(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "La novela corta española; promoción de "El Cuento semanal," 1901-1920"

LA 
NOVELA CORTA 

ESPAÑOLA 

PROMOCIÓN DE EL CUENTO SEMANAL 

(1-901 1920) 



El Cuento Semanal 




DESENCANTO 

Novela por ,]. Oc 

T A V O ' ' L • ■ 

di la acadeaia 
Española = Ilus- 
traciones de An- 



30 Cents. 



Reproducción de la cubierta del primer numero de 
Kl Cuento Semanal" que apareció el 4 de enero de rgo^- 



LA NOVELA 

CORTA 
ESPAÑOLA 

PROMOCIÓN DE 'EL CUENTO SEMANAL 

(1901 - 1920) 



ESTUDIO PRELIMINAR, 
SELECCIÓN Y NOTAS 

DE 

FEDERICO CARLOS SAINZ DE ROBLES 




AGUILAR, S. A. DE EDICIONES 
MADRID - 1952 



U5.C 
S \5 83-h 



579960 

10.S.S4 



Reservados todas los derechos. Hecho el deposito que marca la ley. 
Copyright 1952, by Aguilar, S. A. de Ediciones, Madrid. 

Printed in Spain. Impreso en España por E. Sánchez Leal. Stma. Trinidad. 



ESTUDIO PRELIMINAR 









LA PROMOCIÓN DE 
«EL CUENTO SEMANAL» 

SIGNO, VALOR Y TRASCENDENCIA DE UNA ÉPOCA 
DE LA NOVELA ESPAÑOLA 

(1901-1920) C) 



Quiero delatar una injusticia. De- 
seo testificar un estado de opi- 
nión que se balancea entre la 
ignorancia punible y la insensatez te- 
meraria. Intento contribuir, en la me- 
dida de mis posibilidades, guiado por 
un reflexivo fervor, a que dicha in- 
justicia sea conocida— por quienes la 
ignoren — y reparada — por quienes de- 
ban — y proclamada, ya firme la sen- 
tencia, por todos ; aun cuando no por 
todos con la misma complacencia. A 
que, si ni la reparación ni el recono- 
cimiento se conceden, al menos, dadas 
por mi las voces de « ¡ Audiencia pú- 
blica!» y de «¡Visto para sentencia!», 
nadie, ya, pueda llamarse a engaño. 
Y todos sepan que existe una injus- 
ticia contumeliosa, que perdura porque 
conviene su persistencia a quienes co- 
rresponde reconocerla y repararla ; 
que la injusticia ya no enraiza en un 
olvido punible, o en una ignorancia 
lamentable, o en una falsa opinión, 
sino en una contumacia hipocritona, 
desleal, temerosa de que la verdad 
pasada, al resplandecer, pueda ami- 



(*) Conferencia leída en el Circulo de Be- 
llas Artes de Madrid el día 20 de junio 
de 1951 



norar la amañada veracidad presente, 
demasiado turbia y roída de comple- 
jos. 

La injusticia es ésta: la actual pro- 
moción de novelistas españoles, la pro- 
moción que pudiéramos llamar de 1939 
y calificar como del egotismo y del 
tremedismo, desconoce, finge descono- 
cer, quiere desconocer, la fortuna, la 
vigencia y la trascendencia de una de 
las más fecundas, varias, victoriosas 
y netamente españolas promociones de 
novelistas : la que yo califico de promo- 
ción de «El Cuento Semanal)). 

La justicia que acabo de delatar es 
doblemente irritante : Primero, porque 
los novelistas actuales — y escasamente 
actuantes — se niegan a reconocer y 
honrar a quienes son sus «padres li- 
terarios», quiéranlo o no, ya que éstos, 
como los naturales, no se eligen y, sin 
embargo, nos cumple, cuando menos, 
honrarlos. Segundo, porque, salvo es- 
casísimas excepciones, los han juzga- 
do inapelablemente y sin oírlos, es de- 
cir, sin leerlos, y los han repudiado 
basándose en personalísimos «porque 
sí» o «sin por qué». 

Los novelistas de hoy difícilmente 
admiten el valor de sus «abuelos lite- 



10 



LA NOVEL* CORTA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



rarios» ; y para llegar a ellos, eluden 
pasar por la lógica transición de sus 
«padres», interrumpiendo así, con más 
pedantería que eficacia, la que tiene 
que ser bien eslabonada cadena tradi- 
cional de un género. Entre sus pre- 
cursores y ellos han levantado los ac- 
tuales novelistas un auténtico telón 
de acero. Uno de esos telones de acero 
a uno de cuyos lados se ocultan la 
malicia de la intención y la agresivi- 
dad del designio. 

Y si, en efecto, existieran auténti- 
cos novelistas jóvenes — al menos en 
ese número de diez que exigió Jehová 
de justos para perdonar a Sodoma y 
Gomorra — , su aptitud sería reproba- 
ble. Pero aún hay algo peor. Porque 
estoy por jurar que en la promoción 
1939, a catorce años de su aparición 
sobre el escenario de la literatura his- 
pana, no existen todavía diez autén- 
ticos novelistas. Existen, sí, algunas 
excelentes novelas que hacen sospe- 
char la posibilidad de algunos exce- 
lentes novelistas, traba josísimamente 
logrados con la colaboración preciosa 
de circunstancias que les son ajenas. 
Pero no se puede calificar de nove- 
lista — en la rigurosa acepción de la 
palabra — a quien ha escrito una úni- 
ca novela, o dos novelas, por mucha 
que haya sido la fortuna más o menos 
amañada de éstas. El novelista, para 
merecer tan honroso calificativo, pre- 
cisa sumar valores permanentes : una 
vocación bien probada, cierto número 
de obras que acrediten su vocación 
en el tiempo y en el ámbito y a prue- 
ba de contrariedades, una tendencia 
constante y fervorosa hacia el género, 
sin mezcla de frivolidades. En pocas 
palabras : la tozuda pretensión de se- 
guir un camino, la tozuda confianza 
en seguirlo con pasos seguros y derro- 
chando alientos y superaciones. ¡En 
qué gran aprieto os pondría, muy cul- 
tos lectores míos, pidiéndoos que me 



nombraseis a diez auténticos novelis- 
tas de hoy, poseedores de los más in- 
dispensables requisitos para dar validez 
a su categoría literaria. Y si me die- 
rais esos diez nombres, seguro estoy 
que entre ellos estarían los de Zun- 
zunegui, Ledesma Miranda, Bartolomé 
Soler, Sebastián Juan Arbó y otros 
varios, los cuales, aun cuando es cier- 
to que novelistas son de hoy, no lo 
es menos que no pertenecen a la ge- 
neración a que nos referimos. Podríais 
mencionarme, sí, diez novelas de éxito 
y "laureadas con pingües galardones 
oficiales. Y, probablemente, con apuros. 

Y os pregunto y me pregunto, real- 
mente impresionado : una promoción 
que no cuenta con diez novelistas defi- 
nitivamente merecedores de tal cali- 
ficativo, ¿tiene derecho a desdeñar, 
puede permitirse el lujo de ignorar 
el valor y la trascendencia de una ge- 
neración de novelistas tan nutrida y 
fecunda qus suma más de cincuenta 
nombres ilustres, recogidos en las an- 
tologías y en las historias literarias, 
cuyas obras han sido traducidas a 
todos los idiomas y a cuya fama no 
contribuyeron ni poco ni mucho los 
designios oficiales del momento? Al fi- 
nal de este prólogo contestaré a tan 
peliaguda pregunta. Quiero, ahora, re- 
ferirme, con la necesaria brevedad que 
impone el preámbulo, a esa promoción 
que llamo de El Cuento Semanal, re- 
afirmar sus nombres ilustres, deter- 
minar el valor de algunas de sus 
obras, enumerar sus características y 
sus influencias, discernir sus primores, 
calibrar sus efectos y presumir el ran- 
go que legítimamente le corresponde 
en la historia de la novela española. 

Antes, naturalmente, y para la com- 
prensión filtradísima de cuanto quiero 
atribuir a esa promoción, se precisa 
que establezca, como en el punto pri- 
mero de una meditación, la composi- 
ción de lugar. 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



11 



Cuando surgió, en 1907, la promoción 
do El Cuento Semanal, ¿cuál era el 
estado de la novela española, cuáles 
sus raíces y sus tendencias? ¿Quiénes 
fueron sus «padres literarios»? ¿Qué 
virtudes y qué defectos novelísticos 
heredaron los promocionistas? 

En 1907, en 1905, en 1901, no existían 
en España sino dos clases de novelas : 
las realistas y las naturalistas. Aqué- 
llas formaban la clase de ya más lar- 
ga vida, de más decisivos éxitos y de 
una genuina solera hispana. Quizá 
porque el realismo ha sido siempre el 
motor más eficaz e infalible de la 
auténtica novela, en cualquier país y 
en cualquier tiempo. Pero las natura- 
listas hervían la clase más viva y 
sugestiva del momento y para el mo- 
mento. 

Después de un siglo — el xvm — sin 
novelas que valgan la pena ni de men- 
cionar — y olvidémonos casi píamente 
de las Aventuras de Juan Luis (1781), 
de Rejón y Lucas; de Los enredos de 
un lugar (.1778;, de Gutiérrez de Var- 
gas; de El Valdemoro (1792), de Mar- 
tínez Colomer, y hasta del Ensebio 
(1786-1788), de Montengón, y salvemos 
por mera curiosidad el Fray Gerun- 
dio — ; después de medio siglo xix 
engendrador incansable de novelones 
románticos y declamatorios, mezcla 
explosiva de historia amañada, de 
idealismos monstruosos y de reali-. 
dades mediocres— y olvidémonos igual- 
mente, y no con menor piedad, de 
los engendros de Patricio de la Esco- 
sura, Pastor Díaz, la Avellaneda, Gar- 
cía de Villalta, Ariza, Romero Larra- 
ñaga, López Soler, Juan Cortada, 
Espronceda, Larra, Trueba y Cossío, 
Patxot, Castellanos, Ayguals de Iz- 
co, Vicceto, Balaguer, etc., salvan- 
do los ejemplos de Gil y Carrasco y 
Fernández y González — ; después de 
siglo y medio de tentativas fracasadas 
y de frutos otoñados sin maduración, 



una mujer, Cecilia Bóhl de Faber, 
que se inmortalizó con el seudónimo 
de Fernán Caballero (1) — ¡cómo año- 
raban los pantalones, para vivir y 
para escribir, dentro y fuera de Es- 
paña, las mujeres nacidas en el recuelo 
del romanticismo! — , inició con tími- 
da felicidad el reencuentro de una 
perdida veta, de una veta oculta. Vale 
la pena consignar un título y una fe- 
cha : La Gaviota, 1849. La Gaviota, 
en 1849, es el hito que marca la nueva 
presencia de un Guadiana próspero 
que corrió soterrado durante siglo y 
medio. La timidez del empeño no em- 
paña su fortuna. 

Con La Gaviota se restituye a su 
imperio el realismo español. El triun- 
fo, conviene advertirlo, no es estrepi- 
toso. Los triunfos estrepitosos suelen 
tener — como los donceles medievales 
enamoriscados — una existencia efíme- 
ra y sobresaltada. Lo detonante atrae 
durante poco tiempo. Por ser el de La 
Gaviota un éxito discreto, posiblemen- 
te tuvo tiempo sereno y moroso para 
enraizar y ambiente propicio para fru- 
tecer. Fernán Caballero, antes de lo- 
grar, y quizá sin darse cuenta de su 
logro, una novela' auténticamente rea- 
lista, había ensayado sin fortuna un 
tímido ensayo de realismo novelesco 
en Sola — impresa en Hamburgo el 
año 1831, el pleno brote del romanti- 
cismo español — . 

En La Gaviota, como en toda buena 
novela realista, lo de menos es el tema, 
la ejemplaridad y la intención. El es- 
critor realista encuentra los temas 
fuera de si mismo, en el trozo de rea- 



(1) Cecilia Bóhl de Faber, «Fernán Ca- 
ballero» (1796-1877). Nació en Morges, can- 
tón suizo de Berna. La Gaviota — 1849 — ; Cle- 
mencia — 1852 — ; Lágrimas — 1853 — ; La estre- 
lla de Vandalia — 1855 — ; La familia de Al- 
vareda — 1856 — ; Elia — 1857 — •; Un servilón y 
un liberalito — 1857 — ; Un verano en Bornos 
— 185S — ; Deudas pagadas — 1860--; La fari- 
sea y Las dos gracias— 1865 — . 



12 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA.- 



-ESTTJDIO PRELIMINAR 



lidad que descubre con la felicidad 
que el minero la veta del metal pre- 
cioso. En el escritor realista lo que 
importa no es la inventiva, sino ese 
como olfato de hallar el metal en 
cuya sustancia está la riqueza de uso 
y de cambio. El escritor realista debe 
enemistarse para siempre con la ima- 
ginación. Lo importante en La Gavio- 
ta, como en toda buena novela realis- 
ta! es la suma de la gran verdad de 
los caracteres, de la naturalidad de la 
expresión, del colorido exacto y del 
dibujo maestro en las descripciones, 
de la animación plenamente humana 
de los diálogos, del «sello de vida» 
que lleve cuanto es referido. En La 
Gaviota la acción es casi nula y vana. 
Sin embargo, el interés humano fluye 
en ella, inagotable, recogido y embal- 
sado en una plenitud de verdad. Para 
la Vida y por la Verdad, Fernán Ca- 
ballero recuperó el Guadiana del rea- 
lismo novelesco español. 

Pero la verdadera fortuna para el 
nuevo cauce henchido a la vista fué 
que, inmediatamente, surgieran los ti- 
tanes capaces de ensancharlo y de 
ahondarlo y de alargarlo con asom- 
brosa prodigalidad. Estos titanes fue- 
ron, por orden cronológico de naci- 
miento : Juan Valera, Pedro Antonio 
de Alarcón, José María de Pereda, 
Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Ba- 
zán, Leopoldo Alas (Clarín) y Arman- 
do Palacio Valdés (1). 

Y una nueva felicidad para el éxi- 



(1) Juan Valera y AlcalA Galiano (1824- 
1905). De Cabra (Córdobaj. Pepita Jiménez 
— 1874 — ; Las ilusiones del doctor f austino 
—1875 — ; El comendador Mendoza — 1877 — ; 
Doña Luz — 1879 — ; Pasarse de listo— 1878 — ; 
Juanita ala Larga» — 1896 — ; Mor.amcr 
—1899—; Genio y /igura — 1899 — ; Elisa «ía 
Malagueña» — sin acabar — . 

Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891). De 
Guadix (Granada). El final de Norma — 1831 — ; 
El sombrero de tres picos — 1875- — ; El capi- 
tán Veneno — 188í — ; El escándalo— 1875 — ; El 
niño de la Bola — 1880 — ; Cuentos amatorios. 



to caudaloso : que no fueran ni Va- 
lera ni Alarcón — maestros en el gé- 
nero, pero no de excepcionales fuerzas- 
ni fecundidad — los primeros en conso- 
lidar el género. Y sí que el primer 
titán «que arrimara el hombro» fuese 
el más titán de los siete titanes : Pé- 
rez Galdós. ¡Y cómo lo arrimó, ami- 
gos míos ! ¡ Con qué fuerza, con qué 
generosidad, con qué precisión, con 
qué acierto! Para sobrealimentar un 
género desnutrido era indispensable, 
en muy poco tiempo, darle alimente- 
frecuente y con todas las vitaminas 
perfectamente dosificadas. En menos 
de seis años, Galdós lanzó diez, doce 
obras inmejorables. Es decir, que cuan- 
do los demás titanes arrimaron sus 
hombros, el género estaba perfecta- 
mente apuntalado. Porque — insólito 
caso — la primera novela de Galdós, La 
Fontana de Oro, publicada en 1870 
fué ya una novela perfecta. ¿Cuántos 
autores conocemos cuya primera no- 
vela sea una novela perfecta? La pri- 
mera novela de Pereda, El buey suel- 
to..., es un boceto de buena novela. La 
primera de Alarcón El final de Nor- 
ma, es un ensayo estimable de buena 
novela. La primera de la Pardo Ba- 
zán, Pascual López, y la primera de 
Palacio Valdés, El señorito Octavio. 
no son sino apuntes pálidos de bue- 
nas novelas. 

Pero La Fontana de Oro, primera 
novela de Galdós — insólito caso — , es 
perfecta, una soberbia novela realis- 



Historietas nacionales y Narraciones invero- 
similes — 1881, escritos en distintas épocas — ; 
La Pródiga— 1882—. 

José María de Pereda (1833-1906). De Pc- 
lanco (Santander). Tipos y puisajcs — 1871 — ; 
Bocetos al temple — 1876 — ; Tipos trashuman- 
tes— 1877— ; El buey suelto. . .—1877— ; Don 
Gonzalo González de la Gonzalera— 1878— ; 
De tal palo, tal astilla — 1879 — ; Esbozos y 
rasguños — 1881 — ; El sabor de la ticrruca 
—1882—; Pedro Sánchez— 18o3— ; Sotileza 
—1884—; La Montálvez— 1888— ; La Puche- 
ra — 1889 — ; Nubes de estío— 1891— ; Al pri- 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



la 



ta. Para el triunfo del género noveles- 
co realista fué como un milagro en- 
gendrar y parir al primer esfuerzo, 
entre tanteos, balbuceos y penumbras, 
una criatura soberanamente eugénica. 
Cuando Valera, Alarcon y Pereda lan- 
zan sus primeras buenas novelas rea- 
listas, Galdós ha publicado ya, además 
de La Fontana de Oro y El Audaz 
—otra gran novela perfecta — , la pri- 
mera serie de sus Episodios Naciona- 
les, la epopeya más vasta y más per- 
fecta de la novela española, en el 
sentir de Menéndez y Pelayo. 

Los siete titanes, en muy pocos años, 
trabajando alegre y titánicamente, de- 
jaron firme, preciso, inconmovible y 
ejemplar, el género. En 1890 ya no 
existía otra tendencia novelística en 
España que el realismo. El realismo 
había barrido y aventado las ñoñeces 
románticas, las aburridas declamacio- 
nes, los desorbitados folletines por 
entregas. 

Conviene, si, recalcar cuál fué el 
realismo que así quedó enraizado, en- 
troncado, frondoso y enfrutecido con 
tan sin igual hermosura y sapidez tan 
peculiar y neta. Y adelantémonos a 
fijar que, aun cuando fué un realismo 
de rigurosa autenticidad española, no 
cabe identificarlo en absoluto con el 
realismo hispano del siglo xvn. ¿Qué 
diferencias pueden hallarse en ellos 
que los distancie y clarifique por se- 
parado dentro de una misma tenden- 
cia nacional y caudalosísima? 



mer vuelo — 1891 — ; Peñas arriba — 1895 — ; 
Los hombres de pro. 

Benito Pérez Gaidós (1843-1920). De Las 
Palmas (Canarias). La Fontana de Oro 
—1870 — ; La Sombra — 1870 — : El Audaz 
—1871 — ; Doña Perfecta— 18*16 — ; Gloria 
—1876-1877—: Marianela— 1878 — ; La familia 
de León Roch — 1878 — ; La desheredada 
—1881 — ; El amigo Manso— 1882 — ; El doc- 
tor Centeno — 1883 — ; Tormento— 1884 — ; Las 
de Brinpas-1884 — ; Lo prohibido— 1884 y 
1865—: Fortunata y Jacinta— 1886 y 1887—: 
Celin, Tropiquülos y Theros— 1881 — ; Miau 



A mi entender, la primera diferen- 
cia que los distingue es la mucho me- 
nor importancia dada al idealismo por 
los novelistas de la centuria diecinue- 
ve. Realismo, crudo realismo, es el de 
Cervantes, Alemán, Espinel, Castillo 
Solórzano, Salas Barbadillo, Céspedes 
y Meneses, la Zayas Sotomayor, etc. 
Sin embargo, en este realismo cru- 
do, bien avenido con él, y hasta 
con él armonizado y como en su salsa 
persiste el idealismo. Idealismo que 
en Cervantes es humor y melancolía; 
en Alemán, escepticismo y sarcasmo : 
en Espinel, duda y desistimiento; en 
la Zayas, afanes sociales y morales 
postulados... 

En los novelistas magistrales del pa- 
sado siglo no es que el idealismo falte, 
no ; es que el idealismo no alcanza 
la trascendencia debida para modi- 
ficar o edulcorar el gusto seco de la 
realidad exaltada. Después de un si- 
glo enciclopedista — el xvm — , y tan 
razonador como razonable, el ideal 
no puede ya quemar sus almas; ape- 
nas si las sazona por momentos o 
para momentos circunstanciales. En 
el realismo decimonono, el ideal ni 
pone alas ni señala metas decisivas; 
se limita a conmover de vez en cuando 

Otra diferencia pudiera consistir en 
que les grandes narradores del si- 
glo xvn no pudieron — o no quisieron— 
prescindir de la ejemplaridad moral 
como mito. Para ellos, el realismo era 
como el vehículo perfectamente ade- 



— 1888 — ; La incógnita — 1888 — ; Torquemada 
en la hoguera — 1889 — ; Realidad— 1889 — ; 
Ángel Guerra — 1890 y 1891—: Tristona 
— 1892 — ; La loca de la casa— 1892— ; Tor- 
quemada en la cruz — 1893 — ; Torouemada en 
el purgatorio — 1894 — ; Torquemada y San 
Pedro — 1895 — ; N a z a r i n — 1895 — : Ha'.ma 
_l°o^ — ; Misericordia— 1397 — : El Abuelo 
— 1897—; Casandra — 1905 — ; El caballero en-** 
cantado — 1909 — : La razón de la sinrazón... 
Primera serie de los Episodios Nacionales: 
1873 a 1875, diez tomos. Seeunda "serie :■ 1875 
a 1879, diez tomos. Tercera serie: 1898' a 

• 



14 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



cuado para llegar a otra verdad más 
perdurable y' exenta de toda realidad 
cósmica. La almendrilla del realismo 
del «diecisiete» tenía un sabor neta- 
mente tendencioso. El realismo deci- 
monono pareció tener este único an- 
helo : reflejar impasiblemente la rea- 
lidad circundante y este único alar- 
de : reflejarla con una precisión casi 
obsesiva. Apelando a una frase gra- 
nea : los realistas del «diecisiete», sin 
dejar de tocar y de tomar tierra para 
sus intentos, marchaban con la vista 
Aja en el «más allá». Los realistas de 
la pasada centuria no se daban cuenta 
de que el cielo existía sino cuando 
lo sentían caído y pesando sobre sus 
cabezas. 

Pero ambos realismos se identifican 
en algo trascendental: en detener su 
osadía inquisitiva y su osadía copista 
en el límite exacto entre lo crudo y lo 
repugnante, entre lo natural y lo pa- 
tológico, entre lo angustioso— que aún 
medra en un clima de fe — y lo des- 
esperado, entre lo sugestivo y lo de- 
primente. Por haberse sabido detener 
en ese límite álgido, el realismo es- 
pañol de siempre no se convirtió en 
naturalismo. De aquí que resulte in- 
comprensible que crítico tan sagaz co- 
mo Andrés González-Blanco — en su 
Historia de la novela contemporánea 
m España, 1909 — pudiera escribir : 
*.<E1 naturalismo no necesita mi de- 
censa, pues vive ya con la vida in- 
^CTtal v magnífica sellada por las 



1900, diez tomos. Cuarta serie: 1902 a 1907, 
diez tomos. Quinta serie: 1907 a 1912, seis 
tomos. 

Emilia Pardo Bazán (1851-1921). De La Co- 
rtina. Pascual López— 1879— : Un viaje de 
novios — 1881—; la Tribuna— 1882— ; El cis- 
ne de Vilamorta—ISSb—; Los pazos de Ulloa 
-1886—; La Madre Naturaleza— 1887— ; In- 
solación— 1889— ; Morriña— 1889— ; Una cris- 
tiana— 1890— ; La prueba— 1890— ; Doña Mi- 
lagros— 1892—; El saludo de las brujas 
_1B98— ; M i s t e r i o— 1903 ; La quimera 
-1905 — ; La sirena negra 1908 - : Novelas 



grandes obras de arte. L'assammoir, 
Germmie Lacerteux, Sapho, en Fran- 
cia, y La Tribuna, Fortunata y Ja- 
cinta, La hermana San Sulpicio, La 
Regenta, en España...» ¡Inexplicable 
ceguera! No existe nada más contra- 
dictorio—como no sea el negro en re- 
lación con el blanco— que L'assommoir 
y La Tribuna, o que Germinie Lacer- 
teux y Fortunata y Jacinta, o que 
Sapho y La hermana San Sulpicio. 
Las novelas francesas encienden sus 
lámparas en el mundo subterráneo y 
buscan en él ecos a sus acentos, mien- 
tras escarban con fruición en lo feo, 
en lo sórdido, en la consumada deses- 
peración, en las pasiones ya descom- 
puestas y hediondas. De aquí su na- 
turalismo. Las novelas españolas viven 
en un mundo de miserias, de dolores, 
pero a plena luz, entre pasiones que 
aún palpitan, con probables circuns- 
tancias de salvación. De aquí su rea- 
lismo. Sólo cuando el realismo fer- 
menta y produce gases tóxicos, surge 
el naturalismo. El realismo genuino 
español jamás ha llegado a fermen- 
tar. Si en España ha existido el na- 
turalismo — indiscutiblemente — , puede 
asegurarse su legítima filiación fran- 
cesa. 

Idéntica absurda confusión tuvo otro 
excelente crítico, el padre Blanco Gar- 
cía, para quien el realismo último y 
el naturalismo fueron sinónimos ; de 
aquí que pudiera calificar de natura- 
listas inmundos..., ¡a Galdós, la Par- 

ejempla-res; Belcebú; Cuentos de Martncda; 
Cuentos trágicos; Cuentos de amor; Cuentos 
sacroprofanos; Dulce dueño — 1911 — : Un des- 
tripador de antaño, Cuentos nuevos. Cuentos 
de la patria y de Navidad. .. 

Leopoldo Alas. «Clarín» (1852-1901). De Za- 
mora. La Regenta — 1884 — ; Su único hijo 
-1891 — ; Doña Berta: Cuervo Superchería; 
El doctor Sutilis; El Señor y lo d^más son 
cuentos; El gallo de Sócrates: Cuentos mo- 
dales.. . 

Armando Palacio Valdés (1853-1938). De En- 
tralgo (Asturias). El señorito Octavio— 1881 ; 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



15 



do Bazán, Ortega y Muralla, Valera 
y hasta a Palacio Valdés ! Para los 
críticos literarios del pasado siglo y de 
principios del siglo presente— sin pers- 
pectivas aún para un juicio sereno — , 
apenas en las novelas existan situa- 
ciones picantes, lenguaje audaz o po- 
pulachero, ambiente de verdad sin 
componendas refitoleras e hipocrito- 
nas..., es porque se despeñan por el 
naturalismo más abyecto. Lamentable 
ofuscación. Para impedir definitiva- 
mente que retoñe, hoy, dicha ofusca- 
ción en la mente de los lectores más 
o menos avisados, me atrevo a ofrecer 
una imagen. Figurémonos un globo 
terráqueo de los que hemos visto y 
hecho girar en cualquier escuela. En 
él, realismo y romanticismo son los 
antípodas. Pues bien, entre los antípo- 
das se extiende el naturalismo, que da 
una mano al romanticismo y otra al 
realismo. Sí, el naturalismo procede 
y participa de ambos, en lo que éstos 
tienen de desintegración, de descom- 
posición última, total y fatal. ¿Qué 
espíritu miope puede negar lo que 
existe de romanticismo exasperado en 
la obra de Zola? Otra razón más. 
Generalmente, el realismo no admite 
la novela de tesis, ya que la tesis 
violenta la Naturaleza. El naturalismo 
sí la admite, porque de pri7icipio exige 
esa violentada — o violada — Naturaleza. 
También es hora ya de que se diga 



Marta y María — 1883 — ; El idilio de un en- 
fermo — 1883 — ; José — 1885- — ; Riverita 
—1886 — ; Maximina — 1887 — ; El cuarto pe- 
der — 1888 — ; La hermana San Sulpicic 
—1889 — ; La espuma — 1890 — ; El maestran- 
te— 1891 — ; La fe— 1892 — ; El poder del pen 
Sarniento; Los majos de Cádiz — 1896 — ; La 
alegría del capitán Ribot — 1898 — ; La aldea 
perdida — 1903 — ; Tristán o el pesimismo; Pa- 
veles del doctor Angélico: Años de juventud 
del doctor Angélico; Seducción — 1911 — ; La 
hija de Natalia — 1924 — ; La novela de un no- 
velista — 1921 — ; Santa Rogelia— 1926 — ; Sin- 
tonía pastoral — 1931 — ; Los cármenes de 
■Granada — 1931—; Tiempos difíciles; A cara 
y a cruz. ■ . 



que no cabe confundir naturalismo y 
erotismo, llamando naturalistas a las 
novelas eróticas. Hoy, en cuanto sur- 
jan vetas eróticas en una novela se 
merecerá el sambenito. Falso. Puede 
un novelista llegar al ápice del natu- 
ralismo sin apenas rozar la inocencia 
de una púdica doncella. Recordemos 
Sin novedad en el frente, de Remar- 
que, o ¡Abajo las armas!, de la baro- 
nesa Berta de Suttner, «Premio Nobel 
de la Paz», o algunas novelas de nues- 
tro Baroja. El erotismo no es un gé- 
nero literario ; es, valga la vulgar 
comparación, como el aliño abusivo de 
sapidez que se quiere dar a un con- 
dimento, llámese éste romanticismo, 
realismo o naturalismo. 

Con los siete aludidos titanes, man- 
tuvieron el fuego sagrado, a máxima 
presión y a máximo resplandor, los 
que pudiéramos calificar «novelistas 
menores» o de segundo orden— pero 
admirables por todos conceptos, que 
hubieran sido de primero en otra cual- 
quiera época menos gloriosa — : Ja- 
cinto Octavio Picón, el Padre Luis Co- 
loma, José Ortega y Munilla, José Ma 
ría Mathéu y Emilio Gutiérrez Ga- 
mero (1). Y no sería justo silenciar 
los mejores nombres de la legión de 
excelentes novelistas de la misma ten- 
dencia, que empezaron a escribir ha- 
cia 1870 y que siguieron firmes en su 
tarea algunos hasta bien entrado nues- 



(1) Jacinto Octavio Picón (1852-1924). De 
Madrid. Lázaro— 1882 — ; La hijastra del 
amor — 1884 — ; Juan Vulgar — 1885< — ; El ene- 
migo — 1887 — ; La honrada — 1890 — ; Dulce y 
sabrosa — 1891 — ; Novelitas — 1892 — ; Cuentos 
de mi tiempo — 1895 — ; Tres mujeres — 1896 — ; 
La vistosa — 1901 — ; Drama de familia 
— 1903 — ; Juanita Tenorio — 1909—; Mujeres 
—1911—. 

P. Luis Coloma. S. J. (1851-1915). De Jerez 
de la Frontera (Cádiz). Solaces de estudian- 
te-, Lecturas recreativas— 1884 — ; Por un pio- 
jo — 1889 — ; Pequeneces — 1891 — ; Retratos de 
antaño — 1895 — ; La reina mártir— 1.898—; ; 
Nuevas lecturas ' recreativas— 19Q2— ; Jera- 



16 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA.— ESTUDIO PRELIMINAR 



tro siglo : Blanca de los Ríos, Arturo 
Reyes, Pérez Nieva, Selgas y Carrasco, 
José Zahonero, Muñoz y Pabón, En- 
rique Menéndez y Pelayo, Mauricio 
López-Roberts, Alfonso Danvila, Fran- 
cisco Acebal y tantos y tantos más (1). 
El ciclo — inicio y culminación — de la 
novela realista en el siglo xix queda 
así, creo yo, claramente determinado. 
Insisto en no explicarme cómo críticos 
le la talla de Menéndez y Pelayo, Cla- 



<nin— 1905 — ; Boy— 1910- 
-1914—. 



Fray Francisco 



José Ortega y Mtjnilla (1856-1922). De 
Cárdenas (Cuba). La cigarra— 1879 — ; Sor Lu- 
cila — 1880 — ; Lucio Tréllez, El tren directo, 
Panza-al-trote, Idilio lúgubre, El fauno y la 
iríada, Don Juan solo, Fraterctto, Doro en 
'A monte, Cleopatra Pérez, Orgía de hambre, 
SI fondo del tonel, El paño pardo — 1916 — ; 
Calandria, rey de Morelia — 1917 — ; Estrazilla 
—1917 — ; La señorita de Cisniega. 

José María Mathéu (1847-1929J. De Zara- 
goza. La ilustre figuranta, Un rincón del pa- 
raíso, Un santo varón, Jaque a la reina, El 
ianto patrono, La gran nodriza, Marrodán 
primero. Lo inexplicable. Gentil caballero, 
Varíllela rediviva, La hermanita Comino, 
Aprendizaje, El Pedroso y el Templao. 

Emilio Gutiérrez Gamero (1844-1936). De 
Madrid. Sitilla— 1897— ; El ilustre Manguin- 
ioy — 1899 — ; La olla grande — 1902—; El con- 
té Perico — 1906 — ; La derrota de Ma'iara 
—1907 — ; La piedra de toque — 1910 — ; Telva 
— 1911. — = ; El placer del peligro — 1911 — ; Vidas 
truncadas— 1914— ; El que a cuerno mata..., 
Clara Porcia, Entre purgatorio y gloria. 

(1) Héctor Abréu, «Ábrego» (n. 1865). De 
Sevilla. Amazona — 1891 — : Aves de paso 
9 Niño bonito — 1904 — ; El espada— 1905— ; 
Dominio de faldas — 1906 — ; Matar por ma- 
tar — 1908 — ; Ramiro el enamorado — 1914 — . 

Francisco Acebal (1866-¿1983?). De Gijón. 
Huella de almas— 1901 — ; Dolorosa — 1904 — ; 
Frente a frente— 1905— ; El Calvario— 1905 — ; 
Penumbra — 1924—; Rosa mística— núm. 3 de 
Los Contemporáneos — . 

Miguel de los Santos Alvarez (1817-1892). 
De Valladolid. La protección de un sastre 
—1840—; El hombre sin mujer — 1850 — : 
Tentativas literarias — 1864 — ; Principio de 
una historia — 1868 — . 

Manuel Amor Metlán (n. ¿1850 9 ). De Lu- 
go. Mendo de Maceda — 1882 — ; Justicias y 
crueldades — 1883— r; Desde la honradez al 
nrrimen — 1884 — ; Amante, esclava y verdugo 



rín, el padre Blanco García, el padre 
Conrado Muiños, Gómez de Baquero, 
han afirmado rotundamente el natu- 
ralismo de algunos de los siete tita- 
nes de la novela española contempo- 
ránea, y especialmente el de doña 
Emilia Pardo Bazán. Posiblemente es- 
ta eximia escritora, tomando la defen- 
sa del naturalismo francés— el del mé- 
todo experimental — en su obra La cues- 
tión palpitante, se engañó a sí misma 



—1889 — ; Sol y sombra— 1893— ; El último 
hijodalgo — 1893 — ; La cadena — 1903 — ;Sutí- 
ña^l903— ; La bella Centia— 1901— . 

Teodoro Baró (n. 1842). De Gerona. Luz y 
tinieblas — 1878 — ; La aldea de San Lorenzo 
— 1878 — ; Juan Alcarreño— 1889— ; La Tra- 
montana — 1907 — ; La paz del alma. 

Isidro Benito Lapeña m. 1842). De Avila 
El buen despertar. 

Marcos Rafael Blanco Belmonte <n. 1871 j. 
De Córdoba. La Casa de Cárdenas — 1903 — ; 
Pues, señor... — 1909 — ; La ciencia del dolor 
— 1910 — ; Mataruguito — 1912 — ; Pompas de 
jabón — 1915 — . 

Juan Blas y Ubide (n. 1852). De Calata- 
yud (Zaragoza). Sarica la Borda— 1903— ; £1 
licenciado Escobar — 1905 — ; Las caracola» 
—1909—. 

Sofía Casanova (n. 1862). De Almeiras (La 
Coruña). El doctor Wolski — 1905 — ; El pecado 
— 1908 — ; La princesa del amor hermoso 
— núm. 156 de El Cuento Semanal—; Idiio 
epistolar, Como la vida. Aventuras de una 
muñeca española en París. 

José Castro y Serrano (1829-1896). De Gra- 
nada. Cuadros contemporáneos — 1871 — ; His- 
torias vulgares — 1887 — . 

Carlos Luis de Cuenca (1849-1927). De Ma- 
drid. ¡Lo que son las cosasl — en El Cuento Se- 
manal, 1907 — . 

Alfonso Danvila (n. 1879). Odio; Lully Ar- 
jona; La conquista de la elegancia; Cuentos 
de infantas; Las luchas fratricidas — 16 to- 
mos — . 

José Fernández Bremón (1839-1910). De 
Gerona. Cuentos; Pasión ciega; Dos hij9S; 
El elixir de la vida. 

Francisco Fernández Villegas, «Zeda» 
(1856-1916). De Murcia. La novela de la vida: 
Desamor; La fábrica — núm. 67 de El Cuento 
Semanal — ; Rosario — núm. 21 de Los Contem- 
poráneos — 

Marqués db Figueroa, Juan Armada Losada 
(n. 1860). De Galicia. El último estudiante 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



17 



y engañó a la crítica más experta. 
Por obligación muy gustosa, para pro- 
logar y ordenar las obras completas 
de la admirable gallega, he tenido que 
leer y releer cada una de sus novelas 
y de sus cuentos. Honradamente de- 
claro que no pude encontrar en nin- 
guno de ellos ni muestras, ni trazas, 
ni atisbos de naturalismo. Y sí, vivi- 
ficando casi todos, un insobornable 
realismo, exagerado a veces, viril, au- 
daz ; pero siempre contenido en el 
mismo umbral de cada una de las ca- 



— 1883 — ; Antonia Fuertes— 1885 — ; La viz- 
condesa de Armas— 1837 — ; Cóndor y Forie- 
¿a — 1900— 

Carlos Frontaura (1834-19101. De Madrid. 
Brígida, Miedo al hombre, Los sermones de 
doña Paquita. 

Ángel Ganivet (1862-1893). De Granada. 
'Conquista del Reino de Mapa por el último 
conquistador español, Pío Cid — 1897 — ; Los 
trabajos del infatigable creador Pío Cid 
—1898—. 

Valentín Gómez (1843-1907). De Pedrola 
(Zaragoza). La paloma blanca — 1873 — ; La 
casa de una orquídea — 1887 — ; El señor de 
¡Calcena — 1839 — . 

Eduardo López Bago ( ¿ 18559-1931.). Los 
■■amores — 1877 — ; El periodista — 1884 — ; La 
soltera — 1886 — ; Luis Martines, el Espada 
—1886 — ; La mujer honrada — 1886 — ; Carne 
de nobles— 1887— ; El preso— 1838—; La se- 
ñora de Lopes— 1888— ; La Fálida—lññS—; 
La buscona — 1890 — ; La prostituta — 1890 — ; 
El separatista — 1890—. 

Luis López Ballesteros (1869-1933). De Ma- 
vagüez (Puerto Rico). Lucha extraña, Junto 
m las máquinas, La cueva de los buhos, El 
■crimen de don Inocencio. 

Mauricio López-R.obef.ts (1873-1940?). De 
Niza (Francia). Las de Garda Tris, La Can- 
taora — 1902 — ; El porvenir de Paco Tudela 
— 1903 — ; La novela de Lino Amáis — 1905 — ; 
La EsHnge sonríe — 1906 — : El vagón de Tcs- 
pis — 1906--; Las inf amonas — 1907 — ; Doña 
Marti'io — 1907 — ; Cuentos de tie'as — 1917 — ; 
SI verdadero hogar — 1917 — ; «Premio Fasten- 
rath» — ; La celosa — 1913 — ; El ave blanca 
— 1919 — ; El novio — 1929 — . (Y varias novelas 
en El Cuento Semanal y Los Contemporá- 
neos.) 

Conde de las Navas. Juan Gualberto Ló- 
pez Valdemoro I1855-1935J. De Málaga. ¡U7i 
infelis! — 1887 — ; Chávala — 1893 — ; La decena 
del fraile — 1895 — ; El procurador Yerbabue- 



racterísticas del naturalismo francés 
zolesco ; esas características, que son : 
angustioso pesimismo, regodeo en la 
descripción y en la exaltación de lo 
feo y aun de lo inmundo y de lo ca- 
tastrófico, bárbaras imágenes de lo 
subconsciente y de lo patológico, des- 
preocupación absoluta de los apremios 
y de Jos derechos espirituales. El pre- 
tendido naturalismo de la Pardo Ba- 
zán jamás pasó de ser un culto por 
cuanto la Naturaleza tiene de suge- 
rente, de provocador y aun de fatal. 

na — 1897 — ; La niña Araceli— 1906 — ; La Pe- 
lusa — 1907—. 

Ricardo Macías Picavea (1847-1899). De 
Santoña (Santander). La tierra de Campos, 
El derecho de la fuersa. 

Estanislao Maestre (¿1865-1921?). Azul y 
rosa — 1903 — ; La hija del usurero — 190o — : 
Almas rústicas — 1906 — ; Los vividores — 1910 — ; 
El mantón de Manila — 1913 — . 

Manuel Martínez Barrionuevo (1857-1917). 
De Málaga. La generala. La Quintañones, 
Misericordia, De pura sangre, Amapola, Jua- 
nela, La Condesita, Cómica y mártir, Entre 
bastidores. .. 

Felipe Mathe (¿1860-1917?). Breves relatos 
— 1887 — ; Guillermina — 1890 — ; César Lujan 
— 1906 — ; Magdalena Soliveres — 1903 — ; Sole- 
dad Téllez — 1909 — ; Un paraíso entre la nie- 
ve— 1913— . 

Enrique Menéndez y Pelayo (1861-1921) 
De Santander. La golondrina — 1908 — ; El 
idilio de la Robleda— 1909— ; El mote — nu- 
mero 135 de El Cuento Semanal, 1903 — ; In- 
teriores — 1910 — ; A la sombra de un ro- 
ble— 1911 — . 

P. Conrado Muraos. O. S. A. (1858-1913). 
De Almazán (Soria). Horas de vacaciones. 

Juan Francisco Muñoz y Paeón (1866- 
1920). De Huelva. El buen paño, Paco Gón- 
gora, Javier Miranda, La Millona, Oro de 
ley, Amor postal, Lucha de humos. Temple de 
acero, Mansedumbre, Juegos Florales. 

José de Navarrete (1836-1901). Del Puerto 
de S'anta María (Cádiz). María de los Anie- 
les, La señora de Rodrigues, Sonrisas y lá- 
grimas. 

Ramón de Navarrete (1818-1897). De Ma- 
drid. Misterios del corasón. El crimen de Vi- 
llaviciosa, Creencias y desengaños, Sueños y 
realidades, El duque de Alcira. 

José Nogales (1850-1908). De Aracena (Huel- 



18 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



Nunca pensó la ilustre dama y escri- 
tora hacer de su arte un bisturí para 
rasgar impíamente la materia natu- 
ralista y fisgonear y remover en los 
misterios y lacras de su intimidad. Pe- 
ro vale la pena de que mis lectores se 
convenzan de mi afirmación leyendo 
a- la propia doña Emilia : «Tiene cada 
época sus luchas literarias, que a ve- 
ces son batallas en toda la línea — co- 
mo la empeñada entre clasicismo y 
romanticismo — y otras se concretan a 
un terreno parcial. O mucho me equi- 
voco, o este terreno es hoy la novela 
y el drama, y en el extranjero la no- 



va). Mariquita León — 1905 — ; Las tres cosas 
del tío Juan, Tipos y costumbres. 

Julio Nombela (1836-1919). De Madrid. La 
maldición de una madre — 1861 — ; La villana 
de Alcalá — 1862 — ; hl coche del diablo 
—1863—; Los 300.000 duros— 18S6— : Historia 
de un minuto — 1869 — ; El último duende 
■ — 1876 — ; El picaro mundo — 1883 — ; El señoi 
Pérez — 1884 — ; El amor propio— 1889 — ; La 
flor de nieve — 1916 — . 

Juan Ochoa (1864-1899). De Asturias. El 
amado discípulo, Un alma de Dios, Los se- 
ñores de Hermida. 

Rafael Pamplona Escudero (1865-1924). De 
Zaragoza. Cuartel de invá idos— 1904 — ; En- 
gracia — -1905 — ; Tierra prometida — 1906 — ; El 
camino de los ciegos — 1903 — : Boda y mor- 
taja — 1907 — ; Juegos de damas — 1910 — : Los 
pueblos dormidos — 1911 — ; El hijo de Parsi- 
fal — 1912 — ; El cura de misa y olla — 1916 — ; 
Don Marín el Humano — 1918 — . 

Micaela Peñaranda (¿1850-1915?). El bece- 
rro de oro, ¿Sin remedio? 

Alfonso Pérez Nieva (1859-1931). De Madrid. 
El alma dormida — 1889 — ; El señor Carras- 
cas— 1889 — • ; Ágata — 1897 — ; La tierra reden- 
tora — 1897 — ; La Savia — 1899 — : El buen sen- 
tido — 1905 — ; La dulce oscuridad — 1907 — ; 
Fray Jerónimo — 1913, en Los Contemporá- 
neos — ; La alemanita — 1914, en Los Contem- 
poráneos — . 

Juan Pérez Zúñiga (1860-1938). De Ma- 
drid. Viajes morrocotudos. Doña Tecla en 
Pomatú, El chápiro verde, Villapclona de 
Abajo, Novelas ínfimas, La familia de Noé. 
La soledad del campo — núm. 12 de El Cuento 
Semanal — ; El co-odrilo azul — núm. 104 de 
El Cuento Semanal — . 

José Manuel Polo y Peyrolón (1846-1918). 
De Cañete (Cuenca). Los Mayos — 1879 — ; Sa- 



vela sobre todo. Reina en la poesía 
lírica, por ejemplo, libertad tal, que 
raya en anarquía, sin que nadie de 
ello se espante, mientras la escuela 
de noveladores franceses que enarbo- 
lan la bandera realista o naturalista 
es asunto de encarnizada discusión y 
suscita tan agrias censuras como aca- 
loradas defensas. Sus productos reco- 
rren el globo, mal traducidos, peor 
arreglados, pero con segura venta y 
número de ediciones incalculable. Es 
de buen gusto horrorizarse de tales 
engendros, y certísimo que el que más 
se horroriza no será, por ventura, el 

cramento y concubinato — 1884 — ; Soi l .a, c 
amores archiplatónicos — 1886 — ; Bocetos de 
brocha gorda — 1886 — ; Quien mal anda, ¿có- 
mo acaba? — 1891 — . 

Arturo Reyes (1864-1913). De Málaga. Car- 
tuchería — 1898 — ; El lagar de la viñuela 
— 1899—; La goletera— 1900 — ; Del bulto a 
la Coracha — .1902 — ; Las de Pinto — laoa — ; 
Cielo azul — 1911 — ; y en El Cuento Semanal 
y Los Contemporáneos: La Moruchita. El Ni- 
ño de los Caireles, El del Roe' o, Sangre gi- 
tana, Sangre torera, Oro de ley, Entre bre- 
ñas.. . 

Blanca de los Ríos (n. 1862). De Sevilla. 
El Salvador, La niña de Sanab'la, Melita 
Palma. La romería, Sangre española. El te- 
soro de Sorbas; y en El Cuento Semanal y 
en Los Contemporáneos: Madrid goyesco, Las 
hijas de Don Juan, Los diablos azules. 

José Rodríguez Chaves i 1847-1909). De Ma- 
drid. La Corte de los Felipes— 1892 — ; Cuen- 
tos de varias épocas. 

José Rogerio Sánchez (n. 1876). De Valla- 
dolid. Almas de acero, En busca de la vida. 
Tristes destinos. 

Salvador Rueda (1857-1933). De Málaga. 
Sinfonía callejera. La cópula. La reja. El 
gusa7io de luz, La gitana, El cielo alegre. La 
guitarra— núm. 5 de El Cuento Semanal — ; 
El poema de los ojos — núm. 82 de El Cuente 
Semanal — ; El salvaje — núm. 40 de Los Con- 
temporáneos — . 

Ángel Salcedo Ruiz (¿18507-1911). Víctor 
— 1887 — ; La novela de un prohombre — 1909 — . 

Adolfo de Sandoval (1870-1947). De Ovie- 
do. Toda hermosa, Angeles caídos. Los amo- 
res de un cadete, Fuencisla Moyana, Forja- 
dor de almas. Ante todo, lo amado; Almas 
gemelas, Novela de un corazón. .. 

Federico Santander (n. 1883). De Madrid. 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



19 



que menos los lea. Para el experto en 
cuestiones de letras, todo ello indica 
algo original y característico, fase nue- 
va de un género literario, signo de vi- 
talidad, y por tal concepto, más recla- 
ma detenido examen que sempiterno 
uesprecio o ciego encono. De la pugna 
surgió ya algún principio fecundo, y 
tengo por importante entre todos el 
concepto de que la novela ha dejado 
de ser obra de mero entretenimiento, 
modo de engañar gratamente unas 
cuantas horas, ascendiendo a estudio 
social, psicológico, histórico, pero al 
cabo estudio. Dedúcese de aquí una 
consecuencia que a muchos sorpren- 
derá ; a saber : que no son menos 
necesarias al novelista que las galas 
de la fantasía la observación y el aná- 
lisis. Porque, en efecto, si reducimos 
la novela a fruto de lozana invectiva, 
pararemos en proponer como ideal del 
género las Sergas de Esplandián o las 
Mil y una noches. En el día— no es 
lícito dudarlo — la novela es traslado 



de la vida, y lo único que el autor 
pone en ella es su modo peculiar de 
ver las cosas reales ; bien como dos 
personas, refiriendo un mismo suceso 
cierto, lo hacen con distintas palabras 
y estilo. Merced a este reconocimiento 
de los fueros de la verdad, el realismo 
puede entrar, alta la frente, en el 
campo de la literatura.» (.Prefacio a 
Un viaje de novios.) ¿Cabe una más 
rigurosa profesión de fe estrictamen- 
te realista, sabiendo que la menciona- 
da novela es ya tildada de natura- 
lismo? 

A mi entender, la insinuación y la 
preocupación del triunfante naturalis- 
mo francés se encuentran en Jacinto 
Octavio Picón — Dulce y sabrosa, La 
hijastra del amor, El enemigo — . Y 
con mucho mayor descaro, en La car- 
naza (1885) de José Zahonero y en 
algunas novelas medianejas de Eduar- 
do López Bago — La Soltera (1886), La 
mujer honrada (1886), La señora de 



Epistolario — 1903—; Alma materna — 1906 — ; 
Por el nombre — 1907 — ; La Casa de Balsa. n 
—1908—. 

Alejandro Sawa (.1862-1909). De Málaga. 
La mujer de todo el mundo— 1885 — ; Crimen 
legal — 1886 — ; Declaración de un vencido 
— 1887 — ; Noche — 1889 — ; Un criadero de cu- 
ras — 1890 — ; La sima de Igusquiza — 1897—: 
Iluminaciones en la sombra — 1910 — ; Historia 
de una reina — núm. 18 de El Cuento Sema- 
nal—. 

José Selgas Carrasco 11822-1882). De Lor- 
ca (Murcia). Deuda del corazón — 1872 — ; la 
manzana de oro — 1873 — ; Un rostro y un 
alma — 1376 — ; Las dos rivales — 1877 — ; Una 
madre— 1880 — ; Nona — 1881 — ; La mariposa 
blanca — 1883 — ; Historias contemporáneas. 

«Silverio Lanza». Juan Bautista Amorós 
(1856-1912). De Madrid. Cuenteemos sin im- 
portancia, Cuentos políticos, Cuentos esco- 
gidos, Artuña, Mala cuna y mala fosa, Cuen- 
tos para mis amigos, Los gusanos — núm. 32 
de Los Contemporáneos — . 

Ramón Solano y Polanco (n. ¿1870?). De 
Santander. La tonta — 1904 — ; Amor de po- 
Ve — laüi — . 

Ceferino Suárez Bravo (1825-1896). De Ovie- 
do. Guerra sin cuartel — 1885. premiada por 



la Real Academia Española — ; Soledad, No- 
velas cortas. La honra de Cádiz. 

Luis Taboada (1846-1906). De Vigo (Pon- 
tevedra). La viuda de Chaparro — 1899 — : Pes- 
cadero, a tus besugos — 1905 — ; Pellejín, Las 
de Gachupín, Los ridiculos.. . 

Antonio de Trueba (1819-18391. De Galda- 
més (Vizcaya). El gabán y la chaqueta 
— 1872 — ; María-Santa — 1874 — ; Cuentos po- 
pulares, Cuentos de color de rosa, Cuentos 
campesinos, Cuentos de varios colores, Cuen- 
tos de vivos y muertos. 

Federico Urrecha (1855-¿1918?). De San 
Martin (Navarra). Drama en prosa — 1885 — ; 
Después del combate — 1886 — ; La hija de 
Miracielos — 1886 — ; El vencejo de la Bur- 
galeda — 1887 — ; El rehén del Patuco — 1889 — : 
La estatua — 1890 — ; Cuentos del vivac 
— 1892 — ; Siguiendo al muerto — 1894 — ; El 
suicidio de Regúlez — núm. 138 de El Cuento 
Semanal — . 

José Zahonero (1853-19311. De Avila. El 
polvo del camino — 1886 — : La carnaza 
— 1885 — ; La vaina del espadín — 1887 — ; No- 
velas cortas— 1887 — ; Barrabás— 1891 — ; Car- 
ne y alma — 1905 — ; Cantarín cautivo — 1906 — ; 
Fray Muñeira — 1906 — ; El señor obispo 
—1908—. 



20 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



López (1888), La buscona (1889) y La 
prostituta (1890). 

Pero me interesa advertiros ahora, 
y que vosotros lo tengáis muy presen- 
te mientras este alegato dure, porque 
ya no volveré a repetirlo, que el natu- 
ralismo español, ya triunfante, al que 
me refiero y al que me referiré des- 
pués, nada tiene que ver con el fran- 
cés. Es el español mucho más sano, 
mucho menos pesimista, mucho más 
natural, mucho menos despreocupado 
de las reacciones del alma. El natura- 
lismo español no llega jamás a ofen- 
der la sensibilidad de una persona cul- 
ta y comprensiva, despojada de los ante- 
ojos de color de cualquier fanatismo. 

Si el naturalismo español se inicia 
tímidamente con Jacinto Octavio Pi- 
cón, cuaja en los epigonos — según 
manda pronunciar nuestra docta Aca- 
demia de la Lengua — de los grandes 
novelistas aludidos. Estes epigonos sur- 
gen casi terminado el siglo xix y se 
adentran victoriosamente en nuestra 
centuria. Se llaman : Joaquín Dicenta, 
Felipe Trigo, Vicente Blasco Ibáñez, 
Eduardo Zamacóis, Ramón del Valle- 
Inclán, Pío Baroja (1). 



(1) Vicente Blasco Ibáñez ( 1367-1 928t. De 
Valencia. Arroz y tartana — 1894 — ; Flor de 
mayo — 1895 — ; ha Barra a — 1898 — ; Sónnica 
la cortesana — 1901 — ; Entre naranjos — 1900- 
La condenada — 1900 — ; Cañas y barro 
—1902—; La Catedral— 1903— ; El intruso 
— 1901 — ; La bodega — 1905 — ; La ¡¡oda 
— 1905 — ; La maja desnuda — 1906 — ; Sangre 
y arena — 1908 — : Los muertos mandan 
— 1909 — ; Luna Benamor — 1909 — : Los Argo- 
nautas — 1914 — ; Los cuatro jinetes del Apo- 
calipsis — 1916 — ; Mare Nostrum — 1918 — ; Los- 
enemigos de la mujer — 1919 — ; La tirra de- 
todos — 1922 — ; El paraíso de las muj-res 
—1922—; La reina Cala'ia— 1923 — ; El Papa 
del mar— 1925 — ; A los pies de Venus— 1926 — : 
En busca del gran Khan — 1928 — ; El raba- 
nero de la Virgen — 1929 — ; El fantasma de 
las alas de oro — 1930 — . Blasco Ibáñez publicó 
además numerosas novelas cortas en Jas re- 
vistas La Novela Semanal y La No ela de 
Hoy, agrumadas en distintos volúmenes : El 
préstamo de la difunta— 1921 — ; Las novelas 
de la Costa Azul — 1927 — ; Las novelas del 



Caso aparte es el de don Miguel de 
Unamuno (1), quien entrevera con el 
.ealismo decimonono esa nueva dis- 
posición — entre desorientada y absor- 
ta—, angustiosamente espiritual, que 
ahora creen haber parido, bautizán- 
dola con el nombre de tremedismo. 

De estos igualmente admirables no- 
velistas, Valle-Inclán, Baroja y Blasco 
Ibáñez son personalidades señeras que 
o no ejercieron influencia o la ejer- 
cieron muy escasa en la promoción 
de 1907, aun cuando en El Cuento 
Semanal o en otras publicaciones si- 
milares, a que luego me referiré, apa- 
recieron varias breves novelas suyas. 
En Felipe Trigo y en Eduardo Zama- 
cóis está la línea inicial novelística 
de la premoción. Porque, como TrigO' 
y Zamacóis, casi todos los promocio- 
nistas — sálvense algunos: Conoka Es- 
pina, Miró... — empezaron siendo natu- 
ralistas íntegros y terminaron regre- 
sando al campo netamente español de- 
un realismo casi austero. 

Por cierto que con Trigo y Zamacóis 
en la novela, sucedió el mismo equí- 
voco que, en la poesía, con Salvador 
Rueda y Rubén Darío. Cuando Ru- 



(1) Miguel de Unamuno (1864-1936). De? 
Eilbao. Paz en la guerra— 1897— ; Amor y pe- 
dagogía; Niebla— 1914 — ; Abel Sánchez — 1917 — ; 
Tres novelas ejemplares y un prólogo — 1920 — ; 
La tía Tula — 1921—; San Manuel bueno: Eí 
espejo de la muerte... Unamuno publicó en ET 
Cuento Semanal su novela Nada menos que 
todo un hombre. 



amor y de la muerte — 1927^; El adiós a 
Schubert. En su juventud escribió otras mu- 
chas novelas, repudiadas por él más tarde : 
La araña negra — diez tomes — ; El conde 
Garci-Fernández; La hermosa liejesa; ¡Viva 
la República! — cuatro tomos — . 

Ramón del Valle-Inclán (1866-1936). De Vi- 
llanueva de Arosa (Pontevedra). Femeninas 
— 1894 — ; Adega — 1899 — ; Corte de amor 
— 1903 — ; Jardín novelesco -1905 — : Jardín 
umbrío — 1903 — : Historias perversas — 1907 — ; 
Sonata de otoño— 1902 — ; Sonata de esto 
— 1903 — ; Sonata de invierno -1905 — ; So- 
nata de primavera — 1904 — ; Romance de lo- 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



21 



bén aún imitaba malamente a los poe- 
tas españoles más mediocres — Grilo 
Campoamor, Núñez de Arce — , el ma- 
lagueño Rueda había lanzado ya los 
más certeros y audaces avisos del mo- 
dernismo poético en su libro En tro- 
pel (1892). Recordad que Rubén Da- 
río proclamó la misma tendencia en 
Prosas profanas (1896). Y, sin embar- 
go, es Rubén quien ha merecido la 
gloria de ser llamado y considerado 
«padre del Modernismo poético» hispa- 
no. Así es la opinión de impresiona- 
ble y de injusta. Cuando Felipe Tri- 
go publicó su primera y extraordina- 
ria novela naturalista Las ingenuas 
(1901), Eduardo Zamacois llevaba pu- 
blicadas Consuelo, La enferma, Pun- 
to negro, Tic-Nay, Incesto, novelas 
auténticamente afiliadas al género im- 
portado de Francia. Sin embargo, Fe- 
lipe Trigo es quien pasa, para la crí- 
tica, por el «padre del Naturalismo 
novelesco» español. 

Incidentalmente quiero señalar la 
injusticia feroz con que la crítica con- 
temporánea se ha ensañado en Feli- 
pe Trigo. En las modernas historias li- 
terarias, cuando no se silencia su nom- 



bos — 1908 — ; Cofre de sándalo — 1903 — ; 
Cuento de abril — 1910 — ; El resplandor de la 
hoguera — 1903 — ; Los cruzados de la Causa 
— 1903 — ; Gerifaltes de antaño — 1909— : 
Águila de blasón — 1907 — ; Los cucrn s de 
don Friolera — 1921 — ; Luces de bohemia 
— 1924 — ; Tirano Banderas — 1926 — : Retablo 
de la avaricia, la lujuria y la muerte — 192 1 — . 
La Corte de los Milagros — 192; — ; Viva mi 
dueño — 1928 — . Una tertulia de antaño -en 
El Cuento Semanal — y varias novelas cortas 
en La Novela Semanal, La Novela de Hoy 
y La Novela Mundial. 

Pío Baroja (1872). De San Sebastián. Vi- 
das sombrías — 1900 — ; La Casa de Aizgorii 
—1900—; El mayorazgo de La braz— 1902 — ; 
Zalacaín el aventurero — 1903 — ; Idilios vaz- 
cos — 1901 — ; Camino de perfección — 1901 — ; 
La busca— 190-1— ; Mala hierba— 1934--: Au- 
rora roja — 1904 — : La feria de l~s discretos 
—1905 — ; Los últimos románticos — 1906 — ; 
Tragedias grotescas — 1907 — ; Paradox, rey 
—1907 — ; La dama errante — 190^ — ; La ciu- 
dad de la niebla — 1909 — ; Aventuras, inv^n- 



bre, se le dedican dos líneas con el 
mismo estribillo idiota : «Fué un no- 
velista erótico.» Compadezco sincera- 
mente la miopía de unos críticos que 
en la producción novelesca— fecunda, 
original, vasta, intensa y trascenden- 
te — de Trigo no han sabido ver sino 
la parte erótica..., siempre incidental. 
Prefiero pensar que los críticos con- 
temporáneos — salvo las honrosas ex- 
cepciones de Romera Navarro y Ma- 
nuel Abril — no han leído a Trigo, y 
que hablan de él por referencias éti- 
cas y no literarias. 

He proclamado repetidamente que 
si Felipe Trigo hubiera nacido en Fran- 
cia o en Italia, sería hoy su fama tan 
grande como justa; y hasta la reco- 
nocerían, aun cuando fuera «a la trá- 
gala», los olímpicos críticos actuales. 
En lo que va de siglo, aún no se han 
mejorado novelas como En la carrera, 
El médico rural, Jarrapellejos o Re- 
veladoras; la segunda y la tercera, 
limpias casi del dichoso erotismo que 
se ha convertido en el único pecado 
capital de nuestro tiempo en España. 
En la obra novelesca de Felipe Trigo 
hay muchas cosas más notabilísimas 



tos y mixtificaciones de Silvestre Paradox* 
César o nada — 1910 — : El árbol de la cen- 
cía — 1911 — ; Las inquietudes de Shanti An- 
dia — 1911 — ; El mundo es ansí— 1912 — ; La 
sensualidad pervertida; El gran torbellino del 
mundo; Amores tardíos; Las veleidades de 
la fortuna; El laberinto de las sirenas: Los 
pilotos de altura; La estrella del capitán 
Chuñista; La familia de Errotacho; El cabo 
de las tormentas; Los visionarios: Las no- 
ches del Buen Retiro: El cura de Monleón; 
Locuras de Carnaval; El horroroso crimen 
de Peñaranda del Campo: El nocturno del 
hermano Beltrán; Memorias de un hombre 
de acción — veintidós volúmenes — ; Susana, o 
los cazadores de moscas; Laura, o la soledad 
sin remedio: El caballero de Erlaiz: El Hotel 
del Cisne; Los impostores joviales; Los enig- 
mátieos... Pío Baroja publicó en El Cuento 
Semanal su novela representable Adiós a la 
bohemia y otros muchos títu'os en La No- 
vela Corta, La Novela Mundial, Los Nove- 
listas.. . 



22 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



que la crítica miope no ha visto. Hay, 
siempre, una tesis profundamente, tras- 
cendentalmente humana, un sentido 
noble y bello de la Vida, un designio 
de mejoramiento y de ejemplaridad 
social. Hay... hasta ese estilo desaliña- 
do, de descuidada sintaxis, que se le 
reprocha y que llega a ser imprescin- 
dible en sus novelas por lo que tiene 
de brío, de color y de eficacia; algo 
así como el aire y el tono por los que 
se filtran para presentarse más in- 
confundibles e inimitables. 

Al papanatismo de las siguientes pro- 
mociones — la de 1925 y la de 1939 — de 
novelistas españoles, que adoró el tiem- 
po moroso y el cerrado existencialis- 
mo de Proust, olvidósele, desconoció 
que, muchos años antes que Proust 
empezara a escribir — sin horas y sin 
espacio — , Felipe Trigo había lanzado, 
en existencialismo apremiante y en 
medido tiempo lento, su gran novela 
La Altísima. A los mismos novelistas 
que creen a pie juntillas que Joyce, 
Huxley y Lawrence han impuesto el 
canónico nuevo estilo de novelar, yo 
les aconsejaría que leyesen sin prejui- 
cios y muy alerta las entendederas La 
clave, La bruta o Sor Demonio. 

Remacho en la injusticia con que la 
crítica ha juzgado la producción no- 
velesca de Felipe Trigo. En esta pro- 
ducción, achicharrante en ocasiones, 
conmovedora y removedora siempre, 
hubo muchísimo más que erotismo y 
asintaxis ; erotismo que, por otra par- 
te, es bien digno de ser estudiado, ya 
que representa una de las mayores 
aventuras y de las más inevitables des- 
venturas del linaje humano. Trigo tuvo 
y defendió ahincadamente con su plu- 
ma nobles ideales: la igualdad del 
hombre y de la mujer ante el amor; 
la certeza de que la civilización actual 
no ha conseguido sino prostituir el 
amor; la ciega obediencia a las leyes 
naturales; el retorno a la Naturaleza, 



aprovechando para una mayor liber- 
tad la cultura y la ciencia, la mo- 
ral y la nobleza, como único reme- 
dio a la corrupción abominable que rei- 
na en el mundo presente. Según el 
ilustre crítico Romera Navarro — en su 
Historia de la Literatura española 
(1928) — : «Las esperanzas de Trigo se- 
rían, tal vez, quiméricas ; pero sus con- 
vicciones eran sinceras y generosas. 
Su concepción del amor nos parece a 
muchos elevada; pero la audacia de 
sus procedimientos rebasa algo la me- 
dida.» Hay, pues, que insistir mucho 
en que fué Trigo el mantenedor más 
constante y acertado del naturalismo 
literario, pero de un naturalismo, si 
morboso, a veces, de erotismo, jamás 
empañado de grosería expresiva, de de- 
lectación por lo zafio o lo brutal ; ja- 
más enloquecido — como en Zola, Huys- 
man o Maupassant — por la angustiosa 
patología o por la degeneración so- 
cial. En verdad que todos los excesos 
del naturalismo español no pasaron 
de unos escarceos poco hipócritas y 
vivamente pintados con el huésped 
eterno del corazón del hombre. 

La línea novelística que tomaron los 
promocionistas de 1907 fuét pues, la 
de Trigo y Zamacóis, la de un natu- 
ralismo muy españolizado ya, muy 
poco pesimista, sin complejos, sin fan- 
tasmas, como puede comprobarse en 
novelas muy famosas : La mujer fá- 
cil, de Insúa ; La espinna de Afrodita. 
de Sassone; Floración, de López de 
Haro; Desamor, de El Caballero Au- 
daz; La suegra de Tarquino, de Bel- 
da; Doña Violante, de González-Blan- 
co; Volvoreta, de Fernández-Flórez.. 

En las portadas de las primeras 
obras de Felipe Trigo aparece un ex 
dbris sumamente bello y sumamente 
sencillo : una mujer joven y hermosa, 
símbolo de Venus encarnada. El ex 
libris lleva esta significativa leyenda 
circular : «Yo hablo en nombre de 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



23 



la Vida.» Me atrevo a decir que esta 
leyenda, que nadie se atreverá a ne- 
gar que no es absolutamente humana, 
hermosa y optimista, fuá cerno la di- 
visa de los novelistas de la promo- 
ción de El Cuento Semanal. Todos 
ellos, si, hablarán en nombre de la 
Vida ; a todos ellos no les interesará 
sino la Vida : todos ellos buscarán en 
la Vida lo que la Vida puede ofrecer 
no sólo de rigurosamente vital, sino 
también de apasionamiento y de en- 
soñación, los dos mejores estrambotes 
poéticos de la Vida. Y hay algo más, 
igualmente significativo: el primer 
número de El Cuento Semanal, apa- 
recido el 4 de enero de 1907, contiene 
una novela breve : Desencanto, de Ja- 
cinto Octavio Picón. Ya he señalado 
que, en verdad, fué Picón el primer 
novelista español en quien se insinúa 
la existencia del naturalismo francés. 
Picón, el precursor; Trigo, el implan- 
tador, Zamacóis, el fundador de la 
famosa revista, dan la pauta a los ilu- 
sionados y capacitados premocionis- 
tas. Son como los guías expertos de 
una juventud que intenta conseguir 
para la novela española uno de sus 
períodos más brillantes y fecundos. 

La promoción de El Cuento Sema- 
nal se inicia, pues, en ese naturalismo 
comedido en todos los extremes vio- 
lentos... menos en el del amor. De 
aquí que la crítica miope y los lecto- 
res que presumen de muy sagaces ha- 
yan podido calificar de erotismo el 
naturalismo español, estimando en 
mucho más el detalle que más pronto 
y fuerte llega a la consideración y a 
la sensibilidad de quienes leen, que el 
trascendental y enraizado motivo de 
la tendencia literaria. 

El hablar «en nombre de la Vida» 
llevó a los prcmecionistas a una go- 
zosa independencia, disculpable por 
sus años mozos y por otras calidades 
más nobles y firmes que se esbozaban 



ya en sus obras, como el bozo de las 
anunciaciones y de las iniciaciones so- 
bre les labios de los primeros años vi- 
riles. Y si — no cabe ocultar el suce- 
so — naturalistas «con vetas eróticas» 
fueron los mejores promocionistas : 
Pérez de Avala, Francés, Martínez Ol- 
medilla, López de Haro. Insúa, Ramí- 
rez Ángel, González Blanco, Mata, Ló- 
pez Pinillos..., también es muy de ad- 
vertir que en idéntico erotismo peca- 
ron algunes de los admirables epígo- 
nos ya aludidos : Valle-Inclán — las 
Sonatas — , Zamacóis — Consuelo, La 
enferma, El otro — , Dicenta — Encar- 
nación — , Blasco Ibáñez — Sónnica, En- 
tre naranjos — . 

Y ahora, contando con vuestra be- 
nevolencia, quisiera pasar lista a esos 
promocionistas. Lista inclusive por or- 
den alfabético, como se hace en las 
aulas, al inicio de las clases. Y no 
para poner faltas, que desdichadamen- 
te habrían de ser demasiadas, sino 
para que os deis cuenta exacta de la 
importancia enorme que, en cantidad 
y en calidad, tuvo la promoción. Como 
en lo que resta de este alegato no 
podré aludir a cada uno, sino a los 
más calificados, quiero, pasando esta 
lista emotiva — al menos, para mí — , 
proclamar la perennidad de sus nom- 
bres y de sus obras, rindiéndoles así 
mi admiración y mi devoción inextin- 
guibles. Y os advierto que no mencio- 
naré, y ello es muy interesante, sino 
a los autores de más de diez, de veinte 
novelas largas, de decenas de nove- 
las breves, de centenares de cuentos. 
Creo que la obra fecunda merece la 
mención. Empiezo a pasar lista : 

Acosta, José María. 
Aguilar, Catena, Juan. 
Antón del Olmet, Luis. 
Belda, Joaquín. 
Borras, Tomás. 
Bueno, Manuel. 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



Burgos, Carmen de. 
Camba, Francisco. 
Cansinos Asséns, Rafael. 
Carrere, Emilio. 
Castro, Cristóbal de. 
Díaz-Caneja, Guillermo. 
Diez de Tejada, Vicente. 
Espina, Concha. 
Fernández Flórez, Wenceslao. 
Francés, José. 
García Mercadal, José.' 
García Sanchiz, Federico. 
Gómez de la Serna, Ramón. 
González Anaya, Salvador. 
González-Blanco, Andrés. 
Hernández Cata, Alfonso. 
Hoyos Y Vinent, Antonio. 
Insúa, Alberto. 
• Larrubiera, Alejandro. 
León, Ricardo. 
López de Haro, Rafael. 
López Pinillos, José. 
López de Saa, Leopoldo. 
Marquina, Eduardo. 
Martínez Olmedilla, Augusto. 
Martínez Sierra, Gregorio. 
Mas, José. 
Miró, Gabriel. 
Molina, Roberto. 
Mora, Fernando. 
Noel, Eugenio. 
Ortiz de Pinedo, José. 
Pérez de Ayala, Ramón. 
Pérez Lugín, Alejandro. 
Pujol, Juan. 

Ramírez Ángel, Emiliano. 
Répide, Pedro de. 
Salaverría, José María. 
San José, Diego. 
Sassone, Felipe. 
Tenreiro, Ramón María. 
Várela, Benigno. 
Villaespesa, Francisco. 
Zozaya, Antonio (1). 



(1) Las fichas biobibliográficas de los auto- 
res seleccionados para la Antolojla pueden 
leerse precediendo a sus respectivas novelas. 



Emocionado, repito mi anterior afir- 
mación : ¡Cuántos faltan a la lista! 
Pero... fijaos bien: ¡Cincuenta nom- 
bres admirables ! ¡ Cincuenta y dos su- 
mándoles los ncmbres de Trigo y de 
Zamacóis ! Naturalmente, no todos tie- 
nen la misma categoría. No todos in- 
sistieron en su vocación de novelista. 
Unos derivaron hacia la poesía. Otros, 
hacia el teatro... Algunos, hacia el 
ensayo y el periodismo. Pero absolu- 
tamente todos ganaron a pulso las in- 
signias de oficiales, jefes y aun gene- 
rales en el género. Y todavía, haciendo 
una mayor justicia, rebañando un po- 
quito más en mi memoria, he de recor- 
dar otros muchos nombres, menos tras- 
cendentales, pero dignos de la men- 
ción, ya que también formaron parte 
de la misma generación. He aquí esos 
nombres — de los que no quisiera ol- 
vidar ninguno — : Ángel Guerra, Rafael 
de Leyda, Ricardo Catarinéu, Clau- 
dio Frollo, Carlos Luis de Cuenca. 
Pérez Zúñiga, Bello, Serrano de la Pe- 
drosa, Carlos Miranda, Bonnat, Ra- 
fael A. Urbano, Luis Huertos, Iglesias 
Hermida, Gómez Lobo, El Caballero 
Audaz, Goy de Silva, Pérez Bojart, 
Prudencio Canitrot, Manuel de Men- 
dívil, Javier Valcárcel, Barriobero, Ju- 
lio Camba, Camino Nessi, Ciges Apa- 
ricio, Jesús R. Coloma, Francisco de 
Cossío, Deulofeu, Eladio Esparza, An- 
tonio García de Linares, Gómez de la 
Mata, Guilmaín, Hernández Mir, Ju- 
lio Hoyos, López Orense, Martínez 
Amador, Majó Framis, Martínez Cuen- 
ca, Martínez Kleiser, Isaac Muñoz, 
Oteyza, Bej araño, Parellada, Serafín 
Puertas, Reyes Huertas, Adolfo Reyes, 
Rívas Cherif, Román Cortés, San Ger- 
mán Ocaña, Sánchez Rojas, Constan- 
tino Suárez (Españolito), Taxonera, 
Luis de Terán, José Toral, Curro Var- 
gas, Valero Marín, Velasco Zazo, Bue- 
naventura Vidal, Vicente de Pereda, 
Zeda, Francos Rodríguez, Ruiz Albé- 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



25 



niz, Luis de Tapia... (1). Si me olvido 
de algunos otros nombres, que se me 
perdone en gracia a mi deseo de no 
olvidarlos. 
Tampoco todos ellos iniciaron su vo- 



n¡ José María Acosta (n. 1881). De Alme- 
ría. Amor loco y amor cuerdo — 1920 — ; Entre 
faldas anda el juego — 1921 — ; La venda de 
Cupido — 1922 — ; Al cabo de los añas mil 
—1922 — ; Niñerías — 1923—; La Saturna — 1923—; 
Las pequeñas causas — 1924 — ; Las eternas mi- 
ronas — 1927 — ; El morbo 1929 — . 

Juan Aguilar Caiena (n. 1888). De Ubeda 
i Jaén). Los enigmas de María Luz— 1919 — ; 
H'erida en el vuelo — 1921 — ; bis iplinas de 
amor — 1923 — ; Nuestro amigo Juan -1924- — ; 
La ternura infinita — 1928 — ; Un soltero di- 
fícil— 1928 — ; ¡Va todo!— 1929 — ; Dos noches 
— 1930 — ; Úrsula, examíname; ¡Ahí va ese 
niño!; La novia del alma... 

Angelina Alcaide de Zafra (n. 1890). De Se- 
villa. La tontería de un gato — 1910 — ; Cartas 
te hombres — 1915 — . 

Eduardo Barriobero Herrán í 1880-1939 1. De 
Torrecilla de Cameros i Logroño). Vocación; 
Guerrero; Matapán, probo funcionario; Como 
los hombres; El 606; El airón de los Torre- 
Cumbre; El hermano Rajao; Syncerasto el 
Parásito... 

Luis Bello (1872-1935). de Alba de Tormes 
iSalamanca). El corazón de Jesús — núm. 45 
de El Cuento Semanal — . 

José Betancourt, «Ángel Guerra» (n. 1874). 
De Tequise (Canarias). Aguas primaverales, 
Al sol; Polvo del camino; Cariños: iLctr ame- 
ra; Al «jallo», núm. 32 de El Cuento Semarial. 

Agustín Bonnat (1875-1925). De Madrid. La 
revolución de 0.75; El rapto de la Sabina; 
Jacinta Ruiz — 1920^ — ; Un hombre serio — nú- 
mero 47 de El Cuento Semanal — . 

Julio Camba (n. 1882). De Villanueva de Aro- 
ta (Pontevedra). El destierro — núm. 43 de El 
Cuento Semanal — . 

José Camino Nessi (n. 1890). De Iloilo (Fi- 
lipinas). La ciudad del cielo; El caso de Sor 
Amor Hermoso; El alma de la romería. 

Prudencio Canitrot (1882-1913). De Ponte- 
vedra. Cuentos de abades y de aldeas; Suevia 
— 1909 — ; La luz apagada — 1913 — ; El señorito 
rural, núm. 170 de El Cuento Semanal— : El 
camino de Santiago— núm. 30 de Los Contem- 
poráneos — . 

José María Carretero. «Fl Caballero íu- 
dad» (n. 1889). El breviario de Blanca Emeria. 
Desamor, La bien pagada, La sin ventura. 
El jefe político. Hombre de amor, Un hombre 
extraño, Mi marido, La ciudad de los brazos 
tbiertos. . . 



cación en El Cuento Semanal; pero 
sí lo hicieron en revistas similares e 
inmediatas. Entre el más joven y el 
más viejo de los promocionistas no 
existe una diferencia de tres lustros. 



Ricardo Catarinéu (1868-1915). Almas erran- 
tes, núm. 35 de El Cuento Semanal. 

Manuel C:ges Aparicio (1873-19361. De En- 
guera (Valencia). Del cautiverio. El vicario, 
El juez que perdió su conciencia, Los vence- 
dores, Villavieja, La venganza — núm. 114 de 
El Cuento Semanal — . 

«Claudio Frollo». Ernesto López « ¿ 1880?». 
Cómo murió Arriega — núm. 35 de El Cuente 
Semanal — ; Las cuatro mujeres — núm. 84 de 
El Cuento Semanal — . 

Jesús R. Coloma (n. 1884). Amores que 
triunfan — 1911 — ; La fuerza del amor — 1911 — : 
El crimen de la bruja — 1912 — ; Sor Azucena 
— 1913 — ; La política infame — 1914 — . 

Francisco de Cos-áo m. 1887). De Sepú've- 
da (Segovia). La casa de los linajes, El esti- 
lete de oro. El caballero de Castilnovo, La 
rueda, Clara, Taxímetro.. . 

Ángel Cruz Rueda (n. 1888). De Jaén. Huer- 
to silencioso, Dolor sin fin. 

José María Deulofeu (n. 1885). La mujer 
difícil — 1911 — ; La odisea de Anselmo Garcés 
— 1912 — ; £scZa^os-ti9i3 — , ¡ Fracasos y de- 
rrotas — 1913 — ; El amor de las mur'iecis 
— 1914; Buitres de ciudad — 1914 — ; Los lite- 
ratos — 1915 — ; Crápula — 1915 — ; Tanin y su 
héroe — 1916 — •; Eva Leticia — 1916 — ; La bes- 
tia humana — 19X6 — ; El arca cerrada — 1917 — 

Guillermo Díaz Caneja (n. 1876). De Ma- 
drid. Escuela de humorismo, La deseada, La 
pecadora, Pilar Guerra, El vuelo de la dicha. 
La virgen paleta, La mujer que soñamos, La 
novela sin título, Garras blancas. Una lección 
de amor. El carpintero y los frailes, El mis- 
terio del hotel. 

Eladio Esparza (¿1885?). La sombra del pe- 
cado, Los caminos del Señor, La isla de los 
sueños. Tu hermosura... 

Pedro Luis de Gálvez (1882-¿1940?). De Ma- 
drid. La chica del tapicero — núm. 72 de Los 
Contemporáneos — ; Las hembras de las Vis- 
tillas — núm. 86 de Los Contemporáneos—. 

Antonio García de Linares (18S5). Las jor- 
nadas de un escéptico. Las jornadas de un 
sentimental, Rosa de Provins... 

Salvador González Anata (n. 1879). De Má- 
laga. Rebelión — 1905 — ; La sangre de Abel 
— 1915 — ; El castillo de irás y no volverás 
— 1921 — ; Las brujas de la ilusión — 1923 — ; 
Nido de cigüeñas — 1927 — ; La oración de la- 
tarde — 1929 — ; Nido real de gavilanes — 1931 — ;. 



26 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



Casi las dos terceras partes de ellos 
nacieron entre 1875 y 1890. 

Y os pregunto y me pregunto asom- 
bradamente: ¿Cuándo tuvo España, 



Las vestiduras recamadas — .1932 — ; Los naran- 
jos de la Mosquita — 1933 — ; Luna de plata 
— 1942 — ; Luna de sangre — 1944 — ; El camino 
invisible — 1946 — ; La jarra de azucenas 
—1948—. 

Germán Gómez de la Mata (n. 1888). De Ma- 
drid. Orquídea — 1910 — ; Mariposa — 1911 — ; 
Muñecas perversas — 1915 — ; La que llegó tar- 
de — 1921 — ; Las esjinges — 1923 — . 

Arturo Gómez-Lobo (n. 1880). La senda es- 
téril — núm. 57 de El Cuento Semanal- ; La 
sima del misterio — núm. 55 de Los Contem- 
poráneos — ; Los desterrados. 

Ramón Goy de Silva (n. 1838). De El Ferrol 
(La Coruña). Doña Gárgola, Mientras tocaban 
las ocarinas, Las educandas, Viaje a Belén... 

Andrés Guilmáin (n. 1890). Mi prima María 
— 19íj — ; Margot peca siete veces — 1919 — ; La 
condesa busca un amante; Las perversiones de 
Totó... 

Guillermo Hernández Mir (n. 1885). De Se- 
villa. El patio de los naranjos — 1920, «Premio 
Pueyo» — ; Pedazos de vida — núm. 129 de El 
Cuento Semanal — . 

Julio Hoyos (n. 1882). De Valencia. El dolor 
de la casa— 1903— ; Los ojos del lazarillo 
— 1908 — ; Camino de hierro^l909 — ; Los anar- 
quistas — 1910 — ; Como la estrella del Norte 
— 1914 — ; Evangelina — núm. 205 de El Cuento 
Semanal — . 

Luís G. Huertos (n. 1881). De Granada. La 
tristeza del amor — 1908 — ; Ansias de vida 
— 1911, en Los Contemporáneos — ; Los cuer- 
vos — 1914 — . 

Luis de Huidobro (n. 1870). De Madrid. La 
casa núm. 13 — 1911, en Los Contemporáneos—; 
Un droguero a Siete Picos; De cómo suceden 
las cosas. 

Prudencio Iglesias Hermida (1884-1919). De 
La Coruña. Gente extraña; La ermita de los 
fantasmas; De caballista a matador de toros. 
Los dos primeros títulos los publicó en La 
Novela Corta — 1916 y 1917 — . 

Alejandro Larrubiera (1869-1935). De Ma- 
drid. Tía Paz— núm. 204 de El Cuento Sema- 
nal — ; La conquista del jándalo — núm. 23 de 
El Cuento Semanal — ; El hombre que vivió 
dos veces— 1911, en El Cuento Semanal—; Su 
Excelencia se divierte — 1914, en La Novela de 
Boisillo—; Camino del pecado— 190:1 — ; Mar- 
gara — 1911 — ; Noihe de juerga; El dulce tnc- 
migo— 1913— ; Fuera de combate— 1914 — ; Hom- 
bres y mujeres. Historia de un hombre for- 
mal... 



para gloria de su novela, un equipo 
de tal magnitud y capacidad como 
éste? 
Brevemente quiero enumerar las em- 



Rafael Leyda (n. ¿1880?). Valle de lájrimas 
— 1903 — ; Tirano amor — 1906 — ; Santijicarás 
las jiestas— núm. 33 de El Cuento Semanal—; 
Los faldones de Mexia— 1903, en El Cuento 
Semanal — ; Veraneo sentimental — num. l« de 
Los Contemporáneos — ; Castillos en España 
— núm. 56 ae Los Contemporáneos—; Del 
Acueducto al Alcázar — núm. 81 de Los Con- 
temporáneos — . 

"Manuel Linares Rivas (1867-1933). De San- 
tiago de Compostela. Un jiel amador — núme- 
ro 54 de El Cuento Semanal — ; Lo que no vale 
la pena — 1909, en El Cuento Semana —; Cuen- 
tos de amor y de amores, Como los dioses — en 
Los Contemporáneos — ; La garra del tigre 
— en Los Contemporáneos — ; El caballero Pe- 
drin Páez de los Pedreles, Lo difícil que es ir 
al cielo — 1913 — . 

Leopoldo López de Saa (1870-1936). De Me- 
dina, de Pomar (Burgos). El ciudadano Flor 
de Lis — 1905—; De antigua raza — 1906 — ; 
Avispilla — núm. 70 de Los Contemporáneos-; 
Carne de relieve — 1909 — ; Los indianos vuel- 
ven — 1911 — ; Bruja de amor — 1917— ; Por un 
milagro de amor; Las épocas se van; El amigo 
del sol; Gaviotas y golondrinas... 

Daniel López Orense, «Fantasio» (1884). De 
Noya (La Coruña). El placer de amar — 1909 — ; 
El camino de la dicha — 1912 — . 

Ricardo Majó Framis (n. ¿1887?). De Sevi- 
lla. Retorno — 1923 — ; Descubrimiento del país 
de Utopía; Abismo. 

Emilio Martínez Amador (n. 1830). Vida 
muerta — 1917 — ; La inquietud de amar — 1918 — 
La sombra trágica — 1920 — . 

Salvador Martínez Cuenca (¿1885?). Cuen- 
tos pasionales; Semana de Pasión — núme- 
ro 151 de El Cuento Semanal — ; El sentido 
práctico; Sucedió en París... 

Luis Martínez Kleiser (1883). De Madrid. 
Rarezas; Esteban Rampa; La Obispilla: El 
vil metal; La carcajada; Talegos de tale- 
gas; Los hijos de la Hoz... 

José Mas (1885-1940). De Ecija (Sevilla i. 
Soledad; Sacrificio; Esperanza; La Bruja 
— 1916 — ; La estrella de la Giralda— 1917 — : 
La orgia — 1919 — ; Por las aguas del río 
— 1921 — ; Hampa y miseria— 1923 — ; Los sue- 
ños de un morfinómano — 1922 — ; £1 rastre- 
ro — 1924 — ; La locura de un erudito — 1926 — ; 
La piedra de fuego: La costa de la muerte 
— 1929 — ; Luna y sol de marisma — 1930 — : 
El baile de los espectros; La huida: El re- 
baño hambriento en la tierra feraz. 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



27 



presas magníficas que llevó a cabo 
este potentísimo equipo en menos de 
veinte años. 
Exclusivamente dedicados a la no- 



Manuel de Mendívil m. 1830). De Madrid. 
Publicó en Los Contemporáneos Sara la loca, 
Mal de ojo, La crueldad del amor, A inedias 
mieles, La mala racha, El mal camino, Aven- 
tura sentimental. La última etapa. El en- 
canto de la sirena... 

Fernando Mora (1878-1939). De Madrid. 
Venus rebelde— 1905— ; Nieve — 1906 — ; El pa- 
tio de Monipodio — 1909 — : Los vecinos del 
héroe — 1910 — ; El misterio de la Encarna 
— 1915 — ; Muerte y sepelio de Fernando el 
Santo — 1915, en El Libro Popular—: A orillas 
del Manzanares. La maja de Cabestreros, 
Puerta del Sol-Fuentecilla, Los hijos de na- 
die — 1919 — ; Los cuervos manchan la nie- 
ve. El «otro» barrio — 1920 — . 

Bernardo Morales San Martín (n. 1864). 
De El Cabañal (Valencia). Sor Consuelo; Flor 
de pecado; La limosna; La alcaldesa; Racimo 
de horca; La verdad; Desencanto; Eva inmor- 
tal; La Rulla; La tribuna roja... 

Isaac Muñoz (n. 1885). De Málaga. Alma 
infanzona; Lejana y perdida; Morena y per- 
dida; Voluptuosidad; Esmeralda de Oriente; 
Los ojos de Astarté; La sombra de una in- 
fanta; Ambigua y cruel... 

Luis de Oteyza (ri. 1883). De Zafra (Ba- 
dajoz). El diablo blanco; ¡Viva el rey!; El 
hombre que tuvo harén; Rio revuelto; Anti- 
cipolis; El tesoro de Cuatemoc. 

Pablo Parellada, «Melitón González» (1855- 
¿1934?). De Valls (Tarragona). Pompas de 
jabón — núra. Ti de El Cuento Semanal — ; 
Ciudad muerta — núm. 13 de Los Contempo- 
ráneos — ; Memorias de un sietemesina — 1917' — . 

V cente de Pereda (1881-1949). De Santan- 
der. La fiera campesina; Viejo poema; La 
hidalga fea; Las soberanas circunstancias; 
Película. 

José Pérez Bojart (n. 1832). De Madrid. 
Fabián A-irón — 1916 — . 

Alejandro Pérez Lugín (1870-1926.. De Ma- 
drid. La Casa de la Troya; Currito de la 
Cruz; Arminda Moscoso; La Virgen del Ro- 
cío ya entró en Triaría. 

Serafín Puertas (n. 1880). Asmodeo; El pas- 
tor viejo; Pierdechivos; La desgana de vivir; 
La Bribona; El sátiro Príapo y la diosa Hebe; 
Vida vana; Los últimos; Las señoritas de 
Quintanilla de Abajo. 

Alvaro Retana (n. 1888). De Batangas (Fi- 
lipinas). La dama del salón de Mornant; 
Al borde del pecado — 1920 — . 

Antonio Reyes Huerta (n. 1887). De Campa- 



vela corta, fundó y alimentó, sólo en 
Madrid, con generosidad y éxito in- 
mensamente popular, las revistas si- 
guientes : Los Contemporáneos, El 



nario (Badajoz). Fuente serena; La ciénaga; 
Los humildes senderos; Agua de turbión; La 
sangre de la raza. Lo que está en los cora- 
zones.. . 

Cipriano Rivas Cherif, «Leonardo Sherif» 
(n. 1890). De Madrid. Los cuernos de la lu- 
na — núm. 66 de El Cuento Semanal — . 

Emilio Román Cortés m. 1886). De Málaga. 
Gusarapo; El conde Álbar; Carne y espíritu; 
Humo; Y... esto es el mundo. 

José San Germán Ocaña m. 1887). De Puer- 
to Principe (Cubai. La jauría del amor 
— 1912 — ; Mamá Roció— 1916 — ; Memorias de 
una pulga — 1923 — . 

José Sánchez Rojas 1 1885-1931 i. De Alba 
de Tormes (Salamanca). Las mujeres de Cer- 
vantes — 1916 — ; Tratado de la perfecta no- 
via— 1923— . 

Miguel Sawa (n. 1868). De Málaga. Amor 
—1897 — : Fernando el Calavera — 1903 — ; Ave 
femenina — 1904 — ; La muñeca — núm. 44 de 
El Cuento Semanal — ■; La ruta de Judith 
— núm. 80 de Los Contemporáneos — . 

Francisco Serrano de la Pedrosa (1870- 
1926). ¡Por las malas! — núm. 26 de El Cuen- 
to Semanal — . 

Constantino Suárez, «Españolito» (n. 1889). 
De Aviles (Asturias). Isabelina — 1924 — ; Sin 
testigos y a oscuras — 1925 — ; El hijo de tra- 
po — 1926 — ; Rafael — 1926 — : Una sombra de 
mujer — 1927 — . 

Luciano de Taxonera (n. 1890). De El Fe- 
rrol (La Coruña). El otro amor — 1913 — ; Ro- 
sas de diciembre — 1914 — : La vida a distan- 
cia — 1923 — ; La nieve de los años — 1924 — ; 
¿Qué haces que no llegas?— 1932— . 

Ramón María Tenreiro (n. 1879). De La 
Coruña. Embrujamiento — núm. 78 de El Cuen- 
to Semanal — ; Lunes antes del alba — 1918 — ; 
El loco amor — 1925 — ; Dama pobreza — 1926 — ; 
La esclava del Señor— 1927— ; La ley del pe- 
cado — 1930—. 

Luís de Terán (n. 1884). Claroscuro, Viole- 
tas, Cuentos reales y fantásticos. La tra- 
gedia de Mirallano — 1913 — ; Patria — 1915—. 

José Toral (n. 1874). De Andújar (Jaén). 
La cadena — 1918 — - ; El ajusticiado— 1920 — ; 
Demasiado tarde; La señorita Melancolía; 
La sombra — 1921 — ; Un regenerador; Los 
tres dones del diablo; Flor de pecado. ■■ 

Rafael A. Urbano (1870-1913). De Má'.asa. 
Fortaleza— 1901— ; Moisés— 1903— ; La Casta- 
ñera— 1905 — ; La embajadora — 1906 — : Sobre 



28 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



Cuento Azul, El Cuento Galante, El 
Cuento Literario, El Cuento Nuevo, El 
Cuento Popular, El Cuento Decenal, 
El Cuento Semanal, Cuentos Extreme- 
ños, Cuentos Galantes, Cuentos del Sá- 
bado, El Libro para Todos, La Novela 
de Bolsillo, La Novela Corta, La No- 
vela de Hoy, La Novela del Jueves, 
La Novela Mundial, La Novela de la 



ruinas — 1907 — ; De capa y espada — 1903 — ; 
La diosa — 1910 — ; Novela de amores y de 
aventuras — 1911 — ; Los Gaitanes — 1912 — ; El 
barbero del usía — núm. 63 de El Cuento Se- 
manal — . 

«Curro Vargas», Fernando de Urqui-o 
(¿1880?). El sacristán de las Pascuales, La 
vida no es asi, Teodora Carvajal, La novia de 
Pierrot, La señorita Fidias. 

Javier Valcarce (m. 1918). De Galicia. 
Geórgica — núm. 29 de Los Contemporáneos — . 

Alberto Valero Martín (1882-¿ 1945?). De 
"Madrid. La novia del estudiante; La moza del 
mesón: La amante del presidiario; Por el 
amor de una enferma, Aurorita la romántica; 
La novela de un granujilla... 

Benigno Várela (n. 1882). De Zaragoza. 
El terrorista, Relámpagos de mi vida y La 
humilde curiosa — núms. 141, 165 y 197 de 
El Cuento Semanal — ; Las dos bombas — nú- 
mero 59 de Los Contemporán. os — ; El sacri- 
ficio de Margara — 1909 — ; Senda de tortura 
— 1909 — ; Isabel, distinguida coronela — 1910 — ; 
Volcanes de amor — 1910 — ; Corazones locos 
—1911 — ; Mujeres vencidas — 1912 — ; Horas 
trágicas del tivir — 1915 — . 

Antonio Velasco Zazo (n. 1884). De Ma- 
drid. Sangre joven — 1904 — ; Las chu'as de 
Morería — 1911 — ; La rubia de Naranjeros 
— 1913 — ; El crimen de la Fuentecilla — ls21 — . 

Buenaventura L. Vidal (1875-¿1935?). De 
Madrid. Raices del amor; Para despertar en 
si cielo; La señorita que hablaba con la 
luna. 

También recuerdo entre los colaboradores 
de El Cuento Semanal — que alcanzaron pres- 
tigio literario aun cuando no como novelis- 
tas — : Carlos Miranda: Mi niña — núm. 164 — ; 
Dorio de Gades : Por el camino de las ton- 
terías— núm. 160— ; Antonio M. Viérgol : 
La tragedia política — núm. 166 — ; Juan Té- 
llez y López: Mater admirabilis— 1909 — ; 
Enrique López Alarcón : La cruz del cariño 
— 1909 — ; Mariano Vallejo : Deuda pagada 
— núm. 30 — ; Antonio Palomero: Don Clau- 
dio — núm. 38 — ; Sinesto Delgado: Espíritu 
puro— núm. 58 — ; Pascual Santacruz : No- 
bleza obliga— núm. 64 — 



Noche, La Novela Nocturna, La Nove- 
la del Domingo, La Novela para To- 
dos, La Novela Popular, La Novela Se- 
lecta, La Novela Quincenal, La No- 
vela con Regalo, La Novela Semanal, 
La Novela de una Hora, La Novela 
Moderna, Los Novelistas, Nuestra No- 
vela, Los «13», Biblioteca Patria (1)... 
Posiblemente habré olvidado algún tí- 



(1) Los Contemporáneos. Madrid, 1903-1926 
Publicación semanal 20 páginas. 230xl49mm. 
D.os columnas, con grabados en negro y co- 
lor Cubierta en colores. Imprenta José Blas* 
y Cia., San Mateo, 1. Comenzó a publicarse 
el 1." de enero ce 1909. Desae 1918 se im- 
primió en 24 páginas de 185x120 mm., a do» 
columnas, en la Imprenta Alrededor del 
Mundo, Martín de los Heros, 65. El último 
número apareció el 28 de marzo de lb26, 
30 cents, el ejemplar. Fundador : Eduardo 
Zamacóis. La dirigieron : ' Zamacóis, Manuel 
ae Mendívil y Augusto Martínez Olmedilla. 

El Cuento Azul. Madrid, 1929-1930. Publi- 
cación semanal. 64 o más páginas. 132x78 
milímetros. Una columna, con grabados. 
Portada en colores. Imprenta Artística de 
Sáez Hermanos, Norte, 21. Apareció el pri- 
mer número el 14 de diciembre de 1929 
40 cents, el ejemplar. 

El Cuento Galante. Madrid, 1913. Publi- 
cación semanal. 16 páginas. 201x132 mm. A 
dos columnas, con grabados. Imprenta Juan 
Pueyo, Mesonero Romanos, 34. Apareció el 
primer número en abril de 1913. 10 cents, el 
ejemplar. 

El Cuento Popular. Madrid, 1914. Publi- 
cación semanal. 24 páginas, a dos colum- 
nas y con grabados. 203 x 131 mm. Imprenta 
Artística, de Sáez Hermanes. Monserrat. 7. 
Apareció el primer número el 1.° de junio 
de 1914. 

El Cuento Semanal. Madrid. 1907-1912. Pu- 
blicación semanal. 24 páginas, a dee co- 
lumnas, con grabados en negro y color. Cu- 
bierta en colores, con caricaturas de los auto- 
res o dibujos. 230x150 mm. Imprenta José 
Blass y Cía., San Mateo, 1, y, posteriormente, 
Imprenta Artística Españo'.a. San Roque. 7. 
El primer número apareció el 4 de_ enere 
de 1907. Dejó de publicarse en enero de 1912 
30 cents, el ejemplar. Fundador : Eduardo 
Zamacóis. 

Los Cuentos Extremeños. Madrid, 1908. Pu- 
blicación decenal. 16 páginas a dos columnas, 
con grabados. Imprenta Balgaños y Moreno, 
Pelayo, 38. El primer número apareció el 
8 de julio de 1908. 20 cents, el ejemplar. 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



29 



tulo. De estas publicaciones, modeles 
de sugestiva presentación casi todas, 
que el público acogió con entusiasmo 
sorprendente, ninguna recibió el me- 
nor auxilio oficial, y algunas de ellas 
vivieron echo, diez, veinte años. En 
estas inolvidables publicaciones se die- 
ron a conocer, con los novelistas, in- 
numerables dibujantes, de los que pos- 
teriormente alcanzaron grande y jus- 
ta fama dentro y fuera de Es-paña. 
Quiero mencionar a varios... Manuel 
Tovar — unos de los mejores caricatu- 
ristas que he conocido — , Cerezo Valle- 
jo, Bujados, Ricardo Marín, Remero 
Calvet, Mota, Lozano Sidro, Pedrero, 
Estevan, Juan Francas, Marco, Posa- 
da, Menéndez, Medina Vera, Robleda- 
no, Mira, Ribas, Bartolozzi, Penagos, 
Baldrich, D'Hoy, Máximo Ramos, Si- 
rio... 

Ni en el siglo xix, siglo de los tita- 
nes de la moderna novela española, ni 
en la actualidad, se dio cosecha tan 
ubérrima y sabrosa. ¿Cree alguien, de 
buena fe, que el discutible equipo de 
novelistas de la promoción de 1939 
podría crear, sin ayudas, y sostener 
un conjunto tal de revistas dedicadas 
exclusivamente a la narración? Hace 
dos o tres años, en Madrid, «se resu- 



Cuentos Galantes. Madrid, 1910. Publica- 
ción semanal. 12 páginas a dos columnas, 
con grabados. 228x150 mm. Imprenta Eduar- 
do Arias, San Lorenzo. 5. El primer núme.o 
apareció en mayo de 1910. 

Cuentos del Sábado. Madrid. 1927. 64 pá- 
ginas a una columna. Imprenta Artes Grá- 
ficas Plus Ultra, Zurbano, 68. El primer 
número apareció el 1." de enero de 1927. 
40 cents, el ejemplar. 

La Novela de Bolsillo. Madrid, 1914. Pu- 
blicación semanal. 64 páginas, con grabados 
en negro y cubierta en colores. 132x82 mi- 
límetros. Imprenta de La Novela de Bolsillo. 
Inició su publicación en mayo de 1914. 
30 cents, el ejemplar. 

La Novela Corta. 1916-1925. Publicación se 
manal. 34 páginas. 173x103 mm. Una colum- 
na, con grabados. Imprenta Luna, 28, y 
Prensa Popular, Calvo Asensio, 3. El primer 
número apareció el 15 de enero de 1916; y 



citó» La Novela Corta. No penséis que 
las firmas que la sostuvieron durante 
su corta vida son las de los novelistas 
de menos de cuarenta años. Vivió del 
jugo perenne de los refritos novelescos 
de la premoción de 1907. 

Pero aún hay algo mucho más sig- 
nificativo. Las seis novelas más in- 
tensas que han aparecido con el tema 
de la guerra española de 1936-1939 no 
se deben a las plumas de los escrito- 
res nacidos precisamente de la postgue- 
rra, sino a las de Rafael López de Haro 
— Adán, Eva y yo — , Wenceslao Fer- 
nández Flórez — Una isla en el mar 
Rojo — , Francisco Camba — Madridgra- 
do — , Tomás Borras — Checas de Ma- 
drid — , Juan Antonio Zunzunegui 
— Las ratas del barco — y Agustín de 
Foxá — De Corte a Checa. 

¡Ah, si la promoción de 1907 hubie- 
ra encontrado un verdadero maná de 
premios pingüísimos literarios y una 
Prensa tan propicia a los bombos des- 
orbitados como los ha encontrado la 
de 1939! 

Claro está que por mucho que la 
Prensa se empeñe en hacer de lo ne- 
gro blanco y ayude a que así nos lo 
parezca, si falta la materia prima..., 
el público se da pronto cuenta del ga- 



el último, el 15 de junio de 1925. La fundó 
don José de Urquia. 5, 10 y 20 cents, el 
ejemplar. 

La Novela de Hoy. Madrid. 1922-1930. Pu- 
blicación semanal. 62 o más páginas a una co- 
lumna, con dibujos en negro y portada en co- 
lores. 123 x 82 mm. Imprenta Sucesores de 
Rivadeneyra. Paseo de San Vicente, 20, y en 
la C. I. A. P.. Príncipe de Vergara, 42 y 44. 
Apareció el primer número el 14 de mayo de 
1922. Fundador : don Artemio Precioso. 30 
céntimos el ejemplar. 

La Novela del Jueves. Madrid, 1924. 64 pá- 
ginas a una columna, con grabados. 122x82 
milímetros. Imprenta Arizón, Amnistía, 3. 
El primer número apareció en abril de 1924. 
30 cents, el ejemplar. 

La Novela Mundial. Madrid, 1926. Publica- 
ción semanal. 64 páginas a una columna, con 
grabados en negro y cubierta en colores. 
Imprenta Sucesores de Rivadeneyra, Paseo de 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA.— ESTUDIO PRELIMINAR 



30 

tuperio. De varias novelas actuales sé 
a las que se les han dedicado dos o 
tres centenares de artículos en la Pren- 
sa de toda. España, y poco menos que 
se les ha declarado oficialmente como 
paradigmas del género. Pues bien: a 
una de las más humanas, intensas y 
bien escritas novelas españolas de lo 
que va de siglo— me refiero a Los ojos 
abiertos, de Emiliano Ramírez Ángel—, 
según sincera confesión de éste, no 
se le dedicaron sino once críticas de 
roñosa extensión. 

Pero sigo enumerando otras empre- 
sas magníficas de la promoción de El 
Cuento Semanal. Aún le sobraron alien- 
tos para sostener dos extraordinarias 
editoriales : Renacimiento y Mundo La- 
tino, y para dar fama a la del inolvi- 
dable' Gregorio Pueyo. Creó una de las 
mejores revistas de letras y arte que 
ha tenido España: La Esfera. Contri- 
buyó decisivamente a mantener otras 
como Nuevo Mundo, Mundo Gráfico, 
Por Esos Mundos, Blanco y Negro, 
Cosmópolis, Mundial, Gil Blas, Gran 
Mundo, Helios, Hispania, Los Lunes 
del Imparcial, Para Todos, Prometeo, 
La Risa, La Semana, Sumnia, Vida 



Española, España, Vida Nueva, Vida 
Literaria... . 

¿Verdad que asombra tal derroche 
de vitalidad en poco más de veinte 
años? Porque ha de tenerse muy en 
cuenta que por entonces el Estado se 
inhibía por completo de toda empresa 
intelectual. Hoy, el Estado, reconozcá- 
moslo en su alabanza, es un admirable 
Mecenas que otorga su dinero a ma- 
nos llenas y sin desmayos ni desenga- 
ños. Asombra, hoy, la ayuda prestada 
por el Estado al escritor: tan decisi- 
va ayuda, que el escritor ni casi tiene 
que escribir para hacerse un nombre- 
cito que suene. 

Pero una de las más extraordina- 
rias consecuciones de la promoción de 
El Cuento Semanal— quizá la mayor 
y la más trascendental— fué la de dar 
Vigencia a la llamada' novela corta, 
esa novela mucho más extensa que 
un cuento largo y mucho menos que 
una novela, y que exige para el triun- 
fo las mejores disposiciones de la 
novela y del cuento, ya que carece de 
las defensas netas de las dos especies 
apuntadas: la prolijidad que permite 
los recursos puramente artísticos— es- 



san Vicente, 20. El primer numero apareció 
en marzo de 1926. Fundador y director: José 
García Mercadal. 30 cents, el ejemplar 
133x80 mm. 

La Novela de la Noche. Madrid, 1924. Pu- 
blicación quincenal. 120 páginas a una co- 
lumna, con grabados en negro y cubierta 
en colores. 135x83 mm. Imprenta Sucesores 
de Rivadeneyra, Paseo de San Vicente, 2a 
El primer número apareció el 1." de aoni 
de 1924. Fundador y director: don Artemio 
Precioso. Una peseta el ejemplar. 

H Novela Nocturna. Madrid. 1930. Publi- 
cación semanal. 64 páginas a una columna, 
con grabados en negro y cubierta en colores 
Talleres Poligráficos S. A., Ferraz. 72. El 
primer número apareció el 12 de diciembre 
de 1930. 30 cents, el ejemplar 134x77 mm. 

La Novela para Todos. Madrid, 1916. Pu- 
blicación semanal. 32 páginas a una columna, 
con grabados en negro y cubierta en color. 
160x100 mm. Imprenta Hispanoamericana, 
Eloy Gonzalo, 22. El primer número apareció 



el 23 de marzo de 1916. Desde junio del mis- 
mo año redujo su tamaño a 130x82 mm. 
5 cents, el ejemplar. 

La Novela Popular. Madrid, 1925. Publica- 
ción semanal. 64 páginas a una columna. 
122x73 mm. Imprenta Patronato de Huér- 
fanos del Cuerpo de Intendencia, Caracas, f. 
30 cents, el ejemplar. 

La Novela Quincenal. Madrid. 1925^ 24 6 
más páginas a una columna 127x84 , mm 
imprenta Gráfica Renacimiento. O Donnell. 
24 El primer número apareció el 15 de 
marzo de 1925. 20 cents, el ejemplar. 

La Novela Semanal. Madrid. 1921-1925. 
64 náginas a una columna, con grabados 
n SeK v cubierta en colores. 117x7 2 mm 
imprenta Prensa Gráfica Herma silla 57-J3 
primer número apareció el 25 de junio 
de 1925. 25 cents, el ejemplar. 

La Novela de una Hora. Madrld-Barcel* 
na 1936 Publicación semanal. 64 paginas, 
a 'una columna, con grabados en negro y 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



31 



tilo, descriptivismo, análisis moroso de 
los caracteres y de las pasiones — o la 
sintetización que disculpa la carencia 
de aquellos recursos o trucos de la 
buena técnica. 

Exceptuada la Pardo Bazán, ningu- 
no entre los grandes novelistas del si- 
glo xix cultivó asiduamente la novela 
corta. Porque si las escribieron los epí- 
gonos — Blasco Ibáñez, Trigo, Dicenta, 
Baroja, Valle-Inclán — , fué, precisa- 
mente, para colaborar en algunas de 
las revistas novelescas citadas. 

La promoción de El Cuento Sema- 
nal logró que el público español sin- 
tiera especial predilección por la no- 
vela corta, que tanto gustó en el si- 
glo xvn firmada por Cervantes, la Za- 
yas Sotomayor, Céspedes y Meneses, 
Salas Barbadillo, Eslava, Castillo So- 
lórzano, Alcalá y Herrera y tantos más. 
Y lo logró, no por la cantidad de las 
novelas breves puestas en circulación, 
sino, además, por la calidad de muchas 
de ellas. Sin esforzarme mucho, podria 
enumerar un centenar de novelas cor- 
tas, escritas entre 1907 y 1917, capaces 
de formar una ejemplar antología, or- 
gullo imperecedero del género narra- 
tivo español. Y no el centenar, pero 
sí voy a recordar algunas, cuya emo- 



cubierta en colores. 165x120 mm. Imprenta 
Clarassó, Barcelona. Editores Reunidos. Ma- 
drid. El primer número apareció el 6 de 
marzo de 1936; y el último, el 10 de julio 
del mismo año. 

Los «13». Madrid, 1933. Publicación sema- 
nal. 32 páginas a una columna, con graba- 
dos en negro y cubierta en colores. Imprenta 
Sáez Hermanos. El primer número apareció 
el 4 de marzo de 1933. 30 cents, el ejemplar. 
Fundador y director : don José María Carre- 
tero. El Caballero Audaz. 210x142 mm. 

Los Novelistas. Madrid, 1928. Publicación 
semanal. 64 páginas a una columna, con 
grabados en negro y cubierta a dos tintas. 
Imprenta Zoila Ascasíbar. Martín de los 
Heros, 65. El primer número apareció el 15 
de marzo de 1928. 30 cents, el ejemplar 
135x90 mm. 



ción y fuerza permanecen intactas, 
paradigmáticas, no superadas aún : 
La caída de los limones, Luz de do- 
mingo, Artemisa, El Anticristo, de Ra- 
món Pérez de Ayala. Guillermo el 
Apasionado, de Manuel Bueno. Em- 
brujamiento, de Ramón Tenreiro. Eros, 
Tántalo y El enemigo malo, de Diez 
de Tejada. La piel, Los muertos, La 
madrastra, La voluntad de Dios, de 
Hernández Cata. Nómada, La palma 
rota y El hijo santo, de Gabriel Miró. 
El sabor de la sangre y La telefonista, 
de José Francés. En memoria de Víc- 
tor Bruzan, Tres líneas de «.Le Matine 
y El cuerpo y el alma de Don Juan. 
de Alberto Insúa, La cita, El paraliti- 
co, Rick, Mal de ojo, El collar, de 
Eduardo Zamacóis. La gañanía, Ga- 
lerna, Una letra de cambio, de Joaquín 
Dicenta. Joaquinito, Doña Rosario. 
Del Tajo en la ribera, de López de 
Haro. Cintas rojas, Frente al mar y 
El enemigo, de López Pinillos. La in- 
terina, Luna, lunera; Un bolchevique, 
de Cristóbal de Castro. En coche de 
plata, La ley de Malthus, Por donde 
viene la dicha y El derecho a ser feliz, 
de Martínez Olmedilla. Aventura y 
Horas de sol, de Martínez Sierra. Cor- 
neja siniestra y La caravana, de 



Nuestra Novela. Madrid, 1925-1926. Publi- 
cación semanal. 64 páginas a una columna, 
con grabados en negro y cubierta en colores. 
126x72 mm. Imprenta Pueyo, Luna, 29, y Ta- 
lleres Poligráficos. S. A., Ferraz. 72. El pri- 
mer número apareció el 8 de enero de 1925 ; y 
el último, el 20 de mayo de 1926. 

El Libro popular. Madrid, 1913-1916. Pu- 
blicación semanal. 32 páginas a dos colum- 
nas, con dibujos en negro y cubierta en co- 
lores. 242x170 mm. Imprenta ce El Libro 
Popular, Paseo de las Delicias, 60. El primer 
numero apareció el 7 de enero de 1913. Fun- 
dador y director : F. Gómez Hidalgo. 

La Novela Selecta. Madrid, 1923. Publica- 
ción semanal. 32 páginas a una columna. 
123x82 mm. Cubierta a color. Imprenta S'áez 
Hermanos, Norte, 21. El primer número apa- 
reció en febrero. Director : Augusto Martí- 
nez Olmedilla. 



32 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



Eduardo Marquina. Del Rastro a Ma- 
ravillas, El solar de la bolera y No- 
che perdida, de Pedro de Répide. Alma 
de santa, Amapola entre espigas, La 
señorita mema y El allegretto de la 
Sinfonía VII, de Eugenio Noel. Vaho 
de madre y ¡Quiero que me ahorquen!, 
de Antón del Olmet. Muerte y sepe- 
lio de Fernando el Santo y El misterio 
de la Encarna, de Fernando Mora. 
La Catorce, El misterio de los ojos cla- 
ros, Cuesta abajo y La celada de Alon- 
so Quijano, de Pedro Mata. El pobre 
Baby y El manto de la Virgen, de 
Cansinos Asséns. Un veterano, de Ro- 
berto Molina. De corazón en corazón, 
Santiago el Verde e Historia sin des- 
enlace, de Ramírez Ángel. La ronda 
de los galanes y El jayón, de Concha 
Esoina. La bala fría y Cómo delinquen 
los viejos, de Zozaya. El rey Nicéforo 
y Mundo subterráneo, de Salaverría. 
La Niña de Plata, de Diego San José. 
El caso clínico y El crimen del fauno, 
de Hoyos y Vinent. El caballero del 
milagro y Amigas viejas, de Francisco 
Villaespesa. Villa María, el perseguidor 
y Todos menos ése, de Carmen de 
Burgos. El baile, de García Sanchiz. 
Un amor de provincia, de Andrés Gon- 
zález-Blanco. La conquista del ján- 
dalo, de Alejandro Larrubiera... 

¿Para qué cansaros más? Estas no- 
velas cortas, y otras muchas, de los 
centenares que aparecieron entre 1907 
y 1917, están esperando tranquilamen- 
te a quienes puedan superarlas. 

Pero que nadie piense que los nove- 
listas más ilustres de la promoción de 
El Cuento Semanal se contentaron con 
su dedicación a la novela corta. Alter- 
naron su composición con la de tam- 
bién espléndidas novelas largas. Casi 
todos ellos, antes de cumplir los cua- 
renta años, sumaban, además de cen- 
tenares de cuentos y de docenas de 
novelas breves, varias obras de alien- 
to definitivo. Así, entre 1907 y 1917, 



en el inverosímil plazo de diez años, 
se hicieron famosas, multiplicaron sus 
ediciones y fueron traducidas a varias 
lenguas extranjeras : La niña de Luz- 
mela, Despertar para morir, Agua de 
nieve y La esfinge maragata — esta úl- 
tima, «Premio Fastenrath», de la Real 
Academia Española—, de Concha Es- 
pina. Casta de hidalgos, Comedia sen- 
timental, Alcalá de los Zegríes, El 
amor de los amores — «Premio Fasten- 
rath — y Los centauros, de Ricardo 
León. Tinieblas en las cumbres, A. M. 
D. G., La pata de la raposa y Tro- 
teras y danzaderas, de Ramón Pérez 
de Ayala, La suegra de Tarpuino, La 
Coquito, La Farándula, Saldo de al- 
mas, ¿Quién disparó?, La piara, El pi- 
caro oficio y Alcibíades Club, de Joa- 
quín Belda. La débil fortaleza, La 
guarida y La danza del corazón, de 
José Francés. En tierra de santos, La 
hora trágica, El triunfo, La mujer fá- 
cil, La mujer desconocida, Las neuró- 
ticas, Las flechas del amor, El demo- 
nio de la voluptuosidad y El peligro, 
de Alberto Insúa. Doña Violante y 
Matilde Rey, de Andrés González- 
Blanco. Pelayo González, Novela eró- 
tica y La juventud de Aurelio Zal- 
dívar, de Alfonso Hernández Cata. La 
tirana, Después de la siega, Penumbra, 
Sinfonía doméstica y Los ojos abiertos, 
de Ramírez Ángel. Rebelión y La san- 
gre de Abel, de González Anaya. Lo 
sangre de Cristo, Las águilas y Doña 
Mesalina, de López Pinillos. En un lu- 
gar de la Mancha, Dominadoras, Bata- 
lla de odios, El salto de la novia. Flo- 
ración, La imposible, El pais de los 
medianos, Sirena, Poseída, Las sensa- 
ciones de Julia, La novela del honor, 
Entre todas las mujeres, Muera el se- 
ñorito, de López de Haro. Ganarás el 
pan— «Primer premio» de grandes no- 
velistas del siglo xx—, La Catorce y 
Corazones sin rumbo, de Pedro Mata. 
El otro, La opinión ajena, El misterio 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



33 



de un hombre pequeñito, Europa se 
va, de Eduardo Zamacóis. Memorias 
de un afrancesado, La caída de la mu- 
jer, El templo de Talla, El tormento 
de Sísifo, Siervo y tirano, Sie?npre vi- 
va y Los hijos, de Martínez Olmedilla. 
Frivolidad, A flor de piel, Los emi- 
grantes, Mors in vita y La vejez de 
Heliogdbalo, de Hoyos y Vinent. Como 
la luna, blanca; El veneno de la ví- 
bora, Hieles, El hidalgo don Tirso de 
Guimaraes, de Antón del Olmet. El 
amor catedrático, Tú eres la paz y La 
humilde verdad, de Martínez Sierra. 
Corazón adentro y Guillermo el Con- 
quistador, de Manuel Bueno. Hilván 
de escenas, El libro de Sigüenza, Las 
cerezas del cementerio, La novela de 
mi amigo, Dentro del cercado. El abue- 
lo del rey, de Gabriel Miró. Los cohetes 
de la verbena, de Répide. El patio de 
Monipodio, Venus rebelde y Los veci- 
nos del héroe, de Fernando Mora. Pu- 
ñalada de picaro y Libro de horas, 
de Diego San José. El último contra- 
bandista, Los espirituados y La mal 
casada, de Carmen de Burgos. Al son 
de la guitarra, Barrio Latino y Cham- 
pagne, de García Sanchiz. Margara, 
Camino del pecado y El dulce enemi- 
go, de Alejandro Larrubiera. Los nie- 
tos de Icaro, La revolución de Laiño 
—«Premio Fastenrath»— y El amigo 
Chirel, de Francisco Camba. 

También, también estas novelas lar- 
gas siguen esperando la aparición de 
otras que las superen en intensidad, 
en verdad, en emoción, en maestría 
técnica y hasta en españolismo. 

Ya apunté, al pasar lista, que en la 
promoción de El Cuento Semanal exis- 
tían, lógicamente, categorías, y que 
muchos de los promocionistas abando- 
naron el cultivo de la novela— al me- 
nos, con perseverancia—, para pasarse 
a otros géneros literarios, en los que 
han quedado catalogados para la pos- 
teridad. Así, Martínez Sierra, López 



Pinillos, Marquina, Villaespesa y Sasso- 
ne hallaron sus mejores triunfos so- 
bre los escenarios. González-Blanco 
y Cansinos Asséns alcanzaron fama 
legítima como críticos literarios. Be- 
nigno Várela, Salaverría, Manuel Bue- 
no, Ramírez Ángel, Répide, Antón del 
Olmet, Juan Pujol y Cristóbal de Cas- 
tro honraron con su prestigio el perio- 
dismo más noble y trascendente. Ca- 
rrere, entre 1914 y 1924, fué, acaso, el 
poeta más popular de España. Tomás 
Borras, apasionadamente diverso, pro- 
miscuó con éxito la crítica teatral, la 
crónica, el teatro fantástico y burles- 
co. García Mercadal se dedicó con má- 
xima solvencia al género biográfico. 
García Sanchiz inició su culto a las 
descripciones viajeras y a las charlas 
espectaculares. 

De cuantos insistieron tesoneramen- 
te en su primitiva y sutil vocación de 
novelistas, yo estimo como de prime- 
ra fila : Felipe Trigo, Eduardo Zama- 
cóis, Concha Espina, Ricardo León, 
Salvador González Anaya, Alfonso 
Hernández Cata, Wenceslao Fernán- 
dez-Flórez, Alberto Insúa, Rafael Ló- 
pez de Haro, José Francés, Augusto 
Martínez Olmedilla, Ramón Pérez de 
Ayala, Pedro Mata, Vicente Diez de 
Tejada, Gabriel Miró, Francisco Cam- 
ba y Roberto Molina. Felizmente para 
rní, y para cuantos novelistas no he 
considerado, dentro de su promoción, 
como de primera fila, yo suelo equi- 
vocarme muchas veces. Y pudiera su- 
ceder que en la mención anterior ni 
estuvieran todos los que son, ni fueran 
todos los que están. No me queda otro 
recurso que dejar un margen a lo... 
imprevisto. Para hacer mi selección he 
tenido, lógicamente, mis motivos y los 
he examinado por su derecho y por 
su envés. 

Y voy a exponer ante ustedes mis 
motivos. Todos los novelistas que he 
señalado como de primera categoría, 



NOVELA CORT'. 



34 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



absolutamente todos, suman estos va- 
lores : 

1.° Una obra novelesca continua, 
vasta, sin declinaciones. 

2. e Una maestría técnica — y aun 
táctica — a prueba de sutiles reparos. 

3.° Una popularidad creciente que 
les otorgó el público ; ese público pa- 
gano y de buena fe, ajeno a todas 
las consignas premeditadas y, en defi- 
nitiva, único juez inapelable ante el 
futuro. 

4.° Las numerosas traducciones que 
de sus obras se han hecho a distintos 
idiomas. 

5.° El afán con que miles de lecto- 
res buscan aún, por las librerías de 
lance, sus novelas agotadas o parcial- 
mente reimpresas parcialmente des- 
pués de 1939. 

Como habréis comprendido, en ta- 
les valores calificadores no he queri- 
do sumar ni un solo valor de mi sub- 
jetiva apreciación que pudierais re- 
chazar como «partidista». Pero, aho- 
ra, quiero también que sepáis que yo 
tengo otros motivos, y éstos franca- 
mente personales, no mejores, pero 
¿por qué peores que los de cada quis- 
que? Sí, yo tengo mis buenos motivos 
para señalar como máximos novelis- 
tas del máximo rango a los que seña- 
lo. Y es que en todos ellos encuentro 
los que yo estimo como los tres va- 
lores fundamentales que ha de reunir 
el novelista : 

1.° El deminio para concebir el 
plan total y la seguridad en su expo- 
sición. 

2.° El sentido de un realismo neta- 
mente español. 

3.° La carencia de complejos, ego- 
tismos, de terribles esclavitudes sub- 
jetivas que todos ellos presentan ; de 
esos complejos, esclavitudes y egotis- 
mos que ceñirán casi toda la produc- 
ción novelesca de la última promoción, 
como si nuestros jóvenes novelistas 



pensaran, como Buda, que el eje de 
la Vida gira desde sus ombligos. 

Con raras excepciones geniales, el 
valor de un novelista está en relación 
directa con su objetividad. 

Además de tales valores generaliza- 
dos en todos ellos, cada novelista de 
los señalados, felizmente para él y 
para su público, tiene propios valo- 
res muy acusados. Concha Espina, su 
melancólica sensibilidad nórdica, la 
fuerza de impresión del medio, del 
ámbito y de las reacciones estricta- 
mente espirituales ; el lenguaje noble, 
casi poemático. Fernández Flórez, la 
ironía desgarrada, la puntual observa- 
ción y la agudeza asombrosa para de- 
formarla grotescamente, sacando de 
esta deformación una intención más 
escéptica o desdeñosa que alecciona- 
dora. José Francés, como gran críti- 
co de arte que es, sus afanes por cuan- 
to de pictórico puede llevarse a las 
letras ; su vocabulario plástico y he- 
terodoxo, «que entra por los ojos» : 
sus humanos temas, siempre tratados 
con un anhelo exquisito «de viva pin- 
tura» de lienzo grande que atrae su- 
gestivamente «hacia los detalles y los 
fragmentos». López de Haro, su bús- 
queda «casi legal» de tesis con un hu- 
manismo puesto en trance de turba- 
ción o de interpretación falseada : su 
vocabulario como nervudo y jugoso a 
la vez; la tendencia a llegar a la 
almendrilla de la suprema razón o de 
la sinrazón suprema. Alberto Insúa. 
su gracia para construir y para dosi- 
ficar el interés; la naturalidad ex- 
presiva, que no obstaculiza el hilo na- 
rrativo; su fina observación, en la 
que se entreveran el escepticismo 
comprensivo y la ternura elegante. 
Martínez Olmedilla, la amenidad in- 
agotable, la habilidad maestra para 
sacar el máximo jugo de vitalidad a 
los seres y a las cosas que jamás pre- 
sumen de tenerla con trascendencia. 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



35 



la precisión de sus retratos, la fineza 
con que caricaturiza temperamentos 
y pasiones y ambientes sin sacarlos 
nunca de la realidad. Zamacóis, los 
inagotables recursos para mezclar ar- 
mónicamente esos ingredientes tan ex- 
plosivos y repelentes entre sí que son 
el sarcasmo y la sinceridad dramáti- 
ca, la ternura que vive y se avergüen- 
za de delatarse y la fría desvergüen- 
za que se encubre con elegancia ; el 
poder impresionante para conmover 
y para remover, para descubrir gran- 
dezas y miserias dándolas una autono- 
mía palpitante. Ramón Pérez de Aya- 
la, su dialéctica turbadora y su mo- 
rosa tensión intelectual ; su prodigio- 
so dibujo, que delata todos los artifi- 
cios de la técnica, sin que por ello se 
resientan el valor narrativo y la tras- 
cendencia de la fábula ; su última 
razón poética, que no ha perdido su 
poesía sensible. Gabriel Miró — el me- 
nos novelista de todos, el más poeta 
de todos — , la sugestión ofuscante de 
su estilo y de su prosa, recamados co- 
mo un Mediterráneo meridiano y es- 
tival : la técnica y la intención, len- 
tas, lentas, lentas, densas, densas, den- 
sas, calidísimas, un tanto turbadoras 
a la larga..., a semejanza de esas som- 
nolencias levantinas de las horas ál- 
gidas que embarcan hacia los mejores 
ensueños. Hernández Cata, el bazar 
milagroso de su inventiva, el don in- 
agotable para el dramatismo, para ex- 
traer de cada criatura la última posi- 
bilidad de sus instintos y de sus reac- 
ciones. Pedro Mata, la viva justeza, 
los giros y las maneras de su habla, 
su sabiduría para dosificar la emoción 
y exaltar la importancia de los te- 
mas que menos la tienen. Vicente Diez 
de Tejada, la magia para llevar, go- 
zosa o doloridamente, a su microcos- 
mos vital, sorprendente de espectacu- 
laridad, el cosmos de todas las certe- 
zas y aun ese macrocosmos que, según 



ciertos filósofos herméticos y místicos, 
es el universo considerado como ani- 
mado ser semejante al hombre y com- 
puesto, como él, de cuerpo y alma. 
Salvador González Anaya, la luminosa 
gracia andaluza de los temas y de los 
personajes, la lozanía de su castizo 
lenguaje. Roberto Molina, la intensi- 
dad y la precisión de sus evocaciones, 
el alarde para llevar al primer plano 
del interés de esos problemas cuya 
mayor trascendencia es la de ser «de 
todos los días y de cualquier parte». 
Francisco Camba, la zumba y el hu- 
mor, % los matices de la emoción conte- 
nida. 

Cada uno de estos grandes escritores, 
autores de muchas admirables nove- 
las, tiene su obra maestra. Y mi gus- 
to—que probablemente no coincidirá 
con el de ustedes, ni con el de sus au- 
tores — las señala así : de Gabriel Mi- 
ró, El obispo leproso. De Ricardo León, 
Comedia sentimental. De Concha Es- 
pina, La esfinge maragata. De Fer- 
nández Flórez, Volvoreta. De José 
Francés, La mujer de nadie. De Gon- 
zález Anaya, Nido de cigüeñas. De 
Alberto Insúa, El peligro. De López de 
Haro, Muera el señorito. De Martínez 
Olmedilla, El plano inclinado* De Pe- 
dro Mata, Ganarás el pan. De Pérez 
de Ayala, Belarmino y Apolonio. De 
Zamacóis, La opinión ajena. De Her- 
nández Cata, La juventud de Aurelio 
Zaldívar. De Francisco Camba, La re- 
volución de Laiño. De Roberto Moli- 
na, Dolor de juventud. De Vicente Diez 
de Tejada, Tántalo. 

Dieciséis hermosas novelas, realmen- 
te ejemplares y capaces de prestigiar 
imperecederamente una época en la 
historia de la novela española. Pero 
yo no tengo inconveniente en admitir 
que lo mismo puede afirmarse de otras 
dieciséis novelas que ustedes o los pro- 
pios autores seleccionen. 

La promoción de El Cuento Semanal 



36 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



aun puede vanagloriarse de una con- 
secución más trascendental. Cuando 
todos los promocionistas iniciaron su 
vocación, ya he dicho que heredaron 
la tendencia naturalista impuesta por 
sus inmediatos antecesores y que se so- 
metieron a ella con cierto gracioso des- 
caro propio de la juventud. Pero todos 
ellos, absolutamente todos, con segu- 
ra voluntad, con una serena compren- 
sión de lo auténticamente tradicional 
español, fueron eliminando de sus 
obras sucesivas el imperio naturalista 
con las vetas eróticas, y se mostraron 
en el limpio realismo que es el pa- 
trimonio secular de nuestra novela. 

Hago notar que únicamente he men- 
cionado a los ilustres novelistas que 
más y mejor cultivaron el naturalis- 
mo — traducido al español — , jamás in- 
sano ni pesimista, retorcido o ama- 
nerado. Puede afirmarse que desde 
1916, coincidiendo con la muerte de 
Felipe Trigo, el gran maestro del gé- 
nero, se impuso la tendencia realista 
genuinamente hispana. El máximo or- 
gullo de la promoción de El Cuento 
Semanal es haber legado a la promo- 
ción siguiente, intacto, sin mezclas co- 
rrosivas, revalorizado, el gran patri- 
monio realista, sumando al mismo una 
definitiva concepción de la novela lar- 
ga moderna, de la novela corta y del 
cuento. 

La crítica actual, yo no sé si de 
mala fe o con un desconocimiento pu- 
nible, pretende que la promoción de 
El Cuento Semanal no sólo no ha 
influido en la promoción inmediata 
— la mía, la de 1920, la de las incer- 
tidumbres y promiscuidades peligro- 
sas — , sino que apenas si ha dejado 
huella? débilísimas de sí misma. ¡La- 
mentable y falsísima creencia ! O 
¡ parcialísima creencia! Afirmo ro- 
tundamente, por mí y por muchos es- 
critores de mi generación, que precisa- 
mente es a la que se alude, y cuyos 



¡ nombres luego mencionaré, que cuan- 
tos iniciamos nuestra vocación hacia 
1920-1923 sentimos el azoguillo, los 
comezones de nuestro destino de escri- 
tores, coleccionando, leyendo con avi- 
dez las novelas cortas y largas, los 
cuentos de los promocionistas de 1907. 
El que más y el que menos de nos- 
otros — y tened cuenta que anduve me- 
tido hasta los hombros en las tertu- 
lias literarias, revistas y periódicos, 
tentativas e «ismos» subversivos, en- 
tre 1920 y 1923 — , el que más y el que 
menos de nosotros soñó con emular y 
aun superar en prestigio a Miró, a 
Pérez de Avala, a Gómez de la Serna, 
a Zamacóis... Con lo dicho, no quie- 
ro decir que mi promoción tuviera co- 
mo única influencia la de «los de El 
Cuento Semajial». Sobre mi promo- 
ción proyectaron sus mandatos impe- 
rativos — algunos benéficos, catastró- 
ficos otros— : el anárquico y sugesti- 
I vo temperamento de Gómez de la Ser- 
| na. la inquietud espiritual fluida de 
los «ismos» — dadaísmo, ultraísmo, crea- 
cionismo, superrealismo — y hasta el 
moroso proustismo bien filtrado por 
otros temperamentos galos : Jules Ro- 
main, Giradoux, Paul Valéry, Duha- 
mel, Gide, Valéry Larbaud... 

De estas influencias que conmovie- 
ron mi generación y la estigmaron 
— no sé, en definitiva, si para bien o 
paia mal — no hay por qué hablar aho- 
ra. Ya lo haré en su día. Pero con ri- 
gurosa fe notarial, con esa fe que hace 
prueba ante todos los tribunales de 
justicia, hago constar lo que mi pro- 
moción debe a la de El Cuento Sema- 
nal. ¡Nada menos que la determina- 
ción indudable y alegre de su voca- 
ción, el estímulo para vivirla y el 
modelo español y precioso para ini- 
ciarse en ella ! 

La promoción de El Cuento Semanal 
hizo posible la que sé inició en pleno 
hervor de los «ismos», entre 1920 y 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



37 



1923. Posiblemente me preguntarais: 
¿Qué promoción es ésta, de novelis- 
tas, y qué nombres de importancia 
ha dado? Reconozco que en mi promo- 
ción los poetas se alzaron con la pri- 
macía y con la primogenitura. Mi ge- 
neración no ha dado, novelistas o crí- 
ticos o ensayistas de la talla que han 
alcanzado poetas como García Lorca, 
Alberti, Salinas, Guillen, Cernuda... La 
novela necesita más tiempo para cua- 
jar que la poesía, y mi generación no 
tuvo ese tiempo lento de serenidad en 
el que se logra la diana de la inven- 
ción y de la creación. El poeta que a 
los treinta años no ha dado su talla, 
no es fácil que logre darla. Algo se- 
mejante le sucede al músico. Y es 
que músico y poeta son entes de ins- 
piración o de raíz elemental. Novelis- 
tas, autores dramáticos, ensayistas, 
son entes de meditación o de raíz com- 
pleja. Sin embargo, mi generación tu- 
vo un equipo de interesantes novelis- 
tas «en maduración», a muchos de los 
cuales nuestra guerra civil cortó los 
alientos o heló los tempranos frutos, 
salvándose otros — pocos — que hoy si- 
guen cultivando el género en primera 
fila, formando la gloria máxima de la 
novela actual. 

Y creo justo mencionar los nombres 
de los principales que surgieron como 
epígonos de la promoción de 1907 : 
Sebastián Juan Arbó, Joaquín Arde- 
ríus, Mauricio Bacarisse, Manuel Abril, 
Manuel Benavides, Botín Polanco, Ca- 
rranque de Ríos, Benjamín Jarnés, 
Francisco Ayala, César Arconada, Ra- 
món Ledesma Miranda, Edgar Nevi- 
lle, Manuel Iribarren, Ramón J. Sen- 
der, Juan Chabás, Huberto Pérez de 
la Ossa, Antonio Espina, Antonio Po- 
rras, Antonio Robles, Samuel Ros, 
Bartolomé Soler, Juan Antonio de 
Zunzunegui, Claudio de la Torre, Fe- 
lipe Ximénez de Sandoval, Juan José 
Domenchina, Enrique Jardiel Ponce- 



la, Federico de Mendizábal, Eduardo 
de Ontañón, Antonio de Obregón, Ma- 
riano Tomás, Félix Urabayen, Sala- 
zar Chapela, Mario Verdaguer y el 
que estas líneas escribe (1). 

Después de cuanto he precisado, ¿po- 
drá alguien creer justo el olvido o el 
desdén en que hoy se ven envueltos 
los novelistas de la promoción de El 
Cuento Semanal? En veinte años es- 
casos crearon editoriales importantí- 
simas — catálogos voluminosos — , trein- 
ta y tantas revistas — insuperadas hasta 
hoy — dedicadas exclusivamente a las 
novelas cortas, y cuya suma, muy por 
encima, se aproxima a las 8.000 ; man- 
tuvieron el prestigio y el interés de 
otras tantas publicaciones de litera- 



(1) Sebastián Juan Arbó (n. 1902). De San 
Carlos de la Rápita. El inútil combate; Tie- 
rras del Ebro: Caminos de la noche; Tino 
Costa; Sobre las piedras grises. 

Joaquín Arderíus (n. 1890). De Lorca 
(Murcia). Mis mendigos; Los príncipes iguales 
— 1921 — ; Así me fecundó Zaratustra — 1923 — : 
Yo y tres mujeres — 1924 — ; O70 de brasa 
— 1925 — ; La duquesa de Nit — 1926 — ; La es- 
puela — 1927 — ; El baño de la muerta — 1928 — ; 
Justo «el Evangélico» — 1929 — ; El comedor 
de la Pensión Venecia — 1931—; Crimen... 

Mauricio Bacarisse (1895-1931). De Madrid. 
Las tinieblas floridas — 1927 — ; Los terribles 
amores de Agliberto y Celedonia — 1931, «Pre- 
mio Nacional de Literatura». 

Manuel Abril (1884-1940). De Madrid. La 
Salvación, Sociedad de seguros del alma 
—1926—. 

Manuel Benavides m. 1900). Lamentación; 
En lo más hondo; Cándido, hijo de Cándido; 
El último pirata del Mediterráneo. . . 

César María Arconada (1900). De Astudillo 
(Palencia). Cuentos de amor para tardes de 
lluvia; La turbina; Idilios y tragedias de un 
garaje.. . 

Francisco Ayala (n. 1906). De Granada. 
El boxeador y su ángel; Tragicomedia de un 
hombre sin espíritu — 1925 — ; Historia de un 
amanecer — 1926 — : Cazador en el alba; Me- 
dusa artificial; La cabeza del cordero — 1949 — ; 
Los usurpadores — 1949 — . 

Carranque de Ríos (1900-¿ 1935? i. Uno; Ci- 
nematógrafo; La vida difícil. 

Juan José Domenchina ín. 1898). De Madrid. 
El hábito— 1932— ; La túnica de Neso — 1929 — . 



38 



LA NOVELA CORIA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



tura y arte; inundaron los escapara- 
tes de las librerías de toda España 
de grandes novelas, cuyas ediciones se 
agotaban sin trucos de ninguna clase ; 
llevaron el valor de la novela hispana 
contemporánea al extranjero, en in- 
contables traducciones ; devolvieron a 
la generación siguiente el auténtico 
realismo español, que ellos habían 
encontrado adulterado por el natura- 
lismo... 

¿Hay quien dé más?, como pregun- 
tan los castizos de mi pueblo. No. 



Antonio Espina (n. 1894). De Madrid. Pá- 
jaro pinto — 1927 — ; Luna de copas — 1929 — . 

Enrique Jardiel Poncela (1901-1952). De 
Madrid. Amor se escribe sin hache; Espérame 
en Siberia, vida mía; ¿Pero hubo alguna vez 
once mil vírgenes? ; La «tournée» de Dios; 
El libro del convaleciente; El plano astral; 
Para leer mientras sube el ascensor. 

Manuel Iribarren (n. ¿1905?). De Pam- 
plona. Retorno; La Cuidad; San Hombre... 

Ramón Ledesma Miranda (n. 1901K De Ma- 
drid. Antes del mediodía — 1930 — : Agonía, y 
tres novelas más — 1931 — : Evocación de Lau- 
ra Estébanez — 1933 — ; Saturno y sus hijos 
— 1934 — ; Viejos personajes — 1936 — ; Almá- 
dena, nueva versión de Viejos personajes 
—1944 — ; La Casa de la Fama— 1951 — . 

Benjamín Jarnés (1888-1949). De Codo (Za- 
ragoza). Mosén Pedro — 1925 — ; El profesor 
inútil — 1926 — ; El convidado de papel — 1928 — ; 
Paula y Paulita — 1929 — ; Locura y muerte 
de Nadie — 1929 — ; Viviana y Merlin — 1930 — ; 
Escenas junto a la muerte — 1931 — ; Lo Rojo 
y lo Azul — 1932 — ; Tántalo — 1935 — ; Venus 
dinámica — 1943 — ; Eufrosina o la Gracia 
— 1949—. 

Federico de Mendizáeal (1901 i. De Madrid. 
Luisa Coral — 1919 — ; El fantasma de Sorren- 
to — 1920 — ; Los peregrinos de Blarney 
— 1920 — ; La gitana del camino. La 7iovia de 
mi marido; Todos contra el amor; La vida 
vuelve a pasar; Las flores de la novia; El 
milagro de los ojos dormidos; Una loca del 
corazón. .. 

Edgar Neville (n. 1899). De Madrid. Adán 
y Eva — 1926 — ; Don Clorato de Potasa— 1929— : 
Música de fondo— 1936 — ; Frente de Madrid 
— 1942 — ; Futuro imperfecto. 

Antonio de Obregón (n. 1910). De Madrid. 
Efectos navales — 1931 — ; Hermes en la vía 
pública — 1934 — . 

Eduardo de Ontañón in. 1904). De Burgos. 



No hay quien dé tanto. Por lo menos... 
hasta ahora. fc 

Pero voy a deciros, de propina, 
que los promocionistas de 1907 aún 
dieron algo más. Algo más que, en ver- 
dad, es mucho más, muchísimo más. Y 
os lo diré, no con palabras mías, que 
pudieran pareceros discutibles y aun 
recusables, sino con palabras del in- 
mortal, del indiscutible don Benito Pé- 
rez Galdós. Conocí a Galdós en la pri- 
mavera de 1918. Me llevó a su hotelito 
de la calle de Hilarión Eslava Emiliano 



El cura Merino; Frascuelo o el toreador; 
Desasosiegos de Fray Servando... 

Huberto Pérez de la Ossa (n. 1897). De 
Albacete. El ancla de Jasón — 1922 — ¡ La lám- 
para del dolor — 1923 — ; El opio del ensueño 
— 1924 — ; La santa duquesa — 1924. «Premio 
Nacional de Literatura» — ¡ La Casa de los 
Masones — 1927 — ; Obreras, zánganos y rei- 
nas — 1928 — ; Los amigos de Claudio — 1931 — . 

