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Full text of "La Mujer : periodico escrito por una sociedad de Señoras y dedicado á su sexo."

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\ño I. 



Domingo 3 de agosto de 1831. Núm. 1 




LA MU JEB, 

PERIÓDICO 

«scrito por una sociedad de Señoras y dedicado á su sexo» 



Este periódico sale todos los domingos; se suscribe en Madrid en las libre- 
Vías de Monier y de Cuesta, á 4 rs. al mes; y en provincias 10 rs. por dos 
meses franco de porte, remitiendo una libranza á favor de nuestro impresor, 
¿sobres de franqueo. 

Cumpliendo lo ofrecido en el prospecto vamos á dará 
luz el primer número, en el cual nos parece conveniente 
esplicar nuestro pensamiento con la debida atención. 

Ni vamos á pedir la emancipación de la mujer, ni á es- 
tablecer una cruzada para usurpar al hombre sus atribu- 
ciones: aceptamos las cosas tal como se encuentran, y ya 
que nos ha locado la suerte de nacer en esta hermosa y privi- 
legiada porción de la tierra, en que los hombres generalmen- 
te hablando nos prodigan sus galanterías, su carino yeonsi 
deracion, pongámoslo que esté de nuestra parte para pre- 
sentarnos á sus ojos dignas de su amor, de su protección v 
de su confianza, y declaremos guerra sin tregua ni descanso 
á los tiranos y malvados, opresores y disfamadores del sexo 

Este es todo el problema que nos proponemos resolver, 
ofreciendo de vez en cuando á nuestras suscritoras cuadros 
donde puedan aprender cómo deben producirse las mujeres 
eñ la sociedad, cuáles son sus atributos, sus obligaciones y 
sus deberes, para lo cual contamos con toda mujer pensado- 
ra que sin temor de salirse de la esfera que le está marcada 



— 2 — 

nos comunique sus ideas y reflexiones que siempre hallarán 
abiertas las pagínasele nuestro periódico. 

Mujeres nacimos, y de saberlo ser nos debemos pre- 
ciar; este será nuestro tema favorito; y puesto que al nacer 
no tuvimos la facultad de elegir sexo, y debemos renunciar 
á la esperanza de hallar aquel famoso unicornio que con la 
virtuosa punta de su cuerno convirtió en gallardo joven a 
una linda y fugitiva princesa; lo que mas que todo nos inte- 
resa es aprender á guardar nuestro delicado puesto, parti- 
cularmente á las solteras con los amantes y á las casadas con 
sus maridos, base en que estriba lodo el porvenir y la feli- 
cidad de la mujer. 

Algo hemos leido y mucho se ha escrito sobre los pun- 
tos que nos proponemos ventilar; pero como estamos deci- 
didas á escribir por inspiraciones propias, si bien nos espo- 
nemos á decir algunas sandeces y vulgaridades, tal vez lo- 
gremos improvisar alguna que otra originalidad ó esclare- 
cer verdades que andan algo ocultas. 

Nuestro estilo no será ciertamente el mas correcto, y si 
bien el familiar y festivo nos será el mas propio y adapta- 
ble, trataremos con la circunspección debida todas aquellas 
materias que por su naturaleza lo requieran, no precipitán- 
donos á poner en discusión los asuntos de mayor importan- 
cia sin el detenimiento con que deben ser meditados. 



Leido el anterior artículo en reunión preparatoria que 
tuvimos el 20 del pasado, produjo tal sensación á la mas 
joven de nuestras consocias la frase de «guerra sin tre- 
gua etc.» , que nos atronaba los oidos repitiéndola en di- 



— 3 -* 
ferentes loaos, sia ocuparse de otra cosa; hasta que por úl- 
timo nos prometió componer un himno bajo aquel tema, 
que traeria arreglado para hoy 2 de agosto en que se cele- 
bra la inauguración de nuestra vida periodística. Concluida 
la sesión se sentó al piano, y preludiando á su inaDera can- 
tó el siguiente 

HIMNO. 

CORO. 

Al arma! al arma! 
Venid mujeres; 
Vuestros deberes 
Voces os dan: 

Y al hombre reprobo 
Que á amar acierte 
Con brazo fuerte 
Castigo dad. 

(Al llegar aquí se empeñó nuestra joven amiga en que 
las demás repitiésemos estos versos en forma de coro, y por 
no disgustarla accedimos á su estraña pretensión, haciendo 
un quinteto mas propio de un festín que de la seriedad que 
requería tan formal reunión, pues además de haber entre 
nosotras quien en su vida había saludado una nota, sona-* 
ban voces ya cascadas, de medio siglo de buen uso.) 
Odio eterno al soez jactancioso, 
Nunca demos oido á su amor; 
Que su labio cruel, ponzoñoso 
Cual la víbora, muerde el honor. 

Con el vil seductor alianzas 
No trabemos, huyamos de él; 
Harto tiempo de sus asechanzas 




Triste víctima fué la mujer. 

Sin recelo del afeminado 
Burlarémonos ante su faz; 
Y con rostro severo, indignado, 
Miraremos al reprobo audaz. 

Guerra cruel declaremos al necio! 
Acabemos, mujeres, con él! 
Nuestras armas serán el desprecio, 
Los sarcasmos, la burla, el desden. 

Y primero que á algún importuno, 
Seductor, jactancioso, ó vil, 
Prefiramos no amar á ninguno, 
Prefiramos solteras morir. 

MUJERES CELEBRES. 



Haremos mención de ellas en nuestras publicaciones, 
bien para citarlas como modelos en las diferentes materias 
que debemos tratar, bien para referir las virtudes y hechos 
heroicos que las distinguieron; y en este primer número 
vamos á cumplir un deber sagrado, aunque con el desaliño 
propio de nuestra insuficiencia, poniendo en primer término 
como modelo de magnánima beneficencia é inagotable bon- 
dad á la augusta joven que para gloria de la nación y honor 
de nuestro sexo ocupa el trono de las Españas, ya enjugan- 
do las lágrimas de cien familias sumidas en la mayor mise- 
ria á consecuencia de un voraz y horroroso incendio, va 
usando de su real prerogaliva á favor de los desgraciados 
ilusos y mal aconsejados que pretendieran rebelarse contra 



sus imprescriptibles derechos en los campos de Colmenar. 
Auu resuenan en nuestros oidos aquellas gratas y encanta- 
doras palabras con que contestó á su secretario al manifes- 
tarle este no había en sus arcas dinero bastante para socor- 
rer males de tanta cuantía. ¡¡Que se vendan mis alhajas!! 
Mujeres poderosas! he aquí un modelo de generosidad sin 
límites en la nieta de Isabel la primera, que también abria 
sus arcas para aliviar los males de sus pueblos, de los des- 
graciados; para tentar grandes empresas que eternizaran su 
nombre, su reinado, su gloria! 

Isabel II a la corta edad que cuenta es ya célebre por su 
innata generosidad, por su bondadoso corazón, por aquellos 
rasgos de humanidad y sublime clemencia que hacen gran- 
des á los reyes. Los últimos hechos de que acabamos de ha- 
blar bastarían por sí solos á eternizar su nombre, si centena- 
res de hechos de igual género que á ellos han precedido no 
lo hubiesen ya inmortalizado. Y esto conociendo tan solo 
los dulces y sagrados sentimientos de hija, ¿qué será siendo 
madre? He aquí por qué un año hace la entera nación es- 
pañola participaba del profundo dolor que afectaba el cora- 
zón de la augusta señora; y he aquí por qué hoy esta mis- 
ma nación se alegra y entusiasma pensando en la gran di- 
cha que le espera. 



Mas de una vez me habia lamentado á mis solas y con 
mis amigas de la degradación en que incurre la mujer, y 
de los males que resultan, no solo á las familias sino tam- 
bién á la sociedad en general, por el olvido y abandono, y 
mejor pudiera decirse, por la fatal y perniciosa preocupa- 
ción de no darse en nuestra España la educación, la esme- 



c — 



de las 



rada educación que jas instruyese en el mecanismo 
labores propias á su sexo, cultivase su entendimiento y 
formase su corazón y sus costumbres, tal y como es nece- 
sario para desempeñar el gran cargo á que están llamadas, 
y cuyo fin se propuso el Supremo Ser al formarlas. Pues si 
bien es cierto que la parte culta y acomodada.se esmera en 
educar á sus hijos, según su clase y el objeto á que los des- 
tina, no lo es menos se ocupan mas de cultivar so entendi- 
miento que su corazón, olvidando uno y otro en sus hijas. 
Y ¿por qué, decía yo muchas veces, por qué se han de ol- 
vidar estos padres y muchos ignorar que no son menos n' 
de menor importancia los deberes de estas en sociedad? 
¿Creen por ventura que si el hombre es llamado para des- 
empeñar los destinos del Estado, la mujer se ha de reducir 
solo á lo que bueno ó malo vé en su casa, según la clase á 
que pertenece? No, y mil veces no; esto es un error y una 
ignorancia crasa, tanto mas notable y perjudicial en el si- 
glo en que vivimos: sí, en el siglo XIX, en el que tanto se> 
desarrolla el saber por medio de la prensa; en el que se des- 
pierta ese gran deseo de leer en todas las clases, y mil v 
mil obras científicas, novelas recreativas, odas alusivas, pe— 
riódicos de todas clases y matices se examinan: á este siglo 
repito, y á la convicción de varias amigas mias estaba re- 
servado el combatirlo, mas el modo de hacerlo era nuestra 
duda y obstáculo. La timidez propia de nuestro sexo, la 
falta de instrucción necesaria nos impedía formar ó escribir 
una obra que instruyese en sus deberes á la mujer en todos 
los estados de su vida, manifestando la utilidad de ella, y 
combatir así el error que nos proponíamos. 

Mas si esto era imposible para mujeres de solo una edu- 
cación regular, atendiendo á los grandes conocimientos que 



se exijen para escribir una obracientífica-nioral, no es di- 
fícil contribuyendo cada una por su parte redactar un pe- 
riódico en el que se recopile cuanto sea conducente á ellas. 

Confieso con la franqueza que me es propia que desea- 
ba se realizase esta idea por mis amigas, y no dudaba de 
su buen éxito, pues todo el bello sexo creo está interesado 
en contribuir á este proyecto, tanto mas cuanto su objeto 
único es sostener, defender y enseñar sus deberes en gene- 
ral, para recordarlos á las señoritas bien educadas, y para 
enseñarlos á las que no lo estén; pero jamás pensé lomar 
parte, ni podia tener la pretensión á ello, pues con once 
lustros que cuento, y varios achaques, me creia suficiente- 
mente escusada del honor que mis dignas y celosas compa- 
ñeras me dispensan, el cual no puedo menos de admitir, 
porque si bien conocen ini ningún talento, no se les puede 
ocultar alguna esperiencia por mis años. Tortura es para 
mí ciertamente; y para complacerlas deseara poseer un ta- 
lento profundo, un corazón mas vivo y una virtud sólida, 
para que aquel se espresase con la fluidez debida, este con 
el calor y buen deseo que le anima se reverberase, y esta se 
infundiera en todas, que es mi mayor deseo, pues la virtud 
es el don precioso, la margarita escogida, la perla sin pre- 
cio que debe hallarse en toda mujer, y la prenda única que 
puede hacerla feliz. 

Deseando pues conseguirlo en cuanto me sea posible, 
no me ocuparé de otra cosa que de sus deberes y derechos. 
Sí, amigas mias; bien sabida es la influencia moral que tie- 
ne la mujer en la sociedad; nadie debe ignorar el fin que 
Dios se propuso al formarla sacándola déla costilla de Adán: 
quiso fuese su compañera, compañera que participase de 
todos sus bienes, que consolase en la aflicción y enferme- ^< 



— 8 - 
dades á su esposo, que fuese recreo y ventura de este, 
jamás su sierva ó esclava que tiranizase, á pesar de haberle 
preceptuado á ella su obediencia al hombre; quiso en fin 
que conociendo su deber fuese la virgen prudente, la mu- 
jer fuerte y la viuda santa que nos describen los libros sa- 
grados. 

He aquí los tres principales estados de la mujer, y de los 
que deberé hablar para que sea hija obediente é instruida 
en el temor de Dios, que es la verdadera sabiduría, donce- 
lla honesta, esposa fiel, buena madre, viuda y anciana ve- 
nerable. 

Pluguiese al cielo coronar mis esfuerzos y que lo que mi 
mal cortada pluma grabe, se afirme en el corazón de esa 
media y bella porción del género humano á que pertenez- 
co, y logre quitar la preocupación en unas y la degradación 
en otras, consiguiendo así que cada cual, ya pertenezca á la 
alta clase, ya á la inedia, ó á la mas pobre, unas y otras co- 
nozcan sus deberes y se eleven al grado y rango que el 
Omnipotente se propuso. No me valdré de otros modelos 
que los que me proporcionen los libros saDtos é Historia 
Sagrada, manantial saludable y fecundo para mi objeto. 
Ojalá produzca cuanlo me propongo! Si bien no me espre- 
se con la cultura é ingenio de una pluma docta, al menos 
procuraré con la sencillez de mi insuficiencia espresar mi 
concepto, manifestar sus utilidades, y buenas consecuencias 
á cada una en particular y á todas en general; por lo que si 
solo atienden á la pureza de mi propósito y doctrina, no se 
defraudarán mis esperanzas, y podrán disimularme los de- 
fectos de mi lenguage, si no es tan correcto cual deseo. 

Creo haber en este primer número manifestado el objeto 
que me propongo, carísimas y laboriosas amigas mias, se- 



guu el cargo que me habéis encomendado: si el objeto llena 
vuestro deseo nada mas anhela vuestra amiga y servidora 
que continuará, 

JACOBA. 



i 



DEBERES DE LAS VIEJAS PARA C0\ LA SOCIEDAD. 

Escribamos lo que sentimos, sin ánimo de ofender á 
nadie, sin pretensión de elevarnos á censoras de las que nos 
adelantan en edad y pueden ser nuestras maestras, y sí solo 
con el firme y sincero propósito de cooperar también por 
nuestra parte á ese adelanto hacia el bienestar de la socie- 
dad humana que se llama progreso, en cuanto lo permitan 
nuestras débiles fuerzas y nuestra limitada instrucción. 

¿Qué son pues las viejas en la sociedad? 

Un mueble sobrante y que no está mas de moda, según 
unos; un ente ridículo de quien cualquiera puede mofarse 
impunemente, según otros; una preciosa alhaja que puede 
tener muchísimo valor, según nosotras. 

La mujer en la primavera de su vida, si no por su her 
mosura por su juventud, puede ser objeto de las mas gra 
tas ilusiones de un hombre: á los 2a anos puede hacerle 
completamente feliz: á los 3o puede compartir con él las 

penalidades y azares de la vida: á los 45 es cuando la 

mujer debe empezar á dar pruebas de abnegación, de cor- 
dura y de generosidad. De abnegación despreciando las fu- 
tilidades de un mundo que ya la abandona; de cordura me- 
ditando bien lo que hace y dice, y de generosidad renun- 
ciando espontáneamente ciertos derechos de galantería y 
pretensiones en favor de las jóvenes que vienen sucedién- 
dola «n el teatro de las galanterías. 



— 10 — 

En este ultimo estado de la vida, pues, nos vamos á exa- 
minar nosotras mismas. 

No pretendemos que se llame vieja una mujer á los 4-5 
años; pero va ya empezando á envejecer: sus mejillas son- 
rosadas no son las de otro tiempo; su pelo ó deja ver algún 
vacío ó descubre alguna lista blanca que hace un sensible 
contraste con el color bellísimo de otros dias; su frente, 
surcada por alguna indiscreta arruga, va marcando la hue- 
lla del tiempo; sus ojos no brillan como antes; las sonrisas 
no son tan frecuentes porque podrán descubrir alguna falta 
entre las perlas que adornaron su linda boca. Todo en (in 
empieza á conjurarse en esta época contra la que hace poco 
llamaran emanación bellísima de la Divinidad, obra destina- 
da á ser el encanto de la mitad del género humano, suspiro 
de los héroes, inspiración de los poetas, delicia, alma y vi- 
da de los corazones sensibles; pero flor caduca destinada 
también como esta á perder muy pronto el imperio de sus 
perfumes y de sus hechizos. 

A los cuarenta y cinco años, repetimos, la mujer no es 
precisamente vieja, pero vieja le dicen las de quince, veinte 
y cinco y aun treinta y cinco; y los que como en un jardín 
de flores buscan siempre la última que presenta su ser á las 
caricias de los céfiros, vieja la llaman y lo será tal vez. lia v 
sin embargo especialidades: muchas mujeres conservan <> 
aparentan frescura hasta mas allá de los cuarenta y cinco, 
pero es tan reducido el número, y el arle se manifiesta á 

veces tan claramente que es menester convencernos de 

que á la edad indicada es gloria ocupar el puesto que nos 
pertenece y dejar el suyo á quien nos debe reemplazar. 

En efecto; ¿qué opinión podemos formar de las que 
próximas á contar medio siglo quieren parecer jovenallas 



— 1! — 

todavía y llamar la atención como aquellas? Una opinión 
muy pobre, muy desventajosa; v en estas encontramos las 
viejas superficiales y vanidosas, que pretenden á toda costa 
ser loque ya no son, teniendo fuertemente agarrado aun 
el cetro de la belleza, que el tiempo ha carcomido y que se 
reduce á polvo entre sus manos. 

Nada mas ridículo en la sociedad que una vieja fatua y 
presumida, olvidada de sus años, sin reparar en sus hijos y 
en los hijos de sus hijos, v exigiendo adoradores, galanteos 
y homenages de todas clases. Fastidia con sus galanterías, 
empalaga con los relatos de sus triunfos, asusta con sus 
declaraciones amorosas, espanta con sus repetidas sonrisas, 
y con sus lánguidas miradas y repentinos desmayos... ha- 
ce reir. 

¿Y cómo no reírse á vista de tanta eslravagancia y de- 
bilidad? ¿Cómo no llevar el ridículo estas estacionadas aves 
de rapiña que todo quieren dominarlo y avasallarlo, sin 
apercibirse de que son el blanco de la común irrisión? No es 
verdad que la sociedad sea injusta con esta clase de viejas; 
son ellas las que buscan la severa censura, el menosprecio 
y el castigo debido á sus caprichos no moderados por los 
años, y á su ambición aumentada con la edad. 

Y aunque asi hablando, no se crea que alimentamos la 
mas mínima antipatía contra las viejas: nosotras, como arri- 
ba hemos dicho, las consideramos como las mas preciosas 
alhajas de la sociedad-, cuando cumpliendo con los deberes 
que esta les impone encontramos en ellas madres amorosas, 
esposas discretas, amigas leales y consejeras esperimenta- 
das. Cuales son estos deberes los diremos en el próximo 
número. (Se continuará.] 

ANA MARÍA, 






— 12 — 

Cou el mayor placer insertamos á conlinuacion las be- 
llísimas poesías con que nos han favorecido dos de nuestras 
suscritoras, muy conocidas en los círculos literarios de esta 
corte por sus grandes talentos poéticos; dando al mismo 
tiempo las mas espresivas gracias á dichas señoras por el 
favor con que se han servido honrar nuestras páginas. He- 
las aquí: 

AL AMOR MATERNAL. 



Casta imagen sonrosada 
De la inocencia infantil, 
Cogollo puro y gentil, 
Tu sonrisa inmaculada: 

Entre gratas sensaciones 
Vierte tu esencia divina; 
Que eres pura y peregrina 

Y elevas los corazones. 
Cuando una madre suspira 

Y en raudo vuelo se agita. 
El alma pura medita 

Y en su sonrisa respira: 
Mira su hermoso esplendor 

Su mirada trasparente, 
Que se lija blandamente 
En las prendas de su amor. 

En su frente candorosa. 
Como el aura virginal. 
La corona celestial 
Contempla madre amorosa. 



— 13 — 

Eu lu santo frenesí 
Magestuosa inspiración 
De celeste sensación 
Te rodeé siemprejsí. 

Gloria á la que en luto y llanto 
En solitaria mansión. 
Con mi plácida canción 
Se disipa su quebranto: 

Que al ver esas lindas flores 
Espléndidas de belleza. 
Cual manantial de pureza 
Disiparon tus dolores. . 

El divino firmamento 
Con su manto purpurino, 
El pasage peregrino 
Ve del aura matinal: 
En infantiles cabezas 
Gloriosa corona agita 

Y su marcha precipita 
En su carro celestial. 

No del bullicioso mundo 
La grandeza me alucina, 
Ni su esplendor me fascina 
Con su aciaga claridad, 
Que su fuego delirante 
Nos subyuga poderoso, 

Y nos muestra impetuoso 
Su sombría crueldad. 

Mas si de mi pobre lira 
Escucháis el triste acento, 



Al estinguirse entre el viento 
Delirante el corazón: 
Cifra en seres inocentes 
El esplendor de esperanza, 
El cielo veréis os lanza 
Grata y pura sensación. 

Si sus candorosas frentes 
Sella el labio delirante, 
Tu corazón siempre amante 
Madre! brilla de placer: 
Un arcángel de alegría 
Con su sonrisa amorosa 

Y con su luz misteriosa 
Tu mente suele mecer. 

Oh! divinas sensaciones, 
Portento de la natura, 
Imagen sencilla y pura 
De cariño maternal, 
Fija tu impávida frente, 
Fíjala pura en el cielo 

Y te sirva de consuelo 
Su aureola celestial. 

Entre el murmullo lejano 
Se estingue mi pobre acento, 
Éntrelos ayes del viento 
Escucho linda canción: 
Angeles puros y bellos 
Con plácidas armonías 
Iluminen vuestros dias 

Y os fascinen de ilusión. 

Miiuliu B. ile l'Vrruiit. 






— Ib — 

LA INMORTALIDAD. 

¡Ya todo se acabó! mirad al hombre 
Que se entregó al estudio con desvelo; 
Solo queda la cifra de su nombre, 

Y uu puñado de polvo en este suelo! 
¡Ya todo se acabó! el postrer sonido 

Que despide esa fúnebre campana, 

Le llama ¡ay triste! á la mansión de olvido 

Do el sueño eterno dormirá mañana! 

Y al par que ese sonido plañidero 
Se estingue su memoria dolorosa: 
Hoy su pérdida llora el mundo entero. 
Mañana ni una flor habrá en su losa! 

Que este frivolo mundo al que hoy admira 
Mañana olvida, como tierno infante. 
Roto juguete con desprecio mira, 

Y algún nuevo joyel busca anhelante. 

A su ánimo voluble y siempre inquieto 
Nada le importa que inferior le sea; 
Basta la novedad, basta un objeto 
En que pueda fijar su errante idea. 

Del que cobija ya triste sudario 
Se pierde en este suelo la memoria. 
Solo resta la piedra del osario, 
Que al porvenir revelará su historia. 

Si á la posteridad tal vez lograra 
Su memoria legar esclarecida; 
¿Cual es el pobre premio que alcanzara 
Del triste afán que consumió su vida? 

Que mañana al cruzar el peregrino 
Ese campo cubierto de despojos, 
Se detendrá tal vez en su camino 

Y en esa piedra fijará sus ojos. 
Vago recuerdo evocará ese nombre 

Que entre nombres ilustres ya figura, 

Y prosternado ante el saber del hombre 
Con flores ornará su sepultura. 

Mas si siguiendo audaz en su porfía 
Osara levantar la piedra helada; 




~16 — 
Cómo lleno de horror contemplaría 
Del que admiró la deleznable nada.' 

¡Ceniza y corrupción es lo que queda 
De esa existencia ha poco tan lozana! 
¿Qué le importa al vil polvo que conceda 
Un lauro á su saber la raza humana? 

¿Qué le puede importar ese murmullo 
Que elevará tal vez la edad futura, 
Su nombre proclamando con orgullo, 
Mientras yace en humilde sepultura? 

Para esto consumió su vida ansiosa 
Al trabajo entregada y la vigilia, 

Y en alas de su mente jactanciosa 
Que era estatua olvidó de pobre arcilla 

¡Mísera humanidad! esa cabeza, 
Que en su orgullo tal vez del Armamento 
Pretendió analizar la alta grandeza, 
¡Es juguete de un átomo de viento! 

¡Misera humanidad! En su locura 
Piensa dictar su lev al orbe todo: 
¡ Llega la muerte con su faz impura, 

Y el gigaute inmortal vuelve á ser lodo! 

Porqué tanto afanar? ¿por qué consume 
En incesante afán su \ida el hombre, 
Desbechando de amor grato perfume 
Para alcanzar esclarecido nombre? 

¿Por qué tanto afanar? ¿por qué ambicioso 
Vuela el triste mortal tras gloria vana? 
¡Gozad tranquilos de un vivir dichoso, 
Antes que suene la fatal campana! 

Ángel* Cirnftüi. 



MADRID 1851. 

Ini pronln «lo tlou .los«- TruJIllo , hijo, 

Calle de María Cristina, número 8. 



\ño I. Doin'iugo 10 de agosto de 1851. Núm. 2 

LA MUJER, 

PERIÓDICO 

escrito por una sociedad de Señoras y dedicado á su sexo. 



Este periódico sale todos los domingos; se suscribe en Madrid en las libre- 
rías de Monier y de Cuesta, á í rs. al mes; y en provincias 10 rs. por dos 
meses franco de porte, remitiendo una libranza á favor de nuestro impresor, 
A sobres de franqueo. 



Hemos leído en el Anunciador una especie de comuni- 
cado que desde su principio nos proporcionó momentos de 
buen humor; pero cuando llegamos á algunos puntos y des- 
cubrimos ciertas ideas é intenciones entonces sí que no 

hemos podido contener la carcajada! Lo único que de su 
contenido hemos sacado en limpio es que el autor, que ha 
abusado del nombre de nuestras suscritoras, es digno tan 
solo de ser llevado á una escuela de primera enseñanza, á 
una deesas escuelas donde se aprende educación, urbani- 
dad v cortesía. 



DEBERES DE LAS VIEJAS PARA CON LA SOCIEDAD. 



(conclusión. ) 

«Escribamos lo que sentimos» , dijimos en nuestro pri- 
mer artículo sobre este interesante y delicado tema, y lo 
que sentimos en efecto seguimos escribiendo. 



i 



— -1 — 



Las mujeres que lian pasa tío de los Va años no son pro- 



piamente viejas; pero caducan va como 



la flor, v andan á 



pasos agigantados hacia la total mina de su imperio en las 
regiones de la hermosura y del galanteo. Necesitan pues 
conformarse con su destino y cambiar en cierto modo su 
vida anterior para ron la sociedad. Deben por consiguien- 
te tener en lo que vale esta sociedad misma que ayer les 
brindaba toda clase de bomenages, buscándolas y acatando 
su voluntad, y bov no les hace caso ó las menosprecia, di- 
rigiendo siempre sus miradas hacia el sol que nace, no al 
que se pone. Toda mujer pues de talento y corazón debe 
tener en cuenta á los cuarenta y cinco años, mas que todo 
su propia dignidad, comportándose de modo que donde no 
haga falta no esté de sobra, y que los prestigios de la ber- 
raosura y de la juventud sean subrogados por todas aque- 
llas cualidades que concillan el respeto y la veneración. 

Creemos de consiguiente que las mujeres desde la in- 
dicada época mas que en las anteriores debieran conside- 
rar como deberes que la sociedad reclama de ellas: 

La renuncia de grandes pretensiones en el mundo ga- 
lante; el DO hacer ostentación de aquellos dones de la na- 
turaleza que deseados y buscados en la juventud empalagan 
en la edad madura; frecuentar los bailes tan solo ruando 
las conveniencias lo exijan, con lujo la que pueda gastarlo, 
pero sin cargazón de flores y moños; apreciar en las jóve- 
nes lo que en otro tiempo era digno de aprecio en ellas; 
prever mucho y hablar poco; ser discretas, tolerantes y no 
pesadas; compadecerse de los errores ágenos, acordándose 
de los propios; ser justas consigo mismas para serlo ron las 
demás, guiar la juventud por la senda de la honestidad, 
del honor, déla virtud: ser amigas sinceras, esposas fieles 



y madres cariñosas, resuellas, atrevidas, educando á sus 
hijos para el bien de la sociedad y orgullo de la patria. 

Es indudable que teniendo presente cuanto de paso de- 
jamos dicho en atención á los reducidos limites de nuestro 
periódico, no debiera haber mujeres á quienes llamándolas 
viejas se las designara como el blanco de los tiros y piro- 
pos de mal género de los varios círculos de la sociedad. 
Sin embargo las hay, aunque su número, á no dudarlo, 
vaya disminuyendo de dia en dia á causa del benéfico in- 
flujo del progreso, que derrama su luz regeneradora sobre 
todas las clases de la sociedad humana, desarraigando pre- 
ocupaciones inveteradas y conveniencias mal entendidas; 
las hay todavía y las habrá hasta que un orgullo necio, una 
vanidad tonta y un egoísmo sin término dejen lugar á la 
sana razón para que esta haga ver clara y sencillamente á 
las ilusas de nuestro oprimido y siempre mal juzgado sexo 
que la mujer en todas las fases de su vida merece el apre- 
cio del sexo fuerte y el cariño del suyo cuando sabe llenar 
la misión á que Dios la ha destinado y comprende altamen- 
te su propia dignidad. 

No faltará acaso quien leyendo estos pobres pensamien- 
tos nos venga objetando que la mujer es débil, ó que cier- 
tas estravagancias y desmanes, especialmente en su edad 
madura, son inherentes á su innata debilidad. Error, dire- 
mos nosotras, fatal error! La mujer es fuerte tanto como 
puede serlo cualquier hombre, no en su físico, formado 
para amansar la fiereza de este compañero suyo y prepoten- 
te dueño, sino en su espíritu, en su alma, capaz de las mas 
sublimes inspiraciones, así como de los mas triviales pensa 
míenlos. Su fibra es sensible y recibe con mayor facilidad 
las buenas ó malas impresiones; pero su voluntad es de 



— 4 — 
hierro, y cuando en un propósito se afirma no hay fuerza 
humana que pueda retraerla. ¿Cuánios héroes n6 han reci- 
bido la ley de una mujer? ¿y cuántos y cuánios hombres no 
merecen tampoco el honor de ser puestos en parangón con 
ella? 

Lo que necesita la mujer á la par que el hombre es la 
educación. Que se eduque; que se inculque en su corazón 
desde la niñez el sentimiento de lo bueno, de lo justo, de lo 
honesto; que se le enseñe el camino que debe recorrer para 
alcanzar su felicidad; que se le presenten continuos mode- 
los de nobleza, generosidad y abnegación; que se le diga 
francamente quien es ella y cuál es su misión en la tierra: 
sepa que su familia es la nación, y su patria el mundo: 
aprenda en tiempo á despreciar las futilidades mundanas y 
¡i dar á los placeres de la vida el valor que tienen en reali- 
dad. Edúquese, repelimos, y la mujer será siempre la glo- 
ria de su sexo y la felicidad del hombre, y llegada á la edad 
de que nos hemos ocupado, tomará con orgullo en la so- 
ciedad el puesto que le corresponde, y recibirá agradecida 
los homenages debidos á la esperiencia, á la virtud, al mé- 
rito. 

ANA MARÍA. 

MUJERES CÉLEBRES. 



doSa mama coronel. 



Brotan de vez en cuando de entre las generaciones hu- 
manas algunoe seres escojidos por el Criador para alentar 







— 5 — 

al débil y fortalecer al bueno en el áspero camino de la vir- 
tud. 

Su alma es fuerte; encierra mas germen divino que las 
de las otras criaturas mortales, y los generosos sentimientos 
que crea, las grandes acciones que inspira, quedan por 
siempre grabadas en el libro de los tiempos para consuelo 
y guia de la ciega humanidad. Son flores lozanas que mu- 
cho después de muertas purifican y embalsaman aun la pes- 
tilente atmósfera de la vida. 

El heroico rasgo del cual vamos á ocuparnos hoy, y 
que es y será admirado de las edades, probará mejor que 
nuestras débiles palabras la proposición que acabamos de 
asentar: y la circunstancia de ser española la matrona que 
tuvo bastante valor y fé para ejecutarlo, al par que nos 
llena de orgullo es lo que nos ha movido á escojer este tipo 
entre los numerosos y brillantes que de seres pertenecien- 
tes á nuestro sexo presentan todos los siglos y todas las na- 
ciones. 

Doña María Coronel, esposa del noble don Juan de la 
Cerda, vivía en Sevilla en 1333. La fama de hermosísima 
que en España tenia era sobradamente justificada: y el ta- 
lento, la discreción y virtudes de que se hallaba adornada 
realzaban hasta el eslremo aquel interesante dote. Reinaba 
á la sazón en Castilla don Pedro el Cruel; aquel rey licen- 
cioso cuya voluntad no conocia freno, y que valido de su 
poder y del temor que su nombre infundía, atrepellaba la 
virtud donde quiera la hallase, si siquiera servia para satis- 
facer momentáneamente alguno de sus torpes caprichos. 

Tuvo un dia ocasión de ver á la hermosa doña María, 
y desde entonces ardió su corazón en criminales deseos. 
Vana fue la resistencia de la que el rey destinaba para víc- 



— r. — 
lima; inútiles los esfuerzos Je su virluil, infructuoso el aro- 
ma de pureza y castidad que exhalaba y que al mismo vicio 
imponía respeto. El pecho de don Pedro era un infernal re- 
ceptáculo de gigantescas pasiones, y cuando estas estalla- 
ban en toda su furia, de nada valían cuantos obstáculos hu- 
manos pudieran oponerse á su desbordamiento. Sin embar- 
co, aun quedaba un refugio grande y sagrado á doña Ma- 
ría para poner dique á las intenciones del rey: acercarse á 
su Dios. Acosada y perseguida, como la pobre cierva délos 
bosques, se prosternó delante de los altares, y las puertas 
de un convento de Sevilla se interpusieron entre ella y el 
audaz monarca. ;Pero todo fue en > ano! La. violenta pasión 
de este despreció escudo tan sagrado de la virtud, y despe- 
ñada y ciega trató de robar de los brazos de Dios la pobre 
refugiada, arrancándola del monasterio. ¿Dónde podia di- 
rigir su vuelo la tímida gacela para evitar las garras san- 
grientas del águila? ¿Dónde hallar un asilo que pudiera de- 
fenderla? Por desgracia no existia en la tierra. Debía ceder 
por fin? ¿Debia ser empañada su pureza, ultrajada su casti- 
dad y escarnecida su virtud? Ah! no: en aquel desesperado 
momento el cíelo la envió una de sus inspiraciones, la úni- 
ca que podia salvarla y se salvó. 

Fijado por don Pedro el día en que debia consumar el 
negro crimen que meditaba, llegó al convento que guarda- 
ba á doña María; mandó á sus siervos hacer pedazos sus 
puertas y penetró violentamente en el sagrado recinto. Una 
sonrisa infernal vagaba por sus labios; sus ojos brillaban 
con lodo el fuego de su torpe pasión, y cuando ordenó á la 
superiora del monasterio que condujese á doña María de- 
lante de su presencia, temblaba su voz de placer. Iba á ver 
colmado el mas ardiente deseo de su alma; el mas rudo ins- 









Mnto de su torpe materia! De repente se abre una puerta: 
llega una mujer hasta el rey, y cotí voz abogada por el do- 
lor, le dice: Yo soy doña María Coronel; aqui me tenéis! 
Don Pedro horrorizado dio dos pasos atrás, y quedó mudo 
de terror. El rostro de la infeliz estaba todo ensangrentado; 
sus bellos ojos cubiertos de heridas, su boca y narices hor- 
riblemente desgarradas, sus mejillas punzadas por nume- 
rosas partes; y el conjunto de todo el semblante, en otro 
tiempo tan bello, era tan monstruoso que inspiraba horror 
y repugnancia. 

La infeliz doña Marta se había destrozado con una 
crueldad heroica para afearse á los ojos de! monarca, <-s- 
tinguiendo su pasión, y lo había conseguido por completo. 

El rey don Pedro conoció aunque tarde lo sublime, lo- 
do lo grande de tan heroica acción, tembló y huyó espan- 
tado para siempre. 

JULIA 



SOBRE LA MANERA DE VESTIR. 



Tres cosas son eu nuestro concepto las que deben do- 
minar mas principalmente en el vestido de la mujer: ele- 
gancia, buen gusto y sencillez. 

Por elegancia no entendemos nosotras lo que vulgar- 
mente suelen entender algunas personas, que creen hallarla 
solamente en los lujosos y ricos atavíos; sino que mas que 
en ninguna otra cosa creemos consiste en su corle y modo 
de llevarlos. La elegancia, según nuestra clasificación, pue- 
den tenerla todas las clases, lodos los estados v todas las 



— 8 — 
edades; ella uo es mas que cierto aire delicado que reveía 
finura de la persona. Tan elegante puede ir una gran 
ñora vestida de rica blonda ó terciopelo, como la mujer 
del artesano con el modesto traje de percal ó muselina. 

El buen gusto puede decirse que es el principal agente 
de la belleza artificial; pero desgraciadamente no siempre 
se ve destacarse en ella sus bellas pinceladas. Por buen gus- 
to entendemos la buena elección en los colores, el acierto 
en combinarlos, la gracia en la colocación de los prendidos 
y nada de exageración, porque de ella procede un aire que 
nada favorece. Esto lo sabe cualquiera persona fina; pero 
>in embargo vosotras mismas, queridas lecturas, os habréis 
reído mas de una vez de lo mal vestidas que van algunas 
señoras con lujo, v que por su clase deberían saber ves- 
tirse. 

La sencillez es á nuestros ojos el adorno que realza 
mas la belleza. En efecto; ¿qué cosa mas bella que una mu- 
jer sencillamente compuesta? La naturalidad ron que se 
adorna hace creer que toda su belleza es propia y en nada 
debida al arte. La mujer cuando joven necesita de muy po- 
cos adornos, pues la naturaleza perdónesenos esta fran- 
queza la tiene bien engalanada; en caso de no serlo debe 
manifestar su talento no haciendo uso de adornos aglome- 
rados, para no manifestar que quiere suplir ron ellos la 
belleza real. La siguiente décima, que aprendimos en nues- 
tra niñez, parece compuesta mas que para la lectura para 
el adorno de la mujer: 

El mas lucido primor 
De este arle y otros mas 
Tan solo lo alcanzarás 
Cuando lo ocultes mejor; 






— 9 — 
Porque el natural vigor 
Que el estudio te procura 
Logra su mayor altura 
Cuando á fuerza de saber 
\o hay quien llegue á conocer 
Oue el arle le dio hermosura. 



ROSA. 



UN MES Ei\ LA ALDEA . 



r 



Introducción. 

El mundo es hijo de la inmensa sabiduría de Dios 

la filosofía es el producto de las indagaciones de los cálcu- 
los del hombre. La primera de estas creencias iluminaba 
mis pensamientos, como el sol resplandece desde su órbita 
en el gran espacio del orbe, cuando sus rayos vivificadores 
doraban la superficie de los montes. Aquel vaporoso velo 
que cubría las montañas de caprichosos matices, aquellos 
pedruscos tachonados por sus diáfanos rayos, hacían que 
las ideas tomasen atrevido vuelo, para luego descender des- 
de el vasto imperio de las ilusiones á la nada de mi insufi- 
ciencia. Por uno de aquellos arcanos que no podemos des- 
cifrar, en uno de estos momentos de exaltación llegaron 
hasta mis oidos los ecos de las campanas de una vecina al- 
dea, que esparcían por el viente sus melancólicos tonos co- 
mo queriendo armonizar en mi alma el mágico embeleso 
de la religión con la admiración que producen en mí los 
encantos de la naturaleza.' ' 

Entonces mis ojos se fijaron en aquellas pobres casas. 



en 



KSiXuo d-Uy- r fc-<~~ti -e-n-*^ 1 - <- | f o hci - 



— lü- 
quc lal vez encerraban tantos tesoros de amor. Leia la sen- 
cilla historia de sus moradores en aquellas rústicas cabanas; 
pero ¿cómo podré espresar lo que en aquellos momentos 
de santa contemplación pensó la mente? Cuando las inspi- 
raciones del alma son puras la imagen de Dios se muestra 
radiante á nuestros ojos; en estos instantes supremos el co- 
razón escucha una voz que le grita: delente, pobre nave- 
gante, sujeto á las borrascas del corazón, y no le atrevas á 
profanar los divinos arcanos con arrogante audacia; pero 
no, la convicción pura de. tu bondad me reanima en medio 
de las tinieblas que me circundan; poique tu fuego divino 
es el que enaltece el alma: sin tí el entendimiento humano 
fluctúa sin apoyo, los pensamientos son débiles, porque no 
son hijos de esa razón justa que nos marca nuestro deber, 
sujeto á tus inspiraciones, á esos avisos espirituales que ani- 
man nuestra conciencia é iluminan nuestra razón. 

¡Oh hermosa naturaleza! todo en tí es armónico y puro: 
si considero las cristalinas aguas de tus tranquilos riachue- 
los, si respiro la fragancia de tus llores, si miro el cielo ta- 
chonado de estrellas, si contemplo la sonrisa del atrevido 
rapaxuelo que corre en pos de su sombra, lodo me revela 
tu poderosa mano. ¡Oh bella naturaleza! lú eres la imagen 
de Dios: .salve á tí! A tu vista el corazón se dilata, quiere 
surcar el gran espacio de tu inconcebible creación; medir 
las distancias, las colosales dimensiones del universo. De- 
tente, pensamiento mió: ¿a dónde te lleva tu entusiasmo, á 
dónde tu arrogante audacia? Quieres espresar, poner en 
movimiento las tiernas afecciones del corazón; pues bien, 
deja que tu frente impresa lleve la huella de la meditación, 
que lus escritos no sean hijos de una inspiración atrevida y 
'•dosa; perfecciónale, pensamiento mió, con el estudio y la 



— II — 

delicia, y si liegas hasta el período feliz que marcan lautos 
iluslres varones , alza atrevido lu vuelo y retraía á los 
hombres. 

O por otra parle, si meditamos, si queremos profundi- 
zar esas máximas que destruyen la mas santa de las espe- 
ranzas, si queremos rechazar esos terribles sofismas que 
conmueven la sociedad, la sabiduría se alza imponente y 
nos dice: el pensamiento tiene sus derechos incontrastables; 
podemos combatirle ; pero su libertad es hija de la razón 
del entendimiento, lo mismo que la tierra se vivifica por los 
ardientes rayos del sol; pero nosotras podremos compren- 
der la intensidad dé esas doctrinas que conmueven la socie- 
dad y ponen en movimiento el mundo científico? Creo que 
nuestra misión debe ser mas tranquila: respirar la fragancia 
de las flores, 'engrandecer esas afecciones llenas de santa 
inspiración que nos ennoblece, é iluminar esos seres que 
eslraviados por caminos en que la idealidad los aparta del 
deber se precipitan. Espíritus adormecidos en el sueno del 
error, despertad: escuchad el sencillo gorgeo de los paja- 
rillos, emblema de la inocencia que debe albergarse en 
nuestro corazón; mirad el curso siempre metódico de los 
planetas, que nos indican que en la pureza de nuestras cos- 
tumbres debemos guardar la misma regularidad que la na- 
turaleza en sus diversas formas; contemplad esas colinas 
iluminadas de diáfano resplandor, que nos dicen todas estas 
maravillas son el pensamiento de Dios; es grande, es el uni- 
verso: nosotras, humildes seres que nos doló de inteligen- 
cia para conocerle, debemos venerar las escelsas máximas 
de sus doctrinas, tanto en nuestras acciones como si quere- 
mos grabar las sensaciones de nuestra alma eu el papel. 
¡Qué conmoción no sentimos cuando nuestros pensamicn- 



— 1¿ — 

los miili'ii el \asto imperio de los acontecimientos! Presen- 
tarlos á los ojos del inundo embellecidos para que la rela- 
ción de las pasiones que le humillan y envilecen no hieran 
nuestros sentidos, esta debe ser nuestra constante tarea, 
nuestro mas firme pensamiento: dejemos á los hombres re- 
generar el mundo y mostrarse al juicio de las edades veni- 
deras mas ó menos recomendables; nosotras entre tanto di - 
>inicemos las pasiones; la caridad sea nuestra antorcha, y la 
pureza de nuestras acciones, la santidad de nuestros pensa- 
mientos nos elevarán sobre las frivolidades del mundo, 
^alalia B. €l«» Ferranl. 



En cualquiera disensión, 
En lodo pleito ó querella 
Que turba la humana unión. 
No falta nunca un bufón 
Que pregunte: ¿Quién es ella? 

Quieren con esto hacer ver, 
Como por via de chanza. 
Que cual otro Lucifer 
Siempre la pobre mujer 
En todo lo malo danza. 

Incautos! reflexionad , 
Y hallareis que es un deber 
Lo que apellidáis maldad: 
¿No decís que la mujer 
Es vuestra cara mitad? 

Pues siendo esto asi verdad 
Es consecuencia á mi modo 
De pura necesidad 
Que donde se encuentre el lodo 
Se halle también la mitad. 

HESPERIA. 



— 13 — 

POESÍAS. 



POR LA PERDIDA DE SU HIJA 

¿Por qué, di, con vago anhelo 
Elevas triste y llorosa 
A laf bóveda del cielo 
Tu mirada dolorosa, 
Do se pinta el desconsuelo? 

¿Por qué tu pecho oprimido 
En la noche placentera 
Entrega al aura un gemido, 
Que á Dios lleva lisonjera 
En sus alas escondido? 

¿Qué buscas en esas nubes 
De celestial hermosura? 
¿Buscas tal vez los querubes. 
Que son de la virgen pura 
Fieles nuncios de ventura? 

¡Pobre madre! en su dolor 
A la nube, al aura, al cielo, 
Les pregunta con fervor 
Por la prenda de su amo^. 
Que no encuentra en este suelo! 

¡Pobre madre! en su lugar 
Se alza tumba funeraria. 
Y entregada á su pesar 
Nunca cesa de entonar 
Una fúnebre plegaria! 

Recuerda de pena henchida 



-11- 

Aquella Blanca hechicera 
Que fué el ángel ilc su vida, 
Con la gracia lisonjera 
Del candor embellecida. 

¿Por qué en edad lan temprana 
ltobó la muorle su encanto?... 
Ay! enjuga el triste llanto. 
Que la virgen soberana 
I.a acogió bajo su manto. 

Era pura y candorosa 
Como un arcángel divino; 

Y esta tierra dolorosa 
Ofrece vida angustiosa 

A un arcángel peregrino. 

La virtud de mil abrojos 
Halla sembrada su senda: 
Que da el mundo en sus enojos 
Lulo al alma por ofrenda. 

Y triste llanto á los ojos! 

¡Ay del que aquí su ventura 
Cifra tan solo y su gloria 
En la celeste ternura. 
Que le paga en amargura 
Del mundo la 1 vil escoria! 
. ¡Ay de aquel que sin mancilla 
A la virtud busca ardiente. 

Y al mirar que el ^icio brilla, 

Y el universo ferviente 
Ante él dobla la rodilla: 

Con afán triste y profundo 
Quisiera romper los lazos 



— la — 
Que le sujetan al mundo, 

Y á Dios volar tremebundo 
Buscando paz en sus brazos! 

¡Triste, muy triste es sentir 
El pecho de amor henchido, 

Y hallar en su atroz sufrir 
Desden por do quier y olvido: 
¡Triste, muy triste es vivir! 

Refrena pues tu amargara: 
Los suspiros son agravios 
Para el Dios que con ternura 
El cáliz de la amargura 
Ha apartado de sus labios! 

En tu destierro penoso 
Por ti, pobre madre, llora, 
No por el ángel hermoso. 
Que á los pies de Dios implora 
Que le ampare bondadoso! 

En la mansión de la calma 
Para aquellos que lloraron 
Dios resena eterna palma; 
Y confunde en solo un alma 
Las almas que aquí se amaron! 

.Inoróla CraMti. 






A 1¡V LIRIO. 

¿Por qué en tus hojas, 
mi bello lirio, 
lágrimas tristes 



— 16 — 
pone i'l rocío'.' 

Tú, que eres gala 
del valle umbrío, 
gotas derramas 
de llanto impío! 

¿Tal vez del aura 
no eres querido, 
v huye tus besos 
ron vuelo esquivo? 

La mariposa 
de manto rico 
¿ya tus colores 
no encuentra lindos? 

Dimc que tienes, 
mi bello lirio; 
¿por qué derramas 
tu llanto impío? 

Mas ¡ay! que el lloro 
que tú has vertido 
te torna hermoso, 
fresco y altivo. 

Mientra el que surca 
raudal sombrío 
por mi semblante 
descolorido, 

Deja señales 
tras su camino, 
que tristes claman: 
«;Ved su marlirio!» 



A. 






MADRID 1851. 

iiniin'iilu €!<• «Ion Jo»«- Triijlllo , hijo. 

Calle de María Cristina, número 8. 




Año I. Domingo 17 de agosto de 1851. Núni. 3 

«— ^B«—— lili I I WM I I I lili ■■!■— !■— . 

LA MUJER, 

PERIÓDICO 

escrito por una sociedad de Señoras y dedicado á su sexo. 



Este periódico sale todos los domingos; se suscribe en Madrid en las libre- 
rías de Monier y de Cuesta, á 4 rs al mes; y en provincias 10 rs. por dos 
meses franco de porte, remitiendo una libranza á favor de nuestro impresor, 
«5 sellos de franqueo. 



Sin abrigar la presunción de que nuestra débil voz con- 
quiste para la mujer el puesto y la consideración que me- 
rece, pero guiadas sí del laudable deseo de contribuir á ello 
con nuestras escasas fuerzas, vamos á esponer en una serie 
de artículos el priucipal motivo que le impide llenar cumpli- 
damente la misión benéfica á que la destinó la Providencia, 
egerciendo el suave influjo que le corresponde, indicando 
á la vez los medios de corregir este mal. 

Si por dicha conseguimos que fijen su atención sobre 
este asunto personas de mayor ilustración y mas autoriza- 
das, y que ocupándose de él seriamente pongan remedio, 
nuestras aspiraciones quedarán satisfechas, nuestro traba- 
jo completamente recompensado. 

Entre las mil contradicciones que se observan en la so- 
ciedad es quizás la mayor conocerse y confesarse la impor- 
tancia de los deberes de la mujer en las diferentes situa- 
ciones de su vida, al paso que ni se le enseñan á ella, ni se 
le facilita su cumplimiento por medio de una conveniente 
educación; y descuidándose esta completamente, ó pres- 



— a — 

láodosela contraria á lo que debiera ser, se le exige la mas 
rígida exactitud en esos mismos deberes que no se le en- 
señan. 

Para corroborar esta verdad basta que dirijamos una 
mirada á la educación que, con algunas escepciones, se 
da hoy alas jóvenes en las diferentes clases de la sociedad, 
empezando nuestra tarea por la superior, por la mas se- 
lecta y elevada. 

¿Qué es pues lo que constituye esa que se llama esme- 
rada educación? ¿Qué relación existe entre esos frivolos 
conocimientos con que se llena la mente de la niña y las 
obligaciones que tendrá que cumplir la esposa, la madre? 
¿Cuáles son las máximas que se la inspiran? ¿Cuál en fin el 
objeto propuesto por sus directores? 

Todos los conocimientos en que estriba la instrucción 
son puramente de adorno; por únicas máximas se infunde 
la de lucir; el esclusivo propósito es formar una joven que 
brille, que deslumbre en la sociedad. Como si toda la vida 
se redujera á los primeros años de la juventud, parece que 
solo se educa á las jóvenes para esos fugaces años; para 
después nada, ni una máxima útil, ni una palabra que le 
revele. los deberes que luego tiene que cumplir. Y llega la 
joven á ser esposa, y las consecuencias de su educación y 
la falta de sólidos principios de virtud se dejan sentir muy 
pronto. 

La joven asi educada no ve en el matrimonio mas que 
un nuevo medio de brillar, un estado que le permite cam- 
biar sus adornos de flores por adornos de perlas y de bri- 
llantes, una manera sencilla de adquirir indefinida libertad 
para entregarse sin freno y sin descanso á los placeres, si 
no criminales siempre, frecuentemente peligrosos. 



I 



Habladle de la felicidad doméstica, y no os entenderá; 
describidle las delicias que proporciona esa sociedad íntima 
de familia, y juzgará que le contais una historia de las Mil 
y una Noches; atreveos á indicarle la conveniencia, la obli- 
gación en que está de dirigir su casa, Je ser realmente el 
ama de ella, y airada os volverá el rostro tomando á insul- 
to el título que no desdeñaron las nobles matronas castella- 
nas, y creyéndose humillada y envilecida egcrciendo el 
cargo de que hicieron gala hasta las reinas de Castilla. 

¿Cómo dirigirá su casa la mujer desvanecida que sin otro 
móvil que su vanidad se adormece con el triunfo de hoy y 
sueña alcanzar otro mañana? ¿Cómo establecerá el orden 
en su familia la que tiene desordenada la cabeza? ¿Cómo 
difundirá la paz y ventura entre los que la rodean la mujer 
de inquieto corazón y que solamente sabe vivir en el tor- 
bellino de los placeres? 

El esposo no tarda en disgustarse no hallando en la ca- 
sa la quietud, la grata felicidad que buscaba; echa de me- 
nos la dulce compañera que se imaginó, y culpa á la infe- 
liz por las faltas de los que la educaron. Los hijos... oh! los 
hijos son dignos de lástima por haber nacido de una madre 
que apenas conocen; de una madre que los aparta de su la- 
do por no privarse de los placeres, entregándolos á manos 
mercenarias; de una madre cuyo seno estuvo seco para 
ellos; de una madre, en fin, que no llegó á sospechar son 
mas dulces las delicias que se hallan en el cumplimiento de 
los deberes de madre, que cuantos placeres puede ofrecer 
la sociedad. Los hijos no sienten amor á esa madre; el es- 
poso la mira con disgusto; la joven brillantemente educada 
llega á verse en el aislamiento y el desprecio. Oh! y gra- 
cias si no tiene mayores penas que lamentar, si las conse* 



cuencias de esa superficial y frivola educación uo son mas 
fatales. 

Diariamente vemos y lamentamos los aciagos resultados 
de tan perjudicial educación; también los ven los padres, 
V sin embargo cuando se hallan en estado de evitar á sus 
hijas tan triste porvenir ¿qué hacen?... enloquecer de goio 
al oirías cantar con dulce voz, montar á caballo con gracia, 
ó pintar con soltura una mariposa.... ¿Será posible que no 
lleguen á ser precavidos? 

(Se continuará.) 






Un diario de esta corte nos invita á que con franqueza 
varonil espliquemos fu que consiste esa hidrofobia de tomar 
el pendingue de la casa paterna ó conyugal que se ha apode- 
rado de algún tiempo á esta parte del bello sexo de la corte; 
pues según él, debemos saberlo'de buena tinta, y conocer 
bien a fondo el remedio que convendría oponer á semejante 
mal. 

Vamos á complacer á nuestro cofrade, si no con la va- 
ronil franqueza que apetece, pues las franquezas varoniles 
solamente pueden sentar bien á los varones, con la necesa- 
ria al menos para ser bien entendidas. Usando de ella le» 
diremos de paso que encontramos algún tanto peregrina, 
mas bien que peregrina hipocrítilla, la ocurrencia de pre- 
guntarnos ellos la causa de acontecimientos en que tienen 
la principal parte los hombres: tanto valdría, y perdónen- 
nos la comparación, que preguntara el verdugo á su vícti- 
ma el motivo del sacrificio. 

Entrando en el fondo de la cuestión les haremos obser- 
var que, segun los hombres repiten cien y cien veces, la 



mujer es el reflejo de la sociedad en que vive, los hombres 
dan las leyes, establecen las costumbres, moralizan ó cor- 
rompen; la mujer en la dependencia en que se halla sigue 
el impulso que el hombre dá, es la cera en que se impri- 
men las ideas, las opiniones, las virtudes ó los vicios de los 
hombres en cuya sociedad se encuentra. 

No está todavía muy lejano el tiempo en que la morali - 
dad, la subordinación á los padres v á los esposos, eran las 
ideas que dominaban nuestra sociedad; la mujer entouces 
se consideraba condenada al sufrimiento, y la mujer en- 
tonces era con frecuencia víctima de la tiranía paternal, era 
la esclava de su esposo, pero se resignaba á sufrir, y si al- 
guna vez se rebelaba, si abandonaba la casa paterna era 
públicamente, pues lo hacia para encerrarse eu un conven- 
to, para consagrarse á Dios utilizando en provecho de su 
salvación el sacrificio de sus inclinaciones. 

Llegó el tiempo en que el hombre tuvo por convenien- 
te rebelarse contra todas las tiranías, lo mismo contra la de 
los reyes que contra la de los padres, y al proclamar la li- 
bertad política proclamó otras ideas que habian de destruir 
la ciega subordinación de las hijas y de las esposas. La indi- 
ferencia religiosa cundió también rápidamente; las costuin- 
bres tomaron un rumbodiferentedelquehabian llevado; antes 
se recomendaba la virtud, el sufrimiento; después se pro- 
clamó la felicidad, el placer. En la educación ocurrió e| 
mismo cambio; las madres, renunciando al respeto que ha- 
bian exigido hasta entonces, estableen una ilimitada fran- 
queza con sus hijas; las llaman sus amigas y hasta sus con- 
fidentas. Los esposos entablan sus pretensiones amorosas en 
las grandes reuniones; y apenas unido á su esposa, en vez 
de ser un amigo vigilante que aconseje y que esmerada- 



— 6 



mente evite los peligros de su compañera, él mismo la con- 
duce hasta la puerta de las grandes reuniones, de los pun- 
tos en donde su virtud ha de sufrir retios ataques, y allí la 
deja abandonada á sí misma sin hacerla otro encargo, ni 
otra recomendación que la de que se divierta; ¿cómo ha de 
incurrir en el ridiculo de ser el galán de su propia esposa? 

Estas son las costumbres actuales; esto hacen las ma- 
dres, esto hacen los esposos; mas á pesar de ello no dejan 
alguna vez de acordarse de que pueden ejercer la tiranía 
que en otro tiempo se usó, y lo hacen con mas violencia, si 
cabe, que en aquellos tiempos; poro la hija y la esposa 
emancipadas ya, digámoslo así, de la subordinación que 
antes se profesaba, careciendo de las firmes ideas reli- 
giosas que entonces las sostenían, son inducidas por los 
hombres de mundo, tan esperimenlados en engañarlas, que 
tantas protestas hacen, que tantos juramentos emplean, que 
de tan reprobados medios se valen para arrastrarlas al mal, 
¿qué estraño es que sucumban? ¿Quién dejará de escusar su 
error? Educada la mujer tan superficialmente, sin conservar 
en su alma máximas de moral y religión que apenas le die- 
ron, ¿le queda otra puerta para huir de la tiranía que abor- 
rece que el crimen de la fuga, ó el crimen del suicidio? 

Estos son pues los motivos que precipitan á las mujeres 
en ese fatal abismo. Quiere saber nuestro colega el medio 
de evitarlo; se lo diremos. Una educación moral y religio- 
sa cual conviene y cual no se dá. La renuncia délos padres 
y de los esposos á dar esa ilimitada libertad á sus hijas y es- 
posas en un principio, y á convertirse de repente en vio- 
lentos tiranos, exigiendo que se sometan sin réplica á su vo- 
luntad; y por último, que sobre los hombres dedicados á 
'educir y desmoralizar nuestro sexo, que se consideran sin 






méritos si oo cueutan algunas víctimas de su libertiuage, 
caiga ia reprobación y el desprecio de la sociedad entera. 

Si nuestros apreciables colegas quieren contribuir á que 
estos medios se realicen, desde luego les prometemos que el 
mal llegará á corregirse. 

JACOB A. 

MUJERES CÉLEBRES. 

MADAMA COTTIN. 

¡Cuan dulce es el trabajo que hoy nos proponemos des- 
empeñar! ,Coq qué placer tomamos la pluma para tribu- 
tar nuestro humilde y cariñoso homenage á la célebre es- 
critora, á la virtuosa mujer cuya memoria será venerada 
por siempre en el mundo! 

¿No la conocéis, lectoras queridas? No ha llegado á 
vuestras manos un bello libro que los hombres tienen en 
grande estima? No habéis devorado alguna vez con vues- 
tros ojos, empapados en delicioso llanto, la inmortal historia 
de las cruzadas! No han interesado vuestro corazón los cas- 
tos y desgraciados amores de la virgen cristiana, de la pu- 
ra Matilde, y del generoso infiel? ¿Y no os habéis imaginado 
que la que trazó en ese libro tan santas y hermosas inspira- 
ciones debia reunir en el alma todos los dotes de los án- 
geles? 

Si tal ha sido vuestro pensamiento, no habréis hecho 
otra cosa sino avalorar con justicia á la mujer cuyo nombre 
encabeza nuestro artículo. 



— 8 — 
En la villa de Tonneins, de Francia, vio por primera ver 
a luz del sol Sofía Reslaud, conocida mas generalmente 
por Mad. Cotlin, en 1773. Educada esmeradamente en 
Burdeos, mostró desde muy niña las aventajadas disposi- 
ciones de su ingenio, y se desarrolló en ella una pasión so- 
brenatural al estudio. Miraba con desden los juegos de la 
infancia, las inocentes distracciones de su edad; y en vez de 
correr con sus compañeras por los jardines de su colegio 
se la veia frecuentemente pasar su viJa ansiosa por algún 
libro, sentada á la sombra del árbol mas retirado del parque. 

Merced á una aplicación tan constante llegó a adquirir 
Sofía muyen breve una instrucción sólida y profunda; pera 
tan esquisila era su modestia que le disgustaba y servia de 
tormentóla distinción con que naturalmente era tratada. 

Casada á los 17 años de edad ron Mr. Cottin, opulento 
banquero de Paris, fué trasladada repentinamente al fausto, 
á la esplendidez y al movimiento de vida que le brindaba su 
fortuna en la capital de Francia; sin que sus dulces inclina- 
ciones, ni sus sencillos placeres sufrieran por esto la menor 
alteración. 

Viuda al contar 20 años, de un esposo á quien amaba 
en estremo, se entregó con mas ardiente afán al estudio á 
fin de enjugar las lágrimas de su dolor; pero ni aun sus 
íntimos amigos hubieran logrado jamás la dicha de apreciar 
con exactitud sus talentos, ni de ver un borrador escrito- 
por su mano, si una feliz circunstancia no hubiera hecho- 
traición á su reservado carácter. Lucharon en su pecho la- 
modestia y la caridad, y el campo quedó por la última! 
.Cuán digna y hermosa fué la batalla! 

El incidente de que hablamos parece que sucedió como 
signe: 






— 9 — 

Un amigo de nuestra escritora fué comprendido en uno 
de los terribles decretos que dictaban por entonces los revo- 
lucionarios. Sofía, que jamás habia podido ver una desgracia 
sin prestarle alivio, trató de salvar al sentenciado; mas para 
ello se necesitaba dinero, y la generosa dama era muy po- 
bre; pues la crecida fortuna que la dejó su esposo habia des- 
aparecido por completo en los vaivenes de la revolución. 
Entonces fué cuando, venciendo su resistencia escribió en so- 
los quince dias y dio áluz su primera novela, Clara de Al- 
ba, y sus productos sirvieron para coronar con éxito feliz la 
noble acción que se habia propuesto. 

¡Piasgo tan sublime basta para poner en relieve el ca- 
rácter celestial de Mad. Cottin. 

Después de esta publicación se lanzó resueltamente al 
palenque literario, y caminó por una senda continuada de 
flores y laureles. 

Su Matilde ó memoria de las Cruzadas elevó su reputa- 
ción literaria al mas alto grado, y las admirables páginas de 
esta obra se leyeron con avidez y entusiasmo en todos los 
ámbitos de la tierra; y aun cuando después escribió algu- 
nas otras, fueron oscurecidas por el inraorlal resplandor 
que aquella derramaba. 

Pero como los seres parecidos á Sofía viven muy poco 
en la tierra, porque el cielo los reclama para sí, la arreba- 
tó la muerte en la flor de su edad, cuando apenas contaba 
treinta y cuatro años, y el mundo la lloró sin consuelo. 

Recordemos nosotras sin cesar su dulce nombre y rin- 
damos alabanza eterna á sus inapreciables virtudes y ta- 
lentos. 

JULIA. 







— 10 — 

EDUARDO. 

Era uoa borrascosa noche de invierno; los vientos so- 
plaban desenfrenadamente por opuestos lados, y la lluvia, 
que caia á torrentes, se introducía gola á gota por las hen- 
diduras del antiguo techo de la bohardilla de una medio ar- 
ruinada casa de la calle de la Encomienda. 

¡Espectáculo doloroso! A la incierta luz de una lampa- 
rilla, que chispeando amenazaba apagarse de un momento 
á otro, una mujer que no pasaba de los 2a años, sentada a 
la cabecera de una pobre cama, estenuada por el insonnio y 
las privaciones, con los ojos inmobles, la rica cabellera des- 
compuesta y colgando hasla los hombros, y con las manos 
lánguidamente posadas sobre la cabeza de un niño de seis 
años, que medio echado en el suelo y medio en su rodilla 
sollozaba amargamente, velaba á un hombre joven tam- 
bién, que se hallaba tendido sobre aquel miserable lecho, y 
que habia dejado ya de existir. Aquel hombre, aquel ca- 
dáver, era el esposo de la infeliz mujer, el padre del des- 
graciado niño. 

Martin de M., artesano honrado, buen marido y padre 
cariñoso, habia pasado los seis años que llevaba de matri- 
monio ocupado en su trabajo y con el solo afán de propor- 
cionar á su reducida familia el necesario alimento, con 
aquellos inocentes placeres que forman la felicidad de la 
clase menesterosa; pero desde algún tiempo el trabajo ha- 
bia empezado á escasearle, llegando por último á faltarle 
del todo. Para mayor desgracia una cruel enfermedad se 
apoderó del pobre Martin, que obligado á desprenderse de 
todo lo mejor que tenia se hallaba reducido á la mas de- 
plorable miseria. Magdalena, su desdichada esposa, no ha- 



— li- 
bia dejado de procurarle su curación, ya coa los escasos 
productos de sus manos, ya con los ausilios de la caridad 
aSena, á lo cual anadia ella todos los cuidados de una con- 
sorte afectuosa. Pero todo halda sido en vano. El destino 
inexorable había decretado la muerte del honrado artesano, 
y la sentencia sehabia ya cumplido en aquella misma noche. 

Después de un rato el niño levantó la cabeza, y miran- 
do á su madre y sollozando todavía: — Mamá, le dijo, tú 
me has dicho que papá no se despertará mas? — No, hijo 
mío, contestó Magdalena saliendo de su mortal abatimien- 
to. — Y por qué, mamá? añadió el niño. — Porque ha muer- 
to, muerto para siempre! repitió la madre con el acento del 
mas profundo dolor. — Diosmio! muerto!... ha muerto mi 
papá!... Y prorumpió en un arrebato de llanto. 

Magdalena tomó entre sus manos la cabeza del niño, y 
bcsáudola con la mas grande efusión del amor maternal: — 
Eduardo mió! esclamó, ah! si yo pudiera llorar como tú! . . . 
Pero no llores, hijo de mi alma... Dios lo ha querido así... 
Es menester conformarse con su voluntad. 4. Tú eres huér- 
fano, Eduardo, huérfano de padre has perdido tu prin- 
cipal sosten, y yo mi mejor amigo Sin embargo, no es 

esta la sola desgracia que te espera... Eduardo mió... hijo 
de mis entrañas! Tu madre no tardará tal vez en seguir á 
tu desventurado padre. . . y tú. . . tú, ángel mió. . . tú te que- 
darás solo... en el mundo... solo!... Dios mió, tened pie- 
dad de nosotros! Y la pobre mujer, estrechando convulsi- 
vamente contra su seno á la infeliz criatura, cayó desma- 
yada con el niño sobre el cadáver de su marido. 

En aquel momento la puerta, empujada suavemente, se 
abrió, y una mujer vestida de negro con una toca blanca 
penetró en la bohardilla: después se oyeron pasos en la es- 



— ti — 

culera; dos hombres entraron, y á una indicación suya en- 
volvieron en una especie de sábana el cadáver, y llevándo- 
selo consigo desaparecieron. 

-No hay duda, dijo la recien llegada, la infeliz está 
desmayada y he llegado á buena hora para que la separación 
del cadáver de su marido le sea menos dolorosa. Y sacando 
de entre sus brazos al niño, que se había quedado como 
ulunlido y sin poder pronunciar palabra, hizo respirar á 
Magdalena un liquido vivificador que llevaba en un pequeño 
frasco de cristal. — Valor, hermana mía, añadió, cúmplase 
la voluntad del Señor. — Sí, contestó Magdalena con voz 
apagada, cúmplase... vo no pertenezco mas ácste mundo... 
pero mi hijo... mi Eduardo... ¿qué será de él? — Dios lo 
amparará, hermana, confiad en Dios. Valor, Magdalena, 
valor. — Si, valor... Dios... lo amparará... que yo lo vea. .. 
quiero darle el úl ti... mo beso... Eduardo... mío... 

La hermana de la caridad conoció que la vida abando- 
naba á Magdalena, y tomando en seguida al niño en sus 
brazos aproximó su cara á la de la madre, diciéndole: — 
Besa á tu mamá, Eduardo. La inocente criatura echó sus 
tiernos brazos al cuello de su madre y la llenó de besos; 
pero los labios de esta permanecieron inmobles. Magdalena 
había exhalado el último suspiro. 

La hermana de la caridad cubrió el rostro de la difunta, 
y alejando con trabajo á Eduardo de aquella mansión de 
dolor y entregándolo á una vecina, se arrodilló junto al 
lecho y rezó Después fué á cumplir con los últimos debe- 
res que la religión impone para con la humanidad 

Serian como las cuatro de la tarde del siguiente día: e| 
rielo estaba nublado, y soplaba un aire insensible pero seco 
y frío, romo el que saliendo de la fatal garganta del Gua- 



— 13 — 
darrama es causa de la mas terrible enfermedad que afecta 
amenudo la población de Madrid. Los paseos públicos esta- 
ban casi desiertos, y solo en el Prado se veian de cuando 
en cuando algunos earruages ocupados por algunas de las 
mas atrevidas beldades de nuestra aristocracia. Entre ellos 
Labia uno descubierto, en el cual á pesar de ío crudo de) 
dia se paseaba una hermosa dama seguida de un lucido 
acompañamiento. De repente un niño como de seis años de 
edad, burlando sin duda la vigilancia de quien lo tubera 
á su cuidado, se llega presuroso hacia él, y levantando los 
brazos grita con acento desgarrador: 

— Por piedad, señora! llevadme á mis padres; me lian 

separado de ellos amparadme, señora! Y lloraba 

amargamente. La dama, sobrecogida por tan imprevista 
escena, manda al instante detener su carruage, y llamando 
á sí al niño lo toma de la mano, diciéndole con voz ange- 
lical: — No llores, querido mió; dime qué te sucede, qué 
quieres; no tengas miedo, yo te ampararé. — Quiero mis 
padres, repuso el niño. — Y dónde están? quiénes son? pre- 
guntó la dama. — Han muerto y yo quiero ir cou ellos, aña- 
dió el niño llorando cada vez mas fuerte. 

A esta respuesta el semblante de la hermosa dama pali- 
deció y se sonrosó al propio tiempo: su sensible corazón ha- 
bía comprendido toda la desgracia de la inocente criatura, 
y con acento entrecortado por la emoción, y mientras las 
lágrimas asomaban ya en sus hermosos ojos, le dijo:— No 
llores, hijo mió, yo no puedo devolverle tus padres, pero 
desde hoy seré tu madre. Y se lo llevó consigo en el coche. 

Aquella dama era Doña Isabel II de Bordón, á quien 
la Providencia habia destinado para ser la protectora de 
Eduardo. ANA MARÍA. 



— 14 — 
EL DESENGAÑO. 



¡Qué alegre es la sociedad, 
Madre, con cuánto placer 
Brindan allí á la mujer 
Amor y felicidad! 

— Tras el placer escondido 
Está el dolor. Hija mía; 
No hay allí tanta alegría 

Ni amor cuanto lias presumido. 
— Siempre pintada la risa , 
Vi en el rostro de las bellas. 
— Yo sé que ocultaban ellas 
El llanto coq su sonrisa. 
— Las dicen tan dulcemente 
Los mancebos sus amores.... 

— Y áspides bajo esas flores 
Se ocultan traidoramente. 
— Si oyeras tú sus acentos 
Seductores, sus protestas... 
— Palabras, hija, funestas, 
Disimulados tormentos. 

— Madre, como eres anciana 
La sociedad te disgusta, 

— Sé lo que ofrece, y me asusta 
Te parezca tan galana. 

Y la niña descreída 
El consejo desdeñó; 
Pero pronto lamentó 
Su grata ilusión perdida. 

Marchita de su beldad 
La rosa temprana y pura. 
Llorando con amargura 
Maldijo la sociedad. 







— 15 — 

FLORICULTURA. 

¿Qué mujer no es amante de las flores? ¿Cuál no desea 
adornarse con esas preciosas galas de la naturaleza, y em- 
balsamar con su perfume la atmósfera que respira? ¿Qué 
cosa hay mas bella que una flor, con sus vivos colores, con 
sn fragante aroma? ¿Qué mujer al ver una hermosa flor no 
desea poseerla? ¿Y cuál no gusta de cultivarlas? Las flores 
en Gn nos sirven de consuelo en la tristeza, de compañía en 
la soledad, y cuando estamos alegres parece que queremos 
compartir con ellas nuestra felicidad. 

Por eso hemos destinado una sección de nuestro perió- 
dico para hablar de floricultura, y empezaremos hov esta 
grata tarea haciendo algunas observaciones generales, re- 
servando para otros números hablar del cultivo de cada 
planta en particular y de las precauciones que deben to- 
marse según las épocas para el cuidado de todas en ge- 
neral. 

Cuatro reglas generales deberán observarse para que ni 
se pierdan ni se esterilicen. Primera: Gran prudencia y cui- 
dado en el riego, porque lo mismo se pierde una planta por 
el esceso que por la falta de humedad. Segunda: No aglo- 
merar muchas plantas en una sola maceta, porque se crian 
enfermas y raquíticas por la falta de jugo. Tercera: Podar 
y despuntar toda planta que lleve demasiado foílage y lo- 
zanía, pues de lo contrario el mismo vicio la hará perecer 
prematuramente. Cuarta: Cuidar de remover la tierra una 
vez alo menos en cada estación, y en la de invierno sacar 
parte de la ya cansada y reponerla con otra nueva. 

Con estas reglas generales, á que limitamos hoy nues- 
tras observaciones, pueden estar seguras nuestras amables 




suscritoras de que no se les perderá ninguna planta, y con- 
servarán, los balcones adornados con sus hermosos y verdes 
foilagts: concluyendo nosotras recomendáBdoles la buena 
elección de horas para el riego y la buena colocación de las 
mácelas en sus balcones, para que tan inocente entreteni- 
miento no les ocasione disgustos por las molestias y aun 
desgracias que pueden ocurrir por falta de cuidado en am- 
bas cosas. 

r-r » M t l«i 

Hace dos noches que paseándonos por el Prado, tuvimos 
el disgusto de ver á uno de esos jóvenes entre pollos y ga- 
llos i|tic según ellos mismos aseguran son calaveras de buen 
gusto y tienen gastado el corazón) el cual se entretenía ino- 
/centemente en leer una carta de mujer, con el auxilio de un 
farol, á una media docena de individuos tan dignos como 
él, escitando notablemente su hilaridad. 

— Diablo chico, gritaba uno de ellos, sabes que tu ama- 
da es eminentemente trágica! que amor tan romántico, tan 
tremebundo! Si eso enternece y hace llorar á borbotones. 

— Por fuerza su corazón es un mosaico de cabecillas de 
fósforos! decia otro de ellos. 

— Oh! de carbón de piedra! 

— Esa pobre muchacha morirá de combustión espanto- 
sa! aseguraba el primero. 

Nosotras indignadas apretamos el paso y nos alejamos 
de aquel sitio; pero aun oíamos á lo lejos las carcajadas y 
burlas con que se ultrajaban los mas secretos y sagrados 
sentimientos de una mujer, y nos compadecimos de ella. 

Aprendan este ejemplo nuestras candidas hermanas y 
sírvales de general escarmiento. 



MADRID 1831. 

Imprmtn il<- don Jdm> i rnjlllo , hijo, 

r.allc de María Cristina, número S. 



Año I. Domingo 24 de agosto de 1851. Núm. 4 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 



tscrito por una sociedad de Señoras y dedicado á su sexo. 



Este periódico sale todos los domingos; se suscribe en Madrid en las libre- 
rías de Monier y de Cuesta, á 4 rs. al mes; y en provincias 10 rs. por dos 
meses franco de porte, remitiendo una libranza á favor de nuestro impresor, 
ó sellos de franqueo. 



Siguiendo en nuestro propósito, empezaremos hoy ocu- 
pándonos de la educación que recibe la mujer de la clase 
media en nuestra sociedad, esforzándonos en indicar los de- 
fectos de que adolece. 

Aunque imperfecta por su índole y de apariencias mas 
oscuras que la que se dá á la alta clase, es infinitamente me- 
jor en su fondo, y sus resultados son mucho mas lisonjeros: 
' porque educada prácticamente la joven que pertenece á esta 
esfera al lado de la que le dio el ser; ligada mas intima- 
mente á la dulce vida de familia, y sin hallarse rodeada de 
ese lujo fatal, de esa molicie que adormece los sentimientos 
del alma y ahoga los impulsos mas generosos del corazón, 
conserva por lo general ilesa la pura idea de la virtud. 

Pero hemos dicho que esa educación es imperfecta, y 
por desgracia tememos no habernos equivocado. Todo lo 
que se enseña á la juventud de que hablamos, es bueno, es 
conveniente; pero le faltan tantas cosas necesarias que 
aprender! nociones tan sagradas que adquirir para labrar 






su felicidad! La voz de la religión, de la virtud y de la ti- 



lle 



de tarde 



tarde 



giua moral 

la culpa suya por cierto; sino de ese siglo falto de fé, de 
ese sigío superficial, material y tumultuoso, que apaga tan 
santos acentos con el vano ruido de su fastuosa carrera! 

Y ved á esa clase nacida para la virtud, arrebatada por 
el espíritu de ostentación. Vedla descontenta de su suerte, 
siempre ambicionando mentirosa grandeza y lujo: y si mi- 
ráis mas allá, vedla acaso caer en el hondo abismo de la in- 
moralidad y del vicio por querer asir el maulo de esos fata- 
les fantasmas. 

En cuanto á la clase ínfima hablaremos muy lijeramen- 
te de ella, porque vacila nuestra pluma al querer trazar los 
peligros, los males, los sufrimientos que eternamente la ase- 
dian. 

Rodeada cu lu general al nacer de miseria y necesida- 
des, su familia no cuida jamás de enseñarle los mas ligeros 
rudimentos de educación; su alma se forma ante el vivo 
ejemplo del vicio y del mal: su corazón muere antes de la- 
tir, y las palabras deber, religión, virtud, son ecos vanos 
que nunca comprende. Obligada á buscar su subsistencia, 
en vano la reclama de la sociedad en cambio de su trabajo. 
La sociedad no la oye: y si alguna vez la ocupa, solo la re- 
lie una miserable limosna; porque según su opinión el Ira- 
bajo de la mujer no debe ser retribuido! Entonces algunas 
desgraciadas ven delante de sus ojos un fatal camino que 
conduce á la comodidad, á veces al lujo, y. . . 

;Au infeliz de la que nace hermosa!... 
Se arroja sin vacilar al cieno del mas inmundo de los vi- 
rios, y después ¿Os contaré el porvenir que la espera? 

AJO no! Entreguemos al silencio ese horrible v repugnante 




cuadro, y no cesemos de clamar para conseguir el alivio 
de lan horrorosos niales. 

Se continuará. 



CARTA DE CAROLEVA MRILLAC A SU PADRE. 



Por la carta que traducimos del francés, y que á con- 
tinuación insertamos, verán nuestras amables suscritoras á 
qué conduce una pasión amorosa, y cuan fácilmente se 
equivoca la mujer que dando oido á su amor confia ciega- 
mente en el ídolo de su corazón. El hecho que en dicha 
cariase espone esestraño. pero cierto. 

«Al fin, padre mió. mi querido, mi buen padre, pue- 
do escribiros segura de que mi carta llegue á vuestras ma- 
nos. Por fin, después de un forzoso silencio de mas de un 
ano, vuestra pobre Carolina se os puede acercar nueva- 
mente!... Oh! mi único y verdadero amigo! ¿por qué os he 
abandonado? ¡ Ay de mí! el mal colocado afecto que me ar- 
rancó de vuestro lado ha recibido un cruel galardón. Cuan- 
do la última vez os escribí de Genova mi pasión me aluci- 
naba todavía; y ahora, que miro atrás y reflexiono sobre 
varios acontecimientos de mi vida, los veo todos en su ver- 
dadera luz: eran de tal naturaleza que habrían podido in- 
fundir sospechas á cualquiera otra mujer cuya confianza 
no hubiese sido tan ilimitada como la mia, cuyo amor no 
hubiera sido tan vivo como mi amor hacia el hombre á 
quien con orgullo llamaba mi marido! 

El supo con esteriores demostraciones de ternura cau- 
tivarse mi corazón hasta el punto de hacerme rehusar todo 
enlace ventajoso que me proporcionaba vuestra brillante 



posición, y yo pensaba lan solo como él quería, y no veía 
sino con sus ojos! Este amor ciego no me permitía obser- 
var un hecho importante, y era que después de casada uo 
solo no me habia presentado á ninguno de sus parientes, 
sino que tenia el mayor cuidado en no formar nuevas re- 
laciones, evitando hospedarse en las fondas mas concurri- 
das por los estrangeros de categoría, viajando por Italia y 
deteniéndonos muy poco tiempo en las ciudades donde lle- 
gábamos, como para no ser reconocido ó buscado por al- 
guien. Y como que me aseguraba que habríamos acabado 
nuestro giro en Italia visitando el Piamonte, y que una vei 
unida á su familia habría yo necesariamente formado parte 
de la buena sociedad italiana, todo esto me parecía tan na- 
tural, que no se originó en mí la menor sospecha de lo que 
debía sucederme. Asi estaban las cosas cuando subimos á la 
diligencia para abandonar á Florencia. 

Entonces me anunció él su destino á Niza y su idea de 
dirigirse á Genova. De esta ciudad yo os escribí pocas ho- 
ras antes de que nos embarcásemos en el bajel que debía 
conducirnos á Niza. Pero nosotros no debíamos locar en 
esta ciudad. Se navegó muy lejos de ella, y viendo él que 
yo estrañaba esta circunstancia me dijo que el viento era 
contrario y nos empujaba á alia mar. El marco se apoderó 
de mí, sumergiéndome en tal abatimiento que me quedé 
insensible á cuanto sucedía alrededor mío; y cuando des- 
pués de veinte y cuatro horas de martirio pregunté si ha- 
bíamos llegado, se me contestó que el viento seguía con- 
trario. El malestar me habia puesto en un estado entera- 
mente insensible, y creo se me hubiese suministrado un nar- 
cótico, pues no me acuerdo con claridad de los días y de 
las noches que estuvimos navegando. 



— 5 — 

Cuando me desperté de mi letargo me encontré en un 
espacioso pabellón de campaña, tendida sobre riquísimos 
cojines y rodeada de esclavas vestidas segun la costumbre 
de Oriente. Me levanté no sé como, y dirigiéndome ala en- 
trada del pabellón llamé á mi marido; pero nadie me con- 
testó, y un negro que estaba allí de centinela con el sable 
desnudo respetuosamente me hizo volver atrás y me con- 
dujo á sentarme de nuevo en los cojines que habia abando- 
nado: en esto sin embargo pude conocer, por lo que al 
vuelo vi, que estábamos en un campamento y que no se 
veía el mar por ningún lado. A mis preguntas, á mi llanto, 
á mis gritos nada se me contestó; pero una terrible esplica- 
cion del enigma me fué dada por el negro, que al cabo de 
un rato me presentó una carta en cuya letra reconocí al 
momento la de mi marido, y que ponia en el sobre: A la 
señorita Maullad Hela aquí sin comentos, mi querido pa- 
dre, pues su contenido es demasiado claro para necesi- 
tarlos: 

«Cuando recibáis esta carta estaré demasiado lejos de 
vos y os será imposible comprender el idioma de las perso- 
nas que os rodean; por esto es menester que os dé algunas 
esplicaciones acerca de vuestra actual situación. Tenéis ta- 
lento bastante para comprender cuál es vuestro estado, y 
no dudo que aceptareis gustosa el porvenir que os be pre- 
parado. 

"Para empezar á familiarizaros con vuestro destino os 
diré antes de todo que no sois mi esposa, porque yo estoy 
casado hace cuatro años y tengo esposa é hijos en mi tierra, 
que no es ni Francia niPiamonte; y la pasión que os he 
manifestado es una solemne mentira. Yo amaba á vuestra 
madre y me declaré á vos á fin de dar un colorido á mis 



frecuentes visitas eu vuestra casa, y vos caísteis en mis' la- 
zos. Pero ella, á quien le descubrí mi amor, me desechó 
con desden, amenazándome además con que, si no la libra^ 
ba de mi presencia, avisaría a su marido de lo que ella lla- 
maba mi presuntuosa insolencia. Yo obedecí, y me marché 
con la venganza en el corazón. 

«Poco os importa saber en donde estuve hasta mi nue- 
va aparición en Aulevil. Todos los papeles que yo presente 
ai general Marillac. vuestro padre eran documentos falsos; 
mis propiedades una mentira; nuestro casamiento era fingi- 
do. Solo era verdad la fortuna de vuestra madre que me 
confiasteis, y que me ha proporcionado el gusto de pasar 
algunos meses en compañía de una de las mas hermosas y 
seductoras mujeres de Francia. 

«Sois ahora propiedad del emperador de Marruecos, el 
mas amable de los príncipes musulmanes, al cual os lie ven- 
dido por una cantidad equivalente á vuestra hermosura y 
mérito. No es la primera vez que he podido ser útil al em- 
perador de este modo. Pero hacia tiempo que el ilustre 
Abderahman deseaba una hermosura europea para su ha- 
rem, y vos me habéis puesto en el caso de poder satisfacer 
este su ardiente deseo. Si tenéis prudencia y sabéis condu- 
ciros para con vuestro señor, y le profesáis la mitad del 
cariño que me habéis tenido á mi, os aseguro que seréis su 
primera favorita, haréis cabeza de su imperial serrallo y 
vuestros hijos serán príncipes de la sangre real de Marrue- 
cos; pero si os oponéis á sus deseos Abderahman sabrá cas- 
tigaros. 

"Os digo todo esto para que podáis conformaros con 
vuestro destino, puesto que cualquiera intentona de fuga 
os será imposible. Y dado que os podáis íugír, ¿á dóade 









iríais? ¿quién os recibiría en Francia? Carolina Marillac, 
que ha vivido seis meses con un hombre casado y que ade- 
más era un judío, y que después se ha fugado de un harem, 
no encontrará en Europa quien la acoja, mas que fuese su 
propio padre. No esperéis que él pueda pedirme cuenla de 
vuestra dote ó vengarse de mí, porque nunca sabrá donde 
buscarme ni encontrarme, pues mi solo cuidado en esta mi 
candida y franca declaración ha sido ocultaros en qué parle 
del orbe he nacido. En el imperio de Marruecos se me co- 
noce con el nombre de Aron Ben Ishmael, mercader respe- 
table. 

«Mostraos pues una heroina, aceptad lo que la Provi- 
dencia os envia y sed agradecida á (firmado,, ^Irom lien Ish- 
mael. .. alias, Manuel Pernetly.» 

(Se continuará.; 
ANA MARÍA. 






I5H^<« 

MUJERES CÉLEBRES. 



DOÑA MARÍA PACHECO. 



No siempre la debilidad y la impotencia han sido el pa- 
trimonio de nuestro sexo. También se han albergado algu- 
na vez el valor y el entusiasmo en el corazón de la mujer;. 
también ha palpitado su seno bajo la guerrera cota, y se ha 
alegrado su oido con el clarin de las batallas: y asi como 
las plantas crecen mas lozanamente en la tierra virgen, así. 
esos nobles instintos, que solo pertenecen al hombre, son 
llevados hasta la heroicidad cuando nuestra débil naturale- 
za se apodera de ellos. 



— 8 — 

Mil ejemplos de esta verdad ñus ufrece la historia desde 
muy antiguo, v no es España la que menos puede gloriarse 
de haber engendrado alentadas y valerosísimas mujeres. 

Distingüese entre ellas la muy celebre señora doña Ma- 
ría Pacheco, viuda del infortunado comunero Juan de Pa- 
dilla; pero su fama seria ma\or y mas duradera si en sus 
hechos no apareciese alguna mancha de vengativa crueldad. 

Nació esta señora Inicia los fines del siglo XV, y nada 
de interesante ofrecen los primeros años de su juventud: 
pero desde que entregó su mano al bizarro defensor de la 
Santa Liga se dio á conocer por sus singulares talentos y 
por la exaltación de sus ideas políticas. Nunca sin embargo 
hubiera sido tan halagado su nombre por el aura popular, 
si el infortunado suceso de Villalar y la trágica muerte de 
Padilla no hubieran puesto en movimiento sus enérgicas 
pasiones. 

Doña María amaba en estremo á su esposo, y grande, 
inmenso debió ser el dolor que recibiera cuando leyó la 
carta que el desgraciado le dirigió desde la capilla, poca» 
horas antes de morir: ¡aquella notable carta en que tan 
bien espresada está la grandiosidad de ideas y sentimiento» 
del noble caudillo, que tanta ternura respira; y en la que se 
leen los siguientes párrafos! 

«Quisiera tener mas espacio en que escribiros algunas 
cosas para vuestro consuelo; pero ni á mi me le dan los 
verdugos, ni yo pretendo que haya dilación en recibir la 
corona que espero. Vos, señora, como cuerda llorad vues- 
tra desdicha y la de la patria, y no mi muerte, que siendo 
ella como es, de nadie debe ser llorada. Mi ánima (pues otra 
cosa no tengo) dejo en vuestras manos. Vos, señora, haced 
de ella como con la cosa que mas os quiso en el mundo!» 



i 



- 9 — 

Los ojos Je doña María permanecieron enjutos al leer 
esas sublimes y sentidas palabras, pero asomó por ellos ef 
fuego de la venganza, de esa horrible pasión que acababa 
de apoderarse de su pecho, y que debia ser el ardiente, e\ 
esclusivo anhelo de su futura existencia. 

La ciudad de Toledo era la única que, animada por el 
obispo de Zamora, persistía en la defensa de la causa santa. 
Numerosas tropas reales se aproximaban á sus muros, y era 
una loca temeridad tratar de oponerse al enorme poder de 
Carlos V. En situación tan crítica tomó doña María el man- 
do de la ciudad, se apoderó del alcázar y mandó degollar a 
tos dos hermanos Aguirre porque habían retardado la en- 
trega á los comuneros de ciertas cantidades que por su 
eonducto se les habían remitido. 

Con una prodigiosa actividad agitó doña María el es- 
píritu de las comunidades, y al ponerse al frente de los to- 
ledanos les arengó apasionadamente, escitándolos á un;i 
desesperada resistencia, y pintando con sombríos colores 
el aciago porvenir que de no hacerlo les esperaba. 

Reanimados los comuneros con sus enérgicas palabras, 
hicieron una salida; y mostrando un valor prodigioso arro- 
llaron á las tropas del rey, que mandaba don Antonio de 
Zúñiga, hasta Yepes y Ocaña; quemando los pueblos de 
Villarica y Villaluenga, y talando infinidad de posesiones. 
La lucha no obstante era muy desigual y debia terminar en 
breve. 

Reforzado el ejército de Zúñiga, volvió á estrechar el 
sitio; y habiendo perdido los sitiados en una salida que in- 
tentaron 1 300 hombres, se vieron precisados á capitular, 
desanimados y faltos de aliciente. Cuentan algunos histo- 
riadores que durante este sitio, y hallándose doña María. 



— 10 — 
exhausta de recursos los reclamó de los canónigos, quienes 
los negaron; pero impulsada por su carácter violento los 
encerró en la sala capitular, y al cabo de tres dias, acosa- 
dos por el hambre, ofrecieron 600 marcos de plata. 

Doña María se negó resueltamente á toda transacción; 
se guareció en el alcázar y lo defendió valerosamente hasta 
que fué tomado por las tropas reales. Entonces se retiró á 
su casa á continuar su resistencia; pero per fin se vio obli- 
gada á emprender la fuga, y la logró felizmente marchando 
á Portugal disfrazada de aldeana. 

Residió algún tiempo en Braga, donde se sostenía á es- 
pensus del arzobispo, y después se trasladó á Oporto, donde 
murió de miseria en 1 322. ¡En todos tiempos ha sido la 
desgracia inseparable compañera de las almas grandes y de 
los talentos privilegiados! 

Dejó dispuesto que la enterrasen al lado de su marido; 
pero lo fué en la Seo de Oporto, leyéndose sobre su tumba 
el siguiente epitafio: 

De su esposo Padilla vengadora, 

Honor del sexo, yace aquí enterrada: 

Muriendo en proscripción se vio privada 

De. ir cual quiso á la tumba de su esposo; 

Pero Sonsa y Ficorhoo, sus criados, 

Le procuraron sepulcral reposo. 

Luego que el cuerpo consumido fuere. 

Bajo una losa deben verse unidos 

Los restos de consortes tap queridos. 

JULIA. 

Nos pregunta cierto cofrade por qué causa van adquir- 






-11- 

riendo las mujeres uso y propiedad sobre ciertos trages que 
solo pertenecen al sexo fuerte, tales como pantalones, capo- 
tas, corbatas, sombreros, botas y gabanes: y aun cuando 
nosotras negamos desde luego la existencia de ese ataque 
á la guardaropia varonil, que tanto aterrorizan nuestro co- 
lega, nos proponemos sin embargo satisfacer sus Juilas 

Cuando él mismo nos esplique 

por qué con fiera ballena 

su humanidad pone en pena 

tanto doncel alfeñique: 

por qué una semana entera, 

sin que su paciencia acabe, 

pasa el otro varón grave 

en rizar su cabellera: 

por qué de su rostro enjuto 

el muerto color profana; 

por qué su cabeza cana 

viste de color del luto; 
y por qué en fin, ciertos bravos descendientes de Pelayo. 
del Cid y del gran Capitán, no solo han perdido la fiereza 
de sus antepasados, sino que dan tormento á su imaginación 
á fin de apropiarse las costumbres y basta Tas acciones y 
maneras que siempre han distinguido á nuestro sexo. 

POESÍAS. 



I 

Ya bajan las sombras, ya llega la noche. 
De triste campana lo anuncia el clamor: 



— 12 — 
Espera á los fieles la ermita del valle; 
Ven, hija, y al cielo suba nuestra voz. 

¿No escuchas el canto del ave escondida 
Allá en la ramada del verde jardín? 
¿No oyes de la fuente el tierno murmullo 
Con que se despide del prado al huir? 

¿No ves á la luna clavada en el cielo, 
Vertiendo torrentes de pálida luz? 
¿No ves las estrellas que tristes vacilan 

Y bellas tachonan la bóveda azul? 

Pues aves y fuente, y luna y estrellas 

Con sabio lenguaje adoran á Dios 

Ven, bija, lleguemos al templo del valle, 

Y al rey de los cielos suba nuestra voz. 

ROSA. 



Por una verde campiña 
Hacia la pradera hermosa 
En busca va de una rosa 
Llena de gozo una niña. 
_ 

Sin que apenas siente el pié 
Sóbrenla arena, ligera 
Corre y llega á la pradera, 
Y entre mil rosas se ve. 



— 13 — 
Tu Jas, y á cual mas lozana, 
Muestran llenas de rocío 
Las hojas que al soplo impío 
Del cierzo caerán mañana! 

La niña con gran placer 
Contempla el paisage muda, 
Y entre tantas flores duda 
Sin saber cuál escoger. 

Cuando, mecida al arrullo 
De la brisa, ve una rosa 
Que acariciaba amorosa 
Al mas gallardo capullo. 

No produjo otro primor 
Tan bello jamás natura: 

A besarla se apresura 

Y ay! se deshoja la flor. 

Y suspirando, « ¡ay de mí! • 
Esclama la pobre rosa; 
«Porque nací tan hermosa 
«Tan desventurada fui!» 

A su acento una mirada 
Llena de angustia y dolor 
Fija la niña en la flor 
Por el suelo deshojada. 

Y al contemplar sus despojo» 



• u- 

Tan cruel es su congoja. 
Que le arranca cada hoja 
Una lacrima ¡i sus ojos. 

Y al ¡r á sallar ligera 
Un arroyo sosegado 
Ve en el agua relralado 
Su rostro cuan bello era. 



Y • ¡ay de mí!» la triste queja 
Recordando de la rosa. 
Dice al verse tan herniosa; 
«jAj de mil» y huye — y so aleja! 
HESPERIA. 



I y 

¡iPOBRE JOVEN!! 

Nos inspira esta esclamacion la fatal ocurrencia acae- 
cida ha poco en San Sebastian, y de la cual se han ocupa- 
do todos nuestros colegas masculinos. 

Parece que una joven de la población, muy conocida 
por su belleza, se encontraba en un baile hace algunas no- 
ches. Un caballero la solicitó por pareja y ellá'dcsgraciada- 
mente accedió; pero apenas habia dado la orquesta la señal 
de movimiento, cuando un militar joven también se lanzó 
furioso sobre la desventurada y hundió un puñal en su co- 
razón, dejándola muerta en el acto. Can inesperada catás- 
trofe llenó de confusión \ espanto i\ iodos los concurrentes, 
el que después, como era natural, 1 se ha difundido por toda 
la población. 

La mano del matador fue guiada por la violenta pasión 



— 15 — 

de los celos, pues amaba apasionadamente á su víctima y se 
hallaba en relaciones con ella. Desvanecido el loco frenesí 
que le indujo al crimen, dicen que se halla inconsolable y 
que sin cesar evoca coníra sí toda la severidad de la lev. 

Estéril y tardío arrepentimiento, que ya no arrancará 
de la tumba, á la que tan temprano ha bajado á ella, ni en- 
jugará las lágrimas de una familia desolada! 

«Las mujeres v los niños lloran, los hombres matan» 
ha dicho un célebre novelista francés. Y en efecto ¿qué es 
la débil mujer cuando se halla envuelta en el terrible torbe- 
llino de las pasiones? ¿qué es ante el hombre, á quien las 
mismas enloquecen, pero que le prestan fuerza en su locu- 
ra? Nada! Un frágil juguete en manos de un niño: un pe- 
dazo de cera delante del fuego. 

Por eso las jóvenes deben huir horrorizadas de ese fa- 
tal torbellino! Por eso sus madres, á quienes alumbra la luz 
de la esperiencia, deben servir de guia perenne á sus ines- 
pertas hijas, si no quieren que llegue un dia en que acaso 
tengan que lamentar una desgracia tan terrible como la que 
hoy nos afecta. 



Leemos en los periódicos de esta corte: 

Cada dia llega á nuestros oidos un nuevo rasgo de los ge- 
nerosos sentimientos que abriga el corazón de la augusta se- 
ñora que para dicha y gloria del pueblo español se sienta en 
su trono. Hasta en las cosas mas insignificantes se conoce su 
magnanimidad y su clemencia. Un pobre inválido, de los del 
cuartel de Atocha, llamado J. B. , recibió hace pocos dias un 
hermoso cordero blanco, que como recuerdo de su cariño le 
enviaba su anciana madre, criado por ella misma en su lu- 
gar. Al recibirlo concibió el pensamiento de ofrecerlo á S. M.. 
en prueba de su gratitud por haberle dispensado la gracia de 
acogerle en aquel piadoso establecimiento, y con él se dirigió 



— 16 — 

á Palacio, cuyas escaleras parece que los ceutinelas se llega- 
ban á permitirle que subiese. Instó mucho, y logró al fin lle- 
gar á la antecámara, donde como es consiguiente halló une- 
Tos obstáculos; pero enterado del caso nn gentil-hombre que 
estaba de guardia á la sazón, lo hizo presente á S. M., que ha- 
abiéndolc mandado entrar al instante, le recibió con su acos- 
tumbrada amabilidad, dignándose aceptar el obsequio que le 
hacia. Cuando el agradecido inválido, lleno de gozo y profun- 
damente conmovido con las dulces palabras de cariño, cru- 
zaba para marcharse la antecámara, se acercó á él uno de los 
dependientes de Palacio, que en nombre de S. M. puso en 
sus manos mil reales. 

El antiguo militar, arrasados los ojos de lágrimas, bende- 
cía el nombre de S. M., que así aliviaba la pobreza de su an- 
ciana madre, á quien envió acto continuo la cantidad que de 
tan augustas manos acababa de recibir. 

FLORICULTURA. 

LA DALIA. 

Esta lindísima flor fue descubierta en Méjico en el año 
de 1789 por el barón de Humbold, quien remitió algunas 
maestras al jardin botánico de Madrid, y de este se repar- 
tieron á toda Europa. Se descuidó mucho en un principio 
el cultivo de esta hermosa gala de la naturaleza, y fueron 
muv escasos los adelantos que se hicieron en su educación; 
pero recientemente ha adquirido una grande importancia 
en la jardinería, merced á la belleza de sus colores y i lo 
variado de su especie. 

La dalia se desarrolla y crece ventajosamente cuando se 
planta en tierra arenosa prudentemente abonada. Es amiga 
de las auras suaves y de los climas templados; pero vegeta 
muy penosamente en los frios países del norte. Hoy abun- 
da mucho en los jardinesde Madrid, y aconsejamos á nues- 
tras lectoras la cultiven con preferencia á otras flores, rin- 
diendo tríbulo á su singular hermosura. 

MADRID Í85Í 

Imprenta de «Ion Jone Trujlllu , hijo, 

Calle de María Cristina, número 8. 






LA MUJER, 

APERIÓDICO 

escrito por una sociedad de Señoras y dedicado á so sexo. 



Este periódico sale todos los domingos; se suscribe en Madrid en las libre- 
rías de Monicr y de Cuesta, á 4 rs. al mes; y en provincias 10 rs. por dos 
meses franco de porte, remitien .'o una libranza á fayor de nuestro impresor, 
ó sellos de franqueo. 



A NUESTRAS SUSCRITORAS* 

Agradecidas las rodadoras de La Mujer á la favorable 
acogida que el bello sexo ha dispensado á su periódico, no 
solamente con un número bástanle considerable de suscri- 
ciones y en cuya lista tienen la alta honra de hallar los au- 
gustos nombres de SS. MSI., sino prestándose además 
ya á contribuir con sus trabajos literarios al mejor éxito de 
la publicación, ya también á servirles de corresponsales en 
diversos puntos de las provincias, encargándose de dar cir- 
culación á los prospectos y de recoger suscriciooes, agrade- 
cidas, repetimos, á tantos favores y distinciones y deseosas 
de manifestar su profundo reconocimiento, en cuanto sus 
recursos lo permitan, han acordado hacer de tiempo en 
tiempo á sus suscritoras algunos regalitos, empezando por 
darles pata mediado de setiembre una elegante litografía. 



— 2 — 

Bosquejada aunque muy ligeramente en los números 
anteriores la educación que la mujer recibe en las diferentes 
clases de la sociedad, y espueslas las fallas de que adolece, 
réstanos indicar cuáles son sus obligaciones, para después 
deducir qué es lo que debe enseñársele si ha de dar cumpli- 
miento á las obligaciones que contrae con la sociedad, con 
su familia y consigo misma. 

' Siguiendo el mismo orden que hasta aquí hemos llevado, 
nos ocuparemos primero de la mujer de alta clase; de esa 
mujer que mora en los palacios rodeada de todo el fausto 
de la riqueza, y que cual una reina solamente se ocupa en 
recibir los homenages de la pequeña corte que diariamente 
y á toda hora la rodea para pagarle el tributo de la mas re- 
finada adulación. 

¡Oh! qué graves son las obligaciones de la mujer colo- 
cada en esa alta posición, ya la haya llevado á ella en sus 
alas la fortuna, ya la deba á una serie no interrumpida de 
Ilustres y poderosos ascendientes; ¡qué grave error el suyo 
si por acaso se juzga, como ordinariamente sucede, dcsii- 
nada únicamente á apurar todos los goces que inventara la 
molicie, á discurrir nuevos y difíciles caprichos que satis- 
facer, y á imponer sus eslravagantes leyes al cortejo que 
la cerca! 

Esas riquezas que llama suyas y que incesantemente 
prodiga, solo debian pasar por sus manos para aliviar las 
penas de sus hermanas indigentes, do sus hermanas sí, por 
que hermanas suyas son la infeliz mendiga cubierta de ha- 
rapos que demanda el sustento á la puerta de su palacio, y 
la mujer perdida que allá en su inmundo cubil es un ana- 
tema vivo de la que derramando locamente sus riquezas no 
dedicó un átomo de ellas para impedir que cayese en tan 



— 3 — 
hediondo abismo cuando era tiempo, ni después para arran- 
carla de él. Vuestras hermanas son, grandes señoras, por 
mas que la idea os haga estremecer; vuestras hermanas á 
quienes debéis de obligación parte de vuestras riquezas; 
vuestras hermanas que os acusarán implacablemente el dia 
de la justicia y de la espiacion. 

Vosotras, grandes señoras, ignoráis que en esa socie- 
dad donde vivís existe tanta miseria y tanta degradación; 
vosotras rodeadas del fausto y de la abundancia ignoráis 
que al lado quizá de vuestra casa mueren de miseria mu- 
jeres tan dignas como vosotras, ó se hunden en el cieno 
del vicio por no morir de hambre jóvenes tan bellas como 
vosotras; ignoráis que hay niños que mueren de necesidad 
por encontrar seco el seno de su madre infeliz, esposos que 
se entregan al crimen por no hallar otro medio de dar pan 
á sus hijos; ignoráis que bajo esa sociedad brillante que 
aparece á vuestros ojos se ocultan tantos males, y que la 
Providencia puso en vuestras manos esos tesoros, no para 
disiparlos inútilmente, sino para aliviar con ellos tanta pe- 
na, tanto dolor. 

Oh! temblad, grandes señoras, temblad pues han de 
caer sobre vuestra cabeza todos los males que pudisteis 
evitar con vuestro oro y no evitasteis; temblad por la in- 
mensa responsabilidad que contraéis; pero no, no es toda 
la culpa vuestra; los que os rodean y procuran hacer mas 
densa la venda que cubre vuestros ojos, los que os educa- 
ron descuidando enseñaros lo grande de las obligaciones 
que contraíais siendo ricas y poderosas, y apagando quizá 
los gérmenes de bondad que abrigaba vuestro corazón, los 
que adulan vuestros caprichos y estravian vuestra razón, 
son los verdaderos responsables de vuestras faltas. 



— » — 

¿Sabéis lo que debéis ú la sociedad que os acata y os 
respeta cuando aparecéis en medio de ella? Pues le debéis 
un respeto igual al que os concede, que ti ¡bulareis no os- 
tentando esa profusión, ese boato que es un escarnio délas 
desgracias y la miseria que la aquejan; le debéis mas, le 
debéis parte de vuestras riquezas, que estáis obligadas á 
consagrar para aliviar las desgracias de las familias infelices 
que pueblan esa sociedad; le debéis además ejemplos de 
virtudes y bondad, pues por lo mismo que la sociedad vé 
en vosotras personas á quienes la Providencia colmó de 
beneGcios, justo es que vea también que estáis colmadas de 
virtudes. 

Debéis á vuestra familia también grandes obligaciones: 
la primera establecer el orden en vuestra casa para e\ilar 
la prodigalidad, pues todc lo inútilmente gastado se lo de- 
fraudáis á los menesterosos; debéis educar ¡i vuestros lujos 
en las máximas de virtud y religión, para que después sean 
los verdaderos padres de los pobres y apoyo de los desgra- 
ciados; debéis á vuestros esposos la felicidad que podéis 
prestarles y que no les proporcionarán seguramente vues- 
tras disipaciones, vuestros triunfos, ni vuestros devaneos. 
Y en fin os debéis á vosotras mismas todo el decoro que lia 
de rodear á una alta señora, toda la virtud con que lia de 
corresponder á la clase á que pertenece, ó á la ilustre familia 
de que procede. Y por último debéis ser (an vigilantes de 
vosotras mismas como que tenéis siempre cien miradas fijas 
sobre vuestras menores acciones, para imitarlas si son bue- 
nas, para escarneceros si son malas. 

Ejemplos, aunque no muchos por desgracia, tenéis que 
imitar; nobles damas honran nuestra nobleza, distinguidas 
matronas hay entre las elevadas por la fortuna que son de- 



— 3 — 
chado de virludes, y se hallan consagradas á cumplir dig- 
namente la misión que la Providencia les cometió; sus nom- 
bres ya figuran al frente de establecimientos benéficos, ya 
asociados á todas las nobles acciones que llevan por fin el 
alivio de la humanidad, son el mas bello timbre de nuestra 
sociedad. Imitadlas vosotras las que os halláis en posición 
ue hacerlo; imitadlas y cumpliréis con los deberes de vues- 
tra suerte; y las hendiciones del cielo y de la tierra lloverán 
sobre vosotras. 






En la Esperanza del lunes 2o hemos visto trasladado 
un artículo, que al Ancora de Barcelona dirije un su cor- 
responsal de Lérida, el cual la emprende con el prospecto 
de nuestra publicación, como una de las tres que redacta- 
das por mujeres se han anunciado de poco acá. 

El'bueno del corresponsal del ,-liicora, se horripila y se 
espeluzna al ver llegado el tiempo en que, al decir suyo, 
se hacen los mas insensatos esfuerzos para pervertir el uso 
de la razón; y entre apostrofes al orgullo de la mujer y la- 
mentaciones porque queremos esclavizar al hombre para 
despreciarlo luego; y después de asegurar que no sabemos 
uu mole de las grandes verdades que contienen los sagrados 
libros, y de llamarnos filósofas despreocupadas, dá en nom- 
bre de la religión el alerta á las buenas señoras, para que 
no se hagan nuestras cómplices, encomendándolas que mas 
que sahages amazonas feorno sin duda debemos ser noso- 
tras) quieran ser dóciles Esteres para honrar á su sexo, que 
en nada puede perder mas de sus gracias que en la desen- 
voltura y en la irreligión. 

Seguramente no nos ocuparíamos del delirante remití- 



— « — 

do del corresponsal del Ancora, que debe ser victima dp 
alguna picara filósofa despreocupada, que después de es- 
clavizarle le habrá despreciado dejándole por ende perver- 
tido el uso de la razón; si no le viésemos trasladado á la£ 
columnas déla Esperanza, por lo cual no podemos escu- 
sarnos de contestarle. 

Confesamos sinceramente que nos ha sorprendido sobre 
manera que un periódico tan celoso por euaulo tiende á 
la corrección de las costumbres, y al triunfo completo de 
nuestra santa religión, acoja tan sin examen un remitido 
en que á nombre de la religión sé desacredita, se calumnia 
y se difunde la alarma contra una publicación cuya prin- 
cipal tendencia es procurar la mejora de la educación de 
nuestro sexo, haciéndola basar principal y esclusivamenle 
en las ideas religiosas y en las máximas de moral mas rí- 
gidas y mas firmes, ¿lian leído los números de nuestro pe- 
riódico publicados hasta hoy? Si los han leido ¿por qué nos 
calumnian? Si no los han leido ¿por qué noscondenan? Qué 
religión es esa en cuyo nombre hablan, que tanto dista de 
la religión cristiana cuya primera virtud es la caridad? 

¿Será acaso el promover esa alarma contra nuestro pe- 
riódico porque lo redactan mujeres? ¿Desde cuando pues 
ha sido patrimonio esclusivo de los hombres el predicar la 
verdad? ¿desde cuando el presentar los males y pedir su 
corrección? Si ellos, los hombres, que podían, que debían 
pensar en la educación general y en la particular de nues- 
tro sexo, adoptando los medios de corregir los males de 
que adolece, lo descuidan completamente, entregados como 
se hallan á ese infierno de la política que absorbe todos sus 
sentidos y potencias, ¿quién estragará que conociendo nos- 
otras por esperiencia la intensidad de ese mal, que hace | a 






desgracia- de la mujer en todos los estados de la vida social, 
nos alcemos para que el mal sea corregido y la mujer sepa 
ser buena y llegue á ser feliz? ¿Quién? Esos hombres que 
invocan lo mas augusto que se abriga en el alma del hom- 
bre para usarla como arma contra nuestra humilde pero 
bien intencionada publicación, solamente porque es obra de 
mujeres. ¿Acaso la predicación de la Magdalena fué menos 
fructuosa por salir de boca de una mujer? ¿Tienen menos 
unción, menos santidad las obras de Santa Teresa que las 
de otros Santos Padres, por ser escritas por una mujer? 
¿Distingue Dios la oración que se eleva hasta su trono¿ es- 
timando en menos la que procede del alma de una mujer? 

Pero á qué molestarnos si no ha de entendernos el que 
echa mano de lo mas grande que el hombre abriga en su 
alma, de la religión, para combatirnos; de esa religión cu- 
ya principal virtud es la caridad; de esa religión cuyo pri- 
mer precepto, según repelía San Juan el discípulo amado 
á los primeros cristianos, es amarse unos á otros. A esto 
es preciso callar y que el público juzgue. 

Pero ya que no al corresponsal del Ancora, á la Espe- 
ranza sí y á los demás periódicos ilustrados que conocen es 
una necesidad imprescindible la corrección de las costum- 
bres, y cuanta es la influencia que en ellas ejerce la mujer, 
les rogamos apoyen nuestra sana intención coadyuvando al 
santo fin que nos hemos propuesto. Seremos chasqueadas, 
como suelen serlo muchas de las que confian en los hom- 
bres? 

JACOB A. 



-8- 

CARTA DE CAROLLYA MAR1LLAC A SC PADRE. 






(Coiitliinacioit.) 

Esta es la carta que recibí, mi querido padre. Yo tiem- 
blo todavía al copiarla. Es imposible deciros qué diversas 
sensaciones produjo su lectura en mi corazón. Solo me 
acuerdo que caí desmayada como herida de un rajo: una 
gran revolución debió verificarse en mí, y la calentura y el 
delirio no tuvieron sin duda la menor parte, pues no me 
acuerdo absolutamente de nada. 

Un dia en que empecé á, reconocerme á mí misma, cuar 
si despertara de nn largo sueño, me hallé tendida sobre un 
lecho en el mismo pabellón, estando á mi lado una anciana 
que me velaba. Me sentia demasiado débil para levantar hi 
cabeza del cojin y hacer resistencia, cuando poco después 
me pusieron en una especie de camilla cerrada por corti- 
nas toda alrededor. Viajé así por muchos dias en un com- 
pleto estado de postración mental y corporal, descansando 
por la noche en un pabellón, sin ver otras personas que la 
indicada anciana y el negro eunuco, que me ponía y saca- 
ba de la camilla. Finalmente llegó el término de nuestro 
viaje, y me depositaron en nna espaciosa cámara morisca. 
Entonces comprendí que me encontraba en el real harem 
de Fez, y sin ninguna esperanza de poder salir de allí. 
Yo estaba hecha un esqueleto, incapaz de sostenerme en 
pié ó moverme sin que alguno me ayudase; no estaba en 
disposición de ser vista por el dueño que me compró, y por 
este motivo se me dejó tranquila. 

La anciana me visitaba dos veces al dia. Hasta entonces 
babia guardado un riguroso silencio conmigo, y á los es- 
fuerzos que yo hacia para hacerne comprender me había 



_ 9 — 

contestado siempre poniéndose el dedo índice delante de ios 
labios, indicándome así que me callara; pero un dia, con- 
movida por mi dolor, me dirigió algunas palabras en idio- 
ma francés, que es una corrupción del español que hablan 
los judíos de Berbería, y merced á las lecciones que de la 
lengua española babia lomado de vos, pude comprenderla 
en parte y establecer con ella alguna comunicación. Supe 
que era una judía, y que era la que tenia cuidado de las 
mujeres del harem: pude saber también que el emperador 
habia ido hacia las fronteras del imperio á una cita que te- 
nia con Abd-el-Kader, y que le habia mandado que hicie- 
ra todo lo posible para que a su vuelta me encontrase en- 
teramente restablecida de mi salud. Pero Dios, que protege 
la inocencia y ampara á los desgraciados, quiso en su in- 
mensa bondad alejar el golpe que me amenazaba, envián- 
dome un castigo que me salvó de la deshonra, peor todavía 
que la muerte. Durante la ausencia del emperador se de- 
clararon las viruelas en el interior del palacio, atacando con 
una rapidez espantosa á cuantos habitaban en él, y la vís- 
pera de la llegada de mi señor á Fez fui atacada de la cruel 
enfermedad. Cosa eslrana! el mal no me mató: las demás 
mujeres del harem, que vivían felices y contentas y se glo- 
riaban de su suerte, perecieron miserablemente; pero en 
mí el principio vital era tan fuerte que salí vencedora del 
mal, deplorando que la naturaleza me hubiese dotado de 
un físico capaz de resistir aquella enfermedad y lo inmenso 
de mi dolor. Sin embargo mi rostro se quedó algo desfigu- 
rado y descolorido, y deberán pasar todavía algunos meses 
antes que vuelva á tomar su natural apariencia. 

Padre mió , os juro que me contemplaba con gusto 
en el espejo, porque esta momentánea deformidad me 



— 10 — 
servia de egida en una posterior degradación! 

Puesto que eslaba condenada á vivir, aproveché los 
intervalos de tiempo que me concedía mi enfermedad eu 
cautivarme el ánimo de la judia. Ella era una buena mujer, 
y cuando le conté que se me Labia hecho una tan bárbara 
traición todas sus simpatías fueron para mí. Pero ella, co- 
mo la mayoría de su raza, se hacia espugnahle mas fácil- 
mente por el lado de la avaricia que por pl do los buenos 
sentimientos. Esto sabiendo, le prometí una gran recom- 
pensa si encontraba un medio para libertarme; y aunque 
incapaz de comprender que la tierra ofrece condiciones mas 
envidiables y sublimes que la de una favorita del solían de 
Marruecos, ella sin embargo me prometió sorvirme apenas 
se presentara una ocasión oportuna. En Fez no habia es- 
peranza de que se presentase la menor oportunidad, puesto 
que no hay cónsules, y solo en Tánger es en donde están 
establecidos los consulados de las naciones europeas. Siu 
embargo me mantuvo su palabra. 

Un dia vino á decirme que había llegado una caravana 
de mercaderes procedente de Timbuctoo, y que entre los 
viajeros se encontraba un hermano suyo que debia ir á 
Tánger para atravesar el estrecho de Gibraltar por asuntos 
de comercio; que si yo queria escribir al cónsul francés en 
Tánger mi carta llegaría con la mayor seguridad á manos 
del cónsul por medio de su hermano. Acepté al momento, 
y habiéndome ella misma proporcionado lo necesario para 
escribir hice al cónsul de Tánger una Gel esposicion de mi 
desgracia, rogándole viniera pronto en mi socorro. 

Ali ! querido padre mió, no podéis imaginaros cómo mi 
corazón se entregó á la esperanza después que la anciana 
judía me dijo que habia entregado mi carta á su herma- 



— ti- 
no, y que este le habia asegurado que el cónsul francés ía 
recibiría al momento que la caravana hubiese tocado en 
Tánger. Me parecía ya verme reclamada por el cónsul- y 
puesta en sus manos; abandonar á Fez y viajar con él hacia 
Tánger; dirigirme después á Marsella, pasar á París y — 
precipitarme entre vuestros brazos!.. Pero el tiempo pasa- 
ba y ningún resultado habia producido mi carta. Yo no to- 
maba en consideración la gran distancia que media entre 
Fez y Tánger y la lentitud con que se viaja por aquellas 
países. Empecé á desconfiar de la fidelidad de mi encarga- 
do y de la misma judía; y falta de toda esperanza, la deses- 
peración iba casi apoderándose de mí , cuando una noche 
la judía vino á anunciarme que el cónsul francés residente 
en Tánger acababa de hacer su pública entrada en Fez. 

5e continuará. 
ANA MARÍA. 



UN MES EIV LA ALDEA. 

(COXIISVACIÓS.) 

CAPITULO PRIMERO. 

El reloj de la aldea da pausadamente las nueve; las nue- 
ve repite una voz temblorosa con cierto recogimiento y 
suspira; aquel suspiro que tal vez encierra todos los secre- 
tos de un corazón, parece se prolonga con el silencio que 
reina entorno de este ser. Esta criatura, entregada á sus 
meditaciones, es una mujer de melancólico aspecto; nada 
risueño la rodea; allí no hay flores; allí no hay mas que 
tristeza y oscuridad; una vela de resina ilumina la frente 
pálida de la anciana, porque la mujer á que nos referimos 



frisaba en esa época de la vida en que han muerto todos 
los ensueños de flores, todos los ensueños de felicidad: ¡tris- 
te frase que encierra toda una vida de sufrimientos! triste 
frase que oprime nuestros sentidos como un hierro canden-- 
te, porque nosotras también veremos desaparecer la aureo- 
la rosada que nos ilumina, y como ella nuestros sedosos 
cabellos emblanquecidos: las ilusiones del alma habrán 
muerto, y solo las reproducirá la memoria como una blan- 
ca fantasma, que unas veces entristecerá nuestros amorti- 
guados ojos, y otras hará asomar la sonrisa á nuestros pá- 
lidos labios. ¿Qué conciencia por pura que sea no se alarma 
ante ciertos recuerdos? ¿Y qué boca no sonríe ruando el 
pensamiento reproduce aquellos primeros sueños de la vi- 
da? ;("iiánt,i ternura encierran! ¡(Jué hermosas son aquellas 
inspiraciones que nacen con el aura de nuestra mísera exis- 
tencia y hacen latir un corazón virgen. ¡Un corazón vir- 
gen! Santa palabra que diviniza la mujer, porque las sen- 
saciones del corazón en esos momentos de la adolescencia 
son tan puros como la trasparencia de los rayos del sol: 
ella conoce su valor, el valor de su blar"a corona; el azahar, 
esa flor bella, la simboliza á los ojos del mundo, que de 
rodillas adora su inocencia y venera su castidad. 

Mas si la mujer, emblanquecidos sus cabellos, vierte 
una lágrima en el instante en que la miramos; si su fisono- 
mía espresa los recuerdos de que está poseída, y un vago 
temor se refleja en sus ojos, pesadilla incurable en las al- 
mas timoratas, nuestro pincel la delineará con piedad'j 
porque ahora que la miramos en un anchuroso aposento, 
donde la contradicción coloca al lado de nna grandeza ma- 
nifiesta la oscuridad y Ta pobreza, ese tinte de melancolía 
parece bien justificado. 



— iS — 

Todo cuanto miramos personifica la miseria y la gran- 
deza, el esplendor y la oscuridad: justo es desenvolver es- 
tos dos pensamientos tan contradictorios. La grandeza está 
en los muros que la rodean; el pavimento de mármol des- 
truido en ciertas partes por la huella de los siglos, su ele- 
vada bóveda, la majestad de su arquitectura, revelan uno 
de aquellos salones de las edades pasadas, y sus muebles 
escasos y carcomidos representan la miseria del decaimien- 
to de nuestras glorias artísticas, de nuestras glorias en ge- 
neral. Allí, donde la inteligencia alzaba soberbios torreo- 
nes, alíí moraba el héroe que velaba á la victoria y cuya 
diestra destruía al sarraceno; el noble queria que su mora- 
da tuviera las gigantescas formas de sus pensamientos. La 
cruz de Cristo, gritaba, se ostentará de pulo á polo mientras 
haya brazos como ei mió para esta santa cruzada. La inte- 
ligencia del artista, inspirada por estas ideas de fé v de glo- 
ria, alzaba castillos arrogantes como sus poseedores: el hé- 
roe y el artista se unian; el valor y la inteligencia inmorta- 
lizaban su gloria. 

Pero la mujer que miramos en medio de estas ruinas de 
histórica grandeza está pobremente vestida; su traje humil- 
de revela su vida de adhesión consumida en holocausto del 
señor de aquella orgullosa y pobre morada. En las prema- 
turas arrugas de su frente, en la pureza de sus miradas, en 
el aseo que por todas parles nos muestra la lucha de una mano 
solícita que quiere detener el paso de la destrucción, y lue- 
go la religiosa atención con que escucha el mas impercep- 
tible ruido, porque siempre cree oir la voz de su seüor que 
le ordena respeto y obediencia, ¡cuánta es su virtud, cuán- 
to su esplendor! Yo miro este pobre ser, olvidado en un 
rincón de la tierra, y comprendo su abnegación; toda la 



-H- 

abnegacioa que encierra el que bendice la mano que le ha- 
ce consumirse en I.Vmiseria y se arrastra á sus pies. María, 
este nombre tan suave como tu mirada, y tan puro como 
el firmamento en apacible noche, los ángeles le repitieron 
sobre tu cuna, y mi corazón le repite sin cesar, porque la 
imagen perfecta de la virtud donde quiera que se halle ins- 
pira siempre respeto y veneración: sí, María, tú ennoble- 
ces hasta la misma servidumbre; tú no obras nunca por 
cálculo, sino por bondad; pero al lado de estas bellas cua- 
lidades me duele ver esos pensamientos siempre timoratos, 
esa inteligencia que hoy cree y mañana duda; sin voluntad 
propia, el juguete de otros seres mas ilustrados, esta es la 
oscuridad, esta es la imperfección de María, esta es en fin 
la servidora de aquel destruido edificio, esta es la mujer 
llena de bondad; corazón generoso, pero sin conciencia de 
su propia dignidad, sin esa dignidad que Dios ha colocado 
en el corazón del hombre para que conozca su valor y pue- 
da bendecirle. 

; Cuánto tarda! esclamó María, y muchas lágrimas inun- 
daron su rostro; ¡pobre ángel mió! ¡oh noche de tristes re- 
cuerdos! En aquel momento en que aquella mujer se la- 
mentaba tan tristemente, una figura seductora apareció, 
uno de esos seres qne parecen predestinados para hacer la 
felicidad de los mortales en este valle de lágrimas. 

Valaün K. «le Ferrunl. 



¡SIN ESPERANZA! 
¿Qué es io que siento aquí, Dios soberano? 
¿Qué fuego se derrama por mis venas? 



-1S- 
¡Eq combatir su incendio yo me afano 

Y resistir su imperio puedo apenas! 
¿Qué es lo que siento aquí que me atormenta? 

¿Qué es lo que turba mi tranquila calma? 

¿Qué imagen á mis ojos se presenta? 

¡Ay que á su aspecto se ha rendido el alma! 

Amo no hay duda. . . nuevo amor rae abrasa 

Ante quien mi razón se ofusca y cede, 
Un amor que los limites traspasa , 

Y que mi esfuerzo sofocar no puede! 

¿Quién ha encendido esta funesta llama? 
¿Quién tal hoguera fomentó en mi pecho? 
¡No es hoguera, es volcan el que me inflama! 
¿Mis antiguos recuerdos que se han hecho? 

Me consumo, me abraso, no resisto 
La lucha desigual que me devora. 
¡Apártate de mí...! porque te he visto 
Fatal imagen que mi pecho adora! 

Do te has ido? do estás, sombra querida? 
No me abandones, no, que yo te llamo; 

Sé tú mi defensora, tú mi egida 

Perdón si te olvidé., ¡ciega te amo! 

En vano es el luchar, que ya no alcanza 
A sofocar mi amor mi ardiente anhelo; 
Condenada á vivir sin esperanza 
Sordo será á mis ruegos siempre el cielo! 

Amar sin ser amada, consumirse 
En llama sempiterna, abrasadora, 
Ante él de indiferencia revestirse 

Y ocultar este amor que me desdora! 
Contemplarle á mi lado, oir su acento, 



— 16 — 
encontrar su mirada penetrante, 
Y no poder decirle lo que siento 
Fingiendo á par mi lengua y mi semblante! 
¡Oh Dios de compasión, salvador mió. 
Contempla de mi pecho la tormenta: 
O calma tú el rigor del hado impío, 
O dame un corazón que menos sienta! 

Angola Gmitl. 



CHARADA. 

Una suscritora nos remite para su inserción la signiente 
charada, cuya solución admitiremos en el número inme- 
diato. 

Cuatro como mi primera, 
Con doce hermanos mayores, 
Dan placer, dan sinsabores, 
(Esto lo entiende cualquiera.) 
Quien con mi segunda quiera 
Hacer amigos se engaña; 
Mi todo es de tal calaña, 
Que hace servicios al hombre, 
También le injuria su nombre, 
Y hay millares en España. 

María Villazan. 



MADRID 1851. 

Imprenta «te don Jote Tnijltln, iilju. 

Calle de María Cristina, número 8. 



Domingo 7 de setiembre de 18S1. 



ft'úra. 6. 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 



escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo, 



Este periódico sale todos losdimingosise suscribe en Madrid Hl tas librerías de Muníer j de Cuesta, á 1 rs. al raes; j eo provin- 
cias 10 rs. por dos meses franíu dü pune, remitií nju unahbranM a finir de nuestro impresor, ó sellos de franqueo. 



ADVERTENCIA. 

Decididas á deslinar á la mejora de esla pu- 
blicación las utilidades que pueda reportar, seguí) 
ofrecimos, empezamos hoy el segundo mes Uc nues- 
tra carrera periodística ensanchando la forma mate- 
rial del periódico, no obstante el aumento de gas- 
tos que lia de ocasionar. Ademas de esla mejora, 
interpretando tos deseos de nuestras amables suscri- 
toras, y sin reparar tampoco en el crecido gasto que 
nos ha de originar, hemos determinado dar inensual- 
lutíiile un figurín de las úl limas modas de Paris en 
lugar de la litografía que por una vea habíamos ofre- 
cido en el número anterior, con cuyo figurín y 
una revista quincenal de modas, que nos remitirá 
una nuestra corespopsal de Paris estarán las sus- 
critoras al corriente de Sas novedades que ocurran 
en este punto tan importante para las damas. 

Guiadas del mismo deseo de complacer á las que 
nos han favorecido, y aunque también á costa de 
sacrificios pecuniarios, hemos adquirido la propie- 
dad de algunas novelas originales que llenarán la ul- 
tima hoja de nuestro periódico, alternando con otras 
traducidas de las mas interesantes que publiquen los 
novelistas estraugeros. Tampoco descuidaremos dar 
cabida á las revistas de teatros y á cuantas noticias 
puedan interesar á nuestras lectoras. Y últimamen- 
te destinaremos una sección del periódico para la 
inserción de anuncios de los establecimientos de 
manufacturas, adornos y demás productos de perso- 
nas de nuestro sexo, en lo cual á la vez que liaremos 
un importante servicio á las mujeres que llenas de 
habilidad yacen en la miseria por ser desconocidas, 
lo haremos también á las damas que necesitando de 
tus trabajos carecen de ellos por ignorarlos, ó los 



pagan exorbitantemente viéndose en la necesidad 
de acudir á esos establecimientos en que el hombre 
espióla la habilidad de la mujer por una mezquina 
retribución, enriqueciéndose con su trabajo. 

En tin. nuestro periódico desde boy, sin perder 
de vista su principal objeto de conquistar para la 
mujer el puesto y la consideración que te correspon- 
den, abogando no por su eniacipaeioa, como se ha 
supuesto, sino pur su instrucción y su bienestar, j 
procurando no dejar de ser ameno y agradable, será 
«le un;i utilidad evidente para la mujer en todas las 
clases de la sociedad: la dama de alto rango, la de 
mediana clase, la artista, la mujer del pueblo, halla- 
rán aquí en los artículos doctrinales, en las revistas, 
en las novelas, en los figurines, en la publicidad de 
los anuncios y en la ardiente defensa de sus intereses 
cuanto puedan desear para su recreo ó su utilidad. 
Felices nosotras si llegamos á alcanzar el fin lauda- 
ble que nos proponemos, correspondiendo á la defe- 
rencia con que ha sido acogido nuestro pensamiento. 



: ii**- 



Según el orden con que vamos tratando el gra- 
ve asunto de ta educación que en la actualidad re- 
cibe nuestro sexo, correspóndenos hoy esponer las 
obligaciones de la mujer de la clase medía, las cua- 
les si son ciertamente mas modestas que las de la 
dama de alto rango, no les ceden por cierto en gra- 
vedad ni en importancia. 

La clase media es, por decirlo asi, la que llena la 
sociedad; la alta clase por reducida, el pueblo por 
desgraciado, apenas se divisan en lo que se llama 
sociedad; de la clase media es de donde salen los 
hombres que ejercen los destinos y las profesiones 
liberales y las ciencias; de ella salen el clero y los 



1 

e sr i i i uus , y los hombres át Iry. y los diputados, y 
los ministros, y en fin cuantos manejan, y dirigen , 
y figuran en «lo que se liara» sociedad- i í 

t graves serán pocs las obliga clone- « de las 
mujeres q-¡ ni .1 esa l lase, y en la cual ya 

como madres. Ta como espOí una influen- 

cia cuyos limiles no pueden fijarle? 

La madre de euvo lado no se aparta rl niño bas- 
tí la edjd en que estudios de imnortanria lo c\ 
la madre, cuyas matimas sé imprimen en la a 
de su hijo indcleblenictile, ejerciendo un influjo ura- 
nínvido en todas las acciones Je SO vida, en su mo- 
ralidad, en sus CJSlumbres, ;iüánlo tino, cuanta 
esmero no debed? Icncr, cuanta prudencia y ruñóla 
virtud no necesita al prestar cía primera educación 
cuyas consecuencias se dejan sentir toda la vida? 
¿Cuánto cuidad» no debe emplear para corregir á 
tiempo los vicios de una mala índole, los defectos de 
un carácter violento? ¿Cuánto para evitar se impri- ! 
man en aquella alma lan pura aun como impresio- I 
naide los gérmenes de las malas pasiuiu-s. impost- ! 
bles ¿e desarraigar mas Larde, y que por ronse- ¡ 
cuencía precisa lian de causar la desgracia por Inda 
la vila del que no logró ser corregido á tiempo? I Ihl 
Si las madres reflexionasen la trascendencia de esos ¡ 
primeros pasos que el niüo da en la vida; si llegasen ! 
á convencerse de maulo puede variar Ja suerte fu- 
tura de su» hijos por el poro acierto en dirigir esa 
primera educación que de ellos reciben, ya proceda 
de ttttrilidCi va de un cariño lan cseesiio como mal 
entendido; ¡cómo aplicarían toda s¡t inteligencia pa- 
ra ejercer con todo esmero ese sagrado deber, ese 
deber delicadísimo que solo pueden desempeñar las 
buena* madres dedicándose á él esclusi* ámenle, 
apiii aiid'j todas las fuerzas de su talento y siendo 
■oxiliailas por la Providencia, que nunca abandona 
i quien pone de su parte cuanto puede para Henar 
cual corresponde sus obligaciones' 

Si además consideramos los deberes de esa mis- 
ma madre cwn respecto á la salud y al desarrollo 
físico de su bijo; el incesante cuidado que debe em- 
plear para evitarle las enfermedades lan frecuentes 
en la infincia. bijas generalmente del descuido ó do 
un cariño mal entendido; su vigilancia para evitarle 
tas desgracias que lainespericncia le puede acarrear; 
el t-ludio que debe barrr de aquella tierna natura- 
laxa para adivinar sus dolores, para prodigarle los 
remedios que solo una buena madre sabe aplicar, 
aventajando con su instinto maternal Id ciencia de loa 
quo tan frecuentemente se estrella en las 



enfermedades de la infancia; y si estos importantes 
deberes no se pueden llenar por la mujer sin estar 
debidamente preparada p"r una esmerada educación 
,iB e&lruñorá aeasu que instsl.iiiqs lauto cji recomen- 
ílnr se cultive rl i nleiuíiuiienlo j|c forme el corazón 
de lai que después lian de cumplir deberes lan sagra- 
dos, b n de ejercer tañía influencia en el hombre y 
por consiguiente en la suciedad colera? 

Considérese luego á la madre, influyendo sobre 
su lujo hombre ja. que lia de ifiípebsail 
falencia que todo buen hijo debe á SU madre; con- 
sidérese el ascendiente que la esposa ejerce sobre 
su esposo; mídanse las consecuencias, y siga en el 
abandono y el descuido Ja educado» ÚS l ; > mujer, y 
la sociedad de dia en dia irá desmoralizándose, y 
cuando se pretenda corregir ya no será posible. 

¡Y qué diremos de las obligaciones de las moje- 
res del pueblo? Si manifestamos que también son de 
¡jr.-ui importancia, de grave trascendencia, no fallara 
quien acoja con sonrisa desprcriadora nuestra idea, 
porque no fallan personas irreflexivas a quienes no 
oenrrirá que la mujer de! pueblo que en vei de im- 
buir dsus hijos ¡deas de virlud y de sania resignación 
pora soportar los trabajos v las penalidades de su si— 
tuarion, les inspira odio á las clases ricas, aversión 
al trabajo, y que dejándolos criarse cu la mas abso- 
luta ignorancia forma hombres que lian de llevar 
después á las masas del pueblo su desmoralisarion, 
sus viciosyel rencor contraías clases superiores, que 
miran como usurpadoras de su bienestar, inspirando 
el ardiente deseo de vengar los agravios que juzgan 
consecuencia de! odio y desprecio con que se imagi- 
nan que los miran las clases acomodadas; no siendo 
en realidad sino las condiciones necesarias de la vi- 
da de los pueblos. Después de eslas reflexiones ¿ha- 
brá aun quien considere poco importante la educa- 
ción de tas mujeres del pueblo? 

Hemos bosquejado ligeramente la educación que 
la mujer recibe en la actualidad en las diferentes cla- 
ses de la sociedad; acabamos de esponer las obliga- 
ciones qilc tiene que llenar en cada una de ellas; los 
limites de nuestro periódico no nos permiten calen- 
demos boy mas. En el número siguiente rspondre- 
fnoj el plan de educación que en nuestro concepto 
deberia adoptarse, como complemento i los artículos 
que sobre este importante asunto hemos insertado 



3 



3i& Q®®®P¿¡>&* 

0anEtí)5. 
i. 

Suave es ni despuntar de la mañana, 
Cuando el aura se cuece blanda V pura, 
Cruzar ron firme plañía la llanura 
Que Je vistosas fl »fes se engalana; 

Ostenta el cielo su malí/, de grana; 
La aljofarada yrliasu frescura 
infunde á los sentidos, y hermosura 
Y fuerza y esperanzado oijier tuina. 

Mas cuando el sol, cumplida su carrera. 
Con tibia luí se esconde en el ora su, 
Yernos al empolvad.» peregrino, 

Dudoso atin del albergóte qué le espera. 
Mover el lento y fatigado paso 
Midiendo con los ojos él cambio. 



Suave es también al despuntar el dia 
De la in?sperln edad, (oda ilusiones, 
Surcar del anchi.) intuido las regiones 
Con libre viudo, sin Inmor ni guia: 

Hierve la sangre» brota la osadía; 
Báculo son '!"! alma las pasiones, 
Y adorna de engañosa I .mes 
Cada escena la uva fantasía. 

Mas ya agotado el juvenil alíenlo, 
Cuando se ¿cérea la vejez helada, 
Fecunda en penas, rica en desengaños. 

Gira su vista rn Ionio r! pen«ainicnío 
Ansioso de enconlrar fija morada, 
Donde ocultar el peso de lósanos. 

A. G. 



MUJERES CELEBRES. 



DOÑA BLANCA DE BORDÓN. 



Esta interesante y noble princesa, cuyas virtu- 
des han quedado grabadas con caracteres eternos en 
la historia, y cuyo infortunio ha arrancado tantas 
inspiraciones á las nrpa-s de los poetas, fué hija de 
Pedro I, duque de Borbon, y vino al mondo por los 
anos de 1338. 

Desde su primera edad comenzó á brillar en !a 
corte de Francia por su hermosura y por su dulce y 
bondadoso carácter. Jamás salia uua queja de 
ca; jamás sus bellos ojos ni su frente juvenil copia- 
ron la espresiun del enojo, y era Blanca la esperan- 
za de su familia y la alearía de sus gentes. ¿Quién 
hubiera podido ver entonces. las turuien losas nubes 
que se amontonaban sobre la cabeza de la amable 



niña, leer cu su porvenir, ai pronosticar la triste 
fama que después babia de alcanzar eu la tierra? 

Solo contaba quince anos, esa edad 68 que la jo- 
ven alma rodeada de ilusiones de ventura hace de la 
vida un paraíso, cuando so concertaron las bodas do 
l).' Blanca con el rey D. Pedru de Castilla, llamado 
el Cruel; y el acercar tan delirada criatura al vio- 
lento fuego de las pasiones del impetuoso principe, 
era epadeparia á morir abrasada por el rayo en el 
verdor de su primavera. Asi fue en verdad! 

Cuaudo la desvenlurada princesa llego ú España 
ocupaban al maudo los impuros y escandalosos amo- 
res de D. Pedro y de la Iiermdja D.* María de Pa- 
dilla; y embriagado este en tan criminal pasión, ha- 
bía escuchado con desvío y hasta con pesar los 
grandes elogios que de su joven esposa llegaban sin 
cesará sus oídos; pero mas por razones de estado que 
por otra alguna, vióse en la precisión de abandonar 
j Jos brazos de su favorita y partir á reunirse coa 
r D.' Blanca, que acababa de pisar el sudo de la cor- 
te de Cutida. La notable beimusura y escogidos do- 
tes de esia, que ponderan con gran calor los histo- 
riadores de aquel tiempo, parece que al pronto hi- 
cieron alguna impresión ea el ánimo del rey, y los 
nobles castellanos concibieron la esperanza de que 
su mudable corazón iba á fijarse. 

