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Full text of "La Pampa"

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in 2010 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/lapampamoliOOmoli 



Este libro cuya traducción 
al inglés se realiza en 
circunstancias de su apa- 
rición, será editado en 
breve en Estados Unidos 
de Norte América, bajo el 
título de "The Far West 
Argentine". :: :: :: •'•' 





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SSíTYOf 



.«^ 



CAPITULO I 



La conquista del desierto. — Un vaticinio aagnxal. 

— La expedición armada a la Pampa como 
acontecimiento militar y político. — Una cam- 
paña guerrera con economía de sangre y de re- 
cursos. — La guerra al indio fué una guerra 
Tirtaal a Cliile. — El origen araucano de las 
tribus. — "Chile gobierna a los indios"... 

— El parlamento salvaje de Poytahué. — La 
opinión de estadistas y legisladores cbilenos. 

— Los robos de hacienda. — Indios ladrones 
y pulperos desalmados. — Anécdota ocasional. 

— La Pampa "de Dios sólo conocida"... — 
Preliminares de la ocupación civilizadora del 
desierto. — El Capitán D. Francisco de Vled- 
ma y su expedición al Colorado. — Un recuer- 
do del natur^sta Azara y del capitán Caste- 

y lú. — La campaña de Bozas. — El plan de 
Alsina con el foso artificial y los fortines. — 
Boca, en el ministerio de la guerra. — ■ Su plan 
militar sobre las fronteras del sur y de la 
cordillera. — Los primerof- éxitos de la em- 
presa miUtar. — En plena campaña. — El par- 
te general de la cruzada. — El país conquis- 
tado. — La Pampa de hoy. — Hacia los gran- 
des destinos. 



La primera impresión del territorio pampeano, re- 
nueva en el viajero una gloriosa remembranza : la con- 
quista del desierto por las armas de la nación. 

«Cuando la ola humana invada estos desolados cam- 
pos que ayer eran el escenario de correrías destructoras 
y sanguinarias, para convertirlas en emporios de rique- 
za y en pueblos florecientes, en que millones de hom- 
bres puedan vivir ricos y felices, — decía a sus sóida- 



6 - 



dos el general Eoca en la orden del día, en Carhué el 
26 de abril de 1879 — recién entonces se estimará en 
su verdadero valor el mérito de vuestros esfuerzos. Ex- 
tinguiéndose estos nidos de piratas terrestres y toman- 
do posesión real de la vasta región que los abriga, ha- 
béis abierto y dilatado los horizontes de la patria hacia 
las comarcas del sur, trazando, para decirlo así, con 
vuestras bayonetas, un radio inmenso para el desenvol- 
vimiento V grandeza futuras.» 
'' . . . ^ 

Y en verdad, el vaticinio' del ilustre jefe se ha cum- 
plido. La ola humana se ha diseminado por la rica cam- 
piña. La tierra salvaje, se rinde como una madre pró- 
vida al tajo del arado. Se inmoviliza el médano bajo el 
manto de las mielgas forrajeras. Florecen los trigos y 
florecen los pueblos como una inmensa constelación. Y 
mientras los ferrocarriles se bifurcan en todas direc- 
ciones sobre la campaña infinita y ondulada, se tonali- 
za el predio rústico con el verde intenso de los alfalfa- 
res, se extienden nuevas sementeras sobre el desmonte 
de los caldenes, y la colonización sistemada se rinde a 
Ceres, estira el alambrado civilizador en el latifundio 
inviolado y se arraiga al amor del clima y bajo la cer- 
teza augural del porvenir. 

La expedición al desierto tiene para el país una sig- 
nificación trascendental: como acontecimiento militar 
interno, importa la campaña más fructífera de cuantas 
han podido realizarse después de la consolidación de la 
independencia nacional. Con economía de sangre y de 
recursos, se logró para la civilización el patrimonio de 
20.000 leguas entregadas al arbitrio de las tribus indó- 
mitas. Como acontecimiento político, llegó aún más le- 



— 7 — 



jos la brillante cruzada: se cortó a Chile el recurso 
ilegal y cuantioso de la rapiña indígena. Según cálculos 
«grosso modo», excedía de 200.000 el número de cabe- 
zas de ganado vacuno y caballar que pasaba los boque- 
tes de la cordillera en arrias indígenas apañadas por 
deshonestos acopladores e industriales de ultracordi- 
llera. Este predominio, tradicional en el desierto, sobre 
el pueblo indígena extendido desde los campos de Bue- 
nos Aires hasta los Andes y desde las fronteras de 
Córdoba, Mendoza y San Luis hasta la Patagonia, te- 
nía su explicación natural en el origen araucano de las 
tribus. La corriente salvaje se inclinaba al Pacífico don- 
de la impunidad del robo se hacía fuerte al amparo de 
la tolerancia política. Cierto es que la opinión sensata 
del país vecino, repudió con energía el procedimiento 
y más de una vez se alzó la voz enérgica de los legisla- 
dores protestando de aquel comercio subrepticio que era 
un atentado contra la civilización y la amistad inter- 
nacional. Pero es cierto también que durante largas 
décadas, el ganado de nuestras pampas y la sal de nues- 
tras lagunas, adquiridos malamente, constituyeron la 
industria del tasajo con que Chile dominó el mercado 
pacífico desde Antofagasta al Ecuador. 

El famoso cacique Juan Agustín, de la tribu de Las 
Barrancas, que tanto daño causó en Mendoza con sus 
cuatrerías y sus malones sangrientos, tenía en Chile 
concepto de honestísimo propietario y las prerrogati- 
vas de juez y subdelegado en las poblaciones indocrio- 
llas. El cacique Caepé, del Neuquen, de crueldad pro- 
verbial, afianzaba su impunidad en un parentesco em- 
pingorrotado por parte de su mujer; y el cacique Aillal, 



— 8 — 



regentaba sin control y en pleno territorio argentino^ 
un establecimiento del general Bulnes, vale decir que- 
tenía vara alta en el tránsito libre de las cordilleras. 
Cita Olascoaga, — nuestro más veraz historiador del 
desierto, — que el coronel Bulnes, pariente del general 
del mismo nombre, y que vivió muchos años en la fron- 
tera de Araujo, vino en diversas ocasiones al territorio 
del Neuquen, cultivando relaciones con los primeros 
jefes indios. De una de estas entrevistas que siempre 
fueron de carácter comercial, nació el propósito de su- 
blevar las tribus ranqueles que poblaban la Pampa y 
mantenían tratados de paz con el gobierno nacional. 
Los caciques Rouan, Cheuquel y Udelman, engolosina- 
dos por las promesas del jefe chileno, desprendieron 
sus emisarios a Baigorrita, Epumer y Cayupan, incitán- 
dolos a la rebeldía y a la invasión. «Chile gobierna a los 
indios» — era la voz de orden. Allí estaba la génesis 
de la raza que idealizó Ercilla en la soberbia indómita 
de Caupolicán, Las tribus de la Pampa no eran más 
que las ramas de aquel tronco que había afianzado sus 
raíces en las costas del mar, desde Santiago al archi- 
piélago del sur. Esta premisa que tenía todos los con- 
tornos de una política subterránea, capaz de influir en 
el diferendo territorial que nos tenía al borde de la 
guerra, trajo como consecuencia, el parlamento salvaje 
de Poytahué entre los ranquelinos y la embajada de 
Meliqueo que tenía la plenipotencia de sus amigos del 
Neuquen, para formalizar un plan subversivo contra las 
autoridades argentinas, llevando una invasión conjun- 
ta a las indefensas poblaciones del interior. Este plan 
maquiavélico, tramado a fines del 77, era conocido ei* 



9 — 



Buenos Aires seis meses después. Fué entonces cuando 
la prensa porteña tocó a rebato. El diario «El Siglo», 
en el mes de julio de 1878, ajustaba en su verdadera 
concepto la ominosa tentativa: «Una nación civilizada 
y cristiana, — decía — cualesquiera que fuera su pro- 
pósito hostil y reprochable, no podría descender sin 
deshonrarse, a incitar los elementos bárbaros contra la 
civilización... Se refiere a un oficial del ejército de 
Chile y es necesario que se procure establecer la verdad 
del hecho para deducir consideraciones más serias y 
precavidas debidamente.» 

Acontecimientos de tal trascendencia tenían que traer 
consecuentemente una campaña formal sobre el de- 
sierto. Era menester hacer la guerra al indio que era 
la guerra a Chile. Había que quebrar, con las armas de 
la nación, el bandalaje desalmado puesto al servicio de 
aquella rivalidad internacional que podía ser nefasta 
para nuestra integridad. La milicia chilena, puesta en 
tensión, con las perspectivas de la guerra al Perú y Bo- 
livia, tentaba por medio de nuestros indios, de avocar- 
nos al problema de la lucha interior, temerosa tal vez, 
de que pudiéramos tomar una participación decidida en 
la contienda. Mientras tanto, — cabe a nuestra hidal- 
guía reconocerlo — no faltaron estadistas prudentes y 
sabios legisladores que se opusieron abiertamente a es- 
te juego peligroso sobre la base, no siempre leal, de las 
lanzas nómades que bien pudieran esgrimirse contra 
Chile si al gobierno argentino se le hubiese ocurrido 
conquistarlas con el halago de la tolerancia y de la pro- 
tección. . . 

Es de suponer que graves exigencias de política in- 



— 10 — 



terna, obligaron al gobierno chileno a mantenerse rea- 
cio a nuestras reclamaciones. Sólo así se explica el va- 
cío que rodeo las quejas de nuestro representante Mi- 
guel Goyena cuando exigía control y castigo para el 
infamante comercio de ganado, producto del más desca- 
rado latrocinio. Para contraste del proceder de la Mo- 
neda aquel mismo año, — 1876 — el Canadá, con moti- 
vo de haberse internado en su territorio las mesnadas 
de Sitting Bull, producía en su protocolo oficial la si- 
guiente declaración: «Conforme a todos los principios 
de la ley internacional, cada gobierno está obligado a 
proteger el territorio del Estado vecino y amigo contra 
actos dé hostilidades de parte de refugiados que esca- 
pando a la persecución, cruzan las fronteras.» 

Sea como fuere, la actitud insólita del gobierno chi- 
leno, mató las más bellas iniciativas de hombres de pon- 
deración. Ya en 1870, el señor Puelma, desde su banca 
legislativa por San Carlos, sosteniendo la imperiosa ne- 
cesidad de adoptar un sistema civilizador sobre el pue- 
blo araucano, había dicho bien alto en sesión del 18 
de agosto : 

— Analicemos lo que sucede. En cuanto al comercio, 
vemos que el de animales, que es el que más se hace con 
los araucanos, proviene siempre de animales robados 
en la República Argentina. Es sabido que últimamente se 
han robado allí 40.000 animales, más o menos, Y nos- 
otros, sabiendo que son robados, los compramos sin 
escrúpulo ninguno, Y luego decimos que los ladrones 
son sólo los indios. . . 

Esta valiente afirmación, que era toda una apoteg- 
ma, cayó en el vacío. No queremos, sin embargo, en es- 



11 — 



ta suscinta relación de los acontecimientos que ocasio- 
naron la campaña civilizadora, dejar de mano las pro- 
pias lacras, desarrolladas como enfermedad endémica 
intracordillera y hasta en las propias puertas de Bue- 
nos Aires, en campo sometido por el fortín y hasta por 
«1 riel. Siempre el abigeato encontró pie en el comercio 
inmoral de los acopladores. La pulpería^pampeana, lu- 
gar de regocijo y de pelea, no siempre contribuyó al 
estímulo civilizador de las armas que abrieron paso a la 
inmigración y a la colonia. La vida de fronteras tiene 
a menudo episodios que desdicen con el noble propósito 
de la civilización. No recordamos si Alvaro Barros o 
qué cronista de la gran expedición, narra el caso de un 
pulpero inmoral protector de montesinos y carneado- 
res de ajeno, castigado eii su propio delito. 

- — Traime todos los cueros que te vengan a mano — 
reclamaba a un paisano ladino, un negociante crapulo- 
so de la campaña de Olavarría. — 

— jVoltiaré alzaos, nomás?. . . Porque los ajenos. . . 

—De todo, che. Hay que hacer plata. Y vos que an- 
das con pandiya noche a noche, podes hacer una buena 
rejunta. Yo compro de todo . . . Voltiá, nomás. Ya sabes 
qu'el jujao está a mi cargo... 

Emprendió la tarea el gaucho. Por muchas maña- 
nas, entre dos luces, se apareció en la casa del pulpero, 
trayendo una buena cosecha de cuerambre. El pulpero 
pagaba poco, pero pagaba. Los paisanos eran diestros 
para cuerear a campo ; y el producto de la correría fué 
copioso en un par de semanas. 

Pasó por fin la partida a las estacas. Se tendieron 
las pieles en una enorme superficie. Y cuando el viento 



12 — 



del sur barrió el secadero, se patentizaron las marcas 
sobre los cueros de vacuno y caballar, i Eran del propio 
herraje del pulpero, era su misma hacienda la que ha- 
bía hecho sacrificar por ambición del lucro inmoral y 
desmedido ! 

— ¡Ah canaya! — le dijo al gaucho cuando se acer- 
có con la última remesa. — ¡Vas a pagar caro, la- 
drón ! . . . 

— ¡No s 'enoje patroncito ! . . . Usté me dijo que car- 
niara ¿y de 'ai ? . . . Yo creí que fueran de los suyos . . . 
¡ Natural ! Porque yo no nací para ladrón ¿ sabe ? . . . 
Y vaya pagando esta última partidita porque tengo que 
dar cuenta a los muchachos que m 'esperan afuera... 
¡ Que ni pa los vicios con sus cuatro riales locos que 
aflueja ! . . . 

Tuvo también su alcance moralizador la partida mi- 
litar sobre este desquicio social de la campaña. El ejér- 
cito argentino llevó la seguridad territorial, la paz in- 
dígena y la depuración. Se vio claro, además, aquel 
misterio de la Pampa que a los ojos de Buenos Aires era 
el dragón terrorífico puesto en guardia para velar los 
pasos de la Cordillera. Nuestra pampa, la de Echeve- 
rría, reclamada por las musas y por Minerva, termina- 
ba en Mercedes y en Areco. La llanura dilatada, «in- 
menso piélago verde», se perdía con el ombú junto a los 
ríos dóciles y claros de la provincia. La otra Pampa, la 
ondulante, la eterna Pampa, la 

«de Dios sólo conocida, 
que El sólo pudo sondar», 



13 — 



la del calden milenario, la de las dunas caprichosas, la 
del silvestre alfilerillo, la de las lagunas, la de los bos- 
ques, tenía que romper el velo de la leyenda y abrir su 
misterio a la civilización. Nos imaginamos la sorpresa 
que causaría en los austeros padres de la patria el ale- 
gato de Avellaneda, robusteciendo, en su mensaje al 
congreso, del 14 de agosto de 1878, la petición de acuer- 
do para arbitrar los recursos reclamados por la campa- 
ña civilizadora. «El ministro actual de la guerra, — 
decía el ilustre presidente, — ha recorrido personal- 
mente estos lugares y puede asegurarse que son inmejo- 
rables para la ganadería y aún para la colonización. 
Abundan pastos de varias clases ; el agua dulce y clara 
se encuentra en grandes lagunas, al pie de los méda- 
nos de arena; y donde no se la ve en la superficie, se 
oculta tan de cerca, que basta levantar algunas paladas 
de arena para que surja en abundancia del seno de la 
tierra.» 

Y sin embargo, la idea de la ocupación civilizadora 
hasta Río Negro para fijar una frontera natural a la 
nación aborigen, databa de un siglo atrás. Durante el 
virreinato del marqués de Loreto, el capitán D. Fran- 
cisco de Viedma, llevó una expedición parcial hasta los 
valles del Colorado y más allá. Esta primer tentativa 
en tierra salvaje originó un precioso informe en donde 
el intrépido explorador puso de relieve la importancia 
estratégica del Río Negro, como línea militar defensiva. 
Tiempo después, el naturalista D. Félix de Azara, — 
1796 _ aconsejaba la necesidad de ocupar Río Negro, 
«como el único medio de asegurar la tranquilidad y po- 
sesión de las pampas», compartiendo de igual opinión, 



— 14 — 



el capitán D. Sebastián Undiano y Castelú, jefe de guar- 
nición en Mendoza y hábil conocedor de la extendida 
región de los mapuches. Pero ningún gobierno mueve 
la iniciativa. Pasa la vorágine de la revolución. Pasa 
la lucha gloriosa. Se afianza la emancipación america- 
na. Se inician los primeros tanteos del gobierno libre. 

Y recién, cuando Bozas asume el primer mandato po- 
pular, recién se echa de ver la necesidad de poner lo& 
ojos en el desierto. La campaña de Rozas fué el primer 
triunfo. Y hubiera bastado este título de «héroe del 
desierto» para asegurar a su nombre la gratitud nacio- 
nal, si la hazaña gloriosa no hubiera cimentado el abis- 
mo de la dictadura. Cincuenta años más tarde, el ge- 
neral Roca, en plena juventud, preparaba, sobre las 
propias bases, la presidencia de la República. ; Grande 
debió ser la obra como grande fué el premio ! 

Y en verdad, difícil hubiera sido concebir y eje- 
cutar un plan más estratégico, más político, más sobrio, 
más definitivo. Los Estados Unidos, con más recursos 
que nosotros, no solucionaron con mayor lucidez y eco- 
nomía su problema autóctono sobre las tribus del oeste. 

Y esto que sus salvajes no contaron con la protección 
vecina como los nuestros. El plan de Alsina, de ir ga- 
nando paulatinamente el dominio de la Pampa, con el 
foso artificial y la línea de fortines, tenía su indiscuti- 
ble y acertada orientación ; pero era largo y dispendio- 
so. Tres años gastaron nuestras tropas en abrir aquella 
zanja que ha borrado el tiempo. Pero fué un envión no- 
ble en el sentido de la incorporación territorial pací- 
fica. Después de este iniciador, la empresa armada de- 
bía caber a Roca. Ya la ley que autorizaba el avance y 



— is- 



la posesión real del desierto, dormía un encarpetamien- 
to de diez años, — 1867 — y posiblemente a Mitre le 
hubiera tocado en suerte esta campaña, para mayor 
lustre de su nombre, si la guerra con el Paraguay no 
se prolonga con el incruento sacrificio de cuatro na- 
ciones. 

No bien se inicia Roca en el ministerio de la gue- 
rra, dedica toda su atención a las fronteras del sur, de 
las cordilleras y del Chaco. Su plan, conocido ya por 
sus comunicaciones epistolares con Alsina, tiende a con- 
centrar un movimiento simultáneo con fuerzas desta- 
cadas convenientemente a flor del extenso perímetro y 
que deben operar de norte a sur y de este a oeste, es- 
trechando cada vez más al pueblo indígena hasta lle- 
varlo al otro lado del caudaloso Río Negro. Como pro- 
legómenos de este plan, los diversos cuerpos del ejérci- 
to comienzan a ejercitar su acción en las distintas zonas 
del imperio bárbaro. Se suceden los primeros encuen- 
tros, felices siempre para las armas de la nación. Estos 
preliminares abarcan el espacio de tiempo compren- 
dido de julio del 78 a mayo del 79. Buenos Aires, des- 
creído hasta entonces de estas incursiones al país de los 
indios, ve regresar a sus soldados trayendo infinidad de 
prisioneros, que la previsión oficial destinaba a la ma- 
rina y a las colonias agrícolas de Santa Fe, Entre Ríos, 
Córdoba y Corrientes, a emporios industriales y esta- 
blecimientos de educación. Y recién entonces se comien- 
za a creer en la eficacia de la gran empresa militar. 

Puesto en juego el plan general de la campaña, las 
diversas divisiones del ejército debían de operar en 
la siguiente forma: Levalle se iniciaría por Traru-Lau- 



— lo- 



quen hasta Toay o Naico y se correría hasta Lihuel 
Calel ; Racedo, desde Villa Mercedes de San Luis, haría 
una descubierta en toda la comarca ranquelina; desta- 
caría su jefe de vanguardia hacia Chadi-Leuvu y tra- 
taría de ponerse en comunicación con las fuerzas que 
salieran de Trenque Lauquen y que alcanzaría en Toay; 
Napoleón Uriburu, destacado en el fuerte General San 
Martín (Mendoza), emprendería su marcha en direc- 
ción al Neuquen, limpiando de indios las pampas men- 
docinas y los valles intracordilleranos ; Hilario Lagos, 
saldría de Carhué, camino de Llanquil-co hasta Toay 
o Malal; el comandante Enrique Godoy, recorrería de 
Guaminí a Naicó, Centro de concentración general de 
todo este movimiento sería Choele Choel, a las órdenes 
inmediatas del propio ministro de la guerra, general 
Roca. 

La campaña se llevó punto por punto con una pre- 
cisión admirable. Comenzó el desbande de las tribus. 
Pincen, Epumer, los Catriel, Baigorrita, Mariano Ro- 
zas, Namuncurá, y cien capitanes más, desorientados 
ante este avence sistemado y uniforme sobre sus domi- 
nios, o caen prisioneros, o se someten, o huyen hacia 
el sur a recaudo del avance arrollador. La nación ran- 
quelina, extendida en setecientas leguas sobre la Pam- 
pa, en medio de espesos bosques y grandes praderas, 
tiembla ante esta irrupción civilizadora, se defiende al 
principio con recursos infructuosos de montonera; pe- 
ro desprevenida y desorganizada para la lucha, cae, se 
rinde o huye. Lo propio ocurre con las demás tribus, 
enseñoreadas hasta entonces del desierto. No hay derra- 
mamiento de sangre en nuestras tropas. Y ese es, pre- 



— 17 — 



■cisamente, e] mayor de los triunfos del punto de vista 
militar. Las travesías, sin embargo, son penosas. Aque- 
lla naturaleza montaraz supo tener sus dolorosas sor- 
presas para nuestros soldados, desconocedores del 
amplio e ignorado país. A veces la sed ; el hambre a ve- 
ces. La engañadora laguna, daba salitre en vez de agua 
cristalina; el campo de totoras ocultaba el temible tem- 
bladeral. ¿Y la falta de forraje para las bestias? ¿Y la 
arena cruel de los médanos? ¡¡Y los vientos? ¿Y el des- 
piadado temporal?. . . 

— Si no te hallas en actitud con estos medios, de dar 
debido cumplimiento a lo que se te va a encomendar y 
crees que se te sacrifica, — le decía el general Roca a 
uno de sus jefes, quejoso por la escasez de elementos 
con que debía de iniciar su marcha, — dilo con tiempo, 
que yo no quiero forzarte a marchar contra tu volun- 
tad. Debo prevenirte, que ni Uriburu, ni Racedo, ni el 
comandante Roca, ni Levalle, ni García, llevan carros 
ni carruajes. El único que lleva esas cosas soy yo y no 
sé si tendré que tirarlas en el camino... 

Meses después el ilustre jefe podía asegurar con en- 
tera confianza en la eficacia de la magna obra : 

«Los indios se han visto asediados, confundidos y 
oprimidos en todas partes y en todas direcciones. No 
ha quedado un sólo lugar del desierto donde pueda 
crearse una nueva acechanza contra la seguridad de los 
jmeblos que tocan con sus pertenencias en la Pampa ni 
de las personas e intereses que vengan en lo futuro a 
radicarse en estas vírgenes y generosas tierras que por 
sus cualidades naturales de producción y de clima re- 
■«relan hoy claramente la razón de ser del arraigo secu- 



La Pampa — 2 



— 14 — 



el capitán D. Sebastián Undiano y Castelú, jefe de guar- 
nición en Mendoza y hábil conocedor de la extendida 
región de los mapuches. Pero ningún gobierno mueve 
la iniciativa. Pasa la vorágine de la revolución. Pasa 
la lucha gloriosa. Se afianza la emancipación america- 
na. Se inician los primeros tanteos del gobierno libre. 