Antonio Porras (n. 1895). De Pozoblanco 
(Córdoba). Curra — 1922 — ; El misterioso ase- 
sino de Potestad — 1923 — ; El centro de las 
almas — «Premio Fastenrath», de la Real Aca- 
demia Española — ; Lourdes y el aduanero 
—1928—. 

Antonio Robles (n. 1897). De Robledo de 
Chávela (Madrid). Tres— 1926 — ; El archi- 
piélago de la muñequería — 1928 — ; El muerto, 
su adulterio y la ironía — 1929 — ; Novia, par- 
tido por 2—1931 — ; Torerito soberbio— 1932— . 

Samuel Ros (1905-19451. De Valencia. Las 
seridas — 1928 — ; El ventrílocuo y la muda 
— 1930—; Marcha atrás— 1931— ; El hombre 
de los medios abrazos — 1933—: Los vivos y 
los muertos.. . 

Esteban Salazar y Chapela in. 1902). De 
Málaga. Pero sin hijos — 1931 — . 

Ramón J. Sender (n. 1902). Imán; Mr. Witt 
en el Cantón — «Premio Nacional de Litera- 
tura» — 1935 — ; El viento en la Moncloa, 
Man's Place — en inglés, 1940 — . 

Federico Carlos Sálnz de Robles (n. 1899). 
De Madrid. Mario en el foso de los leones 
— 1925 — ; La decadencia de lo azul celeste 
— 1928—; Media vida— 1929— ; Escorial: vida 
y transfiguración — 1938 — . 

Bartolomé Soler (n 18941. De Sabadell 
(Barcelona). Marcos Villarí— 1927— ; Germán 
Padilla; Almas de cristal; La vida encadena- 
da, Karú-Kinká, La llanura muerta... 

Mariano Tomás (n. 1891K De Hellin (Alba- 
cete). La florista de Tibcriades-1926—; Se- 



LA PROMOCIÓN DE «EL CUENTO SEMANAL» 



39 



Ramírez Ángel, uno de los mas incon- 
dicionales admiradores y discípulos del 
genial creador literario. Don Benito ya 
estaba ciego por completo. Apenas ha- 
blaba. Su presencia era idéntica, casi 
pétrea, a la que todos podáis contemplar 
en el retiro, obra notabilísima de Vic- 
torio Macho. Sedente, cubierta su larga 
y magra figura con gorra, gafas, bu- 
fanda, un gordo chaquetón y una man- 
ta alrededor de sus piernas. Pero una 
tarde la esfinge gloriosa habló así : 

« — Poco, muy poco, leían los espa- 
ñoles de mi tiempo. Una edición de 
dos mil ejemplares tardaba en vender- 
se ¡ qué sé yo el tiempo ! Y el precio de 
los libros mejores era irrisorio : dos, 
tres pesetas... Ahora, estos jóvenes 
(se refería a los novelistas de El Cuen- 
to Semanal) hacen tiradas de cuatro 
mil y de cinco mil ejemplares y las 
agotan en menos de un año. Han lo- 
grado el milagro de que el pueblo se 
apasione por las novelas. De rechazo 



Mazurca 
Una mu- 
La pobre 



mana de P a s i ó n — 1931 — ; Viena — 1932 — ; 
Venga usted a casa en primavera — 1933 — ; 
Sinfonía incompleta — 1934 — ; Arco iris 
— 1934 — ; Juan de la Luna — 1936 — ; La niña 
de plata y oro — 1939 — ; El cazador de mari- 
posas — 1941 — ; Lección de amor sin palabras 
— 1942 — ; La platera del Arenal — 1943 — ; El 
vendedor de tulipanes — 1944 — 
—1945 — ; Salto mortal — 1945 — ; 
chacha sin importancia — 1946 — : 
Circe— 1947 — . 

Claudio de la Torre (n. ¿1398?.). De Las 
Palmas (Canarias). La huella perdida — 1929 — ; 
En la vida del señor Alegre — 1924, «Premio 
Nacional de Literatura» — : Alicia, al pie de 
los laureles — 1940 — . 

Félix TJrabayen (1884-¿1944?). La última 
cigüeña— 1920— ; Toledo: Piedad— 1920— ; El 
barrio maldito — 1925 — : Vida ejemplar de un 
claro varón de Escalona — 1926 — ; Vidas difí- 
cilmente ejemplares — 1930 — . 

Mario Verdagiter (n. 1893 >. De Manon 
(Menorca). La isla de Oro — 1926 — ; El marido, 
la mujer y la sonibra — 1927 — ; Piedras y 
viento — 1928 — : El llanto de Venus; La mujer 
de los cuatro fantasmas — 1933 — . 

Felipe Ximénez de Sandoval (n. 1903). De 
Madrid. Aurópolis; Tres mujeres 7nás equis 
— 1930 — ; Los nueve puñales — 1936 — ; Cami- 



nos han beneficiado a los escritores de 
mi tiempo, que ya también vendemos 
bastante más... ¡Yo les estoy muy 
agradecido, muy agradecido ! » 

¡ Memorables y consagratorias pala- 
bras ! Razón, y grande, tuvo don Be- 
nito. En 1908, en 1910, en 1916, El 
Cuento Semanal. Los Contemporáneos 
— fundados por Zamacóis — , El Libro 
Popular — fundado por Gómez Hidal- 
go — , La Novela Corta — fundada por 
José de Urquía — , las cuatro revistas 
fundamentales de la promoción, veían 
se en las calles, en los tranvías, en 
los cafés, por los vestíbulos de los tea- 
tros, en manos de los obreros, de los 
estudiantes, de las modistillas, de los 
oficinistas ; sus tiradas igualaban o 
superaban a las de los principales dia- 
rios. El Cuento Semanal llegó a tirar 
75.000 ejemplares. La Novela Corta, 
400.000. De algunos números se hicie- 
ron varias ediciones. ¡ Gran milagro, 
en efecto ! Sólo por este milagro de 



sa azul — 1938 — ; El hombre y el loro— 1951 — . 
Juan Antonio de Zunzunegui (1901 i. De 
Portugalete (Vizcaya i. Vida y paisaje de Bil- 
bao — 1926 — ; Chiripi — 1931 — : Dos en una o 
la dichosa honra — 1935 — ; El Chiplichandle 
— 1940 — ; El hombre que iba para estatua 
— 1942 — ; ¡Ay... estos hijos! — 1943, «Premiu 
Fastenrath», de la Real Academia Española — ; 
Dos hombres y dos mujeres en medio — 1944 — ; 
El binomio de Newton — 1946 — ; El barco de 
la muerte — 1945 — ; La quiebra — 1947 — ; La 
úlcera — 1947, «Premio Nacional de Literatu- 
ra» — ; Las ratas del barco — 1949 — ; El su- 
premo bien — 1951 — ; Esta oscura desbanda- 
da— 1952— . 

Juan Ckabás (n. 1898). De Denia (Alicante*. 
Sin velas, desvelada — 1923 — ; Puerto de som- 
bra — 1926-^; Tornaluz de Sevilla— 1927 — ; 
.4gor si7i fin — 1930 — . 

Merecen mención, como novelistas de esta 
generación : José Díaz Fernández — El blocao 
y La venus mecánica — ; M. Ctriquialn-Gaiz- 
tarro — La leyenda del pirata — ; Agustín de 
Foxá — Madrid, de Corte a Checa — ; Jacinto 
Miquelarena — Don Adolfo el libertino — ; José 
Ballestee. — Otoño en la ciudad — ; César Gon- 
zález Ruano — Circe — ; Máximo Hernández 
— Del monte en la ladera. El hijo ajeno, Ellas 
dos y yo, El héroe del ridículo — . . . 



40 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA. — ESTUDIO PRELIMINAR 



aficionar a leer a una nación mere- 
cerían los novelistas defendidos y elo- 
giados por mí una gratitud inmensa, 
sincera, inmutable. Yo me atrevería a 
pedir a los novelistas de El Cuento 
Semanal que aún felizmente viven, 
que vuelvan a velar y a tomar sus ar- 
mas y se lancen a nuevas aventuras 
novelescas, augurándoles renovados éxi- 
tos. Quizá su nueva salida al campo de 
la narración pusiera cierto orden en 
el actual desbarajuste y, como dicen 
mis clásicos madrileños, «quitaran mi 
chos moños». 

Yo me atrevo a aconsejar a cuantos 
me leen que busquen con fervor las 
novelas de la promoción de 1907, que 
las lean con atención objetiva y que 



las comparen con las escasísimas bue- 
nas novelas que hoy se publican «de 
higos a brevas», tan jaleadas por la 
crítica «despistada», tan galardonadas 
con tantos pingües premios oficiales. 
Y seguro estoy de que de la compara- 
ción ecuánime saldría la verdad. La 
verdad que no es otra que ésta : en el 
vasto panorama de la novela española, 
en el predio de hoy, tan minúsculo, no 
se ven sino media docena de árboles 
de cierta prestancia, y bastantes ar- 
bolillos apenas en los brotes de una 
tardía primavera. Y este paisaje tan 
poco atractivo es un paisaje ya de 
catorce años... 

Federico Carlos Sáinz de Robles 



LUIS ANTÓN DEL OLMET 

(1886-1926) 



LUIS ANTÓN DEL OLMET 



Novelista y periodista fecundo. Nació en Bilbao. Murió 
a consecuencia de los disparos que hizo contra él el 
escritor Vidal y Planas. Director de El Debate — 1910 — y de 
El Parlamentario — 1914 — . Diputado a Cortes — 1914 — . Co- 
laborador asiduo de los principales diarios y revistas espa- 
ñoles. Gran prosista castizo: Poseyó gran originalidad in- 
ventiva y extraordinaria fuerza de expresión. Sus novelas 
cortas aparecieron en Los Contemporáneos, La Novela Corta 
y La Novela Semanal. 

Novelas: Hieles — 1905 — ; El veneno de la víbora — 1906 — ; 
Como la luna, blanca — 1908 — ; El encanto de sus manos 
— 1910 — ; El hidalgo don Tirso de Guimaraes; Cruz Ver- 
de, 8; Espejo de los humildes — 1909 — : Corazón de 
leona; Robarás, matarás; El Marqués de la Quimera; 
Gobernará : Sánchez Mínguez. . . 



LA RISA DEL FAUNO 



Cuando despertó Rosa ya habían so- 
nado por dos veces las campanas, 
domingueras y joviales, de la Colegia- 
ta convocando a misa. Pero la pere- 
zosa no quiso escucharlas, arrebujada 
bajo las sábanas calientes, acariciada 
por un rápido rayo de sol, que pe- 
netraba osado y alegre por la ven- 
tana entreabierta, pregonero de un 
buen día de verano, tibio y sensual en 
aquellas serranías pobladas de -pinos 
y en aquellos valles cubiertos de flo- 
res. 

Por vez tercera envió el campanario 
su greguería altisonante y bulliciosa. 
Esta última llamada de la Madre Igle- 



sia a los devotos que dormían en la 
molicie de sus lechos sacudió a Rosa, 
determinándola a romper el deleite 
de su indolencia infinita. Todavía in- 
tentó hundir la cabeza, desfallecida, 
en el hueco que formara en la almo- 
hada durante toda una noche de apa- 
cible sueno. Pero se rebulló, temando 
bríos. Saltó del lecho. Al sentir en 
los pies la sensación punzante de las 
baldosas frías, lanzó un grito menudo 
y ahogado. Alguien, desde una cama 
inmediata, dijo con v o c e c i t a so- 
ñolienta : 

— Ya no podremos ver a la infan- 
ta. Debe ser tardísimo. 

Rosa corrió hasta el balcón, abrién- 
dolo. De repente, quedó invadida la 
alcoba por una luz alegre y matinal. 



44 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



La rama de una acacia florida penetró 
hasta adentro, sacudiéndose. Cayeron 
sobre el suelo algunas leves gotas de 
rocío. Desde otras ramas corpulentas, 
unos pájaros remontaron el vuelo, te- 
merosos. Allá, tras del árbol vecino, 
se veía un cielo remoto y azul, bajo el 
cual sonreía ufana la campiña, inun- 
dada de sol. 
Rosa desperezóse, contestando : 
— Todavía sobra tiempo para ver a 
la infanta. 

Y después, con acento de recon- 
vención, añadió, cariñosa: 

— Pero, hija mía, la misa debe ha- 
ber empezado ya. 

Se fué acercando al lecho donde su 
amiga dormitaba aún, restregándose 
los ojos, heridos bruscamente por la 
luz arrolladura. Cuando estuvo al bor- 
de de la cama, se puso a decir con 
voz de mimo : 

— Perezosa mía, holgazanita mía. 
¡ Qué sueño tiene la pobre de mi 
alma ! 

Y comenzó a besar una sien de la 
holgazana con besitos menudos y rá- 
pidos. Después, súbitamente, dio una 
carrera para llegar al baño. Vertió so- 
bre el recipiente de goma todo un ja- 
rro de agua. Metió dentro sus pies, 
se desnudó.,. 

Comenzó el aseo. La enorme espon- 
ja subía hasta los hombros inflada, 
pletórica, para después reventar en 
chorros de agua fresca, que corrían 
por la espalda y el pecho inundando 
toda la figura, estremecida a su con- 
tacto frío y deleitosamente torturador. 

— No sé si llegaré al Evangelio. Será 
milagro que llegue antes de alzar. 

Echó sobre sus hombros un gran ro- 
pón rizado, y mientras se enjuagaba 
dando brinquitos, decía: 

— Y lo que es tú, encantito queri- 
do... A ese paso perderás la misa. 

Su amiga se había incorporado brus- 
camente. 

— Bueno, después de todo, Dios me 
perdonará. ¡Tenía tanto sueño...! 

Rosa empezó a vestirse de prisa, con 
ansia. Acabó prontu. 

— Bueno, Laurita mía, duerme un 
ratito tú. Yo me voy correndito, ¿sa- 
bes? No llego ni a las bendiciones. 



Y besaba las manos blancas de mar- 
fil que reposaban sin fuerza sobre la 
colcha inmaculada. 

Laura entreabrió sus ojos de nuevo, 
unos ojos pequeños y lindos, llenos de 
luz. 

— Adiós, preciosa. No tardes, ¿eh? 
Mira que quiero ver luego a la infan- 
ta. Cuando vuelvas, ya estaré ves- 
tida. 

— Sí ; pero se queda sin misa hoy 
la muy empecatada. Yo la oiré por 
las dos. Pero mi chiquitína tiene que 
rezar un Padrenuestro y una Salve. 
¿Verdad que sí? Ahora, un besito. No; 
ha de ser en los dientes, en los dien- 
tecillos, pequeños y blancos. 

Laura se defendía débilmente, hur- 
tando el cuerpo, lanzando risas entre- 
cortadas en un pugilato lleno de co- 
quetería. Al fin quedó presa entre los 
brazos robustos de Rosa. Y sus labios, 
gruesos y rojos, se hundieron en los 
labios finos y exangües de Laura, y 
estuvieron un momento, avariciosos y 
glotones, acariciando la nieve de aque- 
llos dientes diminutos. 

Se alzó después de súbito : 

— Nada, que no llego ni a las Ave- 
marias. 

Trincó la sombrilla y llegó a la puer- 
ta. Se detuvo. Dio sobre el suelo un 
violento taconazo, hizo una mueca ri- 
dicula y apasionada y un aspaviento 
grotesco, llevándose la mano al cora- 
zón. Giró luego en redondo y salió 
acelerada, entre risas. 

Laura había doblado su blanco y 
largo cuello de cisne sobre la almoha- 
da y dormía de nuevo, sumida en una 
profunda y voluptuosa pereza. 



Toaavía Laura se miraba delante 
del espejo cuando Rosa regresó, des- 
pués de oír devotamente la misa. Des- 
de la escalera chilló : 

— ¡Bonita! ¿Bajas? 

Laura no estaba muy satisfecha de 
su tocado. Tenía fruncido el ceño y 
avizoraba su silueta con mirada pers- 
picaz, amarga, irónica. Atisbaba su 
sombrero, de cintas un poco ajadas y 
ias flores un tanto mustias. Sonreía 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA RISA DEL FAUNO 



45 



con una enorme desilusión. Vaciló. 
Después, girando rápidamente, se echó 
a reír. 

— Vov hecha un adefesio: pero... 
¡ bah ! 

Guando descendió hasta el zaguán 
del nido veraniego, palideció ultraja- 
da, ofendida, como si la hubiesen abo- 
feteado brutalmente. Allí, junto a la 
puerta, sonriente, gozosa, se erguía su 
amiga, elegante, vestida con una lar- 
ga levita gris, de solapas negras y li- 
sas, que bajaban casi hasta la cintura 
en un abrazo discreto. En su cabeza 
triunfaba un sombrero estrepitoso de 
blancas plumas. Su mano izquierda 
movía una sombrilla de última moda, 
alta y elegante, de un color delicioso, 
con un mandarín chino en el puño y 
unas enormes borlas que oscilaban, 
elegantes, mientras ella trazaba rayas 
en el suelo con el regatón. 

— Eres una pesada, alhajita. Media 
hora esperando a que la nena se aca- 
be de vestir. Vas muy mona. 

Laura se detuvo un instante irreso- 
luta. ¿Era aquello una burla cruel? 
¿Reía Rosa de su pobre sombrero y 
de su pobrecito vestido blanco, tantas 
veces planchado y zurcido? Creyéndo- 
lo, contuvo una palabra insidiosa. Pero 
los grandes ojos negros de su amiga 
brillaban leales, en su luenga exten- 
sión amorosa, sin un destello de ma- 
licia ni un leve resplandor picaresco. 

Se emparejaron y salieron. Cruza- 
ron varias calles silenciosas que se 
abrían entre enormes caserones regios 
y abandonados. En la alameda reían 
ya los macizos de flores, y se elevaban, 
sombrosos y amigables, los castaños 
de Indias. 

Rosa, de pronto, rompió el silencio : 

— Pero ¿vas a presentarte a la in- 
fanta? Yo no tengo el honor de haber 
besado su mano todavía. Me parece 
que llegamos tarde. 

Apretaron el paso. Pasaron bajo la 
Colegiata y el Palacio Real, rancio, 
de piedras amarillas e hidalgas. Atra- 
vesaron una verja. Un guarda de blan- 
ca bandolera y ancho sombrero gris 



las saludó. Pisaron la arena de los 
jardines. Aún no había llegado Su 
Alteza. 



En la espaciosa plazoleta que se pro- 
longa bajo los muros del Real Palacio 
bullía la nube de los veraneantes. To- 
da La Granja, atraída por el buen 
sol y el cielo azul, por la caricia blan- 
da del aire embalsamado de los pinos, 
había acudido a los jardines y se des- 
parramaba en grupos alegres, forman- 
do tertulias bajo_ todos los árboles. 

Corrían los niños alocadamente, al- 
zando su diávolos, urdiendo monton- 
citos de arena. Entre ellos, avizorantes, 
se erguían las rodrigonas extranjeras, 
carrilludas las alemanas, secas las bri- 
tánicas, correteadoras y bien empere- 
jiladas las francesas. 

Desde los senderos, cohibidas en la 
sombra, se asomaban las familias mo- 
destas, sin atreverse a mostrar sus 
vestidos a pleno sol, a ponerlos ante 
los ojos de la colonia elegante, reido- 
ra, estrepitosa, rica, compuesta por 
señoras graves, un político, un general, 
un marqués ; por señoras lujosas, mu- 
jeres de banqueros, de rentistas, de 
concejales, de empresarios; por pe- 
timetres de calado calcetín y panamá 
rotundo y orondo, y por damitas be- 
llas, vestidas con arreglo al último y 
más extravagante figurín, desenvuel- 
titas, charloteadoras, sonrientes, que 
se agrupaban como formando un se- 
lecto redil, no confundido con el reba- 
ño vulgar, en la parte más distante 
al Palacio, bajo unos álamos gigan- 
tescos, que parecían hundir sus copas 
agudas en el cielo remoto. 



En medio del gentío, Laura se sin- 
tió sola y abandonada. Al transponer 
la verja y pisar los jardines, el gayo 
conjunto de la colonia elegante la so- 
brecogió con su ruido de triunfo y de 
lujo. Desde lejos, algunas señoritas 
elegantes la habían reconocido, algu- 
nas que aprendieron con ella en el 
Collége Frangais una letra de gran- 
des perfiles verticales, un santo amor 



40 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



al lujo y a la vanidad, una viva ido- 
latría por la bagatela, un perverso 
horror a los hombres y un cariño 
irresistible hacia una dulce amiguita 
de profundas ojeras violáceas. Desde 
lejos las veía Laura zangolotear pizpi- 
retas, con andar de pájaro, riendo 
menudito, coqueteando, divirtiéndose. 
Algunas la vieron. Otras fingieron no 
advertirla. Laura recordó su trajecito 
blanco, su sombrero pasado de moda. 
Se ruborizó íntimamente. Y empujan- 
do con violencia a Rosa, se desvió, 
no queriendo acercarse a sus amigas, 
a aquellas amiguitas que antaño la 
adulaban, cuando ella era mademoi- 
selle Hurtado de Mendoza y tenía un 
automóvil que todas las tardes venía 
a buscarla a la puerta del colegio. 

Rosa asistía al rubor de su amiga, 
sonriendo condescendiente. 

— Eres una chiquilla. ¡ Temer a la 
ironía de esas cursis ! ¡ Si huelen to- 
davía a percalina y a perfumería ba- 
rata ! Tú, siempre serás tú, bonita mía, 

Y dulcemente, con caricia de mano 
maternal, la condujo hasta un banco 
y la hizo sentarse. 

El Palacio Real permanecía cerrado. 
Ante su puerta paseaban los guardas, 
silenciosos, esperando. En las fuentes 
próximas reían Venus desnudas y 
brincaban faunos grotescos. El agua 
de los surtidores enviaba un eterno 
glu-glu. Describiendo curvas graciosas, 
se extendían los macizos de flores, y 
los arrayanes, recortados en masas de 
formas simétricas, se perdían en el 
fondo del jardín. Un sol discreto 
se filtraba por las hojas de los ár- 
boles, formando incendios, cayendo 
en cascadas. Un aire fragante y sen- 
sual venía de los pinares. En aque- 
lla mañana de domingo no hubie- 
ra extrañado la risa de madame 
Pompadour en aquellos borbónicos jar- 
dines de La Granja, creados por un 
monarca pariente del Rey Sol. 

Sonó una campana. Hubo un rebu- 
llimiento en el zaguán de Palacio, los 
guardas se quitaron el sombrero re- 
vérenciosamente, y una dama de cabe 
lio blanco, vestida sencillamente, toca- 
da con un ancho sombrero campesino, 
avanzó entre la fila de curiosos. Tenía 



un continente simpático, confidencial; 
andaba con aire varonil y resuelto, y 
reían unos dientes nevados y lindos 
entre las dos manzanas rojas de sus 
mejillas encendidas. 

Se hizo un gran silencio. Algo so- 
lemne había hecho enmudecer a todo. 
Sólo ponían una nota díscola y re- 
belde el gorjear de los pájaros, que 
bullían ingenuos, infantiles, candoro- 
sos, en las copas de los árboles ; el 
grito de un chicuelo que había perdi- 
do su pelota o roto su caballo de car- 
tón ; la risotada nerviosa, rápida, in- 
evitable, de una señorita alegre a quien 
le habían dado un pellizco... 

Cuando la egregia dama llegó has- 
ta el centro de la plazoleta, los con- 
currentes afluyeron para venir a besar 
su mano. Casi todos se acercaban hu- 
mildes, cabizbajos, pusilánimes, y al 
rozar la blanca mano principesca, tem- 
blaban sus labios. Algunos, los de 
siempre, los que todos los años vera- 
neaban en el Real Sitio, llegaban con 
cierta cordialidad, con más intrepi- 
dez, como antiguos y buenos amigos. 
Y éstos eran los que Laura miraba 
distante, un poco pálida, mientras 
dentro de su espíritu se entablaba 
una lucha formidable de vanidades y 
pasiones. 

— Serías una estúpida si no te acer- 
cases a la infanta. Tienes más derecho 
que nadie y te recibirá encantada — le 
dijo Rosa de pronto, fingiendo enojo. 

¡ Sí ! Tenía más derecho que nadie. 
La infanta era buena. Bullía en sus 
venas la sangre de toda una augusta 
dinastía de monarcas. No vería en ella 
a la señorita cursi, no se fijaría en el 
vestido viejo ni el sombrero pasado de 
moda, Vería en ella a la pobre huer- 
fanita aristocrática, resto último de 
una gran casa azotada por la ruina 
y el desastre. Entre todas aquellas 
muchachas lujosas, burguesas, un poco 
plebeyas, pedantitas y orgullosas, ella 
sería la predilecta, la de más linajudo 
apellido, la de estirpe más preclara. 



En un lugar apartado de la plazo- 
leta aparecían seis bancos amarillos, 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA RISA DEL FAUNO 



47 



colocados en círculo. El corro de la 
infanta. Allí placía Su Alteza de con- 
versar con sus vasallos y amigos. Na- 
die podía acomodarse en él hasta que 
había llegado la augusta señora y ha- 
bía favorecido al veraneante con un 
ademán, invitándole a su tertulia. Lle- 
gó. Sentóse con su dama de honor. 
Luego se fueron acomodando los cor- 
tesanos, orgullosos de esta merced, re- 
godeándose, pensando cómo luego se 
lo referirían a sus amigos de Madrid 
para epatarlos y darles envidia, 

— ¡ Un veraneo precioso ! Todas las 
mañanas fuimos al corro de la infan- 
ta. Los de siempre éramos Alba, Medi- 
naceli y nosotras... 

Laura se levantó : 

—Vamos a saludar a Su Alteza. Te 
presentaré. 

Rosa se dejó conducir, sonriendo : 

— Es natural. ¿No eres grande de 
España? Hasta creo que se trata de 
una obligación. 

Avanzaron por la gran plazoleta lle- 
na de sol. La infanta se hallaba de 
espaldas. De repente, las veían avan- 
zar unos ojos sarcásticos que fulgían 
desde lejos. Algunas bocas se plegaban 
con punzante sátira. Habían compren- 
dido las ansiedades de aquella pobre 
señorita cursi. Esperaban una escena 
divertida. Eran aquellas mismas da- 
mitas que poco a poco la fueron de- 
jando de saludar, y que contaban en- 
tre risas la ruina de su casa, refirien- 
do escenas ridiculas y lances grotes- 
cos. 

Laura se detuvo. 

— ¡ Vamonos de aquí ! Me dan asco 
esas gentes. 

Se perdieron por un camino que tor- 
cía entre bojes olorosos. 

Ella apretaba sus dientes con ira. 
No tenía valor. ¡ Oh, eran muy agu- 
dos y despiadados los tormentos de 
una grande de España mal vestida ! 

Rosa reía estrepitosamente. 

— Eres una tonta. Si no te saludan 
ni te quieren..., ¡mejor! ¡Pero sufrir 
por esa gentecilla ! ¡ Vamos, hace fal- 
ta ser todo lo niña que tú eres ! 



Recorridas algunas veredas penum- 
brosas, que se perdían bajo la techum- 
bre espesa de los nogales ; atravesada 
la floresta, húmeda de los cuchichean- 
tes arroyuelos, en la que a veces se 
escabullían asustados los reptiles y 
croaban las ranas estólidas su eterna 
y estúpida canción, remontaron una 
cuesta empinada y dieron vista al 
«mar». Sobre las agaas quietas del 
estanque se dormía la luz perezosa del 
sol veraniego. 

Rosa, encendida, jadeante, se detuvo 
para tomar resuello. 

Después hundió su mirada en el 
paisaje. 

— Esto es divino, ¿no? ¿Quiere mi 
pequeñita contemplar los jardines des- 
de un sitio precioso, desde un sitio 
mágico? 

Luego, variando la voz, anadió : 

— ¡ Ay ! , y descansaré. ¡ Estoy 
muerta ! 

Anduvieron unos pasos más. Llega- 
ron a una planicie diminuta. En me- 
dio se alzaba, gigantesco, el tronco 
dorado de un pino secular. Por su cor- 
teza trepaba en espiral una frágil es- 
calerilla, urdida allí para escalar la 
copa inmensa del árbol manso y 
bueno. 

— A esto le llaman el Gurugú. ¿Su- 
bimos? Así realizaremos, además, una 
hazaña patriótica. 

Subieron ambas por la feble esca- 
lera y llegaron a lo alto del Gurugú. 
Allí, sostenida por los ciclópeos bra- 
zos del pino, había una plazoleta, fa- 
bricada con ramas, en la que se hin- 
caban fijos unos asientos minúsculos. 

Se sentaron para ver el paisaje, para 
oler su perfume, para escuchar su mu- 
sica. Era todo de una belleza cega- 
dora, pródiga, tumultuaria, invero- 
símil. 

Desde lo alto del pino se veía el 
estanque, extenso y pando, donde 
brincaban las truchas a flor de agua, 
haciendo relucir un momento sus lo- 
mos escamosos. Gorjeaban los pája- 
ros, con estruendo alegre, desde todos 
los árboles. Remotas, se recortaban 
sobre el cielo azul las siluetas de los 
vencejos y de los alcotanes. Desde un 
rincón del estanque cantaba una gru- 



4S 



1A NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



ta la canción de su agua que iba hora- 
dando las peñas, vestidas de muérda- 
go. Y más allá, tras de la línea final 
del agua azul, subían hasta la cúspide 
de un monte millones de pinos, con 
sus risueños troncos de oro y sus ver- 
des copas redondas. 

Reinaba en el paisaje una paz vir- 
giliana. Ni un rumor extraño a la 
armonía de la Naturaleza, que reía y 
cantaba bajo el cielo azul, envuelta 
en el abrazo eterno, salvaje, del sol 
fecundo. Rosa exclamó de pronto : 

— Te aseguro que soy feliz. Me con- 
tagia esto... Esto, que es lo más her- 
moso del mundo. 

Luego, fijándose en Laura, añadió 
dulcemente : 

— Y tú, mi alma, ¿eres feliz? 

— Lo soy. 

Y no mentía. El calor de aquel sol 
se había metido en su carne, y había 
embalsamado su alma el fuerte, rudo 
y embriagador perfume de los pinos. 

Las amigas callaron. Laura iba evo- 
cando su vida pasada, sin dolor, casi 
alegremente, como se recuerdan los 
sueños ingratos al despertar en el 
lecho amigable, junto a seres a quie- 
nes se ama y de los que se esperan 
palabras de consuelo y de amor. 

El padre, arruinado, consumido por 
usureros, administradores, ¡uf!, y por 
pintorreadas mujercillas listas y per- 
versas. El hermano, vicioso, vago, so- 
caliñero,' que le había robado su úl- 
tima alhaja para gastar el precio de 
la venta, no se sabe dónde, con unos 
amigos merodeadores y granujas. Su 
madre, fenecida dulcemente en el vie- 
jo caserón hipotecado, sin quejarse, 
sin proferir un lamento, resignada en 
el otoño triste de su belleza y de su 
fortuna. Dos años de zozobras, de mie- 
dos, de esperanzas arrancadas apenas 
florecidas. Y luego, aquella frase cruel 
de su padre, aquel «sálvese el que pue- 
da», y aquel huir, perseguido por una 
acusación, abandonándola a su desti- 
no, sin temor a sus años, demasiado 
mozos, y a su belleza melancólica, que 
ya era tentación de muchos corazones 
gastados. 

Después, el refugiarse en su anti- 
guo colegio, el gastar las últimas mo- 



nedas, el escribir cartas angustiadas, 
mientras lloraba amargamente sin con- 
suelo. Los ultrajes de la gente que la 
despreciaban. Un rumor vago de in- 
sidias. Un día negro, sin pan. Más 
tarde, las dulzuras de aquella vieja ar- 
pía que la había llevado a su casa y 
que le había brindado su protección 
y el bolsillo y el amor de un hombre 
desconocido. Todo el pasado, horrendo, 
se alzaba en su alma, en su alma pe- 
queñita, curvada bajo el peso de tan- 
to dolor. 

Después evocó sus últimas batallas 
y sus últimas zozobras. Aquella maña- 
na de verano en que divagó solitaria 
e inconsciente por las calles de Ma- 
drid, inundadas por un sol frenético, 
agotadas todas las esperanzas, cerra- 
da la puerta del último pariente rico 
que había rehusado su cariño y había 
apartado sus manos, que se extendían 
suplicantes... 

Por las calles parecía perseguirla, 
implacable, la sombra del hambre y 
del deshonor. ¿Qué haría de su ju- 
ventud? ¿Adonde irían a parar su.s 
veinte años tan tristes? Y recordó, co- 
mo de improviso ; había pensado en 
Rosa, en su antigua amiga, en su her- 
mana mayor, huérfana y rica, que 
había cobijado su soledad en un con- 
vento, como señora de piso, viviendo 
allí, apartada del mundo, dedicando 
buena parte de sus rentas a obras de 
piedad, pagando a las dulces monjas 
el tributo de la cera candida que ar- 
día constantemente bajo las imáge- 
nes santas del oratorio. 

Pero Rosa, ¿querría enjugar sus 
ojos, querría sosegar la incertidumbre 
de su vida? 

En otro tiempo, cuando la conoció, 
se amaron. Rosa era ya una mujer 
formal, desengañada de la vida, muer- 
to en su alma el amor romántico y 
vehemente que había abrasado su co- 
razón en los años mozos, con el que 
había jugado, cruel, un hombre infa- 
me, a quien ya aborrecía. En aquel 
tiempo tenía Rosa su herida manan- 
do sangre aún. Era tan dulce y tan 
buena... Muchas veces la había teni- 
do en su regazo y la había estado 
besando tardes enteras, mientras ju- 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA RISA DEL FAUNO 



49 



gaba con sus rizos dorados, dicién- 
dole: 

— Eres muy linda. No hagas caso 
a los hombres, que son unos canallas. 
Ámame a mí, a mí sola, que te adoro. 

Y, en verdad, la amaba. Iba a visi- 
tarla con frecuencia, acompañada de 
su institutriz. Pero sus padres le ha- 
bían prohibido terminantemente aque- 
lla amistad. Una infame historia ab- 
surda, inventada por un calumniador, 
envolvía a su pobre amiguita encan- 
tadora. Fué dejando de visitarla. Por 
último, había dejado de verla para 
siempre. 

Y ahora, ¿cómo la encontraría? 
¿Querría tenerla en su regazo como 
antes? ¿Le negaría sus besos y sus 
caricias blandas? 

Y llegó a la puerta cerrada, donde 
su mano pedigüeña demandaba la úl- 
tima limosna. 

— ¿Se puede pasar, bichou? 

Se abrió la puerta. Allí estaba Rosa, 
como siempre, con sus ojos negros, en 
los que fulguraban pasiones encendi- 
das ; con su cuerpo, gallardo y opu- 
lento ; con sus brazos, redondos y fir- 
mes ; con su voz, pastosa, sensual, 
embriagadora. Hablaron. Hubo un lar- 
go relato, alguna lágrima y muchos 
besos. Comieron juntas. Luego, todo 
quedó concertado. 

— Te quedarás conmigo, ¡no faltaría 
más ! ¡ Pobre nenita mía ! Y he de 
llevarte de veraneo y te compraré co- 
sas, muchas cosas, y seremos las dos 
muy felices. 

Le dio un beso largo. Le miró a los 
ojos. Rieron los de Rosa en un trans- 
porte de júbilo. Se abatieron los de 
Laura bajo una sensación de angustia. 

Pero... nada más. Se acostumbró. 
Rosa la amaba mucho. ¿Dónde estaría 
mejor la pobre abandonada que bajo 
aquel techo bondadoso y entre aque- 
llos brazos amigos? 

Pensaba Laura después en el viaje, 
en el alegre llenar los baúles de ves- 
tidos y zarandajas lindas, en el tra- 
yecto encantador del tren ; en Villal- 
ba, llena de cazadores joviales ; en 
Cercedilla, invadida de mujeres gua- 
pas ; en Segovia, arcaica y sombría, 
con sus cadetes enamoradizos v ro- 



mánticos, que se afilaban las nacientes 
guías del bigote mientras hacían re- 
sonar sus espuelas ; en la llegada a 
La Granja; en el olor a pinos; en la 
luna creciente, que recortaba aquella 
noche su perfil nítido sobre un cielo 
que se le antojó protector y bueno ; 
en la linda casita alquilada para el 
veraneo, limpia y alegre, cobijada co- 
mo un nido bajo el emparrado. ¡ Oh ! 
Era feliz, se sentía feliz en aquella 
clara mañana de domingo, en medio 
de aquel paisaje optimista y risueño. 
Miró a Rosa. Se sentó en sus rodillas, 
la abrazó mimosa y se puso a besarla 
en los ojos. 

— Te adoro, ¿sabes? Te idolatro. No 
hay en el mundo nadie mejor que tú. 
Soy muy feliz, porque me quieres. 

Rosa reía, menudo, con júbilo. 

— ¿Ves qué bien hice trayéndote 
aquí? Si no hay mejor quitapesares 
que esto, que este sol y esta luz. ¿Quién 
piensa en esas cursis de allá abajo, 
estando aquí en lo alto, más cerca del 
cielo? 

Luego, cambiando la voz, añadió : 

— Bueno, chiquilla, que se ha hecho 
muy tarde. Lo menos son las dos. 
Tengo un hambre espantosa. ¿Quie- 
re la chiquitína que vayamos a comer? 

Se levantaron. Bajaron la escale- 
rilla y avanzaron contentas, cogidas 
del talle, riendo. Laura se detuvo de 
pronto. 

— Me has de dar otro beso, preciosa 
mía. 

Y el cielo azul fué testigo del beso 
prolongado que se dieron sus bocas 
sedientas. Crujió una rama. Pasó un 
hombre elegante. Las miró y sonrió. 
Ya antes lo habían Visto cerca del 
corro. ¿Las habría seguido? ¿Las ha- 
bría escuchado? 

Avanzaron en silencio. El hombre 
las seguía a corta distancia, fingiendo 
leer un libro. 

Laura pensó que era muy simpático, 
de una traza muy agradable. Y se vol- 
vió ligeramente con disimulo para ver- 
lo. Rosa lo encontró guapo y se volvió 
también, a hurtadillas, para contem- 
plarlo. Y las tres siluetas se fueron 
perdiendo en la lejanía, por el florido 



50 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



sendero de bojes. En los árboles tri- 
naban los ruiseñores con alegre canto 
nupcial. 



... Y, al fin, se acercó. 
— Señoritas... 

Ellas se detuvieron, vacilantes. Aquel 
hombre era un caso de atrevimiento 
increíble. Por la mañana lo habían 
visto rondar la calle repetidas veces. 
Ellas estaban en la alcoba, medio des- 
nudas, atisbando por una rendija del 
balcón entreabierto. El miraba hacia 
allí con la cara estúpida del que mira 
sin ver. Y ellas reían con el semblan- 
te regocijado del que ve sin ser visto. 

Era el mismo del día anterior : aquel 
hombre elegante y misterioso que las 
había seguido por los jardines, y que 
después las había sorprendido en su be- 
so. Por la rendija lo vieron pasar mu- 
chas veces, unas paciente, otras nervio- 
so y desesperado. A ellas les entraron 
ganas de asomarse para decirle a gritos 
que se retirara, que era un importuno y 
un fastidioso. Tentadas estuvieron 
también de hacerle alguna jugarreta 
poco piadosa : descomponer su traza 
donjuanesca con un jarro de agua fría 
lanzada bruscamente a la calle ; aso- 
marse las dos al balcón, y ante sus 
mismos hocicos hartarse de darse be- 
sos y de hacerse caricias y arrumacos 
para burlar pérfidamente sus ansias 
varoniles. 

Por la tarde apenas si tuvieron tiem- 
po de caminar solas por los jardines 
y divagar a sus anchas. Como sur- 
gido del bosque, apareció el galán y 
se puso tras ellas unas veces, a su 
lado otras, adelantándose en ocasio- 
nes para luego esperarlas y quedár- 
selas mirando fijo, sonriente, con una 
osadía inquietadora. ¿ Quién sería 
aquel hombre extraño? ¿Qué pensa- 
ría de ellas? ¿Por quiénes las habría 
confundido? Lo que no ofrecía duda 
era su audacia y su guapeza. Porque 
en eso habían convenido las dos. Era 
un real mozo. 

Y, al fin, se acercó. 

— Señoritas... 



Rosa, resolviéndose, se adelantó para 
decirle riendo : 

—Vamos, a ver, ¿qué desea? ¿Algu- 
na cosa muy interesante? 

El se puso cómicamente serio. 

—Tengo treinta años. Por consi- 
guiente, me parece ridículo continuar 
siguiéndolas como un cadete. He bus- 
cado quien me presente a ustedes... 
Así, pues, tengo el honor de presen- 
tarme humildemente yo mismo. Mi- 
guel Albornoz, ingeniero de caminos, 
canales y puertos; soltero, veraneante 
en este encantador Real Sitio y hom- 
bre un poco desvergonzado. ¡Ah! Por 
el pronto, les diré una cosa para su 
tranquilidad. No estoy enamorado de 
ustedes. No teman, por tanto, una 
declaración de amor. 

Y dicho esto se puso junto a Rosa, 
y siguió diciendo : 

— Seguramente les habrá extrañado 
mi confesión. No estoy enamorado de 
ustedes. Entonces, dirán, con mucha 
razón, ¿por qué nos ha seguido usted 
por los jardines y ha paseado por de- 
lante de casa? Y a eso yo les respondo 
con la mayor naturalidad : Porque me 
aburro olímpicamente en este amable 
edén veraniego. 

Se detuvo. Sacó una pitillera de pla- 
ta, extrajo un cigarrillo, lo mordió 
entre los dientes, lo encendió y dijo : 
— Yo me hubiese marchado a San 
Sebastián, a Biarritz, a Pinto, al dia- 
blo, si no me detuviera en La Granja 
un instinto suicida. En el juego ocurre 
una cosa semejante. Viene una mala 
racha, se pierde el dinero, no cesa la 
avalancha de cartas contrarias, y, sin 
embargo, no hay manera de retirarse. 
Siempre queda una esperanza remota, 
la de una carta favorable, la «carta 
buena», que nos traerá el soñado y 
espléndido desquite. Yo todavía la es- 
toy esperando. Digo..., creo haberla 
encontrado ya. 

Se detuvo un momento para decir 
sonriendo : 

— Ahí tienen usted el motivo de mi 
persecución. 

Se habían ido los tres internando 
por la fronda. Ellas oían, curiosas, 
asombradas, el discurso de aquel hom- 



LUIS ANIÓN DEL OLMET. — LA RISA DEL FAUNO 



51 



bre estupendo. Entre la fina maraña 
del bigote fulgían sus dientes blancos, 
grandes, firmes, de animal carnicero. 
En sus ojos, zarcos, brillaba un infier- 
no de mundanidad, de simpatía. 

— Además — siguió diciendo—, ¡ es tan 
insoportable esta colonia veraniega ! 
¡ Uf ! En mi vida he visto gente más 
cursi. Son el prototipo de la cursilería 
dorada, de la cursilería rica y satis- 
lecha, de esa gente que va en Madrid 
a todos los sitios donde se paga dine- 
ro, que inunda las plateas del Real y 
el Español, que infesta de gasolina el 
Retiro, y en la que se ceban las mo- 
distas y las sombrereras, engañándolas 
con unos perifollos ridículos que ya 
abandonaron las cocotas de París, y 
que ellas pagan a peso de oro. 

Laura oía encantada. 

Rosa sonreía, pensando que aquel 
hombre era muy divertido. Ambas se 
miraban a veces y se daban furtivos 
codazos, como diciéndose : «La ver- 
dad es que se trata de un sinvergüen- 
za muy agradable.» 

De pronto, el individuo se detuvo, 
acometido por una idea repentina. 

— Se me acaba de ocurrir una cosa. 
Dar un paseo en lancha. 

Habían llegado a la orilla del «mar». 
Sobre las aguas serpeaba la blanca 
silueta de una lanchita que parecía 
de ensueño. Laura tuvo una alegría 
infantil y una resolución traviesa. 

— ¡ Vamos ! 

Miró en todos sentidos. Nadie aso- 
maba por el contorno. Nadie sería tes- 
tigo de aquella aventura. Luego se 
encogió de hombros. « ¡ Bah ! Y si nos 
ven, ¡ mejor ! ¡ Lo que a mí se me 
da de eses estúpidos ! » 

Bordearon el estanque y llegaron al 
embarcadero. El guarda dormitaba ba- 
jo un roble. Despertó malhumorado, 
cogió el permiso de la Intendencia que 
Miguel le ofrecía, hizo atracar al bote 
cerca de la orilla, atrayéndole con una 
larga pértiga, y le dijo a Miguel: 

— ¿Entro para remar? 

— Remaré yo. 

Dio un salto sobre la feble embar- 
cación y tendió su mano a Rosa para 
que montase. Esta, evitando mojarse, 
había subido su enagua de seda, de- 



jando ver el zapato de tafilete y la 
media calada. Subió. Después embar- 
có Laura. El botero empujó la bar- 
quilla con su pértiga. Miguel probó si 
los estrovos estaban firmes. Aseguró 
los toletes y comenzó a bogar. Ellas 
se habían sentado a popa y pugna- 
ban por llevar el timón. En la con- 
tienda, el bote caminaba en zigzag. 
Los puños, vigorosos, cubiertos de un 
vello rubio, llevaban la embarcación 
a paso de esquife ligero. Rosa y Laura 
reían como dos colegialas en día de 
asueto. El comenzó a sudar y aban- 
donó los remos, jadeante, para qui- 
tarse la tira almidonada y la corbata. 
Apareció su cuello, grueso, moreno, 
musculoso, surcado por las venas mo- 
radas que inflaba una sangre tumul- 
tuosa, excitada por el ejercicio. 

— Ahora voy a llevarlas dando la 
vuelta a todo el estanque, para que 
vean las orillas. 

Siguió remando, pero tiró los remos 
en seguida. Desabrochó, comedido, unos 
botones de su chaleco, y volvió, im- 
petuoso, a la tarea. 

A cada palabra adelantábase su pe- 
cho, redondo, hercúleo, varonil. Sus 
piernas, en tensión, se sacudían vigo- 
rosas a compás. Ellas lo contemplaban 
a hurtadillas ; Miguel las miraba se- 
renamente, fijo, con sus ojos malignos 
y sagaces, inquietadores, inteligentes. 
Dieron la vuelta al estanque. Junto 
a la gruta hendían los gansos el agua 
limpia y clara, Pero al sentir ruido 
escaparon, despavoridos, frenéticos. 

La luz roja, crepuscular, incendiaba 
' los pinares, bruñendo sus amarillos 
I troncos corpulentos. Se diluía el azul 
j del cielo, debilitándose, haciéndose 
; transparente, diáfano. Del bosque ve- 
nía una música tenue y amable, como 
j un susurro de flauta que sonase muy 
lejos. 

Miguel abandonó los remos y habló. 
I Dijo mil cosas sobre el campo y sobre 
j el cielo, sobre la vida, sobre los hom- 
bres, sobre el amor. 

Era una charla de una apariencia 

frivola ; pero en el fondo, aguda, hon- 

j da. Poseía su voz el encanto que sub- 

I yuga a las mujeres, el encanto de 



52 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



decir, con ruido de risas, palabras de 
de ansia y de pasión. 

Ellas charlaban también, seducidas 
por la voz varonil y por el arrullo del 
atardecer. El bote tenía un balanceo 
discreto y rítmico. Moría un sol enor- 
me, rojo, hundido en la masa verde 
del pinar. Pasó una alondra, chillan- 
do, a refugiarse en su nido. Surgían 
los murciélagos ingraves, que se caían, 
que se alzaban en un vuelo agorero 
y burlón. Miguel se había acercado a 
ellas y les hablaba de su vida preté- 
rita, en la que aún alentaban las ce- 
nizas calientes de un amor muerto. 

Ellas oían embelesadas, en un ol- 
vido absoluto de todo, suspensas en 
la persuasión infinita de aquella voz 
hombruna que hablaba de amores con 
rudezas varoniles. Y dentro de sus 
almas femeninas parecía brotar un 
sentimiento nuevo, algo que había dor- 
mido un sueño impenetrable y que 
surgía al empuje de aquellos grandes 
bigotes negros, de aquellos ojos zarcos, 
de aquel pecho redondo, de aquellos 
puños vigorosos, sembrados de vello - 
de aquella voz recia y sonora, de aque- 
llos blancos dientes de lobo. 

Cuando cerró la noche, todavía sus 
tres enormes figuras se perseguían pro- 
yectadas en el suelo, entre las sombras 
miedosas de los árboles, cuando ellas 
volvían aterradas, temiendo que hu- 
biesen cerrado la puerta del jardín, 
mientras él caminaba junto a ellas, 
diciéndoles : 

—Pero no sean niñas. Si aún es 
de día. Si falta media hora para que 
cierren los jardines. 

Salieron. Al transponer la verja, Mi- 
guel se despidió. Ellas avanzaron si- 
lenciosas, distanciadas, como dos ri- 
vales. 

Aquella noche se la pasaron, ínte- 
gra, hablando de Miguel. 



MARTES 

Todavía Rosa tuvo una nueva in- 
sidia irritante : 

—Pues, hija, que te haga buen pro- 
vecho. Pero trabajo te costó. Anda, 



que bien te has metido por sus ojos. 
Así, cualquiera. . . 

Y se metió en la cama y apagó la 
luz. En la sombra, bajo el embozo de 
la sábana, Laura ocultaba una son- 
risa gozosa, cruel, mortificante. 

Durante la cena, de sobremesa y 
a la hora de acostarse, no tuvo Rosa 
otra tarea que derramar su veneno 
y su bilis. Laura le había llamado ví- 
bora desdeñada. Rosa había replica- 
do con un desatino. A poco más, se ti- 
ran del moño como dos mujerzuelas. 
Y todo por el hombre, por el macho, 
como había dicho Rosa llena de ira, 
con los ojos inyectados de sangre, ¡por 
el macho ! 

«¿Quién hacía caso de semejantes 
cóleras? ¡Pobre! Tenía razón. Había 
sido vencida de una manera rotunda, 
absoluta, para siempre — pensaba Lau- 
ra, mientras dejaba hundir su cabeza 
en la blanda almohada—. ¡ Pobre ! 
Había creído que Miguel... ¡Infeliz! 
Se había figurado que Miguel..., pero 
¡ca!; Miguel había estado aquella 
tarde muy claro y terminante. Cuando 
salieron por la carretera fué junto a 
Rosa, y con ella sostuvo la charla, una 
charla trivial, sobre cosas insustancia- 
les. Pero luego, cuando tocaron a de- 
cir cosas al oído, no fueron los de 
Rosa los que recogieron aquella mú- 
sica, sino los suyos, los suyos, que 
escuchaban anhelantes, acariciados por 
la armonía de aquella voz que hablaba 
de ensueños y amoríos.» 

Habían bajado desde el puente al 
río, por una pendiente, y se habían 
puesto a coger zarzamoras de las que 
crecen, hirsutas y hoscas, en las már- 
genes del Valsaín. Allí estuvieron toda 
la tarde entretenidos en esta diversión 
ingenua, tiznándose las manos, ara- 
ñándose los brazos, dejando en jiro- 
nes los volantes de las enaguas en 
las púas de aquellas zarzas silvestres. 

Se habían sentado después los dos, 
en apartijo confidencial, sobre la hier- 
ba. Rosa, distante, decaía en una 
desilusión inmensa. 

— Pero venga, Rosita. No sea hura- 
ña. ¿No quiere nada con nosotros? 

Estas frases de cortesía, despiadadas, 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA RISA DEL F.- 



se metían en el espíritu de Rosa, tor- 
turándola. Y sonreía, diciendo : 

— Hablen ustedes, que son jóvenes. 
Dejen a la viejecita que haga su pa- 
pel. 

Se había declarado vencida. ¡ Cla- 
ro! Entre las dos..., no había duda. 
Rosa era más..., ¿cómo lo diría?, más 
hermosa, ¡ sí ! , más sensual, más mu- 
jer. Pero ella..., ¡oh!, ella era más 
fina y más graciosa. Se lo había dicho 
él, ¡él mismo! «Son ustedes las dos 
encantadoras. Pero le encuentro a us- 
ted..., ¡qué sé yo!, más ángel, más 
sutileza de espíritu. Yo, Laura, sería 
feliz si usted me quisiera.» 

En fin, le había hecho el amor, pero 
como lo hacen los hombres : de prisa, 
apremiante, sin esperar contestación. 
Ella oía encantada y asentía sin darse 
cuenta. 

Acariciada por el contacto fino de 
las sábanas tibias, Laura se sentía 
dichosa. El sueño, un sueño sosegado, 
acudía a sus ojos, que se cerraban dul- 
cemente. Rosa, cercana, debía deba- 
tirse en una desesperación rabiosa. 
Esto le hacía ser más feliz. ¡ Oh, qué 
bien sabe el pan cuando alguien se 
muere de hambre ! 

Pensó en su felicidad, en su alegría. 
Al día siguiente la había citado en el 
bazar, a las siete. Se lo había dicho 
al oído : 

— Y si puede usted ir sola, ¡mejor! 
Querría que hablásemos de nosotros. 

¡ De nosotros ! 

En el silencio de la alcoba se oía, 
débil, el resuello de Rosa, que dormía 
cercana. A veces, desde la iglesia re- 
mota, venía el sonido seco, único, de 
una campanada. De vez en vez, el se- 
reno chillaba su cántico nocturno. Lue- 
go, nada. Otra vez el silencio v las 
sombras. ¿Qué le diría al día siguien- 
te? ¿Para qué la citaba sola, sólo a 
ella, induciéndola a zafarse de su ami- 
ga? ¿La quena? ¡Sí! 

Hubo un momento en que dejó de 
pensar para deleitarse en aquel ¡sí! 
venturoso. Luego abrió sus brazos des- 
paciosamente. Y ella, ¿le quería? No 
pudo contestar. Se había dormido. 
Pero en sus labios, finos y exangües. 



53 

se había posado una sonrisa llena de 
hechizo, llena de esperanza, llena de 
unción. 



MIÉRCOLES 

Se entraba por una puerta amplia 
y destartalada en una gran habitación, 
llena de luz. El bazar. En medio, una 
vitrina enorme. A los lados, vitrinas 
diminutas. Y en ambas, abalorios, za- 
randajas, objetos baladíes : una petaca 
con la fotografía del Palacio Real, 
un cortaplumas con la reproducción 
del Gurugú en sus cachas, y en todas, 
la consabida inscripción : «Recuerdo 
de La Granja.» 

En los rincones, máquinas explota- 
doras de la candidez humana. La ga- 
llina con sus huevos, llenos de con- 
fites ; la hechicera que otorga por diez 
céntimos un horóscopo optimista; el 
aparato endiablado por cuya ranura 
se cuela una moneda que ño devuel- 
ve jamás. Repartidas en corros, for- 
mando grupos nómadas que todo lo 
curiosean, lo palpan y lo ridiculizan, 
grupos alegres de señoritas bullicio- 
sas y de muchachos vivaces. Un gran 
ruido estrepitoso. Y tras el mostrador, 
el dueño del bazar, un hombre mem- 
brudo y cetrino, que asiste en silencio 
a la escena y que murmura en voz 
baja, lleno de una justa cólera : 

— Y nada, no hay quien compre un 
cacharro. Todo es tocar y reír. Todo, 
menos hacer gasto. 

De improviso, irrumpió en el local 
un mozo obeso, de semblante regoci- 
jado y resuelto ademán. Al verle, lo 
llamaron unas señoritas que reían en 
grupo. 

— ¡Fanegas! ¡Fanegas! 

Y Fanegas se acercó rápidamente. 
Las saludó con una profunda reve- 
rencia y dijo : 

— ¿Qué queréis, preciosidades? 

Una, la más traviesa, respondió pi- 
carescamente : 

— Que nos cuentes lo que ocurre 
por ahí. Anda, vengan los chismes 
del día, 

Fanegas simuló ruborizarse. 



54 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



— • ¡ Ca ! No puedo. Son demasiadas 
cosas. Y de mucho tamaño... No se 
os pueden contar a vosotras, almas 
Cándidas. 

Las virgencitas adorables protesta- 
ron ruidosamente: 

— ¡Cuenta! ¡Cuenta! 

Y lo cogían por las mangas y le da- 
ban empellones y puñetazos. 

— Vamos, cuenta. No seas tonto. 
¡ Cuenta ! 

Habían ido acudiendo otras dami- 
selas y algunos petimetres. Lo apre- 
miaron. Fanegas entonces, bajando la 
voz, interpeló gravemente a su doce- 
na de interlocutores : 

— ¿Me prometéis callar? 

Hubo un sí unánime. 

— Pues oíd. 

Bajó más todavía su voz : 

— Esta tarde han salido para Sego- 
via los marqueses de Santurce. 

Se oyó un ¡ oh ! prolongado de pro- 
testa y desilusión. 

— Eres un imbécil. 

— Un majadero. 

— Un antipático. 

Fanegas no se dio por vencido, y 
añadió : 

— Al poco rato salió también Teo- 
doro. Dicen más. Se asegura que en 
Segovia seguirá para Madrid el mar- 
qués, y para Barcelona los tortoli- 
tos. 

— Pero ¿por qué? ¿Por qué se van 
solos? ¿Por qué los deja marchar San- 
turce? — dijo candidamente una seno- 
rita. 

Algunos rieron. Fanegas la llamó 
aparte. 

—¿Quieres que te lo cuente? 

— Si es muy verde, ¡ no ! 

— Te lo adornaré. Pues verás. Esta 
tarde tuvo Santurce el poco acierto 
de volver a su casa temprano. Y, 
¡ paf ! , como Teodoro había tenido la 
mala idea de quedarse en mangas de 
camisa, no encontró disculpa. La mar- 
quesa se puso a llorar. Pero el marido, 
que es un vivo en el fondo, y que 
quería a todo trance librarse de aque- 
lla estantigua, les dijo : « — Hijos míos, 
si os gusta, libres sois. ¡ Hala, fuera 
de aquí, juntitos! ¡Hala, pero a esca- 



pe!» Y aquí tienes cómo Santurce se 
ha quedado como perro a quien le 
quitan pulgas, y cómo Teodoro, nues- 
tro pobre Teodoro, el más simpático 
de los hombres, la delicia de nuestro 
veraneo, el hombre más divertido de 
la tierra, ha tenido que sentirse ca- 
balleresco y ha tenido que cargar con 
el mostrenco de la Santurce. 

— ¡ Pero eso parece de una novela 
francesa! — interrumpió la señorita con 
los ojos encandilados. 

Se unió la señorita al grupo, y al 
oído se lo fué contando a todas. 
. Después, Fanegas habló del baile en 
casa de Irigoyen. 

Era un baile tradicional que daba 
todos los años la señora de Irigoyen, 
y al que concurrían lo más selecto de 
la colonia veraniega. Los desventura- 
dos que no tenían invitación, y a quie- 
nes no se les otorgaba este definitivo 
espaldarazo de elegancia, solían sati- 
rizar a la señora de la casa, llamán- 
dola cursi. Pero al año siguiente intri- 
gaban de nuevo, adulaban, sonreían, 
por conseguir ser invitados a la fiesta. 

Mi-Mi, una niña de diecinueve años ; 
una niña muy ingenua, que, con sus 
faldas por el tobillo y su arte inimi- 
table en parodiar a la Fornarina y a 
la Palóu bailando el tango y cantan- 
do «Yo soy modista en París...», hacía 
las delicias del público, preguntó si 
sería invitada Laurita Hurtado de 
Mendoza. 

— Creo que no — aseveró María Luisa 
Ciríaco, una admirable arrivista que, 
con una carita linda y una gran pa- 
ciencia, había logrado el favor de las 
elegantes, siendo admitida como una 
de "tantas — . Me figuro que no. ¡La 
pobre ! 

— ¿La pobre?— rió Juanita Cohén—. 
¡ Pobrecita ! Si además de ser una 
cursilona, anda por ahí de una mane- 
ra... Está completamente desacredi- 
tada. 

— No le faltaba más que presentarse 
con esa amigucha que se trae... — aña- 
dió otra muchacha — . ¡ Se dicen unas 
cosas! Ahora está dedicada a la pesca 
de un cursi que nos ha llovido del cie- 
lo, un señor Albornoz que anda epa- 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA RISA DEL FAUNO 



55 



tando por ahí a la gente con unos ga- 
banes a rayas. 

— Ya lo quisieras tú para los días de 
fiesta — dijo un mordaz. 

Algunos rieron la gracia y continua- 
ron las murmuraciones. 

De pronto, alguien exclamó : 

— ¡ Chist ! . . . ¡ Ahí viene ! 

Laura había entrado por la puerta 
del bazar. Avanzó. Venía soia. Vaciló 
un momento, avizorando entre la con- 
currencia, y, al fin, se adelantó hacia 
el grupo de señoritas bulliciosas : 

— ¡Hola! ¿Os divertís? Contadme. 
Y se unió a ellas. 

Hubo un instante de azoramiento 
unánime, en el que nadie supo qué 
decir. María Luisa Ciríaco le pregun- 
tó de pronto, pérfidamente : 

—¿Vas el sábado al cotillón? Se da- 
rá por la tarde en el tennis. Por la 
noche habrá baile en casa de Irigo- 
yen. 

Laura respondió fingiendo indiferen- 
cia : 

— No sabía...; pero iré. Estará muy 
bien, muy chic el cotillón. 

Laura sentía una cólera brutal, cie- 
ga, irresistible. De buena gana hubie- 
se cruzado con un látigo el rostro de 
aquella canallita. 

Hablaron todas un rato de cosas fri- 
volas, triviales. Laura miraba obstina- 
damente hacia la puerta. Iba pasando 
el tiempo. Dieron las siete. 

Poco a poco se fueron marchando 
las amigas. Ella miró en su torno. Allá, 
en un rincón, la señora de Irigoyen 
la atrajo. Sería demasiada claudica- 
ción hacerse ver para que la invitase 
a su baile. Así obtendría un triunfo 
sobre aquellas estúpidas y satisfaría 
su vanidad. Llegó junto a la Irigo- 
yen. Esta- triunfaba entre algunas se- 
ñoras elegantes. Al ver a Laura le ade- 
lantó las puntas de sus dedos : 

— Laurita. ¡ Cuánto gusto ! 

No dijo más. Después tornó a una 
conversación interrumpida con otra 
señora, volviéndole la espalda. Laura 
palideció y marchóse. 

Anduvo un rato sola, fingiendo cu- 
riosear en las vitrinas. Había ido des- 
filando la gente. 



— No dejes de ir al cotillón. Será a 
las cinco — le dijo María Luisa con un 
acento despiadado cuando se despedía. 

Este sarcasmo la hirió en lo más ín- 
timo de su orgullo. 

— Iré, María Luisa — contestó seca, 
resuelta, rápida. 

Luego, acercándose a ella, le escu- 
pió al oído un ultraje: 

— Soy todavía grande de España, 
¿sabes, monigota? Mientras que tú 
siempre serás la hija de un choricero. 

Dieron las siete y media. El bazar 
quedó desierto. Dieron las ocho. En- 
tonces Laura salió a la calle y corrió 
rápidamente hacia su casa. Llamó. 
Rosa la abrió, sonriente. 

— ¿Te has divertido mucho, mi so- 
lecito? 

En la voz de su amiga zumbaba una 
burla. Laura observó la estancia. Flo- 
taban en el aire nubéculas vagas de 
humo. Sobre el suelo se escabullía la 
punta de un cigarro. 

— ¡ Aquí has tenido a un hombre ! 

— ¡Sí! ¡A Miguel! 

Laura se puso lívida. Luego se echó 
a llorar sin consuelo. 



JUEVES 

Fué un día gris. Sobre la tierra se 
abatían unas nubes plúmbeas, som- 
brías, aplastantes. En sus eternas vein- 
ticuatro horas no brilló un rayo de 
sol. En los cristales, el persistente son- 
sonete de la lluvia. En el corazón, una 
melancolía abrumadora. Al lejos, el 
grave y trágico golpeteo del reloj pa- 
rroquial, que contaba las horas tris- 
tes de un día infinito... 



Por la mañana, impensadamente, lle- 
gó un criado del Hotel Europeo pre- 
guntando por la señorita Laura. Traía 
una carta y era de Miguel : «Necesito 
explicarle lo de anoche... Fué una des- 
dicha. ¿Quiere usted que esta tarde, 



56 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



aprovechando el buen tiempo y el sol, 
demos un paseo a caballo?» 
Rosa inquirió : 
— ¿Qué te dice? 

— Me invita a dar un paseo a ca- 
ballo. 
La amiga frunció el ceño : 
—Supongo que no aceptaras. A me- 
nos que me quieras dejar en casa o 
que te quieras poner demasiado en 
evidencia. 

Laura se detuvo, vacilante. El cria- 
do esperaba en el dintel, serio e in- 
móvil. 

— ¿Le ha dicho el señorito que es- 
pere la contestación? 
— Sí, señora. 

Laura se removía por la antesala, 
yendo de un sitio a otro, con los pies 
y el pensamiento vacilantes. Rosa la 
miraba con profunda fijeza : 

— Supongo que no querrás ponerte 
en ridículo, poniéndome de paso a 
mí. ¡No tendrían poco que decir esas 
gentes ! 

El criado sonreía imperceptible, es- 
cuchando. Pasaron algunos minutos. 
Laura dio con el pie en el suelo. 

— Dígale al señorito que ¡sí! A las 
cuatro le esperaré vestida. 

Salió el criado. Rosa, iracunda, me- 
tióse en la alcoba de súbito, dando un 
portazo ultrajante. Laura, inmóvil, ba- 
tallaba sordamente. Había hecho bien. 
Necesitaba saber el motivo de aquella 
informalidad. Era preciso que le ex- 
plicase su visita a Rosa. Aquello no 
podía ser un juego abominable. Sin 
duda fué un olvido. Ya Rosa se lo 
había explicado minuciosamente. Se 
le había hecho tarde, entretenido con 
unos importunos. Cuando reparó, eran 
más de las siete. Entonces, figurándose 
que ella no había querido permanecer 
en el bazar, había ido a casa, creyen- 
do encontrarla. Estaba Rosa. Allí' es- 
tuvo un instante, el bastante para no 
pecar de grosero, lo suficiente para 
dar dos fumadas a un cigarrillo. Des- 
pués se había despedido y había mar- 
chado apresuradamente para el bazar. 
Esto le había referido Rosa, jurán- 
dole decir verdad. Pero necesitaba es- 
cucharlo de su misma voz. Encontraba 



la explicación pueril, digna de un ca- 
dete. ¡Ah! Era forzoso hablar con él 
escucharle, oírle pedir perdón, jurarle 
que la amaba. ¿La opinión de las gen- 
tes? Perdió sus ojos en el techo con 
frivolidad. Cantó algo trivial, distraída 
¡Iría! ¡Bah!... 



A las cuatro se oyó en los guijos de 
la calle vivo repiqueteo de herraduras 
Rosa se asomó tímidamente. Venían 
los caballos. Sobre uno, cabalgaba Mi- 
guel, gallardo, vestido con un traje de 
dril, marcada la firme pantorrilla por 
la morena bota de montar. Otro ve- 
nia descabalgado, con silla de mujer 
conducido del diestro por un rapazue- 
lo. Miguel saludó, sonriendo fina- 
mente : 

—Pero ¿usted sin vestir? ¿No viene 
con nosotros? 
Rosa se mordió un labio • 
—¿Yo? ¡Pobre de mí! En la vida 
me be visto en esos trotes. ¡Yo a ca- 
ballo ! 

Y reía forzadamente con hipocresía. 
Laura emergió al balcón, vestida de 

amazona. Saludó con la mano cor- 
dialmente : 

— ¡Voy, Miguel! 

Y se internó, arrastrando a Rosa. 
Le dio un beso lleno de astucia y de 
artería, y salió a la calle. Atravesó 
la acera. Miguel había descabalgado 
y se inclinaba respetuoso y lisonjero. 

— ¡ Qué linda ! 

Lo estaba, Con el negro vestido de 
amazona, recogida la falda para mos- 
trar la alta bota en cuyo tacón bri- 
llaba la fina espuela de plata, con su 
fusta flexible y vivaz en la mano de- 
recha, con su boina, prendida al des- 
gaire, sobre los cabellos rubios ; con 
estos últimos atavíos elegantes que se 
habían salvado del naufragio de su 
casa, estaba ciertamente muy linda. 
Saludó, yéndose hacia la yegua, fría, 
dócil y apacible, que esperaba con 
las orejas gachas y la mirada melan- 
cólica. Cogió las bridas. Miguel se ha- 
bía abatido sobre el suelo para jun- 
tar sus manos, que engargantillaron e' 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA RISA DEL FAUNO 



57 



diminuto pie. Este apoyóse ligeramen- 
te en las membrudas manos varoniles. 
Se aupó, suelta y rápida, y quedó su- 
bida sobre la silla de montar, sujetan- 
do fuertemente a la yegua, que cocea- 
ba espantada y recelosa. 

— ¡Ejem!... ¡Bravo!— dijo Miguel, 
prendado de su gentileza. 

Fuese después hacia su rocín, y mon- 
tó, ágil. 

Emparejaron las cabalgaduras y se 
pusieron en marcha. Marchaban muy 
bien el jinete gallardo y la amazona 
gentil. Rosa, desde el balcón, los mira- 
ba, ahogando su ira. Contestó al sa- 
ludo que le dirigieron y los vio per- 
derse en el confín de la calleja al- 
deana. 



Cruzaron al paso la Herradura, ai- 
tos en sus rocines, desafiando las mi- 
radas que desde puertas y balcones 
les dirigían, sintiéndose soberbios y 
admirados. Pasaron la puerta de Se- 
govia y se internaron por la carretera. 
Ante ellos se extendía un infinito cie- 
lo azul. A los lados del camino, hote- 
les, quintas y huertos floridos. Se mi- 
raron y sonrieron. Miguel le preguntó : 

— ¿Subimos a la Cueva del Monje? 
Es un sitio precioso, entre pinares. 

— ¡ Vamos ! 

Pusieron los caballos al galope, a 
una femenina y suave media rienda. 
Pasaron la fuente del Cochero, la de 
la tía Carabina, Antes de llegar a 
Valsaín, Miguel torció a la izquierda 
por una cuesta empinada. Anduvieron 
algunos kilómetros monte arriba. A 
veces se cruzaban con un peatón que 
se quitaba el sombrero : 

— Buenas tardes, señores. 

Y seguían subiendo por el camino, 
fragante y oloroso, entre los altos, 
verdes y amigables pinos. 

Cuando llegaron a la planicie, en lo 
alto de la montaña, Miguel señaló un 
peñasco gigantesco en cuya base se 
abría una gran brecha. 

— Ahí dicen que vivía un penitente 
a quien los ciervos mismos le traían 
pan. 

Hubo un instante de silencio. 



— ¿Verdad que el penitente era un 
hombre envidiable? Bajo este cielo y 
en este bosque, cualquier mortal pue- 
de ser feliz. Yo, al menos, lo sería. 
Pero con usted. Solo, no. 

Laura detuvo su yegua. Estaba can- 
sada y propuso hacer un alto. 

Después, se le ocurrió beber. 

Ató Miguel los caballos al tronco de 
un pino y condujo a su amiga hasta 
un manantial. El sitio era de una be- 
lleza suprema. Se había espesado el 
bosque. Entre el enmarañado ramaje 
apenas se filtraba la lluvia dorada del 
sol, que enviaba su luz, como rocío im- 
perceptible. Crecían los heléchos ena- 
nos en el suelo fértil. Reinaba un gran 
silencio de austeridad. Sólo se oía el 
batir de las alas de algún ave erra- 
bunda o el pitido rápido de un mirlo. 
A ras del suelo fluía débilmente el 
agua fresca, pura, de un manantial 
que sangraba de la roca viva. 

Bebieron golosamente y se sentaron. 
Hubo un instante de sigilo miedoso. 
Laura miraba furtivamente a Miguel. 
Veía sus brazos firmes, su cuerpo vi- 
goroso, su mirada profunda. Después 
miraba al bosque, sólo habitado por 
aves temerosas y gamos tímidos. Ha- 
bló : 

— Miguel, diga... 

Su voz tenía un acento de sumisión 
y de esperanza. 

— ¿Para qué? ¡Explicaciones! Deje 
que hable por mí la poesía del bosque. 

— No es bastante. Los pinos no po- 
drían explicarme el motivo de su in- 
formalidad. 

— ¡ Chiquilla ! 

Se había acercado a ella y la había 
cogido una mano. Durante un momen- 
to se miraron fijos en los ojos. Reía 
el bosque, acariciado por una brisa 
tenue y sensual. Miguel habló despa- 
cio, confidente, íntimo : 

— Ya sabe que la adoro, Laura, ¡ que 
la adoro! ¿Para qué remover cosas 
pasadas? ¡Sería pueril! Si quisiera 
sincerarme, ¿qué trabajo me costana 
inventar una farsa? El corazón de us- 
ted me quiere y se apresuraría a 
creerla. No fui al bazar porque te- 
mía, porque me azoraba el sitio. ¡ Aque- 
lla gente tan fastidiosa! Después fui 



58 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



a su casa, creyendo que la encontra- 
ría. Estaba seguro. ¡ Perdón ! Pero 
créame una cosa. Si no me interesa 
usted, ¿qué habría de importarme la 
hora y el lugar? 

Calló un momento. Después añadió 
en tono convincente y apasionado : 

— Ahora que estamos solos, se lo 
repito a usted, ¡ la adoro ! 

Laura se había arrebolado y jadea- 
ba. Y lo miró para leer en sus ojos. 
Estos, entre las negras pestañas, de- 
cían verdad. Y lo amó locamente un 
instante, en un delirio de agradeci- 
miento y de esperanzas. El bosque se 
mostraba propicio a las confidencias. 
Y habló, desnudando su alma ante 
aquel hombre providencial, que pa- 
recía venir a salvarla en un instante 
crítico, supremo de su vida. Y le contó 
su historia, toda su historia triste, y 
le habló de sus ansias, de sus temores, 
de sus tormentos. El no era un aman- 
te. Era más. Era su todo. Era el so- 
siego para su espíritu, hasta la garan- 
tía de su honra. Lo adoraba con toda 
su alma, como nadie lo había idola- 
trado en su vida entera, como nadie 
podría idolatrarle después. 

Calló, de pronto, confusa, azorada. 
Miguel besaba sus manos, sonriendo, 
quizá un poco enternecido : 

— Niña mía..., niña mía. 

Ella se levantó riendo, enseñando 
los blancos dientecitos, que fulgían en- 
tre los labios sangrientos : 

—¿Seguimos el paseo? 

Miguel desató los caballos. Subieron 
ambos y empezaron a bajar la monta- 
ña. Iban a campo traviesa para evi- 
tar el largo rodeo del camino real, 
asustando a los díscolos habitantes 
del bosque, hollando la vegetación vir- 
gen, asombrando a los arroyos en cu- 
yas aguas ingenuas no se habían co- 
piado jamás rostros humanos. 

Llegaron a la carretera de Valsaín 
y avanzaron un poco para ver las ho- 
ces del río. Desembocaron en una lla- 
nada amarilla, donde habían sido ta- 
lados algunos centenares de pinos. 

Allí merendaban algunas familias 
traídas en landos suntuosos o en vo- 
cingleros ómnibus. Entre ellos pasa- 
ron jinete y amazona, alzando un mur- 



mullo de comentarios y hablillas. Pe- 
netraron más y llegaron al borde del 
río. Este, saltarín, bullicioso, se des- 
peñaba entre las rocas abruptas. La 
Boca del Asno, una enorme piedra, 
tallada por los cíclopes en una con- 
figuración pollinesca, veía pasar in- 
móvil a sus pies el agua fría y chi- 
llona que retozaba entre los peñasca- 
les, suicidándose desde los altos abis- 
mos, formando apacibles remansos, 
donde movían las libélulas sus finas 
patitas, asustadas, febriles, evitando 
ser arrastradas por la corriente. 

•Tornaron a la carretera y pusieron 
de nuevo los caballos al galope. Pa- 
saron los pinares otra vez. A veces, 
venía precursor el sonajeo jovial de 
collerones cascabeleros y pasaban los 
coches donde iban gentes que los mi- 
raban con asombro. Ellos, felices, los 
insultaban con sus gestos gallardos, 
en una dulce complicidad amorosa. 

Pasaron Valsaín. 

Cuando llegaron a La Granja, aún 
era de día. 

— ¿Quiere usted que demos una vuel- 
ta, preciosa? Son diez minutos. 

Bordearon el pueblo y se internaron 
otra vez en el campo. Ya allí no había 
pinares ni fragancia. La llanura cas- 
tellana, amarilla, lúgubre, desolada, 
como de un planeta muerto, se exten- 
día en lontananza, sin verdor. Al fi- 
nal, unos cerros cárdenos, impasibles, 
sombríos. En sus crestas, el claror de 
la nieve. 

Iban al paso y se decían palabras 
de amor. Sus rocines, juntos, se daban 
cabezadas amistosas. Laura sentía el 
inefable encanto de aquel amor aven- 
turero y rebelde, surgido de impro- 
viso y arraigado tan hondo en lo ín- 
timo de su alma. 

Anochecía. Invadían, lentas, las 
sombras al campo. Un cuclillo, iróni- 
co, prorrumpía en un chillido discor- 
de y burlón, oculto en la fronda. De 
lejos venía rumor tintineante de es- 
quilas, y los rebaños pasaban remo- 
tos, como un mar blanco y lento. El 
sol, bajo el horizonte, enviaba, rápi- 
do y lívido, su postrer rayo. Se hacía 
de noche. 

— Volvamos, Miguel. 



LUIS ANTÓN DEL OLMEX. — LA RISA DEL FAUNO 



59 



— Sí, pero antes me has de dar un 
beso. 

Acercó bruscamente su caballo a la 
yegua. Laura sintió en sus sienes el 
roce de un bigote acariciador, y en 
su boca el contacto caliente, húmedo, 
salobre, de unos labios apasionados, 
febriles. Cerró los ojos. Y casi sin sen- 
tido, se abandonó... y se dejó besar. 

La Naturaleza pareció estremecerse 
en un íntimo susurro de complicidad, 
de encubrimiento... 



SÁBADO 

¿Iría al cotillón? ¡Sí! Pero... ¿con 
quién? Rosa se había negado resuelta- 
mente : 

— ...y, además, porque no me da la 
gana. 

Ante este supremo argumento, Lau- 
ra claudicó. Pero ella necesitaba ir al 
cotillón. Era preciso arrostrar la iro- 
nía y el desprecio de aquellas vibori- 
tas, demostrarles que todavía la de 
Hurtado de Mendoza tenía un vestido 
elegante y un desdén altanero para 
sus insidias ruines. Y, además, debía 
ir, por Miguel. 

— Aún habrá tiempo para bailar un 
vals. Por lo menos hasta las ocho du- 
ra esa cachupinada. Y yo, a las siete, 
estará de vuelta. 

Miguel tenía que estar unas horas 
en Segovia para una majadería de 
unos negocios. ¡ Uf ! ¡ Los antipáticos 
negocios de los malditos hombres ! Pe- 
ro iría. Y bailaría con ella el suyo, el 
único, el más elegante y el más guapo. 
¡ El más guapo ! ¡ No tendrían poca 
bilis que tragar aquellas envidiosas 
hartas de soltería ! 

Iría al cotillón. Pero... ¿con quién? 

Rosa se había negado terminante- 
mente. Además..., hubiera resultado 
de un cinismo insólito presentarse allí 
con aquel apéndice, con toda su fama 
y con su aspecto de cocota. 

Titubeó un momento. Sonrió. ¡ Ad- 
mirable ! Iría con las señoras de Le- 
desma, unas cursis de verdad, a quie- 
nes conocía vagamente y a quienes 
haría dichosas ir en compañía de una 



grande de España, por muy apolilla- 
dos que tuviera sus pergaminos. Ade- 
más, tenían un mozo de veinte años, 
un poco adusto y salvaje, que, en úl- 
timo caso, no la dejaría estar senta- 
da si no acudía mejor bailarín. 

Les mandó recado y respondieron 
apresuradamente que a las cinco esta- 
rían a buscarla. Llegaron puntuales. 
Laura había derrochado el tiempo en 
arreglarse y vestirse. Se encontró un 
poco f ané, * pero pasable. Rosa había 
sonreído toda la tarde con una son- 
risa inquietadoramente socarrona. 

— Sé que te ríes de mí, que me en- 
cuentras cursi; pero no me importa, 
¿te enteras? Soy demasiado feliz para 
darle importancia a tu despecho. Por- 
que ahora lo soy con toda mi alma. 

Y se fué con la alegría y el sobre- 
salto de una mozuela que acude al 
primer baile. 

Abajo, en la calle, esperaban las de 
Ledesma, una madre larguirucha, de 
ojos brilladores, y una hija cuaren- 
tona, que había sido poetisa, anémica, 
alta como una caña, que había tenido 
un novio militar, muerto heroicamen- 
te en Cuba. Junto a ellas, con los ojos 
bajos, el ceño fruncido y la catadura 
arisca, callaba sombríamente un mu- 
chacho membrudo, moreno, rudo, bra- 
vio. La madre tuvo que decirle : 

—Anda, Leandro; saluda a esta se- 
ñorita. 

Luego se inclinó sobre la dama : 

— Es muy corto de genio, ¿sabe us- 
ted? ¡ Oh ! Pero es un gran mucha- 
cho. 

Recorrieron unos metros de carre- 
tera y se internaron por un camino 
alegre. Al final, se veía La Casa de 
la Mata, una finca de campo alquila- 
da por la colonia elegante para pati- 
nar, jugar al tennis, pescar novio y 
urdir cotillones. 

En la puerta hubo un digno entor- 
pecimiento. El portero no las dejaba 
entrar. Aunque no era precisa invita- 
ción por ser el sitio la casa de todos, 
el cancerbero había recibido una or- 
den severa : 

■ — No deje entrar más que a las per- 
sonar conocidas. 

Al fin, merced a unas palabras per- 



60 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



suasivas y a una moneda de plata, pu- 
dieron entrar. 

Penetraron. Un cronista mundanal 
se quedaría perplejo ante magnificen- 
cia tan inusitada. Rodeaban la plani- 
cie de asfalto las parejas del cotillón. 
Zangoloteaban por en medio, esplen- 
dorosos, los directores ; una viuda ju- 
venil, regordeta, bien vestida, con an- 
dares de jaquita jerezana, Joselita Re- 
ne, y un mozalbete, ataviado a la úl- 
tima, hijo del marqués de Pimentel. 
Cerca, sobre el templete, reía en un 
vals una orquesta abigarrada. 

Al llegar Laura se produjo una viva 
expectación. ¡ Era un colmo ! ¡ Atre- 
verse después de la aventura del día 
anterior ! ¡ Después de haberse metido 
con un hombre, sola con él por los 
campos, como una cualquiera! 

Nadie la saludó. Alguna boca le en- 
vió una sonrisa débil. Alguna mano 
se agitó, tímida. Pero ella avanzó re- 
sueltamente, cogiendo a Leandro por 
una manga : 

— Será usted mi pareja. ¡ Venga us- 
ted! 

Y se sentó con él en la fila de bai- 
larines expectantes. 

Leandro, rojo, trémulo, le suplicaba : 

— Pero ¡ por Dios ! ¡ Si no sé bailar ! 
Le ruego que desista. 

Pero ella no escuchaba, observando 
el conjunto, altanera, gallarda, mi- 
rando con osadía en su redor. 

Los directores comenzaron a repar- 
tir regalos para una figura. Estaban 
destinados a los hombres y consistían 
en unos gorros turcos de papel rojo. 
Los cogían ellas de manos de Joselita, 
los entregaban a sus parejas y ellos se 
iban poniendo los gorros y reían como 
si el trance tuviera mucha gracia. 

Cuando llegó la directora junto a 
Laura apenas si la saludó, arroján- 
dole el gorro con una displicencia ul- 
trajante. Leandro desfallecía. 

— ¿Ha visto usted qué enormidad? 
—dijo, al fin, enojado. 

— ¡ Insoportable ! Pero veremos có- 
mo se portan con usted. Probablemen- 
te le harán una grosería. Pero perdó- 
neles... Lo hacen por ofenderme a mí. 

El mozo se sintió acometido de una 
súbita piedad: 



— 'Pero ¿qué les ha hecho usted? 
Son unos mal educados. Es insufrible. 

Después, rotundo, aseguró : 

— ¡Caramba! Tendría ganas de ar- 
mar un escándalo. 

Habían nacido en aquel muchacho- 
te, tímido y bravio, ansias carniceras. 
Ella las explotó encantada ante la 
idea de promover un altercado. Sería 
delicioso. Y gimió : 

— Le juro a usted que sufro con 
toda mi alma. 

El había cerrado sus puños como si 
hubiera hecho un juramento formi- 
dable. 

Empezaba otra figura. El director 
iba entre los hombres repartiendo unos 
alfileres de mujer. Junto al bailarín 
inmediato a Leandro permaneció un 
momento para decir una frase vela- 
da, punzante, sobre algunos señores 
que se habían invitado a sí mismos 
al cotillón y a los que nadie cono- 
cía. Después llegó junto a Leandro, 
lo miró despectivamente y pasó, fin- 
giendo no advertirle. Este, de súbito, 
se levantó de un brinco con agilidad 
felina. Cogió al director de una mu- 
ñeca, retorciéndosela. Parecía un ba- 
ratero de plazuela con algo bello de 
gladiador romano. 

— ¿Y a mí? ¿No hay alfiler para 
esta señorita? 

Se habían levantado todos de sus 
asientos, atónitos. 

Le arrebató después un puñado de 
alfileres y los tiró sobre la falda de 
Laura. Luego volvióse hacia el gentío 
lentamente, enviándole el reto triun- 
fal de una mirada soberbia. 

Se intervino, hubo una componenda, 
se cambiaron unas explicaciones y el 
cotillón prosiguió. 

Distraída en la contienda, Laura no 
reparó en que las siete habían pasa- 
do ya, Luego empezó a impacientar- 
se. Leandro había vuelto a su mutis- 
mo. La concurrencia, frustrada, cohi- 
bida por aquel espectáculo insólito, 
empezaba a desfilar mohína y lenta. 
Dieron las ocho. 

Laura pensó en Miguel con rencor. 
¿Repetiría la hazaña del bazar? Y 
meditó en la sonrisa socarrona de Ro- 
sa. Se puso un poco pálida. 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA RISA DEL FAUNO 



61 



Le urgía marchar. Las de Ledesma, 
que habían pasado la tarde en segun- 
da fila, en un largo bostezo, viéndola 
descompuesta, se levantaron solícitas : 

— ¿Se pone usted mal? 

Ella se reanimó : 

—¿Mal? ¿Por qué? 

El ámbito se había quedado desier- 
to y el crepúsculo moría. Un viento se- 
rrano y hostil golpeaba los árboles. 

— Tengo un poco de frío. ¿Quieren 
ustedes que nos marchemos? 

— Sí, en seguida. 

Tomaron el camino de La Granja. 
Las de Ledesma charlaban sin tino, 
comentando el cotillón. Laura no las 
oía, sumida en una sensación incons- 
ciente de angustia. Entraron en el 
pueblo. Ellas se empeñaron en acom- 
pañarla hasta el umbral de su casa. 
Llegaron. Nadie en los balcones. So- 
ledad en la calle. Se despidieron. Lau- 
ra subió de prisa y llamó. Apareció 
la doncella, asustada. 

— ¿Está la señorita Rosa? 

—No. 

— ¿Vino alguien? 

— Tampoco, señorita. 

Entró en la alcoba. Al pronto notó 
algo raro, insólito, en la habitación 
desordenada. Se fijó. Los vestidos de 
Rosa no pendían de las perchas. Ha- 
bía desaparecido su cabás de viaje. 
¿Qué era aquello? Y se detuvo, ate- 
rrada por un presentimiento que cru- 
zó por su espíritu, helándola. 

Sobre la mesa había un sobre. Leyó. 
En él se hallaban escritas estas pa- 
labras con letra de Rosa : «Para ti.» 

Rasgó y devoró. 

« ¡ Pobre cielito mío ! Eres muy des- 
graciadla tú, mi vida. Lo reconozco 
y te compadezco. Por eso te escribo, 
para darte una última prueba de mi 
amor. Podría haberme marchado sin 
dejarte un recuerdo. Pero ¡no! Ahí 
lo tienes. Te quiero demasiado para 
ser contigo cruel. 

»Mira, chiquilla, abreviemos. Me voy 
porque me aburre este sitio, y, además, 
porque Miguel se ha empeñado. ¡El 
pobre! ¡Hay que darle gusto! ¡Ah! 
Pero te advierto que se marcha muy 
enamorado de ti. Dice que eres un al- 



ma superior, digna de encontrar un 
hombre extraordinario. El ha tenido 
miedo de ti. Y le doy la razón ; y tú, 
cuando pienses en esto serenamente, 
se la darás también. Hazte cargo. El 
había venido en busca de una aventu- 
ra alegre, sin trascendencia, vamos, 
un buen pasar el rato. Pero tú to- 
maste la cosa demasiado en serio. 
Creo que en aquel famoso paseo a ca- 
ballo te comportaste como una cole- 
giala. Al principio se conmovió, pero 
luego nos hemos reído mucho. Estu- 
viste hecha una Julieta, pero escogis- 
te un mal Romeo. Miguel es..., ¡qué 
sé yo!, muy parisién... Tú le hubie- 
ses estropeado el veraneo. Y al fin ha 
tenido la ventolera de escaparse con- 
migo. Dirás, y con razón, que huye de 
ti. Yo creo más. Afirmo que has de- 
jado en su alma una huella. Pero, 
¡hija!, por el pronto, nos vamos. 

»Y... se me está haciendo tarde. 
Perdona. El coche para Segovia no 
espera y tengo que despedirme. 

»Que seas muy feliz y que termines 
de la manera más brillante tu veraneo. 
Como verás, te dejo una barbaridad 
de dinero dentro de tu maleta. Cua- 
renta duros. Un capitalito, ¿eh? A 
ver si lo administra bien la vidita 
mía. 

»Adiós, ¿sí?, encanto. Ya sabes que 
te quiere mucho, 

Rosa.)) 

Había aún una postdata : 

«¡Ah! Oye un consejo de amiga. 
Para otra aventura venidera con cual- 
quier hombre, procura ser menos co- 
legiala. Aprende de mí. Es más prác- 
tico.» 

Terminó de leer. Quiso llorar. Sen- 
tóse, y abatida por el dolor inmenso, 
permaneció insensible mucho rato. 
Luego quiso pensar en el porvenir, pe- 
ro desistió, sobrecogida, con el espan- 
to de un niño que se asomara a la 
boca de una cueva en cuyas sombras 
se arrastrasen, viscosos, los reptiles. 
Se veía sola, abandonada, en medio 
de un desierto. Y todo en su redol- 
erá horrendo y esquivo. Salió al bal- 
cón. A la izquierda se erigían, agudas 



62 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



y gráciles, las torres de la Colegiata. 
Á la derecha se extendía el campo ale- 
targado. Distantes, venían notas per- 
didas de músicas alegres. En casa de 
la Irigoyen había fiesta y risas que 
sonaban como ultrajes despiadados. El 
sereno lanzaba de vez en vez su cán- 



tico nocturno y tristísimo. A interva- 
los sonaban profundas las campanas 
parroquiales. Y en medio del cielo, 
una luna veraniega recortaba su cara 
bonachona, enviando plácidamente so- 
bre el campo dormido su luz inmacu- 
lada y candida. 



LA VERDAD EN LA ILUSIÓN 



PROLOGO 

A UN HOMBRE BARÍ ARO Y FELIZ, QUE VIVE 
SIN PENAS Y SIN LITERATURA 

Me has escrito una carta ingenua, 
íntima, que transparenta el re- 
poso de tu alma y el sosiego de la 
campiña gallega en cuyo regazo te 
arrullas, te disuelves, te acabas fe- 
liz... En ella hay un renglón trágico. 
«¿Lees mucho? ¿Piensas mucho?» Era 
la poesía del campo, la inocencia sua- 
ve de lo impasible, la salud espiritual 
del vivir quieto, sin afanes, sumido en 
una ignorancia florida, quien me ha- 
cía esa pregunta bárbara, sarcástica, 
dislacerante... 

«¿Lees mucho? ¿Piensas mucho?» Y 
eso me lo dices tú, sentado en el huer- 
to, viendo crecer las flores, escuchan- 
do los vagidos tenues de una pródiga 
Naturaleza fragante y callada, mien- 
tras preludiaría, allá en lo remoto, 
bajo la capucha monástica de un ci- 
prés, su cantata melódica el ruiseñor. 
Y eso me lo dices tú, bárbaro, envidia- 
ble campesino sin literatura, brincan- 
do como un chacal rotundo, afirmati- 
vo, ignorante y dichoso, en la mitad 
tristísima de mis pobres inquietudes 
selectas. 
«¿Lees mucho? ¿Piensas mucho?» 
No quiero contestar a esa pregun- 
ta inicua, en una carta deleznable. Te 
brindo este cuento. Es como una co- 
rona de púas, clavada en mis sienes, 
como un cilicio enroscado a mi carne. 
Leo. Pienso. Estoy sumido en la me- 



lancolía. Guarda estas páginas como 
atribulado símbolo de mis penas. Lue- 
go, brutal, inocente, deja cantar al 
ruiseñor bajo tu ciprés, aspira los es- 
parcidos aromas de tu huerto, no leas, 
no medites, sé humilde, sé bueno, sé 
ignaro, no sacudas la dulce pereza de 
tu ánimo, y sobre todo, nunca, mien- 
tras vivas feliz, me preguntes si existo. 



¡ Cuál no sería mi asombro al en- 
contrarme tras de la vitrina de un 
museo, convertido en momia, expues- 
to como un vestigio de civilizaciones 
pretéritas ! ¡ Cuál no sería mi estupor 
al despertar y verme rodeado por grue- 
sos cristales, entre un ánfora griega 
y la túnica de un faraón ! 

Era realidad, estuve a punto de so- 
bresaltarme y hasta de insultar des- 
pués al conserje que iba y venía por 
la estancia, ataviado con prolija ridicu- 
lez y abatido por un aire absoluta- 
mente idiota. ¡ Caramba, que para un 
hombre como yo, culto y bien nacido, 
y hasta con sus pujos de sibarita, es 
fuerte cosa sentirse objeto de la cu- 
riosidad pública, no inspirando sen- 
timientos más nobles que los arran- 
cados a la arqueología por un hacha 
de sílice o una pintura mural de las 
cavernas ! 

Felizmente dióle tiempo el asombro 
a la memoria, y pude recordar, y pude 
reprimir el arrebato. 

Sí, en efecto. Yo me había dormido 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA VERDAD EN LA ILUSIÓN 



63 



inopinadamente. Acababa de tomar 
el baño, y cuando ya vestido disponía- 
me a rizar la blonda rebeldía de mi 
bigote, oí un ruido bárbaro, descomu- 
nal, unánime, que lo atronaba todo. 
Luego se abrió la puerta del tocador 
y entró mi hermana despavorida. Des- 
pués un gran estremecimiento, una 
brutal convulsión en el orbe. Caí. Me 
fui quedando sin vista, sin oído, sin 
tacto. Al fin, un sueño profundo, in- 
evitable, se apoderó de todo mi ser... 
Sí, yo había dormido mucho tiempo. 
Hice una pausa en el raciocinar, y ex- 
clamé bastante molesto : 

— ¡Ah!, pero ¿es justo que unos 
desalmados aprovechen tal ocasión 
para trocarle a uno en guiñapo de 
un museo? ¡ Bonita manera de socorrer 
a un pobre ciudadano víctima de una 
catástrofe ! Porque yo he sido víctima 
de algún fenómeno colosal, de algo 
estupendo y maravilloso que mi espí- 
ritu atolondrado no recuerda. 

Un instante más de meditación, y 
todo lo vi claro. 

Aquello había sido un terremoto. 
Yo había caído entre las ruinas de mi 
casa, tal vez entre las ruinas de todo 
Madrid. Pero no había muerto. No, 
eso era indudable, puesto que abría 
los ojos y pensaba y me sentía vivir, 
renacer. Yo había estado inerte, como 
fenecido, viviendo en un letargo ab- 
soluto. Así dicen que yacen algunos 
hombres del Polo, bajo la nieve, seis 
meses del año. Así fueron tomados por 
muertos algunos infelices a quienes 
asáltales bajo tierra el despertar. 
«¡Cielos! — me dije, descubriendo mi 
fortuna — . Menos mal que les he pa- 
recido un tipo curioso, y que se les 
ha ocurrido traerme a esta clemente 
vitrina, de la que voy a escaparme 
como es lógico, para seguir viviendo 
como es lícito.» 

Y sentí la tentación de asestarle una 
terrible coz al cristal, y darme con 
presteza a la fuga. Pero me detuvo 
una reflexión. ¿Creeríanme un ser de 
otro mundo, un endemoniado? ¿To- 
marían mi catalepsia inocente por al- 
go sobrenatural y formidable? ¿Me 
matarían de verdad los bárbaros que 
me condenaron a encierro en vitrina? 



Así contuve mis ímpetus, me achan- 
té, como suele decirse, aproveché al 
fin un descuido del vigilante, salí co- 
mo un zorro, sin ser visto, y me lancé 
a la calle por una puertecilla excu- 
sada. 

El mundo era completamente insó- 
lito. No quedaba un trozo de mi viejo 
y amado Madrid. Las casas eran enor- 
mes colmenas por cuyas ventanas en- 
traban y salían los aparatos volado- 
res que remedaban a mis incipientes 
monoplanos. No había tranvías ni co- 
ches. Los viandantes se deslizaban por 
unas láminas de acero que corrían 
vertiginosas. No había tiendas, ni guar- 
dias municipales, ni charcos, ni es- 
combros, ni nada que revelase la exis- 
tencia de un Ayuntamiento. Los hom- 
bres eran todos calvos, no tenían dien- 
tes, y hablaban un idioma parecido al 
español, algo así como si sobre este 
preclaro idioma hubiese caído el cha- 
parrón de mil voces absurdas y ex- 
trañas. Las mujeres, a quienes al prin- 
cipio no supe distinguir, eran flacas, 
ágiles y feas. Llevaban el pelo corta- 
do, y sólo se las podía descubrir en 
que hablaban pestes las unas de las 
otras. Los trajes de mujeres y de 
hombres eran sencillos y monótonos. 
La humanidad aparecía uniformada 
brjo unas túnicas grises, muy poco 
elegantes, y bajo unos sombreros de 
paja enormes y burdos. Era frecuente 
que los niños llevasen anteojos. Algu- 
nos que jugaban en corro se deleita- 
ban con un entretenimiento asaz pro- 
tervo. Hacían pelearse, dentro de una 
vasija con agua, a dos seres diminu- 
tos, a los que llamaban el microbio 
del cáncer y el microbio de la tu- 
berculosis, ya tan domeñados, que tan 
sólo servían para distraer a los pe- 
queñuelos. 

Al principio no causó extrañeza mi 
traza. Pero cuando la gente comenzó 
a fijarse en mí, entróme gran rubor 
; de extranjería. Y — lo confieso aver- 
gonzado — sentí la ignominia de mi pe- 
lo abundante y rizoso, de mis blan- 
cos dientes y de mi traje, un traje 
primorosamente cortado por el mejor 
sastre de Madrid. 

«Habrá que ponerse a tono — me dije. 



64 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



pensando en afeitarme la cabeza y 
en hacerme extraer la dentadura — . 
Y habrá que adquirir una de esas tú- 
nicas horrendas sacrificando la ele- 
gancia de mi indumentaria al buen 
parecer de todos estos asnos.» 

Busqué un bazar de ropas hechas, 
y como no viese ninguno, me acerqué 
al fin a un transeúnte, para indagar: 

— Oiga, ciudadano: ¿dónde podría 
comprarme una de esas tuniquitas que 
usan ustedes? 

Al interlocutor pareció hacerle mu- 
cha gracia mi pregunta. Lo digo por- 
que presumo que sonrió, aunque es- 
tos hombres misteriosos parecían ha- 
ber abolido el alborozo. 

— Se conoce que acaba usted de lle- 
gar. ¿Es usted de Marte? ¿Acaso de 
Júpiter? 

— No. Soy un madrileño sencillo, de 
Pozas. 

El hombre desdentado tuvo una se- 
gunda risita pusilánime. 

— ¡Madrid! Habla usted de una 
ciudad que no existe desde hace cua- 
tro siglos. 

Yo me quedé absorto. ¡Había dor- 
mido cuatrocientos años! Volví a mi- 
rarlo todo con anhelo, con intensa cu- 
riosidad. ¡ Claro, vivía en otra muy 
distinta civilización, en otro ambiente, 
cuatro siglos adelantados a mi pobre 
cerebro primitivo ! 

Expliquele al transeúnte lo que me 
había sucedido, no pareció extrañar- 
se demasiado, se compadeció de mi 
total ignorancia, y se declaró mi pro- 
tector y guía. 

— Vaya, venga usted conmigo — ex- 
clamó — . Iremos al gran almacén de 
túnicas, se proveerá usted, y ya ves- 
tido convenientemente, podrá empe- 
zar a vivir como un hombre civili- 
zado. 

Sacó un teléfono sin hilos de una 
faltriquera, habló con los aires, des- 
cendió un aeroplano hasta nuestros 
pies, subimos, y atravesamos el éter. 

Fui todo el tiempo estupefacto. La 
visión no podía ser más inusitada. 
Bajo el aparato volador extendíase 
la ciudad, es decir, un conjunto abi- 
garrado y monstruoso de grandes edi- 
ficios : campos muy verdes que se veían 



crecer por instantes, que se resecaban 
por minutos, y cuyas cosechas eran 
recogidas, al paso que yo pude adivi- 
nar, a las pocas semanas de haber 
sembrado la simiente: fábricas des- 
comunales, sin chimeneas, movidas to- 
das indudablemente por la electrici- 
dad o por el radio. Más allá de la 
población extendíase una llanura mo- 
nótona, sin el menor vestigio de an- 
tigua belleza, sometida, torturada por 
el hombre. Las montañas, perforadas 
por cien túneles, no eran estorbo ni 
frontera. 

• Las nubes, miedosas, atemorizadas, 
sin duda, estaban muy altas, y allí, 
remotísimas, pusilánimes, cercanas del 
sol, parecían contemplar el espectácu- 
lo de la Naturaleza con un aire triste 
y pensativo. Yo le di con el codo a mi 
protector, y le hice un repiqueteo de 
interrogaciones ingenuas. 

— ¿Por qué no bajan las nubes has- 
ta el suelo? 

— Porque no queremos los hombres. 
Ustedes los que vivían en la época 
bárbara estaban expuestos a las ve- 
leidades meteorológicas. Si tenían us- 
tedes gana de calentarse los huesos, 
llovía. Si sentían en cambio la nece- 
sidad de que lloviese, lucía el sol ca- 
lenturiento, anonadante. Eran uste- 
des como las bestezuelas, esclavos del 
capricho terrestre. Nosotros hemos do- 
minado a la Naturaleza. El sol y las 
nubes son nuestros servidores leales. 
Luce cuando queremos. Llueve cuan- 
do nos da la gana. 

Mis ojos, consternados, hicieron una 
pregunta silenciosa : 

— Es muy fácil, hombrecillo dentado 
y peludo. Tenemos unas máquinas te- 
rribles, de una complicación para us- 
ted no sospechada, que fabrican las 
nubes, y que las envían lejos, muy le- 
jos, allí donde no pueden oscurecer 
al sol. Por medio de intensos fluidos 
las mantenemos a raya. Cuando nues- 
tros campos tienen sed o nuestras ca- 
lles están demasiado secas, un dispa- 
ro eléctrico despanzurra los nubarro- 
nes y llueve... Y llueve lo que desea- 
mos y el tiempo que apetecemos. De 
una manera semejante hacemos ne- 
var. Alguna vez que otra, por mero 



LUIS ANTÓN DEL OLMET.— LA VERDAD EN LA ILUSIÓN 



espectáculo, producimos el granizo, el 
rayo y el trueno. 

Satisfecha mi curiosidad en este as- 
pecto llovedizo, pregunté la razón a 
que obedecía aquel formidable creci- 
miento de las plantaciones. 

—Echase de ver— me dijo él hombre 
civilizado — lo primitivo de sus procedi- 
mientos agrícolas. Ustedes no tenían 
centeno, ni trigo, ni otra clase de ce- 
reales más que una vez al año, cuan- 
do el vientre cansino y cicatero de 
la tierra quería parirlos." Nosotros he- 
mos abolido la tacañería del orbe. Un 
cultivo intensivo hasta la exageración, 
el empleo de abonos químicos, fuertes, 
enérgicos, vitales ; la aceleración en 
el curso de las estaciones, pues nos- 
otros fabricamos invierno y primave- 
ra, como ustedes fabricaban trapos, 
ha hecho que la tierra nos dé por lo 
menos doce cosechas anuales. Y así 
el hambre no es bajo el cielo más 
que una memoria lejana, una som- 
bra pretérita y horrible de la que no 
queda ni el trasunto, algo así como 
fueron las pestes horrendas del si- 
glo diez para los hombres del siglo 
veinte. 

Empezó a entrarme una devota ad- 
miración por aquel individuo tan feo 
y tan civilizado. 

— Son ustedes, en realidad, gente 
superior y privilegiada. Yo querría ser 
amigo suyo, .y si fuera usted tan bon- 
dadoso, me atrevería a rogarle la dá- 
diva excelsa de su protección. 

Dicho lo cual, y como soy hombre 
lo bastante bien educado para saber 
practicar las reglas más refinadas de 
la cortesanía, le di mi nombre, y es- 
tuve a punto de ofrecerle mi casa en 
la calle del general Porlier. 

— Me llamo — le dije— Domingo Bel- 
trán, soy notario del ilustre colegio 
de esta corte y vivo... 

Mi hombre echóse a reír, siempre 
de aquella manera tan suave y tan in- 
telectual. 

— ¡Yo no tengo nombre ni apellido, 
señor! Esas eran costumbres salvajes. 
Nosotros, como no tenemos religión, 
ni tenemos familia, hemos suprimido 
tales motes arbitrarios. Nos conoce- 
mos por números. Yo soy el 1.111.111. a 

NOVELA CORTA 



65 

cada niño que nace se le designa su 
cifra correspondiente, una vez regis- 
trado en. el gran almacén de criatu- 
ras. Eso es toau 

El 1.111.111 parecía estar muy sa- 
tisfecho de semejantes bautizos abre- 
viados. A mí, sin embargo, me pareció 
una cosa muy peco bella, y por de 
menos interesante. 

— Diga usted: ¿tampoco usan nom- 
bre las mujeres? 

— Tampoco. Se las conoce también 
por números. 

Yo sentí la tristeza de semejante ca- 
talogación fría y rutinaria, Adiós 
aquellos nombres tan bonitos, suaves 
y apacibles que tenían nuestras no- 
vias. Adiós Paz, Angelita, Esperanza, 
Gloria, Mercedes. Adiós felices tiem- 
pos en que las mocitas hechiceras de- 
cíanse de un modo fragante y tan 
sentimental. Me dio pena. ¡Qué la- 
mentable tener que insinuarle a una 
mujer encantadora : «Escuche usted, 
921.» 

Mas de pronto hube de suspender 
mis interrogaciones y mis devaneos. 
El aeroplano se había metido por un 
ventanal en el gran almacén de tú- 
nicas. 

Era un establecimiento enorme de 
varios pisos, lleno de anaquelerías que 
guardaban las túnicas a millares, to- 
das iguales, todas grises. Unos hom- 
bres flacos, sin dientes ni pelo, a use 
de la moda antiestática, despachaban 
vestidos muy gravemente, como si rea- 
lizaran un acto supremo y trascen- 
dental, sin aquella solicitud afable que 
distinguió a mis buenos horteras de 
la calle del Barquillo. 

— A ver — dije con aire de comprador 
despabilado — , a ver una tuniquita 
bien cortada y que me ajuste con 
garbo y gentileza. 

El 1.111.111, cogiéndome de un bra- 
zo, me repuso casi brutalmente : 

— No sea usted soez, y menos tram- 
poso. ¿Cómo va usted a pagar la tú- 
nica? ¿Se imagina usted posible ad- 
quirirla sin dar nada en cambio? 

Yo no he sido jamás deudor imper- 
térrito ni lioso profesional. Cuando 
viví entre los hombres salvajes come- 
tí siempre la imprevisión de no tener 



6'J 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



acreedores. Yo era un hidalgo perfec- 
to, incapaz de ser procesado por esta- 
fa. Así, ante aquella frase mordaz, 
verdaderamente inadmisible, me re- 
volví lleno de indignación, excla- 
mando : 

— Oiga usted, caballero : yo no voy 
a robar esa túnica, muy fea y muy 
ridicula, por otra parte. Yo he lle- 
vado siempre erguida mi cabeza, y 
no hubo sastrería ante cuya puerta 
me fuera preciso dar un rodeo. Aún 
tengo, si no me despojaron en la vi- 
trina sus esbirros de usted, un par 
de duros con que pagar semejante gui- 
ñapo. 

Estas frases, tan caballerosas como 
enérgicas, lejos de intimidar al 
1.111.111, le hicieron reír satírica- 
mente. 

— Hombrezuelo primitivo y quisqui- 
lloso, ignora usted lo que se dice. Guar- 
de usted su grotesco par de duros. 
Tengo idea de que los hombres bár- 
baros empleaban ustedes la moneda 
para realizar sus transacciones, y, por 
ende, sus tropelías. Nuesto siglo, siglo 
venturoso . que no conoce esclavos ni 
déspotas, suprimió la moneda por da- 
ñina, por inmoral, por complicada. A 
usted le resulta muy fácil dar unos 
cachos de metal a cambio de una tú- 
nica. Dé usted esfuerzo, trabajo, equi- 
valencia. Luche usted, afánese usted. 

Quédeme sin resuello y a punto de 
llorar angustiado. No existía el dine- 
ro. ¿Qué haría yo de mis cuatro mil 
duros de renta? Ni aun dándolos en- 
teros en un acto dispendioso entrega- 
ríanme una de aquellas túnicas horri- 
bles. ¿Qué sería de mi existencia? 
¿Me sería forzoso trabajar? ¡Yo, tan 
inepto para toda labor seria ! ¡ Yo, a 
quien la neurastenia puso en trance 
de no poder siquiera contestar a mis 
cartas ! 

Acongojado por aquel descubrimien- 
to impío, interrogué lleno de pavor : 

— Bueno, ¿y qué me será preciso ha- 
cer para ganar túnica? 

— Es muy sencillo. Venga usted a 
ese rincón y agárrese. 

Llegamos al rincón señalado por 
el hombre misterioso. Allí había una 



plataforma dé hierro y una palanca 
de bronce. . 

— Súbase usted a esa plataforma y 
empuje usted esa palanca. 

Lo hice. Al cabo de un momento es- 
taba rendido. La palanca, entre mis 
pobres manos de rentista, pesaba como 
un pecado mortal. 

— Siga usted, siga usted, hombre 
canijo y vago. Siga usted hasta que 
caiga un número en el timbre que se 
halla delante de sus ojos. 

Miré. Había un timbre de metal, en 
efecto, verdugo implacable de mis bra- 
zos remolones. Proseguí la tarea. Al 
cabo, el timbre zambullóse en la pa- 
red, surgiendo en su lugar el apeteci- 
do número 100. 

— ¡ Basta ! Acaba usted de fabricar 
cien sombreros. Se ha ganado usted su 
túnica. 

Me la dieron. Vestíme. El 1.111.111. 
dándome un afable empujoncito ha- 
cia el ventanal, exclamó : 

— Ahora, vestido como un hombre 
civilizado, y con esta primera lección 
aprendida, venga usted. Entremos en 
el país de los hombres cultos. 

Y subimos de nuevo al aeroplano, y 
dimos una enorme, magnífica volada 
sobre lo que ayer fuera Castilla y hoy 
es Orbe. 



II 



El aeroplano volaba con una veloci- 
dad inverosímil. Su conductor, una 
especie de buzo silencioso, entusiasma- 
do sin duda en la febril tarea, nos lle- 
vaba con presteza . de rayo fugitivo. 
No se veía nada. Las ciudades, los 
campos, los mares, las montañas, eran 
confuso torbellino que pasaba como 
una alucinación. 

— ¿Quiere usted que vayamos a 
Oceanía? Es cuestión de media hora. 

Yo, que siempre fui un poco galan- 
te, apasionado- y amigo de la mujer 
bonita y graciosa, preferí... 

— Mejor iríamos a Sevilla. Tengo 
apetito. Comería con gusto unos bo- 
querones y bebería una caña de amon- 
tillado. Además, sería muy oportuno 
buscar unas mujercitas de buen hu- 



LUIS ANTÓN DEL OLMEr.— LA VERDAD EN LA ILUSIÓN 



mor y hacerles bailar algo de la tie- 
rra. Considere usted que no he comi- 
do, bebido ni amado desde hace cua- 
tro siglos. 

El l.lll.lli pareció sorprenderse 
mucho. 

—Habla usted un idioma desconoci- 
do para mí. ¡ Sevilla ! Tengo una idea 
de que la historia habla de una po- 
blación que tenía ese nombre. ¡Bo- 
querones! ¡ Amantillado! ¿Qué signi- 
fican esos nombres absurdos? 

—Significan, mi distinguido señor 
1.111.111, que tengo hambre, un ham- 
bre descomunal. Repare usted que mis 
pobres intestinos llevan cuatrocientos 
años de abstinencia. Vayamos a un 
café,- y si no es posible, a una taber- 
na. Tengo ahora demasiado apetito 
para que me preocupen la historia v 
la filosofía. 
Pero el criminal no se ablandó. 
— Habla usted como un caníbal re- 
pugnante. ¡ Comer ! Eso ha pasado, eso 
ya no ¿e hace. Eso es vergonzoso y de 
un materialismo bestial. Créame us- 
ted: una de las más viles afrentas 
humanas ha sido la de comer carne 
y pescado. ¡Asesinar todos los días a 
miles de pobres animales, despedazar- 
los, hacerles verter sangre, devorarlos 
con una glotonería soez... ! ¡Qué horror ! 
Lo vi hacer un mohín relamido, hipó- 
crita, de una espiritualidad zonza, dis- 
minuida, y continuó : 

—El hombre moderno ha suprimido 
la crueldad. Antiguamente la vida era 
como una gran batalla. En los matade- 
ros, la escena cotidiana v repugnante 
de la inmolación. En las calles, según 
tengo entendido, se deleitaban uste- 
des mirando las terneras descuartiza- 
das, los cerdos rajados por el vientre 
los pescados, las agónicas langostas, 
que a veces extendían sus largas patas 
moribundas implorando piedad, mil 
clases de horribles embutidos, carne 
picada, triturada, para regodeo de unos 
paladares asquerosos. Ustedes, los hom- 
bres que comían, eran una especie de 
antropófagos absolutamente repulsi- 
vos. 

A mí, la verdad, esta enumeración 
de platos, aun hecha con tanta ira- 
cundia, sólo alcanzó a producirme un 



67 

apetito cada vez más truculento. Se- 
•na bestial, pero yo he prescindido 
siempre de toda consideración meta- 
física ante un solomillo bien cocinado 
—Y menos mal— siguió diciendo el 
inapetente — que cuando se morían le 
daban ustedes un lógico desquite a 
la naturaleza entregándose al gusano 
como vianda macabra y atroz. Eran 
ustedes unos atrasados, créame usted. 
— Entonces, ¿qué hacen ustedes para 
estar alimentados y para no ser co- 
midos? 

El 1.111.111 sacó de la faltriquera 
una pildorita. 

— ¿Ve usted? Contiene más sustan- 
cia que todo un festín báquico. Es 
quintaesencia, elemento químico, sín- 
tesis de nutrición. Va directamente a 
la sangre, suprime la digestión, esa 
cosa tan sucia y tan desagradable, y 
sostiene la vida sin empachos, sin có- 
licos, sin hedores. ¿Quiere usted tomar 
una? 

—Preferiría unos callitos bien sazo- 
nados ; pero como estoy desfallecido, 
venga. 

Me tragué la pildorita. y aimque no 
pude, como hubiera deseado, emplear 
mis dientes, súpome a gloria. Instan- 
tes después, restablecido, confortado, 
arreboladas las mejillas y el pulso fuer- 
te, sentime ahito cual si hubiera in- 
gerido un buey. 

— Aun así — dije como si hablara con- 
migo mismo—, ¡ aquellos filetes empa- 
nados que preparaba mi zafia Doro- 
tea...! 

— Esto se hace una vez al día. Los 
anémicos, los que necesitan sobreali- 
mentación, se dan antes de acostarse 
una inyección de suero vital. Créame 
usted : no hay alimento que iguale a 
estos maravillosos productos. 

— ¡Vaya!— gruñí— . ¡Usted no ha 
probado el pote gallego! ¡Si lo proba- 
ra no volvía usted a tomar esas pildo- 
ritas! Nutren, eso sí, ¡pero de una 
manera tan fría, tan breve, tan poco 
sibarítica! ¡Ustedes son unos hom- 
bres demasiado intelectuales! Han 
abolido ustedes lo mejor- de la vida : 
el hostal. En fin— acabé permitiéndo- 
me una tímida frase irónica—, des- 
pués de todo, ¿para qué necesitan 



6S 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



comer unos hombres faltos de mue- 
las? 

—Las muelas, como el pelo, son de 
nosotros a ustedes como fué el rabo de 
ustedes al gorila. Los dientes, esos 
huesos en la periferia corporal, eran 
atributos de animal inferior. Lo mismo 
el pelo y las unas. Nuestros organis- 
mos refinados han ido despojándose de 
tales huellas burdas y bárbaras. Tam- 
bién hemos suprimido el bazo, un pul- 
món, un riñon. Del intestino apenas 
queda ya un tubo delgadísimo por 
donde expelemos la escoria infinita- 
mente pequeña de las pildoras infini- 
tamente asimilables. Ahora, un famoso 
médico tiende a llevar uno de los ojos, 
superfluo en la cara, al occipucio. 
Reconozca usted que ver por detrás es 
una aspiración legítima. 

Otro médico ha decidido ponernos 
un brazo y una pierna vueltos hacia 
la espalda. Es absurdo que no poda- 
mos alargar nuestras manos sino en 
' un solo sentido, y que no podamos 
caminar hacia atrás tan aceleradamen- 
te como lo hacemos hacia adelante. 
También las orejas están situadas con 
poco sentido común. ¿Estorbaríanos 
una en mitad del cuerpo? Es ridículo 
que sólo no sea fácil oír con la cabeza. 
Y así, mi buen amigo, sucesivamente. 
La cirugía prospera, adelanta de ins- 
tante en instante, ya corrigiendo los 
absurdos que nos ha impuesto durante 
siglos una naturaleza perezosa, lenta 
para la evolución, que va muy despa- 
cio por el camino secular de los refina- 
mientos. 

Yo iba perdiendo la • cabeza al oír 
aquellas cosas tan exquisitas, de un 
esplritualismo tan exagerado. 

«¿Qué dirían los hombres de mi 
tiempo — imaginé — , si vieran niños con 
ojos en el cogote? ¿Y qué dirían al 
ver estas mujeres calvas y sin dien- 
tes?» 

— En mis tiempos— exclamé, diri- 
giéndome al 1.111.111— hubo algunas 
bachilleras que adivinaron las costum- 
bres del porvenir. Estaban mondas, 
pero la coquetería hízoles inventar pe- 
lucas y dentaduras postizas. 

Daspués, una pregunta que me venía 



escarabajeando, brotó en mis labios 
tímidos : 

— Oiga usted, respetable señor: ¿de 
qué manera consiguieron ustedes sus- 
traerse al gusano? Es un adelanto que 
me preocupa. 

— Sencillísimo. Por la cremación. Es- 
to ya es antiguo. Hasta me parece que 
hace cuatro siglos hubo profetas que 
lo expusieron a la estolidez y a la su- 
perstición ambiente. La cremación. 
¿Hay algo más decoroso? Del cuerpo 
humano, tan vil dejándolo pudrirse, 
no ouedan más que unas cenizas. De 
los hombres ilustres guardamos la ca- 
lavera. Unas y otras, en sus corres- 
pondientes globos de cristal, son guar- 
dadas en el gran almacén mortuorio. 
— Almacén — interrumpí yo piadosa- 
mente—, al que irán las familias para 
hacer sus rezos. 

— ¡Rezos! ¡Familia! Ambas cosas 
desaparecieron para no volver. Sólo 
han rezado los hombres religiosos, es 
decir, los salvajes, aquellos para quie- 
nes era un enigma la Naturaleza, enig- 
ma sólo explicado por la existencia de 
un Dios invisible, omnipotente y ven- 
gativo. Nosotros, para quienes el pla- 
neta guarda ya muy pocos secretos, 
ni creemos ni rezamos. Ahora la fami- 
lia... 

Se interrumpió un instante el 
1.111.111, y señaló con un dedo a la 
tierra : 

—¿Ve usted? Oceanía. ¿Quiere us- 
ted que descendamos? ¿Prefiere usted 
el camino de América? Es cuestión de 
quince minutos. 

— No, mejor será volar todavía un 
rato. Me interesa oírle. 

— Bien... 

Avanzó su cabeza hacia el mecánico, 
y le dijo : 

— Dése una vuelta por los Andes, 
vuelva por el Himalaya, y otra vez 
a la Península Ibérica, 

Luego, afable, impasible, como si hu- 
biera dado la orden más natural del 
mundo, volvió a su tema : 

— Decíamos que la familia... 

Perdió sus ojos en el espacio, y afir- 
mó: 

—El sentimiento, la pasión, ya no 
existen en el mundo. Nuestros nervios. 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA VERDAD EN LA ILUSIÓN 



acuciados por la ciencia, ya no produ- 
cen aquellas necesidades vanas que se 
decían amor, fidelidad... Entre nosotros 
el cariño es una fórmula ' social, un 
pacto, una disciplina, un egoísmo, si 
así lo quiere usted. Nos amamos por- 
que necesitamos los unos de los otros. 
En definitiva, sólo que poniendo los 
ojos en blanco y escribiendo leyes y 
madrigales, hacían ustedes igual. Nos- 
otros, como desconocemos el amor, nos 
hemos ahorrado la familia. 

— Entonces entre ustedes no existe 
la boda, ni la paternidad, ni todo eso 
tan bonito... 

— La boda, no. La paternidad, a me- 
dias. Un ciudadano del siglo actual 
sabe que cuando los hombres eran bár- 
baros cortejaban a las mujeres, las 
perseguían; pillaban catarros bajo sus 
balcones, se casaban con ellas. Eso 
pertenece a un pasado pintoresco y 
lírico, realmente despreciable y ruin. 
Ahora, un hombre consciente sabe qué 
es una mujer, en qué consiste una mu- 
jer, la analiza, la ve en todas sus en- 
trañas, en todas sus células. No puede 
amarla. Se limita a comprenderla. ¿Se- 
ría posible que el anatómico, imbuido 
en sus experimentos, le cantara ende- 
chas al músculo animal que tiene 
ante su catalejo? Y luego, el afán de 
reproducirse está muy entibiado entre 
nosotros. No es un sentimiento román- 
tico o una propulsión instintiva como 
era entre ustedes. Ahora es una curio- 
sidad, un deliquio, un pasatiempo, aca- 
so una función que consideramos gro- 
sera, pero necesaria, para que no se 
acabe la especie. Créame, más bien 
causa dolor que placer. Hemos llegado 
al extremo de ser preciso halagar con 
premios importantes a los que pierden 
su tiempo, el áureo tiempo que recla- 
ma el estudio, procreando estúpida- 
mente. 

— Algo así fué necesario hacer en 
Francia cuando yo vivía. 

— Sí : pero los franceses huían de 
la paternidad por vicio. Nosotros huí- 
mos por talento. 

—Entonces, ¿cómo hacen ustedes el 
amor? 

— Lícitamente. Nos acercamos a una 
mujer y le decimos: «Señorita, ¿se 



prestaría usted a tener conmigo un 
hijo varón, rubio, de ojos azules que 
llegue a ser, andando el tiempo, un 
gran matemático?» 

— ¿Y es posible anticipar esos deta- 
lles? 

— Por completo. Admirables aparatos 
quirúrgicos, modernos rayos X de una 
potencia insospechada, sabias recetas, 
una verdadera esclavitud ejercida so- 
bre el espermatozoide, lo previene todo, 
lo dispone todo. Precisamente ayer, 
por capricho, engendré un médico ilus- 
tre, un ingeniero eminente y un gran 
historiador. 

— Le felicito a usted, caramba. Yo 
me hubiera limitado a engendrar uno 
solo, y para eso, ignorando si me' sal- 
dría torero o sacristán. Entre las da- 
mas de mi tiempo, a pesar de su calva 
y de sus lamentables encías, lo hubie- 
ran estimado a usted mucho. 

Pero el aeroplano se había detenido 
ante un edificio enorme. 

—¿Madrid ya? 

—¿Qué Madrid? Ustedes tan chicos, 
tan lentos, dividían la tierra en ciuda- 
des. Nosotros la dividimos en comar- 
cas enormes. Mi casa está en la Pen- 
ínsula Ibérica, número 60.002. 

— ¿Y hemos llegado? 

— Sí. Venga usted. 

Entramos por el balcón y llegamos a 
un extraño aposento. 

— Ahora — me dijo — le referiré la his- ' 
toria del mundo. ¡ Ah ! , durante su ca- 
talepsia, mi buen camarada, han ocu- 
rrido muchas cosas. 

Se acomodó sobre una silla de cris- 
tal, fabricó agua en un crisol eléctrico, 
bebió un trago, y empezó a decirme. . . 



III 

Sumióse un instante en sus recuer- 
dos, y exclamó: 

— La historia de los cuatro siglos que 
usted permaneció trocado en momia" es 
la más interesante del orbe. La hu- 
manidad avanzó durante su transcurso 
más que logró adelantar desde que 
surgiera en la tierra el primer hombre 
hasta la fecha en que usted quedóse 



70 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



dormido. Yo, sin decidirme por entero 
a las especulaciones históricas, pues 
mi profesión es la de arquitecto, he 
dedicado mis ocios a su cultivo, y ten- 
go una idea bastante profunda y exac- 
ta de los grandes acontecimientos hu- 
manos. Por lo demás, nosotros, los 
ultraoivilizados, como no hacemos el 
amor, ni comemos, ni jugamos, ni so- 
mos académicos, ni escritores, tenemos 
grande acción hacia todo lo que sig- 
nifica estudio y cultura. 

Hizo una breve pausa y continuó : 

— Le daré a usted una vaga idea, es- 
bozaré un resumen ligero de lo acon- 
tecido hasta el momento actual. Oiga 
usted... 

Alzó sus largas manos en ademán 
prof ético, y siguió : 

— Usted ha creído, sin duda, que su 
fingida muerte le sobrevino por algún 
terremoto, por alguna hecatombe si- 
deral, ciega, no perpetrada por el hom- 
bre... Se halla usted equivocado. Aque- 
llo fué un acto de anarquismo. Du- 
rante un mismo día y casi a la misma 
hora, fueron abrasadas por la dina- 
mita, es decir, por una dinamita colo- 
sal, de más terribles efectos, Madrid, 
París, Berlín, Viena, Roma, Londres, 
Nueva York, Buenos Aires, Montevi- 
deo, Tokio, Pekín, Tánger, las grandes 
ciudades en su totalidad, y otras mu- 
chísimas de menos importancia. Este 
ha sido el acto más hermoso que rea- 
lizó la humanidad. Fué una cosa épi- 
ca, bellísima, que anuló todas las epo- 
peyas del mundo. Usted recordará có- 
mo se vivía entonces. De un lado los 
aristócratas, los capitalistas, los polí- 
ticos, los demagogos, los frailes, los 
jefes del socialismo, los poetas, toda 
la gente enredadora y holgazana, em- 
peñados en conservar su postura. De 
otro, los anarquistas predicando en las 
logias, haciendo sectarios... 

Yo escuchaba con deleite un tanto 
perverso de iniciado; hasta que oí es- 
tas aviesas apologías, no pude repri- 
mir mi protesta ferviente'. 

— Los anarquistas no fueron jamás 
héroes, ni mártires, ni otra cosa que 
unos miserables, unos cínicos, unos 
bicharracos, o, en último extremo, unos 
morbosos, unes degenerados a quienes 



hizo bien la sociedad en perseguir. 
Cuando yo vivía en el mundo, en aquel 
viejo mundo, se perpetraba de vez en 
vez algún nefando crimen anarquista. 
Nunca he vibrado con tanta cólera 
como ante estos sucesos viles, reali- 
zados a sangre fría, aciagamente, hi- 
riendo las cumbres del entendimiento 
y de la jerarquía, desolando a la hu- 
manidad, sin objeto, con saña de cha- 
cal, con saña, peor que de chacal, con 
saña de hombre pervertido, la bestia 
más execrable y más vil. 

No tuvo que contestar a esta indig- 
nación mía el hombre ultracivilizado. 
Yo seguí diciendo : 

— Pero los más repulsivos anarquis- 
tas no eran los que arrojaban la bom : 
ba, los que esgrimían el puñal. Siendo 
monstruosos, bellacos, indignos de ha- 
ber roto, para venir al mundo, las 
entrañas de una mujer, al fin morían, 
derramaban su propia sangre asque- 
rosa. ¡ Oh, créame usted, los más viles 
eran aquellos bribones que incitaban, 
que azuzaban al crimen, lanzando ca- 
lumnias, formando en torno de reyes 
y estadistas aureolas falsas de tira- 
nías absurdas, los que por influir en 
la política, los que por una venganza 
personal, los que por un trastorno de 
sus toscos y zafios espíritus, los que 
tal vez por dinero, por lucro, por 
anulación canalla, excitaban la estoici- 
dez popular y llevaban al desequilibrio 
de las almas perturbadas y dementes 
el designio macabro. Esos han sido los 
hombres más viles que recuerda la his- 
toria. No fueron siquiera suicidas. 

El 1.111.111 me oía como distante, 
lejos de mi cólera. Era un ultracivili- 
zado, había suprimido la pasión. Lo 
contemplaba todo desde un punto de 
vista metafísica Al rufián que hubiera 
violado a su madre no lo aborrecería. 
Sería, ante sus ojos fríos, gélidos, es- 
túpidos, un caso de rara desviación 
psicológica. Al asesino que le clavara 
un puñal en el corazón, lo vería llegar 
sin odiarlo, sin despreciarlo siquiera, 
sin huirle, diciendo: «¿A qué fenóme- 
no cerebral obedecerá esta sandez tan 
pueril?» 

Aun así no me contradijo. Yo leía en 
su cara enjuta el asentimiento. 



LUIS ANTÓN DEL OLMET.— LA VERDAD EN LA ILUSIÓN 



71 



Al fin exclamó : 

— Yo no hago el ensalzamiento de 
los anarquistas. Desde Caín, matar al 
hermano ha sido protervo. Y luego 
todos han ido engañados por el am- 
biente o por sí mismos, por su pro- 
pia estupidez, a matar lo menos da- 
ñino. . . ¡ Reyes ! . . . ¡ Jefes de Gobierno ! 
¿Para qué? Pocos, muy pocoo nubo en 
la historia verdaderamente infames. 
Y luego, la sociedad, al fin magnánima, 
irritada contra esas iniquidades, se 
rebelaba en una reacción lógica. Se 
han perpetrado muchos crímenes ab- 
surdos. Más les hubiera valido emplear 
sus puñales hacia muchos año.5 que 
se llamaron demagogos y no fueron 
sino unos grandes tiranos del oro o 
de la conciencia. 

— Entonces, ¿por qué los defiende 
usted? 

—Yo no los defiendo. Los miro, los 
contemplo nada más. A mí los úni- 
cos que me subyugan son aquellos 
destructores ciclópeos de la socie- 
dad vieja y corrompida, los que vo- 
laron las grandes ciudades. Los demás 
fueron unos locos o unos vanidosos o 
unos miserables. Pero hablemos de 
nuestro asunto. Nunca hubo en la tie- 
rra contienda más enconada. Y es que 
las peleas anteriores obedecieron siem- 
pre a un lirismo, a un romanticismo 
Roma y Cartago disputáronse la hege- 
monía del mundo. Paganos y creyen- 
tes lucharon por el dominio espiritual 
del hombre. Anarquistas v burgueses 
teman algo más por qué reñir. Les mo- 
vía el estómago, el sexo, la carne la 
carne espiritada por la cultura. Unos 
y otros habían aprendido que no exis- 
ten más goces que los goces materiales, 
que no existe más vida que la vida 
animal, y que sólo se vive una vez 
Así, unos y otros, desdeñando los fe- 
mentidos premios ultramortuorios lu- 
chaban por la hembra, por la vianda 
por el coche, por las joyas, por el pla- 
cer y por la vanidad. Esto les hizo 
ser encarnizados, aunque también co- 
bardes. Sus luchas fueron horribles 
pero tímidas. Pocos, sabedores de que 
al morir se perdía todo, querían arries- 
garse a combatir. Hubo, sin embargo 
algunos intrépidos que señalaron con 



huellas de sangre el paso de la civili- 
zación, y hubo, sobre todo, unos insig- 
nes descubridores que se desdicaron 
en sus laboratorios a fabricar la extia- 
dinamita de que ya le hablé, y con la 
cual volaron hasta los cimientos de 
aquellas ciudades viciosas y cobardes 
entregadas al furor sexual y a toda 
vesania crapulosa. Usted creyó morir. 
Un fenómeno admirable, ahora muy 
conocido, le hizo sobrevivir cataléptico. 
Sea usted hoy testigo del fruto alcan- 
zado por aquel acto hermosísimo, ver- 
daderamente augusto. 

Yo escuchaba con 'a mayor perple- 
jidad esta serie de bestialidades mons- 
truosas. 

Parecíame asistir, despierto, a la pe- 
sadilla de un orate. Pero como todo 
aquello me intrigara, hostigué al na- 
rrador. 
—Siga, yo se lo ruego. Siga. 
Y fué así, en efecto. 
—La humanidad estuvo algunos años 
consternada. Fué como el caduco im- 
perio ante las hordas bárbaras. Fué 
más intenso aún el estupor del mun- 
do. Todo había quedado roto, des- 
hecho, sepultado bajo escombros lú- 
gubres. Millones de cadáveres se pu- 
drían al sol. Los grajos, los buitres, 
los lobos, las hienas, se paseaban de 
ruina en ruina, ahitos y dueños del 
orbe. Durante medio siglo hubo en el 
planeta olor a muerto... 

— ¡Qué horror!— exclamé intimida- 
do — . ¡Qué brutal escena! 

— Sí, el espectáculo no debió de ser . 
nada bonito. ¡Ah, pero de aquel es- 
panto surgió la redención, y allí se 
pusieron los cimientos de la nueva 
era! 

—Pero, diga usted : ¿cómo pudo que- 
dar nadie tras de aquel estrago? 

—Quedó lo mejor, lo más sano, lo 
virgen. Quedaron los campesinos los 
pastores, la ruda y buena gente no 
contaminada, los que tenían la fortu- 
nade vivir entre montañas abruptas, 
bañadas en sol y en viento, indemnes 
—Pero como no quedaron hombres 
de ciencia ni de cultura, la civilización 
yacería sepultada... 

—No. Los anarquistas ilustres que 
devastaron el mundo cuidaron de sal- ' 



72 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



varse, al menos en su mitad. Perecie- 
ron sólo aquellos mártires encargados 
de arruinar las urbes. Sin embargo, 
los otros, con sus libros, con sus ins- 
trumentos, con sus máquinas, con todo 
su insigne bagaje, avisados previamen- 
te, se guarecieron en el campo. Y así, 
tras la hecatombe, sólo quedaron sobre 
la costra del planeta los sencillos, los 
buenos, los que podrían ser educados 
en la nueva doctrina y aquella mara- 
villosa generación de sabios, verdade- 
ra cuna de todo cuanto existe hoy. Y 
así nació la civilización que ahora te- 
nemos. Créame usted. El abismo que 
separa la edad de piedra del siglo dieci- 
nueve, es menos profundo que la divi- 
soria entre el siglo de usted y el mío. 

Volvió a fabricar agua el 1.111.111, 
bebió y dijo : 

— Pero no vaya usted a imaginarse 
que desde el principio hubo en el 
mundo tanto, ni siquiera semejante, 
progreso al hoy existente. Costó mu- 
cho llegar a lo que hoy hemos llegado. 
Tras el período tétrico de la conster- 
nación universal, vino un momento de 
lenta y segura edificación. Sin embar- 
go, al cabo de un siglo tornó a bro- 
tar en el mundo la semilla del antiguo 
régimen. Como al .fin y al cabo aquel 
gran suceso anonadador había sido pa- 
sional, los hombres continuaron te- 
niendo pasiones durante largo tiempo. 
Y ellas engendraron nuevos sacerdo- 
tes, nuevos poetas, nuevos capitalis- 
tas; nuevos militares. Hasta hace siglo 
y medio aún se han dicho misas, se 
han compuesto endecasílabos, se acu- 
ñó moneda y se fabricaron espadas. 
El mundo era moderno ; pero a ve- 
ces, cuando menos se creía, daban en 
florecer brotecillos ancestrales que la 
guadaña previsora del progreso cui- 
dábase de talar en seguida. No hace 
todavía dos siglos hubo en la tierra un 
fanático inventor de cierta religión, ya 
extinta, y hubo administradores del 
erario público, aquello a que ustedes 
llamaban ministros, diputados, conce- 
jales... 

— Pero ¿no existen ahora esos car- 
gos? 

— Ni hacen falta, ni nadie querría 
ser cosa tan banal. Se anuló el dine- 



ro... ¿Para qué traficar donde no hay 
salsa en qué pringarse? La falta del 
dinero hizo absurdo el cargo de go- 
bernador. 

Yo pensé tristemente en la ñoñez 
de una pobre nación donde no es po- 
sible tener distrito ni enriquecerse con 
la política. ¡ Yo que había soñado más 
de una vez con dedicarme a republi- 
cano para eme me asignasen alguna 
bonita cantidad en el Ministerio de la 
Gobernación ! 

Permanecí unos momentos pensativo, 
y continué preguntando : 
• — Bueno, y ahora, dígame usted : ¿qué 
naciones hay en el mundo?, ¿qué ra- 
zas?, ¿qué idioma?, ¿cómo se gobier- 
nan ustedes?, ¿qué sentido le dan us- 
tedes a la existencia?, ¿qué descubri- 
mientos sensacionales, decisivos, aportó 
al progreso el hombre ultracivilizado? 

— Pregunta usted con una prisa exor- 
bitante — me respondió — . Sin embargo, 
tenga usted un poquito de calma y 
le iré dando una idea. Mire usted : na- 
ciones ya no las hay. La nación era 
una abstracción egoísta, sentida por 
los hombres de corazón mezquino. Ya 
no hay más que humanidad. Dentro 
de algún tiempo la humanidad tam- 
bién será un concepto muy chiquito. 
Pronto habrá universo. Hoy, los seres 
que habitamos en los satélites del sol. 
amigos ya, pues llevamos algunos años 
en comunicación incesante, nos ama- 
remos, nos compenetraremos. Tengo 
la evidencia de que a mis hijos les 
será dado poseer una finca de recreo en 
el anillo de Saturno. Más adelante, 
quizás, pasados muchos siglos, los en- 
tes que pueblan las demás constela- 
ciones tendrán idea los unos de los 
otros, y hasta es posible que puedan 
entenderse, y aun también amarse % Pe- 
ro dejemos esto para otra ocasión. No 
involucremos. Ya le contaré a usted 
cómo son los marcianos, lo que han 
hecho para entenderse con nosotros, 
como viven, qué hacen. Hablemos 
ahora de lo nuestro. Preguntaba us- 
ted si había naciones, y yo le respon- 
día que no. Seguía usted interrogando 
si había razas, y yo le digo que no 
también. La raza era una diferencia- 
ción en el tipo humano, producida por 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA VERDAD EN LA ILUSIÓN 



73 



la falta de comunicaciones. El tren 
confundió a los andaluces con los ga- 
llegos. El aeroplano confundió a los 
españoles con los franceses. El extra- 
aeroplano confundió a los europeos 
con los japoneses, los marroquíes, los 
patagones. Desde hace un siglo, ca- 
sarse en Abisinia, pasar la" luna de 
miel en el Indostán, tener el primer 
hijo en Extremadura, y pasear todas 
las tardes a orillas del Danubio, es 
cosa tan fácil como fué para ustedes 
realizar todo eso dentro de una ciu- 
dad pequeña. 

Yo quise dolerme, al oír esto, de 
tan lamentable desaparición. Fui siem- 
pre muy patriota y amaba con sacra- 
tísima devoción las santas leyendas 
nacionales. 

— Eso es muy triste — comenté verda- 
deramente contristado — . Siempre abo- 
rrecí a los franceses. Me parecieron 
unos hoteleros medio perfumistas y 
un poco modistos, sin entrañas ni ges- 
tos. Créame usted, confundirme con 
los * franceses me hubiera parecido 
siempre muy mal. 

— Lo comprendo. Pero no se aterre 
usted. Por fortuna para sus sentimien- 
tos patrióticos, España salió ganancio- 
sa con esta hermosa confusión. Se 
impuso a todas por el idioma. ¿Com- 
prende usted mi léxico? 

— Casi a la perfección. 

— Bueno, pues como yo hablo, habla 
todo el mundo, los que tenemos as- 
cendencia española y los que no la 
tienen. 

— ¡Ah!, pero ¿es usted español? 
¡ Qué alegría ! 

— Casi, casi... No sé quiénes han sido 
mis padres ni mis abuelos. El árbol 
genealógico de los hombres al uso 
está en blanco, y si fuese a endilgarle 
un chistecito diría que tiene cuernos 
por ramas. Pero tengo motivos para 
sospechar que desciendo, salvo instruc- 
ciones, de una familia castellana. Esto 
ni me ensoberbece ni me contrista, 
aunque tal vez hay un poco de lo pri- 
mero. Al fin hemos sido los vencedo- 
res, hemos impuesto el habla. 

A punto estuve de abrazar al 1.111.111 
en un transporte de alegría. Aquella 
confesión, a través de su calva, de su 



túnica,, de sus costumbres, de su tem- 
peramento, de su cerebralismo domi- 
nante, era como un eco vago, remoto 
y divino de la patria. 

— Choque usted — le dije con escozor 
en los ojos — . ¡Viva España, pardiez! 

No apoyó el viva, encontrándolo qui- 
zá demasiado pueril. Sin embargo, vol- 
vió a enseñarme las encías, unas en- 
cías sin oquedades, córneas, de animal 
exótico, .en cuya mueca se refugiara 
el postrer centelleo de su jovialidad 
y de su pasión. 

— Bueno, dígame usted: ¿cómo pu- 
dimos imponernos? 

— Difícilmente. Los gatos querían ex- 
tender su lengua por el mundo. Ya 
sabe usted que los franceses tenían 
una lengua casi universal, usada en 
todas partes. Y, claro, no querían re- 
signarse a perderla. Los ingleses, or- 
gullosos, permanecieron durante mu- 
cho tiempo sin entregarse hablando 
su jerigonza. Arrollados más tarde por 
la humanidad, y sobre todo, fundidos 
con otras razas, consintieron dejarse 
entender. Los alemanes también so- 
ñaron con llevar sus palabras de cien 
sílabas al habla unánime. Nadie les 
hizo caso. El español, por estar ya ex- 
tendido como ningún otro, y por su 
gran riqueza expresiva, admitiendo, 
claro está, voces y giros extraños, di- 
fundióse por el planeta. Un suizo iluso 
inventó cierto galimatías con el que 
intentó salvar todas las diferencias, 
todos los personalismos y todas las 
suspicacias. Pero fué un estupendo fra- 
.caso. Era preciso correr progreso ade- 
lante, y la humanidad, sabiamente, 
consideró mentecato interrumpir su 
marcha para estudiar un idioma dema- 
siado gramatical, estéril, frío... 

Me regocijó todo aquello, y holgué- 
me pensando que al persistir el habla 
española no había desaparecido del 
mundo todo el carácter español.. 

— Entonces— dije con alguna timi- 
dez—aún habrá corridas de toros. Los 
toreros estarán mal sin coleta, pero, 
en fin... 

El 1.111.111 se quedó muy serio y 
me lanzó una mirada reconviniente, 
casi agresiva : 

— ¿Toros? Esa fué una barbarie de 



74 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



los tiempos crueles, algo así como las 
luchas de gladiadores romanos, bru- 
talidad, brutalidad... Ahora ya no sólo 
han desaparecido las corridas, sino que 
ni siquiera hay toros. ¿Para qué? No 
se come carne ni se produce fuerza 
animal. Es usted un atrasado y no se 
le puede dar confianza. En seguida re- 
surge en usted el hotentote. 

Me alcé iracundo y corrí hacia el 
grosero, dispuesto a estrangularlo. Me 
había ofendido en todas mis fibras, 
no sólo aquel epíteto de hotentote ver- 
daderamente inadmisible, sino también 
su bárbara diatriba contra la fiesta 
nacional. No en balde estuve cuatro 
años abonado al tendido 6. 