[Yapo, pensamiento! Dos dias solos habían pa- 
sado, y lodos los labios murmuraban con indigna- 
ción del proceder mas villano y cruel que mancillo 
su conduela durante su vida. Dos días solos! y de- 
jaba ya precipitadamente el casto lecho de su inte- 
resante y pura esposa para encenagarse en los bra- 
zos de la Padilla, Jamás la historia ha presentado tan 
lastimoso ejemplo como el que entonces ofreció 
D, a Blanca. Viuda tan en breve de un esposo por 
quien ya se había interesado su sensible corazón; 
escarnecida, humillada en todo lo que tiene de mas 
sagrado el alma de una mujer; abandonada en un 
[iais cstrafio al público ludibrio; desvanecidas tan 
brnscamente todas sus mas gratas «recocías, ¿jjuién 
podrá indicar siquiera, aunqne emplee los mas som- 
bríos colores, el terrible dolor de la infortunada 
princesa? Vosotras, amables lectoras, que tenéis un 
corazón como el suyo, y que conocéis toda la deli- 
cadeza dejas libras quede un solo golpe le corla- 
ron, acaso lo podréis adiriiiar. 

Viéndose doña Blanca en tan infeliz y amarga 
situación se retiró ¡i la viíla de Medina al lado de su 
madre política doña María; pero don Pedro instiga- 
do tal vez por su ainanle, no vio con gusto esta de- 






terminación, y con asombro de sus reinos mambí 
prender violentamente á la infon uñada princesa. I,i 
hizo conducir ¿i Arevilo y de »1M al alcázar de To- 
ledo, por ser punió mas fuerte; donde para llevar á 
colmo la injuria y la mora quede» bajo la vigilancia 
de don Juan Fernandez l unes Irosa, lio Jo ¿afta Ma- 
rte Padilla. 

Esta disposición tan injusta movió los pechos de 
lo» nobles toledanos, y se declararon defensores de 
doña Blanca, á quien retiraron ñ la catedral, sin 
que bastasen tos esfuerzos de! encargado del rey 
para arrebatarla de tan sagrado asilo. Las SsBoraj 
de Toledo, conmovidas como se bailaban por la ju- 
ventud y desgracia de la ilustre prisionera, también 
apoyaron ton ardor tan generoso movimiento, y lle- 
varon su entusiasmo basla el punto de escita r á sus 
bijns j esposos á defenderla con las armas en la 
mano. 

Se reunió en efecto muy en breve, un ejército de 
7,00U grades con muchos masinlautes, y declararon 
solemnemente ai rey que desde entonces dejaban de 
obedecerle cunto soberano si no se apartaba de doña 
María y sus favoritos: pero don Pedro despreció tan 
audaz amenaza, y volando en alas de cólera vino so- 
bre Toledo y la tomó. 

¡Terrible era so enojo; terrible debia ser también 
el ímpetu de su venganza! Aprisionó á s-j hermano 
don Fadrique, á doña Leonor, ti don Juan de Ara- 
gón y a otros muchos caballeros y les bizo dar muer- 
te, ¡Yojaláque el negro crimen de fratricida y tanta 
■lustre sangre derramada hubieran aplacada la impía 
sed de venganza que devoraba su pecho! Pero no 
fué asi por desgracia. 

Respetó por entonces la vida de D.' Manco, v 
la arrastró do prisión en prisión y de castillo en cas- 
tilto romo al reo tn.i - criminal. \.i i-rj sin embargo 
presumible qne se prolongase por mucho tiempo su 
agonfa; porque el rey la había señalado con su fatal 
dedo como ríclima. Asi fué que el dia » de noviem- 
bre de 1361 los habitantes de Medina Sídonia ha- 
blaban horrorizados de un crimen espantoso que 
acababa de perpetrarse en el rastillo: el cráneo de 
una mujer hermosa, jóf ene ¡nocente había «¡do he- 
cho pedazos por b pesada maza de un ballestero. 
Oln»» contaban que había perecido envenenada con 
yerbas. De lodos modos ya no existia D.' Blanca de 
Barbón! 

No faltan algunos historiadores que empeñado* 
en justificar todos los actos de D. Pedro han tratado 
de mancillar la nmaoña de la desventurada reina, 



suponiendo que la requirió de amores D. Fadrique 
cuando la condujo a España, y que ella se mostró 
blanda i su pasión. Semejante calumnia no ha en- 
contrado sin embargo eco alguno, desmentida como 
se halla por las virtudes de todos reconocidas que 
adornaban .i la princesa, y que fueron suficientes á 
encender una sublevación como la de Toledo, y por 
el carácter cruel, tiránico y sanguinario de su espo- 
so, que á tantos crímenes le indujo sin causa de nin- 
gún género. 

Se han escrito algabas tragedias sobre el asunto 
de que hoy nos ocupamos. Entre- ellas hay una en 
que se traza con tal maestría el carácter de D," Blan- 
ca, se la adorna de (anta poesía, de lanío sentimien- 
to, que nunca hemos podido leer sin derramar li- 
grimas de ternura algunos trozos de ella. Su autor 
es I). Dionisiu Solis, que injustamente olvidado por 
el público, tiene hoy ya alguna de la fama que me- 
rece, gracias ,i los esfuerzos del distinguido literato 
I). Juan Eugenio llarlzenbuscb. 

«■lia, 



h MI AJIfiO.,,, 

Hny un lazo sagrado y misterioso 
Que forjó en su bondad el Dios del cielo, 
Y une dos almas en un sueño licrmoso. 
Une dos almas con un mismo anhelo. 

Un laxo que ¡ti viajero fatigado, 
Que va cruzando el mundanal camina 
De espinal y de abrojos rodeado, 
Ofrece ropa do plocer ái\ ¡mi, 

Y esUlaxo ¡le dubas y ventura 
Tan puro como el Dio* que lo creara. 
Sin (líetela de pesares ni amargura, 

Es i, i santa amistad dulce y preclara. 

¡Cuan hermoso es vivir cuando una mano 
Anhelante, sincera y bienhechora. 
Sabe calmar el pensamiento insano 
Que roe el corazón V Ir devora! 

; Caán hermoso es vivir con la confianza 
Deque hay un ser sensible y generoso, 
Que junta con la nuestra su esperanza, 
Y enjuga nuestro llanto bondadoso! 

Que es lazo fuerte, celestial, divino, 

Fec lo en inefables emociones. 

El que en adverso y funeral deslino 
Estrecha dos amantes corazones. 

Y el poderoso Dios del firmamento 
Que me miraba triste y desvalida. 
Sintiendo compasión de mi tormento 
A tu vida feliz unió mi vida! 

Desde entonces, amigo generoso, 
lie recobrado mi tranquila calma, 



Pues volviste ;i rai mente el sueño hermoso 

Y su dulce espasiou volvíale al alma. 
¡Cual hermano te ame! mi solo anhelo 

Era verte á mi lado, oir tu acento, 

Y escuchar tus palabras de consuelo 
Un bálsamo ofreciendo á mi tormento. 

Vulví á pulsar mi lira abandonada 

Y mi alma con la Una confundida, 
Nueva fe cobra y suelta embelesada 
Dulce querella de entusiasmo henchida. 

Dios te bendiga pues, hermano mío. 
Gozosa acepto tu amistad ferviente: 
Formemos pues contra el destino impío, 
Una unión sania, iueslinguible, ardiente! 

¡Es tan dulce cuando el alma 
Se agita desespera ila, 
Encontrar una mirada 
Que consuele su dolor; 
Es tan dulce en el quebranto 
Escuchar Voz lisonjera, 
Que nos diga: Apere, «pero, 
Vendrá otro tiempo mejor', 

Y que nos vuelve á entreabrir 
Ese misterioso cielo, 

Que cubriera el desconsuelo 
Con su man lo la ti eral; 

Y que nos muestra anhelante 

De la gloria el premio hermoso. 
Que en un porvenir dichoso 
Trueca el presente fatal; 

Y soñar junios los dos; 
Soñar gloria, dicha, amores, 
Cubrir de mentidas (lores 
El tiempo que ha de venir; 
Que embriagada con el prisma 
De una halagüeña esperanza, 
El alma entonces se lanza 
Tras su hermoso porvenir' 

Y Dolando arrebatada 
Por un cíelo de ventara. 
Todos los goces apura 
Que puede ofrecerla Dios! 
Ven, que anhelante te espero. 
Ven, oh mi amigo y soñemos, 
Que del cielo gozaremos 
Sonando junios los dos! 

Mas ¡ay! que pronto perdida 
Lloraré tanta veiilura, 
Porque pobre niña oscura 
Tu vuelo no seguiré; 

Y tras locas esperanzas, 

Y mil hermosos ensueños 
Que voy formando halag íieños, 
Solo olvido alcanzaré! 

Peroá tí, mi fiel amigo, 
La fama reserva un nombre, 
Que al par de tu genio asombra 
A cuantos alumbra el sol. 



Ceñirá tu altiva frente 
Lauro eterno, y tu memoria 
Será un recuerdo de gloria 
Para este pueblo español. 

Entonces alegre, ufano 
Con tu nombre enaltecido, 
Condenarás al olvido 
La pobre amiga de ayer! 

Y en vano de su retiro 
Elevará trjsle canto, 

Que atestigüe su quebranto 

Y su humille padecer. 

¡Oh no, no, nunca me olvides, 

Y aunque en medio de ia gloria, 
Guarda siempre en tu memoria 
Mi recuerdo por piedad! 
Guarda siempre 3a memoria 

De tu oscura pru tejida, 
One lii caí ¡ñu c< mi \ ida. 
Es mi gloria tu amistad! 

Adiós pues, y si algún día 
Nos separase el deslino. 
No diré que en mi camino 
No he encontrado comnasron. 

Y si á li mi fiel amigo 
Teagoviare el desconsuelo, 
Ñu olvides que en este suelo 
Aun te queda un corazón! 

Angela (,i-3i,l. 



CARTA ÍIE CAROLINA MARILLAC A SU PADRE. 

■ i * >^ — 

í*c:mIn«.Uiii.) 

Oh! padre mió. que noche de angustias aquella! 
Me quedé levantada y escribí oiro reíalo con los mas 
eslensos pormenores de lo que me había sucedido, 
en la duda de que el cónsul no hubiese recibido el 
primero. Pero no hubo necesidad de nueva apela- 
ción, A la mañana siguiente el gefe de los eunucos 
me condujo al Diván, en donde, presente el visir del 
emperador, me eníregó al cónsul francés, el cual 
pagó por mi rescate la cantidad equivalente á la en 
que el emperador me había comprado del inicuo 
Pcrnelly. Yo hubiera podido ser feliz en aquel mo- 
mento si la felicidad no estuviese ya desterrada del 
corazón de Carolina Marillac! Aquel mismo dia 
abandonamos a Fez y durante nuestro viaje á Tan - 
ger nuestro cónsul me dijo que desde el momento 
en que recibió mi carta no tardó un instante en 
ponerse en marcha para ir á reclamarme personal- 
mente al emperador de Marruecos, en nombre de su 
propio soberano, como subdita de Francia, puesta 
ilegalmente en su poder, é ilegalmenle custodiada 
en su harem. En la audiencia que le acordó el empe- 



c 



radar, el cónsul le habla declarado que «n el caso 
de no ser atendida su r«rl»íjariün so habría hecho 
de este asanlo una cuestión nacional, «menasaridu ,il 
emperador que se turnaría una determinac-ion algo 
mu rigurosa que e! reciente bombardeo de H 
dor. ft no se me ponía cu el término Je veinte y 
cuatro liuras bajo la protección de Francia, repre- 
sentada en la persona de su tamul. Hubo una gran 
discusión en ti Diván antes qne se accediera á la jus- 
ta solicilud. pero lodo se awi 'lia misma 
entro isla. » (H ronsecuenria de haberlo indicado 
asi el emperador, el cónsul deíolvió cu nombre de 
mi familia la caiilid.nl dfl dinero empleada en la 
compra de mi persona, y de (sus modo quede libre 
en las manos lie mi amable prulertor, sin olru ves- 
lido que el que llevaba, pues no es iiH'Ufslcr dr.-im; 
que el hombre que no tuvo reparo en venderme me 
Labia despojado de lodos mis vestidos, alhajas y di- 
nero, 

Eu esle oslado llegue, á Tánger acompañada por 
el esceleníe hombre que se fia conducido, conmigo 
romo un padre, y par¡i que su llotuLid traspasase lo- 
do» bu limites no qmo dejarme hasta tiibraltar, en 
donde me puso ;i bordo de un buque de vapor fran- 
cés, qrré' torando tn Cádiz se dirigía ¿i Marsella. Me 
dio dinero suficiente para llegar á mi casa y me re- 
comendó a la protección del «apilan. lio ¡legado sin 
novedad ,i M irsella y muy pronto estaré entre vues- 
tros brazos. Mi corazón se despedaza pensando en lo 
que li.ib. i> sufrido por causa de vuestra desdichada 
Carolina, Acaso me Libréis llorado como muerta (y 
habría sido incjuí!,; peto punca habréis podido 
creer que yq li.iy a tenida una parlo voluntaria on c| 
«ilrnciu ijue os lu hecho ignorar mi destino por laa 
largo tiempo! Oh! podre liliu, olvidad lo quo lialtcis 
»yfu lo por mi sin mi culpa; j cuando la que fue en 
otro día vuestro orgullo y la alegría de vuestro co- 
razón vuelva 3 ¡a rasa paterna, ¡ají cuan distinta 
de la que -.din. pobre,, desgraciada, perono culpable, 
abrid vuestros braios y haced que ewueuüe en 
Tacslru seno un refugio a laníos males. 

Ctiouau M\fuj.ic. 

Aquí concluye la carta de la dcav enturada Caro- 
lina; pero i unu n<j «lujamos que su lectura habrá 
drvj>' > ,¡ íiiUréi en nuestra* sensibles 

*»t- , . cual fué la suer- 

te de La engañad i joven J partir de. Haricllrt, vamos 
a acabar con lo que j^ac la LLtciu ik doiuiu Lc- 
esos I'jiuj !u la caí la ¡lili aja. 

Lo que iujj afligía al anciana gem ral SI anille al 



I 



leer 9a carta de su bija era la eonv íceíon de la abso- 
luta imposibilidad i¡e poder alcanzar al malvado que 
le habia engañado é insultado tan bárbaramente en 
la persona de Carolina, para Vengarse Je él. Ilabia 
rl traidor imaginado y realizado su proyecto con la 
astucia de un dcninuio. ¿Donde encontrarlo? ¿A qué 
tribunal denunciarlo? Todo lo que quedaba al gene- 
ral era la triste esperanza de estrechar culi-e sus bra- 
zos á su desventurada hija. Cita esperanza íin ota- 
cía un bálsamo que endulzaba el amargo cáliz 
de sus desgracias. «Yo ¡a han'! feliz! ■ repelía él eu 
alta voz, leyendo y volviendo a leer Ja carta de Ca- 
rolina: después poniéndola sobre la mesa, y enju- 
gándose los ojos, ta levantó de la silla y npoi adu en 
su bastón pasó á arreglar el elegante cuarto de Ca- 
rolina, iii.j hhI.j iiJi i poner en su antiguo lugar lodo lo 
que mas había preferido siempre ella. Sus llores, sus 
pájaros, el piano, el arpa, los libros, los bastidores 
de bordar, y eirun lodo lo que antes le bebía perte- 
necido. "Si, v.i |,! haré tan feliz que olvidará á esc 
mnii-h-nu. y soln se acordará del pasado cotuo si hu- 
biese sido un sueno.» Y parándose delante; del re- 
trato de su bija, proseguía diciendo: «Mi querida 
Carotina, mi hermosa y buena Carolina! Tu ¡iidre 
creerte capuz de la menor falla... á tí, que has sido 
siempre pura como nn ángel... A ti? No!... nunca, 
hija mial Maldición al que le ha engañado!! Dios lo 
pasligajá; yo le demando ante el tremendo tribunal 
de Dios! Ahí tú sonríes nuevamente á tu anciano 
padre, añadió después de una larga pausa, durante 
la cual había quedado absorto en la contemplación 
de la pintura, sin apercibirse de que alguien había 
abierto ron sigilo la puerta y entraba en el cuarto. 

1 ' -pues de, un ahogado sulkno una mano tem- 
blorosa se posó sobre el hombro del general, que 
volviéndose vio una seünrn que estaba a su espalda. 

—Padre! — Carolina! fueron las palabras que, á 
un mismo tiempo salieron de sus labios, y lodo lo 
que en aquet momento padre é hija pudieron de- 
cirse. Pero mientras el general abría sus brazos pa- 
ra estrechar contra su seno á su querida bija, el llan- 
to vino en auxilio de la abatida naturaleza, v lloran- 
do desconsoladamente los dos, aliviaron con un mar 
de lágrimas su oprimido corazón. 

— Cu lin, dijo el general luego que pasil el pri- 
mer ímpetu de la emoción; en tin, bija mia, noso- 
tros podemos ser felices aim! Si. Carolina, » pesar 
délo que ha eurcdídfl boj , ., nosotros 

días de felicidad, pues que n ;,„,];, | CI}<! _ 

mos que reconvenirnos. Yo be encoutrado á mi 






I 



querida hija, y á donde ella quiera ir yo la seguiré 
siempre, la vigilaré y le liaré tantas y tantas caricias 
como ningún padre en el mundo las habrá hecho 
nunca i una liija! — ¿Y por qué debemos partir, pa- 
dre mió? dijo Carolina con una melancólica sonrisa; 
quedémonos en donde estamos; ya el mundo se aca- 
bó para mi, y solo me queda el consuelo de amaros 
lauto cuanto merecéis, 

Carolina tenja razón, y el general no quiso con- 
tradecirla. La felicidad no volvió á visitar sus cora- 
zones, pero reinó en ellos la paz y la tranquilidad. 

Ama naris, 

EL NIÑO DORMIDO. 

Cesa, manso viento, 
cesa en tu sonido; 
callad, dulces ü\es, 
que duerme mi niño. 

Ha poro que el llanto 
nubló sus ojitos; 
brotaba su boca 
dolientes gemidos. 
Mas ahora su seno 
palpita tranquilo, 
deliciosa calma 
en su frenle miro, 
y en sus labios vaga 
de placer el brillo, 
¡Callad, mansas auras, 
que duerme mi niño! 

Cuan puro y hermoso 
se encuentra dormidol 
¡Qué iellas visiones, 
qué ángeles tan lindos 
con alas de rosa 
y mantos de armiño 
velarán su sueño 
inocente y pió! 
;Mas, ayt ¿qué he escuchado? 
oh! cielo, un suspiro! 
¿Tan pronto las penas 
mortales, Dios mió, 
bailaron albergue 
«i su seno limpio? 
Ya sé que en sus lejei 
ordena el destino 
que en la breve vida 



índoslos nacidos 
padezcan despiertos, 
suspiren dormidos; 
mas quiebra esas leyes 
que duerme mí niño! 

¡Y será posible 
que en el turbio rio 
di.- Seras pasiones 
y de negros vicios 
se anegue algún día 
capullo tan lindo? 
Pero no leamos 
el tremendo libro 
que con crudo dedo 
escribe el destino, 
y de tiernas (lores 
con bello tegido 
llagamos guirnaldas 
para el gozo mió. 

En tanto, mansa aura, 
cesa en tu sonido; 
callad, dulces aves, 
que duerme mi niño! 



LIY MES EN LA ALDEA. 

(COSTIX DACIÓN.) 

Algunos días han trascurrido... Marta, sentada 
en aquel mismo salón donde la encontramos por pri- 
mera vez, medita.,.. En frente de ella un joven de 
rubia melena, de ojos espresivos, llenos de inteli- 
gencia, la contempla cariñosamente; su traje humil- 
de se compone, de un. pantalón de pana, chaqueta de 
ia misma tela, una faja y una boina. Esta provincial 
vestimenta nos da á conocer las montanas que le vie- 
ron nacer; las que miramos siempre con religioso 
silencio, porque ellas fueron teatro de una lucha ter- 
rible, que hacia latir dolorosamenle nuestrocorazon, 
porque en (odas partes veíamos la sanere preciosa 
de nuestro» hermanos: pero ahora que queremos 
analizar el carácter particular de uno de sus hijos, 
diremos que su humilde traje no guardaba armonía 
con sus delicadas maneras. En sus hermosos ojos, 
que varían á cada momento según las impresiones 
de su corazón, se ve una «"e esas organizaciones que 
se rebelan contra el destino y dicen nin'íro srr, v 
llega el diaque son; porque tíenen una convicción 
profunda de su valor. Estos seres privilegiados los 
hallamos en todas las clases de la sociedad; pero á 
veces el destino no los ayuda y pasan desapercibi- 
dos: así no es eslraño que encontremos aquí bajo el 



rustico sayal del hijo Jcl valle el hombre que agilar.i 
un pneblo de senriUos y laboriosos aldeanos; su* pa- 
labra* harán salir Je la inacción un puñado de hom- 
bres que sin Su lenguage inspirado hubieran perma- 
ii- ¡.Id tranquilamente en Mis rabadas. Pero osle jo- 
ven de ancha y despejada frente. Junde refleja leída 
la evallaciun Je sus pasiones, a) dirigirse ;i María, su 
voi , que oirás iws rugirá como el bramido Je la 
tempestad, libraba varonil poro muí cariñosa. 

— Estov seguro, mi buena amiga, que en este 
instante adivino vuestro pcnsamiriilu; ;.no es cierto, 
liaría, uae pensáis u la señorita?— Sí, Pedro, píen- 
lo ahora, siempre, en ella: ¡pobre flor cu el desier- 
to! V la buena mujer enjugó las lagriaas ¡pe roda- 
ban por sus nsjillsf.— Y porque llorar, Úuia, por 
(tur llorar por ella? Y los ojos de Pedro lomaron una 
utntfia espresioa, y sin embargo continuo, coma si 
hablara de un ser vulgar, dé una de esas niñas obje- 
to de adoración para los que solo admiran en la mu- 
jer su mirada de fuego o su p¡¿ diminuto, hacienda 
del ser mas bello de la creación un objeto dfi pasa- 
tiempo o capricho; en reí de adorar el Ser espiritual, 
el que realiza (odat las ilusiones. Indas I- 
zas de la viJa. ¿Quién sino ellas comprende lodo el 
valor del amor, de ese amor casto que se diviniza y 
que aparta lejos de si Inda idea material; ese amor 
que une do* almas, las purifica y las hace entrever 
el eirlo, pero un cielo tan puro como la sonrisa ino- 
cente de ios ángeles, * Luego esa ternura que es el 
embeleso del bogar domestico, quién sino vosotras 
lo comprende y lo derrama en el corazón de vuestros 
hijos.' No descendáis jamas del hermoso pedestal en 
que la modestia, os coloca, porque aquel dia será 
horrible para vosotras, habréis perdido esa aureola 
divina que os rodea de pretittgM) y que os aproxima 
a lo* inscles; escuchemos mientras ese fatal momen- 
lo nu llega el tímido eco de vuestra inteligencia, 
porque el corazón de la mujer, de la mujer pura, es 
un raudal de inspiración, 

Pedro «i hallar de una de esas criaturas encan- 
tadoras que hasta su memuria inspira religiosa ve- 
neración, daba á sus frases una ironía que la pobre 
anciana no podía al pronto comprender bien, — Por 
qué ItoiaU, Haría, por qué llurais.' respoudedme.— 
l'ues bien. Pedro, lloru y debo de llorar, ¡mrqiic yo 
la amo con ese delirio con que las madres ¡unan a sus 
hijos, i Ks estraíiu ipie yo adore á la señorita como si 
fuera mi propia hija! ,Xu la he criado. m> he visto 
su primera sonrisa, nu he recogido en nombre de mi 
pobre señora las primeras palabras que sus labios han 
balbuceado? ¿Xo he presenciado como ese inocente 
capullo ha llegado a ser la mas hermosa de las Dores 
del valle? Oh! Pedio, tú no puedes comprender toda 
la generosidad que ca< ierra su alma; !ú nunca has 
podido oír de sus labios esas palabras llenas de cari- 
dad t*0 evangélica que la nacen buena sin par, sin 
compañera. Cuando mi señor la daba todas aquellas 
lecciones qtte yo no comprendía, pero que sin cesar 
repetía porque esa querida niña las «apresaba con 



tanta gracia que confieso era muy felii, soñaba pan 
ella otro porvenir que el de eslnr .siempre encerrad 
entre estas tristes montanas; jo laminen me aprovt 
■ liaba de aquellas máximas que Ida repelía, porque 
insensiblemente las iba comprendiendo, y veia oír 
mundo que estaba lleno de delicias. Mi amo cons- 
tantemente repetía á su hija: no olvides que 
[muí Jo que me precisa trazarte está lleno de sinsa 
lunes, y cada una de sus rosas encierra un millón 
espinas.» Pero á mi, le lo confieso, la descripción 
de él me bacín daño, «tibiera deseado vtrlé— "í¡e 
bien, Mana, gritó IVilrn. ¿qué lime río que utrnn 
I ui lagrimas? — Tiene mucho; lii ronorrs el urgulh 
de nuestro anuí, de mi amo diré mejor, (v liaría r 
puso encarnada como si sus labios hubieran proferí- 
do una blasfemia); tú has visto ese joven que acom- 
paña boy ,-i Ja señorita... — Si, dijo el juicu oprimien- 
do et brazo de la pobre mujer m una manera que la 
hi/.o gritar; si. le lie i islo; dime, Ida Je ama? ama á 
ese hombre? responde. Y cada vei la opresión era 
mas terrible. María le miró asustada. — Pobre Pedro! 
abura lo comprendo lodo: amas un imposible, amas 
tin ángel; descubre tu cabeza y ponte de rodillas, v 
considera que le amas en el riel». 



llalAlla B, Se Feír*«t. 






Después de discurrir muy razonablemente ha en- 
contrado una amiga nuestra la solución du la cha- 
rada que inseríamos en nueslro anterior número, y 
es como sigue; 

Desconozco por demás 

en mi inteligencia baja 

las leyes de la baraja, 

o la primera es un as; 

la que se viene detrás 

es un no como una loma, 

y el que ambas palabras loma 

forma un asno con su un ion. 

Ahí leñéis la esplicacion 

sin faltar punto ni coma, 



ADVERTENCIA. 

Suplicamos a nuestras ^preciables suseriloras 
provincia que no hayan satisfecho el importe de sus 
suserteiones. y carezcan de posibilidad de hacerlo 
por medio de libranzas de correos, qne lo verifique 
en sellos de franqueo, dirij ¡endose á nuestro impre- 
sor don Jos¿ Trujilio. 



: 



MADRID ts.-,i 

Iniprrnln <l«» iltiti Jote Trnltllo. hijo. 

Calle de ildiia Critlirta, ii limero 8. 



Año 1. 



Domingo 14 de setiembre de 1851. 



Núm. 7 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 



escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Este periiidíco sale lodos los domingos; sesuscribc en Madrid en las librarías de Monicr y de Cuesta, i i rs, atines; r en provin- 
cias 10 rs. por dos IIMMS Cráneo do pune, rcinilieu ounalibran/a i favur denueslro impresor, 6 sellos de franqueo. 



Cúmplenos hoy trazar el plan de educación que 
creemos debería adoptarse para que la mujer cum- 
pla sus obligaciones de manera que su influencia en 
la sociedad sea benéfica, y ella encuentre la felici- 
dad que no proporcionan por cierto los saraos, los 
festines, ni los triunfos de la vanidad, y que única- 
mente hallarán en el cumplimiento del deber, en el 
amor de sus lujos bien educados y de sus esposos, 
que corresponderán sin duda con cariño y estima- 
ción á la espnsa digna que aumenta su felicidad en 
los tiempos de próspera fortuna, y comparle sus pe- 
nas y las consuela en los cunlraliempos de la vida. 

No se crea, sin embargo, que presumimos de 
doctoras y nos envanecemos con la idea de presen- 
tar una obra maestra, un plan completo de educa- 
ción; nada de eso, pues ni la índole, ni los limites de 
la publicación para que escribimos lo permilen, ni 
tampoco nos consideramos con las fuerzas y los cono- 
cimientos que tamaña empresa exige. Tarea es esa 
que dejamos para que la desempeñen hombres que 
tengan la ciencia, la profundidad y la esperiencia 
necesarias, limitándonos nosotras á hacer algunas 
indicaciones sobre tan delicado punto, y esto porque 
creemos urgentísima la reforma, pues vemos que 
de dia en día cunde mas el abandono en que se ba- 
ila la educación de nuestro sexo, crece en razón di- 
recta la desestimación y poco aprecio en que va ca- 
yendo, su malestar en todas las clases de la sociedad 
v el abandono con que se mira tan importante asun- 
to por ¡os hombres; por esos mismos hombres que 
después exigen de nosotras tantas virtudes, tan es- 
tricto cumplimiento de obligaciones que no se nos 
enseñan, al paso que si se cuidan alguna ven de las 
mujeres es, con raras escepciones, para seducirlas 
v corromperlas. 



Júzgase generalmente !o mas perfecto la educa- 
ción que se da en los colegios, y los padres que pue- 
den creen haber hecho cuanto es imaginable, lle- 
vando á ellos sus bijas y teniéndolas allí basta que 
tienen edad para lom.ir estado. Dase por terminada 
la educación de aquella joven, y sin embargo igno- 
ra cuanto debe saber para ser una buena esposa, 
una buena madre; no por culpa de las directoras, 
sino porque ni de ellas se exige que presten otra 
instrucción que la enseñanza ele algunas labores, ni 
lodos sus esfuerzos son bailantes para instruir en 
lo que no pi;ede aprenderse en sus establecimíenlos, 
muy buenos, muy útiles para la enseñanza de las. 
labores de nuestro sexo, pero que dejan un gran va- 
río en la educación que solamente pueden llenar los 
padres; pero estos no se ocupan de semejante cosa, 
pues conociendo instintivamente lo grave de esta 
obligación transigen con su conciencia delegándola 
en personas eslrañas. 

Nada diremos de las que se educan sin salir de 
la casa paterna, pues su educación depende de las 
circunstancias de las madres. Feliz aquella que de- 
bió el ser á una madre instruida, vigilante y llena de 
esperíencia. que comprendiendo sus sagrados debe- 
res no aparta de su lado á su hija hasta dejarla en 
poder de su esposo, y que en vez de escílar su va- 
nidad desde niña, ensenándola únicamente á ador- 
narse y á agradar con prendas o superficiales, ó mas 
perjudiciales que útiles, la instruye en sus deberes, 
haciéndole comprender que los esfuerzos de la mu- 
jer no han de dirigirse únicamente á parecer buena, 
sino á serlo en realidad. Feliz la hija de esta madre, 
que la sociedad calificará de rígida, pero que es dig- 
na de toda alabanza. 

Por de pronto el primer mal que se echa de ver 




la educación de lis majen-* es la falta de método; 
por eonsiguienle lo primero que debe hacerse es 
metodizarla, arreciarla i O" pl""> *>. «*>g«Pld<> 
los medio* mas ademados para obtener el lin prin- 
cipal que lo» padre* te piopoueo, que sin dnda eí 
que su* hijas sean bnenas J felicei, 

Es esrusada *lecir que l.i educación debe basar 

.. . *a 
en luí principios > mávimaí de nuestra religión; sin 

embargo de la indiferencia religiosa que hoy reina, 
ni una sola madre existirá que no empiece inslru- 
rendo .i sus hijos en los principios de nuestra sania 
religión. Hasta aquí lodo va bien, todas las madres 
i (informes, A esta instrucción, religiosa, que 
no debe de abandonarse basla que la niña es ja mu- 
jer, deben seguir los con oe i míenlos propios del se- 
xo, sin desdeñar ninguna de las ocupaciones domés- 
ticas, ninguna. Cualquiera que sea lasuerlede la 
mujer siempre esta enseñanza es indispensable; con 
ella sabrá en la felicidad ordenar su casa, y no será 
la esclava de sus criados, y si sobrevienen las des- 
gracias ¿cuánto menores serán para la que se basla 
.1 si misma, que para la que no sabe hacer lo que 
no puede mandar? 

Después de esta instrucción indispensable es ne- 
cesario mostrarle lambicn qué es esto que se Huma 
sociedad, la posición que ocupa en ella y las gra- 
de ber es que la ¡(apune, de que en urliculosanto— 
riores nos liedlos ocupado: y uu para envanecerían 
Laceria ambicionar mejor fortuna, como ordinaria- 
medie sucede, sino para formar su corazón v que 
cumpla tan inquiríanles obligaciones. Supuestos los 
conuLiiiuijilu! de leer, escribir, ek. . es también 
eom emente que aprenda esos milodoí sencillos de 
aliviar las tijeras indisposiciones de su familia, es- 
pee i al me tile las de lus niños, que sepa su propio ¡dio - 
DU por principios, aritmética, geografía y dibujo, 
T esta no para lucirse , ni solamente por el re- 
creo que le pueden proporcionar, riiio para que 
icpa preparar con esta primera instrucción á fus 
niños, si llega á ser madre; pues según nuestra 
opinión, los bijas do deben separarse de sus ma- 
drea hasla la edad en que ya deben haber adqui- 
rido «toa prime ros conocimientos y ellas ser quien 
se los rn*cñe, pues ningún maestro alcanza á conci- 
lio li severidad y la dulzura necesaria para tan 
tierna edad, ni para hacerse comprender y ser creí- 
do como una oíadrr. En Inglaterra e»U e»la práctica 
nwy seguida, allí las madres mm generalmente los 
primeros preceptores de sus hijos; asi U educación 
infle* llera untas ventajas i lai de otras naeronei. 



t IJ'L 



Es cierto que allí las mujeres no se creen escusad 
de atender á las ocupaciones domésticas por ser ins- 
irnidss. pero abrigamos la dulce ronuanza de que io 
mismo sucederá en nuestra nación si como espera- 
mos llega ,i difundirse la ¡oslrucóvn en nuestro se- 
xo, pues no eeden las españolas á nadie en buen jui- 
cio tu en talento. 

Nada decimos de loscotioriniientosde puro ador- 
no; estos lus dejamos al buril juicio de los padres. 
que deben tener gran cuidado en no sacrificar lo ne- 
cesario á lo indiferente, y en que la educación de 
sus bijas en esta parle corresponda á la posición so- 
cial que ocupan'. 

Juzgamos que estas breves iinlic.H iones, csplfl- 
nad'i- después por los padres, latí interesados por 
sus bijas, son suficientes sí se utilizan para que la 
joven educada bajo file plan corresponda á cuanto 
de la mujer se puede erigir en la actualidad, alcan- 
zando la influencia que le corresponde y mayor fe- 
licidad de la que altora generalmente disfruta. 

>-» »t »i««« ■ 

Una de nuestras «preciables suscr lloras de pro- 
vincia nos lia favorecido con el articulo que á con- 
tinuación insertamos. Algunos oíros tenemos de se- 
ñoras que nos han dispensado igual favor; pero co- 
mo no es posible ¡aseriarlos lodos á la vez, los ire- 
mos publicando por el orden de fecha cotí que se 
nos han dirigido. 

lie aqui el artículo á que nos referimos: 

Sin ser mí ánimo poner á cubierto con la su- 
ciedad las jóvenes esposas que por falta de educa- 
ción adecuada á esc estado son un conjunto de or- 
gullo, roquete na y demás cualidades que constilu- 
H'u l.i desgracia de las familias y el trastorno gene- 
ral de su casa, mi pobre y corlo talento desea pre- 
sentar algunos de toa motivas que influyen en la des- 
cuidada educación que nos lamentamos se da gene- 
ralmente á nuestro seto. 

■ No es tan raro encontrar padres que animados 
de lo.-- íeiiümícDtos mas, loables procuren inculcar e 
instruir ¡i su joven bija desde que descansa en el 
regazo maternal las i tiras mas religiosas, predispo- 
niendo aquel tierno corazón para acciones grandio- 
sas. Cimentándolo en estos principios, y recogiendo 
en la corta edad de aquel ser vivificado con su háli- 
to amoroso el fruto de estos afanes, unido al placer 
que inspira lodo cumplimiento de un deber sagrado, 
procura adoruar su ídolo de todo lo que contribuye 
á deiarrollar el germen de aquella júten planta, pa- 



dicada á nna lectura Virtuosa é instructiva, o á una 
conversación interesante de donde pudiera sacar 
niii\imas que !u induzcan á cumplir los deberes que 
ha jurado y se ha propuesto sostener. 

« El amor propio de este hombre combatido por 
el orgullo va colocando tas piedras que unidas al fio 
abarán la barrera que los ha de separar y hacer la 
desgracia de la que era merecedora de mejor suerte. 
Todas las relevantes prendas que la adornan toman 
otra forma á los ojos de él. La constancia en el des- 
empeño de las obligaciones domésticas no es apre- 
ciada, pues siempre encuentra circunstancias que la 



ra que admita las ideas mas sublimes de la misión 
que le toca desempeñar en este suelo: esposa! madre! 
A la par que le ponen de mani Tiesto estas y otras 
obligaciones ornan su espíritu con la instrucción y 
su persona con las gracias, sicnJo indispensable pa- 
ra el complemento de su verdadera, religiosa, sabia 
y Gna educación. 

"La joven, ávida de remunerar los liemos cui- 
dados con que han rodeado su cuna y sus años in- 
fantiles una madre cariñosa, cuya sola idea se cifra 
en el vastago de su tierno amor, y un padre á quien 
no han adormecido ¡os honores ni distraído los cui- 
dados en que coloca á su seio la respectiva posición I desvirtúan, v con sn ironía le manifiesta ser forzada 
«ue ocupa en sociedad, no se contenta con recibir- ' en un talento tan sublime, é bien le hace compren- 
is, sino que abre su corazón con espansion, admi- der adolecen sus acciones de la presunción que le 
te con delicia lo que le osponen sus cariñosos pre- lian prestado los elogios de ios caros autores de su 
ceptores y supera si es posible su solicito cuidado. , vida. Estos según las leyes de la naturaleza han des- 
¿No han de tener estüs padres la consoladora espe- aparecido á esa fuerza inmutable que nos separa de 
ranza de que c) caro objeto de su Citrino, después Je ' todo lo que amamos; pero va llevan clavado el dar- 
constituir la felicidad del esposo que elija, gozará do emponzoñado, y saben que el tierno objeto de 
de una vida risueña y apacible, rodeada de su fanij- sus desvelos no es tan feliz como su corazón les prc- 
lia y con ios placeres inefables que estas cualidades sagiara. 

le aseguran? « Sintiendo la falta de los solos seres de quienes era 

(Todo desaparece como las nubes impelidas por comprendida, cubriendo de amurosos besos una lier- 

el huracán La joven da su mano á u» ser de na criatura, laque fué hija y es esposa se encuentra 

quien se cree amada; el mundo le llama hombre madre, pero se desalienta al refle\ionar el destino 
probo, porque no es capaz de cometer lo que este que han teñid, ¡ sus relevantes cualidades, fluctúa 
califica de infamia; su talento lo dedica á desempe- , entre el amor entrañable á sus padres y el inconce- 
ñar los deberes que la sociedad exige de él con de- ! bible á su hija, duda sí aquello! se habrán equivoca- 
do cuando quisieron adornarla de dotes poco roma- 
nes, y duda si deberá darle á esta niña la educación 
vulgar y ligera con que reconoce mas relices á mu- 
chas de las compañeras de su infancia. Si quiere se- 
guir las inspiraciones de su corazón teme el sarcas- 
mo de su esposo; y al fin decae y no tiene el valor 
suficiente para inculcar en su hija lo que á ella tan 
fatal le ha sido, y es preciso decirlo, con dolor pro- 
cura olvidarlo.... 

«Esto es lo que desearía combatiese una pluma 
mejor corlada que la mía, y que con frases de las que 
interesan al corazón hicieran comprenderá esta mi- 
tad del género humano que no desmayen aunque se 
les presenten esos obstáculos, porque si bien es muy 
común encontrar hombresquft mirándonos como so- 
lo destinadas á sus placeres ven con injusto desden 
las cualidades que por desgracia no nos son genera- 
les, los hay también que saben apreciar este mérito, 
y una madre está obligada á toda clase de sacrificios 
por dejar cimentado en sus bijas que no es incompa- 
tible con nuestras virtudes domésticos la instrucción 



lenimienlo y precaución, cualidades suficientes para 
que esta sociedad le mire como un compañero digno 
de la joven que adornada de esas cualidades intere- 
santes ya descritas se considera feliz con merecerle 
la elección. 

"Pero el alma de este hombre es fría y egoísta, 
gastada por pasiones que son admitidas en sn seso, 
pero que no por eso dejan de causar menor estrago. 
Elige esposa para cumplir nn deber que considera 
contraído ya en su posición, y para conservarla es- 
timación que lodos le dispensan. No puede menos 
de dar la preferencia al verdadero mérito que no le 
es dado desconocer; mas en su corazón abriga la 
idea general de que el talento de la mujer no debe 
desarrollarse, que debe ceñirse á futilidades y des- 
echarlo seriodesu educación. No aprecia la abnega- 
ción que su joven esposa hace de sus encantos, gra- 
cias é ilusiones; ¿y por qué? Porque las considera 
obligatorias; y mejor querría verla ocupada en com- 
poner un prendido que realzase sus hermosos cabe- 
llos Ó un vestido que ajustase su airoso t*Ue, que de- 



j las gracia* de »doroo, siempre regidas por la mo 
deslía, cualidad indispensable para todas las de mi 
wiu que deseen merecer la estimación general. 



la* «warrllor*- 



A VENECIA. 



Ved la encantada Venecia 
A flor del t&M dufnnda, 
Cual mía estrella raída 
De l,i luiirda clcrnal. 
Cual bella flor que campea 
Sobre alfombras de verdura. 
Cual masa que en noche oscura 
Gruía rl límpido cristal. 

Ved las olas mormurantes 
Que en carrera vagarosa 
Besan su plava arenosa 

Y se duermen á sus pies: 
Ved romo elevan su frente 
Esos altos campanarios, 
Cual gigantes temerarios 
De las nubes al¡ través, 

Y esos negros torreones 
Cun sus metálicos ojos, 
Que a la ciudad por despojos 
Rindieron mil naves, mil; 

Y de esas gandul as bellas 
Amarradas en la «trilla 
Ved cual la brisa sencilla 
Besa la vela gentil. 

Solo interrumpe el silencio 
Mili' reina do (|iiícr profundo. 
Del biiln; fatal v inmundo 
£1 ahullido sepulcral, 

Y el murmullo de las olas 
Que con losares del vienta 
Forman mágico concento, 
Melodía celestial. 

[trilla la luna ea el cielo 
Cual nocturno centinela, 

Y en luí mármoles riela 
Su nacarado fulgor. 

, Cuan hermoso es contemplar 
Sumido en sueño profundo 
Ese caloso del mundo 
Que fué del urbe terror! 

Con su estrellada diadema 
De azur, de rubí y topacios, . 
Con sn manto de palacios, 

Y con sn alfombra de mar; 

Y ver la ciudad coqueta 
De latastros al reflejo. 
Asomarse ai claro espejo 

Su hermosura á contemplar; 

Y aparecer en lat ondas 
Mil ciudades y mil cielo». 
Cual hermosos terciopelo* 



Bordados de estrellas mil; 

Y casas, y campanarios, 
Jardüica y chapiteles, 

Y góndv'a» y bajeles 
En remolino gentil. 

Y ni infiltrar de las aguas 
Ostentarse y confundirse, 

Y otra vez reproducirse 
Para borrarse otra vez. 
Oh! sé bendita mil veces, 
Venecia la encantadora, 
Que en ti el Eterno atesora 
Toda su a loria y mi pe»». 

Parece que de otros climas 
Mil genios la transportaron, 

Y en e! golfo la dejaron 
Cual abandonada flor: 

Y miedosa y zozobrante 
En lus aires supendida, 
Espera su muerte ó vida 
Ue manos d'' su Creador, 

Tal vei está pronunciada 
En el cielo tu condena, 
.Miniaría esa luí serena 
Tal vez tío id alumbrará: 
Quizás esc dulce sueño 
Se termine con la muerte, 
¿Mas que importa si su suerte 
Cumplida en el mundo osla? 

¡Pobre vieja derrengada, 
No has perdido tu hermosura. 

Mu perdiste tu ventura 

Y tu renombre anterior! 
¿Donde han ido, di, tus glorías? 
¿Tus soldados valerosos? 
¿Tus pendones victoriosos? 
¿Donde ha ido tu esplendor? 

En vez de ceñir laureles 
Tus ¡nii'blij!. x.ni vegetando. 
Cas cadenas arrastrando 
De, oprobiosa esclavitud. 
Llora, Venecia infsliee, 
Llora, llora desolada; 
De tu libertad sagrada 
Solo queda el ataúd! 

Manchados ron el polvo del osario 
Los que adornan su sien secos laureles, 

Y envueltos en su fúnebre sudario 
Despiertan ;.iv! lus paladines fieles. 

Míralos leían lar su faz marchita, 

Y con acenln sepulcral y hueco 

Cual te gritan: ■ Fenecía, estás maldita, • 

Y maldita do quicr repite el eco. 

¿Te estremeces por fin? iergues lu frente 
En la que infamia se miró esculpida? 
¡Despierta pues, y en tu entusiasmo ardiente 
O [umftfl d Ubi rtad, grita atrevida! 

Corre á las armas, ve; sacude el yugo 





Con que empañaron lu gloriosa historia: 
Derriba de su liono á lu verdugo, 

Y cubre lu baldón con la victoria. 
Corre á las armas, vé; de! estrangero 

Derrumba el solio y las inicuas leyes, 

Y grita con orgullo al mundo enleru: 
«.Yo hay esclavos aqiti: todos son reyes!* 

¡Pero en vano es el soñar 
Con un porvenir de gloria; 
La página de tu hisíoria 
Para siempre se cerró! 
Ya no hay para lí combates. 
Ni renombre ni laureles. 
Solo anhelas los joyeles 
Que el liranu te arrojó. 

Te contentas con vivir 
Entre bailes y festines; 
Tus osudos paladines 
Han muerto ya para lí! 
Tu enervadücorazon 
No palpita al oir su nombre... 
¿Qué vale al fin un renombre 

Y una gloria baladí? 
¡Oh vergüenza, oh deshonor! 

¿\ r son estos, los guerreros. 
Tan osados y altaneros, 
De lan grande corazón, 
Que pasaron á otros climas 
De acero cubierto el pecho. 
Por hallar el mundo estrecho 
A su gigante ambición? 

¡Oh! pluguiese á Dios que al menos 
Sí á esclavitud le condena, 
Si esa pesada cadena 
Debes por siempre arrastrar; 
Pluguiese á Dios pues le niega 
Un porvenir halagüeño. 
Que fuese mortal tu sueño 

Y le tragase la marl 
Adiós, adiós! que de ti 

Apartar quiero los ojos. 
Pues roe causa mil enojos 
El mirar tu deshonor; 
¡Pobre vieja derrengada! 
Queda en paz, pues que la suerte 
De ir en busca de la muerte 
Te ha negado hasta eí valor! 

Queda en paz: duerme tranquila, 
Ya que cifras tu ventura 
En la gala y hermosura 
Que lau poca prez te dan. 
Duerme, duerme descuidada 
Envuelta en espesa bruma 
Sobre lu lecho de espuma, 
Ya que es inútil mi afán. 

Y al despertar soñolienta 
De los astros al reflejo, 
Asómale al claro espejo 



Tu hermosura á contemplar, 
Y lu estrellada diadema 
De azur, de rubí y topacios, 
Con tu manto de palacios, 
Tu bella alfombra de mar! 

Angela «;r;i««i. 
BALADA. 

¡Llegad á oir e¡ canto de la pequeña ave ama- 
rilla! 

Hubo un tiempo en que volaba libre por las so- 
litarias selvas; pero los hombres llegaron codiciosos, 
la tendieron artificiosas redes y la encerraron en 
cárceles de racial; porque conocieron que su tierna 
voz dulcificaba los pesares del alma. 

Desde entonces es compañero de la mujer. Le 
cuenta dulcemente los tormentos de su cautividad; 
loma ron placa: el cebo que le présenla la mano de 
su amíga, y cuando escucha su iw 6 sicote sus pa- 
sos pica el hermoso plumagede su pecho en muestra 
de alegría. 

Un dia, Amalia, la bella nina de azules ojos v 
dorados cabellos, cayo enferma en el lecho del do- 
lor. Su frente abrasaba con el ardor de Ja fiebre: su 
mirada era de fuego y nunca el sueno cerraba sus 
párpados. ¡Pobre niña! Su madre agoló el amargo 
raudal de Las lágrimas, y los doctores mas ancianos 
pronosticaron su muerte. 

Pero ovo tus dulcísimos acentos y sus ojos se 
empaparon en copioso llanto: despertó su corazón 
á la vida, sus mejillas se sonrosaron y recobró la 
salud. Amalia habia comprendido lu consolador lea- 
guage, porque estaba enferma de amor. 

Llegada oir el canto de la pequeña ave ama- 
rilla. 

Vedla guardar con su amante seno su reciente 
cria. ¡Cuan contenta está! Acaricia sin cesar á sus 
hijuelos, los entretiene con su apasionado cauto, y 
no se aparta de su lado sino para sorprender la vo- 
ladora mosca y traerla á sus piquitos. 

¡Inocente madre! Ignora que alimenta una linda 
raza de esclavos, que un dia gemirán como ella en- 
tre las rejas de una eterna prisión, y que no mati- 
zarán con su pluma ge la verdura de los Lilaques pa- 
ra que fueron nacidos. 

Llegad á oir el canto de la pequeña ave ama- 
rilla. 

Mas los hombres nos hicieron un inmenso bien 
cuando llegaron codiciosos ala gran Canaria, leudie- 




roo sos redes y nos trajeron lan lindo compañero: 
porque al menus cuando nuestro corazón padece, 
podemos fijar nuestros ajo* en los suyos, sin encon- 
Inr U espre»ion de N mofa f> del tf «preció, y nues- 
tras tristes suspiros siempre son contestados ¡rar sus 
tneUnroliras quejas. 






Sí, ti! Los queahrisais peiares en el alma, (le- 
pad presurosos i uir el caolode la pequeña ave ama- 
rilla y seréis aliviados en vuestro dolor. 



l'na susrntora de Rarretona nos remite los si- 
guientes renos dedicados ¿ nuestra amable colabo- 
radora l( señorita doña Angela ürassi, tos rúales 
nos apresuramos i insertar run rancho gusto en tas 
columnas de nuestro humilde periódico. 

Cuando llegó liernfsima á mi ujifo 
La i ur de la inspirada poetisa 
Dulre como el murmullo de la brisa 
Que huyendo besa 1* fragante flor: 
El corazón latió tinliendo el fuego 
Que el amado placer al pecho inspira, 

Y alcé del polio mi olvidada lira. 
Llena Iíi mente de divino ardor. 

Yo anhelaba en hnpl.ii ida quimera 
Un canto de alabanza dar al viento. 
Pero mi trova se turnó en lamento 
Cual no de las muidas funeral. 

Y connri al través ilr mi amargura 
Que la sombría vw de mi tristeza 
Ensalzar no podia la belleza 

De la tuja lan pura y celestial. 

El ángel del dolar sobre mi cuna 
Con loca lana desplegó sus alas¡ 
Uiómc la tierra abrojos, y sus galas 
Naturaliza para mí ocultó. 
En vano del cariño los halagos 
Con perdurable afín Je mandé al mundo: 
¿Sufrimiento, pesar, duelo profundo 
Solo á mirostru coa desden lanzó! 

;Que mucho que ai cruzar después la vida. 
Los ojos lijos en mi turbia estrella. 
Ostente del dolor la triste huella 
Estampida en mi frente juvenil? 
^Que mucho av ! que en el lloridoTalle 
Si el cielo l.i uepi la aur a serena. 
Pernea deshujuta la aifteeaa 
Cuaodoapenas bnllaba el sol de abril? 

Por eso loiqne enhrMoi 4c U dicha 
Con regalada calma se adurmieron, 
El honda <an ajada prorumpirron 
Al escuchar mi legra inipiraeion. 



Y era que los dichosos no entendían 
Que herida del dolor por los agravios, 
Abundoso brutalia de mis labios 
El duelo que escondía el corazón. 



Tú empero bella cantora, 
Tú la mujer peregrina, 
En cuya sien se atesora 
La ardiente llama divina: 
Tú que con candidos ojos 
tío i es en la rosa abrojos. 
Ni ponzoñosa serpiente 
En lomo la clara fuente, 
\i sombría nube oscura 
Que del sol la llama pura 
Corre veloz á turbar; 
Tú, ángel de amor y ternura, 
Canta, canta sin cesar! 

Hay seres cu va fortuna 
Hizo lan menguada Dios, 
Que siemprfe sigue importuna 
La desventura en sn pos. 
Jamás sonríe su hora. 
Jamás el placer les tora, 
Jamás la líente levanta 
La yerba (pie ludir) su ¡plañía. 
\ en lan feroz desconsuelo 
Solo les concede el cielo 
l"na tregua A su penar: 
¡Escucharte es su consuelo! 
¡Cantil, cania si tesar! 

Al mar de las ilusiones 
Lanza lu nave atrevida 
Sin miedo á los aquilones 
De que será roiubalidn. 
Y si la (¡loria ambicionas. 
Hay bellísimas enronas 
De verde laurel formadas . 
Para lu frente guardadas: 
Hay labios desconocidos 
Que ,i.l miarán mnoiuv I. Li- 
li! lisonjero sonar 

Úill que l.al.i ■;,( los ojdoí 

Tu dulcísimo cantar. 

Jt'jinuuíi Litlau. 



I \ MES E¡\ LA ALDEA 

BarBtUíMma, 

Después de anadia brusca ioterpolaeionrcíoópor 
algún tiempo un silencio penoso. El joven con la 
mano sostenía »u rabcu: cualquiera observador hu- 
biera conocido que aquella imaginación enaba po- 
seída de diferentes pensamientos; aquellos ojos, doo- 






de siempre se vieran reflejar los uioumienlos del cu- 
razón, ahora se {.lavaban involuntariamente en la 
tierra. Se había hecho traición, babia revelado uno 
de esos secretos que mil veces él mismo se ruboriza- 
rá de comprender, y hubiera dado la mitad de su 
existencia por poder reccijer aquellas frases que se 
deslizaron sin apercibirse de sus labios. Por otra 
parte, su amor no era tan puro como el cielo, en 
donde creía ver la imagen celeste de su adorada. 
Cuantas veces su espíritu fatigado de la lucha i|ue 
sostenía se había adormecido, y cuantas aquella ima- 
gen tan inocente y bella había acariciado su fre nú- 
es medio de aquellos suenes deliciosos, él halda 
bendecido ese elixir de embriaguez y de amor que 
se la mostraba bajo tan misteriosas formas. ; V ■ ■■. i 
el amor mide las distancias y se apercibe de esas 
barreras que la sociedad coloca entre sus individuos? 
No, Pedro es hermoso, es joven, su corazón Jale al 
solo recuerdo de esas acciones que ennoblecen al 
hombre; ¿por qué entonces ruborizarse? ¿Por qué 
temblar como un niño solo porque ama? Pero no es 
esto; Pedro teme el ridículo que raería sobre él si 
sus compañeros comprendieran que sus pensamien- 
tos se elevaban basta ta señora del castillo; de aquel 
castillo habitado por sus poderosos antepasados, que 
parecía que hasta sus mismas ruinas inspiraban ese 
religioso silencio que oprime el corazón; porque era 
un libro abierto á los ojos del caminante que le re- 
velaba la historia gloriosa de cien siglos, en los mu- 
ros de aquel baluarte de feudal poderío; pero la 
huella del tiempo ha carcomido aquellos orgullosos 
torreones, dándoles un tinte de melancólica triste- 
za. ¿Puede haber un corazón que do se conmueva 
ante el espectáculo de la destrucción? No, mil veces 
no; su vista impresiona dolorosamente y La imagina- 
ción da tan diverso giro á aquellas silenciosas rui- 
nas, que el edificio imaginario se alza mas bello y 
poético que lo fué en realidad. Pero hoy solo queda 
de aquella grandeza que en dias mas felices le ro- 
deara, sus muros carcomidos y la tradición de aque- 
llas.seocillas gentes, que le miran como un santuario 
que temerían profanar si la murmuración penetrara 
en él. Su actual poseedor solo babia heredado el or- 
gullo proverbial de su familia, y una mezquina ren- 
ta, un castillo lleno de recuerdos y unos títulos que 
le impedían ejercer ninguna profesión, porque aque- 
llos recuerdos de gloria según sus creencias se em- 
pañarían: era necesario vivir aunque fuera en la mi- 
seria. 

Esta era una verdad que la pobre María sabía 



los sacrificios que la costaba, pero el país, mejor di- 
cho, sus moradores verán Iodo lo contrario. £1 creía 
que este era un medio para que todos doblaran mas 
respetuosamente la rodilla ante su antiguo señor: su 
influencia era grande; una palabra suya tenía para 
todas aquellas sencillas gentes el don de la profecía 
y era escuchada como un aviso del cielo: por otra 
parle el señor Adolfo De, á quien tendremos lugar 
de conocer en nuestra relación, tenia á su lado uno 
de esos seres á quien lo naturaleza, pródiga con ellos 
en estremo, rodea de un no sé qué de divino que 
parece santifica cuanto se le aproxima, esla criatura 
tan llena de encantos era Ida, Ida era un ángel; la 
primera de sus máximas era esa caridad evangélica 
que d;i hasta á su fisonomía algo de celeste. Su pa- 
dre había comprendido exactamente su misión en la 
tierra; era ambicioso, pero su hija nunca pudoaper- 
CÍblrse de ello; él la amaba con di-lirio y había sacri- 
ficado una parte de su reducida fortuna para que á 
la señora del castillo, y usaremos de sus mismas pa- 
labras, no le fallaran aquellos conocimientos tan ne- 
cesarios para una joven que contaba duques en sus 
antepasados. El alma de Ida engrandecida con esas 
sublimes máximas que la encadenaban hacia el bien, 
estaba por otra parle embriagada de esa poesía que 
hace que lodos los objetos se presenten bajo la for- 
ma del bello ideal. Todos la adoraban con esa ado- 
ración respetuosa que inspira la hermosura, el can- 
dor y la virtud; ella comprendía este prestigio v Su 
corazón bueno v generoso ambicionaba hacerse dig- 
no de él, no por una vana ostentación, sino porque 
al comprender que era amada era para ella una re- 
compensa muy dulce. Ida inspiraba con su ejemplo 
deseos de ser útil á los demás; cuando sus escasos 
recursos no le permitían socorrer á los desgraciados, 
llegaba basta la puerta délos ricos, les hablaba con 
el lenguaje puro que hablaron los profetas, y les ha- 
cia comprender las desgracias de sus hermanos de 
peregrinación sobre la tierra: su voz simpática tenía 
cierto no sé qué que arrebataba y enternecía, y los 
pobres, que siempre veían su imagen protectora pin- 
tadas partes, la bendecían y !a miraban como su 
ángel tutelar. Otras veces recorría la rivera en su 
¡ijera barquilla, y mas de una al encontrar á la ori- 
lla algún pobre rendido de fatiga, le conducía hasta 
el valle, en donde era saludada con ese entusiasmo 
hijo de los corazones que comprenden el peso del in- 
fortunio, y saben bendecir la mano que Jo disminu- 
ye. Su padre, embotados los sentidos con sus raí- 
das preocupaciones, hubiera recia zají> esfa conduc- 






I 



la de so bija, que según el U ponía en contacto con 
loda It canalla del valle. La pobre María mi! veces 
había llorado viendo las arciones hn hermosas para 
«lia de su señorita, interpretadas de esta manera; 
pero debia callar, porque su señor se lo ordenaba; 
él solo lenia estas confidencias ron su humilde Ser- 
vidora, v est«> tn para ella un honor inapreciable. 
El señor I>e rniilprcndia por otra parle el prestigio 
que lasine fonaciones de su hija le reportaban; su co- 
razón estaba ansioso de homenajes y era demasiado 
ambicioso pura no sacar partido de ellas. 

Cedro liahia abandonado su anticuo aliento y 
miraba desde la ventana la tuna, que se reflejaba en 
las aguas de aquel rin que se desligaba magesluoso 
al lado del rastillo. Por *¡ü imagina, ion lal vci ha- 
bían crinado lo das. esas ideas que él conocía laminen 
* que bariiin el n-lrato exacto ile lila y su padre. 
De pronto aqu>dla luna tan argentina iluminó una 
barquilla que caminaba interr limpien do ron SOS re- 
mos el silencio de l.i nuche: ella enrerraba uno de 
esos grupos que llenan los ojos de lágrimas, la guia- 
ba un joven oficial con uní actitud latí natural y tan 
noble que prevenía á su f,i\ tir. El tenia los ojos li- 
jos en el interesante cuadro que se destaraba en la 
frágil barquilla, y su corazón palpitaba de orgullo y 
de respeto. Sus miradas se encontraban niinli.is ve- 
ces con las de una joven que apenas sal ¡a de la ado- 
lescencia; una ráfaga de alegría brillaba en ios ojos 
de la encantadora niña cuando doblaba sus esfuer- 
zos para sostener puesta de rodillas .i una mujer pá- 
lida y desfallecida: esta mujer anciana y temblorosa 
casi pareéis una mendiga. La juven oprimía euu sus 
blancas y deliradas manos las de aquella desgracia- 
da, como queriéndole trasmitir su propia vitalidad, 
y la miraba con un cariño y una caridad tan evan- 
gélica que el joven mas do una Tez estuvo por aban- 
donar los remos y raer á sus pies para «dararta ro- 
mo »e adora i los ángeles. Entre tanto la joven to- 
mo una actitud tan noble, su mirada retada por una 
espresion de dulce melancolía, sus largo* v sedosos 
riiot que ocultaban en cierto mndo sus perfectas 
mejillas, su traje azul de una elegancia admirable, 
que dibujaba el nu< esbelto de los talles, todo en lin 
ofrecía en elU el tipo del ser puro, del ser que vier- 
te en la tierra la gracia y la alegría, y te presentaba 
ante tu destruido ca*lilln para engrandecerlo con ida 
evangélicas obras. Era el genio del bien, era la es- 
tatua dé la caridad, une te alzaba delante de aque- 
lia* ruinas abrazando á la pobre mendiga y calen- 
lando sus manos con su suave atiento. Aquella cria- 



tura tan bella, humildemente arrodillada ante la po- 
breza, h.u'iü sonreirá los ángeles, porque había su 
noble alma comprendido las palabras del Redentor. 
La noble castellana santificaba la grandeza de su ra- 
za: sus labios repetían: «De rodillas, poderosos de 
l.i fierra, venerad la pobreza, para que nuestro f.ms- 
lo v vuestros caprichos no merezcan el anatema de 
ese espíritu divino que prediró 9a pobrera y la hu- 
mildad. 

IV dro corrió & la orilla del rio. dejandi admira- 
da á la pobre María de su precipitación, pues basta 
la boina había olvidado subte una silla. La anciana 
se dirigió á la ventana, y sus ojos en el momento se 
llenaron de lágrimas. Ida, aun de rodillas, sostenía 
á la pobre mujer, que la miraba de una manera im- 
posible de pintar; el joven oficial le ayudaba para 
bajarla á tierra. He pronto se apareció Pedro; unos 
cuantos aldeanos se aproximaron también á la rive- 
ra.— Mi madre! gritó Pedro fuera de sí Á causa de 
la emoción. Ida le alargó Jos lirazos para sallar k 
tierra.— De rodillas ante la señorita Ida! gritaron los 
aldeanos. — ¡Viva el ángel déla montana! repitieran 
varias voces. En aquel instante la cabeza de un an- 
ciano apareció en una ventana del eastitlo. — Ellos 
servirán grandemente, ¿i mis proyectos, María: mi 
hija será mi apoyo; mis pensamientos se realizarán. 

En tanto que el señor Adolfo De preveía tan 
buen resultado á fus planes, Ida casi en triunfo lle- 
gó á sti castillo, y el eco repelía en las montañas: 
— ¡Viva nuestro ángel purul 

St continuará. 



YalallAtt. tíf ifri-anl. 



- *** kHQI ■* *■* * 



ADYEHTtícSUAS, 



Suplicamos & nuestras a preciables siiseriloras de 
provincia que no hayan satisfecho el importe de sus 
suscrícSbnej, j carézoan de posibilidad de hacerlo 
por medio tie libranzas de correos, que lo verifiquen 
en sellos de franqueo, dirigiéndose í nuestro impre- 
sor don José Trujillo. 



No se admiten cartas ni periódicos que no ven- 
gan francos de porte. 



MADRID 1851. 

lmprenin rte don •!••* Trajín», tatj». 
Calle de Marta Cristina, número 8. 



I 



Ldo I. 



Domingo 21 de «alumbre de 1851. 



fíúm. 8 



LA MUJER, 

PERIÓDICO 

escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Esle periódico sale todos los dcimingosnesuseribc en MaJrid en las. librerías de Momer y de Cuesta, i * rs. limes; j m pro'in- 
«ias 10 rs. por dos meses franco de purle, reinilien o una libran u a favor ileiiui'Mru impresor, ú sellas de franqueo. 



Después de los artículos en que nos hemos ocu- 
pado de la educación que la mujer recibe en la ac- 
tualidad, demostrando tos vicios de que adolece <■ 
indicando los medios de mejorarla, tal es la impor- 
tancia que damos á esle asunto que continuamos 
boy tratando de él, aun á trueque de ser calificadas 
de impertinentes, esponiendo por Tía de apéndice 
algunas observaciones que juzgamos aflámente in- 
dispensables, y que si no á lo que se enseña, ni á lo 
que se debe enseñar, refiéretise si á circunstancias 
que ejercen una influencia grande en el corazón de 
las jóvenes neutralizando los buenos sentimientos 
que quizá deben á ta naturaleza y las virtuosas cos- 
tumbres que se las pueden inspirar. 

Por una consecuencia que casi nos atrevemos á 
llamar natural, al rceojimicnk» extremadamente rí- 
gido en que se tenia no ha mucho á nuestro sexo en 
España, ha sucedido la mas amplia y escesiva liber- 
tad: antes se juzgaba peligroso quií supieran las jó- 
venes escribir; ahora se califica de ridículo el padre 
que no permite á sus hijas tener su corresponden- 
cia particular sin intervención de ninguna clase. 
Entonces la que llegaba á saber leer únicamente co- 
nocía algún librodevolo; ahora nu hay ninguno que 
no se ponga en sus manos sin examen ni restricción 
alguna. A aquellas jóvenes niuguna clase de reu- 
niones les era permitida; á estas ¿cuáles son las que 
se les prohiben como peligrosas? ¿qué compañía 
se les manda evitar por perjudicial? Ninguna. 

Sí funestas eran las consecuencias de aquella 
desmedida rigidez, no menos funestas son las del es- 
tremo contrario en que hemos caido. Entonces no 
obstante era posible que la mujer recorriese la car- 
rera de su vida sin gozar ni un dia de Jo que ahora 
se entiende por Felicidad, pero no conociendo abso- 



lutamente esos tumultuosos placeres que, según se 
dice, constituyen la vida de Ja sociedad, acostum- 
brada á sufrir la tiranía de sus padres se avenia á 
soportar la de su esposo, y en aquella existencia 
monótona bailaba cuando menos el placer de cum- 
plir con sus deberes y atraerse el respeto y la consi- 
deración de cuantos la conocían. ¿Con la educación 
y libertad actual logrará acaso jjjual ventura? 

No era por cierto conveniente dejar á las jóvenes 
en la completa ignorancia en que se las criaba antes; 
perolo es menos permitirlas instruirse anticipadamen- 
te y cuando no tienen aiin el discernimiento necesario 
en lo que las enseñan esas novelas escesívamente 
libres que con grande imprudencia se dejan en sus 
manos. Recordamos que un ilustre y malogrado es- 
crilur ocupándose de este asunto bace algunus años, 
negaba la influencia de estos libros en las jóvenes, 
atribuyendo los errores que algunas cometen exclu- 
sivamente á su temperamento. Sin embargo del res- 
peto que sus opiniones nos merecen, en este punto 
nu estamos conformes con él. ¿Cómo puede poner- 
se en duda que han de ejercer un grande influjo en 
una alma inesperta y virgen esas obras en que tan 
hábilmente se justifican, se embellecen y se glorifi- 
can los vicios y hasta los crímenes? ¿Cómo resistir 
en tan temprana edad á la seducción con que adu- 
lan los deseos que ya empiezan á insinuarse? ¿Quién 
puede negar que tales lecturas enardecen la mente 
y preparan el corazón para que se desarrollen en él 
las mas violentas pasiones, que destruyen el porve- 
nir de laque se deja arrastrar por ellas, o envene- 
nan la vida de las que por fortuna las resisten, ha- 
ciéndolas vivir en continua batalla con su propio co- 
razón? No se deduzca de aquí que anatematizamos 
todas las obras que bajo el título de novelas se pu- 






bliean; lejos Je ello conocemos muchas que pueden 
»r útilísimas ya para enseñar con ejemplos a evitar 
las funesta* ronsecuencias de las pasión et. y* para 
E*tj mular a| estudio de la hfctoria. ja para inspirar 

fas mal nobles ardenes: Id que joigamos peligroso, 
lo que condenamos es que sin examinarlas por si 
mismos previamente permita» lus padres ó sus hijas 
la lectura de lodos los libras que pueden haber alas 



far ¡li- 



ma nos. 

Lis misma: observaciones nos sugiere esa 
Jad de llevar i las jóvenes á reuniones donde que- 
dan enteramente apartadas de l.i vigilancia de las 
madres, v donde solo escuchan adulaciones que es- 
citan su vanidad, ¡¡alanterícis atrevidas que gastan 
•■u pudor, v conversaciones estremada mente libres 
que despiertan primero curiosidad, después deseos 
v que quita son los fundamentos de su perdición. 

¿V* qué dirciuo- «Je esa ¡njusliíii abie condescen- 
dencia de ios padres, que no cuidándose de escoger 
lis compañeras de sus bijas les permiten cultivar la 
-imisifiil de esas mujeres de trato ciertamente Fácil, 
amable, seductor, de esas mujeres de mundo, que 
son citadas en todas partes por su lujo, por sus con- 
quistas, por sus infinitos adoradores, pero cuya inti- 
midad es peligrosísima para las jóvenes fallas de to- 
da esperiencia, y cuya única vigilante árnica debe 
«er su madre? 

El descuido general que en estos puntes u ad- 
vierte, v el influjo que ejercen en la juventud nos 
han obligado a entendernos sobre ellos, llamando la 
atención de los padres para que sean mas preravidbs, 
para que sepan adoptar un término medio entre la 
rigidez antigua y la ilimitada tolerancia que actual- 
mente te usa. Desean sin duda hacer la felicidad de 
na bijas, pues reflexionen que no pueden llegar á 
ser felices cor» tanto descuido por parte de los únicos 
que deben pinar y dirigir su juventud. Si las dejan 
casi abandonadas i si mismas, si no las prepararon 
eoo una buena educación. ni después las ayudan a 
•airarse cuando las pasiones, y con sus seducciones 
elmundn, y los hombres cun su perfidia, (as comba- 
ten, ¿porqué han de eslrañar que se pierdan.' | porqué 
baa Je culparlas si la infamia «ella su frente? Cúl- 
pense á si mismos, y compadeican á su hija infeliz, 
T perdonarla si bit maldice es lo que les queda que 
hacer. 



MUJERES CELEBRES. 



JUANA LA LOCA. 

Cuando la Providencia abruma al débil mortal 
ron el peso del infortunio de nada sirven para evi- 
tarlo las riquezas ni las ¡jerarquías mundanas, y lo 
mismo "iiue bajo su fatal influencia el poderoso 
magnate que el pobre y menesteroso. 

El conocido nombre que hoy va al fíenle de es- 
tas lineas nos lia sugerido sin querer tan tristes co- 
mo Venladrra» rclletiones. 

D," Juana de Aragón y Je Caslilla, reina de Es- 
paña, conocida vulgarmente por Juana la Lora, fué 
bija de los Huyes. Católicos y nació en Toledo el 
di» d de noviembre de ItJÍ). Educada convenien- 
temente, según su elevada clase y sus futuros desti- 
nos, din a rontm'cr muy pronto su claro ingenio y 
singular talento, y cuenta» que era todavía muy ni- 
ña cuando hablaba la lengua latina can tanta facili- 
dad corno la lililí 1 llana. Tenia quince años cuando se 
contrató su matrimonio con el archiduque de Aus- 
tria D. Felipe, que después fué llama do el Hermoso 
y con justicia según lus historiadores, pues era el 
mas gal lanío, generoso y amable caballero que en 
aquella época podían presentar las familias reinan- 
tes de Europa. 

En estas bodas, que llevaron la monarquía es- 
pañola a la casa de Austria, solo (ralo D, Felipe de 
llenar sus miras de ambición, mientras que la joven 
1).* Juana concibió una pasión tan delirante por su 
marido, que fué el origen de su funesta desgracia. 
Efectivamente, cuando en. I 'jl)2 unieron ambos a 
España desde Irlandés, donde residían, a fin de ser 
jurados principas de Asturias y herederos di; Aragón , 
padeció D." Juana un acceso de celos tan violento, 
durante una ausencia de su marido, que su raion 
comenzó ¿ turbarse visiblemente con grande dolor 
de mis augustos padres v del reino. 

En liiClíi fueron proclamados los príncipes en la 
ciudad de Valladülid reyes de Caslilla y de León: 
pero apenas pudieron terminarse las fiestas y regoci- 
jos que m celebraban en España con este motilo, 
pues casi repentinamente, y en lodo el vigor Je su 
juventud (i los 29 *U»), falleció 1). Felipe en Bur- 
gos el día 15 de setiembre. 

Con tuceto tan terrible como inesperado recibió 
lauto sentimiento D.* Juana que iu enfermo juicio 
desapareció por completo, quedando enteramente 



R 



loca. Los médicos abrigaban sin embargo alguna 
esperanza de obtener su curación, pues hahia que- 
dado embarazada; pero llegó el deseado irance, y 
i). 1 Juana dio á luz una nina sin que indicóse la mas 
leve mejoría su cerebro vacío. 

A fuerza de las vivas instancias de su padre 
D. Fernando, pudo lograrse que se trasladara á 
Tordcsillas en 1509, llevando consigo el cadáver 
de su marido, del que jamás cousiulióeu separarse. 
Allí permaneció en estad» tan miserable por mas de 
cuarenta y siete años, padeciendo á veces manías 
que la inducían á no probar alimento alguno duran- 
te sesenta huras y á vestir indecentemente, basta 
que apiadado el cielo de su desgracia te abrió las 
puertas déla eternidad en 11 de abril de loSa, Su 
cnerpo y el de su esposo fueron trasladados á Gra- 
nada. 

Fué esla princesa muy querida de los castella- 
nos, y parece que su triste situación la hacia mas 
interesante á sus ojos: por eso mientras vivió, a pe- 
sarde su enfermedad, figuró su numbre primero que 
el de su bijo D. Carlos en lodos lus despachos, di [do- 
mas y demás documentos públicos, 

Julia. 



Nuestra apreeiable colaboradora de Sevilla nos 
ha favorecido con el siguiente articulo, cuyas estre- 
nadas dimensiones do nos permiten insertarlo pur 
entero en este número: en el inmediato daremos la 
conclusión. 

DEBERES DE LAS NIÑAS PARA CON LA 

SOCIEDAD. 

No creas que es despique, bella Ana María; no 
creas que ofendida, como vieja que soy, ba de tra- 
tar, ni por un momento siquiera, de locara! cuadro 
en que á grandes rasgos has trazado la pobre exis- 
tencia de la mujer que llantas vieja, marcándole los 
deberes que para con la sociedad está llamada á 
cumplir. No creas tampoco que al contemplar la 
tumba de mi juventud, pues que be cumplido cua- 
renta y cinco años, vaya á escribir con la menor 
prevención con Ira la hermosa mitad del género hu- 
mano que llamarás sin duda juventud del bello se- 
vo. Nada de eso; yo también como tú me propongo 
escribir lo que sienta, sin ánimo de ofenderá nadie, 
v sin pretender tampoco elevarme á la considera- 
ción de censura de las que no alcanzándome en 
edad me adelantan en ilustración. El objeto que me 
propongo envuelve la propia buena fe que tus escri- 
tos revejao, y obrería ya la hermosa senda que te 
propones recorrer, aspiro solo á ayudarle en el des- 



linde de derechos» rebajando algún tanto la fecha y 
ocupándome de nuestras hermanas consideradas en 
tudas edades, en todas condiciones y esferas y tam- 
bién en lodas sus relaciones. De las jóvenes he de 
ocuparme mas directamente, porque lejos yo de su 
círculo y de sus aspiraciones, y conservando solo 
dulces recuerdos de un tiempo que fué, ha de so- 
brarme imparcialidad con que suplir el vacio de mi 
insuficiencia, lo que unido al grande amor que mi 
sexo me inspira podrá en mi concepto autorizarme 
para esperar confiada la indulgencia de la bella Ana 
María v de sus jóvenes amigas. 

No me ocuparé de nuestro sexo en su primera 
edad, porque las niñas para mí solo tienen derechas: 
semejantes á la bella y lozana flor que en hermoso 
vergel se ostenta sobre débil tallo, no tienen otra 
misión que la de embellecer: la cuidadosa mano del 
jardinero viene luego marcando con su saber y lino 
la mas conveniente dirección, para que en un día 
dado pueda atraer hacía si la admiración de los que 
su obra contemplan. Los derechos de las niñas se 
esplicau por Los deberes de las madres, y al llegar á 
este punto dedicaré acerca de ellas algunas palabras. 

No puede en principio general señalarse la épo- 
ca en que la niñez acaba, tuda vez que para buscar- 
la haya de atenderse al desarrollo intelectual, único 
que puede servir de base á mis observaciones. La 
educación primaria os en este punto la única regu- 
ladora, deforma que será completamente niña y en 
su mayor estado de infancia una joven de doce años 
de educación descuidada, á la par que otra á los diez 
podrá despojarse del líLulo pueril á beneficio de una 
saludable dirección. Sirva pues esto de prudente y 
preliminar aviso á las que ya son madres, en tanto 
que por el curso natural de mis observaciones entro 
de lleno en la cuestión. 

La mujer de nuestros dias llegada á los doce 
anos pretende reclamar ya la consideración y el lu- 
gar de mujer joven, cuyo dictado parece significar 
tanto como persona social, con todos sus atributos, 
capaz de derechos y obligaciones en toda su estén - 
sion; reclama para sí un lugar mas elevado del que 
antes ocupara, legando una desdeñosa mirada á lodo 
aquello que no ha mucho formara sus únicas ilusio- 
nes. Ya se permite llamar niñas A las que no cum- 
plieron una edad igual á la suya, y compañeras y 
amigas á las que i a sobrepujan. Pero desgraciada- 
mente para nuestro sexo, las niñas a aquella edad 
solo comprenden que empieza para ellas una segun- 
da época marcada por la sabia mano de la Providen 
cia; pero fallas de la instrucción adecuada distin- 
guen solo el hecho sin entrever sus consecuencias. 
Tiernas y candidas palomas, vírgenes de lodo mal. 
se ven sorprendidas en la vida de dulzuras que lla- 
mamos niñez, para, ser llevadas áolro mundo, ven- 
dados los ojos y desarmado el corazón, á correr 
riesgos cuya importancia no pueden alcanzar ni re- 
motamente á presumir. A esta edad ya la niña debe 
engalanarse con una educación conveniente, debe 






hallarse preparada para que la transición no sea lan ( 
violenta. No dudo ín calificar wla «dad como la , 
nut peligrosa, porque desde luego la consideeu ru- 
mo U (|nt manir jnlludicia ejerce en los destinos j 
futuro* de la rnujer. Hasta aqtlrlia edad I» niña no 
ha Irnidu otro mundo que el ele Mií jileaos, l.i mejor 
educada solo [Hiede comprender que vive para go- 
zar reven-miiiido v amamln á su* padres. A este 
circulo estrecho se raneen ira su vida toda. ¡Di- 
chosa edad' Durante ella la nina nada ha vislit del 
verdadero mundo, pero ia época fatal se acerca; 
enrárgasc por si sola la naturaleza, y la nina, que 
baila entonces alegre y bulliciosa tuviera siempre 
(H bellos ojos fijos en los de su lienta madre, sin 
atesorar en su corazón otra consideración que la de : 
su amor, lo* baja ya. clava su visl.i en el suelo y | 
Mente por primera ^e^ sin espliearsn su importancia ¡ 
lo que el mundo llama rubor. ¡Puliré y desgraciada 
nina! [De pá rel o el rielo una madre cariños;) que 
sepa laminen ruburizarsc cotiligu; que acierte ;i de- 
finirle ron elocuencia maternal la emoción que bas 
■sentido, y que no «e precipite irreflexiva á decir lo 
que debe rallar ni á callar lo que debe saber! 

Entra la niña en esta secunda época, y no sabe 
explicarse el mundo que delante de si tiene. Si poii- 
ble fuera concebirla en esa edad sin familia, sin ma- 
dre sobre lodo, y eu la calificación de madre com- 
prendo no ya <i ta que le dio el ser, porque puede 
iialifr fallecido, sino á otra que dignamente sepa 
>u*liliiirla, eslum-es veríamos ,i ia desgraciada niña 
vagar de una ú otra parle, trastornada la me ule y 
embotada el corazón. Tal es la influencia que eu 
nuestra pobre imaginación ejerce esa súbita mu- 
dan» que sacándonos de la infancia nos lleva á Ja 
juventud. Aquí ya empieza á conlarsc la fecha de 
nuestros deberes, á la par que se estrechan mas y 
mas lomando el carácter de sagrados los que tienen 
nuestras madres. Cerciorada la joven de Ja signifi- 
cación de su nueva vida, aleccionada poco á poco 
ai erra de sus nuevos deberes, iniciada a fondo en 
la significación verdadera del pudor y del decoro de 
que antes solo conociera el nombre, mas no la cs- 
lension de iu significado, debe ser en estremo celo- 
sa, procurando distinguirse siempre por tau nobles 
y releíanles prendas. Nada e> escesivo de cuanto 
envuelva el fin del recato, nada, absolutamente na- 
da, La joven debe recatarse hasta de si misma, j 
desgraciado el dia en que por un momento descuide 
en lo mas mínimo esta saludable advertencia. Me- 
nospreciadas una vei las leyes del pudor, se empa- 
ñan, pierden su importante brillo, y tarde ú tem- 
prano lo que naciera como indiferencia se llora co- 
mu de*h jura. fSt continuará./ 



FLAVIO 1 FLORA. 

LA CANCIÓN'. 

A lo* umbrales de Flora 
Esli suspirando Flavio, 




V el pesar que le devora 

Confia en quejas al labio, 

Vano empeño; 
La bella por quien padece, 
Quizá en lo» brazos del sueño, 
N'i lo escucha, tii agradece. 
Ni al que la llama su dueño 
Compadece. 
Mas al |iié de aquella reja, 
Que encierra , i la niña ingrata, 
D.i al viento Flaviu su queja 

V el trislc dolor rebla 

De su vida. 
De la noche silenciosa 
Por los ecos repelida 
Quizá llegó hasta la hermosa 
Esta canción lan sentida 

amorosa, 

iPor lí, mi señora 
lógrala y hermosa, 
Por lí no reposa 
Tu fino amador; 
Que viera en mal hora 
Tu rostro divino 
V el crudo destino 
Le inspiró tu amor, 

¿Por qué eres iugrala. 
Mi dueño, mi Flora? 
¡No ves que devora 
Mi pecho el pesa 1 7 
;No ves que me mala 
Tu rrtiel desvío, 
Que no se, bien mió. 
Vivir sin amar? 

As ! Vuelve, garcía, 
Vuelve á mí tus ojos, 
Calma los enojos 
I>e mi corazón. 
Mi dolor (e duela, 

V del que le adora 
Paga, mi señora, 

I -a ardiente pasión.» 

Sin ruido y con precaución 
Al fin se entreabrió" la reja 
Al terminar la canción. 



Y asomada allí una vieja 
Con f uidado 

De parle de su señora 
Dio un billete perfumado 

Y una llave, y una hora 
Señaló ni enamorado 

De su Flora. 

na». 
-vas:. ■r.T'Z^-z .-..- 

LA TOILETTE. 

La toilette, según nosotras, debe ser uno de los 
principales cuidados de la mujer para que pueda 
cumplir dignamente ron los deberes que !a natura- 
leza misma, la familia y la sociedad le imponen. No 
es el capricho o la eslravagancia de la moda lo que 
en nuestro concepto constituye la toilette, sino el 
aseo de la propia persona, el modo de vestirse, pei- 
narse, calzarse, armonizando el btieu gusto con Ja 
propiedad y la decencia. Si Ja toilette es un deber 
en el hombre, es ai misino tiempo una obligación 
indispensable en la mujer, que además de ostentar 
una conveniente propiedad en su atavío debe tam- 
bién gustar, agradar, aumentando con la loiielte los 
dones de que la naturaleza le ha sido pródiga, antes 
que disminuirlos con un reprensible y nunca perdo- 
nable abandono. No hay mujer por hermosa que sea 
que do deba parte de sus triunfos á una bien enten- 
dida toilette, sea esta de ia maí ingenua sencillez, 
que es lo que siempre debería preferirse. De consi- 
guiente no podemos estar conformes con Jas que 
creen que la loiielte no sirve sino para ostentar lujo 
y coquetería, y que otros deben ser los cuidados de 
la madre de familia, de la esposa ó de (a soltera. 
Nosotras, admitiendo é inculcando los deberes de la 
mujer de que nos hemos ocupado en otros números, 
sentamos en este artículo que la toilette es también 
un deber principal do que no puede eximirse nin- 
guna mujer medianamente educada, y que el no ha- 
cer caso de este deber es lo mismo que fallar .1 |,i 
propia dignidad en particular, y ai respeto y con- 
veniencia que se deben á la sociedad en general. 

En efecto, una mujer que con un ropago cual- 
quiera sale por la mañana de su cuarto v &o se cui- 
da de su peinado, de su calzado, etc. etc., y difiere 
su toilette hasta la tarde, y tal vez se loma la liber- 
tad también de recibir alguna que otra visita, aun- 
que de confianza, según nosotras peca de desidia, 
pierde mucho de su prestigio basta para con las per- 
sonas mismas de Ja casa, falta á su propia dignidad 
y se esponc no pocas veces á la murmuración de 
los de fuera, sin tener en cuenta que da un golpe 
mortal á las ilusiones de su marido si lo tiene, de 
su amante si por acaso la ve, y á cuantas personas 
en fin pueda ser poco agradable la ruda é inculta 
naturaleza. 

¿Cuántas mamas y cuántas hermosas bijas rio es- 



tán insufribles en algunas horas del dia, ó mejor di- 
| cho, antes de harer su toilette? Díganlo nuestras 
' amables suseriioras y verán si son justas nuestras 
| observaciones. Por esto el buen tono, muy á pro- 
' pósito por cierto, no permite que una dama salga de 
su toarlo ó se lia^a ver de nadie antes de haber he- 
cho su toilette. Si está lujosa ó sencilla poco impor- 
ta. Lo que interesa es que una señora se haga ver 
' siempre con la propiedad que le corresponde, con 
los atavíos de su condición propios, sencillos, con- 
venientes a realzar su natural hermosura ó encubrir 
sus defectos. 

Al escribir estas lineas nos pasa por la mente 
que acaso leyendo este artículo no falle quien diga: 
'■Esto ya lo sallemos; es rosa vieja; no hay quien no 
I lo sepa.» Es verdad, contestamos nosotras de anle- 
i mano) pero además que no siempre se pone en prác- 
tica Jo que se conoce, no es nuestra idea decir que 
baya mujer que lio se cuide de su loiielte, sino es- 
Lablecer, como arriba, que la luilelle, bien enten- 
dida es cosa necesaria é indispensable á toda clase 
I de persona cmlizaila. y no debe considerarse como 
; auxiliaría del capricho, ó de la moda. La moda y el 
capricho, al cuntí ario, deben ser los auxiliares de la 
toilette para variarla, modificarla, etc.; pero nunca 
los agentes principales. Es el amor propio el princi- 
pal agente de la loiielte, bien justificado por las con- 
veniencias sociales y por las leyes mismas de la na- 
turaleza. La vanidad también debería ocupar el úl- 
timo puesto en la toilette de una señora; sin embar- 
go no podemos menos de observar que se coloca en 
el primero; puro la preferimos al descuido, y mejor 
toleramos ver á una mujer vanidosa cíii su toilette 
que ¡i otra que ostente Ja mayor negligencia en su 
vestido ó peinado. Cusas son estas harto conocidas 
pero no dejan por esto de tener la mayor influencia 
en la vida de la mujer. 

Hablando mas claro, la mujer está destinada» 
ejercer una j;ran influencia sobre el hombre; pero 
este defiende palmo á palmo su natural predominio, 
y no cede ni se deja vencer sino por los hechizos de 
su compañera, las mas de las veces realzados por el 
arte, por aígo de coquetería, por una tal cual admi- 
tida seducción, por sus encantos en fin. Pues si esta 
mujer hace poco caso de lo que puede conservarle el 
afecto de su compañero; si depone sus atavíos, que 
pueden mantener las ilusiones de aquel ó crear otras 
nuevas; si olvidando que debe hacer alarde de gran 
fmura, propiedad y también galantería cun su propio 
marido, descuida su toilette, acabara de perder su 
influencia y el amor se cambiará nuevamente en 
amistad, y Ja amistad poco después en indiferencia. 
Y lo que decimos del marido sea dicho también de 
los amigos, parientes y conocidos, á los que el aliño 
y compostura de una mujer no podrá menos de ser 
grato y apreciable. 

No sin razón, pues, consideramos ta toilette co- 
mo objeto del cual debe cuidarse mucho una mujer. 
Si habláramos de eila como la entiende el mundo 



f! 






¡filante, y á tenor de la impurUneia que leí dan el 
lujo v l,i moda, entonces emitiríamos opiniones en- 
teramente contrarías ó «Ha. y antes que criarla ne- 
cesaria i la mujer r * su influencia en la sociedad la 
detestaríamos coma causa de infinitos males, de fal- 
lí» imperdonables y de irreparables ruinas. Acuso 
seguiremos ulru din hablando sobre este asunto, no 
podiendo hacerlo hoy á causa de los reducidos limi- 
tes ¡le nuestro periódico, I He la abundancia do nm- 
lerialcs con que nos honran nuestras amable» cola- 
boradoras v suscri loras. 



UN MES KN LA ALDEA. 

(CÍDfTISfACinV.) 

Era un día apacible. Fcho con' su dorada raete- 
H dalia nti brillo y una alegría indefinible á Lis 
montañas de esc dichoso valle para lodos desconoci- 
do menos para mi, que tan gratos recuerdos ha de- 
jado en mi corazón. Sus hermosos raí os penetraban 
por bi ventanas del rastillo del seíior Adobo De, 
como queriendo vengar ,i la bella castellana de aquel 
de IriltMa que la huella del liempo había ím- 
en sus destruidos muros. Ya veo á Ida: eslá 
¡genlemcnle recostada en un antiquísimo sillón 
en aquel mismo salón qucdiícrenlc* ocasiones he- 
mos visitado: SU rándida fisonomía Mtl mas anima- 
da que de costumbre: á su lado el joven oficial que 
tuvimo> 'M-asion de ver guiando la barquilla en nues- 
tro anterior capilulo, la mira de aquella niisnia ma- 
nera apasionada y respetuosa que bajo los reflejo;; de 
la luna daba á aquel grupo un colorido tan poético 
y sublime; pero en este momento los rayos del sol 
poderosos y vivificadores hacían resplandecer los 
hermosos rostros de nuestros jóvenes, llenos de vida 
v de amor. Si alguna vei los dulces y candidos ojos 
de la linda niña cruzaban una mirada cariñosa con 
tos nebros y penetrantes del joven, involuntaria- 
mente se clavaban en el suelo, > un temblor desco- 
nocido la hacia doblemente ruborizarse. 

r.i por iu parte i-onijireudia los movimientos de 
aquel corazón tan inocente, y SU felicidad r.iv.ihn Sn 
lo impositivo. Su raion le decía:— Eres dueño «1 ■ un 
corazón tan puro como et aura matinal: el comple- 
mento de la suprema dicha no es para ti un meta) 
sino una realidad que do creíste encontrar sobre lo 
tierra. Las ilusione» de toda uii vida están aquí, 
hermosa Ida, y apretaba la mano de la joven. El 
tenia razón; pocos seres lian disfrutado en eulu inun- 
do de una felicidad bé* tranquila que la que Enri- 
que del Olmo sentía al lado de la bella Ida,— lie 
roñado murtas veces amor, decia el joven; pero 
solo he comprendido *n valur cuincdio de estas 
montaña* v irjeoe* como lú, ángel de lodos mistur- 
óos, de toda* mis esperanza*, —¿t'rces tu que esta* 
ilusiones i - 1 1 1 hermosas no* rodearán toda la vida? 




contestó la graciosa niña, y sus mejillas te cubrieron 
de un carmín tan subido que casi perjudicaba á su 
delicado rostro.— ¡Y por qué no? replicó Enrique 
con una ennviccion lan profunda que la joven por 
un momento pareció" vacilar en espresar sus ideas. 
— A veces, amigo mió, el corazón de la mujer es 
profético, murmuró Ida con un acento de reconcen- 
trado temor; tiemblo al pensar que esta felicidad 
que ahora veo lan cercana puede desaparecer. En- 
rique se sonrió con incredulidad. — iQuíép es capaz 
de venir á arrebatarme tu cariño? Yo le desalió; 
porque, dime, ¿no es cierto que rae amas ron ese 
primer amor que nunca muere j que une las almas 
para luda una eternidad?— Oh: que iilca tan conso- 
ladora, Enrique! Esa si que es una celeste inspira- 
ción. Si los hombres nos separaran en la tierra, 
Dios nos uniría en el cielo, — Pero ¿por que pensar 
así. Ida? t par qué sembrar de tristeza esa senda que 
el deslino nos presenta llena de rosas? ¿No consien- 
te lu padre en nuestra unión ! ¿No le lie dicho una y 
mil veces, Ida, que soy rico, independíenle, que 
nadie tiene derecho á contradecir mis inclinaciones? 
¿No comprendes que solo pienso en I i, en c! feliz 
momento de presentarte a ese gran mundo, en don- 
de aparecerás como un nuevo planeta y reinarás sin 
compañera. ¡Cuánto (e envidiarán porque eres lan 
hermosa, querida Ida! — Di, Enrique, ¿no podría- 
mos vivir aquí mas felices en medio de estas monta- 
ñas que me vieron nacer, y que fueron testigo de 
nuestras primeras palabras de amor? ¿No tiene para 
tí mucho encanto mirar ese cielo lan puro como 
nuestras promesas, y esas montañas tan elevadas 
como la esperanza de nuestra deseada felicidad, lan 
suprema, tan grande? Para mi lodo licué aquí un 
significado agradable, ó terrible: este salón está lle- 
no de recuerdo* históricos que nos hacen ver lo que 
un dia fueron lilis antepasados; aquellos guerrero? 
lan celólos de sus laureles como generosos y leales a 
sus juramentos. En este mismo salón le vi por pri- 
mera vez cuando aquella enfermedad lan peligrosa 
le trajo A nuestras montañas á buscar la tranquilidad 
v la vida. 

Y después de una pequeña pausa continuó: 
— Siempre me acordaré de aquel momento: te- 
mía mirarte porque la espresioo de tus ojos tan lán- 
guidos me hacia daño. En este mismo sitio un mes 
después mi padre te decía : El corlo espacio de treiu- 
ll illas no es suficiente para lijar vuestra resolución: 
un mes en le aldea ns ha hecho olvidar las bellezas 
de la corte: me parece este período demasiado limi- 
tado. Pensedlo bien, joven, penvidlor ¡\ vuestra edad 
la imaginación está llena de fantasmas; pensad si 
esas fantasmas risueñas no desa parecerán, y si ellas 
podrán realizar vuestro* dorados tóenos. Conozco 
vuestra nombre, sois rico y esta diferencia que cu- 
siste en el día enlre nosotros me hace vacilar, porque 
Adolfo líe no humilla jamás la Trente; ¿lo entendéis, 
caballero? Ida es pobre, pero sus títulos la hacen 
superior I lodos los poderosos de la linrrn. 



Tú le interrumpiste, Enrique, continuó Ida; oh! 
cuánto bien hicisleá mi corazón! Yo Le bendije por- 
que comprendí que aquel diálogo me iba r'i hacer 
mucho md: mi padre tendría que hacerle una rela- 
ción de la situación actual de nuestra casa, y cono- 
cía que no podría ser muy lisonjera — ¿Y no re- 
cuerdas, Ida, ¿cuáles fueron mis palabras? Os juro, 
dije á tu padre, y esta promesa sania se realizará, os 
juro, señor Adolfo I>e, que la señorita -vuestra hija 
no necesita mas tesoros que aquellos con que Dios 
en sus altos juicios la doló, para que la sombra ma- 
jestuosa de mis antepasados se alce orgullosa á re- 
cibirla el dia que su delicada huella se imprima un 
nuestra antigua morada. Un mes en la aldea, señor 
De, ha sido suficiente para hacerme conocer que si 
hay ángeles en este mundo uno de ellos se llama 
Ida De. 

Pero mi padre, Enrique, te replicó: Es necesario 
esperar un mes mas; el dia de tu casamiento te diré 
una de sus condiciones; si aceptas Ida será marquesa 
del Olmo, si no saldrás de mi castillo con la convic- 
ción profunda deque Adolfo nunca hace traición á 
sus resoluciones; ¿entiendes? — Si, contesté yo, Ida 
querida; porque ¿qué puede proponerme tu padre 
que no acepte? Todo, Ida, lodo. Ya ese mes de an- 
gustias espira; llegará ese día tan deseado, el sol se 
retirará délas montañas, cubriéndolas ese manto fu- 
neral que tanto nos impresiona, y cuando las vea- 
mos por primera vez engalanadas con los rayos del 
sol, tu padre rué dirá: dá lu mano á tu esposa. 

Los jóvenes permanecieron por algunos segun- 
dos como absortos en sus pensamientos. ¡Oh, Enri- 
que! y si nuestras esperanzas de felicidad huyeran 
de nosotros como desaparece un sueüo delicioso? Xo 
sé por que tiemblo cuando pienso que esc momento 
se aproxima, porque, Enrique temo tanto perderle, 
que si algún dia me olvidaras, amigo mío; sí una de 
esas mujeres hermosas y superficiales que, según me 
pintan, encierran las grandes capitales, te hiciera 
comprender que solo tenia la hija délas montañas 
un corazón que ofrecerte.. Oh! Enrique, esta sota 
idea me martiriza; mas vale desecharla. — Sí, desé- 
chala, Ida mía; pnrque lú sola eres y serás la reina 
de mi corazón; por ti lodo to olvido, todo. 

En aquel momento Adulfo se apareció en el sa- 
lón. Dentro de ocho días, Enrique, si admites mis 
proposiciones, ida será marquesa del Olmo: prepara 
hija mia el trage de desposada- Los dos jóvenes ca- 
. yeron de rodillas á los pies del anciano. Un nuevo 
personago vino á completar este grupo: un aldeano 
apareció á la puerta de) salón. — Perdonad, señor, 
tengo que comunicaros noticias importantes de nues- 
tros asuntos. -El señor De se sonrió con placer. — Se- 
guidme, dijo á nuestro hombre, el cual al mirar á los 
jóvenes que aun permanecían con las manos enlaza- 
das, se mordió los labios y siguió al señor del casti- 
llo. Esle hombre era Pedro. 

Se corKiRuará. 

«■«■llaB.dc Ferrar. 1. 



REMITIDO. 

¿OLE ES UN POLLO? 

E! poíío de nuestras sociedades, esa entidad que 
puebla nuestros paseos é inunda nuestras reuniones, 
es en mi concepto la cosa que mas se parece al hom- 
bre; es como si dijéramos e! hombre mismo reduci- 
do á su mas mínima espresion; es el hombre figura- 
do en cantidad negativa. Aseméjase en gran mane- 
ra el pollo á una vasta publicarion heterogénea que 
se hace por entregas; pero sin embargo presume de 
obra completa y encuadernada. El poffo pasea por 
todas parles, se encuentra en todos los lugares, asis- 
te á todos los bailes y teatros y se mezcla en todas 
las conversaciones. Examinadle un poco, amigas 
mías, y reiremus juntas. Yedle entraren una reu- 
nión y dirigirse á la* mamá=; con ellas habla de lodo 
después de mil contorsiones; se hace el grave sin 
haber recibido aun la primera entrega de juicio; 
presume retorcerse un bigote cuya publicación, aun- 
que anunciada, se bajía todavía en prensa; critica 
las mejores obras de literatura, cuyo prólogo no ha 
vislo aun, y concltne vin haber recibido ni una sola 
entrega de un manual de astronomía, ni leído si- 
quiera el almanaque, asegurando que oí dia de Ja 
lucha de fieras se disfrutará de una temperatura bo- 
nancible y el sol eslará despejado. 

Pasa de allí á saludarnos y le vemos compartir 
sus atenciones con su corbatín y su pechera, su frac 
y sus pañi aleñes, su lente y su bastón, sus bolas y 
sus rizos, y en medio de tan graves ocupaciones el 
pobre mío también nos habla de amor. Con una en- 
trega corla de corazón, media de entendimiento, 
ninguna de mundo, y sin saber aun definirse, em- 
pieza á erguir su tierno pescuecito, se frota las ma- 
nos, se mira al soslayo en. e] espejo cercano, dejan- 
do escapar el angelito la palabra mas tierna v esco- 
gida que ha oído la víspera de boca del gallo mas 
autorizado en su concepto. ¡Que humilde se mues- 
tra el pobrecilo! Basta permanecer á su lado des- 
pués de su exabrupto amoroso, aunque sea sin des- 
pegar los labios y abogando la risa, para que cante 
victoria, se llame correspondido, recorra las entre- 
gas todas de su escaso entendimiento y nos regale 
una de celos, otra de orgullo petulante y otra de re- 
glas de buen gobierno para el porvenir, conrlo jen- 
do por ofrecer una obra perfecta y acabada, pero 
de.... babas. 

Este es, amigas mias, el pollo de nuestros dias; 






de el « ofreico algon qo* olro retrato, porque es 
bicho que roe divierte: por hoy concluyo con decir 

Que es el poíJo parecido 
»l aprendí i carpintero 
que al entrar el dia primero 
en taller desconocido, 
con alertados modales 
dirigiéndose á sus amas: 
— ¿Dónde, pregunto, caigamos 
la capa los oficiales? 

Carotina. 



i ciertas cosas que parecen inórenles y que en 
ío son por la sencillez con que se hacen, pe- 
ro que no obstante son reprensibles por no tener 
siempre las mrjores trascendencias. Nos sugieren 
esia relleviun los forros que de algunos días á esta 
parle se forman en el Prado, donde al compás de 
esa* músicas ambulantes que recorren las calles de 
Madrid bailan la polka-nwurkíi infinidad de niñas 
muy decentes, en cuyo baile, de paso sea dicho, 
páretenos que nada ganan la, moralidad ni el pudor 
de las jóvenes, si bien linda tiene de particular entre 
niñas de tan corta edad. La circunstancia de ser una 
de las bailarinas hija de una amiga nuestra, hizo que 
noches pasadas nos aproximásemos á uno de esos 
corros, v tuvimos el disgusto de ver que las contor- 
siones v piruetas de aquellas ¡nocentes daban injusto 
ntoiiiii .i rii'iirjs dicharachos de mal genero de parle 
de algunas de esas personas soeces que por desgra- 
cia no faltan en ninguna parte. Nosotras aconseja- 
mos á nuestra amiga que no volviese á llevar á su 
niña á aquellos corros, y nos prometió no desairar 
nuestra advertencia, tumo quisiéramos que lo hicie- 
sen las dermis madres. 

Noches atrás oiimjs en una tertulia el siguiente 
interesante diálogo: —Jesús! ¡qué cansada vengo! 
.cuanto hemos andado, mi querida-Conchita!— ¿De 
donde v iiucs. pí, .imnn? — Verás: se empeñó mi abuc- 
lita en que habíamos de visitar á duíia Candida, y 
como vive tan lejos y nosotras hace tan poro tiempo 
que estarna* en Madrid, resultó que nos perdimos, 
encontrándonos sin saber como nada menos que en 
la calle de Aburada dt incendio*! ¡Figúrale tú lo 
que habríamos andado!! 



Decía en una reunión 
A una joven don Crispió 
Le gustaba con pasión 
El Caft de Moraíin. 

¥ la joven al instante, 
— Para mi, dijo muy seria. 
El café mas elegante 
Es el café de la Iberia. 

CHARADA. 

Es un titulo sagrada 
Por si sola mi primera, 
Y k mi lodo di en el Prado 
Para adornar su turado 
Mi segunda con tercera. 

í'ria susrn/ora. 



Con el número próximo repartiremos á nuestras 
amables susrriloras el último ligurin que acabamo s 
de recibir de Paris y que no ha podido ir hoy por 
falla de tiempo para grabarlo en esta corle. 

También empezaremos probablemente en el próc- 
siuio número la publicación de la última novela que 
acaba de dar el célebre Jorge Sand, cuyo original 
esperamos recibir de un momento ú otro de París. 

ADVERTENCIAS. 

Suplicamos á nuestras aprrciubtcs suserilora 
provincia que no hayan ¿alisTecho el importe de sus 
suscrícHiocs, y carezcan de posibilidad de hacerlo 
por medio de libranzas de correos, que lo verifiquen 
en sellos de tranquen, dirigiéndose a nuestro impre- 
sor don Jusé Trnjillo. 



No se admiten cartas ni periódicos que no ven- 
gan francos de porte. 

Advertimos á nuestras apreciables suscrilora» de 
M-idriil que no entreguen cantidad ninguna por abo- 
no de sus suscritiones sin el competente recibo im- 
preso. 



MADRID I8&I. 

Impremí* <lr don Jow Trajín», MJr. 

Calle de Varía Cristina, número 8. 



Domingo 28 fie setiembre de J851 . 



Núm. 9. 



LA MUJER, 

PERIÓDICO 

escrito por ana sociedad de señoras y dedicado á su sexo, 

Esle píriiSJkft sale lodos <05cloitiingoí;;sesuscribt en MaJrulcn !a« lihíertas deMenier y de Coe^la, á í rs f al mes; 7 en protin- 
cias 10 rsi pot du£ meses franco de porte, rcmuíeíi o unu librarla ¿ l>\ nr de 11 Lies tro impresor, ¡j sellu* de franqueo. 



LA AMISTAD DE LA MUJER. 



Entre los sentimientos que menos conocí Jos es- 
tán en la sociedad, ó mas bien, en que se cree 
tnenos, es la amistad pura y desinteresada de la 
mujer. 

Consultad sobre ello á los hombres, y de cada 
ciento los noventa negarán que la mujer puede 
amar á otra mujer hasta la abnegación y ser amiga 
de un hombre hasta el sacrificio, sin interés ni egoís- 
mo en el primer caso, con pureza de seniimñíiitiys 
en el segundo. 

Presentad á esos hombres que nos niegan ia 
facultad de ser verdaderas amigas ejemplos nota- 
bles de la amistad de una mujer, y si la ejercía en 
favor de otra mujer la achacará á miras interesadas 
6 á otro móvil mas odioso, y con respecto á la 
ejercida en favor de un hombre negará que pueda 
ser inspirada por otro estimulo que el amor; hemos 
dicho maL el amor, esos hombres tan poro creen 
en el amor, no creen mas que en los deseos; para 
ellos el alma no es nada, los sentidos todo-- 

Recordadles á esos mismos hombres injustos ó 
ignorantes algún hecho notable de su vida, en que 
haya brillado para ellos la amistad pura, desintere- 
sada de una mujer como una antorcha para el cami- 
nante en la oscuridad, como una Providencia para 
el desgraciado, y quedarán confundidos por un mo- 
mento; pero repuestos instantáneamente, hallarán 
algún medio de desfigurar los hechos ó de atribuir á 
viles intereses lo que fué efecto del mas santo de 
lodos los sentimientos, siquiera tengan que calum- 
niar la memoria que debían veuerar. 

Ab! qué locos son esos hombres! locos, sí, pues 



por el triste plarer de suponerse conocedores de 
las mujeres las calumnian á todas v cierran sn co- 
razón á los mas dulces placeres que pueden gozarse 
en este mundo: los de una amistad pura, santa, fun- 
dada en la virtud y en el recíproco consuelo de Jas 
penalidades de esta triste vida. 

La mujer, que uarió para amar, la mujer, que 
no vive sin amor, la mujer cuya delicadeza esquisi- 
ta adivina constantemente los deseos de las personas 
que ama, la mujer, que hasta en la ausencia tiene 
un corazón que con sus latidos la advierte los de- 
seos de aquellas personas á quienes consagra su 
aféelo, la mujer no ser rapaz de una amistad desin- 
teresada y pura! Absurdo, absurdo inconcebible. 

Es verdad que frecuentemente se ve defraudada 
en sus mas íntimos afectos, y que á veces en el hom- 
bre que depositaba su confianza, en aquel de cuja 
buena fé no dudaba, encuentra un seductor que 
ganó su amistad para perderla, que intenta agrade- 
cer sus favores cubriéndola de deshonor; y el temor 
la hace precavida y cierra quizá su corazón á tan 
dulce sentimiento. Conoce además que el mundo no 
cree en la pureza de la amistad desinteresada entre 
nn hombre y una mujer, y sabe que el mundo es 
tan implacable en sus falsos juicios como en sus jui- 
cios acertados. V en fin, pocas ignoran que existen 
muchos hombres cuyo dios es la vanidad, y que se 
acercan á ellas, no para codiciar su amistad, ni para 
ser amantes, sino para parecería; que irreprensibles 
cuando están á su lado, hacen luego creer una inti- 
midad que no existe sacrificando el honor de una 
mujer inocente y virtuosa á sn criminal vanidad. 
Todo esto saben y todo contribuye á hacer de su 
desconfianza un baluarte que las preserva de la des- 
honra, pero que cierra á la vez su corazón v sus 












afectos: por eso son tan pocas las buenas ami:M> J 
menos las que el mundo tí: pero negarle la mu- 
jeres capta de una amistad tan pura, Un sonta co- 
mo ¡limitada, es un absurdo: es una falsedad que 
desmentirán los mismo* t|ue la propalan el dia que 
lleguen á ser justos. 









AL HERALDO V A LA ESPAÑA. 

El lleratdo en su número del 23 J la Efpaña en 
el del 2 l se ocupan con bástanle detención de una 
desventurada poesía inserta en nuestro último nu- 
mero; y lo harén lan seriamente, ron especialidad 
la Espolia, que no* vemos precisadas á contestarles, 
para qne depongan el mal juicio que ligeramente bao ¡ 
formado. 

Ua alarmado á nuestros apreciadles colegas una 
composición que terminaba dando cierta vieja tina 
caria y uua llave á un galán que suspiraba por su 
seftoca; en primer liijzar debemos manifestar, y ro- 
gamos a nuestros colegas nos crean de buena fé, 
que en el epígrafe de dicha composición suprimieron 
los cajistas, por un descuido tan fácil eonm frecoen- 
le, un ■!.*■ que tiabia antes del epígrafe particular 
Í.U rancio", que llevaba esta parte de la poesía, y 
depucü del de /'/(icio y l-'lara. que corresponde a 
toda la composición: no obstante esta falta, la cir- 
cunstancia de verse bajo el título Horró g Flora otro 
que decía La canela», daba bien á conocer que la 
compuso ion debía tener mas partes que aquella. Si 
eslo liulm-r.il] ccfleiionado nuestros caros cofrades, 
conociendo como conocen la dificultad de insertar 
completa una larga composición en verso en'un pe- 
rjudico de cortas dimensiones, que necesariamente 
j para corresponder ásu Ululo lia de contener otros 
artículos, bubioT.in esperado á que se terminase para 
dar rienda suelta á su critica si la merecía, ó callar- 
te si la composición i pesar de ese final de su prime- 
ra parte, que tanto ba herido sus castos oídos, tenia 
un fundo de moralidad que pudiera servir de lección 
y corresponder a los fines de nuestro periódico. 

Aguarden pues los alarmados cofrades i que la 
composición se termine y juzguen después; hacer 
olracosa, tomar una parte para juzgar del todo, ni 
es razonable, ni justo, ni caritativo: la mitad de una 
composición no puede espresar lo que toda ella. El 
credo es el símbolo de nuestra fe, y si se comienza 
a recitar desde Ponckt Pílalos M dirá una insigue 
colección de absurdos. 



Hecha esta manifestación, nada mas diremos al 
Qaralda; lo primero porque nos preciamos de agra- 
decidas y no olvidamos que no tai mucho nos miró 
con tanta benevolencia que nos dispensó alabanzas 
superiores a nuestros escasos merecimientos; y lo 
señado porque el tiro prinripal de esa gacetilla en 
que se ocupa de nuestro periódico no va dirigido á 
nosotras. 

A la Eíjmiñu sí nos vemos obligadas á decirle 
que! aiin en el caso deque la poesía que JnOflTO su 
critica estuviera concluida con la cita de la vieja, 
nunca merecería esa critica lan ardiente como aven- 
turada. $Q es l rañ a ni os que en el primer momento, 
como hembra que es también, se «aliase lauto, sin 
embargo de que ignorábamus abrigase un pudor tan 
escesivamcQle susceptible, que baria honor á la mas 
remilgada beata; pero calmada la primera impre- 
sión, pudo conocer que la cosa no era tan grande. 
¿Qué le queda que decir á nuestra hermana, si ma- 
ñana tuviese que criticar uno de esos libros que so- 
lo respiran corrupción y que por desgracia lanío 
abundan en el día? 

Concluye la Espuria encomendándonos la paz, 
v nosotras á nuestra vez le recomendamos con no 
menor eficacia la caridad para con sus pobres her- 
manas; y concluimos aquí remitiéndonos ni juicio 
justo que merezca por su parte moral la composición 
luego que H vea terminada. 

•mosesfi ES 1 »»"" 

LA PLEGARIA. 



Era la noche: el trueno retumbaba 
Con siniestro rumor, el lirm amento 
La sombra con sus tintas enlutaba, 

Y cutre las ramas resonaba el viento! 
Todo era en torno horror, y un negro i cío 

Cubría tristemente la natura; 
Al parecerse desplomaba el cíelo 

Inundando ron furia la llanura. 

Todo formaba ese confuso estruendo • 
Que el alma llena de murlal pavor; 
Solo la voz del huracán tremendo 
Sublime dominaba en derredor! 

Tal vez el universo moribundo 
No resiste esa lucha desastrada, 

Y espera que le grite el Dios del mundo: 
\i)t la natía safio, rufíru á la nado.' 

Entre tanto ligera navecilla 
Navegaba d merced del huracán, 
Hola» viendo sus Telas y su quilla 
Que en las olas bien pronto se hundirán. 






Ay! juguete de los vientos 
Ya aparece, va se abate, 
De las olas al embate 
Está pronta á perecer. 
Espera unaliorrible muerte 
A los tristes pasageros, 

Y mil aves lastimeros 

Ya resuenan por do quier. 

Los relámpagos se (.Tuzan, 
Rrama el mar y ruge el trueno. 
Tan solo alumbra aquel seno 
De algún rayo el resplandor, 

Y la férvida plegaria 

Que entonaban tristemente. 
Se perdía en el ambiente 
Sin llegar basta el Señor! 

¡Cuan horrible es el instante 
En que el alma suspendida 
Entre la muerte y la vida 
Divisa la eternidad! 
¡Solo entonces el aleo 
Aun Dios conoce é invoca, 

Y las palabras revoca 

Que soltaba eu su impiedad! 

Se divisa en la playa arrodillada 
Joven hermosa, que bañada en llanto 
Al contemplar la nave desgraciada. 
Acude á Dios en su fatal quebranto. 

¡Olí tú, Señor del mundo, 
Tú, creador supremo, 
En este trance estremo 
Escucha mi clamor! 
¡Oh tú que at desvalido 
Prutejes con tu manto. 
Mi' ampara eu mi quebranlu, 
Piedad de mí, Señor! 

Pues á lu voz se rinden 
Todos los elementos, 
Apaga de los vientos 
El soplo funeral. 
Soy una pobre niña 
Que por su padre llora, 

Y lu poder implora 
En noche tan fatal! 

Mira el ligero esquife 
Que lleva mi esperanza, 
Un rayo de bonanza 
Haz que descienda en él! 
Juguete de lasólas 
Va por el mar perdido, 
Al padre tan querido 
Espera muerte cruel! 

Oh! por piedad le salva, 
Mi triste ruego escucha... ! 
Ya con la muerte lucha,..! 
¡Ay solo espero en ti! 
Contémplame aflijida 



Ranada en triste llanto, 

Y en mi fatal quebranto 
Apiádate de mí! 

Ay! ay! que el viento arrecia, 
La nave está perdida...! 
Toma en cambio mi vida 

Y sálvale. Señor! 

Haz que no escuche el grito 
De un padre moribundo: 
¡Piedad, Señor del mundo, 
Piedad! piedad! favor! 

Y este grito de horror se confundía 

De] temporal con el acento hueco, 

Y allá á lo lejos repetir se oía 
Pifitti'l, piedad, con débil voz el eco! 

De la tormenta el rugidor bramido 
No deja oir la fúnebre plegaria: 
Solo del viento el funeral zumbido 
Resonaba en !a playa solitaria. 

ílas ese Dios de amor y de dulzura, 
Que ampara al débil que su gracia implora, 
Las negros nubes con su voz conjura. 
Detiene el rayo que la mar rolara. 

Cesa la tempestad: no ruge e! viento: 
Ya la nave feliz toca en la orilla, 
Va se despeja el ancho firmamento, 

Y jala aurora refulgente brilla. 
Llega la nave al fio: está salvada, 

Y lleno de placer el pobre anciano 
Contra el seno estrechando á su hija amada, 
Gracias tributa al Salvador humano 1 . 



DEBERES DE LAS NINAS PARA CON LA 

sociKUAn. 

«'Ulli-IlKtlOC.I 

Llegada la niña á la época que describo, acrece 
en derechos que elevan también la cuantía de sus 
obligaciones. Ya no debe ser la niña que se confia 
al cuidado de una persona mercenaria; sus juegos de 
hoy no pueden ser los mismos de ayer; su madre es 
ya su amiga, su padre el respetable protector- sus 
hermanos tienen también para ella otro carácter de 
mas valia; todo en fin debe variar convenientemen- 
te, porque ha entrado ya la niña en un nuevo mun- 
do. Encarnados en su corazón los sentimientos de 
respeto y consideración á lodo el mundo, sabrá 
atraerse el respeto de los demás, respeto que jamás 
debe perdonar bajo titulo de ninguna clase. El estu- 
dio debe ser su ocupación primera; pero no ese es- 
tudio superficial de nuestra época; no ese estudio 
que generalmente reciben nuestras niñas, encamina- 
do tan solo á escitar peligrosamente su sensibilidad. 
La moral y la religión estudiadas con adecuada y 
conveniente estension y profundidad producen jó- 
venes de inapreciable mérito. La lectura de (antas 






obras deslerra.Jas del ridiculo y fanlásliro romanti- 
rismo, f pti tai que ron Un helios caracteres Sí tra- 
za, el cuadro que en ios diversas situaciones ofrece el 
comon humano, ría lectura, repilo, forma (i por lo 
menos debe funu.ir el verdadero ruraiun de Li 
mujer. 

Desaparezcan ya tas anejas preocupaciones que 
reían l.i proslilucioa de la mujer en su ilustration ; 
desaparezca también vi ofensivo dicho del célebre 
poeta que sancionando la ignorancia de la mujer 
decía do quererla para consejera, Lo mujer tiene un 
corazón puru como el del hombre y una razón cla- 
ra ■ 'üi i ii suya. La ma ertiefle un alma coa gua- 
les potencias que l.i del hombre, y si bien por la na- 

lonleai mísnu tinentos, otro destino que el suyo, 
no rs. latí degradada nuestra creación cuanto la hi- 
zo l.i enlucí sociedad, Estudiad pues, hermosas jó- 
venes; cnllivad uieslra razan; buscad en el estudio 
»e la ciencia del bien vuestro primer ornamento, 

Siorque no somos, no, ningún mueble de lujo que 
la de sacrificarse á la codicia de un mercader. Fni- 
0104 formadas para ornpar en la sociedad el lugar 
de i -Din pañera digna del hombre, v una compañera 
debe saber discurrir, v sobre lodo deba lenrr su 
Mteadimientg á la suliiienle altura para poder leer 
en el corazón de su nitupníirru. 

La joven aclocada soy «a non posición atora o - 
dada purqnt m púdrr tiene dinero, se estima por 
desgracia superior a lo que mas de cerca la rodea. 
Las palabras tUitr \ túttgería, que desde niña deja- 
ron en ai eoraisn irapresibe marcada, obran uha 
retolociOD profanda en la «pura á que me rireuns- 
t-rilio, » j eilu contribuye ia imperfecta educación. 
Imbuir a una joven la idea de su categoría, enalte- 
cerle el lugar que netijín • ti bj sociedad sin marrarle 
los límites y la razón de la categoría, es destrozar 
su razón ofreciéndola al sarcasmo de los hombres. 
S léog >M en rúenla que nada es despreciable Ira- 
UnuUM d.- 1,1 educación de la mujer, parque dolada 
de u;¡ ; | e^ijjsiia, cualidad que los hom- 

bres nos enaltecen, abandona difícilmente los re- 
cuerdos de una impresión que llegara áser profunda. 
La joven que llega á poseerM de la idea de que se 
halla colocada en una eategOffa importante, adquie- 
re niios en 5 ii razón que deslucen completaiiieulc 
mi mas apnvúble* cualidades, tía*» entone*! el 
orgullo, diadema fita I de la ignorancia, ranilla cruel 
que solo sin .|,. producir; nace la destem- 

pla nía de carácter, precursora de la ¡ra. trayendo 
rsla en pos dé si el desprecio, sealimieolus lodos que 
ndn Militando la etisletuia de la mujer se coiivit ríen 
Un Milu cu su d.oin. 

Hágase aprender i las jóvenes que la virtudes 
la úaica reguladora de la gemrquía. * ruando per- 
tenezcan a una familia en rujo torno" sonría la for- 
tuna, no se les permita entregarse abandonadas á las 
comodidades y delicias de su posición. Aprendan 
que el presente do es eterno, que la rueda de la for- 
tuna gira por la «Ukr*id*d de Ir* sí/ tos, r que detrás 



del día de hoy hay abierto un porvenir oscuro y 
misterioso, a descifrar el cual mi alcanzará jaulas la 
limitada inteligencia humana. Empapadas en lan 
bellos sentimienlos, solo Piaran hermanos en sus se- 
mejantes, compadecerán y protegerán la desgracia, 
respetarán la pobreza y cultivaren su razón, para 
qtie llegado el día de la desgracia puedan acudir á 
ella eu demanda de .¡iisilio moral, por medio de la 
resignación cristiana v maiei i.il, |ior el coootimien- 
lii de los medios necesarios á procurarse el decoro- 
so sustento. La mujer virluusa que cultivado su 
eutcnilimieulo conoce practican i en le las labores y 
ocupaciones propias de su sexo, desde la mas humil- 
de .i la mas elevada, esa mujer no llega á ser pobre 
nunca, y con leves escepriones alcanza su premio 
siempre aun á través de la mas corrompida sociedad. 
No us desdeñéis, jóvenes amigas mías, de dcilñarus 
alguna vez a ruda lanar. Cuanto musa vuestro lado 
veáis sonreír la caprichosa fortuna, mas debéis de- 
dicaras á adquirir toda clase de conoritmculus pro- 
pios del seeso; por que llegado el dia du mañana 
pueda, tornarse la fortuna en desgracia y cogeros 
desprevenidas, acibarándose, vuestra resisten ría en 
i.uon directa de vuestra ignorancia. Y aunque ese 
dia no llegue, queridas lujas rnins, no pur clin es 
menor la necesidad ele vuestro saber. Colocadas en 
buena posición y íil fretile da vuestra casa, Icinlreis 
algún dia graves deberes que cumplir. Tendréis que 
mandar y para ello es preciso saber. Desdichado del 
ejercito cuyo general solo comprende las voces de 
mando. Si Sois ignorantes', cuando encarguéis 
vuestras doncellas y criados un trabajo cualquiera, 
delicado d grosero, quedareis privadas de la facul- 
tad de corregir y enseñar por que no sabéis vosotras 
iiiisuias, y vuestros servidores, que cumprcudeii Ir 
defectos de la obra que os presentan, se reirán de 
vosriirascnsus familiares conciliábulos, donde os ve- 
réis espnestas á sn crítica grosera, que citralimilán- 
i|t>se del circulo de la servidumbre. sr> lanzará ma- 
ligna penetrando en la sociedad cuya atmosfera as 
piráis. 

Estudiad pues, niñas miau, empanad vuestr 
tierno rocazon en bis saludables máximas tic igual- 
<l:ii| erisliana v i-aridad evangélica, y no lleguéis 
penetrar en ese mundo reservado ú la jin eiiliid, lías 
la que formada vuestra razón leuga fuerzas bástan- 
les para surcar sin peligro r*e proceloso' mar que 
llaman sociedad. 

FLWIO Y FLORA. 

ti 

LA CITA. 

Es de noche; de la luna 
los melancoliros rayos 

leuden del lirmamenlo 
bj tierra en su luz bañando. 
El ángel del dulce sueno 
vela sobre los humanos; 







ttodo reposa eu silenciu, 
t odo duerme y sin embargo 
á los umbrales de flora 
eslá suspirando Flavio. 

I Cuan Lentas cruzan las horas, 
i oh! cuánto es el tiempo largo 
para aquel que de amor siente 
latir el seno abrasado; 
para el que oye hora tras hora 
marcar e! reloj, lejano, 
y espera pendiente de ella* 
un instante suspirado! 

Allí está el geulil amante 
con el rostro recatado 
y con los ojos y el alma 
en una reja clavados. 
Desde que pisó la ralle 
tiene un papel en la mano, 
que ya á la lu/ de ln luna 
se deleita en .contemplarlo; 
ya con anhelo ardoroso 
lo estrecha contra los labios. 
«1 Premio hallará la pasión 
que el pecho devora á Flavio ! • 
Tan snlo dice el billete, 
muy poco para un estenio, 
pero que anega en ventura 
al galán enamorado. 

Del bronce el triste (añido 
en esto cruzó el espacio, 
y uno tras otro se oyeron 
doce sonidos pausados. 
Hizo Flavio un movimiento, 
y avanzando con pié cauto 
á los queridos umbrales 
de su amor tan anhelados, 
llegó lina llave á la puerta, 
descorrióla y halló paso. 
En la negra oscuridad 
se adelantó caminando, 
pero al tender vacilante 
para guiarse las manos, 
otras encontró nervudas 
que las suyas sugetaron-. 
cerróse luego la puerta 
y dentro se quedó Flavio - 



París 1 5 de setiembre. 

Mi querida amiga: Consiguiente á mi oferta te 
escribo hoy para hacerte una ligera reseña de mo- 
das, con que puedas amenizar tu ya estimable pe- 
riódico. 

Siento en el alma que esta primera carta mia no 
pueda contener una larga y detallada relación délos 
trages que la caprichosa moda ha preferido para la 



estación que empieza; pero esto no depende de mi, 
sino de que el mundo elegante no ha vuelto aun á 
Paris. La costumbre inglesa de pasar el otoño en e! 
campo hace cada año nuevos prosélitos en este país, 
los cuales no regresan hasta noviembre ú diciem- 
bre. Asi pues aunque la ópera y los demás teatros 
se hallan muy concurridos, se ñola la falta de ese 
lujo que les da tanta brillantez, predominando ahora 
una estremada sencillez aun en Les trages de mejor 
gusto. El lujo, la elegancia.se hallaráTi en los baños, 
donde se refugió hace tres meses la brillante colonia 
parisiense. 

Faltando pues aquí esas reinas de la elegancia, 
cuyos caprichos son las leyes de la voluble moda, 
preciso es atenernos á las noticias que se reciben de 
Badén, de Diep, de Ai\... donde Ins bailes, los con- 
ciertos y las fiestas de todas clases se suceden. 

Según nos dicen de esos centros felices de la 
alegría, donde el placer ha establecido sus templos, 
la elegancia lleva un sello singular y encantador por 
la. ligereza de los trages y los adornos de üures na- 
turales. 

Como escojido entre los de mejor gusto se cita 
el trage y adornos de una joven cuyo prendido com- 
pónesc ele dos bandas flotantes unidas en su centro 
por una rosa natural y fijas en el peinado por una 
hilera de botones y de hojas que después de rodear 
la cabeza formando una esterilla caian sobre su es- 
palda hasta locar en una guarnición de la misma 
clase, que adornaba el escote de su vestido bajando 
por amitos lados del pecho á unirse bajo olía rosa 
natural prendida cu su cintura. 

La falda era de tul sobre un viso de tafetán blan- 
co, iiniíia por nna guirnalda de rosas naturales que 
venia á unirse con la de la cintura. Este gracioso 
trage era puramente de capricho, pero de tanto 
gusto qtie sin duda será adoptado para este invier- 
no, y veremus en nuestros bailes esta disposición de 
guirnaldas que nos recuerdan á las encantadoras Ce- 
res y Diana Por c! grabado que te remito con esta 
carta podrás juzgar de su efecto. 

En él hallarás también el diseño de otro trage 
! que no se diferencia del anterior mas que en un so- 
! bre-todo, cuyo cuite no ha tenido variación de los 
| que ya conoces, ni mas novedad que los ,ídorncs de 
rosas naturales para las faldas, que son los que pa- 
rece van á predominar. 

Te advierto que el color negro es ya parle indis- 
pensable en los trages de señora. Este color uoestá 
ya esclusivamenle reservado para los dias de luto. 
Hoy no es ja una sola dama elegante ta que usa el 
trage negro, son muchas. Estos trages se adornan 
ahora de tal modo que se les presta mucha elegan- 
cia sin que pierdan nada de su particular distinción. 
El azabache entrelazado en obras de pasamanería es 
de grande efecto para estos vestidos. 

Aquí concluyo, querida amiga: discúlpame si 
quedas poco satisfecha de mi carta, recordando que 
la falta no eslá en mí, y estando segura de que eu la 






i; 



y* le ofrezco escribirle el 30 seguramente ,e dará 
■i*< detalle* l.i qnf sabes es tova ÚMIipiC 

tal». 



r.\ mes i:\ l.v aldea. 



: 

Los orno días fijados jiur el si ñor Adolfo De, 
aquellos días uto largo* j tan llenos de esperanzas > 
teaurai, locan á su lin. 

4p*"" ior* el sul la cima de Jos montes; por 
todas pane* se ven aldeanos que caminan presnro- 
m>; en lodo* los rostros se re pintada la agitación; 
aquellas montañas lan silenciosas van á ser test i-.. s 
dr algún (¡rao acontecimiento. Desde ta humilde 
cíbaii.i hasta, aquél raslillu que encierra seres l.iri 
qiii-tidüs de aquellas sencilla* gentes, >od« lia loma- 
do un aspecto particular: en las puertas y ventanas 
de aquellas blancas i aseadas i asilas se vi<n asomar 
Itií rostros fresco* y risueños de las hijas del valle , 
que miran caminar li.ii ii el castillo a sus padres, 
henil Dios v aunante*; alguna que otra anciana (iiiii- 
bieu saluda a los caminantes; pero en los rostros de 
estas últimas lia) lágrimas y señales de manado te- 
mor: siempre ta ancianidad llora j teme; sus ligri- 
mas son lujas <]e la esprriemia; mientra! la juven- 
tud iiasla con la» lágrimas en los ojos sonríe, porque 
su mente isla Llena de ilusiones celestes. \ nada pue- 
de oscurecer esos movimientos de vida que animan 

el corazón. 

¿Pero loda isa agitación que se ñola seré pro- 
(luí iil.i por i-I próximo enlace del ángel puro de Ja 
montaña, i -unió generalmente llaman a la hermosa 
Ida. v el joven Enrique? El tiempo nos lo fiará á 
conocer. Entre tamo María se afana en dar al casti- 
llo un aire de grandeza que ella en sus cálculos con- 
cibe debía tener en este fausto acontecimiento. líes- 
de el amanecer divagaba por sus espaciosas y de- 
siertas b.i liilat iones, cavilando lo quesería en igua- 
les circunstancias cuando la riqueza de sus poseedo- 
ra» escedia á la ma gestad de su arquitectura: muí has 
váoet colocaba las manos en la cabeza como tjna- 
ríendu retener los pensamientos que la asaltaban sin 
cesar; iba j reñía, < niñeaba las muebles en díferen- 
:«. cerraba y abria las ventanas ron grande 
: después la* cacerolas v demás enseres de 
■arrian la misma escrupulosa policía que los 
■tientes de la casa. 
,0» aldeanos podrían muy bien rreer que el 
.tilín estaba lleno de sirvientes; 1 -lo era lo que 
.le quería María; aquel mártir de adhesión 
r.i dado parte je in «¡aleada porque sus sue- 
«degí ■■■ ditaranj lodo fuera esplendor 

en torno de su señora. bit cutre lanío, sola y sui 
dutieellj,. pimple Euinpie ion esa delicadeza que 
solo algunas almas comprenden, jam.11 bahía pro- 
puesto i la hermnva joven que arrplsra nada de lo 
que el Con sus iumen«is riquetas pudiera proporcio- 




narle, temeroso de herir aquel corazón formado pa- 
ra hacer la felicidad del que conociera toda 'la poe- 
H*a * generosidad que encerraba; el joven se reser- 
vaba este gran placer para el día en que sin temor 
de ver a aquel hermoso rostro ruborizarse pudiera 
decirla: — Marquesa, eres dueña de. mis riquezas y 
de mi porvenir, |mrque lu cariño es mi gloria; sin 
tu amor e' mundo es para mí una tumba. 

Ida sola colocaba sobre su para frente la blanca 
corona de las desposadas; sus lánguidos ojos, pre- 
ñados de lágriinaii, se lijaban en aquel sol naciente 
que cabria las montañas de lan variados matices: 
apoyada en un reclinatorio parecía rooooéealradaen 
sí misma; sus pensamiento» lal vez se elevaban a 
aquella bóveda azul, lan pura romo Jus latidos de su 
¡nocente corazón; aquellas lágrimas retenidas por 
algunos momentos se desprendí. in abundosas J se 
deslizaban <9e sus ojos basta e! blanco rumo que ador- 
naba su virginal seno: con su blanco ropage J SOI 
largos cabellos parecía la estatua de la castidad. To- 
do debía respirar felicidad en lornu de ella; en aquel 
momento una nube de ilusiones radiantes debía cir- 
cundaría, y sin embargo Ida suspiraba. Su 1 listeza 
líeue »lgo de celeste; desea llegue ese mouienio lan- 
ío tiempo esperado, en que la amante será esposa, 
y lo (eme, siente dejar esa vida de inocencia y de 
candor, siente que la blanca corona que mioma sus 
sienes se marchite. 

Se i'o.-iíir. tiara. 
.««■■Un m. 4r Ferro» t. 
» ».fr»»t Q !« !« ■« *- — — 

En este numero empezamos á publicar la última 
producción de la célebre csrrilurn conocida ron el 
seudónimo de Jorge Satid. Además de habernos nie- 
rcridu la preferencia por ser la obra de una mujer, 
ha decidido nuestra elección la moralidad de su ar- 
gumento, la sencillez de su estilo, la ternura en que 
rebosan todas-us pajinas, y <■! pensamiento lilauuo- 
pieo deseuvucllo en ella de destruir esa fatal preocu- 
pación con que son mirados lus esposilos, juzgándo- 
lo* incapaces de una idea buena y de una buena ac- 
ción. ILonliamus en que agradará á nuestras ama- 
bles suscriloras, con ht cual quedarán cumplida- 
mente satisfechos nuestros esfuerzos. 

Con el fin de que pueda ser encuadernada por 
separado, va impresa en la forma conveniente. A 
su terminación se repartirán unas bonitas cubiertas 
para el lotnu que ha de formar. 

m>m >W"«' 

ANUNCIO. 

El arredilado establecimiento látirira derorsesde la ca- 
lle del lloran de la Mata, se ha trasladado á la clet Car- 
men iiñm. 6S cuarto bajo, donde se enrnnlrarán rorsés he- 
chos desde ishasta i * r». flti m i m rn d aairit nitn ' n it in i rr r 
íi.ientr. a miclrasa¡ir<i inlilii wmtMO»IM¡ seguras th' que 
quedaran comnlacidas si acuden áél. 

MADRID I Sol. 

Imprenta t!i* tl»n Jone Trtijlllu. bija. 

Calle de María Cristina, número S. 




Domingo y Je octubre de 1831. 



Nüm, 10. 









el i 



. 









LA MUJER, 



pkhiodico 



escrito por 'nía sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



■ 



EstepeTWdico|gleL«dos!osdumioi(os;sesnsfr¡be en Madrid en las librerías foMonicr rdt Cnest*. á i rs. al mes; j en provia- 
eu, 10 rs. puntos !i-¡e> rranrad, pr, I( ", rr- niii-n ttüiffl.branía a ravor de «ntei¿írjnie&esqr¡jí telhisdí trsn.ieet,. 






EL TRABAJO DE LA MLJKH. 

■ 

Entre tOujffirJgi cuestiones de alta íoijiürtmn i.t 
que la achual si l nación social de Ja umji-r rti¿¡- >.■ 
Iralcn ton, detenimiento, piogttda mas inU-reíunte 
que la que verja sobre I.t retribución de su trabajo. 

El trabajo de -[a mujer en Ids laUdres y tirado- 
res no es menos que el de! hombre:, v s¡o ftmftgrgo 
la rclribitaJDii que retibe apeona llega (i nn,> mitad <i 
tercera parle; siendo esta diferencia titas htitable en 
los trabajos á que.se dedican personas de timbos s 
sos, pues sudede cou frecuencia ver en un inferno 
bastidor' hondaudo bombrea y ntnjeres, ó haciendo 
ulrai obras ídentii.'as, las cuales « ¡lauan con la re- 
ferida «lespra^oniion, 

Y no puede a)egfir#R para jusiifh ar estu difítren- 
cia la mayor perfecemn que ifiiprimotr los hombre-, á 
sus artefacto*,- pues por el contrario no siendo ope- 
raciones de gran fuerza esas á que ambos sexos se 
dedican, la njavnr delicadeza v limira de las mujeres 
La de sisar mas perfectas sus obras. 

No les ha bastado á los hombres invadir artes 
que debía»,. ser esclusivas de bis mujeres, porque 
exijen cualidades que abundan masen nuestro seso: 
a la ve/ dejan en inacción otras de qué r-sia dolarlo 
eiliombr?: t'siít ¡Dimisión' lia peo<S .> ido ia npera- 
mindanciade oficiales par;: < ¡ vi ; . í.-.üt^r bj tu los 
cuales H hombre lia llevado la preferencia , sin otra 
m/on qne la de ser hombre, por mas que para aque- 
Has «lamifai.'luras fuera menos apropíalo. 
nf¡!¿tfry e&'por cierto muy de lamentar que mientras 
faltan hombres en España para cultivar la tierra,- 
qiredando gran parle de ella erial por falta de bra- 
zo', nimbé esa falange de hombres rosíondo; bor- 
dando, zurciendo, etc., siendo talla superabundan- 



■• 

ría que de los dedicados á estas arles étísfe', qne [ior 
cada oficial con traiojo hay ciento que no lo'en- 
cuenlran? 

Dando en todo la Iry el honibrr. naturalmente 
en este punto lia Segilrfld su inveterada costumbre, 
y sin embargo de que Fas obras de las mujeres en 
esas arles llevan ventaja á las de los hombres, sn ; sa- 
lario es menos de ¡a mitad; v esto según hemos di- 
cho al principio atientas de injusto es de consecuen- 
cias liarlo desgraciadas. 

Pasamos en silencio las observaciones que 1 nos 
ocurren sobre la inconveniencia ác reunir en unos 
1 mismos talleres á las mujeres jóvenes que quiza 
llegan allí ron todo el randor de la inocencia, con 
hombres qne sé cnmliiren ron la misma libertad que 
¡si estuvieran solos, y que hacen alarde de eScítar la 
curiosidad de las jóvenes para malar esa prenda Tan 
i'>iiuialile. i las ronsecii encías que Si aquí resoltan 
fácilmente Se conciben. 

Pero sobre lodo io que mas fatales consecuencias 
trae á nueslro seso es la mezquindad con que se 
retribuye su trabajo; ¿que mujer cualesquiera 'que 
sean su instrucción y sus ilnbilidades. v aunque tra- 
bajo doce horas diarias, puede adquirir no va lo ne- 
cesario para ta vida, sino ni ainv'bi iiidispensablépa- 
r.i la subsistencia?' ¿"Venal es la cnris,vr;eneia de esta 
falta de medios de vivir con el producto de nn tra- 
bajo honroso? que aquella á quien faltan los recur- 
sos con que contaba y tiene que adquirir su subsis- 
tencia con el trabajo de sus manos", muere de mise- 
ria ó se hunde en los abismos del vicio. 

Esla es (a consecuencia funesta de lo mar retri- 
buido que se halla el trabajo de la mujer. ?ío se es- 
Irane pues ver esa multitud de mujeres perdida-: 
quiza si hubieran podido ganar para vivir trabajan- 



do no hubieran raido en tan miserable estado. 

Juzgamos esta cuestión de grandísima imporlan- 
«_ i y trascendencia, y ti iniciarla no hemos pre- 
sumido que nuestras solas y mal trazadas palabras 
eorrijiesen el mal, «no llamar sobre él la atención 
de personas de mas ilustración é influencia, que 
ocupándose de él mu la atención que merece lleguen 
i mejorar la suerte de la clase infeliz por quien abo- 
famos. 

