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Full text of "La mulata : drama original en tres actos y un prólogo"

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University of Illinois Library 



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L161— O-1096 



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LA 



MULATA 



DRAMA ORIGINAL EN TRES ACTOS Y UN PROLOGO 



por 



EVA CAN EL 



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BARCELONA 

Tip. «La Ilustración», á c. de Fidel Giró 
Paseo de San Juan, nútn. 1 68 



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1891 



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LA MULATA 



LA 



MULATA 



DRAMA ORIGINAL EN TRES ACTOS Y UN PROLOGO 



por 



EVA CAN EL 






BARCELONA 

Tip. «La Ilustración»^ á c. de Fidel Giró 

Paseo de San Juan, núm. 168 
1891 



Es propiedad de la Autora, y quedan 
cumplidos los requisitos que determina 
la ley. 



La Empresa del teatro de Novedades, de Barcelona, 
tiene aceptada esta obra para su representación en breve 
por la notable compañia que dirige el distinguido actor 
D. Antonio Tutau, y de la cual forma parte la eminente 
actriz D.^ Carlota de Mena. 



A LA HERMOSA DAMA GUATEMALTECA 

La mujer que como usted sacrifica 
juventud y hermosura ala memoria ilus- 
tre de su esposo y al amor de sus hijos, 
bien m^erece ser admirada por los que de- 
dicamos la inteligencia á desentrañar pro- 
Nemas psicológicos. 

Así, pues, á usted que, sobreponiéndose 
á sus pocos años, hace de los recuerdos un 
culto y de los deberes de madre una reli- 
gión, pláceme dedicar este trabajo. 

Acéptelo como prueba modesta, pero 
sincera, del cariño que la tributa su admi- 
radora y amiga. 





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PERSONAJES 



Patria (mulata), 20 años en el prólogo, 40 después. 

Susana, 40 años, madre de 

Pura, 22 años. 

El capitán Francisco Montagut, 40 años en el prólogo, 60 
después. 

Luis Jiménez, 22 años, hijo de 

Daniel Jiménez (marqués de la Trinidad), 25 años en el prólo- 
go, 45 después. 

Jaumet, 15 años en el prólogo, 35 después. 

QuiMET, portero viejo. 

Un portero. » 

Un marinero. 

Un criado. 

Una doncella que no habla. 



r-ra^T-ra^T^^T-i^a^i^^T^a^^^^^ 



PROLOGO 



La acción de este acto se supone en La Guaira (puerto de Venezuela). 

La escena representa el muelle, con una parte de antepecho á regular altura 
y embarcadero, en donde habrá un bote y un marinero sentado dentro. Faro- 
les encendidos que dan claridad al muelle. Arrimado á la barandilla ó ante- 
pecho aparece Jaumet hablando con el marinero. Jaumet viste ropa de ve- 
rano bastante destrozada, aunque presumiendo de limpio y aseado; zapato 
claro, corbata larga de color y sombrero de paja. El marinero lleva boina, ó 
mejor barretina, completando el traje usual entre los de su oficio en el Mas- 
nou, pueblo situado en la zona marítima de Barcelona. 



ESCENA PRIMERA 
JAUMET y MAKINERO. 

Jaumet. — Hágalo usted, por Dios y por la Virgen de Montserrat. 

Mire usted que también yo soy catalán; nacido nacido 

no sé dónde; pero criado en el Masnou. 

Marinero.— ¿En el Masnou? 

Jaumet. — Sí, señor. 

Marinero {saltando del bote al muelle).— ¿Y de quién eres hijo? 

Jaumet (compungido). — Pues si yo supiera de quién soy hijo, ¿es- 
taría aquí pidiéndole á usted misericordia? 

Marinero. — ¡Pobre muchacho! ¿Entonces no sabes quiénes fue- 
ron tus padres? 

Jaumet. — No, señor. 

Marinero. — ¿Y quién te ha criado? Porque también yo soy del 
Masnou y conozco allí á todo el mundo. 

.Jaumet (con alegría). — ¿Usted, usted? ¡Cuando yo decía que te- 
nía usted cara de ser bueno!.... ¡Cuando yo decía que tenía 
usted cara de hablarle al Capitán para que me admita á 
bordo!.... ¡Cuando yo digo que me he de embarcar en la 
Bella Susana! ¡Viva la Bella Susana! ¡Viva el Masnou! 

Marinero. — Pero muchacho, ¿te has vuelto loco? 



Jaumet. — Si, señor, loco, locazo de alegría. ¡Visca Catalunya!.... 

Marinero (interrumpiéndole). — ¿Pero si yo no te he dicho nada 
que pueda alegrarte; yo no te he dicho que te llevaremos, 
porque yo no soy el que manda. 

Jaumet. — ¿Pero no me ha dicho usted que es del Masnou? 

Marinero. — ¿Y qué? 

Jaumet. — ¿Cómo y qué? Pues siendo usted de mi pueblo, en 
donde todos me daban pan y peix frexit cuando tenía ham- 
bre, me lavaban la cara de limosna 3- me remendaban la 
camisa por caridad; siendo usted de alH, ¿no había de inte- 
resarse por Jaumet, por el pobret Jaumet, el ahijado de la 
Pilota? 

Marinero. — Pero chico, ¿eres tú aquel Jaumet endemoniado que 
andaba saltando por la playa y por las barcas?.... 

Jaumet. — Sí, señor, el mismo, el mismito. ¡Ve usted cómo tenia 
j'^o razón en alegrarme! ¡Si me van á llevar ustedes! ¡Ya lo 
creo, pues no me han de llevar! 

Marinero. — Si yo mandase, tenlo por seguro; ¡pero el capitán!.... 

En fin, ¡quién sabe! Suplícale, dile que eres del Masnou 

Quizá se ablande No te doy esperanzas, porque tiene du- 
rillo el corazón pero por probar {Transición). ¿Y cómo 

diablos te has quedado por aquí? ¿No te habías embarcado 
con el Roig hace cinco ó seis años? 

Jaumet. — Sí, señor, con el Roig; ¡maldita sea su estampa! Ya sabe 
usted que cuando murió mi pobre madrina me quedé á la 
buena de Dios. Decían que tenía yo entonces ocho años; pero 
ni lo sabía ni me importaba mucho. Anduve por allí suelto, 
como un perrillo sin amo, no sé cuánto tiempo: donde me 
pillaba la hora de almorzar, almorzaba; donde me daba la 
una, comía, y alH donde se me hacía de noche, encontraba 
cena y posada. 

Marinero,— ¡Pobre criatura! 

Jaumet. — Por fin, no sé quién se interesó por mí: lo cierto es 
que me mandaron á Barcelona con el Roig, y con él me em- 
barqué para las Américas; pero debí hacerlo tan mal en mi 
obligación de fregar platos, limpiar botas y otros oficios por 
el estilo, que me dejó aquí para que la necesidad me hicie- 
se aprender y me buscase la Madre de Dios 3^0 soüto. 

Marinero. — ¿Y qué has hecho desde entonces? 

Jaumet. — ¿Que qué he hecho? Pregúnteme usted qué no he he- 
cho, y le podré contestar más pronto. Todo, todito lo he he- 
cho menos robar. 

Marinero, — Entonces, ¿cómo no estás más adelantado, más lu- 
cido? 

Jaumet {compungido). — ¡Más adelantado! ¡Más lucido! Pues por 
eso, porque no he robado. Unos amos querían que llegase á 
viejo haciendo méritos para tener sueldo; otros no me han 



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— 9 — 

pagado lo que me prometieron, y el último que tuve ese 

liquidó conmigo religiosamente. 
Marinero. —Menos mal. 
Jaumet. — Sí, señor, menos mal. Se murió después de recibirlos 

Santos Sacramentos pero no me dejó reconocidos los 

sueldos que me guardaba para que yo no me juntase con 

malas compañías, y los herederos me plantaron en la calle 

diciendo que no me debían nada. 
Marinero. — Vaya, Jaumet, que has nacido con mala estrella. 
Jaumet. — Diga usted más bien que he nacido estrellado. 
Marinero. — Allí viene el Capitán. Habíale; pero no le digas que 

te lo he aconsejado yo; es muy mal pensado, y supondría 

que llevamos alguna intención no muy santa. Me voy al 

bote; si me viese aquí, habría tormenta. ¡Dios quiera que se 

cumplan tus deseos de volver á España! 
{JEil marinero salta en el bote. Aparecen Daniel y el Capitán hahlando 

bajo y accionando. Jaumet se oculta.) 
Jaumet (mirando al Capitán con recelo). — ¡Es mal pensado! Pues 

no puede ser bueno, y me dirá que no. ¡Mal pensado! Pues 

yo nunca he podido pensar mal de nadie. 

p)^^ ESCENA 11 

CAPI^ÍN, Diy<IEL.— JAUMET, oculto. 

Daniel. — La primera parte de nuestro plan ha salido bien; falta 
que con igual suerte ejecutemos la segunda. 

Capitán. — Depende de ti. Y si lo perdemos todo^ tuya será la 
culpa. Te empeñas en llevar á tu hijo, y no has pesado los 
inconvenientes. 

Daniel. — Francisco, tú tienes una hija. ¿La dejarías en igual- 
dad de circunstancias? 

Capitán. — En igualdad de circunstancias sí. 

Daniel. — Y sin embargo, la quieres con delirio; pues también 
yo quiero á mi hijo. 

Capitán. — Estamos en muy diferente caso: no compares lo que 
no admite comparación. Mi hija es hija de mi esposa, de 
una mujer de mi raza; mientras tu hijo lo es de una mulata. 

Daniel. — Bien; pero es mi hijo, es blanco y Patria es también 
mi legítima esposa 

Capitán. — Pamplinas. Una mulata no puede tener los mismos 
derechos que tendría una blanca. ¿Sabes que me figuro que 
la quieres? 

Daniel. — Estás equivocado; me he casado con ella porque no 
había otro remedio, y como es buena, como me quiere mu- 
chísimo 



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Capitán. — ¡Pocas gracias! 

Daniel.— Y no me da motivos para maltratarla 

Capitán. — Tu necedad ha consistido en celebrar de veras el ma- 
trimonio; no era eso lo que habíamos convenido. Si yo hu- 
biera estado aquí, no te casas. 

Daniel. — No había otra solución: su padre desconfiaba de mí; 
sin mi sacrificio, las riquezas del mulato Luis no estarían 
hoy acumuladas en tu goleta, ni 

Capitán. — ¡Silencio! La brisa lleva las palabras, y puede intro- 
ducirlas en oídos indiscretos. {Bajando más la voz) ¿Crees 
que tu suegro no hará uso del dinero en seguida? 

Daniel. — Ya viste cómo lo ha guardado apilando las onzas en 
su arcón de hierro. Podemos estar tranquilos: la cosa estaba 
bien dispuesta. Ahora lo esencial es que entretengas á Pa- 
tria, entre tanto que yo voy á casa Necesitaría un hom- 
bre que me acompañase; hay algunos miles de pesos en 
joyas y dinero, y sería necedad no llevarlos. Además, como 

el niño estará dormido, no me será fácil El marinero que 

está en el bote ¿podría?.... 

Capitán. — De ningún modo. Debemos evitar que la gente de á 
bordo se aperciba del más pequeño misterio; para esa co- 
misión es mejor una persona que ni sepa quién eres ni lo 
que trae, y á la cual perdamos de vista. Aprovecha el pri- 
mer desconocido con quien tropieces: á lo largo del muelle 
no faltará un mozo, un marinero cualquiera. Pero no te de- 
tengas, Patria debe estar al llegar. 

Daniel. — Ya sabes: con un cuarto de hora que la entretengas 
tengo bastante, y para alejarla, cuanto más lejos la envíes 
mucho mejor. 

Capitán. — Descuida. 

{Daniel da la vuelta para marchar por el foro derecha, y tropieza 
con Jaumet, que sale de un bastidor.) 

Daniel. — ¿Qué quieres? ¿Qué hacías ahí? ¿Quién te ha mandado 
escuchar? 

Jaumet. — ¿A mí '«.escuchar? Nadie. ¡Si no escuchaba! Estaba 

aguardando que acabasen ustedes la conversación para 

para pedir un favor al Capitán. 

Capitán. — ¿Un favor á mí? ¿Qué favor? ¡Habla pronto! 

Jaumet (aparte). — ¡Uf! ¡Qué genio! ¡Me va á dar un no más re- 
dondo! 

Capitán. — ¿Acabarás? 

Jaumet. — Sí, señor, empezaré Pues yo soy del Masnou. 

Capitán.— Bien, ¿y qué? 

Jaumet.— (Malo; no le ha conmovido que seamos paisanos.) Que 
como soy del Masnou y no tengo dinero para volverme á 

mi tierra, quisiera que me llevase usted; yo le servirí^i en 

cuanto fuese menester, y 



Capitán {intei-rumpiéndole). — ¡Holgazán! ¡atrevido! ¿Conque que 
te lleve de balde, eh? 

Jaumet (llorando). — Señor capitán, si yo no soy eso que usted 
dice; soy Jaumet, el ahijado de la Pilota; soy un hon xicot. 

Capitán. — Sí, un granuja, un perdido que no querrá trabajar. 

Daniel. — Vamos, hombre, llévale. (Bajo aparte.) Cede. (Alto.) 
Parece buen muchacho. Si tú no le quieres, lo tomo yo á 
mi cargo y te pagaré su pasaje. 

Capitán (haciendo que cede por fuerza). — Siendo así 

jAmiET.— ¡Gracias, señor! Dios se lo pague á usted, y yo cuando 
pueda, porque no hay quien me gane á ser agradecido; ya 
verá usted cómo no tiene por qué arrepentirse de su buena 
obra. 

Daniel. — Asi lo espero. Ahora vente conmigo. Me harás un fa- 
vor, que te pagaré, por supuesto, y además comenzarás á 
pagarme tú el que acabo de hacerte. 

Jaumet. — Sí, señor, lo que usted quiera; de balde, y cuanto us- 
ted me mande; hasta darme un chapuzón, si fuese me- 
nester, 

Daniel. — No será necesario que te bañes. Vamos. 

Jaumet. — Andando . 

Daniel (aparte al Capitán). — Mucha serenidad cuando hables 
con Patria; acuérdate de que no es tonta. 

Capitán. — No lo olvido. 

Jaumet (que habrá estado dando saltos y como si hablase al Ma- 
rinero). — ¡Que me vuelvo á España, que me voy de La 
Gruaira! ¡Si me parece mentira! (Dirigiéndose á Daniel, que se 
ha marchado.) Allá voy, mi señor. ¡Qué gusto! ( Vase corriendo 
tras de su nuevo amo por el foro derecha.) 



ESCENA IIT 



LOmi 



CAPITÁN.— Luego PAOmiA. 

Capitán. — ¡La impaciencia me consume! Quizás soy un necio 
aguardando á Daniel. Mi negocio está hecho, y si marchase 
sin él, todo el cargamento sería para mi. El buque está listo 
y despachado; si quiero, puedo salir inmediatamente. ¿Por 
qué no me atrevo?.... Porque con una palabra podría sepul- 
tarme en un calabozo. Me perseguiría, sí; es malo, es ren- 
coroso, y jamás me perdonaría que le hubiese burlado. No 
hay remedio; nuestras suertes están unidas, como nuestra 
fortuna. De hoy en adelante, ya no soy yo; soy otro él, como 
él no puede ser él sin ser otro yo. (Transición.) Pero ese 
mentecato que quiere al hijo de una mulata como yo puedo 
querer á mi Purita, á la hija de mi hermosa Susana. ¡Qué 




aberración!.... ¡Y el maldito chiquillo puede ser la causa de 
nuestra desgracia! ¡Si llora, si le sorprende una criada cuan- 
do huya con él, si le persiguen y me impiden la salida!.... 
¡Oh! no quiero pensar que puedan detenerme. Hasta que 
no haya salido del puerto no tendré tranquilidad. ¡Con qué 
placer sabrá mi Susana que es este mi último viaje! Llega- 
ré rico, y aun lo seré mucho más, muchísimo más. Todo para 
ellas, para ellas, para mis dos amores 

Patria (entrando). — Buenas noches. Capitán. 

Capitán (asustado). — ¡Ehl ¿quién va? (Tranquilizándose.) ¡Ah! 
¿eres tú? 

Patria. — Cualquiera diría que no me esperaba usted y que lo 
he sorprendido ¿Y Daniel? ¿Cómo no está con usted? 

Capitán. — Daniel Tropezó con un amigo cuando salíamos de 

casa de tu padre; le habló de un negocio, y se fueron juntos 

á la verdad, no sé adonde, porque no hice alto en la 

conversación. Tu marido me encargó que viniese á esperar- 
te para que no te encontrases sola, y rae dijo que estaría 
con nosotros antes de diez minutos. 

Patria (conformándose con la explicación). — ¿Estuvieron ustedes, 
pues, en casa de mi padre? 

Capitán. — ¡Ya lo creo! Hemos ido á entregarle nada menos que 
ochenta mil pesos, con una ganancia líquida de diez mil. 
¡Ya podéis estar contentos! 

Patria. — Pues yo estoy disgustada. 

Capitán (alarmado). — ¿Por qué? 

Patria. — Porque siento que Daniel haya aconsejado á mi padre 
la venta de sus haciendas; le producían suficiente para vivir 
todos, y no había riesgo de ninguna clase. 

Capitán (turbado). — ¿Y qué riesgos corre ahora? 

Patria. — El de hacer un mal negocio. Si mi padre las hubiese 
vendido por su gusto, bien hecho estaría; pero como ha sido 
consejo de mi marido, estoy temerosa de un desastre. Lue- 
go eso de adelantar dinero á los cosecheros, aprovechando 
sus necesidades, es cosa que me repugna. 

Capitán. — Pero hacen un trato lícito no roban á nadie 

Patria. — No roban, pero explotan. 

Capitán. — Vamos, Patria, esos sentimientos son ridículos y exa- 
gerados. Tu padre y tu marido no han hecho nada malo 
por haber comprado barato el cacao que me han vendido á 
mí al precio corriente; son acaparadores, y por algo adelan- 
tan su dinero. 

Patria. — ¿Y usted tan cristiano, tan religioso, califica de exage- 
rados mis sentimientos? 

Capitán. — ¿Acaso tiene que ver una cosa con otra? Los negocios 
no son asuntos de Dios. 

Patria. — Ciertamente; son miserias de los hombres. 



— 13 — 

Capitán. — Además, yo no me olvido de la religión y hago par- 
tícipes de mis ganancias á los ministros del Señor. ¿No crees 
que es esto muy laudatorio? 
Patria.— ¿Quién lo duda? ¿Supone usted que yo no soy religio- 
sa? ¡Mis padres me han hecho educar en un convento! 
Capitán. — Ya sé, ya sé que eres una mulata muy señorita; la 

verdad es que el color te ofende. 
Pateia. — No lo crea usted; estoy contenta. Cuando juzgaba im- 
posible que Daniel me diese su nombre, maldecía mi raza, 
sin pensar que mi maldición envolvía á los que me dieron 
el ser; pero el día que fui su esposa, no me hubiera trocado 
por la más hermosa de las blancas. 

Capitán. — Daniel debe quererte mucho, porque no todos los 
hombres de sus méritos y de su figura..'... 

Patria {acabando el concepto). — Se hubieran casado conmigo. 
¿No es esto lo que iba usted á decir? 

Capitán. — Eso precisamente, no 

Patria. — Pero una cosa parecida. Si no me ofendo: ya sé que 
soy mulata y que mi raza es despreciada por la de ustedes; 
por eso estoy más orgullosa del amor de mi Daniel y de la 
hermosura de mi hijo. (Transición.) Es muy hermoso mi 
hijo, ¿verdad? 