— ¡Ea!— le grité indignado—, estoy 
harto de soportar sus desdenes v sus 
frases molestas. ¿Conoce usted la es- 
grima? ¿Quiere usted que nos bata- 
mos a pistola? Si no,, voy a romperle 
a usted el cráneo y a meterle dentro 
un poco de sentido común. 

El 1.111.111 me veía avanzar sin mie- 
do riéndose, como un elefante podría 
mirar a un escarabajo. Yo le tiré una 
bofetada, mientras, levantado el pie 
derecho, intentaba derribarle las pa- 
redes intestinales. Pero lancé un ¡ ay ! , 
caí al suelo y sentí morirme. El 
1 111.111 no se había incorporado si- 
quiera, y continuaba sonriendo de un 
modo sarcástico. 

—No se asombre usted— me dijo, ya 
compasivamente, viéndome caído y de- 
rrotado—. Le acabo de lanzar una co- 
rriente eléctrica. Pude lanzarle otra 
de fluido etéreo, un fluido más potente,, 
más terrible, que se inventó hace al- 
gunos años, pero me ha inspirado us- 
ted compasión. Aun así, procure cal- 
mar otra vez sus nervios. Con sólo fro- 
tar mis dedos convenientemente puedo 
producir fluido bastante para matar a 
cien hombres. Así, átomo, guárdese 
usted sus conocimientos de la esgri- 
ma para mejor ocasión, y no excite 
mis justas represalias. 

Levánteme como pude, di gracias 
por tanta generosidad, prometí en- 
mienda, abominé de los toros, y ya 
repuesto volví a mis preguntas : 

— Y ahora explíqueme usted cómo 
viven, qué forma de gobierno adopta- 



ron, qué cosas inauditas no he visto 
ni sospechado aún. 

— Antes será preciso que yo traba- 
je un poco y que usted me ayude. Lle- 
vamos largas horas de holganza, y 
nuestra sociedad no consiente el es- 
tupor. Aquí el que no labora no tiene 
derecho á la vida. Venga usted. Va- 
mos a construir una casa. Iremos a 
pie. 

El edificio donde vivía el 1.111.111, 
v en cuya suntuosidad tenía una cel- 
da confortable, carecía de escalera. 
Era accesible por las ventanas. Su- 
bíase a ellas en aeroplano, o por me- 
dio de unas poleas movidas eléctrica- 
mente, que unían la techumbre con 
el suelo y que subían y bajaban ace- 
leradamente una especie de ascensor 
chiquito. 

—Bueno, pero ¿no podía usted en- 
señarme su nido, estimable señor? 

No tuvo inconveniente, y pude aso- 
marme al hogar de aquel hombre ma- 
ravilloso. 

La pieza donde nos hallábamos "era 
redonda, tenía el suelo, el techo y los 
muros de cristal, sin esquinas. Dos 
sillas y una mesa, de cristal también, 
formaban aquel ajuar del siglo xxiv, 
higiénico y sucinto. Dentro estaba el 
cuarto de trabajo. Una anaouelena, 
llena de libros, una gran vitrina con 
instrumentos misteriosos, una butaca... 
Más dentro aún y en una ventana 
siempre abierta, el dormitorio. La ca- 
ma no alzaba media vara del suelo, 
era de níquel y no tenía colchones. 
Nada más había en la alcoba. Ni si- 
quiera una estampa de la Virgen, can- 
dida engendradora de sueños íelices, 
como la que yo tenía sobre mi cabj- 

cera - 
—Su criada de usted— le dije— debe 

de ser bastante perezosa. Aún no le ha 

hecho a usted la cama. 

—¿Mi criada? La esclavitud esta 
abolida ñor completo en el mundo. 
Por lo demás, -mi cama está perfec- 
tamente hecha. 

Yo apenas tuve nada que objetar. 

—La desaparición de las criadas no 
me consterna — respondí — . En mis 
tiempos se habían puesto intratables. 
Eran sucias, vagas, sisonas y alca- 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA VERDAD EN LA ILUSIÓN 



75 



huetas ; pero aun así resultaban im- 
prescindibles. Ignoro cómo se las com- 
ponen ustedes, y, sobre todo, no me 
explico de qué modo se las arreglan 
para fumar los bomberos y los guar- 
dias de orden público. 

— Va usted de dislate en dislate 
—atajó mi amigo — . Ya no hay tam- 
poco bomberos ni guardias. Nuestras 
casas de acero y de cristal, sin ma- 
dera, sin papel, sin nada combustible, 
no pueden incendiarse. Por lo demás, 
habiendo desaparecido las tabernas, 
¿qué utilidad podrían reportar los 
guardias? 

Le di la razón, y torné a pregun- 
tarle : 

— Pero, dígame : ¿no tiene colcho- 
nes ni sábanas su lecho? 

— No. Esas blanduras pertenecen a 
una época roída por la molicie. Nos- 
otros dormimos desnudos sobre el 
cristal. Es más sano, más puro, más 
breve. 

La noticia me Heno de angustia. 
¿En qué mantas arroparía yo mi pe- 
reza llegado el invierno? ¡Oh, aque- 
llas deliciosas mañanitas invernales 
pasadas al suave calorcito del edre- 
dón, sintiendo el rumor vago de la 
humanidad que se afana por servir- 
nos, teniendo la seguridad encantado- 
ra de que al despertar nos tendrían 
preparado el baño y el almuerzo ! ¡ Oh, 
dichas muertas, asesinadas por una 
civilización absolutamente desprecia- 
ble, que ha suprimido en el ritmo de 
la vida sus encantos mayores ! 

El hogar de mi amigo terminaba 
en la alcoba. No eché de menos la 
cocina por saber ya que no se yanta. 
Por una razón semejante excusé la 
presencia del retrete. 

— ¿Qué le ha parecido a usted mi 
nido? — preguntó el 1.111.111, con un 
leve tonillo de presunción. 

—Mal. Es una casa fría, que no se 
presta al reposo, al sueño, al amor. 
Es un trámite para seguir laborando. 
Es antesala de pelea. No atrae, no 
cobija. Mi placer más deleitoso, pa- 
searme en bata por el pasillo cantu- 
rreando alguna tonadilla zarzuelera, 
estaríame vedado en un hogar así. 
No le envidio a usted. Mi casa, aquel 



prodigio, sí que tenía seducciones. 
¡Ah!, a propósito: ¿no usan ustedes 
el baño? 

— ¡ Qué ridiculez ! Somos todos f a- 
bricantes de agua. Nos bañamos cuan- 
do nos acomoda y en cualquier sitio. 
En el dormitorio, por ejemplo. Des- 
pués, con una fuerte descarga eléc- 
trica, evaporamos el agua derramada. 
No pretenda usted darme lecciones. 
Es usted para mí como un niño con- 
golés queriendo despampanar a un 
sabio yanqui. Pero vamos a trabajar. 
Mire usted que se me están acabando 
las pildoras, y no es justo que intente 
u.sted con su charla hacerme fallecer 
de hambre. 

Salimos por la ventana, nos coloca- 
mos sobre las pequeñas plataformas 
adosadas a las poleas, descendimos en 
plena calle, brincamos hasta la plan- 
cha corrediza del centro, y en menos 
que se piensa dimos con nuestros hue- 
sos en pleno campo. 

Debían de ser las seis de la tarde. 
El sol íbase ocultando ya. 

— Verá usted — me dijo el arquitec- 
to — cómo se construye una casa. 

Sacó sus planos, acercóse a una má- 
quina llena de émbolos, empezó a mo- 
verlos rapidísimamente, y donde no 
había más que cimientos comenzó a 
surgir como por. ensalmo un palacio 
colosal. En tres días de trabajo sin 
obreros, sin imprecaciones, sin blas- 
femias, gracias a una maquinaria for- 
midable, cuya ardua complicidad no 
pude ni columbrar, estaba levantado 
un piso. Cuando lo terminó, con la 
ayuda de terribles palancas, verda- 
deros y fornidos brazos inteligentes, 
le dije : 

— Bien. La Gran Vía de Madrid no 
fué precavida. Falta le hubiera hecho 
contar siquiera con un par de alarifes 
como usted. Pero dígame: ¿a qué 
piensan ustedes dedicar este pala- 
cio? 

— Será el alojamiento del primer 
habitante de Marte, que civilizará la 
Tierra. Ayer se recibió un aeroplano 
diciendo que se halla en camino. 



76 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



IV 



Terminada nuestra labor, tomamos 
otra senda pildorita. Yo, poco habi- 
tuado a este régimen alimenticio, mas- 
cullé una débil protesta : 

— Hombre, por Dios, ¿no habrá en 
les rincones de África alguna tribu 
que aún se permita el lujo de comer? 
Podría usted transportarme allí en 
su aeroplano... Le juro que me siento 
capaz de asestarle un bocado a la 
pierna de un caníbal, tostadita y co- 
íTUseada como un cochifrito. 

El 1.111.111 sacó una jeringuilla, me 
clavó su púa en salva sea la parte, 
y me inyectó su estupendo jugo vital, 
que me recordó las digestiones anti- 
guas, cuando yo vivía entre los bár- 
baros y acudía de vez en vez a saciar- 
me en cualquier fonda vituperable de 
a duro el cubierto. 

Terminada la frugal comida, fuimos 
de sobremesa al casino. 

— ¡Hombre! Pero ¿hay casino? — ex- 
clamé lleno de alborozo — . ¡Vaya, soy 
feliz! Aún no ha desaparecido la es- 
tética del vivir humano. Aún se ju- 
gará al monte y al treinta y cuarenta, 
y aún se podrá leer los periódicos 
sobre una meridiana, tras de haberse 
hecho servir un té y una copita de 
licor. 

—El .casino moderno — replicóme 
prestamente aquel chafailusiones— tie- 
ne un carácter muy distinto del casino 
clásico. No se juega ni se murmura. 
Es una especie de Ministerio, Parla- 
mento y Gobierno civil en una sola 
pieza, v, ¡claro está!, sin ministros, 
diputados ni gobernadores. En el ca- 
sino, un edificio más grande que un 
pueblo, nos reunimos todas las noches 
cuantos necesitamos alguna cosa, cuan- 
tos queremos aportar una idea, cuan- 
tos tenemos algo que dilucidar. Habrá 
usted observado que ahora no se hace 
vida mundana. La gente ha compren- 
dido toda la frivolidad que suponía la 
charla y el baile. Tampoco se tienen 
amigos/ Ahora no se tienen más que 
coaccionistas. Hablamos unos con otros 
lo indispensable, y sólo nos reunimos 
para tratar de asuntos serios. Nuestro 



casino es, por consiguiente, una nece- 
sidad y no un recreo, si es que fué 
recreo alguna vez. 

— Es gracioso — le respondí — ; enton- 
ces ustedes, si no tienen ministros, ni 
gobernadores, ni otro símbolo del or- 
den público, de la administración pú- 
blica, ¿qué vida social pueden sos- 
tener? 

— ¿Fué preciso entre hermanos que 
se amaban, y, sobre todo, que iban al 
mismo fin, la autoridad coercitiva, ni 
siquiera el mecanismo puramente or- 
ganizador? Cada uno hacía lo que le 
parecía más conveniente, y todos vi- 
vían en paz, sin echar de menos al 
vago, al déspota, que so pretexto de 
vigilar sus esfuerzos, vivía sin traba- 
jar, dándose, además, gran importan- 
cia, creyéndose un ser privilegiado. 
Entre nosotros cada cual escoge la 
profesión que le acomoda, la ejerce 
lo mejor posible, gana lo necesario 
para el sustento, y no se preocupa de 
más. 

— Sí ; pero, al menos, necesitarán us- 
tedes alguien que sepa quién trabaja 
y quién no, que dé al primero su re- 
compensa y al segundo su merecido. 
Además, ¿no se cometen delitos en el 
mundo? Necesitarán ustedes una fuer- 
za pública, unos jueces... 

— Nada nos precisa. Yo acabo de mo- 
ver unos émbolos para construir la 
casa cuya edificación quise realizar. 
Bien. Piies en el gran almacén de pil- 
doras, en el de túnicas, en el de cal- 
zado, en el de sombreros, en todos se' 
sabe ya que trabajé y cuánto tra- 
bajé. Si hoy hubiera permanecido 
ocioso, los contadores automáticos hu- 
bieran estado inertes en mi cuenta. 
Y al pedir lo que necesitase no me 
lo entregarían al no habérmelo gana- 
do. Por lo demás, la ociosidad es \m 
fenómeno tan raro y tan mal visto, 
como la locura entre nosotros. Res- 
pecto de la delincuencia, ¿qué decir- 
le" 5 Es todavía más insólita. Ya no 
se puede robar. ¿Qué?... Ya no se 
puede matar. ¿Para qué?... Las cau- 
sas promotoras del crimen, la lujuria, 
el lujo, la vanidad, han desaparecido. 
Como las hembras son de todos, los 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA VERDAD EN LA ILUSIÓN 



77 



objetos de todos, los vicios de todos, 
¿quién sería el imbécil capaz de ha- 
llarse descontento? Por lo demás, cuan- 
do acontece algún delito, no lo senten- 
ciamos. El desprecio ejerce de tre- 
mendo castigo. La sociedad, enfrián- 
dose junto al delincuente, haciéndole 
en su redor el vacío, lo castiga y lo 
corrige. Si ustedes no hubieran en- 
carcelado a los asesinos, se hubiera 
asesinado menos cada vez. Bastaba con 
que el inicuo que derramó la sangre 
de su prójimo no lo hubiera saludado 
nadie. 

Yo escuchaba esta retahila de san- 
deces, medio indignado y medio com- 
padecido. 

— ¡ La indiferencia ! Usted, que no 
tiene entrañas, podrá mirar con es- 
túpido menosprecio al asesino de su 
padre, al ultrajador de su esposa, al 
que afrentó la faz venerable de un 
grande, ilustre, de un probo ciudaaano 
ejemplar. Eso lo dice usted porque ya 
no le quedan ni los nervios. Es usted 
un aparato calvo y sin dientes, de 
relojería. 

En esto habíamos echado a andar 
hacia el casino. Yo preferí que nos 
llevasen nuestros pies, harto ya de 
aeroplanos y correderas. 

Las calles eran amplias, limpias, 
silenciosas, un poco tristes. 

— Y de la propiedad, ¿qué me cuen- 
ta usted? • . 

— No hay propiedad. Sólo tenemos 
el uso de las cosas fungibles y el 
usufructo de las cosas duraderas eme 
ganamos con nuestro esfuerzo. ¡ Ah, 
pero de las cosas necesarias nada 
más ! Lo superfluo no existe. 

«¡Qué cosa tan desagradable! — pen- 
sé, viéndome sin mi reloj de oro, mis 
anillos y aquel bastón con puño de 
hueso que me gustaba tanto — . ¡ No 
tener más que una túnica, una cama 
de cristal y unas pildoritas ! ¡ No va- 
lía la pena vivir, y menos luchar y 
tener ideas grandes, y escribir una 
hermosa novela y un glorioso libro 
de versos.» 

Empujado por esta serie de razo-, 
namientos, que supuse formidables. 



aséstele unas preguntas atroces al 
1.111.111. 

— Diga usted : ¿ el más útil a la 
sociedad vivirá mejor que el menos 
útil, tendrá derecho, ya que produce 
más, a consumir más? 

— Es un error suponer tal cosa, y me- 
nos defenderla. No hay derecho a 
hacer culpable al idiota de su idiotis- 
mo y al inepto de su ineptitud. Somos 
iguales. Todos vamos hacia el mismo 
fin. Unos trabajan con las manos; 
otros, con la cabeza. Unos realizan 
obras mundanas; otros, grandes. Pero 
unos y otros, al dar lo que pueden, 
deben exigir que se les recompense 
con lo que necesiten. ¡ Bastante pre- 
mio tiene el inteligente con su pro- 
pia inteligencia! ¿Le parece a usted 
justo que yo, encima "de tener más 
talento que usted, verbigracia, le obli- 
gue a que me sirva, teniéndole ade- 
más hambriento? 

Algo paradójica se me antojó la 
teoría, y para refutarla tuve una fra- 
se decisiva, sin contestación posible. 

^-¡Ustedes han castrado al genio! 
Al suprimir la ambición suprimieron 
ustedes la iniciativa, el heroísmo, todo 
gesto sublime. Ustedes forman una 
muchedumbre gris, uniforme, encasi- 
llada. En cuanto me sea necesario 
consultar con mi vecino si debo ga- 
narme tres duros, renuncio a escri- 
bir una obra colosal o a realizar un 
invento extraordinario. Para vestirme 
una túnica y zamparme dos pildoritas, 
mejor estoy dándole a una palanca 
vulgarmente. Yo le aseguro a usted 
que renuncio desde este instante a 
ser santo, héroe, descubridor, poeta 
eximio, algo que sea grande y fuerte. 
Mi lecho de cristal, y a vivir... Uste- 
des, con su cicatería, con su medio- 
cridad, han castrado al genio. 

Miré al 1.111.111, creyendo haberle 
anonadado. Estaba impasible. Sus 
ojos, fríos, gélidos, penetrantes, tuvie- 
ron una fulguración despectiva. 

— El genio ya no existe, ni hace 
falta, ni es conveniente ni lógico. 
El genio y el millonario fueron una 
casa nefasta que aturdió a la huma- 



78 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



nidad durante los siglos de barbarie. 
El millonario estaba producido a ex- 
pensas del hambriento. El genio, a 
expensas del inculto. Cuando eran casi 
todos los hombres indoctos, cerriles, 
la Naturaleza elegía un cerebro para 
desbordar su gracia, su brío, su in- 
tensidad mal contenida. Estos cere- 
bros eran como cráteres por donde la 
pujanza oculta buscaba un desahogo. 
La humanidad era entonces una lla- 
nura de banales, dominada por raros 
hombres de genio. Y el -genio, sobre 
ser anormal, fenomenal, contra natu- 
raleza, solía ser perturbador, enreda- 
dor. Ahora, lo mismo que se ha di- 
fundido la riqueza, se ha difundido el 
talento. Ahora no nacen hombres tan 
fuertes como Quevedo, Hernán Cor- 
tés, Edison, Marconi ; pero, en cam- 
bio, no hay hordas analfabetas, in- 
educadas, frivolas. Y, créame, es más 
amplio y más seguro el esfuerzo de 
mil hombres laboriosos, inteligentes, 
sin pretensiones ni jactancias, que la 
impetuosidad efímera de un solo ge- 
nio rodeado de tontos. 

Confieso que aquel tan rotundo ar- 
gumento me dejó aplastado. 

— En fin — me dijo el 1.111.111 — , ya 
estamos a las puertas del casino. Én- 
t' emos. 

Miré a lo alto y no vi la techumbre. 
Los rascacielos de Norteamérica, que 
yo adiviné en fotografía y que me pa- 
recieron una extravasación de la va- 
nidad humana, serían chozas junto 
a este palacio, cuyas veletas podrían 
meterse por los ojos de la luna. Él 
zaguán era enorme. No había porteros 
ni conserjes. Unos ascensores verti- 
ginosos subían y bajaban a cientos, 
a miles, causando mareo. 

Nos izó uno, ligero como un me- 
teoro, y dimos en cierta estancia des- 
comunal, por la que pululaban como 
sombras los hombres nuevos. 

La impresión que todo aquello me 
produjo fué enorme. El siglo xxiv, 
contemplado en un solo individuo, ana- 
lizado en una sola célula, y, sobre 
todo, poniendo en la investigación to- 
da la curiosidad que inspira, como es- 
tupendo, resultaba, si no agradable, 
tolerable. ¡ Ah, pero el siglo xxiv, vis- 



to en conjunto, atisbado en grandes 
masas, era horrible, horrible ! 

¡ Aquellos casinos del siglo xx, ado- 
rables, ruidosos, llenos de simpatía ! 
¡ Aquellas gentes de mi tiempo, risue- 
ñas, gozosas ! ¡ Aquel abigarramiento 
feliz! ¡Aquella ligereza para juzgarlo 
todo, para salvar al país, para resol- 
ver las cuestiones políticas ! 

Esto, en cambio, era como asamblea 
de hipocondríacos, de fúnebres. Mue- 
bles de cristal, monótonos, sin arte, 
sin lujo. Unos hombres flacos, largui- 
ruchos y feos. Unas conversaciones 
breves, sobre cosas de interés sumo. 
Ni un chiste, ni un comentario, ni 
una mordacidad. No había tapete ver- 
de, ni billar, ni periódicos, ni mesitas 
de tresillo, ni humo de cigarros fu- 
mados apaciblemente, ni una risota- 
da, ni el paso frufruante de unas 
faldas que cruzan... 

El 1.111.111 habló con otros números 
acerca de cosas que no entendí. Se 
abstuvo de presentarme a los demás. 
No me hicieron caso. Al cabo de un 
momento, el 1.111.111 me llamaba para 
acercarme a una taquilla. Tras la ta- 
quilla, una mano esquelética me alar- 
gó cierto papelito. Miré. Era la con- 
cesión de un departamento en el 
mismo edificio donde vivía el 1.111.111. 

Mi aburrimiento llegaba ya a la 
desesperación. Comprendía que nunca, 
nunca, podría simpatizar coft estos 
hombres fríos, absorbidos por la cien- 
cia y por la mecánica, sin corazón, 
sin pasiones, sin sexo. 

— Oiga usted — ■supliquéle al 
1.111.111 — , me hastío. Vamonos de 
aquí. Lléveme a un teatro, a un circo, 
a un cinematógrafo. 

Y el infame tornó a compadecerme. 

— El teatro, el circo y el cinema- 
tógrafo son unos pasatiempos inne- 
cesarios que la vida moderna suprimió. 
A sus recintos no iban más que los 
banales. ¿Acudían en su tiempo a 
tales recintos los hombres de ciencia? 
Ahora todos somos hombres de cien- 
cia. Nosotros no comprendemos las 
bambalinas. 

— Entonces — objeté — , vamos a una 
botillería, a un café cantante. Aun- 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA VERDAD EN LA ILUSIÓN 



79 



que las hembras no sean demasiado 
bonitas, al fin serán mujeres. 

— Sueña usted. Nuestras mujeres no 
cantan ni bailan. Estudian. La mujer 
no es ya un atractivo de la vida, un 
'adorno, algo que existió para el hom- 
bre, recreo de los ojos, encanto del 
alma, placer de los sentidos. Ustedes 
eran unes egoístas, y habían trocado 
' en objeto de concupiscencia a la mi- 
tad del género humano. Ahora, las 
mujeres, fuera de que algunas se de- 
jan embarazar estoicamente, sin de- 
liquio, sacrificándose para que no des- 
aparezca la especie, trabajan, estudian, 
inventan, descubren. Vamos, estaría 
graciosa una de nuestras intelectua- 
les, que se ha quedado miope . sobre 
los libros de álgebra, danzando ri-. 
dículamente como una gitanilla de 
antaño. 

A mí, al escuchar todo aquello, me 
sentía cada vez más anarquista. De 
buena gana le hubiera dado un pun- 
tapié al tinglado ridículo de aquella 
civilización absurda, y hubiese plan- 
eado sobre las ruinas del intelecto una 
plebeya y fragante mata de claveles. 

— Bueno — repliqué ya en última ins- 
tancia—, vamos a oír un poco de mú- 
sica, veamos alguna exposición de pin- 
turas, entretengámonos con algo espi- 
ritual, ya que no puede ser con algo 
burdo, infantil. 

Pero aquel hombre era implacable. 

— ¡Música! ¡Pintura! ¡Arte! El 
arte ha sido una engañifa con la que 
algunos vividores se llenaban el bu- 
che sin trabajar. Hacer ruido, emba- 
durnar lienzos... ¿Qué utilidad repor- 
tan esas andróminas, esas superche- 
rías? Las sinfonías más armoniosas 
y los lienzos más expresivos no eran 
sino frivolidad. El arte es bárbaro por 
lo mismo que significa exaltación. 

Si no me hubiera contenido el re- 
dror a una descarga eléctrica, le hu- 
biera hinchado los morros al blasfemo. 
¡ Abominar del arte ! ¡ Llamarle bár- 
bara a esa magia de la vida, que nos 
redime de toda impureza, que nos 
hace olvidar la bellaquería humana, 
que nos hace casi divinos ! ¡ Llamarle 
a Goya embadurnador ! ¡ Suponer a 



Eeethoven un mal desafinador de ca- 
rracas ! 

—Entonces — le dije al 1.111.111, ya 
furioso — , ¿qué hacen ustedes por la 
noche?, ¿en qué se divierten?, ¿dón- 
de pasan el rato?, ¿qué placeres cul- 
tivan?, ¿son ustedes tontos? 

— Usted, salvaje criatura — me res- 
pondió impertérrito — , piensa con ce- 
rebro de hotentote, de poco más, de 
español. Usted supone que los hom- 
bres no hemos cambiado. Usted se 
imagina, que nos pueden causar asom- 
oro unos colorines mezclados a unas 
semifusas atropelladas. Es como si le 
asombrase a usted .que un hombre del 
siglo veinte no se quedara turulato 
ante la simplicidad arquitectónica de 
un dolmen. Nuestro espíritu ha segui- 
do pistas más refinadas que la ya 
caduca y agotada del arte. Además. 
Velázquez en pintura, Cervantes en 
literatura, Rodin en escultura, Wág- 
ner en música, llegaron al máximo de 
la potencialidad artística, ¿Para qué 
seguir trabajando en una cosa rema- 
tada, de límites parvos y estrechos, 
en la que no había un más allá? Nos- 
otros hemos orientado el pensamiento 
en un camino anchuroso, lleno de luz 
y de grandiosidad casi infinita. La 
ciencia... Descubrir todos los días algo 
nuevo, dar un nuevo paso en el ca- 
mino del progreso, hacernos dueños 
de la Naturaleza, dominarla, trocar 
este ruin gusanillo que se llama el 
hombre, en algo asombroso que lo 
mueva todo, que lo maneje todo, que 
no le venzan obstáculos ni lo atur- 
dan misterios. ¿Hay algo más bello, 
más grande? Reconozca usted que una 
humanidad científica, ultracientífica 
como la de hoy, se tiene que reír del 
arte. 

Era imposible discutir con aquel 
hombre. Me ganaba, si no en dialéc- 
tica, en sabiduría. Además, mi cere- 
bro, tan distinto del suyo, no nodía 
entenderse con el logaritmo que debía 
llevar aquel hombre bajo el cráneo. 
Enmudecí. ,, 

Transcurrido un momento, le dije : 

— Bien, ¿qué hacemos? Yo me rría 
en busca de unas mozas. Le juro que 
no haría remilgos. Tal es mi apetito, 



80 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



señor casto. Pero, la verdad, no me 
atrevo siquiera a preguntarle... 

—Y hace usted bien. La hembra, 
sobre ser libre, es ahora • menos que 
lasciva, casi sexual. 

— Y, sobre todo — exclamé yo con- 
vencido — , ¿qué ofrecerle? ¿Dinero? 
¡No lo hay! ¿Un piso? ¡Ya lo tienen! 
¿Una peluca? ¡No la gastan! 

Encogí mis hombros, y acabé, lleno 
de cansancio, de atonía, de irresolu- 
ción : 

— ¡Vaya, echaremos un sueñecito, y 
mañana será otro día! 

El hombre, deferente, me acompañó 
hasta casa. Fuimos callados, sin com- 
prendernos, en los bordes antagónicos 
de un abismo. Nos encaramamos hasta 
el piso decimotercero. Como no había 
puertas, cada uno entróse de rondón 
en su casa. Cuando me vi solo entre 
aquella cristalería, junto al lecho aquel, 
estuve a punto de llorar. 

Sin embargo, como nadie me hubie- 
ra compadecido en Europa, en la Tie- 
rra, en el Universo, preferí callarme. 
Luego, arrastrado por una curiosidad 
suicida, me acerqué al balcón. Hilos 
metálicos, plataformas de acero, aero- 
planos, máquinas, cristal, relojería, 
ciencia, mecánica por doquiera. Ni una 
iglesia, ni una academia, ni un coliseo, 
ni nada eme hablase de fe, de poesía, 
de idealidad. Hierro, hierro por todas 
partes. Un aparato volador que pasó 
cerca de mí, y que producía un ruido 
monótono y seco me dio pavor, me 
llenó, sin saber por qué, de angustia. 
Miré a la humanidad. Estaba seca, 
disecada. 

Era sólo un nervio, un nervio te- 
rrible v vidente para el que se ha- 
bían acabado los dioses, los mitos, los 
encantos, lo alegre, lo poético, lo sen- 
timental. Sin ropaje áureo, sin leyen- 
das, sin sueños, la humanidad vivía 
como un enorme demente a quien le 
hubiera dado la manía de investigar, 
de saber. 

El hombre no era sino una ridicula 
mvniatura embebecida, retraída en una 
ciencia sin finalidad, un pobre árbol 
desnudo, sin las hojas ni las flores del 
sueño y del encanto, puntiagudo, seco, 
árido, señalando con sus ramas des- 



asperadas la nimiedad mentecata del 
caos... 

«3i al fin — pensé — todo esto hiciera 
felices a los hombres...» 

Estuvo el interrogante devorando 
mi pensamiento durante largo rato. 
Al fin, exclamé, decidido : 

— ¡ Bah ! Es posible. Acaso los en- 
gañados hayamos sido nosotros, los 
poetas. Es posible que estos hombres, 
en un mañana glorioso, se apoderen 
de la Naturaleza, la esclavicen, lleguen 
a ser como dioses, consigan la dicha 
perfecta y la inmortalidad. 

• ¡ La inmortalidad ! Es decir, la im- 
presión de nuestra más trágica des- 
dicha, el paradero aciago de todos 
nuestros mezquinos ideales, ese mo- 
mento bárbaro, que atosigará toda 
nuestra existencia, y que siempre, im- 
placable en el tálamo, en el festín, en 
la hora sigilosa del estudio y en la 
jocunda hora del placer, nos asaltaba 
con su recuerdo vil. 

Esta sospecha me hizo no arrojarme 
por el balcón. Me acosté. Al despertar, 
el 1.111.111 estaba junto a mí. 

— Duerme usted como un antropó- 
fago del siglo veinte. Vamos, álcese 
usted. Le preparo una sorpresa inau- 
dita. El marciano acaba de llegar. Con- 
cede audiencia en el casino. ¡ Ea, ven- 
ga usted...! ¡Ea, corra usted! 



Y 



Por el camino me fué contando la 
historia de Marte y de los marcianos. 

— Hace ya muchos siglos, esos pri- 
vilegiados seres habían alcanzado una 
civilización superior a la nuestra, in- 
finitamente superior. Ignoro la razón 
de progreso tan repentino. Quizá las 
sustancias que forman ese planeta, 
auizá su modo de combinarse, quizá... 
En fin, es un hecho que nos han lle- 
vado una ventaja de siglos en el trans- 
curso de la civilización. La fecha en 
que intentaron hacerse amigos nues- 
tros es remotísima. Encendieron enor- 
mes hogueras, produjeron tremendas 
detonaciones. A veces nos enviaron un 
bólido... Nada. Eramos tan brutos, que 



LUIS ANTÓN DEL OLMET.— LA VERDAD EN LA ILUSIÓN 



81 



dimos en callarnos. A lo sumo, algún 
avispado se atrevía a sospechar si 
aquello no serían unas señales... Por. 
fin, hace cosa de medio siglo, la Tie- 
rra comenzó a percatarse y a querer 
entablar comunicación. Encendimos 
también hogueras, hicimos también 
señales terribles, que costaron grandes 
esfuerzos y muchas vidas. Un aviador, 
mártir de la ciencia, subió hasta los 
límites de la atmósfera con una fa- 
briquita de oxígeno, y desde allí dis- 
paró un instrumento al que llamaré 
pistola para que se forme usted una 
idea... Bueno, para ahorrar explicacio- 
nes que usted no lograría entender, 
hace tiempo que nos comunicamos, 
que sentimos este gran parentesco so- 
lar. ¡ Ah, pero vernos, vernos ! Ha sido 
un anhelo formidable de terrestres y 
marcianos, que hoy, por fin, día ven- 
turoso y triunfal, vese cumplido. 

El 1.111.111 hablaba con una vehe- 
mencia que no sospechara en su frial- 
dad. Parecía estar hondamente pre- 
ocupado con aquel poblador de Marte 
que nos había deparado la Providen- 
cia 

Yo también, ¡ qué diablo ! , tenía ga- 
na de verle las narices al señor aquel. 

— ¡ Y diga usted, protector ! — inte- 
rrogue curioso—. ¿Cómo son esos hom- 
bres?, ¿tienen nuestra configuración?, 
¿qué grado de civilización alcanzan?, 
¿cómo son, en suma? 

— Más pequeños que nosotros, pero 
no absolutamente diversos. Poseen 
piernas, brazos y cabeza.. Se diferen- 
cian en que no tienen más que un ojo, 
y en otros detalles nimios. De todas 
maneras, ahora mismo lo vamos a con- 
' templar. Ande usted más de prisa, 
hombre, podíamos haber cogido un 
aeroplano. 

Arreciamos en la marcha, y llega- 
mos al casino cuando ya estaba ates- 
tado por un enorme gentío. No había, 
sin embargo, alborotos, ni disputas, 
ni se hacía necesaria la intervención 
de los guardias para mantener apa- 
cible a la cola. Dos horas largas nos 
costó llegar al salón donde el marcia- 
no se exhibía. Cuando lo vi me fué 
preciso contener un grito de asombro. 

Estaba desnudo, apoyado sobre la 



pared. Era pequeñito como un niño 
de seis años. Tenía la piel verduzca, 
y era tan flaco, tan sutil, tan espiri- 
tado, que a veces, al mirarlo fijamente, 
se desvanecía. Su forma recordaba la 
de una rana enorme. No tenía nariz. 
La boca era un agujerito redondo por 
donde casi no pasaría cómodamente 
una de mis pildoras nutridoras. Los 
dedos eran largos y flacos, enormes 
dedos que desarrolló el trabajo, un 
trabajo astuto, de inquisición.. En me- 
dio de su cara horrible, repugnante, 
como la de un reptil que tuviera mu- 
cho talento, fulgía un ojo lleno de 
sabiduría, de inteligencia, un ojo atroz, 
que se reía de nosotros, que nos con- 
templaba como si fuéramos animales 
inferiores, un ojo aborrecible, aberra- 
damente cerebral. 

— Háblele usted — le dije a mi amigo. 

El 1.111.111 se acercó lleno de ad- 
mirable desparpajo, y le hizo una pre- 
gunta. El marciano, sin enterarse al 
parecer, respondió algo que nadie al- 
canzó a descifrar. Yo, sin embargo, 
creí descubrir el sentido de aquella 
voz sobrenatural, siniestra. ¡ Qué tono 
el suyo ! No era voz de hombre, ni 
de animal, ni de algo terrestre. Era 
una voz como de arpía, demoníaca 
voz de vejezuela condenada, voz exe- 
crable, que hizo estremecer todas mis 
vértebras. 

— Háblele usted por señas, a ver si 
le comprende... 

Así lo hizo el intérprete, sagaz, y con 
buen resultado. La mímica, al fin na- 
tural, al fin ingenua, venció. No ha- 
blaban. Sus manos, sus ojos, sus ex- 
presiones, algo genial y maravilloso, 
una corriente eléctrica entre ambos 
espíritus, cierta proximidad intelectual, 
hízole sostener mudo y, aunque difí- 
cil, elocuente diálogo. 

— ¿Qué dice?— preguntaba yo de vez 
en vez. 

— Dice que ha hecho el viaje en ae- 
roplano hasta el confín de la atmós- 
fera. Después, provisto de un gran 
jugo vital, ha seguido la ruta de la 
luz y ha seguido empujado por ella. 
Luego nuestra ley de gravedad le ha 
hecho caer. Para evitar una celeridad 
excesiva, le untó a su piel una costra 



V2. 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



de cierto metal, gran estimulante de 
fuerza centrífuga. 

SI interés crecía en mi alma ante 
prodigio tanto. 

— ¿Qué dice? ¿Qué dice? 

— Dice que en Marte la civilización 
ha llegado al máximo. Dice que no 
hav secretos para sus moradores. Dice 
que sólo les falta conquistar el Uni- 
verso, porque ya tienen conquistado 
el planeta. 

Seguían hablando. Yo lo miraba to- 
do en una sensación inenarrable que 
nadie imaginara, que sería necesario 
experimentar para sospecharla si- 
quiera. 

— ¿Qué dice? ¿Qué dice? 

— Dice que todos son ricos, podero- 
sos, que apenas les hace falta luchar 
para vivir, todo lo han reducido a 
simples operaciones mecánicas, que no 
tienen dolencia... 

— ¿Qué dice? ¿Qué dice? 

— Dice que suprimieron los sexos. 
No hay más que uno, el neutro, como 
entre las abejas. Dice que se obtienen 
los hijos en el laboratorio cuando han 
menester. 

— ¿Qué dice? ¿Qué dice? 

— Dice que han logrado procedi- 
mientos químicos maravillosos, que 
han inventado aparatos físicos sor- 
prendentes, que su extracivilización es 
total, y que al descubrir la Tierra han 
dado el. último paso, el definitivo, en 
el camino de la perfección. 

— ¿Qué dice? ¿Qué dice? 

— Dice que son capaces de llegar 
al Sol, de pararlo, de hacerlo empren- 
der un nuevo movimiento, de cambiar 
la postura de los astros, de viajar 
por los ámbitos sin fin. 

— ¿Qué dice? ¿Qué dice? 

— Dice que son inmortales. Dice que 
han descubierto la célula vital, que 
fabrican vida, que no mueren nunca. 

Estuve callado un momento, absorto, 
sobrecogido por aquella revelación gi- 
gantesca. El marciano, verde, sutil, 
con un ojo lleno de inteligencia y de 
sabiduría, me parecía un dios tangi- 
ble, un dios visible, un dios imitable, 
alcanzable. Estuve a punto de caer 
a sus plantas y llorar de júbilo, de 
placer, de suprema esperanza. Estuve 



a punto de rezar bajo su excelsitud. 
Estuve a punto de llegar hasta sus 
pies y besarlos diciendo : «Padre mío, 
que te libraste de la miseria, del su- 
frimiento y de la muerte, acógeme. 
Padre mío, sonríeme. Padre mío, ben- 
díceme.» 

Y lo miraba en éxtasis, supremo, 
radiante, magnífico y revelador. Su 
fealdad me pareció belleza divina ; su 
voz, canto risueño de esperanza ; su 
verduzca y triste desnudez, manto de 
púrpura cesáreo. Y quise acogerme a 
su pecho, bajo su tutela, y beber en 
su efluvio sobrenatural el bálsamo 
inefable de la dicha eterna, del reposo 
infinito. 

Pero me contuvo una pregunta bár- 
bara, gélida : 

— Pregúntele usted si son felices. 

Hablaron. Se oía mi pulsación. Creí 
volverme loco esperando la solución 
de aquel enigma. 

— ¿Qué dice? ¿Qué dice? 

Estuvo un rato el 1.111.111 sin res- 
ponderme. Yo comprendí la verdad 
en sus ojos. 

Al fin, dejando caer los brazos exá- 
nimes y rompiendo a llorar, cayó so- 
bre mi pecho como en una demolición 
repentina de todo su ideal, de toda su 
vida aniquilada. 

— ¡No, hermano, no! Dice aue no... 
Dice aue sus semejantes padecen la 
horrible dolencia del hastío. Dice que 
habiéndolo descubierto y sozado ya 
todo les pesa la inmortalidad como 
una carga estúpida. Dice que se sui- 
cidan a millares con un gesto impá- 
vido. Dice oue su tristeza, una triste- 
za honda, absoluta, insospechada por 
nosotros, la tristeza de verlo todo y 
verlo vacío, estéril, sin principio y sin 
fin, les anonada. Dice que son los se- 
res más tristes, más sombríos del po- 
bre universo cansado, que su melan- 
colía, desconocida por nosotros, una 
melancolía absoluta, melancolía su- 
prema de semidioses que se saben 
mezquinos, les pesa como un infor- 
tunio brutal. 

Lloré. Y mientras lloraba yo, aauel 
oobre ser verduzco reía con su gran 
nio inteligente de una manera sarcás- 
tica, implacable, como podría comentar 



LUIS ANTÓN DEL OLMET. — LA VERDAD EN LA ILUSIÓN 



83 



un gran filósofo pesimista los pobres 
afanes de un reptil. 

Sin oír más, bajé hasta la calle. 
Pasó un transeúnte. 

— ¿Dónde se. halla el Museo Prehis- 
tórico? 

— Por ahí... 

Llegué. El conserje dormitaba. Pude 
llegar sin ser visto hasta mi vitrina 
Allí, candidas, inocentes, dormían las 



momias, mis hermanas buenas. Al ver- 
las híceles un saludo afable, cordial, 
en el que puse toda la inmensa ter- 
nura de mi alma. Después, a hurtadi- 
llas, alcé la tapa y ocupé mi sitio. 

Antes, en un papel que puse con 
todo cuidado sobre la vitrina, escribí : 

«Que no se nos despierte. Queremos 
dormir. Tenemos derecho a dormir, 
a ignorarlo todo. Exigimos ser durante 
la eternidad poetas...» 



FIN DE 

«LA RISA DEL FAUNO» 

Y 

«LA VERDAD EN LA ILUSIÓN» 

DE 

LUIS ANTÓN DEL OLMET 



JOAQUÍN BELDA 

(1880 -¿1937?) 



JOAQUÍN BELDA 



Novelista y articulista. Nació en Madrid. Su popularidad 
fué extraordinaria entre 1916 y 1926, y también su 
fecundidad. Ha dejado escritas más de treinta novelas lar- 
gas y unas sesenta novelas breves, pasando sus artículos 
de los dos mil. De inagotable vena cómica y de indiscutible 
y muy española malicia. De prosa correcta y fácil. ■ 

Novelas: La suegra de Tarquino— 1909 — ; ¿Quién dis- 
paró? — 1909—; Memorias de un suicida — 1910—: Sal- 
do de almas — 1910 — ; La Farándula — 1910 — ; La piara 
—1911—: Alcibiades Club— 1912—; El picaro oficio 
—1913 — ; La Coquito— 191 5—; Aquellos polvos...— 1916 — ; 
Las noches del Botánico — 1917 — ; Las chicas de Terpsícore 
—1917—; La diosa Razón— 1918— ; El Compadrito— 1920— ; 
Carmina y su novio — 1921 — . 



SILVINO CORDERO, VOTA 



El colegio electoral estaba estable- 
cido en un quinto piso con honores 
de séptimo, de una calleja que, por 
su proximidad a un mercado, olía a 
merluza de un modo indecoroso. 

Cuando llegó a él el señor Bermú- 
dez, el jueves anterior a la elección, 
no había nadie en el local. 

Miró el reloj ; eran las ocho y veinte. 
¡ Caray ! No eran muy madrugadores 
sus compañeros de mesa : la citación 
decir, a las ocho en punto, y él, con 
veinte minutos de retraso, era el pri- 
mero en llegar. 

Para matar el frío, que en aquella 
habitación destartalada 'era aún ma- 
yor que en la calle, empezó a dar lar- 
gos paseos de pared a pared. Los ban- 
cos de los alumnos habían sido agru- 
pados al fondo de la estancia para 



dejar ésta libre en el día de hoy; en 
les muros veíanse esos extensos mapas 
de escuela en los que el mundo y sus 
partes parecen manchas de aceite caí- 
das sobre un mantel no muy limpio, 
y sobre el pupitre del maestro se 
veían ahora unos papelotes, unos tin- 
teros y unas plumas, todo de proce- 
dencia municipal. 

El señor Bermúdez, mientras cami- 
naba dando grandes zapatazos en el 
suelo para entrar en calor, miraba la 
nube de tejados madrileños que se di- 
visaba desde los tres balcones del lo- 
cal. En aquella mañanita de febrero 
el cielo tenía un sospechoso color de 
panza de burro, que hacía más cruel 
la frialdad del ambiente. La escuela 
a aquella altura y a tales horas pa- 
recía una cámara frigorífica para la 



88 



LA NOVELA CORTA. ESPAÑOLA 



conservación de reses muertas. Ber- 
múdez, tiritando ya, pensaba que si 
se le ocurre venir a la hora en punto, 
cuando hubiesen llegado sus compa- 
ñeros de mesa se encuentran allí un 
cadáver ccngelado. 

El ruido de sus pasos llamó sin duda 
la atención. de alguien que estaba en 
el interior de la casa, porque, poco a 
poco, sin grandes prisas, oyóse la mar- 
cha de alguien que se acercaba por 
el pasillo hasta aparecer en el marco 
de la puerta. 

Era un distinguido, gallardo y robus- 
to guardia municipal, que tenía toda 
la prestancia elegante que suelen te- 
ner los del gremio. 

— Buenos días, señor — saludó muy 
ñno — . Es usted el primero que llega. 

Bermúdez, desde cierta ocasión en 
que a la salida de un mitin bolchevi- 
quista tuvo que atravesar todo Madrid 
entre dos guardias de orden público, 
siempre que veía delante de sí a un- 
representante de la autoridad, fuese 
urbano o de los otros, creía que venía 
a detenerle. 

No podía disimular por ello cierta 
emoción, que también ahora le embar- 
gó momentáneamente. Pero había tal 
beatitud en el rostro del guardia, fué 
tan fina la sonrisa con que le dio los 
buenos días, que la emoción disipóse 
al punto. 

—¿Es. usted alguno de los señores 
adjuntos? 

Bermúdez, adoptando un aire de 
consonancia con lo que iba a decir, 
replicó : 

— ¡ Soy el presidente ! 

El guardia, por instinto, como si le 
hubieran tirado de un hilo, se cuadró 
ante Bermúdez y le dijo : 

— Por muchos años. 

— No ; por dos nada más. Creo que 
así lo dice la lev Electoral. 



A las nueve menos veinte llegó el 
suplente del adjunto primero, y tres 
minutos más tarde el adjunto segun- 
do; aquél era un maestro de obras 
que tenía medio bigote de cada color, 
y el otro era un afinador de pianos. 



tan delgado que parecía un fideo de 
perfil. 

El guardia, actuando de introduc- 
tor de embajadores, puso en relación 
a unos con otros, y, como Bermúdez, 
en un momento de sinceridad, le con- 
fesara que él no tenía ni la más re- 
mota idea de lo que era una elección 
ni mucho menos una mesa electoral, 
el digno representante del Municipio 
se encargó de instruirle. 

— Lo primero que debe usted hacer 
es constituir la mesa. 

— ¿Usted cree? 

• — ¡Claro! Van a dar las nueve y, 
puesto que tiene usted aquí a uno de 
los adjuntos y al suplente del otro... 

Pero este último, el maestro de obras, 
alzó su protesta airada : 

— ¡Eh! ¡Eh! ¿Qué es eso? Que 
yo no soy más que el suplente, y mien- 
tras no venga la certificación del pro- 
pietario diciendo que está enfermo, lo 
que es yo no me constituyo. 

Se armó una discusión de orden le- 
gal entre el guardia y el maestro de 
obras. 

— La mesa no puede estar más tiem- 
po en el aire. 

— El que está en el aire es usted, 
guardia. 

— ¡ Si querrá usted saber más que 
yo, que llevo quince elecciones dentro 
del cuerpo ! 

— Pues purgúese, amigo. 

— ¡Chuflas, no! 

— A mí no me avasalla nadie. 

— Ni a mí me se discute lo que es 
verídico. 

Aquello parecía una reunión de la 
Comisión de Códigos en días en que 
se discute algún grave problema jurí- 
dico. Por fin, la llegada del primer 
interventor, que venía a entregar a 
la mesa su credencial, puso un fin 
honroso al debate : la mesa se cons- 
tituyó con los tres presentes, y los 
principios quedaron a salvo. Para lo- 
grarlo, tuvo que amenazar el guinda 
con llevar al otro a la Tenencia de 
Alcaldía. 

El interventor — un sujeto alto, for- 
nido, con grandes bigotazos y con 
tipo de ex cobrador del tranvía — , que 
debía de ser también perro viejo en es- 



JOAQUÍN EELDA. — SILVINO CORDERO, VOTA 



89 



tos menesteres del sufragio, presentó 
•su credencial con mucha soltura, que 
contrastaba violentamente con el azo- 
ramiento de los tres tíos de la mesa. 

El mismo tuvo que decirles lo que 
tenían que «hacer para admitirle el 
poder, indicándoles las formalidades 
que habían de llenar y las rúbricas 
que tenían que echar. 

Era como un quinto enseñando es- 
trategia a sus oficiales. 

Periódicamente entraba en el cole- 
gio un interventor, daba los buenos 
días, se acercaba a la mesa y entre- 
gaba un papel. Eran todos hombres 
muy parecidos, casi cortados por el 
mismo patrón, aunque con un poco 
de fantasía en el corte. 

Tan sólo el interventor del candi- 
dato republicano se singularizaba un 
poco de los demás. Tenía ese aire al- 
tivo del mártir de la idea a quien 
una estúpida organización de la so- 
ciedad se niega a reconocer todo su 
mérito. Además, debía de haber decla- 
rado el boycot al gremio de peluque- 
ros, porque llevaba una impúdica bar- 
ba de seis días. 



En la lista de candidatos procla- 
mados por la Junta del Censo no figu- 
raban más que noventa y seis. 

Con decir que las actas de diputa- 
dos a Cortes que habían de surgir 
de la elección eran ocho, está hecha 
la cuenta de los candidatos que co- 
rrían derechos a un naufragio. 

Para la mayoría de los noventa y 
seis eso del naufragio, por ser cosa 
descontada, se convertía en un baño 
de placer. Nunca habían pensado se- 
riamente ser diputados, y lo de la 
proclamación era una martingala ino- 
cente, sin más objeto que el de poder 
nombrar representantes y apoderados 
para armar barullo el día de la elec- 
ción. 

En rigor, los que luchaban eran do- 
ce, y de ellos había tres que tenían el 
acta segura : dos monárquicos y un 
republicano. El conde de Rostrogordo, 
viejo patricio que tenía bien probado 
su amor al régimen, tenía también una 



gran influencia ideológica sobre el gre- 
mio de taberneros de Madrid, y 
gracias a ella sus votos serían los pri- 
meros y los más sanos* que saldrían 
de las urnas. El otro monárquico era 
el banquero • Ruiz Centeno, que lleva- 
ba quince años comprando una de 
las actas de la capital de la nación, 
la cual — aparte el dinero que en la 
elección se gastaba — le debía en todos 
esos años de diputación dos favores 
inmensos : el alumbrado intensísimo 
de la calle del Gato y la erección de 
uno de los evacuatorios de la Puerta 
del Sol. 

En cuanto al candidato reoublicano 
de acta segura, era un viejecito ro- 
mántico, compañero de colegio de Ruiz 
Zorrilla, de tan incorruptibles convic- 
ciones demagógicas que cobraba de los 
fondos secretos de Gobernación y se 
metía en la cama con fiebre cada vez 
que las turbas se echaban a la calle 
para dar gritos 'incongruentes. 

De modo que, en realidad, quedaban 
nueve señores para disputarse a boca- 
dos los cinco puestos vacantes. 

Cuando el 'señor. Bermúdez, metido 
en la cama de su habitación de sol- 
tero, repasaba la lista de los noventa 
y seis, mientras estrujaba con la ma- 
no izquierda un ejemplar de la ley 
electoral que se proponía aprenderse 
de memoria, no podía dejar de hacer- 
se muy filosóficas consideraciones. 

La principal de ellas era que si el 
día de la elección cada uno de aque- 
llos noventa y seis ciudadanos cons- 
cientes se creyera en el deber de so- 
bornarlo a él como presidente de la 
mesa, aunque no fuera más que con 
un durito, él se traería a su casa la 
bonita suma de cuatrocientas ochenta 
pesetas la noche del próximo domingo. 

Porque, desde el primer momento, al 
recibir el inesperado nombramiento de 
presidente de la Mesa electoral, Ber- 
múdez se había propuesto sacarle el 
jugo a aquello en la forma más demo- 
crática posible. 

¡ El sufragio ! Desde que le operaron 
de un quiste sebáceo en... cierta par- 
te incógnita de su organismo, Bermú- 
dez se había vuelto de un escepticismo 
completamente volteriano. No creía en 



90 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



nada, si se exceptúan los parches po- 
rosos y las tortas de las Ventas. 

¡El sufragio,! Como todos los in- 
ventos humanos, este del voto del pue- 
blo tenía dos cosas : la de la teoría 
y la de la práctica. 

En la teoría la cosa resultaba sen- 
cillamente una preciosidad. El Poder 
emanando directamente de las entra- 
ñas mismas del pueblo ; el ciudadano 
conciso depositando su voto en el in- 
terior de una urna, que es de cristal 
por aquello del símbolo, como trans- 
parente y cristalinas eran las con- 
ciencias de los individuos de la mesa ; 
y luego, hecho el escrutinio y procla- 
mados los vencedores, unos ciudada- 
nos no menos probos y dignos que 
iban a sentarse en los escaños legis- 
lativos, como representantes de la 
voluntad común, para elaborar a bra- 
zo el bien general... 

Bueno, todo esto era la teoría. La 
práctica resultaba otra cosa. Las elec- 
ciones no eran más que un pretexto 
para diversas juergas ; una bonita 
ocasión para que los taberneros dieran 
salida a unos cuantos pellejos de tin- 
tura antiespasmódica que tenían re- 
servados en el fondo de sus cuevas ; 
un motivo para la resurrección de va- 
rios muertos, anticipándose a la cita 
de Josafat, y un aumento de la libre 
fabricación de embuchados, que es 
cosa que siempre alimenta. 

Y Bermúdez, entre la teoría y la 
práctica, se quedaba con esta última. 

Sólo dos días faltaban para el de 
la elección, y ya se llevaba leída lo 
menos treinta veces la simpática ley 
electoral. No era un caso de afición 
ni de amor excesivo a la cultura, era, 
sencillamente, que tenía necesidad de 
aprender bien lo que el próximo do- 
mingo tendría que hacer, ya que so- 
bre él, como presidente de mesa, re- 
caería todo el peso y toda la respon- 
sabilidad de la elección. 

Y lo peor era que no llevaba ca- 
mino de aprenderlo. Cuanto más re- 
pasaba aquellos artículos, que parecían 
redactados por un hábil constructor 
de jeroglíficos, más lío se armaba den- 
tro de la cabeza. Era mucha documen- 
tación, eran muchas firmas las que 



tendría que echar... Intentó una vez 
contarlas y. hubo de desistir, porque 
el señor Bermúdez no sabía operar 
por logaritmos. 

Y el domingo en la mañana, cuando 
en punto de las seis se arrojó del le- 
cho — pues tenía que estar en el cole- 
gio electoral a las siete — , el buen 
presidente estaba en absoluto igno- 
rante de lo que tenía que hacer aquel 
día. 

Y a falta de ciencia, decidió con- 
fiarlo a la inspiración, que ha sido 
siempre, desde que el mundo es mun- 
do, la guía y maestra de todas las 
artes. Al fin y al cabo esto de las 
elecciones, como el asesinato según 
el otro, no era más que una de las 
Bellas Artes. 



Eran las siete menos diez cuando 
Bermúdez entró en el portal de la 
casa. Sintió un gran alivio al en- 
contrarse bajo techado, pues en la 
calle estaba helando de una manera 
decidida. 

Con gran so'rpresa encontróse el lor 
cal del colegio lleno de gente ; como 
era tempranísimo, había creído ser el 
primero en llegar, y al entrar ya le 
dieron los buenos días casi todos los 
interventores, el guardia del jueves 
anterior y un compañero más que 
se le había agregado, sin duda para 
reforzar la representación municipal. 
Y es que el bueno de Bermúdez, como 
novicio que era en estas lides, no 
sabía que los interventores no se acues- 
tan nunca la noche anterior a la 
elección. 

— Buenos días, señor presidente — di- 
jole el guardia conocido. 

Bermúdez estuvo a punto de desva- 
necerse de orgullo al oírse llamar 
así, él, a quien de ordinario la por- 
tera de su casa solía llamar el tío 
■pelma ese del cuarto derecha. Se en- 
gulló de un modo mecánico y recu- 
brióse de un aire autoritario que ya 
no le abandonó en todo el día, ni aun 
a la hora familiar de la comida. 

Desde primera hora empezó el lío : 
sobre la mesa, y como si quisiera ser- 



JOAQUÍN BELDA. — SILVINO CORDERO, VOTA 



91 



vir de escolta a la urna de cristal 
panzuda y ecuánime, había una nube 
de papelotes, * de sobres de todos los 
tamaños con la dirección impresa, de 
listas de electores y de votantes, estas 
últimas en blanco para que los ad- 
juntos fueran llenándolas paciente- 
mente. 

Constituida la mesa bajo la inspi- 
ración del guardia y de uno de los 
interventores monárquicos al que, se- 
gún él mismo decía, le habían salido 
canas en los colegios electorales, co- 
menzó la votación. 

El primer votante fué un señor alto, 
ridiculamente delgado, con tipo de 
militar retirado y cara de bilis. Se 
acercó a la mesa con la papeleta del 
voto tan doblada que parecía que iba 
a hacer con ella una diminuta paja- 
rita. 

— El nombre..., ¿me hace el favor? 
—le preguntó el maestro de obras, que 
hacía de uno de los adjuntos. 

El elector se le quedó mirando como 
si realmente le hubiera preguntado 
una impertinencia, y, después de pen- 
sarlo un rato, contestó : 

— Andrés Marugán y Mencheta. 

Hubo una pausa. Los interventores 
y adjuntos consultaban las listas, y 
al fin el afinador de pianos dijo con 
voz algo desafinada por cierto : 

—Está. 

Bermúdez tomó la diminuta papele- 
ta de la mano del ciudadano Maru- 
gán, y ya iba a depositarla en la urna 
pronunciando la frase sacramental 
«Andrés Marugán, vota», cuando uno 
de los interventores republicanos -le 
cortó la acción. 

— Un momento... ¿Usted — demandó 
al elector — dónde vive? 

A Marugán empezaron a revolvér- 
sele las pulgas, que no debía tener de 
muy buen humor. 

— Vivo en Pardiñas. 

— Bueno, pero ¿en qué calle? Por- 
que eso de Pardiñas es muy amplio. 

— Jorge Juan, sesenta y dos. 

— Exacto, así consta aquí — dijo uno 
de los interventores monárquicos. 

— Bueno, pero — insistió el otro — , 
¿usted no ha vivido hasta hace muy 



poco en el veintiuno de la calle de 
Castelló? 

Don Andrés, al oír esto, se puso pá- 
lido, como se pondría un ratón al que 
el cierre de la ratonera hubiera co- 
gido por el rabo. Su entereza vaciló 
un poco, pero comprendiendo que es- 
taba perdido si no se rehacía, dio un 
respingo, y, encarándose con el pre- 
guntón importuno, le dijo, echando la- 
va por los ojos : 

—Yo, no, señor. ¿Y usted? 

Pero el republicano no se inmutó. 

— Yo, sí, señor ; he vivido y vivo 
allí todavía. Por eso precisamente lo 
digo, porque juraría que casi a diario. 
y no más lejos que ayer mismo, me 
he encontrado con usted en la esca- 
lera de la casa. Se mete usted en 
el segundo centro, letra X, ¿no es 
eso? 

¡ Estaba cogido ! ¡ Irremisiblemente 
cogido ! «Para esto sirven las eleccio- 
nes — pensaba Marugán — , para poner 
en evidencia a las personas honradas.» 

— Usted sueña — replicó despectivo. 

El callejón hubiera sido de los sin 
salida a no ser porque otro de los 
interventores republicanos gritó a su 
colega desde el banco de enfrente: 

— Que sí, hombre... Que el señor 
vive en Jorge Juan y le conozco yo. 

Y al decir esto, por la espalda del 
elector hizo a su colega un guiño que 
quería decir : «Déjalo que vote y se 
vaya, y yo explicaré eso de la calle 
de Castelló.» 

Y Andrés Marugán votó. Su papel 
blanco, al caer al fondo del recipiente 
de cristal, fué el que rompió la virgi- 
nidad de la urna en el día electoral 
de hoy : virginidad que, antes de la 
noche, había de trocarse en la más 
repugnante de las prostituciones. 

Apenas hubo salido del lccal el elec- 
tor, el interventor que con indiscu- 
tible oportunidad había puesto fin al 
incidente, se apresuró a contar a la 
mesa el chascarrillo. 

— Pues ¡ anda ! , que eri buen apuro 
han puesto ustedes al buen señor. En 
la calle de Castelló quien vive es su... 
amiga, a la que visita a diario. 

— Si ya lo sé — dijo el promotor de 
la cosa — . ¿Qué me vas a contar a 



92 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



mí?... Lo he hecho a propósito para 
darle un mal rato. Estos viejos falde- 
ros siempre me han dado tres patas en 
la boca del estómago. 

— ¡Vamos! Que ya llegarás tú a 
su edad y te seguirás echando al re- 
dondel de cuando en cuando. 

— Se hará lo que se pueda. 

— ¡So guaja! 

— ¡ Crapuloso ! 

En el colegio, presidido por la so- 
lemnidad de la urna donde había de 
encerrarse la voluntad del pueblo, em- 
pezó a flotar un ambiente de sobre- 
mesa de taberna, que hubiera hecho 
reír bonachonamente a Pantagruel. 
En aquellos hombres, celosos guarda- 
dores de los derechos de sus candi- 
datos, prevalecía el ciudadano cachon- 
do y retozón por encima del ciudada- 
no consciente afiliado a un partido po- 
lítico. 

A Bermúdez le agradaba sobre ma- 
nera el tono que había tomado la 
conversación. 

Pero duró poco. Hubo que suspen- 
der el diálogo, porque en el colegio 
entraba a votar un cura. 



Bermúdez había tenido un amigo 
que era la flor de los amigos. Se lla- 
maba Silvino Cordero, y para él la 
palabra - amistad no era un concepto 
vano, como para la mayoría de los 
mortales, sino un vocablo con enjun- 
dia propia que abría la esperanza a 
un horizonte de sacrificios. 

La amistad entre Cordero y Bermú- 
dez había nacido como nacen siempre 
los grandes afectos : al calor de un 
accidente fortuito. Un día, volviendo 
Bermúdez a su casa a altas horas de 
la noche — vivía, como los buenos, en 
el Cerrillo del Rastro — , al doblar una 
esquina de la calle de las Velas, tro- 
pezó con un transeúnte alocado que 
doblaba al mismo tiempo que él. El 
tropezón fué 'de los que no dejan lu- 
gar a dudas, de los que lesionan. 

Las narices de los dos viandantes su- 
frieron un vaivén en su raíz. 

— ¡Ainmal! — dijo Bermúdez como 
si diera un grito de dolor. 



— ¡ Bestia ! —contestó muy agrio el 
otro. 

— y, Es que no mira usted por dón- 
de va? 

— ¿Y usted? ¿Va pensando en su 
suegra? 

— ¡ Canalla ! 

— ¡ Leproso ! 

— Cuando se va por la calle y no se 
va enganchado a un carro, le deben 
a uno llevar del cabestro. 

— Es que yo no sabía que me iba a 
encontrar con una reata — dijo él otro. 

El otro era, sencillamente, Silvino 
Cordero. 

Y así nació la amistad entre los 
dos, que fué. en aquellos años la más 
tierna del barrio. Porque acaeció que 
cuando, excitados por la violencia del 
diálogo, iban los dos a venir a las 
manos, Silvino estalló en una apoplé- 
tica carcajada y dijo a Bermúdez : 

— ¿Sabe usted, amigo, que me pa- 
rece una burrada que dos hombres 
se maten por un tropezón? 

— ¡Ah!, pero... ¿es que usted había 
pensado seriamente en .que nos ma- 
tásemos? 

— ¡ Claro que no ! 

— Después de todo, la culpa ha sido 
de los dos, o de ninguno. 
— Pongamos del acaso. 

— ¡ Ele ! 

— Ahora, que como eso no quita que 
usted y yo tengamos narices como 
dos moras, creo que lo que procede 
es que vayamos a alguna parte a la- 
várnoslas. 

— Habla usted como un orador sa- 
grado. Precisamente aquí, a la vuelta, 
está la taberna de un buen amigo, 
que posee un valdepeñas con canas, 
que para eso de lavar narices es un 
bálsamo. 

■ — ¿Quiere usted que tomemos un 
coche para ir a ella? 

— No, porque se iba a cansar el 
caballo. 

— Pues andando. 

Permita el lector que le ahorremos 
la narración. Cogiditos del brazo en- 
traron los dos nuevos amigos en la 
taberna, y dos horas después salieron 
de ella también cogidos del brazo, 



JOAQUÍN BELDA. — SILVINO CORDERO, VOTA 



93 



dando vivas a la República y cantan- 
do El relicario. 

Desde aquel día, Bermúdez y Cor- 
dero estuvieron varias veces a punto 
de romperse de nuevo las narices, 
pero fué por ver quién pagaba al otro 
la convidada del tupi o quién vencía 
a quién en altruismo y firmeza de 
amistad. Si uno de ellos necesitaba el 
préstamo de unas pesetillas para aca- 
bar el mes o empezar la semana, acu- 
día al amigo y nunca quedaba defrau- 
dado ; si Cordero sufría un fracaso 
sentimental — aunque empleado en un 
limpiabotas de la Puerta del Sol, era 
mucho más pasional que Bécquer — , 
eran los oídos de Bermúdez los que 
recibían la confidencia; y si, por el 
contrario, las hieles del desengaño ha- 
bían inundado el corazón de Bermú- 
dez, no tenía éste más consuelo que 
el de las palabras de Cordero, que al 
buen hombre se le antojaban palabras 
del Espíritu Santo. 

Y así, la vida solitaria de los dos 
solterones, que era como un páramo 
moral, florecía en aquellos dos cardos, 
cuya semilla había arrojado el acaso. 

Ello duró no más que cuatro años, 
al cabo de -los cuales un incidente 
acaecido a Silvino Cordero fué sufi- 
ciente a cortar en flor aquellas matas 
silvestres. El incidente fué que Cor- 
dero se murió. 

Como ya había cumplido los cin- 
cuenta, no podía decirse de él que fue- 
ra un malogrado. Lo cierto fué que 
pescó una noche una pulmonía, o, me- 
jor dicho, la pulmonía le pescó a él, 
y tras unos días en los que Bermúdez 
no se separó de la cabecera del pa- 
ciente, éste abrió las alas y subióse 
al cielo. 

Allá nos espere muchos años. 



La votación seguía con inusitada 
animación ; antes del mediodía ya ha- 
bía votado la tercera parte del censo, 
caso rarísimo, según afirmaba el maes- 
tro de obras que hacía de adjunto, al 
cual, según recordará el lector, le ha- 
bían salido canas en esto de las elec- 
ciones. 



A media mañana se había presen- 
tado en el colegio uno de los candi- 
datos monárquicos : era de los de acta 
segura y venía a dar una vuelta, como 
el maitre d'hótel que, lleno de con- 
fianza en los mozos que han arreglado 
el comedor, da, sin embargo, un vis- 
tazo para ver si está todo bien, antes 
de que entren én él los comensales. 

Distribuyó con gesto noble — en el 
que se veía que estaba dispuesto a 
hacer la felicidad del país — unos ci- 
garros entre los dignos individuos de 
la mesa, y acercándose por encima de 
la urna al oído de Bermúdez, le dijo, 
con acento de sirena : • 

— Ahora vendrá un enviado mío y 
le entregará a usted un billete de diez 
duros para que almuerce la mesa. No 
lo rechace usted, pues un día es un 
día. 

El presidente estuvo a punto de des- 
vanecerse. No dio las gracias porque 
la emoción se lo impidió, pero cuando 
el candidato le dio la mano para 
despedirse, a Bermúdez le pareció que 
había resucitado su padre y le ofrecía 
los cinco dedos para estrechárselos. 

No se hizo esperar el portador de 
los diez duros : los traía en plata, sin 
duda para que abultasen más, y en el 
gesto protector y abandonado con que 
los puso en la mano del presidente 
se veía que no eran aquéllos los pri- 
meros que entregaba en el día. 

Al momento, como evocado por la 
presencia del metal, apareció a la 
puerta del colegio un camarero del 
café vecino. Y no venía ciertamente 
a votar ; venía a llevarse una parte 
de aquellas cincuenta pesetas. 

Los individuos de la mesa confirie- 
ron a su digno presidente el honroso 
encargo de la formación del ménu. 
No se trataba de eclipsar a Panta- 
gruel ; cosa de matar el hambre y de 
que de los diez duros del simpático 
candidato — único que hasta ahora se 
había rascado entre los noventa y 
seis de la lista — sobrase la mayor 
cantidad de pesetas posible para re- 
partirla de un modo comunista, entre 
el presidente y los dos adjuntos. 

Las comidas electorales parecen lle- 
var un signo de monotonía inelucta- 



94 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



ble; debe de haber alguna relación se- 
creta entre la tortilla a la francesa, 
la merluza mayonesa, el bistec con 
patatas y el sufragio universal ; pero 
es lo cierto que no se concibe un al- 
muerzo de presidentes, adjuntos e in- 
terventores en que no figuren los fa- 
mosísimos platos. 

Así ocurrió en el día de hoy, y en 
el colegio presidido por el señor Ber- 
múdez. 

— ¿Qué opinan ustedes de la tortilla 
a la francesa? — demandó el presiden- 
te a sus compañeros de la derecha y 
de la izquierda. 

— Hombre, yo siempre he sido muv 
aliadófilo — dijo el maestro de obras, 
pasándose por los labios la puntita 
de la lengua. 

— Yo — replicó con su voz debilitada 
por cien ayunos el aficionado — . en eso 
de la tortilla lo único que pido es 
que posea la mayor cantidad de hue- 
vos posible. 

— ¿Y el bisté con patatas? 

—Muy recomendable para llegar con 
fuerzas al escrutinio. 

Sin embargo, el afinador, espíritu 
nuevo, introdujo una novedad en esta 
parte del pedido, que casi era una re- 
volución. 

— A mí el bisté que me lo traigan 
sin patatas. 

El camarero tuvo un gesto de asom- 
bro. El maestro de obras aseguraba 
después muy seriamente que era aqué- 
lla la primera vez que al individuo de 
una mesa electoral le oía pedir sin 
patatas el bistec que por clasificación 
le corresponde. 

No tardaron mucho en servirles la 
comida ; se diría que en el cafó, con 
laudable previsión, tenían formadas 
sobre el mostrador largas filas de los 
manjares clásicos para repartirlos a 
un tiempo por los colegios electorales 
del barrio. 

Bien pronto el local tomó el aspec- 
to de uno de esos restaurantes de es- 
tación de ferrocarril en la breve pa- 
rada de un tren. Se improvisaban 
manteles con las listas electorales, apa- 
recían mesas cuyo centro era un tin- 
tero y cuyos adornos los formaban 



los mangos de las plumas y los ma- 
nojos de candidaturas. 

En la electoral, la urna, rodeada de 
fuentes y platos, parecía una gran so- 
pera de la que el señor Bermúdez se 
dispusiera a ir sacando sopa con ayu- 
da de una de las cucharas. 

Se extendió por el local un olor a 
grasas y a frituras que daba a la 
función electoral ese carácter de con- 
fección culinaria y pastelera que es 
casi siempre entre nosotros la pureza 
del sufragio. Y luego, como el legis- 
lador, al hacer la ley electoral, no 
ha tenido en cuenta que los presiden- 
tes, adjuntos y demás son hombres 
que no pueden estar catorce o más 
horas sin comer, resulta que la vota- 
ción no puede interrumpirse ni cinco 
minutos desde las ocho de la mañana 
a las cuatro de la tarde, y los señores 
de la mesa tienen que cumplir con su 
estómago al mismo tiempo que reci- 
ben el voto del elector que tiene la 
mala entraña de presentarse a la ho- 
ra, sagrada de la comida. 

Es de ver la cara con que reciben 
todos al pelmazo que penetra en. el 
colegio con la pretensión de votar en 
esa media hora larga y " dedicada al 
pienso. Es la hostilidad de la fiera 
que tiene segura entre las garras su 
ración de carne y ve acercarse a otra 
fiera con cara de hambre. Se diría que 
el sencillo elector se acerca a la mesa, 
no a emitir un sufragio, sino a lle- 
varse un trozo de bistec o un pedazo 
de tortilla. 

En el día de hoy la escena se repi- 
tió varias veces ; el más indignado, 
cada vez que un elector aparecía en 
el marco de la puerta, era Bermúdez. 

--Pero estos tíos, ¿es que creen que 
nosotros no comemos? 

Para preguntar el nombre del elec- 
tor, si éste no se apresuraba a darlo 
espontáneamente, empleaba el tono 
agrio de un juez al dirigirse a un 
asesino : 

— ¿Cómo se llama usted? 

El votante se echaba a temblar 
mientras dejaba caer de reojo una 
mirada amorosa a los manjares de 
la mesa. 



JOAQUÍN BELDA. — SILVINO CORDERO, VOTA 



95 



— Fulano de Tal, vota — decía Ber- 
múdez, cada vez más agrio. 

Y, con el gesto, completaba la frase : 

«Vota... y se va a hacer gárgaras», 
parecía decir. 

La concomitancia — ¡ ay concomitan- 
cia! — de la función electoral con la 
gástrica daba a veces lugar a muy sa- 
brosas confusiones. Por ejemplo, ocu- 
rría que el digno presidente, consa- 
grado a la sazón al cultivo de las 
patatas del bistec, tenía que recibir 
del ciudadano elector la papeleta del 
voto muy doblada y arrojarla por la 
abertura de la urna ; y como las pa- 
tatas de los cafés suelen tener un 
carácter ciclópeo y gigantesco verda- 
deramente aplomante, ocurría que Ber- 
múdez, con harta prolijidad, constre- 
ñido por el barullo del momento, arro- 
jaba una patata a la urna y se llevaba 
a la boca el voto del elector. 

Era una mixtificación más del su- 
fragio, porque, luego, a la hora del 
escrut*iio, al ser extraídas de la urna 
aquellas porciones del sabroso tubércu- 
lo, eran computadas como votos en 
blanco que el presidente, para no abo- 
narlos en la cuenta de ningún candi- 
dato, se veía obligado a comerse ante 
todo el concurso de interventores. 



Era la hora sagrada del café. 

A la urna hacían ahora escolta unos 
vasos de grueso cristal en los que se 
balanceaba un líquido color ladrillo. 
Por un convencionalismo de los que 
tanto abundan en la vida social, cafe- 
teros y parroquianos se habían puesto 
de acuerdo para llamar a esto café. 
Es fama que la cicuta de Sócrates re- 
sultaba una cosa de mucha mayor pu- 
reza. 

Era el momento en que el cuerpo 
electoral, aprovechando las dos horas 
escasas que faltaban para el término 
de la votación, hacía acto de presen- 
cia, personándose por grupos, por ma- 
sas compactas, como la comparsería 
de un teatro. 

Ante la mesa formaban cola los vo- 
tantes..., una cola que, provisto cada 
uno de sus individuos del papelito en 



la mano, parecía una de esas que se 
forman a la puerta de ciertas habita- 
ciones ocultas de los hoteles los días 
en que al cocinero se le ha ido la ma- 
no en la salsa de tomate. 

Era, por ello, la hora de los embu- 
chados, de los votos falsos ; la hora 
embrujada y espectral de las resurrec- 
ciones... Sabido es que la frase del 
poeta «los muertos vuelven», no re- 
sulta verdad más que los días de elec- 
ciones. 

A Bermúdez se le cansaba ya el bra- 
zo de tanto coger votos y zambullirlos 
en la urna : los adjuntos habían lle- 
gado al momento del barullo, escri- 
biendo a medias en las listas el ape- 
llido del votante, y saltándose bonita- 
mente a la torera nombres enteros ; 
los interventores renunciaban forzosa- 
mente a toda intervención, porque se 
pueden intervenir los espectadores de 
un teatro, las pesetas que ingresan en 
un banco, pero no se ha inventado 
todavía el medio práctico de interve- 
nir las gotas de agua que componen 
la masa de una catarata. 

En la fila que, cruzando bajo el ar- 
co de la puerta del colegio, se expan- 
día por la escalera de la casa, le iba 
a llegar el momento de acercarse a la 
urna a un sujeto extraño : era un tipo 
bajito, y tan delgado, que parecía la 
hebra de hilo de un carrete a la que 
hubieran sometido a un régimen lác- 
teo. 

En su rostro,- en sus ademanes, en 
toda su figura, había un no se sabía 
qué de extraño e inquietante, ese no 
se qué con el cual los novelistas ca- 
tastróficos gustan de embadurnar el 
rostro de sus personajes misteriosos 
y que, generalmente, no es debido más 
que al abuso de las bebidas alcohó- 
licas. 

¿Por qué el señor Bermúdez, a pe- 
sar de estar tan atareado con los in- 
cidentes de aquella votación al galo- 
pe, se quedó fijo, mirando como exta- 
siado al sujeto en cuestión, desde que, 
en el lento desfilar de la cola, llegó 
al centro de la habitación? Con su 
rostro ceniciento de terracota, le atraía 
como atraen los abismos y los pues- 
tos de castañas. 



96 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



El señor Bermúdez no -había leído 
a Edgard Poe, pero se sabía de memo- 
ria El conde de Montecristo, y cha- 
mullaba algo de eso de los misterios 
de ultratumba. Era un escéptico... en 
teoría, pero ante una realidad terro- 
rífica sus carnes temblaban como las 
de la última sirviente alucinada. 

Y la realidad la tenía allí a dos pa- 
sos, acercándose a la mesa y a la urna, 
lenta pero implacablemente. 

Llegaba ya... El presidente notó un 
leve olorciílo a cadaverina, un perfu- 
me 'vago muy cementerio del Este. Y 
cuando, para coger la candidatura que 
el otro le alargaba, hubo de rozar sua- 
vemente con los suyos la punta de 
los dedos, sintió ese frío especial de 
las tumbas de que hablan los poetas 
y que es tan parecido al de los teatros 
vacíos. 

— ¿Cómo se llama usted? 

Y el elector, con una voz que pare- 
cía salirle de las rodillas, dijo muy 
grave : 

— Silvino Cordero. 

Bermúdez estaba seguro de no ha- 
ber oído bien. 
— ¿Cómo ha dicho usted? 
La voz se hizo más grave. 

— ¡ Silvino Cordero ! 

Ocurrió algo enorme. Fué una si- 
tuación que, si la coge Shakespeare, 
hace con ella un saínete. Bermúdez 
cerró los ojos, y, en pie como estaba, 
inició una salida de foxtrot, osciló a 
derechas, y cayó sobre el sillón pre- 
sidencial... come corpo morto cade. 

— ¡ Dantesco ! 

Hubo su miaja de revuelo. El maes- 
tro de obras, al notar aquel derribo, 
acudió a poner remedio con todas sus 
fuerzas. El afinador, mientras limpia- 
ba de sudor los parietales del presi- 
dente, se creyó en el caso de formular 
un diagnóstico. 

— ¡Ya lo dije yo ! Ha sido mucho 
bis té y, sobre todo, muchas patatas. 

Acudieron los guardias municipales- 
de servicio en el colegio, con la mis- 
ma prontitud que si hubiera estalla- 
do una bronca... en los antípodas. 
Hasta los miembros de la cola de vo- 
tantes que, aunque figuraban en . el 
censo eran hombres, se apresuraron 



a rodear la mesa, como rodean los cor- 
tesanos el lecho de un rey que ago- 
niza. 

Felizmente el amago de tragedia 
tuvo un desenlace plácido : Bermú- 
dez abrió primero un ojo, luego el 
otro, después la boca y, cuando ya 
no le quedaba nada que abrir, incor- 
poróse en el asiento mientras decía: 

— Nada, señores ; esto no es nada. 

Su primera mirada fué para el elec- 
tor que con su nombre le había he- 
cho desvanecer. Estaba allí, inmóvil,, 
implacable, extendiendo la mano ar- 
mada del papelucho del voto, con un 
gesto estatuario que parecía querer 
decir : «He de votar aunque sea por 
encima de tu cadáver.» 

El presidente se repuso en seguida. 

— Señores, perdón por la interrup- 
ción. La votación continúa. 

Se encaró con el espectro. 

— ¿Ha dicho usted que se llama? 
— Silvino Cordero... ¡Y van tres 

veces ! 

— ¡ ¡ Mentira ! ! 

Esta voz sí que parecía venir de ul- 
tratumba ; sin embargo, acababa de 
salir de un modo directo de la gar- 
ganta del interventor federal que era 
además vocal del comité del partido 
en el distrito. 

Bermúdez notó un alivio instantá- 
neo. ¡ Claro que era mentira ! ¡ Bue- 
nos estarían a estas horas los huesos 
de Cordero, su amigo del alma, para 
venir a votar! 

Pero el elector se revolvió como una 
fiera. 

— ¿Quién ha dicho «¡Mentira!»? 

— Servidor y consocio. ¿Qué pasa? 

— Pues pasa que al hijo de mi ma- 
dre no le deja por embustero ni el 
señor nuncio de Su Santidad. ¡Va- 
mos ! ¡ Sería un arco de triunfo ! 

Se entabló una polémica entre los, 
dos. 

— ¿Dónde vive usted? 

— Velas, dos. 

Bermúdez volvió a temblar. ¡Exac- 
to! Allí había vivido y muerto el po- 
bre Silvino. 

— ¡ Vamos, hombre ! Pero si el por- 
tero de esa casa es mi cuñado y no 



JOAQUÍN BELDA. — SILVINO CORDERO, VOTA 



97 



le ha visto a usted en su vida ni en 
postales. 

— Tendrá cataratas. 

— Pues que se las batan — dijo una 
voz anónima. 

— ¿Y no será mejor que en vez de 
batírselas se las frían? — exclamó otra 
vox populi. 

Mientras votante e interventor ali- 
mentaban el anterior diálogo, el maes- 
tro de obras dijo por lo bajo a su 
querido presidente : 

— ¡Y pensar que al entierro de este 
hombre he asistido yo no hace más 
que unos meses ! 

— ¡Cómo! ¿Conoció usted al pobre 
Silvino Cordero? 

— ¿Cómo que si le conocí? Como si 
le hubiera llevado de la mano a la es- 
cuela. 

Quedóse mirando al elector apócri- 
fo, y añadió : 

— La verdad es que, si es éste, se ha 
quedado muy delgado. 

— ; Digo ! En los propios huesos. 

— Esquelético, querrá 'usted decir. 

— Y es que debajo de tierra se des- 
medra uno mucho. 

Pero era preciso poner fin al deba- 
te. Los interventores monárquicos se 
habían puesto de parte del resucita- 
do, y afirmaban muy seriamente que 
él... era él. Uno de ellos, jugándose 
el voto a una carta, llegó a decir : 

— ¡Vaya si es éste Silvino Cordero, 
y vaya si vive en Velas, dos ! Cerno 
que. no más lejos que antes de ano- 
che le he acompañado yo a su casa. 

— Iría a robar las bombillas. 

— ¡So feo! 

— ¡ Atún ! 

Claro que el incidente no podía pro- 
longarse. Aguardaba la fila de votan- 
tes y además el tiempo se echaba en- 
cima. 

El presidente, al verse apoyado por 
la mayoría de los interventores, deci- 
dió imponer su autoridad. Además le 
parecía que era aquel el último favor 
que su amigo Cordero le pedía desde 
el otro mundo : que dejase votar a 
aquel hombre que con tanto estoicis- 
mo le suplantaba. 

Bermúdez empezó a dar chillidos. 

— Señores... Orden... Aquí no grita 



nadie más que yo... A ver, o se ca- 
llan o... 

Alargó la mano al votante, y to- 
mando de ella el papelito del voto, 
se dispuso a zambullirlo en el seno de 
la urna, mientras gritaba : 

— Silvino Cordero, vota. 

¡Y votó! 

Al salir el elector quedóse mirando 
al interventor federal, y le dijo : 

— ¡Se ha colao usted, amigo ! . . . Y 
es que, a pesar de sus años, aún no 
se ha enterado usted de una cosa, y 
es la siguiente : en las elecciones se 
puede votar por el candidato monár- 
quico, se puede votar por el_ republica- 
no y se puede votar por ríñones. Que 
es lo que yo he hecho, ¡so calandria! 

Y salió del colegio. 

Mejor diríamos que se esfumó a 
través de una pared. 



Entre las operaciones absurdas que 
la humanidad ejecuta de cuando en 
cuando, acaso la más pintoresca de to- 
das ellas sea la de un escrutinio elec- 
toral. 

Se trata de saber el número de vo- 
tos que ha tenido cada candidato, pe- 
ro la pureza del sufragio exige que 
esos votos se vayan extrayendo de la 
tinaja cristalina uno a uno, en vez de 
volcarlos todos de un golpe sobre la 
mesa e ir luego recontándolos. 

Esto hace que la faena sea muchc 
más pesada que la lectura de un dra- 
ma histórico. El voto hay que sacar- 
lo, desdoblarlo, leerlo y apuntarlo en 
el casillero de cada candidato... A 
veces se hace con él otra operación 
suplementaria : la de escamotearle 
bonitamente. 

En la elección de hoy tuvieron vo- 
tos — muchos o pocos — a más de la ma- 
yoría de los noventa y seis candidatos 
de la lista, una serie de sujetos inno- 
minados y grotescos. 

Esto de los votos imprevistos es de 
lo más ameno de las elecciones. El 
que instituyó el voto secreto como 
cosa de mayor garantía no tuvo en 
cuenta el peligro que ello encerraba: 
es como el hombre encerrado entre 



NOVELA CORTA 



98 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



las cuatro paredes de un retrete a so- 
las con su conciencia... y con un lá- 
piz. A malsalva puede escribir en las 
paredes las mayores atrocidades, en 
la seguridad de que nadie ha de irle 
a la mano. 

El secreto del voto es un incentivo 
para hacer un alarde de humorismo ; 
y a su amparo surgen los festivos de 
las elecciones. Hay quien da sus vo- 
tos a personajes muertos, como Sa- 
gasta, el Espartero o Napoleón ; hay 
quien vota a su suegra, a Garibaldi, 
al casero, a Neptuno; los hay que 
forman las más extrañas candidatu- 
ras, uniendo a Maura con Pablo Igle- 
sias y a Rodríguez San Pedro con 
Belmonte. Pero los más castizos son 
los que consignan en la hoja electo- 
ral una palabrota soez y asquerosa, que 
el presidente, por no poder leer en 
voz alta, se tiene que comer. 

Y lo chusco, lo que de puro grotes- 
co resulta casi trágico, es que, según 
la ley Electoral, cada uno de esos 
votos ha de figurar en las listas de 
escrutinio con toda seriedad. 

Claro es que no figuran. La ley no 
contó con los ciudadanos guasones. 

En la elección de hoy había dos can- 
didatos que, desde que comenzó el es- 
crutinio, andaban en una especie de 
handicap por el último puesto ; no ha- 
bía nunca entre ellos más de un par 
de votos de diferencia, estando casi 
siempre empatados, como dos caba- 
llitos que corriesen afanosos por la 
pista unidos del morro por un ronzal. 

Eran un republicano y un socialis- 
ta, y lo grave del caso era que, por 
ocupar los dos el último puesto de 
los posibles triunfantes, casi desde oue 
comenzó el escrutinio, uno de ellos 
corría el riesgo de ahogarse por un 
solo voto de diferencia. 

Era curiosa aquella carrera por ver 
quién alcanzaba a quién, que todos se- 
guían emocionados. Llegaron a for- 
mularse apuestas entre los intervento- 
res, inclinándose cada uno de parte 
del candidato afín. 

Bermúdez, al sacar uno de los vo- 
tos, volvió a sentir en la pituitaria 
aquel mismo tenue olor a cadaverina 
que antes le diera, al acercarse a la 



urna el falso Cordero. Fijóse bien en 
la papeleta antes de desdoblarla y, 
en efecto, casi hubiera jurado que 
aquélla era la del misterioso corrup- 
tor. 

La abrió emocionado. ¿Qué podría 
haber escrito allí la mano fría de la 
Muerte? 

Pues había escrito todos los nom- 
bres de la candidatura monárquica y, 
además, el del socialista que reñía 
con el republicano el handicap tan 
divertido. 

Se inclinaba la balanza a favor del 
socialista ; en este momento tenía tres 
votos más que su contrario. Bermúdez, 
leyendo muy despacio y con cierta so- 
lemnidad todos los nombres escritos 
en el papel de Silvino apócrifo, pa- 
recía que estaba leyendo un testa- 
mento. Por lo visto, aquel sujeto era 
partidario de las doctrinas de Carlos 
Marx y hacía todo lo. posible por que 
el partido tuviera un representante 
más en el Parlamento. 

Aquel voto, tan sagrado como los 
demás desde el momento en que ha- 
bía entrado por la abertura de la 
urna, era un granito de arena que ve- 
nía a sumarse a los cimientos de la 
sociedad futura. 



El escrutinio terminaba entre el 
cansancio de todos los presentes. 

Eran las siete de la tarde, y en el 
local del colegio, caldeado hasta en- 
tonces por la respiración y el humo 
del tabaco de tantas personas duran- 
te todo el día, empezaba ahora a no- 
tarse un fresquete asaz molesto. 

Tenían todos los pies helados, gol- 
peándolos continuamente contra el 
suelo. En el local, no muy sobrado de 
bombillas de luz eléctrica, había ese 
ambiente de sala de guardia de un 
cuartel en noche de nevada. 

El maestro de obras estaba ya un 
poco fatigado de tanto extender pa- 
peletas de votación durante todo el 
día, y tanto hacer rayitas expresivas 
de cada voto en el casillero de cada 
candidato. 

— Sí, pues ahora viene lo bueno — le 



JOAQUÍN BELDA. — SILVINO CORDERO, VOTA 



99 



dijo por lo bajo el interventor que te- 
nía más cerca — . Ahora verá usted 
cuando se acabe el escrutinio y tenga 
que poner en regla toda la documen- 
tación. Hay que echar más firmas que 
un ministro. 

Y era verdad. Era la parte más pe- 
sada, más inaguantable de toda la 
elección. La manía burocrática y ex- 
pedientera de los países latinos pare- 
cía que hacía explosión en esto de 
las elecciones. Era el delirio, la orgía 
de cien documentos iguales dirigidos 
a otros tantos centros para dar cuenta 
de la jornada electoral, y todos ellos 
con la firma del presidente, adjunto 
e interventores, que había que cazar 
— sobre todo las de los últimos — por 
medio de mil habilidades, deseando 
como estaban marcharse a la calle 
después de la pelma de todo el día. 

El último voto salía de la urna como 
sale el último espectador de un tea- 
tro que ha estado lleno hasta los to- 
pes. Bermúdez lo desdobló, lo leyó..., 
y los demás pusieron en sus listas las 
últimas rayas. 

Se entregaron todos a la dulce tarea 
de la suma. No era empresa fácil, 
porque había votado mucha gente. 

Durante un gran rato reinó en el 
colegio un silencio relativo... Poco a 
poco se iba proclamando el resultado. 

Venían primero los dos candidatos 
de elección segura, con su número de 
votos que apabullaba, volcándose ma- 
terialmente sobre sus cabezas casi to- 
do el censo, como si se tratase de ele- 
gir a dos efectivos salvadores del país. 

Después ya empezaba la lucha : eran 
los que habían andado dudosos duran- 
te toda la elección, perdiendo y ga- 
nando grandes cantidades de votos 
con fluctuaciones de mar embravecido ; 
y al final, una, la más fuerte que to- 
das las demás, venía a favorecer a 
uno de los contrincantes, sacándolo 
a flote, mientras sepultaba al otro 
para siempre. 

En la urna, como en un aparato dia- 
bólico, se reflejaba toda la marcha de 
la elección. A lo mejor empezaban a 
salir durante un gran rato cantidades 
de votos que decían todos lo mismo; 
era el producto de una de esas rondas 



volantes que asaltan los colegios como 
el coro de un teatro, para decir to- 
dos lo mismo, procurando huir de las 
desafinaciones. 

Otras veces era una racha de votos 
en blanco ; electores a quienes la ley 
obligaba a votar porque sin el certifi- 
cado del voto no cobraban la nómina, 
y que se vengaban de la imposición 
arrojando al interior de la urna un pa- 
pelucho en blanco, como quien lo arro- 
ja al cesto de los papeles. 

Para Bermúdez, en la elección de 
hoy hubo algo enorme. Por fin el han- 
dicap entre el republicano y el socia- 
lista iba a terminar, y terminó, con 
la derrota del primero ¡ ¡ por un vo- 
to ! ! ; es decir, por el voto de Silvinc 
Cordero, que había salido de la tumba 
para derrotarle. 

¡ Era horrible ! Bien está el votar 
con un nombre supuesto ; bien — aun- 
que no tanto — el sacar a un hombre 
de la tumba, pasearlo por todo Ma- 
drid, hacerlo subir los escalones de 
un tercer piso y someterlo a la tortu- 
ra de que un interventor, que a veces 
suele ser un hombre inculto, le dis- 
cuta la personalidad y hasta el domi- 
cilio. Pero que encima el voto de ese 
hombre sirva para decidir la lucha en- 
tre dos candidatos, que luchan por e¡ 
acta agarrados como perros por el pes- 
cuezo, mordisqueándose en una pelea 
en la que no acaba uno de los dos de 
caer debajo, es algo insólito y casi de- 
lictuoso. 

Pero así era. El candidato triunfan- 
te podía decir, como un general que 
acaba de salir vencedor en una gran 
batalla, que había vencido gracias a 
los muertos. 

Su acta tendría siempre un marca- 
do tufo de ciprés. 



Y había llegado el momento terri- 
ble, el instante abrumador. 

Listo el escrutinio, había que dejar 
también lista la documentación. 

Bermúdez no sabía por dónde em- 
pezar; la ley Electoral, que había sido 
su pesadilla en aquellos días, hablaba 
de la lista tal del documento cual, del 



100 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



sobre H y del sobre B. Pero todo ello 
servia para que, como ocurre con los 
itinerarios de los ferrocarriles cuando 
está uno seriamente decidido a em- 
prender un viaje, el lío fuera mayor 
y acabara uno por echar por la calle 
de en medio. 

La mayor parte de la documentación 
aabía de llevar la firma de casi to- 
dos los interventores, y ello era lo gra- 
ve. Los condenados, pretextando que 
ya lo habían hecho — como el que re- 
chaza la invitación de una comida — , 
se resistían a hacerlo de nuevo. 

Y cada vez era la caza del interven- 
cor con todos sus divertidos inciden- 
tes. 

— ¡ Si pagaran siquiera a realito la 
arma, qué bien! — decía uno de los 
monárquicos. 

— A mí me duele ya el puño. ¡No 
:iay derecho ! 

— Pero, hombre, ¿otra vez? 

— Si lo llego a saber, me bajo una 
estampilla. 

Estas exclamaciones se oían a cada 
oaso, y el colegio, con todo el aspec- 
to de una tasca en la que los bebedo- 
"es se agrupasen ante el mostrador 
—en este caso la mesa electoral — era 
un guirigay espantoso. 

A Bermúdez, todas las fatigas" del 
día le parecían cuadros de una revis- 
ta cómica, comparados con este ba- 
rullo del final. 

No había modo de entenderse. 

— Firme usted aquí — le decía a lo 
mejor uno de los adjuntos. 

Y él cogía la pluma y estampaba un 
garabato. 

— Ahora aquí. 

Y más de una vez, al firmar como 
en barbecho, se encontró graciosamen- 
te sorprendido notando que ponía su 
nombre y apellido sobre una firma 
suya anterior que poco antes exten- 
diera. 

Era una copia bastante exacta del 
caso. El presidente y los adjuntos iban 
poco a poco t adquiriendo ese carácter 
de máquinas que toman siempre los 
hombres cuando se ven sometidos a 
ejecutar de prisa una labor penosa. 
La fatiga física y moral que les ve- 
nía trabajando desde las siete de la 



mañana, unida al madrugón y a la 
excitación nerviosa de todo el día, es- 
taba a punto de dar sus frutos. 

Y los dio bien pronto. La primera 
víctima fué Bermúdez, que notó cómo 
una nube espesa se le iba poniendo 
delante de los ojos, difuminándole las 
personas y los objetos en un fondo 
de aguafuerte. Sufrió una pérdida par- 
cial de la conciencia. ¿Dónde estaba? 
¿Qué habitación era aquélla? ¿Quié- 
nes eran aquellos tíos? Todo aquello 
del derecho electoral, y del escrutinio, 
y de Fulano de Tal, vota, ¿no sería 
una broma sangrienta a base de ca- 
melos? 

Notó en su mano derecha el calam- 
bre o tic nervioso de los escritores. 
Constantemente, empuñando la plu- 
ma, trazaba su firma y rúbrica en el 
aire cuando no tenía delante un pa- 
pel en que estamparla. Era una ob- 
sesión ; y, al mismo tiempo, un fenó- 
meno inconsciente. 

Se dio el caso de que el afinador 
de pianos haciendo un alto brevísimo 
en su ingrata faena, le preguntó : 

— ¿Quiere usted fumar? 

— Sí — replicó, sin darse cuenta. 

El afinador echó en el hueco de su 
mano izquierda un montoncillo de ta- 
baco suficiente para dos cigarros, y 
luego extrajo del bolsillo un libro de 
papel de fumar ; separó de él una 
hoja que colocó ante sí en la mesa, 
y luego otra que puso con mucha par- 
simonia delante de Bermúdez. 

Fué instantáneo ; ver éste ante si 
un papel y estampar en él su firma 
fué todo uno. El afinador se quedó 
absorto, pero por un fenómeno refle- 
jo, firmó también en el suyo y pro- 
cedió a liar el cigarro. 

Bermúdez ya estaba condenado a 
pasarse la vida echando firmas en el 
aire, como esos pobres dementes de 
manicomio que, atacados de grafoma- 
nía, llenan continuamente de letre- 
ros las paredes. Cuando salió a la ca- 
lle para ir en compañía del maestro 
de obras, a llevar la documentación 
a la Diputación _ Provincial, aún iba 
moviendo la muñeca a derecha e iz- 
quierda. 

En el tranvía del Progreso, y en su 



JOAQUÍN BELDA. — SILVINO CORDERO, VOTA 



plataforma posterior, cayó al lado de 
un señor muy serio que llevaba un 
gran cuello de camisa muy blanco y 
almidonado, y unos puños gigantescos 
que le salían dos metros por las man- 
gas del gabán... Bermúdez no pudo 
contenerse: quedóse un rato mirando 
a uno de los puños y, como atraído 
por la negrura de un abismo, estam- 
pó en :;u albura almidonada una fir- 
ma más, que hacía la cinco mil y pico 
de aquel día. 

El señor no supo si darle las gra- 
cias o un bofetón; pero como la cosa 
le había chocado, optó por pagarle 
hasta Sol la perra chica del tranvía. 



Bermúdez no podía pasar una vez— y 
por razones de vecindad pasaba mu- 
chas—por la casa de la calle de las 
Velas, donde había vivido Silvino Cor- 
dero, sin derramar una lágrima a la 
memoria del amigo cadáver. 

Claro que era una lágrima del cora- 
zón, pues si aquel llanto callejero le 
hubiera salido de los ojos, el bueno 
de Bermúdez hubiera cobrado en el 
barrio una fama de borracho comple- 
tamente justificada. Ya que el hom- 
bre que habitualmente va llorando 
por la calle suele ser un curda im- 
penitente en cualquiera de los grados 
de la enfermedad. 

Alguna vez, como un recuerdo pun- 
zante que quisiera taladrarle el cere- 
bro, le asaltaba a la memoria el nom- 
bre y la figura de aquel falso votante 
que en el día de la elección ocupó con 
tanto desparpajo la plaza del pobre 
Silvino. 

— ¿Quién sería? ¿Cómo él no se lo 
había vuelto a encontrar en la calle'' 
Madrid es muy grande, pero ¿no 
nos tropezamos a diario en las calles 
a personas a quienes no quisiéramos 
ver, y que parece que un destino bur- 
lón va colocando continuamente en 
nuestro camino? 

Se diría que el elector apócrifo no 
era mas que un espectro salido de la 
tumba para ejercitar su función: en 
ese caso, a un espectro no es cosa rara 



101 

no verlo discurrir a diario por la calle 
y con ello quedaba explicado todo. 

Sin embargo, había un algo enig- 
mático. Admitida la existencia del via- 
jero de ultratumba, ¿qué móvil le ha- 
bía llevado a salir del nicho, inscri- 
birse en el censo y tomar parte en la 
elección? 

Difícil era averiguarlo. Bermúdez, 
cuando pensaba en ello, bordeaba las 
fronteras de la locura y, agotado el 
cerebro por el cansancio, que siempre 
produce el empeño de descifrar lo in- 
descifrable, acababa de refugiarse en 
la taberna más pintoresca del barrio, 
la misma donde en la noche memora- 
ble había nacido la amistad entre él 
y Silvino Cordero, al calor de unos 
quinces con seltz. 

Bermúdez, por educación más que 
por temperamento— su padre había si- 
do del resguardo de consumos — , era 
enemigo del alcohol; estaba confor- 
me con eso de que el alcohol, como la 
política y el tute, es una de las plagas 
de la humanidad. Pero al mismo tiem- 
po, perro viejo en sus andanzas por 
el mundo, había aprendido a conocer 
a maravilla el corazón de los taber- 
neros y sabía que en las diversas mix- 
turas y enjuagues que éstos expenden 
en sus tascas el alcohol apenas entra 
para nada. 

Recordaba el caso acaecido hace al- 
gunos años en uno de los biberos de 
ia calle de Toledo; el dueño tenia un 
chico muy revoltoso que se pasaba el 
día en la calle asaltando las traseras 
de los coches y viajando en los topes 
de los tranvías, hasta que una tarde, 
entre dos luces, entraron al mucha- 
cho en la taberna completamente des- 
vanecido y con un chirlo en la frente 
que parecía un sofá. 

El padre se espeluznó. Avisado a to- 
da prisa el médico de una policlínica 
cercana, apenas palpó la frente del 
chico, pidió : 

—A ver... Un poco de alcohol... Pero 
que sea puro. 

¡ La catástrofe ! El tabernero se puso 
hecho una guinda; azoradísimo re- 
corrió la casa veinte veces, bajó a la 
bodega, subió a la buhardilla buscan- 
do lo que se le pedía para curar al 



102 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



hijo de su alma. ¡Inútil! Al fin man- 
dó a uno de los mozos a la droguería 
más cercana para que en ella le faci- 
litaran el remedio... Y cuando el mozo 
retornaba con el encamo cumplido, 
recordó el padre que arriba, en su al- 
coba v conservado en un frasco me- 
diado "en alcohol, tenía él un huese- 
cillo de la mano izquierda que anos 
atrás le había extirpado con toda ha- 
bilidad un cirujano. 

Era aquél el único alcohol puro que 
había en la taberna; el padie dejo el 
hueso en seco, bajó de prisa, con el 
líquido, y entre éste y el que facilito 
el droguero aún sobró para la cura 
del chichón. . 

Claro que el sobrante lo vendió el 
tabernero al otro día a un fabricante 
de esencia para automóviles 

Bermúdez, cuando recordaba el su- 
ceso, sentía una gran tranquilidad de 
conciencia. Impunemente, sin faltar a 
sus creencias antialcohólicas podía el 
soplar en las tascas cuando le viniese 
en gana siempre que tuviera con que 
pagarlo, le convidase un amigo o el 
tasquero le fiase. 

No era un borracho: pero si un 
amateur de la bebida. Bebía de todo, 
hasta Lozoya, porque él decía que una 
copa de aguardiente sirviendo de co- 
pete a un vaso de agua del tercer de- 
pósito era algo celeste que de seguro 
es la bebida predilecta de los bien- 
aventurados en el Paraíso. 

En esta noche se hizo servir de pri- 
meras un «chico» de clara. Amaba poco 
la cerveza, pero cuando se encontra- 
ba, como hoy, mustio y Preocupado 
ñor dentro, notaba que la bebida gei- 
mana de color de oro contribuía mu- 
cho a aclararle los pensamientos. 

Un quince con seltz vino después y, 
gran aficionado a las Matemáticas, 
aquel quince, en una sabia multipli- 
cación, se convirtió bien pronto en un 
treinta, en un sesenta, acaso en un 
setenta y cinco... 

Pero se le secaba la boca con la 
pastosidad del vinacho y hubo de pe- 
dir un vaso de agua. Claro que no 
sola: le hubiera parecido una ridicu- 
lez y vertió sobre el transparente li- 
quido el contenido de una copita de 



aguardiente. ¡Néctar puro! Y el néc- 
tar se convirtió en algo inefable cuan- 
do echó tras él al estómago tres guin- 
das que, al atravesar el gaznate, pa- 
recían rasparle como con una esco- 
fina. , 

No seguiremos la lista de todo lo 
que el bueno de Bermúdez fué con- 
sumiendo en el curso de la velada. 
Entregado a una dulce charla con el 
tabernero, con los mozos y con la ma- 
yoría de los parroquianos, tomaba sus 
copitas y sus vasitos no con la torpe 
efusión del vicioso, sino con la lenti- 
tud y suavidad con que el orador o 
conferenciante va remojando su gar- 
ganta entre período y período del 
discurso. , .. 

Se estaba bien allí; la taberna lle- 
na de humazo de las respiraciones y 
del hálito vinoso de todo el día, era 
como un vaporario de ambiente sua- 
ve hasta el que no podía llegar ni por 
referencias el frío cruel de la calle. 
Era una de esas atmósferas viciadas, 
cargadas, que al respirarlas por pri- 
mera vez viniendo del aire libre pro- 
ducen cierta repugnancia ; pero que 
poco a poco va uno acostumbrándose 
a sentir como una caricia de una mu- 
jer enfermiza. 

No era sólo el vino— llamémosle 
as í__lo que embriaga en estos locales; 
era el aire espeso y recargado como 
el del fondo de un tonel. „ ar _ A 

A la una de la madrugada Bermú- 
dez hizo varias tentativas para po- 
nerse en pie; lo consiguió, por fin. 
abandonando el taburete que ocupa- 
ba desde hacía varias horas, y al en- 
contrarse apoyado sobre las dos pier- 
nas, hallóse con la agradable sorpresa 
de estar sobre ellas mas firme de lo 
que se había creído. " 

Salió a la calle y echo a andar ha- 
cia su casa. . 
Al notar en el rostro y en todo el 
cuerpo el frío de la noche, fue como 
si de repente le desprendieran de los 
hombros una capa con la que se ha- 
bía estado abrigando durante mucho 
tiempo. 



JOAQUÍN EELDA. — SILVTNO CORDERO, VOTA 



103 



En rigor no podía decir que estaba 
borracho. No tenía esa pérdida del 
centro de gravedad que nos hace ir 
en zigzag por las aceras y nos constri- 
ñe a ofrendar nuestro saludo a todos 
los faroles del alumbrado público que 
nos encontramos al paso..., aunque no 
estén alumbrados; desde luego, mu- 
cho menos alumbrados que nosotros. 
Bermúdez caminaba derecho, ergui- 
do. Le invadía, sí, ese optimismo cris- 
talino que da el alcohol cuando en su 
correría por el interior de nuestro or- 
ganismo no ha pasado aún del estó- 
mago al intestino. 

La vida se le presentaba como un 
panorama riente en el que todo fue- 
ra armónico, lógico y puntual. ¿Dis- 
gustos? Los tomaba el que quería. 
Desde el momento en que todo lo de 
la vida se podía tomar a chufla, ha- 
blar de penas era como plantear cha- 
radas de una sola sílaba. 

La piedra filosofal estaba descubier- 
ta, y el descubrimiento se había he- 
cho en el fondo de un alambique o, 
mejor aún, de una bodega. Para la 
felicidad absoluta existía una garan- 
tía: la borrachera. ¿Por qué no en- 
tregarse a ella como quien se entrega 
al baile? 

Había niebla en la calle. De ello es- 
taba seguro Bermúdez; no era esa 
neblina que pone el alchol en los ojos 
y nos hace ver la realidad como en- 
vuelta en una gasa. No; era una nie- 
bla real, que se palpaba, que se masca- 
ba, que se metía en los huesos aun 
a través de la ropa. 

El señor Bermúdez, gracias a Dios 
no había leído a Edgard Poe; pero 
tenía el sentido de lo terrorífico mu- 
cho más desarrollado que el autor 
mas experto de obras grandguiñoles- 
cas. Y ese sentido le decía que la 
noche, la ocasión y el sitio, forma- 
ban un ambiente muy a propósito pa- 
ra que en él se desarrollasen las es- 
cenas fantásticas de los muñecos de 
la imaginación. 

Fué a doblar una esquina, acaso 
aquella misma en que, en noche me- 
morable, tropezó con Silvino Cordero 
cuando tuvo que ladearse para dejar 
paso a un hombre que, aunque no ca- 



minaba muy de prisa, por poco le atro- 
pella. 

Fijóse en él y dio un salto que le 
trasladó de golpe al centro del arro- 
yo. ¡Era Silvino! Pero no el auténti- 
co, no el que yacía bajo tierra, ¡na- 
turalmente!, sino el otro, el apócrifo, 
el falso votante, con la misma delga- 
dez del día de la elección, con el mis- 
mo tono húmedo de tumba en toda su 
figura. 

Era él, le vio bien; no se trataba 
de una alucinación alcohólica, 

Le vio y, sin saber por qué ni para 
qué, echó a andar tras él procurando 
que no le descubriese. 

El aparecido salió a la calle de To- 
ledo, cruzó la acera del mercado de la 
Cebada y, siguiendo por la Latina, lle- 
gó hasta Puerta Cerrada, entró por 
ella y fué subiendo hasta salir a la 
calle del Sacramento. 

Torció a la izquierda por la del Ro- 
llo y se perdió en aquel laberinto de 
callejas inverosímiles que van a dar 
—no se sabe cómo— en la de Segovia. 
Caminaba a la aventura, como hom- 
bre que no tiene prisa por llegar a 
ninguna parte. Era un divagar insen- 
sato por el barrio más misterioso y 
brujo de Madrid, donde hay casas que 
tienen cruces de madera en los teja- 
dos para indicar que por allí salió hu- 
yendo una noche el demonio, y en el 
que se ven pasadizos sombríos y calle- 
jones cerrados con gruesas verjas, 
como si en ellos anidasen almas en 
pena. 

A Bermúdez se le iba disipando po- 
co a poco la leve borrachera. Cada 
vez se confirmaba más en la impre- 
sión de sujeto fantástico y extraterre- 
no que el falso Silvino le produjo al 
verlo por primera vez el día de la 
elección. 

¿Qué significaba, si no, aquel pa- 
seo a aquella hora y por aquellos si- 
tios? Era una reproducción del itine- 
rario de El estudiante de Salamanca. 
Porque cruzada la calle de Segovia 
el socio y su perseguidor empezaron á 
perderse por el barrio de la Morería 
y si bien es verdad que no pasaron 
por la calle del Ataúd, porque en Ma- 
drid no la hay, no es menos cierto 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



104 

nue atravesaron la del Toro, que para 
Sido de noche y a oscuras es un nom- 
brecito que se las trae. 

1 Bermúdez le intrigaba cada vez 
más el paseo. ¿Qué se proponía aquel 
sujeto? ¿Iría buscando un cuarto des- 
alquilado para mudarse?... No era ve- 
rosímil. ¿Habría notado que le seguían 
y querría fatigar a su perseguidor dán- 
dole el bromazo de tenerlo andando 
toda la noche? Tampoco era probable, 
porque Bermúdez no le había visto 
volver la cabeza ni una sola vez 

Tras de la Morería vino el barrio del 
Viaducto, y luego el del Rosario. A las 
tres de la madrugada, los dos pasean- 
tes guardando siempre la misma dis- 
tancia uno de otro, se encontraban en 
a espalda del Hospital General des 
pues de haber recorrido entre nieblas 
todas las Rondas 

Bermúdez, dominado por el ten oí 
de lo misterioso y creyendo ya de bue- 
na fe oue caminaba tras un alma en 
nena iba temblando. 

• Cuál sería el final de la aventura? 
Tenía el alma deshecha y el cuerpo 
partido en cien pedazos' porque ade- 
más del miedo a lo ultratelurico, a lo 
demoníaco que rodeaba como un nim- 
bo aquel caminar desesperado entie 
ías bramas de una noche invernal era 
aue el digno señor Bermúdez, con tan- 
Sandir padecía terriblemente de los 
callos. 



En la calle del Doctor Fourquet, es- 
quina a Santa Isabel, ocurrió algo in- 
esperado. , ,WrmÁ«s 

El fantasma se paro en seco después 
de tres horas de caminata. Y la pa- 
rada fué tan repentina que ¡Bermú- 
dez— que por lo espeso de la niebla 
había acortado la distancia para no 
perder de vista al perseguido— no tu- 
vo tiempo de pararse también y casi 
se le echó encima. 

—¿Qué hay, amigo?— le dijo con to- 
da tranquilidad, y como para evitar 
que le tropezase. . 

Bermúdez recordó la voz del día ae 
la elección. Sí, era él, no cabía duda : 
aquel sonido a caña rota, que paiecia 



escapar por las rendijas de un ataúd. 
No supo qué contestar; pero com- 
prendió que tenía que decir algo. 

— ¡Hola! ¿Qué? ¿Se va dando un 

¡ p c hs ! . . . Tomando el fresco. ¿Y 

usted? , , 
Pues ya ve usted; lo mismo. 

— ¡Qué nieblecita más rica! 

— Calle usted, por Dios! La noche- 
cita está como para darle serenata a 

UI Claro que la conversación no podía 
seguir por aauel derrotero de banali- 
dades Bermúdez quería averiguar algo 
muv importante de aquel sujeto y di- 
fícilmente se le volvería a presentar 
mejor ocasión. 

Poco a poco, disipados con la proxi- 
midad los temores de antes se iba 
convenciendo de que aquel Paseante 
nocturno no era un alma en pena 
qufhubiera venido a darse una vuel- 

^Sf S"* quedaba acabó 
de disipársela esta frase del amigo. 

__; Tiene usted ahí un pitillo? 

Con su sencillez, fué la clave de 
todo Los muertos no fuman 

Di'óle el pitillo, y al acercarle servi- 
ría 1 una cerilla al rostro para aue lo 
encendiera? volvió a acordarse de los 
fueeos fatuos. En medio de la meoia, 
rfucecita del fósf oro parecía fc i de 
aquella esponja unpre «jada ^ ateo 
hnl oue sale siempre sobie la luniu* 
de Don Gonzalo en el último acto del 

r -Ha°ce frío así, parados. ¿Le pa- 
rece a usted oue andemos? 

—Por mí Pa luego es tarde. 

Lo peor era que. con la .marcha no 
se le avivaban las ideas a Beimu 
aez. No sabía cómo empezar el me- 

1Ó En realidad la cosa no era nada fá- 
cil porque siempre resulta un poco 
violento preguntarle a un señor, asi, 
a boca de jarro : 

—¿Usted es Fulano de Tal el que 
murió hace tres anos, o un primo 

SU p°ro siempre hay una providencia 
para los indecisos. En la parte alta 
de te calle de Santa Isabel, cerca ya 



JOAQUÍN EELDA. — SILVINO CORDERO, VOTA 



105 



del cine Doré, vio Bermúdez un ra- 
yito de luz que salía por la rendija 
de la puerta de un cafetín. 

— Hombre, vamos a entrar aquí. Le 
convido. 

— Y yo acepto. Precisamente siento 
unas cosquillas en el estómago que no 
sé si serán hambre o neurastenia. 

—Pues en la duda... 

Y entraron. 



En el local, contando al gato— un 
hermoso ejemplar blanco que dormía 
al pie del hornillo de los churros — , 
había tres personas, el dueño, el mozo 
y otro mozo, pero éste de cuerda, que 
echaba lentamente la ceniza del ci- 
garro en un vaso mediado de recuelo. 

De las tres, a Bermúdez le sobraban 
dos, y no le sobraban las tres porque 
necesitaba alguien que a él y al ami- 
go le sirviera las siguientes tonterías 
que acababa de pedir : 

— Dos vasos de té, pero que esté 
hirviendo... Y unas docenitas de bo- 
las, de esas que al meterse en la bo- 
ca parece que le han empastado a uno 
todas las muelas con asfalto. 

Eso de tomar el té en vaso es cosa 
que hace muy chulo. Sólo conocemos 
otra más chula: afeitarse el cogote 
con manteca de cerdo. 

El té de estos cafetines madrileños, 
si lo llevan a la China, se hace un 
lío : no tiene la menor idea del país. 
Es una bebida especial que tiene algo 
de caldo del cocido y mucho de aceite 
de almendras dulces ; no digamos que 
es un tósigo ; pero tampoco es una 
cosa para enloquecer. Algo tendrá de 
tonto y desabono cuando la gente 
popular, siempre que quiere decir a 
uno que ha defraudado sus esperan- 
zas, le dice : 

— i Pues sí que nos ha dado usted 
el té! 

A Bermúdez y al otro, con la hu- 
medad de la calle metida en el alma, 
el brebaje les pareció un tónico. 

Y el pagano creyó que la mejor 
manera de llevar la conversación al 
terreno que a él le convenía era po- 
nerse a hablar de política. 



— ¿Qué nos dice usted del ministe- 
rio que nos ha formado el cojo? 

— ¡ Bah ! A mí todo eso me es igual. 
— Dichoso usted. 

— Yo, desde que me he convencido 
que la vida es un capicúa, soy feliz. 
— ¿Un capicúa? 

— ¡ A ver ! Como que empieza lo mis- 
mo que acaba ; en el no ser. 

—En el no ser ¿qué? 

— En el no ser na. 

Se quedó un poco achicado ante la 
profundidad de la frase. Aquel tío era 
un sabio. 

— Pues dicen que es muy fácil que 
haya otra vez elecciones. 

— ¡Ojalá Dios! 

— ¿Le gustan a usted? 

— Más que el pan frito. 

— Pues a mí me revientan, porque 
como soy presidente de una mesa elec- 
toral... 

—Sí, ¿eh? 

— Y a mí me parece que usted vota 
en mi colegio. 

— Ya puede usted asegurarlo. 

— ¿Por qué? 

— Porque voto en todos los de Ma- 
drid... O por lo menos lo intento. 

— ¡Hombre! ¿Cómo es eso? 

— Muy sencillo. Yo tengo un amigo 
que está empleado en eso de los muer- 
tos en el Ayuntamiento. 

— ¿Qué es lo de los muertos? 

— Eso de llevar la lista de los que 
mueren y los que nacen... 

— ¡ Ah, sí ! Muy • divertido. 

— Bueno, pues ese amigo, que lo es 
de verdad, cuando se acerca la fecha 
de unas elecciones, me facilita una 
lista en la que consta el nombre y 
domicilio de uno de los fallecidos más 
recientes en cada colegio electoral. 

— ¿Por qué de los más recientes? 
— Hombre, con el objeto de que los 

interventores y demás ralea electoral 
no hayan tenido mucho tiempo para 
echarlos de menos. 

—Ya. 

— Lo demás se lo figurará usted. 

— Sí, claro. Pero el procedimiento 
¿no tiene sus quiebras? 

— ¡ Anda, ya lo creo ! En todos los 
sentidos de la palabra... Pero ¿qué 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



106 

oficio no las tiene? Son los senadores 
vitalicios v a lo mejor tienen ^que le- 
vantarse de la cama para votar. 

— Es verdad. 

—Me ocurre a veces que cuando yo 
llego ante la urna, ya otro suplente 
se ha adelantado y ha ocupado el 
lugar del muerto. Yo, entonces, ten- 
go que representar la comedia de la 
indignación electoral: «¡Esto es un 
escándalo! ¡Esto es un robo!...» Pero 
lo peor es cuando apenas entro en el 
colegio y tres o cuatro voces distintas 
empiezan a saludarme llamándome por 
mi nombre : « ¡ Hola, Balbino ! ¡ Adiós, 
Balbino! ¿Qué te trae por aquí?» 



— ¿Se llama usted Balbino, o ese es 
el nombre de otro cadáver? 

—Balbino Morera, para servir a us- 
ted. 

— Gracias. 

—Cuando eso ocurre, claro que no 
voto «He venido a dar una vuelta», 
les digo. Y efectivamente, doy media 
vuelta v me marcho a la calle. 

Bermúdez miraba a aquel hombre 
con cierta melancolía. El té le había 
puesto sentimental. 

— ¡Válgame Dios! ¿Por que hace 
usted 6S0? 

• _ ¡ Toma ! Por lo que se hacen casi 
todas las cosas en este mundo: por 
dos pesetas y un cigarro puro. 



EL SEÑOR MANZANARES 



ADVERTENCIA PRELIMINAR 

Lector querido: Los acontecimientos que 
van relatados a continuación ocurren en el 
año 1970. Tú y yo tenemos ya algunas 
canas. 



Alas cuatro de aquella madrugada 
de finales de febrero, el señor Isi- 
dro Manzanares apareció ya en el por- 
tal de su casa. No era de día, pero tam- 
poco era de noche; - el cielo, como la 
cabeza de una señora mal tenida, os- 
tentaba colores opuestos, según se mi- 
rase hacia Oriente o hacia Occidente. 
El señor Isidro vivía a la sazón en 
un cuarto interior de un edificio gran- 
de, situado a la mitad de la gran ave- 
nida de la Arganzuela, aquella sooei- 
bia arteria urbana, que después de 
cruzar la ronda de Toledo venia a 
morir en el paseo de las Acacias fren- 
te a los grandes docks de la Dakar- 
Magallanes-Madrid-Company. 

De los ciento veintidós cuartos que 
había en los treinta pisos del inmue- 
ble el amigo Manzanares ocupaba uno 
del piso 26. que por sus balcones do- 
minaba toda aquella parte de Madrid 



y una dilatada porción de los alrede- 

dores 

Manzanares miró al cielo, salió un 
momento a la calle, y procuro ente- 
rarse de la vitola que se traía la jor- 
nada naciente. Un airecillo suave le 
acarició el rostro, procedente de la 
parte de Levante. . . 

Isidro pareció sonreír a la caricia 

de — Hoy ri vamos a llenar la barca con 
co'ma- dijo casi en voz alta. 

Y c~mo si le hubiera entrado prisa 
por marchar en busca de f^ 6 } * e ; 
soro que el buen aspecto del cielo le 
prometía, miró a la entrada del edi- 
ficio con un leve gesto de impacien- 

C1 Tardaba en bajar el chico. Estos mu- 
chachos de ahora se distinguían por 
su Dereza i Querían parecerse a aque- 
nos P chavales de su tiempo, verdaderos 



JOAQUÍN EELDA. — EL SEÑOR MANZANARES 



107 



cohetes con blusa, que, cual si hubie- 
ran llegado tarde a la vida, sentían 
ansia por apurarla de un trago ! 

Por el hueco de la escalera apareció 
uno de los cinco ascensores que tenía 
la casa : dentro de él venía Manza- 
nares hijo. 

Era un mozalbete de unos dieciocho 
años, ancho, fornido y con ese color 
quemado-langosta del hombre que reci- 
be a diario la caricia del mar. 

— ¡ Vamos, Isidrín ! Nos va a salir 
el sol antes de que echemos la red. 

— Me he tenido que afeitar, padre. 
Pero es buena hora : llegamos en un 
salto. 

Echaron a andar por la hermosa 
avenida, sin cambiar palabra. La ciu- 
dad, por aquella parte más madru- 
gadora que en el casco viejo, empe- 
zaba paulatinamente a despertarse : 
a las puertas de las casas consignata- 
rias y de los despachos de los gran- 
des almacenes del puerto, unos hom- 
bres sacudían alfombras, amontonaban 
en el borde de las aceras pirámides 
de papeles rotes, lavaban los grandes 
cristales que daban luz a las oficinas... 
Todos esos actos primeros de la jor- 
nada, que son como los bostezos del 
madrugador. 

Los camiones del muelle de la Ar- 
ganzuela y de los grandes Docks de 
la ronda de Atocha, donde se descar- 
gaba y almacenaba el pescado y las 
verduras, subían ya en dirección de la 
plaza de la Cebada, haciendo el pri- 
mer viaje del día; al pasar iban de- 
jando una estela salobre de marisco, 
de legumbres crudas, un aroma hú- 
medo y picante de viandas demasiado 
frescas y que, por rara paradoja, pa- 
recen haber empezado a averiarse. 

Era un desfile de provisiones para 
rellenar la barriga de la gran bestia, 
del elefante hambriento de la ciudad 
que cada día tragaba con apetito mayor. 

El señor Isidro Manzanares no era 
un soñador, ni mucho menos; pero 
cada vez que— sobre todo a estas ho- 
ras pacíficas del amanecer — recorría 
a lo largo toda la avenida de la Ar- 
ganzueía, no podía menos de evocar 
lo oue era todo aquello cincuenta años 
antes. 



No era fácil reconocer el barrio, el 
viejo barrio chulo y verbenero, que 
olía a leña de tahona y al anís de las 
tascas en este distrito cosmopolita de 
sabor mundial en el que no había 
bar en que no se hablasen tres o cua- 
tro idiomas ni casa que tuviese me- 
nos de veinte pisos. 

Isidro había conocido, siendo un 
chavea diminuto, lo que podría lla- 
marse germen de todo aquello. Era 
en los primeros años del siglo, y la 
broma de la canalización del Manza- 
nares empezó a tomarse en serio y a 
convertirse en realidad ; hasta enton- 
ces no había sido más que eso : una 
broma ; los caricaturistas y los escri- 
tores de artículos humorísticos habla- 
ban de ello como de los pantalones a 
cuadros del célebre gobernante La 
Cierva o del apéndice nasal del que 
fué presidente del Consejo de Minis- 
tros señor Sánchez de Toca. 

Y un día el bromazo se trocó en cosa 
seria: desde el antiguo puente de To- 
ledo a lo que entonces era Matadero 
nuevo y ahora se hallaba convertido 
en oficinas de la Capitanía del puerto, 
una legión de trabajadores — ¡lo me- 
nos eran dos docenas ! — empezó a des- 
brozar las riberas del gracioso río, a 
someterlas a una alineación, a re- 
vestir de cemento hidráulico el viejo 
cauce, a dar aspecto de cosa ordena- 
da y aprovechable a lo que hasta en- 
tonces, según los escritores amigos de 
cultivar el lugar común, no había sido 
más que una micción no muy copiosa 
de un gato atacado de insuficiencia 
renal. 

El día que el primer barco de vela 
— una caja de sardinas con una espe- 
cie de pañuelo de las narices puesto 
en lo alto — -hizo la travesía de todo el 
río desde las inmediaciones de la Bom- 
billa hasta las cercanías del Abroñigal, 
Madrid creyó morir de alegría. 

Fué como el augurio cierto, como 
la prenda impignorable, de un fastuoso 
porvenir. Las brujas, al decir a Mac- 
bet : «Tú serás rey» — ¡ vaya un lío 
de citas ! — , no estuvieron tan acer- 
tadas como el profeta que en aquellos 
momentos hubiera augurado a la ca- 



108 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



pital de España : « ¡ Tú seras puerto 
de mar!» 

Ahora ya, al cabo de cincuenta años, 
viendo ei sueño trocado en realidad, 
la cosa no parecía haber revestido 
nunca grandes dificultades. Después 
de todo, el mar estaba allí, frente a 
las costas portuguesas, a doce horas de 
ferrocarril del teatro de Apolo, y des- 
de Lisboa al río Jarama el caudal am- 
plio del Tajo se encargaba de estable- 
cer una vía de agua, y como el Man- 
zanares vertía las suyas en el propio 
Jarama, quería decirse que desde el 
puente de los Franceses al Atlántico 
no se hallaba por la vía marítima 
solución alguna de continuidad. Con- 
vertir el paseo de las Acacias en un 
puerto del gran océano era sólo un 
problema de organización. 

Y se resolvió a maravilla. Hoy día, 
en la lista de los grandes puertos del 
mundo — Londres, Buenos Aires, Nue- 
va York, Liverpool, Marsella... — , era 
preciso incluir el de Madrid, y algunos 
de los que antaño fueron más sona- 
dos dentro de la Península habían 
sucumbido víctimas de una rivalidad 
imposible de sostener . con el gran es- 
tuario del Cerro de la Plata. 

La urbe, sobre todo aquella parte de 
los viejos distritos : Inclusa, Latina y 
Hospital, que lindaba con los muelles, 
había sufrido en pocos años una trans- 
formación radical. ¡ Quién conocería 
ahora la cuesta de los Cojcs, el ca- 
llejón del Mellizo, la calle de Carava- 
ca y las de Mira el Río! El campillo 
del Mundo Nuevo, atravesado por la 
gran avenida de la Arganzuela, casi 
había desaparecido, y ya no era más 
que un ensanche, cerno una plazoleta 
que abría de repente en el primer ter- 
cio de la majestuosa vía. 

Porque la antigua calle de la Ar- 
ganzuela era ahora un bulevar de 
cuarenta metros de anchura, bordea- 
do de rascacielos y que, arrancando 
de la calle de Toledo, iba a finar en 
los muelles mismos del río, después 
de atravesar la ronda, la antigua lí- 
nea de circunvalación — que no era 
más que una especie de vía muerta 
en medio de la verdadera madeja de 
rieles que cruzaba los muelles por do- 



quier—y los paseos de las Acacias y 
ae las Yeserías. 

Los demás rincones del barrio ha- 
bían sufrido una transformación no 
menos radical. Los barridos y cronis- 
tas populares, los admiradores del Ma- 
drid viejo y castizo, habían ido de- 
rramando en aquellos años verdade- 
ros diluvios de lágrimas ante la des- 
aparición de las calles del Tribulete y 
Provisiones, ante la muerte de aque- 
lla pendiente de la calle del Amparo, 
tan parecida a la subida del Gólgota, 
ante el derribo de la Fábrica de Ta- 
bacos y de la Escuela de Veterinaria, 
y ante la tala de parte de la dehesa 
de la Arganzuela para elevar en el 
terreno los grandes docks del puerto. 

Hubo escritor madrileñista que el 
día en que desapareció la prehistórica 
y prestigiosa calle de la Huerta del 
Bayo sufrió un síncope que le tuvo 
doce horas privado del uso de la ra- 
zón. ¡El progreso tiene a veces exi- 
gencias crueles, y no va a detenerse 
la marcha de los siglos porque a un 
literato le acometa de repente el his- 
térico ! 

Ya al final de la avenida, Manzana- 
res y su hijo torcían a la izquierda y 
por un sendero estrechísimo que en 
pleno puerto bordeaba la espalda de 
los almacenes iba a salir a la punta 
del muelle de pescadores. 

Había que caminar para ello su bue- 
na media hora: en lo que antaño fué 
barrio de la China y paseo del Molino 
venía a terminar lo que podría llamar- 
se muelle comercial, y una rada más 
amplia, pero también más destartala- 
da, albergaba en sus ondas más de 
mil embarcaciones menores. Eran lan- 
chas, gasolineras, botes a la vela y 
unes barquillos alargados en forma de 
oiraguas en los que los intrépidos ma- 
rinos de la Argúmosa y Lavapiés se 
arriesgaban las noches de otoño hasta 
rala vera de la Reina y Puente del 
Arzobispo, río abajo, en busca del sa- 
broso atún toledano, que algunos afir- 
man proceder por filtración de las 
lagunas de Ruidera. 

Manzanares, desde el principio, ha- 
bía dedicado su actividad a la pesca 
de la sardina; no era tan lucrativa. 



JOAQUÍN BELDA. — EL SEÑOR MANZANARES 



106 



pero, en cambio, resultaba más cómo- 
da, ya que bastaba con alejarse no 
más que hasta Vaciamadrid para dar 
con varios bancos. Y, ¡ claro ! , con tan- 
to banco la faena resultaba muy des- 
cansada. 

En el verdadero laberinto de em- 
barcaciones que poblaban el puerto, 
Isidro distinguía desde muy lejos la 
suya : era un bote pintado de azu 1 
con un solo palo, para izar en él le 
vela los días que soplaba el Guada- 
rrama. En las jornadas de calma at- 
mosférica el gran lienzo blanco ser- 
vía al padre y al hijo para envolverse 
en él a modo de clámide y librarse así 
de les bocados de las sardinas, que 
como en Vaciamadrid se producían tan 
frescas, llegaban aún vivas al seno de 
la embarcación. 

Pasando de una en otra a grandes 
saltos, padre e hijo llegaban a la suya 
que estaba algo alejada del pretil del 
muelle. Iba haciéndose de día poco a 
poco y no convenía perder el tiempo. 
pues ya es sabido que la sardina es 
de suvo madrugadora. 

— ¡ Eh, señor Isidro ! ¡ Isidrín ! Sa- 
luden ustedes. ¡ caramba ! Que pobres 
y rices los habrá siempre. 

Era la Filo, la hija del señor Mel- 
quíades, el inspector de uno de los 
mercados de la pesca. Se trataba de 
una rapaza de catorce años muy mo- 
rena, casi negra, con ese color que da 
el aire marino al que lo recibe a dia- 
rio. Estaba tendida en el fondo de 
una de las barcas vecinas a la del se- 
ñor Manzanares, y para hablarles, in- 
corporóse algo, asomando por la bor- 
da solamente la cabeza despeinada de 
Medusa playera. 

— Adiós, buena pieza. ¿Despiertas 
ahora? — la dijo Manzanares, mientras 
empezaba a trajinar en su barca. 

— Me han despertado ustedes, que 
si no, hasta que el sol no hubiera es- 
tao muy en lo alto no abro yo el 
ojo. 

Era una bohemia incorregible, un 
producto neto de la playa y del mue- 
lle, como aquellos hierbajos viscosos 
que el agua hacía crecer en las ori- 
llas. En rebeldía perpetua con su pa- 
dre, un hombre cachazudo que había 



acabado por abandonarla a sus anto- 
jos, pasaba semanas enteras fuera de 
su casa, durmiendo en el fondo de las 
barcas abandonadas o al abrigo de las 
mercancías, comiendo en los bodego- 
nes del puerto o con los marineros de 
los faluchos que venían a cargar la 
arena finísima del río para llevarla 
a los puertos del Norte, viviendo al 
aire y casi del aire. En sus pocos 
años era una brava fierecilla para de- 
fender su virtud de las asechanzas de 
grumetes y cargadores : se contaban 
por docenas los atrevidos a quienes 
la Filo, simulando acceder a sus de- 
seos, había conducido de noche al 
borde mismo de los muelles, zambu- 
lléndolos de golpe en el agua para 
que el frío de ésta apagase el ardor 
de sus apetitos. 

— ¿Salen ustés ahora? 

— Dentro de diez minutos — replicó 
el señor Isidro, mientras armaba los 
remos y extendía el montón de la red 
por todo el suelo de la barca. 

— ¿Quieren que les acompañe? 

Isidrín la miró con ese leve desdén 
con que se mira al hombrecillo insig- 
nificante que aspira a realiaar una 
emoresa superior a sus fuerzas. El pa- 
dre ni siquiera se dignó contestar. 

Y entonces ella, sin duda por aque- 
llo de oue el oue calla otorga, se le- 
vantó de su improvisado lecho y en 
dos saltos nada más atravesó las cua- 
tro embarcaciones que había entre la 
suya y la de los Manzanares, en la 
que vino a caer de golpe, como des- 
prendida de un globo. 

Ei viejo pescador hizo un gesto de 
contrariedad: su primer impulso fué 
arrojar de la barca a aquella intrusa 
enredadora, pero se contuvo, y cam- 
biando de repente de idea, le dijo : 

— Bueno, quédate: vendrás con nos- 
otros. Pero para ayudarnos, ¿eh? Aquí 
los holgazanes no sirven más que de 
estorbo. 

La Filo sintió lastimado su amor 
propio. 

— i^nda! Pues ¿qué se ha creído 
usted? Claro que para trabajar. Lo 
"iue es nara no hacer nada me que- 
daría allí en mi barca tumbada a la 
bartola. 



LIO 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



Isidrín le dijo, entre risas burlonas : 
— Hoy, con tu ayuda, vamos a llegar 
a los cien kilos. 

— Si te crees que no sirvo, te diré 
que te equivocas. Pregúntale a los Su- 
rianos de Carabanchel de Abajo : el 
lunes de la semana pasada salí con 
ellos a calamares... y, ¡bueno!, que 
te digan ellos mismos. Venían dicien- 
do que en su vida habían cogido tan- 
tos. 

— ¡Gracias a ti! 

— ¡Tú verás! Y no es por lo que 
yo ayude : no soy tan tonta para creer- 
me eso. Es que, según dice la seña 
Mariana, la torrera de Perales, tengo 
buena estrella..., como si hubiese na- 
cido en Viernes Santo. 

— Sí, por la tarde. 
La barca había empezado a mover- 
se. Manzanares iba apartándola de 
las demás, apoyándose en ellas con 
las manos ; pretender hacer uso de 
los remos en aquel dédalo de embar- 
caciones hubiera sido inútil. 

Por fin encontró el agua libre. Isi- 
dro empuñó uno de los remos e invitó 
a la Filo a que se encargase del otro ; 
Isidrín llevaría el timón, pues allí nadie 
había de estar ocioso. En la vela no 
había que pensar, pues la calma del 
aire era tan absoluta que casi costa- 
ba trabajo respirar. 

La barca enfiló la canal central del 
río; al separarse de sus compañeras, 
que la oprimían los costados, se vio 
en uno de ellos, escrito por la parte 
de la popa con grandes letras blan- 
cas, el nombre de la nave. Era un 
nombre sintético, que lo decía todo 
con cuatro rasgos : la frágil barquilla 
en la que el señor Manzanares y su 
hijo se lanzaban casi a diario a la 
busca y captura de la sardina con la 
misma intrepidez con que Colón salió 
de Palos en busca de lo desconocido, 
se llpmaba modestamente La Nautilus 
Coruñesa. 

Peleaba ya el sol por abatir los úl- 
timos celajes que se oponían a su apa- 
rición sobre la tierra, cuando la Nau- 
tilus abandonó el puerto madrileño. 
Con la luz del día iba apareciendo 
poco a poco en el horizonte el con- 
glomerado gigantesco de la ciudad, 



que en sus líneas generales no había 
variado mucho de lo que era medio 
siglo antes. Sólo aquel bosque de más- 
tiles y chimeneas que cubrían toda la 
parte baja visible desde el río, aquel 
perpetuo olor a brea que tanto que- 
ría decir y que tantas cosas evocaba, 
eran la clave de la transmutación ur- 
bana. 

Pero, como antaño, seguía siendo 
la chimenea más alta de todas, la 
más gigantesca, aquella torre de la 
iglesia de Santa Cruz, colosal remate 
de un buque de fantasmas, que por 
un raro capricho hubiese echado el 
ancla allá en el centro de la ciudad. 

— No le falta más que echar humo 
— decía la Filo, señalando al monu- 
mento de ladrillo rojo, que era lo pri- 
mero que salía todas las mañanas de 
entre las nieblas que había acumula- 
do la noche. 
— ¡Ya lo echará! 

Esto lo afirmaba, entre serio e iró- 
nico, el amigo Manzanares; además 
de pescador de sardinas era algo vol- 
teriano, y aludía con aquella afirma- 
ción al momento en que el pueblo que- 
mase todas las iglesias y conventos de 
Madrid. 

La Nautilus, fuera ya del puerto, 
se cruzó con un gran barco de forma 
rara, achatado, de un solo palo y con 
la chimenea colocada tan a la popa, 
que parecía haber caído allí como ti- 
rada al desgaire desde el cielo. Era un 
barco aljibe de la Dakar-Magalla- 
nes & Compañía, y que traía un car- 
gamento de aguardiente, embarcado 
en aguas del Tajo, en Aranjuez, y 
procedente de las grandes destilerías 
de Chinchón. 

El antiestético barco iba dejando 
tras sí un olorcillo picante a taberna 
bien provista. ¡El mismo olor que se 
percibía antaño por las noches en los 
viejos barrios ahora lindantes con el 
puerto ! Aquel olorcillo excitante, a 
esta hora fresca de la mañana, tenía 
un encanto singular. 

— ¡ Qué ocasión para tomar media 
copa! — dijo la Filo, olfateando como 
una perrita caprichosa. 
El padre y el hijo la miraron con 



JOAQUÍN BELDA. — EL SEÑOR MANZANARES 



11] 






cierto desdén. ¡En lo que pensaba 
ahora aquella mocosa ! 

Y el barco-aljibe, tripulado por una 
docena escasa de hombres, surcaba el 
río a esta primera hora de la maña- 
na, como un símbolo de la transfor- 
mación radical de la urbe. Parecía 
como si el veneno delicioso que lleva- 
ba en sus entrañas fuera rezumando 
por el casco y dejando una estela de 
grasa en la claridad virtuosa del agua. 

La Filo, que no era una abstenía 
precisamente, miraba alejarse el bar- 
co con cierta melancolía. 



Al anochecer. Manzanares y sus dos 
grumetes volvieron al embarcadero 
empujados por una suave brisa que 
hinchaba levemente la vela de la na- 
vecilla. 

No volvían los tres solos : a bordo les 
acompañaban unos quinientos seres 
más, que eran otras tantas sardinas 
de arribos sexos amontonadas en el 
sollado de la barca. 

No había sido malo el día. La ra- 
paza se lo decía al señor Isidro mien- 
tras le ayudaba a meter la pesca en 
unos grandes cestos para trasladarla 
a tierra. 

— Y ahora, ¿cree usted en mi bue- 
na suerte? 

— Nos ha ayudado el día, el viento 
y hasta las mismas sardinas, que pa- 
rece que hoy se aburrían en el fondo 
del agua, y se han dejado coger como 
tontas. 

—Sí, sí... Ríase usted de eso. Mi es- 
trella y nada más que mi estrella. 

Manzanares, de todcs modos, quiso 
pagar la ayuda de la muchacha. Tomó 
una docena de pescados — eligiéndolos 
instintivamente entre los más febles 
y anémicos — y los entregó a la chica. 

— Ahí tienes, para que se los lleves 
a tu padre. Me consta que se muere 
por las sardinas asadas. 

— ¡ Ya lo creo ! Le gustan a cegar. 
— Pues llévaselas. ¡El pobre viejo 

tiene derecho a gozar de las delicias 
de la vida ! 

— ¡ Que se cree usted eso ! 

Esto último no lo dijo la mucha- 



cha; limitóse a pensarlo. Era una fra- 
=;e de sabor arcaico que en los prime- 
ros años del siglo estuvo muy en boga 
en la corte y que resucitaba ahora al 
cabo de los años, como resucitan las 
modas en los vestidos y en el decora- 
do de las habitaciones. 

Y al pensar eso la Filo, se refería al 
uso a que pensaba destinar aquellos 
pescados. Su padre que comiera chu- 
letas: aquellas sardinas se las come- 
rían ella y el Arenque aquella misma 
ncche, asadas a la brasa en cualquier 
rincón del puerto. 

El Arenque era un pollo de la mis- 
ma contextura física y moral que la 
chiquilla ; uno de esos productos del 
cambio radical de la ciudad, que en 
otros tiempos hubiera resultado inve- 
rosímil. Tenía cara de pez y ese aire 
húmedo y salitroso de la gente que 
vive en los puertos de mar y que 
llega a tener cuerpo de calabrote. 

El y ella eran novios, en el sentido 
más puro y elevado de la palabra; nun- 
ca se lo habían dicho, acaso ni lo ha- 
bían pensado un solo momento nin- 
guno de los dos: pero no hacía falta. 
Eran novios como lo son los gorrio- 
nes... y las gorrionas : por la fuerza 
de la costumbre, o como, según el 
poeta, lo era aquel pino del Norte de 
aquella palmera del Mediodía. Y cuan- 
do la palmera — decimos nosotros, que 
cambien somos poetas — daba su cose- 
cha de dátiles, era cerno si de sus 
amores con el pino hubieran nacido 
unos hijos. 

¿Eh? ¿Qué tal? 

Manzanares, padre e hijo, se reti- 
raban a su casa después de haber en- 
tregado la pesca en uno de los al- 
macenes del puerto, en cambio de un 
.•egular puñado de pesetas. En la no- 
che de hoy, la Filo, queriendo servir- 
les hasta el final de la jornada, se 
había agregado a ellos : llevaba a 
cuestas un gran trozo de la red, que 
Manzanares se traía a casa para arre- 
glarle unos orificios. 

Marchaban los tres en fila y sin 
decir palabra, un poco fatigados de 
la tarea del día, sorteando montones 
de mercancías, deslizándose por en-, 
tre dos camiones, cruzando de prisa 



112 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



los rieles de una vía por la que avan- 
saba un tren cargado de mercancías. 

