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Full text of "La mujer del día : comedia humorística en tres actos"

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número: 



Irene López Heredia 



Mariano Asqueríno 



de 

La mujer del día 



744 



LA MUJER DEL DÍA 



ARMONT Y MARCHAND 



LA iU 



DEL DI 



COMEDIA HUMORÍSTICA EN TRES ACTOS 

VERSIÓN CASTELLANA 

de 

ENRIQUE F. GUTIERREZ-ROIG 

Estrenada en el Teatro Muñoz Seca, 

de Madrid, el día 9 de enero de 1Q32. 

DIBTMOS TtV 

ANTONIO MERLO 




^> VASiS^ 



k&O VI I 20 DE FEBRERO DE 1932 | NÚM. 232 
MADRID 



REPARTO 

PERSONAJES ACTORES 



Elena Vouvray Irene López Heredia. 

Hortensia Pilar Arroyo. 

Señora de Petillón Adela Carbone. 

Clotilde Pilar Lebrón. 

Malva Aurora Palacios. 

Lulú Bisouit Ketty Alonso. 

Sergio ¡Mariano Asquerino. 

Bolvos Domingo Rivas. 

Millenón Elias Sanjuán. 

Valentín Fernando P. de Andrade. 

El 519 Marcial Manent. 

Eduardo Manuel Káyser. 

Paolo Emilio Manuel Soriano. 



La acción en París. — Época actual..- 

actor. 



-Derecha e izquierda, las del-' 




ACT 



Saloncito en un pequeño hotel de recientísima construcción. Debe 
advertirse que los muebles y toda la instalación es de un gusto 
atrevido y modernísimo. Son las once de la mañana. Puerta al fon- 
do y laterales. Teléfono. 



ESCENA I 

Valentín y Clotilde 

(Al levantarse el telón la escena está sola. A poco se oye sonar 
un timbre. Larga pansa. Vuelve a sonar el timbre con fuerza y se- 
guidamente. CLOTILDE sale por la derecha, cruza la escena y va 
hacia el fondo, aire la puerta y desaparece. Vuelve acompañada de 
VALENTÍN. Valentín es un hombre todavía joven y va vestido- 
con gusto muy personal y con apariencia de artista. Entra con un 
periódico en la mano que estruja nerviosamente.) 

Valentín. — (Entrando el primero.) Le repito a usted que quiero 
ver a la señorita. (A Clotilde.) 



r* í* *"> fl/S O 



Clotilde. — (Siguiéndole.) Pero, caballero... 

Valentín. — ¿Usted no me conoce? Yo soy Valentín, el artista de- 
corador tan renombrado. Soy el tapicero de la señorita, 

Clotilde. — Conozco muy bien al señor, pero... 

Valentín. — ¿Qué? ¿No está en casa la señorita? 

Clotilde. — No, señor. 

Valentín. — ¿Ha salido? ¿A las once de la mañana? 

Clotilde. — No, señor, no ha salido, por la sencilla razón de que 
no ha entrado... desde hace tres días. No la hemos visto desde el 
jueves. 

Valentín. — Entonces, ¿es verdad lo que dice el periódico? 

Clotilde. — (Con mucha calma.) ¡Ah! ¿Hablan de la señorita los 
periódicos ? 

Valentín. — (Estallando.) Sí, señora. v Lea ahí, en la tercera 
plana. 

Clotilde. — (Leyendo.) "Enigmática . desaparición de una seño- 
rita. Desde la noche del jueves último se ignora el paradero de 
una elegante joven muy conocida en los lugares frecuentados por 
la gente alegre..." 

Valentín. — Al final, al final ; lea al final. 

Clotilde. — "Todo hace suponer, sin embargo, por los informes 
quo tenemos, de que no se trata de ningún suceso desagradable, 
sino simplemente de una fuga amorosa..." ¿Y qué? 

Valentín. — ¿Cómo y qué? Pues que esta huida es espantosa. 
¿Qué han dicho sus amigos? ¿El barón?... 

Clotilde. — Al señor barón ya le he telefoneado y el señor con- 
testó que salía para Londres. 

Valentín. — Eso quiere decir que él se desentiende de todo. 

Clotilde. — El señor barón me dijo que nos dirigiéramos al se- 
ñor Duran, que era también íntimo de la señorita. 

Valentín: — ¿Y qué ha dicho ese señor? 

Clotilde.— Que estaba enfermo, que se iba a unos baños y que 
le diera cuenta de lo ocurrido al señor Adriani. Se lo participa- 
mos a éste y éste a su vez dijo que se lo comunicáramos al señor 
Fontolié. Pero, cosa curiosa: éste, como los otros, también me 
contestó que se iba de viaje. Cómo si todos se hubieran puesto de 
acuerdo. Y aquí nos tiene usted a los criados solos en la casa y 
esperando ver el giro que toman las cosas. 

Valentín. — Muy bien. ¿De mañera que no hay nadie que se 
haga responsable de nada? 

Clotilde. — Ya supongo yo que usted está inquieto por su fac- 
turita. 

Valentín. — ¿Facturita? ¿Usted sabe lo que se me debe aquí 

« 



sólo de muebles, sin contar los cortinajes y las alfombras? Pues 
más de 60.000 francos. (Suena el timbre dentro.) ¿Será ella. 
acaso ? ■ , 

Clotilde. — No lo creo. Voy a ver. (Mutis.) 

■ \ ■ ESCENA II '■■ "' T"'" r i ""'"""" ■ " "' 

Millenon y Valentín 

(Se oyen dentro grandes voces y luego entra MILLENON. Es 
un hombre vulgar y viene con el sombrero encasquetado. Por la 
puerta abierta del foro se oye terminar el animado coloquio de 
Clotilde y Millenon. Finalmente él entra y Clotilde se va enco- 
giéndose de hombros y dejando a los dos hombres solos.) 

Millenon. — Pues, hombre, estaría bonito. No faltaba otra cosa. 
¿Que esa señorita quiere burlarse de todo el mundo? Bueno. Pero 
de mí, no, ; de mí no se burla, como me llamo Millenon. (Dando un 
golpe sobre la mesa.) ¡Ah! Caballero... 

Valentín. — (Secamente. ) Caballero. . . 

Millenon. — (Descubriéndose.) Yo soy Próspero Millenon, maes- 
tro de obras. Ya usted habrá oído mi nombre y mi casa... Alba- 
ñilería, fontanería y carpintería... El presupuesto que presenté 
fué aceptado. La obra... (palpando los muros) está hecha a con- 
ciencia. Bueno, pues no se me ha pagado el último plazo. Usted, 
debe estar al corriente de todo. 

Valentín. — Yo, no, señor ; tampoco estoy al corriente. 

Millenon. — Bien. La señorita de Gibry, por lo que parece, se 
ha evaporado. Creo que es una historia sentimental. Pero a mi 
estas historias no me interesan. A mí lo que me interesa es mi 
dinerito. 

Valentín. — Y a mí también. Yo soy Valentín, el artista deco- 
rador. 

Millenon. — ; Ah ! ¿Usted es Valentín, el tapicero? (Vuelve a 
ponerse el sombrero.) Entonces ya sé por qué está usted aquí. Us- 
ted ha venido a lo mismo que yo. ¿Y qué? ¿Ha visto usted ya .ni 
señor?... , ¡> 

ValentiK'.- — ¿A qué señor? '' 

Millenon. — Al señor de... ía señorita... Vamos, al financiero. 

Valentín— Yo no he visto a nadie. 

Millenon. — (Impaciente.) En una palabra, ¿es verdad o no es 
verdad que esa señorita acaba de escaparse con uno? 

V.\lentjn. — Eso parece. 

M.rrz.EnQ? —Bueno, pero quedará el otro, el amigo formal, el 



protector, como suele decirse. Y, como es natural (elevando la voz), 
yo no me voy de aquí sin ver al que paga. 

Valentín.— Le advierto a tísted que si cree encostrar aquí al- 
guien que le pague, pierde usted el tiempo. 

Millenon. — -¿Dirigiendo una ojeada a la habitación.) En esa 
caso me llevaré todo esto. Yo tengo que cobrarme como pueda. 

Valentín. — ¿Mis muebles? ¿Llevarse mis muebles? Eso de nin- 
guna manera. Yo también tengo que defender mis intereses, como 
usted los suyos. ¡ No faltaba más ! (Los dos se miran con hostili- 
dad y entra HORTENSIA, seguida de CLOTILDE, que se va inme- 
diatamente por la primera derecha.) 



ESCENA III 
Dichos y Hortensia 

Hortensia. — Amigo Valentín, ¿qué tal? 

Valentín. — Usted es Hortensia Hermanas, si no me equivoco. 

Hortensia. — Sí, señor, la misma, la mitad de la razón social. 
¿Qué me dice usted de esta aventura? Estoy afligida, afligidísima. 

Valentín. — ¿Usted también es acreedora de la dueña de esta 
casa? 

Hortensia. — Sí, señor. Desde el cbasco que me dio la infanta 
María Agustina, no me había ocurrido otra cosa igual. No se pue- 
de una fiar de nadie. ¡ Hacerme esto a mí ! Todos los modelos de 
esta temporada, todos, se los había reservado a ella. Y aun debía 
enviarle mañana mis dos últimas creaciones, dos pequeñas mara- 
villas : Cuerpo a media espalda, falda a medio muslo. Total, me- 
tro y medio de tela para los dos. 

Valentín. — Serán preciosos. 

Hortensia. — (Muy amable.) Gracias. (Mirando a Millenon con 
un impertinente.) ¿Quién es este señor? 

Valentín.— El albañil. 

Millenon. — Sí, señora, el albañil, como dice el tapicero. 

Valentín. — El pretende tener aquí más derecho que nadie para 
cobrar. 

Millenon. — Como voy a demostrarlo. 

Hortensia. — Usted pretenderá únicamente garantizar sus in- 
tereses. Nosotros hemos de hacer lo mismo. 

Millenon. — Yo he construido el hotel, y sin hotel no habría 
muebles. Me parece que está claro mi mejor derecho. 

Hortensia- — Pues quédese coa el hotel, pero no me toque loa 
muebles. 

8 



1 

Clotilde. — (Saliendo al oír los gritos.) Señores, (¿alma. (lrtemu- 
tica.) No es gritando como pueden hacer que vuelva la señorita. 

Hortensia — Claro que no. Pero yo creo, Clotilde, que usted 
también debía estar inquieta por su salario... 

Clotilde. — Al pronto, todos los criados de la casa nos preocupa- 
mos mucho, pero desde que hablamos con el señor Bolvos, tenemos 
plena confianza en que cobraremos. 

Millenon.— ¿Bolvos? ¿Quién es ese señor? 

Clotilde. — El que va a ocuparse de nuestro asunto. 

Valentín. — ¡ Oh : ¿ Ustedes han puesto ya su pleito en manos 
hábiles? 

Clotilde. — Habilísimas ; sí, señor. Bolvos es un hombre muy co- 
nocido en todo el barrio por listo y por astuto. Con él estamos se- 
guros de que nuestros intereses no se. perjudicarán en un solo 
céntimo. ¿Quieren ustedes verle? Hace un momento me es- 
taba diciendo en la cocina que de asuntos como este le gustaría 
encargarse todos los días. 

Hortensia. — ¿Ha dicho eso? 

Millenon. — Puede que si habláramos con él... 

Hortensia. — Podríamos pedirle un consejo. 

Clotilde. — Pues voy a decirle que venga. (M'itis primera de- 
recha.) 

ESCENA IV 
Dichos, y luego Bolvos. 

Valentín. — Advierto a ustedes que esto es un poco humillante. 
Van ustedes a ponerse al babla con el representante de la ser- 
vidumbre. 

Millenon. — ¿Y a mí qué? 

Hortensia. — Conviene hablar con ese sujeto. Estas gentes son 
muy sagaces. Aquí viene. (Entra BOLVOS, que es un inverosímil 
personaje, enmohecido, desagradable, picaro y cauteloso.) 

Bolvos, — Señora... Caballeros. Soy su más humilde criado. 

Valentín. — ¿ Usted quién es. . . ? 

Bolvos. — (Oon humildad.) Francisco Bolvos, antiguo pasante de 
notario. Tengo mi despacho en el número 14 de esta calle. Hipo- 
tecas, préstamos con garantía y... resolución de asuntos difíciles. 

Hortensia. — (A Bolvos.) Supongo que ya sabe usted quiénes so- 
mos y por qué nos encontramos aquí. 

Bolvos. — Lo sé, señora. La desaparición de la dueña de esta 
casa les afecta hondamente y lo comprendo. 

9 



Hortensia. — Para nosotros es una gran ¡pérdida, es cierto. 

Bolvos. — Yo represento aquí los intereses de la servidumbre. 

Hortensia. — Comprenderá usted que el salario de los criados no 
puede compararse a lo que importan nuestros créditos. 

Millenon. — A mí me deben cuarenta billetes de a mil. 

Hortensia. — A mí treinta y cinco mil francos. 

Valentín. — Y yo debo cobrar sesenta mil. 

Bolvos. — (Consultando un cuadernito.) Mis clientes representan 
en total mil ochocientos setenta y siete francos. Comprendo, seño- 
ra, que es bien poca cosa, pero yo tengo por costumbre no hacer 
caso ninguno de las cifras, ya se trate de millones o de céntimos- 
¿Pueden ustedes decirme cómo van a proceder para la defensa de 
sus intereses? 

Valentín. — Nosotros dispondremos la venta del hotel. Sencilla- 
mente. 

Millenon. — Bien dicho. Venderé el hotel y cobraremos. 

Bolvos. — Advierto a ustedes que yo tengo en el bolsillo, una op- 
ción sobre el arrendamiento. (Sorpresa en todos.) 

Millenon. — ¿Una op.ión? ¿Para qué? 

Boltus. — Esto forma parte de mi plan de campaña. 

Hortensia. — Pero la señorita puede volver. No están perdidas 
todas las esperanzas. 

Bolvos. — ¡Hum...! Me extrañaría mucho que volviera. 

Valentín. — (Rápidamente.) ¿Usted sabe algo? 

Bolvos. — Yo comienzo siempre por informarme antes de pro- 
ceder. 

Hortensia. — Pero eso es muy importante para nosotros. Hable 
usted, hombre. Sentémonos. Vamos a ver, señor Bolvos. El pe- 
riódico habla de una fuga amorosa. 

Valentín. — ¿Cree usted en ella? 

Bolvos. — (Muy serio.) Sí, señor. 

Hortensia. — Y ¿quién es él? 

Bolvos. — Después de mis indagaciones, no puede tratarse más 
que de Fonseea. 

Hortensia. — ¿Algún brasileño rico? Ese nombre no me es des- 
conocido. 

Bolvos. — No, señora. Es el bailarín profesional del restorán 
de las Rosas, que está aquí a la vuelta, en el boulevard. 

Hortensia.— ¿Un bailarín? Eso es una catástrofe. 

Valentín.— ¿Está usted seguro de lo que dice? 

Bolvos. — Espero tener la certeza absoluta, y eso lo sabré den- 
tro de cinco minutos. He telefoneado que venga aquí a la única 

10 



persona capaz de aclararnos este puato definitivamente. Esta per- 
sona es Eduardo, el maitre d'hotel del restorán de las Kosas. 

Hortensia. — ¡Un bailarín! Entonces estamos a la vista de... 

Valentín. — De una estafa ; de un robo. Hay que hablar claro. 

Clotilde. — (Saliendo.) Señor Bolvos. Pregunta por usted un 
señor que se llama Eduardo. 

Bolvos. — Con permiso de ustedes. Es mi hombre. Clotilde, que 
pase. (Clotilde vase foro.) Vamos a saberlo todo. 



ESCENA V 
Dichos y Eduardo. 

Eduardo. — -(Entrando por el foro-) Hola, padre Bolvos. Perdón, 
señores... 

Bolvos. — (Que ha ido hacia él.) Pase, Eduardo. (Presentando.) 
Mis amigos. (Eduardo saluda.) Eduardo, yo..., o mejor dicho, 
nosotros, necesitamos saber un dato muy importante. 

Eduardo. — Pues estoy a su disposición. 

Bolvos. — Este es el hotel de la señorita de Gibry, a la cual us- 
ted conoce. 

Eduardo. — (Después de ojear la haoitación.) ¡Qué idiota! ¿Y 
no le ha dado pena abandonar todo esto? 

Bolvos. — ¿Abandonar ha dicho usted? 

Hortensia. — Sí, sí, eso ha dicho. 

Bolvos. — Ha dicho abandonar. Luego esa mujer se ha ido de- 
finitivamente. 

Eduardo. — Sin esperanza de que vuelva, sí, señor. Estoy ab- 
solutamente seguro. ¡ Bien me han fastidiado ! 

Bolvos. — ¿A usted también? 

Eduardo. — Como a un mentecato. Yo le he prestado mil fran- 
cos a Ponse:a. Ya puedo despedirme de ese dinero. A estas ho- 
ras deben estar los dos con rumbo a la Argentina. 

Bolvos. — ¿Se han ido juntos? 

Eduardo. — Jimtitos. Yo he seguido toda su aventura desde los 
entremeses basta el helado, porque nos ha dejado helados a to- 
dos. El idilio comenzó hace tres semanas, cuando él la propuso 
llevársela y casarse con ella. Ella al principio no le hizo caso ; 
mas poco a poco se fué enamorando y se marchó con él. Orisift 
románticas de las mujeres. 

Valentín.— Es el golpe final. (Se pone de pie.) 

11 



Millenon. — (Muy furioso.) Si tuviera yo aquí, a mano, a esa 
pé-ora... 

Eduardo. — (Mirando a los acreedores.) Por lo visto ña dejado 
aquí cola. 

Bolvos. — (Con calma.) Sí, y bien larga. Ya sabemos a qué ate- 
nernos. 

Hortensia. — Habrá que hacer almoneda de todo. 

Valentín. — La pérdida será enorme. 

Hortensia. — Vestidos de dos mil francos que tendré que reven- 
der a seiscientos en las tiendas. 

Bolvos — Realmente será una lástima. Sin embargo, yo... 

Millenon. — (A Bolvon.) Y usted, Roschüd, si tiene alguna com- 
binación este es el momento de decirla. 

Eduardo. — Padre Bolvos, ¿ya no me necesita usted? 

Bolvos.— (Reflexionando.) Espere un momento, amigo Eduardo. 

Hortensia. — Yo me voy." No puedo estar aquí un minuto más. 

Bolvos. — Un instante, señores. No se vayan. Me parece, me 
parece, que voy a tener una idea. La siento germinar. 

Valentín. — Dígala pronto. 

Bolvos. — Todavía no está bien precisada. Por el momento, só- 
lo pienso en la situación... Yo medito... delante de esta jaula 
abierta. 

Hortensia. — De la cual la pájara ha volado. 

Bolvos. — Sí, pero nos queda la jaula, que es lo principal. To- 
do lo que hay aquí es nuestro. 

Millenon. — (Burlón.) ¿Y qué quiere usted hacer aquí? ¿Un 
cine? ¿Un bar? ¿Una casa de banca? 

