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itif^mbieyr 



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LOS OUATRO 
ROBiMSOMES 

lugucte cómico en tres ac 
G.« ALVARdZy 
MUÑOZ SECA 



K?—*.'c:^-9~ 



■^ y y' 7. 



i 



Año 111 Madrid t de E nero de 1918 Num. 56 

LA NOVELJI TEATRAL Director: José de Urquía 

^>^ GoBipíenyjntQ^de la Novela Corta fév 

// V HOlviéNAíE ALOSiNOVELlST>ftS ,fy 

^' ESPAÑOLES DEL SIGLO XIX ^^^,.^, 

La Noyei-a Corta, después de haber puesto a las clases populares en contacto con 

nue»tí^aros¡stas más esclarecidos, pana complementan su aposto- 

(aaélJlp(^iM[Éiigajnón iitenaría va a rendir un tributo a la 

MEMORIA 

de los más ilustres novelistas españoles del sí_gj1o XIX, publicando de cada uno 
dztWosUMASOLA OBRAzn el siguiente orden, teniendo preséntelas escuelas: 

NOVELA RüMA:jr. : \ 

X.ABRA.~EI Dnncel, HABTZEMBUSCH.— La hermosura por cas 

KSPBOJICEDA.— Sancho Sfildaña. figo 

PATRICIO D£ LA ESCOSUR A.-EI Conde GERTRUDIS O. AVEI.I.Aira:DA.-EI do 

de (.andes[5ina. nativo del diablo. 

aZARTINBZ BE r.A ROSA.-Doña Isabel de PASTOR DIAZ.-De Villahermosa a la China 

Solís. A IGUALS DE IZCO.-La Marquesa de Relia 
ENRIQUE GIL.— Rl Señor de Bembibre. flor. 

FERNANDiiCZ Y GONüALEZ.-La maldición NAVA RBETE.--Una historial de lágrimas. 

de Dios. FEREZ ESCRICH.-Ei Cura de Aldea. 

0RTrO.<4. Y TRIAS.- ¿Abelardo y Eloísa. PII.AR SINUES.-La ramu de Sándalo, 

NOVELA HISTÓ.TCA 

P. FATXOT.— Las ruinas de mi convento. NAVARRO VHiLOSLAD A.— D ofía Blance 

CANO VAS. —La camoana de Huesca. de Navarra. 

VIOCETO.--L0S hidalgos de Monfortc. AMOS DE ESCALANTE.-Ave Maris Stella. 

BAIiAGUER.~La espada del muerto. OASTEIiAB.— La hermana de la caridad. 

NOVELA NATURALISTA 

FERNÁN CABALLEKO.-La G wlnta. PEREOA.-AN POLOGIA. » 

BIiaUEL DS. LOS SANTOS ALVAREZ.- VALERA.-ANTOLOOIA. 

La protección de un sastre. CLARÍN. -ANTOLOGÍA. 

EL SOLITARIO.— Rscen i s andaluzas. SELGAS.— Nona. 

..XSSONERO ROMAXJOS.-Hscenas matri- ALARCON.-EI Ninode la Bola. 

tenses. ARTURO REYES.— Una novela. 

Tainbién rendiremos un homenaje a la memoria de los grandes escritores y poetas 
que escribieron narraciones en prosa. 
POE FAS 

ZORRILLA.— Recuerdos de tiempo viejo. BECQUER.-BI caudillo de las manos rojas. 

TRUEBA.—Cuentos campesinos. CABOLINA OOBONADO.— Sigea. 

ESCRITORES 

GANIVET.-Pio Cid. EUSEBIOBLASCO.-Una novela. 

SILVEAIO LANZA. "Medicina rústica. ALEJANDBO SAWA.-La noche. 

TABOADA.— Una novela. 

Para hacer más eficaz nunsfra obra cultural, estas grandes novelas extractadas 
irán precedidas de sembianzasliterariasescriíasexpresamenteparaestarevistaror 

La Condesa de Pando Baxán, RodnígusM Manín, 
Axonín, Manust Bueno y Gnistóbal de Gasino. 

Esíos números HOMENAJÍ5, serán exírao/dina- 
rios y ssí publicarán alternados con los niímeros 
corfientés de nuestros actuales colaboradores. 



Los cuatro Robinsones 



I 



EnriqíEd 



JUGUETE CÓMICO EN TRES ACTOS 
original de 

Gareía Alvarw y Pedro Muñoz Seca 



CONCHA OUKKHA 

SEBASTIANA 

ANGUSTIAS 

MAPy MACHS 

MARCELINA 

BLANCA 

RSMERALDA 

BIBIANA 

CARIDAD 

PIEDAD 

MARTINA 



PERSONAJES 

CASILDA 

LUISITA 

LEONCIO GÓMEZ 

VENANCIO LÓPEZ 

GERUNCIO SÁNCHEZ 

CRESCENCIO PÉREZ 

PEPITO 

CURRITO 

ARMANDO 

ALECOK 

ARENAL 



SANTIAGO 

ZALDIVAR 

EL CIPRÉS 

BIBIANO 

CAMARÓN 

ERNESTO 

EL GAYARRITO 

VILLALON 

MERCIERIK 

KALVBNIEP 



ACTO PRIMERO 



Cenador de un espléndido jardín en una quinta levantina. El cenador está cubierto por espe- 
sos parrales y está adornado con guirnaldas y farolillos a la veneciana. El lateral derecha, 
en sus dos primeros términos, está formado por la fachada de un suntuoso y elegantísimo 
edificio, con puerta en el centro. En el lateral izquierda, último termino, se ve el arran- 
que de otro edificio menos lujoso. Es de día. Época actual, y en el mes de abril, por más 
señas. 

Al levantarse el telón están en escena Sebastiana y Camarón. La primera, guardesa de la 
quinta, es una mujer como de cincuenta años. Camarón es un marinero joven y con cara 
de bruto. 



See. —(Junto a la puerta de la derecha escuchando.) Sí; están acabando de COmer 



Cam.— Bueno; pero oiga usted, Sebastiana. ¿De veras que no saben usíede" 
quienes son esos señorones? 

Seb. — (Dándose importancia.) ¡Hombre!... 

Cam.— Vamos, dígame usted lo que sepa de ellos. 

Seb.— ¿Me prometes no decir a nadie una palabra? 

Cam.— Hágase usted cuenta de que dialoga con una palangana. 

Seb.— Pues verás. Hace varios días recibió mi marido una carta del amo de la 
tinca, que como sabes, está en el extranjero, en la que le decía: «Apreciable San- 
tiago: es posible que en este mes se presenten en esa con una carta mía varios 
amigos entrañables que desean pasar en «El Rincón» una temporada Pon la fin- 
ca a su disposición.» Y en efecto, hace tres días se presentaron con la carta del 
amo esos cuatro señores y esas dos señoritas. 

Cam.— Bueno, ¿pero quienes son ellos? 

Sep..— Los apellidos no los se: pero por lo que he podido entresacar, el delga- 
do y alio es gobernador, el otro delgado y más joven es diplomático, el grueso de 
la perilla es general y ese otro, el de la cara tan seria, es nada menos que magis- 
trado de Audiencia. 

Cam.— Cámara y vaya una gentuza. 

Seb.— ¿Pero qué dices, Camarón? 

Cam.— Es que hablo en irónico. 

Seb.— Pues nada, que nosotros al verlos pensamos: estos señores v estas se- 
floritas, vienen aquí a pasar unos días de sosiego lejos del bullicio de la capital- 
pero, muchacho, no llevaban en la finca media hora cuando el TObernador que de- 
be tener cincuenta y seis corridos, empezó a pedir cazallay a gritar que le fueran 
por unas castañuelas. 

Cam.— Cámara, qué raro. 

•^*^5x~^l general gritaba; «a ver, que me traigan señoras que no pasen de los 
veintidós anos. -n t- v^o 

Cam.— No es un idiota, no. 

Seb.— El diplomático decía: «naipes, que vayan por naipes», y el magistrado 
SL^^''®'^'?. ^' í"f' circunspecto, rompió a gritar: «puesto que el plan es ese, que 
vengan guitarristas y bandurrieros acó mpañados de bailadoras, cantadoras y ma- 
leadoras que nos distraigan unas horas.» ~ 
canSr ~^ °>e^ "sted, ¿son de acá de la provincia de Castellón o son de Ali- 

Seb.— No lo sé; lo que puedo decirte es que llevan tres días de jarana, que no 
se como tienen cuerpo. ^ " '"> 4"'= »w 

„onHt^'~^^' ?"2 ^!*^^ señoritos se dijeron: vamos a correr una juerga; pero 
vamos a correrla hasta que sudemos la gota gorda, y si todavía no han roto a su- 
aar es que no sudan ni con salicilatos. ¡Quégentecita hay enel mundo! 
rr,o5.f ""v^ estoy muerta. Desde que llegaron no he pegado un ojo y mi pobre 
mandono hace más queír a la capital, con una barba postiza para que no le co- 

el S;tíníf '.ír.^^ ^^ ''?^^"f ' l"^'^,^^ P^""^ '^^ guitarras, bicarbonato para 
nnT o? . °' ^}^' ^^'^" y ^^^^ ^' pobrecillo cansado de una manera, que el día 
que se meta en la cama, la parte. 

SANT.-(Por la puerta de la derecha, hablando hacia el lateral.) Sí, señor; no se me 
Lenout ^^"*" ^" ^""""'^ ^^' ^^""^ ^^'^ ^ '^ "^^P^*"*'' ^^^^^ viajando más que 

Seb.— Escucha, ¿qué encargos llevas? 
CxSwd'r^.f^^'^A'^V''^ "'<í>^-^ Lo de siempre. Dos caías de amontillado Domecq. 
dP iímSn ^^ ^""^^^ Carvajal polvos de arroz marca «Miocholis» y esencia 
ocho primas ^^^''' ^^*^°''^^' "" ^^ P^»"*^ ^^1 barón a ver a dos tíos y traerme 

Seb.— ¿De quién? 
Donennlri^^h^ .Ih". K"'^^'"''''^^- ^VJ^^- 7 'o Q^e más me indigna es eso de tener que 
Aver ñ,P Lnínnfe ^%'^''^ "* "'f ^$. "-^H' ^"^ '"^ ^''' "^ P^^do saludar a nadie. 



Ven.— (En la puerta de la derecha. Es un señor como de cincuenta años; muy bien ves- 
tido, pero con una cara que da miedo.) Santia<íO... 

Sant.— Mande usted. 

VEN.-Se me había olvidado decirle que trajera bicarbonato y magnesia Bisop. 
be llega usted a la farmacia de Irigoyen y que le den un kilo del de sosa y tres 
irascos Bisopes. ^ 

Sant.— Está muy bien. 

Ven.— Ande, ande; no pierda el correo y aue no se le olvide nada. (Mutis.) 

Sant.— No, señor. 

Seb.— Escucha, ¿qué están haciendo ahora? 
_ Sant.— Ahora están de sobremesa, contando chascarrillos picantes. (Ríe.) Por 
cierto que el gobernador ha contado tres ¡mi abuela! Yo creí que echaba las tri- 
pas. (Ríe.) Bueno, el tío ese es más salao que una anchoa. (Ríe.) El del obispo 
(Se tronza de risa.) ¡Ay, mi abuela, el del obispo!... ¡Ja, ja ja' 

Cam.— ¿Cómo es, señor Santiago? 

Sant.— Acompáñame a la estación, y por el camino te lo diré. Verás oné cosa 
tan graciosa. (Vase, seguido de Camarón.) ^ 

,r^ A'~^'^f^° '^^ ^*^'^^^ '^^"^''"' s^suido de cacharrros que se rompen.) ¡Dios bendito' 
¿(:¿ue pasará? (Se acerca a la puerta de la derecha y escucha.) 

Cres.— (Dentro.) ¡Cochino! 

Ven.— (ídem.) ¡Sinvergüenza! 

Cres.— (Ídem.) ¡Borracho! 

Ven.— (ídem.) ¡Fuera! (Nuevas voces y un gran estrépito.) 

Seb.— ¡Ay! (Da un grito y hace mutis por la izquierda, último término. Por la puerta de 
la derecha entran en escena Crescendo y Leoncio. Leoncio frisa en los cincuenta años- es un 
señor elegantísimo. Crescendo, que tiene bigote y pera de general, es un señor bastante 
grueso, que ha cumplido también los dncuenta años. Viene nervioso, acalorado casi arras- 
trado por Leoncio.) 

(:REs.-(Habiando hacia el lateral, airadísimo.) ¡Eso! ¡Y SÍ no tiene usted costum- 
bre de ingerir bebidas alcohólicas, beba azahar! . . . 

León.— Bueno, esto se ha terminado: tu te sientas ahí y enmudeces. ¡Pues es- 
tana bueno! Keumrnos aquí cuatro amigos de la niñez para juerguearnos v salir 
ahora a trompada limpia, como, si fuéramos cuatro desarrapados 

Cres.— Es que me ha dicho... 

LEON.-¡Nada! ¡Se acabó! Tienes que hacerte cargo, que lo que él te ha dicho, 
no te lo ha dicho como magistrado que es, sino como Venancio López González 
y tu has debido escucharle, no como general de brigada que eres, -,ino como 
urescencio Pérez Gutiérrez, porque si yo presencio vuestra disputa como gober- 
nador civil de esta provincia, y no como Leoncio Gómez Fernández, dormís esta 
noche los dos en la jefatura. 

Cres.— Oye, ¿tengo manchado el chaquet? 

León.— Espera. (Lo mira.) Sí, aquí, en la espalda, tienes un poco de cabello de 
ángel. (Crescencio es onuy calvo.) 

Cres. — ¡Por vida!... 

León. -(Limpiándoselo.) ¡No te asustes; tienes muy poco cabello! 

Cres.— ¡Ese animal!... 

Ljon.— Reflexiona que tú, primeramente, y sin venir a cuento, le tiraste las 

Cres.— Poco a poco; le arrojé las vinagreras perqué me dijo que yo como mi- 
litar era un congrio y que ignoraba cómo se dirigía un convoy, y yo para demos- 
trárselo le tire las vinagreras; creo que estaba en mi derecho. 

León,— Bueno, afortunadamente no ha pasado nada; cuatro palabras huecas v 
un poco Je bencina. ^ 

Cres.— Lo que le ocurre a ese desdichado de Venancio es que en su vida ha 
corrido una jiierga, y es claro, no sabe seguir una broma. Anda, pues si le hacen 
lo que me hicieron a mí en Melilla cuando yo era teniente, mata a uno. 

León.— ¿Qué te hicieron? 

Cres.— Señor, una broma, y como broma habla que tolerarla. 

León.— Pero, ¿qué fué? 



Cres.— Nada, que una noche me metieron en un saco, lo ataron y me tiraron 

al mar. 

León.— ¡Caray! ¿Y eso es una broma? 

Cres. -Naturalmente que es una broma. Claro que me sacaron en seguida y 
me hicieron la respiración artificial, que era un deber de los bromistas. 

León.— Pues mira, si a mí me dan esa broma, claro que me hacen la respira- í 
ción artificial; pero yo le doy una bofetada a uno que lo dejo sin respiración. 
Cres.— Cómo se conoce que no has vivido en una academia. 

Qer^ — (Por la derecha. Es un hombre elegantísimo. Frisa en los cincuenta años, pero se 
da muchísima coba y p&rece un muchacho de treinta y cinco.) Pero, señores, ¿qué va a ser 
esto? Unos en el comedor, otros en el cenador y distanciados por una tontería. 
General, adentro. Conchita Guerra desea que penetres. 
Cres. -i Cómo! 

Ger,— Y quiere que cambies ahora mismo un apretón de manos con nuestro 
amigo Venancio. 

Cres.— Bien; sus deseos son órdenes para mí. 
León.— ¡Bravo! 

Cres.- Será obedecida. (¡Qué rica es! Esta Guerra me trae loco ) (Vasc por la 
derecha.) 

Ger.— (Consultando su reloj.) Parece que hoy se retrasan los guitarristas y los 
cantadores, ¿eh? 

León.— -Caramba, que se han ido a descansar esta mañana alas cinco y media, 
querido Gerundio, y estuvieron tocando y cantando diez y seis horas seguid! is. 
Como que ya a las cinco no se entendía al Gayarrito lo que cantaba; era i;.; ..;- 
mentó dormilón que daba pena: «Me trajo al mundo mi madre... Me trajo al ¡.hui- 
do mi madre...» Y no salía de ahí. 
Ger.— ¡Pobrecillo! 

León.— Para mí el cante flamenco es una lata; pero como a Conchita y a Mary 
les entusiasma... y estamos aquí con el solo objeto de que vean lo que es una 
juerga española... 

Ger.— Bueno, el que nos ha dado el camelo ha sido Venancio. Porque ói, 
cuando embarcó con nosotros, creía honradamente que íbamos a alta mar a pes- 
car bonitos. 

León.— Calla, hombre, si él era mi ilusión; porque yo pensaba, cuando ese 
hombre, que no ha salido nunca de sus casillas, vea que no vamos a pescar Iíoíü- 
tos, sino a pescar muchísimas merluzas en tierra firme, le vamos a tener que ama- 
rrar para que no se vuelva a Castellón y nos delate a nuestras familias; pero, sí, 
sí. Hay que verlo metido en jaleo. 
Ger.— ¿Y no has notado una cosa? 
León.— ¿Qué? 

Ger.— Que tanto él como el general se han enamorado de Conchita Guerra de 
un modo que me parece que vamos a tener pata. 

León.— Claro que vamos a tener pata, porque yo no consiento que nadie me 
pise el terreno. 

Ger. —¡Ah! ¿Pero también tú?... ' . ^ 

León.- ¿Pues por qué he organizado yo esta semana bucólica, querido Ge- 
runcio? 

Ger.— Te advierto, querido, Leoncio, que Concha Guerra es una muchacha 
decentísima. Un poco libre si quieres, algo excéntrica como buena aniericana; 
pero nada más. 

León.— Debe ser muy rica, ¿no? 

Ger.— Sí, es muy rica; pero vive sin ostentaciones ni lujos: excentricidades. 
Ya ves, toda su servidumbre se reduce a esa doncella yanke que la acompaña. 

León.— Como que cuando yo la visité en Castellón me extrañó muchísimo que 
viviendo en un palacio no tuviera por lo menos un mayordomo y algún botones 
para los recados. Tanto que yo se lo dije a mi mujer: qué raro que esta america- 
na no tenga por lo menos un par de botones. 
Ven.— (Dentro.) ¡Vivan los Estados Unidos! 
Voces.— iVivfi! 



Cres.— (Dentro.) ¡Viva la libertad! 

VocES.~(Dentro.) ¡Viva!... 
,,ío^.^r:r¡9°'".° ^' "° hubiera pasado nada. Ahí los tienes en el furor de la or- 
fcn. ' ' *'"'" en procesión. ¡Qué sinvergüenza.! Y toSo para ver lo que 

..n .Yr'~v°^"^''^-^ ¡Señores, la marcha real!... (Tararean todos la marcha real Entran 
en escena Venanco y Crescencio conduciendo en una silla a Concha Guerra, una A' ganS 

zi^^sz::;:io:z^:: ^'^-^ "^^^- ^°"-"^ --- --^ '- -^ - ----- 

CoNc— Basta, seíiores, basta. (La dejan en el suelo.) Cada vez me siontn m',« 
orgu losa de haber acompañado a ustedes a esta deliciosa cuch^ndit- Son us- 
rí í.'"^ ^ "1'^"*^' y "^"y atraycntes. E! ras^o del general vTl magMradS es- 
trecnándose las manos respectivas después dll bron?azo. les honrry les enalte- 
ce a mis OJOS, general... (Le alarga la mano.) ^ "^'^^ 

Cres.— (Besándosela.) ¡Qué dulce!... 

CoNC— Magistrado... (Le alarga la "mano.) 

Ven— (Besándosela.) ¡Qué azucarada! 

cLT.-¡Vena°ndoT.""^'''' ^^'^"^ ^"' ^'^^^^ ^^ ^'^'Pa»- ^sa pasajera nubécula. 
Ven. — ¡Crescencio!... (Se abrazan. Aplauden todos ) 
Cjer.— Es usted encantadora. 
León.— Ideal. 

Seb.— (Por la izquierda, último término.) Señoritos .. 
León. —¿Qué ocurre, simpática Sebastiana? 
Seb.-Los flamencos, que piden su venia para entrar 
Ven.— ¡Gracias a Dios! 
to iS'~'^^'' ^""^ flamencos: ¡viva Andalucía! (Esta Mary habla oon marcado acen- 

^^r^?Iuí!!T retrasado un poco, habrá que imponerles una multa. 
.VI ^/^- y^^^ usted, señorito, si se mira b en, los pobres tienen disruin-i 9p hnn 
Ido de aqu. muy cerca de las seis, después de la-tocate y fa cant^^ta de to^^^^^^ 
v5?,ítn°,í' / ^"'"'^^ ^^ ^^^' y ^^ *«^« í^ "oche de antes de ayer creo que dGa 
ffmi lo r?*^^'"?''^y.^^'^"'"^"*''^^°"'í"e «" señora estaba aíSándolefa 
familia Claro no lia podido pegar los ojos y trae un sueño aue a! Dasnr ñor pT 
lardin ha saludao a una estatua de Neptuno. ^ ^ ^^^ ^' 

León.— ¡Caray, pues es confundir! 

vivprf?;7j "° '^'* '^'^'^ "^í"* í*^ •^^'^o ^'enen Currito el Guasa y el Cinrecito aue 
trros%t;:s^"quTsVc\1n'^ '"'^«^^'^ ^ ''^" *^"'^" ^-^« estrmXgada:??^- 

tas d" iáT.'iquI SX'"'" ' '"' ^'''"' ^"^ *^'"''^" «^ "^^^" ^'"C"^"t« Pese- 
nen^ya:"^^""'^""^" ^''" " "*^"' '^^"¡^^da.) ¡Chist!... ¡Eh!| Artistas!... Ahí vie- 

Leon. —Sebastiana, que nos preparen el café. 

bEB.— Sí, señor. (Se va por la puerta de la derecha.) 

MARY.-(Mirando hacíala izquierda y entusiasmada.) ¡Oh, el ffarbo de Andalurfa» 
(Por la izquierda entran en escena Currito (el Guasa), el Gay^rrl o^y el Qprés tts tfpo 
achuladísimos. Ciirrito trae una gritarra. Entran con un gran abandono co„ los oios hincha 
dos y con un sueño que no se pueden tener de pie.) ^ °^'^^' 

Los tres.— (A un tiempo.) ¡Saiú! 

León.— Adelante, señores. 

Us V7á. -Esítand""' "' """'" """ "•" ""'="'' 8«°'^- 
CoNc— Mary, ya ha oído. 

rech^)'"''''"^^'''^''"'"^'""^ ''°*'^"^ ^e «cañitos». En se^uidito. (S. -a por ia d©. 
Ger.— (A los tres.) Sentarse. 
3^^-~íí Currito.) No sentarse que os aceporráis. 

UUK.— 1 íes rasón. 



UON-Oiga, carrito, dse acordó u.ted ^^_^^^^^ p^^__ 

encargué? _ „„, „..eia mu igaalita que he «""",■ f°'„sjao velando a uu 
,orS^lSt^uSSBe¿r^?r;XresS'e-í.rra.a„ en San 

tío SUYO que na mueriu 

P' Ven -íT^mbién el tío era bailarín? 

Srl-álnSfseSaí^'.o™^/-^ 

TÍo No hav más remedio. (Se sienta.) 

G^v.-(Trist.n,ente)Ques^j^ pisarme cl pie derecno, v 

cui5S;;5í?-SS¿TíS^'f^- 

ro vo'!'/i01é! (iiace mutis tocando.) 

'León. -(- ¡ga. Ciprés. o-rarinsa v algo pica- 

C,..-Manduste, señó alegría nueva. ?r/¿^^!^¿e uSceV 11o- 

Leon. -Supongo que t. aera us.^^3t^^^ ^^ ^,,^3 eoplas, capacts 

-t\^^SaAS '"' ^t 1 Ushalnventao uno auele disen el Bequer. 
;:S^^s^^SrSjriuS-¿^sconmovedora. 

El verdugo está apretando 

ifl argolla al ajustisiao; 
Iha^da^reñltaysincovuertas 

y el reo está preocupao. 

Mi madre estacón er tifus. , 

mi muié con pormoina. 
Ss hilos con la gangrena... 
perdonad que no me na... 

■'^S'^'clray.MUÍgesotanU^^^^^^ 

HrÍSSSSSeS^'s^iS^n.e.eabi..a,.anda„.ee 

^:J:r^fo!Tv:r .i ñor. anin,au,os. 

r>^-'^;í r Se c«„.an.o , b.üa„do «rotc.ca,n.„le e„ .n.-.» - 

\^ h: '^* ^^ *■* " ' 



En la Torre del oro, mamita, 

'••ay un letrero...- 

Hay un letrero. 

en la Torre del oro, 

en la Torre del oro, mamita, 

hay un letrero. íTodos le jalean.) 

Hay un letrero, 

un letrero que dice... 

En la Torre del oro, mamita, 

hay un letrero... 

Vrn. Caray, que pesadez. 
Crfs, (Como antes.; 

Hay un letrero. 

en la Torre del oro; 

en la Torre del oro, mamita, 

hay un letrero. 

Hay un letrero, 

un letrero que dice... 

fe»; 't:"JZf"' "■" ^''"y y^ "«"<"<■■ Crescencio! 

Un letrero que dice, mamita, 
Llevad ia izquierda. (Risas.) 

Lno.N.— Anda y que te maten, lK>ml)re. 

Gni;:I¡oíe""'^" ''''''* '" ''^"'"'"''"•^ Ahí están las hermanas Pandoras. 

León.— ¡Viva la alegría! 

Vení — ¡Fuera penas! 
Lkon.- Svi'acabó la tristeza. 

MHrSrnr!."'^'""'!f ".""''" ''' '"^^'^'-^ Q"^' entréis ustedes. (Entran n^ escena Bibiana y 
Mdrc,l,na, dos muchachas cmk, de veir.tc año». Bibiana e.s muy alta y Marcelina muv Salí 
Las^K. venen con n.anto., üc luto rigu.o.o y con una. caras I tristeza quedan lltimS 

A\arc. ( i^*^'"' señores! (Todos, a! verías, se quedan en una pieza.) 

Ven.— La pareja no es tan igualiía, conjo decía 

LE0N.-(I3ibiana y Marcelina se miran y se echan a llorar.) ¡Carav' éOué les nasa? 

BiB.-Ustedes perdonen la tardanza, pero venimos üdcioVanto de darl^ 
sep>artura a un tío nueslro. que en puntosa corazón era uno d"éTcíf clrse apóí 

Var^:%:^^^¿':,^''- ^-^'e descompuso la cara ni tanto así; 

BiB.— (Secándose las lágrimas.) ¡Tío de mi arma! 
Co\c.~ ¡Pobrtrciilas! 

u«ides''ü¡sSádas"- ''^"^ '' '' '"'" "'"'' '''"''•' "^'^"^ "'=^'l"^^-«= V '^^n 

''>iB.— jAy, no seño! 

Marc— Una cosa no quita a la otra 

ven' v«vT""p5''^' ^- - ^''" ?-^'"^- íA^^^'^'^'dose a Bibiana y abrazándola.) Vava, io 
ven, vaya. Resignación cristiana y conformid-id con lo que ei cielo disoone 
B.B.-(Llorando siiendosamente.) ¡Gracias, caballero' ^ ^ * 

P.l'^'^v i"''^''-"'^''-/ ^."^y "í"^ aguamarse, porque así es la vida. 
fciB. — Ya lo se, caballero. 

^T'"~S^IT^'''''^ ^""^ ^''''""■^'* "^"^ ''^ ^'^'^- «Abrazándola.) Durísimos. 

'in. OÍ, otÜlO, Si. 

Vf N'.— (Ahruzundu a Marcrliiia.) Y a U-^ti d Íí)ví.i- .^,.MÍf,> 1,^ /-i;,-!, i 

/ I ci u. iLu, jv>vci¡, rot)iio 10 <1k ¡lu a su hermana. 



Resignación, mucha resitrnación, etcétera, etcétera... y también durísimos. (Saca 
un pai\uelo y .se seca una lágrima que no tiene.) 

BiB.— En fin; que Dios lo haiga perdonao. A nuestra obliííación. (Se- quitan los 
mantos.) Currito: templa y dale a la prima. 

León.— De ninguna manera. En ese estado de ánimo, sería inhumano... May 
que respetar el dolor. (Pretendiendo abrazar a Bibiana.) Llore sobre mi pecho, pobre 
joven. 

BiB.— (Retirándole con la mano.) Muchas gracias, caballero... 

Leon'.— (Contrariado.) (Este Venancio las ha escamado. Siempre llego tarde.) 

Marc— Currito, acompáñame esa canción andaluza tan en boga. Dejarme es- 
pacio. 

Ven.— Bien, pero no jalearlas mucho, que están de pésame. (Música. Bibiana y 
Marcelina, a compás de las castañuelas, bailan tristemente, gijnoteando, unas tristísimas se 
guidillas. Al ruido de las castañuelas sale Mary, y ella sólita, iunio a ¡a puerta de la dere- 
cha, baila también remedando aún más tristemente, el triste baile de ¡as Pandoras. 

CoNC— Muy bien; muy artistas, muy interesante. 

Marc— (Suspirando.) Muchísimae gracias. 

SeB.— (Por la derecha.) Los señores tienen dispuesto el café. (Se va por la iz- 
quierda.) 

León.— Pues vamos. 

Cres. — (Ofreciendo el brazo a Concha.) ¿Conchita?... 

Ven.— (ídem a Bibiana.) ¿Dolorida joven?... 

Ger.— (ídem a Marcelina.) ¿Eximia bailadora?... 

Marc— (Llorando.) ¡Ay, mi mare! 

BiB.— jVirgencita mía! 

Bib!*^ ( í'-'o''^"'^^) Tío de mi corazón. 

Los cuAT'ío.- ¡Viva la alegría! 

Tonos.— ¡Viva! ¡Viva la juerga! (Mutis todos por la derecha menos el tocaor y le 
cantaores, que se han quedado dormidos en un rincón al foro.) 

Mary. — (Tocando las castañuelas muy mal y haciendo mutis con paso de sevillanas y 
canr.audo.) 

Arenal de Sevilla, y ola; 
Torre de un loro... (Vase.) 

Seb.— (Por la izquierda, último término, seguida de Arenal, joven bastante elegante.) Yo 
no sé si me regañarán por pasarles este recado, pero si el asunto que le trae es 
en efecto de tanta gravedad... 

Are.— De una gravedad enormísima, señora... Corra o más bien galope. Yo, 
de la estación a esta villa he tardado cinco minutos. Así estoy, que cada poro de ' 
mí cuerpo es un salto de agua. 

Seb.— Pues voy en el acto. (Se oyen dentro grandes carcajadas.) Ya ve usted la 
alegría que reina. 

Are.— Esa alegría no ha de durar ni cinco cuartos de segundo. Vuele. 

Seb.— Sí, señor. (Vase por la puerta de la derecha.) 

Are.— (Advirtiendo la presencia de Currito, Ciprés y Gayarriío.) ¡Pobre gente! ¡Pos- 
trados de sueño! Bueno, las bacanales aquí habidas durante estos días habrán su- 
perado a las que celebraba Lúculo y Petronio, aquellos des distinguidos juerguis- 
tas de la Roma pagaha. Ahora, que el remate que voy yo a poner a estas orgías, 
se le ocurre a don Victoriano Sardou y se catalepsia. Porque lo que les sucede a 
estos cuatro ormásticos, todavía no lo ha peliculeado monsieur Pathé Freres. En 
tm, la autoridad, que no es idiota, resolverá. 

.^ /'EON.— (Por la derecha, con «na botella de champagne y una copa en las manos.) ¿EhP- 
¡Cómo! ¡Arenal! ¿Usted?... (Sebastiana cruza la escena y se vapor la izquierda.) If 

Are.— (Inclinándose.) Señor gobernador. 

León.— Suprima las zalemas y los tratamientos, que ahora no son del caso, y 
beba ante todo una copita de la simpática y apesadumbrada viuda de Clicot. (Le ' 
sirve.) 



Are.— Un mil!ón de gracias. (Bebe.) 

León. -Bueno, ¿qué ocurre en Castellón oara que usted, fnfrin'Wendo mi <íi^ 
vens.r.a consigna, venga a interrumpir el jol-orio a que estoy entregado^ 

ARE.-dncimándose de nuevo.) Señor gobernador entregaao, 

León.— Otra copita. 

Are.— (Después de beber.) Otro millón. 

León.— Diga. 

Are.— Señor gobernador. Óigame su excelencia y atérrese. 

León.— ¡Demonio! ¿Qué sucede? 
.of Í^'1?^"'V^ Iiistoria. Ustedes, para justificar este juergazo que ñor rps- 

peto no adjetivo de escanda oso, dijeron a sus resDectivn^ famíiíLc ^a^ ; 
nocidos y subordinados que embarcaban en e v^oí ¿SquSo «A^é^icó^ VesSu" 
5u"íoTrl'"'''' '" '"' "^'' ' "^ ^^^^^ '^«' bon¡to^ue'usZ?s\;S ^^L'^dS" 

León.— ¿Cómo que lo era? 

Are.— Que era bonito. 
León.— Bien; adelante. 

nor'^íc'fT^?^^''^^''^" "'*^'^''^!" ^' «Américo» y fueron despedidos en r»! muelle 
por las familias, amigos, conocidos y subordinados k^uíuus en ci mueiie 

León.— Muy cierto, ¿y qué? 
-ofA^IV"^' «Américü Vespuciü» atracó aquí a las seis horas, dejó a ustedes en 

León.— Exactísimo. |^H 

Are.— Bien; pues lo que ustedes ignoran es que al dia siguiente el «Vp<,niirin« ^H 

cluKó^con una mma a la deriva y se hundió para' siempre eSfSndode^Xite- | 

LEON.-(Con la mayor naturalidad.) ¡Pobrecillos! ¡Tan simpáticos aue eranf iVál ? 

^orio^^ib^' a"mand J 'Ó'JÍ^" ''"f "^^ ^''° ^^ '' PnS' bon^trqu?pe jJran " 

ofrece Olía copa.r '^ ^'''^'^" ° ^' '^ ''''^' ^"^"^° ^^^'"^'= Libe, libe. (U 

LEo'Ñ~^DTa''Cr'''- ^ '^''''' "'^ '*'^^° ' P"""^"*^^' '^^^' gobernador, 
tirli?^.^*""^^*'"*'''^ ^'" excelencia en la importancia de cuanto acabo de transmi- 

León.— ¡Hombre!... ¡Pchs!... 

LfiON.-iCaruy, qué titulares!... ' 

Are.— Lea, lea. 

León.— (Leyendo.) «Catástrofe marítima. Castellón de luto El vannr ^m^r/^« 
í^e5^«ao naufraga y perece toda latripulación.... ¡Pobrea" os' (ÍS w<F! /íí? 
entisimo señor gobernador de la provincia, don Leoncio Gómez Fe^ná^J^T 

Are.— Lea, lea... 



•as respectivas cabezas unos negros crespones qoe les negarán hasta los taco 
nes vdoíTstequeno rimo. lY lo que es peor!... Sí, señor. Peor que lo de lOo 
creVones iOVe habrán corrido nuestros escalafones!. . Y continuo sin runas. 

Gres.— Esto es horroroso. 

León.— ¡Espantoso! 

Ger.— ¡Tremebundo! 

Ven.— ¡Tragiquísimo! (Quedan pensativo».) , . ^ , * o 

León.— ¿De manera que ustedes se han percatado bien de la raagnitudí»... 

GiíR.— ¡Y dale, Leoncio! 

Gres.— ¡Qué pesadez, caray! 

Ven.— Y digo yo: solución verosímil para este problema logarítmico. 

Gek. —¿Solución? . 

Ven.— Sí, solución. Pensemos. (Quedan pensativo».) ^ 

Ger.— Es claro... 

GerÍ Porque si nos presentamos vivos en nuestras cosas es que no íbamos 
en el cÁmérico Vespucio» al irse a pique. 

Qer^ÍÍy sSbLos en el «Améríco Vespucio» hemos tenido que correr la mis- 
ma suerte que su desgraciada tripulación. 
Ven.— Aplastante. 

León.— Es horroroso. (Piensan nuevamente.) 
Ven.— Una idea. 

VE^-Ño^pudmioríraos a pique, y al caer al fondo... ¡Fijarse bienl 

VEN^^^Iua¿7a"fondo, como os digo, vernos unos buzos que estaban pes- 
cando esponjas y sacarnos a los seis rápidamente. 
Cres.— ¡Varaos, hombre! 

LEON'^ÍTe críe?' túf Lima de cántaro, que se va a tragar nadie eso de que los 
buzos no sacífroí nada más que a los seis y ni por casualidad extrajeron a un ma- 
rinerito? 

LEONT-cJmo'^magistrado, atontas; pero ¡caray! fuera de la magistratura eres 

un torrezno. 

Ven.— Pues hay que pensar. 

Gek.— Claro; ideas, ideas. 

Gres.— Yo tengo una... 

Yej^ — \ ver, que la expenga. . j a 

Pope —npcía aue teneo una zozobra que me desencuaderno. , ^ 

qS -Yo cílo^que no^tenemos más salida que confesar nuestra calaverada, ^^ 

sea lo que Dios qitiera. 
León.— ¡Eso nunca! 

CREs'::^ü^mls! Antes un fusilamiento decoroso: PO^^»f,iS« tf^.^ff^^^l^'; 
gar pueden solucionarse con el divorcio. ^^'.^¡^±^^ ^'^S^^^'^ chulk^ di loS 
que ocupamos? .'Podrían ustedes afrontar el ridiculo y resistir í«s cnuTias ae jo» 
queridos amigos y de los aborrecidos enemigos? 

So^'Sn'tS'^ía muerte. El rWículo, en política, no se perdona jamás. ¿Qué; 
diría de mí doí Miguel VUranueva. mi jefe, y con el geniecito que tiene y lo amar^ 

gadísimo que está? r^ , . -i 

Gres.— ¿Y qué dirían de mi en Palacio? ^ 

vS -A mí quien me.preocupa es mi mujer. Toda una vida P^dicando morali 
dad V salirme por peteneras. Bien es verdad que yo no tengo culpa. \o no teng 

^"' tl^iueZ^bueXoS^^^^ decir sandeces.sino de pensar una soludé, 



Ven.— Pensemos, pensemos... (Piensan todos.) 

León.- -(Como iluminado.) Ya está. 

Todos.— ¿En? 

León.- -Ya está; y colosal, enorme, monumentónico. 

Cres.— ¿De veras? 

León.— Claro, hombre; si ¡o qtie no se le ocurre a un gobernador liberal no se 
le ocurre a nadie. ¡Estupendo! 

Qek.— Desembucha. 

León. — Abrazedme . (Le abrazan.) 

Ven. — Sí, pero... 
, León.— Abridme una suscripción para un bronce... 

Ger.— Acaba de una vez, hombre. 

León.— Oído. Nosotros íbamos en ol «Américo Vespucio» con rumbo a ese si- 
tio denominado las Roqueras, próximo a las islas Columbretes, ¿no es cierto? 

Ven.— Sí. 

León.— íbamos para Castellón. 

Ven.— ¿Cómo para Castellón? Todo lo contrario. 

León.— Quiero decir que en Castellón pensaban así. 

Ger.— Justo; continúa. 

Lhon.— Muy bien; pues viene el naufragio, se hunde el «Américo Vespucio» y 
queda flotando sobre las aguas una frágil canoa salvavidas. 

Cres.— ¡Caramba! 

León.— Nosotroe la ocupamos rápidamente con algunos viandas, salvamos he- 
roicamente a Conchita y a Mary, remamos a la ventura, vemo.s tierra, sallamos a 
a ella, oramos al Altísimo por el milagro de nuestra aalvacióti, inspeccionamos el 
lugar y comprendemos que nos hallamos en una de las deshabitadas islas Colum- 
bretes. 

Ven.— Esto es una novela de Richesbourg. 

León.— Bueno, ¿qué os parece? 

Ven. —Muy mal; porque, ¿cómo se enteran de que estamos en esa isla desierta 
y cómo volvemos a la península? 

Ger.— Es verdad. 

León.— (A Qentndoj Eres el torrezno compañero de éste. 

Ger. — Pero... 

Cres.— Alto, señores, que Leoncio no ha dicho ninguna tontería. La primera 
parte de este novelón, sirve. Ahí va la segunda parte, vamos a ver. ¿No ha veni- 
do tu secretario? 

León.— Sí. 

Cres.— ¿Ño es un hombre de tu confianza? 

León.— Se mataría por mí. 

Cre.s. —Bueno, pues ese es el encargado de decir dónde estamos y de contar 
la que nos ha ocurrido. 

Ven.— No comprendo, 

Cres. —Verás. Nosotros fletamos ahora mismo un vaporcito, nos embarcamos 
con las provisiones y ütiíes necesarios como para quince dias, más vale que so- 
bre que no que falte, nos dirigimos tranquilamente a una de las islas Columbretes, 
nos quedamos allí, regresa el barco y aguardamos en la isla a que nuestras fami- 
lias o el propio Gobierno manden por nosotros, (Se miran todos sin saber qué con- 
testar.) 

Ven, —Bueno, yo creo que estás loco, Crescendo. 

Cres.- Si serás bruto. 

Ven.— Lógica. ¿Por quién se enteran de que estamos en la isla, vamos a ver? 

Cres.— Por el secretario de éste. 

Ven. —Y el secretario de éste, ¿por quií'-n lo sabe? Lógica. 

Cres.— Eres más candido que un caracol. El secretario de éste se lleva de 
aquí una botella con un papel denti o que diga: «Náufragos del «Américo Vespu- 
cio» nos encontramos abandonados y desfaüecitíos a los cuarenta y un grados de 
latitud y en una isla desierta que sospechamos sea una de las Columbretes. ¡Pie- 
dad y socorro!» 



I 



Lfon.— A ver si creen que son dos sofioras. 

CfiEs.— No, hombre; piedad y socorro, punto y luego nuestros nombres, cua- 
tro puntos. ¿Qué 08 parece? 

León.— ¡Estupendo! 

Ver. — ¡Colosalísimo! 

CRES.—jAdmirable! 

LEON.—Claro, mi secretario, paseando por la playa, encuentra casualmente la 
botella, se informa de su contenido, lo comunica a nuestras tamilias, envían por 
nosotros, nos ialea la prensa... 

Ven.— Quedan los escalafones como estaban... 

ÜER.— Y hasta puede que nos den una cruz. 

León.— ¡De orimera! (Baila.) 

Gres.- ¡Eufeka! (Baila.) 

Ven.— ¡Ya está! (Baila también.) 

León . —Hay un inconvenien te. 

Ven.— Leoncio, no asustes. 

León.— Es indispensable que Conchita y su doncella embarquen con nosotros. 

Gres. -Naturalmente. 

Ven.— Ya lo creo. 

León.— Y yo me pregunto: ¿querrán? 

Ven.— Aunque no quieran. ¡Tuviera que ver! Por las buenas o por las malas. 

Ger.— Embarcarán por las bucíias; respondo de ello; porque si aventurera es 
la una, más aventurera es laotra.y la idea de pasar varios días en una isla desier- 
ta entregados al más original de los jolgorio-s, es de una novedad como para ten- 
tar a un abúlifo. Yo me encargo de comunicarles nuestro plan. 

León.— Pues vuela. 

Ger.— Ahora mismo. (Vase por la derecha.) 

Ven. — (Llamando.) ¡Sebastiana!... 

León.— Hombre, sí; dile que cierre nuestras maletas y gratifícala. Yo voy a 
poner a mi secretario al coiriente de todo. (Vase por la derecha.) 

Seb.— (Por la izquierda.) Mande usté, señorito. 

Ven.— Oiga usted, nosotros nos vamos ahora mismo de esta casa, quizás para 
siempre. 

Seb.— ¡Cómo! ¿Tan pronto? 

Ven.— Tome estas do.scientas pesetas por las molestias que les hemos causa- 
do. (Se las da.) r^ , „ 

Seb.— ¡Doscientas pesetas!... (Conmovida.) Pero caballero... 

Ven.— No hay tiempo que perder. Tenemos que marcharnos velozmente. Cie- 
rre nuestras maletas y que las lleven al embarcadero del muelle. 

Seb.— Ahora mismo. (Llamando hacia la izquierda.) ¡Camarón! Ven acá. 

Cres.— Bueno, corro a ocuparme de lo de! barco y de las provisiones, etcéte- 
ra, etc. En la casilla de los peones camineros hay teléfono. Hasta ahora. Nos re- 
uniremos en el mnelle. . ^ » » 'j -. o, «„ 

Seb.— (A Camarón, que ha entrado en escena por U Irquierds.) Ayúdame, llama- 
ron. 

Cam.— Sí, señora. (Hacen mutis por In puerta de la derecha.) 

Vfn . — (S-atisfcchísimo.) Muy bien; muij requetebién. Claro, que el disgusto que 
tendrá mi familia a estas horas... Mi mujer, puede que no; pero en fin... 

CONC— (Con IVlary y Genmcio, por la derecha, Eüle trae la boiella con el papelito.) 
¡Admirable! ¡Es una idea admirable! 

^¡;^KY.— ¡Oh! Muy divertida. Yo me llevo mis castañuelos. 

Ger.— Están encantadas, querido Venancio. Vamos a pasar los ocho dins mas 
nf^;r;idables de nuestra vida. ¡Ah! Tenemos que llevarnos alguna escopeta y car- 
tuchos. 

Conc— Sí, y una caña para pescar. . 

Ven.— Caramba, es verdad; la pesca es mi sport favorito; que no se nos oi- 

Leon.— (Cor. Arenal, por la derectiü.) Bueno, mi secrrrnrio está ya al corrienío 'S 
todo y está conforme con todo y lo hará todo ai pie de ta letra. 



Ger— .(Eiitregr.ndo la botella a Arenal,) Señor Arenal, aquí tiene u- ted la botell.'.v 
con el papeliío dentro. 

Are.— Muy bien. 

Qer.— Mañana se va usted a la playa y simula encontrársela. ;Por Dios, Án 
nal, que nuestras vidas están en sus manos! 

Ven.— (Viendo a Arenal.) ¡Cómo! ¿Pero este sinvergüenza es tu secretario? 

Are.— ¡Señor López! 

Ven.— ¿Este canalla? 

León.— ¡Venancio! 

Ven.— ¡Miserable! ¡Lo asesino! (Le da un puntapié. Los demás U 

Ger.- ¡Pero Venancio! 

Are.— i ¡Señor López!! 

Lbon.— Caray, tú, no nos comprometas; que va a ser nuestro snlvador. 

Vh.\. — Ese bandido no se casa con mi iiija mientras yo viva. ¿Lo ha oído usté : 
bien? 

Ger.— Vamos, Venancio, vamos, cálmate. 

León.— No le haga usted caso, amigo Arenal; está un poco excitado, y... 

Ger.- Bueno, en niarrlia. 

Cono.- Ea, a las Columbretes. 
• León.— Vamos. 

Ven.— Vamos. 

Mary. — ¡Viva la juergo! (Risas. Sc van Concha, Mary, Venando, Leoncio y Cre8ce^ 
cío por la izquierda.) 

Ari-:.— Conque sinvergüenza, y canalla, y miserable, y encima un puntapié. S- 
hn caído usted, señor López. (Jurando.) Antes de seis meses me he casado con Es 
mertíldiva. ¡Mírelas usted! (Leyendo !a etiqueta de ta botella.) «Agua de la Tinajilla 
San Feliü de Llobregat. Devolviendo el casco se abonan diez cántimos.» Ya ten- 
go para cerillas. (Telón.) 



ACTO SEGUNDO 



Trozo de una de las islas Columbretes. Una i&!a ¡írida, rocosa, estéril. En el fondo, derecha, 
perspectiva del no muy auchuroso pero sí tranquilo Mediterráneo. A la izquierda, último 
término, y ocupando parte del foro, hay una roca de cierta elevación, con meseta en lo 
alto. En esta roca hay una cueva, cuyo fondo se pierde en el lateral, y cuyo hueco de 
entrada estará <^rente al espectador. En el primer término de !a izquierda se inicia otra 
rampa rocosa, que se pierde dentro. En el lateral derecha, primer término, rompiente de 
rocas, y en segundo término una especie de tienda de campaña, bastante mal construida, 
con lonas y telas en mal uso. Estacas con cordeles y ropa blanca tendida; un anafre junto 
a un hogar hecho de toscas piedras; un montón de latas de conservas, ya vacíaf;, utensilios 
de cocina y algunas cajas de madera, que sirven de asientos, completan ia decoración. 

Ha!) transcurrido tres meses desde el acto primero. Estamos, pues, en pleno Agosto con un 

Í.0I de fuego y un calor achicharrante. Venancio, Leoncio, Qeruncio y Crescencio que se 

teñían en Castellón (Geruncio sobre todo), han agotado en la isla sus provisiones de tintes 

y ungüentos, y tienen los cabellos y demás ramificaciones peludas en un estado de cani' 

-CIO lamentable. Tambica !as ropas han padecido lo suyo. Leoncio, dura.nte todo el actf 



estará ^ >tiisa, con chaleco y un sombrero pavero de Conchita, al que ha 

quitado los adornos. Crescendo y Qenincio, con americana y sin chalecos y con sombre- 
ros flexibles con las alas hacia abajo, y Venancio sin chaleco ni americana, es decir, en 
mangas de camisa y con un gran sombrero hongo negro. 

í 

(Al levantarse el telón están en escena Concha, Mary, Leoncio y Crescencio. Concha, senta- 
da ante la gruta; Mary, acabándola de peinar. Crescencio ante la tienda de campaña, tum- 
bado y dormido, y Leoncio en lo alto de la roca del foro mirando al horizonte con un teles- 
copio.) 



CoNC— Qué, ¿ve usted algo, amigo Leoncio? 

León.— Nada, Conchita; lo mismo que ayer, lo mismo que hace tres meses: el 
cielo y el mar. 

Mary.-— ¡Oh! ¡Esto es horrible!... 

CoNC— ¡Espantoso! 

León.— Y lo peor es que no tiene trazas de cambiar. Hay para volverse loco. 
Ese sinverfíüenza de Arenal nos la ha jugado de puño. En fin, hay que tener re- 
signación, porque si encima de lo que nos ocurre nos desesperamos... 

CoNC— Tiene usted razón. 

León.— ¡Caracoles! 

Mary.— ¿Eh? 

Cof:c.— ¿Qué le pasa a usted? 

León.— ¡Caracoles! ¡Que veo caracoles! ¡Qué hallazgol 

CoNC— ¿Pero es cierto? 

León.— (Recogiendo algo del suelo.) Mary, súbame una lata de esas para echar en 
ella estos providenciales moluscos. (Mary obedece.) 

CoNc— Oiga usted. ¿Serán comestibles? 

León.— Ya lo creo: todo lo que se puede comer es comestible. 

CoNc— Digo si no serán venenosos, porque ya ve usted lo que nos ocurrió 
ayer con esos peces que trajo don Venancio, que por poco no fallecemos todos. 

León.— Calle usted, que he pasado yo una nochecita... Y nos dijo e! muy bes- 
tia que eran unos peces riquísimos y que se llamaban panchos. No; esta clase de 
caracoles me es conocida. Ahora que éstos son más pequeños. Sí: éstos deben ser 
carccoüllos. 

CoNc— No mefío. 

León.— Mire usted, haremos que los pruebe Crescencio; si se envenena, los 
tiramos, y si no se envenena, pues ya tenemos un plato novísimo. 

Mary.— Buena falta nos hace, porque ayer, mal que bien, hubo panchos; pero 
hoy... 

León. — Esperemos sin desesperar. Venancio ha salido de pesca y Geruncio 
anda con la escopeta por ahí. Quién sabe si volverán con algo suculento que nos 
resuelva el problema del día. 

Conc— ¡Dios lo quiera! Estoy extenuadísima. Ayer, y gracias a ¡a ocurrencia 
de Mary, no sucumbí de debilidad. 

Mary.— ¡Oh! Fué una ocurrencia portentoso. 

León.— Caramba, ¿pues qué le hizo? 

CoNc— Me hizo papillas. 

León.— ¡Caray! ¿Con qué? 

C^ONC— Con los polvos de arroz que teníamos para el cutis. ¡Oh! Estaban ri- 
quísimos. Echó en la cazuela hasta la borla. 

Mary.— ¡Oh! Era un sabor a violeta... 

León.— (Conmovido.) Crea usted, Conchita, que el pensar que usted sufre, el 
verla resignada, pero con la mueca del dolor en su semblante, es lo que hará que 
mi razón se extravíe para siempre. 

CoNC— Bueno, ¿pero qué habrá ocurrido para que no venga nadie a reco- 
gernos? 



León,— No lo sé, Conchita, no lo sé. Eso mismo me pregunto yo, y me exalto 
sin saber qué contesiarme. ¿Murió Arenal al día siguiente de partir nosotros y no 
ha podido cumplir nuesiro encargo? Cabe en lo posible. ¿Vive y ha querido ven- 
garse de Venancio? Cabe en lo humano. No sá, no sé. Lo cierto es que llevamos 
cerca de tres meses en esta isla, que hemos as^otado nuestras provisiones, y eso 
que eran abundantes, que hemos limpiado la costa de cangrejos y ostiones y al- 
mejas, y que si Dios no hace un milagro... 

CoNc— Lo hará; no hay que pt;rder nunca la esperanza ni la fe, amigo mío. 

León.— iOh! Es usted nuestro ángel consolador. 

Cres.— (Soñando.) A ver, camarero, que me sirvan la perdiz estofada; esteso- 
lomillo no se puede ingerir. 

LiiON.— ¡Deñi^raciado!... 

Cres.— (Como antes.) ¡Ole por las seguidillas! jVivan los movimientos volup- 
tuosos! 

León. — Ahí lo tiene usted, soilando con solomillos y con seguidillas! Ahora es 
feliz; pero debe ser horroroso el despertar de ese hombre. 

CoNc. — Es verdad. Bueno, Mary, coja usted los avíos y vamos a las rocas de 
aquella punta a ver si encontramos algún marisco. 

Ckes. — Vamos. 

CoNC— Hasta luego, Leoncio. 

León.— Hasta luego, Conchita. 

Mary.— (Con mi garrote en la mano.) Como yo divise un cangrejo lo hago puré. 
(Hacen mutis por la derecha, último termino.) 

León. — ¡Dios quiera que Geruncio haya cazado aunque sea un mirlo, porque 
estoy de mariscos que si alguna vez vuelvo a Madrid he jurado no tomar un can- 
grejo aunque me reviente andando. 

Ger. — (Por la izquierda. Trae una escopeta y un morral.) BuenO, estos pájaros de 
estas latitudes saben Algebra. (Deja el morral y la escopeta.) 

León.— ¿Qué te ocurre? 

Gex.— Nada, que traigo un humor que no me lo quita ni el arsénico. 

Leun.— Pero, ¿qué veo? ¡El morral vacio!... 

Ger.— Completamente vacío. 

León.— (Con el morral en la mano.) ¡Qué morral! ¿Quieres decirme qué has he- 
cho desde las seis de la tarde que te fuiste? 

Ger. —¿Qué he hecho? Pues pegar tiros a todo lo que veía, ora terrestre, ora 
aéreo; pero como no me quedan más que cartuchos con bala» es muy difícil. Mira, 
a medio kilómetro de aquí, y en esa laguna que forma el manantial, vi cuatro pa- 
tos hembras que debían ser riqui.simas. Mientras apuntaba pensaba loco de júbi- 
lo; «hoy me presento a esos con ciiatro patas y menuda juerga». 

León.— ¿Y qué? 

Ger.— Que disparo, pum, pum, y nada, 

León , —¡Válgame Dios! 

Ger.— ¿Ha ido Venancio a pescar? 

León.— Sí. < 

Ger.— Me figuro que Crescencio andará por ahí buscando huevos de gavio- 
tas, ¿no? 

León.— No. 

Ger . —¿Pues dónde está? 

León.— Alu' lo tienes roncando como un clérigo y soñando con solomillos. 

Ger.— Bueno, este Crescencio es un garrafa. (Se dispone a despertarle.) 

León.— Déjale, hombre. Ka pasado una noche infernal. Como tuvo la suerte 
de que le tocara el pancho más grande, pues su cólico ha sido mucho mayor que 
el nuestro. Como que yo creí que las liaba. Se ha pasado la noche en un gritOw 
Yo, al principio, creí que cantaba una habanera, porque le oía chillar: ¡Ay; pan- 
cho, pancho!... Pero, si, sí... 

Ger.— ¿Y tú qué has visto desde tu observatorio? 

León.— Nada; olas y más olas. Ni un palo, ni una ligera espiral de humo. ¡Na- 
da! Mar y cielo; ima tragedia. 



Ger.~¡Y pensar que esíainos a cuarenta niülns de Casíc;llón!..i' Btiono, no qui- 
siera yo más que coger a ese Arenal en esta piaya. \ 
Lt-ON.-— Lo raro es que no pasen barcos cerca de aquí. 
ÜER.— ¡Qué han de pasar, hombre! Con lo peligroso que es acercarse a estos 
islotes, rodeados de riscos... 

León.— Entonces, tu crees que... 
Ger.— Dos cartuchos me quedan, querido Leoncio; los que hay en la escope- 
ta. Uno de ellos está reservado para mí. 
León.-— ¡Qeruncio! 

Ger.— Sí; soy cobarde;me aterra la ¡dea de una muertelenta.de una muerte por i 

inanición. Antes de que llegue esa hora fatal, me levantaré la tapa de los sesos. [ 

León.— Harás bien. Así te evitarás torturas. (Por la derecha, último término, entraf 

en escena Venancio. Trae una caña de pescar y un canasto. Viene con un marcuúisimo ges?- 

to de vinagre. Tira la caña, tira el canasto, se sienta y se limpia el sudor.) 

León.-- ¡Qué! ¿No has pescado riada? 

Ven.— Sí. 

León.— ¿El qué? 

Ven.— Un reuma. 

Ger.— ¿Y nada más? 

Ven.— Y unas calenturas intermitentes. Tomadme el pulso. 
Leon/-- (Pulsándole.) Pues es verdad. Estás algo febril. 
Ven.— De hambre. 

Gres.- ¿Y teniendo ese hambre te vienes con las manos vacías? 
Ven.— No será porque no ríe he pasado cuatro horas en una peña con la caila J 
en ristre, el anzuelo en el mar y gritando cada vez que veía un pez. ¡Badila fué ,] 
un coloso!... ¡«Agujetas» un héroe! ¡Y los Calderones dos epopeyas! 
Ger.— ¿Y para qué decías esas tonterías? 

Ven.— Para animarles a ver si picaban; pero se conoce que los peces no en- 
tienden de toros. 

León. — Hombre, quién sabe; por lo menos hay un pez al que le llaman el ppz 
espada. 

Ven.— Bueno, el caso es que no han picado más que mi amor propio y que el 
último anzuelo que me quedaba... 
Ger.— ¡Qué! 

Ven.— Se lo ha llevado un pez gordo, que debía saber hasta Trigonometría. 
Mordió, se tragó el anzuelo, partió la cuerda y asomó luego el hocico como di- 
ciéndome: ya puede usted hacer de esa caila un par de flautas, porque para lo 
que le va a servir... No he visto en mi vida un pez más salado: debía ser un aren- 
que. 

León.— ¡Santo Dios! 

Ven.— Menos mal que Gerundio habrá traído algtín volátil, porque yo he oídc 
disparos. 

Ger.— ¡Algiín volátil! Sí, sí... Ni una mosca. 
Ven.— ¡Retrucha! ¿Pues qué hacemos? 
León.— Tu verás. 

Ven.— Es que yo tengo una debilidad que me muero. 
Ger.— Toma, y yo. 
Cres.— (Despertando y bostezando.) ¡Ah!... 

Ger. — (A Crescencio.) ¡Vamos, hombre! ,, 

Cres.— (Incorporándo.se.) ¿Qué hora es? - j 

Ven. — Las nueve y media. 

Gres.— ¡Caramba, me he dormido como un lirón! ¡Claro! ¡Me he pasado des- | 
píerto toda la noche por causa del dichoso panchiío! Fiueno, ¿y qué hay de menú. , 
¿Tenéis algo? 

León.— Tenemos hambre. 

Ven.— Leoncio, desgraciadamente para nosotros, no es hora de chuflas, sino 
de pensar muy seriamente la resolución que hemos de adoptar. Estamos exte 
luados. 

Ger . -Extenuadísimos, 



Ven.— Extenuadísimos. Llevamos dos días casi como los camaleones: el por- 
venir es pavoroso, La muerte nos acecha y a nosotros no debe arredrarnos. Ahora 
bien, nosotros no podemos consentir, de niní^una manera, v)id!o bien, de ningnna 
manera, que esas dos infelices criaturas mueran de hambre. 

Qer.— Eso sería una villanía. 

León.— Una vileza. 

Cres.— Una acción indigna de cuatro caballeros. 

Ven.— Conforme: por eso hay que deliberar y que resolver. 

Lecn. — Tenéis razón; deliberemos y resolvamos. 

Ven.— Sentarse, Vamos a celebrar el más grave y acaso el último de nuestros 
consejos. (Se sientan todos.) Esta vez yo me erijo en presidente, no por ser el más 
viejo, que de esn habría mucho que hablar, sino porque este consejo se celebra a 
mi instancia. Un momento. (Se levanta, toma un bote de lata vacio, echa dentro una pie- 
dra y lo agita.) Aquí está la campanilla. (Agita el bote nuevamente.) Se abre la se»ión. 
Hablemos de lo que verdaderamente iníeresa. ¿Qué hacemos? La situación no 
puede ser más angustiosa. /Queréis que muramos de inanición y poco a poco? 

Ger.— ¡Eso nunca! Dos balas me restan. Con una de ellas me levantaré la con- 
sabida tapa. 

Ven.— Me parece admirable la idea de Geruncio. Ese suicidio heroico resolve- 
ría nuestra situación durante una semana, y una semana más de vida es un alivio. 

Qer.— No comprendo. 

Ven.- Pues está claro como el cristal de bohemia. Tti te suicidas y nosotros... 
¡y que Dios nos perdone!... rindiendo un forzoso culto a la antropofagia, te hace- 
mos cuartos y nos alin:entaremos ^e ti. Aliora, esta idea nos parece monstruosa; 
pero mañana, cuando el instinto de conservación despierte a la fiera que todos lle- 
vamos dentro, nos parecerá la cosa más natural del miindo. 

León.— Por cierto, querido Geruncio, que debes tener unos rifiones, que bien 
salteados... 

Ger.— ¡Basta! Yo admito las bromas hasta un grado superlativísimo; pero bro- 
mas macabras no las tolero. 

Ven.— ¡Ah! ¿Pero ttí te crees que esto es una broma? ¡Estás fresco! Esto, den- 
tro de una hora, es una realidad apabullante. ¿Tenemos acaso otro porvenir? ¿Hay 
otra soltición?... ¡Habla! 

Ger.— Nada, señores, rectifico. Pongo esa bala a vuestra disposición. Como 
sé que aquí hay quien no me puede tragar... no quiero perjudicar a nadie. 

Ven.— (Agitando el bote.) Pues bien, compañeros de infortunio, no hay más re- 
medio; todos tenemos que morir, esto es axiomático; pero sucumbamos por turno. 
Lo que no ha ocurrido hasta hoy puede suceder dentro de quince días; puede pa- 
sar un barco, advertir nuestras señales y recoger al que sobreviva. 

León,— ¡Ojalá! 

Ven.— ¡Ojalá, sí!... ¡Ojalá alguno sobreviva para que pueda vengarnos a todos 
sometiendo a Arenal a la más cruenta de las torturas, causándole la más horrible 
de las muertes... ¡Ah!... (Muerde ai aire.) 

Cres.— Sí, muy bien, querido Venancio; pero, ¡caramba!, eso de la antropofa- 
gia... 

Ven.— No hay más remedio. Uno de nosotros tiene que ser la primera víctima, 
y como lo verdaderamente recto y natural es que nos sorteemos, sorteémonos, 

León. — (Que ha estado fijándose y palpando a Crescencio.) Pido Ifl palabra. 

Ven,— La tiene su señoría. 

León.— Yo creo que el que debía ofrecerse galante y voluntariamente al sacri- 
ficio es Crescencio. Está bastante llenito, y administrándole bien tendríamos para 
una quincena. 

Ven.— Quien lo duda, 

Qer.— Ya lo creo. 

Cres.— Pues os engañáis de medio a medio; estoy llenito, no lo niego; pero 
todo esto que veis es fofo; linfa que llaman los galenos; agua que decimos los hi 
dráulicos. 

LnoN.— (Palpándole un muslo.) ¿Quién te ha dicho a tí que estas mollas son agua? 

Ven.— (Abitando el bote.) Orden, señores. ¿Para qué discutir? Encuentro muy 



humano que Crescencio se defienda como un titán; yo me defendería como dos. 
Aquí, io correcto es que la suerte designe quién ha de ser la víctima. ¿Os parece 
bien? 

Gres.— Hombre, nos resignamos, puesto que no hay más remedio, pero pare- 
cemos bien... 

Ven.— Pues sobre la marcha. Escribiremos nuestros nombres en cuatro pape- 
litos iguales, echamos los papelitos en mi sombrero; uno de vosotros, Crescencio 
si os parece, sacará un papel y el nombre que acuse será el de la víctima que se 
inmole. 

Qer.— Perfectamente. 

Gres.— ¿Os parece bien que sea yo el que insacule?... 

León.— Desde lueg-o; da igual. 

Gres.— Perfectamente. Antes, con vuestro permiso, voy a beber un poco de 
agua. Lo que me habéis dicho de las mollas me ha resecado un poco la garganta. 
Hasta ahora. 

León.— No bebas mucha, ¿eh? Por si acaso... no acumules linfa. 

Gres.— Seré parco; un buche y vuelvo. (Se va por la derecha.) 

Ger.— Aquí están los cuatro trozos de papel completamente iguales. 

Ven.— (Siguiendo a Crescencio con la vista.) ¡Sí! ¡El hifiemo me favorecel 

León.— ¿Que dices? 

Ven.— ¡Silencio!... Ya no se le ve. 

Ger.— ¿Eh? 

Ven.— Señores, tengo una idea magna. 

León.— ¿Tú? Guál. 

Ven. —Claro que es una idea villana y crimina!, pero al mismo tiempo os sal- 
vadora. 

Ger.— ¿Qué dices? 

Ven.— Escribamos en los cuatro papeles el mismo nombre. 

León.-) p. -, 

Ger.- )^^^^ 

Ven.— Crescencio Pérez Gutiérrez. De ese modo, él será la víctima forzosa- 
mente. 

León.— ¡Oh! Eso es un crimen, Venancio. 

Ger.— ¡Una acción indigna! 

Ven.— Conformes. ¿Pero tú quieres conservar la vida hasta última hora? 

Ger.— Hombre, eso sí, ¡qué diantre! 

Ven.— Pues sólo tienes ese medio. 

León.- En parte, tiene razón Venancio. Puede tocarnos la china aunó de 
nosotros, y... 

Ger.— Sí; mirado bajo ese punto de vista... 

León.— Además, que Crescencio, diga lo que diga, es el más mantecoso; por- 
que, caray, si las víctimas somos tu o yo, a ver qué van a comer esos infelices. 

Ger.— No hablemos más. Conformes. 

León.— Desde luego. 

Ven.— Venga un lápiz. 

León.— Toma. 

Ven. — Aguarda. (Escribe.) Ya está. 

Gek.- ¿Has escrito en todos lo mismo? 

Ven.— Sí, hombre; no desconfíes, caramba. Léelos. 

Ger.— (Leyendo ios papelitos.) Crcscencio Pérez Gutiérrez, Crescencio Pérez 
Gutiérrez, Crescencio Pérez Gutiérrez y Crescencio Pérez Gutiérrez. Está muy 

bien. . rjx 

Lpon.— Trae que los doble. (Toma los papeles y los vuelve a leer.) Crescencio Pé- 
rez Gutiérrez... Crescencio Pérez Gutiérrez... (Los dobla.) 

Ven.— ¿Otra vez? Caramba, Leoncio, que parece que no estamos entre caba- 
lleros. Echo los papeles en el sombrero, y a ver cómo nos las arreglamos para 
Que no desconfíe. 

Ger.— Silencio, que viene Crescencio. ¡Pobrecillo, tan simpático como es!... 

León.— Y tan buen juiütar. 



mm 



Ven.— Y tan di2;no, porque eso hay que reconocerlo. 

Cres.— (Por dondt; se fue.j Qué, ¿habéis hecho ya las papeletas' 

Ven.— Ya están en el sombrero. Han ''^ido vi;?tas y revisadas por todos. 

Cres. — Basta entonces; no dudo de vosotros. 

Ven.— (¡Qué digno!) 

León.— (¡Es un caballero!) 

Qer— (¡Infeliz!) 

Cres.— Procedamos a la insactilacií^n. í\,;iía el sombrero, Venancio. 

Ven.— (Lo hace.) ¿Listan bien agitadas? 

Cres,— Tan afeitados corno nosotro.s. 

Ven.— ¿No! Tan agitados como tú; yo estoy tranquilo. Y si la desgracia me hi- 

ra la víctima, me veríais romo ahora, sereno, inmutable, con una leve sonrisa 
ibujada en mis labios, y con un solo pensamiento en mi mente: muero por sal- 
ar momentáneamente a dos señoritas y a tres compañeros, qué digo compaíle- 
)s, a tres hermanos. 

Cres.— (Conmovido.) Muy bien, Venancio; ese heroísmo que te honra me ha 
jnmovido hasta lo más profundo de mi ser. ¡SefioresI Hagt) nn'a» las frases de 
enancio López González, y deseo que el que sobreviva las esculpa en una de 
jas piedras. Acaso algún día, con esa misma piedra hagan un bubto en su hoio- 
[lusto. 

Ven.— Gracias, Crescendo. 

Cres.— Bien, Venancio. (Se abrazan.) ¿Puedo sacar el papelitn? 

Ven. — Sí. (Coloca el hongo sobre una piedra. Leoncio, Ov-rinciu y Venancio se separan 
I poco y se cruzan de brazos. Cresccncio tranquilamente, meíe la mano en el sombrero, 
icu un papel y lo entrega a Venancio.) ¿Eh? ¿Qué haces? 

Cres. — Lee tú; yo no podría. 

Ven. — (Desdobla el papel mirando a Crescendo coii lástima, lo lee y dice gritando.) 
Mi abuelo!! 

León.— ¿Cómo tu abuelo? 

Ven. — (Mirando a Crescencio como loco.) Es que... 

Qer.— ¿Qué? 

Ven.— Es que aquí dice Venancio López González. Es decir, yo... üYoü (Sigue 
írando a Crescendo.) 

León.— ¿Cómo? (Toma el papel y lee asombrado.) ¡Venancio López González!... 

Cres.— No sé de qué os asombráis; uno de los cuatro tenía qué ser. 

León. --¡Ciaro! 

Ven.— (Este sinvergüenza ha hecho trampa.) 

León. -(¡Nos la ha dao!) 

Qer.— (¡Vaya un vivo!) 

Ven.— (¡Y después de mi discursito heroico!) (Coge e! hongo y se lo encasqueta 
n papeles y todo.) 

Cres.— (Se ¡o han tragado, menos mal.) (A Venancio, un tanto coamovido.) Venan- 
Q de mi vida. Te juro por mi honor, que siento con toda mi alma que hayas sido 

el designado por la desgracia para servir de pasto a nuestra voracidad. (Venan- 

. Leoncio y Qeruncio, se miran.) Yo estaba in mentí rogando ai Altísimo que se sir- 
era designarme a mí. No ha querido; respetemos sus designios. Resignación, 
■«nancio... (Le abraza. Venancio se deja abrazar sin dejar de a:irar!e.) 

León.— (Abrazándole.) Venancio, resignación. 

Ger.— (ídem.) ¡Estaba escrito! 

Ven.— ¿Cómo que estaba escrito? 

Cres,— Bueno, y ahora pregunto yo, ¿le matamos, o se suicide? 

Ven.— (Caray, que esto se pone s¿riü.) 

Cres.— ¿Eh? ¿Qué os parece? 

León.— Hombre, yo creo que se debe snlcidar. Es lo más acei iaüo. Asi, al me- 
)s, nos evitará un remordimiento y un cargo de conciencia. 

Ger.— Desde iuego. 

CRfcS. —Entonces. . . 

León.— Sí. Toma, Venancio (Le da le escopeta.) 

Ven. — P^^ro... 



León,— Para evitarnos el triste y dosaj^raílable espectúcnlo de tti agonía, teí 
In bondad de irte a aquellas lomas. Allí te disparas y... ¡que Dios te perdone! 

Vt:N. — (Mirando a todos.) Pero... 

Lhon.— Allí me mataréi yo también en su día. (Abrazándole cotimovido.) f Adiós,. 
Venancio! \ 

Cíi:r.— (ídem.) ¡Adiós, Venancio! 

Crks.— (ídem.) ¡Venancio! (Le empuja cariñosain-^iite y se seca una lágrima.) 

Ven. -(Ha hecho trampa, pero no puedo habi.ir. ¡Dioá mío, ilumíname, aunqu< 
sea con una pajuela!) (Mutis.) 

Lkon.— (Volviendo a leer el papel.) ¡Venancio López González!... Está claro comÉ 
un mediodía de Agosto, claro. (Mirando a Crescencio.) (El instinto agudi»a la inteli 
gencia. No puedo afearle su proceder, porque al fin y al cabo, yo era cómplice d 
la otra trampa.) 

Ger.— ¡Pobre Venancio. Quién le iba decir cuando embarcamos que era aqu^ 
su último viaje. 

Cres.— ¡Nc somos nadie! 

León.— Menos mai que su familia lo lloró ya hace tres meses. Bueno, en ( 
próximo sorteo el que saca el papelito soy yo. 

Grr.— Lo que más le apenará es sucumbir sin haberse vengado de ese Arena 
que Dios confunda. 

Cr;ii8. — ¡Silencio! Conchita y Mary, llegan. Ocultémosle lo que ocurre, porqu 
abites de comerse a Venancio preferirían morir de inanición. Si os parece, y par 
que no les choque, les diremos que hemos cazado un animal rarísimo. 

Ger.— Sí; no está mal. 

Cres.— Pero si preguntan por Venancio... 

León.— Le diremos que Venancio, debido sin duda a la anemia, se ha marchí 
do diciendo palabras incoherentes y corno perturbado. Cuando escuchemos ' 
tiro, decimos que se ha suicidado en un acceso de locura y ya veremos luego. 

Cres.— COilforme. Disimula. (Entran en e.^cenM Concha y Mary, dando muestras d| 
gran cansancio y de gran abatimiento.) 

CoNc— ¡ Ay! Vengo que materialmente me caigo. (Se sienta.) ¡Qué calor! ¡Y qu 
hambre!... \ 

Mary.— (Tirando los útiles qne se llevó.) Ni un cangrejo, ni siquiera una mala laí 
gosta. (Se sienta.) 

CoNC— Qué, ¿han sido ustedes más afortunados? ¿Hay provisiones o nos e^ 
pera otro día como el de ayer? ¡ 

León.— No, encantadora Conchita; hoy somos felices. 

CoNC.—¿Eh? ¿Ha habido caza? 

León.— Una caza muy grande,.. Aquí,., el amigo Crescencio ha dado muert^ 
a un animal. 

Mary.— ¿De veras? 

Lfon . —Sí, amiga mía, sí. Hoy vamos a comer carne. 

Mary . —¿Y de qué animal es? 

León.— (A Geruncio.) Pregunta que de qué animal es. 

Gek,— Pues de,.. Tú, Leoncio, que eres algo naturalista. I 

León.— Pues es de un animal... (¡Perdona, Venancio!) Es de un animal que os^ 
cüa entre el buey y el búfalo americano. 

CoNc . -Es raro que haya búfalos en una isla tan árida y tan rocosa como ésta; 
porque el búfalo es un animal que necesita pastos jugosos y sólo pernocta en 
bosques espesísimos. i .* 

León.— Verá usted; el caso es que yo no sé si es o no es búfalo, porque. 
¿eh? El tamaño, y... 

Mary. --¡Oh! Yo se lo diré en seguida. ¿Dónde está? ^.^it. 

Ger.— Le... le hemos descuartizado en el rnismo sitio donde le mató Cresc» i 
ció. Ahí cerca. "W' 

CONC— ¿Sí? 

Cres.— Sí; a cuatro leguas de aquí. 

León. —Sólo hernos traído un trozo, así como cuarto de kilo... 
Ger. —{El tiro no suena.) 



CoNc. — Lo principal es que tenernos que comer. 

Mary.— ¡Y carne! ¡Gracias a Dios! 

Lf.on.— (A Crescencio.) Oye, tú, ose ganso no se suicida. 

Gkr.— Pues como se arrepienta, ayunamos. 

Cues. —¡Cal Lo mato yo. 

CiER.— (¡No se le ve!) (Mirando hacia la derecha.) 

Gres.— (Aparte a Leoncio.) Mira a ver si está ya en las lomas que le indicamos. 

León. - Espera. (Sube a la roca del fondo y mira con el catalejo.) 

CoNc. — ¡Ay. Dios mío! ¡Cuándo ternu'nará este angustioso destierro! 

Ger. -Quien sabe, Conchita, acaso muy pronto. 

Mary. — Voy ya perdiendo la esperanza. 

Cres. —(Aparte a Leoncio.) ¿Le ves? 

León.— No. 

Cres. — ¡Miserable! 

León. — ¡Cobarde! 

Ger.— (Mirando hacia la izquierda.) ¡Sinvergüenza! (Suena dentro un disparo.) 

León. -(¡Por fin!) 

Ores.— (¡Gracias a Dios!) 

'Ger.— (¡Dios le haya perdonado!) (Suena otro disparo.) 

CoMC.).p:.^ 

Maby.)*^^^*^ 

León.— (¡Recontra, se está rematando!) 

Cres. -(Se conoce que no acertó la primera vez.) 

Ger.— (¡Es un héroe!) 

CoNc— ¿Pero Venancio anda de caza? 

Mary.— ¡Qué tiros son esos! (Bajan de la roen Leoncio y CreacRuclo.) 

Ger. — Esos tiros son... ;Son!... 

León.— Recemos por su alma, amij^os míos. 

Cres.— Sí; recemos. 

CoNC— ¿Eh? ¿Pero qué sucedel 

Mary.— ¿Qué ocurre? 

León.— ¡Ay, Conchita!... Ocurre un melodrama sangriento. \ 

Cres. — (Aparte a Leoncio.) No le vayas a decir... 

León.— (A Crescencio.) Confía en mi imaginación. 

CoN'C— ¡Dice usted que es un melodrama? 

León.— Si. Desde el observatorio he visto a Venancio dispararse dos tiros en 
a cabeza. 

Maky.— iJesiís! 

CoNC— ¡Virgen Santa! 

León.— Lo ocultamos para no apesadumbrarlas, pero Venando ha perdido 
ista mañana la razón. Hace un instante salió de aquí dispuesto a matarse, y ya su 
Ima habrá comparecido ante el Sumo Juez. 

Mary. -¡Qué horror! 

León.— Gracias al catalejo he sido testigo de su muerte. Saltaba de roca en 
oca como una alimaña, elevando los ojos a la altura y esejrimiendo la escopeta 
omo si estuviese corriendo la pólvora. De pronto, se detuvo al borde de un 
icantilado, apoyó la culata del arma en el suelo, dio con el pie al gatillo y dis- 
►aró. 

Conc— ijesüs! 

Mary.— ¡Qué jira más trágica! 

León.— Yo creí que se había levantado la tapa de los sesos, pero no. Volvió a 
isparar y vi cómo oscilaba, cómo abría los brazos y cómo cafa desde el acantíla- 
lo al mar. 

CoNC— (Cayendo de rodillas.) ¡Dios del cielo!... 

Gkr.— (Aparte a Leoncio.) Describes que sensacionas. 

CsEs.— ¡Al mar!... Ni aun siquiera tendremos el consuelo de dar honrosa se- 
mltura a su cadáver. 



ra 



(! 



m 



León.— (Aparte a Crescendo.) Bueno, ¿quién se lo va a traer? 

Crf.s.— Tú. 

Lt..,3^ -.¿Y^v» Considera que debe estar bastante lejos y yo con esto de los ca 

líos no puedo. 

Mary.— ¡Pobre don Venancio! 

Cono.— ¡Tan simpático como era!... Amigos míos, somos cristianos. Dediquen 
mos a su alma una corta oración. 

Mary. — Sí. 

Cres.— La merece. 

Qer.— (Esta Conchita es un ángel.) 

CoNc— Arrodillémonos todos. (Se arrodilla.) Un padrenuestro por su eterna 
descanso. Padre nuestro que estás en los cielos... | 

Todos.— El pai! nuestro de cada dia... (Aparece Venancio por entre las rocas. Trael 
la escopeta en bandolera y en cada mano un pájaro muy grande. Al ver a los demás, que es- 
tarán de espaldas a él, se detiene.) 

Ven.— (Caracoles, ¿qué hacen?) , 

CoNC— ¡Dios mío, acoge en tu seno el alma de Venancio López (jonzalez. t a| 
dre nuestro que estás en los cielos. . . , r. 

Vj-N,__(¡Qué risa! Estos idiotas creen que me he suicidado. Bueno, son m 
tontos que los merengues.) 

CoNC— Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo... 

ToDOs.-Por todos los siglos de los siglos... 

Ven.— (En alta voz.) Amén, Jesús. (Tüdos caen de bruces,) 

(^ONC— ¡Dios santo! 

Mary.— ¡Ay! 

León.— ¿Pero qué es esto? 

Cres.— ¡Venancio! 

Ger.— ¡No se ha matado! 

Conc— Pero, ¿no se ha suicidado usted? 

Vee.— ¿Yo? ¡Estaría yo loco! 

Todos.— ¿Eh? 

León.— ¡Caray!, y trae dos pajarracos! 

Ger.— ¡Dos pájaros grandísimos! 

Cres.— ¡Eureka! (Baila.) 

León.— (A Venancio.) Pero escucha, '•cómo ha sido? 

Ven.— Pues verán ustedes. Yo me iba a suicidar; eso ya lo saben ustedes. 

Ger.— ¿Nosotros? 

Ven.— Claro. ^ ,, • 

León.— (Haciéndole señas.) Nosotros no sabíamos nada, Venancio. 

Ven. -¿Cómo que no sabían ustedes nada? 

(Jres.— (Haciéndole señas también.) Que no sabíamos nada, caramba. 

Ven.— (Cayendo en la cuenta.) j Ah! Es verdad. ^ í 

León.— Continúa. ^ ^ a . ■'■ 

Conc— ¿Pero qué tiene usted en ese o]0? (Por un ojo que trae amoratado.) _ 

Ven.— Nada, que resbalé, caí y me he dado un golpe. No tiene importancia. 

León.— (A Concha.) ¿Ve usted? Cuando cayó le estaba yo observando con el ca-, 
taleio: por eso pensé: está loco. (A Venancio.) Prosigue. ^ j 

Ven.— Bueno, pues yo me iba a suicidar y al mirar al cielo en demanda de per- 
dón por mi insensatez, vi cernirse sobre mi cabeza esta tontería de plumitero. NU 
oché la escopeta a la cara y ¡pum! en mitad del corazón. 

Ger. — ¡Qué bruto! . ^ ^ x ^^ 

Ven.— Lo cojo, oigo en el aire un ruido extraño, miro, y ésta otra sande 
apunto y ¡zas!, en mitad de la cabeza. 
León.— ¡Qué bárbaro! ¡Qué ojo tienes! 

Ven.— Sí; se me está irritando muLhísimo. , . ,, • u , 

Conc— Bueno; un hurra de honor para el simpatiquísimo Venancio, jiliurri 
Todos.— ¡¡Hurraü , .. 

Conc— Porque con estos dos pájaros y el búfalo, tenemos ya comida para 

quince días. 



í 



Ven.— ¡Recuerno! ¿Pero tienen ustedes un búfalo? 

Mary. — Un bi^f;i!o enorme. 

Cono.- -Ha sido una hazaña del s;:enera!. 

Vkn.— Pero, ¿cómo no me lo han dicho ustedes? ¿Y dónde está? 

LEON.—AhiVa... unos cuantos kilómetros. 

Ven.— (Entusiasmado.) ¡Hay Dios!... ¡¡Hay Dios!!... Arenal es un miserable y 
juestras familias se están portando con nosotros como para retorcerles el pes- 
uézo, pero el Altísimo no nos desampara. ¡Ea! A ver los trébedes. Vengan los 
fébedes. Hay que asar estos pajarracos en seguida. 

Mary.— Sí. Vamos. 

CoNC— Vaya usted desplumándolos, Mary. 

Mary. — Corriendo. 

CoNC— Ayúdeme usted, Geruncio. 

Ger. —Ya lo creo. (Mary se sienta en el foro y simula pelar las aves. Geruncio amontó- 
la un poco de leña y Concha ci-loca el trébedes, etc., etc.) 

Ven. (Aparte a Leoncio.) ¡Chico, pero qué suerte! ¡Un búfalo! Pues adminis- 
ándülo bien, tenemos no para quince días; para un mes. 

León . —No seas canelo, hombre. 

Ven.— ¿Eh? 

León.— Eso del búfalo es una patraña que le hemos colocado a Conchita y a 
|\rry para justificar el plato de carne que le íbamos a daf . 

Ven.— ¿Pero il^an u?>íedes a darle carne? 

León.— Caray, pareces tonto, Venancio. Claro que íbamos a darle carne: !n 
|iya. 

Ven.— ¡Ah! Ya caigo. De manera que ese búfalo era yo. 

León . — Naturalmen te. 

Ven.— Demonio, pues si no mato ese par de grullas o lo que sean, menuda 
pancha. 

León.— Figúrate. 

Ven.- Bueno» no me negarás que eso del búfalo es bastante depresivo. Podías 
aber dicho otro animal cualquiera. 

León.— ¿Qué animal iba a decir, Venancio? Ponte en razón. 

Ven. — Sí, lo comprendo: pero es depresivo. 

CoNc— ¡Válgame Dios! Ahora que me acuerdo; anteayer se acabaron las ce- 
illas. 

Cres . —Pues buena provisión trajimos de ellas. 

CoNc — Sí; pero todo se acaba en este mundo, y especialmente en esta ijla. 

Ger . —¿Y qué hacemos? 

León.— Por mí... Yo soy capaz de comerme estos dos pájaros crudos, aunque 
lego tenga que recurrir a la gimnasia sueca para hacer la digestión. 

CoNC— ¡C^ué fastidio! Tan ricos como estarían asados... 

León.— ¡Oh! Un momento. No hay que apurarse. Haremos lumbre. De algo 
08 ha de servir este sol achicharrante. (Toma el catalejo y le quita una lente.) 

Ger.— ¡Bravo! ilustre Robinsón; has tenido una idea salvadora! 

Cres.— Conchita, unos papeles. 

CoNC. — Sí. (Lleva unos papeles.) 

Ger.— Hay que enfocar bien y tener buen pulso, Leoncio. 

León. —Descuide. (Enfoca la lente. Todos le observan.) 

Ven.— (Un poco separado del grupo.) Bueno, a mí este Crescendo me ha resul- 
ido siempre un poco repugnante, pero desde eso de la trampa, le tengo un odio 
las que africano; mucho más: zulú. Como que si yo no le tengo este enorme ape- 
o a la vida, a estas horas están estos bestias mascando búfalo. 

Cres. —(Acercándose a Venancio.) Chico, no sabes cuánto me alegro el que te ha- 
an salido al paso esos dos gorriones gigantescos y no hayas tenido necesidad de 
uicidaríe, por ahora. 

Ven.— Sí, ¿eh? 

Cres.— Porque, claro, como eres un perfecto caballero y la desgracia te .se- 
aló con su índice, yo hubiera iurado que te matabas. 

Ven.— Sí. ¿eh? 



Crrs.— Ya lo creo. Me hubiera dejado cortar cien paramo?; de carne. Te admi-| 
ro, N'enancio, te admiro. 
Ven. -¡Tú! 

Ckf.s.— De una manera alienada. . ., 

Ven. —Tú eres el más cínico de los sinvergüenzas que he conocido en nn viaa, 
Gres.— ¡Venancio! ¡ 

Ven.— No alces la voz. : 

Gres.- Pero... ... 

Yej^. — Y adeniás de sinvergüenza eres un cnmmal. 

Gres.— ¡Venancito! 

Yi7^,,_Y yo prefiero ser amigo de una pantera antes que de •"' - --.r,, ,. . . , 

to como tú. ^ 

Cres.-— Pero escucha, ¿hablas en serio? 

Ven.— En serio, reptil venenoso, en serio. 

CRES.-¿Pero a qué obeüece?... ^ . ,, ^ ^ p ^ 

Ven.— Obedece a... ¿Tú tienes conciencia? Pues introdúcete dentro de el 
ver que te dicta. 

Gres.— (Este se ha elido la tostada.) 

Ven.— ¡Introdúcete! 

Gres.— Me dicta que.soy un caballero. 

Vi-.N.- Mientes, un rufián y un tramposo. 

Gres.-- ¡Basta! (Saca una tarjeta y se la da.) 

Ven.— (Leyéndola.) «Aniceto Valdivias. Sastre militar.» ¿Qué es esto? 

Gres.— Esto es, que no ten,í;o tarjetas mías, pero donde dice Valdivias lees 

Pérez Gutiérrez y terminado. 

VEN'.-Muy bien. ¿Ves aquel alto? (Señalando a la izquierda.) ¿Aquella mese 

elevada que si te tiras caes al mar? , | 

Gres. ~ -La veo. « 

Ven.— Pues allí nos vamos ahora mismo a luchar cuerpo a cuerpo. El que deSJ 
graciadamente caiga al agua... ¡Que Dios se apiade de él! ♦ | 

Gres. -i Vamos! 

Ven.— Señores: ahora venimos. 

Gres. - vSon dos minutos. (Mutis por la izquierda.) 

Ger.— Pero, ¿dónde van ustedes? 

CoNC. ■ -No tarden; que ya están humeando los papeles. 

León'.— (Con la lente.) Caracoles, si que es peáado este sistema ar- 
ción. _ , J 1 M 

(3PR.._(Miraixlo hacia la izquierda) Caramba; son do3 centenas. 

Mary.— ¿Pero dónde van esos locos? 

CoNC.--¡Qué seyo! 

Ger.— ¡Anda! Suben a ese promontorio de rocas. 

Mar Y . ~ Fí s verdad . 

Con.— jY se abrazanl ....,, j ^ 

Ger.- -¿Pero son tontos? iMlre mt^d que subir hasta ahí para darse uf 

.'.brazo! 

Co.NC— i.\h! ¡Boxean! . ^ _, , , , „> 

LEON.--¿(^ue boxean? ¡Caray! A ver, Mary, siga usted con la lente que es^|5, 
me interesa. (jMary obedece.) 

Ger. --¡Caracoles! ^ 

León.- ¡Mi madre, y cómo se atizan! ; 

CoNC— Ahora, Venancio, señala hacia el mar. 

Ger.— Y' el otro mira. ¿Estarán locos? . • ,o ¡* ^ ^o,tr. 

León. -Y se ponen a pegar saltos. Están para un manicomio. (Gritan de dei.trj 

Venancio y Crescendo.) í 

GoNc— ¿Pero qué gritan? 

Vkn.— (Dentro.) ¡Salvados!... ¡Salvados!... ■ 

. Todos.— ¿Eh? '■■j 

Gres.— (Dentro.) ¡Un barco!... *; 

Lf.on.- ¡Caray! . ¿ 



ífaá 



íel 



r\'l?'r^TT''^" '^f '""Iv- ^'"^^^^" *°«"^ a» oljservatono.) 
Lí.oN,— jLa lente, Mary! 

CoNc— ¡Mary, Ja bauderal 



Mary.— Tome usted. 

Orr,~jSí! ¡Un barco grandísimo! ., 

CoNc— ¡Y rnuv cereal... 

Mary. — ¡Dios mío!... 

Lí.oN.~¡Hacedle sefías!... 

VEN.-íPor la izquierda.) ¡N¿8 han vistol 

Críís.— (ídem.) ¡Salvados! 

Todos.— (Agitando* los pañuelos.) ¡Socorro» •<^r,u,^n^/„, 

CoNC.-(Contentís¡.a.) ¡Ay! ¡Nos^Síani '^^'^^^'^"'- "'^^->'''-. 

VEN.-bí Y van a arriar un bote. ¡Mira' 

CiER,- ¡Ya! 

Cres.— ¡Por fin! 

M A«v "-^.tr^''*"""^"»^) ¡Gracias, Díoa tníol 

AiARY.— (ídem.) ¡Gracias! 

Lkon. — (.Mirando con el telosrniin \ nu;^^ ^ 

ÜHK.-Pues la bandera ño eriae^á'ño'la'''' '"'"" ^' "" "^'■^^' ''^''^^' 
. CMn::cS!'. FTchfndl'^^'^ ^'- ^'^"^ '' "°"^^^^ '^^ "" '---"- ^« E^Pa- fl 

LpoV^ vLml"-! '^^"¡.""■«'"o pueden atraer! I 

LEÓN . - -Vamos a recibirles. (Rajan « la escena.; I 

CoNc—, Por fin, Dios mío! | 

1 iirj ~''S"!"^° y^ "° '^ esperábamos! 

LEÓN . — , Esto es un milagro! 

Ger. -¡Hurra! •' 

r A«.-(s.,„da„do°,E¿hf„r„c7 *■ °"""'°""' '■"' """•" =""">'■' 

Todos.— ¿Eh? 

Ale. F.schinjonch. 

León. —¡Caray! * 

Ale.— Brin-clmn-jin. 

VtN. ---¡Caracoles! 

Sf ■"a^^"^?''.^'* '^"' diplomático. A ver f'sa llnL^uíst^ca 
\ ^^^í^^;::^^^^^ ^- -" chin^o';?ifa^S-,. ,o,re e.....,o.. 
Au-.— Luch. 

Gkr.- Sí, liablan el japonés. 
León.— Menos mal. 
Ger.— ¿la!-chul-!ich? 

icíes¡^í^^í^^,f;^;:,^^-«^-^boneroqueva d.rectauu.nre a China .in 
Lkon.-¡ Atiza! 

Co:¿::^¿Í;Í ''' ^ ^^"^^ ^«P^^o? Vamonos de aquí nun.ue ..a al Ind.stán. 
Qf;? . -(A Aiecok.) ¿Bochín; kuch? 
Ale.— Bachin. 

^■'' ■ ^ ;'ce que podemos embarrar. 

L-oNc. - Pues andando. 

Mary.— Sí. 

CkEs.— Ahora mismo. 

T.mos: í i Viva.™"- '""' ^'""'' '^'""""'' 
Ale.— (Gritando.) ¡As-ch¡sl 




Todos.— Jesús, María. 

GuR.- Callar-.':: eso de As-chis, es el viva chino. 

León.— ¿Ali, si? Pues venga. ¡¡As-chisÜ 

Todos. --¡¡As-chisÜ... ¡¡ As-chis! !... 

León. —Parece que hemos agarrado un enírianiiento. (Telón.) 



yiN DEL ACTO SKÜUNU!) 



Pí 
Al 

k 



ACTO TERCERO 



i 



Lujosísimn salón en casa de Venancio. Puerta de er.trada a la derecha, otra puerta en^ 
foro y dos en la lateral izquierda. La acción en Castellón y en el mes de Octubre 
de día. • 

(Están en escena Avigiistias, Dlanca, Piedad, Caridad, Esmeralda, Luisita, Casilda, Afiníl 
do, Pepito, Ernesto y Villalón. Angustias, mujer de Venancio, es una señora como de c 
renta y cinco años, bien conservada. Blanca, esposa de don Leoncio, es una mujer que ya 
cumplido los cinciierta. pero se ha teñido el peiode rubioyeiítá para matarla. Piedad, e 
sa ue don Cresceiicio, es una cotorra de aspecto monjil. Caridad, hermana de Qeruncio 
mujer de Ernesto, frisa en los veinticinco años. Esmeralda, Luisita y Casildita son ti 
muchachas. Armando es un punto como de cincuenta años, andaluz, con cara de borrac 
y de sinvergüenza. Pepito, su hijo, es un niño litri y completamente idiota: tiene unos dií 
y ocho años. Ernesto es un señor muy rígido y Villalón un hombre como de cuarenta añoíi 
completamente calvo. Cumo van a asistir a ana boda, ellas y ellos, se han echado enci; 
lo mejor de sus arcas. Blanca estará provocativa y Pepito algo ridiculo. Menos Arman 
Pepito y Villalón, todos los demás vestirán de luto riguroso.) 



^^jQ,__(Con una bandeja en la mano llena de pasteles.) Vamos, Piedad: Uno de Cl 
ma. Hay que tornar algo, porque como la boda se ha retrasado y no ha de ser h; 
ía ias doce, vamos a comer sabe Dios cuándo. 

Bla . —¿Los casa por fin su Eminencia? 

Anq.— Sí; como era tan amigo del pobre Venancio... (Suspira.) 

EsM.— Mamá, entereza. 

Anü.— (Secándose una lágrima.) La tendré por no apesadumbrarte. (Presentana^ 
ía bandeja a Caridad.) Escoja lo que más le apetezca. (Solloza,) 

Car . —Un suspiro . (Lo toma.) 

Ern . —(A Caridad.) Es una magdalena. 

Car. —No; un suspiro. 

Ern.— Digo doria Angustias, que está que no se le secan los ojos. 

Car.— jLa pobre!... Hoy casa a su hija y ayer hizo seis meses de la catástr 
fe del «Vespucio». Es natural que esté apenada- Tampoco a mí se me borra de 
iniíiginación mi pobre hermano Gerurcio. 

Ern.— En cambio la viuda de don Leoncio, con el pelo teñido y el traje p 
las corvas. ¡Qué escándalo! 

Ang . —¿Usted no toma nada, don Armando? 

Arm.— (Muy zalamero.) Angustita, de sus manos de usted, tomaría yo un ven 
no de ios Borgias, y agonizando le diría yo a usted: clave las niñas de sus oj 
en las mías ya adurtas, y compensao del envenenamiento. 

Ano .- (Coqueteando.) Tiene usté una galanterí?. rne(!ioeval. 



6i 



k 



m 



/^R^._y usté la distínsión de María Antoñeta? 

Ano. -(Separándose de él.) ¡Jesús, Jesús!... Amigo Villalón. (Se n^erca a ViUdlón 
abla con él.) , , ,, 

Arm.— (Aparte a Pepito.) ¿Estás viendo, SO permaso, cómo me los llevo con una 

la? 
Pep.— Es que usté es usté, pero 8i yo fuera usté, ¿pa qué? , . . , 

Arm.— Hijo mío, qué desaborisión tienes. Si ya ainado jactabas me lo deaui la 
bresita de tu madre: «Este niño va a sé más sosu que un fagot.» 

Luí . -(A E.smeraida.) ¿Y dices que tu novio lleva ya tres días sm que le den esos 
áqucs?... 

EsM.— Sí, está mucho mejor. 

Cas.— ¿Pero qué ataques le dan? . .... • / 

EsM.— Ataques nerviosos, nada. Algo neurasténico que está. Le impresiono 
ichísimo la catástrofe del «Vespucio» y dice oue ve a los náufragos en todas 
(rtes. 

Luí.— ¡Qué raro! 

Arm.— <A Angustias.) Oi<;a usted, perla del Ocaéano, ¿qué le pasa a ese novio 

Ano.— No sé; como no está bueno. Y además, que los jóvenes del día lo to- 
an todo con una calma... ,, . . , , . i . X u 

Ar.m.— Siyo fuera el novio y usté la prometida, sol df-I desierto, ¿a qué hora 

cree usted que hubiera estao yo aquí? 

Ano.— Qué se yo: a las cinco de la mafiana. 

Arm.- A las ocho de la noche de ayer y 'ns quedo aqaí a dormí. 

A„o, —(Riendo.) Dice usted unas cosías, ainiso Lacasa... (Se retira y se acerca a 
ftneralda.) 

PiED.—<A Blanca.) ¿Y quién dice usted que es? j r» ♦ 

EuA.— Don Armando Lacasa, el nuevo Administrador de Aduanas de Castc 
in. Hace ya cuatro meses que está aquí. .. . ^ ,, • -» 

PiED.— ¿Y dice usted que le hace el amor a la viuda de don Venancio? 

Bla . —Descaradamente. 

PifiD.—íQuéeuerte hija! ^ . . i.. ^ ^ . ,x 

BiJ^.— Es un hombre de una simpatía perturbada: le dice a usted una misceía- 
5a y tiene usted risa para un otoño. 

PiPo.— El hijo en casnbio parece aleo murciélago. 

Bla.— ¡Oh! Es maa tonto que reuuir en una piscina. No habla con nadie sm 
BCJrle unti inconveniencia. 

Mart.— (Criada. Por eí foro.) Señora. 

Anq.— ¿Qué, Martina? , . ^ ^ ,j * j ^ 

Mart. -Conraiiica por teléfono el señor Arenal, que estará aquí dentro de dos 

¡inutos. . X 1 u 

Ano.— Gracia» a Dios. Anda, Esmeraldita; vamos a ponerte los azahares. 

EsM . —Vamos. 

Ano . —¿Vienen ustedes? 

Bla.— Sí. . , j , 

Ano.— Los caballeros, si no quieren aburrirse, pueden pasar a ver los re- 
íalos . 

ViLL.— Con mucho gusto. 

Erm.— Sí; vamos. , . „ .. » 

Arm.— Vamos. {S« tw iw eí ftMsdo Villalón, Ernesto, Armando y Pepito.) 

Anq. — Me conmueve este instante, amigas mías. (Suspira.) ¡El pobre Venando 

Bla.— ¡El pobre Leoncio!... (Snüptre.) 

PiED.— (Suspirando.) ¡Y el pobre Crescendo!. . . 

Car.— (Ídem.) ¡Y el pobre Geruncio!... (Hacen mutis por la segunda izquierda toda» 
as señoras suspirando.) 

EsM . -(Deteniéndose y echande wM ojeada.) Martina, Ipor Dios! Que cuando vcn- 
ra el señorito, no haya por ahí ningtjnti botelia. Ya sabe usted que en cuanto ve 
ina boieüa se pone nerviosísimo. 

Mart . —Descuide te señorita. Ctiacem mutia Esmeralda por la segunda izquierda y 



Martina por ei foro. Un momento de pausa y entran por la puerta de la derecha Arenal y r.» 
biano. Arenal ha adelgazado mucho en seis meses. Trae la corbata torcida, el sombrero 'ie 
copa con los pelos crispados y todo él da ¡a sensación de que lo han vestitio a empujonoá. 
Entra pálido, trémulo, clesencajadisiino.) 

BiB.— Vamos, Cándido, serénate. 

Are.— No puedo, Bibiano; no tengo fuerzas. Se me caen los brazos, se me cae 
el cuerpo, se me cae la cabeza. (Encarándose con un retrato o fotografía de don Ven.iv 
cío, que habrá e.n alguna parte.) ¡Por í)io3, don Ver.ancio!... No me mire usted de 
ese modo. He sido an criminal, pero bien he expiado mi culpa. Vea usted en mi 
rostro las huellas de ¡os sufrimientos: tengo la palidez de un cirio... I 

Bm.--(Apartánduie.; Vamos, Cándido, vaior. r 

Are.— Dices bien: es preciso que no me falte y no me falta/á; pero después i] 
(o que acabo de revelarte, querido Bibiano, comprenderás que son explicables i;:;í 
zozobras y mis remordimientos. 

BiB.— iCalla!... iCaDa!... ¿Td criminal?... ¿Tú causante de la muerte de seis 
míeüces?... ¡Qué horror! ^ 

Are.— Sí, ¡qué horror! pero don Venancio me odiaba; juró que no me casari'i 
con su hija, y lo juró puntapieándome. jAh! Y eso no. ¡Ño casarme yo con lis- 
meralda a quien idolatro!... ¡Eso nol 

BiB.— No trates de disculpar tu crimen, porque no tiene disculpa, Cándido. Tu 
has debido ahogar esa pasión antes que ser autor de esa tragedia horrorizante no 
soñada ni por Esquilo. 

Are.— Bibiano, no me tortures, bien he purgado el no presentar la botella, que 
llevo cinco meses de terrible expiación, viendo a don Venancio, a don Leoncio, a 
don Crescendo y a don Qeruncio, ora siiuetados en las paredes de rni alcoba, r,ra v 
resurgiendo de entre los pliegos de un tapiz, señalándome siempre con e¡ ¡jidice [ 
y gritándome con voz cavernosa: «¡Asesino! ¡Asesino!)> 

BiB.— ¡Te compadezco! 

Are. -Sí; soy digno de lástima, 

BiB. — ¡Pobre'Cándido! 

Are.— Pero estoy decidido. En cuanto me case con Esmeralda, la contaré rd 
crimen y descargaré mi conciencia. Ella sabrá perdonarme. 

Bi.H.— ¡A ti! ¡AI asesino de su padre! No lo sueñes. 

Are.— ¡Calla! ¡Perdón, don Venancio!... ¡Ah! (Mirando hacia el foro.j ¡Su padre! 
Por allí. ¿Le ves? Míralo en el fondo del mar. ¿No lo ves? 

BiB.— No. 

Are,— Fíjate, ahora se oculta tras aquel mueble, (Indicando la puerta del foro.Jl 
Ahora va a salir por aquellapuería... ¡Ya! j 

Pl'P.— (Saliendo por la puerta de! forü.) (Vaya Un pez que estoy hecho.) (Sonríe.); 
(Luego dice mi padre. Venía una criada con una bandeja y sobre ella un salero y 
voy y le digo: «Hay que ver con qué salero lleva usté esa bandeja», y le ha heclío 
una gracia, que ha tumbado ei salero y se ha ido hasta !a cocina derramando sal. 
No, si yo algunas veces tengo unos golpes que mag-uilan. Caray, que no había 
reparado. (A Bibiano y Arenal.) Muy buenas tardes. 

Are.— Buenas tardes. 

BlB.— (Aparte a Arenal.) ¿Quién es, tli? 

Are.— Un tonto: Pepito Lacasa. Le llaman Pepito Pifjonaíc. (Ruido de voces, 
dentro.) 

B:b . — Ya vienen ahí. Valor. 

Akb. — Sí. (Salen por !a izquierda todas las señoras con Esmeraldita. Esta tiene ya 
puesto el velo de desposada.) 
Pied.— ¡Monísima! 
Car.— ¡Lindísima! 

Bla.— ¡Ah! Es una página en colores de Pictorial Review. 
Pep. — (Llamando a gritos por la puerta del foro,) ¡Papá! 
EsM . —(Corriendo hada Arenal.) ¡Cándido! 
Are- ¡Esmeralda! 
EsM.— ¿Cómo te encuentras? 
Are.— Ñerviosillo. algo nerviosillo. (Entran por el foro Armando, Emciío y VillalonJ 



m 



Bla -(A Arenal.) Qué suerte, amigo mío. Se lleva usteQ una perla del mar. 
enai "se estremece,) Si mi pobre Leoncio viviera... lo que hoy hubiera goxaüo. 
iiilto como le quería a usted! (Arenal se .,poya en Bibiano para no caerse.) 
' A NG. -(Sollozando.) Perdonen ustedes estas iágrimas; pero e! rt cuerdo do! po- 
- Venancio hace brotar de mis lagrimalc-, este raudal copióse. (Arenal casi no 
:de tenerse de pie.) ¡Pobrecito mío! ¡Qué nmerte tan horrible! 
PiED.— ¡Tan inesperada! 

Car.— ¡Tan cruenta! ,. >^, j.j - ^ 

EsM.— Por Dio«; no recuerden ustedes la tragedia, que Cándido se unpteaio- 
muchísimo. Miren ustedes como está. 
*xo.— Es verdad; perdona, hija mía. (A .Arenal.) ¿Cómo te encuentras, Can- 

ARE.-Muy mal, .señora. Veo visiones y sombras, muchas sombras. 
ERN.—Ea, en marcha. .. u i. j-j 

ANO.-(Ah' Un momento. Esperen; porque la servidumbre me ha pedido per- 
so para asistir a la ceremonia y no sé qnión se va a quedar en casa. ^ 
Arm.— No se preocupe usté: mi niño se quedará de canseroero vigiianuo la vl- 

¡nda. 

Anq.— Pero, (por Dios! Se vaa mofesiar... 

Arm. -Lo hace con muchísimo gusto, ¿verdá, nifio? 

Pep.— Sí, señor. 

Ano.— Entonces. (Llamando.) ¡Martina!... ¡Martina! 

Mart.— (Por el foro.) ¡Señora! ^ ■ , 

ANQ.— Pueden marcharse, que el señorito Pepe se quedara en la ca^a. i^a^e 
Javtina por el foro.) Y un millón de c;raci3s. Pepito. 

Pep.— De nada. A mí la iglesia me íiburre muchís.mo. 

Arm.— (¡Qué gibia tiene el asaura der niño!) 

Bi.A.— Ea, vamos. 

PiED.— Vamos. 

BlB.— (Aparte a Arenal.) Valor. 

Are.— Sujétame, ayúdame. (Hace muiis doblándosele las pierna».) 

EsM.— Sea lo que Dios quiera. (xMutis.) 

Arm.— (Dando el brazo a Angustias.) Si llevara yo al brazo una caja de cauaaies 
3n un trillón de napoleone, no iría tan contento. 

Ano. -Usted siempre con una flor en los labios. 

Arm.— Sí, señora, siempre; mis labios son un biicarc (Se van todos por la ¿ere- 
la, menos Pepito.) ... j 

Pkp. -Bueno, mi padre va que no quepe en el cuhs de puro regodeo y 
a'^^a que no le rubriquen los esponsales con la viuda de López González, no 
-ja El ha puesto los ojos en esa jamona, y como tiene ese andalucismo 
ue hace reír a un arzobispo con reuma, pues es claro, a todas las señoras, vmdas 
iclusive, se las lleva de «bulevar». Y quiere que yo, que nasí un d-a que hubo re- 
clusión y que apenas saqué la cabeza oí cuatro tiros y me quede alelao, quiere 
i'e yo atarumbe a una señora de cuarenta y cinco a cincuenta anos, que tenga 
asta V que me vincule, me afinque, me adinere y me jorobe. Pues no señor, a mi 
uc me den señoras de diez y seis a veintiún años, porque todas a esa edad son ri- 
uísimas. (Suena un timbre dentro.) Caramba, han llamado. ¿Habrá ocurrido aipo^ 
Se habrá privao el novio? Porque como a ese mucliacho le dan ataques cada lunes 
■ cada viernes.. . Voy a ver. (Hace mutis por la paerta de la derecha y vuelve a entrar 
n seguida.) ¡Caray, qué raro! Me he quedao de piedra. Cuatro chinos preguntan- 
lo por doña Aní^ustias. Será una embajada que viene a felicitar a los contrayen- 
es. Sí, deben ser diplomáticos de Pekín, porque hablan el español como üarcia 
'rieto ¿No entran? (Hablando hacia el lateral.) Pasen ustedes, tengan la bonaad. 
Entran cautelosamente Venírr.cio, Leoncio, Geruncio y Crescencio. Vienen vestidos de cht- 
o.) Tendrán ustedes que aguardar un momento, porque ha sahdo todo el mundo, 
iervidumbre inclusive; pero no tardarán en volver. 
Ven.— ¿Y usted quién es, y perdone la curiosidad? 
Pep. -Servidor es Pepito Lacasa, para servir a usted y a Contuno. 
León.- (Aparte a Geruncio.) Nos toiua por chinos auténticos, no nos conoce 



fié. 



Ven.— Bueno, ¿pero qué papel es el suyo en esta vivienda? 

Pep.— Pues verá usted, caballero chino. Yo soy aquí como de la familia y 11 
garé a ser de la famiiia, porque mi papá, que es un sevillano que tiene una ^rac 
que convulsiona, le ha puesto los puntos a la viuda dueña de esta casa y esta el 
por él de un modo, que si mi padre la manda rodar... se hace motocicleta. 

Ven. — ¡Rebiida! 

Ger.— ¡Arrea! 

Cres.— ¡Atiza! 

León. — Para que te fíes de las mujeres. 

Pkp. -Y ya ve usted que no era tarea fácil, porque ella se acuerda aun de su 
marido. Anda, como que no consiente que nadie entre en esa habitación, donde el 
difunto tenía su despacho. Pero a mi padre, no hay una q¡ie se le resista. tI 
luego, que como el difunto, según dicen, era un tío sosaina y bastante bruto... j 

Ven.— ¡Oir!;a usted!... | 

León.— ¡Venancio! (Conteniéndole.) | 

Pep.— ¿Eh? I 

Ven. —(Refrenándose.) Nada, que me hace extraño que a los seis meses de enl 
viudar... ;1 

León.— Sf, es algo prematuro... | 

Pep.— Eso será en China, pero aquí... ¡anda! Las hay que no digo a los seis^ 
meses: a las tres semanas comienzan con un flirteo que atoníolinan, como ha ocuj 
rrido con la viuda de un tal don Crescencio, que pereció cuando la catástrofe del 
«Vespuclo», 

Cres.— ¡Retnaríü! 

Ven. —¡Caray! 

Pep.— Todas son lo mismo, porque otra viuda, la de un tal don Leoncio Gó- 
mez, uno que era gobernador... i; 

Leon.—ííVIí madre! ' 

Pep.— Se tifió el pelo de rubio, se pintó un lunar en una paletilla y anda por 
esas calles con unos descotes, que parece que va a cantar La Corte de Faraón.\\¿ 
(Se miran los cuatro.) 

León.— ¡Qué vergflenza! 

Ven.— ¡Qué vergüenza y qué asco! 

Cres.— Tienes razón. 

Ger.— (A Pepito.) ¿De manera, que por lo qne se ve, conoce usted a las fami- 
lias de esos pobres náufragos del «Vespucio»? 

Pbp.— Sí, señor. Las conozco y las trato desde hace cuatro meses. 

GEU.-iHola! 

Pep.— Fué una gran tragedia; pero vamos, dicen que la buena sociedad de Cas- 
tellón perdió bien poco con la catástrofe, porque las dos americaiias eran dos lo- 
cas y los cuatro excursionistas que las acompañaban, cuatro títeres. (Se miran lot 
cuatro.) 

León.— Y ya que es usted tan amable, ¿nos podría indicar así, someramente?.. 

Pepe.— Usted dirá. 

León.— Vamos, ¿si han hecho algunas averiguaciones para comprobar si efec 
tivamente perecieron esos infelices en el naufragio? 

Pep.— No; no han hecho nada. Eso hubiera costado dinero, fletar un barcoí 
pagar buzos, etc., etc., y claro, las familias se habrán dicho: ¿para qué? Después' 
de todo, qué más da que estén bajo el agua que bajo tierra. Como los pobres ya 
se pueden reír del reuma... 

León.— Tiene usted una lógica que aoisona, joven sevillano. Pero dígame, di-^ 
game, porque la curiosidad lo mismo reside en Castellón que en Shanghai. ¿De 
qué vive la familia de ese don Leoncio? 

Pfp-— Pues verá usted, el excelentísimo gobernador tenía hecho un seguro de; 
>;ida de sesenta mil duros en la Compañía «Cartagena the limited.» ! 

León . — Exactísimo . 

Pep.— ¿Lo sabía usted? 

LfiON. — C^onio que yo lo hice... 

P£i'.~¿Eh? 



en 



os 



León. -Que yo lo hice saber a un primo suyo que estaba en Fuchú y cu. digo 

PEP.-Pues que la viuda, al hacerse oficial el naufragio, cobró los sesenta mil 

ros. 

León.— (¡Mi abuela!) . , , n..^^^^\^ 

Pep -Compró un landolet, un punta de carreras y un hotr-l en la «üuetana 
lancesa». Usted no n'e h;i.2;a caso; pero dicen que de los sesenta mil duros a es- 
horas debe diez mil pe^^etas. , f^ r f,5 X^fX 
León.- Pero esas mujeres son unas locas furiosas. (¡Qué contlicto!) 
Ppp._¡Ah! Pero el que aivo una suerte de «mahara)á> fué el .ujo de don ^res- 
"-!o Pérez Gutiérrez; e! que fué general de bri^raJa. 

i-N.— (Asombrado.) ¿Cómo el hijo? 
R —¡Un hijo! íMiran todos a Crescendo.) 

,p.'- ¡Sí; un hijo natural que lo tenía reconocido sin que lo supieran m las 
j'sas de la capitanía! ' 

León -(Aparte a Cre8cencio.>¿Pero tenias »in hijo? 
Gres.— Locuras de la juventud. (A Pepito.) Y dígame usted, que me Interesa, 

In qué ha consistido la suerte de ese niño? ^ „« «,« 

Pi-p.— Nada, un piñonate; que al enterarse de la muerte do su papa, se pre- 
ntó con un notario muy listo y arrambló con casi toda la herencia. 

Cues.— (¡Señores, qué naufragito!) 

Ve.m.~(Sí que lo del bonito ha traído cola.) 

Cres.— De manera que el heredero... , , • •, .^ 

Pep.- Ha tirado a estas horas sus buenos ochenta mil duros, do lus cien mu que 

dejó el primavera de su papaíío. 

Crhs.— (¡Lo hago glicerofosfatos!) 

Pep.— Hay quien dice que ni siquiera era hi}o suyo. 

Cres.— (¡Caray!) . . j u a 

Gf.r.— Y ya dispuesto a informarnos, galante joven, ¿sabe usted que ha sido 
;1 títuio del barón del Pozo? . . ^ 

Pi p - El título se lo traspasó su hermana por setenta duros a un primo que 
ene en Talavera. De modo que ese Pozo lo lleva hoy don Melchor Corral. 

GER.-(¡Qué miserable! Pues a ese Corral le quito yo el Pozo.) , , , 

Ven.— Y molestándole por última vez, joven agradable, ¿podría usted decir- 
los qué ha sido de un sujeto llamado Cándido Arenal?... 

Pi.p.—Arenal. ¡Pobre Arenal! ¡xMe da una lástima! 

Lkon,— ¿Eh? (Se miran tos cuatro.) ¿Pues qué le sucede? 

Pep.— Nada; un piñonate. 

León. —¿Cómo? ■ . , . . , 

Pi.p._Que está un poco tocado de la cabeza y ve visiones y se le aparuccu ea- 

fctros y por si esto era poco, ahora mismo, en este preciso instante, está con- 
jyendo nupcias con la hija del difunto don Venancio, 
VEN.-~iRayo8 de Júpiterl 
PEP.-¿Cómo? 
León.— ¡Ah, canalla! 
Gres. -¡Miserable! 
Qer.— ¡Bandido! 

Pep.— Caray, ¿qué le sucede a la embajada? 

Ypj4__Comprenderán ustedes ahora el por qué no presento la botella cst; 
;ranuja. 
León.— ¡Claro! ^ .„ ^ 

Gres.— Silencio, que no sospeche ese tonto... (Suena dentro una campanilla.) 
Pep.— (Han llamado en la puerta de servicio y como no hay quien abra...) Con 
ú permiso de ustedes, señores chinos, voy a abrir, que han llamado. 
Ger. —Por nosotros no se prive de sus quehaceres. 
Vfn.— Sí; vaya, vaya. 

Pep.— iMuchas gracias. Está usted en su casa. 
Ven.- Ya lo sé, joven. 



^( 



k 



PEP.-(Hac¡endo mutis por e5 foro.) Caray, ¿pcro a qué vendrán aquí estos chino^ 
CVase.) 

León.— Pues señor, está bien. 

Cres.— Muy bien. 

Ger.— Estupendamente bien. 

SoT-í-Ormne^rq^^^^^^^^^ Que en nuestros hogares cornan las 

lacrimas a mltr¿fcübicos y que el dolor y la desesperación se habían apoderado 
Sosias dtünguiSi;^!^^^ y resul/a que si no llegamos a volver, contmuan 
en su plan de juerga estas libertinas. ¡Espanioso! 

Crcs.— ¡Horroroso! 

vS:--!Tr1SqSio! Bueno, la vuelta a Castellón me la deben ustedes a mi. 

vl^-^A^er! Sino han perdido ustedes la memoria recordarán que deseni- 
barcamos en Sanghai; que nos lanzamos a la ventura por aquellas calles de Dio. 
.idos reales y con un hambre devoradora; que me preguntaron ustedes con voz 
desfalledda Jué hacemos, Venancio? Y que, con «Quel^a Pmta que Uevaba q^ae 
había aue verme dije a ustedes: sentarse en el suelo y batir palmas, usreaes, ex 
teniSdosJoSeam. y yo, marcándome un chotis madrileño, empece a cantar: 

Que no pué ser, 

que no pué ser, 
oueen e^ta tierra nos quedemos sin comer... Y recordarán ustedes Que a Jos dos 
minutos se reuneron más chinos que en la playa a baja marea y empezaron a lio- 
v¿? sobre nosotros perros chinos, que allí los llaman caps y pudimos comer y hos- 
nSainos y vSti.nos, y en vista del éxito, nos pasamos quince días repitiendo la 
íoitanda are ¡caraÍ! he bailado más chotis que la Pastora Imperio. 

K-Fs verdad, pero olvidas a Conchita y a Mary que nos ayudaron can- 

''"&H^Polí "üiaf"qSé^ien se han portado con nosotros. Ya deben haber lie- 

^'vi'.^odcí"contr¡buimos hasta reunir lo necesario P^ra nuestro i^r^cv^ 
nprn oi'ilá nos hubiéramos quedado allá, aunque hubiésemos tenido que DdUar la 
fuX^cti seaofpoS sufrir tanto para volver y encontrarnos coiv 

esto; ¡Con esto! i 

Leox.— listo es espantoso. 
Gres. —Horroroso. 
Ven— Tremebundo. 

S'r-'l'XtS^qu; yo, sobre las trampas que tenia sobre mi alma que pare- 
cía yo uña bodega, teiigo que devolver a la compañía de Seguros sesenta mil du- 

^^\S "?¿Y^ul Im'rícf^Se bigardo de hijo que se ha gastado en seis m^ 
.08 lo que yo he ahoírado en toda una vida? Bueno, yo lo mato de una mane.c* 



i';ira. 



Gí-R.- Lo de mi título clama al cielo. . ..<... n,r.mnna Flirteos- 

Ven.- Y sobre todo e! respeto que han guardado a nuestra memoria, i iirteos. 
roqneteos... ¿esa es manera de ¡levar un luto? 

S^'^'^-rvr¡¡^o''S:ZüS.t^"¿'l^^^^<' en el corazón era u„a ale- 
•xriil-dr.Mmnín Rouge» , Mira que teñirse el peto y pintarse un lunar en una pa, 

''■''cís.-?S-odijo'eJe pollo que Arenal estaba tocado de la calabaza, y que veií 

'"'to°'la"ct"cSÍcia que no le dejará vivir. Creerá que hemos muerto y núes 

tras momias se le aparecerán constniíteríiciiic. 

— Pucb eso favorece nuestros plaueS. . . H,.«n^rhf 

-Vengan ustedes conmigo. Se:.:únm)s ha dicho ese loven, mi despachci 



' í.üN. 

Vi;n.- 



I -ido rtisi'tjtndo por !a pcrtida y uí, coii-^rnte que nadie entre cri é!. Es, pues, 
1 iii^^ar se^í-uro. íín él discutiremos y resolveremos. 

GER.-Fero si vuelve el hijo de tu rival y no nos encuentra aquí... 

VEN.-¡Bah! ^. 

León.— Claro, dirá; esos chinos es.,;'., va en la caJe. 

Crbs.— Pues vamos. 

Ger.— Vamos. 

Ven.—Y venganza. 

Todos.— ¡¡Venganza!! (Hacen mutis por la primera puerta de la izquierda.) 

Pep —(Por e! foro.) Ustedes me perdonen, pero... ¡caramba! Se han marchado, 
laro, he tardado tantísimo. Nada, Martina, la doncella, que ha vuelto toda asus- 
éa Y aprisa y corriendo para arre;2,iar xiua cama donde acostar al novio cuando 
traiean y así de este modo no tener que inauííurar la matrünoiiial con e! novio 
ncopado ¡Caray con Arenal! Creo que !id dado un espectáculo en e! templo que 
i sido de película. Al penetrar en la capilla de San Miguel, donde iba a casarse, 
ver al santo en el altar blandiendo la espada, cayó de hinojos y empezó a gritar 
arando: «No w-- mates, no me mates». V luego, al salir de la Igiesia, pasó un 
endedor y pregonó: chocas de la isla», v bueno, dio. un grito, cayó como un lar- 
3 y ío han tenido que meter en una farmacia... (Suena un timbre dentro.) Deben ser 
¡los. (Hace mutis por la puerta de la derecha, entrando a poco scííuido de Blanca y Ar- 
ando.) . . ... t .• 

Bla.— Sí, deje usted abierto que ya viene ahí la comitiva. ¡Jesús y que escan- 

Ar.m.— ¡Qué barbaridad! No iiay derecho y no hay derecho. 

Pf.p. - ¿Pero qué me han contao, padre? 

Ariv..- Challa, hijo: una desaborisión. 

Bl.\.— ¡Qué boda! \. . . .^ . j- 

Arm.— Es lo que yo digo, setlora, si ese niño está histérico, cardiaco, neuras- 
^nico o chuleta perdió, que se hubiera ido al África central en un cabello a tomar 
añ(;s de sol. Pero enguirlotar a una niña como la ha enguirlotado e ir a casarse 
ara dar ese espectáculo, vamos, no hay derecho. 

PKP._¿I)e modo que ha sido espantoso? 

Arm. --Que te lo diga la testigo oscular. 

BiA —Sí, joven; ha sido horrendo; mas que por el hecho en si, por los smco- 
es de las señoras, las carrera? que ha habido en la calle, los feligreses que han 
"ruido la misa, y lo que es más lamentable, la fractura del peroné del señor cura 
ue ef.iaba predicando. Se conoce que creyó que lusbia estallado la revolución, se 
rroió del pulpito y se fracturó el susodicho. 

Pep.— Me dejan ustedes a nueve bajo cero- 

Ar.m.— Pues mira cómo estoy yo; que me tomo un ponche y se me hace un man- 
ecao. 

Pep. —¿Y dónde está el novio? 

p,,^._.Ahí lo traen entina silla. Vienen cun él todos los de la boda con una 
nultitud que parece que estamos en Semana Santa. 

Arm.— Como que una señora que estaDa en un balcón, le decía a otra: «qué 
aro. una procesión tan grande y sin charanga.» „ .^ ^ 

Pep.— De esta boda se va a hablar más que la del señor Camacho. (Ruido de 
nuchas voces dentro.) ¡Ya! 

Bla.— Ahí están todos. 

Arm.- Menos mal. . 

Bla. -La pobre Esmeraldita viene nerviosísima. Se ha comido casi todo el 
azahar, pero como si nada. . 

¿\ng.— (Por la derecha, hablando hacia el lateral.) Que vayan por una pareja de 

guardias para que desalojen la calle, 

PiED.— (Entrando.) Esto es increíble; qué gentuza. 

Car.— (ídem.) ¡Jesús! Parece que no lian visto nunca a un ser accidentado. 

Es.v,.— (ícori-,) Por aquí, pasarle por h'¡i¡í. ¡Ay. Dios mío! (Br!¡cs.U) y Vilialón trans- 
portan en nna síIIk el inaiiiin.id'.. cuerpo de .\ienal. t;as elloü entran en e&cena bibiano, Lui- 
81 to, Casildita y el doctor Zaldivar.) 



UM.-lJesÚ8,qnee>=r,nT!.íalo! | ^ 

ZALD.-Con cuidado; así. (Ponen la ^-'-"a/;" f «IÍ;^^-^ , j 

FsM —Pero el escándalo, el ridiculo... 

¿loT^y??; UtSTtü, Casildita, llevadla al comedor y que tome una taza ^j 

tila con azahar. | 

Luí . - Anda, monina. , 

"^ Ar« ^Bueno, le daba yo un zurrió al no«o que lo espabilaba.) , 1; 

?rSriSSTo%-Vr¿-|^^oai]orsrría,d .. u 

aüade usted un ^""«"1° ^?„^'^§,f J^™ "St.°insrauarles que era una teme. ¡*.c 

y,í^e"í;;i7„;raarvt?a?LSrs%^r?trto Pe«^^^^^ 

nada; ellos, que nos casamos y que nos casamos y que se casaron. | 

A R^j _La juventud volcánica. 

Bla -Parece que se encuentra un poco más tranquilo. 

PiED.— Sí, ahora no rechina los dientes. ^ 

Car.— Ni le tiemblan los párpados. I 

BiB.— (Tocándole.) Ni suda como antes. f 

Ern . —Sí, le va pasando el ataque. 

Il'ii-^BrnrtS.trKdl'd'íS'a sola, con él. Quiero ver si 1* 
gro sugestionarle. SiJ^»'ig=»'-::™»'¿;;;'í;frbWad de pasar conmigo al col 
.er M¡e^n?r^l7repá?a,terSmueí^ el ape'iitivo ,ue gusten. 

Bla.— Vamos. 

Arm.— Andando. . 

Ano.— Pepito... | 

PEP.—Díííame usted, Reflora, ^' 

/VNQ.—,jHa venido alguien durante mi ausenciar- 

Pep.— lina e^ndajada china. i^^áa ^í» tnnfa e'-,t4 loco. (Hacen 

ANQ.-(Mirándoie con lástima.) (fobjecillo ademas de to^^^^^^^^ ^.j^^^ .^^ ^. 

mutis por segunda izquierda Blanca, Car,dad. Piedad, Ernesto. Armanao, 

^T^r-íHaclendo mutis.) Caray, doña Angustias se ha creído Q- lo ^^^^ emba- 
ladrchina es una chufia sevillana, f //«-/«^X íeí as! (vTeT 
'dicen y me da un ataque de risa que se ^^ ^"r^í'JJ'if'.i^^tm de la izquierda 

ZALD.-Muy bien. (Pulsa y ^^^"^^^^^fj^^^ercll y «^^^ en seguida.) Me 

van asomándose uno a uno Qeruncio. Venancio y Crescencio, V^ extraordinaria que 

afirmo en mis suposiciones; este muchacho tie^^^^ ^^ ^^. 

le ha debilitado el cerebro, y es claro, le Pí^^f ""'^ nnrre a veces dan cada ca 
ñera que si logro sugestioní^rie... No se, veremos, porque a veces 

nielo los tratadistas... mj..,.^i. «r» íp rphf^s en mí; baja ese arma, Tt 

Are. -(Delirando.) Perdón, San Migue ; note ^eoes en rn^u j 
eres santo y tu triunfo sobre mí no te daría importancia. ¿I ara qué necesita 

triunfos teniendo la espada?... ¡Perdón! /Llamándole ) ¡Arenal!... ¡Seño 

ZALD.-Hay que despertarle y sugestionarle. (Liamanaoie., j^rcua. 

Are.— (Abriendo los ojos.) ¿üh? ¿Quién? ¿Qué? 
Zald.— Soy yo, yo: el doctor Zaldfvar. 



Are.— iAh¡ Sí, ya. 

Zald!— ¿Me reconoce usted? 

Are,— Por Dios, señor cura; no baile usted de ese modo. 

Zald.— Míreme fijamente, muy fijamente. (Pretendiendo hipnotizarle.) ¡Así! (Aso- 
ala cabeza Leoncio y queda de pie a la puerta.) ¿Quién SOy yo? ¿Eh? ¿Quién SOy yo? 

Are. —(Dando un grito.) ¡Ah! 

Zald.— Me ha reconocido, ¿verdad? ¿Quién soy yo? 

Are. — (Boquiabierto y horrorizado.) ¡El gobernador vestido de máscara!... (Se ocui- 
I Leoncio.) 

Zald. — ¡Pobrecillo! Su cerebro es una partida de locos jugando al zurriago. 

Are.— ¡Lo he visto, lo he visto! ¡Viene a pedirme cuenta! ¡Perdón, don Leon- 
o!... ¡Perdón! (Llora.) 

Arm.— (Por el foro.) Qué, ¿cómo sigue? 

Zald.— Incapaz. CJuédese con él un instante, que voy ahí enfrente por un anti- 
spasmódico. Desgraciado. Yo creo que se ha vuelto loco. (Vase corriendo por la de- 
cha.) 

Arm. — ¡Cámara, québodita! 

Are.— ¡Señor Lacasa: el gobernador vestido de chino! ¡Lo he visto! Surgió 
e aquella puerta. 

Arm.— ¿El gobernador? 

Are.— ¡Don Leoncio! 

Arm.— iA!i! El náufrago. (¡Pobrecillo! Este ya ni con camisa de fuerza.) 

Are.— ¡Perdón, Dios mío, perdón! (Salen don Venancio, don Leoncio, don Geruncio 
don Crescencio, se ponen en hilera, alarfían el brazo derecho y señalan hacia Arenal con 
I índice. Armando, como está de espaldas, no les ve.) ¡Ah! ¡Ellos! ¡Los náufragos! Aho- 
i están los cuatro!... ¡Perdón, sombras del otro mundo!... (CJueda horrorizado.) 

Arm.— (Compadeciéndole.) (¡C^ué tragedias encierra esta vida!... Pero cómo ve- 
5n los locos esas cosas tan inverosímiles...) (Leoncio, Venancio, Qeruncio y Crescen- 
lo, a un mismo tiempo, avanzan un paso.) 

Are.— (Gritando.) ¡Ah! Se acercan. Mírelos usted allí... ¡Allí! 

Arm.— ¡Vamos, amigo Arenal!... 

Are.— ¡¡Allí!! 

Arm. — ¿Dónde? (Vuelve la cara, ve a los cuatro Robinsones, ahoga un grito y cae des- 
anecido sobre una silla. Los cuatro Robinsones se van de nuevo por la izquierda.) 

Are.— ¡Señor Lacasa!... ¡Señor Lactisa!... No, que no estoy loco; que este tam- 
ién los ha visto, (.arrodillándose.) ¡Perdón, Dios mío! 

Zald,— (Por la derecha.) Aquí está e¡ antiespasmódico. (Al ver a Armando desvane- 
ido.) ¿Eh? ¿Qné es esto? 

Are. — C^iie los ha visto como yo. ¡Qué los ha visto! 

Zald.— (Dándole a oler un frasco.) ¡Señor Lacasa!... (Armando abre los ojos, se in 
orpora, mira iiacia la puerta de la izquierda, pega un salto, sale corriendo y se va por i a 
uerta de la derecha, ¿Eh? ¿Pero qué leocurre a ese hombre? (Se acerca a la puert:i 
e la derecha. Dentro suena un golpe seco.) ¡Mi madre! ¡Se ha tirado por el hueco í'c- 
i escalera!... ¿Pero qué pasa aquí? (Se vuelve y ve que Arenal se santigua y reza.) Un 
3C0 hace a ciento; pero yo sugestiono a este idiota o me suicido. ¡Señor Arenal! 

Are.— ¡Qué! 

Zald. — (imperiosamente, comiéndoselo con los ojos y haciendo jeribeques con los dé- 
os.) ¡Levántese usted... ¡Leváni;ese usted!... (Arenal se levanta.) ¡Clave su mira 
la en la mía!... ¡Fijamente!... ¡Asi!... (Arenal le obedece como un autómata.) ¡Se;i' ! 
arenal, yo le jino por mi honor de caballero y por la delicada vida de mis hiic^^. 
¡ue esos fantasmas, esos espectro? que usted ve, son falsas imágenes que sólo 
xisten en su cerebelo; aqin', aquí. (Señaiánuoie el cerebelo.) ¿Me oye usted.'^ 

Are,— (Como hipnotizado.) Sí, señor. 

Zald,— ¡Son quimeras, sólo quimeras! 

Are.— (Repitiendo como un eco.) Sólo quimeras. 

Zald.— Impóngase a sí mismo; yo lo nianúo, y cuando vuelva a verlos, excla- 
ne: sois vapores, etéreos vapores. 

Are.— Pero si los veo palpables y me señalan con el dedo, 

Zald, -(imperipso.) ¡Mentira! Los muertos no resucitan. 



Are,— No, señor 



ZALD.-(Le hnce nuevos jeribeques con los dedos, como le sacudiese aleo) lArPn^f» 
Sígame! (Arenal da dos pasos tras él completamente hipnotizado.) ¡Deténgase (Se Dará 
.Retroceda! (Arenal retrocede.) Completamente hipnotizado "^^'^"S"'^^- ^^' ^^"^"'^ 
ZALD^^¿v^ue son esos seres intangibles que se le aparecen? 



Zald.— ¿Lo cree usted asi? 
Are. — Lo creo. 



v,;^^^y^-r^^^^-^^^^^^f-^^^^"^^s^Pase^ pausadamente.) (Le deiaré un momPnt<i=' 
hipnotizado para que se fortalezca en la idea que acabo de suS'e ) "'''"'^"^*| 

ZaTd ~ s:«nr'.""h:"'^""í"^ f^^ ^^<^"'' ^^ ^' enfermo.^doc or? I 

|:s^tecisrs:s:'¿iK!n^?s!: v:^^, --^- ; 

ger?«;tdlSS!^^!£S^^ 

go y ^ejemos^e entregado a la ¡dea que acaío de sembrTr en su clrébllo^^^^^^^ 

Vap^oresT^^"*"'*^^*'"'^''"' mutis vuelve a hacer jeribeques con los dedos a Arenal.^ 
dnrW*;^i^^'^^•"'^°'^''°'"^'°"^'"^"'°•>S¡Jo8mu Dice bien el 

f.^^;^^^^^^^^^^^ - ^"i-ras, vapores^'L-eb^o' 

vlN?^Por"fií,T'"''''' ^'^'""''^ ^ ^"'■""'^'«' P"»- '^ ••^qtiierda.) ¡Solo! ¡Está solo! , 

Cres.— ¡Yaerahora! 

Ger. — ¡Venganza! (Entrqji sigilosamente.) 

I pn^^^Ai'^T""-^ Con loque hemos pensado, le damos la puntilla, 
señalan c<;.íroIt.rv°H' ^^'^'^ ^"^ ^^-^^ P^-evenidos. (Al volverse Arenal, los cuatro le 
señalan como antes y dicen con voz sepulcral y a un mismo tiempo,) ¡¡Arenal » 

ahí están"iouí "ümJ 7<,T ';°"^'^'^-^'"-"^^-) No; los veo, pero no los veo. No están 
dni, esmn aquí, aquí. (Se golpea suavemente el cerebelo ) ^^^au 

I pL'^'^pf •~''-^'^^'^°i'-;. ¡iCriminalü... ¡Ha llegado tu hora!... 
vida Sseríbl? ^^''"°' "^^ '^ ^'^''^ '^"^^ ^^ '^ ^^'^ Columbretes para arrancar tu 
Are.— ¡Mentira! 
Ven.— ¿Eh? (Se miran los cuatro.) 

ARE^-Va °oí"á"^^^*^ ^" ""^^'''^ ^"^'•'o "' "" Pa»" ^e lanchas. 

León . —¿Qué dice? : ffe 

Are.— Vapores, ya la he dicho. 

roJlntr^^^f sj,"vergüenza no está tomando el pelo señores. Y yo no hago más 
comedias, yo le doy un metido que le atonto ^ 

Are.— Mentira. 

Ven.— ¿Mentira? Pues va a ser en las narices. 

Are . —(Dándose en el cerebelo.) Aquí, aquí. 

Ven . - Pues ahí. (Le atiza un puñetazo en la nuca ) 

.No*íf„ ^^r 'íZ::^^;:^::^>i^i f "-" '^o so„ vaporas,.. 

Leon. - ¿Pero no oyen ustedes qué carcajadas? " I 

Uer.— ¡Qué escándalo! f 

Pppr'" Pe P"""""^" de viudas y huérfanos riendo de esa manera. ' 

I Fo^' f; n^illf ^se imbécil les está diciendo que los vapores no son vapore<?.v 

peroTuelÍHe'ncom^locor'^^^^^ ^^"^^'^ '^'^^ ^-*--> C-ay" 



leí. 



Todos. — ¡¡Venganza!! (Hacen mutis por la segunda izquierda.) 

Arm.— (Por la derecha. Viene cojeando.) Bueno, pero es que yo v¡ a los cuatro 
ntasmas o es que el vermu se me ha subido a la cabeza. (Suena dentro un estrépito 
ronador, seguido de un griterío enorme.) ¡Zambomba! (Pega un salto). 

(Salen a carrera abierta por la puerta del foro Ernesto, Bibiano, Villalón, Caridad, Luisita, 
isildita, Esmeralda y Martina. Martina, que trae una fuente en la mano, hace mutis gritan- 
Ernesto, Bibiano, Villalón, con las servilletas prendidos y un tenedor o un cuchillo en la 
2stra, hacen mutis por la puerta de la derecha, arrollando a Armando y Caridad; Luisita, 
isildita y Esmeralda, se parapetan tras los muebles, casi accidentadas.) 

Arm . —(Asustadísimo,) ¿Pero, ¿qué pasa? 

EsM. — ¡Ay, Dios mío! Que mi padre ha resucitado. 

Arm. —(Haciendo mutis por la derecha tirando una silla.) ¡María Santísima!. . . (Vase.) 

Car . — ¡ Ay , qué susto! 

EsM . — ¡ Ay, qué espanto! 

Luí.— ¡Ay, qué horror! 

Cas. — ¡Ay, qué atrocidad! 

Ven. — (Por segunda izquierda con Crescendo, Leoncio y Qeruncio. Traen a Arenal casi 
( volandas.) ¡Venga usted acá, so sinvergüenza! 

EsM. — ¡Papá, por Dios! 

Arb.- ¡Huid, fantasmas vanos! 

León. -Como vuelva usted a llamarme fantasma y vano por a:i.iuidura, le pa- 
o los ríñones. 

Are.— ¡Pero ustedes vivos! ¡Vivos! 

León.— ¿No lo ve usted, idiota? 

Are.— ¡Oh! Gracias, Dios mío; no soy asesino. 

Ven.— ¡Pero vas a ser asesinado! 

Are. — Bien, pero antes contaré a todo el mundo el juergazo que estaban us- 
;des corriendo en la quinta de «El Rincón.» 

Ven. — ¡Caramba! 

León. — ¡Arenal! 

Are. — Si me perdonan ustedes no lo sabrán ni las piedras: lo juro por la vida 
B Esmeraldita. 

León.— Perdónalo, Venancio, que nos conviene. 

Ven —Después de todo... si Esmeraldita resulta tan coqueta como'su madre... 
astante castigo tiene encima. (Por la segunda izquierda entran en escena Piedad sosteni- 

por Pepito, y Blanca y Piedad, que se apoyan la una en la otra para no caerse.) 

Pep. — Vamos, señora, que no son fantasmas, caracoles, que los he visto yo 
ntes. 

Ger.— Ellas. 

Cí<Es. — ¡La pécora! 

Ven.— ¡La sinvergüenza! 

León.— ¡La teñida! 

Bla.— ¡Dios mío! ¿Pero son ustedes? ¿No son ustedes ánimas del otro mundo? 

Pep. — ¡Y dale! Que no, pueden ustedes convencerse. Toquen ustedes a las 
nimas. 

Ano. — ¡Venancio! (Abraza a su marido.) 

Bla.— ¡Leoncio! (ídem.) 

Pied.— ¡Crescencio! (ídem.) 
Car.— ¡Qeruncio! (ídem.) 

EsM.— ¡Papá! 

Cas )¡Papaíío! (ídem.) 

(Suena dentro ruido de cristalería que se hace añicos.) 

Are.— ¿Eh? 

Pep.— ¿Qué pasa? 

Ano.- El pobre doctor Zaldívar que se ha vuelto loco del susto y esta dando 
¡stacazos a todos los cacharros que encuentra, diciendo que son vapores. (Nuevo 
uido dentro.) 



pasac 



'^^l'^^^^^^^ií^l^^ cre^t^oíes en la otra vida, nos hemos 
.eis meses metidas en la Iglesia haciéndoles sufragios. 

Ven . -Sí, ¿eh? Conque sufragios. 

León.— Ya ajustaremos cuentas. • 

Cres.— Lo mismo digo. • , „ 

?^r^(kríulA°oire1,re1,t^aT;ctToe, a,™a para <,ue no vuelva a . 

"■"■¿eR -Arena!, mande usted al &o*Cflstó/tó. una gacetilla deshaciendo ej 

"'■XE'™TseVoriQué''alegría, Esmeraldita! ¡No soy, asesino! 
ÉsmI-ÍQuI d?ce¿^.. ¿Pero aún sigues con esa mama? 
Are.— No me hagas caso. 
Cres. -r'Qué partido está en el poder? 
\^.::^S^^^^'^^ores, arreglamos nuestros asuntos. Salvad 

""'pep"1-Y oigan ustedes. ¿Llegaron ustedes por fin a pescar el bonito? 

., SoN7-cdmo que el «Vespucio» naufragó a los dos días. 

Pep.-¿Y lo que pescaron "st^des fue bor^^^toí ^^^^ ^^ ^^^p^ 

LEON.-lPrecioso, precioso, P'^J^^^^^'^'^'I^.^ceT doctor Zaldívar con un palo e. 
un cacharro y ea seguida por la segunda izquierda aparece 
la mano y el pelo en desorden.) g vapores! ¡Son vai 

Zald -{Al ver a los cuatro Robinsones.) No, no SOn e'lOS- ií>on ^_^^ ^^ 

pores! (Da L estacazo a un jarrón que habrá en escena y lo i.act a....u.. 
huida. Telón.) 

FIN DEL jijüi;:^ife . ; 



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30 EL CL'IMliN ,íE AYER.— loaquín Dicenta 

31 EL MISIHRIO OEL CUARTO AMANI- 

LLO.— Traducción de Gil Parrado. 

32 FRANCFORr.-Vital Aza. 

33 LA REBOTICA.-Vitai Aza. 

34 LA FRESCURA DE LAFUENTE.- 

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36 PRIM E ROS E. — Traducción de José, 
Ignacio de Albcrtl. 

36 CIENCIAS EXACTAS.-VItH Aza. 

37 D( ñ a M -iría de Padilla. ~F. V illaespesfl, 

38 RAFFLZS.—Tradnooión A. Palouer* 

39 LA PRAVIANA.-Viial Aza. 

40 EL GRAN TACA.,0.-Paso y Abati. 

41 MIRAN )OLINA -Cristóbal de Castro. 
42.~6ENIO 7 FIGURA.-Arniches. Abati- 

Pasio y García Alvarez. 

43 LA GENTUZA.-Carlos arniches. 

44 LA VIEJECITA.-Miguel Echcgaray. 
46 PARADA Y FONDA.-Vital >- za. 

46 LA ALEGRÍA DE LA HUER PA.-Paao y 
García " Ivarez. 

47 PETIT-CAFE.—Tristán Bemard. 

48 LOS NOV ELEROS.— Edmond Ros a-^d 

49 ELECTRA.- Benito Pérez Galdós. 

50 TIQUIS MIOUlS.-Vital Aza 

61 EL ULTIMO BRAVO.-O. Alvares y 

Muñoz Seca. 
)2 LA MARCHA DE CADIZ.-Oarefa Alva- 
rez V Lucio. 
63 DOÑA PFRFEOTA.-Beiüto Peres 
Oaldós. 



PAPEL DE LA PAPELERA ESPA«OLA 



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EL NIIMER 







DS LAS LÁMPADAS DE FILAMENTO ME- 
TÁLICO CON riNUA SIENDO HASTA HOY 

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la solidez de su hilo estirado e irrompible. 

su ilimitada duración. 

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Imprenta y Talleres de LA NOVELA 0OBTA, Autonio Palomino, 1.— Madrid 



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AGIO PINEDO 



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LOS GEMELOS 

Comedia de PZiAUTO 
orregloda en tres octos por 

Tristón Bornard 



yf^r. 



;^fi 111 h.aünd l,i oe ErtlcO de 1918 '"' ^ 

LA NOVELA TEA TBAL Director José de Urqufe 

complemcnio de la Novela Corin ^^ ^ 

HOMEN A lE A LOS NOVELISTAS 

ESPAÍ30LES DEL SIGLO XIX_ 

eo LA NOVELA GORTA 

L» Nov... Co»TV de,p.é» de h=ber P„e,,o = U, da^e^^^^^^^^^ 

"'"'''''¡^'r^TatlTal'óféñ^^^^ rendir un tríbulo . la 

MEMORIA ^ ^ 

NOVELA RO^NTra^^^^^^ _,.,,_,„„„, _ 

^«TftTTE Olí. "El Señor de Bemblbrc. _ . «, a°v* •R.aETE.-Una historia de lágrimas.! 

fflíx?S'vOO.ZA.EZ.-La..dic.on |fg|f^jOH...^^^^^^^^^^^^^ I 

oÍt^'^OA V FRIAS-Abelardo y Eloisa. "!:í;^ !™ | 

NOVELA HISTÓRICA » 

♦« WAV ABRO VII.I.OSI.ADA.-Dofla BH« 

P. PATXOT..-Las rumas de mi convento. ^^ Navarra _ ^aris SteB 

n AwriVAS —La campana de nuestej. atwos DE ESCAIjAWTti.-->^vK iTiaiio 

VlCoíio --Los hidalgos de Monforte. S?aTEI.ÍB-La hermana de la caridad 

¿Íi;AOUEB.-La espada del muerto. "^ . , TCTk 

NOVELA NATURAL^STA^^^^^^,^ 

FBSHAN OABAI.I.EBO.--La G«vIot¿ VAXEBA.-ANTOLOül A. 

HOaUEI. DE LOS SANTOS ALVABEZ. ¿i.;|.bin.- ANTOLOGÍA. 

La protección de un sastre. BELQAS.—Nona. 

H¿ aOLITABIO.-Escenas andaluzas. . alaBOOW.-EI Niño de la Bola. 

SkióNE^ BOMANOS.-E8cenas matri- J^LABOU ^^^..^m novela. 

;:::L.end.en,os^^o™en.ea>a^ 

.. ''^^^«MOUEB.-El caudillo de las mancaron 
KOBBII.I.A.~Recuerdos de tiempo viejo. gf bolina OOBONADO.-Sigea. 

TBUEBA.-Cuentos campesinos. 

ESCRITORES 

EUSEBIOBLASOO.-Una novela. 
OAHIVET.-Plo Cid. _ , . ^. aLSaNDBO SAWA.~La noche. 

sn.VEBIO LAUZA-Medicina rustica. Ai.t-i 

TABOADA.~Una novela. ^ 1 S eXtractaJ 

l>ara hacer más eHcaz nunstra obra cultura^^^^^^ 

i.án precedidas de setT.blattzashteranasesmtas ^ ^^^^^^ 

la GondBsa de Pando ^^'^^'^tXsSéB Oastro. 
A*onín, Manuel Bueno y Orietóbal «e 

Estos números HOMENAJE, serán exíraordlMh 

rios y se publicarán alternados con los numew» 

. corrientes de nuestros actuales colaboradores. 



-OS GEMELOS 

COMEDIA DE PLAUTO 

arreglada en fres acfos y un prólogo por 

Adaptación castellana de 

AMTOmO PALOMERO 

PERSONAJES 

>ÑA JUANA. BELLOGÍN. hijo, marido de H\ PINTOR. 

.C^\}^-,. Clemcnfina. (ILINDDO 

ADONCELLA. GORRIZ. UNMÉDICO 

I.LOGIN. padre. 6ERNALDEZ. UN CRIADO.' 

•ccWn del prólogo en Burdeos; la de los írcs actos en el Sardinero de Santander 37 anos despuái 

PRÓLOGO 

En Burdeos. Sala modesta en casa de Bellogfn, padre. Puertas al foro y laterales. 
Bellogín, la Doncella y luego el Ama. 
Bell, p.— (A la puerta derecha.) ¡EÜse, Elise! • 
DoNc. —(Saliendo.) ¡Monsteur ! . . 
Bell, p.— (Pronunciando mal.) ¿Voulez-vous apporter une bouteille d'eau-de-víe 
ur mon onde, dans la salle á mangjer? 
DoNC— (Acento francés.) ¿Cómo, señor? 

Bell. p.-(Jue si quiere usted poner una botella de aguardiente para mi tío en 
:omedor. . Ya sabe usted que le gusta tomar una copita por la mañana. 
D«NC. —Bien, señor. (Mutis.) 
Bell. p.-¡::stá visto que cada vez hablo peor el francés... Ama. ama 

\MA.—(Salic;;do.) Señorito... 

Bell. p.-¿T¡ene usted ya todo preparado? ¿Está usted dispuesta para mar- 

Ama.— Sí, señor. 

B LL. p.- Perfectamente. ¡Por Dios, que no se la escape nunca nada' 
Ama.— Descuide usted; que yo sé guardar un secreto. 

Bell, p-— Y si durante los pocos minutos que va usted a estar aquí todavía la 
ra a usted mi tío, el que ha venido de América, ya sabe usted lo que no se le 
;de decir y lo que ha de responderle si la pregunta... 
A.MA.— Sí, señor, sí... Puede usted estar tranquilo, que no me equivocaré 
Bell, p.— 1 engo confianza en usted y por eso la hice venir de su tierra Co- 
ico a su familia. ^ 

Ama -Pues porque conozco a la familia del señor he venido yo a este maldito 
iblo de franchutes, que si no... 

Bell. p.-Bueno, mujer, pero ya se marcha... Esta misma tarde estará usted 
mno de Santander. Sobre todo, tenga cuidado de no marearse 
Ama. -Si que lo tendré, porque le sentaría mal al niño. Pero puede usted es- 
tranquilo, porque al venir no me pasó nada, y eso que la mar estaba muy albo- 
ada. y dígame... ¿que tengo que hacer para embarcarme? 

r!!:!; 'M ~f K^V/" '^3 ^"^^'"^ "^^^^ ^" ^s°'- i^o d'ga '^í'ted nada!... Mi ami- 
Bernaldez debe llegar de un momento a otro y él se encargará de todo .. U» 
se va con el, ^ vv^v/.., ^^ 



oí„ 



Ama.— Lo que usted disponga. Ya le he aicho que estoy segura de no marear 
me; pero, ¿y el niño? ¡Una criatura de tres semanas!" 

Bell, p.— ¡Bali!... ¡A esa edad no hay quien se maree! Además, como le lleva 
rá usted en brrras, no sentirá las sacudidas del barco si la mar está dura. (Se oy 
dentro la voz dci tío.) {Mi tío! Márchese usted ¡y mucho ojo! (Mutis el ama por lai2 
quierd^.) 

Bellogín, el tío, seguido de un hombre que trae unos paquetes. ^ 

T. Amf.r.— (Al hombre.) Laisse vous les paquets dans le chaisse. Je vous donfflB 
fé un franc pour votre service. (A Beiiogín.) ¿Tienes ahí un franco? 

Bell, p.— (Selo dá.) Ahí va, tío. 
' T. a;-1iíR.— (Da la moneda al hombre, y éste se va.)— No sabes los apuros que pas 
para entenderme en este país. He aprendido el francés en América, por neces'L 
dades de mis negocios, pero sin'duda en Francia hoy que hablarlo de otra mam"^ 
ra, porque a mí me resulta nuevo. 

Bell, p.— Pues yo hace tres años que vivo aquí y no he podido lograr que m 
entiendan mis criados hasta que ellos han aprendido el castellano. ¡Por lo visi 
el estudio de. las lenguas no es el fuerte de nuestra familia! 

T. AMER.— ¿Hace ya tres años que estás en Burdeos? ¡Como pasa el tiempo! 

Bell, p.— Sí, tío. Establecí aquí el sesenta y siete mi tiendecita de «Novedí 

des españolas» y poco a poco voy abriéndome camino... Estoy satisfecho. Y v£ 

que el expatriarse da buen resultado entre los Bellogín, puesto que a usted no 

ha ido mal en América... Bien que yo no puedo compararme con usted. 

T. AMLiR.— Ño me ha ido mal, es verdad; pero tú no sabes lo que he luchado, 
que he trabajado../ He sido cuanto hay que ser en este mundo; es decir, en 
otro... He hecho las cosas más raras... ¡Con decirte que hasta fui inventor!... 
Bell, p.— ¿Inventor? 

T. AMER.— Sí... Inventé una especie de producto químico para blanquear a h 
negros... ¡Figúrate! 

Bell, p.— ¿Y dio resultado? • 

T. AMER. -Los negros dejaban de ser negros, pero sin llegar a volverse blancc 
)Bell. p.— ¡Vamos!... , >lí 

. T. AMER.— Su piel adquiría un tono gris pálido, bastante desagradable a la vi"^' 
ta, pero nada mas... En fin, vendí la patente, perdí el dinero en otras empresí 
me asocié luego con un italiano... Pero la historia es larga y ahora no es ocasi. 
de que te la cuente. Solo te repetiré que he luchado mucho. Sí; y he trabajado c 
mo un negro, no de los grises, sino de los verdaderos. 
Bell, p.— ¡Pero con éxito! 

T. AMER.— Eso sí. He conseguido reunir una cantidad respetable, que un c 
«era tuya.. 

Bell, p.— Querido tío; no hablemos de cosas tristes... 
T. AMER.— Nada más natural, después de todo, puesto que eres mi pariei 
más cercano... Ahora, que ya sabes lo que te dije cuando te escribí participándc 
mi resolución: mi fortuna será tuya y tú se la dejarás a tu único hijo... Es dec 
que no podrás tener otro hijo después de ese, porque entonces te desheredarí£ 
Es un capricho tonto, ridículo, como quieras, pero lo impongo por única 'cor 
ción... ¡No quiero que mi fortuna se pierda en particiones, porque serviría de m 
poco provecho!... Ya lo sabes, tu eres mi heredero natural, pero aun tengo el 
recho de olvidarte y dejárselo todo a una prima segunda que vive en Salaman 
Bell, p.— Tío, por Dios; no hablemos más de eso... Lo que yo deseo es ( 
disfrute usted mucho tiempo de su dinero. 

T. AMER.— Y yo también, pero hay que estar prevenidos. Por suerte, ya tie 
un chico de tres semanas, que será a su vez el que recoja los cuartos. .. Pero f 
te bien; no puedes tener otro. ¡Esto es lo exigido! 

Bell, p.— Le prometo respetar su voluntad... ¡No tendré otro hijo! 
T. AMER.— Y a todo esto, aun no le di los buenos días al angelito. .. (Dirigiéi 
se a la puerta izquierda.) Voy a dárselos. 

Bell, p.— (Precipitándose a detenerle.) No, no entre usted ahora, tiíto... Le C 
vistiendo el ama... 

T. AMER.— ¿El ama?... Creí que lo criaba tu mujer... 
Bell, p.— El ama seca. tío... Hemos tomado un ama seca. 



a, « 



ití 



k- 



T. AMcR.- ¡Hola, hola!... Veo que os cuidáis... Dime tú si con tantos gastos 
>s vendrán mal esas pesetcjas. ' > 

Bell. p. -¡Otra ve::, tío!... No hablemos más de eso... Hasta lue'^o. 
1 . AMER.— ¿Te vas? 

Bell, p.— No, yo no... Usted es qnien debe salir a dar un vistazo por el puer- 
._,. El puerto en Burd-os es dijíno de verse (Mirando su reloj.) a ¡as diez in^-nos 
einte de la mañana. No debe usted desperdiciar la ocasión porque hoy hace un 
[ran día y mailana puede estar nublado. 

T. Amkr.— ¿Tú tambiéü tienes esa manía? Lo más terrible en cuanto llef-auno 
cualquier parte, es que le habrán admirar las vistas a la fuerza. He recorrido paí- 
3S bastante mejores que e;-íe sin mirarlos siquiera. 

Bkll. p — Al puerto, al puerto y ya me dirá usted si le gusta. Cuando vuelva 
era usted a! pequeño que ya estará arregladito... 

1 .'^- ■f^'^'ER . — Sí, voy a salir, pero no a] puerto, sino a encargar una cosa que he 
pvidado... En seguida venp,o. (Mutis.) 

Bell, p.— Sí, sí; en seguido... Dentro de dos horas, o tres, o de cuatro. 
Bellogiii; Inejío la Doncella; después Bernáldez. 

Bell, p.— ¡Creí que no acababa de marcharse!... ¡Señoi-, señor!... ¡Quéabsur- 
3 se le ha ido a ocurrir a mi tío para complicarme la vida!.., Pero no hay más 
;medio que aceptarlo, si no quiero que se me escape la futura breva... Ahora 
)lo falta que Bernáldez no venga hoy y me fastidia... ¿Cómo voy a seguir ocul- 
indo la verdad, sin que alguien se entere y lo eche todo a perder en un momen' 
)?... ¡Qué apuros, qué comproíniso, qué intranquilidad!... Y todo por... 

Dono.— (Saliendo.) Señor. . . Aquí hay un caballero que pregunta por el señor . 

Bell. P.— ¡Que pase! (Mutis la doncelia.) ¿Será él?... (Sai? Bernáldez; trae un saquiVo 
imano.) ¡Sí, él es! (Se abrazan.) ¡Ay, amigo mío! ¡Pensé que no llegabas nunca' 

Ber.— Pues aquí me tienes... Recibí tu aviso hace cuatro días, pero no pude 
ínir tan pronto como tii deseabas; por eso te escribí diciéndote que hasta hov 
p me tendrías a tus órdenes... 

Bell, p.— Y ya estaba yo impacientísimo... 