De pronto, al llegar al portillo de 
paso que se abría en la empalizada 
de una de las vías, la chica empezó 
a silbar con toda la fuerza de sus 
pulmones, que no era poca. Al prin- 
cipio, el padre y el hijo creyeron que 
la pequeña cantaba alguno de esos 
aires marinos que, nacidos en un ca- 
fetucho de los muelles de Genova o 
ie las dársenas de Buenos Aires, dan 
luego la vuelta al mundo, llevados de 
puerto en puerto en los labios de los 
marineros ; pero no tardó en chocarles 
a absoluta falta de ritmo de aquellos 
silbidos que, más que cantar, parecían 
ana llamada o una contraseña. 

— ¿Qué haces? — preguntóla el viejo, 
/olviéndose, algo escamado. 

Ella no contestó v siguió pitando 
con la vista fija en un punto del hori- 
íonte, al otro lado de la empalizada. 

El señor Isidro recordó ciertos su- 
cesos desarrollados en aquel mismo 
/astísimo escenario y alguno de ellos 
?n fecha reciente. Con el puerto, con 
d río navegable, no habían sido sólo 
riquezas y movimiento comercial lo 
3ue había llegado a Madrid; vinieron 
:ambién costumbres exóticas, nuevos 
procedimientos criminales, puñaladas 
7 tiros, dados en la sombra, sin que 
se sospechase jamás de dónde salían ; 
atracos misteriosos, ejecutados sin 
;uido, al abrigo de un montón de sa- 
cos de judías; cuerpos que caían al 
mar, previamente despojados de cuan- 
do objeto de valor llevaban encima..., 
ün excluir el tabaco y las cerillas. 

El clásico crimen de los barrios ba- 
jos madrileños obedecía a un mismo 
cliché, y tenía un patrón conocido : 
m novio y una novia que se querían 
mucho se refugiaban una buena no- 
che en un hostal de amor, al parecer 
con el propósito de dedicarse a cum- 
plir lo más ampliamente posible el 
precepto divino, y, a la mañana si- 
guiente, cuando la dueña de la casa 
entraba en la habitación con ánimos 
de servirles el desayuno, se encontra- 
ba dos cadáveres bañados en sangre 
y un cuchillo de cocina clavado en el 
suelo entre los dos. 



Ahora los crímenes se habían mo- 
dernizado. Isidro Manzanares, escu- 
chando los silbidos — verdaderas pita- 
das de locomotora— de la Filo, en las 
sombras nocturnas del puerto, recor- 
daba la muerte de aquel fogonero de 
uno de los grandes transatlánticos de 
la Compañía Anglo-Matritense, que 
un año antes había aparecido muer- 
to al pie de uno de los barracones de 
la Aduana con un bastón de estoque 
clavado hasta el puño en el vientre ; 
o aquel otro capataz de cargadores, 
al que — de esto apenas hacía un se- 
mestre — habían echado al cuello un 
lazo invisible y le habían arrastrado 
así hasta la orilla del agua. 

Eran los asesinatos del mar, con el 
agua como principal encubridor, que 
no sólo se encargaba de ocultar los 
cadáveres, sino de llevárselos con la 
corriente del río lejos,, muy lejos. Y 
al buen Manzanares no le hubiera he- 
cho gracia caer ahora en una celada 
preparada por la Filo con ánimo de 
despojarle del importe de las sardi- 
nas. 

— ¿No puedes callar, condenada? 

La Filo parecía no enterarse, y cuan- 
do ya los dos hombres se habían acer- 
cado a ella, con ánimo sin duda de 
imponerla silencio por la fuerza, se 
oyó al otro lado de la ría un silbido 
igual a los que venía dando la rapa- 
za, un silbido que indudablemente era 
una contestación, y que, en su identi- 
dad absoluta, parecía el eco de los 
anteriores. 

Isidro, abandonando a la mucha- 
cha, se volvió como una fiera hacia 
el lado de donde procedía la contra- 
seña; se echó mano a los ríñones 
y sacó al aire una pistola automática 
no mayor que un panecillo de los que 
se fabricaban en las tahonas regula- 
doras del Ayuntamiento. 

Filo, al ver que Manzanares apun- 
taba al aire, se puso ante él, gritán- 
dole: 

—Pero ¿qué va usted hacer? Si es el 
Arenque... 

Pero el señor Isidro estaba decidido 
a disparar, como si, en vez de un 
arenque, hubiera sido un tiburón lo 
que se le venía encima. 



JOAQUÍN BELDA. — EL SEÑOR MANZANARES 



113 



Porque se le venía, era indudable. 
Un bulto, pasando por la opuesta 
abertura de la empalizada, cruzaba 
ya corriendo la vía en dirección al 
grupo. Se trataba efectivamente del 
Arenque. Manzanares sólo consintió 
en bajar el cañón de su pistola cuando 
pudo ya distinguir al menudo píllete 
que venía solo y con las manos va- 
cías. 

— ¿Por qué corres así?... ¿Qué te 
pasa? 

El joven se quedó un poco corrido 
al ver al viejo pescador; esperaba, 
sin duda, encontrar sola a su novia. 
Pero bien pronto recobró su habitual 
tranquilidad. 

— Pues vengo porque ésta me ha 
llamado. ¿No la ha oído usted pitar, 
señor Isidro? 

Y sin decir más, quitó a la Filo la 
red que llevaba al nombro y echó a 
andar en dirección a Madrid. El era. 
muy fino, y no podía tolerar que una 
mujer fuera cargada en su presen- 
cia. 

Reanudaron la marcha los cuatro. 
Isidro procuró que el recién llegado 
caminase delante de todos, mientras 
él, por si acaso, metió la mano con la 
pistola dentro de uno de los bolsillos 
del chaquetón. Y no la movió de allí 
hasta que llegaron a la avenida de la 
Arganzuela. 



Los días en que no pescaba, el se- 
ñor Isidro Manzanares solía pasar las 
tardes en el café de Magallanes, un 
soberbio local de tres fachadas, esta- 
blecido en una de las esauinas de la 
avenida. Lleno de vidrieras gigantes- 
cas por todos sus lados, el café era 
como un gran escaparate colmado 
siempre de aire y* de luz; el mostra- 
dor, colocado al fondo en lo alto de 
una tarima, parecía como el puente 
de gobierno de aquella nave que mar- 
chase proa adelante en medio del es- 
pacio. 

Isidro presidía allí una tertulia de 
capataces, empleados en la Aduana, 
pescadores y gente de los almacenes 
y Docks que venían a reposar sus fa- 
tigas en los blandos divanes del café; 



tenían hipotecada una mesa al lado 
de uno de los ventanales que daban 
a la calle, y allí, durante cuatro horas 
de la tarde, mientras bebían ron, café 
y otras entelequias parecidas, reían, 
alborotaban, hablaban de lo divino y 
humano, aunque, con preferencia, de 
las tretas y peripecias del oficio. 

El local, a aquella hora, estaba siem- 
pre lleno de gente, un público chillón 
y bullicioso que parecía flotar en una 
nube del humazo de las grandes pi- 
pas y de los cigarros argelinos. 

Entre los más asiduos tertulianos 
fieuraba un hombre alto, rubio, for- 
nido, con el rostro como tostado al 
fuego y unos ojos muy azules, de un 
mirar tan dulce, que parecían pinta- 
dos. Le llamaban el Francés, y su 
historia no dejaba de ser interesante : 
nacido treinta años antes en la pro- 
pia calle de la Encomienda — no se 
sabía a punto fijo cómo ni de quién — , 
muy pequeño aún, se alistó como gru- 
mete en uno de los transportes de la 
Dakar-Magallanes Compañía, y en él 
había recorrido varias veces el mun- 
do, hasta que un día, por haber abo- 
feteado a un contramaestre, fuá ex- 
pulsado del barco en alta mar v tuvo 
que volverse a Madrid a nado desde 
las proximidades del Cabo de Hornos. 
Del remojón tardó tres semanas en 
secarse, y, al cabo de ellas, como era 
preciso ganar la vida, salió un día de 
su casa, que era el quicio de la puerta 
de un almacén, armado con una caja 
de limpiabotas en cuyo seno habla 
todo lo necesario para convertir un 
calzado viejo y poblado de cascarrias 
en un par de espejos de tres lunas. 
Mal o bien, el Frailees iba cernien- 
do: poco, pero comiendo al fin y al 
cabo. Todas las mañanas, a la hora 
en que en el hall central del gran 
mercado de la pesca se vaciaban las 
grandes cestas del marisco, húmedo 
aún del agua del estuario, el limpia- 
botas compraba su peseta de gambas, 
de percebes, de quisquillas o de cual- 
quier otro producto de las rocas ma- 
rinas y con ello tenía alimento más 
que sobrado para toda la jornada. 

Pero... no sólo de marisco vive el 
hombre. Así debió pensarlo el ex gru- 



114 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



mete, porque un día, al cabo de cinco 
años, se le vio arrojar al río la caja 
de betún con todo lo que guardaba 
dentro y comprar una magnífica bar- 
ca de pesca que hacía poco había sa- 
lido de los astilleros de la Pradera del 
Corregidor. De dónde sacó el Francés 
el dinero para la adquisición de tama- 
ña joya, fué cosa que no se supo nun- 
ca ; las malas lenguas decían que del 
bolsillo de un comisionista catalán 
que apareció mal herido una mañana 
en un rincón de los muelles ; pero 
los más piadosos aseguraban oue aquel 
dinero era el fruto de un ahorro de 
cinco años de trabajo y de una ali- 
mentación que, por su clase, parecía 
suministrada en la punta de un an- 
zuelo. 

Lo cierto fué que nuestro hombre, 
al hacerse pescador, debutó como pa- 
trón de barca. Algunos días estuvo in- 
deciso entre la clase de pesca a que 
había de dedicarse. ¿La del atún? ¿La 
merluza? ¿Él salmonete de Aranjuez? 
¿La anguila del mismo punto, que 
alguien afirmaba no ser más que 
espárragos del agua con idéntico sa- 
bor a los de tierra? 

La pesca del atún tenía la ventaja 
de que, cuando se daba bien, rellena- 
ba los bolsillos del patrón en poco 
tiempo: pero a cambio de ello ofre- 
cía el inconveniente de que la mayor 
parte de los días del año para ver un 
atún había que apartarse mucho del 
río, llegar al corazón del viejo Ma- 
drid y situarse, por ejemplo, a la puer- 
ta del Ateneo, pongamos por punto 
estratégico. 

¡ La pesca de la merluza ! . . . ¡Se 
prestaba a tantos chistes, a tanto jue- 
go de palabras la cesa... ! Ya que desde 
los tiempos de don Ramón de la Cruz, 
en Madrid y en algún otro sitio, se 
llamaba merluzas a las borracheras, 
sin que nadie supiera por qué de un 
modo exacto. El Francés, por seguir 
la corriente, desistió de pescar la mer- 
luza, siguiendo aguas abajo las del 
río, y se dedicaba a pescarlas casi a 
diario en las mesas del café de Ma- 
gallanes. 

El salmonete y la anguila no eran 
bichos de la predilección anímica del 



flamante patrón : el primero le pare- • 
cía demasiado rojo y la segunda de- 
masiado larga. Y entonces, por aque- 
llo de que todo hombre tiene marca- 
do su destino acá en el suelo, el Fran- 
cés se dedicó de lleno a la pesca del 
calamar. Otras razones aparte, hubo 
una que le convenció plenamente : 
sus manos, negras para siempre por 
efecto de cinco anos de betún, no te- 
nían por qué temer la tinta de los 
calamares, que acaso bien aprovecha- 
da pudiese servir para limpiar el cal- 
zado. 

. No tardó mucho en ser nuestro hé- 
roe el amo en eso de la pesca y ven- 
ta del notable bicho : con una tripu- 
lación de cinco sujetos de nacionali- 
dad distinta— uno de ellos aseguraba 
seriamente haber nacido en la pro- 
vincia de Cáceres — ■ se lanzaba agua 
adentro con toda la intrepidez de 
sus años de grumete, y muy mal ha- 
bían de venir las cosas para que él 
no regresara a tierra con la barca 
llena y a punto de zozobrar. Un día 
zozobró, en efecto : tan pletórica de 
carga iba. Pero el Francés era hom- 
bre de grandes recursos : se arrojó al 
mar con todos los suyos, y a puñados, 
como quien coge trigo de un grane- 
ro bien repleto, tornó a cargar la bar- 
ca con colmo, volviendo los seis tri- 
pulantes a tierra por entre las aguas 
para no ocupar sitio dentro de la em- 
barcación, a la que iban empujando 
suavemente, como mozos de estación 
que condujesen por la vía un vagón 
del ferrocarril. 



El Francés llegaba por las tardes a 
su tertulia del café de Magallanes, e 
invariablemente, cerno quien pronun- 
cia la fórmula de un rito, decía : 

— Bon soir, mesieures y la compa- 
ñía. 

Así venía haciéndolo desde tiempo 
inmemorial, y el camarero del turne 
afirmaba seriamente que alguna tar- 
de que al llegar el Francés a la mesa 
de la tertulia la econtraba comple- 
tamente desocupada, pronunciaba tam- 
bién la frase : 



JOAQUÍN BELDA. — EL SEÑOR MANZANARES 



115 



— Bon soir, mesieures y la compa- 
ñía—dirigida a un ente imaginario en 
el espacio. 

Por lo visto, se trataba de un voto. 
Tal vez por esa frase, repetida en 
tantos años, hubiera merecido el hom- 
bre aquel mete galaico con que ahora 
le conocía todo el mundo. 

Al llegar en la tarde de hoy — una 
de las últimas de marzo — y lanzar su 
frase sacramental, un señor, que era 
aquélla la segunda vez que asistía a 
la tertulia, hubo de contestarle en un 
correctísimo francés. Después se le 
quedó mirando un rato, y como satis- 
fecho del análisis y al ver que todos 
le llamaban Francés, empezó a ha- 
blarle en el idioma de Racine— ¿por 
qué ha de ser siempre de Moliere? — 
con toda naturalidad. 

El antiguo grumete se quedó un po- 
co asombrado ; los demás de la tertu- 
lia habían empezado a reírse, y él, 
sin duda para evitar que la cosa pa- 
sara a mayores, se apresuró a acla- 
rar. 

— Le advierto que yo no soy fran- 
cés más que de afición. Me llaman 
así por no llamarme por mi nombre, 
que es bastante feo. 

— Pues ¿cómo se llama usted? — pre- 
guntó el otro en un castellano cha- 
purrado. 

— Eutiquio. 

— Pues eso no es español. 

Aquel señor era un viajante de una 
fábrica de corchos franceses, que ve- 
nía de París a embarcar en Madrid 
para Buenos Aires. Había caído en 
la tertulia conducido por un emplea- 
do, de la casa consignataria del vapor 
en que había de hacer el viaje. 

El pescador de calamares ocupó su 
sitio de todas las tardes ; pero esta- 
ba intranquilo, inquieto, preocupado 
por la presencia de aquel intruso, que 
parecía mirarle de cuando en cuando 
con ojo analítico y fiscalizador. 

Aquel día traía la Prensa un noti- 
ción espeluznante : un nuevo crimen 
cometido la noche anterior en uno 
de los diques que había allá por la 
parte de la antigua estación de las 
Delicias. 



Ahora la víctima había sido una 
mujer, a la que los trabajadores de 
los astilleros habían encontrado al 
acudir al trabajo a primera hora, me- 
tida en un saco y con la cabeza fue- 
ra. En la parte exterior del envolto- 
rio, los asesinos, con humorismo ma- 
cabro, habían pegado una etiqueta, 
en la que con caracteres muy gran- 
des decía: «frágil.» 

Como siempre que la víctima de un 
crimen pertenece al sexo femenino, 
los señores periodistas parecían ha- 
berse puesto de acuerdo para afir- 
mar que la muerta era una mujer de 
singular hermosura. Como si los ase- 
sinos tuvieran preferencia por las mu- 
jeres hermosas y las feas tuvieran ga- 
rantizada la vida sólo por serlo. 

Claro que, desgraciadamente, la rea- 
lidad suele ser todo lo contrario : en 
la inmensa mayoría de les asesinatos, 
al horror del hecho mismo, hay que 
agregar el horror encarnizado de la 
víctima ; tanto, que si no se conocie- 
ran otros móviles era cesa de presu- 
mir que a casi todas ellas las habían 
matado por feas. 

La de ahora lo era de modo defi- 
nito; el Francés, al ver el retrato de 
ella en uno de los periódicos, dio un 
salto en el diván, se puso pajizo, más 
que pálido, y le pareció que el ojo 
avizor del francés auténtico le escu- 
driñaba ahora con más profundidad 
que antes. 

¡Era ella!... Sí; indudablemente, 
era ella. ¡ Muerta ! 

Pues no dejaba de ser una compli- 
cación. Había que averiguar, había que 
aclarar muchas cosas, ccmpletar deta- 
lles ; los periódicos apenas referían 
más que el hecho escueto, y ¡ variaban 
tanto las cosas de ser un crimen vulgar 
a ser lo que él se figuraba ! 

Buscó un pretexto para marcharse, 
aunque no era su hora, ni mucho me- 
nos ; apuró de un trago el vaso de ron 
y salió a la calle, entre la extrañeza 
de Manzanares y de los demás. 

Al volverse ya en la puerta para de- 
jar paso a un parroquiano, vio que la 
mirada escrutadora del comisionista 
francés se recreaba en él con la sa- 



116 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



tisf acción del que tras de un trabajo 
hondo ha averiguado más de lo que 
se proponía. 



El Francés, ya en el muelle, dudó un 
instante hacia dónde se encaminaría. 

Ir a la oficina de Policía del puerto, 
aunque era lo más sencillo y también 
lo más breve, era exponerse a salir de 
allí atado codo con cedo. Porque, aun- 
que él se tenía por relativamente ino- 
cente, las cosas podían complicarse de 
tal modo, que no le fuese fácil probar 
su inocencia. 

No quería marchar al deoósito de ca- 
dáveres, que estaba también sobre el 
puerto en un cerro que se alzaba por 
la parte del antiguo cementerio de 
San Isidro, porque no era partidario de 
sufrir emociones desagradables a la 
hora sagrada de la digestión. 

Y entonces, sin pensarlo más, tor- 
ció a su izquierda y se internó por las 
callejas que formaban la parte que 
aún quedaba del antiguo barrio de 
San Lorenzo. 

En una de ellas, un edificio viejísimo 
de un solo piso, vivía — digámoslo así — 
el Arenque. El visitante penetró en un 
patio cuyo suelo era una pura letrina ; 
había en él seis puertas señaladas con 
otros tantos números y una más, que 
por extraño capricho, en vez de os- 
tentar el número 7, como hubiera sido 
lógico, lucia encima de la puerta un 
100 de tamaño natural. ¿Por qué sería 
eso? ¡ Qué extraño ! 

En el cuarto señalado con el núme- 
ro 3 llamó el Francés; lo hizo con cier- 
to pesimismo, poraue sabía muy bien 
que el sujeto en cuya busca iba era 
muy dado a la vida social y no paraba 
casi nunca en su casa. 

Esta vez, por rara casualidad, esta- 
ba en ella ; él mismo abría la puerta 
e hizo pasar al visitante. Debía hacer 
peco tiempo que se había levantado de 
dormir porque aún tenía el borde de 
los ojos lleno de esas partículas que a 
todos se nos forman durante el sueño 
y que el vulgo, en su lenguaje arcaico, 
llama légañas. 

Bien se veía que el de hoy no era 
uno de los días que el Arenque tenía 



señalados para recibir a sus amista- 
des ; decimos esto por el decidido as- 
pecto de vivac o de campamento aban- 
donado en fuga que tenían las dos 
habitaciones — el recibimiento y el sa- 
lón - alcoba - cocina - comedor — de que 
constaba la casa. 

Una silla baldada o inútil de tres 
pies yacía por el suelo ; en el baúl vie- 
jo, que servía de mesa-comedor, había 
un plato sucio con un tenedor al que 
faltaba casi toda la dentadura ; trapos 
y papeles se veían por doquier, y sobre 
el lecho — un jergón cuyas lanas habían 
sido repetidas veces trasquiladas — des- 
cansaba la pompa de un vaso de no- 
che que dejaba ver sus interiores en 
pleno día. 

A pesar del decorado, el dueño, como 
para dar un mentís al aspecto nómada 
de las habitaciones, dijo al visitante: 

— Sabía que iba usted a venir. 

— ¿Qué dices? — exclamó el Francés 
con cierto asombro. 

— ¡ Vaya ! 

— Si hace media hora no lo sabía 
yo mismo. 

— Pues ahí verá usted... 

Pensó que había dicho una tontería. 
¡ Claro ! Nada tenía de particular que 
aquel chico, al enterarse del crimen de 
la noche anterior, esperase su visita. 

Quiso, sin embargo, cerciorarse. 

— Ove, ¿y por qué sabías que iba yo 
a venir? 

— Tengo una señal que no me falla. 

—¿Y es? 

— ¿Ve usted a Horacio?— dijo, seña- 
lando a un hermoso gato color ceni- 
za, que plantado en medio de la hobi- 
ción, tenía clavadas en el Francés las 
esmeraldas de sus ojos desde que ha- 
bía entrado. 

—Sí. ¿Qué? 

— Ha estado lavándose toda la ma- 
ñana. Ya sabe usted que esa es se- 
ñal infalible de visita. 

— ¡ Ah, vamos ! 

— Y como a esta casa no viene casi 
nadie más que usted... 

—v la Filo. 

— Esa, poco. ¡Está más despega y 
más orgullosa ! 

— Bueno : ya te supondrás a lo que 
vengo. ¿Has visto lo de anoche? 



JOAQUÍN BELDA. — EL SEÑOR MANZANARES 



117 



— ¿Se refiere a lo de doña Merce- 
des? 
— Claro. 

— ¡Pobrecilla! Se ha salido con la 
suya. 

— ¿Por qué dices eso? 

— Mil veces me dijo que estaba can- 
sada de vivir ; que quería matarse. 

—¿Sí? 

— Y, ¡ claro ! , como eso no cuesta 
trabajo, pues... se ha matado. 

—¿Cómo que se ha matado? ¿Luego 
tú crees que se trata de un suicidio? 

— Hombre, evidente. 

El Francés miró al chico con ese aire 
de inouietud agresiva con oue miramos 
al individuo de que sospechamos que 
nos está tomando el pelo. 

— Bueno; pero ¿tú sabes que el fiam- 
bre de doña Mercedes ha aparecido 
dentro de un saco y con la cabeza 
fuera? 

— ¡Claro! Se metió ella en el saco... 
antes de morir. 

— No iba a ser después. 

— Por eso aclaro. 

— Y ¿cómo se ha matado? 

—Muy sencillo : con un veneno. Ya 
se verá cuando le hagan la autopsia. 

El visitante estaba perplejo; lo que 
el rapaz decía posiblemente era ab- 
surdo, pero podía también ser verdad. 
Y si lo era variaba mucho el aspecto 
de la cuestión. 

Pero él necesitaba mayores esclare- 
cimientos. 

— Bueno, y ¿tú cómo sabes todo eso? 

El chico _ se le quedó mirando un 
poco extrañado por la pregunta. 

— ¿No le he dicho a usted que ella 
decía siempre que pensaba quitarse la 
vida? 

— Bueno, pero es que tú hablas del 
suceso como si lo hubieras visto ; va- 
mos ccmo si hubieras estado delante. 

El Arenque, sonrió complacido. 

— Ccmo que estaba. 

— ¡ ¡ Qué dices ! ! 

— Ya lo creo ; y la vi como le estoy 
viendo a usted ahora. 

Hubo una pausa. Pausa que no fué 
sólo de lenguaje, sino de pensamiento; 
el cerebro del pescador sufrió una pan- 
ne ante lo inesperado de las afirmacio- 
nes que acababa de escuchar. Si eran 



ciertas — ¿y por qué no habían de ser- 
lo? — , sin salir de aquel cuartucho po- 
día tener la clave de todo. 

Y el tenerla o no tenerla era para él 
de una importancia colosal. 

Porque hora es ya de que el lector 
;e percate. Doña Mercedes, la muerta 
de la noche anterior, era una señora 
uás loca que un pierrot de alquiler, 
y a la que la gente, al parecer con 
cierto fundamento, suponía inmensa- 
mente rica. Viuda de un antiguo ar- 
ria dor del Manzanares, vivía sola en 
compañía de un perro bulldog y un 

ecrato al óleo de su marido, tamaño 
natural. Total : dos bulldogs. 

Por azares de la vida, que es ccmo 
llamamos a todas las cosas inexplica- 
iles, la viuda había tenido relaciones 
unorosas, vulgo lío, con el Francés; 
m un reservado de uno de les bares del 
muelle se habían jurado amor eter- 
10 más de una vez ; en una de ellas, 
atando los dos en pleno deliquio ro- 
mántico, ella le había preguntado con 
.oda la sencillez de quien formula una 
pregunta del Ripalda: 

— ¿Serás mío hasta la muerte? 

— ¿Cómo hasta la muerte? — replicó 
*1 casi ofendido—. Hasta mucho más 
allá. 

— ¿No me olvidarás después de muer- 
ta?... 

— ¡ ¡ Jamás ! ! 

— Para que así sea, yo te ofrezco de- 
jarte heredero de todos mis bienes... 
:on una sola condición. 

— Aceptada, negra mía. 

Doña Mercedes era más blanca que 
un albañil. 

— No ; no depende de ti. Yo he te- 
nido siempre un miedo horrible a mo- 
rir asesinada... 

— Tendrían que pasar por encima de 
mi cadáver. A ti, no hay quien te ase- 
sine ni en broma. 

— Me predijo una gitana que así mo- 
riría ; hace ya tiempo, siendo yo niña. 

— Las gitanas no dicen más que ca- 
melos. 

— Pues yo quiero ver si con tu amor 
deshago el maleficio. 

— Dalo por pulverizado. 

— Asi, cuando yo muera, si lo hago 
de modo natural y por mi gusto, mis 



11b 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



bienes serán para ti. Mañana mismo 
naré el testamento. 

Y lo hizo. El Francés la acompañó 
a casa del notario y presenció el acto. 
En el documento figuraba una cláu- 
sula que no dejaba de tener un cierto 
sabor paradójico; se establecía en ella 
que si la testora moría a manos huma- 
nas, toda su fortuna se dedicase a 
construir en España unas cuantas cár- 
celes y presidios modernísimos con to- 
dos los adelantos imaginables. Lo ló- 
gico era que a una de esas cárceles 
fuera a parar su propio asesino. 

Es decir, que si la viuda... se había 
asesinado a sí misma, el pescador era 
a estas horas millonario. La cosa, como 
se ve, no era ningún pasatiempo. 

— Cuenta, cuéntamelo todo — dijo el 
Francés al pequeño — ; yo te juro que 
si eres sincero no te pesará. 

— Bueno, pero le advierto que yo no 
he comido aún. 

Las indirectas las pescaba el Fran- 
cés aun mucho mejor que los cala- 
mares. 

— Vamonos a la calle. 

El Arenque, para salir, hubo de ha- 
cerse un poco de toilette; con las ma- 
nos se calmó el alboroto de los pelos, 
colocóse sobre ellos una gorra, que era 
el último grito, y se limpió los labios 
con la manga. ¡Listo! 

Salieron. Muelle abajo emprendieron 
el camino del puerto de los pescado- 
res; cerca ya de su final, y en una 
manzana de casas que iniciaba una 
gran calle, aún en los comienzos de 
su construcción, había una especie de 
café-bar-taberna-bodegón, uno de esos 
locales ultramodernos que ni aun su 
mismo dueño sabe lo que son ni si- 
quiera a la hora de pagar la contri- 
bución. 

El Francés era allí muy conocido. 
Entró con su convidado en una habi- 
tación algo oscura que había en el 
fondo del local, teniendo antes que 
sacar la cara por el Arenque, pues 
como no dejaban entrar golfos hara- 
pientos, querían echarlo a la calle. 

— El señor viene conmigo. 

Entonces el encargado, que era algo 
leído, apartándose para dejar paso 
dijo: 



— ¡ Ah ! Entonces como si viniera 
vestido de púrpura. 

El chico pidió una comida enciclo- 
pédica. Se disponía a forrarse bonita- 
mente el estómago para una tempo- 
rada, mientras hacía a su anfitrión el 
relato pedido. No todos los días era 
testigo de un suceso tan emocionante, 
y no estaba de más aprovecharse. 

— Pues verá usted. Yo anoche, a eso 
de las nueve, después de haber acom- 
pañado al señor Isidro Manzanares 
y a su hijo hasta su casa, llevándoles 
una red, me fui con la Filo al cine del 
rompeolas... Por cierto, que ponen una 
película que debe usted ir a verla. 
¡ Qué cosa, estupenda ! Se llama Odio 
en cápsulas, y ¡bueno!, si le cuento el 
argumento no va a tener gracia cuan- 
do vaya a verla. 

— Y además no vamos a acabar an- 
tes de la noche. 

— También es verdad. 

— Prosigue. 

— Prosigo. 

— Salisteis del cine y... 

— A la una. Yo acompañé a la chi- 
ca a su casa, que sabe usted que ahora 
vive en uno de los montones de hierro 
que hay junto a las oficinas de la Com- 
pañía Toledana de Navegación ; esos 
montones que esperan a esos barcos 
ingleses para que los lleven a Cana- 
rias. 

— Es decir, que en cuanto lleguen los 
barcos, la Filo se tiene que mudar. 

— ¡A ver!... Bueno, pues, la dejo 
allí, y como para mí era temprano, 
me fui dando un paseíto, que hacía 
una noche como para que la sacaran 
en postales. Andando, andando, sin 
darme cuenta, llegué a la Fábrica del 
Gas. Seguí hasta el dique, y cuando 
ya me disponía a tumbarme junto a 
uno de los muros para pasar la noche 
con toda comodidad, veo al pie de él 
un bulto que se mueve. Me acerco, y 
era un saco. « ¡ Bah ! Lo de siempre 
— pensé — . El eterno gato hidrófobo a 
quien su dueño, no sabiendo cómo des- 
prenderse de él, encierra en un saco 
y arroja a la calle.» Pero oigo que una 
Voz cuchicheante me llama : «Oiga, 
buen hombre...» Acudo y veo que lo 



JOAQUÍN BELDA.— EL SEÑOR MANZANARES 



119 






que se movía no era gato, era gata: 
era doña Mercedes. 

— ¡ Horrible ! 

— i Ca ! No lo crea usted ; pues me 
reí vo poco al verla. 

—Y ella... 

— Estaba aún viva y muy viva. Al 
pronto no me conoció, pero en cuanto 
la llamé por su nombre vio quién era. 
Usted ya sabe el afecto con que me ha 
distinguido siempre ; como oue había 
quien afirmaba que yo era hijo suyo. 

— ¡ Quién sabe ! 

— No ; no lo creo. Por lo menos yo 
no me acuerdo... 

— Bueno, no divagues. 

— Le dio un alegrón el verme y me 
dijo que iba a hacerle un gran favor: 
ella se había metido en el saco y se 
había tumbado en el suelo, pero, ¡cla- 
ro!, con los brazos dentro, no tenía 
quien atase alrededor de su cuello la 
boca del saco. Yo lo hice lo mejor que 
pude. «No digas a nadie que me has 
visto — me dijo — ; quiero que todos 
crean que muero asesinada.» Y claro 
que todo el mundo lo creerá. 

El Francés se acordó del testamento 
y pegó un salto. 

— ¡ Pero eso es mentira ! Tú debes 
decir la verdad a todo el mundo. 

— ¿Yo? Pues sí que voy a ganar mu- 
cho con ello. 

— Pero, en cambio, si no la dices, vas 
a perder mucho, porque yo estoy dis- 
puesto a quitarte la vida. 



La Filo se enteró aquella misma ma- 
ñana del crimen del dique. 

Ella también conocía a doña Mer- 
cedes; la conocía de vista nada más, 
claro es, y cuando aquella mañana 
fué a verla en el momento en que el 
Juzgado procedía a levantar el cadá- 
ver, la chica vio de la muerta ni más 
ai menos que lo que había visto siem- 
pre : la cabeza. Sí, porque ella cono- 
cía a la viuda millonaria de verla 
bañarse todas las tardes de verano en 
los baños del puente de los Franceses, 
y siempre la había visto con la cabeza 
fuera del agua y el cuerpo oculto por 



la caricia del líquido elemento. No fué, 
pues, una novedad la visión de ahora, 

Isidro Manzanares, pensando en bue- 
na lógica, incluyó la muerte de doña 
Mercedes en la lista de los crímenes 
nocturnos que de algunos años a esta 
parte se venían ccmetiendo en el mue- 
lle. Este Madrid de ahora había va- 
riado en todo y hasta en eso ; en eso 
más que en otras cosas. Había, pues, 
que adoptar mayores precauciones al 
volver de noche a casa con el producto 
metálico de la pesca, ya que induda- 
blemente había unos pescadores sinies- 
tros que no necesitaban meterse en el 
agua para llenar sus redes ; ellos pes- 
caban en un mar de sangre con la red 
misteriosa de su cobardía. Como se 
ve, Manzanares construyendo frases 
tenía muchos puntos de contacto con 
el señor Víctor Hugo. 

Aquella misma tarde llegó a oídos 
del eminente sardinero la burda expli- 
cación que el Arenque y el Frailees 
querían dar a la tragedia. Según ellos, 
se trataba de un suicidio; no dejaba 
de tener gracia la cosa. 

Como número de circo no estaba 
mal. Una señora metida en un saco, 
con las manos dentro y la tela bien 
atada al cuello, aburrida de su inmo- 
vilidad, decía de pronto : 

—¿Qué haré yo ahora?... Lo mejor 
será que me suicide. 

Y así lo hacía. Claro que no había 
aparecido ni cerca ni lejos de la muer- 
ta el arma con que pudo poner fin a 
sus días. Por lo visto, para matarse 
le bastó con la voluntad para ello, 
pues sobre el cadáver no había apare- 
cido herida ni lesión alguna... 

Al llegar a este punto de sus pen- 
samientos, Manzanares se detuvo un 
occo abochornado ; estaba discurriendo 
de una manera estúpida, porque el 
hecho de no aparecer huella del crimen 
sobre el cuerpo de la víctima no era 
argumento muy favorable a la tesis 
del asesinato. Á menos que la hubie- 
ran matado de un susto. 

En la Prensa de la noche siguiente 
venía el resultado de la autopsia. Isi- 
dro, al leerlo, ya recluido en su casa, 



120 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



sufrió el alegrón natural de todo el 
que empieza a descifrar un enigma. 

Los médicos lo decían muy claro : 
aquella señora había muerto envene- 
nada. La habían envenenado — esto lo 
completaba Manzanares por su cuen- 
ta — y después la habían metido en el 
saco. 

Lo malo era lo que el mismo perió- 
dico añadía media columna más abajo. 
Aquella mañana el Arenque se había 
presentado voluntariamente — respecto 
a esto de voluntariamente el lector y 
yo sabemos a qué atenernos — ante el 
juez que instruía la causa y le había 
dicho lo que él sabía. Paseando por el 
muelle había tropezado con el saco 
en que estaba la anciana, antes de que 
ésta muriese, y le había dicho la ver- 
dad : que se mataba porque estaba 
aburrida de vivir y porque tenía am- 
plias razones para suponer que el ca- 
sero iba a subirle el piso de un modo 
exagerado a partir del mes próximo. 

Se guardó muy bien de contar cómo 
fué él quien ató la boca del saco a 
petición de la difunta ; esto le hubiera 
complicado en el asunto, y no había 
por qué gastar bromas con la Justicia. 
El juez deseó aclarar este extremo, y 
el Arenque, nada tonto, hubo de con- 
testar : 

— Eso sí que no lo sé ; cuando yo 
llegué ya estaba atado, y como tengo 
poco de curioso, no quise molestarla 
con tal pregunta en aquel momento... 
A lo mejor, señor juez, sería uno de 
esos sacos que se cierran solos como 
ciertas cajas de caudales. 

El digno magistrado sonrió benévo- 
lo. Pero él sí era curioso, y siguió 
preguntando : 

— ¿Cómo al oír de labios de la sui- 
cida su confesión, no fué usted a dar 
noticia a las autoridades?... Acaso, 
acudiendo a tiempo, se hubiera podido 
evitar que el suicidio se consumase. 

El Arenque, antes de ir a ver al 
juez, había sido ampliamente instruido 
por el Francés; con este antecedente 
no podrá chocar que a la pregunta 
anterior, que realmente se las traía, 
contestase con el siguiente... pase de 
pecho: 



— Pues, ya ve usted, no me se ocu- 
rrió. Como era una hora tan intempes- 
tiva, no quise molestar a nadie. Ade- 
más, es lo que yo me dije : ¿Que haiga 
un cadáver más, qué importa al mun- 
do? 

El Arenque conocía sus clásicos. 

Isidro Manzanares siguió leyendo el 
periódico. En la sección de Política 
vio una noticia que le llenó de júbilo; 
era la siguiente : «Reunidos ayer tar- 
de los mayores contribuyentes del gre- 
mio de pescadores de esta Corte acor- 
daron, por mayoría de votos, presen- 
tar, candidato por el distrito del Muelle 
en las próximas elecciones de conce- 
jales, al prestigioso sardinero don Isi- 
dro Manzanares y Meroño.» 

No era una sorpresa ; hacía mucho 
tiempo que se venía hablando de ello, 
y, aun cuando él modestamente fingía 
no preocuparse del asunto, sentíase 
halagado ante la posibilidad de llevar 
al salón de sesiones del Ayuntamiento 
el perfume acre de las sardinas... Por 
bajo cuerda, sin dar la cara, venía 
preparándose la elección. 

Esta noticia de hoy era un anticipo 
lleno de posibilidades, de seguridades, 
mejor. Distraído con la noticia del 
crimen, no se había preocupado de la 
reunión del día anterior, y ahora el 
periódico venía a recordársela. Lo que 
sí le preocupaba era aquella parte de 
la noticia en que decía que el acuerdo 
no había sido tomado por unanimidad, 
sino por mayoría. ¿De quiénes eran, 
pues, aquellos votos en contra? 

Se propuso averiguarlo al día si- 
guiente, para conquistarlos y atraer- 
los a su causa, si ello era humana- 
mente posible; para destruirlos y pul- 
verizarlos si se resistían a sus seduc- 
ciones. 

Al llegar en la tarde siguiente a la 
tertulia del café de Magallanes es- 
taba ya en ella el Francés. Al ver a 
Isidro, se sobresaltó un poco, y duran- 
te un gran rato huía sus ojos de los de 
Manzanares, y siempre que éste le 
hablaba procuraba poner un pronto 
término al diálogo. Parecía estar mo- 
lesto, pero no se atrevía a marcharse. 

Cuando la tertulia se fué aclarando 



JOAQUÍN BELDA. — EL SEÑOR MANZANARES 



121 



y quedaron casi solos los dos pescado- 
res, el Francés, como quien se decide a 
quitarse un gran peso de encima, em- 
pezó a hablar : 

— Oye, Isidro, yo quiero decirte una 
cosa. 

— Tú dirás. 

— Sí, porque antes de que te lo cuen- 
te cualquier chismoso por ahí a su 
modo, prefiero que lo sepas por mí. 

— Habla, hombre, habla. 

—Ayer estuve en la reunión del gre- 
mio. 

— ¡Ah! 

— Ya sabrás el resultado. 

— Sí, lo leí anoche. 

— Ante todo te felicito. 

— Gracias, hombre. 

— Ya sabes que soy un buen amigo 
tuyo y por eso... yo no he votado tu 
candidatura. 

— ¿Por eso? 

— Sí, Manzanares ; yo no puedo con- 
sentir aue a un amigo mío se le ponga 
en ridículo, y lo que se quiere hacer 
contigo es eso : ponerte en ridiculo. 

— ¿Por qué? 

— Por... que tú no serás concejal, 
Isidro. Te lo digo yo que estoy muy 
bien enterado. El concejal será otro... 

—¿Quién? 

—Otro, Isidro, otro ; no te puedo de- 
cir más. Debe bastarte saber que no 
serás tú. 

Quedaron en silencio un largo rato. 
Manzanares no sabía qué decir, y el 
Francés, como en realidad había dicho 
todo lo que por ahora debía salir de 
su boca, optó por callarse. El silencio 
lo rompió Isidro, que era el más im- 
paciente. 

— Bueno; pero tú ¿en qué te fun- 
das para decir eso? ¿Qué sabes que 
yo no sé? Si eres un buen amigo me 
lo debes decir. 

— Yo sólo sé una cosa, y esa ya te 
la he dicho : que tú no serás concejal. 

Y al afirmarlo, el Francés ponía en 
sus palabras esa gravedad, esa firmeza 
del que hace una profecía cuyo cumpli- 
miento nadie, a no ser el mismo Dios, 
podría impedir. 



Eutiquio el Francés, era rico, o es- 
taba a punto de serlo. 

Pasaban los días, y el Juzgado, con- 
vencido por la elocuencia del Arengue. 
aceptaba como oficial la versión del 
suicidio de doña Mercedes. El notario 
guardador del testamento de la ancia- 
na había empezado las diligencias pre- 
liminares necesarias para poner al pes- 
cador en posesión de la herencia. 

El Francés podía considerarse ya co- 
mo un nuevo rico, y, como a muchos 
de ellos, a.1 verse con dinero le mordió 
el microbio de la ambición política. 

Una mañana, en todas las esquinas 
del barrio del Muelle aparecieron unos 
carteles en los que, sobre un fondo con 
todos los colores del iris, se leía este 
anuncio estupefaciente : «Candidatura 
para concejales. Eutiquio Salinero y 
Mondragón. Sindicalista independien- 
te». 

Isidro Manzanares, al salir de su 
casa aquel día, leyó el cartel y sintió 
que una ola de asco le subía del estó- 
mago a la garganta. 

¿De modo que era el Francés el in- 
cógnito contrincante? Es decir, ¿que el 
buen amigo se convertía en rival de 
la noche a la mañana, sin tener ni 
aun la delicadeza de avisárselo? - 

Gracias a la Pilo, Manzanares cono- 
cía la historia de la herencia, del sui- 
cidio de la viuda y de todos los mi- 
llones que iban a caer en los bolsillos 
de su nuevo contricante. La Filo esta- 
ba perfectamente enterada por el pro- 
pio Arenque. Y Manzanares, a la vista 
de aquel cartel, que parecía el anuncio 
de un almacén de colores y barnices, 
pensó que eran los cuartos de la muer- 
ta los que habían dado ánimo a aquel 
sinvergüenza para aspirar, frente a él, 
a la magistratura edilicia. 

Por lógica consecuencia, desenvol- 
viéndose el pensamiento en un cauce 
normal, se dijo que si él impedía que 
el Francés fuera rico mataba en flor 
aquella candidatura tan disparatada 
y tan a destiempo presentada. 

Era preciso que doña Mercedes hu- 
biera muerto asesinada ; casi sentíase 
capaz de sacarla de su tumba y ase- 
sinarla él mismo... Aunque para esto 
— el lector ya habrá notado que el ce- 



122 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



rebro del pescador de sardinas nave- 
gaba en plena tormenta — lo mejor se- 
ría presentarse al juez y declararse 
él mismo autor del asesinato. Si no 
fuera por ir a presidio, así lo hubiera 
hecho en el acto. 

Bueno, ¿y conseguir que la Filo, por 
ejemplo, se declarase la criminal? Po- 
dría inventarse una historia, rodear la 
mentira de todas las apariencias de 
verdad, ofrecer a la chica una can- 
tidad... 

Maquinalmente, el honesto Isidro 
Manzanares echó a andar hacia el 
muelle con ánimo de divagar por él, 
de escudriñar por todos los rincones, 
de mirar bajo todos los cobertizos has- 
ta dar con la rapaza. Ello no había de 
ser muy difícil. 

Llevaba andada una media hora, 
abstraído, sin fijarse en el enorme mo- 
vimiento del lugar, bajo el sol esplén- 
dido de aquella verdadera mañana de 
primavera, sin oír el ruido de las enor- 
mes grúas que trabajaban en la carga 
y descarga de cerca de quinientos bu- 
ques, casi dejándose atropellar por el 
continuo hormigueo de los camiones 
que iban y venían del puerto a la 
ciudad. Cerca ya del edificio de la 
Aduana vino a sacarle de su emboba- 
mierfto inquisitivo una manaza que, 
por la espalda, se le apoyó en el hom- 
bro. 

Se volvió asustado ; lo menos que 
pensó es que era ya la policía que, ha- 
biéndole adivinado el pensamiento, ve- 
nía a prenderle por lioso e impostor. 

— ¡ Caray ! No se alarme, amigo 
Manzanares, que soy yo. 

Era el viajante francés a quien cono- 
cimos en la tertulia del Magallanes 
algunas tardes antes ; el que, tomando 
al Francés por un compatriota, em- 
pezó a hablarle en el idioma de Berg- 
son, con resultado absolutamente ne- 
gativo. 

Al oír las primeras palabras de aquel 
sujeto, Manzanares creyó de un modo 
decidido en la Providencia. Porque el 
galo le dijo de buenas a primeras : 

—¿Ha visto usted qué suerte tiene 
ese sinvergüenza de Eutiquio? 

— ¿Por qué lo dice usted? 

— ¡Que por qué lo digo! ¿Usted ig- 



nora que era el amante de esa pobre 
mujer que ha aparecido muerta?... 

Isidro le interrumpió impaciente : 

— Sí, sí ; lo sé todo. Sé que den- 
tro de muy poco se habrá convertido 
en un señor millonario. 

— A mi me ha partido por el eje... 
¿No lo dicen ustedes así en España? 

— Sí, así lo decimos... Pero ¿por qué 
le ha partido? 

— Hombre, porque de no heredar él 
a la difunta... 

—¿Qué? 

— La habría heredado yo. 

Manzanares se quedó de una pieza., 
de doble ancho. 

— ¡ ¡ Usted ! ! 

— Vamos, indirectamente, pero la ha- 
bría heredado. 

— A ver, a ver, amigo Marbilleux, 
expliqúese porque me tiene usted en 
brasas. Ya sabe que ese idiota, ese hijo 
de... la noche se atreve a disputarme 
la concejalía. ¡Me matrimonió con 
Neptuno! ¡A mí, que llevo cerca de 
treinta años extrayendo sardinas del 
fondo del río, con una conducta hon- 
rada, limpia, intachable! 

— Hombre, pues mi explicación es 
muy fácil. Ya sabe que la casa que yo 
represento se dedica, entre otras co- 
sas, a construir edificios a base de una 
mezcla de cemento, plomo y magnesia, 
que no se caen jamás ; su especialidad 
son las cárceles y las casas de juego. 
Si esta doña Mercedes hubiera muerto 
asesinada, su dinero se hubiera desti- 
nado a construir en toda España unos 
presidios confortables, y nosotros nos 
hubiéramos encargado de su construc- 
ción... No creo que necesite decirle 
más. 

—Ya, ya... 

Manzanares comprendió que había 
encontrado el hombre necesario, y sin- 
tió ese alivio del que tropieza con un 
semejante que participa de nuestra 
misma desgracia. 

— Bueno, y ¿qué hacemos? 

—Ante todo, ¿usted cree en el sui- 
cidio de esa desgraciada? 

— ¡ Hombre, por Dios ! ¡ Qué he de 
creer ! Yo no creo nunca en lo que me 
perjudica. 



JOAQUÍN BELDA. — EL SEÑOR MANZANARES 



123 



— Pues es necesario que hagamos 
partícipe de nuestro escepticismo al 
Juzgado. 

— Sí, pero ¿cómo? 

— Hay que encontrar ese cómo, ami- 
go Manzanares. 



Algunas noches después, Isidro Man- 
zanares y la Filo paseaban silenciosos 
y muy despacio por la parte del mue- 
lle que arrancaba del antiguo puente 
de Toledo. 

En este punto habían construido 
una compuerta metálica que, abrién- 
dose en el momento oportuno, dejaba 
paso río arriba a los barcos, veleros 
en su mayoría, que iban a cargar la 
finísima arena de los bajos de la Bom- 
billa y de Puerta de Hierro. 

El pescador y la rapaza seguían ha- 
cia arriba por el cauce de la antigua 
ronda de Segovia, que era ahora un 
barrio lleno de cafetines y de bodego- 
nes, impregnado todo él de aromas 
de aceite frito. El puente de Segovia 
ya no existía : parte de él se había 
caído solo, y el resto había sido derri- 
bado como un obstáculo para la nave- 
gación. En su lugar se había cons- 
truido una graciosa pasarela de arco 
altísimo, que unía con sus dos nervios 
de hierro las dos orillas del río. Des- 
de el templete del centro, al que se 
subía por unas escaleras casi de bar- 
co, se veía, de un lado, hasta los úl- 
timos rincones de las umbrías de la 
Casa de Campo, y del otro, pasando 
la mirada por encima de los muelles, 
podía seguirse todo el cauce del río 
casi hasta el paraje del Matadero. 

Sin ponerse de acuerdo, casi sin pro- 
ponérselo ninguno de los dos, subie- 
ron a la pasarela. La noche era quie- 
ta, tranquila, toda bañada en azul, 
pues no era sólo el del cielo y el del 
agua del río, sino que los mismos ver- 
des de las orillas parecían amorti- 
guarse en la semipenumbra de la no- 
che en un gris azulado que era una 
caricia. 

Miles de lucecitas se veían por do- 
quier, hacia cualquier punto del hori- 



zonte que se dirigiese la vista, y todas 
tenían ese temblor, ese parpadeo ner- 
vioso que parece animar a las luces 
que se hallan próximas a alguna gran 
superficie de agua. 

De los muelles, a pesar de la hora, 
y aunque todos los grandes ruidos del 
día se habían apagado, subía un ester- 
tor que era como la respiración semi- 
agitada de un gigante que duerme. 
De cuando en cuando silbaba una lo- 
comotora o la sirena de una nave, se 
oía el arrastrar de las cadenas de 
una grúa que cargaba los últimos far- 
dos en un barco para que pudiera 
ponerse en camino aquella madrugada, 
o se escuchaba a lo lejos la canción 
de un marinero, un fado lánguido y 
tristón casi siempre, que parecía traí- 
do hasta allí, remontando la corrien- 
te, por las aguas del Tajo, tan recias 
para templar las espadas en Toledo 
como voluptuosas para acariciar los 
corazones en Lisboa... 

El señor Isidro Manzanares no era 
un poeta, porque no sabía hacer ver- 
sos ; pero tenía su alma en su almario, 
cosa que no le ocurre a todos los poe- 
tas. A la vista de aquellos paisajes 
que, aun en la oscuridad de la noche 
podía él diseñar con toda claridad, 
evocaba lo que era el río cuarenta 
años atrás, cómo eran sus pobres ori- 
llas y el raquitismo que parecía tener 
atacada a perpetuidad su débil co- 
rriente. 

Más que río era un hilo de agua 
que la Divina Providencia parecía ha- 
ber colocado al pie de Madrid con el 
solo designio de que a poetas y satí- 
ricos no faltase nunca asunto para 
sus versos burlescos ni tema para sus 
crueles chanzas. Corrían sus aguas 
como avergonzadas por un cauce cons- 
truido entre grandezas; las frondas 
del Pardo y la Florida, la ermita de 
San Antonio, estuche glorioso de las 
joyas debidas al pincel del genio, la 
mole suntuosa del Palacio Real, el bos- 
que gigante de la Casa de Campo, 
que parecía requerir como regatón el 
ímpetu de un Amazonas o de un Mis- 
sissipí... Y el pobre riachuelo, verda- 
dero Liliput en el país de los Gigan- 
tes, circulaba muy de prisa, como aver- 



124 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



gonzado de las magnificencias de la 
ya entonces gran ciudad. 

Esto le echaban en cara de conti- 
nuo, con notoria hipérbole, cronistas 
y poetas ; pero el riachuelo, pequeño 
y todo, tenía a veces bromas crueles : 
esa ira de los seres chicos que resulta 
cómica, pero que a las veces tiene 
trágicas derivaciones. Manzanares re- 
cordaba ahora una de esas burlas del 
río, su homónimo, ocurrida algunos 
años antes de la canalización. Había 
en Madrid un señor periodista, hom- 
bre muy culto, tanto, que se había 
leído traducidas al hispano-catalán en 
tomos de peseta casi todas las obras 
cumbres de la humanidad ; este se- 
ñor — él sabría por qué — era enemigo 
personal del río Manzanares, al que 
en sus escritos, viniese o no a cuento, 
llenaba de burlas crueles y dicterios 
zumbones. 

El desprecio que aquel sujeto sen- 
tía por el río sólo era comparable al 
que cualquier persona normal suele 
sentir por un pariente próximo. Le 
llamaba siempre «ese escupitajo que 
pasa por la espalda de la Bombilla». 
y aseguraba que la construcción del 
Viaducto de la calle de Segovia había 
tenido por objeto el que en Madrid 
hubiese un sitio propicio donde los 
suicidas pudieran realizar su propó- 
sito, ya que arrojándose al río sólo 
conseguirían darse un baño de pies 
no muy minucioso. Una noche de ve- 
rano, el hombre genial, que, como to- 
dos les cultos, era amigo de arrojar 
de cuando en cuando una cana al aire, 
fué a cenar con una tía suya a uno 
de los merenderos de la Bombilla, y a 
los postres, alegrillo por las libaciones, 
fué a dar con la dama el consabido 
paseo romántico por las orillas del río. 
De pronto, ya al borde del agua, fué 
a hacer una cabriola juguetona, dio 
un traspiés y cayó en la corriente. 

Ocurrió lo que ocurre siempre en 
estos casos : ayes, voces de auxilio, ca- 
rreras locas, luces que corren por la 
ribera sin saber a punto fijo dónde 
dirigirse... y manotazos furiosos del 
caído, demandando febrilmente la ori- 
lla, que cada vez se aleja más. 

El buen plumífero pateaba con fu- 



ria buscando el fondo, pareciéndole 
mentira que estuviera tan lejano el de 
aquel riachuelo grotesco al que tantas 
veces su pluma había puesto en ridícu- 
lo. Pero el buen Manzanares, como si 
quisiera vengarse de su eterno detrac- 
tor, lo arrastraba aguas abajo, camino 
del puente de Segovia ; el río no 1» 
había llamado ni le había arrebatado 
j violentamente de la orilla, como ha- 
bía hecho con otros en ocasiones, pero 
] ya que había caído en él, iba a en- 
I terarse aquel deslenguado de la can- 
tidad de agua que llevaba en su seno. 

Y en vez de ahogarlo de una zam- 
bullida, quiso prolongar su agonía, pa- 
seándolo durante una hora larga : lo 
pasó por bajo les arcos de les puentes 
de Segovia y Toledo, lo vio desfilar ba- 
jo las umbrías de la dehesa de la Ar- 
ganzuela, lo llevó al nuevo Matadero 
y al puente anejo recién inaugurado... 
y ya en las cercanías de la desembo- 
cadura del poético arroyo Abroñigal, 
le dio el chapuzón definitivo. 

El buen señor, según su propia fra- 
se, se había ahogado en un escupita- 
jo, o tomando un baño de pies. Su 
cadáver, al ser extraído del agua para 
llevarlo al depósito, tenía ese rostro 
del hombre que se cree en ridículo de 
una manera inevitable. 

Desde aquella desgracia, los poeta* 
y los cronistas fueron más parcos en 
sus bromas a costa del calumniado t 
simpático río que cruzaba Goya a dia- 
rio para subir a su casa. 

Isidro recordaba ahora el suceso con 
verdadero júbilo ; visto, ahora, aquello 
parecía haber tenido sabor de profe- 
cía ; fué como una prueba de que el 
Manzanares era capaz de hacer lo que 
hiciesen los demás ríos y de llegar 
donde éstos llegasen. 

¡ Y vaya si había llegado ! A la me- 
moria del pescador acudía también 
ahora una frase que él oyó cincuenta 
años antes, al empezar a desarrollarse 
proyectos que entonces parecían fan- 
tásticos, sobre la base de la canali- 
zación. Fué en una taberna de su ba- 
rrio donde había ido con su padre: 
en una mesa había un grupo de cua- 
tro sujetos jugando a las cartas, y. 



JOAQUÍN BELDA. — EL SEÑOR MANZANARES 



125 



entre as y sota, hablaban del proyec- 
to de navegación del Manzanares, de 
los esplendores del porvenir, del cam- 
bio radical que se operaría en la villa 
cuando unas cuantas hélices empeza- 
sen a desgarrar las aguas del río con 
sus aletazos, y uno de los contertulios, 
un viejo ecuánime y sensato a quien 
todos llamaban respetuosamente don 
Eladio, dijo, como resumiendo la con- 
versación y sin dirigirse a nadie en 
particular : 

— Miá que tendría gracia que Ma- 
drid se convirtiera en un pueblo de 
pescadores. 

Ya lo era, y, al serlo, había crecido 
mucho. Como había crecido el río, 
aquel caudal de plata que Manzana- 
res y la Fiio mostraban ahora desde 
lo alto de la plataforma, dormido en 
la noche, pero con un sueño agitado, 
ya no era el riachuelo ridículo y falso 
que en los temporales de sequía pro- 
longada se podía cruzar con zapatos 
de charol por algunos sitios ; ahora 
era todo un señor río, no un Manza- 
nares a secas, sino un señor Manza- 
nares. 

Isidro admitió el simbolismo. El 
también, como el río, había crecido, 
se había agrandado: desde su cuna 
humilde de golfete de los barrios ba- 
jos había llegado a ser también el 
señor Manzanares, el candidato a con- 
cejal. 

¿Candidato nada más? ¿No pasaría 
de ahí? 

En el relativo silencio de la noche 
hubo como un rugido de ira y de 
venganza. Había que matar al Fran- 
cés. 



Las elecciones de concejales han 
sido siemore en Madrid espectáculo 
mucho más divertido oue una corrida 
de toros en la olaza de Tetuán. Pero 
en el distrito del Muelle, y en estos 
tiempos de supervivencia comercial y 
de plétora de vida, la reunión de los 
comicios — que es como llaman los cur- 
sis a la fabricación de los pucherazos — 
resultaba un espectáculo completa- 
mente feérico. 

Al señor Isidro Manzanares v a su 



cómplice de ocasión, el viajante fran- 
cés, no les iban saliendo las cosas muy 
a la medida del deseo, y la víspera 
de la elección seguían siendo dos los 
candidatos a la plaza codiciada por 
Isidro Manzanares : éste y el Fran- 
cés. 

Matar al pescador de calamares no 
habría sido empresa hacedera ni fácil. 
Claro que sus dos rivales no se lo ha- 
bían propuesto seriamente, pues de 
haber sido así, el Francés sería ya 
cadáver, toda vez que matar a un 
hombre es cosa sencilla por mucho 
que éste se defienda. A veces basta 
con leerle unas décimas. 

Impedir que la herencia de doña 
Mercedes — Dios la tenga en su santa 
gloria — fuese a manos de su antiguo 
amor no era tampoco resolver una 
ecuación de primer grado. El jue -7 . a 
quien acudieron los dos compinches, 
seguía diciendo lo mismo que el pri- 
mer día : desde el momento que había 
un testigo presencial del suicidio y 
no lo había del asesinato era preciso 
probar éste ; si la prueba no aparecía, 
él tenía que seguir ateniéndose a la 
versión primera, que resultaba así la 
oficial. 

Los dineros contantes y sonantes no 
habían llegado aún, es verdad, a ma- 
nos del heredero, porque las opera- 
ciones preliminares al traspaso de la 
herencia iban más despacio de lo que 
hubiera deseado la impaciencia del 
agraciado : pero éste, como era lógico, 
había encontrado quien a cuenta de 
la herencia le adelantase con creces 
todo lo necesario para los gastos de 
la elección. 

Y ésta era la desesperación de Man- 
zanares. Cada vez que salía a la calle 
y veía los dos carteles anunciadores, 
el uno brillante con todos los colores 
del iris, el otro, el suyo propio, tirado 
sobre un fondo gris muy triste, sentía 
impulsos asesinos. Para mayor sar- 
casmo, los cartelitos los pegaban casi 
juntos, y aun a veces el del rival ve- 
nía a quedar un poco montado sobre 
el suyo propio, tratando, sin duda, de 
tomar posesión, de humillarle. 



126 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



Ahora ya no había más que ir a la 
lucha y derrotar en ella como fuese 
al asqueroso advenedizo. Por dinero 
no podía ser la derrota, pues los gas- 
tos de la elección de Manzanares los 
pagaba el gremio, en tanto que los 
del Francés los pagaría indirectamente 
el dinero de la viuda, y ya es sabido 
que un gremio, cuando se trata de pa- 
gar, no es nunca tan generoso como 
una viuda. 

El día de la elección Isidro Manza- 
nares se hizo el firme propósito de no 
salir de casa; esperaría en ella las 
noticias de la lucha, que le irían tra- 
yendo la Filo, el comisionista francés 
y su propio hijo Isidrín. 

A última hora le había invadido 
un fundamental escepticismo. ¡ Ser 
concejal! ¿Y qué era, después de todo, 
eso de ser concejal? Un pretexto para 
que los periodistas y saineteros se me- 
tieran de continuo con uno, llamándo- 
le chanchullero, chupóptero y otras 
lindezas. Resultaba más tranquilo, y 
casi más honorable, el oficio de pes- 
cador de sardinas. 

Claro que no eran incompatibles y 
hasta pudiera decir alguien oue eran 
dos oficios coincidentes; pero a Isi- 
dro le había entrado ya ese desprecio 
escéptico que nos invade a priori, con 
respecto al bien que damos por per- 
dido. 

A primera hora de la tarde — ¡la 
hora clásica de la tortilla y el bistec 
con patatas en los días de elección! — 
fueron a buscar a Manzanares unos 
cuantos individuos de los más mango- 
neado^es del gremio. 

¿Qué era aquello de encerrarse en 
casa todo el día? Nada de huidas ; 
había que echarse a la calle, era pre- 
ciso luchar, visitar los colegios, ani- 
mar a los débiles, fortalecer a los 
decididos, dar de mamporros a los 
partidarios del Francés... que aún no 
hubieran votado, pues con los que ya 
lo habían hecho no quedaba nada que 
hacer. 

Las noticias no eran malas del to- 
do. A aquella hora la elección no la 
había ganado ninguno de los dos can- 
didatos ; el cálculo de notas señalaba 
un empate, sostenido durante toda la 



mañana. Por lo mismo, era cosa de 
ver quién llevaba el gato al agua. 

Y Manzanares se echó a la calle, o, 
me jo - ; dicho, le echaron ; a sus últi- 
mas resistencias para salir contestaron 
sus compañeros con una frase del más 
puro sabor castellano y medieval : 

— Usted no tiene derecho a negarse 
a nuestra petición ; usted, en el día 
de hoy, no es el ciudadano Isidro Man- 
zanares, es el candidato del gremio. 
y hasta terminado el escrutinio el gre- 
mio dispone de su persona y de su 
vida. 

¡ Vaya por el gremio ! 

Fué un calvario. Por las calles oía 
cuchichear a su paso a los grupos : 
en los colegios, los interventores ri- 
vales le miraban con una mezcla de 
compasión y de odio. En uno de ellos, 
situado junto a la Aduana, Manzana- 
res y el Francés se encontraron frente 
a frente. La sardina iba, como en el 
fondo de los mares, a chocar con el 
calamar. 

Los circunstantes les rodearon con 
expectación. 

Pero no hubo choque. Quedáronse 
mirando los dos, como indecisos ; al 
fin, el Francés, que salía del colegio, 
donde había celebrado una detenida 
conferencia con los de la mesa, que 
eran todos adeptos suyos, se dirigió 
a su rival, y con tono airado, como 
achacándole la culpa de la catástrofe, 
le dijo : 

— ¡Nos hemos reventado los dos! 

Y salió poco menos que huyendo. 
Manzanares no supo lo que le que- 
ría decir. ¡ Los dos ! 

La cosa resultaba absurda y sin 
sentido, y el señor Isidro encontró de 
pronto una explicación : no había que 
olvidar que estábamos en día de elec- 
ciones y que éstas, en los países lati- 
nos, gánanse en las tabernas. 

El Francés, en la recluta de votos, 
seguramente llevaría recorridas unas 
doscientas en lo que iba de día, y no 
tenía nada de particular que anduvie- 
ra un poco ebrio. 



JOAQUÍN BELDA.— EL SEÑOR MANZANARES 



127 






Las palabras del presunto borracho 
resultaron proféticas. Al llegar al es- 
crutinio se vio que el Francés y Man- 
zanares tenían exactamente el mismo 
número de votos, resultando, por tan- 
to, empatados. 

Pero no era esto lo peor. Había algo 
más trágico, y era que ese número de 
votos resultaba pequeño al lado de 
la mayoría, verdaderamente aplastan- 
te, con que se había alzado un can- 
didato surgido a última hora, casi un 
innominado, un tal Ansúrez, pesca- 
dor de atún, del que no se sabían más 
antecedentes políticos que haber es- 
tado una vez en la cárcel por el robo 
de un reloj que luego resultó de ní- 
quel. 

El sería concejal. Sencillamente ha- 
bía pasado lo que pasaba siempre que 
dos individuos luchan encarnizadamen- 
te, sea por un acta, sea por un puesto 
en la plataforma de un tranvía re- 
pleto : que surge un tercero en dis- 
cordia y ése es el que se calza el pues- 
to y el que sube al vehículo. 

Fenómeno humano y explicable, des- 
pués de todo, ya que cada uno de los 
luchadores, verdaderamente obsesio- 
nado con los actos y movimientos del 
rival, no se fija en el nuevo comba- 
tiente. 

Cinco días después de la elección, 
y con pocas horas de intervalo — las. 
que van desde las nueve de la noche 
a la una de la madrugada — ocurrie- 
ron en el distrito del Muelle dos su- 
cesos que, siendo secuela de la lucha 
electoral, tuvieron tal relieve, que 
apagaron el ruido y los comentarios 
producidos por aquélla. 

Desde lo alto del barandal de la 
pasarela cayeron al agua en esas dos 
horas dos cuerpos humanos : el del 
Francés, pescador de calamares, y el 
del señor Isidro Manzanares, pesca- 
dor de sardinas... al por mayor. 

Se trataba de dos suicidios; aquí 
si que no cabía duda. El Francés se 
mataba por su derrota en las eleccio- 
nes y porque, como consecuencia de 
ella, el señor que le había prestado el 



dinero para los gastos electorales que- 
ría cobrar en seguida, sin esperar a 
que el derrotado tomase posesión de 
la herencia ; daba un plazo de cua- 
renta y ocho horas y amenazaba con 
romper — en el sentido literal de la 
palabra — la cabeza del deudor si no 
cobraba al final del plazo. 

El suicidio de Manzanares obedecía 
a móviles más románticos : se mataba 
pura y simplemente por no poder re- 
sistir la amargura, la vergüenza que 
le había producido la derrota. 

Y además, y esto era lo inmenso, el 
bueno de Isidro Manzanares, que para 
morir pudo haber elegido otra clase 
de muerte menos húmeda, se arrojaba 
al río de su mismo apellido, para con- 
tribuir a aumentar su importancia, su 
categoría de gran camino fluvial, al 
cual se arrojaban los hombres deses- 
perados con la misma confianza con 
que se arrojan al gran Océano o al 
fondo de un pozo. Sin miedo a hacer- 
se un chichón en lugar de ahogarse. 

Ninguno de los dos cadáveres pudo ser 
extraído del fondo de las aguas; en 
esto el río Manzanares tuvo un éxito 
más que añadir a la lista de los que, 
como nuevo Amazonas, venía obte- 
niendo desde hacía medio siglo justo. 

La Filo y el Arenque lloraron la 
muerte de sus amigos y se quedaron 
con el disgusto de no poder asistir a 
sus respectivos entierros : para ambos 
hubiera sido una complicación, por- 
que no disponían de ropa negra. 

Entre la gente del muelle fué tam- 
bién muy sentida la doble desgracia, 
aunque más la del señor Manzanares 
que la del otro ; rindamos este postu- 
mo tributo a la memoria de Isidro. 

Uno de los lugares donde más se 
sintió fué en el café de Magallanes. 
El dueño perdía dos parroquianos, y 
el camarero de turno dos propinas 
diarias. Aquí la intensidad de la pena 
era distinta que entre las demás gen- 
tes del barrio. Se lamentó más la des- 
aparición del Francés, porque de ordi- 
nario era el que hacía más con- 
sumo. 



128 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



Algunas noches después la Filo y 
su novio hablaban de los dos suicidas, 
y la chica, que era algo aficionada 
a lo astral y ultratelúrico, le preguntó 
al golfete : 

—Oye: ¿y qué habrá sido de los 
cuerpos de los muertos? 

— ¡Vaya pregunta! Pues ¿qué va a 



ser? Que se los habrán comido los 
peces. 

— ¿Crees tú?... 

— ¡ Digo ! Como si lo viera. Y te 
diré más, tengo la seguridad de que 
al Francés se lo han comido los ca- 
lamares, y al señor Isidro, las sardi- 
nas. ¡ Si en este mundo tó se paga ! 



FIN DE 
«SILVINO CORDERO, VOTA» 

Y 

«EL SEÑOR MANZANARES» 

DE 

JOAQUÍN BELDA 



TOMAS BORRAS 

(1891) 






NOVELA CORTA 



TOMAS BORRAS 



Novelista, poeta, autor dramático, periodista. Nació en Ma- 
drid. Desde los catorce años se dedicó a las letras, ha- 
biendo sido redactor de Fígaro, La Noche, La Mañana, La 
Tribuna, Nuevo Mundo, A B C y otros varios diarios y re- 
vistas. Ha dirigido numerosas e importantes compañías tea- 
trales, alcanzando éxitos magníficos con sus obras escéni- 
cas. Pasa por ser tino de los más admirables cuentistas de 
las letras españolas. Y es, a nuestro entender, el último y 
más joven escritor de la generación de El Cuento Semanal. 
Su obra literaria es muy extensa, varia y admirable. 

Novelas: La pared de tela de araña; La mujer de sal; 
Noveletas: Sueños con les ojos abiertos; Cuentos con cie- 
lo; La cajita de asombros — 1947 — ; Sangre en las almas 
— 1948— ; Checas de Madrid, 



LO MISMO Y SIETE MUJERES 



Rubia la cabellera, dorado artifi- 
cial de reflejes blancos, que pare- 
ce bruñido de platería ; el óvalo, puro 
de almendra: los ojos, dos canicas de 
cristal, candidas ; dientes de anuncio 
de dentífrico : toda ella menuda e in- 
fantil, así era Carlota, amuñecada 
con nombre de heroína romántica. La 
envié flores y cartas-poesías en papel 
violeta. Cuando la hablaba enamorado, 
perdía sus miradas celestes en la pe- 
numbra de las alamedas, y les pájaros 
descansaban a su voz, meciéndose en 
sus melancolías musicales. La gustaba 
ir conmigo al Museo del Prado y con- 
templar las escenas italianas: perfiles 
de adolescentes con joyas como ta- 



tuajes, junto a muchachas andróg> 
ñas, salones de mármol, vinos y frutas 
choques de luces crudas de Venecifc 
— verde veronés, carmín, cobalto — 
laúdes, ninfas perezosas, miradas cor 
ojeras, palomas como senos desnudo. 1 
volando en la delicia... Carlota er& 
mi primera novia. Su brazo no pesaba 
al apoyarse en el mío. Si la recuerde 
en el sabroso entonces, la ven loí 
ojos de mi memoria tallada en trans- 
parente jaspe. No decía «Quiéreme), 
como se dice en España; sino «Áma- 
me», como se escribe en las novelas 
Nunca besé aquella piel, que me pare- 
cía porcelana. En sus labios, un fre- 
són inmóvil, pues nunca sonreía. ¡Que 
cintura de niña, qué dedos largos 3 
alisados, qué alba en su resplandor: 
«Carlota, sueño contigo, ¿o eres ur. 



132 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



ensueño y no me doy cuenta de que 
habré de despertar?» 

Desperté. Cuando habían pasado dos 
meses de entrevistas furtivas, espe- 
rarla escondido y escapadas con pre- 
textos, apareció con otra muchachita. 
— Mi hermana — nos presentó. 
Nada más mirarla lo comprendí, fué 
ana revelación. ¡Si ésta era la que 
70 buscaba ! 

— No sé por qué la llamamos en casa 
Pilu. 

—O Filucha— pegó ella la hebra—. 
Porque me pusieron en la pila Grego- 
ria, el santo del día. ¡Qué regalito el 
del padrino! ¡Gregoria! Menos mal 
que Filucha lo arregla. Pero no se 
confunda y me llame feúcha, que no 
lo soy. 
— Lin ducha, sí. 

Su risa, aquella risa que caía en 
catarata sobre la luz, sobre el rostro, 
en lluvia de pétalos, que estremecía 
su garganta, que teñía de resol su 
rostro; aquel reír del corazón, de la 
aoca, de los ojos con las lágrimas 
alegres... Oía reír por primera vez. 
3u melena negra revolvíase en ma- 
dejas rebeldes atrás, porque la cabeza 
se doblaba por el resorte de la nuca 
7 el arco de la mandíbula salía un 
doco, desnudando más la desnudez de 
ni gálbilo. 
—¿Verdad que no soy fea? 
Infinita picardía de su mirar, con 
rocío entre las pestañas y en los dien- 
tes, aún sorbiendo los labios, estrictos, 
delineados, los últimos borbotones de 
su reír. 

—Dispénsala. Es tan propensa... 
Cualquier cosa la divierte. 

La hermana, imnávida, armónica- 
mente artificial, miraba a Filu con 
oolitas de vidrio iluminado entre el 
redondel acribillado de alfileres ne- 
gros, sus pestañas, unidas de tres en 
tres por minucioso rímel. La mano de 
Gregoria— la llamé así por oírla reír — 
era de blanda dureza, carnosa, cáli- 
da. Más alta que Carlota, menos es- 
belta, del color maduro de las mo- 
renas, cimbreante, un poquitín densa. 
Pilu parecía sentir prisa, un ardor de 
hablar, de correr, de arrebatar. Mi- 
raba como revolviendo en la herida 



la mirada, sensualmente, ensañada- 
mente. 

— Carlota, existe la fatalidad... Car- 
lota, yo debo de tener un destino trá- 
gico... ¡Si vieras qué problema más 
difícil de resolver hace sangrar mi 
alma, Carlota!... 

¡Y menos mal que había conocido 
a. Filucha antes de casarme con Car- 
lota! 

Vivía como febril, tiritando, abra- 
sándome, disimulando, con Filu a un 
lado y Carlota al otro, entre el frío 
ardoroso de mi repulsión por la que 
antes amé y el deseo quemante por 
i& hermana, imposible, que me hela- 
ba. Enfermé, envejecí... Los tres, jun- 
tos a cada momento — así los padres 
toleraban el noviazgo de Carlota con- 
migo, violadísimos por Filucha — . 

—¿Qué te sucede, amor?— me pre- 
guntaba la muñeca en su estilo ro- 
manesco. 

— Amarillo v con ojeras, no le pre- 
guntes qué tiene: está queriendo de 
verss _ se arrancaba Filu con la so- 
learilla, v la claridad de su reírse de 
mí me inundaba de placer, me can- 
taba en los oídos, rebrotaba en mi 
alma: tenía que contenerme para no 
hundir mi boca en su cuello palpi- 
tante. 

—Carlota— me arrodille—, es horri- 
ble; mátame si quieres..., no sufras, 
ñor Dios, que no valgo nada y encon- 
trarás otro novio mejor que yo... Es 
una deslealtad..., es una infamia, per- 
dóname... " 

— Habla, no me agobies con tanta 
angustia. 

—Me he enamorado de tu hermana. 

No contestó, no se desmayó, ni me 
hizo reoroches, ni lloraba, ni respi- 
raba. Alrededor de sus ojos asombra- 
dos los cien alfileres negros, simétri- 
cos, que tardaba tanto tiempo en unir 
con rímel ante su espejito, nada mas 
que la mirada de canicas de cristal 
y, dentro, sus colorcitos celestes. 

' — ¡ Carlota ! 

Dándose cuenta de que vivía— mi 
o-rito evitó su petrificación—, asomóse 
a. la puerta del palco. Filu había sa- 
Udo en el entreacto de la comedia, 
con 'pretexto de refrescar, para dejar- 



TOMÁS BORRAS. — LO MISMO Y SIETE MUJERES 



133 



nos un momento a solas. Cuando entró 
Pilu, a la llamada de Carlota, fui se- 
ñalado por un dedo largo y alisado 
implacable. 

—Se ha enamorado de ti. Ahí le 
tienes. 

Cogió su pareja de zorros reunidos 
por el hocico y, manejándolos como 
látigos, se fué, impasible, artificial 
menuda, amuñecada. Pilu vino hacia 
mí; yo estaba encogido de miedo, su- 
doroso; me miró minuciosa, de abajo 
arriba, como se examina un objeto. 
«¡Se va a reír!», esperaba yo con an- 
sia para lanzarme sobre su alegría 
abrazar aquel cuerpo turgente, jurar- 
la entrecortado... 

— ¿Plato de segunda mesa?— me di- 
jo Gregoria, con desdén asqueado, 
dura, fruncida. 

Solo en el antepalco, perdida la 
tensión, lelo, no supe qué hacer. Cuan- 
do levantaban el telón y se oscurecía 
la sala, salí también, como un delin- 
cuente, de puntillas.. 



II 



Meses después del episodio, aún iba 
mi recuerdo de una a otra, incensan- 
te; el balancín de mi remembranza 
alcanzaba la imagen de Linducha, y 
sus aromas de canela me empapaban ; 
separábase, meciendo su vaivén has- 
ta parecérseme nítida, Carlota, con 
su pasmada expresión de bebé de la 
moda. Una luz me llegó de allá, del 
fondo de la infancia; era niño, jugá- 
bamos a los novios, y la rapacita del 
tercero, con sus trenzas y sus ocho 
anos, quedó apalabrada formalmente 
por m: delante de todos los chicos de 
la vecindad; era mi novia y la guar- 
daba las estampas del chocolate y los 
carretes de mi mamá con cabes de 
seda, nos sentábamos en el portal muv 
juntos, yo la corregía sus planas de 
letra inglesa. ¿Qué había sucedido 
después para que la chiquilla no me 
nablase más, huyendo con odio? ¡ Ah 
si!... Tenía una hermanita algo me- 
nor, escuchimizada, enferma, y yo 
deje a mi novia oficial, con escándalo 



de la chiquillería del barrio, porque 
me sedujo la fealdad de su hermana 
Vagué como sin sombra aquellos me- 
ses después de mi ruptura con Car- 
lota y Filu. Quizá el amor sea la 
sombra de nuestro espíritu: miraba 
alrededor, y encontraba el vacío; me 
faltaba el punto de apoyo, la mujer 
presente en mí, acompañándome, co- 
mo nuestra sombra apuntala el cuer- 
po. Yo necesitaba amar, yo necesitaba 
duplicar mis manos en el contacto 
de otras manos, verme en ,un reflejo 
de macizo y sólido cuerpo armonioso, 
sentir la resistencia de la voluntad 
probándose, rebotando en otra volun- 
tad diferente, creer y dudar, dominar 
un ser vivo que se me escapara, sen- 
tirme bajo la onda suave de otra 
influencia que me alejase de mí mis- 
mo, seductora. Estaba desasosegado, 
acedo. No podía dormir, no sentía el 
gusto del trabaio; la vida, alrededor, 
me sonaba a falsa, a copiada sin real 
realidad, diálogos en un museo de fi- 
guras de cera. 

Decidí salvarme arrojándome al 
agua, iba en un buque que se hundía, 
y dibujé esa paradoja del que, para 
no ahogarse, se tira de cabeza al mar. 
Una mañana, en la clase de griego, 
segundo curso, pasé revista a las alum- 
nas; elegí tres, puse una moneda so- 
bre El arbitraje, sobre el texto de 
Menandro («Habrótono: No puedo 
antes de saber con certidumbre quién 
sea el autor de la violencia; temo 
darles vanas esperanzas a esas mu- 
jeres.»), y me jugué a cara v cruz, 
conmigo mismo, las tres discípulas. 
Ganó Pepa. 

Empezó el asedio, tímido. Pepa So- 
lar y yo recorríamos las largas ave- 
nidas de la Ciudad Universitaria con 
pasos paralelos. Los otros escolares 
no contaban con nosotros, desgajados 
ya de su grupo: nos catalogaron co- 
mo futura pareja formal. Pepa no 
podía ser Pepita, ni Pepilla. ni Pe- 
nucha, tan seria y reflexionadora ; los 
diminutivos son juguetones, aniñan- 
Pepa tenía, aún adolescente, tempe- 
ramento de mujer hecha y muy de- 
recha. Calculaba las horas de estudio 
los meses de Facultad de Filosofía y 



134 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



Letras, los ciclos de oposiciones -y el 
escalafón de cátedras, como tramos 
fatales de ferrocarril para llegar a 
una estación. Previamente se situaba 
en la existencia entre el punto de 
partida y el de llegada, para crono- 
metrar las etapas y caminarlas con 
exactitud. Aceptaba un novio porque 
era prolegómeno de marido y ante- 
cedente obligado de padre. Creo que 
en su cabeza, sensato numen de Mi- 
nerva, ya estaba acordado el número 
de hijos en proporción a los ingresos 
presupuestos. No la gustaba Ana- 
creonte. ¡ El Amor vwjado en estos 
tiempos del paraguas y el impermea- 
ble! Me construyó una tabla de vi- 
vir : «Levantarse a las siete, estudiar 
hasta las nueve, clase hasta la una, 
descansar hasta las tres, paseo de tres 
a cuatro, estudiar de cuatro a ocho, 
paseo de ocho a nueve, recogerse y 
dormir.» 

Hay estatuas de mármol sin pupi- 
las; yo no veía la mirada de Pepa 
Solar, que miraba hacia dentro. Lle- 
vaba botas de goma hasta media pier- 
na los días nublados, el pelo tirante 
y muy corto, para evitar ringorrangos 
de peluquería; no se pintaba, no iba 
a la manicura, vestía un traje-túnica 
ceñido por un cinturoncillo, parecido 
a la sencilla cimbérica ateniense ; ha- 
blaba lo preciso con vocablos de rara 
exactitud. 

— Eres una máquina registradora, 
se aprieta la tecla correspondiente y 
sale en el marcador la cantidad — le 
decía yo, por broma. Pero no permitía 
que apretase la tecla correspondiente. 

— A ganar el curso, y cuando nos 
licenciemos y tengamos una cátedra 
cada uno, entonces ya se verá. 

De seguro querría casarse sin invi- 
tar a nadie, en un acto tan natural 
como ir a la librería a comprar La 
Batracomiomaquia. 

«Me conviene como esposa, ya que 
soy impresionable, nervioso, multiloco 
como el cielo que está limpio y tran- 
quilo; o se deja cerrar por la cúpula 
cárdena de la tormenta ; o el sol, ar- 
diendo, le disuelve ; o respira su agua 
ennochecida chorros de burbujas de 
luz; o se aduerme bajo ramas de al- 



mendro, copos de nubes primaverales; 
como el cielo soy, donde la mano del 
viento escribe, sin su voluntad, el des- 
tino diario. Y Pepa, ordenada, lógica, 
que me prohibe soñar versos, que no 
fuma y mete en la hucha lo que se 
gastaría en cigarrillos y encendedo- 
res, contrabalancea mi indecisión, mi 
dejarme llevar por el azar.» 

Eso pensaba yo, cuadriculado por el 
método y la exactitud científica de mi 
amiga-administradora-novia. Me casa- 
ría con ella, estaba decidido. Una 
duda me punzó : 

- — ¿Tienes alguna hermana? — le pre- 
gunté. Quería prevenirme. 

—No. 

Pepa lo había negado en seco, con 
disgusto. Me tranquilicé, y a poco, re- 
flexionando, me intranquilicé ; era una 
inquietud la mía imprecisa, inconcre- 
ta, no podré explicarla. El hecho de 
que Pepa no tuviese una hermana me 
disgustaba, me separaba de ella. Era 
irrazonable ese sentimiento, no resis- 
tía el argumento en contra y, sin em- 
bargo... Como reproche a una tenden- 
cia absurda, para corregir mi incli- 
nación, me declaré a Pepa Solar es- 
cuetamente, en trámite de oficina ; 
ella, sin emoción ni rubores, lo pensó 
y, analizada la realidad que se nos 
creaba, me compuso en un papel la 
nueva tabla de vivir : 

«Levantarse a las siete, estudiar has- 
ta las nueve, repasar juntos la lección 
de nueve a nueve y media, clases has- 
ta la una, hablar del plan de nuestro 
enlace de dos a tres...» 



III 

Eramos novios como esposos en sus 
bodas de plata-? amor en baño de agua 
tibia. A mí me faltaba algo. ¡ Aquel 
quererse era tan tranquilo, y Pepa sa- 
bía tan sosa! Hablábamos de los clá- 
sicos, de la temperatura; indiferen- 
cias. Yo me revolvía desasosegado por 
el escozor de un sentimiento sin sa- 
tisfacer. 

— Pepa, ya que no tienes hermana, 
¿ni siquiera tienes prima? 



TOMÁS BORRAS. — LO MISMO Y SIETB MUJERES 



135 



—No. 

Pepa no tenía más que cuadernos 
con apuntes del alfabeto griego y su 
propio mecanismo de precisión psí- 
quica. 

— ¿Qué te inquieta? 

— Nada, 

Yo sentía disolvérseme el impulso, 
apagarme, resignado. Tuve que sorber 
glotonamente textos, estudiar, puesta 
la visera azul que Pepa me regaló 
para que no cansase mis ojos tanta 
luz artificial, abrumado por la orden 
de mi novia : 

— Tienes que sacar matrícula de ho- 
nor en tres asignaturas. Así ahorra- 
remos doscientas noventa pesetas con 
cuarenta céntimos. 

Me rebelé una noche y salí solo, 
libre, a expansionarme. Entré en el 
Paraíso, el restaurante-bar del cuatro 
en uno. Trepé a la banqueta alta y 
puse las manos sobre el mostrador. 
Formábamos fila tantas muchachas y 
muchachos sentados ante el cinc, to- 
dos bien vestidos, y otra fila detrás 
de muchos, en espera de que acabá- 
semos de cerner para relevarnos en 
las banquetas, y era aquel ruido ale- 
gre, chispazos de risa y conversación 
jóvenes; nadie se conocía; parejas 
que se aupaban y relamían los sor- 
bos o los bocadillos obsequiados por 
él o por ella, bullicio como cántico, el 
júbilo de vivir en escalas altas, verti- 
ginoso vals... Las camareras, al otro 
lado del cinc, en uniforme de cuá- 
queras, pusieron en todas las manos 
de la fila un plato dividido en cuatro 
compartimientos, y después, correa sin 
fin, una cosa encarnada y otra cosa 
verde, una cosa dura y otra cosa blan- 
da. Empecé a comer, con el tarro de 
cerveza delante, apisonando el ticket 
para pagar en la caja. Mano gatuna 
deslizóse sobre mi tarro, agarró el asa 
y la llevó a una boca, que, después de 
beber, tenía das rebordes de espuma 
como paréntesis. Yo, de tan ávido por 
mii-arlo .todo, no había visto a mis 
vecinos de banqueta. El atrevido era 
un mozo lampiño, con gorra clavada 
hasta media frente, de suave rostro 
y suave la mirada, de movimientos 
curvos y hombros estrechos. Se reía 



él, y se reía, como eco, su pequeña 
corte de chicos y chicas, encantadores. 
Para seguir la broma, pinché con el 
tenedor en la cosa verde y en la cosa 
blanda de su cuatro en uno, y me 
la comí. El mozuelo me cogió la cara, 
y, contemplándome, al mismo tiempo 
que enseñaba su sonrisa a su pequeña 
corte, sentenció : 

— Pues sí que es guapo. 

Le pincé la nariz y apreté. Chilló : 

— ¡ Eh, que tengo que rodar dentro 
de media hora, no me desfigures ! 

Y para evitarme la cara de tonto 
que debí de poner, señalándose : 

— Soy Loca. Tabú..., ¿no caes? Tu 
futura cuñada... La hermana de Pepa 
— eso dijo. 

Y era maravilloso lo que dijo : ¡ Su 
hermana ! La cogí de la cintura y la 
besé. La fila de la barra inclinó una 
onda de cabezas hacia nosotros. Loca, 
pequeña dentro de su traje de hom- 
bre, hizo pernetas, desplomándose para 
defender su máscara ;' mis besos eran 
en sus mejillas raspones, arrancada 
la pintura-carne, en mis labios se pegó 
su ocre sonrosado. El pequeño séquito 
de la cineísta cercó su cuerpo de mi- 
niatura y sus chillidos de pájaro que 
se quema. Por todo el Paraíso corría 
la ráfaga del jolgorio: 

— ¡Revoltosa! 

— ¡Rifa los besos! 

— ¡No te los dejes robar! 

— ¡Ahora voy yo! 

— ¡Leca, loca, loca, loca!... — clamaba 
el Paraíso, camareras cuáqueras ocio- 
sas, muchachas apretujándose hacia 
el centro del remolino, vocerío de apo- 
teosis en luz enrojecida de neón. Loca 
v yo huíamos del brazo, y la guasa 
"del restaurante-bar se fundió en la 
marcha de Lohengrin, remedo de un 
cortejo de boda. 

— ¡Si no es mi novio! — se volvía ella 
a los rostros acumulados lanzándola 
haces de miradas, idénticas en gesto 
simpático y bocas sonoras — . ¡ Os soy 
fiel a todos! 

Vestida de chico, insolente, sofoca- 
da, breve..., la puerta giratoria la 
remolinó a la calle. 

— Tu hermana me dijo... 



136 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



— Lo oculta poroue soy el escándalo 
de la. familia, según parece. 

— Tu seudónimo ayuda a temerlo. 
Son tan rebuscados los nombres de 
cine. 

— Loca, loca..., y eso de Tabú... 

— Es que soy loca de verdad, ¿ sabes? 
En vez de repartirse el cincuenta por 
ciento entre las dos hermanas, yo ten- 
go el ciento por ciento de disparate 
y ella el ciento por ciento de sen- 
satez. 

Ya estábamos sentados en el auto- 
móvil. La pequeña corte se inmovili- 
zó en la acera, cohibida, neutralizada. 
Corríamos. Loca conducía mirándose 
en el espejo retrovisor para dialogar 
a gestos con su imagen. 

— Me gusto — fué su explicación. 

¿Era una chica aquel chico? Yo no 
hablaba. Inclinado me miré también 
al espejo, donde estaba un trozo de 
su rostro y él-ella, o ella-él, se puso 
a hacerme muecas, y yo, la o le, res- 
pondí con visaj.es. Los estudios esta- 
ban situados en las afueras. Saltó del 
coche a la orilla de los jardines : el 
edificio en medio, enorme y destarta- 
lado, imitando hangares en serie. 

— Bien... — me alargó la mano. 

— ¿Y cómo vuelvo yo ahora? 

— Vuelve a pie. 

Corría quitándose la gorra, brotán- 
dola rizos ; los pies, veloces, ratones ; 
chiquillo prematuramente vestido de 
hombre. 

Al día siguiente llegué a la Fa- 
«ultad cuando entraban en clase. Pepa 
se había quedado la última, severa. 

— Por poco te ganas una falta. Eso 
es malo siempre, y más tan cerca de 
los exámenes. 

— Ayer conocí a tu hermana... Lo- 
ca... Es divina... — no pude decir más, 
ahogado por el maratón a toda velo- 
cidad. 

Nos sentábamos juntos, ya casi ma- 
trimonio. Pepa, ceñuda, abrió sus cua- 
dernos y se puso a tatuarlos con el 
lápiz. Aquella mañana se estudiaba 
a Sófocles. Yo escribí en un papelito : 
«Coro : Con su arrollador poder siem- 
pre sale victoriosa Afrodita. Las Tra- 
quinias.» Y se lo puse ante los ojos. 
Ella me contestó al respaldo : «Coro : 



Ten cuidado y no prosigas. ¿No re- 
naras ñor qué caminos vienes a dar, 
v a ahora, ' en estos tormentos volun- 
tarios? Tú te acarreas desmedidos 
males metiendo guerra en tu desolado 
corazón. Electra.» La pasé otra cuar- 
tilla con este fragmento : «Terestas : 
No busoues en Creonte tus males: 
en ti mismo están. Edivo, rey.n Pena 
me lo devolvió con esta réplica : «Pr- 
loctetes: ¿Y yo voy a ceder? Y ha- 
ciéndolo, ¿con Qué cara me oresento 
vo, triste de mí, ante nadie? ¿A auién 
le voy a hablar? ¡Oh, ojos que lo veis 
todo en mí! ¿Cómo vais a sufrir 
vosotros verme a mí tratando con los 
Atridas que me han arruinado? ¿A 
mí con el condenado hijo de Laertes? 
Pues no son ya los males pasados los 
que me afligen, sino los que presiento 
oue me faltan por sufrir de parte de 
todos ellos, pues corazones que ya han 
engendrado unas maldades, pronto ins- 
niran otros a los malvados. Filncte- 
tes.» Por tercera vez utilicé a • Sófo- 
cles para nuestro diálogo, de tan cla- 
ro sentido, y escribí: «Ulises: Todo 
es posible andando de por medio una 
deidad. Ayante.y» Ella tan sólo trazó 
debajo de esa frase : «Tan canalla tú 
como ella. Yo.» 

Al terminar la clase, corrí en pos 
de mi novia. 

— ¡Pepa, Pepaaa! — la gritaba, que 
se me escabullía, huyéndome. 

Entre Pepa y yo iba flotando, inter- 
puesto, opaco, el recuerdo de la her- 
mana, mi ananké. 



IV 



— ¿Qué hago? 

Me lo preguntaba, volvía a pregun- 
tármelo, insistía, rebuscaba, y, sin sa- 
ber contestarme, aquel tormento iba 
conmigo, pegado a mí mismo, exci- 
tándome, corroyéndome, «túnica de 
Deyanira», que hubiese dicho Pepa. 
futura catedrática de griego. Tumbado 
a solas en mi habitación, me enreda- 
ba en el problema, pescado en su 
red, dando coletazos de angustia : salí 
a la calle, y el motor del sordo ruido. 



TOMAS BORRAS. — LO MISMO Y SIETE MUJERES 



137 



batiendo y mezclando todos los es- 
trépitos de la ciudad, me golpeaba 
en ritmo monótono : «Her-ma-na, her- 
ma-na...» Por la nociie era mi pesa- 
dilla ver cambiarse de cuerpo, de al- 
ma, de üsonomia, de expresión, una 
mujer en otra : Carlota en Filu, Pepa 
en la loca üe Loca, vanándose, con- 
fundiéndose, sucesivas, incesantes. 

Razonaba así, esquemático : «Quie- 
ro a Pepa. Como la quiero, tengo 
que enamorarme de su hermana. Por- 
que si no me enamoro de Loca, no 
iograré enamorarme de Pepa. Pues 
mi condición es tener hondo amor a 
la hermana, sea quien sea, de la que 
quiero. Me enamoré de Filu porque 
era hermana de Carlota, de mi novia. 
De estar en relaciones con Filu, me 
huoiese enamorado de Carlota. Para 
romper este i atai mecanismo y que 
no se repita el caso de Cariota y Filu 
con Pepa y Loca, le haré el amor a 
Loca y así me gustará definitivamente 
su hermana, Pepa. Como me inclino 
ahora a Loca por ser hermana de 
Pepa, impulsado por la fuerza de mi 
natural, me decidiré definitivamente 
por Pepa e»n cuanto sea novio de 
Loca.» 

Hice un esfuerzo, puse en tensión 
la voluntad, y Pepa quedó expulsada 
ue mis sentimientos aiectivos. No nos 
hablábamos ; eiia había vuelto a sen- 
tarse en el primer banco de la clase, 
y yo la miraoa de reojo por las gale- 
rías de la Facultad y en la Biblioteca. 
«Ya veras — le hablaba mentalmente — 
cómo te adoro en cuanto me entienda 
con tu hermana. Espera un poco, po- 
breciila, a que recorra el camino de 
mi lógica amorosa. En cuanto Loca 
me diga que sí, vendré a ti, ansioso 
de tu ternura. Espera. Tengo que cum- 
plir esa etapa.» Pepa, metida la ca- 
cabeza en sus libros y cuadernos, se 
alejaba cada vez más de mis pensa- 
mientos; como estatua de hielo se de- 
rretía; disminuyendo se disolvió, des- 
apareció. Ya ni me acordaba de Pepa. 
¡Qué felicidad! Ahora podía since- 
ramente amarla, al instante de de- 
cirnos Loca y yo «¡Te quiero!», aun- 
que me llevase en los labios toda la 



pasta con que la embadurnaban para 
rodar. 

Cambié de hermana para cumplir 
este propósito, obediente a mi sino. 
Loca me dijo muy pronto « ¡ fe quie- 
ro!». Me lo dijo y no me importó nada. 
Ya no vestía de chico ni de chica, 
sino de algo que .no era vestir de 
vestida. ¡ Le gustaba tanto nadar ! 
En la piscina de los estudios cinema- 
tográficos se peleaba con el agua en 
la superficie y por debajo, y yo veía 
una silueta de gelatina prensada en 
la masa verde del agua, o una bola 
de goma con dos ojos llorosos de go- 
titas y la boca en o de pez, o un 
albornoz caído en la arena, junto a 
la piscina, abrasado de sol, o un tro- 
zo macizo desplomado desde el tram- 
polín con estallidos de salpicaduras... 
Y no veía más, porque Loca Tabú es- 
taba haciendo una película y no tenía 
tiempo, en el descanso, sino para lu- 
char con el fatigado líquido del es- 
tanque a brazo partido. 

— ¿Qué hago? 

Volvía a retorcerme, a preguntarme, 
a repreguntarme, cogido por otro pro- 
blema de este ajedrez de mis amores. 
Me sucedía lo inesperado : que Loca 
no me servía para mi combinación, y 
al hacerme novio suyo no podía ena- 
morarme de Pepa. Me falló el recurso. 
Lo explicaré. Al cambiar a Pepa por 
Loca (para poder enamorarme de Pe- 
pa cuando ya quisiera a su hermana) 
resultaba que, cerno ya me gustó de 
rechazo Loca, no pude encariñarme 
con su hermana Pepa. ¿Por qué? Es 
sencillísimo. Debía ir a Pepa por el 
vehículo del amor de Loca, su her- 
mana. Pepa era la verdadera, digá- 
moslo así, quien debía enamorarme 
en definitiva en cuanto yo quisiese 
a su hermana. (Lo que me ocurrió con 
la combinación Carlota-Filu.) Pero 
¡ qué espanto ! Como la primera de 
las dos hermanas que amé fué Pepa, 
al intentar enamorar a Loca para 
querer a su hermana, me prendaba 
Loca como retrueque de su hermana 
Pepa, y no me interesaba Pepa cerno 
retrueque de su hermana Leca. El obs- 
táculo era invencible. Yo siempre as- 
piraba a una mujer por reflejo de su 






138 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



hermana; o sea, deseaba siempre a 
la hermana de una mujer. Loca ya 
no era, en mi concepto, la hermana, 
la segunda, la sustituido'ra. Si hubiese 
encontrado a Loca sin saber de Pepa, 
hubiese sido Pepa la seductora para 
mí. Había encontrado primero a Pepa 
y era Loca la que me interesaba por 
ser la hermana, Y no podía evadirme 
de este círculo inexorable. 

Pero tampoco Loca me arrebataba 
hasta caer en casarme con ella. Yo 
quise querer a Pepa por medio de 
Loca, y no pude, según he explicado. 
Y no podía darme a Loca quedando 
la hermana, Pepa, pendiente de solu- 
ción en mi anomalía espiritual. Ya 
casado con Loca, se me presentaría 
el caso de Pepa en forma de caso fa- 
miliar... «Y eso "es muy grave», pen- 
sé. Por no haber seguido la natu- 
ralidad de mi complicación, Pepa sería 
entonces mi objetivo, pues no había 
llegado a Loca por conducto del amor 
de Pepa, sino que para llegar a Pepa 
me empleé en seguir a Loca. Eso, 
obrar al revés de lo que yo necesitaba, 
era hacer trampas a sabiendas. 

Regañé con Loca, cosa bien fácil: 
no intenté acercarme a Pepa; me 
queda sin las dos... ¿Y el porvenir? 
Esa manía de pretender a las her- 
manas, de apasionarme por la herma- 
na sólo por ser hermana, me era 
preciso medicinarla, curarme. De lo 
contrario, mi vida cordial iba a ser 
un jeroglífico sin solución, un tormen- 
to de hermanas cruzadas. 



v 



Mi hermano entró en el cuarto, 
trémulo. 

— ¿Estás malo? 

—No, Valentín, es que necesito tu 
ayuda. 

Tranquilo, se guardó el telegrama 
que le llevó a mi lado, desde Avila, 
tirando de él; recogió los libros que 
escombraban el suelo, derrumbamien- 
tos de mi indiferencia aburrida, entre 
abundantes puntas de cigarrillos. 

— ¿Llevas mucho tiempo así? 



— Cinco días. 

Ni siquiera me levanté de la buta- 
ca de mi desesperación inerte. 

— Será algo grave... 

Le conté los hechos, aquellos cuatro 
capítulos con cuatro nombres de mu- 
jer : Carlota, Gregoria, Pepa y la Lo- 
catis; le expliqué el enredijo y su 
causa ; le hice ver mi confusión y mi 
incapacidad para resolver un estado 
psicológico que me abrumaba, dislo- 
cando mis propósitos. 

— Me pongo en tus manos; no sé 
lo que hacer, me envuelve una nube 
de humo. 

—Tengo que sacarte de entre las 
ligaduras de un enigma de álgebra del 
temperamento, y no sé más álgebra 
aue la de los teoremas... Así, de pron- 
to, me parece que se ha desarrollado 
en ti con exceso el órgano de enamo- 
rarse de las hermanas, cerno a otros 
se les desarrolla el tiroides. Más o 
menos, todos los hombres se sienten 
atraídos por la hermana de su mu- 
jer. Hay una razón : tratan a las dos 
simultáneamente, conviven con ellas ; 
y mientras van apareciendo defectos 
en las esposas, no se ven en la cuña- 
da. La intimidad perjudica a la es- 
posa. El trato con la hermana no es 
tan minucioso como para descubrir 
en ella las facetas desagradables, ni 
tan frío y espaciado que la impida 
entrar en nuestra afectividad. Mien- 
tras la esposa tiene que aparecer tal 
cual es, exhibir su lado feo— ¡ lo hu- 
mano! — y chocar en mil detalles con 
el marido, la cuñada no se presenta 
sino agradable, aderezada, sonriente, 
complaciente... Además — añadió, re- 
flexionando — , una hermana suele ser, 
en lo físico y en el carácter, el rever- 
so de su hermana. Nos atraen los 
contrarios, y por esta otra causa pro- 
duce ilusión el cambio de lo conocido 
a lo desconocido; de lo uno — rubia, 
frágil, delicada, por ejemplo — a lo otro 
por ejemplo, morena, enérgica, tur- 
gente—. Y viceversa, siempre vicever- 
sa. Añade que sentimos en nosotros, 
como lo sentirán ellas, novias y casa- 
das, la sensación de que nos hemos 
equivocado. Si la mujer o la novia es 
celosa, nos aflije no haber elegido a 



TOMAS BORRAS. — LO MISMO Y SIETE MUJERES 



139 



su hermana, que es con nosotros to- 
lerante y comprensiva ; si la nuestra 
resulta coqueta y caprichuda, ¡ qué 
encanto el de la leal y prudente her- 
manita que está a nuestro lado como 
reproche mudo de nuestra torpeza ! . . . 
Nunca alcanzamos la felicidad al em- 
parejar con lo femenino; y al buscar 
la causa, condenamos a nuestra pareja, 
a la mujer que según nosotros no 
supo darnos esa felicidad absoluta. 
Como deducción, pensamos : «Otra me 
hubiese hecho feliz.» Y esa otra es la 
más cercana ; la cuñada, que no es 
como la que nos encadena, sino su 
antítesis en unas cosas — las que no 
tenemos — y al mismo tiempo idéntica, 
por su parecido, en otras cosas — las 
que nos agradan — . Ese debe de ser tu 
caso y tu diagnóstico... ¿O es que yo 
también me he hecho un lío? 

Valentín era ingeniero ; estaba en 
Avila, en lo alto de la Sierra, cons- 
truyendo un pantano ; tenía cinco 
años más que yo ; curtido por el aire 
bravio, cazaba, domeñado por la so- 
ledad. Fué a visitar a las cuatro mu- 
jeres, y éste fué el resultado de sus 
trabajos : 

— No sé qué decirte. Filucha es una 
hembra estupenda, además de muy 
alegre; magnífica, la hermosura de 
las hermosuras — ■ se entusiasmaba—. 
A Carlota no he llegado a analizarla ; 
la Tabú es un animalito de lujo, una 
muchacha-pequinés; Pepa me ha pa- 
recido más cuajada para ti... Ya sé 
que no se trata de elegir una... Res- 
pecto de tu vacilación, mejor dicho, 
de tu oscilación de péndulo, es tan 
intrincado el tema... Tienes necesidad 
de enamorarte, esto es un hecho ; pero 
te escapas por la tangente, sales dis- 
parado de tu centro hacia lo excén- 
trico con una constante bien marcada: 
que giras alrededor del centro al sa- 
lirte de lo excéntrico. Te chiflas por 
la hermana de tu novia, no porque 
sea otra mujer alejada de tu novia, 
sino porque está junto a ella y es 
parte de ella ; siempre se mueve tu 
corazón en la misma órbita. Por lo 
tanto — reflexionó con gesto serio — , 
hay las siguientes probabilidades : 
a) quedarte soltero y dejarte de no- 



viazgos; b) aguantarte con la novia 
que elijas y prescindir de su hermana; 
c) casarte con la hermana que sea. 
La probabilidad a) .descarto ; quedan 
las otras dos, b) y c). Creo que la 
solución es... Puede que la solución 
sea. . . 

No me la dijo. Por la noche se mar- 
chó. 



VI 



Carlota me escribe : «Salas italia- 
nas. Necesito verte.» Voy al Museo, y 
está frente a la Iglesia de San Giogio 
Maggiore, junto al Bucentauro atra- 
cado a la Riva dei Schiavoni, obser- 
vando al dux que embarca, en el cua- 
dro de Bassano. Tan incipiente como 
Loca — las dos tienen medidas madri- 
leñas — , su casco, de oros pálidos con 
reflejo plateado de platino, el óvalo 
pulido de porcelana, las canicas de 
cristal de sus ojos atónitos, azulinos, 
artificiales, de bazar. Las venus car- 
nosas, venus de banquete, y los amor- 
cillos frescos y abejorros, y los mu- 
chachos con ropajes de púrpura y 
labios de mujer, encuadran a Carlota, 
más muñeca y fría en el panorama 
lascivo. No aprieto más los dedos por 
no estropear con el apretón el bizco- 
cho delicado con que la modelaron. 
Cien alfileres de rímel rodean la dia- 
na de sus párpados en círculo. 

— ¡No está Linducha ! — me quejo, 
sin querer. 

La que se ha separado de un poe- 
ma mitológico — Apolo, Juno. Baco, 
Diana — es otra mujer que deletreaba 
la atribución al pintor: Gia...quin... 
to... Otra mujer que Carlota me pre- 
senta : 

— Mariana. 

Su mano es fuerte, nudosa, y agarra 
mi mano, que se deja caer un poco 
desencantada. Hubiera sido tan fácil 
hacer las paces con Carlota entre la 
humanidad de dioses desnudos inun- 
dando la sala próvida de cataratas de 
flores de Flora y frutos de Pomona 
— el púrpura, el cadmio, el dorado, el 
verdegay... — . Esta Mariana se inter- 
pone, ceñida de negro : 



140 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



— Mucho gusto... 

Es una adoiescente-dama, está en- 
tre dos estaciones. (Las mujeres siguen 
la misma eclíptica del año : primave- 
ra, estío, otoño, invierno. Su prima- 
vera alcanza hasta los veinte; hasta 
los treinta, viven su verano ; de los 
treinta a cuarenta y cinco, el otoño : 
invierno, después. Ellas cambian la 
duración, cerno es sabido : primavera 
frisa los cincuenta ; estío, los setenta ; 
otoño, siemore: no hay invierno para 
su corazón. > Mariana tiene de lo pri- 
maveral y de lo maduro. ¿Diecinueve? 
¿Treinta y uno? Detrás de ella Da- 
nae recibe la lluvia de Júpiter. Maria- 
na triunfa de ella. Tiziano se olvidó 
de poner nervios, temperamento, tu- 
multo en las formas suaves. Mariana, 
rostro en ángulos de diamante, es fle- 
xible, fuerte, sacudida como una cuer- 
da colgada del viento. Su mirada tam- 
bién agarra. 

— Quería decirte... No, no me mi- 
res... Filu no ha venido. Se lo ha di- 
cho en secreto a todas las amigas, se 
ríe de ti. Yo no me río. Tu hermano 
nos contó tu aventura con Pena y 
Leca, Por c'erto. he visto una película 
de Loca; iba vestida de mono, mon- 
tada, en bicicleta por la calle, seguida 
de nubes de gente, y al final se caía 
al agua y se ponía a cernerse un plá- 
tano... Te felicito... 

Mariana colocó su silueta negra en- 
tre los dos ; así la sembra entre la 
luz y les ojos. 

— Vamonos, aouí no se puede ha- 
blar — y me cogió del brazo. Su voz 
era de hacerse obedecer, imperativa. 
Carleta, detrás, se rezagaba con el 
aire cohibido del perro al seguir a 
sus amos. 



VII 

Puntual. Mariana sobresaltaba la 
puerta de mi cuarto con un repique- 
teo de nudillos todos los días: «¡le- 
vántate ! » Y yo corría a abrirla. «Tie- 
nes el baño.» Y a escape estaba vesti- 
do, fresco, estupefacto, al otro lado 
de la mesilla, preparada por ella, con 
un desayuno de golosinas que, senta- 



1a. enfrente, compartía conmigo. Yo 
miraba el reloj : las ocho y media. 

Se apoderó de la llave de mi piso 
1e soltero, entró de golne en lo ha- 
bitual de mi vida, mr-ndándome. des- 
pabilándome : la sufría, incrustada 
como la presión de una cuña. Tuvo 
la culoa Carlota : 

— Estás solo y desesperado ; Maria- 
na te arreglará. 

Era el lirismo de Carlota : velaba 
ñor mí. aunque ya no me acariciaba 
con el «mi amor» del capítulo román- 
tico de nuestro idilio: buscaba anu- 
dar aquel nasado inefable (por los 
buenos oficios de Mariana) con un 
porvenir de felicidad. Yo acepté la 
intromisión de Mariana para que Car- 
lota, cicatrizada la herida de su amor 
propio, otra vez colgándose de mi bra- 
zo, impesante, me devolviera de me- 
moria los párrafos de mis cartas- 
ocesías en lentos paseos de alamedas 
de pájaros. ; Sus dedos alisados y 
largos, su mohín de boca que nunca 
sonreía.... encarnado, pintado jugo!... 
¡ Había sido mi primera novia ! 

Y allí estaba Mariana, avance de 
Carlota, metida en mi casa. Sin dar- 
me cuenta de cómo había ocurrido, 
femblaba a su mandato, disnonía de 
mí. Cesó el desorden del piso, como 
el desarreglo de mis costumbres, que 
ocuoaron su puesto de formación, bri- 
llantes, barnizados ; les libros, al ver- 
la enfadada, corrieron a adormecerse, 
por te manes, en los estantes, saltan- 
do desde el suelo y las sillas : el jazz- 
band de la cecina transformóse en 
exactitud de laboratorio; las alfom- 
bras fueron a la azotea, y después de 
escándalos y pales volvieron sumisas y 
enjardinadas: mi ropa, ya suavísima, 
trascendía inesperados olores discre- 
tos, olores de varón; el reloj, cómplice 
de e^a, corría ot v a vez, ágil, alegre, 
v rechinaba los dientes de rencor al 
rozar las seis y media, en oue se abu- 
rrió tantas semanas detenido. 

Allí estaba Mariana, sometida la 
rebeldía de alrededor, clarín de cam- 
oamento, susto de mi despertar, mar- 
chándose al dejarme bien acostadito, 
con un libróte serio para que me dur- 
miese pronto ; allí estaba todo el día 



TOMAS BORRAS. — LO MISMO Y SIETE MUJERES 



141 



cosiendo, guisando, limpiando... Todos 
los gerundios de ama de casa. 

— Carleta escribe a tu hermano Va- 
lentín dándole el parte de tu me- 
jora de vida. 

— ¿Mi hermano le encargó que ve- 
lara por mí? 

— No sé. Lo hace. 

— Carleta me quiere... ¿Por qué no 
viene a mi casa? 

— ¿No vengo yo? 

— Carleta se me esconde. Nunca pue- 
do verla. Desde el día del Museo, cuan- 
do me presentó a usted..., a ti..., no 
aparece nunca, ni me contesta. Dila 
que no me importa su hermana Lin- 
ducha, que, por cierto, le gustó mu- 
chísimo a mi hermano... Me temo que 
Valentín v Pilu... 

—¿Sí? 

— No es de extrañar. Filu llena los 
ojos de hambre... 

Mariana levantó más su figura er- 
guida, negra, ante la mecedora en 
que yo me enervaba. 

— Mírame. 

La miré, y después de examinar con 
lentitud mis facciones, se rió sonora, 
franca, Pentí el rostro tocado por su 
tenue fijeza, que se me imprimía en 
la frente, en las sienes, en los pár- 
pados, recorrido de amorosa caricia. 
¿Era siempre Mariana cerno la veía 
entonces? Su mitad de primavera, su 
adolescencia intacta, encubría la prie- 
ta musculatura flexible, el relieve ta- 
llado de su esbeltez. Como la penum- 
bra desvanece color y contornes y les 
deslíe, aquel halo de primera juven- 
tud que bretaba en ella esfuminaba 
lo decidido de su expresión, la sonro- 
saba, la infantilizaba. Difícil mujer 
cambiante : o rápida, de violenta vo- 
luntad, brusca de gesto, nada más 
que física, o ingenua y anhelosa, en 
destello de petición implorante, pura, 
sin tensión, suavizada por el aban- 
dono, sensibilizada, oculto lo leñoso 
de su temperamento como florecida 
de modo mágico. 

— Perdona que me ría — con su voz 
cantarína, la otra voz — . Es todo esto 
tan delicioso. . . 



VIII . 

Impresionable, nervioso — sigo sien- 
do así — , me dejé llevar. Un paño im- 
perativo manejaba el timón que aban- 
doné, y el río de las honv me sor- 
bía a lomo de su pereza. Mariana, fiel. 
cuidaba la casa con su gesto de doma- 
dor que vigila el menaje para volver 
a la jaula, con un chasquido de lá- 
tigo al objeto que se apartó de donde 
le pusieron ; y cuidaba de mí con pre- 
cauciones de ángel de la guarda. Me 
amoldé ; ella creaba los heches y ye 
los acoplaba a mi ser, tela mojada 
adaptándose a la escultura. Cada gol- 
pe de timón de su puño me orientaba 
adonde debía ir, adonde, sin resistir- 
me, iba. «Es la prueba a que me so- 
mete Carlota — me autojustificaba 
yo — . Quiere hacer de mí un hombre 
metódico, de serio carácter, con há- 
bitos tranquilos de buen esposo. Des- 
pués de la ofensa, es natural que me 
eduque a su modo de ser y observe 
si me curo de locuras. Cualquier mu- 
jer tomaría precauciones análogas. Me 
voy transformando en otro, gracias a 
Mariana, admirable y abnegada, que 
nos presta, a Carlota y a mí, un ser- 
vicio sin precio. Mariana, cuando la 
obra de las dos conmigo sea comDle- 
ta y segura, me entregará a Carlota 
diciéndoie : «Aquí le tienes, tai y co- 
mo le soñaste.» ¡Maravillosa la ge- 
nerosidad de Mariana! La estimé por 
su comportamiento con Carlota. Al- 
gunas veces posaba mis manos en sus 
hombros, deteniendo su trabajo. Ur. 
día le dije : 

— Mariana, comprendo el sacrificio 
que es para ti el crearme de nuevo.. 
Volverme a crear es como volverme 
a nacer. Eres un poco mi madre. 

— No, ¡eso, no! — opuso, más que 
irritada, alarmada — . ¡ No me lo vuel- 
vas a decir! 

Con su traje negro, la piel densa 
v morena, la masa de cabellos pesan- 
te, alta, fina de cintura, encendida 
por la vehemencia, estaba hermosa : 
hermosura de la fuerza y de la sa- 
lud. Mis manos descendieron de los 



142 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



anchos arcos de sus hombros a los 
brazos de movibles bíceps. 

— ¡Qué interesante eres! — le susu- 
rré. 

Y la Mariana de pómulos y mentón, 
de alguna hebra plateada en el pelo 
castaño ; la Mariana-otoño se fun- 
dió en la refulgencia de la edad auto- 
ral; ruborosa, emergía su expresión 
¡ovencísima, la savia de un sentimien- 
to no gustado empapaba todo su ser 
hasta rezumar lágrimas dulces por 
sus ojos. 

—Mariana, ¡si fueses siempre así! 

—¿Me querrías entonces? 

No he oído un acento más cálida- 
mente tembloroso. ¡Mariana, trému- 
:a de mí! 

Enfrente, en la repisa del espejo, 
i\ retrato de Carlota me devolvió a 
ia serenidad; enseñaba sus dientes de 
dentífrico, que si se cuidan es para 
morder. Mariana, al resorte del re- 
oentino irme de ella, volvió a que- 
dar, arrasada la delicadeza y femi- 
nidad, compacta, vigorosa. Siguió cui- 
dando la casa todos los días, en dura 
outela, más cadenciosa al tratarme a 
mí, apagando sus movimientos y su 
7oz, algodonándose, me envolvía en 
sus mimos. 

— Eres torrente que resuena en la 
sombra de un bosque oscuro, y en 
milagro remonta hacia atrás su agua 
oara ser el arroyo de origen, reverbe- 
rante dé amanecer. De matrona vuel- 
ves a niña; sabes ir contra el tiem- 
po y sujetarle en la edad candida de 
íu carne pura. 

Se ovillaba en su butaquita baja al 
decírselo, cerrando los ojos en espera 
de una caricia, a lo gato. Otras veces, 
alta, negra, inmóvil, se estaba ante 
mí, esperando..., ¿qué?... Puso flores 
en mi mesa de trabajo, se adornó con 
un collar de corales rosa, la sorpren- 
dí tarareando, asomada, frente a nu- 
bes que se iban, los punzantes «Adio- 
ses» de Beethoven. 

— ¿Cuándo puedo ver a Carlota? 

— Pues... — me contestaba ella — . 
Carlota... Carlota... ¿Para qué quie- 
res verla? 

— ¿No sabes que ha sido, o quizá sea 
todavía, mi novia? 



—¿Todavía? 

Lo dijo con rabia; se me volvió 
con rapidez de golpe. 



IX 



Loca Tabú, después de tocar el 
timbre, impertinente, hasta que abrie- 
ron, entró a medio correr, colándose 
en mi alcoba, y la dijo a Mariana, 
que la seguía sin poder detenerla: 

— Puede irse. 
. Quedóse Mariana, una mano en la 
cadera, la otra cerrando el puño. Yo 
procuraba reaccionar entre despierto 
y dormido. 

— Ya sabes la simpatía que te ten- 
go. Debo avisarte. 

—¿Qué? 

— Esta — señaló a Mariana — mani- 
obra contigo. 

Puso un dedo ante mis narices. 

— Así tienes el anzuelo... Con per- 
miso. 

Sacó del bolso-maleta un pomo y 
se pincelaba una pierna desnuda, len- 
tamente. 

— Es un suave color de playa: bron- 
ce dátil. Tengo tanto que hacer, que 
si me lo acabo de dar en casa no 
ouedo venir a verte ; por eso apro- 
vecho. Mañana me voy a Barcelona. 
Ruedo una película que sucede en 
Egipto. Ya está construido Egipto en 
los estudios. ¿Te gusta el color? Hace 
gitano... Yo soy la esclava de una tal 
Cleopatra que fué reina, ¿sabes?, y 
en un flirt como el que nos metimos 
tú y yo... Mentira me parece a mí, 
que se me olvidan los muchachos en 
cuanto dejo de verlos; pero a ti te 
recuerdo... No sé, tenías algo, una 
cara de tonto, sentado a la barra del 
Paraíso y junto a la piscina... Algo 
personal. Eras el número tres de los 
novios que le quité, sin querer, a mi 
hermana. Y eso que tú y yo no ha- 
blamos más que dos días. Ni siquiera 
me diste un achuchón... Se enamora 
Cleopatra, y yo me enamoro del mis- 
mo nombre, porque si no, no hay ar- 
gumento. Todos los argumentos son 
así : dos que quieren a una, o una 



TOMÁS BORRAS. — LO MISMO Y SIETE MUJERES 



145 



que quiere a dos. Por cierto, ese em- 
perador romano de Cleopatra es un 
chico colosal ; se mete en el cine 
porque ha ganado un campeonato de 
rugby. ¿Qué dirás que había pues- 
to el argumentista? Yo me envene- 
naba con unos higcs. Será muy emo- 
cionante, y de lo que le gusta al pú- 
blico ; pero yo exigí que cambiaran 
el final. Ahora me escapo con un piel 
roja negro que hay por esa parte de 
Asia ; en el último fotograma tene- 
mos un niño, y Cleopatra es la ma- 
drina. Con eso saldrán más conten- 
tos del cine que no son crímenes y 
catástrofes... Fíjate qué bien quedan. 

Sus piernas, cínicas, tamborileaban 
en el aire... 

— Si quieres tostarlas así al natu- 
ral, te cuesta un mes, y el sol las 
despelleja. 

Guardó el pomo en la maleta-bolso, 
y ahora se pintaba de laca roja las 
uñas de sus piececillos enanos. 

— No dirás que soy mala amiga. Ya 
estás avisado. Otra cosa, que yo es- 
toy enterada de todo : Carlota tiene 
un sentido práctico que da miedo. 
¿La ves que parece un maniquí de 
escaparate, con esa cara de estar 
hueca por dentro? Pues fíate. Calcu- 
ladora cerno Carlota no la hay. ¡ Si 
supieras lo que me pareció a mí en 
esa junta general de las novias que 
reunió tu hermano ! ¡ Qué infelices 
sois los hembres ! 

Metidos los pies en los zapatos, me 
tiró del mechón de la frente; le dijo 
a Mariana, desdeñosa : 

— ¡ Babay ! 

Y se fué dejando detrás su tictac 
de marcha y, espuma de sonido, la 
estela de una cancioncilla : 

Y voy rodando lentamente 
de mostrador en mostrador, 
ante una copa de aguardiente, 
donde se ahoga mi dolor... 

Aguardó Mariana: la habían acusa- 
do. Yo cerré los ojos con desdén, fin- 
gí regresar al sueño hundido. Nota- 
ba en mi piel que ella seguía allí : 
de seguro se fruncían, coléricos, sus 
labios, después de aguantar la vene- 
nosa picadura : «Esta maniobra con- 



tigo. Ya estás avisado.» No pude ma- 
nifestarla mi desprecio más que au- 
sentándome como les niños, por su 
procedimiento pueril de «no estar» ; 
por el supuesto dormir. Me inhibía de 
relación con ella, la censuraba por hi- 
pócrita, le daba a entender que, des- 
cubierta su intriga, no tenía más fi- 
nal que el fracaso. Quieto, con lo? 
párpados apretados, esperé a que le- 
vantase sin ruido el picaporte y sa- 
liera de puntillas. ¿Llorando? Quizá 
Miré : ya no estaba. Salté del leche 
para correr a abrazarla : frené el im- 
pulso. Me dio lástima de su dolor, me 
afligí considerándome injusto y gro 
sero. El reproche, la ira, la hubieran 
ofendido menos ; una disputa a voces 
demostraría algún interés por su con- 
ducta , anhelo de conservar su amis- 
tad, aclaradas las palabras viperinas 
de Loca. ¿Y si Mariana pudiese de- 
mostrar que su afecto y su dedicaciór, 
eran generosos y sin otro móvil que 
tenerme en cuarentena, ayudarme a 
ser digno de Carlota? Aquel desprecie 
frío, insultante, de no querer sabe? 
ni siquiera nada, era cruel... 

No se volvió a aludir entre nosotros 
a la visita de Loca Tabú. Un poce 
triste, Mariana continuó gobernando 
el casi hogar, desde primera hora has- 
ta que me dejaba acostado. Malicio- 
so, yo me decía a mí mismo, dicién- 
doselo a ella con la intención : « ¡ Pre- 
tender cazarme! ¡Vaya chasco!» Me 
sonreía, sonriéndola, y ella, sin saber 
cómo interpretar mi sonrisa con ins- 
tintivo ademán, iba a acercárseme 
gozosa; comprendiendo, desaparecía 
baja la cabeza, creo que avergonzada. 
Me era penoso verla tan solícita, tan 
amical; me excitaba, aún más ner- 
vioso de lo que yo soy, convivir con 
su resignación. Si estaba en ridículo 
¿por qué no se iba? Mi indiferencia 
cortés, ella la soportaba mansa, hu- 
milde. «¿Insistes en cazarme? ¡Estás 
fresca ! » La trasveía yo, burlón, de 
soslayo. Afanosa para la casa, serena 
conmigo, no manifestó deseos, sino los 
que le acercaron a mí : complacerme 
con que me fuera gratísima la vida 
Así pasó una semana. 



144 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



X 



Sobresalto de mi puerta a su habi- 
tual repiqueteo de nudillos : « ¡ Leván- 
tate ! » Susto, baño, vestirme, sentar- 
me ante la mesita del desayuno ; son 
.as ocho y media exactas Mariana 
/a me espera desde el otro lado de 
as golosinas. ¿Quién está junto a 
ni, con su taza vacía, sentada tam- 
bién? 

— Te presento a mi hermana. 

Parece que tira de mi corazón una 
nano entrada en mi pecho. 

— María de la Paz. Viene del pue- 
olecillo. 

—No es pueblo. 

—Comparado con Madrid, Soria es 
r ,an chiquita... 

—Todo, ese todo que nos envuelve el 
carácter en bruma — disgusto, mal hu- 
nor, preocupación, contrariedad — , to- 
lo se me olvida. Vuelvo a ser jovial, 
comunicativo, verboso. 

—¿Paz o María? No sea ambiciosa. 

—Llámeme Paz, si gusta. Así me 
laman los que bien me quieren. 

— ¡ Paz ! 

La zeda la dejo prensada como un 
caramelo. Paz es robusta, de caderas 
oaridoras, brazo fornido y piel grue- 
sa ; entrerrubia, claros cabellos cas- 
taños, amelocotonado el labio supe- 
rior, ojos verdes de Melibea, uvas. 
Trasciende a campo de tomillo y can- 
tueso, a calor de gavilla de trigo, a 
"áfaga de resina que roza la nieve. 
Los dientes la brillan, su garganta es 
redonda y corta, recia su estatura ga- 
llarda. Es toda ella una masa de fuer- 
za cohibida por candida dulzura. Ha- 
bla cautelosa, mirando al hablar con 
a cabeza doblada, imitación del pá- 
jaro. Se balancean en el pulpejo de 
sus orejas arracadas de filigrana de 
oro serio, mate, sin chillidos de luz. 
Contempla la lejanía, lo remoto, y 
pliega entonces la visión de algún 
pensamiento hondo. Juega mucho con 
sus manos : enlaces de telas, desmenu- 
zar migas, la sortija (lleva una esme- 
ralda redonda, ojo también verde). As- 
pira con fuerza, cerrando la boca, el 



aire que parece calmar con su pre- 
sión la angustia íntima, y se estre- 
mecen, vibran, las aletas de su na- 
riz. Fruto duro al tacto y al peso, de 
corteza lisa, de pulpa saludable; es 
sencilla, casta, natural y naturaleza. 

— Yo vivo, no en Soria misma, sino 
en la finca de la aldea, junto al 
Duero. 

Viene Paz todos les días, con Ma- 
riana. La ayuda, hablan poco las dos. 
Sorprendo a Paz rezando ante la fo- 
tografía de Cignaroli — la imagen de 
la Virgen con el Niño, San Lorenzo, 
Santa Lucía, San Antonio y Santa 
Bárbara — que me regaló Carlota en 
una de las visitas al Museo. Me doy 
cuenta de que Paz me ha hecho ol- 
vidar a Carlota. Allí está con la nuca 
bullendo de pelusillas entrerrubias, 
arrogante la espalda amplia, dos cren- 
chas como alas torcaces plegadas so- 
bre su cabeza ; Paz, poderosa y reca- 
tada. Carlota es quebradiza, compues- 
ta de artif icialidades ; parece que un 
grito cortaría su porcelana en dos. 

— Cántale un poco, no seas arisca. 

Mariana iba señalando a Paz, cada 
vez, motivos de lucimiento; se teñía 
de color, fruto que madura de re- 
pente, y con una bandeja a uso de 
pandero, con voz vibrante y reprimi- 
da, alegría discreta, jugaba las melo- 
días sencillas, sobre ritmos varoniles, 
tonadas con dejos de estoicismo en su 
letra por el irse de todas las cosas : 
« ¡ Ay amor que te vas ! ¡ Ay río, ay 
primavera que no vuelven ! » Y el es- 
tribillo como rebeldía, agresor, rápido. 

—Habíale de la finca, de lo bien 
que se pasa en el campo. 

Nos dejaba a solas Mariana, y Paz, 
jugando sus dedos entre el flequillo 
de su pañuelo de talle (le gustaba 
vestir de campesina) me pintaba, con 
sus modos de castellano recto y ran- 
cio, la altiplanicie rústica por donde 
el Duero, río padre de la nacionali- 
dad, va tan insensible y lento que no 
se riza la cigüeña en el reflejo del 
agua. Alamos y chopos bebiendo en 
su orilla se transían de frío, y lejos, 
empinaba el monte su cordillera al 
cúmulo apretado de pinos negros, re- 
celoso del sol y de su incendio ra- 



TOMÁS BORRAS. — LO MISMO Y SIETE MUJERES 



145 



diante. No se escucha allí más que el 
silencio, la soledad del alma se col- 
ma de incitaciones ; susurra dentro 
del espíritu la abeja de la buena miel; 
los ojos retornan adentro en deliquio; 
así la acción y el amor tienden al he- 
roísmo y al sacrificio. Duero de anda- 
dura insensible, como insensible es el 
ir de la vida a su centro en Dios. Me 
enamoraba aquella tierra con . tanto 
cielo en la tierra, entrevista en sus 
palabras. Comprendí el nombre de 
la mujer, Paz, como signo. Vivir en 
paz, existencia serenada, clarificada 
por la altura y el desengaño de la 
ambición. Sólo una esposa, imagen de 
la naturaleza, y dentro de su ánfora 
sentimientos de lealtad y privación; 
hijos que dejarle a la eternidad, y 
campos que labrar, no rebosando fru- 
tos de gula, sino concediéndome un 
poco de pan austero. No querer nada 
por querer lo absoluto. 

Paz me encantaba así, madrigal re- 
catado, con su mirada agraz y su es- 
quivez tranquila. No era gazmoña, si- 
no digna. Parecíame una gran señora 
aficionada a ser de pueblo. ¿O es que 
aquel pueblo, decantado por antiguo, 
se componía sólo de señores? 

— Paz, tienes que quererme. 

— Dígamelo en un romance. 

— Si me prestas el talle... Tiene su 
parte de juego el amor. 

— Oxte, que verdes están. 

— Verdes pensó Don Quijote que 
eran los ojos de su Dulcinea. ¿Tú 
eres nieta suya? ¿Y si te robo en un 
caballo con alas? 

— Está bien guarnecido el castillo. 

Me plantaba delante su fuerza ater- 
ciopelada, en desafío. Se reía de mis 
atrevimientos, que sólo eran labia; 
porque quise cogerla de las muñecas, 
con dos dedos solamente apretó y yo 
crujía entero. 

— Tienes que ir a cortar leña de pi- 
nos altos y tirar la barra, porque en 
esta pereza de la corte... ¡Velay!, di- 
cen los pastores. 

Y Mariana, apartada del escarceo, 
inhibida, con preparadas ausencias, 
dejábanos a nuestro sabor. Paz no 
era callejera, los tumultos de la ciu- 
dad la aturdían ; tampoco codiciosa. 



ni dada a modas ni arrequives. Asi 
nos estábamos en casa, hablando po- 
co, cantando ella algo, ya perdida la 
timidez, y mirándola yo, en hechizo. 
Quise sorprenderla con un robabeso 
y me devolvió un sopapo : cuatro ra- 
yas blancas, señal de mano recatada 
en mi mejilla roja. 

— Guarde su hidalguía el caballero... 
— me tendía la misma mano, amiga- 
da— Y ahora, si quiere, le enseñaré 
el baile de la rueda, para cuando 
venga a nuestro lugar a cazar perdi- 
ces, que lo que es mozas... 

No arraigaba en ella el rencor, ni 
la ofendía nadie : tan segura de no- 
bleza era. 

— Paz, ¡ cásate conmigo ! 

Se escapó de mis brazos tendidos en 
súplica, persignándose sobre las car- 
cajadas. 



XI 

Remordido por mi conducta con 
Mariana, que vivía como ausente, ob- 
servé que ni en la conversación, ni 
en los apartes, ni en los pasees de 
Paz conmigo, se mezclaba; silencio- 
sa, tal como la madre que finge no 
darse cuenta de los caprichos de la 
hija, nos trataba apenas y nos decía 
las cosas justas que hay que decir, 
forzosamente, en la convivencia. Pre- 
tendió ganarme — o cazarme, en léxi- 
co de Loca — , y en cuanto su herma- 
na excitó mi interés, retiróse a se- 
gundo término, sin objeción, sin mala 
cara ni despecho disimulado. Esa con- 
ducta abnegada y discreta me pro- 
dujo pesar: Mariana era mi víctima, 
me daba una lección de nobleza y de 
entereza. Así me obligaba por doble 
motivo: su derrota y su dignidad. 

¿O es que me gustaba Mariana y 
por eso me gustaba Paz, por ser her- 
mana suya? ¿O me incliné a Paz en 
cuanto la vi, porque se me reveló al 
conocerla que estaba inconscientemen- 
te enamorado de Mariana? ¡Otra vez 
el conflicto! ¿Paz, como consecuen- 
cia de Mariana, o Mariana como re- 
bote de su hermanita, por tener Ma- 
riana una hermanita? Intenté resol- 



146 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



ver el problema saliéndome de mí 
mismo, es decir, observándole como si 
fuera ajeno a él: objetivamente. ¿Ma- 
riana le interesaba antes a él, o . ha 
- surgido su afecto hacia Mariana por 
reactivo de Paz? ¿Se inclina a Paz por 
ella misma, o porque es la consabida 
hermana que necesita siempre para 
amar a una mujer? Si Paz le acepta, 
¿no tomará él como trámite este no- 
viazgo para llegar a su fin último, a 
Mariana? Y si se decide a casarse 
con Paz, ¿por qué no se declaró a 
Mariana para amar a Paz, como hizo 
en el mismo caso con las otras? Estas 
cavilaciones, al no encontrar solución, 
me preocupaban y me malhumoraban. 
Ante las dos estaba perplejo, compa- 
rándolas : su belleza, su genio, su es- 
tilo, sus singularidades. Hablaba poco, 
me ensimismé, a veces las huía, en 
otras ocasiones procuraba enfrentar- 
las para deducir ventaja de una so- 
bre otra... Paz, migosa y rubiada, me 
sugería el alegre sabor de la hogaza 
que está recién sacada del horno ; 
Mariana, madura y sin vendimiar, pa- 
recíame contener en sus labios aore- 
lados un misterio vital. «Si me acep- 
ta Paz— pensé — , ¿me casaré con Ma- 
riana, como era de prever?» Otra pre- 
gunta (yo era el Hamlet perpetuo) me 
secó instantáneamente esa decisión : 
«¿Y por qué no le he pedido relacio- 
nes a Mariana, si es que tanto me 
seduce Paz?» La posibilidad de una 
de las dos soluciones dejaba en mí 
poso de escepticismo, de prematuro 
desengaño. Si esa combinación no me 
resultó con Pepa y Loca (recordé que 
perdí el gusto de Pepa al solicitar a 
Leca, y oue Leca me desencantó cuan- 
do me dijo «yes», esa fué su salida), 
no era de suponer que triunfase la 
misma combinación, fallida antes, al 
entrar en ella Mariana y Paz. O sea 
que no existía un mínimo de proba- 
bilidades de cue me satisficiera com- 
pletamente Paz, derivada de Maria- 
na, como hermana de Mariana ; y, al 
revés, Mariana, por serlo de Paz, tam- 
poco. 

— ¿Qué maquinas? Pareces sonám- 
bulo, ¿qué te ocurre? — me lo pregun- 
tó Mariana, que, haciéndose la indi- 



ferente, no me quitaba ojo — . Vamos, 
desahógate . conmigo. 

— No me ocurre nada. 

—¿No? Bueno, guarda el secreto. 

Mariana parecía contenta, triunfa- 
dora; otra vez me sonrió después de 
tantos días de medio esconderse y pa- 
sar de largo; otra vez, como cuando 
vivíamos solos acostumbraba, me tiró 
un poco de la oreja, como al chico 
que se finge regañar, con cariño. 

— Que no se te olvide que leo den- 
tro de ti — añadió. 

Pretexté estar enfermo para Que- 
darme a solas ; refugiado en el lecho, 
devanaba aquella devanadera intermi- 
nable. Súbito, el recuerdo relámpa- 
go : ¡ Carlota ! No había vuelto a su 
lado, ni siquiera veía el retrato de 
los dientes más perfectos que los pos- 
tizos, al andulear por la habitación. 
Quizá lo que me impidió decidirme, 
lo que me tenía en aquel estado de 
atonía amorosa, era que en lo más 
adentrado y entrañable la quería a 
ella, y por eso, elevándose ese amor 
de mi subconsciente en cuanto pen- 
saba en otra mujer, se interponía, 
vidrio esmerilado que hace borrosa y 
confusa la precisión del bulto que hay 
detrás de él. Sí, la verdad, esa cierta 
verdad que yo buscaba dándole vuel- 
tas a una rueda de mujeres, era Car- 
lota. Le puse cara cariñosa a ese re- 
cuerdo, como si Carlota estuviese allí..., 
y en vez de Carlota, delicada, menuda, 
aporcelanada, con sus cabemos desvaí- 
dos de oro refleiados de platino frío, 
se me representaba, al evocar a Car- 
lota, la figura de Linducha, morena tro- 
pical, cargada de morbideces, árbol 
que revienta de abundancia de fruta, 
labios de sangre riendo, sonando con 
todas las campanillas de risa que pue- 
de derramar una sensualidad en jú- 
bilo... ¡La hermana!... Furioso con- 
tra mí mismo, metí la cabeza debajo 
del almohadón : quería expulsar de 
mi el cerebro, no pensar más, dormir 
sin imágenes, con el sueño sin sue- 
ños, mudo y vacío, de la piedra. 

Por la mañana repiquetearon los 
nudillos, estremecida la puerta: 
— ¡ Levántese usted ! 
«¿Usted?», me pregunté yo. Aque- 



TOMÁS BORRAS. — LO MISMO Y SIETE MUJERES 



147 



lia no era la voz de Mariana ; era 
una vocecilla chilloncilla, aniñada. 

— ¡Oiga! ¡Oiga! 

No me contestó nadie. Después de 
los cuatro verbos, asustarse, apresu- 
rarse, bañarse, vestirse, a que Maria- 
na me obligaba, me presenté en el co- 
medor. Las ocho 3' media puntuales. 
A la mesa, Mariana activa, iluminado 
el rostro por un no sé qué sutil. Paz, 
repartiendo leche y dulces rústicos en- 
tre lozas, y una chica en uniforme de 
colegiala, encogida en su asiento. Nos 
presentaba Mariana, juguetona la son- 
risa de burla que perdía el equilibrio 
y se caía de sus labios : 

— Mi hermana pequeña, Jacinta. 

Otro golpe en mi corazón ; otra her- 
mana... 



XII 

Hecho un erizo de recelos todo el 
día, hasta la noche no respiré, ali- 
viado : Jacinta no constituiría nue- 
vo torcedor para mí. Flacucha, des- 
colorida, desgarbadota, tan insignifi- 
cante me pareció y sin encantos que 
la llamé «Nada». 

— ¿Por qué la pones ese mote? No 
es un perro. 

— Casi, casi — le respondí a Paz — , 
y no es ofensa. Parece uno de esos ca- 
chorros que a los tres meses tienen 
tan crecidas las patas que se les do- 
blan al andar, corren a zancadas, ape- 
nas les ha salido el pelo y las orejas 
les tapan los ojos. 

— En castigo vas a ocuparte de Ja- 
cinta — me conminó Mariana — . Tienes 
que comprar su equipo y hacer de ella 
una chica a la moda. 

— Yo no entiendo de trapos. 

— A Paz no le gustan y yo no dis- 
pongo de tiempo. No vas a desairar a 
la criatura. 

Hecha un rebuño, con los pies en el 
travesano de la silla y la cabeza apo- 
yada en los brazos, cruzados sobre las 
rodillas, nos miraba con ojuelos abier- 
tos a punzón ; parecía la ayudanta del 
prestidigitador comprimida en el baúl 
que presenta como vacío. 

—Bueno, iré. ¿Qué la compro? 



— Tienes buen gusto. Debes trans- 
formarla en una señorita, porque ya 
no vuelve al colegio. 

Prima mañana fué de mal humor pa- 
ra mí. Silbé a Jacinta, que acudió lacia 
y hurona. «¿Cómo salgo yo con esto 
a la calle?», me pregunté rabioso. Ja- 
cinta llevaba capa tapándola como una 
campana, y debajo las piernas flacas, 
medias negras, zapatos de pies pla- 
nes ; por encima de la capa, un boli- 
che plácido, con pecas, y la cinta roja 
apretando el pelo cortado a lo varón. 
Dentro de la campana de capa, los 
huesos de Jacinta se envolvían en el 
uniforme : blusa y delantal con ribete 
de trencilla, y la medalla de aluminio. 
«¿Cómo salgo yo a la calle con esto?» 

En la calle se reveló Jacinta ; per- 
dió su aire de perro mojado, se espon- 
jó de alegría. No he visto tal apetito 
de tiendas. La llamaban los escapa- 
rates, revolcaba su mirada en ellos, 
corría a otro, dejaba éste por aquél; 
sus ojos a punta de punzón chispea- 
ban chiribitas. Agarrada a mi brazo 
saltaba de júbilo, con salto de com- 
ba, al descubrir algo que la sorpren- 
día. Su dedo movíase en mil direccio- 
nes, señalándome sus descubrimien- 
tos. 

— ¡ Mire usted ! . . . ¡ Ese broche ! . . . 
¡Los zapatos del rincón!... ¡Aque- 
lla carterita ! . . . 

— ¿Cuánto tiempo llevas en el co- 
legio? 

— Toda la vida, señor. No salí más 
que un mes de vacaciones cada año 
a la finca de Soria. 

— Entonces no has visto nada. 

— Nada de nada, señor. 

— No me llames señor. 

— Muy bien; entonces, ¿caballero? 

— Como te dé la gana, pero algo 
familiar. 

— Le llama mi Paz..., ¿me deja us- 
ted? 

—¿Y es?... 

— Carloto. 

Comprendí por qué me rechazaba 
Paz, tesonera. Mariana le habría di- 
cho que estaba destinado a Carlota 
y que ella, Mariana, era algo así como 
carcelera de mi prisión correccional 
hasta que pagase el delito de dejar a 



148 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



Carlota por enamorarme de su her- 
mana Linducha. 

— Gracias, Jacinta. Me vas a llamar 
de otra manera. 

— ¿ Cómo manda que le nombre? 

— Jacinto. 

No entendió la alusión. Yo miré su 
cuello de pollo pelado — se inclinaba 
para absorber por los ojos todos les 
detalles de una joyería — y me eché a 
reír. 

— Vamos a equiparte, escolar. 

Entraba siempre detrás de mí, tí- 
mida, calladita, en la tienda o en el 
piso del modisto. Pedía yo trajes, ropa 
interior... 

— Este te irá bien. 

Se lo oroba.ba yo mismo poniéndo- 
selo encima, después de arrancarle la 
horrible capa. 

—No. éste no — se atrevía a decir, 
confusa — . Es atrasado de dos modas. 
Le rechazaba y le pedía al modisto, 
atragantándose al hablar, de la emo- 
ción : 

—Un medelo de color hoja seca, coi*- 
te de tal modo, como el que se titu- 
la «Volver», de la colección de tal 
modisto: tiene aplicaciones de tul... 
—daba todos les detalles — . Lléveme 
al probador. Que venga la primera... 

Salía con un traje que ella juzgaba 
así: 

— Es una caricia. 

La misma escena con todos les pro- 
veedores. 