Bolvos. — Es muy sencillo. En nuestros días, ¿qué es lo impor- 
tante para una mujer galante? ¿La belleza? 

Hortensia. — No, señor. Es el chic, la elegancia. 

Bolvos. — ¿Por qué viene a visitarles la gente? Es acaso por 
su ingenio, por su gracia? 

Valentín. — Nada de eso. Vienen a verlas porque ban sabido 
rodearse de comodidades, porque viven con lujoso tren... 

Bolvos. — Pues entonces... 

Millenon. — Tengo gran curiosidad por saber qué es lo que está 
usted pensando. 

Bolvos.— Por el momento sólo veo la necesidad de un consor- 
cio. (Mirando a Millenon.) 

Millenon. — ¿Es a mí a quien le llama usted eso? 

Hortensia. — Consorcio quiere decir asociación. 

Bolvos.— Exactamente. Yo sólo veo aquí un consorcio de acree- 
dores. 

12 



Valentín. — ¿Qué nos llegara a dónde? 

Bor.vos. — A recuperar el dinero. Nuestra cliente sa ha decla- 
rado en quiebra, pei'o nosotros tenemos los fondos. 

Millenon. — (Que no comprende.) ¿Los fondos de qué? 

Hortensia. — Parece usted simple. No entiende nada. Los fon- 
dos son el hotel, los muebles, los vestidos, en fin, todo. 

Bolvos. — Acaba usted de decir la pura verdad. En nuestra 
época todo eso es lo único que tiene importancia. 

Eduardo. — ; Ah, padre Bolvos, ya le veo a usted venir l ¡ Es us- 
ted admirable ! 

Valentín. — También *o he comprendido yo. Lo que usted pien- 
sa es instalar aquí a otra mujer, ¿no es eso? 

Bolvos. — Naturalmente. 

Hortensia. — ¿Pero dónde encontrar la mujer que ofrezca su- 
ficientes garantías? 

Bolvos. — Eso es asunto mío... 

Millenon. — Perdón. Estas combinaciones a mí no me van. 

Bolvos. — Pero puesto que usted forma parte del consorcio... 

Millenon.- — ¡ Ah, si es que yo formo parte de eso que usted 
dice..., entonces... 

Bolvos. — Eduardo, ¿conoce usted a alguna muchacha en las 
condiciones que necesitamos? (A los otros.) Eduardo lleva un 
cuaderno de anotaciones que es famoso en todo París. 

Eduardo. — {Sacándolo.) ¿Qué condiciones particulares tiene que 
reunir? 

Bolvos. — Hace falta que tenga aproximadamente la estatura tía 
Gibry. 

Hortensia. — ¿Por qué? 

Bolvos. — Para que pueda aprovechar sus vestidos. 

Hortensia. — ¡ Para que puedan servirle los vestidos ! Este hom- 
bre es admirable. Piensa en todo. 

Eduardo. — (Leyendo.) Vamos a ver. Dorina de líaymond. 

Bolvos. — La conozco. No sirve. Tiene unos mofletes como una 
pepona ! 

Eduardo. — Niñón Fardel. Figura ideal, un cuerpo lindísimo... 

Bolvos. — Lo tenía cuando se firmó el armisticio de la gran 
guerra. Además, sus dientes, unos loa tiene montados en oro y 
otros en platino. Como ven ustedes, es una boca de precio. 

Eduardo. — Ya lo sé. Pero piense en las joyas que tiene y en las 
cibelinas que lleva. 

Bolvos. — Ya lo oyen ustedes. Esa ea una prueba más de que 
es sóio el lujo lo importante. A ver otra. 

Eduardo. — (Leyendo.) Elisa Vancubert, calle del Coronel Ke- 

13 



nard, 27. Teléfono 422. Sabe inglés, comprende el vasco, tiene 
chic, una dentadura completa y bonito pelo. Desde las cinco de- 
la tarde, sobre todo, el efecto que produce es inmejorable. Visible 
todos los días, menos los viernes. 

Miilenon. — ¿Y eso, por qué? 

Eduardo. — Come con su familia. Observaciones. ¡Se embriaga 
con alguna frecuencia y tiene mal vino. 

Bol vos. — Entónete rechazada. 

Todos.- — Por unanimidad. 

Eduardo. — (Hojeando el cuaderno.) Lulú Biscuit. Esta va muy 
bien. Bonito físico... 

Bolvos. — Eso no tiene importancia. 

Eduardo. — Buena estatura, muy formal y un aire muy ele- 
gante. 

Bolvos. — Pues veamos esa. 

Eduaroo. — Come todos los días en el restorán de casa. ¿Te- 
lefoneo ? 

Bolvos. — Sí, vaya. Ahí está el aparato. 

Eduardo. — (Al teléfono.) Central, Gutemberg, 99-99. (Pausa.) 
¿El restorán de las Rosas? Bien. ¿Es usted Federico? Aquí, Eduar- 
do, el "maitre d'hotel". A Justino que se ponga al aparato. 

Bolvos. — Dígale a esa muchacha que tome un taxi y que venga 
a escape. 

Eduardo. — ¿Eres tú, Justino? Dime qué señoras están comiendo < 
ahí ahora. Está bien. ¿También Lulú Biscuit? ¿Y no está sola? 
Dila que hay para ella una combinación magnífica, como nunca la, 
podía esperar. Que tome un taxi, y que venga al 17 bis de la rué 
Louriston. Nada más. Amigo Bolvos. La señorita Lulú estará aquí 
antes de cinco minutos. 

Bolvos. — (Metiéndose la mano en el bolsillo como para sacar di- 
nero.) Muchas gracias, Eduardo. ¿Ha dicho usted que Fonseca se 
le ha ido con mil francos? Los encontraremos 1 . Cuente usted con- 
migo para ello. (Saca la mano del bolsillo, y de él un pañuelo. Se 
suena y después da la mano a Eduardo.) 

Eduardo. — Eso no me preocupa. (A los demás.) Ustedes son los 
que ya pueden estar tranquilos. No hay en el mundo un hombre 
como el padre Bolvos para conseguir que recuperen su dinero. 

Bolvos. — Basta de cumplimientos, Eduardo. Siempre a su dis- 
posición y para servirle. 

Eduardo. — (Estrechando su mano a todos.) Mientras liega ese 
momento soy yo el que está al servicio de todos. Señtotra, caba- 
lleros... (A Millenón.) Querido consorcio... (Mutis foro, acompaña- 
do por Bolvos hasta la puerta.) 



14 



ESCENA VI 
Bolvos, Hortensia, Millenon, Valentín y, luego, Clotilde. 

Bolvos. — (Frotándose las manos.) ¿Qué tal? Me parece que es- 
tá bien encarrilado el asunto. 

Hortensia. — Es usted un águila para los negocios. 

Millenon. — Yo digo que meterme así en esta clase de combi- 
naciones. . . 

Bolvos. — Qué, ¿sienten ustedes escrúpulos? 

Valentín. — Hablando con toda claridad, lo que usted nos pro- 
pone es lanzar una muchacha que alegre la vida al Universo. 

Hortensia. — Es un poco humillante para nosotros. 

Bolvos. — ¿Pero ustedes no eran los proveedores de la señorita 
Gibry? Me figuro que ya imaginarían que el dinero que ella les 
daba no procedía de la herencia de algún tío suyo arzobispo. 

Hortensia. — Si uno se fijara en esos detalles no se trabajaría. 

Bolvos. — Nosotros somos gentes de negocios y hay que dejar a 
un lado el sentimentalismo. Mi finalidad en este asunto es bien 
terminante. Evitar la quiebra de una industria en la cual nosotros 
tenemos capitales comprometidos. 

Valentín. — ¿La Gibry una industria? 

Bolvos. — ¿Ustedes no la proporcionaban las primeras materias? 
Cuando los comanditarios de una sociedad advierten que el direc- 
tor de la misma no está a la altura debida, le reemplazan. 

Valentín. — Pero eso es en una sociedad. 

Bolvos. — Es claro. En el caso en que estamos, el director ha pre- 
sentado la dimisión. La plaza está vacante. Ha llegado el momen- 
to de nombrar un técnico. 

Millenon — ¿Un técnico? 

Bolvos. — Utilizad siempre la competencia. Este es el secreto del 
triunfo. 

Valentín.— Oyéndole a usted se creería que se trata de explotar 
una mina de carbón. 

Bolvos. — No veo diferencia ninguna. Además, no podemos ele- 
gir. El medio que yo les propongo a ustedes es el único que . puede 
permitirles cobrar sus deudas y conservar una cliente. (Va hacia 
«eí foro.) 

Valentín. — Desde ese punto de vista, este señor tiene razón. 

Clotilde — (Anunciando.) La señorita Lulú Biscuit. 

15 



Bolvos. — Que espere un momento. Yo avisaré. ¿Qué, se deci- 
den ustedes? (Mirándose unos a otros.) 

Todos. — Decididos. 

Bolvos. — (Va hacia el foro y llama al timbre.) Que sea enhora- 
buena. 

(Clotilde entra acompañando a LULU.) 



ESCENA VII 
Dichos y Lulu. 

(Valentín y Hortensia se han sentado a la derecha^ Millen&n y 
Bolvos, de pie. Entra Lulú, vestida de una manera inconcebible. 
Por lo rara que va vestida, su entrada hace sensación. Lulú entra 
con arrogancia y saluda. Hay una pausa, y aunque nadie la éiee 
nada, ella avanza hasta la mitad de la escena.) 

Hortensia. — (En voz ba)a, después de haberla contemplado.) ¡ Pe- 
ro esta mnjer es imposible! 

Valentín. — Su amigo Eduardo. (A Bolvos ) se ha divertido con 
nosotros. Pero si esto hace reír. 

Bolvos. — (Mirándola largamente.) En efecto, yo no esperaba... 

Valentín. — Póngala usted en la puerta en seguida. 

Millenon. — A mí me gusta mucho esta mujer. 

Valentín. — ¿Lo ve usted? Le gusta a este hombre. Es cuanto hay 
que decir. 

Bolvos. — (Vacilando.) La verdad, yo... 

Lulu. — (Viendo que todos los miran con mucha atención.) ¿Quie- 
ren ustedes que me ponga de perfil? ¿O de espaldas para que me 
vean mejor? 

Bolvos. — Señorita, es que... 

Lulu. — Yo no tengo prisa, sigan mirándome. 

Hoetensia. — (Sin quitarla los impertinentes.) No es posible, no 
es posible. 

Lulu. — (Mirándoles también.) No he querido perder un minuto, 
porque no me gusta hacer esperar a nadie. 

Bolvos. — ¡Ah!... 

Lulu. — (Sentándose a la izquierda.) He reflexionado con la vive- 
za de un relámpago y me he decidido a venir en seguida. Sé que 
Eduardo no habla nunca para no decir nada. Su llamada al telé- 
fono me interesó, y aquí me tienen ustedes. 

Bolvos — Es usted una mujer decidida. 

Lulu. — En los negocios hay que ser así. 

Bolvos. — En efecto. 

16 



Lulu Hay que saber estar siempre el primero sobre el terreno. 

Los más listos son menos fuertes que los que madrugan, como dice 
Martín. 

Bolvos. — ¡Ah! ¿Martín dice eso? Ese Martín es un amigo. 

Lulu. — Mi único amigo. Es preferible ser una mucbacbita sería 
y formal a que la conozca a una todo el mundo. 

Bolvos — {Agradablemente sorprendido.) Sí, parece usted una 
muchachita formal. 

Lulu. — Absolutamente formal. 

Bolvos. — Me parece muy bien. (Pausa. Mirando a los otros.) 

Lulu. — Martín, que es mi amigo, tiene una modesta joyería, 
y todas las noches al cerrar la tienda nos distraemos haciendo 
juntos la contabilidad. Esto me entretiene, y al mismo tiempo me 
instruye. 

Valentín. — (Desdeñoso.) Por lo que dice la señorita es dema- 
siado casera. Y no es eso, precisamente... 

Lulu. — (Un poco ofendida.) Soy una mujer de orden, alegre 
cuando es preciso, loca si llega el caso, pero sin perder nunca 
la brújula. Y basta de vana palabrería. A mí me han llamado y 
aquí estoy. ¿Por qué y para qué? 

Hortensia. — (A Valentín.) Es muy vulgar. 

Valentín — El caso es, señorita, que... 

Lulu. — (Pausa.) Creo que no me habrán hecho ustedes venir pa- 
ra nada. 

Millenon. — Aquí de lo que se trata es de tener, como si di- 
jéramos... 

Valentín. — No, usted no hable. 

Bolvos. — Se trata de un asunto importante, señorita. 

Lulu. — Bien, ya escucho. 

Valentín. — El caso es que... 

Lulu. — Basta de palabras inútiles. Ustedes buscan una mujer, 
puesto que me han mandado llamar. 

Hortensia. — Sí, buscamos una mujer, en efecto, pero no nos 
importa cuál. 

Valentín. — Señorita, nos parece inútil seguir hablando. 

Bolvos. — Un momento. Señorita Lulú, ¿es usted ambiciosa? 

Lulu. — Sí, lo soy. Me gustaría elevarme, remontarme a otras 
alturas. Cuando yo carecía de todo, ambicionaba lo que hoy tengo, 
pero ya conseguido, veo que es muy poca cosa y aspiro a más. ¡ Pa- 
ra triunfar en grande hacen falta tantos detalles !... 

Bolvos. — ¿Cuáles son? 

Lulu. — Todos los que yo no tengo. Soy sincera. Cualquiera otra 
mujer, hoy mismo, en mi lugar, estoy segura de que hubiera pre- 
tendido deslumhrarles. Pero yo sé que es inútil. Yo no quiero ha- 

2 17 



cor pasar a ustedes estas pieles de liebre pdr martas cibelinas. (Se- 
ñalándolas.) Si yo le dijera que mi sombrero es el último modelo de 
la casa Lewis, ustedes se burlarían de mí. Cuando una se lanza se 
imagina que a los tres meses va a tener un magnífico "auto". ¡ Forja 
una tantas quimeras!... 

Bol vos. — ¿Y usted no cree en la suerte? 

Lulü. — ¿ Yo ? ¿ Para qué ? ¡ La suerte parece a veces una cosa tan 
premeditada !... 

Bolvos. — (A los otros.) ¿Qué tal? 

Hortensia. — Muy interesante. Lo que ba dicho revela que es una 
mujer inteligente. 

Lulu. — ¿Es eso todo lo que tenían ustedes que decirme? 

Valentín — (A Bolvos.) Hace usted mal en insistir, créame. 

Bolvos. — No soy de esa opinión. 

Lulu. — Ahora me toca a mí preguntarles. ¿Para qué me necesi- 
tan? A ver, pronto. 

Hoetensia. — Señorita, entendemos que se trata de una propo- 
sición que la conviene . 

Lulu. — Mejor, porque le advierto que yo no soy lo que ustedes 
creen. Yo tengo ideas muy nuevas sobre la vida, y a tal punto las 
tengo, que si pudiera llevarlas a la práctica sería algo extraordi- 
nario. 

Bolvos. — Acabo de comprender que estamos hablando con una 
muchacha de talento, y voy a hablarle a mi manera ; esto es, en 
negociante. 

Lulu. — "All rigth". 

Bolvos. — (Mostrándole la casa.) ¿Usted ve este hotel, hija mía? 

Lulu. — (Levantándose.) Es de un gusto perfecto (Valentín y Mi- 
llenón se levantan y se inclinan) ( dentro, naturalmente, del estilo 
estrambótico y sensacional del momento. 

Valentín. — ¡ Encantados ! ¡ Qué buen gusto tiene ! 

Bolvos. — (Cogiéndola de la mano y llevándola a la puerta de la 
izquierda.) Esos armarios que usted ve están llenos de preciosos 
vestidos, de ropa blanca. 

Hortensia. — (Levantándose.) No falta ni una sábana, ni una 
mantelería. 

Bolvos. — (Llevándola hacia la derecha.) Vea usted cómo brilla 
la plata sobre los aparadores. En la cocina está el personal com- 
pleto. 

Lulu. — (Burlona.) ¿Es que tiene usted intención de ofrecerme 
todo esto? 

Bolvos. — Si se lo ofrecieran a usted, ¿qué diría? 

Lulu- — ¿Qué diría? Pues que... (Con anhelo. Reprimiéndose.) Lo 
primero, que deseaba conocer las condiciones en que se me daba. 

18 



Millenon. — Todavía hace remilgos. 

Bolvos. — Calle. La señorita Lulú tiene una manera de encauzar 
las cosas que me seduce. 

Lulu. — (Pausa.) ¿Me ofrece usted todo esto en serio? 

Bolvos. — Muy en serio. El caso es el siguiente : La señorita áe 
Gibry, que habitaba este hotel, acaba de abandonarlo. 

Lulu. — ¿Se retira? 

Millenon. — No. Se ha escapado con un sinvergüenza. 

Lülu. — Siempre hay mujeres tontas. No todas saben tener cabeza. 
¿Y qué más? 

Bolvos. — Al escaparse esa señorita ha dejado un pasivo grande» 
porque todo lo que hay aquí se debe todavía. Y... 

Lülu — Es suficiente. Ya he comprendido. Ustedes son los acree- 
dores. 

Millenon. — Nosotros somos eso del consorcio. 

Lülu. — Ya, ya. La situación para ustedes es amarga y pretendéis 
recuperar su dinero, ¿no es eso? 

Valentín. — Justo. Buscando un inquilino que aceptara la situa- 
ción. (A Bolbos.) Como es lista, ya me habrá entendido. 

Lülu. — Comprendo, comprendo. No son ustedes tontos, no Es ma- 
ravillosa esa combinación. (Pausa. Frunciendo el entrecejo.) Me in- 
teresa este asunto. Claro está que yo necesito informarme de todo 
y saber los cargos y compromisos que ustedes exigen y a lo que 
yo me obligo. 

Bolvos. — Aquí todo está por hacer, señorita. Y usted, que parece 
tener mucho talento y felices iniciativas, según nos han dicho, sabe 
mejor que nosotros lo conveniente del caso. 

Lulu. — Magnífico. (Paseando por la escena.) Yo me instalo aquí 
y todo correrá por mi cuenta, activo y pasivo. Yo sabré desenvol- 
verme. ¡ Ahora si les parece a ustedes que discutamos un poco la 
cuestión metálica! 

Valentín i , 

> ¿Cómo? 
Hortensia. / 

Lulu. — Yo necesito algún dinero para preparar mi plan. En este 
preciso momento soy dueña de treinta y seis francos, capital e in- 
tereses comprendido. Ya supondrán que con esta miseria no puedo 
hacer frente a nada. 

Hortensia. — Pero, ¿cómo? ¿Encima nos pide dinero? 

Bolvos. — Y con razón, y con muchísima razón. Yo me encargo 
de proveer los primeros gastos Desde luego, usted indemnizará a 
los criados de la casa de lo que se les debe, conservándoles además 
a su servicio. 

Lulu. — Conforme. 

19 



Hortensia. — Reconocerá usted, señorita, que depositamos en us- 
ted una confianza... 

Lulu. — Enorme, sí, pero no tema usted nada. Nosotros nos obli- 
garemos recíprocamente por un contrato en buena y debida forma. 