Capitán. — Sí, por cierto, es un chiquillo precioso; tiene la mis- 
ma cara de su padre; guapísimo, ya lo creo. (Transición.) 
¿Sabes que tarda Daniel? El arroz se estará pasando; dije 
que lo tuvieran listo para las nueve en punto (mirando el 
reloj), y ya son. A ver si me priva del placer de obsequiaros 
esta noche, por ser la última. Quería daros una excelente 
paella, y 

Patria. — Siento mucho que Daniel 

Capitán (con impaciencia). — ¡Es cosa rara!.... 

Patria (alarmada). — ¿Cree usted que puede haberle ocurrida 
algo? 

Capitán. — A él no. 

Patria. — ¿Pues á quién? 

Capitán. — Te diré la verdad. 

Patria. — ¡Dios mío! ¿qué ocurre? 

Capitán. — A Daniel no le ha pasado nada; pero tu padre 

Patria. — ¡Mi padre! ¿Qué le ha pasado? ¡Acabe usted! 

Capitán. — No te alarmes, no será cosa grave; le dio un acciden- 
te cuando íbamos á salir, y como se acercaba la hora de re- 
unirnos contigo, Daniel me rogó que viniese; pero que no te 
dijese nada, á no ser que tardase más de lo regular. 

Patria. — ¡Y tarda! Luego mi padre está peor. ¿Por qué no me la 
ha dicho usted antes? ¡Oh! voy á verle. 

Capitán (con doble intención). — Tal vez sea inútil tu viaje Pu- 
diera ocurrir que 



— 14 — 

Patria. — ¿Qué? ¿Que hubiese muerto acaso? ¡Oh! ¡Padre de mi 
alma! {Vase corriendo por el foro derecha.) 

tai^ ESCENA IV 

CAPITAN.-Luego DAWEL y JAUMET. 

Capitán. — Sí, corre, corre (riendo). La casa de tu padre está 
fehz mente más lejos que la tuya, y en ir y volver tardarás 
cerca de una hora. Para entonces ya nos habremos puesto 
en franquía. ¡Bendita ocurrencia! La brisa sopla más que 
de ordinario, y pocos minutos tardaremos en ponernos fuera 
de alcance. Cuando lleguemos á bordo, ya estarán levadas 
las anclas y los trapos dispuestos á hincharse. Sólo falta 

que haya tenido Daniel algún contratiempo Pero no, no 

debe tüxdsiv. \Eh\ {dirigiéndose al marinero que dormitaren el 
bote.) ¡Miguel! Listo; prepárate á desatracar. 

(El Marinero hace preparativos. Entran corriendo Daniel y Jaumet: 

el primero con un niño rebujado y envuelto de manera que no se 

pueda precisar bien lo que es; el segundo con una caja pequeña, 

í. pero que parece pesar mucho.) 

jOP" Daniel {eyitrando y bajo al Capitán). — Francisco, vamos; no hay 

y que perder tiempo; el infierno ha complicado el asunto. 

{Jaumet entrega la caja al Marinero). He tenido que extran- 

gular á la negra Rosa, que estaba al pie de la cuna. 

Capitán. — ¿Pero estás seguro que ha quedado muerta? ¿No ha- 
brá gritado después? 

Daniel. — No lo sé. ¡Por Cristo, vamos! 

{Daniel salta precipitadamente en el bote, y detrás el Capitán. Jaumet, 
que habrá estado espei'ando que se embarquen para seguirles va 
á saltar; pero el Capitán se vuelve y le contiene.) 

Capitán. — Hasta mañana no salimos, muchacho; puedes venirte 
á las diez. {Sacando dos onzas del bolsillo.) Ahí tienes dos on- 
zas para que te compres lo que necesites. ( Volviéndose al 
Marinero.) ¡Avante! 

(El bote jjarte ligero, y Jaumet queda haciendo toda la mímica que se 
le ocurra para expresar la alegría y el asombro.) 

ESCENA V 

JAUMET, solo. 

Jaumet {después de una pausa). — ¡ Viv^a el Capitán! ¡Dos onzas! ¡Dos 
onzas á mí! ¡á Jaumet! ¡al desgraciado Jaumet, que no ha 
reunido jamás cinco duros!.... ¡Cuando yo decía que en sien- 



— 15 — 

do del Masnou había de ser bueno por fuerza! ¡Pues no fal- 
taba más sino que este Capitán abandonase al que todo el 
pueblo mantenía!.... ¡Dos onzas! ¡Cuando me vean llegar tan 
rico! (Transición.) Convidaré á mi padrino el Quimet, á los^ 

del ñas hermell, á los de Perico Los convidaré á todos, sí, 

señor; daré un convite general, para que no crean que el di- 
nero me ha hecho orgulloso; y también mandaré decir unas 
misas por mi madrina, que tanto me quería. (Conmovido.) 
¡Pobrecita madrina! ¡Qué buena era! ¡No la olvidaré nunca! 
Aunque llegase á marqués ó capitán, siempre diría que soy 

ahijado de la Pilota (Transición.) ¡Ea, ea! ¡Señor Jaumet!, 

¡vamos á cuentas! Es necesario que se formalice usted y 
piense lo primerito en equiparse; porque la verdad es que 
los hábitos (mirándose) no corresponden á un capital de dos 
onzas de oro. ¡Y qué bonitas! (Mirándolas.) ¿Dónde habrán 
estado metidas, que no han envejecido? ¡A mí qué me im- 
porta dónde han estado! Ahora las tengo yo; son mías; las 
he ganado con el sudor de mi frente. (Transición.) Y que no 
es mentira; porque aquella cajita pesaba más ¿Qué dia- 
blos tendría dentro? (Dándose una palmada en la frente.) 
¡Tonto de mí! ¡Está claro! ¡Tenía onzas! ¡A qué tantas pre- 
cauciones, si no! (Transición.) Llegamos á una casa: el señor 
del alma caritativa me mandó esperar en una esquina y que 
no me moviese hasta que él no me llamase. Así lo hice; y 
si no me llama en toda la noche, allí me quedo; ¡no faltaba 
más, después de lo que había hecho por mí! Entró en la 
casa, y no tardó mucho en salir; pero estaba tan atolon- 
drado, que me dijo: «Toma el niño.» Y me dio la caja. 
Y de veras que parecía un niño el bulto que traía. ¿Lo se- 
ría? ¡Quién sabe! ¡Pobre señor! Quizás sea viudo, y la pena 

de marchar sólito con su hijo le hiciese andar así No, 

pues si tiene un niño, yo le cuidaré todo el viaje; jugaré 

con él, le serviré de madre Y queriéndole mucho pagaré 

á su padre el beneficio que me hace Y á todo esto, aquí 

me estoy pensando en lo que no me importa, y no pienso 
en lo que más prisa me corre: en preparar el equipaje. (Con 
énfasis.) 1L\ equipaje, sí, señor; 3^0 tendré equipaje (Bien- 
do.) ¡Qué gracia! (Con resolución.) Compraré seis camisas, dos 
trajes, un par de zapatos para diario y dejaré estos para los 

días de fiesta digo, no; compraré unos para los días de 

fiesta y echaré estos á todo trote. Un sombrero, un bastón, 
una sortija (Reflexionando.) Mejor que sortija será un re- 
loj Es muy útil saber labora en que uno vive ¡pero es 

tan bonito llevar sortija!.... La pondré aquí (señalando el Í7i- 
dice de la mano derecha), y la gente se quedará embobada mi- 
rándome la mano. Es el caso que también quisiera reloj; 
pero las dos cosas no pueden ser: no quiero acostumbrarme 




— i6 — 

á derrochar el dinero. Lo mejor será que juegue á cara ó 
cruz, y que la suerte decida si ha de ser reloj ó ha de ser 
anillo. {Mirando una onza.) Por aquí sortija y por aquí re- 
loj. A la una á las dos á las tres. {Tira la onza, y 

ésta se hace pedazos al cliocar contra el suelo. Queda asombrado 
un instante, y rompe á llorar con desconsuelo. Coge uno de los 
pedacitos y lo mira mucho.) ¡Cómo no ee había de romper, si 
es oro de vidrio! ¡Qué desgraciado soy! ¡Pero qué desgracia- 
do! {Llora otro poco, y toma una resolución. Coge los pedazos) 
Voy á recoger los pedazos; mañana se los enseño al Capi- 
tán para que me crea y me dé otra. También á él le habrán 
engañado. ¡Pobre señor! Si en esta tierra son capaqes de 
cualquier cosa. Tengo yo muchísima razón en querer mar- 
charme de La Guaira. En el Masnou jamás se vén estas pi- 
cardías. {Saca la otra, onza, que habrá guardado cuando tiró la 

primera.) Esta infeliz se ha quedado huérfana y parecen 

iguales. Yo no entiendo de moneda; pero he visto que jue- 
gan con ellas á la pelota para saber si son buenas. Vamos á 

ver: si bota, buenísima; si no bota {La tira con fuerza, y 

también se hace pedazos.) {Con rabia.) Pues esta ya no cuela. 
{Dirigiéndose al mar.) ¡Pillo! ¡granuja! Me ha engañado como 
á un chino. Sabía que eran malas; ¡está claro! Por eso ha 

sido tan generoso {Transición rápida.) No; ese tunante no 

puede ser del Masnou; el Marinero me ha engañado. ¡La- 
drón! Me ha robado dos onzas; me las ha robado; me las 
ha sacado del bolsillo. Ya no quiero su pasaje, ni su caridad, 
ni sus onzas. Ahora mismo voy á coger un bote... . cualquie- 
ra el primero que pille para desahogarme llamándole 

pillo delante de la tripulación. Me acercaré mucho al bu- 
que, y gritaré: «¡Ah de la. Bella Susana!» «¡Quién va!», me 
contestarán. «Jaumet» diré yo; «el ahijado de la Pilota del 
Masnou, que viene á llamar pillo y ladrón al Capitán, por- 
que le ha estafado dos onzas.» Y viraré en redondo, bogan- 
do firme para tierra, no sea cuento que suelten un bote y 
me den caza. Voy, voy ahora mismo. ¡Pillo! ¡bribón! {Vase 
corriendo á lo largo del muelle) ■ * 

ESCENA VI 
PA-^IA, sola. 

Patria {entrando agitada). — No están. {Mirando al embarcadero.) 
Tampoco está el bote. ¿Por qué me habrá engañado? Mi pa- 
dre estaba cenando tranquilamente, y por no alarmarle no 
me he atrevido á contarle lo que el Capitán me ha dicho. Se 
sorprendió al verme entrar tan agitada, y me disculpé ase- 



- 17 — 

garandóle que tenía el presentimiento de que le ocurría 
algo. Me dijo que de allí habían salido juntos Daniel y el 
Capitán, y que él por sus achaques no había querido venir 
á cenar con nosotros. ¿,Qué misterio hay aquí, Dios mío? 
¿Habrá pasado algo á Daniel? El Capitán debe haber vuelto 
á bordo. Su bote ha marchado. Pero ¿y mi marido? ¡Qué 
cosa tan extraña! Si hubiese por aquí alguien á quien poder 

preguntar {Acercándose al embarcadero.) Allí diviso una 

embarcación. ¡Eh! ¡Botero! 

Jaumet (en el mar lejos). — ¿Quién llama? 

Patria. — Atraca: te necesito. 

Jaumet (más /ejos).-^^o puedo, llevo mucha prisa. 

Patria. — ¿Has visto por casualidad al Capitán de la Bella Su- 
sana? 

Jaumet, — Por casualidad, no, señora; por desgracia. 

Patria. — ¡Dice que lo ha visto por desgracia! 

Jaumet {más lejos). — ¡Valiente pillo, me ha dado dos onzas falsas! 

Patria [dando un grito). — ¡Jesús! ¡Falsas! ¡Ah! A mi padre le ha 
pagado en esa moneda; bien claro me lo ha dicho: ochenta 
mil pesos en onzas de oro. ¡Oh! sí, ese hombre ha urdido 
alguna trama horrible; su turbación, su desasosiego, la 

mentira del accidente Quería alejarme, no hay duda, y 

antes habría alejado á Daniel con otro engaño. ¡Acaso 
huye en este momento! ¿Será posible tan criminal proce- 
der? ¡Voy á buscar á mi marido! No me atrevo á volver 
á casa de mi padre: le mataría la impresión. Pero ¿y mi 
Daniel? ¿Qué habrá inventado ese hombre para alejarle de 
aquí? Voy á casa; tal vez esté allí, y si no está, le buscaré 
para que impida la marcha del buque hasta reconocer las 
monedas. ¡Oh! Mi corazón me decía que la amistad y los 
consejos de ese hombre habían de ser funestos á Daniel. 
¡Dios mío! ¡Dios mío! no consientas una tan grande felonía. 
( Vase corriendo.) 



i--^"^ 



ESCENA VII 



^^^'^*^ JAUMET.— Luego PATRIA. 

/Jaumet {atracando el bote y saltando en tierra). — ¡Infames! Se han 
dado á la vela, y aunque me hubiese reventado bogando no 
los hubiera alcanzado; ¡y eso que me tocó un botecillo más 
ligero!.... Pero ¡quiá! Pronto llegué áver que la goleta no es- 
taba en su sitio, y mirando, mirando, la divisé saliendo á 
todo trapo. Hasta la brisa les favorece, porque sopla más 
que otros días. ¡Si todos los pillos tienen suerte! Y el que 
se compadecía de mi ¿quién sería? ¡Quién había de ser, otro 



tunante! Lo juraría por todo este puñado de cruces {cruzando 
las manos entrelazando los dedos) sin temor de condenarme. 
¡Sabe Dios lo que llevaría en aquellos bultos! ¿Sería de veras 
un niño? ¿Lo habrá robado, como el otro me robó mis dos 
^ onzas? ¡Ah maldito! Si alguna vez te cojo por banda, soy 
^ " capaz de romperte la cabeza ó de meterte un cop de puny que 
te salte las muelas ¡Adiós esperanzas mías! 

Patria (dentro). — ¡Daniel, Daniel! {Sale.) 

Jaumet.— Soy Jaumet. 

Patria. — ¡Por Dios! Dime si has visto á mi marido. 

Jaumet. — No tengo el gusto de conocerle. 

Patria. — Compadécete de mí; me han robado á mi hijo. 

Jaumet {rápido y con entusiasmo compasivo). — ¡Ah! ¿Un niño pe- 
queñito? 

Patria. — Sí. ¿Sabes dónde está? ¡Habla! 

Jaumet. — Lo han embarcado. 

Patria. — ¿Quién? Contéstame, ¡por Dios! ¡por tu madre! 

Jaumet, — Dos infames: el Capitán de la Bella Susana y un ami- 
góte suyo. 

Patria {aterrada). — ¡Jesús! ¡Un amigo! ¿Qué señas tiene? 

jAUMET.-^¿Señas? No lo sé. Sí, tiene barba {Puede indicar al- 
guna otra seña de la persona ó traje del actor á que se refiere.) 

Patria. — ¡¡Daniel!! ¡Llévame, llévame, por Dios! Anda, no te 
detengas; me roban á mi hijo. ¿SalDCS tú lo que es un hijo? 
¿Sabes lo que es una madre? ¡Anda, anda! 

Jaumet. — ¡Miserables! {Con desconsuelo). — Han huido. 

Patria {contiendo hacia el embarcadero gritando). — ¡Hijo! ¡¡hijo!! 
{Cae desplomada antes de realizar la intención de tirarse al mar.) 

Jaumet {gritando). — ¡Socorro! ¡Aquí! {Dirigiéndose al mar.) ¡Pillos 
¡Canallas! ¡Ladrones! ¡Algún día nos veremos! {Amenaza con 
los puños, y se vuelve á socorrer á Patria, gritando:) ¡Socorro! 



telón rápido 



^^'7'^!^'7^^T^^J'T^FT^iFir^}^''f'^^''f^^ 



HKi<-K-l^A^:-Ki<-i^^^^ 



ACTO I 



Chalet elegante. Jardín con verja al fondo y puerta en el centro de la 
verja. A la derecha, el cJiálet conescalinata principal yotramás pequeña frente 
al público. A. la izquierda, un pabelloncito para el portero, sobre cuya puerta 
de entrada se leerá «Conserje», y ventana frente al público, haciendo juego 
ala segunda escalinata del chalet. — Mesas de mármol, bancos, mecedoras, 
plantas, etc. — Aparece Q.uimet, el conserje, recortando las plantas con unas 
tijeras de jardín. 



^;/^cM yW^^^ 



ESCENA PRIMERA 
QUIMET.— Luego JAMET. 

QuiMET. — Aunque con buenos modos, lo cierto es que la señora 
me ha dicho esta mañana que tengo el jardín descuidado. 

El descuido no es cosa mayor; pero como la señora es así 

No hay nada más exigente que el dinero, ¡carape! ¡Quién le 
había de decir á mi camarada Alejandren el Roig que su 
hija había de subir tanto!.... ¡Cuidado que ha subido! ¡Cara- 
pe! Cuando la casó con Montagut (dándose una paltnada en la 
boca), con el señor Montagut, ya sabía que el yerno prometía 
mucho. Y cumplió ¡carape! cumplió lo que prometía: es 
banquero, millonario, personaje y 

Jaumet {desde la verja). — ¿Señor Quimet? 

QuiMET. — ¿Quién me llama? 

Jaumet. — Ün amigo. Haga usted el favor de abrir. 

Quimet. — ¿Un amigo? (Acercándose á la verja y mirando mucho.) 
Así será; pero yo no tengo el gusto de conocer á este amigo 
que me ha caído de las nubes. 

Jaumet. — No, señor Quimet, si no me he caído de ninguna par- 
te. Vengo de las Américas. 

Quimet (con alegría).— ¿De las Amériy>as? (Abre con prisa y satis- 
facción.) Pues muy bien venido, y tanto gusto que haya lle- 
gado con la salud que representa. 



— 20 — 



Jaumet (entrando).— ¡Ahráceme usted, señor Quimet! 

QuniET. — No tengo inconveniente. {Después de abrazarle) Pero ¿se 
puede saber á quién abrazo? 

Jaumet. — Míreme usted bien primero, á ver si me reconoce. 

{Quimet lo mira y da vueltas d su alrededor para verle mejor.) 

Quimet. — Jamás de los jamases he visto á usted. 

Jaumet. — Pues todavía me duelen los pescozones {tocándose la 
nuca) que usted me tiene dados. 

Quimet.— ¿Yo? ¡Ave María y qué bruto sería yo entonces. De eso 
hará mucho tiempo. 

Jaumet. — ¡Bastante! ' 

Quimet. — Pero en suma: ¿quiere usted decirme quién es? 

Jaumet. — Soy Jaumet, el ahijado de usted y de la Pilota. 

Quimet.— ¡Ánimas benditas! ¿Tú eres aquel muchacho? ¿Tú? 
¡Ahijado de mi alma! {abrazándole con efusión). ¡Ahijado de 
mi vida! 

Jaumet {enternecido y secándose una lágrima). — ¡Padrino! 

Qubiet. — Si ya decía yo que habías de llegar á ser hombre. 

Jaumet. — ¡Ya lo creo! {Con buen humor.) ¡Sopeña de morir antes! 

Quimet.— Quiero decir que habías de llegar á ser algo; porque 
después de tantos años en América vendrás rico. 

Jaumet. — No, padrino, vengo pobre; pero tan honrado, que soy 
digno de usted y de mi madrina, á la que jamás he podido 
olvidar. 

Quimet. — ¡Guapo muchacho! ¡Así me gusta! La pobreza no es 
deshonra, y teniendo salud para trabajar 

Jaumet. — Eso mismo pienso yo. 

Quimet. — ¿Y qué vientos te traen por el Masnou? 

Jaumet. — ¿Qué vientos pregunta usted? El corazón, padrino, el 
corazón, que ha estado siempre con ustedes. 