Y recién, cuando Rozas asume el primer mandato po- 
pular, recién se echa de ver la necesidad de poner los 
ojos en el desierto. La campaña de Rozas fué el primer 
triunfo, Y hubiera bastado este título de «héroe del 
desierto» para asegurar a su nombre la gratitud nacio- 
nal, si la hazaña gloriosa no hubiera cimentado el abis- 
mo de la dictadura. Cincuenta años más tarde, el ge- 
neral Roca, en plena juventud, preparaba, sobre las 
propias bases, la presidencia de la República, ¡ Grande 
debió ser la obra como grande fué el premio ! 

Y en verdad, difícil hubiera sido concebir y eje- 
cutar un plan más estratégico, más político, más sobrio, 
más definitivo. Los Estados Unidos, con más recursos 
que nosotros, no solucionaron con mayor lucidez y eco- 
nomía su problema autóctono sobre las tribus del oeste. 

Y esto que sus salvajes no contaron con la protección 
vecina como los nuestros. El plan de Alsina, de ir ga- 
nando paulatinamente el dominio de la Pampa, con el 
foso artificial y la línea de fortines, tenía su indiscuti- 
ble y acertada orientación ; pero era largo y dispendio- 
so. Tres años gastaron nuestras tropas en abrir aquella 
zanja que ha borrado el tiempo. Pero fué un envión no- 
ble en el sentido de la incorporación territorial pací- 
fica. Después de este iniciador, la empresa armada de- 
bía caber a Roca, Ya la ley que autorizaba el avance y 



— is- 



la posesión real del desierto, dormía un encarpetamien- 
to de diez años, — 1867 — y posiblemente a Mitre le 
hubiera tocado en suerte esta campaña, para mayor 
lustre de su nombre, si la guerra con el Paraguay no 
se prolonga con el incruento sacrificio de cuatro na- 
ciones. 

No bien se inicia Roca en el ministerio de la gue- 
rra, dedica toda su atención a las fronteras del sur, de 
las cordilleras y del Chaco. Su plan, conocido ya por 
sus comunicaciones epistolares con Alsina, tiende a con- 
centrar un movimiento simultáneo con fuerzas desta- 
cadas convenientemente a flor del extenso perímetro y 
que deben operar de norte a sur y de este a oeste, es- 
trechando cada vez más al pueblo indígena hasta lle- 
varlo al otro lado del caudaloso Río Negro, Como pro- 
legómenos de este plan, los diversos cuerpos del ejérci- 
to comienzan a ejercitar su acción en las distintas zonas 
del imperio bárbaro. Se suceden los primeros encuen- 
tros, felices siempre para las armas de la nación. Estos 
preliminares abarcan el espacio de tiempo compren- 
dido de julio del 78 a mayo del 79. Buenos Aires, des- 
creído hasta entonces de estas incursiones al país de los 
indios, ve regresar a sus soldados trayendo infinidad de 
prisioneros, que la previsión oficial destinaba a la ma- 
rina y a las colonias agrícolas de Santa Fe, Entre Ríos, 
Córdoba y Corrientes, a emporios industriales y esta- 
blecimientos de educación. Y recién entonces se comien- 
za a creer en la eficacia de la gran empresa militar. 

Puesto en juego el plan general de la campaña, las 
diversas divisiones del ejército debían de operar en 
la siguiente forma: Levalle se iniciaría por Traru-Lau- 



20 — 



ley; se abría la Pampa como un tesoro invalorado al 
empuje civilizador. Sobre las huellas frescas de nuestra 
caballería, se plantaba la colonia. Eclosionaron los pue- 
blos. El tren, detenido en el Azul, avanzó campo afue- 
ra mientras nuevas ferrovías pobladoras debían llegar 
al corazón del país de los caldenes, llevando el éxodo 
emigrador. Cuarenta años después de aquella gran cru- 
zada, capaz de consagrar por sí sola la figura del héroe, 
el viajero de hoy mira desde el tren la campiña florida. 
Se renueva el paisaje con la loma tamizada de verdu- 
ra, la arboleda de sauces, de eucalitos y de aromos, el 
chalet elegante, el camino decidor y geométrico, linde y 
motor de la propiedad subdividida y cultivada. Un há- 
lito de vida nueva invade el solar infinito. Y todo se 
transforma. ¡Hasta los vientos! Cae el bosque hirsuto 
bajo el hacha del leñador. Mueren los pastos punas al 
cruce del arado y se alegran los oteros con las grami- 
llas y el aromado trebolar. ¡Y qué transformación! Ya 
no se queja en los senderos el chirrión de dos ruedas 
que conducía a nuestros bravos oficiales del ejército a 
su destartalada estación telegráfica en donde, pt)r es- 
trechez, se fumaban hasta los libros. El salto ha sido 
brusco, fundamental, imprevisto, vertiginoso. De la ca- 
rreta, al automóvil; de la vaca cueruda y flaca, a los 
más nobles ejemplares d'e alta mestización; del trigo 
salvaje, cultivado a la buena de Dios, al trigo campeón 
consagrado en el más significativo de nuestros certá- 
menes con el nombre bautismal de «trigo argentino»; 
del lanar pampa, al lincoln, a la cruza fina, desiderátum 
en textil, en carne y en sabor. Quiere decir que sobre 



21 



la redención territorial, vino de golpe y porrazo la sa- 
via nueva. La Pampa es el único de nuestros territorios 
del que puede decirse que no ha tenido adolescencia. 
Y de este espécimen de colonización es posible que no 
pueda jactarse ninguna nación de la tierra. No sólo no 
hay indios. ¡ No hay gauchos ! Es de Europa el entrevero 
que ha venido a plasmar esta generación uniforme, in- 
teligente y definitiva. El misterio ha quedado a la es- 
palda en el devocionario de la tradición. Los descen- 
dientes de los indios son hoy inteligentes colonos y cria- 
dores técnicos. De esta raza bravia que dominó el de- 
sierto — i suyo era al fin ! — no es difícil encontrar hoy 
retoños de significación en el ganadero acomodado, en 
el industrial y hasta en la maestra de escuela. 

Queda, sin embargo, un rastro de aquel pueblo sal- 
vaje y varonil: la nomenclatura de su dominio acciden- 
tado. ¡Y bien! conservémosla, siquiera sea por el re- 
cuerdo, por la misma étnica tan ajustada al concepto 
geográfico que consagró el valor de su lingüística, por 
la propia noción del sacrificio que costó al ejército y a 
la tutela nacional. Cuando este gran campo de activi- 
dad humana se consolide de firme; cuando las colonias 
sean pueblos y los pueblos ciudades, la posteridad po- 
drá entonces adjudicar el justo premio a los proceres 
de la noble expedición. 

Ya se inicia el pago de la deuda, con modestia, pero 
con devoción. Santa Rosa ha levantado su pirámide. 
Ya Pico ha puesto en su plaza pública el busto de Al- 
sina. Mientras la gratitud nacional unifica en una sola 
voluntad rememorativa el bronce que ha de retar a los 



— 22 - 



siglos, abramos nuestro corazón a este gran territorio 
destinado a ser una de las primeras provincias argen- 
tinas (1). 



(1) La huelga ferroviaria del mes de setiembre, detuvo al autor de 
este libro en Trenqtie Lauquen, uno de los pueblos más simpáticos y pro- 
gresistas del oeste, fundado a raíz de la campaña al desierto, por el ge- 
neral Villegas. 

La gentil acogida que nos dispensara su vecindario durante nuestra 
estada, forzosa pero seducente, obligó nuestra tentativa de modesta re- 
tribución con la conferencia pública a beneficio de la Biblioteca Riva- 
davia. Las bases del capítulo precedente sirvieron de tema para nuestra 
disertación. Pero al especializarnos sobre la participación gloriosa que 
cupo en la cruzada a Trenque Lauquen, algo más dijimos en nuestro 
discurso, algo más dijimos que no queremos dejar en el olvido siquiera 
sea en honor de justicia y en recuerdo al vecindario que nos dispensara 
tan culta y cariñosa acogida. 

"Los pueblos occidentales de la provincia, — dijimos, — rememo- 
ran la gloriosa remembranza, en el recuerdo de sus héroes y en la con- 
sagración del bronce inmortal. Cada municipio rinde culto propicio a 
esas figuras de la leyenda en la plaza pública y en la estatua, en Ift 
nominación de sus calles y en la institución educadora, contribuyendo 
con la rama de laurel que tejerá más tarde la gran corona de la gra- 
titud nacional. 

"Y bien, señores: Trenque Lauquen fué una de las primeras avan- 
zadas en aquella memorable expedición. El viejo fortín, perdido en la 
inmensidad de los campos, como un reto bravio a las hordas indómitas, 
último vestigio de la civilización puesto en reto al bárbaro dominio, 
debía florecer más tarde en el brillante pueblo de hoy, que afianza en el 
trabajo la base de su cultura proverbial y su auspicioso porvenir. 

"Fué aquí en Trenque Lauquen, conjuntamente con Guamini, don- 
de se organizó la quinta división del ejército en la campaña, frente por 
frente al más temerario de los caciques. Fué aquí donde se libraron 
tenaces encuentros con el salvaje ensoberbecido; ■ donde nuestros bravos 
soldados aprendieron a derramar su sangre en aras del progreso institu- 
cional de la República; donde la figura legendaria del héroe, aquel 
Conrado Villegas, caballero de Roncesvalles, que simbolizará el tiempo 
bajo la envoltura de su poncho blanco, puso freno a la trágica epopeya 
del desierto, al doblar la cerviz del último de los Caupolicanes, el fa- 
moso Pincén." 



CAPITULO n 



De Bahía Blanca a Toay. — Un tren madrugador. 

— Lo que se habla en el restorán. — Lanas 
y trigales. — Un chacarero prudente. — El 
mentidero de las estaciones. — Al paso por Vi- 
lla Iris. — Casas de colonos afincados y casas 
de locatarios. — Diferencias fundamentales. — 
Hay que abolir el techado de chapas de hierro. 

— Necesidad de propagar el «ru-ber-oid». — 
Por Jacinto Arauz y Villa Alba. — El primer 
paisaje genuinamente pampeano. — El tren 
leñatero. — Notas al pasar. 



Por el tren de las seis de la mañana, vía General 
Aelia, hemos realizado nuestro viaje hasta Toay, en don- 
de la línea del Pacífico combina con el Oeste en amplia 
curva hacia Buenos Aires. No obstante frisar en sep- 
tiembre, hace mucho frío. Los pasajeros, — pocos, — 
que vienen en el convoy, son en su mayoría agriculto- 
res que se van diseminando en los pueblos y estaciones 
del trayecto. Todo el mundo pasa al coche-comedor en 
tren de refacción mañanera. Bien arropado, con media 
cara escondida en la bufanda, establecemos en un rincón 
nuestro observatorio cerca del calorcito de la cocina. El 
sol se insinúa en el espacio anunciando un día primave- 
ral. En las mesas próximas_^se han formado grupos de cha^ 
careros que hablan con calor de las perspectivas del 
año. No se necesita oir las conversaciones para pene- 
trar en el franco optimismo de los circunstantes. Basta 
mirar la risueña esperanza de los campos . . . 



— 24 



A veces en una parada del tren llegan hasta nosotros 
diálogos interesantes : 

^i Esquiló, Apesteguia ? 

— Sí. Las ovejas que tengo en El Rincón. Es una 
puntita, nomás. Tenía compromiso de vender. 

— ¿Y a cómo? 

— A 17.50. Poca cosa. Es fina pero es lana pesada y 
con semilla . . . 

— ¡No sea chambón! El otro día se ha pagado por 
fina terrosa y corta de Nueva Roma a 23. . . 

— Es que la mía era un lotecito. Tenía que liquidar... 
y como se empeñó mi consignatario . . . 

En una mesa más retirada, un joven de marcada 
pronunciación francesa, se empeña en convencer a un 
chacarero de que no deben vivir en la eterna zozobra 
hasta el resultado final de las cosechas. Se diría que 
este Aristarco no ha pasado las amarguras del labriego 
cuando divisa la nube de voladora o' recibe el anun- 
cio de la helada con el barrido del viento sur, intempe- 
rante y glacial. 

— Hasta cuando tienen los trigos en las planchadas 
están temblando ustedes, — dice el mozo. — Que si se 
quedaran con el stock, por falta de marchantes; que si 
se vendrán abajo los precios, por un juego de bolsa o 
por que no hay bodegas; que si se incendiarán... Y 
recién les viene el alma al cuerpo, cuando han pescado 
al comprador y tienen la platita en el bolsillo . . . 

— ¡ Cómo se conoce que usted no ha sembrado nun- 
ca! — responde el chacarero. — La vida del agricultor 
está sujeta por un hilito a los caprichos del tiempo. 
Si estuviéramos más adelantados, si fuéramos más pre- 



— 25 — 



visores, es cierto que no nos iría tan mal. Con la chacra 
mixta, por ejemplo. Siembre usted variado, cultive su 
alfalfarcito y métale a la chacra unas vaquitas y unas 
OA'ejas. Pero si no sale del trigo, siempre va a tener que 
andar de la cuarta al pértigo, salvo que los años sean 
excepcionales. . . 
' — ¿Y ahora de qué se quejan? 

— ¿Yo?... De nada. Hay algunos pobres que les 
ha tocado la lotería de la isoca... Ahí andan desespe- 
rados a puras consultas y a puros ensayos. A usted no 
le supone nada la isoca ¿verdad? por que si encuentra 
una en el jardín de su casa, la mata con el pie. . . Pero 
en los campos ! . . . 

Y atenuando la ironía campechana y sincera que 
desconcierta un tanto a su interlocutor, le enseña por 
la ventanilla el predio verde y parejo tendido junto al 
tren como con un golpe de espátula. 

— Vea los campos. ¡ Eso es trigo ! Buen madrugador 
ha sido ese colono. Si parece una bendición de Dios. 

Y en verdad que están verdegueantes y lozanos los 
trigales de la comarca. 

Se suceden los centros poblados sin interrupción. 
Cada estación es un foco de actividad y movimiento a 
la hora del tren. El vecindario y los colonos que vie- 
nen a recoger su correspondencia, tienen consagrado es- 
te mentidero del andén de la estación en donde se toma 
lenguas sobre el estado de las sementeras, se palpita el 
porvenir del año agrícola y se formalizan transacciones. 

Predomina en esta masa de población el elemento eu- 
ropeo, rubio casi siempre y de origen inmigratorio. En 
Villa Iris, centro comercial de mucha importancia, nu- 



— 26 



merosos vehículos de todo tamaño y calidad ocupan el 
canchón de espera : un par de autos norteamericanos, 
media docena de bateas rusas con sus cuadrigas forni- 
das, arañas voladoras y flexibles «boggys» ... Al paso 
del tren se ven las calles rectas y amplias con sus fa- 
roles a hidro-carburo o alcohol. Cada estación está pro- 
vista de sus espaciosos galpones de hierro y tinglados, 
síntoma evidente de riqueza cerealera. El molino de 
viento se alza en todas partes. El rancho de paredes 
quinchadas y techo de paja, tan vulgarizado en la pro- 
vincia de Buenos Aires, no se conoce por aquí. Las ca- 
sas de los colonos son de hierro galvanizado en casi su 
totalidad. Nos llama la atención, por cierto, la difusión 
de estos materiales. Bien está que la chapa de hierro 
pueda suplir la pared en las poblaciones inestables; 
pero nos parece inadmisible que se utilice como techo. 
El clima de la Pami)a es recio, sin términos medios, 
dentro de una indiscutida salubridad. En consecuencia, 
el hierro se hace insoportable durante la intensidad de 
las estaciones. El material más adaptable, óptimo si se 
quiere, es el «ru-ber-oid» una especie de yute hecho de 
fibras, amianto y substancias especiales, inaccesible, a 
la lluvia, al frío y al calor. Resiste, además al fuego. 
Este material se elabora en rollos de 36 pulgadas de an- 
cho conteniendo 216 pies cuadrados para una superficie 
de 200 pies. Es absolutamente liviano y su costo, menor 
de la tercera parte del fierro galvanizado. Un metro 
de «ru-ber-oid» cuesta alrededor de 1.50 pesos, com- 
prendiendo, además, los clavos y ruberinos. Hay tam- 
bién una derivación en color, de este material denomi- 
nado «kaloroid» para chalecitos y viviendas elegantes. 



27 — 



Pero sigamos en la marcha del tren. El terreno es li- 
geramente ondulado. Mucho ganado lanar pace en los 
potreros, a uno y otro lado de la vía. Hasta Jacinto 
Arauz, entrada a la Pampa, abundan las praderas na- 
turales. De allí el tren corre por entre sementeras a uno 
y otro lado. La tierra en esta gran zona está más sub- 
dividida. El aspecto externo de cada vivienda demues- 
tra que está bajo el cuidado del propietario. Son cam- 
pos de colonias subdivididas los que vamos cruzando. 
Es rara la casita de material, pelada y sin árboles que la 
cobijen y le presten su simpática tonalidad. 

Antes de llegar a Villa Alba, alegra la vista el monte 
de una chacra donde, de entre el verde suave de sus sau- 
ces y las ramas color siena de los álamos erectos se des- 
taca el rosado de los durazneros en flor. Villa Alba es 
uno de los focos de colonias rusas más significativos 
de la Pampa. Desde lejos advertimos el letrero de un 
almacén en el que, jimto al nombre polaco de su po- 
seedor, con un «insky» inconfundible, se destaca el tí- 
tulo sintomático de «La Pampa Moderna» . . . 

Sigue otra vez la llanura tendida. Un jinete, a lo 
lejos galopa en un camino en sentido contrario al tren. 
Parece que estuviera desprendido de la tierra. Y más 
allá, macho más lejos, un remolino de polvo se eleva en 
amplia columna, hasta desaparecer confundida con el 
azul terroso del cielo. El día es magnífico. Un sol de 
las once castiga la tierra e improvisa su espejismo a 
lo lejos. Vuelven a ralear los árboles en las viviendas 
diseminadas por todas partes, blanqueadas unas, otras 
de chapas, sin molino ni reparos. 

Después de Bernasconi se advierte el paisaje genui- 



28 — 



ñámente pampeano ; la loma poblada de arbustos natu- 
rales ensombreando la hondonada. 

En Abramo nos cruzamos con el primer tren leñate- 
ro, con disposición de seguir a Bahía Blanca. Empieza 
el dominio de los caldenes. Grandes pilas de leña guar- 
dan turno junto a los desvíos. A menudo cruzamos pre- 
dios que fueron tupido monte, entregados hoy a la agri- 
cultura y sobre los cuales queda aun la remembranza 
de lino que otro árbol salvaje y disperso en la sábana 
verde del trigal. 

Son los últimos vestigios de la Pampa de ayer, des- 
garrados del misterio secular para incorporarse a la ci- 
vilización. 



CAPITULl) III 



En Santa Rosa, capital del territorio. — Primeras 
impresiones. — Edilidad y buen tono. — La 
plaza Mitre. — Calles y veredas. — Comercios, 
nomenclatura, pavimentación. — lia fiesta pa- 
tronal. — Con el gobernador, señor Centeno. — 
Los gobernadores de territorios, funcionarios 
sin atribuciones. — El «homestead» y el valor 
de los campos. — «Sembradores y no agricul- 
tores». — Caracteristicas de determinados nú- 
cleos coloniales. — La policía territorial. — Da- 
tos generales sobre el municipio. — Gastos, re- 
cursos e iniciativas. — La municipalización de 
la carne. — Una ordenanza benéfica. — Eco- 
nomia vecinal y fuente de recursos para la co- 
muna. — La lucha con los abastecedores. — 
Precios de venta. — Carne buena y barata. — 
Servicios municipales de importancia. — El 
proyecto de las aguas corrientes. — Institucio- 
nes culturales, magistratura, foro y periodismo. 
— Los grandes certámenes agrícolas. — La 
zona cercalera. — La remora de los grandes 
fundos circunvecinos. — Poca ganadería y poca 
horticultura. — Una quinta modelo. — La 
huerta de Badía. — El panorama de la ca- 
pital. 



A medio día llega el tren del, Oeste a Santa Rosa. 
La impresión primera es agradable. La línea del ferro- 
carril ha venido bordeando el centro urbano. La esta- 
ción es el remate de las calles principales en cuyo pe- 
rímetro se recuesta el conglomerado macizo de la po- 
Mación. Transitamos un par de cuadras sobre pavi- 
mento de madera, — tacos de calden sobre portland, — 
adoquín de ensayo que se afianzó hace cinco o seis 



— 50 



años con un costo de 11.000 pesos por cuadra, o sea 
ocho pesos el metro cuadrado. La población es compacta, 
elegante la edificación. Se nota, de entrada, un am- 
biente de buen tono, en pequeño, si se quiere, alga 
así como una suave aristocratización, una sosegada es- 
tabilidad vecinal, que no condice con la agilidad urbana 
con que se han organizado los demás pueblos del terri- 
torio, bajo el aluvión de la colonia. ¡ Claro ! estamos 
jen la capital, foco de fuerzas directrices, si no econó- 
micas, y donde se han recostado elementas significativos 
en la administración pública, la magistratura, el foro, 
él profesorado y la prensa. 

Después de dejar nuestro equipaje en un hotel ve- 
cino a la plaza central, recorremos la población, al azar, 
para impresionarnos en conjunto. Es recto su trazado. 
Las calles están arborizadas con ligustros. La plaza Mi- 
tre, donde se levanta un prisma conmemorativo a la 
conquista del desierto, es un paseo umbroso y bien li- 
neado, con sus plantas ornamenticias, sus alamedas co- 
posas y sus escaños de «laque», con su gimnasio infan- 
til al aire libre, como en los grandes paseos de Buenos 
Aires, manifestaciones de edilidad que hablan con elo- 
cuencia de munícipes diligentes. Son polvorosas y pesa- 
das las calles; correcta es su nomenclatura; tonificante 
el aspecto general de sus comercios : amplias y bien pa- 
vimentadas las veredas. No hay agua corriente todavía. 
El molino y las cisternas suplen la falta. El agua es 
potable y cristalina. 

El día patronal del municipio, nos tomó en Santa 
Kosa. La procesión sacramental de la virgen abogada, 
congregó a numerosas familias. Pudimos advertir en 



31 



este acto religioso la homogeneidad del concurso social, 
manifestado en una porción ponderable de su vecin- 
dario. Abría las filas, después de las congregaciones y 
de la imagen que se veneraba, el anciano fundador 
del pueblo, don Tomás Masson, acompañado de un grupo 
de vecinos de significación, que contribuyen con su 
validez a prestigiar la obra colectiva. 

Después hemos recurrido a la fuente oficial en pro- 
cura de informaciones. Visitamos en su despacho al en- 
tonces gobernador, señor Centeno, quien dentro de bre- 
ves días debía delegar su mandato, por terminación 
de período. El señor Centeno es un caballero de fino 
trato. Nos habla con la conciencia del deber cumplido. 
No deja ponderables iniciativas, a pesar de sus tres 
períodos ; pero esta infecundidad no es culpa suya. Es 
el sistema de las gobernaciones territoriales, lo que 
ahoga todo buen propósito. Un gobernador de territo- 
rio es un delegado sujeto de pies y manos al ministe- 
rio del interior y que se mueve según la cuerda que 
le tiran. Es un funcionario, subalternizado injustamente 
a la política oficial, despojado de toda facultad inicial 
y sometido a recibir para los servicios del territorio al 
excedente de paniaguados que flota en Buenos Aires 
por falta de acomodo. El señor Centeno no deja obras 
pero tampoco deja enconos. Ha sido un funcionario 
correcto y digno de la estimación pública. Con él dis- 
currimos sobre diversos tópicos de actualidad. 