Bér.— Pues mira, por poco no nos vemos... Como no me he embarcado nun- 
i, el viajecito me ha sentado como un tiro... Vengo muerto, completamente 

Bell, p.— No lo creas; traes muy buen aspecto... Y pronto lo tendrás meior. 
)rque vas a embarcarte inmediatamente. ■ 

Ber.— ¿Cómo? ¿A embarcarme? ¿Cuándo? ¿Para dónde? 

Bell, p.— Ahora mismo... Es preciso que te vuelvas a Santander. 

Ber.— ¿Y para esto me necesitabas? ¿Para despedirme apenas he llegado? 

Bell, p.— Sí, querido Bernáldez... Es indispensable que te vayas en seguida 
as a saberlo todo... ^ j & w... 

Ber.— Habla... Pero antes dime, se me olvidaba preguntártelo, ¿y tu muier? 
.ahó bien del paso? ^ « mujcir 

Bell, p.— ¡Ay, Dios mío! 

Ber.— ¿Cómo? ¿No está bien? 

Bell, p.— Sí; perfectamente. 

Ber.— ¿Y el niño? 

Bell. p.-iMagnífico... ¡Pero si tu supieras!... En fin, vas a enterarte del por 
e de tu viaje... Yo no te hubiera dicho nada de lo que voy a decirte, si no ne- 
sitara de ti; pero como te necesito, voy a confiarte un secreto terrible. Un se- 
cto que no sabe nadie más que el médico, la madre, la doncella el ama y yo. . 
)bre todo te exijo que no lo descubras; si esto se lo dijeras a alguien, seria mi- 
ma... Mi mujer ha tenido dos niños. 

BER.-iHombre! .. ¿Y eso puede ser tu ruina? ¿Es que no tienes para criarlos? 

Bell. P--iQué bruto eres, qué bruto!... Veo que el mar no te ha espabilado. 

Ber.— Nunca he dicho que me espabilara. 

Bell. p. -¿No te figuras que por algo te he dicho que se trata de un secreto? 
1 tío, el que estaba en América, ha venido a Burdeos. Es inmensamente rico y 
i ha nombrado su heredero, con la condición de que no he de tener más que ua 
o sólo... ¿Comprendes ahora? qohucuu 

Ber.— ¡Ah, vamos!... Sí. sí.. 



B,,. . -ES una estupidez pero «ué voy a .acer sino resi.„a™,e..,. V vea| 

- S -T^^eSd?rrmen"te"e"s'm% ^esagra^ble .o ,ue t e^de!.,^^^ 

BbR.-Jveruda ¡ enie suceda. t.sneLc^cM ^^ ^ ^^^ viejo^ 

en a,a,to podamos. Mi m"Íe'-/,f„:^f;,fd¿Uo!^f como! además, se ha empeña- 
r'^'^ia^rl' Cit%To'{™ muS eí ^ I > cnedacon nosotros. j 

^° |"eR -Oy'^'y a' ot?o, ¿qnián va acriarlo? ^^, 3,„ Ya ten J 

g^f; p Ifú! no; tranquilízate.. . Vas a f "^f =.f 7¿" hoy. Esta tarde sale parS 
arralado vues";o viaje, y por «°''=SdTunca¿Wn amigo mió; en su camarol» 
ffinder un vapor "¡.--"^'orafse pas"an ¿"n^e^n cualquier parle. 

S^ISe tU un m.^,-^^^ 

lS^7wl.e,en.e^,Est4 muy mono, muy m^ ^„ ,„,„to los toque., 

'«^r;;°.7-Ho*ír|rSi;aííeXSp''le veinticinco dias. . 

OpD _;No ios representa! 

gp,, p' _.Cómo que no los representa? como un cumplido... 

r^^k'¿rresSrieiia'!".''Xio^^ 
-«s^pínst.Ker;^^^^^^ 

D ; o ÍAnírelito!... Se me parte el co.azon di au ^^^.^^^ ^^^ 

Dio?q"-uerh»ufeliddad Losp™^^^^^^^^^^^ 
d-osqueasuher'nan°...Aeneh^^^^^ 

^r^Syt Uira ín^^r^rJ^Sraúe no sabW sentir ,. 

rnn una nodriza mercenaria, juniu a 

""'íj^^^-ílomtrl': rSíofaqui... No tengas cuidado, que yaprocuraré que ^ 

¿rf^l^S^ corren prisa; no tiene^^--i\l3Ve^"™^^^^^^^ 



den tus servicios. 
agradecértelo. 



Ber . — i 1 u eres un verdadero ctmigo! (Se oye toser al tío.) 

Bell, p.— ¡Cuidado, por Dios, que viene mi tío! Toma... (Le dá el chico.) 
Dichos y el tío. Luego la doncella 

T. AMER.— (Porla derecha.) Ya hice el encarguito. 

Bell. p.-(A Bemáidez.) Por fortuna los niños son ¡guales... Tomará a ésteoor 
|1 otro. "^ 

T. AMER.— (A Beiiogín.) ¿Es un dependiente tuyo? 

Bell, p-— No; es un amigo, mi mejor amigo. El señor Bernáldez. (Presentándole.) 

I . AMER. -Mucho gusto... ¡Calle!... Pero si está aquí mi sobrinillo. (Lo toma 
1 sus brazos.) Buenos días, muñeco... ¡Qué guapo es! Hombre, hombre. (Mirándo- 
y el lazo.) Llama a la muchacha. 

Bell. p.-(A la derecha.) Elise, Eiise. 

DoNC— (Saliendo.) ¿Qué manda el señor? 

T. AMER.— Traiga usted una cintita azul para este gorrito. (Mutis la doncella.) No 
i por qué le pusisteis hoy este lazo rosa, sabiendo que no me gusta ese color 
le gusta el azul y al niño también; ¿verdad rico? (Entra la doncella con la cinta ) Vov 
ponérsela yo mismo. Téngale usted... (La doncella tiene al niño mientras el tío le 
irabia la cinta.) 

Bell. p. -(Aparte a Bernáldez,) Ya ves qu? esta situación es insostenible. Os te- 
ii8 que marchar inmediatamente. 

Ber.— Piiesto que el barco no sale hasta por la tarde, déjame dar un vistazo 
)r la ciudad.. . No conozco Burdeos y tenía muchas ganas de venir... Ya que es- 

Bell, p.— ¡Bravo! Pensabas hacer un viajecito de recreo,.. ¡Estos son losami- 
)s! nenes que marcharte ahora mismo; yo os acompañaré hasta que quedéis eni- 

T. AMER, -(Que acaba de arreglar- al chico.) ¡Ajajá!... ¿Ves COmo este colof le 
enta mejor a la cara?.., 
Bell. p--(Se lo quita) Démele' usted, no vaya a hacer algo propio de la edad. 
T. AMER.— ¿Y eso que importa? 
Bell. p.-Supongo que no se irá usted al hotel, y que almorzará con nos- 

T. AMER.— Con mucho gusto... Y tu amigo, ¿también? 

Bell. p. -No; él no almuerza... Se va. Se marcha... ¡Oh! Usted no lo conoce- 
Bmpre de viaje siempre por esos caminos, Elise: lleve usted al tío al comedor v 
;Ie una copita de aguardiente, o dos, o las que él quiera... 

T. AMER.- Vamos allá. (A Bernáldez.) Servidor de usted. 

Ber.— Lo mismo digo. (Mutis por el foro el tío y la doncella.) 

Bell, p.— No hay minuto que perder... ¡Voy a darle el niño al ama! (Mutis.) 

Ber,- Lo único que me fastidia es volverme a embarcar,.. ¡Y ahora nisnto» Sin 
Itar un mareo voy a pescar otro, " 

Bell p.-(Saie sin el niño.)No está aquí... Y puede que aun no esté preparada 
ra marcharse; y eso que se lo dije... ¿Dónde se habrá metido? (Por todas las puer- 
I.) ¡Ama. ¡Ama! 

Dichos y el Ama. 

Ama,— (Sale por la derecha.) ¡Sefiorito! 

fi?^'^" f- riamos mujer, vamos... Aquí está mi amigo, el que tiene queacom- 
narla. ¿Tiene usted ya la ropa recogida? <= ^ w 

Ama,— Sí, señor, sí. 

Bell. p. -Bueno, pues hay que marcharse ahora mismo. 

Ama,— ¿Ahora mismo? 

Bell, p.— ¡Ahora mismo! 

Ber.— ¡Hombre, vas a hacer que se la retire la leche! 

BuLL, p.- Coja usted a Robertito y andando. 

Ama.— Sí, señor. (Mutis izquierda.) 

Bell, p,-Supongo que comprenderás mi impaciencia,,. ¡Dios quiera que no te 
as nunca en una situación como la mía! «o s .ciü que uu le 

Ber.— Lo mismo te digo. 

AMA.-(Salcconlos dos niños y un lío de ropa, arropada en un mantón.) Señorito... 
ero quien le ha cambiado la cinta al niño? o^numu... 



^'Zr^'^Y yo .0 n,i..o... No se me despintan. ,E..™«.ao,es, Este es Rober- 
''4r "■ Nl"s\n?rUo''" eS e? Aquiles... E, ,ue se queda aquí. .. Robertito es 
^' ¿ P.-V.Qué dice usted? Este esRoberto... Estoy segurisimo. 

A^^A.— Es Áquiles, señorito. o^t,Pftn Y basta que yo lo diga. 

h- %^'íe'll?a%"?.Ve usSare'^^a-nde^'porqueVeto igua, a uno ,ue a 

nvn.!irdiTorerKog;'r 

Am* -íRstá usted loco, señorito! 
rMÍ^SS^CÍnlSted. oéguen,e usted despjd^me^ 

'c° S 5lti™s^ef;r™r..?v^le rpll S'eV,ue este es Roberto, pero yo 
'^ fer (U 5;;"réi o.,» .no., Bjno:io<,ue usted c,„iera ¡P- no^gnte^,s^ 
ted que puede salir el tio! (A Be™alg^-- P f <=™ «"^ ¿P^ cligo en que tengo que 

Sos-Íc£rl"ei?.S if ^'.?.e;IirE^erar,ne e„ el portal un nro^en-, 

"¿Srel7i:'¿e;:í." ': Se P--- > '» '--'^ ' '' ^'° '"^ ^°' "' •°™- 
T. A.v.ER. -¿Dónde vas? ^ ^ salir un momento... He re- 

io por la derecha.) 

Bell. p. -Hasta ahora mismo. ...:.„ „! «ene! (Tetón.) 
T. AMER.-Ven con tu tío, rico > Ant« ^^ "f "^ 



FIN DEL PRÓLOGO 

ACTO PRIMERO 



a la izquerda; el de Be 



Un rinc6n del Sardinero de Santander. ''!Z^ttln2liT::^^^^^^^^^ 

Zl en primer término y el de Bemaldez en seg "^ y ^^^^^^^ ^.^^^ 

aifor-do derecha. A éste se «"^^.P^"- ""^/.í^ll dered'^^^^ modo que quede frente al 
ventana p-,-acticables. Tiene ta^.b.en adosa^ a la de ^,^ ^^^.^ practicable que se ct^^ 
hotel de Bellogín, una espec.e %^'X^^^^^^^o^^,re a quien se verá f f '^tament. 
rra con una tranca. En esta garita 1 - "^^J^f^^'J^^^^,,^ junto a cualquiera de los hoteles 
cuando sea preciso parala --'^'^l'^l^.'^Ze ^^ ^ un criado de casa de Doróte^ 

Antes de empezarla escena pnmera de ?"'"^'' ^¿ ' . ^^ ,g garita, volviendo a su casa 
con unas escobas, «na pala o "- ^f^f^goirap -caL /sombrero de fieltro de ala 

g^^Z. con ei pintor a la P-a^- --> ^ ^^Í^^X^^^^ 
.0 volverá hasta -- f f^^^iod. de ^o^^^^^^^^^^ 

"""SÍor!^^.S- CU^^dido. (Se .ete enla casa.. 



Ber.— Me parece que no me na comprendido. (Desciende a la escena.) Es un Duen 
obrero, pero mejor bebedor; y creo que j'a ha empezado su faena. (Acción da 
beber.) 

JuL.— (Saliendo.) Buenos días, tío. 

Ber.— Hola, Julián... ¿Has visto a la muchacha? 

JuL.— Sí; y por eso vengo... Me ha dicho que usted me aguardaba... ¿Qu^ 
ocurre? 

Ber,— Tengo que decirte algo muy importante. 

JuL,— Estoy a sus órdenes; vamos a casa. 

Ber.— No, no; a mi casa no... Me están pintando las puertas y un par de habi- 
taciones y hay un olor insoportable... Pienso pasarme fuera todo el día.,. 

Jui,.— Ahora me fijo en que está usted vestido como para hacer una excursión 
al Polo. 

Ber.— No voy al Polo, pero sí a embarcarme... Tengo un miedo tan espantoso 
al mar, que no me he embarcado más que una vez en mi vida; hace treinta y siete 
años. Hoy vuelvo a arriesgarme... 

JuL.— Pero, querido tío, si tiene usted miedo al mar, ¿por qué se embarca? 

Ber. — ¡Porque no tengo más remedio!... Todos mis amigos me toman el pelo 
diariamente y ya no les puedo sufrir. Hoy me decido; hoy me embarco; hoy voy 
con ellos de excursión al Astillero. Embarcado a la ida y embarcado a la vuelta... 
;Dos veces! ¡Así me dejarán en paz!. ..Pero como no estoyseguro devolver a casa... 

JuL,— (Riendo.) ¿Que no está usted seguro de volver? 

Ber.— ¡Quién sabe!... Por si acaso no vuelvo, te he mandado llamar para con- 
fiarte un secreto del que soy depositario; mejor dicho, para acabártelo de confiar, 
puesto que el otro día te dije algo.. . Se trata de Bellogín. 

JuL.— Ah, vamos, sí... 

Ber.— Este Bellogín tiene un hermano gemelo. 

JuL. —Sí, ya me lo dijo usted... Pero lo que me resulta raro es que no sepa que 
tiene ese hermano mellizo. 

Ber.— Pues no lo sabe; y el otro hermano también ignora la existencia de éste... 
Creo que ya te he contado por qué me lo traje a Santander a los pocos días de su 
nacimiento... 

JuL.— Sí... sí... 

Ber.— Se trataba de defender una herencia. 

JuL.— Sí, sí... 

Ber.— Mi amigo Bellogín pensaba que su tío no iba a durar mucho, porque, 
además de ser casi viejo, tenía una salud muy delicada... F'ero hay personas deli» 
cadas de salud, que viven delicadamente treinta y cinco o cuarenta años con \ix 
regularidad de un péndulo... Este es el caso del tio en cuestión; el cual no ha que- 
rido morirse hasta hace un par de meses, a la edad de noventa y cuatro años, des- 
pués de enterrar a mi pobre amigo y a su mujer, padres de estos gemelos... Da 
manera que Bellogín, que esperaba a que el tío se muriese para confiarles su se- 
creto a los chicos, no se lo pudo revelar nunca... 

JuL.— Es curioso... Pero y, ¿cómo no se lo dijo al que se quedó con él en Bur- 
deos? 

Ber,— Porque temió que se le escapara alguna vez delante del tío, con el cual 
andaba siempre por América y por todas partes... Sólo cuando se sintió enferma 
de muerte le llamó a la cabecera de su lecho y le dio una carta cerrada y lacrada 
diciéndole: «En cuanto el tío se muera, preséntate con ella al señor Bernáldez, en 
Santander.» 

JuL.— ¡Muy interesante! 

Ber. — Por él mismo he sabido la escena... Hace ocho días me ha escrito desde 
el Havre, participándome su llegada de América y su impaciencia por presentár- 
seme; me decía que le era preciso pasar por París y por Madrid para arreglar 
unos asuntos, pero que aquí vendría inmediatamente. 

JuL. - ¿De modo que usted no le ha visto nunca? 

Ber. --Solo una vez cuando acababa de cumplir veinticinco días... 

JuL,— Entonces no le reconocerá usted ahora.. 

Ber.— Claro que no... Y eso que si es verdad lo que me decía su pobre padre, 
los dos hermanos deben de parecerse de un modo extraordinario: en la estatura. 



.„ el color, en los ojos, hasta en la manera de arreglarse la oaro,,,.. ,...= .^.-- , 
""jíü-íf luego hablamos de l?s ""¡vetas! „„ ^^^ yo „„ 

"" mÍÍrí"'"'-) ¡P"-^ "'' "^ "^ ™'™^ "'''"• ®' " *'"""'° '" ™ '" ™ '°'"° " 

la mnr está como una balsa. • . 

<^^áS.lTtt¡lSnu;;f: Vendr. a,^^ „,,,., ,„e po- 

pfsTOR.-Era para decirla que con esta pn^u^a jo jo» ^^ ^^^^^ Depende, 

BER.-Bueno, bueno. (M'rando ^«^ ^f.^'¿?^^j^f^^"dos modos la chica vendrá pron- 

^S^S,^¿; JuHancito? (Mutis con Julián) í 

JuL.— Vamos. . ',<,.o..f*.«;<»fl la nintura. naturalmente, tanto máa 

PiNTOR.-Cuantomejor y i"f *"^l\^^®^ '^Se es el a-ua que echan en la 
deprisa debe secarse. \^o^nereU^^^ e QU^ ^ ^¿"/^ ^.^ q- es'perar . para que 
pintura, que es larga de sei '^^'.^^ve^^^J f^"^^ casa de Bemáldez.) 
le seque a que se evapore. ^.■^„^"^^;^,^„;" con sombrero de vm Se dirige a casa de Be- 
Gorriz, irreprochablemente vestido de y^*™'^"'^^" Luego Bellogín. I 

lloeín, pero se detiene un momento ^«««'onando, Lueeo ^ ^^^ „. I 

GoRmz.-¿Debo,convidarme hoy a almorzar en esta casa^ y^^ ^^^^^^^^ ^^ 

dente, porque comí ayer y he almorzado ya aos ve ^ ^^^^^ salmón J 

caso ¿s que hoy es jueves y si voy a ^^^^tÍ%TnT^ocomo, porque yo como de, 
según costumbre, y me gusta poco... í;'f'^^^^^"|e°,og n, aunque no es cosa dell, 
?odo, pero me gusta POCO... Prefiero la ^e^adeBeM^^^^^^^^^ q^^^^^^_ _ p^^. ^3^ 

otro jueves; tengo más confianza y no "ecc^V° "Pj» ¿"; jQucréis tener segu- 

me siento ligad*o a él, sin ánimo de ^"^"IPf^ J.fjf.^^c^^^^^^^^ beber generosa-!' 

ro a un hombre e impedir que se escapea '^.^^^Jf . f.f^ ^^5*^^^^^^^ espantoso... Los, 

mente y no pensará en huir aunque J^^j;^;;^'^!* f „ J'^" j^más fuertes cadenas, 
buenos manjares y 1^3s buenos vinos si.)et^^^^^^^ ^^^ ^^.^ ^ a.. 

con la particularidad de ^"f ,f| J^^(§"?fo¿ fe come muchísimo mejor que en la de 
(Pequeña pausa.) En casa del amigo ^""^ga ^.e cu, servirme la pechu- 

Bellogín; pero suelen poner ^''^^^^J ^f}l^^^^^^ a invitar... Y es 

ga, qSe es lo que más me S^'^^t^Áunfan^^áken a uno: «¡Qué poco se sirve 
Sue Quiroga es de esas personas ^ ^^f ^ ?"^ /,f^f¿ (Soñador) En cambio, en el 

Sste? Goiíiz!», y si se sirve uno "^^^^'j^^^ ";"!.' ^ío' mejor caen dos o tres ,untos 
solomillo todos los trozos vienen a ser guales y^^^^^^^ ^ ^^ ^^^^^te... 

en el plato, que estando en el plato e^ i'^¿° "^.^.^ISh su apellido,..» y q«4 

Ya sé que hay quien dice: «ff e Gorrr^. I^^P^^^^^fJrSantel después de las cj 
algunos me comparan con el cepillo que se P^J^ P"'^/ „na me?a queda completa 
^fdas, dando a entender que Pf/J^;^,>'^;'SJ 'X^^^ de las bromas que 

mente limpia. .. Pero yo me no d- e. , PO ^;'¿;^^^y¿\,,,or.) Unos fileti.tos de so^ 
le dan a uno para no demostrar H»;^ l^\ V^^es^^^^^ ^ manteca, peregil, patatas 
lomillo, no muy hecho, no «^'y /' udo t^^^PO^^' [;^",ietnpre vuelve a pasar la 
souíflées... Cuando vuelve a pasai la ^^^\'l^:r^^^^^ V cambio de conver 

fuente... pero cuando vuelve a pasar, tomo u^ ^ |??So que convidarme 

••^^éBr^'^r:GSr!lv^^;r^lniorzar conmigo. 



GoRRiz.— No sé si podré. 

BhLL. c— Si venías; lo siento. 

GoRRiz.— ¿Por qué? 

Bell, c —Porque yo no almuerzo aquí, 

GoRRiz.— ¿Qué, ya no almuerzas los jueves en tu casa? 

Bell, c— Es que hoy... Hoy han ocurrido cosas que... Tú, que eres un buen 
ami^o, debes saberlo... ¡No puedo vivir con mi mujer!... ¡Me es imposible! 

GoRRiz.— ¡Hombre, hombre!... 

Bell, c— Es honradísima, bien educada, de muy buena familia, todo lo que 
quieras... ¡Pero tiene un carácter insoportable!... «¿A dónde vas? ¿De dónde vie- 
nes? ¿Qué haces?» No puedo moverme de un sitio, ni entrar, ni salir de mi casa 
sin que me siga, me espíe, me pregunte... Dime tú si se puede vivir de esta manera. 

GoRRiz.— Acaso exageres... 

Bell, c— No, no... Y hay algo peor... ¡Es de una tacañería insoportable! 
feiempre fué poco desprendida, esta es la verdad, pero desde hace cuatro meses 
5ue se murió su padre y nps dejó unos cuartejos, nada en total, se la ha desarro- 
llado una avaricia... ¿Hay nada más desagradable que una mujer joven, avara? 
Con decirte que hasta su madre la regaña por eso... jYa ves!... ¡Tengo que ala- 
par a mi suegra! 

GoRRiz.— Quizá lo que tú crees avaricia sea economía doméstica, que es una 
krirtud de las mujeres... 

Bell, c— No, Gorriz, no... Yo sé distinguir. Es tacañería que llega a extre- 
JTios inverosímiles... ¿Qué tomas tú por las mañanas para desayunarte? 

GoRRiz.— ¿Yo? Nada... Me da horror comer sólo y como no puedo ir a des- 
ayunarme con ningún amigo, me reservo para el almuerzo. 

Bell, c— Yo tomo una tacita de café con terrón y medio de azúcar. Echo un 
terrón entero; luego parto otro en dos y pongo la mitad en la taza v la otra mitad 
2n el azucarero... ¿Podrás creer que hasta esto le parece un despilfarro, a mi dis- 
tinguida esposa? Dice que los terrones partidos se desmenuzan en el azucarero y 
se pierden y no se pueden aprovechar... Esta mañana me ha puesto un platillo 
:on un terrón entero y la mitad de otro, partido por ella misma, para servirme 
mañana la otra mitad que ha guardado aparte... (Irritado.) ¿Es que yo no puedo dis- 
poner en mi casa de dos terrones de azúcar, uno para echarlo en la taza y otro 
para hacer con él lo que me dé la gana?... ¿Es que no tengo derecho a gastar lo 
que quiera? 

Gorriz.— Cálmate, hombre, cálmate. 

Bell, c— Pero ya se acabó... Por primera vez, desde que nos casamos, hoy 
me he rebelado contra su tiranía... La grité, la dije cuatro cosas fuertes, ella me 
contestó con otras tantas... ¡Hemos tenido la gran bronca! Y no volveré... 

Gorriz.— Reflexiona que... 

Bell, c— No, no volveré... Y me vengaré... Ella es muy tacaña para mí, pero 
bien la gusta que le traiga alhajas, encajes..., cosas que se puedan guardar... ¡Ah, 
señora, ya se acordará usted!... Mira (í^aca una mantilla de debajo de la americana, 
metida en su correspondiente caja.) El otro día tuve que ir a San Sebastián y la traje 
esta mantilla a condición de devolverla si no le gustaba... La ha gustado mucho, 
pero como si no... ¡La devuelvo! 

Gorriz.— Bellogín, te veo en camino de hacer una tontería... Oye mi consejo, 
qiiees el de un buen amigo: vuelve a entrar en tu casa y almuerza... Si te parece 
fuerte entrar tú solo después de la bronca, yo me sacrificaré y almorzaré contigo... 

Bell, c- No, no y no... No pienso volver, por lo menos hoy... Ya que tuve 
energía para insubordinarme, aprovecharé mi libertad. ¡Voy a echar una cana al 
aire! 

Gorriz.— ¿Qué dices? 

Bell, ó.— ¿Sabes quién vive ahí enfrente? (Señalando al hotel del fondo.) 

Gorriz.— Sí: Dorotea. 

Bell. o. —Una viudita muy guapa y muy simpática y un poquito alegre, según 
creo... 

Gorriz.— La conozco mucho. Vive en la ciudad y ha venido a pasar el verano 
en el Sardinero, lo mismo que tú. He comido algunas veces en su casa. Es una 
mujer muy divertida, pero no pasa de ahí, digan lo que quieran las gentes. 



Bell. c.~Eres agradecido... Pero ya veremos si yo ¡a convenzo... 

QoRRiz. — ¿Qué es lo que piensas? 

Bell, c— Te lo diré: he cambiado con eiia algunas palabras varias veces, y 
no se ha presentado mal del todo... El otro día me la encontré en el muelle y en- 
tre burlas y veras quedamos en almorzar juntos cuando se terciara..." Pues ahora 
se tercia... Me siento otro desde que estoy libre. 

CioRRiz.— ¿Almorzar con ella? ¿Has dicho almorzar? 

Bell, c— Sí. Y si tú fueras un hombre vendrías conmigo, 

GoRRiz.— ¿Yo? 

Bell, c— ¿No quieres? 

GoRRiz. — ¡No he dicho eso! 

Bell. c. — ¿Entonces, vienes? 

GoRRiz. — Sí, hombre, sí. 

Bell. c. — Verás qué bien lo vamos a pasar... (Transición.) El caso es que ten- 
go cierto reparo... ¿No te parece un poco fuerte? 

GoRRiz.— No... Es una cosa sin importancia... almorzar fuera de casa. 

Bell. c. — Sí, pero con una mujer... *' 

GoRRiz. — Con una mujer, ¿Y eso qué importa? 

Bell, c— ¿Qué dirá la m.ía? 

GoRRiz. — ¡Nada!... Yo mismo prepararé el menú y me ocuparé de todo... Pla- 
íos variados, vinos diversos.,. 

Bell, c— ¡Cuando lo sepa mi mujer!... 

GoRRiz.— Mejor; así la domesticarás; así comprenderá que no puede tiranizar- 
se a un hombre como tú; y que si se empeña en tasarte el azúcar, irás a buscar 
otro azucarero donde te dé la gana'... 

Bell, c — ¡Eso, eso!... 

GoRRiz.— Lo único que te pido es que cuando te reconcilies con elia no la di- 
gas que fui yo quien te metió en esta aventura. 

Bell, c— ¿Me crees capaz? 

GoRRiz.— Es que en estos casos siempre se llevan las culpas los amigos... 

Bell. c. — Descuida... (Dorotea en lo alto de la escalera dando órdenes a una donGella.j 

GoRRiz.— Aquí sale, precisamente, Dorotea. 

Bell, c— Oye, oye... Ahora me dáno se qué de hablarla... Temo cortarme 
porque es la primera vez que voy a hablar en serio a una mujer desde que estoy 
casado. 

GORRIZ. — Déjame a mí... (Dorotea desciende a la escena.) 

Dichos, Dorotea, luego Cilindro y la doncella. 

GoRRiz.— Alas pies de usted, Dorotea. 

DoR.— ¡Calle!... ¡El amigo Gorriz!... ¡Y el vecino! 

GoRniz.— Me estaba diciendo Bellogín que le ha invitado usted a almorzar un 
día y yo le respondía que le envidiaba.., ¿Quiere usted convidarnos hoy a los dos? 

ÜOR.—Con muchísimo gusto... Y procuraré que no hagan ustedes penitencia; 
voy a dar las órdenes... 

Gorriz.— No se moleste usted; nosotros nos ocuparemos de todo y enviare* 
mos... 

DoR. -No faltaba más... Tienen que resignarse a comer lo que haya... ¡Anto- 
nia!... (Esta se asoma a la ventana.) Dile a Cilindro que salga... Es mi cocinero y al 
mismo tiempo mi ayuda de cámara; todo en una pieza. El y Antoñita y otras dos 
criadas son toda mi servidumbre... ¡Están los tiempos tan malos! 

CiL.— (Sale.) La señora me llama... 

DoR.--Esíá como siempre: borracho perdido... Desde que entró en casa, ha« 
ce cuatro meses, estoy esperando a que esté sereno para despedirle,pero no lo he 
podido conseguir... ¿Quién se atreve a poner de patitas en la calle a una persona 
en ese estado? Aparte de eso cumple divinamente con su obligación... Baja, hom- 
bre, baja. 

ClL.— (Muy encarnado con voz muy dulce y los ojos bajos.) ¿Qué desea la seilora? 

DoR . —Tenemos dos convidados a almorzar. 

C!L.--Bien, señora. 

DoR.— ¿Qué nos vas a dar? ¿Qué tienes preparado? 

CiL.— Pastel... pastel de 'ave. (Siempre muy dulce.; 



tí 



m 



GoRRiz.— Nosotros enviaremos... 

DoR.— Pero por Dios, señores... ¿Creen que no voy a poaer cumplir con mis 
iberes de ama de casa? Tenemos de todo... Y esta mañana hemos recibido una 
sta... ¿Qué tenía la cesta? 

CiL.— Pastel... pastel de ave..j 

DoR. — Pero, ¿es que no hay nías que eso? 

CiL.— Sí, señora... Huevos rellenos, lengua, pierna de carnero y otra cosa 
lemas, señora... 

DoR.— ¿Qué otra cosa? 

CiL.— Paste!... pastel de ave. 

DoR.— Ya ven ustedes que estamos bien provistos... 

Bell, c— Permítanos usted siquiera que traigamos unas botellas... 

DoR.- -También he recibido una caja esta mañana... (A Cilindro.) Ábrela... digo 
ero si aun debe quedar de! último envío... ¿Cuántas quedan úc las dos docenas? 
:il¡ndro no contesta.) ¿Cuántas quedan?... ¿Es que no queda ninguna? 

CiL.— No, señora. 

DoR.—Si yo apenas bebo... 

CiL.— No, señora. 

DoR.— Entonces, ¿habrás sido tii? 

CiL.— No, señora. 

DOR.—¿Se las ha llevado alguien? \ 

CiL.— No, señora. ■*«, 

DoR.- Vete, vete... Y tenlo todo dispuesto para cuando se te avise. 

Cu.. — Sí, señora. (Mutis en su casa.) 

DoR.— Es imposible con é!... Pero ya verán ustedes qué bien guisa. 

Bkix. c— Yo desearía que nos permitiera usted traer unas botellas... No es* 
brbaráii. 

GoRuiz.— Admítanos usted este pequeño obsequio... 

DoR.— Admitido; no quiero hacerles ese desprecio... Y con su permiso voy un 
lomento a un encarguito... ¿Quieren ustedes pasar a casa y esperarme?... 

Bell, c— Yo tengo que llegarme a !a Audiencia; me he detenido aquí dema- 
iado... 

DoR.— Lo comprendo... Está usted nn y cerca de su casa. (Riendo.) 

Bell, c— No, no es por eso... 
'^J DoR.— Ya me lo figuro. (Riendo.) 

Bell, c— (A Gorriz.) ¿Sabes que en vez de devolver la mantilla estoy por ofre- 
irsela? 

Gorriz.— ¡Es una idea! 

Bell, c— Dorotea... ¿es usted aficionada a los toros? 

DoR.— Mucho, ¿por qué me lo pregunta? 

Bell, c— (Enseñándola la mantilla.) ¿Qiié le parece a usted esta mantilla? 

DoR.— No está mal. 
j Bell, c— Es para usted. (Se la da.) »" 

DoR.— ¡Oh! ¡Es preciosa! 

Gorriz.— (A Beiiogín.) Es una mujer muy bien educada. 

Bell, c— Me permito ofrecérsela, para que se acuerde de mí cuando la luzca 
n la plaza. (Aparte a Gorriz.) ¿Qué tal me ha salido la galantería? 

Gorriz.— (ídem a Beiiogín.) Un poco cara, porque la mantilla es de primera. 

DoR.— Muchas jíracias, señor Beiiogín... Pero no quiero aguardar tanto. Voy 
i ponérmela ahora mismo... ¡Antonia!... (Se quita el sombrero, se lo entrega en unión 
le la caja a la doncella que sale a la puerta y se pone ¡a mantilla. Puede también Dorotea 
jonerse la mantilla como chai, sin quitarse el sombrero, dando a la doncella la caja para quv 
ie la lleve.) Eh, ¿qué tal? (Mutis la doncella.) 

Bell, c- Está usted encantadora. 

DoR.— Bueno, señores; lo dicho... Hasta ahora mismo... Y que/io se retrasen 

ustedes... (Mutis por la derecha.) 
Bell, c— A loa pies de usted. 
Gorriz.— Hasta ahora... 
Bell, c— Vamonos. 
Gorriz.— Vair.os... Oye, ¿qué vino traigo^ 



io¿,z -(Al£!::,lDeUue yo quiera!... (Mu.is >os .o, po, el .oro i.,«¡erd.., 
E, Pintor,' Luego Bellogln soltero , Franci..co por el .oro derecha. Después, la DoaceUa. 

p,„OH.-<Sale de casa^=B-»"=V''-^^¿- ''"^t^^rs vecTra-^eídlIÍ . 
fuerte sea la pintura, tanto mas depnsa «ef «■;•"'"""'', "g'' , g, <,ue tiene 
Sotro días, s'iis ^ias, diez d.as y no ta,^ manera^^^^^ seque. ^^ .^^ 

nrncha agua; es que ''«"«. ''™'f,!,''^,f.f"^3V"¿7,-la más lejos y cuando vuelve ya 
Se da una mano, se desvia uno un poco Pa™ ".u a mas I J ^ ^^^^ ^^^,^0 

está seca... Es que la P'"'"" f *"f !!„■„ ¿'^IjX Sega""" <" "'"' ^''""'"' ""'" 
?oTS^.triie?rurS^Í?afpr,a í^ay por ,i„ se .,¡a„ e„ ,a casa de Be^ 

náldez, ante la cual se detienen.) Francisco he aqui la casa dé! 

BlZlU\t AP^^^^^^ - -^'^« ^ la puerta.) Dispense usted.. 

¿Vive aquí el señor Bernáldez? 
Pintor.— ¿Bernáldez? 
Bell, s.— Si. ¿No vive aquí:' 
prNTOR -Sí tal. señor... Se llama Bert^aldez. 
Bell. s.-¿Se le puede ver? 

E'r"s.-'¿&"sMe7faforre''¿ed^^ 

^^"piNTOR.-No está en casa el señor Ber"áldez ^^^ 

lr.^^ó.^.-r|?re%"u°edtvet".nitpSrdTv^:"°&'leV queíe ^ 

^^^&lf.r-^"&Z?o que na salidoí . íV |f-sted ^ g°,v°,ver« ^^J 

prplr„rpS1e''c"a;s'i^^an¿S^'ÍrLtrBTrfá.dl.vo,verámuy. 
PeroWde -t«i fPe^ar^ <«u- cu U^^^^^^^^ ^^^ ^^„„ ,„„ „, 

"'VRl--srsi.°.'sierap're lijará el señora tiempo para derrochar el diner 

con cuatro pelinduscas... . ntiiero? No tengo familia... | 

Bell. s.-Y ahora que soy "C9>,^P^!^^,^"|,L*ííf '^a?ís' M?da miedo Parlsf 
Fran.-íAsí tocarán ellas amas!... ,0h, ^f '^' ^f '^o'esiuviese tranquilo, es 

por el señor! Lo que le convendría al señor, para que yo estuviese ird q 

"^ ^!.'^í (SlSíilírffir m& fin. ai^ovecharemo^el ciía para^l 
Santander, ya que no hay más remedio., E^ una c-dad muy ^m^^^^^^^^^ 
tes deben ser muy amables... Lo menos cinco o seis perbuua , 

la calle, como si me conocieran. , y ^ j g^or que este es un puei| 

to d';"maefhaS*for líTod'o°s?r 'p^r^ r¿'n?es dedicadas a explotari 

'"'Ct-Pero, hombre, usted no ve más que explotaciones y asechanzas 
^°'-¿°o»C^TAtl-i,ve„,„n,n,ara,;u.plarloscHs.a,esvsega en Be„o^ 

^rothaifmSrá?i^ri!','';=áia-e?.f^s 

ÍS^°¿?oq_ueme,,lede^ 



conoce pertectamente. Dice que esp9#eba a sy ama. y allí viei^\ et, en.- -. ana 
señora... 

Fran. — ¡Desconfíe el señor! 

Bell, s.— ¿Y por qué? 

Fran.— No le da mala espina que sepa cómo se llama el señor? 

Bell, s.— Hombre, sí me sorprende un poco, pero no me asusta. 
_ Fran.— Debe dedicarse a tomar los nombres de los viajeros por los hoteles... 
Es una manera de ponerse sobre la pista de la gente rica, en los puertos de mar... 

Bell, s.— Tranquilícese usted, qu^ ya no soy ninguna criatura... Y además, 
¿qué es lo que puede hacerme? 

Fran.— Desplumar al señor. 

Bell. s.— ¿Como tiembla usted por mis plumas? 

Fran.— Desde que el señores tan rico, tengo siempre miedo por el señor... 
Veo siempre al señor en una emboscada... Y con esa costumbre que tiene el se- 
ñor de sacar a todas horas la cartera repleta... ¡Eso tienta a cualquiera! El señor 
debería dármela a guardar. 

BELL.s.—jBah!... Total no llevo en ella más que unos cuantos billetes... Lo 
preciso. 

Fran.— Lo bastante para tentar a los malhechores. 

Bei.l.s.— Tómela. (Se la da.) Me deja usted con tres duros y pico... Es ^tecí 
mi Consejo judicial. 

Fran.— Ahí viene esa señora, 

Bf.ll. s.— y muy bonita que es. 

Fran.— Así, así... Veo que el señor se dispone a hacer una tontería. 

Brll.s.— No tenga cuidado, Francisco. No me conoce usted bien. Soy más 
razonable de lo que usted se figura. 

Dichos y Dorotea . Luego Cilindro 

DoR.— (Entra y le tiende la mano a Bellogín.) Hola... Ya estoy de vuelta. 

Bhli..s.— (Después dé un momento de vacilación le dala mano.) Sí... ya... 

Fran .—(Aparte.) ¡Ay, Dios mío! ¡Estamos perdidos! (A Beiiogín.) ¿Por qué le ha 
dado la mano el señor? 

Bkll. s.— ¡Hombre!... ¡Me parecía feo!... 

DoK . —Le doy las gracias, porque ya veo que ha despachado usted pronto sus 
asuntos por venir a verme en seguida... Podemos almorzar cuando usted quiera. 

Bell, s.— Pero... 

Fran.— (Aparte.) Rehuse el señor... Disctilpese el señor... 

Bell, s.— (ídem.) Desde luego... (A Dorotea.) Pero... (La contempla, la encuentra 
guapa y se decide.) Cuando usted disponga... 

Fhan.— (Aparte.) ¡Ay, ay, ay!... ¡Después de tantos días viajando sin parar! 

DoR . —Pues vamos cuanto antes (Sonriendo.) porque supongo que no querrá 
usted estar mucho rato... delante de esa casa. (Señala a la de Beiiogín casado. 

Bell. s. — Me es igual... ¿A mí qué me importa esa casa? 

DoR.— Vamos, vamos:.. ¡Mucho cuidadito, no le vea la señora de Beiiogín!... 

Bell, s.— ¡La señora de Beiiogín no existe! 

DoR.— ¡Bravo! ¡Bravo!... ¡No quiere usted que hablemos de eso!... Compren» 
Oído... ¡No existe la señora de Beiiogín! 

Bell, s.— Claro que no. 

DoR.— No exibte la señora de Beiiogín... (Aparte.) ¡Estos hombres casados!... 
(Alto.) ¿Sabe usted que mañana tenemos regatas?... ¡Es muy divertido en verano su 
pueblo de usted!... 

Bell, s.— ¿Mi pueblo?... ¡Yo no soy de Santander! Ni le conozco siquiera 
noy le he visto por primera vez. 

DoR. -Conque sí, ¿eh? Estamos enterados... No está usted casado... No es 
usted de Santander... Perfectamente. Descuide usted, que no cometeré ninguna 
indiscreción. 

Bell, s.— He llegado esta mañana de Madrid, y hace cuatro días estaba en 
París. 

DoR.— Muy bien, muy bien... ¡En París!... Vous n'étespas marié, vous n'étei 
pas du Santander... 

Bell, a.— Non madame... Moi, i'y viens anjourd'huí pour la oremiére fois... 



DoR.— Habla iisied bien el francos. Uñ llegado esta mañana de Madria; nace 
cuatro días estaba en París. (Rie.) ¡Vaya un punto! , , ^ 

QL._(Sa!e.) La mesa está servida... Solo espero las ordenes de la señora. 

DoR. —Vamos allá. (Se dirige a su casa.) 

Fran.— Si el señor me da permiso... Ya le dije al señor que tengo unos pri- 
mos en Santander, y ya que por casualidad hemos venido... 

Bell, s.— Sí, vayase... Y vuelva a la tarde. ^ 

Fran.— (Irónico.) Volveré y le daré algunos consejos al señor, ya que el señor 
me lo permite. (Mutis por el foro.) . , .. r. j. , , ,'■ a i^^ 

Dor.— Pero, como, despide usted a su criado? Podía haber almorzado con los 

niíos. ' r^. , 

Bell, s.— Muchas gracias... Tiene que hacer. _ 

DoR —Andando, señor Bellogín... Esperaremos a Got'nz en la mesa. _ 

Bell. s. -(Aparte.) ¿Quién será este Gorriz? (Alto.) ¿Tiene usted mucho interés 
en que Gorriz almuerze con nosotros? 

j3qr,._Yo no... ¿No es usted quien le ha invitado? 

Bell, s.— ¿Yo?... (A Cilindro.) Si viene el señor Gorriz, 'dígale que la señora y 
yo almorzamos solos. Que me dispense. , . . , ^ 

DOR —(Da üidenes a Cilindro y mientras se quita la mantilla.) Le advierto a UStea que 
he dado el golpe con su mantilla... Estoy contentísima con su regalo... (Mutis qv 
su casa.) 

Bell, s.— ¿Con mi regalo? Esto quiere decir que me va a mandar la cuenta... 
Por lo visto no se anda con cumplidos... En fin, ya veremos lo que resulta... (En- . 
tra en casa de Dorotea, cuya puerta se cierra.) ¿ 

Gorriz, luego Cilindro, la Doncella, Dorotea y Bellogín soltero. | 

GoRRiz.— Seguramente no habrá llegado Bellogín todavía, porque siempre que | 
tien- que ir a la Audiencia le asaltan una porción de importunos y le retrasan a 
hora del almuerzo... ¡Lo sé por experiencia!... Pero hemos quedado en que le 
aguardaría en casa de Dorotea... Tomaré un vermouth; no porque lo necesite, 
sino como oasatiempo... (Llama.) ¡Me voy a poner como nuevo!... (Llama.) Y en casa ; 
de estos tontos, cuanto menos discreción mejor... Cuanto más se come, mas se les 
hace reir... Reirán, reirán... (Llama.) 

CiL.— (Abre.) ¿Qué desea? r. u - a. a-í ■ 

Gorriz.- ¡Hola, Cilindro!... ¿No habrá venido aún el señor Bellogín, verdad? 

CiL— El señor Bellogín está aquí ya... (Gorriz se dispone a entrar alegremente.) . 
Pero haga usted el favor^de no entrar... El señor Bellogín ha dicho que no entre I 

usted. ^ , 

Gorriz.— ¿Qué estás diciendo?... Déjate de bromas, . , 

CiL.-No es una broma... El señor Bellogín ha dicho que no se le deje a usted ^ 

Goi?Riz.— Vamos, vamos; déjame pasar, ¡so curda! « 

CiL.— Yo soy un curda, pero el señor Bellogín ha dicho que no entre usteü, ,; 

(A la doncella, que sale.) ¿Verdad, Antonia? i 

DoNc.-Así es, señor Gorriz... El señor Bellogín ha vuelto a encargarme que | 

"° Sfz.-¿pÍ'ro qué tonterías estáis diciendo? ¡Yo quiero entrar! (Mutis Cilindro ' 
y la doncella cerrando la puerta. Gorriz la golpea. Dorotea se asoma a la ventana,) ¿Ha ^ 
Qído usted lo que dicen estos majaderos? 

Dor.— Amigo Gorriz... Es Bellogín quien quiere que almorcemos solos... 
GoRRiz.— ¡Pero esto es una barbaridad!... j , ,, ^ ' 

Bell s.— (Aparece a la ventana.) ¿Qué desea usted, caballero:' ^ 

GoRRiz.-(Rie.) Tiene gracia, tiene gracia... Vamos, vamos; dique me aoran la '; 

pueita. , , . ,, 

Bell, s.— No tengo el honor de conocerle, caballero. 

GoRRiz.— Vamos,'no hagas más tonterías, y di que me abran. 

Bell, s.— Lo que le digo a usted es que no comprendo nada de esto... Y le 
rueo-o oue no me tutee, porque hasta en broma me molesta. J 

&oRR!z.— Ya te estás poniendo muy pesado... O me abren la puerta, o §e lo- 
4igo todo a tu mujer. 

Bell, s.— ¿A mi muier'-* 



I GoRRiz.— No me desafíes, que se lo cuento inmediatamente. " 

Bell, s.— Y yo le suplico que se lo cuente... Pero primero, a ver si la encuen- 
tra, y luego dígame dónde vive. 
DoR.— (Riendo.) ¡Si no está casado! 
GoRRiz.— ¡Bellogín! 

Bell. S.— ¡Vaya usted a paseo!... (Cierra violentamente la ventana.) 
GoRRiz — ¡Pues era de veras!... Pero ya me las pagará... Lo peor es que ape- 
nas me queda tiempo para ir a casa de Romero. ¡Salmón!... No hay más reme- 
dio... Y Dios quiera que llegue a tiempo... (Se va corriendo por el foro. T¿ión.) 

FIN DEL ACTO PRIMERO 

ACTO SEGUNDO 

La misma decoración del anterior. 
Gorriz y la Doncella; luego Bellogín Soltero. Qorriz llega por el foro en el mismo instante en 
que la Doncella sale de su casa. 

DoNc. —Buenas tardes, señor Gorriz... ¿Qué hay? 

•Qorriz.— Hay;., que estas bromitas son muy desagradables... Sobre todo 
:cuando se gastan a la hora crítica de... Yo no tenía nada preparado en casa y tuve 
¡que ir corriendo a la de mi amigo Romero; pero llegué tarde... Ya estaban aca- 
bando... Y como no era cosa de decirles «aquí vengo a almorzar», pues les dije 
que ya había almorzado. Entonces me ofrecieron dos pedazos de torta, y tomé 
también dos tazas de café.. . ¡Esto no es comer formalmente!... No es que me im- 
porte el almuerzo; lo que me fastidia es el proceder de Bellogín... 

DoNC— Dice usted muy bien; y debe usted pedirle una explicación... ¿Por qué 
no entra usted ahora? 

Gorriz.— ¿Yo?... ¿Entrar en esta casa?... ¡Jamás! 

DoNc— Hace un ratito que acabaron de almorzar... Ha sido muy largo el al- 
muerzo... 

Gorriz.— ¿Muy largo, eh? 

DoNC— Con permiso de usted voy a un encargo de la señora... (Mutis.) 

Bell, s.— (Hablando a la puerta de Dorotea.) Una vueltecita nada más. Es mi cos- 
tumbre después de comer. (Saluda vagamente a Qorriz.) Me parece que este es el 
tipo que vinoafltes... Y el caso es que estuve con él un pocu duro... Dispense us- 
ted, caballero, ¿por dónde llegaré antes a la playa? 

Gorriz.— Caballero... ¡no le conozco a usted! 

Bell, s.— Toma... ¡ni yo a usted tampoco!... Pero eso no importa para que 
me diga lo que le pregunto... Vamos, me guarda usted rencor porque antes no le 
seguí la broma, ¿no es eso? 

Gorriz.— Le digo a usted que hemos acabado... Romper así una amistad. anti- 
gua; por una tontería. 

Bell, s.— Vaya, vaya; se pone usted ya demasiado cargante con esas histo- 
rias... ¿Es que yo le había invitado a usted? 

Gorriz.— ¿Sabe usted dónde voy ahora mismo? ¡Allí! (Señalando la casa de Be- 
llogín casado.) 

Bell, s.— ¿Va usted a esa casa? 

Gorriz.— Sí... A cumplir mi promesa... A contar algo interesante... ¡A ven- 
garme! 

Bell, s.— Bueno; sigue usted con la bromita... Será muy graciosa, pero yo no 
le veo la punta. (Qorriz entra'en casa de Bellogín casado.) 

Bellogín soltero y Dorotea. 

DoR. -(Asomándose a la ventana.) ¿Aquí todavía?... Creí que estaría usted ya en 
la playa. 

Bell, s.— No sé si ir a la playa o a la ciudad. 

Dor.— Si va usted a la ciudad, espérese y me hará usted un favor. (Se retira.) 

Bell, s.— Con mucho gusto... ¿Qué se le ocurrirá? 

DoR . —(Sale con la inantilla'en su caja y un estudie de pulsera. )He pensado una COSa; 
no sé qué le parecerá a usted... Quisiera que se llevara usted otra vez la manti- 
lla Dará aue me la reformaran. No es que me disguste, pero la prefiero de toballa 



la que sea completamente de m> 
1^-» «ÍFiS^T'rUe -.a™e cuanto- 
^ Bell. s.-iNo faltaba más.... „i,„ usted («ostrán- 

noR -Mandarle no; pero si le voy a rogar otra cosa... M.re 
lSÍ^:^¿S-e?Kntdi^n.edlo....Qulere«st^^ 

'' SSS?«»SÍ3:na™.teclta. ,M„. o„„ 
ÜOR. '-''^'*¿''* í sí; volveré pronto. En <^^^"^°"r"'a también lo es. ¡Digo! 

ái.=¿'!sií?.S=«^^^^ 

Bell C -(Por el foro derecha.) iQ"f >rbarid^^^^^^ | 

ca -Las dos y cuarto! ¡Vaya un P^^f^f^Xta de un pobre diablo que quiere que. j 

Bell, c i^"'" . . .Qué sera esto? 
'°''c?« -T MÓgrn.uSabe Ssted a dónde voy? 

Bf™: c.-No... íA dónde? ¿,^,... Necesito verla in^ed|^B 

™en^í'ío;¿rC7ue"u3ern,eL^S.t, enterarla desús ™anas...^.^^^^^^^^^^ 

Se ha'dado usted! ^^ , en sesuida... Yo también la d,r« . 

«eS^¡SSiij#^5Síffi^iSdg^^ 

'''S\"^-ÍSr?rtloT¿S^ StciSs^e^anvos.) .Yo?... íTu ma* 
'•■"& Ji-lNirenTasílHas sido tul iQuién me la iba a quitar? íEs <,ue pre .e- 
15;SfiSSlo...Se 10 voyacontar todo a mi madre; todo, 
'"^Srt^VQS'QuTe^^fitlicarme?. „^ ,„ „„ „ he_dich< 



Jque me he vengado, como le 'prometí, sin no-.icr nada de mi parte... Me alegro 
mucho. 

Bell. c. —¿Pero quieres decirme qué significa esto? ¿Por qué me llamas de 
usted? ¿A qué viene ese aire solemne?... ¿Qué es eso de venganza, y de prome- 
sas, y de?... Vamos, exph'came este lío... 

GoKRiz.— ¿Y aun tiene la frescura de preguntármelo? ¡Ya estoy vengado! 
Tome usted bromitas! Ust -d lo pase bien. (Mutis.) 

Bi-LL. c.—Gorriz, Gorriz... Pues señor, no lo comprendo... ¡Qué compüca- 
dón! A mí no me importaba engañarla, pero esto de la mantilla es poco delicado, 
esta es la verdad... Creo queme he excedido regalándosela a Dorotea así tan 
de repente... Como no tengo costumbre de hacer estas tonterías me ha salido mal 
la primera... ¡Qué complicación!... No voy a tener más remedio que decírselo (Se- 
ñalando la casa de Dorotea.) a ver si quiere ayudarme a salir del conflicto... Es un 
poco fuerte, pero no hay otra solución... ¿Por qué me habré metido a ser galante 
si no estoy acostumbrado? (Dorotea abre la ventana y le ve cuando él se ditponía a 
subir.) 

Bellogín casado y Dorotea. 

DoR. — ¿Cómo, ya de vuelta? (A la ventana.) 

Bell, c— Sí, ya... (.aparte.) Por lo visto no se la ha hecho el tiempo tan largo 
como a mí. (Alto.) Me detuvieron en la Audiencia. ¡Hay que soportar tantas latas 
en esta profesión! ¡Creí que no me dejaban! 

DoR.--Pero ¿ha tenido usted tiempo de ir hasta la Audiencia? 

Bell, c— (Aparte.) Me parece que me está tomando el pelo. (Alto.) Crea usted 
que he sentido pon toda mi alma la tardanza... Estaba deseando venir, entre otras 
cosas porque tengo que decirle algo; algo... 

DoR. — ¿Sí? Voy inmediatamente. (Se retira de la ventana.) 

Bell, c— No, no salga usted. Ahora subo yo... 

DoR.— (Sale y se coloca a su lado.) .¿Qué es ello; amigo Rellogín? 

Bell, c— Pero, ¿por qué se ha molestado usted en salir? Entremos, entremos 
BU su casa... Pudiera ocurrir que me viese aquí mi mujer y no hay necesidad. 

DoR.— ¿Su mujer? (Riendo.) ¿Pero no hemos quedado en que no es usted ca- 
sado? 

Bell, c.— ¿Que no soy casado? 

DoR.— ¿Ya se puede hablar de eso? 

Bell, c— Pero, ¿quién lo ha prohibido? 

DoR.— ¡Qué tipo! Tous les hommes sont epateurs, et vous aussi, naturelle- 
ment. 

Bell, c— ¿Cómo? 

DoR.— Tous Íes hommes sont epateurs, etvous aussi, naturellement. 

Bell, c -No la comprendo nada. 

DoR . —¿También ha olvidado el francés? (Ríe.) 

Bell, c— ¡No lo he sabido nunca! Pero entremos. 

DoR.— ¿No era urgente lo que tenía usted que decirme? 

Bell. c. —Así, así... Es una cosa un poco... un poco... ¡No sé cómo expresar- 
ne! Un poco rara... La mantilla que iie tenido el gusto de ofrecerla era de mi mu- 
ein es decir, no ora para ella, pero ella creía que sí, porque la ha visto en casa. 
Vle ha dicho que dónde la he piicsto y yo la he contestado que no la he coo-ido- 
)ero luego he pensado que puedt; echar la culpa a ima criada, que se trata de un 
■-obo, y, francamente, no quisiera llegar a este extremo. ¿Comprende usted? 

DoR.— No del todo. 

Bell, c— Digo que convendría volverla a dejar en su sitio... Pero yo le ase- 
rró que no perderá usted nada; al contrario, ganará, porque le prometo rega- 
arla otra mejor, mucho mejor que esa. 

DoR.— Bueno; pero de toballa; que sea de toballa, que ya sabe usted que es 
;omo me gusta, 

Bell. c. -¿Le gusta de toballa? Bueno, pues de toballa. ¡No sabía nada! 

DoR.— Pero lo que ha debido usted hacer, en vez de decírmelo, es traerme lo 
que me promete y poner la otra en su sitio. Así ganaba tiempo. 

Bell, c— (Aparte.) ¡Le ha sentado mal!... Ya me lo suponía yo... Como que ei 
•aso es un poco fuerte. 



^-^^^IJ^^^Ur^ ?¿K?,ando! iC6n,o iba a ponerla 
en su sitio sin que usted me la diera? 

¡¿-^eptf i;5a"uSt& de <..™e,a.. 

gÍ-^£Sle'S Diol adonde tiene usted ,a cabeza? íNo se ia di pare 
^"'^I^l".'c™"Que me KiW ??un\";l^rt"f mi? Dorotea; usted está con- 

'""dor -¡Qué bromista ha venido usted de la Audiencia! 

B™L. cSada de bromas. H^Wo muy en seno. „^,^,j .p,„ ^^i 

DoR.-dMuyenserio?.^(E-tan<^^^^^^^^ 

'''B^!T^^p^SÍ^'^i:t^. usted, iAy Dios mió. 
;Co°mo\a-brrftuVafm°erplí??s"toff ^^^ >V no quedara! ,S. 

„e.ec^™e„.^en^suc.,^. Cierra. a^^ 

peligros sima... Y decía Qorriz que es ™a 'nfe!,^ ° Prdesíués de todo; lo que 
^-Tá i? etSaToXa Vm^arris- mSr í^'qué L habré metido a ca 

Cer^s n'ls?araco's°tumb7ado? f tarue'gf Beno..n soUero. , ' 

Clementina, doía Juana. Luego »' '"Bi" .ge acordan 

CLEM.-Yanoestáaqui; puede que haya entrado en casa... 

'' T'-A-Calma, Clementina... No conviene tampoco tratar a «n marido co, 
""cí« -En'elte caso, si, mamá. ¿Te parece bien que se haya llevado la man- 
"•1„...._Ni muchomenos. Lo que convendría averiguar es para quién se la h, 
llevado; porque supongo que no habrá ?'f ° Pf "„ ' ' ,<,„ seeura... Me dijo que Is 

ine por la escena de esta mañana. 

¿r.-P^ercSviene que le regaces tú t^^^^^^^ 
iro^l^i^^&lT^oTJ^lf^^^^^rs.... Siempre hago de el lo qu 
^"'yu°^...-Míra, mira; aquí viene. (Aparece Bellogín soltero por e. loro i«„ier.» ce 
la caja de la mantilla bajo el brazo.) ciudad. Estoy desorientado. (^ 

^^"fcS.Í^Q«rdi«?KSe^tY;riímantilla! (A Be„o..n., íEs que qu,d 
usted de¿afiarrne? ^_^ ^^^ ''\^°™p"tdo. . Venga esa manüUa. ; 

isr^iSSLTfeg'N^t?^^^^^^^^^^^ 

íl^iltho.'^ Xatíora.'mTy gutpaVo? cierto, sin ofender a nad.e. 

gL":7.'-SrdSde esta mailana la conozco v va estoy casi casi enamora. 

^^ jMNi.-iQué dice este hombre? 
C1.EM. -¡Esto es vergonzosol 



Beix. s.— No hay nada de vergonzoso en esto... Yo soy libre, y por conse- 
luencia no hago daño a nadie. 

Clem.— (Se le acerca.) ¿Que tú eres libre? ¿Que tú eres libre? Perfectamente; 
oy a declararte una cosa. .. Yo también soy libre. 

Bell, s.— Muy bien, señora... Jamás le he dicho a usted lo contrario. 

Clem.— ¿Y sabe usted lo que voy a hacer?... Ese tenientito que el año pasado 
uería bailar conmigo en el casino... le voy a ir a buscar. 

Bell, s.— Hará usted muy mal en detenerse. 

Clem.— Y esta misma tarde me marcharé de esta casa... 

Bell, s.— Bueno... Vayase usted; busque a ese teniente, o a un capitán, o a 
n comandante... No tenga usted ningún reparo... 

Clem.- ¿Oyes, mamá?... ¡Que no tenga ningún reparo! 

Juana.— Esto no es serio... Esto no puede ser más que una chiquillada... Va- 
hos, Aquiles... ^ ^ .. 

Bell. s. -(Asombrado.) Cómo... ¿Y me conoce?... ¿De que me conoce usted? 

Juana.— Vamos, Aquiles, no me consideres como a una enemiga y sigue nú 
onsejo... Entra en casa, hijo mío; entra con ella en casa, y allí los dos lo arregla- 
[éis todo, como dos tortolitos... 

Bell, s.— (Aparte.) ¡Ah, vamos!... Ya comprendo... 

Juana.— ¿Qué voy a desear yo, sino la felicidad de mi hija y la tuya también?... 
í'a ves como no he querido mezxlarme en este asunto tan desagradaole. 

Bell, s.— ¿Y quién le manda a usted mezclarse ni no mezclarse?... ¿Qué asun- 
es ese?... ¿Y quién es usted?... ¡Ya la he dicho que no la conozco! 

Juana.— Te repito que vengo amistosamente. 

Bell, s.— ¡Y yo la repito "que no la conozco, caramba! Yo no soy el Aquiles 
]ue usted cree... Me llamo Aquiles, efectivamente, pero soy Aquiles Bellogín... 
Ha comprendido usted? 

Juana.— (Inquieta.) Sí, sí... He comprendido... (A ciementina.) Yo no sé que le en- 
uentro. 

Clem.— (A doña Juana.) A mí también me parece un poco cambiado. 

Juana.— Es verdad, es verdad... ¿Cómo es posible que esté tan desvergonza- 
do? Vamos, Aquiles; reconoce que lo que has hecho no está bien... Un hombre que, 
:omo tú, tiene que vestirse la toga, no debe entregarse a ciertas cosas poco con- 
venientes... Y además, ya no eres ningún chiquillo: a los treinta y siete años un 
■■ hombre ya tiene que ser formal. 

Bell, s.— (Asombrado.) Sí; tengo treinta y siete años... 

Juana.— ¿Crees que no lo recuerdo?... Y bien recientes... Hace ocho diasque 
ios cumpliste, y lo celebrábamos en la mejor armonía. 

Bell, s.— (ídem.) Efectivamente, hace ocho días que fué mi cumpleaños... |Pero 
qué dice usted que celebrábamos, si entonces estaba yo en el Havre! 

Juana. -(A ciementina.) ¿No oyes lo que dice? ¡Me parece que ha perdido la ca- 
beza! ' 

Bell, s.— ¿Y qué es eso que me cuenta usted de la toga?... ¡Yo no he tenido 
toga en mi vida!... ¡Yo no soy abogado, señora mía! Yo soy director de una com- 
pañía minera, y me he dedicado algunos anos a la recolección de la caña de azú- 
car, y a la fabricación del cautchouc, paralo que usted guste mandarme. 
Clem.— ¡Está loco, está loco!... Tiene delirio de grandezas!... 
Juana.— ¡Cállate, hija mía!... Cállate y vamonos. Yo no puedo dejarte entrar 
en casa con un hombre en semejante estado. Hay que tomar una resolución; hay 
que encerrarle para su seguridad, y sobre todo para la tuya... Vamonos, que es- 
toy intranquila... 

Clem.— ¿Pero donde vamos? 

Ju.\na.— A buscar un médico... Deja a tu madre... sin necesidad de medios vio- 
lentos habrá que recluirle... No se le puede dejar suelto estando como está. (Mu- 
tis las dos retrocediendo con espanto.) 

Bell, s.— El caso es que he debido dejarlas hacer... ¿Yo qué arriesgaba, des- 
pués de todo?... Y la chiquilla es iüteres inte... muy interesante... (Telón.) 

FIN del acto segundo 



ACTO TERCERO 

La misma decoración 

to, Señor, qué disgusto! ^^ delicado... ¿Cree 

Doc. -Escuche usted, señora... Lo que me piaeubi ^ ^^^^ 

JuIna.-Yo lo que quiero es ^^^"f^^^^^.'^^^f ^^^ si no 

„„ Ste^/.og'^.^rpr,íe1oSrs1^^^^ Kré cue^e.to, encargado po. 

,4%^hT^„'=ca;\srerr/ssí.'foV's^^^^^^^ 

"lÍ-Í<A-d^ai.'rEstíSrr„'o\iene aspecto ano^ 

Juana.— Ahora verá usted... 

Doo . -(A Beliogín.) ¿Su nombre y apelliüo? 

Bell, c— AquilesBellogín. 

Doc— (A doña Juana.) ¿Son esos? 

Juana.— Esos son; pero ahora verá usted... 

Doc— ¿Su profesión? , , .j j 

^^¿^£SÍ^s.. iPero no es eso lo que nos d,o an..s 

Doc -No se trata de lo gue dijo, señora, sino de lo que du ^.. 

Juana.— Pregúntele usted si está casado. 

Doc— ¿Es usted casado? 

Bell, c— Completamente. 

Doc— (AdoñaJuaua.)¿Leoye ustedi» ^ 

Bell. c-Estoy casado con la hi)a de esta señora. 

fcí LTy^ve^sS ?or a'hor"a la^J/conTe^TA B.Uo„n., íD6nde esW us- 

^Ír3ra„^i^^dtnnStaV..'."?^ra^1tdeaz^^^^^ 
chouc?... j. i. ji 

g^oí. -Sl1?"uf tt^s^^^^^^^^^^^^ Que voy a creer que quien ^-tá ^- ^^^ 
¿Por qué pretende usted que diga él esas tonterías? ¿Que inteies 

que recluya a este hombre? nuieren vengarse por lo de la man- 

Bell. c— (Aparte.) ¡Caracoles!... ¿Es que quieren veugaioc v 

tilla?... ¡No es para tanto! ^„„f„ ri» inridp?- oero vo le ase- 

jo-'a-^ístid^TSe ri„r„rdSv^^^^^^^^^^^^ 



IDoc.— Pues ahora, ya lo ha oído usted; habla con sus cinco sentidos... 
JiANA . —No puedo explicármelo. 

Doc.— Ya la dije que en estos casos hay que proceder con mucha cautela. 
afortunadamente para mí, y para usted también, yo no he obrado tan de ligero 
•orno usted esperaba. Este hombre no está loco. Puede usted tener la segundad 
le que no está loco. Buenas tardes. (A Bellogín.) Buenas tardes. (Mutis, Bellogln sa- 
uda.) 

Juana.— Pues yo digo que sí está loco... Podrá tener ahora un momento de lu- 
:¡dez, pero está loco... 

Bell, c.— (Frente a casa de Dorotea.) Yo necesito recuperar la mantilla, porque 
10 quiero tener que confesar que he sido engañado como un chino... Si esta mujer 
írataba de timarme, la daré el dinero que me pida; pero a cambio de la mantilla. 

Ju\NA.— (A la puerta de casa de Bellogín.) No es posible que siga suelto; suceda 
;o que suceda, es preciso encerrarle. ¡Pobre hija mía! (Hace señas y salen dos criados.) 
Dichos. Dos criados. Luego Francisco. 

Juana.— (A los criados.) Es preciso que os apoderéis del señorito. 

Criado 1 .""—fQue nos apoderemos del señorito? 

Juana. -Sí. Está un poco perturbado y no quiere que le reconozca el médic() 

Criado 2.°— ¡Pobre señorito! 

Juana.— No se trata de hacerle ningún daño, sino de cogerle con muchas pre- 
bauciones, cada uno por un brazo, y encerrarle en su despacho... Hará resisten- 
cia, pero vosotros le encerráis sea como sea... Y tener cuidado de retirar del des- 
echo todo lo que pudiera servirle de arma... ¿Habéis comprendido? 

Criado 1.°— Sí, señora, sí... 

Juana.— Yo me voy, porque mi presencia podría excitarle. (Mutis. Los criados se 
Idcercan a Beilogín con precaución.) 

Criado 1.°- (Dulcemente.) Señorito, ¿tiene usted la bondad de entrar en casa? 

Bell. c. r'Oué dices? 

Criado2.°— Sería preferible que no nos obligara a ponerle la mano encima. 

Bf.llc . c . —¿Pero qué estáis diciendo? 

Criado t .**— No se resista, señorito, porque seria muy triste tenerle que lle- 
var a la fuerza. 

Bell, c— ¿Queréis dejarme en paz? 

Criado 1."— ¡Vamos, vamos! (Le cogen cada uno por un brazo.) 

Bell, c— ¡Soltadme! ¡Soltadme! (Llega Francisco por el foro, y al ver a Bellogíft 
sejeto corre a salvarle golpendoa los criados.) 

Fran.— Ya sabía yo que lé iba a ocurrir alguna desgracia... Estaba seguro de 
que le prepararían alguna encerrona... ¡Miserables!... Pero yo no soy manco... 
¡Soltadle, canallas!... (Por lograr librar a Bellogín. El criado segundo se va corriendo; el 
criado primero entra en su casa.) 

Criado 1.°— ¡Caracoles! Con lo molesto que era el encarguito y le pegan a 
uno encima... ¡Aliase las compongan! (Mutis.) 

Bell, c— (A Francisco.) Gracias, muchas gracias. Le quedo profundamente re- 
conocido. 

Fran.— ¡Oh, el señor es muy bueno... Yo no he hecho más que cumphr con 
mi deber. 

Bell, c— ¡Con su deber!... ¡Cuántas personas habrá que al verme en tal peli- 
gro no se hubieran precipitado a socorrerme! 

Fran.— ¿Cree el señor que yo podia mirar tranquilamente que le sujetaban 
dos hombres? ¡De ninguna manera! Francisco no es capaz de semejante cosa. 

Bell, c— Bien, Francisco. Escúcucheme. No trato de ofenderle atribuyendo 
a su acción ningtín móvil interesado; pero desearía demostrarle de algún modo mi 
gratitud. 

Fran.— ¡No faltaría más! Yo no he hecho eso para pedirle nada al señor... y 
hasta casi sentin'a.que el señor quisiera recompensarme por ello. 

Bell. c— Comprendo su delicadeza, pero quisiera que me indicara lo que pue- 
do hacer por usted.. . ¿Necesita usted algún dinero? 

Fran.— ¿Cómo? ¿El señor quiere darme dinero por eso?... ¡Nunca, señor!... Yo 
no puedo admitirlo. 

Bell, c— Bueno; pues entonces dígame usted qué es lo que desea. 



Fp.^ -Puesto que ei señor es tan bondadoso que quiere recompensarme a la 
fuerz^voyaTedirle un favor... Voy a permitirme pedirle... Casi no me atrevo a 

decirlo. ,, ... 

Beix. c. — Diga, diga sin miedo. I 

Fkan . —No me determino. i 

Pr V'" -Pu?sfien!leñor. Hace tres años que no he visto a mi madre y desearía! 
n"<ií,r'ii-f-.«í semanas con ella, si el señorno tiene inconveniente. 
^ inuL c -^Qué he de t¿ner!... ¿Desea usted ver a su madre?. . . ¡Vaya usted a 

^""'fL^.-IOmú bueno es el señor! ¡Y yo que no me atrevía a decírselo! Con tres 
^^"to^*?:^Í^Sanas.ocuatro,ocinco.odos meses, o seis meses... El; 

"""^S^^nS^... Yo no me atrevería a estar allí seis meses... Segura- i 
mente a los ocho días el tiempo se me hará largo lejos del señor 

BfxÍ c -(A sí mismo.) ¡Qué verdad es que uno se siente atado a las gentes a 

"^f^^J^J^^Et^lS^ tiene la cartera. (Se la va 

' %Ll. c.-No. no; muchas gracias. (Aparte.) ¡Es extraordinario! (Alto.) Guarde- 



la usted. 



' "fp*! ; _Fn ese caso con permiso del señor, voy a hacer algunas compras de 
primer^.^necesidad para'eísclor... He visto camisas de dormir mtiy buenas y muy 
baratas. El seHor necesita también calcetines. 

Bri.L- c— (Un poco confuso.) ¡Es verdad! 

Frax.— El señornecesita pañuelos. ^o.a ^í 

RrM r —(ídem) Es verdad. Este hombre es una madre para mí. .. ..^„. 

F V.iW^Ss nVhay más quelmblar. Voyaescribir^^ 
Ipc; mío p'-onto iré a verlos. ¡Cómo lo agradecerán!... ,Como lebenüeciran ai se 
ñor? ifitoerioúnico'que pueden hacer, p ya están muy viejos!... Hasta 

siempi-e, señor (Mu^'s.) ^^^ ^^^^^^ ^^^ ^^^ ^^^^^^^ , , H 

mardd d! Aún quedan, por fortuna, en el mundo "^turalezas generosas 
criaturas abominables como esta mujer que me ^.^"f^^^e haberla robado su pu^se 
ra. - . (Pequeña pausa.) Yo no sé cómo arreglar lo de la mantilla. ¿Estara mi mujer 
en casa? (Se acerca con precaución a su casa.) 

Bellogín casado, Dorotea, un Criado y Cihndro. ^ . . , Vni« 

DOR -(Se asoma a la ventana y, al ver a Bellogín, sale con Cilindro y un Cnado Vais ■ 

'" Bell. c. -¿Otra vez? ¿Qué es esto? ¿Qué es lo que quieren?... ¡Socorro, Eran- 

¡que si se te escapa!... ■ • , m„i 

Cu-.-íEscapárse?... ¡Puede usted estar tranquila! 
Ri-LL ¿. — ¡Miserables! ¡Miserables! , . . . 

D0R~Buena¿ tardes, señor Bellogín? (Mutis riendo PO'-'^jle;^^*^--) 
Bellogín casado y Cilindro. Luego Bellogm soltero. 

Cu Pobre señor' ¡Después que le hemos dado de almorzar al pelo, le me- 

(Saca una botella; echa un trago y se la vuelve a guardar.) • . . 

Bell. s.-(Por el foro.) Ya dejé la mantilla y me arreglaron la pulsera. Añora a 

ver cómo termina esta aventura. ... ^^ j„ naripnrif ane en 

^"^ Cil -(Asomándose a la verja.) Paciencia, amigo; un poco ^e Pacie'^^cu. que e^^ 

seiidiHe sacaremos al fresco (Ríe ^-^'^^^^^f'-^.^Crh^üodí^^^^^ 
v oucda asombrado.) ¡Santo Dios!... ¿Que es esto?... ¿Cómo ha poüiQo escapar 



aquí?... ¡Espera, espera!... (Coge la tranca de la verja y corre tras él.) ¡Yo te diré!... 
¿Quieres burlarte de mí, canalla? , 

Bkll. S. —(Estupefacto, corre, perseguido por Cilindro, escapándose por el foro.) ¿Que 
haces, borracho?... ¡Tiene un ataque de alcoholismo!... ¡Qué barbaridad! 

Ci,._(Que no ha podido correr tan deprisa.) ¡Se me ha escapado, se me ha escapa- 
do!... ¿Y qué voy a decir ahora? (Va a la reja.) Pero, ¿cómo ha podido marcharse 
de aquí estando la verja tan bien cerrada? (Ve a Beiiogin casado quo está invisible 
para el público.) ¿Eh? ¡Estoy borracho!... ¡El pobre está aquí tan quietecito y no le 
quería pegar encima!... (Ríe y cierra con la tranca.) Y el caso es que no he bebido mu- 
cho!... ¡Es fuerte cosa que en cuanto uno beba un poco le tienen que pasar cosas 
raras!... Y si siente uno sed, ¿qué va a hacer?... ¡Beber! (Vuelve a sacar la botella, 
bebe y se la guarda.) 

Bell, s.— (Sale con mucha precaución.) ¡Sigue cargando! ¡Qué animal!... Se lo 
diré a su ama para que le espabile... (Cilindro ve a Beiiogin soltero: éste da un salto y 
se escapa.) 

CiL.-(Sin moverse.) Corre, corre todo lo que quieras, que no he de molestarme. 
Esta vez no me engañarás. Ya sé que estás allí; ya sé que estás allí... (Mutis en 
su casa.) 

Dicho, doña Juana y Clementina. Luego Beiiogin soltero. ^ 

Juana. —Veremos a ver si ahora está calmado y podemos hablar con él, aunque 
con las debidas precauciones. 

CicM. -¡Ay, mamá, qué desgracia tan grande! 

Juana.— Y qué le vamos a hacer... ¡El no tiene la culpa de estar loco!... Pero 
lio es cosa de desesperarse... Ya te he dicho que cuando habló con el médico, es- 
tuvo muy tranquilo y contestó razonablemente... Procuremos, por lo pronto, 
atraerle coirsuavidad, con dulzura... (Llega Beiiogin soltero con cautela.) 

Clem.— Mírale, mamá, mírale... 

Juana.— ¿En la calle? Entonces es que no pudieron meterle en casa... Mucho 
cuidadito, hija mía, mucho cuidadito. 

Glem.— Me dá pena verle en tal estado... 

Juana.— Sobre todo mucha amabilidad, mucha dulzura. 

Clem.— No tengas cuidado, mamá. 

Juana.— (A Beiiogin soltero.) Vamos, hijo mío; supongo que estaros arrepentí 
do dé tu conducta. Clementina te aguarda. 

Clem. -Ven, Aquiles, ven, entremos encasa. Yo te perdono, y te aseguro que 
de hoy en adelante seré muy buena contigo; muy buena, muy buena. 

Bell, s.— Es verdaderamente interesante esta mujer. 

Juana.— Anda, tonto, anda. 

Bell, s.— La vieja ya no me gusta tanto. (Bellogín casado, se asoma a la verja y ve 
ía figura del otro de espaldas.) 

Bell, c— ¡Caracoles! ¡Mi mujer con un hombre! ¡Y le acaricia! 

*Clem. — (A Bellogín soltero echándole un brazo por el cuello.) ¿Creías que te ibü a 
guardar rencor? Anda, decídete; vamos a casa. 

Bell, c— ¡Y le entra en casa! ¡Esto es demasiado fuerte! 

Juana.— ¡Todo se acabó!... Hacéis las paces y como dos tortolitos. 

Bell. c.-'iY mi suegra le ayuda!... Ahora me explico porqué querían ence* 
rrarme. 

Bhll. 8.— Después de todo yo no voy perdiendo nada... Al contrario. (Entra en 
casa ce Bellogín casado, seguido de doña Juana. Clementinn se dispone a seguirle, pero en 
este momento Bellogín casado sacude la verja ) 

Bell, c— ¡Clementina! 

Clem.— (Se vuelve y le mira con espanto.) ¿Qué?... ¡Qué!... ¡Ha pasado allí den- 
tro! ¿Pero cómo? ¡Yo soy quien está loca!., (Va hacia su casa y ve al otro.) ¡Y allí es- 
tá otr4 vez! (Se vuelve y ve al casado.) ¡Y allí también!... ¿Qué es esto?... (Cae sobre 
el banco.) 

Juana. — ¿Pero qué pasa? (Desde al umbral. Ve a Bellogín casado en la reja y luego 
al otro en la casa.) ¿Eh?... ¡Josüs!.., (Cae en el banco al lado de su hija.) 

Bell. c. — ¿Qué las sucede? (En este niomento aparece Bellogín soltero y le ve.) 
¿Dios mío! 



Bell. S. -(Mira al otro estupefacto.) ¿Qué es estO? (Se palpa e. cuerpo como si du- 
4ara de su exist^icja.) ^^ ^^ SUeño. . . (Palpa las peredes, la verja, etcé- 

y-Z^^^J^^lV^^^s^^^^^s^ est.n en 

""^ bSuc.-Es decir, en el mío... Porque, en efecto, hay dos yo... pero ese no 
existe... Ese no existe ^^ ^^^^ ^^ P^^^^.^^^ G i,. 

Ber -(L ega co;rfendo.) ¿Dónde está? ¿Dónde-está?... Me han dicho que ha ve- 
«i^í^v ;«fnv Tseando verle (Ve a Bellogin casado en la verja.) ¡Este es! ¿Pero quien 
?et'ente??adSTomVt^^^ ahijado... Y sin embargo, yo no os con- 

^""SÍL:c.-(ltnpas¡ble.) No le respondo a usted, padrino... Estoy soñando. (Bcr- 
náldez se dirige a los otros sucesivamente.) ^ 

Clem . —Estoy soñando. | 

Juana.— Estoy soñando. > 

Bell, s.— Estoy soñando. . . ~ 

Rer _(A. Bellogin soltero.) No, querido ahijado, no suenas, 
Rfm s -Sí sí- porque usted me llama su ahijado y no lo soy. 
bIll: ¿.-Estoy soñando, porque usted dice que no soy su ahijado y si 

^° B¡R.-No, no... La confusión es mía. Me he confundido de ahijado, pero ya 
veo que no se parecen. 

ir-:(Vo'íteS.';';QÜe"„°o caramba. ¿Quién es el que no es mi ahijado? 

^VZj^^^iSrSr^fS^'^Sí^ n,e sacara deesta 

"'"Br^^S'SSrjrcTuTd er'estl <,ue ha venido hoy a S-tander? iTraes ■ 
una carta que te entregó tu padre al morir? (Bellogm soltero se la da y el la abre.) 

^TEli'í-(Le°y" dóilerá posible? (Se ,a da a Bellogin casado., ¡Tü eres mi ber- 

"Ti^í'c'Te"" incierto? Encontramos cada uno un hermano, que ninguno 

de los dos había perdido. 

Cle.m.— Yo encuentro un cuñado. 

Juana.— Yo casi otro yerno. Araho de escribir a mi 

Eran. -(Llega y se dirige a Bellogin soltero.) Ah, señor... AcaDO ae escriuir u 

madre. jVa a ser muy feliz! 

FRAN-.-Fofqraffin voy a verla. (Ve, Bellogin casado., íEh? ¿Pero qu¿ es 
'''°BER.^Ya lo sabrá usted. Comeremos todos juntos para festejarlo. (Sale Qorrir.) 

usted... (Le mira y retrocede.) ¿Qué Significa esto? 

Rfr _Ya te lo diremos después de comer... A la mesa, a la m^sa. 
GoRmz -¡Quiera Wos que no me pase lo que con el almuerzo!. 

Ber.— (Al público.) 

No turbéis la alegría 
que inunda el pecho de los dos hermanos, 
V ¡aplaudid, ciudadanos! , 

como en tiempos de Plauto se decía 

FIN DE LA comedia 



El número actual de 
nuestro teléfono es 

LaKovela TEATRAL 




iSU SALUD PEUQRAÍ 

TERRIBLES MICROBIOS LE AGEOHANI 



No espere Ud. a que las Autoridades le indiquen que el agua está contaml 

nada, pues tiasta entonces habrá bebido alguna cantidad; tenga por 

costumbre filtrar siempre el agua, aunque no venga completamente 

turbia. Para ello nada mejor que el Depurador Higiénico y Répido 

'* A R S O" que equivale a tener un manantial en casa. 

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úmeros publicados por 



TRATA DE BLANCAS.-Fclipe Trigo. 

LA SOBRINA DEL CURA.— C. Arnlchcs, 

El. SitSTIOO.— Santiagro Rasiñol. 

LOS SEMIDIÜSES.— Pcderico Oliver. 

LAS CACATÚAS.— Casero y G. Alvarez. 

El LOBO.— Joaquín Dicenta. 

CHARITO, LA SAMARITANA. — Torres 
del Ala-no v Asenio. 

EL VERDUGO DE SEVILLA.— 
García Álvarez y IVIuñoz Seca. 

TODOS SOMOS UNOS.-). Bcnavente. 

EL REY GALAOR.— F. Vülaespesa. 

LA CASA DE QUIROS.-C. Arniches. 

FÚCAR XXI.— Muñoz Seca. García Mlva- 
rez V Pérez Ferná.idez. 

EL niO DE ORO.— Faso y Abatí. 

SOBREVIVIRSE.— Joaquín Dicenta. 

ALMA DE DIOS.— Arniches y García 
Álvarez. 

EL CARDENAL.— L.Rtvas y Reparaz 

EL POBRE VALBUENA. — Arniches y 
García Álvarez. 

E- HOMBRE QUE ASESINÓ.-Traduc- 
ción de Antonio Palomero. 

LAS ESTRELLAS.— Carlos Arniches. 

DOLORETES.— Carlos Arniches. 

LA 8ETÍORITA DE TREVELEZ.- 
Carlos Arniches. 

SERAFINA LA RUBIALES. —Torres del 
Álamo y Asenio. 

ABEN-HUMEY A.— Francisco Víllaespesa. 

EL SEÑOR FEUDAL.-Ioaquín Dicenta. 

LA ETERNA VÍCTIMA.— Felipe 
Trigo. 

JIMMY SAMSON.-Traducción de José Ig- 
nacio de Alberti. 

LÓPEZ DE CORIA.-Muñoz Seca y Pé- 
rez Fernández. 

LA GIOCONDA.— G. d" Annunzio. Traduc- 
ci-^n de Francisco Vülaespesa. 



ao PRIBIAVEBA XS OTOftO— O. K»r- 

tinez Sierra. 
EL CRIMEN üE AVER.— Joaquín Dicenta 
EL MISTERIO DEL CUARTO AMARI- 
LLO.— Traducción de Gil Parrado. 
FRANCFORT.--Vital Aza. 
LA REBOTICA.-Vital Aza. 
LA FRESCURA DE LAFÜENTE.— 

Oaroia Álvarez y UnBoz Seca. 
^RIMEROSE. — Traducción dejóse, 

Ignacio de Alberti. 
CIENCIAS EXACTAS.— Vital Aza. 
)oRa Mflría de Padilla. ~F. V illaespesa, 
RAFFLES.— Tradnoolón A. Palomer* 
LA PRAVIANA.-Viial Aza. 
dL GRAN TACA.,0.--Paso y Abatí. 
MIRANDOLINA -Cristóbal de Castro. 
-GENIO Y FIGURA. -Arniches, Abati- 
Paso V García Alvarez. 
LA GÉNTUZA.-Carlos Arniches. 
LA VIEJECITA.-Miguel Echegaray. 
PARADA Y FONDA.-Vital Aza. 
LA ALEGRÍA DE LA HUERTA.-Paso y 
Garr'a ♦ Ivarcz. 

47 PETIT-CAFÉ.~TrlBtán Bemard. 

48 LOS NOV ELEROS.— Edmond Rostand 

49 ELECTRA.— Benito Pérez Oaldós. 

50 TIQUIS MIQUIS.-Vital Aza 

61 EL ULTIMO BRAVO.-O. Alvarez y 
MuSoz Seca. 

LA MARCHA DE CADIZ.-Oarefa Alva- 
rez V Lucio. 
DOftA PEBFEOTA.-Benlto Pérez 

Qaldós. 
LA TIZONA.— Godoy y Alarcón. 
MIQUETTE y Sil MAMA. - Robert y 

Callivcf. 
LOS CUATRO ROBINSOVES.-Uq- 

2oz Seca y García Álvarez. 
LOS GEMELOS -Tristán Bernard. 



30 
91 

32 
33 
S-J 

3. 

3í 
37 
3£ 

39 
40 
41 
42.- 

49 

44 
45 
46 



52 



«6 



57 



PAPEL DE LA PAPELERA ESPAflOLA 



(S> 






CU&HDO 



mejor Ini y de menor consumo. 




Oí 




SnrloTcÓNÓ'NSTBlír- MADRID - Mnrl«.« Wnedn. 5. 



f m^mm de LA KOV^L A eOBTA. Antonio Paiomiiio i 



LA NOVELA 
TEATRAL 



) 



LA LOGA 

Í^ELA GASA 
edia en cuatro actos 



^érez Galdós 



I 



20 cts. 

PAQUBL MELI FW 






Año 111 



Maand 20 de Enero de 1918 



Nüm. 58 



LA NOVELA TEATRAL 

CompIemcnJo de la Novela Corta 



Director: José de Urquía 



LOS CANTOS 



POPULARES 



APIOLES 



(2.'* EDICIÓN) 




Tu queré's como la bela: 
ya s'apaga, ya s'ensicndo; 
ya me quieres, ya me orbías; 
tu queré ni Dios lo entiende. 



¿Cómo has tenfo baló 
pa echarte otro nobio nucbo, 
estando en er mundo yo? 



¿De qué te sirve que traigas Como ios toriyos brabos 

el sombrero a lo gachón tienes, gitana, el arranque; 

y el cuchillo a la cintura solo t'acutrdas e mí 

si no tienes corazón? cuando me tienes eiante. 



Tú no me pagas la casa; 
tu no me das de come; 
me bienes pidiendo seios; 
¿a fundamento de qué? 

Anda be y dile a tu madre 
que si te quiere bendé, 
en la mano'stá'crdinkjro 
y en la pucrta'er mcrcaé. 



¿De qué te sirve pcn 'ir 
y dar vece •; como un loco 
si yo me muero por 'í 
y tú te mueres por otro? 

Aqueya flrmesa tanta, 
y aquer ponderar amor, 
y aquer no bibir sin b?rme, 
¡qué pronto Je s'acabó! 



Tienes una carita 
de San Antonio 
y una condicioncita 
como un demonio. 

¡Bárgame la Crus de Marta 
y cr Cristo dcr Gran Podé! 
¡Tanto como me querías, 
y ahora no me puedes bel 

Eres Ana y eres vana; 
eres cardo, eres jazmín; 
eres buena y eres mala; 
eres diablo y serafín. 

Estrella de fuego fuiste 
que en mi corazón entraste^ 
dejaste el fuego prendido 
y luego te retiraste. 



tí 



El extnaofdinaHo éxito con que ha sido acogido estB NÚ" 
MERO ESPECIAL, publicado pot» "La Novela Corta", nos 
ha obligado hacer una nueva edición, t/ue hentos 

puesto en venta para satisfacer la insistente demanda 
de nuestros lectores y corresponsales. 




a loca de la casa 



COMEDIA EN CUATRO ACTOS 
original de 

BENITO PÉREZ CALDOS 

PERSONAJES 

fjosX'ibf Á, . X JóliÉ mIría cruz. "5igSi °"'*'' ' ■»•»" "« 

SOR MARÍA DEL SAGRARIO JAIME LLUCH, portero de la fébrica. 

™n,l„„„br.eon.e„etor.l,I.SanI.M.<lr<,n.. "'•'""• ""len'a» 



ACTO PRIMERO 

gabinete y despacho del seño, de Moícad ^ A üfJ ■ . f "• """"" ""' "'"''""" "' 
.« i«po„e con,„„lca también con !?« rt. 1 A ta d,' ' .V '"'"" "" """='""■ " ""' 
nos, recado de escribir. -A la iMuierta útr. tij Í! » ' """ 8™"<¡"»" libros, pla- 
»e»„ra.-M„eb,o, elefantes. -'¿rel"rldo"ÍE'','rdr° ""' '""" "' '""'« "= 
"■' Sror:,:'"'""""" '°" ^"» <■- •"'-■ °«"'»' V jal„,e, ,:. »„.,,„ por e, p,r,„e;des. 

dose"p"Ste„ip;^fe?pSeV¡(ii^,;í|;?f;, r '■^''1'" *"'?"■" '" ""•"^^' '^"'--- 

qué-',re;^íé^Ste"sSrmc",Íñ?<."^"r''''''' V^""'™ * Barcelona. ¡Y 

con?S¿;:frvrr^e'^rslfE?rafi'S^^^^^ ™ - contenía 

avanzan al proscenio, vuelve hada tíSnHn. í !" T'*^''' *' ''^ J^''"«' ^ '^"«"'^o éstos 
Maro.~¿Y GabrTela? ' '=°"*^'"P'^"'i° 1« vegetación.) 

Jaime.— (Mirando hacia el comedor.) Ahora «íilrtrá Ro*¿ ^ ^ i 
niños. ^ Htiora saldrá. Está dando la merienda a los 

Marq . - ({Chiquillos aquí? 
poriTabí;;^';' '"""'''' '«^^^'^^"^■^«'í'^R^íae! Moneada que han sido recogidos 

^^^^o^^^^^^^^^^^^^ P-toy hecha una facha. (Qui- 

institutriz. iSaiu,LaTXuÍtmchoZft^^^ ^"" ^" P"^^^ ^^'^ ^» ^^^ Y la 



DwíiEL.-Tanto gusto. . (Le ^^''^''^^'::^l^ 

CUb.-KA la Marquesa^ ¿Pero no s.. fe.e^u .-t^^^^^ he venido. Primero: 

j, ,,,■. _¿Snbes? Junto a! conveato de iTanciscanos. 
SÍKtri^\IiS".KÍ;1Í°dice éste. Hüa mía, los tiempos e,lá„ malos y lo pri- 

Mjj(j.__S(. (Bajantolavoí.) i ensmos ; !v.ouaí.li.ui...i.,. u 

""id-Via Facultad (Por .; ,«i3™.) ot -:apo, aires puros, sosiego, trato 

~t:;^ÍS"So DaSiÍíf iE'?S o|>^rva„ . D,„le, ,u. ha v«,to a, t»»do , .... 
nS -Crt:^íS^S«^^eSe1l^n.do a s^ uno de los pri- 
„er'ís"d*e-Ba;4La! f t5°TícL\"= calra^^aAt^fMnSorf de s.¡s n,..es 

£^5fss^s,tsii;/d^"S;íi^Táií-s;ss^^ 

Jordana. . . . • - • 

Daniel. -¡Soberbia construcción! :, .^. ^.^p+itoHos 

^-:íírtsirsfss^aiisrs,s:T;s v ^™-....íes 

™'MÍ"5¿e"t„^¿'?iolr., Jordana, Jordana... ; 

J^ÍS^-am^f iíuTÍÍe llaurábamos d patriarca bíblico por,u. tiene i 
veiníiciüco hijos. 

Gab.-N'o tanto... son quince. -Pnedo ver a tu oapá y a Euialia.» 

GAB.--(Acercándose de putitülas a una de .la. puertas .^^ ^^ ^^ ^^^_ 

biendo en el despacho. Mi tía no tardará en volver d. la igit.u. 
nuevo hacia la terraza.) o.,Kr;pia rnp oráremos de cariao.) ¡Ah, dame 

Maro -Esperaremos un ratita. (A Jf^^'^ ;;^,^"" ''^^ "¿e^ala^ a Dios por la di- 
otro beso! No me canso de mirarte tn de adinu a: .e. ni ae aiau^r 

^'^•'^Sf ^fS'SSÍMXf í^ es verdad que no la merezco? Dígame us- 
'^te^^^"^?^& -reces; ^or Q"^ -. Tú tamMén ei.s bu^^ ^^^.^ 

Jaime. -¡Que no ia ^f^f ^.'^^^.'^^^i.f Í^"'lo cf ^dfialoT^^^^^ si no quiere 
soyl Y usted, mamá, también lo es. Diga que lo es... ui^diu v 

que me incomode. «ív<,otivns i Díp-alo oara aue nos deje en pEK. 

^ Gab. -(A la marquesa, que hace d^osnega^^^^^^^^ ^, ,^.^^ p^3, 

Mak-.~Lo digo y no lo ^^80:-¿,^^"^^ífooeia ín mis manos la felicidad. .. en- ^ 
«na man.^ y situándose entre los dos.) Soné que cogía en ^ despertar de 

terita. completa, redonda, toda para mu.. Era cmno una^iosm 

aquel sueño, encontréme ^^%^^fl,^'^.f^^J¡^^^^ amigo de mi 

deshecha a mis pies... Tu padre, el uaen Mon(.^.ua, e ^" ,,.^ en los án- 

espo--, tenía dos hijitas casaaeras, angele, si lO. liay^-. P-it-s yo 
geleb rerrestres. 

jAiME.~Yono...pero enfin.pase. Yo tenía y tengo dos hi* 

Maro.-Dos ánseles digo: tu y tu ^«rmana Vic.orm^ ^ o icnm y , valen.' 

jos. No por ser mío., ni por hadarse presejí^, ^axe^de ^u^riiar^u^^ ^^ 

Este te quiso a tí, Daniel a tu hermana. P^^f.^." ^^ ' ^f¿J' p%,.. ¡ay!, de la no-> 

regocijo de 1 js padreo. Doble matrimonio, üiLua co.upiaa... i-.n., i y , 



che a la man 
alas, levanta 



Wro.-y mi pobre lLleC^!S^^Z fe os") AhflITpnS '"--'^'^ '^^^ 
casado, parece un viudo inconsnl .hií^ FqJ^ «o u -. í j^ tienes... sm haberse 
mitad alcanzada ereTSnue^L^^^^^^^^ ^^ .™ dicha perdida. La 

campana lejano.) ^ P°^^ ^'^ ^^^'^ indigno medico. (Oyese sonido d* 

Danjel. -Mamá, que es tarde... 
Marq.— Sí, vamos. 

ciscanor*""^' ^' ^^''''' ^.^^P"*^-^ ^^ ^«^ '^ ^^^^ entr.remo. un rato en los Fran- 

M''^L~'^c"'^''^" "^*^*^^^ chocolate con nosotros. 

tenprva^,';srT!;¿;:;!;^í;[^;;^ss"' ^^^ p^^'^'"^^ ^' -^^^ «^-n- 

Jaime . —Naturalmente. 

Marq. -Hasta lue-o... (Tomando el brazo a Daniel, van.e por eJ fondo) 

I ir , Gííbnela, Jaime. 

JAIME.— Ya rabiaba por verte. 

CiAB.— ¡Ocho días sin venir! 

carta pot-sTI;'''"'''''"^''^""''''''^''» '«103. Habrás recibido mis ocho cartas, a 

= P~^/nía^^,^raiX^SobS^;i^^^ 'p-aS 
fc-rSo^nolSi' '■''"'" «'™''^'í'-"^. -•biin.e, excelsal 
¿T-TFjtidTosof'™' ""' '« "'"^ ""«^'■'»""" '-"Cienso... ' 
de ¿'pai,!?"^'""^ """'^'' ""' "«™<»' «««"ii-ás de reina gobernadora en la casa 
^m^'-mZ"' T„f *-^'"^° luieresque le deje solo? 

^'^^'^\Sa^^¿Z'^^l¿S;:^Í^ de «ancho, de 
saques de dar buenos conseioív traer .S^fJ^ f"- "^^ '5*:"^^ = '" redonda; no la 

tra de los demás. E?bSs£f ¿SraH vlrdfsu'vild' v^ín" ní ^T' ^"°"- 
ba, pongamos su inutilidad. virtud, y un poquito mas arri- 

¿Sabes^quIvoTtenien^drclÍL''nt"eI^^ ^^ t^^Mo... ¡Ah! 

enfermedades nem-osas Decididamente, me dedico a la especialidad de 

pecS?"~^"'' '"^P'^^^ P^'- *" ^^^">^"°- ¿Sabes que no me gusta nada su as- 

Cré^^tu-fe?ritnitl^f^squ!55^"oV¿i^^ ^^ ^ -""^^ '— lable. 

Dame, ,e ataca también ese^ terribre^s^iitdt^VZií^no'^^^^^^^^^^^ 

Gab.— ¿De veras? 

fe-7Qué m?SSs? "' Barcelona cuidan de inoculárselo. 

ticafe7c^lra&U%'ln'rVJlsSa-^^^^^^^^^ "■^•^í ">?"- "^'^«I^»». P'a- 
de cadáveres, no he pSo^enSr nunía ' "'P'"""'"^'a que yo, disector 

UAB.— No desatines. 

Jaime.-Y a propósito de enfermos. ¿Qué tiene tu Daná? 

Gab.— (Con asombro.) /•Paná> Narin Ah ií i *^3^ ^ 

tristezas... apenas habla.' Se me fi-ura at h« ^ÍS^-Í'^"^;- ^.^.^^^^ insomnios, 
tiempo gravísimo. "'^"'^^ ''"^ ^^ ^"^"'^o estos días algún contra' 

Gab -1;ío '"Zf ?.Í ^°' «í'nacenes de Barceloneta. 
Huguet: su a^iií^í ánli^oi^le^SíS^^ tdS^ considerables en Bolsa. 



Jaimr.— Hoy también. 
Gab. — ¿Con vosotros? 

Gar"- (Con' interés.) ¿En qué coche venía Huguet? 

Jaime. -En el de ese bárbaro... ¿Cómo se llama?... ,Ah! Cruz, José Mana 
Cruz, que vive ahí, en casa de Jordana. 

?Mr-ir'°lU'írÍeti^.''.Pgorie n.... d gomia porque .moral y «si- 
canSe nos ha parecido'una transición entre el brc.to V =' f ^^'S'le la ri- 

GiK —Hombre de baja extracción, alma sórdida y cruel, tacna '""^°'^' '° j' 
nue?a no le ía enseñado! como a otros, a sobredorar la grosena de sus modales, 

'^ t^-^'o^toT: ^eJüníicen^'Y es cierto que se crió aquí, en tu torre? 

gTb -SU hon£r& hlfo de un carretero que tuvimos en casa. Yo era muy 
niña entonces. Apenas me acuerdo. 

¿r'añfe?orque%'an cerriles a América y luego vuelven cargados de di- 
nero. Apenas cambio el saludo con él... Y el muy bruto no conoce la antipatía, la 
repugnancia que me inspira... y... vamos, ¿te lo cuento.» 

¡S;^L;^::^^o^^^^^é un sustol, Estaba sol a^ Presen; 
téseme saifrndo'de una^ m'atas. cUo res brava perseguida ^^^^^^^ 
verle delante de mí quédeme fascmada, sin poder hablar. Quise dar un gruo, perú 

"^ UmV-Esris^loque no sabe nin^ina mujer: gritar a tiempo. (C^n repentina 
cóleíairGabHda. ¿ese animal tiene ei^^atrevimiento increíble de prendarse de ti? 

Qab.— Algo de eso me dio a entender con sus gruñíaos... 

Jaime.— No me lo digas... 

'}:^^^ZS^^':^o^o de tí! iAy, qué idea me asalta qué receló 
qué p esentimiento horrible! Gabriela, esc. ^^nibre te quiere comprar^^^^^^^^^ 
tu vidla, dímelo; dime que no te vendes que no cambiaras mi honrada persona 
lidad por la de ese alcornoque cargado de bellotas Je oro... 

fiAR — PPero estás loco? (Viendo salir a Moneada.) Calíate... mi paare... 

Los mistnos Moneada,' que slle por la dereeha muy caviloso y triste; después Hugue.. 

MoNc— (¡Qué ansiedad! ¡Lo que tarda Huguet!...) . 

fc-fAS°JatadronW«ere„.i», ¿Qué tal? dY tu mami? 

¿rilsr4"Í%irLf í.a?q"u?sa"atuila una de las casitas de abajo... 

M0NC.Í(Qrnr¿ h^ fUado eí lo que >ime y Gabriela ie han d,ch„., ¿Dirae, me 
traes alguna mala noticia? ^ . 

fc.I*rNr!ts-^f!'H"ced,Í3 que no entra aquí una persona sin annn- 

ciarme algún desastre. 

fc -(^íSido saHr a Huguet por el fondo.) i Ah! , gracias a Dios. . „ .^ .^. 

Gab. --(Aparte a Jaime.) Huguet... estamos de más aquí. (Ret.rase por la izquierda, 

•^"TAlMBÍ-Separando en la expresi6n sombría del rostro de Huguet.) Mal cariz tiene eí 

°^ gÍb. -(Ordenando a Jaime que salga por la terraza.) Tú por allí... (Vanse.) 

Moneada, Huguet. . . ^ 

Mono. -(Impaciente.) ¿A ver?. .. ¿Qué hay? ¿Qué.nueva desgracia me traes hoy? 
HuG.— (Cohibido.) Hombre, aguarda. ^ ^ ^ , ^ ^n^ ^o in c¿ de me- 
MoNC.-Tu cara no puede Ingañarme. De tanto leer en ella me la se de me 

moría. 

HuQ.-Te diré... La cosa es grave; pero aun... necesito 

MoNC -(Con firmeza.) Déjate de atenuaciones, Facundo. No las necesito. 
H,í,.^lR«eno. Pues lo qU temíamos. Juan; un pánico horroroso que no he- 



rW3^VTO''he™,'í!','f/h"™^7'";'" "''r~ C3^nprom,,torno,s con ciega t,^snd,(i. 

.¡o™¿ífq^ae'!'.'.°"''° •""'"' ''''""°°"''" »''"''''!«" '^"•Pl^da para el infortu- 
cióf ?fa'i'e~u*rrZ"';;íf;?.'^¿ ''«='",• "' Pesimismo me da un gran poder de adlvina- 

LaisawAyÑfaTo'sp'eHdreni'ré c!^^^^^^^ '" ■"•""'' '^^ "" ^=P°^»' ">' '■"«I»'""» 
Hf su ffigeS™,\ viveta^v í?¿'?n td" "I'"'"' '" ^-^ "' reproducía su bon ' 
Socorra ComprlISVfawí í?í„ !,'f "i""''^"-''' """"r <" ^bito en ei 
M^'r^'i^^^^}^^^^^ vocación es digna de respeto. 

con la inmensa desventura .'"«"^^^",«' comparados 

esperanza y el oreuno de n^ rn^f n ?u' , - ' ^"^?' "" ""'^"^ v^'"'^"- ^'1 ^^^^«. 'a 
Hua.-iTHsSo recuerdo. " "° '' '""''' '°"^'"'^ '^ '^^^^"^ 

asus^LTsJoTttibk'^tíf'^^^^^^^^ Infecciosa... Ahí tienes 

lo... • ''"""^^" nucrtunos de madre, sin más amparo ya que su abue- 

Hua.— (Anfmdndole.) y les hasfa v le^o or^K-r. ir i 

otro^í-SiirpVSrillS^arlS ''' ^'^"'^'^^ ™-'"- "^ ^"« hablaos el 

HuQ.— Sí. 

5r^QÍ£r,r!;íe-^;íí?^!IS,a^3o%l^;r-g„T™'"--- 
H°o -"i .'ZCif 'í"'= """^'^ "=' horrible crac* de hoy? 

boa!'vmraCa°rá™ ""^ ^""liciones? E» usurero. Se enroscará en mi corao el 
cer""el7,nVrS«o"co''?a™,'!iif'''''°'''''' ''"''"'' ^^^^^ '»« '""■«ebles, a ha- 
dasÜ'^'y-c'íres MÍue''p^'S°'i."° "' "'' <^^P^""^^» ""^ '"^S" ^-^'-Itan falli- 

.ue^-i;2:,!--'™-rerrp'ar¿^fSr.fSr4^^S^,^o.^%^7o^ana, 

'M0NC.-¿A ver? (ADroximáncIose al íaro para mirar hacia el parque.) 



HüG -(Soto ™ «1 proscenio,, (¿Cuajará mi proyecto? Atrevidillo es. Pero Eulalia | 
^°"K^^oV^ádiE S;^SS"s il ,„e viene ahí, (Volviendo ., prosee. * 
„io,Sfe;,t,* ) Ya estoy iemblando. iSi me traerá malas noticias!... 

Los'S^Ó^'Si.S^.a.i^., vertida de „c.™. con „n .,.ro de re.os. E, señora de eabello. | 

blancos, de rostro pálido y Sin movilidad. 

EuLAL.-Pero qué, ¿no ha vuelto Florentina? 

^S--Tsec?™1S SoíSlor?&.o a Jaime, Buenas «ardes, I^cui,do.<A Men- 
tada )iV tú, que tal te encuentras? íFucrtecito... amraado? iAy, como te admiro. 

Sí:'r;™utlo^n!'to?t°;etÍis,no, por esa firmeza heroica con que re- 

"''^¿rc'í^«™?=Sf?:S.tSaforFetoVé. me preparas aWuna mala notícia? 
f:f-No%e^ratadee^o.Anoserq^ 

SSpTcf r-n-lportrlabírtuet Se?i¿;fíe'permite pasar tres dias en tu com- 

pañía? 

ES^'r-'iJ'Í^ZÍrás aquí esta tarde con.Sor María del Sagrario, la hernia^ 

nita del Socorro que ha pedido Ríus P/'^-lf^^'Y^^frls ."no tienes alguna 
MoNC— Bien venida sea mi adorada hija... Pero de veras, cno ucuc» g 

™'E^¿!!'-?YTuérdrh™¿^^^^^^^ para padecer? Tus penas son mis penas. 
¿No estoy aquí para compartirlas, para consolarte? 

^^}%íiié^^:^t^e^ teV(..oscada.) Estos hombres 

'^^^Í^^!Í^^SS^!^:^^^^^^^ -ted dande est. ese 

'Xlal.-A usted, Facundo, que ya es cosa perdida nada tengo que dedrle 
Tu, querido hermano mío. te salvarás porque has padecido y padeces... bl benor 

te ha probado. 

MoNc— Bienloveo... 

EuLAL.—Y bendice la mano que te hiere. 

MoNC.-Pueslabendigo... Ahora.., pega. .^,,,^^H<. noticias 

HuQ.-(Con intención.) No; si hoy no trae el rayo de las malas noaciab. 

EuLAL.-¿Y si trajera el iris de las esperanzas risueñas? 

MONC . —(Incrédulo.) ¿Iris tú?. . . 

EULAL.— Yo, sí. 

£í: -fcrZ?;;S.f N^notí nada. (No debe saberlo todavía.) 

te pone en el yunque y bate y machaca, por algo sera. 

MoNC— (Meditabundo.) Por mis pecados... SI. Señor te 

;^°sl^^^dJSi£^!i¿-tic^^ 

ción de salvar tu alma, porque el "^«jor día viene la cobradoia^^^^^^^ 

dei vivir vencida, y tienes que pagar a oca-teja, dando tu cuerpo d s 

V tu alma aja eternidad. Y te llaman a )u^cio; y alia el angd Q»;^ ¿ir d ma?or o 

te oreauntará por tus buenas acciones, no por las del %nco, m por e, , y 

menor^capital Sue tengas en cuenta corriente o ^" ^aja . Y en onces se^^^^ 

chinar de dientes yel decir... ¡^alditariqueza mald os ff^^^^^^l^"^^^^^ 3i„ ¿e- 

por ciento!... (Moneada se ha sentado con muestras de fatiga, y aguama ei se 

cir una palabra.) 
.. -Hdg :_rdBastg,.^._ppr Diosf 



MAnn^°T''"'°';í'^ Marquesa Daniel, Jaime, por el fondo; ciespues Gabriela. 

MAUQ.-^^Aqui están... ¡Querido Juan! 

MüNC— (Estrccliánciolo !a mano.j ¡l'-Ioreniiiia:. 

EULAL.— jQué gozo vene aquí!... (.Se abrazan.) ,Qué tal 'a casita? 

Marq . -Positivamente la tomo. ^ ^'^ 

a uí1i)jo.- ^'''^^''^•^""^'^'^•> 1'" a-^i^tad es un gran consuelo para mí. Te quiero coma 

Mm-.í} . ~¿Y ( íabriela? 

Jaíau-. . (Aiisbaiido por la puerta de la izquierUa.) Aquí está 
^^^OAB.-(Vestida con traje más elegante que ai principio d.l acto.) ¿Toman choco- 

Marq.— Sin duda. 

EuLAL.~A mí me lo haces con agua, i .: >u„es que ayuno, 
del cu . se"s;in ' L'^p'^f '' ^^"''""■'^ Domin-o de Ramos. (Fonn.n todos u„ grupa 
H ó ?1 f ? u f ''''? ■;"""'"" '^"" •"'"íí"'^^ '" "^^o '«^" rf*^! proscenio ) 

Hlq. - (Aínute a dona Eulalia ) ¿be veras conspira usted conmigo^ 

¿Pen>^b^:n"?¿:i;K^Í:;;i'^^"--^--'^í«^ '« -en? de la familia... 

un ^S^^"" ^"'''^^'■^- "'-'"'" "'^^^' •'-"^ '^^ l^^'-e^^ 4^'^' e^ta familia nos estorba 
B LAi,.— Sí; ¡visita más inoportuna!... 
h'ju. -¿Qué hacemos? 
í-n.AL.- Yo les espantaré como a las mosois. 

MüNC— (Adelantándose.) Anu^o ("ruz 

lif^F^rti-^í virií'"'''"'^*^?"'^?'^" J^^^»- don Facundo... 
fábrica °' ^" '"'^ '"^^ ^^ ''^'^'^'^'^^••' '^' ^efior de Cruz esta hermosa finca y la 

áel^S^üa!^'''' '"''"''' '^"' '^ ^''''''- ^'^^^'^ '^^ "•"'^'■^e de mi hijo está un poco 
no^^S:;:,:^:^;!^^'''"^^^''^-- ^^'^^'^i'-ciOn. sobrásente. El trabajo 

MoNC — Cierfü. (Continúan hablando) 

]AZ''~!t^t^ K,ua!¡a.) ¿Quién es ese gaznápiro? 

ZTa m '^T'""-^- ^^ ^^^ ^«""^ ^'^^ ^í^í*^" te hablé. 
iVlAKQ.- (Mirándole con impertinente.) Ya 
Eui-AL.- Milla traza, ¿verdad? 
J.MME. — Y peores obras. 

de Sí;.llf ,SÍS?íS!:iHfsÍír'"V ^^''''''' ^^"'S« '^ señora marquesa 
dan, incitná'ídié) ''^ ^" '"^^ ^^ ^-"°'' '"^-"-^^és de Malaveila. (Salu- 

CKi;z.~Por muchos años... 

Mo.NC- (Presentando a Jaime.) El otro hijo 

D^^^Í:Ítl^;i¡^- ^' "'^'^"-^^^ '''' -^^"erito es abogado. 
?A^Mr^ -''*' "•l^"'"^'l¿Has visto qué tío más grosero? 
.a sí!;":;Í:;£^;^;;:::.^Í^Í;'K^:;^-5-'^ ^-^^a a Cmz . sentar.=. Obsérvese en 

Ciniz.— Lo miro con¡o cosa mía 

i ooos.-(Los del yn,.„ . dv. la izquicrd.,.) ¡Como cosa suva! 



Cruz— Cierto... porque en él me crié. 

Todos.— Ya. . 

JoRD.— E! señor no reniega de su origen humilde. 

Ciujz.-Nunca. Nací en la indigencia. Todo lo que tengo se lo debo... a é»te 
íSeñalándose.) 

CRUz!-Los^señoHtos"d "carrera (Mirando a Daniel y Jaime.) ven en mí un hombre 
ún principios, un hombre tosco y vulgar... 

Daniel.— (Por cortesía.) ¡Oh!, no... • i • -. 

Marq.— (A los de su grupo.) ¿Y decís que este cafre es nquisimoi' 

ÍAiME.— El asno cargado de reliquias. _ 

EuLAL.— ¡Envidioso! (A la Marquesa.) ¿TÚ qué onmasí' 

Maro.— ¿Yo? Que se puede perdonar a! íinimahío por las alíor)as. 

EUL¿. -(Alto.) El ami¿o Cruz no se avergüenza de haber desempeñado en esta 

""^ CKUzí-ISié ^^^^ Mi padre. Magín Cruz, -a elcarretero de 

esta posesión: Vivíamos allá, junto a las tapias de Paulet, cerca del ferrocarril. 

CRüT.-Mrpadre sacaba los escombros y las basuras traía estiércol Y mantillo 
para las plantaciones y el guijo para los paseos ¿eljarchníiíj^tonces señor don 
Juan, usted me tuteaba... naturalmente, y me llamaba Pepet. ¿Por qué ahora no 
me dice también Pepet? i. ^ i, „^x 

MoNC.-Si lo desea usted..., si lo deseas Pepet teliamaré. 

CRUZ.-Han pasado muchos años. Yo tenía en aquel tiempo diez y siete o aicz 
y ocho, y fama de muy díscolo y rebelde. 

MoNC— Hablando con franqueza, Pepet: eras un bruto. 

Cruz . —Y lo soy todavía. 

Maro.— Me gusta !a sinceridad. . „.„„,« 

MoNC. -Cansado de luchar con tu fiereza indómita, tu padre tuvo qae em- 

'''"''cRÍzi-Atado codo con codo, me metieron en un buque de vela que salió para 
Mazatrán por el cabo de Hornos. 

'Sí ^TSaor'a. muy divertido; un viajecito que convendría a sus hijos de us- 
ted para que aprendieran a vivir. 

Gab.— (A Jaime.) ¡Pero qué animal! , „„*,.a ^„ oct-i 

CRUz.-Volviendo a lo de mi infancia, diré que más de una vez en i éjn es^a 
casa con un respeto supersticioso. Pensaba yo que entrar descalzo en U sala Qon 
STa estamSserauna profanación un sacrilegio. Mo P-^^e que estoy v^^^^^^^^^ 
a ia señora, madre de esa señorita y de su herrnana. .Oh, 1^ ^e K)ia no era orgu 
llosa ni finchada... tan guapa, tan benévola!... Algunas tardes metíame yo en la 
cSL(Sando al foro poíi; izquierda.) Blasa, la cocinera, me poma delante un 
plato de cocido... así. (Indicando lo abultado de la racióu.) 

liiMF —Y no tendría usted entonces mal apelito. 

¿rzi-cSmo ahorl. Mi salud es de bronce. No sé lo que es estar enfermo. 

Nací para vivir mucho, y viviré. ^ ^ u • t +:^„<, 

MoNc— Así has podido resistir tan grandes trabajos y fatigas. 

Ckuz^.'-Y en California, beneficiando primero la plata, después el oro. 
ZVIarq.— (Con admiración.) ¡Plata! 

Marq'.'-¿Y usted sacaba esos lindísimos metales de las entrañas de la tierra? 

Cruz.-— Sí, señora. 

Jaime.— ¡Bonita industria! 

Cruz. —Como bonita, no. ^ , , ^^ é^o^+nt-na. 

EuLAL.-Horrible, vamos. Señor Cruz, no crea usted que aquí nos trastorna 
♦nos ovendo hablar de metales más o menos viles... «pftoras 

I hÍG. -Eso se deja para nosotros los adoradores ael becernto. Estas señoras 
cristiana^ bien curtidas, conservan sus almas en vinagre, o sea en el desoretio ce 



^^Marq.-,OW, no... Un desprecio prudente nada más, porque hay necesida- 
^^Jp^'-^^ eterna cuestión. No es eJ dinero bueno ni malo, sino quien lo 

Cruz.— Y quien no lo posee, ¿qué es? 
JORD.— Nadie lo sabe... 
Marq.— Porque falta el toque. 

HuQ.— (¡Cáspita!... ¡El hombre se explica') 
Jaime. -(A Gabriela.) ¡Pero qué bruto!... ¿ves? 
UAB.— Ale repugna oirle. 
Daniel.— (Naturaleza bravia, estilo crudo.) 
JORD.— (¡Vaya un mozo!) 

^^ co^u-Es precso que v.ya desn,¡n¡i¿ndo' la .nata 'oprni^qf'^e ha formado 
Marq.— ¿JVlala opinión? (Cruz alza loa hombros ) 

dine?o'c"n~p^:f nTiSrSada''^^ "' ''''''' '' ^"^"^^ ^^ «^^« — • ^-^ -"- e 
m1';o'"~t''"^,^'Í' ^V"^"" ^'^ '^'^'^° "sted una limosna. 
rp?:?'~Ml°""'''- ^^ "^^''^ en secreto, como Dios manda. 

GAB.-(Con repugnancia.) ¡Y lo dice tan fresco' 

hI^!;'^'" p '"^f ' 3"^ "° ^"^'*3 "sted un cuarto así lo fu<?¡len 
HüQ.-Es que le ha costado mucho manarlo 
JORD.-{Con adulación.) ¡Oh, mucho, mucho'' 

Cruz'-Así.Is? '*'' ''"^ *''"'' "'^^'^ ""^ *"^"^ hercülea? 
&;-¡Qu¿^^^^^^^^^^ ^' "" "^^'^'"^'^ '« ^«'■t^^ >« ^«beza a un indio bravo. 
rT"~'M ^"^ puntería, señores! Parte un cabello a cincuenta naan., 
es£Te„rpí'e°aTíSwa '^' """""^ ™"«'*° ^'' "«^ - Caffide hay que 
Sz -A ° ?Ü"'^'!,'''Í°.<"y^, T ^«^ te acometieron dos Hgres... 

HuG.— ¡Ah, sí... valiente caricia! 

^"JLAL.- (Acercándoseparaexaniinarelantebrazo)Pí»rn íHcr« ,.c+..H ,^^ 
tos son esos que tiene usted ahí? ^«""zo-J i^ero diga usted, ¿que garaba 

cánd^ofeHVuÍSni^íylTdTna^ ^",'" "''«'"^ P'^^' Mi^^". ^iren. (Acer- 

mis coíseür.'.'' U qufa ust^d" e'faíía'ínrf '^^' "" P"^-"' ^^ «^«"«^^^'^á si si.ue 
una^parte:siquiera°2,ín^iS.raf^c!c^'^^;!>%^e^I^^^^^^^ es consa^ar 

- wao . — (íA buena 43ar í e vaíiü 



rm„ -rada uno sabe lo que tiene que hacer en este punto. Keconpzco y de- 
claro qu¿ no soy p?6dtgo? n? siquiera ge'neroso, y, si me apuran, d,re tarab.en que 
no soy compasivo. 

Qab.— ¡Ylodice! 

Iaime.— ¿Pero has oído? 

F,., ., _jA ver^ (Curiosidad en todos.) Expliquenos eso. 

CRUz'-PeroTo se asusten. El primer artí^ de mi ley es cumplir estricta- 

mente lo pactado... 

Maro.— (Interrumpiéndole.) ¿Y el segundor» niipde o 

Cruz -El segundo... no dar nada a nadie graciosamente. El que "o P""*^ o 

no8abeganarlo^qíesemueraydejeel,puesto a quien sepa trabajar. No debe 

evitarse la muerte del que no puede vivir. 
MoNC— (A Daniel.) Lo dirá en broma. 

Daniel.— (Alto.) Desconoce la compasión. íior.„orra Hpi 

cÍLz.-¡La compasión!... Lo sé por lar-a experiencia... es ""« flaqueza del 

ánimo que siempre nos trae algún perjuicio. ¡La compasión! Donde- quiera que 

arrojen ustedes esa semilla, verán nacer la mgratitud. 

s^pu^rstit^rHisrirar^^^^^^^ 

egoísmo que echó los cimientos de la riqueza y de la civilización. 

' ^CnSz':^D¡'¿o'^qL^facornpasi6n, según yo lo he visto, ^Quí Prindpa^^^^^^^^^^ 
moraliza a la humanidad y le quita el vigor P^^^,}^^^S'ffZ^'',f^^^^ 
leía. De ahí viene, no lo duden, este sentimentalismo que ^do lo agosta, el incum 
Vim pnto de las leves el perdón de los criminales, la elevación de los tontos, ei 
S Snmenso de'la influ'encia persoiial, la vagancia, el esperarlo todo de^^^^^^^^^ 
tad, y las recomendaciones, la falta de puntualidad en el comercio, la insolven 
rii Por eso no hav lev. ni crédito; por eso no hay trabajo, ni vida, ni ndoa... 
Claro^SSs"°hatól;aÍos%a a esta?elaiaci6n hech^^s a 11^^^^ 
mo no ven las verdaderas causas del acabamiento de la raza, y toao 'o rebucive» 
S)n limo 'naraímentando cada día el número de mendigos, de vagos y de trapi- 

sondistas. 

Jaime.— ¡Pero qué bárbaro! 

Gab.— Lo que tú dices: el gorilla. 

EuLAL.— Si bromea. . . ¿no lo veis? 

Marq.— Da miedo este hombre. 

Mono. —Tus ideas, Pepet, son un poco extrañas. 

Daniel.— ¡Y tan extrañas! ... i 

EuLAL.— Falta que nos diga los dem.ás artículos de su ley moral. 

GAB-(Levan?á?do8e.) Dej^en para otra ocasión los artículos, si han de tomar 

"^"^AURÍ-Ah, sí; son las tantas, y yo quisiera volver de día a Barcelona. (Dirige- 
se al comedor.) 

Qab.— (A Cruz.) Y usted, ¿no toma chocolate-» 

Cruz.— Gracias; no lo gasto. 

Gab.— (A Huguet.) ¿Y usted? 

MÍ^NcT-S^'Sbd^^^^^^^^^ le coge de la mano.) ¿También yo? Déjome "evar (Mien. 
tras se dirigen al comedor los que se indican. Huguet y Cruz hablan aparte en el centro del j 
proscenio, y Daniel y Jordana a la derecha.) ,| 

Daniel.— ¿Qué casta de hombre es éste? , . . . . r 

JORD.-¿Üsted lo entiende? Yo tampoco. Le alojo en mi casa, »e colmo de aten- . 
dones, hasta le adulo... con la esperanza de que costee la terminación de mi gfan- | 
dioso hospital... y nada, no entiende mis indirectas. _ 1 

Daniel.— Pero al menos prometerá. ~ , c „o{ P^m no dps- = 

JoRD.-Pues si prometiera... Nada. (Apretando el puno.) Es asi... Pero no des , 
mayo, y sigo mi campaña. Yo soy terrible. Pordioseando con los poderosos. he| 



Daniel.— Sí, señor, sí... (Pasan ai comeaor.) 

„ Cruz, Huguet; después doña Eulalia. 

pinte'u"s\lícon'tan tos"^^^^^^^^ °^^^''" ^"'^'^^' ^" P'^"« conspiraaón. no se 

1^ n?!"^'"^"^ presento como soy... Hablaré con ella, y si no acierta a ver en mi- 
nada "° ^"''^'" ''*°' '"''"'^'''^' ^^^^"^^ ''^ ^^^'^^^^^^ no hemos adllantaS; 

EuLAL.-(Que viene del comedor a prisa, oficiosamente.) Ea, ya estoy aauí Farui, 
do la marquesa se va pronto con sus hijos. Ya he dicho a óSa que en cSo 

tnfi^l^^' T l'^'^i'^ ^'^- ^"*'^ ^^"^ ^ "" "^'■'"a""' '"e le da un paleo como que 
va al encuentro de los niños, y le prepara bien. (A Cruz.) Pero usted bárbarTiSo- 
cente, ,por qué se complace en ennegrecer y afear su carácter? "° 

nuQ. —hso le estaba diciendo. Como no nos ayude 

Cruz.— ¿Qué quiere usted, que me eche polvos en iacara del alma? m ^nv «« 
gro, ¿a qué he de blanquearme con harina de arroz oue anen-t n.wí.í. 2 ^' 
caería, dejándome, además denegro, sS * ^ ' ^ " "" P"''^*'*' ^^ ""^ 

conSgna.'"^" ^'"' '''^^^^"^^' ^ """ Pe''d3"ios tiempo. Facundo, fíjese usted en la 

HuQ.— Allá voy... Por mí no quedará. (Vase por el comedor.) 

P Cruz, doña Eulalia. 

h;¿n !ÍL*Í;'~Í- '^"f X'^"^" P^^ alardes de fiereza, señor eir/ante Goliat? Tan-- 
bién me ha disgustado, en las manifestaciones de usted, que no^mostrara má. r > 

CrS^ 'm? iní°"^' ?Z''¡'^ '"^^""*^ >^ placentera su in?anc¡?.. '"'" '""' '^■" 
CRUZ.-, Mi infancia! Señora mía, ¿cree usted que es muy rrata esa memoria? 
iSi yo era en esta casa poco menos que un aniínal domésticílf TrSS^ mf o^^ 
i fuZ n??' ^'^c^^^'vo-. Recuerdo que teníamos un bun-o, alcual yo quería c^^^^^^ 
nn ^1 fj • '^^"^^í o. Mi padre le trataba con más cariño que a mí d¿¡gualdad n^ 
mi "tfer'pf pTr'5i4°,1e'^a'^r.^"^ '' ^"""^' correspondían lubiéralós^^i^bl^e",^ 
go.^ de"*"^'"'"'^" ^ ^''""^ ''"^ ''^'' ^" ""^^'^ "" '^^So de amor al prójimo.... di- 

que^^}¡¡S^Si5:!^j;;^-,i^-^í- 

LuLAL.— Una broma inocente. 

p1!''Í'"17 'Í^^' '^ ??" "'^^- ^^ "^o"J't^ es un encanto. 

rZt'"~r'P"'^' P°'' 'í°^' y "-«^ '" '''':« "sted a mí, sabiendo oue' 
bueíS „¡¡g"!g„"1efers''S--- &" ^'^h ^^'2*°- P"'^^""'' "-emos 
llegué aqu^ v,-;,„ dia a arfelatn'-ia hLIría dt.IoS-,''nrv'"'l?.'^'=-''^'' '"I""" 



aquellas tristezas de mi nmez.. M, '}'f<lí'^f^'^¿''^:;;:l!lJ^S^- 

íí4r¿¿\"'Lrir"pa^S =1u,"f^íir %o?Icer.ertn,.ada po. e, 

r.Mifi.ii niip traif'O No sé si iT.e explico. 

Cauda 1 que ^¿?^o"---^^^ ,^.^1 cruarda renccrr a mi hermano? 

r"¿í-Nlnguno' MlrV"oí"e?pettir^^^^^ el )ardín, ^^espeto también a la fa- 

m-iiDes^ "asimilarme iodo esto sin ofender a las personas; aUontrano. ha 

déndola?m^:o Ste ellas me hagan a mí... suyo... ¿bs esto claro? 

r,.;:l'^LF^n'fir "aue cuando vi a Gabriela pensé que la única mujer del mundo 
con qSen yo míceSats eUa... Porque yo quiero casarme, fundar una fam.ha.,- 
EuLAL.— Es muy natural. 

Cruz.— Tener muchos hijos... , ^ „^ 

;j,„ ,, _íRifvndo.) Vamos, competencia con joraana. . ^^^^ 

S'^'-Hijorsí-- y criarlos robustos, sanotcs, para que aventajen a estas 

^' E;;"'Í.°-TQÜéS;qué orguHol ¿cree usted que P^ '-"f '|"',°,í„\T°^rve° 

sarme. 

Los mistnos. Huguet. 

Kt'o — íEn la puerta del comedor.) Ya se van. 

F •, :, Vov un momento Disoénseme. Vuelvo. (Vase p<.r el comedor.) 
Hrr ^^vanliTS hab a^^ ustede*>... (Mirando por el fondo, donde aparecen 
laHanSeTa y "sht^^^^^^^ ^^ Gabriela, Moneada y doña Enlalia, ,ne salen a des- 

"""''i-'w _n,vame usted- fesa vieja aristócrata (Por la Marquesa.) tiene dinero? 

iiua -iOht'Í^D . %lreci!la! Su esposo no dejó más que trampas ¡Excelente 
seño' a!'H¿ pasado mil amarguras y privaciones para educar a sus hi]os... 

(^v,,,2 —(Con desprecio.) ¡Valiente educación: 

áu¿^eS?c;ÍÍSto¿rlo^an de los libros, de los discursos... Se mo- 

"'•l^itSÍ^SÍS^^o S^'S^lós^ersonaies .ue se ven e. el f^llo.) Ya^ 
fuerom.. Juan les acompaña hasta la verja, donde espera el coche. Voy... (Vase 
por el fondo, a punto que entran doña Eulaiía y Gaonela.) 

Cruz, Doña Eulalia y Gabriela. 
GAB.-(Confusa.)¿Pero a qué me trae usted?... (Sorprendida y aterrada al ver a 

"""pÍ'v?' To^TS'Xs El amigo Cruz me decía hace un momento que 
Va&S-q;;^?íl^S^S.fedetf(ACruz,qu.es^^ la corte- 

dad. 1 1 timidez, se despegan de un carácter tan tiero. 

Gab.— ¿Qué significa esto? 

Cruz.— Gabriela... señorita... yo... 

Q 1^15 _(Con entereza.) ¿Usted... qué?... . - „ . c o,. «Pñnva 

oíuz.ANotando el ceño de Gabriela.) Hace un momento contioa yo a su señora 

tía impresiones de mi niñez huraüde. ^i:„:f,c v íi tiraba del co- 

EuL.\L.-Sí, cuando tú y tu itermana le echabais salivitas... y eí tiraba aei co 

che, y vosotras le decíais «¡arre!» ^ 

Q^;.._(Con desabrimiento.) No me acuerdo de nada de eso. rpvnlvien- 

C.'r -Ha oasado el tiempo. Su oficio es pasar, correr, mudando y revolvien 

iniu.'i :is, han pasado millones de veces... Por ejemplo, esto. 

cJ'z^^uS... esto. En fin, Gabriela, hablaré, cotno acostumbro, en plata de 
(oy. ,: Tendría usted inconveniente en casarse conmigo? 

G,v5.— (Espantada.) ¡Oh... por Dios... basta! 

EuLAL.—Perc, hija, no es para ofenderse. 



Gab.— No puedo o¡r lo que usted dice, ni aun oyéndolo como broma ..que me 
parec^de muy mal gusto. 

Cruz.— (Contrariado, sofocando su ira.) Bueno... Agradezco la claridad con aue 
se expresa, ^ 

Gab.— Y no teniendo más que decir, me retiro. 

EuLAL._— (Cogiéndola de la mano.) No, no te vas. ¿Y si yo te dijera que a tu pa- 
dre, por circunstancias que no son del caso, le sería muy grato?... 

Cruz. —Tampoco me importa la opinión del papá. Ya conozco la suya, y me 
Dasta. 

EuLAL.— Ella lo pensará... Estas proposiciones no se contestan sin un poquito 
de melmdre, y de Sí, no y oercmos. 

Gab. (Con austera die'nidad.^ Ya he respondido, y nada ten^'O aue añad'r ;Que 
a mi padre pueda ser «?rato!... No, no le conoce ouien le supone capaz de sacrifi- 
carme. (Aiigustiada.) No, imposible... Y, por fin (Con gran energía.) si mi padre me 
mandase querer a ese hombre, no le obedecería, no podría obedecerle.. Dueño es 
de mis actcs; pero en mis afectos sólo puede mandar Dios, Dios, que los ha crea- 
do en mí... 

Cruz.— (Con sarcasmo.) Sí... ¡Y Dios es quien ha plantado en el alma de usted 
esa flor raquítica, esa hierba sin fruto... el amor a uno de los hijos de la marque- 
sa!... ¡Ay, dispénseme usted, señora!... (Por doña Eulalia.) No puedo contenerme 
Entrame la calentura. 

EuLAL.— (Asustada.) ¡Eh... por Dios, ya se descompone!... 

Cruz.— Duéleme haber dado este paso, haber manifestado un sentimiento que 
no resulta correspondido ni comprendido siquiera... (Accionando con rudeza y alzan- 
do la voz.) Mi orc^ullo cruje al sentir el tremendo rechazo... Me ciego, me tras- 
torno, no sé io que digo. No se espanten de que las manotadas de ía besM'a heri- 
da alcancen a alguien... (Paseándose furioso.) 

Gab.— (Espantada.) ¿Pero está loco? 

EuLAL.— (Queriendo amansarle.) Señor Cruz... 

Cruz.— (Gesticulando y entregado sin freno alguno de conveniencias a su cólera brutal ) 
No se resigna al agravio quien ha vencido peligros de la tierra y del agua; quien 
no ha teniido a las fieras, ni a los hombres peores que animales; quien ha triunfa'' 
do de la Naturaleza... (Apretando los puños.) No, no se resigna el hombre para quien 
no han sido basíanj;e auras las entrañas de las rocas, ni bastante intrincadas las 
selvas, ¡lenas de rephles venenosos... No, mil veces; no soporto que me humille 
que me pisotee... una muñeca sin reflexión, que resulta más dura que las peñas' 
mas impenetrable que los bosques, más árida que los desiertos pedregosos más 
brava que lo? abismos del mar. 

Gab.— (Aterrada.) Será preciso llamar... 

EuLAL.— (i.levándose las manos a la cabeza.) ¡Pero, Cruz..., por la del Redentor' . 
• V^2:.— No oigo nada, no quiero saber más. Me voy de esta casa. ¡Que lo 
pierdan todo, que se arruinen, que se mneían, que se deshonren!... Vengan lo'-- 
señoritos de carrera (Con i/a y mofa.) enclenques, escrofulosos, ineptos, parlanchi- 
nes... vengan a poner puntales a la casa de Moneada... Abur. ~'"' 

EuLAL.— (Queriendo detenerle.) ¿Pero se va?... Escuche... 

Gabriela, doña Eulalia. 
Gab.— (Sentándose desvanecida, como amenazada de un síncope.) ¡Dios mío' i»aué 
hombre es éste? .... cw^t 

EuLAL.-iJesús me valr^a!... Hija, cálmate... Perdona... yo creí... En rigor de 
verdad, yo no me he metido en nada... Cosas de Huguet... 

Gabriela, doña Eulalia; Moneada y Huguet por el fondo. 

MoNC— Ya, ya me ha enterado éste. 
A Qab.— (Abrazando a su padre.) ¿Verdad, papá querido,5>que no podía serte aí^ra- 
dable el sacnbcio de tu hija? ¡Y qué sacrificio! Las pobres mártires arrojadas a 
las tieras, merecían menos lástima que yo, si con tal monstruo me casase. 

Mono.— No, no temas... Jamás tu padre forzará tu voluntad. 

HUQ.— (Disculpándose.) No, si yo no. .. 

EuLAL.— Pues yo bien dije que no podía ser. 

Gab.— ¿Verdad, papá, verdad que no me mandas casarme con ese hombre? 

MONC — (Hastiado, como deseando concluir.) No, no; yate he dicho... 



Gab.— Porque si me lo mandaras, yo... te lo juro.. . puepto en el dilema de des - 
obedecerte o quitarme la vida, optaría por ío líltimo. 

£u[,AL.— (Llevándosela.) Basta; ha sido lina broma... de Huguet. Vamos, ven... 

MoNC. — Aburrido, como despidiéndola.) Sí, SÍ... 

Moneada, Huguet. 

HuG. — (Recogiendo su abrigo y hongo que ha dejado en una silla.) Pues señor... (Al 
despedirse.) Dime... con franqueza; si la conspiración hubiera salido bien, ¿te ha- 
brías alegrado? 

MoNc— (Vacilando.) Siendo a gusto de ella... sí... 

Huü.— (Con ira.) ¡Lástima de!... En fin... paciencia, Juan. 

MoNc— Hasta mañana. 

HuQ.— Mañana... Dios dirá. (Vase por el fondo.) 

Moneada; Victoria, Sor Marta de! Sagrario. 

MoNC— (Que continúa sentado.) iMe parece que Dios no dirá nada... (Queda pro- 
fundamente abstraído. Aparecen por el foro Victoria y Sor xVíaría dei Sagrario. Esta viste el .j 
hábito del Socorro, blanco con ma-iío negro; Victoria el de novicia, enteramente blanco, y I 
trae en la mano una palma de Domingo de Ramos, labrada y adornada con flores. Moneada 
no nota la entrada de las dos mujeres, ni ellas reparan en él hasta después de un breve 
rato.) 

Sor María.— río están aquí. 

VlCT.— ¿Pero dónde se han metido? (Viendoa Moneada, creyéndole dormido.) ¡Ah! ,^ 
mi padre... Cilist. (Imponiendo silencio a la otra, acércase de puntillas.) Se ha quedado ,^i 
dormido. 

MüNC. — (Viéndola a su lado con viva sorpresa.) ¡Ah! Victoria... 

VicT.--¿No me esperabas?... (Con orgullo.) Mira, mira ¡o que te traigo... Para 
mañana, Üomingo de Ramos... - < 

MoNC. — (Muy' afectado.) ¡Ah!... SÍ. (Vencido de la emoción, no puede contener el ; 
llanto, y cogiendo las inano.s de su Iiijn, se lar- besa.) '. 

ViCT. — (Confusa.) ¿Pero qué... Horas? - | 

f:.m del acto priaíf.ro J 



ACTO SEGUNDO 

La misma decoración del acto priincro. 

Moneada, junto a la mesa de la derecha, revisa cartag y papeles, demostranto itujuietud y 
trJstez-í. Junto a la mesilla de la izquierda, doña Eulalia, entretenida en unA labor uc gan- 
cho; a su lado la Marquesa, como de visita. Después Victor;;i, que eatra y sale varias ve- 
ces durante la escena. 

Marq.— Pues SÍ, muy contenta en mi casita. 

fíuLAL.— Daniel se entonará con la vida de campo. 

Marq.— Falta le hace. (Bajando la voz.) No creas... algo me inquieta esta apa- 
rición de Victoria. 

EuLAL.— ¿Temes que tu hijo al verla?... ¡Oh, no!... Con el nuevo giro que la 
idea religiosa ha dado a sus sentimientos, no es fácil que ninguna pasioncilla 
mundana asome la cabeza... Pero di, ¿tú crees sinceramente en el misticismo de 
ese pobre muchacho? 

Maííq, — (Suspirando.) ¡Oh!, SÍ. 

EijLAL. — ¿Y lo celebras? 

Marq.— ¡Qué sé yo!... No puedo negar que, atendiendo a los intereses, me 
contraría el cambio de vocación... digámoslo más claro, de oficio. Pero... 

EüLAL.— Pero como lo espiritual es ante todo, te conformas, quiero decir, te 
alegras de que tu hijo c ambie la toga por ia cogulla o la sobrepelliz... 

Mauq.— Claro que debo alegrarme... ¡Y cuidado que el bufete de Daniel pro- 
motín... (Susüirando.í iVnva si nromotía!... 



I 



EuLAL.— (Bromeando.) Positivismo, ¿eh? ,. , 

Marq,— Llámalo vida, necesidades... ¡Ay!, yo también miro al cielo; pero 
como ya no veo caer el maná, tengo que revolver la tierra buscando su equiva- 

MoNC.--(Con sobresalto, mirando su reloj,) (¡Ese maldito Huguet, cuándo ven- 
ará!) 

Marq.— (Inquieto está el pobre Juan... ¡Si será oportuno hablarle ahoral... 
vamos, me lanzo.) Juan. 

MoNc— ¿Qué? 

Marq . —Tengo que hablar a usted de un asunto. 

MoNc . —Usted dirá. 

Marq. — Me parece que el otro día le indiqué... Soy muy prevenida, y antes 
''e que venza el plazo del préstamo que hizo usted a mi marido... 

MoNc— Ya, la hipoteca de Clot. ¿Cuándo vence? 

Marq.— Dentro de cinco meses. 

MoNc— Pues np corre prisa. 

Marq.— Es que quiero anunciarle con tiempo que necesito una prórroga... 
dos años más, querido amigo... dos años, en los cuales pagaré intereses, pues 
no acepto el favor sino con esta precisa condición... (Advirtiendo que ¡Moneada, pro 
fundamente abstraído, no se entera.) ¿Pero no me oye? 

MoNC— ¡Ah!, perdone usted... Me distraje... Sí, sí; cuente usted con... 

Marq. —(Marcando bien la frase.) Prórroga con intereses. 

MoNc— Quítese usted de ahí... No faltaba más sino que yo cobrase réditos a 
la viuda de mi mejor amigo, a la mujer heroica que ha sabido defenderse, y aun 
vencer, en la horrorosa lucha con la adversidad y con... 

Marq.— Con la miseria, dígalo... (Conmovida.) 

EuLAL.— ¡Ay, Florentina, tu pobre Silverio... qué excelente hombre!... ¡Cari- 
rioso padre, esposo amante y fiel! ¡Pero vamos, hija, que te dejó una herencia!... 

Marq.— Sí; deudas enormes que he ido cancelando a fuerza de sonrojos y 
privaciones horribles. (Queriendo alejar un trii-te recuerdo.) 

Mono. — Silverio no se perdió por vicioso; no fué lo que vulgarmente llamamos 
una mala cabeza. 

EuLAL.— Al contrario, pasaba por una de las primeras de Cataluña. 

Marq. -Y eso fué lo que le perdió: su gran entendimiento, la extraordinaria al- 
teza de sus ideas. Vivió poseído de la fiebre de las mejoras y de la pasión de los 
adelantos. Se embriagaba, sí, esa es la palabra; se emborrachaba con el maldito 
progreso y no vivía más que para visitar exposiciones extranjeras... 

Mono. -Y traer acá las máquinas más perfectas de agricultura y de industrias 
agrícolas. 

Marq.— Por esto, bien puedo decir del pobre Silverio que fué una víctima de 
la civilización. (Sigue hablando con doña Eulalia.) 

VlCT.— (Entrando por la izquierda con una taza de caldo.) Vamos, papá, tómate este 
caldito. Hoy apenas almorzaste. 

Mono.- Puessíque lo tomo. (Coge la taza.) ¿Gusta usted, Florentina? 

Marq.— Gracias. 

MoNc— ¡Ay, hija mía! ¡Cuan breve el consuelo que me das! ¡Tres días íao 
sólo!... 

VicT.— Pidamos seis a la Madre Superiora. 

MONC— Sí, sí. 

VicT.— Daremos el encargo a Sor Sagrario, que hoy se vuelve allá ¿Qué quie 
res ahora? (Recogiendo la taza de caldo.) 

MoNc— Que me traigas aquel libro de cuentas que quedó en Ifi me.sa de mi 
despacho. 

VlCT. — Voy. (Vase por la derecha, dejando la taza sobre la mesa.) 

Marq.— (Con desconsuelo, mirando a Victoria.) (¡Lástima de muchacha!) P'Jes como 
te decía, sólo Dios conoce mi angustioso batallar con las dificultades y apreturas 
que me legó el pobre Silverio. Durante algunos años, cuando no velaba yo para 
coser la repita de mis niños, me quemaba las cejas haciendo cálculos... para de- 
tender y estirar el miserable céntimo. Yo misma he vendido al menudeo la lana 
de mis oveiitas de Castellar del Nuch, y he almacenado en mi alcoba, esperando 



mejofefs precios, las patatas del Clot. Se me han estropeado las manos lavando mi 
ropa, y mi rostro aprendió a no ruborizarse pidiendo a éste y al otro amigo los 
libros en que mis hijos habían de estudiar. 

VlCT. — (Entrando con el libro, que da a su padre.) Aquí está. 

Marq.— Hoy, en la situación modestísima que he podido conservar, ubre ya, o 
casi libre, de acreedores, me conformaré con salvar mi finca del Clot, la casa pa- 
trimonial donde nací, aquel terruño queridísimo que guarda la memoria de mis pa- 
dres. Si lo perdiera, me moriría de pena. 

MoNC— (Recordando con pena.) ¡Ay!, espere usted, Florentina. 

Marq.— ¿Qué? 

MoNC— Que no sé si ese crédito va comprendido entre ¡os que se llevó Hii- 
guet para intentar una negociación... 

Marq.— Por Dios, no me asuste usted... 

MoNc— No apurarse. En todo caso, lo retiraremos antes de hacer la negocia- 
ción. Como es cosa de poca entidad... 

Marq.— Relativamente. Para míes mucho; para usted una bicoca. 

MoNc— ¡Ah! Ya no hay bicocas para mí. Estoy arruinado. 

Marq/— (Asustadísima.) ¡Juan! 

MoNc— Como usted lo oye. (A Victoria.) Hija de mi alma, mira por dónde has 
resultado previsora dedicándote a ese santo oficio de asistir a los pobres y conso- 
lar a los desvalidos. Te estrenarás con tu propia familia. 

EULAL. — (A la marquesa, que está consternada.) ¿No ves que bromea? Y en Último 
caso, Juan, a mí no me asusta la pobreza. Creo que a Florentina tampoco. 

Marq.— ¡Ay, la pobreza! Esa señora y yo hemos luchado a brazo partido; nos 
hemos peleado bien, bien, bien. Y como he recibido de ella tantos arañazos y mor- 
discos, francamente, no le tengo mucha ley que digamos. 

MoNc— En fin, Eulalia: tú a un convento, yo al Asilo de ancianos en que esté 
mi hija. (Rompiendo papeles y arrojándolos al suelo.) 

EuLAL.— Pues yo tan contenta. (A Victoria.) ¿Qué dices tú? 

VicT.— ¿Yo? Que el alma siempre es rica. Su capital crece y se multiplica cuan- 
to más se le derrocha. 

EuLAL.— (Alabando la frase.) ¿Eh? ¿Qué tal? 

Marq. — Victoria, cuéntanos tu vida. ¿Estás contenta en el Socorro? 

ViCT. — (Siéntase en una silla baja, entre la marquesa y doña Eulalia.) ¡Oh, sí! iQué 
paz, qué encanto, qué dulzura en aquella vida! Pero también paso mis penitas. 

EuLAL. — ¿Penitas? Vamos. (Fatigada, interrumpe su labor sin soltarla de la mano.) 

Marq.— Sí; por las tareas arduas, abrumadoras y a veces repugnantes que 
imponen a las novicias. 

ViCT. — Por eso no; más bien por lo contrario. (Quitándole a su tía de las manos la 
labor de gancho y continuándola con gran ligereza.) Perdone usted, tía; no puedo estar 
sin hacer algo... Las faenas arduas, las cosas difíciles, muy difíciles, son las que 
me gustan a mí. Cuando me señalan trabajos fáciles y corrientes de les que pue- 
de desempeñar cualquiera, me aburro, me impaciento, me pongo triste. 

MoNC. — (Que a ratos atiende a la conversación, sin dejar de romper papeles.) Eso es 
orgullo. 

EuLAL.— Y ofender a Dios. Hay que someterse. 

ViCT.— Si yo me someto. Me resigno a las cosas fáciles, no sin un poquito, o 
un muchito, de violencia sobre mí. El mayor gusto mío es que me manden algo 
en que tenga que vencer dificultades grandes, o afrontar algún peligro que me 
imponga miedo, más bien terror, o ahogar con esfuerzo del alma mis gustos de 
siempre, mis aficiones más arraigadas. Quiero padecer y humillarme. 

Marq.— ¡Qué viva imaginación la de esta chica! 

MoNc— Desde muy niña se distinguió por el entusiasmo repentino y ardiente. 

EuLAL.— Y por sus vehemencias, que a veces nos parecían raptos de locura. " 

MoNC— Lo contrario de su hermana Gabriela, toda reflexión y calma. En 
aquélla el instinto del método, las acciones lentas, las ideas prácticas; en ésta el 
arranque súbito, ideas brillantes, actos atrevidos que parecían obra de la inspi- 
ración o del capricho. 

EuLAL.—iDichosa tú, hija mía, que allá te perfeccionas a tu gusto, y te mor- 
tificas tan ricamente sin .que te moleste nadie' 



Marq.— ¿Ricamente? Fama íiene de muy estreclia ía d;;c]pHna del Sozorro.y'' -n 

ViCT.— Pues a mí me parece ancha y cómoda. Yo quisiera más... . 

MoNC— ¿Masqué? 

VicT.— Más trabajo, más dificultades, mayor violenci.'i de ia voluntad^ parn 
que el padecer fuera extremado y el sacrificio llegara . : limite de las fuerzas hu- 
manas. 

Mono. — ¡Ambiciosilla! 

VicT.— Sí que lo soy. 

EuLAL.— (Levantándose.) Ea, basta de charla ociosa. Hoy Lunes Santo. Es hora 
de ir a la iglesia, que no faltan, ¡ay!, cositas que pedir al Scuor. Victoria, ¿vie- 
nes? jf^ 

ViCT.— Después. No quiero dejar solo a papá. 

Marq.— Yo te acompañaré. Rezaremos, si. Hay que pedir, p^Jir... (¡Diosm; . 
■ iue suban los fondos; que suban, sí, para que se arreglen los nr.Gjocios de es-? 
buen hombre, providencia de tantos desdichados!) Juan, .idiós. /no sea U8t< d 
pesimista. 

MoNc— Adiós, amiga mía. 

EuLAL.— (A Moneada.) No trabajes ahora. No olvides que Dani .¡i iioy vejidr¿ a 
buscarte para dar un paseo. 

Marq.— ¡Ah!, sí... y que vendrá pronto, cuando salga de los rranciscanos. 

MoNc— Aquí le espero. 

EULAI,. —(A Victoria, rechazando la labor de gancho que ésta le entrega.) AcábariC: 
esas vueltas, holgazana. (Vanse las dos señoras por el fondo.) 

Moneada, Victoria. 

ViCT. —(En pie, sin mirarle, continuando su labor.) Y qué, ¿te escribo '.njs cartas? 

MoNC— (Sentándose junto a la mesa.) Sí; dos o tres urgentísimas. 

VfCT.— Pues díctame. íOeia la labor y ae sienta por el otro lado de la iresa, toman' 
ra pluma y preparándose para escribir.) 

Mono. —No sé por dónde empezar... (Dictando.) «Señores Miró y Compafn'a... 

VicT.— (Escribiendo.) Y Compañía... Muy seflores mío... 

MoNC— <Tengo el sentimiento de pruíícipar a ustedes... que... por efecto :■ 
la liquidación del sábado...» (Da un puñetazo en el brazo del sillón y se levanta aira i.^) 
No puedo anunciar yo mismo mi descrédito, la deshonra comercial, la ins.-. 
vencía. 

VicT.— Papá, ¿qué hablas ahí de deshonra? 

MoNc— Sí, hija de mi vida. Estoy arruinado... perdido... 

VicT.— ¿Pero es cierto que?... 

MoNC— Lo de menos es la riqueza. El caudal perdido puede gan -r se otra vj? 
Pero la estimación, la pureza de un hombre intachable, no se recobran una v; ;■ 
perdidas. 

VicT.— (Con extrañeza.) ¡La estimación! Si Dios te estima, ¿qué te importa qu' :. 
te estimen los hombres? 

MoNc— (Muy excitado.) ¡Dios has dicho!... La religión me consolará de la pobr.: 
zíi; no puede consolarme del descrédito vergonzoso. 

VicT.— No te aflijas. 

Mo.N'c— ¡Y esos pobres niños, los hijos de tu hermano Rafael, tendrán q-.t 
ser recogidos por los amigos de casa, o llevados a un hospicio! 

ViCT.— No me lo digas... 

MoNC— No; imposible que yo sobreviva a este inmenso desastre. 

ViCT.— (Cogiéndole las manos.) ¡Papá, por Dios crucificado!... 

MoNc— Déjame... No me prediques... No entiendo tu lenguaje... Ni tú entien- 
des el mío... Hiciste bien en ponerte en salvo, abandonando tu casa y tu fanii'ia 
antes de la catástrofe, que ya no te afecta, no puede afectarte. 

ViCT.— (Con efusión.) Papá, padre querido... No me hables así, que me destrozan 
el alma. Te dejé cuando vivías en la opulencia. Pobre, no te hubiera dejado n' - - 
ca. Te quiero tanto, tanto, que daría mi vida mil veces por evitar tus pena;;, p... 
aliviarlas tanto así... Y ahora que vas a ser un pobrecitoi ahora... no sé com > 
presártelo... (Con calor y entusiasmo.) no sé... porque el amor que te tengo nc 
ne mí, ni en el mundo entero. 

-(Abrazándola tiernamente.) ¡Hija de mí vida! 



ViCT.— Ten fe, ten fe... y vera». 

MoNc— Bueno; por fe no ha de quedar. 

Vicr.—Pues nada ternas: yo te saívaré. 

MoNC— ¿Tú? 

ViCT.— (Con resolución.) Yo, SÍ... ¿Te burlas? Yo, yo... Aquí tienes a la que lla- 
mabais la loca de la. casa, a tu hijiía caprichuda y sonadora; aquí la tienes, ame- 
nazándote con nuevos delirios de su imaginación arrebatada. (Con orgullo.) Yo, 
yo te sacaré de penas. 

MoNC. — (Con mucho interés.) ¿Cómo? 

VicT. —Pidiéndoselo a Dios. 

MoNC— (Desalentado.) ¡Inocente, alma pura y sencilla! ;Y crees tú que Dios!... 

VicT. — Concede, sí, todo lo que se le pide. 

MoNC— ¿Todo, todo? 

VicT.— Sí, sí. Pero hemos de pedirlo con vivísima, con ardiente fe. Verás 
cómo imprime a nuestra voluntad una fuerza increíble, colosal; una fuerza que re- 
moverá todos ios obstáculos... 

MoNc— ¡Una fuerza! (Confuso.) ¡La voluntad! ¡Ah, si en la voluntad consis- 
tiera!... 

ViCT. — (Con resolución graciosa.) Tú déjame a mí, y verás... 

MoNC — (Viendo entrar a Huguet.) ¡Ah!, gracias a OÍOS. (A Huguet.) ¿Qué hay? 

Los misinos. Huguet. 

HuQ.— Nada, que Llorens Hermanos se declaran también en quiebra. No hay 
que pensar en salvación por ese lado. 

MoNC— Ni por otro alguno. 

HuQ.~(Como recobrando la esperanza.) Y al fin, ¿habló Cruz contigo? 

MoNC— (Sorprendido.) ¿Cruz?... No. 

HuQ.— Quedó en venir hoy. Accediendo a mis instancias, no desista de com- 
prar la fábrica, ni de hacerte el empréstito... 

MoNC— ¡Ah!, ¿pero en qué condiciones?... 

HuG.— Querido Juan, en las únicas posibles, ¿Pues qué creías tú? Otra cosa 
hubiera sido si... (Recelando hablar delante de N'ictoria, que, sin moverse delante del asien- 
to, continúa su labor de gancho.) 

MoNC— No temas hablar delante de ésta. Ya la enteré de todo. 

VicT.-— Sí, sí; ya sé que querían sacrificar a mi hermana, casándola con un 
bruto muy rico, con ese Cruz... No le conozco... ni quiero... 

HuQ.— Pues ese mismo hombre, tan fiero y de tan ruda forma, parecía un niño 
contándome su ilusión de entroncar con los Moneadas, de juntar las dos razas, 
las dos firmas... Y cree que su plan era cosa grande... Cuando Eulalia y yo empe- 
zamos a conspirar, dirigióme el hombre esta carta... (La saca del bolsillo.) en la cual 
sintetiza su pensamiento... (Mostrándola a Moneada, que la rechaza con trjsteza.) Pro- 
ponía, como verás, la formación de una Sociedad comanditaria, a la cual aporta- 
ba un capital de quince millones... tú aportarías la fábrica, cuya gerencia desem- 
peñaría él... 

MoNC— Calla, déjame. (Con profundo disgusto.) ¿A qué me pones delante de los 
ojos esa tabla, a la cual no podemos agarrarnos? 

HuG.— Admitiría las acciones de nuestro Banco al precio de emisión... Se pa- 
garían todos los créditos pendientes... 

MoNC. — Basta te digo. Si no ha de ser... 

HuG. — (Guard.'Hndo la carta, amoscado.) Bueno; déjame al menos el derecho de mal- 
decir nuestro destino. 

MoNc. — Maldice, maldigamos todo lo maldecible. 

HuQ.— Y no extrañes que el hombre, irritado por la sequedad humillante de la 
repulsa, te trate ahora como enemigo... 

MoNC— Si, ya sé que tendré que sucumbir a las circunstancias. Me estrujara 
para sacar el último zumo del limón, y hará un estropajo de mis entrañas. 

HuG.— Y no podrás quejarte. 

MoNC— Si no me quejo. Renuncio a todo, hasta al derecho al quejido. 

VicT. -Si me dejan decir mi ooinión... 

MüNc— Dila. 



VicT.— hues... no entren en tratos cun el malo; que ai malo, Dios le confun- 
dirá. 

MoNc— En eso estamos... Pero por de pronto, a quien confunde es al 
Dueño. 

HuG.— ¡Ea, que no es tan malo Cruz! Y en todo caso, hay que reconocerle una 
cualidad excelsa. 

MoNc— ¿Cuál? 

HuQ.— Que si no hay otro más duro para hacer cumplir, tampoco lo hay más 
exacto en el cumplimiento de sus obligaciünes. Mi her.niano Roberto que le ha tra- 
tado en América, me ha dicho que sus compromisos tiénense por cosa sagrada v 
que su palabra vale tanto como escritura pública. & > j 

VicT.— Algo es algo. 

Los mismos. Gabriela, que sale precipitadamente por la izquierda, con delantal. 

Gab.— (A Victoria.) Tu aquí de parola, y yo allá coiisumiéndoiiie ¡a figura, sofo- 
cada, sin poder hacer carrera de esos chiquillos. 

MoNC— Pero, hija, ¿qué es eso? 
_ Gab.— Nada, papá; han perdido el respeto a la institutriz, y a mí me lo perde- 
rían también sin las solfas que les doy. (A Victoria.) Pero tu, aoreiidiz de maesf a 
angélica, ¿por qué no vas allá? A ver. domestícame a esos serafines diabólicos 

nuQ. — Pues no vienes poco fuerte. 

Gab.— Mira, mira (Mostrándole su delantal, desgarrado de arriba a abajo.) loque 
acaba de hacerme Aurorita. 

MoNC, — ¡Qué gracioso! 

VicT. — Por poco te afanas. 

Gab. — Pues anda tú. 

VicT.— Ya lo creo qme iré. ¡Valiente cuidado me dan a mí travesuras de chi- 
quillos! 

Gab.— Ya no puedo, no puedo atender a tantas cosas. (Revolviendo precipitada- 
mente la cesta de costura, saca hilo y aguja y se cose el delanía!.) ¿Sabes papá lo que 
:iizo Pep.to? Pues meter las dos manos en un plato de natillas, y después ir mar- 
cando uno a uno todos los mutbies del comedor. 

MoNc. -¡Ja, ja!... 

Hua.— ¡Qué mono! 

GAB.-Mercediías, a quien no puedo quitar la costumbre de hablar como un 
carretero, me ha llamado... No lo puedo decir. (Todo.s .sueltan la risa.) Y Pepit© 
cuando le pongo de rodillas por no saber la lección, se entretiene en arrancar las 
iiojas de la Gramática... para poner rabos a las moscas. 

HuG. — Lo mismo hacía yo. 

MoNC— Y yo. 

Gab,— Y a todas éstas, la institutriz pone niorrolBE Celedonia riñe con el 
ama y esta se atufa y me amenaza con irse, y se presen^ el marido perdonándo- 
nos la vida... hn fin, que tengo ya la cabeza como un bombo. 

ViCT.— (Bromeando.) ¿Quieres apostar a que voy yo y todo lo arreglo? 

,9^^-~P"es anda, anda... Te cedo la plaza. A" tí todo te parece facilísimo 

VMCT.- Todo no; eso sí, porque lo es. 

Gab.— Quisiera yo verte aquí... (Acabando la costura y cortando el hilo con los dien- 
tes.) Para estos trajines, tienes tú demasiado... espíritu... ¡Ay, es un gran como- 
clin eso del espíritu, y hacer todas las cosas con el pensamiento, en vez de hacer- 
las con las manos, con éstas! 