Quimet. — Dame otro abrazo, Jaumet. Esto}' orgulloso de haberte 
tenido en la pila con mi prima, que esté en gloria. {Transi- 
ción.) Conque vamos á ver, ¿dónde tienes el equipaje? — 
Porque siendo yo tu padrino, supongo que vivirás conmi- 
go. Esto}'' aquí recogido casi por caridad, desde que no pue- 
do navegar. Hago de portero, de jardinero y de amo, cuando 
no están los señores, y como soy sólito, me sobra la mitad 
de ese palacio {señalando la portería). No creo que moleste 
á nadie permitiéndome el lujo de hospedar á mi ahijado. 

Jaumet. — ¡Muchas gracias, padrinito! Si hubiera venido solo, 
aceptaría su hospitalidad por unos días; pero vengo acom- 
pañado. 

Quimet. — ¿Te has casado? ¿Dónde está tu mujer? 

Jaumet. — No me he casado; pero traigo compañía. 

Quimet. — ¡Malo, malo, malo, malo! Eso 5^a no me gusta. La mo- 
ralidad es lo que ÍDios manda, ante todo. Si mis amos lo su- 
pieran, ni hablar contigo me dejarían; porque esta casa es 



Jaumet (iyiterrumpiendó). — ¡Pero padrino! usted se lo piensa y se 
lo dice todo. ¡Si la compañía que traigo es mi ama! La sirvo 
desde hace veinte años. 

QuiMET. — ¡Acabaras! Eso me regocija. Tan larga fecha denota 
que te has portado bien. Tu señora será alguna ricachona 

Jaumet. — No, señor; es una señora muy pobre 

QuiMET. — ¿Te estás burlando de mí? 

Jaumet. — ¡Dios me libre! Y para que no se confunda usted más, 
voy á explicarme. Ante todo, ¿dónde están los señores? 

Quimet. — El señor Marqués, en Barcelona, y los demás paseando 
en bote. 

Jaumet.— ¿Y quién es ese señor Marqués? 

Quimet. — ¿Que quién es? ¡(Jarape! ¡Vaya una pregunta! ¿Que 
quién es el señor Marqués de la Trinidad? ¡Pues si es más 
conocido!.... ¡Claro, como tú acabas de llegar, no sabes!.... 

Jaumet. — Sé que aquí hay dos amos: el que fué capitán de la 
Bella Susana y un marqués que es socio suyo y casi her- 
mano. 

Quimet.— ¡Chist!.... ¡Calla!.... Aquí no se habla jamás del tiempo 
viejo. La señora no quiere oir que su marido fué antaño ca- 
pitán de goleta. 

Jaumet. — Descenderá ella de algún virrey 

Quimet.— ¡Ya, ya! ¡Si es la hija de Alejandrón el Roigl ¿Te 
acuerdas tú del Roig? 

Jaumet. — ¡Maldita sea su estampa! ¡Pues no me he de acordar! 
Si me embarqué con él, y me dejó en La Guaira aban- 
donado. 

Quimet (bajando la voz). — Pues mira, no es mucho mejor la hija. 

Jaumet, — Padrino: antes que vuelvan, quiero hablar con usted 
de un asunto que me interesa. 

Quimet. — Di. 

Jaumet. — Anteayer llegué á Barcelona con mi señora. Esta ma- 
ñana, no pudiendo resistir más el deseo de venir al Masnou, 
pedí permiso á mi ama, y ella, por no quedarse sola, quiso 
venirse conmigo. 

QuniET. — ¿Y dónde está? 

Jaumet. — Aquí cerquita; en la posada donde hemos comido. 

Pregunté allí muchas cosas que me importaban es decir, 

pregunté noticias de todo el pueblo, y supe que vivía usted 
aquí, y quiénes eran sus amos, y supe también que al seño- 
rito, hijo del Marqués, le quiere mucho todo el mundo, por- 
que es mu3^ bueno. 

Quimet {con entusiasmo.) — ¡Ya lo creo que le quieren! Hace un 
año que acabó la carrera de abogado, y ya ha ganado dos 
pleitos en favor de dos pobres del pueblo. 

Jaumet. — Ya sé que los defiende de balde. 

Quimet. — Y les paga el papel sellado. ¡Si es una alhaja el seño- 



rito Luis! Lástima que no lo merezca la mujer que ha esco- 
gido. 

Jaumet. — ¿Y quién es? 

QuiMET. — ¿Quién ha de ser? La señorita Pura, la hija del otro 
amo. 

Jaumet {aparte, bromeando.) — ¡Vamos, hija de su padre y nieta 
de su abuelo! (Alto.) ¿Y la quiere mucho el señorito Luis? 

QuiMET. — ¿Qué es querer? ¡Está ciego por ella! 

Jaumet {aparte). — Tenemos un enemigo más clamor; pero no 

hay que achicarse. (^Zío.)Pues, padrino, quisiera que hablase 
usted al señorito para que concediese una audiencia á mi 
señora. Teniendo tanto talento como dicen, podría aconse- 
jarle lo que debe hacer en una cuestión que la trae á Espa- 
ña. ¡Cómo ella es pobre! 

Qüimet. — ¿Y es cosa justa...;, de buena ley? 

Jaumet. — ¡Y tan de buena ley! 

Quimet. — Pues dalo por hecho; el señorito no se negará. (>S'e oye 
cerca de la verja una carcajada de Para.) ¡Ahí vienen! Métete 
en mi casa, para que no te vean así de sopetón. Cuando le 
haya dicho algo, te llamaré. Con los otros no me atrevo; pero 
con él 

Jaumet. — Aproveche usted la primera ocasión, porqug quere- 
mos volver hoy á Barcelona. 

Quimet. — Descuida. 

{Jaumet entra en la casa del portero, y cierra éste la puerta; después 
corre á abrir la verja. Aparecen Susana, Pura, Luis, y después 
pausadamente Montagut, que se irá á sentar- en un banco cerca de 
la ventana, donde estará Jaumet curioseando por verles á todos, 
especialmente á Luis; pei'o sin dejarse ver de ellos. A Montagut 
no le verá, por estar sentado casi al pie de la ventana, hasta que 
lo marque el diálogo.) 

ESCENA II 

'"'^ SUSÍKA, PI^Ía, MS, MOÍímGUT, QUIMET y JAUMET, 
//y*^ / / / en la portería. 



/: 



Susana {entrando). — ¿No ha venido el señor Marqués? 
//I Quimet. — No, señora. 

Susana {mirando los arbustos). — ¿Parece que te ha servido la re- 
convención de esta mañana? 

Quimet. — ¡Y si supiera usted cuánto siento merecerlas! 

Pura. — Si lo sintieras, pondrías más cuidado en aprender lo que 
te enseñamos. 

Quimet.— ¿En qué la he disgustado á usted también, señorita? 



/ 



/ s 



— 23 — 

Pura. — Me has disgustado y me disgustas ahora mismo. Mil ve- 
ces te he dicho cómo debes tratarnos, y siempre te olvidas; 
¿por qué no pones cuidado? 

QuiMET. — ¡Tengo tan mala memoria! ¡Si quisiera usted repetir- 
me la lección! 

Pura. — ¡Si no hay cosa más fácil! En lugar de decirme: «Si qui- 
siera usted», debes decir: «Si quisiera la señorita » A las 

personas de nuestra clase no se da el usted. Lo mismo ha- 
blas al señor Marqués, y eso no se puede tolerar. 

■Jaumet {desde la ventana). — ¡Miren la nieta del Roig, y habla ella 
de tú á un viejo como mi padrino! 

Luis. — No te apures, Quimet; trátanos como puedas. El cariño 
que nos tienes vale más que todas las cortesanías. 

Quimet (con alegría). — ¡Señorito! 

'Jaumet (con orgullo). — ¡Ese ya es otra cosa! Ahi habla el corazón 
de su madre. 

Susana. — Tratándose de nosotros y en familia, se le puede dis- 
pensar; pero respecto al Marqués 

Montagut. — ¡El Marqués! Siempre lo tiene en los labios; señal 
que también lo tiene en el corazón. 

■Jaumet (asomándose). — ¿Quién refunfuña por aquí? (Con coraje y 
admiración.) ¡Es el Capitán! (Beprimiéndose.) ¡Ah canalla! Si 
no fuera por no echarlo todo á perder, ahora mismo saltaba 
sobre ti y te acogotaba. 

Susana (levantándose resueltamente de una mecedora). — ¿Vamos á 
esperar al Marqués? 

Montagut. — Yo estoy un poco fatigado, y te agradecería que no 
fueses. Pueden ir estos (indicando á Luis y Pura) con la 
doncella. 
AUMET. — ¡A que se marcha mi abogado! 

Susana (enojada). — No veo por qué motivo haya de quedarme 
precisamente yo, que no estoy fatigada. 

(Montagut se levanta y se acerca á Susana. Jaumet, que leve mejor, se 
sorprende de su estado de abatimiento.) 

'Jaumet. — ¡Qué viejo está! ¡Qué abatido parece! 

Montagut (bajo á Susana).— ¿Y si te lo ruego yo? 

Susana. — Como no pasa de ser una tontería .... 

Montagut (cou enojo). — ¿Y si te lo mando? 

Susana (con altanería).— \Entonces iré! 

Montagut (con humildad). — ¡Pues te lo ruego! 

Susana (hace una mueca despreciativa). — Me quedaré, por no dar 
un espectáculo delante de mi hija. 

Quimet (aparte). — ¡Y el pobre Jaumet aguardando á que lo lla- 
me! ¡Pero' quién diablos habla ahora al señorito! 

Susana (sentándose de nuevo y alto á Luis y Pura) — Le esperare- 
mos aquí; quizás no tarde. 

Quimet (ajmrte). — ¡Esta es buena! Si pudiera llevarle hacia la 









— 24 — 

huerta. (^Zío.) Señorito, ¿quiere usted ver qué hermosos van 

los pimientos que planté el otro día? 
Luis. — Sí, con mucho gusto. ¿Vamos, Purita? 
Pura {con mimo y displicencia). — ¡Ay! ¡A ver pimientos! 
Luis (acercándosele con amor). — Te dispenso de mirarlos. ¿Vienes? 
Pura (cogiéndose de su brazo con coquetería). — Vamos. Hasta 

luego, mamá. 
MoNTAGUT. — ¡También yo estoy aquí, hija mía! 
Pura.— Sí ya lo sé. Me he dirigido á los dos. (Vanse.) 
QuiMET (atoarte). — Me parece que no podrán dar razón de las 

plantas; pero yo podré atreverme á pedirle al señorito la 

consulta para Jaumet. ( Vase tras ellos.) 

ESCENA III 
SUSANA. MONTAGUT y JAUMET, oculto. 

Jaumet. — ¡Sabe Dios cuánto tardará ahora mi padrino! Estoy en 
ascuas. Si á la señora se le acaba la paciencia y se me en- 
caja aquí ¡Tiene tal afán por ver á su hijo! «¡Verle, ¡verle! 

me decía, «¡aunque no le hable!» Pero hay que tener calma; 
debemos asegurarnos primero. Estamos en mal terreno. Si 
estos infames nos reconociesen, serían capaces de pagar para 
que nos asesinasen. 

(Susana habrá estado balanceándose distraída en la mecedora. Monta- 
gut observándola y luchando consigo mismo antes de hablar.) 

Montagut (con dulzura). — ¡Susana! 

Susana (indiferente). — ¿Qué? 

Montagut. — ¿Quieres acercarte? 

Susana. — No estoy tan lejos 

AUMET. — ¡Qué amable es la noya! 

Montagut. — Tengo algo que decirte, y es de índole tal, que no 
me atrevo 

Susana.— Alguna majadería. 

Montagut (alterado).— ¡Susanal 

Susana (en el mismo tono). — ¿Qué? 

Montagut (dominándose). — ¿Es decir que no quieres acercarte? 

Susana.— No veo la necesidad. Habla desde ahí, si quieres. 

Montagut (levantándose con violencia). — Está bien; hablaré. 

'"aumet. — ¡Qué gusto! ¡Se van á tirar las macetas á la cabeza! 

Montagut (acercándose á Susana y después de titubear). — Es abso- 
lutamente indispensable que pongamos término á esta si- 
tuación. 

Susana. — ¿Y era eso todo lo que tenías que decirme en secreto? 

Montagut. — No; tengo que decirte más, mucho más. 

■J AUMET. — Pues oigamos. 



/ R 



— 25 — 

tíuHASA. {levantándose con aparente tranquilidad). — Comienza: ya te 
escucho; pero te advierto que si pretendes desenterrar aque- 
llos ridiculos celos que han dado lugar á mi actitud presen- 
te, romperé con las consideraciones sociales y 

AUMET. — ¡Celos, eh! 

MoNTAGUT. — ¿Qué dices? ¿Que romperás?.... ¿Serías capaz de 
abandonarme de abandonarme, viejo, enfermo del cuer- 
po y moribundo del espíritu?.... ¡A mí! \ A tu esposo! ¡Al 
hombre que ha hecho de su hogar una religión y de tu her- 
mosura un ídolo! No, no es posible. Xo has querido decir 
eso. ¿Verdad que no, Susana de mi alma? No hay duda; in- 
terpreto mal tus palabras. ¡Cómo has de pensar en abando- 
narme!.... Estás enojada conmigo; tienes razón. Te he fal- 
tado; he dudado de tu amor, de aquel amor con que recibías 
al feliz navegante, que arrostraba todos los peligros invo- 
cando tu nombre. * 

Susana (con hastio). — A que recordar ahora 

MoNTAGUT. — Ciertamente, ¿á qué recordar si para nuestro amor 
no han cambiado los tiempos? ¿Verdad que no han cam- 
biado para el tuyo? (Pequeña transición.) Soy más viejo, sí, 
ya lo sé; pero tampoco eres tú aquella joven.'.... 

Susana. — ¿Era para llamarme vieja por lo que tenías interés en 
que me quedase? 

Montagut.— ¿Vieja á ti? ¡A tí, que reúnes la gracia y la belleza 
de todas las mujeres! ¡Pues si es tu hermosura la que me 
consume, la que me mata! (Exaltándose.) Tu hermosura, que 
comparo con mi decrepitud y me produce el más horrible, 
el más infernal de los tormentos. (Transición.) Óyeme, Susa- 
na mía; mírame, y contéstame poniendo el corazón en la 
mirada. ¿Me quieres todavía? ¿Conservas para mí un resto 
de aquel amor que fué mi gloria? 

Susana.— Vaya; hoy estás insoportable. 

Montagut (oprimiéndole una muñeca). — Pero contéstame. 

Susana. — ¡Qué me haces daño] 

Montagut (acariciándole la muñeca dulcemente.) — ¿Te hago daño? 
¡Si no quiero hacerte daño! ¡Daño á ti! ¡A mi bien amado! 
¡Perdóname! (Besándole la mano, que ella pretende retirar.) 
¡Soy un loco, un insensato! ¡Susana de mi vida! Los celos, 
la duda y la desesperación me trastornan; no sé lo que hago, 
no sé lo que digo. 
AUMET. — Este ya está pasando el infierno en vida. 

Susana. — Por eso mismo debes meditar las palabras antes de 
pronunciarlas.. 

Montagut. — Sí, sí, ya lo haré; no volveré á molestarte. Pero 
ven. Contéstame. (Quiere cogerle otra vez la mano, c¿ue ella re- 
tira). ¿Por qué huyes? ¿Te repugna el contacto de mi mano? 
¿Te molesto? 



— 26 — 

Susana. — No; pero Luis y Pura pueden volver 

MoxTAGUT. — Toda^^[a no te he dicho lo que quería decirte. 
Susana (intranquila). — Pues acaba pronto. 

/Jaumet. — Ya estoy j'^o al cabo de la calle de todo lo que pasa en- 
/ tre esta gente, 

MoNTAGUT (tomando la resolución de hablar). — ¿Qué has pensado 

tú que deben hacer Pura y Luis? 
Susana. — Casarse; me parece que eso ya lo tenemos acordado 
MoNTAGUT. — No he sabido explicarme; quise decir lo que harán 

después de casados. 
Susana.- — Harán un viaje por el Extranjero. 
MoNTAGUT. — Soy un torpe; tampoco es eso lo que te pregunto; 

lo que me preocupa es dónde vivirán. 
Susana (aparte). —Te comprendo. (Alto.) ¿Que dónde vivirán? En 

su palacio. ¿Acaso no pertenece al Marqués, y no son ellos 

herederos det' título y de la fortuna? 
MoNTAGUT.— Tienes razón; no me acordaba que el palacio que 

habitamos en Barcelona, nada tiene que ver con la sociedad 

Jiménez-Montagut. (Vacila.) Susana, voy á pedirte un favor, 

del cual pende mi vida. 

/Jaumet. — Pues' no te la salva. 
Susana.— Acaba; parece que te complaces exasperándome. 
MoNTAGUT. — En cuanto se case nuestra hija, abandonemos nos- 
otros el palacio. 

Susana (aparté). — Me lo figuraba. (Alto.) ¿Que abandonemos el 
palacio? ¿Por qué? ¡Qué se diría! Veinte años reunidos, y se- 
pararnos precisamente cuando mayores vínculos Has di- 
cho bien cuando has dicho que estabas loco. 

MoNTAGUT (exasperado). — Es que no puedo más. Es que la deses- 
peración me consume. Es que odio á ese hombre, y el mejor 
día 

/Taumet (frotándose las manos). — ¡Esto marcha! 
/ Susana. — Mal pagas los beneficios que le debes. 

Montagut. — ¿Que yo le debo beneficios? 

Susana.— Sin su protección y su generosidad, todavía estarías 
mandando una miserable goleta. 

Montagut. — ¿El te ha dicho eso? 

Susana.— Me lo dijiste tú cuando me lo presentaste. — «Aquí tie- 
nes á mi hermano del alma. Ha sido tan generoso conmigo, 
que me ha hecho partícipe de un soberbio negocio.» — ¿Lo 
recuerdas? 

/3'aumet. — ¡No fué mal negocio! 
Montagut. — Lo recuerdo, sí; pero no me martirices. 
Susana. — ¡Martirizarte! ¿Por qué? Son tus palabras. 
Montagut.— Bueno; pues lo que te he dicho no es cierto. No odio 
á Daniel; es mi amigo, mi hermano; pero quiero vivir solo 
contigo, aquí, en esta misma casa, lejos de todos. 



A 



— 27 — 

Susana. — ¡Estás disparatando! ¿Qué haríamos aquí solos? ¿Eres 
tú el que me adoras, y me lo demuestras queriendo reducir- 
me á la sociedad de Quimet? 

MoNTAGUT (con violencia). — Pues no quiero que vivamos más 
tiempo en comunidad con ese hombre. 
AlUmet.— Se formaliza. 

Susana (dando la vuelta con desprecio y encogiéndose de Jiombros). — 
Díselo á él. (Se va al foro, mirando hacia el camino de Barcelo- 
na, que se supone á la izquierda.) 

MoNTAGUT (hablando solo). — ]Q,ne se lo diga yo, yo! Para que se 
burle de mí, para que me insulte, como tiene por costum- 
bre ¡Oh! todos me desprecian. Se aman entre sí, y á mí 

me aborrecen. ¿Pero por qué? Porque soy un estorbo. Ella 

desea mi muerte para ser marquesa ¡Oh! ni mi hija me 

quiere. ¡Miserable, miserable de mí, que no puedo romper las 
cadenas que me ligan á ellos!.... (Transición.) Allí está; mira 

si viene le aguarda..... Para él todas las miradas, para él 

todas las caricias. ¡Oh! y la quiero cada día más la ido- 
latro 

Susana (viendo á Pura y á Luis). — ¿Qué tal los pimientos? 

MoNTAGUT. — Que no me vean llorar. ¡No quiero que me compa- 
dezcan! (Vase por la escalinata principal del chalet.) 

/CyJ ESCENA IV 

SUSANA, P^KA, Ia/lS, QUIMET. y luego JAUiOlT. 

Pura.— ¡No han estado malos pimientos! ¿Sabes para qué nos ha 
llevado? Para pedirle á Luis que oiga en consulta á una se- 
ñora que ha venido de América. 
Susana. — ¿Y qué señora es esa? 

