas 
que se elevan en las ciudades del uni- 
verso, los palacios, los monumentos de 
todas clases ; contemplad las obras 
maestras de la estatuaria desde el fa- 



moso grupo de Laocoonte hasta las 
ideales creaciones de Cánova ; oid las 
melodías de Bellini , las fantásticas 
notas de Donizetti , los humorísticos 
acentos de Rossini, los himnos religio- 
sos de Pergolesse y Cimarosa, las pro- 
fundas armonías de Mozart , el Byron 
de la música; reunid, con el auxilio de 
vuestra imaginación, todos los brillan- 
tes y sublimes efectos de los poemas, 
de las pinturas, de las estatuas , de los 
monumentos, de las armonías que cons- 
tituyen el tesoro del arte , y ante esta 
imagen viva y resplandeciente no po- 
dréis menos de admirar al hombre; 
pero esta admiración no ensoberbece; 
desde el hombre se eleva á su Crea- 
dor, convirtiéndose en la mas pura ado- 
ración, y ante este espectáculo el es- 
cepticismo concluye , las malas pasio- 
nes huyen avergonzadas, la fe renace, 
la esperanza consuela, y una dulce fe- 
licidad llena el corazón : la felicidad de 
los goces del alma. Las artes, pues, 
engrandecen á un pueblo y lo morali- 
zan ; pero su influencia, sus beneficios, 
no se limitau á esto solo. 

Enemigas mortales de la ociosidad, 
de ese cáncer de las sociedades, la per- 
sigue sin descanso , la combate sin tre- 
gua, y al fin la vence. A los que las 
cultivan no solo ofrecen la estimación 
general; no solo ofrecen los aplausos y 
el laurel , sino que les brindan un hon- 
roso -sus tonto, sino que premian sus 
desvelos proporcionándoles la satisfac- 
ción de todas sus necesidades. 

Pero si descendemos á considerarlas 
en la esfera económica, no son las ven- 
tajas que hemos enumerado todas las 
que dispensan : son muchas mas : su 
influencia en el aumento de la riqueza 
pública es digna de fijar la atención, 
porque con sus recursos han creado y 
sostienen infinitas industrias que con 
el trabajo y la remuneración contribu- 
yen al equilibrio del orden , al bienes- 
tar de una gran parte de las clases 
obreras. 

No acabaremos estos breves apun- 
tes sin añadir una importante observa- 
ción, relacionada con la influencia que 



-249 - 
política y 



las artes ejercen en la vida 
reliaos» de los pueblos. 

Simbolizando todas las ideas, im- 
presionando con mas fuerza que los 
demás agentes de la inteligencia, lle- 
van en su forma la seducción, y en su 
esencia pueden muy bien llevar el 
convencimiento. Sus armas son terri- 
bles para el castigo de los malos, sus 
recursos inmensos para la apoteosis de 
los buenos. 

Los que las miran con indiferencia; 
los que se atreven á esclavizarlas; los 
que pretenden abogar sus nobles im- 
pulsos; los que presumen que. como 
en otros tiempos, de funesta memoria, 
pueden con la fuerza ó el oro comprar 
su adulación, viven en gran error. Las 
artes son la luz que guia al hombre & 
su engrandecimiento, y la custodia fiel 
de sus conquistas. Conservando, con el 
auxilio de la estatuaria y la pintura, 
la imagen de los béroes que se han sa- 
crificado por la humanidad, eternizan 
el culto á su memoria. Con la música 
reproducen, embelleciéndola, la voz 
de los que han emitido las grandiosas 
ideas de patria y de familia, de Reli- 
gión y libertad. En el teatro, apode- 
rándose de todas las inteligencias y de 
todos los corazones, pueden armarlos 
contra el vicio, postrarlos ante la virtud. 

Los gobiernos y la sociedad deben, 
pues, respetarlas, porque contribuyen 
a su sostenimiento, á su grandeza; por- 
que llenan un gran espacio en la vida 
moral ; porque ofrecen á todas las cla- 
ses innumerables recursos; y deben te- 
merlas, porque su influencia en el pre- 
sente es inmensa, porque en lo porve- 
nir son la imagen mas duradera de la 
posteridad. 



CUADROS VIVOS POLÍTICOS 

Y SOCIALES. 

El día de difuntos. 

I. 

Todoi rendimos un tributo piadoso á la 
memoria de los seres queridos que duer- 



men el eterno sueno; todos rezamos por su 
la ™ P ¿ r v ,i !? t! ' en rCndimos homenajea 
odoOo U i""' CnVlando al «««te™, 
de d va S ,!idad n0S ' ^ nU " tr0 amor - Qn P°« 

iJSlsr *****& esta la ««lumbre, estas 
las debilidades humanas. 

El consuelo es una necesidad del alma 

de las mas apremiantes; debemos consolar 

y consolarnos cuando no nos consuelan, y 

StT* ° curar un dolor es dis 

No descorreré yo el negro velo que cubre 
los recuerdos dolorosos de pérdidas llora- 
das: respeto mucho á los que tienen entre 
esta vida y la otra una lápida fúnebre. 