Of&icoPí ii S. Ü1. la Itfinn Dono Jsnbrt Sr«utií>ii 

¡Oh lú. Seüura, del mortal doliente 
Dulce consuelo y esperanza hermosa, 
Del huérfano infeliz madre clemente, 
Amparo de la virgen dolorosa! 

¡Tú» que la copa de pesares llena 
Que le eleva el mortal á Dios ofreces, 
¥ borras run tu ruego la condena 
Del que le implora con sentida» preces! 

¿Puerto de salvación, estrella pura 
Que alumbras al mortal en noche umbría, 
Inmenso mar de amor y de ternura, 
Refugio universal, dulce María! 

Acoje mi oración: lleva mi llanto 
Al que espiro en la cruz por los mortales, 

Y al precio horrible de su alroi quebranto 
Al hombre abrió las puertas ciérnales. 

No te imploro por mi: la triste España, 
Que gimió bajo suerte aterradora, 
II i-, mis sentidas preces acompaña 

V conmigo á la par lu gracia implora. 
Existe un ángel de bondad suprema 

Que alivia nuestros duros padeceres: 
Dios colocó en su frente la diadema. 
Porque era la mejor de las mujeres. 

Es dulce como tu, cual tú su pecho 
Albergue es de virtud y de dulzura; 
A mezquinas pasiones siempre estrecho. 
Abierto siempre i celestial ternura! 

Es madre de su pueblo, que la adora. 
Es la esperanza de b triste España: 
Tiéndela pues lu mano protectora, 
V aplica del deslino la vil saña! 

Tú, que i Santa Isabel llevaste un día 
De consuelos y atuur rico presente, 
Visita á mi babel, dulce alaria, 
Trueca en certeza tu esperanza ardiente! 



Ampárala en el trance doloroso: 
Hat que á b España dé dulce traslado 
De su pecho sublime y generoso. 
Siendo cual ella de virtud dechado. 

Que de un padre á su pueblo desvalido. 
Un héroe poderoso y sin mancilla, 
Que ante nuestro pendón enaltecido 
Haga doblar al mundo b rodilla! 

Mira, Señora, en prolongada hilera 
Llegan las almas de los héroes fieles, 
Que ilustraron de España la bandera 
Y ostentan en el cielo sus laureles. 

Se postran ante li, virgen querida. 
Cual yo le imploran por su reina aojada; 
¡No deseches su súplica sentida! 
¡Haz feliz á la España desolada! 

Mas si á pesar de intercesión tan suave, 
Dios reclama una víctima inocente 
Que nuestras culpas con su sangre lave, 
Benigna escucha mi plegaria ardiente. 

La victima seré: mi inútil vida 
Sálvela vida de Isabel hermosa, 
¿Qué vale mi existencia oscurecida? 
¿Qué me importa el morir si ella es dichosa? 

¿Si lleno de placer mi patrio suelo, 
A ver por fin en su dolor alcanza 
Uu astro hermoso en el sereno eielo, 
Nuncio de paz, de amor y de esperanza? 

¿Qué me importa el morir sí en mi agonía 
Oigo que un grito de placer retumba? 
¡Hazla feliz, oh rclesüal María, 
Y sin pesar yo bajaré á la tumba! 

v naris «raul. 



MUJERES CÉLEBRES. 



LA DUQUESA DE VALLIERE. 

Si la mujer de que vamos á ocuparnos, debiese 
solo á su belleza y á los errores de su juventud b 
celebridad que ha legadoá su nombre, jamás nues- 
tra humilde pluma hubiera estampado este sobre el 
papel; pero siendo como es nías conocida $0 el mun- 
do por el arrepentimiento que purifico todas sus 
fallas, tenemos un placer en haber escojido boy tan 
interesante tipo- 
Luisa Francisca de Beanmc Le Bbnc nació de 
una noble familia en ti de agosto de 1644. Educa- 
da ostentosamente en Ja corle del hermano de Luia 




catorce, Gastón de Orleans, fué nombrada dama de 
honor de w esposa de este, Enriqueta de Inglaterra, 
apenas saltó de la edad pueril. 

Discorde» están los escritores de aquella época 
al tratar de los dotes físicos que adornaban á la du- 
quesa. Dicen unos que eran de una belleza irresisti- 
ble, mientras aseguran otros que sin seresecsiva- 
menle hermosa tenia tanta gracia, amabilidad y dul- 
zura que era difícil verla sin quedar fascinado; pero 
todos convienen en que su talento era privilegiado 
y grande su inteligencia. El rey Luis XIV, el galan- 
teador por eseelcncia, si bien e! mas mudable de bis 
hombres en sus afectos, vio ron frecuencia a la jo- 
ven Valliere, y acabó por enamorarse ciegamente 
de ella; y aun cuando su pasión se estrelló por largo 
Menino contra la pureza de su amada, era tan difícil 
resistir alas seducciones de un rey como Luis XIV. 
á su voluntad de hierro y á su inmenso poder, que 
por fin llegó á ver este enroñados sus amorosos de- 
seos. A su vez la joven Luisa, cuya alma había sido 
formada para querer y amar, quiso con delirio á <u 
amante; pero tan bien supo disimular su amor, que 
durante dos años enteros se ocultaron sus relaciones 
á Ja corte de Francia, y al través de su modestia na- 
die pudo adivinar que era ella el único objeto délas 
brillantes y suntuosas fiesta» que diariamente im- 
provisaba el rey. 

Sin embargo, como hemos dicho antes, el cora- 
zón de este era harto variable para seguir rindiendo 
adoración por mucho tiempo á un mismo ídolo, y 
la infeliz Luisa vio un dia desairadas sus apasiona- 
das finezas, yá Luis XIV que sonreía con nue- 
vos amores en los brazos de Mad. Monlespan. 

Entonces la desgracia apuró lodo el veneno de 
los celos, porque amaba al Rey ardientemente ; pero 
tuvo valor bastante para solicitar su pprmiso a Gn 
de retirarse á un convento; y aunque con algunos 
obstáculos, ¡e fué por fin concedido; viéndola partir 
¿ii inliel amante, sin hacer la mas pequeña demos- 
tración de dolor. 

Desde esta épora empieza la mas bella faz de la 
vida de Luisa Valliere, y fuéramos demasiado pro- 
lijas si tratásemos de referirla cumplidamente. 

A los 30 años de edad , cuando tenía todo el 
brillo de la juventud y de la hermosura, y cuando 
el inundóla halagaba con sus placeres y quimeras, 
voló ansiosa á llorar al pié de los altares su amoro- 
so desliz , v se encerró para siempre tras las pare- 
des de un monasterio. 

¡Cuan austera fué su vida desde entonces! 



; cuánto su arrepentimiento! Para ponerlo de relie- 
ve nos bastará citar dos hechos. Un día hubo de 
recordar que hallándose cierta vez en una partida 
de caza, sintió una sed violenta. No habia en los al- 
rededores agua; pero varios correos volaron á Pa- 
rís, y á los muy pocos minutos humedeció sus se- 
cos labios con deliciosos refrescos. Al hacer memo- 
ria de este suceso, recordó el cruel tormento que 
producía la sed , y lá aceptó por penitencia, propo- 
u i endose no probar jamás el agua. Asi lo hizo por 
espacio de tres semanas enteras, y en lo restante de 
su vida solo bebió medio vaso diario. 

En otra ocasión la abadesa del convento la no- 
tició la muerte del conde de Venuandois, que era 
el hijo á quien mas quería de los que habia tenido 
ron el Rey; y al ver los esfuerzos que hacía para 
reprimir su llanto, la dijo aquella: que Dios no pro- 
hibía llorar. Entonces la duquesa se serenó, y la 
contestó con entereza las sublimes palabras siguien- 
tes : "Es necesario que yo llore el nacimiento de ese 
hijo mas que su muerte.» 

Después de 30 años de continuadas penitencias 
y de una vida ejemplar, Luisa Valliere murió en 
medio de los mas acerbos dolores el día 6 de junio 
de I7i0, dando muestra de la mas santa fé en el 
perdón de una culpa que tan verdaderamente habia 
llorado. 

Mientras fué amada del rey jamás abusó de su 
posición, antes tendió su mano al desvalido y der- 
ramó los bienes de la caridad por donde quiera que 
llevó sus pasos: asi es que los franceses aman y re- 
iteran su memoria. 

talla, 



Del Paseo desde el Tajo al Rhin, descansando en 
ti Palacio de Críala!, que está publicando en la llus- 
trañon la célebre poetisa doña Carolina Coronado, 
tomamos el siguiente párrafo. 

"Al fijar mi vista en el fondo de esta montana he 
dit isado en las paredes mujeres trabajando el suelo. 

He han dicho que los hombres están holgando 
en las casas. 

¡Bravo!... veo que estas gentes han declarado 
ya á la mujer apta para seguir' toda carrera igual á 
Ja del hombre, inclusa la de las armas. Una mujer 
en las provincias Vascongadas puede ser tnfdico, íilí- 
ralo, abogado, diplomático y guerrero, por la razón 
misma que es cabador, arador, leñador, segador, 
carretero. La razón que ha dado el seso fuciiepa ■ 



: 



r.t no permitir al sev. oVbil el que se entregue ni es- 
ludio y las fatigas de'lM'esrgos públicos, es el justo 
taakn dr- que desatienín sus deberes ) se lé asimile 
Hita elpumo di' 3>af*«fe i fe condición de la mujer 
cofr lá condición del hombre. 
''Pero Una vea •romieriHda'ri! trabajo di las hvhibrtí 
en el orden fíjiro. quedan libres para chiparse de sus 
mismos trabajos, en el orden moni I . Si el hombre se 
encarga -de arrullar ai tójtt y aderezar los alimeii- 
tos, en lanío que la ninjer eava la lierra, lo mismo 
pueden encardarse de ello etr tanto que la uitijrr de- 
fiende un pleito. Si h mujer tiene fuerzas para ma- 
nejar un arado, las tiene para blandir una espada. 
Sisaría ridiculo ver auna mujer mandando una róm- 
panla, utflb es menos ilírijieiido una ytiiita. ¿Es posi- 
ble que el egoismu de los hombres llegue hasta tal 
punto que transijan en el «irden físico culi estas im- 
propiedades del irabajo sol» porque eslocoviene ;i 
su comodidad? ¿Tantas caricaturas como se lian de- 
para la mujer que toma Una pluma, porque lio se 
ban hecho para la mujer que toma man azada?. 

Vo le lo diré, Emilio; porque este trabajo no al- 
canza premio, porque no alcanza laureles. No es el 
esfuerzo del trabajo, sino el éxito del esfuerzo lo que 
inquieta á los hombres. Escluyen á la mujer de las 
ciencias y de la literatura, no por el lenior Se que 
sufra la lucha, sino por el temor de que venza. Kilos: 
las dejarían estudiar y esam¡narse, si hubieran de 
recibir siempre eataltusat. 

Yo no abogo por la emancipación del seno: vo 
no deseo que las mujeres apremian la; eienóíné; vo 
no quiero oí siquiera que sean literatas; yo maldigo 
el instinto que pune la pluma en mis manos; pero sí 
al fin han de abandonar sus labores propias, si no 
bao de velar ai pie de la cuna de sus hijos, si I1.111 de 
serlínudüif.í y ruirettrnj. quesean también ijciirru- 
Its y quesean ministros.* 



u| 



Omitían oresjofe, 
Esa luz cuya radios: 

airidaiieíni.indoaba, 



Oyéndose igual murmullo 
De arboles, fílenles, cateadas, 
V sin saber dú sí.mnf'U, 

1'CWélHriítVH.onnT.ln !,i tierra 
Levemente iluminada 
lie una clariiUul que no 
Sabemos de que dimana; 
Si e| -ni al irse, ó la luna 
Al llegarse la derrama; 
Si es ilc l.i fui f]Tie se enriende. 
O de in lu/ que se apaga, 
Ayil también ese momento 

Dulzura infunde ,i luí ulula; 

También á ti fervoroso 
Mi ai eiilii, Señor, se alza^ 
Pero ;av! que ñ un tiempo mismo 
Interrumpe mis palabras 
El dolor cutí [os profundos 
Suspiros que al pecho arranca, 
Pues l(i nj Jijen de nuestra ¡ ida 
Ve irtl ni el fin de la jornada, 
También ñ iiuc-oa cyrsd-ocia 
Tu mano un orase marra. 
¿Termino que á nuestros males 
Impuso tu luanu sabia. 
Recompensa inapreciable 
Dé esa bondad luya magna! 

I ha ><u„p i-ltoro 



i.niqs 



AL POXERSE EL SOL 

Ya espira miistia la larde, 
De los rayos despojada 
Del sol, que huyendo pnr rima 
De las mas altas montañas. 
Enemigo de la noche 
Raudo hacia cb ocaso marcha. 
El cielo, que á la salida. 
Del sol desplegó sus galas. 
Las aves, que con sus trinos 
Celebraron su llegada. 
Todo al declinar la tarde 
Se reanima como al alba, 






UN MES LA LA ALDEA. 

(OINTIST ACIÓN.) 

Por otra pane; si llega un «lia en que Ja jiíven 
se escucha saludar con el dulce nombre de madre, 
¿son las ilusiones de la adolescencia mas grandes, 
muí halagüeñas que esle momento solemne de la vi-, 
(l,> ' No: t;t Mujer entonces conoce su verdadera mi- 
sión sobre la tierra, y bendice ese espíritu divino, 
qite la rodea de esas lidíelas tan sanias que 'basta 
entonces no pudo comprender. Por su imaginación 
cruzaban estas diferenles ¡deas: pensaba también en 
Enrique, le veia lleno de amor, recordaba aquellas 
pu labras tan carifwsas que sin cesar brotaban de sus 
labios; y la joven involuntariamente se estremecía, 
sus ojos se fijabim en el suelo, el espíritu luchaba 
con esas ideas materiales que algunos momenlos se 
enseñorean ;i pesar nuestro; pero eslas últimas mo- 
rirán ni querer nacer en el corazón de la virgen; el 
mundo desaparecía ric sus ojos, su mirada se tija ha 
en el cielo. Este combate reanimaba sus mejillas, sus 
ojos brillaban de una manera febril. 

Esta escena hace algunos momentos qne tiene 




S 



testigo; este testigües Enrique?' irstá en pié y teme 
hasta respirar: aquella meditación, aquellas lágrimas 
impresionan vísiblemcnieiile al joven; su silencio es 
solemne: La, mira enmo un órnelo sagrado, y teme 
coa su alíenlo profanar aquel santuario de inocencia 
y amor: silenciosamente se retira sin que ella se 
aperciba de su muda adoración. La joven escucha; 
las campanas de la aldea tocan de una manera parti- 
cular; se sóiirle y creí' coa fe sencilla ti ule lodo tuina 
parle en su felicidad. Su ¿adre se presenta cu su'npo 



os 1 , qti 



digo con orgullo ¡inte vosotros, que denlro de poco 
screís mis enemigos 4 DO retrocedéis; he jurado leal- 
tad hasla el último momeólo de mi vida á la regia 
huérfana que los españoles unánimes han colocado 
en el trono de Sau Fernando: la causa de la .inocen- 
cia Dios la santifica.: Corred, insensato?, que \olai% 
á la tumba. 

— Basta! gritó Pedro; si no queréis seguir á 
nuestro general yo oíuparé vuestro puesto. No te- 
máis, señor, añado» dirigiéndose al padre de Ida, que 



Sentó: la pobre Ida. toda I coi Morosa, se agarra al ine falle valor para combatir. — fanáticos 1 ! gritó 



brazo del autor de su existencia; el mal, toas grave 
que lo de costumbre, la conduce ;i aquel salón que 
encierra tantos recuerdos. Al presenlarse en él Ida 



Enrique. — ¡Vivan nuestros fueros! gritaron Pedro 
y los aldeano*. F- 1 norte de Pedro era lila; aque- 
lla organización privilegiada veía en id horizonte de 
fija sus ojos en el ip,ven oficial, une apoyado en la | su porvenir una aureola de martirio ó una aureola 
chimen» la mira tisíémente; aquella mirada maffbé - ' de gloria; sus pensamientos tenían un fin solo y úai- 
tica hace estremecer aquellos seres en el momento m. el amor, el amor á Ida, Enrique, por el contra- 



de realizarse sus sueños de amor; su* almas preven 
algún acoolei'imi<'ii:>> r-iiuutdinaiio. 

Todos los aldeanos del valle se eiiconlraiían en 



el salón y en las inmediaciones del castillo: en su, rilar por nuiclio tiempo Babia sepultado SUS ilusío- 



rio, adoraba á la joven, iba á ser su cípoíu; pero 
•■n el momento de recibir su mano le proponían tina 
acción que rebajaba su dignidad, y el joven stn va- 



te: 



rostros está piulada Id agitación y el entusiasmo. 
— Hijos mioáj ésclamo el señor Adolfo De, os pre- 
sento á mi hija y al que va á ser su esposo, el noble 
marqués del Olmo. Él nos seguirá al combate y os 
seguirá en las batallas; él será vuestro segundo gefe. 
A osle precio le entrego la mano de Ida, la cual 
con su sonrisa animará á su padre y á su espuso al 
combate. — ¡Vivan nuestros fueros! gritó aquel [lu- 
nado de hombres: ¡viva mustio general! 

La joven estaba como absorta, nada veía de 
cuanto entorno de ella pasaba. Enrique se adelantó, [ 
\ alzando con orgullo )u cabeza pronunció:— ¿(fue- 
reis, señor, que haga iTaíeion á mis juramentos' \o: 
eso jamás. — Entonces, marqués, podéis comprender 
muy bien que mi bija no puede pertenecer a aquel 
que sea el enemigo de su padre en los combates.— 
Está bien. El joven miró por última vez ¡í la que iba 
á ser su esposa, volvió á alzar la cabeza con orgu- 
llo, y al notar las lágrimas que inundaban el rostro 
de la joven pareció vacilar; pero después de algunos 
segundos, colocando la mano sobre su corazón co- 
mo queriendo retener sus latidos, continuó: — Los 
del Olmo jamás hacen traición á sus juramentos: 
amo á vuestra Lija con toda mi alma; pero este amor 
jamás me hará olvidar mis compromisos. Entre tan- 
to sabed, nobles provincianos, que os engañan, que 
la ambición de algunos hombres va ¡i haceros ins- 
trumentos inocentes de una tucha horrible, porque 
ndreis por enemigos ú vuestros hermanos. Sí, lo 



n.es y había .esciamado: — Antes que Ida la patria: 
antes que el amor el deber, 

l*r :os momentos después de resonar en el cora- 
zón de la joven eslas terribles palabras, Ida lluraba 
en los bra/OS de 1 1 pobre María y se preguntaba si 
era una pesadilla penosa cnanto había pasado en el 
castillo. 

Se ron fin narií. 

V'atall* B. de Fi-rranl. 



ALBIM. 



HOMBRE. 

Tiene para nosotras runchas y contradictorias 
significaciones; los hay discretos, prudentes, gene- 
rosos, amables y condescendientes, asi como (¡ru- 
nos', imbéciles y sobre todo egoístas; unos son nues- 
tros señores y otros nuestros esclavos; y aunque el 
esl lidio que mas nos interesa, a aprender á distin- 
guirlos, ni se pos ensena ni nos aplicamos á él. 

MUER. 

Segnn unos hombres es Ja obra mas perfecta y 
hermosa que hay en la tierra; para ella viven y á ella 
consagran toda su vida: según oíros es un ente de- 
jfecliioso, incapaz, de nada bueuo, ¿Buqué podrán 
consistir lau desiguales opiniones? 



HERMOSURA. 

Rendimos un culto idrilalra íi esta magrea pala- 
bra; todas quisiéramos serlas mas hermosas, y ama- 
mos por instinto lodo lo hermoso:, es el orpiitlo de 
la opulencia y la dote de la pnbreza. Pito cuando 
los hombres sean mas discretos, no será mas que un 
accidente al lado del talento y la virtud. 

rh.ui;zx. 

Palabra fatal para nuestro sexo, porque no po- 
demos poseerla Libremente sino á Talla de nuestros 
padres ó alaridos, y entonces nos venios general- 
mente rodeada» de los hombres mas depravados. 

PORVRISTIR. 

Materialmente hablando, y en el estado en que 
boy se encuentra nuestra sociedad, la mujer no lo 
tiene, y solo la casada está általa al de su marido. 

DEBILIDAD. 

Se nos apellida el sexo débil y convenimos en 
ello mnrahuenic hablando, pues por nuestra parte 

somos de opinión qu b debemos temer ;i nuestra 

debilidad que á nuestras pasiones. 

MÉRITO. 

Nos sera pernütdn decir que el nuestro es de una 
elasticidad extraordinaria pan los hombres cuantío 
nos aman ó nos aborrecen: respecto al de lo,* hom- 
bres, el dia que aprendiónos á conocerlo mejorará 
mucho nuestro porvenir. 

SILENCIO. 

Premia de mucha estimación para indo el sexo; 
la que llegue á poseerlo se evitará muchos disgustos, 
pero nos cuesta menos trabajo aprender á hablar en 
nuestra infancia, que a guardar silencio cuando su- 
mos mayores. 



SOLUCIÓN 

A LA CB AVADA INSEltTA ES XCESTBO NÚMERO BEL 2i. 

San es título sagrado, 
y dalia una bella flor 
con que adornó su locado 
Sandalia, para ir al Prado 
á que la viese su amor. 

Juana Lopes de Estrilen. 



ADVERTENCIAS. 

Nuestras suscriloras de provincias cuyo abono 
concluya el dia último del pasado mes, y deseen 
continuar su susrricion, tendrán la bondad de reco- 
larla para no sufrir retraso en el recibo del perió- 
dico. 

Suplicamos a nuestras apreciaules suscriloras de 
provincia que no hayan satisfecho el importe de <jus 
uucriciones, y carezcan de posibilidad de hacerlo 
por medio de libranzas de correos, que lo verifiquen 
en sellos de franqueo, dirigiéndose á nuestro impre- 
sor don José Trujillo. 

No se admiten cartas ni periódicos que no ven- 
gan francos de porte. 

ANUNCIOS DE NUESTRAS Sl'SCMTORAS, 



IIiiii:: Polonia Kam , ¡irofesora dentista con titulo 

espedido por la universidad iie Valencia, coollnpa ejecu- 

Innilii dnl;i rbise de ojierni-iiiiir's al r- la hIciiI.iiI lira (-fin la 
dr-lrivn que tiene semillada y la proporciona una nume- 
rosa rlii'ijli.'la, r.oiislnije bocas, medias bocas j toda cla- 
se de picias da la dentadura, asegurando al iiúldico que 
pnr mcilin de sus corresponsales en el eslrangero , está a¡ 
alcance de Indos los entine i míenlos mecánicos que hasla 
el dia se han desarrollado en el arte, ejecutando su» 
obras á la altura di; conocimientos en que se llalla su pro 
lesión, tanto en la parte material como quirúrgica. 

Vive calle del Carmen, núiu. 11, frente .1 la délos 
Negros, cuntió segundo. 

Modlali* j planchador*,— En ta cxlle del Conde 
Duque, nttm. 7, cundo I.", sa hacen vestidos ele moda de 
todas clases ;i precios muy arreglados: los lisos á J4 rea- 
les. También se planchan y riza con perfección y equidad. 

El aemáftado áslábfteS miento fábrica de rorsís de la ca- 
lle del llor la la Mata, se ha trasladado ala del Car- 
men mini. 60 Cuarto bajo, donde se ctieunlrarán corsés bo- 
clios desde isliasla 2»o rs, Recomendamos este cslableci- 
nirnlo ¡i nuestras a preciables suscriloras, seguras de que 
quedarán complacidas sí acuden a el, 

t'i'i-iiidii. — La persona que se haya encontrado utia 
pcrrila americana fino, que se es'trái ifl el domingo prdsi- 
nw pasado en la feria de la ralle ile aléala, tendrá la bon- 
dad de entregarla en la calle Je Preciados numero 64, don 
de además de agradecérselo se le gratificará con inedia 
onza de oro. 









MADRID ISlil. 

imprenta de don Jmf Triijlllo, íiljo, 

' Calle de alaria Cristina, número 8, 




finí* fin'- después conocida. Su aplicación im B€ limi- 
tó solo ¡í esta lengua, sino á la filosofía, en la qitc 
hizo tales progresos que Fué mirada por los hombres 
mas doctos de su tiempo como uu prodigio de sabi- 
duría. 

Su reputación se estendió extraordinariamente, 
llegando ;í oídos de ta reina Isabel de Castilla, que 
apreciaba singularmente á las personas de grande ta- 
lento. Mandó que se la presentasen, haciéndola s« 
dama de honor y maestra, y depositando en ella to- 
da su confianza. La casó con l>, Francisco Ramírez, 
secretario particular del rey Católico su esposo; [Mi- 
ro tuvo la desgracia de perder ;i su marido á los 35 
años. Desde aquel momento trató de retirarse de la 
corle para poderse entregar con mas libertad al es- 
tudio. 

Heredera de una inmensa Fortuna de sus padres 
y marido, y bailándose al mismo tiempo sin lujos, 
determinó emplear toda aquella cu beneficio de la 
religión y de la humanidad. Asi es que en ibOG 
fundó en Madrid un hospital que lia conservado bas- 
ta el día el nombre de Hospital de la latina: Fundó 
además dos conventos de religiosas, la Concepción 
Geróuima, y la Concepción Francisca, uno de ellos 
consagrado á la educación de señoritas pobres: en él 
desempeñó durante el resto de sus dias la dirección 
de esle establecimiento, compartiendo su vida entre 
los sagrados deberes que se había impuesto y el es- 
tudio; conservando constantemente las mas ejempla- 
res costumbres, y siendo la gloria y el honor de su 
seso y de la célebre ciudad que la vid nacer. Murió 
en Madrid el 25 de noviembre de 1 ¿53 1>, y está enter- 
rada con su esposo en dicha Concepción Gcróuima. 
Escribid varias notas sabias sobre los antiguos co- 
tíifji (arios sobre Aristóteles y varias poesías latinas. 
Muchos hablan de ellas con elogio. Nuestro famoso 
Lope de Vega ensalza las alabanzas de esta célebre 
salmantina, y habla de ella en su obra titulada el 
Laurel de Apolo. También hablan de ella Juan Pé- 
rez de Moya en su obra de íllustr. llisp. Mulkr., 
Gil González Dávila, Dorado en sus historias sal- 
mantinas, Pabla de Rivera (¡lar. Immort. Delle 
donne, Meólas Antonio, Hibiíoi. Hispan,, Moreri, 
Diccionario universal. (C. S.) 

LO QUE VALÉIS 

Elisa la bella amaba 

Al mas bizarro zagal 

De la comarca, 




Y su suerte no cambiaba 
Por la suerte sin igual 

De un monarca. 

Siendo tal su frenesí 
Por el apuesto doncel 
Que delira; 

Y por ser amada asi. 
Su mastín le diera ú él 

Y su lira. 

Su I irH, que sínírl llil 

Pura conquistar su amor, 

Y hoy triste 
Amor robó su alegría, 

Y á su canto de dolor 
Se resiste. 

Y el mastín que guarda ufano 
La amorosa corderilla 

^ sus hijuelos; 

Que tierno lame su mano, 
\ descansa en su rodilla 
Sin recelos. 

Todo esto al zngnl le diera 
Por el amor que en antaño 

La trina; 
Si mas ambicioso fuera 
Le diera mas: su rehaüo 

Y su alquería. 

Poro el ingrato pastor 
Que antes suspiró por ella 

Va no la ama; 
"Si se cuida de su amor, 
\ el íerla sensible y bella 

Pío le inflama. 
Porque eu su pecho cabida 
Dio el iuliel á ulra pasión. 

Olvidando 

Que á Elisa profuuda herida 
Uízok, á su corazón 

Sacrificando. 
\ es tan amargo vivir 
( Jni tan iluto desengaño, 

Qtw ella llora, 

Y pide -al rielo morir, 
O que remedie su daño 

Asi implora: 
«¿Por qué amor me sonreiste 
«Y con mentidos afeites 

«Me engañaste?... 
o ¿Para qué cruel me rendiste 
«Y en seductores deleites 

«Me embriagaste?... 
«El amor de mi líatilo 
«Tan tierno y tan cariñoso 

o Don de es ido?... 
o Aquel gozar tan tranquilo 
«En dulcísimo reposo 

«Lo lie perdido! 



la sombra de mi nogal, 
n Cuando ti sol era ardoroso, 

n Enajenada 
«Escuchaba ú nii zagal, 
«Tan gentil y tan hermoso, 

«Su balada. 

■ Endechas de amor deda, 
«Y su melodioso acento 

«Era lan grato, 
«Que á mi alma estremecía 
«De placer en el momento 

■One relato. 
«Y hoy ileso qnerer soy viuda: 
«Y la triste realidad 

■Clara veo: 
«Y veo mi suerte rruda f 
«Y ninrir, ó su piedad, 

«Es mi deseo» 
Delio tpic escuchó estas quejas 
Tras un espino escondido 

Dio un suspira, 
Que la alarmo, y sus ovejas 
Rccnjíó con un descuido 

Que no admiro. 

«Tierna zagala, eselaimí, 
«■Sensible soy á tus penas 

\ a tu llanto; 
«Si le olvida quien te amó, 
■Yo romperé osas cadenas 

■Que odio tanto.» 
Volviendo Elisa sus ojos, 
Con su llanto encantadores, 

Replico: 
«En zanas, malas y abrojos, 
«Camino que fué de llores 

«Se troco. 
•No intentes, mortal osado r 
«Mi destino variar 

«En tu delirio, 
«Que si mi amor be llorado, 
•Otro amor no lia de lograr 

«Ser mi martirio, » 



Delio el zagal insistió, 
Y fué tan tenaz su empeño. 

Que la bella 
A su mego serindid, 
T olvido á su antiguo dueño 

Y su querella. 

I.: i *lint'«: . 

***+»*$♦****« 



UEVISTA DE MODAS, 

Pams 30 i!K sETiEusmE- 
H¡ querida amiga: Según te ofrecí en mi 



ante- 



rior, le escribo hoy para ponerte al corriente de las 
novedades que las modas van introduciendo 

Sin embarco de que tardarán alpinos días en 
pronunciarse deliiiilivaiiienle las modas de la esta- 
ción, tengo ya noticias de algunas preciosas inven- 
dones que se preparan en nuestros magniücos alma- 
cenes, especialmente en el de fiageliu. 

Según lo que he podido observar aceña de los 
trages de invierno, nunca se lian empleado con mas 
generalidad que este ano las guarniciones de tercio- 
pelo; vestidos, sapas, manteletas, sombreros, gor- 
ros, todo lleva esta clase de adornos en galón, de 
diferentes proporciones, colores y dibujos. Es un 
verdadero fuñir, sirviendo lo mismo para los mas ri- 
cos Irages como para los mas sencillos. 

Nuestras mas célebres modistas lian adoptado es- 
tos adornos para las modas de transición de esta ca- 
prichúsa temporada del ano, que nos trae boy urr ca- 
luroso (lia de verano, y despojará mañana los árbo- 
les de su foHage con tina brisa glacial. Asi pues he 
visto abrigos color gris de plata con terciopelos ne- 
gros, granates 6 azules oscuros; el quemas me agra- 
dó era color de violeta ron adoraos negros; la com- 
bmaciiiü de estos dos colores la liaeian de una rara 
distinción. Algunos de estos abrigos presentaban por 
delante de la falda una especie de delantal que va 
ensanchando por bajo. 

Este delantal esla formado por veinte y siete 
cintas de terciopelo [de media pulgada de ancho, y 
termina en cada lado por otra ancha cinta de tercio- 
pelo: las mangas, de corle ¡i lo mosquetero, tenían 
también vueltas de terciopelo; podia cerrarse delan- 
te del peclm cinéudolo mas ó menos: la manteleta 
que acompañaba á este trage estaba formada en ban- 
das y adornada con dulas de terciopelo de media 
pulgada de ancho, semejantes á las de delante. 

Voy ahora á hallarle de una nueva prenda in- 
troducida cu nuestro trage, y de (pie supongo ten- 
drás ya alguna idea. Me refiero á los chalecos que 
habían parecido una novedad muy aventurada este 
verano, y que sin duda serán decididamente adopta- 
dos este invierno. Se llevan de toda ríase de tela y 
hechuras; los he visto de terciopelo con adornos de 
azabache, de paño con bordados de seda, de moaré 
y de lelas con dibujos orientales. Como aun esta es 
una moda puramente: de capricho, suele llevarse el 
chaleco del mismo color que la chaqueta, y si es de 
diferente color lia de cuidarse que armonicen los de 
ambas prendas. Sin embargo de que esta, invención 
se va generalizando, paréceme que no ba de caberle 



muy buena suerte, y que ha de pasar muehu 
antes que la vista se acostumbre a ella. 

Y sin mas por hoy adiós hasta el 30. 

Tu verdadera amiga 

Luisa. 

FLAVIO Y FLOttA . 

ni, 

EL PADRE. 

Con sombrío ademan y airado gesto 
Cu noble anciano di 1 cabera cana 
En desígnales y fardios pasas 
El mármol mide de su rica estancia. 

Ya se detiene y piensa, ya en sus ojos 
Del furor brota la encendida llama, 
Mientras su débil descarnada mano 
La empuñadura oprime de su espada. 
Alguna vez por sus marchitos labios 
üe sonrisa fugaz el brillo vaga, 

Y otras de llanto abrasadora gota 
Rodando surca su mejilla Haca. 
¿Qué genero fie penas roedoras 

El buen anciana guardará en el alma? 
¿Y cuál será el motivo lastimoso 
De tal anhelo, de fatiga tanta? 
Cuando ya en el ocaso de su vida 
Fiera le aprime la sejez helada. 
Aun libre no estará su árd > pecho 
De torcedoras v moríales ansias.' 



Oyóse en esto acompasado ruido 
De dobles pasos que de. cerca avanzan, 
Y á poco llego' Flavio a la presencia 
Del noble anciano de cabeza cana. 
Y, caso raro, el alentado mozo 
Que jamás al peligro huyo la cara. 
De espanto, y de estupor, y de soprres 
Ora manifestó señales claras. 

— ¿De ([iié te admiraste, Flavio? 

— Don Rodrigo, vos aquí! 

— En la corte me hallo, si, 

Mas priva de voz al labio: 

Pues tener en cuenta puedes 

AI articular mi nombre 

Que hay misterios en el hombre 

Que oyen tal vez las paredes. 

Ni tú cslraíics que al saber 

Asechanzas á mi honor 

Pnuia cierto cantor 

Venga á hacerle enmudecer. 

— Dou Rodrigo.., 

— Ten la lengua; 

Pues pudistes intentar 

Mi preclaro honor manchar, 

Oír tu disculpa es mengua. 



tiempo 



Tú que tan mal conociste 

A mi Elvira, qué has pensado 

Que el billete perfumado 

A su amor se lo debiste, 

Tan solo por ese agrabío 

Que le hiciste, joven loco, 

Tu vida entera era poco 

Si le la arrancara Flavio. 
La cólera del viejo iba en aumento, 
Qnti resignado Flavio soportaba, 
Citando suspensas los dejó el ruido 
De Binchas gentes que hasta allí llegaban: 
"Padre, salvaos!» una voz decía, 
Y otras « Es larde ya,» le contestaban. 

nona. 



U\ MES E_\ LA ALDEA. 

(cONTI.NTACHttí.) 

Ida después de aquellos primeros días de dolor 
habia reconcentrado su pesar dentro de sit pecho; la 
tristeza qnc desde aquel momento en qne viera 
desaparecer todas las ilusiones de su vida se apodera- 
ra de su alma, daba á toda su fisonomía un tinte de 
sufrimiento tan melancólico y puro, que impresionaba 
a cuantos miraban aquel ángel de amor y de resig- 
nación. 

Desde entonces su predisposición natural en fa- 
vor de los desgraciados se aumentaba: quería olvi- 
dar su propias penas haciéndoselas llevaderas á los 
demás, ;Cinu'a< v.tcí :i payada eu aquelln misma 
ventana desde donde Pedro la riera aparecer aqtic- 
uoclie bajo los reflejos de la luna, al lado del joven 
oficial líennos-i y ir.iinpiila romo la imagen celeste 
del bien, conduciendo aquella mujer tan enferma y 
desvalida pensaba y miraba nuestra joven aquel tnu- 
inetito como uno de los acontecimientos mas hermo- 
sos de su vida! Ella recordaba con una mezcla in- 
definible (fe placer y de tristeza, aquel instante en 
que aquellos corazones lau sencillos, guiados espon- 
táneamente por su bella acción, la condujeron en 
triunfo á su orgulloso castillo, apellidándola con un 
nombre tan santo y tan bello. 

Aun creía escuchar el eco de los maules que re- 
pelía viva el ángel consolador de nuestras cabanas, 
j Cuántas veces, lo repelimos, recordaba con placer y 
tristeza aquel instante supremo de la vida! Podía bor- 
rarse jamás? No, esa hoja santa de su historia no debía 
desaparecerdesu mente; en ella estaba grabada la ima- 
gen generusa del joven marqués'. ¿Podia Ida acrimi- 
narle? .Nunca; la idea del deber era tan poderosa pa- 
ra nuestra hermosa ida, que su mente la aproximaba 
mucho á la divinidad, y desde el fondo de =,a alma 
bendecía á su amante porque el amor en vez de hu- 
millarle á sus ojos le habia divinizado. 

Muchas veces estos pensamiento hacían que las 
lágrimas que se deslizaran de sus ojos se mezclaran 
con una sonrisa tan inocente que hacia que los hoyi- 
tos que tanta gracia daban á sus preciosas mejillas 



hicieran un contraste singular con sos lágrimas. Si la 
vanidad se apoderaba algunos mnmentns del corazón 
inórente de la hija de las montanas, cuan indulgen- 
te.; debernos per mil ella, HíirqiJi" si analizamos el 
corazón humano ¿no le cnroulraums siempre db- 
pucslo á aceptar ccin placer lodo aquello que halaga 
nuestra vanidad? ¿Qué eslrano es entonces que una 
nina se suuria ante ledas aquellos rcruenlns que la 
engrandecen i los ojos del que apon? Ida conese itir.- 

liuln ijiii- caracteriza el corazón de h| mujer pura de- 
sechaba de sn mente tuda idea material, y sus labios 
pronunciaban aquellas palnbras*qite la aproximaban 
á Enrique, pirque la joven pensaban con profunda 
convicción que si Ins bniubres los separaban en es la 
tierra, donde todos es tan pasageru, 'Dios los iiuiria 
para toda una eternidad. 

Por oirá parte, sus obras eran compensadas! 
Jda¡ liabia encontrado una amiga cariñosa eumedin 
de aquellos desgranados que su mano protectora 
aliviaba. 1.a madre de l'edro liabia muerto, aquella 
pobre mujer que Ida condujera en su barquilla aqur- 
lla noche de sagrados recítenlos: su bija lloraba al 
lado de la miserable rama de su desgraciada madre, 
y la señorita Ida se liabia aparecido como el ángel 
salvador en aquella cabana, y la' moribunda babia 
sonreído tal ve*. Por su imaginación cruzaran dile- 
rentes ideas: su hija, 'su encantadora Luisa, CflCOn- 
iraria en la nuble castellana utia'pruleelura generosa; 
la pobre madre, en este momento terrible en que el 
espíritu se separa de la materia, pensaba soto cu sus 
queridos hijos; también be iidedag desde el fondo de 
su alma ¡i Pudro. Todas las cartas querer i Lian le 
hacían concebir la lisonjera esperanza de que sn hi- 
jo viviría respetado como mi héroe, ó moriría már- 
tir esclarecido de sus principios; y sin embargo el 
corazón de la madre, ron ese laclo particular que las 
distingue, babia comprendido que no era solo el de- 
seo de aliviar sus males y la ambición de gloria lo 
que conducía a su hijo á defender ima cansa que es- 
taba en contradicción con SUS ideas; aquella mujer, 
superior i cuantos la rodeaban, comprendía lo que 
su hijo, lanío quena ocultarla: su amur sin límites 
por la herniosa castellana. 

Mil veces habia sorprendido aquel secreto que el 
se afanaba en ocultar, y la madre suspiraba porque 
comprendía lo imposible que era su realización. Al 
ver cu el último momento de su vida aquella joven 
llorando al lado de su cama, como si fuera su propia 
bija, su corazón sonreía de esperanza. ¿Quién esca- 

pai de comprevaler los ana s del corazón de una 

madre? La pobre mujer, pensando en los objetos 
queridos de su corazón, babia espirado con la sonri- 
sa de la cspraiw.a P1) ,¡(, s labios. Luisa besaba el ver- 
lo cadáver de su madre; aquel cspeclfeolo impresio- 
naba sobremanera a lila. La pobre huerto vol- 
viendo la cabeza hacia la joven, liabia esclamado ron 
esa toz tan elocuente que llega al corazón: Ya lo 
veis, señorita, todo lo he perdido; solo me quedan 
lacrimas que derramar sobre la tumba de mi pobre 



madre. — No, Luisa, pronunció consuma resolución 
Ida; has perdido una madre digna por su talento de 
otra suerte mas lisonjera; .e.l amor la hizo abandonar 
mi casa y su fbrluiia, uniéndose i tu padre pobre hi- 
jo de nuestras montanas. Llura, inocente nina, la 
muerte de la autora de lu existencia, pero ven á llo- 
rarla en Ins brazos de tu hermana. 

Si Pedro hubiera presenciado csia escena, en 
que delaiiie del cadáver de su desgraciada madre 
aquella hermosa joven que contaba laníos duques eu 
sus antepasados abra/alia á una hija del pueblo, ino- 
cente y pura como ella, y la dalia él dulce nombre 
de hermana, ¡como hubiera latido su corazón de 
amor y de respeto, porque otra nueva simpatía le 
nnia á aquel ángel de h lad! Había llamado her- 
mana á su encantadora Luisa aquel ser tan querido 
de su corazón. 

Ida cumplió fielmente so palabra; lodo lo com- 
partía con aquella hermana adoptiva, todo; y la ins- 
Iruia por que la joven liabia Comprendido un talen- 
to nada común. Las noticias que llegaban hasta ellas 
■le Ins grados que iba alcanzando Pedro la imponían 
la obligación de educar aquella imaginación tan vía a 
y presentara] lujo del valle una mujer superior, líu 
medio de aquella tristeza tranquila que rodeaba á 
nuestras inocentes jóvenes, nuevos acontecimientos 
vinieron ¡i poner ¡i prueba el corazón del áugel her- 
moso de ia montaña. 

Se confintiarü. 

"¡¡ilüllii B ■!> l.írlol. 



ASUXCIOS DE MESTRAS SUSCRITOIIAS 



En la callo de Vaherde oíini. 21 cuarto principal, ga- 
lería de la derecha, hay una señora que borda con jicrtei 
t ¡mi i iialqoicr encargo que &a le haga* imita el nipis y ha- 
ce Inda especia de composturas por muy difíciles que sean. 
En la misma casa se daría lecciones particulares de id 
ma trances v de bordados. 



Uoiiisin y plaiteitmlont.— En lo calle del Conde 
Duque, niim.7, ruarlo <-", se barro vestido) de moda «le 
loitas clases a precios muy jirreutados : l»s lisos « 12 rea" 
les. También se planchan y ¡i/:i BSD perfección y equidad 



¡dio- 

idi' 
de 

ad- 



El acreditada establecimienln fábrica de corsés de laca 
lie del Horno de la Mata, se ha trasladado ú la del Car- 
men núm. 50 cuarto bajo, donde se riniiuu.iráii corsés he- 
chos desde 1¡t basta 21*0 rs. líerosnetidaitios este eslablccí- 
niiciiin á nuestras apreciadles suscritoras, seguras de que 
quedarán complacidas Si acuden á <íl. 



MADRID 1851, 



Imprcilln ile tioa J«»c TrnJIlle, hlj< 

Calle de María Cristina, número 8. 



Año l. 



Domingo 19 de octubre de 1851. 



Núm. 12. 



LA MUJER, 

PERIÓDICO 

escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Este periódico sate todos losdiiiioinjiiiSüesusrriUf en M.iJrüi ni la- librerías ík Hunícr y de Cofsl», i í rs. a! mes; j en provin- 
cias IU rs. purtlos inopes frjuuj ti,' pune, rurniliín uuujlittraiua a fjsurdeiiutstro irrt(in> or, S -<-ll.>- de franquea. 



EL INFLUJO DE LA MUJER 

EX LA SOCIEDAD. 

Aunque iiu.-iili'iilaliii.'nte hemos tr.il.-nln ya en al- 
gunos de nuestras articules anteriores del influjo que 
la mujer ejerce en la sociedad, boy volvemos ;i ocu- 
pamos de esle asunto si no con la cstension que eii- 
ge, lo cual no permiten las dimensiones 'I'' nuestro 
periódico, crin mayor detenimiento del que bosta 
ahora lo liemos hecho. 

La influencia de la mujer en la sociedad es evi- 
dente: los hombres, mal avenidos con esa influencia, 
atribuyen á ella cuantas desgracias les ocurren- l-i 
pues se deshacen en alabanzas y no acaban nunca 
ile admirar la profundidad del talento de aquel juez 
á quien ocurrió preguntar, mando te dieron parte 
de uu asesinato: ¿tfuim es ella? El buen juez quizá 
no seria mas que mi buen hombre, que. liaría al es- 
cribana la célebre pregunta por no ocurrirseic otra 
mejor, y sin sospechar ni feniciamente que decía 
unacosa tan pr.diiud i y que lauta runa póiluma ha- 
bía de valerle, si bien el anónimo en que se oculta 
el nombre del celebérrimo' corregidor lia impedido 
ya que adornen algunas plazas d plazuelas con su 
efigie en piedra ó bronce. 

Pero dejando descansar la memoria del profundo 
y anónimo corregidor, vohamas á nuestro asunto, 
La influencia de la mujer en la sociedad rs evidente: 
y la pretensión de atribuir los nombres á esa in- 
fluencia cuantos males sobrevienen es no menos cier- 
Iíi. ¿De qué puede depender que el hambre, que se 
atribuye el influjo y la dirección de la sociedad; el 
hombre, que hace las leyes y establece, las costum- 
bres; el hombre, que nos niega toda participación 
en esas operaciones, nos atribuya á la vez tan malé- 
fico y prepotente influjo? 



Completamente descuidada la educación de la 
ntiij t, sin atender ni remotamente ri formar so co- 
razón v cultivar su entendimiento: "tseítáridó su va- 
nidad apenas lieneruso de razón, y haciendo después 

que esa misma vanidad sea el hizo qup ,»e tiende á 

I su virtud, el cebo con qué a ara >u inocencia, ¿qué 

! tendría de estaño que ruando la Jim en despierta de 
-ii ensueña fascinador y ve disipadas las ilusiones 
que ]é hicieron Concebir, marchite sn pureza? ¿Qah 
i tendría de estaño qué al echar de unmos su tnoceit- 
eia, y su virtud, y su Felicidad, volviese contra esa 
; sociedad que ha permitido, y contra esos hombres 
' que han cansado sil desgracia, tuda la influencia que 
le dan su sfeió, sus atractivos y la esperieneia ad- 
' qiiirída á costa de tan estimables prendas? _\~ada; se- 
guramente nadie que reflexionase admiraría que obra- 
ra asi; mas por fortuna tal no sucede, y la mujer fe- 
liz ó desdichada, inocente y aun pervertida, corres- 
ponde siempre a sus instintos de amor y benevolen- 
cia. Esto es indudable: la gran Señora en su palacio 
vire animada por su amor y su amistad; en su buhar- 
dilla la desgraciada soporta m muerto á estímulo 
también de !,,> afectos de sn corazón; y hasta en las 
abismos de la degradación y en las raatisíbnéB del 
crimen se ve ni través de !a risa forzada de las unas, 
del hondo dolor de las otras, el sentimiento de amor, 
que si pnede hallarse por a'jimi tiempo amortiguado 
nunca se eslingne en el corazón de la mujer. 

¿Y podrá sostenerse aun que la influencia de las 
mujeres es m^léfien, que de ella provienen tas des- 
gracias que enlutan de continuo la sociedad? ¿No 
deberá calificarse de absurda, de injusta y de calum- 
niosa esa frase de qu'vn es ella, con que se nos atri- 
buyen cuantos males ocurren a los hombres? ¿Por 
qué culparnos á nosotras cuando en el desenfreno 



de sus pasiones se dejan arrastrar de un pensamien- 
to criminal ' ¿No será mas acertado que digamos 
nosotras que" cu aulas desgracin* sufrimos mi la vida 
nos provienen del paco respeto ron que loi Immbre» 
miran nuestro porvenir, lumimluuu* tas mas «uno 
un objeto de entretenimiento que rompen y olvidan 
luego que pasó ei incentivo de la novedad, ó que 
quedó satisfecho el capricho del momento? Y aun lt>s 
que nos consideran de otro modo, los que ñus eli- 
gen por esposas, ¿van .siempre guiado* por im senti- 
miento desinteresado y por puro «recto? A ellos mis- 
mos apelamos; examinen el pensamiento dominante 
de Jos que tíos hacen la honra de tomarnos por es- 
posas y llamarnos sus compañeras; comparen tasque 
van guiados rimcamenie por un sentimiento de egoís- 
mo; relajen después de los poros que han ile que- « 
dar en el otro estremo tos que dejan cíe tratarnos 
como a compañeras y nos consideran esclavas al 
punto que lo pueden hacer impunemente, y estaños 
seguras que, aunque sin confesarlo, nos darán la 
razón y convendrán en que la verdad es que rasi 
todas las desgracias de las mujeres provienen de no 
respetar los hombres uneslro porvenir como debie- 
ran, asi como es también evidente que ta mayor par- 
te de las desgracias que se adiaran ;i la inllueucia 
de ta mujer proceden únicamente de que los hom- 
bres que las sulreu no supieron refrenar sus pasio- 
nes, teniéndolas siempre supeditadas á su razón. 

El indujo de la mujer en la sociedad es siempre 
benéfico, siempre de paa y de ventura. ¿Cuántos 
crímenes no han dejado de cometerse por ese indujo 
que las mujeres ejercen sobre los hombres?,; -V cuán- 
tos hijos no ha arrancado de] borde del crimen la 
mano de su madre? ¿Cuantas iras no han templado 
las redeiioues de una esposa prudente? ¿Cuántos bra- 
zos no ha desarmado una mujer querida? ¿Qué hom- 
bre ri'i templa los arrebatos de su enojo y desecha 
los pensamientos del crimen al recuerdo de una ma- 
dre, de una esposa, de una hija? ¿Cuál no mejora sus 
costumbres, qué criminal un renuncia á mi vida de- 
pravada para hacerse mas digno de h mujer á quien 
ama, para no envenenar la rüsteuria de su madre, o 
para no legar ásti hija un nombre deshonrado? 

iNegar que esto sucede es negar la evidencia; y 
si es así, si estas sota las consecuencias de la influen- 
cia de la mujer, ¿por qué obstinarse en suponerla 
maléfica y en atribuirle la causa de las desgracias que 
;t los hombres ocurren? Lo volvemos á repetir; «so 
es injusto, absurdo, calumnioso. Esa obstinación in- 
justa de tos hombres produce desgracias sin cuento, 



lanío a la mujer en particular como i la sociedad en 
general, romo fácilmente se comprende. Acábese 
pues esa injusticia: reeonój.rase que si la mujer ejer- 
ce alguna ¡afluencia es beiiélicn; que se le debe á ella 
qur lio baya mas desgracias y crímenes, que las cos- 
tumbres se dulcifiquen, que el carácter de los pue- 
blos sea pacifico y sus tendencias de bondad y bene- 
volencia. Confiriese esto haciéndonos justicia, y con- 
cluyan al luí esas calumnias. 



MUJERES CÉLEBRES. 



ISAlílil, LA CATÓLICA. 

¡Qué agradable tarea nos liemos impuesto hoy, 
y qué impresión km halagüena produce en nuestra 
débil imaginación el grato recuerdo de las virtudes y 
merecimientos que atesoró h sin par Isabel! 

\l leer la historia ile la reina Católica por exce- 
lencia, nuestra imaginación se eslravía y nos llena- 
mos de orgullo al considerar que bajo el reinado de 
esla mujer todo fué grande, lodo fué digno, lodo 
fué noble, y que aquella época la recuerdan los es- 
panoles con orgullo y los esirangeros con envidiosa 
adini ración. 

¡Nada nuevo podremos decir nosotras de esta ilus- 
tre princesa, pero nos será permitido aúadir otro tes- 
timonio mas ¡i la profunda y religiosa admiración 
que no podemos olvidar las "que escribimos en un 
periódico míe >e [tlnEíi !m Mujer; v si algún es- 
critor bastardo pretendiera tacharla "de intolerante 
por los actos de conveniencia que sancionó para lle- 
var _;í efecto su grande obra, reseñada estaba su 
vindicación A la ilustre pluma de una mujer contem- 
poránea de la seguid* Isabel (I). 

Para felicidad de España v honra de uneslro sec- 
so nació Isabel en el pueblo de Madrigal, provincia 
de Uila, el dia 22 de abril de 1161 (2), siendo hi- 
ja del nuble U. Juan 11 de Aragón y de ü.* Isabel 
■le Portugal, Apenas contaba tres auós de existencia 
la bella Isabel, cuando por muerte de su padre fué 
trasladada eon su madre á la villa de Arélalo, donde 
pasó los primeros anos de su juventud. Lejos del bu- 
llicio cnrtesnno y bajo la dirección de aquella buena 
madre,, podo íormarse mi corazón noble y religioso, 
lleno de dignidad y fortaleza, de cuyas notables 
prendas se advierten repelidos cjcniplos'hasla en Jos 
menores actos de su vida pública y privada. 

Como nuestro objeto no es formar un episodio 
histórico nos será permitido pasar en silencio los 
graves acontecimientos f |,„. ocurrieron en la ramilla 
reinante para que Isabel llegase á ocupar el trono de 

(1 1 lltuiracion de] sábado 1 1 íe octubre de i S51 . 

roo* ^ ale mM n01 prod ' Ba '" oaturaloiasus mas bar* 







Castilla, y nos limitaremos solo á referir los sucesos 
que tengan relación con su historia eu particular has- 
ta aquella época. 

Huerto l). Juan II, heredó la corona D. líuri- 
qiie 1Y, hermano mayor de Isabel, ¡i quii I afec- 
to que sus subditos profesaba]] ú esta princesa le hi- 
zo concebir serios pero infundados [finolis, porque 
Isabel era tlcniíisiatln buena para aprovecharse de los 
ofrecimientos de sos partidarios, al par que bastante 
fuerte para rechazar los diversos proyectos fraguados 
por su hermano para alejar sus t inores. 

Cuando nació la princesa L).* luana, bija primo- 
génita de I). Enrique, fui- trasladada Isabel con sn 
hermano Alfonso al palacio real, pero el esplendor 
de aquella mansión de placer im pudo hacer olvidar 
á Isabrl la rdiiracion que balita recibido, y su pureza 
resplandecía con mayor briMo énínedio de Las intri- 
gas y disolución de aquella corte, 

\ arios ciliares parece que se proyectaron por 
D. Enrique parí su hermana Isabel, siendo e! pri- 
mero, segnn algunos historiadores, el dd mismo 
I). Fernando que luego fué su marido, sin que pue- 
da traslucirse porqu * el monarca se (quiso después 
;i lu que antes deseara; también se le propuso el ca- 
samiento de l). Carlos, hermano mayor de I). Fer- 
nando, que no llegó ;i efectuarse por haber fallecido 
teniendo Isabel solo I .i anos «Je edad. l)eqnn\- j'm- 
ofrecida por esposa al anciano r"j L). Viíouso de 
Portugal, á euvo enlace se opuso abieriai le Isa- 
bel despreciando súplicas y amenazas; pero su inexo- 
rable hermano, que parece había formado el empeño 
de sacrificarla, ajustó sn boda con id gran maestre 
de Calatrava, hombre estremadamenie repugnante ;i 
nuestra joven princesa. Sobre esle proyectado colare 
nos refiere la historia que lamentándose Isabel de 
aquella violencia con bu fiel amiga U. 1 Beatriz de 
Bobadiila, esclamd aquella animosa jinm: «no lo 
permita Dios, ni yo tampoco»; y sacando un pañal 
que llevaba escondido bajo elropage, juró soléame- 
mente hundirle en el corazón del prelemiieule ninu- 
do se presentase en el palacio. Pero los designios de 
la sabia Providencia frósfraron aquel enlate pnr ha- 
ber muerto en \ (Marrubia el maestre de Calatrava á 
los cuatro dias de, su salida del rom cuto de Uiingro 
para Madrid, en donde debían celebrarse tas bodas. 

Con motivo de las disensiones ocurridas en el 
reino entre D. Enrique y sn hermano menor D. Al- 
fonso, que como hemos dicho no son le nuestro 
propósito referir, bahía dejado babel la corte, dis- 
gustada d ■■■ su corrupción y de. los malos tratamien- 
tos de su hermano mayor, y por la prematura muerte 
de I). Alfonso se retiró á un monasterio de Avila. 

Desde está época empezó nuestra heroína ;i de- 
mostrar sus grandes virtudes y capacidad, renuncian- 
do lasoíertas que le hicieran los contrarios deD. En- 
rique para proclamarla reina de Castilla, y nos aven- 
turarnos ¡i decir que tal vez la historia no nos pre- 
sente otro ejemplo mas relevante de abnegación y de 
virtud, qne el' que sos ofrece, la excelsa Isabel, no 
solo renunciando una corona en sus juveniles años, 



sino interponiendo su influencia con I). Enrique pa- 
ra que se reconciliara con sus enemigos, como en 
efecto lo consiguió. I'ero mientras hi augusta juren 
rehusaba aquella corona, qne según las leyes del 
reino debía heredar 1).* .luana, la mano de la Pro- 
videncia se apresuró á premiar tan elevada acción: 
Isabel íué designada princesa de Asturias por su mis- 
mo hermano l), Enrique, y aquella elección fué 
sancionada solemnemente por las Cortes celebradas 
eu Ocana cuarenta días después coa este objeto. 

La brillante posición en que colocó ;i Isabel este 
nuevo titulo, asi como la fatua de sus \ ¡rindes y de- 
más prendas que la adornaban, atrajo un sinnúmero 
de pretendientes a su mano: mas ella, leiendo 

no solo el inérilo de su primo U. Fernando de Ara- 
gón, sino también las ventajas que este enlace po- 
dría reportar, la unión de los reinos de Castilla y 
ixagon, se decidió- fi entregarle su mano, i'ero Isa- 
bel tenia que luchar con mimas intrigas v l¡ utilida- 
des: la tiiiitin del anciano !>, Alfonso M '' Portugal le 
fjié nuevamente propuesta por 1). Enrique, y por su 
resistencia estuvo mir. espnesta á ser encerrada en el 

alcázar de Madrid, cuya violenta r lida DO se llevó 

á efecto por temor ib' qne se sublevasen los habitan- 
tes de Ocaña, donde á l;i sazón residía Isabel, los 
cuales se habían pronunciado ya abiertamente a su 
favor. 

Oprimida nuevamente por su hiTiiinno, y decidi- 
da a casarse sin el conseutímieoio que le negaba, 
ajustó sus bodas por mediación del arzobispo de To- 
ledo, y aprovechando la circunstancia de hallarse 
I). Enrique en Andalucía, pasd de Ocaña á Madri- 
gal, donde al amparo de so madre esperó el éxito de 
su proyectado enlace; j aunque los partidarios de su 
hermano corrieron presurosos :i estorbarlo, llegaron 
larde, líl arzobispo con una numerosa escolla tras- 
ladó ;i Isabel á \ atladolid. cuyos habitantes Ja reci- 
bieron con el mayor entusiasmo: quedando por este 
medio a cubierto de [oda tentativa contra su persona. 

Se continuará. 

Jalla. 



asi && sairaatís aa ssr ssa^a. 



Como el águila altanera 
Su mente aspiraba al cielo, 
Porque niño en este suelo 
Apuró cáliz de hiél: 
Porque estraña era á su alma. 
Llena de fé y de ternura, 
I)e este mundo la impostura 

Y su mentido oropel. 
Porque su espíritu grande 

Al infinito aspiraba, 

Y eu ej cielo lo búscala 






De sais creencias en pos, 
La copa de ti» phccm 
Siempre encontraba vacía, 
Si esplendente no la henchía 
Líi pande imagen áe Dios. 
Y ¡usaba triste y g»t* 
Entre r! tumulto mundano. 
Buscando un Taro lejano 
Que en sus sueltos vid brillar. 
Con desdenes mira al genio 
Siempre injusta li fortuna, 
Y desde stt humilde cuna 

Iprrndió sulo i llorar. 

Cual árbol que .su alta c;>pa 
Hasta lia iiutifs ¡¡'varita, 
Mientras U imcheásii planta 
Tiende id fúnebre capuz, 

Vsi él, nucen eslft mundo 
Solo vio sombras y duelo, 
S« remontaba basta el riela, 
Espacio buscando y luz. 

Le gustaban aHos montes 
Con su corona de escarchas, 

Prolongados horizontes, 

El inliuiío do quter. 

Le gustaban los murmullos, 

Perdidos de roca en roe», 

Del mar nueá los cielos tora 

Ostentando su poder, 
Le gustaba sulitario, 

Al triste compás del viento. 

Escuchar el ronco acento 

De mágica tempestad. 

Y ver la inculta natura 
Con su belleza salvage. 
Formando grato paisage 
De sublime inmensidad. 

Las tristes Lardes de- otoño 
Con su horizonte enlutado, 
Con su cierzo siempre helado. 
Con su tierra sin verdor; 
Con sus árboles gigantes 
Cubiertos de parda bruma, 

Y allá entre rrioules de espuma 
La barca del pescador. 

Ver por entre la neblina 
Descollar su blanca vela. 
Cual perdida golondrina 
Que vuelve al suelo natal; 
Ver las olas de esmeralda 



Estrellarse en ancha roed, 
(1 al cielo ''in liiria loca 
Lanzar montes de crjslaL 
D,-l arroyo bullicioso, 
Qtie enlri! quejas vá saltando. 
Ver el curso caprichoso 
Délos cérripos al través; 

Y del árhol centenario 
Que Sus gal »8 Vi perdiendo, 
Mirarlas hiijas rityeiidrí 
Una por una a sus pies-. 

Que el que poeta lia nacido 
Comprende la voz sonora 
De la brisa cuantío llora. 
Cuando gime el ruiseñor, 
Desnmnr.ida letipimge. 
Habla con todos los seres, 

Y le brindan sus placeres 
La yerba, el ave y la flor. 

Cuando ruge en noche oscura 
El huracán furibundo, 
Cual sí quisiera del mundo 
El fuerte quicio arrancar. 

Y el universo azorado 
Lanza de angustia un gemido; 
Para el hombre es solo un ruido 
Olio no acierta á descifrar: 

Mas de la piedra que rueda, 
Del árbol ipii 1 el viento humilla, 

Y de tierna ílorecilla 

Dios distingue el flébil son. 

Y landiieu halla el poeta 
Del arroyo en cada gola, 

Y en cada yerta, una unta 
De su rica inspiración. 

Cual el cisne moribundo 
Que suelta postrer gemido. 
Cuanto el dolor mas profundo 
Mas armoniosa es su voz; 
Este vale, á quien el rielo 
Otorgó con larga mano 
Junto al genio soberano 
Copa de males precoz, 

Pulso de tristeza henchido 
Lira tierna y melodiosa. 
Entonó trova armoniosa 
Y el nuudo cayó á sus pies. 
Lauros obtuvo su frente, 
Su nombre ensalzó la fama, 
Oue del artista eminente 



Vil esclavo el mundo es. 

Pero el cisne al revolcarse 
Déosle suelo en la impureza, 
Por tío manchar su belleza 
Sus (llancas alas plegó. 
El vagando peregrino, 
Ensangrentad» su planta 
Por el áspero camino, 
En la orilla se sentó. 

Lejos estaba la noche, 
Lejos la calma ¡anhelada, 

Y en medio «le la jomada 
Detuvo el cansado pié; 

Y formando con sus lauros 
Dosel hermoso _i risueño, 

Se entregó en brazos del sueño 
Lleno de amor y ile fé. 

Descansa pues, noble vate. 
De tu vida congojosa, 
Que ttt trova melodiosa 
Eterna aquí vivirá. 
Uesr ■;u¡>a pues, (pie in patria 
Cual vale ilustre v cual hombre 
Siempre a sus lujos tu nombra 
Con orgullo ensenará! 

*ng(|p I. rus il . 



¡ ESTA TÍSICA ! . 

Palabra funesta míe estremece el corazón y biela 
la médula de tos huesos ruando se refiere ú una per- 
sona querida ! ¡ Palabra cruel ante la cual enmudece 
y huye aterrada la ciencia, reconociendo que el «kilo 
terrible de la muerte acaba de señalar UU ser limo 
tal vez de juventud y vida, que no puede serle dis- 
putado! ¡Palabra que denuncia á la humanidad uit 
ejemplo vivo de su miserable impotencia ! 

Cuéntase entre las misteriosas rarezas de esa tre- 
menda enfermedad , que hiere con mas frecuencia ti 
las personas que tienen rodeada el alma de bondad, 
de virtud y de pureza, mientras que rara ve¿ ge 
aproxima a los seres de mal corazón y reprobados 
instintos. 

El triste recuerdo que asalta en este instante mi 
imaginación , se aviene en un todo al mencionadn 
axioma. 

Mi buena amiga Laura tenia una hija adornada 
con todos los dotes de los ángeles eti alma y en fi- 
gura; y cuando con los rubios cabellos sueltos ql 
viento se la veia vagar por los campos, ó cuando 
tendía su pequeña ruano de niña al mendigo que pi- 
saba los umbrales de su casa , cualquier buen ob- 
servador hubiera leído en el fuego de sus lindos ojos 
azules , y en lo vaporoso y etéreo de sus formas, 
que sería muy corta la jornada de aquel ángel en la 
tierra. Su pobre madre Ja idolatraba con delirio , y 



Enriqueta era la luz de su alma, el soplo de su vi- 
da, el único objeto que interesaba su eorazon en es- 
te mundo. ¡Cuántas veces se arrasaban sos ojos en 
lagrimas, y cuantas con sus apasionados besos in- 
lerrimjpta el sueno angelical de EuriquHa , que ni 
pronto lloraba, pero que sonreía después á las ca- 
ricias de su madre. 

Guando yo parli á Londres dos altos da Enri- 
que! a contaha 14 anos, y era imposible mirarla sin 
acordarse del cielo. Aun está grabado en mi memo- 
ria id beso de despedida que estampé sobre su pura 
Frente. Habían pasado alpinos meses, y con fre- 
cuencia recuda milicias de mi amiga en que me ha- 
blaba de las nuevas gracias que de dia en día iba ad- 
quiriendo Enriqueta y de la rapidez con que se des- 
arrollaba SU hernioso cuerpo. I'ero mando ini- tr.'lll- 
quüa me enronlraba, pusieron una carta en mis ma- 
nos, que aun antes de abrirla rae lleúd de terror. 
La letra de! sobre estaba escrita por una ulano con- 
vulsa, trémula, y era la de mi amiga. Kompi el se- 
llo y apenas pude leer en medio de mi estrenteci- 
mienlo las siguientes palabras: [Vén, ven al instan- 
te! ¡Mi hija sí' uniere! ¡IJi hiji está tísica! 

< íclio ¡fias habían pasado v entraba en la habita- 
ción de Laura, que se arrojó en mis brazos desoí a- 
j da. Me asombré al notar la variación que se notaba 
i en su-; facciones: diez anos de sufrimiento no hubie- 
ran trazado huidla latí espantosa. La pregunté por 
Enriqueta . y trie condujo <ni silencio íi la rahecera 
ile su cama . haciéndome señal de que callase, por- 
que a la sazón dormía la enferma. ¡Pobre niña! La 
rosa ¡lísada por el villano, la blanca paloma herida 
que eae y muere envuelta entré el inmundo lodo, se 
la parecían alguti lauto en aquel momento. Pulida, 
descarnada, con los hermosos ojos rodeados de un 
morado enrulo , vacia en el dónente lecho. A no ser 
por la sonrisa que vagaba por sus labios y por el sua- 
ve ruido que producía su respiración , se la hubiera 
tenido por mi cadáver. 

fSe continuará.) 



J¿ 



SONETO. 

Salud ¡oh, amiga del que eterno llanto 
ti aras del dolor rinde deshecho, 
Vliuo dulce para c! triste pecho 
Del que gime en los brazos del quebranto! 

Tú cubres mis pesares con tu manto. 
Con tu bálsamo calmas mi despecho, 

Y clemente me brindas eu el lecho 
Cmt sueiio pió regalado encanto. 

Si á la brillante luz del claro dia 
En fervoroso afán rinden tributo 

Y aborrecen tus sombras los mortales; 
l'n amoroso altar el alma mia 

(inania a la madre del callado luto, 
Al celestial consuelo de mis niales! 

Bota 



€ 



Uí\ r MES EN LA ALDEA. 



(CONTINUACÍOW.) 

tiempo volaba impertérrito. Abismadas nues- 
tras jóvenes con sus recuerdos, apenas lijaban la 
atención cu lo presente: raiíi voz llegaban ahora has- 
la filan noticias de. su padre y hermano, lo cual no 
contribuía poco a que su triste™ Hiera progresiva. 
Aquellas montanas la" sil «ociosas teman Inda la 
apariencia de im desierta? 'le ver, cu cuando se ve ¡a 
alguna pobre mujer que ufanada (!ii las laborea dej 
campo parecía olvidarlo lodo p¡ira que in> fallara el 
preciso sustento á sus innrrutes hijos; otras veces 
rendida ilc Riíipn abandonaba el arado y suspiraba: 
¿quien podría adivinar los diferentes pensamientos 
que cruzaban por aquella imaginación- 1 Kslo es im- 
posible, de penetrar, por lo tanto dejémosla racioci- 
nar ¡i suanloju, y uiir )8CSftS otras mujeres i¿t> ¡Iri- 
sas como ella, qpe dejan el ganado i su ubre albe- 
drio y contemplan aquel silencio que por todas par- 
tes las rodea, lan semejante al de la tumba. Ellas u- 
deu ¡i Dios les devuelva los compañeros de sus ale- 
grías y pesares» porque aquella existencia es ileuui- 
siado triste, demasiado penosa. Sus hijos, aquellos 
pedamos .de su corazón, les gritan; /cuándo volvere- 
mos á abrazar ¡i nuestros queridos padres? Los ini- 
cíanos, que son los únicos hombres que lian queda- 
do cu el valle, al oír esta elocuente interpelación 
«¿presada con Indo el candor de la ¡iioi-eucia, al/;'n 
sus suplicantes ojos al ciclo é invocan al Dios de la 
misericordia que estúchela súplica ferviente de aque- 
llas candidas erial ora». 

Todn esto ¡tasaba desapercibido ;í los ojos da 
Ida: iniuca salía de su orgulloso, castillo, poique es- 
la era una de las órdenes terminantes qiiesu p&ure há- 
bil enérgicamente consignado :i la buena Uaria, IJg- 

la orden se cumplía relíposi ule; solo en caeos ■■— 

iraiirdinarlii.- era i -muido la joven olvidaba aquel ti- 
ránico mandato y corría presurosa a enjugar las lá- 
grimas ile los desjuiciados: ¡cuántas gracias uo lUlba 
continuamente Luisa á su cariunsn amiga porque es- 
ta orden se hubiera iiiu'iujido el día terrible que su 
madre espiró en sus .brazos! Las lágrimas de grati- 
tud trae, ai'iiiiqniunbaii por todas partes ü la sensible 
castellana harían seguramente que su padee la per- 
donara aquella 'desobediencia, que hacia lan paten- 
te la grandeza di- su a| ma ¡ v ,,|la pensaba con razón 
que su culpa sería mirada ton indulgencia. La ocu- 
pación favorita de nuestras belfas su) ¡I arias era ir al- 
guna que oirá yes á colocar coronas ) esparcir llo- 
res sobre la lomba de su madre. Cuantas ven-s, al 
arrodillarse sil íosansobre aquellas losas lan (ene- 
radas rezaban y IWabau alli llenas de fé y de res- 
peto por aquellos objetos q -idus, parcejan reco- 
brar nuevo tino para ronijmtar en aquella vida de 
tristeza y aisliuuirurn. Los ojos de Las joveaics se eu- 

' traban muchas peces pnmridr.s ile Ligrimas y se 

sonreían pifa hacer mis llevaderos sus pesares á la ' 



compañera de sus infortunios: las huérfanas com- 
prendían aquel inocente angada que mutuamente tra- 
taban de hacerse; entonces se arrojaban una en bra- 
zos de otra, y unidas formaban un grupo admirable. 

Aquellas criaturas lan perfectamente hermosas 
parecían reconcentrar Bus almas en un solo ser: Ida 
inspiraba á su bella compañera esa superioridad que 
dan algunos anos de diferencia, y el dominio sobre 
los seres débiles que ejerce el lateólo y la idea ile la 
diferencia de posición social; y sin embargo de estos 
miramientos que Luisa lema por su bella protectora, 
esla última trataba a la pobre huérfana corno la mas 
farinosa (lelas madre?, y la utas servicial de las ami- 
gas. La joven uo era ingrata a estas demostraciones 
de atención y hubiera dado su propia asistencia por 
ver feliz y dichosa :l bi hermosa, castellana. El alma 
de nuestras jóvenes estaba poseída de pensamientos 
tan espirituales qlíe mutuamente a cada momento te- 
man ocasión de engrandecerse una á los ojos de la 
otra. 

Ida uo podía desechar de su corazón la memoria 
de su amor: había amado con esa fe inocente y sen 
cilla que se muestra ante nosotras al desaparecer los 
sueños de flores de la infancia, y su corazón bueno y 
sensible, estaba demasiado interesado para que lan 
pronto se pudiera borrar aquella imagen querida. 
Hucbasveces al volver de aquella piadosa y íiliales- 
pedieíou en que la joven había íertidu abundantes 
lágrimas sobre la tumba de su madre, al ver resplan- 
decer la tranquilidad en el rostro de la joven Luisa, 
suspiraba y reconcentraba aquel suspiro dentro de su 
pecho, porque con esa delicadeza que tanto la real- 
zaba temía que su candida amiga coniprendiera ludí 
la Inania de aquella pasión, que ella S pesar sttyrj ni 

podía arrancar de so i lio. Asi sileiieinsatiieiiie Me 

gada i su castillo muchas vecéis sin despegarlos la- 
bios. I luí deesas diasque sin saber porqué nos en 
contratóos predispuestas :¡ llorar, las jóvenes fueroi 
inliTiumpiíbis en sus continuas inril ilaciones por \la 
ría, que sin poder pronunciar mas [rose que: — Se- 
ñorita, novedades, novedades! dejó 6 Ida romo sor 
prendida, sin poderse dar cuenta de qué era lo ipie 
su lie I liaría quería espresar: pero su incerfiduinbl 
uo duro' inurlio tiempo. 

Se continuará, 

«ilñlInB. dr t'crránl. 



I 



ADVERTENCIA, 

Va habrán observado nuestras apreriablcssusc 
toras que las planillas de la novela de Francisco 
EspásUo del domingo íillimo se hallan trocadas 
formarian una imperfecta encuademación ; por lu 
cual ofrecemos siilv-aliar este defecto , reparlienihi 
otro nuevo pliego gratis, al tiempo de entregar la 
perlada* al tinal de la obra. 

MADRID 1851. 

traprenta rtV «ton <5o5i > TrrttHtn, bija, 

Calle de Mnría. Cristina, número 8, 




Domingo 2fi de octubre de 1851. 






Niim. 13. 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 



escrito por ::na sociedad de señoras y dedica:!© á su sexo. 



,¡^ , ¡' p<ri,ídit '° sale, " d,ls '" ít),, "' i »if'" ¡ :fcsiiscr¡b<rii H«jrjd ca la< liixvrfis dr MnnLor Trie CflfStt. i i rs. «1 mes; T en Motil 
nos m ia. par úbs Jltiei Míen Be |fc4tt, remiliín óVaSlibiahji j f.ivurde nuestro im|irtM>r, u seilosdeíreiHjiRo. 



Decididas á justificar á nuestro seso ríe reíanlas i 
calificaciones injustas y raluinimisas le le atribulen, I 
Vimos boy á continuar nuestra larca desvaneciendo 
esa especie que toa hombres difunden de que vi ín- 
teres es el único móvil Je nuestros afectos y la eselu- 
sha mira que nos guia al unirnos á un esposo, sin 
conceder en ello nada ni corazón. 

Injusta y calumniosa es esta suposición; injustos 
y calumniadores fus hombres al calificar la mas leve 
maestra de aprecio de «na joven soliera, ó de una 
señora que tiene hijas, de fazo que se tiende ;í su li- 
bertad para atraerlo al matrimonio. ¡Cuánta presun- 
ción hay en estas calificaciones por parle de ios hom- 
bres! Oh! ¡qué corrillos y admirados se quedarían 
a pudieran ver que detrás de riña sonrisa ríe pura 
cortesanía, en logar del sentimiento de codicia qwe 
soponen, no hay mas que indiferencia glacial v qué 
lejos están de presumir que si la sociedad y la edu- | 
«ación oo nos obligasen á contestar «on dulzura v ; 
benevolencia k todas sus frases galantes, serian mtiv | 
pocas las que no revelasen sn impaciencia y su dis- 
gusto al oirías, las que no les hiciesen ver cuan dis- 
tinto es el roroznii de la mujer de lo que general- 
mente se imaginan! 

\ sin embargusi fuese cierta esa suposición; si 
la mujer no tuviese otro pensamiento ni Iterase otro 
Gn en ludas sus acciones que ei de conseguir un es- 
poso, los hombres no tendrían motivo para criticar- 
la, pues ella al obrar de esle modo no baria mas que 
buscar el único medio de defenderse y parapetarse, 
digámoslo así, contra el menosprecio de la sociedad 
jr contra las continuas asechanzas con que los hom- 
bre*, iin respetar ni su suerte ni su porvenir, tratan 
de perderlas, cubriéndolas después de oprobio y de 
¿«precio. 



Veamos en cnniprobaí ion Eo que debe á la 10- 
c E i ■ . I . i j I la mujer en las diferentes situaciones de su 
i ida. 

Apenas entra en ella la joven, sin respetar «o 
candor, su pureza, su inesperiencia. la rodea utt cír- 
culo de hombres, desde el jóveneilo que presume 
de Ilumine hasta el hombre que presume ríe mucha- 
cho, y todos ansian ser los primeros mi niarcbitar 
aquella flur empañando su pureza, y se disputan el 
criminal placer de hundir en la desgracia una mujer 
mas: y los elogios mas exagerados, y las galanterías 
mas atrevidas encienden su vanidad y combaten sil 
pudor. Oh! ¡<Jue fortaleza necesita ia ínf< ■ I i z I ;qn* 
niiLi<íro tiene que hacer la Providencia para que l a 
nina inocente, mesperta y sin medios ningunos *k- 
defensa pueda triunfar en la lucha con aquellos que 
con tanto conocimiento de mundo, con laníos arte* 
y con tantas armas procuran rendir su virtud! Pero 
supongamos que liare e¿e milagro b Providencia y 
que resiste y sale victoriosa ta joven: ¿desisten acaso 
sus perseguidores después de esa primer prueba? 
Nada de eso; ellos siguen en su primer intento, j 
ruando unos están rendidos no renuncian á su ría- 
ñadn propósito sin dejar nuevos adalides en su pnes- 
io, animados muchas veces por los que se retiran 
con infames calumnias que propalan por vengar vi- 
llanamente su derrota. 

En este combate, que se prolonga ínterin la mu- 
jer conserva los atractivos de su belleza, va viva es 
la sociedad, ya se rclirc de ella, los hombres no so- 
lamente no respetan su porvenir, sino que ya por sa- 
tisfacer sus caprichos, ya por vengarse de la que no 
pudieron rendir, impiden rj dificultan que aquella 
que eligieron por su víctima se establezca conve- 
nientemente uniéndose al hombre que escogió su 



I¡ 



eoraionJ Y na se nos arguya de exageración; esto es 
lo que pasa realmente, esta es la práctica de l.i su- 
ciedad; las ruil infelices que liorna no sus rr mires, 
pues que se conservaron inocentes, sino l,i injusti- 
cia con que la suerte bs ha tratado imponiéndola» el 
castigo que nicrerian sus constantes perseguidores, 
responderán por nosotras» 

Pasan los primeros años de su juventud!, queda 
en el mundo aislada la mujer por l;i muerte de sus 
padres, y si permanece soltera, si no tiene i su lado 
un hombre por quien la respeten los demás, ¡que vi- 
da tan triste le espera! No le basta tenerla inlcli- 
géne ia necesaria para manejar sus propios negocios; 
no i e basta tampoco tener la energía suficiente para 
hacerse respetar; nada. Con ludas estas circunstan- 
cias no evitará que en todos los asuntos y cirenus- 
tancias su condición de mujer sola sea un obstáculo 
para su tranquilidad, un ¡iicun veniente para su bien- 
estar. ¿Quién no se cree con derecho de Tallar á una 
mujer sola? Como débiles que son, la sociedad les 
debe protección; pero nu lea presta ninguna: la so- 
ciedad abusa siempre del débil y solo respeta al fuer- 
te. V ¡a situación de la mlurona, como por escarnio 
es llamada, es tan difícil que en cada paso halla un 
tropiezo. Esto sin Lomar en cuenta las calumnias de 
que es blanco, pues todas sus acciones son mnl in- 
terpretadas, ni cultiva relación amistosa que no se 
califique de una manera perjudicial a su reputación. 
Y he aquí como los hombres se han hecho indispen- 
sables, no porque la mujer no pueda bailarse á si 
misma, sino por el menosprecio con que ellos mis- 
mos tratan á la soliera: que vive sola sin tener á su 
lado otro hombre que la haga respetar. 

¿Y qué diremos de k que vive sola porque Ja 
muerte le arrebaté á su esposo? ¿Será necesario que 
ponderemos su misera situación para que se forme 
•juicio de ella? No, que el mundo la sabe; no, que 
«adié ignora como los hombres abusan ttc ella; no, 
porque es proverbial su amarga situación, prover- 
bial el disfavor, el desprecio que halla en la socie- 
dad. Y los hombres, (oh! estamos viéndolo y aun 
no* parece increible^oos llaman el sexo débil, nos 
juzgan desvalidas cuando no estamos protegidas por 
ud hombre; y siu embargo entonces es cuando abo- 
san de esa misma debilidad, cuando aumentan al te- 
finito las desgracias de esc mismo desvalimiento. 

Esta es la historia de la mujer en la; diferentes 
¿luiciones de su vida; á tal punto la reducen las 
combinaciones de los hombres á que se llama cos- 
tumbres; tal es en fin la manera con que tos hom- 



bres se conducen con tas mujeres cuando se hallan 
aisladas y solas. Dígase ahora si seria cslraño que no 
teniendo olro' medio de asegurarse el respeto y la 
consideración de la sociedad, lijase la mujer todo SU 
conato en casarse. Juzgúese hasta que pimío es in- 
justo por parte de los hombres poner á la mujer en 
la imprescindible necesidad de acogerse aun esposo, 
si ha de vivir considerada y respetada por la socie- 
dad, y criticarla después duramente y escarnecerla 
por suponerla descosa de conseguir ese estado: esto 
sin embargo de que, como dijimos al principio, solo 
la presunción de los hambres atribuye semejantes 
deseos á las mujeres cuando quizá no los abrigan. 

Seguramente no alcanzaremos que estas contra- 
riedades que sufre nuestro sexo se corrijan, por mas 
que las espungamos; nías sin embargo no cesaremos 
de clamar por ello, pues cuando menos se hará pú- 
blica la injusticia cun que somos tratadas, 



MUJERES CÉLEBRES. 



ISAHEL LA CATÓLICA. 
(cosTiscACtost.) 

A cubierto Isabel cu Valladoüd de cualquier 
tentativa viólenla que meditaran sus enemigos para 
impedir Su concertado enlace con el heredero de la 
corona de Aragón, esperaba no sin zozobra la lle- 
gada de su prometido; porque ni se le ocultaban tos 
esfuerzos que bacía su hermano para impedir la bo- 
da, ni la difícil posición en que á la vez se hallaba 
el rey de Aragón, que tenia lodo su ejército ocupa T 
do en la pacificación de Cataluña, su tesoro exhaus- 
to por las continuas guerras que había sostenido en 
los diez últimos anos, y necesitaba mas que nunca la 
: cooperación de su esforzado hija, Mas conociendo 
aquel sabio y político rey cuanto interesaba aprove- 
char tan favorable ocasión para lograr sus designios, 
superé con la fuerza de voluntad que le caracteri- 
zaba el cúmulo de dificultades que se le oponían, y 
resolvió que su hijo pasase á Castilla de incógnito á 
verificar su enlace, como en efecto lo ejecutó, sa- 
liendo de Zaragoza acompañado solo de seis caba- 
lleros disfrazados de mercaderes, y él con el trage 
de criado, para evadir la vigilancia de las tropas que 
tenia D. Enrique en las fronteras con el objeto d* 
evitar la entrada del principe en sus dominios. 

La cautela con que caminaron los siete viajero* 
les proporcionó llegar al pueblo de Dueñas, cerca de 
Valiadolid, sin haberles ocurrido en el viaje mas 
contratiempo que el de haberse dejado D. Fernando 
en una venta la bolsa en que llevaba el dinero para 
el viaje, Presentóse á Isabel al siguiente dia. y aun- 
que lo hizo sin elfausln y lucido séquito que cor- 



respondía al heredero de un trono, no por oso fué 
rccib ido ron menos afee- lo de parte de su tnodesla 
prima , que contaba entontes 19 «nos v podía eslár 
bien envanecida de su singular hermosura, según 
atestiguan lodos sus historiadores. D. Fernando te- 
nia solo 18 añus; era bien formado, de gallarda pre- 
sencia, con la voz delgada, y muy diestro en los 
ejercicios de caballería, tan apreciados en aquellos 
tiempos. 

Isabel con el tacto fino que lanío la distinguía 
escribió al rey su hermano comunicándole la lle- 
gada del príncipe y su proyectado enlace, y supli- 
cándole al mismo tiempo que lo aprobase por las 
ventajas políticas que había de reporta r en lo socé- 
sivo. Disculpóse del sigilo que por cansa de sus ene- 
migos habia observado, y concluí o ofreciéndole las 
mas solemnes seguridades de sumisión y fidelidad. 

Cuatro días después de la entrevista de Isabel y 
Fernando, el 19 de octubre de 14U9, sf celebraron 
las bodas en Valladolíd, si bien con el mayor entu- 
siasmo v regocijo, con la modestia indispensable á 
la falla de recursos de los contrayentes, tan eslre- 
mada sc^un algunos historiadores, que se vieron en 
la necesidad de pedir algunas sumas prestadas para 
los precisos gastos de la boda. ¡Singular contraste! 
Verse reducidos a tanta escasez los que pocos años 
después fueron los monarcas mas poderosos de aque- 
lla época. 

Concluida la ceremonia matrimonial, la buena 
Isabel, que solo anhelaba la pronta reconciliación 
con su hermano, le volvió á escribir pur medio de 
embajadores, suplicándole aprobara su efectuado 
enlace, y ofreciéndole en unión de su esposo una 
su misión filial y vivir á su lado sí se lo permitía; pe- 
ro I). Enrique, aconsejado por los enemigos de Isa- 
bel, contestó fríamente que era asunto muy grave y 
necesitaba consultarlo. 

Itesígnados los jóvenes esposos con tal negativa 
se retiraron á vivir al pueblo de Dueñas, donde dio 
a luz Isabel su primera hija, que llevó su propio 
nombre, y D, Fernando pasó á Aragón para ayudar 
á su padre en la guerra que entonces sostenía con- 
tra los franceses; pero el gobernador del alcázar de 
Segovia, que estaba casado con la antigua amiga de 
Isabel, D. 1 Beatriz de Bobadilta, formó un grande 
empeño en reconciliar á los dos hermanos, y maudó 
á D.' Beatriz disfrazada de aldeana al pueblo de 
Araudíi, donde se hallaba Isabel, a la que introdujo 
secretamente en el real alcázar. 

Cuando los fieles segovianos supieron la inespe- 
rada aparición de Ja princesa dieron las mayores 
muestras de alegría, y el mismo D. Enrique recibió 
con el mas cordial afecto á su hermana y á D. Fer- 
nando, que también se le presentó después, quedan- 
do por algún tiempo reconciliados Jos ánimos, hasta 
que los ambiciosos cortesanos, que cifraban su en- 
grandecimiento en las disensiones del reino, se vo¡- ' 
vieron á dividir en bandos, unus en favor de la in- 
fanta D.' Juana y oíros en el de nuestra esclarecida 



heroína, dando lugar á que el rey mandase salir de 
sus dominios, á los dos esposos. IV r o como Isabel se 
hallaba tan querida de los segovianos, y Ü. Fernan- 
do había vuelto, otra uv. a Araron, permaneció en 
la ciudad, donde tuvo noticias de la grave enferme- 
dad que habia acometido ¡i su hermano. 

F,n la nurb.p del 1 1 de dirieiubre de 1474 falleció 
O. Enrique, quedando con su muerte extinguida la 
línea varonil de ia dinastía de Traslatnara, que ha- 
bia reinado en Castilla mas de un siglo, y tres días 
después fué proclama cu Scgovia Isabel reina de Cas- 
tilla, en unión de*su consorte Ü. Fernando, en cuyo 
venturoso dia (el 15 de diciembre de H74y puede 
decirse que empezó ta era de prosperidad y engran- 
decimiento á que se elevó nuestra querida España. 

Pocos días después se reunieron las Cortes y 
sancionaron nuevamente con stt aprobación el jura- 
mento lieclio cu favor de aquella esclarecida prin- 
cesa, en quien lautas y ian fundadas esperanzas ci- 
fraban los infelices pueblos, que por la demasiada 
docilidad de su hermano se hallaban sacrificados á 
la aiubiciuu de los poderosos. 

Cuando I), remando supo aquel inesperado su- 
ceso se presento en Segovia, y el talento y pruden- 
cia de Isabel dirimieron las disensiones que respecto 
á las fórmulas del manilo suscitaron los cortesanos, 
aquietando la delicadeza v temores de su esposo. 

Sí ron fin t¿ o ni. 

JpII». 



— «©---Gis»- 



A LA SESOIUTA DOÑA RAMONA LISBOA. 

En la espinosa senda de la vida 
Todos el cáliz del dolor bebemos. 
Todos lloramos la ilusión perdida 

Y solo abrojos en el mundo vemos. 
De lodo es la materia; el alma pura 

Formó el Creador de su divina esencia, 

Y lucha por volar hasta su altura 
Llorando entre cadenas sy impotencia. 

¿Qué mucho que no encuentre en este suelo 
Objeto digno de su afán profundo? 
Dios la formó para habitar el cielo, " 

Y encuentra estrecho á su ambición el mundo. 
Yo también he sufrido, hermana mía, 

Cual tú mi pecho que de amor rebosa. 
Buscaba amor con candida porfía 
Eu esta sociedad triste, engañosa. 

Mas ¡ayí bollaron con desden profundo 

Mi pobre corazón ¡Al hombre impío 

Perdonó al espirar el Dios del mundo... 
Yo perdoné también su atroz desvío ! 

Creer y amar es la misión hermosa 
Que Dios impone al que á su gloria aspira: 
Feliz el que cual bella mariposa 
En la llama de amor dichoso espira. 

Pagué su ingralilud con mi ternura 
Ofreciendo al Señor mi amargo duelo, 



Y él mitigó piadoso mi amargura. 
Que es fue me inagotable Je consuelo 

Amale lú también, dulce eanlura. 
Cifra Iti ardiente anuir en ¡51 tan solo. 
Que al que eslasíadu su ternura implora 
Jamás responde con auMeqoinó dolo. 

Hallarás en su seno alborozada 
La calma que do quicr bim-.fi doliente: 
Cuando vuelva á mi patria ido'alrada 
Confundiremos nuestro cauto ardiente. 

En la noche callada v misteriosa 
Del mar inmenso en In esearpalla orilla. 
Cuando suspira el aura quejumbrosa, 
Cuando la luna refulgente brilla, 

Solas Ins Jos de! mundanal tvposo 
Coilriiipiaremos la sublime cahua. 
Que es I» natura un lil>ru miserioso 
Que solo se descifra mu id alui.i, 

¡Ay 1ú no sabes id placea 1 suave 
Que siente el corazón con su lectura! 
Citando gime la brisa, cania el ave. 
El iusi'iiilb zumba, id ui.ii murmura, 

Con su confuso son al alma dicen 
La sacrosanta y mística alianza 
Que forman con su Dios; y le bendicen 

Y le elevan mil cantos de alabanza. 
Cuando despunto la rosada aurora 

Y anima ion sus tintas e( paisaje, 
Cuando id sot al morir las nubes dora 

Y despliega ¡as nubes su ropaje, 

¿No sientes, di, que el corazón se abrasa 
En sacrosanto amur? ¿quiere afanoso 
Seguir las nubes de libera gasa 
Que velan ese cielo misieriuso, 

\ volar hasta Üius'í ¿sientes gozosa. 
Henchirse el pecho de. sin par dulzura? 
¡Sido en Dios el espíritu reposa 1 
"Su hay mundanal placer sin amargura! 

Enliriagada de júbilo infinita 
Siento (aliñarse mi loriara acerba: 
Miro el nombro de Dios do quier escrito: 
En cada humilde Qor, en cada yerba. 

Amo enlomes y creo: transportada 
Adoro ñ I» creación, hermana mía, 
Creo en la oculta puleslad sagrada 
Que sostiene did orbe la armonía. 

¿Podrá ¡otilar jamás el arte rudo. 
Del cielo los magníficos colores, 
Las olas de la mar? ¿ quién jamás pudo 
Remedar la belleza deesas flores? 

Dios es tan solo. Dios: miro su mano 
En coa ni toro; su clemencia feo. 
Cada átomo de pulvo es un arcano 
Que encierra un mundo de su amor trofeo. 

Rayo hermoso de sol al preso triste 
Revela un astro de centellas fuco; 
Quien duda que un aulor supremo existe 
Al ver tanta hermosura, es ciego ó foco! 
• ¿Quí importa que este mundo, hermana mía, 



A ruja nuestra fé con vil sarcasmo' 

Hespoiicleremos i so luirla impía 

Con cánticos de ¡iinor y de enlirtiasnio! 

A«»zrl* LnHÍ. 



M1ST1USS HLUOMER. 



Eramos de enhorabuena! 

I -nliu Ins per n.lii-ii» de esta corle tienen inser- 
tando con muestras de gran asombro do$ espantosa) 
nclicias que atañen muy de cerca al eterno coro, al 
medroso bollo del sevn fuerte, á la l.m temida inde- 
pendencia ile la mujer. El asunto es grave, serio, 

palpitante, y uiereciu que nos «ciipasi »' iiti.iv for- 

iiiaimeulede c!; pL-ro pnr una entraña aberración de 
nuestro humor se nos .inloj.i echarlo á pura broma, 
siquiera pnr diferenciarnos del sombrío tono culi que 
lo halan uiiolms caros mírades. 

La primera de a-fuellas portentosas nuevas es que 
cierta Slislriss Uli>oiucr va á establecer en Nueva 
Vur , medíanle un privilegio esclusivu del gobierno 
de Washington, una escuela especial para la instruc- 
ción de las mujeres en el arte militar, con toda la es- 
lensioq que prriuilen los grande? adelantos practica- 
dos h.isi.i el dia en la malcría, El uniforme de las 
maestras y alumnas será indispensablemente á Ja 
Bloomcr, vedándose el uso del corsé, de las faldas, 
del abanico y demás prendas feíiienl es. e iuipoiiién- 
dnse graves penas á la que pnr Un solo instante deja 
de llevar rallones. El plan de Mislris IflnomiT es vas- 
tísimo. Trata de formar un bal. ilion y un escuadrón, 
de bizarras amazonas, disciplinadas eoiivctiii-nle- 
menle; acostumbrarlas á las fatigas de hi guerra, y 
lomándolas haju sus órdenes partir á tierra lejana en 
busca de peligros y da gloria. 

La segunda noticia es todavía mas alarma ule. 
La misma Hislriss Blwmer, que debeser sin duda to- 
do 1 1 que se llama un ingenio, un Napoleón fiune- 
nino, ha enviado sus discipulas á la Gran Bretaña, á 
fin de que prediquen sus ideas abogando por la 
emancipación de nuestro seío. Este interesante 
apostolado ha prodiu ido gran conmoción en Lon- 
dres y tiene va Un club que cuenta con un sinnúme- 
ro de adeptas. El dia 7 se verificó una gran reunida 
en el Boyal- Soho-Thralre, con objeto de oir a una 
emisaria de Mislriss Bluonier que acababa de llegar 
de Nueva-York. Tomó la palabra y pronunció un 
magnifico discurso, del cual entresacaremos algunas 
lineas, 

«Las mujeres ameríranas, dice, han reflexiona- 
do qo* había otra esclavitud que desterrar, esclavi- 
tud contra la cual se han mostrado impotentes la re- 
ligión y la moral. El tirano es la Moda. 

«¿No os parece odioso que la moda obligue á las 
mujeres á martirizarse? Pero la hora de la emanci- 
pación de! bello seso en estos tiempos de libertad 
debe llegar {aplausos;. La loUetti actual de las mu - 
jeres ejerce en ellas un tormento listco, intelectual 
y moral: debilita al propio tiempo el espíritu v el 




I 



toerpo. Por eslo es por lo que las americanas han 
resuello sacudir rl yugo de l,i moda. 

"Si S. M. la reina Victoria vi? este nuevo. Ir age 
ala Bloonier), si c*uiii|iri'iult> sus ventajas, h* adop- 
tará, si im pitra rila al ü'cuój para sus hijas; y en- 
tonces tendremos á la reina de titltísfni parte.* 

Tres salvas de aptáuáoB v hourrah se dedicaron 
á Mistriss Jiluonier, y se levantó la sesión; 

¥ lurii. amables lecturas, ¿qué us parece ilcla- 
les sucesos? ¿\ip upinaisi-omo nosotras que está inuf 
justificado i*l temor y la inquietud que nuestros co- 
legas niaiiifti'Slan? ¡Congrestis' mujeriles! ¡Clubs re- 
volucionarios! ¡Espedieiones de ama /.mías! El anoto 
problemático de una reinal Si, sí, tienen sobrada 
razón los hombres. Peligran sus derechas sobre nos- 
otras y debed redoblar su vigilancia, reForíar sus 
ejércitos y declarar al orbe en estado de sitio, si no 
quieren que esa picuda, llamada calzones, á la que 
tanto cariño profesan v que les hace inventar Tabulas 
tan ingeniosas y lindas como las presentes, padezca 
algún menoscabo: 

Sí iini|nii-n'n que un día 

(trame la guerra asoladora, impía; 

Y eu I .ni descomunal, fiero litigio. 

Con ilui'lu de ios sastres. 

Délos calzones el feroz prestigio 

Sufra lardos desastres. 

Ro*n. 

EPIGRAMA. 

Dijo duna Blasa anoche: 
•Desde iii u y remota edad 
Mi familia arrastra roche. ■ 
¿Si diría la terdafl! 

En Bostón (Estados-Unidos Je América) se ara- 
ba de establecer una sociedad que lleva por objeto 
instruir al sexo femenino en lus diferentes y varia- 
dos ramos de la medicina. 

Mucho io celebramos, porque estamos persuadi- 
das de que cuando pase esa ciencia al dominio de la 
mujer, mas sensible y caritativa pur naturaleza que 
el hombre, producirá grandes ventajas á la humani- 
dad. ¡Cuánto mas consoladores y beneficiosos serian, 
por ejemplo, los servicios que !<> prestan las herma- 
nas de San Vicente de Paul, si poseyesen á fundo el 
conocimiento de la medicina. 



¡ESTÁ TÍSICA! 



[CO.YCLL'TE.J 

Hallábame contemplando con ei coraron hen- 
chido de angustias, los funestos estragos que la ter- 
rible enfermedad Jiabia hecho en el angelical sem- 
blante de Enriqueta, cuando brotó de sus labios un 
doloroso suspiro V abrió lánguidamente sus hermosos 
ojos. Entonces sin poder routener los impulsos de mi 
lima, me arrojé sobre su lecho y cubrí de besos su 
querido rostro. Ella se sonrió trislcmeite y esclamó 



devolviéndome mis caricias: Con riiahln afán os es- 
peraba, mi buena amiga, mi secunda madre. ,Sí 
«¡erais lo que hubiera sentido morir sin volveros k 
veri — Calla por piedad, la dije reprimiendo mi do- 
lor, no pronuncies pJabras de muerte qué tan mal 
sientan á tus labios; llalli. i de la vida, del risueño 
porvenir que el cielo te depara. — ¡El poi teñir... la 
vida!... murmuró decorosamente, ahí m»! Mis horas 
están contadas! Venid nías cerca, escuchad, mi* dijo 
bajando la voz, si mi pobre madre lo supiera sufri- 
rla inurho. ¡Y la he visto llorar lanío! — Quise ad- 
vertirla que Laura estaba ¡.rulada a los pies de SU le- 
i'lui. pero no debió comprenderme. -Desde que es- 
toy encanta, prosiguió, oigo distintamente el menor 
i ii i t]ai pur lejano que sea. Hace dos noches que el 
medien salió ile esta habitad"!), halló á mí primo en 
la antesala y hablaron de mí. Al despedirse escuché 
que decían. — V bien, pronunciad ese fallo, os lo 
exijo. — Oídlo; morirá antes de ocho días, rselamó 
el médico, y oí sus pasos que se alejaban. 0)i! cómo 
se estremeció mi cuerpo, romo temblé de miedo at 
escii, bar la terrible sentencia. Morir tan joven sin 
que ningún poder humano me pueda salvar es muy 
triste, muy horroroso! esclamó vertiendo amargas 
lágrimas. Sin embarco Dios lo quiere y me resigna- 
ré: pero mi pobre madre va á morir de pesar. — Ah! 
su madre lo habla escuchado lodo, y frenética de 
dolor i ite cariño oprniiia á la infeliz Enriqueta con- 
tra su snio, y gritaba con desgarrador ¡ícenlo: Hija 
no. ¡, hija de mi alma, tú no debes, tú nu puedes 
morir!... 

Mas ,.á qué seguir contando tan tristísima esce- 
na, ni las que después se sucedieron sin cesar? ¿A 
qué tratar de describir la tremenda lucha que sostu- 
vieron la villa y la muerte disputándose la preciosa 
niña? Esto faligiria el ánimo de mis lectoras y ago- 
lada mis Tuerzas; pues cada recuerdo de tan lamen- 
table historia martiriza cruelmente mi corazón. 

Por fin llegó la noche fatal que el médico, sabio 
por desgracia, había señala lo para la muerte de En- 
riqueta. Lo único que nos restaba era dulcificar el 
terrible trance; y jamás hubiera creído el valor de- 
sesperado que óslenlo Laura inspirada por el cariño 
maternal. Devoraba su llanto, aparentaba serenidad 
y sonreia á su pobre bija. Oh! esto era cruel. Eu 
cuanto á esta, estaba risueña y hermosa corno nunca. 
Brillaban sus ojos con un fuego inexplicable, sus 
mejillas tenían el encarnado subido del clavel, v pro- 
nunciaba su buca acentos de esperanza y de consue- 
to. Recordaba la luz, el campo, el rio, las flores, y 
se prometía gozar de lodo muy en breve. Ah! sus 
goces estaban esperándola en el cielo. 

De repente dijo que sentía frió, un horrible su- 
dor bañó su frente, vagó incierta su mirada, lomó 
la mano de su madre y se sonrió. Permaneció un 
móntenlo en este estado; pero sus ojos cesaron de 
moverse, sus colores desaparecieron, exhaló un débil 
suspiro, y voló su alma á la mansión de los sera- 
fines. 






Yotemblaha por la «plosión que el dolor debia 
producir en el pecho de Laura, pero el cielo se apia- 
dó de sus padecimientos, y tendió sobre su coraron 
el velo del olrído. Quedó largos floras velando i su 
bija, á quien en su desvarío creía dormida, y cuando 
por necesidad hubo que indicarle su muerte pro- 
niroptó en una espantosa carcajada. ¡La iníelii es- 
taba loca! 

Han pasado seis años desde qu* tuvo lugar tan 

desgraciado suceso, J no puedo rebordarlo sin que el 

• llaolo se agolpe á mis ojos: t si alguna tet oigo 

esdamar -Está tísica!' , huyo aterrada, y el frío del 

espanto se apodera de mis huesos. 



U_\ MES EN LA ALDEA. 



(COMTISCACIOS.) 

El señor Adolfo De apareció en el salón acom- 
pañado del joven Pedro. Sepiramcnle que esle últi- 
mo estaba del tndo desnuiorido: mi varonil hermo- 
sura había tomado un aspecto tan grave, y por sus 
labios rapaba una sonrisa tan trisli; que contrastaba 
visiblemente con el brillante 1 uniforme que reslia y 
daba al hijo de las montanas loila lu apariencia de un 
héroe. Después de aquellas primeras escenas, que es 

Í imposible pintar enn esa verdad que se requiere, cu 
que la luja vertid abunda oles lágrimas en los brazos 
de su padre y Luisa en los de su hermano, el seoM 
Adolfo De, cojirndó ilc I a mano á Pedro, pronuncio 
ron voz grave: — Te presento, hija mia, c! mas ilus- 
tré díalos hijos del valle; el que en mil ocasiones lia 
salvado la vida á tu anciano padre; el general que ja- 
ulas ha vuelto la isa ante las huestes enemigas: el 
que esta destinado por la mano de Dios para que 
triunfe nuestra sania causa. Pero, querida nina, toda 
esta reseda que. le hago Je lo que vale mi protegido 

I tiene un objeto, ¡So quiero descender a la tumba si» 
dejarle un apoyo. Pedro es ya rico: su valor y cons- 
landa le hacen superior á cuantos hombres he cono- 
cido, y la Taja que ha ganado en cien combates le 
hacen nuestro igual. Así, Jda, descendiente tle du- 
ques, prepárale porque el tiempo urge a darle la ma- 
no de esposa. 

Pedro ron la cabera baja, sumamente agiluiln, 
esperaba su sentencia como los antiguos mártires 
del Cristianismo; pero la joven con esa obedieueñi v 
ew resignación que siempre la habían aproximado á 
los ángeles, se puso de rodillas ante su padre, y en- 
tregando la mano aljovsn héroe esclamo ton voi 
ilélcli — Cúmplase lu voluntad, pudre mío. 



Pedro sufría; amaba con lodo el delirio de su al- 
ma, y su corazón bueno y generoso temblaba al 
pensar que al poseer aquel tesoro, que tatito había 
deseado, encontraría en él solo una víctima que se 
inmolaba en aras de la ambición paternal, El ancia- 
no, cuyo corazón de hielo había muerto á tudas las 
pasiones que no fuesen la ambición, se sonreía al ver 
tan dócil a su hija. Aquel carácter frió é imperioso 
no podia comprender Inda la abnegación de aquella 
pura criatura, Aihjlfo De después de un momento de 
pausa, dirigiéndose á Pedro le dijo; — Tú ya sabes 
la condición que le he impuesto: mi nombre no mo- 
rirá conmigo; tus hijos se envanecerán de su apelli- 
do materno. 

Pedro sintió que toda la sangre se le amontona- 
ba en la cabeza; pero amaba tanto qur su amor pro- 
pio herido bien pronto callaba al pensar en aquella 
joven que balita sido el sueno dorado de toda su vi- 
da. Ida después de algunos momentos sumamente 
penosos, encontró 1 un motílenlo para retirarse á su 
aposento. Quería sin duda llorar por última vei con 
libertad sn amor, sin ningún remciritírriietito de ofen- 
der al hijo del valle, el cual mañana tendría derecho 
para pedirle cuenta bastaje sus ligrimas. 
>c continuará. 

WaiBllMK.de Frrrflnl. 

APiTWIIOS DE FiPESTAAS SUSCRITORAS. 



En la calle de Valverde nüm. SI cuarto principal, ga- 
lería de la derecha, ha; una señora que borda con perfec- 
ción nnlquirr encargo que se te haga, imita el nipis y ha- 
r,p toda especie de composturas por mii> dificilesque sean. 
En la misma casa se darán lecciones particulares de idio- 
ma francés y de bordados. 

iIimI lata j pliinrbadora. — En la calle del Conde 
Duque , nüm. 7, cuarto 4-\ se hacen vestidos de moda de 
(oda* clases d precio» muy arreglados; los lisos ;i 12 rea- 
les. También se planchan y macen perfeerfon y equidad. 

El acreditado establecimiento fabrica de corsés de la ca- 
lle del Horno de la Mala, se ha trasladado ¡i la de) Car- 
men uúm. üGcuarto najo, donde se encontrarán corsés he- 
chos desde isuasla ÍJQ rs. Recomen damos esle estableci- 
miento á mieslras apreeiablcs suscrítoras, segures de que 
quedarán complacidas si acuden á él. , 



MADRID 1851. 

impri-nlii dr Ion Jimr- TruJMIo. b|j. 

. Calle de María Cristina, número S. 



Año L. 



Domingo 2 Je noviembre de 1851. 



Núra. í -i. 



LA MUJER, 



PERIÓDICO'; 



escrito por una sociedad de se lloras y dedicado á su sexo. 



Esle periódico sal* (odas lasdomingo*;se>usrr;b* cu, Ha Jrid (Mi lo* librtTlos de Monier j de Cuesta, ¡i i rs. al mes: j eo pfófip- 
cits 10 IS. por dos intiti ffiticu de purle, remiücn o unalibrau/a a favor de imeslíu impremir, 6 srllusdefraníjuío. 



EL PORVENIR DE LA MUER, 

En nuestros números anteriores hemos trazado 
ligeramente y agrandes rasgos el cuadro tan injusto 
como sombrío que présenla la sociedad actual ron 
respecto á la mujer. Hoy nos proponemos una tarea 
masgrala. Con ta fé de Ja justicia, ron el entusias- 
mo de la convicción hablaremos á nuestras amables 
susciitoras del porvenir de nuestro sexo, de la po- 
sición sólidamente brillante que al fin alcanzará en 
la sociedad. 

No vamos á escribir sueños é ilusiones infun- 
dadas, sino á considerar fría y desinteresadamente, 
como quienbusca la verdad, primero á nuestro seto, 
poco estudiado (adavía en su naturaleza y cualida- 
des distintivas; después le consideraremos en su his- 
toria, y últimamente le compararemos con el sexo 
maseuiino, única mitad del género humano que po- 
see sus derechos con demasiado egoísmo por cierto, 
cuando nosotras apenas participamos de algunos. 
Fundadas en estas consideraciones y comparaciones 
deduciremos de sus consecuencias lo que parezca 
mas lógico y probable con relacíun á nuestro por- 
venir. • 

¿Qué es la mujer en su naturaleza? Dispénsennos 
nuestras Jcetorassi decimos una vulgaridad, pero nos 
vemos precisadas á ello: es, ni mas ni menos, un 
ente racional compuesto de alma y cuerpo Jo mismo 
que el hombre, y que como él ha sido dolada por 
Dios de cuantos beneficios goza la naturaleza huma- 
na, sin distinción alguna esencial por razón de ¡a 
diversidad de sexos. Criada por Dios para compañe- 
ra del hombre, para el bienestar y felicidad de Jos 
dos y bajo su común dominio existe lodo lo grandio- 
so que ese mismo Dios hizo de la nada, en el cielo 



y en la tierra, en los aires y en los mares, A todo v 
en todas sus apuraciones tiene derecho la mujer. 

Hay alguna diferencia, es verdad, entre la natu- 
raleza y cualidades de la mujer y la naturaleza y cua- 
lidades del hombre, que aunque accidentales no por 
iso dejan de ser notables. Su coustilurionxno es tan 
robusta absolutamente hablando como la del hombre; 
efecto Je esta menor robustez sus inclinaciones no 
tienden siempre á actos do valor, por no decir de 
ruda dureza. ¿Pero es la fuerza materia] la que da 
derecho en una sociedad organizada bajo las bases 
de la razón y de la justicia? ¿Qué será mas conve- 
niente en la sociedad.' ¿la dureza que generalmente 
se significa en todas las operaciones de los Jiombres, 
ó el amor, la dulzura y la sensibilidad que sobresa- 
, leu en nuestro sexo? Lejos de nosotras la idea de re- 
solver tan delicada cuestión, ni queremos ni pode- 
mos asegurar ningún estrenuo. Pero lo que sí nos 
atrevemos á afirmar, y con nosotras lodos los hom- 
bres, es que si cu muchas ocasiones es necesaria la 
firmeza y la dura energía, en no pocas lo es también 
la dulzura espontánea del amor y el tacto ó lino es- 
quisito de una lina sensibilidad. Mas diremos toda- 
vía: ln mayor parle de los casos que requieren un 
rigor siempre peligroso suelen ser efecto del mismo 
rigor y dureza, y probablemente se hubieran evita- 
do con mas previsión y dulzura. Y no se crea por lo 
que llevamos dicho que nosotras somos incapaces 
del heroísmo, del valor, de la firmeza y de la cons- 
tancia. Es cierto que hasta ahora ha habido mas hé- 
roes que heroínas; pero también lo es que pocas mu- 
jeres han estado en posición de serlo, y es demasia- 
do cuestionable hasta esSi superioridad del hombre 
sobre la mujer. En prueba de que no hay la mas mí- 
nima exageración en lo que decimos recuerden, núes- 






2 



iras lecturas la historia de las mujeres célebres que 
hemos admirado en cada «no de nuestros números, 
y tengan por segura que aunque eunliiiuá sernos es- 
cribiendo muchos aíius sin interrupción nunca nos 
fallará una nueva heroína que honre nuestro sexo 
con su valor, su virtud, su talento ú oíros hechos 
verdaderamente notables. 

En los nümeros sucesivos continuaremos el plan 
que nos liemos trazado hasta concluir tan importan- 
te materia. 



EL DÍA QE DIFUNTOS, 



¿Adonde se dírije esa inmensa multitud engala- 
nada con los brillantes atavíos del luju y de la mo- 
da, y que lleva no obstante en sus manos las fúne- 
bres coronas destinadas para adornar los sepulcros 
de los que lino dejado de existir? Yedla cual penetra 
en la silenciosa mansión de las tumbas, pero 1111 hav 
lagrimasen sus ojos, la sonrisa vaga en sus labios v 
huella con glacial indiferencia ese suelo formado con 
el polvo de los que en olro tiempo fueron su ima- 
gen. La enamorada doncella va jurando mil dora- 
dos ensueños para el porvenir, y piensa en el dicho- 
so instante en que severa unida para siempre al ser 
que adora. El ambicioso sueña con el alio puesto 
que espera alcanzar muy en breve, v que sera el 
dulce premio de sus constantes afanes. El genio crea- 
dor medita las sublimes obras que deben inmortali- 
zar su nombre. Kn la mansión de la nada lodos con- 
fian en el morfema,, y esos huesos esparramados, esos 
fúnebres denotabas no presentan ¡i su mente la tris- 
te idea de que la muerte puede abatir con un suplo 
el gigantesco edificio que va forjando su atrevida 
imaginación. ¡Motivará acaso esta indiferencia la 
convicción instintiva de que el alma no muere con 
la materia, que el espíritu grande v creador no pue- 
de anonadarse, que evisle un mas allá donde la men- 
te completa las sublimes inspiraciones que aquí con- 
cibe? Al ver el progreso casi fabuloso de nuestro si- 
glo, al contemplar eso? sublimes inventos que acer- 
can el hombre » la divinidad, delante de esas mila- 
grosas máquinas que todo lo simplifican y facilitan 
lo que nuestros padres calificaban de impOlibU, ¿ha- 
brá quien aun crea que el rey de la creación puede 
convertirse cu impalpable polvo? 

En vano por una aberración singular, al paso 
que ios hombres de nuestro siglo, asombrados romo 
el ángel caido de su omnipotencia, quieren igualar- 
se á Dios, humillados ai ver que no pueden robarle 
la intnurlalidad, establecen el mezquino sistema del 
no ser, y se degradan igualando su atina inmortal al 
vil barro de su materia, lío vano quieren en su va- 
nidad reducirlo todo á su cálculo, y prefieren negar 
lo que no comprenden á confesarse vencidos. 



El alma, orgullosa con su divina procedencia, 
contempla con rh^pnvio ese vil polvo porque sabe 
, que su patria es el cielo i ev.ist« ia eternidad! 

No obstante, esa multitud ligera y festiva que 
i vaga por las tristes calles de ía ciudad mortuoria 
lieni' allí depositados los seres en quienes rrlralia su 
idólatra carino. ¿Quéeskl que motiva pues esa in- 
concebible ligereza, esa culpable indiferencia? 

Pierde un alma la mitad de su alma, y malulo 
] creía que no podria resistir tan ruda separación, 
i queda ¿olorosamente sorprendida al ver que la 10- 
, brcUcva sin menoscabo de su salud, que sus lágrimas 
se secan en breve y recobra sui corazón la tranquilidad 
primitiva. Creía que todo terminaria para ella al de- 
positar el cadáver adorado en su silenciosa tumba, y 
lejos de eso se siente ligada al mundo con nuevos la- 
zos, la animan nuevos deseos, la cautivnn nuevos 
intereses. ¿Será que la frágil naturaleza humana es 
impotente y no puede abrigar un sentimiento fuerle 
I y duradero? Será que el instinto de la propia conser- 
l v ación es superior al amor que creíamos omnipoten- 
te? Pío: es que el alma recobra su tranquilidad con 
la íntima convicción de que el ser que adoraba no 
Se lia convertido en ptdvo, liabjta en el e¡e|o y la es- 
pera allí para renovar á los pies del Creador su sa- 
crosanto é indisoluble lazo. Es que la idea de que la 
villa es breve. Ja separación momentánea, y el ar- 
diente amor á sus hermanos un medio para alcanzar 
un lugar en el sagrario de Dios, causa esa tranqui- 
lidad inconcebible: Solo el que en la desgracia ífpí- 
i(i, sufre con resignación su deslino. ¿Serán pues 
menos bárbaros que nosotros aquellos países en que 
ciñen su freule de rosas y danzan alrededor del ca- 
dáver de aquel que amaban, a¡ conducirlo ¿la man- 
sión de ía paz v del reposo eterno? ¡Ay ! dichosos 
los que espiran sin remordimientos, v cuva ¡dina pu- 
ra v tranquila vuelve á los brazos de su Criador! ; Iti- 
chusus los que mueren amados y bendecidos! ¿Feli- 
ces los que á la mitad de su carrera han llenado le 
bastante su copa de ligrimas y amores para ser dig- 
nos de ocupar su lugar entre los predestinados! ¿Qué 
importan unos dias mas en esta tierra de luto y de 
tormentos? ¿I'or qué liemos de llorar su muerte pre 
malura si esla Ses hace gozar anticipadamente de las 
delicias de los justos? El que se ha visto arrebatar por 
la muerte á la mitad de su almo cree, espera j no llo- 
ra por que sabe que esla es^feliz en et regazo de 
Eterno y es la dulce inlercesora que abrevia con sus 
preces los dias de separación y quebranto. 

He ahí por qué esa alegre multitud huella ce 
planta indiferente ese vil polvo: porque sabe que i 
mas sublime el deslino que la espera; y si esparce 
sobre las tumbas esas fúnebres coronas, es para ates- 
tiguar al alma que adora que no lia entregado sn nic 
inoria al olvido y anhela votar al cíelo, porque Dio 
confunde allí en una sola las almas qne aquí se han 
adorado con sincera ternura! 

.tafi.-tü Gramil, 

' ^tMfOH^^^- ■ 




MUJERES CÉLEBRES. 

ISABEL LA CATÓLICA. 

íllONTlM' ACIÓN. 

Por la muerte Je Jim Enrique los parciales o'e l.i 
luíanla doña .Itinna volvieron á encender de nuevo 
la guerra civil, pretendiendo, contra la voluntad ^c- 
niM.il di 1 la nación y el voto di* las curtes. hacer va- 
ler los derechos que aquella lenta al trono de Casti- 
lla; pero los pueblos y la mayor parle de la grandeza 
cifraban todas sus esperanzas en la magnánima [sa- 
be! para salir del estado de pobreza i anarquía cu 
que se hallaban por la debilidad del difunto monarca. 
Los partidarios de D.* .luana, convencidos de que no 
¡es era posible batallar ron Ira el pueblo unido á !a 
intrépida Isabel, hicieron vergonzosa liga con los re- 
yes de Francia v Portugal, quienes rimaron en su 
apoyo numerosas tropas que invadieron las Castillas 
y la Vizcaya. 

El nr/obispo de Toledo, que. tanta parle había 
tenido en los acontecimientos que elevaron al trono 
a la escelsa Isabel, resentido pin' el creciente presti- 
gio que adquiría en la corle el cardenal Mendoza, 
se pasó al balido de doña Juana, diciendo aquellas 
célebres palabras que citan los historiadores: «Yo la 
saqué de hilar, y la enviare otra ve/á lomar la rue- 
ca,) pero el buen prelado no contaba sin duda con 
la voluntad de la mayoría del pueblo, ni con la cons- 
tancia v valor de Isabel y Femando. 

Cuatro añosy medio duró aquel la sangrienta lu- 
dia de sucesión, en cuyo fatigoso periodo no es po- 
sible enumerarla energía y acierto con que atendió' 
á todas partes la incansable Isabel, dando muestras 
tanto de su fecundo ingenio como de su fortaleza va- 
ronil, hacienda penosas y largas marchas ;i caballo, 
espuesla .i la intemperie de las eslaciuiics rigorosas 
V á pe¡¡:;rus .1 >. todas clases. 

babel era ea el solio la reina sabia v justiciera; 
para organizar los ejércitos, el ministro de la guerra; 
para crear n cursos, el de hacienda; para dirtjir las 
operaciones, el general engefe; paca proveer sus tro- 
pas y establecer hospitales, el intendenta militar; y 
cuando creía que su presencia podía ser necesaria 
para alcanzar la victoria, un soldado mas en las lilas. 
Si esta breve reseña pareciese apasionada porque ha- 
blamos de una mujer, ahí está la historia; con ella 
en la mano oo ten míos temor de sr-rdesnienfidas. 

El guerrero é io trépido Fernando laminen se 
mostró en aquella lacha digflo de ser el esposo de 
Isabel. V obrando unas veces de consumo y oirás se- 
paradamente, lograron con sus repelidas victorias 
lanzar fuera del reino ¡i ios coligados y i justar las 
paces que la naeíontanlo necesitaba. 

La infanta doña Juana, desimanada ile tanta 
desmentida promesa i de las ningunas simpatías con 
qu-3 podía contar en la mayoría lili I"-! casta laans, 
BÜgid el prudente paríalo dit lomar el hábito de re-j 
jígj isa en el convenio de santa Ciara de C'jinibra, 



donde concluyó sus días sin haber vuelto á ser causa 
de mas desgracias. 

En I Í7H pasó Isabel á Andalucía con objeto de 
administrar justicia y refrenar las demasías de los 
potentados de aquellas comarcas, que oprimían á los 
débiles pueblos cu» sus odiosas rivalidades, logrando 
restituir ía calma y prosperidad rn aquella cica pro- 
vincia, y el día 'i'l de junio dio a luz en Sevilla il 
príncipe llamado don Juan. 

Poco después de concluida aquella lucha fratrici- 
da heredó don Fernando por muerte de -su padre la 
corona de Aragón, que por espacio de cuatro sigb - 
liabia estado separada de la de Castilla, y con esta 
ntieiíj i- indisoluble unión se formaron (os cimientos 
del grande imperio de que hoy se conservan algunos 
t -i,,.. 

Libres ya de guerras Isabel y Fernando, y due- 
ños del territorio español desde el Pirineo al Eslrer:; l 

de Gibrallar, escoplo la provincia de Granada, se il"- 
dicaron ¡i la administración de juslicia, ¡d fomento 
de las ciencias, de las artes y de la agricultura, j i 
grande se liabia mostrado Isabel como intrépida guer- 
rera, no se mostró nada pequeña como sabia legis- 
ladora y entendida diplomática: enlodo fué singulai 
aquella escetsa señora. 

Entre Jas prudentes medidas que adoptó pai . 
revestir la majestad del brillo y del esplendor que 
necesitaba, fue |,i ;n o importante la de hacer que el 
nombramiento de gran maestre de las órdenes mili- 
tares recávese en mi esposo D. Fernando, v suiu su 
intrepidez y fuerza de carácter pudieran haber 
s 'guidn derrivar aquel. os colusos rivales de! trono; 
rehenó la osadía de la antigua nobleza v los 
la colmaban de bendiciones por todas parles. 

II. ild. iodo de aquella época dice uno de sus his- 
toriadores: 

Si hay algún ser en la tierra que ¡moda repre- 
sentarnos a la deidad misma, es el gefe de un imperio 
poderoso, que emplea en bien de sus pueblos el alto 
poder que le está confiado, y con talentos corres- 
pondientes .i su elevado ministerio cu una época reía- 
is, miente bárbara procura comunicar á su país la luz 
I de la civilización que ilumina su alma, y levantar con 
■' los mismos elemsnlos de discordia la herniosa fábri- 
ca del orden social. Tal fué Isabel, y tal la época en 
[ que vivió Fué dicha para España que su cetro p&Ih- 
~ : : i regido en aquellas circunstancias por ¡as ma- 
¡ nos de una moje ilutada de suficiente sabiduría pa- 
: ra concebir los planes mis saludables de reforma, i 
: de la energía necesaria para ejecutarlos, infundí- ■ . 
i asi un principio de nueva vida en un gobierno que 
se desplomaba con prematura decrepitud.» 

Después de leído el anleriur párrafo, ;.qué mas 
puede decirse de aquella esti aoidiuaiia mujer".' PÍOS- 
olras por inodeslia de que. pertenece á nuestro *e\p, 
no nos hubiéramos atrevido « compararla coi; la iti- 
drid misma; mas ya que tos hombres. In han heclw al 
escribir sus crónicas, aceptamos orgullosas la mito- 
lógica frase, pur ver al llamado sexo débil figurar 



ai lado de un Julio César y de un Cario Magno. Pe- 
ro volvamos á nuestro propósito. 

(St continuará.) 



Te engañas, amigo mío, 
SÍ intentas darme consuelo; 
Solo lo espero del ciclo, 
O del sepulcro sombrío. 

No intentes aliviar, no, 
Con tu voz tnn cariñosa 
Aquella pena horrorosa 
Que el corazón desgarró. 

No hay consuelos para mi: 
tío perdido cuanlo amaba, 
Cuanto mi vida endulzaba. 
¡ Ya nada me queda aquí ' 

Amor me pides y amor 
Va no se alberga en mi pecho, 
Porque es demasiado estrecho 
Para el placer y et dtilor. 

¡Pobre niña que al pisar 
El umbral de mi existencia. 
He probado la inclemencia 
Del mas hórrido pesar ! 

Perdón, amigo, perdón, 
Si tranquila me he mostrado, 
A y '. mí pecho destrozado 
No encontraba compasión ! 

Tú conmigo lloraras, 
¿i\'o es verdad? tu fiel ternura 
Comprenderá mi amargura. 
Benigno me escucharás! 

— Yo amaba con ese ardor 
Eterno, ardiente, infinito. 
Amor del cielo bendito. 
De los ángeles amor. 

Niña feliz era amada 
Con la misma pasión pura. 
¡Cuan completa es la ventura 
Del alma que es adorada. 

Envidiaban nneslra unión 
Los serafines del cielo: 
Era el mismo nuestro anhefc, 
Dos almas y un corazón. 

Era mi dicha, mi bien. 
Mi consuelo, mi esperanza; 
¡De dos almas la alianza 
Trueca el mundo en un Edení 

Mas ¡ay! que el clarín sonó, 
Su honor le llamó á la guerra, 

Y quedé sola en la tierra 
Porque mi amante murió! 

Al cielo voló SU alma 

Y quedó viuda lamia: 

El murió y desde aquel día 



No he vuelto á encontrar la calma. 

¡Olí cuan horrible es la muerte 
Cuando dos almas separa, 
Que el Eterno destinara 
Para igual y dulce suerte! 

Murió, murió; ¿masqué digo? 
Aunque le oculta una losa, 
Sn alma bella y generosa 
Vive aun, esta conmigo. 

Siempre á mi lado le veo 
En contemplarme embebido, 
Oigo su acento querido 

Y do quier hallarle creo. 

El campo entonces se anima 
Con los mas bellos colores; 
El aire, el prado, las flores. 
Todo mi ilusión sublima. 

f i i,u el aura sonora, 
Ltm\ murmurando el rio, 
icón cu rl bosque umbrío 
Repite el ave sonora. 

E) aire, la tierra, el cielo, 
Todos repiten /.ton. 

Y con lan dulce ilusión 
Encuentra el alma un consuelo. 

Era mi vida su amor: 
\ ivir no puedo sin él: 
¡Tú no sabes cuan cruel 
Es perder ¿ su amador! 

Mi sola esperanza ya 
Es que me acoja la tumba: 
El intímenlo en que sucumba 
Con mi amante Ole unirá. 

PasagerO es el dolor: 
En el cielo hay otra vida; 
Vida de entusiasmo henchida. 
Vida de gozo y de amor. 

Del Eterno en el regazo 
Felices nos amaremos, 

Y en el cielo formaremos 
Inmortal y bello lazo I 

¿Quieres aun, oh poeta. 
Unir tu alma con la mía, 
Tu alma llena dé poesía, 
Amante, fogosa, inquieta; 

Y la mia marchitada 
Por un dolor lan profundo 
Que solo adora en el mundo 
Lúa tumba abandonada? 

Sigue, oh vate, entusiasmado 
En tu gloriosa carrera; 
Lanza tu mente á la esfera 

Y rojo el lauro envidiado. 

Y si de la adversidad 
Víctima fueres un día. 
Mil consuelos á porfía 
Te brindará tu amistad. 

Mas no me pidas amor 
Que no se alberga en mi pecho, 




Porque es demasiado estrecho 
Para el placer y el dolor! 

Angela triol 

EL DÍA i. 1 DE NOVIEMBRE, 

¿Qué lúgubre tañido suena par los espacios? 
¿Por qué los semillantes de todos los transeúntes es- 
presan el dolor? ¿A donde guian sus pasos macilen- 
tos? Til, bella niña, cuyos ojos empaña el llanto, ,; á 
donde llevas esa fúnebre corona de siemprevivas.' 
— A colocarla en la tumba de mi madre, porque boy 
es el día de Eos muertos. 

Ah! si, el día de los muertos! El dia en que re- 
claman una memoria de los vivos, una tregua á sus 
placeres, á sus diversiones, á su aturdimiento, para 
que piensen en el polvo délas tumbas. 

Triste pero santo día en que se hojea sin cesar el 
libro de recuerdos, y en el que siempre bailamos pá- 
ginas de dolur que nos arrancan una lágrima! ¿Quién 
al pisar el umbral del cementerio no teme que sus 
ojos van á leer alguna lápida fatal'.' 

Recordamos que un célebre y malogrado escri- 
tor español dejé consignados al hablar de ese dia, des- 
garradores y amargos pensamientos', pero á noso- 
tras solo nos inspira dulces ¡deas y halagüeña melan- 
colía, y siempre hemos visto con placer brillar la 
aurora del dia 1.° de noviembre: porque durante sus 
horas los que ya no son se presentan á nuestros ojos, 
viven en nuestra alma, en nuestra memoria, en 
nuestro corazón, y al dirigir las preces que nos de- 
mandan al trono del Eterno, sentimos un placer con- 
solador. 

Lleguemos pues á orar sobre sus tumbas, y al 
colocar sobre ellas una corona de fúnebre ciprés, 
concedamos amoroso tributo á su memoria cou e¡ 
llanto de nuestros ojos. 

Elena. 

U¡$ MES EN LA ALDEA. 

(COSTIS LACIOS.) 

Era una de esas noches que un manto de tris- 
teza cubre nuestras majestuosas montañas: el viento 
soplaba á intervalos; menuda lluvia hacia que el frió 
fuera mas intenso: lodo parecía convidar á guare- 
cerse al lado de loa encendidos tizones de una vivi- 
ficadora chimenea. En uno de esos pacíficos caseríos 
de que están pobladas nuestras hermosas provincias 
Vascongadas, boy tan tranquilas, tan poéticas que 
dejan una huella de agradables recuerdos en nuestro 
corazón; si tenérnosla felicidad de contemplar ese 
paisage lan sublime, donde por todas partes senos 
revela la mano poderosa que formó lanías maravi- 
llas, para que de rodillas la admiremos, aüíendonde 
boy ¿ajo el manto pacífico de esa palabra consola- 
dora que llamarnos paz, viven tranquilos sus hospi- 
talarios moradores, allí mismo en la noche á que me 



refiero se hallaban cuatro jóvenes que vestían bri- 
llantes uniformes y denotaban pertenecer á esa clase 
de la sociedad que vuela á los combates con el objeto 
de cumplir sus juramentos y de poder colocar un 
nuevo laurel á sus esclarecidos blasones. Tal vez sin 
ese terrible eco que repetían los moni es de guerra y 
estermiuio, aquel humilde caserío no hubiera contado 
con alojar bajo sus muros tan ilustro huéspedes; 
pero en cambio en vez délos cantos de guerra hu- 
biera escuchado la voz inocente de las hijas de esas 
elevadas y grandiosas montañas, que parece armoni- 
zar mejor con el suelo que las vid nacer y que se en- 
vanece de su hermosura. 

En rededor de una mesa de pino tres de nuestros 
jóvenes alegres y felices relataban sus aventuras en- 
tre bravos y palmadas de aprobación; pero debemos 
hacerles justicia: los nombres de las heroínas no se 
escacharon entre aquellos bravos y aquellas palma- 
i das, porque con esa caballerosidad que caracteriza á 
ios españoles hubieran justamente creido empañar 
sus gloriosos antecedentes, comprometiendo el honor 
de sus bellas afiliadas. En medio de aquella univer- 
sal aleg lia uno de ellos permanecía triste y medita- 
bundo en un rincón, mientras que sus dic husos com- 
pañeros hablaban sin cuento, quitándose unosá otros 
la palabra; lodos ellos pertenecían á esa clase de ca- 
laveras de buen tono, que tienen esa facilidad de chis- 
tes y de maneras que se adquiere con tanta pronti- 
tud en los salones aristocráticos, vera la primera vez 
que salían al aire libre y dejaban sus saniosos pala- 
cios; por lo cual no estrenaremos que aquella encan- 
tadora libertad que disfrutaban pusiera sus ideas en 
continuo movimienlo. Uno de ellos, clavando su es- 
cudriñadora mirada en aquel que embebido en sus 
pensamientos ni una sola vez había asomado la son- 
risa á sus labios, y acercándose cuanto le fué posible 
á sus amigos, les dijo: 

-^¿Conocéis las aventuras del caballero Enrique? 
Me han asegurado, célebre Emilio, que tú, el caba- 
llero mas amable de la corte, no tienes entre tantas 
historias que la trompa de la fama va pregonando por 
el mundo una tan románticamente misteriosa. 

Emilio, encogiéndose de hombres y atusándose 
su rubio bigote, contestó; — Creo saber algo vloque 
te puedo decir y afirmares que el niño mimado de 
las damas, que ahora Se veo triste y meditando "con- 
tinuamente, el que nunca rindió banderas ante el pa- 
bellón enemigo, está — (y bajó eslraordiuariamente 
la voz] está está loco. 

— Loco! repitió el interpelante sallando de la 
silla. 

— Paciencia, amigo Carlos; no siempre des todo su 
valora los sustantivos, ni te asustes aunque le en- 
cuentres á dos pasos de las baterías enemigas. 

— Eso nunca, ¡vive Dios! gritó Carlos; ya sabes 
que nunca retrocedo cuando llega la hora del com- 
bale. 

— Está bien, héroe esclarecido; pero déjame con- 
cluir y no me interrumpas, esto es, si puedes; y te 



8 









repilo cjue el pobre Enrique eslá loco 6 enamorado; 
|iDro es una de esas pasiones que llegan al corazón, 
que nos hacen verá la deidad querida entre una nube 
celeste, que al querernos aproximar deja la forma 
material t la vemos volar al cielo, como tina luz que 
nos fascina y se estiiigue, v después salo lindamos su- 
bre ta tierra tristeza y obscuridad; enloma, i-l mun- 
do es un desierto. Pero lo que laminen le puedo de- 
cir es que hasta el dia presente he tenido la felicidad 
de que esc peso enorme no subyugue mi corazón, y 
desalio lo misino (jue ¡i esos ennegrecidos soldados 
que pueblan estas montañas, con sus boinas blancas 
y sus ojos llenos de sed de venganza, que ¡i la mujer 
mas herniosa del universo. 

-Pero ¿qué tiene que ver lodo csucon la locura 
de nuestro amigo? 

—¿Qué licnc que ver? Que él está verdadera- 
mente enamorado, y para mí enamorado como ese 
caballero y loco es la mismísima eos*, 

— Silencio! dijo el tercero, que halda estado ta- 
rarcando un i hermosa romanía; puede oír todo es- 
to y disgustarle vuestra descomunal charla. 

—No tengas cuidado, eslá demasiado preocupado 
con ta señora de sus pensamientos; solo el eco del 
tambor es suficientemente poderoso para sacarle de 
su ¡naco-ion 1 entonces ai que nuestro dama rada es un 
bravo león de Castilla; arómele al enemigo de una 
manera asombrosa; creo y Jos jóvenes estrecharon 

las distancias todo lo que fué posible) que para ese 
pobre diablo la existencia es mu carga insoportable. 
Pero decid: ¿no Imitéis podido indagar por allí quien 
es esa sillide que asi ha piulido trastornar una cabeza 
tan bien organizada? Debe ser un porteólo de hermo- 
sura, y sobre lodo de coquetería: porque si juzgo por 
mi corazón el ngeno, os puedo decir que esas belle- 
zas frías ó indiferentes que creen empañar fu candor 
si miran con on poco de atención nuestras hermo- 
sas y relumbrantes charreteras, me hacen morir de 
hastío n sti lado; y si no poned en parangón una de 
esas hechiceras de grandes ojos negros, que con sn 
sonrisa encantadora introducen una fleidia en nues- 
tro enraíun; decid, ¿no os lia sucedido después de un 
dia pasada en eumpañia de una de esas preciosas ni- 
ñas, verlas cruzar cu mediu de sueños deliciosos que 
ponían á prueba nuestro proposito de vivir en entera 
libertad? 

Pues yo le diré que soy enemigo decidido de las 
coquetas; quiero hacerte ín guerra y probarte que 
esas niñas que estudian im; lie y dia los medios que 
han de emplear para rendir nuestro corazón, suelen 
generalmente conseguirlo, y soy enemigo decidido 
Je las redólas hasta en malerias.tlea.mor, Pero deje- 
mos las cuestiones de amor para oirá noche que el 
cielo eslé mas sereno, y discurramos uu poco sobre 
la espedí cton que nos espera. 

—Por mi parle, replicó Carlos, me gusta iims re- 
cordar Jas miradas de mi sdfide, y sobre lodo cuando 
la batida se presenta coniu esta, que hace titl frío : i- 
soportable, llueve á chuzos, las montañas oslan suma- 



mente resbaladizas, y ese castillo donde es fama que 
se cobijan los oajáros de cuenta, eslá situado de una 
manera admirable para romperse treinta veces la ca- 
beza antes de penetrar en esa antigua pajarera de 
rancias creencias de la que se cuentan tantas cosas 
portentosas. Coo que, amigos, no hay duda, la espe- 
dkiun será según ludas las apariencia* alegre y di- 
vertida, 

— ¿Y porqué no ha de Ser alegre ese castillo? 
Tendrá buenas chimeneas, magnificas salas donde 
descansar, y después dicen que hay unos ojos de 
esos que hacen entrever que hay uu paraíso en me- 
dio de estas montañas, 

— ¿<Jué dices? ¿es cierto todo eso? 

— ¿Pues qué, ¿ignorabas que la castellana es la 
mujer mas herniosa de la tierra? Creo que su sonrisa 
es de los arcángeles, \ que la llaman sus vecinos el 
ángel consolador de la montaña. 

— Magnifica conquista para una noche tempestuo- 
sa! ella nos salvará, porque un ángel debe olvidar 
que peleamos bajo diferentes banderas, y después no 
debe desconocer que entre el estruendo de las armas 
nosotros también invocamos el nombre de una niña, 
de un ángel de pureza. 

— Pues bien, amigos, para que la espedieion sea 
dial nosotros la deseamos invoquemos al ángelcon- 
so'ador d ' la montaña. 

— ¡Viva, i irn la hermosa castellana! ¡viva el 
ángel d.> la montano! gritaron nuestros jóvenes lodo 

lo que sus puliuuus l.-s permitían. 

-- ( 0:jliui ha (ismlri pronunciar esc nombre? gri- 
tó Enrique sallando d ■ su rincón, romo si una víbora 
le hubiera picado; ¿quien le ha nombrado sio d scu- 
hrir so cabeza en señal d ■ veneración? 

Los jóvenes se miraron rouio alónilos da aquel 
esi rano suceso. Eu aquel momento el tambor loco 
llamada, y lodos se precipitaron fuera de] caserío á 
donde el deber los llamaba. Pero Emilio, acercan - 
dose á sus compañeros, les dijo. 

— O Enrique eslá verdaderamente loro ó hemos 
descubierto el nombre de so beroiua. Grandes deben 
ser las aventuras de esta noche! 

$a continuará, 

Vilutln It ,¡r I ctruni. 

— fc-****§-OS-e^*«* 

EPIGRAMA- 

LA BEATA ASTCTA. 