— ¿Qué le parece el proyecto Costa sobre el «homes- 
tead»? — le interrogamos, girando sobre un asunto de 
tanto interés que está en el tapete de la discusión par- 
lamentaria aquellos días. 



— 52 — 



— Sería muy bueua su implantación en la Pampa, — 
nos responde. — Pero en la Pampa no se podría aplicar 
el «homestead» por falta de tierra pública. Apenas 
quedan al Estado algunos lotes en la parte oeste y 
sudoeste, donde no ha llegado la agricultura todavía. 
Lo que podría hacerse, en caso de legislación, sería ex- 
propiar . . . 

— ¿Y cuál es el valor de la tierra? 

— En los alrededores de Santa Rosa, el campo vir- 
gen, monte sucio o rastrojo, tiene precios entre 100 y 
350 pesos. Al sur, hasta General Acha, a ambos lados 
del ferrocarril Pacífico, puede valer 60. Donde los cam- 
pos han alcanzado precios excepcionales es en la zona 
pastoril de Pico. Allí las tierras alfalfadas pueden valer 
hasta 500 y 600 pesos la hectárea. 

Nuestra interlocución se extiende alrededor de di- 
versos temas, mostrándosenos el señor Centeno como un 
observador sagaz. Para él, en la zona sur de la Pampa 
hay pocos agricultores de profesión. Son sembradores 
los más. No es la primera vez que oímos este concepto 
que define una colonización ambulatoria. Fuertes co- 
merciantes del sur, — sobre todo de la zona tributaria 
de Bahía Blanca, — opinan lo mismo. Esto se debe, cree- 
mos nosotros, al temperamento ancestral de ciertos nú- 
cleos de población. Ya lo decimos por ahí en un ca- 
pítulo referente a los rusos de Doblas y Rivera, proce- 
dentes de la región de Odessa, comparados con sus 
connacionales de otras latitudes. Sin duda alguna, las 
pampas del sur están más retrasadas que el norte. Los 
centros coloniales suelen, por mayoría de nacionalidad, 
imponerse, no sólo en la vida urbana si no hasta en las 



orientaciones de la instrucción pública. En Villa Alba, 
por ejemplo, población en la que predomina el elemento 
ruso judío, el carnicero criollo no puede faenar sin que 
mate sus reses el rabí, de acuerdo con sus ritos. En otra 
forma caería bajo el «boycott» de la colectividad y se 
vería obligado a levantar su tienda. Hay un egoísmo 
recalcitrante en todas sus ceremonias, reflejo de la ne- 
cesidad instintiva de defenderse en tierra extraña y 
con lengua y religión, extrañas también. Por lo me- 
nos queremos, por tolerancia, imaginarlo así. 

Nos interesa conocer las relaciones policiales con la 
provincia de Buenos Aires. Ese meridiano quinto, que 
separa la provincia del territorio, se nos antoja como 
los burladeros de las plazas taurinas, usados por los 
matadores para zafar a las furias del toro. Hemos pen- 
sado que la delincuencia puede escurrirse allí por arte 
de tramoya. El señor Centeno nos hace notar, efectiva- 
mente, que la policía del territorio tropieza con sus difi- 
cultades en aquella larga frontera, debido a las conti- 
nuas incursiones del elemento maleante y a los robos 
de haciendas y carneadas a ambas lados de la línea di- 
visoria, no muy abundantes pero no por eso menos atre- 
vidos. Con policía escasa es imposible hacer proezas; y 
la consecución de estos hechos delictuosos no puede 
hablar en menoscabo ni del gobierno territorial, ni del 
jefe de policía, señor Palasciano, uno de los funciona- 
rios del territorio más correctos, más estimados y más 
conceptuosos del deber. 



• * 



La Fampa — 



— 54 — 



El ejido del municipio de Santa Rosa comprende una 
superficie de 8000 hectáreas. La planta urbana tiene 
155 hectáreas, con una población superior a 6.500 ha- 
bitantes. Corresponde, políticamente, al departamento 
segundo del territorio. Está regida por una municipa- 
lidad compuesta por cinco miembros y su presidencia 
es, a la vez, departamento ejecutivo. Cuenta con un 
cálculo de recursos que oscila alrededor de 60.000 pesos, 
siendo sus principales rubros patentes fiscales, rodados, 
contribución directa, alumbrado y limpieza y carnicería 
municipal. 

Dentro de las iniciativas comunales, la que más ha 
llamado nuestra atención, por ser de beneficios comu- 
nes y posiblemente la única de tal carácter en el país, 
es la municipalización de la carne. En el deseo de poner 
freno a la especulación de vendedores y matarifes, y 
abaratar este artículo de primera necesidad, sin vio- 
lentar la libertad de comercio, se llevó a la práctica 
el proyecto de municipalización de la carne, dictando 
una ordenanza en la que se encarecía tendenciosamente 
los derechos de abasto. Se prohibía, por esta resolución, 
el faenamiento de reses fuera del matadero municipal 
y se fijaba los derechos de matanza con las siguientes 
cifras : por cada animal vacuno, 30 pesos ; por cada ca- 
brío o lanar, 10; por cada yeguarizo, 25; por cada 
ternero mamón, 25 : Esta ordenanza comenzó a regir el 
2 de mayo de 1916. 

La exorbitancia del arancel impositivo, fué, sin du- 
da, una cortapisa para el negocio de los abastecedores, 
Pero fué también, la única fqrma de moderar los pre- 



— 55 — 



cios, hacer un servicio de higiene y economía públicas 
y beneficiar las rentas de la comuna. 

Acto seguido de ponerse en vigencia la ordenanza, 
la municipalidad llamó a licitación pública para la ad- 
quisición ^e la carne de lanar y vacuno necesaria al 
consumo de la población, por un término de seis meses, 
con prórroga del contrato a celebrar por otro término 
igual. Se adjudicó la propuesta a razón de 43 centavos 
moneda nacional el- kilo, quedando a beneficio de la 
municipalidad las visceras de las reses, cabezas y patas. 
La administración de la venta, de carne está a cargo 
de la secretaría municipal, y el sistema administrativo 
de los puestos de venta, bajo la dirección de un re- 
gente-cajero, carnicero de profesión y remunerado con 
un sueldo de 200 pesos y. cuatro cortadores vendedores 
con sueldos de 90 pesos cada uno. 

El sistema de la municipalización de la carne, produ- 
jo en los ocho primeros meses de su instalación una 
renta a la municipalidad de pesos 5.615.19 sobre un 
total de 1.355 vacunos faenados y 1.489 ovinos, con un 
rendimiento de 369.930 kilos. El precio de venta al con- 
sumidor es de 50 centavos el kilo, con 25 % de con- 
trapeso. El kilo de lomo se vende a 65 centavos. Las 
menudencias se venden a precios ínfímos, cosa de fa- 
vorecer al proletariado. Patas, a 5 centavos; hígado, a 
10 el kilo ; mondongo limpio, a 40. 

Mensualmente la municipalidad hace donación de 
130 kilos de carne a la sociedad de Beneficencia, que 
sostiene un hospital, y a las Hermanas de los Pobres 
que sostienen un asilo de ancianos. 

Debemos hacer constar que el temperamento adop- 



56 — 



tado por la municipalidad para oficializar el artículo, 
no fué resultado de una violenta y caprichosa restric- 
ción. El sistema surgió de la imposibilidad de poner de 
acuerdo, en mediación amigable, al gremio de expende- 
dores de carne y matarifes, para fijar precios equita- 
tivos. Los beneficios fueron inmediatos. El cálculo de 
recursos asigna hoy una partida que no baja de 10.000 
pesos, por concepto de la venta oficial de carne, mien- 
tras el vecindario come carne higiénica, nutritiva y ba- 
rata. Este recurso que es diario y parejo y no obe- 
dece a dilaciones, suele ser rubro castigado para las ero- 
gaciones, como que es el más seguro. No es extraño, 
pues, que algún «Boletín Municipal» nos anuncie que 
un edil, — el señor Eduardo Espeche, por ejemplo, pre- 
sidente a la sazón, — solicite que se autorice la inver- 
sión de 3000 pesos de la reserva de fondos de la car- 
nicería, para la construcción de un veredón de cemento 
portland, de seis metros de ancho en la avenida norte 
de la plaza Mitre y la adquisición de veinte bancos 
«laqúé» y dos hamacas para el gimnasio de los niños . . . 



* * 



Pasemos revista por otros servicios de importancia 
que ha establecido la municipalidad: 

Ha instituido dos becas de 30 pesos cada una para 
alumnos del colegio nacional, pobres y aplicados; en- 
trega a los niños de las escuelas del Estado útiles esco- 



— 37 



lares, a la presentación de vales de pobreza otorgados 
por la dirección de la escuela; ha establecido el gim- 
nasio de que hemos hecho .mención, en la plaza Mitre, 
aprovechando dos cuadros del jardín de árboles copo- 
sos ; ha establecido en su local propio, un servicio de 
baños públicos, con libre acceso; ha organizado un 
vivero municipal, con el objeto de difundir el árbol en 
el departamento. 

Una obra destinada a tener resonancia, será la ins- 
talación del servicio de aguas corrientes, cuyos estu- 
dios, formalizados ya, asignan un costo de 200.000 pe- 
sos, labor que corresponde al ministerio de obras pú- 
blicas de la nación, y que bien merece ser realizada a 
la brevedad, en atención, siquiera, al aporte material va- 
liosísimo con que la Pampa contribuye al engrandeci- 
miento nacional. 



* * 



Posee Santa Rosa establecimientos culturales de sig- 
nificación, tales como la escuela normal y el colegio na- 
cional bajo la docencia de personales competentes. Tie- 
ne, además, diversas escuelas nacionales, entre las que 
descuella la Sarmiento, no sólo por el número crecido 
de sus educandos, si no por las condiciones pedagó- 
gicas de su hermoso local. La biblioteca pública, bajo 
el patrocinio de la municipalidad, presta sus buenos ser- 
vicios al elemento estudioso. En lo administrativo y ju- 



38 — 



dicial, sus tribunales con dos juzgados letrados y su 
correspondiente fiscalía, han congregado un núcleo fo- 
rense de primer orden, cuya radicación ha contribuido 
a enaltecer los contornos intelectivos y sociales del mu- 
nicipio. Diversos diarios y periódicos entre los que fi- 
guran en primera línea «La Capital», «La Autonomía» 
y «La Tribuna», — órgano este último del colegio de 
abogados, — dan la nota acabada de la cultura vecinal, 
como portavoces de la opinión, pudiendo hacerse notar 
que a la iniciativa de uno de ellos, — «La Autonomía», 
— se debe la organización del primer congreso de la 
prensa territorial del país. 

Foco de intensas actividades agrícolas, en Santa Ro- 
sa se han celebrado dos certámenes de alta figuración 
y de perdurable recuerdo : el primero en 1913, — la 
fiesta del grano, — algo así como el santoral de las 
cosechas; y el segundo, el congreso agrícola del terri- 
torio, que ha tenido lugar en el pasado mes de diciem- 
bre, bajo los mejores suspiros y tutelado por el minis- 
terio de agricultura de la nación. 



* 



La zona circunvecina a Santa Rosa es eminentemen- 
te cerealera. Esta circunstancia circunscribe la intensi- 
dad de su movimiento comercial a la época de las cose- 
chas. No han transcurrido todavía diez años de las úl- 
timas explotaciones leñateras en los campos vecinos. 



— 59 



Pero los montes, descuajados ya, han dado campo a las 
sementeras y el departamento se ha sembrado de colo- 
nias. Es lástima que el latifundio sea todavía la eterna 
remora en estas feraces campiñas y que la expansión 
urbana de Santa Rosa se encuentre con la trabazón de 
dos heredades que constriñen sus extramuros a manera 
de ajustado dogal. . . Pero la razón, el tiempo o la testa- 
mentaría, tarde o temprano se encargarán del desem- 
barazo obviando la legítima expansión mundial. 

Poco desarrollada está la ganadería en los campos 
del departamento, como asimismo la horticultura. Para 
la industria de la huerta, hubo al principio sus reparos. 
Reacias eran las tierras y bravios los vientos, según 
el pesimismo vulgarizado. Paulatinamente se ha ido 
rompiendo el prejuicio, sin que por esto deje de traer- 
se para las necesidades del abasto local, verduras de 
Chivilcoy y de Mercedes y aun de Mendoza, dato que 
hemos podido confirmar en las oficinas del ferroca- 
rril. Todo puede dar esta tierra de Santa Rosa, Nues- 
tra visita, en compañía del agrónomo regional, inge- 
niero Roberto P. Godoy, a la quinta Villa Concepción 
de don Luis Badía, situada en la proximidad del muni- 
cipio, ha sido para nosotros el mejor comprobante de 
la feracidad de estas tierras. Su dueño, que es un pro- 
gresista vecino de la capital, no sólo ha dominado al 
médano, si no que ha logrado su cultura agrícola, aun 
para las plantas más exigentes. Son una maravilla sus 
parras, sus frutales y sus hortalizas. Posiblemente esta 
quinta, tecnificada con las exigencias de los modernos 
cultivos, es una de las más hermosas y bien cuidadas que 
hemos encontrado en el territorio. Pero lo que más de- 



— 40 — 



bía de halagamos fué la comprobación de lo que puede 
hacerse en Santa Rosa y que venía a dar al traste con 
el poco de excepticismo y de rutina que retrasan los 
cultivos caseros, tan útiles para la economía familiar. 

La quinta de Badía se destaca como un oasis sobre 
la duna conquistada. Desde allí, y bajo el sol radioso 
de una mañana de noviembre, contemplábamos la cam- 
piña, ancha cenefa de verde y siena circuyendo en 
gracioso panorama la capital. 



CAPITULO IV 



Los Talles frutícolas. — Utracán y General Acba. 

— ¿Cuál es más prodigio? — Los poseedores 
de Utracán. — La tierra sudividida y culti- 
vada. — El paisaje pintoresco. — Cómo se 
organizó la colonia. — Eemembranzas de los 
primeros pobladores. — Un recuerdo el ge- 
neral Manuel J. Campos, primer agricultor. 

— Los cercos arborizados. — Sobre el surco. 

— Cómo vinieron los primeros argonautas. — 
Una colonización excepcional. — Los grandes 
premios al maíz y a la alfalfa. — Perales 
y durazneros. — La moscatel rosada. — Noti- 
cias sobre el manzano fundador. — El primer 
arado. — La rutina en los cultivos y en las 
podas. — Un gran criollo. — El valor de la 
tierra. — Vientos y heladas. — Preparando el 
congreso agrícola. 



Dos vaUes pintorescos y alegres se disputan la su- 
premacía productora en el departamento de Utracán: 
el de Utracán y el de General Acha. Los dos corren en- 
tre médanos bravos; los dos son de tierra morena y 
fácil; y rinden los dos con igual feracidad. Utracán 
es largo y angosto. Por quince leguas, desde Doblas a 
la Hachita, se prolonga la hondonada dentro del mar- 
co de las lomas separadas por un kilómetro y medio de 
extensión. El agua dulce y clara que viene del sur, 
aflu3''e de la arena como una bendición, para empa- 
par los sembríos. Los primeros predios cultivados, di- 
minutos los más, que constelan el valle con su verde 
matiz, han dado resultados excelentes. Todo rinde aquel 
valle providencial: frutas delicadas, frescas hortalizas 



42 — 



exuberantes forrajeras. Pero los cultivos no han pasado 
aun de ensayos incipientes. El incentivo agrícola está en 
las doce mil hectáreas circunvecinas entregadas a las 
sementeras. Don Miguel Ardohain, don Paulino Silva, 
don Sixto y don Agustín Neveo, don Santiago Iraldi, 
don Avelino Gutiérrez y otros «fundatarios», dedican la 
heredad a los cultivos sobre firme : trigos, avenas y al- 
falfares. Podrán ser muy exquisitas las peras valleta- 
nas y el moscatel dar opimos racimos ; pero mientras la 
tierra se abra en surcos para recibir la caricia de Céres 
y haya lluvias germinativas y soles benignos que apre- 
suren la macolla y doren las espigas, debe ser un lirismo 
aquello de engalanar el valle con manzanos, con guin- 
dos y perales y ver florecer los cerezos por la prima- 
vera ... 

Pero esto no ocurre en el valle de General Acha. La 
población aquí es de hortelanos y quinteros genuinos. 
La tierra está sub dividida y cultivada. Cincuenta fin- 
cas se extienden desde las cercanías de la estación del 
ferrocarril hasta los últimos médanos que encajonan el 
valle y se desparraman como pequeños oasis entre las 
lomas caprichosas. El plantel primitivo de esta coloni- 
zación fué a base de los lotes donados por el gobierno 
nacional, allá por el año 83, meses después de fundar 
el pueblo de General Acha — 12 de agosto del 82. — Ca- 
da predio tenía dimensiones de 220 metros de frente 
por 400 de fondo. Sobre esta dádiva, que venía como 
un corolario a complementar la campaña al salvaje, se 
delineaban las quintas pobladoras cuyos vestigios nos 
hablan hoy, en achacosos manzanos, de aquel esfuerzo 
■civilizador. Fueron franceses en su mayoría los prime- 



— 4o 



ros colonos. Los hubo también españoles, italianos y 
criollos. La quinta del general Manuel J. Campos, hoy 
parque del Estado, situada fuera del valle, fué la pri- 
mer revelación. La tierra era pródiga y había que apro- 
vecharla. El primer poblador del valle de General Acha 
fué el francés Adolfo Laffouillade. Vinieron después el 
italiano Cirilo Paoli, el argentino Pantaleón Tébes y el 
€spañol Guillermo Giménez. Y más tarde, la segunda ge- 
neración de quinteros : Larrañaga, Oyhenard, Lescano, 
Jesualdi, mientras un grupo numeroso de quinteros fun- 
dadores, emigraba a Victorica, buscando las nuevas pra- 
deras que despertaba el ferrocarril. 

Hemos recorrido el valle en toda su extensión dete- 
niéndonos en sus fincas mejores. La impresión es hala- 
gadora, desde que se desciende a la amplia hoyada. 
Por entre las macizas arboledas que deslindan cada pro- 
piedad se advierte el lote de frutales en plena flora- 
ción, la huerta y el pequeño viñedo extendido en hile- 
ras o en parral sombreador, acotado a las viviendas. 
Se nota un franco espíritu de previsión que debió anti- 
ciparse a los cultivos : el reparo forestal. Gruesos ála- 
mos, en hileras dobles alineados como cancerberos jun- 
to al alambre divisar, ponen vallas a las ñirias del pam- 
pero. A veces la barrera es combinada, — álamos con 
mimbres o con sauces, pues la situación del valle abierto 
de norte a sur, reclama toda defensa precaucional. Guar- 
necida así, aquella tierra no tiene reatos para brindar 
su tesoro. ¡Y qué frutos! 

Visitamos la quinta de don Pedro Oyhenard, vasco 
francés establecido en General Acha desde 1885. Un 
mocetón de veinte años entrega a la labor una media 



— 44 — 



fanega de tierra, desmontada recién, y en donde los 
últimos raigones del saucedal se desparraman sin me- 
dida por la superficie muelle y fresca. 

— Es como manteca — nos dice el labriego. — Fíjese 
en la yunta. . . ¡Ni mella que le hace! 

— ¿Y qué dá esta tierra? 

— De lo que le ponga, señor. Dá hasta por lujo. ¿Ve 
esas papas que asoman en los surcos? No vaya a creer 
que son de siembra. Aquí había monte y basura. Son pa- 
pas tiradas al azar. . . 

Y sigue en pos de su yunta, manejando con pericia 
la esteva, mientras la cuchilla destripa con facilidad los 
terrones y se revuelcan los pájaros en la tierra removi- 
da que deja a la espalda. 

Aquella misma quinta era la que en la exposición 
universal de París, — 1889, — se aseguraba un primer 
premio con sus espigas de maíz piamontés. 

Nos encantan, en verdad, los prolegómenos de esta 
colonización. Los primeros vecinos, hechos en Europa so- 
bre la rutina del surco, ajenos a todo tecnicismo agrí- 
cola, muy sagaces y valientes debieron ser para afron- 
tar el valle desconocido, luchar con los vientos y recla- 
mar de la tierra inviolada todo lo que la tierra podía 
dar. Sobre los primeros tanteos debió consagrarse la 
rutina que ha perdurado hasta hoy. La herramienta 
moderna, el grano seleccionado, el procedimiento refor- 
mador, no debieron llegar hasta esta fértil cuenca, per- 
dida en la inmensidad del desierto. Cuando se escriba 
la historia de la agricultura de la República Argentina, 
bella y fundamental debe ser la página que consagre el 
esfuerzo de estos argonautas. 



45 — 



Lo que ocurre en General Aeha es un caso de agricul- 
tura que pudiéramos llamar «autóctona», dada la forma 
en que se ha producido y las condiciones de aislamiento 
en que ha podido intensificarse, marcando un provecho- 
so ejemplo para las tierras pampeanas. 

La fruta de este valle ha alcanzado justa celebridad, 
no sólo en el territorio de la Pampa, si no en las 
rotiserías de Buenos Aires, en donde no siempre pasa 
con el informe de su procedencia nativa, — como que 
la fruta cuyana o los ejemplares de California, tienen 
éxito indiscutido tanto por sabor como por novelería.— 

— ¿Le dan bien sus perales? — interrogamos a un 
viejo quintero, que ha venido a la reunión de vecinos 
citada por el agrónomo regional, en propaganda del con- 
greso agrícola a celebrarse en diciembre. 

— Espléndidamente, — nos responde. 

; — ¿Y qué clase? 

— Eso sí que no le puedo decir. Tengo unas peras 
largas, grandes, en forma de brevas, que maduran en 
invierno ; otras chatas, panzonas, amarillas, de febrero a 
abril... ¿qué serán, pues? 

Nos suponemos, por la reseña superficial, que se tra- 
ta de la «belle Angevine» y la «dúchese d'Angouleme», 
de exquisito paladar. 

Otro nos explica lo propio de sus manzanas. 

— ¡Viera qué ejemplares! — nos dice con legítimo 
orgullo. — Me han dicho que son del país nomás, pero 
tienen un sabor exquisito . . . ¿ Conoce esas manzanas re- 
taconas, angulosas, grandes, de color verde claro ? . . . 
De esas . . . Tengo también de la misma clase de las ca- 
lifornianas que importan a Buenos Aires. 



— 46 



Sin duda alguna nuestro informante se refiere a la 
manzana «de las cordilleras» y a una clase de la fami- 
lia de las «renettas», muy vulgarizada en todas las 
quintas. 

— i Y cuál fué el origen de los manzanos fundado- 
res? — interrogamos. 

— En un viaje que hizo mi padre a Guaminí, — no» 
dice don Leopoldo Laffeuillade, — se le ocurrió traer 
algunas semillas de manzana cultivada en aquella po- 
blación. Las plantó y dieron. De este almacigo provie- 
nen las primeras plantas que se han desparramado por 
todo el valle. Si fuera usted por la finca que fué del 
viejo, vería alguno de esos manzanos que plantó mi 
madre. ¡ Y cómo cargan ! No diría usted que llevan trein- 
ta años bien cumplidos sin cansarse de florecer y pro- 
ducir ... 

¡Es bella la añoranza de este colono sencillo, que 
evoca con emoción, el recuerdo maternal en la planta 
solariega, incansada y generosa ! 