Hortensia. — ¿Un contrato? 

Millenon. — Por mi parte, si hace falta, lo elevaremos a escritura 
pública. 

Hortensia. — Usted bromea, señorita. 

Lülu. — Nunca traté en broma los negocios. 

Millenon.— -.(Biéndése, a Bolvos.) ¿Está usted oyendo? Aquí tiene 
usted una magnífica ocasión para crear una sociedad. 

Bolvos. — (Muy serio.) En eso estaba pensando precisamente. 

Lulu. — ¡ Claro ! Una sociedad, ni más ni menos. Yo sé perfecta- 
mente cómo eso se practica. Me lo ha explicado Martín muchas ve- 
ces : la mitad para el socio industrial y la mitad para el socio ca- 
pitalista. Eso es lo justo y lo lógico. 

Millenon. — Eso es, el cincuenta por ciento para cada uno. Es 
demasiado. 

Luld. — ¿Demasiado? ¿Ustedes no piensan en que sin mí lo per- 
derían todo? Además, en este punto no admito discusiones. O se 
acepta mi proposición o no hemos dicho nada. 

Hortensia. — Aceptamos, aceptamos. 

Lulu. — Claro es que yo continuaré siendo su cliente. Usted seguirá 
proporcionándome vestidos y ropa blanca, ¿verdad, señora? 

Valentín. — Yo seguiré siendo su decorador. 

Lulu. — ¿Y usted qué es aquí? 

Millenon. — lío, albañilería, fontanería, carpintería y similares. 

Lulu. — ¿Nada más que eso? ¿Y usted, el de las gafas? 

Millenon. — ¿El? El acaba de formar esta sociedad y ya está 
contento. 

Bolvos. — Cierto. (Completamente extasiado.) Yo había lanzado 
tres casas de comercio, un bar y una pequeña mina de fosfatos, pero 
nunca una mujer en comandita. 

Lulu. — Entonces, ¿estamos de acuerdo? 

(Pausa. Todos se miran.) 

Valentín. — (Decidiéndose.) Pues bien, sea, yo acepto; después de 
todo, puesto que uno puede salvar su dinero, tonto sería rechazar 
la ocasión. 

Hortensia. — Es cierto. ¿Y usted, Millenon? 

Millenon. — Yo tengo familia y no debo perjudicarla. 

Hortensia. — En ese caso yo no tengo nada que decir. 

Bolvos. — (Yendo apresuradamente hacia Hortensia.) ¿Cómo? ¿Re- 
husa usted? 

20 



Hortensia. — No, na. Yo acepto. Yo estoy estupefacta, pero yo 
acepto. 

Lülü. — Me alegro mucho. Comprendo sus escrúpulos. Ustedes ade- 
más se muestran un poco vacilantes porque me ven así ataviada, 
pero en cuanto yo me vista bien, ya verán ustedes. Yo tengo una., 
figura escultural. 

Millenon. — Puede uno apreciar personalmente eso que usted dice. 
(Acercándose a ella.) 

Lulu. — ¡ En ! ¡ Arriba las manos ! Y. ojo con equivocarse. A mí 
hay que respetarme por encima de todo. (A Bolvos.) El capital no 
debe propasarse. 

Bolvos. — Tiene usted mil veces razón. (Frotándose las manos.) 
Voy a redactar el contrato. (Se dirige hacia el foro.) 

Lulu — Oiga. El contrato hecho seriamente, en papel sellado. 

Bolvos. — (Volviendo junto a Lulú.) Esté tranquila. ¿Cuál es su 
verdadero nombre? 

• Lulu. — Ana Petillón ; pero tome nota del nuevo nombre que voy 
a adoptar, porque a partir de hoy me llamo Elena Vouvray. 

Bolvos. — Bravo. Muy bonito. Es un nombre elegante, espumoso y 
muy parisién. Señorita Elena Vouvray. Voy a confirmar nuestro 
acuerdo. (Bolvos hace mutis.) 

Lulu. — (En el mismo tono, acompañándole hasta el foro y con 
las titanos cruzadas sobre la espalda.) Esperaba con impaciencia 
su muy grata de hoy... 



ESCENA VIII 

Dichos, menos Bolvos ; luego Clotilde. 

\ (Acercándose a Hortensia.) Es simpático el viejecito, 
Lulu. 

¿en? ¿Se le ha ocurrido a él todo esto? 

Hortensia. — Ei señor Bolvos ha tenido la amabilidad de tomar 
la defensa de nuestros intereses. 

Elena. — Dígame, señora, ¿y dónde están los trapos? 

Hortensia. — ¿ Los trapos ? ¡ Oh ! Los vestidos quiere usted decir, 
¿verdad, señorita? (Va hacia la derecha y vuelve con uno color de 
malva.) 

Elena. — Es precioso. 

Hortensia. — Es usted una mujer de gusto. Este vestido lo bau- 
ticé con el nombre de "El pecado del vicario". ¿Le gusta el tono 
de color? 

Elena. — Es bonito. Yo para esto de los vestidos tengo un arte 

21 



especial. Cada hora requiere un color. Le encargaré a usted cosas 
preciosas. (Coloca el vestido en el respaldo de una silla.) 

Hortensia. — Este vestido es el último grito de la moda. 

Elena. — Mire, precisamente yo no quiero nada del último grito. 
Soy yo la que quiero dar el grito primero. Ya hablaremos de este 
Tengo mis ideas personales. 

Hortensia. — ¡ Dios mío, qué extravagancias se le ocurrirá encar- 
garme? 

(Entra Clotilde.) 

Elena. — ¿Qué quiere usted? ¿Es usted la doncella? 

Clotilde. — Vengo a recibir órdenes. 

Hortensia — Se llama Clotilde. 

Elena — (A Clotilde.) Bueno, ya sabe que desde hoy soy el ama 
de esta casa. ¿Quiere usted quedarse a mi servicio? 

Clotilde. — Si la señorita no tiene inconveniente... 

Elena. — Desde hoy tiene usted veinte francos más de salario. 
¿Está usted conforme? 

Clotilde — Ya lo creo. 

Elena. — ¿Es usted chismosa? 

Clotilde — ¡Por Dios, señorita! 

Elena. — ¿Cuántos forman ustedes la servidumbre? 

Clotilde. — Cuatro : Víctor, el "chauffeur" ; el criado, el cocinero 

y yo. 

Elena. — Seguirán todos hasta nueva orden y pagaré a todos lo 
que se les debe. Usted, desde hoy, me hará el favor de vestirse un 
poco más coquetonamente. La seriedad no va ser el distintivo de 
esta casa. 

Clotilde. — La señorita Gibry prefería... 

Elena. — No tengo nada que ver con esa señorita. Conmigo aquí 
va a cambiar todo. 

Clotilde. — Está muy bien. 

Elena. — Diga usted que preparen comida para cinco personas. 
Tengo convidados. Marchen. 

Clotilde. — (Saludando militarmente.) Está bien, señorita. 

Elena. — Yo les espabilaré a todos. (Viendo todo lo que hay a su 
alrededor.) Aquí hace falta alegría, actividad, buen humor. A las 
gentes de hoy no les gusta más que eso. Hay que marchar a ciento 
por hora. Hoy no estamos en los tiempos de la Dama de las Ca- 
melias. 

Valentín. — Acaso debamos sentirlo. 

Elena. — ¿Usted cree que Armando Duval le pagaría a usted fac- 
turas de cincuenta mil francos? No, amigo mío, no. Si hoy viviera 
la Duplessis se arreglaría con las floristas para vender sus camelias 
después de haberlas llevado una noche. 

Ü2 



' ' •:■;• ■ ESCENA IX 

Dichos y Bolvos. 

Elena. — (A Bolvos.) ¿Trae usted ya el papelito? 

Bolvos. — Aquí está. 

Elena — Las cosas así, en caliente ; no hay que perder tiempo. 

Hortensia. — ¿Pero el contrato es absolutamente preciso? 

Elena. — En cuestiones de dinero es indispensable. Es el único 
modo de obligarse los unos a los otros. 

Millenon — Muy bien dicho. 

Bolvos. — ¿Si quieren hacer el favor de sentarse? (Todos se sien- 
tan.) Voy a leer. el documento. (Didácticamente.) Natural es que no 
se podía formar una sociedad anónima ni de participación. 

Hortensia. — Claro. 

Bolvos. — Sino una sociedad en comandita por acciones. Y para 
ello he tomado por modelo el contrato que redacté el mes pasado 
para los famosos sostenes Venus y Compañía. 

Hortensia. — Supongo que no irá usted a hacer pública esta ra- 
zón social. 

Bolvos. — Tranquilícese, señorita. Este contrato quedará entre 
nosotros. 

Millenon. — (A Valentín.) Y que este hombre sabe de leyes más 
que Poincaré. 

Bolvos. — Reclamo silencio. "Se conviene entre las partes contra- 
tantes un acuerdo redactado en los siguientes términos : Primero. 
Se crea una asociación entre los firmantes cuyo objeto es poner en 
circulación a la señorita Ana Petillón, por otro nombre Elena Vou- 
vray. Sus comanditarios proveerán a dicha persona, que acepta, los 
medios materiales que le permitirán suceder en su puesto a la se- 
ñorita de Gibry, actualmente declarada en quiebra en la gran fies- 
ta parisién." 

Hortensia — En qué términos tan delicados están dichas esas 
-cosas. 

Bolvos. — "Artículo 2.° Se crean cuarenta acciones de mil fran- 
cos cada una, repartidas entre los firmantes del presente docu- 
mento en las proporciones que abajo se indican. Artículo 3.° La 
señorita Vouvray se compromete en caso de triunfar a entregar a 
los comanditarios la mitad de todos los beneficios netos que ella 
obtenga; la otra mitad le será adjudicada como premio por el flo- 
Tecimiento de la sociedad. Artículo 4.° La señorita Vouvray se com- 

23 



promete a surtirse de vestidos y ropa blanca en casa de Horten- 
sia Hermanas, de muebles en casa de etc., ete> y etc." 

Elena. — Muy bien, perfectamente bien. No perdamos un minuta 
A firmar. (Se levanta y firma.) 

Hortensia. — (Cuando va a firmar.) Quede bien entendido que 
nadie sabrá nada de esto. 

Bolvos. — Nadie. ¡ Y bien que lo siento ! (Hortensia firma y Bol- 
vos pasa el papel a los otros que firmen también. Mientras firman, 
Elena va al timbre y llama.) 

Elena. — Traiga una botella de Oporto y unas copas. (.4. Clotilde.) 

Clotilde. — Está abí mismo, señorita. (Abre un mueblecito, saca 
la botella y las copas y las llena.) 

Hortensia. — Estoy, estoy... 

j . liVOS. — Está usted muy contenta. - 

Hortensia. — Sí, señor, e indignada al mismo tiempo. Mi indig- 
nación es igual a mi alegría. 

Elena. — (Cogiendo el contrato que dobla y se guarda. Levantan- 
do su copa.) Ahora, señores, a la salud de Elena Vouvray y com- 
pañía. 

Millenon. — Es de primera. Otra copita más 

Elena. — (Sirviéndole.) Las que quieras, elegantito. 

Valentín. — (A Bolvós.) ¿No le parece a usted que es un poco 
a la pata la llana? 

Bolvos. — Es la mujer del momento. Crea usted en mi buen ol- 
fato. 



ESCENA X 
• Dichos y Ldlu Biscuit. 

Clotilde (En el fondo.) Señorita... Aquí está la señorita Lu- 

lú Biscuit. (Entra una joven muy elegante.) 

Todos. — ¿Lulú Biscuit? 

Elena. — ¡Diablo! Si me descuido.;. 

Bolvos. — ¿Qué es esto? 

Hortensia — ¿ Lulú Biscuit ? 

Lulu. — Buenos días, señoras y caballeros. ¿Quién de ustedes me 
ha mandado llamar de parte de Eduardo? 

Valentín. — (A Elena.) ¿Qué quiere decir esto, señorita? 

Elena. — Esto quiere decir... (A Lulú ) que en los negocios no 
hay que dejar que se adelante nadie. Yo estaba en el tocador hatee 
media hora, cuando Justino le dio a usted el recado de Eduardo, 

24 



pero la señorita quiso a toda costa acabar de comer y hacerse es- 
perar. Cuando yo vi eso, me adelanté y vine corriendo. 

Lulu. — Pero esto es una competencia desleal. Tiene usted un des- 
ahogo. . . 

Elena. — Es preciso para andar por la vida, y mucha decisión 
además. Esto le servirá de lección para otra vez. Por el momento, 
ya lo ve, la plaza está ocupada. Aquí estoy y aquí me quedo, co- 
mo dijo no sé quién. (A Bolvos.) ¿No es así? 

Bolvos. — Muy bien. 

Elena. — {Señalando la puerta a Lulú.) Hasta la vista, señorita. 
No la necesitamos a usted. Y para el porvenir supongo que se acor- 
dará de que el tiempo es oro. 

Lulu. — (.Furiosa.) Valiente fresca. La culpa me la tengo yo por 
haberme molestado a venir. 

Elena — Clotilde, acompañe usted a esta señorita. (Mutis de las 
dos.) 

Bolvos — (Entusiasmado.) Es maravilloso. 

Valentín. — ¿Usted cree? 

Bolvos. — Es un golpe maestro sencillamente. Señorita Elena, ha 
representado usted su papel a la perfección. Me ha asombrado us- 
ted, y le aseguro que para asombrarme yo de nada en este mun- 
do..., ¡ya se necesita! 

Elena. — Es la lucha por la vida. Y ahora, a la mesa. 

Hortensia. / 

• ¿A la mesa? 
Valentín. / 

Elena. — Supongo que no se negarán ustedes a acompañarme. 
(Señalando a la izquierda,.) 

Hortensia La verdad, puesto que estamos todos de acuerdo... 

Elena. — ¿Come usted también con nosotros, señor- Millenón? 

Millenon. — (Levantando la copa.) No faltaba más. El vino es 
bueno. Mi mujer no se enfadará, porque cuando ella se entere de 
que soy todo un señor consorcio. (Valentín y Bolvos ofrecen el 
brazo a Elena.) 

Elena. — Pues a la mesa. 

Millenon. — Bien, vamos ; pero yo no me separo de este amigo. 
(Levantando en alto la botella de Oporto ) ni de esta amiga. (Por 
Elena.) 

TELÓN 



25 




ACTO SEGUNDO 

La misma decoración del acto anterior, pero transformada en un 
despacho. Mesa, butacas, sillas, mesita con máquina de escribir. 
Otra mesa adosada a la pared con teléfono, un tubo acústico en la 
pared. Sobre la mesa un cuadro telefónico para la llamada. Al fon- 
do un fichero, otro a la izquierda, libros, legajos de papeles atados 
con balduque, carpeta, mesa gi ande de paño verde. Agendas, co- 
piador de cartas. En las paredes, ganchos para sujetar cartas y pa- 
peles. En el techo, lámpara de luz indirecta. En fin, un verdadero 
despacho de oficina. Plena luz. Era de día. Un gran cartel que dice i 
"La visita corta, muy corta. Tenemos mucho que trabajar". 



■ ESCENA PRIMERA '."' "> ' 

Pablo Emilio, Malva y, luego, Clotilde. 

(Ál levantarse el telón MALVA está escribiendo a máquina. PA- 
BLO EMILIO, hombre de cierta edad y de aspecto poco seductor, 
está sentado ante el cuadro telefónico. Se nota gran .actividad. 
Suenan timbres, el teléfono, etc., etc.) 



Pabxx>. — {Al teléfono y con vos imperiosa.) Central... Central. 



He pedido comunicación con el 235... ¿Está comunicando?... Bue- 
tio... Es que llevo diez minutos en el aparato. (Cambiando de tono 
y muy amable.) Esperaré. 

Clotilde. — (Entrando muy de prisa.) Se acaba de levantar el 
oatrón. Cuidado, señorita Malva. 

Malva. — (Riendo.) ¿Cómo el patrón? ¿Así es como llama usted 
x la señorita? 

Clotilde. — Claro. En casa de la señorita Vouvray no me parece 
iue soy la doncella, me parece que soy un empleado más da la 
oficina. (Y ase riendo.) 

Pablo. — (Al teléfono.) Gracias, señorita. ¿Es el 235? ¿Casa Fu- 
fan y Pomet? ¿Que si es para el asunto de los algodones? No. 
Dígale simplemente al señor Pomet que la entrevista queda apla- 
sada para mañana, a las cinco. Sí, eso es todo. El ya compren- 
derá. Nada más. (Cuelga el receptor. Suena otro timbre. Cambia 
ie orden las fichas.) 

Malva. — (Sin dejar de teclear.) Yo ya he terminado. Dígame, 
Pablo Emilio. (Enseñándole un papel.) ¿Está bien escrito así ven- 
cimiento ? 

Pablo. — (Yendo hacia Malva.) No. Vencimiento, por ahora, se es- 
cribe con v. No sé si mañana... Está usted poco fuerte en orto- 
grafía. ¿Qué era usted antes de entrar aquí? 

Malva. — Bailarina del Bataclán. 

Pablo. — ¿Y no le gustaba a usted el arte coreográfico? 

Malva. : — No. Me gustaba más una profesión donde pudiera tra- 
oajar sentada. ¿Y usted que era antes? 

Pablo. — Telefonista del Gran Hotel. (Suena un timbre del telé- 
fono.) Y le aseguro que allí había menos trabajo que (suena otro 
¡teléfono) en esta casa. Le digo a usted que no se para. (Va al te- 
léfono.) ¿Con quién hablo? (Pausa larga durante la cual se en- 
coge varias veces de hombros y hace gestos.) 

Malva. — ¿Qué es ello? 

Pablo. — ¿Usted entiende el inglés? 

Malva. — (Levantándose.) ¡ Ah ! ¿Es un inglés? Me encanta esa 
lengua. 

Pablo. — (Dándole el receptor.) Pues conteste entonces. 

Malva. — ; Pero si no sé hablar inglés ! (Coge el otro receptor. 
Pausa.) ¡ Cuántas cosas está diciendo...! 

Pablo.—; Qué lástima que no entendamos una palabra ! (Pau- 
ta y sigue escuchando.) 

Malva. — ¡ Qué armonioso es el inglés ! 

Pablo. — Anda, y ahora se enfurece. 

Malva. — ¡ Qué bien habla ! ¡ Ah ! Y ahora chapurrea en francés 
anas palabras. 

27 



Pablo. — Y bien mal por cierto. Está loco de rabia. 
Malva. — (Dando un salto y dándole el receptor a Pablo.) ¡Oh, 
qué indecente ! ¡ Vaya usted más allá ! ¡ Pues hombre ! 

Pablo. — Que llame otra vez si quiere. (Cuelga el receptor.) 
(Entra la señora de PETILLON.) 
Pablo. — Cuidado, lá mamá de la señorita. 
(Malva vuelve a ocupar su sitio.) . 

ESCENA II 

Dichos y Señora Petillon, luego Millenon. 

Sra. Petillon. — (Entrando por la izquierda. Es una señora oto- 
ñal, pero va vestida como una muchachita y muy retocada.) Se- 
ñorita Malva. 