VicT.— Yo también tengo nianos. (Con viveza las dos.) 

Gab.— No es censura... pero hay que probarse. 

VicT.— Probarse, sí. 

Gab.— En la vida práctica. 

ViCT.— En ella estoy. 

HuQ.-(interponiéndose.) Vamos, no riñan por cuál de las dos vale más. Ambas 
son excelentes, inapreciabies, cada cual en su hechura y eistiio. 

Gab.— (Riendo.) Si no reñimos... ¡Pero qué tonttí! 

MoNC— ¿Reñir mis hijas? Nunca. 

HuQ.— (Aquí están las dos. la divina y la humana. Ninguna de las dos le sirve 
para nada. ¡Pobre Juan!) 



Mnvc— (A Hngnet.) No nos descttic'.smos, Facundo, por si viene.., ; 

Hlg.— ¿Tienes ahí la titulación de los terrenos de la fábrica? :( 

MoNc— Creo quesí. ^^ 
HuG.— Pues examinémosla. 

MoNc— Vamos. (Dirigiéndose al despacho.) Preparémonos para la decapitación. » 

Victoria, Gabriela; Carmeta, que entra y sale por la izquierda. • 

Q;^B, — (Mirando al suelo, a trechos cubierto de papeles rotos.) BonitO han pUCSÍo | 
esto. No puedo ver tanta suciedad. (Llamando.) Carmeta. j 

Carm.— (Porla izquierda.) ¿Señorita?... 

Gab.— Barre aquí. (Vase la criada.) 

VicT.— El pobre papá, ¡qué malos ratos pasa! 

Ga3.— (Suspirando.) Ya... ¡Y que nosotras, infelices mujeres, no podamos evi- 
tarlo! 

VicT.— Sí; triste cosa es nuestra insignificancia, nuestra incapacidad para todo 
lo que no sea las menudencias del trabajo doméstico. (Entra Carmeta con una escoba, 
Victoria se la quita y se pone a barrer.) 

Gab.— (A Carmeta.) A Celedonia que planche primero la ropa de los niños. Las 
enaguas no corren prisa. (Vase Carmeta.) ¡Pero tú!... (Viendo barrer a Victoria.) Va- 
mos, eso es jugar a los trabajitos. 

VicT.— (Con gracejo.) Hija, no hay más remedio que rebajarse, ahora que vamos 
a ser pobres... digo, tú, que yo... ya lo soy. . 

Gab.— ¡Ay, la desgracia me coge bien prevenida! No me asusta la pobreza. J 
Vaya, tengo que hacer. (Dirígese a la puerta, y como atormentada de una idsa, vuelve.) ^ 
Lime, Victoria, ¿papá está quejoso de mí? ¿Te ha dicho algo? | 

VlCT. — (Dejando de barrer, pero sin soltar la escoba.) No, no... ¡Pobrecito! ^ 

Gab.— Porque ya ves... Tú estás enterada. ¿No crees que hice bien?. . . 

VíCT.— Yo... ¿que si creo?... Te diré. No se debe exigir a la criatura humana 
ningún acto superior a su propia resistencia. Si yo te dijese: «Gabriela, échate a! 
hombro esta casa y anda con ella», te reirías de mí. 

Gab.— Como te reirías tú si yo te lo dijera. 

VicT.— Quizás no, porque si yo me encontrara en tu situación y me hubieran 
dicho «levanta en vilo esta casa...» la habría levantado, 

Gab.— ¿Qué quieres decirme? (Amoscada.) ¡Que siempre has de hablar con figu- 
ras! fiLuego tú... también tú, crees?... 

VicT.— No te inculpo, Cadacua! levántalos pesos qu3 pueds. El sacrificio, la 
querencia de las dificultades, el desprecio de nuestra felicidad para buscar en la 
desdicha una dicha mayor, ese homenaje del alma a Dios, que gusta de verla lle- 
gar basta El por los caminos más estrechos, no es, no, para todos los caracteres, 

Gab.— Sutil estás... y orgullosa... ¿De modo que tn?... ¿vamos, crees sin duda 
que debí sacrificarme?... 

VicT.— Yo no digo que tú lo hicieras... Claro, no podías... Te faltaba valor, des- 
precio de tí misma, poder de anulación. 

G.\b.— ¡Valor, desprecio, anulación! Eso entraría en la esfera de lo sublime, 
querida hermana, y lo sublime no se ha hecho para esta pobre criatura casera y 
vulgar. Soy muy prosaica, ya lo ves. No ambiciono pasar a i a historia, ni que me 
dediquen tres o cuatro renglones en el Año Cristiano. (Victoria sigue barriendo sin 
decir nada.) ¿Quiere decir esto que me falta valor? Bueno. Quizás me sobraría para 
soportar las mayores desgracias, la miseria, la muerte. Para ser esposa de una 
bestia, reconozco que no lo tengo, 

VicT,— Sí, sí... Líbrete Dios de semejante' prueba... No se hable más del 
asunto. 

Carm.— (Entrando por la izquierda.) Seilorita, el pescadero. ¿Qué se toma? 

Gab.— (Enjugándose una lágrima,) Voy, voy al momento.,. ¡Cómo me entretengo 
charlando! (Vanse presurosas Gabriela y la criada.) 

Victoria; después Cruz; al final de la escena, Haccuet, 

VicT.— (Barriendo con decisión.) No cede, no. ¡Razón tenia la pobre! El sacrificio 
sería horrible, tremendo... superior a las fuerzas humanas. (Parándose meditabun- 
da.) No, no, no; nada es superior a este soberano impulso del alma, nacido de la 
fe, y que frente a las dificultades se encrespa, se agiganta y las arrolla al fin, las 



URUZ.— (¡La monja!) (Deteniéndose cohibido.) 

ViCT.— Pase usted. (Sigue barriendo.) Papá saldrá pronto. (Después de observarle 
rápidamente.) (En efecto, amarguillo debe de ser este cáliz..,) Tome usted asiento, 
señor Cruz. 

Cruz.— ¡Ah, me conoce usted! 

VicT.— Defama. 

Cruz.— Aquí la tengo muy mala, según parece. 

VicT.— Regular. 

Cruz.— Pues yo... No es ésta la primera vez que veo a usted. 

VlCT.— (Parándose, apoyada en el palo de la escoba.) ¿A mí?... ¡Ah, en mi infancia! 

Cruz.— No, ahora. 

VicT.— ¿En dónde? 

Cruz.— (Siempre con sequedad.) Acostumbro madrugar. Esta mañana salí tempra- 
nito a dar mi paseo: entré en el parque por la hondonada de Paulet, y allá, en el 
lavadero que hay entre los tilos, estaba usted con otras mujeres. 

VicT.— ¡Ah!, sí, lavando... 

Cruz.— Díjome Rufina que por las mañanitas suele usted ir allá, y que ayuda 
a lavar la ropa de los criados. 

VicT.— Alguna vez. 

Cruz.— Pues sí, usted no me vio a mí. Pasé de largo... Hablando de otra cosa: 
seguramente usted no se acordará de aquellos tiempos... Era muy niña. 

VicT.— Sí que me acuerdo... (Con asombro infantil.) ¿Y es cierto lo que dicen? 

Cruz.— ¿Qué? 

Vicx.— Que es usted Pepet, aquel muchachote tan.. . 

Cruz.— Acabe: tan diabólico, tan cerril y de mala sangre, según decían. 

ViCT.— ¿Pero de veras?... ¿es usted el mismísimo Pepet? 

Cruz,— El legitimo, el auténtico, el que tiraba del carrito en que se paseaban 
las dos niñas... 

VicT.— ¡Vamos, y que hacía usted de caballito con una propiedad!... 

Cruz.— Con tanta propiedad, que usted, una tarde, se empeñó en que había 
de comer cebada. 

VicT.— ¿De veras? ¡Ja, ja...! 

Ckuz.— Y la comí. 

Vict.— ¡Qué cosas! 

Cruz.— No sé si se acordará de cuando usted y su hermanita, asomadas a la 
ventana de arriba, mientras yo abría los hoyos... 

Vict.— ¿Le echábamos salivitas y salivitas?... ¡Vaya si me acuerdo! 

Cruz. —Que me caían aquí. (En el pescuezo.) 

Vict,— Después se fué usted a las Américas, y ha vuelto cargado de riquezas, 
que no le sirven más que para ofender a Dios. Porque el dinero, entiéndalo usted, 
(En tono infantil y gracioso) es cosa muy mala, pero muy mala. 

Cruz.— Tan malo, que todoa ¡o persiguen... para cogerlo. 

Vict.— Hay gustos muy raros. 

Cruz. — Como el de usted, por ejemplo. 

Vict.— ¿Cuál? 

Cruz.— Si no se enoja, se lo diré. 

Vict.— Diga 

Cruz,— Eso del monjío: envolver su rostro en la desairada toca, vestirse con 
tan feo traje, adoptar una vida de estúpidas ñoñerías, entre beatas y frailes, 

Vict,— (¡Cuánta grosería!) Sí, ese es mi gusto, ¡Qué quiere usted!,,. Dígame, 
¿esa manera de hablar y de calificar a las personas religiosas, e.s constante en 
usted? 

Cruz.— Cuando me piden mi opinión, la doy sin floreos. Soy muy burdo, muy 

mazacote. 

Vict.— Ya, ya se ve. (Volviendo a barrer.) (Verdaderamente, el sacrificio sería 
espantoso,,. ¡Qué facha, qué innoble lenguaje, qué bajeza de pensamientos!) 

HuQ,— (Que no pasa de la puerta de la derecha.) ¿Pero estaba usted aquí? Juan 
y yo le esperábamos... 

Cruz.— Me entretuvo la barrendera.,. 

Hlu. - Pase, puse... (Salen Cruz y Muguet por la derecha.) 



I 



Victoria, sola, meditabunda. 

VicT.— ¡Qné hombre, qué trazas de inferioridad! Y en eso, ¿hay un alma? 
fPatisa.) Sí que la habrá, ¡y quién sabe si Dios prepara en ella algún maravilioso 
ejemplo de su poder infinito! (Asaltada súbitamente de una inquietud nerviosa.) Dios 
mío, ¿qué es esto?... Pasó la ráfaga por mi mente... He sentido el chispazo que 
precede a las resoluciones formidables... No, no puede ser... Soy víctima de una 
alucinación, sugerida por el orgullo... No, no. (Riendo.) ¿Cómo puede ser que yo?... 
jDemencia, ilusión loca de mover las montañas, de ablandar entre los dedos el 
bronce, de convertir los males en bienes! Ya, ya cesó. (Serenándose, se pasa la mano 
por la frente.) Ño siento ya la llamarada... ¡Vaya, qué cosas se me ocurren! Y por 
qué había de consumar yo sacrificio tan espantoso? ¿Por devolver a mi padre la ¿ 
tranquilidad, la estimación, el crédito?... ¿Pero yo que tengo que ver con el cré- 
dito, ni qué significa eso para mí, para quien lleva estas tocas, este rosario, esta : 
cruz? (Reflexionando.) En ningún catecismo se habla del crédito... en ningún libro 
místico he tropezado jamás con esa palabreja. Por amor se apuran los cálices más ' 
amargos; por amor se acometen difíciles empresas, desafiando con semblante ri- 
sueño la vergüenza, el dolor, la muerte misma; por amor se truecan las espinas 
en rosas, el miedo en confianza, las tribulaciones en alegrías inefables... Pero por 
el crédito... (Rehaciéndose.) Jesús mío, no permitas que mi razón se turbe. 
Victoria, Moneada que entra por la derecha muy agitado.) 

MoNC— ¡No puedo presenciar cómo hacen leña de mí, pobre árbol caído! Allá ¡ 
ío arreglen solos Huguet y Cruz, el leñador impío... ¡Horrible situación, que, mi ri 
flaca voluntad no soportará! Sí, sí: me falta el valor de vivir. (Dirígese al foro con * 
muestras de desesperación.) 

ViCT. — (Alarmada, deteniéndole por un brazo.) Papá. 

MoNC- ¿Qué? 

ViCT.— ¿A dónde vas? 

MoNC— No sé... ¡Hija de mi alma, inocente paloma, déjame... tú no puedes 
comprenderl.., 

ViCT.-- Papá querido. (Abrazándole.) Aguarda... Ven... ¿No te he dicho que 
yo. .? 

MoNC— Ya, ya recuerdo... (Con amargura.) ¡Pidiéndoselo a Dios! ¿Has empe- 
zado? 

VlCT. — Sí. 

MoNC— ¿Y qué dice? 

VicT.— Pues dice (Reflexionando.) que aguardes... que aguardes tranquilo. 

MoNC— ¡Tranquilidad, sí... la del sepulcro! Verás qué soberana paz... 

VlCT. — ¡Papaíto, por Dios! (Aparece Daniel por el fondo.) 

Los mismos, Daniel. 

VlCT.— ¡Ah, Daniel! 

Daniel.— (Tratando d« disimular una viva emoción.) (Creí que SU presencia no me 
afectaría... Animo, y apretar bien la herida para que no se abra.) 

MoNC— Daniel, ¿qué bueno por aquí? 

Daniel.— ¿No se acuerda? Me dijo usted que viniese a buscarle para dar un 
paseo. 

MoNC— ¡Ah!, sí... ¡Qué cabeza! 

VicT.— A paseo... Me parece bien. Distracción, ejercicio. (Aparte a Daniel.) No 
te separes de él. La desgracia, la ruina, el descrédito de su honrado nombre le 
trastornan, le enloquecen. Temo... Ni un momento le dejes sólo. 

Daniel.— (Ofreciendo el brazo a jvioncada.) Vamos, don Juan. ¿Hacia dónde? 

Mono. — (Con indiferencia, dejándose llevar.) Hacia donde quieras. 
Victoria; después Sor María del Sagrario. 

VlCT.— Su inmenso dolor me traspasa el alma. Temo que en un rapto de dése» 
peración... ¡Dios mío, aparta de su espíritu toda idea que no sea la de confiar 
ciegamente en tu infinita misericordia!... (Sintiendo nuevamente la vibración interior.' 
Otra vez... Otra vez la ráfaga... (Se aprieta la frente.) Esto no puede ser... ¡Oh!, 
sí... ¿por qué no? Lo difícil no existe... es una ilusión, un fantasma creado por 
nuestra flaqueza... Nada hay imposible... ¿Pero tendré valor para?... (Con mucho 
brío.) Sí, sí... por ver sonreír a mi padre sería yo capaz de arrojarme ahora mis- 
mo en una sima tenebrosa llena de culebras v de inmundos reotiles... sería yo ca- 



paz de arrojarme,.. (Meditabnndíi y vaciíanic.) i Ah! ¿QuiV5n puede responder de su 
propio vaior antes de probarlo? No sé, no sé... Mi mente se enluiüia, mi volun- 
tad desfallece... Dios, Fíccl-intor mío, dame luz... Que vea yo si esta temeraria 
idea viene de Tí... Sí, de Tí viene. ¿Pues de quién, si no? 

3oR M.- (Que entra por el foro.) Nina, adiós. 

VicT.— ¿Peroya?... 

Sor M.-Sí, mi enferma murió ivioche. Me voy con las dos Hermanas del hos- 
pítaüío de San Lázaro, que hoy regresan a Barcelona. 

ViCT.— (Abstríiída. siéntase fatigada.) ¿Sabe Usted que?... (Apoyando ia frente en In 
palma de la mano, con muestras de desfallecimiento.) 

Sor M.— ¿Qué tienes? Ya... desconsuelo por verme partir. De buena gana ts 
irías conmigo. 

Vio.— ¡üli, no!... ahora no. 

Sor M.— ¿Estás enferma? 

ViCT.— No sé... Siento una inquietud, un sobresalto... Dios quiere someterme 
a una prueba tremenda, la más grande que es posible imaginar. 

Sor M.— ¡Pobrecita! ¿Y qué prueba es esa? Ya me la contarás cuando vuel- 
vas allá. 

Vicr.— Dígame usted, hermana Sagrario, ¿y si no volviera? 

Sor M.— ¿Qué dices? 

VicT.— Hábleme con franqueza. Si yo abandonara ei Socorro... y como novi- 
cia bien puedo retirarme.,.; si yo no profesara, digo, y volviera al siglo, ¿qué pen- 
saría usted, qué las Hermanas y la Madre? 

Sor M.— ¡Qué disparates se te ocurren! 

VicT.— No, no haga usted caso. Es una idea, una picara idea que me acosa. Se 
parece a la ambición en grado sublime; aseméjase también a la caridad. Trato de 
arrojarla de mí, y vuelve; se pone en acecho delante de mi alma, fascinándola con 
un mirar hermoso y terrible. El alma, al verse acometida de tal ¡dea, tiembla, y al 
propio tiempo se llena de una luz... (Con arrobamiento.) No sé cómo expresarlo... 
de una luz que no es esta luceciüa que en el mundo visible nos rodea. 

Sor M.— ¿No estás contenía en el Socorro? 

VlCT.— Sí. 

Sor M.— ¿Te parece demasiado estrecha y trabajosa nuestra vida? 

ViCT.— No lo bastante. Aun puede haber otra más trabajosa, más ruda, más 
difícil, aunque exteriormente no lo parezca. 

Sor M.— (Confusa.) No sé... no te entiendo. 

VicT.— El Señor, que ve mis resoluciones, conoce la intención de ellas. 

Sor M.— ¿Pero qué resoluciones? Hace poco, hablando un día las dos ante 
aquella pobre Hermana que murió de cáncer, ne decías: «Yo quiero ser mártir, 
pero mártir de verdad.» 

VicT. — Pues ahora se me presenta la ocasión. 

Sor M. —¿Ocasión de martirio? 

VlCT.-Sí. 

Sor M.— ¿Te crucifican? 

ViCT.— Materialmente, no, Pero un suplicio lento es más atroz, y, por tanto, 
más meritorio que el de clavarnos manos y pie? cu un madero. 

Sor iM.— {Asustada,) Es verdad, sí... V'ictoria, hija mía. Dios mora en tí... ¿Le 
sientes, sientes su voz en lo más hondo de tu alma? 

ViCT. — (Con entusiasmo.) Sí, SÍ. •■' 

Sor M.— Su voz, que te dice: «Toma la cruz más pesada y ven a mí con ella.» 

VicT.— Sí, la siento. 

Sor M.— Pues no vaciles. Acepta lo que sea más difícil, lo que te amargue y 
te duela más. Haz caso de mí. He vivido mucho. Soy muy vieja. 

ViCT.— Es usted una santa. 

Sor M.— Santa no... pero he conseguido educar mi corazón en !.i escuela del 
sufrimiento...; ya ves. Próxima al fin de mi vida, entro en el sepulcro sin saber lo 
que es un goce, una alegría nmndana. 

ViCT.— Yo quiero, yo quiero lo mismo. 

Sor M.— ¡Padecer, luchar! No te digo más. Esa escuela de regenerrxión, 3 ve- 
ces se encuentra en ia vida trabajosa del claustro, a veces en el mundo. Busca 



tú, mira Díen en derredor, y donde quiera que la veas, tómala sin vacilar, (Ha un 
paso para mürcharse.) 

ViCT,— Por Dios, quédese usted..., aconséjeme. 

Sor M.— Oye la voz de tu corazón. 

VíCT.--Pero no me abandone. 

Sor M.— Hija mía, las Hermanas me esperan. Imposible detenerme más. 

VlCT.— (Desconsolada.) ¡Ay de mí! 

Sor M.— Pero de veras... ¿no volveremos a vernos allá? (Victoria, sin poder ha- 
blar, se arroja llorando en sus brazos.) Vaya... pues acabarás por afligirme también a 
mí. (Lloran las dos abrazadas.) 

VlCT. — Adiós, adiós. (Haciendo un esfuerzo, se separan. Vase Sor María por el foro.) 
Victoria; después Huguet y Cruz. 

VlCT.— Aquella paz, la soledad dulcísima del Socorro, la comunicación conti- 
nua del alma descansada y amante con su Dios, siempre presente, ¿se acabaron 
ya para mí? ¿Será posible que tenga yo valor para renunciar tanta dicha, para tro- 
carla por una lucha horrible en terreno desconocido^ por un martirio lento... que 
martirio ha de ser y de los más crueles? ¡Oh!, el valor aquí está. ¿Dudará en mí? 
¿Lo perderé? (Meditabunda, hasta que aparecen Huguet y Cruz por la derecha.) 

Cruz.— Nada podemos hacer sin reconocer la fábrica y todo su material. 

HuQ.— Pues vamonos allá. 

Cruz.— Tompoco me ha enseñado usted el plano de los terrenos adyacen- 
tes. 

HuQ.— (Revolviendo en la mesa.) Sí ayer los teníamos aquí... 

VlCT.— ¿Un plano?... Sí... lo he visto. (Lo busca y lo encuentra.) Aquí está. 

HuQ.— (A Cruz, desdoblando el plano.) Vea usted cómo por el Sur linda con los 
terrenos del ferrocarril. 

Cruz. — (Examinando atentamente el plano.) Ya, ya veo, 

VlCT.— (Llevando aparte a Huguet.) ¿Qué tal, Facundo? ¿Es durillo el hombre? 

HuQ.— ¡Tremendo! 

VlCT.— Dios nos favorezca y nos inspire a todos. ¿Y si yo le dijera a usted. 
Facundo, que esto... quizás... podría arreglarse todavía?... 

HuQ.— (Vivamente.) ¿Acaso tu hermana?... ¿Has intentado convencerla? 

ViCT.— No... digo, sí; pero... Hágame usted un favor. He hablado con Gabrie- 
la, y ahora necesito decir dos palabras a este hombre... Déjeme usted sola con la 
fiera un ratito nada más. 

HuG.— Si, sí, muy bien. (Muy contento.) Quédate aquí con él... 

ViCT.— ¡Áh!, otra cosa... Déme usted ese papel. 

HuQ.— ¿Qué papel? 

VicT.— Ese que el monstruo escribió diciendo lo que haría en caso de... 

HuQ.— ¡Ah!, sí... toma. 

VlCT. — Y ahora... (indicándole que se vaya.) 

HuQ.— Amigo Cruz, vuelvo en seguida. Ahora recuerdo que en casa de Jorda- 
na me dejé la titulación de los terrenos adquiridos últimamente. No sería malo 
cotejar los límites... Aguárdeme usted aquí. 

(^RUZ. — (Sin levantar la vista del plano.) BuGno. 

Victoria, Cruz. 

Cruz. — (Sentado }unto a la mesa, examinando el plano, sin reparar en la presencia de 
Victoria, que atentamente le observa desde el otro lado del proscenio.) (¡Qué terreno tan 
irregular! ¡No veo manera de emplazar por el Sur la barriada!) 

VlCT. —(Por más que miro y rebusco en ese tosco semblante, no encuentro más 
que la expresión del egoísmo, de la insaciable codicia... (Con desaliento.) ¡Ni siquie- 
ra un rasgo de alegría, de ese humor fácil y ameno, tras el cual suele esconderse 
la bondad!) 

Cruz.— (No me ablandarán, íio... No tengo yo mi dinero para dedicarlo a la 
beneficencia. La ley de renovación debe cumplirse. El náufrago, que se ahogue; 
el enfermo, que se muera, y el árbol perdido sea para los que necesitan leña. Me- 
receré mi propio desprecio si dejo nacer en mí esa polilla de la voluntad que lla- 
mamos lástima.) 

VicT. — (Avanzando hacia la mesa.) Dispénseme usted, señor Cruz, si le interrum- 



Cruz.— (Con sorpresa y frialdad.) ¡Ah!, !a heaíiía. 

VicT.— F.3 usted un tirano, y Dios lo castigará. 

Ckl'z.— iCastigarme... ainí! ¿Tengo yo la culpa del hundimiento del señor 
^\orlcada? 

Vjct.— Pero usted debe ayudarle, recordando que en su niñez comió el pan de 
'sta casa. ¿No le sobra a usted el dinero? ¿Pues de qué le sirve si no le propor- 
iona el placer, el lujo de ser generoso? 

Cruz.— Soy humilde. No gasto esos lujos... tan caros... En fin, señorita, o 
^or Victoria, si usted me lo permite, seguiré... (Volviendo a mirar el piano, y tomancio 
pluma para hacer una cuenta.) 

VicT.— Ya que no pueda usted ser generoso, sea siquiera fino y óigame... 
Cruz. — Ya escucho. 

ViCT. —Traficante de la peor especie, si hoy quiere usted devorar los restos 
le la fortuna de mi padre, anteayer se dispuso a salvarle. Pero pedía por su ser- 
icio una cosa que no se le puede dar: pedía a mi hermana, y no se cotizan aquí, 
orno si fueran pacas de algodón, las criaturas humanas. 

Cruz.— Yo no propuse tal compra: fué que... 

ViCT.— Sé bien lo que pasó... Pero hay algo aquí que no entiendo, y usted me 
3 va a explicar, señor Pepet... (Corrigiéndose.) ¡Ah!, dispénseme; sin querer le h< 
ado aquel nombre familiar. 

Cruz.— Llámeme usted Pepet. Soy muy llenóte. Me gusta verme tratado aquí 
on la mayor confianza. 

VicT.-Pues, Pepet, dígame; ¿por qué siendo usted tan rico, y habiendo en el 

lundo tantas mujeres guapas y de mérito, se le ha metido en la cabeza que hu de 

er mi hermana y nadie más que mi hermana la que?... ¡C;omo si Gabriela valiera 

las que oirasl ¿Qué significa esa elección exclusiva? Tijeretas han de ser. «O no 

pe caso, o me caso con una Moneada.» 

Cruz.— ¿De veras no lo entiende? Usted parece lista, y a poco que se fije com- 
renderá que los que nos elevamos rápidamente por nuestro propio esfuerzo, o 
yudados de una loca fortuna, gustamos de enlazar e! pasado con el presente, y 
e emparejarnos con los <jue ya eran poderosos cuando nosotros éramos huníil- 
es. Poseer aquello mismo que antes estuvo tan por encima de mí, ¡qué mayor glo- 
ia! Teníame yo por polvo miserable, cuando las niñas de Moneada me parecían 
strellas, no menos bonitas que las que alumbran el cielo. Pues bien; de aquélla 
liseria ha salido un hombre que cree ya poder alargar su mano y coger lo que an- 
ís le parecía... algo así como las muñecas de los ángeles... Porque eso son us- 
:ides,..: muñecas. 

VicT.— Gracias. 

Cruz.— Y yo, hombre rudo, endurecido en las luchas con la Naturaleza; yo que 
M y quiero seguir siendo pueblo, deseo que el pueblo se confunda con el señó- 
lo, porque así se hacen las revoluciones... sin revolución..., quiero decir... 

VicT.— Ya, ya voy entendiendo. 

Cruz.— Mi ambición no se colma, no se siente satisfecha y redondeada, sino... 

VICT.— Ya, ya...; sino enlazándose con la familia misma que... 

Cruz.— Que me vio tan chiquitito, siendo ella tan grande. 

ViCT.— Y ahora el grande es usted, y nosotros... cumo despreciables gusani- 
)s de la tierra. Bueno. (Con viveza.) Pues ahora, Pepet... dígame usted (Con miste- 
o.) ¿y si yo pudiera conseguir?... 

Cruz. — (Con vivo interés.) ¿(^ué? 

VicT.— Eso que usted tanto desea. 

Cruz. — (Levantándose lentamente.) ¡Cómo!... ¿Qué dice? 

VicT,— Si yo lograra vencer... 

Cruz.— ¿La terquedad de su hermana? (Acercándose a Victoria.) 

ViCT.— No se entusiasme tan pronto. Considere que la víctima, esto es, mi her- 
lana, se casaría con usted sin quererle... ¡Sacrificio inmenso! 

Ckuz.— El verdadero amor, el sólido y durable, nace del trato. Lo demás es 
ivención de los poetas, de Iqs músicos y demás gente holgazana. 
^ VicT.--Un matrimonio de pura conveniencia, como un contrato de arrenda- 
uento, debu de ser cosa muy triste... (Levantándose agitada.) El sacrificio será cg 
)8al, desproDorcionadú. (¡Jesús uno, ilumíname! ¿Voy contigo o contra Tí?) 



Cruz.— ¡Sacrificio! Eso no puede decirse sin probarlo. 

VicT.— ¡Pero qué prueba más espantosa!... (Mi espíritu flaquea...; siento alterf 
nativas de valor heroico y de horrible destaiiecimiento.) j» 

Cruz.— En fin, despachemos, y sepa yo a qué atenerme. ¿Qué debo hacer? 

ViCT.— El sacrificio de la señorita de Moneada es horrible, porque abandona el 
amor de toda su vida por unirse a un hombre extravagante, bruta! y repuisivr .. 
Por esto la esclava, antes de venderse, debe regatear su precio. Necesitan- ; 
fijar ciertas estipulaciones. f 

' Cruz.— Muy bien. Estipulemos. (Siéntase Victoria en la süla baja, en el centro d 
la escena. Cruz en pie.) ; 

VicT.— Vamos por partes. ¿Se compromete el señor Pepet a restaurar la caS( 
y crédito de Moneada en las condiciones propuestas de su puño y letra en ese 
papelito? (Le da la carta que recibió de Huguet.) 

Cruz.— (Leyendo.) A ver, veámoslo despacio. 

ViCT.— (Firme ya en mi resolución, segura de que de Dios me ha venido estj 
idea, nada temo; ni a Satanás con sus malicias traidoras, ni al mundo con sus s| 
tiras acerbas.) i 

Cruz.— Eso y mucho más haré. (Devolviendo la carta.) Mi palabra vale tanií 
como el Evangelio. 

ViCT.— No profane usted el Evangelio comparándolo con su palabra. 

Cruz.— Si mi palabra es sagrada, y por tal la tienen cuantos me conocen, ^ 
mal hay en que yo lo diga? 

VicT.— Adelante. L^ted no tiene religión, ¿verdad? 

Cruz.— Como no soy hipócrita ni sé mentir, declaro que, en efecto, lo que 
tedas llaman fe no existe en mí. 

VicT.— Ya me lo dirá usted luego... Pues bien; la que va a ser su esclava 
pone por condición imprescindible que ha de cumplir los preceptos elementales 
la única religión verdadera. 

Cruz.— (Alzando los hombros.) Bueno... concedido... Me comprometo a eso de 
prácticas. 

VicT.-A su tiempo vendrá lo demás. Ha de prometer acoger y criar y edui 
decorosamente a mis seis sobrinitos. 

Cruz.— ¿Los huérfanos de Rafael? Concedido. 

Vicr.— Bien... Y, por último, señor Pepet... Se estipula formal y solemnemen 
te que si surgiere entre su mujer y usted, por cualquier motivo, una desaven— 
cia grave, la esposa se retirará de la casa matrimonial y volverá al lado de su ' 
dre, sin que usted oponga resistencia. 

Cruz.— Eso ya es más delicado... pero no hay inconveniente en fijar esa cQ] 
dición... ¿Qué me importa, si tengo la seguridad de que, suceda lo que quiera, ' 
mujer no ha de separarse de mí?... ' 

VicT.— ¿Por qué? 

Cruz.— Porque mi mujer no se hallará sin mi. 

VicT.-— ¿Usted qué sabe? 

Oruz —"LíO sé 

ViCT.*— (¡Cuáii necio orgullo es su barbarie!) Bueno, Pepet, pues fijadas la 
tístipulaciones... (Temerosa de explicarse.) (¡Ay de mí, ahora falta lopeorl... ¿Cóui 
le digo?... Es tan torpe, que no ha comprendido...) 

Cruz. -¿Qué? 

VicT.— Pues ahora... falta... (Turbada.) falta... 

Cruz.— Falta que la misma Gabriela me diga.. . 

VicT.— ¡Ah! Sí, lo dirá. (Con una idea feliz.) ¡Ah!... Pues yo... al arreglar esí( 
he tenido en cuenta muchas cosas. Dando a usted la señorita de Moneada, sat« 
fago y colmo su ambición. Por un lado llevo la felicidad, por otro la desgracia. 
Al pobre Jaime le quito su novia... Ya ve usted... ¡tan buen chico!... 

Cruz.— Que busque otra... Para lo que él vale... 

VicT.— No diga usted desatinos. Pues he pensado, a cambio de la esposa c^ 
le quito, ofrecerle otra. 

Cruz.— ¡Otra! 

A/./*r Cí jMrt Irt on«oní1oí PÍAnnn nrnnnnprlp . fCon dificultad de exoreSlO 



mo no encontrando la trase apropiada.) Proponerle... ¿lo digo?, vamos... que aban* 
)naré la vida relií^iosa, volveré al siglo... 

Cruz.— ¿Para casarse con él?... 

ViCT.— Justo. 

Cruz.— ¡Qué lástima! (Con viveza.) ¡Usted volver al mundo, quitarse esa ropa... 
casarse con ese!... 

VicT.— Lo haré, sí, por amor de mi padre. 

Cruz.— (Confuso.) (¿Qué mujer es ésta? ¿Se burla de mí?l 

VicT.— (Con secreto terror.) (¡Qué angustia siento! No me entiende... Tendré que 
círselo claro... Y si... (Atormentada por una sospecha.) No quiero pensarlo. La ver- 
;enza abrasa mi rostro... Si se lo digo y después de este horrible ofrecimiento 
f rechaza... ¡si no le gusto!... Virgen Santa, Madre amantísima, dame váor... 
n este instante decisivo de mi sacrificio no permitas que la fiera me despre- 

Cruz.— (¿Qué misterio encubren las palabras, la actitud de esta mujer?) 

VlCT. — (Con gran esfuerzo interior, y ahogando la vergüenza y el miedo.) (Hay que 
gar al fin... ¡Jesús mío, por amor de Tí y de mi padre!) (Quítase la toca, y aparece 
cabeza desnuda. El cabello desceñido le cae hasta los hombros.) 

Cruz.— Se quita la toca... (Deslumhrado.) ¡Ah! 

ViCT. — (Violentándose para aparecer en completa calma.) Dígame, Pepet, ¿cree US' 
1 que si propongo a Jaime que nie tome a mí por mi hermana... aceptará? 

Cruz.— (Turbado.) ¡Oh! Yo creo... (Con viveza.) Sí, sí. En su lugar, yo no vaci- 
la... Pero lo más derecho, y así no habrá ningiín agravio, es que si usted vuel- 

al mundo, se case conmigo. 

VicT.— Sí, bárbaro. La que se te ofrece en esclavitud para aplacarte no es mi 
bre hermana, soy yo. (El llanto la ahoga, y oculta el rostro entre las manos, soUo- 

Cruz.— (Fascinado.) ¡Victoria! ¿Pero es verdad? ¿Es cierto que?... Repítalo. Me 
rece mentira. 

Los mismos. Moneada, Daniel, por el foro, Gabriela, Eulalia, por la izquierda. 

Cruz.— Repítalo usted para que se enteren. No lo creerán si lo digo yo. 

MoNC— ¿Qué? 

Cruz.— (^ue la loca de la casa vuelve a la razón y se casa con Pepet. (Estupe, 
ción en todos.) 

FIN DEL ACTO SEGUNDO 



ACTO TERCERO 

a en la fábrica de Santa JMadrona.— En el fondo un hueco, de donde parte an pasadizo 
largo y estrecho que conduce a los talleres. — A la izquierda, dos puertas, por donde se 
pasa a las habitaciones particulares del director del establecimiento. — A la derecha, pa- 
ramento o mirador de cristales, en cuyo ultimo tramo (hacia el ángulo del fondo) desem- 
boca la escalera de madera, por donde se sube desde el campo. — Por dicha escalera en- 
tran todos los que no habitan en la casa. — En las paredes del fondo, muestras de cerámi- 
ca ordinaria en estantes, y un armario con cuerdas y herramientas. — JViesa y sillas ordi- 
narias.- Es de día, 

Hugnet, Jordana, que entran por la escalera. — Lluch, portero anciano. 
Lluch.— ¿El amo?... En la fábrica, reconociendo los hornos apagados. 
HuQ.— ¿Quien estaba aquí con él hace un momento? 
Lluch.— El prior de los Franciscanos. 

JoRD.— (Vivamente.) ¿No lo dije?... Me fig-uro la escena, que debió de ser breve, 
minada con la salida del fraile poco menos que de cabeza. 
Lluch.— Sí, señor: el amo le echó a cajas destempladas. 
HuQ.— ¿Pero qué?... ¡Ah! la cuestión de los terrenos... 

JoRD.— Justo. Esos benditos creen tener derecho, y lo tienen, me consta, a las 
cehectáreasque separan la fábrica de la huerta del convento. 



HuQ.— Moneada pensaba darles posesión de ellas. 

JoRD.-iY esperan que éste!... ¡Pobres cogullas!... (Soltanao la risa.) 

Lluch.— ("Quieren que le avise? . n ' ■ 

HuQ.-No: esperaremos a que salga. (Se sienta. Vase Liuch.) Pues aquí me -i 

refugiado, amigo Jordana, huyendo de la pobrecita Marquesa, que no me deja : 

^°^JoRD.— Ya... Pretende que este caribe le prorrogue el préstamo hipotecario.., 

¡A buena parte viene! _ . i. i. > 

HuQ.-ílntranquiío.) Pues no crea usted... Temo que me siga hasta aqm. 
JoRD.-(Acercándose al mirador.) No: va en retirada. A quien veo es a Daniel, e 

aburrido y solitario paseante. ^ i^^a^ ^r^tr- 

HuQ.-Sí; aguardando a los niños para acompañarles a paseo. Jamás entr, 

^'^"ioRD -(Volviendo al proscenio.) ¿Y 68 cierto que profesa en la Orden Tercera? 

HuQ -Eso dicen. Lo sentiré por la Marquesa, que bien necesita hoy del tra 
bajo de sus hijos... ¡Infeliz señora! Bebe los vientos por salvar su fmquita d^ 
Clot, y a todos nos trae locos... «Háblele usted... interceda, por Dios, con el ti 

^^"?¿RD -Más fácil es convertir en almohada de plumas una rueda de molino q^ 
ablandar el corazón de este hombre. Dígamelo usted a mí, que me he Pfado se* 
meses colmándole de finezas, tocando los registros de persuasión hasta el de 
baja lisonja, con la esperanza de que nos concluya nuestro santo hospita ... 
nada, querido Facundo, no ha sido hombre para decir: «Jordana ahí tiene ust< 
diez mil duros, quince mil duros, para que el pueblo se acuerde de mK>> 

Hua.— Aparte de eso, seamos justos y reconozcamos en este hombre una c.i 
naridad administrativa de primer orden. ... .... 

^ jSd.-Lo íecono^^^^ El infierno está empedrado de capacidades administra 

^'^ HuQ.-En fin, a mí me da el corazón que de esta hecha saca usted alguna ta 

^^ JoRD.— ¡Ah! ¡Pues si me resultara la que le tengo armada! 

■Md -^Ssf do mañana celebro en mi hospital una gran fiesta, entre religios l 
y mundana, con su poquito de gori-gori, su poquito de recepción... [ 

' to\-H[ombre" no: baile, no; pero habrá lunch. En fin, conviene combinar I 

nspiritual con lo profano. Agua bendita por un lado; por otro algo de champagm 

Ya sabe usted que bautizamos a mi último hijo. 
Huü.— ¿Qué número alcanza? 

loRD.— Es el decimosexto en la serie de los nacidos. j: < ^^„ 

HuQ -Hombre, es usted único para poblar el mundo. De usted se dirá com 

de don" Juan de Robles: «Fundó hospitales, erigió suntuosos asilos... y primer 

'" JoRo'-E'Jts'-.Vues bien: gran fiesta, El prior de ^os Franciscan^^^^^^^ 
trará el Sacramento. Victoria será la madrina. Naturalmente, Cruz irá. He inyi 
do a todo el señorío de Santa Madrona; enseñare las dependencias del edifici 
las grandes mejoras que allí se han ido realizando... 

HuQ.-(Con sorna.) ¿Y espera usted que Cruz se enternezca? 

JoRD.-Como que pronunciaré un discurso, en el cual pienso llamarle la pnffl 
ra figura histórico-social de Santa Madrona, el hombre designado por la Pro^ 

dencia para... 

I-Iij'3.— ¡Pero qué inocente es usted! ,. , , u v i«= , 

JoRo.-Y una comisión de señoras le pedirá que contmue las obras. Y las i 
ñas entonarán un himno, en que digan... , ^ j „ ;„fcr,t;}ae v 

HuG.-(Riendo.) Calle usted. ¡Valiente caso hace éste de coros infantiles y 
damas pedi";üeñas! Nada, Jordana; lo mejor es... 

joRD.— Aquí viene. 

Los mismos. Cruz, que viene de los talleres oor el pasadizo del fondo. 

Cruz.— Señores... . 



I, 



JoRD.— (Saludando con semllsmo.) Ami-ío Criiz, celebro que no haya novedad en 
i preciosa salud. 
Cruz.— Igualmente. 

JoRD. — No olvide usted que pasado mañana le secuestro. 
Cruz.— Iré un rato, si puedo. En todo caso, Victoria me representará. 
JoRD.— No, no. Usted tiene que ir... ¡Pues no faltaba más! Allí reuniré la fior 
ata de Santa Madrona. No olvide usted que el pueblo que represento tiene los 
is fijos en su ilustre hijo, la más grande capacidad industrial y administrativa 
i nos ha dado Cataluña en lo que va de .siglo. 

Cruz.-- -Quieto el incensario. Pero si la primer capacidad industrial es usted... 
hombre que da un producto bruto de die/. y seis hijos en catorce años! 
Joro.— Y muy guapos. Gracias a Dios, me viven doce. Vamos, señor de Cruz, 
hfiese usted que me tiene envidia. 
Cruz.— Sí que la tengo... Quisiera yo... 
jORD.— No se apure .. que ya vendrán... 

Cruz, — Dispénseme un momento. (Queriendo hablar a solas con Huguet.) 
JoRD.— (Apartándose.) Sí, SÍ; traten ustedes de negocios. A ganar dinero. Por 
, por ahí se empieza... y luego a acuñar la generación que ha de gastarlo... 
HuQ.— (Aparte a Cruz.) Dos telegramas para usted, y una carta. (Entrégale estos 
itos y aguarda un instante a que los examine rápidamente.) Hoy he comprado, como 
|ed me dijo, a 87,50. 

Cruz.- (Guardando los telegramas y cartas.) Bien; mañana sigB usted comprando. 
2de llegar hasta 75. 

HuQ.— Corriente... ¿Qué más? (Saca un librito de apuntes.) ¡Ah! Pons Hermanos 
eren que les descuente usted pagarés a noventa días, por pesetas cien mil y 

0. 

Cruz.— Con la garantía de Foxá, no hay inconveniente. 

HuQ.— (Disponiéndose a apuntar con su lápiz.) ¿Qué descuento? 

Ckuz.— A razón de veinte por ciento al año... Pues tres meses... (Calculando.) 

Hua. — Les parecerá mucho. 

Cruz.— Pues que lo dejen. 

Huci.— (Volviendo a consultar el librito.) Bueno; y por tíltimo... ¿por cuánto se 8US- 

De usted para las víctimas?... 

Cruz.— (Con gran extrañeza.) iVíctinvas!... ¡Suscripción!... ¡Yo!... 

HuQ.— Ya sabe usted... El horro<oso incendio que ha dejado en la miseria n 

tas familias... Todo el comercio y la banca de Barcelona contribuyen... 

Cruz.— ¡Tontería! Aquí no hay más víctima que yo. Soy mi propia víctima... 

a me he socorrido. 

HuQ.— (Guardando el libro.) Pues nada más... ¿No me manda usted otra cosa? 

Cruz.— Nada más. (Recordando.) ¡Ah!, ¿quiere usted llevarse ese pico? 

Huü.--¿Lo del carbón? Es mejor que se lo dé usted a mi primo 6ilvestre Ríus. 

cosa de él. 

Cruz.— Pues dígale que venga a cobrar esta tarde. Dejaré puesto el talón. 

Hua.— Bien. 

Cruz.— (A jordana.) Perdóneme. Tengo mucho que hacer hoy. 

Joro.— No me iré sin hablar con Victoria, para ponernos de acuerdo eo cier- 

detalles... 

Cruz.— Mal día es hoy. 

JoRD.— ¿Por qué?- 

Cruz.— Como hoy han vuelto Gabriela y Jaime de su viaje de novios, no me 

ece oportuno... En fin, señores, tengo mucha prisa. (Vase por la izquierda, segun- 

érraino.) 

Victoria. Gabriela, por la izquierda, primer término. 

Gar.— ¿Y los nenes? 

ViCT.— No tardarán en venir por acá. (Asomándose por la derecha.) 
Gab.— ¿Siguen en casa? 
ViCT.— Sí, me los traen acá dos veces al día. 

Gab.— ¡Qué ganas tengo de comérmelos »> besos!... Conque cuéntame. (Sen- 
lose las dos en e! prcsceiiio.) ¿Sigue tan pesadita ¡a cruz de tu Cruz? 



ViCT.~¡Ay, sí! Cuando me capé... cüando me crucifiqué, como tú dices, acepfa 
esta vida de lucha, y en justicia no debo quejarme de ella. 

Gab.— La verdad... todos esperaban de tí mayor influencia sobre tu tirano.. 
que le modificaras poquito a poco. I 

VicT.— ¡Modificar! (Con tristeza.) ¡Ah, lo intento! ¡Empresa magna! Figiírateqm 
re propones abrir un túnel de ferrocarril con la punta de una aguja... Cierto qtt( 
cumple con la Iglesia, por compromiso que contrajo conmigo... por fórmula, 8ii 
fe... como se cumplen las reglas de policía urbana; es decir, que Dios viene a/.|e 
ner jpaia él una significación semejante a la del Ayuntamiento. '- 

Gab.— ¡Qué hombre!... ¿Acaso te trata mal? 

ViCT.— Eso no; conmigo es afectuoso... a su manera... No deja de serlo sin 
cuando se interpone el maldito interés. 

Gab.— ¿Y tú?... ij 

VicT.— ¿Yo... qué? 

Gab.— ¿Le quieres?... ,, 

VicT.— Te diré... ¡Sobre eso hay tanto que hablar! No me sería fácil explica!, 
relo. Mi conciencia ha pasado por tremendas luchas y desfallecimientos horribl* 
A! principio, asustóme la aversión terrible que me inspiraba. Mi alma perdió te 
serenidad; creí que el demonio me había cogido en sus garras feroces, y qu0J 
qu* yo miraba como acto heroico era una tremenda caída... Después, mis s " 
mientos han ido variando poquito a poco. 

Gab.— ¡Y ya no te inspira aversión! 

Vicr.— Ninguna. ..Algo así como lástima piadosa. ..Le miro casi como a un nifn' 

Gab.— ¡Vaya un bebé! 

ViGT.— Y, la verdad, no me gusta que le pase nada malo. 

Gab.— Vamos, que le vas queriendo... Pues,. hija, ahí tienes el milagro; só 
qne en vez de realizarse en é!, se va realizando en tí. ¿Y puedes mirarle cara 
cara? 

VicT. — Me voy acostumbrando. 

Gab.— ¿Y soportas su tosquedad, su falta de delicadeza? 

ViCT.— Por grados a todo se llega... figúrate... Procediendo gradualmení 
puede una usar, como borla de polvos para la cara... la pata de un elefante. 

Gab. — (Riendo.) ¡Qué cosas tienes! 
Los mismos. Cruz, que entra por ia izquierda en mangas de camisa, con una blusa azul en 
mano, mostrando un rasgón en la manga. 

Cruz.— Mira, mira cómo está mi blusa... Hola, Gabrieliía... ¿Ya de vuelta?:(;^|(^ 

Gab.— (Con desabrimiento que no puede vencer.) Sí... ¿Y qué tal! 

Cruz.— (A Victoria.) Dame la otra. 

VicT.— Si no se ha lavado. 

Cruz.— No importa. 

VlCT.— Espera un poquito, (Sale por la izquierda.) 

Cruz.— ¿Y Jairne?... ¿qué tal? ¿Gana dinero? 

Gab.— No tanto como usted. ..pero viviremos... (¡Qué vil! No piensa más que 
los miserables cuartos.) 

Cruz . —(Abriendo el armario de las herramientas y cogiendo de él algunas.) Sí: hi 
que ganarlo, perseguirlo, ahondar en las entrañas de la tierra o en las de la í 
ciedad... Y una vez encontrado el rico metal, es preciso cogerlo antes que lo d( 
cubran otros... y después guardarlo con prontitud, rodeándolo de hábiles def( 
sas para que no se escape... (Saca un hacha, y al volver al proscenio con ella, Gabff 
lanza un chillido.) Qué, ¿se asusta usted? 

Gab.— Sí... No sé lo que me parece... con el hacha. 

Cruz.— Tengo que reconocer el tejado de la fábrica, y de nadie me fío. 

VlCT. — Aquí está. (Dándole )a blusa.) 

Cruz.— Venga. (Se la pone.) Sospecho que hay comunicación entre las vigas 
faldón del tejado y la chimenea de las muflas... (Por Gabriela.) Esta se asusta... 
sabe que soy el primero de mis obreros... ¡La costumbre de no tratar más que 
ñoritos... ilustrados! 

Gab.— (¡Qué horror de hombre!) 

Cruz.- (Recordando.) ¡Ah!... antes tengo que hacer otra cosa. (Déla e' hacha » 



Victoria, Gabriela. 
Gab.— (Cruzando las manos.) ¡Hermana querida, no puedo expresar cuánto te 
iipadezco!... ¡Vivir con un marido así! ¡Qué mérito tan grande! ¡(iracias quf 
sobrinillos alegran un poco tu tristísima vida! 
ViCT.— Sí, son mi consuelo, 
Gab.— Te distraen. 

VicT.— Me distraigo con ellos, y además con otra cosa. 
Gab.— ¿Con qué? 
VicT.— Te vas a reír... 
Gab. — (Con mucha curiosidad.) Dímelo. 

VicT.— Pues me distrai?:o... con la administración. Cosa rara, ¿verdad? 
Gab. — (Comprendiendo.) Ya. 

VicT.- Llevo toda ¡a contabilidad menuda de los talleres y de la casa. Me ha 
puesto esta obligación, y la cumplo f-in gran esfuerzo. 

^^^•—^'j^^^^^ana querida, déjame, déjame que te compadezca más y que te ad- 
e. Tu vida es más árida y penpsa que la de los anacoretas y padres del yermo. 
VicT.— No tanto... Si vieras... La picara administración tiene sus encantos. Mi 
fario y los números son mi entretenimiento. Pasando cuentas, se me van las 
as, y a la imaginación, !a gran vagabunda, sólo le queda libre un caminito: el 
espacio, donde se ven flotar las cosas divinas. 

Gak.— ¡Ay, Dios mío! Tú no tienes la cabeza buena. O eres una santa, o no sé 
í eres. Con tal vida, y al lado de este adefesio de hombre, yo no duraba dos 
lanas... ¡Ah, se me olvidaba lo principal! La pobre marquesa... 
Vici.— ¡Ah!... no me digas... ¡(^ué pena! 
Gab.— ¿Pero es posible que tú?... 

Vic-r.— Le he dicho cuanto hay que decir... todo inútil. ¡Hombre eitraiío! Su 
ictitud a toda prueba tiene ese horrible contrapeso: la inflexibilidad con el in- 
z que no puede cumplir. Ni a su padre perdonaría, ni a mí misma, que soy la 
sona que más quiere en el mundo, cuanto más a tu suegra. 
Gab.— Ya sé que nos aborrece, como aborrece a todo el género humano. Es 
y triste que tú, su nmjer, no puedas... (Recriminándola.) No, no eres su esposa* 
8 su esclava. Acabará por echarte una cuerda al cuello y amarrarte al pupitre 
esa administración inicua y embrutecedora; acabará por cruzarte la cara, (Le- 
tándose.) No puedo, no puedo presenciar tu desdicha. 

VlCT.— (Sintiéndole venir.) Calla. 

Los mismos. Cruz, que entra vestido de blusa, y con botas de agua. 
Cruz.— (A Victoria.) Mira, este talón se lo das a Silvestre Rtus, el primo de Hu- 
;t, que vendrá por él esta tarde. 

ViCT.— (Toma el talón y lo mira.) (Cincuenta y nueve mil...) (Lo guarda en el bolsillo 
!u delantal.) 

Ckuz. -Es io del carbón. Anótalo en el Debe de la fabrica... 

V^icT.— Bien. ¿Vienes pronto a comer? 

Cküz.— No sé el tiempo que me entretendré por ahí arriba. Si tardo, me mandas 

oraida en la fiambrera. 

ViCT.— Pero, hombre... 

Cruz.— Lo primero es lo primero. (Coge el hacha y un lío de cuerdas, y vase por el 
lo.) 

Victoria, Gabriela. 
VlCT.— (Después de una pausa, en que está profundamente abstraída.) ¡Ah... la sien- 

Gab.— (Asustada.) ¿Qué? 

VlCT.— (Con cierto desvarío.) ¡La ráfaga..., eso que me da..., lo que llamo la ins- 

ación, el impulso misterioso, no, divino, de mis resoluciones!... Como siempre 

salen bien, creo y afirmo que vienen de Dios. 

Gab.- No te entiendo. 

VicT.— Hablaré un lenguaje ciar», tan claro, que... (Saca el talón y se lo da ) 
na. 

Gab.— (Sin resolverse a tomarlo.) ¡Victoria!... 

VtcT.--rRápidaniente.)Sí; la loca, la visionaria, como dice tu marido; siente otra 
el c,i:spa/;o que ¡a desnierta, la sacude, la ilumina, lanzando su voluntad a los 



Sí 



actos audaces y aecisivos. Dale esto a r'iorentina. Anadiéndolo a lo que ha reui| 
do, tiene io bastante para evitar la dentellada del tigre. f 

Qab. — (Asustada.) Pero... 

VicT.— Nome des razones... La lógica y el sentido común desaparecen en nU 
No queda más que esta vibración honda del alma,.. >| 

Gab.— ¿Y no temes?... ■'! 

VicT.— No temo nada. Por grande que sea su barbarie, más grande es mi va 
/or. No vaciles en tomarlo... Llévaselo corriendo a Florentina. I) 

Gab.-— ¡Ay, no sé qué temor me sobrecoge!... (Decidiéndose al fin a tomarlo.) Ep 
fin... Pues tú lo quieres... Mamá quedó en venir. (Se asoma a los cristales de la dd.* 
recha.) ¡Ah!, los chiquillos. (Con alegría.) ¿Es Daniel quien viene con ellos? ji 

VicT. — (Asomándose también.) Sí; áuele acompañarles al campo. Verás cómo s\i 
despide en la puerta. Jamás entra aquí. ' " 

Gab. — ¡Pero qué mona está Mercedes! (Mirando y saludando con el parmelo.) , 
Aurorilla, ¡qué espigada!... Ya me han visto. Mira cómo corren. 

ViCT.- Ahora les doy de merendar y se vuelven allá. 

Gab.— ¿Suben por aquí? 

VicT.— No; entran en el comedor por la galería baja. 

Gab.— (Impaciente.) Pues vamos allá. 

ViCT.— Sí; pero no olvides eso. 

Gab.— ¡Ah!..., sí...; el talón... Voy... 

VicT.— (Mirando otra vez.) Ahí tienes a Daniel... Pero ya se va... Mira. 

Gab.— Daniel, sí. ¿Qué mejor mensajero?... 

VicT. — Llámale. 

Gab.— Daniel, Daniel... (Señalando afuera.) Ya vuelve ia cara... Ya me ha visto, 
rLlamándole.) Ven, sube. 

Vicr. — Allá te espero. (Vase por la izquierda.) 

Gabriela, Daniel. ? 

Daniel. — (Desde la escalera, como sin atreverse a entrar.) ¿Qué me quieres? j 

Gab.— Corre; dale, dale a tu mamá esto. (Pone el talón en un tarjetero o cartetl 
sujeta en un elástico, y se lo entrega.) I tt 

Daniel.— ¿Y qué es esto? ■■ 

Gab.— No preguntes, y ya estás andando... Verás qué contenta se pone 
pobre. * 

Daniel.— (Receloso.) ¿Victoria... Victoria te lo ha dado? 

Gab. — Sí. 

Daniel.— Quizás sin consentimiento de su marido... 

Gab.— Eso no es cuenta tuya... Anda. 

Daniel. — Está bien. 

Gab.— No te entretengas... Me voy a ver a mis sobrinillos. (Vase por la izquíerd 

Daniel; después Lluch. > 

Daniel.— ¡Y mi madre acepta esto! ¡Qué locura! Buscando ciegamente su á 
vación, llama a la puerta misma del enemigo, <ie ese monstruo, encarnación de 5 
tanas maldito. (Con desaliento. Pausa. Recorre la habitación inquietísimo.) No sé qué t» 
del infierno se respira en este casofón, guarida de la fiera rapaz y sanguinaria 
No sé cómo Victoria... (Asaltado de una idea penosa.) ¡Ahí, mujer enigmática, esf 
ge en cuyos ojos no puedo leer, porque ni miras siquiera... Tu incomprensible n 
trimonio perturbó mi alma... Quiero entenderlo, y... ¡más fácil es desentratlar 1 
misterios del dogma! Cambiaste la humilde vestidura del Socorro por las galas 
boda. .. ¡Dicen que padeces horriblemente, que eres mártir! (Con sarcasmo.) ¡M 
tir! Las santas gloriosas que en otro tiempo regaron con su sangre el árbol de 
fé, cuando anhelaban el martirio pedían a Dios que les deparase un verdugo; 
más le pidieron un marido... (Confuso.) No sé, no sé qué mujer es ésta; y cuan 
quiero tenerla por sublime, se ofrece a mis ojos como la r.-.ás vulgar de las cria 
ras. (Meditando.) ¡Quién sabe!... Sí... sí... lo que digo: se dejó contaminar del t 
de la época, del infame positivismo... ¡0!i, íísta idea remueve en mí sedimen 
que creí estancados, inertes, en el fondo de mi ser... (Pausa.) Dinero del ricoia 
riento, del que no ama, del que no compadece, del que impasible ve rodar ant< 
la miseria y el dolor; materia vil, instrumento de iniquidades, no m.e quemarás r 
cho tiempo las manos... Se lo devuelvo para cue vea oue si ella vende su roncii 



, nosotros no... No podemos... (Mirando por la izquierda.) Quisiera verla para 
le esta trenenda lección... No me atrevo a penetrar allá.... 
Lluch. — (Entrando presuroso por el fondo.) ¡El amo!... 

Daniel.— ¡Que no me vea el maldito!... Salgamos. (Vase apresuradamente. Antes 
desaparezca, entra Cruz por el fondo y le ve bajando la escalera.) 

c, con el hacha en la mano, el rostro tiznado y encendido; Lluch, que se va por la esca- 
¡era y vuelve poco después. 

Cruz.— Antes salió la madre, y ahora el hijo... como huyendo de mí... (Deja el 
la sobre la mesa.) Ella es una intrigante, y él un redomado hipócrita.) (Compren- 
do.) Sin duda, aprovechando mi ausencia, quieren explotar la fácil compasiórf 
ni mujer. (Vivamente) Sí; ya lo veo claro... Vividores, trápalas, generación men- 
nte y petardista... ¿Pero mi mujer estaba aquí con ellos? No la vi... (Entra 
h.) Lluch, la señora, ¿dónde está? 

^wcti.—En el comedor, con la seiiorita Gabriela y los niños. 
Cruz.— Dile que venga. (Vase Lluch por la izquierda.) Endiablada sospecha me 
irde el corazón... ¿Sería capaz Victoria de?... ¡Espant-.sa idea! Nada, quiero 
Firmarla o desecharla al instante. (Aparece Lluch por la izquierda y se dirige a la es- 
ra.) Oye, tli... (Acércase Lluch.) ¿Viste salir a esos?... 

vLucH.— Sí, señor. La madre iba llorando... disputaban. Luego se separaron... 
lió la señora en dirección a la torre, y el hijo se ha quedado ahí, y se pasea 
la alameda, detrás de las cajas vacías de silicato, como aguardando una oca- 
de volver. 

;^Ruz.— Estáte por ahí, fingiendo ocuparte en cualquier cosa, y vigílale con di- 
iJo. No te alejes por si te llamo, 
íLUCH.- Bien, señor. (Vase Lluch.) 

Cruz, Victoria. 
3ruz.— La traidora sospecha se agarra en mí, me pica, me taladra, como un 
Cto que quiere labrar su casa dentro de mí... y me va comiendo y horadan- 
._y horadándome y comiendo. (Inquieto y con fiereza.) Siento en mí la crueldad 
lis tiempos de lucha... Bien venida sea. Así me gusto más, porque me reco- 
■:o en mi ser efectivo. Me pesa, sí, me pesa haberme dejado inclinar a ciertas 
duras de carácter... ¡Si es lo que digo! Donde quiera que entra una hembra, 
•e todo si es mestiza de ángel y mujer, se trastorna la armonía humana, des- 
rece la estricta rectitud, y los malos pagadores sacan los. pies del plato. 
VJCT.— (Entrando presurosa.) ¿Pero ya concluíste? 

Cruz.— (Disimulando.) Si no he podido empezar... Traté de meterme en uno de 
lornos; pero están aún muy'calientes. Por poco me abraso. (Mostrando sus ma- 
f cara.) 

^iCT.— ¿Quieres lavarte? 
>Rüz.— Ahora no. Estoy echando fuego. 
^ícT. — Bien se ve. Tu cara despide lumbre. 
^Ruz.— Estoy horrible, ¿verdad? 
'^icT.— Horroroso. 

Jruz . —Mejor. (¡Si me vieras por dentro!) 
acT.— ¿Quiere» tomar algo? 
ÍRuz . —Dame vino. Necesito refrescar mi sangre. 
^iCT.— Echándole más fuego... Voy. 

^Ruz.— (Deteniéndola.) Dime, ¿quién ha estado aquí mientras yo?. . . 
^iCT.— ¿Aquí? No sé, no he visto a nadie. 

'"^"z-— Tráeme el vino. (Sale Victoria por la izquierda.) Me engaña. Ya me iba yol 
tumbrando a no temer su santidad, a mirarla como un juego infantil, como una 
ada, vamos... Pero si me vende con sus arrumacos de criatura celestial... no 
L que haría... Creo que se me quitará el amor que le tengo... sí... se me qui-* 
^ Y si no se me quita, me lo quitaré yo, me lo arrancaré... 
./CT. — Aquí tienes. (Deja sobre la mesa botella y vaso.) No bebas líiucho. 
>RUz.— (Llenando el vaso.) No te vayas... Tengo que hablarte. 
ICT.— ¿Qué quieres? 

)ruz.— El talón que te di... (Bebe tranquilamente.) 
MiCT.— (¡Jesús sea conmigo!) 
;ruz.— -;Hn venido R;íus Dor él? 



ViTc — No: '^ 

Cruz.- Pues devuélvemelo. 'i' 

VicT. — (Después de una pausa, en la cual recobra su serenidad.) No lo tengo. i, 

Cruz.— ¡Que no lo tienes! j 

VicT.— No. Bien claro te lo digo. ] 

Cruz.— ¿Con toda esa frescura? ¡Ah, me lo temí! Has dado el talón a esa J 
milia de intrigantes y santurrones para que puedan seguir burlándose de las lejf^ 
poseyendo lo que por sus desórdenes deben perder. ,] 

VicT.- (Con resolución.) Se lo he dado a esa valerosa mujer, a esa heroína, jw 
^q'.ie se defienda de tu codicia infame. 

Cruz.— (Con violencia, que quiere dominar.) ¿Cómo se llama lo que has hecho? 

VicT.— (Con firmeza.) ¡Justicia! 

Cruz.— (Con sarcasmo.) ¡Justicia!... ¿Y esa manera de entenderla es lo que, 
gún tus ideas, debemos llamar santidad?... 

ViCT.— Dale el nombre que quieras. (Con perfecta entereza.) Lo que hice., 
hecho está. Somos ricos, y todo nos sobra. Florentina es pobre y todo le 
Dios me ha inspirado en este acto, y ha querido, por mediación de la loca 
casa, confundir tu soberbia y castigar tu brutalidad. 

Cruz.— (Levantándose airado.) ¿Y me lo dices asi? ¿No tiemblas? 

VicT,— ¡Temblar yo! No me conoces. ¿Qué puedes hacerme? Quitármela , 
esta vida que... con decir que te la he dado, se dice lo poco que vale... Mátáít 
Preparada estoy. Bien cerca tienes el arma. 

' Cruz. — ¡Victoria! (Vacilando entre la fiereza y la confusión o desconcierto de la | 
luntad.) Bien sabes tú que no he de matarte. ¿A qué te haces la víctima herói 
(En tono severo.) En fin, cabeza destornillada, imaginación enferma, reconoce ( 
has cometido una grave falta, y disponte a restituirme lo que me has quitado. 

ViCT.— ¿Restituir? No: está en buenas manos. 

(¿Ruz.— (Descomponiéndose.) No sé cómo tengo calma. Yo te mando que va 
en busca de esa vieja embaucadora y le digas que te equiyocastes... Aún s 
tiempo. (Victoria hace signos negativos con la cabeza,) ¿No?... ¿No me obedeces? 

ViCT. — En eso no puedo. 

Cruz.— (Amenazador.) Pues yo te juro que así no quedará... No mereces mi 
fino, no lo niereces: debiera aborrecerte... como tú a mí. 

VicT.— Yo no te aborrezco. Mi Dios me prohibe el odio. Tú no compren 
ésto, alma petrificada en el egoismp. Tú no quieres a nadie: te adoras a tí prc 
contemplándote en el espejo de tu riqueza. 

Cruz,— (Después de dar vueltas por la escena, como aturdido.) No es eso, no. C, 
me... Ya sabes... te lo he dicho mil veces en nuestros coloquios íntimos: la rií 
za es en mí la pasión dominante, el ser de mi ser. Nada puedo contra esa pas 
¿Será por ley de mi naturaleza? ¿Será por vicio adquirido con la virtud del 
bajo? No sé más si no que soy como soy. Y si alguien me quita lo mío, pareo 
que el cielo se desploma, y la idea dé perdonar se me representa como una nt 
ción de mí mismo... Fuera de esto, yo te quiero: bien lo sabes. Eres la única 
sona que ha despertado en mí un sentimiento... ¿como llamarlo? no sé. Soy i 
torpe para encontrar términos de galantería. Pero el cariiío que te tengo no 
minuye la atra pasión, la principal, la madre, sino que más bien la fortifica, i 
mi dinero por mí, por tí, y por los hijos que has de darme. 

VicT.— No te los daré... ¡Perpetuar tu raza! Dios no lo consentirá. 

Cruz.— (Airado y receloso.) No me lo digas, que me vuelves loco. Todo mí 
eso, Victoria. (Cogiéndola la mano y sacudiéndola con fuerza.) 

ViCT.— Suéltame. 

Cruz.— Pues no me quites la ilusión que me alienta... 

ViCT.— ¡Imposible cegar el abis:ao que se abre entre nosotros! (Llorando.) ¡. 
aprendieras a ser más compasivo, si tu corazón perdiera esa insensibilidad 
mórea y llegaras a curarte del estúpido orgullo de poseer, y poseer, y poseí 
Cruz.— (Interrumpiéndola.) Imposible, imposible. Porque si desapareciera 
mundo el oro y la plata, y volviéramos al estado salvaje, yo, José iVlaría C 
sería siempre el mismo: con cuatro piedras y un par de troncos constituiría n 
propiedad al instante, y con rugidos, dentelladas y zarpazos de fiera, la defe 
río íio niiir>n infpntnr» nititáriTipIfi Nfi tft emneñes en aue vo sea de otro moQ( 



r 



JO soy... Sométete y no me prediques m:'.s, ni trates de corregirme... (Brusca- 
te.) Ea, diles que te devuelvan el talón... Ve... pronto, antes que vayan a co- 
rlo... 
VicT.— No puede ser. 

Kuz.— (Con fiereza.) ¡Te lo mando! 
i/icT.— Si sabes que no te temo, a qué esos rugidos? 

lÍRUz.— ¡Ah! te casaste conmigo sin amor, por el vil interés, como decís los 
tos... 

y^icT.— ¡Y me lo echas en cara! Pues bien: reconozco que es cierto.' Me casé 
tigo... porque eras millonario... nada ni'is que por eso. Ya ves si soy franca, 
una locura, ima genialidad. Llevóme hacia tí... ¿Te lo digo? ¿Quieres conocer 
:a los últimos repliegues de mi pensamiento?... Arrastróme hacia tí una vaga 
ración religiosa, y además de religiosa... (Buscando la palabra.) 
Cruz.— ¿Qué? 

^icT.— (Encontrando la palabra.) Socialista... como tú dices...; la idea de apode- 
ne de tí, invadiendo cautelosamente tu confianza, para repartir tus riquezas, 
io lo que te sobra a los que nada tienen... para ordenar las cosas mejor de lo 
^stán, nivelando, ¿sabes?, nivelando... 

I^Ruz.— (Con violencia.) Cállate, no me provoques... Si eso fuera verdad, tendría 
exterminarte... 

/icr.— Pues empieza ya tu obra de exterminio... Dime: fuera de mi- locura de 
, ¿tienes alguna queja de mí? 
iÍRuz,— Ninguna. Pero ésta Cb atroz, horrorosa. . . 
/iCT.— Déjame seguir. ¿Te he dado motivos de celos? 
[ÍRUZ. —(Receloso.) ¿Por qué me lo preguntas? 
/iCT.— Por preguntarlo. 

[Jruz.— Pues hasta hoy no... Hoy sí... Te miraba como una mujer esceptunda 
jas flaquezas humanas. (Después -U: ¡nirárla atentamente a los ojos, es asaltado da vio- 

zozobia.) Dime, díiin'.io pronto. iVijentras yo estaba en la fábrica, ¿hablaste 
la marquesa y con su hijo? Ellos de aquí salían. 
^iCT.— Te he dicho que no les vi. 

2ruz,— Antes creía eií tu paiubra. Ya no. La verdad, quiero la verdad. ¿F.so 
o ha estado aquí alguna vez? 
/iCT.— No recuerdo... 

Truz.— ¡También desmemoriada! Me hieres en lo más vivo... Yo te quiero, yo 
uise.. 

/icT.— ¡Celos tú!... Si on tu corazón no hay más que una fibra sensible: la que 
uele cuando no cobras... 

Ruz.— No, iio, que hay más.,., hny otras, que también me duelen... Y en tu 
lucta se juntan dos agravios, y los dos van derechos al corazón... Me sus- 
smi propiedad para dársela... ¡a quién!... ¿Qué es esto? Exolícamelo... Te 
pura; ya no... Dudo... ¿Cómo no dudar? ¡Desdichada, arrudílíate díilante d.: 
■ pídeme perdón! Devuélveme lo que me quitaste. (Con desvario brutal.) Pruéha- 
que desprecias a ese hombre... (Cosiéndola por los hombros, la sacude violenta- 
f-) Victoria, que me trague ahora mismo la tierra si no hago un escarmiento 
ible, una justicia de éstas que satisfacen por entero... Debo defenderme, debo 
igarte, debo corregirte, debo... 

/iCT. — (Sofocada, logrando desasirse.) ¡Ay!... espera, ove, 
Jruz.— ¿Qué?... ¿te disculpas?... ¿Confiesas tu deliio? 

AcT.— ¡Delito!... ¡disculparme! ¿De qué, si soy inocente? Sólo te digo que Iü 
dado el talón a la marquesa, y que nada me importa su hijo. 
-RUZ —¡Me engañas!... 

/icT.— Puedes creerlo o no, según te acomode. 
^Ruz.— Buscaré ¡a verdad... (Llamando.) A ver, ¡Lluch! 

Los mismos. Lluch, en la escalera; después, Daniel. 
^Ruz.— ¿Está ahí todavía? 

A,ucH.— Sí, señor. Rondando por la alameda, como si esperara... 
..RUZ.— Dile que la señora !c suplica que suba... Pronto... (Vase Lluch.) 
/ICT.— 'Asustada.) ¿Qué haces? 



Cruz.— Una idea, una idea feliz... Soy yo muy ingenioso... ¿Qué es esoí 
turbas? 

VicT . —¿Turbarme?. . . No. 

Ckuz.— (Repitiendo con sarcasmo las anteriores palabras.) «La señora le suplica 
suba.» ¿Qué tiene eso de particular? Así sabreraos lo que quiere ese bendita. 

Daniel, — Por la escalera, deteniéndose sorprendido.) ¡El aquí! ¡Una emboscada! 

VicT.— (Que hablen. . Mejor...) 

Cruz.— Mi mujer y yo le hemos llamado... 

VicT.— Yo no... tú. 

Cruz.— Pues yo... Parecióme que acechaba usted mi salida para entrar... 

Daniel.— Así era, en efecto. 

Cruz.— ¡Lo confiesa! Yo no me como la gente. 

Daniel.— Algunos creen que sí, 

Cruz.— ¿Qué? 

Daniel.— Eso... que se la come usted. 

Cruz.— Voces que hacen correr los tramposos insolventes. En fin, yo qi 
saber qué viene usted a buscar "en mi casa, 

Daniel,— Deseaba habiar con su señora. 

Cruz.— ¿Y por qué no entraba usted cuando yo, y delante de mí le decía?.,, 

Daniel, — Porque no era usted a quien tenía que hablar, sino a ella! 

Vict,— (Concluyamos esto.) Daniel quería darme las gracias por el favor 
hice a su mamá, 

Daniel,— Era eso... y algo más. 

Cruz. — ¿A ver? 

Daniel.— Después de dar las gracias, pensaba decir a Victoria que no con 
to que mi madre acepte semejantes auxilios. 

Cruz.— (Burlándose.) ¡Oh, cuánta dignidad! Teatral está el tiempo. Y con 
esa gazmoñería se guardan el dinero. 

Daniel.— No, señor; aquí está el talón..- lo devuelvo. (Victoria se abalanza 
estorbar el movimiento de Cruz, que , ■^.ala cartera.) 

VicT.—¡Ah, no consiento!,.. 

Cruz. — Pues lo tomo. (Exai .ándolo con febril presteza.) Esto me gusta, )o\ 
Bien, bien... Esto me prueba que... 

Vict.— (Con mucha energía.) José María, respeta lo que hice... No aceptes 1 
volución... ¡Yo lo quiero, yo lo mando! 

Cruz.— Pero- si él,,. 

Vict.— No importa,,. Dáselo,,, insiste. 

Cruz . —(Con humorismo villano.) Hija, yo se la daría de buena gana... pe- 
ves... unjoventandignoy tan... religioso... y tan escrupuloso... de fijo no qu 

Daniel. — En efecto, no lo tomaré. 

Vict.— (Airada.) Haz lo que te mando. Ofréceselo al menos. 

Cruz,— (Vacilando.) (Si no fuera más que ofrecerlo... Pero ¿y si lo toma?.. 
si acaso...) (Guarda la cartera.) 

Vict.— ¿No? 

Cruz . —No. 

Vict.— Pues ha llegado el momento de poner en práctica una de las con( 
nes estipuladas. 

Cruz.— ¿Cuál? 

Vict.— Ha surgido entre nosotros una desavenencia grave, me has ofei 
groseramente no aprobando una resolución mía; y como la vida me es impos 
tu lado, me marcho de tu casa, me separo de tí. 

Cruz.— ¿Te vas?... Bien... Ya entiendo... 

Vict.— Así se convino. No hay más que hablar. Me retiro al lado de mi p 

Cruz,— (Estallando en cólera.) Esto es una intriga, fraguada entre mi mujer 
tos aristócratas arruinados. (Por Daniel, con desprecio.) ¡Complot infame qont; 
propiedad y contra mi honor!... Ya lo veo. (A Victoria.) No te defiendas... Y t 
hipócrita; usted que con su máscara de religión se acerca traidoramente a n 
gar para meter en él la discordia y el escándalo,.. 

Vict.— (Cortándole la palabra.) ¡Calla, no ofendas a quien no puede respon 
con el mismo ieí?uaie! 



))aniel.— Que diga lo que quiera. 
ÍRUZ.— Digo que usted y -su madre se nan propuesto deshonrarme, ya que 
inarme no pueden. Fácilmente engañan con su mojigatería a estos desdicha- 
pero a mí no. ¡Raza famélica, carcoma de ¡a sociedad!... 
^'^'".MF.L.— (Conteniéndose con gran esfuerzo.) Me insulta usted, porque Sabe que 
eión, aunque todavía no me liga con votos solemnes, me prohibe contestar 
). , injurias con otras. 

>uz.— (En el colmo del furor.) Pues pídele a tu religión permiso para que yo 
lia arrojarte por esa ventana. (Da un paso hacia él. Victoria le detiene.) 
)aniel.— Su villanía, por grande que sea, que no me hará olvidar... 
>UZ.— (Con escarnio despreciativo.) ¡Clérigo... vete de mi casa.! 
)aniel. — (Sin poderse contener, estallando en ira rabiosa.) Clérigo no... Tan hom- 
como tú... Y ahora mismo... (Coge el hacha qv.e está sobre la mesa.) ¡Infernal 
struo, entrega tu vida miserable!... Quiero beber tu sangre, y con ella no 
I caras el odio que te tengo. (Abalanzándose hacia Cruz, blandiendo el hacha. Victo- 
; detiene, snjet.'indolc con sus brnzos.) 
i /icL.— ¡Daniel, por Jesús vivo!... 
Druz.— (Esperando a pie firme.) Ven, te espero. (Daniel deja caer el brazo. Victoria 
ijea con él y consigue quitarle el hacha.) 
/¡CT.— Márchate... pronto.... 

Daniel. — Trastornado, vuelve a enfurecerse y trata de avanzar nuevamente hacia Cruz. 
^irma.) Quiero matarle, pisotearle el alma... o que me mate a mí. 
/icT.— Vuelve en tí. 

Daniel. — (Pasándose la mano por los ojos, como despertando de una pesadilla.) ¡Ah) 
\é es esto? 
KUZ. —Déjale. (Avanzando hacia Daniel. Victoria se interpone para evitar el choque, 
)uja a Daniel hacia la escalera.) 

: -r^-^Veíe... (A Cruz.) Atrás... (Le domina con la mirada. Daniel vacila, quiere re- 
r. Al fin so va, tras breve y sorda lucha.) 
i;z.— (Con violencia.) Tú tienes la culpa... tú! 

r.-(Con dignidad.) Basta... Estoy de más aquí. (Huye hacia la escalera. Cruz va 
i; detiénese perplejo al ver entrar a Moneada.) 

;:, Cruz, Gabriela, que entra por la izquierda, alarmada; por la derecha, doña Eulalia. 
■ncada. 

;. — ¡Qué ocurre? ¡Victoria!... 
NC— ¡José María! 

r.— No ha pasado nada, nada... (Mirando a su marido con terror.) 
;'z.— (Reconcentrando su cólera.) Nada: que mi mujer, la loca de la casa, curada 
', recae en su dolencia y quiere abandonarme. 
T, — (Corriendo al lado de su padre.) Sí, SÍ. 

LAL.— (Abrazándola.) ¡Pobre víctima, que a tiempo llego para salvarte! 
NC. — Vamonos. (Mirando con recelo y disgusto a Cinz y a Victoria.) 
iCT. — Vamos. (Gabriela se une al grupo, y salen por la derecha.) 
Cruz.— (Que al verles salir da algunos pasos hacia ellos y retrocede apretando los ru- 
¡Se va!... ¡De verdad se va! (Después de dar vueltas por la escena, como atontado. 
por los cristales de la derecha.) ¡Y la dejé partir! ¡Y no maté al clérigo!... ¡No me 
onozco! ¿Dónde está mi carácter, dónde mi arrogancia fiera?... Es que esa 
dita santa me ha embrujado, me ha estafado mi personalidad... (Rabioso.) Juro 
la Cruz de mi nombre, que la recobraré. 

FIN DEL ACTO TERCERO 



ACTO CUARTO 

a b.ja en el Hospital y Casa de Maternidad de Santa Madrona, de construcción ojival. 
— A la derecha, la entíada de la iglesia. — En el lienzo de) fondo, a ¡a izquierda, rompi- 
miento de arco ojival que da paso al claustro, del cual se vé una parte. — A la derecha, 
frente al espectador, puerta pequeña de una estancia, en Ui cuál se verá, cuando se in- 
dique, mesa puesta como para un refresco. A la izquierda, dos puertas: una de elh'.s con- 



duce a las cocinas y dependencias del establecimiento, las cuáles se, supone están en 
sótano. — Mesa y sillas. — Es de día. — Antes de alzarse el telón, óyese música de órga 
gue continúa durante la*esceiia primera. 

Jordana, de frac; dos Hermanas de la Caridad; después la Marquesa, 

Her. 1.*— Todo está dispuesto. 

JoRD.— No olvidar los ramos para las señoras. Cuidadito con el servicio',! 
buffet. ¿Han traído eí champagne y los licores? 

Her, 1 ." — Sí, señor. (Retíranse. Jordansí las llama.) v' 

JoRD. — Ya saben que a !os chicos se les dá una merienda... 

Her. 2."— y un extraordinario a los convalecientes. 

JoRD. — Justo. 

Her, 1."— Nada faltará, señor don Manuel. Esté tranquilo. (Vanse las Hermán; 

Marq. — (Entrando presurosa e inquieta, como buscando a alguien.) ¡Ah!... Jordaí 
¿Ha visto usted a mi hijo? 

JoRD.— ¿Daniel? Sí: en la iglesia entró hace un momento... ¡Pero qué pror 
han venido ustedes! Esto se llama puntualidad. 

Marq.— -Se llama anticipación. Yo suelo anticiparme para coger buen pues 

Jord.— Usted lo tiene siempre. Dispénseme, señora Marquesa. Tengo quo t 
órdenes... (Mirando por la puerta de la iglesia.) Ya le tiene usted ahí. (V^ase Jorda!.; \ 
el fondo.) 

La Marquesa; Daniel, que sale de la iglesia, poniéndose el sombrero. Calla el órgano, 

Marq.— Pronto te has cansado por cierto. El hermoso ritual que antes erais 
delicia, te aburre ya. 

Daniel.— (Con desabrimiento.) Sí, me fa.stidia, me causa pena. No sé qué sien 
ni qué nueva crisis es esta porque pasa mi espíritu, después de la horrible esce 
de anteayer en la fábrica. 

Marq.— Horrible, sí (Alarmada); pero sin consecuencias. 

Daniel. — Salvo la gran enseñanza que me ha traído. (Asombro de la Marque; 
Sí: aquel arrebato en que a punto estuve de cometer un homicidio, ha sido p£ 
mí revelación del mayor engaño de mi existencia... Claramente veo ya que mi 
ligioso entusiasmo era un»artificio del espíritu para engañarse así propio... transí 
mación mágica de mi idolatría por esa mujer; idolatría que no disminuye, más b 
aumenta, al dejar de creerla celestial. (Con efusión.) Madre querida, necesito re' 
larte todo lo que siento, todo, todo, hasta lo más horrible. 

Marq.— Sí, dímelo todo. Yo te consolaré! 
^ Daniel.— La salida de Victoria de la casa conyugal me trae un nuevo sacu 
miento, un nuevo trastorno. ¡Increíbles fases de la pasión en nuestra alma, seg 
se nos va presentando la persona que la inspira! ¿Ella religiosa? yo también. ¿E 
casada? yo demente,., y por fin... 

Marq.— (Asustada.) ¿Qué quieres decir? 

Daniel. — Que al verla huir de su tirano, pensé que me amaba; creí que me 
ria fácil arrastrarla a la infidelidad... 

Marq.— (Horrorizada.) ¡Hijo mío, tú, tú, tan piadoso... tan bueno!... 

Daniel.— (Con exaltación.) ¿Piadoso yo? ¡Vana, ridicula ilusión! Si Victoria o 
firmase con una palabra el ansia que me devora, huiría con ella al último con 
ael mundo. 

Marq.— ¿Y me abandonarías? ¿Abandonarías a tu madre? 

Daniel.— (Después de vacilar.) Sí... ya ves cómo no te oculto nada, ni lo más 
digno. 

Marq.— (Llorando.) ¡Increíble ingratitud! 

Daniel. — (Abrazándola cariñosamente.) No, no temas. Ya no hay peligro. 

Marq.— ¿Por qué? 

Daniel. —Porque esa palabra, que a las mayores locuras me lanzaría... Vic 
ria no la ha pronunciado (Con profunda amargura.), ¡ni la pronunciará! ... Y esta 
me persuasión me convierte en un ser mecánico... Un resto de razón me dice c 
debo vivir y volver a la vida seglar y ordinaria, al trabajo y a las obligaciones 

Marq.— Eso... eso... ¡Gracias a Dios!... Victoria no te ama. Es casada y \ 
í'UOsa. No pienses en ella, no te dejes tentar del demonio maldito 



lANiFL.— (Con profunda tristeza.) ¡Ay! Si no te hubiera tenido presente en mi 
i, ayer, después de la entrevista con Victoria, me habría quitado la vida. 
Íarq.— {Abrazándole conmovida.) No digas tal... ¡Ay, me matas! 
[aniel.— No temas... Debo vivir para tí, madre querida... Verás, verás cómo 
orto. En un par de años de bufete ganaré lo bastante para comprarte una ini- 
niejor que el Clot. 

Iarq.— (Con amnrgura.) ¡Ay, no me recuerdes el bien perdido! 
ANIEL.— (Exaltándose.) ¡Vil, execrable usurero, publicano infame! Si me tropie- 
m él otra vez, si me provoca, aunque sólo sea con su mirar insolente, soy 
>re perdido. 

lARQ.—Por Dios, no me asustes... Mira, hijo, conviene que nos voivamos 
toa Barcelona... 
►aniel.— ¡Oh!, sí, mañana... 
Iarq.— Esta tarde misma... ¿Quieres? 
Ianiel.— Si... Sácame de este suplicio, de este peligro inmenso. 

Los mismos. Jordaníi. 

JIarq.— ¿Pero cuándo empieza esto, Jordana? 
DRD.— Son lastres, señora. 

Iarq. — ¡Qué satisfacción sentirá usted al convocar a sus amigos para cerc- 
a tan bella en este soberbio edificio!... 

lANiEL.— Habrá usted perdido la espT2ranza de que ese sátrapa de Cruz lo 
ine. 

ORD.— Las perdí; poro las he recobrado otra vez. Yo no desmayo; yo siem- 
^pero. (En tono confidencial.) Ya tienen u-.tedes noticias de la disidencia matri 
ial. 

Iarq.— Sí. 

ORD . —Yo aspiro a conseguir la reconciliación. 
>ANiEL.— ¡Usted!... 

ORD.— Sí; me meto a componedor y a diplomático con la esperanza de que mis 
ios oficios se me paguen en ladrillo contante y sonante, o en sillería. 
)aniel.— ¡Ay, qué inocente! 

ORD.— No tanto como usted cree. He descubierto que el publicano ama loca-' 
te a su mujer .. Anoche me le encontré en mi estado de locura que dada mic- 
Rugía como un tigre de malas puly;as. y toda silla en que se sentaba se partía 
in fin de pedazos. Su fuerza física parece duplicarse con la cólera que arde, 
u pecho hercúleo, y esta mañana.. . a un infeliz capataz que no entendía sus' 
neá, le cogió... así... y ¡zas!, al estanque de remojo. 
*1arq.— ¿Y letiró? 

ORD. -Como que por poco se ahoga. Hoy ha despedido a mucha gente. La mi*',; 
le los operarios en la calle. '-. 

)aniel.— Es un castigo del cielo ese hombre. 

ORD.— Hoy no se oyen en la fábrica más que llantos, gemidos, imprecaciones. 
»ce aquello el cautiverio de Babilonia. ^ 

Jna Hermana de ca Caridad.— (Entrando por la puerta pequeña del fondo. Esta queda 
rta, y por ella se ve una mesa puesta como para un refresco.) Don Manuel, a ver SÍ 
|iesa está a su gusto. - 

ORO. — Voy en seguida. (V^se la Hermana de la Caridad.) 

Los mismos. Moneada, que entra por el claustro; después doña Eulalia y Jaime. 
WoNc— Ya estamos aquí. 
loRD.— ¿Y Victoria? 

WoNC— Con las señoras de Fiol, visitando la sala de Expósitos... 
|ord.— Corro allá... 

Monc— (Deteniéndole amistosamente.) Una palabra... (Hablan aparte.) 
EuLAL. — (Con Jaime por el claustro.) Esto va largo. 

Jaime.— Hay bateo para toda la tarde. , 

.ULAL.— Y a mis sobrinos les da por visitar ahora la sala de Incluseros. No me' 
erten los chiquillos, ni aun aquellos que no tienen quien les haga mimosos. 
Marq.— (Saludándola.) Eulalia, felices... 

Eulal.— (Estrechando la mano a la Marquesa y a Daniel.) Me han dicho que este de- 
nlo de Jordana ha decorado la iclesia con una magnificencia asiática. 



Marq.— Entremos a verla. (A Daniel.) Ven tú también. No quiero que te se{ 
res de mí. ' 

Jaime. — Yo lo doy por visto. 

EuLAt.— (Queriendo llevarle.) ¿Qué dice el incrédulo, qué dice la Materia? 

Jaime.— Que está siempre a disposición del Espíritu. (Le da el brazo. Los cua 
entran en la iglesia. 

Moneada, Jordana. 

MoNc— iCuánto me alegraría de que sus negociaciones, amigo Jordana, tuv 
ran un éxito feliz! Francamente, esa separación no me gusta. 

JoRD.— Ante todo, Cruz quiere tener una entrevista con usted. 

MoNc. —Pues cuando guste. ¿Debo ir allá? 
' JoKD.— Quizás puedan verse aquí. Rechazó con malos modos mi inviteciüt 
Pero me puse tan pesado y tan fastidioso, que al fin pude arrancarle la pronK - 
de venir; por supuesto, dándole las seguridades de que no habrá himno, ni mer i 
rial presentado por las señoras, ni discurso mío, ni nada de lo que él llama mi - 
ganga. I 

MoNc— Dudo que venga, a pesar de ese cambio en el programa. 

JoRD.— Por si acaso, iré a buscarle. (Mirando su reloj.) No: ya no puedo. Di 
€l encargo a mi primo. 

Los mismos. Victoria, una Hermana de la Caridad, que entran por el claustro. 

JoRD.— (A su encuentro.) ¡Ah, señora!... 

VicT.— ¿No está aquí Gabriela? 

MoNc— ¿Pero no fuisteis juntas a ver a los expósitos? 

ViCT.— Sí; pero allí se nos unieron las de Fiol. Pasamos de sala en sala. Ui 
bajaban, otras subían. Yo me perdí. Parecióme que Gabriela había bajado ai 
fectorio. 

JoRD.— Ya parecerá. 

ViCT.— Sor Agustina ha sido tan amable, que además de acompañarme poi 
laberinto de pasillos y escaleras, me ha informado de varias cosas que neces 
saber. 

Herm.— De ropa de cama y envolturas para los niños no estamos bien. ¿V| 
<iad, don Manuel? 

JoRD.— Lo mejor será que se le dé nota exacta de lo que tenemos en el gu 
darropa, de las pensiones de lactancia, del coste anual de cada chiquillo... 
it VicT.— Eso es. Ya me enterarán de todo cuando estemos más despacio. 

Herm. — Pues con su permiso... (Saluda y se retira.) 

JoRD.— Con que... Inspeccionemos el buffet. 

Victoria, Moneada. 

ViCT. — (Sentándose.) Cansada estoy de veras. 

MoNC. — (Observando que Victoria se lleva la mano a los ojos, mareada.) ¿Pero < 
tienes?... ¿Te sientes mal? 

VicT.— No, se me va la cabeza... Me marea tanto subir y bajar escaleras. 

MoNC— Tú no estás bien. No te has repuesto aún del disgusto del otro di 
\i VicT.— Ya descansaré. Anoche no pude pegar los ojos. Pensaba en el pata 
del pobre animal al encontrarse solo. Además, no se apartan de mi pensamie 
las atrocidades que hará separado de mí. 

MoNc— Me ha contado Jordana que anoche, sentado a la mesa sin probar' 
icado, su cara tétrica daba compasión. 

VicT.— Echaría de menos nuestra conversación amenísima. «Victoria, ¿ap 
taste la partida de los moldes?...» «Sí, hijo...» «Que no se te olvide la rebaja ( 
hemos hecho en los jornales de máquina.» Luego hablamos de si el carbón que; 
da Ríus es peor o mejor que el que nos daba la Compañía Hullera, o del tien 
favorable o adverso para las cochuras. ¡Ya ves qué cosas tan divertidas! Pero 
tas vulgaridades crían costumbre, y en el molde de las costumbres nos vacian 
y nos endurecemos. 

MoNC— (Suspirando con profunda pena.) (¡Pobre hija de mi alma! ¡Y por mí te 
tan pesada cruz!) Habíame con absoluta sinceridad. ¿Deseas que sea définitiyí 
separación? 

VicT.— Te hablaré como a mi confesor. En los primeros momentos, la sep£ 
ción parecióme un bien. Pasados rios días, yd. no ine lo parece. 



floNC— ¿Volverías?... ^ , ^ .j ^ u • 

/icT.— (Después de vacilar.) Sí... La vida con Pepet es árida, trabajosa; pero es 
i. Es un batallar constante, aunque sin ruido... Soy yo muy guerrera. Peleo, 
;o, me levanto, recibo crueles heridas, me las curo con bálsamo de Fierabrás, 
ra vez a luciiar con el gigante. 
^ONC — (Su gran espíritu la salva.) 

/iCT.— Y te diré más. Hasta que me separé de él no he conocido que hay algo 
hacia él me impele. Atracción misteriosa que no comprenderás quizá. 
VloNC— Sí que la comprendo. Y él, por su parte, tampoco se aviene con la so- 
id. Es que hay seres que no pueden vivir sin tener alguien a quien atormentar. 
y/,CT.— Y los hay también que no pueden vivir sin ser atormentados. (Confusa.) 
sé lo que es esto, y te aseguro que no lo entienda bien... Pero las cosas muy 
as y muy resabidas son p^ra los tontos. Del misterio de las conciencias se ah- 
itan las almas superiores. 

VLoNc— En Fin, que por una causa o por otra, la separación te disgusta. 
^2CT.— (Levantándose.) Y aún no conoces todas las razones que me mandan vol- 

allá. - 

MoNC— (Sorprendido.) ¡Otras razones! Dímelas. 

^,CT,— (Con cierta cortedad.) No... ahora no... (No me atrevo... Gabriela haquer 

en decírselo.) 

mismos. Gabíielayuna seflora, que aparecen por una délas puertas de la izquierda 
oco después .¿aime y Daniel por la derecha. 

Ga5.— (En la puerta.) ¿Pero dónde te metes? Buscándote hace media hora. 
ViCT.— Pero si os perdisteis... Digo, me perdí yo. 
GAB.—Hija. no has visto la cocina... ¡Ay, qué cocina! 

Señora.— ¡Y qué despensa! No ha visto usted cosa igual. (Avanzan las dos en le 
ína.) 

Gab.— Ven, ven. 
MoNc— Está fatigada. Dejadla. 
ViCT.- Iré si hay tiempo. 

Señora.— Venga usted. Es una maravilla de orden y limpieza. 
Gab.— (Señalando a la puerta.) Por esta escalera bajamos en un momento. (Llé- 
e a Victoria.) 

Señora. —Usted también, don Juan. (Aparece en la puerta una Hermana con mandil.) 
MoNC— ¿Yo también? Vamos allá. (Aparecen Daniel y Jaime en la puerta de la 
^sia.) Jóvenes, ¿no quieren ustedes admirar las grandiosas cocinas? 
Jaime.— No, señor; las admiraremos sin verlas... cuando nos sirvan e! rancho 
Mono. — Abur. (Vase con la Señora por la izquierda.) 
Jaime.— ¿Sabes que me da en la nariz olorcillo de guisote? 
Daniel.— De componenda quieres decir. Jordana es un buen repostero y pre- 
I-a el pastel. 

Jaime.— ¿Qué piensas tú? ¿Tienes la reconciliación por imposible? 
Daniel.— No. Triunfarán las leyes, la moral. . . 

Jaime.— ¡Las leyes, la moral, la religión!... Todo este conjunto artificioso es el 
jerano constitucional, que reina y no gobierna. Quien manda de verdad es la 

1 vil f*í-i 1 í-*7n 

Daniel.— Tienes razón. Pero la Naturaleza paréceme a mí que ha perdido 
nbién los papeles, y hace cada disparate... En fin, declaro que me aburro aquí 
beranarnente. 

Jaime.— Yo también. Pero no puedo marcharme. Esposo amante, no sé vivir 
parado de mi cara mitad, y corro tras ella (Dirígese a la puerta de la izquierda.) 

Daniel.— ¿Dónde estará mi madre? (Como espantado de verse solo.) No puedo es- 
r solo... ¡Me tengo miedo! (Al dirigirse al claustro, ve a Cruz y Jordana que llegan des- 
do, el segundo como enseñando al primero el edificio.) ¡Ahí, ¡el monstruol... Y« 
í voy. I 

Daniel, Cruz, Jordana; después una Hermana de la Caridad. 

JoRD.— (Asustado.) (¡Daniel aquí!) 

Cruz.— (¡El clérigo!) (A Jordana con desabrimiento.) Y en fin, ¿para qué me trae 
tcd O.quí? (Daniel y Cruz se miran con rencor.) 
JoRD.-Señores, yo les ruego... Por Dios, tengan presente la santidad del lu^jar... 



Daníel.— (La presencia de ese hombre me vuelve al estado cié condenaci '; 
Yo quiero matar a ese hombre, o que él me mate a mí.) 

JoRD, — (Como queriendo llevarse a Daniel.) Querido marqués... 

Daniel.— Déjeme . 

JoRD.— (A Cruz.) Yo creo que con una leal explicación. .. 

Cruz.— (Rechazándole con .sequedad.) ¿Qné sabe usted? 

Her.m.— (Que entra presurosa por el claustro.) Don Manuel, don Manuel, el Pi 
de San Francisco y seis Padres... Dirígense a la iglesia. 

JoRD.— (Muy apurado.) Avise usted... \;Ha llegado mi familia?... ¿El nifio?... 

Fíerm.— Arriba están, en el cuarto de la Superiora. (Vase la Hermann.) 

JORD.— (Inquietísiino. sin saber a dónde acudir primero.) Abajo, la madrina..,; li 
casa, arriba...; los frailes, por allá; los convidados, en completa dispersión, 
'u'Jfet, sin arreglar...; éstos, con gana de pelea... (Oyese repique de campanasf. 
Prior entra. • . ¡A dónde acudir! . . . (Mirando a Cruz y a Daníel.) ¿Y a mí qué? Má| 
en buen hora. (Entra presuroso en la iglesia. Cesa el toque de campanas.) 

Cruz, Daniel. 

Daniel.— Señor Cruz, la'casualidad ha vuelto a reunimos. ¿Quiere ustedcfv 
resolvamos nuestra querella por la forma usual del duelo? 

Cruz.— ¡Estúpida forma la del duelo! 

Danii-l.— ¿Pues cuái?... ¿Hay otra? 

Cruz. —Sí; si le encuentro a usted en las inmediaciones de mi casa, le ma^f 

Danh-l. — Pues iré prevenido, y bien podría suceder que le matase yo a i¡: 1; 
No, señor Cruz; eso es un duelo a estilo de sai vajes.^ . 

Cruz.— (Después de recapacitar.) Pues corriente. Batámonos a estilo civilizado, 

Daniel. — Bien. 

Cruz.— Elija usted armas. 

Daniel. —Elíjalas nituá.Yo n -, •ruíni;- r;n:;nn}a. Lo mismo me da, pues sien 
usted tan diestro en írdas ellas, es seguro (¡iie nio matará. 

Cruz.— Así lo creo. 

Daniel. -De modo que iré al duelo como víctima indudable; voy al asesina 
mejor dicho. 

Cruz . —Y lo dice tan fresco. 

Daniel.- Sí, porque deseo morir. Nada me interesa de la eternidad para a 

Cruz.— ¿Nada? Usted ama. Quizás es amado. 

Daniel.— ¡Oh, no! ¡Extraña cosa que yo tenida que declarar ante mi enemi 
que no soy amado, y que este horrible vacío de mi vida obra es del despecho 
¿A qué más explicaciones? Debo perecer... Me llama el abismo. En su fondo ^ 
el descanso. Silencio... I¡e;ían, ' 

Cruz, Victoria, üabiiela. Moneada, Jordana, .Jaime, Doña Eulalia, la Marquesa, señoras y 
balleros, que entran por el claustro, entre eüos, cereninniosamente, una mujer vestid; 
uso del pats con un niño en brazos, envuelto en ricas mantillas y capa de bautizo. Sig 
las Hermanas de la Caridad, un monaguillo. Síiena el órgano. 

Cruz. — (Retirándose a la izquierda d:l proscenio, como para dejar pasar la comit 
huyendo del compromiso de unirse a ella.) ¡Para qué me traerá Jordana a estas m 
gangas! Mi salvajismo se subleva... (Reparando en Victoria.) ¡Mi mujer! Guapa e 
en verdad. 

Eulal. — (Avanzando hacia Cruz y mirándole de arriba abajo, con desprecio. Márqu 
bien el aparte, guardando la distancia que el mismo aparte exige.) (Hombre sin coraz 
enemigo de Cristo, Judas que le vendes, payón que le azotas, ¿qué buscas aqi 
(Cruz parece entender por la mirada las expresiones de doña Eulalia, y se vuelve para c 
lado, encontrándose frente a la marquesa.) 

Marq.— (Mirándole con rencor, también aparte, a distancia conveniente.) (Bandido 
la ley, perseguidor del débil, verdugo de los pobres: mal cuadra aquí tu in-sol 
cia si no vienes a humillarte y a renegar del diablo, a quien adoras.) (Vuélvese C 
para el otro lado, y ve a G-ibriela.) 

Gab.— (Aparte.) (Que Dios te confunda, monstruo, y aumente tus riquezas h 
ta hacerlas tan grandes como la mar, para que en ellas naufragues y te ahogu( 

Gruz. — (Aparte tambicn, con ira y desprecio.) (Furibundas vienen hoy estas pé 
n:s.) (Por las dos señoras mayores.) ¡Y esta mocosa! ¡Qué modo de mireír! 

ViCT, — (Mirando a Cruz, que se ha retirado al otro lado del proscenio y clava en ella 



<t(¡Mal ceño trae mi pobre monstruo!... Descuida... La loca de la casa esta 
huy inspirada y te amansará.) (Rodéanla las señoras y Hermanas de la Candad. Dí- 
te a la iglesia. El órgano vuelve a sonar, tocando una marcha religiosa. Los invitados y 
jrmanas siguen a Victoria y entran en la iglesia.) 
)rq;_(A Cruz, indicándole que entre.) ¿Y usted no?... 

RUZ*— (Displicente.) No quiero. Me quedo aquí. (Apártase Jordana alRO corrido. Pa- 
ndos a la iglesia, menos Cruz y Moneada.) 

Cruz, Moneada. 

Kuz. —¿Usted tampoco? ... 

ONC— Luef^o; Tengo que decirte dos palabras. 

Ruz.— Vengan. .... ,, . - x i. t, * 

lONC— Puesto que la separación es mevitable... Yo lo siento mucho, Fepet, 
1 que lo siento... ocupémonos de la cuestión legal. Me figuro que con tumuier 
is de ser tacaño, y que le reconocerás una renta decorosa. Pero hay otro 
to más grave... 

Ruz.— ¡Más grave! . • j - 

lOnc— Podría suceder... no afirmo yo que suceda... pero bien podría succ- 

Ruz.— ¿Qué? . . X j X i 

loNC— Una cosa muy natural, Pepet; que tu mujer, dentro de tres, cuatro me- 

ñnco alo más... 

íruz.— (Con febril impaciencia.) ¿Qué, hombre, qué? 
KoNC— Pues que me diera un nietecillo. 

RUZ.— Don Juan, don Juan, no juegue usted conmigo, no me busque el ge- 
-. Mire que... 

loNc— Hay que prever este caso, Pepet, hay que preveerlo... 
¡RUZ.— (inquietísimo.) ¿Pero es verdad?... (Gritando.) Victoria... que venga... 
ide demonios está? 

loNc— Modérate, hijo; ten presente lo sagrado del sitio. 
;ruz.— ¡Estoy en mi casa!... (Como trastornado.) ¡Ah!, no! Estoy en el hospital. 
3te condenado asilo que ha hecho Jordana... Pero dígame usted..., ¿es cierto 
... ¿Lo ha dicho usted por broma, por ganas de atormentarme?... Don Juan, 

usted que no admito bromas... n¡ de usted ni de nadie Ins aguanto... Y s! es 
ad... ¿Pero usted no comprende que?... ¡Un hijo, tener un hijo! ¿Pues pata 
me he casado yo? ¿Por qué trabajo, por qué soy como soy?... Don Juan. (Co- 
loie por las solapas.) no me contento con que Victoria me dé un hijo. Tiene que 
le muchos, muchos; y a todos les criaré en el amor de la propiedad, en la ro 
n del tuyo y mío, en el culto sagrado de la contabilidad, en el trabajo... y en 
I lo demás que ella quiera. 

»\oNC.— Difícil me parece que tengas tantos... Uno quizás... 
^Ruz.— (Furioso.) ¡Pues no faltaba más!... Digo que nos reconciliaremos, y ten- 
muchos hijos, donjuán, atmque usted se oponga... 
»/\oNC. — Yo... como oponerme... no. 
:^RUz.— Y realizaré el sueño de mi vida, pese a quien pese. Victoria y yo serc- 

fundamento de una gallarda generación, y perpetuaré mi nombre, unido íii do 
icada; y mis hijos serán condes, duques y marqueses, y vivirán con e! espiea- 
que a su rango corresponde, y aumentarán las riquezas ganadas por su padre, 
ndrán inmensa propiedad, tierras sin fin, granja?, montes, valles, provincias,. 
18, palacios, barrios, ciudades, v nuestra cacsa. nuestra firma, será la primera 
Jarcelona, y de Cataluña, y de España, y del mundo entero. 
VloNc.— Calma, calma. 
Cruz.— Digo que no hay separación. 
M.0NC.— Ella la desea. 

Cruz.— (Paséase furioso por la escena.) ¡Quitarme mis hijos, privarme de mi suce- 
iKLiamando a gritos.) ¡Victoria!... ¿Pero cuándo se acaba ese endiablado bau- 
>?... 

MoNC— ¡Por Dios, Pepet!... ¡Qué lenguaje!... 

Cruz.— (Gritando.) C^j^jeme usted... ¡Victoria! Esto es un complot infame... Arro- 
é cuanto se me ponga por delante. No respeto nada: ni a usted con sus canas 
lerables. ni a ella con sus remilgos de criatura santa y perfecta... 



MoNC— La has ofendido gravemente. 

Cruz.— ¡Ceguera de un instante! Soy fácil a la duda, como a la credi^ 
Así como en los negocios no ha nacido todavía quien me engañe, en co^ 
amor fácilmente me alucino, veo lo que no existe... se me desfiguran y agraii 
las cosas... Soy así... Pero, donjuán, yo creo en ella, creo en mi mujer, la 
hermosa creación de la Naturaleza, o de quien quiera que se ocupe en crea 
que vemos... y lo que no vemos... Don Juan, no me contradiga. 

MoNC. — No, si yo... no... *■ 

Cruz.— (Con violencia.) Porque no admito que se me contradiga en esto r 
uüúñ; porque yo sé más que nadie; porque estoy dispuesto a demostrar que ít 
razón, que estoy, cargado de razón, que yo soy la razón misma, sí, señor, la 
zón... 

xMoNC— (Sujetándole.) Basta... Pareces un niño... Ya salen. 
Loa mismos. La comitiva del bautizo sale de la iglesia; primero las Hermanas de la Car 
luego las señoras y caballeros invitados; Jordana delante-. Siguen Jaime, Gabriela, I 
Eulalia, la iViarquesa, Victoria, la Nodriza con el niño en brazos. 

Cruz.— (A Victoiia, dirigiéndose a ella en cuanto la ve.) Tengo que hablarte. 

ViCT.— ¿Ahora? 

Cruz. — ¡Ahora y siempre! 

VicT.— ¡Pero qué modos! José María... aquí, en este lugar sagrado, ¿tam . 
escandalizas? 

Ckuz.— Aquí y en todos los lugares sagrados escandalizaré siempre que 8( 
antoje. 

VicT.— ¡Oh, qué grosería! ¿Estás loco? Déjame. 

Cruz.— Repito que quiero hablarte. 

VicT. — Después 

Cruz. — Ahora mismo. (Los demás personajes se fijan en la viveza de este diálogo 

JORD. — (Tr.ríando de apartrír la atención de iodos del altercado entre Cruz y Vict( 
S íiúras y caballeros, ha llegado la hora suprema de la reparación... de fuer 
(Señaiando al «buffet», que se ve desde la escena.) 

VicT. — Ahora voy. 

E!)L.\L. — (A Jordana, que sigue invitando.) Yo no acostumbro a tomar nada f 
de mis horas; pero porque usted no diga... 

JouD. — Señora marquesa... Gabriela... (Van pasando todos a la sala del «bu 
quedando solos en escena Cruz y Victoria.) 

Cruz, Victoria. 

Cruz. —(Cogiéndola una mano.) ¿Insistes de veras en la separación? 

VicT.— (Asombrada.) ¿Ahora sales con eso?... ¿Recuerdas lo convenido? 

Cruz.— Sí. 

V:cT. -¿Y negarás que me sobran motivos para pedir que se cumpla la ce 
ción estipulada? 

Cruz. — (Con fiereza.) ¡Victoria! 

ViCT.— No, no me impones miedo. Mis resoluciones; cuanto más repeníi 
más duraderas. Un chispazo de mi vohmtad, que es algo íer.ipestuosa, me ar 
có a la vida religiosa para llevarme al matrimonio. Otro chispazo me separs 
u para volverme a la vida religiosa. 

Cruz . —(Estupefacto.) ¡ O tra vez ! 

ViCT. — Verás... Como no puedo estar ociosa, como mi espíritu, mi natura 
toda, me reclaman ocupación constante, absorbente, he decidido, a instancia 
amigo Jordana, encargarme de la dirección de esta casa. 

Cruz. —(Impaciente, receloso.) Mujer, til te propones acabar con mi pacienc 
lo conseguirás... Oye. (Queriendo asirla por un brazo.) 

ViCT.— No, perdona... Tengo que entrar un momento en el buffet. Creerlat 
os desaire. (Dirigiéndose al «buffet» con paso ligero, a punto que sale de él Jordana.) 

Cruz, Jordana. 

JoRD. — (F-n la puerta del «buffet».) ¿Pero usted no toma nada? 

Ci.! '■.'..— íC:oa displicencia.) Gracias. 

Jo.v:i. --Está de mal temple. 

Cruz.— (Llamándole.) Dígame. ¿Es cierto que mi mujer piensa ser directora 
no sé... vamos, de esto? 



■.n.— Tales son su« aoseos. 
/..—¿Y usted coiisifnte?. 



<»Pues no he de consentir? ¡Y a mucha honra!... . 

' -i lordana' (Amenazador.) Lc jnro a usted... Vaino». de mí no se ríe nadi^, 
a 'idea de secuestrar a mi mujer llega a ser un hecho, se vera quien es José 

a Cruz. Pegaré fuego a !a casa... y a usted... 

)RD.— (Con dignidad, retirándose.) Seilor Ouz... 

Ruz.-(Procurando dominarse.) Perdone usted... No sé... Supongo que todo es 

L.-No lo tengo por tal... Será directora, sí, señor. Y yo tan contento. ¿Ve 
lasas habüíiciones que aún no están ocupadas? (Señalando a la pruucra puerta 
derecha.) Ahí se instalará. . ^, , 

RUZ -(íAhí? (Acercándose a la puerta.) Esta bien. (Llamando.) ,bh!... ¿Mo hay 
criados? Que avilen a mi casa para que venga Lluch... y dos o tres mozos... 
SRD.—f'Pero qué hace usted? , . kk^^,. a^ 

RUZ.— Pues mandar que me traigan aquí mi cama, mi mesa y mis libros ae 

abilidad... 

S'-S¡,Vombre; aquí me insialo también. Quiero velar por la niñez... Me 

esa extraordinariamente la generación que ha de sucedernoft, los que ahora 

aequeñitos y mafiana serán grandes. ■. r^ 

3RD —¡Y usted' . (Entusiasmado.) Venga un abrazo, señor uruz. 

IRUZ. -(Rechazándole.) No, nada de abrazos. Repito que si mi mujer viene aquí, 

jmbién... ., ^ l - 

WD.— Bien decía yo oue eso de la separación era una tontería. 

;ruz —Claro una tontería... Nada: cuatro palabras un tanto vivas, un talón 

ra y vuelve, 'un hacha levantada... Tuve celos; ya no. (Recorriendo la escena 

Idísimo.) Lo diré a cuantos quieran oirlo... Que me traigan al clérigo que me 

;an a todos los clérigos del mundo, y les diré que sus envidias de mi felicidad 

egan hasta mí... . . . . u ^-^ 

ORD.- (Nunca le vi tan agitado. Carácter que se desquicia, hombre rendido... 
[nuestro al fin.) (Aparece Victoria por el «buffet».) (Victoria... No estorbemos.) 
I al «buffet».) 

Cruz; Victoria, comiendo un bizcocho. 
M.— iCómo me gustan hoy los bizcochos! ¡No sé cuántos me he comido!... 

)mería más. ^, . .^ , -x 

:ruz.— Antojadiza estás... Ea, concluyamos. No admito la separación. 
/icT.— (Con la boca llena.) Me sorprende esta conducta después de haber duda- 

le mí » 

:Ruz."-¡Dudar! ¿Y quién no duda alguna vez, y ciento y mil? Pues ¿por que 

te la fe, sino porque existió primero su madre, la duda? Yo dudé, es cierto; 

3 ya creo en tí. ¿Qué más quieres? .... . m ^ *,. ^«m; 

' ^icT.— Quiero más, mucho mas. Tu aversión a! prójimo, tu crueldad, tu codi- 

^ tu barbarie, son una barrera infranqueable que me separa de tí. 

Cruz —¿Pero qué pretendes? ¿Que me vuelva otro? ¿Soy acaso la Naturaleza, 

yo quien ha hecho las cosas como son? Puedo yo mudar las causas, quitar y 

• ler los efectos? Si soy así, ¿qué remedio hay más que tomarme o dejarme?... 

1 también tienes defectos, Victoria; al menos yo veo defectos en lo que otros 
perfecciones. Eres demasiado religiosa; me acosas, me mareas con tu idea de 
aridad, tan distinta de las mías; me sermoneas, me contradices, me abrumas... 
sin embargo, yo me llevo bien con tus defectos, y te quiero a pesar de ellos, y 
zas por ellos... Acéptame tú a mí con mis asperezas, como yo te acepto a ti 
1 las tuyas... Porque si mis escamas o aletas de dragón infernal te pinchan y 
pan y cortan, a mí... el plumaje de tus alas de ángel también me... me punza, 
roza, me hiere. (Retírase a la izquierda del proscenio, donde está la mesa. Siéntase 
to a ella en actitud reflexiva.) 

VicT.— (Su carácter no puede cambiar. ¿Podría, acaso, suavizarse un poco? 
ra conseguirlo, más valdrá la astucia que la fuerza. (Observándole.) No pued- sn- 
sin mí... Esto ya es algo... ¿Será cierto. Dios mío, que yo tampoco puedo vi- 



vir sin él, sin esta rudeza que me lastima cuando trato de domarla?... Sí, éiU 
ley de vida, ley de educación, amar a los que corregimos.) ' 

Cruz.— (Como asaiíado de una idea.) Bueno; accedo a la separación con tal ( 
me libres de una duda que me atormenta. Dime si tu papá se burlaba de mí cu 
no me indicó hace un rato que... 

Vicr.—cQué, hombre? 

Cruz. — Que... ,; 

VicT. —Parece que estás lelo. U 

Cruz . —Que quizás me darías un hijo. h 

VlCT. —(Afectando indiferencia.) ¿Ya fué papá COn el CUento? L 

Cruz.— (Vivamente.) ¡Luego... es verdad!... y 

VicT.— No he dicho que sea verdad. Es una previsión de papá... (Bromeanc^ 
un por si acaso .. 

Cruz. --¡Victoria... basta de bromas! ¿Es cierto que?... ' 

ViCT.— Siéntate... 

Cruz . — (Sentándose.) Ya estoy. 

VlCT. —Hablemos claro. (Coge una silla y se sienta a su lado. Pausa. Expectación ' 
Cruz.) ¿A cómo lo pagas? 

Cruz . —¿Qué? 

VlCT. --Eso que tanto deseas... Así hay que tratarte a tí... Al lado tuyo me ^ 
vuelto muy mercachifle, y lodo lo cotizo, como tú. i 

Cruz.— (Inqiiietísimo.) ¡Mujer,., mira que!... ¡ 

VicT.— (Obligándole a sentarse.) Quieto... Los negocios se traían con calmí i 
frialdad. i 

Cruz .—Pero los hijos no sé yo que se hayan cotizado nunca. 

VicT.— Los hijos también, sobre todo cuando los padres son como tú. A a 
¿cuánto das? 

Cruz.— (Irritado, levantándose.) Victoria, no me vuelvas loco. Ahora sí te ¿ 
que antes se hundirá el firmamento que consentir yo en la separación. 

VlCT.— No podrás evitarla sino cotizándome también a mí. Vaya, hombre, 
vendo. ¿Cuánto das por nií, ahora que seguramente valgo más que antes, mu 
Diás? 

Cruz.— No compro mercancía que me pertenece. 

ViCT.— ¿A que sí? 

Cruz.— Bueno, propon tú. El que ofrece el artículo, que manifieste en cua 
lo valora. 

VlCT. — Pues pido... (Reflexiona un instante con e.ipresión picaresca.) pido... Pre 
rate, que voy a pedir mucho... 

(i^Ruz.— Preparado estoy. 

VicT.— Pues... empiezo por una pretensión muy justa de papá. Laperpetui 
por sucesión directa de la casa Cruz-Moncada bien merece que reconozcas ce 
nominativas y pertenecientes a mi padre la quinta parte de las acciones del E 
co Industrial, 

Cruz . —(Vivamente,) Concedido. (Le daré toda la broza...) 

VlCT. — Bien. 

Cruz.— Las acciones letra D. 

ViCT. — (Vivamente.) No, no; eso no. 

Cruz. —¿Por qué? 

VicT.— ¿Pero tú te has creído que yo soy tonta o que no entiendo de ne 
cios?. . . Las acciones letra D son lo que llamas broza, porque están gravadas' 
el canon de Foxá. 

Cruz. — (Asombrado.) Pero... 

VlCT.— Ándate con cuidado conmigo... Mira que a mí no hay quien me ei 
ñe... En fin, las de letra B. 

Cruz. — (Haciendo un gran esfuerzo.) Sea. 

VlCT.— Adelante... (Sonriendo.) ¡Si vieras!... Grabada tengo aquí la última ( 
tidad que escribí en el libro de la fábrica. ¡Tengo yo una memoria!... pra el sí 
a tu favor de la cuenta del último trimestre... ¡Bonita cifra! Beneficio líquido; 
setas 27.433 con 78 céntimos. 

Cruz.— Justo, sí. 



^^.._¡Oué hermosura de trimestre! Parece un sueño, una ilusión... 

íuz.— Pero no lo es. 

CT.— Pues... ese pico ha de ser para mí. 

tuz.--¿El pico? ¿Los 78 céntimos? 

¡uz.-lAh, el pico de 433 pesetas! Bien, hija mía... sí... (Muy conciliador.) sí. 
is repartirlo entre los pobres... Sí, si... concedido. (Como sintiéndose tranqu.u- 

CT -Siéntate. No me entiendes. Se te ha metido en la cabeza que tu mujer 
a simple, una pobre beata que no sabe más que rezar... y... bl pico que 
3 aue i-eclaa¡o, es el total: las 27.07.^-.. , o- ^ i 

fi¿z.-¡V a eso llamas pico! iVictoria!... ¿Pero tu sabes?... iSi no hay en el 
o pobres para' limosna tan colosal! ¿Acaso piensas salir a un balcón y arro- 
-dmero a puñados? ¿Pero qué entiendu.s tú por picos, desventurada? 
CT _Sé lo que dií^o. Si soy yo una gran hacendista, y sé mas, muc.io más 
d Llamo Dico a esa cantidad, considerándola en la cuenta total de tus ga- 
as. En la 'liquidación de Bolsa, por diferencias, a fm de mes has ganado... 
RUZ.— (Interrumpiéndola.) ¿Tú que sabes? 
iCT.-Es que hay en Bolsa un pajarito que viene volando y me lo cuenta 

Kuz.— (Burlándose.) El Espíritu Santo. 

JCT — Jus<o- el Espíritu Santo. Le vi en éxtasis, y en el pico llevaba un pape- 

lue'decía. Pesetas 257.308, con 23 céntimus. , ,: ,.. ^ ,^ 

Rfz.-Basta. Bueno, mujer; maldigo tus artes infernales, o celestiales, o lo 

(ean, y para que veas que soy conciliador, ts doy eso que llamas pico, con 

ue cierres el tuyo y no me pidas más. 

iCT.— Pero si ahora empiezo... 

!ruz.— ¿Pero más? . , ^ i. , -i 

'icT.—Sí- más, más. Pido que concluyas las ouras de este santo Asilo. 
■¿KUZ -(Airado, violento.) Mujer... basta.. . ¿Pero tú te propones dejarme en la 

ria? (Recorriendo agiladísimo la escena.) ¿Concluir esto?... ¿Estás loca? ¿Pero tu 

s?... 

^cT.— Sí, conozco bien el plano. 

'ruz.— (Nervioso, cxcitadísimo, mirando hacia el claustro.) Pues ahí 63 una trioie- 

Faiía el ala derecha... falta la iglesia definitiva... con dos torres muy gran- 
que llegan al cielo... No, no; imposible... Hija mía, no, no puede ser. tiasta 

llegué... Ni Cristo pasó de la Cruz, ni esta Cruz pasa de aquí. 

/iCT.'— Pues no podemos entendernos. w • r. j ■ 

>.uz.— Cierto que no hay manera de entendernos... Mejor... Porque sería mi 

a, y... No, no... 

/¡CT.— Pues, hijo, yo no transijo. 

Druz.—Ní yo... ni yo tampoco. 

/icT.— Rotas las negociaciones. 

3ruz.— Pues rotas... ea... 

^iQ-j- — Separación. 

3Ruz.~Pues separación.;, y cada cuál por su lado... Pues no faltaba más. 

^ICT.— (Dándole el sombrero y señalándole la salida.) Estoy en mi casa. Toma... por 

se sale... 

CRUz.-(Tonia el sombrero y luego lo deja.) Victoria... aguarda... oye... Busque- 

> una transacción. Daré a Jordana una cantidad... 

VicT.— (Con energía.) No, no; has de terminar por tu cuenta el edificio, cueste 
I jU''^ cueste 
' Cruz.— No, no, no... Yo estoy loco... Victoria, óyeme... ¿No podríamos?... 

V;cT.— (Sentándose.) c'í^ué? ^.^. ^ , , .... 

CRL'z.--Encontrar un medio, una fórmula... simplificando las obras, raoditi- 

do el plano y el presupuesto... 

Vicv.— Todo hade ser como está proyectado.., j * 

Cruz.— (Pateando.) ¡Por vida de!... jPero, mujer, siquiera... ¿A que esas dos to- 
Cuü una basta... y cliiquitü... v ^'c ladrillo. 



ViCT.— H.-in de ser dos, y de piedra, y grandes, grandes... y f-n '•1^; ,-;,„;„r 
de la iglesia una cripta... ., 

Cruz.— ¡Una cripta! 

VicT.— (Cariñosamente.) Sí, en la cual labraremos. nitestro-? sepulcros: el tíiyt 
míoy los de nuestros hijos; y cuando muy viejccitosya, cargfados de años y 
méritos, nos muramos... 

Cruz.— Nos enterrarán allí... 

VlCT. — Sí... yo así; (Indicando la actitud de una estatua yacente.) tú a mi lado^vi 

Cruz. — Eternamente juntos... ■' 

ViCT.— Nuestros huesos, que las almas... En el cielo estará la mía. 

Cruz.— La mía también... ¿Eh?, qué crees... Me colaré como pueda... Sol 
naré a San Pedro... 

VicT.— Sí; bueno estás tú pa r. En fin... 

Cruz. — (Trastornado.) Victoria... niü Tascinas... me enloqueces me... Con^ 
ra... yo, yo, como jefe de la familia; yo, el pudre, debo velar por la propi® 
por los intereses. ^ 

VicT.— (Levantándose orguiJosa.) ¡Ah!, no... eso es utia antigualla. Dios m$ 
mina, y me dice que las madres gobiernan el niuííuo. 

Cruz.— ¡Las madres! 

VicT,— (Con brío.) Sí... Basta. Sométete... pero en absoluto, sin condicioqí 
Silencio... >^ 

Cruz. —Pero, por Dios, no lo digas a nadie. Guarda el secreto de mi con| 
ta. Me avergüenzo de la traición que hago a mi carácter. [ 

VicT.— Déja.me a mí. Soy iu Ang,e.l bueno... No temas... Ea, vengan todod"^ 
(aritando.) ¡Papá, Gabriela, Fioreníina, Jordana! .^ 

Los mismos, Moncaí!a, Gabriela, dona Eulalia, la Marquesa, Daniel, Jaime, Jordana, que 

tran por el «buffet». ' i- 

ViCT.— Mi marido y yo hemos resuelto terminar las obras de este gran e 
cío... (Asombro en todos.) ^ 

JoRD.— Milagro, milagro,.. ¡Eh!, que venga el organista... los chiquillos ia 
tonar el himno... Música, cohetes. (Sale disparado por' el fondo.) 

VlCT. — (Aparte a Moneada.) Papá, todo conseguido... (A la Marquesa, en voz i 
Florentina, alegrarse. La finca volverá a ser de usted... 

^'lARQ. — ¡Dios te bendiga! (Le abraza llorando.) 

MoNc. — Eres hombre vencido y domado. Victoria hace de tí lo que quiere. 

Cruz.— Eso no. Mientras más la quiero, más me afirmo en ser lo que soy 
que teniéndome por indomable, me agradan los latigazos de la domadora. N 
puedo vivir sin ella, ni ella sin mí. Que lo diga, que lo confiese. 

VicT.— (Con arranque.) Lo confieso, SÍ. Eres el mal, y si el mal no existiera, 
buenos no sabríamos qué hacer... ni podríamos vivir. 

fiN im LA comedía 




iSU SALUD PEUGRAf 

TERRIBLES MICROBIOS LE AOEGHANi 



No espere Ud. a que las Autoridades le indiquen que el agua está coma mi 

nada, pues hasta entonces habrá bebido alguna cantidad; tenga por 

costumbre filtrar siempre el agua, aunque no venga completamente 

turbia. Para ello nada mejor que el Depurador Higiénico y Rápido 

" A R S O" que equivale a tener un manantial en caso. 

De ventas Fábrica ^<AR80" 

CARDENAL CISNLROS' 28. - MADRID 

BUJÍAS FILTRANTES PARA TODA CLASE DE FILTROS 



amos a los señores Corresponsales, dirijan la correspondencia 
fVdminlstración, Calvo Asensio, 5. Madrid.— üío so aoop#a 
e# pago on seiiosm 

Aleros publicados por_Laj|3,e,a TEATHAL 



M 



¡a 



RATA DE BLANCAS.— Pelipe Trigo. 
A SOBRINA DEL CURA.-C. Arn ches. 
I. místico.— Santiago Rnaiaol. 
OS SEMIÜIOSES.— Pederico Oliver. 
AS CACATÚAS.— Casero y O. Alvarez. 

'.OBO.— Joaquín Dicenta. 
;HAR1T0, LA SAMARITANA.— Torres 
del Álamo v Asenjo. 

SL VERDUGO DE SEVILLA.— 
García Álvarez y Muñoz Seca. 
ODOS SOMOS UNOS.-I. Benaventc. 
L REY GALAOR.— F. Villaespcsa. 
A CASA DE OUIROS.— C. Arniches. 
UCAR XXI. — Muñoz Seca, García «Iva- 
rez y, Pérez Fernández. 
X. RIO DE ORO.— Faso 7 Abatí. 
OBREVIVIRSE.-Joaquín Diccnta. 
LMA DE DIOS.— Arniches y García 
Alvdrez. 

X CARDENAL.— L. Rlva3 y Reparaz 
L POBRE VALBUENA.- Arniches y 
García Alvarez. 

L HOMBRE QUE ASESINÓ.-Traduc- 
ción de Antonio Palomero. 
AS ESTRELLAS.— Carlos Arniches. 
OLOIíKTES.— Carlos Arniches. 
|A SEÍÍORITA DE TREVELEZ.— 
Carlos Arniches. 
ERaFINA la rubiales. -Torres del 

t Álamo y Ascnio. 
BEN-HUMEYA.— Francisco Villaespcsa. 
L SEÑOR FEUDAL.— Joaquín Dicenta. 
_.A ETERNA VÍCTIMA. -Felipe 
Trigo. 

MMy SAMSON.— Traducción de José Ig- 
nacio de Alberti. 

ÓPEZ DE CORIA.— Muftoz Seca y Pé- 
rez Fernández. 

A GIOCOND A.— G. d'Annunzio. Traduc- 
ción do Francisco Villaesr^-ía. 
RIMAVERA EN OTOftO-O. Mar- 
tínez Sierra. 



30 EL CRIMEN DE AYER.-loaquín Dicenta 

31 EL MISTERIO DEL CUARTO AÍWAR:- 

LLO.— Traducción de Gil Parrado. 

32 FRANCFORT.--Vital Aza. 
53 LA REBOTICA. -Vital Aza. 

34 LA FRESCURA DE LAFUENTE.— 
García Álvarez y Muñoz Seca. 

36 PRIM ER OS E — Traducción de José, 
Ignacio de Alberti. 

36 CIENCIAS EXACTAS.— Vital Aza. 

57 Don a Mnr ía de Padilla. ~F. V illacspesa. 

38 RAFFLES.—Tradaoción A. Palomero 

o'l LA PRAVIANA.-Vital Aza. 

40 EL GRAN TACA.,0.--Paso y Abatí. 

41 MIRAN'JOLINA -Cristóbal de Castro. 
4>.-OENXO Y FIGüRA.-Aniichcs, Abafi- 

Paso V García Alvarez. 
45 LA GÉNTUZA.-Carlos Arniches. 

44 LA VIEJECITA.-Migucl Echegaray. 

45 PARADA y FONDA.-Vifal za. 

46 LA ALEGRÍA DE LA iiUERTA.-Paso y 
García «Ivarez. 

47 PE7IT-OAFE.-Trl«itán Bemard. 

48 LOS NOVELEROS. -Edmond Rostn-d 
<,0 ELECTRA.- Benito Pérez Oaldó'.:;. 

50 TlQUiS MiOUIS.-Vital Aza 

51 EL ULTIMO BRAVO.-O. Alrarez y 
MaEoz Seca. 

52 LA MARCHA DE CADIZ.-Qarcfa Alva- 
rez y Lucio. 

63 DOÑA F.^UFECTA.~Benito Pérez 
Oaldós. 

54 LA TIZONA.— Godoy y Alarcón. 

55 MIOUETTE Y SU MAMA. - Robert y 

Caiiivct. 
66 LOS CUATRO ROBINSONES.~Mn- 

ñoz Seca y García Alvarez 
57 LOS GEMELOS. -Tristán Bernara 
68 LA LOCA DE LA CASA.-B. Pérez 

Galdós. 



PAPEL DE LA PAPELERA ESPAÑOLA 



I , 'í n 




Concesionario: LEÓNORNSTEIN -MADRID - Mariana Wneda 



iiDprMita j T«JI«rMide tk NÓTELA flOBVA., >jit<»i« PalMitae, 1.— MadnC 




:ts. 



IIIO VlCf) 



k 




LA NOVELA 
TEATRAL 



GIGANTES Y 
OABEZUDOS 

Zarzuela cn un acto 



Año III 



Madrid 27 de Enero de 1918 



Niím. 



LA NOVEi A TEATRAL o rector dosé de Urq 

COmplcmenlvy de la Novela Coria 

LOS CAUTOS 



POPULARE 
ESPAÍiOLES 

(2.^ EDICIÓN) 



Tu qucré's conn la bcla: 
ya s'apatra, ya s'ensiende; 
ya me quieres, ya me orbías: 
tu queré ni Dios lo entiende. 



¿CÓTTo has tcnfo baló 
pa ecíiaríe otro n'>bio nucbo, 
estando en er mundo yo? 



¿De qué.te sirve que traigas Como los toriyos brahos 

el sombrero a lo gachón tienes, gitana, el arranque; 

y el cuchillo a la cintura sola t'acu. rdas e mf 

si no tienes corazón? cuando me tieíies ^Idn'e. 



Tú no me pegas la casa; 
tu no me das de camé; 
me bienes pidiendo selos; 
¿a fundamento de qué? 

Anda be y dile a tu madre 
que si te quiere bendé, 
en la mano'sfá'er dinero 
y en la puerla'er niercac. 



¿De qué te sirví pcn^r 
yaarvoce^ como un loco 
si yo me mu^ro por í 
y tú te mueres por otro? 

Aqueyft firmesa tanta, 
y aquer ponderar amor, 
y aquer no bibir sin bermc, 
¡:^ué proiiro te s'acabu! 



Tienes una cerlía 
de San Antonio 
y una condicioncita 
como un d¿mjnio. 

¡Sárgame la Crus de Mai 
y er Cristo der Gran Podé! 
¡Tanto como ;i.c querías, 
y ahora no me puedes hé] 

,Erc-s Ana y eres vana; 
eres cardo, eres íazmín; 
eres buena y e es mala; 
eres diablo y serafín. 

Estrella de fuego fuiste 
que en mi corazón entrast 
deidste el fuego prendido 
'• luego te retiraste. 



£■/ oxtnaofainanio éxito con que ha sido acogido oate ñ 
MERO ESPECIAL, pultlicado pon "La Novela Oonta'% n 
ha obligado a hacen una nueva edición, gue hem 



puesto en venta pana satisfacen la insistente doman 
de nuestnos lectones y connesponsales. 



^ iS ^ 




GIGANTES Y CABEZUDOS 

■'.AR/.IIFI.A CÓMICA EN UN ACTO Y TRES CUADROS, líN VFRSO 
DE 

MIGUEL ECHEGARAY 

PERSONAJES 



PILA» 

ANTONI.i 

PEPA 

JUANA 

COMPRADORA 



ELSARGONTO 

TIMOTEO 

PASCUAL 

JESÚS 

EL TÍO ISIDRO 



VICENTE 
MUNICIPAL i." 
ÍDEM 2." 
LOS DE CALATOfMO 



RADORA EL TÍO ISIDRO ''"^ '~^^ CALA I Ul 

Cabezudos, gigantes, coro general y de niños; banda Je 

guitarras y bandurrias, tamboril y gaita. 



ACTO ÚNICO 



CUADRO PRIMERO 

ín del mtrcuuo en Zaragoza. A la izquierda, una cnrnicerín, déla oiiai sólo sg ve la puer- 
i'uestos por todas partes; algunos carritos de mano, donde se venden frutas, etc. En pri- 
r término a la Izquierda, un puesto de verdura > a la dereclia uno de telas. 



ilÉ 



ESCENA PRIMERA 

on!o, Pepa, Juana, Coro- de muferea, de." 
■^ue» "^imoteo. 



MÚSICA ¡ 

i 

ij {Al levantarse el telón aparecen aga-\ 

nadas y pegándose Antonia ij\ 



Juana. Las demás procurar '^coa- 
r arlas.) 

VENn, 

Hay que separarlas. 
Van a hacerse nial. 

OTRAS 

Isidro, tío Isidro, 
venga usted acá. 

(El tío Isidro safe de su carnicería t/ 
separa a las que se pegan.) 



.'SIDRO 

¡Alto! iQué mujíM'Cs! 
Estas son deniüiiius, 

ANT. 

iMe arañó la cara! 

JUANA 

¡Me ha arrancado el ir.oiu;í 

ISIDRO 

(Por qué habéis armado 
€sta trapatiesta? 

JUANA 

El genio de Antonia, 

ANT. 

El carácter de esa. 

JUANA 

Me Isa podido mucho. 

ANT. 

La he dicho que ofre/.ca 

JUANA 

No me da la gana 

ANT. 

¿"lo ve i:sté qué !c:ií:,líu? 

PEPA Y VENO 

¡Calma y no pegarse 
por u.'uis cuader'.íTis' 

ji;.^NA 
Eso no es vender. 

ANT. 

¿Eso qué es? 



tLadrona! ¡L-; -laLü' 

JUANA 

¡Qué me has de matar! 
(Vueloen a agarrarse. Vnduca 
pat arles el tío Isidro.) 

ISIDRO 

¡Antonia, que te estés quieta, 
y tú, Juaiia, vete ya! 
A que llamo al alguacil. 

JI. ANA 

El alguacil no ven:'rá. 
/a sabemos por qué es tan valiente, 
yu sabemos por (¡ué es tan cerril, 
ya cabemos que insulta a la gente 
potQue tiene el marido alguacil. 



,. .: lúi no me miporta ;.. .-. , 

:■ viniese ahora misino (¡uisicia. 

ANT. 

íTío isidro, tío Isidro, 
.nj insulta otra vez! 

VEND. 

¡Fuera! ¡Fuera! 
¡Te digo que fuera! 
(Empujan todas a Juana que 
marcha.) 

ISIDRO 

Pero, por Dios, Antonia. 

nos comproi.'uites. 

Jamás oyes razones 

ni te contienes. 

A las seis ¡¡as venido, 

no son las siete, 

y ya has andado a golpes 

dos o tres veces. 

Pronto a tu puesto 

ponte a veiioer. 

PEPA V VEND. 

Y cállate, si puedes, 
alguna vez. 

(Antonia se sienta en su puesto 
verduras, izquierda, primer I 
mino) 

ANT. 

¡Pimientos y tómateos: 
(■No hay quien los quiera? 

Y rábanos, ¿quién compra? 
■La rabanera! 

PEPA Y VEND. 

Tiene im carácter 
como una fiera; 
pero ella es la alegría 
de la plazuela. 

(, Vuelven todas a sus puestos, t 
en el de telas.) 

UNA 

¡Vaya una merluza ricül 

OTRA 

¡Melucoíones, manzanas: 

UNA 

¡Venga usté, parroquianica' 

OTRA 

¿Dónde están mis parroQuianas 

CO.MP. 

■Qué caro está todo! 
iQué barbaridad! 
Los precios se suben 
cada día más. 



Ya Timoteo 
viene hacia acá. 

(Timoteo vestido de Guardia Muni 
cipal. Entra por la izquierda.) 

TODAS 

A buena hora üega 
hoy la autoridad. 

TiM. 

Soy yo, iTiiicliachas'. 
Venid a mi. 
Algo muy f^rave 
¡voy a decir. 

VEND. 

Mgo muy grave. 
'.Qué pasará? 

Todas se levantan, vienen u la ro- 
I deán.) 

t.:m. 

Biíencio, calma 

r oidüie ya. 

SI Ayuntamiento 

loy está reuiiido. 

•^or el nueyo ürbiL-io 

i'aseha decidido, 
i Mo ha quedadu corto 
;;1 Ayuntamiento, 
;iuea todas aumenta 

m ciento por ciento. 

Vl.ND. 

Jn ciento por ciento. 

Qué barbaridad! | 

TlM. 

^osas, hijas, de la 
¡uperioridad. 

calde, que os tiene un caníruelo 
f nuy justificado, 
►bierno civil, de mañana, 
legódemudado. 
' ^ allí expuso sus dudas 
especio a vosotras; 
mes como él decía, 
il fin, sois mujeres, 
'de Zaragoza. 
^ entonces al pobre Aicald'- 
e dijo el Gobernador: 
"sted cumpla lo acordado, 
' orden respondo yo.* 

Ya lo sabéis, 

vais a pagar. 

VEND. 

¿Pagar nosotras? 
¡Nunca jamás! 



Anda, vé y dile al Alcalde 
que diga al Ciobernador 
que no responda del orden, 
que el orden lo turbo yo. 

Con tanto impuesto 

ahogada estoy. 

Mi sangre quieren, 

yo no la doy. 

TIM. 

Cristo de la Seo, 
Virgen del Pilar, 
haz que se sosieguen 
y no griten más. 
Si en aumento sigue 
esta rebelión, 
de una gran paliza 
no me libro yo. 

VEND. 

Si esos sefiores 

juntos allí, 

coüira nosotras 

votan que sí, 
anda, vé y dile al Alcaldt 
que diga al Gobernador, 
que la plazuela ha votado, 
y que ha votado que no. 



MAULADO 



I TiM. 

jiSefioray, por í3ios, señoras. 
jiMujer, calía! 

ANT. 

i ¡No callamos! 

jTenemos poco dinero. 

F.stán los tiempos muy malos. 

Para pairar es? arbitrio, 

r.vanios a vender los trastos? 

'Al primer municipal 

!que vengo, aunque sea el zángano 

jdc mi mítrido... 

I TIM. 

i ¡Presente! 

i ANT. 

JY traiga un cañón rayado 
¡en pre?e;itando el recibo 
juro que io manteamos. 

j TODAS 

¡¡Sí, sí! 



TIM. 

¡Qué barbaridad! 

TODAS 

Lo hacemos. 

He dicho. 
( Volviendo a su pues! o.) 
¡Y rábanos! 
(Todas ocupan sus asicntüs.) 

PEPA 

¡A real la vara! ¡Surás! 

TI.W. 

No seré yo, por si acaso, 
el que las traiga el papel, 
porque estos son marimachos, 
no mujeres, y mi Antonia, 
ni¡ costilla, tiene un brazo 
que ni el Badila; y si vengo 
con el recibo, no escapo 
de la somanta: marido 
y todo, me alza la mano. 
Pero si el conflicto estalla, 
vamos a ver, ¿yo qué hago? 
Soy municipal: ¡que paguen! 
Gritaré, «¡Que está mandado'^ 
Mas como soy vendedor, 
yo contestaré, «¡No pago!» 
El uniforme me obliga, 
el Municipio es mi amo. 
Mas el corazón, mi Antonia, 
me llama por otro lado. 
¿Soy alguacil? ¿Soy marido? 

¿Pido o niego? ¿Cobro o pago? 

«Conflicto entre dos deberes» 

que dijo un autor dramático. 

Gracias a mi inteligencia, 

mi mujer y yo reinamos 

unidos al carnicero 

en la plaza y el mercado. 

Mi Antonia es la soberana; 

vamos, la czarina; vamos, 

la que pega; yo el ministro 

de la Guerra, y aquel bárbaro 

de carnicero, el de Hacienda; 

porque es él el encargado 

aquí de sacar los hígados. 

Daré una vuelta despacio 

por mi reino. Yo domino 

aquí. Ya impongo un multazo^ 

ya le perdono; concedo 

mi protección, y reparto 

sonrisas: o me incomodo 

y remito un ciudadano 

a la cárcel, según el 

humor con que me levanto. 



Cuando por aquí paseo, 
llevando la espada al lado, 
no envidio a Napoleón, 
con ser él otro tirano; 
porque él no llegó a mandar 
en Zaragoza, y yo mando. 

(Se va paseando por la plaza y i 
por la derecha.) 



ESCENA II 

Pilar, Antonia, el tío Isidro después. Er 
puestos las vendedoras, y en la plaza la 
mación propia del mercado. 



PILAR 

(Sale de la carnice 

ANT. 

¿YaestástúaqiJÍ, 
en vez de estar despachando? 
Si se enfada el tío Isidro... 

PILAR 

No se enfada: es muy buenazo. 
Ya he trabajado bastante. 
Pues ahora a charlar un rato. 

ANT. 

Tendremos tiempo de sobra • 
Estoy mano sobre mano. 
No veo una parroquiana. 
Yo no sé lo que las hago, 
pero me huyen. ¿Hay noticias? 

PILAR 

¡Ninguna! Hace medio afio. 
Como está en operaciones... 

ANT. 

Los correos andan malos. 
¿Pero tú le quieres siempre 
y te quiere siempre el maño? 

PILAR 

Como que somos de Riela. 
¡Juntos nos hemos criado. 
Y yo la querencia a él. 
■Pus él sin hacerme caso. 
¡Y los mozos me decían: 
«Esta chiquilla es de mármol; 
;no quiere a ninguno.» Un día, 
¡verás: Jesús y el murciano 



íncontraron en la piaza 
sbieron, y apostaron 
vantar una piedra 
pesaba más que ui¡ carro. 

hque va el murciano y coge 
¡edra y la pone en alto, 

p Jesús y no puede 
ella. Se me saltaron 

jlágrimas, y le dije; 
ü no tienes fuerza, maño!^> 
I se dolió. Pus un día 

jó que se vino abajo 
casa. Allí un chiquillo 

Juedó medio aplastado. 
ren todos, y no pueden 
irle. Llega el murciano, 
i'puede. Va Jesús, 
vantando un peñasco 
i al chico. Y yo le dije: 
US cómo ahora tienes brazo 
ites !;o?'> Y él me contesta: 
ira! Porque ahora lie tirado 
el cuerpo y con el alma. 

jo. en el alma, ¡canastos!, 
^o muchísima fuerza.» 

p contesté llorando: 
es es verdad, tanta fuerr.a 
es en i.-l ahiia, maño, 
me has arrancao ¡a nn'a 

Ira, ¡pero¿qué?decuujo!.v 

^sí.fué! 

ANT. 

Dios te lo guarde 
Jue tú le quieres tanto. 

PILAR 

rezo a la Pilarica! 
I me lo traerá salvo. 

A\T. 

ja tú que si no vuelve...' 

PILAR 

[verá; me lo ha jurado; 
|)!verá pa Casarse 
Pilar, y yo le aguardo 
^enta años. 

ANr. 

¿Y si al pobre 
) matan da un balazo? 

PILAR 

vendrá. Es aragonés 
ilverá, porque ha dado 
'alabra. 

AN'T. 

{V si le libiaa? 



PILAH 

Pu.-; mira. Si viene manco, 
por el brazo que le falte 
aquí tiene mis dos brazos. 
Si cojo, aquí sus muletas 
y si el pobre desgraciado 
sin vi^ta, aquí el lazarillo, 
e! perro para guiarlo. 
Pus yo soy así: de RicL, 
pus tan buenos como trancos. 

co.w. 
Pronto, despácheme usij. 

"^ ANT. 

Voy. 

CO.HP. 

¡Pronto! 

A.NT. 

Pronto o ue.-iMí 



ESCENA m 



Dichas, el tío Isidro, después el saríjcnto y Ti- 
moteo. 



ISIDRO 

¡Pero Pilar! 

(Saliendo de la carnicertaj 

i PILAR 

'. ¡Tío Isidro! 

I ISIDRO 

¡Yo solo no doy abasiu 
para despachar! ¿Qué haces? 
Siempre le estás escapando 
;a la calle. 

PILAR 

Tío Isidro, 
no se enfade usté. 

ISIDRO 

¡Me enfado 
con razón! 

PILAR 

¡Usté es mi padre! 

ISIDRO 

¿Quién yo? 

PILAR 

Y yo debo adorark 



Me recogió aei arroyo 
una noche hace ya años 

ISIDRO 

Y te sigo recogiendo 
todos ios días. Me canse 

ya. 

PILAR 

Pus no lo vuelvo hacer. 
Ahora vera si despacho 
mejor que usted. ¡El cartero! 

ISIDRO . 

íEsta chiquilla es un diablo! 

(Pilar entra corriendo en la carni- 
cería y detrás el tío Isidro.) 

ANT. 

Pero ofrezca usté. 

COMP. 

¡Ofrecer. 
Eso es caro, caro y malo. 

ANT. 

(Malo! 



I (Toaos se van a s as puestos, la com 

pradora se marcha.) 
¡Allí está, allí! ¡Con un cuerpo 
j (Mirando a la carnicería. 

más chiquito, y con un alma 
más grande!... No la hay más buena, 
¡ni tampoco más simpática. 
¡Dios mío! Que un veterano 
¡de dos o tres mil campañas 
lesté aquí como un cadete 
Ipor esa chiquilicuatra!... 

TIM. 

¡¡Sargento! 

SARG. 

I ¡Don Timoteo! 

I TIM. 

¿Qué hace usted aquí? ¿Mirarlas? 

SARG. 

¿Yo? No por cierto. ¡Dejar 
que me miren! 



I 



TIM. 

j Las encante 

(Antonia y la compradora se aga\^^ uniforme, ¿verdad? 



rran y se pegan.) 

UNAS 

¡Antonia! 

OTRA 

¡Timoteo' 

I'IiPA 

Hoy estás endemoniada 

TIM. 

(Entra corriendo por la derecho.} 
¡Presas! No. ¡Que es mi mujer! 

{Se va al fondo del mercado. El sár? 
gento entra por la izquierda y las 
separa. 

SARG. 

Arto, no pegarse y carina. 

{Acertó ándalas.) 
A su puesto todo el mundo, 
si no me las llevo atadas, 
¡jesús! ¡Qué rivolusión! 
Ha habido que echar en masa 
la guarnición a la calle 
para poder dominarla. 
¿Pero ustedes seis señoras 
ú qué? 

ANT. 

¿Quién, yu? 

SAR^:. 

¡Us.-i ^c cailá! 



SARG. 

El uniforme y la espada. 

TIM. 

Yo en nn' lo he experimentado, 
En poniéndome de gala^ 
iloquitas! 

SARG. 

Vamos a dar 
una vuelta por la plaza 

TIM. 

Robaremos corazones. 

(Se cogen del brazo y pasea 

UNA 

¡Melones y calabazas^ 

SARG. 

¿Será alusión? 

Tl.M. 

¡Qué ha de ser. 
I (Las vendedoras tost 

¡ SAKCÍ. . 

l¡jrsús, y qué constipada? 
¡están todas! 

I TIM. 

Por llamar 

la atención. 

SAKG. 

i ¡Pobres muchachas: 

' (3e iK* n del brazo por la acre in 



ESCENA IV 

Pilar 



MÚSICA ^ 

(Sale coniendo de la cárnica 
una car ta en la mano. .) 

Esta es su carta. 

Es el cartero, 

después del otro, 

lo que más quiero. 

Tardóla carta 

cerca de un año. 

Vive y me quiere 

mi pobre maño. 

¿Qué me dirá? 

Vamos á ver. 

¿Por qué, Dios mío. 

no sé leer? 
Si no doy esta carta a leer, . 
lo que estribe yo voy á ¡¿inorar 
mas no debe ninguno saber 
lo que el »M«e le cuenta á Püar. 

Me leen sus cartas 

nial y de prisa, 

y acaban siempre 

muertas de risa. 

Que esas se rían 

no puede ser. 

¿Por qué. Dios mío, 

no sé leer? 

1^8 cuatro caras 

llenas están. 

Esta es su firma. 

¿Qué me dirá? 
e dirá que me quiere de veras, 

que soy mona y rica. 
e dirá que, al rezar no se olvida 

de la Pilanca. 
e dirá que está hambriento y sediento, 
**y enfermo y cansado, 
que va por ymaém y charcas 

sin pan ni calzacío. 
e dirá que ni dUwr es hermosgx, 

ni «B dulce la caña, 
que piensa en su pobre baturra, 
que llora en España. 

¿Dirá otrascosaf 7 

Bien puede ser. * 

¿Por qué. Dios mío, 

nc .sf» leer? 



Val ve su vuo!^^ 
r.i o anunciará. 
Ta! vez enfermo 
;e encontrará. 
QuMiás á verle 
no vuelva ya. 
Duda cruel 
ya me asaltó, 
y hacer latir 
mi corazón. 
•-:Qué me dirá.- 
Yo no lo sé. 
¿Por qué, Dios mio, 
no sé leer? 



SCENA 
Miar, Pascual 



íIAlil.ADO 



rn.AR 
¡(3tra! No sal^er leer 
y no poder entenderla... 
i:8to parece mentira, 
i Que digan cosas tan buenas 
estos puntos y estos ganchos 
y estas patitas que cuelgan!... 

(Pascual por la derecha.) 

PAS. 

Adiós, Pilar. 

PILAR 

Pascualico. 

PAS, 

¿Estás triste? 

PILAR 

Tengo penas. 

F.AS. 

¿Por aquel? 

PILAR 

Naturalmente. 
¿Por quién quieres tú que sea? 

i PAS. 

Si pudiera ser por mí... 

j PiLAR 

ÍNü üuede ser 



r,\s. 
Pus paciencia. 

PILAR 

¿y\e quieres mucho? 

PAS 

Más que él. 

PILAR 

¿Tú más que éi? No te lo creas 

PAS. 

Pues vamos, tanto. ¿Verdad? 

PILAR 

h\e parece que no llegas. 

PAS. 

Si yo tuviese millones, 
una carretela nueva 
y dos jacas andaluzas, 
todo a tus pies lo pusiera 
para que tú por Torreros 
pasearas como una reina. 
¿Qué dices? 

PILAR 

Que te paseabas 
tú solo en la carretela.. 
Tú sabes leer, Pascual? 

PAS. 

Fui el primero en las Ictr.;;;, 
y de nada me ha servido, 
que me come la pobreza. 
¿Ha venido carta? 

PILAR 

Sí. 

PAS. 

¿Quieres que yo te la lea? 

PÍLAR . 

Quiero y no quiero. Ahí verás. 

Cuando me las leen esas 

se ríen de lo que dice, 

y me da rabia y vergüenza. 

Si tú la lees, tú sufres, 

y no quiero que padezcas, 

y si nadie me la lee 

yo me muero de impaciencia. 

PAS. 

Pues más vale que yo sufra 
que no tú; conque así venga 

P LAR 

Está negra y arrugada, 
ya debe de tener íecha. 

PAS. 

No la Done. 



PILAR 

Vamos, lee. 

PAS. 

Pues dice,.. ¡Que tú le quieras 
y a mí no! 

PILAR 

Vamos, Pascual. 

PAS. 

Pues dice... ¡Que yo te lea 
sus cartas!... 

PILAR 

Tú lo has querido 
No seas pesado, y empieza 

PAS. 

«De un monte a la falda, 
y a orillas de un río, 
te escribo en la espalda 
de un amigo mío. 
Te escribo depriesa, 
que estoy de rodillas, 
y dice la mesa 
que le hago cosquillas. 
íFísto sigue malo, 
¡Pilar de mi vida. 
¡Le pegan un palo 
al que se descuida. 
:De dinero ando 
mal, y de alegría; 
de salud, tirando 
con la que traía. 
No gasto en jarabes, 
voy firme en mis remos. 
En Riela ya sabes 
lo recio que sernos. 
Estoy destrozado, 
parezco un salvaje. 
Toda se ha pasado 
la ropa que traje. 
De toda di fin, 
y voy casi en cuero», 
con un calcetín 
con tres agujeros. 
jesús no te olvida, 
le lleva en su pecho, 
y en él escondida 
la campafia has hecho. 
Tu imagen se halla 
dentro dulce y rica, 
fuera la medalla 
de la Pilanca. 
Ni un tiro siquiera 
dará aquí en el centro. 
La '^''iar "'^ ^""era 



i 



da a la de dentro. 

emo a la muerte, 

ar bien me sabe, 

go muy fuerte 

ue esto se acabo. 

(esús. No sio;o, 

or mí. Posdatas. 

ansa el amiíío 

está en cuatro patas. >• 

10 hay más. Toma tu cariu. 

PILAR 

qué alegría! 

PAS. 

¡Y la besa! 
ftios, que siento un coraje 
}a rabia y una pena! 

PILAR 

jjuio, ¡lloras! ¡Que no llores! 

PAS. 

[b yo esas cosas te lea! 

PILAU 

Jelchite nadie llora. 
e allá te ven reniegan 

PAS. 

Ya sabes que siempre 
:luyo de esta manera 
iblo contigo. El llorón 
llamaban en la escuela, 
pensar que yo te quiero 
e quiero que me quieras 
le quieres a él 
te quiere... se me llenan 
>jos, y suspirando 
líoy muerto de vergüenza. 

(Sale izquierda 



PILAR 

Un favor. 

A.VT. 

Di lo que sea. 

PILAR 

Léeme un poco. 

ANT. 

(Hola, cartlta! 

PILAR 

Carta de mi maiío. 

ANT. 

Venga. 



«Te escribo en la espalda.» 

PILAR 



(Lee,) 



No. 



ESCENA VI 

Pilar y Vendedoras. 



PILAR 

, qué alegría! ¡Está bueno! 
le quiere muy de veras, 
lí lo dice bien claro. 
)nde lo dirá? ¿En qué letras? 
onia. 

ANT. 

¿Qué se te ofrece? 



ANT. 

¿Pus dónde quieres que lea? 

PILAR 

Más abajo, haz el favor. 

ANT. 

«Sólo un calcetín me (jueda, 

PILAR 

Más arriba. 

ANT. 

¿Más arriba? 

PILAR 

¡Vaya, y qué poca paciencia 

ANT. 

V No gasto en jarabes. 
JVoy firme en mis remos. 
Eü Riela, ya sabes 
lo recio que sernos.» 

PILAR 

Sigue, un poco más abajo. 

ANT. 

¡Déjame tii de simplezas 
de novios! 

PILAR 

¡Será animal I 

ANT. 

¡Que me duele la cabeza! 

PILAR 

Dice que nunca me olvida, 
dice que con él me lleva 
en el pecho. Eso está aquí, 



(lee./ 



en esta cara, a la vuelta. 
Pepa... 

PEPA 

¿Qué hay? 

PILAR 

¿Quieres leerme? 

PEPA 

Sí, Püar. 

PILAR 

Pues gracias, Pepa. 

PEPA 



PILAR 

¡fcsta es la última! 



'Lee.) 



«Tu imagen se halla 
dentro dulce y rica; 
fuera, ¡a medalla 
de la Pilarica.» 

(Se acerca una mi\jera Pepa.) 
Toma, voy a despachar. 

PILAR 

¡Jesús! ¡Qué gente! ¡Me quema 
la sangre! 



nSCENA Vil 
Pilar, ei tío Is d o, VenAcdorna. 



ISIDRO 

(Saliendo de lo rr raice ría.) 
¡Pero, mucl'.acha ¡ 
tOtra vez! ¿Quién te sujeta? 

PILAR 

No se enfade usté, tío Isidro. 
Esta es la última, esta, 
porque usté es mi padre, ¡otra! 

ISIDRO 

Otro, mujer. 

PILAR 

Como sea. 

Y también mi madre, ¡otra; 

ISIDRO 

¡Otra madre! Ahora sí pega. 

PILAR 

Me cogió usted del arroyo. 

ISIDRO 

Y sigo. Tienes querencia 

a ¡a c-.'.iC, 



Voy a encerrarme en la tienda, 
y usted va a hacerme un favor, 
¿verdad? 

ISIDRO 

Todo lo que quieras, 

PILAR 

Usted va a leerme esta carta. 

Isidro 
Bueno. 

PILAR 

Pero toda. 

ISIDRO 

Entera. 

PILAR 

Va a leerla dos veces. 

ISIDRO 



il 



Tres. 

Pero después. 

PILAR I 

Cuando pueda. 
Aquí lo dice, tío Isidro. ■^I 

Hay que ponerlo de imprenta. . 
Pilary la Püarica. 
Una dentro y otra fuera. 

(Entran en la camiccr, 



ESCENA VIH 

El Sürncnto, Vendcdom.i 
ANT. 

¡No viene nadie a mi puesto! 
r'Qué habré hecho yo? 

¡Son más perras 

SAR. 

(Por la dereck 
¡Aquí otra vez! Por mirarla 
de lejos! ¡Sime marea! 
¡Esa mujer para mí, 
porque Dios quiere! Por ella 
por ella haré traición a un amigo, 
al que más quise en la tierra; 
mentiré, calumniaré, 
me mataré con cualquiera. 
liaré cua! ¡uier cosa grande, 



laré ctnlqfíior cosa fea 
lar!... ¡Filar!... 
ío Isidro! 

Dr mí... déla usté lironda' 



ESCENA IX 
'El Sari^cnío, Pilar, Vcnf.C-íoraa. 



PILAR 

|le llamas? ¿Tienes noticias? 

SARO. 

r tú? 

PILAR 

Yo estoy muy contenta. 
je ha escrito una carta... y larga. 

SARO. 

I^ué fecha? 

PILAR 

No tiene fecha; 
hace no sé cuántos meses. 

SARQ. 

tes yo las tengo más frescas. 
i sabes que convinimos, 
ra que no se perdieran, 
le en adelante las tuyas 
^ las mandase directas. 

PILAR 

e ha escrito? 

s-i^Ra. 
Sí que me ha escrito. 

PILAR ' 

tenes la cara muy seria. 

SARG. 

ien puédese. 

PILAR 

Las noticias 
3n malas.*¿di? 

SARG. 

No son buenas. 

PILAR 

Está hcridO"' 

SARO. 



■.Muerte 



(Llai:ia!ico.)\ 



pri.AR 



sAPa. 



IPeor 



^0, más le valiera. 



SARO. 

¡Se ha casado! 

PILAR 

.1'.;? ¡Jesiís! Pa el que lo crea. 
S¡ aquí me dice ahora mismo 
( .10 me quiere y que me lleva 
en el pecho. 

SARQ. 

Hace ocho meses, 
ahora no. Saca la cuenta, 
Bn ocho meses, Pilar, 
el mundo da muchas vueltas. 
Aquel so! y aquel calor 
hacen perder la cabeza. 
AHÍ se varía mucho 
con los equinocios. Llegas 
y te pasmas o te chiflas. 