En esa forma surgieron los plantíos. La necesidad, 
madre previsora, se anticipaba a la civilización forestal, 
para alegrar la mesa del labriego. Así se prodigaron los 
durazneros y los guindos y los perales : por simiente, a 
la ventura, obra del empuje rústico puesto sobre la tie- 
rra providencial. Cuatrocientos años atrás, hacían lo 
propio los conquistadores, trayendo en las pasas de Má- 
laga las primeras semillas que serían sarmientos criollos 
después, hasta culminar con las clases tecnificadas del 
tabernet, malbec y semillón, lo más üustre en la no- 
menclatura vitícola. Estas quintas, no son solamente las 
primeras de General Acha ; son las primeras de la 



47 



Pampa. Vive aun el viejo que trajo el primera arado 
a la yerma soledad y que nos habla con amor de aque- 
lla colonización familiar en donde han retoñado dos 
generaciones. 

— Estos solares no nos costaron nada, — nos dice, — 
Ya ve la tierra; es una maravilla. Nuestro esfuerzo de- 
bía concentrarse más en el reparo que en la propia tie- 
rra. Ya ve, con arboledas hemos domado los vientos. 
¡ Si pudiéramos hacer lo mismo con la langosta y las 
heladas ! Pero esto es un mal general y cuando vienen 
no hay más que conformarse. Nosotros seríamos unos in- 
gratos si nos quejásemos. La buenaventura nunca nos 
ha abandonado... Los gobiernos fueron buenos con el 
colono. No nos dieron consejos para sacarnos del camino 
trillado, pero no nos pusieron trabas tampoco. De quien 
guardamos un gran recuerdo es del general Campos, 
i Ese sí que era buen criollo para amparar al agricultor I 

Y a renglón seguido, el anciano nos hace una sem- 
blanza del tiempo pasado y de aquel jefe de la brigada 
de Acha, figura heroica y tutelar. 

Estos colonos de General Acha, son dignos de la 
más decidida protección de parte del gobierno. Con ha- 
cer algo, y mucho, en su favor, no se haría más que 
reparar una deuda. Demasiado abandonados del ampa- 
ro oficial han vivido para que se siga incurriendo en la 
omisión. Aquí la agricultura ha sido obra del prodigio 
silvestre. Las parras, — moscatel rosada, en su mayor 
parte, — algunas veintenarias, cargan porque hay una 
providencia en este valle. ¡Qué podas tan mal hechas! 
Como que están libradas a zagalejos que no han salido del 
solar. Virgilio nos habla con más técnica de esta prepara- 



48 



ción de sus viduños, dos mil años atrás. Esta inexpe- 
riencia preliminar, se justifica con el propio amor a las 
plantas que profesa el colono. Descargar al sarmiento 
de los troncos inocuos, sería herir en la entraña aquella 
vid, cuya conservación ha costado sacrificios. Se prefie- 
re que se prodigue en ramas aunque no cargue en raci- 
mos. Viene un Tomba con nosotros, — Sylla, — de abo- 
lengo viticultor y mendocino por añadidura^ No es po- 
sible permanecer impávido ante este espectáculo del es- 
paldero protector, en donde las plantas se enseñorean 
en ramas inservibles. Nuestro acompañante coge la po- 
dadera y ofrece un ejemplo práctico sobre la forma efi- 
caz de descargar las vides. 

No para en esto la rutina. El ejemplo de sembrar 
las cucurbitáceas, — zapallos, melones y sandías, — se 
tomó de los indios, sin que se hayan reemplazado hasta 
ahora los procedimientos. La reproducción de los man- 
zanos sigue haciéndose por hijuelos, en forma primitiva. 
Este sistema tradicional de cultivos ha desaparecido en 
muchas quintas. No faltan los fruticultores imbuidos 
ya en los beneficios de la agricultura científica. 

— Mis duraznos» — nos dice Bonifacio R. Roldan, — 
proceden de ingertos que compré en lo de Peluffo. Es 
una hectárea y media, nomás, pero me está dando muy 
bueno. 

Y sabedlo bien : este buen criollo, casi pampeano, 
orgulloso con su granjita La Nena, que es una mo- 
nada, ha obtenido el gran premio en la exposición in- 
ternacional de San Francisco, por su semilla de alfalfa. 

— La cosecha es poca, — nos dice casi con rubor, — 



— 49 



pero a mí me gusta que sea de calidad. No siempre los 
criollos hemos de quedar dejados de mano. 

Roldan tiene una pradera alfalfada de 150 hectáreas, 
que le da, a conciencia, dos cortes anuales. Cultiva, ade- 
más, un predio de hortalizas y algunos estadales de maíz. 

Largo sería enumerar la nómina de colonos que dan 
vida a este valle próvido. Es lógico que no se hayan 
improvisado fortunas, pero no será aventurado asegu- 
rar que no hay ninguna familia que no tenga su buen 
pasar. La tierra se ha valorizado notablemente. Pero 
nadie vende su heredad. Fuera de la cuenca, se han he- 
cho transacciones a 240 pesos la hectárea alfalfada. En 
las abras vecinas, estrechadas por los médanos, quedan 
aun muchos claros sin cultivo, entregándose los prados 
naturales al ganado lanar. El valle es fructícola por ex- 
celencia; y mucho nos equivocamos o su verdadero por- 
venir está en la viticultura. 

— La manzana y la uva no fallan nunca, — nos ma- 
nifiesta un experimentado agricultor. — ¡Lástima las 
heladas que a veces suelen ser crueles! Contra esas sí 
que no hay reparo . . . 

— Pero se van atemperando, — asegura un tercero. — 
Después de aquella famosa que cayó en marzo de 1912, 
que heló la alfalfa alta y achaparró hasta los eucalitos, 
no han sido tan malignas las otras. Los vientos fuertes 
del sur nos tienen con el Jesús en la boca, porque siem- 
pre se anticipan a una noche polar. Hasta en diciembre... 
Pero ya nos estamos acostumbrando a estas amenazas, 
menos perjudiciales que la langosta cuando se viene a 
embolsar en el valle. 

Hemos pasado una tarde deliciosa entre estas arbo- 



La Fampa — 4 



— 50 — 



ledas que nos traen el recuerdo de las quintas del deltsr 
del Paraná. El agrónomo regional, ingeniero Roberto- 
Godoy, secundado por el enviado del ministerio de 
agricultura, agrónomo Elias Melópulos, ha congregado 
a los colonos del valle para gestionar su concurrencia 
al congreso agrícola que se celebrará en Santa Rosa 
el 16 de diciembre. De esta cita, numerosa e interesante, 
ha salido el delegado de la comarca: Clemente Jacobia. 
La reunión ha sido franca, numerosa, al aire libre, con 
sencillez vecinal. 

Una hora más tarde regresábamos a la vieja capital 
del territorio. 



CAPITULO V 



estancia San Hulierto del doctor Luro en Kal- 
có. — Características de las poblaciones leña- 
teras. — Por el camino pintoresco. — Una vi- 
vienda señorial. — Obras de estética y de ci- 
vilización. — El chalet estilizado y el parqne. 
— Perspectivas panoramáticas, — Bajo los c&l- 
denes. — En la faisanería. — El cuadro de 
los ciervos. — El bosque de los jabalíes. — La 
difusión del árbol y la belleza del jardín. — 
El monte de fresnos. — Plantaciones y culti- 
vos. — La estancia-institución. — Una nota 
cinegética. — Bemembranzas del duque de Mont- 
pensier. — La caza del puma. — Lo que cuen- 
ta el anecdotarío de una célebre montería. 



Se va a San Huberto por Naicó. Se quiebra el ca- 
mino entre bosquecillos de ealdenes, sementeras y cam- 
pos a medio desmontar. San Huberto es la estancia 
del doctor Pedro O. Luro, magnífica propiedad que su- 
pone al viajero la más avanzada y elocuente nota de 
cultura en anticipo al porvenir augural del territorio. 

Naicó es una estación leñatera. El plantel de casas, 
paralelas a la línea del tren, da la idea del futuro centro 
nutrido. Se recuestan sobre la misma acera, la fonda y 
el correo, el almacén, que es un vademécum, la carni- 
cería y la tienda de campaña, pródiga en paños grue- 
sos, ropas de cargazón y colorinches. En un recodo de la 
plaza de la estación, advertimos los postes y faroles des- 
tinados a alumbrado público, y traídos por el propie- 
tario fundador. Se tabla aquí con entusiasmo de urba- 
nizar el caserío, se insinúa la panadería con harinas 



52 



blancas de Sauta Rosa ; y nada de difícil será que al 
retorno de nuestra jira nos encontremos hasta con el 
periódico «de intereses generales». Ya en Unánue, po- 
blación de idéntica categoría, una mano anónima nos 
alcanza por la ventanilla del tren, el primer ejemplar 
de «La Crítica», hoja dominical que llega con buenos 
bríos y programa de luchar por todo lo «que sea noble 
y justo». . . . 

Este Pueblito de Naicó es una promesa. Sin embargo, 
sobre la prolongación de estos centros, derivados hasta 
hoy de la industria rudimentaria de sus bosques, no 
falta el prejuicio pesimista que atribuye al local una 
vitalidad circunstancial. 

— Se van con los caldenes... — suelen decirnos. 

— No, — hemos argüido siempre, llenos de fe. — Se 
van los caldenes, pero vienen los trigos. 

Estas poblaciones leñateras tienen el porvenir siem- 
pre abierto. No ocurre aquí como en los asientos mine- 
ros, donde, extinguido el caudal generoso del subsuelo, 
el organismo vecinal se desmorona, se liquida, siempre 
que no tenga a la vera el recurso del valle feraz. 

Los caldenes, arrancados de cuajo, según el régimen 
de explotación inveterado, dejan expedito el suelo para 
toda suerte de cultivos. Removido el desmonte con un 
rozado previsor, la primera siembra de' trigo basta pa- 
ra unificar la condición agrológica del suelo. A pocas 
cuadras de Naicó, se extiende, en una veintena de ca- 
sas, el Pueblito de Ministro Lobos, en uno de cuyos 
edificios, — la escuela, — flamea la bandera nacional. 

Vamos a San Huberto. Se suceden las lomas va- 
riando el paisaje a cada paso. No hay hojas en los ár- 



— 53 



boles. Pasa agosto tenuemente . . . En cambio, la pra- 
dera se insinúa en el verde de las gramíneas a medio 
despuntar. Los campos, rizados por la reja, van borran- 
do el color terroso y diseñando los predios de labor. 
A lo lejos, las lomas azules cierran el cuadro con una 
amable tonalidad. Se descubre, por fin, la roja techum- 
bre de la estancia y poco a poco va apareciendo el cha- 
let Luis XVI, que emerge con elegancia de la cenefa 
siempre verde del monte. Bella es la estampa del cuer- 
po principal del edificio elevado sobre el principio bá- 
sico de la línea y de la sobriedad. Tal mansión, que 
rompe con su discreta y civilizadora enseñanza, la sen- 
cillez pastoril de la región, mucho de educador y sub- 
jetivo guarda en su interior. Tiene aquella vivienda to- 
do de «cottage» señorial y de cultura clásica, brillante 
nota estética con que un espíritu superior como el de 
Luro suscribe la clara visión sobre la Pampa futura. 
Todo en su interior es estilizado y elegante. El am- 
plio comedor «renacimiento» deja la primer impresión. 
La mano del pintor Tristán Lacroix se prodiga en te- 
las de mérito, escenas de la campaña y apuntes cine- 
géticos de buen tono. Es una obra de mérito el 
revestimiento de la gran chimenea donde un tallista pa- 
risién puso arte genial en los bajorrelieves. Nada cho- 
ca en el estilo general del salón. Repisas, jarrones, cua- 
dros, estatuas, todo obedece a una annoniosa sencillez. 
Y condieiendo con la advocación del santo francés que 
patrocina las cacerías y da nombre a la valiosa propie- 
dad, el reloj de San Huberto con mil días de cuerda, 
marca las horas amables de la estancia. La biblioteca, 
bien nutrida de obras seleccionadas y con su colección 



54 — 



completa de tratados deportivos, ofrece su dilecto re- 
gazo junto a la sala de billar. 

Del «fumoir» tibio y lleno de luz, pasamos al jardín. 
Incipientes son los parterres, pero la curva delinea con 
gracia cada cantero. Se prodigan las plantas de adorno, 
ligustros y pinos marinos. Sobre esta base, aquello se- 
rá bien pronto un parque coquetón, de corte versallés 
y en donde los rosales darán la nota de alegre policro- 
mía en sus innumerables variedades. En nuestra presen- 
cia, dispone el dueño de casa la ubicación de los esca- 
ramujos que han de trepar por las ventanas que dan 
al valle. Un hábil jardinero combina con previsión las 
variedades apropiadas al clima y busca, para el conjun- 
to del jardín, la estética ornamental evitando el haci- 
namiento de ejemplares y la nota pesada. Desde la es- 
tancia, el paisaje es realmente pintoresco. La laguna se 
extiende como un río a lo largo de la hondonada. El 
cuadro nos evoca las riberas del alto Paraguay en las 
proximidades de Asunción con sus lomas empenacha- 
das de arbustos. Y por cierto que para Buenos Aires, 
desconocedor en absoluto de estas bellezas pampeanas, 
muy raro debe ser el simil entre la laguna salitrosa y 
el ancho río tropical. 

En la cercanías del edificio, bajo caldenes y en am- 
plia extensión, está el corral de las aves, planteles fi- 
nos cuyos maravillosos ejemplares fundadores, aclima- 
tados en la zona, se han prolongado en espléndida ge- 
neración. 

En un cuadro del bosque, más allá de la laguna, 
se extiende la faisanería tomando un perímetro de va- 
rias hectáreas preservadas y techadas por alambre teji- 



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do, a recaudo de los gatos monteses y de los g-avilanes. 
En esta sección destinada a la cacería menor, un chalet 
semi oculto entre los árboles ofrece grato refugio en las 
accidentadas travesías del bosque. 

El montaraz que guarda el precioso y nutrido plan- 
tel, nos habla de la acechanza de aquellos pequeños y 
ágiles felinos sobre las aves inocentes. 

— Estos gatos tienen el alma de Lucifer, — nos dice. 
— Hace tiempo, se coló uno por una falla del cerco 
y en dos minutos mató más de una docena de faisanes. 

— Le hago un buen regalo, — le dice el doctor Lu- 
ro, — si se anima a limpiarme de gatos esta parte del 
monte. 

— ¡ Quién sabe si es posible, doctor ! . . . Son andarie- 
gos . . . Hace una semana he muerto un gato montes de 
aquí a una legua ... Lo agarré a tiro porque andaba 
rengo. Que yo sepa, la pata que le faltaba quedó en 
ono de los cepos armados aquí nomás. Son muy ban- 
didos estos gatos. . . 

Pero* con toda la habilidad de estos montesinos que 
no dejan en paz a los faisanes, una media docena de 
pellejos barcinos. . . estaqueados al sol, demuestran cla- 
ramente que donde las dan las toman . . . 

El cuadro de los ciervos ocupa el bosque extendido 
a lo largo de la laguna. Hasta allí, y por cañerías que 
vienen del gran tanque situado en la proximidad de 
la estancia, llega el agua nutricia. En este perímetro 
se han distribuido los tablones de cebada. Han procrea- 
do mucho estos gráciles rumiadores, que dejan año a 
año sus estriadas ornamentas entre la ramazón. En ellos, 
posiblemente, está el incentivo de la próxima montería. 



— 56 — 



Mientras bajamos a la laguna, un grupo de ciervos se- 
entrevera en el monte con el recelo habitual. 

A espaldas del chalet, hacia el oeste, está el trozo 
de bosque destinado a los jabalíes, monte bravo donde 
la caza mayor tiene sus más gratas y accidentadas emo- 
ciones. También se ha propagado notablemente' esta es- 
pecie cuyos jabatos tienen tan exquisito sabor, sobre to- 
do después de la correría emocional por la maraña. 

Finamente guiados por el dueño de casa, hemos re- 
corrido todas las dependencias de San Huberto, apre- 
ciando en su justo valer ese espíritu cultivado del doc- 
tor Luro, que no pone reparos para dar todo el efecto 
de la nota bella y armoniosa en la hospitalaria man- 
sión. Ensaj^a la aclimatación de plantas nuevas, difun- 
de el árbol y busca para el jardín motivos de eterno 
color, capaz de mantener la alegría, salud espiritual de 
los selectos. Nos encanta ese noble romanticismo, franco 
y optimista, en su amplia cultura, Bremontier llenó 
de pinares las riberas medanosas de la Gazcuña ; para 
Luro no debe haber sólo caldenes en la Pampa. Sin 
dejar de lado la flora regional, respetando esos magní- 
ficos ejemplares de largas centurias, la arboricultura 
exótica de la región le lleva al parque civilizado. El cha- 
let, medio oculto al naciente por árboles montaraces, 
emergerá como una nota vivida de entre la verdura 
de los eucalitos y las araucarias y el amarillo de los 
aromos. 

Hasta el cuadro de los fresnos que acaba de plantar 
en el suave repecho que se inclina desde el gran tan- 
que distribuidor hacia el edificio, suelen venir los cier- 
vos en busca de la mielga verdegueante y fresca y a 



— 57 — 



afilar los puñales de sus cuernos. Llegan con la tarde, 
en la impunidad vesperal, sin que pueda el alambrado 
poner obstáculo a sus ágiles remos. ¿Cómo repeler esta 
salvaje incursión que descorteza los arbustos tiernos y 
abre claros en el elegante plantel? ¿Los ciervos o los ár- 
boles? Grave dilema. 

— Suélteles los perros, — ordena el propietario al 
hortelano. — 

— i Pero, si vuelven, señor ! . . . Son curtidos . . . 

— Entonces una perdigonada discreta, que los cas- 
tigue. Por los cuartos, nomás. . . A sesenta metros, con 
munición perdicera... ¡No faltaba más que van a destruir 
los árboles ! . . . 

Sospechamos que la instrucción no dará pie al guar- 
dián a que se le pase la mano en el calibre de la mu- 
nición y en la puntería. ¡ Cáspita ! Cuesta quinientos pe- 
sos cada uno de estos gráciles cuadrúpedos. Pero, si así 
ocurriera, le quedaría el consuelo al doctor Luro de 
haber estado del lado más noble de la defensa. 

Tal le ocurrió al presidente Avellaneda, en su quin- 
ta de Temperley, ante el avance de la rama vigorosa 
de un eucalito, sobre la cornisa del edificio. 

— Va a echar la casa abajo, — argüyó el adminis- 
trador, — ¿Lo cortamos, señor? 

— ¿Cortarlo? Rectifique el muro, si es preciso; pe- 
ro usted no me toca una hoja de este árbol. 

Así hablaba el gran argentino, hijo de las florestas 
tropicales. 



* 
* * 



- 58 



San Huberto representa un considerable esfuerzo, 
<}uya obra ostensible se embellece con la insinuante sub- 
jetividad que fluye de la naturaleza y el arte, en mag- 
nífico consorcio. Fué en sus comienzos esta heredad 
bosque bravo en sus tres cuartas partes de extensión. 
De aquella floresta, donde los árboles progenitores se 
levantan sobre troncos de más de cuatro metros de cir- 
cunferencia, fué necesario abrir claros para facilitar la 
industria pecuaria, asegurando a las haciendas la um- 
bría de los árboles, fresca en verano y reparadora en 
la estación invernal. Y he aquí la belleza nativa, con- 
sagrada por obra cultural, en nota de arte bajo la exi- 
gencia de la razón científica y de la necesidad. Y no 
ba desaparecido con esto el panteísmo silvestre de la 
maraña. Mientras se galopa por el bosque, absorto el 
espíritu bajo la influencia del paisaje, cada abra suele 
damos la sorpresa de un grupo de bovinos, nobles por 
refinamiento, fornidos y dóciles; o el paso de la cabal- 
gadura espanta la tropa de tímidos antílopes que se es- 
fuma entre los espinosos matorrales. 

Un gran cultor del árbol, esteta y naturalista, don 
Carlos Thays, antiguo director de parques y paseos y 
a quien tanto debe el país, en lo que se relaciona al 
cultivo y divulgación de nuestra flora, visitó, hace al- 
gunos años San Huberto. Y fué tan viva su impresión 
por la obra realizada por el doctor Luro, para destacar 
la belleza de los caldenes, que, un año después, en el 
congreso forestal de París, mencionaba con entusiasmo 
el amor de este argentino a la flora indígena de un te- 
rritorio cuya exaltación al rango de provincia constitu- 
ye su más viva preocupación y su más férvido anhelo. 



59 - 



Los propósitos cardinales del doctor Luro sobre San 
Huberto, han sido hacer de esta propiedad un estable- 
cimiento agropecuario modelo. Los grandes valles sil- 
vícolas, abiertos a hacha, son aptísimos para la agricul- 
tura por los detritus foliáceos, acumulados durante si- 
glos en la superficie. Sin duda alguna, este descuaja- 
miento de grandes trechos de bosque, ha debido costar 
ingentes sacrificios pecuniarios, en tiempo en que, por 
abundancia del carbón, la leña de calden no tenía in- 
centivo como combustible de negocio, cubriendo esca- 
samente el transporte. Hoy por el contrario : la valori- 
zación del calden será una providencia para San Hu- 
berto, siempre bajo el sistema de desmontar macizos 
de selva, abriendo claros de distintas dimensiones pa- 
ra entregarlos a las nobles industrias rurales. Para fa- 
cilitar la explotación leñatera, se está construyendo un 
ramal ferroviario de la línea del Pacífico que se inter- 
nará en la propiedad en una extensión de 12 kilóme- 
tros. La agricultura ha sido un poco esquiva estos últi- 
mos años en la comarca. Sequía, langosta, heladas y gra- 
nizo, pasaron como por arte de maleficio. En cambio, 
la guerra viene a ofrecerle una compensación repara- 
dora. 

Administra este importante establecimiento el se- 
ñor Ernesto Martí, hombre joven e inteligente, capaz 
de contribuir con eficacia a la obra tesonera y pujante 
que se ha impuesto su propietario. 

Después de las gratas enseñanzas que nos ha de- 
jado San Huberto, amén de la importancia de sus cul- 
tivos, del proyecto de viñedos, de su plantación frutí- 
cola, de la explotación leñatera del fondo de sus bos- 



— 60 



qnes por un desvío próximo a tirar por el ferrocarril; 
después de todo lo hecho y en vías de hacer; después 
de valorar en todo su alcance el resultado de esta ac- 
ción civilizadora, bien podemos asegurar que esta obra 
hace honor a la Pampa. 

Ya el doctor Torres, juez letrado del territorio, hom- 
bre- talentoso y elegante en su apreciación conceptual, 
había tenido una expresión feliz para San Huberto : 

— Es una institución nacional, — había dicho. 

Y ha dicho bien. 






No queremos cerrar este capítulo sin una remem- 
branza que trajo el azar. 

Visitando los montes y el campo con el doctor Luro, 
se alzó de una laguna la nube de ánades y flamencos. 
Fué allí donde, años atrás, el duque de Montpensier, 
cinegeta experto, en compañía de otros cazadores invi- 
tados por el doctor Luro, recogía una nota pintoresca 
para su «portfolio» de incansado viajador. Aquella la- 
guna no parecía violada aún. Era una ciudad toda rosa 
compuesta por miríadas y miríadas de flamencos. Se 
distribuyó en forma conveniente la partida, acometien- 
do a voz de mando contra las aves. ¡ Qué carnicería ! 
Pero, lo curioso del caso es que aquella urbe gigantes- 
ca, que revoloteaba despavorida, había establecido su 
población urbanizada en la margen de la laguna. Con 



61 - 



barro fino habían levantado sus nidos por centenares 
en una enorme extensión. A distancia, poniendo un its- 
mo de barrera entre la vida y la muerte, se levantaba 
el cementerio común, donde los huesos de las aves pro- 
genituras podían levantarse a paladas. Por cierto que 
esta característica, que define el concepto de disciplina 
y el amor nativo de estas aves, escapó para «El pá- 
jaro» a las observaciones campesinas de Michelet. 