Malva.- — Señora. 

Sra. Petillon. — ¿No ha venido nadie esta mañana? 

Malva. — Sí, ha venido un periodista, redactor de un periódico 
de medas. 

Sra. Petillon. — ¿Querría ver a mi hija? 

Malva. — No. Deseaba ver el cuarto de baño. 

Sra. Petillon. — (Molesta) ¿El baño? Podría usted decir la pis- 
cina. Sepa usted, señorita, que la piscina de Elena Vouvray produ- 
cirá la admiración de todo París. Diez y siete fuentes, agua ca- 
liente, fría, tibia, baño de iris, lluvia de rosa, surtidores a capri- 
cho para todas las partes del cuerpo. (Cambiando de tono.) ¡Oh! 
Mi hija tiene ideas geniales... ¿Y el periodista ha viste lo que 
deseaba ? 

Malva. — Y ha tomado sus notas y ha dicho que volverá con un 
fotógrafo. 

Sra Petillon. — Muy bien. Muy bien. Esta es una bonita publi- 
cidad. La piscina es digna de la casa. 

Millenon. — (Saliendo por la derecha con traje de obrero mecá- 
nico.) ¿Está usted hablando de la piscina? Me está haciendo tra- 
bajar más que una casa de baños. 

Sra. Petillon. — Lo creo, señor Millenon, ¡ pero qué gran recla- 
mo para usted ! 

Millenon. — De acuerdo. No la contradigo, pero me da mucho 
trabajo. Ya está completamente arreglado todo. 

Sra. Petillon. — ¿No funcionaba bien? 

Millenon. — -Había un poco de irregularidad. El chorro que apun- 
taba al costado daba a la nariz, y el de la nariz en el cogote. 

Sra. Petillon. — ¿Y ahora? 

Millenon. — Ahora dan en el sitio que apuntan. (Cambiando de 

28 



tono.) Voy a lavarme las manos. (Se desabotona la americana aaul 
que lleva y se ve que va bien vestido.) 

Sra. Petillcx. — Señor Millenón. ¡ Buen brillante lleva usted on 
la corbata ! Por lo visto los asuntos van bien. 

Millenón. — No hay queja. Desde que la señorita ha transforma- 
do el hotel, he copiado para otros clientes ocho veces el comedor 
y doce la piscina. Voy a seguir mi tarea. (Mutis foro.) 

(Suena el teléfono.) 

Pablo.— ¿Con quién hablo? Sí, señor. Espere un segundo. (Po- 
niendo la mano delante del receptor.) Señora. El señor Pinafler 
Sesearía invitar a la señorita pasado mañana al teatro. 

Sea. Petillon. — (Después de consultar un libro.) ¿Al teatro? 
Conteste que sí, pero dígale que no podrá cenar con él. 

Pablo. — (Al teléfono.) Que la señorita podrá ir al teatro pero 
cenar con usted le será imposible. Servidor, caballero. (Cuelga el 
receptor.) 

Sea. Petillon. — Ya están ustedes viendo la prueba del éxito. En 
este momento histórico todo el mundo se disputa el honor de acom- 
pañar a mi hija, aunque no sea más que para hacerse ver de las 
gentes. ¿Cuántas veces han llamado hoy al teléfono, Pablo Emilio? 

Pablo.— Catorce, señora. Las llevo apuntadas. 

Sra. Petillon. — (Mirando el libro.) Perfectamente. ¿Y lo lleva 
usted por orden alfabético?... Muy bien. ¡Pero, cómo! ¿Ha dicho 
usted al fabricante de Lyón que el martes tomaría el té con el? 
¿Pero qué ha hecho usted, hombre de Dios, si ese día lo tiene com- 
prometido con el embajador de Checoeslovaquia? 

Pablo. — Perdón, señora. A mí se me ha dado una nota diciéndo- 
me que el señor embajador comía aquí el miércoles. 

Sea. Petillon. — Pero se dio contraorden. No está usted nunca 
al corriente de nada. Seguramente no sabrá quién nos honra esta 
noche con su visita. 

Pablo. — Mo soy curioso, señora. 

Sea. Petillon. — Pues debería serlo. Eso entra en sus atribucio- 
nes. Pues nada menos que un grande de España, el marqués 
de... (Entra ELENA.) 



ESCENA III 

Dichos y Elena. 

Elena. — (Con una negligé muy excéntrica.) Mamá, ¿a cómo es- 
tá la peseta? 

Sea. Petillon. — ¿Eh? ¿Qué les decía a ustedes? No lo sé, hijita. 

29 



Elena. — Pues liay que saberlo. De hoy en adelante quiero que en 
este despacho se ponga un cartelito diariamente con la nota de los 
■cambios. Es indispensable. {Sentándose en el sillón de la mesa gran- 
de.) Vamos a ver lo que tengo lioy que iiacer. 

Sba. Petillon. — (Cogiendo el cuardemito que lleva sujeto con 
una cadenita a la cintura y leyendo.) Escucha. Hoy, 29, a la una, 
comer aquí con el marqués, traje color azufre ; a las 3, ir a las 
carreras, vestido pensamiento de Pascal, que deben traer esta mis- 
ma mañana de la casa Hortensia ; a las cinco, té con el sedero 
<ie Lyón "deshabillé" Pompeya ; siete, concurso de tango, acompa- 
ñada del ex ministro socialista, vestido negro número 7 ; a la3 
nueve, cenar con los aviadores brasileños, vestido color gasolina 
sin mangas ; y, por último, cenar de madrugada en el caie r-a- 
rís, vestido sin nada. 

Elena. — (Asombrada.) ¿Cómo sin nada? 

Sba. Petillon. — Quiero decir sin adornos. (Cerrando el cuader- 
na o.) Esto es todo. 

Elena. — Me parece que es bastante. Oiga, Pablo Emilio. Que no 
vuelva a sonar el teléfono. Tengo un poco de jaqueca y me molesta 
el más leve ruido. Ponga el interruptor. 

Pablo.— Pero, ¡y si telefonean ? 

Elena. — Me tiene sin cuidado. Vayase. (Mutis Pablo. Se va.) ¿JN'o 
ha telefoneado Bolvos? 

Sea. Petillon.— Que yo sepa, no. Te hubieran avisado. 

Elena. — ; Cuánto tardan ! 

Sea. Petillon. — ¿Estás esperando alguna cosa? 

Elena. — Sí, espero a una persona que tiene que venir. Con tal 
de que venga con él. 

Sea. Petillon. — ¿Quién? 

Elena. — Mi aviador. 

Sea. Petillon.— (Frunciendo las cejas.) ¿Un aviador, hija mía? 
.¿Y eso, qué quiere decir? 

Elena. — (Riendo.) ¿Te inquieta? 

Sea. Petillon. — Es que, cuando, generalmente, una mujer dice 
"mi" aviador, ¿es que... vas a volar? 

Elena. — Voy a tener mi aero-limousin. Eso es todo. 

Sea. Petillon. — (Asombrada.) ¿Piensas hacer en avión tus com- 
pras por París? » 

Elena. — No estoy loca. Pero como pienso pasar un mes en mi 
quinta de Marly, me serviré del avión para ir a las carreras. Con 
eso economizaré tiempo y haré una entrada sensacional en el hi- 
pódromo. 

Sea. Petillon. — ¿Estás segura al menos de la pericia de ese me- 
cánico ? r 

SO 



Elena — (Indignada.) ¿Un mecánico? ¿Crees tú que yo me con- 
tentaría con un mecánico? Es un vizconde, nada menos r el que va- 
a llevar el volante. 

Sea. Petillon. — ¿Un vizconde? 

Elena. — Un verdadero vizconde. Bolvos tiene que venir con éí 
esta mañana. 

Sra. Petillon. — ¡Cómo está la aristocracia! Es inaudito. ¿Y co- 
noce bien su oficio? 

Elena. — Como yo el mío. Es un as. 

Sra. Petillon. — Ya comprendo. Es un nuevo reclamo. ¡ Eres 
asombrosa ! ' 

Elena. — Acertaste. Todo es reclamo, antes, ahora y siempre. No 
hay más que eso en la vida. Cuando pienso que hay mujeres que 
creen que los hombres van a verlas simplemente por su cara bo- 
nita. . . 

(CLOTILDE ha entrado con una mesita con ruedas, sobre la que 
trae el desayuno.) 

Sra. Petillon. — Pues en mi tiempo así era. 

Elena. — Si te remontas al diluvio, desde luego. Pero ahora, lo 
que nos rodea es lo importante. ¿A qué crees que debe su fortuna 
Mary Wuisord? Pues únicamente a hacerse paseado una mañana 
por el Bosque de Bolonia calzando zuecos. La originalidad es el 
todo. Yo estoy bien tranquila. Con mi piscina de once fuentes, mi 
sorprendente instalación de luz y mi aeroplano no temo a nadie. 

Sra. Petillon. — ¿Te olvidas de tus chacales domesticados? 

Elena. — No me olvido, pero como tengo que domesticar a tantas 
personas... Y apropósito : ¿qué es de esos dos pobres animalitos? 

Clotilde. — Que cada vez despiden peor olor, señorita. 

Elena.- — (Comenzando a desayunarse.) Y aparte de eso... 

Clotilde. — Que han devorado dos batas, cuatro cojines, y el re- 
nard azul de la señorita. 

Elena. — Que les aproveche. Sin mis chacales no hubiera conoci- 
do nunca al Mará jan de Kapurtala. Comprenderás, mamá, que en- 
tre mis chacales y los galgos de Adriana Dural, el Marajah no 
dudó un momento. 

Sra. Petillon.- — ¿Entonces tú no crees que la gente te quiere 
y admira por ti misma? 

Elena. — No, mamá. Si yo me vistiera mañana como todo el mun- 
do y me rodeara de cosas vulgares, ya verías qué pronto se ale- 
jarían de aquí todos mis amigos. Y la verdad es que los hombres 
están en lo cierto. Ellos quieren siempre la novedad, lo nunca 
visto y cosas más raras que las que a mí me rodean... ¿Algo in- 
teresante en el correo de hoy, señorita Malva? 

Malva. — (Levantándose y llevando a Elena unas cartas.) Tres 

31 




invitaciones para comer, y cinco para cenar. Pero como 
rita no tiene más que dos días libres en todo el mes... 

Elena. — Pues yaya usted haciendo las inscripciones para el mes 
próximo por turno riguroso. ¿Se arregló lo del cuarto de baño? 

Sea. Petillon. — Sí, Elena. 

Elena. — ¿Y Valentín? 

Sea. Petillon. — Está desde las ocho arreglando la instalación 
de la luz. 

Clotilde. — (Fondo.) Señorita. El señor Bolvos. 

Elena. — Que pase en seguida. (Mutis Clotilde.) A ver si viene 
con el otro. (A su madre.) Vete a ver si estoy por ahí dentro. Y 
usted también, Malva. 

Sea. Petillon. — (Muy digna.) Comprendido, que te dejemos sola. 
Vamonos, Malva. (Se van por la derecha.) 



ESCENA IV 

Elena y Bolvos. 

(BOLVOS entra por el foro vestido de una manera inverosí- 
mil. pero demostrando, sin embargo, más cuidado en la indumenta- 
ria.) 

Elena. — (Ansiosa.) ¿Qué hay, Bolvos? 

Bolvos. — Hecho. Está ahí. (Señalando a la puei'ta.) 

Elena. — ¿Aceptó? 
. Bolvos. — Y aquí está el contratito y dos copias. El ya ha fir- 
mado. Véalo. Leído y aprobado, Sergio Roberto Renard, vizconde 
de Charmeret. (Le entrega los documentos.) 

Elena. — (Poniendo sobre la mesa los contratos.) Bolvos, ¡cuán- 
to le quiero a usted ! 

Bolvos. — Despacito, despacito. Me ha costado mucho trabajo. 
Cuesta muy. caro. 

Elena. — ¡ Qué me importa ! ¿ Cuánto ? 

Bolvos. — No ha querido aceptar menos de G0.000 francos al año. 
Y eso que yo le tenía entre la espada y la pared. 

Elexa. — ¿Cómo es eso? 

Bolvos. — Comprenderá usted que, así como así, no se encuen- 
tra a la vuelta de una esquina un vizconde para este servicio. Yo 
desde que tengo algunos fondos a mi disposición me he permitido, 
y ello me agrada, hacer el bien que puedo. Y cuando sé que al- 
guien está un poco apurado de dinero, pues me apresuro a ir en 
su ayuda, mediante... 

32 



Elena. — (Sonriendo.) Un pequeño beneficio. 

Bolvos. — Nunca más del cincuenta por ciento. Cuando usted me 
Jijo que quería un aviador chic, me pensé : Ya lo tengo entre mis 
alientes, quise decir entre mis relaciones. Entonces, inmediatamen- 
te, apreté un poco los tornillos. 

Elena. — ¿Qué tornillos? 

Bolvos. — Le amenacé con embargarle. Gastaba mucho. Desda 
Jiaee algún tiempo estaba con Adriana Durai. 

Elena. — ¿Con Adriana? La conozco. Me es inaguantable. ¿Y osa 
mujer le había comido todo su dinero, verdad? 

Bolvos. — No mucho. Chameret tenía un mediano pasar, pero 
en fin, lo que sea. Adelante. El caso es que estaba a punto de cara- 
melo para mí. Y el vizconde ha firmado sin leer el contrato. 

Elena. — Como un gran señor. 
| Bolvos. — Como un imbécil, debe usted decir. El contrato está 
hecho por un año y he elevado a cien mil francos de indemniza- 
ción en caso de imeumplimiento o ruptura del contrato por cual- 
quiera de las dos partes. 

Elena. — ¿Y por qué cien mil? 

Bolvos. — Para cogerle mejor. Así estamos seguros de tenerle. 
¡Es un hombre un poco difícil. 

Elena. — ¿ Cómo ? 

Bolvos. — Quiero decir que es un hombre muy susceptible. 

Elena. — Esté tranquilo.. 

Bolvos. — ¿Le digo que pase? 

Elena. — En seguida. Estoy deseando conocerle. 

(Bolvos sale en seguida y entra acompañado de SERGIO, que es 
■ un joven muy elegante, muy simpático y de aire muy mundano.) 



ESCENA V 
Dichos y Sergio. 

Bolvos. — (Ceremoniosamente.) Señorita, le presento al señor viz- 
' conde Sergio de Charmerét, que va a ser su piloto aviador. 
(Sergio se inclina ligeramente.) 
Elena. — (Sentada y comprobando sus papeles.) Caballero..., me 
■apresuro a decirle que estamos de acuerdo sobre el..., sobre los... 
Seegio. — (Impasible.) Sobre mis gajes, señora. 
Elena. — Digamos mejor sus honorarios. Ya he comprado el apa- 
c : rato. Mañana podrá usted verlo. No está aquí porque ya compren- 
derá... 

3 °-í 



Sergio. — (Muy serio.) En efecto, a menos de aterrizar en < 
tejado... 

Elena. — Actualmente lo tengo en mi quinta de Marly. Allí ha 
una gran pradera que sirve muy bien de aeródromo. Mañana p> 
dremos probar el aparato. 

Sergio.- — (Frío e irónico.) Estoy a las órdenes de la señon 

Elena. — (Rectificando.) Señorita. 

Sergio. — (En el mismo tono.) Estoy a las órdenes de la sefiorit 

Elena. — No vale la pena de hablar en tercera persona. 

Sergio. — (Siempre con respeto ligeramente irónico.) Sin embar 
go, yo me permito indicar respetuosamente a la señorita..., que y 
no soy... 

Elena. — No siga. Sé con quién -estoy hablando. (A Bolvos.) E 
muy distinguido. 

Sergio. — Yo no soy más que su aviador, y me limitaré simple 
mente a cumplir con mi obligación. 

Elena. — Desde luego. Dentro de unos días iré a instalarme 
Marly, y mientras, deseo que permanezca en esta casa. 

Sergio. — Como guste la señorita. Pero no veo la necesidad de.. 

Elena. — Porque voy a serle franca. Si yo tengo a mi servicio u 
aviador es sobre todo para que la gente lo sepa y lo vea. Tendr: 
usted una habitación con cuarto de baño. Supongo que será de s 
gusto. 

Sergio. — ¿Dónde comeré? ¿En la cocina? 

Elena. — Con los criados, no. Será usted servido aparte. 

Sergio. — Como una miss inglesa. ¿Y tendré que llevar uniforme 

Elena. — No, caballero. 

Sergio. — Sergio, me llamo Sergio. Pero si este nombre le disgúst; 
a la señorita lo cambiaré por el de Bautista o el de Ambrosio. 

Elena. — ¿Es que quiere usted burlarse de mí? 

Sergio. — No puedo permitirme esa libertad. 

Elena. — Claro que no. 

Sergio. — A la orden. ¿Manda algo más la señorita? 

Elena. — Usted me habla como si fuera usted un criado, y usté 
es algo más que eso : es mi aviador ; puede haber entre nosotros uj 
poco más de confianza. 

Sergio. — No soy de esa opinión. Yo creo que siempre se debei 
guardar las distancias entre amos y servidumbre. 

Elena. — (A Bolvos.) Es muy impertinente. Me alegro. 

Bolvos. — Entonces... mejor. 

ELT3NA.- — (Volviendo a sentarse.) ¿De modo que establos conforme 
en todo? Cinco mil francos al mes. 

Sergio — Y el vino comprendido, supongo. 

Elena. — Voy a firmar su contrato. (Va a su "burean" .) 

34 



4 Bolvos. — (A Sergio.) Le veo a usted demasiado humilde. 

Sergio. — Creo que estoy en mi papel. (Pausa.) Dígame, Bolvos. 
kjt Bolvos. — Diga, mi querido vizconde. 
Pͧ Sergio. — (Mirando a Elena.) ¿Sabe usted que esta mujt'r me es 

soberanamente antipática ? 
tfa Bolvos. — ¡Pero hombre!... 

Sergio. — Además, usted se ha burlado de mí. Usted me ha ha- 
tiblado de una mujer muy chic, y ésta no me lo parece. 

Bolvos. — ¡ Quiere usted callar ! 

Sergio. — ¿Ya siempre así vestida? 

Bolvos. — ¡ Pero si es elegantísima ! 

Sergio. — Sí, pero va muy llamativa. 
tó Bolvos. — Es Elena Vouvray, la mujer de moda, la mujer del 

día. En todo París no se habla más que de ella. 
ep Elena. — (Levantándose y dando el contrato a Sergio.) Ahí está 
firmado. Ya estamos comprometidos, mi señor aviador. 

(Sergio se inclina ligeramente, toma el contrato y va hacia el foro.) 



ESCENA VI 
Dichos y Millenon, luego Señora Petillon y Clotilde. 

Millenon. — (Por la primera derecha y limpiándose el sudor.) ¡Qué 
calor! ¡Cómo sudo! ¿Está usted aquí, Bolvos? (Se vuelve a poner 
i el sombrero, que siempre lleva encasquetado.) 

Bolvos. — ¿De dónde sale usted? 
ii Millenon. — De debajo del bafío. Me he hecho un lío con los sut- 
tidores. Ahora es el surtidor de los tobillos que llega un metro más 
arriba. ¿Usted no tendrá inconveniente, para darme yo cuenta, de 
hacer un ensayo delante de mí? (A Elena.) 