Pero, ¿tengo yo la culpa de que al lado del 
dolor este la alegría, de que á un paso de la 
vida este la muerte? ¿Tenso yo la culpa, en 
fin, de que la industria, que todo lo espiota 
en nuestros tiempos, dé lugar á escenas de 
costumbres que tienen mucho de pintores- 
co v no poco de triste? 

Vamos i presenciar unas cuantas, edifi- 
cantes, de la vida íntima moderna, que en 
estos dias presenciamos, y que presenciare- 
mos en la próxima tarde del dia de Todos 
los Santos y en el siguiente de los difuntos. 

II. 

Trastienda de un bajar de Dore» artificiales 
La acción pasa en uno de los últimos dias 
de octubre. 

— ¿Ha venido el cartero? pregunta el due- 
ño de la tienda & su cara mitad. 

— Sí..., hace un rato. 

— ;Y ha habido cartas? 

— Nueve. 

— ¿Del estranjero? 

—No. 

— jEítíl segura? 

— Segurísima : he visto los sellos con el 
mayor cuidado. 

— | Oh desesperación... ! decididamente 
me persigue la desgracia. 

— Pero ¿qué tienes? 

— ¡Calla, mujer, no me hables...! ¿No ves 
que estoy furioso? 

[El lorista se pasea con impaciencia. y 
su mujer, que le conoce, le permite desaho- 
garse, sin interrumpirle, con el siguiente 
monólogo): 

—Y no hay duda; el fabricante me ha es- 
crito: ¡cómo había de dejarme un hombre 
tan formal en las astas del toro! El pedido 
fue en regla. Doce docenas de coronas con 
abalorio, bien surtidas , para padres, espo- 
sos, hijos, hermanos, amigos... ; dos de ci- 
preses de todos tamaños , y luego una por- 
ción de materiales para fabricar en casa las 
menos caras. 

Me anuncia la salida del genero; me dice 
que al dia siguiente enviará el talón ; pasan 
tres dias, y nada... ¡Estos correos son lo 



- 216 — 



mas inútil! ¡Qué pais este! Y entre tanto, 
me llueven pedidos de provincias; mis cor- 
responsales quieren coronas de siempre- 
viva , de terciopelo, de abalorio , con me- 
dallón y sin él ; podría hacer un magnífico 
negocio vendiendo este año hasta los últi- 
mos residuos de los anteriores ; tal vez ha- 
brá llegado el cajón á la aduana; Dero sin 
el talón... ¡Esto es horrible !_ ¿Cómo en 
ocho días, suponiendo que mañana queda- 
sen los cajones en casa , cómo en tan poco 
tiempo desembalo, preparo, envío á pro- 
vincias...? Va á ser esto una ruina... ¡Ya se 
ve! ¡Estas cosas en pasando la oportunidad! 
Y si durase la moda , del mal el menos; 
pero ¿quién sabe las coronas fúnebres que 
se usarán el año que viene? ¡Cuando digo 
que la administración está montada de un 
modo...! Veamos estas cartas. (Las exami- 
na.) ¿No lo dije? Son pedidos. Esta no es 
para mí; para que veas lo que son los car- 
teros ; todo lo hacen de prisa ; me h3n de- 
jado una carta que viene dirigida al vecino 
del segundo. 

— Y al amo le han dejado otra que es 
para V., dice una criada que acaba de lle- 
gar y ha oído las últimas palabras del flo- 
rista. 

—¿Otra carta? ¿A ver? ¡Oh felicidad! 
Toma, muchacha , dile á tu amo que por 
poco la abro. ¿No te decia yo, mujer, que 
el fabricante había escrito? Y envía el ta- 
lón; los cajones han venido por gran velo- 
cidad; voy... voy... 

— Pero, hombre, almuerza. 

—No es posible...; el negocio es lo pri- 
mero ; que venga Carolina , y que tenga en 
su casa una sección de oficialas; arriba no 
cabrían todas las que necesitamos... ¡Ah! 
cuida de escoger las mas juiciosas para que 
no pierdan el tiempo. 

— Adiós. 

— ¿Llevas pañuelo ? 

—Sí. 

— ¿La petaca? 

—Sí. 

—¿Y dinero, por si necesitas? 

— También... Adiós, adiós. 

— ¡Parece mentira que den tanto que ha- 
cer los difuntos! 

III. 

Carolina, joven de veintiséis n veintiocho 
años , que se sabe de memoria á Capella- 
nes, y tiene manos de hada para adornar 
con flores las cabezas femeninas, está en su 
casa, modesto sotabanco , acompañada de 
cuatro jóvenes , las mas juiciosas del 
obrador. 

Todas trabajan, y el sofá, el costurero, 
las sillas, todos los mucblos están llenos de 
alambres, de siemprevivas, de pedazos de 
terciopelo morado y negro, de sartas de 
abalorio. 

Todas fabrican coronas fúnebres, y no 
hay un solo clavo en la pared que no sus - 



penda tres ó cuatro con cintas negras ó 
blancas, y leyendas doradas que parecen 
ayes del corazón. 

— ¿Y crees que vendrán? dice una: 

—Capaces son de ello, y de mucho mas. 

— ¿Pero para ayudarnos? 