El duque de Montpensier, principe real, hermano 
de la ex reina Amalia de Portugal y del duque de Or- 
leans, francés de origen y marino español, había ve- 
nido al Río de la Plata en la «Nautilus». En Buenos Ai- 
res se preparó en su honor esta cacería pampeana. El 
ilustre viajero, matador de paquidennos en África y 
de tigres de Bengala en las selvas del Ganjes, tenía 
grandes deseos de llevar una batida al puma criollo. 
La partida, organizada con todo el «savoir faire» de es- 
tas excursiones montaraces, se llevó a cabo en estos 
mismos montes y campos circunvecinos. Guanacos y 
avestruces cayeron a centenares bajo el proyectil cer- 
tero de los cazadores. Tembló el monte entero ante 
aquella irrupción diabólica desatada contra toda la zoo- 
logía silvícola. Pero el puma, más cauteloso que la ti- 
gre de Rubén «con su lustrosa piel manchada a trechos», 
no aparecía por ningún matorral del bosque ni dejó oir 
su rugido de amor en la siesta canicular. Sin embargo, 
el anecdotario narró después, la noble ultimación de 
la bestia y se encargó en corrillos sociales de dar todo 
el colorido que reclamó la hazaña . . . 

En un claro del bosque se apostaron los cinegetas, 
Jja fiera, perseguida por un cordón de jinetes, tenía 



— 62 — 



que desembocar, forzosamente, en el abra que la ponía 
al descubierto de los fusiles. Se dejó ver, por fin, 
«chispeante el ojo verde y dilatado», erguido el testuz, 
zahareña, elegante, llena de orgullo montaraz. Cesa- 
ron de latir los corazones. Era para el ilustre huésped 
la pieza brava. 

Un silencio aterrador se apodera del bosque. 

El puma avanza. 

El duque, espera. 

Va a producirse el encuentro trágico. 

¡ Guay del que yerre ! 

Hasta el viento ha enmudecido bajo la gloria del soL 

Se miden los rivales. 

Afila su garra la bestia, mientras el hombre impasi- 
ble, aguarda la salvaje agresión. 

El puma avanza. 

El duque, espera. 

Se decide por fin el encuentro. Se atreve la fiera 
bravia. Cuatro saltos la ponen a diez pasos del duque. 
El duque entonces, inmutable, frío, lleno de noble sere- 
nidad, requiere su escopeta. Dispara. Y viene la fiera 
a caer a sus pies echando espumarajos de sangre. La ba- 
la le ha atravesado el corazón. 

Así, según comento, terminó esta clásica cacería. 

Horas después, en San Huberto, el duque de Mont- 
pensier encontraba las armas de su casa sobre el en- 
vase de un rancio cognac que el obsequioso anfitrión 
adquiriera, años atrás, en una célebre bodega de Francia.. 



CAPITULO VI 



La colonia israelita Karcisse Leven. — La obra. 
de un gran filántropo. — El barón Mauricio 
de Hirsb. — Perfiles de una vida consagrada 
al bien. — La inmigración a la Argentina de 
Judíos rusos. — La Jewish Colonization Asso- 
ciation. — 30.000 hectáreas bajo cultivos. — 
Cómo está distribuida la colonia. — Contra- 
tos de arrendamientos y promesas de venta. — 
Medios de vida y de labor. — Malas cosecha» 
y buenas intenciones. — Frutales y cercos pro- 
tectores. — En busca de surgentes. — El con- 
dominio del agua y las diseciones de vecindad. 
— Las escuelas del Estado. — La Instrucción 
nacional y la hebrea. — Un ofrecimiento de 
tierra para chacra experimental. — El huerto 
abandonado. — Al cruzar la campi&a. 



En Villa Alba hemos visitado la colonia Narcisse Le- 
ven (La Esmeralda) de la Jewish Colonization Associa- 
tion. 

La Jewish Colonization Association, asociación in- 
ternacional con colonias en Brasil, Canadá, Palesti- 
na, etc., etc., fué instituida con el cuantioso legado del 
barón Mauricio de Hirseh, filántropo israelita y hom- 
bre de altos prestigios en el mundo de las finanzas. 
En nuestro país, esta institución posee colonias en las 
provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Santiago del Es- 
tero y Entre Ríos y en la Pampa Central. 

El administrador general de la colonia, don Alejan- 
dro Se^.gsohn, esboza someramente la biografía del ba- 

/ 



64 — 



ron de Hirseh y nos da algunos detalles sobre la inicia- 
ción de la obra humanista de este hombre superior, 

— El barón de Hirseh, — nos dice, — fué una figura 
excepcional que dedicó toda su existencia a mejorar la 
situación de los hijos de Israel. Dotado de una clara 
inteligencia y poseedor de una gran fortuna, heredada 
de su abuela paterna y acrecentada con el patrimonio 
de su esposa, se inició en la vida de las grandes obras 
con la construcción de ferrocarriles en Austria, los Bal- 
canes y Rusia. La idea de unir la Europa oriental con 
el lejano occidente por medio del ferrocarril, no gozaba 
en Europa de auspicios ni entre los gobiernos ni entre 
la banca y los hombres de empresa. El barón de Hirseh, 
contra viento y marea, llevó adelante su propósito civi- 
lizador. Y fué éste su primer gran éxito financiero, en 
contraposición al pesimismo ambiente y a la incredu 
lidad de los hombres que parecía uniformada contra su 
decisión. 

La dirección personal de estas grandes obras, le dio 
motivo para compenetrarse de las condiciones lamenta- 
bles en que vivían los israelitas de oriente, debido, en 
primer término, a la falta de instrucción y de una orien- 
tación levantada y patriótica para ganarse la vida. Sus 
sentimientos altruistas le llevan a cooperar en forma 
eficiente en el sostenimiento de la Alliance Israelita 

Universelle, poniendo a disposición de esta entidad una 
suma considerable, cosa de extender su radio de acción 
en toda la Turquía europea. En 1873 dio un millón 
de francos a la Alliance para creación de escuelas; 
y a partir del 80, hasta su muerte, tomó a su cargo la 
obligación de cubrir su déficit anual que sumaba* cente- 



— 65 



nares de railes de francos. Y no contento con estos va- 
liosos desprendimientos, durante la guerra ruso-turca 
estableció hospitales para ambos ejércitos sufragando 
los gastos de sostén y entregando al propio tiempo, a la 
emperatriz de Rusia, 40.000 libras esterlinas con fines 
humanitarios. 

Los padecimientos de los israelitas en Rusia, priva- 
dos de derechos políticos y hasta civiles, mucho más la- 
mentables que la de los judíos en Galitzia, Turquía y los 
Balcanes, le inspircj un proyecto tendiente a mejorar sus 
condiciones de vida. Su propósito era favorecer a los is- 
raelitas con disposiciones adoptadas en Rusia mismo, 
sin tener que adoptar el medio extremo de la emigra- 
ción. Pero el gobierno ruso, celoso de sus leyes dicta- 
toriales, no quiso admitir la generosa oferta que alcan- 
zaba a 80.000.000 de francos con destino a propósitos 
educacionales, sólo con la facultad exclusiva del empleo 
y control de esta suma, aceptaba el gobierno el dona- 
tivo, lo que no pudo ser aceptado por ningún concepto. 
Frustrada tan noble tentativa, sé dio cuenta Hirsch que 
el único plan factible para ayudar a los israelitas ru- 
sos era sobre la base de la emigración. De ahí nació la 
asociación internacional constituida bajo las leyes in- 
glesas y denominada Jewish Colonization Association, 

Conviene conocer por boca de su mismo gestor los 
propósitos básicos de esta asociación : «Facilitar y pro- 
mover la emigración de los israelitas de todos los paí- 
ses de Europa y Asia, — había dicho el barón de Hirsch, 
— y especialmente de aquellos países donde fueran o 
pudieran ser sometidos a gabelas especiales, inhabilita- 
ciones políticas u otras arbitrariedades, a cualquier otra 



La Pampa 



66 — 



parte del mundo. Fundar y establecer colonias en varios- 
países del norte y sur América y otros países también, 
con fines agrícolas y comerciales». 

Constituida la asociación, dirige el barón Kirsch un 
llamamiento a los israelitas de Rusia, instándoles a acep- 
tar esta emigración forzosa para sus destinos y su me- 
joramiento. Y, — cosa rara, — el mismo gobierno de 
Rusia, que rechazara su oferta años antes, le prestó su 
contingente para organizar su sistema de emigración. 
Se inicia un comité central en Petrogrado y más tarde, 
en pleno auge la Jewish Colonization Association, se 
organiza la junta central definitiva en París, compuesta 
por personajes de respetabilidad de diversas naciones, 
judíos de Alemania, Francia, Inglaterra y Bélgica. 

Esta es, a grandes rasgos, la obra capital de este 
gran benefactor, — termina nuestro informante, — para 
quien «los cuarenta años del desierto», de que nos ha- 
bla la Escritura, si no podían ser eludidos, por lo menos 
podían ser abreviados. Para el mejor recuerdo de su 
obra dedicada al bien y al perfeccionamiento, no puede 
otra frase ser más consagratoria que su propia expre- 
sión, cuando contestaba un mensaje de pésame por la 
muerte de su hijo : 

— He perdido a mi hijo, mas no a mi heredero. La- 
humanidad recibirá mi herencia. 






67 



La colonia Narcisse Leven tiene 46.000 hectáreas, 
de las cuales se cultivan año a año un término medio 
de 30.000. El resto del campo, con pastos naturales o 
viejos rastrojos, se destina a la ganadería, — vacunos en 
su mayor parte. — Hay, además, 800 hectáreas de al- 
falfar. 

Pueblan la colonia actualmente 265 familias que 
constituyen un total de 2.075 almas. Los agricultores co- 
lonizados son 1.852 y emigrante 223, rusos todos, salvo 
algunos rumanos. 

— ¿Y en qué condiciones se establecen los colonos? 
— interrogamos al administrador. 

— Se formaliza un contrato de arrendamiento, fuera 
del cual se otorga al colono un crédito de 3000 pesos 
correspondiente a tres anualidades. Este crédito com- 
prende menesteres rurales, la casa del poblador, alam- 
brados, implementos, etc. Pagadas las tres anualidades, 
se hace un contrato de promesa de venta. Cada chacra 
tiene una extensión de 150 hectáreas, costando al colo- 
no, al finalizar el contrato de venta, — es decir, en un 
término de 15 años, — 90 pesos más o menos. En esta 
cantidad están involucrados los intereses del 4 %. 

— ¿Y qué elementos de labor entrega la compañía al 
colono ? 

— En primer término, le proporciona la población, 
consistente en dos habitaciones y cocina de chapas de 
fierro. Sobre este cuerpo, puede el colono hacer amplia- 
ciones que quedan para la asociación, sino llega a fina- 
lizar su contrato y a hacerse propietario efectivo de su 
chacra. Se le da, además, 2 vacas, 10 ó 15 yeguarizos, 
un carro ruso, un arado, una rastra y los elementos ne- 



— 68 



cesarlos para alambrar su predio y una hectárea junto a 
la población, a manera de corral. 

Nos llama la atencin que a pesar de que la colonia 
lleva ya ocho años de establecida, sólo un colono lia po- 
dido pagar los 3000 pesos que corresponden a su con- 
trato de arrendamiento para quedar en condiciones de 
formalizar el contrato de promesa de venta. 

— Esta circunstancia, — nos dice el administrador, — 
hay que atribuirla a las malas cosechas. Con un buen 
año como el que asoma, es probable que la mayoría de 
los colonos apresuren sus pagos de locación, adelantán- 
dose en la propiedad definitiva. Tiene usted un síntoma 
que habla por sí sólo : desde la fundación de la colonia 
a la fecha, sólo se han retirado diez familias, mas dos 
o tres que ha sido necesario desalojar por ser elementos 
de disgregación. Otro detalle sugerente sobre el arraigo 
a que aspira el colono, es que muchos que no están al 
día en sus compromisos con la colonia, han construido 
casas con materiales completamente nuevos y se han ro- 
deado de ciertas comodidades de carácter definitivo. 

Pensamos, sin contrariar la palabra respetable de 
nuestro interlocutor, que estos síntomas tienen más 
atingencia con el espíritu previsor de ciertos colonos, 
que con el propósito de arraigo en una colonia a la que 
están sujetos por compromisos severos y dilatorios. Y 
una prueba de ello es que cada colono busca, cuando 
puede, su pequeño desahogo en la ganadería : compra 
sus vaquitas y sus pocos lanares para defenderse en los 
momentos de apremio. Si por necesidad y por ingrati- 
tud de las cosechas, está obligado a permacer hasta que 
la tierra le pertenezca en patrimonio, nada más justo 



- 69 



que trate de buscar un poco de holgura para pasarlo me- 
jor. Es así cómo se explica que, aparte de la tendencia ge- 
neral por la monocultura, muchos colonos dedican aten- 
ción a la huerta, plantan árboles, crían aves de corral y 
hasta se dan el lujo de una porqueriza. Se cita el caso 
de un colono que ha comprado 300 frutales de su pro- 
pio peculio; y, según cálculos, hay en la colonia alre- 
dedor de veinte y cinco quintas cultivadas con buen 
éxito. 

La administración se ha interesado mucho en las 
plantaciones. Ha comprado árboles en el vivero de Ar- 
gerich, distribuyéndolos entre los colonos y ha ensaya- 
do con dedicación el cultivo de tunas sin espinas traí- 
das de Puerto Militar y con destino a cercos vivos. 
La quinta de la administración, antiguo plantel de la 
estancia La Esmeralda, que fué de Basset e Hüairet, es- 
tá rodeada de frondosos tamariscos, cuyos cortes de 
poda son plantados junto a los deslindes y caminos, or- 
ganizando así un sistema de arborización y defensa cu- 
yos resultados serán de gran importancia para la zona. 

El cultivo general de la colonia es trigo, aparte de 
pequeños retazos dedicados a otras gramíneas. La ma- 
quinaria agrícola es diversa. Se prefieren los arados Se- 
cretario reformado y Molinet, que hacen una labor de 
una hectárea y media, si tiene dos rejas, y dos hectá- 
reas, si tienen tres, término medio. La roturación de es- 
tas tierras se practica en los meses de marzo, abril y 
mayo. Se utiliza la sembradora Superior de veinte 
discos, que puede trabajar ocho hectáreas por día. Mu- 
chos colonos poseen sembradoras adquiridas directamen- 
te en las casas importadoras de Buenos Aires y Bahía 



70 



Blanca. Funcionan en la colonia 130 cosechadoras mar- 
ca Golondrina y Australiana, con peines. Se están 
ensayando las cosechadoras a cuchillo que parece dan 
mejores resultados. 

El agua del subsuelo varía en la colonia entre los 
8 y 100 metros de profundidad. Las fluctuaciones en los 
precios de las cañerías, — según nos informa el ad- 
ministrador, — han sido óbice para ensayar pozos sur- 
gentes, que, tenemos la intuición, hubieran dado resul- 
tados, como ha ocurrido en Guatraché. La tosca se en- 
cuentra entre los cincuenta centímetros y un metro y 
medio de profundidad. 

Para el servicio de cada dos casas hay un molino de 
viento. Este condominio suele ser a veces, manzana de 
discordia. No siempre una distribución equitativa de tan 
preciado bien, mantiene la paz vecinal, Pero para estos 
pleitos hay una comisión de arbitraje dentro de la Unión 
Cooperativa Agrícola, constituida por los colonos con 
autonomía propia y a título de fomento y economía 
social. Para evitar estos diferendos, hay colonos que 
han preferido construir su molino, — que ya lo dijera 
la Escritura, — «cada uno debajo de su vid y debajo 
de su higuera». 

En la proximidad de la administración se han cons- 
truido una veintena de casillas de chapas de fierro, des- 
tinadas al elemento emigrador, a negociantes y peones. 
Los letreros de esta alquería, alineada a ambos lados 
de la calle de acceso al edificio central, denuncian el 
mercadito, el almacén, la tienda y el taller de cal- 
zado. 

— ¿Y las escuelas? — interrogamos al administrador. 



— 71 - 

— En eso estamos bien, — nos responde con cierto 
énfasis, — Hay seis escuelas en la colonia. Además, 
muchos niños de los colonos van a recibir instrucción 
a Bernasconi, Las escuelas primitivas tenían tres gra- 
dos. Ahora la enseñanza se ha reducido a dos. Hace un 
par de meses que estos establecimientos se han puesto 
bajo la dirección oficial del gobierno. De manera que 
sus maestros son nacionales, como asimismo la instruc- 
ción que se suministra. Hay en cada escuela alrededor 
de sesenta educandos. Los edificios constan de dos au- 
las y de dos casas separadas, una para cada maestro. 

Y ampliando sus informaciones, pone en nuestras 
manos el convenio suscripto con la inspección nacional, 
por el cual la compañía entrega al Estado por un plazo 
prudencial los edificios y ñtües escolares de que dis- 
pone. En cambio, la empresa queda con el derecho de 
dictar sus clases de religión y de hebreo en la misma 
aula. Este sistema heterogéneo de enseñanza no nos pa- 
rece ni pedagógico ni moral. Tutelada la escuela por 
el gobierno de la nación, no cabe otra enseñanza que 
la dispuesta por los programas vigentes. Ni se concibe 
tampoco, que después de abandonar el aula el maes- 
tro argentino, que cultiva el sentimiento argentino, en 
aquellos niños, argentinos también, ocupe el mismo pu- 
pitre un maestro ajeno a nuestro plan de estudios que 
va a instruir en lenguas exóticas y religión, contravi- 
niendo al sistema laico de nuestra enseñanza. 

Este detalle que conviene conozca el ministerio de 
instrucción pública, se atempera un tanto con otra nota 
simpática. 

— La administración de la Jewish, — nos dice el 



72 — 



señor Seligsohn, — cedería de muy buen grado al mi- 
nisterio de agricultura 25 hectáreas en Bernasconi para 
establecer una cnacra experimental. Con este objeto 
contribuiría la compañía con una casa de dos piezas, 
molino, alambrados, etc. Esta chacra podría transfe- 
rirse por un plazo largo y no sería difícil que la com- 
pañía contribuyera con una subvención. 

En compañía del administrador recorremos la huer- 
ta y la quinta de frutales. Prosperan los eucalitos, los 
sauces, los coniferos y las acacias. La horticultura rinde 
bien pero no se significa por una dedicación especial. 
Apena la quinta de frutales con más de diez hectáreas 
de extensión, con los árboles sin podar aun y en el 
más completo abandono. Fué, sin duda, un primor en 
manos de su dueño primitivo, que alineó con esmero los 
camellones y se prodigó en selección y variedad. Esta 
quinta, cuya formación costó más de 30.000 pesos, re- 
vela el espíritu emprendedor del señor Basset, entusiasta 
francés que dedicó sus más nobles energías al progresa 
del territorio. 

— No me dan peones para su cuidado, — nos dice 
el administrador, en justificación de aquella orfan- 
dad en que agoniza el huerto. — 

Y pensamos que sacrificar las plantas es contra- 
venir los maúes del ilustre altruista Hirsch, que bus- 
caba la felicidad de los hombres en el arraigo, en el ho- 
gar, a la sombra de la familia y del árbol bienhechor. 
Pero el amargo sedimento se disipa pronto. Ha vuelta 
a correr nuestra máquina por los campos. Cruzamos el 
valle bordeando los trigos, y cuando ganamos el repe- 



— 73 — 



cho, una visión de grandeza, se apodera del espíritu. 
Se domina el amplio panorama de la colonia, salpicada 
de casitas y matizado de cultivos. La línea de las lomas 
se quiebra suavemente, insensiblemente. Una brisa sua- 
ve pasa acariciando las sementeras como el aliento de 
/Dios. . . 



CAPITULO YII 



La Asociación de Fomento Agrícola del Cuarto De- 
partamento. — Algunos guarismos reveladores. 
— 220.000 hectáreas cultivadas. — La subdi- 
visión paulatina. — El latifundio de Hucal y 
las poblaciones progresistas de Abramo, Villa 
Alba, Bernasconi y Jacinto Arauz. — Bases 
fundamentales de la Asociación de Fomento. — 
Lo que nos dice su presidente, D. Ignacio La- 
za. — Arraigar al colono. — Lineamientos ge- 
nerales. — El mutualismo como cimiento del 
esfuerzo agrícola. — Observaciones del agró- 
nomo Tassart. — Por qué emigran los jóvenes 
rusos. — Cultivos, plantaciones y estudios del 
subsuelo. — TJn organismo social de primer 
orden. — El carácter argentino de la obra. — 
Amar la tierra que produce y amar a la na- 
ción. — La gestión eficaz de semillas y crédito 
para los chacareros. — El camino de Abramo 
a Lihuel Calel. — La iniciativa privada del 
señor Laza. — Una línea telefónica de gran 
utilidad. 



La impresión más grata que nos ha dejado el cuar- 
to departamento de la Pampa, que acabamos de visi- 
tar, es la que se relaciona con la organización de la 
Asociación de Fomento Agrícola-ganadero, 

El cuarto departamento, denominado Hucal (lagu- 
na profunda), comprende la estación de Hucal y las 
florecientes localidades de Abramo, Bernasconi, Villa 
Alba y Jacinto Arauz, centros todos llenos de vitalidad 
y de porvenir. Sin duda alguna, la forma decidora con 
que el ferrocarril atraviesa este departamento, equidis- 
tante de los focos de colonización y dividiendo medio a 



— 76 — 



medio aquellas 200 leguas aprovechadas en toda su ex- 
tensión, ha operado un desarrollo parejo, cimentando 
de firme las industrias agropecuarias. 

Sobre el millón de hectáreas de extensión, 220.000 
están entregadas a cultivos, correspondiendo en su to- 
talidad a trigos, salvo un 5 por ciento de avena. De 
este total de sementeras, comprenden los cultivos de 
arrendatarios, un 65 % y un 35 a propietarios. Las cua- 
tro quintas partes del área total del departamento co- 
rresponden a campos de ganadería, dándose preferen- 
cia al lanar. No hay industrias de otra naturaleza, sal- 
vo el molino harinero de Villa Alba y la sal de Bernas- 
coni, muy buena y en explotación desde hace veinte 
años. Como centro agrícola de gran significación en 
la zona, figura la Jewish Colonization Association, em- 
presa judía de la que nos ocupamos en capítulo aparte. 
La tierra va subdividiéndose paulatinamente, aunque 
no con la celeridad que sería de desear. Alrededor de 
este problema concretará todo su empeño la naciente 
asociación de fomento agrícola. Apena el enorme lati- 
fundio con cabecera en la estación Hucal, todo un con- 
dado de veinte y tantas leguas. Cierto que su poseedor, 
don Diego de Alvear, le saca el jugo a la tierra, sem- 
brando sin medida y tirando alambrados para sus par- 
celas. Y cultivar es servir a la nación. Pero es verdad 
también que el hermetismo de aquel feudo, puesto co- 
mo una enorme piedra al paso del camino, resiente la 
vialidad y retarda el progreso colectivo que debe ser 
nuestra más sana aspiración nacional. El comprobante 
de esta premisa está en la exigüedad de la estación Hu- 
cal, pulmón de la estancia, pero que se nos antoja una 



— 77 



piedra de segunda agua engarzada a esta brillante ca- 
dena de pueblos, potentes y sanos, que viven del propio 
oxígeno de su vitalidad. 

Trata, en término general la sociedad de fomento 
agrícola, de arraigar al colono, poniendo a su alcance 
los medios de cultura y bienestar. Pasa de 1500 el nú- 
mero de colonos arrendatarios, distribuidos en la zona. 
Entre el que arrienda y el que posee el terreno, hay. 
generalmente un intermediario. Esta intercepción es, 
casi siempre, la que consigue mayor usufructo. El due- 
ño del campo apenas recibe un dos por ciento de lo 
que produce. El colono, vive, sencillamente. El que lle- 
va la mejor parte es el subarrendatario, interpuesto a 
menudo, como factor de utilitarismo y regresión, salvo 
en los casos en que. persiguiendo moderadas utilidades, 
vincula con medianerías al colono y le proporciona me- 
dios de vida y de labor, lo que significa exponer ca- 
pital. 