— Estos zapatos ya no se llevan. 
Tráigamelos un número menos que 
el mío. ;Cómo quiere usted que use 
combinaciones malva? Eso, a las pa- 
letas. A mí déme un tono crema muy 
apagado. No tan largas... Estas me- 
dias hacen la piei-na dura. ¿No tiene 
el mismo color, pero letra B? Otro 
sombrero : el azul no nos va bien a 
las trigueñas... 

— Chiquilla, ¿dónde has aprendido 
a vestirte? 

— ¿Dónde? — se puso de nuevo en- 
carnada — . ¿Cree usted que en el co- 
legio no nes enterábamos? 

Aquella hambre devoradora de to- 
cas, manosear, apretuiar vestidos y 
obietos, saciarse viendo la infinita 
gama de atavíos embellecedores, el 



ansia de probar y aplicarse tantas 
cosas suaves al movimiento, cómplices 
para ocultar lo defectuoso, exaltado- 
ras de la facción atractiva... En el 
colegio-convento ("dieciocho años), pa- 
ra la privación de la alumna en ré- 
gimen de novicia, sólo una válvula de 
escape : saber lo que detrás de los 
muros que la apretaban «se llevaba» 
por las mujeres en el mundo enjoya- 
do, suntuoso. Escondidos entre basti- 
dores de labor y libres de tedio, los 
recortes de periódicos de la moda, 
descripciones, fotografías, diseños, eran 
saboreados a hurtadillas, asimilados 
para fantasear... ¡Dormitorios de cal 
con sus compartimientos aisladas por 
cortinas de linón, cajas de crisálida!... 
Las colegialas fingían dormir ; la mon- 
ja vigilante leía sus rezos ál lento 
vaivén de la lamparilla; ellas, niñas 
con voluntad de mujeres, ensoñado- 
ras, saltaban de la cama mentalmen- 
te, se vestían les trajes de baile, los 
traies de olaya, los trajes de visita, 
trajes, todos los trajes, uno después 
de otro, vistes en les figurines guar- 
dados de contrabando. Y ahora Ja- 
cinta se dejaba ceñir por las vestidu- 
ras tanto tiempo deseadas: hacíase 
realidad el roce de su piel con la pre- 
sión delicadísima de telas dóciles oue 
idealizaban su cuerpo : las galas acu- 
dían cada una a su sitio preciso, sa- 
bias, espléndidas y sumisas, a realizar 
la ondulación de su línea, su flexi- 
ble modelado de brotes; les tres es- 
pejes en ángulos entrecortados, lan- 
zaban infinitas Jacintas allá, al es- 
pacio de la alegría del lujo. Les na- 
quetes de compras eran montones. Pe- 
luaueros, manicuras, masajistas, téc- 
nicos de la belleza, limaron, corrigie- 
ron, completaron, acusaron cada tro- 
zo exultante de juventud... Salió de 
aorella excursión al reino de las va- 
nidades una Jacinta delgada, no fla- 
ca : Mlida sent : menta 1 me^te. no des- 
colorida; con ojillos japoneses, no de 
punzón; un poco lenta, contenida, no 
azorada: con el cabero en diadema 
de sortijas, no lacio. U^a Jacinta oue 
entró en mi casa adoptando postu- 
ras de ingenua amanerada y en su 
boca nueva, recién fingida por el to- 



TOMAS BORRAS. — LO MISMO Y SIETE MUJERES 



149 



que de color, el pitillo de humo sedo- 
so que aún le hacía tcser. Me quedé 
contemplándola como Pigmalión a la 
estatua que ha creado : faltaba po- 
nerla un alma desenvuelta. 

— Gracias, Pelcto ; eres un sol — me 
dijo con la fraseología de los bares. 

intentó ruborizarse al besarle la ma- 
no, pero ya no pudo. 



XIII 

«Ahora les voy a dar un susto a estas 
brcmistas. ¿Con que Carloto? Meses 
hace que no puedo obtener contes- 
tación de Carlota, ni verla ; me hu- 
ye o no me quiere ya. ¿No es bonito 
utilizar a esta chicuela. todavía sin 
malicia, para hacerla rabiar... y que 
también rabien la Paz campesina... 
y Mariana enigmática'?», se me ocu- 
rrió como una diablura, una más, que 
bien endiablados eran mis £ morí es. 

Y me entretuve en buscar la nue- 
va combinación entre las tres, según 
mi singu]arísimo método. Si cuando 
me acercaba, fervoroso, a una mujer, 
me enamoraba de su he"maoa, o si 
para oue':er a una muchpcha tenía 
forzosamente que enamorarme antes 
de su hermana, ahora, que eran des 
las hermanas, ¿cuál era el camino? 
¿Hacerme novio de Paz y de íc,, :la por 
Jacinta para casarme con Mariana? 
¿Desdeñar a Jacinta y pedidle amo- 
res a Paz para um'-me a Maria^"? 
¿Jacinta, luego Mariana y. por fin, 
Paz? Tenía oue prescindir de dos de 
ellas. ¿Cuáles? ¿Quién me atraía? La 
que imantara mi cariño, la que ado- 
rase yo, era el punto de llegada. Qui- 
zá debía emoezar por la que me afec- 
tase a medias, trasladarme a la que 
no me importase nada para caer en 
la que me hubiese fijado como fin 
último. ¿No era así la combinación? 
Jacinta me tenía sin cuidado; Paz 
me interesó como tipo de vida geór- 
gico, oatriarcal: pero Maripna..., ¡ ah. 
eí! Mariana era paso obligado para 
llegar a Caceta, destino de mi co- 
razón. La estrategia, pues, era : ga- 
lantear a Jacinta para picar el pun- 



tillo de Paz, pasar a Paz en noviaz- 
go frío, de circunstancias, y pasar a 
Mariana cuando estuviera convenci- 
do, con entusiasmo, de que no podía 
vivir sin Carlota. Mariana me lle- 
varía a Carlota: era su misión. 

— Mariana, una confidencia... ¿No 
te enfadarás si le hago el amor a tu 
hermana Jacinta? 

— Pero ¿no tonteabas con mi otra 
hermana, Paz? 

— Y todavía... 

—Te encanta Paz. 

— Lo has adivinado. 

— Son des. 

— ¿ Cerno decidir? 

— Voy a dai'te el consejo : tú no de- 
cidas, oue dec'dan ellas. 

— Tienes razón. 

— ¿Quieres casarte? 

—Hace tiempo que lo estoy deseando. 

— Bien : ahora va de veras. Te de- 
claras a las dos y te casas con la que 
te diga oue no. Eso es lo que conviene 
a tu carácter. 

Me puse muy contento. ¡El instinto 
afilado y el sentido común de Ma- 
riana!... Gracias a ella pedía desen- 
volverme y tener una idea de mi 
modo de Fe". E ,- a in^orec'able su ex- 
periencia candorosa, de mujer madura- 
rá inal. Fui a Paz que con sus sayas 

populares, el escote cubierto de azó- 
far y rodetes en lrs sienes, aquella 
tarde me evocó la tierra antigua y re- 
novada, la belleza inmarchitable, ra- 
cial. Cogí sus des manes, que jugaron 
un peco c~>n mis dedos temblorosos. 
Paz no podía resolver de sopetón un 
asunto tan grave: 

— Ha de pensarse mucho... 

Jacinta, en su luna de miel con el 
refinamiento, quería ser picara y fri- 
vola, y la traicionaba su inocencia de 
colegiala, cortedades en última eva- 
ooración. Fingía echarlo a brema y, 
a pesar de ella, se puso a palmetear ; 
después abatía su rostro con recato: 

— ¿Es de veras? 

Yo juré lo que juran los amantes, 
todo, más que todo, nada. 

— Entonces, sí — y escondió aquel ros- 
tro en fuga entre las manos. 
Por la neche Paz me llamó aparte : 
— Como creo que eres formal..., sí. 



150 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



Sus ojos glaucos se quedaron fren- 
te a los míos, refrescándome .con su 
menta. Acudí a Mariana apuradísimo, 
y en secreto se lo comuniqué : 

— Ms han aceptado las dos. 

— Era natural. 

— ¿Qué hago ahora? 

— ¿Te gusta más Paz o Jacinta? 

— No tengo preferencia. Y si me 
quedo con una ¡iré obstinadamente 
a la otra!... 

— Ahí tienes la solución. 

Apartóse erguida, severa en su ne- 
gro traje y, me parece, con la sonri- 
silla sutil cayéndole de la boca, como 
solía. Mi perplejidad subió; aturrulla- 
do, sin comprender, indeciso; creo que 
después tuve fiebre. 



XIV 

Entró mi hermano Valentín, arras- 
trado otra vez desde Avila por mi 
telegrama que exhibía a modo de pre- 
gunta. 

— Ahora es grave lo que ocurre. 

No me levanté en todo el día, tal 
era mi desazón, tanto mi desánimo, 
y estaba a escuras en la noche, abo- 
rrecido de mí, mareado. Al relatarle 
a Valentín la aventura, le miraba con 
ojos suolicantes, como debió de mi- 
rar Teseo a Ariadna para que le guia- 
se por el laberinto. Valentín, sofocado, 
se daba aire con un periódico. Al fin : 

— Cásate con Mariana, que es la 
que desearás ahora, siguiendo tu iló- 
gica. Ya eres novio de sus hermanas, 
de las dos — v se rió, echándose ha- 
cia atrás—. Deduce lo natural en ti: 
tienes que sustituirlas por la hermana 
que te queda por amar. 

— ¿Con Mariana? 

— Es claro como la luz. 

«Es la solución que no entendiste, 
que te daba ella— refiexionaDa vo 
atento a su pensar — . Esto que te ocu- 
rre no es más que un fenómeno pa- 
recido al espejismo, la ilusión ópti- 
ca de tu vanidad de hombre : te de- 
muestras a ti mismo que hubieras po- 
dido casarte con la cuñada, de querer 
tú; anhelas que la cuñada te mire y 



adore como un imposible, como un fra- 
caso para ella ; te enorgullece tu su- 
perioridad sobre la cuñada si la has 
desdeñado, cambiándola por su her- 
mana. ¿Comprendes ese matiz de au- 
téntica coquetería? Buscas una situa- 
ción triunfal entre las dos (tu mujer 
y su hermana), para pavonearte; la 
mujer, porque es tuya ; la cuñada, por- 
que accedió a serlo.» 

— ¿No estarás equivocado? 

— Si te casas, avisas ; así celebrare- 
mos nuestras bodas juntos. 

— ¿Tienes novia? ¿Quién? 
•Valentín se marchó sin contestar- 
me más que con aquella risa estruen- 
dosa, a boca llena, que me molestaba 
sin saber por qué. Contrito, culpable 
del pecado de que mi hermano me 
acusaba, salí del marasmo y de la 
cama. Ya vestido, urdía argumentos 
para convencer a Jacinta y a Paz. 
Silencio en la casa, como vacía. ¿Por 
qué Mariana no había acudido a anun- 
ciar antes a Valentín? Las habitacio- 
nes estaban oscuras. 

— ¿No hay nadie? — pregunté con un 
grito que se tragó la tiniebla. 

Era extraño en mi resonante piso, 
iluminado siempre con ecos de char- 
loteo femenil, aquel mutismo opaco. 
Entraba la claridad lunar por una 
ventana abierta; frente a la luz va- 
garosa, Mariana, caída en una buta- 
ca, cerraba los ojos. 

— ¿Duermes? 

No me contestó, ningún movimien- 
to hizo. La luna poetizaba su rostro: 
en el blancor depurado y joven, 
le afluía su alma, era así su alma. 
Arrugas paralelas rayaban su frente : 
en sus párpados formábanse dos go- 
terones. 

— ¡ Mariana ! 

Me miró, perdida su valerosa ener- 
gía ; me miró desgraciada, perdida 
aquella expresión virginal que ence- 
rraba en sí, almendra pura, y que re- 
velaba al calar en ella el sentimiento, 
transfigurando en dócil su carne 
musculosa. 

—¿Y Jacinta? ¿Y Paz? 

— Se marcharon a su finca, al pue- 
blo. 

— ¿Sin decírmelo? 



TOMAS BORRAS.— CUENTO DEL GATO 



151 



— Soy yo quien debe ya — dolor de 
punzada heria su voz — , ahora que 
acabó tcdo... Yo te lo descubriré. 

— Mariana, ¿qué te ocurre? 

— No te ocupes de mí. No valgo 
nada. Escucha : Jacinta y Paz no son 
hermanas mías. 

— Entonces... 

— Yo no tengo hermanas. Ellas, sí 
lo son, y entrañables. Tomaron par- 
te en la farsa por amigas de Carlota. 

— ¿Farsa? 

— Tu hermano Valentín reunió a to- 
das tus novias, quiso poner remedio 
a esa aberración que padeces... Orga- 
nizamos alrededor de ti la intriga de 
la comedieta: en el epílogo estarías 
sano, por desengañado. Eso creímos. 

Ahora caía yo en la otra butaqui- 
ta, frente a Mariana, aturdido de 
asombro. 

— Y nada más... 

Quedamos en silencio ; yo reanudé 
las explicaciones. 

— Dime : ¿con quién se casa Va- 
lentín? 

Vi su esfue-zo al contestarme: 

— Con Carlota. Le ocurrió a ella lo 
que te ocurre a ti : se enamoró de tu 
hermano. 

— ¿Por ser hermano mío? 

El sentido práctico de Carleta... Era 
verdad lo insinuado por Leca Tabú : 
«Esta, maniobra contigo : Carlota es 
calculadora.» ¡En una falsa román- 
tica de frases de novela, en una muñe- 
ca de porcelana y vierto, tanta can- 
tidad de astucia!... Me cambió por 



Valentín, can mejores cualidades que 
yo para marido... Carlota, Linducha, 
Pepa, Loca, Paz, Jacinta, fantasmas 
de color de rosa, mujeres sin regreso, 
por mi culpa. Me quedaba Mariana, 
¡a fiel, que no se había ido de mi 
casa porque era abandonar su casa; 
Mariana dual, niña otoñal, experta y 
nubil : Mariana, en difícil equilibrio 
de vida. Yo era su última probabili- 
dad de soltera ; un año más y queda- 
ría irremediablemente solterona. Era 
el instante en que aún no se había 
agriado su dulzura íntima en espera 
del amor. Para el amor reservaba la 
escondida primicia de su adolescen- 
cia, guardándola en albor, a pesar de 
la maturidad, por fuera de su cuer- 
po. Pero unos meses más, y se hela- 
ría su primavera conservada con tan- 
to esfuerzo de espíritu. 

— Perdona. Fingimos por afecto a ti. 

— Mariana, gracias : no sé cómo de- 
círtelo : has velado, has trabajado por 
mí, quisiste mi felicidad, veo tu ab- 
negado esfuerzo. ¿Per qué lo hiciste 
sino por ese afecto? Y ahora, sin pa- 
labras, ven... Tú eres la definitiva, 
óyelo... ¡Mía! 

Abrí los brazos ; Mariana estaba en 
pie, inclinada bajo un pesar, el som- 
brero en la maño. 

— Vine para ayudarte, por Valentín, 
v me hicieron traición. Yo era la no- 
via de tu hermano. 

Se fué despacio — y no la he visto 
más — , triste, envuelta en luna; col- 
gaba de su mano el sombrero... 



CUENTO DFL GATO 



Como la selva retrocediera hacia la 
montaña, asustada de antiguos 
incendios, detrás de su mole de tron- 
cos y enramadas macizas, deja aban- 
donados a la negrura de la noche pe- 
lotones de arbustos recién nacidos y 



mato jes deshilacliados. Cala la fron- 
da un haz de rayos de luna, recto, ata- 
dos al cielo y al suelo los hilos tiran- 
tes de su luz. Entre el herbazal aso- 
man sus pequeños rostros las flores 
haciendo guiños de colorines. Los tron- 
cas viejos están vestidos de musgo 
y de lianas y su venerable ramaje cae 
y se entrecruza retorcido : a su ampa- 



152 



LA NOVELA CORIA ESPAÑOLA 



ro se empinan los renuevos. Misterio de 
hondura, profundidad tenebrosa la de 
la selva, dulcificados por la luz de me- 
tal blanco de la luna. Selva sonora 
también. Se escucha inarticulado cla- 
mor : gritos de chacal, silbos y me- 
lodías de pájaros invisibles; al mo- 
chuelo y al sapo ; parpar de patos 
silvestres, croar de ranas, finos chi- 
rridos de élitros, temblorosos balidos ; 
interminable lamento de angustia y 
alarma, desveladas por el temor las 
bestezuelas que se ocultaron para el 
sueño bajo las dos alas de la espesura y 
de la noche. Señorea el rugir del León, 
que parece desgarrar el aire. 

En el claro de la selva, la difusa 
blancura es verdosa y marina, filtra- 
da por los temblorosos tamices de las 
hojas; les arroyos se encuentran y 
remansan y, unidos al barboteo de otro 
manantial,' caen velozmente con mur- 
mullo de gozo, llevándose a cuestas 
el resplandor de nieve de la luz. El 
Papagavo se hispa, redondo como fru- 
ta de pluma, agarrado a la percha de 
varal seco: un ojo vigila, el otro le 
cubre la membrana gris. La Cerva- 
tilla, huyendo del rugido, salta los ci- 
lindros de los troncos derribados; fal- 
ta de aliento tropiezan sus patas, fi- 
nas como juncos, y cae babeando en 
el agua el hocico jadeante. El Papa- 
gayo se espeluzna y abre el pico-nariz, 
avisándola : 

— ¡Huye, huye! 

— ¡ No puedo más ! 

— ¡ El León no pierde tu rastro ! 

— ¡Ante mis ojos se borra la vida! 

— ¡Sálvate! Desde mi altura le veo 
seguir tu reguero de olor. 

—Me entregaré. Así han muerto to- 
dos los míos. ¿Por qué tanta cruel- 
dad? 

El Papagayo convirtió en pitido hi- 
riente su. voz gutural: 

— ¡ Huye ! 

Sacudió a la Cervatilla un esfuerzo 
penoso; sus grandes ojos negros de- 
rramaban lágrimas; de su belfo des- 
nudo colgaban hilos líquidos, bebidos 
afanosamente en el manantial. Se 
irguió, esbelta y delicada, y pudo co- 
rrer, con saltos rápidos. 

— ¡ Corre más ! ¡ Que te alcanza ! — la 



animaba el Papagayo volando, en cor- 
tas voladas,, detrás de ella. 

Oyó rugidos estrepitosos y el débil 
bramido de la muerte : después re- 
tornó el silencio acribillado de gri- 
tos de animales. Volvióse a su per- 
cha sin contemplar el descuartizamien- 
to de la Cervatilla. Pavoneábase aho- 
ra la Faisana dorada en el claro de 
la floresta. 

— Papagayo, ¿dónde está el arroyo 
límpido para contemplarme? 

— ¡ Huye ! Te ha visto el León. 

— A mí me respetará. ¡ Soy tan her- 
mosa! 

— Ya se encoge para saltar sobre ti. 
¡ Vuela ! 

— Podría rasgarse mi manto. 

El León, lanzado desde la sombra, 
ha caído sobre la Faisana. El ave, des- 
ligándose del remolino de plumas 
arrancadas, despavorida, alcanza el 
brazo de un árbol y pasa en escalón 
a la copa de los más eminentes. El 
León la persigue y se abraza a los 
troncos y desgarra su camisa de cor- 
teza, al trepar ; tiene la boca en- 
sangrentada del hociqueo en las en- 
trañas de la Cervatilla. Vuelve a ella, 
abandonando a la Faisana, cuyo tra- 
je de lujo está a medias desparra- 
mado en jirones de oro. 

Huyó también el Papagayo. El cla- 
ro de la selva está en soledad, un 
peso de angustia diluida en el aire, 
la pena de las inmolaciones, el cós- 
mico sentimiento por la destrucción 
de unos seres por otros. Los árboles 
se mueven, queriendo arrancarse a su 
destino de paralíticos. El alma vege- 
tal de la selva, rebelada contra los 
crímenes, se queja con sembrío rumor 
de hojarasca y ramaje batidos por 
las ráfagas. De cada árbol surge su 
personificación: un ser arborescente 
que adopta en esquema la forma y el 
espíritu de la planta. Meneando los 
brazos-ramas, flotantes en el aire, uná- 
nimes, pausados, con la escasa diná- 
mica de los seres sujetos a sus raíces 
comienzan, dolorosos, a cantar. La 
selva entera se queja, clama en su 
cántico : 

— ¡ Dolor de la vida ! ¡ Escenas de 
destrucción, agonizar de los débiles! 



TOMAS EORRAS. — CUENTO DEL GATO 



153 



Los animales se asesinan, se devoran. 
Su única ley, el crimen. Está ensan- 
grentada la selva, eme no cobija más 
que el miedo y el horror. Y los más 
fuertes, los que triunfan por su vio- 
lencia, son cazados por el hembre. 
Y al cazador le despedazan las fieras 
de- feroz instinto. Sobre el vivir de 
los seres cayó un signo fatídico. ¿Poi- 
qué no hay entre ellos más que cruel- 
dad y odio? ¡ Sería hermosa la vida 
6i floreciese tan sólo la bondad! Mas. 
¿alguien puede conseguir que entre 
animales, y entre animales y hom- 
bres, reine el amor sin espinas y triun- 
fe la paz eternamente? 



II 



La Araña vieja, engarabitada y afa- 
nosa, atend ; a a los lamentes de la 
selva. Está hilando con rueca y huso 
una prenda blanca. En el claro rfp 
luna su sombra es un dibujo de lí- 
neas tortuosas contorsionado sobre el 
Buelo. Al oír a las ánimas de los ár- 
boles, la Araña suspende su labor y 
responde : 

— Desde que nací estoy tejiendo una 
túnica de hilos de luz de luna. 

Y coee del aire la hebra blanca oue 
desciende del cielo y la ata a su rue- 
ca v la hace girar, peoueña, enfurru- 
ñada, con sus brazos y piernas velludas. 
Las Personificaciones la interrogan : 

— ¿Para qué sirve, Araña, para 
quién es la túnica que tejes? 

— Servirá para que se haga la paz 
en la tierra y se amen todos los na- 
cidos. Ha de vestirla un inocente. 

— ¡Oh prodigio! ¿Va a convertirse 
pronto en realidad lo que anhelamos? 

— Esta es la túnica de la Bondad, 
sabedlo. Sus hilos son miradas de lo 
alto. Quien todo lo ordena, me mandó 
entretejerlos. Espero la llegada del 
alma inocente ; ese será el comienzo 
de una vida de amor. Entregaré la 
túnica y se realizará en el acto el mi- 
lagro. 

La selva, conmovida por la Revela- 
ción, las almas de los árboles expre- 
saban su júbilo : 



— i Alegría — cantaban, y el viento 
se llevaba el perfume de sus voces — , 
alegría de dar nuestras ramas a las 
alturas del cielo, cuando el cielo nos 
devuelva tan sólo claridades ! ¡ Ale- 
gría de dar nuestra sombra tan sólo 
a les idilios y a los beses ! ¡ Alegría 
de dar tan sólo el fruto de la felici- 
dad! 

La Araña, siempre alerta, escucha 
v se embosca en su matorral. 

— Silencio, que llegan los humanos! 
Quizá sea el inocente. Observad. 

Las Personificaciones infunden sus 
apariencias en el secreto de los cuer- 
pos de los árboles. La Araña se inmo- 
viliza. Tromoas de caza, de tronar 
empastado, levantan con sus acentos 
encendidos el sopor del bosque. ¡Ala- 
lí ! ¡ Alalí ! Dos cazadores, uno Negro, 
otro Rojo, hacen vibrar los aires de 
ímoetu bélico. Esgrimen jabalina y 
ballesta, llevan cuchillo de monte y 
el zurrón, por el que asoma, con la 
leneua coleante y los oios de vidrio 
sucio, la testa de una alimaña sacri- 
ficada : el Zorro, de rostro en trián- 
gulo. Los dos cazadores buscan ras- 
tros de pisadas, cuidadosos del suelo y, 
con risas llenas y miradas agudas, 
mezclando sus frases, dan suelta al 
placer que les produce el acoso y la 
muerte de las bestias. 

— ¡La huella del Oso! 
— Hermosa piel. 

— También del Ciervo. 

— ¡ Un bulto ! ¡ Se mueve ! ¡ Dispara ! 
¡ Dispara aprisa ! 

El cazador Rojo manipula la balles- 
ta y corre a la pieza cobrada, que 
presenta en triunfo. 

— ¡ Cayó ! 

— Un armiño. Piel finísima. 
— Vamos a desollarle. 

— ¡ Buena noche ! Nos favorecen la 
caza y la luna. 

Llevando su cachorro en la boca, la 
Tigresa aparece y se queda atónita, 
interrumpido el camino por la sor- 
presa de hallar humanos. 

— ¡Un Tigre! ¡Cuidado! 

— ¡No le temas ! ¡A él! 

Los cazadores le acometen con las 

jabalinas. La Tigresa huye, y rugiendo 

I al sentirse traspasada, suelta al ca- 



154 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



chorrillo, que se acurruca detrás de 
un matojo. El Cazador Rojo y el Ca- 
zador Negro siguen las salpicaduras 
de la sangre de la Tigresa. A lo lejos 
renuevan las trompas de caza los ala- 
lis. Cuaja un silencio como si todo se 
hubiese convertido en piedra. Las Per- 
sonificaciones del bosque, tristes, emer- 
gen su transparencia de los árboles, 
entre lamentos : 

— ¡ Ay, ésos no eran de alma pura ! 
¡ Mataban por diversión y por codi- 
cia! No hallarás a quien entregar tu 
don, tejedora... 

La Araña, satisfecha y triunfal, 
muestra terminada la túnica que res- 
plandece su propia luz espejeada por 
luz de luna. 

— ¡ Ya la terminé ! ¡ Mirad qué her- 
mosa! 

Se extasían contemplando la tela 
sutilísima que exhala de sí, como ma- 
terialización de la bondad, nimbo de 
albores. Las almas de cuerpos quietos 
tienden hacia ella sus brazos y su 
rostro, únicos de movimientos permi- 
tidos. 

— ¡ El Bien es beber luz pura ! ¡ De 
ti no hay nadie digno, túnica del 
Bien! 

La Araña deniega y es un signo 
malicioso la contorsión de todas sus 
extremidades. 

—Ha de hacerse el milagro de amor, 
y me avisa mi instinto que ya se en- 
camina hacia nosotros el destinado 
para ello : un ser que no fué perver- 
tido y que no sintió nunca el furor 
de matar. Cuando vista la túnica, no 
volverá a subsistir el odio en lo crea- 
do. ¡ Canta, selva, y encamínale don- 
de le esperamos ! 



III 

Obedece, y nace un cántico dulcísi- 
mo de toda la selva como transido el 
aire del temblor de la aurora. Músi- 
ca sin modulación de palabras, que 
se filtra y convierte en cautivante, 
que llama.' La Araña espera, recata- 
da la vestidura que ha de obrar el su- 
ceso. Atraída por el aura que se exha- 



la de la selva, por su persuasiva me- 
lodía y el influjo de ese coro de tie- 
rra y cielos que insinúa en ella de- 
licias, va a pasos maravillados acer- 
cándose la Nina aldeana con miradaa 
de gozosa contemplación a la sombra 
eme palpita, Su rostro es candidez y en 
él se anuncia la alegría interior, la de 
un corazón blanco, recién nacido a la 
vida; sus ojos y sus oídos están aca- 
riciados y absortos ; sus manos caen 
con los dedos abiertos. La selva eleva 
su cántico y es explosión de triunfo. 
La Araña observa cómo la Niña he- 
chizada por los raudales de voces que 
la invitan, gusta la noche, la floresta, 
la poesía de las sonoras fragancias en- 
lazadas. 

«Me llaman suaves voces invisibles 
— se dice a sí la Niña — . Habla sin for- 
mar, que brota de las cosas y que en 
el aire me envuelve.» 

— ¡La inocente llegó! — avisa la Ara- 
ña a las Personificaciones ocultas. 

La ven extasiarse, infantil. 

— ¡Noche divina ¡^exclama agregan- 
do su voz a las voces — . ¡ De gozo y de 
serenidad ! Entre flores y árboles jue- 
gan su retozo alegre los animales, li- 
bres y bellos. . 

— ¿Qué es? ¡Oh, linda bestezuela! 

El cachorro que la Tigresa abando- 
nó, rueda a sus pies, blando, como sin 
huesos ; da apagados bufidos sin dien- 
tes y con aspereza lame la mano. La 
Niña le oprime contra su seno, aca- 
riciándole : 

— Tigrecillo abandonado, perdido qui- 
zá... yo te cuidaré. 

Se hace presente la Araña sobre un 
hilo de la Virgen que va de rosal a 
rosal. 

— ¿No temes acariciar al Tigre? 

— ¿Quién me habla? ¡Ah! La Ara- 
ña... No, a ninguno os tengo miedo. 

— ¿Tampoco al León, que puede des- 
trozarte? 

— ¿Por qué?... Me gusta mucho; ¡va 
tan orgulloso... ! 

— ¿Y la Serpiente, no te aterra? Es 
venenosa... 

Responde firme la convicción de la 
Niña : 

— No hay animal que sea malo. 



TOMAS BORRAS. — CUENTO DEL GATO 



155 



Con sus palancas velocísimas la Ara- 
ña trepa al hombro de la Niña. 

— ¿Nos amas? 

— Sí. ¡Sois todos tan hermosos...! 
Unos parecéis caer del cielo tan raudos 
como piedras desgajadas de una es- 
trella que se quemó : otros tenéis la 
piel manchada a capricho, pintarra- 
jeada por alguien que se les hurló así 
mientras dormíais ; los hay arrogantes 
por su fuerza, que siegan con los mo- 
vimientos de su cola los tallos: rudcs 
y enormes, a los que hay que subir 
como a montañas ; inocentes y candi- 
dos, vestidos de blancura rizada : o 
casi invisibles por lo diminutos, pero 
vestidos de polvillo de tornasoles. Y 
todos sois buenos. 

El olfato ha llevado allí al León 
avisado, al tomar el venteo, de la pre- 
sencia de la Niña. Sigiloso, se fué acer- 
cando y con ojos encendidos y golosos 
se recrea en su figura tierna. Todos 
los animales del bosque, excitados por 
la sensación de su olfato o por la alar- 
ma dé su instinto, conocieron también 
la llegada de la carne viva y humana 
r se dirigen al claro de los manantia- 
les. Poco a poco van rodeando, cerco 
Invisible y apartado, a la Niña. Des- 
cienden unidos de los árboles, atravie- 
san la maleza sin rozarla, se asoman 
curiosos y oyen lo que dice en su con- 
versación con la Araña. Están suspen- 
sos, expectantes, a la vista de la Ino- 
cente. Los grandes rollos de las Co- 
bras, gruesas como árboles, curvados 
y descurvados al arrastrarse, se posan 
en circunferencia, la lengua bífida 
guardada. Chispea la mirada de las Ar- 
dillas, rápida mirada que salta de un 
punto a otro. Los Pavones nocturnos 
aparecen en el calvero, recortes de la 
negrura de la selva, aleteando ciegos 
entre la luz. Encandila su oreja la 
Liebre. El Caracol humedece los gui- 
jarros y tactea, con los palpos de sus 
cuernecillos. el aire peligroso. Sube 
la Nutria del río y tras ella el Pato en 
balanceo. El Lince, afirma la pata an- 
tes de pisar y se mueve tan lentamente 
que semeja estar inmóvil. El Buitre 
está en el último cogollo del tronco 
más recto. Se ha colgado el Murciélago 
del trapecio de una rama. El hoci- 



cuelo del Ratón asoma, por el agujero, 
su punta. Han callado el Grillo y la 
Rana entre la hierba y junto a ellos 
cae, al saltar en parábola, la Langos- 
ta. Sabandijas, bestias, fieras, aves 
zancudas y palmípedas se mezclan a 
los grandes paquidermos, junto al sau- 
rio de piel incrustada de pedruscos y 
boca diforme, a la Cabra montes y al 
Mono, que con una mano se rasca y 
con la otra rasca a su cría. El Cama- 
león se mimetiza con las hojas, a las 
que junta su cuerpo; la Lagartija es el 
relámpago de una ese por el suelo; 
la Ci?ai*ra. untada de miel de sol. deja 
de frotar sus sierras ; recelosa la Hiena 
está, pero se aparta ; el Toro y el Lobo 
se abren paso y quedan los primeros, 
prontos al desafío. No se ve a ningún 
animal, y todos ellos cerrando el círcu- 
lo, metidos entre la sombra, apretada 
como humo, mueven sus ojos y res- 
piran anhelantes al contemplar a la 
Niña. 



rv 



La Araña continúa su diálogo amis- 
toso: 

— ¿Crees que son buenos los hom- 
bres? 

Contesta la criatura: 

—Sí. 

— ¡Qué fe tienes! 

Y la Niña, sonriendo : 

— Sólo existe el Bien. 

Hablan entre sí, cautelosos, los ani- 
males que acechan, cobijados en la es- 
pesura : 

—No podrá defenderse. 

— Es muy pequeña. 

— Cuerpecillo frágil y sonrosado. 

— No habrá lucha; la acabará un 
solo zarpazo. 

— Una gota de veneno. 

A pesar de su gula y de la facilidad 
de la presa, los carnívoros están ten- 
didos sobre su vientre con las patas 
extendidas o colean a péndulo, agarra- 
dos a las ramas recias. 

Desciende la Araña, tecleando con 
toda sus patas el cuerpo de la Niña. 

— Ven. Como los malvados nos aplas- 
tan y maldicen, las arañas somos ge- 



156 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



nerosas con quien tiene alma compa- 
siva. Te haré un obsequio. 

— ¿Un regalo? ¿Qué es? 
Muestra la Araña la túnica resplan- 
deciente : 

— ¡ Mira qué bella ! 

— ¿La has hecho tú? ¡Oh, cómo bri- 
lla ! Dámela ! ¡ Ayúdame a vestirla ! 

Ayuda la Araña a la impaciente a 
ceñirse la túnica, que ilumina alrede- 
dor con argentada luz. Los animales, 
fascinados, brotan de la maleza pausa- 
damente y se cercan a la Niña y se 
agrupan alrededor, absortos en un 
embeleso. 

— ¡Vestidura de luz! — dicen — . Es se- 
mejante a un hada la Nina, resplan- 
decida de su pureza. 

— Con tenue majestad impera sobre 
nuestras entrañas y sobre nuestra 
zarpa. 

— Mi irritación se inclina a obede- 
cer a sus gracias débiles. 

— Siento en mí, por primera vez, un 
borbotón de dulzura. 

— Mi roja furia se ha cambiado en 
mansa paz. 

— Es el amor y su hechizo. 

En medio de los animales, a los que 
ha recibido con júbilo, la Niña los 
acaricia. Se posan pájaros y libélulas 
en su estatura y, a sus pies, la Pantera 
r.e revuelca, mimosa como un gato. 
Buscan sus manes para besarlas con 
sus belfos acuciosos y hay a su alre- 
dedor y sobre los animales vuelos can- 
didos y voluptuoso zureo de palomas. 

— ¡Preciosas bestezuelas de Dios! — la 
Nina les habla — . No me huís, porque 
sabéis que es quiero. Dejad para siem- 
pre recelos, apetitos y odios. Amaos 
y convivid la Pantera y el Ciervo, Hal- 
cón y Milano con la Perdiz, y vosotros, 
Cordero y Lobo, venid, que también 
será amigo vuestro el Hombre. 

Temerosos y desconfiados, todos los 
animales retroceden. 

— ¡El hombre! — murmuran con sor- 
do espanto. 

— No le temáis ; su corazón es bueno 
— les reprende con ternura la Niña — . 
¡ Así todos viviremos un paraíso de 
alegría, porque habremos librado del 
dolor a los seres ! 

Con la cría de la Tigresa en brazos, 



la Niña camina, y todos los animales 
la siguen, subyugados. La preceden, 
se adelantan, la esperan, en cortas ca- 
rreras y vuelos, y regresan a su paso; 
o la siguen buscando pisar en sus pi- 
sadas ; o se remontan formando una 
corona que avanza en los aires sobre 
ella. 

El acento de la Niña sostiene el en- 
canto de las animalias. 

— ¡Vayamos allí donde sólo se oyen 
himnos de gratitud, donde todos se 
sienten hermanes, y la ley celestial 
impulsa a la Naturaleza, y en eterna 
beatitud se goza el rostro de Dios, 
ahuyentando el mal para siempre ! 

Con su corteio, se aleja, y desoué- 
blase tras de la mensajera virginal, 
el bosque, más ne^ro y silencioso. Las 
Personificaciones de los árboles se apa- 
recen, lunáticas entre la luz; sus bra- 
zos-ramas, agitados unánimemente, se 
menean en un adiós. Repiten las pa- 
labras de la Niña, su profecía : 

— ¡ Allí donde sólo se oyen himnos 
de gratitud, donde todos se sienten 
hermanos !... 

La Araña se ha quedado agarrada 
a su red y escucha el eco de la voa 
de la Niña. 

— ¡ Bendita sea la inocente ! ¡ Loa 
lleva a ser felices y serán felices... ! 

Desciende y se afana en recoger el 
huso y la rueca. Murmura con su re- 
serva de vieja maligna y sabidora : 

— ¡Con tal de aue no venza a la 
inocente la vanidad de su bondad... ! 



V 



En la plaza del pueblo tiene la Ni- 
ña su casita pueril, medio oculta por 
un trenzado de madreselva. Las otras 
fachadas son de colorines (almazarrón, 
rosado, amarillo de trigal, verde pro- 
tundo de lluvia sobre mares, ocre de 
corteza tostada). Relucen al sol, que 
se desnuda en los cristales y da gri- 
tos de brillos. La taberna tiene coyio 
ceja del dintel un ramo de romero. La 
carnicería lleva su cartela en desuso : 
«Carnecería». Una sola casa repelente 
tiene la plazoleta pintarrajeada, man- 



TOMAS BORRAS. — CUENTO DEL GATO 



157 



sión negra, ennegrecida por los tem- 
porales, cerrada siempre y, por ello, 
misteriosa ; edificio en ruinas, sin ve- 
cinos quizá, entre las construcciones 
amuñecadas. Alegría de la placita que 
sonríe como una boca juvenil de mu- 
chacha ; y en la sonrisa de dientes 
sanos una muela podrida. 

Los dos Cazadores se aburren, sen- 
tados espalda con espalda, en la mo- 
dorra de la taberna. Cazan sólo musa- 
rañas, disparan nada más bostezos. A 
1 pesar de su inacción, acarician sus 
ballestas y pasan la mano sobre las 
sobredoradas trompas de cacería, ca- 
ricia a perros dormidos. 

Entra a beber un jarro el Carnicero, 
su mandil blanco manchado de ope- 
ración quirúrgica ; la Dueña apoya 
los brazos remangados en el mostrador, 
gordos cerno muslos. 

— ¿Tienes hoy pierna de cordero? 

El Carnicero, ríe. 

— ¡Qué tonta! — confirma su burla 
el Cazador rojo. 

— ¿No te enteraste del suceso? No 
hay carne. Ya no se mata — informa 
el Carnicero tenidos los labios de 
mosto. 

La Dueña de la taberna abre los oja- 
zos de las sorpresas. 

—¿No? ¿Pues qué hago-con mi cer- 
do?... 

— Se morirá de viejo en el corral, 
bien cebado. 

— Pues ¿qué pasa? 

Los tres hombres lanzan su defini- 
ción, como cada cual un naipe : 

— Un milagro. 

— Un fenómeno. 

— Un portento. 

— Los animales de la selva — da un 
puñetazo que hace titilar los vasos el 
Cazador rojo — han venido al pueblo 
apacibles, sin fiereza. 

— Ya no podemos cazar — añade el 
Negro, ceñudo, por contrariado. 

— Vivimos, hombres y bestias, como 
amigos— masculla el Carnicero, año- 
rando las degollinas. 

La Dueña habló mucho con los bo- 
rrachos que aseveran imaginaciones 
extrañas y ella les da siempre, tal es 
su oficio, la razón. Aquellos parroquia- 



nos parecen en sus cabales; y les 
retruca. 

—No es posible. 

La miran con sorna y, creyéndose en 
el ridículo de ignorarlo, pide aclara- 
ciones. 

— Ninguno sabemos. 

Se han tomado una ronda y que- 
dan los grumos posados en les vasos. 
La tabernera recapitula observacio- 
nes : 

— Quizá por eso los bichos de mi 
corral hablaban esta noche agitándose, 
unos con otros. ¡ Será la luna, o un 
cometa, la causa de vivir esa paz ! 

El Carnicero azota las nalgas de un 
pellejo lleno. 

— Y diga — le acucia la Dueña — . 
¿Tiene jamón curado? ¿Siquiera sal- 
chichas? 

— ¡Ni ancas de rana! — engruesa la 
voz el Carnicero, echa unos cobres en 
el mostrador, sale colérico ; no sabe 
contra quién su cólera. 

Apúrase la Dueña y anda detrás, 
hasta su corral, que limita una empa- 
lizada en la calle vecina. 

— ¿Qué voy a hacer de mi cerdo? 

Se ha roto el orden natural y el dis- 
currir de la tabernera se embarulla en 
desconcierto; se le ha llenado la ra- 
zón de humo, que la impide ver con 
claridad. Criaba el lechón para la ma- 
tanza; si no hay matanza, ¿de qué 
sirve un lechón? 

El Perro puso sus patas delanteras 
en el borde de la empalizada, menean- 
do el rabo para recibirla. 

— ¡Hola, Titán! Voy a jubilarte. 
Dícese que ya no hay que vigilar. ¡ Có- 
mo todos somos amigos...! 

— No hay que fiarse — gruñe el mas- 
tín. 

La Dueña entra y él salta y vocea 
su contento : 

— ¡Oh, oh, oh...! 



VI 



Los dos Cazadores han vuelto a sen- 
tarse en los taburetes, espalda con es- 
palda. 

— ¿De qué vamos a vivir? 



158 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



— Si dura mucho... 

— Yo creo que por siempre. Por lo 
que veo, el mundo se ha trastornado. 

Una scmbra se opone a la luz que 
entraba por la puerta. 

— Aquí está el León. 

— El León, modelo de mansedumbre. 

— ¡ Quién podía figurárselo ! 

Es un león algo engordado por la 
vida placentera de dormir largas ho- 
ras sin el sobresalto del vigilar, en- 
grasado por el alimento del rancho que 
encuentra en la tina rebosante ; un 
poco pesado ya, de no agilizar los 
músculos en el ejercicio de correr una 
fuga, saltar a los árboles y luchar re- 
volcándose en rabia ; es el león de 
pelo lucio y peinado quien abraza al 
Cazador -roio y da la mano, con urba- 
nidad, al Cazador negro y les llama 
así : 

— i Queridos amigos ! 

Y después de los saludos de intimi-' 
dad, se sienta y sonríe: 

— ¿Qué se hacen? 

— Hablábamos de la vuelta que ha 
dado la vida. 

El León golpea la mesa con la garra, 
llevando el compás de una música que 
no suena. 

— Sí que es sorprendente. 

Calíanse los tres, puesto que los Ca- 
zadores están vejados. Para humillar- 
les más, el León, irónico, toma la ba- 
llesta que el Rojo soporta sobre sus 
rodillas. - 

— ¿Este es el artefacto que nos hacía 
huir transidos de espanto? 

Cortés, el Cazador rojo le enseña el 
manejo. 

— Soltándose este resorte salía el hie- 
rro rapidísimo y se clavaba en la res. 

Deduce el León una consecuencia 
filosófica : 

—A los animales no se nos ocurrió 
hacer volar, contra los que nos caza- 
ban, los dientes, los picos o las uñas, 
que destrozan. Eramos más nobles; 
porque arrojar el arma que ofende, 
con ventaja y sin peligro, es suma per- 
fidia... 

Hace un gesto de desdén el Caza- 
dor negro : 

— ¿Para qué comentarlo? Todo eso 
acabó y quizá tú — se insinúa con el 



León dándole palmaditas en el brazue- 
lo — sepas la causa. 

— La desconozco. 

— ¿No te preguntaste por qué eres 
pacífico? 

— Me obliga a serlo, contra mi vo- 
luntad, la voz de una Niña vestida de 
plata. 

• -¿Una Niña? 

— A todos, he hablado con muchos 
compañeros de la selva, les sucede lo 
mismo. ¡ Al oírla nos cala dentro una 
dulzura...! Enerva nuestras fuerzas, 
aplaca nuestros impulsos... ¡resucita 
en nosotros, bestias ciegas, el alma 
eme llevábamos, ignorándolo, escon- 
dida! 

El Cazador negro se regocija y le- 
vanta su jarro que adornan rústicos 
trenzados de tinta vitrea. 

— ¡ Ya se sabe un poco ! 

Un transporte emotivo humedeció 
los ojos del León, absorto, como escu- 
chando la resonancia, que aún le blan- 
dea en su centro, de la balsámica voz 
persuasiva ; parece contemplar los cie- 
los reverberantes que se echan de pe- 
chos sobre la penumbra de la taberna, 
ondas azules sobre playa. El golpe del 
jarro, pegado sobre el tablero, le des- 
pierta del ensoñar. Vuelve a su tono 
amable, propio de conversación entre 
amigos. 

Intenta soplos por la trompa que le 
cede el Negro. 

— ¿De aquí sale el trueno?... Ahora 
no... 

— No disparan las. armas. También 
las roza el hechizo, malhaya, que... 



VII 

El Cazador rojo interrumpe a su 
compañero, levantándose, y los demás, 
con indiferencia, le siguen. Así se en- 
tran en el ámbito de sol ; les resbala 
por el rostro y chorrea de luz todo 
su cuerpo. La placita, cada fachada 
un colorín, parece recién barrida de 
sombra ; el cénit deslumbra y no hay 
un trazo negro — muerto — entre las 
manchas vivas : rojo, amarillo, ocre, 
verde, violeta. Salvo la casa herrum- 



TOMÁS BORRAS— CUENTO DEL GATO 



159 



brosa : sucia mendiga entre endomin- 
gadas jovencitas. 

— ¿Te agrada el cambio de fiereza a 
mansedumbre? ¿Te gusta ser bueno? 

Responde el León al Cazador rojo 
abriendo sus fauces con melancolía de 
estómago : 

— Repugno la comida, únicamente. 
¡ Es vegetariana ! 

Confidencial, se le acerca al oído : 

— A veces no puedo contenerme... 
Sufro un hambre, no de necesidad 
de cerner, sino... ¿cómo la llamaría?... 
hambre del gusto, hambre de satis- 
facer ese sentido... Me inquieto, rujo... 

— Ella canta... 

— Y calma y aauieta mi excitación 
su canto dulcísimo... ¿Sabes en lo que 
me he convertido? ¡En un sentimen- 
tal! 

Les dos cazadores se miran, más 
confusos que antes de sonsacar al 
León. Echan a andar, atravesando el 
redondel de la placita, entre las fa- 
chadas en coro. El Cazador negro se 
detiene : 

— ¿Alcanzas a comprenderlo? 

— Ni yo, ni nadie sabe nada. 

El Gato saltó de la tranquera de la 
casa repulsiva ante ellos, en saludo 
gentil. Gato que decía ser, sólo con 
verle, ágil, elegante, listo, picaro, per- 
suasivo, diabólico. Se planta, al caer 
sobre dos pies, y les hace la venia con 
refinada y afectada cortesía. En sus 
ojos hay burlones destellos de malicia. 

— ¡ Yo sí ! Yo lo sé. • Bien encontra- 
dos! 

—¿Tú? 

— ¡ Cuenta, diñes ! 

El León, desdeñando la credulidad 
de los cazadores, le desdeña también : 

— Yo no lo sé, León, y vas a saber- 
lo... ¡Gato! 

Se afila el sonreír del felino, que 
renueva su saludo. 

— Gato, sí — replica meloso, con cui- 
dadas pausas — ; Gato : espíritu agudo, 
acurrucado en la chimenea, mirando 
siempre los rojos carbones que dan 
destelles entre la oscuridad; son los 
ojos del que está allá abajo, asomados 
a ver la Tierra. Me hacen guiños y 
en ellos leo ideas, avisos, consejos. Yo, 
Gato, perspicaz, ondulante, finjo • ca- 



riños con mis arrumacos y ronrones y, 
escurridizo y sedoso, apresto las ga- 
rras a las caricias, hipócritamente. 
Sabed por qué : porque estoy siempre 
en el secreto. 

Duda el León: 

— Pero este secreto de ahora... 

Les junta el Gato, para continuar 
en voz baja su confidencia y las cua- 
tro cabezas se agrupan para beber el 
mismo interés. 

— Le descubrió la Mosca — afirma con 
su suave bisbís el Gato—. Cuando se 
hizo la paz, la Mosca fué a visitar a 
la Araña. ¡ Ya no temía a su tela ! 
Volvió la Mosca de la entrevista y, 
dándose importancia, se paseaba ante 
mí contemplándome con lástima por- 
que yo no podía corretear mis brin- 
cos para aplastarla : carecía de inqui- 
na por el sortilegio. La Mosca, amiga 
mía ya, se posó en mi nariz (lo que 
jamás hubiese podido suponer), y me 
contó que personas y bestias estamos 
rendidas al influjo de un traje hecho 
con luz de luna que viste, en méritos 
de su pureza, una Nina. 

Se aparta, para pavonearse y el 
haz de escuchadores se suelta y cada 
cual hace figura de estupor. 

— ¿Será cierto? 

Relame su mano el Gato y confirma : 

— ¡ Digo ! 

Se empecina el León : 

— Lo niego. 

— ¿Una tela? ¿Sólo por una tela? 
— no puede responderse a sí mismo el 
Cazador rojo. 

— La tejió la Araña con los rayos de 
la luna. 

Se tambalea la duda de ellos : 

— Es raro... 

— Vacilo... 

— Quizá. 

Para convencerlos, el Gato propone 
a la testigo : 

— ¡Ven, Mosca! Da testimonio. ¿Es 
cierto o no? ¡ Contesta ! 

Ha cogido el Gato a la Mosca, que 
iba en su cuello, y la ha lanzado al 
aire. La Mosca hace sus curvas alre- 
dedor de los mirones. 

— Es invisible, pequeñísima ¡Y ha 
derrotado a la Araña ! — la elogia el 
Gato — . ¿Verdad, Mosca? Vedla : un 



160 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



puntito, vibra, fuese, ya se posa, nos 
engaña, sube, zigzaguea, no está... 
i Aquí ! 

Y la muestra, como un prestidigita- 
dor, entre sus uñas, a los que la bus- 
caban con la vista. 

— Es cierto — dice la Mosca — , la Ara- 
ña recibió el encargo de quien puede. 
Trabajó : esperaba la persona y llegó : 
es la Niña. Ya cumplí mi deber de 
informaros, aunque no pretendí sino 
que lo supiese el Gato. 

— ¿Por qué el Gato solo? — farfulla 
el León. 

— Porque él comprende, sólo él. 

Y la Mosca desaparece. 



VIII 

—No dudo — pone fin el León a la 
pausa de todos, suspensos. 

— Sí, es muy claro — se decide el Ca- 
zador rojo. 

Halagadísimo por la adulación de 
la Mosca, el Gato protege a sus ami- 
gos con nuevas explicaciones. 

— Es la túnica de la Bondad. Por 
eso su influjo es poderoso. — Y ríe con 
risita puntiaguda—. ¡ De la Bondad ! 
En cuanto quiera mi Ama, la destruye. 

Se apresura a coger esa esperanza 
el Cazador negro. 

— ¿Tu ama? ¿Tiene fuerza bastan- 
te...? 

— ¿Queréis ser aliados suyos? 

— ¡Si volviese el estado anterior!... 

— ¡ Si acabase la dieta vegetariana... ! 
La posibilidad de que la vida recobre 

los placeres que les sobreexcitaban tie- 
ne tensos sus nervios y azuzado su 
espíritu; el Gato jugó con su deseo 
irrefrenable poniéndoles la pieza ante 
los ojos. Los tres, cazadores y León, 
se lanzarían como proyectiles al blan- 
co que les señalase, con su movimiento 
femenino, el Gato sagaz. Que les alec- 
cionaba : 

— La Bondad dura lo que tarda mi 

Ama en hallar su punto vulnerable... 

Encontrado, hiere, mata... 

Misteriosamente, con un hilo de voz : 

— Todo está preparado... ¡El Mal, 

siempre alerta ! 



Salta jovial, triunfante, golpea el 
aldabón de la casa negruzca, empuja 
las tablas agujereadas de carcoma y 
se cuela gritando: 

— ¡Tres nuevos amigos! 

Los Cazadores y el León han entra- 
do, se cierra la boca de la casa y 
ouedan quietos, en tinieblas. Los ojos 
dal Gato rebrillan y oyen las carca- 
jadas del guía multiplicadas por ecos 
lejanos en risotones sombríos y como 
huecos. Un candil le han encendido, 
y la llama espiritada echa destellos 
oscilantes que menean las sombras. 
Nada hay en la habitación muerta, 
salvo el candil ahorcado de un clavo. 
Paredes húmedas; sobre verdín y ho- 
llín huyen sabandijas. Techo roto por 
las pedradas del cielo. Hay una esca- 
lera en astillas que da al corredor 
del piso alto. 

— ¡ Ama ! — grita el Gato. 

Y los lejos, estentóreos y fúnebres, 
amplían : 

— ¡ Ama ! ¡ Ama ! ¡ Ama ! . . . 

Se vuelve el Gato a sus invitados : 

— No tardará. La Envidia siempre 
es pronta. 

Ignora el León quién sea, pues el 
nombre de la Envidia no le oyó nun- 
ca. Los Cazadores se separan más, 
sólo al conjuro de la palabra. 

— Hay aquí ecos — explica el Gato — 
porque la Envidia es un eco ella mis- 
ma, eco del bien de los demás. Su 
casa y su alma son hechos para de- 
volver, mitigada y turbia, la imagen 
esplendorosa : como espejo de revuel- 
tos azogues. Pero vedla, 

A la baranda del comedor alto aso- 
mó una mujer envuelta en manto ne- 
gro, sólo deja ver su rostro y una ma- 
no de cera. Los Cazadores observan 
una peculiaridad de su aspecto : cuan- 
do les mira frente a frente, la Envidia 
es obsequiosa de gesto, amable y son- 
ríe, tersa y joven ; y al volver la ca- 
beza, su fisonomía cambia, tuerce el 
mirar, una veladura sombría de con- 
goja crispa sus facciones, el rosicler 
de la piel se torna en verdoso cetrino 
y en su frente se constriñe en arrugas 
la pasión concentrada ; para volver 
a su juvenil afabilidad y tintes pri- 
maverales cuando, otra vez, contem- 



TOMAS BORRAS. — CUENTO DEL GATO 



161 



pía frente a frente a sus interlocuto- 
res ; tanta es la energía de su disimulo. 
Habla y chirría su voz estridente al 
comenzar; pero la reprime y entona 
en alabanzas la desarmonía para en- 
mascarar su acento e intención da- 
ñinos. 

—Señora — dirige a ella el Gato sus 
ojos fosforecentes — , estos nuevos ser- 
vidores piden tu confianza, ofrecién- 
dote ayuda. 

La Envidia muestra su cara placen- 
tera. 

— Esbeltos mozos, robusto León, los 
tres con planta de fortuna... 

Gira el rostro, que, instantáneamen- 
te, deja ver la verdad de su des- 
agrado. 

— El murciélago sigue aborreciendo 
la luz, el topo aún es ciego— murmu- 
ra — t todavía se arrastra el gusano, 
veneno tiene el alacrán y furiosa des- 
truye la hormiga. ¡Escarabajo, moldea 
el mundo ! 

— Profetiza — glosa el Gato. 

La Envidia es ahora, sonriéndoles, 
deleitosa de tan atractiva. . 

— Vosotros conseguiréis todos los bie- 
nes—les adula—. Pero sabed que yo... 

Sesga todo su gesto y se marchita, 
repelente. 

— ¡ Contra túnica de plata, túnica 
de oro ! ¡ Contra el Bien, mi pasión ! 

De entre su manto de luto les arroja 
una vestidura dorada. Urlando, como 
despavorida, se entra. En lo lejos se 
multiplica y horripila el grito. 

— ¡Funesta visión! — se atreve a ha- 
blar el Cazador negro. 

El gato ha recogido en el aire el 
rebujo de tela. 

— Tenéis que ser suyos en obedien- 
cia si queréis, cazadores, cebaros en 
la muerte de las bestias, y tú, León, 
devorar desgarrando. 

El León se decide : 

— Estoy dispuesto. 

El Gato sopló el candil, y la tinie- 
bla mató los sentidos de ellos, que 
tactean atontados. Los ojos del Gato 
tenía luz, y ellos veían dos miradas 
de topacios flotar en la absoluta ne- 
grura. Al abrir la puerta el Gato, 
quedóse el sol sin entrar en la casa, 
lamiendo tan solo los umbrales. 



IX 

Deslizábase el Gato junto a las pa- 
redes de las callejuelas. En una en- 
crucijada silenciosa se detuvo, y sus 
cómplices pudieron alcanzarle. 

— ¡ Aquí está nuestra victoria, aquí 
contenida ! — les soltó, ufano, por el en- 
voltorio que portaba. 

— Pero el modo... — interroga el León 

— ¿No entendisteis? La Bondad ha 
establecido el amor entre los seres, 
pero el topo sigue ciego y se queja del 
vidente; y el gusano, que no vuela, 
aborrece al pájaro. 

Los dos hombres van penetrando 
la alegoría. El Gato prosigue su lec- 
ción : 

—Cada uno de los seres quisiera 
ser perfecto, tenerlo todo, no cumplir 
su sino... ¡Ni el Bien apaga el turbio 
sentimiento que origina en nosotros 
ver lo que tienen los demás, y a nos- 
otros nos falta ! . . . 

Se impacienta el León : 

— Eso son logomaquias. Vamos a le 
práctico, a la manera... 

— Mi Ama, que ya lo es de vosotros 
tejió la túnica de oro que deslumbra 
la modestia. Túnica de oro puesta, he- 
chizo terminado. 

— ¿Servirá? 

— Espíritu como el mío, que llega ai 
fondo de las cosas, no comete erro- 
res. 

Están dentro de otro encanto : la 
seducción elegante y cínica del Gato 
sugestivo. 

— La Araña le ha dicho la verdad 
a la Mosca: el punto vulnerable dei 
Bien es la vanidad de sus acciones. Ahí 
le hiere mi Ama... ¡Ya veis, la Mosca, 
un átomo, eterna víctima, va a ven- 
cer a la Araña, que la devoró desde 
el principio del mundo, y al mundo 
también va a vencerle! ¡Una Mosca! 
¡ Una idea ! ¡ Nada ! 

El inconveniente le piensa el León : 

— Si la Niña sospecha, si el Bien eí 
más perspicaz... 

— ¡ Tontuna ! — se sonríe el Gato — . 
La tragedia de la bondad consiste en 
que quien es bondadoso, quien viste 
la túnica de plata, es inocente, y al 



NOVELA CORTA 



162 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



serlo le engaña la malicia, porque el 
bien no concibe el mal, ni la inocencia 
la falsía. ¡ Ser bueno no sirve para 
maldita cosa! Y el arma insuperable 
contra el Bien, es la vanidad. ¡Dis- 
ponemos de ella! 

Se pone al frente del grupo y les da 
el santo y seña y la orden como un 
capitán : 

— ¡ Túnica de oro contra túnica de 
plata ! ¡ Vamos a buscar a la Ino- 
cente ! 

Le siguen emulados. 

— Mi fuerza a su servicio — brama el 
León. 

— Nuestros brazos, obedientes — con- 
firman los Cazadores. 



X 



Los animales van, rebaño en que 
todos se mezclan, aburridos y sin rum- 
bo por las calles del pueblo. El Lobo 
se detiene a rascarse el lomo contra 
los quicios de piedra. 

— ¿Qué hacemos? ¿Seguir paseo tan 
aburrido? — pregunta. 

— Busquemos la joyería — propone la 
Paisana sacudiendo la cola de refle- 
jos ardientes para desempolvarla. 

El Cuervo, sobre un alféizar, mete 
el pico entre su luto como mojando 
en el tintero y rubrica su informe : 

— En este pueblo no hay ni una 
mala posada. 

Los animales se remansan en quie- 
tud y conversan en círculo. 

— ¡ Qué aburrido es un pueblo, com- 
parado con la selva ! 

Y el Tigre se da lengüetazos en el 
pecho. 
— Vivimos en prisiones — protesta el 
Águila — . ¡ No poder volar ! 

El Sapo salta al centro, enorme es- 
meralda podrida : 

— Amigos, ¿os gustan los hombres? 

Todos se despeluznan unánimes : 
' — ¡ No ! 

— Ni a mí — corrobora el hidrópico y 

fofo — . Al tratarlos los he aborrecido. 

'—Es un martirio convivir con ellos 

-^-el Águila lo dice enarcándose como 

monarca que se levanta del trono. 



— ¡ Tan vanidosos ! — comenta y pa- 
vonea la Faisana. 

— ¡Tan fieros! — los critica el Lobo, 
erizada la boca de colmillos. 

Satisfecho, el Sapo pone punto final : 

— ¡Y tan ridículos! 

Batiendo sin cesar la cola, el Tigre 
descubre un resentimiento : 

— Antes nos despreciaban. 

Vuela el Cuervo hasta el corrillo. 

— Y si vamos a analizar, son lo mis- 
mo o peores que nosotros. 

Hace una salvedad la Paisana: 

— La Niña, no, que es lirio celeste, 
rayo de luz, voz de luz... 

— Cuando la miro me conmuevo 
— dulcemente la recuerda el Tigre. 

Oyen algarabía de cacareos, ladri- 
dos, gruñidos, relinchos. 

— Veamos a esos compañeros. Quizá 
nos distraigan. 

Todos siguen a la Faisana, ansiosa 
de la vida de sociedad. Guiándose por 
el bullicio revoltoso, llegan a la em- 
palizada que limita el corral de la 
taberna. El Perro los divisa el prime- 
ro. Ladrando con alarma hace callar 
a la Vaca, al Cerdo, la Oveja, el Bu- 
rro, el Caballo, la Cabra, la Paloma 
y la Gallina que, disputándose el mo- 
lluelo y los despojos de huerta, la 
alfalfa y el estiércol reciente, corren, 
hozan, revuelan y sacan protestas y 
alegrías a su garganta. 

—¿Quién importuna? ¡Fuera, fue- 
ra! — grita el Perro — . ¡Fuera, fuera! 

— Yo llamé mendigo al Perro, y aho- 
ra el mendigo lo soy yo — considera 
con abatimiento el Tigre. 

— Muy raros son estos desconocidos 
— examina la Faisana paseándose un 
poquito ante ellos para que le admi- 
ren su copete escarlata y sus largas 
plumas en cola, más largas que su 
cuerpo. 

Al Perro también le sorprenden los 
visitantes. 

— ¿Qué animales sois vosotros, que 
nunca os vimos en el corral? 

— Eso pregunto — les responde sin 
responderle la a 1 ta n e r a Faisana — . 
¿Quiénes son esos bichos tan estram- 
bóticos? 

— Somos los animales domésticos 



TOMÁS BORRAS; — CUENTO DEL GATO 



163 



— muge con humildad la Vaca, y ru- 
mia con su movimiento de molino. 

— Nosotros somos los que vivimos li- 
bres — proclama el Águila, orgullosa. 

El Perro y el ave de la altura dis- 
cuten : 

— ¿Qué es ser libres? ¿Vagos? ¿No 
trabajáis? 

— Nunca supimos qué es trabajo. 

— Trabajar es ayudar al pobrecito 
hombre, sujeto a esa ley. Por compa- 
sión le servimos. 

—¿Vivís bien con él? 

— Se está mejor sometido que en 
libertad. Yo fui lobo... 

Empuja el Perro la trampa de la 
empalizada para abrir. 

— Entrad. En el corral viviréis tran- 
quilos. 

La Faisana rehusa con ascos y me- 
lindres : 

— ¡Puf! ¡Tan sucio! ¿Y mi vesti- 
do, más lujoso que puesta de sol? 

— Ayudad vosotros también al hom- 
bre — aconseja el didáctico Perro—. 
Porque es el único ser que sufre el 
maleficio del trabajo. Vosotros, Tigre 
y Lobo, que sois fuertes, cortaríais 
leña... 

El Tigre eriza los bigotes de có- 
lera: 

— ¡ Mirarme yo convertido en gato 
como tú en perro! 

— Odio ese vuelo raquítico de la 
Gallina — el Águila la observó y mira 
al cielo — . ¡ Si supiese lo que es aho- 
gai'se de altura en el azul ! . . . 

El Cuervo también canta el vivir de 
los libres animales. 

— ¡ Qué limpio el silencio de los bos- 
ques en la noche ! . . . Ese ruidillo del 
palomar fastidia. 

— Odio al hombre— dice lacónico el 
Lobo. 

El Perro, al oírlo, se encrispa ; blas- 
femaron de su dios. 

—Si sois enemigos suyos, si sois pe- 
rezosos, vanidosos y dañinos, ¡mar- 
chaos ! 

— Eso queremos y... 

— ¡Libertad! ¡El don divino! — in- 
terrumpe el Águila al Tigre, que con- 
tinúa : 

— Amamcs la libertad, que vosotros 
desconocéis, mezquinos. Aunque ia li- 



bertad nos cueste hambre, fatiga, so- 
ledad, dolor, peligro. 

— Quien no ha vivido para la li- 
bertad, no la merece — clama batiendo 
las dos alas, amplias como ramaje, el 
Águila. 
La Faisana les increpa : 
— Os ceban, estáis ahitos... 

Y el Sapo: 

— Vivís cómodos, sin inquietud, sin 
sufrimientos... 

Y el Cuervo : 

— A nosotros nos persiguen, nos ca- 
zan, nos martirizan. ¡ Y por nada 
cambiamos nuestra independencia ! ; 

Y el Lobo : 

— ¡ Nuestra pobreza, rico tesoro ! 

El can, agitándose durante la dispu- 
ta, ya saltaba haciendo resorte de las 
patas traseras, ya iba frente a unos 
y otros, reculando con señales de có- 
lera en los ojos. Les gritó: 

— ¡ Eso es soberbia ! 

— ¡Es espíritu! — reolica el Águila, 
clavándole las redondas pupilas ani- 
lladas. 

Está más enfurecido el Perro : 

— ¡Fuera de aquí, hurtadores, ase- 
sinos ! 

— ¡Cuidado, que soy el Tigre! 

La Vaca, con barbas de hierba caí- 
das del rumio : el Cerdo, inflado, qué 
se bambolea en oleadas de grasa ; 
el Asno, que mueve las orejas como 
manos ; la Cabra, que trepa al montón 
de leña en equilibrio y campanea sus 
ubres goteantes : el Caballo, de mirada 
llorosa, que pinta al piafar la media 
luna en la tierra; la Paloma, que 
hincha su pecho porque dentro se 
hincha de más amor su corazón las- 
civo; la Oveja, que bebe, al andar, las 
emanaciones del suelo ; la Gallina, 
mosaico de retales, vestida con los 
desechos de los pájaros; los animales 
del corral, atentos al diálogo, guarda- 
dos por el Perro, toman partido con- 
tra los exóticos. La más insolente, la 
Gallina, da un brinco alado a la em- 
palizada y les hace burla de pillueio : 

— ¡ Cró, eró, eró ! . . . 

— ¡ Mendigos ! — escupe la Faisana. 
— ¿Nosotros, mendigos? ¿Nosotros, 

que somos el hogar, el orden, la utili- 



164 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



dad y el sacrificio?-protesta rechi- 

fer;— r*™ «os, 

aU I n i t So S so?ío e s, t0 la°foe.-za del alma, la 
alegría del infinito! 
— ¡Marchaos! , 

•Atrévete a echarnos ! — logí a na 
*e7oti ri Cuervo, pujante, para do 
minar los mugidos, cacareos, relinchos, 

SüSs ronquidos *"*»«& "í*" 
iencias inarticuladas deja y 

Furiosamente, espumeante, el Peno . 

-¡Os rasgaré a 3irones! 

Enrojecida la boca de sangre, el 
Lobo : 

Z|a tlíos ¡-anima el Perro a los 
suyos, que se abalanzan con estie- 

3Í Van a acometerse cegados, bajas 
iqc Was coceando, descubriendo las 
Snazas de la dentadura, abiertos los 
5pS f córneos El canto dulcísimo de 
Wiña lleS" mecido en el aire, y sus 
olSas'SciSiadoras caen como ro- 
•do sobre la sed rabiosa. 

— ; Amaos y convivid— se la oye— la 
Parlt'eraTel Cervatillo el Buit re y la 
Paloma, el Lobo y el Coidero! 

oúédánse en arrobo los animales, y 
.empalan los bandos, y encalman. 
_¡Es la armonía que oigo .al as- 
cender a la altura! -reza, en éxtasis, 

el ^?Sega nuestra Inocente !- avisa 

.a Faisana. „ oílD ,. lp „ 

-Abandonad el odio y el recelo-Íes 

aconseja, entrando entre ellos, acan- 

^ílevíTa túnica que emana luz, aun 
*r> p1 día clara v suave. 
dn _ e oh í voz débil, más fuerte que la 
fuerza!— medita, murmurando, el n- 

?r -TÚ, Perro, y vosotros, entraos-or- 
dena la Niña a los animales domes- 

ticos 

Y lo hacen para seguir en su re- 
busca tranquila y en apacibilidad do- 
méstica. . , ri1 „ fr „ 

—Vosotros, venid conmigo. Vuestia 
lev es la Bondad, pues termina la 
fiereza del mal cuando el beso del 



amor deja en el alma la semilla del 

aquietados sus. deseos .vencidos sus 
instintos, los animales forman corte 
io a la Niña; la Faisana, a su lado, 
a pasos airosos, reluciendo, metálicos. 
;us colores de armadura. 



XI 

a la nuerta se asoman los vie je- 
cutos contentos, dejando el arrimo de 

ca de la Naturaleza, los aldeanos y un 

!&&."«. »« 

SSa^g^oídl^^isparados 
pai ion 4^ B1 Qir, r psar está acosado el 
^ en WítotenSnabte bandada que 

msm 

Soz d o e s m b* la y ns d e e deí°¿so. de la Impo- 
tmria de su masa para vence; los 

nue cae en los grupos, salpicando riso- 



se la apropia y se zampa los panales 
relamiéndose el néctar. Las delicadas 
Abejas de vuelo armonioso acuden 
agresivas, en la boca la punta de la" 
flecha preparada. El Oso. grotesco 
sacude manotazos, abrazado a la col- 
mena, de la que saca los panales prin- 
gándose la manaza, masticando con 
regusto la miel y la cera. Las Abejas 
vuelan en enjambre lejos, a empaparse 
de sol, a nundirse en el cáliz de las 
/lores manchándose de polen amarillo. 
El Osazo se revuelca, ahito, v cae en 
la sombra a dormir, y ios mozallones 
y las muchachas de mejilla de man- 
zana le dejan derrumbado y acuden 
a sus trajines. 

Eran estas escenas, como otras aná- 
logas, las que se vivían en la aldea 
en su estado feliz. ' 



TOMÁS BORRAS.— CUENTO DEL GATO 



165 



XII 

Han llegado a la fuente la Niña v 
las mansas bestias que la acompañan 
y el agua les da, primero, la frescura 
de su rumor. El chorro cae, despedí 
zando su barra incesante en la nfidra 

tíZ *h QUe salta en goterones vbS 
bujas de espuma; después se va re- 
bosando la pila, entre musgos v ííque- 

Sm-a 0S ° S ' iiamada por la sed ¿e ?a 

El Gato espera allí, con sus ami 

*S» mclina > Político, como en uTa 

rado??,? 1 ^! Mña ' n0S tiene enam °- 
atodos U . belIeZa y 6l bÍen ^ ue ha ^s 

v ?i OI rínn n ^; n ensayo > los Cazadores 
^fe : tenmnan Ia frase: sendas 

—Nos tienes obligados 

— Rendidísimos. 

—Más aún, conmovidos. 

^ a J ag0 a § ra da a la Niña : 
— ¡Oh Gato! 

—Cierto es. Por tu virtud soy feliz 
como mis compañeros ' ' 

brü L ° miSm ° QUe nosotr °s, los hom- 

La fontana pueblerina es fresco so- 
to, y los castaños dejan caer sí sombra 



en el agua sombra que tiembla en el 
izado liquido. La Faisana, el Cuervo 
V el Águila se mecen, adornando la 
enramada. El Lobo y el Tigre se cS 
munican con el León, que salta el arro- 
v o estirándose los músculos, ceñido el 
relieve de ellos por la piel. El Sapo 
chapotea, hundido el vientre en el lé- 
gamo. Corta una flor la Niña y la 
arroja al arroyo en viaje, como saludo 
a lo lejano. 

— ¡Qué alegría contemplaros dicho- 
sos y en paz! 

El León intenta un sarcasmo- 

— ¡Oh, qué júbilo! 

Le resulta un comentario amena- 
zador, bufido áspero. El Lobo v el Ti- 
?re enarcan las orejas. Corrige el Ga- 
to, maestro en disimulos : 

—Queríamos demostrarte nuestro 
agradecimiento. No hay regaios dignos 
de ti ni del prodigio que has reali- 
zado. Pero, aunque es pobre, el obse- 
quio que te dedicamos supera a lo aue 
posees. M 

—¿De qué se trata?— la curiosidad 
desazona ya a la Niña. 

—De algo comparable a tu hermo- 
sura ; considérala. 

— ¿Soy tan hermosa? 

Los Cazadores fingen entusiasmo- 

— ¡No la supera mujer! 

— ¡Las estrellas te envidian' 

Ha acudido la Faisana, que se en- 
treabre como un jardín. El Águila en- 
saya un perfecto círculo. La Niña res- 
plandecida del esplendor de la Faisa- 
na, siente el imperio que el Águila 
coronadora significa, y le enorgullece 
de los juicios de hombres v animales 
üs la primera satisfacción que acaricia 

""l pi ; opio - E1 Ga t° canta, como 
cumplido trovero, sus gracias- los 
cómplices, intencionados o de buena 
fe, ponen los estribillos 

Fragante es tu juventud; tus 
tus 



ojos, hondos, 
bellas. Tienes 

El sapo : 

—Cintura, . . 

El Águila : 

— Boca... 

La Faisana 

—Pie. 

El Tigre: 



manos, las más 



166 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



— Sonrisa... 
El Cuervo : 

• "perfectos— completa el Gato. 

El Lobo: 

—Blando cabello... 
El Cazador negro: 
—■Armonía de formas... 
El Cazador rojo: _ 
—La voz, de ruiseñor... 

El León: 

•pi cuello de paloma. 
rÍNüK s¿ enrosa en rubores: 

•Rasta' i Me avergonzáis! 
-E?Ta verdad. Contempla tu gen- 

U Presenta un espejo de mano redon- 
do, enmarcado ^ Pedrería^ una joya, 
T\a Niña no puede íesistirse. 
ñame '--pide con ansia. 
i'oW' espejo mira el rostro de la 

V vSít e uíy d mu5-. al |r Ga t o auna mas 
lito su 'laúd de jonjas 

ei vpq pl cielo, es tu reneju. 
"Sunca me había contemplado 

vos madrigales. 
La Faisana: 
— Esbelta. . . 
El Sapo: 
—Gratísima... 
El Águila: 
—Grácil. . . 
El Tigre: 
—Dulce... 
El Cuervo : 
— Amorosa... 

E1 Sua?e° : ¿No te reconoces .así? 
ÍnS aprieta, en rapte ' ^ref tibK 

el espejo contra su corazón, por abra 

^íii-qp a ella misma. 
El Gato secretea con el León : 
-Cosa fácil engañar adulando 
Y se dirige a la inocente, tentada 

con nueva tentación, simulando las- 

timas : 



con 



—Sólo te afea el vestido. 

Se resuelve a mirarlo la Nina, 

^•E^ad? ¿Qué hacer para evi- 

ta -°P ? odría cambiarte por otra esa tú- 
nica eme te desfavorece. 

—Me la teiio la Arana... 

- ¡ Bah ! ¡ Ün bicho insignificante ! ... 

—Es de hilos de luz de luna 

-Luz triste, blanquinosa, de ago- 
nía Una túnica de oro hilada por 
[as hadSs con hebras del sol acre- 
centaría tus perfecciones. 

Encandila los ojos la Nina, pai 

m !?Será una túnica refulgente ¡\ 
_ Deslumhrarás ¡-opina la , Faisa 

ta ™ b ¿Sea" f rente un nimbo en 

ñV ±\tt vanidad'-ae dice para ai el 

r*o\n v despliega la túnica— . iMira. 
Ga T t o°d¿s d a e ue P dan en éxUsis ca f aegos 
de deslumbramiento Centeneala^ ^ 
tidura que no J aUeven ^ ^ 

SllC M'e ahogt Remoción. Vestidme 
_o"ue?e Símar la impresionada- 
^ay^un^nsaSfenío sutil del 

^^uSpf^ pénela la 
N *Es tan pobre que me humilla. Arro- 

ja ?l a Wsana se apresura, en ayuda de 

La Paisana ■ - f¿ , suelo bandera 

la Inocente. Cae ai bU .^ lu ', -„,_„ de 

fe S i« í%K a ot?a 
nuí toaos subliman y exaltan: 

Túnica de oro! 

Elevación ! 

Y gloria! 

Flor de luz! 

Aire ardiendo ! 



TOMÁS BORRAS. — CUENTO DEL GATO 



167 



La Niña se gusta, se complace, se 
goza en su contemplación. El espejo 
la añade presunciones ; ensoberbecida 
acariciase el cuerpo, y murmura: 

— ¡ Qué hermosa soy ! . . . 

— ¡Victoria! — es el grande grito del 
Gato. 



XIII 

Prodúcese un trastorno, cambio sú- 
bito como si inopinado huracán re- 
ventase deshaciendo las cosas y la 
atmósfera apacible. La índole cruel 
y hostil de hombres y animales re- 
aparece, muerto el motivo que man- 
tenía la paz. Al cambiar de túnica 
la inocente, la ferocidad deshace el 
amor, y reaparece el egoísmo. Es el 
León quien, el primero, despierta del 
embeleso que le amansaba : 

— ¡ Despedacémosla ! — enronquece el 
grito de su garganta. 

Adelántase la Faisana, sorpren- 
dida : 

—¿Qué os ocurre? 

Y el Sapo, escabullándose, le cuenta 
su pensar al agua : 

— La huida es la defensa del dé- 
bil. 

El cerco de las bestias poseídas ame- 
naza, y el Oso llegó, agregándose, des- 
pertada también en él la violencia : 
todos injurian a la Niña, que retro- 
cede sintiendo en su rostro el vaho 
de aquella ira. 

— ¡Picaré sus ojos! — aletea sobre la 
asaltada el Cuervo lúgubre. 

— ¡Favor! — grita la Niña — . ¿Y 
vuestra obediencia? 

— ¡ Obedecerte nosotros, señores del 
bosque y del aire! — la insultaba el 
Águila. 

— ¡Yo la destrozaré! 

— ¡Oh, no, Tigre! — se encorva la Niña 
en peligro, oponiendo, las manos ante 
el rostro, la áur^a vestidura ya macu- 
lada de barro. 

Es la Faisana auien abre su pluma- 
je para defenderla. El Oso, én dos 
pies, atrapa el ave, manoteando su 
ramillete de colores. 

— ¡De nuevo dañinos! — llora la cria- 



tura — . ¡ Sed buenos y apacibles ! ¿ Por 
qué otra vez la maldad? ¡Escu- 
chadme ! 

— Eres nuestro enemigo. 

— Los hombres nos odian. 

Se desase la Faisana y el Oso corre 
en persecución de la hermosa despa- 
vorida. El Águila y el Cuervo giran 
cerniéndose sobre la Niña, que levanta 
el rostro esperando su herida con es- 
panto. El Tigre y el León se atacan 
encarnizados, disputándosela. El Lobo 
asaltó un redil y estrangula al Perro 
guardián, llenándose la boca de carne 
aborrecida. Los dos Cazadores contem- 
plan satisfechos la sublevación de los 
animales y hacen jugar sus ballestas 
oara desperezar sus articulaciones de 
hierro. El Gato está medio oculto, 
asomando sólo con malicia la mirada 
inteligente. 

Oyese en toda la aldea la genera- 
lización de la lucha. Grandes porta- 
zos de casas oprimidas por el miedo, 
voces de los campesinos que se defien- 
den a palos de las acometidas salva- 
jes, llorar de mujeres acobardadas. 
La Tabernera corre con el bieldo de 
cinco púas para proteger a sus bichos, 
y el Carnicero empuña el monstruoso 
cuchillo reluciente : 

— ¡Carne, mañana, vecina! ¡Voy a 
degollar ovejas! 

Entre crespa gritería y algarada de 
ruidos mordientes de animales, la Ni- 
ña quiere imponer su dulzura : 

— ¡ No perdáis la mansedumbre ! ¡ Os 
lo suplico! ¡Recordad nuestra felici- 
dad!... 

— Yo la mataré. 

—Soy yo el primero. 

Tigre y León se rasgan la piel revol- 
cados cada uno por la fuerza del otro. 
El Águila posa sus garras en el pecho 
de la Niña y procura cebarse en sus 
ojos, que ella escuda con un brazo, 
clamando piedad. Atrae la voz a las 
bestias, que suspenden sus riñas y 
caen en rebaño sobre la débil ; ella 
hace un esfuerzo a la desesperada, 
El Águila gigantesca clava sus gar- 
fios. Para dar una presa a los aco- 
metedores, les arroja la túnica de 
plata. Precipítanse a la túnica todos, 
la desgarran, la arrancan pedazos en 



168 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



la confusión y, más coléricos, vuelven 
a arrojarse unos contra otros. Los ca- 
zadores toman parte en la excita- 
ción: 

— ¡Alalí! ¡Volvió el buen tiempo! 
¡ A cazar ! 

Suenan sus trompas y las fieras se 
desparraman, aterradas, con pavor que 
supera a su ira. 

— ¡Los cazadores! — avisó el Tigre. 

— ¡ Qué fiesta de muertos habrá ! 
— saluda el Buitre a la trompetería. 

— ¡ A la selva ! — da su enorme rugido 
el León. 

— i Allá arriba! ¡Al sol! — canta el 
Águila perdiéndose en el aire. 

Oyense las carreras de los anima- 
les azuzados por las tromoas de caza, 
por sus trallazos de sonido. Huyen al 
escondite de la selva rozando los vien- 
tres contra el ras del suelo, en carre- 
ra sin resollar o volando altos para 
desaparecer en la reverberación de la 
luz. La canción de las trompas de los 
cazadores continúa en el sinconfín 
abierto de los campos, detrás de los 
animales en fuga : la responde el 
desesperado balido de la Oveja, de- 
gollada por el Carnicero. 

Encuentra la Niña, que se salva, a 
la Faisana caída, intentando en vano 
remontarse, arrastradas sus alas rotas, 
que un manchón de sangre emplasta. 

— ¡Te_ hirieron por salvarme! — va a 
socorrerla la niña. 

— La Sombra llega — puede decir la 
Faisana. 

La Niña se arrodilló, recogiendo a 
la esplendorosa, y levántase horrori- 
zada, mirándose las manos : 

— ¡ Sangre ! 

La Faisana está inerte, abiertos los 
ojos, que son, entre su plumaje pre- 
cioso, piedras preciosas también. El 
Gato ha seguido disimuladamente a 
la Niña : comprobada la derrota del 
Bien, retrocede a pasos cautelosos has- 
ta la casa sombría de la Envidia. 

«Vuelve a acurrucarte junto a la 
chimenea — se dice satisfecho — a desci- 
frar lo que te aleccionan las brasas, 
ojos de fuego con chispas de ideas. 
¡ Oh tú, Mosca, idea pequeñísima, que 
derrotaste a la Araña ! . . . Vuelve, Ga- 



to, al sosiego, al calor... ¡Y regocíja- 
te, Ama mía ! » 

La estridente risa de la Envidia es 
acorde del salto del Gato, que entra, 
con zarpa aterciopelada, en la oscu- 
ridad entre la cual él ve. 



XIV 

— ¿Por qué ha ocurrido? — se pregun- 
taba con ayes la Niña — . ¡ Todo des- 
trozado en un instante, incendio de lo- 
cura que fulminó a todos, inexplica- 
ble secreto!... ¿Por qué?... 

La Cigüeña hacía su equipaje en el 
ancho nido de la torre. La Niña sollo- 
za, acariciando a la Faisana. Ya la 
Cigüeña bajó, vieja desgalichada: mi- 
ra el cuadro de dolor a través de sus 
gafas; bajo el ala su paraguas rojo, 
las maletas en el suelo. La Niña no 
se atreve a hablarla de tú : 

— ¿Conoce el porqué, señora Ci- 
güeña? 

Carraspea la Cigüeña : 

— Está puesto en libros eruditos. 
Vestías la túnica del Bien, que era en 
ti ejemplo de sacrificio y pureza. Te 
cegó, a traición, la vanidad. ¡Y cuan- 
do se pierde la virtud, renace la bes- 
tia ! Cada cual de esos ásperos ani- 
males se llevó sólo un poco de la bon- 
dad de la túnica con el jirón arran- 
cado. 

— Y dime, sabihonda: ¿volverá a la 
Tierra la ley del amor? ¿No sirve 
el poquito de bondad que ahora tiene 
cada uno para hacer su felicidad y la 
nuestra? 

Menea la cabeza la Cigüeña, y me- 
dita. 

— No — responde con su grotesco ges- 
to sibilino — . No basta ese poco. Gran- 
de es el Mal y se necesita el Bien 
completo para destruirle. Hasta que 
se vuelvan a reunir todos los frag- 
mentos de la túnica, no cesará el odio 
ni arderá la invisible hoguera del 
amor, en la que el Mal se quema. 

Ultima esperanza, ansiosamente in- 
terroga la Niña : 

— ¿Nadie reunirá los pedazos de la 
túnica? 



TOMAS BORRAS. — CUENTO DEL GATO 



169 



Mira su reloj la Cigüeña y coge las 
maletas con la pata que no posa en 
el suelo : 

—Perdona; voy a perder la diligen- 
cia que sale para los países cálidos. 

Sola la Niña, escucha los lejos de 
las trompas en cacería, inarticulados 



gritos de animales asaetados o huyen- 
do de los más dañinos. Eleva al cielo 
las manos al oír, débil como una im- 
ploración, la queja de las Personifi- 
caciones de los árboles: 

— ¡ Fatídico sino el que pesa sobre 
la vida de los seres!... 



FIN DE 

«LO MISMO Y SIETE MUJERES» 

Y 

«CUENTO DEL GATO» 

DE 

TOMÁS BORRAS 



MANUEL BUENO 

(1874-19361 



MANUEL BUENO 



Novelista, autor dramático y periodista. Nació en Pau 
(Francia). Vivió, durante su juventud, en varios países 
de la América española, dedicado al periodismo y al comer- 
cio. Sus artículos, altamente cotizados, se multiplicaron en 
El Diario de Bilbao, Las Noticias, de Barcelona; El Globo, 
La Correspondencia de España, El Liberal, A B C, El Impar- 
cial, España Nueva, de Madrid; La Prensa, de Buenos Aires; 
El Diario de la Marina, de la Habana. Dirigió, en Madrid, 
el diario La Mañana. Colaboró en las más importantes re- 
vistas. La crítica y el público le estimaron como uno de los 
más admirables articulistas de España. De prosa limpia, 
brillante. Original de ideas. 

Novelas: Viviendo— 1897 — ; Almas y paisa jes— í 900—; 
A ras de tierra— 1900 — ; Corazón adentro— 1906 — ; Jaime el 
Conquistador— 1912—; El dolor de vivir— 1922— ; En el 
umbral de la vida — 1919 — ; El sabor del pecado; El últi- 
mo amor: Los nietos de Dantón... 



GUILLERMO EL APASIONADO 



Mientras el médico auscultaba a la 
enferma, Rosario y Antonio, en 
pie, a uno y otro lado de la cama, 
seguían con la mirada, turbia de emo- 
ción, el ir y venir de las manos del 
doctor sobre el flaco y nudoso cuer- 
po de la anciana. Y como si el tac- 
to no fuese bastante, el médico la 
aplicó el estetoscopio, que fué explo- 
rando con escrutadora lentitud en todo 
el ámbito de la caja torácica. Invita- 
da a moverse para facilitar aquel re- 
conocimiento, la enferma obedecía con 
docilidad. La macilenta luz de una 



candelilla, que flotaba sobre una mix- 
tura de aceite y agua en un vaso de 
cristal, puesto a corta distancia del 
lecho, apenas consentía ver una mi- 
tad del ahusado cuerpo de doña Re- 
gina, pobre ensambladura de carne y 
espíritu que se preparaba a franquear 
el umbral de lo ultraterreno con la 
ilusión de que iba a ser acogida por 
el mismo Dios en persona. 

El dolor, que socava las vidas antes 
que el tiempo, había consumido del 
todo las fuerzas de la anciana, deján- 
dola indefensa ante la muerte. Su 
rostro, escondido a medias en la cavi- 
dad de la almohada, entre la algara- 
bía de las canas, expresaba ya ese 



174 



LA NCVELA CORT.'i ESPAÑOLA 



solemne estupor que sobrecoge a los 
que presienten la inexorable necesi- 
dad de morir, y sus ojos, muy abier- 
tos y fijos, parecían obstinarse en 
descifrar el medroso enigma del más 
allá. ¿Qué veía? ¿Qué soñaba? Con 
el piadoso afán de retenerla asida a 
la tierra, Rosario dejó escapar algu- 
nas palabras de aliento, que la enfer- 
ma no debió de oír, pues quedóse im- 
pasible. 

— ¿Y Guillermo? ¿Por qué no viene? 
—preguntó de improviso, poniendo 
una mirada, que reconvenía e implo- 
raba juntamente, en su hijo. 

— Debe llegar hoy mismo, mamá. 
No se apure usted ni se mortifique, 
porque eso la hace daño... 

La enferma parpadeó un momento 
como para contener una lágrima, y 
miró a Antonio, dándole a entender 
la incredulidad con que le oía. Con- 
cluida la auscultación, el médico in- 
clinó la cabeza con aire caviloso, y 
sin que la anciana lo notara, cogió a 
Antonio de un brazo y le arrastró 
amistosamente fuera de la alcoba. En- 
tre tanto, Rosario arropó a doña Re- 
gina, y tomando asiento a la cabece- 
ra dispúsose a consolarla. 

— i Vendrá ! — exclamó con recatada 
voz, inclinándose sobre la enferma... 

Esta, que parecía adormecida, abrió 
los ojos y los puso con anhelante cu- 
riosidad en su nuera. 

— Le he avisado yo. ¡ Vendrá ! No 
lo dude usted.., 

Los ojos de doña Regina se clavaron 
esta vez con hosca desconfianza en 
los de Rosario, y al ver que la mujer 
de Antonio se inmutaba ligeramente, 
sonrió con indulgencia. Acababa de 
comprender que no la prometían una 
quimera. Su pensamiento, atraído por 
aquella súbita revelación, dispúsose 
a recapitular los hechos que motiva- 
ron la ruptura entre los dos herma- 
nos; pero un ataque de disnea, más 
recio que los anteriores, la sumió en 
angustiosa oscuridad mental. Y como 
Rosario viese que su suegra respiraba 
estertorosamente, acudió a aliviarla 
con el balón de oxígeno, que por de 
pronto dio a la enferma una tregua 
de bienestar. 



—¿Caso perdido?— preguntó Antonio 
al doctor, ya en el gabinete. 

— Si no perdido del todo, muy des- 
esperado. El corazón funciona a sal- 
tos y la debilidad es extrema... 

— ¿Crees oportuna la consulta con 
los especialistas?... 

— Aunque no espero que me digan 
nada nuevo, si tú lo consideras conve- 
niente, no está de más. 

Y el doctor secundó estas palabras 
con un gesto de desconfianza que alar- 
mó aún más a Antonio, llevándole a 
medir toda la inminencia del peligro. 

— ¿A quiénes aviso? — preguntó con 
zozobra. 

— Villanueva y Roldan son los que 
saben más de corazón... Por el telé- 
fono te pones al habla con ellos en 
seguida... Di al primero que fije hora 
esta noche... 

— ¿Tanto urge? 

— No es que la gravedad de tu ma- 
dre nos amenace con ésa premura: 
pero, en fin, si se ha de intentar algo, 
conviene que sea cuanto antes... Y a 
Guillermo, ¿por qué no le avisas tam- 
bién? — añadió el doctor, recordando 
el acento de aflicción con que lo ha- 
bía reclamado doña Regina. 

El semblante de Antonio se contra- 
jo y su mirada expresó disgusto. 

— Ignoro el paradero de mi herma- 
no... Nunca ha tenido conmigo la aten- 
ción de indicármelo. 

—¿Ni tú de averiguarlo, por su- 
puesto? 

— ¡Así es! El tiempo, lejos de tem- 
plar nuestras desavenencias, las ha 
acentuado... 

— Sin embargo, repara en que lo 
llama su madre... Y en que puede 
morirse sin verlo... 

Antonio no supo qué contestar. Adre- 
de había hecho lo posible por ignorar 
el paradero de aquel hombre, que si 
estaba unido a él por vínculos de 
sangre, le era por dentro, de alma a 
alma, tan extraño como un habitante 
de otro planeta. Aunque el requeri- 
miento maternal le conmoviese y el 
reproche del médico le lastimara, el 
recuerdo de las ofensas que le había 
inferido Guillermo en otro tiempo, en 
su hogar y fuera de él, sobrepúsose a 



MANUEL BUENO. — GUILLERMO EL APASIONADO 



175 



todo estímulo generoso capaz de mo- 
verle a procurar el retorno de su her- 
mano. El rencor inextinto y la pavo- 
rosa proyección de un peligro cuya gra- 
vedad le asustaba le mantuvieron fir- 
me en el criterio de hacer definitivo 
e irrevocable el alejamiento de Gui- 
llermo, aunque para ello tuviera que 
apesarar las últimas horas de su ma- 
dre. Un escrúpulo le cohibía : la ac- 
titud posible de Rosario. ¿Qué opina- 
ría ella de su conducta? ¿Qué comen- 
tario pondría en secreto a aquel pro- 
ceder cruel? Ya en aquella disposición 
de espíritu, no pudo menos de resu- 
mir los humillantes y trágicos episo- 
dios del pasado, que trajeron la rup- 
tura de los dos hermanos : el matri- 
monio de Guillermo con Trinidad, su 
breve y tumultuosa convivencia con- 
yugal, la pasión de Guillermo por Ro- 
sario, los celos de Trinidad, que la 
empujaron a la delación; la medrosa 
esquivez de Rosario, el impulsivo y 
frenético ardimiento de Guillermo en 
asediar a su cuñada, la querella de 
los dos hermanos, precipitándose con- 
vulsos y homicidas el uno sobre el 
otro ; la intervención de la madre 
para apaciguarlos, el adiós seco y res- 
tallante de odio que los separó defini- 
tivamente, la melancolía de Rosario 
al ver partir a su cuñado, los violen- 
tos reproches de Antonio a su esposa 
cuando los celos le enardecían y ofus- 
caban, la caída de Guillermo, su ex- 
pulsión del ejército, su destierro, pri- 
vado ya de honor y de recursos, y, 
por último, el callado sufrir de doña 
Regina ante aquel drama que la fata- 
lidad había desencadenado sobre su 
hogar. . . 

¡Oh, qué siniestros recuerdos! ¡Y 
pensar que todo aquello había ocu- 
rrido en su casa, en silencio, casi a 
espaldas de la servidumbre, y sin que 
nada trascendiese a la calle ! Todo 
sucedió sigilosamente, en pleno mis- 
terio, y aunque los extraños se deva- 
naban los sesos conjeturando la vei'- 
dad, ésta quedó sofocada, sepultada 
entre los muros de la vivienda de An- 
tonio. Pudo éste ü* en auxilio de su 
hermano cuando Guillermo, que era 
capitán de Infantería y cajero del re- 



gimiento, malversó el caudal que no 
le pertenecía, y no quiso sacarle de 
aquel afrentoso trance. El otro arros- 
tró las consecuencias de su delito, y, 
sobre purgarlo en la cárcel, perdió ia 
carrera, encontrándose de la noche a 
la mañana sin honor y sin medios para 
subsistir. Jamás puso la vista en su 
hermano Antonio con el designio de 
aprovecharse de él, y cuando éste, 
atento más que a consideraciones de 
piedad o de cariño, a escrúpulos de 
orgullo, le propuso que se ausentara 
para sustraer el apellido del oprobio 
del comentario social que acompaña 
a ciertas formas de la delincuencia, 
Guillermo rechazó con agresiva du- 
reza su consejo y el ofrecimiento pe- 
cuniario que el otro le insinuaba. 

Ya no volvió a tener noticias de él. 
¿Dónde se había refugiado? ¿Qué ha- 
cía? ¿Qué camino había emprendido? 
Antonio lo ignoraba en absoluto. A 
seguir su rastro con un hábil y per- 
tinaz espionaje, hubiera podido ente- 
rarse de que, apenas se vio Guillermo 
en la calle por la gracia de un indul- 
to que le gestionaron viejos cámara- 
das militares, se expatrió, largándose 
del primer arranque a Sidi-Bel-Abbés. 
donde se alistó, con nombre supuesto, 
el de Alfonso Díaz de Pacheco, en la 
legión extranjera, que viene a ser una 
equivalencia de la trapa para los hom- 
bres tristes, desesperados y temera- 
rios que han roto el pacto social y 
buscan modo de evadirse heroicamen- 
te de la vida. De allí pasó a las islas 
de Cabo Verde, ajustándose a servir 
como capataz en una gran cuenca car- 
bonífera, y transcurrido un año, su 
inquietud le puso en la pista de otras 
aventuras más conformes con su tem- 
peramento. Cayó inopinadamente en 
ana república centroamericana, de esas 
en que las revoluciones son tan nor- 
males como las mareas, y a ciegas 
comprometióse en uno de los bandos 
adversarios, cabalmente el que ocho 
días después debía triunfar y asumir 
la cabecera política del país y el man- 
do gubernamental. Obra de meses fué 
su ascenso al generalato, pues en aque- 
llas tierras el favor es asidero más 
firme que la justicia para subir, y 



176 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



como el ministro de la Guerra le con- 
fiara el encargo de ' adquirir cañones 
en Alemania y Francia, a Europa se 
vino muy contento y no escaso de di- 
nero para anticipos a las fábricas de 
armas, que garantizasen la seriedad 
del contrato, caudal que no tardó en 
disipar entre los brazos de las muje- 
res y la fascinadora crápula de los 
garitos elegantes. En descubierto otra 
vez con la sociedad, y sin medios fá- 
ciles de rehabilitación, optó por que- 
darse en Europa, recobrando sus pri- 
mitivos nombre y apellidos, mudan- 
za que, sin saber cómo, le restituyó su 
alma vieja, la que él había consegui- 
do esconder y sepultar bajo el aluvión 
de aventuras de su errante vivir. La 
iiuella de Alfonso Díaz Pacheco se 
borró, y por más que hizo el Gobierno 
de la republiquita centroamericana, 
rio se pudo rescatar el dinero de la ar- 
tillería ni descubrir los pasos y mal- 
andanzas del general comisionado. 

Entonces le entró la tentación de 
regresar a España, y como era hom- 
bre en quien la idea y el acto iban 
fatalmente juntos, procuróse, pigno- 
rando sus alhajas, algún dinero, y 
vino a residir en un pueblecito de la 
costa cantábrica. Entre poca gente es 
difícil sustraerse a la curiosidad y fis- 
goneo de los que no se resignan a tra- 
tarse sin conocerse, y de ahí el que 
la presencia de aquel forastero sole- 
vantara inquietudes y alarmas en el 
vecindario del pueblo. ¿Quién era? 
¿Por qué se decidía a fijar su planta 
allí y no en otra parte? ¿Qué bus- 
caba? Al principio le sospecharon mi- 
ras electorales, y el cacique local se 
sobresaltó, disponiéndose a amargarle 
la existencia ; pero como transcurrie- 
se el tiempo sin que él insinuara nin- 
guna ambición política, cesó el mal- 
querer del cacique y los amigos de 
éste depusieron su hostilidad a Gui- 
llermo. Para aquietar del todo la des- 
confianza de sus cavilosos convecinos 
puso en práctica el aventurero un 
plan que tuvo airoso desenlace: con- 
traer la amistad del cura y ganarle 
poco a poco con astucia. Don Adrián 
cayó en el armadijo y se dejó sedu- 
cir por aquel hombre tan simpático, 



que todos los días le contaba noveda- 
des de su andariega existencia, omi- 
tiendo, ni que decir tiene, aquellos 
episodios que atestiguaban las infrac- 
ciones de la legalidad y los eclipses del 
sentido moral de Guillermo, trechos 
de su vida que éste cuidó escrupulosa- 
mente de velar. La intimidad del sacer- 
dote le aseguró la adhesión silenciosa 
de los vecinos, que en lo sucesivo mos- 
traron con él esa cordialidad sumisa, 
que en los pueblos pequeños viene a 
ser una degenerada forma del anti- 
guo vasallaje que rinde el débil al 
fuerte. 



II 



El azaroso peregrinar de Guillermo 
no era un secreto para todo el mun- 
do. Alguien lo conocía con todos sus 
dramáticos y pintorescos pormenores : 
Rosario. A partir del día en que se 
expatrió, deshonrado y solo, la mujer 
de Antonio tuvo frecuentes noticias 
de su cuñado. Eran cartas extensas y 
apasionadas, en las que se transparen- 
taba siempre el orgulloso y heroico 
anhelo de vivir y morir en su recuer- 
do, páginas que absolvían a aquel 
hombre de todas sus culpas, por la 
contrita ingenuidad con que se dolía 
del daño hecho en el hogar de su 
hermano y la entereza con que se 
allanaba a padecer el castigo que el 
destino aplicó a su conducta. 

La primera carta puso en el ánimo 
de Rosario tal desasosiego, que estuvo 
a punto de alterar su salud. El reci- 
birla tenia apariencias de complici- 
dad, y el guardarla daba a entender 
consentimiento a la pasión de su cu- 
ñado. Hervían los honestos escrúpu- 
los de la dama frente a la audacia de 
Guillermo, y por aplacarlos, resolvió 
poner aquella carta en manos de An- 
tonio ; pero en esto, cuando todavía 
fluctuaba ella entre la rectitud y el 
miedo de reavivar los mortecinos ce- 
los de su marido, llegó otra misiva, 
más fogosa y tierna, y esta vez la 
desgarradora elocuencia con que el 
ausente puntualizaba sus aventuras 
conmovió a Rosario, disuadiéndola de 



MANUEL BUENO. — GUILLERMO EL APASIONADO 



177 



franquearse con Antonio. Vio el peli- 
gro de aquella confidencia, que de se- 
guro alarmaría a su marido, y se re- 
signó a conservar las cartas, sin leer- 
las en lo sucesivo. Tampoco le fué po- 
sible perseverar en esta resolución, 
pues una mezcla de curiosidad, de in- 
quietud y de misericordia se lo estor- 
baron. Considerando que ningún ries- 
go había para su honestidad en la lec- 
tura de aquellas cartas, enteróse con 
sigilo del texto de las que tenía atra- 
sadas y sin abrir, y desde entonces 
la paz de su alma se fué turbando poco 
a poco. ¿Qué decían las cartas? Su 
pergeño retórico era muy rudimenta- 
rio y tosco ; pero, ¡ qué calor al ex- 
presar su adhesión a la mujer ama- 
da, qué nobleza en el sacrificio de 
no verla jamás, qué amargura tan 
varonil en la nostalgia de haberla 
perdido para siempre! Rosario, que 
era hermosa y frivola, no había te- 
mido nunca el insidioso contagio de 
una pasión. Creía que el enamorarse 
depende de la voluntad, y que cuan- 
do una mujer se propone eludir cier- 
tos riesgos, lo consigue sin grandes es- 
fuerzos. De soltera tuvo del amor va- 
gos presentimientos novelescos, que 
las confidencias de sus amigas casa- 
das desvanecieron pronto, dejándola 
ver la realidad escueta. Subsistió, sin 
embargo, en ella, hasta después de 
su boda, cierta inquietud o anhelo de 
conocer los aspectos dramáticos del 
amor, algo que había visto en el tea- 
tro ; pero como el tiempo transcurría 
sin que Antonio luciera a sus ojos 
más galas que las de su uniforme de 
capitán de Estado Mayor, Rosario 
acabó por establecer una sesuda di- 
visoria entre el cariño que se mani- 
fiestan los enamorados en el teatro y 
en la novela y el que se tienen en la 
vida íntima. 

La palidez melada de su rostro; los 
ojos grandes, pardos, luminosos y osa- 
dos ; los cabellos negros y ondulantes : 
su curva y menuda nariz; su boca 
sanguínea y graciosa y la desmavada 
opulencia de sus carnes juveniles* pa- 
recían encubrir un temperamento de 
fuego pronto a los arrebatos de la 
sensualidad. Mera apariencia. Rosario 



i era la criatura más concertada por 
dentro y menos fácil a las divinas 
> alucinaciones de la pasión. Nunca ha- 
I bía amado a nadie con frenesí, con 
! esa desesperada melancolía que hace 
pensar en la muerte cuando se está 
lejos del ser querido, y desde muy 
niña mostrábase más sensible a los 
mimos ajenos que a la íntima angus- 
I tia con que se presiente el amor en 
' la adolescencia. Dejarse querer, do- 
minar a un hombre, imponerle su so- 
beranía : he ahí su sueño. Ninguno 
de sus novios la hizo derramar lágri- 
mas ni la puso en el disparadero de 
refugiarse en un claustro, indicios se- 
guros de exaltación sentimental que 
se dan a menudo en los temperamen- 
tos tiernos e impetuosos. Cuando re- 
cibía una muestra de sumisión o de 
cariño de un hombre, su orgullo se 
esponjaba sin que aquel vasallaje la 
conmoviera por dentro, ni dejase tras 
la ruptura el menor vacío espiritual. 
Contraía relaciones ,amorcsas como 
quien se encarga un vestido, unas ve- 
ces por no ser menos que ésta o la 
otra amiga, y casi siempre por enva- 
necerse en público de que la cortejara 
un hombre conocido. Antes de con- 
sentir en dar su mano a Antonio, le 
sujetó a toda suerte de pruebas que 
contrastaran el temple de su amor y 
de su adhesión ; y cierta noche, a la 
salida de un sarao, como ella le or- 
denara que se echase en la nieve, en 
plena calle, obedeció el otro con pe- 
rruna docilidad, arrastrándose de uni- 
forme sobre el aguazal. De casada con- 
tinuó dominándole, sin que Antonio 
se quejara del yugo: pero le compen- 
só enfrenando su coquetería en socie- 
dad, para no soliviantar los tempestuo- 
sos celos de su marido. A no ser por 
el súbito regreso de Guillermo al ho- 
gar materno, que compartían Rosario 
y Antonio, cuidando de no aislar a la 
anciana, el matrimonio hubiera con- 
vivido en esa opaca monotonía exenta 
de sobresaltos dramáticos, que viene 
a ser el tono íntimo de casi todos los 
hogares, mansa y llevadera monoto- 
nía que las almas adocenadas confun- 
den con la ventura. Vino Guillermo 
a convalecer de una enfermedad que 



17G 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



le tuvo postrado en la manigua, de- 
jándole exangüe y canijo para mu- 
cho tiempo. Su hermano le dispen- 
só tan fría y obligada hospitalidad 
que, a no contenerle el temor de las- 
timar a su madre, Guillermo se hu- 
biera ido a un hotel. Diferían los ca- 
racteres y las aficiones de los dos her- 
manos tanto como desentonaban por 
lo físico el uno del otro. Antonio era 
recogido, taciturno, metódico, estudio- 
so ; mientras Guillermo se singulari- 
zaba por su pereza, su intuitiva com- 
prensión de las cosas, su arrebatada 
locuacidad, el desorden de su vivir y 
su temeraria intrepidez. De niños, An- 
tonio alentaba las ilusiones paterna- 
les tanto como las alarmaba Guillermo, 
pues al par que el uno ascendía en 
saber a fuerza de estudiar, graduábase 
el otro de díscolo y holgazán. A me- 
nudo se repuntaban de palabras los 
dos hermanos sobre la diferencia de 
sus gustos ; pero la indulgente media- 
ción de la madre ponía término a sus 
tempranos despiques. Guillermo era 
inflamable, pronto a la querella de 
hecho, candoroso y olvidadizo. An- 
tonio tuvo desde la niñez más domi- 
nio de sí mismo, más capacidad de 
disimulo y de prudencia, y fué más 
constante en el rencor. Al morir su 
padre, empedernido militar que ama- 
ba con pasión la carrera de las armas, 
era Antonio aventajado alumno de la 
Escuela de Guerra, con el grado de 
primer teniente, sin que Guillermo hu- 
biera resuelto aún el rumbo que pen- 
saba dar a su vida, ni el destino más 
honroso para su energía. La desven- 
tura común, en vez de aproximar a 
los dos hermanos, los apartó del todo. 
Decidieron, a pesar de su recíproco 
despego, mantener indivisa la hacien- 
da mientras viviese la madre, hasta 
que el proceloso vivir de Guillermo 
entre rameras y tahúres exigió que 
Antonio le llamara al orden sobre la 
largueza de sus gastos. Al primer di- 
sentimiento, motivado por estímulos 
de interés, siguieron otros que se ori- 
ginaban casi siempre en el desacuer- 
do de los caracteres, y por más que 
se aplicó doña Regina a mitigar el ri- 
gor de aquellas desavenencias, las re- 



conciliaciones eran cada vez menos 
efusivas y francas. Y sobrevino la rup- 
tura definitiva. Un día anunció Gui- 
llermo que se iba a Cuba. 

— ¿Piensas dedicarte al comercio? 
— le preguntó, afligida, su madre. 

— ¡ No, mamá ! Ale he vendido como- 
sustituto — contestó sin vacilar. 

— Es una honra para la familia 
— terció a decir Antonio, mirando a 
su hermano con airados ojos. 

—Ni honra ni deshonra... Además, 
yo soy yo, y respondo de mí... 

— La vergüenza de tu proceder nos 
alcanza a todos... 

—Es una molestia que tú quieres im- 
ponerte sin que yo haya hecho nada 
por causártela... 

— Eso creerás tú. Eres demasiado in- 
dulgente contigo mismo... 

— ¡Guillermo, hijo mío! — interrum- 
pió la madre toda conmovida — , repa- 
ra en lo que vas a hacer... Allí hay 
guerra... 

— ¡Por eso voy más contento! — re- 
puso el otro con desesperada saña y 
sin cuidarse del dolor de doña Regina. 

— ¡Déjele usted marchar! Va a ga- 
nar la gloria... A ver si vienes con 
la laureada... 

— Nada tendría de particular. De 
hombre como yo puede esperarse eso 
v mucho más — contestó Guillermo,, 
trémulo de orgullo. Y herido por la 
viperina ironía de su hermano, aña- 
dió — : A ti, en cambio, te están re- 
servados grandes triunfos en la li- 
teratura militar... Tus artículos pro- 
fesionales son muy leídos... Sería una 
lástima que te malograses en el cam- 
po de batalla... Te conviene no mo- 
verte de España... 

— Iré a donde me mande mi con- 
ciencia, y haré lo que. me ordenen mis 
jefes — articuló Antonio con seque- 
dad—. Puedo responder, desde luego, 
de que no soy hombre de los que se 
baten por dinero, ni de los que nece- 
sitan redimir su conducta con las ar- 
mas. 

Estuvo Guillermo a pique de dar 
libre curso a la violencia de su ca- 
rácter con palabras de agresión ; pero 
se reprimió al ver el gesto doliente de 
su madre. Callóse, y entonces Antonio 



MANUEL BUENO.— GUILLERMO EL APASIONADO 



179 



trató de paliar la acritud de sus an- 
teriores insidias, acosándole en tono 
afectuoso para saber el porqué de 
aquella súbita determinación, sin que 
lograra sacar a su hermano de su hos- 
ca reserva. Con su madre fuá más ex- 
plícito, más abierto, más leal: 

— Tiene razón Antonio — la dijo—. Es 
menester que yo dignifique mi vida, 
y esta empresa me es aquí punto me- 
nos que imposible. Me cercan dema- 
siadas tentaciones, y no me considero 
bastante fuerte para vencerlas. Entre 
las mujeres, el vino y el juego, se han 
llevado lo que heredé de mi padre. Si 
yo continuase en Madrid, la pondría 
a usted a dos dedos de la mendicidad, 
y temo que, agotados todos los recur- 
sos, no me atajara ni el miedo al 
deshonor. Vale más que vaya, madre. 
Anoche estuve en casa del general 
Bringas, que, como usted sabe, es el 
mejor amigo de papá, y le referí con 
toda crudeza mi situación. Me escu- 
chó entre apenado y severo, me amo- 
nestó de firme, y al despedirnos puso 
en mis manos treinta duros y dos car- 
tas de recomendación para dos gene- 
rales que operan en Cuba. En cuanto 
llegue procuraré entrar en filas y creo 
que me disciplinaré. 

— En la guerra el peligro es cons- 
tante, ¡hijo mío!... Si escapas de las 
balas es difícil que te libres del vó- 
mito... 

— El destino de los hombres es tan 
frío en la guerra como en la paz. Si 
está de Dios que yo deje allí los hue- 
sos, nada ni nadie podrá estorbarlo... 
La fatalidad, sobreponiéndose a todo, 
me embarcaría para Cuba... Pero, en 
fin, madre, ¿por qué colocarnos en lo 
peor? — añadió, templando el tono de 
sus palabras hasta hacerlas cordiales 
y festivas — . £0 más probable es que 
dentro de poco acabe la guerra con 
la pacificación de la isla, y yo regre- 
se a España tan entero como ahora 
y más contento que nunca... 

— ¿Y si yo te diese medios de irte 
a Buenos Aires? — interrogó la ancia- 
na, movida por el entrañable impulso 
de apartarle de aquel peligro — . Allí, 
trabajando, te harías rico en pocos 
años... Tenemos muy buenas relacio- 



nes en la República Argentina. ¿Te 
acuerdas de los de Urüburu?, aquella 
familia que conocimos en Bagnéres de 
Bigorri... 
— No me acuerdo, pero es igual... 
— Verdad es que no les hemos escri- 
to nunca. Tú eras muy niño... Hace 
de esto veinte años... De todos mo- 
dos, creo que nos atenderán... A ti 
te hacía muchas fiestas la señora... 

—No divague usted, madre; aque- 
llos señores no se acordarán de nos- 
otros, y es natural que así sea... ¿Aca- 
so no los habíamos olvidado nosotros? 
Además, yo no la he dicho a usted 
todo; he firmado un contrato engan- 
chándome para Cuba... ¿Cómo quie- 
re usted que lo rompa? Aunque otra 
cosa crea Antonio, yo tengo mis es- 
crúpulos... Soy puntilloso en el cum- 
plimiento de mi palabra... 

Ni el dolor de su madre ni otros re- 
querimientos más enérgicos — una pa- 
sión de mujer — pudieron disuadirle. 
La anciana le despidió, resignada y 
entristecida, sin determinarse a creer, 
sin embargo, que lo perdía del todo. 
En el fondo de su consternación alum- 
braba la esperanza de que el azar pro- 
tegiese a su hijo contra los enconos 
políticos y las asechanzas de la. gue- 
rra. En Cuba desembarcó con buen 
pie. Uno de los generales a quienes 
iba recomendado se interesó de ve- 
ras por él, y entre mandarlo a opera- 
ciones o retenerlo en la Habana en 
menesteres militares de menos riesgo, 
creyó que le convendría lo segundo, y 
se lo propuso del mejor talante. 

— No, mi general ; agradezco su in- 
terés : pero preferiría entrar en cual- 
quiera de esas columnas que operan 
en Cinco Villas o el Camagüey — repuso 
él con gran sorpresa de su jefe — . No 
soy un desesperado que busca la muer- 
te ; soy un hombre entero que quiere 
tentar fortuna con las armas... Aquí 
no pasaría de escribiente, y esa pers- 
pectiva que tantos me envidiarán no 
me satisface... Permítame usted salir 
a campaña. 

— Si usted lo prefiere... — replicó el 
general, un poco picado. 

— Sí, es más duro, pero más non- 



180 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



roso para mí. Sobre todo, está más 
en mi carácter. 

— Su padre de usted y yo hicimos 
juntos la campaña anterior, a las ór- 
denes de Martínez Campos. Eramos 
alféreces... ¡Qué tiempos aquellos! 
¡ Algo daría por que volvieran ! . . . Y 
a propósito — añadió con llaneza cor- 
dial que persuadía — , ¿por qué, sin re- 
nunciar a la camparía, no se da usted 
un baño de Academia? En poco tiem- 
po, con la base de cultura que usted 
tiene, le sacaríamos a segundo tenien- 
te, ¡ y quién sabe ! , si le vienen a us- 
ted bien dadas en operaciones, podría 
usted volver a su casa con la carrera 
hecha... 

Guillermo vio en seguida lo venta- 
joso de la proposición. No obstante, le 
asaltaron ciertos escrúpulos que creyó 
leal exponer. 

— ¿Y si entre tanto se acaba la gue- 
rra? ¡Vaya un lucimiento el mío, si 
la paz me sorprende con los libros en 
la mano!... 

— Siempre se encontraría usted con 
sus estrellas en la bocamanca... Y 
tienroo hay de esperar... Además, de- 
bo decir a usted que, según mis cálcu- 
los, hay, por desgracia, guerra para 
un rato... Estos mambises cuentan 
con el yanqui, y nosotros no contamos 
ni con el apoyo moral de la gente de 
la isla... Quitando media docena de 
comerciantes que viven del Arancel 
español, todo nos es aquí hostil... ¡Has- 
ta el clima es insurrecto! ¡No tiene 
usted más que ver el número de sol- 
daditos que saca de filas para man- 
darlos al otro mundo!... 

El pesimismo del general animó la 
confianza de Guillermo en el porvenir, 
determinándole a ingresar en la Aca- 
demia de la Habana, y de allí salió, 
transcurrido un año, para la guerra, 
con el grado de segundo teniente. Al 
principio tuvo miedo ; un miedo irra- 
cional, fisiológico, extraño y rebelde 
a los frenos de la dignidad. Roto el 
fuego con el enemigo, el corazón le 
daba saltos dentro del pecho, demu- 
dábasele el rostro y una flojedad de 
ebrio invadía sus piernas. Afrontó a 
ciegas la furia mortífera del adversa- 
rio, temiendo que si se ponía a pen- 



sar en lo absurdo del combate y en lo 
abrumador del peligro el instinto de 
conservación le impondría la fuga. La 
temeridad le llevó más lejos que la 
sangre fría, pues de allí a poco, sus- 
pensa la lucha, el general le notifi- 
caba el ascenso. Guillermo reflexionó. 
¿Tornaría el pánico a sobrecogerle, a 
alucinarle? Era menester evitarlo a 
costa de todo ; y, por el momento, 
mientras la costumbre del combate no 
le transformara en hombre sereno, 
consideró indispensable vencer el mie- 
do a fuerza de arrojo. 

Le dieron un puesto en la vanguar- 
dia, entre los exploradores que man- 
daba Ricardo Hurguete, y sin sobre- 
ponerse nunca del todo a aquel miedo 
instintivo que tanto le humillaba por 
dentro, se habituó poco a poco a la 
normalidad del riesgo, a dar cara a 
la muerte con impulsiva osadía. Frío, 
sereno, no alcanzó aserio jamás. «¿Seré 
un cobarde que necesita apagar la 
idea del peligro en su inteligencia pa- 
ra afrontarlo?», preguntábase a solas, 
sin decidirse a comunicar esta duda 
a sus camaradas. Luego, en el curso 
de la campaña, fué viendo que otros 
oficiales se conducían como él fren- 
te al enemigo, que vacilaban un minu- 
to y que se ponían pálidos antes de 
lanzarse con heroico ímpetu sobre la 
fuerza rival, y entonces disipáronse 
sus escrúpulos al enterarse de que el 
miedo y el valor pugnan en todo hom- 
bre por desalojarse, hasta que uno de 
los dos triunfa del otro y le decide a 
acometer o huir. 

Cuando embarcó para Cuba, era Gui- 
llermo un hombretón cenceño de 
músculos, atlético a pesar de sus an- 
gulosas líneas ; rubio, con temprana 
pelarela en lo alto de la cabeza; oji- 
zarco, grande e imperiosa la nariz ; 
crespo el bigote, que disimulaba la 
asimetría de la boca, y densas barbas 
pajizas abiertas en abanico. En la isla 
enflaqueció, lo que es regular cuan- 
do se soporta el doble castigo de la 
alimentación tasada y el descanso re- 
gateado ; pero su ánimo ganó en for- 
taleza lo que su cuerpo perdiera en 
carnes. Estuvo en los trances de gue- 
rra más apretados y en los pasos más 



MANUEL BUENO. — GUILLERMO EL APASIONADO 



181 



arduos, siempre asistido de aquel arro- 
jo ciego que le empujaba al peligro 
sin medirlo, y de aquel olvido de la 
muerte que es atributo constante de 
los héroes. No salió ileso todas las ve- 
ces de aquellas renovadas temerida- 
des. En Guana jay lo machetearon de 
firme, y en Caibarién recibió un ba- 
lazo que le traspasó el pecho, sin que 
esos trágicos azares entibiaran su 
amor de las aventuras guerreras ni su 
voluntad de proseguirlas : y a rein- 
gresar en filas se disponía al salir 
del hospital, cuando se sintió herido 
súbitamente de una anemia que hizo 
flaquear a su razón. Exhortaciones 
de un médico no habrían sido aten- 
didas. Fué menester que las secun- 
dara el general en jefe con una or- 
den expresa de reembarco, para que 
Guillermo se decidiese a abandonar la 
isla. Al abordarla, era un aventurero 
sin nombre. Su regreso con el grado 
de capitán y la laureada le autoriza- 
ba a sentirse ufano de aquel humi- 
llante pasado, redimido a fuerza de 
arrojo, de probidad militar y de tesón 
heroico. 



III 

Antonio le acogió más atento que 
cordial, actitud que. sobre lastimar a 
Guillermo, alma adentro fué como un 
conato disimulado de expulsión. Pun- 
tilloso aun en su propio hogar, Gui- 
llermo hubiera respondido a aquella 
esquivez marchándose ; pero le retu- 
vo el temor de agriar las relaciones 
de su madre con Antonio y su mujer. 
Esta le fué hostil desde el principio, 
y siempre que podía procuraba de- 
mostrarle que le toleraba porque no 
había más remedio. En aquella at- 
mósfera, Guillermo se consideró ais- 
lado, y nadie, fuera de su madre y 
su ordenanza, le asistía con afecto. 

— ¿Cómo te sientes? — preguntábale 
su cuñada sin mirarle, al tiempo de 
sentarse a la mesa. 

— Bien, gracias — contestaba el otro 
con igu?-l distraída cortesía. 

Abierta la conversación, Guillermo 
era excluido tácitamente, pues los cón- 



yuges hablaban siempre de personas 
y cosas que éste no conocía ; y si el 
iniciador del palique era él, Rosario 
le llevaba por sistema la contraria 
con puerilidades y chuscadas que en- 
contraban el risueño asentimiento de 
Antonio. Sólo doña Regina departía 
con él y le prestaba atención. Ni 
Antonio ni Rosario paraban mientes 
en el curso de su enfermedad ; así 
es que cuando él les notificó que se 
sentía curado y pronto a ingresar en 
ñlas, sus hermanos lo miraron con 
asombro. Reintegrado al servicio, su 
vida fué más alegre. Las energías aho- 
gadas mientras estuvo enfermo, se des- 
ataron con aquel primaveral renacer de 
su salud. Fué como el desentumeci- 
miento de la tierra tras de las incle- 
mencias del invierno. Su alma se re- 
juveneció, tornaron los bríos a su vo- 
luntad y se encendieron en su sangre 
aquellos ímpetus pasionales que a tan 
varias aventuras le habían llevado. En 
aquel inquieto y pródigo vivir no le fué 
difícil contraer un amor, y se enamoró 
de la hermana de un camarada, com- 
pañero de armas que había regresa- 
do con él de Cuba. 

Poco a poco se fué impregnando su 
alma de un sentimiento que apenas 
conmovía su carne. Era una ternura 
mansa, y si no casta del todo, hones- 
ta templada, sin frenesíes sensuales 
ni tentaciones de seducción. No le ins- 
piró Trinidad el amor fulminante con 
que nos avasallan ciertas mujeres de 
arrebatadora belleza. La hermosura 
de la muchacha era frágil como su 
salud, candida como su espíritu "y 
poética como las madonas de Rossetti. 
La mirada de sus ojos claros, más 
parecía flotar sobre las personas y 
las cosas que detenerse en ellas con 
curiosidad, y su pensamiento estaba 
siempre ausente, como si cediera a la 
invisible y secreta atracción de otros 
mundos. El aire de ingenuidad y niñe- 
ría que emanaba de ella cohibía a 
Guillermo cuando iba a hablarla de 
amor. Figurábasele que Trinidad le 
rechazaría entre pudorosa y solivian- 
tada, como si él hubiera intentado 
violarla. Sus cabellos, de un rubio pá- 
lido y marchito ; sus hondas y mis- 



182 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



ticas ojeras, su irreprochable nariz y 
la gracia infantil de su boca, empal- 
mando con un cuerpo espigado y es- 
belto, sin una curva de las que fasci- 
nan a los hombres, movían a recor- 
dar escenas de la vida conventual y 
ejercicios de piedad. A pesar de todo, 
no esquivó el amor de Guillermo. Al 
contrario, se abrió a él sin disimulo, 
con desbordada alegría, con entra- 
ñable anhelo de ser poseída y domi- 
nada. En el alma del capitán rivaliza- 
ban el instinto de libertad, que siem- 
pre había hablado muy alto en él, y 
el impulso de labrar la ventura de 
aquella niña que tan sin reservas se 
le entregaba. ¿Qué haría? La tenta- 
ción generosa se sobrepuso a todo 
egoísmo y decidió casarse. 

— Aseguran que tienes novia — di jóle 
un día Rosario, de sobremesa. 

— Son decires de gente desocupada 
— repuso él con sequedad, buscando 
poner término a aquella conversa- 
ción. 

— Quienes están bien enterados co- 
rren la voz de que te casas... ¿Es 
cierto?... 

— ¿Por qué andar con tapujos? — ter- 
ció doña Regina con naturalidad — . 
Tiene novia y se casa... Ya podéis ir 
preparando el regalo... 

— ¿Tan adelantado va eso? — tornó 
a preguntar Rosario, con un gesto de 
curiosidad. 

— Tanto, que ya andan buscando 
cuarto— añadió la madre. 

— ¿Y quién es ella? Yo la conozco 
sólo de vista. En Lara me la enseña- 
ron la otra noche. Es muy mona... 

— Gracias en su nombre — expuso 
Guillermo, disimulando su mortifica- 
ción. 

— Sí, es muy bonita; un tipito muy 
delicado. No te creía yo con aficio- 
nes tan idealistas... ¿Y es rica?... 

— Lo que yo. De fortuna, ¡ allá nos 
vamos ! . . . 

— Es lástima que no sepa vestirse. 
Podría sacar más partido de aquel 
cuerpo tan garboso y tan elegante... 
Habrá que aleccionarla... 

— ¡Vamos, ya! ¡Que es una cursi! 
¿No es así? No me importa. Yo no 
aspiro a tener una mujer codiciada 



por su hermosura ni envidiada por el 
relumbrón de sus trapos... 

—Todo gusta. Ya te irás conven- 
ciendo de que, a lo mejor, una mujer 
pone en ridículo a su marido por no 
saber elegir con tino las telas de sus 
vestidos... 

Guillermo no contestó, por evitar 
que la conversación se alargara. Y 
aquel mismo día anunció su propósito 
de establecerse aparte, aunque no le- 
jos de su madre. Antonio se puso muy 
contento y le invitó a elegir lo que 
más le conviniera, comprometiéndose 
a procurárselo a título de regalo de 
boda. 

— ¿Tienes ya padrino? — le preguntó, 
insinuando el deseo de serlo. 

— Sí ; ' el hermano de mi novia, un 
oficial de mi regimiento que ha hecho 
toda la carrera a mi lado. 

—¿Y madrina? — interrogó con cu- 
riosidad Rosario. 

— Quiere serlo la madre de mi no- 
via... 

— ¿Y yo? ¿Me arrinconáis? — excla- 
mó contrariada doña Regina. 

— Quiere serlo la madre de mi no- 
via ; pero yo he resuelto que no haya 
más madrina que usted... 

La anciana sonrió complacida y 
asintió con entusiasmo. Pocos días des- 
pués se casaron Trinidad y Guillermo, 
y aunque se convino que cada matri- 
monio viviera con plena independen- 
cia, Rosario y Antonio dieron en fre- 
cuentar tanto el hogar de aquéllos, 
que el rencor de Guillermo contra su 
cuñada y la ojeriza con que miraba a 
su hermano se disiparon. Su alma, vio- 
lenta y ejecutiva, era fácilmente acce- 
sible al olvido y al perdón. La cor- 
dialidad que ponía Rosario en sus re- 
laciones con su mujer desarmó por 
completo a Guillermo, y desde lo ín- 
timo de su corazón agradeció a su cu- 
ñada el tono fraternal con que proce- 
día. Como se aproximaba el verano, 
los dos matrimonios diéronse a pro- 
yectar una temporada en la costa, so- 
bre un plan de economía cómodo para 
todos, y tras de no escaso discutir, 
se convino en alquilar un hotelito, en- 
tre San Juan de Luz y Guetharv, to- 
ca que Antonio conocía, medio escon- 



MANUEL BUENO. — GUILLERMO EL APASIONADO 



183 



dida en una cañada entre pinares y 
tamarindos, a corto trecho del mar. 
Muy entrado el mes de junio, Rosa- 
rio, doña Regina, Trinidad y Guiller- 
mo partieron de Madrid. Antonio se 
quedó en la corte retenido por su de- 
ber de profesor de la Escuela de Gue- 
rra, hasta que concluyese el período 
de exámenes. 

Apenas dejaron la corte, empezó a 
resentirse la ventura de Trinidad. Sin 
llegar al despego con que se anun- 
cian esos divorcies tácitos, frecuentes 
en los hogares, Guillermo se enfriaba. 
— ¡Qué seco eres conmigo! — decía- 
le ella en son de reproche algunas ve- 
ces. 

— Es condición de carácter, que no 
prueba desamor. Siempre he sido poco 
zalamero... 

Insensiblemente fué acentuando él 
sus brusquedades, y sólo cedía su desa- 
brimiento cuando le turbaba la ca- 
lentura viril. Entonces poníase tier- 
no e insinuante como si la reauiriese 
de amor por primera vez, y juntos se 
entregaban a recreos infantiles, que 
solían concluir en un dilatado abrazo 
y en una convulsa y enervadora con- 
junción de sus almas y de sus cuer- 
pos. En cuanto se desasían, empe- 
zaba Guillermo a buscar pretextos de 
aislarse. Y ella se resignaba sin pro- 
rrumpir en una queja, no por escrú- 
pulos de amor propio lastimado, sino 
por timidez, por no enojarle. De im- 
proviso, Trinidad le notó caviloso y 
taciturno, y siguiendo el rastro de su 
preocupación llegó a comprobar que 
no dormía. Levantábase al amanecer, 
se ponía un traje de dril y una boina 
y bajaba a la playa, sin invitar a su 
mujer a que le acompañara. Ella, fin- 
giéndose dormida, le estudiaba con 
los ojos entornados, y cuando él des- 
cendía la escalera, la otra se asoma- 
ba a la ventana hasta que le veía 
tumbarse sobre la arena, al sol. No 
se atrevió a preguntarle la causa de 
aquel abatimiento por miedo a que le 
cerrase la boca con una respuesta se- 
ca y ruda, de esas que revelan todo el 
hosco menosprecio que puede desper- 
tar en ciertas naturalezas violentas e 
ineducadas la presencia del ser que 



se considera con derecho para fisca- 
lizar en su vida, Creyendo que le son- 
sacaría el secreto de aquella amarga 
tristeza que abrumaba a Guillermo, 
aparentó temores por su salud. 

— Tienes mal color... ¿Sientes algo 
en el corazón? ¿Será que te haga daño 
el vino?... ¿El tabaco? 

— No tengo nada, hija mía. Es el 
cambio de aire que me abate un poco ; 
pero me repondré... El mar me apla- 
ca los nervios siempre... 

— Sí; y que te tiene desvelado toda 
la noche... 

— ¿Cómo lo sabes? — preguntó el 
otro inmutándose. 

— No hay más que ver la cara que 
sacas por .la mañana... 

—Todo ello es pasajero... En cuanto 
salgo de Madrid pierdo el regulador 
de la vida... 
— Será porque te aburres... 
— No, ¡ por Dios ! El cambio de cos- 
tumbre... 

Trinidad reparó en que la pasión 
de ánimo que entenebrecía a Guiller- 
mo hallaba una tregua de alivio en 
presencia de Rosario. Al ver a su cu- 
ñada se le disipaba fe murria y un 
fulgor juvenil encendía sus ojos. 

A la conversación intermitente y 
desmayada, sucedía el hablar fogoso 
y torrencial, salpimentado de anécdo- 
tas festivas, de recuerdos del campa- 
mento y episodios de su tormentosa 
bohemia de perdido y de soldado. Las 
dos mujeres le oían : Rosario, absor- 
ta y ceñuda, como si una secreta 
preocupación la embargara por en- 
tero, y Trinidad con tristeza, como 
cuando se presiente una gran desven- 
tura. Aquellas mudanzas de humor no 
pasaron inadvertidas para Trinidad, 
v .una inquietud extraña, mitad humi- 
llación y mitad alarma, empezó a cui- 
tarla el sueño. ¿Será que esté harto 
de mí? La sospecha de que Guillermo 
pudiera estar cansado de ella la ofen- 
dió tan de veras, que procuraba sus- 
traerse al trato de su marido, a. coin- 
cidir con él en un sitio a solas, re- 
signándose con entrañable pesadum- 
bre a un aislamiento que tenía todas 
las apariencias de una muerte parcial. 
Guillermo, ajeno a aquel dolor, di- 



184 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



simulaba cada vez menos sus estados 
de ánimo. El ver a Rosario era para 
él una alegría tan intensa, que le des- 
bordaba por los ojos y las palabras. 
Lo más del tiempo lo pasaba cerca de 
ella, en el campo y en la playa, y 
cuando era menester separarse sufría 
la sensación de una desgarradura in- 
terior. Nunca le hizo vacilar el escrú- 
pulo de que se tratara de la mujer de 
su hermano. Lo que sentía era más 
fuerte que él, y jamás se asociaban 
Rosario y Antonio en su memoria. Ella 
sola, desprendida de todo, emancipa- 
da de todo, flotaba ante sus ojos, se 
erguía en su pensamiento y reinaba 
en sus sueños ; ella, una mujer, la 
mujer con su perdurable y tentadora 
fascinación. La deseaba con frenéti- 
co impulso sensual, y, sin embargo, al 
recordarla, empañábanse sus ojos y su 
espíritu se inundaba de savia poéti- 
ca y de tierno lirismo, alentándole a 
escribir versos y a cantar. El, tan osa- 
do, se cohibía al verse frente a ella, 
cayendo en los más pueriles extremos 
de timidez, y al encontrársela de im- 
proviso, no acertaba a hablar. Era 
menester que supiese que iba a verla, 
para que de antemano apuntara en 
la memoria lo que le diría en el curso 
de la conversación. De otro modo, su 
adusto mutismo le ponía en ridículo. 
De amor no se atrevió siquiera a in- 
sinuar el más inofensivo pensamiento, 
y no porque le repugnase el fondo 
culpable de aquella tentación suya, 
sino por miedo a una repulsa de su 
cuñada. La miraba con embobada fi- 
jeza, besándola con los ojos, pero sin 
exteriorizar su inquietud y su deseo. 
Casi todas las tardes iban Trinidad, 
Guillermo y Rosario carretera adelan- 
te, unas veces a San Juan de Luz y 
otras a Biarritz, y casi siempre vol- 
vían tristes los tres. A Guillermo le 
aislaba por dentro su amor, a Trini- 
dad la ponían melancólica y retraída 
sus sospechas, y de la muda tristeza 
de Rosario tenía la culpa el asedio de 
.su cunado. Aunque en los comienzos 
del paseo rompían a hablar con fami- 
liar llaneza, una tregua de la conver- 
sación helaba la cordialidad, y cada 
uno de los tres restituíase a sus ínti- 



mas cavilaciones. Trini presentía el 
abandono de su marido, y sin temer 
concretamente que Rosario se lo arre- 
batase, la odiaba. En cuanto la mujer 
de Antonio departía con Guillermo, 
Trini los espiaba, y al ver las mira- 
das, sonrisas, muscas y contoneos con 
que Rosario simultaneaba sus palabras, 
la esposa de Guillermo se ponía lívi- 
da de coraje y un furioso impulso de 
insultarlos, de maltratarlos cruzaba 
por su mente. Aquellas irrupciones de 
celos se resolvían en una llorera, de 
la que, por lo común, ni Rosario ni 
Guillermo solían enterarse. Quedábase 
muy abatida y muy resignada con su 
desgracia, y en vez de culpar a las 
coqueterías de su cuñada y a versa- 
tilidad de Guillermo de aquel desvío, 
reprochábase a sí misma la causa de 
sus males, menospreciándose y veján- 
dose en su fuero interno. Al regreso 
de aquellos paseos por la costa, que 
solían coincidir con la puesta del sol, 
la solemnidad del mar les contagiaba 
de su trágica tristeza, y un fogoso 
anhelo de morir inundaba el ánima 
de Trini. Morir en silencio, sin que- 
jarse, en pleno abandono, para que 
el remordimiento de los culpables fue- 
se más agudo y su dolor más tenaz. En- 
tre tanto, Guillermo pensaba con vol- 
cánica avidez en Rosario, en su ros- 
tro ambarino de criolla, en sus ojos 
pardos y ardientes, en la crencha de 
su pelo negro, en la púrpura jugosa 
de sus labios, y, sobre todo, en el pal- 
mito de curvas mórbidas, airosas, fe- 
linas. La violenta fijeza de su deseo 
parecía a veces transmitirse a Rosa- 
rio, la cual le miraba entre medrosa 
y contenta al sentir espiritualmente 
el calor de aquel hombre. ¿Le amaba? 
Sin poner nada de su parte que alen- 
tase aquella pasión, dejábase querer, 
pronta siempre a reprimir cualquier 
licencia pecaminosa de Guillermo con 
una mirada o con un gesto. Y, sin 
embargo, a su pesar le recordaba de 
día y de noche, con tal pertinacia, 
que algunas veces sus escrúpulos de 
mujer honesta y fiel se resentían y 
alarmaban. Su varonil y ruda belleza, 
su intrepidez, sus aventuras y el se- 
creto de un pasado tormentoso de 



MANUEL BUENO. — GUILLERMO EL APASIONADO 



185 



delincuencia y de heroísmo que entre- 
veía en su vida, le interesaban profun- 
damente, acaso por el contraste de 
aquellas malandanzas de Guillermo 
con el medido y aburguesado vivir de 
Antonio. Para casarse con él era hom- 
bre peligroso, por su misma turbulen- 
cia de carácter y por lo endeble de 
su sentido moral. ¿Como amante? 
¡ Qué escándalo y qué tragedia en la 
familia! No obstante la entereza con 
que Rosario rechazaba aquella tenta- 
ción, es lo cierto que a menudo le 
sobrevenía. ¿Cómo? ¡Si un beso, un 
abrazo, un desmayo y un suspiro fue- 
sen enisodios de los que se olvidan en 
veinticuatro horas...! Pero, ¿y si de 
aquel encuentro fugaz salían ella y 
él más enamorados? Rosario desechó 
rotundamente hasta la más remota 
probabilidad de que tales demasías 
ocurriesen. Y, a pesar de todo, pen- 
saba en él sin poderlo remediar. Le 
veía en sueños, le presentía a distan- 
cia, le sentía a todas horas dentro y 
fuera de sí misma, en su intimidad 
y en la calle, como si sus dos almas 
vivieran ensambladas, trabadas de una 
atmósfera de alucinación y de mis- 
terio. 

Una tarde resolvieron ir a Biarritz 
en el tren y regresar a pie por la 
playa : pero no contaron con la sor- 
presa que les reservaba la pleamar 
entre Bidart y Guethary. Anochecía 
cuando se pusieron en marcha. A tra- 
vés de la difusa claridad del cielo pug- 
naban por asomarse algunas estre- 
llas, cuyas tímidas luces fulgían y 
se eclipsaban alternativamente. Él 
mar, que era en los lejos del tone del 
zafiro, contraía, al venir hacia la cos- 
ta, el denso color azul del cobalto. Y 
sobre la tumultuosa queja que subía 
de las entrañas del Océano, sonaba 
de cuando en cuando como un chas- 
quido la furia de las olas disueltas en 
espuma sobre la arena, 

— ¿Llegaremos a la hora de comer? 
— preguntó inquieta Rosario. 

— Con tiempo sobrado — repuso Gui- 
llermo. 

— A mí lo mismo me da llegar tar- 
de que pronto. No tengo ganas de co- 



mer a ninguna hora — exclamó Trini- 
dad con desabrimiento. 

— Es porque te abandonas. Estás 
siempre metida en casa... Si bajaras 
a la playa muy temprano y te estu- 
vieras al sol como Rosario y yo, horas 
v horas, ya verías el despertar de tu 
apetito... 

— ¡Mejor estáis sin mí!... 

Como en aquella respuesta apunta- 
ba un reproche, y un reproche es casi 
siempi-e el arranque de una disputa, 
Rosario y Guillermo se callaron. La 
playa, que se alonga. sesgando a com- 
pás de las escotaduras de la costa, 
entre Biarritz y Guethary, se estre- 
chaba cada vez más por la invasión 
de la pleamar, pero aún quedaba sitio 
franco y transitable. Los tres echaron 
a andar, como siempre, en grupo, y so- 
lamente cuando el agua les iba a los 
alcances en lo más angosto del cami- 
no se deshilaban para pasar. Tras un 
dilatado silencio, que delataba el ais- 
lamiento interior de cada uno de ellos. 
Trinidad preguntó súbitamente : 

— ¿Cuándo viene Antonio? 

— Hoy he tenido carta... Anuncia que 
vendrá dentro de tres a cuatro días ; 
pero temo que no pueda ser... 

— ¿Por qué?... 

— Está enfermo el general Parra, di- 
rector de la Escuela de Guerra, y eso 
obliga a mi marido a no ausentarse... 

Guillermo se abstuvo de terciar en 
el diálogo, porque entrevio, a través de 
las palabras de su mujer, los ecos de 
su secreto desasosiego. Aunque resig- 
nada en la apariencia con su abando- 
no, Trinidad esperaba que el regreso 
de Antonio atenuara las intimidades 
de Rosario y Guillermo, y confiaba en 
que una separación temporal, que ya 
se motivaría con cualquier pretexto, 
mitigase el ofensivo entusiasmo de su 
descarriado marido por su cuñada. Le 
instaban con ahinco en lo hondo del 
alma este sentimiento y otro menos 
consolador : el de ceder. Ceder el cam- 
po, declararse vencida, llorar a solas 
y pedir a Dios que la indultase de 
aquel humillante suplicio llevándose- 
la a su regazo. 

La afligida criatura dudaba sobre el 
desenlace que pudiera tener aquella 



186 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



culpable ceguera de Guillermo. A ra- 
tos creía en la complicidad de Rosa- 
rio, y a ratos pensaba que, aunque 
coqueta, no era una depravada, y que, 
por tanto, al verse en el peligro sa- 
bría esquivarlo con entereza. ¿Y si 
Antonio advirtiera las intenciones de 
su hermano? La más remota probabi- 
lidad de que esto sucediera sacaba de 
quicio a Trinidad. Antonio era frío 
en lo exterior, pero de avasalladoras 
violencias por dentro. Si se enteraba. 
lo más verosímil es que tras de no 
consentir los coqueteos de Rosario 
aplicase un correctivo a las desleales 
osadías de Guillermo. ¿Y qué podría 
sobrevenir entre dos hombres templa- 
dos que iban a disputarse una mujer? 
La trágica perspectiva llenaba de so- 
bresalto a Trinidad. A todo se avenía, 
con todo se resignaba, menos con la 
desgracia o la muerte de Guillermo. 
Fiel o infiel, lo urgente para ella era 
conservarle, tenerle a su lado lo que 
durase su vida. En estas melancólicas 
cavilaciones andaba cuando de impro- 
viso se afrontaron con el estero que 
hay entre Bidart y Guethary. La plea- 
mar lo había invadido, y aunque poco 
profundo, el vadearlo ofrecía el ries- 
go de caerse por el ímpetu de las 
aguas. El descenso del crepúsculo ha- 
cía más imponente la aventura. La 
noche se echaba encima ; el mar, en 
su desatada bravura, roncaba torva- 
mente, y sobre el azul turquí del olea- 
je hervía la plata líquida de sus es- 
pumas. Los perfiles de la costa, su- 
mergidos, borrados en las sombras, 
sugerían el trágico presentimiento de 
que el Océano iba a tragarse a la tie- 
rra, y el rumor de las aguas sonaba 
medrosamente en las almas. 