PILAR 

¡Casado! 

SARQ. 

¡Quien lo creyeraj 
¡Pero si aquellas mujeres 
son diablos! Unas mc/renas 
hermosas, con un caer 
de ojos y una manera 
de dejarse caer, que vamos, 
no hay más medio que cogerlas. 

PILAR 

¡Casado! 

SARQ. 

¡Dejar por otra 
a una mujer de tus prendas 
la que vale más en toda 
Ja redondez de la tierra 
terráquea del hemisferio 
terrestre y de sus afueras! 
Va esto remedio no tiene. 
Ahora, Pilar, ¿tti qué piensas 
iiacer? 

PILAR 

¿Qué pienso hacer yo? 

i v':iya una prcíiunta necia! 
iCasarmi con é¡! 

> SARQ. 

I ¿Casarte? 



¡Si se casó por la lí^lesia! 
¡No es posible! 

PILAR 

Pa otra no. 
Lo es para una aragonesa... 
Nadie nos gana a constantes, 
ni a cabezudas, ni a tercas. 
Se caso... ya enviudará. 
Aunque me caiga de vieja 
media hora antes de morirme 
coií'.o yo le pille cerca 
se casa conmigo el maño. 

SARQ. 

(Eso dice, ¡otra le queda! 
He sembrado la semilla, 
ya vendren.os a cogerla.) 
Adiós, Pilar, siento mucho... 

(Sale por la de i cena.) 

I'ILAR 

Gracias, lionibre, y no lo sienta* 



FSCENA X 



ANT. 

¿Qué hago? ¿Le pago o le pego? 

PILAR 

|Tü pegas siempre. ¡Pues pega! ' j 

ANT. - ! 

¡Le mato! 

I (Antonia se agarra al municipal y 

I le pega,) 

MUN. 

I ¡Socorro! ¡A mí! 

I (Acuden otros y la sujetañQ 

ANT. 

¡¡Bribones! 

I PILAB 

I ¡Que se la llevan! 

I (Entre los Municipales se llevan a u 

1 Antonia, que lucha con ellos de» 

j esperadamente. Salen izquierda.^ 



VEND, 



¡Antonia! 



P"ar, Ve 



iiüiicipiiles; después 



PILAU 

¡Casado! ¡Qué rabia tengo! 
¡\':í no soy mujer, soy i'icra! 

ANT. 

¡No vendo nada! ¡Qué rabia 
toii,2;o! iQué suerte más negra 

MUN. 1.*^ 

¡Antonia! 

ANT. 

¿Que traes íúí' 

MUN. L" 

¡Yo! Mira la papeleta. 
La nueva contribución. 

ANT. 

Hombre, en buen momento llegas. 
Chicas, vienen a cobrar 

(Gritando.) 
la contribución. 

TODAS 

(Levantándose.) 

'La nueva! 



(Timoteo entra por la derechal 

TIM. 

¿Qué ha sucedido? 



¡Tu mujer presa! 



PILAR 
TIM. 

¡Ella presa' 

PILAR 

Sí. t 

TIM, 

Mi mujer es sagrada 
e inviolable, que es la rein? | 

del mercado. ¡Ya no soy | 

alguacil, soy una fiera! 
¡La espada que el municipio 
me dio para su defensa, 
yo la rompo y la devuelvo! 

(Se quita la espada y la rompe. 

VEND. 

¡Que vuelven! 

PILAR 

¡Aquí no entran! 
¡A ellos, muchachas, a ellos! 

{Cogen todos los carritos y las te 
bias y las cestas de los puestos ¡ 
las colocan como barricadas e. 
la segunda bocacalle de la den 
cha, disponiéndose a la defensa. 

TIM. 

¡Abajo el Alcalde! 



PILAR 

¡Mu era I 

MÚSICA 



No nos asusta 
nada en la tierra. 
Guerra les gusta, 
pues haya guerra. 
Los hombres todos 
son muy bribones. 
¡Ea! a ponerse 
ios pantalones. 
Dinero quieren; 
pues ni una perra. 
Uuerra les gusta; 
pues guerra. • 

i TODAS 

¡Guerra' 

PILAR 

las mujeres mandaran 

vez de mandar los hombres, 

plan balsas de aceite, 
pueblos y las naciones. 

|) habría nunca, 

erras odiosas, 

e a concluir esas guerras irían 

idres y esposas. 

aun siendo muchos , 

nuy valientes, 
un día acababan con ellos 

n uñas y dientes. 

CORO 

las mujeres mandaran, etc. 

TIM. 

Valiente lío 
si ellas mandaran. 
¡Vaya un congreso 
de diputadas! 

(Por la bocacalle de la izquierda 
aparece un municipal.) 

TIM. 

3 orden deJ señor alcalde... 

TODAS 

uera! ¡Tuno! ¡Vete! ¡Atrás! 
(Lluvia de patatas y pimientos, que 
hacen huir al municipal.) 

TIM. 

H08 mío, qué patatazo 
han dado a la autoridad! 
(Un alguacil salía la barriada ti 
entra.) 



\ ALG. 1." 

¡Ríndanse todas! 

I TODAS 

¡Fuera ese pillo! 

(Al oer que se dirigen furiosas a él, 
edia a correr y se salva por pies.) 

TIM. 

A ese dejadle, 
, que ese es amigo, 
i que es compañero 
I y es un buen chico, 
I y un padre honrado 
I con siete hijos. 

PILAR, TODAS 

( Viniendo al proscenio .) 
¡Con nosotras que débiles somos 
I los hombres no pueden, 
y al mirarnos furiosas se asustan 

y el campo nos ceden. 
Para amar somos dulces y humana 
j con esos bribones, 
¡mas si quieren pisarnos, injustos, 

ya somos leones. 
¡Aunque traiga el alcalde un cafión, 
no nos echa de aquí si hay unión 







ESCENA XI 






Dichos y Antonia. 






HABLADO 






A NT. 


¡Pilar! 




(Desde dentro.; 

PILAR 




;Es Antonia! 






PEPA 






Pasa. 






AN 1 . 


Aquí e 


stoy 


(Izquierda.-) 

TIM. 

íQué ocurre? 


" 




PILAR 



Cuenta. 



ANT. 

Ha dicho el crobernador 



qpe expongamos nuestras 

Que vay : ^ - " 

y nos c : 



(^ 



Se noni 




de nuc-í . , p2. 




laRestit-... 

PILAR 

Y la Antonia, 


(Pilar se n 
ra, »: 
.\delante, 


TLH. 




La Antonn r.o. qf3 le arrea 
al gobenxador... Filar. 


MÚSICA 


TODAS 

¡Sí. Pflar! 

PILAS 


lUAK. TOr:-- 
A decir voy al .' 


iYo? iCoo» quieran. 
iCIñquias! Traidiae d fasín. 


■i — •■ - " 


pa que vava vnestra iefa 


; 5 y marchami 


a Ver '_• /.!xtrnador. 


' .' 



CUADRO SEGUNDO 

Teiáa corto. El ifo Ebro. Al otro lato se t« Zaragoza. }zs torres de la Seo j las ctiEpa: 



Jcsís, Vtcarte y Coro de hombrea fe 
tr^ eragORés y algúB <íts-.nri>x 
sido soit^dos, fine pe«c« ser Id g<. 



:a 
:ar. 



MÚSICA 
JESCS, VIC. COBO 

fPcr la iBqi^ 
Por fin te miro, 
Cbro laraoso, 
hoy es más ancbo 
y es más hermoso. 
¡Cttánta beíkza, . 
cn&ita álegr&u 
cnanto he pessado 
site verla! 
Tras larg^ «senda 
con qné pbcer te miro 
es tnsonDas 
t^ 96I0 yo resfñ'o. 
Estás más Heoo. 



I j .... -. . ..ar. 

f ("56 descubren t: 

JESÚS 

¡Por !a patria te deje, 
-^ ' ay de mí! 

V con ansia allí pensé 
¿n ti. 
3 de alee- 
¿ay, maare mía! 
sie veo aquí. 

TODOS 

Aguas muy amargas son 
las del mar. 

yo he sabido la razón 
1 al marchar. 

' Tantas penas van por ۥ. 

: aae le amargan 



j 



con tanto llorar. 

cor ♦'^^■♦^- ''^rar. 

A} 

Uü :. ..^ .. ..Jad-, 

vuelvo a tu lado 

lleno de íe, 

y ya nunca partiré 

HABLADO 



Síos han vestido de nuevo. 

vic. 
\ mí roe enviaron mi traje 



Míala, nnala, Zar. 

v:c. 
Y el río? ¿Verdad q«e es grande' 

Que - ~ írmndc? S: r.- ^ny otro. 

^orr 

leg.; 

i poceá la puLU en C¿Ji¿. 

vic. 
Míala, la Seo, míala! 

JESÚS 

iT el Pilar allí, mírale. 

j ner visita, 

|ue al auuxhanse. 

!or 
trac 
jae : 
3ci; 

-a h- . ... ._.:n 

>or erarme. 

3e; 

^ilar :dre. 

\ú. 

ler 

im 

lue t 

ts la \.wa n;uj° ¿ukibic 

VIC 

í luego :on Ir-^ guitarras, 
)or las plazas y las calles, 
I dar serenata a Pepa, 

Basilisa y a Canneo; 

AntoriT. a Juana, a la Justa, 
iRit.T. a 'Hs Soledades, 
f a R. S.1 



VIC- 

No habrá una que se me escape. 

JF-S:^ 

'c-mplad la- 
-¡te ad-J'^ 
besoen 
^orazo a i^ 



••. n 



i*edtt.eiMu.- 




Vv.- a p--- - 

lie : .--:.:. r- 


- 


nc :\.-; :<. ■ 




T..t: ;•, -.r*:;-. 




^! n . .' 




c sr.i : ; 




~ ' * ' 




- TC ■;. 




S^r a:- 


;>iacer tas grande! 


a-:;ui C'<-:v-> ■. : 





¿\ qué.-'... lodos a la - 

Tercera barbaridad, 

¿Y qué? Tdr;biér. 

Jos anrigos. Y as 

de uno en otro disparare. 

tma antoridad engorda 






a li^' c\^ I 



restáfaríosB, 

; w. . j puede desahogarse 
y si antes fué toda hie! 
e? ahora hiél y \-inagre. 
Vaya, vaoms a pescar. 

;Dios mío si vo Desía-e 



^snjo. 



Juro ser en adelante 
Guzmán el Bueno. Le pido 
la cuchilla, la más grande, 



a\ carnicero, al tío Isidro, ■ ; 

:y la arrojo, ¡y que la maten! ; / 

i (Sale por la derecha.m 



VÍUTACIÓK 



í^- :ü' 



CUADR O TERCERO 

La Plaza del Pilar. Telón a todo fondo; en el último término la iglesia. Practicables toda» 

las puertas. 



ESCENA PRIMERA 

El Sargento. 



Hoy, la fiesta del Pilar, 

aquí vendrá la muchacha, 

como todo Zaragoza. 

Aquí podremos hablarla 

y darla unos capotazos, 

que la indina no se hablanda, 

y aiín habla de su Jesús, 

y aiín llora... ¡Tengo una escama! 

Ya debe estar al caer 

su licencia, y si le largan 

para acá, y el mejor día 

en Zaragoza se planta... 



ESCENA II 

El Sargento, Jesús, Vicente, izquierda, 



JESÚS 

í Sargento! 

SARG. 

(¡Jesús! ¡Pues 
ya se ha plantado!) 

JESÚS 

¿No me abrazasi^ 

SARG. 

¡Jesús! 

JESÚS 

¡Mi mejor amigo! 

SARG. 

Y dilo, que no te engañas. 
fíHas venido...? 



con Pilar. 



JESÚS 

Sí^ a casarme 



Vaya! 



SARG. 

¿Con Pilar? 

JESÚS 
VIC. 



Llegamos para las fiestas- 

JESÚS 

Pues yo no pienso ver nada, 

voy a estar aquí media hora. 

Ver la Virgen y rezarla, 

y luego ver a Pilar, 

y al tren, y al pueblo mañana 

con madre: no dir allí 

:1o primero, es una infamia. 

SARG. 

¿Conque media hora? 

JESÚS 

Y coríica 

SARG. 

(Pues vamos a aprovecharla.) 

JESÚS 

¿Y Pilar? 

SARG. 

Pilar... 

JESÚS 

Pues claro. 
¿Qué ha pasado? ¿Por qué callas? 
Hace ya cerca de un año 
que no he recibido carta. 
Tú quedaste en escribírselas 
y prometiste mandármelas. 
¿Cómo es que no las recibo? 

SARG. 

Hombre, habrá habido su causa. 



íE 



jrsus 

Ha me lo va a decir 
"lora ruismo. 

SARQ. 

Espera, a,^!iarda, 
Jónde vas? Ya no ei^[ú. aquí. 

JESÚS 

se ha marchado? 

. VÍC. 

¿Dónde anda? 

SARQ. 

p ha casado. 

JF.SÚS 

¿Mi Pilar? 

I VIC. 

btá casada? 

SARQ. 

¡Casada! 
en. Te contaré despacio 

JESÚS 

Uiora! ¡Aquí mismo! 

SARQ. 

(No haíía 

demonio que aquí venga!) 
crús: No es la historia l;n;_;:i, 
;cs liego aquí un mejicauu, 
1 ricacho de las Pampas. 
i hombre^fiabía oído iiab'ar, 
'.e hasta allí ücga la fama 
íl metocotón. ¿Qué hace 
I cuanto ¡le.o-a? A la plaza 
ira verlos, y el maldito 
queló allí a la muchacha. -^ 

'ia ve y se encalabrina, 
íomo iba lleno de alhajas 
los dedos con sortijas 

riibises y esmeraldas, 
por cadena una soga 
un brillante que brillaba 
)mo el sol en la camisa, 
comenzó a camelarla, 
vaya un collar de perlas, 
luego unas arracadas 

brillantes... la chiquilla 
: vuelve loca, se casa 
se marcha, y allí está . 

un sitio que le llaman 
atilipunam, cabeza 
1 valle de Tamagualpa, ^. 
)nde corre el Amazonas. 

río con mucha agua, 

Ebro. 



\'ÍC. 

i Ya será menos 

I SARQ. 

I Algo menos, unas miaja;. 

! JKSÚS 

¡Me ha olvidado! 

I sa:;q. 

I Vive hecha 

¡una reina mejicana 
allí, con trescientos negros 
de a caballo que la guardan 
y otros trescientos de a pie, 
ly otros trescientos en lanchas 
jpa pasearla, sin duda 
por el Rhin o por el Niágara. 
j vic. 

Olvídala, no estés triste. 
Agarremos las guitarras 
ly n cantar toda ¡a noche. 
No te vas hasta mañana. 

I SARQ. 

¡Son las cosas de la vida! 
;cQué dices? ¿Por que no hablas? 

JESÚS 

j¿Qué digo? Que yo me caso 
jCon la Pilar. 

I SARG. 

(¡La cantata 
de la otra!) 

^ESÚS 

Lo ha prometido, 
pucb a cumplir su palabra. 

SARQ. 

■ ¡Si ya está casada, hombre! 

i JESÚS 

¡Y a mí qué, si está casada! 
Hoy, lunes, en Zaragoza; 
mañana, martes, en casa; 
miércoles, me embarco en Cádiz, 
el jueves, cruzo la charca; 
el viernes, llego y le mato: 
a otro, sábado, se casa 
con Jesús ia Pilanca, 
y el domingo se descansa. 

vic. 
¡Chiquio, no te desesperes! 

JP,SÚS 

Por too lo que has hecho, gracias. 

SARG. 

Yo te acompaño a la iglesia 
y a! tren. 




JESÚS 

Pues andando, ' 

SARÜ. I 

¡Ar::a; _ 
(Salen por la segunda '.¡-or/'V-aa ) 



ESCENA III 

Pilar, Antonia, coro de, scíioras. batiirrca, chi- 
cos, gigantes, cabezudos y pueblo. 



MÚSICA 
SEN. Y MUJ. DEL PUEBLO 

Zaragoza de gala 
vestida está, 
y devota y creyente 

viene al Pilar. 
Vainos ya, que la Virgen 

espera allí, 
hecho un ascua de oro 

su camarín. 
(Siete baturros cogidos de ía mano.\ 
El primero es un anciano muy ai\ 
ío, el último un niño muy chiquito, i 
todos colocados por estünira,\ 
formando como una escalera .) i 

BATURROS 

Por ver a la Pilarica 

(PorderccJia.) 
vengo de Calatorao. 
Vinimos en la perrera, 
¡Jesús, lo que hemos gastao! 
Por ver a la Pilarica 
está muy bien empleao. 

VIEJO 

Chiquio, no te pierdas. 
¿Vas bien agarrao? 

NIÑO 

Voy agarradico. 
No tengas cuidiao. 

TODOS 

Por ver a la Pilarica, 
¡Jesús lo que hemos gastao! 
Por ver a la Pilarica 
está muy bien empleao. 

(Antonia y Pilar parla derecha.) 

PILAR 

Aunque oigo que en la iglesia 
tocanaf^'oria. 



estoy triste, muy triste 
yo, seña Antonia. 

ANT. 

Zcha ya los pesares 

del corazón. 
Por lo seria, me palees 

un gigantón. 
(Entran los cabezudos persigiá 
do a los chicos por la derecha-\ 

CHICOS 

Aquí, aquí, morico el Pilar 
Se come las sopas 
y se echa a bailar. 

Al berrugón 
le picaban los mosquitos 

y se compró 
un sombrero de tres picos. 
Garras de alambre, 
vas muerto de hambre. 
El Chino por melón, 
se llevó un tolozón. 
(Entran los gigantones con el te 
boril y la gaita por la derecha., 

PILAR 

Cuando era niña y jugaba, 
al verlos venir, corría; 
y ya moza, los buscaba, 
y mujer ya, los seguía. 
Hoy, aunque triste, al mirarlos 
se me alegra él corazón, 
porque ellos me representan 
a los hijos de Aragón. 
(Preludio de la jota; durante el b> 

la una pareja, que debe hac^, 

primorosamente:) 
Grandes páralos reveses, 
luchando tercos y rudos, 
somos los aragoneses 
gigantes y cabezudos. 
Ante la alegría 
que tiene la jota, 
el alma aquí dentro 
se nos alborota. 
Si el preludio suena 
del canto famoso, 
caras muy bonitas 
se asoman al Coso. 
Corren los chiquillos, 
cantan las mozuelas, 
ríen los ancianos, 
lloran las abuelas. 
(Al llegar aquí empiezan a b 

ocho parejas.) 
Saltan los gigantes 
y los cabezudos. 



y ya, vuelto loco, 
baila todo el mundo. 

CORO 

Saltan los ^ig^antes 

y los cabezudos, 

y ya medio loco, 

baila todo el mundo. 

(Cantan, bailón y saltan hombres. 
mujeres y niños, gigantones i/ ca- 
bezudos. Concluida la pieza mu- 
sical salen todos en distintas di- 
recciones. Se quedan en la plaza 
los dos gigantones, que deben ser 
el Duque y la Reina mora .) 



HABLADO 

ANT. 

f, cantar y bailar. 

► te pongas triste, chica. 

PILAR 

mos a la Pilarica. 
ia me va a consolar. 



|S!2^ueme.:> Tire la cana, 
¡le seguí, co;,'í este trasto, 
ly aquí voy baila que baila 

I PAS. 

¡Qué cosas hacemos por 
los vilfc!s garbanzos! 

TiM. 

¡Callal 
No se sabe dónde llega 
un cesante cuando rabia 
de hambre. 

PAS. 

x« x.j '^^^^- ^^ '^"V sudando. 
Metido entre las enaguas 
de esta señora, me asfixio. 
y me están dando unas bascas... 

TIM. 

Yo voy, que no puedo más, 
.porque ej^te tío me ^plasta. 

PAS. 

Encerrado en esta cárcel, 
con esta triste ventana. 



) 



(Salen por ía segunda izquierda )í^'^"*o «na pena que, vamos, 
V '""•^'•me acometen unas ganas 



!de llorar.. 



ESCENA IV 



dos (?i^anfones. Se quedan inmóviles en el 
proscenio. 



PAS. 

(Asomando la cabeza por entre las 
ropas del gigantón.) 
liquio, ¿sabes tú que pesa''' 

TIM. 

(Asomando la cabeza.) 
z no puedo con la carga. 

PAS. 

imoteo! ítres tú? 

TIM. I 

. Yo. 

PAS. 

ómo estás ahí? 

TIM. 

Pues yo estaba 
scando. Llegó un amigo 
tie dijo: «Ahí no haces nada 
weres ganarte unos realc á? 



TIM. 



Y a mí también. 
.\o lloro porque fui guardia 
Si el gobernador me viera 
con este tío a la espalda, 
como he sido de la clase 
líí haría muy poca gracia. 



ESCENA V 

Dichos, el Sargento, Jemís y Vicente. Salen ' 
gundo termino izquierda. 



SAKfi. 

jAi tren. /\ no perder tiempo, 
¡que ya es tarde. 

! vic. 

No te vayas. 
Con las guitarras rondemos. 

JESÚS 

Déjame ya de guitarras, 
que estoy mal templno. 

S.MíQ, 

Ven. 






jESúa 
J\o dar ni una sirinata. 

(Se van por la izquierda, primer tér- 
mino.) 

TIM. 

Yo tiro este mamotreto. 

PAH. 

Yo me escapo de esta jaula 
y me voy de Zaragoza, 
porque aquí el liambre me mata 

TI.M. 

Pues ecl'.a el úiíiino baile 
i)ara quedar bien, y a casa. 

PAS, 

Saltan los gigantes 
■ y loo cabezudos. 

TIM. 

V va, vuelto loco, 
b;;i;a ítjdo el mundo, 

(Se van builando y cantando por la 
dereclia.) 



Pues latos oe hace tres afios 
en el Pilar resonaba. 



¡Qué catarro! 



De paso. 



ANT. 
PILAR 

¡Está! ¡Ha venido! 

ANT. 



PILAR 

¿De paso? 

ANT. 

Vaya. 
Camino de Panticosa 

PILAR 

Ese sargento me engaña. 

ANT 

¿Te lo han dicho? 

PILAR ■ 

En el Pilar 
también. 

' ANT. 

No llegó a mí nad:;. 
¡Qué oído más fino has cciiaUo' 

j I'JLAK 

!í.-;'r::a, De.opuás oi Snrge«fo. Süíen se- ¡La Virgen! No cüu paiabraG, 

¡con los o¡os. La rece 
ly nic ha dado una espera;. .::. 

SA'?0. 

¡Yíí !e tengo encarrilado! 

(Pür!r^i^::: 
Va a la estación. Va se ¡ürga- 

ANT. 

Ahí está. 

PILAR 

Ese hombre miente. 



ESCENA VI 



,\M. 

-.Dóivde vasr 

PILAR 

Pues a buscarle. 

ANT. 

í'cro, ¿a quién? 

FILAR 

No está en la plaza. 

ANT. 

ii\ quien.'' 

PILAR 

Pues, otra, a "Jesús; 
Le :¡e oído toser. 

ANT. 

¡Muchacha' 
¿Le has oído por el cable? 

PILAR 

VM Ricla, cuando pasaba, 
tosía. ¡Ejem! La señal. 
Yo corría a ¡a ventana. 



(úü;o 



ANT. 

Hay que saberlo. Tú trama 
alguna; piensa: malicia 
en Aragón no nos falta. 

PILAR 

Ya tengo una idea aquí. 



SARQ. 



¡Püarica! 



ANT. 



¡Viene! 



(Ideii 



(Idernt 



PILAR 

¡Calla! 



aAKG. 



(ídem.) 



SARG. 

Dh! Tanto bueno. 

PILAR 

A buscarte 
e venido. 

SARG. 

¿Me buscabas? _ 
'ues di en qué puedo servirte, 

PILAR 

te recibido una carta 
hora mismo de Jesús. 

SARQ. 

!Sí? Será muy atrasada. 

PILAR 

Jabes que no sé leer, 
Antonia en imprenta, y gracias; 
i tú me haces el favor... 

SARG. 

/enga. Está muy arrugada. 

(Coge la carta.) 



¡Dios mío de mi alma! 

A NT. 

¿Qué pasa? 

SARG. 

iVálfiame Dios! 
¡Pobre amigo mío! 

PILAR 

¡Habla! 

8ARQ. 

No puedo. 

ANT. 

¿Se ha muerto? 

SARG. 



(Lee para sf ) 



)el bolsillo. 



misma. 



PILAR 
ANT. 

¿Esta es aquella? 

PILAR 



% 



(Bajo.) 
(ídem.) 



SARQ. 

¡Tinta más clara! 
No rae ha servido casarle. 
2sta chica no se ablanda. 
Voy a tener que matarlo.) 

PILAR 

iQué haces? Lee. 

SARQ. 

Me da muy mala 
espina esta carta. 

ANT. 

¿Sí? 

SARQ. 

No es su letra. Está firmada 
por otro. 

PILAR 

¿Qué será ello? 
Lee. 



Sí, 

PILAR 

¿Muerto? 

SARQ. 

¡.Maldita campaña! 

ANT. 

¡Pero que pillo, Dios mío! 

SARQ. 

Señora... ¡A un hombre que acaba 

de morir, llamarle pillo! 

Sea usté un poco más cristiana. 

PILAR 

¿Y dónde lo dice y cómo? 

SARQ. 

Pues en estas cuatro páginas. 

PILAR 

Lee. 

SARG. 

¡Ejem! ¡Ejem! 

ANT. 



éste tose. 



También 

PILAR 

Así se ahogara. 



SARQ. 

«De un monte a 1;í falda 

y a orillas de un río, 
iba en su caballo, 
¡pobre amigo mío! 
Cruzó por un vado 



(Bajo.) 

(ídem.) 
(Lee.) 




con mucha fatiga. 

Le hizo una descarcia 

la gente enemiga. 

Cayó del cabalio, 

sufrió en el encuentro 

una herida fuera 

y otra herida dentro. 

Huyeron contentos, 

que era gente ruin. 

Sólo ie dejaron 

con un calcetín. 

Y aunque en Riela sa^cs 

lo recio que semos, 

no sirvieron di-ogas 

y estiró los remos.» 

Válgame Dios, y qué sino, 

¡Jesús! ¡Qué muerte tan trágica! 

ANT. 

(¡Válgame Dios! ¡Qué embusíerüi) 

Pll.AR 

(¡Válgame Dios! ¡Qué canalla!) 



¡Muerto! 
Pilarr 



¿Qué dices aliora. 



PILAR 

; casa 



Que IMiar s 
con el n¡afio. 

SARQ. 

¿Con el muerto?.. 
í A ésta va a ver que encerrarla.) 
¡l'iiur! ¡No íe acerques tanto! 

(Pilarse acerca mucho al Sargento, 
y mientras éste lee entusiasmado, 
ella oa sacando con mucho tiento 
el sable.) 

PILAR 

Dispensa. El deseo, el ansia 
de saber. Sigue leyendo. 

SARQ. 

¡Quá desgracia! 

ANT. 

Vamos, anda. 

SARQ. 

(¡Que cerca está! ¡Qué calor! 
¡Echa por los ojos llamas! 
Ahora lo entierro con mucha 
tierra na que no se salga.) 

«Uon algunas ramas 
y flores y hojuelas, 
le hicimos ai pobre 
unas parihuelas. 
Entre cuatro amigos 



fué en hombros llevada. 

Le depositamos 

en tierra sagrada, 

y duerme por siempre 

el amigo mío 

de un monte a la falda 

y a orillas de un río.>\ 

«Posdata. No es cierto 

que se haya casado, 

en su Pilarica 

él siempre ha pensado. 

Y al morir nos dijo 

con voz lastimera: 

escuchad mi triste 

voluntad postrera. 

Que Pilar se case, 

yaque no conmigo, 

con el buen sargento, 

mi mejor amigo.» 

¡Pobrecito! Hay que ctuíiplir 

su voluntad. El lo manda. 

En un momento, Dios mío, 

qué cosas, qué cosas pasan! 

(Enciende un fósforo, y como IIcvl., 
en la mano izquierda el cigarro tí 
la carta, al encender el /jitillÍ!^ 
pega fuego a la carta de propó 
sito.) 

¡Ay, se me quemó el papel! 

PILAR 

¡No importa! ¡Bribón, canalla, 
traidor, mal amigo, falso, 
mal hombre! 

SARG. 

¡Qué rociada! 

ANT. 

Ya la habíamos leído. 

SARQ. 

(Pues me han cogido.) 

ANT. 

¿Qué aguardas? 
¡Carnicera, corta! 

(Pilar levanta el sable y se oa al 
Sargento. Este presenta el pe-^ 
cho.J 

SARG. 

Corta, 

carnicera, hiere, raja 
y pincha. No me defiendo. 
Si es que quieres matar, mata. 
No fui bueno? Mas... ¿por quién? 
Por Pilar. Tú eres gitana, 
no aragonesa. Por celos 
y por amor y por rabia. 



:x', SI yo no quiero 
J ir. ¡La vida no es nada 

ia Pilar! ¡Ni alegrías, 
if laceres, ni esperanzas, 

lacices en las flores, 
njiurmullos e¡i el agua, 

ielc en mi Andalucía, 

iz dentro de ini alma! 

PILAR ♦ 

na . 

(Le deoueloe el sable.), 

A.''!T. 

¿Le perdonas? 

I'ILAR 

Sí. 

ANT. 

lé alma tan grande, de santa! 

SAKG. 

perdona. Me ha humillado, 
) sé qué siento: unas ansias 
nos corajes, y una 
elución desatada 
too el interior! ¡Me ahogo!) 
;s tiemblen si se dispara 
mdaluz, ¿Me disparo? 
im, pasol ¡Aíiá va una bala 
cañón. 

(Sahi¿qui^iúa.) 

ANT. 

Se va cí.irriendo, 
un arañazo. j.Av'üarda! 

(Sale corrí ja (lo detrás.. 

PILAR 

marchó, no volverá. 
/, mafíico de mi alma! 



ESCENA VII 

ir. Coro. IJespué» lesi5s, Vicente y Sargento. 
LuctíO Timoteo. 



<Si'-^/ 



y\ 



MÚSICA 



PILAR 



^s^vO 



Se marchó, de seguro^ 

desesperado. 
Como a mí le habrá dicho 

aue le he olvidado. 



Quizás no vuelva. 
¿Dónde estará? 



(Anochece.) 



¡Qué triste llega 

la noche ya! 

Todo lo veo negro 

sin mi jesás. 

Pero allí brota un rayo . 

de hermosa luz. 

(El templo del Pilar se ilurr:na, 
úbrctise las puertas ij cmpL'za a 
cruzan la plaza la procesión del 
Rosario.) 

AtUJEKLS 

Dios te salve, María, etc. 

(Rezando.) 

H0MI?r<(:S 

Tu voz es el arrullo 

(Entonando un himno a la Virgen. j 

de pájaros cantores. 

El iris y las ílores 

te prestan su arrebol. 

Tu manto azul y plata, 

ei cielo transparente, 

diadema d- tu frente 

la hermosa luz del sol. 

PlLAk 

Dios te salve, madre; 
Dios te salve, reina. 
Tú, vida y dulzura 
y esperanza nuestra 
Maure de los amores, 
yo en tí creí- 

Y hoy vengo en mis dolores 
lloraado a tí. 

A tí todo se alcanza, 
ven y óyeme. 

Si tú eres'la esperanza, 
yo soy la fe. 

Oye a quien te suplica 
desde el F'ilar. 

Tráemele, Pilarica 
tráemeleya. 

(A lo lejos se oye el canto de los li- 
cenciados.) 

Lie. 

Por la patria te dejé, 

¡ay de mí! 
y con ansia allí pensé 

siempre en tf . 

Y hoy ya loco de aliaría, 
¡ay, madre mía! 

me veo aquí. 

PUJÜt 

Ese canto 



m 



1 



ae aiegria 
del que vuelve 
yes feliz, 
¿por qué suena 
«•anadentro, 
si tan lejos 
se oye ahí? 
Lie. 

(Las voces mucho mas cerca.) 

Por la patria te dejé, etc. 

(Entran en la plaza cantando, con 
gran brío. Al ver la procesión 
suspenden el canto. Al mismo 
Hempo aparecen los grandes fa- 
roles de la procesión.) 

MUJERES, NIÑOS V HOMBRES 

Dios te salve, María, etc. 



HABLADO 

•'Pvr t'i izquierda Jesús, el Sargento] 

■/ Víccuic.) 



SARG. 

Yo le traje. 
Corrí por él. Se marchaba. 
Le detuve y aquí está. 
¡Ganarle a grandeza de alma 
tú ni nadie a un andaluz!... 
Si lo más grande de España 
está en Sevilla, en mi tierra. 
Las mentiras, la Giralda, 
la hermosura de las hembras, 
¡hasta el sol tiene tres varas 
más que éste! ¡Ganarme a mí! 
¡Nequáquam y renequaquam! 



¡Repuesto! ¡Por fin repuesto! 
(Entrando de uniforme por 
recha.) 
Corro a decir a la plaza: 
¡Si hay motín, no te subleves, 
más pega si tienes gana!» 

JESÚS 

Me empeñé que pa mí fueses. 
Sernos tercos, semos rudos, 



^ 



la m 






¡Maño' 



pila: 



ITodos los aragoneses 
Gigantes u cabezudos 



)5 



fi.\ !)E LA ZARZUEL 



t 




iSU SALUD PEUGRAi 

TERRIBLES MICROBIOS LE AOEOHANI 



No espere Ud. a que las Autoridades le indiquen que el agua está contaml 

nada, pues hasta entonces habrá bebido alguna cantidad; tenga por 

costumbre filtrar siempre el agua, aunque no venga completamente 

*nrbia. Para ello nada mejor que el Depurador Higiénico v Rápido 

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ñeros publicados por La Novela TEATRAL 



n 



IrRATA DE BLANCAS.— Felipe Trigo. 
f^A SOBRINA DEL CURA.— C. Arniciies. 
Msi. MtSTICO.— Santiago Kasiñol. 
mOS ÍS!ÍMID!USE6. — Hedei-Icu Oliver. 
-AS CACATÚAS.— Casero y ü. Alvdrez. 
i\ LOBO.— Joaquín Dicenta. 
HARlTO, La SAMARl IANA.- lOrix!- 
del Álamo v A sen jo. 
EL VEKDUOO BE SEVILLA.— 

» García Álvarez y aiaaoz Seca. 
O1.-OS SOMO^ UN05.— 1. l^ciiavenie 
;L rey GALAOií.— f". Villaespesd. 
A CASA Dr, ( )UlR05.— C. Arn.oes. 
ÚCAR X.X!.— Mimo/ Seca, Oarcia «iva- 
re z y Pérez, her ■á.itítz. 

K.ÍC DE ORO.— Paso y Abatí. 
OBREVIV1R6E.— loaqum Dicenla. 
LMA DE DIOS.— Arniclies V Oarcffl 
Álvarcz. 

EL C ABBEN AL.— L. Rl vas y H eparaz 

2L POBRE VaLBUENA. — Arniches y 
García Álvarez. 

: - HOMBRE OUE ASESINÓ.— Traduc- 
ción de AnfouiO Palomero. 
AS ESTRELLAS.— V, arlos Arnichcs. 

30L0I?HTI-:S.— Carlos Arnicnc-. 

SEfíORITA DE TREVELEZ.— 
Garlos Arniches. 

SERAFINA L-A RUBIALES. —Torres del 
Álamo V Ásenlo. 

BEN-HUMEYA.- Francisco V¡lla'\sncsi. 
L SEÑOR FEUDAL.-loaquín Dienta. 

LA .LITERNA V t CTIM A .— PeUpe 
Trigo. 

IM.MY SAMSON.— Traducción de José Ig- 
nacio d^ Alberti. 

.ÓPEZ DE CORIA.-Muñoz Seca y Pé- 
re' Fernández. 

.A GIOCONDA.— O. d'Annunzio. Traduc- 
ción de Francisco Villae-' a. 

PBXIYIAVE^A ESI OTtJWÍ-Q. Mar 
tiae.. Sierra. 



32 



34 



'8 



¿O EL CRIMEN DE AYER.-joaquIn Dlcenth 
51 EL MISTERIO .>EL CUARTO AMARI- 
LLO.— Trad.icción de G I Parrado. 
PRANCFORr.-Vital Aza. 
LA REBOTICA.-Vital Aza. 
LA FRESCURA DE LAFTJElffTE.- 

Garcia Álvarez y OXaCioz Seca. 
PRLW ERÓSE. - TraducLÍuii de José, 

Ignacio de Albcti. 
CIENCIAS EXACTAS.— Vitr-I Aza. 
Doñ a M -r ía de Padilla. — F. V illacsnesa. 
RAFPL3:S.~Tradaoolón A. Palomero 
c I LA ¡'lOAVlANA.— Vital Azd. 
4(1 EL ORAN TACA.,0.-P.KS0 v Abatí. 
Al MIRAN 'OLINA -Cristóbal de Cnstro. 
42.~GESriO Y FIQUBA.-Arniches, Abatl- 

Paso V García Álvarez. 
45 LA GriN TUZA.-Carlos ^rníches. 

44 LA VlEiECITA.-Miguel Echcfraray. 

45 PARADA y FONDA.-Vitni za. 

16 LA ALEGRÍA DE LA HUER TA.-Paso y 
García l\a-e;. 

47 PETIT-CAFE.— Trlstán Bernard. 

48 LOS NOVELE 'OS.— Ldmo-d i.'os'and 

49 ELECTBA. - Benito Pérez Galdós. 
m TIQUIS MIQUIS. -Vital A/a 

61 EL ULTIMO BRAVO. -G. Álvarez y 
Muñoz Seca. 

52 LA MARCHA DE CADIZ.-Gartía Álva- 
rez y Lucio. 

63 DOÑA PERFECTA.—Benito Pérez 
Galdós. 



54 



57 
68 



LA TIZf>NA.— Godoy y Alarcón 
MIOU:iTTE Y SU MAMA. - Roberf y 

C~allivet. 
LOS CUATRO BOBI7SONES.— Mn- 

5oz Seca y García Álvarez. 
LOS GEMELOS -Tri<ítén Bernard, 
LA LOCA Di: LA. CASA.-B. Pérox 

(^. a'.dos. 



PAPEL DE ua PAPELER» 6SP4«0I' 




Impreotft y TaJlere* (le LA ÍJOVBLA !X)RTA, Antonio Palomino, 1.— Madrid 






L 



Mik^^ 



\i> 






DANIEL 

Drama en cuatro actos 

Joaquín Dlcenta 



y^yjf. 



Afío III 



Madrid 5 de Febrero de 1918 



m 



l/l/W 



Ul NOVELA TEATRAL 

Complemento de la Novela Corta 



Director: José 





LARES 
ESPAÍlOLES 

(2.° EDICIÓN) 



Tu queré':» como la bela: 
ya a'opaga, ya a'ensiende; 
ya me quieres, ya me orbfas; 
tu queré ni Dios lo entiende. 

¿De qué te sirve que traigas 
el sombrero a logachión 
y el cuchillo a la cintura 
si no tienes corazón? 

Tú no me pagas la casa; 
hi no me das de come; 
me bienes pidiendo selos; 
¿a fundamento de qué? 

Anda be y dile a tu madre 
que si te quiere bendé, 
en la mano'stá'er dinero 
y en la puería'er mcrcaé. 



¿Cómo has tenfo baló 
pa echarte otro nobio nuebo, 
estando en er mundo yo? 



Como los toriyos brabos 
tienes, gitana, el arranque; 
solo t'acuerdas e mf 
cuando me tienes elante. 

¿De qué te sirve penar 
y dar voces como un loco 
si yo me muero por tí 
y tú te mueres por otro? 

Aqueya flrmesa tanta, 
y aquer ponderar amor, 
V aquer no bibir sin berme. 
ique pronto te s'acabói 



Tienes una carita 
de San Antonio 
y una condicionclta 
como un demonio. 

¡Bárgame la Crus de Marti 
y er Cristo der Gran Podé! 
(Tanto como me querías, 
y ahora no me puedes bel 

•Eres Ana y eres vana; 
eres cardo, eres jazmín; 
eres buena y eres mala; 
eres diablo y serafln. 

Estrella de fuego fuiste 
que en mi corazón entraste; 
dejaste el fuego prendido 
y luego te retiraste. 



|1 



£i extfmondlnanlo éxito con que ha sido acogido mata K^ 
MERO ESPECIAL, publicado pof "La Novóla Gofta", n9 
ha obligado a hacet» una nueifa edición, que honHk 
puesto en venta pana satisfacéis la Insistente dentané 
de nuestnos lectores y connesaonsales. 



X> .í3l rj I E3 Ij 

DRAMA EN CUATRO ACTOS Y EN PROSA 

Joaquín Dicenta 

PERSONAJES 

^ÁRRA. - IRENR. - aVNITA. - [OSFÍFINA. - LA GREÑUDA.-BA3TIANA. - DOÑA CONCHA.- 
<5A soledad, -luisa. -LSABLL - AGIISTINA.-CLARITA. - DANIEL. -PABLO. - PA- 
R^O. -PED^O.-LLILS.-FFIÍNANDO.-DOM EDUAí,'DO. - DON LUCAS. - NEMESIO.-EL 
JIENTE FERNANDEZ. - ROOUH. - ENPIOUE. - ANTONIO. - CARLOS. - SOLDADO 1.» - 
ídem 2.0-UN C:ExTINELA.~- Obrems, obreras y soldados. 
La escena en los fnlleres y dependencias de una mina.— Época actual. 

ACTO PRIMERO 

jsatro representa una habitación en una cusa de obreros. El c!c»corad<? será modestísimo, de pa- 
Cotillcí, según costumbre en las viviendas gue las Compañfas mineras coastrcyen para sua 
írabaiadores. En el centro da la habitación una mesa cuadrada de pino. En la pared del fondo, 
ja la dereciifi, mi reloj de pesas; a la izquierda una alacena, y entre la alacena y el reloj una 
ventai a con vidrieras entrecruzadas. A la derecha dos puerins: la del primer termino, supone 
comunicar con la de la calle; 'a del segundo tiírmlno con una alcoba. A la Izquierda otras doa 
¡puertas: la del primer término comunica con una alcoba; la de! segundo con las habitaciones 
{que estarán blanqueadas, sin adornos. En éstas sólo habrá algunas escarpias, de las cuate* 
penderán chaquetones y útiles de minero. Cinco o seis sillas de las llamadas de V'tr ria. Al le- 
vantarse el telón «-íparece en escen Añila, encendiendo un candil. Vcsüríi Anita ircj¿ de percal, 
con modestia de obrera, pero con coqneterfi! de nniier guapa, f»ati.''fechíi de serlo. Un momento 
después de levant arsc el telón, .sonarán las cuatro en el reloj de pesas. 

Anita, Pablo y Pacorro. 
Anita. — (Luego de encender el quinqué, cuando acaba de son:ir el reloj.) ¡Hala los 
ibres! Darse prisa, que la hora que suena son las cuatro. 
Pab.- (Dentro, segunda izquierda.) ¡Dátela tti, que estoy acabando de lavarme y 
i no apcirtaste el café de la hornilla! Padre ya despertó. 
iAnita.— Por el café no haya cuidao. Estará listo antes que vosotros. ¡Ea! ¡Al- 
se, gandules! ¿No me oyes, Pacorro? Valiente huespede ha tomao mi padre. 
Pac. — (Dentro.) Ya yoy, mujer, ya voy. (Bostezando estruendosamente. Sale Pablo 
la segqnda izquierda. Será hombre de veintiocho a treinta años. Vestirá blusa oscura.) 
Pab.— Hola, hermana. 

Anita. — Buenos dfas sean. (Abre la alacena y saca unos tazones, azucarero, cucharas, 
lata de manteca y un pan, que se pone a partir en rebanadas, mientras el diálogo continúa.) 
Pab.— ¿Buenos? Como todos los nuestros. (A Anita.) ¡Pronto te has aviado tii! 
i vestida y peinada! ¡.Madrugar es! Y eso (¡ue ti'i no entras hasta las siete! 
.\nita.— Esos dos, el huespede y tu hermano, me quitaron el sueño, y como de 
maneras tenía que levantarme pronto pa aviaros el café y los almuerzos, 

ahí verás tii... 
í^\B.— (Rie cariñosamente.) ¡Ya, ya! Antes eras más dormilona. Milagrillosea!... 
Anita.— ¿Qué? 

" vR.— Que no sea la falta de sueño, sino la sobra de cortejo la que te espabile, 
pausa durante la cual Anita sigue cortando el pan.) Se retarda Cesárea... Otros 

iOS avisa antes y con antes para que vayamos juntos a la faena, y hoy... 

\1TA, — (Interrumpiéndole.) No tengas cuidao; no tardfirá. (Maliciosamente.) Pa mí 
jii de tí sólo pendie.se, no sería i¿esárea mucho tiempo viuda. 
Pab. — (Pensativo.) ¿Lo crees? 

.Anita.— Eila es guapa y trabajaore... Lo malo pa tí y pa tos los que la requie- 
Ji, es que sólo echa cuenta de sus hijos. Amas, está un poco... (Dando vueitas 
e la sien con uno de sus dedos.) ¡Tiene unos dichos! ... En el taller la llamamos la 
óstola... ¡Y cómo nos reímos de ella! (Riendo.) 
f*AB. — lOs reís!... Eso es lo malo, que os riáis. 
Anita. —¿Pues qué vamos a hacer? ¿Llorar? 

Pab.— No; pensar. (Con gravedad.) ¿Has llamado a Pedro? A las cinco y media 
dé reunirse con su compañía, y el pueblo no está cerca. . 
Anita.— ¡Buenos venían anoche nuestro hermano y Pacorro! ¿Les viste? 
Pab.- -No. 
AwrrA.— Pue8 vinieron como dos zaques. Ya pasaba de la una. Yo los miraba 



por entre Ir.s cortinas de mi alcoba, y no pude Tener la risa. ¡Vaya unos tras^ 
ses! (Riendo.) Veinte minutos tardaron en encender la luz. Borrachitos como uw.^ 
¡Así están c ¡ios! Por más voces que les doy, no se mueven. 

Pab.— Vuelve a vocear; ni el uno ni el otro han nacido para dormir las borra 

cheras a su gusto. (Anita se dirige hacia la alcoba de la derecha y entra en ella.) fj 

Pablo, Anita, Pacorro y Pedro, dentro. 

Anita.— (Dentro.) ¡Vamos!... ¡Arriba! ¡Habrá que sacudiros firme! (Voceando.) ' 

Ped.— (Dentro, bostezando.) ¡Ya voy! No seas pejiguera. 

Pac— (Dentro.) ¡Estáte qureta! ¿No ves que tengo la mar de cosquillas? 

Anita.- -(Dentro.) Lo que no tienes es vergüenza. 

Pac— (Dentro.) Pero tengo cosquillas; y cuando me tocan unas manos como las 
tuyas, ¡escusao es decirte! 

Anita. — (Dentro.) ¡Sueita! (Entra en escena y sigue hablando con los de dentro.) :V 
arriba mientras preparo yo el café! (A Pablo.) Si sale padre y lo's encuentra a ^ 
bartola, va a tener que oir. No les dejes en paz, porque se duermen otra v^ 

Pab.— ¡Maldito Pacorro!... Siempre ha de ser el mismo. Mal chino le entoS 
lie los sesos. Borracho y gar.dulón como él no entra por ¡a mina. (Vase Anita.ya 

Pac— (Saliendo.) ¡Bueno, hombre, bueno! Ya estas gruñendo, y no has hecnl 
más que levantarte. Tienes el genio más áspero que yo hoy la lengua. (Pacorro scrf 
hombre de veinticinco año ; y saldrá de la alcoba en mangas de camisa, con la blusa al hombro 
la gorra puesta, restregándose los ojos y bostezando ruidosamente.) 

Pab.— (A Pacorro.) Anda, anda y refréscate, que buena falta te hace. 

Pac — (Que se ha puesto a registrar la alacena.) De eso trato. (Saca una botella y la 
mira al trasluz.) Nada; ni una lágrima de aguardiente. 

Pab. — Bebe agua. 

Pac— ¿Agua?... Bastante hago con echármela por fuera ai lavarme, y me lave 
poco: del mal el menos. ¡Lo que es aquí!... (Senaiando e! estómago.) No hay que ha- 
cer el cuerpo a malos vicios. Meniio jaleo s'armó anoche en el baile. Si hubieses 
estao pasas uu rato de primera. 

Pab. — ¿Yo? (Con desdén.) 

Pac— Allí hubieses visto hombres libres... y nmjeres... libres, tti que taii'i. 
apeteces que lo seamos tos: I-'acas, pistolones, revólveres... ¡qué sé yo! Y la; 
mujeres peores que li>s hombres. Ya se sabe. ECn cuanto se atizan dos vasos, tie 
nen menos verg;üenza que uno. ¡Tu herman:* le pegó un trompazo al Mohinol.. 
Rediós con los puños de Pedro. (Cogiendo una botella mediada de aguardiente, que. lia 
brá en el fondo de la alacena.) ¡Calla! Ya salió ei sol. (Coge una media copa, la llena y si 
la bebe.) Este es otro cantar. (Chasqueando la lengua.) Pues co:no te decía... (Salí 
Anita por la segunda izquierda y entra por la segunda derecha.) 

Pab.— ¿Quieres ir a lavarte? ¡Después llega uno tarde y todo son regaños! 

Pac.-Eso sí; pa los regaiios son rumbosos. ¡Si lo fueran pa los jornales!... ^ 
los capataces, vamos, los obreros que por tener la mujer guapa o la lengua adulona 
hacen los amos capataces, entoavía gruñen más que los amos. No hay cosa niá 
niúia que los piojos resucitaos; ya lo dice el refrán... Ea, voy a lavarme. (Pacón 
hace ademán de dejar la botella en la alacena; luego de meditar se dirige con ella en la man' 
hacia la izquierda a tiempo que sale Pedro en mangas de camisa, pantalón encarnado, roset 
fuüdado puesto y capote con galones de sargento. Lleva al hombro el sable. Calzará alparga 
tas de reglamento. Tendrá Pedro de veintitrés a veinticuatro arios y usará bigote retorcido 

Pro.— (A Pacorro.) Contigo no hacen falta dianas. Cuando no roncas, gritas. 

Pac. —(A Pablo.) ¡Pobretico Pedro! ¡No ha podido pegar los ojos! 

PED.--Hombre, anoche no es cuenta. Ni a tiros me despertaba yo. (Vase P^ 
rro por la segunda izquierda.) ¡Vaya un estrupicio, muchacho!... Menos mal que hm 
arreglo. Si no, calabozo tenía para un mes. (A Daniel.) ''^ 

Pab.— ¿A qué vino la riña? i'^ 

Ped.— Culpa de los paisanos. Se toman muchas libertades. Creen que S& 
iguales a uno. (Con aire de importancia y retorciéndose el bigote.) 

Pab.— ¿No lo son? 

Ped.— ¡Qué van a.serlo!... Ya notaron la diferencia anoche. ¡Paisanitos a 
Pregúntale al Mohíno a lo que sabe el puñetazo de un sargento. ¡Iguales! P 
todos esos mineros con sus pistolones y sus facas trente a cuatro números 
cat>ü, y verás canela. 



I 



!■■ 



/Vil. -A^liiero fuiste antes que sotdado. 
'ED.— Pero dejé de serio. Ni quería sufrir esta vida, ni estar con los que cuan- 
ís dan un estacazo bajan la cabeza. 

'ab.— Ahora estás con los otros, con los que cuando queretnos alzar la cabeza 
a hacen bajar a tiros. 

'ed. — (Confuso.) Yo... (Entra Cesárea por la derecha, sin ser vista y escucha la conver- 
n. Cesárea será mujer de veintiocho años y vestida de obrera. Llevará un hatillo.) 
AB. —¿No es verdad? ¿No disparó la tropa anteayer contra ¡os huelcjuistas? 
'ed.— Y si nos jo mandan, ¿qué vamos a hacer? ¿Crees que los oficiales y nos- 
s disparamos por gusto? Pero, amigo, la disciplina... es la disciplina, 
AB.— Entonces no nos llames esclavos, tú que lo eres de quienes por servir a 
imos nuestros nos fusilan cuando pretendemos ser libres. 
^ES. — (Avanzando de la pritnera derecha, en la que se detuvo.) Razón llevas, Pablo. 
AB. — (I^irigiúndose a ella con afecto.) ¡Cesárea! 
^E8.— Razón llevas. Y si no ya lo ves. Sólo al pensar que los obreros de estas 
is podemos secundar la huelga de los otros mineros, han reconcentrado en el 
r tropa. (Sale Anita por ¡a segunda derecha y entra por la primera izquierda.) 
ED.- (Riendo.) ¡Se juntaron loa dos apóstoles! Ya lo dice padre: por menos 
vos hay muchos en la jaula. Al fin este es hombre y puede perder el tiempo 
olííicas; ¡pero tti! ¡una mujer joven y guapa! ¡Quita allá! Detrás de una reja 
líicando con un mozo, es como estarías tú bien. Y más bien si el mozo fuera 
gloria santa! 

;íes.— Déjate de requiebros; sabes que no me gustan, 
ED.— (En broma.) ¡Y menos los míos! 
¡ES,— Los de nadie. 

*ED.— (Señalando a Fablo.) ¡Tanto como eso!,,. Digo, a no ser que éste sea n&die. 
Ab.— Yo... 

'ed,— Más cerca ando <ie cuñao tuyo que de teniente. Hasta en seguida. (Vase.) 
^Es.— Ya nos hizo novios tu hermano. 
AB.— ¡Novios! 

iÍEs.— Si no más. A su discurrir, una mujer y un hombre que simpatizan y se 
tan de la gente para habiar solos, no pueden ser otra cosa que amantes. 
AB.— Cesárea... 

/ES,— ¿Hablo yo contigo más a gusto que con cualquiera? Tu querida soy. ¿Ha- 
tú conmigo más tiempo que con las demás? Por luya me tienes o me quieres. 
AB. — ¡Quererte!... (Con pasión.) 
Íes.— Así piensa tu hermano. 

AB.— (Con sinceridad.) En lo que hace a mí, no se engaña. 
Jes.— (Confusa.) Pablo... 

AB.— ¿A qué mentirte? En la boca de un hombre no está bien nunca m menti- 
líenos lo estaría en mi boca tratándose tíe tí. Te quiero y te quiero para que 
mía. 

ÍES.— Nunca me lo dijiste; nunca pensé que me lo dijeras. 
AB.— Porque nunca vino rodada la ocasión, (Tímido.) Porque temía disgustarte. 
^ES.— ¿A qué hablar de ello entonces? 

AB.— A que el corazón se me sube a los labios. A que te deseo porque eres 
losa, y te aprecio porque eres enérgica. 
ÍES.- Yo. . . 

AB,— Sabes que no soy un obrero ignorante y rudo, como tampoco lo eres tú. 
ístudiado, he aprendido, he educado mi pensar y mis sentimientos. Si estoy 
i mina, de fundidor, por causa de mis ideas es, (Movimiento de interrupción en 
rea,) No me arrepiento de ellas. Más sufriría por hacerlas triunfar. Esas ideas 
)bligan a mí, a un mecánico, a trabajar como bracero. (Con amarga ironía.) Y 
ias que pueda vivir; gracias que no me matan de hanibre. (Con rencor.) 
ÍE8.— O de un balazo como al otro. 

|ab.— ¿A tu marido? ¡Pobre Manuel! Era un gran compañero. 
¡ES.— (Con energía.) Era un hombre que dio su vida por el bien y por la razón 
»s otros. En mis brazos cayó cuando lo mataron. Pedíamos pan v justicia y 
dieron oalas... ¡Infames! ' 
Aii.--¿iiiia:iic'3.-'... Lo.i UiU: disuaruii contra nosutroi>. rlu: esub ;^oii insirumtín- 




tos; ni siquiera saben por qué disparan. Los otroí, ios de arriba, ios que /es da 
gan a disparar; esos son los inlames. 

Ces.— ¡Y extrañan que les tengamos odii?>! Soy mujer, y todo mi corazón s; 
vuelve rabia y toda mi sangre se hace lumbre al recordar el asesinato de los 
ros. ¡Ah, los canallas!, ¡los canallas!... Manuel sólo tuvo tiempo de decirme:< 
importa, otros hombres vendrán; hay que seguir, seguir siempre, siempre.» (^ 
si soñando evocara la lucha.) Dijiste bien; tampoco soy una obrera ruda; taml 
eduqué Junto a Maimel mi pensar y mis sentimiento^; también es por ganar el pa' 
de mis hijos por lo que trabajo en esta mina. 

Pab.— Trabajo cruel escogiste. 

Ces.— ¿Dónde iba a ir la viuda del arnt idor, del revolucionario, la que preci 
¿aba y vivía con él? ¿Qué recurso me quedaba para no morirnos de hambre mii;, 
pequeños y yo? (Advirtiendo que Pablo la mira,) Es verdad. No soy fea; pero teng 
demasiada alma para vender el cuerpo. 

Pab. — Eres buena y fuerte. 

Ces. — A la mina acudí; a la mina, donde el trabajo es duro, donde no se pr( 
gunta a nadie de qué lugar viene, donde apenas saben el nombre del trabajad(ií 
cuando entra vivo o lo sacan muerto. Aquí te encontré. |i, 

Pab.— Aquí nos encontramos. Aquí supe tu desgracia y tu pena. Aquí me f< jC 
teriste la muerte del hombre en cuya casa te conocí modelo de mujeres y madres ''^ 
Los niños y tú erais la alegría de aquella casa. ' 

Ces. — ¿Alegría?... Ninguna tengo ya. í 

Pab.— (Con tristeza.) ¡Cesárea!... 

Ces.— Tal que si el frío de Maiuiel niuerto se me hubiera entrado en la sangrí 
vivo hoy. Fuera de mis hijos, no exis, ■ nuis que para la venganza y el odio. 

Pab.— ¡El odio!... ¡La venganza! ¡Fuera tan hermoso vivir parala justicii 
para la bondad! 

Ces. — También pensaba yo eso: también le decía a Manuel que a fuerza c 
bondad y amor, sos hombres ¡lúgui ían a ser hermanos. Todo este creer vino a ti 
rra en aquella matanza. (Como evocando la escena en un sueño de odio.) ¿Sabes? Ni 
obligaban a vivir en casas construidas por ellos y nos obligaban a comprar f 
tiendas que eran suyas también. Para aprovechar el terreno, nos regateaban 
aire; para aumentar sus ganancias, nos envenenaban la comida; como hacen ?.qi! 
vamos. ¿Es justo lo que hacen aquí? ¿Lo era aquello? No. Los obreros pidi^ 
ser libres para vivir donde les agradara, para comer lo que les gustase. ¿Uiks 
pretensión, eh? Pues les contestaron que no; y vipo la huelga; y pasaron losdS C 
y el hambre se metió en nuestras casas, y los patronos encontraron infelices C(i|'' 
nos fueran a sustituir. Los hambrientos quisieron impedirlo; y todos, hombres, r 
ños, mujeres, viejos, llegamos alas fábricas. No llevábamos armas; llevábair.i 
hambre y dolor. Los otros, los contratados, quisieron entrar, protegidos por tr 
pa. Nosotros nos pucsimos delahte de las puertas para que no entrasen. Entone 
no sé quién, una voz gritó: «¡Fuego!»; sonó oigo así como un trueno; una nul 
de humo cubrió el aire y cayeron hombres, mujeres, viejos, niños. Manuel ca; 
con ello?. Yo le sostuve entre mis brazos. Una mujer y un nifio agonizaban jun 
a mí. F.ütonces, entre aquelia sangre, junto a Manuel muerto; frente a la madre 
niño que agonizaban espantosamente, la mujer dulce que en mí había, desaparecí 
la venganza y el odio echaron raíces en mi alma. Sólo de venganzas y de odio^i 
viré hdstfi que la justicia triunfe. ¿Y tú vienes a pedirme querer de amor? 

Pab. Sí. 

Ces —No. Yo debo querer a todos los míos por igual y consagrarme a laca 
«a de ellos, completa, sin robarles tanto así de mi voluntad y de mi energía. Hi 
que seguir siempre, ¡siempre!... Estas palabras son el testamento de Manuel. & 
dijo a! morir. Eso haré. 

Pab. - ¡Sí; seguir siempre! ¿Crees que f laqueo? ¿Crees que valgo menos q' 
él? ¿Crees que, como él, :io arrostraría el martirio y la muerte por defender Q i; 
hermanos? Somos ya muchos los obreros conscientes resueltos a que la vero. , 
triunfe. Ellos no lo ven, no lo quieren ver. Están ciegos. Puede que cuando abn i 
los ojos sea tarde para el abu^zo. 

Ct?. — También el odio abr<i¿a. Y para odiar a nuestrob enemigo», la mina 
un gran libro. ¡Poures geiites tas de la mina! Más que humanas criaturas, son be 



ii. ¡Bestias! ¡No importa! Día llegará en que el hambre arañe los estómagos y 
que los hambientos se cuenten. Cuando se cuenten serán libres. Porque sean 
'es lucharé aquí como en todas partes. ¿Que los mineros me llaman la apóstola 
e burlan de mí? Nada le hace. ¿Que ios amos me despiden? A otro sitio iré. 
y que seguir siempre. ¡Siempre! (Con actitud de convencida y de iluminada.) 
Pab. — Siempre seguiré yo. íAcercándofie a Cesárea con amor.) Pero déjame se- 
r contigo. ¿Nos ha reunido la casualidad? Prosigamos juntos la lucha 
Ces.— Juntos si la suerte nos hace estarlo; separados si ella nos separa. ¿Qué 
sda? 

Pab,— Pueden llegar y llegarán horas de prueba. En tales horas el hombre ne- 
iía, para no ser cobarde, el cariño de la mujer; la nmjer, para no ser débil, el 
iño del hombre. 

Ces.— Yo no soy débil y estoy sola. 

Pab.— ¿Por qué no nos hemos de unir? ¿Por qué no has de ser tú mía y yo tu- 
? (Con temor y pasión.) ¿Es que no te inspiro simpatías como hombre? 
Ces.— No es eso, no. También yo soy franca; tampoco sé ni quiero mentir. Nin- 
1 hombre, después de Manuel, ha valido para mí lo que tú. 
Pab.— Entonces... 

Ces.— Entonces... (Enérgica.) Me debo a mis hijos y a la memoria del que murió. 
Pab.— ¿Tus hijos? ¿No me ju7r 's capaz de quererlos? ¿El que murió? ¿En qué 
mdes, en qué ofenderías su memoria querié;idome? El ha muerto; nosotros vi- 
108. La vida no se para en los cementerios. 
Ces.— Pablo... (Confusa.) 

Pab.— No se ofende queriéndote como yo te quiero; compañera en todo y para 
lo. Desde tu llegada a la mina, te me entraste en ej corazón. Quizá el pensar 
dos lo mismo, el desear los dos lo mismo para todos los nuestros, me ha he- 
) desearte para mí. No sé... sólo sé que la vida no es sólo justicia, es amor, 
liero la justicia, pero necesito el amor también; el mirar de tus ojos y la dicha 
sujetarte entre mis brazos. (Pablo ha ido avanzando hacia Cesárea: ésta retrocede.) 
Ces.— Cállate, Pablo, cállate! 

Pab.— ¿Es que no sientes como yo? ¿Es que tus ojos me engañan al mirarme? 
I los bajes; mírame como hace un segundo y responde. ¿Es que no me quieres? 
¡me que sí, Cesárea! ¡Dímelo! jY si no quiere decírmelo tu boca, que me lo di- 
1 estos hermosísimos ojos tuyos! (Pablo casi toca a Cesárea, que muestra profunda 
9CÍón. Pablo coge entre las suy.is las manos de Cesárea. Hay una breve pausa.) 
Ces.- No, Pablo. Aun sintiendo todo lo que dices, no debo ser tuya. 
Pab.— ¿No? 

Ces.— ¡Ser de otro! ¡Tener a otro hombre estos brazos que han tenido a Ma- 
íl ensangrentado, muerto, muerto por defender la felicidad de nuestros her- 
nos! ¡Dar otro padre a los hijos del mártir!... No, Pablo, déjame; sigamos sien- 
lo que somos. 

Pab.— (Con amargura.) Hasta que otro hombre llegue y seas de ese hombre. 
Ce8.— ¿Cómo voy a ser de otro hombre, cuando no me atrevo a ser tuya? 
Pab. — ^¡Cesárea!... (Con pasión. Entran por la segunda Pacorro y Pedro, ya vestidos.) 
Pac— (A Pedro.) ¿Eh?...¡Miá los apóstoles! No es mal evangelio el que predican. 
Ces.— (Bajo a Pablo.) ¿Oyes? Igual que éste hablarían todos. 
Pab. — (Con arrogancia.) ¿Y qué? 

Ces.— Que muchas veces para ganar en estimación, hay que perder en dicha. 
Pab.— (Con dureza.) No creo que te importe mucho nuestra conversación. 
Pac— ¿A ver si por una broma te enfurruñas? 

Ped.— Después de todo, ¿qué? Si os gustáis, al avío. Así como así la nmjer y 
hombre no hemos nació pa otra cosa. (A Cesárea.) Tú serás todo lo apóstola que 
ieras, pero tienes dos ojos que echan fuego y un cuerpo de ole con ole y viva 
\é. Como no ándase aquel galán por medio, pa este sargentito eras tú. (Viendo 
Cesárea hace un gesto desdeñoso.) No pongas mala cara, broma es. (Entra Anita por 
bgunda derecha con una cafetera en la mano.) 
Pac.— (Acercándose a Anita.) Ojalá me dieran bromas a mi con esta real moza. 
?! Anita! (Anita le rechaza de un empujón.) 
Anita.— (Riendo.) ¡Anda de ahí! Vete a buscar mozas al baile. 
Pac— ¿Mozas? No había una. 



I 



PED.-¿Eh? 

Pac— Mujeres no faltaban y no me hubiera sío difícil arreglarme con elí 
Pero es mal negocio. Beben mucho. \ 

Ces. — Vaya un defecto para tí. | 

Pac— El mayor. No me gusta partir el vino. El pan, bueno. Es mi idea: el ira 
como hermanos; el vino como tigres. Cuando me case, sólo habrá en mi domicilie 
un borracho: yo. 

Anit A.— Apañaos veníais anoche. 

Ped.— En algo hay que pasar e! rato. 

Pac— ¡A ver! Si después de trabajar como un negro seis días, no pudiera unn 
emborracharse un día como un blanco, sería cosa de echarse al horno de la fundi 
ción, pa concluir antes y con antes. Hay que divertirse. ¿No se pué hacer a lo rico, 
bebiendo buenos vinos y llevándose mujeres bien vestías? Se hace a lo pobre, be 
hiendo peleón y abrazando zaparrastrosas. ¡Ay, quién fuera don Luis, el hijo de 
nuestro amo! Ouapo, joven y con dinero. ¡Ese ya tié ande escoger! 

Ped.— ¡Calcula! En la mina hay doscientas obreras... (Anita, que ha seguido el 
diálogo con la cafetera apoyada en la mesa, después de servir el azúcar, al oir el nombre de 
Luis, hace un movimiento y procura disimular su turbación, sirviendo el café en los tazones.) 

Pac— ¡A ver! (A Cesárea.) Y no es a tí a la que peor mira. 

Ces.- Los mirares pierde. Bastante hago con darle mi trabajo. ¡Si pensarar 
todas como yo! (Con intención disimulada y acercándose a Anita.) Pero muchas no pien- 
san. Porque el hijo del patrono es guapo y buen mozo, y las puede obsequiar, se 
dejan pretender. Después, cuando el hombre se cansa, la moza a la calle y otra a 
puesto. Tonta es quien les escucha... ¿No es verdad, Anita? 

AnIta. — (Bajando los ojos y disimulando.) Verdá será cuando tú !o dices. (Mirandc 
hacia la segunda izquierda.) Padre. (Entra Daniel por la segunda puerta izquierda. Sen 
hombre de cincuenta y cinco años, maltratado por los trabajos de la mina, pero aun robusto ] 
musculoso. La piel estará no curtida, tostada por el fuego de los hornos de la fundición, coi| 
ese color rojizo, propio al cutis de los fundidores. Vestirá blusa y pantalones de lienzo oscuro 
Tendrá el pelo blanco, cerrándose sobre una frente estrecha y terca.) 

Dan.— Dios nos los dé buenos. (A Cesárea.) Siempre madrugas más que naide 
¿Y los chicos? 

Ces.— Durmiendo. Al cuidado de la vecina. 

Dan.— Tiempo les quea pa levantarse trempano y agarrarse al espetón o al pi 
co. ¡Hala! Sentarse y a tomar el café, que son las cuatro y media y de aquí a li 
mina hay un rato. (Daniel se sienta junto a la mesa delante de una taza. Los demás hacei 
lo mismo; incluso Anita que ha terminado de servir el café: Solo Cesárea permanece en pie. 

Pab.— ¿No nos acompañas, Cesárea? 

Ces.— Gracias. Lo hice ya. 

Dan.— (A Cesárea.) A tu gusto. (A Anita.) Has cargao la mano en la manteca. 
(Mojando una sopa en el tazón.) Bien hiciste, (¿uando se puen echar lujos se echan. Lf 
quincena pasa, fué superior. A más de los jornales, horas extraordinarias que si 
pagan doble. Más se trabaja, pero, qué demonio, más se cobra. Si fuera así toa 
las quincenas, no deberíamos en la tienda tanto. 

Ces.— No será esta lo mismo. 

Dan. —(Sorprendido.) ¿No? 

Pab.— Parees que, desde hoy, rebajan los jornales. 

Dan.— (Sorprendido.) ¿Rebajar los jornales? ¿Y por qué? No hay motivo. Es( 
serán cuentos. 

Pac— Algo oí yo anoche en el baile. Me parece... vamos, lo hablaban junto; 
mí dos o tres mineros. Yo los escuchaba, pero otros dos o tres me convidaron ^ 
unos vasos y me largué con ellos. 

Ped.— Y con la Irene. 

Anita. — (Que ha concluido de tohiar el café.) ¡Valiente piltrafa! ' 

Pac— Cuando hay hambre, to el pan es blando. 

Anita.— (Levantándose.) Voy a empaquetar los almuerzos. (Vase por la segunda.) 

Dan.— (Pensativo,) ¡Rebajar los jornales! 

Ped.— Anita a arreglar los almuerzos; yo al pueblo. La cosa anda revuelta e 
las otras minas y quizá tengamos que reforzar la gente. Ayer hubo tiros. Por f 
teniente Fernández lo suoe. lEs un mozo más camoechano! Lo aue le decía al te 



I 



I 



te {.iiJjTüiz: «Sentiré que nos toque anJar en e! ajo. Preferiría quedarme mudo 
andar hacer fuego.» tina gran persona el teniente Fernández. Pues, sí, hubo 
¡Claro! Se empeñan en no dejar que trabajen los que vienen a sustituirlos, 
lacer el bruto, y nosotros a lo que estamos; a mantener el orden. 
3es.— ¡El orden!.'.. ¡Qué sabes tú, infeliz! 

Ped.— Más infelices sois vosotros que os agarráis como unas lapas a la mina. 
asi la dejé yo pronto. ¿El hatillo?Carguencon él las bestias. Yo no llevocargas. 

AB.— Al hombro llevas el fusil. 

^ED.— ¡No va diferencia! Cierto que algún trompis me costó aprender el ejer- 
j; pero como sabía de letra, me hicieron cabo y después sargento. A la pre- 
:e vengan penas. Ni me faltan mozas que requebrar, ni una peseta en el bolsi- 
ni tres galones en la bocamanga. ¡Vaya la mina al diablo! (Apretándose el ciniu- 

Quedarsecon Dios, padre, hasta más ver. (Vase por ia primera derecha.) 
^AN.— ¡Qué majo está con su uniforme! ¡Y qué bien marchao es! Gozo da mi- 
e. Acaba de irse y ya estoy deseando que vuelva. 

"ab.— (Bajo a Cesárea.) Acaso cuando le volvamos a ver sea frente a nosotro.s. 
Zcs. — Acaso. (.Mientras dura este aparte, Daniel saca la petaca y lia y enciende un ci- 
0, Pacorro se aparta, saca de. entre la blusa la botella de aguardiente y la inedia copa y 
;na y la apura, operación que repite tres o cuatro veces durante el diálogo.) 
!)an.— (A Cesárea.) ¿üiste que iban a rebajar los jornales? 
^Es.— Sí, señor; lo mismo que en las otras minas. 

AB.— Que miren lo que hacen. Lo que p.isa en las otras minas pasará en esta. 

Ac— (Apuramlo la copa.) ¡Ole!... ¡Viva la huelga! 

AN.— ¿La huelga? ¡Valiente burra está la huelga!... 

AB.— ¡Padre!... 

AN. — ¿Qué sucée en las otras minas? Que están muertos de hambre, y con 
[•opa fusil en mano por si se demandan. ¿Qué nos.pasó a nosotros en la huel- 
e hace seis ailos? Que tuvimos que volver a la mina con las orejas gachas. Tu 
re reventó; tu hermanillo, como el pecho de la madre por mor de la necesidá 

scurría leche, también reventó. Entor.ces no estabas en la mina. Aun no te ha- 

íao por las prédicas, y te ganabas un jornal de mecánico. ¡La huelga! Dos 

ftos y la panza al trote: eso saqué yo de la huelga. 

^AC— Porque hubo traidores. (Llenándose la copa.) 

)an.— Porque no había pan. Pero, ¿de veras van a rebajar los jornales? Con 

3e ahora mal que bien se tira. Si ios rebajan lo vamos a pasar perramente. 

AB.— ¿Usted se aguantaría? 

>AN.— ¿Qué remedio? Mejor es agonizar que morirse. ¡Rebajar los jornales! 
tesárea.) ¿A quién se !o has oído tú? / 

<ES.— A una capataza. 

AB.— A un empleado de! escritorio se lo oí yo anoche en el café. '*? 

AC— Yo a dos cardas del baile, y a la Irene, que por más señas, también es- '" 

curda. 

)an.— ¡Rebajar los jornales! No; no lo harán. 

[Jes.— Lo harán. Lo han hecho con los obreros de las otras minas, y nosotros, - 
rez de ayudarles, les dejamos defenderse solos. Ven que no hay unión y se 
)vechan. 

Dan.- ¿Ayudarles? ¿Pa qué? > 

■'AB.—Pa ser más fuertes. 
^AC— Y para mover más ruido. 

Jan.— Pu ser masa sufrir y a recibir leña. Dejarse de ayúas. Ca uno con su 
;a. Cuando no tengo caldo en la olla, ningún minero me lo trae. Mi olla cuido 
Que los demás cuiden la suya. 

ÜES.— Y por eso, porque cada uno cuida su olla, sin pensar en la ajena, hacen 
nosotros lo que hacen. 
^Ac— (Riendo.) Ya salió la apóstola. 

3an.— Que se deje en el bolsillo los sermones. Es de nuestro pan de lo que se 
', y al estómago no se le alimenta con retrónicas; se le alimenta con esto. (Co- 
do un pedazo de pan y golpeando en la mesa.) Esto, si bajan los jornales, andará 

las nubes... ¡Dios de Dios! ¡Rebajar los jornales! Polvo haría a quien lo 
aó. 




Pab.— ¿Usted? ¿Y cuando se trata de pelear por ios derechos del trabajador í 
encoge usted de hombros? 

Dan.— Porque tó eso son mojigangas, pamplinas, viento que sus han metido f 
el caletre. Dende que andáis en estos belenes, marchamos peor. ¿Qué os habé 
figurao? ¿Que vais a componer el mundo?... Siempre hubo pobres y hubo rico 
Siempre los habrá. Los más trabajamos pa los menos. Así está hecho el inundo, 
no lo desharéis la apóstola y tú con descursos. A vosotros sí os desharán cu< 
quier día los sesos. (A Cesárea.) Tú podías escarmentar, porque tuviste el ejemp 
cerca, en tu propio marío. 

Ces.— ¡Si todos fueran como aquél! 

Dan.— Paparruchas, créemelo. Pa trabajar nacimos. Trabajó mi padre y el p 
dre de mi padre, y trabajo yo y trabajáis vosotros, y trabajarán vuestros hijos; 
los amos seguirán siendo amos, que esa es la ley. Yo de la razón no me aparto. 1 
la mina nací y en la mina quiero morirme. Y vamos, que cuando estoy frente c 
horno, con la barra en la mano, revolviendo la pasta y echando por cá pelo u 
gota de suor como el puño, no me cambiaría por naide. Me gusta pelear con 
fuego, y el día que no me tuesto la piel, no aliento ancho. Si me cambiasen de h( 
no o de mina, me parecería que yo ya no era yo. Hace cuarenta años, ¡cuara 
que tengo el mismo amo y el mismo horno!... ¡Ahora, que de eso a rebajar losji 
nales!... Sería demasiao. 

Pab.— Nunca para usté. Usté cree que el amo tiene derecho a todo. 
Dan.— Mientras pague... . 

Pab.— Eso es; mientras pague, a todo, incluso a golpearnos y a esclavizarn 
y a deshonrarnos si le viene en gusto, ¿verdad? (Con indignación.) 

Dan.— Poco a poco, rapaz. De esclavitud y deshonra no hablamos. No nosi 
tenderíamos. Tú llamas cosáis de honra y de esclavitud a un porción de cósase 
me han tenío sin cuidao siempre. Tocante a los golpes, entoavía no ha tocao m 
guno este cuerno o el vuestro sin llevarse su mereció. ¿Pero qué tienen que vei 
honra y la esclavitud y los puñetazos con lo que hablamos hoy? Hoy habiamOTí 
pan que va a escasearnos como rebajen los jornales. Ahí tiés lo queme importa ai 
Pab.— Si usté lo aguanta, no todos seremos como usté. Haremos lo que ter I 
que hacerse. í 

Dan.— ¿La huelga, eh? 
Ces.— ¿Por qué. n ó? 

Dan.— La huelga, pa que reventemos como tu hermanillo y tu madre. 
Ces.— Dos cachos de usté que cayeron, sin que quien los mató se llevara 
merecido. 

Dan.— Porque los mató el hambre, y el hambre no es una persona. 
Pab. —Los que nos llevan al hambre lo son. 

Dan.— ¿Vuelves a las tuyas? Como te va tan bien con ellas, pues echar pl 
tas. De mecánico pasaste a fundior; puede que de fundior pases a pobre de p» 
Ascender es: ¿verdá, tú, Pacorro? (Pacorro llena la copa.) ¿Qué haces? 

Pac. -Aquí con la botella, mientras se pelean ustés. Yo no sé de dotrinas, p 
como me quiten los perros que nesecito pa el aguardiente, voy a la huelga. jA; 
si voy! ¡Qué a la huelga!... ¡A la revolución social! .... „ . 

Dan.— (Riendo; a Pacorro.) ¡Poca lacha! (A Pablo.) Por tu bien lo hablo. Y Di 
de plática y a la mina, que están al caer las cinco. ¡Anita! (Llamando.) 
Anita.— (Dentro.) ¿Qué? 
Dan.— ¿Está eso aviao? 

Anita.— En seguida. (Dentro. Daniel «e levanta, descuelga de ub clavo una chaiy 
y una gorra o sombrero ancho y se los pone; luego coge de un rincón, en el que habrá 
hatillos, uno de estos, y se pone a arreglarlo. Pablo y Pacorro hacen lo mismo que Dw 
Ces.— (A Pablo, bajo.) ¿Irás por el bien de todos donde sea preciso? 
Pab.— Iré. 

Dan.— (Por un hatillo.) Listo. 

Pac— ¡Upa! (Cogiendo el hatillo y echándoselo al hombro, lo mismo que Pablo y Dar 
Anita.— Aquí están los almuerzos. (Ana ha entrado por la segunda puerta izqnl' 
con tres medias botellas de vino y tres paquetes envueltos en periódicos, que irá entregar 
Dan.— íPor los paquetes.) Guardarlos y al avío. ¿Estamos? 
£ab.-Sí 



r)^j,._Pues andando. A la mina. A trabajar, (los tres hombres se dirigen hádala 

1 primera de la derecha en fila, uno detrás de otro íentamente y fas cabezas bajas.) 
¿AC.— (Mirando al salir.) ¡Qué oscuro está y qué frió debe hacer en la calle! 
HHp.— En la fundición hay luz y lunlbre. Al trabajo. (Salen todos. Pacorro el úi- 
■■Hvntes de salir se detiene, coge la botella, la escurre en la copn y apura ésta. Cesárea 
e desde la puerta y se dirige hacia la ventana donde está Anita n.irando a la calle,) 
í s.— (A Anita, cariñosamente,) Anita haces mal. 
N'iTA.— ¿Yo, en qué? 
;-;á.— En dar oídos a don Luis, 
Anita.— ¿Qué dices? (Aparentando sorpresa y procurando disimular su turbación.) 
Ces.— Que ese hombre, el Hijo del amo de la mina solo la desgracia te puede 
Jvar con sus requebrares. 
Anita.— No te entiendo. 
i Ces.— Piénsalo bien. Ojalá lleguen con tiempo mis palabras. Yo te quiero mu- 
;b. (Con afectuosa seriedad.) Vale más ser compañera de un obrero pobre que que- 
[la de un amo rico. Adiós. (Cesárea sale por la primera puerta derecha y Anita queda 
:[i la cabeza baja. Breve pausa, durante la cual el reloj de pared da cinco campanadas.) 

Anita, luego Luis, Pacorro, Daniel, y obreros dentro, como en la calle 
(fe escuchan en la calle golpes como de quien llama a las puertas. También y de tiempo en 
tiempo se oirán las cinco en varios relojes y má*p menos distintas sin gradación fija; algo 
que dé al público la idea del despertar del barrio obrero que marcha al trabajo. Las voces 
sonarán cada vez más distantes v más apagadas, lo mismo que los golpes.) 
Dan. -(En la calle.) ¡Antonio!. ..¡Las cinco! ¡A trabajar! (Anita abre la ventana y mira.) 
Anita.— Ya doblaron la esquina. 

Pac— (Dentro.) ¡Julián! ¡A trabajar! (Más Tejos, como si golpease otra ventana o 
ijerta. Anita se ha retirado de la ventana y queda vuelta de espalda a aquella como pen- 
iva. Por la ventana entra Luis que será hombre de veinticinco años vestido a lo señor.) 
Luis.— (Bajo.) ¡Qué pesados! 
Anita.— (Volviéndose.) ¡Luis! (Confusa.) 

Luis.— Creí que no iban a irse nunca. (Dirigiéndose hacia Anita y reparando en la 
fj afusión de ésta.) ¿Qué tienes? 

Una voz.— (Dentro. Muy lejana, mientras suenan las cinco.) |La hora! ¡A trabajar! 
Otra voz.— (Más lejana aun.) ¡A trabajar! 
Anita. — (A Luis.) ¿Oyes? (Con angustia.) 

Luis.— (Con indiferencia.) Lo de todos los días. (Con sensual apasionamiento, y ro- 
ando con sus brazos el talle de Anita.) Vamos, ven acá. No me niegues esa cara, 
ujer. (Mientras va cayendo el telón se oyen dentro cinco campanadas de torre, lejanas; y 
ly lejanas también, voces de ¡A trabajar! ¡A trabajar!...) — Telón. 

ACTO SEGUNDO 

xoración a todo foro. El primer término lo ocuparán un patinillo encapcruzado con zinc. En este 
patinillo y distribuidos con desorden habrá montones de mineral plomo en bruto. A la derecha 
del paiinlllo, que dejará por delante un espacio de escenarlo libre, una puerta grande de dos 
hojas; otra de Ijual forma y disposición a la izquierda. Estarán abiertas hacia dentro las dos 
La puerta de la derecha supone comunicar con el taller don !c las miileres frabalan. La de la 
Izquierda con «tras dependencias que conducen al exterior. El segundo término no tendrá 
puerta, será a todo espacio v estará constiluído por la fimdiclón. En el fondo de este segundo 
término, y a derecha c Izquierda también, se verán los hornos fundidores encendidos y en plens 
coción de mineral. Estos hornos serán cuadrados, anchos, de ladrillo con grandes bocas á las 
que sirven de portezuelas anchas placas de hierro. Las placas estarán unas abierta» y otras ca- 
fadas, ai comenzar la escena, en los diversos hornos. En la parte baja de los horno.s se verá 
c! boquete desalingadero por donde se hacen la.s sangrías. Deside el ton<¿o, y perdiéndose en 
el ángulo de él, dos vías estrechas que avanzan sobre el patinillo. Por una de las vías se desli- 
7¿!rér¡ de tiempo en tiempo vagonetas llenas de lingotes y empuiadaa por mujeres: por la otra 
\(a, vagonetas cargadas de ni'neral en brnto, que van empujadas por mujeres también. Estas 
^ (lis pueden estar pintadas scbre el suelo. Procúrese dar al público la Impresión exacta de una 
fundición en tarea; el especfócuia de uno de esos infiernos mineros donde los trabaladores 
se asfixian y se tuestan durante largas horas. Al dar principio la representación, la fundición 
estará, como .ie ha dicho, trabajando. Ooreros en cami.seta. remangados hasta los hombros y 
cifiendo a la cintura largf>s i'elantales de cuero que bíiian de."ijc sus pechos hasta muy cerca 
de sus pies, revolverán en los hornos con largas y pimtiagudas bnrrat de acero, el mineral ar- 
diente. Cuando sus curróos .se acercan a ias bocas de ios horno», han d.: aparecer como in- 
cendiados, rojos al rctleio brutal de la llania. Cuando los hornos se aricen. los obreros no 
aparecerán ya rojos, sino negros, complettiniente negros como hechos carbón y sombríamente 
recortados sobre el rolo blanco que descubre iu boca abierta dw hjs hornos. Pacorro faenará 



'- ' ' en un dcpósifo hundiendo en el el cuchai ón mentado sobre un pie de plcr'rn y colgándose ; 
cucharón para levantarlo y volcarlo sohre las lirgolcras vacían qu.í hnbrá juntu ..i liepi:, > : 
Las lingoteras vacías son conducidas al depósito por muchaclios de írccc ü caiuicí ¡n' ■ 
Cuando los fundidores hagan las sangrías, abrirá» con sus barras los boquetes desahogader' 
por los cuales sale el mineral como un río de ilanias en cuyas entonaciones predominará el coi. 
rojo. Estos riachuelos se deslizarán por ¡os canaüilos hasta caer en los depósitos. Del ta; 
donde se supone que trabajan las obreras, snic un rumor sordo como de eniambre. En el lior ; 
primero de la derecha trabajará Daniel ayudado por otro obrero y revolviendo con su barra 
mineral en fusión. Otro en el horno de la izquierda donde trabaja Pablo. Cesárea e Irene ¿i 

Í lujen una de las vagonetas que atraviesan la escena. La Greñuda y una obrera, otra, 
rene será una muchcha de diez y ocho a diecinueve años, despeinada, sucia, pero bonita t 

medio de su deselifio. Llevará la falda recogida y remangados los brazos, lo mismo que Ce--: 

rea y las otras. La Grcfluda es una vieja que haciendo honor a su mote, lleva «I blanco y suf ; 

pelo a greñas que le caen encima de la frente y a lo largo de las mejiüas. Su vestido será i: 

harapo; su cara acusará la ferocidad y la embriaguez. En el patinillo, vistiendo elegantes trei¿ 

de mañana, alegres, limpios y contrastando con la pobreza de que el traba'o .'lena a ;■ 

obreros, aparecerán momentos después de alzarse el telón: Doña Concha mujer de cincuei:: 

afios, doña Soledad de la niisma edad y porte que su amina, Pepita, don Lucaa de seson! 

Bños, don Eduardo, de cincuenta y cinco anos, don Fernando, dos señoras y dos cabalU-ro.' 
Cesárea, Irene, La Greñuda y trabajadores, Cesárea e Irene avanzan empujando una vagcnt' 
por la vía de la derecha; "avanzarán en sentido inverso empujando otra, la Greñuda y tm 
obrera. Nemesio, gorra en mano, aparece en la puerta de la izquierda. 

Nem.— (A las obreras de las vagonetas.) ¡Eh, vosotras! ¡Alto, que van a enír'ir 
(Como hablando con los de adentro.) Pasen ustedes. (Cesárea e Irene detienen su ví:.: 
neta, lo mismo que la Greñuda y la obrera primera. En todos los hornos hay un movimie : 
de curiosidad para mirar a los que vienen. Luego continúa el trabajo.) 

Ces. — (Mirando a la izquierda.) Visita. 

Irene.— (Lo mismo.) Son el amo, í^u mujer y el ingeniero y esos señores accic 
nistas de Barcelona y de Madrid. (Entra por la izquierda doña Concha, doña Soledac 
Josefina, Isabel, Luisa, don Lucas, don Eduardo, Fernando, Carlos y Enrique.) 

Jos.— ¡Precioso, precioso! 

Qreñ. — (Con voz íiguardentosa a la obrera.) ¡Echa perifollos! (Por las señoras.) No S 
han puesto pocos faralares pa venir a la fundición... ¡Ni que fuera el Corpus! 

Obrera.— ¿Y ellos? ¡Qué majos! Da gusto ver hombres así... 

Greñ.— Ropa, chica, ropa. En cuanto se la quitan son igual que los nuestro? 

Irene. —¿Igual? Peores.' Poco deben dar estos de sí. 

Car.— (A Enrique, aparte.) No están mal esas dos obreras. (Por Cesárea e Irene. i 

Enr.— (A Carlos, aparte también.) No están mal, no, previa enjabonadura. ! 

Nhm.— (A Cesárea e Irene, Greñuda y la obrera.) Sigan las vagonetas. (Cesárea, 1 
Greñuda e Irene ponen en marcha las vagonetas. Cesárea e Irene hacia la puerta de la ¡2 
quierda, por la que salen. La Greñuda y la obrera hacia el fondo, donde desaparecen.) 

Luc— (A la visita.) Ya vieron ustedes la rnina. Ahora la fundición y los talleres 

Sol.— ¡Ay, don Lucas, no me recuerde usted la mina' En un año no me salee 
susto del cuerpo. Creí que se desplciuaba el ascensor y que nos hacíamos tortilla 

Edü.— (Riendo.) No hay cuidado. (A Femando.) Está muy seguro, ¿verdad? 

Fern.— Sí. Hay orden de que los cables se reconozcan a diario. En diez añoi 
sólo una vez... 

Luc. --(Interrumpiéndole con viveza.) Y fué en un ascensor de ¡os que utilizan lo 
obreros. En este no ocurre nunca nada. 

Jos.— ¡Estoy contentísima! He pasado un gran ralo. Creía soñar mientras ba 
jaba por aquel boquete sin fin. ^ 

Isabel.— ¡Qué tipos hacíamos con ios impermeables y los sombrerotes a(0 
líos! (A los caballeros.) ¡Y ustedes con ia:; vestimentas de mineros! ¡Parecían bit! 
didos! (Riendo.) 

Car. — (Lo mismo.) ¡Ya ya! (Los visitantes han formado grupos. En unos estarán C^ 
los, Enrique, Isabel y Luisa. En otro' don Eduardo, don Lucas y Fernando; en el i'ritimo dH 
Soledad y doña Concha, Josefina va y viene de un grupo a otro, charlando con todos.) W< 

Jos.— Aquella negrura... Aquel caer sin saber a dónde... Los resplandore: 
que salían de vez en cuando por huecos imprevistos... 

Luc— Los pisos de la mina eran esos huecos. 

Jos. — Bocas de infierno se me antojaron. Lo repito, precioso. El mismo gol 
pear del agua sobre la cubierta del ascensor era un encanto más. Pues, ¿y abajo 
en el fondo? Aquellos hombres, aquellas '¿omhtns, mejor dicho, que iban y veníai 
a la claridad de los candiles. Parecían gusanüos de luz. 

Isabel. — (A Luisa, Carlos y Enrique.) ;Oué DOéíica es! (Burlándose.) 



Car.— Su padre tiene fábrica de tejidos. Cuando se envuelve en pellas de algo- 

in la poesía es soportable, 
ios.— ¿Verdad que es un espectáculo muy bello? (A las señoritas y caballeros.) 
Luisa.— Debían 'sacar cintas para los cinematógrafos de Madrid. ¡Cómo se di- 

ríiría la gente! 

Con.— Sin duda. * . . x 

Jos.— Los obreros cantan mientras trabajan. Son muy bonitos sus cantares. 

/éndolos imaginé que estaba en una función de teatro. 
Fern,— Función penosa, llena de peligros para los actores, señorita. Ganan su 

da muy rudamente los mineros. 
Isabel.— ¿Sí? , 

Luc— Hay que contar con que los mineros son también gente ruda y no sirven 

ira otra cosa. , ^ _, . 

Edu.— Si no comiesen de la mina, ¿de qué iban a comer? Claro que uno de nos- 
ros no lo resistiría... ¡Ellos!... Cada cual para lo que nace en el mundo. 

Luc— Aunque trabajan mucho no lo pasan mal. Los domingos toman su des- 
lite en la taberna, en el baile, en el café cantante. Se divierten más que nos- 
ros. Solo que estos ingenieros siempre están con el trabajador. (Golpeando afec- 
0samente el hombro de Fernando.) 

Fern.— Es natural. Allá abajo, ingenieros y trabajadores somos uno cuando 
^a la hora del peligro. 

Jos.— No me cansaré de repetirlo. La visita se me ha hecho un soplo; hubiese 
itadü horas y horas allí. (Poco antes salen por el fondo empujando una vagoneta, la Cre- 
ída y una obrera, que llcg-in cerca de Josefina cuando esta pronuncia las últimas palabras.) 

Quph:-~(A !a obrera, por Josefina.) ¡Lástima y lio te tuviesen un día entero con el 
co en la mano para que vieras lo quo es büono, ¡espantajo! (Siguen su camino.) 

Sol.— ¿Y Luis, su hijo de usted? No» ha abandonado. (A don Lucas.) 

Con.— ¿Nuestro hijo? Estará durmiendo aún; le gusta poco madrugar. 

Luc— Si ustedes gustan, daremos un vistazo a los hornos y a los depósitos. 

Edu.— A sus órdenes. (Los visitantes, precedidos por don Lucas y el ingeniero, se di- 
gen hacia Vos hornos a tiempo que salen, empujando una vagoneta, lre¡íe y Cesárea.) 

Luc— Por aquí. En estos hornos es donde el mineral se depura y se funde. (Los 
istíantes se detienen frente al horno en que Daniel trabaja.) 

Pac— (A Pablo, al cual se habrá acercado momentos antes.) Con una hembra asiera 
O el rey de España. (Por Josefina.) ¡Qué olor más rico ha dejao al pasar! Ni que es- 

r viese amasa con flores. (Irene y Cesárea estarán junto a Pacorro y Pablo.) 
_ Irene.— (A Pacorro.) ¿Te gustan las señoritingas? Pues hijo, limpíate, que buena 
te te hace. 

Pac— ¡Adiós, ampo de nieve! 

Irene.— Así me toman cuando me quiero dar. 

Ces.— (A Pable.) ^Sabes lo de allá? 

Pab.— Sí, Antonio me lo ha dicho cuando llegamos al trabajo. (Con tristeza.) 
Tres heridos! » 

Ces.— (Con rencorosa amargura.) ¡De los nuestros! ¡Siempre de los nuestros! 

Irene.— (A Cesárea.) Anda, tii, que llegan las otras a! cruce. (Entran la Greñuda «^ 
Obrera L* empujando la vagoneta. Las dos vagoriet.is se cruzan y desaparecen.) B^ 

Dichos menos Cesárea, Irene, Greñuda y obrera L^ '™/ 

'. Edu. —(Retirándose del horno al que los visitantes se habrán aproximado durante el diá- 
Ogo.) ¡Qué calor! ¡Es irresistible! (Los demás visitantes se apartan del horno también.» 

Luc— ¿Irresistible? ¡Baíi! Todo es acostumbrarse. (Poniendo afectuosamente la 
nano a Daniel sobre e! hombro.) ¿No es cierto, Daniel? 

Dan.— Si, señor, too es acostumbrarse. Ya ve usté nosotros. 

Luc. — (A los visitantes; enseñándoles a Daniel como se enseña un bicho en las ferias.) 
l\ fundidor más antiguo de nuestra mina. Un obrero excelente. Cincuenta y siete 
iños. Desde los dieciseis encima de la llama. 

Fern. -(Por Danibi, afectno.sanicnte.) Con este no pueden el fuego y el arsé 
licó. 

Dan.— Hastn el presente, no, don FernanJo; pero más pronto o más tarde, a 
tés nos cor.cluve. 

Sol. — (A doña Concha.) ¿De manera que aquí dentro hay arsénico? 



Con.— Eso dicen. Yo no entiendo jota. Allá los hombres. Se por mi esposo f 
las acciones suben y no pregunto más. 

Enr.— ¿Y dónde está el arsénico? No se ve. 

Fern. — (Señalando la boca del horno.) Ahí dentro. Esas Uamitas verdes que an 
como sueltas sobre la pasta roja, son arsénico. 

Luisa.— i Arsénico! 

Luc— Sí. I 

Isabel.— ¿Y esto mata? jQuién iba a pensarlo! ¡Con unos colores tan bonitolfi 

Fern.— Pues mata. Pregúnteselo usted a los obreros que lo respiran en la bÉ^ 
ca del horno. * 

Luc— No tanto. (A Daniel.y ¿Verdad que el arsénico no mata, Daniel? 

Dan. — Yo estoy vivo. Claro que no tóos tién mi resistencia. (Con sencillez.) Pét; 
ro, vamos, aquí el arsénico poco a poco, le deja a uno ir tirando. En las cánri(| 
ras condensadoras ya varía. Allí los emplomaos se cuentan por docenas. >í; 

Jos,— ¿Los emplomados? :% 

Sol.— ¿Eso que es? • '■% 

Dan.— El arsénico que se les mete en la carne a los hombres y los deja coi 
vertios en saca corchos. Gajes del oficio, señora. 

Luc— (Con precipita'ción.) Vamos hacia otro horno para que vean ustedes la 
gría. (Los visitantes se dirigen hacia el horno donde trabajan Pablo y otro obrero.) 

Isabel.- (A la Luisa, por Pablo.) Lo que es ese obrero no está emplomado, 
guapo, pero guapo de veras, 

Luisa.— ¡Puede que te guste! 

Isabel. — Quita el puede. 

Luc— ¿Pablo? 

Pab.— Mande usted. 

Luc— Haz una sangría para que la vean estos señores. (A Pacorro.) Tií, ve , 
parando unas barritas (A los visitantes.) Quiero que las lleven ustedes en recuei 
de esta excursión. 

Pab. — (Al obrero.) Anda tú. (El obrero que trabaja con Pablo abre el boquete del 
ahogadero. Pablo escarba en él con la barra de acero y sale un chorro de colores vivo?, 
verdadero arco iris de llamas, un rio de luz que cae a lo largo del horno y se dirige camii 
del depósito por los canalillos, mientras Pacorro saca plomo del depósito con el espetón y 
lo va vaciando en moldes pequefios. Procúrese dar visualidad escénica a este momento.) 

Luc. —(Con vanidad de amo.) ¿Eh? Miren ustedes. Me parece que la mina tiene 
también sus miajas de arte. ¿Qué tal la sangría? Desafío a todos los joyeros del 
orbe a que presenten en sus escaparates unas luces así. 

Jos.— ¡Hermoso! ¡Hermoso! Es el arco iris, puesto al alcance de la mano. Dan 
ganas de cogerlo. (Avanzando.) 

Pab. — Cuidado. Quema. (Al obrero.) Ea, tapa ya. (Entra Luís por la izquierda.) 
Dichos y Luis; al final, Greñuda y Obrera 1." 

Luis.— Perdónenme ustedes. Llego tarde. Dirán y con razón que soy un 
huésped. 

Jos. —¡Se le pegaron a usted las sábanas! 

Luis. - Bien castigado estoy. Mi pereza me ha retrasado en ver a ustedes. 

Jos.— No es la compañía nuestra lo que se ha perdido. Es nuestra visita a 
pozos. Bien es cierto que estará usted harto de visitarlos. 

Luis. —No lo crea. ¿A qué voy a bajar yo allí? ¿A romperme los sesos? 

Jos. -He quedado maravillada. De buena gana haría la excursión otra vez. 

Luis.— Por mí no quede. Una cosa es que no me seduzca bajar a la mina soltf 
oirá que lo haga con ustedes, no una vez, doscientas. 

Isabel. — ¡Qué galante! 

Luis. - No es galantería. Y si ustedes quieren... (A Josefina.) Si quiere usted, ii| 
ofrezco una comida allá abajo, en el fondo. Una comida iluminada con antorch '' 

Jos. — ¡Aceptado! ¡Aceptado! (Palmeteando.) 

Car.— (Bajo a Enrique.) Esta señorita tiene por cabeza una devanadera. ¡O 
viaje a la mina! ¡Valiente programa! 

Sol. —¡Qué ocurrencias tiene este Luis! 

Jos.— La de ahora es admirable, ¿Y cuá» do va a ser? 

' uis. -Cuando usted disDonea. 




Cdu.— Tiempo nay en aos meses que hemos ae estar aquí. 
Ll;c. -(A Luis.) Ya que llegaste, enseña los talleres a nuestros amigos. (A Fer- 
io.) Tenemos que hablar, don Fernando, y cuanto untes mejor. 
Luis.- (A lüá visitantes.) A SUS Órdenes. 
Pac— Si quieren verlas barras... 

Jos. —Sí, sí... (Todos se acercan al depósito en que trabaja Pacorro.) 
Luc. — (A don Eduardo.) Cuestión del nes;ocio. 

Edu.— Los neííocios no deben descuidarse nunca. Vayan ustedes, vayan. (Se 
al grupo de visiinuteó.) 

Luc— (A Fernando.) Es de la rebaja de jornales de lo que heif os de hablar. 

Irrn.— (ilnsiste usted? 

Luc— No soy yo. son mis compañeros, los amos de las otras mmas. quienes 

imponen la rebaja; y ello ha de ser hoy mismo. (A id.s otros.) Hasta después. 

Lu!s. -(.A su pHrtre.)¿Nos reuniremos en el jardín? 

Lyc.— Indudablemente. (Sale por 1h izquierda con Fernando a tiempo que aparecco 

el fondo empuiando una vagoneta la üreñuda y la Obrei^t i.") 

Luis.— (A los visitantes.) Por aquí nosotros, (Luis y lo:< visitantes se disponen a cni- 

desde el horno de la izquierda a la puerta de la derecha, donde están los talleres.) 

Grkñ.— (A la Obrera 1.") ¿Entoavía están aquí estas muñecas empolvas?... Aho- 

veráá tú... (La Greñuda empuja la vagoneta a tiempo que van a atravesar la vía Isabc! y 

sa. Luis, que ve el avance, retira a las sefioritaa del rail. Ellas retroceden asustadas.) 

Luis.— ¡Cuidado! 

Luisa.— i Ay! 

Isabel.— (Jesús! 

Luis.— ¿No ves que están pasando? 

Greñ . —(Hipócritamente.) Se escapó la vagoneta, señorito. 

Con.— Ustedes perdonen. Son unys salvajes. (Salen Josefina y demás visitantes.) 

Greñ.— (A la Obrera I.'') Lástima de mandao. A las piernas tiraba. 

Obre. l.°—¡Tiés una sangre! 

Greñ.— Por verlas a toas uncías a la vagoneta, daba lo que me quea de vivir. 

Obre. 1.*— ¡Eso es ser envidiosa! 

Gkeñ.— Eso es llevar cincuenta años haciendo de muía. Tira pa alante ya. (Sa- 

por la izquierda Greñuda y Obrera i.") 

Daniel, Pablo, Pacorro, Obreras, Obreros; luego Cesárea e Irene. 
Pac.— (A Pablo.) ¡Cámara lo que tardan eh dar las diez! O mi estómago alanta, 
;n la mina atrasan los relojes pa que dure más el trabajo. Luego el olor de esas 
loritas, me han puesto los dientes de a cuarta. De mo y manera que nesecito 
order algo. 

Pab.— Muerde el cucharón que está calentito. 

Dan.— (Al Obrero 1.°) ¡Vivo!, que está en su punto. (Sacando su reloj y mirándolo.) 
neo minutos antes de las diez. (Con satisfacción.) No hay horno como el mío. Un 
)nómetro espa fundir. (Golpeando el homo con la barra.) Los lingotes que salen de 
lite se diíerencian de los otros tal que la plata del carbón. 
Obr. 1. '^—¡Cuánto quiés al horno! (Riendo.) Ni que fuese de tu familia. 
Dan.— Motivos tengo pa quererle. Empezamos a cocernos juntos. (Secándose 
ludor de la frente.) ¡Uf! Estoy cansao. (A Pablo.) ¿Cómo anda lo tuyo, hijo? 
Pab.— Acabando. 
luENE.— (Dentro, cantando.) Ni por plata ni por oro 

se han de llevar mi querer. 

El que mi querer se lleve 

minero tiene que ser. 
Pac— Eso sí, como cantar, canta bien la Irene. Vale más una copla suya que 
9 los berríos del cantante. (Aparecen Irene y Cesárea empujando la vagoneta.) 
Irene.— (A Cesárea.) Muertecitos llevo ¡os brazos. 

Pac— (A Irene.) Bendita sea tu garganta. ¡Lástima que estés un poco ronca! 
ñalando el plomo de la cuchara.) ¿Quiés una cucharaíta pa aclararte el garguero? 
Irene. -Anda y regálasela a las monas enjaezadas que te comías con los ojos. 
uena una campana. Los obreros sueltan sus herramientas. Los trabajadores abíindonan hor- 
18 y picas, los muc!iachos sus esportillas, los espetoneros se apartan de los hornos, Pacorro 
elta su cucharón, que tieue ya casi íuera del depo.oitü. y lo deja caer en .i uura vez 



PAC.-¡Arza y que te vuelque e! amo! ..¡ AalmorzarííDirígicndase en busca de PaRl 

Dan.— (Al Obrero 1." que va a soltar la-barra.) [^^spera, hombre, espera. Po: 
sean las diez no demos de hacer las cosas ma!. Tapa justo el boquete. 

Obr. 1."— Bien está pa el hambre que tengo. ¡Que ¡o tape mejor quien quIeiÉ 

Dan.— Yo lo taparé, descastao. '^ 

Obr. 1."— (IEs mío el horno?... ¡Entonces!... Cuando lo sea cambiaré de j^r 
siesto. (El Obrero 1." deja la barra y se dirige hacia el patinillo. Daniel queda arreglando, lí; 
desahofíadero. De los talleres que están a la derecha salen las mujeres corriendo unas, rieji^ 
otras, otras cantando. Todas con sus almuerzos y sus botellas en la mano. Algunas se reuiié 
con sus hombres, otras forman grupos, distribuyéndose desde el patinillo hasta el fondo deía 
fundición, tomando asiento en el suelo. Con las obreras viene Anita que se reúne a Pacdíb 
y a Pablo, Por la izquierda vienen la Greñuda y las Obreras 1.^ y 2." que se unen a Irene for- 
mando grupo aparte. También sale del taller un poco des^pués y sin confundirse con las ot^ 
obreras, Bastiana, mujer de veinticinco años, guapa, bien trajeada y dándose aires de impip 
tancia. Llevará en la mano una cestita muy elegante y se sentará lejos de las otras. Cesár^ 
se sentará sola en primer término. Procúrese dar a esta escena caracteres de vida y de reaB* 
dad. Es el medio, el vivir de los trabajadores lo que hay que meter plásticamente en el altn$ 
del público, para que éste se impresione, se compenetre con ese vivir y lo esíé viviendo. Wá 
por consiguiente, en este drama, el director de escena un colaborador principalísimo.) -i 

Bas. — (A Irene que pasa rozándola para reunirse con ¡as Obreras 1.^ y 2.*^^ Ten CUÍdíí 
do, mujer, que manchas. (Con aitanerúi.) sií 

Irenr . - (Con desgarro.) j Perdone u sía! . . . (Reúnese con la Greñuda y las Obreras 1 .^ y a^ 

Greñ.— (Bajo, señalando a Bastiana.) ¡Pues no ha echao pocos humos Bastianá 
denüe que su marío es capataz y capataza ella!... ¡Ni que fuese el ama de la m¡na!| 

Irene.— (ídem.) El ama de !a mano izquierda ya lo es. ¿Si no cómo iba a ser ca-ji 
pataz el bruto de Nemesio? ffl 

Anita.— (A Daniel.) ¡Padre! ¿No viene usted? ij! 

Dan. — En seguía. Estoy concluyendo. (Todos los obreros sacan los almuerzos mi- ^ 
serables que dan idea del vivir precirio que ¡levan en las minas los trabajadores a jornal.) 

Greñ.— (A sus compañeras de grupo.) ¿Eh? ¡xMiá que almuerzo el mío! Un cacho 
de pan más duro que el plomo, y un tomate. (Enseñándolo.) Luego queréis quje no 
aborrezca a tóos esos hartos de jamón. Como los cogiese entre mis usías ande no 
hubiera Guardia civil, les sacaba el pellejo a túrdigas.' 

Pac— (Se acerca al grupo, comiendo.) Cuidiao que eres tú mala,. vieja. Debías 
pensar que la muerte está ya rondándote y que e! cielo se abre sólo a los buenos. 

lííENB.— (Con alegría.) Déjalos con su dinero, agüela, que también tién que rascar 
A! fin y a la postre nosotras tamién nos divertimos. 

Greñ.— ¡Nosotras!... Vosotras, vosotras ias jóvenes que aiin tenéis mineros 
pa que os hagan la ruea y os convíen y os lleven al baile y os jaleen el hato. Vos- 
otras tenéis un padre o un hermano o un honíbre, o un chiquillo... ¡algo que 09' 
llama y que os alegra!... ¡Yo! .. ¡Mi juventü, ¡anda con Dios! ¡Mi marío cerró d 
ojo ya. Los hijos... me los mató un desprendimiento. El aguardiente es mi recuf* 
so y gano pocas perras pa beber el que nesecito. (A Pacorro.) ¡Güeña!... ¡güeña!... 
Cuando se han cumplió los sesenta y se está pobre y fea y hay a«e agarrarse R 
una vagoneta pa vivir y a un cíxho de pan duro pa afilar las encías, no se puésef 
güeña, muchachas. 

Ces . —Razón llevas, Grefiuda. 

Obr. 1." — (A la Greñuda, ofreciéndole una botella.) Arza, bebe Un trago. 

Greñ.— (Bebiendo.) Saiú. ' ..:, 

Dan. — (Acercándose donde están Anita y Pablo con el Obrero 1.°) ¿Veis CÓniO quéá 
tiempo para tó? (Sentándose con ellos. Pablo se separa de su familia y se dirige corf^el 
«Imuerzo en la mano al sitio donde está Cesárea, que aun no ha destapado su tartera.) 

Pab. —(Aparte a Cesárea.) Hoy teaemos que almorzar juntos. ¿Quieres? » 

Ces.— ¿Por qué no? Siéntate. 9 

Pab.— Aquí no. ™' 

Ces.— Pues... 

Pab.— En la explanad?» nos aguardan Macario, Antonia, Enrique... Los com- 
pañeros y compañeras que tienen más influencia con los trabajadores. La rebaja 
de jornales está decidida y hay que resolver inmediatamente. Es preciso que ¡ 
vengas tú para resolver con nosotros, tú, que eres el alma de las mujeres ae ia minai I 



CEg,_Vamos. (Levantándose. Salea por el espacio libre que neia el patinillo.) 
Dichos menos Pablo y Cesárea. 

oAS.— Mirar la apó=itola como se las naja sólita con Pablo. 

Irene.— A na malo irá. tis la única .niijer de la mina que pué irse sola con un 
tmbre sin que la mormuren. 

BAS.—f'La única? (Con mal gesto.) 

Qrfj;.._S,', señor. Y no hay que hablar de ella. Ya sabes que toas la quere- 
os. (Entran en escena por la derecha, doña Soledad, dofla Concha, Josefina, Isabel, Luisa, 
lis, don Eduardo, Carlos y Enrique.) 

Luis. -Saldremos por la espalda de la fundición para llegar antes al lardin. La 
esa está bajo los tilos. 

Jos.— Será un almuerzo delicioso. 

Con.— Un almuer/.o de pueblo, debe usted decir. No esperen filigranas. Aquí 
3 caben improvisaciones. Carne, pescado, pollos, jamón en dulce y paren uste- 

s de contar. 

Irene.— ("Oís? (Bnio a los obreros.) ... 

Luis.— De los vinos respondo yo. (A los caballeros.) Marcas de primera, señores. 

Pac!— (Eají) al grupo en que estii.) Bien podían mentar eso del vino en otra par- 

iQué ganas de mortificarle a uno* j r^ - 

Luis. -(Acercándose a Josefina.) He puesto mi cubierto junto al de usted. ¿U¿uie- 

perdonanne? 

jos._(Con coquetería.) ¿Perdonar? No se perdona lo que agrada. 
Le;is.— Gracias. 
Con.— ¿Andando? 

Luis. -En seguida. (Alto a las obreras.) ¡.\ ver una! (Tres o cuatro obreras entre la^ 
lales está .Anita, se adelantan a la voz de Luis. Anita llega junto a este.) 
Anita. Mande usted. . , . ,, 

Luis.— Vé al despacho y dile a mi padre que ya vamos hacia el jardín: que no 

le retrase. ■ . . ^ 

Anita.— (Bajo.) ¿Por qué te acercas tanto a esa señorita? (Celosa.) 

Lui.s.— ¿Por qué? (Sorprendido.) ¿Vas a venirme ahora con historias? (Desdsiíoso 
altivo.) ¡PÍies tendría gracia!... Anda. (Anita se dirige a la izquierda, por donde sale, 
toña Concha y áoñn Soledad, Jo.sefina, Isabel, Luisa, don Eduardo, Carlos y Enrique, prece- 
ídos de Luis, se dirigen hacia el fondo por donde desaparecen.) 

Irene.— (A Pacorro que .sigue con los ojos encendidos y la boca abierta a las sefloritas 
ue se van ) Anda, hombre, avíate en un santiamén. Te pones el futraque y te vas a 
.Ihiorzar con las señoritas. Anda, que te están esperando y puén perder el apeti- 
6 si no las acompañas. 

p^. -Pué que te enfaes porque mire yo a otramuier. Chica, si fuese yo a en- 
aarme por ca hombre que has mirao y remirao en este mundo, me entraría la rabia. 

Irene.— A naide miro más que a uno hace dos quincenas. 

Obr." 1 ."— a ver si te has enamorao con veras de Pacorro. (Riendo.) 

Irene.— Sime hubiera enamcao, ¿qué? 

Bas. -iQue tendría gracia! (Con mofa.) 

Irene.— ¿Y por qué tendría gracia, señora... capataza? 

Bas.— Porque nadie te cree capaz de ol'o. Ya se sabe: uno ca ocho días. Mejor 
levas tú el alta y baja de los trabajaores de la mina que la aministracion. 

Irene. —Pues ahí tiéstú; yahetirao el lápiz y no quiero más que a éste en la lista. 

¡-"ac- (Contoneándose con vanidad.) ¿Eh? Pa que veáis lo que vaie un güen mozo. 

Dan. -(Riendo.) jPresume, Pacorro! (Se acerca al grupo.) 

Bas.— (Con desprecio.) Y lo puede hacer. Si esta se ha fijao en él, no lo ha hecho 
1 tun tun. Ha tenío ande comparar, 

Irene.— Oiga uáté, doña... limpia. Yo hago y he hecho con mi persona lo que 
me ha dao la ríal gana. Mía e.s mi persona y a naide ofendo; ni a mis padres, por- 
que pudren tierra, ni a mis hijos, porque no los tengo. De móy manera que pata. 
No toas podrán decir lo mismo. 

Obr. 1."— Irene, cállate. 

CiRBÑ.— Dejala que hable, chica. 

Has.- (A Irene.) ¿Y soy yo la que no pueo decir lo mismo? ¡So... escoria! 

iktNE.— Perdone usté, plata ¡'.-..ijía. N'o sé lo que podrá r,,--te decir o lo que no 



lOl 



III 



podrá usté decir. Sé que cuando ne puesto mis ojos en un nombre, minero ha sío 
el y querer por querer le he dao; y si él ha paojao unas copas con los dineros de 
su jornal, con ios del jornal mío he pagao otras yo. Yo seré... lo que sea, por íii^ 
gusto, porque me sale así de adentro. En cambio otras, se compinchan con sus P 
maríos pa hacer cucamonas a un amo viejo y pa que el viejo haga capataz ai marí'. " 
y capataza a la mujer. De mó que yo, con lo que hago, me doy y otras, con lo que ■ 
hacen, se venden. ¿Se ha enterao usté ya, güeña moza, o se lo canto más clarito^ 

Bas.— ¿Dices eso de mí, mala lengua, embustera? Yo haré que te echen de la 
mtna. (Loa obreros han ¡do acercándose y forman corro en torno de Bastiana e Irene.) 

Irene. -Por echa me tengo. Como que eres la enfluencia mejor pa el amo. And? 
que tus fauguillas te cuesta. (A los obreros.) ¡Porque miá que don Lucas! ¿Eh' com- 
pañeros? ¡Vaya un pollo! (Los obreros y las obreras se ríen.) ' ,; 

Bas.-~ ¡Pingajo! 

Irene. -Eso eras tú, un pingajo, un pingajito hace cuatro meses. Sólo que el 
amo te pone ahora los faralares limpios... y a tu marío se los pone también 

Pac— ¡Ole! ¡Ole! 

Bas.— (Avanzando hacia Irene.) Y yo te voy a poner la jeta encarna. 

Irene.— (Avanzando hacia Bastiana.) ¡A mí! 

Oek.^ 1.^— Vamos, no venirse a las manos! (Las obreras 1. y 2. tratan de deténerl 

Irene.— Suelta, chica, y verás lo güeno. 

Greñ.— Sí, soltarlas, (^ue se zurren si ese es su gusto. (Las obreras sueltan a 
tiana y a Irene, que se dirigen la una hacia la otra.) 

Pac. —¡Ande el movimiento! ¡Dos duros por mi gallo! 

Irene.— (Cogiendo del pelo a Bastiana.) ¡Toma, pa horquillas! (Bastiana e Irene se 
gen y forcejean a tiempo que entran Cesárea y Pablo por el espacio que deja libre el patinil,^ 

Obr.^ 2.*— ¡No, no, separadlas! IM 

(jreñ.— ¡Asi, Irene! ¡Al pelo! ¡Duro con el pelo! • 

Ces.— ¿Qué es esto? ¿Y vosotras dejáis que se peguen? (Se pone entre las d 
rmijeres y las separa.) Ayúdame, Pablo. (Entre Pablo y Cesárea separan a Irene y a Bastía 
1 'astiana queda con el pelo suelto y llorando de rabia. Irene se arregla el suyo contemplan 
'iastiana con aire de triunfo y mirando con orgullo a Pacorro.) 

Pab.— ¡Ea, se concluyó! 

Dichos y Nemesio. 

Pac— (A Irene.) Guapo, Irenilla... le has clavao el espolón en mita de la cresta! 

Nem.— (Entra y se fija en Bastiana, que llora.) ¿Cómo? ¿Lloras tú? ¿Qué te pasa? 

Bas.— Que esta picara me ha pegao y ha dicho que si tú y que si yo... (Llorando.) 

Cjkeñ.— ¡Y llora!... Eso no es una minera... ¡Es un crío! ¡A la cuna! ¡A la cuna 
con él! : 

Ces.— Sed lo que sois, mujeres, y no fieras, que es lo que parecéis. <, 

Nem.— (Que se ha acercado a Bastiana.) ¿Con que SÍ?... ¿Conque esta mala san- 
gre?... ¡Ahora verás tú! (Avanzando hacia Irene en son de amenaza.) f " 

Pac— (Interponiéndose, a Nemesio.) ¡Cuidiao! Por muy capataz que seas, Neral 
sio, en cuanto la toques, te salto un ojo. 

Dan.— (Interponiéndose también, a Nemesio.) Mal harías pegándola. De igual . 
Igual han peleado. Ley de los mineros es respetar esas peleas. Si tu mujer ha per 
üio,que se aguante. Nemesio. 

Ces.— (A Bastiana.) Venga usted, véngase conmigo. Esto ya pasó. En el taller 
puede usted arreglarse. Vengase conmigo, Bastiana. (Bastiana y Cesárea salen.) 

Nem.— Bueno; allá las mujeres. (Aparte a Pacorro.) Pero lo que has dicho tú hay 
que probarlo. 

Pac— Luego. Cuando salgamos del trabajo y naide nos estorbe. 

Nem.— Conformes. Será luego. (Después de una breve pausa durante la cual Nemesio 
y Pacorro se miran desafiándose con los ojos.) ¡A ver Daniel, Pablo, Roque, Antonio, 
•os jefes de tarea, a las oficinas conmigo! Os llaman. 

Dan.— ¿Y pa qué? 

Nem.— En la oficina os lo dirán. 

Pab.— Vamos. (Salen por la izquierda Daniel, Pablo, Nemesio y los obreros \° y 2.°), 

Obr. 1."— (A Irene.) Bien hiciste en zurrarla. Hace cuatro meses era vagoneíft* 
ra corro tú y como yo, v el t^^arío arrancaba plomo en la mina. Hovtodo es oresul 
rnir y taroiear H 



:jREÑ.— Al farol de ella le ha roto esta los vidrios, (Por Irene.) 
^AC— Y al de Nemesio no va a quedarle ni tan siquiera la armazón. 
RENE.— (Con cierta tristeza noble.) No. Tú y Nemesio no. Yo no soy quién pa que 
ombre se juegue los reaños por mí. 

*AC.— ¡Tú ties la sal por arrobas, y sacúes firme, y bebes tamién firme y pa- 
lo que bebes tú y lo que bebo yo! ¡Ya ves si hay motivos pa que saque por tí 
ira! Aparte de que poco o mucho, y dure lo que dure, hay alpjo entre nosotros, 
/oy a dejar que te amenace dengúu hombre. 
RENE. —(Con gratitud.) ¡Pacorro! 

^Ac. — No te apures. No llegará la sangre al río. Tres o cuatro capones, los 
ros hinchaos, y después a tomarnos tóos unas copas. Vamos, tóos no. Bas- 
a se queará en casa. Porque, ¿qué iba a decir don Lucas? 
Dbr. 2.'*— Tenéis vosotros una lengua... 

jREÑ.— Es mentira, ¿o vas a defenderla t''? Niña, ¿tiras tamién pa... capataza? 
Dbr. 2^^— ¿Qué dices! 
OREN.— Lo que podria ser. 

^AC.—Greñúa, tiés un frasco de arsénico en el alma. Cállate. (A Obrera i.") Y 
o la hagas caso. 
3br. 2.^-Yo... 

^AC. — (Cogiendo una botella y mirándola al trasluz.) A tó esto se acabó el vino. 
RENE.— Aquí está mi botella. Con la bronca se ha quedao virgen. (Alargándola.) 
^AC— No pueo consentir que haga aquí un mal papel. Trae, serrana. (Bebe, 
lole la botella a La Greñuda. Viendo que ésta empina lari^o la botella.) ¡So! (Quitando- 

y pasando a Irene la botella.) Eres una colambre, agüela. 

Dichos y Cesárea 

Ce8.— Ya está más conforme. (A Irene.) Sólo falta que hagáis las paces. 
Irene. — ¿Las paces? 

Ces.— Sí. Las paces. ¿A qué reñir, a qué disputar entre nosotros? ¿No tene- 
B bastantes penas en el mundo? 

Pac- Andar a trompazos no es pena. Yo he pasao el gran rato. (Entra Pablo 
la izquierda y se dirige hacia Cesárea.) 
Pab.— ¿Cesárea? 
Ces. — (Acercándose a él.) ¿Qué? 

?AB.— (Bajo.)Lo que pensábamos. Desde mañana, rebaja de jornales, 
;^ES.— ¡Ah! De modo que... 

Pab.— Lo que se ha resuelto. No aceptamos y proclamaremos la huelga. 
Ces. —¿Los otros? 

Pab.— No retrocederán. El acuerdo es firme. Vé ^ los talleres y díselo a las 
)ajadoras; hoy mismo estallará la huelga. Ahí viene mi padre y los otros jefe? 
:area. Vé. Ha de ser hoy mismo, antes que el trabajo se reanude. 
Ces. — Cuenta conmigo. Voy. (Con gesto lleno de energía. Sale Cesárea por la de- 
la mientras entran por la izquierda Daniel, los obreros 1." y 2." y dos obreros más.) 
Dan.— (A su hijo.) ¿Conque era verdacl? ¿Conque rebajan los jornales? 
Pab.— Ya lo ha oído usted. 

Obr. 1.".- y ya oíste qué no lo sufriremos. ¿Verdad que no? (A los obreros.) 
Pac— ¿Qué? 

Pab.— Que rebajan los jornales como se anunció anoche (Movimiento en los obreros) 
Pac— ¿Sí? 

DAN.--Dende mañana rebajaos.' 

Pab.— Y nosotros a lá huelga desde hoy. ¿Estamos conformes? 
Obreros,- ¡Sí! 

Pac— ¡Digo que si estamos conformes! La huelga a escape. (A Irene.) Chica, 
rala huelga! 

Dan.— No: la huelga es el hambre. No sus precipitéis. Aun puede intentarse 
0. Hablar con el amo, convencerle; transigir nosotros. (Titubeando.) 
Pab , —Nosotros no. 
Obr, 2.°— Que transija él. 
Dan.— Bueno, que él transija. Podemos esperar... Todo menos la huelga. Qui- 

hablando con don Lucas... No es mala persona... Pué que nos atienda... (Sue- 
tentro la campana.) La camoana. Vamos a trabiijar. A la noche determinaremos. 




Pab, — Ahora mismo. ¿El amo quiere ¡a guerra? La tendrá. 

Dan.— Hay que hacer el último esfuerzo. Hablemos con don Lucas. 

Obr. 2.°— ¡Hablarle! En su despacho estaba cuando nos dieron la orden y 
oyó lo que decíamos y ni siquiera asomó las narices. 

Pac. — Es un morral. (Entra don Lucas por la izquierda.) 

Obr. 1 .°— (A Daniel.) ¿Quiés hablarle? Ahí le tiés, hombre. (Aparece Luís.) 

Obr.'2.°— (A Daniel.) Y por si acaso no te basta con él, allí viene su hijo. (P^ Bü 
un movimiento instintivo los obreros se retiran a la derecha hacia el fondo, meno5 FablOy |p( 
Daniel y Obreros 1.° y 2.") 

(La campana sigue tocando. Procúrese q'.ie suene ieios para que no estorbe el diálogo.). 

Luis.— (A don Lucas.) Venía en busca tuya. Te has retrasado mucho. Todos eS' 
peran ya. ,; 

Irene.— (A Pacorro.) ¡Qué seguío toca la campana! p 

Pac. — Déjala, (Como si hablara con la campana.) Hoy estamos en huelga) amiga, 
no nos sale de las narices ir. (Luis habla con don Liuaí.) 

Luis.— (A los obreros.) ¿isío oís que llaman al trabajo? ¿Qué hacéis ahí quietos? 
(Los obreros bajan la cabeza cobardemente, sin atíreverse a contestar. Cesa la campana.) h„„ 

Obr. L°— (Tartamudeando.) Ya ve usté... estamos... Pues estamos... Ya hein<|i Ls 
oído la campana... Estamos... ' f-K 

Luis.— ¿Por qué estáis? Decidlo de una vez. 

Obr, 1.° — (A los otros.) No sé qué decirle. 

Pac— (Al Obrero 1.°) ¡Qué blando eres! Fíjate. (Se estira la chaqueta y se dti 
Luis; fuerte.) ¡Estamos!... (Se detiene como atnicíantado, balbuceando.) Estamos, 
tam... ¡Anda, se me traba la lengua! (Retrocediendo, a Daniel.) ¿No querías hal 
Habla tú. (Daniel se adelanta con el sombrero en la mano y la actitud liumüde.) 

Dan.— El caso es... que nos han dao la orden... Nos han dicho que rebaja us 
té los jornales y... a nosotros nos parece... Es decir, cree'mos,. . Ya ve usté, los 
jornales de hoy dan panial comer... Hágase usté el cargo... Como usté lo piense 
unas miajas... 

Luc. —Cuando he dado la orden es porque no tenía más remedio. ¿Cre.ú]^ que 
hago la rebaja por gusto? Todos tenemos que vivir. Para que vivamos toij i ;, te- 
néis que conformaros hoy. Esto es transitorio. Vendrán tiempos mejores. Cues- 
tión de unos días. (Conciliador.) 

Dan. — En tal caso... (Haciendo ademán de dirigirse al horno.) Si usté nos ofrece 
que serán pocos días... (Coge la barra y se encara con los obrervjs,) Ya veíS, amigOS; 
es cuestión de unos días. ¡Cuando don Lucas os lo dice!... (Movimiento de irr 
ción y duda en casi todos los obreros.) 

Luis.— Claro, hombre. ¡A los hornos! ¡A trabajar! \fues no faltaría otra 
(Algunos obreros se dirigen hacia la fundición.) 

Pab.— ¿A trabajar? (Con energía.) No. No iremos ninguno. (Coge la barra de maiii| ¡^ 
de su padre y la tira.) Ni usté tampoco, padre. (Los que se dirigen al trabajo se detienril | |i¡j 

Luis. — ¡Eh! (Sorprendido/) 'I jj 

Dan. — ¡Pablo! (Confuso.) • 

Pab. — No iremos si los jornales no se mantienen como estaban. 

Luc— ¿Qué dices? * 

Pab.— Que si estos hombres callan y no se atreven a decir lo que llevan en el 
corazón, por mal entendidos re:;petos, yo hablaré alto y en nombre de todos: 
porque todos, sépalo usté, todos piensan lo que hablo yo. Si se rebajan los jor- 
nales no volveremos al trabajo. 

Dan.— (Suplicante.) ¡Hijo! 

Pab. — No volveremos. (A los obreros.) ¿Diíjo verdad? (Los obreros bajan la ca 
sin responder, pero permanecen inmóviles con cazurra testarudez.) 

Luis . —Ya ves cómo no te contestan . 

Pab.— Ya ve usté como no van a trabajar. Callan y bajan la cabeza porqtK 
davía son cobardes delante del amo; porque aún no se atreven a decir lo 
piensan. Yo sí me atrevo. 

Luc -¿Tú? 
^ Pab.— Me atrevo como hombre libre que soy para dar o negar mi trabajo, 
mineros no trabajarán. 

Luis.— ¡Pablo! 




IPab.— (A los obreros.) No tengáis miedo. Tirnd las herramientis: ahora ustedes 

lidirtln. (Algunos obreros que han cogido las herramientn.s lus arrojan con violencia.) En 
jcondiciones impuestas, ios liombres de la mina no vuelven al trabajo. (Momen- 
jantes ha salido Cesárea seguida por un grupo de obreros.) ■ 
|CES.--Las mujeres tampoco vuelven, 
f Luis.— ¿Qué dices? 

s.— Lo que usted acaba de oir. Las mtijeres tampoco vuelven. 
i;. — (A los obreros.) Vamonos (Pablo se dirige haciii la izquierda. Todos menos Da- 
nacen ademán de seguirle.) 

Lüis.- ¿Iros, porque este necio y esta loca os mandan que os vayáis? 
ICes.— Irnos, porque no queremos ser vuestros esclavos; irnos, porque no que- 
[ios sufrir injusticias. No van con va necio, novan con una toca. Van con dos 
«ajadores quesienten COtnoellos.(A ios obreros.) Vamos. (Vuelve a sonarla campana.) 
IPab. — Vamos. (Dirigiéndose con los obreros hacia la izquierda.) 
[Luis. -Idos, sí. La huelfíá es el hambre y la muerte. Idos. Peor para vosotros. 
[Ces. -(Encarándose con Luis y con don Lucas.) Peor para vosotros si no llegamos 
Dlver. Nosotros llevamos nuestros brazos. Donde vayamos podrán nuestros 
EOS arrancar el mineral de la cantera y tundirlo en los hornos y convertirlo en 
ras... Vosotros, si nosotros os dejamos solos, ¿qué haréis? Andad. Ahí tenéis 
herramientas; ahí están ardiendo los hornos; ahí bulle el mineral fiuidido. Na- 
falta. Ni la campana que llama a los trabajadores. Es la hora de empezar la 
la. Nosotros nos marchamos. Se<;uid el trabajo vosotros. (En actitud desafiadora 
lUarda, rodeada por todos los obreros. Telón,) 

ACTO T E R E R ^ 

ni.sm<i decoración del acto anterior. A la vid.i, j la animación, ul vnh'> ardiente que salía de la 
fundición, ha sucedido esa quietud slmes'ra. ese desomparo mortal que se apodera de los 

grandes centros industriales cuando el ir<il)fii)se puniliza. Los hornos están apagndos. Los 
epótÍ!Oi sin mineral fundido. Lo» herramientas recosioüas ccnf.-.i ios hornos y loi bordes de 
los 'lepósitos. Las puertas que comunican con la dercchi y con Ij i/:juierda aparecen cerradas 
al comenzar el acio. En eipatiniílo habré media docena de saldíidos, calenlAndose en torno de 
una hoguera hecha brasas. Un teiitinela uascará pon v\ espacio libre que hay líelante de! pati- 
nillo. L'ys soldados tendrán los fusiles junto i ellos. Con los so¡'i¿.¿ios estará ^'cd^o cüipntán- 
dose como eHoa a !a lumbre en la cual hervirá una marmita, tis de noche. La luz de la luna ilu- 
minará a medias la escena. 

Pedro, Soldados 1." y 2.°, un Soldado más y un Centinela. 
SoLD, 1.'^— ¡Valiente madrutíada!... Vaya un frío que hace, sargento. 
Pf.d. — Aumenta la fojE^ata si quieres. íín aquel montón tienes leña de sobra. (El 
lado 1." se dirige al montón de leña y vueivc con unos tronco?! que arroja en la hoguera.) 
Solo. 2."— i(^ué noche más perra! 

Soi.D. L°— ¡Y si al menos nos hubiese servio de algo! Pero los mineros no se 
líven. Vamos a quedarnos sin disparar un tiro. 
Ped.— -¡Tiros! (Con gravedad.) Dios hagñ que no sean ellos menester. 
SoLD. 2."— ¡Que tú digas eso! ¡Un valiente probao, que se muere por andar a 
stazos! 

Peo.— En otros sitios andaría; aquí no. 
SoLD. 2." - ¿Pues? 

Ped.— ¿No sabes que mi padre y mi hermano y todos mis amigos de cuando era 
zo trabajan en la mina? ¿Crees que me sonaría el cuerpo a ¿gloria si tuviese 
i encarar contra ellos el fusil? Vosotros no conocéis en la mina a nadie, y, 
ro, ¿qué os importa nadie? Tirar del gatillo entretiene. Si fueseis de este pue- 
I, estaríais como estoy yo. 

SoLD. 1." -Es que sí. ¡Si estuviéramos en mi pueblo y tuviese que tirar contra 
1 vecinos!... Claro que si me dejasen escoger, contra alguno dispararía a gusto. 
ifo de eso a tirar al montón, no sabiendo a quién vas a darle!... Mala cosa es. 
Ped. -(Cabizbajo.) ¡Y tan mala! 
SoLD. 2.° — ¡Qué remedio!... 

Ped.— Én fin... Bueno está. (Mirando la marmita.) Ya hierve el café. Lo tomare- 
8 para entrar en calor. Echad mano a los vasos. (Los Soldados sacan vasos y se van 
iendo café. Pedro saca un frasco de aguardiente.) Aquí hay aguardiente. Rociaremos 
nal humor. (Bebe y pasa el frasco a los Soldados.) ¡Ojalá y todo acabe en paz! 
SoLD. 1."— Tu hermano es el jefe. 



PED.-Poreso no estoy yo tranqui! .\ Siempre fué caliente de cascos. Tiene 
mucha sangre v es capaz de mover una írapatiesta. Luego Cesárea... 

SoLD. l."-¿Esa loca que les predica a ios mineros? v™ m 

SoLD. 2.°-- Es una buena hembra. Si la tuviese en la cantina, ganaba el Cín f 
Hernández doble. ^: 

Ped. — ¡Quiá! Acabaría por irse todo el mundo. Eso no es mujer. Lo mismoll 
da a ella de los hombres que die esta brasa í' mí. (Tirando con desprecio una brasa que 
ha cogido para encender un puro.) Estoy por decirte que ni mi hermano le ha lletrao con 
eí pico de una uña. Ella con la revolución social y con la justicia y con todas escí- 
pamplinas que le rebullen dentro de la sesera, r le bastante diversión. Eniper: 
en que los patronos y los trabajadores, los pobr-js y los ricos, han de ser i|¡;uaie^ 

vSoLD. 1.°— (Riendo.) ¡Anda, qué guillaura! 

Cent. — (Que se ha detenido en la izquierda, preparando el arma.) ¡Alto! (fQuién vive? 
(Pedro y Soldados se levantan y se dirigen a los fusiles.) 

Ten.— (Dentro.) Teniente Fernández. 

Cent. — ¡Sargento, el Teniente! (Los Soldados se alinean. Pedro se dirige a recibir ai 
oficial, que entra por la izquierda. El Centinela tercia el arma.) 

Ten.— Sargento, vénganse conmigo. 

Ped. — (A los Soldados.) A formar. (Los Soldados preparan los fusiles y forman.) 

Ped. — ¿Nos vamos de aquí, mi teniente? 

Ten.— Sí. Hoy reanuda sus trabajos la mina. 

Ped.— ¿Con los huelguistas? 

Ten.— No. Con esquirols, como dicen ellos; con trabajadores contratados. Lo 
más probable es que los huelguistas se opongan a que trabajen los esquirols y 
tengamos jaleo. El peligro, si le hay. está en la entrada de la mina. De modo qué 
la compañía va a reconcentrarse junto a los pozos para cubrir la carretera e impe- 
dir el paso a los huelguistas. Así se ha dispuesto. Si ocurre algo en estas depu i- 
dencias, no están lejos, se puede venir en cinco minutos. Los capataces avisarígM, 

Feo.— ¡Y mi hermano qué está con los huelguiátas! -^m'' 

Ten. — ¿Tienes un hermano con ellos? ¡Vaya por Dios, hombre! (Contrariaffif 
como para sí.) Sería una atrocidad que llegase a haber tiros. (Con mal humor.) ¡Mal- 
dita huelgal ¿Por qué nos traerán a esto a los soldados? ¡Nosotros llevamos las 
armas para cosas más grandes; para pelear contra los enemigos de la patria, no 
para disparar contra los hambrientos! ¡Ojalá no sea preciso hacer fuego! Para es- 
tos menesteres, la policía, la policía, no nosotros. ¡Én fin!... ¿Estamos listos? 

Ped. — (Poniéndose al frente de la fuerza.) Sí, señor, (El Teniente hace ademán de mar- 
char y sale sin desenvainar el sable. Pedro, con voz de mando.) De frente. March... (Los 
Soldados, formados de a dos, salen detrás del Teniente. Apenas desaparecen ellos por la de- 
recha, aparecen por el primer término izquierda Irene y Pacorro.) 

Pac— (Mirando a la derecha.) Ya se fueron. El camino está libre. (A Irene.) ¡Ese es- 
túpido de centinela no hacía más que mirar a todas partes! ¡Habrá tonto! ¡Miá que 
buscar a los mineros encima de la tierra! Debajo es ande hay que buscarlos, ami- 
go. (Como si hablase con el centinela.) Avisa a Pablo y a los Otros. (A Irene.) 

Irene. — En seguía. (Dirigiéndose hacia el primer término haciendo señas con la mano.) 

Pac— ¡Soldaditos a mí!... Media legua tié la galería y por ella vendremos tos, 

Ya se acercan esos. (Entran por el primer término Cesárea, Pablo y los Obreros 1." y 2.*^) 

Dichos, Cesárea, Pablo y Obreros 1.° y 2.° 

Pab. — (Entrando.) Veremos si logran lo que se proponen, poniendo tropa en l8 
carretera y cerrando el paso a los talleres. La galería será nuestro camino. Los 
huelguistas vendrán por ella y, pase lo que pase, no se empezarán los trabajo»;.: j 
(A los Obreros 1.° y 2°) ¿Estamos conformes? 

Obr. 2.*— Conformes. 

Obr. 1.°— Por lo menos si quieren trabajar ha de costarles sangre. 

Obr. 2.°— La sangre será nuestra; un fusil alcanza más que qna pistola. 

Ces.- Nuestra o suya o de todos. ¿Qué importa? Cada gota de sangre qpej 
estas peleas se pierde es un paso hacia el porvenir. 

Irene.— (Con admiración.) ¡Qué bien dices las cosas! Yo no las entiendo del 
pero vaya que se me clavan en el corazón. 

Ce9.— De él rae salen. 

Obr. 1." -V en c! nuestro se meten. Anoche, cuando nos reunimos pa ver lo 



í 



hoy se hacía, ya viste que la j^ente andaba duosa. Pero cuando te levantaste 
nitá del bosque, üuminá por la luna y hablaste, tos fuimos unos. 
Pac— Paecías mesmaraente una virgen del cielo que bajaba a la tierra a dé- 
os: «Esto y esto es lo que hay que hacer ¡Confiar en mí!* ¡Cristo, si te pones 
pa cuando hablas como anoche!... ¡Hay en tus ojos unacosaK>. ¡Vamos! como 
ivieses un lucero drento de cá niña. 
Dbr. 1.°— Lo que dijiste. Lo que este propuso, se hará. (Por Pablo.) 
RENE.— Tanto como se hará. 

Pac— Ya andaba yo aburrió de estarme mano sobre mano. ¡Bronca, bronca es 
ue hace falta! Como entrecoja a un esquirol, le corto las orejas y nos las co- 
nos fritas con tomate. (A Irene.) Así como así va pa ocho días que no entra la 
ne en mi cuerpo. 

Pab.— En eso confían, en que nos hará ceder el hambre, en que hoy uno y otro 
t iana, y después todos bajaremos la cabeza y volveremos al trabajo. 
Ces.-¡ Pobres de nosotros si volviésemos aceptando lo que los amos dispusiesen! 
Pab.— Así no volveremos. ' 
Obr. 1.°— El hambre es muy cobarde. 

ICes.— Cuando tiene esperanzas de satisfacerse. Cuando no las tiene es una 
a y atropella por todo. Que el hambre de los obreros pierde la esperanza, que 

queriendo, no pueden volver al trabajo, y veréis como ni vacilan ni se rin- 

Pac— Por de pronto ya habéis pasao la galería. 

Pab. —A eso hemos venido. A convencernos de que se podía llegar aquí sin ser 
os. 

Pac. —Pues ya estáis enteraos. Me paíce a mí que no dije un embuste. ¡Que 
igan, que pongan soldáos en las entras de la mina creyendo que pasarán los es- 
rols y no pasaremos nosotros! ¡Van a llevarse un chasco! Naide recordaba la 
ería. Yo sí. Entramos Irene y yo una noche porque nos cogió al paso y nos dio 
decir: «Vamos a ver ande para esto.» ¿Te recuerdas tú? (A Irene.) 
Irene.— ¿No he de recordarme? 

Pab.— Muchas gracias, Pacorro. Ya estamos convencidos. Ahora no hay tiempo 
i perder. Tú, Irene, y estos dos, avisáis a los compañeros que se reúnan en la 
ería y vengan a este sitio al amanecer, antes de empezar sus trabajos los es- 
roís. Los obreros de los pozos ya saben lo que tienen que hacer. Nosotros ha- 
los lo nuestro. (A Irene, Pacorro y obreros I." y 2.°) Andando. 
Pac. —(A Pablo.) ¿Tú no vienes? 
Pab.— No; Cesárea y yo estamos muy significados. Si nos ven a ella y a mi 

alando de una casa en otra podemos infundir sospechas. Aquí os esperamos. 

Vlved lo antes posible. (Salen por la izquierda Pacorro. Irene y los obreros 1." y 2.°) 

Ciárea y Pablo. (Pab^) se sienta sobre un montón de minera!, donde permanece en actitud 
treocupada. Cesárea se acerca a él.) 

Oes.— ¿En qué piensas, Pablo? Pareces acobardado, triste. 
Pab.— Acobardado, no. Triste, sí. 
Ces. -¿Triste? ¿Por qué? 
Pab.— Porque pienso en los que se van, en los que han de volver con ellos; y 

1 veo a todos esperanzados en tí y en mí; influidos por nuestras predicaciones 

las que aguardan inmediatos efectos. Enardecidos por nuestras predicaciones 

1 íarán por el triunfo y es casi seguro que se tropiecen con la muerte... 

'"hs:— ¡La muerte! (Con desprecio.) ¿Y qué? ¿Es precisa la muerte suya, la nues- 

as de miles y miles de hombres para el bien de los que nos sucedan?... ¿Sí?. . . 
i ^o entonces la muerte es una obligación. Las obligaciones, se cumplen. 
I Pab.— No me espanta morir; y eso que muriendo voy a perderte, no como rea- 
lad, como esperanza, que es más doloroso todavía. 

is.- No todos mueren, Pablo. 

ab.— Repito que no me da miedo la muerte. 

.^:3.— ¿Entonces? 

ab.— Sí. Morir es una obligación como otra cualquiera. Morir tú, morir yo, 
ce sabemos por qué y para qué vamos a morir, puede ser necesario, jijsto. ¿Es 
l^to que hagamos morir a los otros, a los que no tienen cabal conciencia de por 
< é mueren y oara qué mueren? 






Ces.— ¿Los otros? 

Fab. - -filies, con la plenitud necesaria para saberlo, no lo saben. 

Ciis.— No lo saben, pero lo sienten; igual es. Luego, muriendo ellos, ¿qué pie 
den? Aun comprendo dudar, no en ir, en llevarlos a ellos a la muerte, si su vi' 
fuera bienestar y felicidades. Arrancarles de la dicha para la muerte sería cru( 
Arrancarles para la muerte, de la miseria, de la esclavitud, y hacer con sus cae 
veres una bandera que aliente a sus hijos, es, para ellos, misericordia; para s 
hijos, porvenir; para nosotros, un deber. Deja que mueran, Pablo, si hoy ha . 
ser la muerte el término de nuestra rebelión. Deja que muramos nosotros. C 
nuestra sangre, se regarán gérmenes de amor y justicia. Por obra suya brotar 
sobre la tierna generaciones en las que los hombres serán hermanos y el trate 
^ fiesta; en la que nadie se atreverá a verter la sangre de nadie, porque la sai^ 
de todos será para todos común. . 

Pab.— ¡Qué dicha oirte hablar así!.. . Tienes razón, hay que hacer realidadf 
porvenir; hay que llegar a eso. Pero yo quisiera llegar por la bondad y por 
amor, dando y recibiendo el abrazo, no imponiéndolo sobre charcos de sangre. 

Ces.— ¿Y de qué te sirve querer?... Los otros no ceden. Mientras puedan- 
sistir han de hacerlo. ,, 

Pab.— jEs tan lógico que resistan! ¿Cómo han de abrir paso a las nuevas m 
quienes imbuidos por las viejas gozan de todas sus ventajas? ¿Cómo no han. 
resistirse ellos? ¿Cómo no han de sentir la inf hiencia da las viejas ideas, si 1 
nuestros, los mismos nuestros la sufren también? 

Ces.— (Con lástima.) ¡Infelices! 

Pab.— ¿No oíste a mi padre combatiendo la huelga, sometiéndose a eila de| 
fuerza, contra su voluntad? ¿No le ves, cuando suena la hora del trabajo, alza 
de la cama como un autómata y venir aquí a contemplar, a adorar su horno,-( 
horno en que está dejando la vida hace cuarenta años?.. . ¡Ay, Cesárea, cuan 
y cuántos años faltan para que nuestro sueño se haga realidad!... ¡Hay taA 
obreros como mi padre! Aun queda mucho camino por hacer. ;,^ 

Ces.— Luchemos por acortar ese camino. 'fi 

Pab.— Luchemos y soñemos, Cesárea. 

Ces.— ¡Pablo!... .^ ^ a-. 

Pab.— Antes de la lucha todos sueñan. El sueño prolonga la vida. Cuando 
puede morir es bueno tomar desquites anticipados de la muerte. Déjame (« 
haga, soñando con los ojos abiertos, el futuro presente. Deja que nos mire en n 
hogar común, libres para el trabajo vpara el amor; compañeros felices de tí a 
una existencia doble. Deja que te vea junto a mi, rodeada de los hijos tuyos, ? 
los nuestros... ¡qué de los tuyos y los nuestros!, de ios nuestros sólo, porque í- 
rán todos de los dos, porque tal que a propios querré a los de Manuel. 

Ces.- ¡Qué bueno eres, Pablo! * 

Pab.— (Con pasión.) ¡Qesárea! 

Ces. -También sueño yo: ¡Hay sueños muy hermosos! (Cogiendo las manos 
blo.) Soñemos con las manos juntas y el alma puesta en la dicha de todos los honi| 

Pab.— Y con el alma puesta en la dicha de nosotros dos, ¿por qué no hr 
de soñar, Cesárea? ... 

Ces.— ¡En nosotros y con nosotros dos! • 

Pab.— Sí. ¿Por qué no? (Momentos antes ha comenzado a amanecer. La luz de mi 
va siendo sustituida por una luz amarillenta, la luz de un alba triste, espectral. Breve p 

¿ES, —(Como quien sale realmente de un áueño.) Porque no hay tiempo ni del 
Mira, comienza a amanecer... No en nosotros, en los otros hemos de pensf 

Pab.- ¡Los otros!... ¿Por qué amanecerá tan pronto? (Breve pausa.) 

Ces.— (Mirándole.) ¡Qué pálido estás! (Cogiendo la^.j manos de Pablo.) ¡Pálido' 

Pab.— ¡Quién sabe si esta palidez que ves en mí y esta frialdad que sieí 
mi sangre son el aviso de la muerte! (Con serena melancolía.) r>. 

Ces.— (Con pasión.) ¡No pienses en la muerte! No hables de ella. Piensai 
vida, ¡en nuestra vida!... ¡en la de los dos!... ¡Hay que vivir, Pablo!... 

Pab.— ¡Cesárea!... 

Ces.— (Mirando hacia la derecha.) Vienen. ¿Serán esquirols? (Pablo se levant 

Pab.— No; todavía, no. Es mi padre. La visita diaria al horno. Y hoy... \l 
.ínHn ñor ¡a rip.recha Daniel, aue. al ver a Pablo V Cesárea, hace un ademán de sorprí 



Dam.— íAquí vosotros?... ¿Qué hacéis vosotros en la fundición? 

Ci:S.~Fí\perar. 

Dan.— ¿Esperar? ¿Qué esperáis? 

Pab. -Que vengan los esquirols a ocupar nuestros sitios, para i ;:;v.lir q;ic lo 
lonsigan. 

Dan.— (Riendo.) ¿Impedirlo? 

Ces. -Sí. 

Dan.— (Cor. sarcasmo.) ¿Vosotros dos snlris? ¡Tontos! Os qne?'^' ' ■ '^i-i <>! ^•'•■^ y 
5in las costillas como os empeñéis en hacer piernas, 

Pab.— Usté debió quedarse en casa. 

f. Dan.— ¿En casa? En la casa no hay pan ni lumbre. Cuando en ias casas falta 

íjíl pan y la lumbre, ataúdes paecen. (Con sarcasmo.) ¡Ya estaréis CdülenTos!... La 

jiueiga nos debe tener a tos muy contentos. Yo... ¡fegúrate! Yo, sin jotiu;!, sin es- 

jeranzas de tenerlo y mi horno apagao. (Acercándose al horno y tocándole con la 

nano.) ¡Frío!... Frío, como si no hubiese quemao plomo en jamás. 

Pab.— Padre... 

Dan.— ¿Sabes si yo te viese muerto lo que sentiría cuando tocase el cuerpo 
:uyo?,.. ¿Pues talmente me pasa cuando llego a mi horno y lo tiento y lo hallo 
Huerto, acarambanao, sin que por su boca abierta salga el vaho del plomo. Me da 
/érUí así mucha pena, mucha, pero no pueo dejar de verlo. 

Pab.— ¿Por qué viene usted hoy? 

Dan. —Porque vengo tóos los días. ¿A qué iba a no venir? ¿A que empiezan hoy 
os trabajos? ¿A que llegarán los esquirols? ¿A que otras manos que las mías car- 
jarán el horno y empuñarán ia barra y regolverán el mineral?... ¿Será ello otra 
íena. Una más o menos, ¿qué tié? 

Pab.— Debe usted irse. 

Dan.— ¿Irme? 

Ces. -Los esquirols van a venir y en la fundición no trabajan. No estando con 
(losotros de corazón, no debes hacerte responsable de lo que aquí ocurra. 

Dan. -¿Qué va a ocurrir aquí? (:^ue vendrán los esquirols y los capataces y los 
amos con ellos y os echarán a puntapiés. 

Pab.— ¿Está usted seguro? , 

Dan. - ¡Bah! (Encogiéndose de tiombros.) Ahora que caigo. ¿Cómo os habéis colao 
^n la fundición? La tropa corta el paso en la entra de la mina a to el mundo. A rní 
me han dejao pasar los capataces porque saben que na tengo que ver' en este lío, 
jue vengo de maniático, como ellos dicen; a vosotros dos... 

Ces.— Hemos entrado por sitio que ellos no conocen. Por el mismo sitio entra- 
Jrán los otros. Entonces... 

Pab.— (A su padre, señalando hacia la derecha.) Oiga usted. Ya se acercan. Ya es- 

!:án aquí. Ahora, que vengan esos esquirols. (Entran por la derecha sigilosamente y em- 
Jujándose los unos a los otros, Irene, Pacorro, la Greñuda, Obreros 1.° y 2.'^, Obre.-as 1." y 
J.* y un grupo numeroso de obreros y obreras, entre los cuales habrá muchachos y viejos.) 

Dan. —Los huelguistas. 

Pa3.— (A Daniel.) ¡A ver s¡ nos echan a puntapiés, comonsted nos decía, padre! 
3ichos, Irene, la Greñuda, Obreras 1 ;° y 2.*, Pacorro, Obreros 1.° y 2.°, Obreros y Obreras. 

Pac— ¡Ya estamos aquí tos! ¡Contra, si tié revueltas esa galería! ¡Y a escuras! 
Nos hemos dao ca coscorrón! Conque lo dicho; ya estamos aqtu' tos. (A Pablo. 
iCuándo escomienza el baile? 

Dan.— ¿Qué baile? 

Greñ.— El que van a danzar los esquirols en cuanto asomen las narices. 

Ikfne.— No le arriendo la ganancia a! que me toque de pareja. 

Pac— ¿Pues miá que el que te toque a tí, Qreñúa? 

Greñ.— (Con ferocidad.) No saldrá mu satisfecho que digamos. Me he afilao las 
iñas en la cantera. (Enseñándoselas a Pacorro.) Míalas, míalas cómo relucen. 

Pac— Tamién te relucen los ojos. A estas horas y con esta luz y con esa facha, 
aeces una gata vieja acechando ratones. 

Greñ.— Déjalos venir. 

Dan.— ¿Qué os proponéis? 

Ces.— ¿Qué nos proponemos? Defendernos. Impedir aue acaben con la huelga. 

pAC-iOle! ¡Ole! 



H 



Obr. 1."— ¿Qué hemos ae hacer? Dilo. 

Pab.— Esperar que vengan los esquirols, y cuando vengan, por buenas o pe 
malas, impedir que trabajen. 

Pac— Por malas es mejor. Se arma más jaleo. 

Pab,— (Al Obrero 2.") Tú a vigilar. Cuando veas que se acercan avisas. (El Obre 
2.° sale por la izquierda.) 

Pab.— Que los de los pozos cumplan su deber. Nosotros cumpliremos en 
nuestro. En la fundición no se trabaja. 

Obreras Y Obreros. —¡No í ', 

Dan.— ¡Estúpidos! ¡Que no se trabaja! 

Pab. — No señor. (Movimiento de furiosa negativa en los obreros.) 

D.\N.— ¿Qué importa que echéis de aquí a los esquirols? Se irán; golpearéis 
unos infelices tan hambrientos como nosotros; les haréis huir, huirán. 

Pac— -¡A patas, si señor, a patas! . 

Dan.— Huirán, pero volverán pronto, y volverán con los soldados y los soMi 
dos tién fusiles y los soldados no corren y los fusiles matan. (Movimiento de retrocesf 

Pab. — (Con enojo.) ¡Padre! 

Pac— Tamién matan nuestras pistolas. Hay que arrimarse un poco más, p^i 

tamién matan. . j- -^ xm * rs 

("es.— Caiga quien caiga, los esquirols no trabajarán en la fundición. Vete, ü 
niel. No te unas a nosotros si es que te asusta la pelea; pero no vengas a quit) 
alientos a quienes necesitan todos ¡os suyos. Vete o cállate. (Entra el obrero 2., ) 

Obr. 2."— ¡Los esquirols!... Don Luis y los capataces vienen al frente de elro 

Obr. 1.°— Salgamos a su encuentro (Los obreros se dirigen hacia la izquierda.) 

Pab.— (Pablo los detiene con el ademán.) No. Todos VOSOtros, menos yo y CéS 
rea, allá en el fondo. La fuerza debe ser lo último entre los hombres. 

Greñ.— Pero... 

Pab.— Haced lo que os digo. (Todos los obreros, menos Cesárea, Pablo y Damel, 
retiran hacia el fondo de la fundición donde desaparecen.) 

Ces.— Ya llegan. (Entran por la izquierda Luis, Nemesio, y un grupo de trabajadói 
esquirols. Pablo y Cesárea les dan frente. Daniel queda en segundo término hacia el foBd 

Lu,S. _(A1 ver a Cesárea y a Pablo se detiene como sorprendido, luego avanza con an 
gancia hacia ellos.) ¿Qué hacéis en la fundición esta mujer y tú? 

Pab.— Aguardar a usted y a los hombres que le acompañan. 

Luis.— ¿A qué nos aguardáis?... si es que puede saberse. ^ 

Pab.— Á pedirle a usted, a suplicarle a usted que los esquirols no írabajefí, 

Luis.— ¿A suplicarme?... Menos mal que no lo exiges, Pablo... 

Ces.— Si hace falta lo exigiremos. 

Luis. - ¡Exigir! (Con desprecio.) ¿Y qué vais a exigir vosotros? 

Pab.— Lo que es justo. Que se acceda a nuestra pretensión. 

Luis . —¿Eso queréis? (Desdeñoso.) 

Pab . — (Amenazador.) Sí . 

Dan.— (Avanzando hacia su hijo y en tono de súplica.) ¡Pablo!... 

Pab —Para llegar al límite de nuestra paciencia suplicamos a usted lo quej 
fuerza podemos conseguir. 

Luis.— Por fuerza. ¡Necio! La fuerza está conmigo. (A los esquirols.) Al tra 
(Los esquirols hacen un movimiento de avance. Pablo los detiene con el gesto.) 

Pab.— (A Luis.) ¿Conque no? 

i uig^ Ya lo ves. 

Pab.— (A los esquirols.) Entonces dirigios hacia los hornos, hacia los depós^ 
(Los esquirols se encaminan hacia los hornos; algunos empuñan herramientas: Cesárea 
rige hacia ellos.) 

Ces.— (A los esquirols.) Trabajadores sois lo mismo que nosotros. Nuestri 
sa es la vuestra. Mirad lo que hacéis. 

Luis.— Lo que hacen: obedecerme y volveros la espalda. (Los esquirols a' 
hacia los hornos con los capataces.) 

Pab.— ¡Que obedezcan! Veremos quién puede con quién. (Dirigiéndose al fo^ 
¡Mineros! (Salen por el fondo Irene, la Greñuda, Obreros 1.° y 2.°, obreras y obreroa^t 
multuosamente y dirigiéndose hacia los esquirols, que retroceden: un gesto de Cesárea;;' 
tiene a los huelguistas.» ^ 



Luis.— (Can asombro.) ¡Eh! 

Ces.—íQiuí suponías? ¿Que todo iba a ser íucil? ¡Anda: ¡Que avancen esos 
ombres; los tuyos! Ahí están los nuestros. Que avancen. 

Pac, Greñ., Irene y Obreros.— ¡Mueran los esquirols! (Avanzando.) 

Luis.— (Con ira.) ¿Os atrevéis a poneros delante de ellos? 

Pac- D: 1 inte ahora. Dentro de un minuto detrás, porque van a salir corriendo. 

Greñ. -¡Mueran los vendíos! ¡A ellos, aniisos, a ellos! (Encarándose con los e8quiroi.>.) 

jv^ipjvi.— (A los hueiguistüs.) ¡Retiraos! ¡Obedeced al amo! 

Obreros.— ¡Fuera los esquirols! ¡Fuera los capataces! 

Luis.— (Con ira.) Depid que fuera yo también. ¡Echadme de lo mío, canalla! ¿Os 
reéis los más fuertes? 

]P.\B.— Los que tenemos la razón. 

Luis.— Los más fuertes; por eso nos amenazáis. Los más fuertes en este mo- 
nenfo. Pero detrás de mí, de los obreros, de los capataces, está la tropa. (Los 
itielgiiistas hacen un ademán de temor y retroceden.) ¡Ah! ¿Tenéis miedo?... ¿Retroce- 
léÍ8 solo al mentaros los fusiles? Yo no retrocedo. Si de solo a solo estuviéramos 
tpy el que os acaudilla, vería ese hombre que de todas maneras puedo ser su 
lino yo. (Luis coge a Pablo bruscamente por los abroches de la blusa, Pablo le empuja 
aruscamente también, obligándple a retroceder.) 