— ¿Y por qué no? ¿No has leido en un fo- 
lletín que Hércules, que era un general, 
hiló en una rueca? 

— ¡Estarán chistosos ensartando abalorio! 

—¡O enhebrando agujas! 

— ¡la... ja... ja... I 

Las personas de quienes hablan son un 
un estudiante del quinto año de farmacia, 
que quiere á Carolina y está resuelto á ca- 
sarse con ella cuando tenga botica, y tres 
ó cuatro amigos suyos, que le acompañan 
al obrador de las floristas, sin mas objeto 
que el de pasar el rato. 

Suena un campanillazo, los estudiantes 
entran, sacan de debajo de la capa algunos 
comestibles y algunas botellas para cenar 
alegremente; y entre las frases del amor 
mas platónico, y los chistes y equívocos 
que sacan de la Flora, con lo cual demues- 
tran que son farmacéuticos pur sang, ayu- 
dan á las floristas á tejer coronas para que 
acaben pronto su tarea, y, una vez termina- 
da, se permiten una alegre colación, con la 
que, sin ofenderá nadie en lo mas mínimo, 
ofenden á aquellas coronas inanimadas, 
que van á ser al día siguiente espresion del 
mas vivo dolor. 

Al terminar la una, y cuando todos se 
despiden de Carolina: 

— Que duermas bien, le dicen todos. 

— Antes, contesta, voy á formar con los 
retazos que me han sobrado una corona 
para mi madre. 

Y mientras ellas y ellos bajan las escale- 
ras alborotando, Carolina se queda pensa- 
tiva bajo la influencia de su último recuer- 
do, y una lágrima del mas puro, del mas 
sentido amor filial, asoma á sus ojos. 

Cambiemos de decoración. 

rv. 

— ¿Han visto Vds. las coronas y los ha- 
chones que han puesto los Sres. de Mar- 
tínez ? 

— Sí; por cierto que eran de mucho gusto. 

—Amigo, este año han eclipsado á los de 
Pérez. 

—¡Era de presumir! Como están tan cerca 
unos de otros ^ y los de Pérez desplegaron 
tanto lujo el año anterior, no han querido 
ser menos los de Martínez. 

—¡Cuando se sabe gastar el dinero, da 
gusto! 

V. 

En lo Puerta del Sol, la Urde del 1.° de no- 
viembre, gran confusión de ómnibui y de 
coches de plaxa. 

Varias voces: ¡ Señoritos , al coche, que 
nos vamos! 



=¿> 






.. 



-247 _ 

:$roT Mntol¡AlMm p° sant ° ! 

—Dos reales. 

—¿Quiere V. uno? 

—Vaya V. á pie. 

— Eso es lo que i V. no le importa. 

— ¡Mirte el roñoso! 

— ¡Insolente! 

hambre!* 1 ' V " ' qUC " PareCe V- al año del 
— |Canallal 

Varías voces: ¡Al camposanto! ¡AI cam- 
posanto! ' 

Si después de estas observaciones, y eso 
que me he dejado en el tintero otras mu- 
chas que se rozan con la gastronomía, res- 
peto a los que desde el fondo de su alma, 
y sin mas formulas que las que ofrece la 
Iglesia á la piedad y al dolor, conmemoran 
a los que fueron, no por eso dejo de creer 
en la sinceridad de los que, aceptando las 
costumbres establecidas, din Iu»ar 5 bos- 
quejos como los que he trazado. ' 

Esto no es masque una pagina del gran 
iihro de la vida. Deteneos á meditar en 
ella; y si no sacáis nada en limpio, tanto 
peor para vosotros. 

Julio Nombela. 



ECOS DE MADRID. 



Cada dia es mas doloroso el espectáculo 
de lo existente. 

Para ver un rayo de luz hay que elevar 
los ojos al cielo: en torno nuestro todo es 
miseria y desolación. 

Debíais leer lo que se ha hablado estos 
dias en el Congreso v en los Campos E1I- 
seos acerca de La Internacional , y sobre 
todo las teorías de la oficiala de sastre Gui- 
llermina Rojas. 

¡Q_ué espantoso porvenir seria el nuestro 
si no esperásemos en breve la reacción sal- 
vadora! 

Por curiosa he sufrido el castigo; por lo 
que he leído he alterado la dulce paz de mi 
alma. 

Leed únicamente la historia de esa so- 
ciedad terrorífica, que ha contado Noce- 
dal, y comprendereis su origen y sus ten- 
dencias. 

Y á propósito de este elocuente orador, 
debo deciros que ha demostrado, como ei 
ilustre Manterola, que aquí no hay mas re- 
medio que O. Carlos ó el petróleo. 
No hay duda: este es el dilema: 
«D. Carlos vendrá de todas maneras, de- 
cía Nocedal; pero puede venir antes 6 des- 
pués del petróleo. Si viene antes, él impe- 
dirá que el petróleo venga; si viene después, 
tu tarea será mas fácil.» 



¿No es verdad, queridas mías, que es ne- 
cesario que venga antes.' 