Elena. — Acabo de bañarme. 

Millenon. — Pues entonces, usted, Bolvos. 

Bolvos. — Me pide usted un sacrificio... 

Millenon. — Vamos, por una vez, quién iba a saberlo. 

Sergio. — (A Bolvos.) ¿Quién es este señor? 

Bolvos. — Es... el fontanero. 

Sergio. — ¿Y cómo se permite esas bromas tan chabacanas delante 
de esta señorita? 

Millenon. — ¿Qué dice? 

Elena. — (Vivamente.) El señor Millenon es mi... arquitecto. 

Millenon. — (Furioso, a Bolvos y mirando a Sergio.) Y este fan- 
toche que pregunta así con ese aire de gran señor, ¿quién es? 

Bolvos. — El aviador de Elena. 

»■;■! 35 



Millenon. — ¿El aviador? ¿Cómo es eso? ¿Qué es eso de aviador? 

Bolvos. — Una nueva genialidad de Elena. 

Elena. — ¿Quiere usted ver el cuarto que se le destina? (Lla- 
mando.) Mamá, ven un momento. 

Millenon. — Pero, ¿qué me cuenta usted? 

Señora Petillon. — ¿Qué quieres, amor mío? 

Elena. — Ten la bondad de acompañar a este señor y enseñarle el 
cuarto amarillo, que es el que va a ocupar. 

Señora Petillox. — (Ecctasiada delante de Sergio.) ¡Con mucho 
gusto! ; Qué guapo es! Sígame, aviador. (Mirándole tiernamente.) 
Es mi tipo. 

Millenon. — ¿Pero esto del aviador lo sabe Valentín? 

Bolvos. — Valentín no sabe nada. 

Millenon. — ¡ Ah !, pues hay que decírselo, porque esto es tras- 
cendental. (Mutis por la derecha.) 

Clotilde. — Ahí están dos caballeros que desean ver a la señorita. 

Elena. — ¿Quiénes son? 

Clotilde. — Me han dicho que son los del neumático, que ya sabe 
la señorita quiénes son. 

Elena. — ; Ah !, sí. Son los fabricantes del neumático que se hin- 
cha solo y quieren que lleve mi nombre. Ahora no puedo rec-i'oirles, 
pero diles que acepto ser la madrina de ese aire comprimido y que 
a las tres me traigan el cheque de los cien mil francos convenidos. 
Ande, no les haga esperar. 

(Mutis Clotilde.) 



ESCENA VII 

Elena, Bolvos, Millenon y Valentín, luego Hortensia, Malva y 
Pablo Emilio. 

Bolvos. — Elena : estos señores me han comisionado para que en 
su nombre eleve ante usted una protesta. 

Elena. — ¿Una protesta? 

Valentín. — Muy justificada. 

Elena. — Bien, ¿qué es ello? 

Millenon. — Se trata de eso del aviadorcito. 

Elena. — Diga, diga, Bolvos. 

Bclvos. — Estos señores, en una inquietud muy explicable, encuen- 
tran muy bien que todo esté por las nubes menos usted, 

Elena. — No entiendo. 

Bolvos. — Pues es clarísimo. Valentín y Millenon, al saber que 
usted va a lanzarse por los aires, temen por su preciosa vida, que 

36 



a todos nos interesa por igual, y por lo tanto se oponen a la entrada 
en la casa del señor vizconde. 

Elena. — ¿Por qué? 

Millenon. — Ya lo ha dicho; porque no querernos que usted se 
mate. Estimamos en mucho su vida y no queremos estar con el Co- 
razón en un puño cada vez que monte usted en el avión, pensando 
en que puede venir a tierra violentamente usted, el aviador, el apa- 
rato y nosotros, sin haber volado. 

Elena. — Ya, es algo más que una razón sentimental. 

Valentín. — Creo que debe usted atender nuestro consejo. 

Elena. — Yo no atiendo consejos de nadie. Nunca he dado a uste- 
des cuenta de mis actos personales ni de mis iniciativas, ni lo haré 
jamás. ¿Lo entienden? Seguirá el aviador en esta casa, y yo haré 
siempre lo que me dé la gana ; y me choca que ustedes pretendan 
mezclarse en mis asuntos cuando nunca lo hicieron. Hasta ahora no 
les ha ido mal con la beligerancia que me han concedido, y el estado 
de cuentas, para cuyo conocimiento les había citado a ustedes a las 
doce de la mañana, y al que vamos a proceder ahora mismo, lo va 
a demostrar de una manera indiscutible. 

Millenon.— Pero es que... 

Elena. — No admito ninguna objeción. (Llamando al timbre. Salo 
CLOTILDE.) Dígale a la señorita Hortensia que venga. 

(Mutis Clotilde.) 

Millenon.— No hay que ponerse así. Uno dice las cosas como las 
siente, y nada más. 

Elena. — A callar. 

Bolvos. — El móvil no es tan interesado como parece. 

Elena. — No se ponga usted de su parte. Todo aquí gira a mi al- 
rededor, y ha girado hasta ahora cronométricamente. Esa protesta, 
de la que era usted portador, me ha herido en lo más hondo, y 
voy a demostrar a ustedes con la elocuencia de los números que 
siempre les fué muy bien con mis iniciativas, i Pues no faltaba más ! 

Hortensia. — (Saliendo.) ¡Encantadora Elena! ¿Para qué me lla- 
man? 

Elena. — Vamos a reunimos en junta general. Acaba de surgir un 
pequeño incidente, y cuanto antes nos reunamos, mejor. 

Hortensia. — ¿Pero qué ha sido ello? 

Elena. — Ahora lo sabrá. (Toca el timbre tres veces. Entran MAL- 
VA y PABLO EMILIO.) 

Hortensia. — Está usted nerviosa. 

Malva — (Con Pablo Emilio.) ¿Llamaba usted? 

Elena. — Preparen la mesa en un momento. 

(Colocan la mesa y sobre ella el paño verde, unos legajos y la cam- 
panilla.) 

37 



Pablo. — Ya está. 

Bolvos. — ¿Pero esto va a ser un consejo de administración? 

Elena — Usted lo ha dicho. 

Bolvos. — ¡ Es definitiva ! 

Elena. — Voy a darles a ustedes cuenta del balance semestral. 

Elena. — Tomen ustedes asiento. (Agita la campanilla y tose.) Se 
abre la sesión. 

Bolvos. — Parece usted el presidente de un consejo de ministros. 

Elena. — (Poniéndose en pie.) A propósito de presidente. Me aca- 
ban ustedes de hacer pensar que no tenemos presidente, y hay que 
designarlo. (Mirando a todos.) Creo que el señor Millenon es el más 
indicado para esto. 

Millenon. — (Con mucho orgullo.) ¿Yo?... 

Elena. — Usted, que se le nombra por aclamación. (Reverenciosa- 
mente.) ¿Quiere usted aceptar el sillón presidencial? (Ella le cede 
su sitio y Elena se pone a su lado.) 

Millenon. — Si yo hubiera sabido esto me hubiera puesto unos pu- 
ños limpios. 

Elena. — Malva, tome nota taquigráfica para el libro de accas 
(Malva se sienta detrás y se dispone a tomar notas. Elena se pone 
de pie. Tosiendo.) Señora, señores... Hace seis meses que me eli- 
gieron ustedes para la dirección de una empresa en que tenían sus 
capitales comprometidos. 

Hortensia. — ¡ Bah ! ; Era una miseria ! 

Elena. — En aquel momento no era una miseria. Y en último caso 
el negocio estaba en completa quiebra. Los primeros tiempos fuerou 
muy duros y yo he hecho cuanto he podido para defender mis in- 
tereses y los de ustedes. 

Valentín. — Estamos pagados con largueza con la formidable pro- 
paganda que usted nos ha hecho. 

Millenon. — Es verdad. 

Elena. — Es posible, pero este no es más que un lado de las cues- 
tión. Pablo Emilio , déme usted el libro mayor. La labor ha sido 
ardua. Vean ustedes las primeras páginas. Completamente en blan- 
co. Esto es un desierto. La tercera semana, la curiosidad trajo a 
esta casa al señor barón, antiguo amigo de la señorita Gibry. No 
le trajo aquí ningún remordimiento, sino, como ya ha dicho, la cu- 
riosidad. A partir de aquel ínomento, 23 de Noviembre, él se hizo 
cargo ue los gastos generales y esta era su verdadera casa. Aquí 
venían sus amigos... Los nombres, Pablo Emilio, haga el favor. 

Valentín. — (Levantándose.) No hacen falta. 

Elena. — Pues adelante. El asunto ya se había puesto en marclia 
y al finalizar el mes todos los pagos estaban al corriente. Al fcermi- 

.38 



nar Enero la ascensión hacia el bienestar fué rapidísima, vertigino- 
sa. La publicidad vino a ayudarme formidablemente. 

Bolvos.- — ¿Cómo la publicidad? i 

Elena. — Esta es una sorpresa que le¡s preparaba a ustedes. A la 
hora actual mis contratos me aseguraD una renta crecida. 

Millenon. — ¿Contratos de qué? 

Elena. — Señor presidente, yo uso el ondulador Vouvray, me lavo 
con jabón. Vouvray, uso corsés Vouvray y fumo cigarrillos Vouvray, 
Para que estos productos llevaran mi nombre he recibido cantida- 
des de importancia. Dentro de dos boras firmaré otro ventajoso 5 
contrato para el lanzamiento de un neumático que se infla Si.üoy 
que es el colmo de la inflación, por el cual percibiré 100.000 francos» 

Hortensia. — ¡ Pero eso es maravilloso ! 

Elena. — Todos los detalles están a la disposición de ustedes. Pa- 
blo Emilio, las fichas. (Pablo Emilio ¡te levanta y entrega a cada 
uno una ficha.) Y hoy, 20 de Junio, mi balance es el siguiente : Pa- 
sivo : gastos generales, reformas en la casa, etc., etc., 360.000; 
francos. 

Millenon. — El pasivo es enorme. 

Elena. — Espere a oír el activo. Señores Barón, Duque, Marqués,. 
Eajah, Maharajah, Bajá y Pacha, etc.. de una parte, y de otra,. 
la publicidad, total en seis meses, contando el valor de las joyas, 
600.000 francos. Líquido en caja y cuentas en los Bancos, 935. '2.30* 
francos con 15 céntimos. (Muy satisfecha.) Creo que es una cifra. 

Bolvos. — (Entusiasmado.) ¡Es un balance brillantísimo! 

Elena. — No estoy descontenta y espero que ustedes tampoco lo es- 
tarán. 

Hortensia. — Mi enhorabuena, señorita. (Levantándose y vol- 
viéndose a sentar.) , 

Elena. — Va usted a ver la parte de dividendo que le corresponde. 

Hortensia. — ¿ A mí ? 

Millenon. — ¡ Es una mujer admirable ! 

Hortensia. — (Levantándose.) Señorita, aquí debe haber un error. 
No os posible que usted nos dé dinero encima. Nosotros no acep- 
tarnos nada. 

Valentín. — (Levantándose. ) Nada. 

Millenon. — ¿Qué dicen estos idiotas? 

Elena. — Yo no insisto, pero me ciño rigurosamente a las cláusu- 
las de nuestro contrato. La mitad de los beneficios son para los 
comanditarios, pero si usted y el señor Valentín quieren renunciar 
a los cien mil francos que les corresponden, son muy dueños de 
hacerlo. 

Hortensia. — ¿Cien mil francos? 

Elena. — Un poco más acaso. Pablo Emilio. La hoja de esta aeüo- 

39 



ra. "Cinco acciones de mil francos, que representan hoy exactamente 
ciento veinticuatro mil". (Le da la hoja.) 

Hortensia. — ¡Ciento veinticuatro mil francos! Esto es, esto es... 

Elena. — Un dividendo fabuloso. Señor Valentín. (Dándole la nota 
que le entrega Pablo.) Usted tiene actualmente a su favor un cré- 
dito de 144.000 francos. (Le da su hoja.) Ahí puede verlo. 
Valentín. — (Con un gesto desvanecido se sienta paladeando la 
cifra.) Esto es cosa de las mil y una noche. 

Elena. — (Leyendo las dos últimas hojas.) Señor Millenón, 161.000 
francos, y señor Bolvos, 108.000. (A cada uno le da una hoja.) 

Bolvos. — (Radiante.) ¡Estos son negocios! 

Elena. — Así lo creo. Es inútil decirles a ustedes que tengo esas 
sumas a su disposición. Ahora bien, si Hortensia y el señor Va- 
lentín sienten escrúpulos... esa cantidad la destinaremos para ins- 
tituir un premio a la virtud desconocida. 

Hortensia, i , ,. , 

'No hemos dicho eso... 

Valentín. ( 

Bolvos. — Tienen ustedes libertad para dejar esos fondos a benefi- 
ficio del negocio. 

Hortensia. — No, eso no sería regular. 

Bolvos. — Sí, sí, eso es lo que se llama un fondo de reserva. 
Puede venir un año malo... 

Millenón.- — Si les molesta, yo les compro sus acciones ahora 
mismo. 

Bolvos. — Yo también. 

Hortensia. >, r , - , 

(Venderlas, no; de ninguna manera. 
Valentín. , 

Millenón. — (Levantándose y agitando la campanilla.) En calidad 
de presidente, me apresuro a felicitar ae todo corazón a la señora 
Vouvray, y creo interpretar el deseo de todos al dejarla en libertad 
de admitir o no al aviador, si ese es su gusto. Quien tan clara- 
mente... 



ESCENA VIII 

Dichos y Sergio, luego la Sra. Petillon. 

Elena. — (Levantándose.) ¿Cómo entra usted aquí sin haber sido 
llamado ? 

Sergio. — Entro para hablar de un asunto Importantísimo. 
Elena. — ¿Qué sucede? 

40 



Sergio. — Sucede que la madre de la señorita, después de diri- 
girme miradas incendiarias, lánguidos suspiros, me ha hecho una 
declaración amorosa en toda regla, y esto, que podía halagarme, no 
está dentro de lo estipulado. Si va a seguir en ese tono, yo pido 
la anulación del contrato. 

Elena. — Malva, diga usted a la señora que venga. (Mutis de 
Malva.) 

Sergio. — Este caso no estaba previsto, pero como si lo estu- 
viera. O se va esa señora de la casa, o me voy yo. Como la elección 
no es dudosa, prefiero irme. 

Elena. — De ningún modo, se irá ella. 

Sergio. — (Estupefacto.) ¿Su madre? 

Elena. — Y en seguidita. 

Sra. Petillon. — ¿Me necesitas, angelito adorado? 

Elena. — Ya te había dicho que a tu edad las pasiones son ridicu- 
las. Nos has puesto en evidencia a todos ante el aviador. Ya sabes 
que en mi casa quiero mucha formalidad. Arregla tus bártulos y a 
la calle. 

Sra. Petillon. — ¿Pero qué manera es esa de hablar a tu madre? 
A mí has de dirigirte con más respeto. Así está convenido en nues- 
tro contrato. 

Sergio. — ¿Pero esta señora también está contratada? 

Sra. Petillon. — También. 

Elena.- — Ahí tienes la puerta y el metro en la esquina de más 
arriba. 

Sra. Petillon. — ¿Pero en serio? 

Elena.— Y tan en serio. 

Sra. Petillon. — ¿Ya no necesitas tener madre? 

Elena. — Como usted no. Yo la tomé para que estuviera al trente 
de la casa y no para pervertirme el personal. 

Sra. Petillon. — Es la primera vez que me ocurre esto, con una 
hija de tantas como he tenido. ¿No te apiadas de mí? 

Elena. — Es inútil que insista. Ahora le entregaré su salario y 
una gratificación. 

Sra. Petillon. — ¡ Cuanto más hijas conoce una, más ingratas 
salen ! 

Elena. — (A Sergio.) ¿Está usted satisfecho? Creo que ahora no 
tendrá usted nada que decirme. 

Sergio. — ¿De modo que era una falsa madre? 

Elena. — Claro. 

Sergio. — ¿Y esto es un Consejo de Administración? ¿De qué? 

Elena. — Curiosidades, no. 

41 



Millenon. — (Tocando la campanilla.) En mi calidad de presi- 
diente oí' den o a usted que se retire. 

Sergio. — ¿Y usted es el presidente? 

Millenon. — Por "aclaración". 

Seegio. — No comprendo. 

Elena. — Ni tiene usted que comprender nada, sino que esto le 
sirva de lección y vea que en esta casa el orden, la rectitud y la 
moral son sus principios fundamentales. Y no habiendo más asun- 
tos de que tratar, se levanta la sesión. 

TELÓN 




42 




ACTO TERCERO 

La misma decoración, pero otra vez modificada. Los muebles del 
despacho han desaparecido y han sido reemplazados por muebles 
de jardín. Un arbolito en el fondo. Las paredes están cubiertas por 
cuadros grandes que representan panoramas y asuntos campestres. 
El suelo cubierto por un tapiz imitando una pradera de mullido 
césped. A la derecha, un pozo de hierros artísticos enguirnaldados. 

ESCENA PRIMERA 

Eduardo, Clotildk, Malva. Luego Sergio. 

(Al levantarse el telón, EDUARDO, de frac, tajo una Musa beige, 
vigila los últimos preparativos de la original instalación. MALVA, 
subida en un taburete, vestida de aldeana, está colgando cerezas en 
las ramas del árbol. CLOTILDE, también vestida de campesina, sa- 
le a escena, trayendo una brazada de heno, que echará por tierra. 
Eduardo está acabando de colgar los cuadros.) 

Malva. — (Arreglando las cerezas sobre el árbol.) ¿Hace bonito? 
Eduardo. — Encantador. No hay más que una pequeSa equivoca- 
ción. Que está usted colgando las cerezas en un ciprés. 



4¡i 



Malva. — ¿Usted cree que ellos se darán cuenta? 

Clotilde — (Entrando.) Aquí está el heno. 

Eduardo. — Póngalo por ahí. 

Malva. — ¿Es para la comida? 

Eduardo. — Es para darle carácter a todo esto. Clotilde, el pan 
moreno, la manteca. ¿Está todo preparado? 

Clotilde. — Todo está en la cocina. 

Eduardo. — ¿Qué hora es? 

Clotilde. — Cerca de las seis de la mañana. Ya es bien de día. 
La señorita y sus invitados no tardarán en volver. 

Malva. — Ideas como las de la señorita no las tiene nadie. ¡ Re- 
cibir a estas horas !... Yo me estoy cayendo de sueño. Verdad es 
que hemos estado toda la noche trabajando. 

Eduardo.— La idea es muy bonita. Después del baile de la Ope- 
ra, la señorita Vouvray lleva a sus invitados al campo ; es decir, 
les trae a su casa para ofrecerles una taza de café con leche, como 
si estuvieran en una granja. 

Clotilde. — Bien se ve que ha sido usted el que lo ha dirigido to- 
do. En realidad esto da la ilusión de estar en el campo. 

Eduardo. — A propósito, ¿dónde están las gallinas? 