— ¿Qué hacemos? — preguntó Guiller- 
mo parándose a orillas del estero — . ¿Lo 
vadeamos? Habrá que quitarse el cal- 
zado y subirse las ropas muy arriba... 

— Yo no paso — enunció Trinidad, 
resuelta. 

— Ni yo — agregó Rosario. 

— Entonces será menester trepar por 
este machial — repuso Guillermo seña- 
lando el monte — . Nos cansaremos un 
poco ; pero, en fin. no importa. 

La subida, que en pleno día hubie- 



ra sido fácil, ofrecía de noche algún 
riesgo por las quebraduras del terreno. 
Aunque Guillermo, adjudicándose la 
responsabilidad de guía, les invitó a 
que le siguieran, las dos mujeres, des- 
confiando de su experiencia, se aven- 
turaron cada una por su lado. Y unas 
veces con la planta en el suelo y otras 
a gatas, trepaban lentamente, desga- 
rrándose las manos y las ropas entre 
las cambroneras y ortigales que pue- 
blan el monte. 

— ¡ Cuidado con romperse una pier- 
na ! — advertía de vez en cuando Gui- 
llermo, que se había separado de ellas. 

— ¡No te ocupes de mí ! — repuso con 
incisiva ironía Trinidad — . Voy muy 
bien. 

— Yo, en cambio, soy muy torpe. ¡ No 
me doy maña, y me he caído ya tres 
veces ! . . .—añadió Rosario con vos fes- 
tiva. 

¿Cómo se encontraron juntos y a 
solas Guillermo y su cuñada? No fué 
deliberadamente, sino por obra del 
azar. Eludiendo una loma muy empi- 
nada, difícil de subir por lo escurridizo 
del césped, Rosario se desvió hacia la 
izquierda, por donde había trepado 
Guillermo. De improviso se encontró 
con él, que bajaba a tientas. 

— No hay paso, hija mía. He tro- 
pezado con una valla de alambres de 
una era y he tenido que retroceder. 
No te expongas a lo mismo... 

— ¿Y por dónde echamos? — pregun- 
tó Rosario con inquietud. 

La oscuridad era cada vez más den- 
sa, y solamente las aspas luminosas 
del faro de Biarritz permitía ver un 
trecho del mar. Por el lado de la costa 
adelante, ni el menor indicio de luz. 

— ¡Ahora veremos! — repuso Guiller- 
mo perplejo. 

—¿Por dónde ha subido Trinidad? 

— ¡ Qué sé yo ! . . . Pero, en fin, tran- 
quilízate... 

— ¡ Trini ! ¡ Trini ! ¿ Dónde estás? 
— gritó entre alarmada y despavorida 
Rosario. 

Sus palabras, ahogadas por el coléri- 
co resuello del mar, no tuvieron res- 
puesta. Guillermo quiso explorar el si- 
tio, y antes de decidirse a emprender 
un camino encendió una cerilla, que el 



MANUEL BUENO. — GUILLERMO EL APASIONADO 



187 



viento apagó a escape. A pesar de todo, 
aquella efímera claridad le permitió 
orientarse. 

— ¡Rosarito, hija mía! Es menester 
apencar con esa loma tan ásüera que 
tanto te asusta. Yo subiré delante, tú 
te agarrarás a este cinturón ; ¡ có- 
gelo con las dos manos ! y, o llegare- 
mos juntos a la cumbre, o rodaremos 
juntos en el abismo... ;Eh? ¿Qu 
parece? ¡ Me ha salido una frase que 
parece de Echegaray !... 

Rosario vaciló. La sordina de humo- 
rismo que se insinuaba en las palabras 
de su cuñado la pareció de dudosa 
oportunidad, y no la hizo gracia nin- 
guna. El empeño se prestaba a todo 
menos a bromas. 

— i Si no hay más remedio ! ... 

— ¡No tengas cuidado, mujer! Oye; 
lo mejor será que te ciña las muñe- 
cas con la correa. Así no tienes que 
hacer esfuerzo ninguno... Tiro de ti, 
y en dos saltos estamos arriba... 

Avínose Rosario, un poco amedren- 
tada, y empezó la ascensión. Guillermo 
ponía las nervudas piernas en tierra 
con tal fuerza, que las hincaba, y 
asiéndose con la mano izquierda de las 
cambroneras, tiraba con la derecha de 
su cuñada. Subían sesgando la pen- 
diente para que el riesgo de caer fue- 
ra menor, y de cuando en cuando se 
detenían, no porque Guillermo estu- 
viera cansado, sino para prevenir cual- 
quier sorpresa de las depresiones del 
terreno. Ál cabo de diez minutos fran- 
quearon la loma, y en un recio tirón 
que dio Guillermo a la correa, Rosario 
cayó en sus brazos. Y como ella tenía 
las muñecas trabadas, no pudo impe- 
dir que él la besara en la boca y en 
los ojos con impetuosa emoción. 

— ¡Déjame! ¡Suelta! — gritaba ella, 
más sorprendida que vejada — . ¡Eres 
un bruto!... 

— ¡No, Rosario! ¡Es que te adoro! 
¿No me ves sufrir a tu lado desde 
hace mucho tiempo?... — añadió con 
voz queda y trémula — . Ya ves qué es- 
caso precio pongo a lo que acabo de 
hacer... Te he salvado la vida, y so- 
bre eso te doy media decena de besos... 

— ¡Me has traído por aquí para 



esto ! ¡ Es una emboscada ! ¡ Es un en- 
gaño !.. . Debí preverlo . . . 

— Te juro oue oor el otro lado no 
hay paso... La valla... 

— ¡ Es mentira ! —interrumpió Rosa- 
rio, forcejeando por desasirse. 

El la sujetaba amorosamente, be- 
sándola con pasión en la boca, en los 
ojos y en los despeinados cabellos. Ella 
sentía en la cara la llama de su alien- 
to, y al través de la oscuridad de la 
noche entreveía el caliente brillo de su 
mirada. 

— ¡ Mira que grito ! ¡ Que se lo digo a 
Trini ! . . . 

— ¡Qué cruel eres, Rosario! ¡Y qué 
ventura la de tenerte en mis brazos ! . . . 
¡Si vieras cómo te adoro!... 

— O me sueltas, o llamo a Trinidad 
— exclamó ella haciendo un esfuerzo 
por huir. 

El la vio tan decidida que se hizo 
a un lado. 

— ¡Qué barbaridad! ¡Qué salvaje te 
hizo Dios, hijo! — continuó ella, mien- 
tras se retocaba el peinado — . ¡ Quién 
podía esperarlo ! Ya se conoce que has 
andado por los bosques de America... 
¡Qué horror!... 

Guillermo no acertaba a defenderse. 
La congestión sexual le oscurecía la 
inteligencia, privándole hasta de la 
facultad de hablar. Temiendo que en 
lo futuro ella esquivara toda ocasión 
de estar a solas con él, anduvo ten- 
tado de violarla allí mismo, en el mudo 
desamparo del campo, frente al mar, 
que parecía invitarle con la desespe- 
rada música de sus olas a una gran 
escena de amor. La actitud de Rosar'o 
y su frío despego le irritaban. ¿Por 
qué tantos aspavientos después de con- 
sentido que él la adorase? ¿A qué ve- 
nía aquella estúpida resistencia, cuan- 
do a él le constaba que su pasión no 
la repugnaba? 

— Escucha, Rosario — enunció él hu- 
mildemente. 

— No empieces, te lo suplico... No 
podría oírte... Y agradéceme — añadió 
después de una pausa — que no se lo 
diga a tu hermano... 

— Nada de amenazas — contestó él 
con tranquila entereza — , oorque soy 



188 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



capaz de decírselo yo mismo... No me 
conoces... 

— Sé que eres un desalmado y un 
loco... 

— Un desalmado, no, puesto que mi 
alma está en tus manos. Yo la siento 
llorar y sangrar ahora, por la criv-ldad 
de tu actitud — agregó con súbito des- 
mayo de sensibilidad — . Un loco, rue- 
de ser, y nadie mejor que tú sabe la 
causa... 

— No volvamos a las andadas... ¡No 
puedo oírte ! 

— Como quieras... 

En el silencio de la noche apenas 
sonaban sus pasos, apagados por el 
césped del monte. Transcurridos unos 
diez minutos, se hallaron en camino 
abierto, un angosto y pedregoso sen- 
dero entre dos matorrales de aliagas 
y zarzamoras, que desembocaba en la 
carretera. Al término del sendero hay 
un poyo de piedra, y sobre él estaba 
sentada Trinidad, que los recibió ce- 
ñuda y callada. Aproximándose mucho 
a ella vio Guillermo en sus ojos rastro 
de lágrimas. 

— Te hemos buscado por el monte 
— expuso con inseguro acento Rosario. 

Trinidad movió los labios para con- 
testar, pero se contuvo. Un automóvil 
pasó cerca de ellos con desencadenada 
velocidad, y el estrépito de sus ruedas 
trepidó largo tiempo en la carretera. 

—¿Qué decías? — preguntó Rosario. 

— ¡ Nada ! 

Y Trini pensó en lo fácil que sería 
escapar a todos los dolores y a todas 
las humillaciones de la tierra salien- 
do al encuentro de un automóvil. Al 
llegar a casa se acostó, y tuvo fiebre y 
delirio. 

Dos días después se apeaba Antonio 
del tren, en la estación de Guethary. 



De vuelta del veraneo, ya en Madrid, 
Guillermo apretó el cerco de Rosario 
con indomable temeridad. La asediaba 
en casa, la espiaba y la seguía en la 
calle sin que le cohibiesen escrúpulos 
ni temores, y tan lejos llevó su impru- 
dencia, que su madre se enteró de 
todo. Aquel amor no saciado le morti- 



ficaba y le dolía con morbosa terque- 
dad. Era una obsesión que se sobre- 
ponía a todo respeto y que triunfaba 
de todo obstáculo; su frenesí del espí- 
ritu y del instinto, que le empujaba en 
pos de aquella mujer, sin advertir que 
acaso le cerrase el paso la tragedia. 
A Trini la dio de lado definitivamente,' 
sin que el doloroso aislamiento de su 
mujer resonara en su conciencia, ni 
como recriminación ni como tristeza 
piadosa. No amaba a Trini, ni sentía 
por ella más que el tibio afecto que 
se fragua en la costumbre de convivir. 
El recuerdo de Rosario era su idea 
fija, su tortura. A partir de la noche 
que la tuvo en brazos, su inauietud in- 
terior no le daba tregua de sosiego. 
Hubiérase dicho que, al besarla, había 
recogido de sus labios una sustancia 
que tenía la virtud de perpetuar las 
imágenes en la memoria, y de hacer 
más imperiosa la tentación sexual. Con 
ánimo de olvidarla, se reincorporó a 
su regimiento, esperando que el trá- 
fago de la vida militar le distrajese. 
Fué en vano. Estaba siempre susoenso 
del recuerdo de Rosario, estudiando 
en su fuero interno una táctica cual- 
quiera para arrebatársela a su her- 
mano. Deploraba que los tiempos no 
consintieran el rapto con escala y es- 
tocadas, y maldecía esta época, que 
recompensa la hipocresía y la astucia, 
y repudia el atrevimiento heroico. Aca- 
so le hubiera sido más útil la esgrima 
de salón con su táctica de miradas, 
cartas, sobornos y alcahueterías mun- 
danas ; pero eso iba contra su carác- 
ter y no sstaba en sus aptitudes. El 
gusto de la lucha franca y el hábito 
ae hacer cara a todo lo que trajese 
gesto de adversidad o aire de fortuna 
le inhabilitaban para aquellos comba- 
tes del disimulo, la cortesanía y la pa- 
ciencia. Era audaz, intrépido, apasio- 
nado, rudo y temerario. 

Al fin, Antonio dióse por advertido 
de lo que pasaba. No fué menester de 
la delación anónima ni de la confiden- 
cia personal. Indicio tras indicio, se 
fué amasando en su alma el conven- 
cimiento de que su hermano perseguía 
a Rosario. La terca ausencia de Trini 
de la casa, que equivalía a una déla- 



MANUEL BUENO. — GUILLERMO EL APASIONADO 



189 



ción ; la reserva melancólica de Rosa- 
rio, su azoramiento cuando se veía 
frente a Guillermo y la taciturna as- 
pereza con que su hermano le trata- 
ba a él, bastaron para que se diera 
cuenta de lo que sucedía. La actitud 
de su mujer le dejó entrever que en- 
tre ella y Guillermo no había ocu- 
rrido nada irreparable, y satisfecho 
de este descubrimiento dispúsose a 
impedir que ocurriese en lo futuro. Al 
principio quiso explorar en el ánimo de 
Rosario ; pero el paso le humillaba, 
y lo desechó. Sería mejor proceder con 
Guillermo. Inopinadamente llegó éste 
una tarde a casa todo colérico y con- 
vulso. 

— Vengo a hablar contigo... — dijo, 
encarándose airadamente con su her- 
mano. 
— Estoy a tus órdenes... 
— Hoy me he encontrado con que me 
trasladan a Canarias sin haberlo pe- 
dido... En el ministerio me han dicho 
que lo ha solicitado el general Parra; 
he ido a ver al general, y éste asegu- 
ra aue la eestión es obra tuya... 

— Es verdad — repuso el otro con fle- 
ma — . Te conviene alejarte una tempo- 
rada de Madrid... 

— Esa es una opinión que yo no to- 
maría en cuenta nunca: pero mucho 
menos ahora, que tratas de imponér- 
mela con hechos... 

— La cosa no tiene va remedio... 
— contestó Antonio sin descomponerse. 
—¿Cómo que no? Yo te juro, por 
mi honor, que no saldré de Madrid... 
—¿Tu honor?... Sería de desear que 
tu honor te obligase a empresas más 
altas que la de permanecer en* Ma- 
drid... 

Guillermo barruntó en las palabras 
de su hermano que éste sabía la ver- 
dad de su proceder con Rosario, v para 
despistarle contestó : 

— Si fuera por cumplir mi deber, 
iría a Canarias y más lejos... Como mi- 
litar, no le hago ascos a nada... 

— ¡ Tal vez cumplas un deber mar- 
chándote ! ¡ Piénsalo bien ! — articuló 
el otro con calma. 

La certera intención de Antonio 
exasperaba a Guillermo. No quiso, a 
pesar de todo, ir al terreno a donde 



su hermano pretendía llevarle : pero 
como necesitaba desahogar su furia, 
se desato en violencias. 

— Ni ahora, ni nunca — dijo — , te to- 
lero esos aires de superioridad autori- 
taria que te tomas conmigo. Te ad- 
vierto que me quedaré en Madrid... 

— Podrá ser; pero te aseguro que 
no pisarás los umbrales de esta casa 
— contestó Antonio poniéndose pálido... 

— ¿Puedo saber por qué? — se atrevió 
a preguntar Guillermo. 

— Porque eres un infame, un cana- 
lla, un ser depravado que deshonras 
el apellido que llevas y el uniforme 
que vistes... ¡Vete! ¡No quiero verte 
jamás delante de mí! 

Guillermo, con el rostro demudado, 
contraía las mandíbulas y apretaba los 
puños. Su respiración era jadeante y 
casi estertorosa, como si le auogara 
la disnea. Miraba rabiosamente a su 
hermano, y poco a poco iba ponién- 
dose lívido. 

— ¡ Me voy, me voy ; si no, estoy 
cierto de que te mato! — exclamo de 
improviso espumarajeando de ira. 

Y echó a andar hacia la puerta con 
atropellados pasos, blandiendo los pu- 
ños en una crispadura epiléptica. En 
el corredor que conducía a la escalera 
tropezó con su madre y no la reconoció. 

— ¿Dónde vas, Guillermo? ¿Estas 
malo? — -interrogóle alarmada la an- 
ciana... 

— ¡Déjeme usted salir, madre; si 
no, lo mato ! 

Y desasiéndose rudamente del brazo 
maternal, salió a la calle dando tras- 
piés, como quien siente flaquear todo 
resorte de equilibrio en la razón y en 
los músculos. 

Ya a la intemperie, sintió algún ali- 
vio. Un coche le condujo al cuartel 
donde se alojaba el regimiento de que 
era capitán cajero, y al poner la plan- 
ta en el despacho sintió que se le nu- 
blaban los ojos, que una ola de fuego 
le comprimía el cráneo y que no acer- 
taba a permanecer en pie ni a hablar. 
Balbueió tres o cuatro palabras inco- 
herentes y cayó de bruces sobre el 
entarimado. 

Un soldado de Oficinas le desabro- 
chó la guerrera mientras otro le suje- 



\90 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



taba, y como algo era menester inten- 
tar para reanimarle en tanto que venía 
el médico, le volcaron un vaso de agua 
en el rostro, con negativo éxito. Un 
temblor convulsivo le sacudía todo el 
cuerpo ; su rostro estaba lívido : tenía 
las facciones contraídas, los ojos trans- 
puestos, y aunque cerraba férreamente 
la boca, una espuma blanca fluía de 
las comisuras de sus labios. 

— Si abre la boca, métele una llave 
— recomendó uno de los soldados a su 
compañero, disponiéndose a avisar al 
médico del regimiento. 

— ¡ Me da a mí el corazón que ya 
no la abre aunque le metas un biz- 
cocho ! . . . 

El médico vino a poco, recetó un es- 
pasmódico y dispuso que el enfermo 
fuera trasladado a casa en un coche. 

Ya había recobrado Guillermo el 
sentido y pudo, sin gran trabajo, di- 
sipar la alarma de su mujer. 

— No ha sido nada. En ese demonio 
de Círculo Militar todas las habita- 
ciones son estrechas y poco ventila- 
das... En cuanto hace un poco de calor 
se ahoga uno... Eso me ha ocurrido a 
mí... Estaba jugando al tresillo con 
Paco Vélez y el coronel Bolaños, cuan- 
do me sentí mareado... 

— ¡Es que fumas mucho, hijo! Lue- 
go, esas peloteras que armáis sobre si 
Cataluña se pierde o no se pierde... 
¿Qué te importa a ti todo eso?... 

— No, mujer; yo no me meto en po- 
lémicas nunca. Ha sido sencillamente 
que hacía calor... Añade a eso que me 
han dado una mala noticia... 

— ¿Cuál? ¿Puede saberse? — pregun- 
tó ella sin reprimir su zozobra... 

,— Es floja la cosa; que me he en- 
contrado con el traslado a Canarias, 
sin pedirlo... 

— Guillermo, ¿sabes una cosa? Pues 
que me alegro. No se lo habrás ped ; do 
tú al ministro, pero yo rezo todos 
los días a todos los santos porque nos 
saquen de Madrid... 

— Temo que no van a hacerte raso... 

— Ya estás viendo que sí, ¡ tintín ! 
No hay como pedir las cosas con ie... 

— ¡La f e ! , ¡la f e ! — repuso el otro 
con su rudo escepticismo de aventu- 
rero que debe más al diablo que a 



Dios — , ¡valientes majaderías! Yo na 
la tengo más que en mí. Por eso es- 
toy seguro de que no me ,*-acan de 
Madrid ni atado. ¡ Y a Canarias ! ¡ No 
digo nada!... 

Al verle enfermo y en cama, los ce- 
los de Trinidad se amortiguaban ; 
pero persistía su afán de huir de la 
corte. ¡ Si hubiera podido lograr aquel 
empeño! Como le conocía bien, no- 
ignoraba la inconstancia de su carác- 
ter, su nativa inclinación al olvido : 
esperaba que el alejamiento de Madrid 
sofocase aquel hervidero de deseos no 
satisf eches, que le traía rijoso y des- 
velado. El desorden de su vida, que él 
legitimaba en nombre de sus deberes 
militares, hacía presumir a Trini que 
su marido no la era infiel ; pero se 
consolaba pensando que los culpables 
devaneos de la calle y los secretos 
compromisos femeninos que pudiera 
lenararlé el azar le apartaban y dis- 
traían de su gran pasión: el amor de 
Rosario. Más o menos a regañadientes, 
a todo se avenía, a todo prestaba su 
consentimiento, menos a que su cu- 
ñada se lo quitase. No reparaba en la 
flaqueza de sentido moral eme descu- 
bría ' aquella resignación, ni admitía, 
que el adulterio con una mujer desco- 
nocida fuera igualmente ofensivo para 
ella que la traición consumada con la 
complicidad de Rosario. Sin saber poi- 
qué, presentía que el peligro no estaba 
en las aventuras casuales y pasa- 
jeras de su marido, sino en el trato 
asiduo de la otra, de la odiada rival, 
que, aun sin ceder al vértigo de la 
tentación de una manera franca, hu- 
millaba a Trini haciéndola sentir su 
superioridad. 

Lo más irritante, lo que más exas- 
peraba a la mujer de Guillermo, era 
el aire de desdeñosa misericordia con 
que la otra la trataba, como si qui- 
siera darla a entender que tenía mari- 
do por ella, y que en su mano estaba el 
arrebatárselo. Trini, herida y desespe- 
rada, hacía votos secretos por que Dios 
la castigase mandándola una enfer- 
medad, y sin desearla la muerte, pe- 
día que el cielo la afeara con unas 
viruelas o con cualquier mal de esos- 
que dejan rastro en las facciones y las 



MANUEL BUENO. — GUILLERMO EL APASIONADO 



191 



deforman para siempre. Y como Dios 
no se daba prisa en satisfacer aquel 
capricho, decidió estudiar un medio há- 
bil y rápido de conjurar el peligro. Si 
Antonio se prestaba, nada más fácil 
que conseguir el traslado de Guillermo. 
Tras mucho titubear, Trini comunicó 
sus proyectos a su cuñado, y como 
éste empezaba a mirar con recelosa 
ojeriza las idas y venidas de su her- 
mano, fingió que se disponía a aten- 
der el ruego de Trini por complacerla, 
y poces días después lograba el trasla- 
do que tan fuera de quicio puso a Gui- 
llermo. 

— ¿Y qué vas a hacer para quedarte 
en Madrid? Quien manda, manda, y 
tu obligación es obedecer... 

— No sé qué haré, ni qué camino 
tomaré... De lo que respondo es de 
no ir a Canarias... Primero la absolu- 
ta... Así cerno así empiezo a hartarme 
de esta pinturera vida... Tengo el cuer- 
po hecho una criba a balazos, treinta 
Y seis años de edad y cincuenta duros 
de sueldo... ¿Y encima obedecer en 
silencio? ¿Ir a donde les dé la gana 
de mandarme? No y no... 

— Se puede intentar que revoquen 
la orden y te manden a otra parte; 
Andalucía, por ejemplo, una tierra que 
a mí me sentaría muy bien . para la 
salud... 

— ¿No has oído que no saldré vivo 
<de Madrid? — interrogó el otro con vio- 
lencia, incorporándose colérico en la 
cama — . ¡ Quisiera yo conocer al ca- 
bronazo que ha pedido mi traslado, 
para meterle el resuello en el cuerpo ! ... 

El pánico quitó a Trini todo alien- 
to para sostener la conveniencia de la 
marcha. En cuanto le veía descompues- 
to y le oía alzar la voz en tono de í rae- 
Raza, su corazón se licuaba y enmu- 
decía de espanto. Aún se aventuraba 
con timidez a insistir cuando creía 
apaciguado el ánimo de Guillermo : 
pero, si él renovaba sus gritos, ella ce- 
día en absoluto. 

Guillermo se repuso. Entraron en 
caja sus nervios, se normalizó el cur- 
so de su sangre ai través de las venas 
y las arterias, devolviéndole la salud 
física, y juntando Roma con Santiago 
logró invalidar el acuerdo de su tras- 



lado a Canarias. La honda herida de 
sus entrañas, su tormentoso amor, no 
le dejaba, sin embargo, ni una tregua 
de total quietud espiritual. Se repar- 
tía su atención entre los deberes pro- 
fesionales y las distracciones de la 
calle ; pero allá, en lo "-ecogido. en lo 
oscuro de su ser fulguraba fl ascua de 
la pasión, reavivada por los obstácu- 
los. El recuerdo de Rosario iba prendi- 
do de él como va la estela adherida 
a la quilla del buque sobre las aguas 
oceánicas. Era una idea lija, aigo mor- 
boso que daba a su vida interior una 
monotonía desesperante. La ruptura 
con su hermano le privaba del consue- 
lo de verla, y como Guillermo no fre- 
cuentaba la buena sociedad, toda es- 
peranza de encontrarse con Rosario 
ouedaba excluida de sus planes. El 
dolor, la nostalgia y la desesperación 
le traían medio loco. Entonces deci- 
dió complicar más su existencia, zam- 
bullirse en los placeres, olvidar, y i ara 
lograrlo contrajo amistades que le 
franquearon todos los caminos que 
llevan a la alegría disipada, al goce 
frenético, a la sensación intensa, bru- 
tal y duradera. Bebía sin medida y 
jugaba sin tino, sin reparar en la 
categoría moral de sus nuevos amigos 
ni en los aprietos en que ponía su 
honor de caballero a medida que iba 
perdiendo sumas que tal vez no pu- 
diera restituir. Con las mujeres era 
más mirado. Acariciaba a las que se 
parecían a «la otra», a la soñada, a las 
que por el color del rostro, por la me- 
lancolía luminosa de los ojos o por el 
opulento garbo del palmito evocaban 
el recuerdo de Rosario. Conoció una 
andaluza en un café cantante y la 
requirió de amor, porque era el vivo 
retrato de «la otra».' Sólo diferían 
por el nombre y por el timbre de la 
voz. Guillermo se consideró feliz con 
aquel encuentro. Sacó a la sevillana 
de la ciénaga cafeteril en que mal- 
vivía y la puso cuarto. La mimó, la 
adoró. Creía tener a Rosario entre sus 
brazos, y al besarla, en su emoción 
asociaba, juntaba las dos imágenes. 
Para totalizar la ilusión la imponía 
silencio, pues el tono de voz de la an- 
daluza malograba el encanto, trayén- 



192 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



dolé a la realidad glacial. Un día la 
propuso que se mudase el nombre. 

—Me gustaría que te llamaras Ro- 
sario... 

— ¡Qué tontería! Lola me llamo y 
Lola me llamaré toa la vía... ¿Qué, te 
paece feo? Hijo, eres el primero... 

Y se negó obstinadamente a ape- 
chugar con la suplantación. ¿Cuánto 
duró aquella tierna superchería? Un 
mes, dos, qué sé yo ; hasta que el azar, 
incansable deparador de sorpresas, pu- 
so a Guillermo delante de Rosario la 
auténtica, la adorada, la sonada. Los 
dos se quedaron parados en plena ca- 
lle: ella trémula de emoción y muy 
triste: él silencioso y sombrío. 

—¿Y Trinidad?— preguntó la otra, 
por romper el hielo. 

— No sé... No la veo... 

Rosario comprendió que había pues- 
to el dedo en una nueva úlcera de 
aquella existencia, y se calló. Ignora- 
ba la ruptura de Guillermo y Trini. 
Fué él quien, ya dueño de su propia 
entereza, reanudó la conversación. 

— Vivo solo y a salto de mata... Ro- 
sario—añadió con mimosa amargu- 
ra—, has acabado conmigo... Soy hom- 
bre perdido... 

Ella no supo qué decir, y aparentan- 
do prisa se despidió con los ojos lle- 
nos de lágrimas. Al partir, un piano 
de manubrio rompió a tocar una pol- 
ca, que alborozó toda la calle... 



IV 



Al entrar Guillermo en casa de su 
hermano acababan de viaticar a doña 
Regina, v aún flotaba en el ambiente 
de las habitaciones ese aroma de in- 
cienso y cera que parece desprenderse 
de las vestiduras y ornamentos sacer- 



dotales. La anciana estaba agonizando. 
Al verle, sus ojos se animaron y qui- 
so hablar; pero la voz no logró enun- 
ciarse en su garganta, Guillermo se 
puso de rodillas al pie de la cama, 
metió sus manos por entre las fraza- 
das y retuvo las manos de su madre 
entre las suyas hasta que el calor de 
la vida abandonó los despojos de la 
anciana. Al verla muerta la besó con 
ávida ternura en la frente, púsose 
densamente pálido y sintió que una 
desgarradora angustia subía de su co- 
razón a su ojos. A pesar de todo, no 
pudo llorar. Las lágrimas, que le hu- 
bieran consolado, allá se quedaron, 
cuajadas en los adentros del alma, ad- 
heridas a las rocas de sus inconfesa- 
dos dolores y de sus trágicos infortu- 
nios Vio a su hermano y estuvo a 
punto de pedirle perdón: pero como 
sus ojos repararan también en Rosa- 
rio que estaba de rodillas y orando 
al pie de la cama en que yacía dona 
Regina, aquel generoso impulso se le 
heló en las entrañas. La imagen del 
perpetuo, del cruel e inextinto amor 
se alzó en su recuerdo, sobreponiéndose 
a todos sus dolores y triunfando de 
todas las duras pruebas a que le so- 
metía el destino. 

Al salir a la calle nadie le retuvo, 
nadie le dijo una palabra de consuelo 
ni de solicitud, nadie le pregunto quien 
era y adonde iba. Marchando al azar 
por la Puerta del Sol, indiferente a la 
lluvia que le caía encima, se cruzo 
con un camarada del ejército que lu- 
cía insignias de coronel. Estuvo a un 
paso de él y con impulsos de abrazar- 
le- pero se acordó de que Guillermo 
Malpica era en el ejército español un 
recuerdo de ignominia, la fecha de 
un desfalco y el burlesco rastro de 
algo que fué una espada, un rayo de 
juventud victoriosa y un himno al 
honor... 



MANUEL BUENO. — EN EL UMBRAL DE LA VIDA 



193 



EN EL UMBRAL DE LA VIDA 



Para que naciera Purificación fué 
menester que la Providencia obra- 
se uno de aquellos milagros con aue el 
cielo insinúa a menudo su interés por 
las cosas humanas. Sus padres, Mi- 
caela y Francisco, dolíanse en silencio 
de "la dilatada esterilidad conyugal y 
se culpaban mutuamente de su malo- 
grsdo amor, unas veces con festivos 
reproches y otras con agrias y depre- 
sivas reticencias. Sostenida por una 
vehemente esneranza, Micaela consul- 
tó a los médicos de más nombradla : 
pero, como por escrúpulos de pudor 
rehusaba su cuerpo a todo reconoci- 
miento, no se pudo saber en mucho 
tiempo qué morbosa anormalidad la 
impedía ser madre. Aplicó la descon- 
solada mujer sus rezos a San Vicente 
Ferrer, porque había oído decir que 
aquel santo se complacía en fomentar 
la maternidad, y como su confesor la 
alentase en tan honesto nrooósito. no 
tardó en enterarse de lo que sobre 
los medios de asegurar la reproduc- 
ción de la especie dejó recomendado el 
piadoso apóstol de Valencia a las mu- 
jeres : y es a saber : que vivan bien y 
procuren no pecar, que no nieguen él 
débito a sus maridos, que se ofrezcan 
a Dios por la mañana rezando el Cre- 
do, y ñor la tarde el Rosario de María 
Santísima, todos los días, v que lean, 
las que supiesen leer, el Psálm. 12, que 
es : Beati omnes qui timen Dominum; 
y las que no supiesen leer, hagan oué 
se lo lean y lo oigan con atención, que 
allí ofrece el Serenísimo Rev David 
que serán fecundas como vides las 
mujeres, que tendrán hijos como re- 
nuevos de olivos y verán en paz 
y abundancia a les hijos de sus hi- 
jos. 

Quiso Francisco, y a este razonable 
deseo no se opuso el confesor de Mi- 
caela, oue a las preces de su espesa 
acompañase la acción quirúrgica de 
un famoso médico, ginecólogo muy no- 

NOVELA CORIA 



table y ponderado en la ciudad, y a 
aunque la casta mujer se resistió a 
ello alegando cristianas repugnancias. 
¡ hubo de recordar las palabras de San 
¡ Francisco de Sales, en una página de 
sus admirables entretenimientos. «Co- 
mo si yo caigo enfermo de una fuerte 
calentura en este suceso, veo que el 
beneplácito de Dios es que yo esté 
indiferente a la salud y a la enfer- 
medad. Mas la voluntad de Dios es 
que yo, que no vivo debajo de obe- 
diencia alguna, llame a los médicos 
y aplique todos los remedios que me 
sean posibles, no digo yo los más ex- 
quisitos, sino los más comunes y ordi- 
narios, etc.» Estas sabias y prudentes 
palabras vencieron la resistencia de 
la enferma. Escondiendo el rostro de 
vergüenza y derramando calientes lá- 
grimas, consintió, resignada, Micaela 
en que el médico pusiera las manos 
en su cuerpo, no una vez, sino hasta 
doce que fueron precisas para corre- 
gir un vicio fisiológico, causa probable 
de que se frustrasen las maternales 
ilusiones de la esposa de Francisco 
El cielo y la ciencia, que a menudo se 
concillan para labrar la ventura de 
los seres, no tardaron en promover. 
nelrnente secundados ñor Francisco, el 
fértil milagro, y de allí a nueve me- 
ses, hallándose la fervorosa dpma. ya 
repuesta de sus pasajeros achaques, 
en coloauio espiritual con San Vicen- 
te Ferrer, dio a luz una niña que, al 
asomarse a este deleznable planeta, 
puso fin a la vida de la madre, que 
se expatrió acaso por designio de Dios 
a la eternidad, de resultas de una 
fiebre puerperal. Edificante como había 
sido su breve tránsito por la tierra, 
fué la muerte de Micaela. Aunque pri- 
vada de lucidez interior por la inten- 
sa calentura que la tuvo transpuesta 
y en desvarío todo el tiempo que duró 
la agonía, confesó sus culpas con ce- 
losa puntualidad, recibiendo con hu- 



194 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



milde recogimiento los Santos Óleos. 
No se cerraron sus ojos sin recomen- 
dar a Francisco que pusiera por nom- 
bre a la niña Purificación del Marti- 
rio, ya que Dios la había traído al 
mundo el mismo día en que nuestra 
Santa Madre Iglesia festeja con las 
candelas a la Reina de los cielos, y 
para que no olvidase nunca la hija 
que su nacimiento había costado la 
vida a su madre. En una fugitiva 
tregua de luz que vino a su desconcer- 
tada cabeza, exhortóle también a que 
se curase del feo vicio de la bebida 
y se apartara de las malas mujeres, 
dos plagas que asuelan a la Huma- 
nidad y desencadenan el enojo de Dios 
sobre la tierra. El afligido Francisco 
no tuvo entereza de ánimo para oír 
del todo aquellas piadosas recomen- 
daciones, y con inseguros pasos, que 
descubría su emoción, bajó a la calle, 
hasta que el aire le hubo serenado un 
poco. 

Cuando regresó a su casa era ya 
viudo. El ama, una gallega fornida 
que había asistido indiferente a la 
agonía de Micaela, exclamando algu- 
na vez « ¡ me valga Dios, qué desgra- 
cia!», acababa de llevarse a la niña. 
El viudo no sabía qué hacer para ali- 
viar su pena. Sus torvos y angustia- 
dos ojos miraban con tenacidad el 
cuerpo de la que fué su esposa, como 
si pretendieran sondar en el misterio 
de la muerte, y al verla en hábitos de 
monja, densamente pálido eí rostro, 
que parecía de estuco, y con un cruci- 
fijo sobre las manos enclavijadas, tuvo 
el presentimiento de que Micaela pa- 
saba a ser santa. Se arrodilló al pie 
de la cama, y como le invadiera esa 
tristeza negra y medrosa que emana 
de los cadáveres, aun de los más que- 
ridos, resolvió distraerse en el campo. 
Dispuso el entierro de la santa, vis- 
tióse los arreos de caza y, transcurri- 
da una hora, salía para el coto. Desde 
el umbral entreoyó Francisco el tenue 
plañir de la criatura que venía a re- 
novar el cuño de su apellido en la 
tierra. 



Purificación del Martirio se crió ca- 
nija, espiritada y entre sobresaltos y 
riesgos de morir. Al verla tan endeble, 
se la compadecía como a esas frá- 
giles plantas que la privación de 
iuz y las heladas invernizas ahilan 
y consumen, y que luego hollamos al 
pasar, en las orillas de los caminos. 
Menudearon los achaques en su in- 
fancia, y solamente al cumplir la niña 
los doce años pareció enreciarse su 
naturaleza. Su padre, minero rico, due- 
ño de una prolífica cuenca de hierro, 
había ajustado segundas nupcias con 
una mujer muy bella, en quien Purifi- 
cación no halló ni ternura ni crueldad, 
sino ese punto medio de afecto, más 
externo que cordial, que acompaña a 
los parentescos contraídos sin elección 
espontánea. La niña era recogida, de 
inquieta y soñadora fantasía, cavilosa, 
melancólica y cauta en palabras, do- 
tes que contrastaban con la gárrula 
mundanería de su madrastra. Francis- 
co, que la mimaba poco, solía decir 
en sus minutos de paternal expan- 
sión: 

— Esta criatura ha salido en todo 
a su madre. Así era Micaela, peline- 
gra, respingada de nariz, grandecita 
y un poco sumida la boca. Esos mis- 
mos ojos, oscuros, adormilados y lloro- 
nes eran sus ojos... 

— ¿Y era tan morena mamá como 
yo? — preguntaba Purificación con va- 
ga nostalgia. 

— Al principio era cetrina. Luego, 
andando el tiempo, se puso casi ne- 
gra... Yo la llamaba la mora... 

— Y ella ¿qué decía? ¿Se enfada- 
ba?... 

— Sí ; porque los moros no son cris- 
tianos, y a tu madre la ofendía que 
la comparase con herejes... 

— ¡Tenía razón! 

Y la niña se quedaba suspensa de 
la palabra de su padre, esperando que 
éste prosiguiera evocando recuerdos de 
la muerta. Una mirada glacial de la 
nueva esposa atajaba la locuacidad 
de Francisco, y entonces Purificación 
sentía que entre ella y su madrastra 
se levantaba una sombra de hosti- 
lidad. 

— Papá —exclamó un día la niña de 



MANUEL BUENO. — EN EL UMBRAL DE LA VIDA 



195 



improviso — , he leído en un periódico 
de esos que tienen estampas que en 
la India, o en la China, ño recuerdo 
ahora bien ; pero, en fin, en tierra de 
salvajes, cuando se muere uno de los 
esposos el otro tiene obligación de 
morir también... ¿Es cierto? 

El padre, confuso, no supo al pron- 
to qué contestar. Ignoraba que exis- 
tiese en parte alguna de nuestro pla- 
neta aquella bárbara costumbre, y no 
vio tampoco en las palabras de la 
chiquilla lo que tenían de reproba- 
ción... 

— ¡No lo había oído nunca, hija 
mía! — repuso con naturalidad. 

— ¡Disparates y absurdos de sal- 
vajes! — añadió displicente la madras- 
tra. 

. — ¡ No lo creo yo así ! Por lo menos 
dan a entender que se quieren... 

— ¿Oyes, Francisco, a tu hija? Está 
defendiendo el suicidio — tornó a decir 
la otra con áspera ironía, dejando caer 
sus o jes sobre la niña. 

Purificación no volvió a promover 
conversaciones que pudieran avivar la 
animosidad que sentía contra su ma- 
drastra. Conservaba en su alcoba una 
imqeen de Jesús, varias estsmoas. una 
peineta, un rosario y algunos retales 
que habían pertenecido a la muerta. 
En el aislamiento, su imaginación se 
asía de las más absurdas quimeras, y 
.do con filial ternura aquellos 
pobres rastros de un ser amado y des- 
conocido llegaba a figurarse que su 
madre, lejos de ser ajena a sus tris- 
tezas, venía en espíritu a mitigarlas. 
Poco a poco fué contrayendo el hábi- 
to de evocarla a una hora fija, de 
departir con ella, y estas confidencias 
absolutamente ilusorias la consolaban. 
A menudo solía recriminarse por no 
quererla como se quiere a una madre, 
por no acordarse de ella en todo mo- 
mento, por olvidarla, sobre todo, cuan- 
do cualquier cosa la divertía y la re- 
gocüaba. 

No pudo menos de exponer sus es- 
crúpulos al confesor, y este, lejos de 
disiparlos, la sumergió en más penosas 
cavilaciones. 

— Es natural — la dijo — que no te 
acuerdes de ella, porque es raro que 



se ame a quien no se ha conocido... 

— Es que yo no puedo sufrir a la 
otra, padre. ¡ No puedo aguantar a la 
que ha venido a usurpar el sitio de 
mamá !... 

— Eso es ya otra cosa ; pero no con- 
fundas los dos sentimientos : el cariño 
a tu madre y el despego de la otra, 
despego que, por ser inmerecido y anti- 
cristiano, no debes alimentar... Por lo 
demás, cuando tu padre se ha casado 
de nuevo, es que Dios lo ha dispuesto 
así... 

No atenuaron estas exhortaciones el 
desvío, de la niña de su madrastra. 
Nunca la consultaba nada ni atendía 
a sus consejos. La otra se vengaba in- 
sinuando en Francisco la convenien- 
cia de internar a la niña en un cole- 
gio, idea que el padre acogió con 
tibieza, no tanto por no desprenderse 
de su hija como por no romper una 
costumbre. Una tarde que su madras- 
tra estaba ausente, entró Purificación 
en la alcoba matrimonial, y como re- 
parase que campeaban en el rodapié 
de la cama dos iniciales entrelaza- 
das : F. M., que correspondían a Fran- 
cisco y Micaela, se consideró ofendida 
recordando que la segunda mujer de 
su padre compartía aquel lecho sin 
el menor escrúpulo. Y al entrar el 
minero en casa aquella misma noche, 
le abordó con ingenua osadía : 

— Di, papá; ¿por qué no compras 
otra cama? Esta era de mamá... 

El enojo de Francisco se desató en 
reproches, que lastimaron en lo vivo 
a Purificación, y no fué esto lo peor, 
sino que enterada la madrastra de lo 
ocurrido, impuso a su esposo el com- 
promiso de recluir a la niña en un 
colegio hasta que los años y la edu- 
cación la humanizasen. Avínose el 
padre, no sin alguna resistencia, pues 
algo le dolía separarse de la chiqui- 
lla, y prometiéndola en secreto traer- 
la de nuevo al calor de la familia en 
cuanto pasase aquella nube de hosti- 
lidad de su mujer, la dejó en un co- 
legio de monjas, el más frecuentado 
de las niñas elegantes, aristocráticas 
y ricas. 

Los primeros días de su permanen- 
cia en el colegio fueron de aislamien- 



196 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



to y de murria. Lloraba a menudo y 
sin motivo aparente, no quería comer, 
dormía poco y con medrosos sobresal- 
tos, y concluyó por cobrar tal pasión 
de ánimo, que las monjas temieron 
que enfermase. Nada la distraía; en 
nada hallaba recreo. Se apartó de sus 
compañeras, no por orgullo ni por 
timidez, sino por una instintiva pereza 
que la estorbaba el salir de sí misma 
y el acoger a nadie en su intimidad. 
Obedecía la ordenanza del colegio pun- 
tualmente ; pero desasida por dentro 
de todos aquellos actcs a que la obli- 
gaban desde muy temprano hasta el 
anochecer. No era huraña ni adusta, 
sino reservada, impenetrable. Su pen- 
samiento seguía hilando la tela de las 
viejas preocupaciones familiares, so- 
metida aún a la rutina de la existen- 
cia que acababa de dejar, y mientras 
ejecutaba un acto cualquiera, su ima- 
ginación poblábase de quimeras biza- 
rras. Purificación dio en recelar que 
su madrastra no quería a su padre, 
i Cómo siendo ella hermosa, joven y 
elegante se había unido con el viudo, 
que era un hombre adocenado en lo 
externo, tosco por dentro, de cortas 
luces intelectuales y de una desidia 
en el vestir que le asemejaba a un 
pordiosero? ¿Por amor? La niña se 
resistía a creerlo. En el colegio había 
oído hablar de bodas concertadas por 
cálculo, y nadie se sonrojaba allí de- 
clarando que las mujeres deben casar- 
se con hombres que tengan posición. 
Hasta la clausura llegaban resonan- 
cias de la vida mundana, y aunque 
un poco empequeñecidas y atenuadas, 
todas las vanidades que labran la di- 
cha de la gente rica y linajuda tras- 
cendían a aquel recinto gobernado por 
las monjas. ¿Se había casado la ma- 
drastra por dinero? Esta sospecha se 
fué ahincando en su alarmado espí- 
ritu con redoblada firmeza, y el des- 
precio de Purificación hacia aquella 
mujer se acentuó. Su padre era muy 
rico. 

¿Quería aquella mujer a su padre? 
La fiebre pesquisitiva de la niña se 
agudizaba con la impotencia de sa- 
berlo. Antes, cuando compartía la vida 
con ellos, hubiera podido descubrir con 



maña la naturaleza de los vínculos 
que unían a aquellos dos seres. Aho- 
ra, desde el colegio, le era imposible 
procurarse la menor prueba que con- 
firmase o disipara sus recelos. Descon- 
solada en su apartamiento, dejó su 
esperanza en Dios y se puso a rezar 
con exaltado fervor. Le pedía que la 
iluminase y que favoreciese las des- 
avenencias entre su padre y la ma- 
drastra, para odiarla a sus anchas y 
sin remordimiento. Lo más del día 
íbasele_ en la iglesia, de hinojos ante 
un nmo Dios, mofletudo y gracioso, 
que sonreía mostrando en una mano 
la cruz redentora y en la otra una 
bola de oro, símbolo del mundo, muy 
ufano y contento de que la rubia zalea 
que le caía sobre los hombros, sus 
ojos claros, tersos e inocentes y su 
honesta desnudez moviesen a adora- 
ción a la Humanidad esperanzada y 
dolorida. A la Virgen María también 
la profesaba asiduo y vehemente cul- 
to : pero sus confidencias más entra- 
ñables eran para el infante divino. 
Los santos no la infundían más que 
respetos. Figurábase que estaban en 
el cielo en situación muy subalterna, 
como edecanes del Padre eterno, pron- 
tos a traer y llevar sus ordenes, su- 
misos a su autoridad y sin derecho a 
intervenir directamente en nada te- 
rreno ni celeste. El texto de las ora- 
ciones enardecía en el precoz enten- 
dimiento de la niña aquel vaporoso 
escepticismo, pues ni en el Padrenues- 
tro, ni en el Avemaria, ni en el Credo, 
ni en la Salve, ni en el Yo pecador, 
ni en el Señor mío Jesucristo, que 
ella solía rezar, se les mentaba para 
nada a los santos. ¿No era esta emi- 
sión una prueba de que en el cielo 
nadie les consulta y nada pueden? Su 
autoridad para promover milagros le 
parecía dudosa, desde que una vez 
que perdió un dedal de oro en el co- 
legio no pudo encontrarlo por más 
que rezó a San Antonio, y desde que, 
hallándose postrada con un dolor de 
muelas lancinante y cruel, no lo amor- 
tiguaron sus imperiosos requerimien- 
tos a Santa Apolonia. 

Fué menester que interviniese el 
dentista para que su padecimiento ce- 



MANUEL BUENO. — EN EL UMBRAL DE LA VIDA 



197 



sara. Comunicó la colegiala sus des- 
confianzas al confesor, y la severa pa- 
labra del sacerdote las desbarató, con- 
denándolas por heréticas y trayendo 
a la niña al conocimiento de que los 
santos no obran milagros más que 
cuando el que los pide se halla en es- 
tado de gracia, don celestial muv raro 
entre los mortales. La instó a que no 
desmayase su fe en los santos, ya oue 
son ellos los encargados de transmitir 
nuestras cuitas al Eterno, y la impuso 
una penitencia de varios credos y al- 
gunas novenas a Santo Tomás. Dos 
cesas imploraba la hija de Francisco 
del cielo: saber si su madrastra se 
había casado con su padre por amor 
o por cálculo y descubrir si le era 
fiel. Sin pensar en el adulterio, culpa 
atroz que su ingenuidad no podía co- 
nocer ni sonar, una insinuación se- 
creta, vaga y tenaz como un presenti- 
miento, la inclinaba a las peores sos- 
pechas. Viendo a la otra tan hermosa, 
tan frivola, tan soberbia, tan despótica 
y tan propensa a dejarse alucinar pol- 
la pompa del mundo elegante, se acor- 
daba de su padre, que ni era guapo, 
ni muy limpio, ni muy sociable, sino 
al contrario, muy sencillo, tosco, re- 
traído, casi cerril, y su instintiva ma- 
licia de mujer poníase en guardia con- 
tra un peligro invisible, amenazador, 
que flotaba en el aire, allí mismo, en 
el hogar. Y como esta sospecha se 
adhería a su alma insensiblemente, te- 
mió que ía madrastra hubiese resuelto 
su reclusión en el colegio para darse 
sin testigos a sus livianos caprichos 
«¿Será una pecadora disfrazada de 
mujer virtuosa?— preguntábase Purifi- 
cación en plena calentura devota— 
¿Tendré yo, por voluntad de Dios, la 
misión de descubrir sus culpas y de 
aplicarla el castigo?» 

Las monjas, sorprendidas de aquel 
súbito despertar de la piedad en la 
nina y de los fogosos ímpetus con que 
se daba al recogimiento, atribuyeron 
a un milagro do: cielo aquella mudan- 
za, anuncio tal vez de una vocación 
religiosa que no tardaría en irrumpir 
y como se trataba de una criatura des- 
tinada, por su inmensa fortuna, a bri- 
llar en el mundo y acaso a encender 



concupiscencias reprobables, la estimu- 
laron a perseverar en aquel camino, el 
más derecho sin duda para llegar a 
la divina gracia. Templada por el 
fervor, Purificación simultaneaba sus 
devociones con ciertas penitencias que 
no podían menos de serle gratas a 
Dios. Privábase, venciendo todo inte- 
rior descontento, de los recreos que 
divertían a las educandas, y mientras 
sus compañeras, desperdigadas en el 
jardín, se desquitaban con alboroza- 
dos juegos de la tediosa melancolía 
del encierro, Purificación se exaltaba 
en sus íntimos coloquios con el niño 
Jesús. Ponía sus labios con mimosa 
vehemencia y sin recatarse de nadie 
en una estampa que representaba al 
divino infante con la diestra mano 
apuntando al cielo y la izauierda en- 
tre las vedijas de un cordero, para 
dar a entender a los humanos que, 
sin parecerse al manso cuadrúpedo, 
es un sueño aspirar a la gloria eter- 
na. En sus mortificaciones era infle- 
xible. Metía puñados de grava en el 
calzado para que las piedrecitas las- 
timasen sus pies al andar, y sustituyó 
el jabón de violeta que la mandaba 
su padre para el aseo por el jabón de 
cocina. En las comidas no era menos 
implacable su rigor: se abstenía de 
todo plato que fuera de su gusto, no 
probaba los dulces ni bebía vino, y 
hasta el chocolate, que siempre fué 
uno de los manjares predilectos, pasó 
a la categoría de los placeres prohibi- 
dos. Y de noche, aunque apretara el 
íno y la hiciese temblar, dormía bajo 
una sola manta, mientras las otras 
colegialas se echaban dos. Estos rigo- 
res la procuraban intensa alegría, pre- 
parando su ánimo para otros sacri- 
ficios más considerables, y cuando al- 
guna amiga suya la recriminaoa por 
la aspereza de sus costumbres, Puri- 
ficación traía a cuento las palabras 
de San Antonio: «Se ha de gobernar 
el cuerpo no con lo aue él oide, sino 
con lo que le dieren», respuesta que 
quito a las entrometidas toda veleidad 
de inmiscuirse en los espirituales de- 
portes de la devota niña. Lo único que 
la apesadumbraba era la esquivez de 
su madre, que ni aun conjurada con 



198 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



lágrimas y con rezos quería aparecer- 
seta. Hubiera deseado que la muerta 
prestase su consentimiento a sus ideas 
y planes, para poner en claro las per- 
fidias de la intrusa y darla el castigo 
que merecía, por hipócrita, calculado- 
ra, falsaria y cruel ; pero Micaela no 
quiso moverse de la tumba o de la 
eternidad, por más que su piadosa 
hija la emolazó. Purificación vio en 
aquella indiferencia de su madre una 
prueba más a la que la sometía Dios 
para conocer el temple de su voluntad 
y saber si era capaz de llevar adelante 
el noble y reparador escrutinio que 
se proponía en casa de su padre, y 
persuadida de que los designios del 
cielo la empujaban, resolvió dar un 
paso decisivo. Próximas las Pascuas de 
Navidad, solicitó de su familia que la 
sacasen, tras de dos años de reclusión, 
del colegio per una corta temporada, 
deseo que no tardó en ser satisfecho, 
y al poner los pies en la calle, su co- 
razón se oprimió con el vago presen- 
timiento de que tendría que consumar 
una obra justiciera, que acaso la se- 
parase definitivamente de su padre. 

La madrastra acogió a Purificación 
con agasajos que tenían apariencias 
de sinceros, y que por el momento des- 
armaron la animosidad de la niña. 
Se interesó por su salud, estuvo aten- 
ta a los pormenores que le daba la 
colegiala de su vida con las monjas, 
omitiendo, naturalmente, los episodios 
de su sobresaltada devoción ; quiso 
conocer lo que se proponía para el por- 
venir, y la sostuvo con palabras cor- 
diales y risueñas. En pleno desconcier- 
to espiritual, Purificación no sabía qué 
pensar de aquella mujer que tan abier- 
tamente hospitalaria se mostraba, 
cuando nada hacía esperar tales efu- 
siones. ¿Sería un ardid para adorme- 
cer sus sospechas y dominarla? 

Estaba la madrastra en toda la fuer- 
za de la hermosura. La airosa cabeza, 
empenachada de rizos castaños, se er- 
guía, sobre los ebúrneos y opulentos 
hombros con victorioso brío, y en su 
rostro, pálido de rosa de té, los ojos, 
verdes y grandes, se encendían y apa- 
gaban a compás de las alternativas 
del oleaje espiritual. La curva de su 



nariz y la aguda caída del mentón de- 
lataban la firmeza casi despótica del 
carácter, y la exangüe delgadez de sus 
labios prevenía contra las veladas ten- 
dencias a la hipocresía de aquella mu- 
jer, que de cerca enardecía al minero 
y de lejos le subyugaba. Purificación 
la notó más pulcra y elegante que 
en otro tiempo y una mesura en la 
palabra y en el gesto, contraído evi- 
dentemente en el trato asiduo con per- 
sonas finas. 

— A tu padre le tenemos medianito. 
Está gordo; pero apenas come... 

• — Y eso, ¿por qué? ¿Cuál es la 
causa? 

La madrastra titubeó un momento, 
como si la repugnara el descender an- 
te la niña a bochornosas confidencias 
sobre las costumbres de su padre, y 
entendiéndolo así Purificación añadió 
por su cuenta : 

— ¡ Trabaja demasiado ! 

La otra asintió con una ambigua 
mueca en que había reservas mentales, 
que no pasaron inadvertidas para la 
niña. En el deliberado retraimiento en 
que vivía dentro del colegio, su inteli- 
gencia se aguzaba, revistiéndose de 
temprana lucidez para internarse en 
las cosas y comprenderlas. Encontró 
a su padre muy caído y taciturno. 
Sobre la gordura mollar y nacida de 
su rostro había impreso el alcohol una 
fatídica profecía con purpúreos carac- 
teres de sangre ; sus ojos estaban 
encendidos siempre por el fuego de la 
congestión; se le trababa la lengua 
al hablar, y cuando quería resucitar 
mediante el recuerdo episodios de su 
juventud, la memoria mostrábase re- 
misa y precaria. 

— ¿Y por qué no come papá?— pre- 
guntó la niña con alarmados ojos, que 
traducían la inquietud de su alma. 

— Hasta que se le cure una pequeña 
úlcera que tiene en el estómago, se 
alimenta de leche... Así lo ha dispues- 
to el médico... 

— ¿Y tardará mucho tiempo en sa- 
nar?... 

— ¡ Según ! ¡ Si no bebiera fuera de 
casa...! Aquí se lo estorbamos; pero 
cuando va al casino sus amigos le 
obligan a beber con su ejemplo... 



MANUEL BUENO. — EN EL UMBRAL DE LA VIDA 



199 



Purificación del Martirio se compro- 
metió secretamente consigo misma a 
extirpar aquella incontinencia alco- 
hólica de su padre, y con tan noble 
designio imploró la ayuda del cielo 
para que la sacase bien de su empresa. 
Y como lo que más apremiaba era 
la necesidad de vigilarle a toda hora, 
siempre que Francisco se disponía a 
salir, la niña se colgaba de su brazo, 
con mimosos extremos. 

— ¡Llévame contigo, papá! Yo quie- 
ro ver mundo también. La casa me 
parece tan triste como el colegio... 

— ¡Bien, hija mía! Daremos un pa- 
seo; luego me dejarás en el casino 
y el coche te traerá al anochecer... 

— ¿Y tú? ¿Vas a quedarte sin mí, 
con tus amigotes? Ya verás, papá, có- 
mo el día menos pensado te dan un 
disgusto esos hombres. No se puede 
esperar cosa mejor de gente que no 
teme a Dios y se emborracha por 
gusto... 

— ¿Y quién te ha dicho a ti que 
mis amigos sean unos borrachos? — pre- 
guntó sorprendido graciosamente Fran- 
cisco. 

— ¡Los hombres no se reúnen más 
que para beber y jugar! — repuso la 
niña con firmeza — . Y eso lo tengo yo 
sabido por mi confesor... 

— Pues se equivoca tu confesor... Mis 
amigos y yo nos juntamos para pasar 
un rato de charla... 

— ¡Ofendiendo a Dios seguramente! 
Si te quedaras en casa todo el tiempo 
que malgastas con esas compañías es- 
tarías mejor de salud, papá... ¡Haz 
la prueba!... 

Francisco tomó a broma las recon- 
venciones de su hija; pero hizo pro- 
pósito de eludir su vigilancia y fisgo- 
neo. Pretextando compromisos mer- 
cantiles se ausentaba de casa sin 
consentir que Purificación le acompa- 
ñara, y al regreso, por la noche, la 
colmaba de caricias y zalamerías tier- 
nas, que la otra recibía como una 
compensación, adivinando lo que ha- 
bía en ellas de remordimiento y de 
tristeza. La frialdad con que la ma- 
drastra miraba el arraigo que el insi- 
dioso vicio de beber tenía en Fran- 
cisco, exasperaba a la niña, sumiéndola 



en las más tétricas conjeturas. ¿Por 
qué no le avudaba a vencer esa mal- 
sana costumbre? ¿Por qué no le asis- 
te un médico que ponga interés en 
su cuidado? ¿Será que desee su muer- 
te? La medrosa y emponzoñada sos- 
pecha de que la intrusa acechara con 
recatada alegría aquel lúgubre desen- 
lace se ahincó a su pesar en ella y no 
la dejaba hora completa de sosiego. 
Habría dado cualquier cosa por sondar 
en el pensamiento de la mujer de su 
oadre v por leer en el secreto de sus 
intenciones. La diversidad de vida que 
hacían las dos alejaba todo medio de 
exploración en el alma de la madras- 
tra. Apenas si se veían un momento 
por la mañana y luego lo preciso en 
la mesa. La niña continuaba en casa 
de su padre los hábitos de madrugar 
v de satisfacerse con los parces con- 
dumios del colegio, sobriedad que con- 
trastaba con el regalado vivir de la 
otra, que no ponía tasa a los despil- 
tarros de la cocinera, con tal de que 
la diese gusto. En el aliño personal 
disentían igualmente, pues mientras 
Purificación se vestía con modestia, 
no exenta de elegancia, la madrastra 
agotaba considerables sumas en re- 
tocar el marco de su hermosura. 

— ¿Por qué no cuidas más del ves- 
tir? Estás en la edad de lucir trapos 
v alhaias— la dijo un día la madras- 
tra, mitad como consejo y mitad como 
reconvención. 

— Más adelante... Cuando salga del 
todo del colegio... 

¿Sería estudiada aauella solicitud? 
La suspicacia de la niña lo temía. Si 
siquiera hubieran vivido juntas las 
dos mujeres mucho tiempo, aquellos 
extremos de maternal interés no la 
hubieran chocado. 

— Eres bonita y debes procurar ha- 
cerlo valer — repuso la madrastra en 
tono entre festivo e intencionado — . 
Los años pasan, y nuestra felicidad 
depende, a veces, del celo que haya- 
mos puesto en el cuidado de nuestra 
persona. 

Purificación no supo qué contestar. 
Aquel lenguaje lleno de malicia re- 
sultaba arcano para ella. No podía 
suponer, ni remotamente, que tuviese 



200 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



el menor alcance sensual. Su imagi- 
nación, de una precocidad aguda para 
entrever ciertos secretos de la vida, 
no presentía aún el amor. Podíase 
hablar inmunemente de las aventuras 
más escabrosas entre hombres y mu- 
jeres delante de la niña sin que su 
pudor se alarmara. No percibía el lado 
pecaminoso de tales conversaciones ni 
la presencia de un hombre la inquie- 
taba peco ni mucho. El instinto se- 
xual confinado dentro de la" corteza 
de la inocencia fermentaba sordamen- 
te en su sangre, sin despertar en ella 
todavía, el menor presentimiento de 
voluptuosidad. 

Para traerla a lo profano, sin apar- 
tarla del todo de lo religioso, la ma- 
drastra, la instaba a que frecuentase 
el teatro, invitación a la que cedió 
por pereza la niña. El espectáculo es- 
cénico, con sus variadas perinecias ; 
el desfile de los tipos y las alternativas 
de la fábula la divertían, y mucho 
más si en lo interno de la obra se 
planteaba una cerno charada o acer- 
tijo. Entonces Purificación, atenta al 
curso del asunto, apostaba consigo 
misma a que debía . suceder esto o 
aquello, a que tal personaje debía su- 
cumbir o tal otro casarse. El teatro 
retenía, suspensa su atención tan ple- 
namente, que sus ordinarias cavila- 
ciones la abandonaban por el momen- 
to. Era para ella como una tregua 
en su constante tortura interior. No 
podía sobreponerse, sin embargo, a 
cierta difusa tristeza, que la invadía 
al salir de cualquier fiesta, por ino- 
cente que fuese. Ño era remordimiento 
ni malestar que procediera de escrú- 
pulos religiosos, sino como la melan- 
colía que nos enerva después de una 
decepción sentimental. Al reintegrarse 
a la vida, al contacto de los seres y 
de las cosas, su alma se encogía rece- 
losamente como si presintiera oscuros 
peligros. En aquellos instantes se acor- 
daba del colegio, y un frenético an- 
helo de volver a aquel apacible am- 
biente solía invadirla, tiñendo de ne- 
gro su alegre humor infantil. Aquellas 
transiciones del ánimo de la niña pa- 
saban inadvertidas para el padre. 
Francisco era de natural retraído, hos- 



co de gesto y rudo en el trato social, 
cualidades que, por lo arraigadas y 
permanentes, no acertaba a disimular 
ni aun en lo íntimo de su casa. De 
joven, su carácter hubo de tener lla- 
maradas de alegría; pero los años 
v el alcoholismo lo ensombrecieron, 
transformándolo en un hombre taci- 
turno. Entre su mujer y él las conver- 
saciones eran escasas, y casi siempre 
se truncaban a ñoco de iniciarlas, nor- 
que el tardío entendimiento del marido 
no le consentía ponei-se a tono con 
el tema, por vulgar que fuese. Inte- 
rrogarle sobre cualouier asunto oue 
no fuese el estado del tiemoo era in- 
ferirle una humiúación. En acuelles 
casos Francisco deiaha transparentar 
su desasosiego mental enarcando las 
cejas y entreabriendo la boca con una 
mueca de alelamiento, indicios segu- 
ros del insólito esfuerzo a que se le 
obligaba. 

En la mesa, el contraste entre los 
cónyuges era tan visible oue intere- 
saba al más distraído. Anuel hombre, 
rudo, zafio y mal traieado, a la dies- 
tra de una mujer hermosa y elegante, 
desentonaba tanto como la presencia 
de un cuadrúpedo en un museo. A 
lo primero, de recién casados, ella pro- 
curó que contrajese hábitos de aseo. 
Lo acompañaba a la sastrería, elegía 
las telas de sus traies. disnonía el 
corte y el dibujo de las camisa oue 
había de ponerse, y hasta lo peinaba 
y pulía las uñas de las manes. El, 
contento y envanecido de aouellas 
atenciones, la dejaba hacer, hasta oue 
pasado algún tiempo caía Francisco 
en la desidia, como si se hallase más 
a sus anchas entre ropas deformadas 
por el uso y relucientes de la mugre. 
Ella, desesperada de aquella resisten- 
cia de su marido a la disciplina de la 
limpieza, acabó por familiarizarse con 
el permanente' espectáculo de su des- 
aseo. Como los cónyuges no iban jun- 
tos a ninguna parte, la dama no te- 
nía que soportar la mortificación de 
una compañía que hubiera hecho de- 
masiado ostensible el contraste de los 
gustos entre el marido y la mujer. 

En los dos años que estuvo la niña 
recluida en el colegio, la madrastra 



MANUEL BUENO. — EN EL UMBRAL DE LA VIDA 



201 



impuso en el hogar de Francisco no 
pocas novedades. Todos los muebles 
viejos, aun los de uso más íntimo, 
fueron arrinconados en el desván de 
la buhardilla o mal vendidos al tra- 
pero. En las habitaciones, amplias y 
elegantes, lucía ahora un ajuar de 
diversos estilos, desde la alcoba mo- 
delada sobre el patrón Imperio y el 
cernedor de sobria ornamentación in- 
glesa, hasta la cocina, donde fulgían 
los peroles y cacerolas juntes con 
otros bártulos de aluminio, colgados 
de los vasares. Las paredes del salón 
estaban revestidas de tapicería, de pro- 
cedencia flamenca, con dibujos copia- 
dos de Tenier y Juan Steen, escenas 
entre sensuales y grotescas, que pre- 
gonaban la predicción de aquellos 
maestros por las ingenuas exuberan- 
cias de la vida animal. En el gabinete 
de música, vestido de brocado azul, 
campeaba un piano Erard, de media 
cola, y en el testero de un sofá de 
caoba, que se extendía al hilo de las 
paredes, los retratos de Beethoven, 
ceñudo; Wagner, altivo; Chopin, ro- 
mántico, con su melena rubia aborras- 
cada, y Mendelsshon, melancólico, co- 
mo un rabino que sueña con una Sión 
futura, entonaba el ambiente con el 
suave e inefable lirismo que se des- 
prendía de su silenciosa presencia. 
Toda la vieja servidumbre había sido 
despedida y reemplazada por un per- 
sonal numeroso, que atendía a las 
órdenes de un mayordomo comprovin- 
ciano de la madrastra. Purificación 
advirtió que toda aquella gente era 
enteramente adicta a la dueña de la 
casa y que apenas se ocupaba de su 
padre. En tales mudanzas no vio la 
niña más que una irreverente disper- 
sión de los recuerdos familiares, un 
rudo ajuste de cuentas con el pasado, 
por iniciativa de la madrastra, y al 
cual su padre no había tenido el va- 
lor de oponerse. 

Aunque sufriera por dentro con 
aquellas opulencias que ofendían a su 
madre muerta, recató su dolor con dig- 
nidad, confiando secretamente en que 
'a justicia divina daría a la culpable 
su merecido. Como la niña no tenía 
confidente con quien desahogarse, cual- 



quier preocupación adquiría en su áni- 
mo la tenacidad de las ideas fijas. 
Hervían en su interior los presenti- 
mientos y las sospechas. ¿De qué? 
Ella misma no acertaba a concretarlo. 
Hubiera querido vigilar a la madras- 
tra; pero no se la ocurrió el método 
de espionaje que la permitiera seguir 
en todo momento sus pasos. Con la 
servidumbre no se podía contar para 
aquel empeño. El azar la puso en la 
pista de más afortunados descubri- 
mientos. Cierto día, a la hora del al- 
muerzo, hallóse en la mesa con un 
convidado. 

— Mi primo Jeromo — dijo la madras- 
tra, presentándole. 

Purificación inclinó ceremoniosamen- 
te la cabeza y se sentó. El otro era 
un militar de aventajada talla, rubio 
y de simpáticos ademanes. La llaneza 
con que se expresaba y el vocabulario, 
un poco chabacano, que parecía pre- 
ferir aquel hombre, mortificaron va- 
gamente a la nina. Como la conversa- 
ción estaba ya iniciada sobre temas 
de frivolidad social, ajenos a la ex- 
periencia de la niña, ésta, distraída en 
sus preocupaciones, no prestaba aten- 
ción a aquel ir y venir de palabras. Su 
continente en tales circunstancias, sin 
ser hostil, era retraído. 

— Y esta señorita, ¿vuelve de nue- 
vo al colegio? — preguntó el militar 
amablemente. 

Purificación se ruborizó al verse alu- 
dida de improviso. Vacilando, sin sa- 
ber qué respuesta dar, miró a su ma- 
drastra en tono de consulta. 

— Eso dependerá de ella — expuso la 
dama — ■. Como su padre la mima mu- 
cho, hará lo que quiera Purita... 

— ¿Y usted qué prefiere? — insistió 
sonriendo el militar. 

La timidez trababa la lengua de la 
niña. Lo imprevisto de la escena la 
había turbado, privándola de todo me- 
dio de coordinar sus ideas. Su madras- 
tra, risueña, acudió a sacarla de aquel 
trance. 

—Yo supongo que no auerrá volver 

al encierro. Es ya una pollita y nada 

tiene de extraño el que empiece a 

interesarla la vida... 

—Además, aquello debe de ser un 



202 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



poco aburrido, ¿verdad? — volvió a pre- 
guntar Jeromo. 

— ¡ No, señor ! Está usted equivoca- 
do... Allí se está muy bien... — replicó 
la chiquilla con viveza no exenta de 
agresividad. 

— ¡Perdone usted, hija mía, si la he 
mortificado con mis palabras ! Ha sido 
sin querer. (Pausa.) Yo hablaba por 
mis recuerdos del colegio. Aseguro a 
usted que a los catorce años aquello 
me aburría mucho. Me escapé tres 
veces, hasta que mis padres me sa- 
caron... 

—Los hombres sois más difíciles de 
suietar — terció a decir la dama—. Las 
niñas hacen buenas migas con las 
monjitas. Además, Purita, según nos 
han dicho las madres, estaba allí muy 
contenta... 

La niña asintió con resuelto movi- 
miento de cabeza. 

— ¡ Bueno ! De todos modos — añadió 
el militar — , esta señorita no se va a 
pasar en el colegio la vida entera. Ya 
no es una criatura. Cuando una mu- 
jer ha cumplido quince años y tiene 
una cara bonita y es elegante, lo na- 
tural es que piense en algo más que 
en rezar el rosario... Vamos, yo no sé 
si estoy diciendo un disnarate... 

Lo curioso es que la niña no se sen- 
tía ofendida por la franqueza del mi- 
litar ni por el ramplón escepticismo 
que se transparentaba en sus palabras. 
La vanidad femenina, secretamente ha- 
lagada en el disimulado requiebro que 
acababa de dirigirla Jeromo, atenuaba, 
a los ojos de Purita, la nada fina des- 
envoltura de acmel hombre. La niña, 
cohibida antes, empezó a sentirse due- 
ña de sí y a afrontar serenamente la 
mirada del militar. 

— No vaya usted a figurarse que en 
el colegio nos pasamos las horas en 
penitencia... También allí hay diver- 
siones. 

El oficial hizo una mueca de incre- 
dulidad, como dando a entender su 
desdén de los inocentes recreos con- 
ventuales. Recordaba haber visitado a 
una hermana suya en las Inglesas, 
y sabía lo que en los colegios de mon- 
jas se reputa como diversión. 

— Yo no me figuro nada, hija mía 



— contestó por decir algo — . Estoy, sin 
embargo, seguro de que dentro de po- 
co la interesarán a usted otras cosas 
más mundanas... Dicho sea en el buen 
sentido del concepto... 

—Será lo que Dios quiera... 

— Dios, créame usted, ha querido 
siempre que las mujeres bonitas en- 
cuentren novio pronto... 

A sus palabras, de un tono afable, 
acompañó una sonrisa afectuosa, co- 
mo la de un camarada. Purita, aunque 
confusa y oprimida por la emoción 
todavía, tuvo que confesarse a sí mis- 
ma que Jeromo no era antipático. Ade- 
más, según sus presunciones, no debía 
de ser malo. Miraban sus ojos con 
demasiada lealtad y tenía su voz un 
tono entrañable, aue suele ser eco de 
buenos sentimientos, para que aquel 
hombre fuese un vulgar perdulario. 
«Luego — pensó la niña — , ¡ le sienta 
el uniforme tan bien ! » 

Después de comer pasaron los co- 
mensales al salón de fumar, donde les 
fué servido el café. La niña creyó no- 
tar que su madrastra la miraba entre 
compasiva y burlona, como si hubiese 
ahondado en la íntima turbación de 
Purita. 

Mientras tomaba el café, Jeromo en- 
cendió un cigarro. Antes había ofreci- 
do otro, egipcio, a su prima, oue lo 
aceptó con la mayor naturalidad. La 
chiquilla, escandalizada, no supo có- 
mo hacer ostensible su protesta. El 
que una mujer fumase era para ella 
una usurpación de atribuciones sexua- 
les y, a más de eso, un pecado. 

—En el colegio no las permitirán a 
ustedes fumar, ¿eh?— preguntó Jero- 
mo en tono zumbón. 

La interrogación pareció a la niña 
tan de mal gusto, que se creyó dis- 
pensada de contestar. Guardo silen- 
cio un instante, y ya desencantada de 
los modales de aquel hombre, que em- 
pezaba a presentársele como un depra- 
vado, y poco después, pretextando la 
necesidad de escribir a las monjas, se 
retiró a su cuarto. 

Apenas se hubo ausentado, Jeromo 
exclamó : 

— ¡Es una chiquilla...! 



MANUEL BUENO. — EN EL UMBRAL DE LA VIDA 



203 



— Es una tonta del género místico 
— repuso la madrastra. 



Los días sucesivos, mientras estuvo 
Francisco de cacería, el militar fre- 
cuentó el trato de las dos mujeres, 
y unas veces se quedaba a comer y 
otras a almorzar. Con la niña mostrá- 
base cada vez más deferente y atento, 
como si se propusiera desarmar su 
desconfianza y prevenir su hostilidad. 
Ponderaba su gracia ingenua, atraía 
su atención hacia temas de munda- 
nería social irreprochablemente ho- 
nestos y procuraba disuadirla de vol- 
ver al colegio. ¿Respondía aquella tác- 
tica a un plan concertado por Jeromo 
con su prima? La niña, no obstante 
su prematura clarividencia, ni lo sos- 
pechó siquiera. Sus meditaciones la 
llevaban más bien a suponer lo con- 
trario. Pensaba, con cierta lógica, que 
si su madrastra pretendía alejarla de 
aquella casa para dominar más a sus 
anchas a su padre, lo natural hubie- 
ra sido dar pábulo a la naciente voca- 
ción religiosa, que ella no recataba, 
tendiendo a mantener vivas, con la 
conversación diaria, sus apacibles re- 
membranzas del colegio. Por su parte, 
la niña iba aficionándose de día en 
día al trato del militar. Jeromo de- 
partía con ella de igual a igual, des- 
entendiéndose de los pocos años de la 
chiquilla, y a menudo la hacía con- 
fidencias, en tono muy serio, sobre sus 
ilusiones de hombre, sobre lo que es- 
peraba de la vida en amor y triunfos. 
Purita le oía con recogimiento, en la 
actitud entre encantada y pavorosa 
con que escuchó Margarita a Fausto, 
y cuando él se marchaba, la niña 
sentíase por dentro más sola. Insen- 
siblemente iba congraciándose con la 
frivolidad social. Asistía asiduamente 
a teatros y paseos en compañía de 
una dama francesa que la distraía mu- 
cho enumerándola los encantos de Pa- 
rís y dejándola entrever .el refinado 
bullir de la gran urbe : vestís con me- 
ticulosa elegancia y empezaba a inte- 
resarse por las mil nonadas que di- 
vierten y apasionan a las mujeres ricas 



y ociosas. A ratos, en el aislamiento 
nocturno, su espíritu, ya en plena 
emancipación de vanidades, volvía 
arrepentido al recuerdo de su madre, 
a la paz del colegio, a la atmósfera de 
santidad en que habían transcurrido 
dos años de su melancólica infancia. 
Entonces, el remordimiento de haber- 
se adherido, siquiera fuese de un modo 
pasajero, a las frivolidades mundanas 
la hacía sufrir cruelmente; pero no 
se la ocurría, como forma de expia- 
ción, el renunciar a ellas para siem- 
pre. En el transcurso del día y de la 
noche el recuerdo de Jeromo la asal- 
taba a menudo. «¿Será esta simpatía 
mía por ese hombre el despertar del 
amor mundano?», se preguntaba tran- 
sida de vergüenza. Luego, involun- 
tariamente, asociaba a aquella tenta- 
dora visión el nombre aborrecible de 
su madrastra. ¿Habría algo entre 
ellos? ConnaturaUzada lentamente con 
una vida de la que las preocupaciones 
morales están ausentes, en plena at- 
mósfera de sensualidad, la niña iba 
contrayendo sin querer ese malévolo 
sentido fiscalizador que en el trato 
social nos pone en guardia contra las 
personas y las cosas. Su inocencia de 
nensamiento iba disipándose y su ma- 
licia se acentuaba. «¿Qué relaciones 
median entre Jeromo y la madrastra?», 
preguntábase con una angustia cuyo 
origen no habría podido analizar sin 
asustarse. Tampoco echaba en olvi- 
do a su padre. Le amaba y le com- 
padecía, porque estaba segura de que 
entre la madrastra y él no había más 
vínculos que los de la convivencia le- 
gal y los de la costumbre. Las fre- 
cuentes deserciones de Francisco del 
hogar avivaban su sospecha de que 
su padre no era feliz con aquella mu- 
jer. Pero ¿cómo llegar a la verdad? 
El ánimo de Purita se encendía de 
cólera cuando presentía que entre Je- 
romo y la madrastra pudiese haber 
algún ligamen clandestino, algo con- 
trario a la ley de Dios, y solamente se 
aquietaba considerando que si el uno 
y el otro habían incurrido en culpa, 
la justicia divina no tardaría en ha- 
llar el desquite. A partir del momento 
en que admitió la posibilidad de que 



204 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



mediaran entre su madrastra y Jeromo 
relaciones deshonestas, la niña mos- 
tróse adusta con el militar. Rehuía 
su presencia, y cuando la necesi- 
dad le obligaba a codearse con él, es- 
tudiaba sus palabras de modo que no 
rebasasen el límite de lo convencio- 
nal. El no se dio por entendido de 
aquella actitud glacial, que atribuyó 
a la versatilidad de los caracteres in- 
fantiles. La madrastra, por su lado, 
seguía viendo a Purita como a una 
extraña, con la que se vive sin con- 
fundir los sentimientos ni acompasar 
las costumbres. 

Entre tanto, Francisco difería su re- 
greso, alegando' que se encontraba 
bien en el campo y que le retenían le- 
jos de su casa compromisos de colo- 
nización, en les oue se había metido 
comprando una dehesa y una granja 
de labor. El trazo firme de sus cartas 
delataba salud, lo que hizo suponer 
a Purita que el retraimiento campesino 
tonificaba a su padre. En casa nadie, 
fuera, de la niña, revelaba impaciencia 
porque volviese. Se hacía la vida nor- 
mal de rumbo y despilfarro, sin que 
nadie atajase aquella sangría de di- 
nero, en nombre del orden doméstico. 
Purita, invadida por una melancolía 
cuya causa ignoraba ella misma, no 
hacía más que llorar. La francesa, con- 
fidente suya y paño de lágrimas, la 
consolaba con frases de cordialidad. 

— No se apure la señorita. Su papá 
es muy rico y la quiere mucho, y la 
señora, su madre, también la quiere 
mucho. 

Cierta neche Purita se acostó más 
desasosegada que nunca. Sus negras 
cavilaciones la tenían en tal abati- 
miento, que reiteradamente exhortó 
de rodillas el espíritu de su madre 
para que se la llevase de este mundo. 
Espiando a Jercmo y a la madrastra 
había descubierto entre ellos sínto- 
mas de una infinidad oue la traía 
escamadísima. Una tarde entró ella de 
improviso en el cernedor, a la hora del 
té; y vio que el militar ceñía con el 
brazo el talle de su prima. Otra vez 
les oyó disputar con descompasadas vo- 
ces en el gabinete de música, y como 
se la ocurriese entrar, ellos guardaron 



silencio, recobrando una compostura 
decorosa; pero la nina, aue era un 
lince, observó rastro de lágrimas en 
les ojos de la dama. ¿Qué habrá pa- 
sado? 

Acostada en su lecho, la niña retro- 
cedía con el pensamiento hacia aaue- 
llas escenas que, confirmando sus sos- 
pechas, la desviaron definitivamente 
del trato de Jeromo. Su cabecita, fe- 
bril, ardía, y la sed, una avidez in- 
mensa de beber algo fresco, la tenía 
desvelada. ¿Llamaría a su doncella? 
Obligar a un criado a ponerse de pie 
en -horas de madrugada la contrariaba. 
Sus sobrias costumbres del colegio la 
habían habituado a bastarse a sí mis- 
ma. ¿Qué hacer? Ccmo la oscuridad 
nocturna no la espantaba decidió ir 
ella misma al comedor, que estaba al 
cabo de un pasillo, entre el cuarto de 
música y el salón de fumar. Calzóse 
'mas chinelas, y envuelta con un chai 
de Ip.nn se preemítn en el corrprloT*. 
«¿Encenderé la luz?», se preguntó al 
encontrarse en las tinieblas. La 
fiebre la tenía trémula, y a pesar de 
Tue la temoeratura era alta en el in- 
terior de la morada, un escalofrío la 
hizo tiritar. Tentada estuvo de vol- 
verse a su alcoba: ñero la sed. que no 
oedía reprimir, violentó su voluntad. 
Dirá circunstancia la sostuvo en su 
primer desunió de ir al comedor, y 
era f ue había visto un hilo de luz pro- 
yectándose sobre el nasillo. Avanzó con 
grandes precauciones, tanteando con 
cautela, en las paredes, y al llegar fren- 
te a la habitación de donde fluía la 
luz se detuvo, anhelante y acongoja- 
da. Un Dresentimiento paralizó sus 
niernas. Recordó oue en aouel cuarto 
dormía la madrastra. «¿Por aré frene 
encendida la luz a e c tas horas? — pre- 
guntó, conteniendo los latidos de su 
corazón — . Ella, oue de ordinario duer- 
me sin que nada la turbe, ¿por qué 
está despierta?^) La curiosidad y el 
recelo la clavaron en aquel sitio. Su 
sed se había disioado como por arte 
de_ ensalmo. Las líneas luminosas míe 
señalaban el marco de aonella pu^-ta 
la fascinaban. Así, tiritando de fiebre, 
ñero con la inquebrantable resolución 
de saber, de averiguar, de salir de 



MANUEL BUENO. — EN EL UMBRAL DE LA VIDA 



205 



una duda cruel, esperó unos minutos, 
con la respiración contenida y el oído 
atento. ¿Qué esperaba? Ella misma no 
hubiera acertado a expresarlo. No se 
oía nada más que el rebullir de un 
cuerpo en la cama y el ritmo del 
aliento, humano en las horas del sue- 
ño. Ya más tranquila, disponíase la 
niña a continuar hacia el comedor, 
cuando sonaron dentro, en la alcoba 
iluminada, toses de hombre, adrede 
sofocadas. Siguió a las toses un sigi- 
loso rumor de palabras femeninas que 
reconvenían. Purita, consternada, an- 
helante, sin ser dueña de enfrenar 
les latidos de su corazón, tuvo enton- 
ces un alarde de osadía, y, levantando 
de improviso el picaporte, entró en la 
alcoba. Al ver a los culpables, que 
yertos de estupor la miraban" con ate- 
rrada fijeza, ouiso lanzarse sobre ellos: 
pero sus fuerzas la abandonaron y 
cayó de bruces, llorando, a los pies de 
la cama. La madrastra, ya repuesta 
y atendiendo al peligro, acudió a le- 
vantar/la. 

— ¡No! ¡No! No se acerque usted... 
No me tocue usted... 

Lentamente, penosamente, logró le- 
vantarse. Y dando traspiés, sin de- 
jar de sollozar, se lanzó por el pasillo 
adelante al través de las sombras de 
la noche... 



— ¿Qué te ha parecido la escena? 
— preguntó la madrastra a Jeromo 
apenas se fué la niña. 

El otro, absorto, manoseaba ner- 
viosamente su bigote. Como nersistiera 
en el silencio, la dama añadió : 

— Es n-'-eciso ver oué se hace... Temo 
que " apenas regrese Paco la mosca 
mística lo eche todo a perder... 

Jeromo, pendiente de sus meditacio- 
nes, no supo qué respuesta dar. Sen- 
tíase por dentro avergonzado, humi- 
llado, como el que acaba de descubrir 
una inferioridad moral ante testigos. 
El no haber tomado las suficientes 
precauciones para recatar sus amores 
a los oios de la niña le irritaba. «iSoy 
un bruto ! Esto se ha podido evitar», 
decíase para su fuero interno. 

— Hemos tenido nosotros la culpa 



— exclamó en voz alta, saliendo de sus 
reflexiones. 

— ¿Nosotros? ¿Por qué? — preguntó 
la dama con un asomo de enojo en el 
acento. 

— Mejor dicho, tú — añadió Jeromo 
vagamente, deseoso de Una quimera 
que le permitiese desatar sus nervios... 

— ¿Yo? Era lo que me nuedaba que 
oír — y su mirada se empañó — . ¿Yo la 
culpable? ¿Por qué? ¿Por no saber 
negarme a tus caprichos? 

Como el militar no acertase a for- 
mular la réplica, la dama continuó 
con abatidos tonos : 

— ¡ Es verdad ! ¡ Bien merecido me 
lo ten^o! Si yo hubiera sabido resis- 
tir, defenderme, estar en mi lugar, no 
me vería en este aprieto... 

Las lágrimas fluyeron lentamente de 
sus ojos. El otro, implacable, asistía 
con cierta saña muda al sufrimiento 
de acuella mujer, sin pensar en el 
sacrificio que hacía arrostrando el 
peligro de la delación probable de la 
niña, 

— Bueno — expuso de pronto la dama, 
enjugándose el llanto — . Es preciso 
ver cómo se evita lo que puede ocu- 
rrir... 

—¿Y cómo lo vamos a impedir? 
— preguntó Jeromo bruscamente — . Esa 
criatura hablará, dirá lo que ha 
visto... 

— Es preciso que no hable... — añadió 
la dama con firmeza. 

— Eso es imposible. En cuanto vuel- 
va su padre y se vean, la chiquilla lo 
volcará todo.Ü. ¿Por qué consideracio- 
nes había de callar? ¿Qué lazos la 
unen contigo? Ella, aunque lo disi- 
mula, te odia... 

— Ya lo sé, y no me importa — repli- 
có la dama con reprimida cólera — . 
Por más que yo haya hecho para agra- 
darla, no soy, ni seré nunca para ella, 
más que la madrastra. Pero no se tra- 
ta ahora de saber si me quiere o me 
aborrece, sino de que no hable... 

— ¿Y cómo vas a estorbarlo?... ¿Ma- 
tándola?... 

La mirada de la dama tradujo el 
horror y la renugnancia que la ins- 
piraban las palabras que acababa de 
oír. 



206 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



— ¿Matarla? ¡ Dios me libre ! . . . ¡ Que 
viva muchos anos ! . . . Yo no considero 
imposible el que la chiquilla guarde 
silencio... Hay, que yo sepa, una per- 
sona capaz de obtener de ella eso... 

— ¿Y esa persona es?... — preguntó 
Jeromo, incorporándose en la cama. 

— Esa persona eres tú. 

— ¿Yo? — insistió el otro con el estu- 
por pintado en los ojos. 

— Sí, tú; no creas que no he ad- 
vertido el ascendiente (voluntario o 
involuntario, en eso no me meto) que 
tienes sobre ella. A poco empeño que 
pongas te obedecerá. . . 

— Pase lo aue oase— exclamó el mi- 
litar con resolución — , no lo intentaré. 
El paso me repugna... Además, no sa- 
bría por dónde empezar... 

— ¡Qué cobardía! — gimió la dama, 
viéndose desamparada. 

El apostrofe lastimo a Jeromo como 
un latigazo. Sentado ya en la cama, 
quedóse mirando fijamente a su pri- 
ma, indeciso, afrentado, como el que 
se ve impotente para reparar una 
ofensa. A punto estuvo de desahogar- 
se con la palabrería gruesa que usan 
los hombres en las pendencias ; pero 
la consideración de que se las había 
con una dama lo contuvo. 

— ¿Cobardía? ¿Por qué? ¿Porque 
me niego a humillar a esa niña con 
explicaciones que no debe oír? Mira, 
hijita... Ya que me llamas cobarde, 
voy a probarte que no lo soy... En 
cuanto regrese tu marido me encierro 
con él y se lo cuento todo. Es lo más 
derecho... Entre hombres, estos asun- 
tos se arreglan siempre... ¡Lo sientu 
por él! — añadió con un dejo de fan- 
farria. 

— ¡ Eso es ! Echarlo todo a rodar con 
un escándalo... Y a mí que me parta 
un rayo... 

Tras unos instantes de silencio, que 
aprovechó Jeromo para estudiar una 
salida, sonaron estas breves palabras 
de él : 

— ¡ Tienes razón ! No se puede ir al 
escándalo... Hay que buscar otro me- 
dio. . . 

— No hay más que uno : el que te 
he dicho... 
— Pero, hija mía, ¿cómo quieres que 



yo imponga a. esa niña el suplicio de 
oír ciertas cosas? Si ella no tuviese 
más que sospechas, recelos, presenti- 
mientos, yo no tendría reparo en dis- 
culpárselos... Desgraciadamente, no es- 
tamos en ese caso... No olvides que ha 
estado aquí, que nos ha visto... 

— Entonces — dijo la dama — habrá 
que apelar a los grandes recursos... En- 
traré yo a verla... Me humillaré, me 
arrastraré si fuera preciso... 

— Exige de mi lo que quieras... No 
pongo límites al sacrificio... A todo 
estoy dispuesto, menos a verla... Me 
repugna mucho — expuso Jeromo con 
inflexible tono. 

La dama sonrió, haciendo una mue- 
ca en la que coincidían la amargura 
y el desdén. Alumbraba el día, y la 
claridad de los cielos, filtrándose por 
los cristales del balcón y al través de 
las maderas que los velaban, dictó im- 
periosamente a Jeromo el deber de 
dejar aquella casa, en la que no podía 
permanecer a tales horas sin grave 
y tal vez irreparable quebranto del de- 
coro de su prima. Mientras se vestía, 
su espíritu, indiferente a la preocupa- 
ción de su prima, iba al encuentro de 
la niña. ¿Qué pensará de mí? Reca- 
pitulando los recuerdos de sus paseos 
con Purita se entristecía. Fatuo, como 
la generalidad de los hombres, Jero- 
mo no había dejado de advertir el 
eco de simpatía que su persona y sus 
palabras despertaban en la chiquilla. 
En sus conversaciones con ella solía 
mostrarla lo mejor de su alma, el fon- 
do ingenuo, residuo de la infancia que 
los hombres no picardeados por la per- 
fidia humana conservan aún en la 
madurez de la vida. Purita le hacía a 
menudo confidente de sus impresiones 
infantiles, de los deslumbramientos 
que experimentan los niños a medida 
que se les va revelando el vario pano- 
rama del mundo. Después de aquel pe- 
ríodo de mutua e inocente confianza, 
la actitud de la chiquilla había cam- 
biado con él, sin que Jeromo se ex- 
plicase los secretos motivos de aquella 
mudanza sentimental. «Y ahora, ¿qué 
pensará de mí? — se preguntaba con 
melancolía — . Ella, que adora a su pa- 
dre, ¿qué dirá de mi conducta?» La 



MANUEL BUENO. — EN EL UMBRAL DE LA VIDA 



207 



posibilidad de verse a solas con Pu- 
nta le asustaba. Resuelto a evitarlo 
por todos los medios, se despidió de 
su prima y abandonó la casa sigilo- 
samente, antes de que la servidum- 
bre se hubiera levantado... EUr. al ver- 
lo partir tan frío, tan indiferente a 
su indefensión en aquellas circuns- 
tancias, se echó a llorar silenciosa- 
mente... 



Dando traspiés por el corredor y sin 
preocuparse de que sus pasos fuesen 
o no advertidos, la niña se refugió en 
su alcoba, « ¡ Mamá ! ¡ Mamita ! », gi- 
mió apenas se vio a solas en su cama. 
La fiebre enardecía su sangre, dando 
alas a su fantasía. Frecuentes escalo- 
fríos la tundían el cuerpo. «¿Será que 
me vaya a morir?», pensó vagamente. 
Y su imaginación acalenturada la ha- 
cía verse muerta, metida en una caja 
y con muchas flores en torno suyo. Así 
había visto en el ataúd a una colegia- 
la meses antes. Su padre estaría a su 
lado, reteniéndola con lágrimas para 
que no se la llevasen, y su madrastra 
disimularía con un semblante de fin- 
gido dolor el regocijo de verla desapa- 
recer para siempre. Lo extraño del 
caso es que Pürita, sin dejar de con- 
templarse muerta en la caja, se veía 
también viva y con alas, en compañía 
de su madre, la cual, sonriendo, se 
la llevaba consigo al cielo. Alternando 
con esas visiones, que la procuraban 
íntimo bienestar, la niña caía en rea- 
lidades recientes, y entonces la escena 
de Jercmo y la madrastra acostados 
en la cama ofrecióse ante sus ojos en 
la plenitud de su repugnante horror. 
Por mas que ella hacia para apartar 
de sí aquel cuadro de ignominia, las 
protervas imágenes se adherían a su 
espíritu obstinadamente. Ya no llora- 
ba, porque todo el agua en que se di- 
suelven los grandes dolores humanos 
había salido de sus ojos. Pensaba, so- 
naba, proyectaba, ¿Y el pobre papá? 
Al principio se determinó a decírselo 
todo: pero ¿cómo? ¿Cara a cara? Sin 
que fuese precisamente miedo, un sen- 
timiento indefinible la cohibía. ¿Es- 



cribirle? Sí; era lo mejor. Le pondría 
una carta en estos términos : «Papá, 
3sa mujer es mala. Te engaña. Echa- 
la de tu lado, papá.» Purita no duda- 
ba del éxito de aquel paso, sobre todo 
si, como era de esperar, su padre, en- 
cerado de la carta, pedía minuciosas 
explicaciones de lo sucedido en su au- 
sencia. Ya se afirmaba en aquel pro- 
pósito de castigar a la intrusa, apar- 
tándola para siempre del lado de su 
padre, cuando advirtió que alguien en- 
traba, con quedas pisadas, en la alco- 
ba. Vio el bulto de una persona en 
la indecisa luz matinal y se sobre- 
saltó. 

— ¿Quién es? ¿Quién viene? — pre- 
guntó con ahogada voz. 

— No temas, soy yo — repuso la otra 
con frase susurrante—. Vengo a pe- 
dirte perdón... 

Y se arrodilló a los pies de la cama. 

La niña, mal repuesta de la sorpre- 
sa, no sabía qué contestar. Miraba a 
su madrastra con ojos, de los que es- 
taba ausente el odio, como a una ex- 
traña a la que se ve por primera vez. 

— ¡Perdón, hija mía, perdón!... — in- 
sistió la dama, buscando con insisten- 
cia una de las manos de la niña. 

Purita, eludiendo la presencia de la 
madrastra, volvió bruscamente el ros- 
tro hacia la pared. Se resignaba a oír- 
la ; a verla, no. Entre tanto, la dama, 
de hinojos, con la cabeza inclinada 
sobre el borde de la cama, se excusaba 
con frases cortadas. 

— ¡ Perdóname ! ¡ Estoy avergonzada 
y arrepentida ! ¡ No lo volveré a ha- 
cer! ¡Y mira, por Dios, que tu padre 
no sepa lo sucedido ! . . . Esos dos hom- 
bres tendrían que verse frente a fren- 
te, y quién sabe, tal vez tuviéramos 
que llorar una desgracia... 

Aquellas palabras infundieron vivo 
pavor en la niña. Vio claro, en medio 
del desorden de su imaginación, oue su 
padre corría un peligro, y aquel temor 
la humanizó. 

— ¿Qué quiere usted de mí?— pre- 
guntó con débil acento, sin volver el 
rostro de la pared. 

— ¿Qué auiero, hija mía? Una sola 
cosa: tu silencio... 

La niña meditó antes de contestar. 



208 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



— Bueno. Y si vo callo, ¿se irá us- 
ted?... 

La dama vaciló sobre la respuesta 
que debía de dar. 

— ¡Ten compasión de mí! — repu- 
so — . ¡ Mira que sufro mucho, mu- 
cho ! . . . 

— Bien — preguntó la niña — ; pero 
¿él no vendrá nunca a esta casa? 



— No ; nunca. ¡ Yo te lo juro ! 

— Entonces me callaré. . . 

Iba la dama a desatarse en mani- 
festaciones de gratitud, pero la niña 
las atajó con un gesto. 

— ¡ Y ahora vayase usted ! ¡ Quiero 
estar sola ! . . . 

La otra, humillada y triste, se alejó 
1 furtivamente... 



FIN DE 
«GUILLERMO EL APASIONADO» 

Y 

«EN EL UMBRAL DE LA VIDA» 

DE 

MANUEL BUENO 



CARMEN DE BURGOS 
("COLOMB1NE") 

(1879- ¿1933?) 



CARMEN DE BURGOS 
("COLOMB1NE") 



Novelista y periodista. Nació en Almena. Profesora, por 
oposición, de Lengua y Literatura españolas en la Es- 
cuela Normal Central del Magisterio. Recorrió toda Europa y 
América, pensionada por el Estado español, pronunciando 
discutidísimas conferencias en pro del feminismo y de la 
emancipación de la mujer. Colaboradora muy solicitada 
de los más importantes diarios y revistas. Autora de do- 
cenas de novelas breves, de centenares de cuentos y de mía 
veintena de novelas largas. De mucha y original inventiva, 
prosa limpia y tendencias socializantes. Fué la primera plu- 
ma femenina de su época. 

Novelas: Al balcón — 1905 — ; Cuentos de Colombine 
— 1908 — ; El último contrabandista; Ellos y ellas, o ellas 
y ellos ; Los espirituados ; La mal casada : La hora del 
amor; El tío de todos; La mujer fantástica; Los anti- 
cuarios. 



VILLA MARÍA 



Sonó, como un desperezo de la casa 
que despertaba, el timbre de la 
verja, con ese insistente tintineo que 
sólo se permiten las personas de la 
familia o los acreedores para llamar 
a las puertas. 

Doña Laura miró, como un amplio 
campo en el que se respiraba mejor, 
el pequeño jardín, como un croquis 
de los grandes jardines. La mañana 
cuidaba las flores maternalmente, al- 
go así como si las amamantase. Doña 
Laura respiró esa humedad sabrosa 



que se desprende de los jardines en 
la mañana, y que es como un cam- 
pestre desayuno para abrir el apetito 
de la vida. 

«Las verjas de los hoteles de los 
amigos debían abrirse con el solo in- 
tento de entrar el amigo», pensaba im- 
paciente doña Laura. 

Pero la verja continuaba sin abrir- 
se. En un hotel el sueño se toma más 
tiempo que en una casa de vecindad, 
y es como despertarlo en la noche el 
despertarlo tan de mañana. Era como 
si todo dentro del hotel se despertara, 
se moviera, se desperezara y se pusiese 
en pie ; como si todo, moradores, espe- 



212 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



jos y muebles, se hubieran sobresal- 
tado. 

Daña Laura miraba a las ventanas. 
Tedas permanecían cerradas ; la casa 
tenía algo de esos dormilones que no 
oyen el ruido del despertador, y doña 
Laura, en su calidad de despertador 
inexorable, volvió a llamar. 

«El lechero — pensaba ella, como para 
disculpar a sus amigos — también tiene 
que llamar dos veces todcs los días en 
, mi casa: pero el lechero llama a las 
siete y no a las nueve, como yo llamo 
aquí.» 

Por cierto, la contemplación del jar- 
dín la distraía y hacía menos penosa 
su espera. • ¡ Daba gloria ver lo des- 
pierto que estaba! Pero es que los jar- 
dines están despiertes desde que apun- 
ta la aurora, y como llevaba ya 
despierto mucho tiempo, estaba despe- 
jado y alegre. Los pájaros, que canta- 
ban con esa fuerza de voz que no tie- 
nen sino en esas horas tempranas, 
parecían exigir que los dueños del 
hotel fuesen a pasear por el jardín. 
Sus trinos eran cerno el sonar del reloj 
natural que despertaba la casa. 

Al fin se abrió una de las ventanas, 
y asomó la faz soñolienta de un hom- 
bre grueso, de bigote entrecano y ojos 
escondidos tras la maraña de unas 
cejas espartcsas, que miró con mal 
humor a la señora, que con la cabeza 
envuelta -en su velo de encajes y el 
cuello ceñido por amplia piel negra y 
lustrosa, esperaba que le abrieran. Si- 
muló un saludo amable, volvió a ce- 
rrar, y al cabo de un rato apareció en 
chancletas, arropándose en un gran 
abrigo, y fué a descorrer los cerrojos. 

— ¿Cómo tan temprano, doña Laura? 

— ¡ Temprano ! ¡ Pero qué poco ma- 
drugadores sen ustedes ! Yo va vengo 
do oír mi misa, y me dije : «Voy a pa- 
sar* por Villa María a ver cómo sigue 
aquella familia.» ¿Cómo están María 
y los nifics? 

— Muy bien — repuso el hombre, mien- 
tras se dirigía, precediéndola, hacia 
la casa. 

— ;Y Juanito? 

— Bueno, gracias. 

Entraron en un amnlio patio, ale- 
gre y riente, cuyas paredes, revestidas 



como la fachada de un bello zócalo 
de azulejos, le prestaban una agrada- 
ble placidez.' El caballero abrió la puer- 
ta de una habitación. 

— Si quiere esperar aquí un momen- 
to, María vendrá en seguida. 

— No tengo prisa, no tengo prisa. 

En cuanto se vio sola doña Laura 
esbozó una burlona sonrisa, mientras 
miraba, curiosa, el gabinete, tan mi- 
nuciosa y pulcramente cuidado, con 
sus muebles de luciente barniz, el sue- 
lo brillante como un espejo, y les ve- 
Titos de butacas, les visillos de las ven- 
tanas y los cubre-macetas, con cene- 
fas de encaje inglés y lacitos rosa por 
todos lados. Ella se creía adivinar el 
conflicto que había producido su lle- 
gada. Se notaba la escasez de servi- 
dumbre, que había obligado a salir a 
don Pedro a abrirle la puerta, en los 
momentos en que la esnnsa y las hi- 
jas no estaban presentables. 

Doña Laura hahía sido una antigua 
vecina de la familia de López Reina 
antes de que construyesen aquel ho- 
tel. Ella había sido la amiga de con- 
fianza de doña María, la que la acom- 
pañaba en todas las ausencias de su 
esposo, la que intervenía en sus asun- 
tos. Las des hijas del matrimonio, Ro- 
sario v Encarnación, casi habían na- 
cido en sus brazos, y Juanito, aquel 
mecetón tan guapote, era un peoue- 
ñuelo cíe baberillo oue salía corriendo 
al oírla llegar para pedirle carame- 
les. 

Había sido ella cómplice, en parte, 
de que construyeran aauel hotel que 
los había aleiado. Se lo consultaron, 
y ella se lo aconsejó muchas veces, con 
tanto entusiasmo como el que ellos 
sentían por su proyecto : a doña Lau- 
ra le parecía oue también iba a tener 
hotel teniéndolo sus amigos, y recor- 
daba el júbilo de la inauguración. La 
nena con que se había marchado des- 
nués de la cena, cuando de buena ga- 
na se hubiera quedado a dormir allí. 
Entonces comprendió que no era suyo, 
y poco a poco se fué convenciendo de 
aue la influencia de aouella morada 
sobre la vida de sus amigos la iba 
aleiando cada vez más. 

¡ Cómo se arrepentía de haber ali- 



CARMEN DE BURGOS («COLOMBINE» >. — VILLA MARÍA 



213 



mentado en les de López Reina la idea 
del hotel ! Ellos eran una familia mo- 
desta, oue vivía acomodada con el 
sueldo de oficial mayor de un nego- 
ciado que disfrutaba el padre. Al mo- 
rir les padres de la esposa, ésta he- 
redó una fortunita de unes cuantos 
miles de duros, que trajeron la pre- 
ocupación al hogar. ¿En qué invertir- 
los? ¿Cómo hacerles producir sin ries- 
go ni exposición, con esa seguridad 
en el negocio que desean les capitales 
españoles para no aventurarse en nin- 
guna err.oresa? Ellos querían una cosa 
que pudiese ser perenne, segura. En- 
tonces surgió la idea de la casa. Les 
pareció que comprar un hotel era te- 
ner ya asegurado el porvenir de toda 
su descendencia, un refugio seguro en 
la vida : una cesa que jamás les po- 
dría faltar desde que, antes de ter- 
minarlo, ya le habían puesto su póli- 
za de «Asegurado de incendios» para 
hacerlo más seguro en su seguridad. 
Pero la posesión del hotel había in- 
fluido de un modo decisivo en la vida 
de sus amigos: los había cambiado. 

Don Pedro y doña María adquirie- 
ron con el inmueble una prencupación 
que se sobreponía a la que les inspi- 
raba, la educación de sus hijos. Elics 
no habían contado con lo oue encare- 
cían las obras y l p s detalles el cálcu- 
lo que habían hecho. Al hotel le fal- 
taban c^sas todos los días Primero 
fué la escalera, a la que faltaba el 
pasamanes : luego las ventanas, que 
estuvieron largo tiempo sin las rejas 
de hierro, cerrándose sólo con les pos- 
tigos de madera. Había sido preciso 
temar una hipoteca para acabar todo 
aquello; pero eso no les inquietó: el 
gravamen no era más que el mismo 
que les podía suponer el alquiler de 
una casa, un alquiler crecido, eso sí, 
por contribuciones, repares y mejoras, 
pero que se iba enjugando sin sentir, 
y un día sus hijos recibirían saneada 
y libre la herencia. 

Al hotel se le puso el nombre de la 
madre : María, escrito en letras do- 
radas a la entrada de la verja. Fué 
como una cosa de cariño en la que 
todos simbolizaron lo de acogedor y 
maternal que hay en la madre. El ho- 



tel era, en cierto modo, la madre : les 
parecía que entraban bajo su amparo 
al entrar en la casa. 

Era para todos cerno una amante, 
a la que se desea complacer y ador- 
nar. Le faltaba siempre algo : una 
vidriera, un nuevo adorno. Un día, 
el agua, con la que no habían conta- 
do : el cuarto del baño, una multitud 
de detalles. El baño era necesario en 
el hotel ; era quizá lo que más lo 
distinguía y lo alejaba del carácter 
de casa de vecindad. Durante algún 
tiempo les humilló no poder abrir, 
cuando ensenaban la casa a sus ami- 
gas, una puertecita de un cuarto, con 
paredes de azulejos blancos, lleno de 
espejes y jaboneras, c:mo un detalle 
de refinamiento : ese cuarto que siem- 
pre elogian los visitantes, cerno si en 
ál se bañase un peco su alma, con esa 
sensación de frescura que trae el re- 
cuerdo de un viaje por mar. 

Al fin, todo parecía ya hecho. El 
hotel había crecido cerno les hijos, 
y éstos fundaban en él una especie de 
orgullo de casa solariega ; daba im- 
cortancia a la familia : aunque es- 
taba un peco en las afue"as, no era un 
hotel de arrabal cerno los de los ba- 
rrios apartados. Habían tenido suer- 
te en encontrar aquel solar en el Pa- 
-eo Nuevo: poroue aunque p ] Paseo 
Nuevo era tan largo que lindaba con 
aquellos barrios, el hotel no dejaba de 
estar en el centro mismo. 

Sentían la vanidad de ofrecer su 
hotel a los nueves conocimientos, co- 
rno si eso fuese una patente de dis- 
tinción, para oue se les considerase 
gentes de pesición y arraigo. El ho- 
tel daba novics a las niñas, porque 
parecía oue al verlas en el paseo o 
en alguna fiesta los jóvenes se inte- 
resaban más al conocer su condición 
ole propietarias, y más de un preten- 
diente hablaba con orgullo de su pre- 
dilección, diciendo : «Tienen un hotel 
en el Paseo Nuevo», para dar idea de 
su importancia. 

El sostener las relaciones que hacían 
los hijos echaba una nueva carga a 
los padres. La sociedad no obliga lo 
mismo a los que viven en una casa de 
alquiler que a los propietarios de un 



214 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



hotel. Un hotel requiere mayor servi- 
dumbre, exige vestir con mayor de- 
coro; hay un rango, una dignidad del 
hotel, que obliga a estar a tono con él. 

Su hotel los había erigido en los 
jefes de la familia. Los parientes se 
reúnen siempre en torno de los que 
tienen el hotel, y los halagan y los 
miman como si íes fuese a tocar al- 
go. A la luz de la lámpara del come- 
dor del hotel no se trabaja, se pasa 
al gabinete, se toca el piano, se ob- 
sequia a los contertulios ; es preciso 
huir de todas esas cosas vulgares de 
la clase media: como si el hotel diese 
una especie de aristocracia. 

Todo aquello se sostenía gracias a 
la voluntad y a la inteligencia de doña 
María. Era ella la que lograba dar con 
sus escasos recursos aquella aparien- 
cia de esplendor. ¡ Sabe Dios a costa 
de cuántos sacrificios ! Empezó por 
prescindir de todas sus diversiones, de 
todas sus amistades, para que no pre- 
senciasen sus apuros y los trabajos que 
se veía obligada a hacer en la inti- 
midad. Se había construido una habi- 
tación en un ángulo del pequeño jar- 
dín, cerca de la entrada de la verja, 
y allí se habían recogido un matrimo- 
nio que por la casa y la luz cuidaban 
de las plantas. Labor en la que ayu- 
daba don Pedro, que se pasaba entre 
sus plantas y sus árboles casi todo el 
tiempo que su oficina y su tertulia del 
Universal le dejaban libre. El buen se- 
ñor olvidaba todos sus sinsabores y 
todos sus apuros con la podadera o el 
azadón en la mano. 

La mujer del jardinero, mediante 
escasa retribución, lavaba la ropa de 
la familia, fregaba los suelos y los 
días de fiesta se ponía el trajecito 
de doncella para abrir la puerta de 
la casa o servir la mesa; mientras 
que un cuñado suyo, alto, buen mozo, 
cetrino, afeitado, con todo el aspecto 
de un criado de casa grande, se ves- 
tía de librea para las grandes solem- 
nidades : y así se apañaban, gracias 
al trabajo de doña María, sin más 
sirviente que Manuela, la nodriza de 
Juanito, que de nodriza pasó a ama 
seca y luego a cocinera. Era una bue- 
na mujer, gruñona, respondona, auto- 



ritaria, hasta el punto de imponer su 
voluntad a los dueños ; pero limpia 
como los chorros del agua, hacendosa, 
y que se prestaba a todas las econo- 
mías necesarias : al cuidado que era 
preciso tener en apagar la luz eléc- 
trica, no encender la hornilla más 
que por las mañanas y dejarse la cena 
hecha para ahorrar en el carbón. Ella 
se amoldaba a todo, identificada con 
la familia y tan celosa como su due- 
ña del esplendor y la apariencia. To- 
dos los días se ponía el cocido, de cu- 
ya carne se sacaba el principio, y to- 
das las noches, el guisado de judías 
o patatas. Ella sabía guisar y adere- 
zar todo aquello tan bien como los 
platos exquisitos de empanadillas y 
asados que se hacían los días de con- 
vite. Iba lejos para comprar al por 
menor y con regateos, sin desdoro de 
sus amos, y siempre, al hablar de la 
casa, decía «nuestra casa», con un 
convencimiento que la hacía copro- 
pietaria. 

Los únicos defectos de la buena mu- 
jer eran el empinar un poquillo el 
codo, por esa afición a la bebida pro- 
pia de las cocineras, cuyo estómago 
se pierde entre el continuo olor de 
salsas y grasas y el calor del fogón, 
y necesitan el traguito de Valdepeñas 
o pardillo para entonarse un poco y 
poblar de algún ensueño alegre el re- 
cinto de su cocina y la compañía de 
sus cacerolas. 

El otro defecto consistía en no po- 
derse dominar para llamar de tú a 
los señoritos. Eran siempre para ella 
Rosarito, Encanuta y Juanito, y los 
trataba de tú por tú, sin escatimarles 
algún regaño. 

No podía transigir con aquel dejarse 
servir de las señoritas, que se pasa- 
ban el día leyendo, bordando o to- 
cando el piano, sin ocuparse de nada 
ser:' o y dejando a la pobre madre ayu- 
darle a las ingratas tareas de barrer, 
limpiar, hacer las camas y dar brillo a 
suelos y metales. 

— No debía usted dejarlas así; las 
mujeres deben trabajar. ¡Dios sabe 
lo que les tendrá guardado! ¡No es 
bueno que las muchachas se críen tan 
regalonas ! 



CARMEN DE BURGOS ( «COLOMBINE» I. — VILLA MARÍA 



215 



Doña María la obligaba a callar. 
Ella disculpaba siempre a las hijas, 
i Inconsciencias de la edad ! No era 
cosa de que se les embastecieran las 
manos. No les habría de faltar un 
buen marido. 

Manuela, que adoraba a su ama, 
acababa por convencerse. Doña María 
era su culto ; le profesaba una gran 
admiración, y se indignaba con la gen- 
te del contorno que habían borrado 
su nombre del hotel, a pesar del fla- 
mante letrero dorado. Para todos los 
vecinos. Villa María no era más que 
La Casa Azul, por la influencia de 
aquellos azulejos azules, que le daban 
un tinte de color de cielo. 

Doña Laura sabía todo aquello; lo 
sabía viéndolo y adivinándolo, y no 
le perdonaba a su amiga el disimulo, 
la falta de confianza, todo lo de hu- 
millante que había habido para ella 
en su alejamiento. 

Pero, a pesar de su secreto rencor, 
no pudo menos de sentirse impresio- 
nada por el aspecto caído de doña 
María. Se veía su palidez, su sufri- 
miento. Todo el antiguo cariño de su 
amistad se despertó en ella, 

— ¿Qué tienes, María: estás enfer- 
ma? — preguntó, cogiéndole cariñosa- 
mente las manos. 

Doña María vaciló, quiso hurtarse 
a la voz de cariño de su amiga, con- 
servar la entereza, la serenidad un 
poco hosca que se había impuesto ; 
pero la mirada de Laura era tan aca- 
riciadora, que se sintió vencida, y arro- 
jándose en sus brazos, murmuró : 

— No puedo, no puedo más. 

Volvieron las dos amieas a hallar 
la dulce confianza de otros días, y 
allí, solas, con las manos juntas, doña 
María hizo confidente a Laura de to- 
dos sus trabajos y sus amarguras. Más 
que aquella continua preocupación 
para sostener a la familia con tan es- 
casos recursos, en relación con el me- 
dio en que se habían colocado. Había 
tenido que empeñar las alhajas de su 
amiga, la de Práxedes, para salir de 
un apuro, y pedir prestadas algunas 
cantidades a espaldas de su marido : 
pero más que sus trabajos, le dolía el 
oómo éstos pasaban inadvertidos para 



su familia, cómo se habían acostum- 
brado a ellos hasta el punto de exi- 
girle y de mandarle. Se había hecho 
sierva, criada, por su abnegación, y le 
parecía verse despreciada, postergada, 
insignificante, fuera de su centro, en 
aquella familia que se lo debía todo. 

Sus hijos le exigían más cada vez, 
con una desconsideración creciente. Se 
creían, sin duda, que su hotel era pro- 
ducto de una gran fortuna, y que en 
sus sótanos había, como en los del Ban- 
co, un gran acopio de dinero. Doña 
María no podía ya más, y a pesar 
de su gran fuerza de voluntad para 
sufrir y caminar de un lado para 
otro, retardando el momento de la 
catástrofe que preveía, ya estaba can- 
sada, casi agotada. 

Era aquel hotel, en el que creyó en- 
contrar la poltrona cómoda para el 
sueno, el descanso y la siesta duran- 
te el resto de su vida, el que le había 
traído aquel tormento de creadora, 
el dolor de toda creación. 

Laura formuló su idea. 

— Erais más felices antes de tener 
este hotel. 

Doña Alaría se volvió airada en su 
obsesión por aquella casa. ¡ Su hotel ! 
Estaba más encariñada con él que con 
sus mismos hijos. Aquella casa era 
también como un hijo para ella. ¡Tan- 
ta vida y tanto espíritu había puesto 
en él ! El hotel volvió a alzarse entre 
ellas para separarlas de nuevo. 



II 



Conforme avanzaba la enfermedad 
nerviosa que destrozaba el organismo 
de doña María, crecía más su amor 
por el hotel. Sin poder salir a la calle, 
sin poder casi moverse de su butaca, 
veía desde su ventana aquel hermo- 
so pedazo de cielo, de matices cam- 
biantes, y se extasiaba en la contem- 
plación de aquel pedazo de jardín y 
aquella verja en donde estaba graba- 
do su nombre. Se había reconcentra- 
do allí toda su vida, y sentía una an- 
siedad de formar como una ciudade- 
la familiar en la que se agrupasen 



216 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



todos, defendidos contra las gentes de 
fuera. 

En aquellas horas que la familia 
pasaba al lado de la enferma surgió 
la idea de agrandar el hotel. Se debía 
comprar al vecino un buen trozo del 
terreno que tenía ir*culto y agrandar 
el jardín; sentían todos un ansia de 
jardín lleno de árboles y resguardado 
por una muralla de madreselva y de 
enredaderas. 

Todos los hijos debían agruparse 
allí. Rosario viviría, cuando se casara, 
en el segundo piso. La parte princi- 
pal se debía reservar para Juanito, el 
más mimado y querido de todos, por 
el solo motivo de ser el hijo mayor, 
el heredero del hombre, a pesar de 
su carácter duro, seco, indiferente pa- 
ra con sus padres, sus hermanas y toda 
la gente de la casa. 

Porque Juanito parecía desdeñarlos 
a todos encastillándose en un silencio 
solemne y mirando siempre como si 
estuviera subido en una escalera, dos 
peldaños más alto que los demás. Ja- 
más estaba nada bien para su gusto, 
parecía sufrir y soportar a la fami- 
lia, no hallaba a los padres bastante 
decorativos ni a las hermanas bastante 
distinguidas o elegantes. Todo aquello 
le mortificaba ; el hotel era para él 
como una cárcel, y pagaba el mal hu- 
mor con su pobre nodriza o con su 
madre, con una injusticia atrabilia- 
ria, por ese sentimiento de crueldad 
con que el lobo ahito se lanza sobre 
los corderos. Todos callaban y sopor- 
taban su tiranía pacientemente, ocul- 
tándosela al padre, que era el único 
que se podía haber opuesto a ella. 

En cambio, no desdeñaban el hotel 
los futuros cuñados. Enrique, el novio 
de la mayor, se esponjaba al dejar el 
gabán en el perchero del que había de 
ser su hotel. Se sentía ya en casa, y 
el pensar que no habían de salir de 
ella hacía más formal, más matrimo- 
nial, su noviazgo. 

En cambio, Alfonso, el novio de la 
menor, se sentía un poco perplejo, 
porque verdaderamente no había si- 
tio en el hotel para otro matrimonio, 
y aquello le parecía una postergación. 
Un día, Encarnación le dio la buena 



noticia por la ventana. Era preciso 
que solicitara el permiso de entrar en 
casa. La madre había dicho que si 
ella tenía novio formal sería preciso 
añadirle un nuevo piso al hotel. 

La madre sostenía el espíritu de to- 
dos desde su butaca, y dirigía la casa 
con la misma lucidez de siempre, sin 
que se llegase a notar el nuevo gasto 
que el tomar una criada más ocasio- 
naba a la familia. 

Iba todo bien. El hotel había tenido 
hasta el robo que necesita todo hotel 
para dar impresión de su riqueza y 
de. almacenar tesoros. Verdad es que 
sólo había sido una alarma ; pero 
aquellos bultos que habían escalado 
la tapia y habían obligado a don Pe- 
dro a disparar su revólver al aire die- 
ron que hablar durante muchos días 
a todo el vecindario. «Han querido 
robar en Villa María», decían todos, 
y la familia de López Reina se sen- 
tía tan satisfecha de ser protagonis- 
ta del suceso, divulgado por la Prensa, 
que ocultaba cuidadosamente que 
aquellos pobres ladrones sólo trata- 
ban de llevarse el plomo de las cañe- 
rías. 

Entonces se pensó en un perro. Se 
construyó con tablas una caseta a 
un extremo de la verja, y se llevó 
un mastín, un animal barbarote, fe- 
roz, sin inteligencia, que lo mismo la- 
draba a la familia de la casa que a 
los extraños y los transeúntes, y que 
tenía que estar constantemente atado 
a su gruesa cadena. Un cuidado más 
para limpiar y atender al animal, que 
estaba siempre hambriento y ansioso, 
con mirada feroz, enseñando los dien- 
tes, con una antipatía de carcelero. 

El perro no atemorizaba a los la- 
drones, pero asustaba a los amigos, 
que no iban de noche por temor de 
encontrarlo suelto en el jardín. Su 
misión era molestar con su extempo- 
ráneo ladrar o con sus inesperados 
aullidos, y, sin embargo, la posesión 
del perro era como una consolidación 
de la prosperidad de la familia. 

Una segunda hipoteca les había pro- 
porcionado el dinero para empezar 
las obras del tercer piso y preparar 
los trousseaux de las niñas, que no 



CARMEN DE BURGOS («COLOMBINE»). — VILLA MARÍA 



217 



podían ir al matrimonio sin llevar todo 
lo que convenía a su rango. El único 
punto negro fué la negativa del veci- 
no a vender el pedazo de terreno para 
ensanchar su jardín. Una obstinación 
inexplicable, cuando le habían ofre- 
cido el triple de su valor. No podía 
explicarse aquello más que como ra- 
bia o envidia. 

Toda la familia echaba la culpa a 
este disgusto de que se hubiese agra- 
vado doña María. El perro había au- 
llado toda la noche como si entrase 
alguien en el jardín. 



III 

¡ La madre había muerto ! Se sor- 
prendían todos de esa muerte, como 
si no hubiese sido una cosa esperada. 
Se creían tan seguros, tan protegidos 
en su hotel, que les desconcertaba el 
que hubiese podido entrar la Muerte. 
Villa María había padecido en aque- 
lla muerte como si algo de sí misma 
se hubiera disgregado y perdido ; pe- 
ro nadie pensó en cambiarle el nom- 
bre, aquel cartelón con el nombre de 
la muerta, que miraban ahora con el 
mismo respeto y cariño que si hubie- 
se encarnado su figura. 

¡ Se quedó tan triste el hotel ! Se 
había convertido como en un panteón 
de la madre, a la que creían ver cru- 
zar por los pasillos. Durante algún 
tiempo ejerció en ellos una sensación 
dolorosa el nombre vivo de Villa Ma- 
ría, como si esto hiciese su casa la 
casa de la muerta. No se podían mu- 
dar para escaparse a los recuerdos, y 
peco a poco se fueron familiarizando 
con ellos, hasta llegar a una convi- 
vencia que conservaba a la muerta en 
su intimidad. 

Y pasado el tiempo, el hotel pareció 
revivir de nuevo ; la vida se imponía 
tiránica ; volvieron las visitas de ami- 
gos, y, al fin, un día Encarnación su- 
girió el deseo de abandonar la roña 
negra, tan sucia, y otro día, Rosarito 
habló de reunirse en una pequeña 
fiesta. La proposición desconcertó a la 
familia. Hubo un momento de silen- 



cio. ¿Cómo iba a romperse el silencio 
de la casa de la muerta? ¿Cómo ha- 
bían de resonar las risas y la alga- 
zara penetrando bajo aquel arco don- 
de estaba el letrero de Villa María 
como un sello de su señoría en la 
Casa Azul? 

Pero al fin la fiesta se dio. Fué una 
fiesta triste, en la que las hijas vis- 
tieron de heliotropo y negro; una 
fiesta triste, más amargada por la fi- 
delidad de Manuela, la cocinera, que 
pidió permiso para no estar en la casa 
profanada por aquel acto. 

Después de la primera fiesta se re- 
pitieron otras, cada vez más frecuen- 
tes. 

Las fiestas tenían para las hijas y 
el padre el atractivo insuperable de 
hacerles sentirse dueños del hotel, 
dueños de los cimientos, que es la sen- 
sación que diferencia al propietario 
del inquilino, el saber que el pedazo 
de tierra en que enclavó sus cimien- 
tos le pertenece en lo más hondo, has- 
ta el fondo del mundo. 

Experimentaban en su fiesta toda la 
importancia de una gran soirée; aquel 
trozo de jardín que pasaban los 
invitados los igualaba con los pala- 
cios. Las hijas, que al lado de la ma- 
dre ocupaban el segundo lugar, se 
veían añora dueñas, con ese aplomo 
que da el recibir en un hotel, aunque 
esto las obligaba a toda una tempo- 
rada de preocupación y sacrificios en 
los preliminares ; porque el hotel, al 
mismo tiempo que les daba brillantez 
las obligaba al cuidado de la toilette 
y a la ostentación de su servidumbre. 
Había de estar todo a tono en aque- 
llas noches en que se encendían los 
focos de la entrada dando toda su 
solemnidad a Villa María. Esa solem- 
nidad de la casa que se ilumina a lo 
externo con su luz propia, para huir 
de la promiscuidad de la calle. 



IV 



En medio de aquella apariencia de 
alegría, la familia de López Reina 
no era feliz. Había en todos una se- 



218 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



creta inquietud, un desasosiego. La 
falta de la madre se dejaba sentir. La 
casa, desorganizada, estaba a merced 
de Manuela, que hacía la vida insopor- 
table con sus intemperancias y sus re- 
gaños. 

Juanito no iba apenas por su casa, 
la muerte de la madre parecía haber 
roto el débil lazo que lo retenía. Lle- 
gaba de madrugada y dormía todo el 
día, para volver a salir al anochecer, 
siempre grave, extraño, impenetrable 
en su aspecto de hombre superior y 
que lo desdeña todo y no deja que 
nadie se inmiscuya en sus asuntos. 

Las hijas se sentían molestas por 
aquellos cuidados que estaban obliga- 
das a soportar. Salían alguna vez con 
doña Laura, que había vuelto a su 
lado en la desgracia : pero se sentían 
como solas, perdidas, sin la compañía 
de la madre. Sus casamientos se ha- 
bían aplazado. Tenían miedo de ha- 
blar de casamiento al padre ahora. 
Eso sería como un abandono, como su- 
mirlo en una nueva viudez. 

El padre se les ofrecía en otro as- 
pecto decide la muerte de su madre. 
El estaba obligado a aparecer en las 
fiestas al lado suyo, y no era ya en 
ellas el buen señor bondadoso y res- 
petable, al que la presencia de la es- 
posa da un venerable aspecto de pa- 
dre de familia. 

Su padre se había convertido en uno 
de esos hombres galanteadores, di- 
characheros, que aprovechan las amis- 
tades juveniles de las hijas para es- 
carceos encubiertos. Se perdía la au- 
gusta y respetable figura paterna. 

Ellas se indignaban con sus amigas 
•jóvenes que no huían de los galanteos 
del viejo, tal vez por la influencia de 
aquel aspecto de bienestar que lo ro- 
deaba. Más de una jamona y soltero- 
na dura miraba con agrado la posibi- 
lidad de convertirse en dueña de Vi- 
lla María. 

Era esto lo que más ensañaba a las 
hijas. No podían concebir la posibili- 
dad de una nueva boda, ¿Cómo po- 
dría vivir allí otra mujer con otro 
nombre? No ; el hotel, con sus habita- 
ciones llenas de recuerdos, con el nom- 



bre de la madre grabado sobre la 
puerta, las. defendía contra la posibi- 
lidad de la madrastra; ninguna nue- 
va mujer podría entrar en el recinto 
de su madre María. Pero esto las 
obligaba a un continuo sacrificio, ve- 
laban por el padre tan celosamente 
como la madre había velado su ino- 
cencia. Se les imponía el deber de no 
casarse para que otra mujer no ocu- 
pase el puesto de la madre, que no 
estaba del todo vacío mientras no lo 
abandonasen ellas. Y sin darse cuen- 
ta, lo subordinaban todo a conservar 
el" culto de la madre en su hotel. Este 
se hacía lo más primordial en su vida, 
se sentía la influencia de la casa en 
todo. 

Doña Laura y Manuela, de manera 
diferente, aumentaban su preocupa- 
ción. 

La cocinera,' firme en su manía de 
que las mujeres deben ser hacendo- 
sas, no perdía ocasión de recriminar- 
les sus gastos y su ociosidad. 

— ¡ Pobre señor ! ¡ Qué desastre de 
casa ! ¡ Si la señora levantara la ca- 
beza! Como estas niñas no cuiden un 
poco la vida y no hagan más que dor- 
mir, componerse y hablar con el no- 
vio, el señor tendrá que buscar una 
mujer..., y yo me iré antes...; sí, me 
iré... ¡Si no fuera por mi Juanito! 

Doña Laura, a su vez, les llamaba 
la atención, finamente, arteramente, 
hacia las preferencias de don Pedro 
hacia tal o cual amiga, para separar- 
la de su trato. La sombra de la ma- 
drastra imaginaria se convertía en su 
obsesión. 



V 



Y, sin embargo, don Pedro no pen- 
saba más que, como una coquetería 
senil, en sus ligeros flirteos con las 
amigas de sus hijas. Su obsesión era 
el vecino de al lado. Aquel vecino que 
no había querido venderle el terreno 
para agrandar su jardín. Sentía el 
mismo odio que animó a Jezabel con- 
tra el propietario de la vina que no 
quiso cederle para agrandar sus do- 
minios, y, lo mismo que la reina he- 



CARMEN DE BURGOS («COLOMBINE»). — VILLA MARÍA 



219 



brea, lo hubiera condenado a muerte. 

Para él, aquel vecino era la causa 
de todos sus males. Cuando notaba el 
vacío de su casa, culpaba al vecino 
del disgusto que agravó el estado de 
doña María. Todo se lo atribuía al 
vecino. Cuando se cortaba el agua de 
la fuente pensaba en una añagaza 
suya ; si se le perdían las palomas, 
creía en que los palomos ladrones de 
su medianero las habían robado ; 
cualquier mancha o desperfecto en la 
fachada podía ser obra de aquel hom- 
bre odiado. Hasta el gato aue entra- 
ba por la ventana de la cocina y más 
de una vez se escapó con un trozo de 
pescado o de jamón, era el gato del 
vecino : aquel maldecido gato, del que 
Manuela tenía que defender celosa- 
mente su gata maltesa, con ese celo 
extraño con que las solteronas y las 
viudas jamonas guardan la castidad 
de esos pobres animales. La gata, en- 
cerrada, andaba vagando todo el día 
por el hotel, dando maullidos lastime- 
ros, y como no pedía salir, cometía 
más de un desafuero, que la celosa 
cocinera castigaba a zapatazos mien- 
tras restregaba el hocico del animal 
en el sitio mismo del desacato. De 
todo aquello echaba don Pedro la cul- 
pa al vecino. 

Un día que la casa de al lado ama- 
neció libre de los andamios de los re- 
vocadores, deslumbrante, con su fa- 
chada llena de balcones, don Pedro no 
pudo sufrir más. Tuvo una idea dia- 
bólica, que puso en juego sin consul- 
tar con nadie. Villa María hacía es- 
quina a una de las principales calles 
que desembocaban en el paseo Nuevo. 
El vecino tenía vistas a esa calle a 
través del jardín de los López Reina. 
Podía, sin faltar a la ley, hacer un 
paredón a su jardín y robar la luz 
y las vistas que disfrutaban por aquel 
lado. El dinero que tenía para las 
obras del piso se invirtió en eso. Don 
Pedro veía levantarse el paredón que 
lo aislaba de sus vecinos con un júbi- 
lo indescriptible; se pasaba las ho- 
ras en su jardín, con un traje ligero, 
sus zapatillas y su sombrero de paja, 
contando todas las piedras que iban 
colocando los albañiles. Aquel pare- 



dón le hacía el efecto de una muralla 
con la que se irritaba al enemigo y se 
le dejaba lejos y fuera de la ciudad. 
Tenía algo de empresa militar, de 
obra de defensa urgente, de estrata- 
gema inventada por un genio de la 
guerra. A veces don Pedro, con la 
mano metida entre los botones del 
pecho, en la americana, tenía actitu- 
des de Napoleón ; parecía como si fue- 
se a montar unos cañones detrás de 
la muralla : tal era la prisa, la ur- 
gencia con que quería que el pabellón 
se levantase, como si tratara de con- 
tener a un enemigo que avanzara rá- 
pidamente sobre él. 

Su voz era como la voz bronca y 
apremiante de un general. Hubiera 
querido hacer velar a aquellos obre- 
ros, que trabajasen a la luz de la luna 
o en medio de la oscuridad de la no- 
che para sorprender a todos por la 
mañana con la nueva construcción, 
como con uno de esos palacios de cuen- 
to persa que aparecían y desaparecían 
en el transcurso de algunas horas. 

Don Pedro miraba al cielo, miraba 
a lo alto, como si tomase medidas 
para una torre de Babel. Su pasión 
por el paredón era mayor que la que 
había tenido por el hotel : soñaba con 
un paredón tan alto como las nubes, 
y una noche, acostado del lado del 
corazón, soñó que se derrumbaba de . 
un modo abrumador, provocando una 
catástrofe en la ciudad y ocasionando 
miles de desgracias. Aquella noche se 
despertó sobresaltado, con un pánico 
mortal, y necesitó vestirse, respirar el 
aire del jardín y ver su paredón para 
tranquilizarse. A la mañana siguiente 
preguntó muchas veces al maestro de 
obras si sería bastante estable el pa- 
redón, porque sentía un miedo pue- 
ril de que el vecino de al lado lo pu- 
diese echar abajo, con una especie 
de catapulta o quizá con un rabioso 
puntapié. 

Entre tanto el paredón volaba ha- 
cia lo alto, crecía como él había vis- 
to crecer las cosas pequeñas en las 
comedias de magia. Aquellos albañi- 
les eran como soldados a los que él 
les había comunicado la fiebre de ele- 
var el muro. 



220 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



El muro era feo, arrojaba sobre el 
hotel y sobre el jardín una sombra 
lúgubre, pero la familia trataba de 
disculpar su fealdad buscándole al- 
guna aplicación. 

— Se podrá jugar bien a la pelota 
como en un frontón — dijeron unos. 

— Lo cubriremos con una de esas en- 
redaderas que se agarran a los muros 
y crecen como por ensalmo escalando 
con rapidez de lagartijas. Entonces será 
bello el espectáculo de este muro, 
adornado de verdura, como si fuese 
el límite de un gran bosque — dijeron 
otros. 

— Nos guardará de los vientos que 
vengan por ese lado — pensó Manuela, 
con su espíritu práctico, en su deseo 
de hallarle también una disculpa. 

Así pasaron rápidamente los días, 
y cuando ya el muro fuá bastante alto 
para ocultar el hotel de al lado, res- 
piró satisfecho como si lo hubiese en- 
terrado. Cada espuerta de mezcla de 
cal y arena que subían los trabajado- 
res era como una paletada de tierra 
que arrojaba sobre el odiado cadáver 
del otro hotel. Se quedó tranquilo, 
contento del daño causado al vecino, 
como si esto le hubiera reportado un 
gran bien. 

A las horas de la comida había 
siempre algo que comentar. Ya el 
encuentro con la portera, que había 
reído al pasar ellas. Ya el movimiento 
grosero del vecino, que les volvió la 
espalda. Siempre, al ir de noche a 
casa, lo hacían con precauciones, co- 
mo si temieran una asechanza, y al 
pasar cambiaban de acera, con una 
especie de miedo de que les arrojasen 
algo de las ventanas o les tiraran al- 
guna piedra. 

Las niñas habían exigido a don Pe- 
dro que adornase la fachada y plan- 
tase nuevas flores y arbustos en el 
jardín; Villa María no podía ser in- 
ferior a aquel otro hotel sin nombre, 
advenedizo, que nadie designaba por 
un mote delicioso como el de Casa 
Azul, que daban al suyo, y que sólo 
sé distinguía por su número, el nú- 
mero que indicaba su lejanía, 283, 
cuando ellas no tenían que poner más 
que Villa María en sus tarjetas. 



Pero un día vieron con inquietud 
un movimiento de obra en el hotel ve- 
cino. Llegaban carrillos con cal, are- 
na, yeso, y no tardó en aparecer una 
brigada de albaniles con espuertas y 
herramientas. ¿Qué irían a hacer? 
Don Pedro salía y entraba deseoso 
de enterarse de lo que ocurría. No sa- 
bía en qué trabajaban, hasta que pa- 
sados algunos días empezaron a verse 
les muros de un nuevo piso que cre- 
cía sobre las paredes maestras, acu- 
sando ya los huecos y las líneas ma- 
cizas, igual que si fuese un brote pri- 
maveral que salía de los cimientos 
clavados como raíces en la tierra. 

Aquel piso venía a dar mayores pro- 
porciones y señorío al hotel de al 
lado; Villa María se quedaba pequeña, 
perdida cerca de él. Se miraron ano- 
nadados : contra aquello no podían 
luchar. Se miraban unos a otros sin 
saber qué decirse, de mal humor ; las 
cernidas eran tristes, silenciosas, y lo 
que más los irritaba era aquella in- 
diferencia de Juanito, aue parecía en- 
contrar bien y natural lo que suce- 
día. 

Un día, doña Laura tuvo una idea : 

— ¿Por qué no sube usted el pare- 
dón hasta ocultar ese piso? 

Don Pedro tuvo un momento de des- 
concierto al oír la pregunta; se mar- 
chó sin contestarle, y durante varios 
días no se habló más del asunto. Las 
mujeres no dejaron de volver a la 
carga; les novios las ayudaban. Era 
una cuestión de honrilla para todos. 
Al fin, don Pedro tuvo que dejar esca- 
par su secreto. 

— Sí, se levantará más alto el pa- 
redón ; pero antes hay que dejarlos 
que acaben su piso. 

Dicho aquello con lentitud, se ence- 
rró en su despacho, dejando a todos 
atónitos, asombrados de su sangre fría 
y su talento, mirando hacia la puerta 
por donde se había ocultado su figura 
de estratega insigne. 

El plan se cumplió cerno se lo ha- 
bían propuesto ; verdad que para ello 
fué preciso consumir todo lo que res- 
taba de la cantidad con que se hubie- 
ra levantado otro niso a ViDn M^ría. 
pero eso no importaba; cuando tuvie- 



CARMEN DE BURGOS («COLOM3INE»). — VILLA MARÍA 



221 



ran de nuevo el gusto de tapar y ocul- 
tar la casa aborrecida, ya lo harían. 

Se quedaron tranquilos despuss üe 
eso. Volvieron a sus fiestas y a su vida 
ordinaria, y los enamorados empezaban 
a pensar de nuevo en sus proyectos 
matrimoniales. Después de todo, el 
hotel tenía capacidad para dos matri- 
monios y el padre. Juanito parecía re- 
nunciar a su parte de habitación, ya 
que su género de vida no hacía pre- 
sumir que pensara en casarse. Ade- 
más, la preferencia del padre estaba 
de parte de ellas, así ccmo la de la 
madre se había declarado en favor del 
hijo, por esa influencia de sexo que 
se deja sentir, sin darse cuenta, has- 
ta entre los padres y los hijos. Esa in- 
fluencia incontrarrestable dentro de 
lo más puro y más idealista que se 
halla en el mismo misticismo de los 
santos. 

Ya se habían ido acostumbrando a 
la nueva faz que presentaba la vida 
de don Pedro. Sus galantees de viejo 
verde, deleitándose con las gracias de 
las muchachas, no tenían más alcan- 
ce; estaban ya seguras de que no se 
casaría ; y por el consejo de doña 
Laura, hacían la vista gorda hacia 
la predilección que demostraba por 
una antigua criada, coloradota y fres- 
ca, que se despidió de la casa, y a la 
cual visitaba de cuando en cuando. 
Con aquella amistad estaba contento, 
de buen humor, y se prestaba de buen 
grado a servir de padre decorativo y 
acompañar a las niñas en aauellos ac- 
tos en los cuales la sociedad exige la 
presencia de los padres o de los es- 
posos. 

Un día tuvieron una sorpresa dolo- 
resa. Por cima de su paredón apare- 
cían unas nuevas tapias, que en po- 
cos días dibujaron la figura de un 
torreoncillo gótico, alto, esbelto, es- 
trecho, semejante al tallo de una flor 
que iba a abrirse en el hotel vecino. 
Las ventanas, en ojiva, eran como un 
ojo malicioso que entraba en su jar- 
dín y triunfaba de su paredón. Les 
parecía una sonrisa maliciosa de la 
casa vecina, un pie que colocaba sobre 
ellos para alzarse al sol altiva y ven- 
cedora. 



Para colmo de cinismo, a aqucUa 
ventana se asomaba una mujer; una 
mujer, extraña, distinta de todas las 
de la vecindad. Aparecía siempre des- 
cotada, pintados los ojos y los labios 
con exageración, vestida de telas finí- 
simas, con trajes originales y llamati- 
vos. No tardó en saberse quién era 
aquella señora : una bailarina de nom- 
bre célebre que el vecino había traído 
a vivir en su compañía. Aquello les 
na recia una. nueva ofensa. Como si lo 
hubiese hecho por ellas. Las niñas no 
se atrevían a salir al jardín ni aso- 
marse a las ventanas para que no las 
viesen tan cerca de aquella mujer. En 
el fondo se irritaban más contra ella, 
porque la encontraban bella y libre. 
La miraban a hurtadillas, con recelo 
y con una admiración inconsciente, 
que no podian evitar, y sorprendían 
siempre su mirada indiferente, y a 
veces curiosa y compasiva, como si en 
ella hubiese una superioridad moral 
que las encontrase insignificantes y 
las humillara. 

Además, la vecindad de la nueva 
moradora del Hotel del Torreón, como 
sonoramente había comenzado a lla- 
mársele en el barrio desde la cons- 
trucción de aquel pintoresco adorno, 
atraía un gran número de paseantes, 
que rondaban y pasaban constante- 
mente por el Paseo Nuevo. Ellas co- 
nocían ya algo de esos tipos que ron- 
dan continuamente a las mujeres que 
viven en los hoteles, y no precisamen- 
te por cálculo o por interés, sino por 
una atracción especial de los hoteles 
sobre algunos amorosos que sueñan 
con el atractivo de una aventura, el 
salto de la verja, burlar la vigilancia 
del perro, entrar por la ventana a la 
alcoba tibia, llena de luz. Una aven- 
tura con mujer dueña de hotel, mujer 
distinguida, con refinamientos, distin- 
ta del vulgo. Esos merodeadores no 
piensan para nada en el matrimonio 
ni en el amor ; pero son los continúes 
paseantes de las calles en que hay 
chicas o mujeres bonitas que habitan 
en un hotel. Otros eran los románti- 
cos, soñando aventuras, siempre niños 
muy jovencitos o pobres muchachos 
en cuya seducción entraba por mu- 



222 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



cho el elemento de bienestar que se 
exhala de los hoteles. 

Pero los hombres que ahora ronda- 
ban no eran como esos. Eran hombres 
elegantes, de aspecto de hombres adi- 
nerados, algunos ya viejos, que las 
miraban de un modo procaz. 

¿Qué hacer contra aquella eleva- 
ción de la casa vecina? Todo parecía 
imposible ya, empezando por la falta 
de recursos, que cada día se hacía 
sentir más. 

Los gastos de la casa habían au- 
mentado considerablemente, por la ne- 
cesidad de darlo todo a hacer. Todas 
las mil cosas que hacía doña María 
se repartían entre gente asalariada. 
Una criada más, costurera, plancha- 
dora. Los vestidos se llevaban al qui- 
tamanchas, no se arreglaban las ro- 
pas como cuando la madre vivía. Has- 
ta la misma Manuela olvidaba sus 
costumbres de arreglo y economía, y 
cada día eran más frecuentes sus li- 
baciones. 