— El desiderátum de nuestra obra — nos dice el 
señor Ignacio Laza, presidente de la novel asociación 
y hombre de carácter y prestigios bien ganados — es 
tentar por todos los medios, el arraigo definitivo del 
colono. — Hay que hacer obra argentina, sobre todo ; 
y' creo que esta es la forma eficaz para estimular al 
agricultor y seleccionar la inmigración que conviene a 
nue.stras tierras. 

Y nos explica con calor, el plan general de la obra 
emprendida cuya realización ha despertado verdadero 
entusiasmo en toda la zona. 

— Es ardua la tarea que nos hemos impuesto ; pero 
hay necesidad de enseñarle al colono que debe buscar 



78 — 



SU tranquilidad con la chacra combinada. Variar los 
cultivos, cosa de no exponerse a los fracasos, es una 
precaución fundamental. Y si a esto agrega la necesi- 
dad de no descuidar la ganadería, y criar unas pocas 
vacas u ovejas, el colono se pone a recaudo de la mi- 
seria. Si cada familia de colono arrendatario, logra 
dedicar su atención a un hato de vacas, diez o quince 
aunque sean, sume usted el incremento ganadero, que 
en conjunto puede tomar la región. Esto, amén de otras 
especulaciones caseras: la cría de cerdos y de aves, por 
ejemplo, que traen aparejados los cultivos hortícolos 
y que suponen un perfeccionamiento en la vida rural. 

El ingeniero agrónomo Enrique Tassart, con asiento 
en la zona sur de la Pampa y que es un observadoii 
sagaz y tiene ingerencia en el desarrollo de la Asocia- 
ción de Fomento Agrícola, refuerza los argumentos del 
señor Laza sobre la necesidad de mutualizar el esfuer- 
zo agrícola. Para el señor Tassart, es menester organi- 
zar un estudio prolijo sobre los factores que se oponen 
al arraigo del colono y resienten la selección. Opina 
con toda razón, cuando nos dice : 

— Los rusos, que abundan tanto en la zona, no son 
agricultores de profesión. Su tendencia se orienta, casi 
siempre, en el sentido de ganar unos pesos y estable- 
cerse con algún negocio. Puede justificarse esta idio- 
siiicraeia especial en diversos casos. En muchas colonias 
ocurre que la tierra está distribuida sin equidad, con res- 
pecto a sus condiciones productivas. No todas están 
bien ubicadas ni rinden con el mismo resultado. Esta 
circunstancia provoca el malestar en muchas familias y 
es por ello que el colono tiende a emigrar o a estable- 



— 79 



cerse, aparte de los factores atávicos, que tendrán six 
influencia, pero que no es del caso profundizar. Hay que 
tener en cuenta que la colonización rusa en toda esta 
región, comprende, en Bemasconi, un 67 % con respec- 
to a la superficie cultivada y en Abramo un 56 ^o con 
respecto a los arrendatarios. 

Hace algún tiempo que en el cuarto departamento- 
comenzó a producirse un éxodo de juventud moscovi- 
ta. El agrónomo Tassart, deseoso de puntualizar esta 
emigración, que podía ser sintomática, abrió una en- 
cuesta. 

— ¿Por qué se van? — interrogó a los jóvenes rusos. — 

— Nos vamos, porque la tierra no produce . . . 
Esta respuesta, muy generalizada, pudiera ser des- 
concertante. Pero por suerte, una declaración fidedig- 
na viene a poner en claro, la razón fundamental. 

— Ellos se van — dice un joven de arraigo en Villa 
Alba — porque quieren independizarse, formar su ho- 
gar, salir de una vez de la tutela paterna. 

Y en fuerza a su tesis, se explaya_fin pormenores del 
hogar, las rencillas caseras, el desacuerdo entre padres 
e hijos y los disturbios de vecindad, sobre todo en las 
colonias donde se han establecido grupos de dos y tres 
casas juntas. Con estos antecedentes, la emigración 
tiene justificativo de carácter social pero no económico. 

Volviendo a los propósitos que persigue la Asocia- 
ción de Fomento Agrícola Ganadero, el señor Laza 
nos explica someramente los puntos cardinales que 
comprenden su amplio programa. 

— Esta entidad, — nos dice — que nace bajo auspi- 
cios colectivos como una necesidad sentida eu la re- 



— 80 



gióu, contribuirá, en primer término, al fomento de la 
colonización oficial y privada. Sobre esta base que es la 
piedra angular, propenderemos con todo nuestro es- 
fuerzo, a la subdivisión del latifundio, a abaratar los 
arrendamientos a prolongar los plazos y modificar la 
forma de pagos, generalmente impremeditada y extor- 
siva en la actualidad. 

«Pondremos todo nuestro empeño en favor del coo- 
perativismo y formación de sociedades de producción 
y seguros agrícolas. 

— ¿Mucho arrastran las compañías de seguros? — 
interrumpimos. 

— Puede calcularse engalgo más de 250.000 pesos el 
monto a que ascienden las primas de seguros. Ahora, 
si considera usted que sólo con el 43 % se pagan los 
siniestros, tendremos que emigran 142.500 pesos de la 
comarca. Organizando la sección seguros, este dinero 
se incorporaría a la economía local. 

La Asociación gestionará, asimismo, la implantación 
de un régimen de valuación racional de impuestos a 
ifidustrias relacionadas con la agricultura. 

— ¿Y con respecto a cultivos? — interrogamos, — 

— Propenderá con toda decisión al cambio de sis- 
tema actual de cultivos, que tiene sus graves inconve- 
nientes y fomentará la explotación mixta agrícolo-ga- 
nadera, o sea la granja modelo. Tratará la Asociación 
de introducir nuevos cultivos fundamentales, divulga- 
ción de frutales y forestales y prestará atención prefe- 
rente a la industrialización de los productos. 

— ¿Y sobre estudios del subsuelo y la probabilidad 
de surgentes, se ocupará la Asociación? 



— 81 



— Está, igualmente, en nuestro programa tal propó- 
sito. La investigación subterránea está dando buenos 
resultados. En la región de Guatraché, son varios los 
surgeutes que funcionan con un caudal definitivo y es 
de suponer que se puedan conseguir resultados prácti- 
cos por aquí. 

— ¿Quiere usted exponernos, en síntesis, los demás 
propósitos de la Asociación? 

— De mil amores. Además de los fines que le he 
enunciado, la Asociación gestionará ante los poderes 
públicos y empresas ferroviarias el mejoramiento de la 
vialidad y de los transportes, abaratamiento de fletes 
y alquiler de depósitos para productos agropecuarios. 
Fomentará, también, la formación de cajas rurales y 
funcionamiento de organismos de crédito. Organizará 
y propiciará concursos, congresos, exposiciones y fe- 
rias. Constituirá un tribunal de arbitraje para asuntos 
agrícolas y ganaderos. Aconsejará la destrucción de 
plagas, difundirá los conocimientos de interés general 
relacionados con la producción y en general propen- 
derá al mejoramiento de la agricultura y al bienestar 
del colono. Estas son, en concreto, las bases generales. 

— Nos parece muy interesante el programa — adu- 
cimos; — y aun cuando no se consiguiera llevar a fe- 
liz término todas estas bellas orientaciones, bastaría 
llenar una tercera parte del programa para asegurar 
el éxito de la institución. 

— Con motivo de la fiesta del árbol celebrada el 2 
de setiembre, la asociación ha realizado plantaciones 
en Jacinto Arauz, Bernasconi, Villa Alba, Abramo y 



La Pampa — >¡ 



— 82 — 



Hucal. El agrónomo Tassart dio conferencias alusivas^- 
muy interesantes. 

Pensamos sinceramente que esta institución, organi- 
zada con carácter de federación de asociaciones, con 
comisiones vecinales en cada pueblo, va a ser de gran- 
des resultados para la región. Por lo pronto constituye 
un organismo social capaz de operar una modificación 
completa en el sitema colonial del departamento, re- 
sentido por prácticas inveteradas que no armonizan 
con la cultura gremial a que hemos alcanzado, merced 
al mutualismo y la cooperación. Y si esto no fuera su- 
ficiente para su consagración, amén de otras ventajas- 
igualmente significativas, el carácter eminentemente 
argentino de la obra basta por sí para que merezca la 
asociación nuestro más merecido apoyo. Convencidos 
estamos de la urgencia de poner un poco de argenti- . 
nidad en estos campos. No siempre hemos de recrear 
nuestro espíritu en el florecimiento de los trigales y en 
el porvenir de los pueblos nuevos, dejando de lado los 
problemas sociales que deben reclamar toda nuestra 
atención. Hay colonias extranjeras que a pesar de su 
personería judicial son todo un estado, metido a ma- 
nera de ingerto, a trueque de nuestra legislación y co- 
mo un dique al sentimiento nacional. 

Muy poco llega de argentino hasta estos centros exó- 
ticos, retazos de la Europa esclavizada, incapaz de evo- 
lucionar en esta convivencia con la República . . . 

Y conste que no reza esta premisa con la coloniza- 
ción latina, cuya difusión en la Pampa ha sido de tan 
beneficiosos resultados, ni es nuestro deseo agraviar al 
agricultor individualmente, sea de cualquier nacionali- 



85 — 



dad. Nos referimos a determinadas «entidades coloni- 
zadoras» encerradas en prácticas ajenas a toda moder- 
nización y adaptamiento y en cuyos dominios tiene 
trabas hasta el empadronamiento y la instrucción na- 
cional. 

Sobre esta remora — ese es el término — si no ma- 
terial, moral y política, por lo menos, mucho y bueno 
debe operar la asociación de fomento, tendiendo a cul- 
tivar el espíritu del colono y al hacerlo amar la tierra 
que le da su fruto, hacerlo también amar a la nación. 






No hemos de cerrar este capítulo sin poner de mani- 
fiesto los primeros frutos obtenidos por la Asociación 
de Fomento Agrícola del Cuarto Departamento. Por su 
gestión se ha conseguido que la Dirección general de 
caminos se ocupe de la vialidad departamental. Con el 
arreglo de caminos entre Abramo y el Bajo de los Gua- 
nacos, se allanará las dificultades del tráfico en una 
zona entregada de lleno a las industrias agropecuarias. 

La asociación ha intervenido muy eficazmente ante 
el gobierno nacional para el préstamo de semillas. El 
señor Laza realizó personalmente las gestiones ante el 
ministerio de agricultura. Del resultado de su interven- 
ción, informa el juicio elogioso que nos formula sobre la 
acción del ministro Dr. Honorio Pueyrredón, quien 
prestó su más decidido concurso en beneficio de la zo- 
na, como asimismo el director de agricultura, Dr. Fe- 
lipe Senillosa. 



— 84 — 



A pedido del presidente de la asociación, el Directo- 
rio del Banco de la Nación, dispuso que su sucursal de 
General Acha, prestara su ayuda a los colonos. Al efec- 
to se concedieron créditos a razón de 7 pesos por hectá- 
rea y sin garantía. Son más de 150 familias colónicas 
las favorecidas con este préstamo a saldar el 31 de Mar- 
zo. El propósito de la asociación al asegurar para los 
agricultores la ayuda bancaria, oportuna y liberal, ten- 
día a subsanar la falta de semilla. 

La asociación lia tomado una participación activa 
y descollante en el congreso agrícola de Santa Rosa, 
siendo el señor Laza designado vicepresidente segundo. 
Bastarán, sin iduda, estos antecedentes para demostrar 
la acción eficiente y progresista que ha comenzado a 
desarrollar la asociación. 

Por separado, su presidente el señor Laza, cuyo gran 
dinamismo tiene fuerza de sanción, dá cuerpo a las 
más bellas iniciativas. Ha puesto en condiciones fran- 
cas y expeditas el viejo camino de Bernasconi a las sie- 
rras de Lihuel Calel, en una extensión de treinta leguas, 
reduciendo la travesía de tres días en molestas tarta- 
nas, a seis horas de automóvil, sin fragosidades ni obs- 
táculos de ningún género. Con su peculio particular 
está construyendo un camino desde la Colonia María 
Luisa, en Abramo, hasta el paraje conocido por Cuchi- 
llo-Co, es decir quince leguas de longitud. Este camino 
va a beneficiar grandemente los campos del recorrido 
donde está muy difundida la ganadería lanar. Por su 
esfuerzo y su iniciativa, y bajo su dirección, se construi- 
rá una línea telefónica entre Abramo y Lihuel Calel. Esta 
línea beneficiará a las siguientes poblaciones y estable- 



— 85 - 



cimientos del camino : Colonia María Luisa, Bajo de los 
Guanacos, Hucal Chico, Remecó Grande, El Mirador, 
El Pozo Hondo, Cerro Chato, La Escondida, El Lucero, 
San Diego, Zanjón del Indio, Los Tres Botones, El Pun- 
tero, El Porvenir, etc. Esta obra se ha comenzado a rea- 
lizar con la cooperación de los vecinos beneficiados y 
sobre una base económica digna de anotarse como mo- 
delo : cada kilómetro costará 35 pesos, más o menos, dis- 
tribuidos así : ] 8 pesos de alambre, número 12 galvani- 
zado ; más de 2 pesos de aisladores, con postes a 80 me- 
tros de distancia; 15 pesos de mano de obra. Los postes 
serán donados por cada uno de los vecinos beneficiados 
por la línea. Serán de calden y empatillados con la 
misma madera. El señor Laza ha contribuido, además, 
a la fundación de la escuela número 113, en la Colonia 
Santa Luisa, construyendo el edificio para su funcio- 
namiento. Esta escuela proporciona instrucción a más 
de 40 niños. 

No necesitamos agregar una palabra más sobre este 
gran trabajador, espíritu juvenil y fuerte que tan 
bellas cosas realiza, con noble entusiasmo, con desin- 
terés, por amor al progreso y a la nación. 



CAPITULO YIII 



La Chacra experimental de Guatraché. — I<os tri- 
gos del país. — Una opinión autorizada. — El 
Barletta, el Arrieta y el Eiete. — Lo que dice 
el experimentador Backhouse. — El trigo Pam- 
pa. — Cómo se tergiversa la denominación de 
los trigos. — El Euso sin barba. — Los expe- 
rimentos de trigo Kansas. — Características de 
este cereal. — En las psü'celas de experimenta- 
ción. — La hibridación de las especies. — 
Trabajos de comprobación. — Resultados prác- 
ticos. — La oficina meteorológica. — Por la 
huerta. — El álamo simonli. 



En Guatraché visitamos detenidamente la Chacra 
Experimental, establecimiento de aclimatación e inves- 
tigaciones agronómicas dependiente de la Dirección de 
Enseñanza Agrícola. 

La obra fundamental de esta chacra corresponde a 
la experimentación de trigos, iniciada en 1914 y que se 
viene, prosiguiendo bajo la dirección del agrónomo in- 
glés Guillermo O. Backhouse, de la universidad de 
Cambridge, contratado al efecto por el gobierno de la 
nación. 

Opina Backhouse «que poco o nada se sabe respecto 
^ los trigos cultivados en el país, excepción hecha de 
que se conocen ciertos tipos bien definidos que en rea- 
lidad son mezclas obtenidas mediante tentativas más 
o menos afortunadas para clasificarlas con destino a 
semilla y haciendo completamente los caracteres mor- 
fológicos de la planta». Con esta idea, — agrega, — 



en ciertos lugares se pone en práctica la mala costum- 
bre de bautizar con nombres nuevos buenas muestras de 
semilla pertenecientes a tipos comunes y conocidos al 
solo objeto de aumentar su venta y su precio. 

Esta desorientación en la nomenclatura de los trigos 
y falta de tecnicismo y pericia para clasificarlos, pusie- 
ron trabas al mejoramiento de las especies. El barletta, 
el arrieta y el riete, fueron, sin duda, los que mayor di- 
ficultad opusieron a los clasificadores, por la cantidad 
de variedades que a simple vista no presentan diferen- 
cias fundamentales. 

Los tipos cultivados en la zona de Guatraebé son: 
ruso sin barba, barletta y australiano ; y en menor can- 
tidad, los trigos pampa, francés y candeal. El trigo 
húngaro data de 1914, a raíz de la distribución d& 
semilla efectuada por el gobierno de la nación. Estos 
son los tipos principales, pero las variedades son nume- 
rosísimas. 

Backhouse, dice que el nombre de barletta en Gua- 
traché o la región del sur, no tiene otro significado que 
el trigo barbado de primavera. Debido al hecho, — 
agrega, — de que los trigos son verdaderas mezclas pa- 
recidas unas a otras y fertilizadas, posiblemente por 
cruzamiento, resulta que se puede adquirir un trigo 
con el nombre de «pampa», que se aproxima al barletta, 
húngaro, ruso con barba o arrieta. El colono compra su 
semilla con un cierto nombre y la vende bajo la misma 
denominación, por más que en muchas ocasiones hace 
caso omiso de este detalle. El almacenero, si algo pue- 
de cambiar con el cambio, la vende bajo otro nombre. 

El premio excepcional otorgado por la Bolsa de Ce- 



— 89 — 



reales en él certamen agrícola de .1914, a un trigo hí- 
brido del territorio, que se bautizó después con el nom- 
bre de «pampa», ha dado pie a la especulación de los 
vendedores de semilla. Todo grano que tenga cierta 
analogía con el cereal laureado, se denomina indistinta- 
mente «pampa». Y hasta la misma Chacra Experimen- 
tal fué sorprendida con la adquisición de una partida 
de «pampa» apócrifo, que resultó ser un touzelle excep- 
cional. 

El trigo mayormente difundido en esta región es el 
ruso sin barba, que se siembra temprano y no es muy 
dañado por las heladas de invierno. Le sigue en can- 
tidad el barletta. En la distribución de semilla de 1914, 
se entregó mayor cantidad de, este trigo. Y la buena 
cosecha aseguró el porvenir del barletta en la comarca. 
Entre las variedades introducidas en la Chacra Ex- 
perimental, nueve son de origen ruso seleccionadas en 
Kansas (Estados Unidos). Sobre ellas se expresa así el 
señor Backhouse : 

— Estas son una novedad dentro de su género y po- 
siblemente resultarán de gran valor. Cinco de ellas fue- 
ron cosechadas y del resto se sacó lo suficiente para 
sembrar otras tantas pequeñas parcelas. También se 
cosecharon ejemplares del turqey red y crimean winter, 
como pertenecientes al tipo invernal de tierras secas, 
formando un total de siete. Estos trigos estáji particu- 
larmente adaptados a la zona pampeana, donde es me- 
nester sembrar temprano, porque haciéndolo en esta- 
ción avanzada, el suelo escasea de humedad y se co- 
rre el peligro de que se formen médanos con la re- 
moción del terreno. Las heladas de invierno no las afee- 



90 — 



tan en lo más mínimo. Además, espigan tarde cuando 
ya el peligro de las heladas ha disminuido grandemente, 
llegando a su madurez a fines de diciembre o en la pri- 
mera semana de enero, 

«El grupo perteneciente al arrieta y pampa-barletta 
sufre mucho por las heladas y de ahí proviene el incre- 
mento alcanzado por el cultivo del ruso sin barba. Los 
trigos de Kansas poseen hojas angostas y alargadas, 
con reducida superficie de evaporación, y su crecimien- 
i;o de invierno es más bien de carácter rastrero, lo que 
evita que los fuertes vientos de invierno, cargados de 
partículas de arena, les hagan los mismos daños que 
a los de crecimiento erecto. El grano de estos trigos es 
una decidida mejora sobre el del ruso común, único re- 
presentante de la clase a que pertenece». 

Efectivamente: sobre las parcelas sembradas en ma- 
yo, hemos comprobado estos caracteres citados por efl. 
señor Backhouse. El kansas sufre la seca por su misma 
exigüedad foliácea; y su conformación rastrera es muy 
conveniente para los terrenos medanosos. Sin embargo 
notamos que el kansas está un poco atrasado con res- 
pecto a las demás variedades. Convendría, tal vez, sem- 
brarlo en abril. El barletta del plantel que visitamos, 
en donde hay veinte clases en observación, ha sufrido 
las heladas algo más que el colombiano. El ruso está 
más bajo que el barletta. En general estos trigos (bar- 
lettas), están adelantadísimos, lo que importa decir' 
que su siembra conviene efectuarla en julio, evitando así 
que reciba las heladas en plena florescencia. El trigo 
húngaro también se significa por cierta precocidad. 



91 



Con respecto a la hibridación de las especies, el ex- 
perimentador Backhouse informa : 

— La hibridación no reviste en esta zona la impor- 
tancia que asume en el norte, porque si bien allí pare- 
ce ser el camino más seguro para llevar a cabo un me- 
joramiento de los trigos, aquí los ensayos realizados ha- 
cen presumir que la introducción de nuevas variedades 
y la selección continuada de los tipos existentes, condu- 
cirán al éxito que se anhela. Sin embargo existen fac- 
tores en distintas variedades que, aunados en una sola, 
producirían un producto mejor que cualquiera de las 
variedades consideradas aisladamente. Por ejemplo, el 
verdadero barletta no se desgrana, tiene una espiga du- 
ra al tacto y una gluma que imparte a la trilla su dejo 
de dificultad. Los puntos débiles del barletta en el dis- 
trito de Guatraché, ya han sido discutidos y tratados. 
En cambio, los trigos kansas, tan indicados en muchos 
respectos adolecen de una propensión al desgrane. Lo 
mismo puede decirse del trigo ruso con barba culti- 
vado en las inmediaciones de Pontaut. 

«Algo se ha hecho en Guatraché respecto a ésto. Se 
cultivaron sesenta cruzas de primera generación. La 
mayor parte de los cruzamientos se hicieron sobre un 
barletta, un verdadero representante del tipo, cuyas 
plantas estaban caracterizadas por una espiga grande, 
un grano lleno y de buen color que bajo ninguna cir- 
cunstancia puede llegar a desgranarse en el campo.» 

El ensayista en la Chacra Experimental es el agró- 
nomo inglés Juan Willansson, que secunda con toda de- 
dicación la obra de Backhouse. 



92 



Conviene, a título informativo, que nuestros lectores 
conozcan el resultado de los trabajos de comprobación 
realizados por este especialista en la zona de Guatraché. 
A tal efecto, reproducimos algunas de las conclusiones 
a que arriba Backhouse en su memoria elevada al jefe 
de las secciones agronómicas y experimentales : 

«En los distritos de Guatraché y Mpachiri, — di- 
ce, — la cosecha fracasó a pesar de que el total de llu- 
via caída fué solamente menor en 84 mm, de la que 
cayera en ])arragueira en donde la cosecha fué regu- 
lar. De ahí se comprueba que en los distritos secos don- 
de la tosca queda a escasa profundidad, la lluvia en 
otoño no influye en la cosecha venidera. La lluvia caí- 
da en el otoño de 1916 en Guatraché, fué excesiva, y 
sin embargo fracasó la cosecha. La siembra del trigo 
en aquella zona puede compararse con un cultivo en 
maceta: y así como no resulta práctico re^ar una planta 
en estas condiciones, cada día durante una semana y de- 
jarla luego sin hacerlo durante la semana siguiente, no 
es posible tomar la lluvia de otoño como indicación de 
buena cosecha para el año en cuestión. 