Malva. — En el bar americano. Están sueltas, y en cuanto abran 
la puerta se saldrán y echarán a correr por todas partes. 

Clotilde. — ¡ Cómo lo van a ensuciar todo ! 

Malva. — Pero no hay quien las haga poner. 

Eduardo. — Eso no importa. He sembrado la casa de huevos por 
todos los rincones. (Pansa.) ¿A ver si se me ha olvidado algo? Los 
manzanos en la galería, el tonel de sidra en el vestíbulo, el "jazz- 
band"... 

Malva. — ¡ Ah ! ¿Pero va haber "jazz-band"? 

Eduardo. — Sí, pero con gaitas escocesas, una guitarra , dos cor- 
namusas y una ametralladora de verdad. La señorita dice que esto 
hará furor en la próxima temporada. (Malva se va por el fondo y 
entra SERGIO, vestido de frac.) Buenos días, ¿el señor vizconde, 
sigue bien? 

Sergio. — Buenos días. (Melancólicamente.) ¡Ay, Eduardo! ¡Siem- 
pre lfi veo a usted con gusto ! 

Eduardo. — El señor vizconde es muy amable. 

Sergio. — Aquí no soy más que un simple aviador. (Mirando a su 
alrededor.) Mi enhorabuena. Muy simpática esta pequeña fantasía 
rústica. 

Clotilde. — Todos hemos trabajado para conseguirlo. 

Sergio. — Lo creo. Pero han dejado ustedes que se escapen los 
conejos y he tropezado con dos en el pasillo. 

Clotilde. — ¿En el pasillo? Voy a cogerlos. (Mutis derecha.) 

44 



Eduardo. — La señorita quería instalar una colmena en el come- 
dor, per© ha sido preciso renunciar, porque como las abejas son tan 
díscolas... 

Sergio. — Se está aquí a gusto. (Se oyen unos mugidos.) ¿Qué es 
eso? 

Eduardo. — La vaca, señor^ 

Sergio. — ¡ Ah !, ¿pero también habéis traído una vaca? 

Eduardo. — La señorita quiere ofrecer a sus invitados leche pura, 
vista ordeñar. 

Sergio. — ¿Y donde está ese animalito? 

Eduardo. — En el cuarto de baño. ¿No sabe usted el trabajo que 
nos ha costado subirla? Ha roto el pasamanos de la escalera. 

Sergio. — Estamos en pleno campo, no cabe duda. 

Eduardo. — ¿Ha estado bien el baile de la Opera, señor vizconde? 

Sergio. — Muy animado. El palco de la señorita Vouvray estaba 
materialmente cuajado de flores y serpentinas. 

Eduardo. — Pero ya habrá terminado. N tardarán en llegar. ¿El 
señor vizconde cree nue vendrá mucha gente? 

Sergio. — Unas veinte personas, aproximadamente. 

Clotilde — Eduardo, creo que debemos ir poniendo las mesitas. 

Eduardo. — Ya voy. ¿Han llegado mis camareros? 

Clotilde. — SI, señor. 

Eduardo. — ¿Les ha dado usted la blusa? ¿Sí? Ya sabe usted que 
deben parecer campesinos. (Mutis.) 

ESCENA II 

Sergio y Clotilde. 

Clotilde. — Estoy muy cansada. 

Sergio. — ¿Ha trabajado usted mucho? 

Clotilde/ — No solamente el trabajo corporal. Lo que más me ha 
fatigado es la escena que me hizo anoche la señorita, que me tiene 
preocupadísima. 

Sergio. — ¿Qué fué ello? 

Clotilde. — No hay quien lo entienda. Habían traído a las seis 
el vestido de la señorita. Yo lo puse aquí, y cuando volví a reco- 
gerlo ya no estaba. Revolví todo el hotel de arriba abajo y no lo 
encontré. ¡ Cosa más extraña !... 

Sergio. — ¿Era ese famoso vestido que no tenía cuerpo? 

Clotilde. — Sí, y la señorita quería producir con él un efecto sen- 
sacional. El torso desnudo y dos lunares en la espalda. Hubo <iuc 
traer en seguida otro vestido, pero no era lo que ella quería. 

Sergio. — ¿Y la regañó a usted? 

45 



Clotilde. — No puede usted figurarse cómo. Comprendo que la 
señorita esté nerviosa. 

Sergio. — Sí que lo está, y cada día más. ¿Por qué? 

Clotilde. — Toma... ¿Usted cree que no es motivo serio de preo- 
cupación para la señorita el que todos sus libros de cuentas y su 
indicador de entrevistas los haya destruido el fuego. Como que si 
usted no hubiera estado aquí para sofocarle, arde el hotel y nos 
abrasamos todos. 

Sergio. — Sí que ha debido molestarla el accidente. 

Clotilde. — (Con cierto misterio.) Y hay algo más grave que to- 
do eso. 

Sergio. — ¿Más grave todavía? 

Clotilde.— Sí, señor. Desde que la señorita está aquí, nunca ha- 
bía regañado con nadie. Y lleva unos -días regañando con todos sus 
amigos. 
, Sergio. — ¿Con todos? 

Clotilde. — Como que muchos ya no han vuelto. Fuera del se- 
ñor duque y del señor barón, aquí ya no viene nadie. 

Sergio. — ¿Y a qué atribuye usted todo esto? 

Clotilde. — Ya se lo he dicho a usted, a la mala suerte. Ya ve us- 
ted, a pesar de todas las precauciones, tres de esos señores se en- 
contraron aquí a la misma hora. Yo creo que alguien les había 
avisado. Porque en todo esto interviene un misterioso duenrlecillo. 

Sergio. — Pues a la señorita no parece preocuparle mucho nada 
de lo que ocurre. 

Clotilde. — Ella cree que es un mal momento y que pasará, fia- 
da en su buena estrella. Pero usted no vaya a decirla nada, y sobre 
todo delante de los comanditarios. 

Sergio — Esté usted tranquila. 

Clotilde. — Sé que el señor vizconde está muy a bien con ellos. 

Sergio. — Inmejorablemente, Clotilde. 



ESCENA III 

Dichos, Hortensia y Valentín. 

(Entran vestidos de campesinos estilizados.) 
Clotilde. — Aquí está la señorita Hortensia. (Mutis.) 
Hortensia — Buenos días, señor vizconde. ¿Ha estado usted en 
el baile? 

Sergio — Estuve un momento, querida señora. Magnífico espec- 
táculo. ¿Y el señor Millenón? 



4Q 



Valentín. — Se nos ha perdido. Estaba un poco alegre, y además 
o estaba solo. 

Sergio. — La verdad es que cuando yo me fui, en el palco de la 
eñorita Elena se bebía de firme. 

Hortensia — Demasiado. ¿Y usted no sabe lo que se le ocurrió 
. Elena ? ¡ Yo todavía no he salido de mi asombro ! 

Sergio. — ¿Qué fué? 

Valentín. — Pues que al terminar el desfile hizo que por medio 
le un altavoz anunciaran a la concurrencia que la señorita Vou- 
rray proponía una lotería improvisada a beneficio de los niños po- 
)res del distrito. Mil papeletas a cien francos cada una y un sólo 
premio. 

Sergio. — ¿Y un sólo premio? ¿Cuál era? 

Valentín. — Dos besos ofrecidos por Elena, que el agraciado por 
la suerte podría hacer efectivos en el acto. 

Sergio. — ¿Y qué hizo la gente? 

Hortensia. — Pues ponerse a aplaudir con frenesí. Se hicieron en 
un momento las papeletas, y un cuarto de hora después no que- 
daba ni una. 

Sergio. — Pero esa mujer no estaba en su juicio. 

Valentín, — Había bebido un poquillo, simplemente. 

Sergio. — (Furioso.) Eso es insensato. ¿Y cuándo debe hacerse 
ese sorteo? 

Valentín. — ¡ Si ya se ha hecho ! 

Sergio. — ¿Y quién fué el agraciado? 

Hortensia. — No se sabe. 

Sergio. — ¿Es posible? ¿El agraciado no se presentó a recoger el 
premio ? 

Valentín. — No. Fué el número 519. Se cantó tres veces, hubo 
unas ligeras burlas, pero nadie se presentó. Elena fué paseada en 
triunfo por la sala. 

Sergio. — i Qué espectáculo! (Mortificado.) 



ESCENA IV 

Dichos, Millenon y Ldlu. 

(Entra MILLENON vestido de pastor a Ta "Pompadovr". Tiene 
con la LULU del primer acto disfrazada de pescador napolitano.) 

Millenon. — (Eorio, pero muy digno.) ¿CU-cu? Aquí estamos. 
Valentín. — Millenon. ¡ Si le viera a usted su mujer ! 
Millenon. — No me conocería con este traje, ¡ .¡j 

47 



Hortensia. — (Mirando a la muchachita.) ¿A quién trae usted 
de la mano? 

Millenón. — A una muchachita que me he encontrado en el bai- 
le. Me ha dicho que se aburría allí mucho, y yo la dije que me 
acompañase a tomar el aire del campo. Mirarla qué bonita es. 
Y poc-o charlatana. Es un raro ejemplar del sexo. Anda, nena, pa- 
séate por esos prados. (La muchachita va a coger cerezas y luego 
hace mutis paseándose.) 

Sergio. — ¿Ha venido con usted la señorita Elena? 
Millenón. — No sé nada. Tengo un sabor de boca y un desma- 
dejamiento. Me voy a tomar una ducha. ¿Pero donde está la pe- 
queña? ¿Cu-cu? ¿Se ha ido? Me ha dicho que se ljiama Lula. Voy 
a llamarla. ; Lulú ! ; Lulú ! (Se oye el mugido de la vaca.) ¡Anda, 
vaya una manera de responder ! 
Hortensia. — ¿Qué es eso? 

Sergio. — Esa chica tiene una bonita voz. Millenón, está bro- 
meando con usted. La he visto entrar en el cuarto de baño. 
Millenón. — (Abriendo la puerta.) ¡ Dios mío! ; Una vaca! 
Sergio. — ; Ve usted lo que hace la bebida ! Confunde usted la- 
mentablemente las cosas. 

Elena. — [Entrando por el fondo con un traje de campesina de 
fantasía. Habla un poco alocada, como si estuviera bebida. Diri- 
giéndose a unos supuestos personajes que la lian seguido.) Dentro 
de un momento nos desayunaremos. Mirad en lo que se ha conver- 
tido el hotel. ¿Está usted aquí, señor aviador? 

Sergio. — Sí, señora, y me felicito de verla en tan buen estado. 
Elena. — ¿Un sermón? Usted no es un püoto ; tiene aire de pre- 
dicador. Nos hemos divertido mucho. 

Hortensia. — Sí, se ve que tiene usted la cara muy alegre. 
Elena. — Es que he bebido un poco más de la cuenta. Y seguiré 
bebiendo. Esto no da tiempo a pensar, y hay momentos en que es 
necesario. Yalentín, Sergio, vamos, síganme ustedes. Vamos a des- 
ayunarnos. 

Hortensia. — To, con permiso de usted, voy a decirle dos palabras 
a Millenón, y después voy a acostarme, porque estoy rendida de 
sueño. 

Millenón. — ¿Pero dónde se habrá metido mi napolitano? 
(Elena, Valentín y Sergio hacen mutis.) 

Hortensia. — Amigo Millenón, voy a decirle a usted una co.-a en 
secreto. 

Millenón. — Le advierto a usted que no es este el mejor momento 
para que yo me haga cargo de nada. 

Hortensia. — Quiero decirle a usted adiós, porque esta fiesta es 
probablemente la última que nosotros pasaremos juntos. 

4S 



Millenon. — ¿Qué me dice usted? 

Hortensia. — Pues, sencillamente, que me retiro de mis negocios ; 
que lie vendido mi taller, las acciones del Metro que tenía, mis fe- 
rrocarriles, mis acciones Vouvray... 

Millenon. — ¿Las acciones de esta casa? 

Hortensia. — Estas no las he vendido todavía. Pero hay quien las 
quiere. 

Millenon. — Ya lo creo. ¿Y quién es el interesado en adquirir las 
acciones Vouvray? r 

Hortensia. — Estoy en tratos con Bolvos. 

Millenon. — Ha hecho usted mal. Ha debido contar usted conmigo 
el primero. 

Hortensia. — Me las paga a buen precio. 

Millenon. — Yo se las pagaría mejor. 

(Sergio entra por el fondo.) 

Hortensia. — Cuidado, que viene gente. 

Millenon — Vamos a arreglar ahora mismo este asunto, porque 
yo llevo siempre mi talonario de cheques. (Mutis fondo.) 



ESCENA V 
Sergio, luego Elena y Clotilde. 

Sergio. — (Sale, mira alrededor y saca del bolsillo del frac un mi- 
núsculo traje de seda.) Y pensar que ella quería ir al baile con este 
vestido, llamémoslo así. Eso era ir desnuda. (Lo echa al pozo.) Y 
ahora ya no quedan más que dos amigos : el duque y el barón. (Va 
al teléfono y, con ayuda de una plegadera, lo rompe.) ¿Qué otra 
cosa podría destrozar todavía? (Con rabia. Oye ruido y entra Elena 
seguida de Clotilde.) 

Elena. — ¿Qué hace usted aquí? ¿Es que no tiene usted ganas de 
dar una vuelta por la pradera y después beber un tazón do leche 
fresca ? 

Sergio. — Muchas gracias. No me ha gustado nunca el campo. Pre- 
fiero el mar. 

Elena. — Bueno es saberlo. La vez próxima transformaré esto en 
una playa. (Riendo.) 

Sergio. — (Impasible.) Sí, sí ; usted todo lo encuentra divertido. 

Elena. — En cambio, a usted nada le hace gracia. Insisto en que 
se vaya usted por ahí adentro, porque necesito estar sola unos mo- 
mentos. 

Sergio. — Podía usted haberlo dicho antes. (Mutis derecha.) 

4 49 



Elena. — (Vivamente, a Clotilde-) ¿Y qué es lo que ha dicho ese 
señor ? 

Clotilde. — Pues nada más que esto. Dígale usted a la señorita 
Vouvray que está aquí el número 519. 

Elena. — ¿El premiado en el baile? ¿Y cómo es? 

Clotilde.- — Joven, guapo y de aire muy simpático. 

Elena. — Bien ; que pase. 

(Clotilde sale un instante y a poco vuelve con un joven vestido de 
smooking "bajo un abrigo. Tiene un aire gentil y algo tímido. Clo- 
tilde se va.) 



' T ¡ .■'■> ¡ ■ " ESCENA VI 

Elena y el 519. 

El 519. — ¿La señorita Elena Vouvray? 

Elena. — La misma soy. Siéntese. (El joven rehusa.) ¡ Si que ha 
tardado usted en presentarse ! ¿ Es usted el agraciado ? 

El 519. — (Sentándose tímidamente lejos de ella.) Yo había to- 
mado mi número, si he de decir la verdad, porque me pareció muy 
delicada la idea de que usted pensara en los niños pobres del dis- 
trito. Le juro a usted que yo no sabía cuál era el premio. 

Elena. — Pues me parece que vale la pena. 

El 519.— No cabe duda. 

Elena. — ¿Quiere usted quitarse el gabán? Deje el sombrero. 

El 519. — No siento calor, señorita; no me incomoda. 

Elena. — ¿Es usted un poco tímido? 

El 519. — Acaso. 

Elena. — ¿Y está usted contento de haber ganado? 

El 519. — Es un premio realmente excepcional. 

Elena. — Si no excepcional, muy envidiable. ¿No quiere usted sen- 
tarse? (Señalándole un sitio cerca de ella.) 

El 519. — Perdóneme, pero no puedo entretenerme. Dentro de unos 
minutos debo estar en la Sorbona. Es la hora de mi ciase y tengo 
el tiempo justo para ir a cambiar de traje. 

Elena. — Muy bien. Eso no importa. Usted puede elegir el momento 
que quiera. 

El 519. — ¿El momento que quiera? 

Elena. — Claro. El premio son... dos besos de Elena Vouvray. 
Cuando usted quiera hacerlos efectivos... 

El 519. — Señorita. Yo he venido para... (Se levanta, saca la pa- 
peleta del bolsillo y se la entrega.) 

Elena. — (Asombrada.) ¿Qué es esto? 

50 



El 519. — La papeleta, señorita. 

Elena. — Guárdesela. 

El 519. — No. (Se la da.) 

Elena. — Pero... 

El 519. — iSe la devuelvo a usted, señorita. Sólo he venido para 
eso, a entregársela para que no pueda caer en otras manos, y para 
que usted no espere a nadie. Tómela. 

Elena. — (Cogiendo la papeleta y poniéndola sobre la mesa.) Pero, 
¿usted volverá? 

El 519. — (Sencillamente.) No, señorita. 

Elena. — (Un poco molesta y levantándose.) Muy bien. Eso quiere 
decir que no le agrado. 

El 519. — Sería tener muy mal gusto. 

Elena. — Entonces. . . 

El 519. — Mil perdones, pero debo decirla a usted sinceramente 
que no podría. 

Elena. — Que no podría... ¿el qué? 

El 519. — Aprovecharme de ese premio. 

Elena. — -¡ Ah ! Ya. ¿ Usted está enamorado ? 

El 519. — No, señora..., en este momento precisamente, no. Es 
que... un beso es una cosa tan sagrada, que yo creo que no podría 
dar un beso sin amor. 

Elena. — No le comprendo. 

El 519 — Verdaderamente, es inaudito venir a decirla una cosa 
semejante; pero, en fin..., debo decírselo, sin pensar que acaso la 
moleste. Recibir un beso así, sin haberle esperado, pedido y deseado, 
en una palabra, sin que el amor lo engendre y sin que el deseo de 
besar sea recíproco... ; estoy seguro de que usted me comprende. 

Elena. — No muy bien. Es usted un fenómeno. En su lugar, nin- 
guna persona vacilarla. 

El 519. — ¿Usted cree?... 

Elena. — Hay personas que le hubieran comprado a usted muy caro 
ese derecho. 

El 519. — Estoy seguro... (Pausa.) Por eso he venido a devolvér- 
selo. 

Elena. — Vamos a ver. Déme una razón seria de su actitud ex- 
traña. ¿Es que no le gustan las morenas? 

El 519. — No hay más razón que la expuesta. A mí me parece us- 
ted una mujer encantadora. 

Elena, — ¡Pero eso es increíble! Si yo le agrado a usted y estoy 
dispuesta a pagar mi deuda, ¿qué más puede querer? 
El 519. — El amor, señorita. 
Elena. — (Irónica.) ¡ Ah, sí! ¡El amor!... 
El 519. — Sí, créame ; nada más que el amor. 

51 



Elena. — Es usted muy exigente. 

El 519. — No lo crea usted; soy egoísta... (Pausa.) Creo que us- 
ted me ha comprendido. 

Elena. — Lo intento, pero verdaderamente no lo consigo. 

El 519. — ¿Usted no sabe que es imposible vivir sin el amor? Esto 
es tan viejo como el mundo. 

Elena. — (Soñadora.) Sí, sí; pero yo no he querido nunca. 

El 519. — Palabra de honor que me parece que habla usted con 
sinceridad. 