¡Seria horroroso que tuviera por trono 
provisional un montón de ruinas, á cuvos 
Pies se paseasen los reptiles que viven de los 
restos de los incendios! Y esto cuando la in- 
mensa mayoría de los españoles y de las es- 
pañolas estamos dispuestos á sacrificarlo 
"do con tal de ayudarle á conquistar un 
l roño refulgente, desde el que pueda im- 
pedir que las luminarias del petróleo alum- 
bren la decadencia y la bajeza de un pue- 
wo: que bajo y despreciable seria el pueblo 
que al ver en peligro de perecer entre lla- 
mas s una familia, se contentase con ver el 
incendio cruzado de manos, y se consolase 
con la idea de poder dar después piadosa 
sepultura á los carbonizados retos de las 
infelices victimas. 

N» "mais, mis queridas lectoras: don 
Carlos vendrá antes, porque puede masía 
luz de la fe que la luz del petróleo: vendrá 
antes, para contar como la primera página 
de su historia la de haber salvado á un 
pueblo de las llamas; y este camino es, en 
mí sentir, el mas llano para la salvación de 
la patria. 

Entre apagar la chispa que puede produ- 
cir el incendio, ó tener que levantar el edi- 
ficio de raiz, la elección no es dudosa. 

No lo dudéis: D. Carlos vendrá, y el pe- 
tróleo seguirá siendo lo que ha sido y es: 
un articulo de comercio. 



Si hubierais oido al pobre veterano don 
Miguel_ Eücc momentos antes de morir, 
pensaríais como yo. 

Digan lo que quieran, la raza española 
no ha degenerado. 

Elice tenia setenta v dos inviernos ; era 
alto, esbelto; los años le pesaban, y. sin em- 
bargo, por nada del mundo doblaba la ca- 
beza. 

Después de haberse batido como bueno; 
después de haber consagra lo toda su vida 
íli santa causa, hace diez y nueve años 
¡diez y nueve años! que penetró en España, 
vio á su esposa en un pucblecito de Navar- 
ra ó Guipúzcoa, no lo recuerdo bien, v, lle- 
no de fe, al poco tiempo se despidió de 
ella. 

— Dicen losamigos quevaá haber pronto 
una ocasión de defender de nuevo la ban- 
dera carlista, le dijo: me voy á Madrid: el 
dia del triunfo volveré para no separarme 
mas de tí. 

Y vino, y desde entonces no ha pasado 
un solo dia sin trabajar, sin aceptar sacrifi- 
cics; esperando con inquebrantable fe un 
mañana que para el infeliz no ha llegado. 

En ese tiempo no ha visto á su esposa, 
anciana ya, que le ha esperado en vano, y 
que pronto irá á la mansión eterna, á lle- 
var al pobre mártir un rayo de la alegría 



fr 



: ^\ 



que esperimentará al ver colmados los de- 
seos de toda su vida. 

|Ya veis cuántas penalidades! Lo que 
Elice ha sufrido en Madrid, solo lo saben 
los que le lloran estos dias. 

Sin recursos , á la amistad discreta debía 
siempre auxilios ; pero el favorecedor nece- 
sitaba de mucho ingenio para conseguir 
que el noble veterano aceptase sus favores. 
Su figura era completamente militar : el 
fuego de su alma le quitaba á la vista mas 
de veinte años. 
Siempre dispuesto al combate. 
— Hasta ahora , solia decir , las piernas es 
lo único que me abandona ; pero á caballo 
todavía puedo dar una docena de cargas. 
Y al pensar en esto, se remozaba. 
Hace dias que se apoderó de su áni mo 
una profunda tristeza: 

— Solo siento morirme, decía, por no po- 
der servir: ¡si al menos muriese comba- 
tiendo...! 
¡Dios le haya acogido en su seno! 
Pero habéis de saber que como Elice 
quedan aun muchos. 

Preguntadles si conviene aguardar á que 
pase La Internacional, y os responderán: 
— Pasará, si; pero será sobre nuestros ca- 
dáveres. 

¡Qué raza tan hermosa! 
¡Dios quiera que se perpetúe y se au- 
mente! 



— 2Í8 - 

críticos severos, para nosotros, que forma- 
mos parte del público, es un cuadro admi- 
rable de los defectos de la generación ac- 
tual. , , ,, . 

¡Qué observación, que tino y que latiga- 
zos á la vanidad! 

Los caracteres serán vulgares ; pero son 
reales y positivos, viven, y muchos espec- 
tadores creen estar mirándose al espejo. 

Las situaciones serán nimias , pero eso 
prueba que el verdadero autor dramático 
debe tener por ojos microscopios, y presen- 
tar al público los gérmenes de desdicha 
que encierran las cosas mas insignificantes. 

Si nos han de adular los poetas; si nos 
han de ocultar la verdad; si nos han de 
adornar con flores el borde de los precipi- 
cios, ¡triste misión la del arte! _ 

Su vida equivaldría á la de esos parásitos 
que desempeñan en los salones y en los 
palacios el papel de muebles de adorno 6 



» 
* * 



La semana ha sido abundante en nove- 
dades teatrales. 

En el teatro Español se ha estrenado una 
comedia de Blasco, titulada Los Dulces de 
la boda; ea el Circo otra de Enrique Gas- 
par, que se titula Los Niños Grandes, y en 
la Zarzuela una de Larra, con el títuío de 
Justos por pecadores. 