Con particular cuidado 
Slari-Agiieda la beala. 
Hizo maullar á su gata 
Dándola a oler un guisado. 

— ZapaguLlda lo comió? 
—No, que un lego capuchino 
Se lo engulló, ron buen vino. 
Porque al reclamo acudid, 

E.il .líUlPItU, 



MADRID 1851. 

rmtirtMHit til* tlon June TroUlllo, h l|o. 

Galléale Mería Cristina, números. 



Año 1. 



Domingo de noviembre de 185i. 



Núro. 1S. 



LA MUJER, 

PERIÓDICO 

escrito |>or una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Este pcnúJico sale todos losdomingos^esuscrilie en .YlaJriden las librerías de Mnnier y de Cuesto, á 4 r,«. il mes; Y en primn- 
cias 10 is. por dos meses fraiicu de uurie, TCinitieii 'u uiiililumi] a fivor tlenutílrú impresor, ó sello? dí tranqueo. 



EL PORVENIR DE LA MUER. 

Cumpliendo con nuestro proposito de considerar 
a la mujer en su naturaleza, en su historia desde la 
mas remota antigüedad y en desinteresado paralelo 
con el hombre, para poder lueso leer en el gran li- 
bro del porvenir la posición que Dios ha reservado 
á nuestro se\o. todavía nos detendremos hoy en su 
naturaleza y cualidades ron algunas reflexiones im- 
portantes que no hemos indicado en nuestro anterior 
artículo. 

Escaso, estrechísimo ha sido el desarrollo que 
la injusta sociedad ha proporcionado á las magnífi- 
cas dotes que embellecen nuestro sexo, y que sin 
embargo cual metéoros que desaparecen rápidamen- 
te bao brillado algunas veces oscureciendo con su 
resplandor la gloria de ios héroes mas encumbrados 
del tiempo en que lian aparecido. Solo dealgunos si- 
glos ¡i esta parle ha (cuidóla mujer un campo ver- 
daderamente vasto en que hacer alarde de algunas de 
sus facultades: el teatro. Pues bien; el lealro, que 
es el barómetro de la civilización de las naciones, 
cuja mágica virtud para mejorar Jas costumbres y es- 
citar á la grandeza y al heroísmo iodos unánimemente 
reconocen, ha sido completamente dominado por e| 
genio artístico hasta ío creador, sublime, hasta lo di- 
vino de nuestro desatendido sexo. ¿ Xo se han pos- 
trado los hombres mas ilustrados muchas veces ante 
nuestras inspiraciones? ¿No han arrojado á nuestras 
plantas inuliilnd de flores y puesto sobre nuestras 
sienes muchas coronas en reconocimiento de nuestra 
superioridad artística? Y eso que para brillar en la es- 
cena lambieu se necesita upa esmerada educación ne- 
gada las mas de las reces á la mujer y suplida siempre 
por La fuerza de su genio. ¿Kn qué otras arles, carre- 



ras ó ciencias se nos ha dado libertad para desarrollar 
nuestras facultades? En ninguna; y sin embargo, co- 
mo para iluminar la ceguedad de los hombres y 
echarles en cara su injusto egoísmo, no han faltado 
una Jiidii. una Santa Teresa de Jesús y una Isabel 
la Católica, que matando .i Uolofernes, compitiendo 
en sabir con los mas ilustres doctores de la iglesia v 
gobernando con sabi.i prudencia reinos populosos, 
protestasen contra tamaña injusticia con hechos gran- 
diosos que nadie ha desmentido y lodos han admira- 
do. ¿Esto no prueba que como ha brillado la mujer 
en la escena podrían del mismo modo aprovechar ala 
humanidad sus talentos, si se fomentase su desarro- 
llo por olro cualquier medio? Algo hemos aducido 
ya y mucho mas podríamos aducir en nuestro abono 
sin que temamos nada razonable en contrario. Que- 
de pues establecido que la naturaleza y cualidades 
de la mujer nada desmerecen de las de los hombres; 
que la mujer por ellas tiene derecho al dominio de 
todas las ciencias, todas las carreras y (odas lasar- 
les; y que con su libre ejercicio, y no poniendo tra- 
bas á las alas de su genio, podría influir mucho eu 
el progreso de la humanidad, concurriendo admira- 
blemente á la armonía y perfectibilidad de la gran 
fámula humana. 

Ahora bien; examinemos cuidadosamente la his- 
toria de la mujer; observemos paso á paso las pro- 
porciones que ha lomado su carácter y los derechos 
I que ha adquirido en las diversas evoluciones de la 
sociedad, y no nos será difícil, siguiendo Ja misma 
• proporción, señalar aproximadamente ei tiempo de 
. su regeneración social y los términos en que eMa de- 
berá efectuarse, Pero como la importancia de este 
examen requiera mas espacio del que permiten las 
' curtas dimensiones de nuestro periódico, fuerza nos 



será suspender por hoy ten agradable larca, prome- 
tiendo ¡i nuestras arcabas suscriloras continuarla en 
nuestro número inmediato. 



£n el triste día en que después de tomada Barcelona 
por el duque de lienrkk, fueron quemadas sus es- 
tandartes en la plaza pública. 

¿Por qué llora Barcino? ¿Por qué esconde 
Su triste Tai el sol? ¿l'or qué resuena 
Un grito de dolor que quejumbroso 
Do quier el viento murmurando lleva? 

¿Por qué sus hijos con semblante airado 
alrededor se apilan de esa hoguera, 
Que eleva al cielo su gigante llama 

V refleja en el mar su luz siniestra? 
¿Porqué el anciano de encorvada frente 

Con llanto funeral su barba riega? 
¿Porqué las madres sollozando gritan 
Al hijo de su amor venganza eterna' 

Y vénganla repiten los mi I ecos 
Del raudo veudabal, la mar encrespa 
Sus olas con furor, y al juez del mundo 
Su grito funeral mugiendo eleva! 

Venganza gritan en su tumba fria 
Los héroes que ilustraron á Faveucia, 

Y esíendtendo su mano descarnada 
Buscan la espada que empuñó su diestra? 

Llorad, llorad: los bélicos pendones 
Terror do quier de la asombrada tierra, 
Que cruzaron el ancha Palestina 
Siguiendo de Bullón la santa enseña; 

Los pendones gloriosos que ondearon 
Sobre los moros déla bella Atenas; 
lisos pendones que acataba el mundo 
Reduce ¡i polvo la fatal hoguera! 

Llorad, llorad: esa rojiza Dama 
One alumbra la ciudad con luz siniestra. 
Trueca en ceniza vil de vuestra gloria 
El poderoso y sacrosanto emblema! 

\ sufrís lal baldón? v del verdugo 
So derribáis la criminal cabeza? 
¿Por qué mudos lloráis? acaso deben 
Llorar los héroes sin vengar la o tensa? 

¡No 05 queda mas que el llanto! sois esclavos! 
¡Amarra vuestro pié fatal cadena! 
¡Vuestra gluria inmortal y vuestras leyes 
Yo borro el venceJor y nada os queda! 

Pero no, no es verdad: los que sucumben 
AI embale fatal de suerte adversa, 
Pueden esclavos ser, mas no vencidos: 
Erguid Ja frente de rubor cubierta. 

Nti os impuso vil miedo «I férreo jago, 
Dobló vuestra cerviz solo la fuerza: 
Alentad, Catalanes, Dios os guarda 
Mas grato porvenir, misión mas bella. 



Con la sangre enemiga bautizada 
Al mundo mostrareis nueva, bandera, 

Y el mundo entero temblará aterrado 
tíl grito a] escuchar de independencia. 

Alentad, Catalanes; hoy la Francia 
De tiieslrn gloria mancillo el emblema, 

Y mañana sus huestes alerridas 
Huirán al divisar vuestra bandera. 

Un instante tul »M la nube impura 
Puede cubrir del sol !a faz serena; 
lias s¡ deja escapar tan solo un rayo 
Alumbrará con so esplendor la tierra. 

Tranquilos esperad: de un alma fuerte 
Es la constancia la virtud suprema: 
Esperad, Catalanes, vendrá un din 
En que con sangre lavareis la afrenta, 



■■■ ##**!$ !'*■*«■«'«- 



MUJERES CELEBRES. 

ISABEL LA CATÓLICA. 

(COSTISPACIOS.) 

Arregladas enérgicamente las disensiones que 
habían reclamado la presencia de Isabel en Sevilla, 
volvió con su incansable celo á Toledo, donde lomó 
sabias disposiciones para gobernar desde la capital 
del naciente imperio los reinos de Castilla, León, 
Aragón, Cataluña, Valencia, Islas Baleares, la Sici- 
lia y laCerdeña. Los deseos de Isabel de hacer gran- 
de y poderoso el trono de San Feanandn se realiza- 
ban por momentos: D. Fernando, conociendo las 
buenas disposiciones y el acierto que para gobernar 
tenia su esposa, le cedia gustoso la dirección de los 
negocios ínterin é! se ocupaba del manejo de las ar- 
mas: el O de noviembre de 1479 dio á luz Isabel 
en Toledo otra infanta que se llamó Doña Juana. 

No pasaremos en silencio que en aquel mismo 
periodo se creó en España el Tribunal de la Inqui- 
sición; plumas muy ilustradas han vindicado ya las 
inculpaciones que se hicieran á nuestra heroína por 
haber accedido á su establecimiento, j nada pode- 
mos nosotras añadir, tratándose de materia tan de- 
licada. 

Tranquila y próspera la nación, ocupó seriamen- 
te á Isabel la idea de sus dorado? ensueños: la com- 
pleta espulsion de los moros fué ya su único pensa- 
miento, y en lugar de entregarse á disfrutar tranqui 
la los placeres de la brilla!, te corte, su ardiente fe y 
el deseo de borrar la mam-ha con que la traición y 
el vicio empañaron á la desdichada España en las 
márgenes del Guadalele, la decidieron á hacer sus 



preparativos, y ayudada de su fiel esposo y de los 
bravos guerreros que trajo de Aragón se dispuso á em- 
prender la campana contra los infieles, á cuyo rompi- 
miento dieron lugar ellos mismos fallando á lo pactado. 

Aunque el ejército morisco era numeroso y 
aguerrido, las discordias civil «s que habían eslallado 
en Granada fueron una gran ven laja para realizar sus 
proyectos nuestros católicos reyes; y si intrépidos y 
valerosos se habían mostrado los castellanos contra 
los portugueses y franceses en la pasada guerra de 
sucesión, en la gloriosa lucha de la conquista delira- 
nada alentados por la le, para cuya propagación ba- 
tallaban, hicieron prodigios esiraurdinarios de valor 
y de heroísmo. 

El clero, que en aquellos tiempos tanta parte tu- 
rnaba en los negocios del Estado, contribuyó tam- 
bién eficazmente á consumar la grande obra can un 
impuesto de cíen mil ducados: Isabel había sabido 
infundir en lodo- sus subditos un solo deseo, el de 
exterminar los infieles, y en 1 482 se emprendieron 
las operaciones formales con Ira las plazas y castillos 
del reino de Granada. 

Diez años duró aquella sangrienta lucha, y aun- 
que los moros se defendieron di Meneadamente por 
conservar Jas últimas posesiones que les quedaban 
en el territorio español, lodo aquel heroísmo se es- 
trelló contra la intrepidez y constancia de Jos esfor- 
zados castellanos. 

Imposible seria enumerar los hechos gloriosos 
con que coronaron sus victorias Isabel y Fernando, 
no sin algonos reveses propios de los azares de la 
guerra, y aunque Fernando se habia reservado el 
mando de los ejércitos, Isabel se encontró en varios 
hechos de armas, v especialmente en los sitios de 
Baza y Granada; la armadora que vistió en aquella 
larga y penosa campaña se conserva boy en ta Real 
armería de Madrid. 

El 15 de diciembre de £ ÍS"i dio á luz Isabel en 
Alcalá de Henares otra infanta, que llamó Doña Ca- 
talina; para colmo de sus dichas era ya madre de 
cinco hijos, \ á pesar de la vida que llevaba, mas pru- 
ína de un guerrero que de una delicada señora, se 
vanagloriaba de haberlos criado á sus pechos. — 
Kn todo fué extraordinaria aquella noble matrona. 

Cuando Sé suspendían las operaciones militares 
por la rigorosa estación del invierno, la incansable 
Isabel acudía solicita al centro desús dominios, ;i es- I 
lahlecer saluda (des mejoras en la administración y I 
á proporcionarse recursos y gente para continuar la i 



campana, Eo aquella época visitó el sepulcro del 
apóstol Santiago v estableció el hospital de peregri- 
nos que hoy se conseva en la capilla de Galicia. 

Rendidas al valor de los castellanos todas las pla- 
zas fuertes y castillos del reino de Granada, sulo fal- 
laba para coronar !a deseada empresa ocupar lacapi' 
tal y en el mes deabrjl de 1 191 se presentó ata vista 
de Granada el formidable ejército cristiano al man- 
do de su Católico Rey. Muchas son las páginas que 
ocupan lodos los historiadores al describir el sitio y 
loma de aquella ciudad, por Jo fecundo que fué en 
hechos gloriosos para nuestras armas: la presencia 
de Isabel en el campamento tuvo tal ¡«fluencia que 
habiendo acontecido en él a mediados del mes de 
¡alto un voraz incendio que dejólodastas tiendas re- 
ducidas á ceniza, manifestó la reina deseos de que en 
aquel mismo sitio se edificase una ciudad, y para 
los primeros dias de octubre vióse allí levantada San- 
la Fé. Tal era el mágico influjo que egercia aquella 
soberana en e) ánimo de sus vasallos! 

Llegó por tin el deseado dia 2 de enero de 1492 
y el eslandarle de la media luna cayó derrotado de 
las torres de la Alb.mibra para sustituirlo hasta a 
consumación de !os siglos con el signo de nuestra 
redención. 



StiTji- qm- Filomena, 

la ii ¡nía de los prados, 
la de los quince abriles, 
la de risueños cantos, 
cual ninguna traviesa, 
con stililt'S engaños. 
al niño Anuir habia 
para siempre fijado. 

En blanca mariposa 
de matice* dorados 
Amor por engañarla 
se habia transformado. 

Pero ella pronto opuso 
otro ardid al tirano, 
y e] que crevó burlarla, 
encontróse burlado. 

La picaruela niña 
en solitario campo, 
de aromáticas yerbas 
ricamente alfombrado, 
dispuso enlre guirnaldas 
de llores y de ramos 
un voluptuoso lecho, 
y Amor que desde un árbol 
la v ¡era en él tendida, 
su belleza upiuirando 




estuvo embebecido 
un larguísimo ralo. 

¿Y cómo no, si era 
[lelísimo traslada 
do la q,ue en Citare» 
recibe el holocausto 
de ludo ser sensible? 
Su cabello dorado-, 
,ii,nr cual la seda, 
caíale ondú laudo 
sobre la blanca espalda 
tersa como alabastro. 

Era un rielo su frente,. 
t sus ojos dos dardos, 
poderosos rivales 
de los que trae guardados- 
bajo sus [lernas alas 
el mismo Dios alado. 

En su boca tas gracia» 
pródigas derramaron 
el azahar y jazmines 
aromas regalados, 
Azucenas los dientes 
paree en en lo blancor 
fresquísimos claveles 
sus labios encarnados, 
y el delicado culis, 
tan uno y nacarado, 
al niño Dios ronvida 
mil veces ¡i besarlo. 

Creyéndota tformida 
se atrevió... ¡ temerario T 
Y en su fresca mejilla 
se puso el. muy osado. 

Luego pasó 4 la otra. 
y después mas abajo 
en su barbilla linda 
quedóse descansando. 

Mas ¡avl que nu descansa -- 
¿Que tienes, di, bellaco?.. 
¿En sosiego no gozas 
na bien tan envidiado?.. 
El rapaz está inquieto... 

lAb.... Ya el molivo alcanzo: 

es que la bella nula 

traviesa, jugueteando. 

con su boca hechicera 

un beso le ha lanzado. 
De sí mismo no es dueño, 

su puesto abandonando, 

loco en su desvarío 

se ha posado en sus labios, 
Y niiroT... ¡oh prodigio! 

mis ojos alcanzaron 

á ver en su barbilla 

y sitio que ha ocupado 

el mas gracioso hoyuelo 

que el peso tierno, blando, 

del Cupidillo hiriera... 



Entonce he recordado 
que en su mejilla el niño, 
en delicioso rapio, 
contempló de sus rosas 
el matiz delicado, 
y tomo á ellas mis ojos, 
y observo... qué milagro! 
que su presión levísima 
igual huella ha di jado. 

i un estas gracias nuevas-, 
y estos nuevos encanto», 
admiróla Amor mismo, 
y bebió arrebatado 
néctar que de su boca 
á la del tierno esclavo 
ilia eulre mil delicias 
la hermosa destilando. 

Interéseme al punto 
en tan seductor cuadro, 
y formé mi proyecto, 
y fu une paso á paso, 
donde A¡uur y la bella 
yacían eslasiados. 

Me acerqué, y envohíles 
en Amorosos lazos, 
que de olorosas flores 
les tejieron mis manos. 

Y cuando los creía 
tener aprisionados 
huyó mi dulce sueño, 
y con él ¡cruel liado! 
Amor y l'ilomena 
huyeron de mis brazos. 



REVISTA DE MODAS. 

Mistriss Blooíiier, que como saben ya nuestras 
lectoras se había propuesto sacudir el yugo de la Mo- 
lla, adoptando un nuevo Iragc que sin putier en tor- 
tura nuestro físico dejase en plena libertad el espíri- 
tu y el cuerpo, lial.ua conseguido en efecto que sus 
emisarías despachadas ;i Inglaterra hallasen oido eu 
I alguna:- de las partidarias mas acérrimas de la Moda, 
; liaeiétuhitas desertar de las lilas de esta voluble dei- 
! dad. Pero la Hoda, que no pudia menos de alarmar- 
le á vista dle tan inminente peligro, corrió al ins- 
tante a sofocar aquella naciente rebelión, Y presen- 
tóse eu el combate blandiendo las únicas armas que 
podían asegurarle la victoria: el encanto, la ele- 
gancia, la originalidad y el buen gusto. 

Eu efecto, tiempo lia que nuestra teilelte no su- 
fría innovaciones tan interesantes y peregrinas. Los 
chalecos han sido decididamente adoptados para es- 
te invierno, si bien con algunas reformas que les co- 
tnimirau mayor elegancia y sencillez: báseles añadi- 
do largas mangas que permiten tenerle en casi, y 
sirven de adorno debajo de] sobretodo que se usa en 
los días de Trio, i5 para salir. Los mas sencillos son de 



piqué blanco con el cuello derecho y tres órdenes 
de guarniciones; otros de muselina ricamente bor- 
dados, formando una especie de plumagcs con tras- 
parente rosa, azul y Ida: las mangas están guar- 
necidas de encapes. 

Los sombreros son mas graciosos y los adornos 
ricos y sencillos á la vez. Los mas generalmente líe- 
vados son de terciopelo de dos matices, gris claro y 
castaña, con plumas enlazadas en lumia ¡Se guirnal- 
da; de terciopelo azul oscuro y azul de Francia con 
encages negros, y de terciopelo verde inglés con 
magnificas cintas aterciopeladas color verde oscuro. 

Los adornos para la cabeza están generalmente 
formados de llores, y son de lo mas elegante y gra- 
cioso: en todos ellos dominan las margaritas, los cla- 
veles y las rosas. La guirnalda Cgalde es una diade- 
ma de blancas margaritas de los campos y de espi- 
gas sazonadas. También se usa, yes una encantado- 
ra novedad, una redecilla de terciopelo negro recor- 
tado como un encage, la cual se adorna con rosas y 
otras flores. 

Como si todo hubiera de ser lujoso y elegante 
este invierno, basta los tragesde mañana estarán en- 
riquecidos de blondas, de bordados, de seda v de 
azabache. Las batas son de casimir guarnecidas de 
anchas franjas de terciopelo recortado ni mas ni me- 
nos que un encage gótico, y Torradas de salen rosa, 
azul ó blanco. 

Los vestidos, que continúan llevando cuairodr- 
denes de volantes, no tii o aun eolor alguno desig- 
nado, si bien abundan niucho los amarillos y color 
de cereza. 

Y en fin, para terminar esta ligera reseña de lo mus 
notable que la moda nos ha ofrecido últimamente, 
llamamos la atención de nuestras suscritoras hacia el 
figurín que les repartimos con el presentí' número, y 
con especialidad sobre el tan interesante como ori- 
ginal abrigo que hallarán en él. 



UN MES EN LA ALDEA. 

(COríTINEACION.) 

t na hora después de la escena que hemos pre- 
senciado un batallón de aguerridos soldados se ponía 
en marcha hacia el castillo del señor De. Futre aque- 
llos bravos campeones caminaban nuestros cuatro jd- 
veoes poseídos de bien diversos pensamientos; para 
tres de ellos, que- ningún recuerdo los ligaba á aque- 
llas montanas, era una espedicion molesta por la lluvia 
que calaba basta los huesos, pero que les ofrecía á su 
conclusión mi buen rato; porque tal vez cacrian en la 
trampa aquellos dos formidables enemigos, y sobre 
todo porque se trataba de mi portento de hermosura, 
y esto era Jo suficiente para que el camino no fuera 
resbaladizo ni pesado. Además las palabras que ha- 
bia vertido el marqués eran una gran tentación de 
curiosidad para nuestros jóvenes, porque habiait tras- 
lucido en ellas una historia llena de peripecias. 






Enrique, triste y meditabundo, caminaba como 
por máquina; sin aquel monótono compás míe inter- 
rumpía el silencio solemne de la noche, nías de una 
vez las montañas hubieran repelido bis suspiros que 
su pecho exhalaba, 

hi'spues de algunas horas de 1111:1 marcha difícil 
y pesada, en que nuestros bravos apenas podían do- 
minar la fatiga al trepar por aquellas montanas, la 
i"i de alto hizo que el joven clavara sus ojos en 
aquel castillo, blanco de todos sus ensueños de fe- 
licidad. Entonces si que sintió que las Tuerzas le 
abandonaban al considerar que él era uno de los que 
sitiaban el castillo de su amada, de aquella criatura 
por quien él hubiera dado gustoso su existencia. Fu 
ese momento se le representaba con aquella corona 
Id ama, présago feliz de su unión para toda una eter- 
nidad: el joven la reía de rodillas amparando a su 
anciano padre, cruzando las manos sobre su pal- 
pítame seno y rlaiaudo los ojos en él, como dicien- 
do sálvale; y al ver que el joven permanecía como 
una estatua, arrancar de su preciosa Trente aquellas 
(lores, emblema de inocencia y amor, y arrojármelas 
esclamando: no eras digno de respirar su aroma. 

Después el joven contemplaba aquel rio silen- 
cioso que el manto funerario de la noche parecía ro- 
dearle de sombras misteriosas, v recordaba las veces 
que había guiado la barquilla de aquel ángel de paz 
y de candor, de aquel ser que era saludado por do 
quiera como el genio del bien. Hasta aquellas mon- 
tañas tan tranquilas parecían revestirse de triste su- 
dario, cuando la discordia civil penetraba en aquel 
recinto, donde el dedo de Dios parecía colocar una 
ralla para detener al hombre; el eco de los montes 
«respetad ese asilo de sencillez y de paz.» 

Todas i'stas reflexiones cruzaban por la mente dei 
enamorado marqués, mientras su gafe, que no tenia 
una imaginación tan poética, v sobretodo no estaba 
enamorado, sitiaba el castillo, y después de tomar bien 
todas las precauciones din dos grandes golpes en la 
puerta. Fu este momento no es estrado que Enrique 
palideciera al ver á la pobre María, pálida como la 
imagen de la muerte, que con voz temblorosa pre- 
guntaba quién era. Abrid! gritó el gefe, en nombre 
déla reina nuestra señora. Pocos momentos después 
toda la oficialidad ocupaba aquel mismo salón donde 
Enrique bahía pronunciado: "antes que Ida la pa- 
Iria, antes que el amor el deber. 

María permaneció delante de la chimenea como 
una eslálua: jamás lijó bisojos en el joven marqués^ 
lo cual no fué poca suerte para él, pues una indis- 
creción de la buena mujer podía haber ocasionado 
una esplícaciou que síis labios siempre hubieran re- 
chazado. Por fin Jlaría fué interrogada , — Seos acusa 
ilc dar hospitalidad á los enemigos del legítimo tro- 
no de España. La pobre mujer ni una palabra en- 
contró que contestar. — Id á deeir a vuestra señora 
que la esperarnos, porque vns no servís para estos 
casos: que nada tema, pues los que cítien esta glo- 
riosa espada saben respetar á las damas. 



B 




María entonces entró en el aposento de. Ida, y 
después de un turto intervalo, que iodos esperaban 
con la mayor ansiedad por la Tama que tenía la no- 
ble careliana de estraordtiiariameutc hermosa, vol- 
vió á aparecer acompañada de una joven cstremada- 
mente india; pero cuál fué el asombro de Enrique al 
no ver eit ella á Ida! No tenia su noble majestad ni 
aquella mirada que lodo lo eclipsaba; le pareció be- 
lla y candorosa, pero semejante ¡i esos preciosos co- 
gollos f n que la nalnraleüa licué oral los aun sus mas 
brillantes atractivos. A la aparición de aquella niña 
tan candida, tan pálida y la» temblorosa, que se 
presentaba con los ojos clavados en el suelo, todos 
experimentaron un hundo reinnrdiinienln de haber 
perturbado el tranquilo sueno de la inocencia. Klla 
se adelantó ron paso vacilante basta el gefr, el cnal 
non !a mayor galantería le presentó el sillón que él 
mismo ocupaba, permaneciendo de pié ó su lado. 
Enrique comprendió que este era un medio para ha- 
cer representar el papel de Ida y sustraerla de lanías 
miradas indiscretas como se hubieran íipniii en ella; 
y ron el egoísmo de amante sintió que su pedio se 
dilataba y que respiraba mejor. Lu niña fué interro- 
gada y contestó con un acento tan paro de verdad, 
que todos creyeron en la sinceridad de sus palabras. 

— I^s cierto, señores, que tul padre y Pedro ton 
permanecido aquí algunos días; pero unos despachos 
que recibieron les obligaron mas pronto de lo que 
pensaban á condenaron' a esta soledad tan triste que 
rae rodea. Y después de una breve pausa continuó: 
— Caballeros, os suplico queme sigáis a las diferen- 
tes habitaciones del castillo para que podáis dar en- 
tera fe i la verdad de mis palabras. 

ül gefe calculó que si realmente estaban allí de 
ninguna manera podían escaparse por lo bien toma- 
das que tenia todas su* disposiciones, y después con- 
vencido ile! acento de inocencia con que ia joven se 
había especiado, y obedeciendo á los sentimientos 
de su corazón, que le mandaban hiera galante con 
aquella criatura tan bella como sencilla, le presentó 
del modo mas gracioso que le fué posible lainanu, y 
la condujo basta la habitacii intígna protestándo- 
le que aquellos ojos tan hechiceros u» podían abrigar 
la falscd ¡d. 

lodos lo* oficiales se inclinaron respetuosamente 
á su paso, dominados por ese magnetismo que ins- 
pira en el corazón humano la belleza y el candor. 
Después deliveraron algunos momentos sobre lo que 
se dehia hacer, y nado cual trató de pasar el resto de 
la mulie b mejur q Qe i,. ( mrt ti(K¡ ]\ t ] eM 

'Se continuará.' 

Xalalla a. ,|,. j rrrjiín. 



COMUMUADO. 



Señoras Redactaras de La ¿fufar. 

Muy señoras mías: Como snscritora que a 
le el principio ¡i su apreciable periódico, y habiendo 



reJleiionado que ningún otro es tan a pro pósito como 
el suyo para el objeto que me propongo, que es el 
de procurar desvanecer un error ó equivocación cu 
que están muchas señoras sobre los efectos que pro- 
duce el Agua dt Javrlle ó composición química que 
se usa paca sustituir las coladas de ceniza al hacer el 
lavado v quitarlas manchas en Ja ropa blanca, y por 
la cual puede practicarse el lavado, aunque sea en 
todas tas casas, rnn grande economía de tiempo y de 
dinero, ycoii la ventaja de durar las prendas macho 
mas tiempo que ron las roladas de ceniza; y como 
esta industria privilegiada por S. W. se tiene en ca- 
sa, y oímos \ erice estas ideas con frecuencia, siguién- 
dose inmenso perjuicio á nuestros intereses, asi como 
también á todas las familias que no la usan por creer 
en estas especies equivocadas, he de merecer de su 
mucha bondad se sirvan insertar en su apreciable 
periódico *'-la iJianilestarion, ;i tiu de que i :i\a des- 
apareciendo este error ií mala inteligencia, y se sir- 
van probarla. 

Practicada la operación con arreglo al prospecto 
ú método de ludirla, se convencerán por la espe- 
rietteia de los buenos resultados que produce, y dis- 
frutaren de las muchas ventajas que proporcionan, 
poniéndonos cuanto antes i-u este particular á la al- 
tura en que están Jas muchas naciones estrangeras 
que la usan ya generalmente por la convicción que 
tienen de sus buenos efectos, y que han desterrado 
totalmente las coladas de ceniza como menos con- 
fuientes para la duración de la ropa, y mas costo- 
sa, dilatoria y molesta en sos operaciones, asi eomo 
también muy difícil de realizar en las casas, razón 
principal por la cual licúen que llevar la ropa al rio ií 
liarla á las lavanderas en cualquier estación que sea 
del año; siendo asi que con este agua bien usada pue- 
den evitarse aun por las mismas lavanderas los rigo- 
res ile las estaciones. 

Ruega á ^ ds, le dispensen esta molestia su afec- 
lisimasuscritnra— Irfrlatda Suiimíü. 



-* > » »E | Q-l«t«-*-«*- 



ADVERTENCIA. 






Suplicamos á nuestros corresponsales de provin- 
cias se sirvan remitirnos las cantidades que eiislan 
en su poder, importe de las auscriciones á nuestro 
periódico. 



Asimismo rogamos á las suscritoras de provin- 
cias de los puntos donde no hay corresponsales, re- 
nneven su susrríeiou en libranzas de Cocéeos, 
desean continuar recibiendo el periódico. 



a- 



MADRID 1851. 
liuprc-itm ilc iloii .f i>«,t- s rojlllo, li 

Calle tie María Cristina, número 8. 




Año I. 



Domingo 16 de noviembre de 1861. 



Nura. 16. 



LA MUJER, 

PERIÓDICO 

escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Este periódico sale iodos tosdomingos; se suscribe ta KaJridfn. los librerías de Horiier y de Cuesta, .i ir?, al mes; j en prorin- 
ei*s 10 fs. por úbí meses fraticu de porte, remítitn ounalibran/a a ramrtl* narstrc impresor, 6 scllosde Tranqueo. 



ADVERTENXIA. 

Suplíeainos á nuestros corresponsales de prov in- 
cias se sirvan remitirnos las cantidades que existan 
en su poder, importe de las susericiones á nuestro 
periódico. 

EL PORVENIR DE LA MUJER. 

(cpSTUrífA.) 

Siguiendo el orden que nos hemos propuesto ul 
discurrir sobre el porvenir de nuestro sexo, ¥ según 
lo prometimos en nuestros anteriores artículos, tó- 
caiios boy hablar de nuestro pasado, de la posición 
que ocupamos en la notoria, de la posición que tos 
hombres nos reservaron en las antiguas suciedades. 

Ya se habrán Ligurado nuestras amables lectoras 
que al prometer ocuparnos de la historia de la mu- 
jer no ha sido nuestro ánimo entrar en un examen 
minucioso y detallado de todas las funciones y pa- 
peles que han desempeñado las mujeres en todos y 
cada uno de los siglos que cuenta la suciedad. Xi es- 
to es necesario á nuestro propósito, ni obra tan 
grande puede ser contenida en los estrechos limitas 
de nuestro periódico. Bastará que en el indisputable 
progreso del mundo señalemos con la historia en la 
manóla línea asceudenlal por donde camina la mujer. 

¿Qué fué la mujer en el principio del mundo por 
espacio de muchos siglos? Creada, como liemos di- 
cho en uno de nuestros artículos, para compañera 
dei hombre en todo y por lodo, no lardó en perder 
Iodos sus derechos. La sociedad en la infancia, ca- 
minando á osc-uras por el inmenso campo de los fi- 
nes á que fué creada, no pulo hacer desde luego 
leves sabias para su gobierno, que fundadas en la 



razón fuesen capaces de satisfacer lodos los dere- 
chos; mas aun. no hizo ninguna, nu tuvo mas ley 
que la fuerza del nías robusto, mas feroz ó mas osa- 
do. La mujer de consiguiente no pudo desempeñar 
papel alguno en esta época: de formas mas débiles 
ó delicadas, hubo de ceder y aguamar ol \u>ro que 
Ja ferocidad del hombre quiso imponerle, apovándo- 
se en la superioridad que le daba su constitución mas 
robusta. Las conset in-tictas iien*sarianieiile debían 
sernos funestas; poco desarrollada aun la razón de) 
hombre para tener ideas claras de la justicia, sus ar- 
bitrariedades respecto á nosotras hubieron de ser 
muchas, nuestra esclawtud inevitable. No mereció 
la mujer otras atenciones que las consiguientes á las 
gracias físicas de su naturale/íi; no luvoolro deslino 
que el Je concurrir con el hombre á la población 
del globo. 

De ahí la suerte que estuvo reservada á la mu- 
jer durante muchos siglos, hasta que predicando el 
Redentor del mundo la libertad de] género humano 
elevo el matrimonio á sacramento y destruyó la po- 
ligamia, umversalmente aceptada, y estableciendo 
la teoría de la justicia mas sublime, sacó á la mujer 
de la abyección en que yacia. El cristianismo fué el 
áncora de salvación para la mujer, cuando hizo co- 
nocer al hombre que la que habia tenido por su 
sierva debia ser su compañera en la peregrinación 
de la vida. Nuestra posición cambió en un lodo, 
nuestro porvenirquedó despejado. Si en lo futuro 
el hombre oprimía nuestra débil naturaleza y nos re- 
legaba al desprecio, no era culpa de su ignorancia 
ni de su ceguedad; lo seria de su egoisnio: porque 
sus ojos estaban abiertos á la luz, y el dedo del Se- 
ñor le había impuesto ese precepto consolador. Y no 
seria inoportuno al hablar de esa religión saula v 



salvadora recordar A tos hombres In abnegación, el 
valor y el heroísmo con que ía mujer coniribuyo* ;i 
su defensa. Las acia» de los mártires MÍ si en en eJ 
mundo para nuestra "loria, \ sin duda alguna con- 
tienen en sus páginas mas nombres de seres ¡íerle- 
necientes ¡i nuestro sexo, que del Fuerte y vigoroso. 
Y eso que las pruebas á que se sometían eran bár- 
baras, terribles, y era necesario para arrostrarlas to- 
da la fortaleza humana y el ¡tusilio de la divina 
¡Cuántas veces sin embargo la delicada v tierna vir- 
gen ó la Daca anciana bicieron humillarse el inmenso 
poder, el execrable orgullo de los perseguidores de] 
nombre cristiano! ¡Cuántas ante su valor sublime, 
ante su inatacable fé, se cubrieron de vergüenza v 
de mancilla las fíenles de Serón J de Galeno) 

Pero por desgracia los instintos del hombre son 
guiados á la opresión y al fililí, y al transcurrir al- 
gunos siglos el tiempo nos euconlrti aprisionadas ron 
las mismas cadenas, marcadas con el mismo sello de 
esclavitud que en las remolas edades. Infortunada- 
mente esta verdad es bien conocida para que nece- 
sitemos desentrañar la historia á fin de darla á rono- 
rer: semejante trabajo seria muy prolijo para nos- 
otras, y nos basta apuntar el herbó sin señalar su 
causa. Pero es loríenlo que cuando la luí del cris- 
tianismo debilitó sus resplandores, cuando la cíe"* 
humanidad cerrú su coraron á la fé, perdió la mu- 
jer todos sus derechos, todas las esperanzas que lan 
valerosamente habia conquistado. ¿Quién al recor- 
dar, por ejemplo, la edad media, en que la mujer 
solo era considerada 

Como ave dt humosa pluma 
DeMinada á entrtttntf, 
oo advierte la gran distancia que habíamos andado 
hacia atrás, el raueho terreno que habíamos perdido 
y la enorme diferencia que con respecto á nuestra 
situación «isie enlre esa oscura edad y los primeros 
siglos del crislianismo? 

Basta por hoy sobre asunto lan interesante, que 
■i nnestro pesar nos vemos obligadas á suspender, 
atendidos los limites de nuestra humilde publicación. 

EHLUiiriÁSiiumi 

«« Dolare* « l»nbei Kola na. 






¿Por qué reina un» férvida alegría 
En la sania mansión de dichas llena 
Do encuentra con usura e! alma pia 
Premio inmortal i su terrible pena ? 



¿Por qué suenan mil cantos armonios» 

Y lloran de placer las justas almas, 

Y los bellos arcángeles garosos 

A los |iiés del Señor baten SOS palmas? 

¿Par qué c! sagrario de inmortal consuelo 
Con brillante- esplendor huy se ilumina? 
jlis que vuelve gozosa al pálrio cíelo 
Un olma en este inundo peregrina! 

En l ti- un corn de fúlgidos querube* 
Dos niñas en arcángeles trocadas. 
La regio n atraviesan de las O u lies 

Y á las ¡llantas de Dios llegan turbadas. 
Dolores é Isabel, Dores hermosas 

Del mundanal pensil, jimias crecieron 
Compitiendo en virtudes generosas, 

Y una tras otra á su Señor volvieron! 
¡ Ay, en vano la muerte funeraria 

Intenté separar sus almas bellas I 
1.a que quedó en el ojiiiuId solitaria 
Llevo a su ¡jeiior tristes querellas; 

Y el Señor la escucha. pur siempre unida* 
A Sus pies guiarán dulce ventura. 
Sus angélicas voces confundidas 
(iracias le dan con sin igual dulzura. 

Mas ¡ay : un eco do dolor lejano 
Interrumpe su canto : sin consuelo, 
Fresa su padre do un dolor insano, 
Sus tristes quejas elevaba al ciclo. 

Señor, tú que comprendes 
lli horrible sufrimiento, 
Aplaca mi tormento. 
Apiádate de mi - 

Eran nú bien, nú gloría , 
La lu/ de mi existencia, 
¿Qué liará sin su presentí* 
La triste madre oqiii? 

Contémplala llorosa, 
De duelo henchida el alma, 
¡•in encontrar la calma 
En esta soledad. 

Tú que eres dulce amparo 
Del misero adijido, 
Las hijas que he perdido 
Vuélveme por piedad l 

Serán báculo hermoso 
De mi vejez sombría: 
A\ ' solo en II confía 
Mi pobre curazonl 

Mas si atender no quieres 
Mis tímidas querellas, 
liarme volar con ellas 
A su feliz mansión. 

Calló: el Señar con interés profundo 
Interrogo á las nulas con dulzura 
Sí anhelan otra vez volver al mundo 
Y taima r de sus padres la amargura. 



A responder no acierta 
Dolores ruborosa, 
Pero Isabel hermosa 
Hesjionil»; por las dos. 

—Señor, de vuestra Empíreo 
He visto la belleza , 
La célica grandeza 
He visto ile mi Dios. 

* t Ay, cuan pequeña y triste 
La tierra es á mis ojos! 
Allí no hav mas que abrojos . 
Dicha inmortal aquí l 

El sol es triste imagen 
De vuestro rostro bello, 
Su fúlgido destello 
Opaco es para mí. 

Cruza una estrecha senda 
De simas rodeada, 
De empinas tapizada 
La tímida virtud. 

Con celestial concento 
El vicio la seduce, 

Y cauto la conduce 
Al fúnebre ataúd. 

¡Ay de ella si flaquea! 
; At de clin si vacila! 
El vicio que vigila 
La arrastra seductor. 

Entre tormento y llanto 
Yí',v la rata humana: 
¡feliz la Jlor tumpraiio 
(Jue espira sin dolor! 

V junto á vuestro tronu 
¡Oh Dios omnipotente! 
Su cántico ferviente 
Entuna sin cenar. 

Al que en el inundo llora 
Espera dulce palma, 
(Jue purifica el alma 
La copa del pesar. 

Las dos á vuestras plantas 
Por él us rükxtémoa , 
Intérpretes seremos 
De su fatal dolor. 

Hasta el hernioso dia 
(Jue vuelva á vuestros braitos 

Y en sacrosantos lazos 
Nos una vuestro amor! 

Calló Isabel, se sonrió el Eterno,, 
Y desde entonces con afán profundo 
Amparan con su manto ,it padre tierno 
(Jtie cumple su destierro en este niuudv! 

.1113' !» (ira**!. 



MUJERES tÉLEBRES. 

ISABEL JA CATÓLICA. 

ffTOXTlSCACIOS.) 

Concluida la guerra con ios sarracenos, que por 
espacio dé ocho siglos hablan usurpado nuestro ter- 
ritorio,; la rxerdica Isabel, con su incansable celo pnr 
la propagación ile lafé y ehgrandecñníerjto de sus es- 
tados, emprendió otra óhti no de menos ¡mporlau- 
i cía que la que acababa de consumar, para eterna me- 
moria de los españoles. 

Cristóbal Colon, el descubridor del PftteVo 
Mundo, que en vano halda buscado en las princi- 
pales cortés d*' Europa tm apoyo para realizar su 
proyecto, lo encontró por lin en la inmortal Isabel. 

"Alpinos anos halda estado Colon ea España sin 
poder conseguir los aurilios que demandaba, tanto 
porque la guerra contra los moros absorbía lodoskfs 
reenrsos del erario, como porque l'evnaiuio y sus 
consejeros tttvrferoi] aquel provéelo por quimérico é 
irrealizable: mas hiepv (¡»e babel concluyó [a cou- 
quista de Granada, lomó bajosu protección la svén- 
Inrada empresa, y empeñando sus alhajas, como ya 
otra vez lo hulita hecho para sostener la guerra, co- 
rnnti Ins desvelos del intrépido marino, y el 17 de 
ahrif del memorable ano de 1432 se iinnaron Jos 
datados para la espedicion. 

Con lal actividad se hicieron los preparativos pa- 
ra aquel viaje que el -i de agosto siguiente se dalia á 
la vela en el pequeño puerto de Palos mía flotilla 
de tres naves, a las órdenes de] almirante Colon, y 
el 12 de octubre las eougeturas de aquel hombre es- 
Iraordiuurio era» ya una realidad. Arribó á aquellas 
regiones desconocidas, lomó posesión de e|!:¡- i 
nombre de los reyes Calóñeos, y en abril de 1-1-1)3 
llegó de regreso;) la corle de líarceloua, demostran- 
do cu los, magníficos présenles que Iraia la impor- 
lancía de su descubrimiento. 

Mucha fama había adquirido Isabel por el esler- 
uiiiiiii de! imperio árabe en España; pero el descubri- 
miento del Nuevo Mundo, debido á su fé y á sus 
particulares esfuerzos, la elevaron á un concepto une 
gocas celebridades habrán llegado á disfrutar; yaim- 
que para ájannos escritores sea tm problema las con- 
secuencias de prosperidad que adquirió España por 
aquel suceso, muchos hombres ilustrados opinan 
que sus consecuencias morales han sídy superiores á 
toda estimación. 

El intrépido y fiel navegante, que fué dignamente 
colmado de honores y distinciones por nuestros Ca- 
tólicos Reyes, emprendió su segunda cscursiou con 
una esc naura compuesta de diez y siete naves, que 
salió del puerto de Cádiz el 2o de setiembre del 
mismo aílo. 

Fecundo fufe en acontecimientos importantes 
aquel feliz, reinado; mi el se estableció laminen laim- 
preula y empezó á florecer el teatro, y por nuestra 
parte nos aventuramos á decir que eu ninguna otra 



época, anterior ni posterior, fué la mujer en Ensila 
ni mas considerada tii mas instruida, 1.a marquesa 
de Montenegro, D," María Pacheco, D.* Beatriz (¡a- 
lindo y D,* Francisca Lebrija, que enn otras mu- 
chas señoras brillaron en virtudes y literatura, justi- 
fican nuestro aserto. 

{Conociendo nuestros Católicos Reyes las venta- 
jas que podría reportarle á la paz general (pie de- 
seaban el enlace de sus hijos con príncipes podero- 
sos dfí las casas reinantes en Europa, desposaran i 
Ü. 1 Isabel con ü. Alfonso, heredero del reino de 
Portugal; :i i). Jumi el principe de Asturias ron 
Ü*. Margarita, hija tlrl emperador Masiiniliano; :i 
D*. Juana r.im D. Felipe, hermano de aquella prin- 
cesa, y á D." Catalina con el principe heredero tic 
I la casa real de Inglaterra 
Pero en medio de tanta prosperidad y felices aus- 
picios para el porvenir, un acontecimiento desgra- i 
ciado lino á turbar la ¡degria de la afortunada Isa- 
bel.- I), Fernando fué herido de gravedad en Barce- 
lona al salir de su palacio por un fanático, y aun- 
que sano rápidamente de so hernia, el coraaon de su 
sensible esposa se llenó de pesar y amargura. 
Algunas crónicas refieren otro suceso no menos 
peligroso ocurrido á Isabel en aquella misma ciudad. 
■Hallábase ii iiiliíi la reina, dice el cronista, paseando 

■ por el mar «tt una pequeña barca: de repente riño 
un huracán tan violento que no era posi Me aproxi- 
marse ;í la milla ni era menos psputwiu permanecer 
mas adentro. Entre las personas que formaban el i 

■ acompañamiento de la rema se hallaba Con/.alo de 
Catéala, y conociendo el riesgo eu que se hallaba 
su soberana, la suplicó que se cuntinrn á su celo y 
á sus esfuerzos, y arrojándose con ella al mar la sa- 
có ron felicidad á la playa, que estaba cubierta de 
gente atrailla por el rtiiunr del peligro en que se ha- 
llaba !>.* Isabel: » Es muy de cslrañar que de un 
acontecimiento tan grave no hagan mención los his- 
toriadores, aunque no fuera mas rpte para refutarlo 
si lo tuvieran por apócrifo; 

También los moriscos refugiados en las Alpujar- 
ras ocasionaron serios disgustos á Isabel, subleván- 
dose contra so autoridad, y costando mucha sangre y 
sacrificios el derrotarlos; pero aquel desesperado es- 
fuerzo produjo la completa ospulsiou de la raza en 
nuestro territorio: los que no se convirtieron al cris- 
tianismo se vieron obligados d pasar al África. 

Pero aquellos pasageros- contratiempos solo fue- 
ron preeiirsores de los terribles golpes enn que la Di- 
tina Providencia puso á prueba el sufrimiento de hj ¡ 
cariñosa madre. El ¡rifante D. Juan á los 18 años 
de edad, pocos días después de efectuado su enlace 
con Margarita , murió en Salamanca cu los brazos 
de su infortunado padre; y temiendo el prudente 
monarca por la vida de su esposa al recibir tan triste 
nueva, usó el ardid de que le dijesen que él era el 
muerto, y presentándose á ella en seguida y abra- 
zándola tiernamente, le dijo: «?ío soy yo sino nues- 
tro hijo, el que acaba de morir,» y aquella afligida 



señora le contestd con evangélica resignación: «Dios 
me todíó, y Dios me lo ha quitado ; alabado sea «u 
sauto nombre.» 

La infanta Doña Isabel, heredera inmediata del 
trono de Castilla por fallecimiento de su hermano, 
que bahía casado en segundas nupcias con Don Ma- 
nuel, rey de Portugal, falleció también pocos meses 
desjmes en Zaragoza de sobreparto, y pora colmo 
dr amargura de la desconsolada Isabel, el infante 
que había dudo ú Jur.su hija y en cuya existencia se 
cifraban las halagüeñas esperanzas de convertir en 
una sola nación el territorio de Ja Península , tam- 
bién falleció antes de cumplir dos, anoü. 

Se continuará. 



&& <sw»a, ^acaaa» 



¡Cuántos amargos pesares 
Mi doliente seno agitan 
At verle, mi cuna amada. 
Por mi desgracia racial 

Ayer de tu blando seno 
Tiernos quejidoa salían; 
Ayer color le prestaba 
El puro cuerpo de Elvira. 

^ eras tú sola en el mundo 
Mi amor, mi orgullo, mi dicha, 
El fanal en que guardaba 
La antorcha del alma rnía. 

¿No habéis visto la paloma 
Cuando su vuelo encamina 
Veloz, corlando los aires 
Para alimentar su cria, 

V encuentra el caliente nido, 
(Juo roja sangre destila, 
Despedazado'}- deshecho 
Por el ave de rapiña? 

¡río habéis oido las quejas 
Que en su afán al aire libra, 
Y los lamentos que lanza 
Por su ventura perdida? 

Pues así mis tristes labios 
Al cielo su queja envían, 
Porque ha empañado la muerte 
La estrella de mi alegría. 

Dulce lecho destinado 
Para formar mi delicia, 
¿Por que, por que tan temprano 
En ataúd le anticipas? 

Ay ! ya nunca con mí mano 



Te meceré, ni á mi vista 

Aparecerá en tu fundo 
Tu encao ladora sonrisa ! 

Vosotras las que de madres 
Ceñís la corona pía. 
Lastimaos del tormento 
Que mi pecho martiriza! 

Así llorando su pena 
Del aire turba la calma 
La pobre Laura, y lo llena 
Con los suspiros del alma. 

Mientras que en fúnebre canto, 
V coronada de flores. 
Conducen al campo santo 
Ai ángel de sus amores. 



UN MES Ej\ LA ALDEA, 

(cONTIXDACIOÍí.) 

Los huéspedes y habitantes del castillo De , des- 
pués de aquellos primeros momentos de confusión, 
parecía se liabian tranquilamente arrojado en los 
brazos del poderoso Morfeo; sin embargo, no lodos 
se colocaban de la mejor manera posible para con- 
jurar el cansancio que aquella marcha penosa les 
produjera, ni entre sueños deliciosos veian aparecer 
aquella niña encantadora que liabia producido una 
impresión tan grata en nuestros bravos , siempre dis- 
puestos á doblar la rodilla ante ¡a belleza. Entre ellos 
había uno que respiraba bajo el mismo techo que la 
mujer adorada ; habia uno que, colorado al lado de 
la chimenea, contemplaba los encendidos tizones 
que la mano temblorosa de María colocara al ver el 
tastillo invadido por aquella falange enemiga, según 
habia oido decir á la beila castellana. Ninguna luz 
iluminaba aquel grandioso salón, mas que aquella 
rojiza claridad que esparcía la chimenea , y refleja- 
ba en aquellos antiquísimos muebles , y hasta les re- 
vestía de un colorido siniestro. La leña, humedecida 
por el rigor de la estación , en ciertos momentos 
chisporroteaba, y aquel sonido que no produjera 
en otra ocasión ningún efecto y pasara desapercibi- 
do, en esta completaba aquel tristísimo cuadro. En- 
rique habia apagado todas las luces porque se encon- 
traba mejor en medio de la oscuridad ¡ hasta le pa- 
recía que coordinaba con mas facilidad sus ideas; 
casi echado en un silbo con los ojos cerrados medi- 



taba como siempre sobre los estraños acontecimien- 
tos de su vida , repasaba una por una las hojas de 
ese libro que grabara él mismo sobre el corazón , y 
repasando y volviendo á repasar lodos aquellos pe- 
riodos que tenían referencia con Ida mas de una vez 
se arrepentía de su glorioso sacrificio. 

El se preguntaba á si mismo qué valor daria el 
mundo á lo que su alma sufría , si lo llegara á com- 
prender, si llegara á notar aquella agonía perpetua 
que consumía su juventud: ninguno, repetía ei'jo- 
ven marqués con amargura, porque á los ojos de los 
hombres, ¿qué es clamor? Una ilusión que un rayo 
de luz hace desaparecer, porque estamos ciegos en 
el momento que la concebimos ; yo creo que sí ; creo 
que el amor que inspiran los goces materiales pue- 
j den producir ese e/opto en e! corazón humano, y los 
debemos rechazar porque no llenan las esperanzas 
que creo nuestra fantasía. Según esta triste teoría, 
¿cómo aparecerías tú á los ojos del mundo, mi an- 
gelical tila? Aparecerías como un ser vulgar, dirían 
eras una mujer hermosa que podía ser muy fácil- 
mente reemplazada por otra que reúna tus mismos 
atractivos, oque tal vez te superará. 

Y es esto cierto? >o , los que así espresan esta 
pasión no la han sentido, han caminado en medio 
de un mar borrascoso , han visto sus olas embrave- 
cidas prontas á confundirlos en el abismo; pero no 
esa luz pura que ilumina al ser querido; no han po- 
dido esiasiarse ron el aroma que esparce la inocen- 
cia donde quiera que respira; no han sentido lo que 
yo siento á tu lado, ángel hermoso, esclamaba el 
marqués; no han podido penetrar todo el encanto 
de uoa de esas miradas magnéticas que me decían: 
Te amo, Enrique, te amo, can la fé sencilla del 
corazón que pronuncia esta frase sagrada por la pri- 
mera vez ; ¿no te parece que cuando se escapa de 
nuestros corazones ese sonido, esa palabra tan dul- 
ce, lodo sonde? El cielo parece vestir ese manto 
azul tan divino como los rayos de la clemencia su- 
prema ; los pajarillos elevan con nosotros un himno 
de alabanzas al Criador; el arroyo mezcla su mur- 
mullo á nuestro acento; la naturaleza nos brinda 
con sus atractivos. 

Pero por qué así me perseguís, imágenes her- 
mosas de mí perdida felicidad? En este momento 
tal vez me maldices porque tú no conoces los tor- 
mentos que aniquilan mí existencia : y tienes razón, 
pobre nina; porque audaz te robé tus castos sueños 
de inocencia , y no retrocedí lleno de temor de pro- 
fanar con mis inspiraciones de amor aquella son- 






risa de' felicidad, que don divino de] cielo parecía 
destilarse basta tu precioso rostro: yo le trace un 
camino de delicias , sembrado de vaporosas (lores; 
hice mas, hice que lu corazón sintiera toda la poe- 
sía del amor, hice que nuestras miradas fueran mag- 
néticas y qge llenaran de esperanza y vida nuestras 
almas. V cuando te presentaste á mis ojos mas her- 
mosa, mas hechicera; ruando tus ojos me miraban 
de esa manera indefinible que me hacia estremecer; 
cuando lu frente Nena de rubor me entreabría las 
puertas del paraíso , y tu blanca mano me presenta- 
ba aquella antorcha que la emoción apenas te dejaba 
sostener, aquella antorcha que creíamos llenos de 
1 1" 1 nos iluminaría hasta el último momento de la 
vida , y nos uniría para (oda una eternidad; cuando 
tus labios estaban prontísimos á pronunciar: ¡Enri- 
que , soy luya! entonces una vo?, poderosa y ronca 
domino aquella frase del coraron , y vo que ávido 
de esperanza la aguardaba, ¿que es lo que escuché? 
"Jura ser traidora lu patria , olvida todos tus jura- 
mentos; los hombres le despreciarán, pero tú son- 
reirás en lus brazosde nua mujer adorada: el mur- 
mullo de reprobación que pronunciará el mundo, el 
anatema que caerá sobre tu caliera no penetrará has- 
ta el alfar donde se quema constantemente incienso 
al amor, > ¿Qué tice yo, Dios mió? Apagar de un 
soplo aquella antorcha y liutr como un insensato de 
este sitio fatal. 

El joven se cubrió el rostro con las manos. En 
aquel momento el crujido de un vestido de seda v el 
ligero paso de una mujer hicieron que Enrique abrie- 
ra los ojos todo lo mas qn¡e le fué posible ; porque 
era ella, era Ida. Al verle quiso retroceder, pero el 
joven marqués la detuvo con sus palabras respetuo- 
sas y sus íristes miradas. 

(Se l , "lrl¡l\tl,il;l. 
>*I»II« B. de Irrranl, 



I U SES0R.I D0V\ AlRELll DE CLIST 

ES LA VUEJtTE DE Sí Ul EKIIM HUÍ 

BO*A MARI A EUGENIA G. DE LA ti 

Sotujp. 

Enjuga, dulce madre, enjuga el llaulo 
One (ns ojos derraman á raudales: 
í>ie si sin Bcros Mis profundos males. 
Los causará madores i:i qnehraWot 

Unriií lu hija... el divinal eniaalot 
Brmrh'a rft los seres eeJestinlés, i. . 



Mas tendiendo sitó alas irrpinales 
ilu\ ó al cielo entre nubes* ele amaranto. 

Gime mi perhnde dolor transido 
Ante el ilecreln horrible de la muerte, 
Que rfíuala al indigente y poderoso. 

Oh dulce hermana! el llanto dolorido 
Enfoga, pues lo quiso infausta sunrie, 
\ es ni vida la vida de lu esposo. 

CeqUla, 



ADYERTEXÜlv 



Como verán nuestras lectoras en su hipar corres- 
pinidíente por La advertencia de nuestra ¡(preciable 
colaboradora !>.* M. V., benios suspendido la no- 
lela de francisco ti Expósito, para insertar el prólogo 
de dicha muela, que por las ra/. s que aiptrlla se- 
ñora espone cretinos éonVenJeñte suprimir en un 
principio, y ahora nos parece de t ndn pnnto indis- 
pensable ciarlo A conocerá Tines tras siiscrjtoras. 

l'spcranios que estas acogerán con gusto una 
corla i¡iliT)'ii|ii'ii>ii que lee propurcímuirá el placer di- 
luía lectura u<> menos agradable: y concluido que 
sea H prólogo continuaremos publicando Ja novela. 

Para rjne en la encuademación no haya dificul- 
tad, las planillas de que se componga el prólogo 
llciaráu ili-liutJ numeración. 



- *-* k fe *| ■'■ | I - " ■ « ~ 



Royamos á las señoras sugcritpr&s de pruvíu- 
cias de los puntos donde no hay corresponsales, re- 
uui'M-u su suscricion en libranzas de Correos, si 
desean continuar recibiendo el periódico. 



VM'NCIOS DE NTESTRAS SUSCRITORAS. 

En la calle de Valverde miin. ai rusrlo principal, ga- 
lerín de la derecha, hay una señora que borda coh perfec- 
ción riialqnier encargo que se le haga, imita el (jipis y ha- 
ce lodo especie (te composturas par omyílifirilcs que sean, 
lín la misma casa se darin lecciones msrlirolarcs de idio- 
ma trance* y de bordador 

HnilKln j piRndiailorn,— En la ralle del Conde 
1'nquo, núm.7, cuarto i.», se hacen vestidos de moda tle 
toda* ciases a precios muy arreglados; los lisos, á li rea- 
te-. También ii> planchan \ i¡;:inm perfección y equidad. 



MADRID 1851. 

linprrniii t!e don Join-l'rrijütn. hljn, 

I Caltode M aria Cris tío o, uúmeruíj. 




Año l. 



Domingo 23 de noviembre Je 1831 . 



Núm. 17. 






LA MUJER, 



PERIÓDICO 



escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Elle periódico sale todos los domingos; se suscribe en Madrid en las librerías <!■' Momf r t de Cuenta. í irs, il m«; t rn proun- 
riii 10 rs. por dos meses franco de porte. remUieü.Vunalibranza a fjvur de nuestro impresor, i sellos dí franqaeo. 



ADVERTENCIA. 

Suplicamos á nuestros corresponsales de provin- 
cias se sirvan remitirnos las csnlidades que r\i^inn 
en su poder, importe de las susericioncs á nuestro 
periódico. 



EL PORVENIR DE LA MLJER. 

'COSTIKÚA,; 

Los cuatro rasgos con que en nuestro anterior 
articulo delineamos la historia de ¡a mujer desde el 
principio del mundo basta los primeros siglos del 
cristianismo . bastaron á nuestro entender para pa- 
tentizar los progresos de nuestro sexo en la sociedad 
v la proporción en qué lia adquirido dereclms y he- 
ríaos» digna de sí. 

Efectivamente, ya en la edad media .♦pesar de 
la opresión en que vivían las mujeres, según en 
nuesln. anterior número hemos manifestado , eran 
algún tanto consideradas, aunque de un modo ficli- 
do é ilusorio; en su nombre peleaban y vencían los 
mas nobles caballeros : en su nombre se rompían 
cien lanzas y esponían su vida otros laníos valientes 
en aquellos célebres torneos que ella* presidian ron 
el derecho balaguero de coronar al vencedor; eran 
las reinas de las fieslas y á sus plantas rendían los 
hombres los laureles y la gloria c\nr. conquistamn 
con su valor. Pero ya lo hemos dicho : estos privi- 
legios, estas consideraciones eran una hVcion; hala- 
gaban momentáneamente el amor propio de alguna 
bella y se estrellaban luego ante la fría realidad que 
que compre ndia á todas. Su honor estaba sujeto i 
tantos y tan ridículos caprichos que era del Lodo in- 
compatible con la libertad que ya la concedían fas 



leyes. Era tan corto el circulo en que giraban sus 
faculiades . tan] pequeño el espacio en qne las cos- 
tumbres de aquella época permilian estender las ala* 
de su genio, que reducida ía mujer a los rutinarios 
quehaceres de una casa, llegaba á materializarse en 
cierto modo y concurría muy poco ¡i la perfección 
del mundo! Poca parlp tenían en Jos progresos de 
la sociedad, y sin embargo, si los hombres dictando 
las leyes y dirigiendo las costumbres impidieron á 
la mujer hacer un papel activo en ¡a continua mar- 
cha de la humanidad, no pudieron evitar que pasi- 
vamente hayan hecho uu papel muy importante v 
¡ que la civilización de las sociedades nos haya apro- 
! vechado en gran escala. Sin que esta verdad nece- 
' site otra demostración que la que resalla de cuanto 
llevamos dicho en todos nuestros números, pregun- 
taremos , sin embargo , en su confirmación . t .es la 
mujer en esta época, en que !as naciones han llega- 
; do á un grado de civilización y cultura respetables, 
i la misma que era al principio del mundo , antes y 
después del cristianismo y en la edad media? — Res- 
ponda por nosotras la conciencia de todas nuestras 
lectoras , respondan por nosotras los hombres que 
diariamente admiran á nuestro sexo en los teatros, 
en ei arle de los Rafaeles y Murillos . en el de los 
Verdis y Donizetis, en el de los Corvantes y Mora- 
tines, y cu oíros tantrts y tantos ranii» del saber 
humano. 

Ni tampoco es tan vidrioso nuestro honor co- 
mo lo era en los oíros tiempos : al desaparecer 
con la civilización infinidad de preocupaciones, lie- 
mos llegado á ser mucho mas libres en nuestros 
actos sücialc*. sin que por eso guardemos crin me- 
nos cuidado y dignidad !a honra: misma que en tan 
alto grado contribuí e á darnos consideración Com- 



parando la sociedad actual ron las antiguas , bien 
podríamos decir que vivimos en un magnifico vit- 
gel que aunque con algunos espinas halaga nuestros 
sentidos é impresiona con dulce alegría nuestra alma 
regenerada. ¿Pero nos debemos contentar con ha- 
bitar un jardín que por falla de cultivo produzca 
todavía espinos' ¿Habrá paTado ya el carro de nues- 
tra progresiva fortuna de tal modo que no podamos 
aspirar A mas que un jardín ordinario , á un edem 
ti nnevo paraíso? No , pues corre á la vez que el 
carro de la civilización y de las luces y este (octavia 
no lia parado. No, que corre por el mismo camino 
que (oda la humanidad y esta no ha llegado aun o i 
término de su carrera, ¡Con que todavía podemos 
prometernos la felicidad tranquila! , V ruando, cuán- 
do llegará esc día venturoso? nos preguntareis vos- 
otras, amables lectoras. Observad el movimiento 
rápido y continuo con que marcha la sociedad ac- 
tual y concebiréis esperanzas de que no se hura es- 
perar mucho tiempo. 

MUJERES CÉLEBRES. 

ISABEL LA CATÓLICA. 

iCOSMt'VE.) 

«que la prosperidad nu había vuelto la espal- 
da á la magnánima Isab.'l , las desgracias domésti- 
cas se sucedían con tanta rapidez que a pesar de la 
cristiana resignación con que las soportaba, su sa- 
lud se bahía drsmej irado notablemente, Después de 
¡a muerte de sus dos hijos nía voces y la de sil pri- 
mer nielo , á las que babia precedido la de su suda- 
ba madre , otra terrible desgracia acabó de desgarrar 
aquel sensible corazón : a su tercera hija Doua Jua- 
na , heredera inmediata del trono de Castilla, se le 
había trastornado el juicio, preocupada por la fu- 
nesta pasión de los celos; y aquella tierna madre, 
aquella bondadosa soberana deploraba á Ja vez que 
la muerte desgraciada de su hija . el porvenir de sus 
queridos vasallos, porque su yerno D. Felipe no ha- 
bía demostrado las mejores dotes para dirigir Jas 
riendas del Estado, 

Pero a ptsarde tantas desgracias y del q Hebra n- 
loso estado de salud en que se hallaba aquella alu- 
dida señora , en nada había decaído la fortaleza de su 
alma. Los franceses invadieran nuestras fronteras 
ton su formidable ejército , y la constante Isabel, 
con la mima intrepidez que tanto le había distin- 
guido en sus juvcnües años, reunió un lucido cuer- 
po de castellanos que á las órdenes del guerrero Fer- 
nando rechazó victoriosamente á nuestros orgullo- 
sos vecinos . sin haber esperado siquiera á medir 



sus armas con los conquistadores de Granada :la! 
era el respeto que infundian las victoriosas armas uV 
nuestros católico, reyes. 

Otro aconte cimiento desagradable vino á disgus- 
tar el coraion de aquella justiciera soberana. Cris- 
tóbal Colon , el afortunado navegante que tantos ser- 
vicios babia prestado al trono , por intrigas de sus 
émulos llegó á Cádiz, aprisionado cual si fuera el 
mavor crimina! ; pero Isabel , su constante protecto- 
ra, llena de indignación por tan escandaloso procedi- 
miento, lo mandó poner al momento en libertad , y 
devolviéndole todos sus honores j distinciones le 
proporcionó otra pequeña escuadra con que empren- 
dió su cuarto y último viaje. 

I„a salud de Isabel fué decayendo por momentos 
hasta el estreno de quedar postrada en cama; pero 
tal fue su constante celo por el gobierno de sus que- 
ridos vasallos, que desde el mismo lecho del dolor 
siguió dirigiéndolos negocios del Estsdo, recibien- 
do audiencias, administrando justicias y firmando 
decretos, cual si no se hallase en tan delirada si l un - 
eion; y aunque este aserto parezca algo exagerado, 
lo afirman varios historiadores y no debe, dudarse 
del lino temple de aquella grande alma. 

Al G" llegó el caso de que aquella cristiana seño- 
ra en quien tantos virtudes habían resplandecido co- 
nociese se aproximaba la hora de su muerte, y se 
dispuso á otorgar su testamento, de cuyas notables 
cláusulas barcinos mención como complemento al 
estrnordinario mérito con que en lodo se distinguió. 

Después de haber ordenado que su cuerpe sin 
embalsamar fuese modestamente conducido y enter- 
rado en el convento de franciscanos de Santa Isabel 
de la Alhambra de Granada, dispuso que si su es- 
poso D. Fernando prefiriese ser enterrado en otro 
lugar, que la trasladasen á su lado; que sus fenera- 
Jes se hiciesen con Ja mayor sencillez , distribuyen- 
drss.- entre los pobres lo que había de gastarse ei: 
pompa y#paralos: que su servidumbre no vistiese 
gerga, como era de costumbre, sino lulo sencillo; 
■ dejó varias mandas para dotar doncellas pobres: y 
sanciono sabias disposiciones para el gobierno suce- 
sivo de la Península y Ultramar, 

El martes -Ifí de noviembre do 1S04, á los 5 
años de edad y Sude su glurioso reinado, entregó 1 
Isabel su alma al Criador en el pueblo de Medina 
del Campo , llenando úr lulo v de amargura el co- 
razón de lodos los españoles: sus restos mortales 
fueron conducidos al lugar que ella babia dispuesto 
y después se trasladó al panteón de la catedral, don- 
de dispuso ser enterrado su esposo fi. Fernando. 

Grande y de consecuencias incalculables para la 
prosperidad de nuestra España fué el glorioso reina- 
do de Isabel la Católica; la unidad de la vasta irío- 
narquia, el exterminio de los moros, el descubri- 
miento del Nuevo Hundo y la* sabias mejoras que? 
introdujo en ta administración y en las (urnas, ele- 
varon á aquella inmortal princesa al grado de esti- 
mación con que fué querida y será siempre admirada 
de españoles y estrnnjtroS, 



La intrépida guerrera que se presentaba en los 

campamentos con la armadura del guerrero para 
infundir valor á sus soldados, no se desdeñó de ves- 
tir el humilde trage de aldeana cuando visitaba los 
pueblos; en la reforma religiosa que Mito lugar en 
España durante su reinado , visitaba los convenios 
de monjas lomando parte con ellas en la* labores 
propias del sexo para estimularlas ron su ejemplo 
al aoior al trabajo , y se vanagloriaba de que el rey 
Fernando no se había puesto camisa que ella no 
hubiese hilado y cosido. 

Una agradable idea asalta á nuestra pobre 
imaginación, al terminar la breve y mal coordinada 
reseña que acabamos de hacer de las virtudes con 
que la Providencia doló á la primera Isabel y de 
los importantes acontecimientos acaecidos en su 
reinado ; y uno halagüeña esperanza nos induce á 
creer que el reinado de la Segunda no será menos 
fecundo en acontecimientos de importancia para los 
adelantos del bienestar y prosperidad de los pueblos; 
y si en aquel tiempo se corrió la densa cortina que 
por tantos siglos tuvo incomunicado los dos mundos, 
bajo el mando de nuestra joven soberana esperamos, 
no sin fundamento, ver desaparecer la» distancias y 
qne sea una sola la gran familia del género hu- 
mano. 



Ya la noche enluta el suelo 
Con su sombra misteriosa , 
La luna brilla en el cielo, 
Tranquilo el inundo repasa. 

Va la brisa blandamente 
Susurrando en derredor , 
V en el bosque tiernamente 
Canta el pájaro de amor. 

Y las olas quejumbrosas 
De ese magnifico mar , 
En carreras vagarosas 
Vienen la playa á besar. 

¡Oh cual habla al corazón 
Esa súplica sumisa, 
Que forma el mar con su son 
V con sus ayes la brisa ! 

; Cn.'i n hermoso es delirar 
Por dosel teniendo el cielo , 
Por alfombra el verde suelo t 
Por perspectiva la mar! 

Y respirar del ambiente 
El perfume embalsamado ; 
Ver deslizarse la fuejtfe 



Entre las flores del prado. 

Y en sueño triste y profundo 
Mirar á mis pies sumido 
Ese volcánico mundo 
Por leves auras mecido. 

¿ Mas por qué mi lid memoria 
Mi ventura acibaró. 
Con un recuerdo de gloria 
Que ya para mi pasó? 

¿Dónde estás? dónde te has ido 
Esperanza de mi vida ? 
¿ Por qué entregaste al olvido 
Mi imagen antes querida? 

¿ No sabes que yo te adoro 
Con un amor sin igual , 
Que eres mi bien, mi tesoro, 
Mi paraíso elernal? 

¿No sabes que yo sin tí 
Encuentro el mundo vacio? 
¡ Vuelve á mi lado, bien mió. 
>¡o le apartes ya de mi ! 

En pos de mentida gloria 
Te alejas le de este suelo , 
Borrando de tu memoria 
Mi amor y m¡ desconsuelo, 

¿Sabes tu lo que es amar 
Con amor tan delirante, 

Y de continuo temblar 
Por la vida de su amante ! 

Con acento lastimero 
Infeliz ¡ay! preguntaba 
Por mí amor al mundo entero , 

Y el mundo entero callaba. 
A la brisa yo pedia 

Que le llevase un suspiro , 

Y la plegaria sombría 
Que elevaba en mi retiro. 

Y al mar inmenso royaba 
Que en sus olas escondida, 
Llevase á quien tanto amaba. 
Una lágrima perdida. 

Mas la brisa, el mar, el mundo 
Se burlaban de mi duelo , 
Sin que de afán tan profundo 
Compasión tuviese el cielo. 

Vuelve pues, vuelve amoroso. 
Ten piedad de mi dolor , 
Que un porvenir mas dichoso 
Sabrá labrarte mi amor! 

No errando en estrena tierra 






Vayas, mi, bien afanado , 
Para encontrar en la gn'énia 
Un laurel ensangrentado. 

Que va tengo una coroua 
Para premio de tu ardor . 
Que dos almas eslabona : 
Una corona de amor! 

Y es manantial de ilusiones 
Esa sublime alianza , 
Que forman dos corazones 
Juntando amor y esperanza. 

Ven , í¡ mi tríate abandono 
Lo ha causado (u ambición , 
Yo sabré erigirle un tronó 
En mi mismo corazón ! 

Ves? cnal entonces la brisa 
Agita las bellas Sores, 

Y cual entonces so ib isa 
Entona troba de amores. 

Aquí i á mi lado , bien mió . 
Clava tus ojos en mí , 

Y que el desuno sombrío 
Nos baga morir asi. 

llinie mil veces le adora 
Que me place oir tu acento , 
Realizar los sueños de oro 
Que forjaba en mi lonneulo. 

Ya te escucho va te miro . 

Ya mi pecho palpitante 
Exbala dulce suspiro,,,! 
[Cuan feliz es este instante! 

Ven . le acerca', una mirad? . . 
Una tan solo , mi bien ! 
Que ilumine Ja enramada . 
Trueque el mundo en un Edén! 

Calla , calla, habla mas bajo : 
Tengo envidia de la brisa. 
Que acoje con agasajo 
Tu suplica tan sumisa. 

Tengo envidia de esa fuente 
Que retrata tu hermosura ; 
Tengo envidia del ambiente 
Que besa tu frente pura. 

La bella naturaleza 
También me dá mil enojos, 
Pues con su «ala y belleza 
Va cautivando tus ojos. 

¡A y, no te alejes esquivo. 
Ven y roguernos á Dios, 
Que á su seno compasivo 



Volemos junto* los dos...! 

Mas ;ay! que la bella aurora 
Apareciendo en el rielo, 
Con sus reflejos colora 
De La noche el negro velo. 

Y con. la plácida luna 
Huye también mi ilusión, 
Que el alba siempre importuna 
Lea sueños del corazón. 

Vuelve pronto, noche hermosa , 
Con lu calma funeraria , 
Con tu sombra silenciosa , 
Con tu luna solitaria. 

Ven, que es dulce delirar 
Por dosel teniendo el cielo. 
Por alfombra el verde suelo. 
Por perspectiva la mar. 

I»EL SE CHETO, 

No bastaba á los hombres apoderarse del domi- 
nio de todas tas cosas, escluir á la mujer de sus de- 
rechos y gobernarlo todo á su gusto j albedrío: era 
preciso convertirse en panegiristas de sus grandes 
virtudes j facultada, y lanzar contra la mujer los 
epítetos mas injuriólos , las calumnias mas detesta- 
bles. Dos fines principales se proponían con esto; 
primero formular una razón que justificase su con- 
ducta para can nuestro sexo, y segundo hacerle caer 
en la desestimación y menosprecio general. Asi pues 
no lianHmíUdo su egoísmo i privarnos de toda in- 
tervención en sus actos, y á negarnos la aptitud para 
aquellas ciencias y carreras que exigen miento é 
instrucción; ban llevado su injusticia hasta el punto 
de no concedernos ni física ni moralaieote ninguna 
cualidad apreciable. 

Entre las ioGm'las acusaciones dirigidas á nues- 
tro «ero, no es de las menos injustas la que nos ha- 
cen con respecto a la observancia del secreto. Créese 
imposible que una mujer pueda guardar, y no por 
mucho tiempo, cualquier secreto que se te confie; 
tanto qiip se (lacha del mas necio del mundo al 
hombre que tiene la debilidad de hacerlo. Mucho 
sentimos a la verdad no saber cuales sean las raia- 
ues que tengan los hombres para, echarnos en ros- 
tro, como peculiar á nuestro sexo . un defecto lan 



odioso y vituperable. Si se fundan en los ejemplos 
que de falla de reserva presencian cada dia eD las 
mujeres, convenimos con ellos en que muy pocas 
saben respetar la confianza que la amistad ó la fran- 
queza le hicieran, depositando en ellas sus acciones 
ó pensamientos reservados: perosi pocas son las mu- 
jeres observantes del secreto, ¿cuan raros no son 
también los hombres á quienes pueda confiárseles? 

Imparcialidad pues, hermanos, y confesemos 
que esta es una de las debilidades comunes á ambos 
sexos. Por lo demás, no seria muy difícil hacer ver 
que la mujer no es tan fácil de franquearse como se 
pretende , y hasta presentaríamos hechos , ejemplos 
que desmintiesen laa injuriosa suposición- Con solo 
acudir á la historia hallaríamos infinidad de mujeres 
que han inscrito su nombre en el libro de la in- 
mortalidad por su heroica constancia en guardar un- 
secreto. Entonces verían nuestros detractores que ni 
el fuego , ni los azotes , ni cuantos horribles tormen- 
tos inventara la crueldad han sido bastantes á arre - 
halárselo; lodo lo han sufrido antes que hacer trai- 
ción á la confianza que en ellas se depositara. Re- 
cuerden sino á la sabia Dama, que habiéndole en- 
tregado Pitágoras, su padre , cuando se halla ha próc- 
simo á morir, todos sus escritos, que contentan 
'os mas recónditos misterios de su filosofía, y ha- 
biéndole encargado muy encarecidamente que no 
los publicase jamás , obedeció tan puntualmente este 
mandato , que nunca consintió en venderlos , sin 
embargo de que con las grandes sumas que por ellos 
le ofrecían pudiera muy bien haber remediado la 
mucha pobreza á que se vio después reducida. Y re- 
cuerden por último aquella mujer que en la conju- 
ración contra Hippias, tirano de Atenas, fué puesta 
en la tortura para que declarase, como cómplice 
que era; y la cual , para desengañar prontamente al 
tirano de la imposibilidad de sacarle el secreto , se 
cortó con los dientes la lengua en su presencia. 

Recuerden pues estos y otros muchos ejemplos 
que podríamos citarles, y verán cuan injustos son 
también los cargos que hacen á la mujer respecto ¿ 
este capitulo. 



**«« 



iMGUIN U ÍLBE1T0 EL HXOVES. 



En tiempo que las pasiones políticas fermentaban 
en la pequeña república de Genova, los nobles ha- 
bían tomado parle contra el pueblo y se mantenían 
en estado de hostilidad permanente. Uno llamado 



Alberto , hombre de bajo origen , pero que había 
hecho raudales muy cuantiosos en el comercio, era 
el gefe del partido popular, y dio por algún tiempo 
al gobierno la forma democrática favorable al 
pueblo. 

Los nobles hicieron sus esfuerzos para volver i 
obtener el mando y lo consiguieron. Victoriosos 
pensaron en vengarse de sus enemigos y sobre todo 
de Alberto, ai que pusieron inmediatamente en pri- 
sión y fué juzgado como traidor á la patria. El pre- 
sidente Adornó, que pronunció contra él la senten- 
cia de destierro, era un hombre allanero y venga- 
tivo y añadió á su conclusión varias palabras deni- 
grantes, diciendo sobre todo que ie estrañaba mucho 
que el hijo de un vil mecanista hubiera osado 
querer ser tanto como los nobles de Genova. 

Alberto oyó con calma su condenación , pero 
herido por ¡as últimas palabras del presidente le 
Respondió: «que quizá llegaría el dia en que se ar- 
repintiera de haber podido olvidar hasta tal punto 
el respeto que se debe á la dignidad de la des~ 
gracia, a 

Después de haber abrazado á sus amigos el pros- 
cripto se embarcó para _>ápo!es , desde donde con 
algnn dinero que le debían se dirigió hacia las isla.-* 
del Archipiélago. Su talento y actividad hicieron 
que muy pronto recogiera el premio de sus labores, 
formando un capital considerable, y su reputación 
de humanidad no fué inferior á la que tenia de gran- 
de capitalista. 

En un viaje que hizo á Túnez por asuntos de 
su comercio , tuvo ocasión de mostrar su generosi- 
dad en un hermosísimo dia. Esta ciudad estaba en 
guerra con Genova, Estando de visila en casa de 
uno de los primeros personajes de Túnez y recor- 
riendo los jardines , vio Alberto á un joven esclavo 
que trabajaba encadenado. Enternecido de su posi- 
ción se acercó para preguntarle algunas cosas. El 
esclavo levantó la cabeza al oir una voz italiana que 
le hizo regocijar. 

-Hablad, le dijo Alberto, ¿cuál es vuestro pais. 
vuestro nombre? 

— ¡Ayl respondió el esclavo, yo soy Genovés (• 
hijo de un noble, el nombre de mi padre es Adornó. 
— Adornó! repitió Alberto con trasporte, yo pue- 
do vengarme noblemente; 

De repente dejó al esclavo y corrió en busca del 
capitán corsario á quien pertenecía , pagó por su res- 
cate dos mil coronas y volvió junto á Adornó, 

—Vos estáis libre . le dijo, seguidme. 

El joven creyó soñar , pero luego que se vio 
vestido con su rico trage , pudo convencerse de la 
realidad de su dicha. 

Después de algunos días empleados en reponer- 
se . el joven Adornó pensó en separarse de su bien- 
hechor, que le había tratado con la mas grande bon- 
dad y que le había dado un criado para servirle du- 
rante la travesía. 

—Amigo mió, dijo el desterrado, poniendo un 






6 

bolsillo y una caria en las manos del joven, yo os 
detendría todavía con mucho gasto en mi niodesla 
habitación; pero comprendo vuestra impaciencia 
por volverá ver á vuestro padre y á vuestra patria, 
Aceptad este uro para el viaje y entregad ota 
carta á vuestro padre: vos erais un niño ruando yo 
dejé ¿Genova, pero el se acordará quizá de mi. 
Adiós' yo no «s olvidaré jamás , y espero que vos 
os acordareis de Alberto el proscripto. 

Adornó Je abrazó con ternura derramando un 
torrente le lagrimas al separarse de él. La travesía 
fué feliz, y la alegría de su familia al ver al hijo 
que ya creían perdido, puede mejor comprenderse 
que explicarse. 

Después de los detalles de su cautiverio, el jo- 
ven Adornó entregó á su padre la carta de su bien- 
hechor, que estaba concebida cuestos términos: 
• El hijo de un vil mecanisla había predicho al señor 
«Adornti que algún día estaría arrepentido de haber 
•oh ¡dado hasta tal punto el respeto que se debe á ia 
•dignidad de la desgracia .; la profecía se lia cumpli- 
do: Alberto compra la libertad y pone libre al hijo 
«del que le hizo desterrar. .1 

Adornó dejó caer la carta y quedó curio abis- 
mado mientras que su hijo con las espresioucs de un 
vivo reconocimiento hablaba de las altas cualidades 
de su libertador. El padre, vencido por la genero- 
sidad de tal enemigo, hizo las mayores diligencias 
por levantarte su destierro a) proscripto, y consiguió 
deshacer con su poder, lo que su poder mismo ha- 
bía hecha Alberto, vuelto á su patria, supo mere- 
cer la estimación general del público, y el cariño 
particular de Adornó, 

Mari» VIIImi»». 



deracion es poca: el domingo último oímos dos mi' 
sas por 00 sernos posible salir por ninguna de 
puertas del templo, y cmuido por fin creílnns poder- 
lo verificar, rué !;il la confusión y el tropel de gente 
en que nos vimos metidas que mí nina la mayor hu- 
biera perecido miro la multitud n no haber yn grita- 
do soeOfTol Salió sin respiración, sin manteleta y con 
el sombrero inservible. Todas las señoras se queja- 
ban de lo mismo, y si no se loma una medida eficaz 
tendremos quii retraernos de concurrir a dicho tem- 
plo, i'iii's :i mas de salir con la ropa destrozada nos 
espolíenlos ;i perecer ahogadas por la esecsiva con- 
currencia. De \ ds afloia. y S. S. V. S.» 

Electivamente no podemos menos de desear que 
nuestras autoridades lomen providencias enérgicas so- 
bre este particular tanto cu obscquio[du lo» devalen 
que concurren á dicha iglesia, "como] en aleación al 
orden y circunspección que se deben á la casa de 
Dios. 



Leemos en nuestros colegas masculinos : 
lia llegado á esta corle una señora anglo-ame- 
niYiiiji. muy distinguida, Mrs. Oennett . esposa del 
propietario y director del periódico mas importante 
de los Estados-Unidos, el iVeic York Errata, que 
en la reciente cuestión de Cuba ha defendido la jus- 
ticia de nuestra causa, contra las agresiones de los 
anexionistas. Esta señora se hallaba viajando par 
Europa , y parece que uno de ios motivos que Ja 
traen á España, es el deseo de aliviar en lo posible 
la triste suerte de aquellos de aus desgraciados com- 
patriotas que vienen á cumplir en la península la con- 
dena que les han impuesto los tribunales de Ultramar. 



CHARADA. 



Condonante es mi segunda, 
Pero vocal mi primera*! 
Y que en la música abunda 
Es muy cierto, mi tercera. 

Y mí todo en conclusión 
Es un mimbre femenino: 
No es menester mucho lino 
Para hallar la solución. 

Iitb ■wmrrtlfrra 



ADVERTENCIAS. 



Se nos dirige para su ¡náe'rcipu el siguiente co- 
municado: 

«Sras. Redactaras de La Jfuj'cr. 

«Muy sefloras mías: Me Lomo la libertad de su- 
plicarles se sirvan llamar la atención de quien cor- 
responda sobre los escíndalos que se suceden cu la 
iglesia del Rúen Suceso ¡os días de fiesta. Tuda pon- 



■*■' 



Rogamos á nuestras apreciantes suscritorss de 
provincias de ¡os puntos en que no tenemos corres- 
ponsales, se sirvan remitirnos el importe de la sus- 
cricion por medio de nna libra 11 /a sobre Correos. 

No se admiten cartas ni periódicos que. no ven- 
gan fram-ns de porte. 



ANUNCIOS DE NUESTRAS SUSCRJTORAS, 

En la calle de Valverile uo.ni. 21 cuarto principal, ga- 
lería de la derecha, hay una señora que horda con perfec- 
ción cualquier encargo que se le luga, ¡mita rl iiíjiíüv ha- 
ce loüaeipecie de compusuiras por muy difíciles que sean. 
En la misma casa se darán lecciones particulares de idio- 
ma francés y ilc lüiril.iiln*. 

UuiIImiu y iiluiieliiitloru, — En ta calle del Conde 
Duque, niim.j, ruarlo .(.-, se hacen vestida» de moda de 
[in[;is da-es :'l precio* univ íirri-irliiiliw : Iré; lisos I 13 rea- 
les. También su planchan y rizaron perfección v equidad. 



MADRID 1851. 

Iniprctiin rtr iIkii Jof.f'1 rnjlllo. I1IJ0, 
Calle de Jlaria Cristina, número B, 



Año l. 



.Domingo 30 de noviembre de ÍS5Í. 



Núm 1S. 



ASÍ*,!* 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 

escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo- 



Esle periódicos lis lodos lasdoniíngnBisesusctibe en MaJrid en las librerías de Monier t de Cuesta, i i>s. «I mes: j i-n proiin- 
<rias 10 rs, por do» meses franco de porte, rcmitien -o ana Libranza i furor de nuestro impresor, 6 sello? de franqueo. 



Desde que cotneuzanios nuestras tareas periodís- 
ticas venimos üi'iiiiándonos de la triste suerte que 
cabe á la mujer en esta ¿poca, indicando los medios 
-de mejorarla, y aunque no hemos confiado en que 
nuestra* palabras alcancen el lin que nos hemos pro- 
puesto, cúmplenos a] menos protestar contra ella. 
Hoy siguiendo nuestro propósito vamos á tratar de 
un asunto que en nuestro concepto no solamente es 
uno de los mayores inconvenientes que se oponen á 
la felicidad y bienestar de la mujer, sino que la po- 
■e en un continuo estado de inquietud, es nn obstá- 
culo para su establecimiento y exige sacrificios in- 
mensos y costosos que traen mas tarde la ruina, la 
mas lamentable infelicidad y quizá la deshonra y el 
oprobio. Nos referimos á esa desenfrenada pasión 
del lujo, que es uno de los vicios dominantes de 
nuestra sociedad. No es á nosotras á quienes loca 
clamar por la corrección de los vicios sociales, que 
pueden destruir la sociedad misma; nuestra misión 
es mas limitada: así pues nos concretaremos á adver- 
tir á nuestro sexo, para que no se deje arrastrar tras 
esa fatal pasión que sin proporcionar un solo mo- 
mento de felicidad lautos males ocasiona. 

Todas las pasiones tienen un instante de socie- 
dad, tieuen un fin á que tienden; tienen un [aumen- 
to de satisfacción cuaudo se lia logrado el objeto que 
ce deseaba. La del lujo por el contrario no puede 
nunca satisfacerse porque es una progresión de de- 
seos infinita, y si el que es victima de ella, consi- 
guiese vivir en un palacio de diamantes y ser servido 
por reyes, nuevos deseos irrealizables vendrían á ha- 
cer Tea y despreciable á sus ojos aquella riqueza y 
aquel homenage. A este tormento que lleva consigo 
se une otro mas cruel y mas detestable. Como su 
fin es brillar, y brillar sobre lodos, el qne se iguala 



é sobresale inspira odio y aversión: ¡cuántas ene- 
mistades profundas, cuántos odios irreconciliables 
han procedido únicamente de un trage mas rico que 
deslucía otro buscado con gran esmero! La pasión 
de] lujo vicia el corazón ahogando en él lodo senti- 
miento afectuoso; para quien está poseído de esta 
pasión son odiosas las personas que participan de SU 
inclinación, despreciables las gentes modestas. 

El lujo es el sendero que ha llevado a la perdi- 
ción á rail desventuradas, que á no entregarse á esa 
pasión hubieran sido virtuosas y felices; ha causado 
la ruina y la deshonra de tantos hombres que sola- 
mente ese vértigo que produce pudo hacerles faltar 
á sus deberes. 

V los efectos inmediatos que el escesivo lujo 
produce ¿son acaso los que se propone quien lo usa? 
¡Ab, no! son los contrarios, los diametratmente 
opuestos. Mirad al hombre que tan costosos sacrifi- 
cios hace por atraerse con su ostentación la admira- 
ción general; mirad como solamente escita la envi- 
dia y el desafecto; ved la joven que se carga de ador- 
nos para que sobresalga su belleza, como con esos 
mismos adornos eclipsa sus gracias, y la que sencilla- 
mente, vestida es hermosa, parece ridicula y vulgar 
después de engalanada. 

V en el último caso, la admiración y las alaban- 
zas que puede merecer un trage precioso, un mag- 
nífico tren, una casa elegante, ¿no son pura y esclu- 
sivamente debidas ¡i los artífices que las ejecuta- 
ron? ¿Como puede cegar la vanidad hasta el punto de 
engreír por la obras que ejecutaron otros, y en las 
cuales no se ha tenido mas parle que la de haberlas 
pagado? lío es esto ridículo hasta un grado inconce- 
bible? 

V sin embargo madres imprudente! hay que in- 



fundan en sus hijas los gérmenes de esa pasión dea- 
de su mas tierna infancia, y siguen sin cesar escilán- 
dolas sin prever sus fatales consecuencias; y «la- 
mente cuando no lienc remedio es cuando conoce* 
su imprudencia y lamenta» su irremediobte «travío. 
¿Por qué ese furor d¡t parecer mas? ¿No conocen que 
sobre los demás inconvenientes que hemos apunta- 
do, tiene el de hacer imposible la educación de sus 
bijas? ¿Por qué la mujer del artesa»» ha de presen- 
tar su hija como si lo fuera de un propietario, la del 
propietario ha de parecer de titulo la de titulo, de 
grande? ¿No ven que el resultado de esto ha de ser 
que imbuidas las jóvenes en semejante presunción 
desdeñarán á ios hombres da su clase, siendo crédu- 
las con los de clase superior, que solo las tratan pa- 
ra perderlas? 

Y lodos estos males por dejarse arrastrar de esa 
fatal pasión del lujo que se ha apoderado de nuestra 
sociedad, y que si na se contiene la llevará sin iluda 
á su ruina, pues esla es su consecuencia necesaria. 

Oh! mirad, madres imprudentes, esas miles de 
familias á quienes el lujo ha traído á la mas lamen- 
table infelicidad', mirad esas infinitas jóvenes degra- 
dadas, sumidas en el abismo del vicio y cubiertas de 
oprobio, perdidas en fin sin remedio ninguno, y per- 
didas porque las inculcaron en su niüez esa fatal pa- 
sión; miradlas bien y deteneos en esa senda fatal; 
apartad de ella á vuestras bijas y enseñadlas á ser 
modestas, cualidad que embellece tanto, que basta 
por si sola para hacer interesante á la que no lo se- 
ria con lodo; los adoraos que puede inventar la mas 
refinada coquetería. 

El lujo además conduce á la disipación y guia á 
la molicie; ¿y cómo puede hermanarse el bienestar, 
la felicidad ron semejantes pasiones, que solamente 
la inquietud y las desgracias lian de ucarrearí Noso- 
ttai, convencidas de ello y deseando apartar de nues- 
tro seso esa calamidad, dos hemos decidido hoy á 
tratar este punto, aunque nada tenga de ameno y 
quizá disguste a nuestras amables iuscriloras; pero 
estamos seguras de que nos perdonarán eu gracia 
del buen deseo que dos anima en fator de nuestras 
hermanas, al paso que nos consideraremos recom- 
pensadas con usura si conseguimos apartar de senda 
tas fatal ¿ alguna incauta. 

i mi mrm mm&L 

Nina, que con grato acento 
Hablaste á mi corazón. 



Mitigando mi tormento, 
Consolando mi aflicción: 

Niña hermosa , que en buen hora 
Templaste ú» bella lira. 
Cantando con Vo* souOfá., 
Que dulce entusiasmo inspira: 

Yo le saludo ferviente; 
Bendigo lu trova pura, 
Que un laurel para lu frente 
Para siempre te asegura. 

Yo te saludo, y mi alma 
Con la tuya confundida, 
ltcnacer siente la calma 
Que lloraba ;ay Dios! perdida. 

Y como juntan dos flores 
Su corola virginal. 

Para retar los rigores 
Del furioso vcudabal; 

unidas siempre las dos, 
Con grata amistad ardiente. 
Entonaremos á Dios 
Una plegaria ferviente. 

Tú me dirás, niña mía. 
Los secretos de lu alma, 
Que en este mundo confía 
Hallar de virtud ta palma, 

Y que se entrega inocente 
A. la esperanza hechicera. 
Que nos muestra refulgente 
Una vida placentera, 

Con ese bello candor. 
De un alma virgen y pura, 
Que por dur quiera ve amor, 
Sueña tan solo ventura. 

Yo le diré la falsía, 
Que encierra este triste mundo. 
Que su egoísta apatía 
Cubre con velo profundo. 

Que un hrrnio&o svHliiiiientir 
Por do quiera va mintiendo, 

Y con máscaras sin cuento. 
Su infame rostro cubriendo. 

Los placeres seductores 
Que engañan con su oropel, 

Y bajo copa de (tures 
Ocultan la amarga hiél. 

Yo apartaré el densa vela- 
Que te encubre la verdad. 
Pues son mentira en el sucio' 
El autor y la ; 



Que esos nombres celestiales 
Las galas del lujo son. 
Con que cubren los muríales 
Su gastado corazón. 

Yo le esplicaré el sentido 
De mil palabras sonoras, 
Para que des al olvido 
Ilusiones seductoras. 

Que eres cual bella inocente, 
Niña de tiernos cantares, 
Pues me preguntas ferviente 
La historia de mis pesares. 

¡No sabes ¡ay! que al nacer 
Vela junto a nuestra cuna. 
Con faz torva el padecer, 

Y jamas bella fortuna? 
¿Desque este suelo pisamos 

Solo á gemir aprendimos, 

Y (a senda que cruzamos 
De lágrimas esparcimos! 

Porque hallamos escondida 
Lina espina en cada flor, 

Y tan solo es nuestra vida 
Una vida de dolor, 

¡Ay del que cruza este suelo 
Henchida de amor el alma! 
jAy de aquel que con anhelo 
De virtud búscala palma! 

;Ay de la niña inocente 
Que entrega su corazón 
Al doncel que indiferente 
Por amores da baldón! 

¡Ay de la triste mujer 
Que eti juramentos se afana. 
Sin recordar que el ayer 
Pronto lo borra el mañana. 

No graves, no, en tu memoria 
Mis secretos por favor; 
Que es muy lúgubre mi historia. 
Es la historia del dolor. 

Soy la tórtola doliente 
Que perdió á su compañera, 

Y ayes lanza tristemente 
Que del mundo nada espera. 

Soy la flor descolorida 
Sin aroma y sin perfume, 
Que en la aurora de su vida 
Un triste pesar cousume, 

¿Donde buscar un consuelo? 
/Donde hallar nueva esperanza, 



Si un desierto es este suelo 
Do no existe la bonanza? 

¡La gloria! fantasma vano. 
Que en vez de hermoso laurel 

Y ventura, nos dá insano 
Espinas y amarga hiél! 

El amor es un ensueño. 
Es tan solo una ilusión, 
Que engaña durante el sueño, 
Mari-hilando el corazón. 

Solo en ti, niña inocente, 
De hoy mas cifro mi esperanza. 
Porque la suerte inclemente 
A tierna amistad no alcanza. 

Unamos nuestro destino: 

Y una en otra sostenida, 
Cruzaremos el camino 
Espinoso de la vida. 

Y porque entre sus abrojos 
No perezca mi ilusión, 
Guarda siempre los despojos 
De mi pubre corazón. 



t agria I.ru,ll 



MUJERES CELEBRES. 

A_\A MARÍA SCHUR}iA.Y 

Nada mas justo que rendir el fiornenage de ad- 
miración y respeto debido á los grandes ingenios, á 
las grandes almas, que tomando un vuelo sorpren- 
dente lodo lo dominan, todo lo sujetan á su inmen- 
so poderío. 

Ana Slaria Schurman , la mujer mas docta que 
ha producido la Alemania en el siglo XVII, es la 
que ahora llama nuestra atención y escita nuestro 
entusiasmo : y cuyos apuntes biográficos vamos aun- 
que muy ligeramente á presentaros, queridas lecto- 
ras, á liu deque podáis contemplar con asombro 
este admirable modelo de grandeza y sabiduría. Sin 
olvidar de que también es mujer como vosotras esta 
de que vamos á tratar , aprended su nombre siquie- 
ra en obsequio á sus altas dotes y raras wrludes, y 
cuando oigáis á algún ignorante vilipendiar á las 
mujeres, teniéndolas como cosas y no como perso- 
nas, presentadle los singulares ejemplos que en cada 
uno de nuestros números llevamos espueslos , y los 
que en lo sucesivo daremos á conocer á Jas que 
ignoren y traeremos á la memoria délas que los ha- 
I van encontrado en los libros. 



Por los años de 1607 nació en Colonia Ana Ma- 
ría Schurman , siendo sus padres j abuelos proce- 
dentes de los Países Bajo*. Desde su mas tierna in- 
fancia dio la ¡lustre alemana seriales nada equívocas 
de su privilegiada inteligencia, corlando fácilmente 
con las tijeras preciosas y delirados figuras de papel, 
sin sujetarse á patrón ni motkio alguno , a la corta 
edad de seis años. A los odio su mente artística la 
condujo á aprender en pocos días primorosa!) ti i ti u — 
jos de [lores, y á los díc* e) saber bordar perfecta- 
mente fué para esta singular nina trabajo de tres 
horas. 

Pero aun no se habian manifestado en lodo su 
poder las facultades intelectuales de la Srburmnn; los 
primeros pasos de sil educación no eran otra cosa 
que ráfagas brillantes . que si bien daban á ronucer 
la luz que iluminaba su entendimiento, pasaban en 
cierto modo desapercibidas : fallaha una causa . un 
motivo que revelara mas directamente á los padres 
de la niña el valar de las fuerais anímicas de la hija: 
este motivo no se hi^o esperar mucho tiempo, y 
bien pronto las ciencias y las arles quedaron someti- 
das al imperio de aquella criatura admirable. 

Estudiaban dentro de casa unos ucrmanitus de 
nuestra heroína, y al tiempo de tomarles la lección 
observóse que cuando estos erraban corregíalas la 
niña, sin haber precedido por su parle olro estudio 
que el que resultaba de oírles sus repasos mientras 
ella se dedicaba á sus labores. Ejemplo tan estraor- 
dínariu de memoria . unido i las dotes que ya se ha- 
bian manifestado en ella , no pudo menos de llamar 
seriamente la atención de sus padres, los que deter- 
winarou ayudar sus naturales inclinaciones dedicán- 
dola á los estudios. 

Doce auos había cumplido la Schurman cuando 
principio la carrera de las letras; pero su espíritu 
libre alíi'i l.i n rápido vuelo por los dilatados espacios 
del saber que bien pronto se le vio enseñorearse so- 
bre casi lodas las ciencias humanas. Su vasta eru- 
dreiou abrazo M misino modo los asuntos sagrados 
qne los profanos: fué muy hábil en sagrada teología 
y en la inteligencia de ia escritura , y poseyó con per- 
fección las lenguas alemana, holandesa, inglesa, 
francesa, italiana, latina, griega, hebrea, siríaca, 
caldea , arábiga y etiópica. 

Su reputación literaria fué tan universal que 
apenas Itwho hombre grande en su tiempo que no 
desease tener correspondencia con ella, mereciendo 
el honor de que la ilustre reina de Polonia, Luisa 



sar á aquel reino después de desposada en París por 
medio del procurador con el rey Ladislao. 

En artes fuéla Schnrman ¡giiaiuicnU- aventajada 
que en ciencias : fué muy aplaudida en pintura, es- 
cultura y cu el grabado ¿i cincel: sup<j la música 
científicamente , y manejó con destreza varios instru- 
mentos: fué escelcolc poetisa , dejando escritas al- 
nas obras en verso, v admirable en caligrafía, pues 
Bu letra se tu va siempre pur inimitable. 

Cuéntase á propósito de los adelantos que la in- 
mortal artista bahía hecho en escultura que habién- 
dose retratado á sí misma en casa, unas perlas que 
que formaban parte del adorno del retrato fueron 
tenidas por naturales, y que no hubo uno de cuan- 
tos las vieron que uo lo creyera asi, basta que fué 
llegado el caso de que se les permitiera picarlas con 
Un alfiler. 

Dominada completamente el alma de esta ilustre 
mujer por el estudio v alicion á las letras, jamás qui- 
so contraer matrimonio, sin embargo de haber te- 
nido uo pocos pretendientes . que aspiraron á su mano 
con ardor infatigable, pudiéndose citar entre ellos 
fl Mons. Catee , pensionario de Holanda , famoso poe- 
ta que había compuesto muchos versos en obsequio 
y alabanza de la Schurman cuando esta uo contaba 
mas que i 4 años. 

Ana María Schurman gozó una larga vida, ciia[ 
correspondía á su existir pacífico y tranquilo. Murió 
á los 71 anos en 1678. 

Esta mujer, graudc por todos títulos, debiera 
haber vivido eleiiíanienlc ; pero hav una lev inmu- 
table en la naturaleza por la que la destrucción de 
los 'seres ha de corresponder á su origen. Así son 
encontradas las afecciones que csperimenla el cora- 
son al contemplar en la historia de la humanidad 
aparecer y desaparecer como una ráfaga eléctrica 
esas almas sublimes que legan A la posteridad la rica 
herencia desús portentosas virtudes. 

El olvido no ha osado balírsus fuuestas alas so- 
bre la tumba de la docta alemana. Recordemos no- 
sotras sus ilustres picudas . y dediquemos en testi- 
monio de nuestra admiración y respeto una corona 
de laurel á su memoria. 



No queremos privar ;i nuestras lectoras de la ra- 
ra noticia que recibimos de una amable suscrilora, 
sin embargo de que por boy no nos es posible dar 
lodos tos detalles que quisiéramos y que hacen de- 



Haría Gonzaga , la visitase en su propia casa al pa- senr lo original del caso; pero confiadas en la prome- 



sa dé la comunicante ofrecemos publicarlos eu los 
números siguientes y según ios recibamos. 

Parece que el padre de la joven que nos escribe, 
que habita encuna capital de provincia no lejana de 
reta corte, yes impertérrito cazador, llevado desn 
afición a la caza se estravió á principios de este mes 
en lo mas áspero é intrincado de una sierra, donde ie 
cogió la noche. Lo solitario del sitio, no frecuenta- 
do por ser el centro mas escabroso de tina dilatada 
sierra, donde pasaran siglos sin que humana planta 
huelle la yerba, la falta de senderos, y la circuns- 
tancia de bailarse solo, pusieron á nueslro cazador 
en una situación bastante angustiosa; pues ni se atre- 
vía á marchar, temiendo alejarse mas de la salida 
del monte, ni se podía resignar á permanecer allí 
egpneslo A ser pasto de los lobos ó á perecer de frió. 
Mas de ana hora llevaba en tan angustiosa si [«ación 
cuando creyó ver una luz al través de los pinos, y 
asegurado de ello é imaginando seria alguna cabana 
de pastores, cobró ánimo y se dirigió á ella. 

Mas la luz salia al través de utios espinos que cu- 
brían una claraboya natural abierta en la roca, v 
aunque aquella circunstancia hizo variar de idea á 
nuestro cazador y suponer qtic los moradores de la 
cueva no serian gentes tan inocentes como suponía; 
sin embargo tal era su situación que. determinó pe- 
dirles hospedaje; pero no era operación tan fái-il co- 
mo imaginaba, llegar á la puerta déla salvara vi- 
vienda, que la defendían dos enormes álamos, y le 
hubiera costado caro su atrevimiento al osado caza- 
dor, ai una voz dulce y vibrante no le hubiera a- 
quielado. Franqueada la puerta, el cazador pasó 
adelante, pero en vez de hallarse en una cueva enne- 
grecida por el humo, cuál sería su sorpresa al hallar- 
se en una habitación cuadrada y blaiira á cuyo es- 
tremo apareció una mujer joven que *-n términos 
muy corteses le preguntó su objeto al ile»ar allí, 
ofreciéndole desunes con la mayor atención hospe- 
darlo aquella uochc; animado con tan cordial recibi- 
miento iba á adelantarse el padre de nuestra suscri- 
tora, cuando con un gesto imperioso le detuvo la 
dueña de aquel albergue original, desapareciendo 
por una puerta que á su espalda se abria. 

Hasta aquí la carta de nuestra amable correspon- 
sal: en el momento que recibamos mas dolidas su- 
vas, nos apresuraremos á publicarlas para aquietar 
la curiosidad que este reíalo ha de producir en nues- 
tras suscritoras. 



hombres justos y generosos que reconocen el pííOÍs- 
mo que se ha apoderado de su sexo, y los derechos 
que asisten al nuestro. Dice asi : 

•Teníanlos hasta el presente noticia de algunas 
notabilidades estrangeras, que habían contribuido á 
embellecer ia literatura de otros países; pero care- 
cía el nuestro de genios portentosos , que se hicieran 
oír , hasta que la civilización , que así va cundiendo 
en la mansión del sabio como en la cabana del la- 
brador , se ha entrado puertas adentro y ha tomado 
asiento en donde antes no existia mas que la aguja, 
las tijeras, el dedal, etc. ele, para demostrará los 
mas ilusos que no solo es del dominio esclusivo del 
hombre eslo que se llama saber, puesto que las mu- 
jeres también si no mejor organizadas, con esa pe- 
neUacion tan fina que les concedió naturaleza, pue- 
den tener derecho á nuestra consideración. Conclu- 
yó el tiempo en que Ja mujerera la esclava del hom- 
bre: hoy dia es su compañera . su igual : y como tal 
tiene grandes derechos para poder aspirar á cuanto 
eu nuestro egoísmo nos hemos malamente apropia- 
do. Nada mas decimos; tenemos muy poco espacio 
de que disponer y les consagramos estas corlas líneas 
su su anuencia y á despecho de que sea ó no de 
aprobación. Pero habrá de negársenos la libertad 
del pensamiento siendo hombres, cuando la conce- 
demos al bello sexo? i 



En un periódico de Logroño hemos visto un ar- 
tículo en que sus redactores, se ocupan con deteni- 
roienlo de nuestra humilde publicación , el cua! no 
trasladamos á nuestras columnas porque en él senos 
tributan elogios superiores á nuestros escasos mere- 
cimientos, que nuestra modestia no nos permite re- 
producir. Sin embargo, después de dar las gracias 
í nuestro apreciable colega por su galantería y be- 
nevolencia , inseríamos á continuación uu párrafo 
de dicho articulo , cotu > una prueba de que lio faltan 



VS MES EÍV LA ALDEA. 

[cOJiT]?fl7AC[0>-.) 

¡Cuan grande no había sido la emoción del joven 
marqués al ver aquella criatura encantadora! ¡Con 
qué acento tan puro de pasión no había pronunciado 
el nombre de la hermosa castellana! Ida en el primer 
momento quiso retroceder, pero una fuerza superior 
parecía clavarla en aquel sitio tan peligroso; !e fal- 
taba resolución para huir; en aquel momento com- 
prendió lodo el amor que el joven la inspiraba y 
tembló, tembló porque aquel amor que ella creía se 
estinguia , no había muerio ni podía moiír. Nacido 
en medio de la soledad alentaba todos sus pensa- 
mientos, era el aura risueña de todas las inspira- 
ciones de aquel corazón que para vivir necesitaba 
flores, espacio y amor; pera todas esas ilusiones 
que alimentaban aquella alma llena de vida y juven- 
tud, se presentaban á los ojos de la joven cubiertas 
de negro sudario; habían muerto; solo aquella pasión 
dominante y tiránica existía como un eterno marti- 
rio para oprimir su pecho , y sola ella comprendía 
lo terrible de la lucha; fa esperanza deque aquella 
imagen querida se borraría de su rorazon, la alen- 
taba algunos momentos. °E1 tiempo, deria, eslin- 
guirá estos recuerdo* que ahora me marlirizan," 
Estas eran las primeras frases que sus labios pro- 
nunciaban al despuntar del alba y las últimas que 
repelía al terminar el dia; pero por una deesas coin- 
cidencias estrañas parecía que hasta el destino trata-- 
ba poner á prueba su valor. En el momento de huir 
de aquel castillo, que era ct depositario de lodos lo* 



6 

secretos de su alma, se le presentaba aquel hombre 
querido rodeado de aquellas sombras misteriosas 
que no poco contribuían á impresionará Ida. Su ros- 
tro participaba de todas las emocione! de su alma; 
estaba en aquel insiante tan peregrinamente hermo- 
sa, que Enrique la contemplaba como si la riera por 
la primera fez. Iluminados los jóvenes por aquella 
rujiía claridad míe esparcía la i-biiuenea , envueltos 
en cierto modo en tinieblas, lodo les rodeaba de un 
tinte tan metanrolieo como debía ser aquella entre- 
vista. Aun -vivía en el corazón del juren ta esperan- 
za ; aun creía poder conseguir aquella felicidad tan 
ambicionada, v al ver aquellos dos seres tan hernio- 
sas ¿quién DO hubiera creído que Otos en su bondad 
Infinita I ii-s había formado para el amor v la felicidad? 
Y sin embarco , ellos temían destruir con una frase 
aquel ambiente de felicidad que los rodeaba. 

Cual un rayo de vida cruza por la frente del 
pobre moribundo , debía de abandonarlos. Por lin 
Enrique lleno de cniociein se determinó á interrum- 
pir aquel silendo que habla reinado por algún tiem- 
po, llenando sus almas de afonía: por segunda vez 
volvió á pronunciar el nombre de la hermosa cas- 
tellana con aquel acento de pasión que tan bien mal- 
eaba su constante adoración. 

— Oh , Ida ! en este instante en que Dios con su 
bondad suprema nos une, por qué quieres huir? Por 
que apartas tu mano de la mia? ¿lias creído que si 
el deber me bacía pronunciar aquellas frases terri- 
bles que me separaban de tí, mi corazón en el mis- 
mo momento del sacrificio no las borraba del libro 
de un vida para colocaren su lugar: «Vendrá un 
día feliz i- 11 que el padre de tu amada no será tu 
enemigo, y como el sol ilumina á lodos tos mortales 
una sida bandera reunirá á todos los españoles; en- 
tonces tu padre habrá conocido su error v no podrá 
menos de aplaudir el sacrificio que me separa digno 
de ti y me volverá á tus pies del mismo mudo?» 

— Basta , Enrique , m> formes mas esas ilusiones 
que han muerto para nosotras. 

— ¿Desde cuándo, Ida, eres tú la que rechaza 
nuestro amor? ¿Desile cuándo has olvidado lodos ios 
juramentos que le unen á mí para siempre? 

— Desde que una voz mas poderosa me manda 
que huya de ti , desde que la palabra deber se in- 
terpone entre nosotros como un muro inespug- 
nable. 

—¿Es cierto, Ida, lo que escucho? ¿Es posible 
que seas tú la que repila de una manera tan fría esa 
frase terrible. 1 Yo creía encontrar piedad en ti; creía 
mas, creía que dirías: tTieties razón.. 

«El hombre que olvida sus juramentos no puede 
presentarse sino humillado ante e! ángel de su amor; 
pues bien, tú Lo has dicho, Enrique; Ida no existe, 
Ida ha muerto; olvida lodos tus recuerdos de muor. 

— Que ha muerto Ida! esclnmó el joven marqués 
delirante; no le separarás de mi; tengo derechos in- 
contrastables á lu mano; tu padre ini>mu me la con- 
cedió I ningún poder humano tiene derecho á rom- 



per esle compromiso efectuado en presencia de Dio 
si me rechazáis mis ofertas de amor acordaros , se 
íniríta. que sois hija de un traidor á la patria; H 
reís mí ¡prisionera. 

—Está bien, caballero, replicó Ida llena SU fren 
te de noble dignidad; pero os prevengo que tendréis 
que respetar en mí á la bija del caballero Adolfo De 
y á la esposa del hijo del valle. 

«•Mil» B. d« Pcrrul. 



En la exposición pública verificada en Granada 
el l',l del actual, han sido agraciada» por la sociedad 
de Amigos del País, de aquella provincia, las seño- 
ras que á continuación se espresan: 

Coa tüido de sacian At mérito. 

Doña Gracia Márquez y doña Antonia Helamos* 
por un roquete bordado; doña Mana Tejedor de 
Sanrlifi Vilhinueva por un pañuelo con dos cifras 
bordadas de negro ; doña Francisca Fernandez Se» 
gura por uo cuadro a) óleo que representa á Jesús 
y María; doña Dolores GaLba» por dos pañuelos bor- 
dados; doña Salvadora Corona por una petaca bor- 
dada de oro _v una mesa revuelta; ónña Josefa dolía 
por un cuadro bordado con sedas que representa La 
Trinidad y dos pañuelos rizados. De estas señoras 
la primera ha obtenido uo premio en La espusicioii 
de Londres por una camisa bordada. 
Cu n medalla de bronce. 

Doña Carmen Rodríguez por unos tirantes bor- 
dados en cañamazo; doña Dolores Dávalosy Hoñino, 
de nueve años de edad, por una camisa calada. 
Con carta de aprecio. 

Dona María del Carmen Reguera y l'ernas por 
un cuadro de bordados caligrafus en gró; doña Jo- 
sefa Peinas por una figura y atribuios de educación 
bordados con oro y sedas en gró; doña Amalia de 
Miguel por un bordado en felpillas que representa la 
Samarjtana; doña Francisca Guisé por una alfombra 
de cañamazo , doña Raimuoda Gómez Moreno por 
una sacerdotisa y un país bordados de cañamazo y 
Hitos tirantes Uu ruados : doña Antouia Mario, de 
once años de edad', por un paisage chinesco bordado 
en mostacilla; doña Soledad Enrique/ por un cuadro 
grande a] óleo que representa el entierro de Cristo; 
doña Josefa Oliva por dos marinas, no retrato y dos 
fruleros, doña María Antonia Delluga por uu jarrón 
con llores de mostaza. 

Con tirulo de serias de «tinifro. 

Doña Círiuen Enrique; por cuadros al óleo que 
representan la Dolofosa, Santa Leocadia, virgen con 
niño, y retratos del Sr, D. Salvador Reyes, arzobis- 
po de Granada, y de oíros señores, obtuvo también 
carta de aprecio; doña Francisca Fernandez Segura 
por una alfombra bordada de cañamazo r doña So- 
ledad Enrique! por unas pinturas que representaban 
los Desposorios, fruteros y retratos. 



Madrid lasi. 

lEnjirt-iitu iIp flan Jtm**TrreJ llln, Itljo* 

Calle Ür Mana Cristina, b limero 8. 



Año 1, 



Domingo 7 de diciembre de i 851. 



Nnm. 19. 






LA MUJER, 

PERIÓDICO 

:rito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Este periódico saic todos las licimingosiíC suscribe fu Uldrid en las librerías (if Mmiier jr de Cuesta, á ir?. •] tries; y en proiin- 
<it»s lü ■ rs. por liu» ineaKs franco de pnxtc. remiticn uuii.ililir.iii; .., i f.ivurde iiiicítru Liujifi-Sur, ó -elloí t!e traoijur o. 



Trisle es y por demás azarosa la condición de la 
mujer en cualquiera clase, estado ó edad de la vida 
que se la considere, y latí constante es su desgracia 
y lan cierta que ha llegado a hacerte proverbial. 
Nosotras, que no convenimos i?ji que esta trisle suer- 
te que arrastra nuestro sexo procede de su propia 
I cualidad de ser; nosotras, que no podemos asentir 
cotí la idea deque la Providencia nos haya 'condena- 
do ,i ser lan constantemente desgraciadas y á sufrir 
«na suerte mas infeliz, infinitamente mas infeliz que 
el hombre, no podemos menos de atribuir semejante 
diferencia única y ese Ínsitamente al abuso que los 
hombres han hecho, no lanío de la debi'idad de la 
mujer, como de su bondad, de su amor. Uíspueslo 3 
siempre n abosar, á hacerse los únicos señores á es- 
pensas de la mujer, destinada por la Procidencia a 
■ser su compañera, su igual, e! esposo, el hijo, e| 
amante oo han abandonado jamás el propósito común 
de su sexo, y no han desperdiciado una ocasión, no 
lian desaprovechado un momento para ir cercenando 
las condiciones de igualdad que debían reinar entre 
ambos setos, imponiendo después las leves, estable- 
ciendo las costumbres y, erigiéndose en señores ¡ib-u 
lutos de la otra mitad de la especie humana que de- 
bía compartir con ellos el señorío de la tierra. 

BY aun nos daríamos por contentas, si con ese 
triunfo de su vanidad hubiesen quedado satisfechos, 
pues podíamos sin el señorío que habíamos ido per- 
diendo, gozar de paz y ventura, si cuando llegaron 
á dominarlo todo nos hubieran dispensado la protec- 
ción que á su nueva situación cumplía: no lia sido 
así por desgracia; el hombre después de satisfacer su 
vanidad, ha querido que seamos las esclavas de lo- 
dos sus caprichos, y por el menor de ellos, por el 
mas momentáneo, no duda en comprometer si pue- 



den nuestra honra, nuestro porvenir, nuestra felici- 
dad. De aquí pues los inconvenientes que se oponen 
á nuestro bienestar; de aquí las contrariedades que 
hallamos en todos los senderos de la vida, y de aqu 
esa triste suerte que nos persigue que ha hecho pro- 
verbial nuestra desgracia. 

Intentar el cambio radical y pronto de nuestra 
condición, pensar en adquirir esa [¡arte que perdimos 
I en el señorío de csi.. 1 mundo, ni lo creemos posible, 
j ni nosotras nos [layamos con fuerzas suficientes para 
acomete! por ahora tamaña emprima; ni nuestra po- 
bre y desautorizada voz lo conseguiría aunque lo in- 
tentara; asi pues, contentándonos con la intiuencia 
que nuestro sexo ejerce y que no ha podido el hom- 
bre arrebatarnos, uos limitaremos hoy á indicar la 
manera de apartar de nuestro camino esos inconve- 
nientes que se oponen al bienestar de la mujer, dan- 
do consejos amistosos a nuestras hermanas, y procu- 
rando esclarecer su vista de manera que distingan 
bien las insidias que se. las tienden y eviten las contra- 
riedades que se oponen á su felicidad. 

El don mas precioso que la mujer ha recibido de] 
ciclo, la condición que predomina en su alma, es sin 
dispula esa ilimitada ternura, esa necesidad de amar 
que no puede contrariar, y á la cual van sometidas 
todas las demás condiciunes de su existencia. Esa 
cualidad pues, esa necesidad de nuestra propia na- 
turaleca ha sido conocida bien pronto per el hom- 
bre, y de ella se ha prevalido para subyugarnos; 
ella ba sido el instrumento mas poderoso v dicaz pa- 
»'a hacer de la mujer su mas sumisa esclava, y esa 
cualidad en fin. que debía ser la prenda mas segura 
de nuestra ventura, solamente ha servido para ase- 
gurar nuestra desgracia. 

Si esta verdad necesitase comprobantes los halla- 



riamos sin salir de nuestro propio seso. No faltan 
mujeres (fue por rara escepcijn, muy feliz paraúllas, 
•i deben á la naturaleza un alma Tria y un cantón 
que abriga poca ternura, 6 por una rara casualidad 
tales facultades lian permanecido en ellas adormeci- 
das, y cruzan la vida sin haber sentido los efectos 
de un cariño ardiente. Comparad Ja vida de esas 
mujeres con la de las demás; ved «I señorío que 
tienen no solamente sobre si mismas, sino sobre 
cuanto tes rodea, observad como su razón, siem- 
pre clara, siempre despejada, dirije todas sus 
acciones, las guia por el camino mas conve- 
niente v si acaso no son felices al menos no son tan 
desgraciadas como hubieran sido á tener nmvores fa- 
cultades para amar. Los hombres, dirslri'simos en 
distinguir las mujeres de esas raras cualidades, co- 
nocen pronto que no pueden fácilmente dominarlas, 
las miran con respeto y las tratan con loda conside- 
ración. Oh! de que diferente manera se conducen 
con aquellas que deben á la naturaleza el don fatal 
de una sensibilidad estremada. La razón que predo- 
mina en las primeras es siempre reflexiva, siempre 
prudente: el corazón, guia de las segundas, las hace 
'■minias, y con su fe ciega se precipitan en sn 
ruina. 

Es constante pues qne el primer enemigo de h 
mujer, 6 á lo menos el cómplice mas ciego de sus 
enemigos, es su corazón; la sensibilidad su cunlidap 
roas peligrosa, sn ternura la roas fatal. Establecida 
esta yerdad, es consiguiente pues que todo el tálenlo 
toda la prudencia, toda la vigilancia debe dirigirse i 
ser precavidas contra su propio corazón, á tenerlo 
cerrado, digámoslo asi y á no dar entrada en él á 
los afectos sino ce* precaución y prudencia pues sb 
lamente asi podrá evitarse el coger larga cosecho de 
lágrimas y dolores en pago de los mas íntimos y ur- 
dientes afectos. 

Ya conocemos cuan difícil eseslo, comprendemos 
manta dificultad presenta el «onlrariür un corazón 
espansivo y sensink; pero no obstante, por mas es- 
fuerzos que cueste eJ conseguirlo, solamente a este 
precio puede obtenerse la tranquilidad, el sosiego, 
el bienestar. Triste es por cierto, muy triste, el te- 
ner que poner un sello de desconfianza sobre -el co- 
razón, dudar dejas muestras mas liernusne un ver- 
dadero afecto; pero se ha aprendido á Gogir oon bj 
perfección, se representa la sinceridad con tal pro- 
piedad, que obligada se vé A «lio la que no ouiera 
ser víctima de los mas dolorosos desengañe*. A nos- 
otras también nos es peco grato tener que estimular I 



nlo á nuestras hermanas á la precancion y á tan 
estremada prudencia y vigilancia porque conocemos 
cnanto es Irisle la vida sin lonafectos, floresque per- 
fuman y embellecen su camino pero mejor que verlas 
victimas de su propia tentara queremos que se pri- 
ven de esas llores en cayo cáliz es tan fácil hallar 
mortífero tósigo. Además que nosotras ni remota- 
mente hemos imaginado prescribir los dulces senti- 
mientos del alma, los tiernos afectos del corazón; 
nuestro objeto único es indicar lo peligroso que es 
en t legarse á ellos sin llevar por guia ¡a prudencia en 
esta época mas necesaria que en otra alga na 

LA VIOLETA. 



Sencilla y modesta flor , 
Cuál me hechiza tu pureza 
¥ tu balsámico olor , 
Que aunque pobre en gentileza 
Eres la flor del amor? 

Tu modesta sencillez 
Es para mi mas hermosa 
¥ tteue mas grande prez , 
Que del clavel y la rosa 
La esplendente brillantez. 

No envidies pues á otra flor 
Sus magníficos colores , 
De sus ojas el primor, 
Rus balsámicos olores, 
Su frescura y su esplendor. 

No la envidies si cual ella 
No paedes sobresalir; 
Pues si tú no eres tan "bella . 
Es mas dichosa lo estrella , 
Has íelii tu porvenir! 

Que sí se acerca una hermosa 
Al perfumado vergel , 
Adornará jactanciosa 

Sus cabellos con la rosa 
V el ¡«Hendido •i,i\f¡: 

Pero tú , flor celestial , 
í>e todas ¡ay ! rmvtdiadn , 
Ííti «n «cnu angelical 
TeHtrarái colocada 
O en sus labios de curat. 

No envidies pnes a otra flnr 
Su esplendorosa befen , 
tít sus hujiís d primor , 
Une aunque pobre eo gentüeoa 
Eres la flor del amor! 

4.,rL« Crixl 



MUJERES CÉLEBRES. 

SITTIMAANt. (1) 

En nuestros artículos anteriores fiemos hecho 
Dolar, si bien ligeramente, las relevantes preudas 
que adornaron á algunas mujeres ilustres; y hoy, si- 
guiendo nuestro propósito de traer de vez en cuando 
á la memoria de nuestras amables lectoras el recuer- 
do de otras no menos dignas del general aprecio, 
vamos á decir alguna cusa de la discreta Silli Maani, 

¡Mas ¿cómo abrir el libro de la historia, cómo 
encontrar el nombre de esta generosa criatura sin 
experimentar una dulce emoción que nos baga verter 
lágrimas de desconsuelo? 

El nacimiento de Silli Maani va casi junio con 
su muerte, porque esta singular cuaulo herniosa 
mujer, que hahia nacido en la Mesonolamia , exba- 
ló su úllÍBQO suspiro á la corta edad de veinte y tres 
anos , cerca de Ormuz. 

Tales fueron y lan señaladas las pruebas que la 



célebre asiática habia dado desde sus mas tiernos ¡ cuidadosamente el di' >u ailurailu Maani y lo condujo 



Feijúo, hablando de Sítti Maani, asombrado de 
su \irtud, (alentó y hermosura, establece el siguien- 
te paralelo entre esta y ía esposa de Jacob , la bella 
Raquel de que nos hablan los libros sagrados. Así 
dice, y es el mayor elogio que pudiéramos hacer de 
nuestra heroína, y en cierto modo un resumen de 
lu anteriormente espueslo : «Entrambas fueron na- 
turales de llesopotamia. Entrambas bellas por es- 
tremo. Entrambas casadas con hombres muy mere- 
cedores, perc forasteros, Entrambas iguales en la 
resolución de dejar el rito patrio por seguir la reli- 
gión del esposo. Entrambas conformes en llevar 
parte de la vida peregrinando , siguiendo los pasos 
<[i' mi- L'uiisortes. Y a! !n entrambas itiurieKHi en la 
11 ni- ce su edad y en el camino." 

Pero Jacob, diremos continuando el paralelo, 
no fué lan obsequioso, tan lino, tan atento con su 
Haqui'l como lo fué la Valle con Ja suya; pues aquel 
dio sepultura al cadáver de su esposa en el sitio 
donde mu rio , al paso que este , despedazada el alma 
por el dolor y quebranto mas acerbos hizo perfumar 



años de su rara y prodigiosa inteligencia, que bien 
prouto fué conocido su nombre en tuda Europa; 
siendo los adelantos que hizo tan rápidos y admira- 
bles que no solo adquirió en poco tiempo todos Jos 
conocimientos científicos y literarios di: que eran de- 
positarlas aquellas regiones, sino que llegó á enten- 
der perfectamente doce idiomas distintos. 

La celebridad que habia dado á Silli Maani su 
vasta erudición y laque le conquistó su angelical be- 



consigo durante cuatro años, que todavía discurrió 
por el Asia, basta que vuelto á Roma lo colocó eu 
el sepulcro de sus mayores, los señores de la Valle, 
eu medio de los mas suntuosos y magníficos funera- 
les. En ellos quiso pronunciar el sensible viajero la 
oración fúnebre , pero destrozado su corazón dije- 
ron mas su* ojos que sus labios, y ahogada por la 
congoja la voz eu la garganta, hubo de dejar im- 
perfecta la oración para que concluyesen las lágri- 



iábios 



Cecilia. 



-*++**4Qi 



3i^ BtfBStt^IB&3>&; 



Meza llamaron tan vivamente la atención ilel famoso raas ' 4 ,te no habían podido decir los balbuciente; 
viajero romano Pedro de la Valle, que inflamado eu 
cUJeseo de conocerla enderezó decididamente el rum- 
bo de sus viajes con este plausible objeto. Así es que 
mejorando con el trato particular la alta idea que 
había formado de la noble asiática, llegó su afición 
por ella hasta el eslretno de solicitar ardientemente 
su mano. Efectuado el matrimonio la docta Maani 
bajo la influencia del insigne la Valle abjuró del rilo 
caldeo por abrazar el romano , siendo su piedad tan 
grande y tan sincera que consiguió que practicaran 
Jo mismo sus padres. 

Esta mujer admirable acompañó á su esposo en 
cuantos viajes hizo, uniendo á la virtud del talento 
la de la fortaleza, de la cual dio señales nada equí- 
vocas asistiendo armada en defensa de aqnel en dos 
A tres encuentros peligrosos 



H) Sitíi caire los persa* es un titulo hoDorülco que entre nu- 
( uro, puede muy bien tenerse por señara. 



LETRILLA. 

Que el comerciante en su tienda 
Pase el dia de plantón 
Sin que en todo él no Tenda* 
Una vara de galón... 

¡ Ay , que es nada! 
No le envidio la humorada. 

Que el buen pescador de caña 
De su puesto no se mueva , 
Esperando la cucaña 
V espera un siglo aunque llueca.. 

¡Ay , que es nada! 
No le envidio la humorada. 



Que D. Juan por ser tan rico 
Se crea de gran talento, 

V no sepa que borrico 

Es lo mismo que jumenlo... 

¡ Ay , que es nada! 
No le envidio la humorada, 

Y que yo sin entenderlo 
Ble ponga á sutilizar., 

V quien soy pueden saberlo 

V Lengo por qué rallar.,. 
; Ay , que es nada ! 

No toe envidien la humorada. 



te 

r 



I n ll«">"- 



Ilov continuamos la relación de la aventura 
ocurrida ai padre de nua de nuestras aprecíenles 
suscriloras, que empezamos á insertar en nuestro 
adinero anterior; ateniéndonos en su reíalo á In que 
nuestra amable corresponsal nos refiere. 

Luego que se quedó solo su padre y volvió de la 
sorpresa que le causó lanío la novedad del lugar 
donde se bailaba como el encuentro cruel de aquella 
joven y su repentina desaparición j esanunci bien 
aquel local v vio que era una caverna natural de la 
roca, qtic se batía ensanchado, dándole una forma 
casi cuadrada, la cual si no se hollaba ennegrecida 
como imaginó antes de verla, tampuco estaba tan 
blanca como le hizo creer al entrar en ella la viva 
claridad que reflejaban en sus paredes las llamas de 
Intrígala que atiüa en una chimenea que había á un 
lado: dirigióse Itirgo á la puerta por donde desapa- 
reciera fa joven que allí moraba, pero (odas sos in- 
vestigaciones fueron inútiles; la roca en aquel lado 
se presentaba lisa y unida sin que la mas pequeña 
abertura , ni la grieta mas sutil revelase que había 
allí una pur-rta. Nada tenia nuestro rajador de su- 
persticioso ni crédulo , por coya razón cslnro muy 
lejos de atribuir a su misteriosa huéspeda el don de 
!a pcnelraliiliilnil : pero su buen juicio le hizo com- 
prender que no le seria fácil volver á ver ó quien 
con tanta precaución ucnlulia su retiro, y quien sin 
duda se dejó sorprender por equivocación, Confir- 
mábale en cale juicio el esmero que observaba em- 
pleado en ocultar la obra que el arle había ejecuta- 
do en la rucia, procurando que conservase el as- 
pecto de obra de la naturaleza ; asi pues la rh¡- 
menea parceia tina grieta nnlural, en el ¡uso -. el 
techo se habían conservado todas las desigualdades 
necesarias para alejar la idea de que el arle bahía 
penetrado allí; en fin sin el vivo fuego que ardía en 



el hogar . sio la puerta que rerraba la entrada y I 
alanos que la guardaban, y sio la aparición déla J 
ven que lo recibió, nueslro hueu cazador no hubic 
ra ni remotamente sospechado que persona viviente 
se bahía hospedado allí. 

Para el que se ha visto espuesto ó pasar la no 
che al raso en medio de un monte en inminente pe- 
ligro de perecer de fnuóde ser devorado por los lo- 
bos, es una satisfacción lau grande verseen una ha- 
hilacion templada al lado de un gran fuego , y lenien- 
do dos enormes alanos en In puerta que le tranqui- 
licen de la tentativo del lobojmas. carníboro; que no 
se cslraüára que el cazador de nuestra relación se 
colocase cerca del fuego Iraniiiiilamenle pora gozar 
de un bien que por cierto no esperaba , y no se cui-* 
dará mas por entonces de los misterios que pudiera 
ocultar aquella morada , ni pensar mas en la hués- 
peda que si bien no imaginaba volver á ver , tampo- 
co le infundía temor alguno. 

Así pasó largo ralo , muellemente recostado en 
una banco que al lado ríe la chimenea se haliaba, 
ruando no penetrante subido y los ladridos de los 
alanos vinieron á sacarle de la grata soñolencia en 
que titcüa; La vnz úc un hombre que se acercaba lla- 
mó á Jos perros por sus nombres, y los sosegó; el 
ruido que sobre la hojarasca que cu liria el suelo hacia 
el que habló á lo* perros, indicaba que se iba acer- 
cando á Irt cueva ; va sus pasos se oían á muy corla 
distancia... Nuestro cazador veia con gusto llegar á 
una persona,» quien poder hacer alguna pregunta 
y ron quien conversar al menos algún ralo, pues 
pasados los primeros móntenlos de alegría y después 
de haber descansado dormitando un rato se le hacia 
molesta tanta soledad ; dirigióse pues á la puerta para 
¡ recibir v conocer al nuevo huésped , cuando advir- 
tió que este se paraba, y á los pocos segundos oyó 
que sus pasos se alejaban otra vez hasta que el ruido 
se perdió con la distancia. 

Nuevamente sorprendido quedó nuestro cazador 
ron aquella inesplieahle retirada, de quien tan deci- 
dido venia á la cueva; ninguna voz le babia podido 
advertir, pues en el profundo silencio que reinaba 
la habría «ido desde dentro mejor que desde fuera; 
¿cómo se le había dado el aviso ? Nuevo misterio que 
tampoco era far.il descifrar; convencido de ello y 
como prudente nuestro hombre determinó no inquie» 
larse lúas, y decidido á pasar Ja nuche lo mejor po- 
sible, una vez que las apariencias indicaba u quena- 
da tenia que temer, pues ni aun verle querian las per- 
sonas que allí se ocultaban; se dirigió á un lado de 



la chimenea á lomar ud poco de leña para rúan te- 
ner vivo el fuego : en una especie Je alacena que ha- 
bía encima halló una botella y algunos fiambres que 
recogió lleno Je júbilo, pues se sentía con el apetito 
de un fatigado cazador ; también bailó un papel, car- 
la que sus incógnitos huéspedes le dirigían sin duda; 
y sin cuidarse de indagar quien ni como pusiera allí 
todo aquello , se acercó al fuego para leer la carta v 
hacer los honores á su solitaria pero bien provista 
mesa. 

Se cmüniÁurtt. 




Paslorrillo amoroso, 
Que vagas divertido 
Guiando las corderas 
Por la orilla del Tajo cristalino; 

No escuches los acentos, 
No los dulces delirios 
De la henil usa Dorila, 
Pues que por ti suspira el pecho mío. 

Advierte que esa ingrata 
Al desgraciado Ánfriso 
Dejó por el gallardo 
Nielo del bueno \ venerable Aurilo 

Y que á su vez burlado 
Este fué por el lindo 
Telesio , comparable 
Al Dios mas bello . al inmortal Cupido. 

Su corazón no sabe 
Lo que es mi amor lino , 
Porque inconstante y loca 
Solo obedece al mando del capricho. 

Ah! no olvides gracioso. 
Incauto pastorcillo, 
Que radiante de amores 
Solo por ti suspira el pecho mío. 

Cantaba Calatea 
Estos versos sentidos, 
Y el eco blandamente 
Parece que gozaba al repetirlos. 

Cecilia. 



i —■■ latí 



IM France*. 

En una quinta poco lejos de París vivía dos años 
hace , y acaso vivirá aun , la señora de Lorgerei, 
amable y cariñosa anciana, viuda del señor de Lor- 
gerei. que á su muerte lo había dejado mas de lo su- 
ficiente para pasar tranquila y cómodamente los po- 
cos años de vida que le quedaban. Gustaba con fre- 
nesí de las llores, y una noche que estaba en com- 
pañía de un anciano caballero, una joven amiga 
saya, que ñvia cérea de su quinta, entrando en el 
salón le presentó ttn hermoso ramillete di; rosas. El 
anciano caballero hacia un año que en aquellos al- 
rededores babia heredado otra quinta de un lejano 
pariente suyo con la condición de llevar su apellido, 
y se llamaba por esto Desculler. Al ver aquel rami- 
llete se puso melancólico, estuvo distraído por un 
buen ralo y después acompañando las palabras cotí 
una ligera sonrisa, dijo: 

-tí Quién podría creer que aquel ramillete des- 
pertase en mí la memoria de una época entera de 
mi juventud? Es una historia muy curiosa que os 
contaré uno de estos días. 

— Oh! ahora, ahora queremos oiría, esclamñ la 
anciana señora. 

Descutler empezó entonces corlesmenle su nar- 
ración. 

— Yo leni;i apenas veinte años y salía del colegio. 
Un día mi padre me anunció que me babia conse- 
guido una plaza de subteniente eu el regimiento 
de,,., y que de consiguiente debía disponerme á 

marchar dentro de tres días para la ciudad de 

A esta noticia mu vi un poro apurado , y esleí por 
dos motivos : primeramente ya no tenia ninguna 
simpatía por la carrera militar; en segundo lugar 
(y esto era lo peor, estaba enamorado. No me atre- 
vía á manifestárselo a mi padre, pero tenía un lio... 
¡qué lio! Era él un hombre de unos sesenta anos. 
pero robusto, gentil, cariñoso, indulgente, se puede 
decir que vivía y gozaba co;¡ la felicidad de los de- 
mas. Tomaba parle en las locuras de los jóvenes y 
protegía sin celos sus amores mientras pagaba sus 
deudas y alentaba sus esperanzas, fui á buscarle v 
le dije: 

— .Mi querido tio , yo soy muy desgraciado. 

— Apuesto veinte Iníses de oro á que no lo eres. 

— Oh! no os burléis de mí, querido lio; además 
perderíais la apuesta. 

— Tanto mejor! serviría para consolarle. 

— Alt! no se trata de dinero. 

— Pues de qué se trata? 

— Mi padre quiere hacerme entrar de subteniente 
en el regimiento de... y yo no tengo inclinación á la 
carrera militar, 

— Y por qué? 

—Porque estoy enamorado y quiero casarme. 

— Y es esla tu desgracia , tonto? y quién es el ob- 
jeto de tu amor? 




(J 



— Oh ! lio mió . es no ángel... 

— Esto ja se entiende; pero como se llama? 

— Noenii Amelol. 

— Csspila! es mas efue tm ángel , es una morena, 
alta, esbelta, con dos grandes ojos negros... Por 
Dios que tienes buen gusto j y te corresponde? 

— Ño lo sé, lio; pero sé queme mataría sí tuviera 
que perderla 



ili-r á bu irisie subsistencia. S. A. llamó ;i los pro- 
leeiores del buéi iaiio, llena de bondad, y allanó Las 
dificultades : diii tres mil reales de dote ú la joven 
y para el novio lia mandado traer del extranjero 
lodos los instrumentos necesarios á su oficio para 
que ponga su tienda, y hoce pocos dias se ha veri- 
ficado el casaiuíenlo de estos dos honrados artesa- 
nos , que en su felicidad bendicen coa sus familias 



Obi olí! Apostaría ciento contra upo á que lú I la mano bienhechora y el noble corazón de la her- 



ía perderás puesto que tu padre es mas rico que el 
Sujo y nunca te permitirá casarle con ella. 
— 'Entonces yo sé \o que tengo que hacer. 

¡Se continuará.; 

- n***tQíq4-+** 

Colegio noimi.il be señoius.— Hace dias que 
ocupándose El Clamar del útil proyecto concebido ' 
por la señora doña Feliciana Bedat sobre la criación 
de un íoifoio normal de uitotos, manifestó lo con- 
veniente que seria saber las causas que impedían la 
realización de tan importante establecimiento. Con 
este motivo ha dirigido aquella distinguida profeso- 
ra una carta á nuestro apreciante colega cu la cual 
espone nn ser la culpa de los empleados del gobier- 
no ni mucho menos de ella porque hubiese desisti- 
do de su pensamiento. La indiferencia con que las 
nobles damas bajo cuya inspección se halla el colé- 



mana de nuestros reyes.» 