Elena. — Dígame usted. Cuando sentimos en el fondo de nuestro 
ser que nos falta alguna cosa, ¿es eso el amor? 

El 519. — Es lo único cuya falta se siente. 

Elena. — No me he visto en ese caso. 

El 519. — (Mientras que Elena va diciendo no a cada frase.) ¿No 
ha querido nunca maltratarla a usted ningún hombre? ¿Ningún hom- 
bre la ha insultado? ¿Usted no ha sufrido nunca? ¿No ha estado 
usted nunca celosa? ¿No ha querido usted nunca matar ni suici- 
darse? ¿No? Pues entonces me pregunto: ¿Cómo puede usted vivir? 

Elena. — En mi despacho yo no tengo ese artículo. 

El 519. — Verdaderamente, parece que el artículo lo estoy haciendo 
yo, como un comisionista. 

Elena. — En todo caso, sabe usted presentar muy bien las muestras. 

El 519. — Mil veces gracias. Y hágame caso. Guste del amor. Verá 
que es la gloria de la vida, y sobre todo muy necesario en el cora- 
zón de una mujer. Dicho esto, señorita, yo debo marcharme. Mi mi- 
sión ha terminado. (Ha ido retrocediendo hasta llegar a la puerta 
con la última frase.) Dígame que intentará querer, para que sepa 
toda la importancia que tiene un beso. 

Elena. — Lo intentaré. 

(Mutis del 519. Elena se pone a pasear por la habitación con lab 
manos a la espalda, preocupada como un hombre de negocios.) 



ESCENA VII 
Elena, Bolvos, luego Sergio. 

ELENA.-^-"Cuando sentimos en el fondo de nuestro ser que nos 
falta alguna cosa, ¿es eso el amor?" 

Bolvos. — (Por la derecha.) ¡Todo el mundo está preguntando por 
usted ! Vaya a reunirse con los amigos. 

Elena. — Ahora voy. 

Bolvos. — Magnífica reunión. He tomado notas para que se pu- 
blique en tres periódicos. ¿Vamos? 

52 



Elena. — Un momento. 

Bolvos. — Y eso que yo debía aprovechar esta ocasión para ha- 
lar de asuntos. 

Elena. — No, no ; de ninguna manería. Ahora no. Haga usted el 
avor de decir al vizconde que venga en seguida. 

Bolvos. — ¿A qué vizconde? ¿Al aviador? 

Elena — Sí, al aviador. ¿Tiene algo de particular que le diga que 
'enga? (Muy nerviosa.) 

Bolvos. — No, no. (Mirándola intrigado.) Voy a avisarle. 

(Mutis. Elena queda un instante sola y preocupada. Después sil 
•ara se ilumina como si se le hubiera ocurrido una idea agradable, 
loge la papeleta que le dio el 519, la pone sebre un velador rústico 
! su lado y después se sienta. Sale Sergio por la izquierda.) 

Elena. — Venga usted aquí, Sergio. Quiero darle las gracias por 
laberse quedado a mi pequeña fiesta.' 

Sergio. — La idea era simpática, por lo menos, original. 

Elena. — ¿Verdad que sí? Pero usted no sabe lo aburrido que es 
;ener que encontrar todos los días cosas nuevas. Llega una a tener 
a cabeza como si fuera a estallar. 

Seegio. — Muy sencillo. No se preocupe tanto. Tórnese un poco 
uás de reposo. 

Elena. — En eso estaba pensando justamente. Tengo intención de 
íaeer un viaje, en el avión, desde luego. 

Sehgio. — El aparato está cuidadosamente al corriente y todo a 
mnto de partir cuando usted disponga. 

Elena. — Yo no quería irme sin antes haber liquidado ciertos asun- 
;os en los que estaba comprometida, y ahora que ya estoy libre, li- 
jre relativamente... ¿Quiere usted darme esa papeleta que está so- 
>re el velador? 

Seegio — ¿ Esto ? 

Elena. — Sí. Este es precisamente uno de los compromisos que 
nás me preocupaban. No quería irme sin antes haber... 

Sehgio. — (Viendo el número y estallando.) ¡Oh, qué vergüenza! 

Elena. — ¿Qué le pasa a usted? 

Seegio.- — (Mirando la papeleta y muy indignado.) ¿El 519? ¿Lue- 
jo ha venido? 

Elena. — ¿ Quién ! 

Sergio. — El agraciado con esa papeleta. ¿Ha venido? Dígamelo. 

Elena. — ¿Qué modo de hablarme es ese? Mucho cuidado, Sergio. 

Sergio. — ¿Se decidió a darse a conocer este viejo verde? 

Elena. — ¿Por qué supone usted que fuera un viejo? 

Sergio.— Estoy seguro. ¿Usted le ha recibido? 

Elena. — ¿Por qué le interesa saberlo? 

Sergio. — ¡ Qué cinismo ! 

53 



p 



\t> 



Se: 



Ei: 



] 



Elena. — (Yendo junto al pozo.) Usted ha bebido demasiado 

Sergio. — No be bebido, pero tengo el valor suficiente para decirla 
que lo que ba hecho usted ha sido una fantasía más, y abominable*, 
digna de la mujer del día. ¡ Puede usted vanagloriarse de ser la mu- 
jer del momento ! Es usted la imagen viviente de esta época, que .U 
no tiene respeto a nada, si no es al dinero y al vicio. 

Elena. — ¿De veras? 

Sergio. — ¿Usted cree que yo puedo limitarme a ser un simple es- 
pectador de cuanto pasa aquí? Pues, no, señora. Yo no puedo 
permanecer impasible. 

Elena. — {Junto al pozo, vuelta de espaldas, y satisfecha de lo queti 
oye.) Siga usted, siga... 

Sergio. — Claro que sigo. Y bueno es que usted sepa que su con- 
ducta y sus excentricidades me indignan. Usted no viv.e más que 
para el reclamo y para el dinero. Esa es su fiebre.. Usted es..., 
usted es... 

Elena. — Siga, acaba. 

Sergio. — Usted es un pequeño monstruo inconsciente, una máqui- 
na, una..., no encuentro palabras para calificarla. 

Elena.' — (Encantada y volviéndose hacia él.) ¿Usted, si pudiera, P 
me pegaría en este momento, ¿verdad? Siga, siga diciendo lo queP 
piensa de mí. Pl 

Sergio. — Prefiero callarme e irme de esta casa. 

Elena. — ¿De verdad? (Pausa.) Pues vayase. 

Sergio. — Y esté tranquila, porque pagaré mi indemnización, 

Elena — (Fríamente.) No le reclamo nada. 

Sergio. — Es que yo le debo compensaciones, porque le he hecho 
a usted una porción de fechorías. 

Elena. — ¿A mí? ¿Cuáles? 

Sergio. — Yo he destruido su odiosa contabilidad. (Ella se sobre- 
salta y le mira.) Ardió el fichero, el armario, y fui yo quien pren- 
dió el incendio. Yo he ocultado aquí este infamante vpstido. 

Elena. — Entonces todo se explica ahora. Dígame, Sergio. ¿Y por 
qué hizo todo eso? 

Sergio. — Porque necesitaba aire puro. Adiós, señorita Elena 
Vouvray. 

Elena — (Dulcemente. ) Un instante. Una simple pregunta. ¿Des- 
de cuando está usted enamorado de mí? 

Sergio. — (Rompiendo a reír.) ¿Enamorado de usted? Gracias a 
Dios, yo soy un ser normal. 

Elena. — ¡ Qué lástima ! 

Sergio. — Lástima, ¿por qué? 

Elena. — Porque yo me hubiera tomado entonces la molestia de 

54 



)licarle ciertas cosas. Por ejemplo, que no he querido dar el pre- 
l ) al poseedor de este número. 
Sergio. — Será porque no habrá querido él. 

Elena. — Es usted cruel. Y, además, por otra cosa. Yo iba a ha- 
le pedido a usted un favor. 
Sergio. — ¿Qué favor es ese? 
Elena. — Que me hubiera usted hablado de amor. 
Sergio. — ¿ Cómo ? 
Elena. — Como usted lo oye. 

Sergio. — ¿Pero es posible? ¿A usted? ¿Hablarle de amor? ¿Us- 
I no se ha mirado al espejo? 
Elena. — Vaya si me he mirado. 

Sergio. — ¿Y con esos ojos tan pintados, con esa boca llena de 
sonín, quiere usted que le hablen de amor? Cuando uno quiere 
lar hay que tener delante una cara y no una máscara como la 
usted. ¡ Cómo saber lo que hay debajo de ella ! 
Elena. — (Molesta.) ¡Pues hay gente que me encuentra muy biea 
. cual soy ! 

Sergio. — Pues diríjase a ellos. ¿Y es aquí donde usted quiere 
e le hablen de amor? En esta casa donde usted ha pensado en 
do ¡menos en eso! (Bolvos entra por el foro.) Aquí viene un 
mpinche de usted. Pídale usted eso a él, y acaso puedan enten- 
rse. Hablan ustedes la misma lengua. (Mutis.) 
Bolvos— Querida amiga. 

Elena. — (Furiosa.) ¿No puede usted dejarme en paz un momen- 
? ¿Qué le pasa? 

Bolvos. — Vengo a decirle que los invitados se quejan. La nii- 
d ya se han ido. 

Elena. — Pues ponga usted en la calle a la otra mitad. 
Bolvos.- -(Estupefacto.) ¿Pero, qué dice? 

.' Elena.- -Lo que usted oye. Y que se vayan los músicos. Y si 
to no le agrada a usted, puede usted irse también con la música 
. otra parte. ¿Ha comprendido? (Mutis, furiosa, por la derecha.) 

ESCENA VIII : ; 

Bolvos y luego Valentín. 

i Bolvos. — (Se queda solo y mira alternativamente a. la puerta por 
I que se fué Elena y por donde desapareció Sergio. Luego se rasca 
■ nariz.) Aquí de mi olfato. Me parece que ha llegado el momen- 
i de hacer un negocio de Bolsa. Tengo así como una idea de que 

barco hace agua y hay que imitar a los ratones. 

(Entra VALENTÍN un poco apresurado.) 

55 



Cu 



Valentín. — Amigo Bolvos, acabo de saber una cosa extraordiiia 
ria. Le he buscado a usted por todas partes para decírmela. 

Bolvos. — Lo he visto a usted hablando tan animadamente coi: 
Hortensia... 

Valentín. — Como que me estaba diciendo cosas interesantísimas 
Por eso mi urgencia de verle a usted. Dígame su opinión. ¿Las ac 
ciones Vouvray? 

Bolvos. — Siguen en alza y seguirán subiendo. 

Valentín. — ¿Está usted seguro? 

Bolvos. — Segurísimo. 

Valentín. — Pues le vendo a usted las mías. 

Bolvos. — (Estupefacto.) ¿Cómo? 

Valentín. — Sé que es un negocio^ de oro y estoy desolado), pero 
es preciso que las venda. He perdido ayer en el círculo mutho di- 
nero. ¿Usted me las toma? 

Bolvos. — ¡Ah, no! (Aparte.) (El muy cerdo está al corriente.) 

Valentín. — Le haría a usted una pequeña rebaja. 

Bolvos. — ¿Pero usted cree que yo soy tonto? 

Valentín. — Sí..., es decir, no. 

Bolvos. — Si usted quiere vender sus acciones es porque sabe 
que dentro de poco serán un papel mojado. 

Valentín. — Usted bromea. ¡ Si es un asunto magnífico ! 

Bolvos — (Mirando fijamente a Valentín.) Pues si así lo cree, y,o 
le vendo a usted las mías por la mitad de su valor. ¡ Ah ! Y me 
las paga usted cuando quiera. Yo también tengo una urgente nece- 
sidad de dinero... 

Valentín. — Bolvos, usted lo sabe todo. 

Bolvos. — Me lo huelo. 

Valentín. — Entonces, ¿estamos casi en quiebra? 

Bolvos.- — Todavía no. A ver si podemos colocárselas a Millenón. 

Valentín. — Ya había pensado en ello. 

Bolvos. — Es bruto como un guardacantón, y haremos de él lo i 
que queramos. Pero creo que no debemos perder un instante. (8e 
van de prisa por el foro empujándose el uno al otro.) 



ESCENA IX 

Sergio, Clotilde y luego Elena. 

(La escena queda sola un momento, y entra SERGIO, acompaña- 
do de CLOTILDE. Lleva el abrigo puesto y el sombrero en la mano 
para marcharse.) 

Sergio. — Pero bueno, ¿qué es lo que quiere otra vez? 
56 



iJ Clotilde. — La señorita me ha recomendado que no se vaya sin 

iberia visto antes. 

Sergio. — Pero puesto que todo el mundo se va... 

Clotilde. — Será para darle a usted las órdenes del día. 

Sergio. — ¿Las órdenes? Se acabó ya esa broma, felizmente. (Mu- 

s Clotilde. Sergio permanece mirando uno de los cuadros y entra 

LENA por la izquierda; pero transformada, vistiendo un sencillo 

aje Idanco, se ha despintado los ojos y los labios y lleva un pei- 

ido sencillísimo.) 

Elena. — (Después de un silencio, durante el cual Sergio la mira 

m asombro.) He querido decirle a usted basta la vista, o más 

•opiamente. . . ¡adiós! 

Sergio. — (Rehaciéndose.) No me hubiera ido sin presentarle a 
sted mis excusas. (Con frialdad.) Yo me permití hace un momen- 
i un lenguaje que no es el habitual en mí, se lo aseguro. 

Elena. — (Con dulzura.) Lo creo. 

Sergio. — (Después de una pausa.) Le juro a usted que yo no 

vido nunca cuando hablo con una mujer... 
: Elena. — Pero si le digo a usted que le creo. 

Sergio. — Señorita... No me queda más que pedir a usted mil 
ardones y retirarme. (Se inclina y hace ademán de retirarse.) 

Elena. — Espere. (El se detiene.) Un momento. Me molesta que 
sted se vaya. 
j! Sergio. — ¿De veras? 

Elena. — Sí. (En un tono muy natural.) Cuando usted no esté en 
i casa no tendré quien me regañe. 

Sergio. — ¡Oh! ¿Y es por eso?... 

Elena. — Claro que sí. (Entre sentimental y cómica.) Comprénda- 
> usted. Su mal humor, sus observaciones, su cara siempre seria, 
xlo ello me va a dejar un gran vacío. 

Sergio. — Si usted cree que no veo el lazo en que quiere hacerme 
aer... Muchas gracias. 

Elena. — (Llena de esperanza.) ¿Un lazo? 

Sergio. — (Siempre animándose.) ¿Y porqué se ha disfrazado us- 
ed con ese vestido tan humilde?, porque para usted es un disfraz 
3 tan sencilla. La verdad es que hay momentos en que me digo que 
i usted, en lugar de ser Elena "Vouvray, la mujer del día, fuera 
tra mujer cualquiera, ni más ni menos influida por las costumbres 
e la época... 

Elena. — Sí, por qué no podía serlo, y entonces!.. 

Sergio. — (Después de tina pausa.) Entonces..., nada. (Pausa.) 

Elena. — (Con tristeza.) ¡ Qué dolor ! Yo que iba caminando ya 
;acia el Paraíso..., y con usted!... 

Sergio.- — ¿Y por qué conmigo? 

07 



Elena. — (Dulcemente.) Porque usted es el único que ha intentacwpe 
hacerme daño en esta casa. (Elena se ha acercado nuevamente a (U,, 
Como él no se mueve, ella inclina un po^co la cabeza sobre su hon\pi 
tro.) Yo empezaba a caminar ya, así, como una mujer sin impoi p 
tancia. iy ¡ 

Sergio. — (Mirándola.) Sí, como una mujer sin importancia qr|r¡ 
uno se llevará a una tierra muy lejana de aquí. Donde ella pudi< ¡ t 
ra despertarse de una pesadilla llena de gentes riles y de cifrare 
Despertarse ya convaleciente y más humilde cada día... (Elena r¡ E; 
de pronto sin maldad alguna. Sergio la rechaza.) ¿Y usted se ríele 
Naturalmente. Soy un imbécil. 

Elena. — (Con gran ternura y muy natural.) Me río porque es er 
cantador lo que tú me dices, me río porque estoy contenta. (Pau 
sa.) A nadie quise todavía lo bastante para tener que llorar d 
alegría. (Pausa.) Creo que pronto aprenderé si me llevas contigo 
Inténtalo, te lo ruego. 

Sergio. — (Conquistado, pero aún vacilante.) No me digas aú 
que me quieres... 

Elena. — (Muy amorosa y estrechándose contra él.) Pero si no t 
lo digo... Sólo te ofrezco lo mejor que hay en mí, mi incertidumbro, 
mis vacilaciones, el ansia que tengo de amar. ¡ Me gustaría tant 
quererte ! 

(Sergio después de mirarla retrocede un poco y abre los oraspá 
La estrecha, la coge las manos, y en este momento Hortensia, Bolvo 
y Valentín entran en escena, cada uno con un cheque en la mwno.) 



ESCENA X 
Dichos, Hortensia, Valentín, Bolvos, Millenox y Lulu-i 



Bolvos. — (Señalándoles a los otros.) ¿No se lo decía yo a ustedes 

Elena. — (Sin turbarse y sin soltar sus manos de Sergio, gentil 
mente, a ellos.) Sí, señores; es cierto. Ya lo ven. Estoy en quiebríj 
y, según costumbre en estos casos, me voy al extranjero. 

Valentín. — Nuestras felicitaciones vayan con ustedes. (Agitandc 
el cheque que trae en la mano.) 

Bolvos. — (A los otros dos.) Felizmente hemos sido previsores 
¡ Aquí está el cheque ! Llegamos a tiempo. 

Hortensia. — ¡ Pobre Mülenón ! 

Valentín.- — La verdad es que le hemos jugado una ma'n partida; 

Millenon. — [Entrando con Lulú.) ¿Una mala partida a mí 

¿Pero ustedes no se han fijado bien? Yo les he comprado sus aeceio 

nes a un precio ridículo. Ahora el hotel y todo lo que hay dentro 

58 



1 '■' pertenece. Justamente se lo estoy enseñando a la nueva inqui- 
'a..., ¡que ahora sí que ha llegado a tiempo! 
'''Solvos. — ¿Quién? ¿Esa? 

:i Millenon. — Sí. Esta. Míi-enla bien. Esta muchachita a partir de 

y se llamará Yolanda de Lis y es la sucesora de Elena Vouvray. 

florara bien. (A Lulú, señalando a Elena y a Sergio, que siguen con 

? manos enlosadas.) Sólo una cosa te prohibo terminantemente: 

íe tomes a tu servicio un aviador. 

'Elena. — No le haga usted advertencias, Millenón ; son inútiles, 
corazón tiene razones que la razón no conocerá, nunca. 



TELÓN 




59 



PUBLICARA EN 

SU PRÓXIMO 

NUMERO 



i! 



d e 



ÁNGEL LÁZARO 



PUBLICACIÓN SEMANAL 
DE OBRAS DE TEATRO 



MRECTOR: VALENTÍN DE PEDRO 

DITORIAL ESTAMPA-PASEO DE SAN VICENTE. 18 MADRID 



IUMEROS PUBLICADOS: 

—La caraba, de Muñoz Seca y Pé- 
rez Fernández. 