Cada uno echaba la culpa del ma- 
lestar a los otros. ¿Por qué con lo 
mismo que les proporcionaba una si- 
tuación agradable en vida de doña 
María no tenían ahora para lo más 
preciso? 

Las chicas pensaban en regalos del 
padre a aquella mujer con la que pa- 
saba los ratos. El hijo lo atribuía 
todo al lujo de las hermanas, y el 
padre culpaba a unos y otros de ago- 
biarlo con peticiones y no saber ad- 
ministrar su peculio. El también de- 
seaba que las chicas se casasen, que 
le quitaran carga; pues bastante te- 
nía con vivir él e ir librando de su 
gravamen al hotel. 

Ese gravamen había crecido de un 
modo enorme con las nuevas hipote- 
cas, y, sin embargo, aún, impruden- 
temente, lo agravó más volviendo a 
meterse en obras para levantar más 
y más su paredón, hasta ocultar el to- 
rreón burlón y procaz de la otra casa. 
Era aquel ya un paredón que en vez 
de enterrar a los otros parecía aplas- 
tarlos a ellos. Villa María había per- 
dido la gracia y la esbeltez ligera y 
sencilla con que se recortaba sobre el 
fondo del horizonte, bañada en la mis- 



ma luminosidad azul del aire al desta- 
carse como incrustada en el paredón, 
deslucido y hosco, que arrojaba su. 
sombra sobre ella. 

Para colmo de cinismo, un día una 
orden judicial vino a suspender las- 
obras. El vecino, que había sufrido 
paciente la construcción de la tapia, 
mientras ésta podía justificar su exis- 
tencia por un motivo de utilidad, en- 
tablaba un pleito cuando lo exage- 
rado de sus proporciones demostraba 
el solo deseo de privarlo de sus lu- 
ces, invocando sus derechos de me- 
dianería. 

Aunque todos pusieron el grito en 
el cielo, fué preciso suspender las 
obras; pero el vecino no se conformó 
con aquello. Se trataba de que derri- 
bara la obra hecha ; había esperado 
paciente dpjándole hacer aquel gasto^ 
para tomar una cumplida venganza. 

Fué preciso buscar abogado, procu- 
rador, y empezó un nuevo gasto de 
curia y papel sellado. Como si la mis- 
ma casualidad estuviese en contra su- 
ya, el fallo de la Naturaleza se anti- 
cipó al del Juzgado : el paredón em- 
pezó a derrumbarse. Fué necesario 
atender al depósito que para respon- 
der a los gastos del pleito les pedía 
el Juzgado, al anticipo que exigieron 
el procurador y el abogado y al aca- 
rreo de aquellos escombros que el or- 
nato público les obligaba a retirar,, 
con el pleno convencimiento de que la 
tapia no volvería a levantarse. 

Aquel torreón se quedaría altivo 
enhiesto, triunfante, como un para- 
rrayos que detuviera la cólera acumu- 
lada sobre él. La familia de López 
Reina cerraba sus ventanas y se ais- 
laba en el fondo de la casita azul pa- 
ra no ver aquel hotel insolente y aque- 
llos odiosos habitantes. Era un odio 
de esos legendarios, un odio de esos 
de leyenda corsa, irreductible. Tenía 
el mismo origen de todos los grandes 
odios que registra la Historia y que 
han nacido siempre entre vecinos pro- 
pietarios o entre señores de propieda- 
des o naciones colindantes ; como si 
el ser terratenientes despertase el de- 
seo de dominación, la soberbia, la en- 
vidia y todas las malas pasiones. 



CARMEN DE BURGOS ( «COLOMBINE»). — VILLA MARÍA 



223 



VI 



Empezó la época de apuro, que ya 
no fué posible ocultar. Por mucho que 
se redujeran los gastos, no era posible 
salvar la situación. La ruina era in- 
evitable. 

Se reunió en el comedor una espe- 
cie de consejo de familia, en el aue 
también tuvieron voz y voto doña Lau- 
ra y Manuela. Don Pedro confesó su 
situación. No podía de ningún modo 
pagar los réditos ni levantar las hipo- 
tecas, que parecían haber ido aumen- 
tando por días. 

En los primeros apuros había hallado 
medios de solventar la situación. Ha- 
bía usado y abusado de su crédito; 
pidió a unos amigos, y luego a otros 
para pagar a los primeros y volverles 
a pedir ; tomó dinero sobre su sueldo, 
recurrió a usureros despreciables de 
peseta por duro al mes. ¡Ya estaba 
todo agotado! No podía hallar nin- 
gún medio para salir del conflicto. 

La familia estaba toda anonadada; 
y después de aquel momento de estu- 
por, las mujeres prorrumpieron en 
llanto, recriminándose unas a otras 
entre sollozos y frases entrecortadas. 

Por fortuna, don Pedro se impuso. 
El, que hasta entonces había sido dé- 
bil, recobró todo su carácter de jefe. 

Era inútil llorar; su ruina, después 
de todo, no era para caer en la mise- 
ria. Le quedaba su sueldo de oficial 
mayor de negociado, y con él bastaba, 
a pesar de la retención de la parte 
legal, para vivir bien y con decoro ; 
sobre todo estando tan inmediato el 
casamiento de las chicas y acabando 
aquel año Juanito la carrera de in- 
geniero, que ya le costaba quince años 
de estudio, con sus inumerables sus- 
pensos. 

Lo interrumpió éste. ¿Cómo iba a 
pagar sus deudas? Don Pedro expuso 
su resolución. Vivir era lo primero. 
Allí estaba su sueldo, pagaría todo lo 
que pudiese. Se reducía todo a vivir 
con mayor economía y... (no se atre- 
vía a pronunciar la palabra) a des- 
prenderse del hotel. Sería preciso mu- 
darse. Después de todo, aquella hi- 



poteca la había traído la casa misma; 
era un mal unido a ella que había 
crecido al par que se levantaba y se 
engrandecía ; un mal constitutivo que 
la había corroído y la mataba. 

Protestó toda la familia. Dejar la ca- 
sa era peor que la muerte. Se unirían 
todos, trabajarían, se esforzarían, su- 
frirían todas las privaciones y toda 
la miseria. Estaban dispuestas a todo 
menos a dejar su casa. Eso era un es- 
cándalo, un descrédito superior a la 
ruina misma. 

Doña Laura daba alientos con esa 
inconsciencia de los que ven los con- 
flictos desde fuera. 

— No hay que apurarse, ya se sal- 
drá de ello. 

Y Manuela se oponía a la idea con 
toda la falta de lógica hija de su des- 
conocimiento del problema que se le 
planteaba. 

— Hay que sufrir un poco. Nos re- 
duciremos, y con que las señoritas 
ayuden todo irá bien. 

Las señoritas no protestaban, esta- 
ban vencidas; pero ¿qué dirían En- 
rique y Alfonso al enterarse de aque- 
llo? Tenían vergüenza de confesarlo, 
y, sin embargo, la figura de sus pro- 
metidos tomaba entonces proporciones 
de liberatriz. Muy duro se hacía pen- 
sar en abrigar su idilio en otras ha- 
bitaciones desconocidas : cuando ya 
parecía haber tomado cuerpo en aque- 
llas estancias. 

Se reunió muchas veces la familia 
y se hicieron toda clase de cálculos ; 
los acreedores, que habían concedido 
prórrogas, los alzaprimaban. 

Doña Laura propuso la solución, 
muy del gusto de toda la familia. Po- 
día hacerse el último esfuerzo. 

Juanito se iría a provincias, coloca- 
do al terminar la carrera, y no había 
de faltarle un buen negocio o una he- 
redera rica. Bastaba sólo con que Ro- 
sario y Encarnación apresurasen las 
bodas y que el padre pudiese dedicar 
sus esfuerzos a salvar la casa. Ella 
misma se encargó de la delicada mi- 
sión de hablar a los dos novios. Si la 
acogida era favorable, aún podría bus- 
carse el dinero para hacer frente a 
los vencimientos más apremiantes. 



224 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



Salvar el hotel, aquel hotel que era 
algo tan unido, tan consustancial con 
ellos que no podían comprender el 
abandonarlo. 

Desgraciadamente, los desengaños, 
que van unidos a la decadencia de la 
fortuna, no se hicieron esperar. Enri- 
que habló de inconvenientes por par- 
te de su familia que hacían retardar 
el matrimonio por plazo indefinido, y 
Alfonso, más sincero y menos enamo- 
rado, abandonó francamente su em- 
presa, declarando que no quería ser 
un obstáculo a los nuevos planes que 
le conviniesen a Encarnación y que 
le devolvía la palabra empeñada. 

Hasta la criada y los jardineros no 
tardaron en abandonarlos aprovechan- 
do la coyuntura de colocaciones más 
seguras. 

Los primeros en desertar habían si- 
do los parientes, aquellos parientes 
que iban de noche a hacerles la ter- 
tulia, que comían con ellos los días 
de aniversario y tomaban parte en sus 
fiestas. 

Los amigos también los dejaban, 
desde que se había extendido la no- 
ticia de su ruina, y temían que don 
Pedro pudiese acudir a ellos. Hasta 
las amigas más íntimas dejaban de 
ir, disgustadas de la tristeza del ho- 
tel, con el jardín descuidado, em- 
polvada la verja, sucio el piso y revuel- 
tas y silenciosas las habitaciones, en 
las que ya no se escuchaban ecos de 
músicas y fiestas. 

Don Pedro andaba siempre sombrío, 
taciturno; Juanito apenas se deja- 
ba ver en los momentos de levantarse 
o de ir a dormir, pareciendo no ocu- 
parse de nada de lo que sucedía. Las 
dos hermanas dominaban a duras pe- 
nas su angustia, ocultándola hasta 
de sí mismas. Rosario, como si se hu- 
biese impuesto una misión de sacrifi- 
cio, había terminado sus relaciones 
con Enrique y trataba de encauzar la 
vida de la familia asumiendo las fun- 
ciones de directora, como se lo había 
visto hacer a la madre. Austera, tris- 
te, sin quejarse, se la veía cada día 
más pálida, más débil, próxima a 
contraer una enfermedad; pero va- 
liente para ocultar su dolor y no de- 



jarlo ver como Encarnación, que se 
pasaba los días sumida en el más pro- 
fundo desaliento, presa de la anemia 
v la neurosis desde el abandono de su 
prometido. Sólo doña Laura era la 
amiga fiel oue las acompañaba, quizá 
porque sentía un secreto placer en 
ser necesaria y adquirir la preponde- 
rancia de directora y consejera. 

Manuela, entre libación y libación, 
lamentaba la situación de sus amos 
con todas las gentes del barrio. 

— i Pobres señoritas, tan buenas, tan 
trabajadoras como se han vuelto! 
Ahora, que es cuando valen, es cuan- 
do las han abandonado esos bigardos, 
que no iban más oue detrás de las 
oerras. ¡ Para fiarse de los hombres ! 
El mejor, asadito y con limón. 

En su imaginación mezclaba la 
imagen de los novios infieles a sus 
señoritas con la de a^uel truhán oue 
la había engañado fingiéndose deco- 
rador, y aue la abandonó encinta de 
un chiquillo infeliz que nació muerto, 
cuando ella entró a criar a Juanito, 
el cual heredó todo su cariño ma- 
terno. 

Con su cariño y su compasión, la 
pobre mujer ponía cada vez más en 
ridículo a sus señores, contando los 
anuros oue tenían para comer y ves- 
tirse. Aouella compasión de todos ale- 
jaba a todos cada vez más. 

El momento fatal había llegado. Es- 
taba allí la cédula de desahucio, era 
preciso dejar el hotel a los nuevos 
dueños. 

Hasta aquel momento ninguno se 
había acabado de dar cuenta de la 
verdad de la situación. El hotel era 
en su imaginación una cosa unida 
a. ellos de la que no podían separarse. 
Y aquel absurdo, aquel imposible, aoue- 
lla monstruosidad que apenas habían 
oodido concebir iba a realizarse. Se 
lo repetían unos a otros, en voz baja 
nrimero y alto después, como si tu- 
vieran necesidad de oírlo para creerlo. 

— ¡ Es preciso irnos ! 

— Tenemos que dejar nuestra casa. 

¡Dejar la casa! Su casa; la que 
sería siempre su casa para ellos. Se 
les despojaba, se les saaueaba. 

¡Dejar su casa! ¡Dejar Villa Ma- 



CARMEN DE BURGOS ( «COLOMBINE»!. — VILLA MARÍA 



22.5 



ría! Era entonces cuando el nombre 
se les aparecía con todo su valor. Era 
Villa María : la casa de su madre. 
Abandonar aquella casa era como 
abandonar a la muerta, que se había 
quedado allí enterrada, como invisi- 
ble, viviendo aún con ellos. Tenían la 
sensación de que cada vez que salían 
la dejaban allí esperando. Ahora iban 
a abandonarla, a dejarla sola, a que 
otros moradores vinieran a profanar 
sus recuerdos..., y, sin embargo, era 
oreciso irse, irse, si no querían que 
los echaran... 

Buscó doña Laura el pisito, que ni 
siquiera vieron, y distribuyó a su ca- 
pricho las estancias que habían de 
ocupar cada uno. Era preciso cuidar 
mil detalles oue luego les pesaría no 
haber atendido. Llevarse todo lo po- 
sible. Don Pedro, anonadado por el 
aolpe decisivo, había vuelto a perder 
su entereza. No se interesaba por sal- 
var nada ; todo le parecía digno de 
desdén, cuando iba a perder lo que 
más valía. No quería mirar los árbo- 
les y las flores que él había plan- 
tado, casi marchitos ya, porque sólo 
Manuela las regaba de vez en vez. 

Gracias que doña Laura velaba por 
todo : lo recogía todo, hasta lo más 
inútil en apariencia. 

— Todo tiene aplicación — decía — ; 
yo, en mi casa, no tiro nada. Hasta 
el papel de plomo que envuelve el 
chocolate lo derrito en una sartén y 
me dan unos céntimos, treinta o cua- 
renta, todos los meses... No hay que 
desperdiciar nada, El pan duro, las 
bombillas fundidas, los huesos del co- 
cido, los papeles viejos y hasta las 
hebras de cabello que arranca el pei- 
ne. Diez céntimos de una cosa, diez 
de otra,.., ya hay para un panecillo 
o para tomar el tranvía. 

Todos la dejaban hacer. Manuela la 
obedecía y arrancaba los clavos de la 
pared, después de descolgar los cua- 
dros. Le parecía que la pared gemía, 
crujía, se resquebrajaba; había que 
herirla para arrancar aauellos cuadros, 
aquellos visillos, aquellas barras de 
portier que parecían haber nacido allí. 
Porque aquellos cuadros clavados en 
el hotel, en su hotel, en el hotel pro- 



pio, habían tenido un carácter defi- 
nitivo que hizo insospechable el que 
se pudieran arrancar. Eran cuadros 
y adornos que no parecían colgados, 
sino unidos, formando un solo cuer- 
po con las paredes. Algo así como los 
frescos que decoran los grandes mo- 
numentos y que son inseparables de 
ellos. 

Ya no había el cuidado de no estro- 
pear aquellas paredes que se habían 
mimado como si fuesen de carne ani- 
mada. Sin darse apenas cuenta, Ma- 
nuela sentía toda la tragedia de la 
familia y evocaba el recuerdo consus- 
tancial con aquella casa, murmurando 
sin cesar entre sollozos: 

— ¡Si la señora levantara la cabeza ! 
¡Si la señora levantara la cabeza! 

Y una vez añadió convencida : 

— ¡ Suerte tuvo doña María en mo- 
rirse antes de ver esto! 



VIII 

La llegada de los carros de mudan- 
za que se esperaban sorprendió como 
un acontecimiento imprevisto. Se ha- 
bía apoderado de todos una desespe- 
ración semejante a la que se siente 
ante la muerte inevitable de un ser 
querido. No se empaquetó nada, no 
se guardó nada; los hombres cogían 
y cargaban a granel los objetos, algo 
admirados de no oír las recomenda- 
ciones, de que cuidaran las cosas frá- 
giles, a que estaban acostumbrados. 
Cuando lo cargaron todo, los carros 
se pusieron en movimiento, semejan- 
tes a fúnebres coches de entierro oue 
fuesen de un hospital, sin quD nadie 
siguiera el duelo. Sólo Manuela cami- 
naba a distancia, limpiándose las lá- 
grimas, llevando la jaula del único 
canario que no se había muerto de 
abandono y olvido en aquellos días, 
y el saco en que había encerrado la 
gata, y murmurando en voz baja su 
eterna cantinela : 

— ¡Si la señora levantara la cabe- 
za ! ¡ Bien muerta está ! 

No había ya nada en la casa, ni 
un objeto, ni una silla; la familia es- 



NOVELA CORTA 



226 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



taba toda reunida, en pie, en la al- 
coba del piso bajo. Aquella alcoba 
debía de estar en el sitio en que se 
abrió el primer cimiento para afian- 
zar el hotel ; debía de ser allí donde se 
colocó la primera piedra, la matriz de 
donde nació. Todos habían acudido 
allí como por un acuerdo tácito a des- 
pedirse de la madre. Era allí donde ha- 
bía muerto doña María, donde la de- 
jaban, moralmente, enterrada; donde 
tenían que abandonarla a la profa- 
nación de otras gentes desconocidas. 
La desesperación de todos era tan 
inmensa, que ninguno se atrevía a 
hablar. Se apoyaban en las paredes 
como buscando en ellas un supremo 
amparo. Había en su dolor un dolor de 
reyes destronados al abandonar su rei- 
no; pero más agudo, más punzante, 
porque habían de sufrirlo más en la 
soledad, en la oscuridad, sin la bri- 
llantez y la ostentación. 

Un momento se miraron todos, co- 
mo si se pidiesen auxilio, y entonces 
sucedió una cosa extraña. Juanito, el 
apático, el indiferente, se sintió enlo- 
quecer. Su pasión por el hotel, que 
en tiempos normales parecía desde- 
ñar, se exaltó hasta el apasionamien- 
to, un apasionamiento de hombre ce- 
loso que tuviera que abandonar la 
mujer amada a otro poseedor; una 
pasión de esas en que el amor toma 
caracteres de odio para matar y des- 
trozar al que ama, como una supre- 
ma prueba de amor. Se lanzó al jar- 
dín, cogió una azada y con ella des- 
cargó golpes furibundos en todas di- 
recciones. Rompía cristales, hacía sal- 
tar astillas de las puertas, caían en 
pedazos molduras de las paredes... 
Acuella locura de destrucción se co- 
municó al padre y a las hermanas. 
Sí mejor era destruirlo todo que en- 
tregarlo cuidado, lozano, lleno de 
amor a los que los despojaban. Todos 
a una, armados de piedras o de pales, 
rompían v destrozaban a porfía. Rosa- 
rio segaba sin piedad las plantas del 
' jardín, mientras su hermana pisotea- 
ba las raíces y el padre y Juan des- 
gajaban los árboles y seguían destro- 
zando luces, puertas, ventanas, pila 
del baño... Parecían forajidos defen- 



üéndose en un hotel abandonado a 
la llegada de la Policía, dispuestos a 
defenderse hasta morir en aquellas 
posiciones en que se habían hecho 
fuertes. 

Al fin, el cansancio los detuvo y 
los rindió. Se miraron asustados, co- 
mo si en todo aquel tiempo no se hu- 
bieran visto. Por un momento, en su 
fiebre de destrucción, pensaron en el 
incendio, y en todos a un tiempo sur- 
gió la misma protesta. No. 

No; no podían incendiar Villa Ma- 
ría; más que la responsabilidad cri- 
minal en que no pensaban los dete- 
nía aquel nombre. Por un momento 
sus imaginaciones exaltadas contem- 
plaban aquella casa tan querida presa 
de las llamas. Veían con deleite de 
héroes sitiados en su ciudad cómo las 
llamaradas encendidas y las ráfagas 
de humo buscaban paso por las ven- 
tanas, lamiéndolas con su lengua de 
fuego, hasta levantar el techo y co- 
rroer y derribar las paredes, dejando 
sólo el dibujo plano de los cimientos. 
Sería para ellos un placer ver cómo 
todo se deshacía, se desmoronaba; 
cómo el vencedor no se podría apo- 
derar más que de un montón de ce- 
nizas... Pero entre las llamas les pa- 
recería oír el lamento de un ser que 
se quemaba encerrado en su habita- 
ción sin poder salir de ella: su ma- 
dre. Su madre estaba allí, y les im- 
ponía la cordura en el último sacri- 
ficio. 

Sin decírselo, todos se habían trans- 
mitido el pensamiento. Lo hecho, bien 
hecho estaba. Era preciso irse. En- 
tonces surgió otro problema de humi- 
llación y de vergüenza. No podían sa- 
lir de allí a pleno sol. Miraron por la 
ventana de una habitación del segun- 
do piso hacia el hotel número 235. El 
Hotel del Torreón, el hotel que les 
había vencido; como si su derrota no 
fuese tan personal y ellos fuesen solo 
las victimas de aquella lucha de ho- 
tel a hotel. . 

Allí estaban los vecinos implacables, 
mirando desde lo alto de las ventanas 
Djivales: se habrían estado gozando 
en ver cómo sacaban los muebles : ha- 
brían presenciado toda su salvaje des- 



CARMEN DE BURGOS < «COLOMBINE»).— VILLA MARÍA 



227 



esperación ; serían testigos que podrían 
delatarlos. De haber tenido un auna 
hubieran disparado sobre ellos sin re- 
mordimiento. 

El furor de don Pedro llegó al pa- 
roxismo. 

— ¡Malditos! ¡Malditos! — exclamó, 
viendo sonrientes en la ventana a la 
dama del amplio descote y al vecino 
de la barba negra. 

Y cayó presa de un ataque nervio- 
so, con los dedos y los dientes encla- 
vijados, como si padeciera un ataque 
de tétanos. 

Ante aquello, los hijos lo olvidaron 
todo: Encarna y Rosalía, sentadas en 
el suelo, lo recibieron como a un niño 
pequeño en su regazo, mientras Juan 
le ponía en el rostro su pañuelo em- 
papado de agua. Les parecía oue su 
madre estaba allí y ouería llevarse al 
esposo sin que ccmetiera la infideli- 
dad de abandonarla. Sentían el terror 
de ver morir al padre, y creían que 
nada debían de hacer para oponerse 
a los designios de aquel ser eme do- 
minaba su destino de un modo tan 
fatal. 

Por fortuna, don Pedro se repuso, 
v poco a poco todos se tranquilizaron' 
Pero ¿cómo salir de allí? Era imoo- 
sible dar el espectáculo de abandonar 
la casa arrojados, vencidos, después 
de haber dejado ver su desesoeración 
ante los ojos de sus enemigos. 

Y todo el día lo pasaron allí, en 
aquella habitación desmantelada, vien- 
do ir oscureciendo a su alrededor, has- 
ta que vino la noche. ¡Tenían oue 
irse para que los nuevos dueñes no 
los encontraran! Y salieron, todos 
juntos, apoyándose los unos en los 
otros, tropezando, como si aquel suelo 
se les hubiese ya vuelto hostil. Sin 
ruido abrieron la verja, pasaron bajo 
las letras queridas que no se atrevie 
ron a arrancar con la esüeranza de 
que aquella casa conservase su nom 
bre... Temían que los acechasen des- 
de el hotel de al lado..., que les sor- 
prendiesen en su fuga... 
. ...Y así se perdieron lentamente, 
sin volver la cabeza, a lo largo de la 
acera de aquel Paseo Nuevo por don- 
de no volverían a pasar. 



— ¡ El perro ! 

Un ladrido lastimero llegaba hasta 
ellos. Nadie se había acordado del pe- 
rro, que quedaba abandonado en su 
garita de madera. Por un momento 
dudaron si volver a buscarlo. ¿Qué 
sería de él si tardaban los nuevos due- 
ños? Había que abandonarlo un poco 
a la fatalidad. Ellos no podían ir a 
aquel piso que les iba a servir de al- 
bergue con el pobre animal que fué 
su guardia y su custodio durante tan- 
tos años. Ahora recordaban con cari- 
ño hasta sus ladridos y sus molestias ; 
pero no podían volver ya sobre sus 
pasos. Era aquel que acababan de re- 
correr un camino trazado que no po- 
dían desandar de nuevo. 

Aquel perro, tosco, bruto, que no 
tenía la simple alegría oue en medio 
de su fuerza tienen para ser sociables 
los perros de cortijo, poraue estaba 
embrutecido, con el embrutecimiento 
que les dan a los perros las grandes 
ciudades, tenía que quedar allí como 
una cosa inherente al hotel; quizá 
como el guardián del sepulcro de su 
ama, destinado a morir sobre él como 
eses perros fieles que el mármol ha 
perpetuado al pie de sus dueños en los 
sepulcros góticos, como símbolos de 
la fidelidad. Siguieron su camino. 



IX 



Aquella tarde de domingo, a la hora 
del crepúsculo, el Paseo Nuevo esta- 
ba desierto. En esos días de ventisca 
7 lluvia no transitaba nadie por allí 
oon esto había contado Encarnación 
para escaparse y dar un largo rodeo 
al volver de casa de las amigas con 
quienes había pasado la tarde, para 
cruzar delante de su antigua morada. 
Sentía una necesidad de ir allí, como 
si la hubiesen sugestionado con un 
mandato imperioso que le era nece- 
sario obedecer. Era un deseo avasa- 
.lador, irresistible de ir a aquel sitio 
y contemplar Villa María, aunque sólo 
luese entre la sombra y la lejanía 
Quería volver a ver aquella casa don- 
de transcurrió su infancia, donde esta- 



228 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



ban encerrados todos sus recuerdos 
alegres o tristes y todas sus emocio- 
nes. Aquello era a la vez algo así como 
una visita hecha a la tumba de su 
madre. 

Parada, inmóvil, contemplaba el ho- 
tel desde la acera de enfrente, sin cui- 
darse del viento furioso que hacía 
caer las chimeneas arrancadas de 
cuajo, y abatía los árboles en una fan- 
tástica convulsión de ramaje en me- 
dio de la sombra de un modo fantás- 
tico y amedrentador. Los vecinos ha- 
bían cerrado cuidadosamente puertas 
y ventanas, y los pocos transeúntes 
pasaban arrebujados en sus abrigos, 
con la cabeza agachada, caminando 
de prisa en busca de un refugio. 

Encarnación sentía oprimírsele el 
corazón de angustia al contemplar 
como una extraña aquella casa que se 
le hacía desconocida. Le parecía más 
pequeña que nunca. El paredón ha- 
bía desaparecido, y Villa María era 
chiquita y simple como una casita de 
campo cerca de la esbeltez del Hotel 
del Torreón. En éste se veían luces al 
través de las ventanas. El suyo esta- 
ba envuelto en sombra : debía de estar 
deshabitado aún. No se atrevía a acer- 
carse; el viento y la llovizna revolvían 
sus ropas y azotaban su rostro; no 
sentía frío ni miedo; estaba absorta 
en la contemplación de su casa. Poco 
a poco se fué acercando a ella, para 
verla bien. La verja..., la puerta..., la 
ventana de su cuarto..., la ventana 
aquella por donde hablaba con Al- 
fonso. Sentía una emoción que la aho- 
gaba. Un deseo loco de entrar allí, de 
gritar que la despertaran de su pe- 
sadilla para volver a verlo todo ale- 
gre, riente, lleno de esperanza como 
en mejores días. Era su memoria co- 
mo un cinematógrafo para evocar las 
horas dichosas, los sitios, las escenas. 
Veía les muebles colocados en su si- 
tio, las personas..., su novio..., su ma- 
dre. 

Pero el hotel, con su sensación de 
abandono, con su jardín destrozado 
y lleno de los cascotes de las obras, la 
volvió a la realidad. Seguía solo y des- 
habitado, envuelto en una tristeza 
mayor. Ella tuvo celos al pensar en 



quiénes serían sus moradores; sentía 
remordimiento ante el jardín sin plan- 
tas del destrozo que habían causado, 
y al mismo tiempo un deseo vehemen- 
te de que permaneciera así siempre, 
abandonado, solo; que crecieran en el 
jardín zarzas y jaramagos; que las 
paredes se agrietaran y se cayesen; 
que se desmoronara. Era mejor que 
quedase siempre desierto, inhospitala- 
rio, como esos solares a los que la jus- 
ticia de los antiguos reyes mandaba 
sembrar de sal. 

Y en medio de su impresión, la ra- 
zón se imponía para conocer que aque- 
lla casa, ya ajena a ella, habría de 
cumplir su misión dentro de la más 
completa indiferencia. 

No podían culpar a nadie de su 
desgracia más que a su desaforado 
amor de propietarios, aquel apego a 
una cosa muerta, material, insensi- 
ble, a la cual habían ridiculamente 
subordinado toda su vida. 

Quiso instintivamente buscar una 
disculpa a aquel amor absurdo hacia 
las cosas, explicándoselo por la creen- 
cia de que su madre vivía allí y que 
no la podrían desalojar de su casa, 
porque el espíritu de los muertos no 
puede desalojarse de la casa que ha 
sido suva, v Villa María era siempre 
la casa levantada y cuidada por la 
madre, como el nido donde las había 
arrullado. 

Levantó los ojos al letrero para dar- 
se fuerza. El letrero no estaba ya allí. 
La Casa Azul no era ya Villa Mana. 
La tragedia de la casa estaba con- 
sumada. Le parecía como si hubie- 
sen enterrado a su hotel bajo sus ci- 
mientos, más abajo de sus cimientos. 
La idea de poner una corona en una 
tumba le sugería la de ese hundimien- 
to insólito que debía haber experi- 
mentado el hotel. Aquella sombra del 
otro que se levantaba sobre la fosa 
del suvo era semejante a ese nicho 
deshabitado que ha de ocupar otro so- 
bre el nicho ocupado más abajo. 

Había en ella algo como el recuerdo 
de un antiguo día de fiesta, de unas 
vagas notas de vals, de un sentimien- 
to de muerta que hubiese resucitado 
para vagar junto a su casa. 



CARMEN DE BJJRGOS («COLOMBINE»). — TODOS MENOS ÉSE 



229 



Hubiera querido convertir en sueno 
todo lo que había pasado para poder- 
se despertar. Desdichadamente, algu- 
nas veces se está tan despierto en la 
vida, que no se puede despertar más, 
que no se puede ni soñar ni tener nin- 
gún consuelo. 

Encarna estaba despierta, más des- 
pierta que había estado nunca ; por 
eso la hería la verdad de las cosas co- 
mo un puñal, y parecía como si ma- 
terialmente, en una. lluvia de hierro 
y cascote, se hubiese desmoronado el 
hotel sobre ella. Era inútil permane- 
cer ya allí; aquella casa se le había 
hecho extraña. No quedaba ya nada 
de ellos. Quiso volver al lado de su 
familia, huir, librarse de aquella ob- 
sesión... Ai volverse vio un bulto, en 
el que no había reparado, inmóvil, so- 
bre el banco de enfrente del hotel. Al 
acercarse conoció a la mujer que es- 
taba allí cerca de ella. Las dos lan- 
zaron un grito y luego un nombre : 



— ¡Encarnita! 

— ¡ Manuela ! 

La pobre criada, que también, como 
ella, había ido a vagar, con un ins- 
tinto de perro, inconsciente, en torno 
del hotel. 

La cogió del brazo, y se alejó con 
paso vivo, cerno si hubiese recobrado 
toda su energía ante aquel rasso de 
servidumbre que les imponía el ho- 
tel. Se sintió como curada de un gran 
mal, fortalecida, para mirar hacia los 
nuevos días, enamorada de la vida, 
sintiendo a la vez una rebelión y un 
misticismo que le hacían abominar del 
amor desmedido a la posesión y le 
daba un desprendimiento de las co- 
sas materiales, para amarlas en su 
justa medida, que hubiera querido in- 
culcar aquel nuevo sentimiento en el 
corazón de los otros. Librarse del amor 
a las paredes y el solar, y buscar en 
sí propia la morada y los cimientos 
de su paz interior. 



¡TODOS MENOS ESE! 



El frescor del aire de 'la sierra que 
caía sobre Madrid tenía algo de 
brisa de mar; ejercía un efecto tónico 
para que los poros resecos y sofocados 
por el calor del día se abriesen con 
una sensación de bienestar y placidez. 
Era como si Madrid todo diese ese gran 
gran suspiro de satisfacción que exhala 
una persona privada largo rato de 
aliento al volver a respirar libremen- 
te. Todos los balcones estaban abier- 
tos, todas las terrazas de cafés y cer- 
vecerías llenas de gente ; llenos los 
recreos y cines al aire libre; y las ace- 
ras invadidas por los grupos de por- 
teras y habitantes de los cuartos in- 
teriores que acudían ansiosos de to- 
mar el aire. 

El paseo de Recoletos, al que burlo- 
namente denominaban la playa, era 



el más favorecido de todos a pesar del 
retraimiento de los que no lo conside- 
raban elegante. 

Dos vueltas habían dado Adelina y 
Luisita sin atreverse a entrar en él, 
pasando a lo largo de la acera y con- 
templando de lejos el bullicio, cuando 
al fin el deseo fué más fuerte que la 
decisión que habían formado, atraídas 
por el rumor de risas y palabras ale- 
gres que ponían en el aire una nota 
de animación y simpatía. 

Fueron a tomar su parte en aquel 
alegre coro de gentes que iban y ve- 
nían en grupos, completamente despre- 
ocupados los unos de los otros, como 
si la reunión de todos no tuviese más 
objeto que aislar a cada uno y ser- 
virle de acompañamiento. 

Casi todas las jóvenes que paseaban 
parecían alegres, avispadas, cantarí- 
nas, como dispuestas a una danza. Las 
cabecitas descubiertas en su mayor 



230 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



parte estaban peinadas con un cui- 
dado burgués, en rizos bien dispues- 
tos, complicados y sentaditos y se man- 
tenían airosas sobre los cuellos er- 
guidos con energía al eco del piropo 
masculino como yegua que se engaya 
y recela. 

Dominaban las blusas de tonos cla- 
ros y telas ligeras, transparentes, que 
dejaban lucir descotes y brazos; "las 
faldas cortas descubrían los pies cal- 
zados coquetonamente con zapatitos 
descotados, de tacón alto y transpa- 
rentes medias de seda. Los hombres 
jóvenes y viejos mosconeaban alrede- 
dor de las paseantes, repitiendo sus 
continuos piropos, y mirando a todas 
con ojos que creían un deber expresar 
lánguidamente un galante deseo. 

En las sillas, colocadas al margen 
del paseo, se formaban numerosas ter- 
tulias de personas más morigeradas, 
que se sentaban allí cerca, del mismo 
modo que si entrasen en un teatro 
para ver el espectáculo. 

Luisa buscó con los ojos hacia aquel 
lado cuál sería el lugar donde se colo- 
caban los sevillanos. 

Sabía que estos tenían su tertulia 
bajo uno de los árboles, que era ya 
como un sitio alquilado para ellos. Así 
se reunían por gremios o provincias : 
tertulias de militares, de empleados de 
Fomento, de procuradores ; todos los 
que no habían podido salir de Madrid 
y se consolaban paseando en la «Plava 
de Recoletos» y declarando que Ma- 
drid era el lugar más agradable de la 
tierra y que se estaba mejor en una 
casa de huéspedes de diez reales en 
la calle de la Montera que en un 
balneario de moda. 

Se permitían la expansión de ir 
allí todas las noches, formar su ter- 
tulia, para discutir a voces, sin poner- 
se nunca de acuerdo, todos los asun- 
tos políticos, las obras de teatro y el 
mérito de las actrices, bailarinas y 
cupletistas ; y algunos tomaban dos 
sillas para extender las piernas a sus 
anchas, poner el sombrero al lado y 
desabrocharse el cuello de la camisa 
con la libertad del que está en su 
propia casa. Claro que todas las dis- 
cusiones tenían el intermedio del con- 



tinuo tema de las mujeres, como si la 
hombría de ellos hubiera de probarse 
con palabras procaces, aventuras vul- 
gares y mucho hablar de mujeres es- 
tupendas echándola de pillines. 

Allí, en una de esas tertulias de 
estudiantes y de empleados de Sevi- 
lla se sentaba Paco. Luisa no tardó 
mucho en distinguirlo y cambió ins- 
tantáneamente la mirada, para pasar 
frente a él haciéndose la distraída, 
como si no lo hubiese visto, aunque 
la tiesura de ■ su aspecto, el empeño 
en mantener la cabeza vuelta hacia 
otro lado y lo forzado de la voz da- 
ban a entender claramente, no sólo 
que lo había visto, sino lo mucho que 
le importaba su presencia, 

Paco, por su parte, no había pesta- 
ñeado, pero la había visto pasar con 
la misma emoción oculta bajo la capa 
de la indiferencia. Todos sus amigos 
la habían visto también. Se destaca- 
ba demasiado la joven, con su alta es- 
tatura, su cabeza de rizos negros y su 
blusa roja, que le hacía sobresalir de 
los tonos claros y la estatura mediana 
de las otras, como una amapola entre 
un campo de margaritas. 

A los pocos momentos Paco hizo 
ademán de levantarse. 

— ¿Te vas? — le preguntó un amigo. 

—Sí. 

La mirada con que acompañó este 
sí daba a entender que no Quería vol- 
ver a ver pasar ante él a su ex novia. 
Empezó a recoger los efectos que te- 
nía sobre la silla, pero lentamente, 
como los que antes de marcharse es- 
peran que los llamen. 

Sin duda Luisa había presentido la 
huida porque a los pocos metros, en 
vez de continuar nasta el final del 
paseo arrastró a su hermana para dar 
la vuelta. Su mirada de reojo debió 
advertirle lo oue sucedía, porque vol- 
vió la cabeza hacia aquel lado, y miró 
con franqueza, de frente, haciendo un 
expresivo saludo. Todos le contestaren 
afectuosamente y uno de los del f:rupo 
se adelantó invitándolas. 

— ¿Quieren ustedes descansar .aquí? 

Luisa miró a Adelina, nue a su vez 
ya la miraba a ella, porque la viuda, 
sujeta sin interrupción desde la tu- 



CARMEN DE BURGOS («COLOMBINE»).— TODOS MENOS ÉSE 



231 



tela del padre a la del marido, estaba 
sometida a la voluntad ae ia herma- 
na, de un carácter más v.vaz y domi- 
nador. 

— Con mucho gusto. 

La vacilación había sido corta, como 
si presintiera el peligro que encerraba. 

Todos se levantaron a saludarlas, 
con esos extremos de amabilidad que 
son como el homenaje debido a las 
mujeres bonitas, y les cedieron sus 
asientos. Paco ofreció el suyo. 

—¿Te vas? 

Esta vez era Luisa la que preguntaba 
y él fué el que vaciló un instante para 
responder al fin con voz temblorosa. 

—No. 

Todos los demás sonrieron. Era pro- 
verbial entre ellos aquel amor de Lui- 
sa y Paco que duraba ya varios añcs, 
entre continuas riñas y rompimientos, 
pero que acababa por arreglarse siem- 
pre, de tal modo que ya los amigos 
íntimos no se atrevían a aconsejarle en 
contra; y ni las amigas de ella coque- 
teaban con Paco, ni los amigos de éste 
se atrevían a cortejarla, a pesar de 
ese incentivo que hay. en la novia del 
amigo y en la viuda del camarada, 
para hacerla más codiciada e inci- 
tante. 

Todos tenían la seguridad de que sus 
disgustos habían de acabar bien; les 
bastaba sólo verse, cambiar una pala- 
bra o una mirada para que se derrum- 
basen todos sus propósitos de no vol- 
verse a saludar y cayesen por tierra 
sus enojos, por mucho que ambos hu- 
biesen jurado a todo el que quería oír- 
los que no se arreglarían jamás. 

Aquel era un amor que vivía de sus 
continuas rupturas, de las dificulta- 
des que se creaban ellos mismos, de 
la facilidad con que todo se arreglaba 
y se deshacía constantemente. Siempre 
avaloraba sus momentos de amor' la 
idea de lo deleznable y fugitivo que 
podían ser, y en el fondo de sus dis- 
gustos, en los instantes más amargos 
del alejamiento, quedaba como una 
persuasión íntima de que- no estaba 
todo terminado. 

Habían llegado hasta la infidelidad. 
Unas veces Luisa supo que Paco cor- 
tejaba a una joven y que sus relacio- 



nes iban muy avanzadas, pero le había 
bastado presentarse para que él no 
volviera a hacer caso de la otra. Hasta 
alguna vez, con esa falta de piedad de 
los dichosos, se habían reído de las 
cartas que la abandonada le dirigía a 
Paco y que habían de quedar sin con- 
testación. 

Otras veces era Luisa la que había 
admitido un pretendiente, para de- 
jarlo cruelmente burlado" a la vuelta 
de Paco. 

Estaban todos acostumbrados a oír- 
los abominar al uno del otro, contar 
las ofensas que habían recibido, las 
groserías de que fueran víctimas, los 
sufrimientos que se habían causado y 
el odio engendrado por todo aquello, 
y luego verlos de repente juntos, feli- 
ces, olvidados de todo, como los mejor 
avenidos del mundo. 

Bien es verdad que al día siguiente 
de verlos tan unidos, tan conformes, 
con la seguridad tan grande de su 
amor y sus destinos, se los encontra- 
ba separados de nuevo y jurando que 
no se reunirían más. 

¿Por qué había surgido la nueva rup- 
tura? Ni ellos mismos podían decirio. 
Era todo por cosas fútiles, tal vez es- 
tallidos de pasión demasiado vehemen- 
te que llegaba a tomar las formas del 
odio para ser más aguda y punzante. 

Estallaban aquellas tempestades ca- 
da lunes y cada martes ; ya una opi- 
nión contraria, ya la elección de un 
sombrero o una corbata, una frase, 
una mirada, la contradicción dolorosa 
del amor exacerbado estaba en ellos y 
se manifestaba con cualquier pretexto. 

En los disgustos graves, cuando los 
celos tomaban parte y les amigos se 
proponían agrandarlos con su inter- 
vención, parecía que se había termi- 
nado todo ; pasaban meses y meses de 
alejamiento; unas veces sin auerer oír 
hablar el uno del otro, otras veces pro- 
testando que eran excelentes amigos, 
completamente indiferentes, hasta lle- 
gar a la confidencia. Pero lo mismo en 
unes casos que en otros todo se aca- 
baba como había empezado, sin saber 
de qué manera. 

No necesitaban preámbulos ni expli- 
caciones; una mirada, una sonrisa. 



232 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



un apretón de manos y todo quedaba 
olvidado. Era después cuando venían 
las explicaciones, las quejas, el narrar- 
se los tormentos que habían sufrido, 
convertidos ya en agradable tema de 
conversación. 

Así pasó aquella noche. Después de 
estar conversando un rato alegremen- 
te con sus amigos, las dos hermanas se 
levantaron para pasear de nuevo y 
Paco se colocó al lado de Luisa con la 
mayor naturalidad, haciéndose acom- 
Dañar de su amigo Juan, que tomó su 
puesto al lado de la viuda. 

Todos los del grupo que habían 
abandonado, y que recordaban las con- 
fidencias rencorosas de Paco, se mi- 
raron un poco entre desconcertados y 
risueños, como diciendo con su fata- 
lismo sevillano : «Tenía que suceder» ; 
y mientras unos seguían discutiendo 
si era más interesante Raquel Meller 
o la Argentinita, otros canturreaban 
una soleá, y los demás, medio soño- 
lientos, emperezados, mecían su en- 
sueño de nostalgia, que iba hacia la 
patria chica. 



TI 



El centro del paseo era como el 
prólogo de los amores y de las intri- 
gas. Después, para la continuación, las 
parejas de enamorados se esparrama- 
ban y se extendían por los bulevares 
más "silenciosos y solos, de más poe- 
sía y menos luz, hacia el Prado o el 
Hipódromo. 

Las dos parejas caminaban a orillas 
de los jardinillos del primero, los cua- 
tro en fondo, muy silenciosos y pre- 
ocupados. Paco miraba ávidamente a 
Luisa ; la miraba como si la hubiese 
encontrado después de creerla perdida, 
y ella notaba cómo la penetraba su 
mirada llena de amor, y se sentía fe- 
liz, segura de su poder de dominadora. 
Poco a poco dejó el brazo de la her- 
mana para adelantarse con él. La otra 
pareja les seguía realizando un sacri- 
ficio en aras de la amistad. Juan, sin 
saber de qué hablar con Adelina, que 
siempre autómata, silenciosa e indife- 
rente a todo, marcaba a su paso el 



ritmo conveniente para guardar la dis- 
tancia que había querido establecer 
entre ellos ' su hermana. 

A. los pocos pasos se habían hecho 
las paces y las manos de los dos ena- 
morados se estrechaban amorosamente. 

— ¡Cuánto he sufrido ¡—decía él. 

Y como para darle una idea de su 
tormento, añadía : 

— Me pasaba las noches estudiando. 

Ella, vencida por aquel exceso, mur- 
muraba : 

— Tonto, y yo que te quería tanto. 

Habían llegado al lugar donde el 
paseo se abre en la plazoleta de las 
Cuatro Fuentes. La poesía del sitio 
los ganaba a todos. Era uno de los 
lugares más bellos de Madrid, y, sin 
embargo, era el más desierto ; la gente 
no se "detenía allí ; sólo escasos tran- 
seúntes pasaban de vez en cuando tur- 
bando la intimidad de aauel sitio. Ha- 
bía algo allí de campo, de explanada, 
algo que parecía alejar las casas cer- 
canas y alejar la ciudad: lucía en 
lo alto un cielo azul, intensamente os- 
curo, en el que brillaba la franja de 
luz de la vía láctea, semejante a un 
jirón de neblina que ocultase las ma- 
sas de estrellas: la gran explanada 
envuelta en la sombra tenía un valor 
de claro de bosque, y las cuatro fuen- 
tes, bajas, anchas, con las aguas ver- 
dosas que parecían próximas a des- 
bordar, ponían mayor misterio al lu- 
gar Caía el agua lenta, lenta, con un 
suave murmullo, desde su bajo sur- 
tidor, v daba la impresión de oue las 
fuentes se iban a derramar, faltas de 
artificio, con la sencillez de su taza 
escueta, de piedra, roída y ennegrecida 
por los años. La canción del agua era 
allí una canción en voz baja, sorda, 
como si tuviese miedo de turbar la 
paz de la ciudad, como si añorase la 
libertad de los campos. Su canción me- 
lancólica, dulce, doliente impregnaba 
de poesía el lugar. Los dos novios fue- 
ron a sentarse en el borde de una 
fuente, la primera a la izquierda, y 
Luisa tocó con los dedos el agua, sin- 
tiendo una sensación de placer a su 
contacto, pero sin atreverse a sumer- 
gir las manos. Paco trató de levantarse 
los puños para imitarla, pero ella lo 



CARMEN DE BURGOS («COLOMBINE»). — TODOS MENOS ÉSE 



233 



detuvo. Tenia miedo de aquella oscu- 
ridad del agua, que parecía negra, más 
negra que la tierra, como si en su 
fondo estuviese posado mucho fango 
y vivieran anguilas, lombrices, sapos, 
animales que irían a morderle en las 
uñas. 

El rió de buena gana de sus temores. 
Las fuentes estaban limpias, a pesar 
de las ovas o ajomates pegados como 
pólipos a sus paredes; era la noche 
sin luna la que producía aquel efecto 
Metió la mano y tiró de los dedos de 
su novia para hacerle hundir las su- 
yas. Se estrecharon las manos dentro 
del agua con un placer nuevo, reves- 
tido de inocencia. 

Adelina y Juan se habían sentado 
cerca de ellos. La pobre viuda se que- 
jaba del capricho de su hermana en 
detenerse allí, en un sitio tan triste y 
tan húmedo, cuando estaba tan her- 
moso y animado el paseo. Además 
Juan se debía de aburrir. 

El amigo tuvo que protestar; influí- 
do por la belleza del sitio encontraba 
apetecible a la viuda, y pensaba que 
sena una mujer hermosa adelgazando 
un poquito y peinándose mejor. 

Luisa y Paco no pensaban en ellos ; 
había desaparecido todo lo que no fue- 
sen ellos mismos, con las manos jun- 
tas electrizadas en sus guantes de 
agua, y los ojos fijos en sus ojos hasta 
llegar a la hipnotización. 

— ¡Pensar que he podido perderte' 
—murmuró él con aquella voz grave 
inconfundible para Luisa, que le 14e- 
gaba al corazón. 

Ella respondió con una voz de sus- 
piro que salía del corazón suyo 
— Me hubiera muerto. 
Sintió Paco el dolor de aquella muer- 
te cuya sola enunciación lo llenaba 
de terror. ¿Podrían olvidarse jamás 
aquellos instantes? ¿Llegar a ser ex- 
traños el uno para el otro? ¿No vol- 
verse a ver? Le apretó la m ¿ ano 

grito Za qUe LUÍSa dejÓ esca P ar " n 

—¿Qué es eso?— preguntó severa la 
hermana. 

Pero la joven lanzó una carcajada 
ante la disculpa impensada que se 
le ofrecía. 



— i Mira ! 

Señalaba a Paco, cariacontecido y 
confuso, que escurría entre las dos 
manos el borde de su americana. Sen- 
tado de espalda al agua, en el borde 
de la fuente, e inclinándose para co- 
ger las manecitas blancas que se le 
escapaban en un juego de coquetería 
como pececillos que huyen el anzuelo, 
no había visto que su ropa caía den- 
tro de la fuente y se mojaba. Todos 
celebraron con risas el percance. 

Un coche subía lentamente, como si 
el caballo caminase dormido en direc- 
ción a la Puerta de Atocha. 

— ¿Lo llamamos? — preguntó Luisa 
que se enjugaba las manos con su 
pañuelo. 

—No..., no cabemos los cuatro. Ten- 
dríamos que separarnos. 

—Pero así, mojado como estás 

—Seguiremos nuestro paseo por este 
lado. 

—Podrá perjudicarte— observó Ade- 
lina con su carácter maternal. 

—Nada de eso... En este tiempo es 
una ventaja. 

Volvieron a formarse de dos en dos 
para emprender su paseo de nuevo 
Por un sentimiento unánime Luisa v 
Paco volvieron a un tiempo el rostro 
para despedirse del lugar de dulzura 
que acababan de dejar. El coche se 
había parado cerca de la fuente y el 
caballo blanco y escuálido bebía an- 
sioso sm levantar cabeza. 



III 

Siguieron su paseo a la sombra pro- 
tectora de la tapia del Botánico, con- 
tentos de no encontrar gentes en su 
camino. Sólo de vez en cuando pasa 
ba una pareja que procuraba quedarse 
detras o adelantarlos mucho, o alguna 
otra que venía en dirección contraria 
y pasaba rápidamente sin mirarlos v 
sin que ellos la mirasen tampoco, por- 
que asi, no mirando ellos, les parecía 
que no les veían los otros 

Al llegar al extremo de la verja die- 
ron a vuelta pisando sobre sus propias 
huellas. Luisa, a favor de la soledad y 



234 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



la complicidad de la noche, apoyaba su 
brazo en el brazo de Paco, que lo apre- 
taba contra su pecho, mientras seguían 
su conversación apasionada. Al llegar 
al Museo sintieron que entraban de 
nuevo en un radio de luz que les obli- 
garía a separarse, y por un acuerdo 
tácito torcieron su camino en direc- 
ción a las tapias del Retiro. 

Para todos ellos, habituados a vivir 
en el centro de Madrid, aauello era 
como otra ciudad distinta, más cómoda, 
más apacible, más pueblerina. La si- 
lueta de los edificios que los rodeaban 
prestaban un encanto" de arte con la 
majestad v la gracia de su arquitectu- 
ra. A la derecha, el Museo con sus co- 
lumnas dóricas suntuosas y la majes- 
tad de la escalinata, haciendo recordar 
los tesoros guardados dentro. Enfren- 
te, el casón, con su pórtico griego, ele- 
gante y ligero; más a la izquierda y 
más al fondo, la silueta elefante y 
graciosa de San Jerónimo el Real, os- 
tentando la aristocracia de sus altas 
torres góticas que parecían clavarse 
en la sombra. Los mures rojos de la 
Academia ponían una nota de color, 
y al través de la verja de hierro se 
escapaban juguetones los tallos de una 
madreselva. 

Luisa abrió la nariz con un aleteo de 
sensualidad para aspirar aire perfu- 
mado de madreselva, jazmines y mag- 
nolias. Era la madreselva la que domi- 
naba. Acercó el rostro a les hierros 
como si quisiera beber el perfume, sa- 
turarse en él. Paco miró a todos lados, 
y seguro de no ser visto, cortó el ramo 
de florecillas amarillentas, ocultas en- 
tre las hojas apretadas, y se las ofre- 
ció a Luisa. Luego se separaron de allí, 
ligeros cemo si hubiesen cometido un 
delito, escuchando el ladrido de los 
perros que acudían hacia la tapia co- 
mo si hubiesen notado el robo y tra- 
taran de morder la mano que lo co- 
metió. 

Al entrar en la calle de Alfonso XII 
protestó tímidamente Adelina: 

— Estoy muy cansada. Debe de ser 
muy tarde. 

Paco le respondió : 

— Vamos ya hacia casa. En la Plaza 
de la Independencia subiremos al tran- 



vía. No son más que las doce y hay 
tiempo de poder tomar un chocolate 
en el café Universal antes de reti- 
rarnos. 

Seguían la tapia del Retiro. Allí la 
oscuridad era mayor. Adelina, cansada, 
se quedaba lejos y tal vez era Juan 
el que provocaba este alejamiento. El 
brazo de Paco buscaba atrevidamente, 
con un atrevimiento que nunca había 
tenido, la cintura de su novia, y a 
través de las telas ligeras palpaba su 
curva armoniosa y subía ¡hasta el 
brazo desnudo, pasando bajo la manga. 
•No se atrevía Luisa a oponerse. Sen- 
tía miedo de desmerecer a sus ojos 
por la condescendencia, pero la dul- 
zura que se apoderaba de ella era 
superior a su voluntad. Sobre su seno 
había prendido el ramo de madre- 
selva y el olor aquel parecía embria- 
garla y adormecerla más. Una de aoue- 
llas florecillas, madura, casi marchita, 
con esa madurez que aquilata el olor 
de la madreselva, jugueteaba entre 
sus labios. Paco debía de estar también 
embriagado: olor de noche, olor de 
selva, olor de tierra, olor a carne pal- 
pitante de amor. En la sombra, la blu- 
sa roia de Luisa parecía negra c^rno 
sus cabellos y dejaba resaltar la blan- 
cura del descote; el busto destacábase 
marmóreo, cerno en una estatua cuvo 
traje hubiese estofado un escultor del 
Renacimiento para lucir más la pie- 
dra. El cuello largo, firme, sosteniendo 
airosa la cabeza, tenía una suprema 
elegancia en su blancura. Se acerco 
Paco para verla mejor; le brillaban 
los ojos en la sombra como si hubiese 
retenido en las pestañas una lágrima 
tan leve que no las llegaba a reba- 
sar. La florecilla sobre los labios era 
como una provocación. Una tentación 
fuerte que no pudo dominar. Acerco 
los suvos para quitársela con ellos y 
fué a' un tiempo mismo espontáneo 
y poderoso, el doble beso. 

— Hemos llegado. 

Era verdad lo que les decían. Esta- 
ban en la Plaza de la Independencia, 
los tranvías que dan la vuelta a la 
Puerta de Alcalá se acercaban con 
sus luces brillantes y su campanilleo 



CARMEN DE BURGOS («COLOMBINE»). — TODOS MENOS ÉSE 



235 



avisador. Entraron en uno de ellos: 
se sentaron separados, y luego en el 
café apenas volvieron a hablarse. 

Parecía que les dos estaban arrepen- 
tidos de lo que habían hecho. 

Paco sin darse cuenta comprend.'a 
que no tenía ya derecho a provocar 
sus continuas pendencias, aquellas pen- 
dencias que mantenían su amor, y ex- 
perimentaba una vaga tnsceza. 

Luisa, con su instinto de virgen, 
avisada por lecturas de los ¡nisterios 
de la vida, se creía menos fuerte para 
conservar su señorío en sus disgustos. 
Sin duda el beso dado era inferior al 
beso esperado. Juzgaba por ella misma 
y sentía como un dolor de vencida, de 
desarmada. ¿Qué recurso podría em- 
plear para retenerlo cuando ya no iu- 
viese el arma del deseo y el encanto de 
lo desconocido? Se arrepentía de aque- 
lla traición de la noche que le hizo 
olvidarse de estar en guardia, para 
conservar incólume los recursos ce su 
coquetería, que son el secreto de la 
virtud calculada y cruelmente provo- 
cativa de algunas mujeres. 



IV 



Empezó una era de paz más larga 
de lo acostumbrado entre los dos no- 
vios. Desde agosto a octubre sólo ha- 
bían reñido tres veces, y esto por cosas 
fútiles, que no interrumpían sus visitas. 
Paco le prometía que se casarían tan 
pronto como aprobara el último año de 
leyes e hiciese la reválida. Esto le 
parecía a todos cosa próxima porque 
sólo le faltaban tres asignaturas, pero 
Luisa sabía que en cada asignatura 
de la carrera había gastado un año y 
aunque Paco disculpaba su dejadez o 
torpeza con la excusa de no querer 
acabar sus estudios para estar en Ma- 
drid más tiempo, porque le aburría la 
vida provinciana, ella sospechaba que 
podía seguir así. 

Cuando iba de noche a verla le 
encendía una lámpara, le colocaba 
cerca una mesita, con la taza de café 
humeante y le daba el libro abierto 
para que estudiase. Ella se iba al lado 



de la hermana, junto al balcón, para 
no estorbarle, y allí las dos continua- 
ban sus labores destinadas al ajuar de 
novia, comenzado ya desde hacía lar- 
gos años antes de tener el novio, para 
cuando llegase el caso. 

Pero cada vez que volvía la cabeza, 
y la volvía de minuto en minuto, la 
mirada de Paco estaba fija en ella y 
el libro continuaba abierto por la mis- 
ma página. 

— ¡ Esto no está bien ! Así no nos 
vamos a casar nunca — decía fingiendo 
enojo. 

— -Tuya es la culpa. ¡Estás tan bo- 
nita ! 

Las únicas noches que Paco estu- 
diaba eran las que venía a verlos el 
tío Antonio, viudo de una hermana de 
la madre de Luisa y Adelina. 

El buen hombre, que siempre había 
sido bonachón, sencillo y alegre como 
unas pascuas se había tornado melan- 
cólico, taciturno y fatalista desde que 
a la muerte de su mujer había ido 
a pasar unos días con sus parientes 
a Huelva. Se había apoderado de él 
la sensación del abandono, de la muer- 
te, de la soledad. 

— No sabéis lo que es, yo no lo sa- 
bía tampoco — decía — , lo que es volver 
al cabo de treinta años al sitio de 
donde salimos a los veinte. ¡ Todos los 
que dejamos pequeños son ya casi 
viejos y su vejez nos da la medida 
de la muestra que no habíamos visto 
bien ! 

— Pero, tío — respondía Adelina que, 
en su placidez, se sentía dichosa en- 
gordando sin más ideal que el verse 
rodeada de los suyos — . Eso es una 
cosa muy natural. 

Montaba en cólera don Antonio. 

— ¡Muy natural! ¡Claro! ¡Muy na- 
tural ! También es natural morirse, 
y esa es la idiotez, el que esto sea na- 
tural. Lo vamos viendo todos los días ; 
se ha muerto Fulano, se ha muerto 
Mengano; Zutana se murió, se mu- 
rió Mengana... nos van dejando solos, 
solos, como sin defensa para atacarnos 
meior. 

Era en vano que la familia tratase 
de apartarlo de aquellas ideas que lo 
obsesionaban, una vez lanzado en" ellas. 



236 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



— Si vierais en Huelva... Todo esta- 
ba igual...; todo menos la gente..., 
todos les que tenían treinta o cuaren- 
ta años cuando nací no estaban ya..., 
no quedaba ninguno de los que fueron 
mis amigos mayores... Se habían ido 
todos al cementerio, poco a poco, sin 
hacerse notar de los otros... Hoy el 
tío Luis, mañana la prima Juana, 
la vecina, los amigos de mis herma- 
nos..., todos, todos cayendo muertos a 
lo largo del camino, y yo que no había 
ido en tanto tiempo, era como si los 
viera morir a todos de un solo golpe... 
¿Querréis creer que ya no escribo car- 
tas por no abrir mi libro de direccio- 
nes, lleno de cruces como un campo- 
santo? 

Se sentían todos impresionados de 
aquella amargura, de aquella protesta 
contra lo inevitable que había en don 
Antonio; de aauella certeza de hallar- 
se solos al final de la vida. 

Pero don Antonio, con una rápida 
transición, parecía olvidar su tris- 
teza. 

— Un cigarro, Paco, que no hay nada 
en esta vida que merezca apesadum- 
brarse con ello. Para lo que ha de 
durar. . . 

En seguida, con un mal gusto, que 
hacía dudar de si obraba por incons- 
ciencia o por maldad, empezaba a 
poner de relieve las faltas e infideli- 
dades de hombres y mujeres. No había 
pareja fiel ; solo él y su mujer lo ha- 
bían sido. Por eso se la había llevado 
Dios. 

Se complacía en despertar los celos 
de ambos. 

— Vamos, buen mozo ; que ya me 
figuro lo que harás cuando salgas de 
aquí... Todos sernos hombres... y mien- 
tras estas tontas... Bien es verdad aue 
también se desquitan..., ya, ya... Ver- 
dad, Luisita..., yo sé mucho. 

— ¿Pero qué es lo que sabe usted? 
— preguntaba la joven exasperada al 
notar la contracción de cejas de Paco. 

— Nada, hija, nada... No te figures 
que voy a decir nada inconveniente. 

— ;Pero ouá tiene usted que decir? 
Era seguro, visita del tío Antonio, 

pelea cierta. Aquellas noches Paco se 
iba sin detenerse en el pasillo a besar 



a su novia, con aquella confianza que 
se había abierto para sus besos des- 
pués de robarle el primero, y se mar- 
chaba de prisa, calle abajo, sin volver 
la cabeza, como hacía las noches que 
se separaban contentos, esas noches 
en las que él tomaba la acera de en- 
frente para verla más tiempo y que 
ella lo seguía con sus gemelos de tea- 
tro para verle mejor, volviéndose a 
cada cuatro pasos en un nuevo saludo. 
Esas noches le quedaba una gran es- 
peranza que la fortalecía contra los 
celos vagos. Tenía celos de aquellas 
mujeres que ella adivinaba acechando 
por las esquinas, que lo detenían y lo 
llamaban. Un día, con su poco reparo, 
había contado don Antonio que una de 
ellas le ofreció la pierna, rogándole 
que le echara diez céntimos en la media. 

Otras veces tenía celos del pasado. 
Ella desearía' que le hablase mucho de 
su familia, de su vida, de sus proyec- 
tos para lo por venir. Era como si así 
hiciese el pasado más suyo y creara 
lo venidero ; pero Paco hablaba casi 
siempre del presente. En lo que más 
explícito había sido fué en hablarle 
de novias. ¡ Cuántas y cuántas pasio- 
nes ! Las amiguitas de su hermana 
allá en Sevilla creándole complicacio- 
nes sentimentales : las primitas insi- 
nuantes esperando ser elegidas para 
esposas ; aquella prima casada que vi- 
no de la ciudad, que le enloqueció con 
sus morbideces de mujer madura, y 
que cuando él le pidió un beso de 
amor, le dio un beso grande, fresco, 
maternal, en el que no había una 
vibración de mujer; aquel beso al 
chiquillo que mató su amor y le hizo 
conocer el primer dolor de hombre. 
¡ Cómo se habían burlado de él ! 

Más tarde las revelaciones con las 
doncellas de su madre..., las novias 
fáciles, aquella hija de la pupilera tan 
feíta, que le toleraba todos sus de- 
vaneos sin exigirle nada y que fué su 
intermediaria cerca de una candida 
inglesita rubia de torneadas pantorri- 
llas. 

Después, a la muerte del padre, las 
cupletistas, las bailarinas, las seño- 
ras a cuyas casas le llevaban los ami- 
gos, y al lado de ésas, las otras, las 



CARMEN BE BURGOS («CCLOMBINE»). — TODOS MENOS ESE 



237 



más temibles, las señoritas casaderas 
y virtuosas. Creía Luisa que todas lo 
pretenderían, que no tendría más que 
elegir, suponiendo que a todas les ha- 
bía de gustar cerno a ella. 

Sus celos la alejaban de todas sus 
amigas; sufría cuando iba alguna a 
verla o la detenía en la calle. Bien 
es verdad que Paco tenía los ojos muy 
alegres y no hallaba mujer desagra- 
dable. La ponía en ridículo con sus 
amabilidades y sus piropos a todas. 
Hasta un día, a Petrita, tan fea y pi- 
cada de viruelas, no encontrando qué 
elogiarle, le había dicho que tenía las 
orejas bonitas. 

Ella no se quejaba de esto por mie- 
do al ridículo : pero, en cambio, si 
tenía una broma, una atención, una 
mirada con cualquiera de los amigos 
que él llevaba, había de sufrir los im- 
properios que le dirigía su novio, el 
cual tenía buen cuidado de decirle : 

— No son celos. ¡ Celos yo ! Es ver- 
güenza de tu procacidad, de tu mi- 
rada. 

Atemorizada por esto, se sentía mo- 
lesta, cohibida : se colocaba en una 
oituación inferior para luchar con las 
otras ; tenía que estar preocupada 
siempre en retener los ojos, que se le 
escapaban hacia lo prohibido, con esa 
atracción que es para los ojos el im- 
pedirles mirar algo, que es bastante 
para que se escapen hacia aquel lado. 



V 



Era una tarde rubia. El sol, ama- 
rillo, lo bañaba y lo envolvía todo en 
una tonalidad dorada, llena de me- 
lancolía otoñal. 

Aún el calor obligaba a buscar la 
frescura de la sombra de los árboles 
del Jardín Botánico, donde paseaban 
Luisa y Paco. 

Tenía el gran jardín algo de panta- 
noso, de húmedo, de demasiado um- 
brío con el espesor del ramaje de los 
grandes árboles y la tierra ahita de 
agua. Sobre los paseos, enarenados, 
rodaban las hojas secas, con un que- 
bradizo ruido de cristales rotos, mien- 



tras que arriba había como un rumor 
de faldas de moiré, en el rozar de las 
hojas que movía el viento, próximas 
a desgajarse y a caer. 

Estaba muy claro el cielo, muy trans- 
parente, apenas teñido de un ligero 
añil, más suave que el dorado de los 
rayos del sol, que se reflejaban en el 
horizonte sobre bellos teñidos de rosa 
y de oro. 

Se encontraban casi soles en el iar- 
dín. Aquel jardín tenía una tristeza 
especial, algo de jardín de cementerio. 
Un cementerio de las pobres plantas, 
tan cuidadas, tan podadas, que care- 
cían de libertad para crecer y exten- 
derse a su antojo. Estaban siempre 
alerta las tijeras para amputar la 
rama indiscreta y mantenerlas des- 
brozadas y pulidas. Cada una tenía 
colgado el cartelito, en el que rezaba 
su nombre y su familia, como una losa 
con epitafio. 

Debía pesar en- los dos la pereza de 
la tarde para estar silenciosos y sen- 
tirse llenos de una mayor melancolía, 
de una mayor ternura. 

Vinieron a detenerse bajo el mode- 
lo de gruta, donde jugaban varios ni- 
ños pequeñuelos. Ocho o diez chiqui- 
llos que no pasarían de siete años el 
que más. Debían de ser de familias 
pobres de la vecindad, a juzgar por 
el descuido de sus trajes : baberos de 
telas bastas, de una dudosa limpieza, 
que rimaban bien con las manos cor- 
tadas y ásperas, las caras churretosas 
y los cabellos revueltos y deslucidos. 

Los dos miraron con amor a les ni- 
ños, que no les parecían feos ni su- 
cios, y al mirarse de nuevo ellos, Luisa 
se ruborizó con una turbación tan 
graciosa que dio mayor arrogancia a 
su novio y le arriscó aún más, satis- 
fecho de haberle hecho sentir con su 
mirada esa maternidad oculta en la 
sensualidad de las vírgenes. 

Hizo una seña a los chicos, que de T 
jaron ds jugar y miraron ariscos y 
desconfiados. 

Luisa sacó del bolsillo un puñado 
de caramelos y se los mosti'ó a los 
niños, que permanecieron quietos, ca- 
llados, mirando de reojo a la joven, 
con el deseo de los dulces y sin atre- 



238 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



verse a acercarse. Al fin una chicuela 
de morros sucios y cabello enmarañado 
estiró la mano. Retiró Luisa la golo- 
sina, y asiendo la manecilla regordeta 
y escamosa, la atrajo hacia sí. Se in- 
terpuso Paco. 

— ¿Cómo te llamas, monina? 

La niña se dejó deslizar hasta apro- 
ximarse a él, pero permaneció suén- 
aos;; 

— Dime cómo te llamas y te doy un 
caramelo. 

—Rosario — murmuró vencida por el 
deseo, con voz bajita y vergonzosa. 

Cuando le entregó el caramelo, la 
niña se alejó satisfecha, y todas las 
otras se aproximaron más. Empezó 
el reparto de caramelos. Luisa les pre- 
guntaba el nombre a los muchachos 
y Paco a las niñas, que lo decían con 
el deseo de apoderarse del regalo. 

— Antonia. 

— María. 

— Dolores. 

— Angeles. 

¡ No había una Luisa ! 

Los niños les daban la misma de- 
cepción. 

— Juanito. 

— Pedro. 

— Manuel. 

¡Ninguno se llamaba Paco! 

Se miraron un poco desconcertados 
por esto. No estaba allí su hijo, el 
hijo que buscaban. 

Sintieron un disgusto que les hizo 
volverse el uno contra el otro sin 
darse cuenta. Maquinalmente, él aca- 
riciaba la cabeza rubia de Angelita, 
quizá la única que estaba bien pei- 
nada. Sintió unos celos vagos Luisa, 
celos del nombre. 

— La vas a despeinar — dijo con mal 
humor. 

—Ya, no — respondió él riendo y se- 
ñalando el lazo azul de la niña, ya 
en el suelo, mientras los cabellos le 
caían como un nimbo de luz en torno 
de la cabeza, 

— ¿Te gusta Angelita? 
— Es muy mona. Se parece a ti. 
— A mí, no... A otra Angelita quizá. 
— No seas tonta. Toma, ponle el 
lazo. 

— No sé. 



— Se lo pondré yo. 

— No tengo paciencia de estar aquí 
mientras. Quiero irme. 

— Está hermosa la tarde y estamos 
aquí muy bien. ¿No te gustan los 
niños? 

— Cuando están limpios y bien ves- 
tidos. 

— ¡ Pobrecitos ! 

— Estás muy compasivo. 

—No comprendo que haya mujeres 
que no gusten de los niños. 

— Pues ya conoces una. No me gus- 
ta nada irracional. Ni niños, ni pája- 
ros, ni perros, ni gatos... 

— Pero vas a comparar a los niños 
con los animales... 

— A esa edad se llevan poco. 

— Y me parece que a la tuya tam- 
bién. 

— ¿Qué me. quieres decir? 

—Eres una idiota. 

— Y tú, un grosero. 

Había, como siempre, estallado la 
tempestad. Una de aquellas riñas tan 
frecuentes, tan impensadas, que bro- 
taban de cualquier cosa y parecían 
sobrecogerlos siempre. 

Salieron del jardín murmurando ba- 
jo quejas e improperios, y siguieron 
Prado arriba hacia Recoletos. Todo 
aquello estaba lleno de recuerdos para 
ellos. Hubo largos silencios que apa- 
gaban la cólera y despertaban la ter- 
nura. 

Algunos momentos, la mano de Pa- 
co apretó el brazo de ella y su aliento 
le cosquilleó cálido en la nuca ; otros, 
Luisa volvió hacia él los ojos con los 
labios temblantes de pasión, próximos 
a perdonar. Pero sus movimientos tier- 
nos no coincidieron ; les faltaba fran- 
queza para abordar la reconciliación, 
y el amor propio les aconsejaba : 

— ¡ Ahora no ha de ser como siem- 
pre, no cederé! — pensaba Paco. 

— ■ ¡ Aunque me cueste la vida no me 
dejo pisotear más! — se decía ella. 

Tal vez, siguiendo uno junto a otro 
su camino, hubieran llegado a la casa 
y se hubiera hecho la paz; pero al 
atravesar la plaza de España, dos lin- 
das muchachas, vestidas de azul, des- 
tocadas, luciendo un casco de oro en 



CARMEN DE BURGOS («COLOMBINE»).— TODOS MENOS ESE 



239 



la cabeza, pasaron cerca de ellos. Las 
dos reían, dejando ver los dientes, 
blancos como una línea de luz entre 
el bermellón de los labios; llevaban 
los ojos brillantes, las mejillas fres- 
cas ; una sensación de alegría y de 
ligereza que, sin saber por qué, le 
parecía a Luisa que la humillaba. Ella 
tenía algo de solemne, de mustio, con 
su belleza blanca, sus cabellos negros 
y su estatura esbelta y majestuosa. 
Paco las miró..., las miró con insis- 
tencia ; las otras hubieron de notar- 
lo y acentuaron la sonrisa satisfecha, 
malévola, del triunfo de las mujeres 
miradas por el hombre que acompaña 
a otra mujer guapa. Una de ellas vol- 
vió ligeramente la cabeza con cierto 
descaro, y sorprendió la mirada que 
las seguía. Luisa no pudo contenerse 
más. Hubiera querido pegarle a su 
novio, llorar, patear en el suelo, ti- 
rarle algo que le hiciese daño... Su 
mano apretó en su brazo, clavando 
los dedos en un pellizco profundo. 

Paco sacudió con un movimiento 
brusco aquella mano, y a merced de 
las sombras que empezaban a envol- 
ver la tarde escapó ligero por la calle 
de Alcalá. 

Sintió Luisa en el corazón como un 
pellizco que le mordía. ¡ Se había ido ! 
Algo le decía en el alma que esta 
vez no volvería. Hubiera querido co- 
rrer tras él, llamarlo, gritar... Al sen- 
tirse impotente tuvo un impulso de 
arrojarse al paso de un tranvía y 
probarle así su amor..., aquel tan tan 
tan de aviso de los tranvías era como 
una llamada. Luchó con la tentación 
y se dejó caer sin fuerzas sobre un 
banco. Allí permaneció más de una 
hora, sin importarle que la vieran y 
llamar la atención. Al fin emprendió 
el camino sola, vacilante, seguida por 
uno de esos hombres que parece el 
mismo hombre que sigue a todas las 
mujeres para vejarlas y molestarlas. 
Ella no respondía, no miraba, apre- 
taba el paso para librarse de la pro- 
cacidad de su perseguidor. Las frases 
de aquel hombre la irritaban más con- 
tra Paco, que así la dejaba a merced 
de todos los peligros. Pero al entrar 
en su casa le pareció ver una sombra 



como si velara por ella de lejos, pronto 
a defenderla. Sintió una sensación de 
alivio. Volvería. 



VI 



Como era Paco el ofendido, Luisa 
se creía en el deber de buscarle. Dos 
veces le había escrito, y el joven no 
le respondía. Alarmada, celosa, llegó 
a buscar pretextos para encontrarse 
con él. Pasaba en vano todas las tar- 
des por aquel café de la calle de Alca- 
lá donde solía sentarse con sus ami- 
gos, pero no le veía jamás. ¿Dónde 
se metía? Quizá en casa de otra mu- 
jer que le hacía olvidarla. 

Algunos días pasó por la Universi- 
dad a la hora que salía de las clases ; 
no se atrevió a detenerse cuando vio 
a los amigos de Paco, que la saludaban 
con cierta sonrisita, en la que ella 
creía ver algo irónico, con ese recelo 
de las mujeres hacia los amigos ínti- 
mos, frente a los que se creen en ri- 
dículo siempre, porque ellos son los 
enterados de las infidelidades insos- 
pechables. 

Aquel domingo no había podido ven- 
cer la tentación : era preciso que lo 
viera, y, aprovechando el pretexto de 
la misa, con un rasgo de valentía inau- 
dita, se dirigió a la casa de huéspedes 
donde vivía Paco. 

Apenas se dio cuenta del paso que 
había dado hasta que se encontró 
frente a la muchacha que le abrió la 
puerta. Balbuceó el nombre de Paco. 

— ¿Quién le busca? 

— Su prima. 

Su aspecto inspiró confianza y la- 
invitaron a esperarle. Entró en aquel^ 
cuarto donde tantas veces la llevaba 
su pensamiento. Ahora ya le encon- 
traría mejor conociendo el lugar. Mi- 
raba con ternura todos los sencillos 
muebles : la cama con colcha amari- 
lla, el lavabo, las escasas sillas y el 
escritorio adornado con retratos de 
ella... ¡Estaba allí entre la madre y 
la hermana de su novio! Paco le se- 
guía siendo fiel y guardándola cerca 
de sí. No había más mujer que ella ; 
aquellos otros retratos de Raquel Me- 



240 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



Üer, Pastora Imperio y Tórtola Va- 
lencia no la ofendían, porque a fuer- 
za de ser mujeres habían perdido ya 
su significado de mujer. Sin embargo, 
daba frío aquel cuarto, le faltaba in- 
timidad, pero creía que todos aquellos 
objetos debían conocerla, que Paco les 
habría hablado de ella. 

Cuando escuchó la voz de su novio 
se dio cuenta de la gravedad de aquel 
paso, y se sintió desfallecer...; oía su 
voz preguntar con extrañeza : 

— ¡Mi prima! ¿Y está aquí? 

Le dio fuerza aquella voz. No podía 
vivir sin oírla, quizá su pasión radi- 
caba en aquella voz de caricia. 

Entró ceñudo, duro. 

— ¿Qué es esto? 

— ¡ Paco ! 

— .¡Qué locura! ¿Cómo vienes aquí? 

— Pero. . . 

— Vamonos..., yo te acompañaré. 

Le asustaba la idea de que cual- 
quiera de sus amigos pudiera llegar y 
verla allí. 

Salieron ; la calle estaba solitaria, 
apenas transitaba nadie por ella ; Lui- 
sa se acercó y le cogió del brazo. Era 
un brazo duro, con los músculos en 
tensión para permanecer hostil, con 
algo de leño, de insensible. 

— Paco... Paco. 

— ¿Qué quieres? 

— No puedo vivir sin ti. 

Siguió él en silencio, pero en su bra- 
zo hubo como una flexibilidad que 
acusó la ternura. 

— No calles — siguió ella — ; había- 
me..., necesito oír tu voz! ¡Tu voz! ; 
habíame, dime que me quieres, Paco 
mío. 

Se acercaba, loca, delirante, ' que- 
riendo vencer la resistencia con sus 
caricias... El cedió. Cedió sin hablar, 
cedió estrechando la mano que le opri- 
mía el brazo con pasión contra su 
pecho. El también la había creído per- 
dida. 

Aquella noche, cuando llegó a la 
hora de sus habituales visitas, nadie 
pareció sorprenderse. Lo esperaban. 

Los dos novios se sentaron junto 
al balcón y empezaron, como de cos- 
tumbre, a contarse sus temores, sus 
cuitas; las veces que se habían que- 



rido buscar y se habían dominado. El 
placer de aquel amor estaba en las 
reconciliaciones. 

Dos o tres veces estuvo aún a punto 
de turbarse la paz en la explicación. 

— Yo no te hubiera buscado — dijo él 
con orgullo que la lastimó. 

— Yo no te buscaré otra vez — decla- 
ró ella como si quisiera borrar su hu- 
millación de antes con su arrogancia. 

— No seas orguiíosa. 

— Mira lo que haces. 

Pero estaba reciente el recuerdo de 
su separación y dominaron su amor 
propio. Ambos protestaron a un tiempo. 

— No nos separaremos más. 

Luego él preguntó : 

— ¿Adelanta mucho la colcha? 

Le gustaba ver aquellos cuadros de 
crochet que se deslizaban de los dedos 
de la novia, robándole algunas mira- 
das, pero cuyo tejido no quería dete- 
ner, como si fuesen granos de arena 
de un reloj que marcase las horas que 
faltaban para su enlace. Sería como 
la red de mallas que había de cubrir- 
los a los dos. 

Luego, vencidas ya las asperezas, do- 
minó en los dos el amor con toda la 
fuerza que crecía en cada una de 
aqueiias contrariedades. Mientras ella 
se deleitaba escuchando su voz, él la 
suplicaba : 

— Enséñame los pies. 

Y enardecido por la visión graciosa, 
paseaba apasionadamente la mano ar- 
dorosa por el brazo de la joven, a fa- 
vor de la anchura de la manga. 

Adelina hacía silenciosa su crochet. 



VII 

Nuevos días de paz sucedieron a la 
nueva reconciliación. Una paz intensa, 
respirada con fuerza, con ansiedad, 
con avaricia, como si estuviese siem- 
pre frente a la posibilidad de una 
nueva ausencia. 

Sentían ansias de retenerse por siem- 
pre el uno al otro, aunándose, mor- 
diéndose con un mordisco inseparable, 
soldándose dolorosa v fuertemente. El 



CARMEN DE BTTRGOS ( «COLOMEINE»). — TODOS MENOS ÉSE 



241 



amor propio de los dos y la felicidad 
frenética que brotaba de estas juntas 
les hacía ver que había algo en aquella 
fuerza que los unía, que los repelía, 
los separaba, agravaba todas las cues- 
tiones y no podía dejarlos tranquilos. 

En efecto, surgió una nueva riña. 
¿Qué fué? Celos. Unos celos más fuer- 
tes que los anteriores. 

Ya se habían acostumbrado a salir 
todas las tardes. Se unían a la multi- 
tud de parejas de enamorados que va- 
gaban por las calles al anochecer, bus- 
cando los lugares de más sombra para 
pasear muy juntitos y muy despacio. 

La renovación de ambiente que po- 
nía en su amor aquellos paseos les 
hacía preferirlos a la tranquilidad de 
la casa, y hasta en los días de lluvia 
iban a esconderse en un cine o en un 
café para volver luego en su paseo 
lento, cobijados bajo el mismo para- 
guas. 

Durante todas aquellas horas ape- 
nas desviaban los ojos uno de otro, 
asustados de sus continuas peleas. 
Siempre al llegar a alguna parte él la 
señalaba el sitio. 

— Siéntate ahí. 

Ella obedecía, con una obediencia 
pasiva en la que entraba ya por mu- 
cho cierta indiferencia hija de la cos- 
tumbre. Poco dueña de dominar su 
mirada contra la tentación de lo pro- 
hibido, se sentía así más protegida, 
más defendida contra ella misma. Se 
solían sentar en el café de un modo 
extraño, que provocaba cierta risa bur- 
lona en los camareros. El en el diván 
de terciopelo, en el sitio de las señoras; 
ella vuelta de espaldas al público, en 
una de aquellas incómodas sillas de 
madera, reservadas para los hombres. 

Era la única manera de que Paco 
estuviese contento y locuaz, seguro de 
que ella no miraba a nadie. Sólo vol- 
vía la cabeza cuando los ojos de él 
se fijaban demasiado a lo lejos, re- 
celosa de que hubiese alguna señora. 

Aquella tarde habían ido a sentarse 
en un ángulo lejano, apartados de la 
concurrencia, y después de saborear 
el café, Paco había encendido un ciga- 
rrillo. Lo fumaba hablándole a Luisa, 
que parecía escucharle con algo de 



distracción y contestarle de una ma- 
nera vaga. Miraba demasiado el espe- 
jo colocado a espaldas de Paco ; se 
distraía en él con esa atracción de las 
mujeres, que tanto gustan de verse en 
el espejo. 

Con su exceso de celos él tendió la 
vista y no vio a nadie a espaldas de 
Luisa que pudiera reflejarse en el 
espejo. 

Sólo al levantarse, cuando ya se 
marchaba confiado, volvió la vista para 
coger un guante olvidado, y su mirada 
se hundió en el espejo. Allí dentro del 
marco estaba ella, con los ojos en los 
ojos de un hombre lejano, del que se 
despedía. 

Paco se puso pálido. Luisa no ha- 
bía mirado de frente a nadie, pero 
valiéndose del espejo había mirado a 
alguien. 

Tuvo que contener su cólera para 
salir con ella a la calle. Aquello le 
desesperaba ; le parecía una traición 
monstruosa, una doble traición. 

Aquel dar la vuelta de la mirada 
de ella para encontrar la otra mirada 
del caballero del rincón le pareció de 
una infidelidad ensañada, llena de pre- 
meditación. Ni siquiera se miraba con 
el otro de al lado que se veía en el 
espejo de enfrente y al que hubiera 
podido buscar, sino con un hombre 
lejano, cuya mirada buscaba en el es- 
pejo, merced al chaflán que favorecía 
esas leyes absurdas de refracción, por 
las que se comunicaban unos espejos 
con otros. Nunca hubiera él pensado 
que se retratase allí el ángulo del café 
que él no veía desde su sitio. No podía 
ocurrírsele aquella infidelidad, peor 
aún ; aquella burla con el hombre 
vuelto de espaldas a ella. 

El haber hecho el descubrimiento 
después de la larga tarde pasada en 
el café le irritó aún más. Había sido 
estúpida su tranquilidad contemplan- 
do a su novia, sin pensar que le ponía 
en ridículo, mientras ella se burlaba 
con disimulo. 

¡Aquello no lo perdonaría! Le en- 
redaba los celos aquella complicada 
manera que ella había tenido de enga- 
ñarle. Seis espejos tenía que recorrer 
la mirada para encontrarse con el di- 



242 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



simulado conquistador, como esas ca- 
rambolas por seis bandas que ponen 
de manifiesto la sabiduría del jugador 
de billar ; aquella mirada infiel reti- 
naba la perversidad de ella hasta un 
punto insuperable. 

Hubiera perdonado una mirada has- 
ta más apasionada, pero más franca. 
Aquel frío juego a que había estado 
dedicada Luisa aquella tarde no lo po- 
día tolerar.. 

Ella parecía tranquila, inccente ; fué 
a cogerse de su brazo como siempre, 
pero él la sacudió con brusquedad. 
Interrogó ella: 
— ¿Qué te sucede? 
— Nada. 

— ¿Qué tienes? 
— Déjame. 

— Pero ¿qué te pasa? 
Le hablaba con la voz mimosa, de 
caricia, que lo exasperaba aún más. 

— Eres una miserable, una infame. 
Quiero dejarte en tu casa nara vol- 
ver y que vea ese caballerete que no 
se burla de mí impunemente. 
— Pero ¿qué es? 
Se irritó él aún más. 
— No finjas inocencia, Demasiado lo 
sabes... Bien te habrás reído de mí. 
Entonces Luisa pareció comprender. 
— Pero, Paco, ¡por Dios!, ¿qué has 
pensado? Precisamente yo he mirado 
hacia ese lado del café porque era el 
único libre de una figura de hombre 
cercana y directa. 

Paco, sin hacerle caso, prorrumpió 
en insultos ; hubiera querido noderla 
pegar, pisotearla. En su irritación ha- 
bía tanto amor, que ella, sin hacer 
caso de sus diatribas, le seguía satis- 
faciendo con juramentos de inocencia 
y de cariño. 

Así llegaron al portal de la casa, 
y él se fué sin despedirse y sin hacer 
caso de la voz angustiada, que le su- 
plicaba con un dejo de amenaza : 

— ¡ Paco ! ¡ Paco ! ¡ Mira lo que ha- 
ces ! ¡ Paco ! ¡ Ven ! 



VIII 

Aquel disgusto se prolongaba de- 
masiado. No se encontraban en ningu- 



na parte, no venía nadie a hablarles 
al uno del otro y a ser el puente para 
una nueva reconciliación. 

Paco no olvidaba la herida abierta 
por la escena de los espejes. Veía cons- 
tantemente la ruin intriga, pero al 
mismo tiempo vela el rostro de ella 
bañado de inocencia, de vaguedad, y 
había momentos en los que, a pesar 
suyo, se extasiaba en aquel rostro que 
era, de fijo, el único rostro que podía 
amar. 

Evitaba entrar en aquel café con 
sus amigos, pero no podía dominar 
la ' tentación de reconstruir la escena- 
creyendo así hacer más implacable su 
odio, pero al mismo tiempo para ha- 
cer más implacable su amor. 

Era, sin embargo, donde menos evo- 
caba el rostro de ella. Los espejos 
estaban vacíos. La luz había borrado 
la imagen, cerno la esponja que todos 
los días limpia a primera hora de la 
mañana los cafés. Había limpiado mil 
veces ya la imagen de ella. 

Paco se tiraba en el diván como un 
enfermo y no tenía fuerzas ni para 
leer un periódico. ¿Cómo no sentía 
Luisa la necesidad de ir a buscarle 
allí? ¿Por qué esta vez no le escri- 
bía? 

La ausencia iba siendo más larga 
que nunca, y, sin embargo, le queda- 
ba siempre una esperanza : la espe- 
ranza de que algo se encargaría de 
volverles a unir cualquier día. ¿Quién 
podría borrar la predestinación del 
uno para el otro? Existía indudable- 
mente una vocación que nunca había 
visto tan clara ni en ninguna novia 
de sus amigos ni en el corazón de nin- 
guno de ellos. 

Esta idea le daba confianza. Volve- 
rían a encontrarse, a quererse. Ten- 
drían que ser la pareja que se hacen 
viejos juntos. Bastaría que ella pasa- 
se cualquier día por su calle, bajo 
su balcón, o que cualquier día se 
encontrasen de nuevo. 

Pero no se encontraban. 

Quizá se dejaba pasar demasiado 
tiempo por la seguridad de una recon- 
ciliación. 

Toda la vida' la hubiese dejado pa- 



CARMEN DE BURGOS Ú<COLOMBINE;> '. — IODOS MENOS ESE 



243 



sar con esa seguridad, feliz en medio 
de todo y con la esencia de ella en 
el alma. 



IX 



De pronto tuvo lugar el encuentro 
esperado. Algo de su alma llamaba a 
Paco hacia el Parque del Oeste. Era 
cerno un presentimiento de que la 
iba a ver. 

La vio. 

La vio paseando cerca de un hom- 
bre que iba al lado de ella, paseando 
como había paseado con él'. Fué cosa 
de un minuto. La vio. Se dio cuenta 
de quién era el hembre que iba cen 
ella, y el primer momento de amor, 
de colera, de celos rabiosos, que le 
hicieron dar un paso para ir hacia 
ella y recobrarla a la fuerza; se heló 
en su corazón. 

La vista de aquel hombre no le 
irritó ni le crispó el corazón. No. Se 
lo enfrió de repente. 

— ¡ Con Fermín ! 

— ¡ Con Fermín ! 

Repitió y siguió andando sin volver 
ia cabeza. 

Ellos tampoco la volvieron, y le pa- 
reció que debían seguir confusos y 
avergonzados todo el largo camino. 

Se dejó caer sobre un banco, presa 
de una gran emoción. Aquella false- 
dad de Luisa era una doble falsedad. 
No podía' recriminarla de tener un no- 
vio después de haber reñido con él, 
tal vez por darle celos. ¡ Pero que ese 
novio fuese Fermín ! ¡ Qué era lo de 
los espejos al lado de esto! Había en 
esto una secreta indignidad, imposible 
de arreglar. 

Fermín no era su amigo más ínti- 
mo para que esto agravara de tal mo- 
do su falta. No. Hasta esa traición, 
cometida por el amigo más íntimo, no 
hubiese sido grave, porque él había 
dejado libre a Luisa durante muchos 
meses y no tenía derecho a condenarla 
a una soledad eterna. El ya no tenía 
ningún derecho sobre ella. 

Paco no había sido nunca amigo de 
Fermín, era un nuevo conocido, y, sin 
embargo, lo creía más responsable que 



a Luisa, pobre mujer de alma confusa 
en medio de todo. El era más respon- 
sable que un hermano que hubiese sido 
infiel a otro hermano. 

¡ Fermín era su parecido ! ¡ Fermín 
se parecía a él! Eso era todo. Esa era 
la gravedad del caso. 

Le había indignado siempre su pa- 
recido con Fermín. Le había encontra- 
do en su camino siempre y siempre 
se había apartado para no tropezar 
con él. Aquel hombre tenía su misma 
estatura, su mismo gesto, sus mismas 
facciones, y, sin embargo, no tenía 
su alma. Eva cemo una sombra suya 
cuya cursilería le molestaba. La noble 
expresión de sus facciones tomaba en 
Fermín una torcedura de vieja arru- 
gada ; su frente, noble y ancha, era 
en Fermín estrecha y velluda ; sus 
ojes, francos, se tornaban maliciosos 
en el parecido. 

Muchas veces había comprobado có- 
mo Fermín, en vez de tratar como él 
de escapar al parecido, trataba de 
acentuarlo, de aprovecharse de él. 

Creía Paco que un hombre que se 
parece a otro está obligado a no su- 
plantarlo sino sin darse cuenta, y si 
alguna vez, por casualidad, lo nota, 
I está obligado a disculparse, a desha- 
! cer el engaño con apresuramiento, con 
i viveza, con la lealtad más indispen- 
sable. 

Jamás un hombre que se parece a 

I otro puede abusar de ese parecido sin 

| dar la prueba más evidente de un 

: alma baja y sin escrúpulos que se pisa 

a sí misma. 

Veía Paco con claridad el caso de 

aquel hombre repulsivo aprovechando 

¡ la ocasión de triunfar de la pasión 

I y de la tristeza de Luisa gracias a su 

1 parecido. ¿Podría ser tan ciego que 

'. creyese que gracias a su seducción per- 

i sonai, aun habiendo llegado a Luisa 

por el parecido del otro, había al fin 

dejado al otro cemo al parecido de 

él? Como si él, llegado después, fuese 

el de antes y Paco su parecido. 

Sentía Paco el dolor de aquella ter- 
cería involuntaria. ¿Cómo podría Lui- 
sa haberse engañado, haberse confun- 
dido hasta el punto de creer que aquel 
charlatán podía sustituirlo a él, serio, 



244 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



sincero, brusco quizá, pero constante 
y de gran corazón? 

Luisa no sólo se había dedicado a 
otro amor, cosa muy humana y que él 
había sabido perdonar, sino que había 
creído dedicarse al mismo amor, con 
el mismo tipo de hombre. 

Lo que más le había descompuesto 
era que él se veía mezclado en aquel 
idilio sin estarlo ; estaba mezclado sin 
estar presente. No eran celos lo que le 
producía el estar obligado a seguir 
siendo la primera persona en aquellos 
paseos de Luisa con Fermín, sino la 
indignación de ser verdaderamente él 
a pesar suyo. El en el alma de ella. 
El haciendo triunfar a costa de él 
mismo a aquel otro hombre desleal. 
Era él quien se la entregaba. 

Aquellos sentimientos oscuros y ex- 
traños le habían apretado el corazón 
hasta hacer salir toda la savia de su 
afecto. No obstante, después de des- 
prendido de aquel amor aún conti- 
nuaba siendo el protagonista, 

Le quedaba una amargura de su 
pasado. ¡ Qué poco lo había conocido 
ella para confundirlo en aquellos nue- 
vos amores ! 

Había perdido sus mejores horas al 
lado de una de esas mujeres pueriles 
que no se percatan nunca de nada. 



Ya en su casa y a través de los 
días siguientes, se sintió más aliviado 
de aquellas esperanzas impacientes que 
había sufrido por volver a encontrar 
a Luisa, por volverla a oír, por volverla 
a ver, con sus ojos chiquitines y viva- 
ces, que parecían grandes por como 
resultaba su color oscuro sobre el ros- 
tro blanco. 

Aquellos ojos eran entre todos los 
ojos los suyos. Los que Dios o el dia- 
blo habían hecho para él, solo para 
él, entre todos, haciendo al par los 
.suyos como el único estuche en donde 
estarían bien. Con ninguna mujer ex- 
perimentaría la dulzura de las mira- 
das con que penetraban tan fácilmente 
el uno dentro del otro. 



Ya no necesitaba buscarlo. Se ha- 
bía deshecho la ley fatal que les man- 
daba encontrarse. Había sucedido lo 
único que podía romper esa ley. 

Sin embargo, pensaba a ratos en 
ella y en él, no en ellos, porque nin- 
gún sentimiento era en Paco tan pro- 
fundo como el de que no podían estar 
unidos Luisa y Fermín. 

Con el único que hablaba era con 
Juan, el amigo íntimo, siempre bon- 
dadoso y dispuesto a intervenir para, 
arreglarles. 

— No — decía Paco—. Ya es inútil, 
no la amo porque me veo confundido 
por ella con otro que me despoja de 
mi fondo innato de honradez y de 
buenas pasiones. 

— No seas injusto, tal vez Fermín... 

— No le disculpes. Yo no sería capaz 
de abusar de mi parecido con otro 
hombre para' tomar a una mujer ni 
en una aventura de momento. 

— ¿Sabemos acaso si ha sido indu- 
cido o provocado? 

— Yo, en ese caso, procuraría estar 
efusivo con ella al sentir lo prohibida 
que me estaba por ser de otro que me 
parecía a mí. Temería la mirada del 
otro, que se daría perfectamente cuen- 
ta de cualquier fácil galantería por 
pequeña que fuese. 

— Pero ¿y si tú la amabas? 

— Una razón de más para huirle, 
para pensar que no me veía a mí. 
sino que buscaba al otro. 

— Pero pensando así, amigo mío — ob- 
jetaba Juan — , no tienes derecho a 
recriminar a Luisa. El ofendido es 
Fermín, que hace el papel de un re- 
trato, de una cosa que evoca el amor 
y recibe un culto que no es para él. 

— Precisamente eso me irrita más. 
¿Qué mujer es esa que no sabe distin- 
guir entre yo y mi parecido? 

— Eres demasiado severo. 

— Tal vez. Quizá durante nuestros 
amores cruzó alguna vez por mí la 
figura de Fermín con un vago senti- 
miento de celos. Yo debí entonces se- 
ñalárselo a ella y decirle: «Mira..., 
si alguna vez rompemos, sé de todos 
menos de ése.» Quizá debí inculcarla 
esa repugnancia. 



CARMEN DE BURGOS («COLOMEINK» l. — TODOS MENOS ESE 



245 



— ¿Por qué no tienes una entrevista 
con ella? 

— ¡ Hablar con ella ! ¡ Ponerme cerca 
de ella! Eso no es posible. Le hablaría 
quizá con una voz de falsete, con una 
voz que ya no sería la mía, porque 
ante una mujer tan lerda, ante las 
mixtificaciones, temería ser el Fermín, 
el de dublé, y que Fermín fuese yo. 

— Créeme, Paco, eso es un excesivo 
amor propio ; si hablarais, todo se 
acabaría. 

— Imposible. Además sería peligroso 
que habláramos. 

—¿Por qué? 

— Yo no podría dominar mi brus- 
quedad..., la brusquedad que tengo per- 
fecto derecho a usar, que soy el único 
con derecho a usar, porque en mí ha 
sido siempre una prueba de profundo 
amor, quizá ya sonase en sus oídos 
como algo más arbitrario que nunca, 
puesto eme en los amores de aprove- 
chado del otro, en esos amores de ga- 
lanteador sin pasión, amores sin ce- 
los y sin castigo, porque en el fondo 
no es más que una conquista fácil, no 
habrá habido más que palabras melo- 
sas, dulces ; palabras de cotillón. 

Juan, en vista de su actitud, le acon- 
sejó : 

— En ese caso, no pienses más en 
esa mujer. 

El asintió, asegurándole que estaba 
todo terminado. 

Cuando se despidió su amigo y se 
quedó solo, el pensamiento tenaz le 
acometió. No estaba tranquilo. Tenía 
que hacer algo para acabar realmente 
con t°do aouello, para sentir él mismo 
que había hecho algo que lo liberta- 
se. ¿Qué debía hacer? ¿Vengarse de 
Fermín? ¿Pero de qué? Cualquier paso 
que diese se interpretaría como des- 
pecho. La ruindad de Fermín sólo 
podía vengarla él mismo. ¿Entonces? 

No sabía por qué resolverse, pero 
necesitaba poner un punto final, se- 
ñalar la verdad, dar el último tirón 
del tafetán que le cubría la herida. 

En su sentimiento vago estaba la 
idea de que para Luisa no había ter- 
minado todo. Ella esperaba. Ella le 
confundía con el otro. Era aquella 



esperanza, aquella confusión, la que 
necesitaba romper para verse libre 
del todo. Tomó la pluma y escribió : 

«Luisa : Esta es mi despedida, que 
no podía faltar. Estoy enterado de lo 
de Fermín, y yo, que todo te lo hu- 
biera perdonado, esto no te lo puedo 
perdonar. 

»Todos, menos ése, han podido ser 
tus novios : ése, no. Ese no podía ser. 
Ese era el que no debía haber de- 
jado acercarse a ti. 

»Coii ninguno otro me hubieras he- 
cho traición. Yo había dejado de te- 
ner relaciones contigo y, por tanto, 
todos podían ser tus novios y conse- 
guir todas esas cosas que en cierta 
oscuridad se consiguen de ti y que, 
sin embargo, me hubieran permitido 
volver a encontrarte o por lo menos 
a recordarte sin rencor. ¡ Pero ese 
hombre ! Ese se parece a mí y fué a 
ti como mi parecido. ¡ Cuándo seréis 
justicieras las mujeres! Debiste ver 
lo que se proponía. .Pero en vez de 
verlo creíste que te consolarías con- 
migo mismo de mi ausencia, con mi 
tipo de imitación, con mi franqueza 
de un modo aparente, con mi nariz 
aguileña... 

»Este no era uno de esos amores fá- 
ciles en los que se incurre sin gran 
responsabilidad en los momentos de 
abandono. Este era el único por el 
que no podría pasar. Te has equivo- 
cado creyéndole mi otro yo. Ese hom- 
bre te abandonará. No aprecia ni tie- 
ne en consideración nada de lo que 
toca. Todo lo desflora exagerando mu- 
cho la galantería y la cortesía, pero 
en nada entra, en nada puede entrar. 

» ¡ Tan poco me conocías que has po- 
dido confundirte tan miserablemente ! 
Has podido variar de gusto, pero no 
equivocarte, no creer amarme a mí 
hasta con mi mismo rostro, siendo tan 
distinto. 

»Si no hubieras caído en ese error, 
yo hubiera creído siempre que me 
conservabas en tu corazón y algún día 
hubiera creído que podía volver. Pero 
así, no. Así, ese que recuerdas como 
si hubiese sido yo, ya no soy yo. « i To- 
dos menos ése ! », te hubiera gritado 



246 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



si hubiera sospechado lo que iba a 
pasar. Ahora, frente a ese hombre de 
hazañas ruines, de alma torcida, te 
digo : «Todos menos yo.» 

Paco.» 

Después de escribir la carta fué al 
correo, y cuando la hubo echado miró 
por el buzón para ver si había caído 



dentro, y se quedó tranquilo. Después 
del desahogo de aquella carta, már- 
mol con largo epitafio, ya estaba todo 
bien concluido. Ella purgaría con su 
abandono el haber hecho imposible 
la vuelta del único hombre para quien 
había sido creada, por la torpeza de 
haber escogido el único prohibido en- 
tre todos. 



FIN DE 

«VILLA MARÍA» 

Y 

«TODOS MENOS ÉSE» 

DE 

CARMEN DE BURGOS < «COLOMBINE») 



FRANCISCO CAMBA 

(1882-1947) 



FRANCISCO CAMBA 



Periodista y novelista español. Nació en Villanueva de 
Arosa (Pontevedra). Pasó varios años de su juventud 
en América, 'publicando — 1911 — en Buenos Aires Los nietos 
de Icaro, primera novela española con tema de aviación. 
En 1919, la Academia Española concedió el «.Premio Fasten- 
rath» a su novela La revolución de Laiño, y en 1922, 
su novela El pecado de San Jesusito alcanzó el «Premio 
Circulo de Bellas Artes)). A partir de 1941 inició la publica- 
ción de los Episodios contemporáneos, veinte tomos de vida 
española novelesca entre 1906 y 1930. 

Otras novelas: Camino adelante— 2905 — ; El amigo Chi- 
rel — 1918—: El vellocino de plata — 1922 — ; La sirena rubia 
— 1923 — ; La noche mil y dos — 1924 — ; Cárcel de seda 
— 1925 — : Una morena y una rubia — 1929 — ; Crimen de 
mujer — 1930 — ; Madrigrado — 1940 — . 



EL PATRIARCA 



Conforme el tren les acercaba al 
término de su viaje, sentía Ade- 
laida, tan animada hasta entonces, 
una creciente inquietud apoderándose 
de su espíritu. Gonzalo llegó a alar- 
marse. 

— ¿No vas contenta? 

— ¡ Por qué no ! Ahí me parece que 
no irá a comerme nadie. 

Pero tan pronto el tren, desde muy 
temprano encajonado entre altas mon- 
tañas, salió a paraje más libre y a 
lo lejos comenzaron a verse trozos de 
agua luminosa, remansándose al abri- 
go de algún pinar, la zozobra de Ade- 
laida aumentó. Aunque nunca se ha- 
bía acercado a aquellos lugares, por 



constantes descripciones de Gonzalo, 
los conocía perfectamente. El mar. 
después de los montes, viniendo como 
bucólica agua de río a meterse por 
entre los pinares y a las viradas, era 
anuncio de que la casa solariega de 
los Bretal estaba próxima. Y así que 
el tren, con manso rumor de halago. 
se detuvo en la inmediata estación. 
Adelaida no pudo contener un sus- 
piro. 

—¿Ya? 

— Todavía no. Todavía faltan otras 
dos estaciones y después una legua 
en auto. Hasta cerca de la noche no 
llegaremos. ¿Pero qué te pasa? ¿Crees 
de veras que te van a tratar mal? ¿Es 
el aburrimiento lo que te asusta? 

Aunque Gonzalo hacía esfuerzos pa- 
ra sonreírse, como un vago desconten- 



¿50 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



to diese cierta dureza a sus palabras, 
ella protestó casi ofendida. ¡ Asustar- 
se del aburrimiento ! ¡ Temer aburrirse 
viniendo con él! ¿No sabía entonces 
de qué modo le amaba? ¿En tanto 
tiempo como llevaban ya juntos no 
se había dado cuenta de que, para 
ella, no había parajes más o menos 
bonitos ni más o menos animados, 
sino tan sólo sitios donde él estuviese 
y donde no? Y se le humedecieron 
pronto los ojos, grandes y negros. 

— ¡Parece mentira, Gonzalo! ¡Pa- 
rece mentira que no me conozcas un 
poco mejor y me digas tales cosas! 
Si me tratases mal, ¿crees que me 
importaría mucho mientras tuviese tu 
cariño? ¡ Y aburrirme ! ¡ Aburrirme 
por vivir en una aldea, como si en la 
ciudad fuese yo muy amiga de fiestas 
y diversiones ! 

— ¿Pues qué te pasa entonces? Por- 
que tú no estás como saliste. Tan ale- 
gre ayer, y aun esta mañana, conforme 
nos acercamos a Arlanzón te noto una 
cosa rara, una inquietud, un miedo 
más bien. 

Y ella prefirió serle franca y tran- 
quilizarle diciéndoselo ya todo. 

— Pues es verdad. Tengo miedo. 

—¿A qué? 

— A tu padre. 

— ¡ Tonta ! 

Sentóse a su lado, halagándole las 
mejillas, y una vez más volvió a ha- 
blarle del carácter de aquel hombre. 

Comprendía Gonzalo perfectamente 
que a Adelaida le impusiese un poco 
el presentarse a él como en aparien- 
cia iba, unida a su hijo no por los 
lazos solemnes del matrimonio, sino 
tan solo por les del amor. Pero a 
despecho de la edad y de la vida 
apartada en que se sumió hacía ya 
tanto tiempo y hasta de su título, 
el más noble y más rancio de la re- 
gión entera, el padre de Gonzalo no 
era, ni mucho menos, el monstruo de 
incomprensión y rutinarismo que en 
caso semejante cualquier otro sería. 
Nadie, por el contrario, más capaz de 
comprenderlo todo. Nadie con un alma 
tan joven y tan dúctil. 

—Por algo no tiene un solo enemigo 



en parte alguna, y tú has de adorarle, 
ya verás. 

Más consolada ella, echó un vistazo 
al niño, que dormía aún. Después, 
una mano en el hombro de Gonzalo, 
púsose a contemplar el paisaje, aquel 
paisaje jugoso y verde, con caminos 
que más bien parecían avenidas de 
parque, los remansos del mar, cual 
lagos de quinta galante, adormecién- 
dose entre árboles de cuidada apa- 
riencia, y, bajo festones de ramaje 
florido y aquí y allá, en lo alto de 
alguna eminencia y en algún rincón 
tranquilo del valle, chalets de trazo 
airoso y caserones de noble y vetusto 
empaque. ¿Cuál de aquellos sería el 
de Arlanzón? ¿Dónde estaba el pala- 
cio de los Bretal que ella deseó ver 
tantas veces y ahora tan extraño mie- 
do le infundía? 



II 



Gonzalo, entre tanto, semitumbado 
en el sillón, al compás del movimiento 
del coche, dejó el alma mecerse en 
aquellos recuerdos un instante evoca- 
dos. Cuando la desgracia, es decir, lo 
que generalmente se llamaba su des- 
gracia y que él tenía más bien por el 
comienzo de su felicidad verdadera, 
sólo en el viejo y aldeano patriarca 
encontró el bálsamo que tanto nece- 
sitaba, de consuelo y alivio. ¡Los de- 
más...! Amigos de las ciudades donde 
había vivido hasta entonces y gentes 
del valle natal que le conocieron con 
Magda, si bien no tan osados como 
para decirle francamente sus pensa- 
mientos, dejaban traslucir, con fran- 
queza no menos irritante, la lástima 
y la conmiseración ante el abandono. 
Con aquella mujer no se entendió 
nunca. Sus almas ni un solo instante 
estuvieron compenetradas. Al decidir- 
se ella a levantar el vuelo en busca, 
según dejó escrito, de la felicidad a 
que tenía derecho y que él no supo 
darle, sintió Gonzalo, ante todo, una 
sensación dulce de alivio. Era como 
quien, ahogándose hasta entonces hajo 
una losa, se ve de pronto redimido 



FRANCISCO CA1ÍEA.— EL PATRIARCA 



251 



del peso agobiante. Por vez primera 
conoció la embriaguez y la gloria de 
la libertad. Volvió a ser dueño de sí. 
Tornaba a peder buscar también la 
dicha. 

Pero la conducta de Magda había 
trascendido, y hasta en la aldea lle- 
garon a enterarse. 

— Le dejó su mujer. 

— ¿Mala vida que él le daba? 

— De mala casta que es ella, que 
junto del señorito Gonzalo no había 
de faltarle cosa ninguna. 

— El no tener qué hacer segura- 
mente. 

— No hay más traidor consejero pa- 
ra las mujeres. 

— Y esta manera de ser de los se- 
ñoritos, que no se arriesgan a aplacar- 
las con una buena soba. 

— ¡ Qué verdad ! ¡ Una paliza a tiem- 
po cuántos sinsabores quita ! 

Así hablaban hombres y mujeres 
por el contorno. Pero al verle en las 
salutaciones y los adioses había una 
conmiseración tan patente y tan do- 
iorosa, que así como Gonzalo, por huir 
de ella se había refugiado en la aldea 
natal, por escapar también a esto ape- 
nas salió de la casa. Fuera decíase 
que de se asemejar a su padre, poco 
había de tardar en buscarse un con- 
suelo. Y al ver que no, que los días 
pasaban y con todo ser ya el tiempo 
propicio de siegas y romerías, cuando 
la gaita canta por todo el paisaje el 
himno viril de la vida y detrás de 
cada bardal de era las mieses segadas 
incitan con su aroma caliente y con 
su ofrecimiento de acogedoras blan- 
duras, Gonzalo, lejos de buscar la 
moza placentera, continuaba en su 
casa como hombre para quien se ha 
acabado el mundo, aumentase la com- 
pasión y la simpatía. 

— No sale a su padre, no. 

Y hubo aún otras voces. 

¿Qué haría el padre de verse en 
trance de sentir una pena cual la 
del hijo? Pudiera darse el caso de 
que a éste no le importase mucho su 
mujer, que todos allí la conocieron 
y si bien era bonita cual rosa de 
mayo. ¡ Tenía un empaque y un or- 
gullo! De ser así en su casa, de 



serlo con su marido, un santo que la 
sufriese y nada tan grato como verla 
alejarse. Si el saber de los viejos acon- 
seja puente de plata para el enemigo 
huidero, para la mujer adusta y ás- 
pera, puente de oro y hasta de dia- 
mantes si los hay. Una cosa, sin em- 
bargo, es el libei'tarse de muier seme- 
jante, y para las personas de cierta 
clase, cosa distinta el temor de lo 
que haga una vez suelta y hasta, si 
no hace nada, lo que el mundo mali- 
cie. A don Senén, el padre de Gonzalo, 
no le abandonó, no podía pensar en 
tal cosa la pobre de la señora, que le 
adoraba. Pero si tal hubiese hecho, 
¿tendría aquel hombi'e humor para 
consolarse persiguiendo mozas por las 
romerías y los molinos? Algo más tie- 
nen las mujeres que el sabor de sus 
besos y la dulzura de su dejarse. Y 
aquella con la que el hombre se casa 
mucho se lleva si levanta el vuelo. 

— Ya veredes como el señorito Gon- 
zalo no vuelve a ser nunca el que 
fué. 

Y acaso acertasen en su sentencia 
los aldeanos, de no tener a su lado 
la sabiduría balsámica y el vigilante 
amor del viejo en cuya busca nueva- 
mente iba. 

Su padre vio bien pronto que la he- 
rida no era de esas labradas en caime 
honda y por tanto difíciles de cu- 
rar. No" era en la entraña profunda 
donde germina el amor del hombre 
hacia la mujer. Rasgada apenas la 
carne superficial del amor propio, de 
la propia estimación, del propio res- 
peto de sí mismo. Y esto pudo aquel 
hombre curarlo fácilmente. Bastó el 
hacerle ver cuan escaso valor tenía 
quien, sin graves motivos, sólo por 
¡ causas agigantadas en su imaginación 
' abandona al marido y huye de su 
! casa, exponiéndose a las habladurías 
¡ del mundo. Luego supo mostrarle que 
; él tampoco la quería. 

— A ti te atrajo su belleza. A ella, 
tu fortuna y el título que heredarás 
algún día. Pero la belleza pronto no 
es .nada si las mujeres no tienen algo 
I más, y ésa se cansó de esperar tu 
! título. ¡ Me vio reposante con tan es- 
casas ganas de morirme ! ¡ Hádasele 



252 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



sin duda tan poco agradable ser con- 
desa, si acaso, a la vejez ! Y como no 
había amor, allá se ha ido. ¿Qué te 
importa entonces? ¿Qué se lleva ver- 
daderamente tuyo si tú no la quieres? 
¿Es que el mundo hablará? Déjalo que 
hable. ¡ Mientras tú tengas la concien- 
cia tranquila. . . ! Y tú sabes, sin duda, 
que, a pesar de no quererla, no la 
hubieras abandonado, y que, aun tal 
vez queriendo a otra, no hubieras sido 
capaz de proceder semejante. Pues 
bástete esto. Mientras la conciencia 
de uno no grita y no vocifera, todo 
cuanto el mundo diga es lo de menos. 
¡ Tal vez queriendo a otra ! ¿.Cómo 
adivinó esto don Senén? ¿Cómo, que- 
riendo realizar por completo la cura- 
ción del hijo, fué él realmente quien 
le llevó hacia Adelaida? 

En conversaciones sucesivas, como 
a los pies de un confesor, Gonzalo se 
lo había ido contando todo, y el padre 
se convenció de que realmente no le 
alcanzaba ninguna parte de culpa. 
Era tan sólo obra del carácter volun- 
tarioso de Magda y de su frivolidad 
y egoísmo. Acabó por creer que con 
su fuga le había hecho realmente un 
gran bien. Al lado de ella Gonzalo no 
hubiera sido nunca de veras dichoso. 
Pudiendo, en cambio, disponer libre- 
mente de su albedrío quien supiera. 
Joven, lleno de seducción en los mo- 
dales, con dinero bastante para que 
el mundo no le mostrase demasiado 
sus espinas y a la muerte del padre 
un título en herencia, aún podía re- 
hacer la vida y encontrar la felicidad. 

Dejándole hablar de la vecinita hu- 
milde que con tal lumbre de compa- 
sión sabía a veces mirarle, don Senén, 
antes tal vez que Gonzalo, descubrió 
la raíz del sentimiento en el cual tan- 
to tiempo llevaban ya unidos. Fué 
aquel hombre el primero a pronun- 
ciar la palabra. 

— Esa mujer te quiere, Gonzalo. Y 
te quiere por ti, no por tu fortuna 
ni por el título. Te quiere por lo que 
eres y por lo que de ti han hecho. 
Sabe la pobre que no todas las muje- 
res huirían de tu lado. Sueña tal vez 
con mostrarte oue aún puedes ser 
luente de felicidad. Ella, al menos, 



sería contigo la mujer más dichosa 
del mundo. Es como si la viese, como 
si leyese en su corazón. 

Así le habló, con tales o parecidas 
palabras, y al despedir a Gonzalo en 
la estación adonde éste pronto lle- 
garía, lo hizo tranquilo, sin aquel te- 
mor a dejarle solo que hasta entonces 
había sido su preocupación constante. 
Sabía acaso que el hijo no buscaría 
ya a Magda, y que el verla por azar, 
aun cuando fuese con otro hombre, 
no le llevaría a cometer ninguna lo- 
cura. Cierta clase de arrebatos son de 
temer tan sólo del aislado, del que 
sumía constantemente el amargor 
de una idea sin jamás la menor dul- 
zura mezclándose a tanta hiél. El que 
comparte con alguien la vida y tiene 
en el alma un amor y acaso también, 
aun cuando vaga, la sombra de un 
remordimiento, es ya menos peligroso. 

Y, en efecto, al tornar de la aldea 
Gonzalo no se encontró tan abando- 
nado ni se sintió tan digno de compa- 
sión. Por el patio, desde una ventana 
que hacía ángulo con otra de los pi- 
sos interiores, llamaba a Adelaida al 
verla pasar. Poco a poco, a la charla 
hasta entonces frivola, comenzaron a 
mezclarse palabras comprometedoras. 
Gonzalo, no obstante, estaba seguro 
de no cometer, fuere cual fuere la 
solución de aquello, ningún crimen. 
Huérfana Adelaida, acogida a la ca- 
ridad de unos parientes, podía dispo- 
ner de su persona, y él tenía la cer- 
teza de no equivocarse ahora y ser 
con ella feliz. Por eso, al verla dis- 
puesta ya a todo, no quiso las entre- 
vistas furtivas en equívoca casa. Pa- 
recíale inferirle así un ultraje. No an- 
helaba con ella cosa alguna de que no 
pudiese hablar al viejo patriarca de 
la aldea. Y al franquearle una maña- 
na las puertas de su vivienda, con tan- 
to respeto como antaño a la esposa 
de la cual ningún recuerdo allí quedaba, 
le pareció que la faz de su padre, en 
el retrato del testero principal de la 
sala, aprobaba y sonreía. 



FRANCISCO CAMEA.— EL PATRIARCA 



253 



III 



Al correr del tren, todos estos re- 
cuerdos pasaron en oleada rápida por 
la memoria de Gonzalo. ¡ Y aún te- 
mía Adelaida presentarse ante el au- 
tor verdadero de su felicidad ! Irguióse 
lentamente del asiento y, sin inte- 
rrumpir con frase alguna la contem- 
plación del paisaje en que parecía 
sumirse, pasándole emocionado y com- 
padecido una mano por la cintura, 
quedó así de pie ante ella, mas con 
el pensamiento vagando aún sobre 
las dulces y lejanas memorias. Con 
la protección del viejo, como benditos 
por él, aquellos amores habían sido 
la compensación venturosa de todas 
sus amarguras pasadas. Casi las agra- 
decía, las daba casi por sucesos feli- 
ces, si habían realmente servido para 
su actual venturanza y sin ellas no 
hubiera podido llegar nunca a tal es- 
tado de paz. 

Mientras vivió con Magda, Gonzalo 
no había tenido mujer, tal como con- 
cebía que las mujeres fuesen, ni había 
tenido hogar. Magda, en la soledad 
de la vivienda, no era nunca la esposa 
dulce, sino, cuando más, la amante 
ardiente. Sabía, por veces, adueñarse 
de su instinto con la pasión violenta 
que avasalla y que trastorna, mas no 
tenía jamás la dulzura, la ternura, la 
gracia doméstica, edificadora y conso- 
ladora. Para sus penas jamás Gonzalo 
encontró allí unos oídos atentos y una 
frase balsámica. Y siempre desintere- 
sada del hogar, esa tibieza íntima, esa 
dulzura de nido tan grata generalmen- 
te a los hombres, acabó Gonzalo por 
encontrai'la en el club, que tan frío 
consideró antes de su boda y ya se le 
antojaba el refugio más dulce y tibio 
de la tierra. 

Nidos abrigados, no obstante, po- 
dían los hombres construirlos, y el 
sueño del hogar no siempre era un 
sueño. Bastaba, para darle realidad 
al uno y endulzar las pajas del otro, ! 
el acierto en la elección de pareja. 
Con una mujer de condición casera, 
con una mujer suave de modos y j 
amante y comprensiva, aun los hom- 



bres, por muy ateridos que de la vida 
viniesen, podían hallar en su casa paz 
y ventura. Y esta mujer Gonzalo supo 
al fin encontrarla, y su padre, que 
tanto le vio cambiar desde entonces, 
¿cómo podía considerarla tan sólo la 
amante del hijo? ¿Cuál de las dos a 
los ojos del hombre tan independiente, 
con alma tan libre, era de veras la 
esposa? ¿La que al lado del marido 
jamás estuvo contenta y un día le 
abandonó sin dejarle otra cosa que 
los fríos recuerdes de su indiferencia, 
o la que a él se consagraba en abso- 
luto y no era feliz sino viéndole di- 
choso y hasta acertaba a darle un 
hijo, por si no fuesen ya irrompibles 
los lazos de unión entre ambos? ¿Qué 
importaba el carácter de esposa legí- 
tima de la una y el vivir con la otra 
libremente por constante deseo de los 
dos? 

Así y todo, en sus visitas al padre, 
Gonzalo, si bien nada le recató res- 
pecto a Adelaida, no se había atrevido 
a presentarse allí con ella, Fugaces las 
visitas aquellas y viéndole don Senén 
la impaciencia constante, tenía a ve- 
ces un suspiro. 

— ¡Que no hubiese divorcio en este 
país ! ¡ Que no se espanzurrase esa 
mujer en alguno de sus viajes y tú 
pudieras casarte con la otra ! ¡ Tengo 
unas ganas de verte aquí sin prisas ! 

Y al cabo, ya insensible, la nostalgia 
hacía un esfuerzo sobre sí propio y 
le autorizaba a marchar. 

—Mira, hijo, ya bastantes días lle- 
vas aquí. Comprendo que no estás a 
gusto. Vete. 

Gonzalo se marchaba tranouilo. 
Aunque muy viejo, rasando casi la 
setentena, su padre podía resistir per- 
fectamente otro invierno, con ser los 
de aquélla tan largos, sin otro calor 
que el de los leños ardiendo bajo la 
ancha campana del hogar. Por la ga- 
llardía de su apostura y la indomable 
fortaleza de su organismo, otro de los 
robles que tanto abundan en el sil- 
vestre paraje, sabía buscar compen- 
saciones a la falta de otro calor en 
la ternura de las mocitas aldeanas. 
Y, no obstante ser de todo el mundo 
tan conocida esta afición, allí le que- 



254 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



rían, no sólo las mozas abrileñas, sino 
el contorno entero. No abusando de 
su posición tan alta, no conduciéndose 
a modo de señor feudal, dispuesto a 
tomarse por fuerza lo que no se le da 
de grado, sino sabiendo conseguir las 
dádivas de la moza con su labia fina 
y sus finas artes, nada tenían que 
echarle en cara. 

Per otra parte, era el más bueno, 
el más servicial, el más generoso de 
los hombres. Calamidad de que se 
enterase, calamidad que al momento 
socorría, llegando en ocasiones a que- 
darse sin comer por mandarle a un 
enferme, de cuyo mal se enteraba en- 
tonces, entera la olla de caldo con su 
gallina dentro. Rentas allí, con tener 
tantas, no cobraba casi ninguna. En 
apuros de dinero, los labradores podían 
siempre contar con su. gaveta, y algo 
más duro, más costoso para el conde 
de Bretal: si los aldeanos tenían asun- 
tos en las altas dependencias de la 
capital de la provincia, aquel hombre, 
tan enemigo de abandonar los bucóli- 
cos parajes donde vivía, allá los acom- 
pañaba para guiarlos y para defen- 
derlos con su palabra valiente en el 
juzgado y hasta con sus puños ante 
la nariz de los acreedores. 

Mas ya los años, por lo visto, co- 
menzaban a minar la dura fortaleza ; 
ya el tiempo, que hasta a les robles 
doma, abatía al fuerte hembre tam- 
bién. Tan a gusto hasta entonces con 
su vida solitaria, agradeciendo al hijo 
que le visitase, pero sin jamás pedirle 
el sacrificio de prolongar allí su es- 
tancia, suplicaba ahora el favor de 
venir a verle y claramente dejaba 
entender que esta visita no iba a ser 
tan rápida cual las otras. 

«Me siento mal, verdaderamente 
mal — decía en carta reciente — . No sé 
qué me pasa. Pero con todo haber 
dado comienzo uno de los veranes más 
bonitos de toda mi vida, noto que este 
sol no puede con el entumecimiento 
de mis miembros. Es la muerte, el 
anuncio de la muerte, lo comprendo 
muy bien, y no quisiera que ajenas 
manos me cerrasen los ojos. Ya te 
das cuenta, pues, de lo que te pido. 
Quiero que vengas a hacerme compa- 



ñía hasta ese instante, y no te quiero 
ilusionar. A lo mejor, el instante a que 
aludo se retrasa de un modo terrible. 
Siempre he sido un roble por la forta- 
leza, y los robles heridos de muerte 
no se abaten con facilidad. Temo, por 
tanto, dar todavía bastante guerra 
y obligarte a pasar aquí todo el in- 
vierno.» 

Y la carta, toda ella en este ama- 
ble tono, que por algo el conde de 
Bretal, a semejanza de les hidalgos 
rurales de otras épocas, tenía no sólo 
el amor de las mocitas silvestres, sino 
también el de los libros, que tan grata 
hacen la soledad,, saltaba de pronto 
alegremente a resolver de la manera 
más dulce el arduo problema. «Se me 
ocurre ahora que hay una sola cosa 
por la cual este invierno se te haría 
irresistible, pero esto se salva muy 
bien. En trance tan serio cerno el de 
la muerte no es de personas razona- 
bles ponerse a aquilatar la clase de 
lazos que unen a la gente. Ven, por lo 
tanto, con tu familia, tráete a tu hijo 
y a Adelaida, y así ya no tendrás pri- 
sa por ir a reunirte con ellos, ni yo 
en cerrar los ojos para dejarte tran- 
quilo.» 

En virtud de esta carta allá iban en 
la tarde alegre, toda dorada de sol, 
hacia la casa solariega, donde el con- 
de de Bretal vivía desde tantos años 
atrás, embelleciéndola y perfeccionán- 
dola, pues por culpa de antepasados 
manirrotos la había encontrado, al 
heredarla hecha casi una ruina, una 
ruina la mansión, otro tiempo un pa- 
lacio, y un yermo la quinta circun- 
dante, en aquellas edades la mejor. 
la más frondosa del contorno, Ade- 
laida y Gonzalo. ¿Qué podía ella te- 
mer de quien, a su respecto, con tanto 
cariño se expresó siempre y de modo 
tan franco le abría ahora las puertas 
de una casa hasta entonces, no obs- 
tante el sutil y perdonador espíritu 
de su dueño, un poco adusta ante 
ciertas debilidades? Amoríos, aquellos 
amoríos de que tanto se hablaba, los 
tuvo siempre fuera, y con todo mani- 
festarse desde el primer, momento tan 
en favor de Adelaida, fué necesario 
qrs el tiempo pasase, que se conven- 



FRANCISCO CAMBA.— EL PATRIARCA 



255 



ciese de cuan digna era también de 
su amor. 

— ¡Ya ves! ¡Ya ves lo que esto sig- 
nifica ! ¡ Y aún le tienes miedo ! ¡ Eres 
más tonta! 

Y volvió a acariciarla. Ella sonrió 
agradecida, casi consolada. 

— Sí ; sin duda. ¡ Pero le tengo un 
respeto ! ¡ A pesar de todo me da 
un reparo tan grande presentarme así 
a él! 

— Es que no he sabido describírtelo 
entonces. Ya verás, sin embargo. Vas 
a tener dentro de poco más confianza 
con él aún que conmigo. Vas a que- 
rerle más eme a mí. 

Ya el tren había dejado atrás otra 
estación y el estridente pitar de la 
máquina anunciaba la proximidad de 
otra. Adelaida despertó al niño, reco- 
gió la manta, puso a mano el saco de 
viaje y, por decir algo, murmuró : . 

— ¡ Mira que más que a ti ! 

Con el gran amor de Gonzalo a su 
padre y la admiración que el carác- 
ter y las hazañas de aquel hombre le 
habían merecido siempre, dando a las 
palabras de Adelaida una intención 
que seguramente no tenían, repuso : 

— No sería ningún milagro, no te 
creas. No conoces a mi padre. Con sus 
setenta años a cuestas puede muy bien 
rivalizar conmigo y hacerse amar de 
la mujer que más me quiera. 

Pero apenas dichas estas palabras 
su contento se anubló visiblemente. De 
tan brusca manera se había interrum- 
pido, con tal disgusto de la frase im- 
premeditada y estúpida, que Adelaida 
le miró sin saber si reírse, si escan- 
dalizarse. Al fin, viéndolo aún ceñudo, 
contraída la frente, un poco temblo- 
reses los labios, no pudo dejar de de- 
cirle : 

— ¿Qué es eso, Gonzalo? ¿Por qué 
te pones así? ¿Estás loco? Yo creí que 
hablabas en brema. 

Esforzóse el otro por sonreír, única 
manera de discrepar el torpe pensa- 
miento a que la inquietud visible daba 
tal importancia. Aun cuando trabajosa, 
la sonrisa por fin asomó a sus labios. 

— Y en broma hablaba, efectiva- 
mente, pero no sé que me pasó por el 
alma de pronto. ¡Te quiero tanto, 



Adelaida ! ¡ Y es mi padre un hombre 
tan hecho para que las mujeres se 
enamoren de él ! No, no abras así esos 
ojos. Ya sé que no va a ocurrir nada, 
no faltaría más. Pero esto, únicamen- 
te, porque tú me quieres y él no puede 
robarle la mujer a su hijo. Por otra 
cosa, no, y en modo alguno por los 
años que tiene. Aún no hace dos que 
una mocita de aquí, y no cualquier 
cosa, sino la más cortejada en fiestas 
y romerías, se tiró al mar sólo por ver- 
lo, según contó a quienes la salvaron, 
enamorando descaradamente a otra. 

Pasado el susto, tranquilo ya Gon- 
zalo y perdonándole Adelaida con un 
beso la sospechosa ofensiva, rieron 
ambos la gracia de aquel turbulento 
amor de la moza por hombre tan in- 
constante, tan poco seguro. Y ella, 
ahora riéndose aún, acercándole al 
rostro la boca lozana, de dientes blan- 
quísimos y los bellcs ojos donde tam- 
bién reía una alegre luz, decide que 
se tranquilizase del todo. 

— Por lo visto, sólo los pimpollitos 
le interesan y yo hace tiempo que no 
lo soy. 

Pero si de esto sólo dependiese su 
tranquilidad, Gonzalo sería, desde en- 
tonces, el hombre más feliz. Al viejo 
conde de Bretal no le interesaban tan 
sólo los pimpollitos, no. En cuestión 
de mujeres apechugaba con todo. Y 
contó una anécdota divertida. En su 
última visita a Arlanzón, dos años atrás, 
lé* chocó verlo salir todas las tardes 
solo y siempre hacia una aldea don- 
de no adivinaba quá mocita pudiera 
haberle tocado de tal modo en el co- 
razón. Mocita en agraz, digna de tan 
asiduos pasees, no había allí ninguna, 
lo que se dice ninguna. Pero en la ca- 
rretera, al frente de una taberna, ha- 
bía cierta viuda, de cuarenta años 
cumplidos, que al conde le preocupó 
por sus frescos brazos, por su pecho 
mórbido. Y algunas tardes la taberna 
comenzó a cerrarse mucho antes de la 
hora que tenía por costumbre, y la 
mayor parte de las neches Gonzalo 
cenó solo en el viejo caserón. 



256 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



IV 



Ya entraba el tren en agujas ya 
pelar de las noticias que respecto de 
E salud le daba, desagrado a . Gon- 
™\n no ver a su padre esperanaoie. 
Desechó en risas el vago temor que 
momentáneamente le angustio , el ^ al- 
ma, como un ser .^dadoso d^ha ce 
las nieblas nacientes, otio miedo ae 
olra índole ponía helado soplo sobre 
qn corazón. ¿Estaría tan mal, tan 
abatido aquel hombre hasta entonces 
de hS?ro' ¿Eran tantos dos anos pa- 
£ £££ de tal modo una naturaleza 
tan robusta? Casi la misma edad que 
ni mésente tenía entonces, y en sus 
naseos de las tardes no había cuesta 
??nlz de producirle la menor fatiga. 
Sorprendida por la lluvia una de aque 
lias tardes de tal modo que no le 
auldó sobre el cuerpo prenda enjuta, 
Jiiuió tranquilamente hacia cierta hi- 
dalga marión de los alrededores don- 
ñt estaba invitado a cenar. Y las se- 
norfdTla casa no consiguió hacerle 
ramblar de ropa. Hombie cortes y 
SSnte el más galante y cortes del 
mundo aceptó tan sólo una america- 
na del' marido de la noble señora. No 
! ¿ a a cosa de empapar en agua tan finos 

^Nolos vov a obligar a ustedes a 
comer en la desagradable proximidad 
de un pato mojado. 

Vnrio el tiempo de la cena y las 
horaf largas que P después se dedicaron 

Simonía no se resfrió siquiera. Aho- 
ÍTambio pasados dos anos ape- 
nas no va un aguacero sobre sus lo- 
mci v una caminata sobre sus pier- 
nas sino la andanza de una legua en 
Sutómóvil podía resistir. Gonzalo se 
aceitó r Fabián, el viejo criado de la 

^¿Cómo no ha venido el señor? 

^^NoTstótuy bien, no; para qué 
voy a engañarle. 



-;Qué es lo que tiene? 
-Años, señorito. Hasta ahora fue 
defendiéndose, bien lo sabe. Pero, de 
?e P en?e? parece que las piernas le co- 
mienzan a f laquear.. 

— ¡Así y todo! Si no es mas que 
eso, en el coche pudo venir 

-¡Pudo, más queq mere! Quien, 
romo él nunca se doblego a cosa nin- 
guna y aún el año pasado bailaba me- 
foi que las mozas en la fiesta esto 
de verse así es natural que le quite el 
humor Pero no se disguste, s_enorito 
Son su llegada y la de la señorito y 
el infante que le traen, y al fin es su 
nieto, va verá que ama toma a sel 

el HÍbl S abrcasi en dialecto el aldeano 
v Adelaida poco comprendió de sus 
«¿labras Pero Gonzalo, que oyendo 
nomar a Adelaida la señorita con la 
eníonacfón de atraso al referirse a 
Maeda se había alegrado en lo hon- 
to! se 'había alegrado como an e una 
consagración de sus efectos poi el 
sentir extraño, noto asi como una es 
pina arañándole el corazón al yei de 
qué manera se referían a su hijo. 
— ¡Que al fin es su nieto! 
La ruda franqueza campesina no 
había podido enmudecer. Con todo 
el retpeto de aquel hombre hacia Gon- 
zalo Sale claramente como comí- 
rtpvnba su nueva unión. Estaba lueía 
de S ley fuera de - lo normal de las 
costumbres, y el aldeano P?r t^ai- 
se de su señor, transigía, y al nombiar 
a su mujer tenía aún la respetuosa 
pafaVaTe señorita. No se , le pidiese 
ni-vn rosa sin embargo. No se ie pi 
diese la complicidad ante aquello todo 
y ie cons a derar P a la señorita verdeja- 
mente su señora y al hijo de \.Pj* ad0 _ 

v la cual adensandose en toi no de 
Adelaida tal vez acabase : poi justin 
ÍTcr mis miedos v sus temores. 

Mas va^ automóvil saltaba, subien- 
do M la S empinaba cuesta que conduce ja 
Arlanzón. Detrás, envuelto en el pono 



de su marcha, había quedado el carro 
de bueyes con los baúles. Pronto en 
la altura asomaron masas frondosas 
de castaños y eucaliptos, entre los cua 
les destacó, a la vuelta de ¿n Scodo" 

cor? a^sf^',^ S ^¿SS 
oun ai eos a lo largo de la fachado 
principal y la torre de almenas nun 
Düfa U ad S , en H Una de SUS es ^^ís V P ca- 
doí h,tn ada y , lm gran esc udo entre 
dos balcones sobre el portal Adela? 
da toco a^ Gonzalo en un hombro 

—6 Tu casa, Gonzalo'' 

— Y la tuya. 

— Dios te oiga. 

Allí en lo alto, la carretera bain i*. 

KSTnSÍS ífeí 1 ; 00165 ad °S Aa'efca- 
frp iL V bien de un P ase O- Por en- 

Póculo. El automóvil v!ro U at la ve San 

escudero, espeiX'Nottonecesfda'd 

f, 1 , " 11Smo - • ¿quién Pudiera se? Sn tales 
lugares, sino el noble señor' níL 
sus decires de miel y lo? secrotosT 

enla^alS, 1 £a£ SSo 3 ^^ 
dadera elegancia. Y al detenerse P i ™ 
che, antes que abrazar fsu híVoVocT 

bajar Adelaida Para ayudarla a 

— ¿Qué tal el viaie? 
—Perfectamente. 

¿Y qué te parece esto? ¿Te eusta? 
-i Que si me gusta! 6ie susta? 



FRANCISCO CAMBA.— EL PATRIARCA 



257 



NOVELA CORTA 



Todo el miedo, todo el rubor de 

í^ ia H a Y , habían desaparecido ante 
la cordialidad del gesto, de l a sonrí 
™„J í a afectuosa confianza que el 
conde trataba de inspirarle. Este en- 
tre tanto, cumplido ya el deber Je 

fl mTSe^ 1 * dama ' el prÍnci P al 

losaos n ftl SIempre entre tod os 
ios sujos, alia abrazo a Gonzalo con 

movido y se inclino para besar al iS- 

to diciendo, con un contento y un or- 

, güilo írreorimibles : 

\voTbSP 1 iBonitom uchacho! ¡Es 

I ^„ Y J I a _, de pie nuevamente, dirigién- 
dose todos hacia la casa contento a 
preguntas que acababan de hacerle 
respecto a su mal. Nada. Pielera er! 
as piernas, un cansancio terrible por 
la menor cosa, ganas tan sólo de es- 

í a L- tU ^ a i d0 , Y al resumirlo sonrió 
hacia Adelaida en gesto galán 

— ¡ Anos ! 

No había, sin embargo, que preocu- 

So' S P e , de s V dad y de ¿ us achaques 
No era cortes, seguramente, molestar 
con las miserias de nadie ni siquiera 
a personas de la propia familia Y 
volvió a mirarla, enhebrando con ella 
la conversación. 

—De modo que te gusta esto v, se- 
guramente, entonces te acostumbra- 
ras aquí. 

f,. J a n ,° reía ' no era aquella una vaga 

dn nnr ?* T*^' sino al S° caldea- 
do poi la lumbre ardiente de una sú- 
plica. Era decirle más bien : acostúm- 
orate, encaríñate con la casa y con la 
tierra, único modo de tener aquí sin 
prisas, al hijo que tanto quiero V al 
meto que tanto voy a querer Y nc 
ya únicamente por complacerle, sinc 
por satisfacer los sentimientos de gra- 
titud que comenzaban a llenarle e j 
alma, ensalzo largamente la belleza 

í? nSl° S 1 para A es ' la hermosura de 
la quinta, el noble aspecto de la vi- 

Iñadir"'- Y haSta tUV0 la at ención de 

nJ^ h °iW Uando comprendo que 
usted en tantos años, no nava queri- 

b?á a n e fl J d a f e de aquL Dócilmente na- 
tas c^sas. QUe Compense de no ver es- 
— Sí, hija; nada. 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



258 

Y ella entró en la vivienda, ya tran- 
quila del todo, sintiendo, al calor de 
estas palabras tan sencillas, una olea- 
da de alegría dulce llegarle a lo mas 
hondo No la llamaba hija del modo 
maquinal con que tantas veces se dice 
el cariñoso nombre, sino poniendo allí 
deliberadamente intención y alecto, 
dándose cuenta clara de lo que hacia 
v abriéndole, de este modo, alma y 
brazos al amor paternal, sin torpe mez- 
cla de ninguna otra clase de amores. 
Y Adelaida, ya sobre el patín, entran- 
do en la 'casa solariega, mas soste- 
niendo al conde que apoyándose en 
su brazo galante, sintió que iba a en- 
contrarse allí muy a gusto. 



V 



Durante algunos días, en efecto, su 
vida entre las frondas de Arlanzon fue 
un trasunto de la felicidad verdade- 
ra En aquel encantado paraíso de 
paz v sosiego, Adelaida no tenia mas 
que 'horas dichosas. Gonzalo pasaba 
en la quinta todo su tiempo, el nmo 
jugaba feliz, siempre a la vista de sus 
ojos y el abuelo, acompañándolo en 
sus 'diversiones, haciéndose nmo tam- 
bién junto a la tierna criatura, pa- 
recía amarlo cada vez mas. 

Comían todos juntos generalmente 
en una terraza sombreada de parrales, 
alrededor de una mesa de piedra, sen- 
tados en bancos musgosos de piedia 
también, y ante el espectáculo del va- 
lle v de la ría. Por la tarde, las pei- 
sonas mayores retirábanse a dormir 
un peco, y luego Adelaida animaba 
al c«nde a dar con ella un paseo. 
—Mire que le conviene mueño. 
— ¡Me cuesta un trabajo moverme, 
Adelaida ! . . 

—Por mí entonces. No consentirá 
que vo vava sola. 

Esto bastaba. Con aquella religión 
de la galantería, que le había hecho, 
en un naufragio, al dirigirse a su bote 
ya lleno, ya sólo esperándole, inclinar- 
se ante una señora indecisa, como a 
la puerta de un salón, cediéndole el 
paso el conde no tenía ya defensa. 



—Vamos, entonces. 
Al principio, sugestionada con la 
historia de aquel hombre, que Gonza- 
lo se complacía tanto en recordar, lo 
hacía un poco temerosa, con el recelo 
a cada instante de oírle la frase ím- 
orudente que rompiese el encanto de 
una vida tan dulce. Afortunadamente, 
Gonzalo no conocía bien a su padre. 
Ni una palabra, ni un gesto tuvo nun- 
ca el conde que hiciesen a Adelaida 
arrepentirse de tratarle con una con- 
fianza tal. Por el contrario, como si 
temies a a los informes que a su res- 
pecto hubieran podido darle y qui- 
siera desvanecerle toda sombra de pre- 
ocupación, hacíase más enfermo aun 
de lo que estaba, exagerando, al mis- 
mo tiempo, la triste importancia de 
su edad. Y era a veces una sensación 
extraña recorriendo a su lado los ca- 
minos de la- quinta. Todo lo había 
hecho él. Todo era obra de su entu- 
siasmo. Muros los más llenos de hie- 
dra él los levantó; eucaliptos enor- 
mes cuya cima se perdía en las nu- 
bes ' y cuvo tronco no lo abrazaban 
cinco hombres, él los había plantado. 
Adelaida se maravillaba. 
—¿Pero cómo es posible? 
— ¡Ya ves! Hace cerca de cincuen- 
ta años. No te das cuenta, afortuna- 
damente para ti no puedes_ dártela 
de lo que. son cincuenta anos sobre 
la vida de una persona. 

De pronto, ante ellos, en paraje todo 
lleno con esa honda melancolía de los 
sitios abandonados, donde otro tiem- 
po debió de cantar la esperanza y la di- 
cha Adelaida descubrió un estanque 
sin agua v cuyas piedras, labradas al 
modo de otros siglos, desaparecían to- 
talmente bajo la capa espesa de li- 
qúenes de plata y de oro. Una fuente 
muda debió algún día dar voz al pa- 
raje y en las piedras que entonces no 
tenían liqúenes ni musgo, ¿que pasa : 
ieros remotos se sentaron? ¿A que 
pláticas de amor se mezclo contenta 
la voz de la fuente? ¿Que rostros fe- 
lices se reflejaron en el agua del es- 

j- q p q y i p 

—Porque esto no lo ha hecho us- 
ted, ¿verdad? 
—Pues también, también lo hice. 