*H>lurioii » la <J»iirti<Eu JujiprCa «Mi el nñra. 19. 

Gracia* le doy, suscrito™ . 
Por la idea que le fija , 
Por tti charada , señora , 
Qiib es el nombre de mi bija. 
A-dt-la con atención 
Lindamente has reunido: 
Tu charada nunca olvido 
Porque está eii mi corazón. 

H. V. 



RECTIFICACIÓN, 



En la biografía de Ana alaria Schurman qne in- 
sertamos en nuestro numero anterior, plana 4.*, co- 
lumna 2.*. linea 1 1, donde dice luiltütutoxe retraía^ 
jpo de jóvenes huérfanas, establecido en Aranjuei, ! el» á timiama et| rosa, debe decir fiatirridose rttra- 
lian mirado este asunto, parece ser el único obsta- < n(ío « tímima en cero, 
culo que ce opone .i la realización del iruporlanle 
colegio que nos ocupa, 

¡Vosotras, celosas por cuanto tiende á la educa- 
don y bienestar do la mujer, no podemos menos 
de lamentar que tan inútiles sean los esfuerzos de 
la señora Bedat por un establecimiento que á mas 
de las numerosas ventajas que reportaría á la edu- 
WKSHM de nuestro me , mejoraría indudablemente 
la suerte de aquellas jóvenes huérfanas, qne, contri 
dice la señora Bedel, consideradas como depen- 
dientes de mi establecimiento de beneficencia . son 
espulsadas de él á loa 18 años sin otro dote que una 
educación superficial. 



Rasgo sotabu _ Leemos en nuestros cole- 
gas ¡ «La m aula doña Josefa acaba de ejercer un 
acto de beneficencia q„ L , fficrcce fl)s m > M e](¡ _ 
? <os Parece que ante, de salir este verano la señora 
infanta para las affüas del P¡,¡ neo sc !e presentó tina 
pobre muchacha Bohcita^o amparo , porque hacia 
algunos anos que lema amores con un joven huér- 
fano, de ohc.0 librero , á 0UÍBB sus prolc ,., orM m) 
permtlian casarse porque la joven v su anciana ma- 
dre apenas podían con el trabajo de' sus manos alen- 



ADVERTKNCIVS. 

Concluida ya la inserción del prólogo, continua- 
mos hoy publicando la interesante novela Francisco 

el í-i¡H¡siiu. 

Bogamos á nuestras apreciables susrriloras de 
provincias de los puntos en que no tenemos corres- 
ponsales, se sirvan remitirnos el importe de la sus- 
criríon por medio de nua libranza sobre Correos. 



AMUWC10S DE NUESTRAS SUSCRITORAS, 

En la calle de Valvmle níim. 2t cuarto pintura!, pa- 
lería (le la derecha, haj una señora que borda con perfec- 
ción cualquier encargo que se le napa, imita id nipis y ha- 
ce (lula especie de composturas por iiiht difíciles que sean. 
En la misma casa se darán lecciones particulares de idio- 
ma francés y de bardados. 

Motilará j pinrn'iiouoro.— lín la calle ürd Cnnfle 
Duque, m'iiii. 7. cuarto í.-. se hacen ve«tiili>s de muda de 
kiilas clases á prccins muy arreglados; ios lisos á 12 rea- 
les. También se planchan y rúa con perfección v equidad. 



MADRID 1831. 

Impreula m- (Ion Jo*. Trojilln. ni jo, 

Calle de alaría Cristina, número 8, 



[)amin*ífj l\ de diciembre Je 1851. 



Núm. íO. 



escrito por isna sociedad de señoras y dedicado a su sexo. 



LA MUJER, 



llsi ■■ periódico sale lados l«s domingos; se suscribe en Mi Irnl < n l»s liüfítios de Monier ;ifc Cursi». A in. at iiif¿; j rn prowi- 
fi»j 19 rs. por das. meses tranco de pona, rcmilien imoiililjraiií.i a r.irnr denuestiu imprescr, ó selle? de franqueo. 



En nuestro último número nos ocupamos de las 

desgracias que trae á la mujer eso escesiva ternura 
de que la <luló el cielo, procurando inspirarle pru- 
dencia y precaución contra su propio < orazon, para 
evitar 'as lágrimas y las amargas penas que su sen- 
sibilidad podía ocasionarle. Hoy versará nuestro ar- 
tículo sobre el asunto, pero bajo diferente punto de 
vista; hoy procuraremos demostrar que si la ternura 
es una dote peligrosa para la tranquilidad y el repo- 
so de la mujer, cuando se deja arrastrar ciegamente 
v por las afecciones de su corazón, es no obstante su 
Cualidad mas relevante, ¡a que la hace realmente esti- 
mable y la que la adorna de otras muchas que han 
de conquistarle si no la felicidad, pues la felicidad en 
este mundo no es mas que una ilusión, á lo rueños ej 
aprecio, el respeto y hasta el entusiasmo de cuantos 
la rodean. 

Por su ternura se lince la mujer indispensable .-i 
la felicidad del hombre; por ella adivina los medios 
de suavizar el carácter mas feroz, los de consolar 
ta mas amarga pena, los de embalsamar la herida 
mas enconada; con su ternura en fin puede hasta 
cambiar en favorables los propósitos mas rencorosos 
que se fragüen en contra suya. ¿Ni cómo podía ser 
otra cosa? Era acaso posible que la Providencia hi- 
ciera predominar en la mujer esta cualidad solamen- 
te para su mal? Ah! no, no por cierto. Esa necesi- 
dad de amar y de amar siempre, y de amar basta la 
abnegación, basta el sacrificio; esa cualidad, dote 
especial del cielo, que iguala la mujer á los ángeles, 
esa es la garantía mas cierta de su bienestar, si no 
abusa de ella, si no corre ciega en pos de las ilusio- 
nes engañosas de un loco desvarío. 

El amor, que une á los cielos y la tierra; el amor 
que e§ el vínculo porque existe Ja sociedad, y el 



amor, que es la misión, la naturaleza, la existencia 
de la mujer, ¿ha de ser el que cause su desventura? 
No, no; caúsala ese bastardo deseo que nace de ios 
sentidos, que se paga de apariencias, cuyo lin es la 
corrupción, cuya consecuencia es la saciedad, el 
hastío y la desdicha, y que usurpa para encubrir su 
hediondez el nombre hermoso de amor, bajo eujo 
engañador aspecto suele ai rastrar á la incauta que 
no es precavida. Por el contrario el amo; verdade- 
ro, el amor puro, gage divino del mismo Dios, es e) 
bálsamo de ¡odas las liabas, consuelo dv todas las 
penas. Mirad en la desmantelada chuza á la pobre 
mendiga sonriendo con su hijo; muy infeliz es, muy 
desgraciada, pero en ese momento con su niño que- 
rido en los brazos, contemplando ctjn gozo inefable 
su sonrisa inocente, briudadlecl trono de un monar- 
ca pii cambio de aquel placer, y lo despreciará con 
desden. Ved al hijo rendido de fatiga, aniquilado de 
cansancio, después de un penoso dia de trabajo, 
cuando llega á depositar en el regazo de su madre 
el premio de su sudor, y envidiareis la celestial ven- 
tura que inunda su corazón: ¡qué pródigamente 
recompensadas encuentra sus fatigas si con ellas pue- 
de comprar un momento de dicha para su madre! 
¡Cómo en medio de su pobreza compadece en aquel 
momento á los grandes de la tierra , que ni com- 
prenden ni pueden comprar con todas sus riquezas 
Ja dicha que embriaga su alma! 

¿Y quién es el mágico agente que tanta ventura 
esconde bajo tan tristes apariencias? ¿Quién puede 
hacer el milagro de cambiar instantáneamente las 
lágrimas , la indigencia , los dolores en la su [trema 
dicha, en una dicha mas positiva , mis verdadera 
que la quedar pueden lodos los di te ites '¡" e il 
tara 3a ma- 



sino el amur, ese destello Je los cielos que el mis- 
mo Dios puso en nuestro corazón? El amor le una 
esposa querida disipa las penas de su esposo de~- 
•'Taciado; >■ canudo es ella la desgraciada, cuando ei 
hombre que juró hacerla dichosa la coima de des- 
ventura y envenena Iodos los momentos de su esis- 
lencia , su amor la hace heroicamente sufrida , su 
amor alíenla su esperanza, su amor le alcanza lo 
que por ningún otro medio pudiera conseguir; que 
al fin se reconozca su esposo ingrato, y avergonzado 
v arrepentida emplee tanto esmero en hacerle olvi- 
dar sus penas pasadas cuanto empicó en hacérselas 
sufrir. Al hermano, al amigo , ¿quién los hace felices 
sino ese sentimiento sauto del corazón? Amor, pa- 
labra sagrada que encierra en sí todo» los precep- 
tos divinos, todos los gérmenes de felicidad posible. 
Oh! si la especie humana en vez de buscar la ven- 
tura por el sendero odioso del egoísmo, que solo 
conduce al aislamiento y al dolor , cumpliese BM 
divino precepto! Oh! si los hombres se amasen íio- 
t-piamente , ¡como se convertiría esle triste mundo 
rn un paraíso v la mas pura felicidad acompañaría 
i lis mortales hasta que su alma ascendiese al seno 
del Criador ! 

l'ero con ese mágico nombre se disfrazan lan- 
íos sentimientos bastardos, se encubren tantos pro- 
verlos odiosos! El padre que descuida la educación 
de sus hijos ó les inspira los gérmenes de pasiones 
que han de hacer la su ruina , juzga que los ama ; el 
esposo que disipa las riquezas de su mujer y á, ella 
y á sus hijos conduce ú la miseria , dice que los 
ama ¡ el hombre que por satisfacer un deseo crina-' 
nal seduce ;í una incauta joven ó á una esposa, has- 
la entonces fiel , y causa la deshonra , el oprobio y 
la perdición de una familia, también dice que tiene 
ciiuur. ¿Haría mas quien encarnizadamente odiase 
i sas victimas infelices de tan pérfido engaño.' 
Démonos, pues, el parabién de que la Prnviden- 
tii nos haya escogido para depositar en nuestros 
<:oraioues esa inmensa riqueza ele ternura ron que 
,ios ha dotado , esa sensibilidad esquisila inherente 
i la condición de la mujer ; pero no nos dejemos 
arrastrar incautamente por esas cualidades. El amor 
■ ■<■ nuestro deslino; pero seamos prudentes, apren- 
damos á distinguir del verdadero amar , del torpe 
deseo, de la criminal indiferencia y del odio simu- 
lado, ruando se disfracen can el nombre v las apa- 
riencias de un verdadero afecto-, el primero es la 
felicidad, es la virlud , el segundo ta desventura y 
el oprobio. 



A LA ITALIA. 



Despierta, Italia, del horrible sueño 
En que hace siglos mil estás sumida, 

Y sacudiendo ese letal beleño 
Vuelve á la libertad, vuelve á la vida. 

Despierta, Italia, al fin, llegó el instante 
De romper, pobre esclava, tu cadena 

Y aclamarte otra vez reina triunfante 
Del mundo que al olvido lecondeua! 

Despierta, si: ya el ángel de victoria 
Sobre lu sien agita su oriflama, 

Y la página abriendo de tu historia 
A mas dichoso porvenir te llama. 

Pero ¿qué veo? inanimada, yerta,. 
Mi voz no escuchas, la palabra sania 
De gloria y libertad no te despierta 

Y del liranu vil besas la planta? 

¿Qué es eso, oh Dios? tn pecho mancillad" 

Y en oprobia fatal envilecido, 
Ya no abriga ni un átomo sagrado 

De esa virtud que al mundo ha esclarecido! 
Ya para línohsv patria, fama, gloria:. 
Ya para li no hay nada, vil esclava, 

Y vejetas feliz cutre la escuria 
Que con desprecio tu baldón agrava! 

Olvidaste aquel tiempo venturoso 
Que entre hacinadas lanzas y broquelen, 
Dormías tras combate victorioso. 
A la sombra feliz de lus laureles. 

Entonces mil esclavos te aclamaban 
Señora de los ruares y ta tierra. 
Sus bélicos cantares te arrullaba;] 

Y el noble estruendo de gloriosa ¡juerra. 
Entonces de ambición henchido el pecho. 

.-VI universo entero dando leyes. 
Mil cetros le prestaban áureo lecho. 
Doseles los pendones de mil reyes! 

Y ahora dormitando entre las Doces 
Al blando son de dulce cantinela, 
Solo le arrullan báquicos amores 

Y el bélico clarín lu pecho biela, 
¿Donde está, vil esclava, lu corona? 

Qué hiciste de lu cetro soberano? 
Tú lo perdiste, impúdica malroun. 

Y brilla altivo en cstranjern mano! 
¿Qué dirás ni Eterno cuando uu dia 

Te llame ajuicio ante su escelso trono,' 
¿Que le dirás, responde, reina impla. 



Que pueda á tal baldón servir de abono? 

¿Crees te «lió ese ciclo refulgente, 
Crees le dio ese sol esplendoroso 
Para que alumbre tu aludida frente 

Y contemple lu oprobio ignominioso ? 
¿Crees que dio á lus hijos por ventura 

Un noble corazón lleno de fuego, 
Para que arrastren una vida oscura 

Y besen sus cadenas con sosiego? 
Nunca del Dios clemente v bondadoso 

Los decretos pudieron ser tan pravos, 
Que hubiese dado un suelo tan hermoso 
A torpe grey de tímidos esclavos! 

¿Alegarás ta! vez que mil guerreros, 
A una seña fatal de tu verdugo 
Sobre ti suspendiendo sus aceros 
Te impondrán otra vez funesto yugo! 

¿Lo alegarás tal vez? ¡torpe mentira! 
¿fío sabes que tan solo el dulce nombre 
De gloria y libertad valor inspira, 

Y en un Dios inmortal convierte al hombre? 
¿Qué son esos autómatas sin alma 

Ante un pueblo valiente y decidido, 

*Jue de gloria inmortal busca la palma 

De ardor y tic entusiasmu el pecho henchido? 

¡Nada son para él! fiero gigante 
Al ver á su enemigo el pié levanta 
Con el desden pintado en el semblante, 

Y aplasta mil pigmeos con su planta. 
¿Qué temes pues? despiértate señora, 

Antes que el sumo Dios selle tu frente 
Con la marca de infamia que desdora, 

Y tumba á libertad gtitn ferviente. 
.Mira á tus hijos: su valor alienta: 

Haz que abrasados en ardiente llama, 
Corran veloces á la lid sangrienta 
Agitando de unión el oriflama. 

A su frente vé tú, noble matrona, 
Desprecia del tirano los joyeles, 

Y vuela á conquistar nueva corona 
Cubriendo tu baldón con mil laureles. 

Despiértale por fin, vuela al combate, 
Union y libertad tu grito sea, 

Y de tu bollado honor busca el rescate 
Entre el estruendo de marcial pelea. 

Que si sucumbes en combate honroso 
Tendrás al menos al morir con gloria, 
Rota bandera por sudario hermoso, 

Y por premio una página en la historia 

tunela l.rii-.".!- 



MUJERES CÉLEBRES. 

LUCRECIA ELENA CORNARO. 

Entre Jas mujeres que mas han sobresalido por 
sus grandes virtudes y talentos , merece un lugar 
preferente la bella Lucrecia Elena Curnaro. Esta 
sabia italiana, de la ¡lustrisima familia de los Cor- 
u.iros de Venena, nació en el ano de 1646. Desde 
muy nina manifestó una grande afición á las letras, 
especialmente al estudio de las lenguas , en el que 
hizo tan extraordinarios progresos que no solamen- 
te poseyó las lenguas latina , griega y hebrea, que 
hablaba con Ja mayor perfección, sino casi todas las 
lenguas vivas que se hablan en Europa, Su admira- 
ble genio se enseñoreó también en la filosofía , las 
matemáticas y la sagrada teología, en cuyas ciencias 
hizo tan prodigiosos adelantos que muy pronto el 
nombre de Elena se coloco dignamente á ia altura 
de los hombres mas sabios de su tiempo. 

La universidad d« Pádua, sabedora de sus gran- 
des conocimientos científicos, determinó darle el 
grado de doctora en la facultad de teología, lo cual 
no llegó á efectuarse por oposición del cardenal Bar- 
barigo, obispo de la ciudad, que alegó aquella má- 
xima de S. Pablo que niega á las mujeres el minis- 
terio de enseñar en la Iglesia. Empero deseosa 
aquella ilustre corporación de rendir un justo Jio- 
menage á los relevantes méritos de Elena Cornaro, 
hubo de contentarse con darle el doctorado en filo- 
sofía. Este acto se celebró con la mayor solemnidad, 
asistiendo á él muchos principes y princesas que al 
efecto acudieron de todas partes de Ilalin. 

Pero si grande fué aquella mujer por su admi- 
rable sabiduría , no lo fué menos por la piedad de 
su corazón. A los 12 años, cuando el mundo se pre- 
senta á los ojos bajo el aspecto mas halagüeño v fas- 
cinador, bízo la abnegación mas generosa y espon- 
tánea formando voló de virginidad. 

Un principe de Alemania que la amaba entraña- 
blemente solicitó su mano , ofreciéndole conseguir 
de su Santidad la dispensa det voto ; pero todo fué 
inútil, y ni sus ruegos ni los de sus parientes bas- 
taron á desviarla de su propósito. Antes por el con- 
trario, queriendo desvanecer de una vez las espe- 
ranzas de oíros de sus admiradores que aspira- 
ban con igual ardor á su mano, trato de entrar de 
religiosa benedictina. Pera su padre se opuso abier- 
tamente, si bien no pudo estorbar que revalidase 
su promesa de virginidad, añadiendo los otros vn- 



los religiosos en cualidad de. «blata Je la religión 
<le San Benito , en manos del abad del monasterio 
de San Jorge, 

Desde aquel dia observo una vida tan ejemplar 
eu la casa paterna que pudiera haber hecho honor 
a la mas austera religiosa. Era tan amante de la so- 
ledad , tan completo su recogimiento , tan invenci- 
ble su repugnancia & presentarse en ]i ubi tío , que 
solo por acceder á las instancias tic su padre con- 
sentía un dejarse ver algunas veces, añadiendo que 
aquella obediencia liabia de coslarle la vida. 

Esta fué bien corta, pues á la edad de 38 años 
vold á unirse con los ángeles, sus hermanos, á la 
mansión de los justos, dejando varias obras que in- 
mortalizaran su nombre. 

Muchos son los autores que hicieron el pane- 
gírico de esta celebre mujer, entre los cuales (ire- 
Sorio Leli le prodiga los epítetos de httoiná de las. 
Jffrus, de móniituó de las tundas y de ángel ¿n la 
firrriwjHra y ol ti fondor. 

-tn« llnrin. 

A JQXjlÁ NARIZ- 

Soni-fn A Imllnrlon tlrl lie 1 Sutil Ululo de 

QUEVEDO. 

Erase una nariz como un máchele, 
Nariz que pudo ser uu guarda-esquiua ; 
Erase una nariz, nariz divina 
l'ara servir de base á un minarete. 

Erase una nariz vulgo mosquete. 
Era mas que mosquete, culebrina; 
Erase una nariz, nariz niaclúua 
Llevando pur ternilla uu morterete. 

Erase una nariz rumo un navio 
1 en la comparación corlo me quedo '); 
Erase otro Peñón ■le la Gomera , 

Erase, y acabemos numen uño, 
Erase una nariz que ni (juevedo 
Pudo alcanzar a imaginar siquiera. 

LA ORGÍA. 

Soneto, 

„Wis e ) p | acer qug re¡na cn)re psa ^ eo[ ^ 
Veis esa animación y ese ruido 
Y el choque de las copas confundido 
Con los brindis que entona el elocuente J 

¿.Veis esa Tacana!, ese (oriente 




Que aboyando está el pesar con el olvido? 
¿Veis aquese tropel que adormecido 
Eslá de ese licor dulce y ardiente? 

Dejadlo proseguir, dejad que crezca . 
Dejadlo proseguir hasta la aurora , 
Que cuando allá en el cielo reaparezca 

El rubicundo sol que id orondo dora 
Verán que al lerminar esos placeres 
No hay sino Llanto, luto y padeceros. 



FRAGMENTO. 



Suena el canon: a su estampido fiero 
Imploran los guerreros A la suerte; 
Dirígese la mecha hacia el mortero 

Y empieza á resonar la \oz de muerte. 
Cúbrese de humo el azulado cielo , 

Vé»e brillar b Manía ert lontananza , 
E infundiendo terror v desconsuelo 
Marcha la tropa llena de esperanza. 

Gttertal diwlacivn ! mncrlr, mahadm! 
Son las voces que el aire reproduce, 

Y al sonar de los toques compasados 
Todo á sangre y ¡i fuego se reduce. 

Al anua, ompañeros.' á la brecha.' 
Vuelve á gritar la turba enronquecida , 

Y al brillar del acero y de la mecha 
Vuela la hueste, á despreciar la \¡da. 

Oyese el alambor halirius sones. 
Esgrimen»* en el aire las espadas 

Y álzause hasta las nubes los pendones 
Bu medio de las lilas apresadas. 



Ha cesado e¡ ardor de los soldados 
Una vez conquistada la victoria; 
Al verlos ya mañana coronados 
Veréis manchada la contraria historia. 

Enrlqueiit. 



A continuación de estas lincas hallarán nuestras: 
lectoras la prosecución de la aventura ocurrida al 
padre de nuestra amable corresponsal, que quedó 
pendiente en el número anterior 



Desdobló el papel que le dirigían sus huéspedes, 
eu el cual hallo estas corlas pero sentenciosas frases: 
-Al amanecer tendréis la puerta franca para salir. 
Si os merece algún reconocimiento la hospitalidad 
que aquí habéis hallado , mostrad vuestra gratitud 
no volviendo nunca por estos contornos ni solo ni 
acompañada, ui diciendo una palabra que pueda re- 
velar el secreto de nuestra morada, que habéis sur- 
prendido. SÍ por gratitud no calláis, callad por pru- 
dencia; pues siempre es aventurado y peligroso pu- 
blicar secretos de personas que licúen interés en 
ocultarlos." 

Un tanto suspenso dejó al cazador esta carta, mas 
pronto se decidió á cenar y dormir hasla la venida 
del día, puesto que ni tenia medios de indagar los 
misterios que allí pudieran ocultarse, ni otro parti- 
do que lomar. 

Apenas empezó la aurora á difundir sus rosados 
albores por el Oriente , lomó nuestro cazador su es- 
copeta y salió de la cueva , no sin dirigir alguna mi- 
rada de reconocimiento hacia e! punto por donde 
vio desaparecer á la joven que lo recibiera enella; 
dirigiéndose á largos pasos á su casa , ansioso de 
tranquilizará su familia, que laeonsideraba sumida 
en el mayor cuidado. Mas ¿cuál seria su asombro al 
encontrarla tranquila, sosegada y sin el menor sin- 
loma de impaciencia, y al oir á su hija decirle: 

— Ya sabemos que ha pasado V. bien la noche. 
; Con qué zozobra hubiéramos estado si V. , siempre 
lan cuidadoso, siempre tan precavido, no nos bu 
biera avisado hallarse seguro y bien alojado! 

—Si. ¿Os avisaron á tiempo, eh? 

— Poco después de anochecer. 

— tjué gentes \ qué gentes ! fué la única esclama- 
cion que se escapó de los labios del admirado caza- 
dor , inspirándole nueva gratitud aquel esmero en 
evitar á sus hijos el cuidado que su ausencia había 
de ocasionarles. 

Xo es la curiosidad el vicio dominante del hom- 
bre de nuestra relación , mas todas aquellas circuns- 
tancias ¡legaron á inspirársela tan viva, y fué tal la 
impaciencia que sentía por conocer ¡i aquella joven á 
quien sin embargo de su misterio tanto debía, que 
influyó hasta en su carácter disipando su buen humor 
habitual. 

Veinte días hacia que pasara la noche en el bos- 
que; veinte días que estaba de continuo pensativo, 
discurriendo, hacieudo conjeturas acerca de los mo- 
tivos que impulsarían á los habitantes de la cueva á 
aquel misterio. Eran las doce de la noche, se ha- 
llaba solo en su habitación, desvelado y dando vuel- 
tas á su pensamiento dominante , cuando oyó llamar 
con fuertes golpes á su puerta. 

Se continuará. 




-r***0t9t**** 



UJV mes en la aldea. 

ÍCOXTISÚA.) 

El joven escuchó aquellas palabras sin poderse 
dar cuenta de su verdadero sentido. ¿Sena cierto 
que la herniosa castellana hahia venido á ser la es- 
posa del rústico aldeano? fio , no podía ser; pero 
Enrique la miraba , veía aquella frente llena de dig- 
nidad : ¿aquellos labios podian proferir una frase 
que no fuera cierta? no: el marqués tampoco hu- 
biera querido que aquel ángel candoroso apareciera 
ñ sus ojos cubierto con el manto repugnante de una 
inexactitud- la amaba con tal delirio, que lodo lo 
que pudía rebajarla lastimaba su corazón amante y 
consecuente. Pero su amor herido pudo mas que to- 
das las reflexiones que habían cruzado por su frente 
y que llevamos espucstas. 

Después de algunos linimentos en que Ida había 
conservado toda la sangre fría de que es capaz una 
mujer que comprende su situación y sabe no com- 
prometerla, el joven esclamó con marcada acritud: 
— ¿Será cierto, señora, que la descendiente de 
duques bata unido sus esclarecidos blasones con el 
miserable aldeano? La joven hermosa, apellidada el 
ángel de la montaña por su caridad y su talento, 
¿habrá unido su destino con el rústico labriego.' No 
puedo creerlo, porque entre vos y ese pobre ¡lijo 
del pueblo me parece que hay una distancia inmen- 
sa: el día no puede aparecer al Indo de la noche: la 
altiva castellana no puede pasar á los brazos del 
colono. 

— Basta, marqués, no me hagáis arrepenlErme 
de haberos amado con toda la fé de mi corazón; no 
me bagáis llorar al considerar no tenéis un alma 
grande y generosa; no queráis que al poneros en 
parangón con ese pobre hijo del pueblo, á quien sin 
piedad escarnecéis, os diga que es mas noble él, por- 
que tiene esa nobleza que todo lo domina y lo igua- 
la: esa noble/a que Dios solo la da , Dios que con 
su bondad infinita dice: aerea tu porvenir. Esta ha 
sido la palabra que Pedro ha interpretado tan bienal 
separarse del:: masa del pueblo , al crearse un nom- 
bre que solo debe á su valor y á la grandeza de su 
alma. Asi, caballero , al hablar de ese aldeano pobre 
y oscuro , como vos decís , hacedlo con mesura, 
porque, os lo repito, las ofensas que hicieren al que 
ya es mi esposo, no pueden menos de herir lo mas 
profundo de mi corazón; v después decidme, mar- 
qués , vos lleno de talento ¿como podéis en esle íns- 









taute usar un lenguage contrario i vuestras ideas y á 
la causa que defendéis:' Ku este siglo en que la ciencia 
debe brillar sin compañera, en que el talento todo 
lo iguala, ¿porqué llamáis hombre oscuro al que 
sin mas títulos que su talento y su valor se engran- 
dece? 

— Pero. Ida, decid, ¿es verdad que sois su es- 
posa? 

— Sí, dijo la joven con firmeza; he creído que la 
obediencia es el primer deber de un hijo; él salvó á 
mi padre en cien combate»; él me ha rendido un cul- 
to casi increíble; ¿\ ha volado á abrasar una causa 
quesus ideas rechazaban soloporm.'; decid, Enrique, 
no merecían laníos sacrificios alguna recompensa? 
(Se continuará. J 

«aulla B ,ir rerrul, 



(cosciusioif.) 

— Vamos, muchacho, escucha." Tú cuentas ape- 
nas veinte años y eres muy juren todavía para ca- 
sarte ; procura saber si ella le ama y si le promete 
esperar aun tres años. Si te dice que si entonces yo 
te haré entrar en un regimiento á pocas leguas de 
París para que puedas venir á verla cada tres meses, 
y concluidos los Ires años te doy palabra que le 
desposarás con ella. 

— Ah! querido tio me dais la vida; pero £cótno 
haré para saber si ella me quiere? 

— Curioso! preguntándosela» 

—Oh! querido tio no me atreveré nunca. Mas de 
cíen veces lo be ¡atentado y otras lautas me he 
quedado como antes. ;Ue decidí á escribirla, lo hice, 
pero mis cartas me parecieron tan insulsas que des- 
pués decscrilqs las hice pedazos. En suma, no ten- 
áré nunca el valor de manifestárselo. 

— \ sin embalo, queridísimo sobrino oiio , es 
menester que Noenii Ainelol sepa que lú la quieres. 
Si le corresponde debes sacrificarlo lodo por cita; 
pero es menesler saberlo . la ocasión es oportuna. 
Su padre, coiiid lú sabrás á la par que yo, quiere 
casarla; lú eres nía» neo que ella, pero el novio 
que quiere darla fí¡ mas rico que lú. Anda. pues, 
á buscar á Nocrui y dila que si te ama y está dis- 
puesta u esperarte por tres años me lo escriba á mi, 
que yo buscaré el nimio de desbaratar bis bodas que 
la propone su padre y d c hacerle que consienta en 
lasque yo le propon-a á fin de uniros á loda costa. 

—Bien , mi querido lio : haré un esfuerzo y se Jo 
escribiré lodo. 

¡tejé » mi lio y me ful á casa A escribir la carta. 
Pero la gran dificultad consiste- en entregársela á 
Nicnii. Estuve un buen rato pensando en el medio 



que debía emplear, hasta que por fin se me ocurrió 
la idea de ponerla en un ramillete de rosas. En 
aquella carlita lo declaraba mi amor, le rogaba me 
amase y me esperase por tres años . y anadia que 
en señal de afirmativa llevase aquella noche en tu 
seno una de mis rosas. 

— Ahí pusisteis vuestra carta entre las rosas? dijo 
la señora de Lorgerel. ¿Y qué sucedió? 

— Sucedió que por la noche Noemi no llevaba en 
su seno niitguua de mis rosas. Entonces yo quería 
matarme, pero mi buen lio me llevó consigo en un 
largo viaje, hizo lodo lo posible para distraerme do 
ttii pasión v ac¡rbii con persuadirme de que Noonii 
nunca me había amado. 

— No sabéis que' se hizo de ella? 

— No. 

— Comprendo; luego vos no sois Desculler? 

— X» , mi señora ; Desculler es el nombre de la 
tierra que he bcredado. Yo me llamo Edmundo 
1)' Allheio), 

— Es verdad. 

— ¿Cómo que es verdad? 

— Yo os diré lo que sucedió á Xoemí. 

— Vos.' y cómo.' 

— Yo. si, elía os amaba; pero cu aquella noebe 
no íe había apercibido aun de vuestra caria, oculta 
en el r.'UJUÍjVrc; lloró vuestra ausencia... y después 
se casó con el señor de Lorgerel. 

— El señor de Lorgerel! 

— Si, de quien soy viuda. 

— Cómo! vos... vos sois Noemi Amela t? 

—Sí, aqni está vuestro ramillete de rosas. ' 
Esto diciendo Ea señora de Lorgerel abrió una 
caja do ébano y sacó de clin un ramillete seco. 
Hacia cuarenta aüos que estaba allí. Lo desaló y 
apareció la caria. 

Desde entonces el señor Desculler y la señora 
de Lorgerel no se separan el uno del piro. Repiten 
á menudo lodos los pormenores de aquel desventu- 
rado autor y se aman en los dulces recuerdos del 
pasado. 



L;i Exc-ma. Sra. D. J Gertrudis Gómez de Ave- 
llaneda acaba de componer una loa en verso, que 
se está ensayando en el teatro del Principe para 
cuando se verifique el deseado alumbramiento de 
S. M. 



A última hora hemos recibido un comunicado 
firmado por una de nuestras suscriloras, por¡lo cual 
no lo insertamos en este número: en el siguiente le 
daremos cabida con su contestación al canto. Hace- 
mos esta manifestación para tranquilidad de la in- 
teresada. 



MAD1RD 1851. 
Imprcni* tir «ion Jetee Tritiltln, uljo. 

Caltcde María Cristina, número 8. 




PUKlng» «I de illflímtire de MSI. 





PKIiJODlO) 



ESCRITO POR UN'A SOCIEDAD DE SEÑORAS Y DEDICADO A SU SEXO. 



Si algún (lia hemos tomarlo la pluma 
con júbilo y alegría; si alguna vez dos lia 
conquistado una verdadera satisfacción la 
publicación de nuestro periódico , es hoy 
que podemos llenar su primera página 
con la noticia del acontecimiento mas 
fausto para todos los españoles, nuestra 
adorada Reina ha dado á luz mía princesa 
hermosa como su madre, y como ella vín- 
culo de unión y prenda de felicidad para 
todos; como ella, como su madre adorad;!,, 
como la magnánima Isabel , gaje seguro 
de paz y de ventura , centro á donde se 
unirán, donde se concentrarán los senti- 
mientos de amor y lealtad de todos sus 
subditos. i 

Niña un dia nuestra Reina, de su cuna 
brotó la libertad para Esparta. Joven des- 
pués , el lazo fué que unió á todos los 
hijos de su noble patria , siendo siempre 
ejemplo de magnanimidad, de grandeza, 
de amor- Matrona hoy, y matrona caste- 



llana , (¡andábale que asegurar la ventura 
de su pueblo, legando á un vastago de 
su sangre su grandeza , sus virtudes , su 
amor á los espartóles. Ya ío ha realizado: 
esa princesa que acaba de nacer, al reci- 
bir el ser de su augusta madre, ha recibi- 
do el germen de todas sus virtudes , de 
todo su amor, y garantida está la felici- 
dad de los españoles con ser regidos por 
' la hija de su Reina adorada doña Isabel 
• Segunda. 

i Nosotras al unir nuestra pobre voz y 
i nuestros votos á los de todos los españo- 
les, lo hacemos llenas de júbilo por la se- 
guridad de ventura que nos da este acon- 
tecimiento, y de orgullo por ser una mujer 
h que la ha afianzado en este nuestro 
pais querido. 

El cielo, que nos ha colmado de tanta 
felicidad , quiera seguir dispensando sus 
favores protegiendo á la augusta Sobe- 
rana y á su inocente hija. 





AL FELIZ AUMBIUHFEXTO 

TOE S. M. JLA. M.13 ■!%'.:%. 

Dona Isiibd II. 

Yíi cu el cielo brilló la hermosa aurora 
Nuncio «le paz, de amor y de ventura i 
La hermosa Reina que la Kspníía adora 
Probó de madre la sin par dalzura! 

Y can ella su pueblo alborozado , 
Henchido el pecho de entusiasmo sanio, 
Al vastago saluda idolatrado 
Que lii'l termina su fatal quebranto. 

;()li, gracias Isabel!... Por fin cumpliste 
De tu amante nación el voto hermosa, 

Y con el froiu de in amor quisiste 
Su dicha amentar y sn renoso. 

Padre feliz! al recibir el tierno 
Traslado de Isabel en la recazo, 
{¡nacías rendiste al Salvador eterno 
Que ha bendecido tu amoroso lazo! 

¡ Reina y madre a la par 1 el premio hernioso 
De tu amor recibiste por la España I 
De tu destino el astro luminoso 
Mnguna nube el resplandor empaña! 

Ya terminó el pesar : sobre tí el ciclo 
Merecidos favores boy aduna. 
Que de una madre se disipa el duelo 
Al ver de un ángel la dorada cuna! 

Crezca á la bella sombra de tu gloria; 
Digna sera cual tú de cscelso nombre, 
La página ¡lustrando de su historia, 
Legando al mundo celestial renombre! 

Grande será cual tú: cual tú clemente 
Del pueblo enjugará el amargo llanto, 
La firmeza a! amor unirá ardiente, 
La justicia amparando con su manto, 

¡Dichosa madre! un porvenir sereno 
Ese arcángel hermoso te predice , 

Y el fiel pueblo español, de gozo llenn. 
Postrado ante tu trono te bendice! 



EL IttCISUEXTO DE DÍAS. 

Vacilantes y temerosas tomamos boy la pluma; 
la pobreza de nuestro ingenio, la rudeza de nuestra 
inteligencia, que mejor que nadie conocemos, nos 
desatienta y nos suspende al intentar describir la 
grandeza de este día y trazar algunas lineas hablando 
de su misterio inescrutable ; pero si ñus arredra la 
convicción de que la empresa es superior á nuestras 
fuerzas; si la conciencia de nuestra propia pequenez 
nos asusta , el sentimiento inmenso de que se halla 
henchido nuestro corazón nos anima , la inefable 
alegría que inunda nuestra alma nos obliga; y á pe- 
sar de nuestra debilidad y de nuestra ignorancia, 
nuestra voz se escapa para unirse al coro inmenso 
que elevan hoy todas las criaturas bendiciendo á su 
Criador. Kl Hijo de Dios, que no eligid para nacer 
un palacio sino un establo , la Virgen inmaculada 
que mereció ser Su madre, ven los corazones y acep- 
tarán nuestra pobre ofrenda, perdonando el desali- 
ño de la espresion. La bejievuiencia de nuestras 
lectoras cscusnrá también nuestro atrevimiento, si- 
quiera sea por que interpretamos el deseo que las 
anima y aprovechamos en un periódico dedicado á 
nueslro sexo la ocasión de ennoblecer sus páginas 
ron el nombre sagrado de la mujer santa sobre todos 
los santos, que mereció ser madre del Hijo de Dios, 
La primera mujer que diera Dios para com- 
pañera de! hombre, seducida por el enemigo de la es- 
pecie humana, delinquió e hizo delinquir á su com- 
panero. La maldición de Dios cayó sobre la raza 
humana; arrojados dei paraiso donde fueron cria- 
dos, tuvieron por patria el árido mundo, donde 
los acompañaron el crimen, los dolores, las pe- 
nas y la muerte. Los hijos del hombre maldito na- 
cieron en las desdichas y en el pecado , y la tierra se 
cubrió de crímenes, los hombres se olvidaron de 
su Criador; y Dios en su justicia los esterminó inun- 
dándola con un diluvio , salvando solamente á una 
familia de justos que adoraban su sanio nombre. Vol- 
vió á crecer la especie humana , pero concebida en 
el pecado toda estaba condenada. 

De nuevo los hambres habian olvidado á su Cria- 
dor. Una nación guerrera y ambiciosa dominaba el 
universo, orgullosa con sus victorias habia acumu- 
mulado los tesoros del mundo entero, y en medio 
de sus riquezas dorraia en Jaembrisguez de los 
deleites mas inmundos; los principios de justi- 
cia y equidad se habian borrado en sus mentes dege- 
neradas. Algunos sabios, algunos filósofos imaginan 



3 



corregir ó moralizar; pero aun esos sabios y esos fi- 
lósofos paga tributo á fas ideas dominantes en aquel 
pueblo, y en sus leyes y en sus gefes cíe moral 
consideraban á U mtijer como un instrumento de 
placer, y al hombre que nació en !a esclavitud, como 
una cosa cuando no como una fiera, y sus doctrinas 
solo comprendían á medias la virtud y la justicia. 

¡Oh triste y lastimosa edad! El mundo esclavo 
de los romanos, los romanos esclavos de los que pro- 
crearon á los Calígulas que liacian senadores á sus 
caballos, de los Nerones que incendiaban á la popu- 
losa Roma por el placer de ver ardiendo una gran 
ciudad, y asesinaban á sus madres para examinar las 
entrañas que ios abrigaron nueve meses. Horror! 
horror! 

En esa época espantosa de degradación en que 
se ennoblecieron los crímenes mas horrendos, y basta 
se erigieron en virtudes, en qtiese envanecieron los 
señores del orbe ostentando vicios tan hediondos que 
contrariaban basta ¡a naturaleza; una virgen de Ju- 
dea, pura como el pensamiento del mismo Dios, bella 
como la alegría de los cielos, sania como la madre 
de la santidad, fué elegida por el Criador de los cie- 
los y la tierra para concebir en su purísimo seno al 
regenerador de la especie humana, al Hijo mismo de 
Dios, que descendía del cielo á satisfacer á la jus- 
ticia divina, á levantar el anatema que pesaba suWe 
la raza humana alcanzando para e] hombre el perdón 
de su Dios, la bendición de su padre, abriéndole 
otra vez las puertas del paraiso, y dejarle después 
los cielos por patria, la gloria por herencia, y la 
eternidad para gozarla, 

Era la noche: el frió mas intenso helaba basta 
la respiración j la nieve caia en menudos copos, y 
María, !a virgen pura de Nazarel, la descendiente 
de David, la que iba á ser madre del Hacedor délos 
cielos y la tierra, no encontró una casa quela hospeda- 
se en la populosa ciudad de Belén ; todas sus puer- 
taslas halló cerradas, á todossus moradores sin com- 
pasión, y acompañada del patriarca venerable, que 
era su esposo, tuvo que albergarse en una misera 
cabana que servia de establo á algunos animales. 
Siéntese con los síntomas del parto , y á los pocos 
momentos ya es madre, madre del Hijo de Dios, 
del Redentor del mundo, del Salvador de la raza 
humana. El hombre Dios ha nacido; el hombre pe- 
cador será perdonado. 

Y el eslahlo se convirtió en nuevo ciclo; 
los resplandores de la gloría lo iluminaron con 
divina luz; los ángel"? bajaron para entonar 



las alabanzas del recien nacido; los reyes de re- 
motas tierras vinieron á rendir su homenage al rey 
de reyes, al señor de los señores, y la naturaleza 
entera entona un himno inmenso de alabanzas á *u 
Dios. 

¡Oh cuél cambia todo en el misero mundo! Las 
-: 'lides degradadas aprenderán á conquistar su 
perdida dignidad; la ley de la mas pura moral vol- 
verá á iluminar la razón eslraviada y corrompida, 
■ ■I señor y el esclavo se llamarán hermanos, los 
hombres van á ser redimidos -, perdonados, unidos 
por ese ia7o inmenso del amor que ha hecho descen- 
der délos cielos aí Hijo de Dios para satisfacer la 
justicia de su padre y enseñar su lev divina, esa lev 
de ventura, de gracia, de santidad ; esa ley que no 
manda mas que amar, creer, esperar. 

¡Oh dichoso día ! ¡ Olí nacimiento glorioso! ;Oh 
misterio inesplicable de infinito amor ! Pobres é ig- 
norantes mujeres no atinamos ni aun á espresar el 
gozo inmenso que esperi mentamos ; pero tú. Dios 
que descendiste á morar entre nosolros, tú que ves 
en los corozones, mira v acepta el sentimiento que 
inunda los nuestros, V til. Virgen pura, madre del 
divino Dios, que en este dia ascendiste á tan eleva- 
da gerarquta, acepia el bomennge de las que no 
cuentan otro mérito que el de adorar tus virtudes 
celestiales, «inspirarles las virtudes que practicase 
en su santa vida para que desde estedia seamos me- 
recedoras del elevado nombre de hijasiuvas. 

L.l IE.Uli.t9V L.l ILÜSIfll, 



Ningún bien mundano alcanza 
A llenar el corazón 
Cual tina hermosa esperanza 

Y una dorada ilusiun. 

Es muy bello de la gloria 
Ceñir el lauro envidiado, 
Grabando un nombre en la historia 
Del mundo entero aclamado. 

Es muy bello dominar 
Con su elocuencia la tierra, 

Y á sus plantas contemplar 
Cuaiilo el universo encierra, 

Y ver que de clima en clima 
La fama lleva su nombre 

Y su miseria sublima 

En Dios convertido el hombre. 

Ver rpr» de sitios lejanos 
Sabios vienen en tropel. 
Poniendo ásu planta ufanos 
De sus sienes el laurel. 



Y si i'ii su pensar profundo 
A Ib esfera tiende el vuelo. 
Ver que cual domina el mundo 
Dominar pudiera el ciclo. 

Mas ¡av! Iras tanta dulzura 
Tal vez se acullá la hiél. 
Que no hay placer sin tristura, 
Sin espina» no liay laurel. 

Ta! vez el que el mundo admira 
Satisfecha su ilusión. 
En vano á llenar aspira 
Su marchito corazón. 

Y apesar de su saber 

Y su inmenso poderío, 
Llora desalado al ver 
Su pobre pucho vacio. 

Que ningmi placer alcanza 
A llenar el corazón, 
Cual una hermosa esperanza 

Y una dorada ilusión. 

Bailo, muy helio es vivir 
Etilre vi lujo y los placeres, 
Sin hallar en su existir 
Ni espinas, ni padeccres. 

Bello, muy bello es gozar 
De los bailes y festines, 

Y su sienes coronar 
De rosas y de jazmines. 

Y mirar siempre serena 
La faz de bella fortuna, 
!>e mil y mil groes llena 

Sin sombra triste, importuna. 

Y la existencia licuar 
Para evitar el vacío, 
Con cuanto pueda soñar 
El hombre en su desvario: 
Con riquezas y joyeles. 
Palacios y aduladores, 

Y jardines, y vergeles, 
Con placeres, con amores. 

Pero en vano con afau 
Va buscando una ilusión. 
Que tras ¡os placeres van 
Las penas del corazón. 

"V en medio de la tristeza 
Que descolora su vida, 
Diera toda su riqueza 
Por la bella fe perdida. 

Que ningún placer alcanza 
A llenar el corazón. 
Cual una hermosa esperanza 

Y una dorada ilusión. 

Bello también es gozar 
De un amor dulce y profundo. 

Y con su llama trocar 

En bello edén este mundo, 
Bello también es sentir 



El fuego de una pasión, 

Y con otro confundir 
Nuestro amante corazón. 

Y gozar de esa dulzura 
Sublime, ardiente, infinita, 
Que de una vida marchito 
Sabe calmar la amargura. 

.Masay! que pronto el hastío 
Desvanece la ilusión, 
Dejando el pecho vacio 

Y marchitó el corazón. 

Y en vano busca anhelante- 
La esperanza ya perdida, 

Y la ilusión delirante 
Que doraba antes so vida' 

Que ningún placer alcanza 
A llenar el corazón, 
Cual una hermosa esperanza 

Y una dorada ilusión. 

Y mas helio es el vivir 
Ensueños de oro forjando, 

Y de flores adornando 
Cl hermoso porvenir. 

Y mas bello es el soñar 
Con gloria, riqueza, amores, 

Y de continuo volar 
Tras ensueños seductores. 

Si tras el ¡rozar perdida 
Se contempla ta ilusión, 

Y nada basta ñ dar vida 
Al muí ¡ente corazón; 

Quiera D¡os que eternamente 
Conserve esla dulce calma, 
Esta fe sublime, ardiente, 
Que basta Dios remonta el alma. 

Quiera Dios que mientras viva 
Grabe bien cu la memoria 
Que quien el gozar esquiva 
Aumenta su dicha y gloria. 

Pues ningún placer alcanza 
A llenar el corazón, 
Cual una hermosa esperanza 

Y una dorada ilusión. 

.infiel* tiran*!. 

LA NOCHE-BUENA. 

Hay dias consagrados k la alegría y al placer, 
dias en que el rico y el pobre, el niño y el viejo, lo- 
dos, todos miran como uu precepto inviolable la di- 
versión, la alegría; de esos dias privilegiados el prin- 
cipal es este en que escribimos, ó por mejor decir, la 
noche de este dia, la Noche-Buena. 

Las plazas inundadas de frutas, de turrones, de 
pavos y de nacimientos, vienen anunciando esta no- 
che felíz, con no corla anticipación; no hay casa 
donde no »e baga abundante prevención para la ce- 






nn de esta noche, en la cual consiste la celebración 
de la fiesta. Y como en esta noche no debiera ce- 
narse por ser dia de ayuno, hallaron nuestros mayo- 
res el medio de hermanar la abstinencia con la abun- 
dancia, la penitencia con el placea trasladando la 
colación á la hora de la comida, y ¡a comida á la hora 
de la colación, ingenioso medio de cumplir con Dios 
y con el mundo. Esta transacción no es ya tan nece- 
saria desde que cenamos una hora ó dos mas tempra- 
no que nuestros padres, y bautizamos la cena con el 
nombre de comida. De todos modos, probado está 
por la esperiencia que el hombre se divierte mas, ó 
únicamente ge divierte comiendo; esta noche no po- 
dría llamarse compleíameute buena si no se comiese 
en ella y abundantemente; así pues lo que la hace 
entre las familias memorable y deseada es la cena. 

La cena de Noche-Buena, precisa reunión de fa- 
milia á que aun asistimos, resto de las costumbre; 
antiguas que aun respetamos. En esa nuche y en esa 
reunión, á que nuestros padres acudían con una 
exactitud digna de sus tiempos, daban ala cena cier- 
to tinte de religioso; ningún miembro de la familia 
faltaba, y en esa cena, presidida por el mas an- 
ciano v respetable, se transigían las diferencias, se 
terminaban las contiendas, se ahogaban lo< gi'rinenes 
de enemistades y odios, v se estrechaban mas y mas 
las relaciones y vínculos del parentesco. 

En nuestros tiempos ha perdido ya la fiesta da 
Xoche-Buena ese carácter, esa influencia, y queda 
puram ntc reducida á un convite, convite no obs- 
tante en que se evoca el recuerdo de las personas 
queridas, de quienes nos Separa la muerte tí la ausen- 
cia; lo cual le da cierto aire melancólico que me/ 
ciado con la alegría de la noche, haceque la cena de 
Xoche-Buena tenga su carácter propio y peculiar. f r i n ; así pues aquellas represensiones las creía tan 



LA MES E¡V LA ALDEA. 

(COSTISÜA.) 

—Es cierto, señora; todos esos sacrificios mere- 
cían una recompensa, pero creo que habéis esaje- 
rado el compromiso que podia ligaros ¡i un hombre 
que á pesar de los colores con que pintáis la sitúa- 
■ • i ■ ■ r i en que os encontrabais con respecta á '■! . ja- 
más debió aspirar á vuestra mano. Y en el momento 
de prnnunciar esos votos que os separaban de roes- 
tro primer compromiso, decid, señora, ¿no lenib Lis- 
téis? Pudierais haber pensado en aquel momento 
solemne que se trataba del porvenir v de la felicidad 
de Enrique; que él os amaba co¡; lodo e! delirio de 
que es capaz aquel que por primera ve/, fija su mira- 
da en uita mujer que cree ha d¡i formar las delicias 
del restó de su vida; y al poner en la balanza todos 
los sacrificios de ese hombre, do debisteis olvidar 
que esa balanza en justicia debia inclinarse por el 
• Sel Olmo. 

Ida iTe*'ó, ron razón, que aquella conversación 
se prolongaba demasiado , y haciendo una ligera 
inclinación se disponía á dejar sin contestación al 
marqués, porque la joven creía haber dicho lo bas- 
lante. Su alma estaba tranquila , una voz mas po- 
derosa qac las pasiones humanas le decia : has 
combatido por hirgo tiempo, pero has trían fado: 
Enrique era el sueño hermoso de tu porvenir, era 
el complemento de la dicha ; sin él las estrellas no 
brillaban , el cielo era triste y nebuloso , las flores 
perdían para tí su encanto, el arroyuelu no murmu- 
raba co:i aquella cadencia que tanto le impresiona- 
ba, la naturaleza entera parecía comprender tu dolor 
y unirse a [i; mucho has llorado . pobre niña , con- 
templando aquella barquilla que tantas veces os 
cOnduria: y al encontraros sobre aquel río que juga- 
ba con vuestra frágil falúa y os unía á cada uno de 
sus botes, ¿quien os diría en aquellos momentos de 
suprema felicidad que la ambición jugaba del mismo 
modo con vuestros provectos v vuestro porvenir?» 
Ida sahiii lo que su cora/ou había sufrido v su- 



Esa misma circunstancia es la que aun hace que si 
conserve esta costumbre, en estos tiempos en que 
tan poco se da á las diversiones puramente domésti- 
cas, y en que el prurito de ridiculizar las costum- 
bres de nuestros padres ha venido á hacer que se 
pierdan Los puros y tranquilos goces de familia, por 
esos tumultuosos placeres mas aparentes que reates, 
y que no dejan tras si mas que el hastíu y quizá la 
ruina. 



injustas y ofendían tanto su dignidad , que creyó" 
que un silencio eterno debía por siempre cubrí- con 
velo impenetrable lodos los movimientos de aquel 
corazón destrozado pur el sufrimiento. Ida decia: la 
joven ha muerto, la esposa del honrado Pedro no 
debe ni puede contestar nada sin ofender al hombre 
que tiene ya derecho á toda su estimación. A pesar 
de su anuir al marques , la hermosa castellana re- 
cordaba con placer que el humilde aldeano cada dia 
se engrandecía; v algunas veces con esc orando de 



mujer que todo lo olvida cuando su amor propio se 
Conservemos pues este recuerdo de las costuro- encuentra salislccbo , pensaba que la esposa de un 

héroe debía ser digna de el. 

Pero aun no había dado dos pasos por el salón 
cuando Luisa, aquella nina bella é interesante ima- 
gen de bondad, apareció. Estaba morlalmenle páli- 
da, al ver á Ida se sonriyó con esa inocencia pura 



hres tranquilas Y pacíficasde nuestros padres, gozan 
do en Ja festividad de un dia tan grande para el cris- 
tiano de la conmemoración de esta costumbre tan 
respetada por nuestros mayores. 



que se asemeja á la transparencia del liflu, y esela- 
mó cou una voz que penelraba en lo mas profundo 
del corazón : 

—Por (in te cneueulro, hermana mía; lie tembla- 
do tanto por ti! 

—¿Por qué tiemblas por mi, Luisa mía? 

— Escucha . porque el tiempo vuela y los mo- 
mentos son preciosos ; sentí que dejabas nuestro 
aposento y escuché: desde que esla noche nos en- 
contramos rodeadas de soldados, el sueño ha huido 
de mis ojos; así pues abrí nuestra ventana y al 
poco tiempo el galope de un rabal! o me perturbó de 
uní meditación. ¡Oh, era bien triste! Pensaba que 
Dios, que ha creado tantas maravillas, tu debía per- 
mitir que luí hombres alimentaran esa pasión que 
tanto los rebaja . ese deseo de destrucción , ese en- 
cono con que el hermano hiere al hermano , y el 
amigo no escacha la voz que en olru tiempo nía- 
feliz unió su corazón con lazo sagrado. l-'.inbchido 
en estas ideas no escuché las primeras palabras del 
recién llegado, pero oí e! nombr,' de tu padre y 
i! •<[,'■ ;iI-'ii:'Í:.hl, Si, iltvi.i. mi coronel, la orden ES 
terminante; ese formidable enemigo, e( que acom- 
paña al señor de este Castillo, ha hecho prisioneros 
algunos lie nuestros mas bravos compañeros : este 
castillo encierra para él un depósito sagrado , un 
tesoro que todo lo aerificaré por él, su esposa, que 
es fama ser la criatura mas bella de lodo este pais. 
Mañana ese portento debe caminar cou nosotros 
hacia nuestro cuartel general, y pocos días después 
teniendo en rehenes esle tesoro, abrazaremos á 
nuestros valientes compañeros.» Asi pues huye, 
hermana mía. 

— Mi pobre Luisa , y te dejaré á ti ocupar mi 
puesto ,' Jío, eso nunca. 

— Oh! sí , Ida , un caballo tienes dispuesto , que 
la buena llana solicita ha buscado. Huye por Dios! 
¿qué. adelantarías con permanecer aquí? A mi ya 
me han visto; asi pues las dos sufriríamos la misma 
suerte. Üli! sálvale, hermana rnia; te lo pido en 
nombre de tu madre ! 

Y la joven de rodillas alzó sus manos con una ac- 
titud tan suplicante, que Enrique, que había pre- 
senciado aquella escena sin ser visto de la graciosa 
niña, se adelantó para unir susruegosá los de aquel 
ángel de abnegación, 

Al verle Luisa dié un grito. 

— Estamos perdidas, Ida; nos han escuchado. 

— No, contestó el joven; no es un enemigo el 
que une sus votos á vos para que deje este castillo 
en el momento vuestra hermana. Escuchadme, se- 
ñora. 

Y dirigiéndose á Ida continuo: 

— Mi lenguagc debe haber herido vuestro cora- 
zón : dacfme una prueba de que lo olvidáis. Permi- 
tid que os deposita en 'os urazos'de vuestro padre v 
espo-ii : no quien que podáis decir roa verdad que 
un hijo del pueblo es inr:s generoso que c| ni.inpiés 
del Olmo. 



Pocos momentos después, por un» deesas com- 
binaciones del destino , Enrique disfrazado con el 
Irage de sus enemigos, conduela á la mujer amada 
á brazos de su rival. 

(Se continuará,) 



lalalln B, dr Fcrr.nl. 



Leemos en los periódicos: 

Heroísmo reuüioso oe isa pbaücesa. — Duran- 
te, la terrible jornada del A en Paris, una hermana 
de la caridad. Sor María Amala, de el Avcyrou, lle- 
vaba auxilios á los heridos. Dos jóvenes del depar- 
tamento de Puy de Dome la remitieron un reloj y un 
rosario. Otro joven herido morlalmcnle la entregó 
una cruz que su madre le halda dado y llevaba en el 
d ce lio. Estos objetos quedan en deposito, calle de la 
Reforma (lúm, -.!). ¡i donde pueden reclamarse. 

Algunos testigos han venido á afirmarnos que 
María Amala habla manifestado en estas crueles cir- 
cunstancias una heroica abnegación. I'n oficial la 
Invitaba á retirarse diciéndola que r arria peligro su 
vida: «Y fiirn, contestó: asi morir/ en mi ¡metto.» 
No hay palabras para alabar á esla mujer generosa, 
que ha arrostrado los mayores peligros para obede- 
cer á la voz de la humanidad, 

Tbaüajo primoroso, — La señorita doña Matilde 
Navarro, que hizo una envoltura de batista que fué 
presentada á la reina para el malogrado príncipe de 
Asturias, ha tenido la honra de presentar ú S. \l c| 
dia ti del actual el completo de la envoltura con un 
magnifico faldón y casavés de nipis perfeclainenleca- 
lapuí. Según la opinión de personas ¡tile ¡gentes, 
tanto la envoltura como el faldón y casavés son de. 
cslraordiuario mérito por la finura desús labores y 
la variedad de sus dibujos que mas hien parecen un 
rico y delicado encaje que un calado hecho con la 
aguja, 5, M, se digno recibir este presente, quedan- 
do muy complacida de la aplicación de ia señorita 
Navarro, á quien dio señaladas pruebas de su ama- 
bilidad. 



MADRID Í8S1. 

Inórenla Ue iSuit Jnm- Tfiíjlllo, lilj». 

Calle de Marín Cristina, número S. 



A fio I. 



Domingo 28 de diciembre de 1831. 



Núm. 22. 



LA MUJER, 

PERIÓDICO 

escrito por una sociedad de señoras v dedica tío á su sexo. 



Este perüijicosale lodos lo^dúmin¿us;scsuícrihp en M*drideil lé; librerías de Uonlrr vdf Cui-la. & ir?, .il mf.s t ro protin- 
ciís ir) rs. por dos inesei franco dt parle, reinilien oanaUbratMl I r jv. h r de nuestro impresor, A ífilos de franqueo. 



Hemos venido oniuándonos eo nuestros números 
anteriores de parte de Lis desgracias que. aquejan á 
la mujer, y muchas mas pudieran añadirse al ca- 
tálogo; pero como algunas proceden de su propia 
manera Je obrar, como muchas puede evitar fácil- 
mente, hay nos dedicaremos ú trazar el cuadro de 
estas últimas, indicando los medios de evitarlas ó 
de repararlas al menos. 

Si la mujer aislarla por su viudez ó por su lior- 
t.Hj'Lnl tiene que lamentar su triste soledad y sufrir 
la* penas á ella consiguientes, y que ya en otro arti- 
culo ligeramente trazamos, sus disgustos, sus desgra- 
cias no son tan acudas ni tan continuas cuino las de 
la mujer casada, y estas serán nuestro lema de este 
día. 

Hemos dicho que algunas de sus desgracias pro- 
ceden de su manera de obrar, y esto es la verdad. 
La sociedad presente ha dado brillo y esplendor á la 
mujer, la mas csquisita galantería la rodea en pú- 
blico , y muchos hombres se ocupan en inventar 
adornos y prepararlas mi camino de flores y perfu- 
mes, mentidas apariencias, ficciones halagüeñas y 
brillantes que encubren una triste y amarga reali- 
dad, i Ay de la que se deje deslumhrar por esa tan 
engañadora perspectiva! ¡Ay de la que no conozca 
qne la mujer está condenada á ser siempre víctima, 
v que ese brillo de que se. La rodea es que se la 
adorna para el sacrificio! ¡Ay en fin de la que no 
comprenda que su misión es de sufrimiento, y deje 
de hacer acopio i!e resignación y fortaleza, para so- 
porlar los dolores que bau de acompañar su vida! 

¿Veis al amante tierno y entusiasta , jóvenes ino- 
centes , veisle protestar á vuestros pies sumisión y 
rendimiento, veisle atento siempre , siempre cuida- 
<Ju-o v .exacto, alabando hasta vuestros caprichos, 



recibiendo con sonrisa vuestras órdenes v obede- 
ciéndolas con prontitud, haciendo alarde de la mas 
completa abnegación? ¡Ali, pobres niñas! ¡Qué cruel 
I desengaño os espera si imagináis que asi es el hooi- 
[ ¡Ti', y que con tan amable compañero lus dias de 
vuestra vida vana sncederse .-u perpetua felicidad y 
alegría! Esa es la máscara con que el hombre se dis- 
fraza para representar el papel de amante; esperad, 
espetad á que. os llame esposa y su despoje de cs<; 
disfraz que va no necesita, y venís qué cambio, 
qué mutación de escena (an repentina y cruel. En- 
tonces os dará órdenes, y no se prestará á recibir 
ni aun consejos; enlonres pasará mucho tiempo sin 
que veáis su rostro placentero, porque los maridos 
acostumbran guardar su mal humor para Los poco 
ratos que pasan al lado de sus esposas;' os reprende- 
rá no sntamen te vuestros caprichos sino hasta vues- 
tros mas inocentes deseos: y entonces la vida os pa- 
recerá cruel, maldeciréis vuestra credulidad y vues- 
tra locura , llegareis á concebir tedio á vuestra casa, 
odio á vuestro marido, y os precipitareis quizá en 
un abismo. Ah! veo que nsasusta esta pintura, pero 
es porque no estáis preparadas para verla ; porque 
crédulas en demasía imagináis que os es debido ese 
rendimiento exagerado; porque mal aleccionadas 
ignoráis que los deberes de las mujeres no se cum- 
plen en las fiestas, ni en los saraos; porque no sa- 
béis que la vida es un tejido de penas y disgustos, y 
que cada momento de satisfacción y alegría cues- 
ta muchos dias de dolor. Triste por demás es esta 
verdad, pero no menos cierta, ni menos palpable. 
Convénceos de ella y tro gran paso habréis dado 
para huir de la desgrana. 

Una vez convencidas, os preparareis á cruzarla 
vida con resignación y fortaleza ; a! través de las do- 






radas frases del amante viras al hombre condeoa- 
do también á las penas v los pesares ; y al llamarle 
esposo vuestro no os sorprenderá su cambio repen- 
tino; entonces en lugar de arrastrarle á lo* saraos y 
las fiestas del gran mundo , procurareis rodearte en 
vuestra casa de lodos los dulces cuidados de una 
buena esposa , y de tos gratos placeres de familia; 
estudiando su carácter adivinareis Sus penas , J el 
mal humor 91130 que antes os irritaba sabréis abura 
que procede quizá de las contrariedades que halla 
para satisfacer lodos vuestros deseos, y ese cuidado 
os inspirará interés y redoblará vuestro cariño; y 
aun en medio de las penas y de las desgracias halla- 
reis consuelos para hacérselas menos amargas. 

¿Y qué mujer no ha conseguido con esta con- 
ducta, que no es heroica por cierto , pues se redu- 
re al cumplimiento de su obligación , qué mujer no 
ha conseguido atraer al esposo mas disipado y ha- 
llar el bienestar y la felicidad posible en esta vida?' 

Por eso hemos dicho al principio que muchas de' 
sus desgracias proceden de su manera de obrar, y 
que convenciéndose de que su verdadera misión so- 
bre la tierra es ser la compañera del hombre, para 
estudiar y consolar sos penas, alcanzara el bienes- 
tar y la ventura que por ningún otro cansino puede 
hallar. 



En vano la busco- 
por el verde prado, 
en vano suspiro 
y me agito en vano. 

Mí Lisa no veo , 
á Lisa no hallo, 
ni cogiendo moras 
vi con su rebaño. 

La ingrata , se olvida 
del amor que guardo 
dentro de mi pecho, 
tan puro , tan santo ! 

¡ Ay ¡ Por qué renuncia 
al placido halago 
que un dia ensayara 
con tan dulce encanto, 
que al mas desdeñoso 
de los aldeanos, 
de tosco , de rudo , 
lomó en cortesano? 

¿Do su aiiinr ha huidu ".'.:. 
¿A dónde á emplearlo 
se fué la perjura , 
sin rur uta á mi daño. 



¿Juzga que fiatílv 
por ser tan gallardo 
nicjni- anuir sabe 
que su tierno Fabio?.. .- 

Si es asi , Zagala , 
Wn te has engnñado. 
que amor como el mío 
no es fácil lograrlo 
de I tüpimii el bello , 
del discreto A nardo , 
del gentil Alteo , 
ní del mas bizarro 
entre iudus ellos , 
de Batilo hablo.. , 

De ese que se finje 
de li enamorado , 
de ese que la noche 
la pasa en descanso 
sin que le desvelen 
dicha» ni cuidados,-. 

l-ise do le ama 
1 ■irrm yo te amo. 

Yo, que en noche oscura 
bajo tu tejado, 
devoro mis celos, 
y es mi acerbo I linio 
mi sabrosa cena , 
y mi sueño blando . 
eterno desvelo, 
muy duro quebranto. 

Ésta triste vida 
que asi voy pasando 
por li, Lisa hermosa , 
¿no te causa espanto?... 

Vuélveme, le ruego , 
tu amor deseado, 
vuélveme mi dicha, 
vuélveme el regalo 
de tiempos felices 
que por mi pasaron — 
y olvida mis quejas, 
que yo habré olvidado 
cuando á mi le vuelvas 
mis reíos amargos.,. 



A) pié de una encina 
asi cantó Fabio. 
triste porque Lisa 
no quiso escucha rio. 
Impaciente luego , 
tomó su cayado , 
y á sus mejillas 
guiando á otros pastos , 
se ruare bü anheloso , 
mustio , cabizbajo-, 
llevando en su alma 
cruel desengaño. 



■ • »•«,... 



La siguiente comunicación, que recibimos hace 
dias y que hasta, hoy no hemos podido tener el gus- 
to de insertar, nos pone en la necesidad de decir al- 
gunas palabras sobre su contenido; si bien no nos 
prometemos satisfacer cumplidamente á la entusiasta 
comunicaste, porque cuantío se piden explicaciones 
de olvidos é ingratitudes no es fácil darla. Sin em- 
bargo, si el respetable sentimiento de que nuestra sus- 
critora está poseída, si su entusiasmo cundiera en 
nuestro sexo, pronto quedaría reparada la injusticia 
que lamentamos con ella, y no tardarían en elevarse 
esos un intiiii rulos á la memoria de nuestras celebres 
y heroicas compatriotas, que con razón echa de 
menos. 

"Sras. Redactores de La Mujer, 



IIi y oíros que conocen mejor á nuestro sexo, y 
comprenden que la mujer es capaz de las accio- 
nes mas gloriosas, que puede muy hicn hacer- 
se célebre y ser á la vez un modelo de virtudesr 
pero en estos la envidia produce el misino efecto que 
en los otros la preocupación, se creen humillados al 
oír que la fama se ocupa de alguna heroica mujer, y 
procuran achacar defectos á las mas ilustres, para 
rebajar las acciones que no pueden negar. De aquí 
resulta que !a preocupación ó la calumnia se encar- 
gan de disipar el entusiasmo, y que estas dos enemi- 
gas déla, celebridad han impedido se alcen los monu- 
mentos que nuestras célebres compatriotas merecían. 

Sin embargo, para satisfacción lanío de nuestra 

comunicante como de lodo nuestro sexo, les diremos 

Muy señoras itiias: Quisiera merecer de su bon- i <i ue > a se lia empezado á hacer justicia á las muje- 



li't se sirviesen dar cabida en las columnas de su 
apreciable periódico á la siguiente 
PREGUNTA. 
«¿Por qué así como á aquellos ilustres personajes 



res. Pocos meses hace se levantó en Francia una es- 
laiua á una joven célebre verificándose este acto, á 
que asistió ej gobierno de la república, con la mayor 
solemnidad; y como nuestros paisanos son tan aficio- 



que legan á la posteridad la rica herencia de sus nom- na<3os á iruilar lodo !o V K sc ['"etica en esc pai s , 



bres, se te erigen después de su muerte estatuas que 
eternicen sn memoria, cosa muy justa v que hace 
honor á los que promueven semejantes actos., por 
qué, repito, han de estar escluidas de esta distinción 
la.s qne pertenecen á nuestro sexo? ¿Acaso no se 
cuenta en él ninguna cuyas virtudes y hazañas pue- 
dan compararse con las de tanto varón ilustre? ¿No 
significa nada en la historia el nombre de María de 
Padilla, de 'Agustina Aragón, de Mariana Pineda, 
et«. ele? 

«Desearía pues que alguna pluma mejor corta- 
da que la tuia se tomase la molestia de sacar de da- 
das á su afectísima suscrilora 

Amalia Longuevila. 

liemos dicho mas de una vez en las columnas de 
nuestro periódico que una de las condiciones mas 
tristes de nuestro sexo es la de que los hombres, que 
se hait erijido en señores de la sociedad, ellos que to- 
do lo dominan, ellos que hacen Jas leyes y establecen 
las costumbres, nunca son justos con nuestro sexo. 
La idea en unos de que la mujer ha nacido para estar 
encerrada en su casa, y de que no debe participar 
en nada de la publicidad, les hace mirar con una pre- 
vención eslremad.i, y calificar ma'isimamente á toda 
mujer que llama la atención pública, aunque sea con 
la gloria que le adquieran sus acciones heroicas: estos 
hombres obran de buena fé, pero de buena fé niegan 
lodo mérito y califican injustamente á toda la mujer 
que adquiere celebridad. 



no dudamos que pronto se acordarán de sus célebres 
compatriotas aunque solo sea por imitación. 



A continuación íusertainos la prosecución de la 
aventura ocurrida al padre de una suscritora nues- 
tra, que dejamos pendiente en el número ¿0 de 
nuestro periódico. 

Xo admiró á este que llamasen á su puerta á ho- 
ra tan avanzada, pues por su profesión de medico, 
y médico de mucho crédito en el pais, era frecuen- 
temente interrumpido en tales horas para llevar sa- 
lud y consuelos al lecho de los enfermos; pero cule- 
ramente entregado at pensamiento que hacia dias le 
dominaba, veía con disgusto que le sacaran de aque- 
lla meditación en que pasaba lodos los momentos 
que podia robar á los cuidados de su profesión. 

Pocos «lómenlos habían pasado cuando le pre- 
sentó su criado una carta que trajera para él la per- 
sona que para tan altas horas de la noche guardaba 
sus visitas. 

Ver el médico la letra de la esquela y cambiarse 
en júbilo su impaciencia fué obra de un momento: 
abrióla iiimedialaonmle y recorrió su contenido, que 
era el siguiente: 

«Cuando la casualidad lo (rajo á V, á nuestra 
* oculta morada, lo atribuimos á la contrariedad déla 
>' suerte; ahora comprendemos fué un nuevo favor 
j>de la Providencia. 

» En recompensa de la pobre hospitalidad que re- 
icibió V. de nosotros solamente le exigimos el secre- 
"lo: ahora nos vemos obligados á rogarle que si ha 
i conservado nlguu recuerdo grato d * aquella nuche, 









• no -nos niegue el favor Je volver :'t esta pobre fao- 
*rnda, de il onde solamente V. puede disipar el des- 
■■ consuelo y la pena , alejando la terrible desgracia 
«[iii' nos amenaza. 

«El dador d« esta, persona rn quien nuede V. 
•ignuar, acompañará & V. si es lanía su bondad 
«que s« decide á favorecer a los que. aunque ocill- 
« tus., tuvieron la honra ie hospedarle una noche. ■' 

Terminar esta lectura, dar las ordene* compe- 
tentes, v fallarse á caballo siguiendo el camino que 
indicó su guía , fueron operaciones que nuestro oié- 
ilíco ejecutó en riu mu minio. 

Solamente el que haya estada batallando por 
largo líemjm ron urt secreto , que llegara á dominar 
todas sus facultades enseñoreándose coniplelain'nte 
ilc su espíritu , podrá formar un juicio aproximado 
del gozo que sen lia el hombre de nuestra historia en 
aquellos momenlos en que tan próvitim se hallaba 
de saber cuanto deseaba. Iba á ver otra vez á aque- 
IIS joven i¡ue adivinó la ansiedad en qiii« se liaUá— 
riau sus liijos por su ausemia de tina noche entera, 
y ron lanío cuidado los habla procurado tranquili- 
zar ; iba á penetrar el uiisAcriu que orillaba en aque- 
ll-i vivienda una familia tan ignorada de lodos Jus 
habitantes de la eomarca. 

Dijimos al principio que no era nuestra cazador 
en manera alguna curioso, v asi era la verdad: en- 
tregado constantemente ¡i esludios profundos, su cu- 
riosidad solo tenia por objeto penetrar los arcanos 
de la rienda; el ejercicio de. su misma profesión le 
Jiahiii puesln tantas veces de manifiesto los itt.Ú ín- 
timos secretos del rorazon humano , que en cierto* 
momentos supremos nunca se ocultan á la perdona 
de quien se espera alivia y consuelo, que por espe- 
rienria sabia también lo poro interesantes que son 
en lo general esos secretos individuales, que ¡i oo 
estar ocultas lan repugnantes y despreciables baria» 
a aquellos á quienes roncíeriiru. Alas, eslu no obs- 
tante , aquella joven de tunta distinción que lau inas- 
pe rada rúenle bailó en la cueva, los esroeraibs cuida- 
dos que le debió, el interés grande en ocultarse , la 
predisposición de su espíritu afectado por la pers- 
pectiva de la noche cruel v peligrosa que ti-ülia, an- 
tes de ver la luz de la cueva,, y últimamente ia so- 
ledad y el silencio cu que la paso loda , impresiona- 
ron su mente con tanta fuerza que uo debeesirañar- 
se que á pesar de su carácter habitual, y contra su 
costumbre, concibiese tal curiosidad por penetrar 
aquel misterio, y que sualogría al realizarse su ve- 
beuienle deseo fuese tan eslretaada que ni tino re- 
paro de enlregarse «aquella hora de la noche á mía 
uscursiou por medio de un monte que ofrecía bas- 
tante peligro, ni siquiera reparó en el guia iiue lo 
acompañaba. 

Antes de empezar la marcha , el que viooá bns- 
eario le ofreció la muía que motilaba , porque mas 
acostumbrada á los difíciles senderos por donde ha- 
bían de pasar, directa mas seguridad ; obsequio que 
uuestro médico aceptó mas que por ninguna otra 



SC hallaban en el 

ianes de la puerta, 
nítidas de aquel' 



rayo» por fio perder tiempo en con testada bes y cum- 
plimientos. Ni una palabra mas habla aalido de loi 
labios de aquel hombre en todo el camino, ha.sla que 
con un agudo silbido advirtió á los habitantes de la 
cueva su llegada y al medico qué se hallaban en el 
término de su viaje. 

Los alanos ; mu -lanles guardia 
llegaron con salios á recibir las o 
silencioso Majen. , prco sin dar los ladridos que de 
nunciaseu su presencia allí. 

Apeados médico \ acompañante, penetraron en 
la cueva que va conocen nuestras lectoras, y qitc 
esta veí no estaba iluminada por el vivo íue^o de la 
chimenea; la luz de un cnndelcm que tenia eu la 
mano aquella misma oten que lia lio el cazador la 
primera vea que penetró allí, y que ahora veta en el 
misino sitio, derramaba una débil claridad ett la es- 
tancia, después de reflejar en iit ,-ihtlinsirinu rostro. 

Aquella mujer joven, de rara belleza, entera- 
mente vestida de negro, ion su aire majestuoso, pe- 
ro en ruvo rostro se pintaban el dolor y la ansiedad; 
las paredes, que la escasez de luz hacia aparecer de 
un color pardiiscn, el silencio sepulcral que allí rei- 
nalia, y su propia pre-lisrmsicion. nifUiteron de tal 
modo cu ia imaginación ilel médico, que sola Lóenle 
pudo murmurar un saludo \ obedecer á la gviial que 
de seguirla le hizo la jóieu, penetrando ambos por 
aquella piieri.i lan disimulaba que la ocultó la prime- 
ra vez que llegó á la tw\a el médico cazador. 



■■»«»! /:*+*+* 

U!\ MES EN LA ALDEA. 






(üfttTIXrlA,) 

Al desaparecer ei monto de la noche pareciaq nc 
el sol rasgando por algún tiempo esa cortina ceni- 
cienta i inste que tea rae lan rólleos presenta á nues- 
tras provincias vascongadas , quería lucir lodo su 
esplendor, todas sus mas ricas galas. Al lado de 
aquellas maravillosas montañas caminaban sobre un 
brioso corcel dos criaturas, bellas sin igual : parecía 
que el destino al separarlas, al permitirles darse el 
ultimo adiós, había desplegado sobre ellas todos sus 
mas riiios atractivos : aquella noche de insomnio y 
de sufrimiento cabria sus encantadores rostros de 
mortal palidez. Ida apenas podía sostenerse ; pero el 
joven la oprimía contra eu pecho coa esa fuerza fe- 
bril que da el sufrimiento y <■[ cansancio, y la opri- 
mía doble mas porque su corazón le decía: «tienes 
entre tus brazos á la mujer por quien lodo lo sacrifi- 
carías , y la tienes por ul lima vez.» Sus labios desde 
la Salida del castillo aun no se habían despegado; 
Enrique clavó SU penetrante mirada en una elevada 
montaña . y su corazón latió de esa manera tan im- 
posible de describir con exartilud; había distinguido- 



el campamento enemigo ; allí estaba el hombre abor- 
recido que le robaba aquel ángel , que en este mo- 
mento tal vez contaba los latidos de su corazón; 
aquella mujer que é! sabia positiva meóle que lo 
amaba, y que él mismo debía entregarla á su rival. 
El joven en el fondo de su alma maldecía la sociedad, 
pues que por ser esclavo de esa p;ilabra con que el 
mundo santifica todos los sacrificios, día cumplirlo 
con su deber, » le hacia pasar por latí duras prueba*. 
El marqués era amante y amaba con ese delirio di* 
hombre que encuentra un imposible que vencer, y 
comprendía con dolor que cada segundo que tras- 
curría k aproximaba á una separación eterna ; asi 
pues buscaba en ruedlio de su agita.- ¡un todos cuan- 
tos recursos podía p;ira prolongar la llegada de aquel 
momento cuanto le fuera posible Por fin se deter- 
minó á interrumpir aquel silencio tan penoso y tan 
prolongado. 

— Ida! esclamó con un acento casi incomprensible, 
estáis fatigada ; mirad , á dos pasos de nosotros cor- 
re un cristalino arroyuelo; pudiéramos descansar 
algunos momentos y beber; estáis tan pálida que me 
hacéis temblar. 

— Gracias, Enrique, siempre sois bueno para 
mí; descansemos. 

En el momento, el joven salló del caballo y co- 
giendo entre sus brazos ú Ida, que no bubiera podi- 
do sostenerse en pié, la sentó sobre la yerba al lado 
del arroyuelo; el tronco de un árbol la servia de res- 
paldo. Enrique la cuidada con la tierna solicitud que 
una madre cariñosa mira y coloca en la cuua á su 
inocente hijo. Hubo un momento en que los jóve- 
nes en medio de aquella naturaleza radiante se mira- 
ron de esa manera indefinible que hace laür el cora- 
zón sin comprender la cansa, para poderse dar cuen- 
ta de ese movimiento tan rápido. El joven se cruzó 
de brazos y entre sollozos comenzó; 

—Ida, lloro como un niño, lloro porque te voy 
á perder; míralo, allí está Pedro! mira el campamen- 
lo carlista, allí está el hombre que te roba de mis 
brazos» y yo te he prometido llevarte hasta allí! Oh! 
Díos mió! ¡qué desgraciado soy! en este momento 
en que tus ojos me dicen: «te amo, Enrique, m 1 
amor no tiene límites." Ah! Ida, el cielo es testigo 
de mi sacrificio. 

—Pobre amigo! dijo la joven con pasión, qué fe- 
lices hemos sido algún tiempo! pero era demasiada 
felicidad para unos míseros mortales. 

Ida, enagenadaen los recuerdos del pasado, con- 
tiouó dominada por aquella impresión que no podía 



un solo instante le ern posible desechar: 

— ;Te acuerdas del dia supremo que iba á ser tu 
esposa (y sus mejillas se coloreaban!, la esposa de¡ 
hombre querido, la esposa de mi Enrique? Ay! Dios 
mió! qué momento aqnel! iba á ser luya para toda 
una eternidad; pero, v la joven acentuó esta frase 
con melancolía, los hombre* tuvieron envidia de 
nuestra felicidad, porque el mundo era para nos- 
otros un paraíso, v nos la arrebataron! 

— Oh! no, Ida mía, tú me amas porque tus pala- 
bras y tus ojos me lo dicen; sí, aun estás en mis* bra_ 
ZOS, huyamos' aquí tienes á tu Enrique . el lininbre 
que todo lo sacrificará por tí, honores, grados, tí- 
tulos, todo lo hollarán tus pies, sí quieres; huyamos! 
viviremos ignorados y oscuros; pero ricos de amor 
poderosos. Sí, yo seré el hombre mas poderoso de| 
universo, porque tu cabeza angelical descansará en 
mis hombros, ¿y quién en el mundo no me envi- 
diará? Ida, escoje; allí está el hombre oscuro que te 
arrancó un juramento que tu corazón rechazaba; v 

, aquí un descendiente de esclarecidos señores de Cas- 
. lilla, que ha sido el elegido de tu corazón, y todo io 
i sarrifica poruña sonrisa de tus labios; escoge, Ida, 

escoge. 

La joven le miró como asustada y balbuceó como 

soñolienta.' 

— Antes que Ida la patria, antes que el amor c\ 
deber. 

— Olvida esas frases que me separaron de li! gri- 
tó el joven frenético. 

Ida, como despertando de una penosa pesadilla, 
y mirando á Enrique con compasión, se esforzó 
cuanto su debilidad le permitía, y señalando el cam- 
pamento enemigo: 

—Adiós, marqués, le dijo; Dios me dará fuerza 
para llegar adonde el deber me manda; nunca ere,- 

j que un caballero como vos se valiera de medios tan 
pobres para arrancar k una mujer los secretos de su 
corazón; la debilidad y las fatigas de esta noche 1,10 

j terrible me han trastornado por algún tiempo la men- 
te, hasta confesaros qne os amo como en tiempos 
mas felices. Sí, marqués, os amo del mismo modo; 
pero mirad, allí está mi esposo, y nada hará olvidar 
á la mujer de vuestro enemigo que solo os puede 
conceder un titulo, un solo titulo, el de amigo- 

— Perdón, Ida, si por un momento mi amor ni e 
ofuscó hasta creer que le olvidaras de lo que vales y 
de lo que eres. Vamos, señora, vamos al campo ene- 
migo; allí juré depositaros en los brazos de un es- 

| poso y un padre: Dios solo sabe lo que me cuesta!. 



a 



—Alto! gritó en el momento una voi de trueno. 
Y nuestros júveues se vieron rodeados por 
una partida de carlistas. 

(Se continuará., 1 



REMITIDO. 

ES LOS DÍAS DE VI ¿MIGA J-A SESOBIT.» 1 ' . ' S mis A J. B. 

¿Sabes por qué la» plácido portento 
Muestra el cielo en su rica fantasía? 
¿Qu« nueva placentera nos envía 
Con su fúlgida luí el firmamento? 

Es qae quiere, Sabina, su contento 
Manifestarte a! alumbrar tu dia. 
Es quu quiere gozoso, amiga mía. 
Esa prueba mostrar de rendimiento. 

Y si hoy se alegra el so), joven hermosa, 

Y esparce su lumbrera mas ufana, 

Y viste e! cielo de color de rosa, 

¡Qué no haré yo (|iie con amor Je hermana 
Te amo j siempre te amaré, querida, 

Y es tu dicha la dicha de mi vida,' 

Matea L. de Borniá. 



Cuando tan proverbial) y sagrado es ese amor 
cobre todos los amores que llaman amor de madre, 
apenas podemos rreer lia va seres tan miserables en 
quienes este entrañable amor no inspire otros senti- 
mientos que la crueldad y la barbarie. Sin embarco 
el hecho que á continuación insertamos es una Iris- 
te prueba de que no faltan madres crueles y desna- 
turalizadas, que convirtiéndose cd verdugos de los 
objetos mas caras al corazón, atraen sobre sí el odio 
de la sociedad y la maldición del cielo. El hecho ;■ 
que nos referimos es el siguiente: 

El 30 de noviembre último compareció ante el 
tribunal de policía correccional de Paris. una mujer 
acusada du malos traiamicntns ñ «na ni ña bija suya. 
El hecho merece ser conocido, asi por lo esiraordi- 
iiano y escandaloso como porque ofrece una prue 
i)a de rectitud y justificación de parte de aquel tri- 
bunal. 

Ln niña, llamada Juanita, se presentó á la bar- 
ra enteramente trémula y asustada al verse ¡il lado 
iic? su madre, de la que estaba separada hacía algún 
tiempo por orden de la autoridad. Lloraba á lágrima 
viva, y separaba la vista de sn madre como pura 
pudor hablar mas libremente. 

El presidente {dirigiéndose ata niña). Vuestra 
madre os ha tratado cruelmente, hija mia, ¿no es 
cierto? Cnidaih, que aquí es preciso decir toda la 
verdad. 

La niña. S¡. señor, mi madre me hacia aroslar 
«ohi* nn montón de viruta?, después de haberme 



hecho trabajar todo el dia, sin dejarme jugar un 
momento, y á veces sin haber comido. 

El presidente. Os castigaba non frecuencia se- 
gún parece, porque se oian dar á todas horas hor- 
rorosos gritos. 

i.n nina, Me pegaba con nn bnslnn de nudos. 

El préndenle- Es que creo que no se contentaba 
con pegaros con ese bastón. 

I -ti niña. Además me arrastraba por los cabellos, 
y casi me lia arrancado las orejas. 

El presidente- Asi debe ser, porque déla decla- 
ración del facultativo consta que teníais las orejas 
destrozadas. ¿Y qué mus os hacia aun? 

La iníid. Me ha hecho una herida en el costado, 
con las tijeras, por la que derramé bastante sangre: 
en muchas ocasiones rae clavaba alfileres en el cuer- 
po. Para que no me oyesen gritar, porque me ha- 
cia mucho daño, me nidia la cabeza en nn saco de 
serrín. (Profunda sensación en el tribunal.; 

El prniAtMt. ¿No querríais volver al lado de 
vuestra madre? 

I.a niña. ¡Oh! ¡Xo, señor, no, por Dios! 

A continuación se oyeron las declaraciones de 
algunos testigos, y se reconoció el cuerpo de la ino- 
cente mártir, lleno de heridas y picaduras. El abo- 
gado defensor de la niña redamó enérgicamente la 
aplicación de la ley . 

En su virtud et tribunal condenó á seis meses de 
prisión á aquella madre feroz y desnaturalizada, ade- 
mas de privarla de tener al ludo á su hija . 

Ll'CIIA DESESPERADA DE USA HAIÁE — El 27 de OC 

Inlire último en Santa Margarita , en la provincia de 
Palermo, sucedió un caso horroroso. 

La esposa de José Magio-Cardillo salió de la 
casa con su hija de, ocho años y un niño de diez y 
ocho meses, y se fué á un olivar del nolarioD. Mei- 
chiorc Crescimano para recoger aceitunas. Dejó en 
el suelo á su hijo, y con la nina empezó á recoger 
las aceitunas , cuando hallándose á poca distancia an 
agudo grito del niño le hizo volver la cabeza, y víó 
sobre el un animal que le pareció un perro. Al mo- 
mento corrió hacia el niño, y lo que creía un per- 
ro era un lobo : al instante se trabó una lucha entre 
la madre y el lobo ; y este abandonó la rara y la ma- 
no del niño, cubierto de sangre y heridas v casi 
moribundo. 

Acto continuo la fiera se arrojó sobre la niña,, 
que llorando htiia por el olivar, y abalanzándosela 
subre la espalda la hizo caer bañada en sangre: de- 
sesperada la madre, lomó una piedra para arrojarla 
sobre el lobo; pero este huyó con precipitación. 

El niño murió al caho de media hora i y Ja hija 
se cree no sobrevivirá á las grandes heridas, 

¡Pueden considerar las madres cuál seria el dolut 
de esta desgraciada! 



i 



MADRID 1831. 

Iiutirrnfii «te (Ion Jmr Trnjlílo, hijo. 

Calle de liaría Cristina, número 8. 



Aüo l. 



Domingo 4 de Enero de 1 852, 



Núm. 23, 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 



escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



|SBtopeilédltfMleU>d.OTlwdomíngos;sBsoseribe«iiiltidrldeii Itslibrertaa d<* Monier t do Cucua, .i Sr¿. aliñes: y td protiji- 
ttas 10 rs. parduá mtsei francu di_- porle, reimílieii oanalibrania alamor de nueslro impresor, & =ello= de franquea. 



Hundióse en el abismo del pasado el año de 183 1 , 
y al sustituirle el de 18'i2 que empieza hoy. en el 
inmenso legado de bienes y de males que recibí' de 
su antecesor pocas partidas se ven que contengan 
ventajas para nuestro sexo. La concesión del dere- 
cho civil de petición acordada por la vecina repúbli- 
ca ; la erección de un monumento que per peine la 
memoria de una mujer que se sacrificó por su pue- 
blo en esa misma Francia; los conatos hasta ahora 
infructuosos de una célebre aogio-aroerieana para 
hacer mas independiente la condición de la mujer; 
Fie ahí toda la herencia que nos deja el año que linó 
de 1831. 

¥ que pocas ventajas de actualidad traen esas 
concesiones y esos conatos para el bienestar de la 
mujer; qué poca utilidad ha de reportar de ese de- 
recho que se le ha concedido en la nación vecina, y 
cuánta oposición lia de hallar esa mujer estrangera 
que intenta sacudir la opresión en que yace nuestro 
sexo. Por mas que se haya calificado de estreno pol- 
los hombres, su pensamiento es grande: pero el 
resultado inmediato que obtendrá será el aumento de 
esa misma opresión que intenta destruir. 

ínterin las condiciones de la sociedad en que vi- 
vimos no cambien radicalmente, ínterin no se difun- 
da en todos los espíritus el sentimiento de perfecta 
igualdad que la justicia reclama p ¡ra ambos sexos, 
esos conatos aislados y esas concesiones acordadas en 
un momento de entusiasmo de nada sirven, ningu- 
na ventaja nos reportan , solo contrariedad y dis- 
gustos han de acarrearnos. 

Pero si bien repelimos que ninguna utilidad es- 
peramos ahora de esas novedades, hallamos en ellas 
no obstante dos circunstancias notables: la primera 
*s que los hombres empiezan á reconocer su injusti- 



cia . pues al proclamar Ja igualdad y la libertad , h 
piden también para nuestro sexo; la segunda, qfle 
en ei corazón de la mujer, á pesar de la abyección 
eu que hace siglos yace, no se han estingiiido lodo* 
los sentimientos de dignidad y «randera de que la 
dotó la Providencia. Estas dos notables rircunstan 
cias encierran quizá tos gérmenes de los elemenl'» 
que han de presidir ú la emancipación de la mujer, 
que repetimos no juzgamos conveniente . ni anhela- 
mos ínterin no presidan á las sociedades los princi- 
pios de equidad , justicia é igualdad á que tiende la 
especie humana , y á cuyo fin tan lentamente mar- 
cha la sociedad entera. 

Y para que los hombres no se alboroten y al ca- 
lificarnos de revolucionarias nos arguyan de incur- 
rir en contradicciones, les diremos que por esta 
emancipación entendemos la terminación de la es- 
clavitud en que tiránicas ó ridiculas costumbres tie- 
nen á nuestro seso ; el que acabe la mujer de ha- 
llarse supeditada á los caprichos del que alcanzó ser 
su compañero con falsas promesas que después no 
ha cumplido; el advenimiento del dia en que el hom- 
bre y la mujer sean juzgados con rigurosa justicia en 
todos los actos, y las mismas fallas no se califiquen 
en nosotras de crímenes horrendos , y en ellos de 
acciones dignas de celebridad y gloria ; v en fin por 
emancipación comprendemos la cesación de esa cruel 
esclavitud en que nos hallamos oprimidaipor el hom- 
bre, que al hacer las leyes, al establecer las cos- 
tumbres . al fijar io que llaman conveniente ó incon- 
veniente, decoroso ó indecoroso, forma un anillo de 
hierro, que dorado unas veces y ennegrecido otras, 
siempre nos oprime, siempre pesa sobre nuestro 
cuello. 

Ese dia de la jusiiria para los dos sexos, ese dia 



2 



Je la igualdad que es lo que nos mancipar* 6 libra- 
rá de la cruel tiranía que no? «prime, llegará, lle- 
gará sin duda, pues la humanidad por tina !e_f in- 
mutable camina a su perfección , y esa perfección 
no puíde realizarse existiendo la mujer bajo las tun- 
diciones en que actualmente vive. 

Convencidas nosotras de esta gran verdad . y 
para cooperar en todo lo que podamos á que llegue 
mas pronto ese dia de la justicia y de la igualdad. 
hemos recomendado ionio la educación de nuestro 
sexo, Ilústrese pues, cumpla las obligaciones que 
las actuales condiciones sociales y las costumbres 
existentes le impunen; haga la mujer la felicidad 
del bombre que el destino le da por compañero, y 
lio dude que irán cediendo y adujándose los eslabo- 
nes de nuestra cadena ; el hombre se reconocerá al 
Un, nos hará justicia y nuestra suerte seguirá la de 
la humanidad entera llegando á conseguir la igual- 
dad tan descada sin conquistas reñidas que lian de 
agravar por de pronto nuestra suerte. Y ese pequeño 
legada del año de (Sal habrá sido el germen, se- 
gún bañaos pronosticado , del bien futuro de nues- 
tro sexo. 



MUJERES CÉLEBRES. 



¡Ei subuiiienu M. Bruion.) 

Esta mujer rstraordinaria , conocida por M. Bru- 
lon , subteniente de inválidos, nació en 1771 , ha 
«rvido siete años en et ejército francés y se halla en 
la actaalidad en el cuartel de inválidos de París, 
donde hace cincuenta y dos años goza del aprecio y 
de la veneración de todos sus viejos compañeros de 
gloria, siendo últimamente nombrada caballero de la 
Legión de Honor pur el presidente de b república 
francesa. 

Por los detalles que acerca do esta heroína pu- 
blican los periódicos de París verán nuestras lectoras 
cuan injustos son los humores al negarnos el valor 
y la fortaleza , considerando, estas prendas como pa- 
trimonio esclwsivo de su sexo. 

La viuda Uní Ion ha sido bija , hermana y cspnsa 
de nublares muerlus en sen icio activo en el ejército 
francés de Italia: su padre sirvió 38 años sin interrup- 
ción, desde I7S7 hasta ITOíi; sus dos hermanos fue- 
roa muertos en el campo de batalla y su esposo ter- 



mino la vida en Ayacio á 
en 1791. 

Habiendo entrado á la edad de 21 años, en 1702, 
en el regimiento número \2\ infantería de linea, 
cuerpo en que liabia muerto su esposo y en que 
aun servia su padre, se distinguió desde luego por 
una conduela tan honrosa , ya como mujer , ya como 
militar, que se le facultó para continuar en el ser- 
vicio á pesar de su sexo. Permaneció pues en él sie- 
te anos, habiendo hecho siete campañas bajo el nom- 
bre de guerra de ijhrrtad en calidad de fusilero, ca- 
bo , cabo-furriel y sargento mayor. En liarías oca- 
siones , pero sobfc lodo en el ataque del fuerte de 
Gesco, en Córcega, y en el sitio deCalvi dio prue- 
has de un valor heroico. Entre las numerosas cer- 
tíGcariones auténticas que atestiguan sus brillantes* 
servicios se halla la siguiente : 

«Los infrascritos , cabo v soldados del destaca- 
~ mentó del regimiento número iá que se halla de 
■ guarnición en Calvi, certificamos y atestiguamos, 
«que la ciudadana Angélica María Josefina Duche - 
«mili, viuda Brulou, cabo furriel con funciones de 
sargento, nos mandaba en el combate de Gresco eí 

• día 5 de praitial del año II, 1794: que se batió 
■■' ¡i nosolroK como una heroina: que habiendo in- 

• tentado un analto los ingleses y rebeldes corsos tu- 
'i vimos que batirnos alarma blanca: que recibió un 
"sablazo en el brazo derecho y un momento después- 
»uoa puñalada en el izquierdo : que viéndonos sin 

• provisiones á media noche partió herida como es- 
otaba para Calvi. (lisiante medio legua. \ allí ton el 
-celo y valor de una verdadera republicana hizo te- 

• vantar y cargar municiones á unas sesenta mujeres, 
"conduciéndolas basta nosutros ella misma con la 
«sola escolta de cuatro hombres , lo que fué causa 
>>de que pudiéramos rechazar al enemigo v conser- 
var el fuerte , y cu finque únicamente tenemos 
«que felicitarnos por haber estado á su mando. » 
{Sigue» las firmas.) 

En el sitio de Calvi, dirigiendo un cañón de Ifj 
en calidad de sargento en el bastión de cuya defensa 
estaba encargada , recibió en la pierna izquierda una 
herida grave causada poruña bomba, y habiéndola 
imposibilitado esto para continuar sirviendo fué ad- 
mitida en el hotel de Inválidos el áí- de frimario del 
año Vil. Muchos años después, el ¿de octubre de 
l sí-i, A proposición de Mr. Latuur-Maubourg re- 
cibió el grado de subteniente de inválidos. He aquí 
el testo de su despacho de oficial : 

■Hoy 1 de octubre de tSá2. estando el rey e» 



3 



» París : teniendo entera confianza leu el valor, bue- 
»na conducta y fidelidad déla sonora Angélica Ala- 
•> ría Josefa Duchemin , viuda Bruion , Su Majestad 
-¡le lia conferido el honorífico grado ele subteniente 
"inválido con antigüedad desde dicho i de octubre 
de 1822. Manda Su Majestad a sus oficiales gene- 
i' rales y demás á quienes corresponda que reconoz- 
■i.-an á la señora Duchemin , viuda Bruion, en tal 
«calidad, — Por orden del Rey í El ministro xttreta- 
• rifi de Estallo ite la Stmva, De Bbllii.se, » 

Los hechos brillantes y la vida irreprochable de 
la mujer extraordinaria que nos ocupa están atesti- 
guados por lodos los generales bajo quienes sirvió, 
y el de división Lacemhe-Saiiit-ftlídiel la recomendó 
en carta de 15 de frimario del año XIV al marisca] 
Serrurier, entonces gobernador de los Inválidos, 
como «digna por cualidades superiores á su sexo 
de participar en las recompensas creadas para los 
valientes.» El mariscal Gerónimo B<! na parte, gober- 
nador actual de los Inválidos, y e¡ general Randon, 
ministro de la Guerra, opinaron de la misma mane- 
ra y su proposición de condecorará la viuda Bruion 
ha sido aprobada pin- el presidente Luis Napoleón. 

» >>>H SÍ :-.-,», __L. 

Una susc rilara de la Habana nos remite la si- 
guiente composición que insertamos con gusto, dan- 
do las gracias á la señorita habanera por la fineza que 
se hit servido dispensar á nuestro periódico. 

£ UNA PILMA. 

¡ Ai bol famoso del jardin cubano, 
Honra y orgullo del cubano suelo, 
<Jue con tu misma construcción ufano 
Parece csiiendes tu ramnge al cíelo! 

Sólida estatua cuyo aspecto grave 
Recuerda el tiempo de la raza indiana. 
Pirámide real do anida el ave, 
Árbol de admiración, palma galanii! 

¿A quien podré en donaire y gentileza. 
En gracia y hermosura compararte, 
A lí que mas que de naturaleza 
Obra pareces del humano arle? 

Cuando arrogante, majestuosa, esbelta. 
Esparces por do quiera tu raraáge. 
Cual blonda cabellera al aire suelta, 
Galana y Tácíl cual sutil plwuage, 

Y al suave impulso de benigno viento 
FlolaD tus ramas en diverso giro. 



Te contemplo, embebido el pensamiento, 

Y mas me encantas cuanto mas te miro. 
Fresco en toda estación, siempre lozano, 

Disfrutas, árbol, de un verdor eterno; 
Hermosas son tus ramas en verano, 
Hermosas son (us ramas en invierno. 

No hay ningún árbol que en primor le iguale; 
Ningún otro te escedo en hermosura, 
Nada el ciprés á tu presencia vale; 
Tu Ii'üuco es un modelo de escultura. 

En los ensueños de mi tierna infancia. 
Cuando mi pecho sin pesar latía. 
Cuando el mísero mundo en mi ignorancia 
Un ameno jardín me parecía: 

Yo recnet'iio haber visto entre el paisage 
<jue se forjaba ásu placer mi mente 
Sobresalir á todos lu ramage, 

Y al aire sacudirlo muellemente. 
Absorta entonces de placer lijaba 

Los ojos en tu linda cabellera, 

Y al ver tanta hermosura te admiraba. 

Y mi placer el admirarte era. 
La suerte empero, mi contraria suerte 

A otros países me condujo est ranos. 
Donde alegre y feliz, pero sin verte, 
Pasarcio doce de mis quince años. 

Y hov que te vuelvo á ver, quiero mostrarte 
Que tu recuerdo descebar no pudo 
Ingrato ei corazón, y al saludarle 
La dulce paz de mí niñez saludo. 



A continuación inseríamos la prosecución de la 
aventura ocurrida al padre de una suscritora nuc- 
irá , que dejamos pendiente en el numero 22 de 
nuestro periódico. 

Después de cruzar la puerta y atravesar un lar- 
¡¡o pasídizo abierto á pico, guiado siempre nuestro 
médico por aquella joven cuyos secretos tanto desea- 
ba saber, empezó á subir por una galería que for- 
mando síe-sne- iba ascendiendo á medida que pene- 
traba en la roca : faroles colocados de trecho en tre- 
cho daban la suficiente luz para poder marchar sin 
obstáculo; algunas puertas situadas en los ángulos 
que en cada vuelta formaba la galena, hacían presu- 
mirqtiela rocaenlera estaba horadada; \ era eviden- 
te que aquella obra se hahia verificado en tiempos 
muy remotos cuando no había noticia en todo el 
pais de que esisiiese. Estos argumentos que ocurrie- 
ron fácilmente á uuesl ro hombre, le sumieron en 



nueva coüíusiuúuscitíiiidtunaB y mnssu ya vehemen- 
te curiosidad de penetrar los misterios de aquella 
familia, y los medios por donde había llegado á co- 
nocer la existencia de tan ¡-¡nitrado retiro. Asi pac* 
embebido en tan honda meditarían siguió á su guia 
por el largo rato que duró la subida ; hasta que hi- 
rirj sus ojos la viva claridad que alumbraba )a estan- 
cia adonde llegaron, la cual contrastando notable- 
mente con la débil luí de la galería lo sacó de su 
profunda abstracción. 

La habitación en que se hallaba era completa- 
mente redonda ; de la bóveda que formaba su techo 
arlcsonado pendí-i una lámpara magnifica cuya fili- 
grana y esquisilo trabajo denunciaban su antigüedad 
y su procedencia morisca; las paredes de esta roton- 
da estaban cubiertas de cristalizaciones que reflejan- 
do en millares de espejuelos las luces de la lámpara, 
á la vez difundí,! 11 una claridad vivísima, hacían pa- 
recer las paredes cubiertas de diamantes ; tapizaba 
el pavimento de esta singular habitarían una alfom- 
bra de píeles de tigre, v la templaba y perfumaba 
una gran copa de bronce dorado llena de fuego 
colocada en su centro , estendiéndose además por to- 
da la circunferencia del salón una otomana corrida 
coa almohadones de seda de vivos colores, sin dejar 
otro hueco que el de la puerta por donde el médico 
entrara, v el de otra que en el frente se veia con 
cornisas de jaspe de Granada. 

Dejamos á la consideración de nuestras amables 
lectoras la admiración , el asombro que causaría al 
buen médico la contemplación de aquella sala, con 
tu luz inmensa reflejada por millares de diamantes, 
con sus muebles majestuosos, con su templada tem- 
peratura, coa su perfumado ambiente. Por algunos 
momentos juzgó estar bajo la influencia de un tnag- 
nítico ensueño , pues aquellas paredes refulgentes, 
y aquella atmósfera de tuz brillantísima y de perfu- 
mes en que se encontraba , no podía esplícársela, 
en lúa primeros instantes de sorpresa, de una manera 
natura). Mas convencido de hallarse despierto do 
tardó en conocer la cansa de tanta diafanidad , y si 
admiró su hermosura , dejó de juzgarla sobrenatu- 
ral: pero entonces por una consecuencia precisa , en 
su mente acalorada ya , tomó colosales proporciones 
la idea del misterio que eucubria aquel subterráneo 
palacio. 

La jiíven que !o guiaba le hizo una señal para 
que tomase asiento, y desapareció por la puerta que 
conducía al interior de aquel que aun puede llamar- 
se palacio enraatado. 



Oh! como sele hacían al que esperaba siglo? ios 
minutos que tardaba en llegar al fin de su marcha, 
pues bien comprendía que una habitación que Je 
hallaba enteramente sola no era el sílio en donde 
necesitaban su presencia. 

Pocos momentos hablan pasado cuando se pre- 
sentó de nuevo la joven conductora, y te indicó que 
la siguiese. Asi lo hizo el admirado doctor, que 
después de haber atravesado dos salones adornados 
con regia suntuosidad , entró ejl un gabinete de for- 
ma octógona . en el que al lado de tina cama digna 
de un rey se veía arrodillada una mujer, cuya cabe* 
za reclinada i'ii las almohadas , se hallaba enteramen- 
te oculta entre las colgaduras del lecho. 

He continuará. 

Por celos intentas. 
Pastor atrevido. 
Ganar de mi pecho 
El imperio altivo; 

Y de Galatea 
Guardas, el aprisco. 
bien a Dorila 
De azucena y lirios 
Ofreces caronas 
En el baile mismo; 
Pues de esa manera, 
Inliel paslorcíllo, 
Jamás será tuyo 
Et corazón mió. 

A la fresca sombra 
Del hermoso tilo , 
Tus amores cantas 
Cuando ya me has vislu 
Bajar con mis cabras 
Al arroyo limpio, 
¥ ufano celebras 
£1 talle garrido 
De aquella zagala 
Hermana de Anfriso; 
Así nunca esperes, 
Infiel paslorcillo, 
Que haya de ser tuyo 
Et corazón niio- 

Tambien en las danza» 
En que lora Atríno 
El sonoro, acorde. 
Dulce caramillo. 
Por bailar coa otras 
No bailas conmigo; 

V aunque á esas pastoras 
Jamás las envidio, 



5 



Porque todas valen 
Menos que este rizo, 
Sabrás, inconstante 
Pastor fementido, 
Que no será tuyo 
El corazón mío. 



Cecilia, 



UN MES E¡\ LA ALDEA. 

(co-STisrúA.) 

Enrique vaciló algunos momentos al verse tan 
bruscamente rodeado por aquella fuerza Bpemiga; 
pero no le abandonó aquella presencia de ánimo que 
es el mas rico patrimonio de nuestros valientes, v 
colocándose delante de Ida, grito con voz de trueno 
desembainando su esnada: 

— Nadie adelante un paso. 

Tanta audacia dejó suspensos á aquellos hombre* 
lan acostumbrados á presenciar rasgos heroicos, y 
desembarazándose del capote que cubría su brillante 
uniforme, y tirando la boina como arrepentido de 
haber llevado por un solo momento las insinias dt* 
sus enemigos: 

— Mirad, les dijo poniéndose en guardia, como 
mueren los defensores de la inocente Isabel; sois 
ciento para uno, esto llena de orgullo mí corazón. 

El primer momento de admiración había pasado, 
y aquellos hombres al verse bollar ante si sus insig- 
nias se tornaron frenéticos. 

— Muera! gritaron cien voces, muera ese fe- 
mentido! 

Y un sin número de bayonetas enristraron hacia 
el pecho del joven. 

— Deteneos, gritó uno adelantándose con noble 
ealitud, deteneos, Y los soldados bajaron sus fusiles 
en señal de subordinación. El nuevo personage miró 
á Ida de una manera particular; esta dio un grito. 

— Pedro, dijo, la Providencia os trae. 

— Bien, señora, balbuceó Pedro coloreándose sus 
mejillas de rabia, y volviéndose á sus soldados con- 
tinuó: ¿Desde cuándo mis nobles compañeros se ol- 
vidan de que son valientes? ¿desde cuándo ciento 
cobardemente acontenten contra uno? ¡Oh! est2 dia 
jamás se borrará de mi pensamiento, porque be vis- 
to desvanecidas mis mas ricas ilusiones. 

V volvió á mirar á la joven de una manera es- 
iraña; pero al reparar en su noble actitud, en su 
Trente, en la cual se veia impresa la inocencia, Pe- 
dro bajú los ojos como avergonzado de sus propias 
ideas. 



— Esto me loca á mi, gritó; combate á muerte; 
uno á uno; en guardia, marqués; así vengan sus 
ofensas los hijos oscuros de las motilonas. 

Los dos jóvenes se preparaban para aquel com- 
bate á muerte, que ambos tanto deseaban; ¿pero eran 
sus diferentes opiniones lo que lan encarnizadamen- 
te les hacia odiarse? No, los dos amaban con el mis- 
mo delirio, y los dos eran bien dignos de ser corres- 
pondidos. 

Un silencio sepulcral reinó por algunos segundos; 
todos detenían h respiración, nadie osaba interrum- 
pir aquella escena de sangre. Ida casi exánime tra- 
taba de hacer el último esfuerzo para detener á los 
dos rivales. Ya las espadas iban á cruzarse cuando la 
joven colocándose al lado de Pedro, y cogiéndole el 
brazo cuanto su debilidad le permitía, le gritó: 

— Rendid vuestra espada ante el defensor de 
vuestra esposa, pagadle vuestro tributo como mari- 
do, y después combatidle como enemigo. 

— Qué decís? ¡Oh Dios mió; ¿será cierto? Ida, no 
huías con él? ¿será cierto, ángel mió? ¡Oh! que peso 
has quitarlo a mi corazón! 

La joven le miró de una manera severa; sus me- 
jillas se colorearon de vergüenza al verse así humi- 
llada delante de tantos hombres, y después de algún 
tiempo en que pareció reponerse; 

—¿Desde cuando, Pedro, le dijo, se duda de mí? 
¿desde ruando mis palabras no son nada para vos? 

— Desde que mi cariño, señora , ó la pasión que 
me inspiráis ofusca mi razón; desde que solo vivo 
pensando en el feliz momento de estrecharos en mis 
brazos: pensad que soismi esposa y aun no he teni- 
do este singular placer, porque después que vues- 
tros labios pronunciaron aquella frase sagrada, sonó 
el tambor que nos llamaba al combate, y tuve que 
dejaros, porque aquel eco era la voz de mis compa- 
ñeros que me decia: «Tú nos has jurado conducir- 
nos á laSícloria; ya Ja hora del combate suena, ven 
tú á ocupar tu puesto; aqui le llama el deber. ■> ;Oh, 
Ida! en aquel momento todo lo hubiera olvidado por 
tí; pero el clarín de la patria era mas poderoso que 
tos cantos de amor; le dejé por ella, pero no be ce- 
sado un solo momento de pensar en tí; tampoco de- 
bía olvidar que á esa bandera bajo la cual juré que 
llegaría un dia en el que engrandecido en los comba- 
les podría llegar á obtener tu mano, le dehia la rica 
posesión, porque ella rae ha hecho rico y noble. 

— Bien, Pedro, pero tu amor le hace olvidar á 
Enrique; escucha. Nuestro castillo, asaltado por sus 
soldados, no era un sitio apropósilo para la mujer, 



nomo ellos dicen, de un faccioso; ya trataban de- lie - 
varme aJ campamento enemigo, cuando Luisa, ese 
ángel del cielo, quiso ocupar mi puesto, y el mar- 
qués juró conducirme [basta tus brazos. V lii, añadió 
Ja joven melancólicamente, este noble proceder que- 
rías recompensarlo con la espada en la mano? 

— Olí! Ida, si supieras lo que senli al verle al lado 
de Enrique, tumo quisiera esputártelo 1 , tuve, ángel 
mío, tuve celos, oh! v esta pasión es horriblel Perdo- 
nad, marqués, si ni encontrar A tina esposa nie olvi- 
do, del resto del uuiversu, perdonad. 

El joven se mordió los labios porque deseaba 
mejor combatirle como enemigo que darle su mano 
en señal de reconciliación. 

— Está bien, Pedro, be cumplido con el deber 
de amigo, ahora espero que, alquil día nos encontra- 
remus al lado de nuestras diferentes banderas; por 
ahora dadme palabra deque ruis valientes compañe- 
ros abrazarán á sus bravos enmaradas y yo os pro- 
meto que luiré respetará vuestra inocente hermana. 

— lli Luisa! dijo Pedro, y sus ojos se llenaron de 
lágrimas; voUedme á decir que mi pobre Luisa sera 
respetada, y pedidme, amigo, pedidme aunque sea 
la vida. 

— Pedro, acordaos que los deJOlmo jamás fallan á 
sus juramentos; mañana mis compañeros estarán en- 
tre las tropas de la Reina y vnestra hermana en vues- 
tros braios. 

— Gracias, valiente Enrique. 

—Adiós, dijo el marqués clavando su penetran- 
te mirada en Ida, 

La joven le respondió con otra no menos espic- 
ha. Peilro sintió que una saeta penetraba en su cu- 
raron al ver aquella tierna despedida; pero aquella 
conducta tan franca solo permitía guardar nn eterno 
silencio de los -movimientos de su corazón al hijo del 
valle, 

'Se rtmtinuartí. 



con el fin desquitar lodo recelo sobre estos bi 
efectos, usada dicha aguacomo se debe, pues osen id 
que consiste todo, desde luego se responderá á todas 
Jas personas tpie la usen, conforme previenen los in- 
dicados prospectos, de cualquier deterioro que oli- 
serrasen, (fine de seguro} no le tendrán), pndiendo 
acudir en lodo raso á esla su referida rasa. Todas las 

sehnr:i>(jiiPili>sei'ii en su rasa uOlllia ili' tiempo y 

de dinero, conm el de ver durar mas tiempo su ropa 
tjiie el que lia durado hasta nqtii con las culadas de 
ceniza, deben probar esle agua usándola como se es- 
plica en estos prosju'rlus, que cntiri 88 ha difluí *e 
ilau gratis. 

Huepo'á Vds. me dispensen este nuevo favor, al 
que les vivirá agradecida su constante siiscrilora 

j*deínido ¡fanialó. 









%,u*lla 11. ,Il- rrrrjinl. 



I • 



i:oi1 1 MCA DO. 



Leemos en los periódicos: 

Enteiuiada viva. — Son muchos los casos que 
ocurren en España de enterrarse personas vivas por 
no haber 11» sistema lijo y acertado para observará 
los difuntos durante cierto período, asegurándose de 
su imierle. De Sisante, provincia de Cuenca, escri- 
ben con fecha 22 del pasado lo que copiamos á con- 
tinuación: 

■■Una joven de San Clemente, llamada Dolores,; 
conocida en el pajs por sus buenas prendas, casó ha- 
ce cuatro años ion 1111 rico propietario cíe Viilarro- 
ldeilti. Daré quince dias le dtó un mal del que ado- 
leció, y creyéndola muerta la enterraron. El sepul- 
turero oyó en aquel paraje, un fuerte ruido, x a vi- 
sa udule al párroco, lo espulsó este (luciéndole que era 
un borracho supersticioso: dio segundo aviso y tuvo 
el mismo resultado; mas habiéndose propagada ,por 
el pueblo y llegado á oidos de la familia de la ihfe- 
liz, la desenterraron y con .sentimiento vieron hallar- 
se vurlta en et ataúd boca abajo y ensangrenta- 
da la rara, lista circunstancia, uuidí a que los que 
la llevaron al Campo Santo advirtieron cierto mo- 
\iniicnlo en ella, que ocultaran porque no Sos llama- 
ran medrosos, ha convencido á lodos de que fué 
enterrada viva. Tendría 21 años. El marido, que la 
íümÍp.i tiernamente, se ha llacon enajenación mental, 
y al cura se le formó causa por haber desoído al se- 
pulturero. 



Sras. Knhicloi-as de ja .«iii'er: 
Muy sonoras jjtias: Después ile apradecer como 
detíó la mucha bondad Jqne tuvieron en iiiserlarjni 
comunicado íohre'lóVtíiienus efectos qneproduae el 
,4 7 ua ,lf MrrtU privilegiada par S. M., asada como 
.se debe, 1 para lo nuil si •l;m palia Ws prospectos 
del modq df : usarla eti la calle de la Espada miin. (i 
ruarlo bajo de la izquierda, debo maiiifularle* que 1 





i 


■- r 




MADRID 1851. 





linpr;-»!» tic iIiiii J»*c Triljlllu, hijo. 

Calle de liaría Crítlina, mimcroS. 



Año 1. 



Domingo 1 1 de Enero de 1852. 



Xúm. 24. 



LA MUJER, 

PERIÓDICO 

escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Este periódico site lodos los domingos; se suscribe en Madrid en las librerías de Monier y de Cuesla, i 4 rs. tienes; y en proiin- 
ía> 10 rs. fiur dos meses trinco de purle, rcmilien. o unalibrariin a fa?or de nuestro impresor, á sellos de franqueo. 



Dijimos en uno de nuestros primeros números, 
¥ hemos repelido en algunos de los siguientes, que 
na pensábamos ni remotamente abogar por eso que 
llaman la emancipación de la mujer, sino por su 
bienestar y por la perfección de so educación para 
conseguirlo; v seguramente no dejaremos de ruin- 
plir aquel propósito que hicimos, pues de nada nos 
preciamos fanlo como de consecuentes; pero entre 
abogar por la emancipación de nuestro sexo, (ai y 
según la inteligencia que los hombres lian queridu 
dar á esl«i frase, y procurar se escuse á las que en 
un momeólo de desesperación lian imaginado sacu- 
dir la (irania con que eran oprimidas y proclamar 
una libertad absoluta sin trabas de ninguna especie, 
hay una gran distancia; defender pues n estas mu- 
jeres, mas desgraciadas que culpables; esplirar lo que 
racionalmente debe entenderse por la emancipación 
de !a mujer; apartar á las que sufren mas de un ar- 
rojo violento que ha de ocasionar consecuencias fa- 
tales á su bienestar, y últimamente tranquilizarlas á 
ludas acerca del porvenir que traerá sin duda la 
emancipación racional justa y equitativa de la mujer, 
librándola de la opresión é injusta desigualdad en 
que boy yace sumida, eso es de lo que trataremos 
hoy en este artículo. 

Injustos los hombres con nosotras siempre, y 
cu todas sus calificaciones, ponen el grito en el cic- 
lo cuando alguna mujer dotada de energía, oprimi- 
da con mas estremo que las demás por esa misma 
cualidad, intenta romper la cadena que la oprime i 
ella v las que esclavizan á todo su sexo, y en el pri- 
mer momento de entusiasmo no solamente desea el 
establecimiento de una libertad equitativa y justa, 
sino que quiere una libertad ¡limitada, absoluta, sin 
trabas ni término ninguno. Y al clamar los hombres 



escandalizados contra semejantes ideas, al calificar 
rruelnienle á la innovadora y desear qne sea con- 
fundida con sus pretensiones, se olvidan de lu que 
ellos están haciendo hace si^lo y medio; se olvidan 
de las locuras, de las aberraciones en que han caí- 
do al huir del despotismo y proclamar la libertad; se 
olvidan deque basta con crímenes, y crímenes hor- 
rendos, lian manchado muchas paginas de la historia 
de su emancipación \ de su libertad. Y cuando ellos 
al librarse de la opresión y de la tiranía han solido 
ir mas allá de lo razonable y de lo justo, ¿porqué es- 
irañaii Unto que la pobre mujer que cansada de su- 
frir se propone destruir su esclavitud, exagere sus 
miras, se esceda en sus deseos, y caiga en el esfremo 
contrarío? ¿Tan pocas son las veces que á los hom- 
bres les ha sucedido lo mismo, que asi se admiran? 
¿O será acaso porque su opresión era mayor, su si- 
tuación mas insorpotable? Comparad, comparad, se- 
r.orfi, la tiranía que un ;¡ob¡ei nn ejen -r cotí los sub- 
ditos, con la que empleáis vosotros con nuestro se- 
xo; comparad el despotismo de un rey con el del 
hombre; romparad los sufrimientos del vasallo con 
los de la mujer; la mujer, que en su infancia, en 
su juventud, en su vida entera, está supedi- 
tada á vuestros caprichos; la mujer, que tiene 
que regularizar sus costumbres, sus deseos, y basta 
sus opiniones y sus necesidades á medida de vuestro 
gusto; la mujer que despierta y dormida, sana y en- 
ferma, siempre obra por vuestras órdenes, siempre 
es vuestra esclava, viéndose obligada á ahogar sus do- 
lores para sonreír, porque asi Lu deseáis, á combatir 
su sueño cuando os agrada que esté despierta. ¿Os 
parece, señores, que hay punto de comparación entre 
vuestro despotismo y el de los reyes, entre la opre- 
sión que pesa sobre nuestras cábelas * aquella que 









destruísteis al proclamar la libertad? Olí! os «irnos 
decir, eso es horrible, es insoportable, pero no es 
verdad, hay exageración en la pintora. Exageración! 
exageración! Esaminad vuestra casa, y las de yucs- 
tros amigos y veréis si hay exageración; recordad 
vuestra vida y la de vuestras hermanas cuando erais 
niños, la de vuestras amigas cuando erais jóvenes; 
contemplad Ja de vuestras esposas y de vuestras hijas 
cuando sois esposos y padres; observadlas punto por 
punto, átuartnn por situación, y veréislas constan- 
temente en lo<!os sus actos obrando por vuestra or- 
den tácita ó espresa, pero siempre imperiosa é ina- 
pelable. Observadlas pijes, y os convencereis de que 
la tiranía mas opresora del rey mas fabulosa- 
mente despótico no puede compararse con la 
doméstica, con la que ejercéis vosotros que pro- 
clamáis la libertad, la legalidad y la igualdad; voso- 
tros que procuráis encubrir con bellas apariencias 
un horrible realidad, no por la pobre mujer quel a 
sufre, sino por encanaros ú vosotros misinos, y no 
teneros que avergonzar de vuestra conduela con la 
otra mitad de vuestra especié. 

Pero nosotras, a pesar de lo que nos afecta esa 
tundición en que nos habéis puesto, solo pacifica- 
menle queremos protestar contra ella: nuestra misión 
en la época actual es de sufrimiento, y tal cual es> 
la aceptamos; y si esperamos que cambie nuestra 
suerte, de vosotros, señores, esperamos el cambio, 
de vosotros nuestra propia emancipación, esa «man- 
cipación que consiste en que reine completa igual- 
dad cutre ambos sexos; en que se condene tan cruel- 
mente al esposo que falte á susjuramentos y do ha- 
ga la felicidad de su campanera, como ;"i la esposa in- 
fiel; en que la mujer sea convenientemente educada, 
y por consiguiente emancipada de la ignorancia en 
que se la tiene sumida, lanío acerca de sus deberes 
cumu de sus derechos; esa emancipación en lin que 
libre ú la mujürdeser victima de las seducciones trai- 
doras ii ¡«dignas que 55 la preparan, imponiendo al 
hombre que se prevale de su conocimiento superior 
de! inundo, y con engaños y vilezas para perderla, 
el oprobio y la vergüenza que boy injustamente se 
hace recaer sobre la infeliz seducida. Ese din da jus- 
ticia para nuestro sexo llegará, leñemos fé de que 
llegará y que lo hemos de deber á los hambres, que 
reconocidos de su injusticia al proclamar la igualdad 
uo nos dejaran fuera de su pensamiento; á lo cual 
ha de contribuir poderosamente el agradeci- 
miento por la felicidad que nuestro sexo les pro- 
porcione, v esto no puede verificarse si nosotras no 



procuramos ilustrarnos para conocer nuestros debe- 
res, cumpliéndolos luego con religiosidad, y llevan- 
do con resigpaciou esta vida de sufrimiento que aho- 
ra nos cumple, siendo esa sania virtud y la satisfac- 
ción que deja el cumplimiento de un deber lo que 
nos lia de ayudar á salvar la distancia que nos se- 
para de ese dia tan feliz como deseado. 



De ese sol coronado de topacio. 
Con su carro de ardiente pedrería, 
Rey del cénit y vida del espacio. 
Foco de luz que enciende rl claro dia , 

El rayo amarillento yn fenece 
Sobre esc cielo de uu azul brillante, 

Y su luciente faz desaparece 
Entre las olas de la Piar gigante. 

Las nubes del ocaso funerario , 
Que son tiendas del sol do se engalana , 
Le sirven de retrato solitario 

Y Le bordan un lecho de uro y grana, 
Mientras las otras nubes de zafiro 

(.mi rotures de rosa ó de amaranto 
Fluían por et ambiente en raudo giro 
Orlando con cambiantes su áureo manto. 

Y parecen tal vez volcan ardiente 
Que abrasa el firmamento en vivallaroav 
O las olas del mar cuando mugiente 
Por los floridos campos se derrama. 

Aquí forman un iris luminoso 
Adornado con mil y mil colores ; 
De un antiguo castillo majestuoso 
Se dibujan allá los corredores. 

V mienten mas allá nave ligera 
Que por un mar de plata vaga ufana , 
Flotando altiva por la inmensa esfera 
Con las velas bordadas de oro y gran:i. 

Mas su manto de lulo sobre el suelo 
Eslíendemas y mas la nuche bruna , 

Y sobre el bello pabellón del cielo 
Su amarillenta faz muestra la luna. 

Sube al ernil con paso silencioso 
De nacaradas perlas sobre un coche . 

Y su rayo fulgente y misterioso 
Desvanece las sombras de la noche. 

l'na estrella ron paso solitario 
La sigue en SU carrera tristemente, 

Y brilla cual antorcha de un osario 



Qne ilumina un sarcófago dolienlc 

)Ay! vaga por ia bóveda perdida, 
Siendo de mi existencia triste emblema : 
Sombra del Hacedor , piedra eaida 
De su fulgente y celestial diadema! 

Y Éa luz nacarada se dilata 
Como primer albor Iras noche oscura. 
Como rayo de sol en mar de plata. 
Como rayo de luna en la espesura. 

Oh! dime, astro de amor, brillante estrella, 
¿A <lu diriges el errante paso? 
¿Tal vez á visitar la aurora bella 
Que reposa trampista en el ocaso? 

¿Corres á iluminar lejanas zonas? 
¿Corres á visitar bellos querubes 
Que ciñen brillantísimas coronas? 
¿O contemplas tal vez las altas nubes? 

Centella, que así vas sola y callada 
Por los bellos jardines de ese cielo , 
Ai 1 lija en este mundo tu mirada , 
Que tu luz celestial me da consuelo! 

Ravo hernioso de amor, tranquila estrella, 
Al mirarle vagar por el espacio 
He anhelado seguir (u pura huella 

Y volar ilc mi Dios hasta el palacio 1 
Al lado de esos fúlgidos fanales 

Que iluminan el ancho firmamento. 

Tu verás ¡i los miseros moríales 

Cual polvo vil que desparrama el viento! 

Siguiendo cu pos de su ambición proterva 
Ven el no ser con un desden profundo : 
Mientras cual campo \il de inútil yerba 
Siega la muerte el reducido mundo ! 

Succdiéndose vafl generaciones ; 
Crece en orgullo la mundana escoria; 

Y esclava sin cesar de sus pasiones 
No loma ejemplo de su triste historia ! 

Tú los ves con sardónica sonrisa 
Su pedestal basar sobre una tumba , 

Y cual hojas que abate flébil brisa 
[dolo y pedestal su Dios derrumba. 

Tú los ves por un átomo de tierra 
Arrancar sin piedad la vida al hombre. 
Tú los ves empeñar nefanda guerra 
Profanando de Dios el santo nombre. 

Tú ves al potentado , al ambicioso, 
Negandosu socorro al desvalido, 

Y como le conLempla desdeñoso 
Mientra exhala á sus pies postrer jpettAfo I 

-Ay ! no alumbre tu luz candida y bella 



Sus festines en noche funeraria: 
Oye tan solo, oh nacarada estrella. 
Del infeliz la mística plegaria ! 

Oye mi voz tan solo : yo le adoro 
Como adoro al Señor de lo creado. 

Y un consuelo de tí llorando imploro. 
Que mi \hir es triste y desdichado, 

Mírame desvalida , sin fortuna, 
Vagando por do qnier con paso incierto. 
Pues contemplo un sepulcro Iras la cuna , 

Y en el templo de amor triste desierto. 
¡Ai ! hubo un tiempo en que feliz ori hj 

Ageno el mundo de traición y dolo '. 
De sueños encantados \o vivía , 

Y mi canto de amor era tan solo. 
Entonces ¡ay ! con un delirio insano 

No adivinando esta tortura acerba. 
Encada hombre contemplé un hermano. 
Una esplendente flor en cada yerbal 

Mas volaron las noches silenciosas 
Que alumbrabas mi dicha . fie! lucero : 
¡Volaron con sus horas silenciosas! 
¡ Huyóse el tiempo a<juel tan lisonjero'! 

Tan solo resta por eousue!ual alma 
La fé en mi Dios , esencia de ternura : 
Tan solo encuentro la tranquila calma 
Al mirar de sus obras la hermosura. 

Pues que á llorar la mu ¡-ríe me condena . 
Astro „ perdona si mi flébil canto 
Que entonaba á tu luz pura y sereno , 
Empieza con dolor y acaba en Maulo!... 



.In^nta :.r:i».l 



T*p>±tift!-í-*<i 



El Precursor, en su número del miércoles 7, se 
ocupa de nuestro humilde periódico, calificándole de 
rci-ulucitínario e insertando á renglón seguido uu 
párrafo del primer artículo de nuestro número 23, 
con lo cual intenta alarmar al seso fuerte contra las 
intenciones que gratuitamente atribuye á las pobres 
mujeres. 

Por de pronlo diremos al Precursor que lo justo 
hubiera sido rebatir las ideas contenidas en dicho 
párrafo con otras mas razonadas, á probar su in- 
exactitud si eran inexactas; pero esta no era obra fá- 
cil para el Precursor ni para nadie, porque el parra - 
lito en cuesliun solamente contiene verdades incon- 
testables y quejas de injusticias notorias; así pues el 
Precursor se ha guardado de entrar en materia, con- 



(catándose cora dar una voz de alarma terminando 
á su entender can un chiste. 

El Precursor sin duda no leyó el párrafo que se- 
guía al que tanto llamó su atención, y en el cual 
decíamos: 

«Convencidas nosotras de esta gran verdad, y 
para cooperar en todo lo que podamos á que llegue 
mas pronto ese dia de b justicia y de la igualdad, 
hemos recoitiendndo tanto la educación de nuestro 
sexo, Ufatrese pii'í, ¿muñía la* obligaciones que Itu 
actúale» ciuultciona soeiuíeí y las costumbres cris- 
((«(es /i impoiifii; haga La iu-ji:r La felicidad del 

UOMBRE QUE KL DESTINO LE DA POR COMPAÑERO, y 

no dude ijiif irán cediendo y aflojándose los eslabo- 
nes de nuestra cadena; el hombre se reconocerá al 
fin, nos hará justicia y nuestra suerte seguirá la de 
la humanidad entera llegandu ¡i conseguir la igual- 
dad, tan deseada sin conquistas reñidas que han de 
agravar por de pronto nuestra suerte. Y ese pequeño 
legado del año de 1851 habrá sido el germen, se- 
gún liemos pronosticado , del bien futuro- de nues- 
tro seío.» 

Si lo hubiera leído seguramente nos hubiera da- 
do un voto de gracias, á no ser que tenga la pre- 
tensión de pasar por tan poco agradecido como po- 
to justo. 

Puco justo, señor Precursor, muy poco justo, 
pues turna V, una parle de nuestro articulo para 
criticarlo, y se deja V. la restante, por la cual no 
podía escusa rse de estarnos reconocido; y V. debe 
saber que no hay escrito ninguno en que escogien- 
do unas cuantas frases no pueda combinarse una 
idea contraria á la que se pretende emitir; y eso es 
loque ha hecho V-,¡ pues procura alarmar al sexo 
fuerte contra nosotras por un articulo en que, se- 
gún hemos demostrado copiando su último párrafo, 
recomendábamos á la mujer eficazmente que haga 
la felicidad del hombre que el destino le daporcom- 

I pañero. 
Creemos pues, señor Precursor, que quedará Y. 
convencido de su injusticia, y le rogamos que cuan- 
do en lo sucesivo nos dispense V. la honra do citar 
nuestros pobres artículos, se sirva hacerlo con un 
poco de mas exactitud y con la benevolencia que 
merecen las que de continuo están predicando á su 
sexo el lirl cumplimiento de sus deberes y el cuida- 
do estremo en hacer U felicidad de los hombres. 



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i 
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; 




A continuación insertamos la prosecución de la 
aventura ocurrida al padre de una suscritora nues- 
tra , que dejamos pendiente en el número 23 de 
nuestro periódico. 

«Apenas se apercibió de su llegada la mujer que 
al lado del lecho se hallaba reclinad,-!, cuando alián- 
dose se dirigió ni recién llegado y le dijo en el tono 
de la mayor angustia: ¡Salvadla, doctor, salvadla! 

Una anciana yacía en el lecho víctima de un ac- 
cidente que embargaba sus sentidos; la respiración 
lenta y difícil, el pulso irregular y duro, indicaron á 
nuestro doctor el estado grave de la enferma, y des- 
pués de una breve, pero profunda meditación, indicó 
á aquella angustiada joven la necesidad de san- 
grarla. 

La joven que lo había guiado hasta allí permane- 
cí;! al lado de la puerta, y á una seña de aquella que 
el medico halló al lado de la enferma salid por una 
puerta que detrás del lecho se abría. 

Sin embargo de que el hombre de nuestra rela- 
ción se halla enteramente dedicado á la medicina, es 
tan buencirujano práctico, como medico; y tafi pre- 
visor romo lodo hombre práctico se había provisto al 
salir de su casa aquella noche de los instrumentos mas 
precisos en cirujía, costumbre constante en él y á la 
que deben la vida muchos de sus amigos; preparo 
pues su estuche é ínterin iraian el servicio necesa- 
rio, liií-u un minucioso examen de la habitación y de 
las dos mujeres que en ella se hallaban, y que noso- 
tras vamoj á hacer también seguras de que le- leerán 
con gusto nuestras siiscritoras. 

Era aquella pieza octógona, segnn vimos al pe- 
netrar en ella; se hallaba al estremo de un suntuoso 
ilion por el que tuvo que atravesar nuestro mé- 
dico; sobre sus ocho lados corría una cornisa dorada 
que sostenia una bóveda artesonada, en qne se des- 
tacaban de un fondo azul mate primorosos florones 
dorados; del que correspondía al centro de la bóve- 
da, de mayor tamaño que los demás, pendía ana 
lámpara de plata de un trabajo y gusto estraordina- 
rios, y cuya luz se hallaba debilitada por gasas azu- 
les: las paredes de este salón estaban tapizadas de 
seda azul bordada de oro y su suelo cubierto de un a 
alfombra legítima dePersia: una luuade Venecia co- 
locada en un marco de palo de fosa, descansaba so- 
bre una mesa de ágata que tenia por pié una ninfa de 
mármol de primorosa escultura. Frascos de cristal 
de roca llenos de perfumes, un neceser de señora 
con todas las piezas de oro, y otros infinitos objetos 
que sostenía la mesa, indicaban que aquel era el lo- 



r ador de una dama y que no hubiera desdeñado una 
reino . Bus pebeteros de oro sobre pilastras de ágata, 
y dos sillones dorados, componían el mueblaje de 
esta magnífica habitación, además del lecho de paJo 
de rosa con embutidos de nácar y oro formando ara- 
bescos, y cubierto por colgaduras de s»da azul bor- 
dadas de oro, iguales á tas que tapizaban las paredes- 
y que salían en forma de pabellones de una corona 
real. 

Yacía en esta cama una anciana cuyo majestuo- 
so aspecto no babiadesaparecido ni á las convulsiones 
que había sufrido, ni por el accidente que embarga- 
ba sus sentidos. 

La otra mujer que la velaba, y cuyo angustioso 
cuidado hemos visto, tendria á lo mas veinte años. : 
y aunque de corla estatura, su cuerpo tenia toda la 
esbeltez de la palmera; su rostro, que formaba un 
ó>alo perfecto, no presentaba la blancura del alabas- 
tro de la joven que guió al médico basta allí, pero 
el linio un poco moreno de su tez, el negro mate de 
sus rasgados ojos, que brillaban al través de largas 
y rizadas pestañas y bajo los frios arcos que forma- 
ban sus oscuras cejas, y el sedoso y negro cabello 
que en negligentes rizos caia sobre sus hombros, le 



gurosamenlc vestidos de etiqueta. Ida, recostada en 
un precioso diván de terciopelo grana que hacia do- 
blemente resaltar la blancura de su Irage, estaba su- 
mamente bella; Pedro á su ladc la contemplaba con 
muda adoración; pero después de a'gumos segundos 
rompió aquel silencio, porque Pedro mas bie» aman- 
te que esposo, deseábase prolongasen aquellos mo- 
mentos, en que sin testigos podia al ídolo de su co- 
razón decirle una y mil veces que le amaba. 

— ¡Qué hermosa estás, ida mia! cs(a noche me 
pareces mas bella que nunca; qué bien eslás negli- 
gentemente sentada en un diván, ó reclinada en una 
otomana! Oh! sí, eres y serás la reina de la elegan- 
cia. Dime, ¿no estás mas alegre desde que al pisar tu 
querido castillo, en vez del trio pavimento de már- 
mol te has encontrado con blancas alfombras, y en 
vez de aquellas antiquísimas poltronas, con gracio- 
sos divanes? Los ravos del sol ya no penetran de 
aquella manera que te bacía cerrar muchas veces 
luí hermosos ojos, porque esas espesas colgaduras 
les detienen el paso. Este salón de aquella manera te 
hubiera rechazado con ese trage de raso blanco, con 
esa diadema de perlas que adorna tu fíente, con 
psos rizos ondulantes y vaporosos; porque el trage 
que le con venia en aquel caso era el de esc retrato, 
el de tu bisabuela; pues que me ha parecido prudente 
que aunque et salón se vista al uso del din. esos re- 
tratos de familia de que con justicia le envaneces en 
conservar, ocupen por orden de antigüedad pI lugar 



daban ese aspecto minutamente interesante délas, ■ ' ,' ■ , j i u i ■ • 

l . , I 4 IJe < e $ corresponde; y sobre lodo lo que hubiera si- 

africanas ardientes como el clima que las vio na- . 



eer, y cuyas miradas encienden el corazón del hom- 
bre que intenta arrostrarlas, como el sol de su cíelo 
abrasa al estrangeru que se espone á sus rayos. 

fSt continuará.^ 



-***>** o w**»*-- 



UN MES EN LA ALDEA. 



(COXTÍKDA.) 

El saton del castillo De se encuentra brillante- 
mente iluminado; sus antiquísimos muebles han desa- 
parecido; la moda ha invadido también aquel san- 
tuario que recordaba á sus moradores, apesar de su 
estado ruinoso, su pasada grandeza: 

Si el señor Adolfo De, muerto en estos años que 
hemos dejado á nuestros amigos, porque me ha pa- 
recido prudente correr un velo sumamente espeso 
para ocultar á lodo corazón sensible los azares de 
una guerra espantosa, pudiera levantarse de! sepul- 
cro, se indignaría de aquella profanación; pero el es- 
poso de Ida pertenecía á la nobleza naciente, y que- 
ría que lodo cuanto le rodeara fuera risueño y elegan- 
te. En la noche á que oic refiero se encontraban rí- 



iio de precisa necesidad es que tu cabello hubiera 
perdido su precioso color, sustituido por un almacén 
de polvos bien blancos, y que hubieras usado los ir- 
resistibles laconcilos colorados, cosa que no te hu- 
biera dejado lucir mucho en lu favorito baile; hablo, 
mi querida señora , del vals. 

Ida entre lanto apretaba cariñosamente la mano 
de su esposo, y se sonreía cun ese abandono que 
tan bien sienta á las hermosas en momentos como el 
presen Le. 

— Decidme francamente ¿por qué el día que entra- 
mos en este castillo , blanco de lodos vuestros de- 
seos, llorasteis? Yo creia que esta variación os pon- 
dría loca de contenta , y sin embargo las lágrimas 
rodaron por vuestras mejillas. ¿No podría saber un 
pobre soldado, mi bella aristócrata, cuál fué la cau- 
sa de aquel pesar? 