Luis. — Ahora nos lo dirá un ahijado de Quimet que está aguar- 
dando en la portería. 
Susana (sobresaltada). — ¿Ahí? ¿Y por qué metes dentro de la po- 
sesión personas desconocidas? 
/Jaumet. — Teme que me haya enterado de sus mañas. 
/' Quimet.— Señora, como es de confianza para mí, creí que no 
hacía daño á nadie. 
Susana. — ¡Que salga inmediatamente! 
/-Jaumet (aparte). — Voy á tranquilizarla. 
/ Quimet (abriendo la puerta y sin mirar adentro). — ¡Jaumet! (Jau- 
met se habrá recostado contra la ventana, haciendo que duerme 
sentado y á la vista del público.) 
/Jaumet (aparté). — Duermo. 

' Quimet. — ¡Jaumet! (Se oye un ronquido muy fuerte de Jaumet) ¡Je- 
sús, se ha dormido! 



/ 



— 28 — 

Pura. — ¡Qué bruto! 

Susana {aparte). — Felizmente, porque así no habrá escuchado. 

(Quimet entra en la jwrteria y sacude á su ahijado.) 

QuiMET. — ¡Jaumet! ¡Despierta, muchacho! 

"aumet. — ¡Eh! ¿Quién me llama? 

Quimet. — Que te aguarda el señorito Luis. 
AUMET (levantándose, restregándose los ojos y estirándose la ameri- 
cana).— ¿El señorito Luis? ¿El señor abogado? Voy corrien- 
do. (Sigue á Quitnet.) 

Quimet. — Aquí está mi ahijado, señorito. 

Jaumet (se inclina con respeto, sin afectación). — Ser%ddor de los se- 
ñores. (Aparte.) A ver si ellas me encuentran fino. 

Pura (á la madre). — No parece tan bruto, á pesar del ronquido. 

Luis. — Me ha dicho tu padrino que quieres hacerme una con- 
sulta. 

Jaumet. — No soy yo el que quiere hacerla: es mi señora. En la 
posada nos dijeron que el señorito tenía mucho talento, que 
era muy bueno por eso me he atrevido á suplicar 

Luis. — En la posada te han engañado; pero ten la seguridad de 
que haré cuanto pueda por servir á tu señora: puede venir 
cuando guste. 

Jaumet. — Ahora mismo pero (Aparte.) La primera prueba. 

(Alto.) Mi señora..... 

Luis.— ¿Qué? 

Jaumet. — Que es mulata. 



: Mulata! 



Pura. / 

Susana. \ 

Luis. — ¿Y qué importa? ¿Dejará de ser una mujer que necesita 
justicia? 

Jaumet. — Pues si los señores me dan su permiso, voy corriendo; 
la pobre está como asustada Luego ¡es tan corta de ge- 
nio!.... 

Luis. — ¡Pobre mujer! ¡Tráela, ¡tráela pronto! 

Jaumet. — Sí, señor, sí; ya estamos aquí. (Vase corriendo por el fo- 
ro derecha.) 

Susana.— Como no me importa la consulta, voy al tocador entre- 
. tanto llega el Marqués. Quimet: inmediatamente que avis- 
tes el coche, manda que me avisen. 

Qubiet. — Está bien, señora. 

(Entra Susana en el chalet por la escalinata principal, y vase 
Quimet por el foro izquierda.) 



— 29 — 

ESCENA V 
LUIS y PUKA.— Luego PATRIA y JAUI^JET. 

Luis (acercándose á Pura precipitadamente y con alegría infantil). — 
Hace lo menos dos horas que no me has dicho que me quie- 
res. 

Pura. — Las mismas debe hacer que tú no me has llamado bo- 
nita. 

Luis (sorprendido). — ¡Tanto tiempo! (^Precipitadamente.) ¡Pues bo- 
nita, preciosa, hechicera!.... 

Pura. — Embustero; ¡si me quieres muy poquito! 

Luis (poniéndose serio). — ¿Que te quiero poco? Si eres mi vida, 
mi cielo, el ángel de mis ensueños. 

Pura. — Entonces, ¿por qué me robas el tiempo? 

Luis. — ¿Que te robo el tiempo? 

Pura. — Sí; defiendes pleitos, admites consultas y pasan las ho- 
ras muertas sin que te ocupes de mí. Cuando nos casemos, 
te prohilúré tener ocupaciones. 

Luis. — Prohíbemelo ahora, si quieres: te obedeceré sumiso; pero 
no puedo negarte que me gusta ejercer mi carrera. ¡Me dis- 
trae tanto! 

Pura.— Pues eso es lo que yo no quiero; te distraes y note ocu- 
pas de mí. 

Luis. — Me ocupo de ti en todos los momentos, en todos los ins- 
tantes de mi vida; pero los pobres que padecen hambre y 
sed de justicia ¡me inspiran tanta lástima! 

Pura (coquetamente). — Y yo que padezco hambre y sed de pala- 
bras dulces, ¿no te inspiro ninguna? 

Luis. — ¡Amor mío! 

Pura. — Ahora vendrá esa mujer y tne robará lo menos me- 
dia hora. 

Luis. — ¡Sabe Dios lo que pasará por ella! 

Pura.— Podía haber acudido á otro. (Resueltamente.) Me voy. 

Luis (suplicándole). — No, quédate. ¡Ya ves; una consulta hecha 
en el jardín! (Hablando en voz baja, queriendo Luis convencer- 

'^ la. Entretanto aparecen Jaumet y Patria por el foi'o derecha. 
Patria se detiene para mirar á través de la reja. Jaumet siem- 
pre pugnando por contenerla.) 
^ Jaumet. — Si no tiene usted calma, lo echaremos todo á perder. 
^ Patria! — Si no puedo; si me mata la impaciencia por verle, por 
oirle. 

Jaumet. — Piense usted que estamos en la cueva de las fieras; 
piense usted que si su corazón la vende, no podrá explorar 
el de su hijo. Quien sufriendo esperó tantos años, ¿por qué 
no ha de esperar unos días? (Se adelantan.) 



A 



— 30 — 

Patria {viendo á Luis, ahoga un grito). — Aquel es, ¿verdad? 

Jaumet.— Sí, aquel es. ¡Por Dios, por él, ya que no sea por usted! 
¡Calma mucha calma! Vamos, ¡ánimo! ¡valor! {Alto, dirigién- 
dose á Luis.) ¡Señorito! 

Luis. — ¿Ya estás aquí? 

Patria {queriendo correr, Jaumet la detiene). — ¡Ah! ¡su voz! 

Jaumet. — Esta es mi señora. 

Luis. — Tengo mucho gusto 

Patria. — Permítame usted besar su mano. Estoy tan reconocida 
á que ha3"a querido usted recibirme, agradezco tanto 

Luis. — ¡Por Dios! si esto no vale la pena; no me avergüence us- 
ted con una gratitud que no he ganado todavía. 

Patria. — Eterna se la consagraré, por la bondad con que me re- 
cibe. {Reparando en Fura.) Señorita, discúlpeme usted; no 
había reparado 

Pura {secamente). — No tengo qué disculpar. {Aparte.) ¡Si querría 
, darme la mano! 

Luis. —Me ha dicño su criado que quiere usted consultarme un 
asunto que la trae á España. Hábleme usted sin temor: ¿de 
qué se trata? 

Patria. — De la historia de mi vida; de una página ■ de horror 
{movimiento de sorpresa en Luis y Fura), pero no escrita por 
mí. ¡Oh, no! Yo soy la víctima. 

Luis. — Sí, sí; lo creo; comience usted. 

Patria {pequeña pausa.)— '&oy hija única de un matrimonio hon- 
rado y bastante rico. Mis padres quisieron darme educación 
esmerada, sin suponer que me exponían á un mundo de 
sinsabores; presentir la luz, j tener inertes las pupilas; ver 
flores, y no percibir su fragancia; nutrir la fantasía con 
grandezas humanas, y saber que no formamos parte de la 
Humanidad; poner el alma en la mente para elevarla á re- 
giones deslumbradoras, y oir que nos está vedado penetrar 
en aquel paraíso ¿Se puede dar mayor tortura? ¿Com- 
prende usted que puede haberla? 

Luis {conmovido). — La compadezco á usted, y vislumbro el ori- 
gen de sus desgracias. 

Patria. — :¡Ah! ¿usted me compadece? ¿usted me comprende?.... 

Jaumet (Ijajo á Fatria). — ¡Por Dios! 

Patria {^reponiéndose). — Perdonen ustedes mi emoción: los re- 
cuerdos aveces me conducen Seré breve: no quiero mor- 
tificarles por mucho tiempo. {Transición.) Un hombre 

blanco digo mal un monstruo pero bello, como de- 
bió serlo el ángel malo, supo fingirme un amor santo y puro, 
y hacer brotar en mi pecho una pasión inextinguible. Mi 
padre desconfiaba de la pureza de sus intenciones, y ni con 
todas sus astucias y promesas pudo conseguir que le hicie- 
se administrador de nuestra fortuna hasta que nos unimos 



— si- 
en matrimonio. Tuvimos un hijo; ¡un hijo, blanco! ¡Dios oyó 
mis ruegos! Temblaba temiendo que se me pareciese, y cuan- 
do supe que tenía el color de su padre, encontré pequeña la 
tierra para albergar mi dicha; mi esposo parecía feliz, y se 
mostraba muy amante. ¡Oh! ¡Con cuanto dolo hacía caer 
en sus redes á mi pobre padre! Poco á poco fué apoderán- 
dose de su voluntad, hasta que le obligó á vender nuestras 
haciendas, con la esperanza de obtener resultados más con- 
siderables traficando en productos indígenas. Hicieron 
acopios hasta emplear todo el dinero, y no tardó en presen- 
tarse un buque español cuyo capitán era íntimo amigo de 
mi esposo. Compró el capitán lo almacenado, y embarcó 
toda la fortuna de mi padre; pero esa fortuna fué trocada 
por onzas de oro falso, y la misma noche que el capitán 
hizo el pago, huyó mi esposo con él, robándome mi hijo 
después de ahogar á una negra fiel servidora que velaba 
al pie de la cuna. 

Luis. — ¡Pero eso es monstruoso! 

Patria. — ¿Verdad? ¿Verdad que es horrible? 

Luis. — ¿Y tiene usted las pruebas de cuanto dice? 

Patria. — Sí; las tengo. 

Luis. — ¿Y donde se guarecen esas fieras? ¿Qué bóveda celeste las 
cobija sin aplastarlas? 

Patria. — ¡Ah! usted reprueba esa infamia, ¿verdad? usted dice 
que mi color no autoriza á ningún hombre para asesinar á 
una madre robándole su hijo, ¿no es cierto? ¿No es cierto que 
las madres todas somos iguales? ¿No es cierto que los hijos 
han de mirarse antes que en el rostro en el alma de la que 
les dio el ser? ¡Dígame usted que no estoy equivocada! ¡Dí- 
game usted que cuando encuentre á mi hijo me llamará 
madre!.... 

Jaumet (bajo á Patria). — ¡Por Cristo! {Patria se rehace). 

Luis.— Tranquilícese usted, se lo ruego, y acabe de contarme esa 
historia que ya interesa mi alma. 

Patria. — He concluido ¿Qué más puedo decir después de ha- 
ber dicho que me han quitado á mi hijo?.... Cuando loca y 
arrebatada llegué al muelle, el buque se había dado á la 
vela. Caí sin sentido 

Jaumet. — Y yo que estaba allí trinando contra los fugitivos, por- 
que también me habían robado dos onzas dándomelas 

falsas, pedí auxilio á gritos. Se reunió gente; recogimos á la 
señora, pensando que estaba muerta, y como felizmente la 
conocían algunos de los que se acercaron, la trasladamos ú 
su casa. Sin que nadie me autorizase para semejante fran- 
queza, me quedé allí toda la noche y al día siguiente 

y al otro y en fin, hasta hoy. 

Luis. — ¿Cuánto tiempo hace de eso? 



— 32 — 

Jaumet. — ¡Uf! era yo un chiquillo. 

Patria.— Hace veintaaños. 

Lris. — ¿Y cómo no ha perseguido usted hasta hoy á los infames? 

Patria.— Porque me ha sido imposible. Mi padre contrajo una 
enfermedad, cuyo resultado fué una parálisis que le ha pos- 
trado en el lecho durante dieciocho años. Se agotaron los 
pocos recursos de que podíamos disponer, y entonces este 
infeliz {j^or Jaumef), esta providencia que nos deparó el cielo, 
trabajó sin descanso para entregarnos el fruto de susafanes. 

Jaumet. — ¡Bah, bah, bah! eso no es nada; también mi madrina 
trabajaba para mantenerme cuando yo era pequeño. 

Patria. — ^Murió mi padre, y entonces pude entregarme de 
lleno á la esperanza de encontrar á mi hijo. Trabajamos 
Jaime y yo con más fe que nunca, y al Cfl,bo de dos años 
habíamos reunido lo suficiente para venir á España. Sin él, 
sin el apoyo, sin los alientos que me infundía este fiel ami- 
go, tal vez no hubiera tenido yo fuerzas para conservar la 
existencia. 

Jai'met. — ¿Quiere usted callar? Mire usted, señorito: yo era un 
muchacho atolondrado y sin juicio: pero lo que aquellos pi- 
ratas hicieron con mi señora y con su padre, y las dos onzas 
que me quitaron la ilusión de ser rico cuando ya me creía 
un potentado, me clavaron aquí {señalando el corazón) una 
cosa que me volvió otro. Juré que nos veríamos algún día, 
y yo no juro en vano. 

Luis. — ¡Bien! {Entusiasmado.) Eres un hombre de gran corazón 
{poniéndole la mano en el hombro): de los que á mí me gustan. 

Pura. — (¡Qué confianzas les da! Así, siempre les tendremos en 
casa.) 

Jaumi;t {intranquilo). — Señora, debemos marchar, porque hemos 
de volver hov á Barcelona. 

Luis. — Pero no me ha dicho usted los nombres de los villanos. 

Jaumet {precijñtadamente). — Cuando los encontremos Ahora es- 
to}' yo sobre la pista, y no tardarán en caer. 

Patria. — Sí, sí; los sabrá usted cuando vea los documentos. 

Pura. — Figúrate qué clase de hombres serán, algunos bandidos 
' que anden robando en cuadrilla. 

Patria. — ¡Oh, no! ¡Mi hijo!.... 

Pura.— Su hijo de usted habrá seguido con ellos el camino de 

presidio; porque el mal ejemplo como esa gentuza no se 

enmienda 

Jaumet {Va á decir algo Patria, y Jaumet la contiene). — \^^\.qwcío\ 
{Alto.) Es posible que la señorita tenga razón; pero tengo al- 
gunos datos á medias y pudiera ser que los encontrá- 
semos á mayor altura. ¡Vamonos, señora!.... 

Luís. — Bien; dentro de unos días regresaremos á Barcelona. {A 
Jaumet.) ¿Sabes dónde vivimos? 



— 33 — 

Jaumet. — No se apure usted; ya daré con la casa. 
Pura. — Es un palacio. 
Jau^iet. — Pues ya daré con el palacio. 

Luis (á Patñá). — Vaya usted á verme. Lléveme usted esos docu- 
mentos, porque estoy interesado en que la ley caiga sobre 
esos infames. 
Patria {rápidamente). — ¿Y cree usted posible que mi hijo reco- 
nozca á su madre en la pobre mulata? ¿Cree usted que es- 
^t^ tampará sus labios en mi rostro sin avergonzarse? 

- Luis. — No puedo aventurar una contestación; depende 

W QuiMET. — El señor Marqués. 
vM Jaumet. — Vamonos, vamonos. 

Patria. — Sí; adiós, adiós; gracias, mil gracias. Hasta muy pron- 
to. ( Vanse corriendo por el foro derecha.) 
(Quimet se meterá en la casa cuando entra el Marqués, y sale de nuevo, 
yéndose hacia la puerta.) 

ESCENA VI 
LUIS, PUKA y el MAKQfUÉS. 

Luis. — Has hecho mal en decir á esa madre infeliz que su hijo 
puede estar en presidio. 

Pura. — Es lo más probable. 

Luis. — No lo niego, pero es muy duro 

{Aparece el Marqués, que se para en la puerta mirando á Jaumet y 
Patria. Luis y Pura corren á su encuentro.) 

Marqués. — ¿Quiénes son aquellos que huyen? {Pura le pone la 
frente para que se la bese.) 

Luis. — No huyen: salen de aquí. Han venido á consultarme. 

Pura. — Di mejor que á contarnos una historia. 

Luis. — Pero ¡qué historia, padre mío! 

Pura. — Figúrate: una mulata que viene desde América á buscar 
un hijo que le robaron. 

Marqués {sobresaltado). — ]Eh! ¿Cómo? ¿Quién? 

Pura. — Su marido, que huyó en un buque cuyo capitán enga- 
ñó al padre de la mulata pagándole un cargamento en on- 
zas falsas. 

Marqués {demudándose). — ¿Qué dices? ¡Imposible! 

Pura. — ¿Qué te pasa? 

Luis. — Papá, ¿qué tiene usted? 

Marqués. — Nada. {Haciendo esfuerzos por reponerse.) Digo que no 
es posible encontrar hombres capaces de Esa mulata de- 
be estar loca, ó ha mentido. Las mujeres de su raza son 
embaucadoras y tienen la imaginación fantástica. 

Pura. — Con efecto; esta me parece un poco 



/ 



— 34 — 

Luis. — No lo creas;' está cuerda y muy cuerda, yes inteligentísi- 
ma. Tiene además documentos que acreditan cuanto dice. 

Marqués (aparté). — Es Patria, si, ¡no hay duda! (Alto.) ¿Y cómo 
se llaman esos hombres?.... ¿Lo sabéis? 

Luis. — No ha querido decírmelo, hasta encontrarlos. Cuando dé 
con ellos, me presentará las pruebas. 

Marqués. — ¿Y cómo ha llegado aquí esa mujer? ¿Quién le habló 
de ti? 

Pura.— Un ahijado de Quimet, que es criado de la mulata des- 
de hace muchos años. Vinieron á verle 

Marqués. — ¿Y Quimet se habrá entrometido? 

Pura. — ¿Pero qué tienes? 

Luis. — ¡Algo le ha ocurrido á usted! 

Marqués. — No es nada, hijos míos, no es nada; un pequeño con- 
tratiempo financiero Dejadme, voy á mi despacho Ten- 
go que hablar con Francisco, y deseo que baje. {A Pura.) 
Anda, avisa á tu padre; dile que quiero verle pronto. 

Luis. — ¿Me necesita usted para algo? ¿No puedo saber....? 

Marqués. — No vale la pena. Son cosas que afectan á negocios 
que tú no entiendes. No se trata de defender pleitos. Anda, 
vé á reunirte eon Purita. 

Luis (resignándose). — Obedezco. (Vase. Cuando va á poner el pie 
en la primera escalinata, aparece Susana muy alegre. Luis se 
^ ^ aparta para dejarla el paso, y sube en seguida.) 

7 ^/\/ Susana (bajando con alegría). — ¡Cuánto ha tardado usted! 

Marqués (sin disimular su preocupación). — Se me han enredado 
algunas cosas que no he podido despachar antes. 

Susana (sorprendida). — ¿Qué tienes? 

Marqués. — Nada. 

Susana (con gran interés). — ¿Qué te ha pasado? 

Marqués. — Te aseguro que nada que pueda alarmarte. 

Susana. — ¿Pues por qué me recibes enojado, cuando yo te aguar- 
daba con febril impaciencia? 

Marqués.— ¿Enojado contigo? No. Te juro que nada puede al- 
terar mi pasión. Son pequeñas contrariedades en los ne- 
gocios. 

Susana. — Me habías asustado: creí que me querías menos, 
j Cuánto anhelaba tu llegadal 

Marqués. — ¿Sí? Pues ya estoy aquí; pero tengo que hablar á 
Francisco. He mandado á Puraque se lo diga, y estoy espe- 
rándole. Retírate antes que baje. Te prometo subir pronto 
á decirte que estás más hermosa que nunca. 