No he visto mas que las dos primeras, y 
voy á hablaros de ellas. 

Los Dulces de la boia es un manjar de 
fácil digestión, como si dijéramos, un cara- 
melo. Todo es sencillo y trivial en la obra: 
un capitán que se enamora de una viudita 
joven; otro capitán atolondrado que llega á 
Granada desde Madrid en busca de su no- 
via, que es sobrina de la viuda; un tio del 
primero, que quiere casarle con la prome- 
tida del segundo ; la apuesta entre tio y 
sobrino de una libra de dulces á que ¡a fu- 
tura es coqueta ; un protesto para entrar en 
la casa, y, por último, el casamiento del 
capitán número primero con la viudita, y 
el del número segundo con su sobrina. A 
esto se reduce la fábula : los adornos son 
también ligeritos, genero económico y de 
apariencia. 

Si no hubiera sido por Pepita Hijosa, que 
cada dia gana en inspiración y maestría, la 
comedia habría sido flor de una noche. 

En cambio Los Niños Grandes, si no es 
como obra dramática un modelo para los 



acompañamiento. 

Los Niños Grandes, de Gaspar, es la co- 
media de Aristófanes, la de Moliere y la de 
Moratin, vestida por el último figurín de 
1871; y los que murmuren de ella es por- 
que les escuecen los latigazos de aquella 
pluma que, sin aspirar á ser trascendental, 
sabe ofrecer lo feo de los vicios al lado de 
las mas puras bellezas del alma. 

De buen grado os contaría el argumento 
de la obra; ¡pero es tan sencillo! Redúcese 
á un hijo que quiere una medalla, y no se 
la dan, y á un padre que quiere una conde- 
coración, y tampoco la alcanza. Este deseo, 
chocando con las preocupaciones sociales 
del dia, produce una sene de escenas de 
una verdad que hace asomar la risa á los 
labios, y al mismo tiempo estremece el co- 
razón. 

Los hombres son niños grandes, incur- 
ren en los mismos defectos; y al corregir á 
aquellos, no ven que sus lecciones les co- 
gen de medio á medio. 

Este es el pensamiento capital. 
Pero Gaspar ha hecho mas : ha enseñado 
á esos padres que educan á sus hijos á la 
moderna, es decir, hablando de todo de- 
lante de ellos, dejando á la casualidad que 
forme su corazón; les ha enseñado, repito, 
lo que pueden prometerse de tan culpable 
abandono. 

Los actores desempeñan muy bien esta 
comedia, y los niños, cinco lo menos, que 
hablan, prometen ser escelentcs artistas. 

Todas las noches llama el público a! au- 
tor; pero no puede salir, porque ese joven, 
que ha iniciado una saludable reacción en 
la escena, que vivirá en la posteridad cerca 
de los pocos que quedan, está desempeñan- 
do un empleo del gobierno fuera de España, 
para atender á sus necesidades. 

Esperanza. 



MADRID: 1871. — Impronta de La Esperanza , 
cargo de D. A. Pérez Dubrull, Peí, 6. 



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SüÉBSafc. 



LA JG^9J^A\! 



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ÁLBUM DE LAS SEÑORAS CATÓLICO-MONÁRQUICAS. 



AÑO I. 



5 NOVIEMBRE 1371. 



N'TJM. 32. 



srM-viuO.-FcllcitncInn ni fir. Dunne ele 
.— Política fbwbmsa: Lu Fe ;. 

.¡..'.-i.-- Cuadros 
vivos Políticos y - 
afición, por Julio NorabahL— L* 
Artes írontlnuacín-. 
drill, [or K-* per» nía. 



AL SEÑOR DUQUE DE MADRID. 

Confiábamos, Señor, en que .al llegar 
este año el dia l de noviembre, dia 
para nosotros de inmenso júbilo, ha- 
bríamos merecido á la Providencia el 
triunfo de nuestras esperanzas. No ha 
sido así ; pero es tal el amor que os 
profesamos ; tal la fe que tenemos en 
los principios que simboliza vuestro 
augusto nombre, que damos por bien 
empleado el martirio, y pedimos, si es 
necesario, nuevas y dolorosas pruebas 
para llegará merecer la gloriado asistir 
álaregeneracion de este desdichado pais. 

Interpretamos fielmente, Señor, los 
sentimientos de las mujeres españolas 
al elevar á vuestras manos la mas en- 
tusiasta felicitación , acompañada de los 




sinceros votos que hacen todas por vues- 
tra felicidad y la de vuestra augusto 
familia. 

No hay sacrificio que no acepten; no 
hay peligro que no deseen, con tal de 
poder manifestaros el amor y el respeto 
que os profesan. 

Dignas hijas de aquellas españolas 
que eternizaron su nombre en la epo- 
peya de la Independencia, pueden ase- 
guraros, y os aseguran, que, cualquiera 
que sea la voluntad providencial, ci- 
frarán siempre su gloria en acataros, 
en mantener en sus esposos y en sus 
hijos el santo fuego del amor á vuestra 
causa, y en pedir á Dios que os colme 
de venturas, como á vuestra augusto 
esposa y egregios hijos. 