«Esto quedó bien demostrado por un estudio comple- 
mentario de los almacigos sembrados temprano, es de- 
cir, a partir del 13 de abril. Estos cultivos iniciaron su 
periodo vegetativo en buenas condiciones y hasta sep- 
tiembre hicieron suponer que iban a proporcionar los 
mejores rendimientos. En todos los almacigos se cava- 
ron pozos de prueba que demostraron la presencia de 
mucha menor cantidad de humedad en los sembrados 
tempranos. La causa debe atribuirse a que el cultivo an- 
ticipado había llegado a un amplio desarrollo de hojas 



95 — 



y macollos, necesitando más agua para la evaporación, 
lo que dejó el suelo relativamente seco. Tan es así que 
en la primavera, cuando la temperatura se tornó más 
templada y la planta hubo de desarrollarse rápidamen- 
te, sufría más por la falta de agua que el trigo sembrado 
más tarde. 

«Los almacigos de junio dieron mejor resultado que 
aquellos sembrados en julio, lo que confirma las de- 
ducciones del año anterior, en el sentido de que la 
siembra es la mejor, a no ser que la efectuare antes de 
mediados de mayo. 

«Los almacigos dedicados al estudio de la influencia 
de la época de la siembra con relación a la variedad 
sembrada, resultaron tan interesantes como los del año 
pasado, habiéndose llegado a comprobar que, en tér- 
minos generales, los tipos de invierno sembrados tar- 
díamente, fracasan, mientras que los tipos de prima- 
vera sembrados más o menos en la misma fecha, aun 
en el mes de septiembre, dan cosechas parciales. Las 
mejores cosechas, aun de los tipos de primavera pro- 
vinieron de las siembras realizadas en junio. La va- 
riedad chargarod (candeal) fué indudablemente, la más 
flexible de todas, pues, sembrada en septiembre, dio una 
cosecha bastante regular. 

«Este es el primer año desde que empezaron los tra- 
bajos, que ha sido posible pesar los rentdimientos y 
calcular el rendimiento en quintales por hectárea. Los 
pesos obtenidos en los canteros de cien metros cuadra- 
dos, fueron los siguientes : 



Cosechado a mano 



VARIEDAD 



Rend. por 

hectárea 



Peso por 
hectl. 



Chargarod 

Las Varas 

Defiance 

Ruso 26/16 

Kansas 3/16 

Ruso 27/16 

Colombiano 

Barletta 80/15... 

Tuzela 

Australiano 

Barletta común . . 

Pampa. 

Barletta 24/16... 

Turkey red 

Touzelle de París. 
Ruso común 




80.10 
73.65 
69.55 
78.30 
76.90 
77.10 
70.55 
68.85 
70.65 
68.85 
74.15 
75.00 
73.65 
74.65 
74.85 
70.50 



Cosechado a máquina 



VARIEDAD 



Rentl. por 
hectárea 



Peso por 

li.'rtl. 



Kansas 1/16. 
Kansas 1/16. 
Kansas 1/16. 
Kansas '[/'\6. 
Kansas 2/16. 
Kansas 2/16. 
Kansas 2/16. 
Kan.sas 2/16. 

Hurón 

Ruso común. 
Ruso ^omún. 



2.90 

2.85 

2.22 
1.41 



70.00 

74.35 

66.00 
69.55 



95 



Después de nuestra detenida visita a las sementeras y 
planteles de ensayo, concentramos nuestra atención en 
la oficina metereológica, casi completa en su instru- 
mental, muy bien instalada y en donde las observaciones 
se registran con meticulosidad. 

Recorremos después, la huerta y el plantel de par- 
que, con infinidad de forestales de significación, casi 
abandonado por la escasez de agua. Las hortalizas pro- 
ducen bien, especialmente los espárragos que se dan con 
una robustez maravillosa. 

La chacra, en general, nos ha impresionado bien. 
Tal vez la diversidad de facultades, dentro de un mis- 
mo organismo, fuera un defecto de administración. Nos 
referimos a la autonomía de cada rama, dentro del es- 
tablecimiento : Experimentación de cereales, metereo- 
logía y chacra en general. Pero esto es un detalle de 
fácil solución. 

La sección de horticultura y frutales está organizada 
con dedicación, arborizadas convenientemente sus par- 
celas. Prosperan los tamariscos, las tuyas y el coral. 

Una amplia avenida bordeada de álamos simonii, im- 
presiona agradablemente a la entrada de la chacra. El 
álamo simonii, adaptable al clima y fácil para su con- 
servación, es una de las variedades más elegantes y gra- 
ciosas como planta ornamental. Un vivero en Guatra- 
ché, podría ser el proveedor de todos los pueblos del 
sur de la Pampa, en donde se difundiría sin reatos en 
calles y plazas públicas como elemento de estética y edi- 
lidad. 



CAPITULO IX 



Las empresas pobladoras. — La «Guatraché land 
company limited». — Guatraché y Alpachiri. 
— Cómo se inició el centro urbano. — Chaca^ 
raros tributarios y chacareros compradores. — 
Quintas y solares. — Valor de la tierra. — Su- 
perficie cultivada. — Fisonomía de la pobla- 
ción. — Edificación, luz, edilidad. — Con el 
comerciante don Gaspar del Campo. — Situar 
ción ferrocarrilera y bancaria de Guatraché. — 
Un radio comercial de 100.000 hectáreas. — 
Perspectivas sobre el año agrícola. 



Guatraché (1), situado en una región eminentemen- 
te agrícola, centro cabecera del Departamento Tercero, 
corresponde a la constelación de pueblos precoces afian- 
zados en la colonia y vitalizados por el tren. Su urbani- 
zación data de 1908, a renglón seguido de constituirse 
la Guatraché Land Company Limited, empresa parti- 
cular, a cuya iniciativa se debe, asimismo, la coloniza- 
ción de Alpachiri, sobre la base de los campos de Ana- 
sagasti y Girondo, 



(1) «Guatractié», en la lengua de los puelches, quiere decir «muela 
brava». 

En la reciente división geográfica del territorio, — mapa de septiem- 
bre de 1915, — se atribuye a la palabra «guatraché» el siguiente signi- 
ficado: ccrujido de dientes». 

Hemos tratado do establecer la verdad sobre esta etimología, recu- 
rriendo a la fuente original de los propios pobladores aborígenes. Esta 
investigación ha puesto de manifiesto el errror. El chacarero de Trenque 
Lauquen, Mariano Payllanao, hijo del cacique del mismo apellido y nieto 
de Gallfucurá, indígena versado en la lengua autóctona, baqueano y len- 
guaraz, nos da el significado de «muela brava». 



La Pampa — 7 



— 98 — 



Con un capital nominal de 550.000 libras esterlinas^ 
se inició esta compañía de tierras, circunscribiendo su 
acción alrededor de estos propósitos fundamentales: 
comprar, tomar en arriendo o en canje, o de otra ma- 
nera adquirir, cultivar y aprovechar cualesquiera tie- 
rras en el territorio del país o en otra parte; mejorar 
y desarrollar los recursos de tales tierras en la forma 
que creyere conveniente y con especialidad por des- 
montes, plantaciones y edificaciones ; facilitar, estimu- 
lar y promover la inmigración y colonización y fundar- 
ciudades, pueblos y colonias. Hasta el presente, el capi- 
tal emitido asciende a la suma de 167.712 libras. El di- 
rectorio de esta empresa está radicado en Londres, sien- 
do sus presidentes J. A. Goude y Percy Cross. 

Adquirido el terreno, se delineó la colonia con cha- 
eras regulares y se trazó el égido urbano. El juzgado,, 
la comisaría, la escuela, fueron base de la edificación 
fundadora; y, en primer término, la iglesia, muy bonita, 
de construcción cuasi-gótica y que está en manos del 
padre Juan Vaira, de los salesianos, cofradía valiente 
y eficaz. 

El terreno de cultivos se divide en fracciones de 100 
hectáreas. Para la locación o propiedad de estas cha- 
cras, se han tenido en cuenta las siguientes categorías 
de pobladores: chacareros al tanto por ciento (en espe- 
cies) ; chacareros por anualidades, que adquieren su 
terreno mediante cuotas temporarias y en el término de 
diez años; y chacareros compradores. Los lotes en el 
pueblo fueron vendidos a pagar en sesenta mensuali- 
dades. 

En el radio urbano el valor de la tierra llegó a al- 



— 99 



eanzar al precio máximo de 4 pesos, pagándose en la 
actualidad de 1.50 a 1.60. Este dato nos lo suministra 
el administrador general de la compañía, don Carlos 
L. Webster. 

Este año la «Guatraché land company limited» tiene 
la siguiente extensión bajo cultivos : en Guatraché : 
7500 hectáreas de trigo ; 2600 de avena y 250 de cebada. 
En Alpachiri, los cultivos abarcan un área mayor de 
acuerdo con la extensión de la colonia, que es de 13.000 
hectáreas. Actualmente en Guatraché hay 60 familias 
de agricultores bajo la jurisdicción de la compañía. 

La población ha prosperado visiblemente. Su ubica- 
ción ferroviaria, con ramales a Alpachiri y Kemecó, es 
de notoria importancia. La edificación en general, es 
sólida, descollando algunos chalecitos y casas elegantes. 
La edilidad tiene, por cierto, sus deficiencias, debido a 
la falta de representación municipal. Pero esto no es 
óbice para que sus setecientos habitantes, se desenvuel- 
van en una ordenada convivencia vecinal, tengan las 
sencillas distracciones del bar-cinema, el oficio religioso 
dominguero y el correveidile de la crónica mundana 
en el periódico semanal. 

La aspiración del vecindario se orienta, por cierto,, 
hacia la municipalización, ya que la edilidad pública 
comienza a reclamar servicios regulares. La usina eléc- 
trica, que no ha llevado sus alambres a la vía pública,, 
va ganando paulatinamente el servicio particular, que 
arroja, a la sazón, un número de cuarenta abonados. 
Piensan algunos- que el petróleo crudo podría competir 
en lucidez con las estrellas de la Pampa, — ¡oh fana- 
les ! — tan magníficamente bellas. Pero, mientras la opi- 



100 — 



Dión decide el alegato, parpadean por las calles vaga- 
rosas las linternas, o suele el farolillo del cura cruzar 
como un alma pálida la plazuela, frente a la casa de 
Dios. . . 

El señor Gaspar del Campo, español de buena cepa, 
vecino fundador y comerciante bien abroquelado en su 
amplia tienda de campaña, presta un servicio de signifi- 
cación con esta usina que va tomando cuerpo y que a la 
fm y a la postre, será el alumbrado público de Guatra- 
ché, si es que algún futuro munícipe no encuentra otro 
farol que pueda reemplazar al arco votaico. 

Del Campo, que es uno de los vecinos más caracteri- 
zados de la comarca, nos suministra informes de inte- 
rés general que no podemos menos de reproducir. 

— Sobre la situación ferroviaria de la población, Gua- 
trflché estaría en condiciones inmejorables, — nos di- 
ce, — siempre qiie se prolongara la línea de Remecó a 
Perú. En esta forma estaríamos a algo más de cinco 
horas de Santa Rosa. Mientras tanto, <por condición de 
horarios ferrocarrileros, tenemos que emplear dos días 
para ponernos al habla con la capital del territorio, 

— ¿Y para los asuntos bancarios? 

— Nos comunicamos con Puan, en automóvil, o va- 
mos por el ramal de Altavista. Pero esto no resulta ni 
cómodo ni ventajoso para nuestros intereses. Sin em- 
bargo, por jurisdicción, dentro del Banco de la Nación 
Argentina, dependemos de Puán. 

— ¿Y dónde adquieren las maquinarias? 



lOl - 



— En casas de Buenos Aires, pero enviadas desde sus 
depósitos en Bahía Blanca. 

— ¿Qué radio abarca Guatraché comereialmente ? 

— Algo así como 100.000 hectáreas. 

— ¿Y el año agrícola, se presenta bueno? 

— Creo que inmejorable. Pero nadie puede prever 
las contingencias. . . A lo mejor la langosta, las heladas, 
la seca, el granizo, echan por tierra las esperanzas del 
labriego. Hemos gozado de años muy buenos. Esta casa 
en 1911 y 1914 ha tenido un movimiento comercial supe- 
rior a un millón de pesos. 

El señor del Campo nos informa de la acción de las 
sociedades de seguros contra granizo, especializándose 
en manifestaciones laudatorias con la de Tres Arroyos y 
Pigüé, mny difundidas en todo el sur de la Pampa. So- 
bre el valor de la tierra, nos manifiesta que el precio 
actual por chacra gira alrededor de 80 pesos la hectárea 
y por quinta 250. Su casa ha solido operar en préstamos 
a colonos, en condiciones bancarias, pero ha tenido que 
modificar el sistema de sus operaciones fiduciarias, 
atendiendo a diversos factores. 

Este comerciante hace ocho años que está radicado 
en Guatraché, y goza, dentro del vecindario y del ele- 
mento colonizador, de una reputación espectable. 



Hemos visitado detenidamente la población. Nues- 
tro juicio es optimista sobre el porvenir de este centro, 
siempre que se complemente su sistema ferroviario, que 
las autoridades territoriales le dediquen preferente 
atención j que la Guatraché Land Company Limited, 



102 — 



poseedora de cuantiosas tierras, apresure con el estímu- 
lo y las facilidades reclamadas por el agricultor, el arrai- 
go definitivo de la colonización. Nos parece muy sim- 
pático, por lo pronto, su procedimiento de haber cedido 
al gobierno nacional, 70 hectáreas de terreno para la 
chacra experimental, como asimismo la casa destinada 
a alojamiento del director. 



CAPITULO X 



Colonización seleccionada. — Los rusos de «La Mer- 
cedes» 7 los vascos de «La Cornelia», en Ma- 
cachín. — Don Enrique F. Parodi, factor de 
progreso. — El perfeccionamiento rural por el 
estímulo y la buena fe. — Base moral del co- 
lono. — «El sol nace para todos». — Caracte- 
rísticas del trabajo agrícola y del hogar. — 
Trigos del 83 1/2 de densidad. — El agricultor 
vascongado, espécimen de colonizador. — Pre- 
liminares de La Cornelia. — La chacra com- 
binada. — La comodidad campesina, base de 
convivencia y de labor. — Una inmigración 
sana de cuerpo y de espíritu. — La vivienda 
modelo. — Una avena blanca de 57 por hecto- 
litro. — Alfalfares y haciendas. — La chacra 
italiana. — El grafófono, instrumento de di- 
vulgación agrícola. — Junto al bebedero. — 
Las novilladas mansas. — Ayer y hoy. 



En Macachín hemos visitado la colonia La Merce- 
►des, poblada por familias rusas. Se nota, desde luego, 
en este centro agrícola, una notoria selección, manifes- 
tada en el sistema de cultivos, en el aprovechamiento 
de la tierra, en el deseo bien noble, de poseer en propie- 
dad los elementos de labor y de tonalizar un poco la 
vida con el modesto halago del hogar. Estas caracterís- 
ticas, que definen un núcleo de agricultores sagaces, 
en armoniosa convivencia con el predio, tienen su expli- 
cación en el medio administrativo en que se desenvuelve 
la locación. Modificar el carácter, generalmente hosco 
y desconfiado del colono ruso, — sea ortodoxo o judío, 
— no es un problema, cuando se da con el propietario 



— 104 — 



tolerante, incapaz del abuso, buen consejero y amiga- 
ble protector. La Mercedes está en estas condiciones, 
Desenvuél-s^nse en este campo de 10.000 hectáreas, al- 
rededor de cincuenta familias con un total de 400 al- 
mas, estando la colonia completamente cultivada. 

Nueve años lleva de iniciativa La Mercedes y hace 
dos que está en manos de don Enrique F, Parodi, un 
verdadero pioneer, iniciador del florecimiento agrope- 
cuario de la comarca. 

Apartándonos del alambrado de ocho hilos, — lo 
mejor y más firme que hemos visto en nuestras giras, — 
hemos recorrido de linde a linde la colonia, cortando 
por las abras estrechas el inmenso trigal. ¡ Qué tonifi- 
cante impresión de belleza, de vida, de color ! La tierra 
nutritiva y amplia, se da toda entera al mar de las gra- 
míneas, sin flaquezas, sin limpiones, pródiga de humus 
y de generosa maternidad. Se inclina el campo en suave 
planicie hacia la hoyada de una laguna; y es de ver la 
línea panorámica curveando graciosamente hasta per- 
derse en el infinito, sobre el pálido boceto de una 
duna ! . . . 

La impresión más elocuente que nos ha dejado este 
paseo matinal, es el aprovechamiento de la tierra. ¡ Bien- 
haya el arado avaro que ha venido a meter su diente 
hasta en el mismo salitral ! 

— ¡Siembren... siembren! — les ha aconsejado Pa- 
rodi a sus rusos. 

— ¿Y si viene mal? — pensaron al principio, tímida- 
mente, los colonos. 

Después echaron de ver que la tierra no tenía repa- 
ros para rendir parejo; que no faltó la semilla, ni la 



105 



maquinaria, ni el crédito para sufragar la existencia 
durante la larga espeetativa, desde la roturación a la 
cosecha al troje. Y sembraron hasta el último estadal, 
hasta el monte mismo, hasta agargantar al médano en 
estrecho dogal y desafiar el ingrato cabú de la salina. 

El estímulo de Parodi ha operado el optimismo y la 
cultura especial de sus colonos. Sólo la laguna puede 
detener la sementera, con sus arbustos grisáceos de ju- 
men, sus cachiyuyos y sus matas de trébol de olor. Esta 
perseverancia, que ha creado la selección en los cul- 
tivos, dando rendimientos excepcionales en peso y ca- 
lidad, ha tenido su noble premio en trigos de una den- 
sidad de 83 1/2 por hectolitro, casi el desiderátum. La 
perspectiva se repite con esperanza augural en los tri- 
gales de este año, sanos, sin plagas, sin isoca, llenos de 
lozanía y de vigor. 

Todos estos factores han creado una base moral en 
los colonos de La Mercedes. El trato administrativo 
y la propia confianza en la obra, sintomatizan un sua- 
ve bienestar, ageno de sobresaltos y propicio a la labor 
y a la estabilidad. Saben estos buenos rusos, que si nace 
el sol, nace para todos; y que el sudor que humedece la 
gleba, no ha de ser estéril sacrificio, si fecunda en la 
espiga. La cultura industrial, — y social si se quiere, — 
de esta colonia, tiene su punto de apoyo en la comuni- 
dad de acción y de miras, entre el arrendatario y ei 
arrendador. Parodi ha hecho su aprendizaje desde aba- 
jo. Ama estos campos, porque los ha vivido en toda i§u 
intensidad y en todo su proceso civilizador; porque ha 
contribuido, como nadie, a la reforma del predio, desde 
el pasto salobre hasta el forraje artificial y el silo ; des- 



106 



de el jagüel pampa hasta el surgente y el molino. En 
esta escuela rural, que es toda una vida, se lia afianzado 
el concepto de solidaridad, capaz de forjar nuevos ho- 
rizontes a la colonización rusa, de continuo tan zaran- 
deada, demostrando al propio tiempo, que es posible 
modificar el temperamento colectivo de esos núcleos ru- 
rales, cuando se procede con tolerancia y buena fe. 

Los colonos de La Mercedes poseen en propiedad 
sus maquinarias y elementos de labor. Plantan sus ar- 
bolitos de sombra, — frutales a veces, — y no descuidan 
sus hortalizas para el uso casero. Elaboran su pan, que 
es, sencillamente, blanco, suave, delicioso ; y se atreven 
a un poco de cecina y tal vez a un jamón que dura una 
eternidad. Gustan de instruir a sus muchachos ; y cuan- 
do se producen reuniones educativas sobre temas ru- 
rales, no tienen reatos para salvar largas distancias y 
asistir a estos concursos donde pueden adquirir conoci- 
mientos nuevos. A la cita convocada en Macachin en 
preparación del congreso agrícola de la Pampa, concu- 
rrieron todos estos colonos. Al paso de nuestro coche 
nos cruzamos con sus bateas peculiares, arrastradas por 
caballos fuertes y clinudos. Cinco leguas tuvieron que 
salvar esa mañana para encontrarse a las diez en el 
coche-aula de la delegación . . . 

Junto a La Mercedes, está La Cornelia. Esta es 
una colonia mixta, cultivada en sus 5.500 hectáreas de 
extensión, con 3000 de alfalfar. Este campo está bajo 
el arriendo inmediato del señor Parodi. En sus praderas 
pacen 2000 vacunos y 8000 lanares. La colonización es 
agropecuaria, en consecuencia. Pero lo que nos ha lla- 
mado poderosamente la atención en este caso, es le cali- 



107 



dad de sus pobladores. Es una colonia eminentemente 
vascongada (vascos españoles). Sólo hay una familia 
italiana en el campo, familia que es un modelo de labo- 
riosidad y que se desenvuelve con todos los recursos 
de la chacra combinada. 

Esta colonia, que conviene ser tomada como espé- 
cimen para su divulgación en el territorio, marca carac- 
teres especiales que deben dar tela de juicio a los hom- 
bres de estudio. El vasco, colonizado, es un elemento de 
primer orden. Es ganadero, agricultor e industrial a la 
vez. Trabajador, fuerte, sano de cuerjío y de espíritu, 
es incansable en la labor, leal en sus tratos, paciente 
en el fracaso y juicioso en el porvenir. Elije su terreno, 
y busca, sobre todas las cosas, el agua buena, elemento 
primordial de la vida. ¿Es buena el agua? Profundiza 
su hoyo y planta su casita. Vendrán después, las con- 
tingencias, los años ingratos, la adversidad de los vien- 
tos, de los acridios y las pestes. 

— Va mal ... sí, sí . . . Pero algún día irá bien ; no 
hay que apurarse... no, no!... 

Verdad que en esta resignación simpática y hombru- 
na, suelen sentirse espaldados por el patrón. Y esto 
constituye una fuerza en el rodar parejo del capital y 
del trabajo, orientados hacia el porvenir común. 

¿Cómo se organizó esta colonia? De Carlos Casares 
y Tejedor salió, hace aproximadamente ocho años, un 
grupo de vascoespañoles, con rumbo a la Pampa, bus- 
cando tierras propicias para establecerse. Don Enrique 
Parodi lo congregó en Macachin. Eran nueve familias. 
Azotadas por años crueles y cosechas efímeras, sólo 
pretendían afirmarse al suelo y trabajar. De este con- 



— 108 



tingente, nació la colonia. Sobre la prueba dura de los 
años iniciales, se afianzó el centro agrícola, que debía 
florecer y prosperar. Trabajando la tierra sin desmayos, 
se ahuyentó el pesimismo y se arraigó esa cordial con- 
vivencia que es fuerza decisiva en el rudo bregar. De 
nueve, llegaron a veinte las familias arrendatarias. Y 
nadie quiere hoy abandonar su tierra ni su vivienda, 
digna de ser propia, por el espíritu familiar que se ha 
puesto en las comodidades sencillas de la huerta y del 
corral. ¡Ah, si los campos de la Pampa pudieran po- 
blarse de vascos! Sobre este modelo de centro agrícola, 
hemos podido apreciar la necesidad de fomentar en el 
territorio tan importante colonización. 

La casa del poblador vasco, se significa, en primer 
término, por su hospitalidad, cosa que no es común en 
la de colonos de otras razas. Los pobladores de La 
Cornelia se han preocupado con empeño, en rodearse 
de un modesto bienestar. Crían aves; tienen sus leche- 
ras bien cuidadas; hacen su queso y su manteca; bene- 
fician sus porcinos en sabrosas facturas; ae esmeran en 
la huerta ; y donde hay muchachas, es inevitable el jar- 
dincito, en donde junto a los pensamientos vulgares y 
las achiras ingenuas, suelen abrir sus cálices algunos 
narcisos y tuberosas, sembrados «para probar, pues» y 
«porque los trajo el patrón». . . 