FRANCISCO CAMBA. — EL PATRIARCA 



259 



Aumentó en Adelaida la sensación 
de extrañeza y de asombro. Era real- 
mente como visitar la quinta en la 
compañía de un antepasado, de un 
hombre venido milagrosamente al 
mundo desde el fondo remoto de los 
siglos. Kabía seguido un silencio pe- 
noso, y. queriendo romperlo, preguntó 
Adelaida : 
— ¿Y por auá dejó abandonarlo? 
— Lo abandoné no hace mucho, no 
te creas. Pocos años hacen falta para 
dar a las cosas este aspecto de ruina. 
Fué al ver que mi hijo no se intere- 
saba por esto. ¡Y cómo interesarse, 
tan infeliz en su matrimonio y sin hi- 
jos a quienes dejar lo que del padre 
recibiese en herencia ! 

Se le veló la voz de repente, dán- 
dose cuenta tal vez de la sombra in- 
oportuna que con sus palabras estaba 
deiando caer sobre el alma de Ade- 
laida. Enrojeció ésta y dio, pensativa 
y silenciosa, unos pasos. Gonzalo, real- 
mente, había sido muy infeliz en su 
matrimonio. Pero lue?o, al lado de 
otra mujer, encontró la felicidad más 
grande que hombre alguno nava te- 
nido sobre la tierra. Esta, además, 
acertó a darle un hijo, un hijo que 
se le parecía, un hijo que tenía teda 
su sangre ardiente y toda su alma 
apasionada y noble. Pero el abuelo 
que como les antiguos hidalgos fun- 
dadores, al constituir su mavorazgo so- 
ñaba en la continuación eterna de la 
obra, no le creía digno. No lin.piaba 
el estanque al tener noticia de su na- 
cimiento, no admitía aue va hubiese 
el continuador de la obra soñada. 

Bien; estaba bien. Y al lento v si- 
lencioso andar sus pensamientos "fue- 
ron haciéndose más tristes. Realmen- 
te aquel hombre no dejaba de tener 
razón. Hijo de su hijo, el aue ella 
trajo al mundo, sólo podía "heredar 
la casa y la quinta burlando las le- 
yes. Legalmente era hijo de ella nada 
más, y si para burlar la ley, respec- 
to a la herencia de la quinta v la ca- 
sa, había arbitrios siempre, no" los ha- 
bría, no, acerca del título v del nom- 
bre. Hijo del crimen, nacido de padre 
que ante la ley escarnecía el sagrado 
del hogar, su hijo no podía llevar el 



apellido paterno ni ser nunca conde de 
Bretal. 
—¿Qué te pasa? 

Y no esperó la respuesta. Compren- 
diéndolo todo, la acarició bondadosa- 
mente una mano, mientras le decía 
con ternura infinita : 

— No te preocupes, tonta. Los tiem- 
pos han cambiado. Ahora Gonzalo tie- 
ne para quién vivir y tiene quien le 
herede. Limpiaremos el estanaue, da- 
remos las fiestas con que soñé en- 
tonces. 

— ¡Quien le herede! ¡Quien le he- 
rede! ¡Pobre hijito mío! 

Y se le arrasaron de tal modo los 
ojos, que durante un rato el conde 
meditó afanosamente en la manera 
de consolarla. ¿Qué le podía decir, 
sin exnbargo? ¿Que amaba a su hijo 
tanto como ella lo pudiese amar? ¿Que 
a ella misma la consideraba una hija 
verdadera de su corazón? Esto, con el 
instinto de las mujeres ante los pro- 
blemas del sentimiento, lo sabía sin 
la menor duda. Pero esto no bastaba. 
Y cosas había, cosas de aquellas que 
tanto le llenaban de nieblas el alma, 
en la solución de las cuales no se le 
daba, desgraciadamente, intervención 
alguna al amor. 

Otra vez callados, siguieron desan- 
dando el camino. Tiempo va de sie- 
gas, allá abajo, en los terrenos de la 
quinta dedicados a producción, afa- 
nábanse algunos aldeanos amontonan- 
do los haces hechos durante el día. 
Mujeres y hombres pasaban va por la 
vereda, y al saludo respetuoso de todos, 
algunos, con la confianza que el conde 
les daba, añadían comentarios respec- 
to a lo -bonito de la tarde, a lo bueno 
de la cosecha, y hasta llegaban a me- 
terse en cosas más íntimas. Una vieja 
después de felicitarse por el buen as- 
pecto del señor, añadió confianzuda: 

— ¡Es la presencia de esta flor que 
el señorito le trajo! ¡Condenado, que 
no puede ver unas faldas bonitas sin 
encandilársele les ojos! Más acabado 
que cualquiera, de nosotros no hace 
un mes todavía, y ahí está, nuevamen- 
te, tan derecho y con la sangre reto- 
zándole por el cuerpo todo. ¡Av, yo 
en el caso del señorito Gonzalo, no "le 



260 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



dejaría tan tranquilo con prenda de 
tal regalía! ¡A lo mejor, aún es capaz 
de darle el disgusto de robársela! 

En otra ocasión el conde se hubiera 
reído, que desvariado se le alcanzaba 
la supina trascendencia de estas gra- 
cias campesinas. Pero entonces, pre- 
ocupado con el disgusto de Adelaida 
y deseoso de desagraviarla, vio allí tan 
sólo lo que había de desconsiderado 
y en cierto modo agresivo para la tris- 
te criatura. Con Magda, la mujer le- 
gítima de Gonzalo, nunca había te- 
nido bromas así. Al permitírselas con 
ésta, era que la consideraban menos, 
no tan ligada a él, en condiciones de 
libertad para unirse a cualquier otro 
hombre. Alzó la voz, iracundo : 

—Esta flor es la mujer del señori- 
to Gonzalo, y no te permito a ti ni a 
nadie que hables de ella con tan poco 
respeto. 

— Será, sí, señor — razonó con ladina 
humildad la aldeana—; mas yo no le 
he faltado a respeto ninguno. 

Haciendo grupo, curiosos y graves, 
comenzaban a detenerse otros traba- 
jadores, en camino hacia la era. 

— ¿Qué pasa, señor conde? 

—Pasa que ya aquí se va perdiendo 
la consideración y la humildad y no 
estoy dispuesto a tolerarlo. Esta se- 
ñora no es ninguna flor que mi hijo 
trajese para alegrar su estancia en la 
aldea y de la cual cualquier estropa- 
josa se cree en el caso de poder hablar 
como de un igual. Es la mujer de mi 
hijo, la mujer del hijo del conde de 
Bretal. A ver si no se le olvida a nin- 
guno. 

A distancia, la vieja se santiguaba, 
aturdida. 

— ¡Qué le he dicho yo, Dios mío! 
¡Pero si no le he dicho nada! ¡Pero 
si no hice más que gastarle una burla 
de las de siempre! 

Y, tal vez algún día, buscada por el 
conde en aquellas tardes de molinada 
y de fiesta, con derecho, por tanto, a 
permitir las confianzas que tomó y llena 
de rencor por la reprimenda ante tan- 
ta gente, alzaba ya, entre suspiros, la 
voz ladina : 

— ¿Es lo que le dije para tanto ba- 
rullo? Aun no tratándose de tal mu- 



jer del señorito, que aquí no somos 
tontos, y mientras la otra viva, ella 
es la mujer y la condesa con el tiem- 
po, ¿iba nadie a pensarse que de ver- 
dad un padre se la robara a su hijo? 
¿Cabe en cabeza humana que mis pa- 
labras tuvieran tal intención? Por lo 
demás, el señor manda, y si así lo dis- 
pone, hasta respeto de condesa le da- 
remos. 

—Lo dispongo, sí— rugió el viejo—. 
Para todos vosotros será eso desde hoy. 
Aquí no hay otra dama, y ella será, 
por tanto, la condesa. 

^-El señor manda, el señor manda... 

Susurraban así humildes, contritos, 
vagamente amedrentados. Pero hubo 
uno, más audaz, que se atrevió a es- 
clarecer su protesta : 

— ¡Nosotros no tenemos más que 
obedecer, a nosotros qué más nos da! 

Y tal vez deseoso del placer de la 
venganza, acercóse al conde, el roto 
sombrero en la diestra, con una luz 
de burla en los ojos sagaces. 

— Pero quizá no sepa el señor que 
la otra señorita, la verdadera here- 
dera del conde, anda por ahí. 

El conde retrocedió, aturdido. 

— ¡Que anda por ahí! ¿Quién? 

— ¡Quién ha de ser! ¡La señorita 
Magda! Y, tenga lo que tenga con el 
señorito, no ha de ser para ella plato 
de mucho gusto que le quiten su de- 
recho. 



VI 



Anublóse así, de repente, la paz en 
que todos vivían. 

El viejo había dado a Fabián en- 
cargo de informarse, y el adicto ser- 
vidor vino contando horrores. Magda 
estaba allí, en efecto. Sin pudor nin- 
guno sin respeto a nada, desafiando 
al marido, que si bien podía haberle 
perdido todo amor, tal vez amase to- 
davía su nombre, se atrevía a reco- 
rrer en automóvil aquellos parajes y 
a vivir no lejos, en sitio donde tal vez 
no fuese imposible tropezársela. 

— ¿ No sabe el señor conde de ese 
palacio tan grande que hay en Se- 
rantellos, después del puente? ¿El pa- 



FRANCISCO CAMBA. — EL PATRIARCA 



261 



lacio que estuvo tanto tiempo en aban- 
dono y luego lo mercó don Anselmo 
Ozares, el de Pantelonga? Pues pare- 
ce que el señor con quien ahora vive 
ha podido alquilárselo para la tempo- 
rada de verano. 

Y el viejo criado, con tantos años 
en la casa, consejero del conde a ve- 
ces y a quien jamás le ocultasen los 
secretos de la familia, agregaba sin- 
ceramente indignado : 

— ¡Qué falta de recato! ¡Qué mu- 
jeres hay en el mundo! ¡Ahí, tan 
cerca de esta casa, viviendo con otro 
que es quien la paga el regalo de ese 
bienestar, pues ella de dónde lo tiene ' 
Mujeres, mujeres. Son, de verdad la 
perdición del mundo. 

Como el conde callase, enmudeció 
también, apartándose un poco, espe- 
rando alguna palabra que le permitie- 
se irse. No la dijo don Senén en largo 
rato. Por alia abajo pasaban los la- 
bradores hacia la era. Pasaban ha- 
blando de un vecino, Juan de Torde- 
ya, compadeciéndole en su desgracia 
Un momento el conde se interesó • 

— ¿Qué le pasa a Juan? 

Del patio vinieron amablemente los 
informes. Acababa, el pobre, de Que- 
darse viudo. 

TrZ^i Y P erder una mujer como la 

buena! C ° nde! ¡ Una mujer tan 

—Buena, sí. Siempre me lo pareció 

—Una santa mismamente 

Fabián, sin embargo, no se enterne- 
cía. Murmuro desabridamente, por el 
contrario : y 

—Pues el que tiene una mujer bue- 
na y la pierde, no sabe lo que gana 

Hubo risas allá abajo, y el conde 
murmuró : 

— i Qué será entonces una mala ' Pe- 
ro solo hay un modo, por lo visto d° 
perderlas verdaderamente. Sólo si se 
mueren. 

Contraíase el entrecejo de aquel 
hombre aborrascábasele el semblante 
y el aldeano tuvo miedo. Calló otras 
cosas que aún sabía. Al despedirse el 
conde le volvió a llamar. 
. —Sin que él lo note, vigila al se- 
ñorito. A pesar de todo, será el diablo 
que se la encontrase. 



Calló, concentróse un poco más en 
sí mismo, añadiendo con voz sorda: 

—Sobre todo si la encontraba así, 
con ése. 

Estas palabras decidieron al al- 
deano : 

— Y algo peor, señor conde. 

— ¿Qué puede haber peor? 

— Que viese también al hijo. 

— ¡Tienen un hijo! 

— ¡Tienen un hijo, sí, señor! 
— Bien. Vete. 

Quería estar solo, meditar en aque- 
llo que le ocurría. Era indudable que 
Magda, nacida tan lejos del valle de 
Bretal, sin lazo alguno de familia ni 
de sentimiento ligándola a tales pa- 
rajes, venía allí tan sólo con alguna 
idea. No se trataba, no, de que, ya en 
absoluto desligada de Gonzalo, acep- 
tase la proximidad de su casa como 
pudiera avenirse al lugar más remoto. 
Cínica y malvada, era ella, sin duda, 
quien convenció al amante de que le 
buscase una casa por allí. Difícilmen- 
te las mujeres se resignan nunca a la 
indiferencia del hombre que alguna 
vez las ha querido. Si Gonzalo la odia- 
se, esto, satisfaciendo su vanidad, la 
halagaría seguramente. Pero la indi- 
ferencia no la soportaba, No soporta- 
ba, sobre todo, el saberlo feliz con 
otra, y allí venía, suya aún, según dic- 
tado de las leyes, pudiendo todavía 
usar su nombre, a ver si destruía su 
felicidad, a poner, al menos, en ella 
una mancha, mostrársele de aquel mo- 
do, en compañía del amante y llevan- 
do en brazos al hijo de la culpa. 

El suceso había trascendido, v los 
labradores del contorno miraban a 
los señores de un modo extraño, como 
en el ansia de escudriñar, al través 
del rostro, lo que por lo íntimo de las 
almas pasaría. Aunque Gonzalo, des- 
de su llegada a la aldea, muchas tardes 
salió de caza, era ahora cuando da- 
ban a esto la significación de un ne- 
ligro. 
— Algo trama. 

— ¡ Y aunque no lo tramase ! ¡ Esto 
de andar por ahí con una escopeta! 
— Liebres ni perdices no las trae 
nunca. 



262 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



—No es mala liebre la que anda bus- 
cando. • ■■'. i ; 
Adelaida, desde entonces, advirtió 
en miradas y saludos lumbre y tono 
de compasión. Obedecían al conde, lla- 
mábanla condesa al hablarle, pero de 
un modo chocante, que la llenaba de 
inquietud. Aunque no llegaba la in- 
tención a ser burla,' la lástima laten- 
te no era menos ofensiva. 

— ¡Condesa, condesa ! —parecían de- 
cirle . El señor manda que te lo lla- 
memos, y a nosotros sólo nos toca 
obedecer. Es, sin embargo, como si 
se lo llamásemos a la moza de las va- 
cas o a la costurera que viene a re- 
pasar la ropa. Condesa de verdad, solo 
lo es la mujer del conde, y, por lo 
tanto, ni siquiera la señorita Magda, 
casada y todo con su hijo, puede lle- 
var ese título. Mas como su marido 
no la mate, a la muerte del viejo, ella, 
y no tú, lo llevará. Y ahí tienes segu- 
ramente por lo que ha venido. Estas 
cosas por lo visto, a los señores les 
interesan aún más que las rentas y 
los caudales. Ella lo tiró todo por la 
ventana, las regalías de la casa del ma- 
rido las rentas de esta tierra, la fin- 
ca de aquí. Mas el galardón del con- 
dado parece que no lo tira Y por 
eso quiere no desapartase del toüo, 
que la gente de aquí la vea y no se 
acostumbre a darle el título a la ami- 
ga del marido, aun cuando este la res- 
pete como a verdadera mujer. 

Y si estas habladurías, mas claras 
oue si las ovese, bien poco podían in- 
quietarla, segura como estaba del amor 
de Gonzalo, comenzó a preocuparse de 
verlo salir. Un día le pidió: 
—Deja la escopeta. 
Una carcajada amplia, alegre, sin 
sombras, al comprender, tras un ins- 
tante de meditación, lo que aquello 
significaba, la tranquilizó completa- 
mente. . , « „ ^ 

—¿Qué se te ha ocurrido? Pero ¿de 
veras pudiste pensar semejante cosa? 
Sólo se mata a la mujer que aún se 
quiere. No tengas miedo. 

Así y todo acabó por dejar la esco- 
peta, notando un día, al descubrir alia 
abajo, cerca de Serantellas, un auto- 
móvil donde iba una mujer, que el 



arma le temblaba en las manos alar- 
mantemente. También podía matarse 
por otras razones, por ejemplo, la de 
apartar el estorbo que se opoma, si 
no a su felicidad, a hacer completa- 
mente la de otros seres más dignos y 
con mayor derecho. Su verdadera mu- 
jer era Adelaida; su hijo único, aque- 
lla criatura que de este amor había 
nacido, y, sin embargo, algo equívo- 
co había siempre en torno a la vida 
de su hogar. Adelaida, por muchos 
respetos de que él procurase rodear- 
la, no siempre, en todas partes, era 
recibida como su esposa, y el hijo, car- 
ne suya y donde todos veían alentar 
el alma 'indudable de la estirpe, no 
llevaba siquiera su nombre. Nacido del 
adulterio, no lo podría llevar nunca, 
y nombre y títulos tal vez fuesen para 
el otro, para el hijo no menos adul- 
terino de Magda. 

Dejó, dejó en casa la escopeta. 

— Es mejor. 



VII 

El padre seguía intranquilo. Gonza- 
lo continuaba saliendo solo todas las 
tardes Y si bien no tema arma visi- 
ble ; quién le aseguraba que no es- 
condiese en les bolsillos un revolver? 
Además, no siempre necesitan los hom- 
bres armas para perderse. En ciertas 
circunstancias, cuando el veneno del 
odio llega al corazón, las manos pue- 
den volverse garras tan peligrosas co- 
mo los puñales. 

Todas las tardes, al verlo marchar, 
era una inquietud dolorosa en el alma 
del viejo. Con la agilidad casi de los 
años anteriores, cuando no había para 
él camino ni cuesta suficiente a fati- 
garle recorría inquieto los senderos 
de la quinta, hasta sin ayuda de Ade- 
laida, alzando los ojos escrutadores 
por encima del muro y teniendo des- 
Dués un inmenso y consolado suspiro. 
Era al verlo volver tranquilo y sereno 
como siempre. 
—No se la ha encontrado. 
En la tranquilidad de costumbre lle- 
gó también aquella tarde. Una triste- 



FRANCISCO CAMBA. — EL PATRIARCA 



263 



za extraña extendíase, sin embargo, 
por su rostro, y el viejo se alarmó. 
— ¿Qué tienes? 
— Nada. 

— ¿Por qué me lo niegas, Gonzalo? 
¿Qué tienes? ¿Has visto a esa mujer? 
¿Ha ocurrido alguna cosa? 

Gonzalo contó entonces que, en efec- 
to, acababa de verla y nada, nada, ha- 
bía ocurrido. Detenido el automóvil 
en la carretera para echarle agua al 
depósito, Gonzalo pasó rozándolo y 
no apartó los ojos siquiera. Con una 
alegría enorme al darse cuenta de 
cuan indiferente aquella mujer le era 
y lo poco que le importaba cuanto al 
través de la vida hiciese, no aparto 
siquiera del amante la vista, no sin- 
tió rencor alguno ante el niño, dor- 
mido en la falda de la nodriza; fué 
exactamente igual que si se hubiese 
encontrado a otra gente cualquiera, 
la mas desconocida, la más indiferen- 
te, la más ajena. 

— Sin embargo, triste lo pareces. 
¿Por qué? 

Habíase acercado el niño, que, al 
verle de lejos, dejó los juguetes sobre 
la hierba y corrió a subirse hasta su 
cuello y besarle con besos largos, es- 
tridentes, llenes de alegría. Y ahora, 
tornando todos hacia la casa, acom- 
pasando el andar a la lenta marcha 
del viejo, Gonzalo puso dulcemente 
una mano sobre la cabeza del niño, y 
suspiró con suspirar sentido y pro- 
fundo. 

—Es esta criatura y su madre, que 
me dan mucha pena. 

—Sí, te compadeces, y ya algunas 
veces te lo he dicho. ¡Si hubiese di- 
vorcio en este país! 

—Era igual. Hace unos días, aún 
yo pensaba en algo semejante; pero 
ni así se resolvía nada. Casado con 
Adelaida, ella aún podría llevar mi 
nombre, pero esta criatura no. Nació 
antes, durante mi matrimonio con la 
otra. Y es horrible. No puede usted fi- 
gurarse las amarguras que todo esto 
me cuesta. El pobrecito, creciendo a 
mi lado, aprendiendo a considerarse 
una cosa mía y encontrarse después 
con que .yo podré dárselo todo, menos 
el nombre. ¿Qué pensará de mí? ¿Qué 



idea llegará a formarse de su madre? 
¡ Una mujer que tampoco lleva el 
nombre del marido, siendo tan dig- 
na, mientras hay otra que lo enloda 
y que lo enfanga! Y algo más aún. 
Esta otra tiene un hijo, un hijo que 
las leyes ampararán y, si quiere, algún 
día tal vez tenga todo lo que a esta 
criatura pertenece. ¿Se da cuenta ya? 
¿No tengo razón para estar triste? 

Fueron un rato en silencio. Cayendo 
ya la tarde, terminado el trabajo en 
la vasta amplitud, apenas se oían otros 
rumores que los de la Naturaleza, pre- 
parándose para el sueño de la neche : 
árboles que desperezaban sus ramas, 
latir de alas ai través del aire en di- 
rección de la fronda acogedora ; un 
lento desperezarse de las alas allá 
abajo, en vago gemir de algún eco en 
la lejanía. Hasta el niño callaba, so- 
brecogido por la solemnidad de la 
hora, penetrado tal vez de la grave- 
dad de aquella conversación entre los 
mayores. De pronto, sonó en el cre- 
púsculo la voz del conde. 
■ — ¡ Mal de veras ! ¡ Mal arregladas 
están las cosas en este cochino 
mundo! 

Pero no lo decía con acento triste, 
no parecía muy convencido, en el fon- 
do, de que fuese así, no había en su 
acento desesperación ni amargura. 
Algo vago todavía, pero en su impre- 
cisión alegre y dichoso, parecía, por el 
contrario, cantar en aquella voz. 

— Lo que no creo es que el hijo de 
esa mujer tenga derecho a cosa al- 
guna. Que no es hijo tuyo puede pro- 
barse muy bien. 
— i De todos modos ! 
Y nada más se dijeron. Aquella tar- 
de el conde estuvo mucho tiempo solo 
en la solana, viendo cómo la tarde 
moría sobre el valle de Bretal y acari- 
ciando una idea que, como lengua de 
luz, momentos antes había descendi- 
do a acariciarle el alma, y al hacerse 
cada vez más precisa haría también 
más luminosa y hasta adquiría una voz 
que cantaba. Después, estuvo muy ale- 
gre, muy decidor durante la cena Al 
día siguiente, con extrañeza de to- 
dos, mandó disponer el automóvil y 
pasó la mañana en la capital. Por 



264 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



la tarde, también solo, hizo en los al- 
rededores algunas visitas, escribió car- 
tas, recibió, con visible alegría, las 
respuestas : llegaron a Arlanzón pa- 
quetes de cosas que debían de ser de- 
licadísimas; y otra tarde un grupo 
de mujeres comenzó a limpiar la capi- 
lla, a poner flores en sus floreros, a 
tender tapices sobre el piso, y, desde 
allí hasta la escalinata al caserón, una 
verdadera alfombra de flores. Gonza- 
lo pareció sorprendido. 

— ¡ Qué pronto ! ¡ Si faltan aún mu- 
chos días para la fiesta ! 

— Es otra fiesta que yo quiero hacer. 

Y aquella noche, llamando misterio- 
samente a Adelaida, le dijo : 

— Mañana tienes que madrugar. Muy 
temprano, muy tempranito, antes que 
Gonzalo se despierte, ven aquí en mi 
busca. 

— ¿Vamos a algún viaje? 

— Mañana te lo "diré. Y, sobre todo, 
que Gonzalo no note nada. 

Las mujeres que arreglaban la ca- 
pilla algo se debieron de maliciar. Cui- 
dando de eme nadie las sorprendiese, 
en su conversación, habían comenta- 
do hasta entonces y ahora lo repe- 
tían en la cocina. 

— Pero ¿será capaz? 

— De todo. Por una mujer es capaz 
de todo. 

— ¡ Y con ésta ! 

— Ya decía yo que eran muchos pa- 
seos tan solos siempre. 

— Y ese afán de que la respetasen. 

— Se salió con la suya. 

— Ahora va a ser mucho más que 
la otra. 

— Tanto y tan alta estará como él. 

Y amaneció el día, y Adelaida, de- 
jando a Gonzalo durmiendo, salió en 
busca del conde. ¿Qué la podría que- 
rer? ¿Qué amable misterio iba a acla- 
rarle? ¿Qué sorpresa, seguramente 
dulce, estuvo preparándole? 

— Aquí me tiene. 

Y la sorpresa la recibió ya al ver 
que el conde le alargaba un rico y 
blanco vestido, y que le decía : 

— Ponte eso. 

— ¡ Pero si es casi un traje de no- 
via! 



— Póntelo y no hables más. 

Era de novia, en efecto, el traje. 
Alhajas nupciales le hizo luego po- 
nerse al volver. ¡ Y cómo volvía ! 
¡ Vestido de frac, alegre, risueño, feliz 
cual en ningún otro instante lo había 
visto. 

- — ¡ Dios mío ! No me tenga en esta 
incertidumbre. ¿De qué se trata? 

— Pronto lo sabrás. Ven conmigo. Y 
a todo lo que te pregunten, que van 
a preguntarte algunas cosas, tú con- 
testa siempre que sí. 

No, no estaba loco. Y había tal des- 
gana y tan dulce amor en los ojos del 
patriarca, que ella no tuvo dudas. 
Cuanto ocurriese, sólo podía ser por 
su bien y por bien de todos. Un poco 
azorada, pero cantándole también den- 
tro del pecho una alegría imprecisa y 
muy honda, al sujetarse como tantas 
otras veces al brazo del hombre, más 
se sostuvo que se apoyó. Dejaron la 
casa, bajaron por la escalera alfombra- 
da de flores, y dentro de la capilla, 
en la paz del amanecer, toda llena de 
luces y de aromas, ante un sacerdo- 
te revestido de áureos ornamentos y 
en presencia de algunos aldeanos que 
actuaban de testigos, Adelaida, con 
voz segura, dijo a todo que sí. 

— ¿Quiere usted por esposo...? 

— Sí, quiero. 

Terminada la ceremonia, sonaron 
alegremente las campanas de la ca- 
pilla. Acercáronse, en tropel, los ser- 
vidores de la casa, y Gonzalo, hasta 
quien llegaron, sobresaltándole, las vo- 
ces de la gente y el cantar de las cam- 
panas, asomó, pálido, sorprendido, 
llena la faz de inquietudes y pregun- 
tas. 

— ¿Qué es esto? 

A la puerta de la capilla, transfor- 
mada toda ella en un altar, el con- 
de, apartándose un poco, sujetó a 
Adelaida de la mano y dulcemente la 
guió hacia él, mientras decía resplan- 
deciente de alegría y orgullo : 

—Aquí te la entrego. Tu verdadera 
mujer es condesa de Bretal desde aho- 
ra, y tu hijo, que algún día será el 
conde, ya se llama como tú. 



FRANCISCO CAMBA. — LA GARRA INVISIBLE 



265 



LA GARRA INVISIBLE 



Aquellas bromas con Gisela, por par- 
te de hombre tan temible como 
don Amalio Choren, no le gustaban 
lo más mínimo a la buena Clota, que 
diecinueve años atrás la había cria- 
do a sus pechos de matrona robusta 
y aún continuaba acogida al calor y 
la abundancia del pazo señorial. 

Desgraciadamente no le era dable 
impedirlas. Sin madre, la niña adora- 
da desde bien pequeñita, y con el pa- 
dre baldado, incapaz de ocuparse de 
cosa alguna, todo allí estaba a las ór- 
denes de su tía Eduvigis y su tía 
Amaranta, especialmente de ésta, que, 
alta de estatura, seria de rostro y lle- 
no de bozo el labio superior, imponía 
el respeto de un guardia. No. Clota, 
en el pazo de Rendoy, no tenía mando 
alguno. ¡ Pero si de verdad mandase ! 
¡ Si realmente tuviera la autoridad que 
tanto le envidiaban sus compañeras 
de fuente y de río!... ¿Iba ella a con- 
sentir que aquel don Amalio Choren, 
tan metido en la casa desde hacía al- 
gún tiempo, entretuviese a las señoras, 
no sólo con sus cuentos y sus gracias, 
sino durmiéndole a la niña? Durmién- 
dola, sí ; durmiéndola en pie y obli- 
gándola a obedecerle en cuanto le daba 
la gana. Que Choren quería verla co- 
mer una vela o cualquier basura se- 
mejante, y allá estaba la infeliz lle- 
vándose la vela a la boca. Que se le 
antojaba dar un susto a los allí reuni- 
dos, y Gisela no tardaba en debruzar- 
se alarmantemente sobre el alféizar 
de la alta ventana. Una palabra más 
y se tiraría al camino, sin reparar en 
la altura ni en las piedras de allá 
abajo. 

Naturalmente que la palabra no se 
decía. Daban un grito las señoras, y 
Choren, magnánimo, acudía a detener 
a Gisela, sujetándola por la cintura. 



Pero es que el condenado no buscaba 
otra cosa que estas manualidades con 
la niña gentil. Clota sería todo lo que 
doña Amaranta quisiese ; tonta, sin 
embargo, no lo era. Y hacía falta ser- 
lo completamente para no ver -cómo 
don Amalio, que antes, al quitarle la 
vela, la sujetaba pasándole la mano 
por la nuca, se dormía ahora al abra- 
zarla en un abrazo verdadero. 

Encantadas con la galanía y los 
modos de Choren, ni doña 'Amaranta 
ni doña Eduvigis le daban a esto im- 
portancia alguna. Pasado el susto, ve- 
nía el maravillarse de una habilidad 
tal. Ambas señoras habían visto, sin 
gran asombro, cosas semejantes a los 
juglares que, por veces, erguían su ta- 
blado en la plaza de Portomor. ¡Pero 
que las hiciese un amigo de la casa 
y en persona como su propia sobrina! 

— ¿Esto puede hacerse con cualquie- 
ra, Choren? 

— No, señora. Hacen falta ciertas 
condiciones, que no todo el mundo 
tiene. 

— Pero es admirable, sin embargo. 

Clota, que no se atrevía a hablar, 
rezongaba entre dientes toda suerte 
de improperios contra una admiración 
tan estúpida. ¡ Condiciones que no to- 
do el mundo tiene! ¡Naturalmente! 
No todo el mundo tenía aquel cuello 
suave de Gisela, aquella cintura lan- 
zal, un busto llenito que acariciar a 
gusto, unos ojos sobre los cuales ador- 
mecerse un instante. Y, más que esto, 
interesaban seguramente a Choren los 
dineros de la niña. Ella no era tonta, 
no, y estaba segura de que el terri- 
ble hombre no vendría tanto a la casa 
si Gisela, por toda fortuna, tuviese 
tan sólo su dulzura y su belleza. 

Realizado el juego, la niña desper- 
taba con una sonrisa triste en la boca. 
Y si bien la sonrisa era suficiente para 
tranquilizar a doña Amaranta y doña 
Eduvigis, ante su tristeza Clota ape- 



266 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



ñas se podía contener. Retirábase in- 
dignada, vibrando enteramente: 

— i Ay, mi niña querida ! No sé, de 
verdad, cómo te prestas a estas co- 
sas, que después de todo eres aquí el 
ama. ¡ Debías tenerle un poco menos 
de miedo a tus tías y mandar un 
poco más en ti ! 

Durante algún tiempo, delante de 
Clota no hubo experiencias de aaue- 
llas que tanto la indignaban. Pero 
Choren seguía presentándose allí to- 
das las tardes, no obstante saber que 
Gisela tenía novio. ¿Qué podía esto 
importarle a individuo de quien, tan- 
to como de su galanía y de sus triun- 
fos, se hablaba de su audacia increí- 
ble? Con trabas peores había encon- 
trado a otras por aquellas tierras de 
donde venia. Con trabas a veces muy 
difíciles, imposibles acaso de romper. 
Venturosamente muy cerca ya el ve- 
rano y las tardes dulcísimas, la tertu- 
lia comenzó a hacerse en el huerto, 
en el abrigado rincón del martillo de 
la vivienda, que unos grandes naran- 
jos embellecían y llenaban de olor. Allí 
Clota tenía más pretextos para pre- 
sentarse y vigilar. Y allí don Amalio 
tenía menos para abusar de su niña. 

Todavía el tiempo inseguro, una 
mañana despertó con el cielo encapota- 
dísimo, y pronto la lluvia púsose a 
arrancar sones de verdadera música 
sobre los árboles del huerto y las ca- 
ñas de los maíces. Clota recibió el chu- 
basco como una noticia alegre. Pensó 
que de seguir lloviendo así, aquella 
tarde no habría visitas. Por desgracia 
no sólo hubo la visita temida, sino 
que, tan mojado el huerto, la tertu- 
lia volvió a reunirse en el principal 
de los salones del caserón. Y como 
había que entretener a la gente, allá 
vino el acercarse Choren a Gisela y 
mirarla con sus ojos imperiosos y fijos. 
. — Duérmase. 

Sin ganas de prestarse al juego, ella 
suplicó tímidamente que la dejase. 
Pero lejos de complacerla en tan razo- 
nable petición, insistió el otro de una 
manera que a Clota se le antojó into- 
lerable. 
—Duérmase, Gisela. Yo lo mando. 

¡ Lo mandaba él y punto redondo ! 



Mas cuando Clota esperaba la rebel- 
día y la protesta de su niña, he acuri 
que, en efecto, cierra los ojos y Cho- 
ren se vuelve al concurso : 

— ¿Qué quieren que haga? 

Como a nadie se le ocurriese cosa 
alguna, el propio Choren tomó la ini- 
ciativa y fué un asombro en toda la 
asamblea, A pesar de la lluvia, oue 
continuaba cayendo y cantando, la tar- 
de, sin ser calurosa, no tenía nada de 
fría. Pues con sólo decir Choren aue 
el frío era grande, Gisela púsose in- 
mediatamente a temblar, a temblar de 
veras, como si en pleno invierno salie- 
se desnuda a un camino. Hasta la cara 
se le amorató. Doña Amaranta admiró 
una vez más a- aquel hombre que tanto 
sabía Clota, oor su parte, se santiguó 
con mano trémula. ¡ Disponer así de 
una ne ,- sona y en cosas como aouella 
de estremecerse y amoratársele el ros- 
tro que una misma no podía hacer 
aun cuando ouisiera ! 

— ¡ Es verdaderamente el demonio ! 

Doña Eduvigis no estaba mucho me- 
nos asustada que Clota; el nadre de 
Gisela, allá en su sillón de imoedido, 
parecía fiar a la actitud todas las 
recelosas preguntas oue. muerta su 
lengua, le estaba vedado hacer de 
otro modo. A pesar de la admiración 
de doña Amaranta, una extraña an- 
gustia flotaba en el recinto. Pero no 
tardó en deshacerse al son de las ri- 
sas. Clota habíase apartado de Cho- 
ren, de modo tan brusco y mirándole 
con ojos a un tiempo tan cómic? men- 
te desafiadores y tan llenos de sincero 
temor, que las risas joviales no pu- 
dieron contenerse. Hasta el propio 
Choren sonrió, mirándola : 

— ¡ Qué susto, Clota ! 

— ¡ Si considera que es para estar 
tranquila! ¡A lo mejor, así como con- 
sigue que tiemble de frío, si se le ocurre 
mandarle que prenda fuego a la casa, 
va y lo hace ! 

— ¿Y a usted qué le parece? Que 
estas son artes del enemigo, ¿no? 

— ¡ Qué quiere que le diga ! ¡ Yo no 
sé nada! Y estoy tan asustadita que 
la camisa no me llega al cuerpo. Pero 
esto, aunoue me lo juren, cosa buena 
no debe de ser. 



FRANCISCO CAMBA. — LA CARRA INVISIBLE 



267 



— De modo que si tratase de hipno- 
tizarla como a la señorita... 

—¿Qué dice? 

— Que si tratase de hipnotizarla, us- 
ted no se dejaría por nada del mundo. 

—¿Dejarme yo? ¿Dejar que me mi- 
rase de ese modo, para luego hacer 
de mí todas esas cosas? No, señor, 
no; en buena hora lo diga. Hasta, a 
pesar de lo poco que soy en esta casa, 
no sé cómo le consiento que lo haga 
con esa infeliz. 

Dándose cuenta de que una simple 
criada no podía hablarle de aquel mo- 
do a un tal amigo de las señoras, cam- 
bió de tono y se hizo humilde, aun 
cuando por poco, poquísimo tiempo. 

— Perdone, que no sé lo que me di- 
go. Mejor será, sin embargo, que es- 
tando yo delante no vuelva a hacer 
nada de esto. Me conozco, don Ama- 
lio, y un día cualquiera pierdo el res- 
peto' de la casa y lo echo todo a rodar. 

Indignada de aquella injerencia, 
molesta con la arisca mujer en quien 
sentía latente y viva una gran des- 
confianza hacia Amalio, dona Ama- 
ranta, su más decidida protectora en 
la vivienda, se la quedó mirando fi- 
jamente. 

— ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones 
así? ¿No comprendes que todo esto 
es broma, y que si se tratase de una 
cosa mala ni el señor de Choren la 
haría ni nosotras habíamos de con- 
sentirlo? ¿Es que te crees que don 
Amalio tiene realmente pacto con el 
enemigo? Anda, anda para la cocina 
y no te metas en cosas que realmente 
no puedes entender. 

Decidido, adusto, inapelable el tono 
de doña Amaranta, Clota daba un pa- 
so obedeciendo, cuando reparó en que 
don Amalio acercábase a Gisela, y se 
detuvo recelosa. Afortunadamente, no 
se trataba de ninguna nueva atroci- 
dad con la pobre criatura, sino de 
despertarla, dando por terminada la 
experiencia. Pero tan doloroso suspi- 
ro se le escapó del pecho al desper- 
tar, con tal palidez volvía a la vida, 
que Clota corrió a besarla, a abrazar- 
la, a darle calor con sus besos y entre 
sus brazos como cuando era una cria- 
turita sin otro amparo ni sostén. 



— ¡ Ay, mi niña de mi alma, y lo que 
hacen contigo! ¡Si un día te vas a 
quedar en una de éstas ! ¡ Si tiene que 
hacerte daño una cosa así, tan deli- 
cada como tú eres ! ¡ Parece misma- 
mente que vuelves del otro mundo y 
hasta da miedo mirarte a la cara, 
angelito de mi corazón ! ¡ Había de 
ser conmigo! ¡Había de tener yo el 
mando que no tengo en esta casa! 

Y a pesar de la mirada de doña 
Amaranta, que sobre ella sentía, dura 
y severa, allá se dirigió a Choren, los 
brazos en jarra sobre la cintura y una 
luz verdosa, de ira, ardiendo en los 
ojos, generalmente tranquilos y azules. 
* — Ya que se trata de una broma y 
de una cosa en la que no puede ha- 
ber mal, ¿por qué no lo experimenta 
con una persona de su familia, don 
Amalio? ¿Que no tiene familia, me 
va a decir? De un hcmbre de su edad 
y que rodó tanto, nunca puede afir- 
marse eso tan redondamente. Mas, 
aun cuando sea cierto que no la tie- 
ne, busque un gato a quien hinoti- 
zar o como se llame. Y si los gatos no 
sirven y sirven tan solo los cristianos, 
vea dehinotizarme a mí. que ya me 
dejo, ande. Vea, y del primer bofetón 
que le arreo, el hinotizado es usted, se 
io aseguro. 

Trémula la voz, temblorosas ya las 
rollizas manos, crepitando toda en 
ansias de realizar su obra de hipnoti- 
zación, un estremecimiento pasó por 
el recinto. Choren, sin embargo, fué 
prudente y no aceptó el reto. Arrogan- 
te la apostura y gentiles las maneras, 
le sonrió bondadoso y amable. 

— Para estas experiencias ya he di- 
cho que no todos sirven, señora Clota. 
A una persona firmemente decidida a 
no dejarse, no hay quien la duerma. 
¡ Y usted está tan prevenida contra 
mí ! ¡ Pondría tal voluntad en que yo 
fuese el dormido, y veo esa voluntad 
tan fuerte ! 

— ¡ Lo que usted ve fuertes son los 
puños ! 

Choren asintió con la cabeza. 

— Sí, señora. Es eso precisamente 
lo que he querido decir. 



268 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



II 



Con toda su amabilidad no consi- 
guió amansar a la brava Clota. Llena 
de recelos y temores, todo el resto de 
la tarde se la pasó moviéndose por la 
cocina, cual una fiera enjaulada. ¡Po- 
bre Giselita, y lo que sus tías estaban 
haciendo con ella ! Porque no se tra- 
taba únicamente de dejársela a don 
Amalio para sus experiencias maldi- 
tas. No muy satisfechas del novio de 
la muchacha, pareciéndoles poco aquel 
señorito de Aneares que, si bien era 
tan rico como Gisela, no podía igua- 
larle en nobleza de rango, allá esta- 
ban metiéndole por ios ojos a este 
aventurero, no obstante doblarle la 
edad y ser de familia mucho menos 
ilustre aún. Apenas desaparecido Cho- 
ren, todo se les volvía hablar de él 
como si cosa semejante no se hu- 
biera visto nunca. 

Clota, así y todo, difícilmente acer- 
taba a explicarse tal actitud. ¡ Menos 
ilustre la familia de Choren que la 
del señorito Silvio ! ¡ El último labra- 
dor de aquellos contornos, al lado de 
don Amalio, podía considerarse, por 
abolengo, un verdadero príncipe ! ¡ Qué 
pronto se" olvidaban las cosas en este 
mundo volandero ! ¡ De qué manera 
un porte fino y un rostro galán se 
adueñaban de los corazones más or- 
gullosos y ariscos ! 

Amalio Choren, sin embargo, no era 
de tierras tan remotas oue nadie su- 
piese dónde y de qué gentes había na- 
cido. Era, por el contrario, de bien cer- 
ca de allí, de la villa de Portomor, dis- 
tante del pazo media legua tan sólo. 
¿Y en veinticinco o treinta años que 
haría de su marcha pudiera echarse 
tan al olvido oue su madre, la pobre 
Genoveva de Cores, pedía limosna de 
puerta en puerta, y el hijo a saber de 
quién lo tuvo? No obstante esto, que 
a otro cualquiera no le dejaría tras- 
pasar nunca el zaeaián de casa tan 
celosa de sus señoriales prestigios. Cho- 
ren llegaba al estrado como amigo de 
toda predilección, y hasta se admitía 
que alguna vez subiese, como dueño, 
aquellas escaleras. Se admitía, sí. Y 



es que el mundo, de tantas vueltas 
como le obligaban a dar, estaba segu- 
ramente algo loco. 

Amalio Choren había llegado a la 
villa natal meses antes, envuelto, como 
los santos en su nimbo, en una no 
menos dorada aureola de admiración. 
Viniendo no de los vulgares países a 
donde las gentes del contorno emi- 
gran, sino de las ciudades más seduc- 
toras del mundo, esto comenzó ya por 
imponerlo a la atención del contor- 
no. Y arrogante todavía, todavía gen- 
til de rostro y de maneras, cual en 
todas partes había triunfado, triunfó 
también en su tierra natal. Generoso 
con los necesitados y altivo con los 
influyentes, aquéllos comenzaron a es- 
timarle y éstos a buscar su amistad. 

Por la elegancia de sus modales y 
da su ropa, locas estaban, según se 
decía, las señoritangas todas del pue- 
blo. Casa donde hubiese muchachas 
solteras, casa a la cual hacíanse im- 
posibles para llevarlo. Choren tocaba 
el violín, bailaba primorosamente, can- 
taba con voz bastante bonita, sabía 
hacer juegos de mil clases y era ver- 
daderamente el demonio. Mas. demo- 
nio verdadero, a pesar de los ojos lán- 
guidos de aquellas señoras de Porto- 
mor, comprometerse no se comprome- 
tía. Y una idea torva, clavada en el 
alma de Clota desde que. acompañado 
del viejo médico de la villa, vio a Cho- 
ren dentro del pazo, continuaba ha- 
ciendo allí el oficio roedor de un gu- 
sano en un fruto. ¿Por qué, sin acor- 
darse del pueblo en tantos años, vol- 
vía ahora, montando, para tan poco 
tiempo, casa de tal fausto? ¿A qué 
venía? ¿Qué idea se le ocurrió de 
pronto respecto a la conveniencia de 
visitar los nativos parajes? 

No importaba tal vez que don Ama- 
lio hubiese sido por aquellos mundos 
adelante cuanto le dio la gana. Tor- 
nadiza la fortuna, al presente no te- 
nía acaso donde caerse muerto, y, 
como tantas otras veces, pensó en sus 
dotes de seducción para salvarse. Y 
ya a su edad, ¿qué sitio tan a pro- 
pósito como la tierra nativa, donde 
herederas de grandes caudales y se- 
ñoritas de la más alta alcurnia veían- 



FRANCISCO CAMBA. — LA GARRA INVISIBLE 



269 



se obligadas a casarse con algún la- 
brador vecino si no querían quedar 
solteras toda la vida? 

El fausto de la casa no se oponía 
a esta reflexión. Era necesario un ce- 
bo. Y el cebo pronto dio los frutos ape- 
tecidos, y las puertas más reacias se 
le franquearon de par en par. ¡ Mas 
qué pronto también dejó Amalio de 
transponerlas ! Eran poco, sin duda, 
para hombre de tan grande ambición 
las fortunas de aquellas señoritas de 
su pueblo. Entonces recorrió los alre- 
dedores, no tardando en dar con el te- 
soro que buscaba. Cerca de Portomor, 
en la aldeílla de Rendoy del Auro, al 
pie de la iglesia y reclinado sobre el 
más florido y gentil repliegue de la 
falda del monte, había un pazo ver- 
de, no tan escondido entre les árbo- 
les de su bosque que no lo descubrie- 
sen aquellos ojos avizores. Gustóle la 
casa sin duda y le gustó el huerto que 
la rodeaba, y le gustaron aún más, 
seguramente, las noticias que después 
le dieron. 

Allí no había tan sólo la huerta y 
el pazo. Hasta el mismo mar, llenas 
de viñedos y de maizales, extendíanse 
las tierras del señorial deminio. Ren- 
tas, por la época de la recolección, co- 
brábanse muchas, y rentas que nadie 
se negaba a satisfacer. En las gave- 
tas de la casa guardábanse unos pa- 
peles por los que, en los Bancos de 
la capital, daban periódicamente di- 
nero. Y dueña única de todo esto, due- 
ña ya de la mayor parte y heredera 
de lo demás, una muchacha, una mu- 
chachita que apenas si había salido 
de la aldea natal. Hacia allí levantó 
entonces sus ojos de ave de presa. ¡Qué 
importaba el gran abolengo de la fa- 
milia ! ¡ Qué el saber a Gisela con 
novio ! De abolengo no menos ilustre 
eran algunas de aquellas señoritas de 
Portomor, tan dispuestas a aceptarle 
por marido, y el novio lo consideró tal 
vez un pequeño detalle en el cual ni 
debía parar mientes. 

¿Cómo supo Clota todo esto? ¿Cómo 
se enteró de tanto? El recelo instinti- 
vo que aquel hombre le inspiró desde 
el primer instante la hizo husmear, 
indagar. Poco, concretamente, la dije- 



ron. Viviendo hasta entonces en sitios 
nunca frecuentados por las gentes del 
contorno, ¿qué podía, a la verdad, sa- 
berse? Las vidas, sin embargo, son 
como un fuego que no está nunca del 
todo oculto. De las más humildes 
siempre hay un humo, un resplandor, 
un olor siquiera, que trasciende y la 
denuncia. ¿Cómo, entonces, mantener 
en absoluto misterio las tan turbu- 
lentas y borrascosas? Choren, según 
se decía, fué rico y fué pobre alterna- 
tivamente al través de su vida ente- 
va ; ocupó puestos de verdadero bri- 
llo y vióse más miserable aue cuando 
de niño ayudaba a su madre a pedir 
limosna. Y si una cosa así ya alarma- 
ba en tierras tan pacíficas, tan rece- 
losas de la aventura, había aún algo 
peor : no siempre, por lo visto, vistió 
aquellas finas prendas, sino alguna 
vez la más triste hopa que puede 
echarse sobre las costillas hombre al- 
guno. Y hasta se hablaba de mujeres 
abandonadas fríamente por auien, al 
robarles el caudal, les concedió a su 
lado todos los derechos. 

¡Y éste era el hombre que se atre- 
vía a pensar en su Gisela, para ha- 
cer de la pobre criatura la última de 
sus víctimas! ¡Y éste el esposo que 
las cabecitas de viento de sus tías aue- 
rían darle! Afortunadamente, Clota 
estaba allí. Clota vigilaría. Clota im- 
pediría a toda costa el terrible escar- 
nio. Lástima sólo que el novio de la 
niña no pudiese avudarla en su em- 
presa. Aquel Choren, no tan viejo co- 
mo las arrugas de las sienes le hacían 
aparecer; gallardo siempre de apos- 
tura, limpio de barba el rostro, el 
cuerpo vestido con la más extremada 
corrección; en aquellos labios las pa- 
labras más ladinas y en los ojos una 
luz dominadora y fiera, podía acaso no 
preocuparse mucho del novio de la 
señorita, mozo galán ciertamente, oerc 
de modo alguno mozo que pudiese 
vencerle en seducciones. Y. para ma- 
yor desgracia, el señorito Silvio ni si- 
quiera estaba allí. Un pleito que la 
casa de Aneares sostenía desde años 
atrás habíale obligado a trasladarse 
a la Corte, y quién supiera por cuán- 
to tiempo. Ella, ella sola tenía que 



270 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA' 



Luchar con el enemigo. Y decidió, ha- 
llándole como si aun lo tuviese de- 
lante : 

— Pero lucharé, que me importa de- 
masiado para dejarte hacer de ella 
otra desgraciadla. 



III 

En la huerta no se prolongaba mu- 
cho la tertulia. Tan pronto amengua- 
ba la luz, tan pronto las azules som- 
bras, anuncio de la noche, comenzaban 
a enseñorearse del ambiente, dona 
Eduvigis, y hasta la valerosa doña 
Amaranta, levantábanse, confesando 
su miedo al rocío y acogiéndose a las 
habitaciones confortables y tibias del 
piso alto. Como Gisela se creyese en 
la obligación de acompañarlas, erguía- 
se también, invitando a Amalio con el 
gesto, y éste la obedecía a regañadien- 
tes. Cierta tarde, lejos de obedecer, 
tan pronto las tías se levantaron, allá 
susurró con su audacia famosa : 

— Nosotros nos quedamos aquí un 
rato todavía. ¿Verdad, Gisela? 

Aun cuando con disgusto visible, 
Gisela no se atrevió a negarse. Por 
su parte, doña Amaranta les autorizó 
bondadosa. 

— Pero no tarden, no se confíen mu- 
eho en su juventud, que el rocío es 
traicionero y a nadie respeta. 

A Clota, presente a la escena, no 
dejó de agradarle aquel disgusto de 
Gisela ante la proposición del atrevido. 
Pero quién supiese de qué artes el 
traidor se valía para adueñarse de 
los corazones recelosos, y consideró de 
su deber averiguarlo, aun cometiendo 
una fea acción. Entonces deslizóse ha- 
cia la cocina. Había allí, atravesando 
las feudales paredes de la casa, un 
ventanuco, desde donde, sin ser vista 
ni oída, pudiera oír y ver. Y al ven- 
tanuco se encaramó, acercando una 
mesa, poniendo sobre ella una silla 
y suspirando al acomodarse. 

— ¡ Como tú no cedas, Giselita, co- 
mo seas así siempre, de poco le van 
a servir sus artes ! 

Inclinado sobre la triste criatura, 
Choren, con verba estudiada, como 



quien recita una lección muy sabida, 
allá estaba elogiándole la belleza y la 
gracia, merecedoras, ciertamente, de 
lucir en otros mundos. Clota no pudo 
menos de sonreírse aviesa, sarcástica- 
mente : 

— ¡ Vamos ! 

Seguro de casarse con ella algún 
día, preparaba ya el alzar del vuelo 
hacia aquellos sitios donde acaso úni- 
camente la vida se le antojaba digna 
de vivirse, y de los cuales mejor sería 
que no hubiese vuelto jamás. Y así 
hablándola, envolviéndola así en ala- 
banzas y ternuras, Clota lo sentía 
suspirar y lo veía inclinarse más aún 
sobre su rostro. Venturosamente, el 
disgusto de Gisela ante la presencia de 
aquel hombre, lejos de ceder, acentuá- 
base. No la conmovían los suspiros, 
y cuanto más Choren se le acercaba, 
más la pobre, en la imposibilidad de 
huir, se encogía temerosa. Con toda su 
sabiduría y sus artes de seducción, 
don Amalio lograba apenas darla mie- 
do, y el semblante de Clota se iluminó 
en la angostura del ventanuco. 

— ¡ Así, niña mía ! ¡ Así te quiero ! 
No le sirvió a Choren de nada que 

la luna naciese aún antes de cerrar 
completamente la noche, aumentando 
la religiosa emoción de la campiña. 
No, tampoco, que los árboles la saluda- 
sen con un alborozado estremecerse de 
todas sus hojas, ni que cada planta 
se hiciese en su obsequio algo así co- 
mo brasa de un incensario. Todas es- 
tas poéticas seducciones no colaboraron 
lo más mínimo en los planes de Cho- 
ren. Gisela seguía defendiéndose y 
esquivándose. Y como él, ladinamente, 
esperando tal vez verla turbarse, pre- 
guntase si quería mucho a su novio, 
ella respondió a voces, cual asiéndose, 
en su angustia, al amparo de una som- 
bra amiga : 

— ¡Con toda mi alma! 

Clota, allá en lo alto, tuvo que mor- 
derse, que lastimarse realmente los la- 
bios, para no gritar a su vez : 

— ¡ Bien, niña mía ! A ver si así 
se convence de que pierde el tiempo 
y más le vale contentarse con alguna 
de esas señoritangas de Portomor que 
no tienen quien las quiera, ni acaso 



FRANCISCO CAMBA. — LA CARRA INVISIBLE 



271 



alma como tú para querer a quien 
sabrá merecerte. 

Contentándola más, Gisela no tardó 
en levantarse, diciendo que el roció 
estaba mojándolos ya. 

Clota entonces abandonó el venta- 
nuco y subrepticiamente salió al atrio 
de la casa, de donde arrancaba el 
patin, ñor el que, emparejados, Gise- 
la v Choren iban subiendo. Este le 
hablaba todavía inclinado sobre ella. 
Decíale aún, sin duda, madrigales y 
ternezas: continuaba tejiendo, ccmo 
antes tantas otras, su refulgente tela 
de araña. Por fortuna, Gisela no se 
dejaba deslumhrar ni prender. Clo- 
ta tuvo aún otra gran alegría. 

— i Que no lo cree!— le oyó clara- 
mente decir — . Le doy mi palabra. Ha 
sido el primer amor de mi vida, y es- 
toy segura de que será el último. 

Y aprobó otra vez desde lejos: 

— ¡ Bien, niña de mi alma ! 

¡ Pero cómo la voz de aliento y de 
aplauso se le hubiera helado sobre la 
boca de serle dable ver la sonrisa con 
que Choren acogió tan ardiente protes- 
ta de amor hacia otro ! ¡ Qué llena 
estaba de orgullo y al mismo tiempo de 
desdén ! Y comprendiendo cuanto aque- 
llo significaba, algo seguramente hu- 
biera arrecido el corazón de Clota. No 
era el orgullo de quien todo lo fía 
a las armas de su seducción ni el des- 
dén con que se acoge una protesta 
irreflexiva y vana. 



IV 



Por muchos días. Choran no volvió 
a esclarecer delante de Gisela ninguno 
de sus audaces pensamientos. Más que 
como a mujer que por cualquiera razón 
interesa, tratábala como a una chí- 
mela sin fundamento. Reíase de sus 
opiniones, celebrábale exageradamente 
cualquier dicho oportuno, contestaba 
a las preguntas que le hacía como au- 
sente el alma de espectáculo tan mez- 
quino. Aun cuando en tono de broma, 
aprovechaba todos los pretextos para 
hacerle sentir su superioridad. Pero 
no insistió, no, en aquellas , cosas que 



una tarde tanto la asustaron, y Gisela 
estaba tranquila. 

Poco duró, no obstante, esta tranqui- 
lidad. Cierta tarde, dirigiéndose todos 
a ver los fuegos con que cierto rica- 
chón de la carretera celebraba las 
vísperas de la fiesta de su santo, doña 
Amaranta y doña Eduvigis tuvieron 
que rezagarse para atender la queja 
de un caíal de renteros. Formaba allí 
cedo la vereda, y, un instante aislados 
en aquella soledad, bajo el toldo de 
nárrales que daba sombra al camino, 
Gisela no" pudo dejar de disgustarse. 
Choren allá insistía : 

—¿Tan segura está usted de que 
quiere a su novio? 

Hizo la pregunta clavándole brusca- 
mente aquellos ojos dominadores, en 
cuyo centro relucía, con todo su pode- 
roso brillar, algo que se asemejaba, de 
extraño modo, a la punta fiera de un 
diamante. Eran aquellos ojos mismos 
que allá, en el pazo, sintió a veces 
penetrarla y adormecerla. 

— ¿Tan segura — insistió Choren — de 
que con él ha de casarse? 

Así diciendo, los ojos de aquel hom- 
bre traspasábanla como nunca, llegan- 
do hasta no sabía qué ignorados y 
hondos abismos de su ser. Segura de 
amar al novio" ausente y de no tener 
sueño más dulce que el de algún día 
poder echarle los brazos al cuello, lla- 
mándole espeso, no le era dable, sin 
embarco, afirmar cosa alguna. Su vo- 
luntad parecía poco a poco ablandarse, 
diluirse no sabía dónde, perder, dentro 
de su alma, toda existencia. Algo ex- 
traño a sí misma mandaba dentro de 
sí, y respondió, en el tono más bien 
del que suplica : 

— De lo que lo estoy es de que no 
deseo otra cosa. 

— ¡Qué sabe usted lo que desea! 
— cortó secamente Choren. 

— No creo que lo sepa usted mejor. 

— Pues acaso. 

Hubo un silencio, que Gisela, ame- 
drentada y cohibida, no se atrevió a 
turbar. Y fué Choren quien lo deshi- 
zo con una pregunta nueva, que tenía 
en el tono les caracteres todos de una 
afirmación : 



272 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



— ¿Y si yo le dijera que no se ca- 
sará con ese hombre? 

— ¿Va usted a impedirlo? 

Habíanse reunido ya con ellos las 
dos señoras, y Choren musitó, incli- 
nándose un momento hacia ella : 

— ¡ Quién sabe ! 

Todos juntos ya, continuaron el in- 
terrumpido camino. 

— ¡Qué calor hace! — murmuró Gi- 
sela de pronto, por decir algo, por 
darse ánimos a sí misma oyendo su 
propia voz. 

En efecto, lo hacía. Apenas más que 
mediada la tarde, y ya francamente 
declarado el estío, donde no había 
sombras de árboles ni toldos de pa- 
rrales, el sol picaba con fuerza. Asin- 
tieron las tías, y ya la muchacha co- 
menzaba a quitarse su abrigo de pun- 
to cuando Choren exclamó autorita- 
riamente : 

— A mí, más bien me parece que 
hace frío. 

De nuevo miraba a Gisela, buscán- 
dole los ojos. Ella los esquivó resuel- 
ta. Tornaba a sentir la voluntad de 
aquel hombre queriendo imponerse, 
capciosa, a la suya, y tuvo un mo- 
mento de rebelión. 

— Parézcale a usted lo que quiera, 
lo que hace es calor. No estamos en 
casa. No me tiene usted dormida para 
nacerme sentir lo que se le antoje. 

Nuevamente sonrió Choren, más la- 
dino, más astuto. 

— No, si yo no trato de hacerle sen- 
tir nada. Expresaba una opinión, sen- 
cillamente. Como ya en la escuela me 
decían que el frío no existe, pues con- 
sideré que al calor pudiera pasarle lo 
mismo. Pero, en fin, usted lo nota, y 
allá usted entonces. 

Y ya emparejado con doña Ama- 
ranta, concluyó : 

— ¡Son tan tercas estas criaturas! 

—Pues yo también tengo calor, Cho- 
ren. 

— Pero ella, no, diga lo que diga. 

Gisela adelantaba al lado de doña 
Eduvigis. Iba ya sin abrigo, con los 
brazos al aire y abierto el escote. Cho- 
ren, de pronto, dio unos pasos para 
unírsele, y, ya a su lado, le habló 
paternalmente : 



— Hace mal en ser tan caprichosa 
y, por llevarme la contraria, empeñar- 
se en coger una pulmonía. Usted lo 
que tiene es frío, Gisela. ¡ Pero si está 
temblando ! Abrigúese, ande ; no sea 
rebelde. 

Con el rostro amoratado, cerno días 
antes en la casa nativa, temblaba de 
veras. Obediente a la voz de aquel 
hombre apresuróse a arrebujarse en el 
abrigo, echándoselo sobre los hombros 
a manera de chai. Y satisfecho Ama- 
lio al poco tiempo, jugando con ella 
como el gato con el infeliz ratoncillo, 
le dio la razón amablemente. 

— Bien. Puede quitarse eso de los 
hombros, que realmente hace un ca- 
lor respetable.- 

Inmediatamente Gisela púsose otra 
vez el abrigo al brazo, y mientras la 
sangre tornaba a su asustada carita, 
levantó hacia él los ojos temerosos. 
Choren sonreía triunfal. 

— ¿Ve usted? ¿Se convence de que 
ya no tiene otra voluntad que la mía 
y usted no se casará más que con 
quien yo quiera? 

Sin contestarle, acobardada, asusta- 
da tan sólo, ella argüyó con un suspiro. 
— ¿Pero cómo es posible esto? ¿Qué 
me ha hecho usted? Porque ahora yo 
estaba bien despierta y bien decidida 
a no obedecerle. 
— Pues ya ve. 

Amablemente quitó pronto impor- 
tancia a su triunfo. Aquello poco a 
la verdad significaba, no fuera Gi- 
sela a asustarse. Era que cuando se 
ha hipnotizado varias veces a una 
persona, aun sin adormecerla antes, 
podía influirse en su voluntad. Sólo 
superficialmente, sin embargo. En el 
fondo, cuando esa persona no estaba 
conforme, siempre podía imponerse. 
Y suspiro, rendido y galán : 

— ¡ Qué más quisiera yo que tener 
sobre usted tal dominio! Entonces no 
era a su novio a quien amaba ni el 
matrimonio con ese Silvio de Aneares 
el sueño que la hiciese dichosa. Me 
amaría a mí, Gisela. ¡ A mí, que la 
adoro y que sería el más feliz de los 
hombres si usted espontáneamente lle- 
gase a corresponder a este amor tan 
grande. 



FRANCISCO CAMBA. — LA CARRA INVISIBLE 



273 



Como otros caseros detuviesen por 
segunda vez a las tías, por segunda 
vez Gisela encontróse sola con Cho- 
ren en el camino geórgico que las ca- 
rretas, recogiéndose a los dispersos 
casares, hacían sonoro de tanto y tan 
largo chirriar. Choren ' siguió hablan- 
do. Y tales trémolos de ternura ha- 
bía en su acento, que la muchacha no 
pudo dejar de estremecerse. Aquel 
hombre, erguido en mitad de la ve- 
reda, hablaba triste, muy tristemente, 
de su vida incierta y errante, sin nun- 
ca un dulce afecto en el cual dete- 
nerse a reposar tranquilo. Río ator- 
mentado y turbulento que al azar de 
su curso ha visto por fin en un alma 
adorable de mujer el remanso ape- 
tecido, no podía, por desgracia, go- 
zar de tanta dulzura. Era muy viejo 
para Gisela de Rendoy. y ella, además, 
le tenía un miedo extraño. 

— No, Amalio, no. 

Estremecióse Choren al oír nombrar- 
se tan afectuosamente por su nombre 
de pila, y bañado en aquella dulce 
emoción, un instante fué generoso y 
bueno. 

— Miedo, sí; no lo niegue. Miedo 
tal vez a estas cesas que con usted 
hago sin darse cuenta de que no tie- 
nen importancia alguna. Y miedo tal 
vez a otras. ¿Qué le han dicho de 
mí? ¡Quién lo sabe! De los que tan- 
to hemos rodado, de los que hemos 
tenido que luchar -tan terriblemente 
con la vida, siempre puede afirmar- 
se cuanto la gente guste. Pero usted 
créame esto que yo le aseguro : nun- 
ca, al acercarme a mujer alguna, sen- 
tí la emoción que siento ahora. Nun- 
ca deseé tanto ser bueno y digno del 
amor de una mujercita como usted. 
Con usted y con que llegue a amar- 
me, sueño todas las noches. ¿Por qué 
me mira aún con esos ojos? ¿Por qué 
tan acariciadores con todo el mundo 
sólo para mí son duros y ariscos? 
¿Por qué no me deja el consuelo si- 
quiera de seguir sonando que no sue- 
ño imposibles? 

Ella insinuó apenas que miedo no 
se lo tenía. Nada más. Ni una pala- 
bra que le animase a otras, ni un 
gesto que alentase en su corazón las 



esperanzas. Descontento, forzó un sus- 
piro. 

— Entonces, peor, ya que son los 
años lo que de usted me aleja. 

Con vehemencia que hizo asomar a 
los labios de Choren inevitable son- 
risa de triunfo, pareció Gisela sor- 
prenderse ante aquella alusión a la 
edad en hombre de tal arrogancia y 
lozanía. Por años sabía bien que no 
deben medirse juventudes ni vejeces. 
Nadie, además, era realmente viejo 
mientras no tuviese enyejecido el co- 
razón. 

— No, Choren. No culpe a los años, 
que esto bien poco me importaría. Pe- 
ro usted sabe perfectamente que no 
soy dueña de mí, que tengo novio. 

Choren entonces alzó desabridamen- 
te los hombros, como si aquel incon- 
veniente de tanta fuerza a los ojos 
de Gisela le importase a él menos que 
el de una vaga sombra tratando de 
oponerse a su paso en mitad del ca- 
mino. 

— ¡ Bah ! ¡ Si ése fuera el único obs- 
táculo ! ¡ Si no hubiese otras cosas ! 

— Hay que le quiero, Amalio ; ya 
se lo he dicho. ¿No le parece bas- 
tante? 

— Si le quisiera de veras, claro que 
me lo parecería. Pero ya veremos. Yo, 
por de pronto, no renuncio a usted. 
Yo lucharé con todas mis fuerzas, ya 
que es mi vida lo que defiendo. 



V 



Alejado Choren, sintió Gisela desva- 
necerse la influencia tiránica de aque- 
lla emoción con que hasta entonces le 
había estado oyendo. Dueña otra vez 
de sí misma, movió la cabeza afirmán- 
dose en este convencimiento tan dul- 
ce. Por mucho que le dijera, por fina 
que su arte fuese para apoderarse de 
cualquier corazón, el suyo no se le 
rendiría nunca. Recordando las pa- 
labras de la tarde, dábase clara cuen- 
ta de todo lo que allí había de estu- 
diado y de fingido. Hasta en los mo- 
mentos de mayor vehemencia caldeá- 
balas una altivez antipática. No, tenía 
razón Clota; imposible soñar con 



274 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



Amalio en un amor constante y du- 
radero, cual el que Silvio podía darle. 

Aquel hombre la quería únicamen- 
te por sus riquezas. No era otro el re- 
manso que apetecía y con el cual so- 
ñaba. Y una vez conseguido, allá ven- 
dría el cansarse de la apacible ribera 
y levantar el vuelo, abandonándola 
como a tantas otras y dejándola tal 
vez por las puertas del mundo. Pero 
aun cuando así no fuese y Choren la 
quisiera de verdad, ¿qué podía esto 
importarle si ella amaba a otro? ¿Por 
qué abandonar al pobre muchacho 
tan confiado hasta entonces en su ca- 
riño? Imposible, repitió. Ella tenía su 
alma, y allí ansias dormidas que un 
aventurero cerno Choren no podría sa- 
tisfacerle nunca. No seria con Cho- 
ren con quien se casase, sino con el 
hombre de vida clara y serena a cuyo 
lado únicamente estaba segura de en- 
contrar el amor perdurable y sin som- 
bras que era el sueño constante de su 
vida. 

Mas en la tarde del otro día, no 
obstante estar tan lejos aún la hora 
de Amalio venir, recorrió nerviosa las 
estancias del vasto caserón, e inquie- 
ta asemóse a las ventanas que daban 
al camino. De pronto, con visible ru- 
bor en lá faz, propuso a sus tías : 

— ¿Por qué no vamos hacia la ca- 
rretera ? 

— ¡Hacia la carretera! ¿Qué se te 
ha perdido allí? 

— Es que creo que Sendo, el del san- 
to, tiene hoy baile delante de su casa. 

— ¿Y qué te importa a ti el baile 
de Sendo? 

— Va mucha gente, según me han 
dicho. Van hasta señoritas de Porto- 
mor. 

— i A bailar en la carretera ! 

— A pasearse al son de la música. ¡ Y 
yo me aburro aquí tanto ! 

Clota, allí presente, miraba a Gi- 
sela de tal modo, que tía Amaranta 
creyó comprender. Había impacien- 
cias, por lo visto. Es que se trataba de 
esperar a alguien. 

— ¡Pues por mí!... 

¿De esperar a quién? ¡Mire usted, 
tía, que si la oyesen ! ¡ Mire que si 
eso llegase a oídos de Silvio! 



— ¡ Si yo no te lo afeo, querida ! Al 
contrario. ¡En tu caso, dónde estaría. 
Silvio ya ! ¡ Pues no hay diferencia, 
entre un hombre y otro ! 

Aunaue, arrepintiéndose, hablaba a 
poco de quedarse, tía Amaranta no se 
lo consintió, y * llamando a tía Edu- 
vigis, allá salieron las tres mujeres. To- 
davía estaba el sol muy alto y se de- 
fendían de sus ardores con las som- 
brillas. Desde mucho antes de que 
aquel fragante camino aldeano em- 
palmase con la carretera ya llegó a sus 
oídos un rumor de música y un con- 
fuso tumulto de veces. De vez en vez' 
estallaba en la altura algún cohete, 
dejando sobre el radiante cielo de 
la tarde su blanco vellón de humo. 
Tía Amaranta, deteniéndose de pron- 
to, expresó un temor : 

— Sentiría que Amalio fuese a casa 
por otro camino. 

— Siempre viene por aouí. 

Tranquilizóse algo la noble señora, 
y su tranquilidad no tardó en hacer- 
se absoluta. Apenas desembocaron en 
la carretera, allá vio a Choren senta- 
do a la puerta de Sendo y probando 
el vino de su fiesta. Al reparar en las 
tres señoras se levantó rápido. 

— ¿Qué milagro es éste? Yo para 
allá iba. Sólo que, invitado por Sen- 
do, y no habiendo podido acompañar- 
le en la comida, tuve que detenerme 
aquí un rato a tomar una copa. 

—Gisela, que quiso salir, ver esta 
fiesta, este paseo... 

Choren sonrió, mirándola. Mujeres 
de aspecto señoril paseaban, en efec- 
to, a lo largo de la calzada, como en 
la alameda de una ciudad. Muchas 
de ellas se detenían a saludar a doña 
Amaranta y doña Eduvigis, y Amalio 
quedó un instante a solas con Gi- 
sela. 

— ¿Tengo que darle las gracias? ¿Es 
que ha sido por mí? 

— ;Ccmo por usted? 

— Por imaginarse que yo estaba aquí 
hacía rato y tardarle ya el verme. 

— ¡Pues ño es poco presumido! 

— No es presunción. Gisela. Es que 
a mí también me tardaba, y lo he es- 
tado deseando tan vivamente, que al 
verla llegar no me sorprendí siquiera. 



FRANCISCO CAMBA. — LA GARRA INVISIBLE 



275 



Yo estoy seguro de que, al fin, acaba- 
rá por o.uererme. 

— Seguridad engañosa, Choren. 

— ¿Me desafía? 

— Ya le he dicho varias veces que 
quiero a otro. 

— Pues aun cuando no me quiera, 
de todos modos usted no será para 
nadie más que para mí. 

Brillaban sus ojos fieramente, y sin 
darse cuenta de lo aventurado del pa- 
so, añadió, con la voz bronca : 

— Y es lo mismo. 

Gisela no pudo dejar de aterrarse. 
Se había estremecido ya al oírle aque- 
llo de que deseó verla antes de lle- 
gar a su casa y de cómo, obediente 
a, la voz de este llamamiento, había en 
■el acto acudido. Ahora sentía que, si 
en realidad se había propuesto hacer- 
la suya, seríale acaso imposible desobe- 
decerle. Irritado, herido aún en su or- 
gullo, Choren la confirmaba en tales 
temores, preguntándole si no sabía que 
estaba espiritualmente entregada a 
él, convertida en algo de lo que podía 
disponer como se le antojase. 

— Ya ve. Me bastó desear que usted 
viniese a recibirme lejos de su casa, 
y ha venido. Tan pronto se me ocurra 
que ponga toda su ilusión en casarse 
conmigo, la horrorizará la sola idea 
de ser para otro. 

Volvió ella a mirarle temerosa; tor- 
nó luego los ojos hacia sí, y una gran 
tranquilidad vino en su consuelo al 
examinar los profundos del alma. No 
era cierto lo que aquel hombre afirma- 
ba con tal imperio. Todo lo contrario, 
más bien. El amor que al novio tenía 
lo sintió de pronto aumentarse al ver- 
lo rodeado de sombras y peligros. Y 
algo allá dentro cantó la gloria de 
aquel triunfo, del hallazgo de la ines- 
perada fortaleza y el descubrimiento 
de un rincoheito de su voluntad en el 
cual ella era aún dueña, y dueña ab- 
soluta y única. 

— No, Choren. La idea que me ho- 
rroriza es la de no ser para ese hom- 
bre. Vamos a pasear. 

— ¿Otra rebelión? 

Y como ella adelantase, resuelta, 
hacia el sitio por donde la gente pa- 
seaba, notando que perdía' terreno, 



volvió Choren al sistema de las chan- 
zas. Habló de que merecía un castigo, 
y tentado estaba de aplicárselo. 

— ¿Quiere que vea ahora mismo lo 
que hago de usted? ¿Quiere usted 
convencerse de hasta qué punto soy 
su dueño? Quítese ese jersey que la 
ahoga, Gisela. Quíteselo, ande. Todos 
estos aldeanos están en mangas de 
camisa. 

Gisela se detuvo. Dentro de su ser 
luchaban dos fuerzas : el deseo de no 
obedecer a aquella tiranía estúpida y 
la conciencia de que le sería imposi- 
ble realizarlo. Flaca de nuevo su volun- 
tad, cosa apenas existente, diluida toda 
en la de Amaño, era él quien se im- 
pondría a tendones y nervios, consi- 
guiendo que se desnudase del jer- 
sey, y aun de otras prendas, si a tan- 
to se atrevía. Entonces suplicó con 
sonrisa forzada : 

— No sea malo y no me ponga en 
ridículo. Déjeme con mi ropa, 

— Bien, la dejo, ya que tan humil- 
demente lo pide. Pero tome nota y 
no vuelva a sublevárseme. 

Tras el fracaso de este alarde de do- 
minio, acobardada y pensativa, metióse 
Gisela entre los grupos y, paseando, 
volvió Amalio a mostrarse rendido y 
galán. Ya veía ella de qué modo domi- 
naba en su espíritu ; pero no era así 
como quería triunfar de aquellas es- 
quiveces. Soñaba con algo infinita- 
mente más dulce, con la dicha de sen- 
tirla suya por voluntad, de querer li- 
bérrimamente casarse con él, de so- 
ñar también con la felicidad de ha- 
cerle constantemente dichoso. Y de 
tales palabras, y el trémulo aliento 
en que las sentía llegar a sus oídos, y 
la emoción toda de que parecían cal- 
dearse al salir de los labios y envol- 
verla, fuerzas extrañas y misteriosas 
parecían también desprenderse, que 
la iban penetrando y moldeando por 
dentro a los deseos de aquel hombre. 
Entre tanto, la tarde caía blanda, aca- 
riciadora y dulce, llena a su vez de 
cómplices efluvios y de sugestiones 
traidoras. Y un momento hubo en el 
que no pudo más, y rendida, entrega- 
da, balbució dolientemente. 
— ¡ Pero ese pobre muchacho, que 



276 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



tanto me quiere y a quien tanto he 
prometido ! ¿ Qué será de él cuando 
vuelva? 

— ¿Y yo, Gisela? ¿No hay en su cora- 
zoncito generoso un poco de com- 
pasión también para mí? ¿Qué sería 
de mí, mucho más necesitado que otro 
hombre alguno de amor y de ternu- 
ra, si tú, Gisela de mi alma, te obsti- 
nases en no quererme? 

Poco más hablaron durante el res- 
to de la tarde. Y ya de vuelta en Ren- 
doy, Choren reunió solemnemente a 
toda la familia, e inclinándose ante 
doña Amaranta, por la enfermedad del 
padre de Gisela, jefe verdadero de la 
ilustre casa, murmuró grave y serio : 

— Como no me queda aquí pariente 
alguno a quien dar, según la costum- 
bre, este encargo, tengo el honor de 
pedir yo mismo, para mí, la mano de 
su sobrina. 

Durante un momento, doña Ama- 
ranta aún creyó que se trataba de 
una brema. Convencióse de lo con- 
trario ante la palidez de Gisela. 

— Supongo que estarás conforme, 
cuando Choren da este paso. 

— Sí, señora. 

— Pues, por mí, no hay inconvenien- 
te, y tú- dirás entonces cuándo es la 
boda. 

— Amalio quiere que sea muy pronto. 

Hacíase tarde para recorrer la dis- 
tancia hasta Portcmor, y Choren, con 
galanía de otra edad, besó la mano 
que así se le brindaba, la de la seño- 
ra que de tal modo le protegía y, due- 
ño de sí, como de costumbre, despidió- 
se hasta la tarde siguiente. 

Apenas sus pasos se perdieron en 
el camino, entró Clota, toda voces y 
aspavientos. 

— Pero ¿es verdad? 

—¿El qué? 

— Que ia niña deja al novio y se 
casa con este hombre. 

— ¿Cómo lo sabes? 

— Acabo de escuchar al subir unas 
palabras entre doña Eduvigis y don 
Amalio, y aún no me atrevo a creer- 
las. ¿Es posible que tú, palomita mía, 
palomita dulce, te avengas a ser para 
el milano que destrozará tu vida? 
¿Qué bebedizo te dieron, mi tesoro? 



¿Qué han hecho de ti? No, no puede 
ser que de tu grado le dieses la pala- 
bra. Dime que no. Dime que es cosa 
de las señoras, tus tías ; pero que tú 
no estás conforme. 
Gisela contestó suspirando : 
—No es cosa de las tías, no. Yo mis- 
ma, sin nadie mandármelo, acabo de 
decir aquí lo que has oído. 

Y Clota se santiguó con mano tré- 
mula. ¡ Una cosa tan extraña y tan 
pronta! ¿Cómo era posible? ¿Qué po- 
der infernal tenía aquel demonio de 
hombre? No se animaba a creer en 
la decisión franca, en el libérrimo im- 
pulso de Gisela, y llena de recelos, 
otra vez la miró. 

— Pues a las novias, en estos tran- 
ces, les rebosa la alegría por todo el 
cuerpo, y tú muy contenta no estás. 
Tú pareces, por el contrario, desear 
tan sólo unos brazos amantes donde 
deshacerte en lágrimas. 

Entonces Gisela corrió hacia su no- 
driza, y, refugiándose entre aquellos 
brazos robustos, haciéndese pequeña 
y digna de todas las ternuras, rompió' 
a llorar desesperadamente. 

— Al que quiero es al otro, Clota. Le 
quiero como nunca le quise, y, sin 
embargo, tengo que casarme con éste. 

— ¡Ya lo decía yo! ¿Pero, por qué? 
¿Pero, cómo manda en ti de esta ma- 
nera? 

— ¿Lo sé yo acaso? Manda, y nada 
más. Lo que él me ordene eso haré, 
aun cuando no quiera. Ya ir es. Sé 
que con Silvio sería la más feliz de 
las mujeres y con Choran no habrá 
mujer tan desgraciada. Pues a Silvio 
lo dejo y con Choren me casaré den- 
tro de unos días. 

Amoarándola más aún entre sus bra- 
cos, Clota exclamó, alta la voz y la 
decisión firme : 

— O no te casarás. Si a las señoras, 
tus tías, les tiene sin cuidado lo que 
sea de ti, aún hay en el mundo al- 
guien a quien le importas. 

Y aquella noche, en la cocina, a la 
luz temblorosa del candil, acordándo- 
se de cuando en su mocedad contesta- 
ba cartas de galanes, recabó papel y 
pluma y allá se puso a escribir traba- 
josamente : «Me alegraré, señorito Sil- 



FRANCISCO CAMBA.- — LA GARRA INVISIBLE 



277 



vio, que al recibo de estos mal traza- 
dos renglones su salud sea tan buena 
como es la mía para lo que guste 
mandar. Pues, saberá, señorito...» 



VI 



Ya estaban dichas las primeras amo- 
nestaciones : ya dcña Amaranta, diri- 
giendo un enjambre de costureras, pre- 
paraba el ajuar de la boda, cuando una 
tarde Choren, abriendo el portalón 
del corral del pazo, tropezóse de ma- 
nos a boca con un hombre no aldeano 
a juzgar por sus vestiduras y que sa- 
lía lívido y descompuesto. Retrocedien- 
do un paso, el hombre aquel se le que- 
dó mirando fijamente : 

— ¡ Es usted un canalla ! 

Palideció Choren, dándose cuenta de 
a quien tenía delante. Era, sin duda, 
Silvio de Aneares. Era el novio aban- 
donado, que, tornando a la aldea lla- 
mado por alguien, seguramente por 
aquella Clota en quien sentía un odio 
terrible hacia él, venía de escuchar 
de labios de su amada la confirmación 
del abandono. Y aun cuando no le ex- 
trañó su vehemencia ni se sorprendió 
del insulto, pensó que éste no podía 
quedar impune. 

Allí, sin embargo, no estaría bien 
que se pusiesen a luchar como des 
gañanes. Pareciéndole Silvio, por su 
aspecto, hombre con quien resolver la 
cuestión de ctra manera más digna, 
le preguntó muy tranquilo : 

— ¿Está usted seguro de a quién 
se dirige? 

— ¿No es usted Amalio Choren? 

— El mismo. 

Y con aquella calma extraña, in- 
comprensible para el otro, añadió que, 
por tanto, le sería fácil comprender 
su repugnancia a tratar de compla- 
cerle allí, delante casi de Gisela. 

— Pero vayase sin el menor cuidado. 
Usted quiere la cuestión según he vis- 
to, yo la necesito también desde hace 
unos instantes y no cerrará la noche 
sin que reciba usted la visita de dos 
personas. 

— ¿Para qué? 



— Para lo que, en circunstancias co- 
mo las nuestras, se reciben esta clase 
de visitas. ¿No le gusta el procedimien- 
to? ¿En vez de batirnos ante cuatro 
señores prefiere que nos rompamos el 
alma mano a mano? Pues allá usted. 
Sólo que aquí no, se lo suplico. Yo 
saldré dentro de dos horas y usted 
me aguarda en cualquiera de las ro- 
bledas del camino. Es el del Porto- 
mor, ya tal vez lo sepa. 

Pero tampoco esto lo aceptaba Sil- 
vio. Hombre de impulsos y de vehe- 
mencias, no se daba por satisfecho con 
el insulto que lanzó a la faz del otro 
y sinmás palabras dirimir la cuestión 
a puñetazos o tiros. Necesitaba impe- 
nesamente decirle todo lo que den- 
tro de su alma sentía, y atravesándo- 
sele ante la puerta le afeó el robarle 
la novia con artes tan traidoras. Eso 
no lo hacían jamás las personas de- 
centes, las personas de corazón. Ena- 
morábanse acaso de una mujer com- 
prometida; mas dejándola elegir li- 
bremente, libremente decidirse por el 
ano o por el otro, procurando ganar- 
la tal vez con atenciones, con delica- 
dezas, con mostrarle un alma más 
digna. ¡Pero fijarse sin amor en una. 
en cualquiera, por ser rica y ver que 
la boda conviene, y sabiéndola ena- 
morada de otro, apelar a aquellas ar- 
tes con objeto de conseguir su sumi- 
sión ! ¡ Eso sólo un bandido, sólo un 
canalla ! 

Choren esforzóse por contenerse. 

— ¡Cuidado, joven! ¡A ver si me 
obliga a dar aquí el espectáculo que 
a toda costa quisiera evitar! ¿A qué 
artes se refiere? ¿Por qué está tan 
seguro de que no es el amor ouien 
nos hace enemigos? ¿Por qué, si us- 
ted la quiere tanto, no puedo querer- 
la yo también? 

— ¡ Y queriéndola la hace usted des- 
graciada ! ¡ Y sabiendo que ella sólo 
piensa en otro, se apodera de su vo- 
luntad y la obliga a dejarlo y a ca- 
sarse con usted! 

Choren se demudó un instante. 

—¿Quién le ha dicho eso? ¿Con 
quién viene de hablar aquí, en el pa- 
zo? ¿Con Clota? Pues entre otra vez 
v hable con Gisela. 



278 



LA NOVELA CORIA ESPAÑOLA 



No parecía gustarle nada que aque- 
lla idea se creyese, y trataba a toda 
costa de destruirla. Sin darle impor- 
tancia ya a los insultos de Silvio, per- 
donándolos, olvidándolos tal vez, in- 
sistió como ante un amigo a quien 
quiere convencerse : 

— Entre, ande. Yo me quedaré aquí, 
no habrá temor alguno de que influ- 
ya en ella. Y a ver qué le dice. 

Ante aquel tono amical y quejoso, 
unas dudas hasta entonces no senti- 
das apoderáronse visiblemente del mu- 
chacho. 

— ¡Para qué!— suspiró — . He entra- 
do ya. Ya he hablado con ella. 

— ¿Y qué le ha dicho? No sería 
Gisela quien le contó eso que acaba 
usted de lanzarme al rostro. 

—No. 

— ¿Entonces? ¡Que semejantes co- 
sas las crea una mujer como Clota, 
todavía se comprende ! ¡ Pero un hom- 
bre que seguramente leyó algún libro 
y ha visto un poco de mundo! ¿No 
se tranquiliza aún? Ya que si ella me 
prefiriese libremente, usted se confor- 
maría, ¿quiere preguntárselo delante 
de mí? Si mi voluntad la domina tan 
a distancia, mejor se le impondrá de 
cerca. Y autorizada por mí, juntos los 
dos, para elegir uno, la prueba no 
creo que le ofrezca dudas. 

Convencido, anonadado, el otro se 
encogió de hombros, repitiendo : 

— ¡ Para qué ! 

Venía de oírle en realidad que ama- 
ba a aquel hombre, que por su amor 
renunciaba a los sueños acariciados 
hasta entonces, que no tenía en el 
mundo esperanza más ardiente ni más 
dulce ilusión. Lo otro eran todo cosas 
de Clota. ¡ Y cuando, después de lo 
que había oído, estaba Choren tan 
seguro! ¿Para qué la prueba? ¿Para 
salir de allí con otra espina más do- 
lorosa, duramente clavada en el cora- 
zón? Habló entonces como un des- 
engañado de las mujeres, quejándose 
de su eterno mudar, de su inconstan- 
cia terrible. Dio un paso, alejándose 
ya. De pronto, con otra idea, volvió- 
se a dentro un instante : 

— Le pido perdón por los insultos. 
Venía ciego. ¡ Acababa de oír tales 



cosas! ¡Tales otras me dijeron des- 
pués ! Pero veo que estaba equivoca- 
do. Perdóneme. Y no es miedo, no 
crea. Yo estoy dispuesto a acudir a 
donde me diga, a esperar sus padri- 
nos si le parece mejor. 

— Si usted no lo necesita, yo quedo 
satisfecho con esas explicaciones. 

No se atrevió, así y todo, a alargar- 
le la mano, y dándole las buenas no- 
ches, allá se alejó Silvio con piernas 
un poco flacas, tropezando en los qui- 
cios del portal. Choren, entonces, lan- 
zó al viento un suspiro de alivio y su- 
bió los escalones del patín, alegre, 
triunfante, libre ya su alma de la 
sombra única que hasta aquel momen- 
to le había preocupado un poco. En- 
contró a Gisela más triste, con ojos 
de haber llorado, y, sentándose jun- 
to a ella, sujetándole dulcemente las 
manos temblorosas, quejóse por no 
evitarle el disgusto de su tristeza. Ya 
sabía lo que al novio había dicho y le 
guardaba, en el fondo del alma, una 
gran gratitud. Sin embargo, no la veía 
contenta nunca a su lado, y ¿qué ha- 
ría él para verla de esa manera? 

— ¿Es que, a pesar de todo, al otro 
aún lo quieres? 

— No. 

— ¿Entonces? 

— No sé. No sé qué tengo. Pero sí, 
es verdad, estoy muy triste. 

Aquella tristeza acentuóse desde la 
visita de Silvio, hasta adquirir los ca- 
racteres todos de una enfermedad. Vi- 
siblemente se la veía enflaquecer, per- 
der colores. Pálida y leve, andaba por 
la casa adelante como una sombra. 
Las tías preguntábanle a veces qué 
le pasaba, y su respuesta constante 
era siempre un suspiro. 

— No sé. 

— ¿No te casas a gusto? 
—Sí. 

— ¿Entonces? 

Imposibilitada de abrirles franca- 
mente el corazón, buscaba, como el 
consuelo más dulce, la ternura cons- 
tante de su nodriza. 

— ¿No ha vuelto, Clota? 

—¿Quién? 

— ¡Quién ha de ser, sino Silvio I 
—No. 



FRANCISCO CAMBA. — LA CARRA INVISIBLE 



279 



— ¡ Claro ! ¡ Lo abandoné ! ¡ Lo dejé 
por otro ! Pero debe de sufrir mucho 
el pobre, ¿verdad? ¡Con lo que me 
quería ! ¡ Con lo felices que pensába- 
mos ser! 

— ¿Es que tú aún lo quieres, Gisela? 
¿Es su cariño lo que te hace adelgazar 
de ese modo? ¿Pues por qué no te 
atreves y lo mandas llamar? ¿Quieres 
que yo le lleve un recado? 

— ¡ Estás loca ! 

Y se estremecía como mujer con 
dueño al primer soplo de una idea de 
traición comenzando a anidarse en su 
alma. ¡ Avisar a Silvio ! ¡ Cómo le 
gastaría ! ¡ Con qué gozo quisiera res- 
tituirle el bien que le quitó! ¡Qué ale- 
gría tan grande al poder decirle que 
lo había amado mucho y nada desea- 
ba tan ardientemente cerno volver a 
poderlo amar ! Pero había dado a 
otro su palabra, era ya de otro y sen- 
tía sobre aquel amor tan enraizado a 
su existencia una cosa pesada y gla- 
cial que le vedaba todo florecimiento. 
Imposible ya. 

— ¡ Estás loca, Clcta querida ! 

Conforme se acercaba el día seña- 
lado para la boda, vélasela enflaque- 
cer más. quedarse enteramente su ros- 
tro sin sangre. De cera llegaron a pa- 
recer las transnarentes a lillas de su 
nariz, de cera los párpados descolori- 
dos, abatidos siempre sobre los ojos. 
Clota, delante de ella, aún acertaba 
a tener palabras dulces para animar- 
la, para consolarla. Mas después, a 
solas consigo misma, rompía en gritos 
iracundos. 

— ¡ Esto veramente clama al cielo ! 
¡Esto es una cosa que no debiera te- 
ner perdón! ¿Qué le han dado? ¿Qué 
han hecho con la infeliz para, que- 
riendo tanto al novio de siempre, ca- 
sarse con el que sólo miedo le da? 
¿Anda enferma de amor? ¿Anda más 
bien de pensar que ya pronto será del 
bandido? Seguramente las dos cosas. 
¡ Y con todo, obedece y se casa ! 

A Choren ya no le ocultaba su odio. 
En miradas y hasta en dichos procu- 
raba, por el contrario, manifestárselo 
a cada momento. Y una idea que co- 
menzó a bullirle en la cabeza empren- 
dedora atrevióse, por fin, a ponerla en 



práctica. Víspera de la boda ya, avi- 
sados el sacerdote y los testigos para 
la siguiente mañana, Clota vio a Gi- 
sela tan triste, tan sin aliento, tan 
como la víctima en capilla, que con- 
forme Choren hubo dejado la casa, 
corrió a detenerle junto al portal. 

—Don Amalio, yo tenía que hablar 
con usted una palabra. 

— Diga entonces, Clota. 

— Tenía que pedirle un favor. 

— Pues hable. 

— Tenía que pedirle que dejase a es- 
ta pobre criatura. Aún está a tiempo, 
don Amalio, ¿y no se le parte el co- 
razón de verla? ¿No comprende que 
ella se casa por miedo que a usted le 
tiene, pero que a quien quiere es al 
otro? ¿No la ve suspirando siempre y 
no sabe que no hace otra cosa que llo- 
rar cuando se ve sola? Déjela, ande. 
¿Por qué no la deja? Mujeres tan gua- 
pas hay de abondo en el mundo y 
acaso más que ella, que bien acabadi- 
ta está la infeliz. Haylas más guapas 
y más ricas seguramente, y usted ar- 
tes tiene para conseguir a aquella, sea 
la que sea, en la cual sus ojos se fijen. 

—Pero se han fijado en ésta, Clota 
— murmuró Choren desabridamente. 

Al oírle, los ojos de Clota fusilaron 
en la clara noche. 

— ¿Y no hay modo de que de ella se 
desaparten, verdad? ¿Y no hay sal- 
vación para la triste criatura? 

— ¡Déjeme en paz! ¿Quiere? 

Indignado, irritadísimo. se desasió 
de la mano que pretendía detenerlo 
aún y se alejó a grandes pasos. Y ya 
no se le veía, y aún Clota seguía cla- 
mando como si la pudiese oír : 

— Allá usted, don Amalio. Yo vengo 
a hablarle en son de amiga. Pero allá 
usted. Mire que no tengo en el mun- 
do más que a esta criatura. Mire que 
ni usted ni persona nacida puedo con- 
sentir que me la haga para siempre 
desgraciada. 



VII 

Aquella noche, antes de acostarse, 
subió todavía al cuarto de Gisela. La 
encontró más triste que nunca, con 



280 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



mayores huellas de llanto en los ma- 
zados ojos. Corrió hacia ella. 

— ¡Pero habíame claro, niña mía, 
que mismo me anochece en el cora- 
zón de verte así ! Ya que el altar que 
para ti han adornado en la iglesia se 
te figura tu cadalso, ¿por qué no tie- 
nes un arranque todavía y te liber- 
tas? Mira que a esta boda no te fuer- 
za nadie. Tus tías bien claro tienen 
dicho que allá tú. ¿Por qué no hablas, 
entonces? 

— ¡ Ay Clota ! 

— ¿Qué es? Dímelo. 

— Yo bien quisiera. 

—¿Pero entonces? 

— No puedo. No sé qué hay dentro 
de mí. No sé qué hay alrededor mío. 
Yo bien quisiera librarme de esta 
opresión, pero no puedo, no. 

— ¡ Y mañana te casarás ! ¡ Y maña- 
na ya la cosa no tendrá remedio ! 

Salió Clota también pálida, con un 
frío extraño en no sabía qué abismo 
de su ser. Pensó llamar a doña Ama- 
ranta y a dona Eduvigis y al momen- 
to se dio cuenta de que era inútil. 
¡ Qué podían hacer las pobres ! ¿ Opo- 
nerse al matrimonio? ¡ Mientras Gi- 
sela quisiera ! ¡ Y Gisela quería ! ¡ Gi- 
sela, al menos, no podía decir que no! 
Y quedóse con los dedos clavados en 
la frente, queriendo sujetar una idea 
que se le escurría. ¿Por qué, sin em- 
bargo? ¿Qué cosa era aquella de la 
cual le habló, la fuerza misteriosa y 
extraña que la iba llevando lentamente 
hacia la sima de su perdición eter- 
na? ¿Qué garra así la arrastraba y 
oprimía? 

Sentóse en la piedra del hogar, cer- 
ca del fuego aún encendido. A lo 
lejos, anunciando el día que debió ser 
tan de fiesta para aquella casa y sólo 
de luto lo iba a ser, ya cantaban al- 
gunos gallos madrugadores. Una dé- 
bil luz iniciábase en la lejanía, al tra- 
vés de la abierta ventana. Y a sus 
resplandores Clota recordó de pronto 
cierta visión que la hizo estremecerse 
como a un frío mortal. Más que re- 
cordarla, la vio. La vio tan nítida- 
mente cual entonces. Estremecida de 
horror hablaba alto. 

— ¡Era igual! Era la misma cosa. 



El pobre paj arillo, a la puerta de su 
nido, y el nido no lo quería dejar, bien 
se decataba cualquiera. Y con todo lo 
iba dejando poquito a poquito y con 
unos piares que partían el corazón. 
¿Qué le pasaba al infeliz pajarillo? 
¿Por qué así iba, en apariencia sin 
que nadie le obligase, hacia donde tan- 
temeroso le parecía el ir? Y en esto 
miré al otro lado ¡ y lo que vi, santo 
cielo ! ¡ Vi un viborón enrollado, mas 
con la cabeza enhiesta, que miraba 
fijamente hacia el pajarillo y con sólo 
el poder de sus ojos traidores lo iba 
atrayendo y poco tardaría en se lo 
tragar ! 

Estremecida, arrecida, mirando con 
miedo al rincón de la cocina donde 
estaban colgadas las guadañas, las 
hoces, todas aquellas hojas brillantes 
que las llamas del hogar encendían de 
resplandores sangrientos, volvió a de- 
cirse, apretando los dientes y temblan- 
do más al son de sus palabras: 

— ¿Y yo qué hice al decatarme de 
todo? Llena de compasión por el infe- 
liz del pajarillo y a pesar del miedo 
que su enemigo me daba, ¿no arran- 
qué una estaca de un valladar y no 
aplasté la cabeza de la serpiente? ¡Y 
qué alegría la del pajarillo al verse 
libre! ¡Cómo volaba de un lado a 
otro para darse cuenta de que volvía 
realmente a la libertad! ¡Qué trinar 
de gloria el de su pico ! ¡ Y esto lo 
hice yo! ¡Y esto lo hice por un paja- 
rillo que nada me importaba ! 

Y temblando, decidida ya a todo, 
acercóse al rincón de los aperos, cogió 
la hoz más afilada y abrió la puerta. 

Pronto triunfó plenamente el día, al- 
borotóse el huerto al despertar y allá 
arriba saltaron del lecho las tías de 
Gisela que iban a ayudarla a vestirse 
sus galas de novia. La encontraron ya 
levantada, rezando ante la imagen de 
la pila de agua bendita que tenía a 
la cabecera de su cama. 

— ¡Qué pronto! 

Pero viendo la cama intacta pare- 
cieron sorprenderse dolorosamente. 

— ¿Es que no te has acostado? ¿No 
has dormido? ¡Y rezando toda la no- 
che y llorando seguramente, que tus 
ojos de otra cosa no son! ¿Pero qué 



FRANCISCO CAMBA. — LA GARRA INVISIBLE 



281 



tienes? Si este matrimonio no es a 
tu gusto, ¿por qué no lo dices? ¿Te 
obliga alguien? ¿No quieres casarte 
con Amalio? Fues aún estás a tiempo, 
criatura. No hay que ponerse así. 

Gisela, enternecida con aquellas pa- 
labras, corrió hacia doña Amaranta, 
echándole las manos sobre los hom- 
bros. 

— ¡ Tía ! 

Iba a decir no sabía qué cosas, a 
expresar secretas protestas de su cora- 
zón angustiado. Mas la palabra se le 
heló al salir. Aquella sombra a un 
tiemoo leve y férrea que sentía sobre 
su vida toda la oprimió de pronto co- 
mo una garra. De tal modo la oprimió, 
que se dejó caer en una silla y ya en 
sus labios hubo otras palabras muy di- 
ferentes de las que decir quisieran. 

— Tía, perdóneme. 

— ¿No te quieres casar? 

— Sí, tía. ¡ Cómo no voy a quererlo 
si él lo quiere ! 

— ¿Y a tu gusto? Porque esa es la 
ley de los matrimonios : querer el uno 
lo que quiere el otro, más siempre a 
satisfacción de ambos. ¿Te casas a 
tu gusto de verdad? 

—Sí, tía. 

— ¿Y entonces por qué estos llantos 
y esta tristeza y este pasarse la no- 
che sin dormir? 

— No lo sé. No sé qué tengo. 

Y doña Eduvigis, ya tranquila, re- 
sumió con una sola palabra, en la in- 
tención condenadora, el concepto que 
aquello todo le merecía. 

— Nervios. 

— Pues a calmarse — murmuró doña 
Amaranta — y a vestirte, que Amalio 
no puede ya tardar. 

Saliendo a la sala volvió a poco 
con el traje de novia, que en gran 
parte sus mismas manos habían ador- 
nado y cosido. Triste y pálida, Gisela 
se lo dejó poner. Mas como pronto 
hiciesen falta unos alfileres que doña 
Eduvigis no encontraba, la noble se- 



ñora asomóse al corredor llamando 
por Clota. No le respondió nadie y se 
alejó rezongando : 

—¿Pero dónde se habrá metido esta 
mujer? 

Tuvo que ir por los alfileres a su 
cuarto, en el otro extremo de la enor- 
me vivienda. Ya Gisela vestida y el 
blanco velo sobre sus cabellos, pren- 
dido con la corona de azahares, sor- 
prendió más la ausencia de Clota. 

— ¡Es extraño! ¡Faltar ella de aquí 
en tales momentos ! 

El día de tal modo había triunfado, 
que ya los primeros resplandores del 
sol naciente, atravesando los crista- 
les de la ventana, doraban en el es- 
pejo el rostro triste, medroso, acobar- 
dado como nunca, de Gisela. La garra 
que hasta entonces la había oprimi- 
do, acercábase más terrible y pavorosa 
hacia su cabeza. Pero no se atrevía 
a decirlo. Un poco por miedo a sus tías. 
Otro poco ignoraba realmente por que. 
Doña Amaranta murmuró al cabo de 
un momento : 

— Quien está tardando algo también 
es Amalio. 

Y en este instante sintió Gisela que 
la garra se aflojaba y se desvanecía, 
quese desvanecían y aflojaban las ex- 
trañas ligaduras con las cuales hasta 
entonces la iban arrastrando hacia no 
sabía cuáles y aterradores abismos. Su 
semblante se iluminó todo con la más 
radiosa de las alegrías. Brillaron feli- 
ces sus ojos, coloreáronsele las meji- 
llas instantáneamente, y, como trina- 
ba de gloria el paj arillo que Clota li- 
bertó cierto día, en voz alborozada 
rompió a gritar : 

— ¡ Ay, qué alegría, tías de mi alma ! 
¡ No me caso ya con ese hombre, no ! 

¡ No quiero ! ¡ Díganselo a Silvio ! Man- 
den a llamarlo. ¡Va a tener el pobre 
también una alegría! ¿Pero qué me 
pasaba? ¿Por qué no se lo dije cuando 
vino? ¿Por qué hace aún un momento 
hasta a ustedes las estaba engañando? 



FIN DE 

«EL PATRIARCA» Y «LA GARRA INVISIBLE» 

DE 

FRANCISCO CAMBA 



RAFAEL CANSINOS ASSENS 

Í1883) 



RAFAEL CANSINOS ASSENS 



Crítico y novelista. Nació en Sevilla. Siempre ha vivido 
en Madrid. Su espíritu sutil apadrinó todos los «isinos» 
españoles de vanguardia. Dirigió la revista Cervantes, de 
Madrid. Durante muchos años ha ejercido en La Corres- 
pondencia de España, en La Tribuna, en La Libertad, la 
crítica de libi-os con una autoridad auténtica. Miembro de 
la Academia Sevillana de Buenas Letras. «Premio ChireU 
— 1925 — , de la Real Academia Española. «Palmas Acadé- 
micas» — 1926—, otorgadas por el Gobierno de Francia. Aún 
hoy, en Hispanoamérica, pasa por ser el primer crítico 
literario español. Sus novelas tienen mucha originalidad y 
«un acento» casi bíblico. 

Novelas: La que tornó de la muerte; Las cuatro Gra- 
cias; El pobre Baby (primer premio de La Novela de Bol- 
sillo) ; El manto de la Virgen ; La santa niña Catalina ; 
La madona del Carrusel ; Los sobrinos del diablo ; En la 
tierra florida : El llanto irisado ; La pobre Meca ; El her- 
mafrodita... 



LA NOVIA ESCAMOTEADA 



EVOCACIÓN 



Cuando recuerdo aquel extraño idi- 
lio, tan grotesco y triste, siento 
que el vello de mi carne se eriza con 
un pavor sagrado y que el último poso 
juvenil que aún queda en mi corazón, 
pobre cáliz, se conmueve y palpita 
como una hez dionisíaca; porque, la- 
mentable y grotesco, aquel idilio fué, 
no obstante, el más hermoso epita- 
lamio de mi vida; y la mujer que, 
impulsada por un numen ambiguo, 
Eros o la Locura, vino a mí tan vale- 
rosamente, en una noche inolvidable, 
dijo en mi oído las palabras más ab- 
solutas que en mi vida he escuchado, 



y realizó, única, ese gesto osado y fran- 
co, que en vano he esperado de las de- 
más mujeres. Loca de amor o simple- 
mente loca, ella colmó las más desme- 
didas esperanzas de mi juventud, y 
en una noche, que todas las noches 
de mi vida habrá de lamentar, marcó 
mi frente con el ardiente signo de la 
elección amorosa, signo sagrado que 
todos los besos de todos los labios de 
este mundo no podrán borrar nunca. 
Y al evocar ese idilio perfecto, malo- 
grado por mi torpeza, aún hoy, que 
ha pasado tanto tiempo, siento el 
sagrado pánico de quien una vez en 



286 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



su vida tuvo en sus brazos al amor 
verdadero, al amor absoluto y fabulo- 
so, confundible por su misma invero- 
similitud con la locura, y lo dejó es- 
capar, engañado por su ambiguo as- 
pecto — ¡es tan raro el amor! — ; asus- 
tado, quizá, también por su misma 
grandeza... 



Una tarde de primavera conocí a 
la extraña criatura cuyo recuerdo per- 
durará indeleble en mi memoria para 
tormento indudable de mi vejez, en 
ese tiempo yermo en que ya la última 
sombra del amor se habrá alejado de 
mi vida. Era una tarde de primavera, 
una de esas dulces tardes en que, flo- 
ridos ya los árboles de los paseos, to- 
das las muchachas, aun las más po- 
bres, parecen estrenar un traje blanco, 
y en que, al final de todas las calles, 
parece como si nos aguardase una ale- 
gría. Caminaba yo sin rumbo, como 
siempre, perdido entre la multitud, 
cuando Ella se me reveló a los ojos 
como una criatura única y singular, 
digna de ser mirada y cortejada una 
tarde de primavera. Era alta, esplén- 
dida y mórbida, de una madurez sa- 
zonada y, sin embargo, virginal, por 
el brillo absoluto con que reverbera- 
ban su "frente y sus mejillas y la ino- 
cencia paradisíaca de sus ojos. He 
visto semblantes así, semblantes virgi- 
nales que se llenaron de arrugas, sin 
perder ese brillo maravilloso ; manos 
virginales que se marchitaron sin per- 
der la blancura y el brillo pueriles, 
y así eran el semblante y las manos 
de aquella mujer extraña. Un candor 
infantil persistía, inviolado, en su ma- 
tronal madurez; y parecía ella misma, 
no obstante la exuberancia de sus for- 
mas, una niña precoz, o una muñeca 
demasiada grande, la gran muñeca 
ideal e inasequible, madre de todas las 
muñecas que se adquieren en los ba- 
zares. Todas las metáforas líricas que 
comparan una tez femenina con los pé- 
talos de las flores— magnolias o lotos^ 
justificábanse y cumplíanse en las me- 
jillas y la frente de aquella criatura 
virginal y pueril. Parecía tener en su 
cuerpo el venero misterioso y profundo 



del que fluyen todos los jugcs de juven- 
tud : zumo de flores y sangre de mujer. 
Y, sin embargo, a pesar de tanto es- 
plendor, algo había en ella de cansado 
y de mustio. Su cuerpo doblegábase al 
andar con una laxitud enfermiza; su 
traje primaveral, un traje claro, casi 
blanco, ornado en el escote de un gran 
lazo rosa, como un grito alegre, reve- 
laba ese desgaire triste, ese descuido 
— un corchete sin abrochar, una cin- 
ta mal anudada, un pliegue inopor- 
tuno — propio de una criatura enferma, 
que ha perdido el amor a los espejos ; 
y un ramo de rosas que llevaba pren- 
dido en el pecho, mal sostenido por 
el corsé, mostraba esa laciedad de las 
flores que se mustian abandonadas so- 
bre las consolas. Yo he visto jóvenes 
enfermas y tristes, vestidas así, de 
claro, y floridas de rosas, a la puerta 
de los sanatorios, los domingos. Y su 
recuerdo despertábase en mi alma, al 
ver a aquella criatura tan lozana y 
espléndida, ataviada con aquel desaliñe 
que malograba su belleza ; y ante 
aquella frescura maravillosa de su tez 
y la morbidez de sus brazos, transpa- 
rentes como una rosa matutina baje- 
las blancas mangas, preguntábame, cu- 
rioso y apiadado, qué extraño morbo, 
qué dolencia íntima y cruel se enmas- 
caraba bajo aquella apariencia de sa- 
lud perfecta y triunfante. Las mujeres 
que pasaban a su lado quedaban em- 
pequeñecidas y afeadas por su hermo- 
sura pueril y sazonada : tiznadas pa- 
recían las más blancas por el contraste 
con su rosado candor, con aquella pro- 
digalidad de tonos matutinos que exal- 
taban jubilosamente su semblante; 
todas parecían pobres de belleza y sa- 
lud junto a Ella. Y, sin embargo, nin- 
guna tenía aquel aire de enfermedad! 
con que Ella se mostraba en su triun- 
fal lozanía, como si fuese la manzana 
podrida de les apólogos. Y todas la 
miraban a Ella con una expresión de 
asombro piadoso, señalándose con un 
gesto sorprendido el desaliño de su 
traje, la lacia caída de las alas de su 
pamela, que parecían mojadas por un 
chubasco ; el desgaire de su paso ven- 
cido, y aquel gesto de pueril enojo 
con que caminaba, como a su pesar,. 



RAFAEL CANSINOS ASSENS.— LA NOVIA ESCAMOTEADA 



287 



cual si cada una de las cosas que 
veían sus ojos quisiese_ retenerla. Con- 
firmaba mas lo extraño de su figura 
la expresión de inquietud y tristeza 
de la persona que la acompañaba, una 
.señora de edad, vestida de oscuro, sin 
otra cosa clara en su cuerpo que los 
mustios rizos blancos que se enros- 
caban en sus sienes. Mostraba en su 
rostro cierta semejanza familiar con 
la joven y parecía velar sobre ella con 
una inquietud de eníermera, cerno si 
temiese que algún amago la acometie- 
se súbitamente haciendo necesarios 
sus cuidados. Vigilábala inquieta, si- 
guiendo la dirección de sus miradas, 
deteniéndose cuando la joven se reza- 
gaba distraída, mirándola a cada ins- 
tante para cerciorarse de que la acom- 
pañaba intranquila, como si temiese 
que se le escapase, y pareciendo im- 
plorar con los ojos ayuda y piedad a 
los transeúntes. 

Amigo de todo lo extraño, ávido 
siempre de esos raros poemas que sue- 
len encontrarse intercalados en el vul- 
gar folletín abigarrado de las muche- 
dumbres, yo seguía con curiosidad apa- 
sionada el transito de la singular pa- 
reja. La belleza triunfal y, sin embargo, 
contaminada y caduca de la joven, 
incitábame a averiguar qué dolencia 
íntima, qué vermes escondido y miste- 
rioso laceraba la pulpa espléndida y 
florecida de aquella criatura virginal, 
qué mueca nocturna y siniestra malo- 
graría en los espejos de ciertas horas 
su maternal belleza. ¿Epilepsia acaso, 
el morbo comicial y divino? ¿Rodea- 
ríala una aura maléfica, a modo de 
nimbo siniestro, que, en ciertos ins- 
cantes inesperados e impronosticables, 
naria de ella una gracia lisiada y 
furiosa? Yo miraba ávidamente su ros- 
tro, sus manos, su cuello desnudo, en 
el que parecía alborear una aurora, y 
me afanaba por descubrir en ellos un 
vestigio visible, un estigma del morbo 
oculto, al modo como se busca la pica- 
dura de un fruto. Mas nada sospechoso 
se revelaba a mi curiosidad. Nada sino 
una beüeza espléndida que eclipsaba 
toda otra cosa, que era como un alba 
prematura en la tarde de primavera. 
Y, sin embargo, Ella no era entera- 



mente intacta ; estaba sin duda lace- 
rada por una dolencia oculta. Procla- 
mábalo así el descuido de su traje y 
de su peinado, aquel aue antiguo y 
mustio tan conmovedor en sus vesti- 
duras flamantes, que adoptaban ya 
esa laciedad que asumen las ropas de 
los enfermos, cerno si compartiesen el 
dolor de la carne o el cansancio del 
espíritu. Era una gracia imperfecta 
y truncada... Y eso era lo que precisa- 
mente me interesaba en Ella : ese mis- 
terio era el hechizo que, sobre todo, 
me impulsaba a seguirla. Aquel aire 
extraño y ambiguo que le daba el pres- 
tigio de una extranjera, con la misma 
encacia que unes cabellos demasiado 
rubios o un rostro matizado de pecas 
hiperbóreas, exótico en un país del 
Sur, aquel sello estrafalario de su 
beüeza, por el cual yo pensaba que se 
necesitaría mucho heroísmo para os- 
tentaría, cogida del brazo, como a una 
amada, ante les ojos burlones y compa- 
sivos de la multitud, era precisamente 
lo que a mí, perseguidor de aves ex- 
trañas, me impulsaba a seguir a aquel 
gran ruiseñor estrafalario. 

La fui siguiendo así, a lo largo de 
las calles más céntricas, complacién- 
dome en observar la estela de asombro 
que su paso dejaba entre la muche- 
dumbre. Muy cerca de Ella, observaba 
yo sus ojos, curioso por ver el efecto 
que en ella producía el asombro cau- 
sado por su tránsito. ¡Oh, sus ojos! 
Eran unos ojos pueriles, inocentes, ma- 
tinales y jubilosos. Lo miraban todo 
con un candor inefable, sonreían in- 
genuos y cordiales a las cosas ; pare- 
cían interpretar como una simpatía la 
compasión burlona de la muchedum- 
bre. Sonreían como si abriesen sus 
párpados en una eterna mañana pue- 
ril, en una ignorancia absoluta de todo 
dolor y de toda intención maligna. 
Eran dos flores o dos gemas nativas. 
Sólo que, de vez en cuando, muy li- 
geramente — era preciso observarla con 
la atención apasionada con que yo lo 
hacía — parecían empañarse con una 
I sombra de tristeza y de susto, una sem- 
I bra ligera semejante a esas vetas os- 
I curas que, de pronto, por un efecto 
( pasajero de luz, se descubren en una 



288 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



piedra preciosa. En aquellos instantes, 
la señora que la acompañaba parecía 
más inquieta y se apresuraba a distraer 
su atención con alguna palabra afec- 
tuosa, cubriéndola con su cuerpo como 
con un escudo : ¡ pobre escudo abolla- 
do!... Aquella mirada de tristeza y de 
susto era, sin duda, el indicio temible 
de alguna crisis peligrosa, el síntoma 
fatal de que el aura nefasta, el nimbo 
siniestro espesábase a su alrededor. Era 
el crepúsculo de aquella mañana lumi- 
nosa : toda la vida espléndida de aque- 
lla criatura singular temblaba, herida 
en lo más íntimo, se quebraba en 
aquella mirada. Era su enfermedad, 
su pavoroso secreto... 

Yo la seguía, la seguía, cada vez 
más curioso e imprudente, hasta que 
al fin, no obstante mi voluntad de no 
ser advertido — yo tan sólo quería des- 
cubrir su secreto — , Ella se fijó en mí. 
Entre la luz y las flores de aquella tar- 
de; entre la gente que caminaba lle- 
vando ramos de rosas en las manos, 
ella se fijó en mí. Notó la asiduidad 
con que yo la seguía ; las miradas con 
que yo, oblicuamente, como el sol ves- 
pertino que reverberaba en sus meji- 
llas, la asaeteaba ; sintióse admirada 
y querida por aquellas miradas, y me 
miró también, sonriendo ingenuamen- 
te, con una franqueza sencilla, con un 
descaro inocente que, en otra criatura, 
hubiera parecido una incitación ve- 
nal. En ella no podía parecerlo; pero, 
en cambio, por lo extraño de su fi- 
gura, por su aire sospechoso de enfer- 
ma, la franqueza con que ella me 
miraba y sonreía, como a un galán ya 
antiguo que alguna vez hubiese estre- 
chado sus manos en un instante de 
pasión, perdía su sentido lisonjero para 
ser simplemente una cosa inquietan- 
te... ¡Era tan raro que una mujer 
no venal ni trastornada por una do- 
lencia mirase así a un desconocido, 
desde el primer momento! ¿Podía yo 
pensar, por muy grande que fuese mi 
amor propio, que mi sola presencia 
había bastado para seducirla, hacién- 
dole perder toda prudencia y renun- 
ciar a todo recato? ¿Podía creer en 
el milagro de un amor súbito, de un 
amor único y primero que hubiese 



aguardado para florecer la magni- 
ficencia efusiva de aquella tarde de 
mayo en que las rosas más tardías 
rompían al fin su cáliz? Aquellas mi- 
radas tan sencillas y directas ; aque- 
llas sonrisas marcadas con el sello 
de una intimidad antigua, que me 
atraían e incitaban desde el primer 
momento a transponer los umbrales de 
una estancia nupcial ya conocida, me 
aesconcertaban y llenaban de un pá- 
nico misterioso. Parecíame adivinar 
su dolencia secreta, y me decía por lo 
bajo, con un temblor pavoroso: «¡Ella 
está loca ! ¡ Sin duda está loca, cuan- 
do mira así a un desconocido y le 
sonríe de ese modo, abriéndole desde 
el primer instante las puertas de su 
alma y de su vida ! Nunca, ninguna 
mujer, excepto las que brindan un 
amor efímero y venal, me ha mirado 
así, desde el primer instante. Las que 
más profundamente me amaron, no 
me miraron así, con tan absoluta sin- 
ceridad de pasión, sino después de mu- 
cho tiempo, cuando, desprendidas de 
todos sus velos, temblaban en mis bra- 
zos, semejantes a náufragas, lejos ya 
de toda ribera conocida. Mas ninguna 
desde el primer instante me miró así, 
excepto las que sonríen en los umbra- 
les sospechosos. Sin duda está loca 
esta criatura de frente virginal, cuan- 
do me mira de ese modo. Está loca 
y por eso la buena mujer que la acom- 
paña, piadosa parienta, tía que ocupa 
a su lado el lugar de una madre muer- 
ta, vela sobre ella con tal inquietud 
y procura distraerla, temerosa de que 
una funesta crisis la acometa... ¡Loca, 
sí, loca debe de estar, para que de 
ese modo, tan perfectamente, pueda 
simular la visión pavorosa de amor 
loco y absoluto, cuyo encuentro fatal 
e inesperado sobrecoge de espanto a 
los elegidos... !» 

Así pensaba yo ; y por la fuerza de 
este pensamiento, las apasionadas mi- 
radas de la joven perdían casi todo su 
sentido de halago. Porque, a pesar de 
que el amor es una locura : a pesar de 
que así lo reconocen todos cuantos 
alguna vez han amado y dejado de 
amar, tan exigentes somos que pedi- 
mos una lucidez irreprochable a las 



RAFAEL CANSINOS ASSENS. — LA NOVIA ESCAMOTEADA 



289 



criaturas que nos aman, y anhelamos 
ser elegidos con absoluta conciencia, 
sin duda para tener derecho a exigir 
luego responsabilidad, cuando esa lo- 
cura, fatalmente curable, se haya des- 
vanecido. Desde el momento en que 
yo sospechaba de locura a aquella mu- 
jer que me miraba, ya no era para mí 
su elección un halago, puesto que no 
podía justificarse con razones fácil- 
mente expresables, sino con un oscuro 
y ciego instinto. ¡ Como si el amor 
fuese otra cosa que una locura, un 
misterio indefinible y turbio, y no con- 
sistiese precisamente en eso su carác- 
ter fatal y maravilloso ! Yo, sin em- 
bargo, me sentía defraudado por aque- 
lla sospecha, y si seguía aún a la 
joven, hacíalo ya impelido, no por nin- 
gún anhelo amoroso, sino por una cu- 
riosidad novelesca de apurar el fin de 
aquella sencilla y extraña aventura. 
Así, seguía yo a la rara pareja como 
a un grupo plástico que decoraba el 
fondo del crepúsculo en aquellos arra- 
bales despoblados, llenando de una 
tei*nura patética los grandes treohos de 
campo yermo, y marcando sombras 
más tiernas que las de las violetas que 
el crepúsculo arrojaba sobre las po- 
bres empalizadas de los solares y so- 
bre la tierra desnuda. La pamela de 
la extraña amada, aquella pamela ar- 
caica, de alas doradas y lacias, como 
la que cubre la frente del otoño, trans- 
figurábase en la última claridad del 
crepúsculo, agrandábase en aquellas 
soledades, hasta parecer un gran glo- 
bo pueril o un gran pájaro vespertino. 
Y yo seguíala, fascinado por el tierno 
color de miel de su paja antigua, mo- 
dulando en mi interior variaciones oto- 
ñales, inefablemente gratas en aquel 
crepúsculo de primavera. En aquellas 
explanadas tristes, en que había mu- 
jeres cansadas sentadas en el alcor- 
que de las acacias, y gritos de niños 
llamando a sus madres se quebraban 
en el aire dulce. Ella asumía toda la 
ternura de la hora y yo empezaba a 
comprender mejor, lejos de la ciudad 
y de sus cátedras de psicología, que el 
amor puede ser una locura. Ella se- 
guía mirándome y sonriéndome, a hur- 
tadillas de la anciana señora que ahora 



en aquellas soledades caminaba aprisa, 
arrastrándola de un brazo, temerosa 
y azorada más que nunca, acaso por- 
que sentía que mi presencia había 
exaltado a la joven. Caminamos así 
todavía un trecho, hasta que, al fin. 
nos encontramos frente a una casa 
de construcción reciente, una de esas 
casas de fachada rosada y persianas 
verdes, que marcan el límite de los 
arrabales. La señora anciana dióse pri- 
sa a alcanzar una de aquellas casas, 
llevando cogida del brazo a la joven, 
que se resistía, reada, esbozando mue- 
cas de rebeldía y mirándome con ojos 
de imploración y angustia ¡Oh, el apre- 
mio de aquella mirada ! Iguales las 
he visto en los ojos de aquellos a quie- 
nes conducían a una cárcel, al trans- 
poner el límite que separa la luz de 
las tinieblas. Aquella mirada penetró 
hasta el fondo de mi alma, me llenó 
de amor y de piedad, al mismo tiem- 
po que me embriagaba con el vértigo 
de sentirme amado hasta la locura. 
Quise correr hacia la incógnita, dete- 
nerla por la orla de su traje, aferrar- 
la por aquel brazo mórbido y rosado, 
diáfano bajo la tela primaveral. Pero 
antes que yo pudiera alcanzarla, ya 
la vieja había tirado de la joven y 
perdíase con ella en la penumbra del 
zaguán. Ella, mi incógnita amada, for- 
cejeó todavía un momento, desespe- 
radamente, como para correr a mi en- 
cuentro. Luego, sintiéndose vencida, 
llevóse una mano al pecho y, arran- 
cándose el ramo de rosas que florecía 
su escote, me lo arrojó como si fuese 
su propio corazón. ¡Ese ramo de ro- 
sas que, marchito, conservo todavía 
y que es ahora semejante a un cora- 
zón disecado, muerto, pero inmortal ! 
Yo recogí la ofrenda, fragante en- 
tonces, y teniendo en mis manos, per- 
plejo, la cordial presea, permanecí in- 
móvil en aquel mismo sitio, frente a 
la casa colorada y al pie de aquellos 
balcones de herméticas persianas ver- 
des, que la envolvían de una bruma 
primaveral y tierna, como esa verde 
aurora perenne que hay en primavera 
sobre los campos. Por inevitable resa- 
bio, esperaba que alguno de aquellos 
balcones se abriese y a él se asomase 



NOVELA CORTA 



290 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



la amada misteriosa, para arrojarme 
desde su altura una ofrenda más ex- 
presiva que el ramo florido : una pa- 
labra, una palabra sola que tradujese, 
explícita, el sentido indeterminado de 
la dádiva floreal. Mas no fué así, y 
cansado de esperar ante aquella mo- 
rada, silenciosa y triste como una rui- 
na, no obstante su modernidad, sin- 
tiendo que a mi alrededor croaban ya, 
en invisibles estanques, los sapos noc- 
turnos y que sólo la luna me acompa- 
ñaba en aquellos páramos, como si 
fuese la pamela olvidada de mi des- 
conocida misteriosa, decidí no esperar 
más por aquel día la continuación de 
aquel epitalamio, y emprendí el re- 
greso a la ciudad, llevando en mis 
manos el ramo de rosas, como un tro- 
feo triunfal y melancólico, efímero 
vestigio de un episodio de amor, inve- 
rosímil como un sueño... 



Después de aquella tarde cayeron 
sobre el recuerdo singular los días, 
que marchitaron el ramo de rosas, su 
frágil y precioso trofeo. Era el tiempo 
en que . es grato pasear por los arra- 
bales de la ciudad, o más bien por 
esa otra ciudad que, cubierta hasta 
entonces por las nieblas invernales, 
empieza a revelarse en mayo al otro 
lado del río y de las antiguas puertas. 
Un secreto resabio me impulsaba en- 
tonces en mis caminatas románticas 
hacia el lado donde tenía su casa la 
amada misteriosa, y más de una vez 
rondé sin fruto aquellas sendas, mar- 
cadas en la hierba de los descampa- 
dos por las pisadas de los transeúntes. 
La atracción inefable de aquella mi- 
rada suprema de amor y de locura 
con que la joven asaeteó mis ojos en 
■el umbral de la casa rosada, era, sin 
duda, la que me llevaba por aquellos 
parajes; mas yo sentía vergüenza de 
confesármelo a mí mismo. ¿Podía sen- 
tirme ufano de haber merecido el amor 
de una loca? ¿Serías tan triste y 
pobre — preguntaba a mi corazón — co- 
mo para recoger con júbilo este amor 
lastimoso, más frágil y sin valor que 



ese ramo de rosas marchitas, y enga- 
lanarte con él, dando pruebas de ser 
tú el verdaderamente loco? ¿No sa- 
brías soportar dignamente el dolor de 
no haber sido amado nunca ni ele- 
gido sino efímeramente por esa mano 
venal que se alarga en la noche como 
la de un mendigo? ¿No sabrías so- 
portar dignamente este desdén de las 
mujeres e incurrirías en el sonrojo de 
aceptar ese pobre amor extraviado, que 
acaso se dirige a ti equivocadamente, 
porque las tinieblas de la locura le ce- 
garon los ojos? ¿Tan humilde serías 
que aceptases la ofrenda de esa ama- 
da loca, que acaso te confunde con 
otro en su delirio? ¿Recogerías ya en 
tu amorosa indigencia hasta las so- 
bras desdeñadas, hasta las migajas 
caídas de una mesa nupcial, y hasta 
esos frutos dedicados a otro que arre- 
bata la mano de un mendigo astuto 
y voraz? Y aunque tan mezquino fue- 
ses, ¿podrías ufanarte del amor de 
una criatura enajenada, estrafalaria y 
extravagante, que ha perdido su vo- 
luntad y cuya sonrisa sin sentido no 
tiene más valor que la de esas niñas 
que en tus rodillas se sentaron hace 
tiempo? 

Así argumentaba mi orgullo de hom- 
bre sin amor, rechazado a los yermos 
por el desdén de las mujeres o más 
bien por su ansia absoluta y exigente 
de una perfección inasequible entre 
las mujeres de la tierra. Porque yo, 
en otro tiempo, había renunciado al 
amor fácil y múltiple, a la belleza 
que admite comparaciones, al amor 
que no llega ni a la locura ni a la 
muerte, y ahora me avergonzaba de 
aquellos pactos con la necesidad. Y 
no me atrevía a confesarme a mí 
mismo que la elección de aquella cria- 
tura enajenada me llenaba de júbilo, 
y que yo era capaz de aceptar su 
amor, aunque no fuese él mismo una 
locura, sino su fruto corrompido y de- 
leznable. Mas, a pesar de todo, un 
anhelo inconsciente me impulsaba a 
rondar los caminos por donde Ella 
se había alejado aquella tarde, acom- 
pañada de la señora grave y triste — su 
parienta o enfermera — , y a vagar 
por los alrededores de la casa rosada. 



RAFAEL CANSINOS ASSÉNS. — LA NOVIA ESCAMOTEADA 



291 



semejante a una gran luna rosa, con 
la incierta y tímida esperanza de en- 
contrarla otra vez. 



Una noche, una noche en que yo 
vagaba así por los caminos polvorien- 
tos, blancos y tiernos como regueros 
de leche, en 'los campitos áridos flo- 
recidos de jaramagos, tostados por el 
fuego de agosto, un grupo extraño 
reclamó mi atención. Era un corro 
de niños, de esos niños morenos y 
harapientos de los arrabales, que aco- 
saban a una mujer de aspecto de 
mendiga, envuelta en un gran man- 
tón oscuro, amplio como un velo de 
viuda, pero todo él mancillado y su- 
cio como el velo de la noche cuando 
se arrastra por las calles de una ciu- 
dad sórdida. Los chicos, insolentes, 
acosaban a la mujer con su curiosi- 
dad, rodeándola como a una gran 
tarasca y entonando canciones burlo- 
nas y lascivas. ¿Quién sería aquella 
pobre mujer sola y enlutada? ¿Acaso 
una mendiga ebria de las que mero- 
dean todo el- día por la ciudad y a la 
noche van a extender su manto sór- 
dido sobre el lecho amarillo de los 
campos de los arrabales, florecidos de 
jaramagos, o en la pobre alcoba hos- 
pitalaria que les brindan esas cuevas 
escondidas entre los desmontes? Un 
ansia indecible me acometió de ver 
la cara de la triste vagabunda, con 
la que jugaban los niños como con 
un gran pájaro lisiado. Me acerqué 
al grupo y ahuyenté a los muchachos. 
La mujer vino hacia mí y se echó 
en mis brazos, sollozando de júbilo 
y de gratitud, como una amada extra- 
viada oue encuentra a su amante. Yo 
la miré sorprendido. Era Ella, la cria- 
tura extraña, la joven cuyo ramo de 
rosas conservaba yo entre mis reliquias 
juveniles como su propio corazón, 
ofrendado una tarde, con el gesto ge- 
neroso con que el día arroja a las 
aguas un sol todavía ardiente y rojo. 
Era Ella : pero ¡ qué cambiada en 
aquel traje humilde, pobre y manci- 
llado, del que mis manos compasivas 
arrancaban, como saetas, felizmente 



embotadas, espiguillas secas y doradas 
de esas que crecen en los campes de 
las afueras y que no llegan a granar 
del todo, como sus hermanas del cam- 
po verdadero. ¡ Qué cambiada en aquel 
disfraz miserable, envuelta en aquel 
mantón semejante a ese saco negro 
que en Oriente sirve de mortaja a las 
adúlteras arrojadas al Bosforo! ¡Qué 
cambiada, sin su traje claro de la 
tarde primera, parecido a un tejido 
de acacias, sin su pamela inolvidable, 
de alas doradas y lacias, semejante a 
una luna mojada puesta a secar al 
sol! Tenía el rubio pelo enmarañado 
desgreñado, lleno de polvo, como si 
en un arrebato de pesar lo hubiese 
arrastrado, suelto, por los campos de 
agesto, a semejanza de una plañide- 
ra. Tenía los ojos desencajados, llenos 
de tristeza y de susto, como si se hu- 
biese visto rodeada de espadas. Pero 
aun en aquel traje mísero, demasiado 
holgado para ella, flojo y extraño so- 
bre su cuerpo, como si se hubiese 
vestido con ropas robadas, su hermo- 
sura natural resplandecía, con aquella 
inviolada blancura, que hubiera re- 
sistido al contacto de todos los car- 
bones con que se hubiese querido man- 
cillar; con aquella morbidez incom- 
parable de pulpa frutal, de corazón 
de rosa, de carne infantil, preservada 
en la cuna; y sus ojos, azules, eran 
semejantes a ese esmalte eterno que 
hiere las pupilas codiciosas de los que 
rebuscan en los muladares. No obs- 
tante la miseria que la envolvía, bajo 
la cimera de sus cabellos desgreñados, 
Ella era un tesoro capaz de enriquecer 
los sueños de un mendigo. 

Transido de piedad, yo la acogí en 
mis brazos ; mis manos se posaban 
acariciantes y restañadoras sobre su 
espalda, sobre sus cabellos. Ella se es- 
trechaba contra mi pecho, y temblo- 
rosa, sobresaltada y jubilosa a un tiem- 
po, risueña y huraña como esa aurora 
indecisa que es todavía un poco de 
noche. ¿Qué terrores extraños sobre- 
cogían el corazón de la misteriosa, que 
todavía temblaba, recogida sobre mi 
pecho, y luego que mis manos habían 
ahuyentado ya a los niños malignos 
que la acosaban? Ella se aferraba a 



292 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



mí con un ansia implorante, transida 
de gratitud y de júbilo, y todavía de 
un miedo pavoroso, no del todo ven- 
cido por mi presencia. Y con voz dul- 
ce, pueril y entrecortada, balbucía : 

—¿Dónde has estado hasta ahora? 
¿Por qué no volviste en tanto tiempo? 
¿Por qué me hiciste esperar tanto? 

Yo insinué una excusa trivial, y a 
mi vez pregunté : 

— Pero ¿y tú? ¿Por qué te encuen- 
tro en este traje, vestida con este mi- 
serable disfraz? ¿Qué hacías por es- 
tos campos, vagabunda como una men- 
diga o como algo peor, sola, sin una 
criada ni una amiga, sola como esas 
mujeres que buscan, ambiguas, la 
sombra indecorosa? 

Ella me miró como si luchase con 
un sueño, como si todas las tinieblas 
del olvido gravitasen sobre sus ojos, 
como un beso más pesado que el que 
en mis labios maduraba. Luego, ha- 
ciendo con la cabeza el ademán de 
apartar una cimera importuna, lenta, 
lentamente, dijo: 

— ¿Que por qué salí de la casa? ¡Y 
me lo preguntas ! Salí a buscarte, 
amor mío, cansada de aguardarte allá 
dentro tanto tiempo junto a las ce- 
losías de los balcones. ¡ Has tardado 
tanto en volver ! Yo me consumía de 
tedio y de sobresalto. Pasaba levan- 
tada las noches, espiando la hora de 
tu llegada, buscándola, como una joya 
perdida, en el fondo de todos los re- 
lojes... Y allá, en la casa, me martiri- 
zaban, se burlaban de mí, me decían : 
«No vendrá...» Taparon los resquicios 
de los balcones para que yo no pu- 
diese otear los caminos ; escondieron 
todas mis vestiduras de gala para que 
no pudiese salir a buscarte ; apagaban 
la lámpara junto a la cual yo, cada 
noche, te aguardaba, para que tú no 
pudieses verla desde lejos brillar como 
una estrella mojada, como mi mirada 
despierta, arrasada de llanto, y me obli- 
gaban a acostarme, sola, en el lecho 
preparado para nuestros desposorios... 
Me martirizaban..., amor mío, por mi 
lealtad en esperarte... ¡Y tú no ve- 
nías ! ¡Y yo me consumía de sufri- 
miento!... Mira cómo han adelgazado 
mis brazos y cómo apenas puedo son- 



reír... Pero yo sabía que tú habías de 
venir infaliblemente... Y no podía es- 
tarme quieta allí, ante el pensamiento 
de que acaso me aguardases desorien- 
tado, cansado de esperar también en 
estos campos sin caminos... Y esta 
noche, amparándome en la oscuridad, 
en un momento que me dejaron sola, 
forcé la puerta de la casa y, arropán- 
dome en este manto oscuro, salí a 
buscarte por los caminos... ¡Ah, mi 
amor ! ¡ Cuánto anduve buscándote ! 
Tengo los pies llagados. Más de una 
vez resbalé y caí. Mira mi manto cómo 
está lleno de polvo y cómo tiene cla- 
vadas espigas finas como saetas. No 
sabía dónde encontrarte y vagaba a 
la aventura. Pasé por delante de unos 
cobertizos de madera donde unos hom- 
bres feos y rudos me llamaron, mos- 
trándome una calabaza llena de vino. 
Luego, como no les hice caso, me in- 
sultaron y quisieron cogerme del man- 
tón. Yo les imploré : «Dejadme, por 
piedad. Yo he salido de casa en busca 
de mi amado, que me espera. Decid- 
me más bien, si le habéis visto, dónde 
podré encontrarle...» Y les describía 
tu figura. Ellos, entonces, se llevaron 
un dedo a la frente y chascando la 
lengua exclamaron, riendo con una 
risa horrible : « ¡ Está loca ! ¡ Está lo- 
ca!» Y me soltaron. Yo seguí ade- 
lante. Pasé frente a un cuartel, y 
el centinela me miró con' unos ojos 
de deseo que me infundieron espanto. 
«¿Adonde vas, buena moza?», me dijo, 
y quería arrastrarme a su garita. Yo 
le contesté : «Voy en busca de mi ama- 
do. ¿Por ventura tú le has visto?» Y 
le describí tu figura... El entonces hizo 
un mohín de burla y me dejó seguir 
adelante. Luego, un viejo que encen- 
día lumbre en un solar me llamó tam- 
bién, diciéndome : «Buena moza, ¿dón- 
de vas a estas horas?» Yo le repetí mi 
pregunta. Y entonces el viejo sacudió 
la cabeza con gesto de piedad. Tam- 
bién me creía loca, sin duda. ¿Pero 
es estar loca estar enamorada? Por 
último, ya lo has visto : aquellos mu- 
chachones que vagaban por las oscuri- 
dades me siguieron y empezaron a 
acosarme... Yo temblaba de susto. Por 



RAFAEL CANSINOS ASSÉNS. — LA NOXIA ESCAMOTEADA 



293 



fortuna, te encontré... Pero ¿por qué 
no viniste antes? 

Se apegaba a mi cuerpo, se estre- 
chaba contra mí, y yo sentía temblar 
todos sus nervios. Con sedantes caricias 
aquietaba su susto, alisaba su cabelle- 
ra, revuelta como la de una furia; 
halagaba su pobre carne, temblorosa 
como la de una alimaña perseguida. Y 
la cobijaba con mi mirada inmensa, 
como otro cielo más clemente. 

« ¡ Qué pena ! ¡ Qué pena ! », murmu- 
raba en mi interior ; mas retenía en 
mis labios la palabra piadosa y evi- 
taba mirarla con demasiada compa- 
sión, para no herir su delicadeza, para 
que no viera en mis ojos la misma 
expresión que en los de los demás ; 
para que no creyese que yo también 
la tenía por loca. Elia, ciñendo mi 
cuello con sus brazos, enlazada a mi 
cuello, como si mi cabeza fuese una 
paloma voluble, capaz de escurrírsele 
de entre las manos, imploraba: 

— ¡ Oh, amor mío ! Ya que estás aquí, 
llévame contigo, no me dejes sola! 
No sabes lo que sufro en esa casa 
triste. Me martirizan sin piedad, me 
amarran las manos, me atan a las 
columnas de mi lecho. No me dejan 
ni mirar por las rendijas de las celo- 
sías. Desde la tarde en que te arrojé 
mi corazón, no han vuelto a sacarme 
de paseo, por temor de que te viese. 
No quieren que pueda unirme conti- 
go..., porque entonces mi tesoro, mi 
herencia, que arrebatarme quieren, no 
sería para ellos... Pero yo les dejaría 
mi herencia... Les dejaría mi tesoro, 
amor mío, con tal de que no me im- 
pidiesen irme contigo lejos... ¿Ver- 
dad que tú me querrías pobre? Llé- 
vame, ¡ llévame contigo ! . . . 

Yo la seguía acariciando en silen- 
cio y no sabía qué decirle, porque a 
mis labios sólo acudía esta palabra 
importuna «¡Pobre! ¡Pobre!» ¿Qué 
decir a aquella pobre loca que en su 
extravío se me ofrecía, trasunto la- 
mentable de la bíblica Sulamita, co- 
rriendo los campos en la noche, pa- 
sando por delante de las majadas de 
los pastores y las garitas de los cen- 
tinelas, y queriendo atisbar por las 



rendijas de las celosías para ver a su 
amado? ¿Qué contestar a aquella pcH 
bre amada harapienta, de guedejas 
desgreñadas, con el oscuro manto de 
mendiga constelado de amarillas es- 
pigas? ¿A qué cámara nupcial condu- 
cir, entre antorchas y flores, a aquella 
pobre amada, necesitada de todas las 
maceraciones fragantes que ungieron 
la belleza de la reina Estea antes de 
ser recibida en los brazos de su espo- 
so? Yo no sabía qué hacer con aquel 
i cuerpo hermoso y lacerado que se me 
brindaba tan patéticamente. Y sólo 
una gran piedad henchía mi corazón. 
Ella me miraba inquieta, afanosa, co- 
mo atormentada por una duda : 

— ¡Oh, amor mío! — me dijo — . ¿Aca- 
so no podrías llevarme contigo? ¿Otra 
mujer, quizá, se interpondría entre 
nosotros? ¿Serías casado ya, y mi 
amor hacia ti sería tan sólo una lo- 
cura? 

Y su semblante expresaba una an- 
gustia mayor que cuando me contaba 
sus pavores en la casa. Se apartaba 
de mí, como si mi • contacto pudiese 
ser una abominación ; me miraba las 
manos, con el ansia de descubrir en 
ellas una alianza nupcial. Sus ojos 
expresaban un huraño recelo. Yo me 
regocijaba en mi interior de su con- 
goja, y pensaba : «No está tan loca 
cuando repara en estos pormenores, 
cuando este resabio de una educación 
púdica y virginal perdura en ella y 
aún tiene el sentido de lo decoroso 
y mundano.» Y con gesto triunfal le 
mostraba mis manos, despojadas de 
todo anillo, pobres y primitivas como 
una mano adámica, ornadas tan sólo 
del tatuaje de las venas ; y con mis 
manos, enteramente célibes, no pedi- 
das ni prometidas a ninguna criatura, 
perfectamente libres para ser ofreci- 
das y donadas, la atraía con ternura 
a mi pecho. Mientras, con mi voz más 
dulce, le decía : 

— No. Ninguna mujer se interpone 
entre nosotros. A ninguna antes que 
a ti he dado mi corazón. Como tú te 
arrancaste el ramo de rosas de la lí- 
nea visible de tu escote, en que tu 
pecho como una aurora temida al- 



294 



LA NOVELA CORTA ESPAÑOLA 



boreaba, y me lo diste libremente, 
así yo puedo arrancarme el corazón 
y dártelo, ¡ oh, mi amada ! No. Na- 
da. Ninguna criatura, ningún amor 
se interpone entre nosotros, ni siquie- 
ra una madre ni una hermana ce- 
losa, porque soy solo, enteramente 
solo, más solo todavía que tú. Si tú 
quieres, ahora mismo puedo tomarte 
en mis brazos y llevarte conmigo, y 
cogida de la mano hacerte franquear 
el umbral de mi casa, donde ningún 
trofeo de amor verías, sino el ramo 
de rosas, ya marchito; tu ramo de 
rosas, marchito ya en prueba de ser 
más delicado, sensible y frágil; más 
precioso, pues, que un corazón. Si quie- 
res, ahora mismo te tomo en mis bra- 
zos y te llevo conmigo. ¡Ahora mismo 
te llevo, amada mía! 

Hablaba con un ardor sincero, estre- 
chándola entre mis brazos, d