—En primer lugar, Pedro, ¿creéis que no tenga 
un corazón sensible? 

— ¿Quién duda eso. mi bella amiga? 

— Pues bien , comprendí lo delicado de vuestro 
pensamiento, y lloré; pero á pesar del gran placer 
que me causaba encontrarme con esta maravilla, 
tuve un instante de pesar, porque no debéis ignorar 
que esle salón encerraba para mí recuerdos muy 
queridos, y la joven suspiró) y esos recuerdos 
creí con verdad que habían desaparecido para 
siempre. 






f edro palideció y una nobe de tristeza oscure- 
ció su frente. Ida so apercibió de aquella repentina 
variación , y trató de destruir la impresión que sus 
palabras habían causado en el coraron de su esposo, 
v continuó: 

— En este salón , Pedro mío, mi padre me acari- 
ciaba . J rn mi niñez aquí , en este sitio , era donde 
mi buena Marta me consolaba cuando alguna cosa 
iue afligía ; v huhiera podido mostrar eslos lugares 
tal como entonces se encontraban ;i nuestro hijo, 
porque ahora que ludo lia lomado tan diverso giro, 
como he dicho, se borraran lodos esos inocentes re- 
cuerdo» de mi memoria. Por eso lo he sentido un 
solo momento, uno tan solo; no forméis queja por 
esto, mi querido genera!, 

Y la joven estreclni contra su enrazon la mano 
de Pedro, el nial la llevo ron pasión á SUS labios, 

— Perdonad , Ida; pero cualquier» de esas pe- 
queneces hace que por un monten lo su oscurezca este 
ambiente de felicidad que me rodea , porque siem- 
pre me parece que deliro, que es un sueño y no una 
realidad tu posesión; ¡olí . le amo tanto! y después 
tú deseas reproducir tus recuerdos de lo pasado, 
que para mí son una pesadilla insoportable ; porque 
cotonees me encuentro cu mi cabana, pienso en los 
tormentos que sufría mi enrasan mando tan' léjiis 
me encontraba de ti. Cuántas venes, Ida, he malde- 
cido el deslino que me daba un corazón que me ba- 
ria' SU períór n cuanto me rodeaba, y que me pri- 
vaba de decirle: «Ida, yo te amo mas que ningún 
hombre- Porque ¿para que ocultar que el marques 
era y scr.'i mi cierna pesadilla? 

— Pobre Pedro! dijo la joven fijando su irresisti- 
ble mirada en él; tienes celos , ¿y de quién? De un 
hombre que hace tantos años que no liemos visto. 

— Sí, pero del que tú debes conservar dulces re- 
cuerdos ; pues bieu, tengo celos hasta de esos re- 
cuerdos , que yo á costa de mi vida quisiera poder 
horrar de tu imaginación... 

—Pedro, dijo Ida. cuando estas ideas asalten tu 
mente , piensa que soy madre; y esto, créense, será 
mi dulce calmante. Decid , Pedro , continuó Ida que- 
riendo dar otro giro ¡i la conversación ; ¿será vues- 
tra permanencia larga en el castillo? ¿esta tregua 
será duradera? 

—Creo que uo , señora ; ¿no has visto alguna vez 
el mar embravecido y sus olas espumosas que pare- 
cían querer aniquilar el universo , y después reinar 
por algunas horas majestuosa calma , como para dejar 
reposar al fatigado marino; pero que cuando empie- 
za á respirar nuevas nubéculas se distinguen en el 
rielo y de nuevo vuelve á prepararse para aquella 
lucha que sostiene el hombre con los elementos? 
Pues así es esta tregua 1 ; los pueblos necesitan reposo 
para disponerse de nuevo al combate. 

— Oh: esto e; horrible, Pedro; ¿cuándo cesara 
esa guerra aso'adora? 

— Por mi parte, señora, solo desen el triunfo o la 
muerlc. 



—Y decís que me amáis y queréis dejarme ! 
en este mundo ! 

En este momento los criados empezaron á anun- 
ciar Jos altos personages que estaban invitados. Ya 
los salones estaban esplendentes con (antas bellezas 
como a porfía se afanaban en ostentar sus atractivos, 
cuando un criado anunció al caballero marqués del 
Olmo. 

Ida clavó sus ojos en Pedro , y vio non posar qua^ 
una palidez mortal cubria su frente. 

St ctiiitintuirá.) 

SíntAlla V. 4e Fcrraal. 



l'i;\S\MU.M(iS Y M VMM VS. 



Tomamos de un periódico de Logroño: 

Para eoiupreuder la belleza de la mujer, es ne- 
cesario saber apreciar primero su virtud. 

La hipocresía es uno de los mayores defectos que 
podemos tener. 

Si el amor tiene algo de vituperable, es solo cuan- 
do le guia un principio de sensualismo. 

Llt instrucción es mas grande que los intereses. 

El que sin cuidarse de los dotes que le dio la 
Providencia deja de cultivar Su talento, merece el 
desprecio de sus semejantes. 

íiki sujerífora. 



El i' i kiio mbsbico.— L'ua niña que se pascaba 
en k plaza de Vandome [París) vio un perro, y le 
pareció tan desgraciado, que distraída metió la mano 
en su ridículo y Le iba á dar una moneda. De vuell 3 
a su casa contó riendo á su mamá su distracción, 
quien le dijo lo siguiente: Eu Italia un perro se 
aproximó á mí silla de posta, «Señora, dadle una 
moneda, dijo e) lacayo, y seguidle por curiosidad. ■ 
Le di un cuarto, el perro lo lomó cu la boca, entro 
en casa de un panadero, puso el dinero encima del 
mostrador, recibió un pedazo de pan, y fué á partir- 
lo con un perro mny viejo, su amigo, para quien te- 
nia costumbre de pedir limosna. 







MADRID, 1832. 



iDiprenln ilc don José Tnijlllo, liljo. 

Calle de Maris Cristina, número 8. 



Año I 



Domingo 18 de Enero üe 1852. 



Niim. 25. 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 



escrito por ima sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Eilc pcriúilícosale todo* las domtngus; se suscribe en llí.lriil en ti-, hrireríns je M.jnipr y de Cuesta, ,i í r~. si mes; t ca :iritio- 
fli! 10 r». pur ilui mises frinrn íe porte, ccmilíeti n una libra riiíi a favor de nurslra impresor, ó sellos defrtnqueo. 



ADVERTENCIA. 

Rogarnos á nuestras apreciables suseriloras de 
provincia que no hayan satisfecho el importe de su 
suserkion, se sirvan renovarla si desean continuar 
recibiendo el periódico. 



Tiempo hace (jue desrabamos ocuparnos fea nues- 
tro periódico de una clase de mujeres la mas infeliz 
de loilas porque es merecedora del desprecio que ¡a 
cubre , la mas digna de compasión sin embargo por- 
que en medio de su misera existencia no comprende 
que ella misma se labra el oprobio que la rodea y la 
horrorosa vejez que se anticipará á sorprenderla, y 
como el demente que yaciendo desnudo sobre la su- 
cia estera de su jaula se considera rey y señor de lo 
«ríado , con no menos lastimosa demencia se juzgan 
esas desventuradas en el colmo de la dicha cuando 
te hallan sumidas en el abismo déla degradación. 

Pero si deseábamos llamar la atención sobre esa 
porción degenerada de nuestro sexo , costábanos re- 
pugnancia el hacerlo y lo íbamos retardando de día 
cu dia , esperando ver una medida salvadora que 
corrigiendo el mat nos eseusase de ocuparnos de él; 
mas esta medida se retarda indefinidamente, la cor- 
rección no llega, y nuestro periódico no cumpliría 
Mi misión sí no dirigiese una súplica para que no 
cunda mas y rúas cada dia ese cáncer que corroe ;¡ 
ujil desventuradas , para que se prevenga el conta- 
gio en vez ¿e hacerlo cundir , y para que á tanta 
infeliz víctima de él se la aparte del inmundo camino 
que ciega recorre. Ni cómo dcjariainos nosotras de 
dar este paso? Acaso no son nuestras hermanas? ¿La 
compasión por ventura no lia de ejercerse con los 
que mas la necesitan ? Se desdeñó el lujo de Dios de 
tender una mano á la mujer perdida y santificarla/ 



Como los hombres lian tenido la pretensión de 
santificar todos los desvarios, v como el mal rjue la- 
mentamos es consecuencia de la corrupción , no han 
fallado algunos, v tenidos como hombres grandes, 
que sostengan su necesidad v en vez de corlarlo ha- 
van intentada protegerlo. No seremos nosotras las 
que entremos en esta cuestión > mas que por nin- 
guna otra razón , porrpie únicamente nos ocupare- 
mos de este asunto ¡o puramente indispensable v 
conducente á nuestro propósito enunciado ya; perú 
no dejaremos de apuntar de paso algunas ligeras re- 
flexiones que se nos ocurren. 

Sostener que el buen orden y la moralidad so- 
cial exigen que exista ese mal, vale tanto como de- 
cíe que no puede haber ese buen orden sin que se fe 
sacrifique una parle de esa misma sociedad en cuyo 
favor se establece , y no que se sacrifique digna ni 
heroicamente, sino cubierta de oprobio y de Ver- 
güenza. 

Equivale también a decir que el bien ha de estar 
sostenido por el mal , y la moralidad lo fia de estar 
por la corrupción. Que la garantía de ias buenas 
costumbres estriba en la autorización de las malas. 
Eslo es, que para que una parte de la sociedad sea 
morigerada es preciso que otra agote hasta las he- 
ces de la corrupción. Como si fueran dos géneros 
que debiera consumí: precisamente la sociedad , v un 
equitativo administrador se viese precisado á sepa- 
rarlos y repartirlos cuidadosamente en dos diferen- 
tes porciones para que no se mezclasen. 

La enormidad de estos absurdos salta á la vista, 
y apenas se comprende haya habido hombres de bue- 
na razón que se hayan obcecado hasta el punto de 
sostenerlos como verdades inconexas. 

_>ada nías diremos sobre esto , absteniéndonos 



ile ocuparnos de la injusticia que se añade ni absurdo, 
parque quizás iríamos mas lejos de nuestro propósito, 
y porque descaraos terminar pronto este artículo. 
Así pues, concluiremos rogando á nuestras lectoras, 
entre la; cunles contamos albinias que pueden hacer 
mucho, que no den al olvido este nuestro ruego; 
que por mas que semejante asunto sea repugnante, 
hagan mi esfuerzo sobre si; se ocupen seriamente 
de él, procurando por su parte estimular á quien 
pueda hacerlo , pura que se Lome los medios rondu 
rentes á fin de evitar que la corrupción arrastren su 
hediondo abismo las rail jóvenes inocentes aun y que 
habrán de sustituir á las ya degradadas; v para es- 
tas últimas tamílico pedimos un reslo de compasión, 
á fin de proporcionarte! los medios de salir de su 
odioso estado. 

Quiía liemos abusado .le nuestras amables lecto- 
ras coa el articulo que precede, pera esperamos que 
nos escusarán en atención á que a) hacerlo cumpli- 
mos con el propósito de consagrarnos al bien de lado 
nuestro seso sin cscepcion , y quedaremos altamente 
recompensadas si estelan corlo trabajo alcanza par- 
le de nuestros deseos, como confiamos. 



LA AZUCENA. 

UEMCADA A MI 01 KRIDA AMIGA 

Av! deja á la pnhre flor , 
Escondida en la espesura 
Que olvidando su dolor , 
Hoy aspire con dulzura 
El ambiente del amor. 

En la florida pradera 
Ha crecido triste r sola, 
Sin una flor compañera.,, 
Deja que abra su coroja 
A la abeja lisonjera l 

; Pobre flor! nunca amoroso 
El insecto la halagaba:, 
V el eelis ill.i engañoso 
Su perfume la robaba , 
Sin besarla cariñoso ! 

A delirios seductores 
Miró con tortura acerba 
Cual se entregaban las flores. 
Vid á l.i mas humilde yerba 
ffoiar plácidos amores. 



Ij 



Y la azucena gri<m¡a 
Llorando su triste suerte; 

Y asi el tiempo transcurrí* , 

Y ,isi la rmcue Tenia 
Anunciándola la muerte. 

¡Aj! la tierna flor soñaba 
Con un amor delirante : 
En el mundo nolu hallaba , 

Y altanera desdeñaba 
La mariposa inconstante ! 

Mil Dios, que á la II un vi lia 
También ampara clemente , 
Desdo su truno esplendente 
Üyv su queja sencilla 
\ la escuchó tiernamente. 

Vé, dijo á un insecto hermoso, 
A esa flor tiende tus alas, 

Y adórala cariñoso . 

Que en liermí virtud la igualas 

Y en instinto generoso. 
El amor es la misión 

De cuanto crear me plugo; 
Los mundos formados son 
De amor , quien sufre su yugo 
Obtiene mi bendición. 

Tendió el insecto festivo 
Sus alas á la pradera , 

Y á su plegaria sincera 
La flor su cáliz esquiva 

Fué entreabriendo placentera. 

Y la que el tallo abatida 
Inclinó sobre la alfombra , 
Buscando do iptier la sombra ¡ 
Por amor embellecida 

El bello pensil asombra. 
Ya cimbrea su ramaje 
Con coqueta donosura; , 

Y ya llena de ventura 
Pretende en dulce hermosur* 
Ser orgullo del paisaje. 

Ya ruborosa, se espeja 
En la clara fuentecitla 
Que murmurando se aleja , 
se detiene perpleja 
Ante blanca pied recilla. 

Ya del gozo que atesora 
Divisa doquier el sello: 

Y la fuente es mas sonora , 
Mas dulce el aura que Hora , 

Y el rayo del sol mas bello. 




Que con prisma singular 
Todo la dora su llama ; 
Ya do hay lulo, no h¡¡\ pesor , 
Adorada la flor, ama , 

Y es tan hermoso el amar,. . ! 
¡Es Luí dulce con fundi r 

$U Ser con un ser querido! 
Amor y esperanza uuir , 

Y uno en otro sosten ido 
Doble existencia vivir! 

¡Ají! ¿qué iiupurla que mañana 
Deje caer una á una 
StlS hojas la flor galana, 
Si i; 1 "/'! feliz V ufana 

Los dones de la fortuna? 

¿Ya la muerte qué la importa ',' 
Ya su faz no la estremece 
En dulce ilusión absorta ; 

Y es larga una vida corla. 

Si tierno amor la erubellece. 

N'u lema, uo, tn terneza 
Que su sóido abrasador 
MaiTliiliiinli) su liL-llezü 
La arrebate su pureza, 
Que es sublime un casto amor. 

Es hermoso manantial 
De. cuanto en la tierra haj bello , 

Y eir ser pobre y material 
Imprime divino sello: 

¡ Se convierte en inmorlal ! 

Como losravos del so! , 
Purifican el ambiente 
Que enlutó niebla inclemente , 
El amor es el crisol 
De la virtud refulgente. 

Deja pues, que se embriague 
Con su amoroso tesoro 
X que. el insecto la halague: 
.No temas que con desdoro 
Su tierno cariño pague. 

Tan solo luto y dolor 
Apuraba cu su amargura : 
¡Aj! deja a la pobre flor 
Que hoy aspire con dulzura 
Eí ambiento del amor ! 

— — - >w*mwi<" 1 
El Precia sur en su número del martes 13 se lía- 
te cargo de la contestación que dimos á su primer 
¡irlif ubi. en que nos criticaba tan duramente. Ei 



Precursor nos trata con tan lina galantería, y da 
consejos tan juiciosos á nuestro sexo, que la ¡tvf.tr. 
no puede escusarse de dar gracias al Precursor por 
su atención, ni de darse el parabién á si misma; pues 
al ver que este nuestro ilustrado colega del seso 
fuerte, al recomendar á nuestro sexo delalladamen- 
■ le lo que debe hacer para alcanzarla consideración 
que le corresponde, se contenta con recapitular 
cuánlo llevamos escrito en fos artículos de nuestro 
periódico, es indudable que la Mujer ha estado en 
i iiantu lia dicho muy acertada. 



A continuación insertamos la prosecución de a 
aventara ocurrida al padre de una suscritota nues- 
tra , que dejamos pendiente eti nuestros números 
anteriores. 

Pocos momentos llevaba nuestro medico hacien- 
do este ligero examen cuantió volvió la joven blan- 
ca que lo introdujo en el palacio seguida de otras 
dos, también jóvenes como ella , pero cuvos ojos 
rasgados y n gros, t-uyu cutis suave, lustroso y os- 
curo, y coyas cabellos negros como bruñido ébano, 
hubieran dado á conocer ¡i quien menos entendiera 
de raza', que habían visto el primer sol bajo el ar- 
diente cielo africano. Traian en sus manos, sobre 
bandejas d>' piala , )a una un jarro y jofaina de chi- 
na , y su compañera toballas perfumadas y los ven- 
dages necesarios. 

Todas las cuatro mujeres, íijaslas miradas en e 
doclor , adivinaban y obedecían con singular tino v 
precisión sus deseos. 

Apenas rotas las venas, la sangre empezó á salir 
y la anciana á respirar; pero aquella que con tan fi- 
lial esmero la habia velado hasta entonces solo pudo 
conservar su energía hasta ver teñida en sangre á la 
mujer á quien tanto amaba. Sus ojos se apagaron, 
y desvanecida cayó al pié del mismo lecho en donde 
empezaba á respirar libremente la que era objeto de 
sus cuidados. 

La anciana habia recobrado su conocimiento, y 
•instada á su vez al sentir caer ¿i su bija, no pudo 
reprimir un grito agudo. 

¿Cuándo una hija ba estado sorda á la voz angus- 
tiada de su madre? .Yinguua sai espirituosa tiene tan- 
la virtud como el sonido de sus palabras. 

— ¡María! ;hija uiia! decía la anciana. 

— ¡Madre! ¡Ab! vive V. madre mía! contestaba 
su bija, repuesta ya , y sus lágrimas se mezclaron, 
lágrimas de^gria iuefable, porque se volvían á ver 



I 



en este manda, cuando solamente imaginaban to- 
rrarlo rn la eternidad. 

Da operación del doctor estiba concluida y arde 
Bo á la enferma un cúmplelo reposo- 

— Al momento, dorlor, le contestó la anciana, po- 
ro nú podré estar tranquila sin saber de mí hijo. Ma- 
ría, y tu hermano';' 

María en vez de contestar índicrt j su madre ron 
un nio\ ¡miento de ojos no hallarse solas. 

— Si, es verdad, le contestó la anciana, pero re 
cataremos nada va al ductor? ¡no conoce, nuestro 
asilo? ¿no conocemos nosotras su probidad? 

— Está ornudo por vos , madre rain , contestó 
Haría. 

— Bien , rulara al doctor como inerece , hasta 
que juzgue oportuno volverme á ver. Gracias, doc- 
tor, hasta luego. 

V ni doctor salió siguiendo á Maiíi, dejando en 

la habitación de la enferma á las otras tres jóvenrs, 

que después de haber disminuido la luí con nuevas 

gasas se colocaron á los pies del lecho de su señora. 

(Se ronlimiará,) 



w»o: . ( (t<. 



En la siguiente anécdota, de cuya exactitud po- 
demos responder, bailarán nuestras lectoras na no- 
ble ejemplo que imitar y una prueba mas de las bue- 
nas intenciones con que Los hombres dispensan la 
mayor parte de tas veces sus favores á las débiles 
mujeres. 

Cierta joven, la» bella como virtuosa, por uno 
de los mil caprichos de la voluble fortuna descendió 
hace putos me*es desde la opulencia en que vivía 
con su familia al colmo de la pobreza. Como es < on- 
tiguienle, abandonaron su casa de repente todas 
aquellas personas que antes Ja frecuentaban con asi- 
duidad, y se halló aislada, huérfana, y sin otra per- 
sona i su lado que una antigua criada, que siguió 
mas bien que en su Servicio en su compañía. 

Pero decimos mal, no quedó sola, pues uno de 
los amigos antisuos de su casa fué consecuente y do 
hizo variación alguna en su conducta; por el con- 
trario, sus ofertas eran continuas, y no costaba po- 
co trabajo á la joven de que hablamos negarse á 
aceptar favores que su situación hacia indispensa- 
bles, y que no había razón fundada para rehusar. 

Alt! si, ella tenia una razón tan fuerte como in- 
esperable; rehusaba por presentimiento. Aquel hom- 
bre se canso pronto de guardar los miramientos que 
va creia innecesarios, y juzgando tan mal ij t > | , |j¡¡ 3 



de sus amigos como juzgaba de Indas las mujeres, 
le dejó una tarde a! retirarse una esquela declarán- 
dole sit amor, y ofreciéndole en cambio del suyo la 
fortuna que había perdido. 

Por la mañana del siguiente día entregaron ,i 
aquel hombre una contestación concebida en esto* 
términos: 

«Dli madre me ensenó á ser virtuosa: yo he 
aprendido ¡i trabajar: en mi nueva situación no pue- 
du atender sino á ganar el sustento para mi y para 
la buena mujer que no ha querido abandonarme. 
Por tanto ni os puedo recibir, ni ofrezco á V. la 
casaá donde me he Ira sin da do,» 

.f um e wn<-» 

LA MES EA I A ALDEA. 

(COX-EtSOA.) 

Enrique se adelantó con aquellas maneras ele- 
gantes que tanto denotaban su «levada posición, y 
presentando con suma galantería una de sus manos 
á Ida y otra á Pedro, les dijo: 

— Permitidme, mis queridus amigos, qtie disfrute 
de vuestra reunión, y quesea URO de los qne since- 
ramente os feliciten por vuestra invariable felicidad. 

Ida bajó sus líennosos ojos. Aquella voz cu al- 
gún tiempo tan querida hacia daño á su corazón. 
Pedro estaba turbado; oh.' se sentía mal. Hacia pocos 
momentos que lo halda dicho: tenia celos hasta de lo> 
recuerdos que pudiera conservar su esposa; así nada 
tiene de particular que en este instante en que el 
objeto que se presentaba como un fantasma ante sus 
sueños de felicidad, y que como por encanto venia á 
disfrutar de aquella fiesta que Pedro daba para solem- 
nizar el aniversario de su casamiento, atormentaras!] 
alma tan propensa á sentir aquel gusano roedor. El 
joven marqués, hombre de grandes conocimientos 
del corazón humano, comprendió á primera vista la 
impresión que habia causado en el ánimo de ambos 
esposos su presencia; pero con aquel tino de hombre 
acostumbrado á vivir en la gran sociedad, hizo ver 
que de nada se apercibía. Por otra parte, deseaba 
mucho ver aunque no fuera mas que por un solo 
momento á Ida, y cerciorarse por sí propio de si era 
cierto que era tan completamente feliz como gene- 
ralmente se decia. Al ver á la joven el marqués sin- 
tió su in<*Í5creci'kin, porque su alma buena y genero- 
sa comprendió que había venido á resucitar recuer- 
dos que ya debían reposar tranquilos entre la in- 
mensidad de lo pasado. Pedro en estos instantes tu- 
vo tiempo de reponerse de aquella sorpresa para él 
tan desagradable; comprendió asimismo lo ridículo 
de su proceder, y aunque non un acento que deno- 
taba la violencia que Se hacia, después de estrechar 
la mano de Enrique, pronunció dando á sus palabras 
cierto viso de sinceridad: 




— «Siempre recuerdo ron gusto los momentosdeci- 1 vez sus corazones sintieron la misma impresión, lo 
sivos de mi vida: no puedo olvidar que á vos debo viejo general se acercó á Luisa, 
el que un dia mi Ida se librara de un inminente peli- | — Señorita, á pesar de mis años no puedo resis- 
gro; así doy gracias á Dios que esta tregua me pro- i tfral deseo de dar dos vueltas con a hermana de mi 
porcione el supremo placer de estrechar esta mano valiente compañero; y después, lo diré lodo, á pesar 
{renerosa entre las mías | de esta corteza ruda que me cubre, tengo un cora- 

La joven alzó eu aquel momento sus ojos hacia ! zon que aun laEe delante de la criatura m;is perfec- 
el marqués y dos preciosas lágrimas rodaron por sus i lamente bella que mis ojos lian contemplado 



mejillas. La impresión que á Enrique hicieran 
aquellas dos lágrimas solo aquel que adora sin nin- 
guna esperanza la podrá comprender; pero tal vez 
era mas desgarradora la que sentía Redro 1 , lila quiso 
destruir la situación en que habia colocado á a ui"- 



Luisa dio su mano al viejo veterano. Pedro eu 
tanto tenia clavados los ojos en Ida y Enrique : él 
veía que sus alientos se confundían, que sus manos 
se estrechaban. La agitación propia de ese baile, si 
me es permitido esprcsarine así , voluptuoso , daba 



Hos dos seres queridos el esceso de su sensibilidad, á sus rostros cierta animación que liaría casi ideal 
-<'Oh!sí.ami-o. dijo dirigiéndose al del Olmo. c S - 1¡l hermosura de Ida. Todas las parejas iban descan- 
te recuerdo va lo veis cuanto impresiona mi cura- ! s; '" ,!o sucesivamente, menos nuestros jóvenes, que 



ion, porque nunca se borrará de mí memoria que 
tal vez á vuestro generoso proceder deba toda la fe- 
licidad que disfruto. 

Y alargó su linda mano á Pedro, el cual respiró 
mejor, mientras Enrique sentía que un frió glacial 
corría por sus venas, Ida en tanto se sonreía con la 
sonrisa inocente de los ángeles, porque su concien- 
cia la decía "has triunfado v triunfarás siempre*; y 



girabas al rededor del gran salón con mas rapidez 
que en los primeros momentos. Ida iba palidecien- 
do : tal vez sentía un malestar desconocido; pero el 
marques ía arastraba en pos de sí con una fuerza so- 
brenatural, que 01 mismo no comprendía. 

I'edro, pálido y convulso , hacia algunos instan 
l"s que eslaba delirante , y acercándose á la incan- 
sable pareja oprimió con todas sus fuerzas el brazo 



■'Kle sil niiiter; tanto que la pobre Ida, al sentir aque- 
uesnues, dando a su voz una modulación sumamen- ,, , J , . ^ ' . n 

1 lia opresión , le nirro tomo aterrada. 



Ir dulce, porque la joven quería ilclroir s¡ alguna 
ráfaga de esperanza quedaba en la mente de Enri- 
que, continuó: 

— ¿No es cierto, esposo mió, que el dolor lf* hu- 
biera muerto si hubieras sabido que tu Ida eslaba 
prisionera? 



— líasin , señora . grito 1 : tomad mi brazo hasta la 
¡lieza inmediata; estáis pálida, vuestra mano tiem- 
bla; olí! tengo miedo, esposa mía, y Pedro acen- 
tuó el mía cuanto pudo mirando al marqués , temo 
qoe esleía indispuesta. 

La joven siguió á Pedro sin pronunciar una sola 
-Oh! si. Ida mía: tu presenciaste mi pesar has- j pa | abra . per0 opriin ; a l¡in iJ íime „ l(; e | brazo de su 



la que Luisa estuvo con nosotros, y puedes juzgar.. 
Pero mirad, marqués, allí tenéis á vuestra segunda | 
protegida. Venid, señorita; el señor marqués del I 
Olmo no dudo que tendrá un verdadero placer en 
escuchar de vos misma vuestro agradecimiento. Ya 
lu veis, caballero, os soy dos veces deudor de mi fe- 
licidad, porque mi pobre Luisa ocupa un lugar pre- 
ferente también en mi corazón, y yo, amigo, dov 
mil gracias á la casualidad que me proporciona el 
que esta señorita conserve un recuerdo de un sóida 



esposo, como queriendo significar: «la cariño, lu 
amor sin limites me escuda. i Enrique también iba 
en pos de ios jóvenes esposos como impelido por un 
poder desconocido. Pedro dejó á Ida bajo los cari- 
ñosos cuidados de la interesante Luisa, y entró en la 
pieza de juego. Pero grande fué su admiración cuan- 
do en vez de encontrar á lodos sus cantaradas entre- 
gados á calcular sobre sus pérdidas ó ganancias los 
encontró seriamente discutiendo la mas delicada de 
as cuestiones. 



do de Isabel; un recuerdo es mucho cuando aquella j _ Yo. por" mi parte , decía un general carlista 
que le guarda es tan perfectamente bella. ^ j üp¡[10 c0nll> v . af¡ „,„ gmrn; desde manana , 0¡los 

Y Enrique hizo una elegante inclinación, á ja seamos hermanos. Esle baile, al que algunos de us- 
que Luisa contestó con suma modestia, cubriéndose tedes han asistido, sea la señal de que solo un viva 
sus mejillas de precioso carmín. Su voz, temblorosa resuene en España, y que este viva sea el nombre 
de emoción, apenas le dejó pronunciar dos frases, i augusto de Isabel. No olvidemos, señores, que este 
que á pesar de todo fueron mas expresivas que un ; nombre llena de entusiasmo lodos los corazones ver- 
elocuente discurso. Si Enrique la hubiera mirado, ¡ daderamente españoles ; porque nuestra Reina Cató- 
lal vez le hubiera aprisionado su modesto candor y [ iica es la figura mas colosal que. aparece entre las 
su perfecta belleza; pero el joven solo veía á Ida; Ida j glorias de nuestra patria: los siglos y el mundo ente- 
era su norte de desesperación, pero él conocía que . io siempre se prosternarán ante el nombre auguslo 
la amaba y la amaría hasta ia muerle. I de la mas grande de las reinas , y de la mas casta de 

Los melodiosos ecos de una brillante orquesta : las mujeres, Y yo, señores, confio en que la niña 
anunciaron un vals. Enrique sin vacilar presentó su ■ Isabel seguirá las huellas de su ilustre antepasada. 
mano á Ida: ella estuvo indecisa algunos segundos; — ¿De qué se trata? dijo Pedro, y su rostro es- 
pero al fin aceptó. Dos personas palidecieron ; lal presaba pánico terror. 



—De que mañana un abrazo Uüiiá a todo* los es- 
pañoles baju la bandera de Isabel, 

— Uracias, señores, par el aviso . dijo Pedro; 
vuelo i-n este instante ¡i morir abrazado á mi bande- 
ra? el oscjirq aldeano engrandecido por I). Ciirlos, 
que óslenla csla faja, no puede ser traidor. No dirá 
.jamás que Pedro olvidó que al salir de la nada pro- 
nunció esta* frases «agradas : «0 el triunfo ñ la muer- 
te,* Adiós, seño rus ; marchemos cada uno á su 
puesto ; estoy seguro que moriré . pero mi hijücuu- 
íurvara un nombre sin ninguna mantilla. 

Nadie usu contradecir aquella voluntad de hier- 
ro: sus carneradas bajaron los ojos como eclípsadus 
|H>r aquel hombre esclavo de sus juramentos. Enri- 
que le présenlo su mano, 

— Nuestras almas son hermanas, dijo; este nom- 
bre sagrado han' que en esla nuche muera toda cla- 
se de enemistad entre nosotros. 

—Sí, dio Pedro, vamos á ocupar eada uno de 
nosotros su puesto ; tal vez me espérala muerte, 
pero ya lo sabéis, señores , quiero a debo morirabra- 
,'inl" ;t mi bandera. 

Algunas h0rasde5pu.es dos jóvenes, ealrechaiueu- 
te abrazadas, lloraban en aquel mismo salo» . poco 
antes testigo de una agradable liesta. La una lloraba 
la ausencia del mas cariñoso de los esposos; tal íoz 
una vaga sombra de remordimiento oprimía su co- 
razón ; mientras que la otra I lora lia a su hermano 
querido. ¿ Quién podrá comprender si se presentaba 
ante sus ojos algún otro objeto* Dejemos entregldo a 
sudolor este áogid candoroso, y no tratemos poraho- 

Ita de descorrer el velo que cubre los secrelos de su 
corazón, 
S? emilinwrá., 
De las cantidades destinadas para las funciones 
\ festejos con que se ha de celebrar en Madrid el na- 
lalitio de la Princesa de Asturias, ha dispuesto el 
cuerpo municipal se inviertan 300,000 reales en do- 
lar algunas niñas del colegio de la Lulo», en sumi- 
nistrar auxilios pecuniarias á algunos desgraciados 
huérfanos que hayan perdido su padre á madre el 
mismo dia en que nació la princesa Isabel, en haecr 
Irages completos ¡t cierto número de niños que ha- 
yan nacido en dieho dia, y en otros actos de benefi- 
cencia e igual utilidad, con que aquella corporación 
piensa muy bien interpretar lielinenlc los sentimien- 
tos de S. M. 

— También en Logroño, en celebridad di lan 
fausto acontecimiento, han sido soeorrid-is por la 
ilasc militar residente en aquella pinza ures huérfa- 
nas pobres, siendo du!ada cada una de ellas con cua- 
tro onzas de oro para cuando lumen estado. El ac- 
to sé verrlicu con la mayor solemnidad el dia <i á las 
once y media de la mañana asistiendo :i él el ayun- 
tamiento v la efesé militar, á cavo fronte se haHaba 



■ el general Espadero. Concluido el sorteo, el mismo 
f duque de la Villoría puso en sus manos la cantidad 
que habla sido designada litada una de las huérfa- 
! ñas, v según se dira la duquesa su esposa les iia re- 
galado un Irage completo. 



H'atulhi B. dp tLTranl. 




No podemos dispensarnos de repetir nuestros elo- 
giosa las señoras de la junta de damas de honor j 
mérito , encargadas de promover la rifa de objeloa 
á beneficio de la Inclusa, pues no es dable uiavur 
celo ui eficacia que el que aquellas emplean para lle- 
var á cabo su pensamiento de la manera que pueda 
dar mas ventajosos resultados. Sun ya muchas las 
preciosidades que hay reunidas, y puede decirse que 
en el dia no va uuo en Madrid á ninguna casa, es-- 
pceialuicnle de bs de la clase mas elevada , doude 
rióse ocupen las señoras cu disponer alguna prendn, 
alguna labor ú otro objeto precioso, todos los cuales 
se presentarán en una espjsicioo pública , y después 
se rifarán , aplicándose sus pi'odin los al aliuo de los 
infelices que, abandonados por los mismos que les 
dieron el ser, viven solo por los cuidados de las al- 
mas caritativas que les consagran sus piadosas des- 
velos. Es de esperar que la generalidad de las seño- 
ras de nucslra suciedad , es! ¡muladas por sus lilaiitni- 
pieos sentimientos , se apresurarán aun á ofrecer á 
las encargadas de este laudable proyecto las obras 
que , ejecutadas cu sus ralos de entretenimiento, pue- 
den sin embargo dar resultados de consideración 
en favor de los desgraciados de la Inclusa. 



Leemos en los periódicos: 

"Se nos ha referidoque hace algunas noches fué 
asaltada la casa conocida ron el mimbre del Carhar- 
ni. en las afueras á Alrorron; va pesar de haber pe- 
netrado ya uno de los caros por un agujero que prac- 
ticaron en el piso a' lo, y quitado para la entrada de- 
sús compañeros las barras de hierro que aseguraban 
las maderas de un balcón, uno y otros tuvieron que 
abandonar su criminal proyecto por miedo á los dis- 
paros que desde una ventana comenzaron á hacer- 
les. En efecto la dueña de la casa, doña Saturna 
Sac/. con un valor digno de todo elogio, y que nos 
trac á la memoria algunas de las proezas de nuestras 
nobles heroínas castellanas, abandonó su lecho, se 
proveyó de cariuchos, y cogiendo sus armas las dis- 
paro contra los malhechores, volviéndolas ácargar y 
á disparar de nuevo hasta cenvencerse de que sus 
agresores Uuian. 



MAlzRID. 1852. 



l->"Tf «¡i <te don Jnw TriijMlo, ht)u. 

Ciile Ur María Cristina, numero 8. 



Domingo 25 de Enero de 1852. 



Núm. 26. 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 



escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Bale periódico Sale lodos loidomingoi;st5uscribc en Madrid en las librerías de Mnnier y de Cuesta, á Ir?, aira»; j ra pioii»- 
*ias 10 rs, pardos meses franca de jiurle, reinitten'a unalibraiua a Favor de nuestro impresor, ó sellos de franqueo. 



ADVERTENCIA. 
Rogamos á nuestras aprecia bles suscritoras de 
provincia que no hayan satisfecho el importe de su 
susericion, se sirvan renovarla si desean continuar 
recibiendo el periódico. 






Una de las faltas de que se acusa mas general- 
mente á nuestro sexo es !a frivolidad, y desgracia- 
damente es quizá la acusación mas justa que se le 
hace. Cierto es que como casi todas las de la mujer 
depende esta del descuido en cultivar sus facultades 
morales, contentándose los encargados de la educa- 
ción de la niíia,*tualquicra que sea la clase á que 
pertenezca, con sustituir á los priuripios solidos con 
que debieran enriquecer su mente, ideai fúlites que 
«mpequeñeeen su alma, la hacen incapaz de un sen- 
timiento profundo, de una idea grande y elevada, y 
tfODstituyeü lo que se llama luego tina mujer fri- 
vola. 

Pero dejando aparte el origen de esa cualidad, nu 
natural en la mujer, como algunos suponen, sino 
consecuencia de su educación, porque ya nos ocu- 
pamos en otra ocasión detenidamente de este impor- 
tante asunto, procuraremos hoy presentar á los ojos 
de nuestras lectoras un cuadro vivo de las conse- 
cuencias de esa cualidad de que tantas adolecen. 
;Ojalá logre nuestra tarea el fin á que se dirige! 

Mas efeflo que cuantas ra/ones pudiéramos es- 
poner producirá la referencia de una verídica histo- 
ria en que son las protagonistas personas que nos 
locan muy de cerca, y en fa cual esa frivolidad es- 
pernada ha sido Ja causa de fatales consecuencias. 

Tiene la que estu escribe una sobrina cuya ma- 
dre, enamorada locamente de su hija cuando era ni- 
ña, únicamente sí ocupó en adornarla con esas mil 



gracias con que los niños divierten á (piten tos oye; 
puro en manera alguna se cuidó de instruirla en nin- 
guno de aquellos conocimientos necesarios en la 
vida, ni de formar su corazón. La niña correspon- 
dió dignamente á la educación que recibía, y si d» 
pequeña enlrt-lenia de joven admiraba. Reina de la 
elegancia era á la vez la esclava mas sumisa de la 
moda: el úuicu asunto importante á su espíritu, era 
la estructura de un lazo, el color de un adorno, la 
colocación de un prendido: su único mundo era el 
mundo elegante: tí buen guste- su dios esclusivo. 

Todos sus juicios se formaban al través de esa 
ridicula y exagerada manía; solamente le eran apre- 
ciables las gentes por su trage, y su mejor amigo 
dejaba de serlo el día en que su fraque ó so. corbata 
podían sufrir el mas ligero reparo. 

Como es consiguiente su elección de esposo re- 
cayó en un modelo de elegancia, joven de bellísima 
presencia que en la ópera, en las «¡aires, en los sa- 
lones, se le citaba como el gefe del buen gusto; pe-^ 
ro que á la vez tenia la cabeza tan vacía por dentro 
como adornada por fuera. 

La madre, mas loca que la hija si es posible, se 
aplaudió de tan fe I iz' elección, y aplató el enlace pa- 
ra una época en que pudieran lucir los notables tra- 
ges de su hija adorada; lucir sus trajes, sí, porque 
esta es la pasión de k madre y de la hija, lucir, pues 
por lucir se rasa v lia prefe/ido.al hombre cuva su- 
prema elegancia es proverbial,- por consiguiente al 
que mas podrá lucir. 

Ahí ¡qué fatal locura! El mundo ante quien o* 
vais á lucir se burlará de vuestra fatuidad, y os des- 
preciará cuando «eos costosos sacrificios con que 
compráis un momento de atención os reduicau á l 
miseria:. 









. 



2 







Das años hice que mí infeliz soíiririá 3SI5SSFo 
los salones con las gatas áe su himeneo, dos años 
qne era citada aun coi 
dos año* que se u n í<V al Jioitih: ■■ .pie jin-ein 
lo del buen tono. ,|5| tan Corto tiempo 'qué nri. tañ- 
ía! Las realas de ambos no sufragaban cí costear una 
sola da las fiestas que ac daban todas las semanas en 
su casa en los primeros meses de establecerla; Toé 
preciso acudir á prestemos ruinosos,,:)' algunos j |s i j- 
reros le encargaron pocos meses oespucs'de las gs- 
las costosas de la novia y de los bienes de la familia. 
I.us disgustos domestico* reemplazaron ala felicidad 
que se nnmirh.i'i aqiielíus jóvenes inquirientes v 
ciegos. Mi desventurada sobrina fué madre, v su lu- 
jo infeliz nació en media de la mas espantosa iiiise- 
rju; cu vano n'tl.ituaba de su esposo ios recursos 
que su Lijo necesitaba: ¡.ijné hnhia de hacer aquel 
hombre ahorn que ya nole era posible rizar su blnn- 
da cabellera, ni inventar perfecciones nuevas pea 
su lrage? Mi sobrina nutrid es t enuncia, su tierno niño 
de necesidad; su madre ornp;i una jaula en unu casa; 
de dementes, y aquel esposo de quiten esperaban Ia 
felicidad se arrastra envuelto en su miseria por los 
mas hediondos garitos, recogiendo W monedas que- 
le arrojan Jos jugadores- afortunados. 

Esta es la triste historia de mi desventurada so- 
brina, y esta non corta diíenuicia ea los detalles gerl 
la de, montas destruyen en su alma y su eoraion !os 
grandes y nobles oenliinicuAos que la Providencia 
imprime ¿en ellos, Misiitiijíijijaliís ron. esas mezqui- 
nas y livianas cualidades, que tanto *a«ia dejan yiújt 
fatales consecuencias trae» en pus de si: esta será 
también la historia dclas.quu.en el hombre que «I i- 
gen por^poso solamente ven esas dotes auperiiria- 
les, sjn atender nunca, á Jas cualidades del corazón, 
á las cualidades morales. 

Oh! volved en vosotras, madre» imprudentes; 

¡parad el camino en que precipitáis a vuestras bi- 

as, y deteneos; no veulureis el porvenir de toda 

vida por ese brillo de un momento; escarmentad 

en mi infeliz sobrina. 

— ,::•;.. 

EL ADÍOS. 

Ay.l no me dejes, no,,,, mi ra rni duelo, 
Contenióla el. llanto que mi rostro inunda; 
Jimios siempre vivir juraste un día, 
Bajar unfidos.á, la. jerla tumba! 

Tú lo juraste, sí; dulce recuerdo 



Que compensa mil iígtfil de amargura: 
Aquel instante de entusiasmo urdiente 
iinirÉjfci almrtjto tuja. 
alo, iifi liie(¡: unohfci el (lía, 
,- cu m ¡i espléndida Ulapcura 
El suelo matizaba, y su reflejo 
En lomo derramaba lux confusa. 
Por id vienln sus copos azotados 
i bruma 



[binaban ti u extra f.t/... espesa 
f)rusrab'a del sol el rhstro heríi 









lefmoso; 
Todo era en torno oscuridad, tristura. 

Yo sola era feliz..,. Aun íe contemplo, 
Aun de tus ojos el fulgor me alumbra, 

ii m ocbo tu roí tan lisonjera 

Jurarme amor con sin igual dulzura! 
■\ fij;iinlaeri mis ojos tu mirada, 

V enlazando mi mano con la luya. 

i ."¡¡ímprc, dijiste, y ítcnipr* allá ;í lo lejos 
Del viento repitió la voz confusa, 

Áyl no me dejes, no del iwar bravio 

- Es inconslanlc la ligera espuma, 

V en so¿ olas se anega la csperanla, 
Juramculos y amor. Indo lo anulan. 

¿Qui importa, el porvenir? ¿qué nos importa 
Al itnnir el favor de la fortuna? 
Si ese mundo nos niega sus palacios, 
Para enlrambns tendrá una estrecha tumba! 

Veo ¡i mi lado, ven. lu) lur. abr.ndyues; 
Apiádale por Dios de. lamia angustia 1 , 
A>! rui vida en tu vjda está cifrailn! 
Av ! uu permitas que al dolor, Sucumba! 

Tú tiemblas,,,, enmudeces.... y tus ojos 
Asoma -el llanto..., Par piedad me escucha: 
Mi voz acaso, que adoraste amante, 
Acalle del deber la voz sañuda. 

l'na lágrima riega tus mejillas,-,. 
Vago acento tus labios articulan.,.. 

Ay! calla no pronuncies mi condena..., 

Un instante un mas de hermosa duda! 

L'n ¿lisiante tan solo de esperanza.... 
Calla; calla purDioslJ.. Mas no; esta lucha 
No puedo resistir, ,j. valor me sobra.... 
El fallo horrible siu temblar pronuncia. 
Que es loque escucho? ¡ay Dinsl partir te es fuerza 
Vence el deber á sin igual ternura!'.'.. 
Kslá bien,,., parte pues.. . ya estoy tranquila, 
Mírame sonreír con. faz enjuta. 
i Yo uo lloro..,, ¿lu tes?... Deber lo exige.,.. 
Justo es que •sema en la terrible Incha. 
Parte pnes.... sé reliz.,., ¿qué importar rn tamo 









Que aquí olvidada á mi dolar sucumba? 

No quisiera llorar.... quisiera altiva 
Ocultar el tormento que me abruma: 
Mas suv débil mujer, v á pesar niiu 
Me vende ei llanto que mi vista anuida' 

Ay! im oie olvides, nu.,.. piensa que triste 
Yo contaré las horas una a una, 
Que transcurran sin vcri«, bien del alma, 
Esperando tu vuelta ron angustia. 

Perdón si te ofendí si en mí eslraviu 

Abrigué nn.solo instante horrible duda: 
Juramentos que forma un noble pecho 
El tiempo fuñera l no borra nunca! 

Parle en bueiihora ¡mes.... nave ligera 
Te lleve al sitio do tu atente ilusa 
• -Te ofrece un porvenir.... de Üios en lanl'i 
Imploraré por ti la bondad suma. 

Entre las olas de la mar gibante. 
En alas de la brisa que murmura. 
Te mandase mi llanto y mis suspiros 
En prenda del amor que me subyuga. 

Til pensamiento entonces lisonjero 
■.Alraviese fuüíu-ja ¡nicun laguna. 

V i+eng&'á diin-amar <algun consuelo/ 
En quien su dicha en tu canfín funda. 

Une los mundos la atracción amante, 

Y cuando le atormente suerte injusta 
. Sentiré tu dolor, cuando soiu fíat 

I Se llenará mi pecUo.de. .dulzura!... 
Ya el instante llesíw!... ya riza el aura 
■lÜeese ancho espejo la ligera espuma,... 
Av! la nave despliega blancas velas! 
Ay! bu voces del nauta ya se escuchan!... 
¡Ay de mí!..,. No tcalejes... ven... aguarda,., 
i No puedo masi.j. mi vista yase anuida.... 
Adiós* mi dulce bien.... nunca me olvides, 
í) !as olas del mar serán mi tumba.' 

At.rj.-1;, Cr...1. 



REVISTA HE MODAS 



Los vestidos, quo se llevan degró, raso y tercio- 
pelo, negros, azules y en fin del color que mas agra- 
da, únicarueníe en les adornos han sufrido alguna 
reforma: los de eró siguen adornándose con votan - 
les bordados; en los de raso y merino suelen susti- 
tuirse los volantes con Ires ú mas franjas de tercio- 
líelo, separadas cii(re sí de madera que cojan toda la 
falda; el cuerpo y las mangas con los mismos ador- 
nos. 

Los sombreros siguen siendo íau ligeros como 
en «I verano, á pesar del frió de' la estación. He 
visto algunos preciosos de raso color de rosa con tres 
órdenes de cintas del mismo color [llegadas y ribe- 
teadas con una imperceptible cintila de terciopelo 
negro; pero los qne me han parecido de mayor gus- 
tu \ elegancia eran d« raso ■ blanco guarnecidas de 
blonda. 

Para los adornos de la cabeza se disputan la pre-r 
ferencia las plumas, las cinLas..y- el azabache y Uí 
blondas; no obstante este a¡iu parece que las flores 
no quieten marchitarse, y se ostentan aun frescas y 
lozanas en las cabezas de tas jóvenes de mejor gusto. 

Pero en lo que. el lujo ostenta su riqueza, y las 
artes lodos sus primores, es en las mangas interiores 
y en los camisolines, lie visto algunos, queridas ami- 
gas, de un bordado tan extremadamente complicado, 
tan lino y latí acabado, que verdaderamente asom- 
braba: es escusado deciros que su preciu rayaba lam- 
inen en lo fabuloso. Las damas de distinción fijan 
en c*lu ludo su esmero, y nada les parece ni bastan- 
te primoroso, ni demasiado 'caro. 1 

Las manteletas de terciopelo guarnecidas de pie- 
les y las ca pitas redondas son abrigos muy elegan- 
tes, y que durarán seguramente- todo ct invierno: 
las primeras se llevan también rOn Beros y con guar- 
niciones de blondas' y eneages. 

Réstame deciros qitc éti el peinado no lia habido 
variación notable, pues ni) puede considerarse tal el 
que las cucas, siempre, rizadas, se procuren separar 
cada vez mas dcla cara, y se líe* en algo ntas hue- 
cas v abultadas. Las señoras vuelven ¡i llevar ridi- 



i - t ■ ' , — i 

ftempo hace, mes queridas amigas, que no be 



riodido ocuparme de vuestro apreciante periódico,. ' "* 

I . ,, . . , . . , , .■ ■ , — ■ rnnv larga a lo menos d 

nP remitiros Ja revista de mudas onecida; pero lian ° 

, • i-r ■ ■ i i i i i sm mas por bov; se rep 
•(ido tan pocas las modificaciones introducidas desde. ' ■ ■ ' 



Pjsms I a de embro i>E tSüá. cutos dc lcrc»pcl»-,bordfMlos áe,cueo!iis de acero y 






liii última rarl-i, que a pesar de mí silencio no pue'de 
ar"üirsc á tu periódico de falla. Hov sin cníuáYgn 
liare una cumplida satisfacción á esta promesa con 
una minuciosa relación de las modas en liogá. 



azabache, f¡c ■,< \ 

Creo que qiiedacuisi ^saüstcblias fon esta si no 
detallad» revista de modas, y 
ilnsiempre vuestra 

talan. 

"■■í' J -<^ — m . 
■ ii i 



■ a 

ha 



v 

: 



Herniosa es la noche: brillan les estrellas 
Esmaltan del cierto la bóveda azul; 
Luciendo las nubes cual ricas doncellas 
Sus bellos ropages de gasa y de Luí. 

La luna, que hermosa refleja en los mares 
Sus aguas celestes tornando en cristal, 
Ya alumbra los tedios de rústicos lares, 
Ya oculta su rostro Iras nube ideal. 

En lutada y completa quietud yace el mundo; 

4 hnruhres se entregan del sueño al placer, 
Y nadie se atreví; á turbar el profundo 
silencio que reina del valle doquier. 

Tan solo se escindía va el manso arroyuelo 
Que riega las dures de ameno pensil, 
Y¡i lia ave que ai nido dirige su vuelo, 
Y« el viento las ramas meciendo sutil. 

Y en paz duermen todos, y lodo está en calma; 
'asíones y penas, venganzas y amor..,, 
iPor qué no se cierran mis ojos, y el alma 
He] duelo olvidada se entrega al sopor? 

Tórtola desventurada. 
De mis cuitas compañera, 
Que escondida en la enriimrnl i 
Suspiras ¡ay! lastimera: 

La parca con mano impía 
Te robó tu dulce amor: 
Tu historia es la historia raia. 
Tu dolor es mi dolor. 

Le amabas! con amor loro 
Le adoraba yo también; 
El día ¡ay! es muy poco 
Para Ibrar tanto bien, 

Y al tenderla noche el maulo 
Por eslos bosques floridos. 
Vengo á confundir mi llanlu 
Con tus amargos quejidos. 

Tus penas y mis tormentos 
No son pueriles antojos: 
Tórtola, da tus lamentos 
Al aire! llorad, mis ojos! 

Que si henchido de aflicción, 
La aflicción el pecho ahoga. 
Se llora y se desahoga 
Con el llanto el corazón. 

Uurlqurfa. 



A cnrUinuncion insertamos k prosecución de li 
«ventura ocurrida al padre de una suscrilora nues- 
tra , que dejamos pendiente en nuestros números 
anteriores. 

El doctor salid de la habitación de la enferma 
por una puerta situada enfrente de nquella por don- 
de entrara, y mientras marchaba por un corredor 
perrería mente iluminado por lámpara* de raro gusto, 
pudo admirar el «¡re majestuoso de su conductora, 
y el rico trage de seda, cuya forma algún tanto se- 
parada del uso carmín conservaba el gusto oriental 
que en lodo el palacio subterráneo se notaba. 

María deseaba vivamente consultar ai doctor so- 
bre el estado de Su madre, pero H sentía confusa 
delante de él por aquella deseo nfianza que manifestó 
cuando su madre le preguntó por su hermano; mas 
su aluia franca Y decidida, v su deseo vehemente de 
penetrar completamente la verdadera situación de 
su madre, le indicaron el medio de resolver aquella 
situación, [¡ablandóle en estos términos: 

— lloi'ior, un deber sagrado nos obliga á un perpe- 
tuo misterio; no estrañeis recordase ¡i mi madre 
vuestra presencia cuando me preguntó por mi her- 
mano; mi observación se referia á nuestra obliga- 
ción, no á vuestra prudencia: sin embargo per- 
donad, 

— Señorita, repuso et médico admirado, mi pro- 
fesión me ha enseñado á respetar loasecrelos ágenos, 
y en lo que habéis recordado á vuestra madre ad- 
miré una prenda rara en vuestra edad, la prudencia; 
ahora veo además que «abéis cumplir religiosamente 
un deber, y se aumenta mi consideración hacia vos. 

— Gracias, doctor; pero decidme, ¿qué puedo 
esperar de la enfermedad de mi madre? 

— Si él accidente no repite esta fuera de peli- 
gro; emplenré todo cuidado en evitar que tal suce- 
da: temo sin embargo que su enfermedad procede 
de la imaginación, y es preciso que vos procuréis 
que se cure el espíritu mientras yo atiendo al alivia 
del cuerpo. 

— AJil no está á mi alcance, doctor. ¡Pobre ma- 
dre nial 

—¿De quién depende pues? 

— Doctor!... 

— Jíoos pregunta el hombre, sino el médico, 
y la profesión es un sacerdocio. Sin embargo puedo 
escusa ras de contestarme, pero no de adoptar I oí 
medios de salvar a vuestra madre. 

— Doctor, hablareis con mí hermano. Dispensad 
mi reserva. 



a- 







— Como gustéis, señorita. No puede ofenderme 
nunca quien cumple un deber tan sagrado, y que 
tanto le cuesta como á vos la dilación de la mejoría 
de vuestra madre. 

— Mi hermano está en este momento.... 

— No le molestéis; vuestra madre por ahora no 
debe ser molestada: cuando vuestro hermano se des- 
ocupe podré verle. 

— Bien, así tendréis tiempo, señor doctor, para 
descansar; en esta habitación podéis hacerlo, indi- 
cando la hora que la asistencia de mi madre exJja 
volváis á su lado; entonces veréis también á mi her- 
mano. , 

Esto diciendo, la hija de la anciana enferma abrió 
lina puerta y penetró con el doctor en la habitación 
que le destinaban. Dos criados lujosos y respetuosos 
se presentaron al servicio de nuestro médico antes 
que le dejase solo aquella interesante joven. 

{Se continuará.) 






A LENT1NO. 

Traducción Vibre de un epigrama de Mareiai. 

Suspiras, oh Lenlino, 
Al ver que la rebelde calentura 
No te deja un instante; 
Si alarde haciendo de leal, constante, 
Une á tu suerte su feliz destino, 
Yendo contigo por mayor ventura 
A gozar de tu huerto la frescura? 

Contigo entra en el baño 

Y nena ostra y jabalí cerdoso, 

Y á tu respeto debe 

Tanto sin duda porque solo behe. 
Para provecho lujo y por ju daño. 
El Semino ó Falerno delicioso 
O el bien helado Cécuba gustoso. 

Y descansa entre rosas 
De negro amonio, y aun por darte gusto 
De púrpura en el lecho 
Contigo duerme: ¿y quieres que á despecho 
De tantas atenciones obsequiosas 
Tu servicio abandone grato y justo 
Para buscar un amo mas injusto? 

Ccrfll*. 



UN MES El* LA ALDEA. 

(COSTISOA.) 

El castillo De está silencioso y triste; y sin em- 
bargo dos días antes todo era en él amor y movi- 
miento. A esa vida y animación que reina en una 



fiesta ha sucedido un silencio sepulcral: sus morado- 
res, tristes y meditabundos por ciertas habitaciones 
del castillo, parece hasta que no se atreven á andar, 
por temor de que aquel ruido se;i á su cariñosa se- 
ñora desagradable, y hasta retienen la res ¡i i rae ion 
¿Qué acontecimiento es la causa de todas estas pre- 
cauciones? Penetremos en las habitaciones de Ida, \ 
tal vez seremos testigos, según las apariencias, de 
algún triste suceso. 

El dolor está impreso en el bello rostro de la jo- 
ven; no menos angustia espresa el de la interesante 
Luisa: las dos jóvenes están al lado de un lecho mag- 
níficamente colgado. Ida besa la frente de un her- 
muso niño, que oprime contra su corazón con ese 
delirio y esa exaltación que solo sabe sentir una ma- 
dre: pocos segundos transcurren sin que levanten el 
precioso cortínage y escuchen si el objeto querido 
respira bien; porque quién duda que allí hay un en- 
fermo, y todas las señales nos dicen que su mal es 
grave. Al caer la espesa colgadura de raso blanco, 
las jóvenes se interrogan con una de esas miradas lle- 
nas ile ansiedad, y algunas lágrimas que ruedan por 
sus mejillas son una prueba evidente que el querido 
enfermo hace que el dolor oprima mas y mas cada 
vez á aquellas dos almas pendientes del menor de 
sus movimientos. 

El ruido de pasos, aunque dados con precaución, 
anuncia á nuestras bellas afligidas que alguien se 
aproxima, v lii rapidez con que á esta señal se ponen 
en pié como dominadas por un mismo pensamiento., 
nos demuestra que aquella persona se esperaba con 
impaciencia. A ios pocos momentos un hombre gra- 
ve y meditabundo se presenta en aquella estancia. 
centro de dolor; su mirada penetrante nos manifies- 
ta que aquel hombre ha consumido su vida querien- 
do penetrar los arcanos de las ciencias, y mas de una 
vez se eleva al cielo como reclamando su auxilio pa- 
ra que le ilumine en este momento en que la tran- 
quilidad de una familia está pendiente de sos labios. 
EE recién venido se aproxima silenciosamente al 
lecho; después de hacer una ligera inclinación á 
nuestras jóvenes descorre las cortinas, y Pedro, el 
valiente Pedro, aparece á nuestros ojos pálido, casi 
cadáver. Su mirada, que se clava en los objetos mas 
queridos de su corazón, en su esposa é hijo, nos re- 
vela esa lucha que tan dolorosamente nos impresiona. 
esa lucha terrible que sostiene el espíritu con la ma- 
teria: pero hay en este trance cruel una idea conso- 
ladora y pura que nos ilumina; nuestro cuerpo vuel- 
ve á ser un poco de polvo, pero ¡av! sí, nuestro es- 
píritu vuela al cielo. ¿Quién al contemplar este cua- 
dro no repasa minuciosamente lodos los momento* 
de su vida, y no teme que el dedo de la justicia su- 
prema le señale en ese instante final de la existen- 
cia? Si tuviéramos siempre presente esta hora terri- 
ble, ¡qué beneficios no reportaría á nuestra moderna 
sociedad! La intriga no invadirla el mundo entera; 
ta sed de oro no seria una necesidad del corazón; la 
palabra fraternidad no seria un sueño poético é ilu— 



H 



I 



savia, Pero ;av! lu> dejado á mi ingresan le Ida estos 
norias momentos, para que présenle lll doctor eOn 
temblorosa mano un nandderoeon nn;i bujía encen- 
dida. Con qué. ansiedad tw fija la JuVfln pii «I su- mi- 
rada'. Cada UBO ile sus movimientos hace que su in- 
razou lula con mas fuerza, y que tilda olla tiemble 
visiblemente. 

— Doctor, pronuncia el enfermo ron yo* roas 
clara de tu que era de.esperar ¡d ver la palidez deán 
róiir'o; tíiVá pronunciar mi sentencia, uien lose; la 
ciencia düiIa pueden las heridas que lie recibido solo 
las cura el sueño cierno, 'y se soiimíjeon esa Irán, 

tquiüdad pura y sania del márlTr que al dejar !;i lier - 
ra Miela A la mansión del juez justo y supremo t l'o- 
brelda, pobre hijo mió! ¿por qué llorar, mis queri- 
dos amigos".' En esté motílenlo da verdad no >cis i|iic 
tranquilo cslóv? I-a inuerle lio me asusta, lu espero 
eo n calma. 
— Silencio, dijo el ductor; esla conversación os 
perjudica. 
-Ilrncias. amij;o: veo ei inCcrésque os inspiro im- 
preso en vuestra frente; pero lo sabéis, la ciencia no 
es solicieme; Bolo un ttrifogro podría saharme. Así 
dejadme; al espresar los molimientos de mi corazbH 

»á este ángel que ei cielo me dio por compañera, mi? 
«ienlo odiz; si, quiero que, sepa n>is i'tllintos (nn-n - 
minólos, Obi los ulliniu- pensamientos de tiu mori- 
bundo nunca se borran de la memoris; ya lo veis, 
hasta en esla liora sor cgoisla, porque esta separa- 
ción oo na parece tan terrible cuando pienso que 
alguna t«i dirá á mi hijo: < Tu padre era un oscuro 
aldeano; pero el amor que me tenia lo elevó, v las 
distinciones que llegó áconsce-uir las d-bio ii su es- 

Ípada; mi imagen le iluminaba;» porque sin tu amor 
hubiera permanecido en mí miserable cabana; la 
idea de derramar la sangre de mis hermanos me hu- 
biera hoti-Qt iy tilu, porque mi corazón sentía luda ln 
Grandeza de esa palabra «van gol ir a: «amaros los 
unos á lus otros. 'i Mi atina se rebelaba ooiitrn la une r 
ra, y hubiera sido con mas guato filósofo que so I da - 
do; pero ¡nyt qué premio consigue ¡tqycl que quierú 

> ilustrar a sus hermanos: la miseria v e] olvido; inirn- 
Iras que el que los oprime llega, cuimiyu á ser gene- 
raL.eser.n -ei-ido. y lodos hincan la rodilla ante aj hio- 
lii vencedor. I'iibie Iju inanidad! y sin embarco, l>i 
uiisoia le esclavizas, porque al querer emanciparle 
crees que la fuenta es la señora, (íel mundo; quelii- 
riéndose hermanos con hermanos llegarás á conse- 
guir el bu-ucs>,-ir ipn- esperas, í'ubru humanidad! c-1 
li-iuuf'u ile las ideas grabadas con sanare llena el co- 
razón de anguslin.y remordimienlu.!" Por mi paite 
aii hiju podrá cuvaiieiierse de qiu- inuunj esclavo de 
lilis jurauíentos; la guerra era la esperanza del aman 
le, y en ella fundaba mi porvenir y tu posesión ¡ pertí 
mi coraiLiu de filósofo la recba^alia; la moderna so- 
ciedad no puede regenerada, La espada-, csa>jrau mi- 
*Ío¡i e=lá reservada á la tilosofÍ3. 

Pcdroculló v Derruios ojos pava repodar alguno* 



momentos; nadie oso interrumpir aquí'! silencio 
lemin- que reino por algún tiempo. 

Se tPÜmqré 

Xntatln a. de Frrmul. 



EJ público de ííadrid, éáM(i\tí\ g-e'nérílso, h ' 
correspondido eomit sieni|ire a la IhViláríóri qué le 
lia dirigido la junio de damas de honor y mérito, y 
lia enviado ¡i la* señoras una «nui ir.intiilail de obje- 
tos destinados á rifirse para atender i "ti -n pniduti- 
to á las muchas necesidades de la casa de espósitos. 

Ésta rifa se verificará en el local del Conserva- 
torio dr Artes, síl6 en el niinistei io (le Frjmentb^ 
calle .de Atocha, antiguo tómenlo de la Trinidad, 
donde estucan los prenuos numerados en espnsiciotí 
pública, v se procederá al sunco presidiéndole Iíü 
señoras y entregando los toles según vayan saliendo 
¡i los poseedores del número correspondiente al del 
premio: los billetes se despacharán en el iriismo sa- 
lón ai precio de cualro reales. 

SS. MM. v AA,, cuya generosidad y beneficen- 
cia nuse desmienten nunca, lian dado lotes desunto 
valor, y tanto por esto romo «u honor ¡i los reales 
donadores, se liará una, rifa aparte ÓV un número 
de billetes igual al ile la lotería moderna del iS de 
febrero próximo, saliendo premiados los uiuiinii- 
Iguales á los once premios mayores de dicho sorteo: 
estos billetes los despacharán ¡¡,'imlnienfe fas señoras 
en dicho satoti mientras dure la rifa general, y f\ 
do eslí concluya se seguirán espc'íidíendo en los des- 
pachos de loterías basta el dia del sorleo: el precio 
ilc estos billetes es de -20 reales, rontenieildo ¡rada 
uno cinco números. 

La rifa empezará el sábado 2S del ('órnente, des- 
de las doce de la mañana basta las si-is de la larde, 
continuando en los dias sucesivos liasla el sálnido, 31 , 
si no se han espendídó fcdos los billetes. 

Basu».— Itiee la Opinión Piih> ■•-■:: 

«Tenemos ciileiisliilo que pronto se publicará un 
bando prohibiendo á las señ'iras hajii penas muy se- 
veras el uso de los panlnlrines los dias de lluvia. 

Nosotros hemos visto el borrador ayer mismo, y 
estamos conforme s con el ispírÜU de su letra, que es 
todo artística 

Damos esta noticia ahticipadamehlri para evitar 
á nuestras ludias sustriloras él horliorno de que ni 
salvaguardia se Lis r^rtilc en medio (Je la ralle según 
«na clausula del citado' docÜírie'tilff. 

También la (ianios para que cese él desconsueln 
de los amantes de la escultura y lodo género de ar- 
les,,, hellas, qtiese ecímn á bis calles en tales dias en 
busca de im, Jetos,, 



MADítm, 1852, 

Imiircnin <»*■ ñaa Jitsé Trojílln. hijo. 

Calle de María Cretina, núlin ro ¡í . 



Año I. 



LA MUJER, 



FtRirmico 



escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 






Este periódico sale lodos las dominaos: se suscribe en Madrid en U; librerías deMonier y de Cu Pila, á 4 rs. almo;: ; rn pro?iii- 
«ES 14 rs. por dos mí-if-. ífliifu de porlr, rCiitilien u Hn.i [ihmnia a tarur di nüfcjlru inlpreíur, i¡ =¥llusilt' Franqueo. 



ADVERTENCIA, 

Robamos á nuestras aprecíables suseriloras Je 
provincia que no hayan satisfecho el importe de su 
suscricion, se sirvan renovarla si desean conlinuar 
recibiendo el periódico. 

Siguiendo nuestro sistema y el (in que nos he- 
mos propuesto de indicará nuestras hermanas torios 
los obstáculos que se oponen á su bienestar, vamos 
hoy á tratar de la moda, no radicando los nuevos 
torles de ios trages ni sus diversas invenciones, sino 
su menguado origen y las fatales consecuencias que 
su caprichosa volubilidad produce á las que se enor- 
gullecen llamándose sus esclavas; y lo descaminadas 
que "van cuando imaginan que así alcanzarán el fin 
ue se proponen. 

Qiiijiá haya algunas de nuestras lectoras que no 

ten conformes con que nos pronunciemos 1¡m 

abiertamente contra el ídolo que adoran, y tle quien 

esperan tantos triunfos, tantos momentos de sin igual 

placer; pero como nuestro propósito es combatir e¡ 

error, no podemos escusaruos de hacerlo, y si en un 

principio tes disgusta este artículo quizá después nos 

radeceráo el que lo hayamos escrito. 

El espíritu de especulación y el interés unidos 

en coman dita observaron que era muy lenta la reno- 

acion de ¡os trages, machíes y demás cosas necesa- 

ias al uso de la vida, si se esperaba para hacerla á 

u deterioro, y discurrieron para hacer mas rápido 

l giro de los capitales dedicados al comercio de es- 

s géneros, esciiar la vanidad y el capricho, para 

ue fuese indispensable mas frecuente su renovación, 

consiguiente desde entonces no ya á ta inutilización 

de los objetos de uso, sino á Ja aparición de otros 

eiencialmente iguales, quizá menos apropósilos por 



qii 

: 



SU diversa figura, pero en cuja forma se había in- 
troducido alguna novedad. Desde entonces quedó 
campo abierto á los especuladores para prescribir a 
renovaeiun de cuantos objetos son necesarios á la 
vida, y á esa combinación del ínteres se la llamó 
«loria, cuya suprema ley es la de no tener ninguna 
para arreglar sus caprichos, y cuyos decretos acata 
la generalidad, creyéndose favorecida cuando \ívc 
sometida ,í la mas tiránica esclavitud. 

Ni papel habría bastante, ni tiempo en la vida de 
quien mayor ancianidad alcanzase, para recapitular 
todas las ridiculeces, exageraciones y absurdos que 
se han prescrito por la moda, y que se han seguido 
fielmente por sus servidores: el erizan ensuciando la 
cabeza con sus polvos y su sebo, los tontillos encer- 
rando á las mujeres dentro de máquinas de carlon y 
ballena, y Las basquinas descubriendo todas sus 
formas con no poca deshonestidad, no son sin em- 
bargo las modas mas notables por su exageraeiou y 
ridículo que pudieran citarse. 

Las que ahora vivimos contemplamos en su ver- 
dadero punlii de vista semejantes disfraces, pero nn 
uieitus tiiyas que las gentes que los usaron, nos 
persuadimos de que hemos alcanzado nosotras el ti- 
po verdadero Je lo bello, y la perfección en su gra- 
do máximo: ¡locura y ceguedad! Nuestras chaque- 
tas y nuestros chalecos, nuestros peinados j todos 
los demás atavíos de nuestros trages, parecerán á los 
que nos sucedan lo que nos parecen ahora las bas- 
quinas y los dispenses, los tontillos y los erizones: 
¿no calificamos nosotras mismas de ridiculo lo que 
hace poco nos parecía precioso El adorno que hace 
dos año-i parecía realzar tanto labellcza de una mujer 
¿no diriamos ahora que la afeaba? ¿y puede ser esto 
exacto? Sostener tan eotiliadielorias proposiciones 






qu< 

bel! 
ye 
«c 
lo 

* 

Cl 

ni 



en tan curio espacio de tiempo, y dar á una misma 
cosa (an opuestas eoiisccu-uctas, ;rm es cl colmo 
del absurdo? ¿Tan accidenta es la verdadera belleza 
que tan espuesta se halla y por ¡lequeiiecea Liles ¡i 
imbiostau estíranos? 'Ah? no por cierto; lo bello eí 
icllo siempre; pero ¡a bello es sencillo, es natural, 
esos cambios tan opuestas que produce la moda 
son hijos d« que sus atavíos son en si mismos ridícu- 
los y exagerados, sirviendo solo para ocultar la v lt- 
dadera belleza; la novedad encubre su exagera- 
ción, pero asi ¿no l¡¡ risla se acost umbra se notan 
1 odas las imperfeccione», y eslees el gran secreto, 
ron que los inventores ile todos esos disfraces des- 
li^urau á ka que se h all a n. aael* w« d« a sus ca- 
prichos. 

Cuántas jóvenes hermosas dejan de serlo ron 
ese cúmulo de adornos con que se desfigura su ver- 
dadera belleza; cuántas enfermedades se adquieren 
con esas opresiones ron que prensan su cuerpo! 

V lejos de conseguir el fin que se proponen, cuan- 
to mas esclavas son de esa á quien llaman voluble 
deidad mas so apartan de su propio deseo; pues la 
belleza se afea, y tas gentes retiran su afecto de la 
que solamente se ocupa de sus adornos. 

Estas son las cOnseciicnrias precisas de ese veri i- 
go por seguir la moda que se apodera de algunas po- 
bres jóvenes; ¿tii como podía ser otra cosa? ¿como una 
pasión que degenera en virio, v rovo frivolo objeto la 
hace tan despreciable, había de obtener cl mismo re- 
sultado que |¡i modestia y la sencillez, cualidades que 
bastan para hacer distinguida á la que las posee? 

Aun podíamos decir mucha mas sobre este asun- 
to, aun podíamos llenar murtas páginas combatien- 
do esa loca manía; pero concluiremos haciendo úni- 
camente observar á nuestras lectoras que los ciegos 
Secnar.es de la moda, en medio de SU vanidad, no 
-mi otra cosa que, unos subordinados servidores de 
algún dibujante de buhardilla de Voris, y del primer 
sastre que en un momento de buen humor discurrió 
un nuevo disfraz; precipitándose en misera esclavi- 
lud, en una roina cierta y que ni aun inspira eompa- 

Isiun, Kíla es la moda. 
¿Quién que reflexione y quiera conservar su dig- 
nidad seguirá siendo su esclavo; 



! 

í 

! 



■-»»*« vi*** 



El Preeurmr eu el número del miércoles -21 de- 
dica su primer articulo á la defensa de la mujer, y 
Iwn noble franqueza confiesa que si la mujer se ha 
desviado del camino que debía seguir no es suya lo- 



da la culpa, sino del seio fuerte, que en vez de pro- 
tejerla y dirigirla solo lia procurado humillarla y es- 
clavizarla. M»s de una vez hemos manifestado nos- 
otras esto mismo r*u oue&lra pobre publicación, y se 
bao calificado "nuestros articulo* de rsagerados é in- 
exactos; celebramos por lanío que en un periódico 
dirigido y redactado por hombres, pero por hombres 
que profesan tan notable imparcialidad, se sostenga 
lo que iujíiiLi.ih hcinr» sentado, si hint estribamos 
seguras ¡i! comenzar nuestras laicas Je que llegaría 
osle caso, pues la justicia triunfa al fin, y nosotras 
no dudábamos de bailar nombra que volviesen por 
nuestra causa, si lográbamos llamar su atención, y 
que se apercibiesen de su injusticia. 

El Preeunw bi lomado sobre si una justa y no 
ble defensa: el Precursor hallará la recompensa en 
la satisfacción qoe. siempre dejan las buenas acrio- 
lles, v en la gratitud del sexo débil, de que le ase- 
guran ios redai'toras del periódico ím Mujer, único 
órgano reconocido que cuenta en la prensa española 
nuestro seso, el ciiílt seguirá contribu Vendo con sus 
escasas fuerais, [tero eon su firme voluntad, á la no- 
ble empresa del Prttuttar. 



ANGÉLICA. 

i. 

Declinaba ya el din 17 de octubre de 1430. Los 
últimos rayos del sol, queso iba hundiendo por gra- 
dos en el ocaso, duraba los altos campanarios y los 
tejados dn Jas casas de Choisy, sobre ílOise. rielan- 
do eu (as movibles ondas del río y comunicando al 
ambiente un resplandor rojizo. 

£1 cloro ni u I del cielo estaba matizado por vapo- 
rosas v sonrosadas nubéculas, que formaban capri- 
chosas figuras, La brisa revolaba eu torno llevando 
en SU leves alas los mil perfumes recogidos en las 
magníficos jardines que cercan la ciudad. Parecía 
quo .i aparibilidad de la atmósfera comunicaba una 
dulce satisfacción á los habitantes de Choísy, que re- 
corrían las calles con aire risueño y triunfante. 

Con lodo, al través de esa alegría el observador 
hubiera podido notar cierta inquietud y agitación, 
porque en las calles y en las plazas se veían reunirse 
una infinidad de grupos y hablar enlre sí acalorada. 
mente, lijando sus ansiosas miradas en las bocacalles 
que conducían « la puerta nueva. A la menor corri- 
da se separaban apresuradamente dirigiéndose anhe- 
lantes á la mencionada puerta. 



A medida que las rajos del astro del illa sí amor- 
tiguaban ereeia el Iropcl, y las augustas calles apenas 
daliau cabida á la inmensa muchedumbre que se 
agolpaba cu ellas. He aquí la causa del entusiasmo y 
de la alegría universal. El ejército realista acababa 
de derrotar á ios ingleses, y su gefe, el bravo Mailly, 
iba á entrar triunfante en In ciudad al fcenle de sos 
(ropas. Una mujer, cubierta ron un negro velo, pug- 
naba por abrirse paso entre la multitud. Era alta y 
bella, y ostentaba en sus múdales la dignidad üe una 
reina. Una anciana la seguía con vacilante paso, de- 
mostrando con su anhelosa respiración el caTisaut.ii> 
que la abrumaba. De sez en cuando se detenia para 
lomar aliento, dirigiendo una mirada suplicante á la 
que parecía su señora, que lejos de atenderla redo- 
blaba el paso. Reconocióla la multitud, y formándo- 
se en lila le abrió camino murmurando en vox baja: 

— Es ella, es Angélica, la bella v virtuosa Angé- 
lica, la esposa del vencedor. 

Llegaron por fin ambas á la puerta, en cuyo án- 
gulo se detuvieron para lomar aliento. 

— Dios mió, no puedo mas, decia la vieja ja- 
deante; vos habéis olvidadu sin duda que á los sesen- 
ta años no se tiene tanta ligereza como á los veinte 
y que mis pobres piernas va (laquean. 

— Perdona, Úrsula, contestó la joven con dulzura, 
perdóname Ja incomodidad que Le be causado;' pero 
Eduardo va á llegar, y es preciso que la primera 
persona en quien se lijen SUS miradas sea su esposa. 

Úrsula meneó la cabeza en señal de disgusto y 
dijo con aspereza: 

— Tanto amor y tanta abnegación para quien os 
desdeña! ¡Tantos sacrificios y tantos desvelos consa- 
grados al hombre que teniendo una esposa jiiven y 
bella va a tributar su amor á otras mujeres! 

— Úrsula! gritó Ja joven con dignidad; ¿olvidas 
que el hombre de quien hablas es tu señor y mi es- 
poso? 

— Si no os ultrajase, yo no me propasaría á ca- 
fjficar su conducta. 

— ¿Quién Le lia dado derecho para erigirte en 
juez entre él y yo? Sus faltas son para conmigo; si 
volas lulero y perdono, nadie tiene dorecho á juz- 
garle. 

— Lo tiene, señora, esc ángel que duerme aho- 
ra en la cuna, y que no recibirá probablemente nin- 
gún beso de su padre! 

El pálido semblante de Angélica se coloreó viva- 
mente y una lágrima bañó su mejilla. Úrsula vio 
que acababa de herir la libra mas sensible de su co- 



razón, y alentada con su triunfo repuso: 

— Como vos sois tan buena y tan resignada! 
me hallase yo en vuestra lugar! 

— Yo no te pido consejos. 

Pronunció la joven estas palabras ron un acento 
tan severo, que la vieja meneó la cabeza y calló. 

Angélica era hija del conde de Lulieacli, una de 
las casas mas nobles y de mas lustre ele Choisv. 

Joven, hermosa y de clisada cuna, habi.i visto 
rendidos á sus plantas ;i lodos los caballeros mas ilus- 
tres de su época. Estaba dolada de una alma gene- 
rosa y apasionada y de una imaginación volcánica- 
No obstante, la esmerada educación que habia re- 
cibido, y los severos principios de virtud que su 
madre habia estampado en su corazón desde la mas 
tierna iufancia, la escudaron contra bi violencia de 
sus pasiones. Reunía al par de su esquisifa sensibili- 
dad un carácter elevado, una ciicanlpidora modestia 
y esa inalterable dulzura que es el ornamento mas 
bello de su sexo. ¿Cómo era posible empero que su 
tierno corazón no sufriese el yugo del amor? Angélica 
por desgracia amó; pero colocó su afecto en un hom- 
bre cuya elevada posición la hacia imposible unirse 
á él con eternos y santos lazos. Este hombre era el 
presunto rey, era Carlos Vil. Durante su proscrip- 
ción el infeliz monarca habia hallado un asilo en el 
palacio de Loheach, y aunque el anciano padre de 
Angélica sabia que esponia la cabeza al darle un asi- 
lo, no quiso dejar sin amparu al hijo de su rey. An- 
gélica ignoraba el nombre de su ilustre huésped, v 
solo sabía que era un infeliz proscrito á quien ame- 
nazaba la venganza de encarnízadus enemigos. La 
pobre niña le amó porque le vio perseguido y sin 
consuelo, y cuando mas tarde supo que el proscrito 
llegaría á ser rey, conociendo los males que podía 
acarrearla esla pasión, tuvo bastante firmeza de a¡- 
ma para sofocar su amor y dar la mano á Eduardo 
de Mailly, que la habia pedido por esposa. Asi qn¿ 
hubo pronunciado el juramento de pertenecerle, co- 
noció las sagradas obligaciones que se había impues- 
to y se prometió á si misma no fallar jamás á ellas. 
Durante un año su vida fué sí no feliz á lo menos 
tranquila. Su esposo le profesaba un sinceru cariño, y 
ella procuraba corresponderie con toda la ternura de 
su alma. La fala! belleza y el ciego odio de una mu- 
jer malvada vino á robarle Codo su porvenir y sus 
esperanzas de felicidad. 

(Si continuará. , 

Angclu Gr*>*l- 







TIEMPOS PASADOS Y TIEMPOS PRESENTES. 

3, mi qurriSn uir.taa Alaria. 

Hemeaqttí, mi querida, nú buena amiga, escri- 
biendo también para l,i MujiT. y I» que es mas raro 
aun, dirigiéndole Ó (i por medio de un periódico: 
no té alarmes di- la publh id, id que voy a dar A mis 
desahogos; lo que pienso escribir [<a puede leer lodo 
el inundo, y hasta creo que está en su interés el sa- 
berlo; y si me equivoco, si a nadie nías que á li pile- 
de interesar, r.tzon de irías para que no le asuste, la 
manera que adopto para cOIlferenc.iar cantiga, [Hits 
todo el mundo saltara mis escritos sin detenerse en 
ellos un solo momento. 

Hay también otro motivo que me na decidido i 
escribirte. Me has dicho iiiunilas veres que desde que 
nos Separamos conoces que, liav en tu corazón un 
gran vario que no te es dado llenar con nada, y que 
solo volviendo á lu laitu le pudrías considerar tan 
feliz como lo fuiste en algún tiempo, Pues bien; \ o. 
que iiij- intereso en 1u felicidad (anlu ó tal vez unís 

lü misma, me he figurado que coi» mis cartas, 
va que me es imposible reunir me ¡i ti, conseguiré si 
no hacer desaparecer enteramente ese vacío, contri- 
buir. -i que te parezca mas llevadero, Por oiro lado, 
¿no voy también ;i hacerme un favor á mí misma? 
Tus recuerdos son los mios., y al traer á l« memoria 
losaiins que hemos pasado juntas mi corazón se di- 
latará de la misma manera que el luyo. 

¿Te acuerdas de los doce añns que pasamos en 
el colegio? ¡Te acuerdas del primer día que nos ha- 
blamos? Tá tenias entonces doce años, y yo estaba 
prójima, á cumplir los catorce; áulica olvidaré el 
primer día irue pasé en el colegio. Papá y mamá fue- 
ron a llevarme á é!. La directora salid á recibirnos, 
y después de mil recomen daciones hechas á esta por 
mamá, me colgué de su cuello y empecé á llorar 
como sí no debiera volverla a ver. Mamá lloraba 
lambicn, aunque por distinta razón, pues mientras 
que mis lágrimas las producía el lémur que me in- 
fundí'! ul aspecto severo y grave de! colegio, tos su- 
yas so desprendieron tan solo por un esc eso de cari- 
Do. Todo aquello era demasiado natural y sencillo 
para afligirse. Me dio un último abrazo, y esforzán- 
dose por sonreír me esclamó: — «Vamos, no seas tun- 
ta; aquí estarás tan querida enmo en casa, porque 
esta señora [la dírectoraj será tu segunda mamá. Yo 
vendré á abrazarle de vez en cuandu, y s¡ quieres 
reunirle á mí pronto, en lu roano esta, el conseguirlo; 



sé aplicada, y (ti aplicación te llevará, luego á mi la- 
do.» Mamá se rrliró, v la directora lomándome de 
la mano me llevó aí jardín, en donde eílftbaís vos- 
otras a pro verba O'! iios de la hora de recreo. Aun sen- 
fia mis mejillas humedecidas por el llanto y todos 
mi» miembros ¿f afilaban cuflTuláivnmcnle. Se di- 
rigió 1 ñ (i, y esrtiinió con nn acento de la mayor dul- 
zura: — ¿Safio-rita Muría, nqul tiene V. una nueva 
compañera de colegio , que desde este momento 
quiero que se Dante hermana de V., pues creo qOn 
existe la mayor afinidad entre el corazón de V. y el 
de esta señorita, á juzgar por la csterioridad. ¥ us- 
tedes tocto,, hermosas niñas, concluyó dirigiéndose 
al resto de las colegialas, cuidarán de que la seño- 
rita Enriqueta vea en ustedes bien pronto unas bue- 
nas compañeras y amigas.» Yo estaba asustada; no 
sabia lu que luí' pasaba, v durante el discurso de la 
directora, de aquella licnuosj! y noble mujer á quien 
como vosotras quise tanto después, no bahía aban- 
donado su mano, procurando ocultarme entre los 
pliegues de sti vestido. Cuando después de haberme 
besado en la frente y dádomc una palmadilti en ej 
homhm.se alejó dejándome enlrc vosotras, que me 
cercasteis con» si se tratara de ver una cosa rara, 
me pareció que era demasiado cruel conmigo, y tu- 
ve impulsos de correr tras ella: poro tú, la finirá tal 
vez que había compadecido y apreciado mi cortedad, 
evitaste mi fuga tomándome del brazo y llevándome 
fiácin unos bancos de piedra que habia á corla dis- 
tancia. Allí me dijiste sonriendo dulcemente: — »Ea, 
señorita, venid ü lomar parle en nuestros juegos; 
no nos bagáis creer que nos juzgáis indignas de al- 
ternar con vi>*. Estas palahras me llegaron al co- 
razón, y temiendo que sucediera en efecto lo que tú 
me acababas de decir, se verificó en mí tal reacción 
que mi corazón se ensanchó y sentí retirarse mis lá- 
grimas. El temor de parecer mas necia ú orgullos,! 
me hizo olvidar el que me produjera el aspecto del 
colegio, y concluí por mezclarme entre vosotras y 
gozar de vuestros juegos, como si lo tuviese por cos- 
tumbre y os conociera de largos años atrás. 

Aquel primer día que pasé entre vosotras bastó 
para disipar basta el último vislumbre de temor que 
mis curtos años habían infundí do á mi corazón, Des- 
Je el siguiente empezó mi educación, y diéroiinie á 
ti por compañera é instructora, pues aunque mas 
joven que yo te hallabas dos veces mas adelantada 
.i cansa del mayor tiempo que contabas de Colegio, 
y de lo bien que le Jtabias aprovechado. Una noble 
emulación se apoderó de mí, y como tú me lias di- 



rtio después infinitas veces, muy pocos meses me 
bastaron para ponerme a! nivel tuyo; luego que hu- 
bo esta igualdad en nuestra capacidad ceso tu direc- 
ción* pero el carino que ya nos profesábamos hizo 
que fuésemos las compañeras inseparables. Tus gus- 
tos eran lo» míos, unas mismas nuestras ideas, y no 
nos ocultábamos la menor cosa. Esta conduela sa- 
bes que diÓ lugar á algunas envidras, qne nosotras 
conseguimos ahogar á tiempo, mostrándonos mas 
benignas y cariñosas que nunca con aquellas que 
creían ver poca franqueza en nuestra conducta. 
■'Se continuará.; 

Enriqueta, 



A continuación insertamos la prosecución de la i 
aventura ocurrida al padre de una suscritora nues- 
tra, que dejamos pendiente en nuestros números 
anteriores. 

Apenas desapareció María uno de los criados que 
se presentaron abrió una puerta que ponía en comu- 
nicación la pieza en que se hallaban con otra que 
daba á laque liabia de servir de dormitorio, y am- 
bos se preparaban á prestar sus servicios al doctor; 
mas este, que deseaba quedarse solo, los despidió, 
conformándose con que únicamente quedasen en la ' 
habitación anterior para estar prontos á su llama- 
miento. 

Solo ya nuestro médico, según deseaba, no pu- 
do escusarse de reconocer aquel vasto gabinete, que 
ciertamente correspondía al resto del palacio por su 
suntuosidad, si bien los muebles que en él liabia no 
correspondían en manera alguna al uso de una da- 
ma. Una mesa ovalada de ébano con embutidos de 
nácar ocupaba el centro de la habitación; en ella se 
veía una magnifica escribanía de plata, de tan bella 
forma como esmerado trabajo, un pupitre de palo de 
rosa con cartera de terciopelo; un sillón que aunque 
antiguo desluciría al del mas opulento capitalista, 
se veia también colocado delante de la mesa; uua es- 
tantería de la misma madera que la mesa cubría las 
paredes, y en ella halló el médico las obras mas ra- 
ras de historia y ciencias en diverso» idiomas, algu- 
nas de las cuales se consideran perdidas y apenas se 
conserva de ellas otra cosa mas que la noticia de qne 
existieron; para que nada faltase, algunos estantes 
contenían máquinas de física, estuches de matemá- 
ticas, raros ejemplares de mineralogía y todo cuan- 
to al profundo estudio de las ciencias es necesario. 
Una péndola real, algunos sillones antiguos también 



pero de grao lujo, una lámpara de bronce dorado 
pendiente de la bóveda, y la rica alfombra que tapi- 
zaba el suelo, componían el mueblagede esta habí- 
taciou, que se hallaba templada por una chimenea 
con repisa y cornisas de jaspe, colocada frente de la 
mesa. 

No admiró ya á nuestro médico aquel lujo y 
aquella riqueza después Je lo que había visto en las 
demás habitaciones de aquel edificio subterráneo: 
pero qué giro tan diferente tomó su meditación' 
¿Eran loa moradores de aquella misteriosa vivienda 
descendientes d« alguu rey desheredado? ¿Eran aca- 
so sabios que abandonaron el mundo para entregar- 
se al estudio de las ciencias? ¿Quién socavó con lan- 
ío misterio aquel vasto palacio en las entrañas de Ja 
roca sin que se llegasen á traslucir sus trabajos? 
¿quién aglomeró allí tantas riquezas? ¿quién fué re- 
cogiendo síglo por siglo y conservando con tanto 
cuidado las obras mas escogidas de todas las cien- 
cias? Oh! la mente del doctor se atormentaba en va- 
no; la clave de aquel misterio no estaba á su alcan- 
ce, y preciso le era esperar á que quisieran iniciarle 
en tales secretos para conocerlos; ni su talento pro- 
fundo ni su penetración eran suficientes para con- 
seguirlo. 

Cansado de discurrir inútilmente, y para repo- 
nerse de la fatiga que el viaje le había producido y 
poder asistir a la anciana enferma, determinó acos- 
tarse algún rato, pasando para ello al dormitorio, 
cuyo lujo no 1c admiró pur haberse acostumbrado va 
á verlo en todas tas habitaciones de aquel edificio, y 
en el cual halló además del lecho todo lo necesario 
al uso del tocador del hombre mas esmerado. 



— > J >*>">0- v OO-C 1 * o— 



UN MES EN LA ALDEA. 



[CtMíTOnJA.) 

Pero la esposa necesitaba interrogar al médico, 
porque aquel silencio era terrible, era desgarrador: 
asi pues clavó su triste mirada en él, que tenia una 
mano del enfermo entre las suyas, y parecía recon- 
centrar en aquel objeto todos su pensamientos. 

— Ya vuelve en sí, esclamó con acento de pro- 
fundo dolor; no ha sido nada, nada, señora, un pe- 
queño desmayo producido por ese esfuerzo que ha 
hecho para referirnos la historia de ese amor que 
siempre os ha profesado, al que debe su elevación. 

— V su muerte! repitió dos veces tristemente 
Ida. 

—Este desmayo, continuó el médico como si no 
hubiera oido esta frase desgarradora, le pudiéramos 






B 






haber evitado; poro insisto en mi idea predominante, 
«1 espíritu necesita reposo iti casos como este. 

l¡l.i le interrumpió, 

—Decidme, doctor, ¿podréis salvarle? 

— Señora, él lo ha dicho, su curación seria un 
milagro, «le milagro puede suceder; mnliemos ¡en 
la bondad suprema: que no vea yo que el dolor os 
abale; la WMWf de un béroc tiene que ser en estos 
iustaptes de prueba diaria de el. 

Ah! sin embargo, en estos momentos cu que el 
médico conoce su nulidad, ¡uh! ctiáiito sufre el co- 
raron del hombre! lisiar al lado del lecho del mejor 
de los amigos, del mas auiaiiie de los esposos, y del 
mas rjrifioMt de tos padres; verle morir y solo poder 
llorar: ;qud triste es. Dios mió, nuetlra misino! El 
hniiilire en casos como este qué puede harer.' llorar 
su insuficiencia; el médico que es lo que linee? ob- 
servar y ayudar la naturaleza; ahí csiá todo su poder, 
lisera humanidad, que vuelves á ser con lauta fari- 
liilad u» ¡mro de polvo, y r Ui olvidas y no piensas en 
esta verdad lodos los instantes de tu vida, para que 
la Justicia fuera el norte de lodos tus pensamientos, 
y l.i esperanza de la suprema felicidad. El hombre 
todo cree comprenderlo; a su ingenio cree que nada 
mi resiste y sin embargo siempre le sucede lo que al 
médico cuando ni lado de la cama de un moribundo 
responde á l.i voz de su conciencia: nada ps, dice 
con acento desconsolador, la práctica y la ciencia 
ruando el dedo de la muerte se imprime en la freiile 
de los murtales. 

Pedr«i en el intervalo en que estas ideas llenas de 
verdad habían ¿rotado por la mentí.' «le nuestro dor- 
lor, abrió sus lánguido* ojos \ los clavo au el ;iii-i-l 
consolador que tanto aroaba. 

— Oh! Ida, lila! esrlamó: el momento de nues- 
tra momentánea separación se aproxima, porque 
confio en qne Dios nos volverá á reunir en el cielo. 
¿Donde está, mí querida Ida. mi hijo, raí pobre hi- 
jo? Que vea yo otra vez su rostro encantador. 

Ida sumamente angustiada alzó en sos brazos al 
pequeño Carlos, y Oíd amó entre sollozos: 

— i'i.de, hijo querido, su bendición al mejor de 
los hombres. 

— Si, dijo Pedro, el padre haredur ese ucliará mi 
súplica y su bondad suprema derramrá sus ricos do- 
nes de felicidad sobre eslainle.resaulecríaturaiCoan- 
la angustia ¡denlo al dejaros! Perdón, Dios mió, los 
t\iao Umlol en este momento supremo, que solo de- 
bía, pensar en li, un poder irresistible, me une á Ja 
tierra. ¡Gli! si. siento dejaros tan proto, y después 
soy aun tan joven, y luego mi hijo, no podré con- 
templar su sonrisa encantadora,. Éstas ideas ruanlo 
me alonueuUUK ven tú Li minea, hermana querida; 
ven Luisa; formad á mi hijo un grupo: asi llevaré 
de esle mundo la idea consolador» de que este grupo 
que formáis al lado del lecho del moribundo t»as de 
lina vez le verán sobre mi losa, decidme que cuuser- 
v.u'-is hasta la muerte la memuria del amor que os 
pvofesab»; si, estoy seboro, \\ una sonrisa ó mas bien 



el ultimo destello de felicidad se asomó á lúa lábil 
de Pedro), estoy seguro que iréis á derramar llorej 

v lágrimas sobre la tumba del soldado qsj i e3r 

claro de sus juramentos. Pero no, esposa" a do rada, 
no, hermana mía. ¡y Pedro leí pedia sus manos y las 
oprimía cuanto su debilidad té permitía), no lloréis, 
pensad solamente en que llegará una hora feliz en 
que Dios nos reunirá para toda una eternidad. 

Después clavó en Ida su. mirada, quepneoá poco se 
esliuguin, oprimió cuanto nujo su ¡nano, i como, si 
una idea terrible viniera á aglomerarse á su fatigada 
imaginación para hacer mas amarga si agonía, con- 
tinuó como delirante, abandonando por última m-z 
aquellas manos (an queridas: 

— Ida es luí j6vcn! es lan hermosa' quien sabe, 
me olvidara,... pensará en que nari en una cabana, 
que era un pobre aldeano y ella una ilustre señora: 
se ruborízala cuando recuerde que entregó su no- 
ble mano á un oscuro hijo del pueblo; pero no, no 
le ruborices, porque mi corazón era mas grande que 
el de los mas ilitslres semires do 1¡i tierra, y dtáplies 
el amor no vence todos los obstáculos é iguala todas 
las criaturas, porque el corazón esjieriiuenta las mis- 
mas sensaciones? Pero nu, do, ella no me amaba; ano 
la veo con su blanca corona, con su rostro de ángel; 
va le da la mano; va á ser la esposa de ese hombre 
joven y noble como ella; no, no lo será porque Pedro 
está aquí. Pedro eme inspirado por su amor lia suble- 
vado lodo un pueblo, del que él se, liará gefe. ,,IJue 
le importa que la causa que él defiende sen o tío jus- 
ta? Yo la amo, y para poder vivir necesito su pose- 
sión, ;Quc hermosa es! Decid, señor Aldo-fío, decid 
al marqués las condiciones que ponéis á su casamien- 
to... Va se adelanta con su aspeólo majestuoso... 
cómo tiemblo:.,, si querrá ser nuestro geüe... sides- 
Iruirñ mis proyectos,.. Si él rebasa jo ocuparé ese 
puesto, quo al señor De no le permite desempeñar el 
peso de los años. Pero no, pierde rf color... qué e« 
iu que dice? Nadie respire; ya lo oigo: «Antes que 
Ida la patria, antes que el amor ql deber»; pero ;oh 
desesperación! qué noble es su actitud! el fuego del 
entusiasmo eslá impreso en SU mitro varonil; ella 
cu este momento le amará mas que nunca: olí! SÍ, 
tengo envidia, tengo celos, porque boy, lo veo, se 
aman mas que minea. 

Si •■iHitiiuiaru. . 

Illilltl. dcFtrrapl. 

Suplicamos ú nuestros corresponsales de provin- 
, ¡as se sirvan remitirnos las cantidades que existan 
en su poder, importe de bis suserioiones ú nuestra 
periódico. 

»+**« » H MH - 



MADBID, 1852. 

Impremí» «le tloa J»»é Trnjnin, Iiljo, 

Galle de Maria Cristina, número ü. 






Aña I, 



Domingo 8 de Febrero de 1832. 



28. 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 



escrito por uua sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Este periódico sale todos los domingos; se suscribe en Muir id en la* librerías de Humee j de Cuesta, í ir*, al mes; j en prfTj*- 
ius 10 is, par dos meses franco di- potte, reinitien iniualibrama a favo* át nuestra impresor, o sellos de franquea. 



Toda España sabe ya el inaudito y horroroso 
crimen perpetrado en la persono de nuestra joven y 
adorada Reina; linios los. españoles buce dias que 
esperimi'jitari el mas acerbo dolor y la mas profunda 
indignación por el ominoso alentado de que lia sido 
victima inocente la magnánima Isabel, la generosa y 
caritativa Reina que tañías lágrimas ha enjugado y 
tantas miserias lia socorrido con el inagotable tesoro 
de su piedad. 

Kosotras unimos nuestras lágrimas á las de todo 
su pueblo, y fervorosas preces se desprenden diaria- 
mente de nuestros labios al Dios de las misericor- 
dias, pidiéndole por el pronto y feliz restablecimien- 
to de su preciosa salud. 



A S. M- LA REINA. 

Ea medio de ía consternación general e! alma 
respira al saber que bien pronto podrá el mas aman- 
ie y mas generoso de los pueblos saludar con lágri- j 
mas de entusiasmo á su inocente idolatrada Reina. 
Si un insensato quiso empañar con sangre una 
hoja de nuestra historia, las lágrimas que derraman 
lodos los españoles la borran. 

España, nación de héroes, narion de almas ge- 
nerosas, rechaza los monstruos abortos de la natu- 
raleza., Nosotras, Señora, que comprendemos !o sa- 
I grado de nuestra misión, nosotras que formamos e[ 
corazón de nuestros hijos, la primera máxima que in- 
culcaremos en sus tiernas nlntas será el amor y p\ 
respeto al trono. 
Vo que mas de una vez he tenido ocasión de po- 
der admidar los maternales rasgos de la mas gene- 
rosa de las reinas, uno mi humilde voz á la de to- 
dos los españoles, para que pronto el Todopoderoso 
nos conceda verla feliz y restablecida entre su leal 

pueblo. 

\ni¡tl!íi II. tic Ferritnl. 



ODA 

iCómo espr sar pudiera 
La indignación que brota el pecho mió!!... 
Muera el infame, muera. 
Que en la tierna cordera 
Clavó sañudo su puñal impío. 

Genio del bien, ¿dú estabas 
One en Isabel tus alas no estendiste? 
¿En qué, genio, pensabas? 
¿Su inocencia mirabas 

Y por guarda bastante la tuviste? 
¿Donde, donde dejaste, 

León de España, la robusta garra? 
¿Por qué no la sacaste, 

Y esa mano arrancaste 

Que el frió acero sin temblar agarra? 

Piedad, piedad, ¿qué hacias 
Que el duro corazón no convertiste? 
Maa jay! que tú querías, 

Y en sus entrañas frías 
Que prendiera tu Huma no pudiste? 

¡Olí demonio salido 
De los quemados senos del infierno' 
¡Oh tigre revestido 
Con el sacro vestido 
De los ministros del Señor Eterno^ 

¿Quién te puso en las manos 
El agudo puñal de los traidores? 
¡Kn pecho; castellanos 
Pensamientos villanos! 1!... 
¡Aj! que el áspid se oculta entre las flores! 

Y lú, Reina querida, 




2 



lie de (u propio dañóle olvidaste, 
Como Reina, ofendida. 
Coma mujer, heridag" 
Que eras madre Luí sota recordaste. 

Odio eterno jpttemo» 
Al que ha usado Tnanebar nuestros laureles; 

Y mostrar procuremos 
Que nosotros sabemos 

Ser hermanos, ser libres y ser Geles. 

;Y quién podrá no amarte. 
Benéfica mujer, Reina clemente! 
;Cómo podré mostrarte 
Una mínima parte 
Del entusiasmo que tu pueblo lie a le! 

Oh) si: Reina, te adora. 
Hace sinceros votos por tu vida, 

V en su perhu atesora 
Tanta lealtad, Señora, 

Cuino le inspira horror el regicida. 

Ángela Slortjon de Mana. 



Improvisaciía, 

El sexo femenino es aprcciable 
Aun ctiamlo se le tiene obscurecida; 
También tiene el talento mas notable 
Que cualquiera varan esclarecido: 
Nada tema de estado deplorable. 
Porque su ilustre genio roñando 
Ha de elevar & la eminente esfera 
El mérito y ia fé maj verdadera. 

Mujeres, escribid; que sin cuidado 
Se podrán publicar vuestros papeles: 
Sea el varón valiente y ¡denodado 
V consiga en la guerra los laureles; 
Mientras que el bello sexo enajenado 
En la pluma, el papel y ios pinceles, 
Traía sus caracteres á porfia 
Con labores, ingenio y poesía, 

■ ••i npE» iIp Slnnj-.lllljiri'" . 

María Francisca Díaz Carralera, 

Esta improvisación que la Ciega de Manzanares 
hizo al enterarse del espíritu de nuestro humilde pe- 
riódico, de las dificultades inmensas que liemos le- 
uido y leñemos que vencer á fui de llevar á cabo 
nuestra empresa, es una prueba nada equivalía de 
que esta mujer singular ha nacida poetisa,}- poetisa 
de inspiración. Bien es verdad que podrán (adiarse 



de prosaicos algunos de los versos de las das «frof*i 
precedentes, pero no dejaria de ser demasiado cia- 
fctrnén y rfjTBfusa si-mejanle itrftfen, porque es nece- 
sario leaer en ciieüli que enr la improvisación no 
caben «or reciáme*' e*e> MVgir» gejiero, y que no es> 
lo mismo hablar en verso endecasfíilio en presencia 
de ujki reunión de personas mas fí menos numerosa, 
que concebir el pian de una composición, escribirla 
y limarla y relimarla en el retiro de iyj gabinete, 
donde la tranquilidad i el silencio dan paso libre á 
la suLlime inspiración que inDama á ia Diente crea- 
dora. Por otra parte hablamos de una ciega, de UDA 
mujer desgraciada que no ha ronocido la luz ni lo* 
calores, facundos manantiales de brillantes inspira- 
ciones. ¿V |Kir que rio hemos dé ser ÍDiilllgenles pa- 
ra diaiuiuhir I us pequeños defectos que podamos en- 
contrar en las iniproi isaciunes de una criatura infe- 
liz á quien falla uno de los sentidos instructivos, el 
mas esencial sin disputa para la poesía de sentimien- 
to? ¿Y por qué, decimos ahora, por qué no hemos 
de ser justicieros concediendo un mérito relevante á 
la Ciega de Manzanares;' En medio de su prosaísmo 
defecto que uu depende de ella, sino de otras cir- 
cunstancias que no es fácil enumerar sin descender 
a detalles biográficos) se encuentran versos robustos 
y fluidos, v que no dan lugar á censura en punto a 
la verdadera locución poética; vuélvanse a leer los 
cuatro últimos versos de la primera estrofa y los sei* 
de la segunda. 

También es necesario tener presente otra cosa 
que ba iufluido de una manera directa en el incom- 
pleto desarrollo del ingenio de esla mujer, y es que 
su posición particular no le permite tener a su lado 
una persona que le leyera nuestros mejores poetas, 
en los que pudiera adquirir una vasta instrucción j 
depurar el ¡justo lineo. 

r o 

A pesar de todo la ciega de nacimiento que ha 
podido aprender la lengua de Tito LiiTo hasta ei 
punto de hablarla con la mayor pureza y elegancia, 
que careciendo de reglas poéticas improvisa de una 
manera que asombra, que par su situación pobre v 
desventajosa no tiene quien le lea ni nuestra histo- 
ria, ni nuestros buenos prosistas y poetas, es digna 
de nuestros elogios, de i]ucla dediquemos esta breve 
página de compasión, de amor y de respeto. Y dué- 
lenos en verdad que no haya en nuestro suelo hom- 
bres que tiendan ana mano protectora á esla joven 
desgraciada que bajo una nueva educación tan al- 
tas cosas promete. 

La Ciega de Manzanares es en su improvisación, 



(al vez sin saberlo, del mismo parecer que Zacuto 
Lusitano, Jacubo del Pozo, Gerónimo do Ruscel!¡ 
y de otros muchos autores recomendables, que en 
diferentes obras han querido probar con razones mas 
ó menus sólidas que la mujer esrede con grandes 
ventajas al hombre, apartándose en este punto del de 
Plutarco, que en su libro de Fírlutibus muHtrwn 
asienta la igualdad de los dos sexos: pero nosulras 
usando de la rectitud <• imparcialidad debidas con 
respecto á una cuestión que se ha debatido lauto, es- 
tarnos de acuerdo con el erudito Feijóo, que estable- 
ciendo un perfecto equilibrio entre la mujer y el 
hombre en su discurso titulado Defensa de tas muje- 
res dice: -que no subscribe á los autores que dan 
ventajas a! enlendimíeulo de Las mujeres, salvo qite 
se limiten precisamente á la prenda de prontitud y 

agilidad. 

Cecilia. 

ANGÉLICA. 

'• 

i'PTISl'. ICIOS.) 

Residía entonces en Choisy una ouijer sobrema- 
nera hermosa, ante quien lodos se prosternaban y 
que no encontraba rival mas que en Angélica. 

Ofendió! a, esta superiuriiiad, quiso vengarse y 
procuro herirla en lo nías vivu de su corazón, arre- 
batándola su «poja; Le habló de amor, le fascinó 
con sus dulces palabras c irresistibles miradas, hala- 
go su orgullo y le rindió á sus pies. Como el disru 
de Magdalena, que así se llamaba aquella mujer, era 
vengarse de su rival, exigía de Eduardo en pago de 
su amor que la humillase, y este, enteramente sub- 
yugado por la magia de sus palabras, ejecutaba lo- 
dos sus deseos. La infeliz Angélica recibió muy pron- 
to de su ingrato esposo el mas horrible tratamiento, 
y este se esmeraba én humillarla públicamente por- 
que sabia que cada humillación que imponía á su es- 
posa le valia un halago de la mujer que adoraba. 
Angélica sostuvo este golpe con ánimo igual: procu- 
ró atraer á Eduardo con paciencia y resignación y 
su dulzura no se alteró jamás. 

Lloraba v gemía en se* reUi sin que un suspiro 
saliese de su pecho, ni una lágrima bañase su meji- 
lla delante de testigos. La única reconvención que 
bacía á Eduardo era presentarle bañada en llanto á 
tu tierno hijo, dulce prenda de su unión, y procurar 
que sus ¡ufa miles caricias le recordasen sus deberes 



y le volviesen á la virtuosa senda que en su .stra- 
vio abandonaba. Desconocida, desdeñada, herida es 
lq mas viva de SU corazón, supo ver á su amante 
coronado, al único hombre á quien babia amado j 
á quien tal vez amaba todavía, postrarse ante ella j 
pintarla su amorosa llama, sin que una palabra de 
piedad, ya que no de amor, saliese desús labios. En- 
tre tanto Eduardo siguió eaibriagadu de amor por la 
bella Magdalena, y sacrificando en sus aras su patri- 
monio, su reputación y la mas noble y santa de las 
mujeres. 

En este estado estaban ¡as cosas, cuando la noti- 
cia de que Eduardo iba á entrar triunfante en Choi- 
sy decidió á su esposa ásalirle al encuentro. 

La noche tendía ya su velo sobre ia naturaleza, 
el rayo amarillento de la luna reemplazaba á lus ar- 
dientes del astro de ¡a luz, y la multitud inquieta y 
anhelante deseaba va presenciar el espectáculo que la 
fatua babia ofrecido á su curiosidad. Ya se agitaba 
temerosa de ver frustadas sus esperanzas, cuando él 
sonido ríe lus clarines v el eco de una música militar 
la hizo proriiinpir en gritos y aclamaciones de ale- 
gría. Va se divisa á to lejos el resplandor de las ha- 
chas — ya brillan ¿ su favor los dorados cascos de 
los guerreros y se ven ondular sus negros penachos.. > 
ya se acercan.... ya llegan. 

Los hombres tiran al aire sus sombreros, las mu- 
jeres agitan sus pañuelos, las campanas tocan á vue- 
lo y su aleare tañido se confunde con los vivas de la 
entusiasmada multitud y con ios acordes ecos de la 
marcha triunfal. Todos los jóvenes de la ciudad ha- 
bían salido al encuentro del vencedor y alumbraban 
su camino con hachas de vienlo. 

Montado en un brioso caballo blanco y á la ca- 
beza de las tropas se adelantaba Eduardo de Mailly 
lleno de orgullo. Al verle redoblaron los gritos de 
entusiasmo y las aristocráticas señoras desde sus ven- 
lanas arrojaron sobre él un diluvio de flores. 

Una mujer se abalanza hacia el héroe, detiene sa 
caballo por la brida y se arroja en sus brazos: es 
Angélica. Al mismo tiempo un hermoso ramo de llo- 
res rayo sobre el cuello del caballo. Eduardo levan- 
tó su cabeza y sus miradas se encontraron con las 
celosas miradas de Magdalena, que le imponían una 
urden terrible. El semblante del héroe, que antes 
brillaba radiante de alegría, lomó una espresion se- 
vera. Dudó un breve instante, dirigió en voz baja al- 
gunas palabras á su esposa, y rechazándola con du- 
reza siguió su marcha, Angélica se retira y llora: el 
pueblo murmura indignado al ver tanta iugrulitud y 






-o***-h e h * ' **~ 



dirige despreciativas miradas A Magdalena, que se 
goza orgu liosamente en su triunfo. No obstante, pa- 
sado el primer momento, el pueblo recobra su en- 
tusiasmo, y sus rivas acompañan al Tencedor has- 
ta fas casas eunsistorialcs, donde debe ceñir el lau- 
rel de la virtoria.. 

t)cjfí« allí Eduardo triunfante se dirige al suti- 
080 palacio de Ib encanlailoTa de Cboisy, doode le 
«stá preparado un espléndido banquete. Úrsula tenia 
ratón, Angélica fué olvidada y su tierno hijo no re- 
cibió ni un beso de- su desnaturalizado padre. 

Magdalena le esperaba en lo alto de las gradas i 
de la escalera. El héroe se postra á sus pies, > si ': 
antes la gloria ha eorunnilo sus sienes ahnra el amor 
embriaga su corazón. La bella Magdalena le diü la 
mano para levantarte y le condujo por entre dos lilas 
■te elegantes caballeros, que üuspiraban por elfa de > 
amor, á la sala del banquete, donde le coloró á su 
lado, 

fSt eonridwará.,' 

Se nos ha dirigido para su inserción la siguiente 
podía; 

OWENTAL 

IrtaHCiOA A LA SÍSOHA DOÑA »LASCA í. V. DE FaAS- 
ÜAMH.O. 

fío llores, no, mi cautiva, 
ni así marchites tus ojos, 
acaben ya tus enojas 
j oye piadosa mi amor: 
tierno amor que se atesora 
dentro del pecho inflamado, 
tierno amor que he consagrado 
i In gracia y tu candor. 

Yo leadamo por nii reina, 
por mi diosa, mi señora, 
que eres bella nial la aurora 
embalsamada de azahar; 
y tu Trente no manchada 
y en tus labios la sonrisa 
es mas pura que la brisa 
cuando mece mi almaizar. 

Tú serás, mujer, sultana 
en palacios y jardines 
y cien moros paladines 
morirán, mujer, por tí. 
Y en el duelo más reñido 
sostendré yo tu belleza, 
y no alzaré mi cabeza 
sin que pronuncies un si. 

No llores mas al cristiano 
que á tu amor fuera perjuro, 






que p>ir demás era impuro 

J i'sin maldito de Al lia. 

Jti qué quieres, qué te aqueja, 

nocente mariposa; 

n-n y en mi pecho reposa, 

que tu amor rendido está, 

No lloro, no, mi cristiano 
ni tampoco sus amores, 
que son otros mis dolores 
i es mas duro roí pesar. 
Por mí Dios y por mis padre*, 
por mi virgen adorada, 
por mi patria desgraciada, 
por mi cuna, por mi hogar. 

l\'i ser reina yo ambiciono, 
ni tus justas ni festines, 
ni palacios, ni jardines, 
solo quiero libertad. 

Y volverá do he nacido 

y <>n la noche y la mañana 
respirar la brisa ufana 
de la lri»le soledad. 

Ya tus padres nulos tienes, 
y tu amante te ha olvidado, 
de tu patria yo he triunfado, 
solu te queda tu Dios, 
Adorarlo en este suelo 

ó de mi patria en la orilla 
adorarlo es sin mancilla, 
crucemos el mar los dos. 

V al sentar tu planta lev* 
en La arena abrasadora, 

que del sol el rayo dora, 
renacerá tu ilusión: 
tuyos serán mis palacios 
de la plata y el diamante, 
y el zalir con e! brillante 
incrustan el artesón. 

Y mis moros principales 
te servirán con agrado 
sobre lelas de brocado 

las diademas de rubí. 

Y ornará tu herniosa frente 
de coral la media luna, 

y uo habrá mujer ninguna 
que uo se postre ante tí. 

Reclinada en los divanea 
verás al cielo cual sube 
•le perfumes blanca nube 
diáfana como el cristal. 

Y entre esencias otomía 
que del Arabia han venido 
te adormirás al sonido 

de la música oriental. 

Al dejar tan dulce sueño 
la blanca aurora rosada, 
que por la noche esvelada 



■ 

I 

- 



comenzara a sonreír: 

y el jilguero en la pradera 

cantando irá sus amores, 

Íel capullo di' las flores 
u verás íautbíen abrir. 

Que ya rii su cáliz te ofrece 
il'-l rocío destilado 
dulce gola que lia guardado 
tan fresca como su olor, 

V el torrente cristalino 
que del monte ¿e deMH'ña 
sallando de breña en breña 
con murmurio aterrador, 
en arroyo convertido 
silencioso y placentero, 
te bañara lisonjero 
retratando íti beldad. 

En lanío que yo postrado 
de la noche á la mañana 
tan solu diré, cristiana. 
lio me nía LO tu crueldad. 

í-'no suíerttora. 



TIEMPOS PASADOS Y TIEMPOS PRESLVTES. 

3 i:ii qtfrri&a amiga Jílttriti. 

fCvntinúa. 
En aquella época, mi querida María, toda nues- 
tra Felicidad se fundaba en amarnos como dos her- 
manas y en sobrepujar á las demás condiseípulas en 
la lectura, en Ja escritura, en las labores, en la mú- 
sica y en cnanto nos enseña lian; un premio adjudi- 
cado á nuestra aplicación, una distinción hacia nos- 
otras hecha por la directora nos llenaba de júbilo y 
satisfacción y nos parecía que no había mas allá en 
el mundo. Hermosa edad, ia edad de la inocencia, 
de la pureza, del aislamiento, de la ignorancia de to- 
das las pasiones que el tiempo nos trae después, que 
vienen con los años, con la reflexión, cuando pre- 
cisamente parece que la reflexión v los años debe- 
rían ahuyentarlas..,. ¿De esto qué sabíamos, qué 
comprendíamos nosotras en esos años de que voy 
habando? Nada absolutamente, y porque nada sabía- 
mos ni nada comprendíamos éramos enteramente fe- 
lices y nos conformábamos con mies I ros juegos y 
nuestros triunfos de colegio. Después de esto los li- 
bros eran todos nuestros placeres predilectos, todo 
nuestro entretenimiento; pero no esos libros que es 
tan frecuente hallar en manos de las jóvenes, y cuya 
doctrina no es siempre la mejor para formar sus co- 
razones v perfeccionar sus costumbres. La biblioteca 
del colegio se componía de mas de quinientos volú- 



menes, pero escogidos uno á uno por la directora, 
por aquella cabeza tan bien organizada y que toda 
lp disponía con el mayor lino. Cuan buenas leccio- 
nes aprendimos en aquellas obras maestras de edu- 
cación! Pero nosotras en lo que mas gozábamos era 
en las leyendas y en las novelas, porque naturalmen- 
te decían mas á nuestros corazones. Después que los 
años me han ayudado, después que be podido recor- 
rer otras mil historias, abortos de imaginaciones ex- 
altadas, de doctrinas casi siempre exageradas, es 
ruando be sabido apreciar todo el valor de las no- 
velas que componían nuestra biblioteca, y que sen- 
tadas junto á la directora leíamos alternando tú y JO 
durante las largas veladas de invierno, prerogativa. 
que solo á nosotras era concedida por nuestra ma- 
yor edad y nuestro juicio. Sin duda debíamos for- 
mar un hermoso cuadro las tres; recuerdo que de 
vez en cuando, al llegar ¡i un capítulo que dos en- 
t ¿mecía, soltábamos nuestra labor y prorumpíamos. 
en un llanto prolongado. ¿Te acuerdas, mi querida 
María? ¿lias observado que hov, bien por el übww 
que de esos libros hemos hecho, bien porque la lec- 
tura de las novelas, lo mismo que el afeite y la pre- 
sunción, tiene su época, ú bien por cualquiera otra 
razón que no alcanzo á comprender, esos mismos li- 
bros que tan directamente hablaban á nuestro cora- 
zón, que inundaban de lágrimas nuestros ojos y nos 
f lacia n estremecer de emoción, apenas nos producen 
ningún efecto y que son muy pocos los que pode- 
mos acabar de leer sín cansarnos, sin hastiarnos? A 
raí al menos tal me sucede, sin que por esto preten- 
da decir que no me recreo con ellos, que no los bus- 
co, que no los deseo; lo que trato de probar es que 
han perdido una gran parle de su influjo, de su au- 
toridad; antiguamente ellos nos dominaban, nos ha- 
cían olvidar que debíamos descansar, y boy el me- 
nor rumor que oigamos en derredor nuestro nos ha- 
ce cerrarlos, y si ese rumor no se presenta viene el 
sueno, cierra nuestros ojos y el libro se nos cae de 
las manos. Creo pues, como te he dicho antes, que 
las novelas tienen su época, y que cuando hemos 
rebasado de los treinta aüos si no Jas miramos con 
indiferencia las bojeamos únicamente luego que e| 
fastidio nos abruma. 

Pobre condición humana, sujeta á tantos capri- 
chos! Ah! si fueran solo Jas novelas las que caduca- 
ran! SÍ de las cosas que constituyen nuestros gustos 
solo ellas tuvieran el privilegio de envejecer, toda- 
vía pudríamos darnos por muy contentos y salisfe-i 
chúíl ¿Conservas uno solo de los deseos que eran la 



pesadilla de, núes I ros primeros 'años? -Es probable, 
mas diré, es seguro que no. Todos ellos babean sido 
reemplazados por oíros nuevos, mejores ó peores, 
pero que ni fin no son los misinos. Empezamos de- 
■eando tener veinte años, porque has I a esa edad so- 
mos nada 6 mnr poca fosa, y apenas nos colorarnos 
en elfos empezamos a temer por Ta vída, creemos 
qoe las canas vienen muy de prisa, y quisiéramos 
volver otra vez á aquella época eo que nos parecía 
qoe nunca alcanzaríamos a tener veinte grito*; según 
to despacio que se suredinn y lo grandes que eran 
nuestros, deseos de ser atendidas y solicitadas. ¡Cono- 
tos suspiros nos cuesta después onda año que viví 
mos; cuántas lágrimas rada arruga que advertimos 
en nuestro rostro, cada cana que empieza á despun- 
tar eo donde poro antes; no halda sino negros cabe- 
llos! Pobre condición humana! V Jo mismo que he- 
mos sido nosotros serán Jas generaciones que nos 
■acede», los misinos sus defecto*, los mismos sus 
Achaques! 

Me parece, mi querida amiga, que insensible- 
mente me he ido estniviando del asunto qtlc trataba; 
mas no le hace, las digresiones' están de moda desde 
que se lee á Byron. ¿Qnr mas (time que yo rualfjuif- 
ra ronde? ¿Por qué nu lie de hacer lo mismo que 
hacen los demás, con tanto mas motivo cuanto luí 
vez puedo agradarle así? Vuelvo á mi principal 
asunto, vuelvo á encarrilarme, como diria un sabio 
ae nuestro siglo. 

"Se continuará.] 






ünrliiurle. 



UX MES EEV LA ALDEA. 



(cominea.) 

Pedro permaneció algunos momentos agobiado 
por una fatiga que le quitaba hasta la respiración: 
fioca S poco aquella fatiga terrible se fué calmando: 
peí o el delirio volvió á apoderarse de aquella iinagi- 
■i.il-riü exaltada. 

—No lloréis, pobres madres, porque os arreba- 
to vuestras, hijos, prosiguió: ¡cuan egoísta soy 1 quie- 
ro ser lelii i uu me man padezco de vuestras lágri- 
mas: ras maldecís, tenéis razón, soy el "enio del 
mal de vuestro valle; pero ¿qué me importa que 
vuestros hijos muerun? ¿qué me importa que el pa- 
dre hiera al hijo, y el hermano al hermano? Tiecesi- 



G 

to guerra, y una guerra lerrib!e, poeque necesito 
elevarme sobre vosotros, igiiaarnio á los grandet 
señores; porque amo á una mujer que no puede en 
t regar su mano á un hijo como vosotros del pueblo; 
vosotros seréis los ín§lrn líenlos dóciles «le mi ele- 
v ación: ¿qué un- importa que la guerra os diezme y 
que vuestras madres lloren? V» necesito ser feliz, y 
para serlo muchos di- vosotros tenéis qile morir. Ya 
vuestra sombra ensaiigrclniln me sigue por ludas par- 
tes, pero soy general, y tengo por esposa á la mas 
hermosa de las mujeres: el inundii no ve las sombras 
que me siguen por todas partes y me proclama co- 
mo el héroe de las montanas: ya llega la hora; van á 
abandonaros: la ambición de los que tlasós os hicie- 
ron dejar Vuestras tranquilas chozas está Satis- 
fecha; van á abandonaros; no, no, aquí me tenéis; la 
voz de la conciencia ha sido mas poderosa que el 
amor á Ida: ella me ha dicho: ve á morir entre tu* 
hermanos que quieran romo tú no fallar á sus jura- 
mentos. Va viene Enrique, se sienta a] lado de Ida, 
la recuerda su amor; ella se sonric y le da su mano. 
;Oh desesperación! Pero ahí eslá Carlos, mi puliré 
Carlos, que se interpone entre ello. Oh! le re- 
chazan, es hijo, dicen, de un oscuro aldeano. Re- 
chazan á mi hijo, á mi hermoso Carlos! Ven, hijo 
mío. ve n á b tumliíi con tu desgraciado padre, perú 
no, Ida Je estrecha contra su corazón, [da llora. 
Perdón, esposa querida! (Jigo voces; es que la llaman 
el ángel consolador de Ja montaña. 

Pedro calló; parecía que va no respiraba; el mé- 
dico, que le observaba constantemente, pronuncia 
con vo3 funeral: 

— Señoras, la hora suprema se aproxima. 
Pedro abrió los ojos, y con voz apenas inteligi- 
ble, pronunció: 

— Ida, tu mano, [da, mi hijo. mi.... hijo. 

V espiró: las dos jóvenes cayeron de rodillas «I 
lado del lecho mortuorio, abrazadas; el dolor forma- 
ba de aquellas dos almas una sola. So distante do 
ellas, Carlos dormía en un sillón: la «uní-isa de los 
ángeles calaba impresa en sus labios dé coral; aque- 
lla alma inocente y pura reposaba tranquila a algu- 
nos pasos del cadáver del mejor de los padres. K| 
doctoral contemplar aquel triste é interesante eua> 
dru sintió que las lágrimas humedecían sus «jos. 

, Su ctmímuatiuj ■ 

XHtalLu U. tic l'crruL. 



MADRID, 1852. 

Imprpnfa ilr «Ton done Triijlilo, hijo. 

Calle de Hacia Cristina, número 8. 



Afio I. 



Domingo 15 de Febrero de 1852, 



Núm. 2Í). 



. 






LA MUJER, 



PERIÓDICO 






escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



: 



Este periódico sate loáoslos dominaos; se sustriheen Madrid 
cías 10 rs. pardos me*» tanta di parte, remiliea 'u un > libia ar.a 



en las librerías de Sronier j de Coesta. í 1 r,«. al mes; y en prervn- 
i fjvi.if de noeslro impreso?, ó 5el1(i*>de tranqueo. 

l 



D 

! 

,t, 



Los infinitos errores que lian geniado la mivor 
parle de los hombres al ocuparse de la Índole y cua- 
lidades de nuestro sexo, los defectos que le han 
atribuido y las facultades que tan abiertamente le han 
negado, han sido ya asunto de varios de nuestros ar- 
tículos, en que con alguna energía hemos rechaza- 
do como injuriosas é inexactas esas calificaciones di- 
rigidas á menoscabar la estimación y la dignidad de 
la mujer. Hoy sin embargo no nos ocuparemos de 
esas especies para rebatirlas y poner de manifiesto 
la injusticia de las hombres; ramos solamente á in- 
vestigar los motivos que hayan podido sugerir tan 
falsas ideas en la mente de aquellos que con tanto 
empeño parece lomaron á su cargo la difamación y 
el descrédito de nuestro sexo. 

Por de pronto diremos que semejantes asertos 
no creemos procedan de ignorancia ó falla de conoci- 
miento en la materia, porque además que son muy 
pocos los hombres que no hablen con desprecio del 
talento de la mujer, y hasta con sarcasmo de su vir- 
tud, los que con mas ahinco han propalado sus de-^ 
rectos físicos y morales han sido hombres de conoci- 
do saber, filósofos que fueron pofr su talento la ad- 
miración de su siglo, si bien es verdad que algunos 
de ellos fueron también Ja execración de los siguien- 
tes por sus infernales dogmas. 

Tampoco creemos que la mordacidad contra 
nuestro sexo tenga por origen el desvio que hacia él 
pudieran esperimenlar sus d Ufa madores, porque ca- 
si siempre se observa que los que mas se afanan en 
iüpendíar y zaherir á las mujeres ion por lo gene- 
ral los que tienen mayor inclinación á ellas. Eurípi- 
de§, que las maltrata sin piedad en sus tragedias» 
se dice que las amaba con frenesí: y el mismo Aris- 
tóteles, cuya insolencia Heg6 hasta el eglremo de sos* 



tener que la mujer era un animal defectuoso, un fe- 
nómeno cuya generación era accidental y contraria 
al intento déla naturaleza, que gozaba en publicar 
sus defectos y otros muchos que tuvo á bien atribuirá 
¡e, se dice que amó con delirio á varias mujeres, 
siendo tal la pasión que liego á esperimentar por una 
de ellas, Pylhais, que le quemó inciensos cual si fue- 
se una deidad. 

¿Será tal vez que los hombres hayan creído con- 
veniente ocultará los ojos de la mujer la igualdad 
de ¡os dos sexos, por cuanto pudiera contribuir á 
acrecentar su orgullo y destruir el dominio, la au-t 
toridad de que el hombre se halla revestido respecto 
á nuestro sexo? Mucho nos resistimos á creer seme- 
jauto suposición, porque además de que tales tono- 
res son absolutamente infundados una vez reconoci- 
das en la mujer las mismas cualidades que en el 
hombre, son de muy poca importancia comparativa? 
mente á la grande utilidad que reportaría á nuestro 
sexo la convicción íntima de que no existe inferió-: 
riejad entre su entendimiento y el del hombre, que 
no hay ventaja ninguna de parle del otro sexo. 

En efecto, ¿quién duda que si algunas mujeres 
tupieran esta verdad no conservarían siempre vivo 
en su corazón el sentimiento de la dignidad? ¿Quién 
na ve que si muchas dan fácilmente oído y asenso á 
las propuestas y argumentos de Jos hombres es por- 
que los creen dolados de un conocimiento muv su- 
perior y Llegan á desconfiar de su propio entendi- 
miento':' ¿Quién no convendrá en que ese mismo pn- 
ror es causa muchas veces de que la mujer se rinda. 
porque creyéndose un ser menos noble, menos per- 
fecto, de u;i precio infinitamente mas bajo que el 
hombre, llega quizás á dudar de la ignominia que re- 
cae sobre su frente] 



2 . mt>CI 






Esto presenta no es una medida de precaución 
prudencia lo que obliga á los hombres á establecer 
esa diferencia entre La* cualidades de su si-id y la* 
del nuestro; y en esta caso, nos vamos en la necesi- 
dad de manifestar que nuestro pobre eniendiinieirlo 
no alcanza á descubrir una razón fundada, verdade- 
ra, que justifique la opinión din desventajosa que 
los hombres, contra toda su creencia y convicción 
las inns.de, las vece*, manifiestan en público res- 
pecto* de la condición y do las cualidades de la mu- 
jer. No hay ninguna, repelimos, á menos que crea- 
mos verla en el egoísmo, en la humillación en que 
las hombres creen incurrir concediendo ¡i la mujer 
las mismas cualidades y wriudes, reconociendo .la. 
igualdad que existe entre uno y otro seso, 



, Tenemos Ir mayor satisfacción ow- anunciar á 
nuestras suscrilonis que, según los partes de ioswé» 
Jicos de la real cámara, la herida que S M. é la Rei- 
na recibió el din 2 del corriente se hnlla completa- 
mente cicatrizada, 

Hoy so asegura que ese! din señalado porS, M. 
para visitar el santuario de Nuestra Señora ile Ato- 
cha, 1 si bien se cree que dicho acto no se ierrfipará 
Continuando la crudeza del tiempo, iíc-iv 

Las fiestas reales que se disponen para celebrar 
tanto el natalicio de la Princesa de Asturias como el 
felií. y pronto restablecimiento do nuestra idolatrada 
Reina, ofrecen ser de lo ñas suntuoso y variada. 
Además de los festejos que prepara el cuerpo muni- 
cipal, se han abierto -varias S usen c iones con el 'fin 
de que el dia que S. M. salga por primera vea de su 
palacio sea un din de verdadero júbilo j placer. 

Rafa la noche de ese din hay dispuesta en la plu- 
zade Armas una brillante iluminación pof medio de 
una luz eléctrica, que alumbrará tomó si liwra luz 
del sol; en ta plaza de 'Oriente tendrá lugar oti'a"Vw li 
lasísima iluminación alrededor de la glorieta, que se 
compondrá de cerca de sesenta mil lucos en a-aies de 
«olores y farolitos trasparentes; en la Puerta niel Sol 
sejlevuiila una grande y elevada columna; mas abajo 
del" edificio del Congreso seelevará un ntagnjucoar- 
«otleisesenl pies de altura; *n el Prado isetfsti eri- 
giendo utru monumento; 'el cuartel de los arriiléroi 
representará el alcázar deSígovia; el cuerpo de ín- 
genidn.s lis concluido ya so grandiosooastillo, y '3 de- 
más du ¡as justas, torneos, bailes; banquetes, ilumi- 
naciones, «lu. etc.-, -que ¡se' preparan, se dará una 
-«ayiiílicü serenata á 'S. M. la Reina, para la cual 
se ba abierto una suscriciou en la Corona dtvOro.-- i 



o pallemos rrsíslir al deseo "de dar á conocer i 
nuestras lectoras las magnificas octavas que acaba 
de publicaríti la ¡li&ttat 'i"» ta Un conocida poetisa 
I).* Carolina Coronado. 

A LA MÍINA IJEIÍIÜA PEimONANIM) AL REO- 

OCTAVAS IJienOVISAD.SS, 

Y vuelve baria nosotros lus niñadas, 
Porq ue puedan tornar njaj consoladas 
Las almas lie su pena dolomsa! 
Las -¡¡olas de tu wingre generosa 
Va están con nuestras lágrimas borradas, 

Y si bálsamo fueran nuestras vidas 
Ya comieran Cerradas I nS heridas* 

¡Madre joven del pueblo que le adorn. 
Ven á calmar nuestra ansiedad ardiente, 

Y no Lemas jamás que nadie intente 
A tu rida asestar arma traidora; 
Que uno solo en lisiwñaiuibti. Señora. 
Qw el corazón de regicida aliente , 

Y de haberle cu lu_s reinos abortado 
El infierno quedó .esterilizado. 

-mi i. ppfQ mayor croe su maldad horrenda 

lis tu bondad i oh madre! todavía; 

Calando tn pura Sanéese vertía 

Tú á la piedad la dabas en ofrenda! 

Tema ravos del cielo el que te ofenda, 

Porque tú en la española monarquía. 
' t'.nn Ea virtud que al cielo te levanta, 

r.res aun mas que 'reina, eres ya santa' 

Caro'íÍka Coromahu. 

I- 

(cojiTiKiuoieeí.] 
Jamás Magdalena había estado tan amable v ca- 
riñosa, nunca le babia embriagado como entonces 
con' su- ardientes miradas y voluptuosas sonrisas; 
pero no obstante nUravés de aquel incienso que pa- 
reeja-rendiriiV'jóveofcéroe.roas de una ves erro en 
sus labios orla sonrisa *an:ás!i('.u Mas de una MÍ M 
enuarou miradas de inleliíieneia enlie e!la y el du- 
que tic AlenfDrl, que estaba sentado a su izquierda. 
y n»s de una vez también le dirigió en voz baja pa- 
labras misteriosas que sa perdían entre los li indi* y 



el (¿multo del festín . Eduardo nada veía. Embriagado 
cotí la hechicera sonrisa y la magnética mirada de 
aquella encarnadura sirena, exaltado con los elogios 
que le prodigaban, «adiado por el Champagne y los 
esquísiius manjares, snmido en una voluptuosa at- 
mosfera de placeres, gozaba de la mas suprema fe- 
licidad sin acordarse de la puliré Angélica, á quien 
había despedido con tanta dureza. 

De repente algunos soldados invaden la sala del 
fes Lili. Algunos convidados se sonríen &>n ■iarcasinn, 
fijando 1 11 él una irónica mirada; los demás palide- 
cen. 

Eduardo tiembla sin saber la causa de la sensa- 
ción que le agí la. 

Un oficial se adelanta hacia él y le dice con voz 
breve é imperiosa; 

— Acabo de recibir una orden del soberano para 
llevaros preso hasta Coinpiegne. EiUregadtnc vuestra 
espada y seguidme al instante. 

— Preso yo! yo preso! eselama Eduardo aterra- 
do, y por qué? 

— Lo ignoro; pero la orden es terminante y es 
preciso que me sigáis sin demora, 

Al oir tan crueles palabras Eduardo se entregó á 
U desesperación- Los convidados se miraron unos ¡1 
otros, y arrepentidos ya de haber quemado incienso 
ante ei ídol<> que se desplomaba, tartamudearon algu- 
nos consuelos y salieron uno á uno de la sala. 

Magdalena permaneció allí; pero su acento no 
era tan hechicero como antes, sus miradas habían 
perdido su fascinación y sos consuelos eran sarcás- 
ticos. 

Cuando .el oficial repitió con dureza á Eduardo 
la orden de seguirle, el adiós de Magdalena fué frió 
y. lejos de irLe á despedir basta laa gradas de a esca- 
lera se inclinó desdeñosamente ante él v le dijo <■ ni 
ironía: . ' , 

— Creo que nada tendrá de mab vuestra rausa; 
pero aunque fuese asi, la hermosa Angélica, que lo- 
gró ver á sus píes á Carlos Vil, sabrá valerse de CU 
belleza y alcanzaros el perdón. Ahora veremos el po- 
der de su hermosura. Id con Dios, Eduardo. 

V después de pronunciar estas crueles palabras 
ie alejó sin concederle ni una mirada de ternura. 

Disipóse en. un instante el velo que cubría los 
ojos de Eduardo, La perfidia do aquella mujer y la 
tal*cd;id de sus amigos se presento desnuda á su al- 
ma. Magdalena le había vendido halagándole ron un 
falso amor para veniiarse de Angélica, superior á olla 
en positrón. y hermosura, ninguna esperanza le que- 



daba ya en el mundo, Su esposa, desdeñada y hu- 
millada por él, le abandonaría en su desgracia. Al 
Jiaeer estas consideraciones la mas sombría desespe- 
ración se apoderó de Eduardo, que esclamó derra- 
mando lágrimas^ , 

— Todos me abandonan! ¿qué me queda ya que 
esperar? quién tendrá compasión de mí? 

— Yo! dice una voz dulce, que resonando a su 
lado bizo vibrar todas las fibras de su corazón. 

— Angélica!... esclanió el desventurado con una 
mezcla de sorpresa, de vergüenza y de esperanza; 
Angélica!... repitió cubriéndose el rostro con las 
manos. 

Y por sustraerse quizá* á la vista de aquella mu- 
jer que con su piedad le acusaba, se adelantó preci- 
pitadamente hacia los soldados y desapareció entre 
ellos. 

Angélica levantó los ojos al cíelo, cruzó las ma- 
nos sobre el pecho y rogó al Eterno por la salvación 
de su esposo. 

Después, como tomando una determinación vio- 
lenta, arrojó una postrera mirada de despecho sobre 
aquella mesa cubierta aun con los despojos del fes- 
tín y testigo de la infidelidad de Eduardo, y 

salió precipitadamente de la sala 

........... ... ... 

Una hora después salía de Choisy una litera es- 
coltada por numerosos soldados, y Iras de ella cami- 
naba una mujer vestida de negro v cubierta con un 
negro velo. Esta mujer era Angélica. En lodo el lar- 
go camino que media desde Choisy á Compiegne si- 
guió coustanLemenle á la litera. Se adelantaba áella 
al llegar á las posadas para prepararle mejor aloja- 
miento y lodos aquellos pequeños cuidados que son 
tan agradables en las desgracias y que solo una mu- 
jer sabe prodigar, 

Eu el camino de Choisy á Compiegne, por la 
mañana y por la noche, la primera persona á quien 
veía Eduardo al bajar de su litera era Angélica, y al 
llegar á Compiegne, cuando iba á ser sepultado en 
un profundo calabozo, Angélica fué también la que 
encontró en la puerta de su prisión v sus lágrimas 
fueron las úricas que vio derramar y que le acompa- 
saron en su desgracia. 



Aliarla Cramtl, 



■¿m 



--^í^ 






Teateo t»ei PaíftcrPE. 

iremos l cuido el gusto de asistir á la represen- 
tación de! drama titulado la verdad ecncí aparien- 
:Ws, original de la Excina. Sra. D.*Gerlrud¡s Go- 
mes de Avellaneda, y mal cumpliríamos el propósito 
Je nuestra humilde publicación si no rindiésemos 
homenajea la ilustre poetisa cubana, honra de nues- 
tro sexo, v no dejásemos consignada la satisfacción 
que nos cabe en sus gloriosos triunfos literarios. 

La última producción de la señora Avellaneda 
es digna de la pluma que escribió el Alfonso Afumo, 
y merece con toda justicia el buco éxito que alcanzó, 

Nosotras, que no presumimos de literatas, y me 



campo i la celebre bailarina donde desplegar 
los recursos de su habilidad é inimitable gracia, 

No obstante, el eminente actor JLaferriere Supo, 
arrancar estrepitosos aplausos, y la señora Cernió 
vio caer a sus plantas coronas y (lores en medio de 
ios bravos y palmadas que repetidas veces se le pro- 
digare u. 



.»»» M«n«. 