Madrid 4 de noviembre de 1871. 
La Redacción. 

Ayer tuvimos también el honor de en- 
viar por telégrafo nuestra felicitación al 
Sr. Duque de Madrid. 



I 

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§- 

ar- 
fe 



§- 



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- 250 — 



LA FE Y LA TRADICIÓN. 



I. 



En medio de la disolución , que es 
el carácter distintivo de la política es- 
pañola contemporánea; cuando todos 
los partidos aparecen y están profun- 
damente fraccionados , merecen par- 
ticular atención y concienzudo estudio 
la fe, la disciplina, el entusiasmo, en 
una palabra, la vitalidad del partido 
católico-tradicional, legitimista ó car- 
lista, como el lector quiera llamarle. 

Este fenómeno, que fenómeno y gran- 
de es, dado el estado de descomposi- 
ción, de corrupción, en que se encuen- 
tra nuestra sociedad, tiene una espli- 
cacion muy sencilla. 

Podéis estudiarla en la familia ó en 
el individuo, y aplicarla después á la 
colectividad. 

Buscad los principios fundamentales 
de esta comunión política, y hallareis 
que los dos sentimientos que le sirven 
de punto de partida, que le dan toda 
la savia que tiene, que la reaniman en 
las adversidades, que son manantial 
perenne de las virtudes públicas y pri- 
vadas de los hombres que la forman, 

son el SENTIMIENTO RELIGIOSO y el SEN- 
TIMIENTO PATRIÓTICO. 

Este último condensa en el amor á 
la patria, el amor y el respeto á la tra- 
dición, que es la monarquía cristiana, 
que es el germen de las glorias de Es- 
paña. 

Pues bien: ¿estrañaríaÍ3 que un hom- 
bre religioso, esto es, profundamente 
católico, porque la verdad es una, y la 
verdad, que lamenta la obcecación de 
los anticatólicos, no reconoce mas reli- 
gión que el catolicismo; os estrañaria 
que un hombre sincero , profunda y 
conscientemente religioso, se os apare- 
ciese en el mundo adornado con el ins- 
tinto de la justicia, con las prendas del 
hombre honrado? ¿No os parecería ló- 
gico verle apartado de los vicios , ejer- 
ciendo la caridad, cumpliendo todos 
los deberes, dominando todas las pa- 



siones y aceptando en aras de su fe 
todo género de sacrificios? 

Cuando oís hablar, por ejemplo, del 
misionero, que sin mas esperanza que 
la de la corona del martirio abandona 
esa vida regalada que suponéis en los 
ministros de la Iglesia, para correr en 
busca de almas y derramar en ellas la 
luz divina, no podéis menos de admi- 
rar la abnegación de estos hombres su- 
blimes. 

Aun los mas descreidos, calificando 
su heroísmo de fanatismo, los colman 
de alabanzas. 

La fe que los lleva á las penalidades, 
á I03 sacrificios, á la muerte, es la fe 
religiosa; y al ver que brilla en su co- 
razón, os parece natural y lógica su 
conducta. 

Pues bien: si creéis, como todo el 
mundo cree, que el sentimiento reli- 
gioso predispone á los hombres al bien, 
los fortifica en las adversidades, les 
inspira la justicia, los exalta al heroís- 
mo, y los coloca en la sociedad como 
valladar, como obstáculo al funesto 
torrente de las pasiones; si al tratarse 
de defender vuestros derechos ó vues- 
tros intereses los confiáis, como suce- 
de siempre, al hombre sinceramente 
religioso, aunque no participéis de sus 
creencias, tenéis que confesar que la 
base fundamental sobre que descansa 
la constancia, la fe, la abnegación; que 
los gérmenes de las virtudes que no 
podéis menos de reconocer en ese par- 
tido, mejor dicho, en esa raza que de- 
fiende la bandera de la legitimidad, es 
el sentimiento religioso. 

Ellos fueron los que durante la in- 
vasión francesa dieron al mundo el 
ejemplo del invencible general No im- 
porta. 

Moría el esposo, y la viuda, ponien- 
do en manos de sus hijos las armas de 
su marido: 

— Reemplazadle y morid como él 
por la patria, decia, sin derramar ana 
sola lágrima hasta que en la soledad 
ofrecía á Dios su sacrificio y su tor- 
mento. 

Veis la triste, la aflictiva y al mis- 



- 2Í>1 _ 
mo tiempo la ignominiosa situación en 
que hoy se encuentra Francia. 

Pues no son los prusianos los que la 
han empujado al abismo; no son los 
rojos los que han desgarrado sus en- 
trañas; es el ateísmo, que se ha apode- 
rado de su pecho, que ha herido de 
muerte á esa gran nación, y que des- 
pués de convertir un <;enio en un ca- 
dáver, ha trasformado el cadáver en 
un montón de gusanos. 

/Tiene algo de estraño, y lo diré 
aquí de pasada, que ame el pueblo es- 
pañol á los sacerdotes que, reaniman- 
do su fe religiosa, les ofrecían la gloria 
de los mártires ó el triunfo de los hé- 
roes? 