Susana (con coquetería). — ¿No tardarás? 

Marqués. — No tardaré. 

(La lleva hasta el pie de la escalinata, y ella se despide con muestras 
de galante mimx).) 



ro- 



/. 



35 



ESCENA VII 
MARQUÉS.— Luego MONT^UT. 

Maequés {después de un momento de preocupación). — Y bien, Da- 
niel, no te acobardes. Has salido triunfante de más arduas 
empresas. ¿Temblarás ahora? No; lucharé. Esa mulata es 
Patria. Ninguna duda me cabe. Ha venido á España para 
perseguirme, para reclamarme su hijo. Sobre esto tampoco 
puedo hacerme ilusiones. ¿Pero sabrá que ha estado en mi 
casa? ¿Será casual la venida con ese ahijado de Quimet? In- 
dudablemente. De haber sabido que hablaba con su hijo, 
no hubiera podido contenerse {Pensando.) Tantos años sin 
dar cuenta de sí Cuando yo la creía muerta {Con reso- 
lución.) Nada de rehuir su presencia. Por el contrario, bus- 
carla. Sí, la buscaré. Afrontaré una entrevista; la rogaré si 

es preciso ó la amenazaré según convenga. Soy rico; 

soy poderoso ¡Desgraciada si se atreviese á luchar con- 
migo! Lo que á toda costa necesito evitar es la segunda con- 
ferencia con Luis y que éste vea esos papelee. Si encontra- 
se en ellos el nombre de su padre; si por una aberración de 
sus sentimientos quijotescos tomase la defensa de su ma- 
dre ¡oh! no quiero pensarlo Lo mejor será que no se 

vean, y no se verán, aunque para ello tuviera que hacer con 
Patria lo que hice con la negra que guardaba á mi hijo. 

-^ ¡Calma, Daniel? mucha calma, si quieres dominar la situa- 

■^ ción! 
\, {Antes de terminar el monólogo, aparece Montagut en la escalinata.) 

MoNTAGUT. — ¿Qué ocurre? ¿Qué novedad has encontrado en 
Barcelona? 

Marqués. — No es en Barcelona donde hay novedades: las en- 
cuentro aquí, á dos pasos de ti. 

Montagut. — ¿Aquí? ¿Pues qué ha pasado? 

Marqués. — ¿Ignoras que Patria acaba de salir de este sitio? 

Montagut {asombrado). — ¿Qué? ¿Qué dices? ¿Que ha estado aquí 
tu mujer? 

Marqués {contrariado). — Que ha estado aquí Patria, la hija del 
mulato Luis. 

Montagut. — Sí, la madre de tu hijo. 

Marqués {enojado). — Bien, sí, la madre de mi hijo. ¿A qué tanta 
explicación? 

Montagut. — ¿Pero quién la ha visto? ¿Con quién ha hablado? 

Marqués. — Con Luis y con Pura. 

Montagut {aterrado). — ¿Y saben? 

Marqués.— Eso es lo que necesitamos evitar: que sepan. 



_ 36 - 

MoNTAGUT (mostrando miedo y terror). — ¿Y crees que nos delata- 
rá, que dará parte á la justicia? 

Marqués. — No creo nada, porque desconozco sus intenciones; lo 
que sé es que la haré callar por las buenas ó por las malas. 

MoNTAGUT. — ¡Yo tiemblo, Daniel! Tiemblo ante la idea de que 
hable esa mujer! Seria necesario sondearla, atraerla; no 
exasperarla capitular 

Marqués. — ¡Eres un cobarde! ¡Capitular! ¿Con qué condiciones? 
¿Dándole dinero? Quizás no lo acepte. Reclamará á su 

hijo 

Monta GUT {gozándose interiormente y hablando con intención).— ¡Y 
quién sabe si alimentará la esperanza de reclamar el puesto 
que la corresponde!.... Si tú quisieras, nos perdonaría 

Marqués. — ¡Qué necedad! 

MoNTAGUT. — Mira, Daniel, yo no sé; pero siento remordi- 
mientos Patria es al fin tu esposa es la madre de 

tu hijo 

Marqués.— ¡Qué! ¿Supones acaso que el marqués de la Trinidad 
ha de reconocer por esposa á la mulata que abandonó Da- 
nielJiménez? ¿Y eres tú el que discurre semejantes absur- 
dos? ¿Tú? ¿El que me decía en otro tiempo que una mujer 
de color no tenía derechos ante Dios ni ante las leyes hu- 
manas? (Con ironía.) ¿Siente hoy remordimientos el que ur- 
dió la trama para estafar al mulato Luis, el expendedor de 
moneda falsa, el negrero despiadado, el traficante de ébano 
vivo? 

Montagut. — ¡Oh! ¡Calla, calla y recuerda que has sido mi cóm- 
plice! • 

Marqués. — Sí; tu aliado. {Con energía.) ¿Y qué? 

Montagut (afo6ar(/ár?í?ose). — ¡Nada! pero como pretendes arro- 
jar sobre mí toda la carga de nuestro pasado, recordaba 
que nada tenemos que reprocharnos. 

Marqués. — ¡Eres un miserable! 

Montagut. — Tienes razón: soy un miserable; pero no he aban- 
donado á mi esposa ni á mi hija. {Con furor reconcentrado.) 
He robado; he comerciado con carne humana; he asesinado, 
si quieres; pero ¿sabes por qué? Porque las adoraba; porque 
las adoro siempre; porque ambicionaba una fortuna para 
ellas, y he anhelado rodearlas de la felicidad que el oro pro- 
porciona. ¿Que me pagan mal, vas á decir? No lo digas: lo 
sé; lo siento aquí {golpeándose al corazón), aquí, en donde llevo 
la muerte. 

Marqués.— Déjate de sensiblerías y no divaguemos. 

Montagut. — Tienes razón; pensemos en que tu mujer está cer- 
ca de nosotros y en que puede delatarnos. 

Marqués. — Es necesario evitarlo. Procura que nadie se aperciba 



— 37 — 

de tus disgustos. Di, en todo caso, lo que yo he dicho: que 
una contrariedad en los negocios 

MoNTAGUT (interrumpiéndole).— Te parece que (Aparte) haga- 
mos una prueba. (Alto.) ¿Te parece que prevenga á Susana, 
diciéndola que eres casado? 

Marqués. — ¡Líbrate de hacerlo! 

MoNTAGüT (aparte). — ] Ah! (Alto.) Sin embargo, nada tendría de 
particular dando cierto giro á la historia 

Marqués (fmHoso).~Te he dicho que no. 

MoNTAGUT. — Bien; apuntábala idea solamente 

Marqués. — V03' á escribir una carta en seguida para enviarla á 
Barcelona. Quiero tomar medidas cuanto antes. Excuso re- 
petirte que no debes revelar • 

MoNTAGUT. — ¡Descuida! 

(Vase el Marqués por la segunda escalinata, y aparece Susana en la 
primera.) 



ESCENA ULTIMA 
MONTAGUT y SUs/nA. 

MoNTAGUT. — ¡Oh! No quiere que Susana sepa que está unido á 
otra mujer. 

Susana (bajando). —¡Francisco! 

MoNTAGUT (acariciando ideas de venganza, y aparte). — ¡Ah! 

Susana (acercándosele mucJio). — ¿Qué le ha pasado al Marqués? 

MoNTAGUT (aparte). — ¡Cuánto se interesa! 

Susana.— ¡Ha venido disgustado! ¿Por qué? 

MoNTAGUT (desentendiéndose de la pregunta). — ¿Sabes, Susana, que 
ya no tengo celos de Daniel? 

Susana.— Me alegro mucho; pero ¿qué le ha pasado? 

MoNTAGUT. — Nada de particular una tontería No se atre- 
vía á decirme que, debiendo llegar de América una persona 
intimamente ligada á él, necesitará dentro de poco todo el 
palacio de Barcelona. 

Susana (airada). — ¡Mientes! Eso no puede ser; Daniel no me 
arroja de su lado. 

MoNTAGUT (con amargura). — ¡Ah! (Alto.) No te arroja; pero nece- 
sita precisamente las habitaciones que ocupas tú. 

Susana. — ¿Las mías? ¿Para qué? ¿Para quién? ¡Habla, habla 
pronto! 

MoNTAGUT (gozándose). — Ya lo he dicho: debe llegar de América 

una persona una mujer á quien no ha visto hace veinte 

años. 

Susana (violentamente). — ¿Una mujer? ¿Y quién es esa mujer? 



_ 38 - 

¿Qué infierno la arroja entre nosotros? ¡Acaba, acaba, cruel, 
y no te goces en mi martirio! 

MoNTAGUT (aparté). — ¡Ah! ya no puedo dudar. {Alto.) Esa mujer 
es la madre de Luis, la marquesa de la Trinidad. 

Susana {desesperada). — ¡No puede ser! no! ¡Daniel! {Llamándole.) 
¡Daniel! 

MoNTAGüT {intentando taparle la boca). — ¿Por qué le llamas? ¡Yo 
estoy aquí! ¡Yo soy tu esposo! 

Susana {apartándole violentamente). — ¡Aparta, viejo imbécil! ¡Da- 
niel! {Llamando y corriendo hacia la segunda escalinata.) ¡Da- 

{Sube precipitadamente por la escalinata del despacho. La puerta se 
cierra con violencia. Montagut corre tras ella, intentando dete- 
nerla; tropieza en el primer escalón, y cae profiriendo una excla- 
mación de ira y dolor.) ' 



TELÓN RÁPIDO 






ACTO II 



Salón elegante, á todo foro, en un palacio de Barcelona. — Dos laterales iz- 
quierda y dos derecha: la primera de la izquierda se supone de las habita- 
ciones de Susana, y la segunda de las de Pura; la segunda lateral derecha, 
habitaciones de Montagut. — Sale Susana de la primera lateral izquierda, y 
toca un timbre. Aparece al foro derecha un criado. 



ESCENA PRIMERA 
SUSANA, CRm)0.— Luego CRi/dO y QUIMET. 

Susana (al criado). — Diga usted á Pepa que anuncie á la seño- 
rita que ya estoy dispuesta para salir, y al señor Marqués 
que le espero. 

Criado. — ¿Manda la señora otra cosa? 

Susana. — No. (El criado se inclina y vase por foro izquierda.) 

Susana. — ¡Horrible lucha! ¡Momentos hay en que me creo víc- 
tima de angustiosa pesadilla! ¿Casado Daniel? ¡Casado! ¡Ohl 
no, esa unión es ilegal, ese sacramento no puede ser váli- 
do. Daniel tiene razón: le será fácil anularlo; es poderoso^ 
y vencerá las dificultades que se le opongan. ¡Insensata! 
¿Abrigará la esperanza de ser marquesa? ¡Qué locura! ¡Mar- 
quesa una mulata! ¡Oh! ¡Nunca! Ese puesto ha de pertene- 
cer á una dama que sepa darle brillo, que sepa honrarlo 

Ese puesto es mío. 

Criado (entrando por el foro derecha). — ¿Señora? 

Susana. — ¿Qué? 

Criado. — El señor Marqués ha subido á las habitaciones del se- 
ñorito. 

Susana. — ¿Y por qué no ha ido usted á llevarle mi recado? 

Criado. — Quise anunciar antes á la señora que acaba de llegar 
el señor. 

Susana (vivo). — ¡El señor! ¿Cómo? ¿Con quién? 

Criado. — Le acompaña Quimet. Deben haber venido en el tren. 



— 40 — 

Susana. — ¿Dónde están? 

Criado. — El señor en su despacho; Quimet espera órdenes para 
regresar á la quinta. 

Susana. — Que suba, y no avise usted al señor Marqués. (Medio mu- 
tis del criado.) ¡Ah! diga usted á Pepa que no salga del toca- 
dor la señorita hasta que yo la llame. ( Vase el criado.) 

Susana. — ¡Esta venida repentina! Ahora querrá verme; querrá 
provocar un escándalo con una escena de celos y recrimi- 
naciones ¡Bah! ¿Y qué me importa? ¿Qué puede hacer ni 

decir el hombre que tanto tiene por qué callar? 

Quimet (entrando foro derecha). — ¡Señora! 

Susana (violentamente). — ¿Por qué has traído al señor? ¿Por qué 
no has cumplido las órdenes que se te han dado? ¿No te 
hemos dicho que cuando estuviese en disposición de venir, 
avisases para que fuese el coche á buscarle? 

Quimet. — Señora, yo no le traje: le obedecí solamente; por más 
esfuerzos que hice, no he podido contenerlo. Anoche se des- 
pejó como si nada le hubiese pasado. Me preguntó dónde 
estaban ustedes, y le contesté lo que usted me dejó dicho: 
que se habían venido precipitadamente á Barcelona, por- 
que el señor Marqués quería apresurar la boda de los seño- 
ritos. 

Susana. — ¿Y qué ha dicho á eso? 

Quimet. — Se quedó un rato pensativo; luego me preguntó qué 
le había pasado. «Nada de particular», le contesté: «que su- 
biendo la escalinata del despacho del señor Marqués, se dio 

usted un golpecito.» Al oír esto se puso furioso y decía 

unas cosas A todo el mundo desafiaba. Se calmó por 

fin; pero seguía desvariando y me hacía preguntas, á las 
cuales yo no sabía contestarle. Que á qué había ido mi 
ahijado al Masnou; que si sabía quién era la mulata que lo 
acompañaba, y tanto machacó sobre lo mismo, que me obli- 
gó á ir á la posada, para que averiguase si estaban allí to- 
davía. 

Susana. — Tonterías del señor. (Con indiferencia.) ¿Y qué te dije- 
ron en la posada? 

Quimet. — Lo que yo sabía: que se volvieron á Barcelona en 
cuanto consultaron con el señorito Luis. 

Susana. — Bien; puedes marchar cuanto antes. 

Quimet. — Cuando usted me lo mande. 

Susana. —¡Ya te lo he mandado! ¡Vete! 

Quimet. — Pues que usted lo pase bien. (Saliendo %j aparte.) ¡Qué 
mal educado es el dinero! ¡carape! Ni las canas respeta. 
( Vase.) 



41 — 



ESCENA II 



SUSANA.-Luego MONT/GUT y CRIADO. 

{Susana hace sonar el timbre. Aparece el criado por el foro, á tiempo a 

que sale Montagut por la segunda lateral derecha. Susana le ve, /^ ^t'cL rjíl 
y vacila.) 

Susana {volviéndose al criado). — ¡No he llamado! {El criado hace 
medio mutis.) Sí, sí; diga usted á Pepa que traiga mi sombre- 
ro y que aguardo á la señorita. ( Vase el criado.) { Volviéndose 
rápidamente á Montagut.) Estarás contento después de ha- 
bernos puesto en ridículo, presentándote sin avisar. 

Montagut. — ¿Desde cuándo necesito embajador ó enviado que 
me anuncie para llegar á mi casa? 

Susana. — No se trataba de ninguna embajada: se trataba de man- 
dar un carruaje á buscarte. 

Montagut.. — ¡Mejor hubiera sido no dejarme solo! ¿Tanta prisa 
os corría venir? 

Susana. — Creo que no ignoras la urgencia: allí estábamos expues- 
tos f. un escándalo, 

Montagut. — ¿Hay algo más urgente para una mujer que velar á 
la cabecera de su esposo enfermo? 

Susana {con altanería). — Sí; velar para encubrir las infamias que 
ese esposo ha cometido en otro tiempo. 
i Montagut. — Ya me figuraba que ese miserable 

Susana {con rabia). — ¿A quién llamas miserable? ¿A quién culpas 
de que yo lo sepa todo? Cúlpate á ti, que en hora maldita 
me revelaste parte de vuestro secreto. 

Montagut. — Pero yo no soy tan criminal como Daniel; yo lo 
he arrostrado todo por ti y por nuestra hija. Sin mi valor, 
sin mis audacias, no brillaríais como brilláis; y tú lo has di- 
cho: ¡sería yo todavía el capitán de una miserable goleta! 
¿Me recriminas á mí solo? ¡A mí, que no he tenido más ley 
que tu capricho ni más voluntad que para satisfacer tus de- 
seos! Compara mi conducta con la del hombre á quien de- 
fiendes. El abandonó á su esposa, robó á su hijo, vendió á 
su padre político Yo no hice sino lo que hacen otros: pre- 
parar un negocio, abrirme un camino y seguirlo sin vacilar, 
pisoteando todo lo que no fueseis vosotras. Tú eras muy 
hermosa; tenías ambición; ansiabas eclipsar á las demás 
mujeres, y yo, que cifraba la compensación de mis afanes en 
las caricias que me prodigabas, cuando te hacía presentes 
que halagaban tu vanidad, suponía ¡necio de mí! que debías 
alzarme un templo en tu corazón {Con desesperación.) ¿Por 
qué te ensañas con tu esposo? ¿Por qué no acusas á Daniel? 



i' 



— 42 — 

Susana. — Daniel ha obrado por instigación tuya. Por tu causa 
dio su nombre á una mujer que le deshonra. 

MoxTAGUT. — ¿Te ha dicho eso? ¡Pues miente! Se casó con ella 
por que la quería. (Gozándose en martirizar á Susana.) 

Susana. — La despreciaba como la desprecia hoy. 

MoNTAGUT. — No, no la despreciaba. Patria era una mulata her- 
mosa, inteligente, bien educada, y soj^re todo era una espo- 
sa modelo, una mujer que no engañaba á su marido, que le 
rodeaba de felicidad, que no le hubiera dejado enfermo á 

merced de servidores ¿Quién te ha dicho que una mujer 

asi deshonra al que le dio su nombre? 

Susana. — ¿Quieres callar? ¿Necesitaré repetirte que estoy dispues- 
ta á todo antes que tolerar tus majaderos insultos? 

MoNTAGUT. — ¡Susana! ¡Susana! 

Susana (viendo á Pura que sale por la segunda laieral izquierda). — 
¡Silencio! 

r'cJ^yt/'^ ESCENA III 

'^ f 1 

^ -CHICHOS y P'ü'EA, seguida de la doncella que trae el sombrero de Susana. 
/ Luego el MAE0TJÉS y LUIS. 

(Pura con traje elegante de calle y el sombrero puesto.) 

PuEA (sorprendida al ver á su padre). — ¡Ah! ¿Ya estás aquí? ¿Cuán- 
do has venido? 

MoNTAGUT. — Hace un rato. 

Pura. — Pero ¿cómo? 

MoNTAGUT. — En el tren. 

Pura. — ¡Qué cosas tienes! Como cualquier simple mortal. 

MoNTAGUT (con amarga sonrisa). — O como cualquier mortal sim- 
ple ¿Pero no me das un beso ni me preguntas cómo 

estoy? 

Pura (besándole). — Ya decía Daniel que no tenías otra enferme- 
dad que las consecuencias del golpe. Luis no quería venirse: 
estaba empeñado en quedarse contigo. (Durante este diálogo, 
Susana está en el espejo poniéndose el sombrero y arreglándose.) 

MoNTAGUT. — ¡Ah! ¿Luis creía que debíais acompañarme? 

Pura. — Luis es muy exagerado. No podíamos convencerle, y fué 
necesario que Daniel se formalizase, diciéndole que le era 
indispensable su presencia en Barcelona. (Transición) ¿Y sa- 
bes que nuestro matrimonio va por la posta? 

MoNTAGUT. — Sí, y me alegro mucho. 

Pura. — Mamá y Daniel se empeñan en que vayamos Luis y yo 
solitos á las magníficas fiestas que se preparan en Londres. 

Susana (desde el espejo). — No podíamos buscarte mejor ocasión 
para el viaje de novios. (Aparecen por el foro el Marqués y 
Luis.) 