TIEMPOS PASADOS Y TIEMPOS MESE5TES. 

n mi qttrriua amiga illa ríe. 

(Cancfitye). 
Vivíamos felices, muy relices con nuestra vida 
de caleció, y de este modo pasábamos lo* años sin 



aos de escritoras críticas, no intentaremos trazar el; sentirlos y pidiendo á Usos que nuestros padres no 



análisis de esta obra; pero si apuntaremos que las 
situaciones dramáticas en que abunda, lo bien sos- 
tenido de sus caracteres, y sobre lodo la robustez 
y lozanía desús versos, tan correctos y armoniosos 
como todos ios de la inspirada poetisa, interesaron 
altamente nuestro corazón y escilaron nuestro en- 
túsiasmo, asi ionio el de la escogida y numerosa 
concurrencia que licuaba todas las localidades del 
teatro. 

Está aplaudió frecuentemente las bellezas del 
drama, que ha sido una completa ovación para la 
distinguida autora, la cual fué llamada al proscenio 



y Saludada por el público con estrepitosos y entu- 
siastas aplausos. 






tic 

M 



' En cuanto ¡i ia manera con que fué representa- 
do el drama, baste decir que los principales pape- 
les estaban á cargo de la señora Diez y de los señores 
Hornea y Calvo, que es el mayor elogio que pudié- 
ramos hacer de su ejecución, 

Teatko Bul- 
lí I lunes último tuvo lugar en esta teatro el be- 
neficio de la señora Fanui Cerrito, Esta voluptuosa 
y aérea Jilüde. que por lanío tiempo lia sido la deli- 
cia de los concurrentes al Regio Coliseo, alcanzó 
11 nuevo y merecido triunfo en la nuche del 9 del 
¡u:;l- 

Lo función, si hemos de ser francas, no dejó 
muy satisfecha á la numerosa concurrencia, que se 
apresuró á mam fes lar ¿ la beneficiada su aprecio y 
admiración; pues además de que el vaudeville con 
que dio principio es de un mérito muy inferior á los 
que tantos aplausos ba dispensado el público de la 
Cruz, el baile Naíofi y la estatua no ofrece mucho 



se acordasen de que ya era tiempo de sacarnos del 
colegio, dé presentarnos en él mundo, en donde, se- 
gún creo, maldita la falla que hacíamos, toda la vez 
que él se pasaba sin nosotras y nosotras sin &. ¿A 
qué nos ha enseñado eso que llaman el mundo? A 
sufrir y i padecer, á contrariar nuestros deseos y á 
ser víctimas de las preocupaciones, de las exigencias; 
y lo que es mas duro y hasta ridículo, de eso que lla- 
man moda y buen parecer. Ayl si, nosotras no ne- 
i-i'siláhamos del mundo para ser felices, y luego qué 
hemos entrado en él, lejos de aumentarse nuestra 
felicidad ia hemos visto desaparecer como si fuer 3 
una nube de humo, y desaparecer para nunca mas 
volver! Hemos obedecido la ley humana, es cierto, 
heñios hecho lo que hacen todos, pero ¿por qué co- 
siste esa ley? No quiero, no puedo, no me atrevo i 
contestarme; no tengo por divisa alterar el -orden de 
las cosas, ni ha llegado á tanto mi temeridad queme 
haya pasado una sola vez porta imaginación e¿a idea: 
Jo que bago es dolerme de nuestras enfermedades 
morales, sin tratar de buscarles un remedio; si to tu- 
vieran y yo fuera tan afortunada que diese cou éj, 
si no inc apedreaban me tendrían por delirante, co- 
mo hicieran con el hombre mas grande que han co- 
nocido los siglos, «m el inmortal Cristóbal Colon! 
Déjenlos pues las cosas como existen; si la doctrina 
es mala que otros tomen la empresa bajo su respon- 
sabilidad, que otros se erijan en reformadores y que 
cuenten desde luego con una adicta, 

Corrían los anos y nuestra educación se perfec- 
cionaba cada vez mas; sabíamos lodo lo que puede 
saber una mujer, é ignorábamos todo cuanto igno- 
rar deberíamos siempre. Nuestras almas, enteramen- 
te tranquilas, no habían probado aun la ponzoña 1 



debía amargarlas después, como una ley natural, in- 
mutable. Teníamos diez y ocho años, y aun corría- 
mos por el jardín del colegio como á los Ires dias 
de haber entrado en él; no conocíamos lo que se lla- 
ma el deber de una mujer n esa edad, y creíamos 
que aun nos era lícito saltar y jugar como hacíamos 
en nuestros primeros anos, Para nosotras no existía 
la presunción, y si nos hubiesen bablado de ella hu- 
biéramos creído escuchar un idioma eslraño. ¡Que 
olra mujer á nuestra edad, y que no hubiese pasado 
sus primeros años sepultada en un colegio, habría 
podido como nosotras dejar el locador por un mo- 
mento de solaz en el jardin, por correr como unas 
locas por entre sus calles y sallar acá y acullá ni mas 
ni menos que cual esos inocentes pajarillos que la 
primavera nos regala, y que pasan los dias saltando 
de rama en rama? ¿Qué olra mujer no se habría aver- 
gonzado de que la sorprendieran jugando? Y sin em- 
bargo para nosotras esto era una cosa muy natural 
y sencilla. Después, cuando he conocido esas jóve- 
nes que á los quince años ya no se ucupau de otra 
cosa que de los bailes, de los teatros, de las reunio- 
nes de toda especie, me lie admirado de nuestros 
juegos, de nuestras niñadas. No te alarmes, mí que- 
rida María, no te figures que mí corazón se baya 
entristecido porque creyera haber perdido el tiempo; 
antes por el contrario, pienso que le dimos La com- 
parüciou que es justa y que la sabiduría infinita ha 
señalado. Me he admirado compadeciendo el error 
de aquellos que habían precipitado á sus hijas antes 
de tiempo, en ese torbellino de intrigas, de pasiones» 
que llaman mundo. Me ha parecido que liabiau he- 
cho con ellas to que nosotras hacíamos cou Jas fru- 
ías del huerto del colegio, que las arrancábamos de 
tos árboles antes de tiempo. La vida no es tan corla 
como parece para que así nos precipitemos. ¿Quién 
no vive cuarenta años? ¥ en ese término ¿quién no 
puede verse satisfecho de lodos los goces que el mun- 
do nos brinda? ¿Qué ha resultado de esa precipita- 
ción, de ese adelantamiento en el orden natural? 
Pregunta á todas esas mujeres á quienes á los quin- 
ce años has visto asistir diariamente á los bailes y 
gozar de lodos los placeres admitidos en la sociedad. 
Todas ellas le dirán qne al llegar á los treinta se 
bao encontrado cansadas, desfallecidas, hastiadas, 
mustias v marchitas, sí así puedo esplícarme; todas 
te contestarán que semejantes al viajero que ha he- 
cho una larga y fatigosa jornada, han tenido que se- 
pultarse en el último rincón de su casa, cansadas y 
molidas, sín gustos, sin deseos, sin caprichos, sin 



presunción, sin nada de cuanto constituyera su vida 
pasada. 

Así pues, querida mía, si yo me admiraba no. 
era de haber perdido el tiempo, sino de ver como 
otras lo perdían haciendo á los quince años lo que 
por ley natural solo debe tener efecto á los veinte; 
me lie admirado y be compadecido á esas pobres 
mujeres, mucho mas desgraciadas que nosotras en 
medio de ese mundo de delicias, dentro del cual se 
habían arrojado tan temprano. 

Pero ¿á donde voy á parar? ¿Me he propuesto 0- 
losofar ó simplemente escribirte una caria de amis- 
tad, un tratado* de nuestros primeros anos y de nues- 
tra vida ac lúa l? Soy demasiado débil para profundi- 
zar materia tan espinosa, sin tener además en cuen- 
ta á lo que me espondria pretendiendo meterme á 
redentora. , 

Creo que le iba diciendo, y aquí anudo de nuevo 
el hilo de mí narración, que habíamos llegado á un 
estado en que nuestra educación podía considerarse 
como terminada; esto no se nos ocultaba á nosotras; 
sabíamos que nada nos quedaba que aprender, y 
sin embargo jamás pasó por nueslra imaginación la 
idea de que llegaría un dia en que nuegiros padres 
vendrían á buscarnos y seria preciso abandonar pa- 
ra siempre el colegio, aquella morada tan querida 
de nosotras y en la cual habian pasado como un so- 
plo nuestros primeros años. Algunas veces he sus- 
pirado después por ellos; algunas veces se han ane- 
gado en lágrimas mis ojos considerando lo que ha- 
bía perdido, no obstante el macho cariño que me 
profesaban los míos y no haber conocido sino el faus- 
to y las riquezas. Pero no sé lo que tienen las pri- 
meras impresiones- de la vida, que no se olvidan ja- 
más; corre el tiempo, sucédense después unos á otros 
los acontecimientos, y siempre llevamos á nuestro 
lado, á nuestra vista, semejante á las sombras que 
se destacan de entre las tinieblas de la noche, el fan- 
tasma de nuestras primeras ilusiones, de nuestros 
primeros goces, de nuestras primeras amarguras, 
dado caso que las hayamos esperiraentado, lo cuil 
no es muy difícil. Somos felices, enteramente felices, 
y aun recordamos con gusto nuestra primeva felici- 
dad, por pequeña que fuera, aun suspiramos por ella 
y le consagramos el primer lugar en nuestro cora- 
zón' 

Mi querida amiga María, me figuro que estarás 
ya fatigada con esta mi carta, que á la verdad va sa- 
liendo demasiado larga; yo también lo estoy de es- 
cribir, y como el asunto es demasiado esteoso para- 



tocará sil fin de una sota arremetida, me permitirás 
(ue por hoy suelte ia pluma, ofreciéndole para tan 
ronlo romo me sea dable volver ¡i lomarla y prose- 
air escribiéndote. 

Adius pilos, mi querida María, adiós; sí tari fe- 
liz como mereces serio, y no obides. nunca t|ue ocu- 
pas el primer lugar en el corazón de tu amiga 

l'.nrli|iietn. 



-#■»*<?» " etc*-* - 



Ib 

; 



€N MES lí\ LA ALDEA. 

ÍCOSTIM'A.) 

Los dias se suceden unos á otros desde el triste 
suceso que presenciamos en nuesiro nnl«rior capilu- 
lo. A Luisa, hi interesadle Luisa l;i vemos apoyóla etl 
una ventana de las (¡uc dan al jardín; se encuentra 
■motamente preocupada-, un velo de tristez* lince que 
desaparezca el brillu de sos hermosos Ojos; aquel án- 
gel candoroso demuestra en la palidez do su rostro 
lúe sufre; pero su sufrimiento es uno de aquello* 
que nada es capan de perturbar; lal ve?, reflexiona 
sobre su vida pasada y piensa en sn pobre choia, y 
i» dolor la fiare ver aquel tiempo mas feliz. 



como él siente lodo el delirio de! primer 
sucio de amor, y para mayor desesperación debo 
amarla con toda mi alma, porque tú me lo ordenas- 
te, t es mi única protectora en la tierra. 

Sufro mas, hcfniaii.i mió, en este suntuoso cas- 
tillo, continuó Luisa, que Id en nuestra pobre rho- 
¡m; porque sol j eran testigos de tu dolor esas nirjrfta- 
fias queridas v nuestra cariñosa madre; yo. es otra 
cosa, tengo eontina.inii'me que sonreír, porque lr>s 
que frecuentan nuestro palacio amafian tas lagrimal 
de la pobre huérfana ron hipócrita compasión, ¡j lurgfj 
i el sarcasmo y Irt ironía serian la memoria que millan* 
to produciría. Pero no, Dios mió, perdón: óél sufro 
lanío que bien merezco una mirada piadosa: allí es- 
ta Carlos, ese ángel de consocio; está eori su buena 
madre: perdón, hermana rnia; qué injusta soy! tú tan 
buena, tan generosa; pero bien lo ves, mi amor me 
disculpa, es tan grande, y luego pencar que te rinde 
ante mí un culto lan respetuoso, y para la pobre 
Luisa no hay ni una sola mirada, y casi iodos los sa- 
ludos que me dirige llevan el sello deesa fria cor- 
tesía que oprime mi corazón. 

Quí hermosa estás, Ida mi.-i ' ahora que le miro 
desdi? aquí abrazando á tu inórenle Carlos, qué au- 
— Allí, dice dirigiendo su vista á las montañas, reo | a mu divina brilla en tu frente! todo él entusias- 
vi\ ¡a yu tranquila y dichosa: ¡cuántas veces reclina- mn de) materno amor está impreso en tu rustro an 



da sobre el hombro de mi buena madre quería con- 
tar las estrellas que matizaban el hermoso firmamen- 
to en una de esas noches en que un cielo trasparen- 
te y puro cubre nuestras majestuosas montañas, y 
¡•uáiiias veces una iiuhr se interponía entre mis ojo s 
y aquel manto maravilloso! aquella nube era sin du- 
da la profecía dé mi porvenir; aquellas vaporosa s 
formas que se dibujaban á mi vista con tan diverso s 
contornos eran la señal deque un dia veria oscure- 
cerse el aura risueña de mi juventud. ¡Oh, Dio s 
mío! cuánto me avergñcnzo^de mi debilidad por- 
qne esta pasión que siento es superior á mi voluntad! 
I'ohre hermano mioí ahora comprendo los sufri- 
mientos de lu coraion y no me parece exagerada tu 
desrsperarion; porque la imagen del objeio querido 
nos subyuga y nos sigue por todas partes. ¡Cuánto 
he sufrido desde el illa que el destiño te arreboló dé 
mi lado! Si vivieras ann te diría: Pedro, sufro tan- 
to ronto tú sufrías, porque' amo sin ninguna espe- 
ranza, porque el hombre que mi corazón ha elegido 
MM} segara que jamás ha fijado su mirada seduc- 
tora en la pobre hija M pueblo, en iu desgraciada 
hermana: él ama i un» mujer mas hermosa mu- YO- 
tí. esleiolo pensamiento me moruients: y <■■. n.,U| c 



gellcítl; pero ¿quién es ese hombre qUe se aproxima 
& ella, le da la mano y él la lleva á sus labios deliran- 
te de amor? Ah! es él, es ese Enrique. ¡Oh, Dios 
mió! se aman mas que nunca, y tendré, que presen- 
ciar la felicidad que los ha de rodear. No, no, Lui- 
sa, vuelve á lu cabana . que allí al menos no se rei- 
rán de tus lágrimas. "Mañana, me dijo hace una 
hora, deja el luto, hermana mía, preséntale á las 
dos en el salón del castillo, que tengo que comuni- 
carte d i¡, que eres mi hermana, la hermana de mi 
coraron, una nueva muy impiirlaníe; te advierto 
qne tu tarado sen elegante, porque nonos enenntrn- 
rciiiosMilas. ■ Aflora lo veo, nos anunciará su próximo 
casamiento. Oh! hermano mío, bien dtrias en Tos 
últimos momentos de tu vida: ¡ Fs joven, es hoble y 
hermosa, y olvidará al oscuro hijo de las montañas.» 
La pobre Luisa, agobiada por lan diversas emo- 
ciones, cayó sobre un sillón desmayada. 

, r St miifíiHMini. 

>ii luí tu n. ili- IVrrunt. 



MADRID, lSoü. 

Impremí! (Ir «Ion Jmr TrnJIll», hijo 

Calle de María Cretina, número 8. 



. ri- 



Ario I. 



Domingo 22 de Febrero Je 1832. 



Xúm 30. 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 






escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Ésle periódica sale, todos los domingos; se suscribe en Mi Jrid en las librerías de Honier y de Cuesta, i i rs. al mes; f i>n produ- 
cías *0 ri. par dus meses franca de p-irtc, rernitien.'o unslibraiui i favores nuestro impresor, 6 sellos de franqueo. 



El día 18 de febrero de. Bal 

$&3P&&$® ¿ &. sa a && asaste 
DOÑA ISABEL II. 

¿Donde corre ese pueblo presuroso* 
¿Por qué un murmullo de placer se escucha? 
¿Por qué se elevan mil festivos ecos 
Que de contento el corazón inundan? 

¿Por qué truena el cañón?.. , Llegó el instante 
En que el pueblo embriagado de ventura 
A la Reina contemple idolatrada 
En quien su dicha y su esperanza funda. 

El triste ¡lanto que vertió doliente 
En llanto se convierte de dulzura.... 
SÍ empañó el claro sol nube funesta 
Hoy mas brillante al universo alumbra! 

De las campanas el lañir festivo, 
Los gritos de ese pueblo que se aduna, 
Los ecos del cañón que e! aire pueblan 
El instante feliz por Un anuncian! 

Ya llega... ya se acerca... ya su mano 
A la ferviente multitud saluda... 
Es ella... es Isabel... la Reina hermosa 
Que nuestras penas sin cesar endulza! 

Vuestro anhelo saciad.. . ved su semblante. . . 
Su amorosa mirada que subyuga... 
Ved cual nos muestra el ángel adorado 
Lucero fiel que nuestra noche alumbra! 



Ay! este instante de suprema dicha 
Compensa de mil siglos la amargura! 
De tal instante el inmortal recuerdo 
Todo recuerdo de baldón anula! 

Quiere en vano ese pueblo transportado 
Mostrar e! gozo que su pecho inunda; 
Tan solo espresa su entusiasmo ardiente 
El dulce llanto que su vista anubla! 

Dichosa lú, que cimentaste el trono 
Sobre mil corazones que en tí fundan 
Su ardiente aféelo, y morirán felices 
Por alcanzar una sonrisa luya! 

En vano esos tíranos prepotentes 
Cimentan en la fuerza su fortuna! 
Despierta el pueblo y con osada mano 
Del pedestal al ídolo derrumba! 

¡Cuan grato es, Isabel, verse adorada! 
¡Cuan dulce es ese llanto de ternura! 
De España fiel el entusiasmo ardiente 
Iguala, oh Reina, á tu clemencia suma. 

Digna eres, Isabel, del pueblo altivo 
Que con traición su fé no empaña nunca: 
Digno es el pueblo de la Reina hermosa 
Que el bien universal tan solo busca. 

Ese mundo que aquí fija sus ojos 
¥ nos contempla con desden v burla. 
Asombrado al mirar tan noble ejemplo 
Tal vez en vivas con pesar prorumpa! 

Marcha tranquila al templo, al pié del ara 



Presenta ufana á la Princesa augusta. 
Dios la bendecirá desde su trono 
Si nuestros votos bondadoso escucha. 

Reina y madre dichosa, por tu hija 
Nunca suspires, nuestro amor la escuda, 
Y para derribarla será fuerza 
Que el postrer español duerma en la tumba! 

Reina y mfldrr dichosd, si algún din 
Atormenta lu pecho horriblB duda. 
Recuerda qne a tus plantas viste al pueblo 
Bañado en llanto de sin par ternura! 



los 



ttTm , 

El miércoles último ofreció ¡Madrid el cspeclácu- 
lo mas sublime y sorprendente. Era el día señalado 
por S. M. para dirigirse al santuario de Atocha á 
presentar ai Todopoderoso el fruto de sus entrañas, 
y el día en que el pueblo español había de consignar 
públicamente todo el cariño, toda la adoración, (oda 
el respeto que profesa á su querida Reina, á la sin 
par y generosa Isabel. 

Desde iti'iv temprano las calles y balcones esta- 
ban ocupados por un inmenso gentío, radiante de ale- 
gría y ansioso de lerhv y «lindarla por primera vez 
después del horrible atentado que poso en peligro 
su preciosa vida; y ese anhelo, ese jubilo que espe- 
rimetiLibun todos los corazones llegó al colmo de] 
frenesí cuando el estruendo del cañón y «1 repique 
de las campanas anunciaron que 5S. MM. habían 
salido ya de su real palacio. 

Es impasible describir i-l entusiasmo y la alegría 
que la prcsciiria de S! Sff, ¡ha infundiendo por toda 
la carrera. Lo mismo desde las calles que desde los 
balcones tío se oía mas gritó que el de ,1'ifn fa/ífi- 
nal Las damas gritaban con la misma efusión y agi- 
taban su» pañuelos en medio de las lágrimas de ine 
fable placer que se desprendían de sus ojos; 'el espa- 
cio se pobló de versos y de palomas, y las bandas 
de música, situadas en varios puntos de la carrera, 
entonaron preciosos himnos que fueron cantados por 
las alumnas del Conservatorio de María Cristina y 

coristas dej Teatro Real. 

«Al eulrar.SS, JIM, en el templo, díce el Be- 
rtdáo, ya oslaba su Divina Majestad manifiesto: allí 
esperaban el cuerpo diplomático, grandes de Espa- 
ña, los riiim'stfus, altos funcionarios y capellanes de 



honor, á coy» cabeza se hallaban el Enarco, señor 
cardenal arzobispo de Toledo y el patriarca de las 
Indias, SS. MM. se pok>raro| altado del Evangelio; 
la capilla cantó varias preeps, y en seguida la Reina, 
tomando á la Princesa de manos de la dama que ha- 
cia de aya, la presentó en el altar A Nuestra Señora. 
En aquellos momentos no había en el templo quien 
no derramara lágrimas de piadosa emoción: S. M. 
bis df rramaua también como tierna y cariñosa ma- 
dre. En seguida la capilla canlfi solemnemente la 
Salve y el Te-Dcum, y se terminó la ceremonia, 
siendo las cuatro y media. SS. MM. salieron del 
templo, y ordenada de nuevo la comitiva en la mis- 
ma forma que había venido, volvió por el Prado y 
Carrera de San Gerónimo.» 

Durante el regreso de SS. MM. á palacio fueron 
saludados con la misma efusión y entusiasmo: infi- 
nidad de composiciones poéticas y de palomas vol- 
vieron á poblar el espacio, y entre e| inmenso y fre- 
nético .clamoreo de la apiñada multitud llegaron 
SS. MM. al regio alcázar, como á las cinco y cuar- 
to de la Urde. 



La compasión es ain dispula uno de los senti- 
mientos que nías realzan el corazón déla mujer, y 
una de las especialidades de nuestro sexo nías gene- 
ralmente reconocidas por los hombres. No obstante, 
como no ha faltado quien, poco amigo sin iluda dfl la 
lisonja y de la adulación, haya visto en esta inapre- 
ciable cualidad de la mujer una consecuencia de su 
propia debilidad, vamos á rebatir esta suposición, no 
con nuestras palabras, sino con las autorizadas de un 
célebre escritor, que al ocuparse déla gran acción 
que ejerce en el corazón de la mujer el sentimiento 
de la compasión, se espresa en estos términos: 

«No hay mal que la mujer no alcancé á curar, á 
aliviar ni menos, y al fondo del cual no llegue á de- 
positar una esperanza. Cuando la tempestad aman- 
lona las nubes y las separa, las mezcla y las rasga 
en vastos fragmentos, un rayo de sol á veres atra- 
vesando semejante caos serena de nuevo el cielo,! la 
mujer es ese rayo dulce j consolador cuandola tem- 
pestad agita asimismu al hombre y le atormenta 

Una natural conmiseración, una simpatía irre- 
sistible la lleva hacia el que sufre. Todos los males 
inseparables de la condición humana ó que engen- 
dran los victos de la sociedad, parecen haber sido 
sometidos A sus cuidados. Ella es verdaderamente la 







procidencia del enfermo, del pobre, de la innumera- 
ble tribu de los desamparados. Seguidla en el oscu- 
ro aposento en que se abriga el pobre, cerca del le- 
cho del enfermo, del jergón en que gime él anciano 
solo y abandonado después de tantos, años de traba- 
jos; nada la aleja de esos sitios de pena y deaílicum, 
nada le repugna. 3Ias fuerte en estos casas i¡ne ti 
homhrt, ésa débil criatura elevad i por el sentimien- 
to y replegada toda entera en su alma, no vive mas 
que en ella. La mujer llena una misión celeste, trae 
autillos socorros á todas las necesidades, bálsamos 
para tudas las heridas, palabras que alivian todas 
las penas. » 



£<tpc»ii( [ut2 íjcie loa i3or¡iH¡írt;B itopch^cc» Ii:;h 

Sómi.v : 
Los escritores españoles de la. prensa periódica 
no política, no menos leales y adidos á su Reina 
que sus hermanos de la prensa periódica política, si 
bien lodos sin eseepluar uno solo, como españoles, 
han sentido una profunda indignación y un pesar fi- 
lial al saber que -un insensato había atentado á la 
preciosa vida de V, 81., sin embargo, como escrito. 
res ágenos «i tuda lucha violenta, y especialmente 
dedicados á reconstruir v á moralizar la sociedad 
que exageradas pasiunes desmoronan y desmorali- 
zan, ó á dulcificar las amarguras de la vida, como 
poetas y nombres de ciencia sienten también y w;:s 
poderosamente el deseo de poner A. L. R. P. de Y. M. 
el tríbulo de so filial respeto y de su amor, y de 
manifestar á V. M., no ya el horror profundo que 
les inspiró el enorme crimen del parricida, cuya al- 
ma baya perdonado ei Señor, sino el indecible júbilo 
que hoy esperimenlan al ver que la Providencia se 
ha dignado conservar de un modo lan milagroso á 
V. M. para gloria y consuelo de España, — Madrid 
íí de febrero de 18 ^i. — Señora.— A L. R. P. de 
V. M. — Por El Precursor, Manuel Cuendias, direc- 
tor; Joaquín Palomares, Manuel García y González, 
Bernardo García, José Rime Lafon, redactores. — 
Por La Union Midica, Ciríaco Ruiz Giménez, di- 
rector; Saturnino Villa Iba, redactor. — Por ti Álbum 
Popular, Mariano Víilacampa, director; Dionisio 
García Portillo, redactor. — Por el Boletín Jurídico 
Eclesiástico, Luis Cucalón y Escolan», director.— 
Por La Academia Militar, Francisco Panzano, di- 
rector, — l'nr El Faro de Administración civil, Ra- 



fael Tamaril de Plaza, director. — Por La Mujer, 
Emilia T. de Noble, directora,— Francisco de Pala- 
cio y Toro, escritor dramático. — Por La España li- 
teraria, Nicolás del Villar, director. 

— — ►**■»**«***♦«-« 

ANGÉLICA. 

ii. 

El astro de la noche se levantaba agigantada del 
seno de ¡as montañas, y empezaba á describir sobre 
la llanura un largo rastro dep'ata. Sus rayos virgi- 
nales, eslembándose como un mar de perlas sobre 
los remales de las casas y los altos chapiteles de los 
antiguos edificios de Compiegnc, formaban un raro 
conslraste con la completa oscuridad en que se ha- 
llaban sumidas sus estrechas v lóbregas calles. 

El cielo estaba puro y diáfano, y tan solo una 
nube parda, sobre Ja. que centelleaba una estrella, 
hacia resaltar el azul celeste de la eterna bóveda. 

Todo era silencio en torno: la ciudad dormía 
tranquilamente; ninguna luz se divisaba al través de 
las ventanas, y soiu turbaban el reposo universal los 
aliullidos de los peros y el soplo perfumado de la 
brisa. 

No obstante, de pié c inmóvil junto á la torre 
donde gemían los infelices condenados á muerte, se 
veía una mujer triste y silenciosa. Estaba envuelta 
en un ropage negro, y su negro velo Botaba á mer- 
ced de la brisa. De noche v de dia se veía perenne 
aquella mujer, apoyada en la puerta de ia prisión, 
pálida é inmóvil como la estatua de un sepulcro. 

Era Angélica, la esposa de Eduardo de Maílly. 

Falsas acusaciones tramadas por Magdalena v el 
duque de Alenfort le habían hecho aparecer á lo$ 
ojos del rey como cómplice de una horrible conspi- 
ración que tenia por objeto impedir su advenimien- 
to al trono. Habíanse presentado pruebas contra é\ 
apoyadas en falsos datos, y ó pesar de los ruedos de 
su esposa v los esfuerzos de algunos amigos que Je 
habian permanecido fieles en la desgracia, fué con- 
denado á muerte. Dos dias faltaban todavía para la 
ejecución de la sentencia, y ya no había esperanzas 
para el desdichado víctima inocente de una horrible 
trama. Magdalena y su nuevo favorito el duque de 
Alenfort iban á quedar satisfechos. Aquella conse- 
guiría por fin desembarazarse de un amante cuya 
presencia le estorbaba para alcanzar nuevos triunfos; 
este lograría ver abatido al odioso rival que leeclip- 



saba,, tanto en ti canino da batalla coma al lado de 
las damas. 

Angélica lloraba sin consuelo y pedia en rano 
que al menos la dejasen penetrar en la prisión para 
prestar los últimos consuelos á su ingrato esposo. 

Loca de dolor Labia formado un atrevido pro- 
ecto, en «I que cifraba su postrera esperanza, y 
aguardaba la realización de su plan presa de una hor- 
rible inquietud. De repente un mhleríoso personaje 
I atravesó la plaza y se acercó cautamente á ella. Di- 
rigiérouse algunas palabras en voz baja, después die- 
ron juntos la vuelta á la torre, v á una misteriosa 
señal que ambos hicieron se abrió una de sus puer- 
tas. Angélica se precipitó entre la sombra, seguida 
del desconocido. Luego la puerta se cerró y lodo 
volvió á quedar en silencio. 

ti .-i campana de la torre daba en aquel ¡lisiante 
las doce , , . , . 
En un sombrío calabozo, iluminado por la tenue 
claridad de una lámpara que pendía del tecbo, se veía 
sentado sobre un banco de piedra un hombre entre- 
gado al parecer á uu ajilado sueno, fijaba pálido, 
desfigurado, y á na ser por su anhelosa respiración 

■ se hubiera podido creer que había dejado de existir. 
Eslebunibrc era Eduardo, el héroe que un mes 
antes babia entrado triunfante en Choisy entre las 
aclamaciones de un inmenso pueblo, Habia bastado 
Una palabra de una mujer despreciable para derrum- 
bar al ídolo de su pedestal y arrastrarlo por el cieno! 
Ahora alian do u ai! o de todos, teniendo una piedra 
por lecho y itu calabozo por palacio, esperaba ana 
horrible muerte! ¡Guantas decepciones, cuántos lor- 

t montos, cuántos ilesenjfaiius habría sufrido en tan 
corlo tiempo! Para mayor suplicio los remordi- 
mientos mas crueles le destrozaban el alma. La 
noble conducta de Angélica, á quien lauto babia des- 
deñado y .1 quien habia hecho presenciar el triunfo 
> folla pérfida rival, acibaraba sus tormentos. Ni si- 
quiera le quedaba el derecho de quejarse Je su ad- 
versa estrella, pues su infortunio era merecido y se 
juzgaba digno del castigo que le imponía el cielo. 
El recuerdo de su tierno hijo, á quien no podría dar 
su última bendición, aumentaba su suplicio. 

Entonces le agitaba sin duda un horrible ensue- 
ño, porque sus músculos se contraían, pronunciaba 
palabras vagas y hondos suspiros salían de su fatiga- 
do pecho. En aquel ¡lisiante Se abrió la puerta v 
aparéelo Angélica, seguida del canelero y del dea- 
conocida, Era w l» uno de los pocos amigos que no 
habían «.dudado á .Moilly en Ja desgracia, protegien 



do los places que por salearle meditara Angélica. 
Esta había vendido todas sus alhajas para ganar al 
carcelero que debía proteger la fuga de Eduardo, 
Todo estaba va dispuesto para el efecto, Angélica 
trémula y palpitante se acercó á su esposo llamán- 
dole dulcemente en voü baja, Este se agita y mur- 
mura entre sueños con voz balbuciente: 

— Angélica... esposa mía,... perdón!,, no me 
maldigas, no cueutC3 á ftl hij'i los crímenes de su pa- 
dre!., por piedad Angélica... por piedad... concé- 
deme tu perdón, déjame morir tranquilo...! 

Angélica traspasada de dolor suelta un grito y cae 
de rodillas. Eduardo despierta y al contemplarla á 
sus pies se deshace en amargo llanto. Su amante es- 
posa le estrecha entre sus brazos, enjuga cariñosa- 
mente sus lágrimas y esdaina entre sollozos: 

— Todo lo he olvidado, Eduardo, lodo! He per- 
dido hasta el recuerdo de que lias podido amar á 
otra mujer v solo seque eres mi esposo, el padre de 
mí hijo 1 Eduardo, la naturaleza humana es frágil, to- 
dos estamos sujetos al error. Dirhuso aquel que sabe 
reconocerlo y deplorarlo. A pesar de eso no creas 
que te pida en cambio de mis desvelos que me ames 
y vuelvas á mí. No; tu eres desdichado, sufres, soy 
tu esposa, mi deber es seguirle, 

fSt coiilirtwrrá.J 
Ángel» Gnul. 



— **^**^ o **-° 



UN SÍES en la aldea. 



(coxtinOa,) 

Ha llegado el día, el día que Luisa, la intere- 
sante Luisa, nos decía seria de grandes acontecimien- 
tos. ¡Pobre niña! Ella tan hermosa, tan seductora, 
no puede atraer hacia sí ni una mirada del hombre 
que ama con el delirio del primer sueno de amor, de 
esc sueno que embriaga nuestros sentidos ron un 
bálsamo tan desconocido hasta el momento que nos 
rodea el primer albor del aura rosada de la juven- 
tud. ¡Cuan bellos son los recuerdos de esa époea fe- 
liz! Todo lo pasado nos parece hermoso, todo lo pre- 
sente triste; esa es una de las pruebas de la incons- 
tancia del corazón humano; caminamos por un de» 
I icio» país, y aunque admiramos con toda nuestra 
alma la hermosa naturaleza, en aquel momento tal 
vez no llena todos nuestros deseos; pero cuando al- 




: 

i» 



gunos años después nuestra memoria nos reproduce 
aquellos mismos árboles, aquellas cascadas, aquellas 
casitas blancas, entonces esdamaruos: si un pintor 
fuera suficientemente hábil para reproducir esta vis- 
la tal como la concebimos su nombre pasada, no 
dos queda duda, á la inmortalidad- Y lo mismo que 
este recuerdo son todos los detnás que nos rodean en 
el transcurso de nuestra vida. 

Pero dejemos reposar todas estos ideas, de- 
mos tiempo ala hermosa huérfana de reponerse de 
aquel combale que sostiene con su corazón, para que 
se presente en el salón radiante de alegría, y una 
tranquila sonrisa vague por sus labios de coral. En- 
tre tanto volvamos ios ojos y miremos á la hermosa 
castellana; reclinada sobre un precioso diván, una 
dulce sonrisa hace entreabrir su perfecta boca, una 
de esas sonrisas que marcan lus ho vuelos de tas me- 
jillas y que tanta gracia dan al rostro; quizá seríala 
primera vez que sonreía desde la muerte del desgra- 
ciado Pedro, Su negro vestido de raso nos da a co- 
nocer que el primer año de lulo espiró; su adorno 
de azabache da á su blancura una trasparencia des- 
lumbrante; su mirada llena de amor está (¡ja en su 
precioso Garlos; él es el que absorbe todos sus pen- 
samientos, todas sus esperanzas, todas sus ideas de 
felicidad. El niño con ese candar santo de ¡a inocen- 
cia juguetea, sentado sobre las rodillas de su bueae 
madre, con sus ondulantes rizos. Ida y su hijo for- 
man un grujió tan seductor que no es posible á m¡ 
inesperta pluma trazarlo con verdad. 

Eu este instante se mueve el gran tapiz que in- 
tercepta el paso al elegante salón donde madre é hi- 
jo permanecen abrazados, y un criado saludando 
respetuosamente anuncia al caballero marqués de] 
Olmo. Pocos segundos después Enrique besa con de- 
tirante emoción la mano que la joven le presenta cu- 
bierto su rostro de precioso carmin, 

— Marqués, le dijo señalándole un sillón que ha- 
ia á alguna distancia de donde ella y su hijo se en- 
contraban, sentaos. 

Pero aquella orden no le pareció conveniente 
obedecer á nuestro héroe, porque permaneció en pié 
delante de Ida, lo cual pareció desconcertarla algún 
tanto. Sin embargo continuó: 

— Nuestros amigos aun no han venido; sois el 
primero que ha acudido á mi llamamiento; gracias, 
caballero, por mí y en nombre de mi Carlos. 

Y la hermosa castellana, en uno de esos traspor- 
tes de maternal amor tan frecuentes en las madres, 
oprimió la preciosa cabeza del uiiiu con sus manos, 



llenó de besos aquel rostro inocente y perfectamen- 
te bello, y lleno su pecho de indecible placer es- 
clamó pintándose en su hermosa frente lodo el orgu- 
llo que es capaz de sentir una madre: 

— No es cierto, marqués, que el pobre huérfano 
es hermoso? decidme, me engañad amor que siento 
por este objeto querido? ¡Pobre niño! Jas lágrimas y 
el luto le han acompañado desde la cuna. 

— Señora, replicó Enrique, el amor maternal 
no os ofusca; Carlos es hermoso como su madre, y 
también tiene, no puedo menos de hacer justicia á su 
desgraciado padre, aquellas maneras nobles que tan- 
to le distinguían. 

Enrique tal vez se hizo violencia; pero compren- 
día demasiado el corazón de la mujer amada, para 
no usar este lenguage leal y si acero. 

— í'or b demás, continuó, la suerte del hijo de 
Pedro, señora, no la encuentro tan desgraciada, por- 
que vos sois el modelo de las madres, y si Carlos 
perdió un jiadre cariñoso y valiente, creo bien que 
el marqués del Olmo puede y será su mas constante 
apoyo; él guiará los pasos del niño, y él, señora, de- 
sea formar las ideas del joven y el corazón de! hom- 
bre. 

Ida conmovida y turbada tendió la mano á En- 
rique. 

— Oh! si, Ida, ángel que formas toda la Ilusión 
de mi vida, dijo el joven arrodillándose ante ella, no 
puedo volverle aquella corona que el deber mellizo 
rechazar y otro hombre mas dichoso que yo pudo 
respirar, sí, pudo resjiirar el perfume de aquella* 
flores que había acatado siempre de rodillas temero- 
so de que mi aliento las empañara: aquella corona 
ya no existe; pero sí, Ida hermosa, sí, la que osten- 
tará tu bella frente será siempre á mis ojos de blan- 
cas rosas, mientras que el mundo contemplará siem- 
pre pura la corona de los marqueses del Olmo. 

(Se continuará. j 

I atullu B. dr l'crmol. 



Esponlclon qne lian «levado áS,H, la* huérfa- 
no* de empleaeloii y militare* ine residen 
en esta corle. 

Permita V, M. á tas humildes huérfanas perte- 
necientes á la clase de empleados y militares que re- 
siden en esta corte elevar basta su regio solio la es- 
presión del amargo y profundo dolor que ha opri- 






mido sus corazones por el hecho ¡nral ifirable que tan 
justamente indigno á todos tos españolea. 

Privadas de I09 autores de sus dias, reasumen 
en la persona de V. M, todos los cariños posibles en 
'9 naturaleza, y la aman con esa efusión, con esa 
ternura que solo el corazón de la mujer es capaz de 
sentir y comprender. 

Nuestros brazos, Señora, no son bastante Tuertes 
para empuñar el aren» y ser el escudo de V. M. , 
mas en nuestros pedios hay valor > entusiasmo, y 
1:011 él se hubiesen interpuesto gustosas entre el pu- 
ñal aleve y su regia persona; pero, Señora, V. M 
Iuu necesita quien la delicada porque no tiene ene- 
migos, ni puede icnetlos la virtud, la belleza y la 
inocencia,. 
La aberración de un fanático ha demostrado al 
mundo entero cuan simpática, cuan querida y cuan 
adorada es para lodos sus subditos la generosa, la 
magnánima Isabel. 

Las huérfanas, Señora, solo piden á V. M. su 
digne dispensar el atrevimiento de dirigirla sus lea- 
les y sinceros votos, felicitándola por su pronto y 
total restablecimiento, ínterin elevan tiernas súplicas 
al Supremo Hacedor por la conservación de su pre- 
ciosa existencia. 

Madrid 11 de febrero de 1832. — Señora.— 
AL. lí. P. de V. M.— Alfonsa Casariego del Pa- 
ilrrj, Rosario Mcnacho, Manuela Santiago Marti ucz 
María de León, Florentina Fernandez de] Campo, 
Emilia Menendez v Domínguez, Francisca Pinto 
Llinas, María del Carmen Duque y Xieolau, Pilar 
Prats, María Isabel Muñoz, María del Amparo Por- 
tillo, María Josefa Portillo. Gumersiodíi Bercar, Ma- 
nuela Sigücr, María de la Soledad Sigtier, María de 
Pilar Mantillas. 



S. M. la Reina se ha dignado dirigir al presi 
dente del Cousejo de ministros la caria autógrafa j 
que sigue; 

«Bravo Morillo: Prosternada ante la Divina Pro- 
videncia por su señalada protección y favores inu- 
uiluí, mi corazón se halla conmovido ante bis. de- 
mostraciones de amor y lealtad que recibo á cada 
instante de mis subditos. Estas demostraciones, sin 
embargo, pudieran concentrarse en un objeto que 
simbolizara de un modo permanente el carácter re- 
ligioso y benéfico de los españoles. Con este lin de- 
que el gobierno tome la iniciativa para abrir una 



auscricion voluntaria, cuyo producto se destine A 
edificar uno ó mas hospitales en conmemoración del 
nacimiento de mi amada luja, y de mi presentación 
á mi pueblo, después de las bondades que Dios me 
ha dispensado en estos días. —ISABEL. —Febrero 1 1 
de 1852,. 

> »»eo **« «■« « 

PENSAMIENTOS DE MUJERES CELEBRES. 

La austeridad es el fausto de la virtud: adictas á 
nuestros deberes llenémoslos sin imponernos otras 
leyes mas severas, Apretar demasiado un lazo es ar- 
riesgarse á romperlo,— Alad, ¡tircoboni. 

La dulzura es para la mujer el mejor medio de 
tener razón, — Alad, de Maintenon. 

La amistad es la única rosa de este inundo que 
lio tiene espillas. — }lt)d. de AIotHcÉpan. 

La dicha es hija de las afecciones mas que de los 
acontecimientos. — Alad, linyand. 

La mujer que tiene una debilidad, aníllenla sus 
desgracias. — Alad. Caitlit. 

Ninguna mujer debe casarse sin reflexionarlo 
bien. La hermosura y la fealdad Se presentan casi 
á un mismo tiempo, y ambas disminuyen por ¡a cos- 
tumbre de verlas frecuentemente. Las mujeres que 
carecen de buenas cualidades, poseen muy poco por 
bellas que sean, — Alad. Lambtrt. 

Cuandose fundan Jas uniones en la inclinación j 
en los principios, la cadena es indisoluble, porque 
uno de los objetos se refiere al cielo y el otro á la 
tierra. — Alad, Xrchtr. 

La economía de los sentimiento* y de los place- 
res es la única razonable en et gobierno de una fjmi- 
'ia. — .11 ti d. .Vino 11. 

Una mujer joven no puede tener sin peligro mas 
amigos que &u marido ú Su padrt!. — Mad. de Espi- 
náis?. 

Cuando somos jóvenes, el deseo de agradar nos 
hace amables; mundo viejas la necesidad de ser 
amadas nos obliga á hacer bien. — .Ifací, >'"/!<! i'wi- 
nitr. 



MADRID, 1852. 

Im:iri»ni« »H* i!od Jiw TruJIll». Itljü. 
Calle de Sí aria Cristina, número s. 



Año I. 



Domingo 29 de Febrero de 1852. 



Num 31 






■ 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 



escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Esle periódico sale lodo* los domingos: se suscribe en Ma Irid fin las librerías de Monier y de Siesta, a 1 rs. al mes; j en proiüi- 
ctis ID rs. par dus meses franco de purle, remitien.'oiigslibuinia a Carurde nuestro impresor, 4 sellos de frsaqaco- 



Cuando dirigimos una minda y paramos la con- 
sideración en Ja manera corno su conducen actual- 
mente las madres con sus hijas, y vemos que basta 
para ese sagrado ministerio, el mas importante, el 
mas respetable que puede ejercer una mujer, lia dic- 
tado sus Leyes la moda, destruyendo y ridiculizando 
manto tenia de respetable, de prudente, de previsor, 
inclinadas estamos á escusar la mala opinión en que 
/os hombres nos tienen, y el disfavor con qne gene- 
ralmente somos tratadas por ellos siempre que no 
ven en las mujeres un inslrtimenlo de sus placeres ó 
ambiciones. 

En tiempos anteriores quizá la rigidez de las 
madres if>a mas allá de dunde debiera; quizá se re- 
sentía la manera de tratar á sus hijas de escesiva re- 
serva; quizá preponderaba el respeto á espeosas del 
cariño, no del cariño maternal nunca, pero si de la 
juiciosa confianza que lanías dulzuras derrama en- 
tre una madre y su bija; pero de esa conducta en- 
tonces ejercida por las madres, no se resentía la vir_ 
lud de sus hijas; en su educación se notaba poco es- 
mero, y su trato eu sociedad no era muy ameno; pe- 
ro conocían bion sus deberes y los cumplían con la 
mas escrupulosa religiosidad, y sus padres, sus es- 
posos después, y sus hijos mas tarde, cogian el fru- 
to de aquella rigidez con que las madres ejercían sus 
altos deberes; y los hombres todos hallaban en nues- 
tro sexo las virtuosas compañeras que babiande en- 
dulzar su vida, las madres que inspiraron en sus hi- 
jos ios principios de virlud y heroísmo que hicieron 
proverbial la honradez castellana, é hicieron triun- 
far el pabellón español en lodo el orbe. 

Pero esas madres á la moda que establecen con 
sus hijas la mas completa iulimidad, y las bacen las 
tonudenles de sus eslravíos apenas saben hablar; que 



luego son elias mismas las intermediarias de sus 
amorfos; esas madres que solamente enseñan á sus 
hijas á engalanarse y á manejar intrigas y aventuras 
de sociedad, ¿cómo han de formar buenas hijas, es- 
posas Heles, madres respetables? ¿cómo se han de 
conseguir las mujeres así educadas ¡a consideración 
y el aprecio de los bomhres? 

¿Y esas madres imprudentes con su fácil educa- 
ción hacen acaso mas asequible la felicidad para sus 
bijas? Ab! no, que su imprudencia es biea pronto 
maldecida por sus hijas infelices, por esas hijas que 
destituidas de todo principio de moralidad, de toda 
ideu de buen orden, no encuentran un pensamiento 
que ocupe su mente cuando cesan las ilusiones de la 
juventud; ni un sentimiento que lleue su corazón 
cuando los desengaños ai desaparecer coa la juven- 
tud dejan en él vacio y amargura. Oh I qué diferen- 
te es la vida de aquellas que se educaron con la ri- 
gidez antigua que tanlo se ridiculiza! Encontraban, 
siempre en su propio corazón consuelo para to- 
das las adversidades, resignación para todas las 
desgracias, principios sanios para triunfar de to- 
das las pasiones; se veían respetadas por los hombres, 
estimadas por sus esposos y adoradas de sus hijos, 
inspirándoles gratitud la rigidez de sus madres, á las 
cuales no cesaban de bendecir. 

Oh! y cuántas desgracias lia traído sobre nues- 
tro sexo esa diferencia en la manera de comprender 
y ejercer ios deberes maternales! Oh! cuánto hemos 
perdido de bienestar, de consideración, de estima- 
ción! ¡cuánto la sociedad entera, en la cual á pesar 
de loque quieran sosten rr los hombres la mujer 
ejerce una ¡afluencia inmensa! 

Quizá á primera vista parezcamos excesivamen- 
te austeras escribiendo loque antecede; pero la que 



!;• m¡<y. 



I «hni-nil >j 






iüo Birle, si a tablar de él ñoMHjIIga nuestra pr 
pia defensa. 



i jui^ui; así que examine la sociedad achia!, dirija 
ana mirada retrospectiva á la de nuestros padres, y t . 

compare; qu, reeuerd- 1Í3W sideración, d raspeo &Lifl¡wl.n y ..«0(0(1,, («remos aqui pumo abs- 

y el bienestar que enloflC* disfrutaba rfiiestijpttxo, teniéndonos de ...nielar y analizar la composición 



y la desestimación ^a 4»c&jqiteda«i* quepsiajioy 
mirado, y procure penetrar el motivo de este enru- 
bio; y á la vez que lamentará el eslravio de las m*-. 
dres de esta época bendecirá las madres rígidas que 
ya van dejando J-- existir, y cuuocen» .[Lio ¡ia-ia 
cierto punió la poca consideración que ios hombres 
nos di spensan es fundada y merecida, y seria esc usa- 
ble si ellos no hubieran sido los promovedores de 
tan lamentable y desastrosa reforma, 
— Si-el«bjeto de-bus -madre* w Iwcer Miees-á~stw 



del tatvijiápiízcluwo, ja por rain» del ningún mal 
que puede causar á nuestro sexo A. pesar de su cari- 
tsiiví intención, ja porque generosas basta con nues- 
tra* enemigos no queremos destruir sus ilusiones, y 
ya linaliiitrrle porque, ¡Jl.limaiuetHe cojivencidas Je 
que hay una justicia providencial <[W ■> to'las pactes 
llega, á ella encomendamoa el ien HAc titim'ujo de fas 

miijífeí, fí inte «utiitizniorio. 

.^, ..^ £.*.%.* ***-* 



hijas, convénzanse deque con esa imprudente con 
ducta, con esa corífiiirtzfl ún límites, inculcan eti itíi 
tiernos corazones gérmenes que han de I raer sobre 
ellas la desgracia <ie su vida entera. Deténganse pu*s,' 
é imiten la rigidez antigua, que es mejor garantí 
del bienestar de sus hijas. 

^¡fj . = . s<i< _' ■ I 1 » '( 

Hemos "visto unas sruiiírfifíftí qii'e bajo rl epígra- 
fe Ta mujer publica la Glítfftcü dé! San Sebastian: y 
¿pesar de que seria una ¡inactiva de las mas terri- 
bles que pudieran dirigirse n HkiüiWb sfeio; sí mu- 
forme revelan intención tuviesen otras cualidades, 
no nos ocupariamos áe etla% 'dejando que fu autor 
esprimifsií á su sabor la ira que ñu duda le produ- 
jera alguna contrariedad- sufrida 1 v con que en ktis 
ilnsiones no contará] rbhviímíd.-is de qur Ids'itósodi- 
chüs seguiílilins habían de fierjurliear jifera al se\o A 
qtre se dirigen, porque i-vn envenenadas diatncas 
solamente revelan H üesperbodecihifen no teniendo 
razón para quejarse de stí pur;i fortuna, arroja ludo 
el veneno que le proilucé su propia desgracia contra 
el sexo entero i qtie pertenece quien la produjo, 
qu¡r.i sin imaginar hacia tamaño mal. Pero cóiño 
apenas se deslna en nnVstrópote periódico la me- 
nor alusión al seso fuíHé: nos vienen pidiendo' los 
Bombrrs en su* pñblícáHrihes la razón de rrt&tro 
<h'cbo:'i!omo la pu!.lLc;lriúi. en mi periódico di- 
versos, que bien pueden calificarse de libelo contra 
fas mujeres, lévela la rafcll :, p>opeWoii con que los 
respetables ¥»dh'w «Oí ai fu ftpiíirrtt jtrWira 300-" 
jen cnanto para rehajar^ zaherir y desprestigiar h 
nuestro sexo se imagina é rnVetrli, obligadas boa ve- 
mos á lomar acia' de ésla publicación para cuando se 
íjos arguya de ir muy allá en io que digamos del 



ANGÉLICA. 

ti. 

w m 

• —Si, segnirte ¡i lodas parre?, ronlinuñ Angélica, 
minorar ttrs padecimientos v sec til rohsuelo eo '<i 
desgracia. No bajo mas ijm mi deber, y por ronsi- 
gUteátctti te aniso de (o pj&Mirb! ñi •pidírecompen- 
s a para M venidero, 

-Oh' yo te la darla. Angélica, yo sabría dárle- 
16 y muy cumplida', íi deseo conservar mi existen- 
cia «s solo para probarle mi agradecimiento'. Es para 
amarte y Srr eternamente tu esclavo, para alcanzar 
gloriosas coronas y ceñir con pitas tu frente, para 
■ -Miíi¡iensarle a Hierza dé cariño y -nt rificiüS de los 
males que le he cansado litóla ahora, oh la mas lio- 
ble ) sania de tas mujeres! Peni ;av! lejos de eso 
me espera |a muerte, |a nfifci horrible muerte, paes 
aumenlan su hunor los remocdimieolos!.. Vov a 
dejarte a íi y ¡i mi puliré hijn eu la horfandad, el 
desamparó y aun tahe/ la nigeria!.. 

— >'o, no híór'lriis', es' Luna Aii^'éüca; todu lo he 
¡ircVeniuo, he dispuesto ti: fu'ga. uniremos, áinadíi 
litio, seras libre i aun te ¡'Sperali largflS años de VPÍ1- 
liir;i i-a Au'es'iros lira/us, 

La> palátrásv los ronstiílós ile Angélica ceani- 
ñíardrí algún tanto al p'rismriefo, que se rliidc al KU 
á sus ¡nSloiirias y>r presta á la ruga proyectada. 

Salen 'de la prfiffiñ y de la , iitda.l; n"na barca los 
espera. Üml.'nii el (tise, \ i U\»r de las (¡nieblas se 
alejan de Crirniiir-iu-. Al aparecer el sol estaban le- 
jos va.... estaban salvad. 

Habian transcurrido qninre días desde estos su- 
cesos, cuando en una noche lluviosa en qoe la nieve 



caia á grandes copos, cubriendo con m capa diáfa- | 
na ios árboles \ la llanura, llegaron núes- ¡ 
Iros proscritos á las inmediacHjnes de Choisy. 
La noche eia espantosa. La mas dütisa oscu- 
ridad reinaba en la atmósfera, y al través de 
Iob' copos desnieve que volaban en alus del «tonta 
se descubrían las montañas fnl"'[;i mh.iiI >■ blancas. 
Algunos árboles desmesurados, esparcidos ara y 
acullá por el camino, parecían íaniastnas dispuestas 
á guardarle, y ia brumazón que. cubría sus ijescar- 
nados troncos cual una ropa diáfana, fascinaba al 
viajero con taimas íanUislieas cisiones. Soplaba un 
viento .penetrante que gimiendo por entre ia maleza 
imitaba oi> algttn modo los posli -nrus a\es de un n >>■ 
ributido. y su murmullo se confundía con. el lejana 
inurniiillo de Las aguas del Otse. 

Hendidos de fatiga, transidos de Ihijnliro y de 
frío, calados de agua, llegaron nuestros fugitivos á 
una posada poco distante de los muros óVChoisv. 

Angélica babia agolado dorante estos atrasos 
sucesos Lodos los recursos sábados del railiargo que 
había hecho el rey de lodos im bienes de su esposo, 
y solo á fueria de lágrimas logró que les diesen asi- 
lo en la posada, permitiéndoles enjugar sus ropas 
caladas de agua junio al lindar. 

Los demás viajaros al verlos les hiñeron silio 
con una airada de láslinia y respeto. Eduardo, que 
no podía resistir el piso de sus remordimientos, se 
hallaba gravemente enfermo, y Sa palidez de su sem- 
blaule junto con su aire distinguido fijó las curiosas 
miradas de todos tos circunstantes. También llamó 

tsu ateiirinn Angélica con su rara de .'miel y su dig- 
nidad- de reina, qire formaba ifn singular coirtrdiífe 
con !a miseria que parecía agobiaría. Niriéronh'S va- 
rias preguntas; pero viendo que no estaban nmvilis- 
puestos á responder á ellas, Volvieron á lomar el 
hilo de SU interrumpida conversación. 

— ¿La habéis 1 listo? preguntó uno de elloí'á ím 
joven recostado negligentemente en nn babeo. ' 

— Sí, esta mañana al salir de la iglesia, contestó 
este con entusiasmo. 

— fQñá herniosa es! ¿no es verdad? 
— TieniJ él airte de una reina! 
—Es un portento de belleza! 

— L'na mujer admirable! 
—¿Quién es atora snamanle? 

— El darjfte de Atenfort. Está nadando «a ta 
opulencia. 

— Como siempre. Esa mujer no conoce la dea- 
gracia porque no tiene alma. 



iJsil 



—No obstante me ha parecido' verla palidecer 
esta mañana al oir el prego». 

— ¿Qué pregón? 

—¿No lo sabéis? Mailly, que estaba condenado á 
muerte por conspiradur, se ha escapado y Se están 
buscando por todas partes. 

Los nroscrilos cruzaron entre sí una rápida mi- 

rada, v Eduardo por un movimiento, inwiluulano se 

cubrid el rostro' ion la cana. Pur fortuna nadie ob- 

■ . 

servó esle mowmieino, y los dos interlocutores con- 

límiaron su diálogo. 

— Y bien, ¿qué tiene que ver el pregón con 
Magdalena? . , . . , 

— Ese hombre ha sido su amante. 

— ;Q«« sencillez! Esa mujer solo tiene Los aman- 
tes pur vanidad; para ella son objeto de lujo y nada 
mas. 

Angélica temiendo que su esposo fuese recono- 
cido, pues no podía dominar la wok'üla sensación 

1 ■ I r 1 ■ I 1. 

que le agitaba, le ayudo a levanlarse porque se ha- 
llaba en un estado de ¿unía postración, y le llevó á 
un cuarlilo inmediato" donde el compasivo posadero 
acababa de estcmlrr un puco de paja. Luego le dejó 
solo, volviendo, [unto al bogar para oír hasta el fin 
ile aqurll;i conversación quelanld la interesaba. 

Eduaidu estaba agobiado bajo el peso de su an- 
gustia. Lo- renwdi^jentosile su pasada conducta, 
'.-: pesar de haber antepuerto aquella inláine mujer á 
su \irluusa Augéjica, el temor de ser descubierto y 
Jas angustias que |e¡ esperaban eoiurcslaule del viaje, 
lodo se piv-ifnlaba suc.esivameule á su imaginación 
y destrozaba su alma. Su miseria era smna, y cuán- 
tos, sufrí m ¡en kis les esperaban antes que lucrasen 
pasar la truLleral Nada le importaba ¡i él la muerte, 
perú ¿y Angelu:¿i: Angélica tan delicada; expuesta al 
liio, al hambre, a la fatiga, ¿qué sería de Angélica, 
qué seria de su tierno. hijo? Eran la o atroces Sus re- 
uiuiiliniieiiUJi; que deseaba espiar sii pasada condue- 
la cQii.algují penoso, sacrificio. Formó pues el pro- 
véelo de ir a pedir una. liniosnaá su antigua amante, 
y después de luchar algún tiempo éntrelo que él 
.creía su. deber, y su .orgullo, abrazó esle partido y 
salió sin ser visto de la posada. 

Quien le hubiese visto tan-ahalido pocos momen- 
tos antes, no le hubiera reconocido al Terle atrave- 
sar con rapidez los campas etibieríos de hielo, y sin 
hacer caso de I os< copos á e/nieve que blanqueaban 
su («"apa. 

La fiebre qae Je abrasaba le comunicaba "^ain- 






creíble ftvrza. Distingjiiasei lo lejos sobre las i ^ 






el rojizo reflejo Je tas hogueras encendidas por las 
tropas, esparramadas por aquellos alrededores. 

(Se continuará.) 

AngTl. triol- 







Kn uno do los números del diario oficial de Co- 
penhague ha visto la luz pública uor primera vez un 
documento ioleresante, cuto original se encuentra 
en los archivos secretos del Esludo de la indicada 
ciudad. Dicho documento es la carta que la joven y 
desgraciada reina Carolina Matilde, esposa de Cris- 
tiano VIH, rey de Dinamarca, escribid; desde el luga 
de su destierro el dia de su muerte á su hermano e 
rey José III de Inglaterra. Dice asi: 

«Soberano señar: A la hora suprema de la muer- 
te me dirijo á vos á i'm de manifestaros mi agrade- 
cimiento por las bondades que me habéis dispensado 
durante mi vída, y mas particularmente durante la 
época de mis dilatados infortunios. 

«■Muero tranquila y resignada, pues nada me 
rellene ya en el mundo, ni los atractivos de la ju- 
ventud, ni la esperanza de una felicidad incierta. 

«En efecto, ¿qué atractivos puede ofrecer la \\- 
da á una mujer que se hulla separada de Jos seres ;i 
quienes mas ama, como son su esposo y sus herma- 
nos v hermanas? La triste vida que yo lie pasado 
siendo reina puede servir de nuevo ejemplo al mun- 
do de que la corona y el cetra no son bástanles pa- 
ra librar á los humanos de infortunios. 

• •Declaro aquí que estoy inocente de los críme- 
nes que se me han imputado, y al consignar esta de. 
claracion sobre el papel me tiembla la mano y corre 
por ella un sudor glacial como el que precede á I* 
muerte. Soy inocente, sí; y pongo de ello por testi- 
go al mismo Dios que me ha criado y que bien pron- 
to habrá de juzgarme. Ruego á ese divino Señor 
que ¡uilií» de mi muerte se sirva iluminar ni mundo 
haciéndole ver que no he merecido ninguna de las 
"írribles acusaciones que contra mí se han fulmina- 
do, y con las que han tratado mis cobardes enemi- 
gos de mancillar mi reputación, arrastrando por el 
lodo mi dignidad regia. 

•Señor, prestad crédito á las palabras que salen 

los labios de vuestra hermana moribunda, que 
Ȓdo" reina, y mas aun como cristiana, apenas osa- 
ría uvocar ningún recuerdo de la vida eterna, si su 
última confesión oo fuese sincera. Muero conten- 
ta'? , liúis creerme, pues los desgraciados bendicen 
K ' .ore la hora de la muerte. 



■■Mas esperi mentó un pesar mas horrible que la 
misma agonfa, por no verme rodeada en torno de 
mi lecho moribundo de ninguna délas personas 4 
quienes amo, á fas que suplicaría si aquí estuviesen 
que me diesen un último adiós, que me consolasen 
un poco T : tendiéndome una mirada compasiva, y ine 
ayudasen á cerrar los párpados para siempre. 

«Sin embargo, no me hallo tatas Dios, único tes- 
tigo de mi inocencia, rae contempla en este momeó- 
lo en que postrada en ni i tríate lecho sucumbí) vic- 
tima de has padecimientos mas agudos. 

■ El ángel de mi guarda esliende sobre mi cabe- 
za sus alas, y se prepara á conducirme ¡i la mansión 
en que podré tranquilamente rogar á Dios lanío por 
las- personus á quienes amo como por mis vor- 
; dugos. 

A'liiií. hermano mió: el rielo os colme de ben- 
diciones, asi romo también i\ mi esposo, mis hijos, 1:1 
Inglaterra, la Dinamarca y el mundo entero. Y yo 
entretanto os ruego que mandéis que mí cuerpo sea 
depositado en la tumba de mis mayores. Recibid el 
último adiós de vuestra desgraciada hermana 
«C.uiolisa Matilde. 

fCeltefen Hannover) 19 de mayo de Í7Í5. 



Hft»A-9(^4«^- 



UN BIES EN LA ALDEA. 



(COKCLrSIOB.) 

— Di me que si, herniosa Ida, dinie que me amas 
como el día supremo que alzando tus helios ojos al 
ciclo le hacías testigo de la le de tus palabras. Oh! 
si vulvicra yo á escuchar aquellas frases tantas ve- 
ces recordadas, lanías veces analiodas, porque ellas 
eran un rayo de luí que siempre me iluminaba; mi 
coraron senlia un bienestar inesperable cuando sin 
cesar las repelía. ¡Qué dulce era el eco que entre 
sueños engañadores escuchaba! si, engañadores por- 
que en aquel instante en que cual una aparición ce- 
leste aumentabas mi pasión, tú prodigabas lus cari- 
cias á otro hombre mas dichoso que yo; pero no, lú 
no has podido decir á otro, que Enrique: «le consa- 
gro mi vida entera» . porque tú no eres de esas mu- 
jeres que juegan con las afecciones mas santas del 
alma; tú solo has podido decir una vez y á un solo 
hombre: «te amo, sin tu amor el firmamento se cu- 
bre para mí de nubarrones cenicientos y tristes, mi 
alma no respira tampoco el perfume de las flores, las 



montañas no me parecen majestuosas sino cuando I sas de Castilla, y yo, quiero que el hijo sea rico. 



las contemplo apoyada en tu brazo!» ¡Qué celeste 
era aquel día lu mirada', aun me embriaga de amor 
su recuerdo; que oiga yo de tu boca que la memo- 
ria de mi constante amor le es grata y que te digna» 
colocar sobre tus hermosas sienes la corona podero- 
sa de los marqueses mis antepasados. ¿No calculas, 
Ida bella, lo que he sufrido por tí cuando otro liona. 
bre pudo llamarle su esposa? ¡Cuánto be llorado, 
cuánto be padecido! y todo este martirio que he lle- 
vado con tanta resignación ¿no ha interesado lu co- 
razón? Piensa en aquel día de abnegación, en aquel 
día que le tenia en mis brazos y podia hacerte mia, 
huir contigo, pues tu casamiento auu no estaba con- 
sumado, porque por una de esas combinaciones de. 
destino, aun no concluida la sagrada ceremonia, ej 
sonido de llamada que nos habia separado al píe del 
ara te arrebató también á Pedro, solo que él no tenia 
que hacer traición á ninguno de sus juramentos pa- 
ra volver á estrechar su mano con la tuya! 

Pero tu corazón, continuó Enrique, entonces y 
ahora d be ser mió y no ha podido pertenecer á 
ningún otro, porque mil veces me has jurado amar- 
me hasla la muerte. Aun me parece que me encuen- 
tro poseído de aquel vértigo que corría por mis ve- 
nas; le estrechaba contra mi corazón, le tenia en mis 
brazos, tenia en mis brazos á la mujer amada deli- 
rante como yo de amor, que impulsada pur un vér- 
tigo desconocido me decía que me amaba, me recor- 
daba la historia de nuestra pasión, de aquel amor 
tan puro como el ciclo; y á dos pasos de nosotros es. 
taba el hombre que me la arrancaba de mis brazos 
en el momento que mas la amaba. Porque vivir sin 
ella era una agonía terrible, pensé huir, pensé en: 
ello; pero una mirada suya fué mas poderosa que ni ' 
pasión; ella me ordenaba depositarla en los brazo* 
del hombre que la sociedad le daba el derecho de 
llamarla suya. ¿Te acuerdas, Ida? Yo mismo te con- 
duje hasla él, hasla aquel que me habia usurpado lu 
posesiou. Mas ahora eres libre y puedes decirme: 
t Dios lo ha querido, Enrique; él solo ha querido que 
sea luya, luya para toda una eternidad. « Pero, Ida, 
respóndeme; estás pálida y convulsa, y estrechas á 
lu hijo contra tu corazón; no llores, Ida mía: Carlos 
será mí hijo ahora y siempre., Y tú, pobre niño, ¿por 
qué unes tus lágrimas á Las de lu buena madre? Ven 
á mis brazos; ya no eres huérfano, eres el hijo del 
poderoso caballero del Olmo; eres rico porque tu 
madre desde hoy es una de las señoras mas podero- 



tan rico como su madre, 

— Gracias, Enrique, dijo Ida alzando su hermo- 
sa cabeza; gracias por mí, gracias por mi Carlos; 
pero la esposa de un héroe solo puede pertenecer á 
sus recuerdos. Vuestras ofertas impresionan mi co- 
razón, este corazón que algún día os pertenecía lo- 
do entero; pero ya oslo dije eu otra ocasión; Ida ha 
muerto desde el día que entregó su mano al mejor 
de los hombres; sí, ha muerto, solo puede vivir pa- 
ra su hijo y sus recuerdos. Por lo demás, vuestro 
amor me llena de orgullo, porque sois digno de que 
se os ame como yo os amé algún día. Escuchadme 
bien, Enrique, mí corazón pertenece á lu memoria 
'li'l padre da mi hijo; nadie tiene derecho á dispu- 
társelo. El humilde aldeano engrandecido por su va- 
lor es mas noble para mi que los mas ilustres seño- 
res de la tierra, y nadie puede llenar el vacío que 
él ha dejado. Vos soií, Enrique, demasiado genero- 
so; valéis uiucho para que os quiera otorgar un 
amor que uo os pueda pertenecer esclusívamenle. 
Algun dia'el recuerdo de Pedro me entristecería y 
vos podríais exigir que sonriyera; entonces, creedjo, 
sufriría mucho, las almas como la mia, que cdiu - 
j prenden toda la poesía del amor, no pueden entre- 
gar su mano al hombre que amaron, después de 
haber visto caer á sus pies deshojada la blanca coro- 
na que adornó su frente. 

V estrechaudo contra su corazón al pequeño 
Carlos, esclamó: 

— Tu madre solo vivirá para tí„hijo mío. 

Ida alzó con orgullo su hermosa cabeza: habia 
triunfado el amor maternal. 

En aquel momento llegaron los amigos de la be- 
lla castellana. Luisa, la interesante Luisa también 
vino con el corazón oprimido á colocarse al lado d"e 
su hermana para escuchar, según ella creía, la noti- 
cia de su casamiento. Estaba tan pálida, y sus ojos 
tan lánguidos y tristes, que no se la podia mirar sio 
emoción, 

Enrique se aproximó galantemente á la pobre 
niña y le prodigó algunas lisonjeras palabras, á las 
cuales la candida Luisa apenas pudo contener sus 
lágrimas. Enrique comprendió lo que seulia aquella 
alma inocente, y sesonriyó. Su amor próp?rt. estaba 
satisfecho: Luisa era perfectamente hermosa; sil -**ir 
tro tenia esa aureola de inocente tristeza que sein. 
prime en las frentes juveniles con el primer rayo que 
preside al amor. 



I 



"-Ka'tnlré'táiilcr.'i'iíí^iwsícliácet un delicado 
iplimiento á cada uno de-sns iWolfebí', JCs paftídi^ 

. e sil deseo de verlos era para anunciarles" que 
la lipiria se hahia dignado conceder á su lujólos tí- 
tulos qué el desgraciado Pedro habla ganado en «l 

tta.üu „,-,„.;,..,-, 
campo enemigo 

— Este rasgn, scuores, dijo Ida, no necesita co- 
mentariós- Mi hijo no olvidará ¿tinta que es híjd 
de un laíiénlé; su padre quiso morir ¡¡brazado ¡i su 
bandera, v mí hijo será digno, señores, de kis Lon- 
cíados de I." jjían Reina ijue ocupa el Ironía de San 
Fernando, v morirá si ucee jario fuera como SU Ü us- 
trc padre, esclavo de sus juramentos. 

Enlomes Enrique se indinó respeluosaujeiile (lu- 
íante de Ida, y k' dijo .algo cuumotidu: 

— Yo quiero laminen, señora, que este, -dio, sea 
para mi soleóme. Os demando eu presencia de -vues- 
tros, amigos la iimnu 4*-'^ señorita 'Luisa vuestra 
heniiana, 

La joven vertió dos preciosas I á» rima 5. Enrique 
había llenado los deseos de Su cuni/un elevando á la 

t hermana de Pedro hasta él. 
Ida eojíeitdo de Ja mono á la pobre niña, casi 
ilcsm.ivada de reinitas de Ama impresión lan fuerte 
como la que había recibido sti corazón: ■ 
— Seuorei, dijo cón'acé'mó sumáineoíe conmo- 
vido, aquí tienen Vds. á la 'esposa del caballera En- 
rique. Y lT¡,¥rermriu,i niin. acuérdale que érafs una 
humilde bija del pueblo; este recuerdo, Enrique,! 
.contribuirá ¡i tu es ¡ra felicidad, no lo dudo, porque] 
su .ilut. i es (j.-rniaua de la de Pedro. V tú, nioa mía, 
sé siempre digna del espeso que el cielo te da: 00 
olvides que todo so ío debes. Si, Enrique, estoy bien 
segura, dijo alargándole su mano, que sera digna 
de ¡levar ej lindo de marquesa del Olmo. 

l'ti mes tan suba he vieido al lado de la interé- 
same Ida v ilu sil hermoso hijo; su delirio pur este 
(linio tío se puede espfesar. Los jóvenes marqueses 
son completamente felices. El amor de Enríq'á'i 
<-ia Wa se ha convertido ..en urja adoración respeiuo- 
-sá que ni» encierra ningún, pensamiento terrestre. 
,.lVra se puede amar do trira manera al Jado de la 
candida Luisa.' Creo que- nu. Ella üie decia el día 
,que laf Tflojé poníanlo 5e.n1ijaiwnto: 

,,"*"" — ¿No es cierlo, amíjni tilia, que mi mes en ra 
-á'IJláía ha sido'sirurtclile liempo para conocer que 
*y llama (un justicia a Ida el ángel consolador de l.i 
montaña? 



1 Luisa tiene raion: mujeres como Ida pertenecen 
al cielo. 

- 

ViilnMii n. rtc l>rrinii 



Poesías nu i.v srvftRiTA Gkassi. — Llamamos la, 
atein-iuii ile me'-tni- mi-i j horas sobre el anuncio de 
est.is pítcslnsiqnehíiPUararter! su lugllr cnrrcspunilieto-' 
le. ¡Por falla de [iciupo no demos pórfido ocuparnos 
de ellas, pero eo el iii'uihto inmediato un dejar tiritas 
de consagrar algunas l.ineas á las bellísimas coinnu- 
siciones que contiene el libro de nuestra ilustrada 
amiga. 



Et-Bco yATPiiTiAií,«— Esle es el título (leona oom- 
i'i."-i¡'iim puétioil que ara Lía de escribir la ruuucidn 
aotríj U. J Josefa {íiiu, ppo unitivo del iialalieiu de 
la Princesa de Asturias y, del infausto aoinlcriiiiíen- 
to del dia '1. %o benios léiiidu el yu-lo de leerla, 
pU9s su autora, ron tina InodestTa ipte la honra 
bremanera, \n (r.t ímpresn snl.imente con el firi di 
repartirla cutre las personas ile su amistad; ppro i 
jníjjar jifir los elogios qne de ella [lacen los pertédi- 
cus, y por las octavas que mserlnums a cimiínna- 
riun, jhj pudi'iuos Oieuos vli! ielicilur Ú la scimra Ki- 
?.o por las buenas disjiosiiaones que revelan sus ver- 
sos para el iIijIcíhiiio leu^uaye de la ]ioesia. 
l'i -eres njil a] Klerno en son doliente 
Elévanse en el leinpki sacrosanto, 
Ruegan al H»r Supremo Omriipótéhté 
Salve a la'Heinn ib- eonfliito Imito. 

V csi lleiiia ni.ijii.iiiiiiia y .ilcmeiile 

(Juc IVhIHíi de su pucltlo el dulce iiu .-ailo. 
Sálvala ;ut Din.s!. [iniinnicia el col li-siiuj; 
Siilvala [iib llios! repite, el aldeano. 

Xo llav un Milu bspan'pl que |mr ilé'spn' 
lie ,ilta, de loiuiible o de medi.'in;i esfera. 
Ame el iilliir d« D|us pueslo ile liinojus 
Su vida pnr la.lti'ina no uficcieca; 

Y sin lémur, sin llatilii Je sus, ojos. 
La sanare de sus venas no vertiera. 

V" no es por cierto nueva aquesta hazaña. 
IJue es piüiverbiat en la valiente España. 

TxtjNcio. - 

POfestii 

de Id Wüorittt doña .-tilgeíd fírossi. 

Véndese. ;í 4 rs. 'en Ins líbrerias de Moníer, cm>- 
rera dt S.. tierdniroo; Kbs, calle de Jacoiuettiet»: 

Oliveres, calle de la (anicepcion tierOiiim.i. v en ia 
imprenta de este periiidicu, calle de Muiia Ciialii.a 
iiúni. S cuarto bajo. 







MADRIIÍ, i8!ia. 



* 



Caite de Haría Cristina, número 8. 



■ 



Aña 1. 



Domingo 7 de Marzo de i 852. 



Núra 32. 









LA MUJER, 



PEIUODICO 



escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Esle periódico sale todos los domingos; se suscribe en Madrid rn las librerías de Honier j de Cuesta, á i rs. al mes; j cO príria- 
t(j¿ tO rs. por dostne-seí fraileo de ptirtc, reirjilien 'ounaltbranía a favor de nuestro impresor, ú sellos de franqueo. 



ADVERTENCIA. 



Rogamos á nuestras apreeiables susi ■ rilo ras de 
provincias de los [molos en que no tenemos corres- 
ponsales, se sirvan remitirnos el importe de lasus- 
cricion vencida, por medio de una libranza sobre 
Correos. 



Sin duda habremos sido calificadas de esecsiva- 
mente austeras, y quizá también de profesar ideas 
rancias, por muchas délas que hayan leído nuestro 
articulo de. entrada del número anterior; vaallí ma- 
nifeslamos este temor, que no nos retrajo por cierto 
de publicar aquel articulo, en que al condenarla in- 
timidad que Jas madres á la moda establecen en el 
IiíiIo con sus bijas, nos pronunciábamos en favor de 
la rigidez y reserva que observaban las madres en 
tiempos aun no muy remolos; no porque el estrenio 
de estas !o juzgásemos enteramente bueno é inmejo- 
rable, sino porque no conducía á las desgracias que 
hoy lamentan lanías infelices vieliujas dei descuido ó 
ceguedad desús irreflexivas madres. 

Al juzgar de este modo, al recomendar á las ma- 
dres que volviesen sobre sí y huyesen de eslahlecer 
con sus bijas ese trato sin reserva ninguna, esas 
confianzas sin miramientos, era porque comprendía- 
mos que entre esos dos eslremos cabe un medio jui- 
cioso, cabe cumplir los deberes de madre sin la rigi- 
dez rigurosa délas antiguas, sin ia peligrosa y re- 
prensible intimidad con que lo hacen tas quetodo lo 
•aerifican al deseo de ser tenidas por mujeres á la 
moda, todo, basta la felicidad futura de sus bijas. 

Li observación de las de sgracias á que son ar- 



rastradas muchas jóvenas de esa manera educadas 
por sus mismas madres, y la contemplación de otras 
mujeres respetables que sin hacer de sus hijas sus 
confidentas. ni convertirse ellas mismas en las inter- 
mediarias de sus amoríos, saben ser apacibles en su 
trato, inculcándoles con dulzura rígidos principios de 
virtud; que saben ser tolerantes sin debilidad, ha- 
ciéndose amar hasta cuando corrigen y reprenden; 
la contemplación pues de esas nobles mujeres, siem- 
pre juiciosas v prudentes, severas únicamente consi" 
go mismas, v exclusivamente dedicadas á ejercer tan 
sagrados deberes con la religiosidad que exigen, v 
enseñando con su ejemplo mas aun que con sus pa- 
labras, nos sugirieron las observaciones del artículo 
anterior, al que puede servir de complemento el pre- 
sente; arrostrando por el temor que ya hemos mani- 
festado de ser calificadas de excesivamente rígidas, 
pues á tal se espone quien condena las costumbres 
que van eslendiéndose, por mas que sean conde- 
nables. 

Pero contentas sufriremos esta nota sí consegui- 
mos advertir de su estravío á algunas madres ilusas; 
prevenir para que no caigan en él á las que aun no lo 
sean, é impedir tas desgracias de algunas hijas infe- 
lices cuyas madres hayan sido hasta ahora arrastra- 
das por el influjo de esa moderna y perjudicial cos- 
tumbre, y á quien nuestras reflexiones aparten del 
mal camino. 



*$mm 



Ss» 



.48 míi* 



;*> ¡ 7 o^nimofl 



1 ■"/ 



I GRANADA. 






Cual en bello y variado r-aottÜJIoi 
Eurniado «le las.ttnrej tmt* («redadas v 
Con que Dios adornó el Edén primero, 
Se eleva altiva unaciudad galana. 

La sirve de dosel un claro cielo 
Cuyo fulgor jamás la bruma, t-menoa, 

lYeWAmhM&Mti^ X 

Que ofrece mil perfumes ü su planta. 
Eñ hebras d« cristal por la pradera 
línllkiosós ¿rrpjos se desatan, 



i niii ni 






Que espejan en sus ondas temblorosas 
El claro firmamento y las montañas, 

V se dealiíiia etilfe blancas qurijas. 
O tímidos.; l*op¡ia¡íaii en la gftma , 

Q se t'iiiundeniíieinltííenljB.las Dore* 
Üua, sobre su crisol forman §u¡rpfldas. 

Entonando mil trinos armoniosos 
Los be|lo& pajarillas sorsolazau. 
iluíiúnéuse en su linfa transparente, 
O formando sps nidos en las raju^s. 

Y juman sos apéalos seductores llu , B | 
Con el.murriinüo de la fílenle. clara, 
ll los blaiidús.suspinj) dv la bris3 llt , 4 ira f,.^ 



Ante el iJJólq limuuia de la España. 



tu eslu Edeu Je célica belleza, 
¿íeiuVii altiva la inmortal lirauada, 
Qioa] rica en hermosura peregrina 
Rica en recuerdos que su gloria ensalzan. 

El viajero al luirar íus._miitaretes , , ,,-,^'1 
De atimir^iüoM sublima AV. embriaga, 
\ doblando leí ijonlela rodilla: 
(."loria ii /¿tañada, en su entusiasmo csrlama! 

Cada piedra recuerda allí una historia, 
(.¿da. palacio iiuit gloriosa haz a üa. 
Cada suspiro de la. brisa, pura 
Un desdichado amor recuerda al alma. 

Y en los murmullos de la clara fuente, 
En los ayes del aura perfumada, 
Cree escuchar los tímidos suspiros 
Que suelta en' su dolor bella sultana; 

los acordes sones [melodiosos 
Con que sus tristes quejas acompaña 
Altivo Abencerraje, que sumiso 



Implora losfav 



avores de su dama. 
La mente en su ilusión una Iras otra 
Va -íVacasilo las soiiilif.ii vcnernJas 
l>ei pveb> de Ismael: recuerda triste 
Sus borfos juugos, sus alegres cambras. 
Ay! lodo se acabó: matrona ilustre 
I ) | )| fjura al verla en poder de (urba ostra ña, 
¥ á Granada, mis hríivris campeones. 
Llena <lt le <nn entusiasmo esclama.. 

Infunde aliento á la región cristiana; 
Tiemblan los Sarracenos alrrridos 






Y fascinados con su cscelso oombréi__^_ 
Ciegos con el fulgor de su mirada, 

No aciertan á esgrimir tí fittte acero 

Y abandonan el campo de batalla! 
Ella solo venció; solo ella pudo 

Abatir tantos héroes- á so planta, 
- "One pensaron luchar solo ron hombres ' ""'1 

Y se rindieron ante hermosa maga. 
Vedfoieubrírto* de v*rgü>iwí» -j oprobio 

Cual corren en tropel á tierra estraña 

Llorar sin tregua su perdida patria! 

Y al lanzarse á la niar ven cual onden 



Que agiM «fl torno sus UgefiM aUs. ' E , p^y ÜtWJllA Sóbrela Alharübra, 

Uo se mira un vil alomo de polvo 
Brota esplendente allí no* Huí galana; 
(ion suspiro* de amor rt.s]ioDde el suelo 
Do imprime el hombre &u, atrevida plaula. 



Y «adius Granada.. , entre áfltóioS gritan, 
Yergv] lifnnnso de la hermosa España» °' llf 

(tH para siempre adiós! nuestras cMM 
• Nd dormirán bajo la altiva palma 



1' 



' ' íthíe su sombra prestó de nuestros padres 
ÍA las yertas ceniías voiirradas! 

ÜN es baldón para ti. Granada bella, 
'Ei proclamarte de ¡sabe! esclava; 
<fNo luchan los mortales contra el cielo, 
Yhuri celeste te rindió á su planta!* 
Murmuraban asi los Musulmanes 
Arrodillados en la triste phiVir, 
Dando un postrer adiós al paraíso 

Do saludaron, al nacer, el alba; 

* < 

Las madres á sus hijos sollozando 
Les muestran la ciudad.. . gritan venganza.' 
Los anciano» que allí morir rreveron 
Se mesan ron dolnr su blanca barba! 

Y mientra» que mil gritos de victoria 
Soltaba aleare la lej;iun crísliaaa, 
4ííios, odios, huyendo repetían, 
\ aíüoj, adiós, el viento murmuraba! 

Gloria, babel, á tí: dícbosoiastaple 



En que anuló la voz ta ley nefanda 
Del Profeta falaz, y en su Mezquita 
Del Salvador brilló la efi<'ie saülá.' 

Gloria, Isabel, á tf * por irr denuedo 
Su joya hermosa recobró' la España, 

»Y con orgullo al eslrangero altivo 
Arrojo para siempre de su patria. 

I Aquel tíénrpó pasó! lambían los -héroes 
A la muerte fatal tributo pagan.;.. 

Isabel espiró tu pfAleWO 

Perdiste lü á la par, bella Sultana! 

Fué rayo de la guerra el quinto Carlos 
E ilustró losa un les de la España, 
Pero con torpe maim bis bellezas 
Destruyó' para siempre d> tu Albnmbra, 

Sus bij>s le olvidaron, reina hermosa, 

Y de ür altivo solio derrumbada. 
Vegetas entre escombro? sifi ftArsoelo 1 
Lforíttfdo ;ar triste! iu perdida fama. 

Solo le queda ya de tu belleza 
Esa natura fértil y lozana, 

Y ese esplendente ^ol que, triste alumbra 
Los restos de tu gloria marchitada. 

Cayeron uno á uno 1 tos diamantes 
De tu escelsa corona soberana. 

Y una á una las piedras se derrumban 
De bellos momimenlns que fc bf&fflgjfift 

Por esto el peregrino al ver tu suelo, 
iinndtia seas, ron fervor fsehrma, 

Y se anublan sus ojos con el llanto 
■ A! recorrer tus calles solitarias!' 

i Y por esto en l.i noche silenciosa 
' Mil suspiras do quier llevan bis a ora-i; 
Son los aves dolientes que en sus tumbas 
Tus paladines ai mirarte eximían! 

Vuelve. Granada, en tt; rerobra altiva 
El cetro que tu inercia le arrebata, 

Y alentando á tus hijos gátiewsUi 
Te ostenta digéa de tu antigua fama. 

De otea un iota Isabel el dulce nomLce 
Portentosos milayros hoy alcanza, 
Que es talismán hermoso q«c convierte 
En altivo y gigante/al que le adama. 

Ve y póstrale» sris pies: so pecho es gratínéS 
Su aliento es inmoflal, invicta su alma. 
Ella escuche tu acento lastimero, 

Y aliente con su voz tu empresa santa, 
V<- y póstrale á sus píes: su fuerte mano 

Del tiempo borrará la huella osada, 

Y creciendo á su sombra en poderío 



El muadu entero besará tu planta! 

Enlazado tu nombre ron su nombre 
Pasen n nidos á la edad lejana: 
Isakí de Granada digna sea, 
•Y siempre digna de Isabel Granada! 

Abuela (íraail, 

' 






EL HASTIO (1). 

El deseo esecsivo de hallar el bienestar y la fe- 
lir-idad en esle mundo ciega, mirchas Teces basta e! 
punto de conducir á la desgracia, al hastío y aun á 
la desesperación. Ocúrrenos esta reflexión siempre 
que vemos á algunas mujeres que consumen su exis- 
tencia en it na, aliso liria inacción, porque considera 
ron la holganza como e! supremo bien de la vida, y 
solamente dtallaFOn allí, donde imaginaron la dicha, 
ei hastio, el aburrimiento, la infelicidad, La infeli- 
cidad, si. porque todas tas riquezas de esle mundo. 
y todas las dotes inórale; imaginables, solo sirven 
para aumentar ese malestar, ese disgusto particular 
de quien se halla sumido en tan triste situación. 

General rue-ole esta enfermedad moral es< patri- 
monio esclusivu de Lis personas ricas,- y si supieran 
los pobreS la ventara de que gozan solo con bailarse 
libres de ella, seguramente no envidiarían las rique- 
zas, el fausto y la- opulencia, que suelen nrudncir 
tamaño mal cuando no se sabe precaver, cosa que 
no es lah fácil como á primera -vista parece, v me- 
nos por las personas de nnestro sexo, por lo cual 
nos hemos decidido á escribir sobre él para indicar 
los medios de evitarlo. 

El hastío,- hijo ¡té la inacción, de la holganza y 
de la saciedad, convierte todas estas condiciones en 
instrumentos de pena= y de disgusto- la mujer rica 
que se halla bajo su influjo envidia al pobre sus po- 
breza, al trabájánor su trabajo, y basta al desgra- 
ciado su definiría ysu'desespcracion. 

¿Y por qué no sale de tan lamentable *stado, 
cuando tan fácil os al parecer? Porque el hastio es 
un vicio y h condición mas fatal de lodos los vicios 
es la dificultad que hay para abandonarlos, porque 
se inoculan, digámoslo así, en la existencia de una 
manera tal que generalmente solo abandonan al in- 
dividuo cü;indo deja de existir. 
_ 

(l¡ Tanto este artículo como los riemi.t que en lo suce- 
sivo vayan firmados con tres ylrettitas, mu debidos a la 
pluma de iirra'tU 1 Ira- Apreciables literatas tjne en nuestro 
última Prospecto dijimos liaitvriMS rilreenlosii iniportaute. 
colaboración. Damos tas gracias á nuestra ¡:ini^a por el 
deseado cumplimiento dé "SU [frontesa. 






El 1 s . i s i i m puede prevenirse fácilmente, pero para 
arrojarlo de sí la persona que se halla poseída de él 
necesita esfuerzos de que raras personas son capaces. 

El trabajo, esa santa costumbre de trabajar, de 
dedicarle contiimamen te á alguna ocupación, es el 
remedio único de lan terrible enfermedad. Así por 
hoy dos limitamos á recomendarlo ligeramente, sin 
perjuicio de ocuparnos otro día del trabajo á que 
puede dedicarse nuestro so. 10, pues lo consideramos 
digno de un artículo exclusivo, tanto por los males 
que puede evitar como por las ventajas y bienestar 
que produce. — " ' ' 



Tú recuerdas ¡i mi alma la armonía: 
Venid ¡ob sueños que me dais aliento! 
Venida iluminar mi fantasía, 
Venid á engrandecer mi pensamiento. 

Tú canias la preciada maravilla. 
Sania reliquia de la edad pasada. 
Orgullo de los tercios de Castilla, 
Conquista de Isabel idolatrada. 

¿Quién sino tú, matrona esclarecida. 
Antorcha de la íé, claro lucero, 
A la altiva Granada vio rendida 
Al relumbrante brillo de su acero? 

¿Quién estrafla que vuele tu memoria 
De siglo en siglo como el aura bella, 
Que brilles sin rival en nuestra historia. 
Como en el firmamento clara estrella? 

Reina inmortal, del castellano suelo 
Madre le llamas, madre casta y pura; 
Tú derramaste por do quicr consuelo, 
Formaste de iti pueblo la ventura. 

Su bélico clarín el pecho agita: 
Angela, di, ¿no es cierto? su memoria 
Alienta el alma, que entusiasta grita: 
■Nunca pndrá morir, nunca, su gloria.» 

Viste á Granada cuando el triste manto 
De la noche cubrió su faz divina; 
Angustiado tu pecho brotó en llanto 
Al ver que ni uua estrella la ilumina. 

¿Donde está su poder y su grandeza? 
¿Qué se hicieron sus bravos rauípeones? 
Tu corazón se oprime de tristeza 
Aí ver, dices, ya rotos sus pendones. 

¡Cuál le anima la gnerra! Tú la ensalzas 
Mientras que á inísu nombre me entristece; 



Cual eco de la gloria ardiente te alias, 
Mas con su estruendo mi pesar se acrece. 

Con triste llanto la marcial pelea 
El suelo riega de la patria roía; 
Que minen ante mis ojos, nunca vea 
Trocarse en desconsuelo su alegría. 

Sí, desde Covadonga el gran Felayo 
Con guerra engrandecióla patria amada, 
La guerra fué también terrible, rayo 
Que hundió la media luna allá en Granada. 

Pero esa guerra que el cristiano hacia 
Era guerra de fé, nunca ambiciosa 
La corona del héroe se mecía 
Con máximas sombrías y dudosas. , ■ , 

La paz, dulce palabra, seductora. 
La paz alumbra la esperanza raía; 
Ella es del inunda madre protectora, 
Ella tan solo amparo y alegría. 

S*(a lia a. de t'trr*»!- I 



ANGÉLICA. 

II. 

¡CONTJSrACION) 

Era una verdadera imprudencia atravesar aquel 
país cuajado de soldados realista que hubieran podi- 
do reconocerle; pero su tierno hijo estaba en Cboisy 
confiado al cuidado de la anciana Úrsula, y querían 
recojerlo antes de pasar á un pais eslrangero. A este 
efecto habían convenido que la anciana saldría con 
el niño de la villa, y se reuniría con ellos en la posa- 
da donde se habían hospedad u. 

Eduardo resuello á llevar á cabo su sacrificio, v 
á entrar en aquella ciudad do quizás In aguardábala 
muerte, oyó sin estremecérselos gritos de lostienti- 
nelas, v á favor de la oscuridad logro introducirse 
en Cboisy sin ser visto. Todas las puertas estaban 
cerradas, los habitantes dormían y atravesó sin tro- 
piezo sus largas y tortuosas callejuelas. Dallóse por 
fin á la puerta del suntuoso palacio que había pre- 
senciado todas sus glorias y su horrible desgracia. 
¡Cuántos tormentos apuró el infeliz durante el bre- 
ve momento en que permaneció indeciso en su din- 
tel! ¡Cómo había sentido palpitar su pecho d* urgu- 
Ilo en aquella noche en que triunfante fué á rendir 
, sus laureles á los pies do la hermosa Magdalena: 
j ¡Quién le hubiera dicho entonces que se hallaría 
! otra vez á sus puertas solo, prosurito, miserable, y 







volverla á subir las gradas de aquella escalera para 
pedir una limosna: El orgullo hizo (laquear su reso- 
lucion ; pero echo una mirada á la caso poco lejana 
donde quizás en aquel instante dormia su tierno n¡- 
ao, que al dia siguiente tendría que compartir su 
miseria, y este recuerdo le devolvió el valor. Subió 
apresuradamente tas gradas de la magnífica escalera, 
embozóse bien en su capa para no ser reconocido do 
los criados, y se dirigió á una escalerilla secreta que 
guiaba al aposento de la encantadora de Cuoisy. Mil 
veces, amante favorecido, babia entrado secretamente 
por aquella puerta, que añora estaba Cambien abierta 
para franquear la entrada al duque de Alenforl. 

Eduardo abrió temblando el resorte, y se halló 
en el retrete donde habla oido lanías veces del labio 
de Magdalena el juramento de amarle eternamente. 
Estaba adornado con esquisíla elegancia. Magníficas 
colgaduras de damasco encarnado cubrían sus pare- 
des: cortioáges Illancos con franjas de oro y plata 
ocultaban sus ventanas; muebles preciosos le adorna- 
ban y un pebetero de oro, en el que acababan de que 
litarse esquisitos perfumes, difundía en torno un de- 
licioso aroma. 

A favor de la luz opta y suave que despedía 
una mariposa, se veía á la encantadora de Chuisv 
reclinada muellemente sobre un magnífico sofá cu- 
bierto de damasco bordado con oro. La sencillez de 
SU vestido blanco contrastaba con la magnificencia 
del aposento, y la hermosura delicada de su sem- 
blante ia hacia comparable á una virgen de Rafa»l. 
Delante de ella se veía un arpa. Sus dedos discur- 
rían con agilidad por las cuerdas, sacando sonidos 
tan dulces y armoniosos que acompañados con su 
voz encantadora formaban una melodía angélica. 
Magdalena estaba de espaldas á la puerta. Ov<> ti 
ruido que esta hacia al abrirse, y creyendo que era 
el duque tomó su postura mas seductora y entonó 
su canto mas melodioso. Luego cerrando Jos ojos con 
voluptuosa coquetería, tendió muellemente su mano 
al que creia su amante: Eduardo pálido y tembloro- 
so no la estrechó entre las suyas, y se adelantó si- 
lenciosamente hacia ella. 

Magdalena sorprendida por aquel inusitado des- 
den abrió los ojos, y arrojó un grito de espanto al 
ver delante de sí á un desconocido, 

— ¿Quién sois? ¿qué queréis? esclamó levantán- 
dose asustada. 

Eduardo se descubrió,' pero estaba tan desfigu- 
rado que su antigua amante no pudo reconocerle. 

— No os conozco, repuso Magdalena retroce- 






diendo y procurando traer á su memoria dónde j 
cuándo había visto aquel semblante. 

— Soy yol... soy vuestro aniiguo amante, soy 
Eduardo de Maillv, dijo crin voz lenta el proscrito. 

Magdalena soltó un grito que le arrancaban la 
sorpresa y Jos remordimientos, y se cubrió el rostro 
con !as manos. 

— Sí; soy aquel Eduardo á quien jurasteis eter- 
no amor v á quien habéis ignominiosamente vendi- 
do, repuso este con solemne acento; pero no vengo 
á reconveniros, señora. Yo también soy culpable y 
es preciso perdonar para que Dios nos perdone. Ven- 
go solo á pediros una limosna para mi pobre esposa 
y para mi tierno hijo, que están próximos á perecer 
de fiambre y de miseria. Si no se ha borrado enie- 
'■ ramente de vuestra memoria el recuerdo de vuestro 
antiguo amante, apiadaos de nosotros. Solo os pido 
en su nombre una limosna. Una limosna, Magdale- 
na, por amor de Dios! 

— El acento de Eduardo revelaba una desespe- 
ración tan profunda, que Magdalena se sintió con- 
movida; pero recordando que el duque Alenfort po- 
día sorprenderla y culparla por su compasión, agitó 
violentamente la campanilla esrlainando con dureza: 

— Yo no os conozco, no os he conocido nunca, 
no entiendo lo que queréis decirme. Juan, añadió 
dirigiéndose aun criado que se presentó en el dintel 
de la puerta, ¿por qué dejáis penetrar mendigos en 
mi aposento? 

—Señora!... griló Eduardo tüá indignación. 

— Idos, repuso Magdalena: si queréis una limos- 
na hela aquí; pero dejadme, y arrojó un bolsillo á 
los píes del proscrito señalándole la puerta. 

fSi continuará.) 

An ir.'l.i <. m*I i . 

»*n^T; i<m « 

Creemos que nuestras suscritoras leerán con 
güito el estélenle juicio crítico que lomamos del 
EitiQijo sobre ta literatura española contemporánea, 
que está publicando en los Estados-Unidos la céle- 
bre escritora anglo-amcricana Asita Geohüe, y cu- 
yo asunto es una de nuestras mas distinguidas poe- 
tisas. 

ni tul srivp TOU 
á brief epitome of ter íiTtoeí. wbicb 
inl.iloil un it large and to il.".i nverít 
wuuld nuke an ampie stórj.» 

¿Por qué tos lectores ingleses tienen tan escaso 
conocimiento de las obras de sus contemporáneos de 



nombres de Cervantes. Lope dé Vega 



cunda de las obras. Je nn Wftt* por 
traducción, T» cual sea literal ó libre tlcbe participar 
de la belleza del original, y siempre carecerá de SU 
energía, así romo <h su rfrli.-ndciu. Cnriis fneonve- 
nicnlcs podrían aducirse que parecerían desvanecer 
Itida'csiH'mrun de que se hiriese justicia ¡i la larca 
que nos imponemos. Además esln, que pnrdc ron. 
siderarse como una agradable tarea. ofrece liarlos 
estímulos [JFsra rjoíe SÍ abandone fácilmente, V entre 
ellos pueden contarse, y tío (fonifa el mentir, las ven- 
tajad qué reporta el escritor fie sil donunmieirlr) pi;r_ 
Uitíal edí aliónos rie los personajes dislingoidos qué 
en estas papuas figuran. Sin embargo, al presentar 
aí^üBflciüriicriciin) él asunto del >ipuir»HC bosque- 
jo, ítké t¿ Jia ronsnlUtdn la voz de la opinión públí- 
ra en Va Pem'nsu'a. que RiPgíi tiempo haee está coti- 
rormfe ert otorgar la palma ffé \Í éscflcHcHi romo rs- 
crilrirn A quien une á sii'ing'éínV eminente gracias 
personales que satisfarían la ambicidn -de un eomuU 
entendimiento, 'y las prendas morales mas adecub: 1 - 
drá para grángeárse la felicidad domestica, Habla- 
mus de Carotina Coronado. 

Poco ó uingiin atractivo ofrecerá este articulo a 
quien lea con el objetó de proporcionarse violentas 
emociones. No hay cíi é\ i;n nlenlcs Ai graii efecto, 
ni escenas rofll&ncc&aí', ni terribles guipéis teatrales. 
Ni exaltará la mente eúú rapios dé simpatía, a'uo'qWe 
pasaderos, tií hará latir el eoraióii ron entusiasta 
idroura. 'frál'asc'líé una p*é¥áa¡la ijue se'b'aTíd á'ud cu 
la llor de su edad, y la vida de esa persona debe lle- 
var [Salúralfueníé A sello de la sencillez, de la mg- 
ilr>tia v di I candori > j <a c- son sus atributos. Pero 'si 
carecí la pintora 3c la fascinación de Tas novelas mu 
'demás, tendrá al nie'n'okél ro&riío de présénTar á los 
jóvenes que ffúffieíaií en su cánamo con ohsláciilos., 
al parecer invencibles, ti'n 'ejemplo de eslraordiharía 
laboriosidad v dé indomable perseverancia >n medio 



ilderon no son menos conocidos que los de for- 
mule, Hacine y Voílaíre, o los uel Dante, del Tas ; 
soy de Petrarca, Las obras de Lamartine. Yíelor 
Hugo J Suc, andan en manos de Unios, al paso que 
es wñegauíe la ignorancia lakiímosá que reina sobre 
la literatura española Je nuestros días. Bien se pu- 
diera Iscnuír afg'u'n articulo instructivo en eonles- 
• laclen á la pregunta que'sé a,caba de hacer. Tal ve/ 
mas adelanté se nos ocurra examinar este asunto; 
poi abura mas que ¡qvesíigaí nos proponemos alla- 
nar 'la' di ficii liad por uii'itif» de una s'e'rje dé artículos 
sobre los aurores españoles cohtémpbraqéos que su- 
ministren alguna uolicia de su vida y de su mérito 

respectivos, ilustrada enu eslrarlo's de sus escrilos! 
oiff'.: 

Ijoa fiouiltres de Lenta, dd Zorrilla, de Eapniu- 
ceda,, de HartieobiiEdi v do otros muebos injenios 
celebrados en su pais, solo nceesilhrtQr» «I Larni/ de 
la. 4 litigue dad pnra alranltar un allu puesta en el tem- 
jjju de Ja íaiuii. inda, puede sobrepujar a Inesquisita 
bulliva y orÍL¡innli(lad Je algunas contepciouejipoé^- 
lieas de las bardos de la moderna E'Ispaüa; el vigor 
v \;i rara eU-gaiiciu tle íiiS ]ii'usudoreS tailljiúiKi cede 
¡a ]iii!i[ia á los de otro pais. Entre Utó que lian es. ri- 
to la n bien tn pro&íi «írun cu verso futura en primer 
léiiuino el malugrado Luirá. .MitU j.ntJu fon ¡¿>ua¡ 
dcslreín el delícitlp escalpelo Je la critica y el Uligu 
abrumador de la sátira, lúen que dáudclus Je nimio 
á vpíiís para t-iuilar en san de incomparable diili-u- 
ra la inania de la beldad, las cuitas ó los goces del 
amor, las obras Je este escrilur sin Vcnlura reyelail 
las facultades. nías ennlrapuestas, llevadas á un alio 
grado Je perfección. Ni han dejado deleDer las mu- 
sas pruséli los felices entre las vírgenes ojinegras de 
la fierra clásica de ia caballería y del espíritu rn- 
inanrpsirj. lintre las tileratas españolas que han lo- 

grldo sobreponerse áinuthns de los poetas distin- 

.. , ,. ' . . de las circunstancias mas criticas, asi como del bn- 

auidos nos comnlaeemns en citar á la Coronado v i> „ , , . , . 

¡ Dante galardón i¡ne la fama Otorga a talca prendas. 

fío será itiúlil la lección de docilidad y respetuosa 
sumisión que ofreie una persona dolada de lal inge- 
nio para aquellos que se inclinan A murmurar del sa- 
ludable rigor de la auloriilai! paterna. 

Sf tontuiuarú.J. 



« Avellaneda. 

1 



Dar una idea déla literatura española contem- 
poránea por medio de. una serie de. bosquejos bio- 
gráficos dé algunos de sus principales ornamentos, 
y de traducciones de sus diversos estilos, es un lra-i 
bajo que entre SUS difirull-ides .!e mar bulto ofrece; 
la de la elección. Donde lan ropiusa es la materia, 
y bien que en varios seulidos igualmente digna de, 
nuestra admiraícitin, apenas es dado el mencionarlos' 
a lados, al paso que seria ín uslo el lirsprcciar i lio 

ninguno, Xi es fácil tampoco e r dar uua idea ado- ] 



■ . ¡ "■ '.; , 



,, nfl! , MADRID, : ,lSb-2. 

Imfcentn .le <loi) Jonó Tnrjllle, Hijo, 

Caffc íf v¡ frti Cristina, númi-ro H. 



Año 



Domingo i 4 de Marzo de 1852. 



Núm 33. 



, 



LA MUJER, 

PERIÓDICO 

escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Est<» periódico sale Indos las domingos; se suscribe en MaJriJ en las Iihterías de Monier y de Cueste, i i rs. al mes; J en protin- 
cus 10 rs. por il j* ine?e> [raneo lis porte, remiticn-iíunaiiuiaíu:! a fivurde nuestro impresa?, o Bellos de franqueo. 



Según presagiamos, hemos recibido va varias 
comunicaciones de algunas de nuestras amables sus- 
critoras, e"n que á la vez que confiesan bailar exac- 
titud y verdad en los artículos de entrada de nuestro 
periódico, nos invitan a que examinemos con mayor 
detención á las mujeres cuvas costumbres cuudena- 
mos tan fuertemente y seremos con ellas mas indul- 
gentes: desean también algunas que miremos con 
menos ceño ia sociedad, núes según nos manifiestan 
no es tan mala como nos parece; y últimamente una 
de nuestras jóvenes comunicantes concluye Su gra- 
ciosa y estimable carta diciéndonos que su mamá se 
va haciendo tan de la opinión de ¿a Mujer, que te- 
me si sigue el paso que lleva que convierta su casa 
en un convento, en cuyo caso va á ser la mas des- 
graciada de las mujeres, y el periódico que se pro- 
clamó el defensor de su seso será ei que habrá la- 
brado su ruina y conducidola á ia desesperación. 

Nosotras no solamente celebramos sino que has- 
ta agradecemos á nuestras suscritoras que no eslán 
enteramente conformes con nuestras ideas, que no 
lo manifiesten, y aun celebraríamos mas que no s 
remitiesen algunos artículos combatiéndolas, pues 
por este medio las cuestiones se diiucirian completa- 
mente y nuestro periódico contendría las opiniones 
de todas, y á todas complacería; mas ya que esto no 
sucede por ahora, vamos á satisfacer á nuestras in- 
teresantes opositoras dando la razón de nuestras opi- 
niones, rectificando algunas inexactitudes que pa- 
decen, y últimamente haciendo cuanto en nuestra 
mano esté para evitar que La Mujer atraiga lama- 
ñas desgracias sobre la que tanto teme que su mamá 
establezca en su casa la clausura, que ha de llevarla 
áella ala desesperación. ( Dios nos libre de contri- 
buir á tamaña catástrofe! 






Cuando hemos condenado la conducta de las ma- 
dres que establecen con sus lujas esa intimidad sin 
reserva alguna, esas confianzas sin miramientos de 
las madres que se asocian con sus hijas en comandita 
para disfrutar de todos los placeres y recorrer toda 
clase de aventuras, desnaturalizando completamente 
el trato que entre madres é bijas debe de existir, 
no hemos desconocido qne esas madres imprudentes 
no obraban así por desafecto, sino que por el con- 
trario, imbuidas en ideas absurdas, renuncian al 
respeto que les es debido porque !o califican de lirá- 
nico, y por consiguiente de falta de cariño; se abs- 
tienen de reprenderlas y corregirlas porque también 
juzgan equivocadamente que su amor no les permi- 
te contrariar á sus hijas queridas, y últimamente 
cuando las asocian á su vida de amoríos y aventuras 
también lo hacen llevadas del deseo de proporcio- 
narles la Felicidad según ellas la entienden. Tampo- 
co hemos desconocido que no debe achacárseles á 
ellas todo el mal, que es consecuencia de las ideas 
que los hombres ban inculcado en la sociedad en 
que esas mujeres viven; ni hemos negado que esas 
madres lloren y se arrepientan de su error cuando 
se convencen de que, aunque por un camino de do- 
res, condujeron á sus bijas á uu precipicio. Todo es- 
to lo hemos conocido y confesado, compadeciendo 
á las hijas y á las madres, procurando advertirlas de 
su error y lamentando únicamente el poco frulo que 
á pesar de nuestros deseos nos prometíamos de nues- 
tros artículos, ya porque á quien corre ciego por esa 
senda florida no es fácil apartarlo de ella hasta que 
cae en el precipicio, va también porque nuestra lor- 
jie pinina no puede llevar el convencimiento por mas 
que combata el error, cual harían otras mas ilustra- 
das. Creemos por tanto que no merecemos lacalifi- 



2 






ración de poco indulgentes, ¿Podíamos haber hecho 
roas que manifestar no era la culpa de las mismas 
que cometían la falta? ¿No confesábamos también 
que no obraban asi esas madres por su poco cariño, 
sino porque las imbuyeron en ideas erróneas y o er- 
judiciales? ¿Hemos Sudado cunea ni cegado tampoco 
que verterían lágrimas amargas, aunque estériles, el 
día que conocieran su equivocación? 

Reconózcanse pues naesiras-coinunicanlcs; con- 
desen que [a indulgencia la hemos llevado al grado 
posible en esle punto, como haremos siempre que 
tengamos que Lamentar los estravíos de nuestro sexo; 
pues sobre estar en ello tan interesadas como cual- 
quiera otra mujer, tenemos el convencimiento de 
que todas las faltas de nuestro sexo proceden de los 
hombres, que se han erigidas en arbitros de las cos- 
tumbres, doctrinas y educación de las mujeres, y úl- 
timamente porque profesamos aquella máxima santa 
de aburroeer al pecado pero no al pecador. 

En otro artículo, quesera continuación del pre- 
sente, contestaremos otro día ¡i las que desean mire- 
mos la sociedad con menus ceño, porque es. mejor 
de lo que imaginamos; no olvidando satisfacer va 
el mismo el compromiso que al principio de este, lie- 
mos contraído con una de las que nos escriben, de 
hacer cuanto nos sea posible porque pose convierta 
cu claustro triste la que hasta ahora fué casa alegre, 
de buena sociedad y continua diversión: perdónenos 
esta señorita que hoy no demos satisfacción ¡i nues- 
tra promesa; el mal que teme no vendrá coa tal ra- 
pidez que no dé unos dias de espera. 



(Leída un el Liittu de S*D bloy.) 

Hermoso pabellón de terciopelo 
Que ante los ojos del Señor colgado 
Nos le ocultas tal vez con ese velo 
De mil estrellas en su azul bordado: 

Yo te saludo, célica cortina, 
lo saludo iqmbieu los luminares 
Que la mano de Dios lanzó divina 
Por inmensos espacios A millares. 

Vo saludo la Íílz candida, pura. 
De la blanca señora de la noche, 
¥ saludo la brisa que murmura 
Meciendo de la flor el lindo broche. 

Benditas ¡ay! mil. veces, noche hermosa, 
Tus apacibles sombras bienhechoras, 



Que una calma difunden misteriosa 
Cercada de ilusiones seductoras. 

Sombras leves q<" cruzan el espació 
Cambiando en varias formas de belleza, 

Y al oído pronuncian muy despacio 
Amorosos acentos de pureza. 

Del sol de agosto la abrasada lumbre 
£1 cuerpo enerva, el ánimo fatiga; 
Mas al llegar la noche á su alia cumbre 
Sus alas vale y el ardur mitiga. 

De amor un aura suave se respira 
Cargada de suspiros y de aromas; 
De amor también el corazón suspira 
' Si percibe el cantar de las palomas... . 

Amorosa pareja en blando nido 
Se aduerme coa amante, dulce arrullo, 

Y el viento le conduce a nuestro oj.do 

. . Coo. suave aliento y celestial murmullo. rioJm 
ti (Qué venturosas, son, noche querida. 
Tus breves horas para mi un instante! 
Instante celestial <rue adormecida ■ ' Jafi 

Tiene. mi alma cía ilusión amante. 
Palpitando de amor nú coraron 
Del pecho que le oprime quiere huir, guaam 

Y amoroso volar á la mansión 
Donde otro corazón siente latir... - 

Mas ¡av! vo le contengo, que en mi pedio 
Siempre albergue purísimo lia tenida, 

Y tal vez sin piedad pedazos liec-bo 
Con drsdfn lo arrojaran al olvido. 

Entonces ;ay de mi! no bastaría 
Par» calmar mi triste desmilurii 
El llanto de dotar que vertería 
En raudales inmensos de amargura. 

Lágrimas ¡ay! de fuego abrasadoras 
Surcaran por mi pálida mejilla, 

Y de mi juventud fueran liia Tiorns 
Destellos de una luz que apenas brilla. 

Cual moribunda lámpara espirante 
ÍHÍ triste vida asi se estni;iiiri.i, 
Trémula brillada un ío! o instante 

Y Cual ella también se apagaría. 
¿Mas por qué de esta iraá«on espantosa i 

Me dejo acoderar cuando enmi anhelo 
Miro brillar como el zallro herniosa 
Una estrella purísima en el cielo? 
Tal vez en ese luminar divino 
Un ángel puro mi existencia velu; 
■ Tal vez oculto marca mi destino 

Y en -la luz de esa estrella 16 revela. 



«u ii 

■ 



3 



¡Quién pudiera volar hasta ¡a altura 
Donde habita palacios de zafir, 
Y 1a niebla rasgar que densa, oscura. 
Encubre mi ignoradu porvenir! 

{Quién- sabe- si esa fulgurante estrella, 
Astro de anior que enriende mi esperanza. 
Va á conducirme por gloriosa huella 
A un puerto de' sosiego y dé bonanza! 

Quién sabe si esa luz esplendorosa 
Brillara por divina permisión, 
El secreto guardaudo silenciosa 
De un día de ti nal desolación, 

En que arrojada sobre el mustio suelo 
'Por la mano irritada de! Señor, 
'Al mundo sumirá en eterno duelo 
Con incendio voraz, abrasador!... 

Mas no. no brilla en ti, lucero mió, 
Ese fulgor fatídico temible, 
Que pensaba en mi loco desvarío 
Cual hoguera infernal mirar horrible. 

Tú no serás Sa luz que en pasagera 
Hora brillara con fulgor divino, 

Y en (¡nieblas mas densas me sumiera 
Luego en torcido y áspero camiuu. 

Tii no eres, no, de mi fatal estrella 
La luz que me abandona en noche umbría; 
Eres de mi ventura imagen bella, 
- Eres la luz de la esperanza mia. 

Siempre te ostentarás deslumbradora 
Prendida en esa hermosa colgadura, 
Siempre serás la estrella hrilladora 
En que cifro mi gloria y mi ventura. 

Lejos do mi los tristes pensamientos 
Que el corazón abaten de dolor: 
Gocemos de la vida los momentos 
Que nos ofrece juventud v amor. 

Otra vez, noche hermosa, te saludo 
Con tus céfiros, suaves y amorosos, 

V tus mágicas sombras, dulce escudo 
De liemos amadores venturosos. 

'» íciTitn vtlJaluens» y tiareta. 



ANGÉLICA. 

ir. 

(COSTISL'ACIÜS) 

—Magdalena!... gritó Eduardo fuera de si. 
— Arrujndiá ese hombre -de mi casa, repuso 
dalena alejándose 




Eduardo se lanzó bácia ella para detenerla con 
un movimiento de furor; pero no pudiendo resistir 
el peso de su emoción cayó sin sentidos en el suelo. 

Magdalena lejos de conmoverse al verle en aquel 
estado iba á reiterar su orden, cuando apareció en 
el dintel de la puerta secreta una mujer vestida de 
negro, pálida é inmóvil como la estatua de un se- 
pulcro. Era Angélica, que había seguido á su es- 
poso. 

Ambas rivales no necesitaron mas que una rá- 
pida mirada para reconocerse- Contempláronse uij 
instante en silencio, v el resentimiento se pintó en 
el semblante de Angélica, mientras una sarcáslica 
sonrisa entreabrió los labios de Magdalena al ver 
aquella hermosura ya marchita, que tantos amantes 
le había arrebatado en otro tiempo y que al presente 
ya no podia competir con ella. 

—¿Qué quiere esa mujer? dijo por fin Magdalena 
con desprecio. 

—Aquí está mi marido y este es mi lugar, dijo 
Angélica con inalterable dignidad- 

— Arrojadlos á entrambos de mi casa. 

— Xo será antes de que os diga que sois una 
mujer despreciable! 

— ¿Acaso porque no he dado mas rica limosna á 
vuestro marido? dijo Magdalena con sarcástka son- 
risa; ¿por qué no ibais á pedírsela á vucsto amante 
coronado? 

— Porque fallaría á mi dignidad y yo sé conser- 
varla aun en la miseria; porque me considero ma.< 
feliz y mas digna del aprecio general, yo proscrita 
v virtuosa, que vos nadando en la opulenria, pero 
deshonrada! 

— Angélica! gritó Magdalena llena de furor: 
¿olvidas acaso que puedo vengarme entregando su 
cabeza al verdugo? 

— Le habéis vendido otra vez engañándole con 
pérfidos halagos, y seria muy digno de vos el en- 
tregarle ahora fugitivo y moribundo. 

— Esa mujer me ínsultafgritó Magdalena fuera 
de si dirigiéndose á los criados agrupados en la puer- 
il del aposento. Arrojadla al instante de mi casa. 

—No, dijo Angélica rechazando á Jos criados v 
acercándose á Eduardo; no será mientras mi marido 
permanezca en este estado. 

Por fortuna esle volvió mny pronto en si, v 
cuando recobró sus sentidos, Angélica se acercó á 
Magdalena y le dijo con voz solemne: 

— Mírale... Tal vez morirá en su triste peregri- 
nación! tal vez espera la misma suerte á su hijo, y 




tú seres La musa de su muerto. Yo encomiendo, mi 
ventanía al ciclo. El le castigará larde é tenprano, 
y tu mayor suplicio serán los re mordimientos. En 
el silencio de la noche, en medio de las brillantes 
fiestas, v hasta en los brazos de tus amantes, le per- 
[UÍrá sin rosar el recuerdo de los niales que lias 
¡usado. Oirás una voz que te gritará ¡ncesantemen- 
Eduardo ha muerto, y tú le hus matado, has 
hecho la desgracia de una mujer virtuosa que en 
nada te había ofendido, y lias grabado la marca de 
la fatalidad sóbrela frente de un tierno niño!» Esta 
voz, este recuerdo, Magdalena, labrará tu eterno 
castigo y mi venganza. 

I Su acento era solemne; su voz anión aro Jora pa- 
recía revelar Los decretos del deslino inescrutable. 
Magdalena tembló y su alma empedernida sintió 
por primera vez tos remordimientos. 
Angélica dio el brazo á su esposo, que perma- 
necía confuso y anonadado, y atravesando por me- 
dio de los criados, que le abrieron paso con respe- 
to, salió con aire digno de la sala. 

Magdalena se dejó caer sobre el sofá y derramó 
amargas Lágrimas: eran las primeras que vertía! Dio s 
escuchó la voz de Angélica, y los remordimientos 
mas atroces desgarraron desde aquel día su alma. 






III. 

Era una tarde de invierno, pero una larde sere- 
na y deliciosa. Los últimos rayos del sol doraban 
apenas las cimas de los árboles y rielaban en los pi- 
cos de las rocas cubiertas de nieve y en la llanura 
lapizada de hielo. Un aire suave agitaba las ramas 
desnudas de los árboles, y las hojas secas se veían 
arrebatadas en torbellino por la pradera, formando 
un melancólico zumbido, A un lado descallaba la 
ciudad de Choisy con sus torres, sus campanarios y 
sus tejados, agrupados en anfiteatro y cubiertos con 
una sábana de nieve, y al otro lado una escarpada 
montaña con su corona de hielos, que brillaba como 
una corona de diamantes á los rayos del sol. Por en- 
tre sus heladas rocas se descubrían algunas chozas 
miserable*. 

Una mujer, que al parecer habia salido de Choi- 
sy, se dirigía á ella lentamente. En su Irage raido, 
en su semblante pálido y descarnado, se descubría la 
huilla de profundos sufrimientos, y parecía que sus 
fuerzas la abandonaban, pues se detenía de vez en 
cuando para lomar aliento. Esta mujerera la infeliz 
Angélica. Según sus predicciones, Eduardo estaba 
próximo á morir, y al salir de Choisy se habian vis- 



to obligados á detenerse en la primera rabana qu e 
encontraron. Hasta entonces Iinhian vivido coíMos 
pocos recursos que Úrsula había sacado de Choisy; 
pero acabados eslos Angélica tuvo que recurrir á los 
amigos que tenia en la ciudad: poro, como, sucede 
generalmente á los infelices, no encontré mus que 
corazones da acero y almas despiadadas. 

La noche habia eslcndldo ya su negro veto sobre 
la naturaleza manilo Angélica llegó á la falda de] 
monte. La luna brillaba hermosa y luciente sobre un 
ciclo diáfano, el frió era intenso, y La pobre mujer, 
helada y rendida de fatiga, tuvo que detenerse para 
cobrar aliento. SriiIiVse; sobre una piedra, apoyó ¡a 
cabeza sobre la mano izquierda y el codo en la rodi- 
lla, y quedó un breve instante inmóvil y pensativa. 
{St confijiiinrd.) 

A iiü,-Oi GnU»i. 



(COSTIXIA.) 

Al Oeste, Y á menos do nuevo leguas de la ca- 
pital de Eslromadura, se astenia un villorrio cuyo 
principal atractivo es su cielo brillante y alegre. En 
él por los años de 1823, y como á cien pasos de la 
casa de Alniendrejo, en que el poeta Esproneeda vio 
la luz primera para ver tan prematuramente la últi- 
ma, en é\ nació la no menos celebrada poetisa 
D.' Carolina Coronado, bija de D. Nicolás Corona- 
do v de ]}.' Mana Antonia Romero. Parecía que la 
suerte, al lijar la cuna de nuestra poetisa en uno de 
los lugares que aun existen en España donde conli- 
nuiín en visror las rancias preocupaciones que con- 
denan & su so\n á la ignorancia, la destinaba á una 
vida retirada y oscura. Pero un ingenio como el su- 
yo crea en vez de ser dirigido por las circunstancias, 
y abriéndose paso al través do obstáculos quo hubie- 
ran fatigado ó desalentado a un alma menos animosa 
V de inferior categoría, ha disipado con sus destellos 
las nubes que lo encubrían, derramando su esplen- 
dor porta nación que se enorgullece de haberle dado 
cuna. Brillante como lia sido su triunfo, casi se ha- 
ce penoso el trazar las dificultades por medio de las 
cuales se ha efectuado. En el apartado retiro en que 
nació y se ha criado, no solo eslaba privada de las 
ventajas que La capital proporciona á las personas 
inclinadas á estudiar la ciencia da lodas las edades y 
naciones acumulada en sus copiosas bibliotecas, sipo 
que también hubo de luchar con la inveterada anti- 



palia que reina en las provincias hacia la ilustración 
del bello sexo, antipatía que santificando la ignoraar 
cia á modo de religión Lácese considere como case- 
de conciencia el dedicar esclusivamenle á la mujer 
á las piadosas prácticas de la iglesia y á sus faenas 
domésticas, privándola de lodo estudio, el cual se 
pinta allí como el corruptor infalible del entendi- 
miento, cuando sirve para enaltecerlo. Los natura- 
les de Estremadura al paso que lian conservado en 
su primitiva pureza fe inalterable vigor las duras pe- 
ro inestimables virtudes, los modales, las costum- 
bres, y debemos añadir las preocupaciones de sus 
abuelos, rechazando el lujoso pero incómodo trage 
del moderno refinamiento, también se han privado 
á si mismos del auxilio que la educación proporcio- 
na á aquellos cuyas naturales dotes mas de una vez 
se hubieran ahogado en su germen sin ella. 

La .madre de Carolina, lejos de enorgullecerse 
con las precoces muestras de talento de su hija, ob- 
servaba con la mayor ansiedad sus esfuerzos para 
traspasar los limites del estrecho circulo que se per- 
mitía á su sexo en aquella parle de España. Y hasta 
no es inverosímil que en su estado de alarma hicie- 
se amenudo la digna madre fervientes votos para 
conjurar la inminente calamidad. Siguiendo las mác- 
simas tradicionales trasmitidas de generación en ge- 
neración se preparó á combatir al enemigo, y con 
loable aunque equivocado celo procuró sofocar las 
nacientes aspiraciones del genio que pugnaba por sa- 
lir al aire v á La luz. Su hija se vio reducida á des- 
empeñar las faenas domesticas, y fué criada para 
ayudar á su madre á sobrellevar el peso de una fa- 
milia numerosa, con absoluta esclusion de aquellos 
estudios amenos que en otros paises proporcionan 
un agradable solaz á ias mujeres de su clase. Al 
contrario de la generalidad de nuestras jóvenes mo- 
dernas, la amable española se sometió sin murmurar 
á un genero de vida que para un entendimiento co- 
mo el suyo debe haberle sido en estremo enojoso, y 
desde la edad de nueve años se aplicó ala aguja con 
tal ahinco como si Ja naturaleza no la hubiera des- 
tinado jamás para otra especie de ocupación. Al mis- 
mo tiempo recibió una educación tan buena como en 
el pais era dado adquirirla, pero Cal como nuestras 
lectoras, que pertenecen á un suelo mas favorecido, 
considerarían como de lodo punto nula, pues se re- 
dujo á leer y escribir, á los rudimentos de la gramá- 
tica y al catecismo. 

Pero en tanto que sus manos adquirían tal des- 
treza en la elegante obra déla aguja, hasta el punto 



de haberle granjeado una gran reputación entre 
cuantos la conocían, sus facultades mentales, uo me- 
nos activas, se hallaban también en ejercicio. Pro- 
curaba con infatigable ahinco adquirir materiales pa- 
ra satisfacer su ansia de instrucción, y por las no- 
ches, robando no pocas horas al sueño, se consa- 
graba al estudio, no de Jas obras frivolas con que 
suelen pasar el tiempo las personas jóvenes é ireflexi- 
vas, sioo de obras tales como la Historia critica de 
Espa|a por Masdeu y tas producciones maestras de 
los poetas clásicos. Las últimas especialmente ejer- 
cían en ella una fascinación que desde luego revela- 
ba sus satúrales inclinaciones. Con frecuencia con- 
fiaba á la memoria los tomos de poesías que podía 
haber á las manos, á fin de continuar disfrutando de 
su compañía intelectual después de haberlos devuel- 
to á sus dueños. No es la suma de conocimientos li- 
terarios lo que ilustra el entendimiento, sino el pro- 
vecho que de ellos se saca. El estudio de tales mo- 
delos despertó en breve el duseo de exhalar sus sen- 
timientos en la melodía poética, y acostumbró su 
oído, naturalmente musical, á su armoniosa caden- 
cia. De este modo aislada en un triste pueblo de cam- 
po, falla de recursos literarios y artísticos, en medio 
de las trabas que sus bien iulcncionados padres y 
amigos oponían á sus adelantos, de este modo fué 
como esta amable joven sin la menor ayuda comple- 
tó su educación, adquiriendo un conocimiento pro- 
fundo de la historia, la geografía y la literatura, 

(Se continvará.J 



Nuestra corresponsal de Cuenca nos refiere en su 
última comunicación la horrorosa catástrofe que á 
continuación trasladamos: 

Vivía allí un panadero joven y demente con su 
esposa, joven también, y con tres niüos, el mayor de 
cuatro años y el menor de seis ó siete meses. Hacia 
poco mas de un mes que este hombre había sido dado 
de alta en el hospital de locos de Valencia, y á pesar de 
que su esposa conoció que no estaba curado, sufría 
Jas consecuencias de su terrible enfermedad, por te- 
mor de que atribuyesen sus quejas á deseos de apar- 
tarlo de su lado, una vez reconocido por sano en el 
hospital de Valencia. En la noche del martes ultimo, 
de nueve á diez, intentó el demente matar á su infe- 
liz esposa, á cuyo efecto la sujetó fuertemente v con 
una pequeña navaja empezó á degollarla; mas vien- 
do qne el instrumento que habia elegido no corres- 
pondía s sus deseoj con prontitud, fué á buscar un 









bol 



cuchillo may-or;! cuyo momento 
para escaparse de su easa, 'herida ya en el ruello. 
Confiaba la desventurada en que sea piara Fin no vién- 
dola y pasando un ralo soto ron sus Iris rjiñosvé 
los cuales había manifestado desde snmeUa 'del hos- 
pital dfi dementes de YiléVrcu un cariño estraordirta- 
rio. tratándolos aunen' sus peores 'momentoV : con- 
una ternura estremada. No sucedió en esta Ocasión lo 
mismo, pues luego (¡ue advirtió la hnida de'sn mu- 
jer cerró In puerta de la calle con llave y c-oráewzriií 
arrojar por las Ventanas euantoen facása líaltó, dan- 
do' gritos desesperados 1 que atrajeron á los serélaW y 
después al alcalde constitucional. Hubo un iuti-rvAlo 
en que apañándose de !a ventana se reliri) al itaierioV- 
de 1 su casa, y en el cual pudieron forzar la : puerta por 
orden de la autoridad y penetrar [os qiir arrullen ui. 
Halláronle recostado en su cama, y lamentándose de 
que intentaran quitarle sus hijo», que se bailaban en 
súS Cumas. Cuál seria el horror délos que asistían á 
esla trágica escena cuando a! considerarlos dormidas 
encontraron degolladas á estas tres inocentes criatu- 
ras! ÜNi uno solo hubo allí que no derramase lágri- 
mas al contemplar la horrorosa consecuencia de la li- 
gereza con que los médicos del hospital de dementen 
de Valencia habían dado de alta á este hombre, que 
en uu momento Je enagenarion cometió un acto tan 
bárbaro que seguramente lo conducirá á la desespe- 
ración en el primer incido intervalo que llegue á' 
comprender la horrorosa acción que' ha come- 
tido. 

La infeliz madre sobre bailarse herida se encuen- 
tra en el estado de desesperación mas completo; ella 
no pudo concebir ni remotamente qiic el' demente 
deseaba sangre y vertería la de sus hijos A falta de la 
suya: en olro rasóse hubiera dejado asesinar mil. ve- 
ces para libertará sus inocentes hijos. 

Además t!c estas personas tan allegadas al loco. 
se haría herido gravemente un sereno que cayo ¿he 
nna escalera de mano por donde intentaba penetrar- 
en la rasa, y otro á quien alcanzó en nn hombro una 
dé las piedras que arrojaba el loco. 



Mimas i moju-xas. De un periódico tomamos l»s 
Siguientes párrafos; 

Los colores del pelo vaHan hasta Jo infiaho, por- 
que el u uniera de mezclas es incalculable. Si k un- 
preguntan los motivos" contestaré que los ignoro, v 
que no trato de hacer un análisis químico, sino de 



vtenpfflá'do^i*ne»mi>§i*e¡ 
lasmujert^yísuW'todft'á'JiiS'riibfsS'y a- las-moru^' 
ñas, esas 'dos rivales ciernas que sii>dis|witon et im- 
perio que íaii'»4uraíe«a'k!S |ja'bonredidbaoÍM , «'iod' 
corazones, Ksie *íludio.-es , -»fflpo> , t<ioifsh*n>. pnc***'- 
mas'-lnue error puede defccoitijHjnpr una lisonümía, 
haeeifl»' dcscunotruln rtitlarle.^m^spiüto'eliortJnla.ii'i' 

Todo lo qin> hrilht produce, buen electo *»iirenii 
pelotsegro y hermose*".nna ; id» JnWeWHí; 1»W esf* s*¡ 
dice qué él -omarillri y el enramado son et ¡tirite «V 
su eara. " '• •• IbImwi sol .wiuilii jni 01 

Las rubStishusean *) colorí de'rosit 1 y el'Bttul ,.|a-: 
re, ifrtege*rm«tiÍi*njct>n'i«lDfcanomfa'T'':''i .infouda 

1.a prífft!riítíci9''tjli*Hína'iJ(lf ií*í« rolo res -marjririíJ" 
rtuntíados y vivo?; y 1 la oíritfr fas medía 51 in las,, feáf-" 
urja par* la mokitíon delpfíjble*^ si los fatelloS' 
«asíanos y Hojos no complicasen las diRcAdiadcs. 

Para las morenas, los colores punzo, careza, 
amarillo, blanco, cWrmesf y-l^gro'. 

Bar* los rnbia?, azul, rosa, terde,' liiaj'Vtofela'y* 
pitarra. 

Para las de pelo casln9(>l'flr«tcltr de todos los co- 
lores filados. 

ANUNCIOS;: 

— 



i ' .n" . — rn 1— 1 — i 1 — 

.POESÍAS 



-I— r-i 



líe ¿a scilonlti doña ¿ngtfy ÜT^fsi. . 
Vwidesc £ >i tí. en las librerías de Monto r. bañil 
rcra de i>, Gerónimo; llios-, calle de Jacometrer.o: 
Uliieres, -calle dcllíi Concepción, Gcroainia, r en. la: 
.imprenta de este periódico, ralle de María Cristina 
niuu. 8 cuarto bajo- 



«pGÜÍSÍBn.; vi éúístüreha 

En la calle del (t!mon,in.. 80* IfbUMa, darán 1 
rn?ori de ffla señorita qua huce y Iñ^énS g hacer" 
con la mayor perfección luda clase ,je 11,..,,.. va fea' 
en su rasa Ú ya'eri.fci de las señoras que pisten fa- 
vorecerla. Salfd lambicti harer vestidos r cualquiera 1 
otra'pfenflS^iitinjér'qne se le eMrfbii 



, . . , MADRID, 18j2. 

Gallé de Mari»! Cristina, ntímíro 6t 



Año 1. 




)otmngo 21 d« Marzo de 



Kúm 34- 



" '■'■ " 



— — — 



LA MUJER, 

PERIÓDICO 

escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo, 



Eílp periódico siic todos tos domingos: se suscribí en M.i.:lnr] en las librerías de Mopier y de Cuesta, á í wt. al mes; y en procin- 

cja s II) (S. pjrtlji iueS4>s frjucu Je pude, rtiii.lisn <j um Libran; i i í.n.ir di; uueslro impresor, o sellos de franqueo. 



poesías 

DE LA 

No vamos á emitir tía juicio critico de las poe- 
sías que acaba de publicar nuestra distinguida cola- 
boradora )a señorita D.* Angela Grassi; pues además 
de que esto seria imponernos una tarea superior á 
nuestras Tuerzas, somos por olra parte amigas de la 
autora, y nuestros elogios se creerían mas bien tri- 
butados á la amistad que al verdadero mérito de las 
composiciones. Vamos únicamente á decir á nues- 
tras lectoras la agradable impresión que se esperi- 
meota al recorrer el libro de la señorita Grassí, el 
bálsamo consolador que infunde al alma su lectura 
en medio de las liernísimas quejas y suspiros que 
«halan casi todas sus páginas. 

Este libro, que lia aparecido en el mundo lite- 
rario sin pretensión ninguna, se recomienda por sí 
solo- Es un libro escrito con el corazón, y en que su 
autora hace partícipes á sus lectores de las liernas 
emociones que agitar) su alma. Su mayor mérito con. 
siste en su profunda moralidad y en el dulce senti- 
miento que revela cada una de sus lineas. Lejos de 
imitar la confusa palabrería de algunos de nuestros 
escritores, en cada una de sus palabras se encierra 
un pensamiento. Uno de nuestros mas ilustres poetas 
v concienzudos críticos ha dicho que nuestra cola- 
boradora ha nacido poeta; también ha dicho el mis- 
mo que pocos han comprendido mejor y lian sabido 
hacer comprender la grandeza y majestad de Dios, 
V en este género es sin dispula ninguna en el que 
sobresale nuestra poetisa. Sus concepciones son hijas 
tanto del estudio como de la inspiración, y reúnen 



una sencilla elocuencia á su versificación sonora. 

Hemos dicho que estas poesías se recomiendan 
por sí solas; nos limitaremos pues á citar algunas es- 
trofas tomadas al acaso, para dar á nuestros lectores 
una idea de las bellezas que encierran. 

Casi todas sus aspiraciones se dirigen á Dios, y 
así nada hay mas tierno que su Pinjarla, que abun- 
da en pensamientos delicados; nada tampoco hay mas 
bello que sus Recuerdas de la Patria, que uno de 
nuestros poetas ha calificado de modelo. Reina en 
toda ella una dulce sencillez adecuada al objeto que 
la inspira, y asi al recordar los apacibles dias de su 
infancia, esclama con dolorosa tristeza: 

La tierna flor se inclina 
Lejos riel suelo que nacer la viera; 
A-i mi ser declina, 
¡Y, oh Dios, quién lo crejeral 
Desfallezco en mi verde primavera! 

El soneto á la Creación es una de sus mejores 
composiciones, y concluye con este hermoso terce- 
to, en que apostrofando á la naturaleza dice: 

Heridme: ¿quien os díó tan claro brillo? 
tQuieii 1;lHimiii'i el espacio de diamantes? 
Quien?— El que ciñe la inmortal coronal 

La Meditación abunda en imágenes llenas d 
grandeza y majestad, y revela un sentimiento reli- 
gioso que convence á la razón y conmueve al alma. 

La Plegaria de la /tiren ciega une á su ternura 
unas máximas consoladoras; así el espíritu se siente 
elevado sobre las pequeneces de Ea tierra al leer su 
final: 

¿Qué importa arrastrar penosa 
En este inundo sombrío, 
Do todo es nada j vacio, 
Una vida de do!ur; 

Si el Eterno nos reserva 
En su mansión de consuelo i 









í 






infi/ 



2 liinoíl 






mus luiiueuníuiiLimüi'-' ■■■■— 

Por cada empina una i!m '* 
Su oda ¡íla Cariddíl pwtáe taii ouspitir con la 
le Fr. Luis de León á'ln .iicoiiíou. Lardes estrofas 
que copiamos son \i¿ una delicadeza ísi[uisila: 
Ya ia Esperanza pura, 
La sacrosanta té <¡nc el hombre odioso 
Mancha con tenso impura 
Pe lodo cenagoso. 



y sentimiento, y despnes de recordar 
ñámenle la visitación de sania Isabel á la Virgen 
María, esclattia como ¡nsp irania aludiendo á las almas 
de los héroes españoles: 

MLra, ,S 'fiura, en jtrnlnugailn hilera 



Huyeron dc^eslr suelo doloroso. 
,,.,;- ... ^-ai~f. ritma, í» , . í 



, 0/9»' W .lantaim leítlejal? ' Oí tO 

Oh! vuelvo por piedad, virgen querida) 

iNO VI'S IJIIf. S¡ I1IIS dejas, 

la Ijitni cnnvrrlida 

Será ais.lief.is en falat piaridat 

¡Con cuánta poesía, con cu.íiila ternura está es- 
crito ¿I JTií» n n~al Creañir] 'Estasiadií ron el LcITo 
espectáculo de ia naturaleza, -dirijie su pensamiento 

al Creador de todos los seres y cselama con.entu- 
J ir 



l.lepan las iiliujs de los héroes lides 
Que ilustraron de España la bandera 
Y ostentan en el cíelo sus laureles. 

Se postran ante li, Virgen uucrida; 
Cual ¡.o le.impliiran por su Reina amada: 



n>p 

siasniü: 

Tle ese Píos une dijo al hombre 
'Al lanzarlo fit mundo: :l;jiii, 
le ■■ lat haÉtí rn ¡tu ¿«manen 
Y Jrrá (f ciclo lu iinlriii. 
por un mar lleim üc escollos 
Vn«sr¡¡ lií pobre- barca; 



ik-iiúu eticada do esprrta* • 
Tendrá une cruiar lu planta. 
Tin-s men; le 






1 (tari; mi un faro 
One le um'é en la eepi'L'ania, 
í ii eoosuctn en el perdtm. 
Y; de amor mi ,i ley taiija. 
Sufrir j ani.ir es lu sino, 
tjiie lie amor formé tu alma: 
El que Lsnifs i -üHr.T mftuMM ' 
l/os tesoros do 1 mi fraria. 
Navega pues enlce escolles, 
Desatutll hniTnsr.1, 
¡Que «ios por lí \e!a siempre, 
V sus consuelos te. e,nard«, toe 13 

Su nioute jonwdüra lamenta la frivola intlifaren- 
cia coi) <,llu el uniuIiit tvulomufn sil inevitable des- 

irDcdont.yiAtí^ pÍAta.fln su coBoposicioB á la lñ- 
mor laudad'. 

Que osle frivolo mundo al o;iie boj admira 
MnñaiM olvida, cmi#o [leríní infamé 
Ho-lu jupíele línideirtreciu mira, 

Y ub-nu ou«.> j (l(( . | bu S r» anhelante! 

^ luego añade con dolurosa compasión: 
, ¡ >;i^ern humanidad! esa cabeza 

Qfüe en su br¿ulíá latera ílel ifrinaméma 
;■ -Preleudííi anatltm la 3,1a gVandfea, 
Esjugneleile un átomo do viento! 
' Misera humanidad] en so locura 
Pien?a (líctiir su íev ¡,l oitir iuílo: 
I,ie>;n lamuertu con su faz impura, 

Y el gigante inmuilal íuélyé ;i ¿i ludot 

La que dedica á la Iteina, anles de s u alumbra- 
miento, abunda tacabie-n en rasgos lleno&<le dulzura 



-Vil deseches ptestft tan sentida, 
Jlaz feliz k la España desdichada! 