Pab.— ¿Amo mío?... Ni de un modo ni de otro. (Avanzando amenazador.) 

Pac.— (A los huelguistas.) ¡Duro con él y con estos Kañf>tes! (Los huelguistas 
jvanzan hacia Luis en actitud amenazadora, mientras Luis retrocede hacia los esquirols.) 

[);^fj. — (Dirigiéndose hacia los huelguistas con los brazos extendidos como si quisiera 
Jetenerlos.) ¡No! ¡Eso no! . .. ¡Compañeros por mi! (Algunos obreros entre los cuales es- 
•.é Pacorro, apartan a Daniel, y se dirigen hacia Luis en actitud de provocación. Los esqui- 
<j1s huyen por la izquierda. Luis queda solo. Cesárea se interpone entre los huelguistas y Luis.) 

Ces.— ¡No! ¡Deteneos! Nuestra cólera debe ser más santa. No la rebajemos 
descargándola contra un hombre indefenso. Dejadle. (Los huelguistas obedecen a Ce- 
sárea. A Luis.) Ya lo ves. Los esquirols huyen. Estás solo. Veto. 

Luis.— (Amenazador y colérico.) Cuando vuelva, no estaré SÓlo. (Sale.) 

Ces.— Vuelve con quien quieras. F'ero vete. 

Ces.— Ya lo habéis oído. Dice que volverá y volverá con los soldados. 

Dan.— Vendrá con ellos y se empezarán los trabajos. 

Pac— ¡Quiá! 

Ces.— ¿Empezarse? No. Trabajar, no trabajarán, yo te lo aseguro. Las herra- 
mientas sirven para al^o más que para hacer esclavos. Sirven también para hacer 
justicia. (A los obrero/í.) Vuestras son. El trabajo las hi'^.o vuestras. ¿Os las quie- 
ren.quitar para que las manejen otros? En vosotros está que nadie os las quite. 
Üsaalas. Romped los hornos. 

Obreros y Obreras. -¡Sí, los hornos! |A romper los hornos! (Todos cogen las 
herramientas que hay esparcidas por la escena y se dirigen hacia los hornos.) 

Dan. — ¡Romper los hornos! (Unos obreros se dirigen hacia los hornos; otros a los de- 
pósitos y empiezan a destrozarlos. Daniel contempla con nerviosa inquietud la faena.) 

Pab. — (A cuatro o seis obreros entre los cuales se encuentra Pacorro e Irene.) Este pa- 
ra vosotros. (El horno donde trabaja Daniel. Los obreros que siguen a Pablo se dirigen al 
horao. Daniel, casi de un salto, se pone entre los obreros y el horno en actitud resuelta.; 
Dan.— ¡Mi horno!... ¡Vais a romper mi horno! 
Pac — Sí. (Los obreros avanzan.) 

' Dan.— No. No lo romperéis. No quiero que me lo hagáis pedazos. (Al oir a Da- 
niel los obreros se detienen en su faena destructora.) Cá ladrillo arrancao, serf& un ca- 
cho de carne que me arrancaríais a mí. Oídme. Nunca pedí por Dios a hombre al- 
guno. ¡Por Dios os lo pido ahora! ¡No destrocéis mi horno! (Suplicante.) Hace cua- 
í«nta años que estoy al lao suyo. Romperlo es matarle. ¡No quiero que me lo ma- 
téis! ¡No matéis a mi horno! ¡Os lo suplico con los brazos en cruz! (Extendiendo los 
brazos y cubriendo el horno con su cuerpo.) 

Pab.— Déjanos, padre; lo que es preciso se hace. Déjanos. 

Dan.— ¡Dejaros!... ¿Conque pedir por Dios no sus vale? Bueno. Entoavía son 

estos brazos tan duros como el hierro de un espetón. (Cogiendo una maza de» hierro 

que habrá arrimada al horno.) Entoavía hay aquí una maza. (Con grandeza y bravura.) 

Tan cjertjj^ cqnio que el horno es mió; tan cierto como que he gastao mi vida ati- 



zando su lumbre, tan cierto como eí>to es que a! primero que se acerque al horm 
pa hacerlo cacilOS, le hago cacílOS los sesos. (Levantando la maza en aito.) 

Ces.— Basta, Daniel. No seas loco. 

Dan.— ¿Loco? ¡Que se arrimen! 

Ces.— Es preciso. Tu horno hay que romperlo como todos, y tenemos prisa 
Los minutos no pasan. 

Dan.— (Desafiando.) ¡Probar! 

Pac. — (A Greñiida y otros obreros que están próximos al grupo de que él forma parte. 
¡Chisí!... Despacito. Seguidme. (Bajo. Pacorro, ki Grefuida y tres o cuatro obreros 
ocultándose tras el grupo que rodea a Daniel, dan vuelta al horno sin ser vistos por aque 
que hace frente a los otros.) 

Pab.— (A Daniel.) Es preciso. Ni tu, siendo mi padre, impedirás que lo que e; 
preciso se cumpla. 

Dan.— Ni tú, siendo mi hijo, conseguirás que toquen a un ladrillo de mi horno 
{Pacorro, la Greñuda y los obreros han dado la vuelta y cogen a Daniel por la espalda, tu 
jetáiidole e impidiéndole toda acción.) 

Pac— No h'ace falta reñir. ¿Lo ves, viejo? (A los obreros,) ¡Así!... Quitadle \i 
herramienta. No soltarle. (A los otros obreros.) ¡Duro en el horno ya! (Cinco o seii 
obreros comienzan a 'romper el horno mientras queda Daniel sujeto por los otros.) ¡Ea!.. 
¡A ios hornos! ¡A los depósitosl ¡A los talleres! ¡A! delirio! ¡Hala... Hala! (Los obre 
ros siguiendo las indicaciones de Pacorro se lanzan sobre hornos y depósitos, destruyendo 
los.) 

Dan.— ¡Ah, cobardes! ¡traidores!... ¡No quiero verlo! (Tapándose la cara y deján- 
dose caer contra un monten de mineral.) ¡Mi horno! ¡Mi horno hecílO pedazos! (Rompí 
en sollozos. Eiitra un obrero precipitadamente por la derecha.) 

Obr. 1.".— ¡Los soldaos!... ¡Que vienen los soldaos! (Movimiento de terror y 4« 
retroceso en todos los obreros. Daniel sigue innióvil y estúpido sin darse cuenta de nada.) 

Pab. — (iVlirando por la izquierda.) Vienen. (Con serenidad desdeñosa.) 

Obr. 1.*^.— Sí, ya ha habió tiros en los pozos. 

Obr. 2.''.— ¡Escapemos! (Los obreros hacen ademán de huir.) 

Obr. 1.°. — Es imposible. Estamos cércaos. 

Ces.— (Adelantándose con energía.) Quietos. Pronto. Las mujeres y los viejos de- 
lante. Vosotros, los hombres, detrás. (Los obreros se retiran hacia el fondo y formal 
grupo en él en la forma indicada por Cesárea. Daniel sigue inmóvil donde está.) 

Pab.— (A Cesárea.) Yo COntigO. 

Ces.— Conmigo, Pablo, y esperemos. (Hay uu momento de silencio angustioso, du- 
rante el cual los obreros i^e .ir;nip?.n en el fondo. j 

Par .—(A Cesárea.) ¡E! inslante se acerca; voy a pelear y puedo morir! Dime er 
este segundo que acaso esíá separándome de la muerte, dime que me quieres 
Cesárea! 

Ces.— ¡Te quiero con toda mi alma, Pablo! 

Pac— (Que ha ido de una puerta a otra.) Ya llegan. Por la derecha... Por la iz- 
quierda... No se puede escapar. 

Ces. — ¡Se puede morir! (Entra por la izquierda soldados al frente del teniente Fw 
nández, los soldados con las armas dispuestas y el teniente con la espada desnuda.) 

Dichos, el Teniente Fernández, soldados y un grupo de esquirols que sigue a estos 

Ten.— (A los huelguistas.) Pronto. Despejen, o despejamos por la fuerza. ¡Des 
pejen! 

Pac. V obreros.— ¡Mueran los esquirols! 

Greñ. — ¡Mirar cómo se esconden tras los soldados. Aquí hay montones áá 
mineral (A los obreros.) ¡Vivan los soldados! ¡Pero firme en los esquirols! ¡FirriM 
con ellos, chicas! (Las mujeres cogen piedras de los montones de mineral y cjmíenzan í 
tirarlas contra los esquirols que se ocultan detrás de los soldados.) I 

Obreros. — ¡Mueran los esquirols! 

Ten.~(A los soldados.) ¡Quietos! ¡Quietos! (A los obreros.) ¡Despejen! 

SoLD. 1.°.— ¡No hay paciencia! ¡Me han dao un cantazo en el ros! 

Ten.— ¡Calma!... ¡Caima!... ¡Hay mujeres, hay niños! ¡Calma! (Entran por la dfr 
recha corriendo Pedro y otro grupo de soldados. Por la izquierda entran Luis y Nemesio. Pe 
dro y los soldados se unen al teniente.) 

Ped.— ¡Pablo!... iPablo con ellos! 



Dichos, Pedro, Luis, Nemesio y un grapo de soldados 
7g!y,.. —(Avanzando con los soi-iados.) ¡Atrás! (A los obreros. Los, obreros van retroce- 
Itido lentamente.) 

Obreros.— ¡Mueran los esquirols! (Las mujeres arrojan piedras; los hombres empu- 
¡1 pistolas y facas y se ponen delante d« las ir.iijt res.) 
Luis.— (Que estará al lado del teniente.) Mis homos destrozados, ¡canalla! 
Ten.— (A Luis.) Calle usted. 

Luis.— Callar, y los miserables nos insultan y nos apedrean. ¡Fuego! (Los sol- 
ilos hacen fuego a la voz de Luis. Los trabajadores contestan casi simultáneamente. Dé. un 
jo caen cuaíro obreros, entre ellos Pablo. De los soldados cae Pedro, muy cerca uno de 
i o.) 

! XEfí.—íA Luis.) ¡Es usted un infame! ¡Qué ha hecho usted! Y ya es imposible 
¡tenerlos. (El Teniente sale hacia el fondo con los soldados que siguen detrás de los Obre- 
|i|. Luis y Nemesio desaparecen por la izquierda con los esquirols. Daniel solo al oír lades- 
•ga habrá salido de su estupor. Cesárea al ver a Pablo se dirige donde está y se arrodilla 
eél. Daniel, que se ha acercado a sus hijos, contempla a estos con espanto. 

Cesárea, Daniel, Pablo y Pedro, muertos. 
Dan.— (".Qué?... ¡Pablo! ¡Hijo mío! ¡Hijo! (Acercándose a éste como si le llamara.) ¡Pe- 
p! (Lo mismo.) ¡Isío contestan! (Examinándolos.) ¡Están muertos!... (Con angustia.) 
sto es posible!. . . ¿Los dos?.. . ¿Los dos?... 

Ces.— ¡Los dos, sí; los dos!... Menos mal que tu hija está viva para que el ma- 
í|lor de tus hijos la goce. 

Dan.— ¡Los dos!... 
fl Ces.- ¡Anda, defiende el horno! .. ¡Vé detrás del amo!... ¡Suplícale! ¡Pídele 
«rdón! ¡Anda! ¡Anda, imbéciü ¡mientras yo doy en estos labios muertos, los be- 
KS que les negué vivos! (Cesárea se inclina sobre el cuerpo de Paulo, mientras Daniel 
fíeda entre sus dos hijos, presa de una estupidez trágica. — Telón.) 



ACTO CUARTO 

teatro representa el departamento que sirve do ba¡ada a la mina. En el fondo y empotrado casi, 
en una entrante de é!, se verá el p.scenscr defendido por una barandilla. Este ascensor será prac- 
ticable, con puerta que se abra hacia adentro y estará dispuesto en forma que los actorc» pue- 
dan salir por la espalda suya cuando ciérrela pnerie. El ascensor penderá de un cable que 
juega en sentido ascendente y descendente. En la p«r'.;d a ia ps'te afuera de la barandilla ae verá 
una rueda o manubrio que hace funcionar al ap.irato. También habrá simulado un tix.hre de se- 
ñales eléctrico. Al lado de la borandilla y arrancando del muro un banco de piedra. En primer 
término a la direcha un montón de lingotes. En Ijs paredes «e verán colgados de clavos can- 
diles, vestimentas y útiles de minero. En c! fondo habrá una puerta. Otrj, en la Izquierda que 
supone comunicar con el vestuario de los ingenieros y capataces. La otra, en la derecha, figura 
conducir a los talleres. Al levantarse el telón, aparecen en escena Daniel v Nemesio. 

Nem.— Estáte prevenío, porque no tardarán en venir. ¡También es ocurrencia! 
f jarles un almuerzo allá abajo, en el fondo de la mina. 

Dan.— Arriba o abajo, ¿qué más tié? En toas partes estarán bien servios y co- 
cieran bien. Son los amos. 

Nem. - Verdá. 

Dan.— Ya he visto, ya he visto la de cosas que llevan al almuerzo. Por el as- 
ijinsor han bajao: Tres bateas con la comía que se van a engullir; de gloria era 

olor. Luego, cestos con fuentes; y platos y más platos; y copas, un batallón de 
)pas. Y las botellas por docenas. Docenas iban de los vinos mejores. Van a pa- , 
irlo de primera. 

Nem.— Abajo han improvisao un comedor que me río yo de la fonda. Lo han 
'jiesto en la plazoleta, ande están los veníilaores, pa que el aire circule bien y no 
I entan la pesaez y el ahogo que trae respirar en los pozos. A más, luminarias 
pr toas partes. La mina, a cuenta de una mina, paece un palacio encantao. 

Dan.— ¿Vienen muchos? 

Nem.— Dor Luis, don Lucas, su sefiora, ese caballero, esas señoritas... 

Dan.— Vamos, tóos los amos. 

Nem.— Justo. A más don Fernando... 

Dan.— ¿Baja don Fernando con ellos? 

Nem . —Me aíeguro que sí. » 

Dan.— iYa!... 



Nem.— De mo y manera que pues lucirte en el nuevo oficio. ¿A ver cómo j 
portas? 

Dan.— Descuida, Nemesio, cuando tengo una obli,8:ación, sé cumplirla. 

Nem.— Losé. Pero como ahora te quejas porque te lian separao de tu horno 
te han metió en la vegiiancia del ascensor... (Daniel arrastrará torpemente la pierna i 
quierda, y moverá, torpemente también, el brazo izquierdo, como quien está impedido de ello 

Dan.— Me quejo porque dende niño mi oficio era aquel y tiene que dolerme i 
haberlo dejao. Ya me acostumbraré. Claro, con la picara enfermeá que me enti 
después de la huelga y con el paralís de estos remos, no podía servir pa el ho 
nó. De más han hecho con no ponerme de patas en la calle Por lo que hace al car 
bio de trabajo, ya me acostumbraré. Mirándolo a derechas, el hombre debe sabt 
estar ande le coloca su suerte. 

Nem.— ¡Maldita huelga! Faios de billetes ha costao a los amos. 

Dan.— Dos hijos me ha costao a mí. 

Kem.— Acuérdate de que Pablo fué quien lo movió tó. 

Dan.— Acuérdate de que yo visto luto por él, y múa la conversación. (Breve pau» 

Nem.— (Mirando hacia el fondo.) Ya vienen allí los convidaos. 

Dan. — Entonces, ca uno lo suyo. (Daniel se dirige hacia el ascensor y Nemesio v 
gorra en mano, a la puerta del fondo por la cual entrarán don Lucas, doña Concha, Pepita, Is 
bel, Luis, don Eduardo, Fernando y Carlos.) 

Car.— (A Isabel.) ¡Vaya con el caprichito de la niña! Ea, a vestirnos de minen 
y a almorzar debajo de tierra, ni más ni menos que los héroes de Julio Verne... 

Isabel.— Menos mal que el almuerzo será excelente. 

Car. — Faltaría q.je fuese malo. 

Isabel.— No murmuremos antes de almorzar. En tal caso después. 

Edu.— Nada, nada, hay que resignarse. (A Fernando, por Josefina y Luis.) Est( 
dos locos pueden más que nosotros. No le soltamos. Prisionero de guerra. 

Fekn.— Prisionero y de muy buena voluntad mientras dure el almuerzo. Luegí 
ustedes a sus diversiones y yo a mi trabajo. 

Luc— Hombre, un día siquiera... 

Fern.— Mejor que nadie sabe usted que me es imposible. A causa del paro te 
ocurrido en !a mina graves desperfectos. No hablemos de la fundición. Hasta luMJ 
cuatro días no ha podido marchar, y eso, malamente. 

Edu.— No dejaron un ladrillo sano. 

Luis. - Tampoco a ellos les dejaron costilla entera. En paz. 

Luc— ¿En paz? Las costillas en el hospital se curaron, sin que tuvieran eflí 
que rascarse el bolsillo. En cambio nosotros... 

Fern.— No vale quejarse. Ustedes viven; algunos de ellos no. 

íLnu.— De ellos fué la culpa. Si riese hubieran resistido se hubieran ahorrac 
golpes, ya nosotros nos hubiesen ahorrado gastos 

Con.— Sobre todo los gastos. Las acciones están en baja. 

Edu . —Eso es lo peor. 

Luc. — Pronto subirán las acciones, no se preocupen ustedes. Los obreros ei| 
tran por el aro y vuelven a trabajar todos: todos, menos los significados en ! 
huelga. Esos muertos o despedidos. I 

Edu.— Y ella... i 

Luc— ¿Cesárea? Esa mujer que fué el alma de la huelga, despedida tambiél 
Así como pude echarla de la mina, pudiese arrojarla del pueblo. Menos mal que c| 
esto !os mineros han de encargarse. Ya murmuran de ella, recordando quel<¡ 
ofreció la independencia y les llevó a la muerte. Pronto la odiarán. Entoncel j 
¿era preciso largarse. ' 

Edu.— A ver. Estos predicadores llevan su merecido siempre; cuando no I( 
matan los nuestros, les arrastran los suyos. 

Jos. — (Que ha estado hablando con Luis y coqueteando.) No obstante los obr 
ros... 

Luis.— Ya entrarán del todo en el carril. No son malos. 

Jos.— ¿No? ¡Y por poco se lo comen a usted! 

Isabel.— lYo tuve un susto cuando me lo contaron! 

Con.— ¿Y yo? ¡Hijo de mi vida, entre las manos de esas fieras! j 

Luis.— Ea, va pasó. No hay que ocuparse de ello. Ocupémonos del almuerio ".<j 



que ustedes se pongan impermeables, sombreros... (A Nemesio.) ¿Estamos, Ne- 
ísio? 

Nem.— Sí, señor; tó está listo allá en el cuarto. (La izquierda.) 
Luis.— (A Daniel.) Ve preparando los candiles. (Todos menos Daniel y Fernando en- 
m en la habitación de la izquierda. Daniel se pone a encender algunos candiles de los que 
y colgados en la pared. Fernando cuelga su sombrero en un clavo y coge otro de minero.) 

Daniel y Fernando. 
Dan. —¿De mó que no sube usté con ellos, don Fernando? 
Fern.— No; estaré allá abajo hasta la noche. Hay mucha tarea y necesito vigilar- 
, En esto de los revestimientos os descuidáis los mineros mucho. Así ocurren 
;spués las desgracias. 
ÜAN.— ¡Desgracias!... 

Fern.— ¡Pobre Daniel!... No son pocas las tuyas. 
^ Dan.— Sí lo son. Los hijos muertos; la hija... viva, y estos remos inútiles. En 
|!i,jpaciencia. 
^ Fern.— Sí la tienes. 

íl Dan.— ¡Qué remedio! Teniendo paciencia pasa el tiempo y el tiempo arregla 
fas las cosas. ¿Conque se quea usté en la mina después de almorzar? 
i Fern.— Ya lo oíste. Cuando suba lo haré en el ascensor de los obreros. De 
fado que si tu pregunta era por la tardanza y por tenerme que esperar... 
I Dan.— ¿A qué mentir? Era por eso, sí señor. Es tan aburrió estar sólo... 
[ Fern.— Pues nada, cuando sea tu hora te marchas. Por lo que toca a mí, libre 
íiedas. 

* Dan.— Muchas gracias. Usted es bueno siempre. 

> Fern.— (Jovialmente.) Hombre, ¡tanto como siempre!, algunas veces, y es bas- 
Éinte para un hombre de carne y hueso. 

i Dan.— Lleva usted razón. Ya están aviaos los candiles. Aquí tiene usté el 
fUyo. (Presentando un candil a don Femrmdo, que lo coge a usanza minera, con la mano iz-^ 
¡fiierda, y sosteniéndolo por el gancho únicamente en el dedo nieiíique,. Breve pausa.) 
Á Fern.— Gracias. ¡Pobre Pablo! Era un excelente muchacho, un mozo de valer. 
i Dan.— ¡Y el otro! Si usté lo hubiese visto con su uniforme y con sus galones 
í con sus bigotay.os... ¡Daba gozo mirarle! Ya ná. ¡Ná! To se arremató. Loque le 
ííCÍa antes, paciencia. (Sale Nemesio del cuarto de la izquierda.) 
? Nem.— ¿Daniel?... Ascensor. 

I Dan.— A! momento. (Daniel abre la barandilla del ascensor, mientras salen del cuarto 
tija izquierda, ya dispuestos para bajar ala mina, los que entraron en él. Nemesio coge 
' lindiles y los reparte entre algunos caballeros y señoras, que los manejan torpemente.) 
asefina, doña Concha, Isabel, Daniel, Luis, Fernando, don Lucas, don Eduardo, Nemesio y 
Carlos. 

Isabel.— Pero, ¡qué fachas hacemos, santo Dios! 

Ll'is.— No hay más remedio. En la mina, como en la mina. Aquí tiene usted su 
andil. (Entregándoselo.) 
Isabel. — (Cogiéndolo torpemente.) Y esto, como es, ¿así? 

Jos.— No, mujer, qué torpe eres. ¿No te acuerdas de la otra vez? Con el dedo 
cpique. 

18.— (A Josefina.) Venga esa mano. (A los caballeros.) Ustedes a cumplir con las 
iS. (Todos se dirigen al ascensor.) 
du.— ¡Este Luis! ¡Este Luis! 
vON . —Es así desde muchacho. Un calaverilla. 

.uc— (Entrando en el ascensor.) Algo estrechos vamos a est.or en el ascensor, 
N ¡qué demonio!, el viaje no es largo. 

Con.— No digas estrechos, pegaditos. (Van entrando en el ascensor.) 
Luis.— Entonces voy a ponerme junto a usted, 
jos.— (Riendo.) Guasa viva. 
Nem.— Avisa. 

Dan. — (Oprimiendo el botón simulado del timbre.) Ya está. 

Jos,- iDentro.) ¡Enjaulados! ¡Enjaulados! Bien es cierto que para locos como 
osotros una jaula es la más propia habitación. (Han entrado todos menos Nemesio y 
'aniel. La puerta del ascensor se ha cerrado.) 
Luis. — Suelta ya, Daniel • (Daniel lo hace y el ascensor empieza a bajar lentamente.) 




Edu.— iDespacito! (Deítro.) 

Luis.— Y despídanse ustedes del mundo. (ídem.) 

Dan —(A Nemesio.) ¡Vaya un dicho! (H¡ ascensor ha desaparecido. Una oscilación df 
cable indicará su marcha.) 

Daniel y Nemesio 

Nem.— No está demás. Ya sabes el refrán minero. Bajar a la mina es andar del 
brazo con la mue,-te. Solo que con ellos no reza. Tos tan seguros como ellos. 

Dan.— A ver. El cable es nuevo y está firme. iSeiiaiando el hueco.) Miá, miá qué 
suavemente se va deslizando el ascensor. Paece que vuela poco a poco, pardalo- 
cheando como los as^ui luchos. Cá vez se bace más pequeño. Cá vez se oyen me 
nos las voces y las risas... Ya se perdió en lo ne^j^ro de! pozo Se lo ha tragao lí 
sombra. (Mirando el cable.) Poco les falta pa llegar. E! mis.mo cable avisa. Ya lle- 
garon. (Suena el timbre en la plataforma.) Fondo. Listo hasta el Otro viaje. (Detenieti 
do el ascensor.) Echa un cigarro, hombre. (Nemesio saca la petaca y se la da a Daniel que 
ha un cigarrillo.) 

Nem. -Toma. (Viendo la calma de Daniel.) Y despacha pronto. Tengo que ir a la futí' 
dición y son muy cerca de las doce. (Sacando un reloj.) Esto de vigilar es lo más pesao 

Dan.— Ahí te va la petaca. Muchas gracias, hombre. (Devolviéndola a Nemesio.; 

Nem.— Hasta luego. Daniel. 

Dan.— (Mientras enciende el cigarro.) Anda con Dios, Nemesio. (Sale Nemesio.) 
Daniel, enseguida Cesárea 

Dan. — Que mal tabaco fuma este capataz. (Aparece Cesárea en la puerta del fon- 
do; vestirá de luto. Daniel la ve.) ¿Eres til? Creí que era una otra persona. Entra, 
mujer, entra, tú no estorbas. 

Cbs. — (Avanzando.) Daniel. 

Dan.— Desde entonces esk vez primera que nos vemos. ¡Ni que te escondie- 
ses de mí! ¿Tenías miedo de encontrarte conmigo? 

* Ces. —¿Miedo? Quien procede mal, teme. No he procedido mal en nada ni con 
nadie. 

Dan.— ¿Con nadie?... No dicen eso los mineros. 

Ces.— ¿No? 

Dan.— Dicen que entre tú y mi hijo Pablo, el que mataron, les habéis engañao; 
que les ofrecisteis el desquite y que el desquite aún está por tomar. Al otro le 
perdonan, claro está, como que no vive. A los muertos debe perdonárselos. A los; 
vivos, no. Por eso no te perdonan los mineros a tí. 

Ces.— ¡Pobres! ¿Qué saben ellos? Sienten el mal. y echan la culpa al más cer 
caiio. Ahora el más cercano soy yo. , 

Dan.— Sigo sin entenderte. Me ocurre lo que a los mineros. Allá tú. i 

Ces,— Allá yo, dices bien. No guardo rencor a los mineros porque me despre-í 
cien y rae odien. Están aplanados por el golpe que acaban de sufrir. Ya desperta 
rá:i por la justicia. 

Dan.— Hay algo mejor que la justicia. Esa pa triunfar, tú mesma lo dices, tar-; 
da mucho. Hay algo mejor que la justicia: siquiera porque tarda menos, es mejor.! 

Ces.— (Sorprendido.) ¿Qué quieres decir? 

Dan. —Yo me entiendo. Cá uno con su idea. Los obreros te odian y te des-' 
precian. ¿Tú dices que no tiés pa ellos rencor? 

Ces. — No. Ni siento rencor ni estoy arrepentida. Ya ves, aquí, muy cerca de; 
íiquí, cayó Pablo, el único hombre a quien podía querer ya esta mujer. Pues siPa-! 
¡íiO resucitara y por la redención de todos tuviese que morir otra vez, no vacüaríaS 
en decirle: muere. i 

Dan.— ¡Cesárea! 

Ces.— Vacilar. No vacilaba antes del crimen. ¿Cómo iba a vacilar después? 
Mayor es mi ansia de desquite. jAy, si los obreros de esta mina y de las otras liji' 
prís hubiesen querido! No quisieron, no quieren; no pueden querer. La mataitófii 
les acobardó. De ahí que nada intente. De ahí que me aleje de estos sitios. ¿Cr^ 
.)ue lo hago por temor? ¿Supusiste que me escondía por no verte? Te engailái. 
Prueba de ello es que vengo en tu busca, exponiéndome a que me echen a palos. 

Dan. — ¿Buscarme? ¿Pa qué? 

Cr.s.— Para decirte adiós. 

Dan.— ¡Ah!... ¿Te vasí' 






;^p;«..— Me echan. Me ochan !a ma¡.i .Muntad de los obreros y ci odio de los 
s. Los obreros maldicen de mí. Los amos me niegan el jornal. Hay que ganar 
¡da. Hay que seguir luchando y me voy. Aquí nada se puede hacer. 
)an.— ¿Crees que no quea na que hacer aquí? 
;íes.— Al presente no. 
)an. —Yo creo lo contrario y me queo. 
3e8. — ¿Tú? (Sorprendida.) 

Jan.— Yo. ¿Imaginas que estoy sirviendo a los que mataron a mis dos hijos, 
ue disfrutó y barrió a mi Anita, por ganarme un mendrugo de pan? Vaya, mu- 
entonces eres tonta. No has mirao hondo pa aquí dentro. No conoces a este 
ibre. 

3es.— ¿Qué? 

Dan.- Me oyes así como espanta. Claro, como no hago descursos, como s'.em- 
obedeci al amo, tú te habrás pensao; «Este hombre es un guiñapo; este hom- 
no sirve mas que pa bajar la caeza y lamer ias manos que le dañan.» Pues no. 
e hombre cuando le hacen un mal, no lo olvía; este hombre, cuando le hieren, 
e. Ahí tiés pa io que me he queao. 
Ces.-¿Tú? 

Dan.— Un día me dijiste que mi mujer y mi pequeño habían muerto de hambre 
que yo los vengara. Yo te respondí: «Porque la hambre no tié fegura de pre- 
a». Hoy es otra cosa. Hoy los culpables llevan fegura presof;a. y yo sé quiénes 
I je! ¡je! ¿Qué pensabas? ¿Que iba a hacer lo que tú? ¿A dirme como tú? No, 
er, no. Yo soy de otra pasta; me queo. 
Oes.— ¿Eres tú, tú, Daniel, quien habla de ese modo? 

Dan.— Yo; yo niesmo. Yo soy quien habla así; yo, Daniel, el desdichao, el que 
r.pre bajo la caeza ante el amo. Yo, Cesárea, soy el que está hablando de este 

0. 

Ces.— ¡Quedarte! ¿No piensas como yo? 

Dan.— No sé lo que pienso. Sólo sé lo que voy a hacer. No busques en mí al 
niel de antes. So> otro. He cambiao tal que si me hubiesen puesto un hombre 
!Vo. ¡Y decir que este cambio fué en un día, sólo en un día! Bien es verdá que 
un día perdí tó lo que tenía que perder. 
Ces.— \'amos, valor, Daniel. May que tener valor. 

Dan.— Sí; tó fué en un día. Primero mi horno destrozao; después el señcrilo 
s gritando ¡fuego! y los soldados tirando y los obreros tirando a la par y Pablo 
un lao y Pedro de otro, en tierra, echando por sus herías sangre, mucha san- 
!... Muertos, muertos los dos y yo arroüillao junto a los dos, mientras tú me 
tabas que mi hija era quería de don Luis. Tó en una hora. Ya, ya fueron golpes. 
Oes.— iCuáiíta infamia! 

Dan.— Por eso caí al suelo, porque los golpes fueron muchos; por eso me Ue- 
•on al hespiíal. Y miá tú qué cosa más rara. En mi calentura veía el horno roto 
3S hijos muertos y la hija a las vo!untpes de don Luis. Y cuando salí del hespi- 
seg"u( viendo io propio; y cuando me Oieron la lisnosna de! ascensor, lo vi claro, 
no si estuviera pasando entonces; y ahora lo veo claro, mu claro, más claro que 
tica: hasta me paict, que oigo los tiros de la tropa y los besos del señorito. Lo 
y los muertos, ; muertos! y la perdía, perdía; y yo aquí, aquí, sólo pa en janjás 
;on estos remos inútiles!... ¿Y creías que iba a aguantarme? Vaya mujer, que no. 
Ces. -¿Qué tratas de hacer? ¿Qué es lo que te propones? (Suena dentro una cam- 
a llamando al trabajo.) 

Dan.— La caiiipana que llama a los trabajaores. Es la hora de cambiar el tur- 
. Hay que esperar. No te despidas entoavía de mí. (Sale por la derecha un grupo 
tn^ajadores y enfra por el fondo otro a cuyo frente irán Irene y Pacorro.) 
fe», Irene, Obreras 1.° y 2.", Pacorro, obreras y obreros. —Los obreros que apa'rentan sa- 
if de los pozos y de los talleres, llevarán candiles en U' mano unos y otros irán sucios, 
■enegridos. Los que salen por el fondo irán cogiendo candiles de las paredes y desapare- 
:¡endo, excepción de Pacorro e Irene. Los obreros que salen del trabajo se retiran por el 
:ondo y los que vienen a él por la derecha. 
Pac- Buenos días, Daniel. 

Dan.— Buenos loj tengamos, Pacorro. ¿AI trabajo? 
Pac. — Nos foca en la segunda tfuxú^. < 



% 



Ces.— Hola, Irene. ¿A trabajar? «k 

Irene.-— Con éste. (Por Pacorro.) Y si a éste le hubiese tocao morir aquel U 
arase me hubiera ido con él al cementerio. '^ 

Jes . —Yo me quedé, Irene. -h, 

Irene.— Quizás porque tiés menos alma que yo. •'; 

Ces . —O porque tengo más. 

Pac— (A Irene.) ¡Ball, chica, no disputes; déjala! (Irene se aparta de Cesárea.) 

Obr. 1 .^— (A Irene.) Eso, déjala y que se largue pronto. Aquí ya no quean tor 
tos qae embaucar. 

Obr. 2.^*— Ni novios que llevar a la muerte. (Cesárea las oye sonriendo con mela 
eolia boridadosa.) 

Dan.— (Bajo a Cesárea por los obreros.) ¿Oyes? 

Ces.— (Mientras van saliendo.) Sí, oigo. Les oigo y más cariño siento hacia eliu 
Es preciso luchar siehlpre, ¡siempre!, para que tanta miseria, y tanto abandono, 
tanta servidumbre dejen de existir. (Acaban de salir los obreros todos.) 

Dan.— No sé si la miseria y e! abandono de éstos dejarán de existir algún dií 
Lo que te aseguro es que los causantes de mi desgracia dejan de existir hoy. 

Ces.— ¿Cómo?... 

Dan.— Como lo oyes. Yo no pierdo mi tiempo. No hablo. Hago. 

Ces. — (¡Hacer qué? Dilo. 

Dan.— Ven. Miá. Abajo está el pozo. Doscientos veinte metros. Por ahí el a 
censor sube y baja. Ahí (Dentro.) está el tam.bor dentao ande se enrrolla el cable, 
aquí (Por la rueda o manubrio.) el tornillo también dentao que engrana con el tambe 
éste y regula la marciía. Si el tornillo sacara sus dientes de los del tambor, ésli 
daría vueltas como un loco, y cable y ascensor caerían de golpe, ¿verdad? 
. Ces.— Sí. 

Dan . — Hoy vas a ver eso. 

Ces.— ¿Qué? 

Dan. —Lo que oyes. Abajo, almorzando cosas buenas y bebiendo vinos mejí 
res, están los causantes de mi desgracia. Abajo están y van a subir. Yo lesespi 
ro en la boca del pozo. A la boca llegan, pero salir... Lo que es salir, no saleí 
(Abre la barandilla.) 

Ces.— ¡Daniel! [j 

Dan.— Tendrían que devolverme esta pierna y este brazo inútiles; tendría!'] 
que devolverme mi horno; tendrían que devolverme a mis hijos vivos y a mi h¡.¡ 
honra. Tendrían que hacer eso, no puén, y como no puén, no van a poder sal!- 
tampoco... (Movimiento de interrupción en Cesárea.) Si hubiesen matao a los hijos clii 
los demás y disfrutao a las hijas de los demás y roto los hornos de los demás, J 4 
como si ta! cosa. Pero lo mío es mío y me lo robaron. A los ladrones se lesmati,! 
(■^ 'K-na el timb- ' .e hay junto al ascensor dando tres repiques.) Llrman. Ellos son. Tr< 
repiques sedi.i solamente pa el amo. (Otro toque.) Ya entraioa. Arriba el asee 
ser. (A Cesárea.) Si quieres irte, veie. 

Cls.— ¡Suben!... 

Dan.— Pa mí que lo que voy a hacer es justo. Tú que tanto querías a Pablo, ¿r 
lo crees tamién? Si no lo crees, vete. rQué? ¿Te vas? 

Ces. — Me quedo. <Lñ íictriz interpretará este momento.) 

Dan. — Vamos, tío u^ vus. Mira, mira entonces, Cesárea. (Cesárea mira hacia al 
jo, se oyen risas y voces .^ue van aumentando.) 

jos.— (Abnio riend.;.» ¡Qué bonito efecto el de la luz tras la oscuridad! 

Luis. — (Abajo.) Parece qi:e vamos a la gloria. (Asoma la capemau del ascensor.) 

Dan. — jA ía gloria! (Separa el tornillo; ei asce'ísor desaparece y ne oye un grito ah 
gado.) No. jAbajo! ¡A la mina! ¡Al infierno! (Cesárea retrocede. Da.ucl se inclina sob 
el fondo del pozo con el oído atento y volviéndose hacia Cesárea con la entonación y el ge 
to que el actor consiutre más convemeiite a i;i íid;^ : .n.) Fondo. (Telón.) 

Fi.N Ijti. ÜkA.viA 




iSU SALUD PEUGRAf 

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No espere Ud. a que las Autoridades le indiquen que el agua esti eontand 

nada, pues hasta entonces habrá bebido alguna cantidad; tenga ^or 

costumbre filtrar siempre el agua, aunque no venga completament* 

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García Álvarez y Ittañoz Seoa. 

TODOS SOMOS UNOS.— J. Bcnavenfe. 

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LA ETERNA VÍCTIMA.- FeUpe 
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JIMMY SAMSON.— Traducción de José Ig- 
nacio de Albcrti. 

LÓPEZ DE CORIA.— Muñoz Seca y Pé- 
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LA GIOCONDA.- Q. d'Annunzio. Traduc- 
ción de Francisco Vlllaespcsa. 

PRIMAVERA EV OTOftO— O. Mar- 
tínez Sierra. 

BL CKIMEN DE AYER.— loaauln Dlcent» 



91 



EL MISTERIO DEL CUARTO AMARI- 
LLO.— Traducción de Gil Parrado. 
FRANCFORT.--Vital Aza. 
LA REBOTICA.-Vital Aza. 
Z.A FRESCURA DE LAFUENTE.— 

García Álvarez y Muñoz Seoa. 
PRIMEROSE. — Traducción de José, 

Ignacio de Alberti. 
CIENCIAS EXACTAS.— Vital Aza. 
DonaM Tía de Padilla. ~F. V illaespesa, 
RAFFI.es.— Tradnoolón A. Palomer* 
LA PRAVIANA.-Vital Aza. 
EL GRAN TACA.,0.-PdSoy AbatL 
MIRAN )OLINA -Cristóbal de Castro. 
42.~G£NIO Y FIGURA.-Arniches, Abad- 
Paso y García Alvarez. 
LA GENTUZA.-Carlos Amiches. 
LA VIEJECITA.-Miguci Echcgaray. 
PARADA Y FONDA.-Vital " za. 
LA alegría de la HUERTA.-Paso y 
García Alvarez. 
47 PETIT-OAFÉ.~Trlstán Bernard. 
LOS NOVELEROS.-Edmond Rosfand 
ELECXHA. - Benito Pérez Oaldós. 
TIQUIS MIQUiS.-Vital Aza 
El. ULTIMO BRAVO.-G. Alvarez y 
Muñoz Seca. 

LA MARCHA DE CADIZ.-Qareía Alva- 
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DONA PERFEOTA.-Benito Pires 

Galdós. 
LA TIZONA.— Godoy y Alarcón. 
MIQUETTE Y SU MAMA. - Robert y 

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LOS CUATRO ROBINSONES— Hn* 

ñoz Seca y García Álvarez. 
LOS GEMELOS. -Tristán Bcrnarti. 
LA LOCA DE LA CASA.-B. Péres 

Galdóa. 
GIGANTES Y CABEZUDOS.— Miguel 

Bchegaray. 
DANIEL.-Joaqnin Dioenta. 



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14 1f 




DEL AMOR 

Usa lámpara" OSRAH 
Usa lámpara OS RAÍ 
Usa lámpara OSRAI 

El Inundo entero lo pregona: la lámpara OSRAM no alumbr(| 

deslumhra. 



ES LA LAMPARA 

Todo el que ama la economía: 
Tildo e! que ama la solidez: 
Todo el que ama la luz: 



Conccaonario: LEÓN ORNSTEIM - Madrid 



Imprenta y Talleres de LA NOVELA COETA, Antonio Palomino, 1.— Madrid. 




EL CHICO 
DEL cafetín 
Sciinctc en un acto i 



'.' Asenjo 




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La joven. —La esposa.— La madre.— La abuela.— La viuda.— La solte- 
ra.- La gran dama.— La señorita.— La funcionaría —La arte- , 
•ana.— La aldeana — La religiosa. — La sirviente, ele. 









EL CHICO DEL CAFETÍN 

saínete lírico en tres cuadros 



original de los señores 

Torres^ del Álamo y Ascnio 

PERSONAJES 

Wp9lí?Mn¿r^,>^x^''AH'^^^"^^i''^'^-SE^^'^ ENGRACIA. -ENCARNACIÓN -LA O'IE NO 
a ^i^^í^ w^/}v^^" L* NOCHE. -LA RECIÉN CAS \DA - LAS hERMANAS DF I & 
i ilk\T^^¿'}^^W^^-^^ CHURRERA. - UNA CIEGA - SEÑOR INDALECIO ^SÉ^ 

EL DE LA PAIA DE PALO. - PEPITA. - MANOLIN. 
Vendedores, vendedoras, banda de guitarras y bandurrias.- Coro general. 

CUADRO PRIMERO 

^vantarse el telón aparece un cafetín popular de los bíirrios bajos. Puerta al foro que da 
ícceso al establecimiento. Esta puerta lleva visillos encarnados y sobre ella se ve a tra.s- 
uz el letrero de «Caté económico». Al fondo derecha, mostrador frente al público con 
ahda por ambos lados. En el telón, anaquelería propia de esta clase de establecimientos, 
.obre el mostrador, dos cafeteras grandes, con sus grifos correspondientes, encima de 
.n hornillo: una contiene café y otra leche. Bajo los grifos, dos vasos, para aprovechar 
I liquido Que se derrama al llenar demasiado los vasos. Al lado contrario del mostrador 
na buena cantidad de vasos de dos tamaños (en uno, varias cucharillas de hoja de lata)' 
latinos de loza y bandejas de varias formas, menudeando las pequeñas. En el extrcnn; 
el mostrador, una bandeja grande con churros. Otro jarro grande de zinc, como de media 
zumbre, en el que se supondrá hay leche fría, y a su lado, varios panecillos france.es 
obre la estantería, un reloj que marca las dos. A la izquierda de la puerta de entrada' 
n tablero sobre tijeras, con churros, buñuelos y juncos; Sobre ellos, una bandeja con 
)8 restos de lo que quedó sin vender el día anterior, y que los golfillos llaman «punta>^v 
n el fondo izquierda gran campana, con el hornillo y su caldera en que se hacen los chu- 
•08. Al lado, un soporte con la vasija d» zinc con la masa; cuatro mesas en primer tér- 
lino en illa y un velador en el fondo izquierda, todo con sus correspondientes hanquc- 
-MS. Ilumina la escena una lámpara eléctrica, con pantalla de ziüc, que pende de un flexi- 
le. En el fondo izquierda, a una altura conveniente, un letrero que dice: «Se prohibe el 
Mrmirse sobre las mesas». Es de noche. Forillo de calle. En segunda derecha, puerta 
¡quena que comunica con el interior. La decoración tiene zócalo grande de azulejos 
láñeos con tintas azules. dzu.ejos 

^TtJL'fr ^"'^«'^^'«'^•^"/"'"«"di" blanco, detrás del mostrador, despachando, en 

ya ta ea le ayuda un chico de quince años, que de cuando en cuando lava los servíaos 

una tina que habrá tras el mostrador. En el establecimiento, Niceto, ojo avizor, para 

I, nf '■'?''""*, "o ^^ '"*^^ ''" P'^^' y sirviendo a los parroquianos. En la primera mesa 

í la derecha, el Pequ^ (a la izquierda) y el Pinchapeces, se distribuyen equitativamTnte 

fetas desparramadas sobre ella, de donde las cogen para echarlas en unos tn-P^uillos 
un lado de la mesa vanos periódicos y dos vasos pequeños que han contenido café En 
mesa segunda de la izquierda, un parroquiano acabando de tomar un vaso grande de 
t ^nT' haberse comido un churro. En la primera mesa de la derecha, ll que no 
-ne donde pasar la noche, consumier.do un vaso de cinco. Se levanta e. telón y entra 
m que no tiene donde pasar la noche. ^ 

HABLADO 

U^iíl^*^-®*':;^^^"^^ "^^'^^^^ ^^^ sienta en la segunda mesa de la derecrí frente a 
enp tiene donde pasar la noche». Niceto se acerza a tomar el recado.) 

•ao. llenando el vaso délas cafeteras, y Niceto, en una bandeja, coge los buñuelos del 



1 



i É 



tablero de al iado de ta puerta, espolvoreándolos con el bote con tapa f-^^^^^ 
en estos establecimientos para el azúcar. Esta forma de servicio .era igual en todo que 
van pidiendo los personajes que se sienten.) ., ..« ..^^ „5+rvl 

' El qub no.-(A ella') No se quejará usté del mno ^^^f^Z^^l^^^ ¿^ „^,e 
La que NO.-Como que si una se preocupara de que se enterasen ae que 

'^^^S;^^l^^í(^^St^-r.^^^^^ puerta,) iCo.rando quine 

^'^lt^l^|S^;C:n=¿::¥S^^^^ 

^'tNtS.-Pu;Te han entrado a usté en el cajón ^<-S^^J^^^^^ 
porque esos céntimos me los han dao a la puerta de San Lorenzo pa que rece p. 

"" EfpB?-Birn^dice el refrán: «El muerto al hoyo y el vivo al recuelo.. (Sim. 

''T^-^l'l^Z^ ría Lniobra.) Oye tü. Peque: no seas vivo, q, 
esa oue te has guardao es de Caruncho. ¡Te veo en un cine de malabarista. 

ELPm-^íSíSant \a colilla.) Me se habrá engarabitao entre os deao.. 

ELPm.-Ventífateun cigarro, sacúdate una cerilla y apoquina un papel £ 

^'' If PEQ -(Señalando al del foro.) Píjate en aquel letrero: «No fumadores». 
El PiN.-Has tenío un lleno; ¡que te frían un huevo! 
F. PFO - Güeno vamos a hacer arqueo pa tomar algo ¿Tu que aQs^ 
Elpin -Una Corr¿, dos Heraldos,- \^ España Nueva denuncia y una perra 

^''EL'p^?.~(Dando palmadas.) Chico, una de Chinchón bien servida, que es pal 
cer un juego de manos. 

i! p!^-Slt°el?e,of=.?>l"^o1LL"Lt? hÍ?o-s¡ ese relí siempre ...é en 

dinero y se llama <.Estar a dos velas.) , . ^. ,. ,,r,lr.hr,.. na nue se lo ar 

El peq -¿Por qué no le lleva usté a la botica del «Globo» pa que se lo ai 

ñor del fondo izquierda. Trae e.i la mano ur piragua. ^ .,.anut -¿u 
"'^-S^Lí'S^o de costumore ) Uno de a d;e. y dos ceneques con m« 
""'iL .iN.-(Buriándose.) Peque, si el hambre fuá música, ^f^máo^^^'^'' , 

;Me parece que ha sido usté vecina mía! 

kí S;^ ™;ZÍÍ^;?S!rííraf ;;"d^tL.atua de Cascorro mucho tiendo 

"'1í ^í -• -t'Sr í^ f?:^i«.1i1St,nec-,.io e„ e, .a,K 
tínireiitc. ¡'Vliá que no habernos, hablao hasta ahora. 

íTorH Ño -¡Es que no me gustan las amistaües de vecuida! 

F oüE 'o- Ap6?ando los codos en la mesa.) Y ahora, ¿ande Vive US e? ^ 

hS^Noi-Pues unas noches aqui y otras en el cafetín de la calle de te 
OTima, donde me voy ahora, porque esta mas abngau. 

El ouii NO. -La acompañaré, si nu molesto. „„wtrador ) 



El Qun NO. -(Volviéndose desde la puerta ya para hacer mutis con su compañera ) ¡A 
2r SI pa tomar Cinco de recuelo me va a confeccionar una iuppe-culote Retana. 
anse. Entra el sereno, que tiene más frío que un perro chino ) 

El SER.-jBrrr! ¡Qué nochecita!... ¡Está que pela! 

bR. ÍN.— Con el cero. 

El SER. —No, señor, bajo cero. (Se arrima al mostrador.) 

Sr. lN.-¿Qué quiere usté, un poquito de café o una copita de aguardiente? 
u íf!i:l^^ '^"^ "*] ^^ '^'^^''^" '"^' ^' ^^^é ""^s gotitas; póngalo. (Le sirven el 

iiv^í. ^rf'^T^^'^"""^! mostrador.) ¿Ha venido ya el señorito Antonio? 

Una voz.— (Dentro.) ¡Sereno! 

^R.lN.-¿Quién, mi hijo? ¡Valiente sinvergüenza! Le tié sorbido el seso esa 

■ lia. 

/IsER.— ¿Cuala? 

c. In.— La Encarna, la hija del señor Anastasio, el prendero del Rastro 
r < SER.— ¡Pues tiene fama de honrada esa familia! 

6r. In.— Si, sí, ¡valiente gentuza! Lo que quieren es pescar a mi hiio v mi di- 
iro, y eso no o consiguen por el nombre que tengo. Porque yo me he Dasao lo 

^^<^^\^"^^r '^"''''"' ^''^'? ^'^^"^^ y '^^'■''^ ""^ carrera^ ¡Esto de'íacarrL 

es otra! La ultima vez que se desaminó, seis suspensos. Y tó por esa esgarra- 

íjindos, porque el chico... vamos, no es un don Dalmacio. pero un negao tam- 

El s r.— Pero si los chicos se quieren de veras... 
^stos ^~'^^^^^^*^°''"* '^^^^ "" P'^^^° ^ ""^ sacrificios! No me dá más q-te dis- 
i El ser.— ¿y qué le va usted a hacer? 

fí. In.— De esta noche no pasa. En cuanto venga, le doy a elegir: o deia esa 
- pa siempre, o le deslomo de una paliza. r'Le parece a usté bien? 

Li- SER.— Al que no le va a parecer bien es a él. 

l'XA voz.— (Dentro.) ¡Serenooo! 

■ ¡SER -(Llega a la puerta y la entreabre) ¡Ya va! (Vuelve al mostrador y con mucha 

i: idad acaba de tomar el café.) Hasta luego. (Se abre la puerta y aparecen las Hexma- 

la vela. Visten de negro, con manto-velo pequeño, recogido en la cabeza, todo el traje 

.'unos manchones, y trae cada una un pequeño envoltorio de papel. Tipo de mujer al- 

a pero no están borrachas. Se quedan un momento en suspenso, como si se hubieran 

■cado de establecimiento. Luego, con cara de resignación y suspirando cómicamente 

-1 y se dirigen a la mesa primera de la derecha.) 

Us. HER.— ¡Ay! (Suspirando.) ¡Santas y buenas noches! (Se sientan.) 
'adüít¡íamüt?s f "''"'""'P'^''''' y '^°" *^'™ sentencioso.) ¿Cuala de estas dos se- 
I .—(Acercándose a la mesa de las recién llegadas.) ¿Qué va a ser? 
o el ap7tifo'^ ^''"'^ ^^' ''^'^"^''^'^ ^"^ '° ^"^ *"''""^^ "le ha entristecido y me ha 
KM. 2.'^- -Y a mí. 

KM. I."— Entonces... (Da el recado en voz baja.) 
:.-(Conteniendoiarisa.)Uno de cinco con sorna y cinco de puntas pa las 

a3CHE.Ro.-Noterías, chico, que pué que tomen el café por suscríción fa- 

'■■'^- L^— ¡Gente soez! 

KM, Q.^-jGente grosera! (Se oye dentro la voz del Tortuga, que dice: ¡Ahf va. eeh- ) 
• — va esta ahí el Tortuga. " 

P p'nTJ^^''^*^- ^'^'^'^ ^^ ^"^"■^'^ ^'"'° y ^"*'^ ^' ^'"'^i'lo e" «" cajoncito con ruedas 

Avanr.lTr"'? "''f ''^? T "^""^ *''"'^''' ^^ '"'''^^'^ ''"^ «P°^^ «" «> «uelo con las 
í^vanza hasta el centro de la escena.) 

• In.— Buenas noches. Tortuga. 
£'" '^,"'^- ~^'^ buenas, señor Indalecio. 
^'•TOR"lmP..'f/r'^''"'^"^' y^ ^^ ^"^ ^''^^ *"c«^^ 'a centena del gordo. 

-ñas i Sí íoTnr ífp 'T' '°"''"' '"''"' ^"^"^''^^ ^" "" ^^"^° de manta, sujetas 
- me estaban iÍph'.Lh''''''''^''"^'^ ^' generosa y no olvida a los pobres. Güeña 

me estaban haciendo unas perras pa dir a los baños de Capane^^ra 



Sr, In. —('Como va la ruma? ,. . , - •„. ^ -. ,i (,.,„ 

El TOR -No me puó valer. (Se levanta como pudiera hacerlo cua.qmer m^. .al bae- 

no y saLy'sesienTaeS la segunda mesa de la derecha. Miceto le sirve, sin que el! o p,da 

una copa de aguardiente.) 
, i^TO«.:Í^ÍJa"pS¡^a;tue .>,e di6 d. parricpacion el fosforero de San Mi 

^"herm. 1.^— Caballero, usted perdone: ¿qué número jugaba usted? 
El TOR —El setenta y cuatro pelao. ja ^tik 

HermI. «-No le extrañe la pregunta; es que nosotras hemos jugado tamíJÍé! 

con ese cerillero y no nos ha tocao. . ^ . , .o^^^ nM¿ 1p« va a tocar 

Un COCHERO. -(Poniendo en la frase un gran desprecio.) ,Pero que les va a tOCar 

Herm. 2.^~LIevábamos cincuenta céntimos de peseta en "P^^.°e^^"^' ^. J . 

El TOR.-Se quejan ustedes de vicio, porque sus anco centmíos de reintegr 
no se lo? quita nadie. (Entra el señor Damián, tipo del pueblo, con una .merluza» de «6rd. 
20 a la erande», y se dirige al mostrador.) ... . - j:„ „„> 

Sr Dam.-(A Indalecio.) Con la venia de sus señorías. ¿Me da usté media cop 

^^ sf"?NÍ^EsM prohibido despachar aguardiente después de las doce 

^ Sr . Oam.-¿Es que s'ha f iííurao usté que no abiyo pasta? P."es tengo mas d 

rvocí n,,P Ma¿haauito M're usté. (Enseñando un montón de moneda.) ¡ChlCo! (A N «t. 

dalet ca uno lo que ^ era ca uno, (Reparando en las Hermanas de la vela y señaland 

as ? emnerando Dor el sexo bello. (Se sienta en la segunda mesa de la izquierda.) 

N!a-(D"sp2 de tlmaf el recado de las Hermanas.) Dos de a diez y dos cenequ 

pa dos ^rcidentes de! trabajo. • Tnrt„<.n ) 

Las hER.— ¡Ay, papá! (Niceto se acerca a! cochero y luego al Tortuga.) 
Un cochero.— Di que muchísimas gracias. 

I T..r-yo?hS",ue ífeglíe la hora del soplen, ayuno. (Nice.o s„ve lop. 

" '^:^:^^:Z^S":io:^S^t^^í por cuenta de, se, 

Indalecio. 

GuAR. 1 .°— Se acíradece. 

SR.^'N.-(iÉ!te''íad;ó (Por el sinvergüenza del sereno.) no se contenta con toraai 
él, sino que se traeca los amigos!) 

El ser.— Dénos Chinchón. , „„,_u„„ 

Sr Dam.— (Al oirlo, se levanta rápidamente y se vuelve.) Pido la palabra 

Sr'. In.-No es hora de pedir la palabra. , AvnntamiVnto O- 

Sr Dam -Me da la gana: pa eso tenemos mayoría en el Ayuntamiento. Lf, 
bemos aguardiente t'óos^o me'voy a la Prensa y se quedan ustes cesantes 
QUAR 1 «-(Acercándose con el compañero a Damián.) Uste lo que liace aqui 6 

'^'iL'l^L™ "raolá'pXbra p??e° Hicar. O beben,os aguardiente tóos. o me^. 

' 'Z°'R.T°-ÍQu°é es eso de ch^vo? <Se ove ,a vo. le,,» de una churrera. ,ue preg 

su mercancía.) 

La chu.— (Dentro.) ¡La churtera, calentitos! 
El ser -(Acercándose.) A la calle ahora mesmo, ¡so borracho! 
GiiAR 2 °— O te vas ahora mesmito o duermes en la com,!. ,^ 

Sr. DAM.-ÍDirfgSdose a todos.) ¿De modo que ustedes quieren que ahueq^ 
QuAR. 1.°— Sí, hombre, sí. i 

GuAR. 2.°— Alacalle. 

El ser.— Vamos, alivia ya, . , r • • „.,<,„i 

Sr. DAM.-Güeno, me voy porque lo quiere el ^fr agio universa^. 
Nic -(Al ver que va a marcharse.) Cobrando cuarenta al de la merluza. , 

Sr Dam -(Paga sus cuatro gordas y se vuelve hacia el sitio que ocupan las Hern* 
Señorai^gáenas 'noches y muchas gracias por el o^^eqmo. (A>r haaa la pu^ 
?Z.n Pi rnrhPro.^ Arre.B. cochero, que has cargao. ¿Me quies llevar a mi cas« 



Un cochero.— ¿Hay mucha distancia? 

5r. Dam.— ¡Setenta y tres tabernas! * 

Un cochero.— Entonces te largas a peana. 

Sk. Dam.— (Haciendo mutis cantando.) t¡Ay, ba... bilonio que marea!...» (Vase.) 

GuAR. 1 .°— (Volviendo con los demás a! mostrador.) Gracias a Dios que Doclemos 
prnarnos en paz la COpita. (El señor Indalecio sirve tres copas de aguardiente, que ellos 
■bi/rean.) 

-Plshr.- ¿Y qué me cuenta usté de don Domitilo? ¡Hace siete noches nue no 

v(!0! 

Sr. In.— Pero ¿no sabe usté qué ha éstrenao una función preciosa, que la están 
nando en el cine de Lavapiés? ¡Ahora se va a hinchar de dinero! 
Elshr.— Lo que me alegro, porque me pagará los atrasos y me dará mañana 

-íumaido, (El Tortuga se levanta, coge su carro y, abriendo la puerta, lo coloca en el 

ral.) 

üuAR l.°-Yo creo que desagera usté, porque si en el teatro se ganase tanto 
iiero, mañana mismo escribía yo una piececita. 

Nic— (AI observar la faena del tortuga.) Cobrando diez al del automóvil. (El Tortu- 
H se mete en su carro después de pagar.) 
Rl toíí . —Dale al motor, Niceto. 

\'ic.— (Le empuja y sale violentamente, tropezando con la churrera, que entra al mismo 
iTipo con su cesta al brazo.) 

CHU.— ¡Valiente animal! ¡Ya podía mirar por dónde va! (Entra y cierra.) 
tAR . 2 . "—Dispénselo, que es un I isiao . 

CHU.— ¡Sí, sí; lisiao! ¡Que se lo pregunten a la que vive con él, que la arrea 
itá que la monda. Chico (A Niceto.), dame dos pesetas de churros y una de 
diente. (Entrega la cesta a Niceto y una botella al señor Indalecio. Niceto prepara lo 

;.In.— (Llenando la botella.) ¿Ya ha despachao usté la botella de antes? 
,! CHU,— Ahí mismo, en la esquina, se la bebió cuasi entera un tío borracho 
íao a un farol, que estaba pronunciando un discurso contra los guardias v 
desimulen. ' 

•UAR. 1. °— ¿Vamos a asustarle? 
iuAR. 2.°— Sí; ¡vamos a arrimarle dos cogotazos! 

JuAR. 1 ."—Estimando, señor Indalecio. (Vanse los guardias y el sereno.) 

NiC— (Entregando a la churrera su cesta.) Ya tiene usté lo suyo. 

La CHU.— (Colocando la botella en la cesta y entregando al señor Indalecio el dinero ) 

ii van las tres pesetas. Buenas noches. (Vase.) 

Sr. In.— (Observando que el Peque y el Pincha-peces están profundamente dormidos.) 
o, espabila a esos. (Niceto coge del mostrador unas cuantas bandejas, se acerca a la 
' y las deja caer, armando gran estrépito. Los golfillos se despiertan sobresaltados. Las 
¡anas de la vela que se habían quedado «roques», se asustan y dan un grito.) 
ic— ¡Que ya han pasao las burras de leche. (Vuelve acoger las bandejas y a 

ii-rias sobre el mostrador.) 

El pe. —(Por las Hermanas.) Hombre, que has asustao a «la viuda ale'^e » 

tt PIN.— Y a su compañera «la princesa del dollar.» "^ 

El PE.— Ya podía usté traer una pianola pa despertar a la parroquia. 

nERM. 1."— ¡Que modales tan soeces! 

Herm. 2."- ¡Yo estaba descabezando el sueño! 
■ „ '•^•-(Mirando su reloj.) ¡Y ese hijo sin venir! (Se oye dentro una banda de gui- 
rras > bandurrias que tocan un pasacalle, que a su tiempo enlaza con la orquesta.) 

Hablado con música 

Jk ^^}f?^^^ ^^°^ bigardones de la comparsa, pa que les convide, como de cos- 
ITIDre. (Al Pincha-peces, que intenta volver a recostarse ) Tú, Pincha-peces, alivia, 
se pasa una estudiantma. (Los golfos se levantan.) 
Nic.-(A1 verlos, muy fuerte,) ¡Cuidao con la puerta! 
^LPE.— Si nonos piramos. 
K"r'Tc^^''^"'^j ^^^ mostrador, yendo a la puerta para abrirla e impidiendo que salgan 
omiios.) bus podéis quedar^ que hay concierto. (Pocos compases antes del fuerte, 
en escena el Garnacha, jefe de Wa comparsa» y panderetólogo, seguido de ocho indiví- 



dúos (Coro) y la banda de guiturras y bandurrias, que quedan en el fon:lo izquierda. Los de- 
más evolucionan, con grandes muestras de alegría, hasta gl fina! del número, que quedan ei 
fila frente al público. Llevan unos bastones-cayadas blancos, y e regatón es un papel de fu- 
mar atado, con un orificio, dos dedos más arriba para*imular que tocan. -cantando,— en es. 
ta dase de instrumento. Unos traen capa, otros bufanda; de gorra otros y alguno con som- 
brero. Termina el número. Desde que entran los de la comparsa los dos gollillos evolucmnat 
al frente de ellos, dando animación al número.) 

Hablado 

El QAR. -Buenas, señor Indalecio. Con permiso, vamos acechar aquí la espue 
la. ¿Quié usté que le toquemos las viudas de «La Co.te de haraón»? 

Qr p,, —(Que ha bajado al proscenio.) Eso es antigüisimo. 

El QAR. —¿Prefiere usté «el vals de los besos» o «la habanera del pom, pom» 
Tenemos un gran repertorio. . xt . -• x. • • 11 reí r-a. 

Sr iN . -iSl que te vienes tu con coplas nuevas! ¿No tenéis ná original? (El Gai 
nacha se quita la capa que la habrá tenido terciada, y la deja, con el sombrero hongo encim 
de una mesa, y se pone un guante-mitón en la mano derecha para tocar la pandereta.) 

ELQAR.-Pues entonces va usté a oir una estupidez de tango. <¡bl monoplc 

no!» Nos lo ha compuesto un barbero de la calle de la Comadre, con un tinal qii 

; deshilacha- (A ios demás.) ¿Estamos? ¡A una! 

Cantado 

(En los momentos indicados en la partitura, el coro toca con los instrumentos mención; 
dos, balanceándose a compás. Garnacha, cuando no canta, toca !a pandereta lo mas córaici 
mente posible.) 



El QAR. 

Luz a su novio decía: 
«Chiquillo, pa darme tono, 
cómprame un mono... 

un monoplano, 
porque ahora es moda 

la aviación.» 
Y él, así le respondía: 
«Morucha, no siendo rico, 

te daré mico.. 

te daré mico... 

te daré mico... 

mi corazón.» 

Coro. 
«No es por ahí, pirandón, 
si me quieres camelar, 
pues el mono me tiés que comprar, 
y apoquíname luz 
pa quedar de chipén, 
pa una *jupe-cuiote» también.» 
(Bailan por parejas cómicamente.) 

HABLADO 

Sr In -(Al chico del mostrador.) Dales a estos lo que quieran y que se V«3 

'°"l£ '^^¿^iS^:y hasta mañana: (Se agolpan todos al mostrador, dond. 
bebien¿!y entretanto, vuelven tocar ia banda el paso doble con que entraron, salen J 
los primeros y se va alejando la música hasta que se pierde. Los demás salen det -^^ ^^ 
alegremente. Los golfillos tornan a sentarse en su sitio y el señor Indalecio vuelve trff 
mostrador.) 

I^P^N^-Xi P?qír.°Oyeya!¡ora que me alcuerdo: tengo una vaga idea deqil. 
^^ El'peq.— (Interrumpiéndole.) No prosigas: un pitillo, un papel del zis-zás y 



El QAR. (Voz de mujer.) 
«Negro, 
mira; 
cómprame el aparato.» 
(Voz grave de hombre.) 
«Vamos, 
pira; 
te he dicho que p'al gatü.> 
(Voz de mujer.) 

«(í)hulo, 
mío, 
cómpramelo sin tardar.» 
(Voz de hombre.) 

Mejor es irse a la Bombi 

y un chotis a izquierdas 

poderse bailar. 

Coro. 

Luz a su novio decía: 

Chiquillo, pa darme tono, etc., e 

(Al final bailan todos y los goUiiios tanlfei 

quedando en ditercntes posturas con eí ü 

nio acorde.) 



El pin.— Bueno, pero la petición d'.icrme en el olvido. n'-ui 

El peq.— No la dispiertes. 

El pin.— Entonces, Carratraca, cada cual de su petaca. (Saca una colilla y la en- 
ende.) 

El peq. —Tanta conversa pa fumar como yo marca el Chepa. (Agacjiándose pa 
^pcr la colilla que él ha sacado y se le ha caído.) y 

Un cochero.— (A Niceto.) Oye, chico, tráete un vaso de diez y dos combros. 

El PEQ. — (Levantándose cono su compañero y cogiendo sus chirimbolos.) No 86 priv.i 
jsté de náa; ¡hasta postre! 
I Un cochero. - ¡Por qué no sus vais al quitamanchas pa que sus tifian! 

Nlc. — (Sirve lo pedido, y al ver que se van los golfillos, grita:) Cobrando die? 8 los de 
i tabacalera. 

El peq.— (A Niceto.) ¿Y de tu tía no se sabe náa? (Pagan y vanse. Niccto recoge el 

TviciO.) 

Un cochero.— ¡Adiós, mangantes! 

Sr. In.— (A Niceto.) Preparar el género pa los tableros. 

El peq. — (Volviéndose n asomar por.la puerta.) ¡Don Simón! (Al cochero.) ¡¡Don Sl- 
lónü ¿Por qué no saca usté una ración de pisto en junco pal penco, que está es- 
layaíto? 

Elpin.— (ídem.) ¡Déle usté un real de judías en sifón! 

Un cochero.— Si voy ahí... (Ademán de levantarse, el señor Indalecio se pa.sea ner- 

El PEQ. V PIN. — ¡¡Miau!! (Echan a correr, haciendo burla al cochero.) 
Nic.~-(Ai señor Indalecio.) El tablero de la caüf de Santa Ana no pue saiir por- 
- !a tíaTíriti ha estao de boda y hasido vñima de la desííravñción. 

¡i KM. 1." (A Niceto.) Oiga, mancebo, hágame el favor de media copa de aguar- 

Nic— ¡Perdone por Dios! A las doce se cierra la espita. 

Herm. 1 .'—Si es media copita vacía. (Niceto mira al señor Indalecio, como interro- 

jndole.) 

Sr. In.— Dásela, Niceto, que pue que sea pa tomar antiestérica. (Niceto lleva la 

1 y se queda al lado de la mesa. La Hermana 1." desenvuelve el envoltorio que trae, saca 

botella grande de anís del mono, cuya etiqueta so vea bien, se sirve media copa y se la 

i , dándole otra media a su hermana. Después vnelve a hacer ei paquete.) 

UN COCHERO.— (Que ha observado la maniobra, llama h Nicero.i Oye. muchacho. (Nice- 
) va a su mesa.) ¿Qué medecina será esa? 

NlC— (Oliendo la media copa, que recogerá.) ¡Jarabe de Tolli y Cazalla de la Sic- 
la! (Aparece don Domitilo, tipo de poeta melenudo.» 

Don Do.Mi.— Buenas noches, señor Indalecio. 

Sr. In.— (Saliendo del mostrador, avanzando con él ;ú proscenio y dándole un abrazo có- 
iicament'í.) ¿Qué ha sido de usté, don Domitilo? ¡Tanta.' noches sin verle! ¡Cómo 
^ "onoce que está usté empezando a ser rico! Ya me ha dicho mi hijo oue el es- 
o ese gustó un porción. ¡Que sea enhorabuena! 

ÜoN DoMi.— ¡No tiene importancia! 

Sr In.— ¿Que no tiene importancia? ¡Acuérdese de ias cuen'Rs cuchemos 
chao en esa mesa! Pero ¡es claro!, ahora me querró usté decir que no es vv.ráíi. 
M son toos los artistas!... En cuanto se ven en cam.ino de la popularida? v han 
írarrao el trimestre, no se alcuerdan de los pobres. 

UonDomi.— ¡No me hable usted del trimestre! Dt.spués de haber estrcnndt». 

ilía que debo dinero. Escuche usted. Yo te/iia una obra escrito exprcs^iinen- 

.. para la tiple que quisie.'-a estrenarla; me la rechazaron en todas partes, v. 

r fin, en el cine de Lavapiés fué admitida «sub conditione». 

>R. In.— Y eso, ¿qué es? 
íonDomi.— (Sin darle importancia.) ¡Latín! Y me impu^^ieron que el marido Je la 

; hiciese algunos arreglos y firmase y cobrase conmigo. 

■iR. In.— Hasta ahora, no veo más eme los trabajos que hn pasan usté para es- 

;ar; pero al fin ha Ilegao. 

:)onDomi.— ¿Llegar, eh? Después de estrenar con éxito. teii-;o un saldo en 
■ ara de doce pesetas cuarenta céntimos. 

Sr. In.— Entonces, ¿no escribirá usté másí' 



Don DoMi.-iEso. nunca! Lucharé y venceré; pero juro no volver a estrenar 
hasta que consiga hacerlo en Apolo. ¡Aquello es otra cosa! (Dándose mucha impor- 
tancia.) , 11-' 

Sr. In . -Usté lo que debía hacer es sentar la cabeza y zamparse en la policía, 
que es una cosa muy segura y se chupa del bote. . u a, 

Don Domi.— Ya le he dicho a usted que no. Estoy preparando una obra dta-, 
mática con un argumento nuevísimo. Vamos, se lo contaré a usted, porque ustejj 
no se aprovechará. La obra se titula «Sangre negra o arnor de obrero», i^e trate 
de una muchacha, a la que quieren dos individuos: uno neo y otro pobre. it,h, íi- 1; 
iese usted! |Uno rico y otro pobre! Durante la obra, luchan por conseguir el amor f 
de la muchacha ambos, y al final, ¿quién dirá usted que triunfa? 

Sr. In.— jQuéséyo! 

Don Domi.— i ¡El pobre!! . ., . ., . 

Sr. In.— iOlé! Si le mete usté dos o tres garrotines, ovación, oreja y vuelta al 
ruedo (Se asoma Antonio por la puerta, se desemboza y etjtra.) . 

Aot. -¡Valiente nochecita! ¡Hola, padre! (El señor Indalecio mira al reloj y no dice| 
esta boca es mía.) ¡Hola, Tilo; dichosos los ojos! (Avanza al proscemo, a su lado.) ¡LO-B 
mo eres ya el rey del trimestre! ... M 

Don Domi.— Diferencia en contra, doce cuarenta. 

Am.—¿Qué significa eso? 

Don Domi. —Ya te lo contaré. ¿De dónde vienes.-' .. . r^ i f^ 

Ant —(En voz baja, a Domitiio.) (De ver a la Encarna.) (En voz alta.) De) caté. 

Sr. Ín. -(Bajando a su lado.) ¡Conque... del café! ¡A las dos y media! ¿Y que ne 
cesidá tienes de ir al café teniendo éste? 

Ant.— ¿Y los amigos, padre? r> ^ x í i 

Sr. In.— Que vengan aquí. (Antonio se sonríe.) ¿De qué te riesf" 

Ant.— Pero ¡cómo van a tomar recuelo! ^ ^ ^ ,1 i„ ^«^o^ 

Sr. In.— Además, que a mí no me engañas. Tú vienes de hablar con la bncar 
na, y eso va a terminar ahora mismo: o la dejas pa siempre o yo no soy tu paare 
es mi última palabra. ^. , ^, „ _. ,, . 

ANT.-¡Pero, padre, por el amor de Dios! ¡Si sabe usté que ella es mi unic 
ilusión! ¿Que no tiene dinero? ¡Y qué! Es honrada y es buena y me quiere mucuc 
Además, que yo no puedo dejarla, porque sería la perdición de usté y la üe m 

madre. , , -s 

Sr. In.— ¡Qué estás diciendo! ¿Te has vuelto loco? ^ 

Ant -No7padre, no. Si yo abandono a la Encarna, la Encarna se pone étic 
y se echa otro novio pa olvidarme, y si yo veo a la Encarna del brazo de otro po 
el Rastro, me se dispara la broving, y si me se dispara la pistola, salimos los tre 
en la primera plana de «Los Sucesos», y ustés, abochornaos, tien que emigrar 
ias Chafarinas, a esperar que yo termine el veraneo forzoso en Ceuta, en meii , 
o en el Peñón de la Gomera. (Todo esto lo dice con acento guasón, pero de manera qu ^ 
no sospeche su padre que se burla.) ^ , . , -, j: • i„««Dor 

Don Dom.— (Que ha seguido con interés el diálogo.) ¡Que deducción más interesar 
te! Esto lo aprovecho yo para mi obra nueva. (Se ío apunta en un puño.) 

Sr. In.-No te abro la cabeza de un jarrazo por no llenar el suelo de serri 
Pero ya lo sabes: ni que te se dispare la... (Titubea porque no sabe dec.r el nombre r 
la pistola.) bueno, eso que has dicho; ni aunque salgamos todos en el «Sol y :>or, 
bra», tú dejas a la Encarna, porque te lo mando yo, que soy tu padre. ¡ 

Don Dom.— (Interviniendo.) ¡Al corazón no se le manda, señor Indalecio. ¿^ 

Sr. In -Usté a pelarse, que buena falta le hace. (Domitiio se retira.) ¡Cuando | 
vas a convencer, animal, que lo que persigue esa mujer es casarse con "" senon p 
y atrapar los cuatro cuartos que yo tengo pa que el mendrugo de su padre qi , 
tiene unas boqueras que le llegan al contrafuerte, viva a la gandula y deje esa a 
querosidá de puesto del Rastro? Tú tienes que casarte con una señorita de tu ci 
se (Al decir esto se queda como si hubiese dicho una sentencia.) 

■ ANT.-¡Una señorita de mi clase! Pero, padre, ¿cuándo se va usté a conyeno^ 
de que yo no he nacido pa señorito, sino pa ayudarle a usté detrás del mostraao , 
¡Si a mí no me tiran los estudios! ¡Si cuando abro los libros no veo mas que en ., . 
rrc^' ¡Si me llaman por todas partes «el chico del cafetín»! ,Si no puedo serón 



Sr. In. -Eso son los romances que te mete en la cabeza esa gentuza. 
Ant.— Bueno, padre, ¿quiere usté algo, que me voy a acostar? (Dirigiéndose ha- 
a puerta que hay en la derecha.) 

Sr. In.— No. (Después que ha pasado.) Digo, SÍ. Supongo que, con los amores, no 
»e habrá oividao que mañana es Nochebuena y no quiero que faltes a cenar, 
me vayas a hacer lo del año pasao! Miá que... 

Ant.— (Que se ha detenido.) Está bien, padre, cenaré; pero no creo que sea nin- 
delito, que me vaya después un rato con los amigos. 

In.— ¡Los amigos!... ¡Los amigos! Me paece a mí que mafíana no ves tú a 
oiiiigos». ¿Lo entiendes? Y como se me meta en la pelota, te bajo a la cueva 
'es hasta que críes musgo. 
.—Pero, padre, ¡que no soy una criatura! 
DoM.— (Volviendo a intervenir.) Señor Indalecio, considere usted... 
^In. — (Dándole un empujón que le hace caer sobre una de las mesas.) Yo no conside- 
ra. (Exaltándose por momentos.) Hago lo que me da la gana. (A su hijo.) Y ya te 
Is quitando de mi vista, porque... (Va a coger una banqueta para lanzársela. Antonio 
: mutis por la puerta de la derecha. Sostienen al señor Indalecio el cochero, Niceto y el 
3, que sale del mostrador. Las Hermanas de la vela intervienen también, poniéndose cada 
a un lado del st*lor Indalecio, cogiéndole de los brazos.) 
■Ierm. L"— ¡Caballeros, por Dios, no riñan ustedes! 
Í£RM. 2."— ¡No consentimos que peleen! 

5ft. lN.~(Da un tirón y se suelta de las Hermanas, que tratan de sujetnrlo.) Señoras, 
des al convento de las arrepentidas. (Forman cuadro y cae rapidísimo el telón de 
!ro.) 

INTERMEDIO MUSICAL 
nXatación. 

CUADRO SEGUNDO 

iación de una casa pobre. Una puerta a cada lado. En el centro, mesa camilla con los 
estos de la cena. AI foro, varias sillas de paja y una cómoda; sobre ésta dos floreros con 
lores, un reloj despertador y varios retratos pequeños con marcos dorados de metal. Al 
oado derecha, una mesa de pino con un paño blanco y sobre ella un Nacimiento con sus 
'elillas encendidas. Alumbra la escena una lámpara eléctrica, con pantalla, que pende del 
echo. AI levantarse el telón aparecen sentados a la mesa; de frente, la señora Engracia; 

AI derecha, Manolín y el señor Anastasio; el primero con una pandereta y el segundo 
rátando de partir un trozo de turrón, más duro que el corazón de un usurero, armado de 
oraión y martillo. A la izquierda de la señora Engracia, Pepita y Encarna; la primera con 

» pandereta, y la segunda preocupada, hasta que se indique. Pepita tiene unos siete años 

Manolín es menor. 

EPITA. — (Cantando un villancico.) 
aigo que echar una copla I pa que Dios le dé salü 

^cima de una cama, 1 a mi madre y a mi hermana. 

HABLADO 

ÍRj Anas.— Muy bien; y a tu padre que le parta un rayo. Sácame tú una co- 

Manolín. 

^CAR.— Pa padre no le hacía falta un rayo; pero al turrón no le vendría mai 

|tte fuera una tormenta. 

Anas.— ¡Gachó con el turroncito este! ¡Lo han construido en la fábrica de 
etitos! 

íéRA Enq.— Como que siempre te engañan, Anastasio. Acuérdate de la jalea 

inO pasao, que hubo que utilizarla pa limpiar los doraos. 

»R. Anas.— (Dando unos golpes.) Pues el turroncito este se lo llevará el chico oa 

ídrea. 

Ianolín.— Ya te he sacado la copla, padre, 
t^ndo.) 

I pa que de un buen martilíazo 
I puedas partir el turró-i. 



m 



Sr. Anas.— Has estfio güeno. 

Seña Enq.— (A su marido.) Bueno, tú, de)a la sección de confitería pa mañat 
que traeremos otro turrón. (A los niños, que siguen molestando ton las panderetas.: 
vosotros, arrastraos, a ver si sus calláis, que me estáis levantando dolor de 
Deza. (Dejan de tocar.) .... . . j 

MoNOLíN.— Pero madre, si esta noche es Nochebuena y no es noche de dom 

Seña Enq. -A ver si va a ser noche de que te acueste caliente. (Los cincos, 
levantan y van a jugar con el nacimiento, pero sin meter ruido.) 

Sr. Anas.— (A Encarna.) Pero, chica, ¿qué te pasa? ¡Alégrate, que estás más 
fia que el «Chico de la Blusa». 

Encar.— ¿Es que hay días fijos pa alegrarse? 

Sr. Anas.— Los que ves a tu novio. 

Encar.— Eso no es verdad, porque esta noche ha quedao en venir. 

Sr. An.».s.— Si !o deja el acaudalado propietario don Indalecio Minguez. 

Seña Enq. —Vamos, hombre, no le quemes la sangre a la chica. 

Encar.— Pero si no me pico. No ve usté, madre, que antes de diez minutos 
tara aquí. . ^, . ., , , 

Sr. Anas.— No te hagas ilusiones por si acaso. El me)or día le convence el 
qiiete de su padre y. como Antonio va pa señorito, si te he visto no me alcuer 

Encar.— Ahora va a resultar que se las trae usté con Antonio. 

Sr. Anas.— Con Antonio, no; el chico es más infeliz que un confeti. Pero 
su padre Sí. ¡Ese tío ceporro que se lava el pescuezo con carburo!... 

Enc\r. — Ya verá usté com.o Antonio le convence. 

Sr ^,N'AS. — iOué va a convencer, si le ha dicho hasta el sereno que no jn 
mos a Antonio, sino al cajón del cafetín. ¡Habrá tío indecente! (Suena dentro la ( 

panilla.) . . ^ , , - • , 

Encar.— ¿Lo ve usté, padre? ¡Ya está ahí Antonio! (Sale por la izquierda 

abrir.) , . i - . 

SeñáEng.— ¡Lo ves como tenía razón la chica, cacho de alun. , 

Sr. Anas.— Esta noche es Nochebuena y no es noche de fallar. (Entran Ene! 

y Antonio por !a izquierda.) 

Ant.— Buenas noches, señores. 

SeñáEno.— Hola Antonio, buenas noches. ^, . , 

Ant.— Pero que muy buenas. (Los chicos echan a correr y se ponen delante < 
cantando.) 

Pepita v manolín. . 

Tengo que echar una copla I pa que el novio de mi hermana 

por encima del «Heraldo», i nos dé hoy el aguinaldo. _ 

(Antonio echa mano ail bolsillo del chaieco, como para sacar dinero) el señor Ana« 
le corta la acción, separando a los chicos.) 

Sr. Anas.— Eche usté el freno que vamos al nueve. 

Ant.- Iba a darles un duro pa dulces. x- .d ^ ki« «« 

Sr. ANA^.-Ha rayao usté a gran altura, pero hoy no se fia. lEndeble qa 
pondría su padre de usté si supiera que le tocábamos al capital! 1 u (A la sena 
gracia.), acuesta a los chicos. (Muy serio, dando un beso a cada uno.) 

Ant.-No es para que se ponga usted así, pero, en fin... (Se guarda e\ dm^ 

Seña Anq.— Vamos, niños, a la cama. (Haciendo mutis con los chicos por la aei 
después de dar un beso a su padre.) (¡Nos ha fastidiao padre con no dejamos cq| 
duro!) (Mutis.) ^ . , , i_ 

Sr Anas —(Cambiando de tono.) Y ahora, a otra cosa. Le voy a dar a usté m 
copíta de escarchao que paece Chartreuse o Piperminte. (Mutis por la izqmeríí 
tonio se quita la capa, que deja sobre una silla y se sientan él y Encarna a la parte del 
Antonio, que está muy triste, de espaldas a la puerta de entrada.) 

Encar.— Creí que no venías. . ^ , „ - ,^ a,a 

;^nt.-Yo también, porque he tenío con mi padre la polka numero 005 
¡Chica, te digo que estoy más desesperao!... . . 

Encar.— No me hables de eso, porque yo también paso lo mío cuano 

^'^ ANT.-¡Cá día está más inso''i''ble! No hay manp de ponerse de acuerdí 



Encar.— Pues pa que sií3;ramos asi. mira, mis vaie que acabemos. 
i Ant.- ¡De modo que tú taiubién me vas a dar la noche! ¡Porque con mi padre 
iijsido tibia! 
^N'CAR.— ¿Qué te lia pasao? 

r.— Nada, que terminamos de cenar y me dijo que no salía... y ya ves, he 
). . . (Suena dentro la campanilla.) 

CAR.— (Muy triste.) Por supuesto que e! final ya se yo cuál es. 
NT.— ¿Cuál va a ser? 

CAR.— Que acabará tu padre por convencerte. 

.1.— ¿A mi? Te io juro por la salud de mi madre. Soy.. (Sale la seña Engiacia 
derecha.) 
: ÑÁ Eng.— Vaya, ya están esos demonios acostaos. Oye, Encarna, ¿quién ha 

-o? 

NCAR. — No sé. (Aparece en la puerta de la izquierda el señor Anastasio con una bote- 
.¡ Je anís escarchado debajo del brazo y inedia copita en la mano, seítuido de! señor Inda- 
;> o_.) 

iSr. Anas.— ¡Don Antonio!... ¡Don Antonio!... (Antonio se vuelve.) Una vesita. 
IAnt. — (Al verle.) ¡Aguanta!... ¡Mi padre! (Levantándose rápidamente.) 
Sr . In. — (Avanzando hacia su hijo y encarándose con él.) Tú, a casa. 
Ant — (Con timidez y vacilando.) Si es que... 
Sk. Im.— (Con mucha energía.) ¡A ca^a he dicho! 
Sr. Anas,— (Con tono zumbón.) ¡¡Melodramático!! 

ÍNCAR.— (Viendo que Antonio duda un momento.) Márchate, por lo que más quieras; 
ni. 

NT.— ¡Maldita siá! (Coge su capa y vase por la izquierda.) 
MÁ Enq.— (Al señor Indalecio.) ¿Y a qué debemos la satisfaciv^n de verle? 
> ;. In.— (Señalando al señor Anastasio.) Vengo a hablar dos palabras con aquí. 
vSr. Anas.— Emprencipie usté; asiéntese y acete una copita de escarchao. (Des 
t' indo la botella y sirviéndole media copita.) 
: In.— No bebo porquerías. 

:. Anas.— (Mostrándole la etiqueta de la botella.) ¡Que no es de SU casa de usté. 
N In.— ¡Como si lo fuera! 

• Anas. —Retiro el escachao. (Bebiéndose el contenido de la copa y dejando ambas 
obre la mesa.) y escucho. 

\ In.— (En tono que parece agresivo.) Lo que tengo que decirle a usté... 
ÑA Enq. — (Interrumpiendo, por creer que .se van a zumbar.) ¿Pero no toma usíé 
fü? 

lN.-(Sin hacer caso.) Lo que tengo que decirle a usté... 
CAR .—(El mismo juego.) ¿No quiere usté descansar? 
. Anas.— (Un poco amoscado.) ¿Qué es lo que tié usté que decinnei^ 
. In.— ¿Le es a usté igual que hablemos en la taberna de abajo? 
. Anas.— Como usté quiera: la taberna es mi bufete. 

In.— Buenas noches. (Se dispone a marchar.) 
Ñ.\ Enq.— (Temerosa.) ¿Por qué no hablan ustedes aquí? 
CAR.— (ídem.) Nosotras nos saldremos ahí fuera. 

. Anas.— (A su familia.) Se impone el mutismo. (Se pone el índice sobre los labios 
.do que callen.) 
car.— ¡Pero padre!... 

. Anas. — (Dirige una mirada furibunda a su familia, y luego, vv)lvtc¡idose al señor In- 
, hace una transición cómica.) Eche usté pa alante. 
. In.— Usté primero. 

■ Anas.— No, usté; estoy en mi casa. (Sale por la izquierda cl GCñ-ír Indalec;;); 
>io sube al toro, coge su gorra de seda y un bastón-cayada, que estáü sobro una silla, 
letras, esgrimiendo el palo. Madre e hija quedan muy asustadas.) 
• CAR . —(Después de una pequeña pausa.) ¿A qué habrá venido el señor Indalecio? 
ÑÁ Enq.— Esta visita me da mala espina. 

CAR.- Yo estoy asusta. Antonio ha tenío esta noche un broncazo con su pa- 
spués de cenar, porque no le dejaba salir. 
sÁ Enq.— ¡La verdá es que es mu chocante el que haiga venio ei scfior In- 



I 




ExcAj . — Vo t-jíaba por ba|w, oadre. ^ 

i£XA Enu.— xPrtDcwaoéo iniiij¿Tiiiwi«, aBqae día taaiiíéa tíeae cerote de qpe 
soa ¡lio será pa tanl(¿ AI fm y al c^bo« d sedor faKtalecio es nn booiixc y ta 
■o es naaco, ¡disio VO' (Se aj^ destro la vn del sefier Anastasio.) 

Sa. Axtó.— <De9¿o.> ¡Haiirá tío sacio, ooo lo qoe ne sale abanl 

EvJAK.— Aitt está padre. ffSomeado kacis la piivla ca cirro zaomesáo 

t3¿'-'.! 

S£-^v Eüsc— Pero, ¿Doiws a te taberna? 

Se- AxAS.— ¡Por lo visto yo teago cara de pruno aiiBDbraú! 

FvcA9. — iQaé ba ocarrido? 

- — ;Hafará t» cerdo? 

— Pero, éqaé es eUo? 

í -jMaltiroledaí! 

r: ; Revieafee asté, padre! 

Sri. A>v«. — Pasaa, ^KsafiaMS..: ,.-vai lu cr-i'.^.i.vcú. 

Scxx E?iG.— Pero, ¿ía a poder ser? 

Sk. Axas.— Sí, aqer, sL ¡Oiaiá lo eiiiaptaa e sa mñau6xül CbaO^ 
d setor Acastasio. dUa los Koragins ripifaaeafte. i niliil ii al scdor Ai 
deafee la ocafñdo^Esfeedhd tasara, coa» kablaadacoasice mksme y ña darse 
b ^cjmda de sa fHriifa ea loa praaeras aoneato&l 

Scsti EsBO.— iAcate ya! 

Sa. Axfts.— iPas aeráis! Ha s^o casfida ^ 
COMO ao le tae..J No kesKJsBegao al portal ta 

■osalcarredor;eiseiorIa^riecioseparay : aságu 

dez: «Seíor AaastasaovMifortaaaesn aatc *-^5t2 ?os 

DOS y ae iraa a eab ai aar si ao pa go — le 
Teace el sábado. S ae saca asté dd caapracr 
ció. Yo. cak^vsos caeK> aeqoedé. 

Sexí EsQ.— ¡QfilqBá se Ib a ñgvar. . . : 

Sa. AackS.— (i^ Eacanaj ¡Los dd postÍD!... iU^iá tié¿ :;:'=■ ::--::: 
nacdo tík> es oaaedñ. too es ■eatlra! 

Eaicui.— YBSté,¿aaépieas8faacer? , r- -_^ 

Sk. Asas.— Si te parece le paadÉeaos oaa caeata conrieate en «La Eq uitat 

do Braza» 

Eacsa.— Yo creo qaeddbíaaos bascarías qBáñeotas pesetas pa 

cabeza. 

Sa. An&—Pü darle es la cabeza no fcacea fdta las qnmien ras pe 

CKatolaenatajlaám&iadesiBdepe8arcaacBa.AEaBraE3a4Fero. rS-- 

Eocaa.— OGealna sobe el seáor AaaOaBia a deiv d bastón y la ^na ea ei » 

Coaiéazale asfcé, aadre. 

Stí&Eao.— Yocreoqaeladacaao^descanBná. 

&. A3US.— ¡Afe! Pbro, ¿te pones de parte de eil^ ¡Esti w: 
■a rcqaeÉriáéB! (Paasa r u sa ii i riñr> ¿Y de aade vaans a sacar e 

EnoiL Ytuii n iM W Í a B fti ii i deMania, ads arracás, lo ¿.^ 

Sk. Aauks.— cTa aaailúa y tas arracás pa ese barro? »Si(?aéá!a€- 
sa sedora a (fiez céaiaaBS la pápetela! 

EsctK.— CA aa saAcL) AyÉÜeaK asté, aadbre. 

SeSi EsG.— TMrazáa lawadiaAa; hayqae ser geaeroso aancr 

qae JB qae^ea la daereadBi qae ba? ^tre a y aosotros.^^ 

ST Asas. —Hemos terMian, yo soy el aao y atpa se hace k 
TiCASsEacBaa^ilacaHBakaniKsao. 

Escu. —CU kKcr nae^ a aa aadn.) ¡Qne se aUade bb padre . 

S¿. A.vi=.— CA Ea^racia) Ti, arza pa ei caire taídbKs. 

Sqía íi."*g- — ¿Y t^ 

Sa. AsAS.-tYo?... k¡El tíogaarro!! IPe^eia lacgaáá », co« o ei í-e : sato 
saca-, 3esp«^ oage d aartSa y d fanaóa j, coatea«laadD d t ai'dad e acr-^r :rs^ 
<Yo?iAp8atireltam5a!ílfiaseEapaeia.ll«a« t— ■afc^ dtarot.) ¡Si t-c-¿;c 
i>w h rií Jr ri n' friifrií-rTr t --— | --'^-- -■-«^-.*ra*~«^*«c~*« i» 

TELÓN YX. CUADRO 



má' 



CUADRO TERCERO 



íoei «-t- c°sp:icna ir ' 

de queso y algo 

lefior Anas' í-;o. ei- :a misma fonna que el otro y cor. 

ca"' < ' - T^quités, Maisoa fundada e] año del De:. ^ ■ 
p ds, tela», un tapiz nay deteriorado, en ur sitio 

a — ^ - 

(Motarse el telón aparecen la seflá Engracia y l 
IQro; y por la escena, coinoradore' v venJcJure- 



¡Qué aleare está el Rastro 



- parte c</nocida P'ít Iís • Americis». En <?1 í^iro, 

i. En los sepinJos términos, a la derecha, el 

-: . -'irte toldo de Ik r-u, y en sitio visible wi letre- 

7.iT cosmopolita. fH-t.i ca>a no ttenc sacorsalesb. 



En -i todo 

ita. 

de ly^^ . ....... ües, 

el más castizo. 

ruAPFRo.— Trapero... Hay ¡ 
que vender. Trapero...' 
toe 



J. 

.................. , ..iiaTiesa la e«' 

-na de izquierda a derccka.) Sale por ci 



na.) 

CÍE> 



lela 
liert 
Ma 
itini; . 
■el fe 



I Se para en el c • 



uircha basta desaparecer 



por el fondo, derech 



:>■>' er.xi. 



Que üe las dichas 
del amor. 
es !a 'íiijor 
hííc.r :'vis-chas. 
por la pr rda un caramelero 

MMlante, . :í, gorro y mandil 

'ancos, de colgado del ciiclio 

>cajón-ba con la mercancía.) 

". \r \" . PRO 

Traigo va ir: i! la. 
café, coce nenia, 
canela, fnii -.biicsa, 

r'-'"— • 



tirarsuí ai 
llorar y r.-. 
Que el carameiero, 



lleva somrc.u core i:>es oeienorado y una 
pata de palo en la pierna deredw; sánala 
tocar la guitarra. Le acoopaftan r* *'' ^ 
cba-pecesi, el Pirracas, la Cacharr 
Pelasai^aitoa; los coatro van omy ^.^ >.: - 
trados, pero sin llegar a ser repognaatej». 
Se pone en el centro de la escena «El de 
la pata de pak>*; los otros caatro forman 
un corro con los comj^adores. cantanJj > 

].\y, Gabrie 

;Ay, Gabrielal. me tienes rr.evi'o ioco 
y estoy entermito de tanto penar. 

¡Av - -- ■ • 
I Ay, Gabriela Joacharc>; 

lo mismo "" ^ : jbrar. 

T 

de laüaardia civil. 
Tu«; oifl /^s, raorucha, 
a mf; 
r ven aquí, 
ven aquí, ven aquí. 



{Bailar, ana niztchiclia en golfo.) 

iAy, Gabriela! 
¡Ay, Gabriela!, que las campanitas 
ya tocasi a muerto por nuestro querer. 

¡Ay, Gabriela! 
iAy, Cabricia!, maldito siá el hombre 
que pone el cariño en una mujer. 
Pajarillo que cantas 
en un olivar, 



deja ya de cantar. ^M 

Que estoy triste, y sin ella 

no puedo vivir, 

y me voy a morir; 

ven aquí, ven aquí. 
(Bailan otra vez, y, terminado el número, r 
san la gorra para hacer una cuestaci 
En vista de que no sacan ni un perro el 
co, hucen mutis.) 



HABLADO I 

Seña Enq.— (Pregonando en su puesto.) ¡Al barato, al barato! ¡Lo que más pu"^ I 
y convenga! ¡Cintas de moiré riquísimas! ¡Plumas! ¡Sombreros! ¡Todo muy b j 
rato! " . ' 

Caiíd.— (En su puesto, a grito pelado.) ¡Tacones! ¡Mendrugos! ¡Queso! ¡Bisuí 
ría! ¡Precios inracionales! ¡Antiquites de París! Pasen, pasen a visitar las se 
clones... 

Encar.— (A su madre.) ¡Cuánto tarda padre! ¿Habrá tenido algún disgusto ce 
el señor Indalecio? 

. Seña Enq.-~ ¡Tendría gracia! Encima de que ha ido a llevarle las quinientas p 
setas!... 

Encar.— ¡Tengo una alegría! ¡Y con el trabajo que costó convencer a pad 
pa que vendiésemos el mantón de Manila y lo que tenía usté en el Monte de Pi 
dá. Y luego, como a Antonio no le veo desde el día de Nochebuena, pues no s 
bemos náa. 

Una voz.— (Dentro.) ¡Candorro!... ¡¡Candorroü 

Cano. — (Volviendo desde fuera del puesto, hacia la derecha.) ¿Qué pasa? 

Una voz.— Que en la tasca del Nacha te tién que dar un recao. 

Cand.— ¿Es líquido? 

Una voz.— ¡Puede! 

Cand.— Pues voy en aeroplano. Seña Engracia, ¿quie usté echar un vistaz 

Seña Enq.— Vaya usté tranquilo. (Mutis Candorro por el foro, derecha. Aparece p 
fn izquierda el señor Anastasio, encendiendo un mechero automático, sin conseguirlo, y ca 
lando con música del garrotín.) 

Sr. Anastasio. 

No te des tanto postín, I que le debes siete gordas 

no te des tanto postín, I al dueño del cafetín. 

(En vista de que no prende, saca una cerilla y enciende el mechero y luego un cigarr 
¡Este no me le sellan! (Señalando al mechero.) 

Seña Enq.— ¡Qué contento vienes, hombre! 

Sr. Anas.— (buando el español canta... 

Encar.— ¿Qué ha pasao, padre? (Avanzan las tres al proscenio.) 

Sr. Anas.— Que si tú no fueras hija mía y de ésta; que si ésta no fuera mi i 
ñora; si yo no fuera... bueno, quien soy, y si Antonio no fuera un buen chico, c 
ésta (Por la mano izquierda.) me había guardao el dinero y con ésta (Por la derecl 
otra le había metió un azotazo en la cara al señor Indalecio, que iba a estar si 
días buscando la cabeza. 

Seña Enq.— Reasume. ¡ 

Sr. Anas.— Pus na, reasumo. Llego al cafetín, le doy las quinientas del ala 
señor Indalecio, las toma y, dando media vuelta, me dice: «Hasta que nos ví 
mos», y desaparece. i 

Encar.— Pero ¿qué quería usté, que le diese las gracias en papel sellao? 

Sr. Anas.— Las gracias, no, pero un recibito, sí. Eso es lo que hacen los hCi 
bres honraos. Vamos, te digo que si tú no fueras hija mía y de ésta, y quC; 
ésta... i 

Seña Enq.- Bueno, cambia el disco. 

Sr. Anas.— Chungueo, no. (Se retiran al puesto.) 

El peq.— (Acercándose al puesto de Candorro, y, al ver que no hay nadie, hace una» 
al Pinchapeces, que se acerca.) Mota libre. (Cogen tabaco y se lo guardan. Salen po> 
fondo derecha una pareja de r-icién casados, cogidos del brazo. El, viene fumando puro. 



e se acerca a ellos.) Señorito generoso, que tengo más hambre que un oso; déme 
3 centimitos. 

íl recién.— Déjanos en paz, que no estamos para gastos. 
X PIN.— Por la salud de la señorita, que es muy bonita. Ande, dénos una pe- 
que nos falta para un real de judías al galope. 
% RECIÉN.— Ya te he dicho que no. 

%. PEQ.— Pues déme un poquito de lumbre pa esta colasa. (Una colilla que tiene 
mano.) 

íl RECIÉN. — (Dándole el pnro para que encienda.) Toma. (Peque hace como que encien- 
devuelve la colilla en lugar del puro.) ¡Te has equivocao! ¿Y el puro? 
li PEQ.— Se ha ido a barios. (Sale corriendo por la izquierda oe:-,-uido del Pincha- 
s.) 

LL RECIÉN. -¡Esto es un latrocinio! Me qnejaré en «La voz de la calle», del Ma- 
o. 

„A RECIÉN.- No te preocupes de pequeneces y vamos a buscar el puesto del 
r Anastasio. (Miran a todos lados e interrogan a un individuo de otro puesto.) 
IL RECIÉN.— ¿El puesto del señor Anastasio? 
¡>R. Anas.— (Acercándose.) ¿C'hay que hacer? 
X RECIÉN.— ¿Es usted el señor Anastasio? 

>R. Anas. — Pa servirle. (Fijándose en el sombrero que lleva puesto, que es un hongo 
aplana, exageradamente grande.) (¡Cámara qué güito: es de doble ancho!) 
ÍL RECIÉN.— Pues aquí venimos recomendados por su cuñada de usted, la Ti- 
ía. 

ír. Anas.— ¡Hombre, laTimotea! ¿Y qué desean ustedes? 
,A RECIÉN.— (A él.) Díselo, Siííerico, que a mí me da vergüenza. 
íl RECIÉN. — Pues verá usted, don Anastasio: nosotros nos hemos casado hace 
y medio, y... lo que pasa, como hombre prevenido vale por dos, queremos 
prar lo que tiene usted ahí. (Señalando la cuna.) 
Ir. Anas.— ¡Ya! Lo que ustedes quieren es una cuna. 
,A RECIÉN.— Sí, señor; pero que sea baratita. 

Ir. Anas.— Basta que vengan ustedes de parte de la Timotea, se la voy a dar 
tés regala. 

ílrecIen.— Eso no, de ninguna manera. 
>R. Anas.— ¡Hombre! 
A RECIÉN.— Que no, señor. 
>R. Anas.— Es un digamos; porque esta cuna, en cincuenta beatas es regala. 
..A recién.— A mí hábleme usted por duros. 
iR. Anas.— Entonces, diez mosquitos. (Cara de asombro en ella.) 
Il recién.— (Dándose importancia.) Quiere decir diez duros, porque esta gente 
a en argote para la abreviación de la palabra. 
A RECIÉN.— ¿Y a eso lo llama usted regalar? 

>R. Anas.— Como que .si no vienen ustedes de parte de mi cuña, esta cuna les 
ta siete. .. digo trece duros. 
íl iu:cien.— (A ella, aparte.) A esta gente hay que entenderla; verás como yo lo 
más barato. (Al señor Anastasio.) Bueno, ¿quiere usted dos duros? 
R. Anas. — Le advierto a usted que el piri de hoy ya está en casa. 
-A RECIÉN.— Oye, Sigerico, ¿qué es el piri? 

2l RECIÉN. — ¡Será algún hijo suyo! (A Anastasio.) Bueno, ahora hablaremos de 
de la cuna. Vamos a ver, ¿qué quiere tisted por este tapiz? (Cogiéndolo y exa- 
ndoio.) 

Anas.— ¿Usté se ha fijao bien eíi el tapiz? Está elaborao a brazo por los 
nanos Borsalinos. ¡Se lo voy a dar a usté regalaoi ¡Por ser pa usté, cincuen- 

las! 

A recién.— ¡Ya será algo menos! 

;l. RECiKN,— Haga usted cuenta que no conocemos a su cuñada. 
Su. An.ks.— Ahora mismo se ha marcliado un inglés que me ofrecía doce ma- 
;antes y no se lo he podido dar. 
"X RECIÉN. —Abreviemos; ¿cuánto quiere usted por e! tapiz y la cuna? 

R. Anas.— Pues me van a dar por las dos cosas... diez y seis oavos. 

.A RECIÉN.— ¿Cómo? 



Sr. Anas.— Diez y seis duro». 

El RECIÉN.— Ahí va mi ultinia palabra. ¿Quiere usted quince... (Pausa,) pesetas' 

Sa. Anas. — ¡Me cuesta más! (Retira la cuna con desprecio.) 

El recién.— Pues adiós. (Se diri.tíen hacia el foro derecha,) 

Sr. Anas.— (Al ver que se van.) Oigan, ¿dáii ustés... las diez y seis... peseta 

Elrecien.— No, señor, quince. 

Sr. Anas.— Vengan, pa que vean que quiero servirlos. (El recien casado le entre 
ga el dinero.) ¿Dónde hay que llevar esto? 

El recibn.- (Dándole" una tarjeta.) Ahí van mis senas. (Vase el matrimoni< 

Sr. AíNAS. — (Lee la tarjeta y suelta una carcajada.) ¡La descoyuntación! 
lia.) Venir. ¿Sabéis ande viven esos señoritos? 

Seña enq . —En las Cuarenta Fanegas. 

Sr. Anas. - Escuchar. (Leyendo.) Sigerico de Galáin y Samnartín de Luiña. V 
lia Exaltación. Ciudad Linea!. Hay tranvía con motor. ^ 

Seña enq.— Hay que aclíar bota y merienda pa mandarlo. 

Sr. Anas.— Lo llevaré un día que me coja de paso, porque la cuna no les corr 
prisa. 

Seña enq.— (Con malicia.) No te has fijao bien. 

Enca .-(Mirando a derecha.) Padre, mire usté quién viene por allí, el señor IndalecK 

Sr. Anas.— Trae p'acá la badila. (Se agcicha y coge una del puesto.) Como veng'< 
a pedirme pa otra letra, le saco la raya, (Aparece por la derecha el señor Indalecií»! 

Sr. In.— Buenos días, señor Anastasio y la com.paña. 

Sr. Anas.— (Agresivo y metiéndose por la cara de Indalecio.) ¿C'hay que hacei 

Sr. In.— Hasta esta mañana, he creído que era usté un cerdo. 

Sr. Anas. — (Sacando la badila.) ¡Rediez! 

Sr. In.— (Muy rápido.) Pero retiro el cerdo, porque por las acciones se conoc 
a las personas, y hoy me convencido de que, tanto usté como su dina compaííei 
y la niña, son tres personas honras, decentes y trabajadoras. 

Sr. Anas.— ¡Es justicia! 

Sr. In.— y que quieren ustedes a mi hijo de buena fe. Por lo tanto, voy a P 
gar la deuda. 

Seña Enq.— El dinero no nos corre prisa. (El señor Anastasio protesta cómicameaK 

Sr. In.— No se trata ahora de dinero, sino de algo más serio: de la traiiM|| 
dad de dos casas. (Gritando hacia la derecha.) ¡Antonio! (Sale Antonio por el í^ 
Anastasio, Engracia y Encama están como atontados.) [0[ 

Ant.— ¿Qué quiere usté, padre? 

Sr. In.— (A Encarna, por Antonio.) Ahí le tienen; toma lo que gustes. 

Seña Enq.— (A Anastasio.) ¿Lo ves, pedazo de bárbaro, si le llegas a desbar 
íar ia cara? 

Sr. Anas.— ¡M'ha dejao usté galvanizao! 

Ant.— Encarna de mi vida, ¿estás contenta? 

Encar.— ¡Loca de alegría! 

Sr. In.— Falta el pie de imprenta. (Saca un envoltorio y un estuche de debajo 
capa.) Encarna, ahí ties el mantón de Manila, too lo tuyo, que he comprao y 
convencerme de lo que me he convenció. El dinero, gracias a Dios, no mef 
falta. (Dándose importancia y haciendo un signo picaresco.) ¡Ha sido una agañOJ 

Sr. Anas.— Hombre, no sé si darle a usté con la badila o convidarle aun 
mú con aceitunas. 

Sr. In . —Prefiero el vermú. 

Sr. Anas.— Las cosas en caliente: vamos a tomarlo. 

Ant.— ¿Lo ve usté, padre? (Por Encarna.) Esta es de mi clase; ya estoy en 
centro, y ésta y yo, con la ayuda de ustedes, haremos de esta asquerosidá 
puesto la'sucursal del Bazar de la Unión. 

Sr. Anas.— (Dándole la mano a Indalecio.) ¡Chócala, consuegro! En cuanto yo 
administre los combros y el moka, vamos a ser proveedores de la real casa. 

Ant.— ¿Está usté contento, padre? 

Sr. Anas.— ¿No lo ves? ¡Ebrio de satisfacción! 

Ant. -¿Se convence usté, padre? Yo tengo que ser siempre «El chico del c 
fetín». 

TELÓN FINAL 



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PAPEL DE LA PAPE 



35 



36 
37 



40 
41 
42. 

43 
44 
45 



31 EL MISTERIO DEL CUARTO AMARI- 
,r. r, LLO.— Traducción de Gil Parrado 

32 FRANCFORT.-VIfal Aza. 

33 LA REBOTICA. -Vital A/a. 

34 LA FRESCURA DE LAFUEWTE - 
García Alvarez y Muñoz Seca. 

PRIMEROSE. - Traducción de losé, 

Ignacio de Albcrti. 
CIEN'^MAS EXACTAS.-Vifal Aza. 
,o = 2^,J':l'"'*' ^'^ Padilla. --F. V illaespesa, 
38 RArFUES.-Tradncoión A. Palomero 
09 LA PRAVIANA.-Viíai Azd. *"°™®'^«' 

EL GRAN TACA.,0.-Pasov Abatí 
MIRAN )OLINA -Cristóbal de C.str'.. 
-GENIO Y riOüRA,-Arnlches, Abuii- 
Paso y García Alvarez. 
V^ GENTUZA.-Carlos ^ rníches. 
\h „\'EJECITA.-Migucl Echegaray. 
PARADA Y FONDA -Vit,ii zS 
46 LA alegría de LA HUER i A.-Pasu y 
García Ivarez. ' 

L 'íE-liíO^ E^LEk'OS.-ndmond Uos ti d 
^ ^^^P^^^- Benito Pérez Galdó.i. 
60 TIQUIS MIQUIS. -Vital A/a 
ei EL ULTIMO BRAVO.-G. Alvarez y 

Muñoz Seca. 
52 LA MARCHA DE CAD Z.-Gar.ía Alxa- 

rcz N' Lucio. 
63 DOÑA PERFECTA,--Benlto Fé z 

Galdós. 
54 LA TIZONA. -Godoy y Alarcón 
5o MIQUETTE y SU MAMA. - Robe i v 

Callivet. 
66 LOS CUATRO ROBINSOITES --Mu- 

I J??^^^®** y García Alvarez. 

LOS OhMELOS -Tristén Bernard. 

^« h^°^ °^ ^^ CASA.-B. Pérez 
Galdós. 

GIGANIES y CABEZUDOS.-Miguel 
Echegaray. 

DANIEL.-Joaquin Dlcenta. 
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57 
68 



59 



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ACTO PR JIBERO 

st^d^n:í;^:;:S;¿^-í;-;- ^--^.v ..o. e„ e, ^.o dos ...,es 

los movimientos de los jugaclorls fdn in ^ descubre parte de la mesa, y se 

jístingue parte de esta p 2a y Sí;, ^ t n^oer,; '""'"""^ '''" ^' ^^'^"- >■ ^^ ^"« 
(puertas, chimenea o mueble de TmoF-ft/r'^. ' ''"^ '''*^" ^" ^"^- ^'-^'^ ^«tHs 
.^conduce al despacho de Oro¿oH^^n.:r"^r '''"^^^echa. dos puertas: 

la izquierda, una puerta, por do, d¿ en ran í; n I v '"^'T'/ '" '''"^^- ^^" ^*' '¡«"^o 
con. Las dos puertas do! fo'do se derrínTc ,^ n^^^^ vienen de fu.ra de la cas^. y un bal- 
izquierda, cerca del espectador una me ".-nn ^YT'"'-^'' '"^^'^^""> ^«" ^•'''"<='--'«- A la 
retratos y recado de escribir Es lie Se ' " "'"'' ''''°'' ''""P^" ^' ^™"'^'^. 

INP.-Tarde vienes. "^SSenl rR^^lf^" ^" ''''''' '"«'^' í"f-*'-"o. 

pi^t ~^^^^^ no sabes lo mejor? (Con misterio, Se atreve a poner los puntos a ^n 
Inf.— ¡Quién! 

•'Cito: Auffusta.V^ que nf te causar sav m,f''^"^''^'^^ "'" ^^W este 

• te contraría la comnetpnrií, Tnt^K;^ * - ^.^"^ pareces así... no sé 

. pretendes. . ^°'^P^^^"'^'^- ^^«'"bien tu, grandísimo corruptor de las fa^ 
¿^••"• — ¡Jacinto! 

^nte se reúnan la distinción labellP7ÍvTi!? f^r""" "1'"^" tan maravi- 
en ella, formando una sola^ía^c^^^^^^^ 

-'líiá^r^í^Sa^JIÍ'lS^^^o^if? '-^^«' '^ -i^^' como 

:o que más quiero en el mimdo No nníiíf ^ "^ '?"= '^'■"'^^- ^u marido es 

'^■"lerdeunamigoíntimo.Sfbreadidee^^^^ ^"^"'^ de galantear 

■'ombre único, ¡leño de méritos vvrlS^^^^^P^ condiciones mo- 

-Si, si, todo es verdad. Pero. ''""^^••• 

C.Pero qué? 

• Nada, hombre, nada. No c. para enfadarlo M,,..., ,. , „. _. 



AQü.-{Eutrando.) Felices, señores y nilíores. ¿Han visto ustedes los perió- 
dicos de la tarde? 

A^-§í^i;'íe£aS?^í^lo. esahuialos de! díaV (Mostrando un periódico, 
otra k;e.4laridad muv^'orda en Cuba; pe o nray gorda, Ya lo di,e: de la remesa 
de emplea ^re. n^eses, ¿que otra cosa podía e.pe- 

'^'w.-Inclito A-uado, calma, calma, filosofía. Coge la primera piedra, amena- 

'' Tu -YolStrniVqi;? ni estoes poí.. ni esto es patria, ni esto es Gobiern. 
ni aaSi^hav veSnzl A pLs dig.: lo n.^.s^no (^ue ese otro gatuperio, el crimen- 
cltoT fa calle de? Fez; la curia vfndida, y dos personajes de cuenta amparando 

^ 'TNF.-Señor de Aguado, ¿también usted se empeña en ser vulgo, o en pare- 

""^'aqu -Ami^o Infante, usted es un ángel de Dios, aue ha pasado su juventud en 
el inocente rSío de Orb^ a honestf distancia del mundo, que no conoce. He- 

feéZTel uí"?o?funarhlciéronle diputado con un f-^^^ golpes de mnubr^^^^^^ 
la maquinüla de Gobernación; no ha vivido no ha '"^h^do, o conoce de c^rcd, 
romo nosotros la nodredumbre po itica y administrativa... Pues yo les juro a us 
tedes Sue?si Dios ^?io remedia: llegar/dia en que cuando pase un hombre hon 
rado por la calle, se alquilen balcones para verle. 
Los mismosrorozco, que se asoma a la puerta del bilfer. sm pasar de ella, con el taco en la 

mano: Augusta, Malibrán, que vienen del salón. , -a a ^. ocaO íVilla- 

Oro.-üIi! pkdres de la patria, ¿qué hay? ¿Qué irregularidad es esa?... (Vula 
in-cr; Infinte v Atuado se acercan a la puerta del billar y hablan con el.) , , . \ 

A¿"-S MÍi^b-ín? Sendo.) Pero dígame usted, ¿es volcánica o no es volcamca? 

Mal.— ¿Qué? 

mTJ -^l^í'tLtf la'rueldad el sarcasmo! Mire usted que... Bien podría 
suceder' que la desesperación me arrastrara al suicidio, a la locura... ¡Que respon- 
sabüidad para usted! ^^ ^^ ^ ,, ^ 

to/wviu^rte locura suicidio! ¡Eso sí cue es de mal gusto! No; el homore del< 
dl3¿reci5n V d¿ las buenas formas no incurrirá en tales extravagancias. \ o traduz 
2o sus exp esTones al lenguaje vulgar, y digo: Hipocresía farsa egoísmo ^ 

Mal.- ¡Ay, Dios mío! Casi me agrada que usted me injurie. A taita üe oír 
senümiento. venga esa bendita enemistad. ^^ ,„ ^ hni^r Viiialonaa Infante 

AuG.-(Conha.;tío.) Basta. (Orozco se ha internado en el billar. Villalonga, 
Aguado vuelven al centro de la escena.) 

Aqu.— (Con énfasis.) Horrible, horrible; vamos. 

Vil rPor Aueusta.) Aquí está todo lo bueno. ¡.^aí^ 

Am.-MüZ,áid{^sSs los oíos... Aguadito, felices. Ya, ya le veo a usted t< 

'■"*lñf,''%rs „íd"'etoía'ytmit''nía. Escándalos, miserias, irregularidad. 
„,o,rs?r";rsS?quf f¿n uTr'aZrTn^evos datos espeluzjmntes del crimen fanioso I 

'■ K.'-'Tues"ÍS ^a^^^i^ "^e's ü¡;fde nuestros primeros i 

morales, sostiene que todo va bien. H,Vhfm la de verla a i 

Vil.— Todo bien, perfectamente bien. Y sobre tantas dichas, la ae venu « 

ted tan guapa. 

.5íS;i;$:S^^nnday qué traviesa! . ¡"tf i^ncia vapc^^, ini^:| 
ción ardiente, espíritu amante >le lo desconocido, de lo irregular, de lo extraor j| 
nario... ¡Caerá! .^ o • ., % 

f;^L:&'^^SS:^(!^^^co.seb^^o chaparrón de pregunUt 
rales hastaTas cinco,Ta '«a urden del día la interesantísima y Palpitante discté 
sobre VofdeSchos del. la hojalata. Y en los pasillos inmoralidad, nada más ;< 




Aau.-¿Qi¡é claS? (^ Aguado.) ^Z usted no sale a defender laclase? 

AuG. -La de los honrados, hombre 

rntéü-aífóimo. ToioTo"ett^f4''„'h¡"" """'^^'^íles de la clase de !s,</ros o del 
..oralidad, alzan los i^Sroí y se"qued¿í Sf frtcos'" "'"'^ "'' ""^" ^^ '^ 

aI™síÍ'",I;^Í, Li'aTNo°■e'ía'"iSt'„'^^^^ 1 Pf'^ "■«= "■ "««na 

patriotismo, usted no se Milna ró™? HÍhl ^ • T'" "'"<='' ™>'- "^*<''i "" '¡e- 

. :ta pacl.orr¿ son un luiló ala moS ''' '"'"«"'"•«'. > <^^'' ^"nrisa y esa 

f yl&uT'?lSa"^1f„gr^Vdt.'^r¿foS^^^ °'™! ^ '« 

;'ss'd"e°eí?írrt^„r£Í';j^ssS^^^^^^ 

:- no eslnalo ,nl rS'tSS^'iSr!;;^^; ^^^r JJir <í:<j;^» 

fes:^^slí?i- SStt S»- - 

I vana. * ^i u lu ue ueniro, crean ustedes que poco o 

HL.— ¿Eh? ¿Se explica la niña? 
Mal.— ¡Quétalentazo! 

'."''^•.T/^"^ '^"^ entrado en el salón y vuelv'e al inst i-if,. ^ V. +;^ t.. 

' ru;illo- c.ii el marqués de Cicero v ¿SnlL pl t í " *'J^"^.^ ^^' ^ '^ condesa 
crimen. ^ ^"^^ ^ ^^P'^^ ^^^ devorando las Ultimas noticias 

AuQ.— ¡Ay, dichoso crimen! 
Vil.— Pues a mí no me cogen. 
-Tq'^ .''esulta insoportable 

■^í^' no i;;SS^':;^S"f AÍ& Xr si"^ rr^^' ^^ ^^ '^ -- -^- 

-^^0 entm en el billar.) ''''"'^^"'^- ^'^"^ ^oy. (Pasa al salón acompañada de Infante, 
-,, ,r>- • . . Malibrán, VillalünKa 

:;t.¡íSstS-tl^--¿^,i--^ S^ijit^io- 

-• ^No, yo no veo nada. No quiera usted contagiarme de sus visiones m^- 

^v IÍm^^ "° es usted poco científico. . 

asd;rs7i:n;^rc^!,Sc^'?os^í!^í!°is?Vo"'"''""'° '°^ "^^'-■"-^ ^<^ '- 
-Descubrir el planeta ignorado... " 



Ui /1 1 V H'anciH ignoraao... 



quelas mata caliando?... ¿Sera ... Coruelio, ¿ha pensado us- 

Vil —(Volviendo al centro de la ebcena.) uigaui- u 
ted en Federico Viera . quién sabe. Entre los amigos de 

MAL.-iAh! (Con desden) No, ^se "o^J^'^e parásitos, hay que buscar el docu- 
la casa, entre estos Pegapsos .. con nbe es ae p ^^ ^^ ^^.^ , ^^ ^^ 

Tiento humano que nos hace falta. Yo le juro d eba q 

ViL.-Al fin... ¡quién sabe!... ^^^^j^ ^ ,as baraje. 

^,í^"^^tpropSuode"müje'^^^^ ¿va usted esta noche a casad. 

'' riS^- '^^^r í^;SS^Chit5n! ,^^^ ^^^^^^ 
V.L.-Tal vez...^(^^ ^.^^^^^_ ^^^^^_ ^^^^.^^ ^"^^«1 «1 hiciera 

2S-I?u^aS^S^^~"^í-^^ 



S^;:íláuria. He con.nnn^ -- ^^SÍ^S ^^^r' 

^^^\rAlhlTsSTcts^^^ 

Vil. -No le valen sus malas manas. continuar con método las obras. 

Lu.-La Junta no recauda lo bastante P^^^¿«"^^^^^^^ semana. . . 

Llega un sábado, faltan fondos P^a;^ P^^ar los orna^s^ae ^^^^^ ^^^ talonario... 

^AL.-Pues no hay que apurarse porque e^^uen u ^^^^ generosidades caen 

Oro. -(Risueño y calmoso ) ¡Pues ^'^f^f J^^^^ie vo aspiro a que se tenga me 

•'"\°itX"rdrq"f¡r 'sánese criterio, yo soy ,.n calumniador? 

V,L._Tüdos calumniadores... „-,.^^^^ alabando así como usted hace e! 

J!t^i:;^i^ S -^.Tst?rJ^tS;>?cSr,ue„o va^-o en iianrar s. 

Pa?HliÍSSSS?Í^=-S^-^eeria..« 

mente qne lo otro, siendo ambas cosas f a j=as^ extraviar tan fácilmente t>0 

AGu.-¡Ah! no creas Q^^ J^ «P/^f "o^^^^^^^^ han dicho de mí. 

los difamadores. Ya ven "s^edes las atrocmaae^ q jjj^g^ 

Xr-'arsi'^erdlá1ofbtfcifc5o*^aterse vendian .os n.or,no. 

Vil. -¡Qué picardía! Suponer que tu... atmósfera tan densa que^ 

porn¿!no' t^/l'íSf^.r rrdts-p'reX y a> «n ia opini.n .e| 

justicia. , , ^. , p__ snüiusto hay que desconfiar S'^mpre r 

Oro. -¿Qué duda tiene?... Por ^ P '^ ¿^¿o^aba excesivamente, porqj 
opinión pública cuando >ntupera as cpj^ ^, ^que constituye nuestra ^^ 
muv loca rara vez sabe ti arse en ei P"»^^ ' ¿noca aue se asusta de las sl,. 

Td. Somos muy vulgares; P^^^f "fS ^o P^^^^^^ "* ^'■ 

ciones extremas, y no ?"stamos de bajar mucno p Jf^^amente buenos.^ 

bir demasiado, por no incurrir en la^»^'d^^"¿^|e7te libre de ser el primer manj 

A Ti?iHiriilP7. Pues si a ti no hay quien ic nui ^^•„^.^ riptufuroi' 






^e Mstes toío el liospiclo' dofvecl^l'l aflo""" ''"' ""■"""'"'' * '" Paciencia. 

VIL,— Y más miirho m-.ío \; :», ^ j ■". . .'. 






¡rerías que decían de trcuando VCwistL deS^^ '"''^^^^ '^"^ ^''^^"''^^ '^^ P^' 

Oro ~-Va nn« h^^ -i , '^ cQuieren reírse de veras? 

fones?°- ^' "^' ^^"^'^^ '■^•'^^ ^^^^«"t^- ¿Te parece ,ue tenemos aquí pocos bu^ 

sa Tn;jii7o^rrem.^íe' ^"'""^ ^''"''''''" ^^^^ ^' «^^^"- E^^^ "o^^e tenemos a Tere^ 
-"^no me' d^vie^rte'"'"'"' ^''"^^- ^"^ ^ ^' ^^'^^'é" te gusta esa comidilla. Gra- 

ic'ol^lsWrSla^sTfn 'os pe- 

-' están compilada" JosTr^n'isííol^^'Tiriu^tiS^^^ 'l"í? '-^ '° ^"^ P^^^'^^ ^ 

,_ ,. ^ .. Los mismos; Federico Viera. 

m'a;;So:r'""'"'^''''''-- '^''''' ^^"'- ^^° «^ «-■ P^^^^^ disimular... 
'uS -(AlSlt? "°"\ P^^d^'-i^»'"-. Gracias a Dio«. 

LüQ^^Pues no se le conoce en la cara. 

¡I que p;e'sWe^rcSYa1'?í|''?u''Ínr¿ fresqueci.as, pasa a la seccién de lo cri- 

.'en_el^¿¿¡to """ "" """"■■ " '" ""'"^^'> '«^ '""« P»^" P^ra traerse el ver- 

de convenlrSas cü?kÍ!.lás P''^^^"^^'"''^^ ''^^ hechos arregladilos a un pa^ 

So;_de mhd^ierialrsnío'; ■'''" ''^' '''' ^°^^^^*°' ^ '^^ ^^^«í"«^ '^an de tener su 

rn;s]Í°sp\Tafc".''^''''"'"'P^''^^^^^^^''-^«'"^^<^'^^ ^n ««""tos tan bajos o 

,. fencí?;;;S;iSuaUarav:rse'í^^ '«« -í^^-'óa de 

ledad tiene escondrijos que nSíca se v^^n n." " ''' '""-^^a humana, también la so- 
íycavernasdondeja^náTLen'r.loun;nvn^ % ^' '"^'í'''^'' *^^^ '^^ '"«cas 

a)es, yo no afirmo inda de lo au^'la m",S^Í "'• ^" '".^'^''^" ^^ ^"'"S^as so- 
^máticameiitc. ' '^ "^^''^'^ supone, pero tampoco io niego sis- 

.''-^•—■''^iiy bien dicho, 

^^:^ZÍZ '^^^o^l^:^l^^^^^ ^ f -it- ,0 extra. 

gran inventora, la maestra sil^nSfprMnH^-'^^^,'''?^^'' ^"^ reah-dad, que 

-- me presenttm ajusTa'b a pSróílodo ,l,.o °oi5'"^' T''^'^' ^^^'^^^^ ^'^^^ 

ir la simple/a que encierra iAÍ"'in.n?,n^^"'^J"°' Hamar miro/za¿/e para 

rueden conseguir^. Ella no se de^^ lal?Z ^?. T^f^^" en amanerar la vida no 

-^'''^•). empapado en es ^ont;^'fdd mi stel-i^i"^^ ^''^^ P»"''"^^ "^'° <P'^'' 

"^a üficiai o pública de ¡as co^a. min bte¡ ia!i-.mo, no quiere ver más que !a 

;arse noventa y íuevoiVad^í^^c^oni^?^^ '"k^"''^ ^"' ^^^'"*«'' "na Vez y 

■:e extraordinario y anormarsSrto^^^ ^'^ ^•''"^^" ^^V 

-í!. '^ue !us (lelitoslu. sr,, J/n- >? T . . ^y,'^ deshonroso para !a Im- 



&-^^'^mj^"en^".6n. Convengamos en que lo extraordinario y miste- 
rioso, no por inveVosímil deja de ser verdadero alguna vez. 
Inf.— Claro, alguna vez. 
Aau.— Siempre, siempre. 
Mal.— Hombre, siempre no. 

cuenta de ello, todo lo vulgar me parece falso, lan alta mea icn„o uc 
dad... cerno artista. He dicho. 

Vil —(Aplaudiendo.) ¡Bonita paradoja! 

AGu.-¡Pero qué ingenio el de esta picara! ( i odos aplauden.) 

AuQ.— Gracias, amado pueblo. 

Fed. -Tiene usted toda la sal de Dios. /au,, i Tilín tilín s^ ^ui 

AuQ.-(Aparte.) ¡Qué zalamerito Viene este noche!... (Alto.) Tilín, tüsn. s. .u. 

pen -le esta discusión. , , ^v^ - -, 

M», -_( A Orozco.) ¿Carambolas, lomas.-' . .^,-„ 

OkS'-No dispénseme la diplomacia. Mere iro. No me sienta bien 
^nu' Waremos (Wra.ido al reloj.) Poco tiempo tenemos ya. E*ias gente 
mo/SS^alail^esToTmatrUonios modelóse;^ con las gallinas. (MaUbran 

Aguado pasan al billar.) ^ ^^^ ^ ^^^^^ ^^.^^^ 

marcharse. No la entretengas. 

^•lSS:.^?a vniau^nga.) Abur, J-into, hasta niañana. (A Fc^rK^) Adiós 
Ya sé que es temprano para vosotros, perdido». Aún podéis matar ^ rato en e 

^'"v,L -Oue descanses. (Acompaña a Orozco hasta la puerta del despacho y pasa al bl 
llar.^Augus^ se dlrige^aVsalón; pero retrocede al ver a Federico solo en escena.) 

Augusta, Federico, . ., 

AuQ -(Airada, recelosa, bajando la voz.) Tengo que decirte que te estas portando 

^"'^^"Í^i! ¿Por qué? (Va hacia la puerta del salón, atisba y v.Hv.,, También yc 
deseaba que estuviésemos solos para decirte- .. 

AuG.-No quiero saber nada. ¡Seis días sin ve:-me! 

AuG -fN% 'íu?a 'tTa- No sé qué tienes en esos ojos. . . la traición la meniira 

atra'do^or personas indignas que no quiero, tu debo nombrar. 
■ Fed —¡Qué desvarío! ¿Te espero mañana.-^ 
AuG.-No. (Con energía.) No f uelvo más; no, no me mereces _ 
FKD.-Ya lo sé. ¡Pero tiene uno tantas cosas que no merece: ,Dios es lan 



no! ¿Irás? h— «r.»- , ^ , j- 

ÁuQ. -No quiero. Bien claro te lo digo. 



AuG -HediKfenT(Aturclic^^^^^ Y mil veces n. 

f.íese Mioara inM^rte, para decirte que te me estás haciendo aborrecible^ 
^" FEDÍÍ-SespITIsoVas, y alU, muy tranquilamente, nos tiramos los tr| 

a í^ut-CáUate... Pueden oir(Con miedo.) Te escribiré dos letras... No, no ' 



ttarViüt lAtra- nn. nn. nO. 



iMit íA R-o^ • vr, '^«'^enco, Malibran, Villalonga 

PmAL -(A Federico.) Brava 'Tiíiipt- jtrQt-Hori-j -w - , 

•.asas donde reman eíorcí^n y hsbuS" en', Tlí^,''f5''t Váinonos. E„ es- 
^ de U «cena, d^do »,o L",""'-""' '°™"'"' """"' <"''"'^- "e.íran' a„b,e„ iS 

\i,ü.--¿Porqiiéno re acuestas? 
'ro.— No doniiiré. 

■ en „s„,nos 3U0 no debicS'i.^í^r^srrí .f„ °'i,^, ^^ "'^ "^ '^ '""^^• 

Ks°„;SreT;,^.tr„if,;t',r.ir ^""'^='"^°'' p^^^^^^ « '-^- -'- 

n.p«rti:^R''Só";í ;e'c.:;,'¡c":;;etíit;íí^ <'-"'- No creas, a m/ no 

que es de piedra. '='■"""^"1'- '"s l^irgos insomnios. Este cerebro mío, creo 

i>RO.— ¡Quédiclia! . 

'í'.^'SlSríu suí^So?&'co2^rí;r "" ^'-^f"^^te. una voluntad po- 
;e todos los problemas de vivir te os ^.ñ^f^ '^"^ '"1^ ^' P^"" '^ existencia. 
■es energías estar, sin uso y para que ¡oJÍ^'.^T'^T' r'""}^^ ^"^' t"^ 
'uer objeto. Ya te afanas por corr?i 'r ' i.f ^"^ ^■''^?'' ^'^"^''"' 'as aplicas a 
por las ninas abandonadarcomo s? n; rin .''''"''""^'Í? precoces; ya te inte- 
s en salvar de la miseria . ío^ m.^ » ""-^"y'''- ° ^'^" 'las en proteger in- 
,No. no; yo no te Censuro que seas carlíaí'ivo'p" ^T ¡"^'^-'■'^ales o trlmpo- 
! 1, hasta la bondad ^ caritativo. Pero todo tiene su límite y su 

ueño la conciencia turbada? in tranquila ^ "^"^ ^'-""^' "^'^"^^ "'^ ^"í- 

• ToU:s:7osmva'L'nt;ré'tS"S?.^'"''"^^^^' ^"'j' hombre mejor del 
'sa. Si la conciencia 'equital sueño a?,- ?h n"""' "'l^ ""í' ^^"^state y 

^estcS'XIorSíoVt^^^^ (Vacna;^evue,ve. sentar.) No no 

pensamie^ntos!lpLt^3o d? a sociedad ot'L'^^"'' ^«'^.^^n^^o del c.?cu"lo 
:no de los papeles más v,,¿a e' ¿.t'L^/co n,f n^ 'íl^'P'^^ ^^ i'"" 

'Plar los medios que empleo nark mi rr ni .. Personalidad, me gozo en 
13 acciones... Olí' no estnv JÍ i fl ^ P'^ .corrección; examino mis ideas 
^^en! . . . Poco muv ^ocnh/ufÁ^^^''^''' ''f. "•" "' '""eho menos... ¡Y esos ne- 
^ás, mucho masr^ffayqtse&^^^^ "^^' ^■^"^^"-- ÍHeVe h"al 

'descubrir la fuente Senr. n.fnm^o ^ !iay que avanzar, avanzar siempre. . . 
;otas que nos salp7¿,f a 'a'cara"' SnSeT-r'^'T ^" ^"^ «^^^ ^" 'algú- 
labor!, y el tiempo (Mirando el re oj ¡con n 5 £h " '^'^^ X, po"ipleja la hu- 
^ se pierde!... No, no; aunque mi n uiér ,?P^rS,! ^''^°''^ sencillez se escurre, 
■co. (Pasa al descacho.» ^ "' '""^^'^ "'^ "^'"a. Ho me acuesto sin trabajar 



w^^ 



Aua.-(Por .puertadela a.ob. en -^^ --;-r d^^:;:cSU^^^ 
ré aquí... Cuatro palabras no mas... (Reparando e conciencia intran- 

allí . (Le observa desde la «^^^^"-> ^l^f ^ un '"^^^^^^^^^ pies sobre la tierra. El 

quila. Este hombre sin par "^,^f.^,,^^Xturado que vemSs en los techos de las 
los tiene en las nubes, como ^os bienaventura^^ q ^^^ ^^^ remordimientos se 
iglesias. No sé qué me pasa. E^^^^^^^^f "^JX Más que el delito me espan a la 
confunden en mi con el temor de "«^^Jj^S entraña la mía! No conozco e. re- 
idea de una rivalidad humillante '^o"^^"""^ ,^g ^ ^^^^ éstos me abrasan, 
mordimiento sino cuando me lo traejí los ^^j^^^;^ ^ ^^'°^i,iera sería poder confiar a 
reconozco y declaro que no soy b"^"¿--;^° 'Je absurdo parezca, siento impulsos 
alguien este secreto que ";'ef ^^ : ombr^s^n par Y contarle.. • confesar, si, por 
de abrir mi corazón delante de este hombre sin P-r^J' prometer la enmienda. 

consuelo y alivio del f^^' :^^^^Y^ZÍ^l^lT^^^^^^ \ix^otx^'^ para pa- 

No- sé que no tendré fuerzas para enme.iaanne <- absurdos pienso! ¡Con- , 

Tecerlo^ No quiero, no, estafar la ab^ol^^^V^^üV' (le t?ca la frente, se toma el pulso.) 

es ov (Se pellizca los bracos.) y bien despierta asustado. 

*^'Sío' --Te„.o la cabeza tan despeiada como a ,as doce del día. Francamente, 

no veo ianecelidid de dormir toda la nodie. ^posible vivir así Erra 

Auo.-Tu robusta naturaleza 'e engaña, querm h ^^ ras^o de so- 

?^=m¡^l^^^ ti-SZ cabeza .ral.o, me Intran,.-:- 
UzarcaTt?rue"?e1ib\!rdS?í.ff Vierl e, padre de Feder.co. 

á".°o -S Jicn'u^legiraVuí'del 26 al 28, y que viene a tratar conm.god. ^ 
un asunto de intereses. ^. Tomás,. . ponte en guardia. =; 

?°-f ^iSoS^tr^eííat-a-sthlirque, au„W mala cabeza 
,est;S'en-agtirníS^nno''n"do"de ?|al-.r„^^^^ .ue „„„ .„p„5„ el m 

S°-rÍLTo'?«tiarc"of r/etarXt To^és. P¿nle mala cara cuando ,: 

euno que no esté satisfecho!... ^Piado tras sí un rastro vergozoso. 

^ AuG -¡Ay!, esa maldita sociedad ^^^^^R^^^^^^ amasado conaaudj 

ORo.-V¿no soy responsable; pero d.f ruto del capita^ ^ ^^ 

godo, en que trabajaron )""tosrni padre (que up_^^^^^ ^^^^ ^f.^J^S 

ahora... ¿Crees tú que?... ^ , ««i 

é--:í?^^.í¡¿i^e^Trfe°ngo sosiego hasta ver... ,uv.„ta.e., Examin»i| 

exoediente de la Humanitaria. 

AuQ.-iPor Dios!, ¡ahora!... ^j jj ^ gobre el difunto. V^ 

Oro. -No puedo contenerme \lfl^¡:,flT..r.. desde la escena. En e^t. 



I^^-^^T;JÍ^^^^!^^^^^o^ é. ,a pertecc,on...ro.se..ndo,e 
Aprovechemos este insíantríDini.^^^^ Ifí^"*- '^ í^^ata... lo examina... lee... 
que me pida perdón que desvS?es e enoi'o'pS?: ''" '^'V *'"*^^"-' '^'^^^^'^^ 
su amistad con esa mujer indiiní Y no le vñ^i h¿ P^"^'" ^^ P"^^'^'^ soportar 
centes... Esta noche me proS niK3 nos v.éramífn,?*' ''"^v""' ^'^'"^^^ ««" í"^" 
di que no! ¡Tenemos a vecerunos «ínn^L "^''"''"^- '^ y°' ^o"*-'^' respon- 
nada; le citaré. (Escribe ráXen"c.) <<AunmK no lo'ml'^""'^ *''^" '■•'^'*^"'««! í^^^a, 
cargos, y acudiré a, la hora de costumbre Si TJ!"^?^""^' L'^'^^'^'^" «''' ^"^ ^es- 
humiiiante. (Rasga eJ papel, lo arrasa val fm^^^^^^ ^"' "0= ^sto es 

1 seno.) Escribiré otra PñnclSt'r^ ^l «' «uelo titubea, y al fm se lo guarda 

ar. El es quien d^líe^m^mlll ^r^se ^¿ZS^^^^^^^^ Pf ^-^ ^^'^"^^^ ^' ^^- 

• que esto concluya, y que tratemos SmÍm^u; ^P"'^^-^ «Amigo mío, es pro- 

'•».Esto, magnífico. ¡Oh! nrnrDci o r±r , t T'""t ^^P^'-^^í^n definí- 

'' amistad con esa... ¡Maldita Peri' aborto ritiiifi '', í?'l"eta, vituperarle por 

-ta y se guarda los pedazos arruPaS en erse.?o^K^^ ^^'"^ "^ sirve. (Rompe I3 

'e tus visitas a esa .mijerzue a No vúe"?s a nr'!."'^ 7'1 ^^"'^^^'^^^^ Perdo- 

K>ras.... Eso, que jure, que se fSe Nn^ín "/''''^^ "^^'^"^^ ^^ '"'' ^^'" í^^» 

la soy! Conviene mucha suavidad ternu'r«'^f' ^"""^^^í^^ ^-'^^ ^'f-^^- ¡Q"" 

rote, y... No. (Guarda en eflenríó; fes ^d^^^ Sino p„ede que su orgullo se 

•^s un ingrato, y corresnondes mal «1 ínm?.„ • ^''J^'' ^'"■''*' ^ empieza otra.) 

pronto^ M¿4na, yaSes lá hirá Sl^n'acür^'^P ^"""^í'' ^"^ '^«ble- 

', y escrito el sobre, la guarda en el sc?o'"Le? níl" "^^T^!.- ^?^^ ^^ ^'^- ÍC'^^^'' '^ 

!o mi alma por combatirte' íConm In 1 !. ^^ '^^"^'^ inmenso de esta vida 

:e otra mairera. M "rianVfomptTotra ve'^' 1^^^ ''"''^°' "" ^"'^^ 

N mañana probaré lo misterioso y desconocido I? 'T?^? enervante de esta 
i'ensa de tanta insipidez... (Desde e^centr^delJ. '^^J '''^^'^''^^o que nos 

' -í"^) Hombre sin tacha tus luchad «nn. "^' ""''''"''" ''"'^'^ «' ¡"tenor del 

-ntas para engafia? el fast d o d^' esta no^^^^^^ ^"^ componesy re- 

' •■■n Limbo sin pena ni gloria. El bieri o efS ií ^^ "°' convierte la Vida 
nrluyendebatirse, ni de vencerse i d^nTfnr'''''^^^ guerreros que nunca 
'■tu. En tí no hay más que"an asmi ¡deas Í^^^^^^^^ 7"?"" ^"/ ^^P^das en tu 
-^los y virtudes, que se mueven con cúerd^^^^^^ ^^'^"''^^ vestidas 

-cbo desearla... (Con arranquerPero"oS^^^^^ "O sé yo 

' <^'cielo. La tierra, dejárnosla a nnsnfrn» 1^°- ^"'r^^ ^^"^^^ estarían mejor 

' '"aflSiVJr" " """ "'"™ ' ""'"» ^"-'- - <"«■> ¿Aqui todavía? 

r '-jn' '•'^"''° "¡"^ escribir unas cartas. 
•^fj^^iejffílZnUu^rd? '"'"'' '''''•' ""^ ¿""o -=i-obre ,a «sa, ¿El expc 
' '"'^ot¿I^:,^^>^'^¡^Je^oy. „„ puedo „„ 3, ,^,^ 

'•^7ei^fi^¡X''a?i??ra^"^irír^„^f3ÍSliiá?° íf^^";^' '^^-' "^ 
la dedicar a esta obra benéfica /nHnlt^ - .^- ^" '"^ dijistes que te 

•^rii^iS-cíTir''^^^^^^^^^^^^^ ""• '°'"' "''" 

"X2>'^r''ÍT¿r"¿tafec?6 r ^^^^^ -' P'an pri- 

■■<"■} es un borrfl„ry^ T-HtoS ,„i„Tf„''''''i° "T''"' ^^'^ "To (Dá„do7a 
^'^ s, yo pequé de átr¿vido°M emn¿l'SS.!"•^.i^í,:.'^,"°;^'l"': '^ P-se. Ve- 



wsssmmmaam 



.i„a,o .od„. y proponte ™a solucian intermedia mas practica ,ue n,i proyecto y .f 

Qro —(Mirándola sorprendido.) ¿t^ero que lit,neb, 

"'^*íí„'_Mehas contagiado. No sequé Layen mi cerebro. Pásame una cosa 

■iiuv extraña. 

"Oro. -¿A ver? ¿^ duermo estoy despierta, y que 

A-.G.-Estas noches..^ se ir.e ^V^m^ ^¿^^ ^^j.ora mismo, imaginaba que en- 

tuando estoy despierta, duermo .Que desatu.u. 
tré aquí, no sé a que hora y que te haole. 

ORO.-(Riendo.) ¿Dormida." ¿ inconsciente... como si, 

;^UQ._Sí...y que te dije muchab co&ab, ul un 

fuera'yó una máquina de hablar. 

^S^-lglsTs'.^derasluenosedicen nunca... no sé... Sácame de dudas. 

'^ OR".-No'(Reco,So., iAh! si; anodre en este mismo sit.o, ya un poco tarde, 

entraste y liablaraos... 
Aua.-¿Y qué te dne? 
Oro —Algo que me sorprendió.. .si. 
Zl:-^o. gran curiosidad.,- ;Rep.te o por D.osl ^ j4„ 

.ia'^S?iiíe'í\<DS?o qSei;5';rre pir'iííuía tl^ndencia irresistible a prendar- 

me de todo lo que no es común ni regular.» 

éfo'" Dijiste además: «Tengo antipatia al orden pacifico de, v.v^r a la^co- 
rreS 6n, a e¿to mismo que "f"»"'-"'"»*?^ onlar todo a punto, me'entris- 
Ifce-^me fa.^S!VeLSÍV.o1nlsp:r':d"o',torquea ello debemos los pocos ge 
"Ío^(rÍ='™)Ií: si. Y que n.eentris.ec,_a tener^egurados y di^^ribuM^^^ 
.fectos como las rentas r^'l^f^lt^^^^^^Z^^pnnxm^. y met.culosa 
la buena posición, de este "^pas soc a I, oe e.i desfigura el cuerpo. 

'-O^^.Ítlamen'te''.'-fecr;est^ i^tu-e°parec,o y... ^ 
AuQ.-¿Y no te dije nada mas.-^ 
ORo.-Creo que no. 
AuG.-¿Estás seguro? 

. 2^S:Z^r¿íSÍ despierta estaja cuando te lo dije 
Oro-Sí tienes algo más que decirme, ahora... 
AuQ.'-No, no... Es que... No hagas caso. 
Oro. -Retírate ya. ^ 

AuG.— ¿Y tú.-* ahraza ) Vete a descansar. 

Oro. -Velaré un poco mas. (L^ abra.a ) yeic d u 

AuG.-No trabajes, por '^'^^-^^^^^I^a^ ^ seno al abrazarla.) Tienes c! peclu 
Oro. -Pero, hija, ¿que es esto.> (.ocai^co.. 

'leño de papeles... . :,„nPle^> 

;í^UQ._(Turbada.) No... ¿que.^... tpaptie^. ... 

Oro.-Sí .. . ... ^. . lo tn-e me has dado.... eso de !atur|' 

Auo.-(Con una idea feliz.) ¡Ah!..., si..., lo qi ^ i..^ i"» .| 

^' O^ -Ya . (Vacilando.) Pero... (^aemán de «--';^,;- ;;::íS:iftn:ÍSácalO. ^ ^ 
Aug:-pI^Ó ¿qué? ¿dudas? . , ^í;- -'^^.f "g^;;!; l^" Í^n^ola hacia la alcob. . 
Oro.— (Después de vacilar un Ul^lanle.) ^0. Utldutc. 

A dormir. ., ,, ci^nt'. v 'ce con proíurida atención.). 

AuQ.-iA esperar. (Vase. Orozco se sient. S .c. P _ 



ACTO SEGUNDO 

Gabinete lujoso en casa de 4a Per¡.>. E.s de día 
Fed - 'Está? Federico, Lina; después, Infante. 

LiNA.-Sí. ¿Quiere usted pasar al tocador? 
TED.— ¿Hay alguien? , 

ooh:t:„SkaTll?lSdo%s"Derilk„°,''l''? "r ""'"""í^- E" la sala estí .Sor,„s,. 
qui¿n eslISe? '" '""'■"'' ""- '^'"'^^ "-'"'"'"""' »' '« "-"=. 1"e se ,e,i,a,, ¿Y 



Lina. -Don Manolito infante. 
Fed.— ¡Infante. 



rFD.-b,, Villalonga... buen punto. 



Lina 

n 



' u. — juaiiuran. 

., cenaTo^/f se div^Kn^^^^ ^' --^"és de casa. Juga- 

.0 y cinco de seuoraTara e^ bJue de ^ u'"'''' ^''^'^' ^'^' ^^'"^''^s de caEa- 

>• que no había ya billetes de caballero v "^''l^/Vi ''"^'''^ ^^^^'- ^1 Calibran 

z a que no se ccn.egu na nenguno ínfaíte«r?£ffi^^^ una merienda én Aran- 
fes de las once, están aquí ¿sTcho b£^^^^^ ^ ^'l°- '-Mañana. 
' un momento antes que usted ^"'etes», y ha cumplido... ¡pobrecito! En- 

LÍS:::'^'^^^^^ r:;:?f s '^'^ '^ ^^^-'^"^-^ ^-^'^^ ^- - vea. 

^erm¡ aq^ T^^omííé'!^"' '' '°^' ^"' *" ^'^«"P^^ í'^' ^«"'go- No me riñas por 
FED.-Ya me lo ha contado ésta... 
INF.-Pero, dime, ¿y cómo?... 

I í^-P:!e^^dÍÍSÍÍia'S^^S"g^^-!?f ^^>'^ í- •'^^"'^-^-• 

puesta a Malibrán.^. Tonte^'g'PISiín^d s \^„ L"''^^ p f '''''.^ ^^ ^^"^^'e una 

:ü... Ahora explícame tú.. P"e'^'l'"acl si quieres. Este condenado amor pro- 

Fcn.-No vcn-o a traer billetes ni a ganar aniip^r,- r.ncr a ■ 

bras a Leonor. (A Lina.) ¿Tardará eíi^a I ir? "P"^"^^'''- ^^"g^ Que decir cuatro 

T.r^ír'^' ^'°"'^'^- ^''^^ ^e confianza. 
^^ar^6Í IS^^ i' P^'"^--' '^ -^-^a y dos prenderas. 

-e j:i;^^i'?.^S ^tr ^Í:^^:;^ -'^^^•>' ^^^^ >- bi„etes. y que se 

Fh-n R..^ u . Federico, Infante 

_^>-^^o.-Bue„o, bueno, b;,e„o... (Mira su ,e,aj co„ impaciencia, Las diez y me- 

c|.4^"rnos^^,SL?LÍ,l';2S%-„.Sr"*™'' P- D¡„sWQ„¡eres,.e te 

fs de \^^^imT:^:¡¡Zrc¿SSi:^,^rüíSÍT^^ -f-». con dificulta. 
Bndos compromisos 'consiste Pni«o»oi^ 5 ^.- ^' sistema aníe estos tre- 
■tico, discírroloque Sebo hacer ' y h^drObro'nnf''^'^^''''": ^" ^^ '"«"'^"'o 
enemigo que me^cusa, siento en míalio dS^pnfn I'f-fP''''''''^"- ^" Presencia 
bmen_^e con una combinácién rápida j! sS^adorf '"'^'^''■' ^ "^" ^^^^«^'g° ««i- 

--e diio'eSo^^^U^^^^^^^^^^^^ Circulo para venir 

infamemente. ^ ^ ^ suerte, ibnbona!, se había portado con- 



[).— ;<sí .,-.^1, 



, , 1 ^ ,„' 1 . urprpc^e p« sienT-re una noche'de perros. •■ 
amenaza un día de prueba la noche que !cF^^ ^ida de an- ^ 

Ixr. Querido, a todo trance es preci.o que pon _^^^^^ ^^^^^^ ^^ 

fÍ'q?°ifo'Stiía1n hablar y en pedirle que n,e confies tus dilicuH. 
y en^ayutote a v™«-las?.^^ ^^^^_^ _^^ ^^_.^^.^ p^,,^^ ,„ p,,,i<,3, amistad. 

Inf.— ¡Perderla! ,. , t ,e f-varps de cierta clase se pagan con 

ko.-Sí, perderla. Vo ^%^]:;}l^^'l:^^'^'S^!Z^^le ha hecho. Cuaiv^ 

el aborrecimiento. Querido IníaiUuiü, ^^f f¡';¡^^^ e^a terrible entermeaad 

do un hombre padece ataques mas o >»^ lo primero que tiene que 

que se llama insolyenoia ^'^^^f^^^^ ^^[ta? que s^ apodere de mi una aversión 

gando. En fin, punto final. ^^„„ilr. ip acabará. (Alto.) Pues quiera Dios 

«^f^!ii=«]£|HSes^g2:ieí;^¿^^t^^^^5 

iMentiraparece que tantos V tan diferentes nwq ^ ^.^^^^ ^^^^^^ pasa)eras, 

■ '^í.o:-"preí!vt '«bS^donae vivo. A.,un=. "¿ches aja ,, eraren que nos 
recogemos los n,adrugadores f^^^f 10 '"^.''"/r™ ,erdas q" e frente por frente a 
'-^ilrSáTu^'n Ser'o%^u\"d'i^e 5=^ 
lS¿"4£tk^a;Sde[Sr¿^^yts ventanas. MH tiene s„ esC 

torio ese animal. 

l?^rfínSf Déian,esegnir; e, c^d «< ^^ten^^'í™ ei í;,^nti*^ 
;^;S-^rlrl'^s^v¿lS;IílS?¿ríie„e e, atrevimiento de .a. 

cerle p-uiños a mi hermana. 

iNp'-iAh'.ya... in terrible ouerido Manelo, es que Clotilde se 

Fed.-Y no es eso lo peor... '^ tf;;^*_^'d2scubn Y ^e volé. iEscena terrible 

deia querer déseme ante aborto... ^y^\jZTf^f'¡:Z'±u^^^^ me sirven... 

en'm'casal Tengo f ^e ^acer "n^scarmien^^^^^^^ ,„ ,3 esfe- 

ra^rci¡í^uTlltíerp^^^^^^^^^^ ^^ ^ "^'^'"• 

^^^S^°^S^SS;:;¡CállateMMihermana^iándc>sei^^^^^ 

íS^l^S^SdoleSSS^S^l^^S^^^t.. 

si te parece mejor. ^ ., j Ji 

ÍNi-.-Pues lo llamo, si. • .,ceitu-ias ponga los ojos en Clotild^ 

Pi:,3 ._No tolero que un vendedor de ^'^f "'-^^ir^.^^ Anoche... Aun # 

me resigno menos a que ella guste ¿^^¿^'^f ^ ^/,fo "a! raíirarine a casa, sor- 

dura el-coraje, la excitación «Í^fj/Z^^k pKa de la calle para salir... 
prendí al tipo ese, que furtivamente abría la puerra^^,^ 

^ lNH.-¿De modo que se calaba?... ¿Y tu (befta g ^^ ^^ ^^ ^^^ ¿^ I,, 

Fiio. - Le agarré de! pescuezo. . • cree q"e s' t^' j nombre y de mi casa, 
nianiis, allí ac&au .us a^rc^^nienU^ y^^ n^^^n^^^^ ¿^ la elección ^: 







FED.--¡MaIditascircunstanc¡a3! Sólo sirven de tapadera infame oaVa mhrír 
os ultrajes al honor Que mis ¡deas son anticuadas eneste partícula? lo sé 1^ 
e; pero ¡qué remedio! Aunque me llames extravagante, te diré que ño me cabe 
hJ^ '"''.f ^ V '^"''^'^- ^^^ '""^ '^^ ^^ta época, lo cSnfieso; no Incafo nraiiSo 
D en en e!!a. Ya conoces mi repugnancia a admitir ciertas ideas muy ¿n boea Ko 
'lue en lenguaje po ,tico se Uama pueblo, yo lo detesto, ¡qué quieres aue ti dií''- 
no creo que con la gente de baja extracción vayan las sociedades a nada ^?^Í' 
íééToTn^;io',^ a'""- Soy. aristócrata hasta la médula; lo herédele mfmadií 
(V M^Vi ^"^ '^- ^e"^o^''a?l^ "1^ bitaca ros nervios. Gracias que no es veTdad ni 
(y tal democracia, pues si la hubiera, ¡Dios nos asista' ' 

r '~^í?"^r"^ la hay? Tu hermanita te sacará de dudas. 
TED.— Prefiero verla muerta. 



I.vF. -Piénsalo bien. Esas cosas se dicen pronto; ñero lueíro la s^nnra rí>ai;Ha^ 
-s pone los puntos sobre las fes... Calmat^^Teaf£ s nT. Ko Txam^^^^^ 
o:)n serenidad, tuáflesdiciías no son tan fieras como ul. pintas t.xdm.nadas 

rKD.—hs que aun hay más, Manolo. 
Inf. -¿Más? 

Fed.^ Te aseguro qu,e... Hoy, poco antes de salir de casa, recibí una cartí de 
1 padre anunciándome que llega mañana a Madrid. ^ ^^ 

INF.— 1 u padre. . . ¿y oué? 

Kr''""pÍ*,?.'''i^ ^Z'^""- •• ^3' í''''^'^- ^ "'"g"^ '« '"«ía- ¿A qué vendrá? 
iNF.—i-'ues, hombie, vendrá... a verte. m lar 

..n ía.7^'' I"' P""^'''' ^ "° í^"'^'" ^^^^''' contra él ninguna palabra ofensiva 

Iw.- S., ya... sé... Por nhi SMclen llamarle eícomela... ¿Pero a t( que te im- 

FED.-iQne qiié me imporla! Confiésame, querido Infante aue sov el f>nmhr. 
".«ofeTa 'f,!?*'":" ■"" ""^ '"*" ■=' '"'■ "■-""' '•"•""' "'"'"''" P- 1» ¿rfcía"!™' ' 

, Los mismos; Leonor. 

nnS;7'Si ' '"'^°^-V^ P^'ieHco.) Dispensa el plantón . (A Infante.) Y usted niño 

pático sepa que se e quiere. ¡Viva la gente de arranque! Los billetes a¿íív 
tijplomático mas corrido que una mona «a"M"c. l.us oiueres aquí, 3 

NT - No me lo agradezcas a mí, sino a él, a su fatuidad. 
Leo. -(Despidiéndole.) Con que... mil gracias, v.. 
N'K.— Ya, ya sé que estorbo... 

».oil;^°: Cofffal,."" slÍ£"es"rí¡«;irra""^ """■• ^"''""' ^' ''™"'° ^ '"«-■ 

Inf.— Abur, abur. ^ • 

Leo. -Y mil gracias otra ve/. (Empn,átidoie hacia la puerta ) I 

INF.-Ya, ya me voy. ¡Infeliz amigo! ' 

, Leonor, Federico. 

Fed.-¿Y tú, qué tal? I 

Fpn"~Xf '° ^''■^- .^'^"'^'endo vidas. ¿Recibiste mi papel? I 

PED.-Uaro que lo he recibido, pues aquí estoy. • | 

■ T^alLi: X contiaiua, hablemos. Nune^a siento ante tí el emhnrarn nup -«f- 

. Leo "Jf^P'-"'^"''" ""/^ "^'"."^ P^^^^"^''^ ^«" q"'<^"e^ tengo amis?ad^^"' ^'^"■ 

:and^oTa7unttTel?7eS V'S'nf ••• '" 'f'^"^''""^' ^ '«^^ '^'^^' '° son Vaquí. (To ■ 

^-l^asvíq^^r^alSr'íaS-líeísoíon^^^^^^^^^ '''' '""'^"^' ^^ -^^ '- -^^-> >' - 



# 



corto camino, cuerpo y pensamiento de un hombre moreno. La cosa era bien clara. ^^ 

mañana, el caballo debastos, que eres tu... 

LEO-.-SaliHespués ía mujer de buen color... que soy yo... y, por- fin, el tre. 
''- S -É^^^^iíi^a^i^^SíníS^^^^^ va.os al grano. Leono- 

''\Z-%^l^^'\^^o q^uf eí m^aT;^ liama elneroio de las naciones? No 

"^'Tío.-No, mico; yo no nado... en nada. Pero tampoco me ahogo etl poca agua. 
ño'.-Enl!n!muy poco tengo disponible; pero... dinero hay. 
Fed.— ¿Dónde? ^„aintiiar m-t- Y habiéadolo, lo traeremos 

liT^l "Zl^iSi^Z,:^ ^^:i^ 'suf iolir; se va .l. .... a 
Peniscola. ¿Te parece bien? terrible lev de ia necesidad, con 

;'¿'í?LmSS 'nTestrayun^nSno psicológico ,„e... iSabes io que es 

DSiCOlÓgicO? , . . - 

Leo — Pis pía (Sin poder pronunciarlo.) 