— 43 — 

Pura (corriendo hacia ellos). — ]Ah! ¿Vendréis á tiendas con nos- 
otras? (Luis se dirige á Montagut y le saluda con afecto.) 
/Marqués (acariciando á Pura). — ¡Ah picarilla! Necesitas mi com- 
pañía, ¿eh? 

Susana. — ¡Como se trata de regalos! (Hallan los tres formando 
grupo.) 

Montagut (á Luis). — Ya sé que quisiste quedarte conmigo. Te 
doy las gracias. 

Luis. — ¡Gracias! ¿De qué? Era un deber; pero papá estaba preo- 
cupado; me dijo que tal vez necesitase de mi, y no tuve más 
remedio que venirme. 

Montagut. — ¡No valía la pena! 

Marqués (á Pura). — Te doy carta blanca hasta diez mil duros, 
y no te olvides que deseo regalar una diadema á la futura 
marquesa de la Trinidad. Puedes encargarla. (Susana vuelve 
al espejo.) 

Luis. — Papá, ese regalo es prematuro. Yo quiero que viva usted 
muchos años. 

Susana (arreglándose). — ¡Y quién sabe! No es usted tan viejo 

para renunciar á embellecer otra cabeza con esa 

diadema. 

Montagut {aparte).— ¡Oh! 

Marqués (sonriendo). — Es difícil. 

Pura (á Montagut). — Y tú, ¿qué me regalas, papá? 

Montagut. — ¿Yo, hija mía? Lo que quieras. Cuanto tengo es 
tuyo. Dispon como te plazca. 

Pura. — Prefiero que me digas de cuánto puedo disponer para 
hacer á Luis los presentes. 

Luis. — ¿Para mí? ¿Qué mejor presente que tu amor? 

Pura. — Ese no es regalo que pueda exhibirse. 

Montagut (con cariño).— Y tú quieres que se hable de las joyas 

que la novia regala á su prometido que se comente el 

buen gusto 

Pura.— Es natural. 

Montagut. — Pues emplea en ellas cinco mil duros. ¿Te parece 
bastante? 

Pura.— [Ya lo creo! 

Montagut.— Y diez mil para ti. ¿Estás contenta? 

Pura. — Lo mismo me regala Daniel. 

Susana (aparte al Marqués). — ¿Sabes algo? 
^ ^ Marqués (ídem á Susana).— l^ndsi todavía. No te preocupes, y ve- 
/ ' i te tranquila. 

^ i^ Criado (en el foro). — Cuando las señoras gusten. El carruaje es- 
/jl pera. (Vase.) 

Susana. — ¿Vamos, niños? 

Luis. — ¿Yo también? 



— 44 — 

Makqués. — También. Debes elegir tú mismo aquello que más 
te agrade para tu novia. 

Luis. — ¡Como soy tan lego en esas cosas! 

Pura. — No te apures; ya te ilustraremos nosotras. 

Susana (bajo al Marqués). — ¿No vienes? 

Marqués (ídem á Susana). — Tengo que hacer. (Alto.) ¡Ea! mar- 
chad cuanto antes. Necesitáis mucho tiempo para emplear 
veinticinco mil duros. 

Pura. — Adiós, papá. Hasta luego, Daniel. 

Marqués, i xa-' 

MoNTAGUT. ^^<iios- 

Luis (despidiéndose de Montagut). — Debe usted retirarse á des- 
cansar. 

Susana {saliendo). — Ya se lo he dicho yo. 

{El Marqués los acompaña hasta el foro, y vuelve precipitadamente 
después que han salido. Susana vuelve la cabeza alguna vez, y se 
despide con coquetería.) 

ESCENA IV 
MARQUÉS y MONTAGUT. 

Marqués. — Creí que no acababan de sal^r. {A Montagut.) ¡Ha- 
brás quedado satisfecho después de revelar á Susana que 
vive la madre de Luis! 

Montagut. — ¡Lo estarás tú después de haberme presentado á 
BUS ojos como un monstruo! 

Marqués. — Tú has comenzado la historia: yo no hice más que 
terminarla. {Transición.) Pero dejemos las discusiones para 
ocasión más oportuna. Has hecho bien en venir inopinada- 
mente. Es muy posible que te necesite. 

Montagut.— ¿Para qué? 

Marqués. — Para lo que te mande. Patria debe presentarse 

aquí de un momento á otro. 

Montagut. — ¿Que debe presentarse aquí? 

Marqués. — ¡Aquí! 

Montagut. — ¡Es una imprudencial 

Marqués. — La imprudencia sería provocar una expUcación en 
otra parte. ¿Dónde mejor para....? 

Montagut. — ¿Qué pretendes? 

Marqués. — ¿No lo sabes? Hacerla callar por buenas ó por 
malas. 

Montagut. — ¿Y estás seguro que vendrá? 

Marqués. — ¿Quién lo duda? La he llamado en nombre de Luis. 

Montagut. — ¿Y cómo has averiguado dónde vive? 

Marqués.— ¿Tan difícil lo encuentras teniendo poder y dinero? 



- 45 — 

Anteayer di las órdenes, y anoche ya la habían encontrado 
mis sabuesos. (Mirando al reloj.) 

MoNTAGUT. — Yo no quiero verla. No me obligues á soportar sus 
insultos. 

Makqués. — Si por buenas acepta mis proposiciones, nada exigi- 
ré de ti. 

MoNTAGüT.— ¿Y si no las acepta? 

MiV TIQUES.— Entonces ¡quién sabe! Un veneno que embote 

su memoria, que mate sus facultades Un auto que abra 

una celda en un manicomio La muerte civil sin respon- 

sabiHdad legal No somos en el mundo los únicos que 

desean riquezas {Transición.) Es preciso que aguardes en 

tus habitaciones. Cierra la puerta de comunicación interior. 
Hay que evitar que grite, y debemos estar dispuestos á todo. 
¿Lo entiendes? 

MoNTAGUT. — Vamos á empeorar nuestra situación. 

Marqués. — ¿Dudas? Está bien. ¿Sabes lo que te aguarda si esa 
mujer nos delata? ¡La miseria y el grillete del presidiario! 

MoNTAGUT. — Pero hay medios Ofrécela dinero, dale cuan- 
to pida. 

Marqués. — ¿Y crees que después de tantos años habrá hecho el 
viaje sólo para venderse? 

MoNTAGUT {pensando). — ¡Quizás!.... ¡Si lográsemos comprar al 
hombre que la acompaña! Por ahí debías haber comen- 
zado. 

Mi»RQUÉs.— Ya te he dicho que veremos cómo se presenta. Pero 
antes que sucumbir estoy decidido á que desaparezca de 
cualquier modo que sea. 

MoNTAGUT {con afán). — Y después nos separaremos para siem- 
pre, ¿verdad? Tú harás también que Susana me acompañe 
de iDuen grado á otro país. Yo necesito otros aires, otra vida, 
y tú puedes 

Marqués. — Es un desvarío pensar en cosas de tan poca monta. 
Decide si te conviene más seguir siendo el poderoso señor 
Montagut ó servir de befa y de escarnio á los que hoy te 
respetan por tu dinero y porque eres mi socio. 

Montagut {con furia). — ¡No me digas que también he de ser es- 
carnecido por los extraños! 

Marqués. — Pues no discutamos ni perdamos tiempo. Espérame 

ahí {señalando las habitaciones de Montagut), dispuesto á 

lo que sea. Escucha nuestra conversación, y por ella com- 
prenderás lo que tienes que hacer. Si te necesito, sal inme- 
yjf diatamente. 
/f/ Criado {al foro). — ¡Señor Marqués! 
S|/ Marqués. — ¿Qué hay? 

Criado, — Preguntan por el señorito, y como vuecencia ha man- 
dado que se le avise. 



I A / 



/: 



— 46 — 

Marqués.— ¿Es una señora? 

Criado. — Sí, señor. 

Marqués. — Hazla pasar aquí. {Empuja á Montagut, que se mete 
precipitadamente en la segunda lateral derecha.) 

ESCENA V 
MAKQUÉS. -Luego PAt/iA y JAUMET. 

Marqués. — Vamos á vernos frente á frente. Ha de ser grande su 
sorpresa. Indudable es que no sabe con quién habló en el 
Masnou. Ignora que Luis es su hijo, y no puede presumir 
^ _ 7- que soy yo el que la espera. ¿Por dónde comenzará? Por in- 

^- '' sultarme; por apurar el vocabulario de los dicterios. {Peque- 

'^ ña pausa.) ¡Diera parte de_mi fortuna por tener algo que re- 

criminarla! {Aparecen Patria y Jaumet. El criado que los guía 
se retira.) 

Patria {viendo al Marqués y bajo á Jaumet). — ¡No me había en- 
gañado! 

Jaumet Qyajo á Patria). — No es el señorito Luis. 

Patria {bajo á Jaumet).— Es su padre. 

{Jaumet revela en la fisonomía la sorpresa y el odio. Patria se levan- 
ta él velo y adelanta hasta quedar frente al Marqués. Este, al 
verla, da un paso atrás y queda vacilante, sobrecogido por la 
tranquila actitud de Patria. Esta se muestra severa, casi alta- 
nera. Jaumet se coloca detrás de ella,[á cierta distancia, y mira al 
Marqués fijamente.) {Pausa.) 

Patria. — ¿Me ha llamado usted para inclinar la cabeza en mi 
presencia? No lo creo. 

Marqués {con fingida humildad). — Al juez toca hablar primero. 

Patria. — ¿Supone usted acaso que vengo á juzgarle? Hace mu- 
cho tiempo que le tengo juzgado. 

Marqués. — ¿Que no vienes á juzgarme? 

Patria. — No. 

Marqués. — ¿Entonces?.... 

Patria. — Vengo á buscar á mi hijo. 

Marqués {aparte.) — Su tranquihdad me desconcierta. {Reparan- 
do en Jaumet, que se moverá dando muestras de alegría por Uis pa- 
labras de su ama.) ¿Quién eres tú para asistir á nuestra confe- 
rencia? 

Jaumet. — ¿Yo? ¿Yo? Yo soy el criado de mi ama. 

Marqués. — Pues sal inmediatamente y espera en el lugar que te 
corresponde. 

Jaumet. — ¡Quiá! no me separo de mi señora: me inspira poca 
confianza la compañía. 

Marqués. — ¡Insolente! {Se dirige á pegarle.) 



— 47 — 

Y ÁTKi A (interponiéndose). — Debo advertir á usted que me hago 
solidaria de sus palabras. 

Maequés. — Pues yo no puedo tolerar que oiga nuestra conversa- 
ción. Sería depresivo para mí. 

Patria. — Nada puede oir que le sorprenda. Me acompaña {acen- 
tuando las frases) desde la noche que zarpó de La Guaira la 
Bella Susana. 

Jaumet. — Y por si no me ha reconocido, soy el que le ayudó á 
usted á robar á la señora, el que cargó con la cajita que 
tanto pesaba, el que 

Marqués. — ¡Silencio! y tráteme usted según mi clase. Soy el 
Marqués de la Trinidad, y tengo excelencia. 

Jaúmet. — Me alegro mucho, y ya lo sabía. 

Marqués {á Patria). — Si no le mandas salir, llamaré á los cria- 
dos para que lo arrojen. 

Jaumet. — Mejor que mejor; asi me obligará usted á cantar claro, 
y los criados sabrán algunas excelencias de su excelencia. 

Patria {d Jaumet). — Te ruego que salgas. » 

Jaumet. — Señora: el que hace un cesto hace ciento. Dejar á us- 
ted sola con este marqués, es tentar á Dios. 

Patria. — No tengo miedo. ¡Anda, obedece! (Jaumet se va refun- 
fuñando.) 

Marqués. — ¡Tantas explicaciones á un criado!.... Por cierto que 
llamarían la atención de cualquier malicioso. 

Patria (mirando al Marqués con altivez). — Antes concedía á usted 
la honra de odiarle. Ahora ahora le desprecio. 

ESCENA VI 
MAKQUÉS y PATRIA. 

(Pausa.) 

Marqués. — Debes presumir, Patria, que al traerte á mi casa no 
me guía ningún sentimiento que pueda hacerte recelar. Se 
trata de Luis, y como de nuestra conversación ha de resul- 
tar su felicidad ó su desgracia, es necesario que nos despo- 
jemos de todo lo que no sea ísiYoráble. (Indicando un asiento.) 
Sentémonos, y calma la agitación que te domina. 

Patria. — Ni estoy agitada, ni quiero sentarme. 

Marqués. — Como gustes. Tu actitud me demuestra que no es- 
tás dispuesta á que nos entendamos. Has dicho que no vie- 
nes á juzgarme. 

Patria. — Y lo repito. 

Marqués. — ¿A qué vienes, pues? 

Patria. — Ya lo he dicho también: á buscar á mi hijo. 

Marqués.— Eso es imposible. 




-48 - 

Patria (exaltada).— ¿Imposible dices? ¿Pues para qué me has 
llamado invocando su nombre, si no es para devolvérmelo? 
¿Supones que he de aceptar otra cosa que no sea el hijo de 
mis entrañas? ¿Juzgas mi alma por la tuya? Ahora com- 
prendo esa humildad con que pretendes engañarme. 
Marqués. — ¿Engañarte? No. Quiero exponerte la situación, para 
que tu buen criterio juzgue. {Trancisión y pausa.) Del pasa- 
do no hablemos; cuanto yo dijese para disculpar mi con- 
ducta, no hallaría eco en tu corazón, porque verías en mis 
palabras un insulto á tu raza; pero te juro que te quería lo 
bastante para no haberte abandonado, si hubiéramos sido 
iguales. 
Patria. — ¿Yo igual á ti? ¡Gracias doy al cielo por no serlo! 

Marqués. — Quiero decir (Montagut escucha y se deja ver delpú- 

hlico.) 
Patria. — ¡Te comprendo! Quieres decir que mi color resultaría 
mancha repulsiva en las Kmpidas lunas que adornan tus 
salones. ¿No es esto? ¿Y me querrás decir en qué espejo 
contemplas el alma de esa mujer que ocupa mi lugar, para 
no verla más negra que mi rostro? 
MoNTAGüT {oculto). — ¡Oh! 

Marqués. — Repara que atacas el honor de una dama. 
Patria. — Ni esa mujer sabe lo que es honor, ni tiene más con- 
dición para ser dama que el dinero robado por su marido. 

Marqués. — No puedo tolerar 

Patria. — Estamos perdiendo el tiempo, ¿Para qué me has lla- 
mado? ¡Acabemos de una vez! 
Marqués. — Pues acabemos. Para que renuncies á Luis. 
Patria. — ¿Que renuncie á mi hijo? Antes renunciará la tierra 

al sol que la da vida. 
Marqués. — Renunciarás, porque no tendrás otro remedio. 
Patria. — ¡Ah miserable! ¿Qué nueva trama quieres tejer? 
Marqués,— ¡Parece que ya no me desprecias! ¡Parece que vuel- 
ves á odiarme! Así te prefiero. 
Patria. — ¡A odiarte, sí; á maldecirte! ¡Asesino de Rosa! ¡Ladrón 

de mi padre! 
Marqués. — Tus insultos no me ofenden: los aguardaba. Te he 
dicho que tendrás que renunciar á Luis, y voy á probártelo. 
Antes de ocho días estará casado con una joven á quien 
adora, ¿Supones que ha de reconocer por madre á una mu- 
jer á quien su esposa rechace? 
Patria. — ¿Y supones tú que el hombre nacido de mi seno 
puede anteponer el amor venal de una coqaeta al amor pu- 
rísimo de su madre? 
Marqués. — Si su madre tiene el color de los esclavos, sí. 
Patria.— ¿Y quién eres tú para llamar esclavos á los que hizo 
libres un código escrito con la sangre del Redentor del 



— 49 — 

mundo? ¡Yo no soy esclava sino de mi honra! Esclavo tú, 
que arrastras la cadena de tu pasado y sufres el yugo de la 
ignominia. ¡Esa, esa sí que es esclavitud infamante! 

Makqués. — Si la palabra esclavo te ha mortificado, sustituyela 
por otra. 

Patria. — Nada de lo que tú me digas puede mortificarme; lo 
desprecio todo. 

Marqués.— Desprecíalo ó no lo desprecies; pero te repito que 
Luis se avergonzaría si supiese que tú eres su madre. 

Patria. — ¿Que se avergonzaría de mí y no se avergüenza de la 
madre de su prometida?.... 

Marqués. — Respeta á una señora que nada te ha hecho. 

Patria.— ¿Te parece que no me ha hecho nada y ha educado en 
su escuela á la que quiere ser esposa de mi hijo? 

Maequés. — ¡Basta! Deja ya los insultos, y piensa lo que te he di- 
cho. Luis no me recriminará, porque me quiere, y no acu- 
sará á Montagut, porque sería tanto como acusar á la que 
ama. ¿Quieres ponerle en el caso de entregar á su padre y 
al padre de su esposa al fallo de la ley y al escarnio del 
mundo? 

Patria. — ¡Oh! el corazón me dice que mi hijo no me rechazará. 
Es bueno: compadece á los desgraciados 

Marqués. — Sí, compadece á los desgraciados, y seguramente no 
trataría de abandonarte; pero te diría lo que yo te digo: to- 
ma dinero, vuélvete á América y no interrumpas nuestra 
felicidad. ¿Qué más podría hacer? 

Patria. — Pues cuando me lo digan sus labios, creeré en mi des- 
gracia; entretanto, nadie me hará ceder. 

Marqués. — Piensa que Luis es heredero de un título y que la 
sociedad tiene exigencias. 

Patria. — Si la sociedad tuviera exigencias, ¿te admitiría en su 
seno? 

Marqués. — ¡Soy Marqués! ¡Soy Grande!.... 

Patria. — ¿Y á quién has engañado para serlo? ¿De dónde has 
sacado los cuarteles de tu escudo? ¡Ah, sí, ya sé! Una negra 
estrangulada; un anciano paralítico, y para que nada falte á 
tu nobleza, algunas onzas bien doradas notando en la su- 
perficie de un mar de lágrimas. ¿Son estas las armas de tu 
casa? 

Marqués. — ¡Insensata! {Con resolución y coraje.) ¡Acabemos! 

Patria. — ¡Eso quiero! ¡Acabemos! 

Marqués. — Estoy dispuesto á devolverte la cantidad que perte- 
nece á tu padre, con los intereses que haya devengado, y do- 
blarla, si es menester; pero á condición de que te embarques 
para La Guaira en el primer vapor. 

Patria. — No. 

Marqués. — ¿No quieres el dinero de tu padre? 



/ 




— so — 

Patkia. — Quiero el dinero de mi padre para mi hijo, y á mi hijo 
para mí. 

Marqués. — ¿Es decir que pretendes hacer valer tus derechos? 
¿No sabes que tengo poder suficiente para anular nuestro 
matrimonio? 

Pateia. — ¿Y lo tendrás para evitar que yo sea la madre de tu 
hijo? De tu hijo, no; tú no sabes lo que son hijos; tú no 
eres su padre; yo te he engañado. ¡Luis no es hijo tuyol 

Marqués (con irá). — ¡Callal Por última vez ¿aceptas lo que te 
propongo? 

Patria. — No. 

Marqués. — ¿Y te atreves á medir tu pequenez con mi gran- 
deza? 

Patria. — Sí; desprecio tu título, no quiero tu nombre; pero 
quiero mi hijo, ¡mi hijol ¿Lo entiendes? 

Marqués. — Patria, que estás apurando mi paciencia; te aconse- 
jo que aceptes. 

Patria. — No. 

Marqués. — Aceptarás por fuerza. ¡Montagut! {Se precipita sobre 

ella, la coge por el cuello y la tapa la hoca con un pañuelo.) 
'Pura {dentro en eZ/oro). — ¡Daniell 

{El Marqués, asustado por la voz de Fura, mete á Patria en el 
cuarto de Montagut; entra y sale, cerrando inmediatamente. 
Aparecen Pura y Susana. Esta escena debe ser muy rápida.) 