La que titula ¿ ío. muerte de un amigo CS indu- 

diLbleiiirute una de las que mas lauro deben repor- 
tarle. Keina en toda ella lina -dulce melancolía, v ni 
arma se sien le ajrrrnoirrtla-al leer la descripción que 
hace de la terrible lucha que sostiene cu el mundo el 
genin dcsdicliajü. He aqili como piula el anhelo del 

poeta: 
>£££. Cnal árlwil ijiiii sualla copa 

Hasta las nubes levanta, 

Mientras la nflche A su plañía 

Tiende el fúnebre capuz: 
""""I ''■ A,i él. une en e,ie inundo 

i.l 



-Solo tío sombras y duelo, 
fte rejnuutalia tmsla el eielD 
Espacio buscando v lu/. 

Y luesu describe^u muerte con un colorido tan 
■- 
ilulee, que la hace casi apetecible al alma fatigada de 

tus eiulifiles.li- la vida. 



r l.cjoü oslaba la nDthe. 
i.ejos li calma aHhelaita, 



r.nii 
•illp 



Y fti mcüin da la jornada 
,• peiljivo elcjauíaitu píe¡ 
\ liirmando ron snslnuros 
Ilnscl hermrisfi i visneñe, 
■- ;í* dritrfefft^n brains del sueño 



;:; 






Lleno de anuir J de lé. 

Eleipeeiñeubde;urifl.léjitnt5lad learraneaacen- 

■ l«í ilenw .de vebetueiieia yencrgia, y después de 

funla,r al, desurden de la.naturalcia cree ver lefjeja- 

.d^Jairuágea do Dios en las nubes J cselama: 

Callad; m voí sublime la lejupe^lnil (rausnule; 
Al padre ha reemplazadn el soberano jueí.: 
Tenililad ¡av.' íjih' ¡rril.ldii al universo irrite: 
í,r> ya* fat fi iimítá? poíno i¡t¿ jjóíiin rtíícn ú ¡íny 

l-uat energía y entusiasmo respira su rjompoM- 
cion á' Veneeiit. Ühít de 'las poesías que abunda en 
más bellezas, reala que campea mas su fe religiosa, 
es la rjtri dedica á Iti sefiorita duna llamona 'Leboa, 
Oéspu'ís de tómpaiar la pequdttei de- las obras hu- 
maiuis cotí la grandeza de Ia9divit>as, esclaoia trans- 
[lortatla: 

liios es tan Siiln, Píos! Miro su mano 
En eiuiiitd liicu.Mi etetiiciicia yto: 
Cada alomo de polvo es un arcana 
yue iftcierra «n minM de su' amor trofeo. 






También es digna de elogio fe última, dirigida á I dase apresuradamente del caballo y levantándola con 
Barculanh, en la cuál hay estrofas tan bien acabadas apasionada ternura. Pídeme lo qae quieras, pero no 
como fes siguiente; 5Q ¥ ¡,) a £ s Uü traidor.... 

Eu susonrins de límpídn esmeralda. —Es un inocente á quien íián perdido falsas ca- 

líetieja allíva su eijranle sombia; lumnias tramadas por sus" enemigos. 



Forman losalloyiyQiiles su guirnalda, 
Tiende el valle á ¿lis pies variada alfombra. 

Después de presentar estos ejemplos, terminare- 
mos nuestra humilde reseña con las palabras del He- 
raldo, que al ocuparse de. estas poesías dice beber- 
ías entre olías de tatito mérito, que bastarían á dar 
lo fama á cualquier poeta. Damos pues Ln enhora- 
buena á 1a señorita Grassi, y le aconsejamos haya 
una completa edición Je tudas sus obras. 






Ana ttlikrjjl, 

Ll ¿Lííúú 

.A.W 

II 

(COX'TTNSJACIO.V) 

Sus ojos clavados en el dclo parecían que ímpln_ 
raban su compasión, y las lágrimas que bañaban sus 
mejillas demostraban bien el pesar que fe devoraba. 
De repente el galope de algunos caballos la arranca 
de su meditación, Angélica se estremece. Recuerda 
que aquellos alrededores están llenos de tropasrcalis- 
tas, y el temor de que descubran el asilo de su espo- 
so llena su alma de confusión y espanto, he levanta 
precipitadamente, quiere huir; pero ya no es tiem- 
po. Dos guerreros montados cii brillantes corceles 
atraviesan el camino y pasan por delante de ella, 

— Pardiez! dice uno de ellos, hemos causado un 
susto terrible á esa pobre mujer. ¿Qué fiará aijuí esa 
infeliz i seminantes horas v con uu frió tan espan- 
Loso? 

Estas palabras llamaron la atención de su enm- 
ñeru, que fijó en ella sus miradas y escfaraó.ron un 
inesplicabJe acento de alegría, de sorpresa y de 
dolor: 

— Angélica! — 

Angélica le mira, le reconoce, es el Delfín, es 
Carlos Vil, el primero y único hombre que lia sabido 
hacer palpitar sú eurazon y cuyo dulce recuerdo no 
Se ha borrado nunca de su mente, profesándole "una 
adoración tan casta y pura corno la que los angeles 
tributan á su Dios. Pero pasado el primer momento 
de turbación recuerda sus deberes, y cayendo de ro- 
dillas ante él esclama con voz suplicante: 

— Piedad, señor, piedad para mi esposo! 

— Nunca, Angélica, nunca! grita Carlos baján- 



— Las leves le han juzgado, t vo no" debo, no 
quiero revocar su sentencia. 

—Pues bien, oíorgadme su'pertfmi. Está mori- 
bundo, tal vez habrá espirado á estas horas agobiado 
por su aflicción y su miseria perdonadle en nom- 
bre de vuestro antiguo amor, en nombre de mi po- 
bre hijo! 

—Está moribundo! repilíd Carlos radiante de 
alegría; oh! Dios quiere que desaparezca el obstácu- 
lo que separaba nuestros corazones! Angélica, te 
amo como le amaba en aquellos felices días de nues- 
tros sencillos amores. Angélica, voy á alcanzar una, 
corona, yo ceñiré con ella tu hermosa frente. 

— Callad, esclainú Angélica rechazándole: esa 
corona no la quiero. No la aceptaría aunque fe des- 
gracia me prívase de mi esposo. Debo vivir para mi 
hijo, á quien no le queda otro amparo que jo sobre 
la tierra. 

— Pues bien, yo seré el padre de tu hijo, Angé- 
lica. Sigúeme. Por tí, por él, qué gime en la misc- 
ríai debes' acceder á mis ruegos. 

— Basta, señor. Olvidáis que existe un nombré 
que puede pedirme cuenta dé'mis afectos, un mori- 
bundo que cifra en mi carino su última esperanza! 

— Pero este hombre durante el período de su 
opulencia Le o'a abandonado por otra mujer despre- 
ciable y se ha complacido en tu llanlo y en tus su- 
frimientos! 

... .i 

— Señor, si yo lé abandonase en la desgracia me 

nivelaría á él faltando á mis sagrados deberes. Dios 

no quiere que nos tomemos la venganza. A él solo 

compele juzgar á los hombres y darles el premio ó 

el castigo que merezcan. Olvidad lo pasado, y ved 

tan solo en mí una mujer desolada que os implora 

de rodillas qué perdoné isa Vú infeliz esposo. 

— Perdonar yo al que me ha robado cuanto tenia 
ule mas precioso en el mundo, el curazon de fe mu- 
jer que idolatraba? Oh! nunca, nunca! 

— Sefior, los revés son imágenes de Dios sobre 
la tierra; los reyes no deben vengar ofensas pa'rticn- 

, lares; los reyes deben perdonar para ser perdonados. 

— No, jamás. ¿Donde está tu esposo? responde, 
donde esta, para que yo pueda saciar en el mi ven- 
gnDza? 

— Carlos, 'esclaniu Angélica con tristeza, os 









IjCrjfia.-justo y bueno como en el tiempo en que pros- 
crito j desamparado, no ahrígiliais ningup odio con- 
tra uueslrns enemigos. Como tal as profesaba un 
sincero car ¡fio Je hermana. Os habla erigido un tem- 
plo en roí corazón, y os ofrecía eo holocausto un 
apacible y puro recuerdo, haciendo votos por vues- 
tra felicidad. Veo que el tiempo y la fortuna lian 
cambiado vuestro corazón y que vuestra alma ja 
no es hermana de la, mía. Adiós, vuestras palabras 
han cslíiiguido el aprecio que os profesaba, y ya no 
snjs nada para mi. 

Angélica al pronunciar estas palabras con digna 
.severidad ae aleja, y Carlos turbado y confuso no 
intenta detenerla. 

Ya habia desaparecido entre las tortuosidades 
del camino. cuando murmuró en voz baja: 

— lie hecho mal. Me he abandonado impruden- 
temente ni primer impulsa del corazón. He traspása- 
Ido el alma de, esa mujer desdichada. Mi conduela no 
ha sido nuble: tiene r'ázáá* ' soy indigno de ella, soy 
indigno de ceñir, la' corona (fe Francia.! Sigámosla, 
añade en voz alta dirigiéndose á su compañero. 
Volvió a montar tristemente á caballo, v ambos 



' 



lanzaron al galope por el camino por donde An- 

liiL! habla desaparecido. 

1 



' * ' • ■■■-■■■••__.. 

En el interior de una miserable cboza, al pálido 
resplandor de una lámpara próiiiua ¿extinguirse, se 
veía, ¡i una vieja (jue prestaba atento oído al mas le- 
ve ruido ,de pisadas, y corría á abrir la puerta toI- 
vieniio después Ir i ¿te me ule á su silio. En un rincón 
del aposento, sobre un montón de paja, yacía un 
hombre cuyo semblante pálida y moribundo daba á 
lomprcuder que se bailaba gravemente enfermo. 
Cerca de él, Sobre una eslora, dormía un gracioso ni- 
íto con la sonrisa de la inocencia en los labios v la 
calma de la ignorancia pintada en su sonrosado sem- 
¿lanle. 

Un golpecito dado á la puerta arranco á la vieja 
un grito de alegría y corrió apresuradamente á ahrir. 

Era Angélica. Dejóse caer sobre un banco v pre- 
guntó ;i la vieja con el mas vivo acento de inquietud; 

— Y él, Úrsula, y ¿I? Vive todavía?... Responde 
por piedad. 

~ Duerme i dijo eslaen voz baja; pero su estado 
es lau ful al que apenas da esperanzas de vida. 

— Diosmíol esclaraó la infeliz retorciéndose los 

brazos con desesperación; y sellan acabado ya todos 
los recursos, y nada me queda ya que esperar! A 



cuantos me lie dirigido solo me han mostrada corazo- 
nes de acero, y me han despedido con la mayor du~ 
r eza. 

—¿Ya no Jiay esperanzo pues? 

—Ninguna! 

(St continuará.) 

A ■IC'* tr...l. 



Con el mayor placer trasladamos á nuestras cO- 
Itimnns la siguiente poesía debida á la pluma de la 
señorila Moreno Narlos, cuyas brillantes dotes lia 
tenido ya ocasión de apreciar e) público de Gra- 
nada: 

A LA MUERTE DEL DISTLYGUIDO ARTISTA 

SOH ÍI1KBEL MORENO BItBMA, 



Tejed coronas de amarillas rosas, 
entonad vuestro canto, trovadores, 

y del Gfiiil las ondas espumosas 
repetirán del alara, los dolores. 



tai 
tai 



Que marchitó una [lar brisa temprana 
y robó sus aromas á este suelo, 
disipando las glorias de un mañana, 
jara siempre guardándole en el cielo. 

Segundo Zurbaran, ricas creaciones 
. nos trasmitió con mágica paleta; 
arrullaba el lab reí sus concepciones 
entre sueños de artista y de poeta. 

Acaso comprendió su alma elevada 
cuan pobres son los goces mundanales, 
ilusión pnsagera y agitada 
mecida uor furiosos vendavales; 

Que «s triste por demás, que es harto triste, 

cruzar la vida entre halagüeñas glorias, 
sin alcanzar lo que en la mente existe, 
sueüo ideal de dichas transitorias. 

Pero no sea, no, la lira niia 
quien turbe su reposo funerario. 
Artistas, respetad su losa fría, 
y en cada corazón tenga un sagrario. 






■lu-.ofii Moreno \nrlo». 



►clli 



(costisCa.) 

Pero en tanto que la suerte parecía haber pre- 
destinado á Carolina á la limitada esfera de la vida 
domestica, ta casualidad suministró estímulos para 
alimentar las elevadas aspiraciones hacia lo bello y 
glorioso de esa alma formada con la prodigalidad de 
la jiofurti/e;a. Durante la niñez de Carolina las vi- 
cisitudes políticas Lurbaron el raposo de Ja familia 
Coronado, la cual se vio asi obligada á trasladarse 
por algún tiempo á Badajoz. Su abuelo fué víctima 
del partido dominante, y su padre, abrigando y pro- 
clamando opiniones que por su liberalismo exaltado 
se consideraban entonces como de tendencia peligro- 
sa, hubo de sufrir un largo encarcelamiento. Todos 
los días lema el preso la satisfacción de ver á su mu- 
jer y ú su hija, la cual lio tenia entonces masdo cin- 
co años de edaiL Eu e! olma di: esta, niña por su 
edad, pero coa una extraordinaria madure?, deialeli- 
gencia, parece que cansaron una profunda impresión 
las infinitas vejaciones que sufrió entonces su madre 
para poder comunicarse con su marido. De aquí na- 
ció probablemente su honda aversión á ese- partido, 
y no el primer germen de ese espíritu patriótico que 
de cuando en cuando brota en arranques de entu- 
siasmo la lira de nu.'sira poetisa, generalmente tena . 

* ta- 

piada para mas suaves melodías. El amor du la pa- 
tria es un sentimiento de que participan las mujeres 
de todas clases y condiciones en España, bien que 
sean pocas las llamadas á demostrarlo por sus ac- 
ciones 

Los tempranos infortunios de su familia, su con- 
tinúa residencia en el campo, en medio de la eterna 
soledad de la naturaleza, solo ili versificada por las 
ptatofescas ruinas de oíros tiempos, y la constante 
lucha de una índole altiva aunque suave para con- 
tinuaren su carrera de progreso 'intelectual, á prsir 
del ceño de sus amigos y de la mofa de los en^idio- 
sos y mal intencionados, y muy particularmente de 
Jas personas de su sexo, todo esto ha contribuido 
sin duda para alimentar la ligera tinta de melanco- 

h'a nuevela la frente de la poctiía, cuva huella' está 

i ' 

ínjpresíi en sus pnmeros esfuerzos. 

So primer ensayo en escribir dala de la edad de 

diez años. Le sirvió de lema la muerte de un páJBro, 

el cual fué envuelto en el mismo papel en que se cs- 

Íibió la elegía. 
A los catorce años escribió sus primeros versos 
en uña caria dirigida á una joven amiga suya. La I 



siguiente estancia final dará alguna idea del estado 
en que se hallaba á la sazón el animo de la escrito- 
ra, cuyo genio, cual el de otra Piecioía t pugnaba 
por salvar las vallas que lo rodeaban: 

Yo me siento violenta y comprimida 

Como el niño que hablar quiere y no sale; 

Una cosa en mi alma está escondida.... 

Vivo abrumada por su peso grave — 

Vn concierto suave 

Escucho en mis sentidos, 

Cual sí dentro de mí hubiera sonidos. 

Pero no fué sino un año después cuando la mo- 
desta musa de Eslremad'ira apareció ante el público. 
Su primera compesicion impresa. La Palma, fué 
"plaudida con el mayor entusiasmo y mereció el elo- 
gio de un orador y literato distinguido '!), cuyo 
nombre es tina garantía de mérito en lodo lo que él 
sanciona. Este escelenle poemila le grangeó también 
el tributo de cuatro estancias dirigidas á la poetisa 
por nno que le había precedido en la senda de la fa- 
ina, Esproncoda. Con la felicidad de espresion que 
le distingue calificó sus versos como la músico de la 
inocencia. ' 

En 1838 los horrores de la guerra civil de que 
era teatro España dieron motivo á una ligera demos- 
tración de los sentimientos patrióticos de Carolina. 
Sus hábiles manos bordaron una magnífica bandera 
para el nuevo regimiento que se formó para salir de 
Badajoz á defender la causa de la libertad. La dipu- 
tación provincial de Badajoz manifestó su reconoci- 
miento por el regalo en un oficio que entreoirás fra- 
ses en que hacia justicia al patriotismo de Carolina 
y al primor de su trabajo, contenia la siguiente: 
«La diputación no puede ofrecer á V. las merecidas 
a r.ii.'ias: la mejor recompensa para un corazón como 
el de V. será que los valientes que hayan de seguir 
¡-I regalo de V, al campo de batalla, recuerden' al 
r?j¡rcsir á sus hogares á aquella que con sus manos 
JcliiifiLis ha bordado al emblema en cuya defensa 
habrán derramado ¡an pródigamente su sangre.» 
Este honroso testimonio iba. acompañado de imasor- 
lija de brillantes, en la cual iba grabado el nombro. 
i!el regimiento. 

Y no se crea nuc la joven poetisa se hubiese des- 
embarazado aun di- las trabas que en su niñez se ha- 
bían opuesto á sus adelantos. El éxito no había san- 
tificado la elección de carrera hecha por Carolina, 
Sus gustos literarios estaban harto en desacuerdo con 
las nociones recibidas de docoro femenil para obte- 
ner de su familia y de la gente de su pueblo la La- 



enr.ín que la hiibián. dispensado personas '.:nt*s¡ 
;iiln do oleas pifies. Aun después lie haber si- 
do coronados SuS csflieríOS puf Una amgida Un li- 
sonjera, que pureras darle <lerecbo para disponen, del 
tiempo ásu.albi^río,, continuaba su madre e\i^iéu- 
dule qna se dcJicase 4 '« faenas dym<'slie¡is,,.};"Caro^ 
lina, dócil siempre S Iflf deseos de upo niítiho a quien 
á pesar de la. contraposición de sus mjras profesaba 
na carino respetuoso que raya cu la id.ulalrin, stibre- 
ilevó con gusto la parltque le cupo en los cuidados 
íOhs¡!íti¡enles;á una familia de uchú Iieriimtiús dcam-S 
bos sexos. El corto espacio de lienipo.de que podía ¡ 
dispon it anjes de exigírscle que cuniuiuasc luí ta- 
bules del día lo dedicaba al estudio dolos libros mjt 
jodia ohlemu' presladus, ,jf durante. las larcas lunas 
que empleaba en sus obras, de costura, sus pensa- 
mientos lanzándose libremente por las bellas rcgjo- 
iiik ,ir ía l'.'[,:;^ía. o vacudo. por alguno .le los ro- 
mances: u> lugares que se complacía en visitar du- 
rante sus ■eíeursiones, se ordenaban en Ja esquisila 

fcTUW bajo la cual Salían después ú la \\lí publica, 
porque, eslrauo como, Jebe, parecer, Carolina, con- 
fiada plenamente en su memoria, ha compuesto to- 
das Sus jiúc.-Kis sin el auxilio de la pinina. Cada una 
do ellas oslaba, concluida enteramente anles de. haber 
sido trasmitida al r a F l. 

/Se coniwuarú.J 

.. .>tf«lt«» n 

PJiNSAMÍE-NTGS DE MUJEBES CELEBRES. 



lado, j las paredes de h cata conjugal le miden, 
— Jfad. Siarl. 

[Una mujer honrada debe estar contenta con su 
marido cuando no ln pegiw, fio la riña ni la deje ca- 
. reoer! de nad*Irr ilad, Jiritsue, 
<■■■! Los marido.* se imaginan ludo y no comprenden 
pattmí-&dlQÍ Sand. "V* 

f>itii coloco á la mujer en la licrra para q'tft 
el hombre fio hiciese demasiada* cosas grandes. 
-.Vo,/. /.tyfiurm: 

ütluii , , 

Ln lifrmosiira es. como los olores, cuyo efecto es 

de poca duración: a eos tu intradós á ellos uo se les 
sien le.— .Vml- tálÚffltl 



Una idveí 



„ ;F° cn "Vanosdc un líejo es un pajaro en 
manos de un niño.— Sofia Anmultl. 

El amor es un niüo grande, la mujeres una rau- 
Qüca. — í/ü(i. roükz. 

Nada hay. mas amable que un hombre que se 
soíe» pero nada hay mas 1 odioso 1 que un seductor. 
— jYincw. 



Ka amor la bondad bace- ingratos; la dutiura* ti- 
ranos; la buena, fe D.erüdos.— Alad. HkcQboni. 

Casarse es e«liar alreyidamenleú una lotería de 
suerte donde lart ¡meas veces salen premiados tos bi- 
llclesí— -t}ía.d. ítspiíia.vt. 

El amor, que no es nía» que un episodio- de la 
vida del hombre, eg la historia entera de la vida de 
la mujer. — J/aci; Slael, 

' La libertad es incompatible con el amor; on 
amante nnne» es mas que un esclavo. — .liad. De- 
¡aunaij. 



Mono de limpiar íosiiRMsns,— Para limpiar es- 
la lela lo mejor pasible, dice un periódico, se prín- 
aipiapór lavarla en agua tíhi¡t; en la nial en Ing^r 
dí jabón se echan raspaduras de patatas peladas. En 
seguida se enjuaga con agua de rio, y luego se tien- 
de en una cuerda para que se seque. 

' oJ »!» 

El lunes recibió S. M, la Reina en audiencia par- 
ticttlar á la serionia D.* Carolina Coronado. tEsla 
pn'elisa lino la honra de poner en las reales manos 
algunos ejemplares de una poesía dedicada ¿ S. M. T 
y nuestra augusta soberana dio á la joven autora re- 
petídas muestras do su bondad. 

La señonla Coronado debe babor salido ya para 

Andalucía, 





POESUS 

cíe la señorita doím Angela tj'ntwi. 

Véndese á i rs, en las librerías de Slouier, car- 
rera de S. Gerónimo: Kius, talle de JaroinMieíii; 
Los viejos libprtinos son asquerosas áVañas que P' ,verc Si calle de la Concepción Geriiníma, y en' la 

^inas vecüj afrapitil lindas mariposas. -.Vino,,. ""r""*"!* de ra ' e Púdico, falle de María CríSlina 

uuiu, H «uarto bajo. 



álgonas 

Los hombres forman á las mujeres para el amo, 
y les prohiben su uso. ¡Kslu es ser consecuentes: 
— .Vcuf. ¡.timhtrt. 



-La mujer no tictie mas que un homonlelimi- Caltóde il:uia tli-istina/uúineroá. 






Año I. 



Domingo 28 de Marzo de 1832, 



Núm 3S. 










, ■ ■ ; 

LA MUJER, 

PERIÓDICO 



• PERIÓDICO 

escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 

Este periódica sale todos'lus daniin^us: se •íuseriljp en Madrid enlts librcri.is de Monier f4t Cnnii, i i Mi al imí: i i'H :¡ruv ;ii- 
ctas 10 rs* pnr duí meses frjiu'j d¿ \t me, rmiutieii n utia 1 ilir an £,| ¿ ["avur de iiueslru ¡rppresq-r, sello? di franqueo. 

! — 14a 






ADYIvltlRSCIA* 

— 

En nuestro prójimo número quedará concluida 
la publicación de la "preciosa nmrla.de Jorge Sanrt 
Francisco el espósíto, y según ofrecimos a nuestras 
suscriloras les repartiremos una cubierta de color 

por si gustan encuadernarla. 

„. , ,< i • ■ . -i 

Si alguna de nuestras suscritoras, luvjesfl desca- 
balada dicha novela por Iiabcrs/le nstrnw.Ldu algún 
número del periódico, puede decírselo al repartidor, 
pues tenemos sobrantes algunas número? sueltos, y 
se los entregaremos á bu pn meras que los solí- 

O I I 

cilen * 

M. ,it (ni *«uii¡<i. _ 
Ya en otras ocasiones_nos hemos ocupado de la 
sociedad con relación ¡i las obligaciones que impune á 
nuestro sexo y diíiculiades v obstáculos que le opone 
para cumplidas; 1 pisrsuadidns-estamds queUejos de ha- 
ber exageración ; en la pinfura qlié hadamos, debia 
parecer pálida y deseolorrdaal compararla con el ori- 
ginal de donde se tomaba.; 'Tócanos ahora preguntar 
á las suscritütaiqaa á pesar de todo nos estimulaban 
a mirarla con menos oeírü, y nos-dicen que ía socie- 
no es lan mala como parecí?, si es innegable cuanto 
sentamos entonces, si esdTcaaíon de' j*efrl«s que se 
llama sociedad es tan contradictoria con respecto á 
los deberes que impone l¿ hüe*ro sexo y'diíicuUades 
de que luego le rodea para cumplirlos, condenándo- 
le cruelmente si no puéde ! suparar esas dificultades; 
■no es digna acaso de quo se ¡a mire con todo el ce- 
ño que nos achacam nuestras cofije*ponsatóÉ? 

Esto no obsl'ahleí'nosViífas'/ hijas de la sociedad 
y criadasen ella/ri&iltídeíBOíJ'líborrÉiíertóni conde-' 
narla absolutamente; pueysl' adolece de e&s vicios 



1 i ~ 

que hemos lamentado, y contra los cuales hemos es- 
citado la prudencia de nuestras hermanas, conocemos 
V confesamos á la reí que sin (as ventajas que la bue- 
lia sociedad proporciona, la vida seria insoportable. 
jQuíen sabe librarse délos peligros de que adolece, 
quien marcha con la suficiente prudencia por esas 
sendas cuyos precipicios están cubiertos de (lores, 
quien tiene el suficiente dominio sobre sí para no de- 
narse arrastrar de apariencias que ciertamente se- 
iduren, pero cuya realidad mata, y se aprovecha de 
dos beneficios de la buena sociedad sio abandonarse 
■ ciego en sus ocultas simas f ese ha hecho 1» que nos- 
jotras deseamos que imiten ledas nuestras her- 
manas. 

i, 

Así pues concluirnos manifestando que no sola- 
mente no miramos coii cefío la buena sociedad, sino 
que la juzgamos una necesidad de la vida y. una con- 
dición precisa de nuestra naturaleza, que ¡uis eleva 
sobre lus demás seres déla creación; pero como nada 
perfecto existe entre las obras humanas, aliado de esa 
bucoa sociedad y dentro de ella misma hay una socie- 
dad esencia I mente mala, corrompida é ipjusla, que 
es muy difícil distinguir, pero que es preciso conocer 
para preservársele las fatales consecuencias que oca- 
siona á los que incautos se dejan llevar del brillo 

j i i. 
con que deslumhra. 

Juzgamos que ■ estas espía-aciones bastarán á 
nuestras jóvenes 'comunicantes para que depongan 
la idea que habian formado sobre nuestro injusto 
juicio déla sociedad, y se convencerán de que solo 
un poco mas de esperiencia nos hace diferir en algo 
de su opinión. Guarido ellas la hayan adquirido pen- 
sarán como nosotras, Y quiera Dios que acerbos des- 
engaños no les hagan' calificar ruücíio peor esa su 

j • j j ' " -■* 

amada sociedad. . , -, 

p o / 



.£Í!8I ili« 



.I od A 



¡ana 



Nuestra distinguida colaboradora. D.* Rohosll... 
Armiño de Cuesta nos lia favorecida con la siguien 
le poesía, que pertenece á la colucrinn que está -es- 
cribiendo con el titulo de A] pti de h cvna. 



FAVILA. 

;«. PIK BI LA CUNA, 

.1*7.'*.'. na ■Tftyth 

¡Salud, arcángel hermoso. 
Que ájiuestro suele llegaste, 
V en mi corazón formaste 
Un nido eterno de amor? 
#¡riud; n¡¡iu! tu venida 



lili dia sueno d« gloria 
Brilló en mi mente lozana, 
Y de la palma africana 
Mostrara el orguUo yo; 

*>>* ni ¡ffó T" jbri! nur <^*^ . i o i i- v t¿9 

De este bosque en la maleza 
Siento que va en mi cabeza 
. La llanta de hervir cejó. 



No anunciaron los cañones. 
Ni ondearon los pendones 
De tu runa en derredor. 






Solo ona nube de flores 
Te recibió ,i tu llegada, 
Avecilla engalanada 
Que lanío [icni|io soñé; 
¿MáS quién idear pudiera 
(Jneen vez del niño dormido,. 
A tu Negada un gimído 
Tan solo, uiuu, iatwé? 

Sí, que á la tierra vinisfe. 
Creación pura y hermosa. 
Cuando amargura rebosa 
Tan solo mi corazón; 
Llegaste en mi e dad florida. 
Mas ya de mi lira rota 
Tan solo la fuente brota 
De sombría inspiración. 



■ 



/ 






Tú, que ignoras de mi vida 
Las pen as jios dolores 
Ouiercsquecanfe las flore, 
Vialu.velarreboí.... 
¿No sabes, duke paloma, 



V mas al águila Írritas 
Cuando le muestras el sol? 



Que están mi^l.;,^^, 

' -iun 

Yo q« «amé de tu cuna 
Las trillantes aureolas. 
Yo qu. canté de las olas 
El flamígero bramar; 
Yo que la lucha incesante 






Canté del ángel caído, 
Vuv hundiendo en el olvido 
Mis goce» y micanlar. 



Ni me inspira ya el bramido 
Del agua que se desprende. 
Ni allá en el alma se eneíeúde 
Sacro fuego creador; 
"V siento secos mis ojos 
Cuando en lágrimas me anego, 
Y cual niña imbécil juego 
De una hoguera eo derredor., 



mo rt'l 
■í.'.ililnif pl 






¡A donde huyeron las horas 
De tnis' venturosos dias, 
I>e canciones y armonías 

Y visiones del Eáeml 
¿A donde las dulces auras 
Que jugaban en mi frente, 

Y la aureola luciente 
Que ¡laminaba mi sien? 

; . 

' -. ' 

¡Ühl duerme, niüc, y u boca, ., 



I 
n miro 



Qiib solo un mimbre mormura. 

Respuesta firme y segura 

Dar podrá un dia quizá; 

jOh! ducrmel-y en tus eaaueuos 

Que» reflejaran mi vida, 

Allí la cifra perdida 

De mi porvenir está. 









i ~'' ' •' 



Mas ya la pálida Juna 
Se apaga en ol occidente, 
Y. el alba se alta, luciente 
Sobre el cairo da cristal; 
Ya de las nubes da plata 
Que encienden el horizonte 
Brilla en la cima del moaic 
Dulce rayo matinal. 






r- 

V en pos dtl celeste ror>j 
Que resuena en e.L espacio . , ; 

Abre el 50I sus ojos di- yrv, 
Que *ida ;i lii víJn dan; 
- ; d> . '-.'■;. jQlro dia titas! cantemos, 
Fa*ila, al pié-de la cuna. 
Que si es negra la fortuna , 
dorios los dias serán . 
— 
Si, luchemos brazo á brazo 
C«n implacable rk*liin>, 
Cruzando ñola el camine ■ 
Cun firme \ wjfure pié! 
¿Qué importa cruzar U vi-la 
Por senda de abrojos llorín, 
O eo que pradera Di trida 
Trazado CÍ caniino edftí 
— 
Ayl al dintel de la tumba. 
Do apaga el golfo.sus olas, 
Unas son las aureolas 
DeJ vasallo y del señor; 

Y vosotros que gozasteis, 

Y nosotros que sufrimos. 
Juntos allí confundimos 
Los placeres v el dolor. 

Rohu«CIJina trmlüo de Cur.Lu, 



- 



-»** »►»*!'**"■* 



EL HASTIO. 

En: uno de. nue£lros Quineros Anteriores hablan- 

• blando del bastió, hijo natural del ocio, -encomia ni'": 
la laboriosidad y nos reservamos hablar dií esta cua- 
lidad otro día: boy vamos á cumplir nuestra prome- 
sa, si bien. convencidas de que no llegaremos, por 
grande quesea nuestro deseo, i persuadir cuantos 
placeres proporciona, pues lo dificulta la rudeza de 
nuestra indiestra pluma. 

A pesar de esta justa desconfianza , á fuer de 
agradecidas' queremos dedicar á esa que no vacila- 
mos en llamar santa virtud algunas l¡m?3S.. Le debe- 
mos tantos momentos de verdadero plaoer^ile-debe- 
mos tantos consuelos en nuestras penas, que nos ha- 
cemos un deber de escribir sobre este asunto. Ojalá 
iv i éramos las facultades persuasivas necesarias pa- 
convencer á tontas á quienes embarca el hastío y 
el tedio, porque desconociendo los beneficios y los 
placeres del trabajo temen dedicarse á él. 

Cuando el trabajo es necesario para conseguir la 



subsistencia ¿quién es mas ani¡»o del hombre que e 
mismo trabaje?, ¿quién Je libra de la miseria, quien 
impide la infelicidad de sus hijos adorados* Cada go- 
ta del sudor que inunda su frente, es una (lor d i bu 
corona triunfante. El hombre enlomes vence ai mas 
terrible enemigo suyo y de su familia, que esia in- 
dolencia y la pereza, que baila a la cabecera de su 
lecho al despertar por la mañana, y á su lado todo 
el dia, siempre combatiéndole, pero siempre vencido 
por el hombre laborioso, que al combatir viene á 
fortalecer su ánimo la dulce memoria de sus hijos, 
que pbljenen las ventajas de su triunfo. Olil _ si se 
dejase vencer, ellos perecerían 'rj yacerían, en la mi- 
seria, y el hambre y la falla de educación los lleva- 
rían á engruesar las huestes del crimen. Con su tra- 
bajo les- proporciona la subsistencia y la educación, 
y al verlos alegres é instruidos qué placer puede 
igualarse al placer de su padre? 

Oh! bendito sea el trabajo, que aun cuando es 
necesario lautas desgracias evita, lautos consuelos 
proporciona: 

¿Y acaso cuando no es preciso para alcanzar ]a 
subsistencia os por- ventura menos agradecido, pro- 
porciona menor dicha? No por cierto, porque sí e¿ 
espantosa y horrible en el pobre la miseria, sn el ri- 
co e> amargo y desesperante el hastío, que lia con- 
ducido mas de una vez al suicidio, y el trabajo evita 
esle mal. Pero no es este su principal beneficio, no 
es i su su cualidad preferente, ni lo es tampoco el 
dulce placar que proporciona después: -su masimpor- 
tante cualidad es el impedir el vicio y la degradación 
á que la ociosidad conduce, y que no evitan ludas 
las riquezas del mundo, pues solo el trabajo, la la- 
boriosidad puede prevenirla. 

Bendigamos pues eia santa virtud, que en la 
opulencia como en la miseria, , en la felicidad como 
en la desgracia, tantos bienes proporciona, -laníos 
mali:s evija; y practicándola hallaremos remedio en 
todas las adversidades, y basta balsamo consolador 
pora las penas del corazón. — * " , 



ANGÉLICA. 






OÍíU soi "■■ 

(go>TI\OACI«N') 

Un suspiro que soltó á este tiempo el moribundo* 
hizo volará la infeliz junto: allecho de su esposo. 
liMütrEres tú, ángób'ca.... eres tú? murmuró con 



d*h¡l VQí Eduardo; ¿por qué le luis ido» ¿por qu 
me lias abandonado? ;,Nu sabes que jo no puedo vij 
vir sin ti. y que «I espirar deseo tener el consumo 
di- exhalar el último suspiro «obre lit corazón? Olí! 
no te vavas.... ven.... tu mirado me da fuerza,... 
la dulzura de lu vái raima mis sufrimientos.... nu 
me abandones por piedad! 

— Olí! no, estoy á lo lado..,, junio i lí ... Pero 
;.por qué hablas de morir?... Oh! mi, esto no es po- 
sible! Oios no querrá arrebatarme todo mi con- 
fio! 

—Tu consocio yo! jo que te he causado laníos 
sufrimientos! 

— Olvida cuanto ha pasudo antes de este instan- 
te; olvídalo como yo lo he olvidado. 

— Ofi! gracias; pero tu generosidad al par que 
me consuela me asesina, porque yo no puedo olvi- 
dar mís horribles desaciertos, 

Eduardo al pronunciar estas palabras cayó ren- 
dija "dé su esfuerzo sobre el Jecho. Su mano aban- 
doné la de Angélica, y murmuró ron fatigoso 
acón lo: 

— Ohí tengo frió!... está helando!... las furrias 
me faltan! la vida me abandona!... me siento mo- 
rir Ven, ven. acérenle por Dios! 

—Angélica cajo ¡Jé hhj¡L; 1s junio .i el lecho, y 
el moribundo estrechó débilmente tú hermosa cabe- 
za conten su corazón. 

— Mi liijii! prosiguió, quiero ver por la lillima 
vez a mi hijo! ¿dónde esta?... quiero verle!... 

— Angélica cogió en brazos al niño, que durmia 
tranquilamente, y le presentó ¡i su esposo. 

— Hijo mío!... hijo miu!.,. gritó este con deses- 
peración; e! último beso, la última sonrisa para tu 
pobre padre!,. , 

El niño se sonrió sin prever Su desgracia y Edúar, 
do elevó sus ojosál cielo como recomendándole aque- 
llos dos seres amados, de los que iba á separarle en 
breva la eternidad. 

Luego, agoladas sus fnerzns por el sufrimiento, 
cayó sin sentidos sobre el lecho. 

Angélica le puso la mano sóbrela frente y sobre 
lecroazon. Este liabia cesado de latir, su frente es- 
taba helada!.. . 

—Úrsula, socorro... socorro!,. Ven, Dios mío, 
venl gritó Ja infeliz cotí desesperación. Oh! esto no 
es ppsible, prosiguió, esta idea roe aterra!... Eduar- 
do!... esposo miol... ?ío me responde... no ote oye, 
ha muerto!.., Y ningún medio, ninguna esperanza 



le socorro!... Oh! eatós gentes no tienen corazón 
pues nu se apiadan de unos males taro horribles! . , . 

Al pronunciar estas palabras la infelir. se arrojó 
sobre el moribundo, que volvió háela ella' sus ojos, 
ya velados con las sombras de la muerte, y besó dé- 
bilmente su mano, en la que brillaba ana Iterar 
sortija de diamantes. 

Era cí anillo de desposada que lo había regalado 
Carlos al separarse de ella para ¡r á ponerse al fren- 
te de su ejército. Angélica nunca había tenido valor 
para desprenderse de aquella joya que tan dulces re- 
cuerdos encerraba. Pero entonces Una idea rápida 
pareció herir su meute, y levantándose futra de ai 
salió desolada de la estancia, 

Reinó por un breve instante en ella un doloroso 
silencio, interrumpido lan solo por las preces que 
Úrsula r 'muraba en voz baja. De repente dos ca- 
balleros aparecieron en el dintel de la puerla, y sus 
curiosas miradas parecían buscar un objeto en el in- 
terior del aposento. Úrsula ha reconocido a su SO-, 
berano, y corre ú arrojarse á sus pies. 

—Y Angélica? pregunta Carlos con voz conmo- 
vida. 

— Acaba de salir.... 

— Y Mailly'.'... añade el soberano titubeando. 

— Vedle, señor. Creo que seréis bastante gene- 
roso para no arrebatar á .su esposa hasta nn ca- 
dáver. 

Carlos no responde y se dirige al lecho. Contem- 
pla con ojos compasivos aquel hombre que muere 
sobre uu montón de paja; lija su mirada sobre el her- 
moso nip'iri, y una lágrima de compasión humedeció 
sus palpados. 

El niño, que hahia vuelto á adormecerse, entreai 
bre los ojos y tiende sus manos al rev como ¡nploran- 
do su piedad. Cáelos enternecido te loma en Sus bra- 
zos; estampa un tierno btísq en su frente, j eselama 
entre sollozos: 

— Si.es tiempo aun, te volveré á tu padre! 

Un grito de júbilo resuena cerca de él.... ÜAn- 
gétioa, que ha oido sus palabras y rae ¡i sus pies 
murmurando: 

f— Gracias! 

(Se «mcítitrd.) 

.Vi(rll Cruil. 






a 



m 



(continúa.) 



Difícil es concebir cómo sin haber cimentado se- 
mejante empresa en un curso adecuado Je esludios, 
sin método, sin tiempo disponible y aun sin male- 
riales, se formó de ese modo misterioso y casi clan 
destino la colección de poesías que, precedida de una 
introducción por el célebre autor dramático Harl- 
zeubusch, salió á luz en Madrid en 1843. Tal vez 
sea la señorita Coronado la única persona dolada de 
la estraordioaria facultad de componer solo con el 
auxilio de la memoria. La dificultad que esto ofrece 
está definida en las siguientes observaciones dej dis- 
tinguido escritor que acabamos de citar: «Solo quien 
haya probado, dice, á componer de memoria, es ca- 
paz de comprender la fuerza de atención que re- 
quiere este penoso trabajo del enlen dimieuto. El poe- 
ta que compone escribiendo descansa en el papel del 
cuidado de conservar lo que crea, y no piensa mas 
que en seguir creando: el que compone de memoria 
tiene que desempeñar por sí la doble tarea de crear 
y retener, y como la mente humana no puede ocu- 
parse á un tiempo en dos ejercicios, turbada la ra- 
zón un tanto coa ellos, la entonación del poema no 
suele salir igual, ni las ¡deas muy intimamente en- 
lazadas, ni la expresión del concepto con la claridad 
suficiente para el lector, para el cual cada pensa- 
miento de una obra escrita se presenta solo bajo la 
forma en que quedó, sin (pie lo acompañen las otras 
ideas auxiliares ó símulláueamente concebidas que 
contribuyeron á engendrarlo. En aquella exaltación 
de ánimo el poeta con la mas leve espresion se com- 
prende y satisface á sí mismo: el lector, que de nin- 
guna manera se puede hallar en un caso semejante, 
necesita mas para comprender: el uno es el ciego que 
por su finísimo tacto conoce un naipe sin verlo, y el 
otro es el hombre que ve, pero que necesita la luz 
para distinguir la forma estampada en la caria.» 

Esta estélenle definición de las dificultades que 
ofrece el componer en verso sin escribir no puede 
ser aplicable á [a señorita Coronado, cuya estremada 
facilidad en la versificación bace que le sea mucho 
menos fácil el componer en prosa, á causa de la di- 
ficultad que le ocasiona el evitar la música de la 
rima. 

Los periódicos principales de la capital y las pro- 
vincias han publicado innumerables composiciones 
suyas, qne fueron reproducidas en la América me- 



ridional y en la isla de Cuba, y su autora ha sido 
admitida como miembro del Instituto Español y de 
todas las academias literarias de España, inclusa 3a 
de la Habana; pero, como dijo Mr. Gustavo Deville 
en su Revista de Madrid, «cuantío la perseverante 
energía estaba ¡jara recoger su fruto y recompensa; 
cuando la realidad de la vida se abria aníesus ojos; 
cunado los esfuerzos de una firme voluntad habían 
vencido los obstáculos, contra los cuales tan vale- 
rosamente babia luchado, la prensa anunció de sú- 
bito la muerte de la poetisa,* Sucedió esto en ia 
primavera de I8Í4, y los periódicos de todo el rei- 
no, en prueba de dolor por la pérdida que habla su- 
frido la literatura, salieron al público de luto. El 
sentimiento general por una pérdida qne se conside- 
raba como una calamidad pública, se manifestó en 
lodus los puntos de España en una multitud de la- 
mentos poéticos. Estos testimonios de afectuosa es- 
timación llegaron basta la quinta donde su objeto 
vt\ia completamente retirado durante la mayor par- 
te del año, y le cansaron como es de imaginar no 
poca sorpresa. Como una voz de la tumba !a de la 
joven poetisa en un canto de admirable melodía de- 
claró á la nación regocijada que las carlinas de su 
trabajoso aprendí/age se habían en realidad sepulta - 
áu para siempre, pero que rico de gracia y de vigor 
su genio inmortal vivía aun sóbrela tierra. 

La singularidad de este incidente, y el dolar 
que su presunta muerte había causado, ie sugirió la 
idea de escribir una obra que ha determinado sea 
postuma, y que tiene por adecuado titulo el de Dos 
muertes en media «¡tía. 

Largas y frecuentes vigilias y una aplicación in- 
cesante al estudio no podían menos de afectar una 
comestura física tan delicada. Destruido el equilibrio 
entre el cuerpo y el espíritu sobrevino la postración 
del primero, sucumbiendo á uua grave dolencia. Pa- 
ra recobrar la salud que babia perdido nuestra poe- 
tisa eligió el cíelo delicioso de Andalucía, y después 
de haber permanecido algún tiempo en Cádiz escri- 
bió al salir desús murallas su canto á El Mar. 

Una afección nerviosa que casi llegó á privarla 
del uso de sus miembros la obligó á recurrir á unas 
aguas minerales en la cercanía de Madrid, y la capi- 
tal recibió con regocijo la visita de la ya famosa es- 
trella literaria. El Liceo artístico y Los literatos cele- 
braron su venida coa entusiastas honores en una se- 
sión convocada especialmente para aquel objeto. La 
poetisa leyó á la asamblea su composición Se va mi 
sombra peroyo mequedot y unaeoronadehojasdeoro 



y laurel fu¿ pnesU en su hermosa írenlc. En una se- 

I íiion puslerior celebrada en obsequio do SS. MM. se 
rep rosen t 6 su drama 1:1 cuadro de lu Esperanza, lis- 
ie drama no ha sido la sola contribución de su auto- 
ra al teatro: un drama histórico iuliluhulo Alfonso 
IV, v otro que aun está inédito v que lleva por titu- 
lo Pitra rea. evidrinian su capacidad en psle dilicilt- 
sirao ramo de la literatura. 
Todo lo que tiene relación con Carolina y la ro- 
dea indica la sencillez poética de sus gustos. Aun tm 
Kedio de ¡lis placeros de una tapit.it, obsequiada y 
admirada por lodos y recibiendo homenajes de las 

I categorías mas elevadas, roncería la modesta senci- 
llez y lialii m i-í Ji-1 campo v pasa sus lloras ro [loada de 
aves y llores, á las cuales tiene apasionada aiicion. 
Su escritorio tiene el sello de la dueña en sa elegan- 
cia clásica y sin ostentación. Un cuadro por el ¿¡vi- 
no Morales, Santa Teresa en el acto de escribir, es el 
primer objeto que llama la atención del observador, 
no tanto pur su belleza como obra del arte como por 
la semejanza de las facciones de la Santa y las du la 
señorita Coronado, 

Su % ¡Ja es aun tan laboriosa como si su filma es- 
tuviese por adquirir; pero aun en medio de sus infati- 
gables esfuerzos para adelantar eu su carrera consa- 
gra diariamente una parte de su precioso tiempo á 
ayudar en sus estudios á sus hermanos menores. 

(Concluirá.) 



respeto. El CIp/Ius es riiiiy conocido ( cn los puertos 
de Belfasl, Huillín, Cork, fe! , y ha aiii-lailu frecuen- 
temente en los puertos ingleses: los groseros barque- 
ros de Bíglands le llaman el bergantín con faldas, 






Una mujer de. Espartí tenia sus cinco hijos en el 

■ ■ ■ i n 

I ejército: esperaba impaciente noticias de la batalla; 

llega Hola, que había asistido á la acción: ella se 

acerca y toda trémula le pregunta. 

— ¿Qué nueva traes; 

— Tus cinco hijos lian perecido. 

— Vil esclavo, ,-quiin le. pregunta pío? ¿liemos 

O 1 I B 

ganado la victorias? 

— Sí.... 
No bien pronuncia esto cuando la madre vuela 

al templo y da gracias á los dioses. 



►***&$$ !«-*-*■*■« 

Éntrelos numerosos buques que dorante la pri- 
mera semana del mes actual se hallaban detenidos 
por contrarios vientos en el puerto de Samhusll, isla 
de Aeran, en- Escocia, se veja el viejo bergantín 
Ctoetui, que hace mas de veinte añns manda tajó\itn 
y hermosa JUiss Belsij il/iífer. hija del difunto Willam, 
armador y negociante de maderas. Miss Betsv des- 
empeñaba en muchos barcos de su padre, y en lar- 
gos viajes, las funciones de sobrecargo, y al ver co- 
mo los capitanes trabajaban, qtluo mandar también 
un buque. M, Miller satisliro su cstraiki deseo y la 
confió el mando de Chalas, cuyo ¡i bordo ha arrostra- 
do tormentas, durante las cuates algunos capitanes 
lian visto romperse sus embarcaciones contra los es- 
collos. El aspecto de Miss Tietsy en el castillo de po- 
pa, cuando arrecia! las tempestades, es tal que hon- 
raría aun almirante. Debemos añadir qile hasta aho- 
ra ningún marinero ni oficia! de los que están á sus 
ordenes la ha hablado sin manifestar el mas profundo 



Parece que uua de nuestras mas distinguidas 
poetisas, cuya salida para Andalucía se anunci6 ret- 
ejen temen le, se dirige ¡i Gibrallar con el objeto de 
contraer matrimonio con uno de los individuos del 
cuerpo diplomático eslrangero residente en Madrid. 
— — i 

El domingo, dice un periódico de esta corle, 
fuimos espectadores de la destreza de dos damas ele- 
gantes en e! tiro dé pistola de l¡¡ Fuente Castellana, 
pues colocando algunos alfileres al- frente de Ja plan- 
cha los hicieron sallar sucesivamente ¿ los primeros 
disparas. Después, arrojando al airé dos de sus guan- 
tes, fueran tan certeros tos tiros, que los hicieron 
IrLtns. Dos almibarados pollos que 'presenciaron ' e 
hecho fueron agraciados con los mutilados girantes, 
y no dudamos tos conservaran como prendas de in- 
calculable mi rito. 

: 

ADVERTENCIA. 

Por causal independientes de nuestra voluntad 
no ha podido repartirse este número el domingo ¡M f 
Esperamos que nuestras amables su -.ni Lora > nos 
dispensarán uua falla que en Iq sucesivo haremos 
por qíté no vuelva á repetirse, 

4 1 J 



l 

mii 



MADRID, 1853 

le lio» J «■,<■ Tr 

Calle de María CrMina. num.ro S . 



luilirentn de rtoii <HHké Trajina, litjo, . 

1 



A.QO I. 






Ludcs o de Abril de 1832. 







LA MUJER, 



PERIÓDICO 



Núm. '¿fi. 



escrito por una sociedad de señoras y dedicado a su sexo. 



Este periódico s«lc iodos ios domingos; se suscribe en Miind en las libreríos de ilonier y de Cuesta, i i rs. ni roes; y m provin- 
cias 1(1 rs. por dos meses Trinco de pone, remitií» u una libraiiía a dvordetiueslrn impresor, ú sehuí-defrafl(|ui'o- 



sir 
pe 
ho 



Al comenzar nuestro artículo no heñios vacila- 
do en dedicarla á los misterios que lian empezado 
hoy y que llenan (oda la semana. ¿Ni cómo dejar de 
espresar en nuestra publicación el pensamiento que 
llena nuestras almas? ¿Cómo evitar que el asombro 
que nos inspira el sacrificio inmenso del Mijo de 
Dios, y la gratitud que rebosa en nuestros corazo- 
nes por esa obra incomprensible de la redención, 
que nuestros limitados espíritus do alcanzan á com- 
prender, sea la que dirija hoy nuestra pluma? 

Pobres de talento y escasas de instrucción, no 
podremos seguramente espresar Jo que sienten nues- 
tras almas; pero ese mismo Señor, sanio de los san- 
tos, ve al par de nuestra insuficiencia nuestra volun- 
tad, y escusara el desaliño y la falta de expresión de 
nuestras ideas, consecuencia de nuestra pobre inte- 
ligencia, pero no de nuestra voluntad. 

Instigado el hombre por el Ángel caído, se re- 
beló contra su Dios y Señor, y su condenación eter- 
na fué la justa pena de su ingratitud y de su peca- 
do; de su pecado infinito, y que en la justicia divina 
no podia quedar redimido, si no pagaba la pena me- 
recida un ser infinito también, Oh! Al hombre y su 
raza entera, criados para gozar de una bienaventu- 
ranza eterna, solamente les esperaba la condenación 
y los tormentos eternos. Pero el mismo Señor que 
los crió, el mismo Señor contra quien se rebelaron 
con negra ingratitud, el mismo Señor cuya justicia 
eterna no permitía dejar sin castigo la horrenda in- 
gratitud de la criatura, permitió que su Hijo santí- 
simo descendiese de su truno de gloria y viniese á 
¡regrinar por este misero mundo, á sufrir por el 
ombre y á redimirlo. V el Hijo de Dios, la segun- 
da persona de la Trinidad santísima, lomando carne 
mortal en las'ealranas de lina virgen de Judá, se 



hizo hombre para reconciliar á la criatura con su 
Criador y satisfacer la justicia eterno. 

El hombre Dios anunciado por los profetas, es- 
perado por las generaciones, precedido en su pere- 
grinación por la tierra de las bendiciones de SU pa- 
dre, marchaba sembrando de beneficios su camino; 
pero los hombres, ciegos, envidiosos é ingratos siem- 
pre, le odiaron por sus mismos beneficios, le odia- 
ron porque predicaba la santidad, le odiaron porque 
la pureza de la vida de Jesús era reprobación y con- 
denación de SU propia corrupción; é inflamados del 
espíritu de Satanás, y aconsejados del infierno ente- 
ru, concibieron y llevaron á cabo el Imrrendo pro- 
yecto de condenar la santidad misma para justificar 
el crimen y la depravación. Oh! El alma y la mente 
se anonadan y se confunden al considerar la osadía 
inconcebible de la criatura condenando al Criador; 
la mansedumbre y paciencia del Criador sometién- 
dose a. ser condenado por la criatura. Pórtenlo in- 
concebible de amor que la mente no puede com- 
prender ni penetrar! 

Llegó la hora de la redención de la especie huma- 
na. El sanio de los santos, que habia dedicado su vi- 
da á enseñar á los hombres esa ley de gracia, esa ley 
de amor que encierra en sus cortos preceptos la feli- 
cidad pura y sin sombra ninguna de dolor que la em- 
pane; el hombre Dios, que por su amor á los hom- 
bres se resignaba á morir por ellos; Jesús, á quien se- 
le acusaba de darvista álos ciegos, salud álos enfer- 
mos, vida á los muertos, consuelos, esperanza y fe 
Jicidad á todos, fué rendido por Uno de susdiscip u 
'os, y postergado á un asesino, y rolas sus vestidu- 
ras, y escarnecido, escupido y abofeteado, y conde- 
nado á sufrir la afrentosa muerte de cruz entre dos 
asesinos 1 . 






Oh! la naturaleza entera se conmovió al con- 
templar el alentado espantoso del hombre conlra su 
Dios y Señor, El sol y la luna se eclipsaron, las ti- 
nieblas sucedieron á la lux, los muertos se alzaron 
desús sepulcros, la tierra tembló, el orbe entero se 
estremeció. Elbombíe, solo el hombre permaneció 
impasible continuando su obra estupenda de atrevi- 
miento i> ingratitud. 

Pero al padecer y morir el Hijo de Dios, quebró 
el poder de la Mti'crte, libró al hombre de la conde- 
nación eterna, castigo de su pecado, y hundió para 
siempre en el abismo al "espíritu del mal, encadenan- 
do su puderío y redimiendo ¡i la criatura de su es- 
clavitud. Oh! bendigamos eso pórtenlo de amor, ya 
que no podemos comprenderle; bendigamos la suma 
bondad del Señor de lus rielas, y la tierra, que ¡i tan 
inmenso sacrificio se prestó por arrancarnos á nues- 
tra eterna condenación, y no volvamos escarnio é 
ingratitud por tan inmenso, tan i neo u ce bi ble bene- 
ficio. Sen nuestra ley esa ley santa de amor quecos 
dejó, y eu ella bailaremos la felicidad, la paz, i|iie po r 
ningiiu otro medio, por mas deslumbrador *jue seo 
podremos alcanzar en este misero mundo, donde so- 
lo deja de ser falsa y engañadora la virtud, donde 
salo, practicándola se alcanza el sosiego y la tranqui- 



lidad. 




ENTÜADA DE JESÚS E\ JEIllISALEX. 



Ofs? Él viento en su invisible vuelo 
Llenó todo el espacio de un rumor 
1 Mas dulce que los himnos que en et cielo 
Los ángeles entonan al Señor. 

Oís? Su acento al corazón deleita: 
¿De donde voi tan mágica salió? 
Jamás el labio de ningún profeta 



Del alma, rebosándola de fe, 

Su voz, que al tiste que de Dios reniega 

Crédulo torna, y sus errores véi 

So vor que al mundo la verdad pregón» 
La senda demostrándole del bien; 
Que al depravado la maldad perdona 
Y al justo ofrece celestial Edén: 

Voz que al enfermo que en doliente ruego 



Satudjeuide, lasaludLeda; 
Que ci habla al mudo, que la vi 



i vista al Ciego 



Y oido al Sordo devolviendo va. 
Por donde quiera que despliega el labio 

Sus palabras se atraen el corazón; 
El niño, el viejo, el ignorante, el sabio, 
Todos le escuchan con admiración, 
Ved cuan 1 alegre auméntase el gentíft 

(Jue a su lado se agolpa ñor do quier; 

i- ¿"" -1* / - ' 

linos han visto ya su poderío, 

Oíros anhelan sus prodigios ver. 

Y á las "voces y vítores que eleva 
La turba que le sigue desde Epbnn, 
Vuela su fama y la plausible nueva 
Se esparce en breve por Jerusaleu, 

Desús prodigios sabedor, y ansioso 
De presenciarlos á su encuentro va 
Todo el pueblo judaico, que gozoso 
Le aclama rey esc el so dejudú. 

Niños, mujeres, jó vene* y nucíanos 
Abandonan con júbilo su bogar, 

V con palmas y olivas en las manos 
Cruzan las callea para verle entrar. 

Mas al locar de la ciudad la entrada, 
¡Magnífico espectáculo en verdad! 
Ven á JesiH, qne en la ciudad sagrada 
Entra lleno de pompa y majestad. 

Helo allí!... ATable, dulce y candoroso, 
Su rostro imagen del Eterno es; 
¡Cuan fúlgido apareee'y cuín glorioso 



Tan dulce en nuestras almas resonó Entrenó- pueblo postrado arrie sus pies! 

Y ciegos, paralíticos, leprosos,' 



.Será el susurro que al cruzar suaves 
Producen las corrientes del Jordau? 
¿Sera n los cantos que las tiernas aves 
Entre las selvas entonaudo están? , 

Pío es esa voz de-nuosirn innuindosuclo. 
Ni de las aves del desierto Epbren; 
Es la voz del Mesías, ¡voz del ciek! 
Que el rumbo emprende bacía Jerusalen. 

Su voz divina, que liasla el fondo llega 



De todas las comarcas de Judá 
Le dirigen mil votos fervorosos.... 
Remedio á todas sus : dolencias da. 

Ü ■ ii , ,-, 

T quien lleno de fe" su mantotoca 

l'Orqüe libres de mala icn.laeiun 
Queden sus manos, y á su humilde Loca 
Lo lleva con profunda devoción. 
Y al paso de Jesús sus vestiduras 



Todos estienden, y con labio fiel 

; ¿Tosían na.' esclaman; ¡Gloria ét\ las alturas 

Al kijo de David, A y de Israel! 

I¡ 

Pero escuchad!,.. En medio esos festejos 
Con qae el pueblo le aclama con fervor. 
Cual trueno aterrador suena á lo lejos 
De la envidia satánica, el rumor. 

Ya los escribas y los fariseos. 
Con furia horrible y desgarrante voz. 
Contra Jesús esponer! sus deseos. 
La infamia maquinando mas atroz. 

Y tú, á quien Satanás falso aconseja, 
;0h turba de caribes, pueblo infiel! 
Tú que bajo la piel de mansa oveja 
Tienes entrañas de Icón cruel' 

¿Por qué de hinojos á sus pies te inclinas 
Arrojándole flores, si después 
Esas flores serán zarzas y espinas 
Que despedacen sus divinos pies? 

¿A qué tanto entusiasmo y alabanzas? 

t¿Por qué asi ie conduces hoy triunfal, 
Si has de azotarle impío, y entre lanzas 
Llevarle como á odioso criminal? 

Que primero que el sol por la tercera 
Vez nos envié su fulgente luz. 
La muerte mas horrible y lastimera 
Le darás sobre el leü\o de la Cruz! 

Enrlqneln, 




No sabemos espiiearnos si cierto sentimiento que 
se apodera de nosotras siempre que venios desapa- 
recer las costumbres del pueblo español, las prác- 
ticas tan relígiosameeie observadas por nuestros pa- 
dres, es hijo de una preocupación, o si realmente es 
justo y debido: esto último- es lo que nosotras juzga- 
mos, por mas que baya muchas personas que crean 
k» primero y nos califiquen de rutinarias y de muje- 
res de mal gusto por Ja preferencia que damos á 
costumbres rancias y anticuadas. Sugiérenos estas 
reflexiones el ver que en esta villa y corte han des- 
aparecido, puede decirse qnepor completo, las eos- 
lumbres religiosas do la presente semana; pues en rea- 
lidad, cin la prohibición de andar carrttages el jue- 



ves v viernes santo, cu nada se diferenciaría de las 

- vi»> WX 

otras semanas del ano. 

En los pueblos interiore* de la Península, en qae 
las innovacionesfienen menos entrada, \ que por esto 
son calificados de yacer en larnen¡ab!e alraso, se 
conservan mas puras las antiguas costumbres, y la 
presente semana tiene ese aspecto rWiJrkísó'i grave y 
triste que á los altos misterios que eu ella celebra la 
iglesia corresponde, lin esla semana el coito, las 
prácticas religiosas absorven lodos bis cuidados, son 
las únicas ocupaciones; las iglesias los uniros sitios 
concurridos; lodos los demás pirntus de recreo y 
diversión están solos, abandonados. Y ;:o es esto so- 
lamente lo qm; constituye el peculiar aspecto de la 
Semana Santa, pues también en Madrid están con- 
curridos los templos, y las gentes afluyen á visitar 
los monumentos y asisten á las pocas procesiones que 
aun se conservan; pero concúrrese aquí á estos ac- 
tos de la misma manera, con el misino lujo que a 
cualquiera otra función profana; no así en los demás 
pueblos de España, donde el recogimiento, la senci- 
llez y modestia de los tragos, la gravedad derrama- 
da en todo el aspecto de la concurrencia, contribuve 
en eslremo a darle á esla semana su particular v pro- 
pio carácter. Todo allí respira el mismo sentimiento, 
lodo está impregnado de la idea dominante, que es 
la mas sublime, la mas pura, del sentimiento que ins- 
pira la pasión de Jesús, el dolor inmenso de su santí- 
sima madre. 

Los apóstoles de novedades, los enemigos de lo 
que califican de pura fórmula, que á fuerza df con- 
denar tas apariencias condenan también hasta los sa- 
limientos, no lamentarán con nosotras las desapari- 
ción simultánea de todas estas costumbres, que cons- 
tituían el verdadero carácter de] pueblo español, v 
que tanto contribuía á conservar vivos sus senti- 
mientos tan religiosos, tan nobles, tan envidiados: 
nosotras á su pesar cada Vez que vemos desaparecí r 
una de las venerables costumbres españolas derrama- 
mos una lágrima, que á la vez que es tributo á lo 
que se pierde es doior por las consecuencias que el 
cambio ha de traernos. Quiera Dios qne nos equivo- 
quemos! Y al consignar aquí nuestros sentimientos, 
si no nos prometemos hacer que el torrente de las 
innovaciones varíe de rumbo y solamente destruya 
lo conveniente, damos por lo menos un desahogo á 
nuestros mas íntimos sentimientos. 

Ana Haría. 



ANGÉLICA, 

ni. 

(conclesios.) 

Seguía á Angélica un hombrecillo que acarrán- 
dose at lecho contempló al moribundo. Ka su tosca 
mano brillaba una preciosa sortija. Carlos la reco- 
noce v su semblante se contrae con una (¡olorosa es- 
presión, Angélica le responde fijando sus tristes mi- 
radas en su esposo y en su tierno lujo, y Cirios 
comprendiendo su generosa abnegación estrecha su 
mano con entusiasmo. Luego la atención de todos se 
reconcentra en el médico, espían ansiosos lodos sus 
movimientos, y al oirlo pronunciar la palabra vieírá 
se entregan al transporte de la mas cumplida ale- 
gría- 

Eduardo estaba solamente alrlargado- y al vol- 
ver en si se enru'entra en los brazos de su esposa y 
de su rey . t 

— Vive y sé feliz, le dice el monarca. Yo le per- 
dono si eres culpable; si eres inocente Dios me per- 
done los males que te be causado. Volverás á reco- 
brar tus bienes y el mando de raís ejércitos. Vive, 
Eduardo; pero vive para hacer la felicidad de lamas 
noble y sania de las mujeres, del modelo mas her- 
moso de la; esposas, de ese ángel celestial íjue ha 
bajado á la tierra para ejemplo de los demás y la- 
brar la ventura de un mortal predestinado. Amala 
siempre, Eduardo, ámala siempre, y cílra tu ventu- 
ra en su felicidad. 

— 0b! siempre! «¿clama Maillr con entusiasma. 
El resto de mi vida será una continua espincion de 
las falta que he cometido, y procuraré hacerla olvi- 
dar á fuerza de amor y de ternura las lágrimas que 
ha derramado, V vos, grande y generoso monarca, 
que mq volvéis la vida y los medios de recompen- 
sarla, recibid mis eternas bendiciones y mi recono- 
i imitólo eterno! 

— lli pi'rdon también Se lo debes á ella. Me ha 
dicho que loa reyes son imágenes de Dios sobre la 
tierra y que debían perdonar para ser perdonados. 
Yo be querido ser digno de vos, Angélica, he que- 
rido que mi 1 luiréis romo á un tierno hermano! 

—Siempre! esclamo Angélica con efusión , 
siempre! 

— Este será la prenda de nuestra eterna amis- 
tad, prosigue Carlos enternecido estrechando mire 
sus brazos al inórenle niño, que le devuelve son- 
riendo sus caricias, Yo sera su prolector, su segun- 



do padre!,,. Adiós..., demasiado tiempo he perma- 
necido lejos da mis tropas.... Eduardo, nos volvere- 
mos á ver en el campo de batalla, y vos, Angélica, 
acordaos alguna vez de vuestro fiel hermano y rogad 
á Dios porel triunfo de su cansa! 

El monarca, lleno del inmensurable gozo que 
proporciona una buena acción, se aleja: lodos le lle- 
nan de bendiciones, y se postran de rodillas para 
implorar sobre su cabeza los celestes dones. 

Rayaba el día. El primer rayo de sol penetré en 
la humilde cahaña. Ya no alumbrábala desdicha de 
los dos esposos, sino su entera felicidad. 



Transcurrieron largos añpí, Angélica vivia en 
Choísv con su esposo y era completamente feliz. 
Jamás esposa alguna habia recibido tañías pruebas 
de amor, de consideración y respeto; jamás ninguna 
madre habia sido tan venerada y querida de sus nu- 
merosos hijos, que se esmeraban en imitar sus virtu- 
des, Su proferíase había cumplido. Magdalena, víc- 
tima de los remordimientos, había abandonado e] 
lujo y los placeres para hacerse hermana de la cari- 
dad. Habia implorado el perdón de Angélica, y esta, 
siempre modelo de bondad y de dulzura, se lo habia 
concedido prodigándole sus consuelos. 

La vida de Angélica fué una larga serie de feli- 
cidades no interrumpidas, y espiró en los brazos de 
sls hijos y de su esposo, llorada y bendecida. 

Abundantes flores coronaron su sepulcro, y su 
nombre pasó á ser proverbial para significar el mo- 
delo de las esposas,.,. El lauro que se gana con la 
virtud na se marchita nunca, y solo desaparecerá el 
recuerdo de Angélica con las ruinas de Choisy!.. 

FIN. 



[coJiCLrY*:.! 

El estilo de la señorita Coronado es decidida- 
mente femenino, y al paso que lleva el sello de la 
originalidad, tan rara en medio del diluvio de versos 
que inundan á esta época de folletos y libros, es emi- 
nentemente característico de su autora. Sns poesías 
son el trasunto fiel de su mente, y en ellas se reflejan 
su corazón, su gusto, su posición social; respiran los 



sentimientos ardorosos y puros de su juventud, y 
guardan perfecta armonía con la modesta dignidad 
de sus costumbres y maneras. 

Cualquiera que sea su asunto, el lector al par 
que admira su genio y su talento descubre ton sor- 
presa la bondad, el candor y la ternura, que les 
prestan sus mejores encantos, y el tono de melanco- 
lía que reina en todo lo que estribe es de tal natu- 
raleza que ablanda sin entristecer el corazón. Sin 
embargo de que como queda indicado la mavor par- 
te de sus composiciones son de tal temple que solo 
una verdadera mujer podria escribirías, cuando el 
asunto lo erige sj tono se eleva á un grado de ener- 
gía y de fuerza que apenas se podrían esperar de una 
musa lan suave. Ejemplos de la eievaeiun, del ofgu- 
llo y la indignación severa que puede dar á su acen- 
to se hallan en muchas de sus poesías, como cu las 
que compuso á La Palma, La {•'<■ Cristiana ¡ El Ma- 
rido Verdtítjo; al paso que su lamenta sobre Mfrlda, 

La que opulenta fué, grande y señora, 
une al sentimiento mas tierno y profundo la gran- 
deza y la sublimidad. Peí o su misma vehemencia es- 
tá sujeta á la gracia, á la dulzura y al amor, que 
son los distintivos de su poesía, y basta la elección 
de sus asuntos indica la tendencia de sus inclinacio- 
nes. Sus poesías pertenecen <i todos los siglos y na- 
ciones, pues parlen de los sentimientos mas genero- 
sos de) corazou,y de un alma profundamente sen- 
sible á las bellezas y los encantos de la naturaleza; 
son impresiones que ha experimentado toda organi- 
zación sensible, aunque haya carecido de la mara- 
villosa facultad de revestirlas de un trage tan esquí- 
silo de poesía Sus Recuerdas de la infancia, de aquel 
lugar donde todos hemos dejado como un vestido 
desechado lo; encantos de la edad infantil, hacen vi- 
brar la cuerda mas simpática de lodos los corazones. 
Pero ef mérito de sus composiciones se halla sufi- 
cientemente probado en la aceptación universal que 
han merecido en ambos hemisferios, en donde quie- 
ra que la noble lengua de Castilla sirve para espre- 
sar los sentimientos, y cada año que pase solo ser- 
virá para dar madurez á su genio y hojas á la guir- 
nalda que ya corona sus sienes. 

De un año á esta parle la señorita Coronado ha 
probado la variedad de sus facultades. Cuatro nove- 
litas suyas, á saber, Paquita, La ius del Tajo, Ado- 
ración y Jarilla, han sido recibidas por un buen dis- 
cernimiento público con un favor justificado por su 
mérito. La Enclaustrada es de mas estension que 
las mencionadas y aspira á objetos mas altos, La idea 



es muy original y está desenvuelta con rara felici- 
dad; los personajes son en eslremo interesantes, 
aunque quizá en algunos casos tipos imaginarios que 
no tienen semejanza en la vida real, pero delineados 
con mano maestra: su esli'o es satírico y alegre, aun- 
que á veces sembrado, no de sombras oscuras, sino 
de esas medias tintas de melancolía que distinguen 
á todos sus escritos. Se conjetura que bajo el título 
( anónimo de novela se revela la historia de una vida 
¡ que no podrá menos de rausar profunda sensación 
' ruando se dé al público. También ha publicado va- 
rios artículos estélenles demostrando la necesidad de 
la unoii de los dos reinos en qiíe ahora se divide la 
Península. F.sla idea, que acaso parecerá quimérica 
basta que se realice, lia sido tratada por la señorita 
Coronado con una argumentación y una filosofía 
■ verdaderamente admirables. El asunto y los argu- 
mentos con que se sostiene prueban que la escritora 
es una hija genuina de España, cuya ambición se 
concentra en ¡a prosperidad de su patria. 

Después de haber hablado de las circunstancias 
- adversas que atravesó la poetisa española para llegar 
I <i su inopinado v no pretendido renombre, y del esti- 
lo de sus escritos, pocos son los particulares que de- 
bemos añadir, aunque del género mas grato y acep- 
table. Su nombre es tan familiar y amado en las mo- 
radas de la pobreza y del dolor como en ¡os círculos 
literarios, de los cuales es el mayor ornato, Su celo 
; por la causa de la educación la induce con frecuen- 
cia a visitar las escuelas primarias, en donde su dul- 
ce voz anima y asiste á los pupilos, y su cooperación 
é importante ayuda han contribuido mucho á levan- 
tar basta su actual próspera situación la escuela sosr- 
tenida en Badajoz por la sociedad para el fomento de 
la educación en aquella ciudad. Ni carece la señorita 
Coronado, sin embargo de que manifiesta tanto in- 
terés por los deberes mas importantes de la vida, de 
la facultad de revestir de agradables encantos las 
ocupaciones y diversiones menos graves de ¡a vida 
diaria. Sus maneras reúnen la suavidad y la corte- 
sía naturales, que en España caracterizan tanto a\ 
último mendigo como al mas distinguido del pais, á 
la refinación y la gracia del que frecuenta las cortes 
mas cultas de Europa. Su conversación es en estre- 
mo brillante, y al paso que los destellos de su inge- 
nio sorprenden y deleitan al que la oye, jamás se 
convierten en armas para causar á nadie pena ni em- 
barazo. A su inteligencia superior, á la bondad de 
su corazón y á la elegancia de sus maneras, agrega 
sus grandes atractivos personales, Su estatura es 










justamente lo bástanle para no ruererer el nombre 
de pequeña, pero perlenera á ese, medio feüí Je- al~ 
tura y á esa simetría esqoÍMla de proporciones en 
que se reúnen la gracia cauliv¿tdora Je la belleza en 
miniatura y la dignidad do una estatura mas elevada. 
Posee también la rara perfección de unos piús y unas 
nanos de belleza sin rival, que Son objetos de sor- 
presa y admiración en un país en donde Ir natura- 
leía es en esto tan favorable al bello sexo. Sus fac- 
ciones son pequeñas, regulares y armoniosas; sus la- 
Líos de rubí se cierran sobre perfectas perlas, y agre- 
gando á esto una sonrisa cautivadora é irresistible, 
un os ojos grandes, negros y rasgados, en que tiene 
su trono el alma de la poesía, unas cejas arqueadas 
y simétricas, y una cabellera negra y lustrosa como 
el pulida azabache, se tendrá una débil descripción 
de una persona á quien nadie puede ver sin admirar, 
i conocerla sin amarla, la IJemans de España, en 
quien se concentra el genio de Safo y el alma ce- 
leilial de Santa Teresa. 

Women v¡tí\ love bfir tlutt slie ¡S » woraln 
More worüi [lian aiiy man: anii mcu litalsbe is 
Tiie rarest üfwouion. — {ShakctpctiTc.j 

Aulln (a'cii'KF. 

U partir de Roma para la guerra Camilo, capi- 
tán muy renombrado, hizo voto solemne á la madre 
Rcrcnciu de consagrarle una estatua de plata si re- 
gresaba victorioso. Cumplidos sus deseos do vencer 
se encontró oon que carecía de medios para cumplir 
el voto. En tal apuro todas las damas por unánime 
impulso subieron al Capitolio y ofrecieron y deposi- 
taros á los pies del senado todas sus joyas, sortijas, 
diamantes, cadenas, brazaletes, riulurones: y una de 
ellas, llamada Lucina. en mimbre de todas dirigió la 
palabra al senado para rogarle no se sirviese eslimar 
mase) tesoro que ofrecía liberalmenle para costear 
laimágendeBerecsnta, que á sus maridos p bijos que 
habían espueslo sus vidas por alcanzar la virtoria. El 
senado, conmovido por esla prueba de desprendi- 
miento y cortesía, las recompensó con varios privi- 
legios, y entre otros con «I de que en adelante se 
honraría el entierro de las mujeres acompañando 
sus restos y permitiendo se lea dedicasen oraciones 
fúnebres y epitafio, que podrían recitarse en loa tem- 
plos; que cada uua podría poseer y gastar dos gran- 
des vestidos de gala sin pedir permiso al senado, y 
beber vino en caso de necesidad ó de enfermedad 
gravo. 



i Esto se va cdhpucasdo.— Según dicen los pe- 
riódicos de l.i corle, se va introduciendo el uso de 
Jos bastones entre las damas anglo-amer ¡canas. 



as 'te km a n IR AS 



s.-D 



ice Un pe- 



Ukcf.ta P 
ríódico : 

Nada hay mas peligroso para lasquemnduras que 
untarlas con tinta, como lo aconsejan algunas perso- 
nas. Es cierto que la sal de vitriolo que entra en la 
composición de la tinta refresca la parle quemada y 
alivia el dolor; pero laminen cauteriza y causa á ve- 
ces los mas funestos resultados si la pústula es con- 
siderable, 

Los mejores remedios para esta desgracia son los 
siguionlcs: 

Para aliviar y curar una quemadura, lómese un 
pedazo de cal viva del tamaño de un huevo, y apa- 
gúese en una canliriad de agua proporcionada. Lue- 
go que la cal esté bien apagada, se mezclará el agua 
con una cantidad de aceite de nueces del mejor que 
se encuentre- balase todo con una espalda de madera 
liasla cjue principio á espesarse. Uniese en seguida la 
parle quemada cubriéndola con un papel. La quema- 
dura se curara muy pronto sin que quede el mas mí- 
nimo dolor. 

Si no hubiese á mano cal viva, se aplicará á la 
parte quemada un poco de cera amarilla disuella con 
accíle de olivas y eslendida en un lienzo. Muchas 
personas se curaron con esle ungüento quemaduras 
de consideración con pústula, sin que les quedase 
sefla! ni cicatriz. 






ANUNCIOS. 



■ — — 



POESÍAS 

•ir la señorita doña Ángela f/rawi. 
Véndese á V rs. en las librerías de Monier, car- 
rera de S. Gerónimo; Ríos, calle de Jacumeln ¿<>l 
Olivere*, calle de la Concepción Gerónima, y eo l.i 
imprenta de esto periódico, calle de María Cristina 
niim. fl cuarlu bajo. 



MADRID. 18:>:1. 
Imprenta de «Ion Joiin T»ni»h.. hijo 

Galle de .Mana Cristina, número a, 



Año I, 



li 



Xúm. 37. 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 



escrilo por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Este periódico sale Uníoslos domingos; se suscribe en .UiJrid en ks librerías de Slonier y de Cuesta, i 4 rs. si mes; J en provin- 
cias 10 rs. pardos meses franco de porte, remitiea 'o una libranza a favor de nuestro impresor, & sellos de franqueo. 



Es triste por demás la larra de escribir siempre 
lamentaciones, y si bien la dura condición ;i que en 
la «poca que corremos han reducido á la mujer las 
opiniones, las reformas y las costumbres délos hom- 
bres, lo exige así, y si en los artículos que llevamos 
escritos desde que nuestro periódico vio la luz pú- 
blica no hemos hecho otra cosa quedar cumplimien- 
to al deber que nos impusimos en nuestro primer 
prospecto, combatiendo esas costumbres, defendien- 
do nuestros derechos, pidiendo pao la mujer lo que le 
es debido y justificando la conducta de unas, mal in- 
terpretada las mas de las veces, ó eseusando las fallas 
y los eslravios de oirás, porque no son ellas las ver- 
dadera y principal mente culpables, cu Lindo siguen 
el torrente de la época que las arrastro; hoy quere- 
mos dar libertad á nuestra pluma, para que solamen- 
te eslampe en el papel las impresiones: que nuestra 
alma recibe de esa rica naturaleza al despertar ile su 
Isíargo del árido y triste invierno. 

Ilov queremos que nuestro primer artículo fio 
contenga una. línea, ni una frase, u¡ una palabra» 
que no sea de alegría, ile ventura, de felicidad- 
Para eso procuraremos qü ver sino lo bello de 
esa sociedad que tanto malo y feo encierra en su se- 
no, posando nuestras miradas deenlre ios seres que la 
componen, en las almas grandes rj delicadas, en que 
los ricos dotes que derramó en ellas la Providencia 
han sido sublimados por las duras pruebas por que 
han tenido qne pasar para conservarse puras y sin 
mancilla. 

Fijaremos también nuestras miradas en esa ri- 
ca naturaleza, que se viste de sus herniosas ¿alas, de 
lloras mecidas en atmósferas de perfumes, con sus 
torrentes petrificados eu el crudo invierno» que el 
palor viviliuuior de Ja estación desata cornil crista- 



linos arrovuelos, con sus aves ostentando sus matiza- 
das plumas, entonando himnos de alabanzas al Cria- 
dor y meciéndose en floridas enramadas, ó girando 
por el espacio al impulso de brisas perfumadas; en 
ese sol brillante suspendido en «I espacio, haciendo 
revivir con su calor suave á los mil seres de la crea- 
ción que yacieron amortecidos en el helado invierno: 
en el cielo azul, puro, trasparente v despejado, dosel 
magnifico de esla magnífica naturaleza, en las no- 
ches perdida su lobreguez, con su luna de plata di- 
fundiendo sus pálidos y suaves reflejos, con sus ful— 
girhis estrellas tachonando de brillantes el azulado 
manto de los cielos y esclareciendo la oscuridad. 
Tanta riqueza, lanío esplendor y magnificencia no 
dejan espacio al espíritu sino para bendecir al Criador 
y gozar tanta ventura. 

Por eso nosotras, que con pena y contra nuestro 
deseo hemos venido basta ahora cumpliéndola seve- 
ra obligación que nos habíamos impuesto, queremos 
hoy suspender nuestra ingrata tarea para unir nues- 
tra voz á la de la naturaleza entera y entonar ese 
Idmuo de gracias y alabanza al Criador, que con tan- 
la riqueza adornó este mundo para la ventura del" 
hombre, á quien todo lo dedicó. ¡Ojalá que nuestra 
pluma nn fuera tan pobre ni nuestro talento tan es- 
caso para que nuestros cánticos fueran dignos del ob- 
jeto divino á que se dirigen! 

Mas ya que tal no podemos, ya que nuestro esca- 
so ingenio solamente nos permite espresar nuestros 
pensamientos en desaliñado estilo, supla esla falla la 
inteligencia delicada, la esquisila scnsibüiJad de 
nuestras suscriloras, á Jas cuales este maí trazado 
articulo servirá á lo menos para escitarlas á contem- 
plar la alegre estación que empieza, se inspiraran 
con su magnificencia, gozaran.de sus bellezas v ha- 



2 



Harán unos placeres puros, dulces, que no dejan ni 
hastio ni remordimientos, que no se parecen á los 
deleites de la sociedad, pues en vez Je enterrar el 
cuerpo y debilitar el alma, los preparan i continuar 
con ánimo y ardor tn triste peregrinación á que con- 
denados estamos lodos los murtales. 



f-*»*í«í c^*""- 






en i'*-( urrtlo ilc mi ntloriitlb iinilrc 

¿Qué tus de cantar si muerla para el mundo 
Su fementido lento me atormenta, 

Y sobre el césped do su cieno inmundo. 
Qué lie de cantar en mi dolor profundo 
Si el corazón de penas se alimenta? 

¿A qué pulsar la citara enhilada 

Y repetir muriendo mi tortura 
Cuando mis ilusiones son la nada, 

Y mi pobre existencia está sembrada 
De acerbo desconsuelo y amargura? 

¿Qué be de cantar si el pensamiento miov 
Envuelto en lulo, y aflicción, y duelo, 
Tan solo abarca el porvenir sombrío, 

Y vegetando el alma en el vacio 
Es una plañía estéril de este suelo? 

Fúnebre flor, el llanto es mi divisa. 
Llanto ardiente, fecundo, inagotable, 
Llanto que. aboga y mata mi sonrisa. 
Como Sucede á perfumada brisa 
Del huracán el soplo inexorable. 

Ya no quiero cantar; rompo la lira 
Oue un tiempo alimentó mis ilusiones, 
Porque es funesto el numen que me, inspira, 
\ el lacerado corazón suspira 
Al exhalar dolientes pulsaciones. 



¡lápidas fueron de mi infancia hermosa 
Aquellas de placer horas queridas; 
Como lenta, monótona y tediosa 
Es oii triste existencia borrascosa 
Al impulso de penas repelidas. 

Pero ¡ay! que al evocar con fervor mulo 
De aquella edad bendita la memoria, 
Aquélla edad de risas y de encanto 
Ofrece un tierno y doloroso canto 
A las páginas tristes de mi historia. 

.Mi pobre roraxoD llora afligido 
La perdida de un^iadre idolatrado; 



Cuanto amaba en cí mundo lo lie perdido, 

Y víctima del golpe que me ha herido 

Hb hay en la tierra un ser tan desgraciado, 

¿A quién ¡ay triste! dirigir mi acento? 
,'A.lii'ii huí consuela en mi liurl'aiuiud paterna? 
El supremo Hacedor del firmamento, 
Mi Dios sublime de bondad pórtenlo, 
¥ de un amigu liel la amistad tierna. 

t'ur eso ahora en mi angustiado lloro 
La aborrecible sociedad maldigo 

Y cE mundo vil que diviniza el oro: 
Tengo en mi madre un sin igual tesoro 
Ya la Santa virtud amo y bendigo, 

Y dei Pisuerga en la florida vega, 
Que un mar de espigas y de (lores riega, 
De un sauce amigo colgaré mi lira, 
Puesto que ¿i tristes cánticos se entrega 
El solitario minien que me inspira. 

ivniiui'l:i I.nprz Vlllillirtllf. 

Valladolid y marzo de 185¿, 



REYISTA DE MODAS. 

Escribir un artículo de modas cuando las de in- 
vierno acaban y las de primavera no están comple- 
tamente iniciadas, es obra superior ,t nuestras fuer- 
za?, es obra de profetas, y nosotras no poseemos el 
don de la adivinación; mas aunque esta sea una ra- 
zonable dificultad para dar noticia á nuestras amables 
lectoras de los Iragcs, adornos y tocados que triun- 
farán y dominarán en la estación de las flores que 
comienza, confiadas en su benevolencia, nunca des - 
mentida, vamos á hacer algunas indicaciones, no d<i 
lo que es moda sino de Ib que juzgamos que será. A 
tanto nos obliga el deseo de cumplir una de nuestra» 
ofertas que no admite dilación, 

Mas por lo que pueda haber de inexactitud en 
niieí I ros pronósticos ofrecemos un nuevo artículo da 
modas en el próximo mes de mayo, pues entonce» 
sin duda podremos hacerlo con mas precisión y se- 
guridad. 

Por de pronto en la estación de las Dores justo es 
que las flores naturales sean el principal adorno de los 
tocados; asi pues los peinados en medio de su varia- 
dísima forma, bija del buen gusto de cada joven, A 
los profusos adornos de terciopelo, de azabache, cin- 
ta etc. etc. han sustituido las flores, que sientan á las 
mil mam v illas, saliendo de entre las cocas con sos 



veides hojas y sus vivos colores, y perdiéndose en- 
tre bandas de blondas, 

A ios sombreros, si nuestras fundadas conjetu- 
ras no mienten, sustituirán las capolas blancas de tul 
bordado con puntillas de encaje y ligeros adornos de 
fiores. 

Las lelas ligeras de seda como el tafetán serán 
las que predominen, reemplazando al grú doble an- 
tiguo y al raso, por lo cual es preciso «|iie la enagua 
sea muy almidonada, los volantes de las faldas muv 
rizados, á fin de que paren bien y no se ciuau al 
cuerpo demasiado. Los colores poco determinadus, 
pero oscuros ó medios colores son los mas elegantes: 
el llegro no lia perdido aun la preferencia con que es 
mirado por las dantas mas elegantes. La blancura de 
un bello rostro Ja majestad el Irage negro, y no hay 
utia morena cuya gracia no realce. 

Siguen siendo indispensables los bordados en las 
mangas de batista, en los camisolines y en las bertas; 
cada día inventa el arle nuevos primores, y se reb- 
na mas el guslu de las bordadoras en estas labores, 
que llegan á ser de una perfección admirable. 

En los. conciertos que se preparan para la próxi- 
ma pascua parece que los trages de raso blanco, 
guarnecidos con volantes de encaje, abiertos por el 
pecho para dejar ver los primorosos bordados de una 
berla, serán los que constituyan la suprema elegan- 
cia. 

fiéslanos decir únicamente que á pesar de los es- 
fuerzos que se hacen para que no caigau en desuso 
los chalecos, haciéndose algunos de muselina blanca 
bordada, creemos que esta prenda nueva del Irage 
de las damas no se salvará. 

Escasos como son estos detalles de las próximas 
modas, aun juzgamos haber adelantado demasiado 
nuestra opinión; sin embargo, si en alguna circuns- 
tancia hemos estado poco acertadas, ó poco adivina- 
doras, en nuestra prójima revista la rectificaremos. 

Ano. II jifia. 

LAS TAITÍANAS, 

BELLEZA, TRAliE, GUSTO POR LA MÚSICA, DASZA, 

[Hqjat saetías dAdiario dt un oficial da Marina.) 
Digamos algo de esas lailianas lan celebradas 
por los viajeros. Respecto á esto las opiniones difie- 
ren mucho. Los entusiastas las han juzgado con to- 
das sus pasiones, los austeros con sus preocupacio- 



nes: estos las han rebajado demasiado, los otros las 
lian ensalzado mucho, y en oslo, como sucede siem- 
pre, la verdad se halla en medio de las opiniones 
estreñías. En nuestros climas frios, donde las muje- 
res, empaquetadas en sus vestidos como momias de 
Egipto, poseen tantos medios de auxiliar ó corregir 
á la naturaleza, no se puede apreciar rigurosamente 
siiioaquelloqneellas.se dignan dejarnos ver. Do 
ahí resulla que es particularmente por el rostro por 
donde juzgamos de la belleza, y á menos que nf> sea 
contrahecha tenemos por hermosa á loda mujer que 
tiene un lindo rostro. £1 ligero veslido de las tailü)~ 
nos da lugar á una observación mas amplia, que re- 
dunda en ventaja de ellas. Frecuentemente he oído 
profundas discusiones respecto á las tailianas entre 
doctores de veinte años, y estos espertes sacaban en 
conclusión que si el rostro de aquellas deja algo que 
desear, llevan por lo demás ia palma sobre lo res- 
tante dei genero femenino. Esta es una opinión cu- 
ya responsabilidad debo dejar á los mencionados 
doctores. Verdad es que un vastago del Caucas» 
puede coa, D0 P 0( '° derecho reprochar á las tailianas 
su color demasiado oscuro, una boca grande, labios 
gruesus y sin contornos delicados, una nariz gene- 
ralmente chata, y el Ovalo de la cara deprimido ¡la- 
cia la barba. 

Su atractivo esta en la perfecta armonía de sus 
formas, en la gracia y soltura, de su andar y en la 
gentileza de su sonrisa. Hay en sus ojos, cubiertos 
por grandes párpados, en su cabeza abandonada, cu 
todos los movimientos del cuerpo, una ardiente lan- 
guidez, una indolencia provocativa y una seducción 
que debe ser muy poderosa, á juzgar por las locu- 
ras á que se entregan auu aquellos a quienes roas 
debía prohibírselas su posición Tienen el buen gus- 
to de abstenerse de esos masticatorios que hacen tan 
repugnante y nauseabunda la boca de las Malesias, 
Tagales y Marianesas, y por eso sus dientes, que en- 
señan con mucha frecuencia, son en estremo blan- 
cos y se conservan perfectos hasta la vejez, gracias 
á su alimento, que casi todo es vegetal. Sus pies y 
manos sou de una pequenez y forma notables. Se- 
gún se ve, lo que (teñen de perfecto pertenece á 
lodos las gustos, á lodos los tipos, mientras que sus 
imperfecciones son relativas solamente ai tipo que 
liemos adoptado (con razón á mi entender) como es- 
presion suprema de la hermosura de nuestra raza; 
pero ese tipo es arbitrario, y está sujeto por conse- 
cuencia á controversia y á corrección. Para dos- 
cientos millones de individuos de culis mas ó menos 



blanco, y (le nariz mas é menos derecha, hay en 
nuestro planeta quinientos millones á lo meóos de 
individuos de culis mas ó menos oscuro y de nariz, 
achatada, y eso sin contar los negros. ¿Vos parece 
pues que no es imposible que tan imponente mayo- 
ría, haga triunfar en lo futuro su nial gusto, y llegue 
algún tíia a colocar la cabeza de una Morola sobre 
los hombros ile la Venus de Milo. Esto por otra par- 
le no seria la vez primera que sucediese, porque las 
estatuas de Karnak y de Mentís eran etiopes. 

El Irage de las tnilianas es sumamente sencillo. 
Compóncsc de un tapa-rabo (pareo), que rodea su 
cintura y baja hasta media pierna, y de una cami- 
sa, (lapa) sencilla y ilutante, abierla por el pecho, 
abotonada al cuello y que desciende hasta el tobillo. 
Sos negros cabellos, separados sobre la frente j 
tremadas, raen sobre lus hombros, y el adorno de 
la cabeza consiste en una corona que Jbroian con ra- 
mas verdes y flores. Cuando se las encuentra en los 
caminos vestidas Je ese modo á la hora en que c| 
crepúsculo cubre con discreta sombra el tinte oscu- 
ro de sus rostros y Ja incorrecta línea de si perlil, se 
creería ver una apandan mitológica bajo los olivos 
del llíso A entre las adelfas del Escamandro. 

Las taitianas han resistido hasta el presente á la 
invasión del calzado. Algunas publicaciones recien- 
tes las representan con gorras adornadas de plumas, 
vestidos de raso, volantes de encaje etc., pero todo 
esto es inverosímil. Su lujo solo consiste en el núme- 
ro y hermosura de sus tapan ó camisas, cuyo lujo 
crece ó disminuye segnn el presupuesto de la colo- 
nia, del cual absorten ellas y absorverán siempre una 
gran parle. Ese presupuesto es en el dia sumamente 
reducido, y la [uifífte de las taitianas se resiente ya 
de la baja. En las ocasiones solemnes las bellezas se 
pre?ent.Tn con camisas de muselina Manca bordada, 
y adornada la cabeza con una corona tejida, hecha 
de una paja del país llamada pía, blanca y brillante 
como el nácar, detrás de la cual Ilota un penacho de 
filamentos de cocotero mas blanco y ligero que plu- 
ma? de marabú. Ese es el ne jitus ttiira de la foifeííe 
liiluna, y ciertamente que lodo Otro adorno seria 
superfino cuando menos. 

(Sé conclüird.) 
►*►*»«■}*«,«+. 

Xueslras lectoras bubrán quizá estrenado la sus- 
pensión en que quedó la relación de la aventura 
ocurrida ¡d padre de una de nuestras amables sus- 



criloras, que comenzamos á insertar en nuestros 
números anteriores, juzgando que sería leida con 
gusto. La culpa 00 ha sido nuestra; con harta cu- 
riosidad estábamos por saber el desenlace de lau .sin- 
gular acontecimiento, y con harto sentimiento re- 
pasábamos de vez en cuando el último trozo de ella, 
del número ±1 correspondiente al 1." de febrero, 
cslrañando el silencio que guardaba nuestra amable 
y anónima corresponsal, á quien no pudimos esti- 
mular para que continuase, pur la circunstancia 
misma do guardar el anónimo; pero habiendo reci- 
bido por el correo de anteayer carta de esta señori- 
ta, la trasladarnos á continuación, porque creemos 
que su lectura hará mas interesante, la de la anécdo- 
ta comenzada. Dice asi su carta: 

rSra. Directora de La Hujtr. 

Usted habrá estraüado la interrupción de las 
cartas en que iba publicando una relación de la 
aventura que ocurrió á mi padre, á consecuencia del 
descubrimiento que hizo en una ii">che que se per- 
dio en el monte yendo de car.n: el motivo de esta 
interrupción voy á manifestarlo á V-, y creo que 
tendrá la bondad de ese-usarme bajo la oferta de 
continuar refiriendo la historia comenzada. 

■ La sorpresa que me causó á mí la ocurrencia 
de mi ¡ladre cuando ine la refirieron fué tal que des- 
de luego Je rogué me permitiese publicarla, previas 
las precauciones necesarias pura evitar compromisos 
i i. oportunidades: á los principales personuges que en 
ella figuran; y después de consultar con estos, pe- 
dirles su venia y desfigurar los sitios y circunstan- 
cias de una manera conveniente para evitarles las 
pesquisas y molestias que temíamos, empecé mi re- 
lación. Mas á pesar de nuestro cuidado, este uo fué 
bastante á impedir que los efectos de una impruden- 
te curiosidad, unida á una casualidad en estremo fa- 
vorable á los curiosos, hayan puesto en grave com 
[iroíiiiío ,i los piTsonagcs principales de nuestra his- 
toria. Este y no otro ha sido el motivo de la inter- 
rupción de mis cartas; mas este que pudo ser un mal 
de desagradables consecuencias, ha traído el benefi- 
cio de que se asegure de uua manera cierta la tran- 
quilidad de los que por conseguirla vivían en las en- 
trañas de la tierra, puede decirse así, y que ya ño 
estén espueslos á las incidentes de una casualidad 
que descubra su retiro. 

n .Mas para no presentar el desenlace antes del 
nudo, y para guardar el orden necesario i le narra- 
ción, terminaré manifestando á V, que desde Inego 
continuaré ¡a relación de esta aventura, si es que V. 



con so bondad acostumbrada la juzga á propósito 
para Henar con ella una columna de su apreciable 
periódico.» 

Hasta aquí la carta de nuestra suscrilora, á la 
cual contestamos no solamente aceptando, sino agra- 
deciendo que nos proporcione tan interesantes ma- 
teriales para las páginas de nuestra publicación. Asi 
pues, puede disponer de sus columnas como y 
cuando guste, dándole aquí la contestación por no 
permitírnoslo hacer de otro modo el anónimo que 
guarda: si bien confiadas en su palabra, ofrecemos 
sin vacilar á nuestras lectoras la continuación de es- 
ta interesante historia. 

I H>H t8*W 



Heroísmo de ta» tunjere* !>:ijoel régimen del 

li'iror. 

No solo el infortunio, la resignación también es 
timbre acaso el mas preciado de aquellas heroínas. 
Todas sufren, ¿cómo dudarlo? ¿no forman parte de 
la naturaleza humana? pero su valor en medio del 
terror, su serenidad cuando la muerte las cerca, in- 
funden al mas cobarde una alta idea de la inocencia 
y de ta virtud. Humillación seria mostrarse pusilá- 
nime cuando se las ve reír, y la antigua Francia re- 
nace y reproduce en las prisiones los modales corte- 
sanos, la galantería, tai vez la jovialidad. Mochas de 
ellas se entretienen en la lectura de los libros santos 
en oir con íntima convicción la palabra divina por 
la boca de algunos filósofos que miran como pecado 
los pasatiempos frivolos. El amor también penetra 



en las cárceles y en ellas se impregna de emociones 

mas profundas: y cuántas sin ventura se preparan in- tirio de Mine. Isabel, la santa del siglo XVUI. Ro 

cautamente dolores agudos y un arrepentimiento lar- bespierre se detiene por la primera y última veza 



sura, ni al heroísmo del amor filial. La joven y be- 
lla Mmc. Custinc solo lia podido conseguir que se 
suspenda el suplicio de su padre político; presa poco 
tiempo después, ya no puede servir de utilidad á es- 
te niá su esposo. 

¿Quién no se figura respirar el fresco ambiente 
de la primavera al penetraren el hediondo calabozo 
que sepuita á las doncellas de Verdnn, llenas de can- 
dor, de encantos, de dulce satisfacción? ¿Cuál es su 
crimen? Haber asistido á un baile dado á los prusia- 
nos. Y quien podrá leer sin lachar de parcial á la 
historia que hubo en Francia un dia de horror, ¡abo- 
minable dial en que aquellas inocentes arrastradas á 
Eos pies de los tigres del tribunal no hallaron gracia, 
no hallaron la piedad con que declamaban no en su 
defensa propia, sino en la de sus compañeras y de 
sus hermanas, atribuyéndose generosamente el deli- 
to de haber bailado? 

Los dias infaustos se suceden formando una no- 
che sombría; una nuche de diez meses alumbrada 
únicamente por el color de la sangre. Una reina de 
Francia tanto tiempo adorada, llegada apenas á la 
edad madura, cuyos infortunios debian sobrepujar 
á los de la anciana de Ilécuba, sorprende aunque 
inútilmente por algunos minutos el interéá de las fu- 
rias del tribunal con la respucsla tan noble como pa- 
tética que pronuncia contra la mas inicua acusación. 
Apelo á todas las madres que escuchan.,. Su sen- 
tencia estaba fallada desde el dia en que espiró 
Luis NYI: fué conducida al suplicio y decapitada ig- 
nominiosamente sin que su valor se desmintiese has- 
ta su úllimo suspiro. 

Pero faltaba cometer un crimen mavor: el mar- 



dio! ¿cuál es el fin de su desdichada pasión? el aliar? 
el lecho nupcial? no; la separación.... el sepulcro 
;Con qué respeto es acatada en una cárcel la he 



roina de la piedad filial. Mme. de Sombren!! Todas da al tribunal revolucionario confiesa con entereza 



se acercan á ella para estar mas cerca de su «liad 
para empaparse en su heroico valor; todas quieren 
gozar á un tiempo de sus miradas, de sus pláticas 
original rs y elocuentes. ¿Por qué la han encerrado? 
por herir con mas seguridad á su padre salvado una 
vez por ella el 2 de setiembre, purque los decem- 
viros no ha ratificado Ja clemencia de aquellos jue- 
ces de sangre, y va el tribunal revolucionario na 
apresurado c! suplicio del padre octogenario de Isa- 
bel Cazzuto. Kslos nuevos jueces son demasiado 
aguerridos para ceder á la intervención de la hermo- 



ía vista de un atentado.... Quisiera, v á pesar de sti 
inmensa autoridad no se atreve ni puede salvarla, 
porque en Francia solo manda el mas feroz. Lleva- 



el delito de que se le acusa; haber enviado todos sus 
diamantes á su hermano el conde de Artois como uu 
auxilio en su emigración. Se la condenó al suplicio 
y la condujeron entre muchas nobles Victimas que 
le sirvieron de escolta, persuadidas deque subían al 
cielo, pues morían con una sania. Mme. Isabel qui- 
so sacrificarse por la reina cuando el dia de la en- 
trada del pueblo furioso en las Tullcrías se negó á 
desvanecer el error de los que equivocándola con 
María Antoniela se disponían á degollarla; esta fué 
la única, vez que recurrió al disimulo aquella alma. 



I 



sublime, Olro delito no menos odioso había prece- de Atocha. Felicitamos pues á lo simpática y enlon 






•iiilij al suplicio de la reina,.,, el de Malesherbes, 
seguida del de Mine. Kosawbca, que fui- guillúliua- 
da al lado de mi padre. Célebres son tas palabras que 
dirigió en su última hora á Mme. de Sombreuil: 

■■La gloria, la felicidad de haber libertado á vues- 
tro padre os parlenecia colera — á mi el consuelo 
de morir con el inio.» 

La pluma cae de !a mano, las fuerzas fallan al 
considerar este cuadro de borrares, esle horrible 
martirologio. Los tiranos dijeron: «A fuerza de hor- 
rores agolemos las fuentes do la piedad. Nadie leerá 
las páginas do esla época sin echar mano del recur- 
so de calumniar ¡i las victimas para dispensarse de 
compadecerlas, y, cuando mas, las generaciones fu- 
tura j acusarán la imprudencia de aquellas cuyo he- 
roísmo nos ha admirado sin hacer vacilar la cuchilla 
de los asesinos. 

El deseo de arrancarles esta esperanza me lia 
obligado ¡i ser historiador. Moralista ul presente, ya 
que no me sea dado consagrar dignamente un fúne- 
bre tríbulo para lanías victimas, ni sacar del polvo 
i-ii qiia yacen hechos grandes y sublimes, be tenido 
fiI menos el acierto de elegir las armas mas nobles y 
eficaces para confundir et egoísmo, la filosofía de la 
sensación y la iloclritia del interés personal bien en- 
tendido. Soy (Je opinión que bis mujeres con sus sa- 
crificios, con sus tormén tus, han abatido el poder de 
mas de una hidra nialcrialisla, y herido con nuevas 
y penetrantes flachas á los impíos que pretenden su- 
mirnos en el fango. ¿Qué prescribía U sensación á 
Mme. Isabel, ¡i Mme, Sombreuil y á sus compañe- 
ras de gloria ó de martirio? Lo mismo que prescri- 
bía á Leónides y á sus trescientos espartanos, á Ré- 
gulo, úDecío, ít lodos ios héroes de la patria; y aun 
estos, si i'sivpiuíiuifjs á Régulo, solo teníau que 
perder una vida en wctlio de su entusiasmo. Pero 
nuestras contemporáneas, nuestras heroicas, ¡uñé 
sucesión de fortunas! 

(D. U.) 



Tkádajo koiaule,— La eminente pintora doña 
Adriana Rostan ha presentado á S. M. y dedicado á 
S. A. la princesa de Asturias una magnífica palma 
de cera, que seria sin duda para la función de Ha- 
mos. 

S. M. al recibirla hizo las mayores demostracio- 
nes de agrado, y como prueba del aprecio que de 
ella hacia manifestó que quena regalarla á la Virgen 



dida pintora Rostan por su notable trabajo y por la 
buena acogida que no pudo menos de recibir de la 
amabilidad de la Reina. 

Ha fallecido en París la conocida escritora cuba- 
na señora condesa de JHeriin. 

Chistosa reclamación. — Un diario de Valencia 
refiere el siguiente diilugo: 

— t llS V. el redactor de! Diario"? 

— Si; ¿qué se ofrece? 

1 — Venía á que me pusiera V. una cosa. 

—Sepamos qué clase de cosa, ¿Algiin anuncio? 

— No señor. Una cosa que me ha pasado con la 
señorita de una casa dunde he servido. 

—Muy delicado puede sercl asunto; pero.cn fin, 
cuenta y veremos. 

— I'ues ha de saber V. que dias pasadas iba yo 
acompañando á mi señorita por una calle bastante 
concurrida de esla ciudad, cuando cálale que pasan 
dos jóvenes, nos uiir.iü, y uno de ellos le dice al 
otro: — Mas me gusta la criada que ul ama. Nunca 
tal hubiera oído mi señorita. Se quedó mas pálida 
que una di fu nía, y me dijo apretando el paso: — Va- 
mos aprisa. Llegamos á casa; se celebró consejo de 
familia, y el resultado fué de ponerme de patitas eu 
la calle. 

— Cómo! ¿por tan poca cosa? 

— ¿Cómo poca cosa? ¡si casi le cosió una enfer- 
medad! 

— Y lú, ¿que hiciste? 

—Me fui pero le juré que liabia de salir en el 
Diario la infamia que su hacia conmigo. 

—Pites anda, hija, auda, que mañana quedarás 
servida* 



ADVERTENCIA. 



En este número y en el próximo insertaremos 
el pliego 2." y %.° de Franeiscu el espósito, euyoi 
planillas se publicarou trocadas y harían defectuosa 
ía encuademación de la novela. 

En seguida empezaremos á publicar otra no me- 
nos interesante. 



MADRID, 1852. 

lmprcmn «lo «Ion Jo*<' Trnjlllo. iiijo. 

Calle de María Cristina, número S. 



Ario i. 



Domingo 18 de'Abril de 1852. 



Núm. 38. 



LA MUJER, 



PERIÓDICO 



escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Este periódico sale todos las domingos; se snscrihe en Madrid en las librerías de Monier j de Cuesta, á i ts. a! mes; j ea provin- 
cias 10 rs. por dm ineaei franco de (lurte, remUien "oütiaübranta a favor denueslfa impresor, fi sellosde franqueo. 



Nuestro fin principal, nuestro único y esclusívo 
objeto al comenzar la publicación periódica en que 
escribimos no fué, por cierto satisfacer un mero ca- 
pricho, ni darnos á conocer como escritoras, sino el 
de ser útiles á nuestro sexo, al cual dedicamos nues- 
tras tareas, ofreciéndole los sinsabores que llevaba 
consigo esta empresa. No han sido por cierto com- 
pletamente infructupsos nuestros trabajos, pues mas 
de una inocente se lia librado de los lazos que ma- 
ñosamente la tendían nuestros proiectow naiuralts 
los hombrea; mas, de una esposa nos hadado las gra- 
cias por haber restablecido ia paz en su casa, y re- 
cobrado el amor de su esposo, siguiendo los conse- 
jos que hallaban en nuestra humilde publicación; y 
machas son también las madres que no cesan de 
congratularnos porque nuestros artículos les han he- 
cho conocer lo que sus hijas podrían sacar de esa 
tan brillante saciedad, y variar el plan de educación 
de las mismas-. ¡Mas estos frutos obtenidos no llenan 
aun nuestros deseos; queremos que los resultados de 
esta publicación sean mas fecundos en favor de la 
mujer, y nuestra ambición en este punto no se li- 
mita á esas ventajas aisladas que algunas constantes 
lectoras de este periódico sacan de las doctrinas ver- 
tidas en él. ' , 

Son tantas las desgracias que pesan sobre la in- 
feliz mujer, es tal la esclavitud en que yace, aunque 
encubierta bajo aductoras apariencias, que segura- 
mente nos bailamos indecisas siempre que lomamos 
la pluma en la elección del mal que hemos de com- 
batir, ó de la mejora que exige mas pronta repara- 
ción, v de Ja que con preferencia nos debemos ocu- 
par. Hov pues lian guiado nuestra elección las ins- 
tancias de algunas suseriloras de noble corazón, que 
no pueden considerar sin lástima profunda á esa mí- 



sera ciase de mujeres degradadas que viven en la 
afrenta, que se alimentan del fruto del oprobio, y 
de ia cual ya en otro articulo nos ocupamos; nni j 
jeres que cansan horror é inspiran odio, pero que 
por lo mismo deben escitar mas nuestra compasión, 
como inspiran la de las damas dignas de su alta po- 
sición que nos invitan á que en nuestro periódico 
nos ocupemos seriamente, si no de cortar el mal de 
raíz, porque esto escede á nuestras fuerzas, de los 
medios de atajar sus funestas consecuencias, v de 
impedir que tantas jóvenes puras é inocentes caigan 
diariamente en esos abismos del vicio y de Ja cor- 
rupción, 

Asunto harto serio y grave es este, asunto que 
qgizá exige conocimientos y facultades superiores á 
las que poseemos nosotras pobres y desconocidas 
mujeres, que no contamos mas que con nuestra vo- 
luntad decidida; pero que ni nuestra falta de medios 
nos arredra, ni hemos desconfiado un punto de que 
tan noble intento hallara la protección que necesita 
para dar los resultados que. nos proponemos. 

Arrancar de ese inmundo piélago del vicio á las 
infelices envejecidas en él, purificar sus almas de la 
escoria del vicio con que se hallan mam hadas mo- 
ralizarlas en lin a si bien es una obra santa y subli- 
me, no es la obra de un día, ni de quien como nos- 
otras cuenta con muy escasos recursos: pero pro- 
poner los medios de impedir que las seducciones de 
los hombres, auxiliadas por la miseria de las vícti- 
mas, por el furor del lujo y por la corrupción de 
costumbres de la época, sean arrastradas diariamen- 
te mil y mil ¡nocentes á esos abismos del vicio, 
esto ja nos es dado intentarlo, confiadas en que nos 
ayudarán en nuestra empresa las seüoras de alta con- 
sideración qui; nos estimulan á emprenderla, honra 



2 



de las damas españolas, y cuyos nombres -daremos 
á conocer al público á su debido tiempo, confiando 
nosotras en que si can este intento sa limos, -si da 

Blas primeras dificultaos triunfamos, los resultados 
serán quizá mayores- y mas csteusos de lo que aliora 
nos prometemos. A 
I'ara corregir un mal lo primero es conocer su 
origen, para atajarlo en su nacimiento. El abandono 
di; la educación mural de las jóvenes, el instinto del 
lujo qné imprudentemente se inculca en ellas porsus 

■ propios padres desde que tienen uso de razón, cual- 
quiera que sea su clase y fortuna, y lá falta de me- 
dios de ganar la subsistencia con su propio trabajo, 
unido á las constantes asechanzas que los hombres 
emplean para corromperlas, esplutando su propia va- 
nidad y sn miseria, este es pues el origen de la per- 
dición de tantas jóvenes qucdiariaineule van :i poblar 
las cloacas inmundas de la prostitución. 

En las grandes poblaciones, que es donde esos 
focos de corrupción existen, y donde el proselilisnio 
del vicio se ejerce como ülicio lucrativo, es también 
donde su represión puede y debe intentarse, pues 
en ellas es donde abundan los clemenlnspara oponer 
á los establecimientos del vicio los de la virtud; en, 
ellas pues debe puaersc á la corrupción un valladar, 
ejercerse el proselilismi) de la virtud, luchar y con- 
fundir y triunfar del vicio. 

Convencidas de esta verdad, conociéndola nece- 
sidad urgente de un establecimiento que reúna eras 
condiciones y alentadas ¡>or varias suscríloras, no va- 
cilamos en proponer la fundación de un asilo donde 
las jóvenes encuentren instrucción, trabajo y mora- 
lidad, un asilo en fin donde bailen la protección ne- 
cesaria para cruzar su juventud sin perder su ino- 
cencia v para establecerse honrosamente. 

Este establecimiento cuya fundación propone- 
mos, limitado ahora á los temimos indicados, puede 
ser con el tiempo origen de otro que se estienda á 
arrancar á las infelices que yacen en la degradación 
de m miserable estado. 

Por hoy concluimos aquí, dejando para el mi- 

Imero siguiente el espoucr las bases de esta casa de 
asilo, para cuya fundación contamos con el auiilio 
délas señoras que á proponerlo nos estimulan, Y 
con la cooperación de cuantas damas de noble co- 
razón lamentan la perdición de tantas jóvenes que 
protegidas hubieran sido honra de su sexo, y por 
verse abandonadas son su oprobio. 






A JESÚS CRUCIFICADO. (» 

¡Oh dulce Jesús mió, 
Esencia de ternura, 
Perdona el cstravio 
Fatal de) hombre ímpio 
Que causa tu amargura I 

Tú, que eres soberano 
Señor de tierra y ciclo. 
En tu angustioso duelo 
Buscas di» quier en vano 
Miradas de consuelo! 

No existe un alma sola 
Que C on aran profundo 
Consuele al moribundo, 
AI mártir que se inmola 
Pan salvar al mundo! 

Solo una madre triste 
Llora el atroz quebranto 
De! hijo sacrosanto, 
¡Y tú nos redimiste 
Al precio de su ¡lanío! 

No te basto piadoso 
Sacrificar tu vida 
Por el mortal doloso, 
Qoc nbrislte cruda herida 
Eú su alma dolorida! 

El pecho le devora 
Sn horrible desconsuelo, 

Y el hombro te desdora 
Cuando Ui madre liara, 

Y no calmas su duelo! 
Mírala ¡oh Dios! jcüán bella, 

Cuáu triste á tus pies gime! 
Escucha su querella 

Y de tu acción sublime 
Desiste, oh Dios, por ella! 

Ayl vale mas su Danto 
Que el bien del hombre impío: 
Calma su atroz quebranto 
Tú que la adoros lanío, 
Piadoso íesm mió! 

Es madre! en ti cifraba 
Su orgullo y su cariño: 

(I) Ko habiendo tlogmlo antes é nuestras romos rala poesía j 
la oda i lenisílrn que en otro lugar ¡ recriarnos, i pesar de haber- 
la» remitida upuiiunamenie sus jilvrara iuic.ru>, no pudimos pu- 
blicarlas (n nuestro nútnero «oledor. B»J lo hacemos Unto m ti 
grato qot le Demos, en ello, como pa™ que nuestros amables cola- 
borado»!, do lomen i de_«»¡re |o qn c lio sido ünieaTticnla erecto 
da cipa estraiii coincidencia. 



Recuerda cual te amaba 
Cuando eras tierno Diño 

Y amante te amparaba. 

Es madre! nunca el pecho 
Fué de una madre fuerte, 

Y de pesar deshecho 
Llanto de sangre vierte 
Al ver tu horrible muerte. 

¡Oh triste moribundo! 
Tu corazón batalla 
Entre su afán profundo 

Y la salud del mundo, 

Y de dolor estalla. 
Mas la balanza cede 

Por el moría] nefando, 

Y d que salvarse puede 
Prefiere que espi raudo 
Salvado el mundo quede. 

¡Mirad su rostro hermoso 
De palidez cubierto! 
¡Ved su costado abierto, 
Do ya uo late yerto 
Su corazón piadoso! 

¿Qué os dice ese semblante? 
¿Qué os dice esa agonía? 
Oid SU voz amante 
Cuando á la turba iuipia 
Paz y salud envía. 

Su acento postrimero 
Es de perdón y olvido, 

Y ruega al mundo entero 
Que llore arrepentido 
Sobre su pecho herido! 

Ay! esa sangre pura 
Que de su seno brota 
Esencia es de ternura, 

Y labra cada gota 
Mi! siglos de ventura. 

Llanto de amor derrama 
Muriendo sin consuelo, 

Y ¡a amorosa llama 

Que el corazón le inflama 
Alumbra tierra y cielo. 

¿Quién no amará ferviente 
A Dios tan bondadoso? 
¿Y el inundo irreverente 
Osa escupir la frente 
Del que le dio el reposo?... 

No, no; venid precitos, 

Y al pié del leño santo . 



Llorad su atroz quebranto, 
Que borra los delitos 
El amoroso llanto. 

Sus brazos siempre abierto* 
Están para el que llora; 
Su voz consoladora 
Ofrece bienes ciertos 
Al alma que le adora! 

Hermanos, la rodilla 
Ante la cruz doblemos, 
Que Salvadora brilla; 
Hermanos, adoremos 
Al mártir sin mancilla? 

Venid: dulce ternura 
Tan solo os pide amante 
En premio á su amargura: 
¿\'u veis como anhelante 
Oí itama con dulzura? 

Venid los que en el suelo 
Visteis tal vez pagado 
Amor cou desconsuelo, 
Que él busca al desdichado 
Con paterna] desvelo. 

Amor pide ferviente, 
Amor tan solo implora; 
Dejad al inclemente 
Mundo que así os desdora, 

Y amad al que os adora! 
Suba á su trono hermoso 

Vuestra oración sumisa, 

Y el Redentor piadoso 
La acojerá gozoso 
Con celestial sonrisa! 

Venid: Jesús al alma 
Que en él cifra su anhelo 
Otorga aquí la calma, 

Y luego eterna palma 
Eo su mansión del cielo! 

Angela final I . 
— ►»»»mí*»*«< 

LAS TAITIANAS, 

BELLEZA, TRAflE, GUSTO J'OJl LA MÚSICA , PAJ4ZA- 
[üojos sutiías del diario de un oficial de Harina, 
(Continuación.) 
, Las Tailianas aman apasionadamente la música, 
retienen fácilmente todas las piezas, tienen el oído y 
la voz notablemente aliñados y cantan en coro con 
encantadora armonía, Xo me sorprendió poco la pri- 
mera vez que bajé á tierra oírles cantar eo las calles 



(a serenata de Sehubert y ln Casta ítiva, ó bien La 
Jlantltesa. Malbormtgh, ia Lisette de Beranger ú 
oirá cosa peoi-j según quesos maestro* de canto son 
contemplativos ó vividores. Por olra parle, nada 
comprenden ellas de lo que cantan y hay muy pocas 

I que saben el francés. Les repugna, J csló se conci- 
be, cambiar su dulce lenguaje por las duras conso- 
O a nr i aa de nuestro idioma. Por la noche, desde 
que el sol lia sumergido en tas ondas su brillante Tai, 
Se oye salir de enlre los jardines de la Pequeña Po- 
lonia, barrio poblado en su mayor parte por olicia- 
es, [os sanidos de una orquesta impaciente. Cada 
cuerpo provee su contingente: la administración pro 
cura el violin, la infantería el bajo, la medicina la 
flauta y la marina el cornetín de pistón. Entrad, por- 
que la puerta se abre para lodo el que es caballera. 
Eu un liiryo salón cuyo mobiliario se compone de un 
banco de madera, y donde dos humeantes lampari- 
llas componen' todo su alumbrado, vais á ver á las 
mas bonitas Kauncs de la ciudad y sus cercanías: ad- 
miraos del vigor con que acentúan la pouríta (pol- 
L.i , cómo se destizan ligeramente en el vals á dos 
tiempos, el entusiasmo con que bailan nuestros gra- 
ves rigodones, y notad como los profesores jóvenes 
parecen soportar con alegría los rigores de la ausen- 
cia. 

.Mas rio se croa que los bailes franceses les han 
hecho olvidar sus bailes indígenas: antes bien todas 

Blas variedades del oapa-aupti alternan con los valses 
y las polkas. Al salir del baile no os asombréis mu- 
clio s¡ us Sinlis agarrado por el cuello ó por los bra- 
zos por una ó dos ruoiuelas, que os obligarán de bue- 
no ú mal grado á que las conduzcáis á sus casas: por 
ni a* que hagáis ú digáis seguro eslá qne os suelten, 
y si es preciso pasar un rio os cargarán sobre sus 
hombros, pero no por eso dejareis de ir basta La 
puerta de sus casas. Al llegar ó ella podéis quedaros 
allí ó marcharos. Esto proviene de que desde el ca- 
ñonazo rpicse-lirs á las ocho de (anoche im pueden 
andar por Lis calles las indígenas; de lo contrario to- 
do KausL-, sea hambre ó mujer, que sea encontrado 
por Jos ihüIpÍs ^gendarmes), si no puede refugiarse 
bajo el ala protectora de un europeo es conducido á 
la prisión, de la cual no saldrá sino pagando ¡auiul- 

tia de uo peso. 
Los mismos goces se repiten cada noche y el dia 
se pasa cutre el baño, el reposo y la siesta, de modo 
que no hay un pueblo en el mundo que descienda 
mas dulce, y descuidadamente el rio de la vida. Así 



eslo no se nota variación desde entonces acá. 
días solemnes se representan gigantescos oupa.ww- 
pus en la plaza del gobierno, tomando en ellos par- 
te toda la juventud indígena de las cercanías. La mas 
origina] de esasdanzas es seguramente la paí-aoui 
(buque de vapor). Siguiendo la costumbre de todos 
los pueblos primitivos, los Kanacs conservan en sus 
cantos y en sus dan /.as ia tradición de lodos los acon- 
tecimientos que han llamada vivamente su atención, 
y así es que solo en sus antiguas canciones es don- 
de puede hallarse aun algún recuerdo de mi pasado, 
¡Qué otro prodigio. moderno pudiera maravillarlos 
tatito como un buque de vapor! Así fué que el pro- 
digio pasó inmediatamente al dominio de la danza y 
de la canción. 

Para bailar el paf-aau¿ se colocan los actores en 
dos (¡las prolongadas, los hombres á no-lado y lág 
mujeres al otro; luego ambas hileras se nrfen conser- 
vándose por sus estremos como para figurar la cur- 
va do intersección de un buque sobre el plan de la 
linea del agua. En el centro se coloca un hombre 
alto, que por medio denn gran canuto de bambú ar- 
roja al aire bocanadas de humo, representando asi la 
chimenea délvapor, y dos grupos de bailarines co- 
locados en los (láñeos imitan las ruedas. , 

Así dispuestos se da la señal, y á indicación del 
hambre-chimenea las ruedas empiezan á agitarse 
moviendo rápidamente los brazos, las piernas y el 
cuerpo. Mientras el resto del buque marca el com- 
pás con un cauto lento y monófomo, acompañado de 
palmadas, la inmensa máquina comienza á funcionar 
yendo hacia adelante, hacia atrás, á babor, á estri- 
bor, haciendo cu fin toda clase de evoluciones como 
las haría un vapor maniobrando en una rada. 
(Se conefuiríí.) 



M*) í ■&*«"#*- 



ODA 



i. Jebc&ilen en la suerte del Salvados. 

Oh pueblo malhadado. 
Deten el rudo golpe, y con impía 
Ira y furor malvada 
No derrames La sangre de ese justo; 
Porque desde este dia 
Como fuego candente 
Gola á gola caerá sobre tu frente. 

¡Ay infeliz! ¿(Jué has hecho? 
Conduces a tu Dios escarnecido 
De tf mismo á despecho! 






Qué vértigo infernal tu menleembarga? 
¡Sarcasmo maldecido - 

Loa lu acción cruenta! 
Quién ¡avara lu mancha? ¿Quién lu aírenla? 

¿Y coreéis anhelosa, 
Muchedumbre precitas, fatigando 
Con la \oz clamorosa 
El viento nmgidur? ¿Y ebria de sangre, 
En el crimen hitando 
Quieres aun sumejírte, 

Y tú misma á tí misma maldecirle? 
Jcrusalen, contempla 

Al hombre- Dios pendiente de un madero, 

Y esc tu rigur templa; 

Que de tí condolido humilde esclama 

Con eco lastimero: 

«Perdona, Padre pió, 

A mi pueblo infeliz, al pueblo mió.» 

¡Ingrato! v desconoces 
A ese lu Salvador? ¿Y le atormentas 

Con martirios atroces? 

Ya no existe, infeliz! Y aun tu locura 
Con horror acrecientas. 
Hiriendo en el costado 
El cuerpo tantas veces destrozado! 
Tiembla, tiembla, ínfelice; 
" La túnica del templo desgarrada 
Tu infortunio predice: 
Ya la tumba abandonan ios que fueron, 

Y con la faz manchada 
Turbio el sol se oscurece, 

Y en tinieblas el mundo se estremece. 

Ceetilit. 



-+*+&tH c **+**+- 



Hemos visto e! prospecto de El tamal de la 
mcjeb, periódico escrito por una sociedad de seño- 
ras y dedicado á su sexo, que verá la luz pública eo 
Logroño. 

iVosotras, que iniciamos los periódicos fundados 
y escritos por mujeres y dedicados á nuestro sexo, 
hemos tenido una satisfacción completa al ver que 
las damas de Logroño, prescindiendo también de ri- 
diculas preocupaciones se proponen seguir nuestro 
ejemplo. Confiamos en que El fanal de la muer 
será digno del noble objeto á que se dedica, y lo re- 
comendamos á nuestras lectoras, que esperamos 
alienten con su suscricion esta publicación, que sin 
duda contribuirá eficazmente á mejorar la triste 
suerte de la mujer, 



JíO se arredren pues nuestras colegas con las di- 
ficultades y sinsabores que su proyecto les ha de 
ocasionar, atentándose con el noble fio que se pro- 
ponen, si las contrariedades anexas á su empresa de- 
bilitasen algún dia su propósito; y sigan en su em- 
peño hasta que obtengamos la mejora de la condición 
de la mujer, que ambas redacciones nos proponemos. 



►**5 }****«- 



, Conlinuamos hoy la referencia de la aventura 
ocurrida al padre de una nuestra amable suscrilora* 
que consiguiente á la oferta que nos hizo eu su carta 
que publicamos en e! número anterior, sigue hoy la 
relación que quedó suspendida en el número 27. 
correspondiente al 1." de febrero. 

El vigilante cuidado del doctor no le dejó mucho 
tiempo disfrutar del sueno á que le rindió el cansan" 
ció; levantóse pues, y saüó al gabinete ó despacho, 
donde ya no ardía la lámpara, sino queso hallaba 
iluminado por la luz de la aurora, que penetraba al 
través de gruesos cristales de colores por claraboyas 
en forma de estrellas, abiertas en la bóveda. Decidi- 
do á no atormentar su imaginación para aclarar las 
dudas que á cada momento le inspiraban los miste- 1 
ríos de aquella oculta morada, no se paró á discurrir 
por qué rara estructura se hallaba iluminado por la 
luz natural lo que había tenido hasta entonces po r 
un subterráneo. Abrió h puerta del gabinete y al 
punto se presentaron los dos criados que quedaron en 
la antesala, los que le condujeron á la habitación de 
la enferma. 

Hallábase esta tranquila; el sueño la habia re- 
puesto, pero el doclor advirtió al través de la apa- 
rente serenidad de su rostro un dolor profundo, que 
nu pudo ocultarse á su penetrante mirada. Su hija, 
aquella joven que vimos arrodillada á la cabecera de 
SU cama, se hallaba eu el mismo sitio, aunque senta- 
da en unos cojines de terciopelo: á los pies de la ca- 
ma velaba la joven blanca primera á quien vio el duc- 
tor en la cueva con las dos jóvenes que ya conocemos. 

Las miradas de María se fijaron en el doctor des- 
de el momeólo en que se acercó á su madre, y le 
inlerrogaban acerca del estado de esta. Nuestro 
medico, que comprendió su ansiedad, se volvió á ella 
y 'a tranquilizó. 

— Verdad que estoy mejor, doclor? le dijo la an- 
ciana; se lo be repelido á mi hija varias veces, pero 
no quiere creerme, 

— Su eseesiva cariño, señora, contestó el doclor, 
le hace dudar; pero á mi me creerá, y yo le ase- 



gurú que pur ahora el peligro grave paso. 

—¿Lo «ves, Marín, l(i oves? ya puedes tranquí- 
liíarle; avisa á tu hermano para que pasea hablar 
con el doctor, y ve a descansar algunas horas. 

— Madre! estoy bien aquí; aquí reclinada al lado 
de V. descansaré mejor ahora que estoy mas tran- 
quila; mi hermano espera y.i.i este caballero; lecon- 
ducirá Isabel, 

El doctor preparó una bebida confortante, 
que eriiNUMiii tomase inmediatamente la enferma, y 
salid guiado de aquella joven primera que en aquel 
misterioso albergúele recibiera, despidiéndose hasta 
mas tarde de la andana y de su hija. 

Después de atravesar varias galerías y Un Sun- 
tuoso salón, alumbrados por la luz natural que pe- 
netraba también al través de cristales de colores por 
claraboyas abiertas en las bóvedas en forma de es- 
trellas, llego á un gabinete de forma elíptica; sus 
paredes eran de mármol blanco coa bajos relieves 
de flores; sobre el friso, de jaspe de Granada, se es- 
lemba una conúsa de bronce dorado con letreros 
árabes. 

En aquel gabinete esperaba un joven que escasa- 
mente Minian* veintiséis años: su estatura apenas 
era mediana, y sin embargo eran tales las propor- 
ciones y esbeltez de su cuerpo, tal la majestad der- 
ramada «u toda su (¡gura, que imponía á primera 
«isla; había en su' mirada, en su continente todo, 
lanía nobleza, tanta dignidad, y á la vez tanta me- 
lancolía, que no se le podía ver sin sentirse atraído, 
dominado por aquel hombre. Así pues nuestro doc- 
tor, por mas acostumbrado que estuviese al trato del 
mundo, pur poco que á causa de su esperiencia y 
tálenlo concediese á las apariencias, do pudo resistir 
al influjo que aquel joven ejercía, y se vid como mag- 
netizado por su presencia, lomando con cierto em- 
barazo un sillón á su Lado y preparándose á escu- 
charle. 

La historia de aquella familia, que nuestro médi- 
co oyó de boca de su último descendiente, la traslado 
con toda fidelidad al papel, y cou su anuencia dos 
la bu remitido autorizándonos para publicarla: en 
ella se halla la descripción del subterráneo, se desci- 
fran lodos lus que al médico parecían misterios y le 
volvían loco, y juzgando que su lectura ha de agra- 
dar sobremanera á nuestras lectoras, empezaremos 
su publicación en el próximo número. 



Escriben de Gibrallar cun feclia 30 del pasado 
que ha llegado á aquella plaza la Srta. D." Carolina 



t Coronado, La distinguida poetisa ha sido recibida con 
la mavor distinción por el cónsul de ¡os Estados-Uni- 
dos y toda su familia, en cuya casa se celebrará el 
enlace de nuestra compatriota con el joven secreta- 
rio de la legación de los Estados-Unidos en Madrid. 
El limo, señor obispo católico de Gibraltar bendeci- 
rá áios desposados, con todas las condiciones y ritos 
de la iglesia católica, cuya religión profesan el cón- 
sul anglo-araericauo y su respetable familia. 

lie aquí, dice un periódico, algunos pormeno- 
res sobre lus trajes de majas con que varias damas 
se presentaron el domingo último en la corrida de 
loros: 

La duquesa de Medinaceli veslia un traje de ra- 
so carmesí, corpino igual, y hombrillos y adornos 
de azabache y terciopelo negros; mantilla de tercio- 
pelo carmesí con franja negra, y uu zorongo del 
mismo color del vestido coa borlas de piala. La du- 
quesa de Feria llevaba un traje igual al de su her- 
mana, con la diferencia de ser de colar celeste. El 
vestido de la duquesa de Alba era de moaré blanco 
con los hombrillos y aJurnus. de coral, zorongo en- 
carnado, mantilla de paüu de seda con liras de ter- 
ciopelo negro, y dos rizos á cada lado sujetos con 
alfileres de brillantes. La condesa de Teba llevaba 
traje de moaré rosa con adornos de felpa negra, cor- 
pino de paño de seda negro cou hombrillos y gol- 
pes de felpa color de rosa. La señora viuda del ge- 
neral Alvarez veslia traje de moaré verde con enca- 
jes negros, corpino de raso negro con hombrillos y 
guipes verdes, y mantilla de encaje blanca. 

Cosmriieo esccfriifí contra ios paños y fflartlcttt- 
cias ííe la cara. —Recela: de horas, 10 granos; agua 
destilada de rosas, media unza; idera de flor de na- 
ranjo, igual cantidad. Disuélvase, y lávenselas man- 
chas y panos de la cara con un lienzo lino de hila. 

EL FANAL DE LA MUJER, 
perjudico cícriiopor una mchdad dt señoras y dedi- 
cado « su scro. 

Este periódico, que verá muy pronto la luz pir- 

bljra en Logroño, saldrá lodos los domingos. Cresta 
en Madrid o rs. por tres meses, y se suscribe en la 
imprenta de este periódico, calle de María Cristina 
número 8, bajo, donde hay algunos prospectos. 

MADRID, 1852;' 

liuprt-nln ili> lian Ji»«.e TniJIHn, liljo. 

Calle de Moría Cristina , número s. 



Año I, 



Domingo ■!■'> de Abril de 1852. 



Viim. 39. 



LA MUJER, 

PERIÓDICO 

escrito por una sociedad de señoras y dedicado á su sexo. 



Este periódico sale lodos los domingos; se suscribe en Madrid en las librerías de Uonier j de Cuesta, á 4 rs. al mes; j va provin- 
cias 10 rs, por dos meses Tranco de porte, remUienJoutiaUbraiua a favor de nuestro impresor, á sellos de franqueo. 



En nuestro último número, después deeslender- 
nos en demostrar la necesidad de un establecimiento 
que sirviese de asilo á tas jóvenes necesitadas, y en 
donde ala vez que encontrasen trabajo para propor- 
cionarse su subsistencia hallasen también instrucción 
fortaleciendo en él sus principios de moralidad y sus 
buenas costumbres, dejamos para el presente la es- 
posicion de las bases y fundamentos sobre que dicho 
establecimiento podría constituirse. 

Poca es la parle que en el presente artículo va- 
mos á tener, pues que, según dijimos en el anterior, 
la idea de este asilo es concebida por algunas de 
nuestras suscri l oras, que lamentan la horrible suerte 
de Untas víctimas infelices de la corrupción, y esti- 
muladas por su compasivo corazón quieren oponer 
un asilo de protección y moralidad á tus estableci- 
mientos del vicio, para evitar cuando menos el que 
nuevas jóvenes inocentes aun, puras y virtuosas, va- 
yan á ensanchar las filas de las mujeres perdidas, ar- 
rastradas por la miseria y por la seducción que de 
su desesperada situación se aprovecha. 

Estas mismas señoras al concebir el pensamien- 
to también nos indican las bases fundamentales de 
su proyecto, que son las que vamos á esponer. 

So faltará quien juzgue bueno el pensamiento, 
filantrópica la idea y digna de alabanza; pero que la 
califique de utopia tan bella como irrealizable, pri- 
mero por falta de fondos y después por otras causas 
que á su tiempo rebatiremos, no para persuadir á los 
que así juzguen, pues que esas personas, que miran 
todo nuevo proyecto con la sonrisa de la incre- 
dulidad ó del desprecio, no las convence ni aun 
la realidad de los mismos, sino para evitar que 
su pernicioso inüujo impida que otros presten i es- 
te benéfico proyecto el apoyo que necesita. 



Generalmente la falla de fondos es un obstáculo 
insuperable cuando Jo que se propone, y para lo que 
se necesitan, ni es de interés general ni se proyectó 
con la fe, el ardor, la constancia y la voluntad fir- 
me que no retrocede ante los obstáculos; pero si los 
que concibieron la idea están adornados de estas 
cualidades, si el proyecto es de utilidad general re- 
conocida, entonces es muy diferente porque al fin se 
realiza y suele suceder que aun los que al principio 
lo combatieron lo apoyan después. 

Tal sucederá ciertamente con el asilo cuya funda- 
ción nos ocupa: que es no ya de utilidad sino de ne- 
cesidad imperiosa, está reconocido y no negado por 
nadie; ven cuanto ala firme voluntad para llevarlo 
á cabo, la constancia necesaria para triunfar de los 
obstáculos, y la fé viva que anima tanto á las nobles 
señoras que lo concibieron, como á nosotras elegi- 
das por ellas para contribuir con nuestra publicación 
á su establecimiento, circunstancias son que el tiem- 
po probará que poseemos. 

Los fondos se allegarán fácilmente, porque ni 
son muchos los necesarios, ni habrá ninguna dama 
de noble corazón que deje de contribuir con la in- 
significante cantidad por que se abrirá la suscrícion, 
para una fundación cuyo fin es tan laudable, cuyos 
resultados han de causar tan dulce satisfacción alas 
que contribuyan á él. 

Supuestas estas razones, es consiguiente que la 
suscrícion cubrirá la cantidad necesaria para el es- 
tablecimiento. Su entretenimiento es aun mas fácil, 
pues que como no será otra cosa que un templo que 
Ja compasión por las jóvenes erigirá á la virtud y al 
trabajo, ese mismo trabajo le proporcionará los fon- 
dos necesarios á su existencia, 

Y no se objete que el trabajo de las mujeres do 






3 






es bastante a proporcionar los fondos necesarios, 
pues esla objeción la desmienten las pingües rique- 
zas de los que piulando el trabajo de ta mujer hi- 
cieron sus notables fortunas. 

una vez espuestos los medios de fundación y sos- 
ten del establecimiento, ya su arreglo interior, su 
mecanismo y reglamentos es consiguiente mucho 
mas cuando contamos para ello con los conocimien- 
tos y cooperación da personas de gran ilustración y 
sabiduría, que se han prestado á cooperará nuestra 
obra, cuyo pensamiento ha llenado cumplidamente 
sus deseos. 

Las dimensiones do nuestro periódico no nos 
permiten boy eslendernos mas sobre este asunto, 
pero dejamos su continuación para el número si- 
go ien Le. 



*.m licita 



FELICIDAD DE AMAR. 

Amar! amar' comunicar la llama 
Que ineslinguibte el corazón devora, 
Es la felicidad inmensurable 
One allá en el cielo el elegido goza! 

Felá c! alma que cariño inspira: 
Feliz el alma que de amor rebosa: 
Ay! triste aquella que el amor desdeña 
Y su egoisla afán cifra en sí sola* 

Yo me siento abrasar de un santo fuego 
Que en vano describir quiero afanosa. 
Pues falla en elocuencia al labio mió 
h» que en afecto al corazuu fe sobra. 

Hubo un tirano que anheló ferviente 
Que la humanal estirpe jactanciosa 
Tuviera solamente una cabeza 
Para corlarla en su venganza loca; 

Vo quisiera, insensata, que tuviese 
Un solo corazón, un alma sola, 
Para adorarla con ardiente culto. 
Cifrar en ella mi existencia toda. 

\ al mirar que rechaza el mundo impío 
Mi afecto con sonrisa desdeñosa. 
Tributo á la natura el sentimiento 
Que sin cesar del pecho se desborda. 

V amo á la humilde flor, que me da en cambio 



" 



De su capullo el celestial aroma. 
Amo á la brisa que revuela en torno 

Y mi cabello suíurratido loca: 

A la avecilla que en la selva umbría 
A Dios eleva su sencilla trova, 
La clara fuenlecilla que murmura 

Y la luna que brilla misteriosa. 

Adoro al sol, cuyos brillantes rayos 
Vuelven al árbol sus perdidas hojas; 
A ese mar que formula dulces quejas 
Al estrellarse en los peladas rocas. 

Y aves, (lores y fuentes me devuelven 
Con mil perfumes y variadas notas, 
Dulces suspiros de un amor sublime 
Que de embriaguez el ánima transportan. 

Feliz mil veces quien comprende y siente 
Esa música dulce, embriagadora,' 
Esa atracción que enlaza el universo 
Con cadena invisible y misteriosa. 

Formada fue de amor naturaleza; 
Todas sus voces el amor pregonan: 
Milagros son de amor aves y fuentes, 
Brisas, ecos y llores seductoras. 

Ay! ¿qué mundano bien es comparable 
Al supremo placer que el alma arroba 
Cuando se entrega al estasis divino 
Escuchando esas voces armoniosas? 

Del mar inmenso en la desierta orilla. 

Y recostada en la campestre alfombra, 
Dejo vagar el alma, que ferviente 

A otra esfera mas pura se. remonta. 

De la materia entonces desprendida, , 
Comprende esa alianza misteriosa 
Que forman entre si lodos los seres, 

Y el dulce nombre que á la par invocan. 

Y comparte su júbilo infinito, 
Su dulce sensación embriagadora, 
Sintiendo ta despierte u