"^•f¿5JSS d^^lS^SÍ^die 10 en^eng^^^ 

del mundo acepto yo, de un ^^'^^^ ,%ZÍtno^neTo eXármelo ?Qué signifi% 
lo de tí, sin que mi decoro se s^^n^a herido^ No pedoexpi^^^^^^^ en nuescrl ^z^, 
ca esta fraternidad Queent^^nosotros existe? cb-tuna^ q^. ^. ^^. 

gradación? Yo envilecido, tu ^^"^ J-f^;.^,^^^^,^^^^^ me pregunto:f.' 

auxilios se hicieran P^^hcos yo-los rechazana con n^^^^ eiia, escarbando ma-V 

'^ ir:V"o"?u'rdkSS etn'o.KdííiV.'u'^d^ ^^.ué desvario!... no pue... 
*= u"». -No te devanes los sesos por encontrar el no™bre de estas cosas... So». , 

"^f¿^^°St:-^^^^^^¿^^y^°^ ^^'- ^'•"«' ""i 

cemos? „ . I 

l:-S:=^'^"erpoVaK™e; pero conviene recordar que yo también supe ay 

da; te en trances críticos de tu Vida. hneno debe de ser esto, porque y1 

Leo. -Justo, como yo a ti ahora. En fm, bueno üeoe ae f 

aunque corra mis temporales, siempre ^ o l.acia ti, como la capra , ^^^^ 

corto la lengua que decirte una falsedad. j^ por gj 

^io^^^vlSa'Sta^os r^lSfp2nVorSii""e"d1 Vuestra co„«a„.a, ,-e 

. í oara mi alma un gran co"f' ^'^.-^ ^^^^^.^ tntrvio de penetrar el objeto de su medí- 
Leo.— (QiJe le ha observado cariñosamente, trat.i..ao «v, i-c»cv 

«.ición.) ¿En qué piensas, monín? 



Fed.— En algo que a mí me pasa. 

Leo —¿Amores? ¡Ah! pizpireío, no me lo niee^ues. Como no tenemos lío mip- 

?iL^Tj^sr;reí:s"'íSn?r^' '^ '''' '^'''^ ^^^^'^^ ^^-^' p^^^" ^^'^■ 

es el Tomlre^^o esp^^e^'í i.rS'íc! d^ ^^"^'=^ *'^"^ ^" ^^^^P^'^"> ^ '« ^- 

LEo.-Bueno; guárdatelo. No le vaya a dar el aire. ¿La quieres mucho? 

queyo meTlzío.^: P^ro.^!"^"" ^"^'^'' ''''™''''' ^P^'«*0"«da, muy superior a lo 
Leo. -Pero... El perito ese quiere decir que no te entusiasma. 
l^ED. -Despierta en mi ilusión de amor. Pero no sé qué barrera aué zania in- 

tuufrT^^- l^"" ^?^'^ ?^ ^^"^ "'"j^'-- ^"'''"-ás «e'-í^ n^i f cliddad si eñtíe ella y yo 
pudiera existir esta confianza, esta sinceridad, este abandono mutuo de los sec^e 
tos más penosos de la vida. Mi alma se divide... ia parte que tengo aquí me ven 
dría bien alia... para completar lo otro. ^ *" ^ ^" 

ri ,o^^°;~''-y piensas llevártela, canaliita? Pero no nos descuidemos híio mío 

&s t°0das 7Á tedii^r; f "*" "'"^ '^'■''■^•"^ '"'^ '^^'^''^''- ^DándTunailves.-) 
ioaas, todas. (A Federico.) Aquí escogeremos... (Vase la criada.) 

tuyá^'" ''''" ''"^ *^ '''''"'' "^^ •"''••• *'°^^^' '"'"° *" '^i^es. Cuéntame I:.- 

-o HZ'~''^?''}^^ mías! son tan publicas, que en rigor, más que contarlas deb^e- 
-a... desmentirlas, para .igurarme que no son verdad. ^«marias, ueo.t 

Los mismos; Lina 
LiNA.'-íTrayendo varios estuches de joyas en uti»pañt.eIo.) Esto es lo aue había Pn pI 
armario de luna... ¿Sabes? ahí está. ^ ®" ^' 

Leo. — (Alarmada.) ¿Quién? 
Lina.— ¡El marqués! 

U.Í'í!a^i7/^"'""'"'""'°J^'^ ""'"'^^ ^" *'' P^""^'° y dándolas a Federico para que las ocul- 
tlí^^\^'^^ '?^ '" ^'^^"^P''^' ^^ ^'"'^•^ Po»" "ada del mundo le dejes entrar aquí (dI 
ígese a la puerta, amenazando cun el bastón de Federico.) Mira: le metes en micuárro 
■-dices que no estoy; que espere allí. (Vase Lina.) No es por nada. nS Te temo ni 
J^miporta. Pero es una de nuestras primeras chinches.*^^. No quiero que sTen 

Fed.— No, por Dios... 
,»*^^°'"~^?' y^ ^"^''^- <í^«cuchando en la puerta del fondo, cerrada.) En todo nui>rP 

Lina. —(Entrando por la derecha.) Ya está allá. 

Leo —¿Qué cara trae? 

Lina.— La de siempre, la fea. (Suena la campanilla.) , 

LiNA'.-iíJLe'alí-o^^"^^^" ^ '^"^ ^^ ^^'''''''^' '^^''''^ *^"^ ''"''''''' ^^^^^ ^°'^'- 
Leo.— ¿Será O/írris? 

t^n'~rrÍiJ! conozco en la manera de llamar. (Vuelve a sonar la campanilla.) 
■rim^vl^SneVo' ilá "fsafe r^"* ^ ''",'¡"';- ,^°' "^'^ ^"^ ^"^ ^«^°y ^" <=^^^ de mi 

«Íjo'k^ 'e espero ulid. ibale Lina por el íondo. Leonor cierra la puerta y escucha ) Ya i 

í Va bien despachado... ¡pobrecito! i- y escucna.) va. i 

FED.-Dime... ¿Pero quién es... O/inisP I 

el deíedio"""''" ^"""'''^' ^''""' ''^ ^^^«'^'^«^'^- Le llamo así porque bizca un poco '' 

Fed. -Ya... 

Í°tref?F\l'^f ^' 'h''?-/^ ''^': ^' '"^''^"^^ 'o<^o Po^" m»'. Y Vo loca por ese i 

UNA. -Se ya refunfuñando. Aüá te espera. (Vase.) JIHI 

»« p !:!;r^' ^"^ misterio en los afectos humanos! ¡Y hay quien oret-nde redurir,^^! 



T Fn'-SÍ hace cuatro años. Eso es lo que más falta me hace a mí, tornillos 

rezo los tornillos, la mariposa de brillantes que lúe de la marquesa de Tedena... , 

Pc,^ —jprpps nue basta? No sab::s la cantidad. 

r^í^^í nul?a sé tontín Por una casualidad tuve noticias de este apunllo 
f„vn Fm' a ver a Tor quemada para pagarle mil reales 'que le debía mi Ojtrns y 

natos (Vohriendo junto a Federico.) Dime: si yo no te hubiera llamado ho>, ¿habrías 
tenido tTa contarme tu compromiso, y a pedirme que echara el resto por sa- 

carte? _ 

Fed.— (Después de vacilar.) Creo que si. , r^ - a;.^ ^r-o ,<afcinHQmn? 

LEol-iViva ¡a confianza! (Entra Lina con la ropa.) ¿Que dice ese cataplasma^ 

Lina.— Está muy ocupado. 

Leo.— ¿Qué hace? 

Lina.— Morderse las ufías, - 

Leo.— ¿Le dijiste que mi tía En<?arnación esta eníermaí* 

Lina.— Qiie se ha muerto. 

h!r;Z.Ylue estás allá El muy escamón dijo: .«Pues oigo voces en el gabine-, 
te>> le conL'té que esfán á^ la Antonia y Malibrán. Como no pueve ver a Malí, 

'^to^^S* iP- q^Sto tiene esta chica y qué diplomática es! Bue^- 

""£*^"oíl t^^i^'^^S^^^Lol^e^sor^e una fortuna, que la re- 
.ilaría"sTla^?!vierf Ha Tuinado^a siete que yo sepa, y a mí me com.6 lo que 

^"fpt'' Y^ "^^^-^C^:^^^^^^^^ -tante vuelvo: no te mu.' 

(A Lina.) Tú vuelve allá, Y ff --.f fj^ ^^^^.^'.^^.^^fj? ?AfreMla.°'" ídT.eme p'or el 
vuelves aquí, y recoges esto. (Las alhaias sotramet..; jrtHu. 

ícndo. Lina "por ia derecha.) 

Federico, Lina. , . r? t /^.. 

rastorna esta duda (Tratando de «^'í^"^' ^"^;^'<^f;;^^/-5-" ^"f/a^"eon^ ésta? 

^¿^/.TTi^i'eSré. nulndo'-'n'o Sílísrlor ,0 ,ue Vi ha pasado^y a,^ 
í,n, oiiizás deiarían de saludarme; por lo otro, me envidiarían. (AB,laa,3,mo. i. 



mdudable es que con unas y otras cosas, con el oprobio de mi hermana, con esta 
'tieva aparición de mi padre, la vida se me está haciendo insoportable, pesadísin-.a 

- sienta, fatigado.) y no puedo, no puedo ya cargar con ella. (Entra Lina, que viene a 
coger las alhajas.) ¡Ah!, se me ocurre una idea. Oye, Lina, me vas a decir una 
losa... pero sin engañarme... La verdad pura. 

Lina.— ¿A ver? No le diré mentira ni verdad q'¡3 no deba decirse. 

Fed.— Está bien. Malibrán suele venir aquí algu.ias noches.*. . 

Lina . —Y aigunas tardes. 

Feo.— ¿Le has oído hablar de mí reciente.neiite o de algo qn^ c.:)\m\r-) ss r^- 
acione? 

Lina! —(Recordando.) Sí. 

Fed.— ¿Anoche quizás? 

Lina,— Sí... pero no sé si debo... 

Fed.— Cuéntamelo; lo que tu no me dígaseme lo dirá Leonor. 

Lina.— Pues dijo que es usted tm perdidjo. 

Fed.— ¿Y nada más? 

Lina.— Y jugador. 

Fed.— Pecata minuta... A ver, haz memoria. Al hablar de mí, ¿no-i vó a alcu- 
la otra persona? " ^ 

LIna.— Don Federico, déjese de preguntas; yo no sé... Si se fueran a contar 
as cosas que aquí se oyen... (Suena la campanilla.) Es Leonor. tSale.) 

Federico, Leonor. 

Fed.— No me queda duda. Ya principia el rumor insidioso, traioionero, precur- 
sor de la difamación y del escándalo. 

Leo.— (Entrando presurosa.) Hecho todo. Venga un abrazo... en premio de mi. . 

1 a decir virtud... Pero no... son ¡cosas! 

Fed.— (Abrazándole.) Eso es... cosas. 

Leo.— Aquí tienes... (Dándole billetes de Banco envueltos en el pañuelo de las alha- 

) Vete corriendo a casd de Torquemada y refrégale los cuartos en la jeta para 
^tie vea ese puerco que aquí hay honor, limpieza de sangre, circunstancias y hom- 
bría de bien. ■' 

Fed.— (Sin decidirse a tomar eiünero.) Parece mentira que... 

Leo.— ¿Remilgos ahora, mico? 

Fed. —No... (Con efusión.) Eres... ño sé. (Leonor le introduce los billetes en el bol- 
sillo.) 

Leo.— Vete... ya vas espirando. 

Fed. -Dos palabras. Tengo que preguntarte... Malibrán... 
Leo.— ¡Ah! sí... yo también quería decirte... 

Fed. -Se por Lina que anoche habló de mí. Quizás se permitió calumniar a 
"'na persona. ¿Recuerdas tü lo que dijo? 
Leo.— Nada, pamplinas... 
Fed.— Cuéntamelas. 

Leo.— Eso es... entretente aquí, y olvídate de lo principal. 
Fed.- (Confuso.) ¿De qué? 

Leo.-Del judío ese, que a estas horas estará pensando que no le pagas, y, 
^ED.— ¡Ahí no se cómo tengo la cabeza... Eb tarde. 
Leo.— Y si te descuidas... 
Feo.— Adiós, adiós. (Sale presuroso.) 
-LEo.-r-¡Pobre mico! Es el perdis más caballero que hay bajo el sol. 

I MUTACIÓN 

Jinete amueblado con dudosa elegancia. Ventanas al fondo y a la izquierda. Puerta a la 
derecha, por la cual se verifican todas las entradas y salidas. Chimenea, entredós pupi- 
tre. Un sofá y butacas. Es de día. 
AuQ.-Yo creí encontrarle aquí. (Mirando su reloj.) Las cuatro y veinticinco 
K. "; .•!^!'' '^"'A'' ^' ^'"■'^^ y ^' sombrero.) Hoy estaba más obligado que nunca a 
^Kl'!S^ I?'k '^^•m'* ^""i ^^'^r^'^ ^^"^° ^ste hombre, el primer desocupado de 
Mrid? . iPobreciIlo! ¡Sabe Dios qué líos, qué trapisondas!... De fijo que los 
ímores de su hermana le llevan al disparadero. ¡Qué carácter! (Vuelve a mirar ev 
- r Tc"T í"''9" °s "l^^s... (Con febril impaciencia.) No sirvo, no sirvo para espe- 
ar... ¿61 habrá llegaao su padre, el cometa?... Nb, no; decía la carta aue del 2(i 



fll 98 /Oué día es hov? (yieditando.) Si no puedo pensar naoa. (L^evántase^) ¡Ah! . 
imcoche^lse airea a?Llc No, no e^ pasa... ¡Qué silencio ahora!... Otro co- 
che... Como no sea este, ine entrará la desesperación... bi, si es .. se acerca. ..^> . 
no sé qué tiene e! coche en que viene é! que hace más ruido que los demás. .Gra- 
cias a Dios, ya estoy contenta... Ya sube... Esa Felipa, ¡como tarda en abrir! 

Augusta, Federico 
Ped.— Perdóname, vida mía, si he tardado un poco. 
AuQ.— ¿Qué te' pasa; qué ocupaciones...? ¿Ha llegado tu papai» 
Fed.— No. i.uiñana. . . . -km , : 

AuG.— Ya sé. io de Cloiiidita. Me lo ha contado Manolo. ;■ 

Ped.— (Con disLír.sto.) No hablemos de eso. _ ' i 

AuQ — ¡Qué sc.sto he pasado! Creí que no venías. f 

. Pi:r. ._Por Dios. (Carnoso.) ¿Cómo podías suponer?... , 

AuQ. - exulta allá, embustero, íarsante^ A fe que estoy contenta de ti. ; 

Fed. -F^3ta mañana, cuando recibí tu carta, dije: .<Paces tenemos.» _ í 
AuG. -Perdón habrá, si sales bien del juicio oral a que voy a someterte. Va- 
nos a ver, procesado! conieste usted. ¿En donde ha esttido usted hoyí' 
Ffd —(Aparte, con recelo.) Si le habrá dicho Manolo... 
AuG.- i'Qué asumo, qué negocio le trae a usted estos días tan sobresal- 

^'^''^Fed -(Aparte.) No, Manolo es discreto. (Alto.) Pues nada, hija; asuntos, cosas 

'''%Z^&':¡^^:^^1 ¡vaya unas herejías qt^ echas P-^ b^alSi' 
el amor tuviera su Inquisición, serías tú condenado a la hoguera por las atrouda- 
. des qíe dkes contra el dogma. No, no debí escribirte hoy, ha sido una debilidad... 
Anoche no dormí pensando en tus traiciones. 

Fed -Pero sepa.mos qué traicionen son esas... No las conozco. 

AüG.-HaVte el tontito. Esa mujer indigna... ¿Qué se te ha perdido a ti en su 

*^^^Fed -Vanos a ver... ¿Quién te ha diclio?... ¿Acaso Manolo?... 

AuG-Mauolo, por .^.r ministerial de lodo, lo es hasta de ti, y siempre que te 

nombra te pone en las nubes. _^ , j-í. . 

Fed -EuTonces, Malibrán, que ahora se dedica a desacreditarme. _ 
AuG.-Quieri me lo dijo añadió que ese trasto tiene gran influencia sobre ti. 

AS:=N¿daSdS^mte. El disparate no existe. Los hechos podrán ser oró 
ser; pero lío es la mejor manera de negarlos el decir que son absurdos. ConvéO- 
cerne, pues, de otra manera. 

AS'-Olll'riéndome mucho, como yo me merezco, y probándomelo. Si n^v 
^^'lS-p!¿c^S:^fe.mSrítrSnostrado estaquéis la tierr.. 

'^^'^-Si^Sílí^^rírSeltS^ci^^V'ahora continua el interrogatorio 

'^^'fed -ííasta de curia, digo yo; la detesto. ¡No te atormentes, querida mía! Si 
yo te quiero a tí sola, a tí; Ti por más que rebusque tu suspicacia, no veras en 

^'''Auf-Sioue"!''p'or^^^^^^^^^^ traba la lengua? Porque sólo la verdad la pone 
^^^S'-^No:;!oíí)i^í'^:^l if nü?!: Yo te juro que no sé lo que es amor fuera 

'^ Zo '^¿^n^^éii^PíSa.e^ El amor, si es de ley, ha de completa,' 
con ircrnupañíaTel apoyo recíproco, con la confianza absoluta, sin nmgunj 
crefc) que la limite, y con la comunidad de penas y goces- .. Una quf)a tengo 
íí y es que no has qtierido nunca confiarme secretos penosos Q^e te amargan 
vidl ¿Dices que m¿ quieres? Pruébamelo. ¿Cómo? Clavando en mi coi azon p 
de las espinas que desgarran el tuyo. iAy! algunas de esas espin.tas... veras c 
pronto me las stacudo yo. 
*^ FjiD.~íADír--.i ''^orazori i.imenso, no merezco poseerte. 




mmmm 



Aua.— Si me quieres de verdad, confíate a mí. Temes parecer ind'elicado, in- 
noble. ¡Qué tontería! (Con veleidad graciosa.) Oye lo que se me ocurre. Gasta con 
todos ese orgullo y suprímelo para mí. Tu delicadeza es mi enemiga, mi rival, y 
|en.2;o celos de ella. Le clavaría las uñas... Para que lo sepas todo: tu vida angü?- 
nosa, tu pobreza, sí, empleemos la palabra terrible, han sido un incentivo más'^del 
amor que te tengo. (Sonriendo.) Si fueras capitalista, yo no te habría querido. Si 
fueras un hoiiibre metódico, que llevara sus cuentas por partida doble, créemelo, 
me serías antipático. 

Fi-;o. ~(Estrcct:ánd<)le las manos.) ¡Monísima! Tienes toda la gracia de Dios. 
AüQ.— Yo soy así. Estoy cansada de la regularidad Me ilusiona ei desorden. 
Feo.— ¡Ah! ya te cogí; contradicción; si eres couio dices, ¿a qiu: ese empeño 
de poner orden en n'ií? 

Aud.- Pues si bay contradicción, mejor. No retiro nada de lo dicho. Dame tu 
conlianza. Destruye esta muralla que hajrentre nosotros. 

FuD.— ¿Y si yo'te dijera que derribando esta muralla perdería tu estimación?, 
/o no merezco el interés que te tomas por mí. Lo que de mí ignoras te seduce 
wrque es misterio, porque es drama o novela para tí... 

AuQ.— (Con arranqjie.) ¡Pues fuera misterio..., fuera lo novelesco y dramático' 
Abajo el disparate que tanto me gusta! ¡Abajo el desequilibrio! ¿Que me contrn- 
ligo? Bueno, ¿(^ue desmiento mi carácter? Mejor. ¿Que destruyo ese encanto, esa 
;oesía, llamémosla a^^í, de tu pobreza disimulada? Mejor. Este amor mío' primero 
/ ultimo hace una revolución en mi naturaleza. ¿Qué significa esto? Es el paso del 
)eríodo soñador a! período práctico, del noviazgo al matrimonio; liaran -tirisis de 
.mor; el tránsito de la época legendaria a la época clásica. ¿Qué tal? 
Fuu. --(Admirado.) Divino. *■ 

Auci. -Estose llama erudición. Tontín, ¿no me comprendes? 
Ff:i).— Sí, sí. 

Alq —¿Lo quieres más claro? Es preciso que nos volvamos muy prosaicos 
íiuy caseros. 

Fi:n. -Te desvanece tu propia bond;id. rCómo puede ser eíL-o de volvernos tú v 
/o muy caseros? 

Aua. -Pues siendo. 
Fed.— ¿Con bienes conumes?... 
Aua. — Sí, sí. 

Fed.— ¿Necesitaré traerte a la realidad? Olvidas... 

AuQ,— ¡Ah!. ya...; tienes razón. (Con desaliento.) Para lo que te proponía, nece- 
sito libertad, y no la tengo. Iba yo por los espacios imaginarios, como las bruja" 
4ue cabalgan en una escoba. 
Fed.— Vuelve a la realidad. 

Aua.— Vuelvo... y en ella te digo que... con arte *odo es posible. Óyeme- te 
-ontare una cosa interesante. Esta mañana me dijo Tomás: «Tengo un proyectillo i 
para modificar la vida de ese pobre Federico y librarle de la plaga de sus aeree- 
dores.» ^ 

Fed. -(Agitado.) No ine hables de eso. ¡No sabes el daño que me oausas!... 
Aua.— Considera que lio es él quien te favorece, sino yo. 
Fed.— No puedo considerar tal cosa. Querida mía, si me amas, impide los favo 
res de ese hombre a quien yo debería reverenciar, de un hombre cuya noble con 
'lanza pago con el mayor, con el más villano de los ukrajes. 

Aua. -(Con Kravedad, después de una pausa.) Habíamos convenido en no hablar de 
•;so„. Quien le ultraja... no eres tú. Al acusarte, parece que me acusas a mí. 
_ í-ED.— Vo....a tí, jamás! Pero desde el momento en que me hablas de generosi 
lades tuyas o de tu marido, U cuestión moral se me impone, y veo planteado ui 
iiienia terrible. J¿. 

Aua.- ¿Es eso verdadera virtud o simplemente falta de vd"lor? Bueno: déja:nt 
u mí el pecado entero, y eogd para tí todos los escrúpulos. (Se levanta airada.) 
TED.— Sosiégate..., espera. 

Auo.— Lo diré todo de una vez. Reconozco, como nadie, el mérito de mi mari 
ao. isóloyo, que vivo a su lado, sé bien toda la extensión de su bondad. Me inspi 
' 1 un.canño acendrado y puro, admiración, veneración, no sé qué.... Yo reveren 
'"10 a 1 omás... le rezaría... pero te amo a tí. 



FED.-(Aparte.) Su valor es ^^ ^^^^^^^^%!^ ^^ '^t¡l:ñtz7 E! e^ 
AUG-Ompaciente por ^^^^^^^^^J^^^^,^c,es. ¿Crees q.. , 
ün santo, y yo te quiero a ti. -^f ' j^;"^_\da^^°.,cpía> No. Deio los hechos con.ü 

tas dos verdades mirándolas cara a cara. 

ca Ni ¿¡"él ■" de «tdn,i¿ favores de ciert. clase; y si ins.stes en ello... , 

Auo.-¿Qué? Dilo. , .. 

^^::^1?S;Í?S"S^"-Í:;!^í "O me quieres: no ,„e „as querido ^ 

"T¿ -Por Dios, vida raía... ven acá. (Tratando de abr..a,.=.) Ten juicio., con- ; 

someterás. Yo lo quiero, yo..._ lo liara. hablarte con cla- 

FED.-(Exaltándose.) Pues si P^rsi^tes en tu oc^^^^^ ^^^ 

ridad, como no lo he hecho """^a. Tiempo ha que me ^itt^^^^^^ t ^^ ^f 

sorda y punzarite.. Cree que cuando eritro ^n " ^f ^^^ ^Tozón Tan grande y puro, 
hombre tan super or a mi, de tan elevado ^^pn tu, de cor. ^o" ^■'^^^^¿.er mi 
no se... no se... Me creo el mas f yecto de los hom^J^^^- ¿Xiagarme, necesito 
conciencia, para acallarla PJ»- V^^^f gestan solo, ne^^^^^^^ g^^.^^^^ 

un anestésico, vicios degradantes y osa ros de eso^^ ^^^^ ^^^^^^ 

el pensamiento y acaba P'P.'-^^^^^fj^^^j-.íi'^esPJ^^f,; Sigía de ser amada... Pero ¿por 
discreta, graciosa, por mil razones ';\'5^^^5^"^^^^^^^ ofendí. No es mi ánimo 

SÍS?r?e-So%í,?i^^^^^^^^^^^^^^ 

íe'^i. ^"4lSeíXe1eTve"a !a%Si^ctií.t Sndalo vergo^.oso, peor 

que la muerte. _ ^ .^, ,^ 

^.t-::k"et?lloati'con"rso'Í2trSn.idad, Soy ya bastante indigno, y no 

''"' A?a'.-'!FaS, comedial Te rebajas, te humillas para conseguir de rai la sepa 

ración que deseas. , 'k^.. +.',i PnmWo te oculto las miserias de 

mi^,Srsi^cíSLr°rtSoV?^^ 

hacerte mnsún^argumcnlo para Q- ■- de,aras. ^^^^^^ ^_^ ^^^^.^.^^.^ ,^ ^„^^, 

lo mismo. , , , ^ „^,io nnpdn rontr? ti' ¡Disnuesto estoy a seguirte, 

e de?rra;Srstr?rtTu'To%ra'L^s«íuiera's, hasta la co„denaci6n éter- 

"^Ar-i-HV^críslaTÍ a lo-h'is'dTtora? a, fin, ,a ,u. tanto.,.. 
Fed.— ¿Que lo he de tomar? 

AuQ.--(Con terquedad.) Sí. . ^ ^ estamos dañados pro- 

Fed. -.(Dominando un movimiento de '•'^•> ^eo qu? '"Ije^^^^^ Vuelve... allá, vuel- 

fundamente. Yo no puedo salvarme ya; tu si. Estas a tiempo. 

ve, y olvídame. t, i mnrnl de última horaes ridicula, 

'AuQ.-(Aitr.nera.) Basta. Estono puede ser. Tunoral^^^^ ^^^^ ^^^.^^ 

ooco delicada, inconveniente Tienes razón... (Con ^/a.) c. es un.. 
FC Tú sentirás la injuria, y me agradecerás que la calle. 

FED.-Sin oiría, sé que la merezco. ^o^^bres indignos... me marcho. 

AuQ.-Y como no está bien q^e yo tyate ^o" ^¿^°;||'"%°.o se acabó... 
si (Nerviosa y trémula, se pone et abrigo.) No aguanto mas... l.» 
'■■p.-r, _(Aparte.) Se acaba... Mejor. _ „^^u^t.o 

^ro -(Aparte.) ¿Pero serás caoa^ de de.arme marcha-? 



,0.g 



. I iiiM I ni 

Fed.— (Aparte, sentado y calmoso.) No se irá, no. u ' ■ 

AuQ.— (Furiosa, queriendo aparentar desdén.) Bien, bien,., pero no me marchare sin 
decirte que te desprecio, que nunca te he querido. . . que. . . 

Fed. —Y yo te digo que te querré siempre... (Con frialdad afectuosa.), que seras 
para mí la mujer más digna de respeto. ^ ^f^„^o 

AuQ.— (Aparte.) ¡De respeto! Si me abofeteara, si me escapiera, no me otende 
ría como ahora me ofende. 

Fed.— Adiós. , • , .„^, 

■AuG —(Va hacia la puerta, y echando de menos su manguito, ,vuelve a cogerlo.— Apar- 
te.) ¿Pero me dejará marchar de veras? (Alto.) Adiós... (Va haJa la puerta.) 

AuQ— (Retrocediendo vivamente,) ¿Qué, hijo mío?... ¡Ali!, se me olvidaba también 

ál pañuelo... (Lo coge.) 

Fed.— (Cariñoso, pero frío, sin moverse del asiento.) No te vayas enojada conmi- 
go... no creas... . " r> ^ «l,^..o 
Auü. -¿Enojada?... no. (Aparte.) Me retiene, quiere retenerme... Pues ahora, 
le maestro... Me marcho resueltamente. 

^?ED —(Aparte.) No quiere irse, (Alto.) Ven acá. (Dando nn paso haaa ella.) 
AuQ —(Aparte.) Aquí es la mía. (Alto.) Déjame. Adiós... (Sale resueltamente.) 
Fed.— No se va... volverá desde la puerta... (Dirígese al fondo, y escucha.) Pues 
sí... se va... baja la escalera... La conozco. Volverá mañana. 

ACTO TER:5ER0 

La misma decoración deJ acto primero. Es de día. 
Orozco, Villalonga. 

Oro. -¿Qué me cuentas?... ¿Pero cuándo ha sido eso? , ^ , . . 

Vil —Anoche o ayer tarde... No estoy bien enterado de la hora. Lo qiie si se 
les que Clotilde, harta ya de la tiranía de su hermano, y queriendo arrollar loí 
mstáculos tradicionales que la separaban de su horterita, alzó bandera revolucio 
lilaría y abandonó la casa de .Federico, llevando su ropita en un lio colgado del 
1 brazo. 

Oro.— Me gusta el pronunciamiento. 

Vil.— Y viva la democracia. 

Okc— ¿Y adonde fué a parar con su cuerpo? -x ^ u • t 

Vil —Pues se fué sólita, por su pie, a casa de Infante, poniéndose bajo el am- 
[paro tutelar de Manolo y de su tia Carlota. De modo que la tienes de vecina. 

Oro.— ¿Y Federico... intransigente... furioso?... 

Oro —Pero' si mil veces le hemos dicho mi mujer y yo: «tráenos acá a tu her- 
mana, y no te cuides más de ella». Pero su orgullo consideraba sin duda nuestra 
protección como una limosna humillante, y ya ves... ¡P>ien merecido le esta! lanto 
quijotismo viene a parar en que al fin hay que casar a la descendiente de los Vie- 
ras de Acuña con ese. . . ¿cómo se llama? _ . 

Vil.— Santanita... Pues ten por cierto que nuestro amigo no transige. 

Oro.— Claro: pretendía sin duda que, viviendo su hermana como vive, le hubie- 
[pedido su mano un Hohenzollern o un Hapsburgo. ¿De modo que cuando llague 

papá?... , , 

[ Vil.— Pero si ha llegado esta mañana... en el express... y al entrar en su casa 
¡encontró sin la angelical criatura. , . -, 

Oro.— iValiente cuidado le dará! ¿Has visto a Joaquín? 

Los mismos; Infante, que entra precipitadamente. 
Inf.— Le he visto yo. 
Oro.— (Con jovialidad.) ¿Y qué cariz trae? 

Itsf.- Tan meloso, tan sutil, tan insinuante y seductor de palabra como siem- 
,re. (A Orozco.) Me ha encargado que te anuncie su visita para hoy. Viene de In- 
ílaterra, con la máxima de que el tiempo es dinero. A las cinco. 

Oro.— Ya tenemos el cometa en el horizonte. . .' 

Vil.— ¡Bienaventurados los pobres, porque no topemos la influencia maléfica 

1& e«t«Q í>s;trí-'iln^ niti r;ib,)l 



Inf.— ¡Farsante ij^tal! Estuvo en casa no hace dos horas, a vera su hija. ¡Oh. 
qué escena tan conmovedora! Lloraron. 

Vil.— jTambién él! 

Oro.— Joaquín imita el llanto de las personas con una perfección que causa ma- 
ravilla... (A Infante.) Pero dime, Manolo: ¿estás contento con la lotería que te ha 
caído? 

Inp.— Pues mira: cuando la vimos entrar anoche... estábamos comiendo.... con 
su lío en el brazo, y detrás un mozo de cuerda con el baúl, la primera impresión 
mía fué muy desagradable. Con cuatro palabras ingenuas, sencillas, dichas' con 
alma, nos explicó su situación. Mi tía Carlota, única persona de viso que la trata- 
ba y solía visitarla, por haber sido muy amiga de su madre, la acogió del modo 
más cordial, y por mi parte no tardé en simpatizar con ella. A estas horas, tanto 
mi tía como yo le hemos tomado cariño, y abrazamos resueltamente su causa. 

Oro.— Es simpática tomo su hermano, y ninguno de los dos se parece a' 
papá. 

Inf,— ¿Simpática has dicho? Es un ángel. 

Vil.— ¡Eh! poco a poco, ¡Si le habrá salido un rival a Santanita!... 

Oro,— ¿Amor, Manolo? 

Inf,— Ea, se acabaron las bromiías, y vamos a las veras... (A Orozco.) Yo vengo 
aquí con una pretensión... 

Oro.— (Vivamente.) ¡Ay, ay! Ya me duele... Me lo temía. ¡Pretensiones a mí!... 

Inf.— Pero hombre, si no me has dejado hablar... 

Oro.— Si te veo venir. Lo de siempre. Esos mocosos quieren cner sobre mí 
como la langosta. 

Vil.— Inconvenientes de la fama, Tomás. Esos tórtolos inocentes te piden pro- 
tección. 

Oro.— ¿A mí? ¿Pero qué protección he de darles yo?... Están frescos... ¡Pero 
este Manolo!... 

Inf.— Me dejas hablar, ¿sí o no? jj 

Oro.— No; más vale que te calles. Como que el inocente ese pedirá un desti" :l| 
nito para poder casarse. Pues ¿quién mejor que tú? 

Inf.— No se trata de eso... todavía. 

Oro.— ¿Pues de qué? 

Inf.— Quiero hablar con Augusta. Me entenderé mejor con ella. ¿Ha salido? 

Oro. — Creo que no. 

Inf. —Que venga... Augusta. (Dirigiéndose a la primera puerta de la derecha.) 

Oro.— Ya viene. 

Los mismos; Augusta. 

AuG.— Ya, ya estoy enterada... Mi enhorabuena. Manolo, protector de lo? 
amantes finos, amparo de la inocencia. 

Oro.— Sí, pero nos quiere endosar a los tórtolos para que nosotros... 

AuQ. -Les protejamos. Excelente idea. Yo me alegro, y tú también, Tomás. 

Oro.— Siga el jubileo en mi casa. En fin, Manolo, explícate. 

-Inf.— La joven... repito que es el mismo candor... Desde que entró en casa 
no ha cesado de podirme con verdadero afán que la traiga acá. 

Oro.— (A Augusta.) ¿Ves? 

AuQ . —Siempre hemos deseado traerla. 

Inf. — Pero de visita... No; en mi casa vivirá hasta el día del bodorrio. 

Vil.— (A Orozco.) No puedes, no puedes librarte... 

Inf. — Hoy, casi con lágrimas en los ojos, me ha repetido la súplica: «Lléveme 
usted, lléveme usted, por Dios, a ver al señor de Orozco. Tengo que pedirle un 
favor.» No he querido decirle que sí ni que nó hasta no consultaros... ¿La traigo, 
o no la traigo? 

Auo.— Sí, sí, queremos verla. 

Oro.— Como has de reventar si no la traes... tráela. 

Inf.— Vuelvo al instante. Dentro de diez minutos estamos aT-ií. (Vase y vuelve.) 
Y si está el novio en casa, ¿le traigo también? 

Oro.— No, hombre, guárdatele. 

Vil. — Sí, que lo traiga... (Vase infante.) 

Auo —Los proíejeremos, sí. Lo primerito es casarles 



Vil. -Si, creo que es lomas iír:Vv2níe\ DoáfJueá. éste íes áéñaíafá üriá péfl^ 

' Oro. -¿Yo? No puede ser; y lo siento, de veras lo siento. 
Vil.— ¡Hombre sin entrañas! ,. ^ u j *. i„„„ 

AuQ.-Hijo, en este caso has de desmentir tu fiereza, tu crueldad y tu taca- 
fSería, ¿Cómo vamos a dejar a esos pobres chicos?... 
Oro.-Tü, tú... 

Oro.-aÍíós Jadntc). Tengo que prepararme para recibir al cometa. (Vase 

por el despacho.) 

Augusta, Villalonga 

AuQ -vPero usted se ha creído que no haría nada por ellos? _ 

Vil.- ¿Qué he de creer yo tal cosa? Conozco a Tomas aun mejor que usted... 
por lo menos antes que usted. u i„c.„ « Koi^a^i -V 

AuQ.-iPobres chicos! ¡Mire usted que enamorarse de balcón a balcón!... , Y 
aficionarse los dos al matrimonio, y no parar hasta realizarlo! ¡Qué honradez y 
qué nobleza de ideas!../ Nada, Jacinto, reconozca usted que el verdadero amor 
dsenSnto primordial que mueve el mundo, no existe ya en toda su pureza más 
aue en la clase de dependientes de comercio. *„ j„„ 

■ ViL.'-Por de contado, crea usted que Federico llevará muy a mal que ustedes 

favorezcan ese matrimonio. - ,. . ^ 1 1„ o^ «..o.- 

AuQ.-¿Lo cree usted? No... eso sería ya un fanatismo imperdonable. Se guar- 
dará muy bien... 

Vil.— Sermonéele usted... 

Criado.— (Anunciando.) El señor de Malibrán. 

Los mismos; Malibrán 

Mal.— Señora y ami^a... „ ..„ j^i ^;^i„ 

AuQ.-¡Qué sorpresa! No le esperaba. Viene usted como llovido del cielo. 
Mal. -No veu¿o del cielo, sino que entro en él, pues entro donde usted 

AuQ.— ¡Ay, Dios mío, cuánta finura! 
Vil.— Don Cornelio... (Saludándole.) ^ 

Mal.— Don Jacinto... Creí encontrar aquí a Joaquín Viera. 
AüQ.— ¿Ha llegado? Presumo que es amigro de usted 
b Mal -Vivimos juntos algunos meses enlondres. Pues estuvo a yerme esta 
Lñana. Y a propósito, ¿es cierto que Clotildita?... Y Federico, ¿qué hace?... 
Vil,— Sí; ae él hablábamos a^^^„„;u 

j^AL.-Le compadezco... por eso, y por otras muchas cosas. Es un desequiii- 
ado, un cerebral, una contradicción viva, una antitesis... 
AuG. — ¡Vaya, que no trae usted hoy poca sabiduría!... _ 
Vil. -Su trabajo le cuesta. ¡Hombre dado a las investigaciones!... ^ 
Mal -No lo puedo remediar. Mi pedantería es hija de los desengaños, que 
B han "obligado a estudiar la vida. (íompadézcame usted, en vez de zaherirme 
fr lo que sé. Y sé más (Con firmeza de dicción y de intención.) mucho más de lo que 

sted se cree. . 

AuQ.— (Confusa, aparte.) ¿Qué quiere decir? ^ .^ . . . x„„x„ 

Vil. -(Aparte.) Es mucho don Cornelio este. . . (Alto.) Cuidado, amigo mío; tanta 
sabiduría se le podría indigestar, y... , aaa ..».»,^ 

Los mismos; Clotilde, Infanter que entran por la izquierda; Orozco, que sale del despacho 

/^UQ —(Adelantándose a recibir a Clotilde.) Clotilde, hija mía... 

Clo'. -(Turbada.) Señora... (Aparte.) ¡Cuánta gente!... ¡qué vergüenza! 

Inp._(A Villalonga.) Como no tiene costumbre de sociedad, la pobreciUa no 
icierta a decir dos palabras. ¿Verdad que es preciosa? ¡Y que aire tan distin- 
guido!... 

AuQ.— ¡Cuánto gusto en yerla por aqui!... 

Clo.— Yo... señora... yo... 

Oro. -Clotildita... 

Clo.— Don Tomás... . . . ,. ..„j 

ORO.-Serd':c?e usted. Está entre buenos amigos, que desean su felicidad. 



colocado a la derecha, se sientan Augnstri y Clotüíie. Oíozco en una silla próxima. Los de- 
más en pie detrás del sofá o por los lados.) 

Clo.— Sí... es verdad, sí... (Abarte.) ¡Qué miedo! No acierto a decir dos p 
Dr;;;;... Yo creí que estarían solos. . . 

A'jG.—Ya supongo... Mi marido y yo nos hacemos cargo de su situación, y 
tamos dispuestos a mirar por usted, a protegerla. . . 
Oro.— En lo que sea posible... 

Clo.— Gracias, gracias. (Aparte, mirando furtivamente al techo y a los objeto^ 
pr.r:¡mos.) ¡Ay, qué casa tan preciosa! ¡Cuándo tendré yo una así! 

Mal.— (A Viiiaionga.) Es linda de veras... ¡y qué tipito tan aristocrático! 
ÍNF.— Y sobre todo, ¡qué inocente! 

Vil.— Sí, muy inocente.. . pero no te fíes. . . ■ 

ORO.-Somos muy amigos de Federico...Bien sabe usted que le queremos mucho, f 
Clo.— Mi hermano es bueno... Tiene sus defectos... 
Oro.— Como los tenemos todos... 
Clo.— Pero su corazón es noble. 
Oro . —También somos amigos de su papá de usted. . . 
Clo. — ;QuC: bueno es!... 
Aua.— Sí, sí; muy bueno... 
Inf.— ¡Pero qué candor! 
Oro.— Con suS defectülos, claro. 
Clo.- (Vnaniente.) Como los lenemos todos. 

AuQ.— La resolución que usted ha tomado es un poco grave... pero sin duda 
no podía usted seguir en compañía de su hermano. 

Clo. -¡Ah!... no, señora... imposible seguir... (Aparte.) ¡Ay, si se fueran esos, 
yo me expiicaría!... 

Oro . —Díganos usted ... ■ ,^ 

INF.-La pobrecilla no se atreve. Yo le ayudaré. Ya debéis comprenderlo. .^ 
Quieren casarse... 

Clo.— Eso es, casarnos... 

Inf.— Y como son previsores, piensan en el nido... En fin, que hay que empe- 
zar buscándole mi empleo a Santanita. .. . 

Oro.— Ya...; su protneíido, su novio de usted no tiene oficio ni beneficio. Vive j 
con algún pariente... , u- 

Clo.— No, señor. Diré a usted. El tío Santana le ocupaba en llevar la contabí- ! 
lidad, dándole una gratificiición; pero los negocios de aquella casa hace un año ; 
que van de capa caída. . . «Qué hacemos, qué no hacemos.» Pues economías; y o , 
primero que se les ocurre es suprimir el chocolate del loro... Al pobre Pepe le 
tocó ser la primera víctima. Pero bien lo i)agan, porque se quedaron sin contabí- I 
lidad, y ahora cogen el cielo con ias manos. Un comercio sin contabilidad, bien 
sabe usted que es como un corto de vista sin anteojos. 
Oro.— Cierto. (Admiración en todos.) 
Clo.— (Aparte.) Gracias a Dios que me voy soltando. 
Aua.— De modo que, hoy por hoy, al pobrecito Pepe le ve 
nito... 

Oro. - Eso, Manolo, tú... toma not-a. 
Inf.— De oficial quinto;., sí. 

Clo.— Pero como los destinos del Gobierno son tan uise': -ros, pretenden 
además otra cosa, por lo que pueda tronar. 
Auq.— V.Otra cosa?... 

Vil.— Pues no es corta para pedir la inocente. 

Clo.— Diré a usted. Pepe es muy despejado, y aunque parece un alma de Di 
es hombre de fibra, sin carácter. 

Oro.— Lo creo. , 

Inf.— Y simpático... Le he visto hoy, y me ha entrado por el o)o uerecio 
Clo.- Huérfano de padre y madre. Veintitrés años. Desde ios ü;ez y ^ei 
baja y gana para mantenerse. 

Auü.— Vamos... . , x 

Clo.— En la partida doble hace primores; escribe car- ; ciaies en i 

ees; tiene \ii\']') de oerito mercantil y se ganó un premio u — - ■■Ha i onticu. 




^eis 



•o hov está decidido a todo nSn hi! I rL o "^^ ^"^ repugna a sus hábitos, 

sable en el t..aNo Sabe Hev^Tl >s uSvoTldS^ T"^""^"" ^ '^ f'^"^''''^- ^^ '"' 
i?as np se le escipa un a' nt mo do e o m. íi"' "?''"" P°S°-^' >' ^" '«s sumas 
)zco, suplicándole. "'"^"^^' Po»^ e.o me determmo a moK-.tar al señor de 

?n "l'v '^P '"'^'^' ^'° "° *^"-^ C3sa de comercio. 
C-Acábe!'ucab'o''usted^''''"''"'' ''' '" '"^'^^^^ ^«" ^'"^ pretensiones. 

^í!:'~^^^^ ^!^^ inocentona no pierde ripio. 

^, n A "^^'^ '"'í'^'^ ''^^"'■^ 'l'^ ^'e hay esa vacante? 

vuQ. ^ddd, nada; que Pepito será tenedor. 

Íro -Y^n w:- ^' '"'' ^''^•f^'\'-^- ¡Vaya .ma niña! 

ÍS^delílc^ ^uhío! dS uésIu'nS S^ÜIf 'f ^ '''''' "^^^^ P^'"^^- "" 

)or una de las dos, en caio de que ^ ''"'' ^"P''"°'' ^^'^ ^^^^ P^''^ OP' 

'LO. -No, señor; no se trata de optar. . 

IRO.— bnlouces... pretende... 

>L0.— Las dos plazas. 

iL.— ¡Denionio con la joven angelical' 

' ZÉ íj^'^empefiará ¡as dos? 

^'eI de^ iío ddt;^S^'níS;±íf^ '"^^7 '^^P"'^^ '' '«« horas d. 
'Ués lo ciejauios. Pe¿e .¡rha n^^^^^^^ felpos. 

P.- Que esta niña vale un imperio. 

RO.~.Pero Clot.ldita, acaparar dos plazas cuando hay tantos que no tienen 

^^^o^Ss^i^r'^^- ^^^^ ^"^' -- p- ^^• 

^^Sll:;^::^y¡:¡^i:íJ^t^!^^^^ '^ P--e poco para su am. 

>cesidades ínunentan de d'^en d.'a Tt do ^^ 'í^ ^ /'" °^''^' P°^^"^ 

, por las nubes; e! pan... - ''^ ^'^'* poniendo muy caro. La 

L.— ¿Perú lias visto? ' 
'•—¡Qué monada! 

^'"~ñ '^ '"'"'"^ ^^^ ^^^ lioniiio-as. 

las noches se pasa tres horas ese rüípn.."^'' Í"" '^P^^ ^" liquidación, 
o-.:Oué tal? Esto ésí; oro ^" '^'' ^^ "" "«^^''•^• 

°"Z n ^^"''' ^^"^ cuarrus? 

'-.rslV ^^"f ' "^y '"^'^^s ^i'e pasa de treinta duros 

—Con los cuales va viviendo; ¡pibreciilo! 

^-/límSlhSíS^^'"^^'''^^'-'^^--- 

o^.Sdlme'iire: no i'ieñl Kf^^ic,^ ^"^^ '"'^ ^"^ '^ preciso.Buena soy 

_íJ '° '^"^ '^ ^^^'■^ 'o ^'a guardando?. . 

-No'hl vS otTf "' " ^"'^'" ^"- ^^' ^«*á '"ás so,„ro. 
■ Todavía no se han casado y ya se ha puesto los nnnt.m.^e 



,.,.-Demodo ,ue todo o,„=, buU ,ae nev6 ust.a a casa ,o tiene usted 11^ 

aquí consigue una monedita, aUa ot. a, y a.i va 
^ Vil.— Ya... y al fondo del baúl, 

g',^ó--%6nt guarda usted sus caudales, s^^^^^^^^ - 

Clo -Aquí (Señalando al cuerpo.) En un Cintillo. 

Mal. -¡Qué portento de muchacha! : 

Vil —Aprendamos, aprendamos toaos... . • p. ^Qg. estos... ^ 

*^"au'o -LoTrtaero es casarlos. . . a escape. 

i ■íro-:!Ír¿íi?ctviB¡rJeSforcS"c"o„ .a Plaza de tenedor, 

Oro -No es cosa mía. Veremos. .. 

éro:=(Af».a"tlfíV''coñla plaza de oficial quin.oí Apunte el nombre, do, 
"Tí-Haré los ¡"POsiWes po-- conseguirio.^ j^,^^^^ ^„„ p,pe de s 

ks,f,T/cXdon°etíríru^^Srsrdora, debe%^^ 

al instante. . " 

: Srisi toíos^os ríots que estan,os aqul deb.éramos pedir su mano. 
: VT.-?otlTorpfeSnfef rc^pSos la leccién, y juramos proteger a esa , 
teja, ila pareja de los f ^"f ",f '?':"°™es empedernidos, holgazanes, polto c 
\ ''"?H;d''RlTe\tf so'n ofs r™"ptov^^^^ los que v,gor.zan Id 

la sociedad, bstos, esius bu» luo í- , naciones. M 

^"'"p^ío"-Gr''adargrac'?as a ?odos^. SuSt?a?ramud seré eterna. (Entra «n | 

"" "Srí-<üv?nre°-^ d¡n„ese a, otro lado de ,a escena., A Vlllalonga , M..M 
nr-(S!LreO?eVÍreme usted, hija. (Oir¡ge« a fablar con Oro.. 

■^'l^¿rUfla;'^S^^J"|Sir^t^Í^ a hablarle, d 

'l[oTÍ$efe ha buscado yn .a casa en que bemos f vW. ¿Y qué ¿asu* 
La que°más ¿gusta es ™a que pertenece '^V^^fJ^l %g„,^ ,'ue le hable a 
roa!:. Pues cuando tenga mas conlianza, le uir,. ,1 

'%r^^ TS,'?so''n'unc'aTer;:?co delicado. Para que nos ponga agua, y 

empapele la sala, que está muy fea. 

. k'-<AS?oSWor DíoTto,Í£. Temo a tu bondad. Trétale como «,e 

/.o^+Qc iirrrpntísimaS. 




!)R0.-Pue9 escríbalas usted en mi despicho, y Itie-ro se quedi usted a comer 
;lAL.-Acepto con mucho gusto... lo primero^nadaViás. V.ira en el desS*) 

Orozco, Joaquín Viera, 
^lERA. -(Abrazándole con efusión.) ¡Tomás de mi alma' 

JRO.-Joaquin... ¿qué tal..., qué me cuenta usted? ' 

^JERA. -¿Y tu mujer? ¡Siempre tan guapa, tan buena!... ¡Qué placer me causa 

)ro,— ¡Cuánto tiempo!... 

^lERA.-Sí... y tú estás bueno... buen color... Abrázame otra vez aoríeta 

:ta... romas, querido Tomás. Te conocí niño, después mozo hombre al fn' 

o reverdecen en nuestra alma los antiguos cariños cuanríamosenvejecien: 

)R0.-Ya. ya sé que en Madrid ha encontrado usted algunas novedades pocQ 

''mi'^míeircal'^S '"^ le encuentro medio trastornado... Mi 

. nu angelical Clotilde... Mejor que yo sabes tu lo ocurrido. Figúrate mi 

'RO.-Me la figuro. Pero usted... creo yo... con tanto viainr v las Inrcnc 

nárt ^"^' -^'."^ aqiu privado de los goces del hogar, errante por naciones 
¡l^L^Í'/'" ■'' ^^ V02 de un ser amado, sin ver el ros ro de una peísoia dé 
ng-e y de mi raza. ¡Qué sino el mío, Tomás! Tres grandes atracS^fere 
sFencia para mi: mish.jos, en primer término; despul. la tler a o ¿a ía ñ^^^^^^ 
d; después los libros, o sea el estudio y la contemplacú-in de la NatnralS T 

aTH/.f ° fT-^ ^^'^'T ^^^-^-^ ^^^" '«« únicos fies apeticiSes y «de- 
as uiiicas amistades tecuudas y verdaderas- la familia mmnnH^i í.„^ 

£prs'LU'r^|'.t i;rer°oLTrsS'^dída'ii?Sr/vVuiTo ÍJI 

mo para concedérmeio-en otro mundo mejor ^ 

ERA.— (Buena conducta! (Con asombro.) rOué auierp"? ñí^rW? Ctuc^^iAr. T A 

O -(Impaciente.) ¡Lástima de ingenio!... ¿P¿m a qué tanto divn-ar? N« 
^os tiempo, Joaquín, y sepamos el objeto de su visita y de su S ••• ^ 
ÍRA.~ Con emoción, estrechándole los manos.) Tomás Tomás murhnmp Hn«l« 
d^ mis aproximaciones a tí tengan siembre im objeto poco írat^ 

o Swno; M^ P""^"' ^'■^"''"'-^^ '^ P^"^^"^ esto me caísa? ^ '^''' '' "^'^ 
o.-(Sereno.) No se apure usted, y vea cuan tranquilo estoy 

S^-GlaciaT'"'" '''"''' ' ""'' '"'°'- '^'' ^^^°y P^"- ^^^¡'■'í^ q"e más, mási 

a -7i?nr"n„?í^'^''^ llegarme a tí sino con la cara risueña. 
3.-~¿Por qué la pone usted tan lúgubre? 

5*«i^.ip"ífí''l-"°r' f? "^".6 el asunto es un poco desagradable. Vov a na- 

s^Sa^l^? "^;iK^^íle?^Sí i^glí^ohosSi^^ 
'Ido o negligencia, no por malicia (Con afectación!, ¡^,«0^? está en tu 

>.~¿Y qué es eso que no me pertenece y que yo retenffo? 



que 
po- 



Barry'í ,^ T^r^^Q fnpron canceladas, parte el 78, parte el 82. 

„ei^ór;e-„rfes£üntSrirS2^oS"'*u^^fci.„ ..a y de tu p*. 
Canceladas las obligaciones., menos una ^^servada por el viejo Proctor 

^^^^^r^í^Eilsidney^P^onofuéconjot^^^ 

ria... No fuéasí. Liqu'^f teis i na po za que e^^^^^^^^ ^^ ^^^^^^^3,. 

obligación, que era de las de ocho mil 111 ras q^^^^ ^^ ^^^^j^^ clara y e 

se el documento origina! be h>zo una inU rmacion q ^^^^ ^^^.^ ^^ ^^^^^^^ 

-^^'^i^'^I^Bᣡníí^^/^^.e1i^SÍS¿e^^^ obligación perdida. 

• SRÓ^-Sr'endido... A ver... venga. (Con i.paciancia.) Quiero saber qué^^ 

zas tiene ese documento. Framínalo con la prolijidad que cr' 

Viera. -(Sacando un papel.) ^Ih estc^^l-^xaminaio l h ^^^^^ ^..^^^ 

(Mientras Orozco examina -^P- ^f^/^;^^^^^^^^ hablando para sí 

levanta, y con las manos «V'?Íiínrritórcuánuero de mil demonios. Estás 
por qué registro sales aJora,hipocnton cuáquero ^^^ 

La r¿d es hermosa, y ^^^'^'''ÍJf.ff^fJ^tcSullirtí (E>? alta' IL) ¿Qué . 

^Z^AJ^^y^ un falsario, querido Tomás. Devuélveme tu . 

^"fe.o.-La deuda es legal, yo no ^^^^^^^^^l^'^^^ 
gacion esté comprendida en el arreglo.que f '^'^¿^^"¡¿^YLevantándoso, critr 
aitible el derecho de Benjamín a real zar e.t. creüito. y 
obligación a Viera.) Tome Uáted SU papel . 
" ViFRA.—c'Oué decides.-* 

Oro -(Con frialdad y aplomo.) Decido... no r :i'.|a¡ 

Wka -¿No reconoce la legalidad de la deuda^ 

SroUI reconozco pero la de a ,a.^^^^^^^^^ ^^^.^^.„, 

VlERA.-(Desconcertado.) íí^'l^Klona, loma^, 

niática. , , .„ , Tnmác; pso es . indigno de un hombre jQ 

Co,SaTe'^c:;:ríreí,r;;;l¿JS;of;¿r„o.b.eleProc.o,., ,a ,n,» 

"SSN^-ie'^-s»^™-^- --"^^^^ ™,esc™pu.oso 
fione.s de moral.., 

ORO.-Puesyono. 

Vii-RA.-iQue no eres escrupuloso!... 

Oro.— i(^ué cara pone usted. ^ 

S" -U^'irSnsldoíél papel de pu.-i.ano que .a opini6n se empeña^ 

''%AT-<^X-^ iPero es,e hombre se está burianf^f^Sed como en M 
Oro. -Leo en el pensamiento y en las '"'^'^^^'^eía „,oral pura, capa! 



:o -Ese señor hará lo que le acomode. Si quiere pleitear que oleitée ' 

:iiA.— ¿Qué? 

O. —Que no pago. 

^i^^Sl^nVoi^'^^iS^n,^'' ""■'j'^'» "''"'""o- De modo 

O.- Muy bien. 

RA.-No, no !o haré... Soy mejor que tu. 

3.— Lo celebro mucho. 

X'SSi?;,"",; .;•;?'■?«•'• ""fc^"^^ 

.—(Flemático, glacial.) Ni un cuarto. 

*.--Piensalo... piénsalo, por Dios. Te doy un día para oensarln 
.-Aunque me dé usted un siglo, yo... no puedo darle nada 
».-(Dc,„r„„d„ su íespeco., Lo sieíto por 1. Cree ííe"» siento... Meda. 

l4Z1^'?as°n'il|:Sr "''"'''"' ""^ ""' '*™^- "'2° 0"^ «^'^d las 
-i hSXdiS'd juic?o". '■^"'^"' '" °'"«="^''^" P°' ^'^ "'"'"^f- ¡Dos .nil 

|— Concluyamos. (Con resolución.) 
■• — ¿Das las dos mil libras? 



H 



0«o -No; es mucho. De algún tie:upo a esta parte me he vuelto muy 

'¡^T'l^^'"^^^^^ P^^P^""'" '' '''''''• indiscutible, 
acepta o la'recha/.a, y <^o"duín^s. 
VlF.R\.-^Con ansiedad.) ¿t\ ver:^... 

ORO.-Doy... mil '^''^'^^'¡¡^XS'^f;,^ ^e te cae la cara de Tergüenza 
ViER\.-iMil doscientas libras! ¿i no bc le ca 

tne tal proposición?... • ¿„„je la he tenido sie.npre 

Qjjo _j\Io same cae, vea u^lcu, ¡a. >.- «o 

dirse pronio. ^ -ir, rnv;a ps srave... Tu obstinación... 

VirRA.-iOh! lo pensare... La co^a es grave.. 

0-7N^,r!to"'nrrafr'"coItiío!''por coLscvar tu amistad... 

'•" cCÍ Ahora ,™smo. Extendeté un talón. 
Viera.— No, no. 
ORO.-¿Qué quiere f tff? ^^j ,.^,^^s ,j n,i orden, y a car?o ^ 

tus'b'an^^úrrSTÍsffi.'i-Llí'do'^cie.itas .ibras .„e .as da,, a,u, e„ 
'''lSSh"st?en¿:;'<,tS^c|r a Londres. ^ ^^^^^ ,^ „. 

rando'que salga Viera para entrar.) 

Viera. -Bueno. doscientas libras en pesetas, ahí esta la 

conténtate con «na hilacha. . g,^. ^^ „„„,,,¡ ^ 

ahrfS^7oSTaÍ?r ■proro';^ré.SrSien. .Ue has dado a 

5S -^Ay^d\"?quTme■reponga f el terror „^-fcaus- ^^ ^^^^ ^„^„ .j 

E°-=l'.™ iricíitSÍa^ Pt& seria capa, de falsificar... 
S.--^i?<lui:::™-has negdo apa^^^^^^^^ ^ ,„ „, ,, 3d*| 

AuQ.-Tomás de mi alma, ¿seras capaz. . . 

Oro. -Ten calma. No sabes... .^^g^dadera demenc*.-; • Esa- 

AuG.-Tu rectitud ha venido a ser una ver ^ ^a el Cc-> 
hreí oscuras y antidiluvianas, no se pagan nunca 
Uombres de negocios, y^fjf ;• ^^^ a nadie. Esa obligación pendu 

Oro.-No me ^'^^e^í^^'^f^^.ftranq;^ que de ella no me de^ 

bremi^onaenc.a,^^-Q.c^rct^^^ 

^^'^RO.-Lo es. Hoy, antes que él ^-^^^Í^^^^S^^^ 
cuaii^ dice q- Viera dio por esa obh:^6n un d^ P, .^ ,^^^.^^^^. ., 

nal, esde'-i'- ochocientas hbra^. o ic u 




-\UG.— Y neíjocio concluido. 

o cou reg„ciio y satisfacción santa de mi condíncta'""" ""' '"^'""""' ''^ " 
UQ.-iOh.quoKrandcza... increíble grandeza de alma! ¿Tu eres el ladrón 

Jo,- í lrer?o',7e7o7 í of ?o:si'';;ttrd™rt' t " ^" '^^r°' p-"- 

ío- 'V;;%f"''"'''S '^-/'"- Se-'Síált'^at i á i.^.'.'f ^^'""^ ^^^^' •• 
«:-i¿U'no^i^,^o1ib^• P'^»-'¿^^'-'-''-''^ ^ 
¡o.^Háblaletii. explícale... Hazle emprender. . 
10.- Veremos... Hoy vendrá a comer 
i^nos; Vier. , „„¡brán, ,„e sale,, de. <,c.p,c„„, .a„,b„s con varias c.r.as e„ ,a 

S*rrTSr:*i:,j^t'.:í^l'' "^''' '-^ Q-"-- I- -rtasal co 

ioñerme arrór;if:;\"™''^Sdaíía''cLÍ;'™,^T''''f- P.-/ mí besar s,. 
mejor amigoy ángel íeVS'd y de™H.f<f ' '"'"'""'■ '"'"paBerr 

■fioSílba'nftShp"' •• ''™"''^' -'■"=""''"■•• «^' -«^¡» -ted... ,A Ma,¡ 



t'üi 



M...-NO, gracias. Co.o en la legación turca. Y con su permiso... (Desp«e| 

Malibrán.) - 

Oro —¿Pero se va:* a 

Orr-jperoíJI i;SÓ?,^sTabe este Molibrénl... iY qué bien las cuenta... I 

MAi..-Hasta la "«'íf ■;■ "^''!:' _,,a ha venido a desenojarme con su apacl» ■ 
, dríS^':XToPÍotÍ'„^'^lg"e'¿^n,„ieres. Este hombre, a ,u,e„ ,u,eS 

-To""í^tC;Vn??fusTeld|Unto ^^^^,^^,„3,,,,,„,.„„,.^ 

ViERA.-Abusa de su superioridad, como í^'^f^l' qua tü no poseas? Toáoslos 
más dime: ¿qué bienes existen dentro de l^j^^^^^^joja. han llovido sobre 

tesoros que Dios concede ^J^l^^'^l^f^hSzomo un ídolo de estas muchedum- 
ü, casa. Eres rico, vives estimado y ensaUaüo como ^^^.^^ ^^ ^ ^,^. 

bres burguesas que dan y quitan ^f ^^J^jf 'flg ?ova cuyo precio nina;una lengua 
?ia?, hombre bendito descuella la de posee e^^^^^^^^^ d" Pereza que convierte ta 

^a^ten-^fn^^detreítrmui^efdiv^^^^ 'aLrmSsura. con ser ta.ta.es 

•OH0.-Lraduiaci6n es la fuerza de los debí es. ^^^ ^^,^ ^^|^ 

ViERA.-(Aparte.) La venganza es el placer ae i js u 
falta aquí. 

$r¿.7í'vta/<ruoV.;¿ encontrado un defecto. 

" 9r.°rÍNo:tnTsolo;.. Que no tenéis ^^os 'MaCelH no tiene U/osL. T. 
da^a. iqcién sabe! En eso os gano yo que los tengo. 
0«o.^Vae,caso^,ueus^d^.^^^^^^ 

"'cío -(Aparte., iVaya con el lujo que gasta esta gentel ^^ ^ 

&°-Q?aS Cuando Pepe gane «mucho dinero, que lo ganará, y se^ . 

eos tendremos una casa como esta... ¿verdad? . 

AUQ.-Sin duda 'Conti,u.«n h.blanda) ^^^^ ^.^„. ,i,„ija<las 

cien^\°SÍarr£,ro,"rS°;n";e'Srci„co mi, trescientas. Extenderé 

en seduida. ¿Y la letra? 

Viera -Si no me diste timbre. 

Oro -Yo la pondré (P^fl^^' '''''''''■^ 

ViERA.-lAh! mi hija... Clotilde... 

Clo.— Papá... 
ViFRA.— ¿Estás contenta? 
cío. -¿Cómo no estarlo en es a casa? 

V.ERA. -Sí, aquí moran todas las dKhas ^ ^^^^^^^^ ^ ^.^ p^j,3^ 33 

Los mismos; Federico, que entra por la izqmeraa, y 
. en la puerta. Después Orozco. 

Fed -(Aparte.) Mi padre.. . Clotilde. 

AuQ. -(Viéndole.) Adelante... espejos... digo, de lo3 

ViEKA.-Ya tenemos aquí al caballero ae lus 

^"AuQ.-Vamos, abrace usted a su hermana. 

Fed.— ¿Usted lo quiere? 
AuQ.— Ylomando. 
Viera.— Quien manda manaa. 
peu.— Pues sea. (La abraza.) 

Auq.— ¿Hay paces? 



...3£t 



BD.— Con ella sí, con ella sola. Desconoce la vida, y no sabe el daño que 

iÉra.— Si la conoce... Esta sale a mí: tiene la veta económica. Tú sales a tu 
e, toda imaginación y susceptibilidad. 

En tiii, a lo hecho, pecho, y puesto que Clotilde ha decidido por sí de su 
e, no iiay más remedio que transigir. 
D.— Yo... nunca. 

ERA.— Yo sí... y ¡es bendigo, y que sean felices. (Abraza a Clotilde.) 
RO.— (Que sale del despacho con la letra de cambio y el talón. A Viera.) Aquí está 
3n... y la letra. 

ERA.— Toma la obligación. (Recoge los valores que le da Orozco y los guarda en 
tera.) ^ 

(Aparte, observándole.) Ha nabido negocio. Recibe dinero. ^* 

ERA.— Pues sí, les doy mi bendición (Mirando a Orozco.); pero soy pobre, y núí 
darles nada más. (A Clotilde.) No te importe. (Con fingida emoción.) Has caíddí 
ñas manos. (Por Orozco y Augusta.) Ellos saben emplear en el alivio de todas' 
ñas, en el remedio de las necesidades humanas, los inmensos bienes qué 
68 ha concedido, y que por sus merecimientos y virtudes... les aumentará.^ 
Q.— (Aparte.) Su frío sarcasmo me envenena, 
o.— (Aparte.) Nunca vi cómico igual. 

!RA.— (A Federico.)Y tii, buen mozo (Abrazándole.) tampoco necesitas para nada 
e viejo. Tampoco a tí te faltan apoyos, trutián. Nadie como tu. Tomiis, Au- 
ícuánta gratitud os debo! (Casi llorando.) No tenéis hijos, y me quitáis los» 
\diós, adiós. 

o.— (Dándole la mano.) Hasta otra. 

RA.— Ya no más. (Aparte.) Hipocritón, tengo quien me vengue. (Vnse por la 
la. Orozco le acompaña hasta la puerta.) 

(Aparte.) Se va... Ya respiro. 
).— Adiós. 

—Salgamos por aquí. (Por el salón. Augusta besa a Clotilde y la acompaíla hasta 
a.) 

(.\ Federico.) Viejo menguado y torpe, ¡qué inocente va de la trastada 
uego. '' 

¡Tú! 
-Yo. 
.—(Aparte, confuso.) íQué pasa aquí? No entiendo una palabra. (Alto.) ¿Y 
(Mirando alternativament-í a Augusta y Orozco.) 

. — Nada... (Mirándole fijamente.) Después te lo ui i. (Cor^iéndoío por un bra- 
te tengo cogido. (Augusta les mira desde el fondo de la cscena.j 

ACTO CUARTO 

modesta y desordenada on casa de Federico, La puerta de la derecha conduce a 
ja; la del fondo a la sala. Por la de la izquierda entran los que vienen de ¡a calle. 
ísa. Sobre ella papeles, libros, tazas, tintero, todo colocado desordenadamente. ) 
Leonor, que entra de la calle, Bárbara. 

[--Que no la engaño a usted. No está. 

^— Si que está... Pásele recado. (Con altanería.) 
-Pero señora... (aparte.) (Qué modos! ^ 

•A mí no puede negarse. l3igale usted que soy Leonor... (Bajando la voz.) 
>é que está enfermo, y por eso he venido. Tengo que hablarle con pre- 

I — Vaya, le diré la verdad. (Bajando la voz y señal-^ddo a la derecha.) Está, SÍ... 
Iha echado un rato... Creo que ha cogido el sueño. Pasó muy mala nochei 
|da del mundo le despertamos. 

li-Pero ¿qué tiene?... Tu abandono... falta de asistencia. No saben uste- 
irle. 

-¿Que no? Anoche, mi hermana y yo no hemos pescado los ojos. Tacitas 
le tila, cocas de lerez. cucharaditas de doral, aiié se vo... Con nada se 



V o Ir» mpinr t^e echaoa de la catM, f i 
bras malsonantes, que la avergüenzan^^^ ,^„... ,on na- . 

se vestía de prisa y cornendo y ^"^^P,^^^^ fantasmas, o personas íi- , . 

razón. , « i , ,« W' 

LEO.-¿Qué... que liana? _ . ^^^^o de su mama en un cua • . 

BÁR.-Knsualcoba luntoa^ Pues hoy, serían h. 

SílSt llic^í^dS mii f ¿?^.^sks' -í^íri^nanfy yo^l, 
S¿^V^ir;^¿áS "-^-'e^^^í^í::^ Si Á nos hubiera muertoa, 

guien. , ... 

^°-I¿i:SSS¿ de pu.tinas a ,a puerta de ,a izquierda.. Me parece qu. ,^ 

^T^^^:%^ está. (Entra Federico por la derecha leyendo en un aevp,.|. 

i^a"o') . ... . „;.iía íFederico no contesta, absorto en la lectura,^ L¡ 

Bar — Aqu tiene una visita, (t-eaenco . 
Uo -Pcíro dúcn... qne estoy yo aqu.. [» 

UO.-A,. n,e «ene. - e^S,, .^^e co.e.a..^.^^^ 

^-PD,_iAh!, sí. dispensa... ^^eia... tste ^\^. ^^ iuéuna santa, Leonor.W 

el recuerdo más vivo que ^.<^"^,^'-;^ j,\^^ no... quita. Esto es sagr 

mártir (Leonor hace un movimiento para coger 

do y no puede ir a tus manos. 

Li-o. -iAy!, es yerdad." aplicar la punta de los de 

Fed —Te permito tocarlo... naaa mas quL t- 



r.or lo toca.) 



Lho.— A ver si se me pega algo. 

Leo -Salieras cómo "'^^f ."¡f.f fo^ei^enibro sobre la mesa, y abre un. 
Fi-D.-¡Ah!, antes que se me P^^ide. (üe,a 

.a ^'J^^^:^^ S^i^rS^stoque... Me muero por ellos. 

Do:l!?í^::"&^a sellado la mu^ ^^ 
In.Se;;a^;^^r¿:. í- -^|a tí^No te doy la cantidad complet| 
prestaste.El resto, cuanjio se pueda ^ Dame acá. Me hacef 

aburridos vivimos cuando no le vemos la cara. 



Fed.- ¿Venías por el^ contigo de un asunto, (aparte.) No MJ 

1 EO.-No, es que tema que n'i'^'^[,^°"p7" ,^ ^ue veo, nadas en la opiB^ir 

1 ín -Puei vo lamb éti ando mal. 1 engo 1"= "'^"-, ^„„"„,\¿ pobres Iw 
„ás que e! QobSn,o. y ese condenado ffaAM«o va a dar c™^ 

en un hospicio. Ahora está ^o^J^" '',«''? ""f^wo Riendo.), y que él rtie v J 
«"- P--é}ítTll!?lI\"'^SéT^o'tJ"mé rísal Parece que ahora u. , 



tos rúes aice que suj j^ v....- -- 

lir" n volverme honrada, y Que se yo que 



.¿¿y«aH|iHMHB 



padre, para quitarle de mi y llevársele, y él pretende que, cuanao su papá 
a verme, lia»a yo el papel de tísica arrepentida, tosiendo con sentimiento, 
índome ojeras... vamos, como La Traoiatta, para que el buen señor se 
le y nos eche su santa bendición... ¡qué risa! Con estas pamplinas, ello es 
l está dejando por puertas. (Federico se muestra triste, y caviíoso, sin prestarle 
ñ.) ¿Pero qué tienes hoy? ¿Estás enfermo?... ¿qué te pasa?... 
).— Ya puedes figurarte... ¡Me pasan tantas cosas... tantas!... 
).— A mí no me la pegas tú. ¿Por que no me confías tus secretos? Sé lo que 
ñas, y en lo tocante a penas de amor, no hay quien me gane. Podría poner 
ide esto en la Universidad, y saldría yo con mi birrete color de rosa, y mi 
e batista, a explicar a los chicos el tratado de fatigas de amor. 

¡Qué mona eres!... Figúrate cómo estaré, que ni con tus gracias puedo 

.—(Aparte.) Malo está el pobre... No, no se lo digo... me volveré a casa sio 
|:lo... 

■¿Y?... 
L-¿Qué? 

.—¿No tenías algo que decirme? 

.—Sí... pero no... no era nada. (Aparte.) Pues sí, más vale que lo sepa, aun- 
lluela. (Alto.) Escucha... ¿te lo digo? 
].— Sí, mujer. 

|.— Sí, aunque te desagrade, es mejor, para que estés prevenido. Anteano- 
jCasa, Míilibrán se desbocó. 
(.—¿Do veras? 

|.~EI condenado vació de golpe el saco de las picardías, y allí saliste, chi- 
jsalió también ella... En fin, que lo sabemos lodo. Basta de comedias 

].— ¿La nombró? (Con vivo interés.) ¿Pero la nombró?... 
.—Claro que sí. Los nombres son la salsa de estos guisos. 
-Repíteme todo, todo lo que hablaron, aunque sea lo más indigno, lo más... 
—¿Todo, todo?... Pero mira, no te enfades. Son cosas que dicen los hom- 
ando hablan unos de otros... borricadas, simplezas. Ya puedes compren- 
[de clavo pasado que, tratándose de señora rica y galán pobre, lo primero 
la de decir es que ella le paga las trampas, 
t— No, no dirían tal atrocidad. 
—Si que lo dijeron. Me parece que fué el marqués... 
]— ¿Y tute callaste? 

j— Buena soy yo para callarme, tratándose de tu honor, que es lo mismo 
¡lío... (Desdiciéndose.) digo, no... cor.io el mío, no, porque yo no lo tengo. 

■ defendí como una leona, sosteniendo que tú no eres capaz de tomar 

nincíuna mujer. Claro, había que decirlo asi. 

Sigue. ¿Y qué más? 

- Pues dijo Cornelio... te advierto que se le fué un poco la mano en la 
. dijo que se había propuesto averiguar... ya me entiendes... y que des- 
jandar muchos días hecho un polizonte, os descubrió el burladero. 

-¿Y donde... a ver... donde dijo?... 

-Seio calló muy bien callado, por más que los otros le marearon para 
ra. 

Js que no lo sabe. 

¡Av! no seas tonto. Lo sabe, se le conoce en la manera de decirlo. 

-Pues mejor. 

-Mira, niño, ándate con tiento, porque es muy fácil que te veas envue.to 
[uestión muy mala. Por eso he querido prevenirte. 

-Prevenido estoy, suceda lo que quiera. 

-No te envalentones. Mira que... ¿No temes a Orozco?... Dijo Malibrán 
íeñor tiene cataratas, y que él se las va a quitar. 

-Pues que se las quite. Mejor... 

-No digas tal. 

-(Exaltado.) ¿Pues qué piensas tú? Si siento vivos deseos de enterarle yo, 



i.- ^^ ♦.. ,-nho7c» hitpna ¡Tú! (¡De maneí^'qofr 
í Ff) -.-Oué dices? Chico, tú no tienes tu catoeza Duena. 1 1 u. ¿l^ 
tü 1:^0 3|arás a, descubierto a la que te qu^^^^^^ ,^^ ^^^^^ 

FED.-Tienes '-^^t^S^nto ofenTo % di'o los .mayores despropós.t 
perdido completamente Sentó, pienso y ^^^ ^^^ ^^^^ ^,,,, 

Largura.) LeonoriUa.. ¡Aj- ^^^,,\^f '^s "^^^^^ ceño antipatio 

ruina de mi espíntu Entre tanta, cara, qu^^^^^^^ siempre ha de h: 

b„"flSst;;!,t SVdilí^i^^tér .o„ .a. <,ue nos co„™„.„ ^ 

""\írXar.e., No tiene '^ -^e- buen.^-. (A.- > P"-^^^^^^^^^^^^^^^ ^ 
medicina de tu alma, aqm rae t,e,e,^ S| brácív e metéil el resuello e: 
Entre tú y Manolito Infante "^oses a "^"^^^^^ feas, .. No tenéi 

po. Yo piedo deciros de el cosas muy fc^s- Pero im.y ^^ |,^^,. 

amenazarle con publicar as ^ "« '■f "j. >//'f„''oS°^ caso. Sigues, se 
Sr r;irn salo^Saíftn 10 ^^^horP^r^Líeu'-nl.e.i.ro, ser. tu sa, 

FKD',-iSalvarme yo! No lo esperes. ^^ ^^ ^_^^ 

e,e';rpíIar:"va':oíSno'íene1:."'so¿.t"Lero.,l5, pudieras arre. 

voy'.':°M;;"r'=¿rur¿"ar^bl?idaí<ru'eVasesra^"tas amarguras, teniend. 3 

tan ricachona. „ , ., , ., 

KED.-iLeonor! .También tu ¿^ ^.Ha ,j 

e, oÍ\°ce7t^ u'na'c\";Sia^d°¿'ordrp?r''a^cír dita vez,^ 

SrH«n.ose. Quija quita^^^^^^^^ .„ ,„„„,.. ,, ,,.„, 

LEO.-Anda. . . tonto. 1 ^^^ra remii^ub. v ^^^^^ ^^^ 

^T¿,n:or;;íSeTf>?d''¿^,íS.'oT>orMf mi ,asti,nas, por ,ué ™e ln< 

"^Leo -¿Te incomodas? Pues tómalo a broma. 

L'o -E\V°cÍmo7b«r|ÍíÍl ,o ,ue dice ,„i n.arqués? Que el chiste de 
os la^^eriedad_^de^ma¿an^^^ ^^^ ^^„¡,, , „ „.,„„ un chascarrillo, y sin s,h.,. 

Tro -ÍAp»S.'lEI marido de la de Orozcol Yo me ,as guülo, -A 
con Dios. (Apar..., Se armó la e<>'^^^^)j:^¿,„,,„, 

Fed -(Con sorpresa y esp.,nt», al vn- avanza, . 0,o,cn., ¡Otra vez..... 
Oro.-íCou asombro.) ¿Que?... hoy 50. quieres?... iOtra 

FED.-lClesvariando, exc.tadis.mo.) lu... si- f^Hc 1' 

mí!... déjame, déjame. in...i re ocurre? 

OR0.-(rnqu¡eto.)¿Quee5esto?...¿Que eocmc ^..^ ^^ 

FED.-Por tercera vez me visitas... b,i.jta, 
'"'oro'-(Co.;;..so., iPor tercera vez! ¿Pero cuándo?. . . 

^foZfí?íheVTÜ deliras!... iPobre anii.^o! Si nonos hemos 

-'s^Síi[:ttrirer''ji|s".^~^^^^^ 
;,?Sslffíki;e,Turh?biSíraSS.^d^'--^^^^^^ 



sAle V me <it'>"-"='"<a desde tuera. 



'.—íQué disparate! Soy yo... MírEme. tócame, ii-c aorazn cnriñosamentoSoy 

0, que te quiero, que deseo salvarte de la miseria, de la deshonra... 

. — ¡Ah!.... (Dejándose abrazar, vencido de la einoción.) Perdótianie... no sé lo 
o... Estoy enfermo... (Despejándose.) Anoche... efecto sin duda de la-^ difi- 
sque me a.tjobian... tuve iioras de cruelísimo insomnio.. . despué'^ intensa 
te vi... entraste en mi alcoba... salté del lecho... hablamos... te dije 

— Vamos, que he venido a ser tu idea tija... 

-Y al romper el día, después de un breve sueño en este sillón... entraste 
:iaridad del alba... , 

.— iCon el alba yo!... (Jovial.) ¡Qué madrugador me he vuelto! Vaya! chico, 

.. basta. Acabarás por marearme a mí también... Conste que no nos hemos 

realmente, desde anteayer, y que ahora ve-n^o a traiar contijio,.. ya su- 
> de qué... ;-> .^ 

—Lo adivino... lo sé... y es inútii... 

.-(Sentándose u su lado.) Aquel día, después de comer, te manifesté, ya lo 

^e respondiste que lo pencarías. Y anoche, Auí^usta. me ha llenado de 

3 diciéndome que te mostrabas inclinado a rechazar lo que te ofrecemos 

.—Le dije... yo creí habtvríelo dicho también a tí... anoche... Pero pues 

is que soné... te ¡o digo ahora. Tomrs. no puedo aceptar. 

.—¿Pero qué razón?... Dame iMia razón... 

—Que no quiero, -que no puedo... 

.—Advierte que es una herencia, herencia un poco extraña en la for- 

-Sí, la forma es hábil, exqnisita, come invención de tu ingenio sublime 
nde como tu generosidad . 
. r-No se hable de generosidad. . . No saques ahora el fastidioso argumen- 

uehcadeza. *=* 

—Es mi razón suprema... y el único capital del pobre. 

^Eso es ya ingratitud, orgulio satánico. 

-Es que yo sostengo que Satanás era un ángel . . . muy delicado. 

-Pase como chiste... Ea, al grano. Dime, ¿cómo te rebaja el beneficio 
o por un amigo, y no te envilecen otras cosas? ¡Tus expedientes angus- 

degradantes para vivir no te sonrojan, y en cambio!... 
-Es que son hábitos, y ya no puedo vivir sin ellos. Tomás, Tomás, me 
ucho decírtelo, pero te lo diré. Soy vicioso. La idea de una vida sosa y 

1, con el; bienestar acompasado de un modesto rentista, me causa horror 
ro e.sayida, no la quiero. El veneno se ha adaptado a mi naturaleza, v va 
o existir sin él. "• j j" 

—¡Palabrería, farsa! ¿Cómo pretendes hacerme creer que prefieres esa 
sobresaltos.-»... m k »-«^ ^-a 

-Créelo, sí. Detesto la tranquilidad. No sé cómo hacértelo comprender 
tnctos díanos, las angustias, el no respirar, el no vivir, la excitante lucha, 
nme placer insano. Soy como el borracho incorregible que se siente en- 
10 por el a coho!, y lo apetece con tocias las energías de su naturaleza Yo 
D el mal, el picor terrible de las dificultades pecuniarias, las emociones del 
n sus desmayos hondos y sus alegrías delirantes. 

.-Nada de eso pertenece a la realidad. O es un desvarío de enfermo o 
mentos sirven para ocultar alguna poderosa razón, que ignoro. Hazte car- 
ie tu padre, de un modo inconsciente, es quien . . 

7cBVZt?t^'^'^''''^'^-Pl'V''^'%^^ ^'^^ idea, esta combinación que 
ixaradivini. y un reverso diabólico. Te conozco bien. Tomás, despréc Mi- 
agas caso de mi. \ o no merezco ni que me mires siquiera 
rilnírS f.''"T ^''',^'? '^■"''^''^ "^^ '='" alaban/US para aturdirme. No 
rrt! .n • ''^- ^^ f '"«'esta mi protección? Pues nadíi verás en mi que te 
rde. ¿Quieres mostrarte ingrato? Mejor. A mí me gusta la ingratitud Y 
aufm t " """.^ct^r te llevan a pagar este beneficia con alguna acción 
que sea de las mas villanas, a mi no me importa. . . Mejor. Me a^-rada re- 
£ fífm; se purifica nuestra voluntad; asi se templa nuestro espíritu 
luirir firmeza y vigor, que lo hacen inconmovible ante los peligros deque 
la miseria humana; asi nos aproximamos un ñoco ;í i;i HiviniH^H n„o ^i 



A o r^r^r H difí-rencia con que mira impávida, desde su aUu 
nos parece tan grande, es por '¿ J;;^J¿^^^ o la escupen . , M 

ra, alos que ^""t'^'T^TTomás s*^ te dS^^ P^^^^^^ sobrenatural, JJ 

que no hay manera de reducirte? Convéncete de que anhelo ser 

^ Fed.-No, no discurras mas^^Para que? Uo^^^^^^^ 4 ^^^^1^ 

(Con sarcasmo.) Me ha dado por a^'-- ¿f "^"^^VescT^^^^ la indigencia^^ 
^.?S"- 'LTu iSt.S^?^^^^^^^^^^^ -cesito para regene, 

S-icr humorismo.) ¿Santidad tenemos.' 
FED.-¿Por qué no? ¿Es que quieres tu monopolizarla? 
ORO.-De ningún modo. 

&To =í¿r!rPeVt"Sr:s"lde veras, .AUc, Dime: .te irrita ,a pro, 
que hemos dado a tu hermana V J* «" ™T«ue no podamos entendernos. 

S"o.-!^amS;» se ronf^tL^ng^paofe^nSá par¿ oirte. Lo ,ue a t, te . 
ta, bien lo se yo... 

So" No! íe"ÓIo,tS, salir de Madrid. Vaya, te propongo m 
Vente conmigo a las Charcas. 

S°o-%1!e,sr.írd'fpa2r^¿íos aih' ios dos dias de fiesta. 
&To.-toS'ahra"So con Aguado, con Calderón... Tamb.én v, 

''lfo.-Ít''rnvrdoé? mismo. Hace tres dias que no me deja a so, ni 
En fin, ¿vienes o no? 

S^o =S,- ."col l¿s"°,uehaceres que te agobian... 

£Sí^?dSe^"""= -" - --° 

""o^o.-Peor para ti. ¿Es, es la santidad, ese es el ascetismo de ,ue m 
"yT-VI qué tiene que ver? El a,uor no quita los principios. Yo ten: 

Oro.— Que nadie entiende. 

SS;r-SUoflo1uVdVes';'tu idea representada en «na sombra, deb 

derlos. . \ c^^^hm n realidad, tu presencia, tus visitas 

FED.-(I.:ritadoynerv.oso.)Som^^^^^^^ 

tifican horriblemente. Si me hicieras ei idvui 

Oro.— SI, hombre... ^ 

Fed.— Y de no volver. .. .... . „„„„ „ contemplándole cariñosamente.) 

dat?^rE}r^^ee.■>^,e entendo.:"caíacter indomable, cabeza per< 

(Alto.) iQue descanses! 

Fe¿ -Descuida... iDescansaré!..^^^^^.^^ 

FEo.-Se fué... iQué consumo! ¡L^re de ese 1;<^^!T^ 

ré y me esconderé donde no pueda mr su ^OZ' X, j^enguado de mí!, en 4 ' 

. no me anonade . . . Imposible v'.vir asi. . . ^^^"^resu ta que no tardaran en 
tesecretonosedescubrmafaamentc^yahorare. q^^^ ^^^^^^^ , 

cerlo todos nuestros amigos, medio iviaüria, y ci. 



íPor qué le hiciste ae tan rara perfección para ponérmele delante en esta 
rítica de mi vida? f'Por qué no es un malvado, un egoísta sin entraña?, un 
3S0, un falso al menos, siquiera un hombre vulgar de estos que forman ca- 
ila trama del tejido social?... (Rehaciéndose.) Valor: esperaré a pie fn-me 
lue un amigo infame le revele la terrible, la ignominiosa afrenta. Sucederá 
es lo que es de rúbrica: el hombre ofendido me exigirá reparación; se la da- 
la estúpida forma del duelo, y... ¡Cuan grotesca es la sociedad! Deberm- 
idos embadurnarnos la cara con harina como los clowns, o colgarnos cas- 
sde las orejas, como los antiguos bufones,pues somos unos grandes mama- 
8. (Inquietísimo.) No sé qué hacer... No me atrevo a salir. Temo encontrár- 
n los pasillos... en la escalera... en la calle... No salgo, no. Quiero estar 
ío me agrada más conversación que la mía, como la de un amigo que se des- 
Porque yo me marcho, yo me rindo, yo no puedo vivir así. La vida, tal co- 
voy arrastrando ahora, es carga superior a mis culpas. Ya merezco el des- 
Ya... (Suena la campanilla.) 

Federico, Bárbara. 
,. -Señor... ahí está... 
,._(Aterrado.) <»Otra vez?... Cierra bien la puerta... echa el cerroio... C ;ni> 
;s entrar, le recibo a tiros. (Saca un revólver del cajón de la mesa, y lo pone su- 
nisma.) i^ 

{. — Pero señor... si no es... 

■Le siento próximo, le oigo..- le veo; no ge ha ido. 
<.— Si es el señorito Infante... 

-No puede ser Infante. Te equivocas. No abrás, te mando que no abras, 
la campanilla más tuerte.) 
R.— Que es don Manolo: le he visto. 
).— Que no abras, te dieo. 

[.—(Aparte.) Ya mc da miedo este hombre. Abriré. (Vase.— Al empezar la esce- 
scurece y entra Bárbara con una lámpara, que dcia .sn:.ire la rnesj.» 

Infante... no puede ser. (Trémulo.) Es .! otro, que nu dejará de acosarme 
is yo tenga aquí una chispa de pensamiento... 

Federico, Infasitc. 
I— Temí no encontrarte. 
|.— ¿Eres tú de verdad.^... Sí... 

—Dos palabras, nada más que dos palabras, y me voy... ¿Pero estás malo? 
.•-Sí. 

|^(M¡rándole fijamente, alarmado.) ¿Qué tienes? 
l.-^Nada... la cosa más tonta... que no duermo 
|— ¡Bah! Lo de siempre. Dificultades de... Porque tú quieres. 
.—Verás qué pronto las resuelvo ahora. 
-¿Sí?... ¿Cómo?... , 

.—Poniéndome en salvo. 

|— ¡Huir tú! No me parece propio de tu carácter. ¿Huir? ¿Y adonde te vas? 
.—Lejos, lejos. 
—¿Pero adonde? 

.—A un país muy bonito. Es lejano y próximo. Distk mucho, y se llega cr. 
lo... El país del sueño, tonto. Verás cómo las dificultades no me siguen allá. 
jno de mis atormentadores va y me llama... verás cómo no despierto. 
-¡Oh! Ten juicio. . . (Aparte, aiarmadísimo.) ¡Pero qué mato está! (Ve el revói- 
[e la mesa, y con rápido movimiento lo coge y se lo guarda. — Alto.) A\ira, chico, 
tonterías. (Con cariño.) Federico, por Dios, entrégate a mi, y te salvaré. 
I.—No puedes. 

|-¿Quieres que te traiga un médico? 
I.— ¿Médico, para qué? 

I— Tienes fiebre. Métete en la cama... No, mejor será que salgas, para qut 
)speje la cabeza. Ahí tengo mi coche. Ven, y paseando hablaremos. 
.—Hablemos aquí. No puedo salir. 

-Pues. .. dos palabras. ¿No sabes que ese majadero de Malibrán se ha 
lo inventar «na historia infame?... 
iUna historia infame! 



INF.— Si, y contarla en casa de Leonor, en el Círculo, en todas partes. J| 

visto mayor vileza? ¡Pretender empañar la limpia fama de mi p-ima con tan bm 

calumnia! ¡Calumniarte también a tí!... Cuando lo supe, mi primer impul80i||i 

buscarle, pedirle la retractación inmediata y categórica, y si a dármela se 0^ 

4?a, volverle la cara del revés. -*; 

Fed.— Vuélvesela... lo merece... . j JÍ 

Inf.— No puedo soportar a ese hombre. La antipatía que me ha mspirado wp 

'¿re, es ya un odio mortal. Si no se retracta, le abofeteo, le escupo... No esO^ 

de que se guarden por él las formas que impone el fuero del honor. ^ 

Ped. —(Excitado.) Mejor es matarle... matarle como a un perro con hiarotOHB 

I^,p._Pero antes de dirigirme en su busca he querido verte, porque me Ém 

un recelo... Nuestra flaca naturaleza, la corrupción que respiramos nos mclhí 

ístiempre a la duda... Dudé, dudo, no te ofendas... He querido que disipes hasteJ 

última sombra de recelo, que asegures en mí la confianza, la fe. Cuanto ha ma 

€se infame... es mentira. (Con interrogación solemne.) : 

Ped —(Con calma y acento firme.) Cuanto ha dicho ese miserable... es veroaftír; 

. Inf.— (Aterrado.) ¡Verdad... verdad! Tú deliras... Por Dios, amigo quert(tó. 

dime que deliras, dímelo; dime que sueñas. ; • 

Fed.— ¡Ojalá sonora! ^ ^ ,./' 

Inf.— ¿Es cierto loque escucho?... ¡Tú!... No; me engañas, te engafiaste 

mo. Ese trastorno... ese mirar sombrío, demuestran que no eres dueño 

propias ideas. Federico, tú estás demente, tú no eres responsable de las 

palabras que has pronunciado. . . 

^ Fed.— No; mi razón está aquí todavía. Si no estuviera, no padecería y ^ 

padezco. No es demencia, no; es revelación deliberada y sincera, es descarg 

4in espíritu que no puede soportar ya el peso inmenso de sus propios errores. 

Anda, corre, ve y cuéntale esta verdad terrible a tu amigo, al que también — 

me distinguió y me distingue con amistad generosa que no merezco... C" 

todo, y añade que no temo la muerte, que la deseo, que la necesito... 

. Inf. — (Con emoción.) Basta. 

Ped.— Y en cuanto al indigno Malibrán, ahora... 
^^ Inf —(Vivamente.) Creyendo falso lo que decía, pensé castigar su grosep 
guaje. (Con rabia.) Ahora que sé que es verdad, y por lo mismo que es W 
■iuro que... ha de pagarme la infamia de haberla dicho. 
-, Fed.— Va con Tomás a las Charcas. 
{. Inf.— No irá, yo te lo aseguro. 

Fed. -Descarga tu furor en mí, guardián caballeresco del honor de 

; IÑf.— No me corresponde ese papel. No faltará quien te pida cuentas. 
^. Feu.— Y las daré... o ñolas daré. , 

I^,F._Pues, por la calidad de la persona ofendida, por la amistad que te| 
saba, por los beneficios... 

Fed.— No he querido recibirlos. . r>- t^.^A« 

, , Inf. -No has querido; pero... lo hecho, hecho se queda. Bien enteraüfl 
de los planes de Tomás... Desgraciado, no tienes más que una solución. 

^c Inf.— (Saca el revólver que antes guardó en su bolsillo, y lo pone sobre la mesa.)- 
(Se aleja, ocultando su emoción.) 

Fed — ¡Ay'.'.. Manolo... ¿Te vas... sin darme un abrazo?... fe\ ultimo.-'., 
vuelve, *Abrázanse cariñosamente sin pronunciar palabra. Retírase Infante muy coi 
Federico, Augusta, que entra por el fondo al marcharse Infante. 
AuQ.— ¿Sólo ya? 

Fed.— ¡Augusta! . ^ _.... ^ ^„ «* 

v AuQ.-Yo, sí... no me riñas... Llegué hace un momento. Dijéronme qi 
- visita .. Esperé. (Con inquietud.) Dime, ¿qué hablabas con Infante? 

Fed.— Nada. Manolo, como siempre, tan bromista... ¡Pero tu... en mi Cí 
AuQ.- -Sí; ¿te contraría? Imposible dejar de vemr... Oye: Tornas, en «l^c _ 
de salir para la estación con sus amigos, díjome que acababa de separar^ 
dejándote en un estado lastimoso... que padecías horriblemente, Que-.. rj 
mi ansiedad... Nada, no he oudido contenerme... y aún me costo traba)oes 



t 



Iscureciera un poco más. Tomé un coche, y aquí me tienes... Dime. dime 

o, ¿qué es esto?... ¿qué te pasa? 

D.— (Afectando serenidad.) Nada... si estoy bien... estoy mejor. 

iQ.— ¿De veras? ¡Ah! Tomás exageraba... 

D.— Sin duda. Cuando él estuvo aquí no me sentía yo tan bien como me sieiv- 

)ra. 

iQ.— Cuéntame. Quizás disputasteis. Ya, ya entiendo... la terrible cuestión. 

ndady tu delicadeza, no pueden concordarse, no ajustan, no cusan bien. Yo 

oque al fin... 

D. — Sí, sí; yo también lo espero... 

iQ.— Luego ya no estás tan intransigente. 

D.— No... ya no... ¿para qué? i 

K3.— (Con alegría.) ¡Ali!, al fin te sometes a mi voluntad. ¡Qué alegría me dasi 

nvences de la necesidad de cambiar de vida... 

D.— ¡Oh!, sí, cambiaré de vida muy pronto. El cansancio de ésta es va into 

e. -^ 

Q.— Pues mira: (Recorriendo la habitación y examinándola rápidamente.) lo prime- 

i tienes que hacer, con la herencia de tu papaíto, es tomar otra casa. iQuá 

fqué fea es esta, querido! 

D.— La tengo buscada ya. 

'Q.— ¿Y dónde? ¿Como ésta, piso bajo? r, 

D.— Sí... más bajo todavía... digo, no... alto, altísimo. i 

'Q.— Pero que sea bonito, alegre... -j 

D. -Sí, muy alegre... y ahora.. . verás cómo no tendrás que reñirme, ni Ila- 

3 orgulloso. 

Q.-(Recelosa.) ¡Oh! tú me engañas... No sé qué noto.en tí. (Mirán:lole fijameu- 
iderico, mírame. 

D.— Ya te miro. • [ 

Q.— No, ttí no estás bien. (Suspirando.) ¡Qué sobresalto... cuando entré eo 
asa sentí una angustia!... ¡Ay, qué mal vives aquí! (Examinando lo que hay so- 
mesa.) Déjame, déjame revolverte todo. ¡Ah! ¿qué librito de misa es éste? 
D.-bl libro de oraciones de mi madre. Suelo leerlo cuando siento depresión 
imo y aburrimiento del vivir. Me consuela mucho. x, 

°i.'J7^"^ precioso. ¡Pobre Josefina! Bien lo usaba la pobre... ¡qué estropea- 
Stá! (Federico hace un movimiento para tomar el libro de sus manos.) Déjame, déja- 
e lo examine bien. (Hojea el libro.) Y aquí hay algunas palabras apuntadas por 
^n lápiz. ^ 

D.— Me gusta leer aquí, porque me parece que en estas páginas se escondo, 
cecharme, el espíritu de aquella santa mujer. Razón tiene mi padre en decir 
ligo a ella... a é! no. Mi hermana es la que sale a él. Dime que no me parez- 
la a mi padre; dímelo... (Con exaltación») 
Q.—Sí, hombre, te lo diré. 

a.— Cuidado, no se te caigan unas florecitas que hay entre las hojas. 
Q.~Si, aquí hay una... mira... una espuelita de caballero. (Mostrando la flor) 
nonada! ¿Y dices que sueles leer aquí? 1^ 

D.— Sí... alguna vez... cuando estoy triste. 

Q. -Pues no será muy divertido. Aquí veo latín y castellano... (Lee con ento- 
soienine.) Ossa árida, auditeoerbum Domini... Y esto, ¿qué quiere decir? ■> 
>'~ Huesos áridos, oid la palabra del Señor. 

i.—¡Ay, me da escalofríos!... . .,, 

.—Refiérese a la resurrección de los muertos... 
I.— El día del juicio... sí... (Le da el libro.) Toma. 

i.— Para mí, este libro es la cosa de inás mérito que existe en el mundo Ni 
oras preciosas de más valor, ni las obras de arte más perfectas se igualan 
incomparable joya. , 

■x-¡Ah!sí. ' 

.*-Puesbien, para que veas si te estimo. Augusta... te lo regalo. 
Urrísí... lo acepto... (Mirándole recelosa.) Pero. .. no sé... 
'.—Y cuando yo esté ausente, lees en él y te acuerdas de mí. 
i.—Pues mira, yo también te haré a tí un regalito. 




AuQ.-Qufero sorprenderte. No te lo digo. 

IZ' " fITh ta'rde estuvieron en ca.a unos hombres. . . ¡qué tipos tan 
rios^" Vu™sf Tomás'les citó, y allí de,aron u..os papeles llenos d. 
tos, con tu firma. ^ \ 






AvG.—¿P<>r(iné7. . . ¿Temes? 
Fed.—Sí; temo que venga... 

FED.Tp^Se.) Tomás viene... le siento... le veo. 

AuG.-(Aterrada.) ¿Estás loco? ^ p ^^ ^^ ^^^ 

pEU._(Señalando ala izquierda.) Por all!... Id pueria seaurc. r. , 

¿no le ves? ,. -^ - i 

Aua. -¡Deliras, pobrecito mío! 

tud. mi infamia y su generosidad! 

vuelvo la cara. Aquí estoy, aquí estamos... Lntra... oe reura. 
le temo, y volverá. ■ . j. -> 

§™ -rPeVo note Slale". vr. por alli... se aleja, se pierde en la osc.ri 

"° r;G.-^SoÍad,.) ¿Q.;é es eso? ¿Qué !,aces? (Quiere «bra.arl. üe nu, 
rc-haza.) Federico, amor mío... 
" Fed.— Sé loque debo hacer. 

AuG.-¿Adónde vas? (Deteniéndole por un brazoO . ^^^^^^ ¿^ ^, 

hucS'ííir'íSCii^e'í^dolíe!';^^^^^ 

^"''S.a'^SSendo hacia la puerta y tratando de abrirla;) ¿Qué e3 esto? Cierra, .e 

derico. (S-ena un tiro.) ¡Jesús! (Cae sin sentido.) 

ACTO QUINTO 

La decoración de los actos primero y tercero. Es de noche. Apagadas las luce 
billar, una sola lámpara alumbra la^esce^i. ^^^^^^ 

Agu.— ¿Pero?... 
Vil..— Pues nada... 

V.L,-S61o"sé lo que sabe todo el mundo. CAorcos tu t> I 

Aou.-Menos yo. Cuando ■í"'» 'Vf J'"¿X,Vn "marón "l tren para vetii. o 

|íSd^\Tr tu édVerl^nilo col ;:.feS!,>er Llego hoy, .vido de no. : 

^«S?LTrpí^lf~ ef^l^^Tío^í^ vSr¿ ,ui.6..avida al a... 



-No filosofes... Dime, íy no aparee n.níi.nn f»'!-'!'» ."'"S."" Sófe 
-iHilito? No. Sólo las criadas estaSa.. allí ^u '■'-" "^":"'' '" "«^«'™"=- 
Ao ™, «r-f 4^' ---r i;V:.i:^; 1« S de e ta casa debemos des- 
rr in^dCc¿¿'lS°„rarque ta especie no corra, y <iue eUscándalo se 

^A1ÍHrsf'^s™ai^.fa.ia.^Pero,n^.^e„c^^^^^^^^^^^ 

r/dono utndUaS;.ri^;o¿ri,a dado, para protestan par^ 

AHpmá^ el nrocediniiento contrario tiene sus quiebras. \ d ves el sinie^ 
•,ob?e S'ibr/n Por si diio o no dijo tales o cuales tontenas en casa de la ^ 
•ante le acometió a la salida del Circulo... rhnrrn< 

w.-Se batieron? Por eso Malibrán no pudo ir a las Charcas. , 

Paílt no Infante que es hombre de cora).e y ene.iu-o de fórmulas 
üó con^l S^un mXran violento y .xpedilivu, que el pobre diplomático 
laya cautivar a las damas con su belleza. 
I,— ¿Qué me dices? , 

|-Ha perdido un ojo, o lo perderá. 

'■:i:2trhiiord'ifcrra:TadJS,¿s... a, ca.r a, suelo la v,-din,a, se torció - 

l-lp^bfeln'ctnelio! Yo digo que va K™""'^»' P^','!"f, *,"f '^V'n firS ' 

lillero... Ayer, en el entierro, pasé un rato... 

rAudií im^^En el cementerio nos encontramos a la pobrecita Leonor 
., río de i Snias... Y el día anterior, en el depósito judicial, Umpr^-^jon mas 
rño he reSo nunca!... Pues alli también Leonor, üe guardia día y no- 
imada a un áS sin comer más que pan y algún fiambre que le llevaba 

L_PiiP<! mira tú esa fidelidad de perro me entusiasma. 

LA?¿u.t^ íiene míóñ ' 1> acuerdas de aquella noche? Nada hay tan mg^- , 

tmola realidad, la gran artista... 

^ Los mismos; hifaiite. 

'r-Hola? paladín de la honra, mantenedor valiente del,., de la... 

-DeiaraoraliíJad... , . ^, ._ ,^ 

-Vensra esos cinco. (¡Sabe usted si esta aquí 1 ornas.-' • • . j 

No!íf íildejado en el 3 de esta calle. Va a una junta de accionistas de , 

|Ya sé. Pues allá le cojo... ¿Y Augusta? 
Preo que tiene jaqueca.. . . 

rSalúdala en mi nombre. (A ViUalonga.) ¿Vienes? 

^ues no hay un alma aquí, me largo también. 

^bur. 

Infante, Augusta. 

^cercáiKlose a la primera puerta de la derecha.) ¿Si se habrá acostado?... 

■<Sale cautelosamente, envuelta en una . xhemira, en actitua doliente.) ,Ah! Ma- 
kracias aDios que vienes-,. < .' , . ,. „„ ^..^ 

REstuve a prima noche; pero dormías, y no quise molestarte... ya pue- 
I la se^ruridud que deseas... Todo arreglado. . 

tT-¿Has hablado con ellas? _, . i ki. ^^r,r!,.ri^ /A 

teí; y he recompensado con largneza, como deseaba^, la noble conducta , 



Irvaron contigo. 



r'lPobrecillas' ^'unca les agradeceré bastante aquel acto de compasión y 
Idad. Me conocfan, si... Comprendieron los peligios de mi presencia en 

ísa, y me encerraron no s,é (iónde... en un cuarto lóbrego y estrecho^.. 

^^Li \A....r.v. r„.¿ hor-jct Mn ^p nifítito tiemoo estuve alh... Desde mi 



encierro oí el tumulto de los vecir.os, de la policía, al invadir la casa... Dio«r,lf 
inspiró la idea salvadora de mandarte a llamar, de poner mi suerte en tu 
Acudiste, y me sacaste de aquella situación, cuya gravedad me espanta í 
iNF.-íYa quien sino a mí, m.ás que amigo, hermano, podías cont; 
conflicto tan graves? Por respeto a tí, por compasión, desde que pusist 
confianza decir'í hacerme dÍ£?no de ella. No temas nada. De tu presencia en aqui; = 
lia casa no hay ni puede haber el más leve indicio en el proceso. Es un hechoq;;'^ 
hemos escamoteado a la realidad. No existe más que en la iraagmacion de los te 
jadores de leyendas. . . 

AuG . — ¡ Ay, primo mío, cuánto tengo que agradecerte. Pero el juez ... f- 

Ij,,f.- _Te lo repito: nada temas. Los dos testigos, Claudia y Barbara, nada dig 
pondrán contra tí . Están bien cogidas y aseguradas. 

^uü.— ¡Qué gran consuelo me das! Mi vida no es vida. . . 
Inf.— El tiempo te irá serenando, y tu conciencia adquirirá la paz que am 
no tiene... ni puede tener. (Bajando la voz.) Debo advertirte que aTomás han ll-.: 

do, no sé por qué conducto, algunas de las hablillas con que alimenta ■ 

C'.riosidad este vulgo que aquí solemos ver, y que te acompaña, te ' 
adula, mientras no llega una ocasión en que pueda decapitarte. Las íiu....í... 
bres, aunque vistan frac, no perdonan, y fácilmente guillotinan oarrastran \i^] ■ 
Jos que ayer adoraron. , 

AuG.-(Con inquietud.) Sí... Tomás sabe... no dire que todo... parte si... algo, 
no se qué. ¿Qué grado de culpa verá en mí? ¿Su calma es la expresión más re 
nada del desprecio con que me mira? , 

Ij,,p._No te atormentes, y espera resignada y animosa, con la entereza que 
un arrepentimiento sincero. Ten por seguro que Tomás... 
AuQ.— ¿Me interrogará?... ¿Crees tú?... 

Ine. -Creo que sí, y mi opinión. Augusta, es que debes... entregarte sin ce 

diciones... decir toda, absolutamente toda !a verdad. A un homore como ese,! 

se le puede decir menos que al confesor. Este es mi consejo leal, consejo aeti' 

.mano. Tu salvación es esa; no hay otra para tí. ..,.«„„ 

AuG. -Quizás tengas razón. ¡Confesarme a el:... ¿Y si yo te dijera que ya 

he hecho?... ¡Oh, yo estoy loca! No sé lo que digo ni lo que pienso. Me atormt, 

una duda... Verás... Anoche tuve pesadillas hornoies, una tras otra; y ratos 

insomnio febril. Pero no puedo distinguir lo real de lo soñado. Mis actos üespi 

ta, mis sueños dormida, se confunden, se amalgaman y no los puedo s^ 

impresión que más claramente subsiste en mi, entre tantas impresión ■ 

V turbias, es... que me levanté de la cama, pásmate, fus al despacno uc . - 

'que entré y me puse de rodillas ante él, y le confesé todo... pero todo, todo... 

Inf.— ¿Estás segura?... ^ , . ,. . 

AuQ.-No, y ese es mi suplicio... Lo sospecho. Es como un recuerdo de \oi 

fué, como un temor de lo que pudo ser. No puedcf explicártelo. ¿Crees q 

.sonambulismo? ,, ^ _ ,„ „;«„* 

Ir,,p —Te diré (Mirando por la izquierda.) Me parece que lomas viene 

mos de otra cosa. Teresa Tri¡iillo inconsolable por no verte. (Entra Orozci^ 

do, nuestro gran moralista, me encargó... ^ 

. Qt^o._(A Augusta.) ¿Qué tal, vida mía, te sientes mejor? 
AuQ.— Si... un poquito mejor. ¡Qué tarde vienes! 
Oro.— Una reunión fastidiosa. , ^ , u ^ + . „i,v}¡ 

I^¡F._Pues a recojerse. No estorbo más. (A Augusta.) Celebro tu ahM< 

Mañana, a paseo. , , ,., ,;x„ 

Oro. -(Saludándole.) Adiós... Ya es hora de que dencanses tu también. 

ix¡.-.— (Aparte.) Y que lo necesito de veras... ¡Qué día! (vase.) 

Augusta, Orozco 
Augusta, arrebujada en su cachemira, se acomoda en una butaca a la derecha. Oi 

tado junto a la mesa. 

Oro.— ¿Qué... tienes frío? . 

A-oQ,— (Temblando.) Un poco... pero ya voy entranao... en calor. t^P 
n-.i-ada me desconcierta. . 

Oro.~No es tarde. Si te encuentras bien, nublaremos un poco de asJ ^ 
a entrambos nos intercT,an. 



i.— (Aparte, con espanto.) Llegó ei momento délas explicaciones. Estoy per 
Lo sabe o quiere saberlo? (Mirándole fijamente.) ¿Quién podra descifrar el 
fico de ese rostro de marmol? , j r -» aa^ ♦„ 

3.— (Aparte, mirándola con atención profunda.) ¿Sera capaz de confcsari» Me te- 

} -(Aparte.) No nos acobardemos. Me adelantaré gallardamente a su» pr<!- 
.'(Alto.) ¿Por qué me miras así? ¿Es que quieres decirme algo, y no te atre- 

),_Te observo temerosa, y esperaré a que te tranquilices, 
j.— (Aparte.) ¡Temerosa yo! , ■ u \' 

3 —Ya sé que eres valiente. No necesitas demostrármelo con palabras, 'i o 
n" lo soy, más que tú, mucho más, pues tengo ánimo suficiente para poner 
ad sobre todas las cosas, para reducir a la insignificancia los afectos mas 
; cuando contradicen el sentimiento puro de la humanidad y de la vida. 
i —Ya sé que eres un hombre... único. Has cultivado la vida interior; has 
úido lo que imposible parece en la flaqueza humana, esclavizar las pasio- 
ibirte a las alturas de tu conciencia eminente, y mirar desde allí los actos 
semejantes, como el ir y venir de las hormigas; aislarte, y no permitir que 
te ninguna maldad, por muy cerca que la tengas. ¿Es esto asi? ¿1 e he com- 
ió? (Orozco hace signos afirmativos.) ¿Y quieres que yo te acompañe en esa pu- 
ón? ¡Ay!, bien qiúsiera, pero no sé si podré. Soy muy terrestre, peso mu- 
:uando quiero remontarme, caigo y me estrello. , j t 

) -La gravedad del espíritu se disminuye limpiando el corazón de malos, 
i Mi ilusión, mi sueño, eran iniciarte en un sistema de vida que empieza 
espiritual y difícil, y acaba por ser fácil y práctico. Confíate a mi por ente- 
Evélame todo lo que sientes, y después que yo lo sepa, hablaremos, 
i -(Aparte.) ¡Confesar! ¡Qué terror siento! Si me hablara un lenguaje huma- 
I moviera mi corazón y mi conciencia, me conquistaría... pero esos pensa- 

tan sutiles no se han hecho para mí, amasada en barro pecador. 

—¿No contestas a lo que te digo? Descúbreme tu interior, pero con elu- 

rfecta. . _ o i j-- i , 

—(Aparte.) Lo sabe, y quiere arrancarme la confesión. ¿Se lo dijeron^ ¿se 
diyo? Esta duda me enloquece. Tomemos la ofensiva. (Alto.) ¿Qué quieres; 

eKescubra? ¿Sospechas dé mi? • , r^ j 

«.—(Con determinación, levantándose.) Inútiles y ridiculos Circunloquios! Uesde 
e firecio muerto Federico Viera, tu nombre anda en lenguas de la gente. No 
cA) aiVddir más. Lo que haya de verdad en esto, tú me lo has de decir. Si es 

esmiéntelo; si no lo es, sépalo yo por tí misma. En esta ocasión solemne 

aber lo que eres y lo que vales... 

[.—(Turbada.) ¿Pero tú... crees? 

1 _Yo no creo ni dejo de creer nada. Espero a que tú hables. 

[.—(Aparte, aterrada.) ¡Confesar!... antes morir. Siento un pavor;.. (Alto.? 
diré: extraño mucho que des asentimiento a esas infamias. 

.—(Flemático.) Luego es falso lo que se dice. 

¡.—¿Y lo dudas? _ , ^ 

|.— No afirmo ni niego... ¿Por qué tiemblas? Tu cara es como la de un 

-Estoy enferma. 
I.—Enferma de susto. Tranquilízate: toma el tiempo que quieras para pen- 
lira, yo me siento aquí a leer un poco, y en tanto, tú recoges tu concien- 
iíides delante de ella lo que debes responderme, (Se sienta, toma un libro o 
, lee.) . 

i— (Aparte, sin moverse en el asiento, arropándose.) Lo sabe. . . Ese lenguaje cla- 
: lo indica... ¡Qué actitud tan extraña! ¡Oh, su santidad me hiela!... ¿Y si 
mansedumbre rebulle el propósito de matarme? ¡Ay, siento un escalofrío 
[.. ¡No, no confieso! 

.r-(Graveniente, apartando la vista de lo que lee.) ¿Piensas, Augusta, O es que 
luedado dormida? 
L— No duermo, no. 
I.— ¿Tienes frío? 



iQ¡m-t^"^y """"^'°' f"^"-'- "" ^- tontería... c„ tu sosp.* 
HabSíipSnerb'''"'' ""^ ^''"'"'"^'"^- "^<"1"= "> mía debe llevar la prefereaci,. 

Clon has üicho? No puede ser. Alguien me acusó. '' '^ 

Uro.— Quizás, 

pue^HK t¡r .^"ySrSe cSSSt ^"^ «^ "^^'"^ adormentando con ¿f^ 
n,¡^?t'!?'~^^''°'^'-> '^^^'' ^' 1"« «s "i'ficil "ie extirpar. El dessarrón de eolf ».lÜf 

ip fe'if x,7rrri,?t^irS5 ^^,t,s°a!Í-^^^^ 

ferrel?e';;!rÍor„aí.!''^ P^"^'^' ^^ "" '™-^ nada;£Kye7Sdtr..:. , 

AUQ— (Aparte, sofocada, limpiando el sudor de sufrente ) No sé au^ síptiM ^n mí 
furti?am¿;;;e?Erfí".t«"nTn d''°^'-^ jf ^'■? ^^'^'^ ^"^'^ ^^^^ amputación! (Miréodo, 

sua:^;;;^rcSs.^c:s^fíc^iT;;;!^;r^^^ 

me espera; quizás este lazo me ataba demasiado a^¡s bajezas ma eria leSÍ 
convenara seguramente perder el único afecto que al mundo mMiía^T?Y 
no lo perdiera:^ ¡Si con un acto de hermosa contricción se eleva hasta mi ffl 
viendo a rn,rarin.)¡Ah, no tiene alma para nada grande! ü 

Uro.— ríjins pensado, Augusta? 

tíónde^alín?.^''"''''**'^''''-^^'*^^^"'^^^ ^^ ^«é hacer 

£ Oro.— ¿Has examinado tu conciencia, Augusta? 

que eSmTnar"'"'""'"''"''"""^^^' ••'••■• ^' conciencia... no t¡e«r; 

feve?di;i;^í?^^f J"-^"- ^ "''",^'^1' ^^''^ ^^ ^^"^a ^e "^"g""a acción contrar 
leyes aivmas. . . o siquiera a las humanas'-' 

i AuG.— (Aparte.) Me confieso a Dios, a tí no 

- Oro.— ¿Qué dices? 

- AuG.— No he diciio nada. (Aparte, con brutal entereza ) Me arriestrn a t 
ga lo que saliere, negaré. arneb^^o a i 

. Oro.— ¿Insistes en llamar absurdos los rumores^. 

' ■ ■ OR^'.-Sasf'''"'"'^"'^^"^ ¿Poseerá aiguna prueba material? 

Lr-i^T'~l?"'"?r''^'^'' ^ ™^ "'^<^ "O han llegado. (Aparte.) Dios mío acáw 
4ucha horrible. (Vacilando.) No sé... Su perfección, si lo es no hace vibra? 
n.npn sentimiento. ¡Si viera en él la expresión 'humana 'del dolor de 




Oro.— ¿Qué piensas? ,_ .. 

/ADa^-°;^ÍL'''^"^°K' ^^ ^"f ""^ asombro de que creas semejante dMÉf*' 
^ n : n "® pruebas, que las tenga. . . Ya no me vuelvo atrás. Mm 

KJiio.—tue modo que lo niegas? 

Aug.— (Después de'una pausa.) Lo nieo^o 
■ Oro.— ¿Y lo juras? 

Auq.— ¿A qué viene eso de jurar? . 

dat?en t¡rmSr.\^^ T^^'^"^ miserablemente. Peor para ella. Desgraciad. 
•aare en tu miseria y en tu pequenez. 

AuQ.-(Aparte, recelosa.) ¿Me crees? ¿Crees lo que di^o? ,.., - 

o^t^ i" ■ ^^? ^P'"'*'' ''"^ ^"" y J'^^'^^ PO"" '^ habitación. Aparte.) Me 'kW^ 

solo. solo, como daue vive en un desierto... &\ 



—(Aparte.) No me ha creído... Y yo siento un vacío en mi alma. Me siento 
dada, sola, como si en un páramo viviera. 

o.— (Aparte.) Mi mujer ha muerto. Soy hbre. Ningún cuidado me inquieta ya, 
:.s el de mi propia disciplina interior 

a.— (Aparte.) Si en él viera yo el noble egoismo del león que se enfurece y 
por defender a su hembra. .. 

o.— ¡Pero qué solo estoy! Murió el encanto de mi vida... ¿Plaqueará mi ánl- 
esta crisis tremenda? ¿Me dejaré arrastrar de este impulso maligno que en 
e, o más bien, resucita, porque es resabio de mis dominadas pasiones de 
e? (Detiénese detrás del sillún en que está sentada Augusta, contemplándola. Ella no 
iPor qué no te impongo un cruel y ejemplar castigo; por qué no te?... (Apre- 
os puños la amenaza; más al instante recobra su grave actitud.) 
a.— (Aparte, encogiéndose y cerrando los ojos sobresaltada al sentirle detrás.) ¿QuQ 
No me atrevo a moverme ni a mirar siquiera para atrás. Dios me amj 

o.— (Dominándose, con suprema violencia sobre sí.) ¡Yo, no te i'^uales a lo más 

alo más grosero de la humanidad... Déjala. 

a.— (Volviéndose aterrada.) ¿Qué... qué hay? 

o. —(Con el acento grave y frió de siempre.) Nada. .. pero es muy tarde.,. ¿No 

estas? 

3.— (Aparte.) El acento de siempre. (Alto, levantándose.) Si... me acostaré. (D¡r 

paso a paso a la puerta de la alcoba, meditando.) ' ' 

5.— (Sin mirarla, inmóvil, en el centro de la escena.) No, los Drutales instintos no 

irán, en un instante de flaqueza, el reposo supremo que adquirí a fuerza da 

'y mutilar pasiones y afectos miserables. Elévate alma otra vez, y mira 

lejos estas bastardías liliputienses. 

i.— (Deteniéndose en la puerta de ía alcoba.) ¡Divorciados para siempre!... Aún 

D.— ¿Qué... vuelves? 

j.— -(Disimulando.) No... si... es que presumo que estaré desvelada... y... me 
n libro para leer. (Dirígese a la mesa y trata de elegir un libro entre los que allí 
liando y dejando volúmenes y examiiuindolos rápidamente. Orozco la contempla e» 
.) No sé qué siento. El alma se me desgaja. Si fuera posible decir toda la 
.toda... 

3.— (Aparte.) Su alma no está serena. La mentira la embravece como el 
a lámar. 

1.— (Aparte.) Y toda la verdad, toda, toda; es imposible de decir... Diría qué 
ito menos arrepentida que culpable, y que ningún afecto, ninguno, borrará 
lorazón la imagen del pobre muerto. Diría que entre tu santidad, que ad- 
' mis debilidades, de que me acuso a Dios, hay un abismo que humanamen- 
uedo salvar... ¡Contradicción, pena horrible sin el recurso de poder aliviar- 
BSándola!... ¿Cómo decirte que me infundes veneración, ternura fraternal', 
le el amor, la fior de la confianza humana, no puede nacer en esta unión 
glacial?... No se ver juntamente en tí al esposo y al sacerdote... Sepára- 
íizásnos entenderemos. (Angustiada.) ¡Y si esto digo, no habrá perdón, no 
Baberlo!... ¡Y si miento, tampoco! (Con resoiación.) ¡imposible! (Dirígese a U 

~in llevar el libro.) Dios me perdonará... cuando lo merezca. , 

>•— Pero al fin... no llevase! libro... i 

1.— (Con calor.) No lo necesito... Leeré en mí misma. (Vase.) 

Orozco, solo. Después la imagen subjetiva de Federico Viera. 
>.— Leer en sí misma... Falta que se entienda. (Siéntase meditabundo.) ¡Domi» 
.pavorosa crisis!... ¡Fuera locuras impropias de mí! Los celos, ¡qué estu- 
i-as veleidades, antojos o pasiones de una mujer, ¡qué miseria! Elevar tales 

■as al foro de una conciencia pura, empapada en el bien suoremo, es lo mis- 
si, al ver una hormiga, o cuatro, o cien, llevando a rastras un grano de tri- 
namos a dar parte a la Guardia Civil y al juez instructor. No... conserve- 
estra calina frente a esas agitaciones microscópicas, para poder despréí- 
mas hondamente... (Levántase agitado.) Quiero salir... me ahogo, nece^^ito 
•''/L*!]''^ ^ ''^' contemplar el cielo, la.s estrellas sin fin... ¡Ah, qué diría toa 
laaü de mundos, si fue-: en a contarles que aquí, en el nuestro, un gusanillo 



n 




nsignificante llamado mujer amó a un i^^J^^fí^.^" T^^^^i:^!; ",f ISi^UleS 
infinito >íe Dudicra reir, ¡cómo se reina de las bobadas que aquí nos reyuemau 
?astorn¡n' Pe o para Reírse de ellas era menester que laá supiera y el sa 
sólo le efe" honraría^ ai proscenio.) Siéntome otra vez asaltado d. l 

que ué mTst^íScio ayer, hoy también... la "'a^ita representación del tr. 
¿eso .. Quiero reconstruirlo, determmar sus móviles, y no alcanzo. . , 
So,i inspiíación súbita.) Parece que mi razón se ilumina ^onyo^^/o^Y '"¿,;, 
seo la verdad... (Exaltado.) Ya, ya encontré la exacta lógica de. . (hl saU. 
na?.-Ouéeses o?.. ¡Encendido el salón!... (Accrcascala puerta.) Parece 

enia^n ersalón... Si, una persona., un hombrr... ^^^^^^f^^^^Z^^^ 
se los oios.)Sin duda sueño... Mis ¡deas se lanzan fuera de m. (Se .lumi, 
í uz también en el billar... Alguien está alh... Le conozco... ■ Federico.. . 
ieFededci aparece e,i el billar.) Te conocí... te esperaba. Tu pre.senc.a 119, 
terror imagen del que fué mi ami-o. Vivo te ame, muerto me inspira 
La imagéSesvanece.) Note alejes, ven. Este sentimiento iname^me 
me emoequeñece, y con poderosa voluntad lo arranco de mi alma. Vue 1 
íuierTverte (¿a iLgen vuelve a mostrarse.) Eres m idea tija, como yo fur. 
Eres m^propio pensamiento, la luz que alumbra m. razón, revelándome el 
de tu^asLSsa 'tragedia y los .móviles de tu 7-í^^'r,|VimDos!¿íe e'nt el 
los del honor y de la conciencia, porque la vida se te hizo i'nposoie entre 
nerosidad y tií delito, entre el bien que te hice y el mal que me h.c.ste. Si en I 
hav no Doca^ icrnominias, tu muerte es un signo de grandeza inoral. Tu y 
efevamos sobío toda esta miseria de las pasiones, del odio y del vano )U»í 
vulgo No sé aborrecer. Me has dado la verdad: yo te doy e Perdon Abí 
Sígese hacia la imagen, que se desvanece cuando Orozco le tiende lo. bi a,,o..) 

FIN DEL DRA.MA 




£SU SALUD PEUORAi 

TERRIBLES MICROBIOS LE AOEOHAHt 



No espere Ud. a que las Autoridades le indiquen que el agua está contami 

nada, pues hasta entonces habrá bebido alguna cantidad; tenga por 

costumbre filtrar siempre el agua, aunque no venga completamente 

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is publicados por La Novela TEATRAL 



DE BLANCAS.— Felipe Tri¡,'o. 
JRINA DEL CURA.-C. Anuches. 
STXOO.— Santlagro Rusiñol. 

ÍMIDIUSES.— htíderico Oliver. 

kCATÚAS.— Casero y ü. Alvorez. 
LBp.— Joaquín Dicenta. 
i/í O, LA SAMARITANA. — Torres 
el mío V Asenio. 

:rdugo de sevilla.- 

ii a Álvarez y Muñoz Seoa. 

SOMOS UNOS.— I. Benavenie 

GALAOR.— P. Villaespesa. 
)A DE 0UIR05.— C. Arniches. 

XXL — Muñoz Seca, García «Iva- 
e^ércz Fernández. 

I>£ ORO.— Faso y Abatí. 
IB«V1V1RSE.— Joaquín Dicenta. 

DE DIOS.— Arniches y García 

BENAL.— I.. Rlvas y Reparc«,z 

RE VALBUENA. — Arniches y 
Álvarez. 

BRE QUE ASESINÓ.— Traduc- 
Antonio Palomero. 
TRELLAS.— Carlos Arniches. 
t.TES. — Carlos Arnicnes. 
ORITA DE TREVELEZ.- 
Arniches. 
\ La rubiales. —Torres del 
Asenio. 

MEYA.— Francisco Villaíspesa. 

R feudal.— Joaquín Dicenta. 

BSHA VtOTIBIA.-Felipe 



32 
35 
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35 

36 
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41 



-Traducción de José !g- 
-Munoz Seca y Pé- 



VMSON.- 

I Alberti. 

)E COR1A.- 
lández. 

lONDA.— Q. d' Anníinzio. Traduc- 
iFrancisco Villaesne-a. 

rSRA EN OTOÑO-O. Mar- 
lierra. 

lEN i>E AYER.— Joaquín Dicenta 
lERlO DEL CUARTO A.WARF- 



LLO.— Traducción de Gil Parrado. 
FRANCFOR r. -Vital Aza. 
LA REBOTICA.-VItal Aza. 
LA FRE3CURA DE LAFUE^TE.— 

Oaroia Álvarez y Mn^ioz Seca. 
PRIM ERÓSE. — Traducción de José, 

Ignacio de Alberti. 
CIENCIAS EXACTAS.— Vit I Aza. 
Doñ a M <r ía de Padilla. — F. V ¡llacspesa, 
RAFFIiES.~TradacoIón A. Palomera 
LA PiíAVIANA.-Viial Az<i. 
EL GRAN TACA.,0.--P..soy Abati. 
MIRAN «OLINA -Cristóbal de C^stn. 
42.~QEIHO Y riOüRA.-Arniches, AbaH- 

Pasü v García Álvarez. 
45 LA GÉNTUZA.-Carlos * rníches. 

44 LA VIEJECIPA.-Miguel Echegaray. 

45 PARADA Y FONDA.-Vita' za. 

46 LA ALEGRU DÉLA HUERPA.-Pasoy 
García '■ Ivai-cz. 

47 PETIT-CArÉ.-TrÍ8tán Bernard. 
LOSNOVELE í S.— Edmond '.-osand 

ELECTRA. Benito Pérez Oaldós. 
TIQLIIS MIOUlS.-Vital Aza 
EL ULTIDIO B.2AV0.-O. Álvarez y 
Muñoz Seca. 

LA MARCHA DE CADIZ.-García Álva- 
rez V Lucio. 
DOÍÍA PERFECTA.-Benito Pérez 

Galdós. 
LA TIZONA.— Godoy y Alarcón 
MIQUETTE y SU MAMA. - Robert y 

Collivet. 
LOS CUATRO ROBINSONES.-Mu- 

ñoz Seca y García Álvarez. 
LOs GKMELOS -Tri-tán Bcrnaid. 
LA LOCA DE LA CASA.-B. Pérez 

Galdós. 
GIGANTES Y CABEZUDOS.— Miguel 

Echegnray. 
DANIEL.- Joaquín Dicenta. 
ELCHICO DEL CAFE I IN.- Po-res del 

Álamo v Aseni». 
REALIÍ>A '>:-Benito Fére:: Galdós. 



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62 



PAPEL DE LA PAPELERA ESPAÑOLA 



yíci^ 




CAMPEM 



en cuanfos concursos se presenta. 

En los de fuerza y sondez. 

En los de luminosidad. 

En los de economía en el consumo. 

To Jo el mundo lo dice: La lámpara 03R AM no alumbra, deslumt 

Cancesionario: León Ornstein, Madrid 



r t»»t*m «U IM W9TWLA O&amA, ^— -yt PbImümw I.—UmOíU. 






LA NOVELA 

TEATRAL 




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MAESTBO LLEÓ 



do armas 



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I K TERES A EXCEPCIONALMENTE A LA 

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LA TOILETTE 

El peinado. -Los somhrcroS.-I as joyas.-Los perfumes -El pañuelo 
-Lasombiilla-E ca'z. do. -El corsé. -Los veslidos.-Los bolillos. 
-Los velilos.-R.)pa in.eri r.-Cinias y lazos -Ellujo.yLos colores. 
-El íraje Único.-Traics de casa. -Tr.its de S >ort, di Teatro, de 
Far.tavía. - .as creador is de la moJa, ele. 

LA ELE^A^iaiA E?! EL Tn,ATO SOCIAL 

Las cdrtas.-Lasta^jetas.-Las visitas. -l.as bodas.-Los baut'smos^ 
-Bailes.-Tés.-Pcsames.-La conversación. -El salón. -Recibos en ™ 
casa -Los huéspedes. -Relaciones sociales.-Los paseos -E' Te i- ^ 
írc -Reculos. -Las comidas. T'resen'aciones. -Relaciones farnuk 
-i^iu.gos. bjorts. -Estudios y lecturas, etc. 



eeli.ii:::a física 

t^receplos hi<?ien¡cos del 'ocador para la conservación de l^s cabe 
-Los ojos.-La nariz.-La boca. -El culis.-Masage -Gimnas; 
Electricidad.-R¿gimen alimenticio.-El crccim.ento.-La delgad. 
La obesidad.- osbaños.-Las manos.-El bus.ío -Las formas. 
pie. -Secretos para no en ejecer.-Las arruqras.-Disimu.o de lo^ 
fccloo.- >os lunarts, etc. 



iWMJer de sm Casa 



EL HDGAri 

El arte de amueblar.-Organiráción d? la casa. -El salón. -El /^^^ 
dor.-Elcom dor.-Laalcoba.-La despensa.-La cocma.-E des 
Wpacho. -Flores. -Bordadcs.- Encales. -Ropa banca. -Costura 

planchado, elc.j 

Mujer en General 

LA MUJER C0IITETaPOKA.M±ia 

Sus derechos.-La. conquis as del sufragismo.-Lo ^"f.f ^^^f ^^^f^: 

La joven. -La es70sa.-La madrc.-La abueia.-La viuda -La oiie^ 

ra -La gran dama.- La señorita. -La funcionaría. -La arteaana. 

-La aldeana. -La religiosa. - La sirviente, etc. 



^^ } ]L Madrid 94 de Febrero de 1918. Nüm. 65 

SALA DE ARMAS 



PASILLO CÓMICO EN UN ACTO. ORIGINAL DE 



PERSONAJES 

NICASIA. - líOSA. - DOÑA NICOLASA. - NICASIA. - BERMUDEZ. - DON SANDALíO 
lOLITO.-EL MAESTÍÍO.-DON MELITON. - RAFAEL. - PEPITO. - ANTONIO -DON 

CECILIO. -JUAN 

ACTO ÚNICO 

:oraci(3n representa «ala de armas. Primer término derecha una mampara. Segundo tér- 
o izquierda una puerta con portier. Dos balcones en el foro. Banqueta corrida en toda la 
oracon^ Fonllo de calle. Encima de las banquetas sablea, floretes, caretas, guantes 
estro, Pe;,.to, Rafael, Antonio y Jua.,. ElMaestro y Pepito con peto de lección y care- 
Juan, con umforme de -botones. Rafael, co-i pantalón blanco y en maneas de camisa 
onio, con traje de esgrima. El Maestro da lección a Antonio y Pepito a Rafael Juan 
la una empuñadura de un sable. Li, lección del Maestro y Antonio debe empezar u" 
«ento después que la de Pepito y Rafael. *:rapezar ud 

^ñr^tl^^^Ti^S''^?.^'- R,?"'Pe''- E) pie izquierdo antes que el derecho. ¡Así' 
o!,Aor.do! Muy bien. Marchar. ¡A fondo! ¡En íjuardia! Que haya más 
m en el tondo. hsa pierna izquierda que empuje. Marchar. Muy bien Una 
Batir y golpe recto!... A tocar, a tocar. En guardia. ¡A fondo' ' 

i».— Ué)ame descansar, que ya nojpuedo más. 
P— Bueno, descanse usted un ratito. (Rafael y Pepito se van al balcón ) 
JE8.-(A Antonio) Una, dos, a la cara. En guardia. Romper. Al brazo En 
a Romper. Estocada. Quieto ahí. Esa punta del pie, esa punta de pi^ 
En guardia. ¡Bravo! Marchar. Quinta y a la cabeza. Ese brazo derech¿ 
¡extienda. Perfectamente. En -uardia. ¡Pepito' aerecno 

p.— (Bajando.) Mande usted, tío. 

fis.-Ya te he dicho que no quiero que andes haciendo cucamonas a las ve- 
iJiflT^T''^ ^ '^.'^"^ r'í'^T'- <^ ^"*«"'°-^ ^^^'•char. Estocada ¡Braío- 
l'^ bI^!u?'^ ^^ "" ^^'"P'" ^^' ^'■te. del noble arte de la esgrima 
?.— Está bien, tío; pero yo... 

^.-Tü debes dar ejemplo de formalidad. Si don Rafaelito quiere asomar- 
^ícrPa^tiV.'""'*' "' "^'''^ '''''''''' "^^ "^"'' atendiendo aríblí;;?cTón. 
».~(Me partió.) 

¡^''F^f/ífl^i^h'"^^' ^"g"3'"d|a en seguida. ¡Bravo! Esa mano más alta. 
laa. Esas uñas abajo. t:n guardia. ¡Bravo! 
««.—(Entrando.) ¡Señores! 

^'man^o^"T«n'l?.^^''""'í^^' 'A Antonio.) Con penniso de usted. (A Bermúdez, 
. m mano.) 1 antos días sin venir por aquí... 

iM.-He estado de cacería. Toma, chiquito. (Dando el sombrero ajuan.) 
ES.— Usted siempre entregado a algún spon. 
tM.~iSiempre! Ya sabe usted cómo soy yo/ ¡Hola, Pepito' 
'.—Siempre a sus órdenes. , «-cpnu. 

M ~íí''^*^i A^ J"?:> tt'áete la chaqueta del señor Bermúdez. 
f'^n' ^'^'x- ?°y trabajaré un poquito la mano nada más. ^ 

„'~nr^í"° "^ted guste. (Vase Juan con las prendas de Bermúdez ) 
íM.r-Pelices, pollo. (A Antonio.) ««u c.t.i 

«r-^Muy buenos días. 

«í--. -(Que baja del balcón.) ¿Cómo sigue usted? 



-s 



BERM.-iHola, Rafaelito! Bien, gracias. ¿Qué tal? ¿Se trabaja mucho? .| 
D,p^_Rep-utar. Yo me canso en seguida. . j • ..„„««^*^ 

Ber^ -¡Parece mentira! i A su edad! Aquí me tiene usted a mi, que a pesa^ 
mis sesenta V dos años, soy cíjpaz de tirar diez asaltos seguidos, » 

Maes -Naturalezas como las de usted hay muy pocas, señor de Bermudez 
BcRM.-Gmdas a la vida activa que haj^. Así §e conserva la salud y la enet 

^ '^KAF.-Como que parece usted un muchacho. 

BERM.-Toque usted, toque usted este bíceps. (El antebrazo 

Raf.— Es de hierro. * 

Berm.— Y vea usted estos muslos^ 

T^AF — :Oué barbaridad! (Tocándole el muslo derecho.) 

BERM.-Aqu. no^^^^^^^ Los pollos de ahora paree 

tedes demanfequiUa. (Dándole un empellón. f'^P'^'^y^'^'T^^ll'ZL Pn nue 

Raf.-Yo me fatigo muchísimo; pero como mama se empeña en que 
aprender a tirar las armas... 

Rfp-DÍÍe^ue'coTot^^ üntatico, no quiere que el día de man 
tenida una cuestión y me peguen una bofetada, í"^ quede con ella 

Berm —Algo difícil es eso de no quedarse con la bo tetada üespues ae n 
recS' pero en fin, bueno es que aprenda esgrima y que !a tome con aficl 

R^^-Aüdón sí señor, tengo mucha. En casa me paso muchos fatos hí 
do fondos irel pasillo y dándoles botonazos a las muchachas! Ayer por D 
le salto un ojo a la doncella. _ 

Sr-vSftite preciosos. iDos oja^os asi! lEs una c-hiquiHa de recate! fí 

B/RM.-Dé recKte, ¿eli? De ese pueblo es de donde me gustan a mi lasm.-!.- 
chachas . • i , - 

Be^-ÍaS No mtconocen ustedes en ese .po.//Conque, pollo, a ver a*N 

do «-™|j«t/Ji;f„%í,r Lo",°4'°^^^^^^^^^^^^ tirase la n,¡tad que usted^^ 
eran dís^los 10^ que iba a dar enVadrid. A todo el que rae fuera ant,pat,co,le^t- 

"""iSÍ-Hombre, no tanto. Precisamente el manejo de las armas enseSaMg 
fqr líi-s rupstiones oer-onales. ¿No es verdad, maestroí» «-" 

mLs -Sablemente. (Acercándose.) En las salas de armas se dulc ft 
caracteres Nada enseña tanto a ser prudente como el conocimiento del 

Kaf.— ¿Mató usted a su adversario? 

Berm.— Sí, señor. ^1 

Raf.— ¿De alguna estocada? 

Berm.— No. De una apoplegía. 

Raf.— ¿Cómo? (Con extrañeza.) 

BERM.-Un"¡foíhe en el Casino tuvimos una cuestión P^r «ada por un: 
da de tresillo Le dije que no sabía tener las cartas en la mano. El non)Dre.^^ 
¡rme afrojó a la cara un cenicero de porcelana que al chocar en mi frente|^ 
zo cincuenta pedazos. Aquello ya no tema arreglo. ^^ 

Raf.— ¡Claro! Habiéndose hé'-ho tantos pedazos... 

Berm.-No es eso; digo que el asunto ya no tenía arreglo posible. 

BERMT-Al'día siguiente le mandé los padrinos. Fueron estos a verle c^ 
hor acababf de almorzar, y fué tal la impresión que «que la v sita M 
a las pocas horas falleció víctima de una apoplegía fulminante. ..^ 
¡Dios le haya perdonado! (Antonio se va al vestuario.) 
-Desde entonces iuré evitar en todo lo posible las cucsti 



cambio he tenido que intervenir como padrino en muchas de ellas. Cuando 
Ira a usted algo, acuérdese ustfíd de mí. Esa es mi especialidad 
|.— Lo que desearía don Rafael es que le arreglara usted la cuestión de 

M.— ¿Qué cuestión? 

.--La de su novia. La señorita del segundo. 

iM,--iHoIa, hola! No sabía nada. ¿Será bonita... eh? 

.—Sí, señor, preciosa; y me quiere mucho; pero la madre es atroz. El otro 

¡bala escalera delante de mí, y apenas llegamos al portal, se volvió d- 

la buena señora y se vuio derecha a mí, enarbolando la somhrilla para dc"- 
. (jracias a que yo llevaba bastón y pude parar el golpe en tercera o en 
no me acuerdo en qué, pero lo cierto es que le paré el golpe 

M.--yentaja8 de conocer el manejo de las armas. 

.-Como que si no sé esgrima me pega un sombrillazo que m^ deshace la 

.=? muy bestia, créame usted. 

VI.-- -¿De modo que no se hablan ustedes? 

—Se hacen el amor desde el balcón. 

A.-Pues mucho ojo al asomarse, porque con una madre así toda prccuu- 

— ¡Ya lo creo! El otro día me amenazó con tirarme un ebónibus. 

*• — ¿Un que? 

■—¡Un tiesto! 

A. — ¡Caracoles! 

—Si le digo a usted que es de lo que no hay. 

«.-Vaya. Vamos a trabajar un poco. Pepito, dame mis chismes. 

r .?.^»^^"''^^' !I ^^"^'■- ^^^ "^''^ '^ '«vita y vuelve con el ílorete y el cuante ) 

L-(Al Maestro ) Esta carta que ha traído un ordenanza. Dice que es umente 

p.-Con permiso de usted. (Abre la carta y la lee.) "«^«-mt. 

11.— Es usted muy dueño. 
•-(Saliendo con el florete y el guante del señor Bermúdez.) Aquí tiene usted 
..-Venga. En cuanto cojo el florete parece que se rae quitan veinte años 

i.— Vaya. ¡Esta es otra!... 

.—¿Qué pasa? ¿Ocurre algo? 

I El general Rodríguez que se empeña en que he de ir ahora mismo a 

lección. Precisamente a la hora en que más necesito estar en la sala 

;i^J\!?o /^ ^^' ^\^^=**''?' q"e yo gozo enseñando a los discípulos'. Por 

ente estando yo aquí puede usted marcharse tranquilo 

;r«nE.h'!-«f ^ M? su ofrecimiento, ya que es usted tan amable. (A Juau.) El 
el sombrero. (Va^e Juan y vuelve en seguida ) ^ j / i-i 

iTo'lSiScJnTvC"""'"' '' Peto.)¡Ajajá! ¡Don Rafaeüto! 
.—Ese niño va a coger una enfermedad en el balcón. 
-Wo tema usted. Hay una Providencia para los enamorados 
,-Vamos a ver al general. ¡Y qué torpe es el pobre señor' ¡Querrá u<?. 
• que^cuantas veces le mando que tome la par Ja en%uZ: siempre mt 

.-HaSalue'^^"" ^^"^'^^' ^^^ confunde ia quinta con la reserva. 
—Vaya usted con Dios. 
—Pepito, no olvides lo qtje tengo dicho. 
-Descuide usted. 

-Señor de Bermúdez. en usted confío. ¡Ya sabe usted que a mí me eus- 
la sala haya formalidad, mucha formalidad' ^ 

—Vaya usted tranquilo. (Vase Juan,) 
—Hasta después. (Vase por la primera derecha.) 

.7fbXdfb?ico"dt'o.'^^^ •"- ---«*- ^- y«. 

"^^P?""^ "sted. Voy a decirle que me asomaré luego. 
Tt^ue? ¿t,sta al balcóíi su novia de usted? 




IfclL' 



jLu „iM^ ri« mmoms Asómese usted con disimulo. L 

§^^;r-Lo dTgoVo'que no meharia gracia que me soltara.el etónibus. "' 
iSr--'ÍSru'¿TeXr''£ a,Hba., ¡Preciosa! ¡Ya lo creo que es prc. 
i^r-(=ó., ¡Muy buenos aínsUMonísima! ¡Bendita sea tu madre! 
Raf -(Pinchándole con el florete..) ¡Hombre! ,Bendlta no. I 

Berm.— ¡Vaya unos ojos! 

D.p —¡Señor de Bermuüez! ^^tnrhnr A los nies de usted, ¡Jre 

BBRM.^¡Tiene usted razón! Eoncen^^^^^^^ P^^„,, ^,, 

ciosísima.zaragatensime... '^f jf^V.Xc?^^ una chiquilla encanta 
ande usted con el a.Tiene gusto el "^uchac^^ ^^ ^^J^^ 

Pepito. Vamos a trabajar ej brazo '^^^IfJ^ ^^¿j, ^ 

'^ií¿^S^S^^£^^^o:^-^ ?n e, balCn de. foro derec.a, 

NiCOL.-¿Se puede? (Abriendo la mampara.) 

&-"pasa1rda£!Trn'^^ "-os dias 

Berm.— Señora... 

Sawd.— Felices. „ 

gS.-éeívfd"o?druS e's S! 'el maestro no esté, pero yo hago susv« 

NicoL.— Muy señor mío. 
BERM.-Ustedes dirán lo que desean. 

l'lZ'-^cÁMe^mre usted. El señor es mi marido. 
^fc'^J -Y ef pX¿ -á"^^^^^^^^ muy delicado. Ha pasado un invierno I.c. 
ble Sobra todo en los cambios de tiempo se pone atws. 

D^,,.« Qprá rpumático. ♦ 



Berm.— Será reumático 
Sand.— Sí, señor, tengo.. 

NicoL.— ¡Cállate! 



pEP°^Se°sefior! (Se retira a. segundo témlno ;*"^»y ^„„, „„„ J 
N^coL.-Mire usted; lo que «jene e¿que ^"er™ ™c^^^^^^ ^^ le estíl 

Sand.-(íSí que se me ^o'''"0'"Py^^ .._ ^^^ ueva tomados. Solo cd 
,J:^TÍ^^ rapÍ?r »- "OS gastamos una fortun^ 
aue lleva todo el cuerpo empapelado. 3 

quierda. 

Sano.— La derecha. ^prprha aue la isquierda? La ctt 

,„/¿rno-p^d JL^'segí^™mt'?r:flte\erques\Hra la caUe 

rrito como la Sibeles. 1 

5elSerp^uSren,STr,To'¿1L%r¿¡rt?eSee„^^^ 



seso de asido sulfúrico. 

Sand.- De ácido úrico, mujer 
NicoL.— ¡Bueno, es igual! 



Berm.— Casi igual „^„<,;ta haser eiersisio, Imucho ejersisio, y !■ 

„oJt?¿a;¿^donet?aSa"?uTÍ^e^1lleWan.rabaiary que sude».. 



tM.'.^ice bien, señora. El ejercicio de la esgrima es sumamente higiénico. 

;OL.=*-Ya lo oyes. (A Sandalio.) 

Rji._Aquí me tiene usted a mí. ¿Cuántos años me echa usted? 
X)L— Unos sincuenta. 
RM.— Pues ya tengo sesenta y dos. 
x)L.- ¡Qué atrosidat! 

íM.— Aquí no hay tejido adiposo. No tengo más que fibra muscular. (Dándo- 
palmadaen el muslo derecho.) Toque usted aquí. 
:oL.— Pero hombre... 

SM.— ¡Ay! Usted perdone, señora. Yo no sé lo que es estar malo nunca. Y 
e lo debo a la esgrima. 

:0L.— Pues esgriman ustedes a este todo lo posible, porque ahora en la pri- 
a es cuando más le conviene echar los humores. Por supuesto que este Ma- 
otros. Hay unos cambios de temperamento imposibles. 
RM.— ¿Usted es catalana? 

OL.— No, señor mallorquína. ¿Usted no ha estado en Mallorca? 
íM.— No, señora. De Mallorca no conosco más que la sobreasada. 
»L.— ¿Le gustará a usted mucho? 

iM.— Muchísimo. . 

OL.— Pues este no la puede ver. Todo lo de Mallorca se le indigesta. 
<D. — ¡Todo! (Se presenta Rafael que se retira del balcón.) 
'.—Señores... 
OL. — (Sorprendida.) ¡Ay! 
iM.— ¿Qué es eso, señora? 

OL.— Que creí que ese caballero estaba en calsonsillos. (Rafael entra.) 
iM.— No, señora, es el traje de sala. 

<D.— Mira, Nicolasita. Una señora no está bien en estos sitios 
:oL.— Bueno, hombre, bueno. Me iré a unas compras, A ver como hases to 
Jue te mande este señor. (Párese una persona muy distinguida; y ya ves que 
nfstá con el ejersisio). Hágale usted trabajar, caballero, y por supuesto qué 



i 



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3 
lll 

I 



orta que no aprenda a manejar las armas. A mí no me gustaría tener un 
espadista. 
M.— Lo creo. 

OL.— La cuestión es que se mueva, que estire esas piernas... 
M.— Descuide usted señora. Se lo pondremos a usted como nuevo. 
OL.— Como nuevo es difisil. Me contento con que me lo dejen ustedes a me- 

Vaya, selebro tanto... Nicolasa Verdaguer... de éste. Aquí serquita.. 
el desengaño veintisinco, segundo, tiene su casa y unos amigos. 
M.— Señora... Pablo Bermúdez, marqués de la Ensenada... 
DL. Sand.— (¡Ah!) (Con admiración.) 
M.— Catorce principal. 
DL. Sand.— (i Ah!) (Desengañados.) 
M.— Servidor de usted. 
)L.— Muy buenos días. 
M.— Vaya usted con Dios. 
dl.— Hasta luego, Sandalio. 

Adiós, Nicolasita. 
iL.— (Volviendo.) ¡Ah! Que sude, que sude mucho. 

.—Sudará, señora, sudará. 

L. — Beso a ustedes las manos. (Vase primer término derecha.) 
— A los pies de usted. (Pepito la acompaña hasta la mampara.) 

—(¡Parricida!) 

.—(¡Caracoles con la mallorquína!) Parece que tiene el genio vivo la se- 

ih? 

—¡No lo sabe usted bien! ¡Es oíros/ ¿Usted es casado? 

.—No, señor. 

.—Choque usted. (Dándole la mano.) No se case usted nunca. 

.—Hombre, a mi edad... 

Esa tengo yo, y sin embargo no llevo más que un año de casado. 

. — ¿Nada más? ¿Están ustedes en la luna de miel? 



} 



—SXNb.-A esta edad ya no hay luna. Vivimos en perpetuo nublad^? ¿\ qui 
dirá usted que debo este matrimonio? 

Berm.— iQuéséyo! 

Sand.— Al partido conservador. 

sSd -S?°s'^ñor. Yo estaba muy tranquilo de oficial primero de Hacienda 
BRdatoz, y cuando Silvela subió al poder me trasladaron a Palma. Ahí conoc, 
Nicolasa. Era dueña de un hotel magnífico 

Berm.— ¿Con jardín? 

Sand.— No, señor, con restanrant. 

Bfrm — ¡Ah! ¡Vamos! Es fondista. , , . . , ^^. 

Sand.-Lo era. Al casarnos traspasamos la fonda y ahora vivimos de nuest; 

*°"b?rm -(¿y qué me importarán a mí todas estas cosas?) iEa! . Vamo3 a ton 
la orimefa lección. Vaya usted desnudándose. ,...., 

Sand —Bueno. (Empieza a desnudarse primer termino izquierda.) 

Berm' -i Pepito! Trae un florete y un guante para este cabal ero. 

Pep -En seguida. (Coge un guante y un florete que habrá sobre ''-^^ ^anquetasl 

SAND.-OQufa mi edad tenga yo que meterme en estos trotes!) (Se de^náto 

Berm.— Pero, ¿qué hace usted? (Riéndose.) 

Pep.— (ijá, já, já!) 

Sand.— Como ha dicho usted que me desnudara... 

Berm.— No; el pantalón no hace falta quitárselo. 

Sand —Como usted quiera. Yo ya estoy dcciQiao a todo. 

Berm —(A don Sandaiio.) Póngase usted ese guante. .^„.wo 

s!nd.-(Lo coge.) ¡Qué barbaridad! Esta es la muestra de una guantería. 

Berm.— Ahí va el florete. 

IfRM^-Sriogfdf este modo, con el dedo pulgar apoyado en la emp 

^"'I'and -¿y este es el dedo pulgar? Nadie lo diría. ¿Así, eh? (EmouñándrvUvl 
Berm.— ¡Perfectamente! (Pepito va al vestuario.) 
Sand.— Bueno, ¿y ahora qué hago yo con esto? 
BERM.-¿Usted no ha frecuentado nunca la sala de armas? 

Sand.— ¡En mi vida! , , . . ,♦. i 

Rfrm —¿De manera que no ha visto usted ningún asalto!» 
Sand -Cuando estiivo Pini en Madrid presencié uno en el teatro. 

fZ-:^^^c^"XoX^Tlomr.m era una palabra que decían a cad. 
mentó. 

Ir.r&lt'írá'/í/giH.f S"rc,rl uno >e aa„ u™ estocare 
''T.:'-P^e¿ í,[a p*abra que no he oído nunca en la calle de Sevilla, í 
"^'Bl.r-^!Ea? Vloflr ,t^dlL%'s1ctes presenta usted. 

ÍrM\-PHmta pos^éTrnese usted e„ ml. Esta es la colocadén. <S. e 

l^r^l^ÍNÍrSTS gallardía en la figura Ese bra.o derecho »* 

£1 botón del florete apuntando al cielo. ¡En guardia! 

BrM-"&^'e'cÓlotürusil=d asi. Ahora va usted a caer a. fondo 
vez1n"guardte se'adela;Íl"a la pierna derecha, se sube el bra.o ,zq,.U|rd^ 
tiende el derecho, se estira la pierna izquierda y se apoya el peso del cu^ 

''"¿^«o -SeS "i™ iteUrp°^slm;ga usted el favor de repetirn,* 

•""«^^Is-ls"?: lítate l,tlXírin-.a™=«.o ,0.», .os ™ovl„,e»«. 



■\'D. —Comprendido. Allá voy yo. Esté usted con cuidado, porque no respon- 

no caerme de verdad. (Imita cómicamente todos los movimiento ejecutados.) 
RM.— ¡Bravo! Venga esa pierna derecha. 

>ND.— Ahí va. ¡Ay! 
RM,— ¿Qué es eso? 

ND.— Acuérdese usted de que soy reumático. 

üAi.— Quieto ahí. Apoye usted bien esa cadera. Esa cabecita... Esa caberi- 

Bravo! Ahora, ¡marchar/ 

\N'D.— ¿Qué? ¿Ya hemos concluido? (Incorporándoae.) 

KM,— No, hombre, marchares dar algunos pasos hacia adelante. 

ND.— ¡Ah! ¿Y en esta posición tengo que dar algunos pasos? ¡Quiá! Ni Cris- 
mó de la cruz, ni yo paso de aquí. 
^hKM.— Si es muy sencillo. Adelante usted la pierna derecha. 
^AND.— ¿Más todavía? Mire usted que me estallan todas las articulaciones. 
Berm.— Pues de eso se trata, de ponerlas flexibles. 
pA.ND.— (Me mata, me mata este sei\or.) 

3erm.— Un pasito. (Da el pasa) Muy bien. Meta usted la pierna izquierda. 
3and.— (La meteré, vaya si !a meteré.) 
Berm.— ¡Así! ¡Admirable! Marchar otra vez. 
Sano. — Sosténgame usted bien. (Da o;ro paso.) 
3erm.— ¡Perfectamente! ¿Lo ve usted? Si es sencillísimo. 
Sano.— (¡A que resulta que tengo yo disposiciones para esto!) 
Berm.— Quieto ahí. 

Sand.— Las piernas me van a flaquear. 
ÜEKM.— ¡Romper/ 
Sand.— ¿Eh? (Asustado.) _^ 
Berm.— /?om/7er es dar un paso atrás. 
^\N'D.— (Pero hombre, ¿por qué no hablará con claridad?) 

''''■^•— iVamos! ¡No! Ahora empiece usted con la izquierda. Tampoco es e?o. 

ted inuy mal estos pasos. Vamos a ver, vamos a ver. Romoer otra vez. ¡Mae- 
... ¡A fondo! ¡Más fondo! ¡Más! Está usted regular de fondos. 

ND.— Lo preciso para vivir nada más. 

KM.— No es eso. Digo que es necesario que adelante usted más esa pierna. 
'4'iieto ahora. (Aparece F'epito.) ¡repito! 
pEP.— Mande usted. 
$erm.— ¿Qué te parece del discípulo? 
^Ep.— ¡Admirable! 
SAND.— Gracias. (Sigue a fondo.) 
^EP.— (¡Parece un sapo!) (Riéndose.) 
5erm.— ¡Quieto! ¡Quieto en el fondo! 

SAN. -(¡Me caigo! ¡Vaya si me caigo! (Vacilando. Salen Rafael y Antonio.) 
áERM.— ¿Qué? ¿Se van ustedes? (A Rafael y a Antonio.) 
Mt.— Hasta mañana, señor de Bermudez. 

Berm.— Vaya usted con Dios. ¿Se va usted también, don Rafaelito? 
Kap.— Sí, señor; pero yo volveré. 
Berm.— Lo comprendo. 
"\N'D.— (¡Que me caigo!) (Siempre a fondo y como perdiendo el equilibrio.) 

.. —(A Bermudez.) Ya está arriba la mamá y no es prudente asomarse ai b:l- 

iasta después. 

iíM.— Hasta luego. 
..iF.— (A don Sandaiio.) Beso a usted la mano. 
bAND.— (¡Ya hay donde besar, ya!) (Indicando el guante.) 
<AF.— Adiós, Pepito. 

'.— ¡Abur! 

''^- "¡Vayan ustedes con Dios! (Bermudez y Pepito acompañan hasta la mampara.) 

iO.- (¡Que me caigo!... ¡Ya me caí!) (Se cae al suelo, quedando sentado.) 

A>M.— (Volviéndose y viendo a don Sandalio.) ¡Pero, hombre' 

¡'•—ijá, já, já!. 

vM.— ¿Que ha sido eso? 

:i>.- ¡Que me he caído al fondo! 




Berm.— Ea, levántese usted 

Sand.— ¡Quiá! Co|no ustedes no me levanten... Yo ya no puedo moverme. 
Berm.- ¡Vamos, arriba! (Le ayudan a levantarse.) 
Sand.— lAy, ay! 
Berm.— ¿Qué pasa? 

Sand.— Que tengo unas agujetas horribles. 

Berm.— Naturalmente. El primer día se sienten algo; pero al segundo y ter^ 
ro no se pueden sufrir. „^ 

Sand.— ¿Si, eh? , ^ , • i. , ^ 

Berm.— Hasta dentro de ocho dias que ya estara usted como si tal cosa. 
Sand.— Pues valiente semanita me espera. Pero vea usted, conozco que esto 
es sano. ¿No hablaba usted de romper? Pues ya he roto... a sudar . 

Berm.— ¡Pues claro! Si esto es muy higiénico. Vamos, vamos otro poquit^, 
Sand^— No, no por Dios. Déjeme usted descansar. 

Berm.— Bien, como usted guste. (Va al segundo término y hace unos fondos.) 
Sand.— ¡Huy, qué agujetas más atroces! (Se sienta foro izquierda.) _ 
jV\;^N . —(Entrando.) Muy buenos días. (Muy triste.) 
Pep. — ¡Don Manolito! (Bertnúdez continúa haciendo fondos.) 
Man.— Hola, Pepe. , ^ x . .- i 

Pep.— ¿Qué trae usted por aquí al cabo de tanto tiempo.-* 
Man.— ¡Una cosa muy grave! ¡Gravísima! 
Pep. -¿Sí? ^ .. ^ 

.Man.— ¿Ese caballero, no es el señor Bermudez? 
*Pep.— El mismo. 

Man.— Buenos días, señor de Bermiídez. (Acercándose.) 
Berm.— (Volviéndose.) ¿Quién? Servidor... No recuerdo. 
Pep —Don Manuel Soto, que el año pasado venía algunas veces por la a 
Berm.— ;Ah! ¡Sí! Ya me acuerdo. ¿Qué? ¿Reanuda usted las lecciones? 
Man.— Vengo a tomar una nada más. ¡Quizás sea la última. (Muy afugido.^ 
Berm.— ¡Caramba! 

Man.— ¿Dónde está el Maestro? , 

Berm.— Ha salido, pero aquí me tiene usted a mí. ¿Que ocurre? 
Man.— ¡Ay, señor de Bermudez! ¡Ay, Pepito! 
Sand.— ¡Qué le pasa a este joven! (Acercándose.) 
Man.— ¡Ay, caballero! (A don Sandaiio.) 