Conste, pues, que una de las dos 
causas que sostienen enhiesta y bri- 
llante siempre la bandera legitiinista, 

es I,A FE RELIGIOSA. 



^ 



II. 

El otro polo en donde gira, es la 
tradición. 

Ahora bien: jqué es y qué significa 
la tradición? 

La tradición es la ejecutoria de los 
pueblos: es el libro eterno donde las 
generaciones van escribiendo sus gran- 
dezas y sus glorias; es la snma de todos 
los heroísmos, de todas las cualidades, 
de todos los caracteres, de todos los 
rasgos de una nación; representa el 
tesoro de las creencias, el núcleo de los 
adelantos, el palenque de los triunfos 
y el santuario de las desgracias. 

Sin tradición no hay patria, y los 
hombres sin patria viven en el mundo 
condenados al suplicio del Judío er- 
rante; llevan consigo una espantosa 
maldición; son el grano de arena del 
desierto, que, abrasado por el simoun, 
se agita sin saber en dónde parará, y 
abrasa á su vez todo cuanto toca. 

jCómo es posible renunciar á la tra- 
dición? 

Para comprender el verdadero valor 
de las cosas, cuando una imaginación 
limitada no puede abarcarlas en toda 
su grandeza, conviene reducirlas á las 
mas pequeñas proporciones. 



No fascinéis al pueblo, cuyo auxilio 
poderoso pedís; decidle la verdad con 
sencdlez. y os comprenderá. 

Buscad á uno cualquiera de los mil 
brazos de la revolución; no os intimi- 
de verle levantar la piquete demole- 
dora. 

Habladle entonces, recordadle la casa 
en que nació , el árbol á cuyas ramas 
trepaba, el objeto piadoso que repre- 
senta para él la memoria querida de 
una madre, la cruz que ganó su padre 
en un combate: en una palabra : todos 
los objetos ligados á su existencia, á la 
de sn familia; y cuando estos recuer- 
dos disipen en su alma el veneno de la 
incredulidad, animadle á destruirlos. 

— La casa , podéis decirle, es vieja, 
no sirve para nada; el árbol estorba: 
la prenda de esa madre adorada no es 
mas que una antigualla; todos esos ob- 
jetos recuerdan un ayer de oscuridad, 
de retroceso; representan á la imagina- 
ción el servilismo, la ignorancia. 

— No, esclamará indignado vuestro 
interlocutor ; en todo eso hay algo de 
los seres queridos de mi corazón ; cada 
objeto me recuerda una alegría ó un 
dolor de mi familia; sin eso , nada me 
queda mas que la realidad de mi po- 
breza. 

Y si, á pesar de sus palabras, que- 
réis destruir sit tradición , luchará 
desesperadamente contra vosotros. 

Pues bien: si es respetable y queri- 
da la tradición de un individuo, ¿qué 
no será la tradición de un pueblo, que 
constituye á todos los compatriotas en 
una familia, que les hace partícipes de 
sus "lorias , que divide con ellos sus 
desdichas, y que, dándoles una histo- 
toria, alcanza para ellos admiración y 
respeto del mundo entero? 

Los que quieren romper esa cadena, 
que es la tradición , no son solo obce- 
cados : son impíos, son pródigos; bus- 
can la satisfacción de los goces de hoy, 
como los malos hijos á quienes la disi- 
pación obliga á llevar á una casa de 
préstamos la ejecutoria de su familia, 
ó el previsor testamento de un padre 
que aun no ha muerto. 



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De estas observaciones , peor ó me- 
jor espresadas , pero exactísimas en el 
fondo, se desprende que sin religión y 
sin patriotismo, sin amar á Dios y res- 
petar la tradición, se suicidan los pue- 
blos. 

Estos dos sentimientos, arraigados 
en la comunión carlista , son la causa 
de su vitalidad poderosa. 

¡Ay de ella si se debilitan en su alma! 

Vizconde de la Esperanza. 



CUADROS VIVOS POLÍTICOS 



Y SOCIALES. 



Los que escriben de añcion. 

¡El aficionado! He aquí un hombre que 
hace lo que no sabe hacer, lo que no puede 
hacer, porque le falta esa vocación del es- 
critor verdaderamente privilegiado; hé aquí, 
repito , al hombre, poseído de una vanidad 
y de una obstinación ridiculas, que no per- 
dona cuantos medios le sugiere su imagina- 
ción para meterse en camisa de once varas 
y pasar á los ojos del mundo por una per- 
sona importante. 

No crean Vds. que me refiero á esasalmas 
candidas é inocentes que solo molestan á 
las musas para pedirles algunas endechas 
destinadas á sus bondadosos papas y ma- 
mas, que los escuchan con la boca abierta. 
Estos son seres inofensivos. 

Mi propósito es bosquejar el retrato de los 
aficionados pretensiosos que aspiran al fa- 
vor del público, que se afanan por penetrar 
en los círculos mas distinguidos, que se 
consideran dignos de la estimación y de la 
gloria que otros han adquirido á fuerza de 
continuos sacrificios y privaciones, que sue- 
ñan con la impresión de sus libros , con la 
representación de sus dramas; que hacen 
alarde de sus ambiciosas esperanzas: en una 
palabra : de los aficionados que aspiran á la 
inmortalidad. 