ESCENA VII 



7 




MAEQUÉS, SUSJÜs'A y PU¿i.— Luego Ll/lS y JAüMET. 

Pura {entrando alegremente). — Hemos vuelto para decirte que 

Marqués {interrumpiéndola agitado). — ¿Y Luis? ¿Dónde está 
Luis? 

Susana {acercándosele sobresaltada). — ¿Qué tienes? ¿Qué ha pa- 
sado? 

Pura {atemorizada por el estado del Marqués). — Luis ha quedado 
ahí {señalando al foro derecha) hablando con el ahijado de 
Quimet. 

Marqués.— ¡Oh! {Con rabia.) ¡Me había olvidado de ese canallal 
{Va á salir con intención de buscar á Luis, cuando éste entra por 
el foro tranquilamente.) 

Luis {mirando á todas partes). —Me ha dicho ese muchacho que 
/^ estaba aquí su señora. ¿La ha visto usted, papá? 

I Marqués {turbado).~'^o, no he visto á nadie. 

Luis. — Es extraño. {Volviéndose al foro.) ¡Eh, muchacho! ¡Jaime! 

Jaumet {dentro). — ¡Señorito! {Aparece.) 

Luís. — ¿No me has dicho que me aguardaba aquí tu señora? 






— 51 — 

Jaumet {asombrado, mirando á todas partes). — Aquí estaba; la he 
dejado con {Se abalanza al Marqués.) ¿Dónde está mi ama? 

Maequés {bajo y rápido á Jaumet). — Calla; serás rico. 

Jaumet {gritando). — ¡Ah miserable! ¡Asesino! ¡Señorito, la han 
matado! Este es el asesino de la negra Rosa; y el marido de 
esa señora es el que le ayudó á robar á su abuelo de usted; 
¡porque usted es el hijo de mi ama! 

PuEA {cayendo en un sillón y cubriéndose la cara con las manos). — 
¡Su hijo! {Susana tiembla; pero afronta la situación. El Mar- 
qués queda con la cabeza baja, ceñudo, pero no abatido.) 

Luis {después de mirar á todos con espanto y dirigiéndose á Jaumet). 
— ¡Dime que eso no es verdad! {Más exaltado.) ¡Dime que 
estás loco! 

Jaumet.— No, no estoy loco. Es cierto; aquí tengo las pruebas. 
¡Aquí! {Señalando el bolsillo del pecho.) ¡Busquémosla, por si 
es tiempo de salvarla! {Corre como un loco; se mete por la la- 
teral jyrímera izquierda y sale por la segunda.) 

Luis {amenazador, al Marqués). — ¡Pronto! ¡Dígame usted dónde 
está mi madre! ¡Respóndame usted! ¿Donde está mi madre? 
{Sale Jaumet.) 

Marqués {cediendo, con voz reconcentrada y señalando lateral segun- 
da izquierda). — ¡Allí! 

Luis {se precipita á la puerta). — ¡Madre! ¡Madre! {Hace saltar el 
pestillo y entra seguido de Jaumet; salen inmediatamente.) 

Jaumet {saliendo delante).— \^o hay nadie! ¡La han matado! {Se 
va corriendo por el foro. El Marqués jnuestra sorpresa al oír de- 
cir que no hay nadie) 

Luis {saliendo desesperado y abalanzándose sobre su padre). — ¡Ase- 
sino! ¿Qué has hecho de mi madre? {Luchan. Pura llora. Su- 
sana trata de separarlos.) 



TELÓN RÁPIDO 



HM^wravIvK^^^^ 



ACTO III 



Sala-despacho de Luis. — Puerta al foro, que se supone es de la escalera 
principal. — Lateral derecha: en segundo término, el dormitorio de Luis; en 
primero, un cuarto de vestir. — Lateral izquierda: puerta en segundo tér- 
mino, que comunica por una escalera interior con el primer piso del palacio,' 
y en primer término una ventana. 

Aparece Patria á la derecha, sentada en un sillón, y Montagut arrodillado 
á sus pies. 



ESÍJENA PRIMERA 
PATPvIA y MONTAGUT.- Luego LQ 



m&. 



Montagut. — Tu perdón, Patria, tu perdón necesita mi concien- 
cia. ¡Estoy arrepentido! ¡Ya has visto cómo te he salvado la 
vida, cómo te he conducido á las habitaciones de tu hijo! 
¡Daniel quería deshacerse de ti á todo trance!.... 

Patria {con abatimiento). — ¡Ah cobarde! 

Montagut. — ¿Y sabes porqué? Por que eres un estorbo como lo 
soy yo. Muerta tú, no quedaba más que este viejo; ¡este vie- 
jo, que tiene un pie en el sepulcro! ¿Entiendes? 

Patria. — Sí; pero levántese usted. No le he de perdonar más ó 
menos porque sea su actitud menos ó más humillante. ¡Le- 
vántese usted! 

Montagut. — Pero ¿me perdonas? 

Patria. — Sí. 

Montagut. — ¿Y no me delatarás á la justicia? 

Patria. — He dicho á usted que le perdono, y yo no tengo más 
que una palabra. 

Montagut (levantándose y mirando hacia la escalera de servicio). — 
¡Ah miserables! ¡Ya no os temo! ¡Ya no me infamaréis! ¡Ya 
no ahogaréis los quejidos en mi garganta! ¡Estoy libre! ¡Li- 
bre del horrible dogal con que me habéis aferrado á la igno- 
minia! 

Patria. — Ya sé que me ha salvado usted la vida, porque ansia 
la venganza. No importa; prometo no proceder contra usted,, 







— - 53 — 



y lo cumpliré. (Reponiéndose.) ¡Pero necesito ver á mi hijol 
¡necesito decirle que soy su madre! 

MoNTAGUT. — Si; lo verás; te lo juro. ¡Voy á buscarle! 

(Aparece Luis por la escalera interior, descompuesto y muy agitado; 
párase un instante sorprendido, y corre hacia Patria.) 

Luis. — ¡Madre! 

(Patria layiza un grito. Se abrazan y permanecen un momento estre- 
chados, prodigándose caricias. Montagut, que se habrá apartado 
al extremo izquierda, los contempla con envidia.) 

Montagut (aparte con amargura). — ¡Mi hija no sabe querer así! 

Patria (en actitud seráfica y revelando la grandeza de su alma). — 
¡Ya los perdono á todos! ¡Ya soy feliz! 

Luis. — ¿Por qué no me has dicho la primera vez que me has vis- 
to que eras mi madre? ¡Mi madre del alma! 

Patkia. — ¡Porque ignorando cómo habían formado tu corazón, 
necesitaba saber si querrías llamarte hijo mío! 

Luis. — ¡Infeliz madre! (Volviéndose airado á Montagut.) ¿Qué hace 
usted aquí? 

Montagut. — Espero que me otorgues tu perdón. 

Luís.— ¿Mi perdón? ¡Salga usted, miserable! 

Patria. — ¡Plijo, yo te lo ruego! Me ha salvado la vida. 

Luís. — ¿Qué es salvar la vida después de haberla torturado tan- 
to? ; Se ha de perdonar a un criminal porque deje de co- 
meter un nuevo crimen? 

Montagut. — ¡Considera que tu padre me la entregó!.... 

Patria (pasando á su lado é interrumpiéndole). — ¡Silencio! ¡Es su 
padre! (Alto.) ¡Salga usted; mi hijo lo manda, y diga usted á 
Daniel que es libre, que nada quiero ya, que tengo á mi 
hijo, que soy rica, poderosa y más grande que todos los 
grandes de la tierra! 

Luis. — Puede usted decirle también que antes de dos horas 
abandonaremos esta casa, este palacio edificado sobre ci- 
mientos de infamia. (Montagut baja la cabeza y vase por la es- 
calera interior.) 

ESCENA II 

PATKIA y LUIS. 

Patria. — Luis, hijo mío, he venido á trastornar tu dicha; tu 

, dicha, por la cual diera mi vida sonriendo. No me llames 

egoísta, hijo de mi alma. ¡Tú no sabes lo que es tener un 

hijo, y ver que nos lo roban para que no se avergüence de 

su madre! 

Luis. — ¡Oh! no; mi dicha eres tú en este momento. Te debía la 
vida, y ahora te debo la honra. Vivía entre el fango sin ver 
las manchas que salpicaban mi frente, y tú has venido á 



— 54 — 

lavarlas, á dejarme limpio de tanta impureza. (Transición rá- 
pida.) ¡Es necesario entregar esos hombres á la justicia! 

Patria.— ¡No, hijo mío, no; te lo ruego! ¡Lo he jurado! 

Luis. — ¿Y hemos de consentir que gocen impunemente de sus 
infamias? ¡Madre! ¡Que me haces cómplice! ¡Que me des- 
honras imponiéndome silencio! Yo no puedo callar; la so- 
ciedad la sociedad, no; mi conciencia argüirá en contra 

de ese perdón. Soy abogado; tengo el deber sacratísimo de 
interpretar la ley y el derecho, y el derecho y la ley me di- 
cen que el criminal debe caer bajo el fallo inexorable de la 
justicia. 

Patria (con desconsuelo). — Pero ese criminal es tu padre. 

Luis. — ¿Mi padre?.... Lo creo, porque tú me lo dices. 

Patria.— ¡Bien, hijo mío. bien! pero te lo pide tu madre; tu 
madre, que te adora. Perdónales como yo les perdono; ya te 
he dicho que lo he jurado, y tú no harás que falte á mi 
juramento. Si honrada fui en la desgracia, ¿cómo es posible 
que deje hoy de serlo, sellando mi felicidad con un perju- 
rio? (Transición.) No hablemos del pasado; embriaguémonos 
con el presente, y discurramos sobre el porvenir. ¿Desper- 
tamos de una pesadilla? Pues alejémosla del pensamiento. 
]Ea! dime qué te han dicho de tu madre. Dime si tenías 
pena por no haberla conocido. Cuéntame, cuéntame todas 
esas cosas, que me importan mucho, muchísimo. 

Luis. — Nunca me hablaban de mi madre. Cuántas veces he de- 
seado saber algo que me la hiciese conocer, me han con- 
testado que era una huérfana, que no tenía familia, y que 
había muerto al día siguiente de darme á luz. ¡Ahí sí. ¡La 
falta de sus caricias, de esas ternuras que otros hijos reciben 
de sus madres, creaba un vacío en mi alma! (Transición) 
Pero es necesario que salgamos de esta casa; nuestra presen- 
cia en ella constituye una odiosa complicidad. 

Patria. — Sí, cuando tú quieras ¡Ah! (Recordando) ¿Y Jaime? 
¡Debe estar esperándome! 

Luís. — No sé qué ha sido de él. Salió desesperado después de 
revelarme el secreto, al ver que no parecías. 

Patria. — Es necesario buscarle. Su cariño le puede llevar á pro- 
mover un escándalo. ¡Búscale, hijo mío, búscale ante todo! 
¡Te lo ruego! 

Luis. — Sí, le buscaré. Aguárdame ahí dentro. (Señalando segunda 
lateral derecha) Quiero asegurarme de que nada puede ocu- 
rrirte en mi ausencia No se atreverán á subir pero es- 
taré más tranquilo dejándote encerrada. Vuelvo inmedia- 
tamente. Voy á dar una orden al portero. 

(Mete á Patria en su cuarto, y cierra con llave, que se guarda. Entra 
en la i^rimera lateral á hiscar un sombrero hongo, que sacará 
puesto. Aparece Pura por la escalera interior y cautelosamente) 




— 55 — 

ESCENA III 

PIIRA y LUIS. 

Pura. — ¡No está! ¡Luis! (Llamándole despacio.) 

XiUia (saliendo, ve á Pura y corre hacia ella). — \P\xxa de mi alma! 
¡Vienes á verme! ¡á consolarme! ¡Me amas! ¿verdad? ¿Me 
amas? 

Pura (sin entusiasmo). — No puedes dudarlo. 

Luis.— ¡Ohl sí! ¡Ya puedo desafiar el porvenir y luchar con los 
hombres! Has venido á ver á mi madre ¿Sabes que la en- 
contré aquí?.... 

Pura (turbada). — ¿A ver á tu madre que está aquí? No, no lo 

sabía. 

Luis (sorprendido). — Pues si no sabías que estaba aquí mi ma- 
dre, ni vienes á verla, ¿cómo has subido sola? ¿Tu padre no 
ha dicho?.... 

Pura. — Papá está con Daniel, y yo vengo del gabinete de mamá. 

Luis. — ¿Y tu mamá te ha mandado venir á verme? 

Pura (tímidamente). — La he pedido permiso. 

Luis. — Permiso que te ha concedido, por lo que se ve. (Transi- 
ción.) Pura, dime la verdad: ¿has venido por tu voluntad, ó 
te han mandado que vinieses? 

Pura (desentendiéndose de la pregunta'). — Te pones de una manera, 
que no me pareces aquel Luis que me adoraba. 

Luis.— Pues soy el mismo para ti, y te adoro de igual modo; pero 
dudo que sepas corresponder á un amor como el mío. 

Pura. — Sí, Luis; ¡yo también te adoro! 

Luis. — ¡Dios te pague el bien que me haces con tus palabras! 
Ven; siéntate aquí. (La sienta cerca de sí en el sofá.) Quiero 
que me digas á qué has subido. Traes algún objeto y no te 
atreves á exponerlo. Habla. (Con mticho cariño.) Si yo no he 
de culparte. Si me figuro que no has de hablar por cuenta 
propia; que has de repetir lo que te hayan mandado. 

Pura. — Quería decirte que me han causado mucha pena los in- 
sultos que has dirigido á tu padre. 

Luis. — ¡Mi padre! ¡Si me quieres, Pura, no me recuerdes que soy 
su hijo! 

Pura. — ¡Cómo! ¿Es posible que digas eso? 

Luis. — ¿Y es posible que tú pienses otra cosa? ¿No recuerdas la 
horrible historia que oímos en el jardín? 

Pura. — Sí; pero no creo que todo sea verdad. Aquella mu- 
lata 

Luis. — ¡Mi madre! 

Pura. — Tal vez enojada porque Daniel se vino á España conti- 
go, habrá inventado lo demás. 



- 56 - 

Luis. — ¿Eso ha mandado tu madre que me digas? Torpe andu- 
vo en calumniar. 

PuKA. — Es una suposición natural que sabiendo la fortma de 
que tu padre es dueño y lo que representa en la sociedad, 
pretenda obligarle á 

Luis. — ¡Calla, desdichada, calla! Dime cuanto te hayan man- 
dado decirme; pero no añadas nada por tu cuenta, que me 
arranca una ilusión cada palabra que pronuncias. 

PüEA. — ¡Ves como te enojas! (Tímidamente.) Pues es la mejor 
prueba de que no me quieres. 

Luis. — ¿Que no te quiero? 

Pura. — Si me quisieras como dices, no te hubieras arrebatado 
abajo como lo has hecho. 

Luis. — ¿Pero de qué tienes tú el corazón cuando crees que pue- 
de la reflexión sobreponerse á la honradez y al amor filial? 
Pura, déjame creer lo que hasta hoj' he creído; déjame vivir 
ciego respecto á ti, ya que tan cruel ha sido la luz que sobre 
los demás se ha hecho. 

Pura (lloriqueando). — Luis, ¡no me quieres! 

Luis (tomando una resolución). — Vamos á ver .cómo me quieres tú 
á mí. (Pequeña pausa.) Tenemos la misma edad, Pura. No 
eres, por consiguiente, una niña de quince años. Ai desco- 
rrerse el velo que cubría las infamias de nuestros padres, no 
debe ocultársete que el fausto que nos rodea es producto 
del crimen y del robo. ¿Podemos gozarlo sin vilipendio los 
que tenemos conciencia de la dignidad? ¿Verdad que no, 
Pura mía? ¿Verdad que no? Pues bien; apartémonos de los 
malvados que en este palacio se cobijan, y vente con nosotros. 
No manches los ropajes de tu inocencia con el contacto im- 
puro de un lujo que te denigra, y huye del vicio abrillan- 
tado para refugiarte en la virtud que te ofrecemos. (Pausa.) 
¿Callas? ¿No te apresuras á demostrarme que tu alma re- 
chaza lo que rechaza la mía? 

Pura. — ¡Ves como no me quieres! 

Luis. — No; no te querré, si no disipas la nube que ennegrece mi 
corazón. Dime que te unirás á mí; dime que mi madre será 
madre tuya; dime que, como yo, desprecias las riquezas de 
nuestros padres y te avengüenzas de ellas. Verás entonces 
hasta dónde llégala inmensidad de mi amor. Habla. ¡Habla, 
Pura de mi vida! 

Pura. — Si me quisieras como dices, no me exigirías esos sacrifi- 
cios. (Con intención.) Tú harías otro. 

Luis (levantándose, y después de luchar un momento consigo mismo, 
dice con tranquilidad aparente, sin enojo-) — ¡Vete! (Pura se le- 
vanta.) Una joven honrada no debe estar tanto tiempo en 
las habitaciones de un hombre. 
Pura.— ¿Me echas de tu lado? 



— 57 — 

Luis. — Sí. {Exaltándose.) Y no quiero verte más, ¿oyes? No pre- 
tendas hablarme otra vez. {Con pena.) Has dicho bastante pa- 
ra que no me quede duda de tus sentimientos. {Con sarcas- 
mo.) ¡Venías á proponerme que no reconociese á mi madre! 
{Con energía.) Dile á la tuya que rechazo al embajador y 
desprecio á quien lo envía. 

Pura {llorando). — ¡Luis! 

Luis {más tranquilo). — Vete, Pura. Te pido que te vayas; aquí no 
haces nada ya. {Con decisión y señalando la puerta.) ¡Adiósl 
{Da media vuelta y Pura vase llorando.) 

ESCENA IV 

LUIS.— En seguida JAUMET y PATRIA. 

Luis.^ — El destino ha decretado que esa familia sea expoliadora 
de la mía. Su padre robó á mi abuelo la fortuna; ella me 
roba lo único con que podía contar: la esperanza y las ilu- 
siones ¡Valor, Luis, valor! Recuerda cuánto ha sufrido 

esa mártir. {Señalando al cuarto en donde está su madre.) Inspí- 
^^^nxie en su abnegación, y piensa que tú debes ser más fuerte. 
{Con resolución.) Vamos á buscar á Jaime. 

/Jaumet {dentro). — ¡Señoral ¡Señorito! 
Luis. — ¡Aquí está! {Entra Jaumet jadeante.) 

Jaumet. — ¿Dónde está la señora? ¡Me han dicho que estaba aquí! 

Luis.— Sí, aquí está; tranquilízate. 

Jaumet. — ¡Quiero verla! ¡No me conformo! ¡Me parece mentir-a! 
{Luis ahre la puerta y sale Patria, que abraza á Jaumet al verle.) 

Jaumet {con alegría). — ¡Ah! 

Patria. — ¡Ya soy dichosa, Jaime! ¡Mi Luis me adora! 

Jaumet {después de secarse los ojos y hacer esfuerzos por dominar 
la emoción).—]^! no podía menos! ¡Si ya lo decía yo! ¡Pues 
no faltaba más sino que se repartiesen la felicidad entre 
los pillos, como si los buenos hubiésemos nacido deshere- 
dados! 

Luis {abrazándole). — ¿De dónde vienes? ¿Quién te dijo que está- 
bamos aquí? 

Jaum]:t. — ¿Que de dónde vengo? {Resueltamente.) De armar un 
escándalo mayúsculo. 

Patria {sobresaltada). — ¿Qué has hecho, Jaime? 