Berm.— ¡Hable usted, hombre! ¿De qué se trata? . ^ , * 

Man.— De un duelo a sable con punta, junto a las tapias del cemente: 
Este; mañana a las cinco de la madrugada... (Afligidísimo ) 
Sand.— (¡Qué barbaridad! ¡Madrugar tanto para eso!) 
Berm.— Tranquilícese usted. 
Man.— No puedo. He pasado una noche horrible. 
Berm.— ¿Y por qué ha sido eso... si es que se puede decir? 
Man. -Sí, señor. Verán ustedes lo que fué. Yo voy todas las noches a p 
hora al café de Londres. Allí nos reunimos algunos compañeros de oficina y 
personas que se han ido agregando. Anoche hablábamos de la próxima c* 
de Beneficencia. Yo soy muy aficionado a los toros, (Casi llorando.) ¡y ojala 
fuera! Se discutías» en la cuadrilla del Algabeño venían de picadores tia^ 
Amijetas. Yo dije que venía Badila.^ don Melitón Bermejo, un señor a 
llaman el Argentino, y que siempre lleva la contraria a todo el mUndo, con 
«Usted no sabe lo que dice.»-«Pues mire usted-le replique de muy buen) , 
ñera-; si me dan a elegir entre Agujetasy Badila, yo me quedo con BadiUí^^ 
Sand —Y yo con agujetas. ^. , ^ 

xMan.— Eso dijo él. Y añadió muy destemplado: «Usted no entiende una 
bra de toros.»-«¡Más queusted!»-«¡Esusted un ma)adero!»-«Mas que' 
Es decir más es usted.»— Y el hombre entonces, cogiéndome de la solapa 
vantando mucho la voz, me dijo; «No le quito a usted la cara, porque es uí- 
mameluco.» Mire usted. (A Bermudez.) Yo tolero que me llamen tonto y ma), 
otras frases poco ofensivas; pero mameluco... Eso no se lo aguanto a nat 
que al oír aquella palabra se me arrebató la sangre, cogí una botella de a 
¡zas!, se la tiré a la cabeza. 



'.nRM.--r'V le dio usted? 

lAN. -No señor; ¡oque hice fué romper un. espejo. Se armó un CTan escán- 
^" S*^ rí!' "°^ marchamos unos por un lado y otros por otro, y a las dos ho- 
:on Melitón me mandó los padrinos; nombré yo los míos, y después de haber 
.rado los cuatro varias entrevistas, acordaron que el duelo se verifique mañana 
ERM.—iQue atrocidad! ^ 

Ian.— Eso digo yo; pero. .. 
ERM.— ¿Y qué clase de persona es ese Bermejo? 

lAN.-Puesunmatón Un hombre que todas las noches nos contaba sus fe- 
as. En la República Argentina ha tenido siete duelos y ha matado a cuatro 
rsarios. lYo voy a ser el quinto! (Muy compungido.) 
AND.— No; el quinto no matar. 

.AN.-Pues me mata, créame usted. Yo, como ofendido, había dicho a mis pa- 
an%\tfó?endid^^^^^^ ' •""^''^^ '"'''-^ "^''^ '^^ representantes del ot'ro 

ERM.— ¡Indudablemente! 
AN.— ¡Pero si me ha llamado mameluco! 

.°«h;h~Í^° importa. Usted ha pasado a oías de hecho. «Si al recibir un insulto 
ndido levantara la mano, perderá todos sus derechos, convirtiéndose en 
for.» Asi lo dice el Código del Duelo. iicnuu.e en 

iND.— Yo creo que el ünico ofendido debe ser el dueño del café 
\N ~Ya he prometido abonarle la rotura ¡si vivo! Pues si, como es posible 
ledo en el terreno, se encargará del pago mi pobrecita mujer, 
p.— ¿Como? ¿Se ha casado usted? 

¡AN.-Sí hace un año. ¡Y estamos ya de siete meses! (Llorando.) 
bRM. -Vamos, hombre, no se aflija usted. ¿Usted tira al^^o? 
AN.— No he dado lección más que unos dos meses. " 

!RM.~¡Basta! Con dos o tres paradas seguras y una estocada dé las mías 
cesita usted mas. Pepe, tráete mi chaqueta de ante y mi careta 
\N . —Mire usted que él es un espadachín. 
!RM.— No se achique usted, hombre. 
^N.-(Ojalá pudiera achicarme para que encontrara menos cuerpo donde 

ND.— Nose achique usted. 

P.— Aquí está. (Con la chaqueta, el sable y el guante.) 

RM.— Póngasela usted. (A Manolito, que se pone la chaqueta.) 

\N.— Ahí espera un caballero que pregunta por el Maestro 

RM.— ¿Quién es? 

m.— Me ha dado esta tarjeta. 

RM.— A ver. (Lee.) «Melitón Bermejo.» 

kN.-¡El argentino! (Asustadísimo.) 

RM.— Me alegro. 

ii*.— ¡Escóndanme ustedes, por Dios! 

RM.— Quieto aquí. 

tN.— Pero... * 

^;r^^^^^,v^^®^ ^e vestirse, y póngase en seguida esa careta. Pepe bala 
^na. (Manohto se pone la careta de sable. Pepe baia la persiana del balcón del'foro.^ 
1».— ¿Que va usted a hacer? ' 

'líwEs dVverTsf' ^''" ^'*^ "'^'^^ '""^ "° ^^^ "'^'^'° ^^ conocerle a usted. 

^uTl'n eilá! íanípo^o"'"'' '" '' ''"' ''' ''' ''''''' "° '' '^^"°^^'-'^' ^^'- 

N'— ¿Qué le digo? 

ím.— Ese caballero, ¿conoce al Maestro? 

N.— Dice que no. 

'^'•"-¿Y le has dicho que no es'fá? 

í'cTsa^.'.'^"®''' P°''''"^ '^'"^ ^' ^^^'^''^ "^ ^"'^'•e q"e se diga nunca que no 
lie7aS.1vaÍe'!;ua"n.)- ^°"^^^'-^'"°« « ^^^ matón de la República Argentina. 







Bf.RM —(A Mañolito.) Usted no hable ni una palabra. 
Man -iOuiá' Si estoy que no me salen las palabras del cuerpo. 
Berm --Y usted (A doí Sandalio.) hágame el favor de retirarse un moraonto 
vestuario. Ande usted, ande usted. (Empujándole.) ,..,,., o ^ 

S -(Noí^pues yo no me quedo sin ver lo que pasa.) (Asoma la cabera.) 
Juan.— (Abriendo la mampara.) Pase USted. (Vase Juan.) 

fc::SiSSÍ.ÍoUto en segundo término se oculta tímidamente detrás de Pepito 

Mel.— ¿El maestro de armas? 

Berm. — Servidor. ' . j r 

Mel.— Muy señor mío. Vengo a pedir a usted un favor. 

Berm.— Usted dirá. 

Mel.— Es asunto reservado. i.„,i«ioonio 

Berm -No tema usted. Los señores son ayudantes de la sala. 

Sand.— (¡Qué cara tiene ese tío!) (Desde el portier.) 

Mel.— Pues mañana tengo un duelo a sable. 

Berm.— Me alegro mucho. 

Man.— (¡Pues no dice que se alegra!) 

Mel.— i A sable con punta! 

Berm —Muy bien. Las cosas se hacen de veras o no se hacen . 

Mfl -Y deseo que usted me dé una lección de desafío, cueste lo que cue.t 

BERM^^Espere. Ahora que recuerdo... ¿Usted se llama don Melitán Ber||| 
Mel.— Servidor. 
Berm.— ¿El argentino? 

S^ ddo hablar muchísimo de usted como de uno de nuestros primero:, J 

tiradores de armas. a • , , , , 

Mel —Eso se dice por ahí. (Con pedantería.) 

Berm. -Pues entonces poco es lo que yo pociré ensenarle. 

™-Mire usted, maestro. El duelo de mañana es mevitab e y ya no 
remedTo que confesar'la verdad... Yo... me da vergüenza decirlo... Yo no 
gido un arma en mi vida. 

Man.— (¿Qué dice?) _ ... ^ 

Berm.-(¡Lo que yo me figuraba!) Pero, ¿es posible? 

£;r-¿LTe|o n'o hl te'nido utted ningún duelo en Buenos Aires? 

Mel.— Ninguno. El de mañana será el primero. 

Mam — flAv nué DÍIIo!) (Abrazando a Pepito.) 

£i.-Pues por ^\adrid se corre que ha matado usted a tres o cua 

Mel -Son voces que hecho correr yo. He explotado el tus co. 

BER^.-OYa te daré yo el físico!) ¿De modo que lo que usted desea 
ía primera lección? 

TWel.- Sí; señof ; . , *■ , 

lT:-Í^^Z^I^aÍf:CT^:'^^ reputacWn sen. bochorno», 
mi adversario, que es cualquier cosa, me pegara una paliza. 

K^i-ts m^?ft!S'me1or\ue''uÍaíecc¡ón, que tendría sus dificulta* 
es quetengauldín asalto, u¿ simulacro de desafio con uno de los ayud.»* 

{?¿rÍEs*?art™brará a manejar el sable y a parar algunos golpe.. 

fer-sTase^usteVlfcSde la americana. Venga un pailuelo. .S.-» 
da al cuello.) Pepe, una careta, un guante y un sable. 
Pep.— Tome usted. (Dándoselo.) 
Berm.— El señor tirará con usted. (Por Manolito.) 

£7-0No™íh"a^conoddo... no me ha conocido! (M«y contento a B«.«| 




3erm.— (¡Claro!) 

VIan.— (¡No es paliza la que yo le voy a dar!) (Don Melitón se ha puesto la careta ) 
3erm.— ¡Ea! Coloqúense ustedes aquí. Manolito primer término derecha y don Meli- 
jrimer termino izquierda.) Estamos en el terreno. Yo soy el juez de campo Ven- 
ias puntas de los sables. (Las coge. Abre los brazos en cruz, y deja colocados a lo<- 
ores a distancia.) ¡Adelante, señores! (Manolita avanza después de un amapo de esto- 
1» pega un sablazo en la cabeza. Don Sandalio, sacando la cabeza dice--/ 7buc^í^'/- 
Melitón se vuelve a mirar, y ManoHto te pega un sablazo en la "espalda. Don Melitón 
hacia el primer término derecha; Manolito le persigue, y en la hufda le da dos o tres 
izos en la espalda. Cada sablazo va acompañado de la palabra / Touchéf qixe dice don 
lallo, ocultándose en seguida. Manolito acorrala a don Melitón. Bermúdez se Interoone 
ntiene a don Manolito.) 

dEL.--¡Basta! ¡Basta! Él señor es un maestro y no hay manera de defenderse 
luita la careta.) (¡Menuda paliza me ha dado ese caballero!) Lo que yo auiero es 
me enseñe usted (A tíermúdei.) alprún golpe.. . de sorpresa ^ ■' ^ 
ÍERM.-¿Golpe de sorpresa? Pues allá va. Quítese usté la careta. (A Manolito 
se la quita y se coloca en actitud fanfarrona.) ' 

Ael. - ¡Don Ma. . .Manolitol (Avergonzado, dejando caer al suelo la careta y el sable ) 
Aan.— Si, señor, yo. ¡El mameluco! 
dBL.— Pero... 

;erm.-¿No quería usted una lección? Pues ya la ha recibido. Este joven es 
rador de primera. Ya comprenderá usté que ese duelo es irrealizable 
lEL.-Esohedichoyo... (Quitándose el guante.) Pues sí, preci.samente don 
uel me ha sido siempre muy simpático... 
flAN.-Si, ¿eh? 

fVEL.-Pero este maldito carácter... ¡Nada! Esta noche salgo de Madrid 
kRM.— Muy bien pensado. « »■". 

ÍEL.-Me voy con unos parientes que tengo en la provincia de Toledo, en 
bleque... (Pepito le da el sombrero.) ' 

lERM.— Ningún pueblo más a propósito. 

lEL.— ¡Queden ustedes con Dios! (Al volverse da de narices contra la mampara 1 
j_ERM. -¡Vaya usted enhorabuena! • 

EL.— ¡Qué vergüenza. Dios mío, qué vergílenzal (Abre la mampara y vase ) 
,AN.— (Corriendo hasta la puerta.) Adiós... ¡Tembleque! 
AN.-¡Ay, señor de Bermúdez! ¡Permítame usted que le abrace! ¡Av Peoitot 
VNO. -(Desde el portier.) ¿Puedo salir ya? . ^' *^^P''°- 

ERM.— Sí, hombre, salga usted. 
AND.— ¡Que sea enhorabuena! (A Manolito.) 
UN.-¡Ay, caballero! (Ai dirigirse con el sable, don Sandallo cree que va a pegarle.) 

Un -Muchas gracias. (Abrazándole.) | Ay que peso se me ha quitado de encima! 
AND.— (Lo creo! Estas caretas deben de pesar una atrocidad' 

^Tá BemádelT *^""'^'" ^^"^ ^"^^ ""^"^^ "'^^ "'^"^'^ '^"^ ^°^ un'tírador de pri- 
J«M.-No, hijo; no lo tome usted en serio. No vaya usted ahora a echárse- 
B valiente y nos resulte otro argentino. Mírese usted en ese espejo. 
^1n M°iTi^ hable usted de espejos que recuerdo el del café. Ese debía pa- 
idon Mehtón Direque le pasen la cuenta... Pero, ¡qué contento estoy! Vov 
, a mi mujercita y contárselo a todo el mundo (Deja el sable y se pone el sombré- 

««*~Pe?oi?ombr"e í' *'^'''^°' '^y' ^^«''^"^''O'' l^^stedes lo pasen bien. 

.AN.-¿Qué?.., 

ÍRM.— Que se lleva usted mi chaqueta. (Don Sandalio y Pepito se ríen ) 
Jí;7.' •^' es verdad!.. Usted perdone... Si no sé loque me hago..". Volve- 
^n FaÍ' h""'; ^'^'^""^^''í''»'^ lecciones... Hasta mañana... Que ustedes si- 
)ien... (Al abrir tropieza con doña Vicenta.) ¡Av' 
.1 VlC.-¡JesU8! ■'■ 

ERM.— ¿Quién? 

*;N."-Usted dispense, señora... 
. Vic— Vaya usted con Dios!. (Vase Manolito.) 



^ 



Bermúdez, don Sandalio, doña Vicenta, Rosa, don Cecilio y Nicasia [ír 

D « Vic.-Pasa, mujer, pasa. Con pagar lo que sea estamos al cabo de la ca- 
lle. Adelante, don Cecilio. Entra, Nicasia. Muy buenos días. 
Berm.— (¡Qué familia será esta?) 

Rosa.— Felices. ' 

Cec— Servidor. 
Nic. —Santos y buenos días. 

BERM.-Pasen ustedes pasen ustedes.-<Entran todos en escena.) 
D.'* Vic— Usted debe de ser el maestro de armas ¿verdad? (A Bermudez.) 
Berm.— Servidor de usted. .* e ^ i-,^ 

j3 a Y,c —Tenido mucho gusto.. . Beso a ustedes las manos. (A Sandaho.) 
Sand.-A los pies de ustedes. (Que se ha puesto la careta de sable.) j^li.- 

n « Vic -{A Rosa.) (¡Qué lipo! ¡Parece un buzo!) (A don Ceal.o que rae un violín h^ 
enfundado y'a Nicasia que viene con un gran lío de ropa.) Siéntense ustedes allí . 1 en CW ^J' 
dado no arru^^ues eso. (A Nicasia que se sienta en la derecha. Don Cecilio en el toro.) 5;^ 
ekRM.-iEs bonita la muchacha! (A don Sandalio, indicando a Rosa.) lis, 

Sand -(Con esta alambrera todo lo veo cuadriculado.) (Se quita la careta.) ^ 

gavic.-íA Rosa.) Procura estar amable con el Maestro, a ver si nos salen - 

^'^Ind'-Si- íuT^^ es. Y la criadita también. Esas paletas son mi debilidad. 

g a v,c.-Pues, oiga usted, caballero... (A Bermudez.) ¡Pero, Jesús! ,Y qué lige- 
ros andan ustedes de ropa. 

Sand.— Es el traje de sala. 

n a Yic —Pues, hijo, más parece el de alcoba. .. 

S^ND !(La verdad es que no está uno decoroso.) (Va al foro y se pone la chaqueta.) ,5., 

£)_a Y,(, _Yo no sé si usted nos conocerá. Somos artistas. ííF 

Berm.— No recuerdo... 

D.'' Vic— ¿No va usted por Eslava? 

Berm.— Alguna que otra vez. 

D.^ Vic— Pues ésta es la de Castaños, la Rosita Castaños. 

R0.-5A.— Servidora de usted. 
« D."" Vic— Otra primera tiple. 

Berm.— ¿Usted es tiple también? 

D '' Vic— ¿Quién, yo? Vamos, hombre, no sea usted guasón 
para hacer de tiple. Soy otra característica, y gracias. 

Berm.— Como dice usted que esta sefiorita es otra tiple... 

D * Vio -Bueno, es otra, porque en el teatro hay vanas... Pero crea 
que la que vale allí es esta, aunque la Empresa diga lo contrario. 

l'^'v^^AllT^Ae^Sia cortedad de genio es lo que me desespera. Ene 
teatVo no se puede ser así. Por eso he decidido que viniéramos a pedirle a usteí 

Berm.— Usted dirá . (Don Sandalio se sienta al lado de Nicasia.) 

D.^ Vic— Cuéntaselo. mujer. Dile lo que pasa. o^fronnr un! ' 

RosA.-Pues mire usted, caballero. Uno de estos días vamos a estrenarme 

obra; una revista política. . 

Q a Yic. -No sé lo que pasara, porque decimos cada cosa... 

Rosa.— Se titula El desarme europeo. 

n a Yic —Ya ve usted que barbaridad. ^ „„r\At, 

Rosa -Tomamos parte%odas las primeras. Cada una representa una n^^^^^^^^^ 

D ^ Vic -Y es claro, el papel más bomto, que es el de Rusia, que deDia 

cerlo'ésta, se lo han dado a la Morales, una P^-otegida del empresario. _ 

RosA.-Una tía sin vergüenza y que nos quiere tomar el pelo a los am 
D.a Vio. —No hace lo que ésta, que es toda una señorita. J|i 

Berm.— Ya veo, ya... íÜB 

D.^ Vic.-Como que es de muy buena familia. .Jr^r^nr dP orauesta e 

Rosa. -Ya lo creo. Mi tío, que es el señor, ha sido director de orquesw 

Valladolid, aunque ahora está de segundo violin en ^1 teatro 

D " Vic -Y su papá, que ha venido a menos, ha estado en muy buena posic k 
RÓsA.-iComo que ha llegado a tener nueve coches! |Bll 




3f.rm.— ¡Hola. 

3 '^ Vic— Era alquilador de carruajes. 

Bkrm.— ¡^^a! 

^osA.-Pues verá usted. En el cuadro séptiiro de la ohra hay un asalto dear- 

entre todas las naciones. El director de escena no entiende una palabra de 
8 cosas. La Morales y la Ruiz se baten admirablemente. Y por eso venimos 

a que haga usted el favor de ensayarnos. 
5erm.— Con muchísimo gusto. 

Í08A. —Tiramos las dos juntas. Esa hace de Turquía y yo de Grecia. 
Jerm.— ¿Conque de griega? (A Rosa.) ¡Estará usted divina! Iré a verla a usted. 
). Vic— No; si la va usted a ver ahora mismo. 
5erm.— ¿Sí? 

*.— Sí; hemos traído los trajes para ensayar, porque con estas faldas. . . 
Jerm.— Lo celebro muchísimo. Pasen ustedes al vestuario. Por aquí. 
).* Vic— Nicasia, lleva eso allá adentro. 

íicAsiA.— Voy, señora. (¡Estése usted quieto, hombre!) (A don Sandalio, que ha- 
ístado a su lado tirándole pellizcos.) 
íand.— ¡Qué carnes tan duras tienen estas paletas! 

íosA.— (A Bermñdez, con coquetería.) Enséñeme usted alguna postura bonita, ¿eh? 
que no sea más que para hacer rabiar a la Morales... Que vea ella que yo 
to también quien se interese por mí. 
ÍERM.— Descuide usted. 

'^^,^-~'r^''° ^"^ simpático es este caballero! Hasta luego. Salgo en seguida. 
a, Nicasia. (Vase con Nicasia al vestuario.) 
•ERM.— ¡Es monísima esa chiquilla! 

>." Vic— Pues si la oyese usted cantar... Es la mejor tiple del teatro, créame 
q. En el dúo conmigo está que da el opio. 
llERM.— ¿Pero usted canta? 

>." Vic— ¿Yo? Ya lo creo. También doy el opio. . . en pildoras. Pero me pare- 
ae por siete pesetas no van a contratar a la Patti. Vaya, hasta luego. Es cosa 
11 momento. Ya sabe usted que los artistas de teatros por horas nos vestimos 
[por. (Vase al vestuario.) 

lERM.— Hasta luego, señora. (Don Sandalio coloca una careta en la banqueta de la 
prda, coge un florete y empieza a hacer fondos y dar estocadaafcsaitando cómica- 
>.) 

Dichos, menos doña Vicenta; Rosa y Nicasia. Luego Juan. 
lERM.— (¡La tipie es bonita, sí, señor! Y me parece que de corta de genio tie- 
mto como de bien educada.) ¡Don Sandalio! ¡Eh, don Sandalio! 
AND.— Mándeme usted. 

€RM.— Déjese usted de saltitos y vamos a trabajar las manos. 
and.— Ya han trabajado, ya. Le he dado cada pellizco a la criadita... 
€RM.— Sí, ¿eh? 

AND.— Soy attós, como dice mi mujer. ,, 
ERM.— Tome usted estas pesas. Son ligerftas... Los ejercicios son los siguien- 

AND.— Los conozco. De muchacho he trabajado mucho. 

'BRM.*-Bueno, pues a sudar, a sudar. 

AND.— (Haciendo ejercicios con las pesas.) (Dice bien este seflor. La tiple es muy 

a... Y debe estar muy bien formada... Si yo me atreviera...) (Procura por todos 

edios fisgar por entre las cortinas. Se pone en cuclillas para mirar por debajo, siempre 

ndo ejercicios con las pesas.) 

«M.— (A don Cecilio.) Es muy simpática su sobrina de usted. 

•EC— Es un ángel la pobrecita. 

JTOM. — Y parece muy inocente. 

•Bc.— Es más buena que el pan. La Empresa no la estima en lo que vale, pero 

íu pan se lo coma. Yo me callo, porque la necesidad me obliga. He ocupado 

J posiciones; pero ahora... A falta de pan, buenas son tortas. 

_ERM.— ¿Han almorzado ustedes? '>, 

¡BC.- No, señor. Lo hacemos siempre después del ensayo. (Entra Juan en es-' 




Berm.— Pues hoy almorzaremos juntos. 

Cec— Como usted quiera. 

Berm.— ¡Juan! • 

Juan.— Mande usted. 

Berm.- Vete a casa y que no me esperen a almorzar 

Juan.— En seguida, sí, señor. 

Dichos y Rafael. 

Raf.— Aquí estoy de vuelta. 

Berm.— Hola, Rafaelito. , . ^ , -u -^ ^ 

JuAN.-Tome usted esta carta que ha dejado la criada de arriba. Oamio una 

carta a Rafael. Vase por la primera derecha.) 

Berm. -¿Cartita de la novia, oh? c- a ^ ^ 

Raf —Sí, señor. Será diciéndome dónde va esta noche. (Don Sandako ha ■, 

cándese al portier del vestuario, haciendo eiercicios con las pesas, y al poner los L;. 

cruz, entreabre intencionadamente el portier y mira.) 

~-D.«VlC. ) (Dentro.) ¡Ay! 

KOSA. ) 

Todos.— ¿Qué? ^ ^ , .v 

SAND.-Naria, nada, que he tropezado sin querer... (¡De primer ordenU 
Raf.— ¿Quién está ahí? 
Berm.— Dos tiples de zarzuela. 
Raf.— Hombre, me alegro. 
Sand.— La joven es preciosísima. 
Berm.— No tanto como su novia de usted. 
Sand.— fEl señor tiene novia? 

Berm.— La señorita del segundo. Una chiquilla encantador¿u 
Raf.— Es favor. 

Sand.— Sí, ¿eh? , , , . 

Berm.— La infeliz se pasa la vida en el balcón. 
Raf. -(¿Qué me dirá la pobrecita?) (Abre la carta.) _ 

Sand.- (Veamos esa preciosidad.) (Deja las pesas, y se acerca al balcón del foro4^ 
recha.) 'JH 

Raf.— (Después de leer.) ¡Caracoles! *m 

rIf^'-oSIÍI divierto si llego a asomarme: <;Rafael de mi vida, no te asomes 
por Dios. Mamá no se separa del balcón.» 

Sand.— (En el balcón, y después de mirar hacia arriba.) (No veO naüa.J 
Rae.— «Tiene la regadera llena de agua.» . _. , 

SAND.-(Le cae encima un chorro de agua.) ¡Huy! (Entrando en la escena.) 

Todos.— ¿Qué? 

Berm.— ¿Qué es eso? 

Sand.— ¡El diluvio! 

Todos.— ¡Ja, ja, ja! . , . • ,dí- ^ .<. 

Raf.— Cosas de mamá. Ya me lo anunciaba mi novia. (Riéndose.^ 
• Sasd.— Podía usted habérmelo advertido. 

Raf.— Ese chaparrón era para mí. .. . ■ • n, ^^ „ «««« 

Sand. -Pues me "debe usted una mojadura. (Me divierto si no llego a pon* 
esta chaqueta.) (Se quita la chaqueta y se pone su chaleco y su levita.) 
Dichos y Rosa vestida de griega (traje teatral.) 

Rosa. -Aquí me tienen ustedes. 

Bebm.- ¡Preciosa! 

RAF.-¡01é! 

Berm.— ¡Está usted preciosa! 

CEC.-¿Verdad que está muy guapa? (A Bermúdez.) 

BERM.-¡Ya lo creo! ¡Griega pura! Tiene usted la correcta hnea de la ai 
tectura. clásica de Corinto. ^. ,. , 

Rosa.— ¡Anda! ¡Pues no está usted poco finolis! . 

Dichos y doña Vicenta vestida de turca (traje teatral) Nicasia 

D." Vic— Aquí está la sultana. 

Bekm. -^¡Señora! 



" Vic. — «iQué les parezco a uóLcdes'^ ^ 

'.—¡Encantadora! 
V. .—¡Preciosa! i . 

.ND.— ¡Divina! >r 

" Vic— ¡Guasones! 
)SA.— Anda, Vicenta, vamos al dúo. 
° Vic— Vamos a donde quieras. 

'SA.— Tío, empiece usted. Vengan unos sables, (Pepito les dá los sa!)ics.) 
p.— Ahí van. 

)SA.— (A Bermúdez.) Cantaremos el dúo para llegar al momento del asalto. 
R.M.— Venga de ahí. 
¡C— (Se prepara para tocar el violín.) Cuando ustedes quieran. 

Música 
'SA. Soy la nación que un día 

fué emporio del saber. 
" Vic. Pues yo soy la Turquía 

y sé lo que hay que hacer. 
■SA. Yo dominarte espero. 

' Vic. Pues vamos a luchar. ¡ 

'SA. Nos mira el mundo entero. i 

Vic. jTe voy a reventar! j 

SA. Yo soy la griega. I 

f Vio. . Yo soy la turca. 

pDOS ' Y a los compases 

Dando unos pasos de mazurca.J 

de una mazurca 
¡Sí! ¡Sí! 

crucemos los aceros 

para luchar aquí. 

npás de la mazurca chocan los aceros, verificando los eiguientes niuviinieiuos: corte - 
les— corte— segunda— quinta— corte— revés— corte y segunda. TerminHdos estos mo- 
lientos, Bermúdez y demás personajes dicen: «¡Bravo! ¡Bien!» Sigue la música.) 

Hablado 



SA. 



(A Bermúdez.) ¿ Verdá usté que es una mazurca preciosa? 
m.— ¡Ya lo creo! 
SA.— Se baila sola. 

íM.— No; sola no. Es de las que están pidiendo pareja. 
3A.— Pues ande usted. (Da el sable a Pepito.) 
iM.— Vamos allá. (Bailan.) 
?.— ¿Sultana, quiere usted? 
'Vic- Sí, hijo, sí... (Bailan.) 

'ID.— Anda, chica, nosotros no hemos de ser menos. (Coge a Nicasia y baila con 
^ípito baila solo.) 

Dichos y el Maestro 
ES.— (Por la primera derecha.) ¿Eh? ¿Qué escándalo es este? (Se suspende el 
•on Cecilio sigue tocando.) 
».-<|Mi tío!) 
IM.— (¡El Maestro!; 
ES.— ¿Qué significa esto? 
Vic— ¿Quién es ese tío? (A Bermúdez.) 
IM.— El tío de aquel. (Por Pepito.) 
ES.--¡Cállese usted hombre! (Don Cecilio deja de tocar.) ¡Pero señor Ber- 

M.— Oiga usted, Maestro. Las señoras son dos artistas que vienen a ensa- 
asalto. 

^' ~d"^^ "'^ parece que no es esta la manera... 

JA.— Pero, ¿qué le importa a este señor? 

*»•— Es el dueño de la sala. Yo no soy más que un sustituto. 

Í1*~'At ¿Conque el señor es?... ¡Pues oiga usted, caballero! 

E8. — ( iNo es fea la muchacha!) 





Rosa.— Nosotras deseábamos tomar unas lecciones... 

Maes.— Aquí no es posible. 

Rosa-.— Jesús, hombre, no se ponga usted asi. (Con coquetería.) 

Maes.— (Aparte a Rosa.) ¿Dónde vive usted? 

Rosa.— (¿Para qué?) . 

Maes.— (Para ir a darle a usted las lecciones en su casa.) * 

Rosa.— (¿Sí, eh?) ¡Pero qué simpático es este caballero! 

D.a Vic— (A Bermúdez.) ¿Ha visto usted qué muleta tiene la chiquilla.-' 

Berm.— Señores, una proposición. 

Todos.— ¿Qué? 

Berm.— Les convido a ustedes a almorzar. 

Rosa.— Muy bien pensado. 

D.^ Vic— Con muchísimo gusto. (Mucha animación.) 

Maes.— Señor de Bermúdez, yo no puedo permitir... 

Berm.— Tranquilícese usted, Maestro. No se trata de almorzar aquí, iremos a 

Maes.— Digo, que yo no puedo permitir... que lo pague usted solo. Lo paga- 
remos por mitades. i- 

Sand. -No, señor; por terceras partes. Yo me voy con ustedes. — 

D.^ Vic— ¿También usted? 

Sand.— Sí señora. Lo que a mí me hace falta es mucho )aleito. 
Dichos y doña Nicolasa que va a abrir la mampara y se detiene al oír la voz de don 
dalio. 

NicOL.— (¿Eh?) (Desde la puerta.) 

Rosa.— ¡Miren el vejete! ^ , ,->, ^ 

Sand.— Iremos a los Viveros. Yo me encargo del Champagne. 

NicoL.— (¿Qué dise?) 

Berm.— ¿Y si se entera la señora? , , ^ 

Sand.— Ño me hable usted de mi señora. Estoy de ella hasta aquí. 

NlCOL.— (Entrando resuelta.) ¡Ah, pillo! 

Berm.— ¡Cataplum! 

D."* Vic.) ,gj^^ (Movimienio de sorpresa en todos los personajes.) 

Rosa. ) ^ 

SAND.-(iSanta Bárbara bendita!) 

NicoL.— ¡Ya te daré yo a tí Viveros, sinvergüensa! 

Maes. --¡Señora! 

Sand. — ¡Nicolasita! / . .„ 

N,coL.—¡ Ande usted para casa! (Le da un empellón y le pega un sombriü 

beza.) -^-B^^nw 

Sand.— /Towc/zcV . j a kt i-ZT^ffllf 

NiCOL.— ¡Ande usted! (Vase don Sandalio, empujado siempre por doña Nicolasa, VK^n 

sigue furiosa.) ' 

Dichos, menos Sandalio y doña Nicolasa. 

Berm.— ¡Vayan benditos de Dios! 

xMaes.— ¡Pues, señor! ¡Buena está hoy la sala de armas! . . ^ j. ..I . 

RosA.-Tranquilícese usted. Maestro. Los únicos que puedan Q^eiarse ae 
sala de armas son los señores, y nosotras nos encargamos de pedirles que no 
perdonen. (Al público.) 

Rosa. Yo un aplauso pediría. 

D/' Vic. El público nos aprecia 

y no nos lo negaría. 
Rosa. Pues, ¡os 16 pide la Grecia! 

D.« Vic. ¡Y os lo ruega la Turquía! 



TELÓN 







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nada, pues hasta entonces habrá bebido alguna cantidad; tenga por 

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La Novela TEATRAL 



TA DE BLANCAS.-Felipe Trieo 
OlilíINA DEL CUIÍA.-C. Amiches. 
IIISTICO.— Santiago Ruslñol. 
Sc.VUDlOSES.— t-ederico Oüver. 
CACATÚAS.— Casero y ü. .ilvarez. 
)BO.— Joaquín Dicenta. 
«ITO, LA SAMAIÍITANA. — Torres 
Ala no V Asenjo. 

ERDUGO DE SEVILLA.— 
reía Alvarez y Ivlañoz Seca, 
as SOMOS UNOS.-I. Benavcnte. 
EY GALAOIJ.-P. Viliaespesa. 
ASA DE QUIROS.-C. Arniches. 
VP Xl.—Mutioz Seca, García «Iva- 
l' Pérez Fernández. 
10 DE ORO.— Paso y Abatí. 
ÍEVIVIPSE.-Joaquin Dicenta. 
A DE DIOS.— Arniches y García 
arez. 

ARDENAL.-L.RlvasyRepariiz 

OBWE VALBUENA.-ArnlcliLS y 
cía «Ivarez. 

)MbPb OUE ASESINÓ.-Traduc- 

•de Antonio Palomero. 
ESTPELLAS.— Carlos Arniches. 
)Ph I ES.— Carlos Arniches. 
lEWORXTA DE TREVELEZ.— 
los Arniches. 

PINA La RUBIALES. -Torres del 
no y Asenio. 

I^HUMEYA.-Prancisco Villaespcsa. 
iNOR PEUDAL.-Joaquín Dicenta. 
:.TERNA VÍCTXMA.-Fellpe 

ro. 

' SAMSON.— Traducción de José I.^- 
de Albcrti. 

Z DE COPIA.— Muñoz Seca y Pc- 
'ernéndez. 

OCONDA.— G. d* Annunzio. Traduc- 
ae. Prancisco Viilctespesa. 
CAVERA EN OTOSO-O. Mar- 
is Sierra. 

<TBm;i^ AYER.-loaquín Dicenta 
STEPIO DEL CUARTO AMAPI- 



55 

¿6 
57 
33 

-10 
41 



P*PEL DE LA PAPELERA ESPAÑOLA 



To „Ll-0.— Traducción de Gil Parrado 
32 FRANCPORI. -Vital Aza 
M LA PEBOTICA.-V ¡tal Aza. 
34 LA FRESCURA DE LArüEWTE - 
García Alvarez y Ikluñoz Seca, 
PRIME ROSE. - Traducción de José 

Ignacio de Aiberti. 
CIENCIAS EXACTAS.-Vitfll Aza. 

'^'Q^,JL'''^ ^•' ''^ ""''"• --^- V lllaespesa, 
RAFrLES.-TradQcción A. Palomero 

LA PRAVIANA.-Viial Azd. 
EL GRAN TACA.,0.-Paso y AbatL 
.o ^^^^^^^^^^ -Cristóbal di Castro. 
42.-GENIO Y riaURA.-Arniches, Abati- 

Pdso V García Alvarez. 
43 LA GENTJZA.-Cárlos ^rníches. 
^^ LA ViEJECirA.-NLguel Echegaray. 
43 PARADA y PONDA"-Vitdl zl 
^6 LAALEGRUDELA HUER lA.-Paso y 
García Ivaf-ez. • 

47 PETIT-CArÉ.-Tristán Bemard. 

HXV¿2,l^.^^--^^^~^'^'''''^^ Costana 
ELECTRA.- Benito Pérez Oaldós 
TiOUlS MIOUlS.-VitalAza "*"""^- 
EL ULTIMO BRAVO.-O. Alvarez v 
Muñoz Seca. 

LA A\ARCHA DE CADIZ.-García Alva- 
rez V Lucio. 

DONA PERFECTA.-Benlto Pérez 
Galdos. 

LA I IZtíNA.— Godoy y Alarcón. 
MIOUETTE y SU MAMA. - Robert v 
Calüvet. ' 

LOS CUATRO ROBINSONES.-Mu- 

noz Seca y García Alvarez. 
LOS GEMELOS.-Tristán Bernard. 
LA LOCA DE LA CASA.-B. Pérez 

Galdós. 
GUiANTES Y CABEZUDOS.— Miguel 

Echegaray. ^ 

DANIEL.-Joaquín Dicenta. 
ELCHICO DEL CAFETIN.-Torres del 

Álamo y Asenio. 
REALIDAD. -Benito Pérez Oaldós. 



■iS 
49 
50 
51 



53 



60 

61 



62 





HA ST II EL GATO 

reconoce instintivamente las admirables coi| 
diciones lumínicas de la lámpara de filameni 
- - - metálico estirado irrompible - 

O S R A 



Cancesionario: 



León Ornstein, Maaric 



OVELA 
TRAL 

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revista femeniha popular 
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El peinado. — Los sombreros. — Las joyas. — Los perfumes. — El pañuelo 
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BELI^EÜIA FÍSICA 

Preceptos higiénicos del tocador. para la conservación délos cabellos^*! 
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pie. — Secretos para no envejecer. — Las arrugas. ^Disimulo de los de- 
fectos. — Los lunares, etc. 



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fSínj^^ cía SM Casi 

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El arte de amueblar.— Organización de la casa.— El salón.— El to^lp] 
dor.— El com dor.— La alcoba.— La despensa.— La cocina.- El de^j 
pacho. —Flores. — Bordadc s . — Encajes. — Ropa blanca, — Costura V 

planchado, etc. 

XJk MUJER CONTEMPORÁNEA 

Sus derechos.— Lad conquis as del sufragismo.— Lo que debe sabe^ 
La joven.— La esposa.- La madre.— La abuela.— La viuda.-L?" «o*;,, 
ra. — La gran dama.— La señorita.— La funcionaría. —La artesatl»»^ 
— La aldeana.— La religiosa. — La sirviente, etc. 









ifastor y Borrego 

JUGUETK CÓMICO EN DOS A(W08 DIVIDIDOS KN CUATRO CUADROS 
original de 

Enrique García Aivarez y Pedro Muñoz Seca 



L 

TA. 
^ «A. 

y> icA. 

y TEA. 

2^ !A. 

Jifero. 

.F.ÓN 



PERSONAJES 




lESUS. 


PELAEZ. 


LEÓN. 


MARCIAL. 


CÉSAI?. 


MASSINI. 


PENA. 


MAGIAS. 


PEROJO. 


BAUTISTA 


GÓMEZ. 


BAEZA. 


ZAMBRANO. 


RAMÓN 


HODULFO. 






ACTO PRIMERO 



de calle, o plaza En el lateral derecha un clásico y típico aguaducho y ante él 
de mesitas, con sus asientos correspondientes. Es de día. La acción en .Madrid, 
a actual. 

arse el telón, están en escena Dorotea, una buena moza, Zambraitó, Rodulfo y Pe- 
Oorotea es la dueiia del aguaduclio; Zambrano, es un tío como de cuarenta años, 
ero de los barrios bajos, en traje de gala; sentado ante la primera meíita de la de- 
lee un periódico. Rodulfo^ Peláez, dos hombres de mediana edad y bien pórta- 
<:ntado8 fmte la otra mf.'^itii, conven;. hi ;i;iiri!adaniente entre sorbo y sorbo de cer- 



-Te úi^u que es un hombre knposiWe. Me juró por la salvación eterna de 



m 



?uedes?uá de esmerarle cinco ailos, Job a mi lado es un frenético. 

Rnn" RnPní 'oues Bver he recibido en unión cíe una peseta, el siguiente con- 
tine^n?aus!cn ?írfa ? -l?«E^tra.able Rodu^^^^^^^^^^ ^ 

los dolores más lacerantes que pueden padecerse en f/^^f ¿^^°n^o";|ol. Veo 

compasión y perdone a este suyísimo idólatra. Q. E. L. , P. Pastor.» ¿nni' i^ 
te parece? ^ . j ■ r\ r? í ■) 

g?o:lE«etS&.SerdiX?e„^«„'akmada. Com» comprenderé, e. 

to es un timo . 

pEL.—Yoque tú daba parte. 

P.T-í.oTe1rco™Tendo S'cL'o ^^Icor esas seisden.as veM- 
cinco pésete,' sabie„d°oTomo sabe, que ese P.^^'»; f ™. S"™;SU\"^Uca. Me 

RoD.-Qué quieres: es uu hombre ^l"^^^»^.?""^';* i^^'e'/uí'dSo de pe- 

?S:%°r^Se"STrSatTSpaT4í¡rqte'¿^-c?^^^^^^^^^^ 

abrían solos. 

Pel.— ¡Atiza! . , 

RoD —Y podían expenderse a una cmcuenta. 

g^^;-^Íeío??u"efmJ encandiló, apoquino la luz pa- -ten^^^^^^^^^ ^rneéf | 
un ?ioHn Stradiv'adus en prenda, y a losXmo%tve?a d mec^nS por Suna ; 
artefactos contra la lluvia. Los examino y como "« JJ^^IXe"? Y me contista; 
parte, le escribo diciendo, ¿estos paraguas. Po^ donde se aorenr 
«sos paraguas se abren por la tela, que es muy mala. 

carel violín. , 

plomarse. 

LVSfol1'rri^Sptrrc-^¿SS>t^^^^^^ 

dama juana cantora! . . „^o ■'■■d 

?r-S?ríSjÍ^^SS^^elequit^s el tapón y tenía un|» 
cani/mó que princfpiaba a cantar: «Tápame, tápame, tápame...» 

PeT-Bueno d día que me lo encontré y me dijo que no había podido cg 
trulHadamHuana,^^^^^^^^^^ n,üsica era tan bomta. en cuanto pnnc«^ 

a sonar saltaba el cristal... por poco le ahogo. Ji 

?S'.-&?tü!que°ya-i.abrá bajao don Napoleón a ia oficina. Vamos., 



l.-fi 






3.— ¿Pagas tú o paf^o yo? 
. - Hombre, no quiero serie gravoso: paga tu. 

c^'cTdTne'ro^'^^"""^^'^^ ^^'^'^'^"^ ^' ^^"^'^^ *^"® ^^^^'^^ ^°' ^^ '^^ ^ replicar que 
..-—Está bien. (Llamando.) ¡Joven' 
?.— ¡Va! ^ 

k~!y°c'^"'*° 'e''"'^'^^' periódico.) A ver qué dice la guerra. Aquí está fLe- 

a^Rol!fn^f??Í^'''ri'^?''^°'-- ^''^- Será servio! helados^ rDorotea se 
a Rodulfo y Peláez, este le da una moneda y Dorotea vuelve al kiosko en busca de 
En este momento entra en escena por la izquierda, Pompeyo, ilustre héroe de esta 
ste Pompeyo es un hombre de cuarenta y ci:v:o años, medianamente trajeado. Gasta 
iga barba y conduce un euorms canasto lleno de estatuitas de yeso 
1 -Vendo barato. Estupendas reproducciones de las más notables escultu- 
P^artenon. El Apolo de Belvedere, \a Diana de Versalles. X?e elegancia. 

>.— (Sin mirarlo.) No queremos nada. 

i.-Bustos de Wagner, Listz y Rossini que están hablando. 

,.— No se canse usted. « 

.-Abadía de Wesminster, cementerio de Gónova, atrio de Pisa nórtico 

bles, y... ¡espárrago, Rodulfo! (Se vuelve de espaldas para L ser visto peí 

—(A Dorotea que le entrega unos perros.) Toma, para tí 

.r-Muchas gracias. 

.—Hasta mañana. 

'"Yfy^" ustedes con Dios. (Se van por la izquierda Rodulfo y Peláez ) 

.--(Viéndoles irse.) Y el otro es Peláez; si me reconocen liquido oor derrí. 

.—Retírese y no moleste. 

:r^,^/^y'f-^^^'^^^°-'^^(^'^^^<>meloen\Ía.(Co\ocacl canasto sóbrela mesa 

Ida. Llamando a Dorotea.) ¡Pclis! *' 

.—(Acercándose.) ¿Qué va a ser? 

.—¿Qué hay? 

—Vermout, cotíeles, sidra, cerveza y gaseosa. 

—Digo que, qué cuentas. 

— Pitorreíto, ¿eh? 

.—Tráeme media del Gaitero, que siempre ame^iiza. 

.—En seguida. 

-(Llamando en voz baja.) Zambrano (Zambrano mira a su alrededor y continúa 

—¿Quién es usted? 

-(Quitándose la barba postiza.) Un primo de León Tolstov 
— iBorrego! ■** 

■—No grites, que me comprometes. 

¡ í-ríf K^S!' ^^'"'?''^- <Po"'Pey» «e guarda la barba en el bolsillo y se .sienta iunto 
I ton barba posti/a y vendiendo esculturas/ * ' " 

líS 2,"^ ""Sarrüvse a una tachuela al rojo, que mira que es difícil 
-(Con el servico en la mano y buscando a Pompeyo ) Ya volverá Ve ha deiadn 
Steblecimiento. (Acercándose a Pompeyo.) ¿Qué va a ser? ' 

-Ya le he dicho que media dei Gaitero. * 

IfiMpñn "^"v^ Usted dispense, (¿Será Frégoli?) (Se retira al kiosko , 
Bueno chico, me has dejao a quince bajo cero. 
•-(Bebiendo.) A tu salud. J <u. 

■-pulí; Pi"r?f.'^f '''''; ^"^ ''?'*'^^ ^s« b'^rba y ese canasto? 

Pues el canasto, las esculturas, y la barba significa que no tengo dos 



Zam.— Lo de siempre. ^ ^. ' ^ . 

PoM.— Me encontré a Ramoncülo Mas, que se dedica a vender esto con elapt 
nido de Massini, me metió en el negocio, asegurándome que cada escultura nu 
dejaría cuarenta y cinco céntimos limpios y yo dije: arreando. 

ZaíM.— ¿Y te dejan eso efectivamente? ^ .. , ., . ^ 

PoM.— Me han reventado, porque hay días que ando diez kilómetros y no ven 
do ni una cazadora. ;^; 

Zam.— ¿Cómo una cazadora? ,. 

PoM.— Una Diana. Bueno, me he llegado a convencer que todo esto es música. 
Wagner, Listx, Apolo... música. Las Dianas, música. 

Zam.— Pero escucha, ¿y lo de la barba? 

PoM.— Lo de la barba merece capítulo aparte. (Bebiendo.) A tu sama. 

Zam.— Que aproveche. . ,.., 

PoM —Pues lo de la barba, querido Zambrano, es como si dijéramos una coú 
de malla que me preserva de una de estacazos que no tienes idea. He abusado dt 
la Cándida confianza de más de cuatro amigos, y hay por ahí diez o doce pr6)imor 
que abrigan la jocosa idea de dar una pateadura a Borrego. 
• ZAM.-iAtiza! ^ _ . 

PoM.— Y otros diez o doce que sueñan con patear a Pastor. ^ 

Zam.— ¿A qué Pastor? H 

PoM.— O séase Borrego. 

ZAM.~¿Pero qué dices? ^ .r^ui c:ii/>. 

PoM.— Pues digo que para unos soy Pastor y para otros Borrego. (Oh! bi ne- 
vase el mismo apellido para todos, sería horrible. De este otro modo cuandouna 
víctima de Borrego habla con una victima de Pastor, hay aquello de jbalij^ 
Pastor es un santo, una torrija al lado de un tal Borrego que yo conozco, «» 
mientras unos me pelan... otros me dan jabón. 

Zam.— Eres único... ¿Cómo quieres que te llame.-' 

PoM.— Pompeyó, que es mi nombre de pila. _ _„ 

Zam.— Pero vamo» a ver, ¿tu no eras agente de una compañía de seguros C(»-|^i 

tea incendios^ '^í 

PoM.— Sí,'peto los incendios dejan muy poco. Ahora represento a una compa-j^^ 

í^ía poríuguesa de seguros contra el robo. 'u- 

¿AM.— ¡Qué raro! ^ , . '■ 

PoM. -Una compañía muy seria; se iiama: «O terror de os sinvergonz ,^ 

Zam.— Bueno, tú acabas en un pedestal. u ^ ia» *Mir % 

PoM.-Pues si tú supieras la martingala de que me valgo para hacer ios 9egu,|.^^ 
ros, de admiración me pagabas esta sidra. !ji. 

ZAM.-Pagada: estás en mi mesa. Cuenta, que me tienes en orasas . : 

PoM.-Con tu permiso. (Llamando.) Camarera; doble Águila. Esto del Ciaíter. 
también es música. (Dorotea le sirve lo pedido.) Pues verás. Me presento en una ca» 
de buen aspecto, reclamo la presencia del dueño, comparece y usando de es 
elocuencia persuasiva que me es proverbial le propongo el seguro en cue^ 
Que acepta; pues, un reconocimiento verdaderamente facultativo Quemeaiu 
lo siento mucho, pero...;Catapúm!... Caigo en sus brazos como herido por «J 
centella y con esta carita que no me negarás que es cadavérica... (Hace un gesu 
Zam . -iReféretro, qué fisonomía! Bueno, ¿y que pasa? . , j, ^ 

PoM.-Pues pasa que el caballero se chupa un susto espantoso; '«ama a »"!, 
milia, me acomodan sobre un sofá, una «chaise-longue» o una cama, Que se JJti w 
"os; todo el mundo se asusta, se sobresalta, se aturde yo descanso una hora, ^ 
no es mucho y por fin suspiro, me estremezco, parpadeo, ^br« los opa de)0^ 
balar dos lágrimas cocodrilescas y digo compungido a los que me rodean.- u» i 
¡idad.. . una debilidad que me consume. La reunión se enternece Y. viene un co»^ ^ 
mé. vienen dos o tres copitas de Málaga. Yo repito mi agradecimiento, reptoq,*^ 
es debilidad, repito el Málaga y entre sorbo y sorbo ^e^ f « o^,«, ""^ P/^^e Je t S 
nesca de mi vida. Una noche tenebrosa; un silbido, un balcón que se abre, trese .p, 




a,- 



carados que entran y el robo, la miseria; el delirio. Apoyo la conveniencia de 
irararae contra los ladrones y salgo de ailí, con el cuerpo reposado, el estóma- 
bahente y una nueva póliza en el bolsillo. 
ÍAM.-Eres más grande que el Océano Pacífico. 

^OM.— Lo que tengo es una imaginación que sonríete de Dumas padre y con- 
lonale de risa de Dumas hijo. Claro que estas cosas suelen tener sus quiebras 
te digo que estoy amenazado de muerte, no te engaño. 
ÍAM.— ¡Caray, tú! 

^OM.— Hay en Madrid un mediquito que ha jurado tacharme del ccnsu y lo veo 

lias horas nojando la pluma. 
'am.— ¿Quién es? 

j*oM.— Un tal don Camilo Peña, médico de una casa de Socorro y especialista 

I ornentes eléctricas. 
Iam. — Pues ese e? muy bruto, Pompeyo. 

»0M.- Brutísimo y me preocupa. Bueno, la que le he jugado ha sido volcanes- 
iien sabe Dios que fué por hacerle caso, pero ha sido volcanesca 
.AM.— ¿Qué fué, di? 

'OM.— Pues nada, ^ue yo, como sé algo de electricidad, entré en su casa de 
•ante y a los pocos días de estar en su clínica, me llama y me dice: Lobo— bue- 
ísto de Lobo es un apellido que yo suelo usar en algunas ocasiones. 
Ia.>i.— Comprendido: continúa. 

'oM.— Pues va y me dice: «Lobo, pase usted al gabinete de electricidad y sí- 
la comente a un caballero que hay allí; yo tengo que llegarme a San Carlos.» 
ítro y me encuentro con Requejo, un punto que el Polo a su lado es una ca- 
ira tifoidea; hola. Pastor, hola, Requejo, qué cuentas, qué haces.. . total que 
ice, ¿qué te parecería si nos lleváramos todo este instrumental y lo puliéra- 
J A tus órdenes, le dije yo, y ocurrido y ejecutado. 
rAM.— ¡Qué barbaridad! 

íOM.-Excuso decirte; llegó Peña, puso e! grito en el cielo y habló de mandar- 
presidio, pero yo !e puse cuatro letras diciéndole: «Como usted me encargó 
le siguiera Ja corriente, puede usted dar gracias a Dios que no se le ocurriera 
rae el mobiliario, porque por mí se lleva hasta el estuco.» 
AM.— Bueno, el que escriba tu historia se hace de oro. 
OM.— {Bah! 

íam.— Escucha, ¿y tu sobrino? 

OM.— Me ha salido rana; ni lo veo ni lo entiendo. Resulta que está bien colo- 
y que va a casarse con una muchacha rica. 
Iam.— ¿Quién es ella? 

OM.— ¡Anda, pues si yo lo supiera, menuda vida me estaña yo dando a costa 
i futura familia! ¡Pero ya lo sabré y ya caeré en la casa! Hay más días que 
^iza. (Siguen hablando. Por la derecha, entran en escena, Marcial, guardia de Orden 
o, muy poco marcial, y Baeza, agente de policía.) 

AR.— Dicen que suele venir por aquí algunas tardes, de modo que con un poco 
iciencia... ¡Mi madre! 
ABZA.— ¿Dónde? 

tAR.— Aquí tiene el canasto de las estatuas. 
A^ZA.— Ya es nuestro. 
;AI».— Bueno, ¿pero dónde está el pájaro? 
AMA.— Preguntaremos. (Se acerca a Pompeyo., Ustedes perdonen; soy agente 

9»C.-¡Oh! 

**^"T.^'^'' *^° ^^^ vende estas estatuas, uno con barba Inrí^a y negral 
Mi.-Ah, SI. ¿Cómo se llama?... ¡Pintado! No hace dos minutos que 'estaba 
flS^A *°,"i^"^o un bock de cerveza y de pronto, dijo: Caray, las cuatro: a 
I pierdo el tren, me voy al mediodía, y salio.escapado. Yo le dtje a éste, ca- 




tamba con Pintado, ¿pues no se va a las cuatro y dice que se va al mediodía) |,, 

/.Verdad? . , .. ^ u- i ,x IS* 

Zkia.—Sí. (¡Señores, qué skatm de hielo!) ¡jIas, 

Rapta — Pues nos hemos caído. ... . . u ÍN 

Ma« -A mi se me ocurre un raciocinio; ¿cómo es posible que se haiga marchao ^^ 

'^'^S-ÍbSÍ'tSV^^ usted, dos mil quinientos uno. (Por e, ««.rdi,, ., c, ^ 

lleva dicho número.) 

2.«._jY qué ha hecho ese sinvergüenza? . .. ^ * 

MAR.-Nada, que con eso de la estatuaria ha timado a un sm fm de gente. 

MAR*.-Si?'¿ñor, y un caballero ha presentado la correspondiente denuncia. 

^^I^^^Srtll^eZier^^^^^^^ de un magnifico fc 

crrupol8Cultórico.repre8entando una hermosísima dama sentada en regto carro de ,^, 
3 tirin uncidas dos majestades de la selva. Y luego se ha puesto claro que |„. 

lo que rifaba era la fuente de la Cibeles. r» i. - ^„*» 7omKrnn,-.5 ' 

PoM.-lZambrano! (Zambrano rp sabe dónde mirar.) ¿Pero tu oyes, Zambrano? 

7 AM —íDéiame. hombre! Los hay que acatarran. ^ ^ „ „. h- 

BAEZA.-;Tque no podamos atrap^^ granuja! Como desconocemos su ^,. 

'^^ mÍrÍ'-Nos trae de cabeza; por su culpa llevamos tres días con hoy haciendo .^§ 

*"ToA.-¿Que llevan ustedes tres días haciendo títeres? Pues yo tengo uia j: 

pista. 

Mar.— ¿Una pista? 

PoM.— Para que caiga en el lazo. j , x „e 

Baeza. -Hombre, nos haría usted el mayor de los favores. 

PoM.— Oído. 

^Z^t^T¿Z^^^o, pero Sé d6nde vivesua^nig^^^^^^^ 

debe pesaTloVuyo, v acompañado del celoso detective que me es^"^ha. se pten , 
t« Pn casa de Massini hasta cuyo portal yo tendré un verdadero gusto en acom i 
paflarffs Suben alT^^^^ entPegan el susodicho canasto y aguardan tranqui- ^^ 

lamente la llegada de esa urraca tempanesca. , ^^ 

Mar.— Es usted un padre nuestro. •■-"" 

PoM.— ¡Ave María, señores! 



Baeza.— Pues ño hay más que hablar. ^^^HI' 

PoM —Eso* euardia, coja usted ese canasto. v .. i«^BK. 

MAR.-ArúdIme usted/señor Baeza. <Entre Marcial y Baeza colocan b.en 1a8«1lM 

ras.) .jv iiS. 

ZAM.--(AparteaPompeyo.) (¿Pero qué intentas?) ^«o.-onriia, 

P^M.-Hombre. que me lleven el canasto, porque, chico, pesa que desvenci)a. 

PoM -Keív"ÍrTIhora. (A Baeza.) Tendré una verdadera satisfacción en co;! 
i^oerar ¿1 castiebf "granuja, porque esos sinvergüenzas que hacen nfa. apó . ,, 
Sf desSfstfSa. .os que ¿os vemos en la imperiosa necesidad de ganarno^ ^^ 
un mendríg?dlpan rifando honradamente cosas ^e verdadero valor. -Hac^J ,, 
mes que llevo trescientas papeletas de rifa de un ««•'t^'-Jf Jivi"^^^^^^ 
colorar más que tres o cuatro, y cuidado que el precio es una vergüenza. 

?0MCÁVntTeSS.%n solitario buenísimo; cuantas personas le 1^ 
to me han dicho: amigo Becerra, ¿cómo rifa usted a tan bajo precio un 8oU|| 
tan bueno? 



VEZA.— ¿Se apeKida usted Becerra? 
)M.— Para. servirle. 

AR.— Déme usied una papeleta, amigo Becerra. 
VEZA. — Y a mí otra. 

)M,— Muy agradecido: ahí va. (Se las da y las cobra.) 
AR.— Pues cuando usted guste. 

)M.— En seguida. Adiós, Zambrano. No me esperes. Tengo que acompañara 

e dos amigos. Luego iré a casa a dejar dos cuarenta y después pienso ir a ha- 

la operación de seguros y ya sabes que suelo invertir en ello un par de 

—Pero escucha. Con permiso. 

A.— Usted lo tiene. 

—(A parte a Pompeyo.) (¿Dónde está 686 Solitario?) 

M.-<¡Primo! ¡En una ermita de Córdoba! (A los demás.) Andando. (Tomando? 

a del brazo.) 

\R.— Rediez, lo que pesa esto. 

^.—Hombre, a ver cuándo me presenta usted al director general de Seguri- 
jeseo hacerle un seguro... 

M.— (Pero qué fresco eres.) (A Pompeyo.) 

M.-(A Zambrano) Fresco es poco; yo me tiro por un baloiin y cree la eente 

!ta granizando. No te ocupes de eso. (Telón.) 

MUTACIÓN 



CUADRO SEGUNDO 



L. 

:ion amueblada con suma elegancia. Puerta de entrada a la izquierda, último término, 
balcones al foro y dos puertas en la lateral derecha. En primer término de la izquier- 
frente al espectador, una < cbaise-longue» y a la derecha una mesita y dos butacas; 
tía de la mesita una bandeja con pastas, pasteles, botella con licor y un cuchillo de 

'C. 

;en en escena doña Elena, señora de la casa en traje de soirée y doña Antonia, con 
Tero y en plan de visita. Ambas frisan en los cincuenta años. Al levantarse el telón 
Elena abatida y llorosa.) 



P.— Vamos, Elena, no lagrimees. 

ío ' J'^^^''í^ *" ^^^^^ '^ ^"^ y^ ^"^'■^' Antonia de mi almaPNo sé cómo sien- 
cardiaquisima no he sucumbido ya. 

r.— Vaya, ábreme tu pecho, acaso a mí se me ocurra alguna idea salva- 

«^~T" ?®^^^' ^"^^^a Antonia, que antes ¿le casarme con Napoleón Co- 
«ve relaciones cuatro años con Adolfo del Campo, aquel perdis que afor- 
■mente marchó a Buenos Aires y del cual nadie ha vuelto a saber, 
r.— Lo sé. El tal del Campo era una verdadera calamidad. 



ELENA.-Pues bien, desde que tíie case, Napoleón no ha dejado de tener celoo 
de él ni un solo día. 

El^nI;- Unol'celos otelianos, horrible, y ahora con motivo sin duda de la agu- 
dísima neurastenia que padece, estos celos se han recrudecido de tal modoque 
no te exagero, mi vida es el más cruento de los calvarios. 

Ele^aT-sÍ cIllolTs^'q^ pienso en él; si hablo y río, es que me aturdo para oi 
vidar su imagen. 

ÉS^-Desde hace quince días sostiene que del Campo está en Madrid^ ■ 
como él no le conoce personalmente, todas las personas se e antojan del Camp. 
Xrib e queírda mía! Ayer vino a verme;Felipe Flores, mi primo, y mira si e. 
tara obcecado que Treyó íue era Flores del Campo... y por poco le da un jabon 

^:iÍ7-ATvf^oTo!¡'itcando un ardid para disipar sus dudas, sus cdos, 
V no lo hallo (RtUdo de voces dentro.) Nuestras hijas: disimulemos. (Ump.a suso^^ 
íoHa segunda puerta de la derecha entran en escena Clarita, h.,a de dona Elena, y Donun.- 
ca, hija de Antonia.) ' 

Clar.— Pues celebro que te hayan gustado. _ Q,,ur« t^rio pw 

DoM -Hemos estado viendo los regalos. Son toaos lindísimos, sobretodo ese 
anillo de los cuatro solitarios es una preciosidad. 

Elena.— Anda, Antonia, otra pastita. 

Ant.— No, Elena, he comido mucho y nic da miedo. ^ 

Elena . — A ver este coco . 

Ant.— Me da muchísimo miedo. 

DoM *-A^^ "o s°?'íf He tomado dos piti.,.c., un hojaldrado y un mi. y picodc j 

hojas y no me cabe más. ! 
Elena.— Como quieras, mujer. . 

Clar.— ¿Y por qué no ha venido Mana Antoiuci.'' i 

;^HT,_Porque no sale a la calle. i 

lí^r-E^;S'o°Aés tonta! Se le ha u.eudo en la cabe^a que va a .. , 

niño. 

Elena.— ¡Jesús! 

Qovi.— Y Domingo está en la misma creencia. 
Ant.— Domingo está que destila almíbares. 
Ci AR —i»Y cómo piensa llamar al primogénito.-' ^ 

AnÍ -Domingo como su padre. Diles otra cosa y has reñido con er 
siempre. CoZ que'los L están locos pensando en ei Domingo que viene 
Elena.— ¿Pues qué va a pasar.-» 
Clar.— Hablan de la criatura, mamá, 
Elena. -i Ah! sí. A veces tengo la cabeza... 
j^NT.— ¿Y cuándo piden la mano de ClarUa.-' 
Elena.— El día primero. , ^ ^«^ i« C5f,rrí,-j 

^NT.— ¿De modo que dentro de poco seras la señora de la bitrra. 
DoM.— (A Clara.) ¿Y quién te pide? ^U 

Clar.— Un amigo de Lean. ■I 

Ant.— ¿Pero León no tiene parientes? a, t-„íu mi tio^l 

ELENA.-Carece de familia y eso nos ha movido a '^f.^Ttl-J^Tü^^^^^^ 
tai don Toribio de la Sierra, pero atortunadamente murió í^^'^e üempa ^^^ 
tunadamente, porque de vivir don Toribio, no hubiésemos aceptado las Pre^J";^ 
^es de Leon.-irAquel hombre, según dicen, era un <^<?I"P'^^t«^.'"7,f^ 
él que no en, posible emparentar.. (Por la puerta de la .zqu.erda entr. en esc 
sus, un señor cotro de cuarenta cüius, bien parecido y mejor traieadu.j 



•8ÚS.— HoJa, buenas tardes. 
i.Ar<.— Hola, tío Jesús. 

LENA.— Ven con Dios, hombre. tPrcspntáiuioie.) La sefiora de Pinto; su hija... 
srmano. (Saludos.) 

LAR.— ¿Has visto a papá, tío Jesús? 

«Ú8.— He estado un momento en el despacho, pen> hay aih' utf pelma qii(ru;i- 
olhacer un seguro y no he querido que me dé a mí también la tabarra. 
LENA. —No has debido dejar solo m Napoleón; ya sai-cs lo irascible que e; tá 
mtínuo por causa de la dichosa neura.<;tonia y >i ese cai'allern se pone pp>;¡w.., 
paz de tirarle la prensa, 
•sus.— Poco daño le hará. 
LENA,— Digo la prensa de copiar. 
18Ú8.— Ah, entonces le hace cisco. 
AP.— (Dentro, gritando.) ¡Elenfi!... ¡Clara!... ¡Severa!... 
LENA.— ¿Eh? 
LAR.— ¿Qué pasará? 

AP.— (Como antes.) ¡Ramón!... ¡Elena!... ¡Cinrita!... 
LENA.— Corre, Clarita. 

íAR. — Sí. (Mutis por la izquierda.) 

-ENA.— Con el permiso de ustedes. (Mutis.) ¡Ay!, le debe haber dadolaíieu- 
nia. 

NT.— ¿Qué ocurrirá? 
sus.— ¡Nada; neurastenia! 
ftp.— ((3omo antes.) ¡Jesús!... ¡Ramón!... 
Isús.-- ¡Atiza! Ustedes perdonen. (Mutis.) 
¡OM. -Mamá, aquí debe pasar algo gordo. 
iLAR.— (Entrando.) ¡Ay, perdonadnos! 
NT.— ¿Qué sucede? 

!lar.— A un caballero que estaba hablando con papá y que le ha dado un ac- 
hate. íLlama a voces por la primera puerta de la derecha.) ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Venga 
Ú al despacho! (Haciendo mutis por la izquierda.) Vuelvo en seguida. 
>NT.— Pues sí que es un contratiempoi^ Corra, corra usted. (Ramón, criado de la 
ptraviesa la escena de derecha a izquierda.) 
OM.— Qué apuro. 

NT.— Mira, voy a llevar a María Antonia unas pastas. 
OM.— (Mamá! 

NT. —Diez o doce nada más. ¡Como son de casa de Martincho! 
OM.— Sí que es una explicación. (Dofia Antonia llena el bolso de pa.stas.) 
M>. -(Dentro.) Por aquí, pasarle por aquí. 
Jena,— (Dentro.) Sí, a la chaise-longue del gabinete. 
HT.— ¿Pero nos van a traer al accidentado? 

OM.— Sí que es un espectaculito. (Entran en escena por la izquierda, primero Elena i 

|ra, luego Napoleóa, Jesús y Ramón, gwe traen conío pueden el exánime cuerno ¿e Pom- * 

|lena.— Despacio. 

NT. — ¡Pobre señor! /j 

LAR.— ¡V está rígido! | 

^p.— Vamos a tenderle en la chaise-longue. * 

3Ú8.— ¡Ajajá! (Lo acuestan en la chaise-longue.) ¡Vaya Un ÍÍO pesadol 

ftp.— No lo sabes tú muy bien. 

:íú8. —Quítele las botas, Ramón; le daremos unos pediluvios por si se trata 

aque congestivo. (Ramón obedece y le quita las botas.) Tú, Napoleón, desabró- 

I «1 cuello. (Napoleón lo hace.) 

M».— Hay que avisar al médico de lá casa de Socorro. 

LlWA.— Anda, Clarita, df a Severa que corra a buscarle. 

íSus.- Y tráete una manta de oaso. 



Clar. — En seguida. (Vase por la segunda derecha.) 

Jesús.— Espera: voy a tirarle con todas mis fuerzas del dedo del corazón p 
si es un ataque cardíaco. (Lo hace.) 
PoM.— (¡Qué bruto!) 

Elena. — ¡Pobrecillo! 

DoM. —¿Sabes a quién se da un aire, mamá? A aquel que hace dos meses nt 
vendió unas papeletas de la rifa de un loro... 

Ant. —Es verdad. 

Elena.— ¡Ah! ¡Sí! 

Ant.— Por cierto que les tocó a las de Ramírez, y tuvieron que malvenderse 
ni rifante, porque el indigno del loro las ponía en ridículo: se pasaba las horas 
gritando: «Aquí me matan de hambre.» ^: 

Elena.— Pero cuánto tardan en traer esas mantas. Voy yo en un salto. (Mutis ¡\f 
por la derecha.) • ' il.'^ 

Nap.— Este hombre no vuelve y ese medido va a tardar dos horas. Anda, Ra- F' 
món: vuela a la Casa de Socorro y tráetelo en un coche. '' 

Ram.— Sí, seilor. (Se vapor la izquierda.) ™' 

Jesús.— Napoleón, frótale las piernas, mientras esta señora y yo le levántame- 
los brazos. ¿Sería usted tan amable, señora? 

Ant. — Con mucho gusto. (Deja el bolso sobre la mesa y ayuda a don jesús.) 

Jesús.— ¿No tienes un frasco de sales? ^_ -" 

DoM.— Voy a ver si tiene Clarita. (Se va por la derecha.) mÍÍw' 

Jesús.— Si no hay sales, éter o algo fuer e. ™fír 

Ant.— Ahí en mi bolso tengo unas hojas de una planta india de aroma tan pene- ' ^•^: 
írante, que no se conoce nada más fuerte. Las llevo por mi Dominica, que es la '^-^ 
personificación del histerismo. Espere usted. ^* 

Jesús.— No se moleste usted. (Toma el bolso y lo abre.) No¡veo las hojas, aquí no "í™ 
hay más que unas pastas. f" 

Ant.— (¡Dios mío!) Busque, busque, entre las pastas deben estar las hojas. Es- 1| r^^ 
tan envueltas en un papel de plomo. ^ ''^ 

Jesús.— En efecto: estas deben ser. ** 

Ant.— Justamente. (Desenvuelve las hojas, las huele y cae desvanecido en una sitia, r-íj 
don Napoleón, doña Antonia y Dominica que entran en este momento, acuden a socorrer- *"■ 
le.)¡Ay! ! -" 

Nap.— ¿Qué es eso? 

Ant.— ¡Dios mío! 

DoM.— ¡Ay! * •a 

Nap.— ¡Jesús! ¡Jestís!... I 5- 

PoM.— (Incorporándose.) (Caray; pues si me dan a oler eso, con la debilidad quí ~l 
tengo me la he buscado.) ' '■ 

Ant.— (A Jesús.) ¡Caballero! 

Jesús.— (Estornudando.) ¡Attchís! 

N.¡vp.— ¡Jesús! !' 

Jesús.— (Abriendo los ojos.) Gracias, muchas gracias. (A Antonia.) Pero, señora \ '.- 
¿qué he olido yo que he creido morirme? 3i 

PoM,— (Mentido rato me espera.) - 

Ant.— Es que tendrá usted el estómago cargado; cuando se tiene el esíóniag' ,, ^ 
vacío produce el efecto contrario. V-"-^ 

PoM.— (Menos mal.) H 

Elena.— Aquí están las mantas, traigo dos grandes de lana y esta otra mantiü 
oor si acaso. . ...^. 

Nap.- -¿Has traído la almohada? ^:.-^§n-\ 

Elena,— No. Le pondremos esta mantilla a la cabeza. 

PoM.— (Voy a parecer una maja.) 

Elena. — Ayudadme. (Entre todos le colocan una manta a guisa de almohada y tótapí 
con las otras dos.) 

■ ■ -i: 



^, 



Nap,— Remétele bien para que reaccione. 

\nt,— (Con las hojas en la mano.) A ver ahora. (Se las aplica a la nariz.) 

PoM,— (Mal dita sea tu corazón.) 

Elena.— No se inmuta. Dejémosle tranquilo. Bueno, ¿y cóino ha sido? (Antonia 

rda las helas.) 

Map. -Pues nada, que este hombre entró en mi despacho diciendo que venía a 

V iue de parte de un tal Garrido, me dijo que se llamaba Montes y comenzó a ha- 

fa me del Tempraniilo, de los Siete niños de F.cija y del Pernales; yo pensé: me 

íre suscribir a una novela por entregas, cuando de pronto se descuelga propo- 

idome un seguro contra el robo en la Compañía «O terror de o« sinvergon- 

&LENA.— ¡Qué raro! 

Map.— Bueno, me molestó, me levanta súbito y dispuesto a poner fin a la con- 

tncia le dije seriamente tendiéndole la mano: «He tenido mucho gusto...» Y 
n j> que me la oprime hasta hacerme daño, que palidece y que cae soDre mí bal- 
b «ndo un ¡Ay, mi madre!, que me dejó frío. 

2lena.— ¡Dios santo! 

\nt.— ¡Qué apuro! 

hÍAP.— Figúrese usted, y yo solo en el despacho, porque Rodulfo y Peláez ha- 
b I salido a pagar a la gente. 

!)oM.— ¡Qué espanto! 

Iesús,— Pues lo que acabas de contarnos corrobora mis sospechas. Napoleón. 

*0M.— (¡Caray!) 

Iesús.— Su aspecto famélico, su traje en desuso, el mezquino negocio que te 
a )onía, . . No cabe duda. Ese desmayo no es más que un poco de debilidad orgá- 

. Hambre, querido Napoleón. 

^AP.— Puede que no te equivoques. 

Slena.— Miradle; abre la boca. 

¡esús.— ¿No lo dije? Un hambre espantosa. 

ílena.— ¡Pobrecillo! Voy a decir que le preparen algún refrigerio, un consomé, 

listé y alguna compota. Que vea que ha caído entre personas de buen corazón 

*ÍAP.— Sí. 

ílena.-— Dios mío, que vuelva. (Vase.) 

'OM. -(Ya lo creo que vuelvo; en cuanto que vea el bisté^ (Forman grupo loa de- 

y hablan.) (Caramba, y qué manera de sudar; parece que me han echado encí- 

iin chubesqui. Comenzaré a dar señales de vida. (Gruñe y se estremece.) 

|E8ÚS.-¿Eh? 

*ÍAP.— Se ha movido, (Se acercan a él.) 
ÍLENA.— Está como un tomate. 

»ÍAP.- Dentro de cinco minutos tenemos hombre. (Por la primera puerta de la de- 
aparecen Clarita y León. Este es un muchacho como de veinticinco años, muy ele- 

tl ".ÓN.— Me dejas atontado, qué cosa tan desagradable. (Sahidando.) Seflores 
doña Antonia! ¿Qué tal, Dominica? ¿Y usted, don Jesús? 
«Os.— Bien, Leoncito, gracias. 

*dóN.— (A Jesús.) Ya me ha contado Clarita lo ocurrido y lo califico de m«v 
igradable. 
Hesús.— Desagradabilísimo. 

^ LEÓN.— El sólo reíalo de ataque tan insólito me ha puesto nervioso. nervio- 
Mío. ' 

"lar.— Pobre hombre; míralo, está nhí. 

-fcÓN.— ¿A ver? (Se acerca, ve a Pom;;eio y liene que sujetarle den Napoleón para oue 
«|e caiga.) Rebote... 
Plar.— (Asustada.) ¡León! 
Iesús.— ¡Muchacho! 
W. -¿Qué te pasa? 



León. -Nada, los nervio^ la impresión, venía nerviosísimo, y al ver a mi... 
digo, a... (¡Bueno, lo acogoto!) 
°Clar.— Pero... 
León.— iSeñores! 

[B«N::^fel'rÍMeT¿^^'rte,ar a ustedes una cosa ,ue yo te califico de h. 

nible; 

CiAR.-¿Eh? 

León . -De espantosa. 

U6N~^seTomfre^teestá ahí tumbado, privado y arropado, es el granula 
más grande que ha visto la luz... 

Le'ó^Ñ." TkVgránde, que el Atlántico a su lado, es una gárgara. 

LEON^ÍÍAStpoieén!; ¿A que le ha querido vender a usted papeletas para la rita 
de una pianola? 

u'ÍN^Henos mal, porque esa pianola no toca nunca. Entonces ha venido . 
pr oponerle la venta de bufandas en la Sibena. 

NAP.-Tampoco; me propuso un seguro contra el «-obo. . 

Leon.-Eso es novísimo. Bueno, tiene una imagmación peligrosa. 

SoN:-f Tcu^re?e"hombre vuelva a la vida, yo me juego el todo pe 
roclo, pero aquí habrá una tragedia de Esquilo. 
Jesús. — ¡León! 
Clar. ¡Leoncito! 

LEON.-iDe Esquilo! A mí no me toma nadie el pelo. 
PoM.— (Este León es una fiera.) 

iP l^ínri^^fn^aSo^NÍp^^^^^^^^^ tnédico. Ha llegado el médico. . 

'^ n'p í^íAceícándose a la puerta de la izquierda.) En efecto, («ablando haaa el la^^ 

Pur aquí, tenga la bondad. (Entran en escena Pefia y Marc.al, el guard.a del cuadro 

tc-.K)r.) . ^ A 

Peña.— Para servir a usted. 

S:ipSdorn\ presencia del guardia, pero e.tá ordenado que en 

casos... 

Nap.— ¡No faltaría más! 

PeSa.— ¿Dónde está el atacado? 

ELENA.-Aqui, reconózcale usted. .„ . , t?pr4nnmo Lobo') 

Peña.— (Acercándose a Pompeyo y reconociéndole.) {.Recancamo, LODO.J 

PoM,— (¡Mi madre, Peña!) 
Peña.— (¡Ya era hora!) 

K."r-'vatofa ZT.'l± a ver. Fuera mamas, .u ,ui.a ,.» .»«,., 

Psi;;^lfotp"ta"''QuSo'S^''!a"a''™¿:?c°a„a. ,S. .. ,«i.^n. Un i,.u^te |.e si; 

fi^ma. .) (DanL por terminado el reconocimiento,) (Bueno; te has caído.) Señores, ne 

terminado. * j u:«„o 

Elena.— ¿Le ha reconocido usted bien? 
Peña.— En cuanto le vi. 

PEÑ¡7-'^'Seño?es, la ciencia nada tiene que hacer en este caso. 



||í.i:na.— rlCómo? 
psis.- ¿Eh? 

>A.— Este hombre hn muerto, 
i ! NA,-— ¡Ay! ¡Que soy cardíaca!, ¡que soy cardíaca! 

IÍLAR.— ¡Mamá! Ven; vamonos. (Llevándosela.) 
Int,~Sí; vamonos, 
[OM.— jAy, qué miedo! (Se van por In dcrorha Aníonia, Elena, Dominica y Clara.) 
!eon.— ¡Muerto! (¡Gracias a Dios!) 
OM.— (Ya dije que este tío me mataba. ) 
\i\— ¡Qué compromiso! 
!ísüs.~¿Y qué hacemos? 

tÑA.-Nada. Yo enviaré dos camilleros para que lo lleven al deposito de ca> 
lucres. (Pompeyo lanza, horrorizado, una especie de ronquido. Todos brincan del susto.) 
EÑA.— No se asusten ustedes, son gases. 

ÍAR.— (Mirando a Pompeyo por encima de la «chaise longue».) ¡Recasco' Este tío es 
I íivergüenza de Becerra, el que nos engañó esta tarde. ¡Bien murrto estás, la- 
•(X) 

oM.— (¡Atiza!) 
j£f5A.— (A Napoleón.) Estén ustedes tranquilos, yo certificaré que la muerte lia 
ifpatural. Ahora se lo llevarán al depósito y dentro de media hora le estarán 
atsndo la autopsia. (Pompeyo se cae de la ¡tchaise longuo.) 

s.— ¡Que se cae! (Jesús y León le suspenden y colocan de nuevo en la «chaise 
.) 

v.— No hay duda; ha fallecido, 
s.— Tiehe el sudor frío de la muerte. 
N.— Y se le ve la herradura. 

.— (Criada de la casa, entra por la ultima puerta de la derecha, con una bandeia v 
> Seilorito, aquí está el bisté para ese caballero. 
-'.—Llévatelo, el pobre acaba de morir. 
EV^— ¡Ay! (Se le cae el pialo del bisteck.) 

om:— (¡Qué lástima de bisté!) (Severa lo recoge y se va por donde vino.) 

\ A.— (Encendiendo un cigarro.) Qué susto .se ha llevado la pobrecilla. En cam- 

sotros, los médicos, estamos tan familiarizados, con la muerte, que no nos 

<J4ce la menor emoción. (Dándole unos cuantos cachetes a Pompeyo.) ¡Ah muerte 

iUite!... (Se separa de él.) ' ' 

OM.— (Si no estuvieran aquí León y el guardia, resucitaba y le daba el primer 

,0D.— (Saliendo por la izquierda, seguido de Pelóez.) ¡Qué barbaridad! 
EL.— ¡Qué espanto! , . 

^D. —Acaba de decirnos Ramón... 
bus.— ¡Horrible! 

pL.— ¿Pero es cierto lo de la muerie? 
AP.— Ciertísimo; ahí están sus restos. 
joD,— ¡Qué enormidad! 

feL.— *jQué brutalidad! (Se acerca a Pompeyo.) 
PD.— ¡¡Pastor!! 
pu— ¡¡Borrego!! 
ÉóN.-¿Eh? 

kp.--¿Pero qué dice usted? 
PD.— Tenía que morir así este sinvergüe.nza. 
EL.— Este ladrón. > 

BóN.— ¿Pero le conocen ustedes? 
OD.— Buscándole estaba yo para pegarle un tiro. 
EL.— Y yo para patearle. 
"¡ÑA.— ¿Pero no se apellida Lobo? 
AR. — No, señor; Becerra. 



RoD.—Qué Becerra, hombre: Pastor 

Pel. —Quita, hombre; Borrego. 

Peña.— Ya no se llama más que cadáver. Señores, lamento la desgracia y ; : 
saben dónde me tienen. ¡Ah! Conviene que abran el balcón, por si sobreviene u; 
descomposición rápida. 

Jesús.— Sí, señor. (Lo abre.) 

Nap.— León, acompaña al doctor. 

l^EÓN.— Por aquí, doctor. (Se van por la izquierda Peña, León y Marcial.) 

Nap.— Jesús, mira a ver si Elena se ha impi-esionado mucho con esta desgr 
cía. Yo voy al despacho y vuelvo en seguida. (Mutis de Napoleón por la izquierd 
Jesús por la derecha.) m . 

PoM.— (¡Qué frío! Estoy pasando desde la zona tórrida hasta el Polo Norte, 

Rqd.— Bueno, me gustaría que resucitara para darle así en el vacío... 

Pel.— Anda, hombre, resucita, que te íh vas a ganar. ¡Maldita sea!... 

RoD.— En fin, regules can in pace. 

Pel.— Glorian tuam. Vamos a trabajar. Un pillo menos. 

R0D.~Un cocido más. (Se van por la izquierda, Al quedar la escena sola se incorpor 
Pompeyo, se sienta, mira cautelosamente en todas direcciones y respira a sus anchas.) 

PoM.— El infierno de Dante es un cuento baturro comparado con esta trage 
día sofocliana, de la que soy protagonista. Porque hay que fijarse: si resucito nv 
asesinan, y si no resucito me hacen la autopsia. Y luego hablan de los loganím j^ 
A Pitágoras, que en paz descanse, le presento yo este teorema y acaba por d . 
fesarme que es un cerrojo. Claro, que otro cualquiera estaría a estas horas en 
camisa de fuerza y riendo sardónicamente, pero yo, que a filósofo no me ha gant 
do Platón, voy a comer de estas pastas, a libar de estos licores y voy de paso f 
dejar esculpida esta frase: «Satanás, no te lleves a Pompeyo al infierno, po^^™ 
lo enfrías.» (Come y bebe.) Lo que son las coincidencias. Venir a parar a cas*^ 
novia de mi sobrino, donde tengo tan buenos amigos, y asistirme el doctor ¥m 
que es otro amigo. ¡Qué corazón de hombre!... Yo he conocido corazones duro 
pero como este corazón de Peña... (Tumbándose de nuevo.) ¡Cascaras! Oigo paso 
(Entra Ramón, el criado, coge las botas de Pompeyo y la bandeja de las pastas y hace r 
tts.) ¡Resiberia! Me ha limpiado el comedero y se ha llevado mis botas. Claro 
muy truhán se habrá dicho: ¡para lo que tiene que andar ese hombre ... bue • 
hay que idear un plan de fuga. (Acostándose de nuevo.) Gente viene. (Por la puerta 
la izquierda aparece León, misteriosamente. Mira a todos lados y cierra la puerta.) 

LEóN.-Puesto que, gracias a Dios ha muerto, ocultaré que era mi tjo, pe 
tengo que registrarle, por si lleva algún documento que descubra su verdaaer 
nombre y me comprometa. (Toma la americana de Pompeyo.) 

PoM . —¿Qué hace? (Le mira con disimulo.) 

León —(Saca del bolsillo de la americana muchos papeles y los va examinar, 
yecto de un ferrocarril vía estrecha por la Gran Vía... Mil acciones a qinnieni. 
pesetas...» (Sonríe León.) De estas buenas acciones tendrá muchas, 

LEÓN;^(Por'oTro'*lpeI.) «Se rifa un solUario divino.... ¡Bah! «Se vende unho< 
en Leganés; en el manicomio darán razón..» Mi tío estaba 'oco. (Desdoblando u„, 
go y leyendo.) «Suscripción a favor de un bizarro coronel retirado herido en Ja 
pula, Méjico. El conde de Bermeja, treinta céntimos.» Le daña los treinta ce. 
mos para quitárselo de encima. 

[^óri^Sll Feínkdez, Pez, uno», nada. (Leyendo «na tarjeta. <W 
Pastor, representante de la fábrica de pastas íin^^Pf^a sopas «El primer plato. 
Bueno este hombre hacía de todo. (Leyendo otra tarjeta^) Nada^ no h^ nada ^ue^ 
comprometa. ¿A ver? (Vuelve a registrar y saca una moneda de diez céntimos.) Ln W 

grande. 

PoM.— (Ladrando.) ¡Guau, guau! 

León.— (Saltando en seco.) ¡Mi madre! | 

,4f! 



I 



I PoM.— (Incorporándose.) ¡No, til tío! 
j[ LtON. — (Más muerto (¡lie vivo.) ¡Ay! 

PoM.— ¡Sinvergüenza! 

León. —{Sin querer dar crédito a lo que ve.) ¡Pero... UStcd... vifo! jMi íío... mi 

co tío vivo! ¡El tío! 

PoM.— Sí; el tío vivo, pero anda, que tú menudo columpio estás hecho! 

León.— ¡Tío Toribio! 

PoM.— ¡Sinvergüenza! ' 

León.— (Amenazador.) ¿Pero qué farsa es esta? ¿Qué se propone usted? ¿Cómo 

&ndo muerto ha vuelto a la vida? ¿A qué ha venido usted aquí? ¿A comprome- 

íne? ¿A deshacer mi boda? 

PoM — No me preguntes tantas cosas, porque me aturdes, hijo. 

¡León. — (í'urioso.) Pues bien, ¡no, no! (Toma un cuchillo de postré que ha quedado en 

Mato sobre la me8ita.)No me compromete usted. Han dicho que está usted muerto; 

nédico ha certificado su defunción; puedo matarle a usted impunemente, mise- 

le. (Le amenaza.) 

PoM.— ¡León, por Dios, deja ese cuchillo de postre y empecemos por el prin- 

ü! 

León.— ¡Silencio, canalla! ¡Baje usted la voz! 

PoM.— ¡Pues baja tú el cuchillo, porras! 

León.— En esta casa sabían que mi tío Toribio de la Sierra era un timador, un 

alia. 

PoM. -Me ofendes, León. 

León,— Yo dije que había usted muerto; es preciso que ignoren que usted 

e. 

PoM.— Lo ignorarán; hace tiempo que no'eropieo mi verdadero nombre/ Pierde 

lado. Yo haré lo que tú mandes, lo que tú ordenes, pero, caray, depon esa ac- 

d. León, me das miedo. 

León,— ¡Si alguien viniese! Tiéndase usted en esa chaise-longue. (Obedece Pom- 

0.) Así (Arrodillándose a su lado.) y ahora, escuche usted. 

PoM.— Di; pero cálmate, Leoncito; todo tiene arreglo en este mundo. 

León.— Si no quiere usted morir a mis manos, obedézcame. 

PoM . —Ciegamente. 

León.— (En voz baja.) Yo procuraré alejar de aquí a la gente y cuando no haya 
Dlie salta usted por ese balcón; como es piso bajo, le será fácil. 
i |Pom.— (Dye, que no tengo botas. 
ÍjLeon.— ¡Silencio! 
liPoM.— Bueno, hombre. 

iLeon.— Mientras haya gente aquí, continuará usted haciéndose el muerto. Le 
f jen ello la vida. 
mPom.— Escucha. 
' i León.— Silencio, repito. 

jPoM.— Por la memoria de tu madre, dame quince pesetas para unas botas, que 
bimías se las ha llevado el criado. 

León.— Ni un céntimo. 

PoM.— Por lo menos dame la perragorda esa que te has guardado ... 

León. — (Notando que se abre la puerta.) ¡Silencio, o le estrangulo! 

Clar. — (Asomándose por la segunda puerta de la derecha.) León. 

León. — (Sin volver la cara.) ¡Mi novia! 

Clar.— ¿Qué hace? 

¡León.— (Rezando.) Padre nuestro, que estás en los cielos... 

iCuR.— Qué buenísimo es; está rezando por el difunto. Le dejaré en tan santa 
' "ación. (Vase cerrando la puerta.) 
oN.— Gloria al Padre, al Hijo... 

i )M.— (Bajo, dándole con el pie.) No te canses, que yí< se ha marchado. 

LEÓN.- -Pues este es el momento. 




.asro^as7e'?SeS'"''"""'"'^''^^^^^^ '' "^ derecha. Trae n,uv 

León. -Padre nuestro, que estás en los cielos . 
iv.f«« L^i^íTri? ^°;«^> La señora tiene razón, siquiera que lo amortaien con i 
ie le Dudoso 'St bf " '' ^''^ ''"^f ^^- ^ "^^'^'^ '^ habla oc!irr¡d?H 
ííuest^o.Tueitás'S'b^^^^^^^^ "^^ ^^^"'^'"^ ^ --^ P«^ 

RMr-Po\'rS^'?n^^^^^ y^ ^' '^^^^^ ^^t^rite; retírate. 

I FAM R¿r, h ' ^"f '^^y^ l"^^ "" sinvergüenza, no quita... 
León. --Bien, bien; puede marcharse. 

Kam,— bi, señor. No somos nadie. Hace un instante vivo v dentro dp una 
en rajas como el salchichón. íSc va por la derecha, último Umií^. I ^^ ""' 

León. —¡Pronto! ¡A la calle! 
PoM, -Espera que me ponga las botas. 

las bS7u^stas'!"^ '^ '^' ^^"'^'^ "'*"^- ^ '° "'^'^'' viene alguien, y sMe v 

PoM.— Tienes razón. ^^ 

ta de la deTeS"* "^*^'^' ^"^ """^ ^ entretener a la familia. (Se va por la segunda mr- 

me ve ai^uSn^Vrt^^'lL'o ""^'"' "' "'í''"'^ ^'^^^^'"^ '« ^^"^ expedita? ^Porque si 
Pues cSuTerplnU^'ní; "*' ""^ P'*''^^^- ^^,"^'^" " '"'•■^•■•^ "^ ella es guapísima, 
adrL SoSn? k''? '''' ""^ ''''" ^<'" '^s ^oías en la mano, me toman por un 
^P^^:^:^.^^::::;^''' - '^ «c„aise-,o„gue».) Alguien viene. (Se^ u. 

fe?us"r;%r Vn^elid^S;^ "^"^ '^ '« ^^^^^^^•> ^'^-^ J-"« ' 

Elena. —Aquí no nos oye nadie. •■ 

Jesús.— Pero ese misterio... 

ELENA.—Jesús, creo que me he salvado para siempre. 

Jesús.— Habla. ^ 

ver^sTSSt ÍÜ^^mZr*'' ='«'^'-*^™' P^™ «^ desgraciado puede devl- !fc::í 

Jesús.— No te comprendo, Elena. [• '^^ 

Elena.— Voy a llamar a Napoleón y voy a decirle: Napoleón ese hombre aue ¡ i í 

Jesús.— Elena. ' 

un e^lipórfo d°Va?5 rie^ra"'"""" "'"''"'' '""'"^'''" "" """■ ^ ^"^ '^ "" 
uJsTob^y'ót!ÍÍ'Z"°Ío7oU¿!p^J° "''''' * '^^'^ hombre le han lian,^ 

Pas?¿r sonleférí^."""' ""'»• """ '"' ^"'■'^''' '"'^''"' ^"^"■'^"^ 
PoM. — (Esta señora m^ va a meter en un lío.) 

Llena.— Mira. (Saca un retrato.) 
Jesús.— ¿Qué es eso? 

que^vora dícVitf.*'^''' '"*'' ^'^^^^^ Escribe en éi, desfigurando la letáyi 

PoM.-¿No lo dije? "'^ 

Jesús. -(Dispoméndose a escribir.) Lo hago por salvarte: dicta. 
nolSn ^fTvPX T. o^í^T' '"fa"ie: aunque me has dejado por ese imbécil d«í*K 
adorándXrt^nítí ^.^''«"*^^ ^^ .Rearme que no me habías querido jamás, yo ''- 
adorándote. Fu me odias V yo te idolatro, Adolfo. > 'J 

POM. —(Me van a dar pocas.) 

nr^l^í^t""'^^^^■^ colócasclo en el bolsillo de la americana. Yo voy a llamar a 
Doieón. (Haceimiítís por la segunda derecha.) " wj- « namo. u 





1 



3US.— (Guardando el retrato en la americmia de Pompeyo.) Buena, yo crea que íú 

s al depósito, y si vas es para que te echen en un brasero, porque Napoleón 

:e cisco; no quiero presenciar la cremación. (Se va por la derecha.) 

)M.— Señores, no hay derecho. Se me están arreglando las cesas de una ma- 

íi que no doy dos reales por la viscera más importante de mi cuerpo. Aquí hay 

14 se antes que venga ese tío que es Napoleón v Ofoif> oii nnn nÍP7a. (Se acerca 

b ón.) 

ON.— (Por la derecha.) ¿Pero está usted aquí todavía? 

¡Caray, qué susto me ha» dado! 

.—Vayase o i o mato. 
M.~Pero, hombre; si es que hay gente al pie del balcón. 
pN. — ¡Malhaya sea! 

1.— Mira, vete a la calle, y cuando no haya nadie, me silbas. 
iN.— Pero. * 



.— Daprisa, porque me amenaza nn grave peligro. Corre. 
pN.- -Corro. (Vase por la izquierda.) 
M.~Vaya una faenita la del retrato. Bueno, si salgo de esta y me encuen- 

dia en el fondo del mar Adriático, estaré más tranquilo que en esta <xhai- 
5ue». 1 orna razón Zainbrano: el que escriba mi historia se hace de ora iCa- 
e hace el muerto.) ■ • i •* 

SNA. --Pasa, Napoleón (Entrando por la puerta de la izquierda ) y no te excites 

'*;r¿P«''o '.e ^^ tenido cerca de mí, cuando aún vivía, y mis manos no hai 

I fm a su existencia? 

WA. —Napoleón, la muerte solo toca a Dioí . 

».— (¡Señores, qué cómica!) 

*•— ¿Y estás segura de que es él? 

:BA.--Le reconocí desde el primer momento, y para evitarte un crimen, ca- 

iecretoiíahora que ya e.stá muerto, no me importa repetírtelo: ese misera- 

[Adollo del Campo. 

^. — ¡Ah, ladrón, canalla!... 

INA^Buscó sin duda el pretexto del seguro para acercarse a mí, pero Dios 
p, Dios es mfíiuto. , ^ ^ >-' ^^ 

.—(Esta tía es la Dusse.) 

.--Dudo aún, acaso te engañes... Espera, quizá lleve algún documento que 
ce su personalidad. ^ 

;na.--¿Es que no me crees? ¡Napoleón! 

^.— Sí, deseo creerte, pero aquí le han llamado Borrego, Pastor v (Reeis- 
^ ropas de Pompeyo.) j-- v » 

!A.— Estoy segiirísima; puedo jurártelo. 

'iZ^!^^,%\\^^^]^^r^V''\^^^^^ Sün cartas. (Sa- 

■retrato.) ¡Ah!... ¡Cielos!... ¡Mira! 

fA.— lOh! ¡Un retrato mío! ¡Gran Dios! 
.—(¡Qué Dusse; la Sara Bernárd!) 

^(Leyendo la dedicatoria )¡Ohl ¡Elena... Elena... Amor mío, perdóname» 
^ un insensato, un loco! ^ wi.auíc. 

k.— ¡Napoleón! 

■-Z^Sr.^"'^-!,"'^'' '^ Pompeyo.) ¡Miserable! ¿Por qué no resucitas para que pue- 
Bcarte la vida poco a poco? (Silbido dentro.) ^ ^ 

<•— ^1 momento es como para levantarse.) 
. — íElena mía! (La abraza. Nuevo silbido.) 
r-^Como si aplaudieras.) 

M«dHrfí iT-""! '"^ ^sanaba cuando te decía que Adolto del Campo es- 
madna? lema la certeza de ello. p-- ^ 

íA.--¿Pero cómo lo .sabías? 

íTiíf So^í- '^^'^''■t^'o: PP/^^^ hace dos semanas la casa La Puerta y C«m- 
le Buenos Aires, me envió para él treinta y cinco mil pesetas. 



Elena. -(¡Dios mío!) 

PoM,— (¡Mi abuela, qué ocasión!) 

^t^tJ^^^i^n los camineros que -"- por ese ho.^^^^ 
NAP.-Que pasen. Vamonos, Elena; no quiero presenciar esta escenad 

^"'elSÍ.-SÍ, vamonos. (¡Perdóname, Borrego!) 1 

RoD ~iQue Dios te perdone, Pastor! 

Tvj.D —Al fin V al cabo te perdono, del Campo. 

ROD. -¿También del Campo? (Mutis de Napoleón y Elena. Entran c. 
y Gómez, camilleros.) 

Per.— Buenas tardes. 

GoM.— ¿Es este el difunto? 

ROD.— Este es. (Silban dentro.) 

PoM.-(Ahoravoy.) , , . „ .. 

Per.— ¿Cómo se llamaba este caballero^ 

Roo. -Como ustedes gusten. 

GoM.— ¿Eh? 

RoD —Que no lo sé con certeza. 

Per.— Bueno; hala, tú. . 

PoM.— (Sin botas, ni americana, ni sombrero...) 

'^-Zl^^^^'^SSr^^tX^l da mstimal d-os - ^—^ -° 
duciendo' a Pompeyo inician'el mutis por la izquierda. Dentro se escucha un s.lb.do.) ^,,^, 
PoM.— (Ahora sí que voy!) (Telón.) 

PIN del acto PKIMCRO 





ACTO SEGUNDO 
CUADRO PRIMERO 




Telé» .orto de calle. En el foro, puerta de una taberna. Sobre la puerta, el siguie 
rn- «El Delirio de Noé». Vinos y cervezas. Es de día. , . , _„^„ n^^M 

(Al levanTar^ee" telón están conversando de pie. contra la puerta de la tasca. Ba«« 
bernero y Massini, un tipo algo achulado.) 

^'x-Hazirotra^^cosa. porque si le haces natillas, rebana. I 

viendo yo a ese fresco con un bostezar que se ie jesencajduau .a 5 



I 

currió meterle en mi negocio de las estatuas y le di para que me las expendie- 
la docena de ellas, amen Jesús de un grupo de las tres Gracias que era un 
ibro. Bueno, pues se me eclipsó el hombre diez días hace, y esta tarde se me 
í áRtan en casa un agente y un guardia conduciendo el canasto de la estatuaría 
'éndome que iban a esperar a un tal ese de Tortosa, que se había permitido 

la v>1D€i€S. 

AUT.— ¡Caray! 

Ias.— Comprendí que se trataba de alguna jugarreta de Pompeyo, recuento 

guras y noto que me falta un Apolo, una María Antonieta, un Pío Nono dos 

8 papas más y una Venus de Mediccs. ' 

AUT.— ¿Qué me dicesi' 

Ias.— Lo que oyes. 

AUT.— Digo que ¿qué Médices era? 

ÍAs.— Un papa florentino. 

AUT.— Ya. 

lAS.-Bueno: pues me alboroto, insulto al guardia y al agente, y con estatua:» 

o, fuimos a parar a la Comi. 

AUT.— Gachó. 

lAS.— El comisario me interroga, me toma la filiación y me dice: «Puede usted 

íarse», y yo que necesitaba entregar a un cliente un grupo de las Tres Gra- 

run Apolo de Belvedere, le interrogo. ¿Puedo llevarme las figuras? Y va v 

ce que quedaban allí como prueba de convicción 

lUT;— ¡Atiza! * ^ 

i«;7o^^'' V° ^"^ ^°y un Jongui, voy a guisa de cobeo y reparto unos puros 
enees me dieron las gracias. *^ . *^ 

lUT.— Lo de cajón. 

fór?"'^''^ Í^S''' 'I"! "i? ^'^'■0" 'as Gracias y el Apolo, pero las demás es 
otí„^"i '^''f^f'' ^í 'a Comí Nada, que ese sinvergüenza me ha metido en 
', amén Jesús de robarme, y donde me lo encuentre lo pateo. (Continúan hn- 
> en voz baja. Por la izquierda entran en escena Perojo y Gómez, conduciendo una de 
atnillas cubierta de lona blanca que sirven para el transporte de heridos. Vienen can- 
ijos.) 

jí. -(Leyendo el letrero de la tasca.) Oye, tú: ¿hacemos alto? Porque esto es «El 

3.VI.— Como quieras. (Defan la camilla en el suelo.) 

fCl^ lo digo porque dan aquí un vino que ingieres un litro, y como si hu- 

I necho poleas; las arrobas se te convierten en eramos . 

(>M.— ¿Es verdad eso? 

[R.--No te digo más sino que hace un mes pasamos por aquí transoortando 
|U de cola. Sarcia, Rodríguez, Montoya y el que habla, que soy yo; en?re° 
'Snos tomemos dos frasco», carguemos de nuevo con el instrumento, y cuando 
•xn nos preguntaba ¿qué lleváis ahí?, contestábamos nosotros: una flauta 
,. nA~" f P^ '"^^°. ^^ *?r^^' ^^^^So\ vamos al gimnasio, a bien que el di- 
1 no nos lo va a creticar. Hola, señor Bautista. (Enfran en la taberna i 
1 LT.~jHola, buena gente! 

U'.D^J'- ^'V'ry^u^ ^ ^^l ^J '"^ tropiezo con el canalla de Borrego. (Viendo la 
1.) iKediez! Debe ser algún enfermo. 

■ur.-No; los camilleros son del depósito, el que va ahí dentro va apañao Lo 
la vida, Massini: ese gachó ayer tan fresco, y hov más fresco íoravíu ' 
I.— ¿berá hombreo mujer. V.)y a ver. ¡Mira por lusü m.nüri que itrKirá'la ca- 

OT.— ¿Qué es? 

«.—Está boca abajo. 
üT.— Requiescat in pace. 
W>-Bueno, ahí te quedas. 
ÜT.— Hasta luego y buena suerte. 




Mas.— Dana doscientas pesetas por tenerle a dos pasos. Adiós. (Bautista entra 
en la taberna. Massinl al pasar junto a la camilla se descubre y dice gravemente.) Que Dios 
te perdone como te perdono yo. (Vase por la izquierda.) 

PoM.— (Asomando la cabeza por la mirilla.) Para el que te crea. Ahora que el saín ' 
do no me lo hace más fino el señor duque de Tamames. (Suena dentro la bocina 
tm automóvil.) ¡Caray! Ahí viene un auto. Y estos brutos me han dejado en medi 
del arroyo. (Llamando con voz atiplada.) ¡Camilleros!... ¡Camilleros!... Se ha parado. ^- 
menos mal. Bueno, no hay duda. Ha llegado el momento de la resurrección. Pero, f 
¿dónde voy yo sin botas y en mangas de camisa? No hay más remedio. La calle I" 
está desierta. Pompeyo, al arroyo. (Sale de la camilla y hace mutis por la izquierda. Un W'' 
instante de pausa, y vuelve a entrar en escena conducido por Macías, guardia de Orden pú ** 
blico.) í 

Mac. —No sea usted loco y vuélvase a la camilla. 

PoM.— Mire usted, guardia, que usted desconoce... 

Mac— Ustedes los enfermos tienen una falsa idea de los hospitales; no 
ren ir a ellos, pero luego se alegran. 

PoM.— Es que, mire usted, yo... 

Mac— Vuélvase a la camilla y no objete. 

PoM.— Esque tengo que decirle... 

Mac— Mire que llamo a los camilleros. ' 

PoM.— ¡No! Eso no. No quiero comprometerles... Tengo el exantemático y,, 
menudo susto se iban a llevar. jH 

ij Mac— ¡Rediez! Encamínese o tiro de la hoja. 'U- 

PoAi.— Sí, señor; en seguida.— (Metiéndose de rtuevo en la camilla.) Pues se fflí I 
está complicando la fuga. k 

Mac— Estos enfermos de contagio son de cuidado. Vigilaré. (Se va por tai? 
quierda.) 

León.— (Entrando en» escena, ocultando un paquete bajo la americana.) ¡Aquí está!.. 
¡Por fin!... (Asomándose a la taberna.) Los camilleros están libando. Esta es la oca 
sión. (Acercándose a la camilla con gran disimulo.) Seamos cauto. (De espaldas a la cam 
lia.) ¡Tío Toríbio! 

PoM.— ¿Quién? 

León.— Soy yo; prudencia. 

PoM,— ¿Cómo Prudencia? 

León,— Digo prudencia, como podía decir precaución... 

PoM. — (Asomando la cabeza.) ¡Leoncito! -^ .. 

León.— Le he seguido a usted desde la casa de don Napoleón y le he compra- 1*' 
do unas zapatillas. (Se las da.) Póngaselas y huya. 

PoM.— Eres mi Providencia^ pero ya podías haberme comprado unas botas. 

León.— Y si vuelve usted a poner los pies en casa de mi novia, le asesino. 

PoM.— Pierde cuidado. 

León.— Vamos, huya. 

POM.-Sí. '^ 

León.— Quieto; aguarde usted. Hay un guardia en la esquina. } 

PoM,— ¿No te has fijado en el número? 

León.— No se distingue. 

PoM.— Digo en el número de las zapatillas; yo calzo un cuarenta y dos y I 
has traído un treinta y nueve. , ::í 

León.— El guardia no se va. *■ -. 

PoM.— Meestá vigilando: escucha. 

León.— ¿Qué? > < ' 

PoM . —Da la vuelta a la esquina y pide socorro para que el guardia se vifP 
pueda yo salir* 

León.— Es que... 

PoM.— Hazlo, porque si yo me veo en el depósito, me muero del susto. 

León.— Sea; pero que yo no le vuelva a ver en mi vida. • 




.—Bueno, hoiiibre, bueno. (Vase León por la derecha.) ¡Caramba! Estas zapa- 
me entran, y como tengo este ojo de gallo tan enorme, me molesta una 
ad. Claro que ahora tengo que tener mucho ojo, pero no tanto. 
M.— (Desde dentro.) ¡Socorro!... ¡Socorro!... 

;. — (Atravesando la escena de izquierda a derecha.) ¡Válgame Dios! ¡Me ha t"- 
suerte un distrito!... (Mutis.) 
I.— (Dentro.) ¡Socorro!... 

— (Saliendo de la taberna.) ¿Qué pasa? (Entra otra vez en la taberna.) 
.—Vaya, ha llegado !a mía; ahora o nunca. (Se tira de la camilla y hace nn»t¡s 
quierda. Salen de la taberna Perojo y Gómfz, un poco más alegres déla cuenta.) 
-(Cantando.) Adiós, Niñón... Usted lo pase bien. Niñón... 
—Escucha tu... Parejo... Perijo... Perujo... como te apellides. 
—Perojo. 

Vamos a cargar, que se nos va a echar la noche encima. 
—La noche encima... Con esto que hemos bebido no te iniporte, podemos 

Veráe. ahora qué diferencia de fuerza. 
.—Pues hala. 

— 'Aguarda a que encienda. (Se dispone a encender un cigarro.) 
r. — (Que salió con los camilleros de la taberna.) f^.Qué era, guardia? 
'\. — (Que sale por la derecha.) Nada, uno que llamaba a su señora que se deno- 

rro. 
.—Ya podía haberla llamao por el apellido. 

Eso le dije yo, pero resulta que el apellido es Piedad, que viene a ser 

(Disponiéndose a cargar con !h camilla.) ¡A una!... (Le suspenden.) 
—¡Recorcho! 

¿Eh? ¿Estás viendo? 

-Esto no pesa na. 

¿No te lo dije? Es que este vino da una fuerza, que ahora mismo un lu- 
e greco-romana a tu lao es... un flan. 
— (Haciendo flexiones con la camilla.) Es un asombro... 
—(A Perojo, por la camilla.) El pájaro quería irse. 

¿Qué pájaro? 
—El que está ahí dentro. 

El que... (Ríe burlón.) ¿Oyes esto, Gómez? 
— ¿Qué dice aquí el distinguido?... 
-Que el que va aquí dentro quiere irse. 
— iPobre exantemático, le van a levantar un dolor de cabeza como para 



ol 

Pl -(Riendo.) ¡La ha pescao de visión! 

C* —¡Arrea! 

í'l -Vamos. (Inician el mutis, dando un balanceo a la camilla más que regular. ) 

S^inón... Usted lo pase bien, Niñón. . (Vansej 

MUTACIÓN 



CUADRO SEGUNDO g 



La misma decoración y muebles que en el cuadro seg.ndo del primer acto _ te 

(Al levantarse el lelún es casi de noche. La escena está a med.a luz. «^ bal.ón del foro con ^ 

tinúa abierto, no se ven por ninguna parte las botas ni la americana de Pompeyo. E8|fl^«. 

escena Elena y Clarita. Elena toma una taza de tila.) 

Elena. -Enciende Va luz, hija mía; esta semi-oscuridad me conturba 
Clar . —(Obedece.) Vamos, mamaíta, tranquilízate por üios. ag 

Elena.— No puedo, hija, no puedo. lai 

CL.\R.-Bébete esa taza de tila. . . ^^„„i^tamAnt'^" 

ELENA.-Estoy nerviosísima; como soy tan cardíaca, me siento completanent ¿^ 

'^^ 'clar. -Pero mamaíta, por Dios. ¿No se han Uevao ya a ese hombre? ¿(^^ 

"""eIVn^-S puerilidades, hija mía, pero siempre me ha ocurrido lo niteg 
Cuando murió íuVbre tío Juan José, le estuve viendo durante tres años comot^^,, 
estoy viendo a tí ahora. 

EÜSrfSt'exagero. Estaba en casa y Juan José. Iba a ^^J^^¿k 



losé Iba al teatro v Juan José. Además, en esta ocasión se me ha met'poenái 
¿abeza que es? pobrÍ desgraciado no padecía más que un ataque cataléptico. q« r 
pueden inhumarle vivo y me horrorizo, Clanta, me horrorizo. \l^ 

Clab.— ¡Jesús! Mamá, qué cosas se te ocurren. 

Iesus.— (Por la izquierda.) ¡Hola! _„,.fr> im 

ELENA.-(iGraciasaDios!)Mira Clarita, déjanos solos un momento, terf.^ 

que hablar reservadamente con tu tío. f.^nnniíiyíi- Mtá de lo más tu' 

Clar.-Sí. (Aparte a Jesús.) A ver si usted la tranquiliza, esta ae lu nw ,. 



viosa. 



"IesÜS. -Pierde cuidado. (Vase Clara por la segunda derecha.) 

Elena . -(Con marcada angustia.) ¡Qué! ¿Has visto a ese hombre? 

Jesús. — No. 

Elena.— i Dios mío! 

Jesús.— No está en Madrid. 

Elena, -¡Virgen de las Angustias! a ^u^ h^i Pamnn v 

lEsus -Llegué a la portería, pregunté por don Adolfo del Campo y 
so ¿portero que don Adolfo estaba de caza con vanos amigos en una 
not^inada «La^Qloria»... sí,.dijo la Gloria .y ^^^^^'r? vu'eTve a Mad 

EiENA.-¡Qné compromiso, qué apuro! Si ese hombre vuelve a mao 
presenta a cobrar las treinta y cinco mil pesetas... figúrate, Jesús. .Mi I 
cubierta'... Qué creerá Napoleón de mí. c -„ ,,.Amn 

jEsus.-Pero mujer, sabiendo que del Campo estaba en España, ¿cómo 

'''' eÍena. -Yo no sabía nada; le suponía en Buenos Aires, Jesús. ¡Estoy perdí ^^ 
'^'jEsísí-Vamos, cálmate; aquí estoy yo: cuenta conmigo. Vigilaré su c^f) 
cuando regrese de esa cacería, le entregaré las ^'^'^^¿y^'^Z'' ' 
oue tenga que venir aquí para nada. Yo veré cómo me las arreglo. 




ENA. -¡Gracias! No sé cóm podré pagarte este favor. Estoy que me ahofro 
-^ taza: figúrate, con lo car Jiaquísima que soy. 

• — Ea, pues calma; cálmate, Elena. 
.....A.— Pides un imposible. Desde que se llevaron el cuerpo de ese infeliz no 
qvás que pensar que no está muerto, que ha sido epilepsia, catalepsia, que va 
7f tentarse aquí para darnos las gracias y mira. (Dándole la mano.) Bajo cero 

5us.-¡Mu)er, por Dios! ¿Pero estás loca? ¿No oíste al médico certificar -u 
ttiióni» Varaos, Elena; ese hombre está más muerto que los Reyes Cató- 

ENA.-iQué sé yo! Si no fuera abusar, te pediría otro nuevo favor. Jesús! 

ius.— Pídeme lo que quieras. 

iNA.— ¿Por qué no te llegas al depósito, para ver por tí mismo?. . 
m.—iii mujer, si; me llegaré al depósito. Ahora mismo; pierde cuidado 
SNA.— (Qué bueno eres, Jesús! 

US. -Nada;. ahora iré, pero vete de aquí, sin duda es esta habitación la que 
í fantasear de esta manera. ^ 

;na.— Acaso tengas razóa. 
US.— Anda, anda... 
¡NA.— ¿Vendrás a decirme?... 

LIS.— Te lo prometo; sí. Dentro de un rato estaré de vuelta 
INA.— Oracias, muchas gracias; (Mutis por la segunda derecha ) 
ir nT'r f '"^' ^^^^^ "^f ^^^r ^^^ ^o'"^''^ está a la diestra de Dios Padre 
« nl^^'T ^*'°''^/' ^^ "°'''?^- Y« '^ toqué y era un témpano; pero claro lo 
a pobre le sucede es para hacer dudar a un espárra-o. Yo me voy aickst 
Tr?^^ í''"í''° de veinte minutos vengo y la digo que lo he visto en la n^la 
ICC ón hecho pedazos. (Haciendo mutis por la izquierda., ¡Lo que traen los ce^ 
sahr se cruza con Severa, que viene acompañada de César del Campo. Saluda a éste 
inclinación de cabeza y se va.) ^aiui-tt u csie 

.—¿A quién anuncio, caballero? 
AR.— A don César del Campo, 
í— Haga el favor de tomar asiento. 
AR.-Muchas gracias. (Vase Severa por la primera derecha.) No sé 8Í al olr mi 

a'^íflíh?*'''^"*r'H'°?'"'S°í P^-"^"^' «^Sün me dijo Adolfo con la neul 
^p'hrn n v" ''^^''"dec"^^ 'os celos. Y creo que aderarás de neurasténico es 
mn pesetlr^'""''''' ™°'^^^^"^ muchísimo salir de aquí sin las Sta 

Sa'llero?'"'"'" '^''"''"'^ ^'^"^ ^'^'^^ ""^^ ''*'''^"'^' ^ ''"^ ^^"^«"á ^^^^ hom- 

AR.— ¿El sefíor Coronel? 

.—Para servir a usted. 

AR.— Yo soy César del Campo. 

.—Muy señor mío. Tome usted asiento. 

AR.— Muchas gracias. (Se sie.nta.) 

.—Usted dirá. 

eímln^o ffioí^"" ^'^'^ "'^"^ ''''^'^'' ^' ^"^"°^ Aires, un giro a favor 
.—Sí, señor; de la casa La Puerta y Compañía. 
Mí.— ¿Cuándo ha girado La Puerta? 
.—nace quince días. 

¡.o~i^^''^^*í^'^®"^^- ^"^^ bien, mi señor hermano, por razones aue usted 
ra, no puede presentarse en esta casa a cobrar esa ¿antidad v ha dpípo-« 
í para hacerla efectiva; traigo lodos los oporíunoslustificante^s ^'" 

iiTerto^) ÍS.''^''Í7- ^^ ' ^^'"^^^ '^'S^ y^ ^ este hombre que su herma- 
huerto?) ¿Hace mucho tiempo (¡ue no ve usted a su hermano? 





Nap — (Este hombre no sabe nada.) ^. ^ «*^s. m 

César -Yo tengo necesidad de ausentarme mañana y me precisa e^m f¡\ 

^''^ N^P.-Caballero, 1« siento mucho, pero le voy a dar a usted un golpe esp«: , 

toso. ^^ ., 1 
Cé^ar.— (tevaiitándose.) ¡Cascaras! 

NAP.~¿Usted sabe dónde está su hermano? ^^^ 

Ci^SAK. • Le digo a usted, que sí; en la Gloria. «f- 

Nap.— Entonces ha recibido usted ya el golpe. ^=*« 

Cés\r.— ¿Eh? (Este tio tiene cuarenta y décimas.) j 

jvJAP __Pero como le vi esa corbata salmón... '■■i 

César -^Oué tendrá que ver la corbata... . jf*' 

NA/-Pensé y usted perdone, este señor no sabe tina palabra de nada. • h- 

Cés^r. -lacado.) Le advierto a usted, que soy catedrático de griego^ I,. 
Nap!-Mí enhorabuena, pero yo me refería alo de su hermano que en la gloria |j 

'''■^ CÉSAR.-^-Hasta el lunes nada más. porque tiene que f istir a un banquete 
Nap.-¿A un banquete? (Este hombre no ^ahe nada.) Caballero, vutno^ 

tir en lo del golpe. 

SS'-Porque me parece que usted ignora lá triste suerte de su hermano 
Cf'SAR.— ¿Eh? ¿Qué dice usted? ,. • ^ 

Nap.-Su hermano Adolfo ha estado en esta casa hoy mismo... 

nS'-Y '^^Vsl'afarml usted... (Se lo diré poco a poco.) ¡Ha salido... muerto 
ní^lo '\ñh™not i¡Mu¿rto" (Se sienta abatido en la «chaise longue».) fe 
S^^^L^^ió r^^üe/lm ^^. no sé qué y falleció en esa misma chaisefe 

longue. ^ • A ^ 

César.— ¡Dios mío! (Se levanta horrorizado.) 

Nap.— De aquí le han llevado al depósito judicial 




nueva 



César -iOué horror! ¡Adolfo! ¡Hermano mío! (Llora.) . 

Nap -Cdmprendo su atribulación y me duele haberle comunicado tan. 

cIsAR.-iPobre hermano mío! Corro al depósito a verlo Po^'j'^"?^,^ •, ^'^ 
NAP^-Señor del Campo, la muerte todo lo borra; deploro su dolor cual siiu ,^^ 

*" C^AR.-Señor Coronel, su compañía me es muy grata pero tengo un triste d.,- 

ber que cumplir. Corro al depósito. ^•- 

g^Ll^maciel'nXoíra ..,ui.r1a sac.n.os= .a. ■<^„m,s,, ¡Pobre Adolfo! f.^ 

""■t'/NT-ff™!.! derecha.) ¿Qué ocurre. NapoleOn? ¿Quién es ese hombre ,« » | ^ 

"° Nap -Un hermcno de Adolfo del Campo. (Eie„a se <,«.dade «"«¿f »¿^¡á 
le he comunicSa noScia con todo género de precauciones, el pobre va|||| 

,Le.SS„<i<,sé sX.0 y como si viera ata e„ Ta .chaise-.ongue. e, ng,do cuerpo 

'°'Br^t ÍSiK^Sá'SSylSltcede, don Napoleón. ^ 

Nap. -Elena qne se ha puesto mala. Ayúdame. ; > 
León.— Doña Elena, señora. 

Elena. --(Reponiéndose.) Nada; no es nada. j - 

León.— Pero ¿qué ha sido? r-omo« ,.« hermano de o=e hom| 

Nap. -Que ha estado aquí César del Campo, un hermano ae i- e i 



) en nuestros brazos, como aquel que dice. Elena le ha visto llorar y se ha 

ionado. . l i. - 

)N.— Dice usted que un hermano de mi... vaya, de ese que ha muerto aqiu... 

y lloraba? No es posible. t. i i. •< 

».-Es una historia que tú desconoces. León; ese hombre que hatalivCiao 

laba Adolfo del Campo. 

»N.— (¡Bueno! ¡El delirio!) 

,._Vqy a decir que te hagan una taza de tila. . 

•NA.— Gracias, Napoleón. 

¿Estás tranquila? 
!NA.— Sí. . „ , VI-. 

>.— Bien, te dejo con Leoncito y vuelvo con don Zacarías a quien ne üejaoo 

1 él salón de billar. 

¡KA.— Sí; vete tranquilo; ya estoy bien. 

P.— Hasta ahora. (Vase por la puerta de la derecha.) 

)N.- (¡Adolfo del Campo!) Pero oiga usted, dofla Elena, ¿quién ha dicho que 

mbre se llamaba del Campo? 

:na.— Mira, hifo, no me preguntes porque estoy ya que no asunto. C^-ii Vi 

íuísima que soy y estos continuos sobresaltos... 

)N. —(Bueno, mi tío es inconmensurable.) 

US.— (Por la puerta de la izquierda.) Ya estoy aquí. 

i¡4 Icsiis* 

ijs.— Adiós, Leoncito. (A Elena.) Puedes estar completamente tranquila, Elc- 

fngo del depósito judicial. 
>N.— (¡Atiza!) 
iNA.— ¿Y qué? 
_[js.— Ya habían llevado a ese hombre. 
n._(¡No-pudo escapar! El susto que habrá pasado el infeliz.) 
®.— Chica, horrible. 
I N.-¿Eh? 

J J8.— Le he visto hacer la autopsia. 
I N.— (Dejándose caer en la achaiselongue».) i.\y! 
í NA.— ¡León! 
J 18.— ¡Muchacho! 
I N.-¡Ay! 

. J8.— Pero hombre! . 

I N.— ¡Qué horror! (¡Pobre tío Toribio!) ¿Y dice usted que ha visto?... 

18. -No me lo recuerdes; de lo más macabro. Le abrieron, . le sacarotí Ir.s 
p( . 

{ N.— (¡Lo han matado!) 
. bs.— Completamente muerto: tranquilizáis. 
NA,— Sí, pero eso no resuelve nada. 

is.-¿Eh? ^ . 

A.— Sucede otra cosa más terrible atín. Un hermano de Adolto... 
j^.— (Por la segunda derecha ) Mamá, en el comedor tienes la tila. 
|na.— Voy. Ven, Jesús, tenemos que hablar. (Haciendo mutis por la dereciui.) 
sa horrible! 

3. —¿Otra? Pues señor, vamos a terminar todos cardiacos. (Mutis.) 
L — Pero Leoncito, ¿qué pasa aquí que anda todo el mundo decabe/ai* 
N.— (Preocupadísimo.) Es que suceden cosas, a lo mejor, que le erizan el c .- 
in calvo. . 

:.— Pero nosotros sólo tenemos que pensar en nuestro canflo. ¿verdaü.- 
»—Sí, en nuestro cariño. (¡Pobre tío Toribio!) 

.—Ahora que estamos solos puedo decírtelo; algntins veces dudo y me 
, ¿habrá muerto el amor de mi Leoncito? 
'-(Distraído y preocupado.) ¿Qué díCCS? 




O-AR— Que si ha muerto. 

León . —(Horrorizado.) ¡Y le han hecho la autopsia! 

Clar.— ¡Pero León! 

León.— Don Jesús lo acaba de decir. 

Clar . —¿Pero a quién te r ef ieres? 

León.— Al difunto. 

Clar,— Es que yo te hablaba de nuestro cariño. ' 

León.— Ah. sí; te quiero, te quiero. (Pobre tío Toribio.) 

Clar.— Anda, ven; vamos a ver cómo sigue mamá. 

León.— Sí. (Autopsiado. ¡Ahora sí que no cabe la menor duda! (Se van por 
gunda derecha. Un momento de pausa y Pompeyo penetra 8igilosamente.por el balcón.) ,. , . 

PoM.— Nadie... nadie en este mundo se atrevería a venir aquí, Pero veíig(|i 
porque necesito recuperar mis botas y mi americana, rescatar mis documentos ' ; 
¡qué demonio! ver si saco algo como Adolfo del Campo, ya que tengo el secreti 
de la superchería de doña Elena y sé lo de las treinta y cinco mil beatas. Menud . 
susto se va a llevar esta gente. (Buscando.) La cazadora no está y esto es un cor 
flicto. Y a las botas les ocurre lo que a la cazadora y son dos conflictos. Decidí 
damente tengo mala pata, porque si hoy en vez de ser hoy, fuera la víspera d 
Reyes, por lo menos las botas me las hubiera encontrado en el balcón. ¡Qaraj 
Alguien viene. Me ocultaré (Se oculta tras la hoja de madera del balcón.) 

Leon.— (Por la derecha muy preocupado.) No se me borra de la imaginación 
gica muerte de mi pobre tío. ¡Autopsiarle vivo! ¡Dejarle sin tripas! Y resul 
lo que he podido colegir, que había hecho un favor a doña Elena. Eso le r 
lia a mis ojos. He sido muy injusto con él. ¡Pobre tío Toribio! ¡Ni siquiera 
le comprado unas botas. Haberse ido ai otro mundo con unas zapatillas, y estn 
chas!... ¡Qué horror! (Se sienta en la «chaise-longue».) 

PoM.— A este no importa que le hable porque sabe que estoy vivo, At 
puede servirme para anunciar a los demás... (Sentándose a su lado.) Leoncito. 
León.— (Horrorizado.) ¡¡Ahü 
PoM.— ¡No grites! 
León.— ¡Usted!... ¡Vivo! 
PoM.— Vamos, hombre, no digas tonterías. 
León.— Pero ¿con qué tripas Viene usted'? 
PoM.— Con unas tripitas que... ya ya. , 
León.— ¿Pero no le han hecho a usted la autopsia? 
PoM . —¿A mí? 

León.— Sí; acaba de decirnos don Jesús... que ha visto a usted. .. 
PoM.— Ríete de eso. 
León.— Pero... 

PoM.— Mira Leoncito, ttí eres una candida paloma de la Plaza de San Mtk 
de Venecia, y yo voy a ponerte al corriente de algo que tií no sabes. Yo soy4l 
fo del Campo. Yo puedo hacer en esta casa algo grande, algo noble, ¡No tñlñ 
res así! Algo noble. Puedo sembrar en esta familia el bien y la concordia; te 
juro. Busca a tu suegra, dila al oído que el Adolfo del Campo que ella neces 
está aquí, que no padecía más que un ataque cataléptico; que cuando me Uewb 
en la camilla, volví en la camilla y que estoy aquí para ofrecerla mis respetaB,'i 
nerme a sus órdenes y darle las más expresivas gracias. 

León.— Pero... 

PoM.— Ve, que no te pesará. ¡Ah! Y prepárala bien, que es cardíaca. BittBt 
de paso, búscame mis botas y mi americana; las necesito. ' <'' 

León.— Lo haré, sí señor; pero si de todo esto resulta algo que me co¿É ^ji- 
meta, le levantaré la tapa de los sesos; lo juro. (Mutis por .segundo término deredlí 

PoM.— |No jures en vano, hombre! Gracias a mi querido sobrino, esta (m 
nación que he planeado en zapatillas me va a salir a pedir de boca. Bueno, ¿jMj 
qué habrá dicho ese majadero de don Jesús que me habían hecho la autopsia? 



a ^omita macabra que me hace menos gracia que el que me nieguen dos pese* 
1808 de caballo siento; ocultémonos nuevamente. (Se oculta como antes.) 
iNA.-- (Entrando con León.) ¡Ay, pero es posible, León! No, no puede ser. 
>N.— Sí, sefiora. 

WA.— Pero si mi hermano Jesús le vio sobre la mesa de disección... 
>N.— Yo creo que don Jesiís, en vez de ir al depósito judicial, estuvo en una 
n de cinematógrafo . 
NA.— ¡Dios mío! Pero ¿dónde está? 

w.— Se habrá ocultado para evitar la primera impresión. Allá veo sus zapa- 
salga usted, caballero. 

I.— (Saliendo.) A sus pies, 8eik)ra. (Se arroja a sus pies.) 
NA.— ¡Ay! Sí; es él. ¡Dios mío! ¡Y ahora me encuentro con dos Adolfos del 

i.— Querido pollo: necesito conversar a solas con esta virtuosísima dama. 

n, pues, los vocablos. Ocúpese de la devolución de mis prendas. 

NA.— Sí, León; te lo suplico. 

•N.— (ílaciendo mutis por la derecha.) El Desierto de Sahara es una perra icrorda 

la al lado de mi tío. (Mutis.) 

«A.— Caballero, yo le ruego que perdone la superchería de que le he hecho 

l.— Señora, usted puede superchearme cuanto guste. 
NA.— Hice mal, lo comprendo. 

i.—Hizo usted bien, señora. Usted buscaba una paz octaviánica para su 
(T deseaba exterminar en su marido el áspid venenoso de los celos, que co- 
amquila. (Mejor no lo diría Chopenjuaguer.) 
NA.— Tiene usted razón; ese era mi objeto, 
fc.— Pues bien, señora; voy a consumar el sacrificio. 
lA.— No comprendo. 

.--Yo, como Adolfo del Campo, voy a disipar por completo los celos de 
[peleón. 

A.— ¿Se atreverá usted a hacer esa comedia? 

-^Yo hago una comedia y una zarzuela en tres actos por servir a una 

:na.— ¡Gracias! ¡Cómo podré pagarle!... 

1.— A una dama se debe un caballero; pero, en fin, si se pone usted así . 

|)eseta8 me enajena de alegría. 

lA. -(Confusa.) Es poco... 

.—Pues añada lo que guste. 

«A.— Digo que es poco correcto... Vamos, que me da fatiga en!rc<!;arie di- 

.— ¡Bah! 

«a. —Acaso sea mejor un objeto. . . 

i.~Muy bien; me da lo mismo; pero nada de bisutería, que no lo toman. 

HA.— Vaya, usted prefiere dinero. 

.—Sí, señora; las cosas claras y el chocolate con picatostes. ' 

«A.— Fues aguarde un instante; vuelvo en seguida. 

.— Seilora, soy su esclavo. (Vase Elena por la segunda derecha.) Bueno a es- 

íonas de abolengo ilustre, noble corazón y trato exquisito, da gustó el ha- ' 

jiTavor. (corresponden con una esplendidez que le abochornan a uno. Sus 

iiCTtas no hay quien mé las quite. Luego veremos cómo le saco a don Na« 

BM8 pesetillas que me adeuda. 

«.-H(Por la derecha.) Aqui tiene usted su americana y sus botas. 

**'^* ""se; creí que no las volvería a ver. (Se pone la americana.) 

'*'~~Acabo de ver a doña Elena así como muy contenta. 

' ¿No te !o dije? Pues uiiora necesito que me ha^as un nuevo favor, 



f«, 



»,■ 




PoM. -Busca a don Napoleón y PrePí^'^d^^S"»' nS^aW- ent '-f' 
dolía Elena. Adolfo del Campo v.ve, la catalepsia, la vuelta, esta ani, en m, . ,, 

^"^doí^'&lt i^íti'etfín'dVurpaSrde esto, pero voy. Ya usted « | 

^"'■"p^M'-t tambre, pero ahora no hagas cabalas, porque acabarías con . « 

meningitis. . t. . l 

León— Voy. (Vase por la derecha.) , , ^a„ 

PoM. -(Viéndole ir.) Cóino se ha amansado este León. ;k 

Elena -(Por la segunda derecha.) Aquí tiene usted, caballero. (Le da un sobreyd ||^ 

''"?oralm?ndt%fL^^^^^^^^^^ mil quinientas gracias, y me quedo cor ¡f 

. el billete.) Será cambiable. 

Pol'-ÑÍ nolíTdSdo, ni puedo dudar de su honradez; pero aquí, dondesí 

^«'?:.\n'h^?'t?pí^^'dí"-™ffi^^^^^^^^ 

'"paM.-Nadamás ¡usto. Hablaré a don Napole6., como yo^é hacer¿,jte. 

^net-nreTaX-'SI^lrvSrBtSirryn^o-vl^^^^^^^^^^^ 

'''XN°A''a?STabauLíoTdXréa«stedm , ^ 

pÍ« -Si fuese nSrio emplearía medios aun más confundentes q 

acabo dé^frecer as" aUa consideración. Tengo re<:u;sos Mra todo 
Leo" -<Por la primera derecha.) Ahora mismo vendrá don Napoleón. 

ficio. , , 

Elena.— Gracias, León. 

[S -Puel Vue'^St'é enírSale billar donde estaba jugando a ca 
con un ami¿or^rmé aparte y izas! se lo conté todo rápidamente. 

S::íso^ó'unTaco, se puso livido. se pasó la mano por la frente, á 

"" 'p;Í.Ipe'ro dcon'c'éñtoslacos juega su esposo de usted? 
Elena.— Con uno de Malaca. 

PoM.-¡Atiza! serenidad, mucha serenidad. Napoleón 

Elena.— Por Uios, c^d^'''^^"' *^' "="",, '^^ Mn varilp v sálveme. 

Ei Sí.-Vamos, León. (¡Dios le tenga de su raanol) 

fe^%iv^ASro"d:7rsTríil"nur;;to?(H;.ce,, ,„„«. .., . ^^^^^ --c. 



bueno, el tío es de cuidado: bruto, celoso y Napoleón; pero con peores in- 
anes los lie toreado yo. Vendrá como para leerme un epigrama; pero, en fin, 
>y a lo mío y Cristo con todos. (Viendo entrar a Napoleón con un taco en la mano.) 

e la tiza! 

^p. — (Desencajado y lívido.) ¡Sí, era cierto! ¡Vivo! 

5M.— Vivo y agradecidííimo a las atenciones de que he sido objeto en ésta 

^p.— ¡Vivo! ¡Ira de!... ¡Malhaya mi!,.. 
5M.— Suéltelos, 
ip.— ¿Qué? 

>M.— Digo que sutlte esos dos tacos, el de Malaca y ese otro de malhaya 
jue tengo curiosidad por saber a qué se refiere, 
ip.— Caballero, no admito burlas de nadie, y menos de la persona a quien más 
no en este mundo. 
iM.— ¡Me abomináis! 
lP.— Sí, le odio, le odio, porque fué usted el primero que vertió en los oídos 
ína las primeras palabras de amor. 
M.— Sí, fueron de amor porque yo la idolatraba, porque ella era el imán de 
¡a, porque hubiera dado por una sonrisa suya, no ya un mundo, como don 
vo Adolfo, etcétera, sino todo un sistema de planetas radiantes. 
,p.— (Con fiereza.) ¡Aaah! ¡Basta! 
M.— (¡Caray, qué repente!) 
p.— Uno de los dos está de más. 
M.— Servidor de usted, que no hace nada, 

p.— Deseo batirme con usted, pero pronto, a pistola, a cuatro pasos, caflón 
o, una cargada y otra descargada. 
|m.— Acepto; la cargada para mí. 
iP.— No admito chacotas! 

M.— Pero antes precisa que liquidemos; señor Coronel, me adeuda usted 
i y cinco mil pesetas. Cuando hay deudas no se puede acudir al terreno del 
)il; esto, señor Coronel, es general. 

p.— (Sublime.) Tendré el gusto de arrojarle ahora mismo a la cara esos b¡- 
íl 

M.— Métalos usted en un sobre para que no se desparramen. (Mutis Napoleón 
« brimera derecha.) Bueno; después que me entregue los papiros, se va a batir 
itri oxígeno de la atmósfera, porque lo que es conmigo... 
\R.— (Por la izquierda, de muy mal talante.) Buenas noches. 
M.— Para servir a usted, (¿(^uién será? También trae una carita...) 
ÍSAR.— Me han dicho que estaba aquí el señor Coronel. 
Fm.— No tardará. 
*R.— Juro por Dios vivo que ha de oírme. Conmigo no se juega como con 
npo. 

.—¿Qué le sucede a usted, caballero? 

\R. -Que he sido objeto en esta casa de una broma funeraria que no estoy 
to a tolerar. 

¿Funeraria? , 

lAR.— Sí, señor, funeraria. Me dijo el señor Coronel que a mi hermano se lo 
I llevado muerto al depósito de cadáveres. 
i.—lRetumba! ¿Cómo se llama su hermano? 

i.— Adolfo del Campo. 
I. — ¡Reciprésl (Se sienta sin fuerza.s.) 
.— ¿Eh? ¿Qué le ocurre? 
-Nada, un ligero mareo- De manera que ha ido usted al Depósito ju- 

pAR.— Sí, señor, y allí no hay cadáver ninguno. 
.—(Los camilleros andarán locos buscándome.) 



César.— Este don Napoleón Coronel es un sinvergüenza. 

PoM.— (Este tío me lo estropea todo.) 

César,— Un sinvergüenza y un mal nacido. 

PoM.— El mal nacido lo es usted. Debe usted tener consideración con un pobríl 
neurasténico cuyo cerebro no rige. ! 

César.— ¡Caballero, esas palabras!... 

PoM.— Son las del médico de cabecera. 

César. — Me refiero a su insulto. ¿Quién es usted? 

PoM.— Un primo del señor Coronel, que vela por su honor. 

César.— Pues bien, ahí va mi tarjeta. (Se la da.) 

PoM.-Y ahí va la mía, caballero. (Saca una tarjeta del bolsillo y lee.) (Faustiní 
Cabo Palomares. No tengo otra.) (Se la da.) 

César.— (Leyendo la tarjeta.) Creí que sería usted Coronel. 

PoM.— No, señor; soy Cabo nada más. 

César.— Perfectamente; recibirá usted mis padrinos. 

PoM.— Los aguardaré con impaciencia; pero hágame el favor de retirarse ahor 
mismo, o no respondo de lo que pase^quí. 

César.— Sí, me voy, 

PoM,— (Casi empujándole.) ¡Pero, pronto, pronto! , 

César.— (Haciendo mutis.) ¡Caracoles, qué genio! (Vase.) 

PoM.— (Respirando a sus anchas.) ¡Gracias a Dios! ¡Hay recursos para todo! 

Nap,— (Por donde se fué. Trae un sobre con billetes.) ^qui tiene usted su dinero. Sai 
dada esta cuenta, sólo me resta que yo le arranque la vida, 

PoM.— (Contando los billetes.) Uno, dos, tres, cuatro... no es que desconfíe, c$bt 
llero; cinco, seis, siete... 

César. — (Entrando de nuevo con la tarjeta que le dio Pompeyo en la mano.) En ÉSt 
tarjeta no constan las señas... 

PoM.— (¡La erupción del Vesubio!) 

Nap.— (¡El hermano!) , 

PoM.— (Tomando la tarjeta.) Bueno, las pondré; espérate un poco, (Escribe.) ; 

Cesar.— (¡Me tutea!) ■ 

Nap.— (A Cesar.) Señor del Campo, debo a usted una satisfacción v voy a dái|| 
selaen el acto. 

Cesar.— (Muy enérgico.) A mi no tiene usted qi:_e darme explicaciones, 
un pobre desequilibrado y, por !o tanto, un irresponsable. 

Nap.— ¿Qué dice? ¡Caballero! iy>* 

PoM. — (Dándole la tarjeta y acompañándole hasta la puertn.) Ahí están las señaÍTr' 
pronto, fuera, a la calle. 

Nap.— (A Pompeyo.) Es que me ha dicho... 

PoM.— (A Napoleón.) Aquí quedo yo. (A César.) Vete. 

Cesar.— (Pero ¿por qué me llamará de tú? (A Pompeyo.) Mañana a las oi 

PoM.— No faltaré. 

Nap.— (A Pompeyo.) ¡Seflor del Campo! 

Ce.SAK.— (Ya en la puerta.) ¿Eh? 

Nap. — tA Cesar.) Es a ^u hermano. 

Cesar,— (Por Napoleón.) Está para que lo encierren en una jaula. (Vase.) 

Nap. -(A Pompeyo, con ira.) ¡Señor del Campo! iMañana a las ocho no irá usted 
ver a su hermano, porque a las siete habré cortado yo el hilo de su existencia 

Po.M,— (Tras un suspiro.) Puede usted jurarlo, señor coronel, porque yo maflai 
me dejaré matar. 

NAP.-¿Eh? 

PoM,— (Enfático, sublime.) Si el proyectil de su pistola no me atraviesa el 
zón, la bala de la mía acabará con esta vida miserable. 

Nap.— Pero eso es un suicidio. 

PoM.— ¡Sí, un suicidio; pero mi resolución es irrevocable! Debo morir, 
morir y moriré. 





■ -¡Señor del Campo! 

. —¡Moriré! Pero antes de fallecer deseo hacer una confesión (Tétrico.) Se- 

ronel... es un condenado, un moribundo, el que le suplica llame usted a su 

AH.-¿Eh? 

DM.— Al borde del sepulcro, niel más villaiio miente. Llame usted a su es- 
m Va en ello la tranquilidad de usted. 

AP.— ¡Sea! (¿Qué le irá a decir?) (Se acerca a ia segunda puerta de la derecha v 
tijti lElena! ¡Elena! 

OM.-(Voy a hacer una escena que sí doña Elena es agradecida, apoquínalas 
!É2nta8 que me faltan.) 
\P.— ¡Elena! 

sus.— (Por la^egunda derecha.) ^íQué sucede? 
\p.— No es a tí a quien llamo. 
)M.— Me hacen falta testigos, don Napoleón, 
s. -(Viendo a Pompeyo.) (¡Borrego! ¡Menuda plancha! Yo que dije que le ha- 
1 hacer la autopsia.) 
A.— (Por la segunda puerta de la derecha, seguida de Clara y León.) ¿Me llamá- 

vF .— Sí, pasa. 

\R.— (A Elena.) Mamá, serenidad. 

;ÓN.— (Esto tiene más interés que el conde de Montecristo.) 
,..ENA.— (Estoy temblando.) 
|^\p.— Elena, escucha. (A Pompeyo.) Caballero, puede usted hacer su confe- 

|f"? -(Va a decir que no es Adolfo del Campo y esto va a ser un segundo 

)M. -(Grandioso y conmovidísimo.) ¡Elena!... Cuatro ahos de burlas, desprecios 
SKraciones luciéronme odiar la vida. Por no verte y matarte, huí a Buenos 
I"'- pero en mi corazón llevaba un huracán y en mi mente un remolino, y a los 
es emigré a Méjico, porque con aqu^l remolino y aquel huracán no podía 
- en Buenos Aires. Pero tampoco en Méjico hallé lenitivo a mis dolores- 
n a 1 ampico, y tampoco; desesperado, volví a España para acabar con tu exis- 
ic y con la mía; pero al verme en tu casu, Elena, al pensar que te tenía cerca 
r yalo viste, creí fallecer. Pues bien, todo acabó, Elena; voy a morir Te 

2 "°;A* P^P ^^^^^ escuchar de tus labios esas mismas palabras: la palabra 
rcn. (Cae de rodillas.) 

JENA.— Sí, Adolfo; te perdono. 

Lp.— (Conmovido.) ¡Elena! (Se levanta Pompeyo,) 

¡iENA.— ¡Napoleón! * 

j;M.— (¡Me da las quinientas!) 

{u''~lt^°"!fT'^^^^"'^"°' ^'^°^" "sted un mártir; queda roto el duelo. 
ifM.— (fcnjugándose una lágrima.) ¡Ay de mí! 
I;5n.— (Entusiasmado.) (¡Mi tío es un monumento.) 

3 í?e7dnrpr''líV ^^^"^"^ repartiré esas treinta y cinco mil pesetas entre 
1,1,! !•••/ °^ =*« ™'r'^" asombrados.) y en cuanto pueda reunir dos mil ne- 

•s, partiré para el centro de África. No quiero que nadie sepa cómo y 
mero, para evitar remordimientos. ^ * ^ ^ 

-Puede usted irse pasado mañana. Yo le daré a usted esa cantidad. (Se va 
-on por la primera derecha.) 
-(Compungido.) ¡Qué grande es Napoleón! 
|U8.-íA Pompeyo.) ¿Pero es que se va usted a llevar esas treinta y cinco mil 

.— íQué abuso! 

inf«T*^ comprende usted que mañana tengo yo que enírc'ársel-s :;' -°ñor 
mpo. para evitar una catástrofe? ^nirc^arseL.s .. _nor 



PoM . —Usted es rico. 

Elena.— Déjale, Jesús; más vale mi tranquilidad. 

Clar.— Dice bien mamá. ..., 

PoM.— ¡Claro! La señora es cardiaca, y los disgustos... S 

León.— (A Pompeyo.) ¿Pero de verdad se va usted al cetitro de África? ^ 

PoM.— Me quedaré en Tánger para poner uii cinematógrafo. 

Nap.— (Entrando por donde se fué.) Señor del Campo... (Dándole dos biüctesde 
mil pesetas.) Acéptelos usted como de un amigo cariñoso. 

PoM . —(Secándose las lágrimas.) No le guardo a usted rencor. ¡Estos son n 
brazos! 

Nap. — ¡Sí! (Se abrazan.) 

PoM.— Señores, muy buenas noches. (Cogiendo del suelo las botas.) Con el pen 
80 de ustedes. Ahora sí que me voy a poner las botas. íEn la paiMrta.) (¡Soy jr 
grande que la creación del mundo') ¡Elena! ¡Hasta nunca! (Se va llorando.) 






TELÓN 




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iSU SALUD PEUGRAT 

TERRIBLES MICROBIOS LE AOEOHAMt 



No espere Ud. a que las Autoridades le indiquen que el agua estA contaml 

nada, pues hasta entonces habrá bebido alguna cantidad; tendrá por 

costumbre filtrar siempre el agua, aunque no venga completamente 

turbia. Para ello nada mejor que el Depurador Higiénico y Rápido 

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ímeros publicados por La Novela TEATRAL 



TRATA DE BLANCAS.— Felipe Trigo. 

LA SOBRINA DEL CURA.— C. Arniches. 

EL MtSTICO.-Santiagro Busiñol. 

LOS SEMIUIOSES— Federico Oliver. 
I LAS CACATÚAS.— Casero y G. Alvarez. 
I hl LOBO.— Joaquín Dicenta. 
: CHARITO, LA SAMARITANA.— Torres 
del Ala no y Aseiijo. 

EL VERDUGO DE SEVILLA.— 
García Álvarez y JOIuñoz Seca. 
•TODOS SOMO.-i UNOS.— |. Benavente. 

ÍL REY GALAOR.— F. Viilaespcsa. 
A CASA DE OUiROS.— C. Arniches. 
ÚCAR XXI.— Muñoz Seca, García «Iva- 
rez y i'érez Fernández. 
L RIO DE ORO.— Faso y Abatí. 
''^OBRhVlVlRSE.— Joaquín Dicenta. 

MA DE DIOS.— Arniches y García 
\lvarez. 

L CARDENAL.— L.Bivas y Beparaz 
. POBlíE VALBUENA. — Arniclics y 
vjarcía «ivarez. 

. HOMBRE yUE ASESINÓ.-Traduc- 
clón de Antonio Palomero. 
AS ESTRELLAS.— Carlos Arniches. 
OLOlíh'I tí S.— Carlos Arnicnes. 

SEfíORITA DE TREVELEZ.— 
Carlos Arniches. 

ERaFINA La RUBIALES.— Torres del 
Álamo y Asenio. 

BEN-HUMEY A.— Francisco Villaespesa. 
L SEÑOR FEUDAL.— Joaquín Dicenta. 
• A ETERNA ViOTISIA.-Felipe 
Trigo. 

IMiviy SAMSON.— Traducción de José Ig- 
nacio de Albcrti. 

OPEZ DE CORIA.-Muñoz Seca y Pé- 
rez Fernández. 

A GIOCONDA.— G.d'Annunzio. Traduc- 
ción de Francisco Villaespe>a. 
BIUAVERA EN OTOÑO-Q. BXar- 
tínez Sierra. 

L CRIMEN i>E AYER.-I^aqufn Dicenta 
L MISTERIO DEL CUARTO AMARI- 
LLO.— Traducción de Gil Parrado. 
«ANCPORr.--Vlta| Aza. 



33 LA REBOTICA.-Vital Aza. 
34 LA FRESCURA DE LAFUENTE.- 
Oarcia Álvarez y Muñoz Seca. 
PRIME ROSE. — Traducción de José, 

Ignacio de Albcrti. 
CIENCIAS EXACTAS.— Vitrtl Aza. 
Doñ a M ir ía de Padilla. — F. V illaespesa, 
BAFFLE8.— Tradaoolón A. Palomera 
LA PRAVIANA.-Viial Aza. 
EL GRAN TACA.,0.-PdSO y Abatí. 
MIRAN )OLINA -Cristóbal de Castro. 
42.-GENIO Y FIGURA.-Arniches, Abatí 
Paso V García Alvarez. 
LA GÉNTUZA.-Carlos Arniches. 
LA VIEJECIIA.-Miguel Echegaray. 
PARADA Y FONDA.-Vitalza. 
LA alegría de la HUER PA.-Paso y 
García " ivarez. 
47 PETIT-OAF¿.~Trlstán Bernard. 
LOS NOVELEI?OS.-Edmond Rosiand 
ELECTRA. - Benito Pérez Oaldóa. 
TIQUIS MIOUlS.-Viíal Aza 
EL ULTimO BBAVO.-a. Alvarez y 
Blunoz Seca. 

LA MARCHA DE CADIZ.-Qarcfa Alva- 
rez V l^ucio. 
DOÑA FEBFECTA.-Benlto Pérea 

Galdós. 
LA TIZONA.— Godoy y Alarcón. 
MIQUETTE y SU MAMA. - Robert y 

Callivet. 
LOS CUATBO ROBINSONES.-DSn- 

ñoz Seca y García Álvarez. 
LOS Gli • FILOS -Tri-tán Bernaid. 
LA LOCA DE LA CASA.-B. Pérez 

Galdós. 
GIGANIES Y CABEZUDOS.— Miguel 

Echcgtiray. 
DANIEL.-Joaqain Dicenta. 
ELCHICO DEL CAFE UN.- torres del 

Álamo y Asvni'i. 
BEALIDAo.-Benito Pérez Galdós. 
LA SALA DE AR.MAS.— Vital Azrt. 
PASTOR Y BUBRKGO.-Garoia Al- 
varez y Muñoz Seca. 



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•'••>Ft OE LA PAPELERA ESPAMOL* 



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¿Oe ca^ariM usted con ana mujer de poca salud y despilfarrada? ¿Eleg^lrfA. 
usted para su alumbrado una lámpara de escasa solidez y mucho consumof ' j 

CREE.V.GS QUE NO 



La lémpToOSRAM reúne, ap/irte de su solide? y luz blanca, el tncncrcoT-sumo decor 
todús las conociüas. Todo el mundo lo dice: La lámpara Usram gasta poco y luce^ 



Icinas y DRPWQA PÍIPIIT AR propietaria de La Novela Corta, La Novela Teatral y Fr I 
ilcresdc uiuiiüfl iuiujjAH Antonio Palomino, iiúm. I, y Calvo Ascnsio. núm. o.— MAyij 



Oficinas 
Ta 



LA NOVELA 
TEATRAL 



I 




LMÍRE/ 



10 cfs. 






1^ 



Alio III 



Madrid 10 de Mdrzo de 1918 



Núm. (I 



LA NOVCl A TEATRAL 

Complemento de lo Novela Corta 



D rector: José de Urqa 



HELACIÓN DE ODRAS PUniiCADAS 

POR 

LA HOVELA TEATRAL 

OJinas dramáticas 

Trata de Moneas. — La sobrina del cura.— El mísfíco — 
Los semidioscs.~El Lobo.-Chariro, la Samaritana!- 
Í50brevivirse.-EI carJcnaL-EI hombre que asesinó - 
UQloretes.— La señorifa de Trevelez.-El seiior feudal - 
La eterna víctima. -La Gioconda. -Primavera en otoño 
— ti crime.n de aycr.-Primerose.-Mirandolina,¿-Los 
noveleros.^EIecíra.-Doña Pcrfecía.-La loca de la ca- 
sa.— Daniel.— Realidad.— JimmySanson.— El misterio del 
cudrlo aniarülo. — Raffles. 

Obras cómicas 

Las cc5cniúas.~El verdugo de Sevilla.— Todos somos 
unos. -La casa de Quirós.-Fúcar XXl.-El río de oró^^ 
—ti pobre Valvuena.- Serafina, !a Rubiales. -Lope de» 
Cona^ -Francfort.- La rebotica. -La frescura de Lafucn*' 
fe.— Ciencias exactas.— La Praviana.— El gran íacaño.- 
Oeriioy figrura.— La genUiza.— Parada y Fonda.— Pcíít 
Cflfé.-liquis Miquis.— El último Bravo.— Miquetíe y^saU 
mamá.— Los cuatro Robinsones.— Los gemelos —El chi^/ 
cü del cafetín.- La sala de armas.— Pastor y Borrcgí 



Ufaras poéticas 



El rey Galaor.— Aben-Humeya.— Doña María de PadiJlí 
—La Tizona.— La leona de Castilla. 



Zarzuelas 

Alma de Dios.— Las estrellas.— La viejeciía.— La alegríáí 
de la huerta. -La marcha de Cádiz. -Gigantes y cabezudí 



PAPEL DE LA PAPELERA ESPANO 



M leona de Castilla 

DRAAiA EN TRES ACTOS, EN VERSO 
original de 

FRANCISCO VILLAESPESA 



3IA DE PACHECO. 

>I PED«0 PÉREZ DE 

UZMAN. 

N lUAN DE PADILLA. 



PERSONAJES 

EL AKCEDIANO. 

SOvSA 

LOPE DE SANABRIA. 

MARQUES DE VILLENA. 



RAMIRO. 

LUDOVICO DE CHAVRE3. 

UN BALLESTERO. 

DON SANCHO. 

DON garcía. 



tas, paics. esc.jdPro.s. .s(V,u¡fos de imperiales, comuneros, fjenfes de ñrmas, nobles, pueble, ctc 



ACTO PRIMERO 



mdel homenaje en una vieja fcrtak/.a de Toledo. A la izquierdn, en primer término, una 
pn^n puerta, y en el segundo, otra más pequeña. A la derecha, un Cristo de talla en una 
rornacnia, iluminado por dos kimparas de plata. En e! último término, un ventanal gótico 
.ntre el Cnsto y el ventanal, un sitial tallado, cuyo alto respaldo se recurva en forma de 
►aiüequino. 

3ndo, un enorme arco que da a la explanada de las almenas, y a ambos lados, en el pe- 

lueño espacio que queda de muro, dos antiguos retratos de caballeros armados de punta 

ili blanco, en cuyos mantos se^ destaca la cruz roja de Santiago. 

»nes, escabeles, sillones, corales. Viejos tapices penden de los fuertes muros, y una cor- 

tísa de nogal tallado, con relieves dorados de follajes y flores, sostiene la amplia bóveda 

irtesonada. 

SI momefde'^Toleíd '""'^" ^^ """' '"^ ''''"^"''^' ^ ^"'^ " ''^ '^'^^> ^' ^S^^ste panorama de 
tedia tarde. Un sol primaveral parece envolverlo todo en su gloria de oro. 



Ma a de Pacheco y el Marques de Vi- 
na. 

onversando cerca de la prtmera puerta 
«.izquierda. El ballestero, con ¡a ballesta 
wnbro, vigilante, en las almenas del fon- 



esia torre de Toledo? 
¿Qué buscáis en mi morada? 

VILLENA 

Sobrina, ía paz del reino, 
perturbada por los bandos 
de esos locos comuneros, 
que rebeldes a su rey 
est-s tierras han revuelto 
con motines y algaradas, 
más propias de bandoleros 
que de nobles fijosdalgos... 

DOÑA MARÍA 
(Atajándole con severidad. 
¡Hablad de ellos con respeto, 
que al combate les conduce 
Juan de Padilla, mi dueño; 
y si a su rey son traidores, 
son leales a su nuehlo' 



VILLENA 

(Contrariado.) 

(Comprendo, doña María, 
que no vamos a entendernos 
cuando comenzáis hablando 
un Ien[^uaje tan soberbio! 

(Pequeña pausa. Se acerca a ella cambian- 
do de tono, con la voz insinuante.) 

¡Pensad que soy sangre vuestra, 
y en vuestro provecho vengo! 

DOÑA MARÍA 

Y ¿qué queréis? 

VILLENA 

Vos podéis 
poner a estas luchas término 
devolviéndole a Castilla 
la pvz que perdió hace tiempo. 

DOÑA MARÍA 

Mas, ¿cómo? Decid, Villena... 

VILLENA 

¿Cómo ha de ser?... ¡Persuadiendo 
a vuestro esposo a que deje 
los peligros de ese puesto, 
que sólo han de conducirle 
al cadalso o al destierro! 
¡Que se depongan las armas! 

Mas vos, antes, dad ejemplo, 
entregando al rey las llaves 
de la ciudad de Toledo, 
que rendida la cabeza 
ya se irá rindiendo el resto! 

DOÑA MARÍA 
(Sjn poder refrenar su indignación.) 
¿Y cómo vos, un Villena, 
la mejor sangre de! reino, 
tal infamia me aconseja? 

(Villena va a hablar.) 
¡Callad, que escuchar no quiero 
de labios que son tan nobles 
tan infamantes consejos! 
¿Queréis que la paz renazca? 
Pues aconsejad primero 
a Carlos, que de Castilla 
cumpla V respete los fueros, 
pues mientras no los respete 
por rey no lo acataremos! 

VILLENA 

¡Pensando así, a la ruina 
de Castilla vais derechos! 

DOÑA MARÍA 

(Con altivez.) 
¡Antes que vivi'r esclavos, 
marqués, libres moriremos! 

(Pequeña pausa.) 

VILLENA 

(Persuasivo.) 
Será inútil sacrificio... 
¿Qité conseguiréis con eso? 
¡Que se derrame más sangre 
cuando tan poca tenemos? 



¡Que hsyn más campos estériles 
teniendo ya laníos yermos! 
Escuchad. Cercada estáis 
por el más brillante ejército 
que en sus límpidos cristales 
las aguas del fajo vieron. 
No esp réi:-= niiigún socorro, 
que nadie puede traéroslo; 
y será más duro el trato 
cuanto dure más el cerco. 
Recibid al emisario 
de Adriano con respeto, 
y la ciudad entregadle; 
que si la entregáis, prometo 
que habrá perdón para todos 
y se olvidarán los yerros... 
Y si precisáis rehenes, 
yo mismo en rehén me ofrezco! 

DOÑA MARÍA 

(Con firmeza 
¡No atiendo vuestras razones, 
que nosotros no queremos 
más perdón ni más rehenes 
que nuestros antiguos fueros! 
¡Y en tanto no queden salvos, 
no se rendirá Toledo! 

VILLENA 

¡Sois firme! 

DOÑA MARÍA 

¡Soy castellana! 
Y lo mismo que el acero 
que en nuestras forjas se templa, 
ni me curvo, ni me quiebro! 

VILLENA 

(Disponiéndose a 
¡Reflexionad lo que os digo! 
Yo al campo imperial regreso. 
Vendré con los emisarios, 
y para entonces, espero, 
que después de meditados 
atenderéis mis consejos. 

(Saluda cori: 
¡Que el Señor os ilumine! 

DOÑA MARÍA 

(Acompañándole hasta la primera 
de la izquierda.) 

¡Que a vos os alumbre el cielo! 

(Salen mientras aparecen por la expíanadi 
don Juan de Padüla y Lope de Sanabria.) -J 

(Se detienen cautelosamente en el centN 
de la escena, como espiando la salida de doto 
María.) 

DON JUAN ^^1 

(Con volubilidad iflfiíWI 
Ya se fué mi madre. 
Hasta la escalera 
acompaña al noble 
marqués de Villena. 
¡Ven acá, buen Lope, 
que antes que ella vuelva 



* 




JO que decirte 

> en voz muy quec! ;! 

(Bajando In vez con malicia infaínül.) 
tno anda la bo''^^a? 

LOPE 

(Mostró lili oí. i.) 
orno siempre: veiV.a. 
de que Casulla 
jrnó flamenca, 
iy no conozco 
)r la moneda. 