—Mi mujer es un grao hombre, de 
Cadenas y G.-Roig 

—La villana, de Romero y Feruáti- 

de?. Shaw 

-La aventurera, d> Jasé Tellaeche. 

—La cuestión es pasar el mío, de 

los hermanos Quintero. 

—Atocha, de Federico Oliver. 

— I Mal afíc de lobos 1, de Manuel 

'Linares I? ivas. 

—María del Mar, de Juan Ignacio 

! Luna de Tena. 

— La del soto del Parral, de Sevi- 

111a y Carrrño. 

>.— La sopa boba, de Antonio Paso 

¡y Antonio Paso (hijo). 

f.— Los lagarteranos, de Luis de 

1 Vargas. 

¡.— Me casó mi madre..., de Car- 

1 los Arniches. 

!(.— jEscápate conmigo...!, de Cade- 

! ñas y Gutiérrez-Roig. 

(.—Calamar, de Pedro Muñoz beca. 

¡.—Las alondras, de Romero y tftr- 

• nánd'z Sr/aw. 

5— El anticuario Se Antón Maf- 

! tffn, df Antonio Paso 

'.—Cancionera, de Serafín y Joa- 

i quín Alvsrez Quintero. 

1— El gato con botas, d» Tomás 

] Borras y Valentín de Pedro. 

!— Via Crucls, de L. F. Arda*'«. 

>. — So mano derecha, de H. Maura. 
.—Entre desconocidos, de Raiael 

'López de Haro. 
.—La Manola del Portillo, de ta- 

r rrere y Pacheco. 
— Doíía María la Brava, de Eo»ar- 

Ido Marquina. 

i.— La chula de Pontevedra, de jfa- 

r radas v Jiménez. 

!.— T,s «Itiina novela, de Manuel Li- 
mares Hfras. 

.—La noche iluminada, de Jacinto 

1 Benavente. 



PRECIO DEL ¿"y* . 

EJEMPLAR- <J\J CÍSi 



27.— 1 Usted es Oríiz!, de Pedro Mu- 
ñoz Seca. 

28. — Tú serás mío, de Antonio Pas" 
y Antonio Estremera. 

29 — La. petenera, de Serrano Angui- 
ta y Góngora. 

30.— El último romántico, de josc Te- 
llaeche. 

31.— La mala uva, de Muñoz Seca y 
Pérez Fernández. 

32— La casa de los pingos, de Paso 
y Estremera. 

33. — La marebenera, de R. Gonzále* 
del Toro y F. Luque. 

24-— El que no puede amar, de Ale- 
jandro Mac-Kinley, 

35.— La muralla de oro, de H. Maura. 

36.— La parranda, de Luis Fernauuez 
Ardavín. 

37.— El demonio fué antes ángel, de 
Jacinto Benavente. 

38.— La morería, de Romero y F. Sha%v 

39.— La cura, de Pedro Muñoz Seca 
y Enrique García Velloso. 

40.— El señor de Pigmalión, de Jacin- 
to Grau. 

41.— Y va de cuento, de J. Benavente. 

42. — Hernaíri. r!? ios hermanos Ma- 
chado y Villaespesa. 

43.— No hay dificultad y Crístoba'ón, 
de Linares Rivas. 

44. — La capitana, de Sevilla y CarreñA, 

45.— Mi padre tío es formal, de Ca- 
denas y Gutiérrez-Roig. 

46.— ¡Bendita seas I, de A Nnvion. 

¿r>— ¡Par« usté la jaca, amigo 1, de 
Ramos de Castro. 

¡jf!.— El buen camino, de M. Maura. 

49.— El tío (Juico, de Tarloi Arniches 
y J. Agultar Catena 

So.— ¡Por el aombre!, de '-deneo San- 
tander y José Marjal Vela. La más 
fciortf». de Augusto Strnidív-rg 

51.— Mademoiselle Nana, de Pilar Mi- 
llán Astray. 

52.— Mariana Pineda, de Federico 
los Arniches. 



53- — El cnd i trer viviente, de L. Tolstoi 

54.— El deseo, de Luís V. Ardavín 

55— Cuento de amor, de Jacinto Be- 
navente, y Sonata, de Viu. 

56.— iíiTí.s que Paulino...!, de Gonzá- 
lez del Castillo y M. Alonso. 

57.— Un alto en el camino, de Li fas 
tor Poeta 

58.— Cuerdo amor, amo y señor, de 
Avelino Artís. 

59.— 1 No quiero, no quiero!..., de Ja- 
cinto Ben avente. 

60.— La aíropellaplaíos, de Paso y Es- 
tremera. 

61.— El burlador de Sevilla, de Fran- 
cisco Vil'aespesa- 

62. — Las adelfas, de Manuel y An- 
tonio Machado. 

6.5.— Lola y Lolo, de José Fernández 
del Villar. 

64. — El automóvil del rey, de Cade- 
nas 7 Gutiérrez-Roig. 

55. — Mi hermana Genoveva, de Cade- 
nas y Gutiérrez-Roig. 

66. — Raquel y el náufrago, de Hono- 
rio Maura 

67. — La maja, de Luis F. Ardavin 

68. — El rosal de las tres rosas, de 
Manuel Linares Rivas. 

69.— La tatarabuela, de Cadenas y 
González del Castillo. 

70.— El último lord, de Hugo Falena. 

71.— Cuento de hadas, de H T Maura. 

72— I Un millón!, de Pedro Muñoz 
Seca y Pedro Pérez Fernández. 

73- — Oro molido, de Federico Oliver. 

74— De la Habana ha venido un bar- 
co..., de Paso y Estremera. 

75— Las hilanderas, de F. Oliver. 

76.— Hilos de araña, de Manuel Li- 
nares Rivas. 

77— I Mira qué bonita era...!, de Frn- 
cisco Ramos de Castro. 

78. — Cuento de aldea, de Luis Fer- 
nández Ardavín. 

79-— Una mano suave, de Alberto ln- 
súa y Tomás Sorras. 

80.— ¿Quién te quiere a ti?, de Luis 
de Vargas. 

81.— 1 Al escampfo!, de El P. Poeta. 

82.— Lo Imprevisto, de F. de Viu. 

83— El club de los chiflados, de Ca- 
denas y Gutiérrez-Roig. 

84.— La carita, de Luís Fernández Ar- 
davín f Valentín de Pedro. 

85.— Los claveles, de Sevilla y Ca- 
rreño. 

86— El solar de mediacapa, de Car- 
García Lorca. 



87-— El sofá, la radio, <1 peque y la 
hija de Palomeque, de Pedro Mu- 
ñoz Seca y Pedro Pérez Fernández. 

88.— El rosario, de Florencia L. Bar- 
clay y A. Bisson. 

80.— La dama del antifaz, de Charles 
Mere, traducción de C de Castro. 

50. — Noche de cabaret, de Antonio 
Paso y Antonio h,stremera. 

91 — La prisionera, de Bourdet, tra- 
ducción de Cadenas y G.-Roig. 

92.— Una farsa en el castillo, de Mol- 
nar, traducción de Lepina. 

93— ¿Qué tienes en la mirada?, de 
Muñoz Seca y Pérez Fernández. 

04- — Pepa Doncel, de J. Benavente. 

95— El fantasma de Canterville, de 
Osear Wilde. 

96.— La casa de la troya, de Linares 
Rivas y Pérez Lugín. 

97-— La niña de plata, de Lope de 
Vega, refundición de Antonio y 
Manuel Machado. 

98.— Napoleón en la luna, de Nava- 
rro y Sáez. 

99-— Adán y Eva, de Pilar Mi Han 
Astray. 

100. — La dama del mar, de íbsen, 
versión española de Cristóbal de 
Castro. 

101.— Romance, adaptación española 
de \. Fernández Lepina. 

102— El Abolengo, de Manuel Linares 
Rivas, y Dúo, de Paulino Masip. 

103.— Amo a una actriz, de Ladislao 
Podar, traducción de Enrique de 
Rosas. 

104— Para el cielo y ios altares, de 
Jacinto Brnavente. 

105— Don Floripondio, de Luis de 
Vargas. 

106.— El cardenal, de Luis N. Par- 
ker, adaptado a la escena españo- 
la por Manuel Linares Rivas y 
Federico Reparaz. 

!o8.— La araña de oro, de Orslrr y 
Brentano, versión castellana de 
Cadenas y Gutiérrez-Roig. 

109.— La Loba, de Ceferino R. Ave- 
cilla y Manuel Merino. 

no.— 1 Atrévete, Susana!, de Ladislao 
Fodcr. traducida del húngaro por 
Tomás Borras y Andrés Révész. 

1T1.— El difnnto era mayor, de i_,uii 
Manzano Mancebo. 

fia.— Han matado a don Juan, de 
Federico Oliver. 

TT3.— Sixto Sexto, de Antonio Paso 
y Antonio Estremera. 



H4-— La Lela se va a los puertos...» 

de M. y A. Machado. 

iiS— ¡Maldita sea mi cara!, de Mag- 
da Donato y Antonio Paso. 

116. — Lo que Dios dispone, de Muñoz 
Seca. 

117.— Para ti es el mundo, de Carlos 
Arniches. 

118.— Oriente y Occidente, de W. So- 
m/erset Maugham. 
I "o._ Estudiantes y Modistillas, de 
Antonio Casero. 

120. — Vclpone, de Ben Jonson. 

121.— El alfiler, de Pedro Muñoz Seca. 

122. — Ser o no ser, de Rafael Lopes 
de Haro. 

123.— María Victoria, de Manuel Li- 
nares Rívís, 

124.— El gato y el canario, de John 
Willard, traducida por José Luis 
Salado y F. Pérez de la Vega. 

125.— La aventura de Irene, de Ca- 
denas y Gutiérrez-Roig. 

126, — ¿Qué da usted per el Conda?, 
de Antonio Paso y Emilio Sáez. 

127. — Maya, de Simón Gantillón, tra- 
ducción de Azorín. 

12S.— El negro que tenía el alma 
blanca, de lusúa y Oliver. 

120.— Ella o el diablo, de Rafael Ló- 
pez cié Haro. 

ijo.— El Cuatrigémino, de Muñoz Se- 
ca V Péiez Fernáiíd -z. 

131.— Los Tres Mosqueteros, de Ar- 
davin y Valentín de Pedro. 

13?.— Cuando empieza la vida, de Li- 
nares Kivas. 

133— 1 La condesa está triste 1..., de 
Carlos Arnich.es, 

134.— Manos de plata, de Francisco 
Serrano Anguita. 

135.— De cuarenta para arriba..., de 
Antonio F. Lepina y Ricardo G. 
de! Toro. 

136.— Fabiola o los Mártires cristia- 
nos, de Tomás Borras y Valentín 
de Pedro. 

137— Peleles, de Francisco de Via. 

i¿£>. — Anfisa, de Leónidas Andreicv. 

139— -El protagonista de la virtud, 
de Manuel D. Ben&videi. 

140.—EI luiseñox de la huerta, dé 
El Pastor Poeta. 

141,— 1 Contente, Clemente i, de An- 
tonio Paao. ' 

142.— El alma de la aldea, de Luía 
res Rivas y Méndez de la Tíiíre. 

143.— El millonario y la bailarina, 
d£ Pilar M'Hín Asíray, 



144.— La bija de Juan Simón, de 
de José María Granada y Neme- 
sio M. Sobrevila. 

I45 ._Ei condenado por desconfiado, 

de Tirso de Molina, arreglo de los 
hermanos Machado. 

146.— La educación de los padres, 
de José Fernández del Villar. 

147.— La mala memoria, de Abati y 
y García Alvarez, y La cizaña, de 
Linares Rivas. 

148.— La rosa del azafrán, de Ro- 
mero y Fernández Shaw. 

¿49.— Shanghay, de John Colton, tra- 
ducción de A. Mori. 

150.— Saíanelo, de Pedro Muñoz Seca. 

131.— Casanova, de Loran Orbock, 
traducción de F. de Vin, 

152. — Seis pesetas, de Luis de Vargas. 

153— La sombra, de Bario Niccodemi. 

154.— Los pollos "cañón", de José Fer- 
nández del Villar. 

I55-— La mar y sus peces, de Anto- 
nio Paso y Emilio Sáez. 

156.— La mujer desnuda, de He&ri 
Bátanle, traducción de Tulio Sarce. 
I I57-— La Cárcel Modelo, de Carlos Ar- 
niches y Joaquín Abati. 

158.— Trianerías, de Muñoz Seca y Pé- 
rez Fernández. 

i¿q.— El séptimo cielo, de Austin 
Strong, traducción de Antonio F. 
de Madrid. 

160.— Olimpia, de Franz Molnar, tra- 
ducción de Tomás Borras y Andrés 
Révész. 

161.— Papá Gutiérrez, de Francisco Se- 
rrano Anguita. 

162— El crimen de Juan Anderson, de 
Anme Wisse, adaptación de G. Ol- 
'nedilia e Ignacio Rodríguez Grahit. 

163. — "K-2p", de López de Haro y 
Gómez de Miguel. 

164.— La espada del hidalgo, de Luis 
Fernández Ardaviu. 

165.— Don Esperpento, de Joaquín Aba. 
ti y Valentín de Pedro. 

166.— La danzarina roja, de Charles- 
Henr¿ Hirsch, traducción de Lepina 
y Burgas. 

167.— Siegfríed, de Jcan Giraudoux, 
traducción de Díes-Canedo. 

i|68.— La calle, de Elmer L. Rice, 
traduccióss de JraMK Chabás. 

l6j> — üi 1. ■.:■:. i,i5i !.>:>• 1 ....\/?i 4 'en- 
tontes, de Antonio Paso y Tomas 
Borras. 



i7o.— El cmante de Madaine Vidal, cíe 
Luis Vcmeuil. 

171.— -La Perulera, de Muñoz Seca y 
Pérez Fernández. 

172.— 1 Cásate con mi mujer!, de La- 
dislao Fodor, adaptación española 
de Tomás Borras. 

173.— Me lo daba el corazón, de Hono- 
rio Maura. 

174— La vieja rica, de Fernández del 
Villar. 

175.— Pirueta, de F. de la Milla. 

176.— La Maricastaña, de F. Sassone. 

177.— ¡Viva Alcorcen, que es mi pue- 
blo!, de Ramos de Castro y Ga- 
rre ño 

178.— El señor Badanas, de Arniches. 

170— La cendesita y su bailarín, de 

Honorio Maura. 
So— Monte de abrojos, de José Cas- 
tellón. 

iüi. — Adán, o el drama empieza ma- 
ñana, de Felipe Sassone. 

182.— Los Chamarileros, de Arniches, 
Abati y Lucio. 

183.— El alma de Corcho, de Muñoz 
Seca y Pérez Fernandez. 

184— Han cerrado el portal, de Ar- 
da vín. 

185— Tierra en los ojos, de Serrano 
Anguila. 

1S6.— El hombre que ge deja querer, «i* 
Bernard Shaw. 

187.— Tómame en serio, de A. Paso. 

188.— La noche loca, de H. Maura. 

189— Mari-Bel, de Coello de Portugal. 

190.— El cuento del lobo, de Moinar- 

191— Proa al sol, de Ángel Lázaro. 

102— El Padre Alcalde, de Muñoz 
Seca. 

193.— La prima Fernanda, de Manuel 
y Antonio Machado. 

194.— Los ameres de la Hali, de Pilar 
Millán Astray. 

195.— Doña Heredes, de A. Paso. 

196. — Margarita, Armando y su padre, 
de Enrique Jardiel Poncela. 

197.— La de los claveles dobles, de 
Luis de Vargas. 

198.— La Guapa, de J. M. Granada y 
Téllez Moreno. 

"99- — La Academia, de García Alvarez 
y Muñaz Seca 

200.— Di que eres tú, de Antonio Pa- 
so y Juan Chacón. 

201— Mi casa es un inferno, de José 
Fernández del Villar. 

eífe.— La reina castiza, de don Ramón 
lie.) V;, ! l''-h.ciá:i. 



2o3— I Que trabaje Rita I, de Antonio 

Estremera y R. García Valdés. 
204.— jjffo seas embustera!, de Moinar» 

adaptación de Francisco Serrano An- 
gutta y Andrés Révész. 

205.— Las pc-brecita.s mujeres, de Luis 
de Vargas. 

206.— El perro del hortelano, de Lope 
de Vega, refundición de Manuel y 
Antonio Machado. 

207. — ¡Un momento!, de F. Sassone. 

208. — Las doctoras, de Eduardo Haro. 

209.— Los Reyes Católicos, de José 
Fernández del Villar. 

210— La niña de la bola, de Lean- 
dro Navarro. 

211— El tío catorce, de Pedro Pére* 
Fernández. 

212.— Una conquista difícil, de Xalael 
López de Haro. 

213.— El chófer, de Antonio Paso y 
Tomás Borras. 

214 —La eu'na es dft Calderón, de 
Leandro Blanco y Alfonso Lapena. 

215— Como los precios ángeles, de 
Juan G. Olmedilla y A. Muñiz. 

2 t6 —Una srran señora, de Enrique 
Suárez de Deza. 

217.— La marimandona, de José Ra- 
mos Martín. 

218.— El embrujado, de don Ramón 
del Valle Inclán. 

219.— Todo Madrid lo sabía..., de Ma- 
nuel Linares Rivas. 

220.— Don Juan José Tenorio, de Sil- 
va Aramburu y Enrique Paso. 

221.— La culpa es de ellos, de Au* 
gusto Martínez Olmedilla. 

222— Entre todas las mujeres, de 
Francisco Serrano Anguita. 

? 23_- Vivir de ilusiones, de Carlos 
Arniches. 

224. —Los pistoleros, de F. Oliver. 

225.— La fuga de Bach, de José Fer 
nández del Villar. 

226.— Las llamas del convento, de Luia 
Fernández Arda^'j:. 

227 u_Las víctimas de Chevalier, de 
Antonio Paso. 

228.--¡Todo para ti!, de Pedro Mu- 
ñoz Seca. 

229.— María, o la hija de un tendero, 
de Antonio Fernández Lepina. 

230 — Jaramago, de Jorge y José de 
la Cueva. 

231.— La marchosa, de Carreño y Se- 
púlveda. 

a'j.T^-Li naj'r del día, traducción de 
G::t"?rrez Roirr. 



TEATRO ESCOGIDO 



i 



TOMO 



La chica del 
gato. 

El señor 
Adrián, el 
primo, o 
qué maloes 
ser bueno. 

Las estrellas. 

Prólogo de 
JOSÉ CAR- 
NER. 



CARLOS 



I 



TOMO 



Es mi hom- 
bre. 

La señorita 
de Treve- 
lez. 

Los milagros 

del jornal 

Pro logo de 

Ramón 
Pérez de 
ayala. 



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Paseo de San Vicente, 18 

MADRID 





LIBRERÍA Y EDI- 
TORIAL MADRID 




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quirir el número de la semana y h i 
números atrasados que le fallen para 
i-: completar su colección :-i 



EIVADENETBA (3. A ). — MADB