Varias veces he visto á alguno de estos 
personajes en las redacciones de los pe- 
riódicos. 

Por lo general visten con una elegancia y 
una afectación impropias de los escritores, 
por lo menos del tipo tradicional del es- 
critor. 

Dándose una importancia desmesurada, 
lo primero que hacen al llegar á las redac- 
ciones es preguntar por el Director; los re- 
dactores no se hallan á su altura; son unos 
pob-es ganapanes, en cuyas manos equivale 
la pluma á un azadón. 



— 252 - 

El aficionado los considera inferiores, y 
al dirigirse al gabinete del Director, les con- 
cede una mirada desdeñosa, como dicíén- 
dolcs: «¡Desgraciados, no pasareis á la pos- 
teridad!» 

Llega, por fin, á la presencia del Director, 
y con la frente erguida y el desparpajo del 
que cree hacer un favor, y lo hace gratis, 
empieza por decirle: 

— Caballero, hade saber V. que yo soy 
escribano, ó médico, ó magistrado, ó fabri- 
cante de perdigones, todo menos escritor. 

— Muy bien , responde el Director con su 
necesaria amabilidad: ¿y en que puedo ser- 
vir á V.? 

El aficionado sonríe, como dando á en- 
tender que no es el Director quien va á fa- 
vorecerle, sino él quien aspira á honrar el 
periódico, v continúa impertérrito la espo- 
sicion de sus deseos. 

— Pues, como iba diciendo, añade, soy... 
(lo que sea); pero en mis ratos de ocio cul- 
tivo la literatura, si, señor, y he escrito una 
novela sobre el talón de Aquiles, un estu- 
dio tan histórico como pintoresco, en el 
cual dilucido muchos puntos importantes 
de arqueología y terapéutica. ¡Ya se ve! 
como todo el mundo hace novelas, para 
distinguirse de todo el mundo hay que bus- 
car eri las edades mas remotas la originali- 
dad. Con un poco de imaginación creen 
muchos que tienen lo necesario para escribir 
novelas, y ahí está Du mas, que es la calami- 
dad mas grande de los tiempos modernos. 
Yo creo que la ciencia debe influir en la no- 
vela, y por eso he buscado en el talón de 
Aquiles el argumento de mi trabajo. Varios 
amigos bondadosos que lo han leído, me 
han aconsejado que lo dé á la estampa; y 
decidido á seguir sus consejos, he pensado 
desde luego en el periódico que V. tan dig- 
namente dirige, y del cual soy suscritir 
hace mas de cuatro años: contando desde 
luego con la amabilidad de V., tengo el ho- 
nor de ofrecerle mi manuscrito, y 'o so- 
meto á su juicio elevado é independiente. 

Al decir esto le entrega el manuscrito, 
compuesto de una multitud de cuartillas, 
escritas por las dos caras. 

Después prosigue: 

— Nada le digo á V. respecto de las con- 
diciones de su publicación : lo que V. dis- 
ponga está bien dispuesto. Afortunadamen- 
te no escribo para vivir... V. comprende 
que no es ese mi oficio ; mi carrera es mas 
lucrativa. 

Terminado su discurso, se aleja, refiere 
á todos sus amigos que el Director de tal 
diario le ha pedido una novela, y que, can- 
sado de leer todos los dias cosas ligeras, ha 
accedido á sus ruegos, para que publique 
algo sólido. 

Algo pesado, debia decir. 

Lo mas admirable de su discurso es la 
frase con que pretende esplicar y paliar su 
mala acción : aquel escribo en mis ratos de 



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ocio... que vale un dineral. ¡Escribe en sus 
ralos de ocio ! Es decir, cuando no le abru- 
man otras ocupaciones mas agradables 
cuando procura divertirse y pasar el tiem- 
po entretenido, lo mismo que si estuviera 
jugando al ajedrez 6 á las damas. 

¡Insensato! No comprende que para ad- 
quirir honra y provecho en el grandioso é 
imponente campo de la literatura, no basta 
toda una vida de meditación, de profundo 
estudio y de continuas luchas y sufri- 
mientos. 

|Con que sencillez declara que su carrera 
es mas lucrativa! 

Ignora que la solución de los problemas 
mas difíciles se debe á los hombres que se 
han dedicado esclusivamente á vencerlos y 
descifrarlos. 

Esta es la causa de que los bienaventura- 
dos que escriben de afición se paren pocoen 
la cuestión del precio de su trabajo; esta es 
la causa de que llenen con sus manuscritos 
las redacciones de los periódicos, los estan- 
tes de los editores, dándolos gratis, con 
perjuicio del sentido común y de los ver- 
daderos escritores, que, como consagran su 
vida i la literatura, si no viven de sus pro- 
ductos, no tienen mas recursos que vivir 
del aire. 

¡Ya se ve! Como los aficionados adquieren 
dinero por otro lado, nada mas natural que 
desprecien el que las letras pudieran pro- 
porcionarles. 

Ellos no quieren provecho; se contentan 
con la eloria, con la inmortalidad. 

Los aficionados se caracterizan por s