DON JUAN 

3 daré, buen Lope^ 
oblón, si dejas 
al potro morcillo 
te a la jineta, 
iebre una lanza 
i Plaza nueva, 
ás con qué fíiirbo 
)rro la espuela! 
no se encabrita, 
3 corvetea, 
paro en firme, 
nóvil se queda, 
" que esos nobles 
eles de piedra 
ornan los sepulcros 

Santa Iglesia! 
go ya unas ganas 
ni padre vuelva, 

ver, si viéndome 
Igar, me lleva 
'anza y escudo, 
51, a la guerra! 
aras que monte? 
¡ptas ni¡ oferta? 

LOPE 

si vuestra madre 
juesto se entera, 
que me empalen... 
algar no os deja! 

DONJi'AN 

madre ha creído 
fo soy de cera 
Sr a fundirme 
luz me besa. 

Iviéndose de nuevo a Lope, eu voz baja 
ücante.) 
ás lo que pido? 

LOPE 

¡íiga la moneda 

el patio aguardo! 

•n Juan saca un doblón de la escarcela y 

sntrega a Lope, el cual con descoiifian- 

5erva y suena la moneda.) 

DON jv> :; 
18 ¿por qué la suenas? 

LOPE 

(Con socarronería.) 
3 vaya a ser falsa. 



pues siendo flamenca!... 

Reparando en la presencia de doña María 
en I.i puerta primera de la izquierda. 
iCaliad!... Vuestra madre 
hacia aquí se acerca. 

(Besa cómicamente la moneda, y alzándola 
entro el pulgar y el ¡iidice sobre su frente, la 
esconde después a hurtadillas.) «s 

jSálveos Dios, 
ducado de dos, 
que .Monsiur de Chavres 
no topó con vos! 

(Intenta escapar por el fondo.. 

Dichos y doña María de Padilla. 

(Que penetra por la izqu¡er¿"»^ 
doRa .víaría 
Lope, avísale a las damas. 

(Lope sale por el foro.) 

DON JUAN 

(Corriendo ai encuentro de su madre.) 
¡Dios os guarde, madre mía! 

DOÑA MAHÍA 

¿Dónde habéis estado, hijo? 

DON JUAN 

De oración en la capilla, 
pidiéndole a Dios el triunfo 
de las armas de Castilla. 

(Viendo uparecerpor la explanada a las da- 
mas.) 
.\quí se acercan las damas. 

(Las dau'.as se inclinan ante dofia María y ■ 
permanecen inmóviles, agrupadas, bajo el ar- 
co del centro, como esperando órdenes.) 
DOÑA MARÍA 

Preparad vendas e hilas. 

(Las damas extraen de los grandes arcones 
lienzos y telas, y se disponen a empezar la 
inea, sentadas en escabeles y formando dos 
e. upos animados a ambos lados del arco cén- 
it hI. 

Doña María de Pacheco, en el sillón seño- 
ría!, comienza a deshilar un rico velo de seda. 
n; 'entras don Juan de Padilla la contempla 
tiernamente, postrado a sus plantas, en un 
pequeño escabel, cubierto de ricos cojines. 
For la explanada del fondo pasea, vigilante, 
con e! arma ;ij hombro, el Ballestero.) 

Doria María de Pacheco, donjuán de Padilla, 
damas y el Ballestero. 

(Pequeña pausa, durante la cual sólo se oye 
el crujir de la seda entre los dedos femeninos.) 

DON JUAN 

Rompiendo impetuosamente el silencio. 



ante el altar del San Pedro, 
con las armas de mi padre 
no me armasteis caballero, 
para lidiar por Castüla 
con las huestes de Toledo? 
Al son de las roncas trompas 
todos a la lid partieron, 
mientas que yo, en este estrado, 
con vuestras damas me quedo, 
para sostener un huso 
o abrir un iibro de rezos, 
cuando mejor "sostuviera 
vn el combate, un acero! 
iDejadme, madre, que parta 
donde me impulsa mi aniíelo: 
a triunfar por nuestras leyes 
o morir por nuestros fueros, 
que los que son bien nacidos 
sólo viven combatiendo! 

DOÑA AÍARÍA 

(Miratido con orp:u!lo maternal a su hijo, y 
acariciándole ¡a revuelti melena.) 

¡Modera tus fieros ímpetus, 
que para todo habrá tiempo! • 
Cachorrico de león, 
las garras aún no os crecieron, 
¡y ya rujís de impaciencia 
porque os deje, libre y sueito, 
sacudir vuestras melenas 
en las luchas del desierto! 
¡Aguilucho que aún no tiene 
alas firmes para el vmcIo, 
debe vivir en el nido 
bajo el amparo materno! 

DON JUAN 
(Lastimado por las palribras de su madre.) 
¿Pensáis que valor me falta? 

DOÑA MARÍA 

Rapaz, cómo he de creerlo 
sienJo sangre de Padilla 
y a más nú sangre teniendo, 
que es cual tener en las venas 
en lugar de sangre, fuego? 
¡Cómo he de pensar que pueda 
conocer siquiera el miedo, 
quien se nutrió en mis entrañas 
y se alimentó en mi seno! 

(Dulcificando la voz en un arranque de ter- 
nura.) 

¡Pero aún el bozo, hijo mío 
sobre tus labios no ha puesto 
las sombras de la naciente 
virilidad de su vello! * 

DON JUAN 

(Alzándose fieramente.) 
¡Porque imberbe me veáis 
no os moféis de mi denuedo, 
que si tengo imberbe el labio 
tengo ya barbado el pecho! 



DOÑA MABÍA 
(Atrayéndole de nuevo a su lado,) 

¡Cuando en estas duras guerras 
que esforzados sostenemos 
no queden hombres que lidien 
por la libertad del reino, 
entonces, antes que tmcirnos 
al yugo del extranjero, 
los niños y las mujeres 
por Castilla moriremos! 
Y yo seré la primera, 
cuando llegue ese momento, 
que ciña a tu sien e! casco 
y entregue a tu mano el hierro 
que antes que tu vida, es 
la libertad de tu pueblo! 
Mas en tanto que tu padre 
y sus bravos comuneros, 
se arman, combaten y triunfan 
por nuestros gloriosos fueros, 

(Abrazándole con ternura con la 
muía de lá^^rinmá.) 
¡para qué exponer tu vida, 
si sabes que si la pierdo 
habrán perdido mis ojos 
todas las luces del cielo! 

(Permanecen un instante abrazados. Dej 
bito resuena, bajo las almenas, el cíam( 
las trompas de guerra. Todos atienden alí 
truendo cada vez más cercano.) 

¿Pero qué algazara es esa? 

(El Ballestero se inclina a mirar desdi 
almenas.) 

BALLESTERO 

(En voz al^ 

En la falda de ese cerro, 
junto a la margen de! río 
escaramuzan los nuestros. '-^f^ 

(Don Juan se desprende de los brazos IMt, 
temos y corre a las almenas. En todas 
manos queda suspensa la labor.) 

DON JUAN 
(Desde las almenas.) 

Contemplad, señora madre, 
aquel gentil caballero, 
qiie a los nuestros arremete , ' 

cabalgando un potro negro *! 

y armado de punía en blanco ■^' 

como si fuese a un torneo. ^^ 

(Doña María de Pachaco se acerca a lí^^ 
menas, y apoyada en la colnmna del 'W^ 
central, contempla el campo. Las dSlW 
abandonan su tarea, y también, bajo el arcOi 
siguen ansiosamente las peripecias del com- 
bate.) 

¡Mirad con qué bizarría, 
con qué juvenil denuedo, 
al empuje de su brazo 
se abre paso entre los nuestros! 

La visera echada trae; 



% 



^ 

í 



ícho azul sübre el yelmo, 

¡ños sobre el escudo 

la banda roja al pecho! 

(Pequeña pausa. La ansiedad aumcDUi.) 

uestras gentes retroceden 

obardes!— hacia Toledo, 

i cada golpe de lanza 

OTTibre derriba al suelo! 

Ddos huyen a su paso... 

ando un grito terrible y CLbrit-nJobtí el 

con las manos.) 
laldición!... El caballero 
la qiu'tado el glorioso 
lón de los comuneros, 

n él torna a su campo 

ndo su gloria al viento! 

iendo al Ballestero inmóvil con la ba- 

1 ai hombro y arrebatándosela con fic- 
) 

ara qué sirve en tus manos 
illesta, Ballestero? 

tiende en un gesto heroico, entre el 
) de ios almenas, disponiéndose a dis- 
.) 



DOÑA .VIARIA 

(Corriendo a su lado.) 
¡ué haces, hijo? 

DON JU,\N 

oir la voz materna, gritándole al ca- 
■0.) 

¡Por Castilla! 
Castilla y por sus fueros! 
ípara la ballesta. Momento de ansiedad 
lue solo se escacha el palpitar de todos 
razones. Don Juan se vuelve a su nia- 
>n el rostro desencajado! y los ojos lla- 
é de furor.) 

1 ballesta no hizo blanco: 
•s pies del caballero, 
mecida de rabia 
da quedó en el suelo! 
ilhayan la suerte mía 
lébil brazo que tengo! 
elve a observar arrojando violontamen- 
)allesta.) 

caballero vé, madre! 
»otro ha parado en seco, 
índose en los estribos, 
nira en son de reto, 
que si se mofara 
5 brazos ine.Kpertos! 

(Golpeándose fieramente las sienes.) 
llhaya quien erró el golpe! 

OOÑA MARÍA 

na la ballesta y sie vuelve al Balles- 



ya el arma en el hueco de las almenas gri- 
tando con V07. de trueno.) 

jPor Padilla y por Toledo! 

(Todos se a.iíolpan al disparo y un grito de 
júbilo los estremece.) 

DON JUA.\ 

(Como un ebrio.) 

(Bravo golpe!... ¡La ballesta 
se le ha clavado en el pecho, 
y del arz()n se desploma, 
mal herido, el caballero! 

(Volviéndose hacia su madre y cubri.hido 
le las manos de besos.) 

¡Benditas, madre, estas manos 
que prodigio tal hicieron! 

(Se vuelve de nuevo a las almenas.) 
Los nuestros tornan... Lo alzan, 
y entre cuatro, prisionero, 
por la puerta de esta torre 
lo conducen a Toledo. 

DOÑA MARÍA 

(Al Ballestero.) 
Que le suban a esta estancia 
mis gentes, sin perder tiempo, 
que aqui curarán mis manos 
la misma herida que abrieron. 

(Sale el Ballestero por la explanad:;.) 
¡Doncellas de mi linaje; 
en el más rico aposento 
de este alcázar soberano 
id y preparad su lecho. 
Para vendar sus heridas 
rasgad vuestros propios velos, 
que iionor que hacemos a un huésped 
nos lo centuplica el cielo! 

(Las damas se marchan por la segunda 
puerta de la izquierda. Doña María se apro- 
xima al Cri'íto de la hornacina y k; besa pia- 
dosamente las llagas de las plania.í.) 

Todos menos el Ballestero 



DON JUAN 

(Acercándose a su r.i::c!re. 
¡Bendita seáis madre, 
pues gracias a vuestro esfuerzo 
los imperiales no hollaron 
la bandera de Toledo! 

DOÑA MARÍA 

¡Id, hijo, que de mi sangre 
sois el tínico renuevo, 
a ofrecer al enemigo 
rendido, vuestros respetos! 
Y que todas nuestras gentes, 
damas, pajes y escudero?, 
le rindan sus homenaje^^, 
que aunque es nuestro prisionero 
por SI! valor bien merece ' 




nON JUAN 

¡Descuidad, señora madre, 
que recibidle sabre:nos 
y honrarle como luerecen 
su nobleza y sn deiuiedo, 
pues los que llevan mi nombre 
siempre son y siempre fueron 
con el vencido, corteses, 
con el vencedor, soberbios! 

(Se inclina y besando güntilmante las ma- 
nos de su madre, sale por la primera puerta 
de la izquierda.) 

Doña María. so"a 



DOÑA .MARÍA 
(Clavando los ojos en el Cristo de la hor- 
nacina.) 

{Gracias!... ¡Toda mi existencia, 
Señor, desde este momento 
como víctima expiatoria 
la sacrifico a mi pueblo! 
¡Señor, Señor, no abandones 
a esta raza de leones 
que por todas partes fué, 
en vos fija la mirada, 
difundiendo vuestra fe 
y esparciendo vuestra luz, 
en una mano la espada 
y en la otra mano la cruz! 
¡Castilla, matrona huraña 
que ante nadie se ha rendido, 
que eres como regio nido 
de aguiluchos, escondido 
en el corazón de España! 
¡Castilla, madre Castilla, 
tierra de orguilo y fiereza; 
indomable fortaleza 
con fervores de capilla, 
donde el pueblo mientras reza, 
de tu santo altar, al pie, 
afila la espada, que 
en su ambicionar profundo 
quiere conquistar el mundo 
para imponerle su fe; 
y para que desplegado 
ondule sobre la tierra, 
por los vientos agitado, 
el crepúsculo morado 
de tu estandarte de guerra!... 
¡Presta a los hijos, Señor, 
de los padres el vigor 
para poder defender 
la libertad de Castilla! 
Y si vencida se humilla 
¡dale a esta débil mujer 
fortaleza en su sufrir 
para poderla vengar!... 
lAJientos para ma,tar 



o valor para morir! 

(Aeparece en la primera puerta de la iz- 
quierda don Juan de Padilla seguido de pajes 
y escuderos que sostienen a don Pedro dt 
Guzmán.) 

Doña iMaria de Pacheco, don Juan de Padi' 
Ha, don Pedro Pérez de Guzmán, balleste- 
ros, pajes y escuderos. 



ai 




DON JUAN 

(A su madf|4 

¡Aquí tenéis al herido! 

(Penetra don Pedro Pérez de Guzmán 
tenido por cuatro escuderos con el ni 
el peto ensangrentados. Un paje le co: 
el yelmo y el escudo . ) 

DON PEDRO 
(Al ver a doña María se desprende 

que le sostienen, y haciendo uu viol 

fuerzo se inclina ante ella.) 
Al rendirme prisionero, 

rendir, señora, he querido 

a vuestras plantas mi acero; 

porque sólo ¡vive Dios! 

rendir pudiera su brío 

un acero como el mío 

a una dama como vos!,. . 

(Le rinde penosa y cortésraente la espida. 

DOÑA MARÍA 

(Levantando la espada. 

¡Galán que con tal bravura 
combatió en esta jornada, 
bien merece que la espada 
le ciña yo a la cintura! 

(Se la devuelve. Reparando de pronto & 
la palidez del herido, y como pesarosa ¿e si 
olvido.) 

Mas vuestra herida . . . 

DON PEDRO 

Dere ' j 

el astil, señora, fué 
a clavársem.e en el pecho... 
Y no es extraño, porque^ 
queriendo en su compasión 
dar fin a mis agonías, 
todas las heridas mías 
van buscando el corazón! 

DOÑA MARÍA 

Vuestro nombre... 

DON PRDRO 
(Condolido, con la voz desfallcci 
¡Vano afán! 
¿Tan duro cambio he sufrido 
que no habéis reconocido 
a don Pedro de Guzmán? 

(Alza la frente y contempla con fijeza a 
ña María.) 







■^'f| 



Cí 



DOÑA MARÍA 

rofundamcüle conmovida por lasorprcsa.) 

^órno imaginar que a veros 

a así, quien desde aquesta 

e, con una ballesta 

irió sin conoceros! 

aciondo un esfuerzo inaudito para soste- 

í de pie, como si las fuerzas le abando- 

n por momentos.) 

DON PEDRO 

^ómo dudar ¡ay de mí! 

Jada la visera 
ostro desconociera 
n no me conoce así?... 
mi desesperación 
10 he de extrañar que fuese 
tro dardo el que me hiriese 
:erca del corazón, 
2mpre, desde los días 
uesfra nifiez, lejanos, 
8 las heridas mías 
ibrieron vuestras manos! 
í desploma desmayado sobre un sitial. 
)a|es y los escuderos acuden a soste- 
•) 

DOÑA MARÍA 

los suyos, indicándoles ¡a segunda puer- 

la izquierda.) 

resto, mis gentes, llevadle 
cámara de honor; 
d su herida y tratadle 
i que a vuestro señor! 
33 pajes y los escuderos se llevan al he- 
lor la segunda puerta de la izquierda. 

María permanece un instante apoyada 
brazal del sillón señorial, ensimismada 
te, como si un amargo presentimiento 
ebreciera su alma.) 

María de Pacheco y don Juan de Pa- 



hasta escaldarme los labios? 

(La ber.G los ojos. Dofia Maria se alza co- 
mo agobiada por un pre.sagio funesto.) 
DOÑA MARÍA 

(Lentamente.) 
Pienso en todos los peligros 
de los que están guerreando; 
en que en las sombras, la Muerte, 
afila y lanza sus dardos, 
y alguno alcanzar pudiera 
a tu padre... 

DON JUAN 

Sin cuidados 
por mi padre estad, sei^ora, 
que el iiierro mejor tcniplado 
y \n¡r:s firme, de pavura 
saltará, roto en pedazos, 
antes de herir, madre mía, 
un corazón tan bizarro. 

DOÑA MARÍA 

Mas si vencido cayese... 

DON JUAN 

(Con fiereza.J 
¿Vencido decís?... ¡Callaos, 
que el suponerle vencido 
es tanto como ultrajarlo, 
pues siempre fué la victoria 
cautiva de su caballo! 
Y en Medina, en Talavera 
sus férreos cascos hollaron 
de las huestes imperiales 
el pendón ensangrentado. 

DOÑA MARÍA 

Nadie en la suerte confíe, 
porque e?l destino voltario, 
más pronto abate y derrumba 
lo que levantó más alto. 

DON JUAN 

¡Pues cíñeme una armadura, 
pon un acero en mi mano, 
que si él peligra en la liza, 
yo quiero estar a su lado, 
para si triunfa, abrazadle, 
y si es vencido, vengarlo! 

(Volviendo a abrazar a su madrej 
Mas, enjugad esas lágrimas, 
que al contemplaros llorando, 
¡vive Dios! que a mis pupilas 
se agolpa también el llanto. 

DOÑA MARÍA 

¡Al cielo gracias le doy 
porque, piadoso, me ha dado 
un hijo que honra a su padre 
con valer su padre tanto! 

(Quedan un momento abrazados.) 

Dichos y Lope de Sanabria. 

LOPE 
(Desde la primera puerta de la izquierdaj 
Vuestro asentimiento pRnomn 






para entrar los enviados 
que del campo imperial manda 
el Cardenal Adriano. 

DOÑA MARÍA 
(Procurando dominar su emoción,) 

Condúcelos a esta estancia... 

(Lope se inclina y sale. Doña .María se es- 
fuerza en ocultar las huellas de su emoción.) 

¡Animo, corazón, ánimo! 
¡Altivez, alza la frente! 
iOrgullo, seca mi llanto, 
que a las damas que Castilla 
sangre y fortaleza ha dado, 
no deben mirarla nunca 
sus enemigos llorando! 

(Se rehace y queda al lado de su hijo, junto 
al sillón señorial, con la actitud de una reina 
que va a recibir lui homenaje. Por la puerta 
primera de la izquierda, precedidos de Lope 
y dos escuderos, aparecen los delegados impe- 
riales, Ludovico de Chevres y el marqués de 
Villena, seguidos de su séquito. Los sold¿i- 
dos de Toledo ocupan el fondo de la escena. 
Los imperiales traen cruces blancas sobre 
los mantos, y los comuneros una cruz roja ai 
pecho. Ludovico de Chevres vestirá un rico 
traje a la moda flamenca, que realzará sobre 
el pecho el Collar del Toisón de Oro.) 

Dichos; Ludovico de Chevres, el marqués Je 
Villena, séquito de imperiales, pajes, es- 
cuderos y gente de armas. 

LUDOVICO 

(Avanzando altanerr.nier.te y haciendo una 
pequeña inclinación ante dona María.) 

¡En nombre del Cardenal 
Adriano, mi señor, 
que es por el Emperador 
gobernador general 
de estos reinos, os concedo 
gracia, si antes de tres días 
cesáis vuestras rebeldías 
y nos entregáis Toledo! 

DOÑA MARÍA - 

(Kompienpo con acento seguro la expecta- 
ción general.) 

Vuestra intimación es vana 
y es vano vuestro rigor, 
que en la tierra castellana 
no manda el Emperador. 
En este pueblo leal 
nadie acatará su ley. 

Ll.'DOVICO 

¡También de Castilla es rey 
quien ciña el manto imperial! 

DOÑA MASÍA 

¡Mas, para los comunsros 
que, con su soberbia humilla, 



no es monarca de Castilla 

quien no respeta sus fueros; 
porque aquí no toleramos 
que los reyes nos den leyes, 
sino que acatan los reyes 
las que nosotros les damos' 

VILLENA 

Le juramos nuestro rey 
en las Cortes... 

DOÑA .MARÍA 

Y él juró 
también cumplir nuestra ley. 
¡Y ved cómo la cumplió! 
¡Dando en este reino entrada, 
confra todos nuestros fueros 
a esa Corte desalmada 
de ambiciosos extranjeros, 
que como botín de guerra, 
nuestro honor escarneciendo 
aún se siguen repartiendo 
las riquezas de esta tierra! 
Y no tan sólo el monarca 
nuestra libertad destruye, 
sino que eri Coruña embarca, 
como'p'rata que huye 
en las sombras del misterio 
para ocultar su tesoro, 
¡a comprar con nuestro oro 
la púrpura del Imperio! 

(Volviéndose a Vil 
¿Quién habló de juramentos? 

¡Si él al viento lanzó el suyo, 
también nuestro fiero orgullo 

el suyo lanza a los vientos! 

¡Y hoy este pueblo bravio 

no acata más que a su ley, 

pues viendo el trono vacío 

a sí mismo se ungió rey! « 

Vuestro perdón rechazamos, 

que a nuestras leyes, leales 

nuestras vidas ajustamos. 

¡Volved con los imperiales; 

y decid que esta ciudad 

dispuesta está a perecer 

primero que esclava ver 

de nuevo su libertad; 

porque antes de sufrir 

las afrentas de un tirano, 

sabe el pueblo castellano^ 

honrado y libre morir! 

(Un murmullo de aprobación recorre 

las dé. los comuneros. Doña María de 

co les impone silencio con un noble 

Ll'DOVlCO _^.'\ 

(Con insoleflC» 

¡Pagaréis vuestra imprudencia! 
¡Y puesto que no queréis 
rendiros, del rey, clemencia, 
toledanos^ ti) esperéis! 
¡Despreciilsíeis su piedad; 



: 



k 



>'^íik3£a 



hora, del Emperador 
usticiero rigor 
ara vuestra ciudad! 
mensaje habéis .jído; 
i declaro, en nombre de él, 
a nadie dará cuartel. 

DORa MARÍA 

(Fieramente.) 
¿quién cuartel ha pedido? 
;e oye un rumor confuso del pueblo que 
cerca. Los imperiales echan mano a sus 
das. Todos los rostros reflejan la más 
Jnda ansiedad.) 

VILLENA 

'las ¿qué pasa? 

DOÑA MARÍA 

Esos rumores... 

DON JUAN 

(Asomándose al ventanal.) 
aliando, de rabia ciega 
ebe al alcázar llega, 
lo al aire sus clamores, 
itre todos, el primero, 
Jasado de dolor, 
3 Scsa, el escudero 
i padre y tu señor. 
Jdos se vuelven hacia la explanada de 
menas por donde se acerca el tumulto. 
si arco del fondo, penetra Sosa, pálido, 
roso y jadeante, seguido de hombres y 
•es que gritan y gesticulan. Los bailes- 
detienen a la plebe bajo el arco central.) 

Dichos, Sosa y gente del pueblo. 



]f\ 



SOSA 

yendo de rodillas a los píes de doña 

■) 

;ílora, temblad de espanto! 

(Todos le cercan.) 

DOÑA MARÍA 

¿qué pasa?... ¡Habla por Dios! 

SOSA 
« (Estallando en sollozos.) 

a Cómo corre mi llanto! 
prended el resto vos! 

DOÑA MARÍA 

(Dando un grito supremo de ansiedad.) 
esposo!... ¿Qué ha sucedido? 
« no se atreve a hablar; Doña María 
mta, sacudiéndole fuertemente por el 



„ no.sA ma;Ja 

¡na muerto! 

(Doña María rompe en sollozos, vacila y se 
abraza estrechamente a su hijo.) 
¡Pobre hijo mío! 

DON JUAN 

(Severamente, señalando a los imperiales 
que habrán permanecido agrupados en acti- 
tud expectante, cerca de In puerta primera 
de la izquierda.) 

¡Vuestra aflicción no? humilla! 
señora, ¿dónde está el brío 
de la mujer de Padilla? 

DOÑA MARÍA 

(Orgullosa del arranque filial, alzándose 
terrible y recta como una amenaza.) 

¡Mi don Juan, tienes razón! 
Desde hoy, vengarle será 
la tínica fuerza que hará 
latir nuestro corazón! 

(Volviéndose al escudero.) 
Cuenta Sosa. 

SOSA 

¡Qué decir, 
sino que a traición, vendido, 
al ver nuestra gente huir 
en Villalar, cayó herido 
de su corcel en el lodo 
de un profundo cenagal, 
luchando él solo con todo 
el ejército imperial! 
Allí su espada rindió; 
y al verle ya sin espada, 
Juan de Ulioa le cruzó 
la faz de una cuchillada! 

DOÑA MARÍA 
(Cubriéndose el rostro cor. ¡a-, u¡i--ios i 
¡Ah!... ¡Cobarde! 

DON JUAN 
(Llameantes de furor lo.; ojos.) 
... . ¡Madre mía, 

déjame al campo marchar, 
que al de Ulloaharé pagar 
bien cara su felonía! 

DOÑA MARÍA 

, (De nuevo volviéndose a So^t 

?Y allí acabó?... 

SOSA 

„, .^ ¡A Dios pluguiera 
que allí su vida.acabara, 
porque a lo menos, siquiera 
la muerte no le afrentara! 

^^ DOÑA MARÍA 

¿Más afrentas? 

SOSA 

, .,, , Prisionero 

a la villa fué llevado; 
y sin haberle juzgado 
como cumple a un caballero 

Í1 InC ílTlnci»-;r>>/-.í> .^1. 




su cabeza hacer rodar, 
bajo el haclia del verdugo, 
en el mismo Villalar! 

DOÑA MARÍA 
(Después de una pausa, haciendo un e? 
fuerzo inaudito para recuperar su er.te 
reza.) 

¡Ay, castellanos, llorad, 
que el hacha que lo ha inmolado, 
también ha decapitado 
nuestra antigua libertad! ^ 

(Con un enérgico ademán contiene el cia- 
mor de las turbas e indica a Sosa que pro- 
siga.) 

SOSA 
Hasta la enemiga suerte 
a sus pies cayó rendida, 
¡que si heroica fué su vida 
más heroica fué su muerte! 
La envidia calló su encono; 
como quien fué sucumbió, 
¡y hasta al cadalso subió 
como si escalase uñ trono! 
Al ¡legar su última hora 
medió este pliego... 

(Saca del pecho un pergamino sellado 
lo besa y se lo entrega a doña María.) 

;Mirad, 

y en él hallaréis, señora, 
su postrera voluntad! 

DOÑA MARÍA 

(Tomando el pliego y leyéndolo con voz 
profundamente conmovida, pero firme, en 
medio del silencio y la especíación de to- 
dos.) 

«¡Por bienaventurado me tuviera, 
bendiciendo lo amargo de mi suerte, 
si el corazón, señora, no sintiera 
mucho más vuestra pena que mi muer- 

[te! 
¡Aunque de muchos ha de ser plañida, 
esta muerte de tal modo me ha honra- 

[do, 

que bendigo al Señor que así me ha 

^ [dado 

brindándome tal muerte, tanta vida! > 
Yo quisiera tener más tiempo para 
escribiros palabras de consuelo; 
mas aunque me lo dieran, lo rehusara 
que ya la palma del martirio anhelo. 
¡Llorad vuestra desdicha y no mi muer- 

[te, 
porque es mi muerte, esposa, tan honra - 

que en una eterna vida se convierte 
y no debe por nadie ser horada! ^ 
Mi alma, pues nada más tengo que dn- 

[ros. 

ía dejo en vuestras manos... ¡Vos se- 
ñora 



haced con eila cuanto os plazca, ■ 
que si mucho os amó m.ás ha : 

No puedo proseguir.. A vuestro ason:- l« 

¡qué de cosas trai íntimas dijera!... '"* Ip 
Mas, ya el verdugo con el hacha al íiotn " 

[bro, 
en el dintel de la prisión espera... 
Aquí hago punto, porque el vulgo osa- 

[do 
no piense, en su voraz maledicencia, )i^ 
que he alargado esta carta demasiado ,< 
para alargar con ella mi existendia! 
¡Adiós, señora, adiós, en otra orilla 
nuestro amor hallará nuevo remanso.. 
¡Y aquí quedo esperando la cuchilla 
de vuestra soledad y mi descanso! ^ 
(Una conmoción profunda agita atóelos, a- 
gunas pupilas se llenan de lágrr 
damas sollozan.) 

VILl.ENA 
(Adelantándose hacia doña Mar 
raniente afectado por su dolor.) 
Yo también, doña María, 
lloro vuestro duelo ahora, 
que no en balde sois, señora, 
sangre de la sangre mía. 
Para evitar nuevos males ,,^ 

y amenguar vuestro sufrir, 
doblegaos y rendir 
Toledo a los imperiales. 

DOÑA MARÍA 

(Alzándose sobre todos, como enloq 
de dolor y de ira.) 

¿Qué dice?... ¿Ois toledanos, 
sin afrentaros, tal mengua, 
y con vuestras propias manos 
no le arrancasteis la lengua 
como ejemplo miserable 
de ignominia y de baldón, 
para el labio que nos hable 
siquiera de rendición? 
<i Habrá algún alma en CastilW 
que ose de paces hablar, 
y no muera por vengar 
la memoria de Padilla? 
El, bajo ei hacha cayó 
por defender nuestra ley.. . 

¡Guerra juremos al rey 
que en verdugo se trocó! 
(Dirigiéndose hacia el Cristo ac| 

ciña, y colocando las manos sot ~ 

de su hi)o.) 
¡Yo, colocando las manos 

en la frente de su hi[o, 

con el pensamiento fijo 

en su sombra, toledanos: 

por la Santa Cruz erguida 

en el solitario altar. 



r'Míím 



a costa de mi vicfa. 
luerte juro vengar! 

(Dirigiéndose a los comuneroií.) 
tiráis vosotros? 

VOCES 

araos! 

(Todos juran sobre sus e?rpadas.) 

SCSA 

enganza para Padilla! 

DOÑA MARÍA 
(Volviéndose a los imperiaies.) 
ed la respuesta que os damos, 
eieros de Castilla! 
nad al campo a decir 
estro Gobernador 
lunca se ha de rendir 
do al Emperador! 
d gracias a la suerte, 
33ra vengar su nnieite 
Iveros mal por ¡nal, 
errados, a pedazos, 
i arrojo, a borabardazos, 
nipamenío imperial. 
18 comuneros intencín atacar a los ira- 
es, pero dona María de Pacheco se in- 
ne, deteniéndoles con un soberoio ade- 

SOSA 

ledo, regía matrona, 
vas a hacer sin Padilla? 

LOPK 

urió el león de Casfilia! 

DOÑA MARÍA 

¡ro aun queda su leona, 
filando en su aflicción 
'ra dura y cruel 
morir como él 
gara su león! 

.^IIXENA 

(Disponiéndoae a salir, a doña María) 
nuestros lazos reniego! 



Lur>oviCvO 

(A doña María.) 
IJamás esperéis favor! 
(Doña María les señala a los imperin' í'í la 
puerta. Estos van desfilando.) 
DOfí'A MARÍA 

¡Guerra, guerra a sangre y faegc! 

SOSA 

(A los comuneros, señalándoles el gr.'.po 
q ue forman doña María y su hijo.) 

¡Respetemos su dolor! 

(Todos se inclinan y van snliendo por la 
exMlnnada del fondo. Entretanto doña María 
pirmanece serena apoyada et! el hombro de 
«■!" hijo. La tarde empieza a palidecer en las 
sombras del crepiiscdlo.Ln luz de las lámpa- 
ras 30 hace más intensa.) 



Doña MariadePochcco y don Juan de Pa- 
dilla. 



DON JUA.N 

(Al verse solo, alzanJo fieramente la ca- 
beza y extendiendo el b.'-azo.) 

¡Venganza padre! 

(Viendo la actiliul doloros?. de su madre, 
que al verse sola, no puede refrenar su emj- 
ci.):;.) 

■ r» - I 1. u/ j ¡Seilora; 

iQüion lo había de pensar! 

(Estalla en sollozos.; 

DOÑA MAKIA 

(Estrechándole contra su seno en nn llan- 
to convulsivo.) 

¡Sf. hijo (Tiio!... (Ahora llora, 
que ya podemos Morar! 

(Los dos, sollozando, caen de rodiüas al 
pie del Cristo. Se abrazan- estrec húmente 
ahogados en sollozos, mientras desciende po- 
co a poco el telón.) 

FiN' OEl ACTO PRIMrnO 



ACTO SEGU^?DO 



■ 



™a decoración del acto anterior. Es de noche. La e.,:ena estará ü.uninada 
w ae la hornacina y algunas antorchas enclavadas en .os .-nuros. 



«» Arcediano, el Ballestero y solda- 



SOSA 

Asegurad el portillo 
y vigilad las almenas, 
no vayan los imperiales, 



á cotiseguir por la astucia 
lo que no logran por fuerza. 

(Salen los soldados por la explanada de las 
filnienas. Sosa se vuelve al centro de la es- 
cena.) 

ARCEDIANO 

¡Duro es el cerco! 

SOSA 

¡Y tan duro, 
que si Dios no lo remedia 
hará a Toledo famosa 
si ya famosa no fuera! 
Ha seis meses que sus muros 
expus;nan, baten y asedian 
las huestes más numerosas 
uue acampar ei Tajo viera 
entre ios huertos frondosos 
de sus fértiles riberas. 

BALLÍiSTERO 

¿Y no nos vendrán socorros? 

SOSA 

¡Sólo de ia Providencia, 
que desde que, traicionados 
de Villalar en las ciénagas, 
al pie de los imperiales, 
cayeron nuestras banderas, 
' las ciudades de Castilla, 
ya por grado, ya por fuerza, 
una a una, fueron todas 
rindiendo sus fortalezas!... 
Tan sólo, altiva, Toledo 
a ios imperiales reta... 
¡y será libre Castilla 
mientras Toledo no muera! 

ARCEDIANO 

(Lentamente, con profunda intención, como 
para escudriñar los pensamientos de Sosa.) 

Mas ya su valor decae, 
que la plebe anda revuelta 
porque la peste y el hambre 
hacen más estrago en ella, 
que cañones y bombardas 
en sus cimientos de piedra. 

SOSA 

La plebe no tiene culpa, 
?ino los que la aconsejan, 
ios que, cual Judas, la venden 
V en oro su sangre truecan. 
Mas ¡ay! si doña María 
íie esas intrigas se entera, 
V.a de hacer tal escarmiento 
qwe asombro del mundo sea! 

ARCEDIANO 

(Mirando fijamente á Sosa.) 
¡Ella causa estos disturbios, 
porque a Toledo avergüenza 
que una mujer la gobierne, 
cual si en su seno no hubiera 
claros varones capaces 
de regirla en esta empresa! 



¡Para los hombres, la espada, 
para ia mujer, la rueca!... 

SOSA 

( Amenazante. 
¿Qué osáis decir? 

ARCEDIANO 

(Cambiando de tono y en son de disculpa i 

¡Lo que dicen 
a veces en las plazuelas!... 
Repito lo que murmuran, 
que yo he dado tales pruebas 
de lealtad a tu señora, 
que eluden toda sospecha. 
Y, ¡por mi patrón Santiago 
que mi lealtad no me pesa, 
porque en Castilla no hay hombre 
que en valor y en entereza, 
en tan graves circunstancias 
pueda competir con ella! 

SOSA 

(Con entusiasmo. 
¡Donde el peligro es más grande, 
donde es m.ás dura la brega, 
allí su pecho indefenso 
a las espadas presenta, 
piadosa como una santa 
y altiva como una reina! 

¡Toda el alma de Castilla, 
brava, indómita y soberbia, 
parece que en los arcanos 
de su corazón encierra! 

¡Para sustentar la plebe 
y proseguir estas guerras, 
malbarató sus tesoros, 
las vajillas de su mesa, 
las sortijas de sus dedos, 
y los collares de perlas, 
de diamantes y topacios 
que sobre sus senos eran 
como aljófar de rocío -, 
brillando entre rosas frescas! 
(Resuenan las ánimas. Todos se santigas"'' 

ARCEDIANO 

Mas, escucha... ya las ánimas '| 
en la Catedral resuenan. 
¡Ve y avisa a tu señora 
que tengo que hablar con ella! 

SOSA 

Tendréis que aguardar un poce 
porque rezando en la iglesia 
de Santo Tomé se halla 
con sus pajes y sus dueñas. 

(Se inclina, besa la mano al Af^ 
sale por la primera puerta de la íí"^ 



!ííi 



El Arcc! 



y 



I.',allesl 




.\RCEDiAN0 j 

(Acercándose cautelosamente al üaue 



¡después c!e haber escudrinado con la vis- 

Í3 estancia.) 

A don Pedro de Guzmán 

!ste saber mi encargo? 

BALLESTEKO 
I media voz señalando la segunda puerta 
i izquierda.) 

está, señor, vuestro aviso 
isa estancia esperando. 

^ ARCKDIAiNO 

-ómo sigue de su herida? 

BALLESTERO 

racias a tantos cuidados 



en servirle y honrarle 
acheco ha prodigado, 
3ueno está, quehoy a Sosa, 
tener tan firme el brazo 
grimir con gran maestría, 
" golpe le ha desarmado. 

ARCEDIANO 

íes avísale, Rodrigo. 

tanto que con él hablo, 

1, no nos sorprendan; 
es tan importante el caso, 
una indiscreción podría 
ucirnos al cadalso. 

BALLESTER.J 

andad a vuestro albedrío, 
¡n mí tenéis un esclavo! 

ARCEDIANO 

te pesará servirme. 
2^estas revueltas salgo 
¡>ispo de Toledo, 
me ofreció don Carlos 
emiaré tus servicios 
aré subir tan alto, 
a de ser el Ballestero 
»a de los hidalgos! 
Ballestero entra en la segunda puerta 
zquierda y al momento aoarece en el 
don Pedro Pérez de Guzmán. El caba- 
vanza lentamente, y miontras el At- 
P se inclina para saludarle, el Balles- 
üe y se va a ocupar su puesto en las 
is.) 



ídro Pérez de Guzmán, el Arcediano 
2stero. 



DON PEDRO 

(Inclinándose cortesrpcnte) 
fMüé tenéis que platicarme 
cuando con tanto recato 
me llamái.s? 

ARCEDIANO 

Tengo, don Pedro, 
que entregar a vuestras manos 
ese p!io<;v> que os envía 
el cardenal Adriano. 

(Saca un pliego del seno y se lo entrer" ) 
Leedle, y después de leerle 
como es natural, rasgadlo. 

DON PEDRO 

(Después de I 2r el pliego a ¡a luz de la 
lampara de 1e liornacina.) 

A*-!"' el cardenal me ordena 
que en servicio de uon Carlos 
nuestro rey, que el cielo guarde 
acate vuestros mandatos 

(Rasga el pliego y después se vuelve v 
contempla fijamente al Arcediano.) 
¿Quién sois, cuando así me oblicran 
a serviros y acataros, 
siendo tan noble mi sangre 
y mi linaje tan alto, 
que mis mayores tuvieron 
reyes moros por vasallos? 

ARCEDIANO 

e ~ j . ^ (Humiftíemi;nt\) 

Señor, de la Santa Iglesia 
Catedral, soy Arcediano, 

y aunque entre rebeldes vivo 

y por comunero paso, 

no puedo olvidar que al rey 

mi juramento he prestado; 

¡que olvidar sus juramentos 

no es digno de un buen crisí.'. .30' 

A los imperiales sirvo 

y por su causa trabajo, 

promoviendo entre la plebe 

algaradas y rebatos, 

y sembrando la discordia 

entre jefes y soldados. 

¿Que le falta pan al pueblo' 

Pues el motivo es bien claro . 

Por medio de mis secuaces 

correr las voces yo hago 

que es culpa de la Pacheco 

que a bajo precio ha compr 'l'o 

todo el trigo de Castilla 
para venderlo más caro. 
¿Que alguno muere de peste? 
¡Pues es un castigo santo 
que a Toledo Dios envía 
por haberse rebelado 
contra su señor, y andar 
con los franceses en tratos 
para entregarles el reino 
que a los infieies canamn^!... 



m 

i 



JsOS, 



Y nsí, todo se revuelve... 

Y esper que si su ampr.ro 
como hasta aquí, no me nip<-:n 
nuestro buen patrón San'ia^o 
muy en breve, entre repic 
de campanas, y .entre np.; 
en nuestra sagrada Sede 
veréis entrar bajo paiio. 
por la puerta del Perdón 
al cardenal Adriano. 

DON PEDRO 

¿Pero no teméis que antes, 
de vuestro juego enterados, 
os hagan los comuneros, 
reverencia, más pedazos 
que padrenuestros habéis r 
en este mundo rezado? 

ARCKDIANO 

¡Antes de poner, don Pedro, 
en entredicho mis actos, 
dudarán de Juan Padilla, 
con haber Padilla dado 
en pro de los comuneros 
la cabeza en c! cadalso, 
que yo sé tirar la piedra 
y esconder después la mano! 

DON PI^DRO 

¡Vive Dios, que sois terrible! 

ARCEDIANO 

A veces, seiior, debajo 
de la piel de un corderillo 
hay un león disfrazado. 

DON PEDRO 

Mas ¿en qué puedo serviros? 
Decid, señor Arcediano. 

ARCEDIANO 

A entregar estoy dispuesto 
la ciudad. Mas para el caso 
necesito del concurso 
de un capitán esforzado 
que al frente nuestro se ponga. 
¡Y en vos, don Pedro, he pensado! 

DON PEDRO 

Mas, ved que estoy prisionero . . . 

ARCEDIANO 

(Riendo maliciosamente.) 
¿Vos prisionero? ¡Ni el pájaro 
está más libre en el aire 
que vos en este palacio! 

DON PEDRO 

¡Es cierto... Mas mi palabra 
me tiene más obhgado, 
que a todo buen caballero 
si estima su honor en algo, 
le pesan más sus palabras 
que los grillos más pesados! 

ARCEDIANO 

Mas, suponed que estáis libre... 

DON PEDRO 

^•Qué voy a hacer? 



ARCEDIANO 

Yo nic ene 
de Que se alborote el pueblo, 
y cuando esté alborotado, 
jc! [imperador en nombre, 
■ic Toledo apoderaos, 
^.■ncerrando a la Pacheco 
prtsa en su propio palacio. 

DON PEDRO 
(Sin poder reprimir su indi 
¡Callad, callad tal vileza! 
¿Mi honor descendió tan bajo 
que a ser me autoriza dueño 
de quien debo ser esclavo? 
¡En defensa de mi rey 
ya con mi sangre he regado ' 
las áureas playas de Ñapóles 
y ¡os campos castellanos, 
y España entera conoce 
la pujanza de mi brazo! 
¡Mas, cometer tal infamia 
no puede quien ha heredado ' 
la lealtad de los Guzmanes, 
y ostenta sobre su manto 
como una herida gloriosa 
la roja cruz de Santiago! 

ARCEDIANO 



lllei 



l$e 



Nuevas riquezas y honores 
el rey pudiera brindaros. 

DON PEDRO 



(Insinuante 



(Con alíi 



¡Todo el oro de la tierra 
no vale lo que yo valgo; 
ni en el mundo honor existe 
ni tan grande ni tan alto 
como el que me da el escudo 
que, aquí, sobre el pecho traig< 

ARCEDIANO ' 

(Dejando caer con intención las| 
¡Bien se conoce que andáis 
de la dama enamorado! 

DON PEDRO 
(Herido en lo más hondo y ^^< 
alma.) 
¿Qué decís? 

ARCEDIANO 
(Retrocediendo rastreramente 

tud violenta de don Pedro, y querií 

sus palabras un tono ambiguo decí 

ironía.) 

¡Murmuraciones 

y cuentos del populacho!... 

¡Yo nunca les presté crédito. . 

porque nunca he sospechado 

que al par se pudiera ser 

carcelero y apresado! 

DON PEDRO 

(Haciendo un esfuerzo terrible 
nar la ira que le enciende.) 



ifc 



!f,.;„ 



íleo 



IKct 



i/ive Dios, que si no fuera 
Cípeto de esos hábitus. 
tigara la osadía 

uestra iei.gua, mi mano! 
iadle gracias al cielo, 

no es poco lo que hago, 
Ivitícr lo que he oído 
haberos castigado! 
e vuelve despectivamente la espalda, y 
por la segunda puerta de la izquierdr.. El. 
idíano le si^aie con la vista, inmóvil en 
ntro de la escena, sin atreverse a dar un 






El arcediano, solo 



ARCEDIANO 

(Después de desaparecer don Pedro.) 
tal tino!... En su corazón 
ellesta no hizo blanco! 

¡.(Sonriendo levemente.) 
3 se e! punto vulnerable 
le dirigir mis dardos, 
ve Dios! que he de verlo 
if a mis pies sangrando! 
a queda de pronto inmóvil, con el entre- 
arrugado, como sí madurase un plan. 
ués alza triutifalniente la cabeza, y una 
5tra alegría centellea en él.) 

ha sido inútil la escena, 
ue mi plan he trazado, 
hay nada que destruya 
lañes que yo me trazó, 
esta vez, doña María, 
tro honor cayó en mis manos; 
ellas no ha de salir 
deshecho a pedazos, 
que a Castilla entera 

de mofa y escarnio! 
: pronto sobre la plata 
itos mis cabellos blancos, 
:on su oro y sus gemas 
lecieron sonando, 
mitra arzobispal 
i de lucir el fasto! 

rando hacia la primer^puerta di I;: iz- 
fa.) 

is aquí llega la dama. 

Itad, buen Arcediano, 

plumas de paloma 

ras garras de milano! 

elve a adquirir su expresión bea'Jficc, 

as por la primera puerta de la izquier- 

urecen doña María y don Juan de Pa- 

Jrecedidos de dos pajes con antorchas 

npañados de Sosa, Lope, damas, pajes 

ideros.) 



Dona María d- Pacheco, el arcediano, don 
Juan de Padilla, Sosa, Lope, damas, pr.jes 
y escuderos.) 



ARCEniANO 

(Inclinándose humildemente ante doña Ma- 
ría.) 

¡Que el cielo guarde, señora, 
y alargue vuestra existencia! 

DO.ÑA MARÍA 

¿Aqué debo en ^sta hora, 
que ¡ivonrcis con vuestra presencia, 
iWí-ediano, mi mansión? 

ARCKDIANO 

Hablaros, señora, quiero... 

DOÑA MARÍA 

Hablad, pues... Pero primero 
¡da-jme vuc síra bendición! 

& Arcediano la bendice; después, a una 
invitación de doña María, se sienta en cl 
primer término de la derecha. Las damas lo 
hacen sobre los arcones de fondo. Soí;.'í, los 
pajes y los escuderos permanecen de n'u ba- 
jo el arco que da a las almenas, mientris 
don Juan conversa en voz baja con Lope en 
el ángulo de la izquierda.) 
ARCEDIANO 

¡Es serio y grave el c.sunto! 

DOÑA MARÍA 

¡Vuestra actitud me sorprende! 
¿Tan grave es? 

ARCEDIANO 

. ,,^ , , . Hasta el punto 

que de él Toledo (icp^jude. 

DOÍA .VÍARIA 

' (Con ansiedad! 

i?\í;3, ¿qué es ello? 

ARCEDIANO 

, , En puridad, 

que el pueoio se va cansando 
de luchar, y anda peíisjado 
en eniregar la ciudad. 

DOÑA MARÍA 

(Hn un ímpetu irrefrenable de Ira, clavan 
do í-us ojos en los del Arcediano.) 

¡Y habrá quien a tal se atreva!... 
i 1 quien a decirlo acuda 
a qiiitn por Toledo lleva 
estas tocas de viuda! 

ARCEDIANO 

(Queriendo tranquilizarla.) 
Estudiad la situación 
con calma, y sí así lo hacéis, 
señora, comprenderéis 
que 9I pueblo tiene razón, 
pues en seis meses de asedios, 
deduraytenazbatalia, 




y hambriento y i>obre se halla. 

DOÑA MARÍA 

¡Tan veleidosa ha de ser 
la plebe, que habrá ¡Dios mío! 
de olvidar hoy lo que ayer 
defendió con tanto brio, 
¡ara rendir la ciudad 
a las plantas del tirano, 
bajo cuya férrea mano 
murió nuestra libertad!... ¡ 

¡No es posible!... Yo no puedo 
dar crédito a lo que oí, 
que antes de rentlir Toledo 
tendrán que rendirme a mí! 

ARCEDIANO 

Su propia miseria abona 
del pueblo ias veieid,ades, 
porque el hambre no razona 
de fueros ni libertades. 

DOÑA MARÍA 
(En un arranque de indomable fiereza.) 
¿Y vos osareis también 
defender su cobardía? 

ARCEDIANO 

(Con humildad.) 

Perdonad, doña María, 
si no me he explicado bien. 
Mi franqueza no os irrite. 
No hablo yo... Mi voz ha oido 
el eco fiel que repite 
lo que a los demás ha aido. 
Vo soy vuestro amigo viejo, 
y siempre, señora, he estado 
en las juntas del Conceio 
mi lealtad a vuestro lado. 
Y hoy esa misma lealtad, 
de cuya virtud dudáis, 
aquí me impulsa a que oigáis 
por mis labios la'verdad. 
Hay que mirar cara a cara 
lo crítico de la hora, 
y encontrar recursos, para 
que no se rinda, señora, 
Toledo a los imperiales. 

DOÑA MARÍA 

En su defensa he gastado 
hacienda, renta y caudales: 
y en sus manos he dejado 
mis derechos de alcabalas. 
¡Y ahora, mi hijo y yo, nos vemos 
sin más joyas ni más galas 
que las que puestas tenemos! 
arcedia.no 

En cambio, más de un señor 
hay, cuyo lujo se atreve 
a insultar con su esplendor 
las miserias de la plebe. u 

(Pequeña pausa. Doña María permanece 
un instfinte pc;^' .íiv.i, con !a cabeza en-.-- 
las manos.) 



Todo lo tengo pensado, 
y hay medios... 

DOÑA MARÍA 

Para calmar 
la agitación popular, 
¿qué medios habéis hallado? 

ARCEDIANO 

Hay uno, según yo creo. 

• DOÑA MARÍA 

(.^Izando de nuevo la cabeza con profui 
ansiedad.) 
¿Cuál es? 

ARCEDIANO 
(Sin dar importancia a lo que dií 
Pues dar rienda suelta 
a la popular revuelta 
para que acabe en saqueo. 

DOÑA MARÍA 

(Alzándose fieram«í 
¿Qué os atrevéis a decir? 
¡En cobardes bandoleros 
asi queréis convertir 
a mis bravos comuneros! 
¿Vos, un siervo del Señor, 
tal me aconsejáis ahora? 

ARCEDIANO 

(Tranquilaméri ' 
Entre dos males, señora, 
se elige siempre el menor. 
Con calma vos meditad 
en el problema, que es este: 
de una parte la ciudad 
invadida por la peste 
y por el üum.bre acosada. 
De otra parte esos señores 
que indecisos o traidores, 
ni nos sirven ni dan nada. 
Yo en tal problema no veo, 
ni encuentro más solución 
que rendirnos o el saqueo,.. 
¡A vos dejo la elección! 

DOÑA MARÍA 

(Después de honda lucha inféti 
¡Grave asunto! 

ARCEDIANO 

¡Sí lo es! 
Y por ello osaconsejo 
que lo penséis, y después 
resolváis en el Concejo. 

(Con voz insinufcí 

Aceptad mi solución, 
y con ella a un tiempo dad 
un ejemplo a la ciudad 
y al pueblo satisfacción . _^^ 

(inclinándose cortésiBp 

Dadme a besar vuestra mano. 
Me voy... 

DOÑA marPa 
Con el cielo id. * 

(Volviéndose a los M 



wat 

Wraei 



. id a nuestro Arcediano! 

ARCEDIANO 

.¡bendición recibid! 
lendice y sale precedido de pajes con 
s, y seguido de Sosa, Lope, damas 
leros. Don Juan y doña Muría le acom- 
iiasta la puerta.) 



aria de Paclicco y tíon Juan de Pa- 



I 

■r DONA ti\.\nÍA 

l^wando en la actitad fiera y roinbn'ade 
' ' y acerjííndose a él.) 

ié honda desesperación 

a tu corazón? 

aullido de qué hiena 
;a encrespado tu melena, 
norrico de león? 

angustia dura y fatal 

tu vuelo triunfal, 

cho castellano, 

'/re y más soberano 
i t!gu:lucho imperial? 

II mueve a tu dicha guerra? 
lié piensas, hijo mío? 

DON JUAN 
(Con acento duro y la faz sombría.) 
'.n que es inútil el brío 
1 1 n mi corazón se encierra; 
ue nadie, en esta tierra 
: orgullo me prestó, 
odichado nació, 
ij aún existen, madre, 
rdugos de mi padre 
lúo en el mundo yo! 
juando su memoria evoco 
^' atriste fin recuerdo, 
^'ia me vuelve loco, 
)raje me muerdo 
que valen tan poco 
icapaces de elevar 
ombate la lanza, 
» tuvieron pujanza 
íurdir y espantar 
do con su venganza! 

DOÑA MARÍA 

(Atrayéndole.) 
^peranzade Castilla, 
.is brazos humilla 
ez de tu quebranto! 
V verás cómo brilla 
lisa entre mi llanto! 
ando en lo que eíi tí fío, 
quel amor sagrado 
n pronto, por ser mío, 
'^0 en sangre ha finado, 
lyar lloro y sonrío! 
4ércaíe más a mí, 



y da a mis labios la miel 
de tus besos, porque si 
mis llantos son para él, 
rni sonrisa es para tí. 

(Estrecliándole contra su corazón.) 

¡Sien sus brazos aprisiona 
esta frente altiva y fiera 
que la juventud corona, 
se convierte la leona 
en iir.:i blanca cordera! 

(Acariciando su frente.) 

¡Tus bucles acariciando 
poco a poco, su fiereza 
va en teriuira transforniando. 
que siempre rugiendo empieza 
para terminar llorando! 

(Estalla en llanto.) 

DON JUAN 

(Desprendiéndose de los brc¡; .í maternos.) 

¡No lloréis más, por favur, 
porque el llanto de dolor 
que por vuestra faz desciende 
en vez de apagar, enciende, 
aviva más mi iurorl 

En vez de tanto gemir, 
dadme un escudo, una lanza, 
algo con que pueda herir, 
y dejadme al campo ir 
a realizar mi venganza; 
que si no logro vengar 
la sangre de vuestro esposo 
seré indigno de llevar 
el apellido glorioso 
del héroe de Villalar! 

DOÑA MARÍA 

(Estremecida de espanto ) 
¿Qué dices, hijo, qué dices? 
¡Dejarme sola, don Juan, 
como un árbol sin raíces, 
en medio del ¡mracán!... 
En la lucha fratricida, 
¿cómo consentir podré 
que expongas también tu vida? 
¡Castilla está bien servida! 
¡Le di mi esposo!... ¡Que pida 
mi sangre, y se la daré!... 
¡Todo por ella perdí!... 
Sólo perderte no quiero. 
¡Tú no!... ¿Qué me importa a mí 
que se pierda el reino entero 
con tal de tenerte a tí? 

(Reparando de pronto en el Cristo de la 
hornacina.) 

Aquí, a tu padre, guardar 
juré tu vida... 

DON JUAN 

(Con intrépida fiereza.) 
¡Y el hijo 
al pie de este mismo altar 
y ante el mismo Crucifijo, 




su muerte juró vengar! 

DOÑA MARÍA 

¡Aquí una madre, de pió, 
ante el pueblo que la oyó, 
^•uardar tu vida juró! 

DON JUAN 

¡Ante el mismo pueblo, yo 
vengar mi padre juré! 

DOÑA íM.ARÍA 

(En un arranque de desesperación, esta- 
llando en sollozos y echándole los brazos al 
cuello.) 

¡Pues da mi pena al olvido; 
ue y ármate cabal iero, 
y espoleando tu overo, 
cumple lo que has prometido; 
mas ¡ay! con el mismo acero 
con que vengues, denodado, 
las afrentas de tu padre, 
antes habrás traspasado 
el corazón de tu madre! 

(Quedan un instante abrazados al pie de la 
hornacina. Por la puerta de la izquierda, del 
primer íerniiiio, aparecen Sosa y Lope, que 
se líciienea vjn el umbral de la puerta, pro* 
furdriiiicnte emocionados.) 

Dichos, Sosa y Lope. 



(Contempiándoios desde el dintel, y dete- 
niendo a Lope.) 

¡Si mi señor desde e! cielo 
los pudiese contemplar, 
las lágrimas de sus ojos 
iban a formar un mar! 

(Al rumor de los pasos, don Juan se des- 
prende de los brazos maternos.) 
DOÑA MARÍA 

(Volviéndose, sorprendida, y haciendo un 
terrible esuierzo para serenarse.) 

«•■Quién es? 

SOSA 

Soy yo, mi señora. 

(Inclinándose.) 
DOÑA MAHlA 

(Con la voz aún conmovida, queriendo ale- 
jarle de su lado.) 

Ve a mi cámara, que allá, 
del estado de Toledo 
tenemos largo que hablar. 

(Volviéndose a su hijo.) 
Adiós, mi hijo, y olvida 
tus penas, porque ya habrá 
tiempo para tu venganza 
y para todo lugar. 
Recógete pronto al lecho, 
que es hora de reposar. 



nON JUAN 

(Inclinándose 
Vuestra bendición, mi madre. 

DOÑA MARÍA 

¡Que Dios te ampare, don Juan! 
(Saie con Sosa por la segunda puerta de 1 
iquierda.) 

Don Juan de Padilla y Lope. 



DON JUAN 

(Misteriosamente, después de haber acOfr 
panado a su madre hasta la puerta y obseí 
vando un momento desde el umbral.) M||. 

Buen Lope, ¿ensillaste el potro? 

LOPE 

Señor, ensillado está, 
relinchando de impaciencic 
al pie de ese ventanal. 

DON JUAN 

¿Y las armas? 

LOPE 

En el patio, 
bruñidas y prontas ya. 

DO.N JUAN 

Mas los guardias del portillo... 

LOPE 

¡Por ellos tranquilo estad, 
que conozco. el santo y seña 
y nos dejarán pasar! 
Mas si sabe vuestra madre 
la andanza... r 

DON "jiáAN 

¡La ignorará 
hasta que vuelva triunfante 
su altiva frente a beserl 
¡Desde que supe que andaba 
Juan de üiloa, en el real 
de las huestes imperiales, 
mi corazón no halla paz, 
que la venganza y el odio 
no le dejan reposar! 
En vano busco en la noche 
un lecho y un cabezal, 
pues apenas llega e! sueño 
mis párpados a besar, 
cuando la paterna sombra 
surge de la oscuridad 
y murmura en mis oídos 
con voz que me hace temblar. 
«—¡Aquel que al sueño se rinde 
sin sus agravios vengar, 
no es digno de tener sangre 
del héroe de Villalar! 
¿No ves esta cuchillada 
roja, que cruza, don Juan, 
como rúbrica infamante, 
de parte a parte mi faz? 
¡La mano de Juan de UUoa 



prióme.la, criando j^a 
:erribaíio de! cabaüo 
n medio de un cenagal, 
esrrozíido el yelmo y roía 
! íunza de alancear, 
!Í espada y mi guante había 
endiíio al bando imperiai!» — 
' yo a la sombra paterna, 
nra que repose en paz, 

¡ano que le ultrajara 
iurado cercenar... 

) que el labio ha jurado 

razo lo cumplirá! 

LOPE 

Mas ved que vos sois un niño, 
1 de Ulloa es hombre tai, 
í^oza en Castilla fíuna 
V, esforzado capitán. 

DOW JUAN 

jCuanto más fuerte el contrario 
layor el triunfo será! 

LOPE 

¡Moriréis en la contienda!... 

DON JUAN 

¡Manchado mi honor c- íá, 
■ -i no logro la mancha 
!:> dealustra borrar, 
ropia existencia, Lope, 
; una ignominia más!... 
cuélgame aquesa espada... 
■ualando a una que hay en la pnnoplia 
ídorna como un exvoto la hürnacina.) 
LOPE 

(Descolgándola.) 
Tanto pesa, que será 
■.ilai^ro que la puedan 
Lr.itras manos sustentar! 

DON JUAN 

(Empuñando el acero.) 
'oledanos, a los gritos 
íantiago y Libertad! 
:jo de Juan Padilla 
: padre va a vengar! 
.irando a la puerta por donde salló su ma- 

cansa en tu lecho, madre, 
mañana al despertar. 
;;no que te ha ultrajado 
US a tus pies sangrar! 

{Arrodillándose ante el Cristo.) 
lor, bendice este brazo 
animoso va a vengar 
sangre de Castilla 
amada en Villalar! 
lie rápidamente por el foro, seguido de 
. La escena queda un instante sola.) 



I.'oña Marfil de P<7r!)eoo y don Pedro Pérez 
ác C;:.'/.n¡iin, quo aparcctjn conversando por 
ih u;i¡i:id puerta de la izqiiierda. 

DO.ÑA MARÍA 

(Con p.oltcitud.) 
¿Os causa daño vuestra herida? 

DON PKP-ívO 

¿Cómo sentir, señora, el daílo, 
si la ha vendado vuestra loca 
y la han curado-vuestras manos? 

(Pequeña pausa.) 
DOÑA .MARÍA 

(Queriendo romper aquel silencio angus- 
tioso.) 
¡Gandidamente combatisteis! 

D0.\' laDÜO 

¿Y cómo no lidiar gallardo 
ci que desprecia la existencia 
porque ia muerte va buscando? 

(Un íUiovo silencio vuelve a pesar sobre 
sus corazones.) 

DOÑA MARÍA 

(Como recordando.) 
Cuando en la Alhambra, entre las flo- 

de regios cármenes jugaoamos, 
¡ay! ¡quién pensara que algún día 
os viera entrar ensangrentado, 
como rendido prisionero, 
por el umbral de mi palacio! 

DON PEDRO 
(Vivamente, con acento doloroso.) 
¿Cuándo dejó de ser mi vida 
esclava vuestra, si al miraros, 
en las mazmorras de esos ojos 
quedó mi espíritu apresado? 

(Pequeña pausa de evocación y de quie- 
tud.) 

DOÑA MARÍA 

¿Os acordáis? ¡Un medio día 
jugando solos en el patio 
que llaman de los Arrayanes, 
queriendo yo espantar un pájaro 
que desgranaba sus canciones 
entre las flores de un naranjo, 
con una piedra, sin quererlo, 
herí de pronto vuestros labios!... 

¡Después, desde estos almenares, 
sin que pudiera sospecharlo, 
con el astil de una saeta 
bañé de sangre vuestro manto!... 

DON PEDRO 

¡Sin querer, todas mis heridan 
las abren siempre vuestras manos! 

DOÑA MARÍA 

¡Mas recordad también que ellas 
las que os abrieron os cerraron!... 



DON PEDHO 

(Con todo el íuego de su pasión desespe- 
rada.) 

¡Pero haj', señora, acaso alguna 
que en mi interior está sangrando, 
y esa cerrarla no han podido 
vuestras piedades ni los afio.'ü 
¡La misma Muerte no la cura, 
pues como sangra en lo más santo 
del alma y es ei alma eterna, 
poder no tiene para tanto! 

DOÑA MAiíÍA 

(Severamente.) 
¡Herida es esa, caballero, 
para la cual no existen bálsamos! 
¡Rogad a Dios que os los conceda, 
porque Dios sólo puede dároslos! 

DON PEDRO 

(Después de un corto silencio, bajando tris- 
temente ía cabeza, con la voz roía de emo- 
ción.) 

¿Para qué hablasteis de Granada 
y de las horas que pasamos 
juntos, soñando en los jardines 
de aquel Alcázar encantado? 
¿Por qué evocar al que de pron'o 
ciego, señora, se ha quedado 
sin la iuz y el sol que en otros tiempos 
a sus pupilas deslumbi aron? 

(Acercándose nías a ella.) 
¿Os acordáis, doña María? 
Hace ya más de veinte años, 
y aún me parece que la escena 
están mis ojos contemplando... 
Tras larga ausencia, en la que anduvo 
con las banderas ae Gonzalo 
de Córdoba, por las feraces 
tierras de Italia, guerreando, 
lleno de gloria regresaba 
sobre su potro jerezano 
al paraíso de Granada 
un caballero enamorado... 
¡Con qué placer sus ojos vieron, 
entre el incendio dei ocaso, 
briliar las torres de la Aihambra 
sobre los cármenes del Darro! 
--¡Tras las moriscas celo.sías 
de un ajimez de oro y de mármol, 
me esperarán aquellos ojos 
que mis tinieblas alumbraron!... 
—dijo el doncel... Y de impaciencia 
y de ternura palpitando, 
hundió los férreos acicates 
en los ijares del caballo, 
que estremecido hasta las crines 
veloz, sorbiéndose el espacio, 
tendido entró por Puerta Elvira, 
lanzando chispas bajo el casco. 
La gente al verle se decía: 
— (Ved qué jinete tan bizarro!— 



Y él, orgulioso, murmuraba, 
la crin del potro acariciando: 

— ¡Vuela, coree!, que allá me espera 
rotos en miel aquellos labios 
que por la cruz de aquesta espada 
amor eterno me juraron! — 
Casi en ia cuesta de Gómeles 
sintió el estruendo limpio y claro 
de las campanas de la Aihambra, 
que estaban todas repicando. 
—¿Por qué repican con tal brío?— 
dijo, su potro refrenando... 

Y alguien repuso:— ¿No conoce 
¡as novedades el hidalgo? 

¡La hija deJ conde de Tendilla 
esta mañana se ha casado 
con el más noble caballero 
que en sus cristales miró el Tajo!-— 
¡Quiso estallarle la armadura; 
quedóse mudo, inmóvil, pálido, 
y por la noche de su alma 
cruzó ¡a í'ombra del espanto!... 
¡Y de Granada para siempre 
saüó, sintiendo entre sus labios 
arder el fuego del infierno 
en el acíbar de .su lianro!... 

(Bajando la voz y mirando fijamente adof 
María.) 

¿Conocéis vos, doña María, 
a ese galán enamorado? , 

DOÑA MARÍA i 

(Después de una breve pausa, alzando 8 
teñamente ¡a frente y con la voz firme, au 
que un poco emocionada.) 

¡Aunque le conociera, 
y con el alma entera I 

sintiese su dolor, lo callaría, ; 

que si basta la nube más ligera i 

para empañar ei sol del medio día, 
un recuerdo inocente, 
la más leve sonrisa, una mirada 
pueden también nublar eternamente 
el límpido cristal de un alma honrada! 

DON PEDRO 
(Protestando caballerescamente 
¡Mi señora!... 

DOÑA MARÍA 

¡Olvidemos - 

aquel sueño, Guzmán, que hemos 9¿ií 

y en nuestros corazones sepultemos 
para siempre, el recuerdo del pasado!' 

¡Recobrad vuestro temple valeroso, 
y trocad ese afecto que os humilla 
por un amor más grande y generoso; 
el amor infinito de Castilla! 

¡De esa austera e indómita matrona 
que prodigando al oro sus desdenes, 
ha forjado con hierro su corona ! 

para que dure más sobre sus sienes! 



i 



' Ayer fué fuerte, ubérrima y altiva 
omo su propia tierra... ¡Y vedla ahora 
ual destronada emperatriz cautiva 
ue entre sus hierros su grandeza lio- 
ira!... 

¿Contemplad destruidas sus ciuda- 

[des, 
frentado su honor, rotos sus fueros, 

holladas sus antiguas libertades 
or la planta de impuros extranjeros, 
ue seciicntos de honores y tesoros, 
ñendo en nuestra sangre su cuchilla 
i entraron por las puertas de Castilla 
nal si fueran, Guzmán, tierra de mo- 

[ros. 

De la opulenta y pródipja Medina 
el Campo, los escombros huíneantes: 
e Burgos, los suplicios infamantes; 
e tantos pueblos la sangrienta ruina; 
i gleba estéril, y el taller deshecho... 

tantas insolencias y desmanes, 
:ómo no han despertado en vuestro 

[pecho 

antiguo valor de los Guzmanes? 

DON PEDRO 

(Enardecido por las palabras de doña Ma- 
a.) 

¡Qué mal me conocéis, doña María! 
i yo tu^riese ahora 

ifpien por quien luchar, ¿creéis, seño- 
_ [ra, 

lie en contra de mi patria lucharía? 

íCastellano nací, y amo la tierra 
iíé regaron con sangre mis abuelos 
de mis muertos la ceniza encierra; 
íro al campo enemigo, en esta guerra 
e arrastraron las ansias de mis celos! 

Hubo un hombre en la tierra, a quien 

[odiaba 
m tan ciego furor, con sed tan loca, 
le para el frenesí que me abrasaba 
■a la sangre de sus venas poca. .. 

¡El con los comuneros militaba; 
yo, para poder con más vehemencia 
iciar mis ciegos odios infernales, 
2soyendo la voz de la conciencia, 
e alisté en las banderas imperiales! 

DOÑA MARÍA 

(Con gesto desesperado.) 
¡No pronunciad su nombre!... ¡Os lo 

[suplica 
! corazón! 

DON PEDRO 

El odio se ha apagado... 
vuanto toca la Muerte, santifica, 
'^ >y es su nombre para mí sagrado! 
fuisteis la culpable!... ¡Mas ahora 
el odio se extinguió, brindaros quie- 

[ro 
"egtiir luchando, el fuerte acero 



que humilde rindo a vuestros pies, se- 
* [ñora! 

(Rinde cortésünente la espada mientras es- 
talla un clamor confuso bajo las almenu.-. 
Los dos vuelven b.ajo el arco a observar, l.a 
luz de la una platea la noche.) 



Dichos. Sosa, Lope, damas, pajes y solda- 
dos. 



DOf5A MARÍA 

¡Escuchad! 

DON PEDRO 

(Observando desde las almenas) 
En confusa gritería 
la soldadesca enfurecida corre 
hasta los altos muros de esta torre. 

VOCES 

(Fuera.) 
¡Al arma!... ¡Al arma! 
(Aparece Lope en la e.xplanada seguido dt 
Sosa y soldados.) 

DON PEDRO 

¡Ved! 

LOPE 

(Gritando d^sde las almenas. 
¡Doña María! 
(Penetra en la estancia. Doaa María com 
a su encuentro. La soldadesca se agolpa ba 
jo el arco mientras las damas aparecen páli 
das y asustadas en los umbrales de 'as puer 
tas de la izquierda.) 
¡Perdonadme, señora! 

DOÑA MARÍA 

Di ¿qué tienes 
que jadeante y demudado vienes? 

LOPE 

(Con la voz ahogada por los sollozos, es 
trochando las manos de dona María.) 

¡Perdonad el dolor con que os aflijo! 
Yo intenté a sus proyectos rebelarme... 
Más él fué terco y consiguió arras frar- 

[me. 

DOÑA MARÍA 

(Con profunda ansiedad.) 
Mas, ¿quien, di, te arrastró? 

LOPE 

¿Quién? ¡Vuestro hijo! 

DOÑA MARÍA 

¿Mi don Juan? 

LOPE 

Animoso y altanero 
a vengar a su padre y vuestro esposo 
al campo fué, mas al cruzar el foso, 
cayó en una emboscada prisionero! 

(Doña María lanza un grito y se cubre el 
rostro con las manos.) 

¡Luchó como un león!... ¡Si hubiérai? 

[visto 



saltar al bravo empuje de su lanza, 
yelmos, cotas y escudos, ¡vive Cristo! 
que os hubiese espantado su pujanza! 

DOÑA MARÍA 

(Como si le desgai-raseii las últimas fibras 
de las entrañas, tendiendo ios brazos al 
cielo.) 

¡Madre de Dios, divina nazarena, 
sólo el agudo dieníie de esta pena 
faltaba entre la angustia de mis ma- 

[les, 
y entre tantos dolores ulcerados, 
para también, cual Vos, llevar clava- 

[dos 
sobre ni corazón, siete puñales! 

(De súbito se yergiie, como poseída de un 
vértigo destructor, dirigiéndose a los solda- 
dos que se agoipan bajo el arco del fondo.) 
¡Dad a la noche un resplandor de nce- 

[fOS 

y volad a salvarle, comuneros 
que sois defensa y gloria de Casti- 

]lla 

(Sollozando de súbito, como si su corazón 
fuese a estallar.) 

¡Atended ios sollozos de una ma- 

[dre! 
¿O dejareis que el hijo de Padilla 
caiga también como cayó su padre? 

(Su garganta Sje ha hinchado y todo su 
cuerpo se estremece de angustia. La súplica 
se hace lágrimas en sus ojos.) 

¡Es mi hijo!... ¡Por darle un solo be- 

[so, 
por escuchar su acento nuevamente... 
por alisar los rizos de su frente 



y abrazarle otra vez., 
pedid cuanto queráis!. 



Por todo eso, 
. Mil ateas 11' 
[na 

de oro, riquezas y poder sin cuento, 
y la última sangre de mis venas 
y el liUinio suspiro de mi aliento! 

DON PEDRO 

(Avanzando resueltamente, después de h 
ber arrebatado de ias manos del porta-eop« 
ñas el pendón de los Conmneros.) 

¡Señora, a vuestros pies está mistté 



>r¿ 



Y vengO; altivo, a reclamar la gloi 
de llevar esta enseña a la victoria, 
o, entre sus pliegues, encontrar! 

[niuert 

(Extendiendo el brazo hacia el attai 

¡Por ei glorioso escudo de mi bai 

[d 
por la fe de ese santo Crucifijo, 
os juru libertara vuestro hijo 
o ¡)erder la existencia en la dama 

Y si en la lucha ensangrentada mu 

Cr 

moriré siempre fiel a este oriflama, ,,, 

como debe morir un caballero: 

¡por mi Dios, por mi Patria y por rai d 

(Se inclina ante doña María y desapare 
coa los soldados por la Explanada, mien^ 
!a Pacheco se abraza, para no desplonMW 
a la columna del arco del fondo, cerrada 
sus dueñas y damas.) 



TELÓN 



^S 



ACTO TERCERO 



l.a antigua pinza de la Catedral de Toledo. Al fondo, la famosa Puerta de! Perdón. Al abi, 
;.e las hojas principales de esta puerta se verá parte de la nave central del Templo, Ai 
i7.quierda, los sodortales de Conuejo, separados por una estrecha calleja de los fuerlj 
muros de la Torre de la Catedral. .^ la derecha, en el primer término, los soportales i 
una hostería, y en el último la desembocadura de una calle. En todo perdura ese a, 
grave y nustero de las viejas plazas casíeilanaó. Empieza a amancer. 



Sosa, Ramiro. Lope, soldado 1.° y soldados 
(Convcrsatiúo y bebiendo en la puerta de 
ta hostería.) 



SOSA 



¡Dinos un nuevo romance! 



(A Ramiro.) 



RAMIRO i 

¡Venga vino y t-scuchad í 

el del hijo de Padilla! 

(Dándoles de bebo 



LOPE 



¡Viva Padilla! 



(Los soldados gritíi 



RAMIRO 

(Imponiendo siiencio.) 
¡Callad, 

:on atención oidme 

rque voy a comenzar! 

(Los soldados forninn un corro en tornode 
I miro. Este, después do apurarla bota que 
;|. entregó el soldado primero, templa r.n vie- 
í.laud y a sus sones empieza a recitar.) 
i ¡El hijo de Juan Padiüa 
iíntro de la Cátedra!, 
hr los Santos Evangelios 
Vró a su padre vengar! 
1 i armado de punta en blanco, 
íiibalgando en su alazán, 
jV| 1 oledo se ha salido, 
winino de Villlalar! 
|;itrá3 de una celosía, 
iícontemplarle pasar, 
i,;a doncella le dice, 
;';fiada en llanto la faz: 
V ¿Dónde vas, Juan de Padilla, 
i n bizarro y tan galán, 
i'-apenas pueden tus manos 
i férrea lanza empuñar?- - 
í' Padilla le responde: 
^¡Mi padre voy a vengar, 

rque de valor me sobra 

que me falta de edad! — 

iVuclvete Juan de Padilla 

regazo maternal, 

eson tantos los contrarios, 

e la muerte te han de dar.' — 

¡Si en mi corazón la muerte 

lanza logra astillar, 

bré morir como ha muerto 

héroe de Villalar!— 

5Í Padilla responde; 

u voz iiembia al hablar, 

e la rabia que le ahoga 
le deja respirar! 

espoleando su potro 

lando suelta ai reüdal, 

tre una nube de polvo 

rdiose en un olivar... 
los ojos de su madre 
le han vuelto a contemplar, 

e herido por seis lanzadas, 

os pies de su alazán, 

ra pasto de los cuervos 

edó en el campo imperial! 

'Momento de silenciosa emoción. Ramiro 

a el laúd en manos de un soldado.) 
LOPE 

¡Pobre madre! ¡De su pena 
cielos tengan piedad! 

SOSA 

¡Con las tocas desgarradas, 
shecha en llanto la^faz, 
rao la Virgen María 



euc! jüc^es Santo, va 
preai. mando por su hijo 
de puerta en puerta, y es tal 
la amargura de su acento 
y la angustia de su afán, 
que ningiin lahio s^ atreve 
a decirle la verdad! 

RAMIRO 

¿Y no lograsteis, buen Sosa 
el cadáver rescatar? 

SOSA 

¡En vano al campo salimos 
con don Pedro de Gu/.nián, 
el más noble caballero 
y más bravo capitán 
que los campos de Castilla 
han sentido cabalgar, 
y en vano, rotos Tos cercos 
del campamento imperial, 
n-.:estros bravos se cansaron 
de herir y de acuchillar, 
que sin él, tintos en sangre, 
tuvimos que regresar, 
para aplacar los tumultos 
que devoran la ciudad! 

LOPE 

¡Pues yo pienso que la plebe 
razón tuvo af saquear 
los palacios de esos nobles 
qu.; derrochan su caudal 
eft licenciosos festines, 
mientras el pueblo, sin pan, 
va sembrando de cadúverca 
las calles de la ciudad!... 
¡La misma don i María 
la razón al pueblo da! 

RAMIRO 

¡Pues dar la razón a! pueblo 
es lo mismo que entregar 
Toledo a los imperiales 
que los nobles no querrán 
ayudarla, y sin su ayuda, 
Toledo serendirúl ' 

LOPE 

Ya no hay nobles .. De Caslila 
la nobleza, ¿donde está? 
cuando a.sí deja que muera 
nuestra antigua libertad? 

RAMIRO 

Dime, y el pueblo, ¿que ha hecho 
por defenderla? ¡Robar 
a mansalva, en las ciü.íailes. 
y un las batallas tiril- 
las anr.as, para huir delante 
del ejército imperial? 

LOPE 

¿Quién al par que al pueblo, esa 
estas canas ultrajar? 

RA/viiUO 

iQui:)n ¡leva ai cinto esta espada! 



LOPE 

jPues desnúdala, y vei'ás 
cómo esa espada en tus manos 
su acero trueca en cristal! 

(Tiran de las espadas. Al ir a acometerse 
se interpone Sosa.) 

SOSA 

(Con energía.) 

¿Acaso los enemigos 
nlzaron el cerco ya, 
ciando vuestra propia sangre 
así queréis derramar? 
¡Presto, al cinto los aceros! 

LOPE 

(Tornando la espada al cinto.) 
¡Hágase tu voluntad, 
ya que de doña María 
ostentas la autoridad, 
y desacatarte fuera 
su poder desacatar! 

(Todos le imitan.) 
SOSA 

¡Comuneros, para siempre 
las rencillas olvidad, 
y por esas esculturas 
que adornan la Catedral, 

(Señalando las que ornan la fachada del 
templo.) r 

jurad sólo por Castilla 
vuestra sangre derramar! 

(Todos extienden las espadas y jur^.) 
LOPE 

¡Todos contigo juramos! 

SOSA 

¡Lope, vete a vigilar 
con tus gentes a Toledo, 
ciue aun cuando tranquilo está, 
p'ieden volver las revueltas; 
j.ues la plebe es como el mar, 
y basta el soplo del viento 
para volverla a encrespar! 

(Lope, sep;u'do de los soldados, desapare- 
ce por la calle de la izquierda, mientras que 
por los soporuüej del Concejo aparece el Ar- 
cediano.) 

Arcediano, Sosa y Ramiro. 

SOSA 

(Inclinándose.) 
¡Salud, señor Arcediano! 

ARCEDIANO 

¡Buen Sosa, el cielo os proteja! 
¿Y tu señora? 

SOSA 

Rezando 
con SUS damas en la iglesia. 

ARCEDIANO 

(Sonriendo.) 
;Bien resultó la jugadal 



SOSA 

A mí, arcediano, me pesa, 
que presínr alas y alientos 
a la popular licencia, 
es cual si a un barril de pólvora 
se le aplicase una mecha. 
¡Mirad lo que ha sucedido! 
¡Aún los escombros humean 
de tanta rica morada, 
de tanta noble vivienda, 
como después del saqueo 
la pleble tiró por tierra, 
a leales y a traidores 
tratandode igual manera, 
que los ojos no distinguen 
cuando la rabia los ciega! 

ARCEDIANO 

¡Fué justicia de la plebe!... 

SOSA 

Mas la plebe siempre truecíi 
en puñales las espadas 
y las antorchas en teas, 
que en el robo y el piliaje • 
sus instintos se despiertan, 
y ¡ay de quien despierte, osado, 
los instintos de la fiera! 
¡Hoy, después de tanta ruina, 
Toledo está más revuelta; 
porque nobles y villanos 
las armas con furia aprestan, 
para vengar sus ultrajes 
y castigar sus afrentas! 

ARCEDIANO 

¡Si el consejo salió malo, 
la intención ha sido buena! 
Mas el remedio de ahora, 
que Dios me lo tome en cuenta, 
si no da la paz al pueblo 
afianzando la nobleza! 

SOSA 

Mas temo... 

ARCEDIANO 

¡Vanos escrúpulos 
que asaltan vuestra conciencia! 
¿De qué le sirven, buen Sosa, 
al Cabildo sus riquezas? 
Cristo nació en un pesebre 
y practicó la pobreza... 
¡Su vida es espejo donde 
debe mirarse su Iglesia! 

SOSA 

Mas si el Cabildo a entregarnos 
esos tesoros se niega... 

ARCEDIANO 

¡Si no los dieran de grado, 
los tomaremos por fuerza! 

SOSA ■ 

Mas, ¿será doña María 
capaz de hacer tal ofensa? 



s 



a 



• IS 



a religión? 

ARCEIMANO 

¡Buen Sosa, 
ned freno a vuestra lengua! 
I mismo le he aconsejado 
nar esa providencia, 

cómo, siendo quien soy, 
iabicndo quién es eüa, 

acción la aconsejara 
iusta t!o la creyera? 

hay delito en mi consejo, 
mí recaiga la pena! 

SOSA 

Perdón, seiior arcediano' 
81* vos nre dais licencia 
y a congregar mi tropa, 
rque la hora se acerca 
Concejo, y es'^rudente 
ívenirsf por si hubiera 
:ún disturbio. 

ARCKDIANO 

i Que el cielo 
saque en bien de esta empresa! 
Sosa se va por la izquierda. Ramiro se 
oxima al Arcediano.) 

El Arcediano, Ramiro. 

ARCEDIANO 

Qué tal cumpliste mi encargo? 

RAMIRO 

'or calles y por plazuelas 
se habla de otra cosa, 
i plebe anda revuelta, 
que ios bnegos cristianos 
rir no pueden tal niengua. 

ARCEDIANO 

Tus hombres?... 

RAMIRO 

Estad tranquilo, 

cuando el caso suceda 

VOZ de ¡viva el rey! 
rerán a abrir las puertas 
s huestes imperiales 

prevenidas se encuentran, 
ntras yo con los más fieles, 
sosa y Lope las fuerzas 
áimos o acucliiilamos; 
>í Ha Pacheco queda 
egada a nuestro arbitrio 
amparo y sin defensa! 

ARCEDIANO 

'í don Pedro de Quzmtin? 

RAMIRO 

'esde antes que amaneciera 



emboscados, varios hombres, 
por esas calles le acechan. 
y será la primer víctima 
de la popular revuelta. 

ARCEDIANO 

(Sin poder refregar su alegría.l 
¡Ramiro, mitrado soy, 
si salgo bien de esta empresa, 
que si rendimos Toledo 
verás como el rey me premia 
con la mitra más gloriosa 
que existe sobre la tierra; 
pues ser mitrado en Toledo 
en Castilla tanto pesa, 
como en Ro.ma ser Pontífice 
con ser Padre de la Iglesia! 

RAMIRO 

¿Mas si nuestro plan fracasa? 

ARCEDIANO 

¡Habrá que tener paciencia, 
y seguiré de Arcediano , 

en tanto que Dios lo quiera! 

(Resuena la campana del Concejo, al-itmos 
nobles señores van apareciendo por la calla 
de la izquierda.) 

Mas, silencio. DefConcejo 
ya la campana resuena, 
y a la sesión de la junta 
algunos seiToros llegan. 

Voy a darles la noticia. 
¡Tii ve a dar el santo y seiía 
para que empiece el rebato, 
que aquí, vigilante, queda 
mi ambición, prontas las garras» 
y con las fauces abiertas, 
que ya de vivir cansóse 
bajo su piel de cordera! 

(Sale Ríüuirr, por la callfim^ia, mientras el 
Arceciiano se apro.íima al grupo de caballe- 
ros.) 



Arcediano, don Sancho^ don García y grupo 
de señores. 



DO.N' SANCHO 

(Inclinándose.) 
Que OS bendiga el señor, noble Arce- 

Tcüano, 
honra y prez de la iglesia toledana! 

ARCEDIANO 

¡One os proteja su gracia soberana, 
orgullo y gloria del solar hispano! 

(Todos le rodean con respeto.) 
¿Dónde tan de mañana vais, señores? 

CABALLERO 1.° 

Al Concejo primero, y luego a misa. 



CABALLERO 2.° 

¿Sabéis vos para qué se nos precisa 
en la junta? 

ARCEDIANO 

(Con misterio, contemplándoles fijamente 
para conocer la impresión que causan sus pa- 
labras.) 

¡No sé!... Va<^os rumores 
llegaron hasta mí, mas son tan graves 
que creerlos no puedo. Se decía... 

(Bajando la voz. Todos ¡e cercan.) 
Que intentaba arrancar doña María 
al Cabildo las llaves 
de lo3 férreos arcenes seculares 
con arabescos de marfil y oro, 
donüe encierra ía Iglesia su tesoro, 
para aplacar las iras populares! 

DON SANCHO 

¡Callad, noble Arcediano! ¿Quién se 

[atreve 
tal sacrilegio a proponer? ¿No ha har- 

[tado 
su codicia la plebe 
con tantas casas como ha saqueado? 

ARCEDIANO 

(Dejando caer las palabras con falsa humil 
dad.) 

Mi labio nada cierto os asegura... 
¡Sólo es un eco qué repite, quedo, 
lo que en voz firme y alta se murmura 
por las calles y plazas de Toledo! 

DON SANCHO 

¡Mas, aunque cierto fuera, 
su emi)efío será vano, 
que sacrilegio tal no consintiera 
el pueblo toledano, 

que antes que comunero es buen cris- 

[tiano, 
y a su sagrada religión venera! 

ARCEDIANO 

¡Primero que entregar esos caudales, 
a la codicia de doña María, 
yo mismo, a los ejércitos reales 
las llaves de Toledo entregaría? 
DON garcía 

Mas tiene la Pacheco valimiento 
en el Concejo... 

ARCEDIANO 

¡No tened cuidado! 
Todos sabéis que he sido su sustento, 
y en los peligros, peligré a su lado, 
creyendo que ella era 
el amparo más firme de Castilla... 
Mas defender a esa mujer, hoy fuera 
ultrajar la memoria de Padilla. 
'.jo:-i garcía 
í^ Qué decís?... 



DON SANCHO 

¿Serán ciertos los rumo 
que hace correr la plebe alborotada 
¿A un amor criminal ha dado entrad 
en su pecho? Decid... 

ARCEDIANO 

¡Nobles seño; 
yo, como nada sé, no digo nada! 

DON SANCHO 

Se habla de que Quzmán... 

ARCEDIANO 

¡Siervo de Cri 
sólo sé oir y perdonar! ... 

(Viendo aparecer a don Pedro de Guz 
bajo los soportales, y dirigiéndo'&e al < 
cejo.) 

DON garcía 

¿Mas ell 

ARCEDIANO 

¡Quedad conDios! ¡El hábito que 

ciega mis ojos y mis labios sella! 

(Desaparece bajo los ai 

Don Sancho, don García, señores, y 1 
don Pedro Pérez de Guzmán. 



DON GARCÍA 

¡No es posible creer tal villanía! I 
¡Quién pudiera pensar que, bajo el i| 

de su viudez, liviana ocultaría 
tanta impudicia y desenfreno tant^ 

CABALLERO 'Á 

¡Aiin caliente la sangre del marl^ 
y ya, dando al olvido ,; 

el respeto que debe a sus mayofw 
ávido el labio, y palpitante el pecl^< 
buscar anhela quien comparta el \4 
que tumba debió ser de sus amoreá 

DON PEDRO 
(Apareciendo de repente ante el | 
después de haber oído el anterior diálo 
¡Cobardes sois y vuestro labio ilfifi 

Itc 
¿A tal punto el honor ha descendi(i 
en la tierra del Cid, que impunenifíc 
ultrajar a una dama habéis oído, '¡■i 
sin que se alzara, al escuchar tal l^- 

entre todos vosotros, una mano 
para arrancar la envilecida lengua 
que así deshonra el nombre caste| 

DON SANCHO 

(Echando mano a la 
Esas palabras... 



I 



DON PEDRO 

i t (Imponiéndose con su actitud al grjpo, que 
a retrocediendo hasta los soportales.) 

¡Si aún os resta brío, 
todos juntos mi valor arroja 
ste guante, en señal de desafíol... 
' ">'iien tenga corazón, que lo recoja! 

■'■ quita el guante y lo tira en medio del 
,iupo.) 

I ¡Y en campo abierto o en lugar ce- 
[rrado, 
pie, a caballo, con lanzón ^ acero, 
)locomo estoy yo, o acompañado, 
3ndey cómo le plazca, alli le espero! 
enid a combatir uno por uno: 
' solo, ninguno 

ireve a abandonar este recinto, 
i todos, que a todos juntos reta 
; no que el acero al puño aprieta, 
ue quiere escapársele del cinto 
. a afrentar y herir vuestro semolan- 

>t [te! 

í la espada. Los nobles retroceden más, 
f ninguno se incline a recnger el Ruan- 
|a María, que habrá salido de la igle- 
giiida de su dama y sus paits durante 
.1 relación anterior, se aproxima lentamente 
grupo.) 

•¿Mas no lo recogéis? ¿Tembláis de 

[miedo? 
Jna mano, decid, no ¡lay en Toledo 
le audaz se atreva a recoger mi guan- 

[te? 

Dichos: doña María, pajes y damas 



DOÑA mar/a 

(Avanzando magestuosamente en medio de 
expectación general.) 
Queda una mano aun que lo recoja, 
os lo entregue en señal de corte- 

[sía 

; ira crispada y de vergüenza roja... 

^* esa mano^ Guzmán, vedla: es la 

' , . [mía! 

>e inclina, recoge el guante y con un ges- 
de sobria cortesía se lo devuelve altiva- 
ite y se encara con los caballeros.) 
iNobles señores; mi Consejo os 11a- 

tcudid a la junta, y frente a frente 
■ Dios y de los hombres nuevamen- 

oclamad la deshonra de esta dama 
»e en vosotros magnánima se escu- 

[da, 
por vosotros para siempre viste 
te ropaje desolado y triste 



y estas oscuras tocas de viuda! 

(Con la voz profundamente conmovi- 
da.) 
¡Yo fui feliz! ¡Tuve un esposo araan- 

[te, 
de honor tan alto y condición tan bra- 

[va, 
que la voz de la Fama susurrante 
el León de Castiüa le llamaba!... 
¡Y un hijo varonil y generoso, 
que por el temple de su alma fiera 
dítono cachorro de su padre era! 
¡Y hoy me encuentro sin hijo y sin es- 

[poso 
de los hombres y Dios desamparada, 
perdida de la vida en los desiertos, 
en esta negra toca amortajada, 
sin tener más consuelo que mis muer- 

[tos! 
Cubrió mi cuerpo la más fina seda, 
fulguraban diamantes en mi toca... 
¡y hoy me encuentro tan pobre, que no 

[queda 
ni un pedazo de pan para mi boca! 

(Con altivez.) 
¡Todo en servicio vuestro lie consumi- 

[do! 
¡Y ved, señores, si mi suerte es dura 
que, por los que hoy me ultrajan, he 

[perdido 
mi dicha, mi riqueza y mi hermosura! 
¡Id a! Concejo, y decid delante 
de Dios que me está oyendo, y de Cas- 

[tilla 
que nos mira y nos juzga en este ins- 

[tante, 
que habéis visto a la esposa de Pa- 

[dilla 
entregada a los brazos de su amante, 
(Les vuelve despectivamente la espalda, 
mientras los caballeros con la frente baja, 
como avergonzados de su infamia, desapare- 
cen bajo los arcos de los soportales. Los pa- 
jes y las damas les siguen a una señal de do- 
ña María.) 



Don Pedro de Guzmán y doña María 

DON PEDRO 

(Profundamente conmovido.) 
¡Un alma cual la vuestra, mi sefio- 

[ra, 
bien vale un reino entero! 

DOÑA MARÍA 

¡Vos ahora, 

DON PEDRO 

¡Tranquilo me someto 



n 



escuchadme! 




a vuestras decisiones! 

DOÑA MARÍA 

Si arrobante 
mi orgullo ha recogido vuestro puan- 

" [te 
es que también acepta vuestro reto. 

DON PRDRO 

¿Qué decís? 

DOÑA MARÍA 

Que probar también ansio 
no el temple y el vigor de vuestro bra- 

sino del alma generosa el brío... 
¡y a vuestra alma a combatir empla- 

[zoi 

DON PEDRO 

¡Pedid señora, que prftbaros quiero 
que si en servicio vuestro lo desnudo, 
no habrá yelmo o broquel peto ni escu- 

... [tío 

que resista los golpes de mi acero! 

¡Cuanto os plazca, pedid! ¡Mi vida en- 

A/r ' • .j [tera! 

íMas mi vida es bien poco, por ser 

. , niía, 

para servir de rodrigón siquiera 
a dciuia como vos, doria María! 
¿Qué exigís de mi fe? 

DOÑA ;UR1A 

¡Tan solo os pido, 
en nombre de mi honor inmaculado 
que me deis al olvido. 
y que huyáis para siempre de mi lado! 

DON PIÍDRO 

¡Si tal acción, señora, coíncíiera, 
por mi santo patrón, que iiiciiguü íue- 

j • , , i'^'^ 

de mi nombre glorioso y de mi fama," 

y aun de ceñir este triunfante acero,' 

que nunca fué, señora, cabaiiero 

quien en la lucha abandonó a su da- 

,, .. . [ma! 

{Vendida estáis! 

DOÑA MARÍA 

¡Lo sé, pero no quiero 
que digan los que infame me han ven- 

[dido, 
que yo también, cobarde o fementida, 
mi decoro y mi fe dando al olvido, 
vendí mi honra por salvar mi vida! 

(Don Pedro inclina la cabeza. Doña María 
se le aproxima lentamente con la voz velada 
por la emoción.) 

Oídme... Poseéis un generoso 
corazón que es espejo de hidalguía, 
y un nombre tan ilustre y tan gldrio- 

fso 



que el más noble Monarca envidiaría-I 
La princesa de estirpe más preclara 
al pie de los altares, sin desdoro, 
como aquel que su plata trueca en o 
la sortija nupcial con vos trocara. 
¡Altivas, orgullosas y altaneras 
sobre cien torreones almenados, 
resplandecen al sol vuestras banderj 
que miraron los siglos asombrados 
desplegar sus armiños triunfadores, 
de la tierra por todos los confines, 
en medio de acerados resolandores . 
y entre un bélico estruendo de cfc 

[r 
Triunfaréis del dolor; sois libre y n] 

Y yo, cerrada para amar fa boca, 
sólo espero los besos de la muerte; 
y en la existencia soy como una locl 
que de !a noche oscura en los desP'io 

horribles gritos de amargura lanza 
V escarbando en las tumbas de sus mi 

para aguzar en ella su venganza! [ 
¡Si de veras, Quzínán, me habéis a 

que el sacrificio vuestro amor corcl 
Marchad, que entre nosotros se inf 

[p 

la sombra de un fantasma ensangl 

[ti\ 

¡Fn su recuerdo fúnebre se abisma 
mi corazón... Y su memoria amada 
de todos, y aun de vos y aun de mí 

la sabré conservar inmaculada! 

DON PEDRO 

¿Dónde, señora, iré? ¡La vida el 

para esta eterna angustia silencidsj 
que nada calma porque nada espén 
será mucho más triste que su fosa! I 
¿Dónde podré encontrar un lenitivo! 
si en mi celosa adoración advierto 
que él está vivo en vos estando Iñj 

y yo estoy muerto en vos, est 

(Queda un momento con la cabe? 
las manos, como abatido por honda i 
ración. Después se yergue de nueve 
arranque de amor iiiiínito.) 

¡Mas, no, no puede ser! ¡No me él 

i 

que rompa para siempre estas c| 

de rosa?! ¡A mis ojos no neguéis 
la luz! rPara que quiero mis almend 
¿De üué sirven al alma entristecida! 



:crcGl y mi espada triunfadora, 
)or vos en las luchas de !a vida 
he de triunfar ni he de morir, seño- 

[ra? 
(Con la voz suplicante.) 
■jadnie aquí! ¡Si el verme os causa 
[agravios, 
; voz os molesta a vuestro oído 
ieguiré, sin despeg-ar los labios, 
miraros jamás, sin hacer ruido; 
10 un vago fantasma, cual la som- 

in silencioso y enlutado paje 
sostiene el cairel de vuestro traje 
re los terciopelos de la alfombra! 

nOÑ.\ MARÍA 

1 Pedro, alzad. ¡Si acaso precisar^ 
fiar el honor esta viuda," 
>8 soio, Guzmán, lo confiara! 
5, aceptar no puedo vuestra ayuda, 
que en vez de ampar u ine, me infa- 
.... ^ fmara. 

?uia lejos de mí vuestro sendero, 
es inútil, Quzmón, vuestra qu^re- 

flla, 
_5 yo aferrada a mi altivez, prefiero 
ir con honra que vivir sin ella! 
3si si acaso caigo en ia iornada 
el encono o la traición herida, 

digna mi muerte de mi vida. 

si honrada viví, moriré honradaí 
DON vi.ono 
orno quien da el último adió:; a la espe 
a, vencido por la actitud noble y severa 
>ña María.) 
uestra voz para siempre me destie- 

u„ . [«'ra 

paraíso que soñó mi anhelo! 

■•8 de vos, ¿quién me dará consuelo? 

DOÑA MARÍA 

uestra conciencia, aquí, sobre la 
. j . j ^. [tierra 

Dondad de Dios, allá en el cielo! 

DON PEDRO 
íspués de un momento de vacilacicin, 
el que realiza el más grande íacriricio 
tierra. 

bedeceros el deber me ordena! 
«lestro lado partiré, señora, 
SUir arrastrando esta cadena 
diente de hierro me devora 
razón! En mi camino oscuro 

volveré a hallar vuestra mirada! 
. (Sacando la espada ) 

'a pureza de m.i honor, lo juro 
- 'a cruz triunfante de esta espada, 
num ya sin vos para lá gloria, 
íes de orofanarla en la pelea 



3 



por otra causa que por vos no sea, 
la rompo a vuestras plañías, en memo- 
, . . Tria 

de mi amor y mi eterne desventura! ' 
(La rompe, sollozando, por la empuñadura.) 
Era, fuera de vos. todo el tesoro 
que me quedaba ya... ¡Ved! ¡Sobre el 
. [oro 

de su rica y gloriosa empuñadura, 
cayó la liiiica lágrima, vertida 
por estos ojcs que, al perderos, pierden 
todo e¡ fuego y las luces de la vida! 

(Se la presenta como un don.) 
¡Para que vuestros ojos me recuerden, 
guardadla ahora, que de vos me alejo 
pan; siempre, pues lívido de espanto, 
crucificada en esa cruz, os dejo 
toda mi vida transformada en llanto! 

DOÑA MARÍA 
(Guardando el puiío de la espada, y hacien- 
do esfueraos inauditos para refrenar su emo- 
ción.) 

También en esta lucha habéis venci- 

Fdo, 
y vuestro temple reconozco ahora... 
¡Que alumbre vuestro paso a Dios le 

[pido! 
(Le cía a besar la mano. Después se dirige 
al Concejo.) 
¡Adiós, don Pedro! ¡Adiós! 

DON PEDRO 

(Voz de un agonizante.) 
¡Adiós, señorf!' 
(Doña Mnría desaparece por los soporta* 
les del Concejo.) 



El Arcediano, Ramiru, úo:\ Sluicíío y tres sol- 
dados. 



(Al desaparecer don Pedro por la calleja de 
la derecha, salen cautelosamente de los so- 
portales de la hostería Ramiro y los tres sol- 
(.¡lidos.) 

' RAMIRO 
(Señalando la dirección de don Pedro.) 
¡Seguid todos sus pasos con cautela, 
y en esas calles, al menor descuido,^ 
atacarle los tre.s, y darle muerte! 
¡Mas cuidad, que el hidalgo tiene bríos! 
(Los tres hacen un signo aíinuarivo, y des- 
aparecen por la calleja de la derecha, con la 
mano en la empuñadura de sus espadas. Ra- 
miro se dirige hacia la izquierda; mas se de- 
tiene al ver salir del Concejo al Arcediano 
conversando con don Sancho.) 
ARCEDIANO 

¡No puedo consentir tal sacrilegio! 
De cuanto ocurre avisaré al Cabildo. 



que antes que comunero, soy. don San- 

[chü, 
humilde siervo de la fe de Cristo, 
y primero es mi aima... ¿Qué me impor- 

[tan 

libertades, franquicias, señoríos 

V tanto fuero humano, ?.i mi alma 

se pierde por los siglos de los siglos^ 

DOIJ SANCHO 

¡Tolerar no podemos tal escándalo! 

ARCEDIANO 

¡Gracias a Dios, estamos prevenidos, 
y antes que nazca el sol, sobre esas lo- 

, [rres 
ha de flotar al viento, como un símbolo 
de paz, sobre la gloria de los cielos, 
el águila imperial de Carlos Quinto! 

DON SANCHO 

Estoy a vuestro lado, y para, todo, 
arcediano, podéis contar conmigo. 

ARCEDIANO 

Pues que empiece el rebato. Vos, don 

[Sancho, 
juntad los vuestros, y al sonar el grito 
déla revuelta, acudiréis, armados, 
a defender ¡os fueros del Cabildo, 
¡que allá, en el cielo, Dios, y aquí don 

[Carlos. 
sabrán recompensar vuestros servicios! 

DON SANO! 10 

¡Que nuestras armas triunfen en la 

[l'uchat 

ARCEDIANO 

¡Que Dios nos favorezca con su auxi- 
^ ■ • [lio! 

(Don Sancho y Ranúro salen por la iz- 
quierda.) 

El Arcediano, solo. 



ARCEDIANO 

¡Si tuviese valor!... Naturaleza, 
íPor qué, madrastra infame, no le has 

[dado 

al alma brío, al brazo fortaleza ^ 
y al corazón un ánimo esforzaúo.'^ 
¡Entonces, a la ciara luz de! día, 
blandiendo mi lanzón o mi tizona, 
la mitra episcopal conquistaría 
como un rey que conquista su corona! 
¡ívlas no puedo quejarm.e! ¡Has sido nue- 

[liU, 

porque diste a mi aima, juntamente, 
el furor cauteloso de la hiena 
y la astucia sutil de la serpiente! 
T €1 í-dhovQ mp itipp-o pn la rartida:.. 



¡Animo, corazf^n, y ahuyenta el miec 
qiK' bif;n vale la mitra de Toledo 
jugarse, a un golpe del azar, la vida 
(Penetra en el tempj 

Doria María de Pncheco, Sosa, damas, pal 
caballero 2.°, hombres de armas y gcj 
del pueblo.) 

(Resuena la campana del Concejo, y 

rece doña María, precedida de un portf 
seña con la bandera de las Comunidades 
dos heraldos con las armas de la ciudad 
siguen damas, pajes y algunos señores, 
las calles de la izquierda asoman grupoi 
gentes del pueblo.) 

D05JA MARÍA 

(Deteniéndose a la puerta del tetn 
¡Si hay culpa, mi Señor, en esta 

[pr 
sobre mi frente caiga tu castigo! 
(Indicando las grandes puertas del ten 
¡Abrid en par en par todas las p 

que si no es el rey mismo, 

es Castilla quien pisa los umbrales 

de ese piadoso y místico recinto! 

fSe abren de par en par las puerta 
Perdón, y por ellas penetra doña Mari 
guida del porta-enseña, los heraldos, U 
mas, los pajes y algunos hombrete de a 
El pueblo ha invadido la escena.) 

Caballero 1.°, ídem 2°, pueblo y señe 

DON garcía 

¡Dios ha de castigar el sacrilegi||iT 

NOBLE 2.° 

¡Perdónanos, Dios mío! 

PUEBLO 

¡No queremos las joyas de la Id 
¡No aceptamos los bienes del Cal 
¡Preferimos morir a ser ladrones! f 
¡Perdónanos, Dios mío! 



Dichos: doña María, el Arcediano, danj 

jes y el Cabido.) 

(Resuena el lejano y pesado doble! 
campanas de la Catedral, y tumultuosf 
1.! ícente va saliendo del templo, Apare I 
María, lívida, desencajada, con las jol 
Cabildo aún entre las manos, lanzil 
templo por el Cabildo en pleno, conj 
alzada.) 



ARCEDIANO 

(Con VOZ de trueno.) 
;En el nombre de Dios omnipotente, 
r biasfema, sacrilega e impía, 
arrojamos del seno de la Iglesia 
íterníomente vivirás maldita! 
comulgada para siempre Quedas, 
^comulgado quien tus pasos siga, 
igua que te den, el pan que comas, 
techo que te sirva de guarida... 
odo cuanto tocar puedan tus manos! 
)do cuanto contemplen tus pupilas! 

DOÍÍA MARÍA 

(Retrocediendo desesperada.) 
Piedad! ¡Piedad!... ¡Señor! 

ARCEDIANO 

I ¡Calla, blasfema, 

'^ tns palabras al Señor irritan! 

is se van alejando de doña María. Re- 
de pronto las campanas de la iglesia 
edo á arrebato. 

DON garcía 

Arrojemos su cuerpo en una hogue- 

[ra; 
!<o de sus llamas purifica! 

Í'UEBLO 

istígala, Señor, que'ella es culpa- 

l^^s males del pueblo! En una pica 
' 'üos su cabeza al campamento 
.. .Listro rey don Carlos!... ¡El rey 

i j ^ [viva! 

va don Carlos, nuestro rey! ¡Al fue- 

igo 
echicera! ¡A la hoguera la maldita! 

DOÑA MARÍA 

¡o loca, transfigurada de dolor, alzán- 
.; como una fiera. Algunos leales se apre- 
«n a defenderla. 

posible. Señor, que tanta infamia 
!a tierra la bondad permita! 
sible creer lo que estoy viendo? 
rá una sangrienta pesadilla 
"la débil razón atormentada, 
ya cansada de sufrir, delira?... 

Dirigiéndose al Arcediano, 
.j-s posible que tú, que tú, Arcedia- 

arrojes de ese templo, me maldigas', 
lo mismo que tú me aconsejaste? 
í , dírnelo, por Dios! ¡Di que es men- 

'■ todo ha sido un sueño! ¡Que esas 

cAi . . [joyas 

solo patrimonio de Castilla! 
•e ese Dios, a quien sirves y vene- 
Tras. 



y en cuyo sacro altar, piadoso, oficias, 
tuvo en más la humildad de su pobreza 
que todas las riquezas de su vida, 
y pndiendo ceñir áureas coronas, 
sólo sus sienes coronó de espinas! 

ARCEDIANO 

¡Aparta de mi lado, excomulgada, 
que profanan tus ojos cuanto miran! 

DOÑA MARÍA 

Volviéndose al pueblo. 
¡Y vosotros, vosotros, comuneros, 
por quien es hoy la viuda de Padilla, 
por quien me encuentro enferma, sola y 

[pobre, 
sin patria, sin hogar y sin familia 
y hasta sin Dios... ¡Sin Dios!... D^cid 
. . , [que todo 

ha sido una sangrienta pesadilla! 

DON GARCÍA 

¡Tú eres la causa de nuestros distur- 
, , , , [bios, 

la loba hambrienta que arruinó a Cas- 

[tilla! 

DOÑA MARÍA 

¡Por mí esposo! 

ARCEDIANO 

¡No ultrajes su memoria, 
ya que, dando al olvido su valía, 
mancillaste su lecho, y en la sombra 
a tus mismos amantes asesinas! 

DOÑA MARÍA 

Atónita. 
¡Oh! ¿Qué dice ese monstruo? 

ARCEDIANO 

¡Hace i;n momento 
don Pedro de Guzmán, que merecía 
mejor suerte, cayó en esas calles 
sangrando el corazón por tres heridas! 

DO.ÑA MARÍA 

En un arranque inaudito de desesperación, 
clavándole en el cuello el trozo de espada 
que le entregó don Pedro. 

¡Basta, basta! ¡La lengua que me in- 
, . j [sulta, 

la inmunda hiena, la traidora víbora, 
no volverá a enroscarse a mi garganta, 
no ha de volver a emponzoñar mi vida! 

PUEBLO 

Apartándose con horror al ver caer al Ar- 
cediano. 
¡Sacrilegio! 

VOCES 

Fuera. 

¡Toledo por don Carlos! 

El pueblo corre por la calle de la izQuief. 



da, en busca del clamor que se acerca. Doña 
María permanece como anon;idada al iado 
del cadáver del Arcediano. Sosa aparece por 
la calle de la izquierda, con la espada des- 
nuda. 

Dichos y Sosa. 

SOSA 

¡Salvaos, mi señora, estáis vendida! 

DOÑA MARÍA 
Como quien despierta de un sueño. 
¡A mí los toledanos!... i A los mu- 

[ros!... 



SOSA 

¡Por el portillo huid, doña María! 

VOCFS 

¡España por don Carlos!... ¡Vivaí 

[pái 

DOÑA MAKIA 

Huye por la derecha, mientras descie 
el telón. 

¡A morir por los fueros de Ca.stfl1 



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a Novela CORTA 

i|aiés de haber puesto a Iss clases populares 
contacto con ■ uesfros prosistas más esclare- 
loSipara complementar su apostolado de 
riügraoión literaria va arenciiruninbulüo la 

MEMORIA 

loa más Ilustres novelistas esnaftoles del 
lo XIX, publicando de cada una de ellos 
a sola obra en el siguiente orden, tenien- 
do presente las escuelas: 
NOVELA ROMÁNTICA 
-afta.— Espronceda —Patríelo de la 
íscosura— Martínez de la Rosa.— En- 
Iqae tul.— Fernández y González.— 
^egayFrias.— Hartzembusch -Ger- 
nidis G. Avellaneda.— Pastor Diaz.— 
Uguals de Izco.— Navarrefe. Pérez 
Escrich.— Pilar -inués. 
NOVELA HISÓRICA 

_'.P«txot.— Cánovas.— Vicceto.—Bala- 
Wr.- Navarro Villoslada.— Amos de 
Escalante.— Castelar. 
NOVELA NATURALISTA 

ernán Caballero.— Miguel de losSan- 
»• Alvarez.- El Volitar o.— Mesonero 
©manos.— Pereda— Valera. — Clarín. 
-Scitías. Alarcón. — Arturo Reyes. 

ibién rendiremos un homvnaic a H memoria 
08 grandes escritores y poetis que escribie- 
ron narra Jones en prosa. 
POETAS 

orrllla.— Trueba.- Becquer. — Caro- 
lina Coronado. 
ESCRITORES 
anlvet -Sjlverio Lanza —Tabeada, 
cuseblo Blasco.— Alejandro Sawa. 
I hacci» mis eficaz nuestra obra cultural, es- 
rrandes novelas extractadas irán precedidas 
L..^^ Iterarlas c>cr¡tas expresamente 
esta revista por la C. de Pardo Bazán, Ro- 
lez Marín, Azorín, M. Bueno y C. de Castro 
»08 números HOM«N A lE. serán exf raor- 
anos y .se publicarán alternados con los 
meros corriente» de nuestros actuales 
colaboradores. 



Toda la correspoDdeocia delie Mm a 
PRENSA POPULAR 

Apartado 498 - Calvo Asensío, 3 






¿/RIÑE 

REVISTA FEMENINA POPULAR 
EL PRÓXIMO JUEVES 

LOS lílATRIMOKIOS 



sunARio 

Ceremonial que tegmla las 
relaoioues entre novios — 
Cana»UUa.-riesta y regalos 

El matrimonio.- La petición de mafri- 
monio.— Los dichos. — La comida de 
desuosorio».— Los regalos. — La cor- 
beiile.— El contrato,— La firma del con- 
trato.— Marinees de contratos. — For- 
mas del matrimonio y requisitos que 

preceden el mismo. — Esponsales. 

Proclamas.— Liccncifl y consejos fami- 
liares.— Capacidad de los contrayen- 
tes— .Impeaimentosi— Celebración del 
matrimonio. — Ri^imen económico del 
nmfrimnio.- Sociedad legal de ganan- 
ciales. -De la d íe.— Bienes paraferna- 
les.— Salida pira la igle&ia.-La cere- 
mon.a nupcial. -Comida. --El lunch.— 
El traje de matrimonio. — SegunOf's 
nupcias.- Casamientop tardíos. —Bo- 
das de plata y oro.— Matrimonio mix- 
to.— Matrimonios ismeiiíüs.— Interior 
de la casa.— El mobiliario.— Consejos 
a las recien casadas. 

1S Cutáis. 



¿LA SUPRESIÓN DEL GAS ES UN CONFLICTO? 
INO. SEÑOR! 

&risíiendo las .dmlraWea lámparas de filamento metálico estirado , 
« irromp.ble OSRAM. beneficia el alumbrado público, sustituyendo | 
eí mal oliente íjas por una luz blaaca. fija y económica en el consumo "^ 

Cone«»ioB«rio: U6i Oraatcin, Madrid 



Antonio Palomino, num. 1, y Calvo Asensio. nüm o ~-M A 



1<^, 




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i 



la en dos actos 

tero 



Ü 



LA NOVELA 
TEATRAL 



20 cís. 



'í MORKNO 



^ 'y^S 



^ \^.''^M/:-'}\r\!.\. 



•>J/.%'' 



Año III 



Madrid 17 de Marzo de 1918 



Niím. (; 



LA NOVELA TEATRAL 

Complemento de la Novela Corfa 



Director: José de Urqj 



Para que el lector juzgue la imporíancia de esta Revista, írariscriíjiíiK 

a continuación la lista de obras ya publicadas y de otras por publica 

pero cuya autorización ya nos ha sido oficialmente otorgada. 



I 



Electra. — Doña Perfecta. — La loca 

de la casa. — Realidad. — La de San 

Quintín.* 

El Lobo. — Sobrevivirse.— El cri- 
men dcíayer.— El señor feudal. — 
Daniel. — Aurora.* — Luciano.* 

El Patio.*— DoñaClariñes.— La es- 
condida senda.*.-Ei.niño prodigio.* 

AfnichGSm 



La sobrina del cura.^La casa de 

Quirós. — Las estrellas.— Dolore- 

tes.— La señorita de Trevelez.— La 

gentuza. 

El terrible %"Pércz.*— El cuarteto 
Pons.*-El Príncipe Casto. *-EI Mér 
iodo Górritz.*— Mi papá.*— Gente 
menuda. *--El -fresco de Goya.*— El 
pollo Tejada. *rTtíl perro chico. *-Al 
ma de Dios''— Él pobre Valbuena. 

AivarQZ''fíiSluñ<^x S eof*, 

El verdugo de Seyjlla.— Fúcar XXI. 
-La frescura de Lafucnte.-El último 
Bravo.— Los cuatro Robinscnes.— 
Pastor yBorrego. -Trampa y cartó.,* 

Lapiv¡na^Providencia.*-El gran ta- 
Cñnó:~f^l río decoro. -El infierno.* 
-Los perros de presa.'' -ClPciraiso.* 



—La mar salada. *--La bendición ( 
Dios.*-El asombro de Damasco. 
El tren rápido. *-El velón de Luc 
na.*— Nieves de la Sierra. *--La al 
gría del vivir.* 

Viííaes/sesam 

El rey Galaor.— Abcn-Humeya. 
La Gioconda.— Doña María de P 
dilla.— La leona de Castilla. —I 
Halconero.* 

y/ftatAxa, 

Francfort.— La rcboíica.-Cicncii 
La Praviana. — Parada 



exactas 
Fonda. 



-Tiquis Miquis.— La sa 
de armas 



Gmnadiasr^ 

Trata de blancas.— El místico. 
Los semidioses.— Las cacatúas. 
Charito, la Samaritana. -^ Tod( 
somos unos.'— El cardenal.— I 
hombre que asesinó. — Serafina, 
Rubiales.— La eterna víctima. ~]ir 
my Saínson.— López de Coria. 
Primavera en otoño.— El misfer 
del cuarto amarillo. — Primerose.- 
Raífles.— Mirandolina, — Genio y 
gura. — Petit-Cafc.— Los novelero 
— LaTizona. — Miquette ysü mam 
-Los gemelos. -El chico del cafetí 

Zarzuelas 

La viejecita.-La alegría de la hue 
ta.— La marcha de Cádiz.— Gigai 
tes y cabezudos.— La Corte de Fi 
raón.* — La Tempranica.*— Ei di 

de la Africana.* "'^ • 



^ (*) Las (bras sen ! das con astc iscos es q le en breve scrá'i p ibücfldc;. 



Doña Clarines 

^ COMEDIA EN DOS ACTOS, ORIGINAL DE LOS SESoRES 

Serafín y Joaquín Alvarcz Quintero 

PER SONAJES* 

Í'OÑA Cr.ARfNRS. . MARCELA. - TATA. - DARÍA. - MIGUEL. - DON BASIlÍo. - LUKN - 

ESCOPETA. - CRISPIN. 



ACTO PRIMERO 

estancia preferida de dof.a Clarines en el piso principal de*su casa de Guadalcma, ciudad cas- 

ellana. A la derecha del actor, primer té. mino. la puerta de las habitaciones de la señora 

Inmcuuita a esa puerta, de frente al público, vetusta galería de cristales, con zócalo de 

••adera tallada, que da al jardín, y la cual, avanzando hasta el medio de la escena cierra 

n ángulo recto cor. la pared del foro.-Una puerta a la izquierda del actor y al foro otra 

.omusmoe.st:is dos que la de las habitaciones de doña Clarines son de cristales y tienen 

nediopuntos -En el suelo, que es de los«s encarnadas, y en prin.er término de la izquier- 

:a. una nimila de madera para ver desde arriba la gente gue llega al portal, y cerca d. 

Ha tamb.en m el suelo, una argolla atada al extremo del cordel que sirve para abrir el 

portón s.n tener que bajar escaleras. -MuebJes antiguos, pero ricos y bien cuidados. Al- 

.;unos retratos al óleo, de familia, decoran las parídes.--Es de r.oche. Una lámpara que 

ue primero de petróleo, luego de gas y ahora es de luz eléctrica, alumbra la estancia. La 

^iz de la luna platea las copas de los árboles del jardín, que asoman tras los cristales de 1. 

galena. -La escena está sola. Dentro, lejos, en el piso bajo, óyese ladrar a Leal, el perro 

de doña Clarines, anunciando que alguien llega a la puerta. Por la del foro aparece Tatw 

y^ja desdentada y ruinosa, pero activa y despierta, pies y manos de doña Clarines y su 

admiradora incondicional. 

av^^tZ'^^!^^' [fnV^^^^- ^°" '^'^*' nerro no hemos menester campanilla. ¡Ca- 
aya, escandaloso! (Calía el perro. Tata se asoma a la mirilla.) ¿Quién es? ¡Ah' Don 

£°coZrLTÍ^°^%''"%^'Pr^^'"'°'- "^S" ^' S^"°^ ^"^ "O tengamos t¿ros y 
aas con el tal amigóte. (Tira del cordel para abrir. Sale Escopeta por la puerta déla 
WCha Escopeta es un mozo andaluz, criado reciente de la casa. En la mano trae una bo- 
m de la botica, llena de agua al parecer.) 

Esc— Pos, seño, güeno está. Oiga -.sté, Tata. 

Tata.— ¿Qué hay con Tata? 

Ese-Las señoras de Cuadalema, eson tales como doña Clan-es-' 

' Oescal'Jr -f ''"Pf ^*^' ^° ^"^. quisieran las señoras de Quadalema era saber- 
Otscalzar. .Aaaaah! ¡Dona Clarines! Doña Clarines no hay más que una. .. 




:^ 



Esc. -Más vale. Porque si no, era cosa de pitá otra vez pa mi tierra y dcjá a 
Guadalema y a toa Castiya na más que pa veni cuando nuüiera festejos. 

Isr-T&crTaoque estuvo en la casa antes que yo, duró mucho ar servisio 4e 
^^ *Ta?a^ -Seis días escasamente. Era muy casquivano y muy gandul. 

^^Ti^-m de IntTsn? duró sino tres. Aquél era muy poquita cosa. Se asustaba 
^^ Esc.-¡Es que se asusta el Si Campeado! ¿Usté sabe los mandaos que esta se- 

'''^t:^^^^¡^^\^^^ 4ue o se dicen las razones como ella i.. 

da ce por be, o por la puerta se va a la calle. ¡Es mucha señora! _ 

E?c.-¿Pos sabe usté lo que se me ocurre? Que en luga de un cnao debía tené 

un piquete de infantería. 

Tata.— Poco murmurar, ¿eh! > ^ «« „orr„o n h 

Esc. -No es murmarí , señora; es que aiiora me ha mandao que me yegue a lí 

hntira ron esta botevita oue traje pa la señorita M úsela, y que le diga al botica 
l^'rDe^p^rTe delñaCiarines; qíe no es esto lo que eya ha Mf -e agua <^. 

poso ya tiene eya bastante en sucas:;:, y que se vaya aste a roba a Desp^nape 

rros.» 

'I'^j^t;^. _(H¡éndose.) ¡AaaaahJ Oyéndola estoy. 

Esc. —i Y yo estoy oyendo ar boticario! 

Tata.— Pues así lo ha de decir usted si no quiere perder la casa. 

Esc . - ¿No le daría iguá por escrito? 

Tat/ . -Ande, ande a su obligación, y déjese de más discursos. 

Esc. -¿Qué se le va a hasé? Vamos a que me tire un mortero er tío ese.t^e 
fuera no vedo. (Se marcha por la puerta del foro, hacia la izquierda, canturreando y m 

tone^n6c^e.) Muy zaragatero eres tú para hacer los huesos duros en esta cas? 
(Por\a^s J pLta í se h^ido Escopeta sa,en do.Basi.io y Luján^ ^^ «^ i:''^^^ 
de doña Clarines, es «a señor de ojos vivo:, y cabeza inquieta, señal de poco P^^°- ^^^^ « 
desaliño. Luián, ¡ntiguo a.igo suyo. Is un hombre de pesqui. un tanto «Ocarr6n Y de esp^ 
reposado y tranquilo. Viene en traza de haber caminad^ a caballo unas leguas. La edad, 
jno y otro anda alrededor del medio siglo.) 

D. Ba.— Pasa, Isidoro. 

Luj.— Buenas noches. 

Tata.— Buenas las tenga tísted, seilor mío. 

D. Ba.— ¿Y mi hermana, Tata? .^^,ja. »*** 

TATA.-También son ganas de preguntar lo que sabe usted de memoria, ei^^ 

habitaciones. ^ 

D. Ba. -(A Luián.) ¿Quieres verla? . 

Luj.-Si no ha de servirle de molestia, con mucho gusto. (Mirando u., 
¿Este retrato, es de tu padre? ^„t ^„rhr, á( 

D. Ba.-Sí; ese es papá. Papá recién casado. Como yo le conocí mucho d 
pues, no puedo apreciar si se parece, ije! (A Tata mientras Lu,án velos otnM.^"^^ 
y observa el jardín.) Bueno,tu, llégate y diie a doña Clannesqueaqui está ya mi ar 
go el señor Lujan, que desea saludarla. ^ r •, ■ i 

Tata.— (Bpío a don Basilio.) jVa a soltar una descarga de tusK.^i la. 
D. Ba.-(Lo mtsmi. a Tata.) ¡Ya lo sé! ¡Pero si no es ahora sera luego ma^^^ 
TATA.-Ah, bien, bien. Por mí no ha de quedar.-Con permiso, buen cabdlio 
(Vase por la puerta de la derecha.) 



i 



Luj. — (íQ.iieii es esta vieja escan¡or!u? 
' , P' BA.-¡Tata! La tradición, como quien dice. Nos ha visto nacer a todos Ya 
I la infd.z no es ii:ás que un., de tantas ruinas en este viejo caserón de los Oliven- 
. zas. iPobre cajón n! Por mucho que lo cuido, lo revoco y lo aderezo, se viene 
:!aba;ocomo la faniiüa. ' »i- viene 

Luj. — ¡Pae?; tú no to conservas mal! 
j : p. BA.-y.Y me lo dices tu, que estás hecho un pollo? 
,; Luj.-Si lo .:sioy. SÍ. Pata la edad que tengo... Pero eso no quita... Desde que 

íl^^il Z"" "u "" ""•'^•'^^'^^"«^a. envista de que lo contrario me afectaba^al 
i ilugailo, marcho como unas perlas. 

1 1 D. Ba.-- l=;s vcrdcid. Quince sños hacía que no te echaba la vista encima v lo 

p que es en lo exterior, apenas si han dejado huellas. encima, y. jo 

I Luj . - Mo las arranca mi mujer. 

í D. Ba.~¡A1i, carape! Secretos del hojear. 

í Luj. -Sí. Tü. en cambio, te las tifies. Ya lo he visto. 

J D. Ba.— Secretos del tocador. 

I Luj.— ¡Secreto a voces! 

I D Ba. -Chico, hay que defenderse. No me resií^no a la vejez de la cabeza 

I cuando t.n..ío e) corazón entrado en quintas. Pero siéntate, c^aiop-n ' 

IK.ri;';:'' F ^'''".'?'"''"^"'"? ^""^•'^?*="" -^«toy. Mi caballejo tiene un frotecillo que des- 
barata F.n n^al hora se le ocurrió a don RoririRo ponerse neurasténico, y a su fa- 
mituí hainarnie a mí a consulta Me he vuelto poltrón. No me gusta salir de mi 
m^t?: ^T^y .'^"'"''''^ '""^.^ "" P^'^'' ^ "" fonducho? ¡Ca, hombre, cá! Los días que 
estés en Ouadalema, en mi casa vives. , ^ 

kn^'J^''Z^¿''W'' ^'^^''^- ^^ ^'^""^'^ "^^ ^""^ f^"^''"^ '"^ ^^erra. Las camas me es- 
SLhi h^s^'^Sidíd" ^" ^''^"^'^ empieza mayo. En fin, que te agradezco muy de ve- 

p. Ba.— No se hable más de ello. ¿Qué tal te va en ese poblacho? ' 

Luj, -Tan bien como en otra parte cualquiera. Todo está en todo. Estoy deci- 
nao a vivir a ^usto. -^ 

p. Ba.— ¿Te quedan gajes, además de la titular? 

Lüj.-Notaltan. El pueblo es rico, la gente no es de la peor... me qule- 

D. Ba. — ¿Hay machos enfermos? 
Luj .—Muchos; pero los voy matando a casi todos. 
p. Ba.— ¿Entonces, cómo te quieren tanto? 
Luj, -Porque elijo bien. ¿A quién no le sobra un pariente? 
D. Ba. -¡Ja, ja. ja! Veo que iambién conservas aquellas tus salida» chuscas de 
BOZO. (Reparando en Tata que se acerca.) Ahora verás cnuscas de 

Luj.— ¿Cómo? 

■ D. Ba . —Que ahora verás. (Sale Tata.) 
Tata -Aquí estoy ya de vuelta, encarándose con Lujan.) Bueno señor- es ro«. 

r¿ nit "r""" "'" r, '"f '''''-' """'' '- -'»"» a fodas a, pe so„Í 
■e 18 misma forma que eüa' los dá. 

Luj. -Bien. Me parece muy bien. 

D. Ba.-¿Tú l8 has dicho?... 

'^^''■~Il<!^^'^'";^ que había llegado y que tenía gusto de saludarla su 
sceu ei loiíisrfn"». 




^ de usted el forastero. 

D. Ba.— ¿y qué te ha contepbido eila? 

aue --"-"^ '"'"'^ "''" ""'''" ''""'^'' ^^ ^'''^' ^"'^" '''''^- Q"« está en el oratorio 
'"^ '^"^ ""'' ^""^'■*' ver visiones. Y t.ue in.ifiaiía con la luz del aol ten- 




I 



j . X j • •„*„ rr.» normisin fSe va por la puerta del foro hacia la derecha. Lu 

alguna saliv3. Pausa.) 

Luj- -¿Qué es esto, Basiüo? 
D. Ba. —Isidoro, abrázame. 
Luj.— Basilio, ¿qué es esto? 
D. Ba." Abrázame, Isidoro. 
Ll'j-— ¿Por qué no? 

&..''-^E7f:fcutSSV'™?vel«orcrue,.e„go, no meha ocurrido cosa igual 
¿Quieres e^pH^arme? ^^ ^^^^ ^^^ ^^^.^^ ^ ^^ ^ , , ., , 

sangre la faníliá de don Rodrigo, sino a cumplir al lado n,io, en el caserón de las 
Olivenzas, un alto deber profesional. 

D^BTÍrhtrn^ClaHn'et.. (Barreándose con u„ «o la .ie„., Mi hermana 
Clarines ha perdido el juicio. 

a b7. -U "ue'oyttidoro; lo que oyes. Sufrió en una edad critica de su vi 
da, una conmoción moral extraordinaria, espantosa. 

luí.— Algo recuerdo que me escribiste... ^ s - a^ e„c ta. 

D Ba -Pues de aquella fecha arranca el mal. La sonrisa se fue de sus la . 
bios seíé pusieron blancos los cabellos, su carácter se desquició, se envenenes^ 

; H u. di'ó eTmil manías y aberraciones, y un día tras ot-. P-a no can^^^^^^^^^ 
llegado a tal punto, que creo un deber de conciencia, ya que estas aquí, consultar 

el caso contigo. 

Luj.— ¡Diablo, diablo! 

c^'-H-oftrnTS^írdo^r-^v^garQ^^^^^ 

francamente. „„ divaguemos. Esta desgrada que yo te anuncio con el 

temo; L^q7?ru"deS":edali;varme a la certidumbre - una -rdad a.,oma . 

oyes dondequiera que de ella se habla. 

D b7 -U mfs e«rat''que puedes imaginarte. O en sus habitadones miste, 
riofameíte en«ríad?-Tni aL m'e deja entrar! -y '>-f |° ™f ^-^'.rrt* 

guidós. Ninguno pá?a en esta casa. ¡Y cuidado que se les paga con larg..eza! ,P«e 
íin-'nno para! Todos se .van jurando y periurando que es loca. 

Luj. -íY quién le administra sus bienes? ¿Quien lleva el cargo de su M 

"'a'L. -lElio „,isma! Y este es mi gran temor Lujanito. Yo creo que nos «rt 
arruinando. Y digo nos, porque, claro es, yo... desde que... P°'>°l^''"P^^'t 
vida, me quedé sil blanca de lo mío, vivo naturalmente al lado de ella. Figural 
si su ruina me interesará como cosa propia. 

1 111 —Va va me lo figuro. ¿Es pródiga tu hermanai' ^ 

n R. _Á miien le pide, iáínásne da^n céntimo: me consta de un modo in* 



lable. Pero temporadas hay en que su mano no se cansa de dar dinero- que no oa- 
'ece sino que tiene el prurito de quedarse con el día y la noche ^ 

Luj.— Pues eso ya es más serio. " . 

I D. BA.-¿Crees que no lo sé? ¡Si yo no hago un sueño de dos horas» Poroue p. 
:que nos va el bienesiar, la tranquilidad de la vida, en estos años en que sé emnie 
; za a bajar la cuesta... Te dij^o que hay para no dormir. ^ ''"'^'^' 

» Llu.— Ciertamente. 

p. Ba.-~Y aún queda el rabo por desollar, amigo Isidoro. 
Luj.— ¿Si.'^ ¿Uiál es el rabo? 

,e„ M;d^:;iLÍÍÍ'íí™" if "• ""'° "" ""=■ •""■" "^ *•" y O'"» »«-. "a muerto 

I Luj. -¿Qu€ ha muerto Juan? 

I L^Ü'-iSn^"'' ^'^^ '"'''^' "'"''^ ^' P"^'^- ¿Extrañarás no verme de lutJ? 

^ Luj.— ¿Y tu piensaLs lo mismo que ella? 
; D. Ba.— fiYo qué ¡ic de pensar? 

Luj.— ¿Eüionces cómo no vas de neo-ro? 

UiJ^'^üüi''''' •"'' '"'""'"''' """a"""'- iV porque „o me da una 

\ Luj. -Ya. 

In í?' ^^•.-f'^';^ concluyamos con mi cuento. Mi hermano Juan-Dios lo ten^n 
■ín su gloria- ha hech.. al morir el disparafe-asómbrate Isidoro-=^d^ confS 
liu hi,a y sus bienes a esta desventurada doña Clarines ^ÓultnPnnLv^ 
inanecer ocio.o? .l£h? Mi responsabilidad n..al ante o sliíC t enorme' El po- 

To^^sT^rp^rt^^^^^^ ~-" de'nuesírXrm^r 

, Luj.— Claro. 

|ifeliz Clarines, y s> por desgracia tú confirmas mis secretos temo es a¿ohi 

L n"ír^^°" ^"" "'"■""•^ ^''' ''"^'"'^o ^^^''io. hace ya tiempo que procuro no dar 

Uo'h ''' ""^-'"^ "' ^^'"'' ^"^ ^'^"^"- Determinar quV valor ^enen es lo 
rimero. Hay que vivir en la realidad de la Vida. 

U. Ba.— Quiere eso significar... 

13 V mi'.^i"" -^ ^^^° significar que acepto la delicada comisión que me encomien- 
is. y que empiezo a atar cabos desde este momento encom.cn- 

U. Ba.— Pero ¿lo tomarás con interés? 

p. Ba.— Si, pero... ¿A qué viene?... 
Luj.— Viene... 

sr?.l«^í"""f ^"^ ^^°''^- ^^°' '^ P"""*^ ''^ '^ izquierda salen !os ojos de Marcela v lurrm 



n Ri —Anuí la tienes Esta es Marceliía. Mi amigo Lujan. 

««.-Ya^'ya me he ¡¿¿do... Tanto gusto... Acabo de da, le los ulfmos to- 

jue;. a su«a!coba de usted. i;„riac t 

Luj.-Mil gracias. Nopodía yo sospechar que manos tan hndas... 

D'^^^!^¿¡:i^oée antaño. Este perillá;es .uy galante. 

Mir-lualquiera falta que usted note allá, cualquier cosa que necesite, me lo 

'^'a et-Si, mejor es: porque si se lo dices a Tata. Tata va con el cuento a 
dofta Clarines y ^-"ernos gresca ^^^ ^^^^^ 3^. 

Mar.— Eso, no; a duna ülaiines no imcc laua ^u .-, 

berlas ella. Tiene un poder de adivinación que a mi me da susto. 

S.'^^S.^ués de todo; en soledad ^^^^f^^^,^^ 
.aquella cabeza, y alambicando alambicando, siempre va a dar con la v.rdad. ¿Us 
ted ha entrado a saludarla? 

Luj.-Ha habido un pequeño inconvementc^ „^„„rn d- n.ic sabe 

MAR.-Puesa^tas horas, sin haberlo visto, esté usted seguro de quc.sabe 

doña Clarines cómo e.s usted. rprihp rmroue no auia- 

D. BA.-Te advierto, Marceliía, que ha dicho que no lo recibe porque no qma 

re ver visiones. 
Mar.— ¿Sí? 

^ lí^«:isltTas:.. Usted .ne dispense... yo no sah.a... S, yo adivinara come 

"""lu'j.-No le preocupe a usted. Me importa poco parecerle visión a la tía, si . 

la sobrina no se lo parezco. 

Mak.-A la sobrina de ninguna manera. : ,;.;n *>« p1 '.ntinuisiiW 

Luj.-Entonces... Sobre que doña Clarines fundó su ju.cio en eUntK-iai.inV 

proverbio de «Dime con quién andas, te diré quien ereb...» 

' D.'*B;T-TotalÍ','ue la visión soy yo. Ven a tu alcoba c.piUate ,;n poco y 
,„os 3 dar una vuelta por la ciudad . La noche convida. ¿Tu ya no vuelves a . 

de don Rodrií^o? 

Luj.— Hasta mañana, no. 

Mar.— ¿Qíté es lo que tiene ese caballero? 

^uj.— ¡Ganas de fastidiarme a mí! 

Mar.— Todo sea por Dios. v „ e» híct-, n las de ui 

Luj.-Conque estoy a tijs órdenes incondicionales, v' no se diga a las ae u 

ted, Marcela. 

^^B:'^d:,^Í mediquillo. (Se van por .a puerta de : . ..ierda los dos ca. 



Mar.-Es muy simpático este señor. Y parece que tiene mas ^^.o ^ue el ü 
rape. Poco se necesita... (Llegan por u puerta del '-^Y^^'f'''^ "^^J^ 
C: .Pin. mozo y moza naturales de Cogollo del Llano, pueolo '^^'^f^'^'J^^^^' 
es 1 .di y lo será doble cuando el agua la purifique. Parece asombrada. Cn.pm no sola 
par.. .. sino que lo está y ni a tres lirones entra en la estancia. Queda vagando p o. 
lio C.\ foro, y acecha cautelosamente les momentos en que, sin ser visto, puede . 
o;eada a la escena. Cuando lo ven huye conso un conejo.) 

Tata.— Entrad aqu¡ . 




Dar.— Buenas noches. 
Mar. — Buenas noches. 

V^v^f^•"^,"^""''''1f""''''^•"'^'^ '^^ ""'^ ^^-^''^'"^^ mía. Veremos si nos sirve. 
Voy a avisarle a la señora. (Se va por la puerta de la derecha.) 

Mar. -¿Quién viene con usted? 

DAK.-Crisnín, mi hermano. (Las primeras palabras de Daría, su aliento entrecortado 
revelan que est.i tan asustada como Crispín, sino que cila no ha tenido más remedio que en- 
trar. F esa sobre ambos la temerosa Ipyeoda de doiía Clarines.) 
Mar.— Dígale usted que entre. 
Dar.— No entra, no. 
Mar.— (ipor qué? 
Dar.— Porque no entra. 
Mar. -Dí<raselo usted. 

Dar.— Se lo diré; pero no entra. (Crispín, que lo hn oído todo, no parece en d.o' m». 
ros a la redonda. Daría va a la puerta del foro y desde allí le habla.) ¡CriSDÍn' La seÑiri. 
ta, que entres.-No entra. Mw^n^pm. La seí.ori- 

Mar.— Bueno; déielo usted. ¿De qué pueblo son ustedes? 
Dar.— De Cogollo del Llano, para servir a usted. 

Mar .—Aquí está la señora (Ci ispin, que andaba a la vista, a este anuncio desnparere 
f* nuevamente. Pausa. Sale por la puerta de sus habitaciones doña Clarines. La sigue Tnta ^)-„ 
; na Clarines es una señora de buon porte y poderosa simpatía. Aunque no pasa do los r-jaic'-la 
||y CUÍCO ai^os, sus cabellos son blancos como la plata. Viste con gran originalidad, con guüto 
! personalísimo, dentro de una graciosa sencillez. Se expresa en tono campechano y noble a la 
||par; enérgico, sin sombra alguna de afectación.) 
I D." Cla.— Biiepas noches. 

Dar.— Buenas noches. 
I D." Cla.— (A Tata.) Muy joven es. 
I Tata.— Más vale. 

LF¿l6?st7^'ñn^ ^'^^"^ ^"! "^''^ '^^ P^'^'' ^^ ^°"^«^ P°^"to=5- íSe sienta en su bu- 
raca. Ladra Leal.) ¿Quien es, ahora? 

fípoJ^'''"'^''"^' ''°"'^^"^'^"' ^^'"^' ^ ^^'■' (Se asoma a la mirilla.) ¿Quién es?-Un 

I D." Cla. -¿Es viejo? 

n ¡!^\^*'~^^''*^'"'0''^' qi'eesmozo. 

t| D,* Cla.— Pues que trabaje. 

kanZ^n 7'^^ ^''^^^^'^ "^*'''^' hermano! (Cierra la mirilla de un golpe fuertn, sobresal- 
l)aTd.swr "" T '' '° ""' '"''-^ '^"^ '''^" t''«baJo yo con mis setenta a Is e'- 

, Jaldas! (Sp va por la puerta de la izquierda.) 

|nO m¡ ^^^p~^^^''^"ese "Sted. (Daría no se da por entendida.) Que se acerque usted; 

Dar. (A Marcela.) ¿Es a mí? • 3 

_^ Mar.-A usted, sí; a usted. Acerqúese a la señora. (Daría se acerca a doña Cla-" 

D." Cla. -^-¿Cómo se llama usted? 

Da^r.— Daría, para servir a usted. 

D." Cla. - ¿Daría qué? (Daría miru a Marcela con angustia ) 

Mar.— Di.L^aie su apellido. 

ln?iL^l\~^'''!^^,^\'\'-^^''^'i'^^^'''^^ la cara pecíada 

er de? j!. '"T n' V"'" ''" ''^^''"^" ""^ "•^^''«' «^ ^'"P-"-' ^- ^--'^ a Dar,^ cofia 
í c a altm' TI '" '" ''™'"- ""'^' ^"^ "■"'' '^^'^''-"^ --ventanea, ec. a a ! 

nll ,T , ^"'''■^' ^ ^^ •"'^'^"^ P^*" «"'^•' ¿Adonde va? 

UAR.-(\oivicndo al sitio donde estaba.» Romilio; para servir a Usted» 



D.'' Cla.-¿A quién le ha preguntado? ¿Quién anda ahí fuera? 

Dar.— Crispín, para servir a usted. 

D." Cla.— ¿Crispín? ¿Y quién es Cnspin? 

Dar.— Mi hermano. 

D.'' Cla. —Pues que entre su hermano. 

Dar.— No entra, no, señora. 

D.^ Cla.— ¿Cómo que no entra? 

Mar.— No entra, no. . ,. , j 

D"CLA.-¿Yporquénohadeentrar? \o lo mando. , , ,r. ., , 

D^R -(Desde la puerta del foro.) ¡Crispín! iLa senora te manda entrarl (Fau.a., 
Dice que no que no con la cabeza. 

Mar.— Y no entra, no; es el segundo intento. 
D ^ Cla.— ¿Pues a qué ha venido Crispín.-» 

C"á^^!^"edadtieneusted?(Daria titube, atribulada y echa a aud^ 
de nu¿vo hacia el foro. A ía voz de doña Clarines se detiene, ¡Sin preguntárselo a CrlS- 
pin! ¡Tampoco lo sabe! ¿Pero usted no sabe nada.-> 

Har —Nada- oara servir a usted. • „ „, 

D 3 Cla -Casi lo prefiero. Entre no saber nada y saber poco y mal, me)o c. 
la ignorancia absoluta. Así la podré moldear a mi gusto, aunque sea a coscorro- 
nes. 

Dar.— Sí, señora. 

D." Cla.— ¿Tiene usted novio? . . , a . 

Dar . -Aquí no: en el pueblo. Pero lo puedo dejar, si quiere la señora 

D.^ Cla. -¿Yo? ¡Dios me libre! 

S^a o:Ií^l"^t no distrayéndola de su. obligaciones.. . Mire usted^ 
que se vaya Crispín o que entre; pero que no esté co.no una ^--'¿;;^^,^,^'"^^;¿,^J 
el corredor. Por más que, aguarde un poco, y se ira usted también con el. ¿Cuan 
to tiempo hace que no se lava usted? 

Dar . -¿La cara? 

D.* Cla . —No; usted de arriba abajo. 

DAB.-¡Uh!... 

Mar.— Como no sabe la edad que tiene... 

D."* CLA.-Pues en mi casa la limpieza es la primera conaición que exi)o. 

a^'^af .-Y la segunda, trabajar mucho y bien, que para eso las pago a usté 

des mejor que nadie. 

Dar —Sí. señora. Yo haré todo lo que sea menester. „^ e^nh 

D/ Cla . - No le queda a usted otro recurso. De lo contrario, en la calle soj^ 
un a^re miiv fresco. Las puertas de mi casa son mucho más anchas para salir qu 
para enlran Maícela, acompaña a esta mujer allá dentro, que suelta un tufillo . 
algarrobas que marea. 

Dar.— Sí, senora. 

D " Cla. - Y vuelve enseguida que tenemos que tíaDiar. 

Dar.— ¿Manda algo más la seilora? ^ I 

D." CLA.-Nada, nada. Que se vaya usted con la señorita. 

Dar. -Sí, señora. Servidora de la señora. 
{■I Mar.— Venga usted. M 

^K Dak.— Sí, señora. ., ■ 

Hl í?*r'~c^°ISÍ'; mnf.«.P Marcela Dor la oucrta del foro, hacia la izquierda, Dafllí ' ■ 



sigue miaindo a todas partes azoradisima, Crispín cruza en seguida por el pasillo como una 
exhalación, detrás de Daría.) 

D." Cla.— ¡Jesús me valga! ¿Y esta es la flor de Cogollo del Llano? ¡Alabado 
sea Dios! (Sale Tata por la izquierda.) 

Tata.— cQué tai le !ia parecido la moza? 

D.^ Cla,— Cerril del todo; pero si tiene buena volentad... 

Tata.— ¡Aaaaah! Como salga a la madre... No es porque sea mi prima... pero 
es mujer que levanta una casa en vilo. Por esa puerta no cabe a entrar el marido 
que tiene, y cuando se resiste a trabajar le da unas palizas que lo balda. 

D," Ci.A. — Eso me gusta. (Vuelve Escopeta por la puerta del foro, canturreando como 
se marchó.) 

Esc. «Hise un oyito en la arena, 

sepurté mi'pensamiento...» 

D." Cla.— ¡Escopeta! 

Esc— Dispense la señora. No sabía que estaba usté aquí. 

D." Cla.— ¿Fué usted a la botica? 

Ese—De ayí vengo, 

D,'^ Cla.-¿Y qué? 

Esc— Pos que le sorté ar boticario la rosiá 

D,« Cla,— ¿Qué le dijo usted? 

Esc— Lo mismito que usté me encargó. Como si lo yevara impreso. Le dije, 
digo. .. le dije. «De parte de mi señora doña Clarines, que no es esto lo que eya 
ha pedio; que agua der poso ya tiene eya bastante en su casa, y que se vaya usté 
a roba a Despeñaperros.» ¿No era así? 

D." Cla.— Así era. ¿El contestó algo? 

Esc— (Rascándose la cabeza.) Contestó, contestó. ¿No había e contesta? 

D," Cla. — ¿Qué contestó? (Escopeta vuelve a rascarse la cabeza, y trata de hablar y 
se contiene ante la dificultad de defltrle a dofía Clarines la desvergUen.taqne le ha contesta- 
do el boticario. La señora se da cuenta de ello y lo libra ¿el compromiso.) Bien está. Toda 
la vida ha sido un mala lengua ese boticario. 

Tata. — ¡Aaaaah! Siempre habla d que tiene por qué callar. 
^ Esc. —¿No se le ofrece a usté otra cosa? 

D.^ Cla.— Que se acueste usted. 

Esc- Como las bala- 

D." Cla.— Escuche usteu. 

Esc— Señora. 

D.° Cla.— Antes de acostarse asómese usted al postigo y dígale al sereno que 
ya tengo la seguridad de que es él mismo quien por las tapias de la huerta me ro- 
ba las frutas. 

Esc- ¿Ar sereno? 

D.° Cla.- Al sereno, sí. 

Esc— ¿Y eso na más? 

D." Cla.— Nada más. Vaya usted con Dios. 

Esc -Güeñas noches. ¡To será que no duerma en mi cama! (Marchase decidido 
por donde llegó.) 

D." Cla, -Parece listo este Escopeta. 

Tata.— Sí, señora; pero muy así.., muy movido él. Es hijo del que ha tomado 
ahora la cantina de la estación. También andaluz. Les durará poco la cantina. 

D." Cla.— ¿Porqué? 

Tata.— Porque se la van a beber entre el padre y el hijo. Mire usted, señora; 
yo no lo puedo remediar, no me hacen gracia ios andaluces. Quizáá que a los an- 
daluces les suceda lo mismo conmigo. 



It 



D.^ Cla. — Quizás. (Vuelve Marcela.) 

Mar. -Tía... 

D.* Cla.— Espérate un momento. 

Tata . —¿Estorbo? 

D.^ Cla. -Sí. 

Tata.— Me lo había maliciado. ¿Qué vamos a comer mañanai 

D." Cla.- Lo que hoy. 

Tata. — Y hoy !o que ayer. 

D." Cla.— Y siempre lo que a mí se me antoje. 

Tata.— Si no lo digo en son de crítica. 

D.° Cla.— Cuando lo dejo a tu elección no pones más que cebollas rellenas..* 

Tata.— La cebolla es muy estomacal. 

D.** Cla.— ¿Quieres no replicarme. Tata? Todo este preguntar ahora qué se ha 
de guisar, es entretenerte para oler lo que aquí se guisa. 

Tata.— ¡Dios de Dios! ¡Pero cómo adivina usted las intenciones! ¡Aaaaahl (Vase 
por la puerta del toro, hacia la izquierda.) 

Mar. — ¡Qué graciosa es Tata! ¡Y qué btiena! 

D." Cla.— ¿Buena? La única persona de quien yo me í:'a en este mundo. Sién- 
tate, que vamos a echar un parraíito. 

Mar.— ¿Un parrafito? 

D.^ Cla. -Sí. Siéntate. 

Mar. —Me pone usted en cuidado. ¿Qué "novedad hay? 

D.'Cla.— Novedad... ninguna. 

Mar.— Pues usted dirá. 

D." Cla.— Desde que tu padre murió, llevas a mi lado muy cerca de tres im 
sos, y siempre que hemos tratado en nuestros cr))oquios de un'sentimiento muy na- 
tural a !a edad en que tú te hallas -aunque sé da en todas las edades, porque ha; 
mucha vieja sinvergüenza y pindonga—, me has dicho que no tienes novio ° 
esto verdad? 

Mar.— Sí, señora; cuando se lo he dicho a usted así... 

D." Cla,— Está bien. Sales en lo hipócrita a tu madre, y a t« padre en la faltj 
de seso. 

Mar.— Tía Clarines... I 

D.** Cla.— ¡Tía Jinojo! Ten en cuenta que estás en un callejón sin salida. ^i I 

Mar.— ¿Piensa usted decir mentira para sacar verdad? Jl 

D." Cla.— Ai contrario: pienso decir verdad para sacar mentira. Ya sabes qu| 
a mi no se me ocultan las cosas. 

Mar.— Pues esta vez fallaron sus adivinaciones. 

D.** Cla.— ¿Insistes en tu negativa? Testaruda como doila Sara, tu abuela mí 
terna, que se tragó un carrete, y hasta que no la abrieron en cana! lo estuvo ne^ 
gando. 

Mar.— ¿Pero en qué se funda usted para creer que yo le miento? 

D.* Cla.— En que sé a ciencia cierta que tienes novio. 

Mar. -¡Tía! 

D." Cla.— ¡Chist! Mira: desde que viniste, raro es el día que no pasas do3 hí 
ras en la casa de enfrente, so pretexto de que la niña de la casa es amiga tuya | 
partir de una larga temporada que estuvo en Madrid. 

Mar.— Así es la verdad. 

D." Cla.— No es así la verdad. La niña de enfrente, empacha a los tres dias dé* 
hablar con ella; por sí sola carece de atractivos para tanto trato. Pero en cambio 
tiene una tía, hermana de su madre, que siempre se distinguió grandemente en un 
oficio que elogiaba mucho don ¡Quijote. 



Mar. — No la entiendo a usted. 

D." Cla.— Celebro tu candor. Esas afinaciones de la tía— sigo sobre la pista- 
eran para mí un dato de bastante importancia. Una mañana, de sobremesa, dije yo 
esta frase, que se puede esculpir: «No hay un solo hombre que tenga corazón.» Y 
tú saltaste, como si te hubiera picado una avispa: '<\Hay de todo!» ¿Hola? ¿Hay de 
todo? ¿Esta cree que hay de todo? -pensé yo entre mí—. ¿Conque opinamos que 
hay de todo? 

Mar. —Sí, señora; yo creo que hay de todo. Sfn tener novio, me parece que se 
|uede opinar que hay de todo. 

D.' Cj.a.— Indudable: se puede opinar. Pero cuando seguramente se opina es 
íni^dolo. Las mujeres no defienden nunca a los hombres: defienden a un hombre 
kada más. 

Mar.— Cuando usted lo dice. .. Más sabe usted de eso que yo. 

D."Cla.— De eso y de cuanto hay que saber, monicaca. Otro día, amaneciste 

un catarro que no se te entendía lo que hablabas, y yo me opuse a que pasa- 

ahí enfrente. La rabieta que te dio, de esas silenciosas, de no cruzar la pala' 
ra con nadie ni por educación, no se la toma ninguna muchacha más que a cuenta 
iel novio. Ya bajas la vista. 

Mar.— No... 

D.'' Cla.— Sí. El domingo pasado se prolongó la visita más de la costumbre... 
y viniste muy colorada y con un dedo manchado de tinta. (.'Aarcela se mira disimula- 
damente la mano derecha.) De la maiio derecha, sí. Yo te pregunté: ¿Qué traes, chi- 
quilla? ¿Qué sofoco es ese? ¿Cóm:j has tardado tanto? «Porque... porque he esta- 
do jugando a la pelota»— me respondiste --. ¡Ah, caramba! Esta niña se mancha la 
mano de tinta, jugando a la pelota. ¡Y la pelota, que aún está en el tejado, era una 
carta de tres pliegos! (Marcela compunge el semblante.) Nó; no empiecen ahora los pu- 
cheros y las lagrimitas. Me has engañado como yo no merezco. Tienes un novio 
como un castillo, le escribes ahí enfrente, y ahí enfr.ente recibes sus cartas, que 
vienen a nombre de doña Sebastiana, la tía de tu amiga. Son las únicas cartas de 
amor que ha recibido esa tarasca en el siglo y medio que lleva a cuestas. 

Mar.— Perdóneme usted, tía. Quiero mucho a mi novio y temi que usted se 
opusiera a las relaciones. 

D.'' Cla.— ¿Es aicún bandolero? 

Mar.— No, señora; por Dios... Si es más bueno... más bueno es... 

D.* Cla.— ¿Entonces por qué '.labía de oponerme? 

."Aar.— Como tiene usted ese genio tan raro... ^_^ 

D." Cla.— ¿También tú? Yo nunca me aparto de lo justo; y las rarezas 5emi 
genio consisten en que le digo las verdades ai lucero del alba. ¿Conocía tu padre 
estos amores? JjS 

Mar.— No, señora; tampoco. '^^ 

D." Cla.— Pues de tu padre no te ocultarías por mal genio. Alguna maca ten- 
Irá el señorito. ¿Quién es? ¿Cómo se llama? 

Mar.— Miguel. * 

D.^ Cla.— ¿Miguel qué? (Marcela calla.) ¿Miguel qué? ¿Estás como Daría? ¿Ne- 
cesitas preguntárselo a Crispín? 

Mar.— ¡Qué cosas tiene usted! Confíe usted, tía, en que yo no había de poner- 
me en relaciones con quien no mereciera mi cariño. Es un muchaclio como hay po- 
cos; para mí como no hay ninguno. Es arquitecto; trabaja mucho; tiene un gran 
porvenir. Cuando murió mi padre, nuestras relaciones no habían hecho más que 
empezar... ¡y si viera usted qué consuvlos tan delicados debo a su cariño; qué 
alientos me dio para calmar mi pena; para seguir la vida tan sola!... Lo quiero mu- 
cho, mucho; más que a nadie. Y ya verá usted cómo él lo merece. 




. tJ.^ Cla. — Bien está. Basta de inocente palabrería. Tú eres muy niña para juz» 
gar a ningún hombre. Cada «ík quiero» de ellos es un veneno que nos parece miel, 
por la pérfida dulzura de esas dos palabras. 

Mar.— No me asusta usted; estoy muy segura. 

D." Cla.— Eres una mocosa. Pero tan segura como estás tú necesito estar yo. 

Mar. — El,., acaso venga a Guadalema. 

D.^ Cla.— (Rápidamente.) Si no es que ya ha venido. 

Mar. — (Sorprendida.) No, señora. 

D.^ Cla.— Cualquiera fía en tus negativas. Pero en fin, haya venido o no, 
cuando venga, vendrá a verte a esta casa. Tus visitas ahí enfrente se han c(^«- 
cluído. Se quedó doña Sebastiana sin novio. Por mi parte, con oírlo un par de ve- 
ces nada más, lo diseco. Y si como barrunto es un zascandil... 

Mar.— ¿Un zascandil?... 

D.^ Cla.— Muy cerca ha de andarle el hombre que conociendo quién soy para 
tí, cómo vives conmigo, se oculta de mí y se vale de tapujos y tercerías. Limpio 
no juega. 

Mar.— ¡Tía Clarines! 

D.^ Cla.— No hablemos más del particular. Si el señorito no me entra por el 
ojo derecho, prepara media docena de pañuelos para llorarlo tres o cuatro días. 
Más no ha de durarte la congoja de la separación, ya que probablemente se trata- 
rá de una chiquillada-. 

Mar.- -Todo lo compone usted a su gusto,,. 

D.* Cla, -Punto final, (Silencio.) 

Mar. — (Mirando hacia la puerta de la izquierda.) Aqui salen el tío Basilio y ese se- 
ñor amigo suyo, 

D." Cla.— Tal para cual. 

Mar.— ¿Conoce usted a ese señor? 

D." Cla.— No; pero cuando es amigóte de mi hermano.. . No pienso hacerles la 
fertulia. Buenas noches. (Se levanta para marcharse.) 

Mar.— Buenas noches, tía. Hasta mañana, si Dios quiere. (Va a besarla.) 

D.^ Cla.— (Deteniéndola.) Menos besuqueo y más respeto. (Salen en esto don Baai- 
liO y Lujan. Marcela queda pensativa y disgustada,) 

D, Ba,— ¡Clarines! ¡Clarines! 

D,'*CLA.-¿Eh? 

Luj.— Buenas noches, señora. 

D, Ca.— (Presentándolos,) Mi hermana Clarines,,. Mi amigo Isidoro Lujan. 

Luj , —Tengo mucho gusto. . . 

D.* Cla.— Yo celebraré que lo pase usted bien en mi casa los días que esté en 
ella. 

Luj,— ¡Oh! Seguramente. 

D.* Cla, — Pronto lo ha dicho usted. (Don Basilio le hace señas de inteligencia a Lu 
fún ahora y en adelante.) 

Luj.— Señora... 

D." Cla.— ¿Ha venido usted a Guadalema a ver si se muere don Rodrigo? 

Luj, — No, señora; no es caso grave. No es más que una gaita para la familia. 

D." Cla.— Se perdía bien poca cosa si se muriera. Es un solterón egoísta, que 
ha vivido siempre de chupar la sangre de los pobres. Los sobrinos están desean- 
do que dé un estallido. La prueba es que todos los médicos les parecen pocos, 
Pero, bien, eso allá usted con su conciencia. Si la tiene, porque en la carrera de 
usted la conciencia anda por las nubes. Fortuna oü yo gozo de una salud inalte- 
rable. No padezco más que ataques de sentido ci 

Luj.— (Estupefacto.) Hem... ■ 



D. Gla.— Se van ustedes de paseo, ¿verdad? 

D. Ba.— Me lo llevo por ahí un ratillo. 

Luj.— Ya lo oye usted. 

D/ Cla.— Bien. La puerta de mi casa se cierra a las once para todo el mundo. 
El que a las once no esté aquí duerme en un banco de la Plaza Mayor. (La estupe- 
facción de Lujan se acentúa.) Hay más. S¡ se viene a las diez y media, y se viene bo- 
rracho, es como si se viniera fresco después de las once; en la calle se duerme 
también. 

D. Ba.— Clarines, por... por amor da Dios; alguna vez piensa ¡o que dices. 

D.^ Cla.— No pienso nunca lo que digo; y bueTio es que lo sepa usted, caballe- 
ro... Cuanto digo lo digo porque me nace en el corazón; y como antes de llegar a 
la cabeza pasa por