Jaumet. — ¡Casi nada! Pudo haber sido más. Salí de aquel mal- 
dito salón, tropezando por todas partes y dando puñetazos 
á cuanto encontraba. Los muebles se me antojaban perso- 
nas que me cerraban el paso. Bajé la escalera no sé cómo, 

porque al portal llegué rodando por un atajo. Detráfe de 

mi bajaban dos criados gritando: «¡Detened al ladrón, déte- 



- 58 - 

ned al ladrón!» «¿Ladrón 3"0?», respondí; «ladrones vuestros 
amos. ¡Ahora veréis quién es el ladrónl » En esto sale el por- 
tero, y me da caza por detrás Bajan los otros, y entre los tres 
pretenden sujetarme, pero me defendí con dientes y puños, 
amén de aprovechar las magnificas suelas que tienen mis 
zapatos. Logré zafarme, y eché á correr calle adelante, se- 
guido siempre de los criados, que no cesaban de gritar ¡al 
ladrón! hasta que me cerró el paso un hombre con uniforme. 
Le dije que el Marqués de la Trinidad había matado á mi se- 
ñora; que quería dar parte á la justicia (Transición.) y el 

hombre, viéndome tan exaltado, se reía, creyendo sin duda 
que se las había con un loco. Llegaron en esto los que me 
perseguían, y con ellos un pelotón de gente. «Es un ladrón», 
decían. «¡Mentiral», gritaba yo; «el ladrón es el Marqués, que 
ha robado á mi ama, que la ha matado.» (Con exaltación.) 

Patria. — ¡Jesús! ¿Eso has dicho? 

Jaümet (con tranquilidad). — Sí señora; pero no me lo ha creído 
nadie: aquella gentuza soltaba carcajadas burlándose de mí. 

Luis. — ¿Y cómo has vuelto? 

Jaumet. — Unos decían que me llevasen no sé adonde: otros que 
me encerrasen; pero el del uniforme opinó muy seriamente 
que debía llevarme á presencia del señor Marqués {remedan- 
do al xjolicia) para ver qué disponía de un truhán que así le 
calumniaba. Me trajeron, apretándome mucho para que no 
me escapase, y salió el canalla del Capitán. Yo no puedo lla- 
marle de otro modo. Dio explicaciones; dijo que era yo un 
pobre chico que me había asustado sin motivo, y enjaretó 
unas cuantas pamplinas, asegurándome que aquí estaba mi 
señora. Me mandó subir; subí rodando los escalones; digo^ 

no, los subí de cuatro en cuatro, y aquí me tienen ustedes 

¡tan contento! 

Luis. — Grracias, Jaime, gracias por todo lo que has hecho por 
mi madre. Yo te lo recompensaré con mi eterno cariño. 

Jaumet. — Eso es demasiado, señorito. 

Luis. — Ahora es necesario que vayas á la casa en que vives. 

Jaumet {con énfasis cómico). — Es una fonda. 

Luis {sonriendo con tristeza). — Bien, pues, á la fonda; quiero que 
nos traslademos á otra; en esa harían comentarios que de- 
bemos evitar. 

Jaumet. — Tiene usted razón. Esa gente es muy habladora. 

Luis.— Pues paga, recoge el equipaje y busca otra adonde nos 
vayamos en seguida. Cuando lo tengas todo arreglado, ven á 
buscarnos. Anda, no pierdas un minuto. {De pronto.) ¡Ah! 
¿Tienes dinero? 

Jaumet. — Ya lo creo. ¡Soy el cajero! 

Luis {con tristeza). — ¡De una caja vacía! 

Jaumet. — ¡Quiá! ¡Si somos ricos! ¿Pues para qué estuvimos aho- 



— 59 — 

rrando nada menos que dos años? Ganábamos mucho. La 

señora trabajaba 

Patria. — Bueno, bueno; ya lo contarás otro día. 

Jaümet {repentinamente). — Y diga usted, señorito: ¿por qué nos 

vamos á una fonda? ¿No están ustedes en su casa? ¿No es 

3'a mi ama toda una señora marquesa? 
Luis. — Tu ama no puede; dejar de ser quien es para deshonrar- 
se con ese título. 
Jaümet. — Muy bien parlado; pero yo lo siento por la otra. 
Luis. — ¿Por cuál otra? 
Jaümet. — ¿Cuál ha de ser? La mujer del Capitán. Si no fuese 

por ella, quizá viniese su padre de usted á pedir perdón á 

la señora. 
Patria. — ¡Calla, Jaime! 

Luis. — ¿Eso más? {Asorntrado.) ¿Pero quién te ha dicho?.... 
Jaümet. — Lo sé yo, que no me duermo, aunque lo parezca. Lo 

adiviné oyendo una conversación desde la portería de mi 

padrino. 
Luis.— ¡Oh! ¡También vende á su amigo, á su cómplice! ¿Qué le 

falta á ese hombre para ser un aborto del infierno? ¡Vete, 

Jaime, no te detengas! 
Jaümet. — ¡Voy corriendo! ¡A ver si salen ahora tras de mí! ¡Có- 
mo me provoquen!.... {Hace demostraciones de pegarles y vase 

por el foro.) 

ESCENA V 
PATRIA y LUIS. 

Luis. — ¡Ya lo oyes, madre mía! (Oow amargura.) Esta casa está 
emponzoñada. La atmósfera que aquí se respira envenena 
las conciencias. ¡Oh! {Con rubor.) ¡Y las gentes sabrán la 
vida infamante que aquí se hace! ¡Hablarán de ello! Creerán 
que yo apadrino con mi tolerancia el ultraje que se hace 
al padre de la que iba á ser mi esposa! {Afligido y dejándose 
caer en el sofá) ¿Qué concepto puedo merecer al mundo? 

Patria {sentándose á su lado con amor). — ¡Luis, hijo mío! ¿Por 
qué supones que el mundo ha de culpar á un inocente? La 
sociedad no es tan injusta como la pintan, y establece dife- 
rencias entre el bueno y el malo, por más que el malo y el 
bueno no sean tan carne de la misma carne como lo son el 
padre y el hijo, la esposa y el esposo. Si en esta casa se ul- 
traja la moral, velando el ultraje con grandezas y cortesa- 
nías; si los que te rodean engañan al mundo, cegándole con 
mentidas virtudes, ¿puedes tú ser culpable de que el enga- 
ño te ciegue antes que á los otros? La luz deslumhra y hiere 



— 6o — 

con más intensidad á la pupila que más se le acerca, y el 
que no puede mirar de frente un resplandor muy vivo, baja 
los párpados y no alcanza á ver más allá de su pensamien- 
to. Tú no mirabas, porque no podías mirar. {Luis, desde que 
Patria comenzó á hablarle, se dejará arrastrar por la magia de 
su palabra) Porque para Juzgar mal sin pruebas, es menes- 
ter sentirse capaz de cometer las rnaldades que se suponen, 
y tú, antes que clavar la mirada en los que te rodeaban, es- 
cudriñabas tu alma y la encontrabas limpia de impurezas. 
¿No es verdad, hijo mío? 

Luis {arrobado). — ¡Sí, madre, sí! Todo lo que tú me dices me 
convence. Tus palabras tienen para mí la magia de una elo- 
cuencia sublime. ¡Oh! ¡Y á ti, que sientes de ese modo y 
hablas de esta manera, te desprecian por una mujer inculta 
y venal, cuya ignorancia se destaca más cuanto más el vul- 
go adulador la ensalza! Habíame á mí, madre mía; á tu 
hijo. Yo no he conocido mujeres que hablando me seduz- 
can como tú me seduces. Las que han rodeado mi niñez y 
mi adolescencia, no saben expresarse como tú te expresas; 
son más pequeñas dentro de su grandeza, y más insignifi- 
cantes, á pesar de su aparente significación. 

Patkia. — Sin embargo, hijo mío, tú amas á una de esas mu- 
jeres, }• cuando un hombre honrado quiere de veras, le es 
muy difícil arrancar del alma la imagen de la mujer 
amada. 

Luis. — Pero cuando un hombre honrado se convence de que la 
imagen es indigna, indigno sería él si no pudiese arran- 
carla. . I 

Pateia. — ¡Hijo mío! Yo sé cuántas lágrimas y cuántos insom- 
nios cuesta, despreciar aquello que nos ha sido caro. Al fin 
esa joven, aunque sea hija de un hombre perverso y de una 
mujer sin dignidad, es pura será virtuosa 

Luis. — ¿Y qué me importan su virtud ni su pureza, si le faltan 
las virtudes y la pureza del alma? No hablemos de ella. 
{Conmovido.) No la recordemos; estoy convencido que su ros- 
tro de ángel encubre un alma con grandes imperfecciones... 
{Llorando) No me hables de ella, madre mía, no me hables. 
{Sollozando) Te lo ruego, te lo suplico. 

Patria. — ¡Hijo de mi vida! Has heredado el infortunio de tu 
madre: ¡amas á quien no merece tu amor! 

Luís {reponiéndose y dominándose). —No, no lo creas; no la amo 
ya. Tú, tú sola representas para mí los amores. ¡Qué vale 
esa, ni qué vale otra alguna, donde estás tú, donde está mi 
madre del alma, mi madre hermosa!.... 

Patria.— ¡Hijo! {Extasiada) 

Luis {con mucho cariño, naturalidad y convicción). — ¡Sí, si no en- 
cuentro diferencia entre tu cara y la de una beldad! Si tu 



— 6> — 

alma, que asoma en esa mirada maternal con que me inun- 
das de una dicha jamás sentida, me parece un rayo de sol 
que te envuelve en blanquísimos celajes. 

Patria. — ¡Hijo! ¡Hijo! Mira que también mata el placer, hijo 
mío; considera que esta dicha es inmensa para que pueda 
soportarla una madre que tanto ha sufrido. 

Luis. — Pero no sufrirás más. Ya tienes á tu hijo. ¡Verás, verás 
con qué solicitud te atiende! ¡Verás cómo trabaja sin des- 
canso para ti, cómo ilustra su nombre!.... {Rápidamente.) El 
tuyo, madre mía; porque yo no quiero más nombre que el 
tuyo; le haré célebre; estudiaré mucho; seré un hombre 

honrado ¡Qué dichosos! ¿Verdad? ¡Qué dichosos seremos 

sin nadie! {Conmovido y recordando á Pura.) Sin personas ex- 
trañas que nos impidan querernos como se deben querer 
una madre y un hijo; sin ninguna mujer que 

Patria. — ¡Hijo de mi vida! {Aparte.) ¡Desgraciado, cuánto la 
ama! {Transición.) Luis, hijo mío, óyeme; oye á tu madre; 
estás exaltado, y no recuerdas que somos ricos, que hace 
veinte años robaron á mi padre ochenta mil pesos y que esa 
cantidad te pertenece. 

Luis. — Yo no quiero ese dinero, está contagiado de infamia. 

Patria.— Pero es nuestro; es tuyo, y para ti lo quiero. Yo no lo 
necesito; pero necesito que tengas lo suficiente para vivir 
sin trabajar con tantos afanes. ¡Acéptalo, hijo mío! Ha sido 
ganado honradamente por tu abuelo, y cuando tu madre te 
aconseja que lo tomes, mira si estará se'gura de su limpia 
procedencia. 

{Aparece el Marqués por la puerta de la escalera interior. Luis esta/i'á 
colocado de modo que le vea inmediatamente. Se levanta con furia. 
Patria, al ver la acción de su hijo, vuelve la cabeza, se levanta 
también con rapidez y se coloca en medio de amhos. Luis á la de- 
recha, el Marqués á la izquiei'da y Patria en medio.) 

^ ESCENA VI 

^ LUIS, MAKQIJÉS, PATEIA y luego SUS^A. 

Luis {al Marqués). — ¿Qué busca usted aquí? 

Marqués {con enojo, suavizado por la indulgencia). — Busco á mi 
hijo. 

Ltiis. — Su hijo de usted ha muerto. Si en su corazón brota algún 
día la fibra del sentimiento, llórele usted; pero no le bus- 
que. Ya he dicho que ha muerto. 

Patria. — ¡Hijo mío! ¡Clemencia para él! 

Marqués. — Tu madre, dando pruebas de ser más práctica que 



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tú, te aconseja la clemencia; no desoigas su consejo, porque 
á nadie interesa tanto como á ti. 

Lris.— ¿Qué á mi me interesa? ¿Quién ha dicho que interesa 
más el perdón al juez que al reo? 

Maequés. — Lo digo yo en este caso. Vengo á brindarte con la 
paz; vengo á rogarte que no salgas de esta casa y que no 
promuevas un escándalo, que al desprestigiarme iría de re- 
chazo á desprestigiar tu propio nombre. 

Luis. — Mi nombre, no. Yo no quiero otro nombre que el de mi 
madre y éste ni despierta odios ni está uncido á ninguna 
infamia. 

Maequés. — Es decir, que rechazas " mi título y hasta mi ape- 
IHdo. 

Luis. — ¿Pero qué acto de mi vida le ha dado á usted derecho á 
creer que puedo aceptarlos? {Pasa al centro.) 

Marqués. — ¡Soy tu padre! 

Luis. — Lo sé. Me lo ha dicho mi madre, y desgraciadamente 
tengo que creerlo. Pero si usted, por ser mi padre y sien- 
do como es usted, alega derechos sobre mí, ¿qué no pue- 
de alegar esta {abrazando d su madre), que es mi madre, que 
es digna, que es honrada y que al propio tiempo es víctima 
de las infamias de su esposo? 

Maequés. — ¡Luis, no abuses de mi cariño! 

Luis. — Yo no puedo abusar de lo que no existe. 

Patria. — Luis, hijo mío, ¡por Dios! 

Marqués. — He venido á que impongas condiciones; estoy dis- 
puesto á aceptarlas, siempre que no padezcan mi nombre 
ni el brillo de mi casa. No se te oculte que yo no puedo re- 
conocer á tu madre por esposa, sin que me desprecien, ó 
por lo menos sin que me arrojen de su lado las elevadísimas 
personas que me han prodigado honores y distinciones. 

Luis. — Pues mi madre no necesita honores de los que puede al- 
canzar cualquier advenedizo sin honra. Le sobra con los 
honores de su virtud, y todavía puede hacer merced de los 
de su talento para que los reparta usted entre sus íntimos 
amigos. 

Marqués. — Tus palabras no pueden ofenderme; estás obcecado, 

y yo reconozco que no estoy exento de culpa; pero hay 

un medio de conciliario todo y de que sigas ocupando el 
puesto que hasta hoy has tenido. Si quieres que tu madre 

viva contigo, vivirá. En este piso hay es pa ció 

suficiente. 

Luis.— Tartamudea usted demasiado para que deje de ser algu- 
na monstruosidad la que va á salir de sus labios. 

Marqués. — No es tal monstruosidad: es lo que la razón aconse- 
ja al que quiere conciharlo todo. Podemos hacer que la so- 



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ciedad vea en tu madre una cariñosa nodriza ó un desliz 

de mi juventud /IL^^ ^ 

Patria (¡casando en medio y apostrofaTímAl Marqués). — ¡Villano! 
(Aparece Susana por lajéela de servicio y se colocará al lado 
del Marqués; pero de nwcto que Luis la vea inmediatamente.) 

Luis {con desesperación). — ¡Madre! ¡Dime que no es mi padre! 
¡Dime que has sido tú como es esa mujer, porque quiero 
matarle! 

Patria. — Sí, hijo mío, si, es tu padre; perdónale, perdónale, y 
no rebajes tu alma al nivel de la suya. 

Susana {con orgullo). — Creo Marqués, que no debe llegar su bon- 
dad á soportar que le insulten en su propia casa. 

Luis. — ¿Y quién es usted para levantar la frente delante de mi 
madre? 

Susana.— Es una cobardía insultar á una dama. 

Luis. — Cuando la dama tiene marido y amante que la defien- 
dan, el insulto es un reto valeroso. 

Patria {acercándose á Susana). — Vayase usted al lado de su es- 
poso y de su hija, y no venga usted á encarnizar la guerra 
entre un hijo y un padre. 

Susana. — He venido para evitar una desgracia ó una humilla- 
ción que presentía. 

Patria. — Tengo sobrada eonciencia de mis deberes, y esa des- 
gracia la evitaré yo, aun á costa de mi vida. 

Susana. — Y yo á costa de la mía. 

Patria. — La estima usted demasiado para exponerla. 

Jaumet {entrando). — Señorito, ya está todo arreglado. 
^'^^ Luis. — ¡Vamonos, madre! 

Marquiís. — ¿Qjiiere decir que no desistes de arrojar mi nombre 
á la calle para que la multitud lo triture? 

Luis. — A la calle nos arrojamos nosotros; usted se queda {con én- 
fasis) en su palacio {con desprecio) y con esa dama á la 

cual tengo por muy digna de vivir á su lado. 

Marqués. — ¿Pero que piensas hacer? 

Luis. — ¡Volver á mi patria! ¡A la patria de mi madre! Adonde 
me hablen de usted con horror, y de ella con admiración. 
Trabajaré. {Pura y Montagut, abrazados, aparecen por la esca- 
lera inferior.) Seré un hijo modelo, un ciudadano intacha- 

il ble {Montagut llama la atención de Pura sobre las palabras de 

Ji\ Luis), y el pan con que mi madre se alimente, estará bende- 
^ > cido por los hombres y santificado por la rectitud de mi 
conciencia. 

Montagut {d Pura). — ¡Mira, mira qué hijo! 

Marqués.— Luis, no te vayas. Reñexiona el trastorno que dejas 
en esta casa; la situación que nos creas 

Luis. — ¿Que no me vaya? {Precipitadamente.) ¿Desea usted que 



^; 



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lo entregue á los tribunales? {Con decisión.) Entonces, me 
quedo. 

MONTAGUT. / T • I 

Pitea. s i^^^^' 

Patria. — ¡Hijol 

Luis (al Marqués). — ¿No comprende usted que yo no puedo ejer- 
cer dignamente mi profesión ni defender la justicia en un 
. país en donde la ultrajo, ocultando los crímenes que usted 
ha cometido? Pero, ¿á qué tanto hablar? ¡Vamos! (Cogiendo 
á su madre.) 

Puea (suplicando). — Luis, no te marches. 

Luis (con fingida tranquilidad). — ¿Por qué no quieres que me 
marche? ¡Si nada me llevo tuyo! ¡Si te dejo cuanto me per- 
tenece! 

Pura. — Pero te llevas mi corazón. 

Luis. — ¡Ah! ¡Tú tienes corazón! (Con resolución.) Pues si lo tienes 
dedícalo á tu padre, que le hace mucha falta. (Medio mutis.) 

MoNTAGUT (deteniéndole). — Luis, toma. (Saca un fajo de billetes de 
Banco.) En billetes de Banco tienes aquí duplicada la canti- 
dad que que hemos robado á tu abuelo. (Luis la coge.) 

Jaumet. — No se fíe usted, señorito; pueden ser falsos. 

Luis (tranquilamente al Marqués); — Cobre usted de ese dinero lo 
que haya gastado conmigo desde que me arrancó de los bra- 
zos de mi madre, y añada usted el sobrante á la dote de 

Pura para que no haga del hombre que le dé su mano lo 

que esa mujer ha hecho de su marido. 

(Tira los billetes á los pies del Marqués. Pura se arroja llorando 
en brazos de su padre. Susana ruge de ira, Jaime da muestras 
de contento y el Marqués intenta avalanzarse íi Luis, pero se 
contiene.) 

Marqués (con /wror). — \Y %i&\ (Patria coge á Luis, intentando lle- 
várselo) 

Luis.— ¡Gracias á Dios! ¿Quiere usted que me vaya? ¡Pues ya me 
voy tranquilo! ¡Ya llevo la convicción de que es usted un 
malvado perfecto! 

(Vanse por el foro corriendo, abrazados, Luis y Patria, seguidos de 
Jaumet. Mientras baja el telón muy despacio, se ve á Montagut 
marchar abrazado á Pura, y llorando ambos, hacia la escalera 
de servicio. El Marqués se sienta amargado, aunque con ente- 
reza, y Síisana, después de dirigir una mirada de triunfo hacia 
el foro, se acerca al Marqués. Antes que acabe de bajar el telón^ 
le pasa el brazo por el cuello, y se la oye decir:) 

Susana.— ¡Daniel! 

FIN 



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