Esta tendencia a suavizar la aridez de la vida, ha 
dado campo a la iniciación de cultivos frutales. Parodi 
ha proporcionado a sus colonos, ejemplares de la casa 
Peluffo: higueras brillasotto y española; durazneros 
pavía, norteamericano y gran monarca; manzanas re- 
nettas y cerezas graffión de Dolores. Merced a esta ten- 



~ 109 



tativa, cada familia puede gustar todo el amplio bene- 
ficio del predio, desde el puchero español, tan sabroso y 
patriarcal, hasta el postre de frutas de estación y la 
natilla con fresas, que es manjar delicado. 

Es así como se puede amar la tierra. 

Todo cuanto se pueda decir en favor de esta inteli- 
gente colonización resulta pálido, ante sus apreciables 
condiciones de vida y la necesidad de fomentar su arrai- 
go en la Pampa. Excelentes cultivadores, han dado im- 
pulso a la comarca. Los fracasos del trigo, en algunos 
puntos de la zona, se han debido, generalmente, a la 
seca. Los vascos de La Cornelia, han cosechado trigos 
de óptimos rendimientos. El año anterior, una avena 
blanca' de esta colonia, dio una densidad de 57 por 
hectolitro.' Pero, a pesar de estos triunfos, no descuidan 
la ganadería, a la que dedican atención especial. Los 
campos de Macachin son -inmejorables como praderas 
artificiales. La tosca está a un metro y medio y el agua, 
— un agua cristalina, dulce y fresca, — se encuentra 
desde tres a nueve metros de profundidad. Esta carac- 
terística, fuente de vida para los ganados, es quizá, la 
riqueza más fundamental de la zona. El molino, el 
tanque y el abrevadero metálico, han venido a suplan- 
tar la represa y la «bebida» tradicionales, a donde acu- 
dían las vacas criollas a resarcirse de la mezquindad 
silvestre de los prados, veinte años atrás . . . 

La alfalfa rinde exuberantemente en los campos del 
Departamento Tercero. El cultivo de una hectárea de 
alfalfa, tomada en una proporción de 400 hectáreas, 
cuesta alrededor de 50 pesos, de acuerdo coa el precio 
de la semilla en la actualidad (18 pesos, más o menos). 



110 



Una hectárea necesita 22 kilos de semilla. En las faenas 
de arar, sembrar, rastrear, etc., se invierte alrededor de 
12 a 13 pesos. Hay que anteponer a estos gastos el valor 
del alambrado, molino y tanque del lote, amén de otros 
gastos accesorios. Sobre esta base se establece la propor- 
ción relativa de la hectárea. 



Hemos visitado con verdadero placer algunas casas 
de la colonia. La perspectiva agrícola, que es inmejora- 
ble, mueve la diligencia de los pobladores. En una po- 
blación, con aspecto de vieja estancia, se ha comenzado 
a repasar el motor de la trilladora, cosa que jueguen 
bien sus piezas en el momento de alzar los trigos. Allí 
nos convidan con mate y nos hablan de una transacción 
feliz en ovejas. En otra vivienda churrasqueamos un 
buen costillar y gustamos de un queso exquisito, mien- 
tras la vista se solaza en la huerta verdegueante, donde 
no falta nada, desde los espárragos hasta el perejil y 
los cebollines de verdeo. Ya, en la mañana, hemos pro- 
bado la amable hospitalidad del colono italiano, bella 
persona que ha formado su paraíso familiar con dos 
generaciones y que se siente feliz en entregar a la Pam- 
pa su tranquila vejez. Esquilan a esa hora los mucha- 
chos en el galpón. Las muchachas se desviven por hacer- 
nos agradable la visita. Y nos obsequian con una sen- 
cillez encantadora, un chocolate que es restaurador, 
después de nuestra gira matinal. ¡Qué aseo en la casaT 
i Qué sencilla pulcritud ! Se respira una espontánea co- 
modidad que babla desde la alacena bien provista hasta 
el grafófono. 



ílí — 



Hemos observado que el grafófono está muy difun- 
dido entre los colonos de la Pampa. Esta circunstancia, 
nos mueve a indicar la conveniencia que habría en que 
el ministerio de agricultura, imprimiera discos sobre 
asuntos de enseñanza agrícols y consejos prácticos rela- 
cionados con cultivos, cosechas, plagas, etc., y los dis- 
tribuyera profusamente entre los agricultores. Estos 
discos podrían ser impresos en los idiomas más difundi- 
dos en la colonización. Se prestaría con esto un verda- 
dero servicio a los cultivadores, secundando eficazmente 
la tarea de los agrónomos de la enseñanza agrícola. 

Al regresar, nos hemos detenido en un bebedero, en 
circunstancias que el ganado vacuno se ha acercado a 
abrevar la sed. Es un noble mestizaje el de estos anima- 
les corpulentos que se dejan casi palmear, mientras el 
agua se apresa en el amplio recipiente, 

— i Qué cambio ! — nos apresuramos a decir a Parodi 
ante esta sintomática mansedumbre de las bestias. 

— ¡ Ah ! . . . Era otro cantar la novillada criolla de 
hace veinte años, — nos responde. — Con los cultivos, 
con la civilización, se han domado hasta los médanos . . . 

El tren, que viene de Doblas, pasa a la distancia con 
su airón de humo. Se detiene en Atreuco. Debemos es- 
tar antes de las dos en Macachin. 

Nuestra máquina vuela por el camino, paralelo al 
ferrocarril . . . 



CAPÍTULO XI 



El cooperativismo en las colonias hebraicas. — La 
«Jewish» de Bernasconi y la de Eivera y Bo- 
lón. — La condición social de cada centro. — 
El ruso emigrante y el ruso agricultor. — 
Una colonización seleccionada. — Propósitos 
de la cooperativa de Narcisse Leven. — Pre- 
liminares de una colonia. — Diversas. 



Los colonos de la Jewish Colonization Association, 
hebreos en su totalidad, han constituido en cada centro 
agrícola su cooperativa. Responde este propósito no só- 
lo a una finalidad de economía y bienestar, sino a un 
plan defensivo del interés común. La condición social 
de estas instituciones gremiales, varía según la impor- 
tancia y calidad de los núcleos de colonización judía. 
La colonia Narcisse Leven, de Bernasconi, constituida 
por rusos y unos pocos rumanos y organizada con apre- 
suramiento sobre la base de una inmigración heterogé- 
nea, no ha podido prosperar como la colonia de Rivera, 
con sus doce leguas de Pampa, en Rolón, bien pobladas. 
Este fenómeno, producido sobre campos análogos y ba- 
jo una misma administración, se explica por la diversa 
condición social de cada centro. No todo el pueblo ruso 
es agricultor. En las colonias de Bernasconi, se nota 
cierto espíritu tendencioso, contrario a la estabilidad y 
el arraigo. Hay una propensión emigratoria, que es to- 
do un síntoma ancestral. El colono que ha tenido buena 
sombra en la cosecha y se arma de unos pesos, difícil 
será que no se asiente con un negocio cualquiera, bus- 



La rampa — 8 



— 114 — 



cando el reparo de la estación ferroviaria en la época 
del movimiento agrícola. Luego, realiza su tendejón y 
vuela. Contra esta idiosineracia, tiene su capítulo puni- 
torio la coperativa de la colonia, la que castiga con ex- 
pulsión al que rescinde su contrato de promesa de venta 
celebrado con la Jewisli Colonization Association, refe- 
rente a la chacra que posea en Narcisse Leven, o si una 
vez poseída la chacra con título definitivo, la llega a 
enajenar o a alquilar a otra persona. Es, realmente, una 
forma, más o menos eficaz, para contrarrestar el tempe- 
ramento ambulatorio de sus asociados. 

Por cierto que el plan de cooperativismo de esta so- 
ciedad se orienta sobre los más laudables propósitos. 
Y si alguna objeción pudiera hacerse, sería sobre la exi- 
güidad del capital, de 10.000 pesos para afrontar un 
programa demasiado frondoso. 

— Nuestro propósito, — nos dice uno de los organi- 
zadores de la asociación, — se orienta sobre las siguien- 
tes bases : Procurar y obtener el bienestar económico 
de sus asociados; fomentar el desarrollo de la agricul- 
tura, suprimiendo la acción de sus intermediarios ; 
vender a los asociados y al público en general, artículos 
de consumo, maquinarias e instrumentos agrícolas, bol- 
sas, hilos y accesorios para la agricultura y ganadería ; 
facilitar créditos a los asociados para levantamiento de 
las cosechas, siempre que la situación financiera de la 
sociedad lo permita ; establecer fábricas de bolsas o de 
otros materiales; proveer a los socios que lo soliciten 
semilla seleccionada y otros productos de la industria 
agrícola o ganadera ; crear secciones de tienda y otras 
que armonicen con los fines arriba expresados ; comprar 



— 115 



y arrendar casas o terrenos para edificar en ellos galpo- 
nes para depósito de productos agropecuarios de sus 
asociados, así como para oficinas y dependencias de la 
sociedad ; ejercer toda clase de representaciones y comi- 
siones que se relacionen con la vida agrícola de sus aso- 
ciados; recibir depósitos en caja de ahorro y en otra 
forma y realizar con sus asociados toda clase de opera- 
ciones financieras; fundar en la colonia biblioteeas y 
escuelas y organizar en la misma el servicio sanitario, 
velando por su cultura e higiene; actuar como árbitro- 
en todas las desavenencias que se susciten entre sus 
asociados. 

La sociedad cooperativa de Rivera, que comprende 
también los campos de Rolon, ha dado ya frutos sazo- 
nados. Es indudable que estos colonos superan, como 
entidad colectiva a los de Narcisse Leven. Aquí la selec- 
ción es de origen. Son agricultores de verdad, como que 
proceden de los campos de Odessa, sobre el Mar Negro, 
«zona de trigo», designada por la geografía rusa. Cada 
colono debía traer consigo un capital de 2000 rublos. 
La colonización se organizó por grupos. Recibieron la 
tierra sin ayudas ni mejoras. Cuarenta familias, que en 
la organización de la colonia se denominaron «Novo- 
bug», constituyeron el primer núcleo de población que 
roturó los campos vírgenes adquiridos a Leloir, — algo 
más de 100,000 hectáreas. — Vino después el segundo 
grupo que se denominó «Bojedorovsko», — (dado por 
Dios), en eslavo, — compuesto de veintidós familias. 
Con elementos organizados en Europa, se inició la colo- 
nización en 1905. Dos años después, sobre esta base agrí- 
cola, que tomaba incremento, se fundó Rivera. 



116 - 



Los primeros tiempos fueron de dura prueba. Por 
cada chacra de 150 hectáreas, se estableció una reser- 
va de 75. Esta división de los campos de la colonia, 
ocasionó un desacuerdo entre los pobladores y la admi- 
nistración general, pues la Jewish, quería obligar a 
que sus colonos ocuparan de inmediato las reservas. Y 
esta pretensión no podía concillarse, dado las dificulta- 
des iniciales que castigaron al colono impidiendo el 
desenvolvimiento normal de sus labores. 

Esta lucha entre el capital y el trabajo, duró tres 
años. Por fin,- intervino el ministerio de agricultura 
para allanar las dificultades. La Jewish, entonces, envió 
un agrónomo para que informara. El emisario resultó 
un cooperativista de fuerza que se puso en la línea 
razonable y estudió a conciencia el problema, dando la 
razón a los colonos. Esta circunstancia obligó a la Je- 
wish a desenvolver procedimientos equitativos prestan- 
do su ayuda eficaz al colono. Inició labores de mejora 
y fomento, buscando la comodidad de sus colonos. Una 
de sus obras de significación, fué el vivero destinado a 
distribuir plantas en todas las viviendas de sus pobla- 
dores. El año anterior fueron distribuidas 10.000 plan- 
tas de acacia y otras forestales. 

En la actualidad pueblan esta colonia más de 250 
familias, contando con dos establecimientos de instruc- 
ción. 

A nuestro paso por Rivera, en viaje a Macachin, 
visitamos el local de esta cooperativa, teniendo oportu- 
nidad de departir con su presidente don Aaron Brods- 
ky, hombre de cultura general, colono fundador y muy 
versado en temas de mutualismo y cooperación. 



CAPITULO XII 



Por los bosques de calden. — La leña de la Pampa, 
gran industria. — Los desmontes entregados a 
la agricultura. — un poco de sentimentalismo 
y de leyenda. — Los árboles eternos. — El 
servicio de guardería forestal, prudencia en 
el usufructo y legislación. — Convoyes de le- 
ña. — Los bosques de Anzoategui en Guatra- 
ché. — Visita al obraje. — Labores y peona- 
das. — Un negocio de leña por 20.000.000 de 
pesos. — El record de las transacciones en el 
país. — Contomos del negocio. — El ferro- 
carril industrial. — 600.000 toneladas, base 
del embarque anual. — Lo que dicen los peo- 
nes. — La futura colonia. — El agua provi- 
dencial. 



«Nobis placeant ante omnia sj'lve», — había dicho 
Virgilio en uno de sus grandes poemas. — «Nada nos 
guste tanto como el bosque». — Brisas del Helicón, pa- 
tria de las musas, soplaban todavía por el Mediterráneo, 
y la Europa toda, sostenía aun el culto legendario de 
las florestas. Bien pudo la loa del bucoliasta, ser anate- 
de talar Julio César, — segiin Lueano, — camino de Mar- 
matizante reivindicación para el bosque que acababa 
sella. 

De este atentado, arrancó la odisea de los bosques 
de Europa. Pero es que el dictador vitalicio no iba, 
hacha en mano, contra Tas selvas, por molestar a Ceras, 
como lo hiciera Eriticson, a estar a lo que cuentan «Las 
Metamorfosis» de Ovidio. Julio César quería cortar de 



— 118 — 



cuajo contra las supersticiones druídicas. Y blandió su 
herramienta mortal contra los robles sagrados. Fué la 
hora trágica de las selvas. ¡Para él, el primer tajo sobre 
el árbol secular! El verso de «La Farsalia», pinta en 
boca del héroe su brava decisión, para instigar a sus le- 
gionarios al doloroso desgarramiento de la floresta pri- 
mitiva y gloriosa : 



«Ya será el hecho imitación, no intento; 
Proseguid, no abonéis la acción que elijo, 
Que si emprendió profanidad mi mano. 
No es vuestro el crimen, yo seré el profano». 



Tal ocurre a los bosques pampeanos. El hacha de 
César ha declarado su guerra cruel a los caldenes. Pe- 
ro es la necesidad, la apremiosa necesidad, no el fana- 
tismo, la que abre el tajo y allana la floresta. Caen los 
árboles corpulentos, milenarios tal vez, reclamados por 
las usinas, por las fábricas, por el ferrocarril. El senti- 
miento nacional pone una nota de angustia sobre la 
agonía de sus bosques, mientras la avidez agraria se 
apodera del viejo patrimonio, regado aun por la savia 
roja de sus árboles, y donde la colonia ha de espolvorear 
el oro de las mieses. . . 

Y bien: explotemos nuestros montes, pero con pru- 
dencia, con talento, con amor. No hagamos lo que Es- 
tados Unidos, que después de arrasar sus grandes flo- 
restas, en una extensión tan amplia como Europa, ha 
tenido que castigar su irreflexiva sordidez, con la «fiesta 



119 — 



del árbol», la más bella advocación a Flora y una de 
las mejores conquistas de la civilización. Explotemos 
nuestros bosques : pero llevando siempre en el corazón 
el verso de Virgilio : «Nobis placeant ante omnia syl- 
ve» ... 



* « 



La explotación leñatera está en todo su apogeo en 
la Pampa. El encarecimiento del carbón mineral ha ope- 
rado el florecimiento de una industria que venía des- 
arrollándose paulatinamente y sin el incentivo de las 
grandes empresas. La necesidad y el usufructo, han 
despejado el horizonte para la explotación. El calden, 
leña del hogar, ha pasado al fogón de la locomotora 
a suplir al Cardiff. Y de muy buena calidad debe ser 
este combustible, cuando las empresas ferroviarias se 
apresuran a formalizar, con los beneficiadores de bos- 
ques, contratos de consideración y a largos términos. 
Esta enseñanza, que viene a sacudir la indolencia del 
país, es una de las buenas cosas que nos deja el pron- 
tuario de la guerra universal. 

De tres años a esta parte, se ha venido intensifi- 
cando la industria. Las ferrovías del sur, que cruzaban 
hasta hace poco, el monte salvaje, cortan ahora predios 
civilizados por la colonia. ¡Es de muerte la guerra em- 
prendida por el hacha talar ! Pero, sobre los bosques de 



— 120 — 



la Pampa sería difícil, hoy por hoy, imponer una legis- 
lación previsora que perpetúe la floresta primitiva. El 
servicio de guardería forestal debe ser obra del interés 
privado, de acuerdo con las ventajas que reporta una 
explotación sistemada; que no destruj'a, que civilice; 
que no arrase, que usufructe y combine. Los bosques 
purifican la atmósfera, atemperan la impetuosidad de 
los vientos, suavizan el rigor del clima y regularizan 
las lluvias. Se explica la legislación inglesa sobre sus- 
bosques. Pero no es éste el precedente que conviene a 
la Pampa argentina. El gobierno británico bien hizo- 
en permitir el deseuajamiento de sus florestas. Las co- 
rrientes submarinas que bañan las costas de aquellas 
islas con el calor del trópico, y la humedad que traen 
los vientos del Este, bastan, como elementos naturales, 
para hacer productivas aquellas regiones geográficamen- 
te frías. El arrasamiento de sus bosques fué para In- 
glaterra una solución, pues no sólo abrió campo a sus 
cultivos agrícolas, si no que desecó el suelo y disminuya 
la humedad de la atmósfera. 

El desiderátum de nuestra explotación forestal en tie- 
rras pampeanas, será la chacra-monte, combinación nue- 
va, en vísperas de crearse en los bosques vecinos al Co- 
lorado, por obra de don Fortunato Anzoategui. Será és- 
te un espécimen de colonización de orientaciones nuevas 
en el país, que tenderá al usufructo mixto de la selva 
montaraz y el cultivo agrícola, sobre la base de la esta- 
bilización dé los hachadores. Es decir : llevar a la ac- 
ción, en una palabra, el aforismo alemán, tan eficiente 
y civilizador : «ni cultivo sin monte, ni monte sin culti- 
vo». Por lo pronto, derribar los caldenes comporta, ea 



121 



la actualidad, rescatar los campos para el dominio del 
arado. Si fuera posible la repoblación de estos bosques 
en el tiempo breve en que se desarrollan los árboles del 
trópico, se impondría de inmediato la ley precaucional 
que tutelara su explotación, Pero estos tremendos ejem- 
plares parece que no han tenido infancia. Los viejos ve- 
cinos de la Pampa, que saben conservar, por cariño, 
algún calden familiar, a cuya sombra retozaron sus hi- 
jos y sus nietos, suelen decirnos, orgullosos de aquella 
longevidad indescifrable : 

' — Es el mismo siempre. No ha echado ni una rama 
más desde que lo conozco , , , 

La botánica se estrella ante el enigma de esta vita- 
lidad montaraz tan digna de estudio. La fito-biología fa- 
lla, inevitablemente, ante los círculos concéntricos que 
rodean la médula de los troncos, Y como es cómodo dar 
rienda suelta a la injaginación y buscar nna proceden- 
cia legendaria a los viejos amigos que se van, no faltan 
bondadosos informantes que remontan el origen de al- 
gunos ejemplares, a los tiempos de Noé. . . 

— ^Yo creo que hay árboles que se mantienen en pie 
desde el diluvio — nos dice el señor Don Tomás Masson 
formidable anciano, fundador de Santa Rosa, que no ha 
leído a Chateaubriand, sin duda, pero que rescataría para 
nuestros caldenes la expresión grandilocuente del es- 
critor francés sobre los bosques : «son los primeros tem- 
plos de la divinidad». 

Los propietarios previsores, al desmontar el bos- 
que para entregar la tierra a los cultivos, dejan ár- 
boles en pie de trecho en trecho, no sólo como un adorno 
para el campo, si no como elemento de sombra para 



— 122 — 



los ganados, que aprovecharán el rastrojo después de 
las cosechas. Entre Jlos caldenes suele medrar, en ejem- 



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piares aislados, algún tupido «sombra de toro», de forma 
eclipsoidal y hoja perenne, tan uniforme, tan umbroso, 



123 — 



tan bello en fin, que lo reclamaría sin desdoro el par- 
que más exigente y estilizado de Buenos Aires (1). 

El movimiento ferroviario del sur y del oeste de 
la Pampa, no se da tregua en el arrastre de convoyes 
leñateros, rumbo a los puertos de Bahía Blanca y Bue- 
nos Aires. Junto a los desvíos de cada estación, enormes 
parvas de calden esperan turno para el transporte, con- 
signadas a las grandes empresas, fábricas y frigoríficos 
del litoral. 

En Guatraché hemos visitado detenidamente la «ha- 
chada» más importante del territorio, industria del se- 
ñor don Fortunato Anzoategui, uno de los hombres 
jóvenes más progresistas y emprendedores del territo- 
rio. En compañía del administrador del establecimiento, 
nos internamos en el corazón del monte, siguiendo el 
sendero tortuoso, ahondado por el trajín incesante de 
los carros cargadores. Toda la superficie circunvecina 
s. la vieja estancia, está desbrozada ya. Los hachadores, 
distribuidos en pequeñas cuadrillas, van derribando el 
bosque, sin dejar rastros de la floresta secular. Abatido 
el calden, se descuaja el recio tronco, se queman las 
raíces y luego se ciega el hoyo, allanando la tierra que 
bien pronto ha de confundir y emparejar el arado con 
su tajo atrevido. ¡Y qué pocos meses de vida tiene este 
bosque ! Setecientos hachadores fornidos han iniciado la 



(1) Se ha observado una nota análoga entre esta planta silvestre 
y los citros (naranjo, limonero, mandarino, etc.) tanto en los caracteres 
fisiológicos como en su constitución foliácea. Nada de extraño sería que 
después de un prolijo estudio sobre los puntos de contacto entre ambas 
especies, se arribara a la posibilidad de formalizar ingertos, dando vida 
3 una curiosa combinación. 



— 124 



obra del desmonte. Y mientras las rajas van apilándose 
en verdaderas montañas, — hay 50.000 toneladas de le- 
ña listas ya para embarque, — el ferrocarril se apresu- 
ra a terminar su línea industrial para dar salida a la 
cuantiosa producción. 

Un compromiso celebrado entre el señor Anzoategui 
y el ferrocarril del Sur ha ocasionado esta vertiginosa 
explotación que, reclama sin medida, jornaleros y ce- 
leridad. El contrato, cuyos términos generales han tras- 
cendido, de acuerdo con la importancia del negocio, 
atribuye a las partes la obligación de entregar y reci- 
bir leña por 20.000.000 de pesos, enorme suma que se 
hará efectiva en el transcurso de cinco años y mediante 
la explotación de diversas matas. Esta transacción, la 
más importante que se ha celebrado hasta ahora en el 
país, ha venido a dar a este obraje el contorno de un 
verdadero emporio de riqueza. Respetamos, por que así 
lo exige la reserva comercial, el precio estipulado por 
tonelaje y otros detalles de la operación. Baste saber, 
como dato ilustrativo, que el ferrocarril del Sur ten- 
drá, para muy en breve, listo su ramal que empalma con 
el Pacífico. Esta línea tiene una longitud de 14 kiló- 
metros y combina entre Remeeó y Guatraché. La re- 
ciente huelga ferroviaria ha venido a dilatar la inau- 
guración de esta línea. El señor Anzoategui se dispone 
a entregar, a partir del primero de año, 1000 toneladas 
diarias, como base, tratando de exceder de 600.000 al 
año, si es posible, cantidad única, hasta ahora, en esta 
clase de operaciones, entregada al arrastre del ferroca- 
rril. En la actualidad, el monte de Anzoategui indus- 
trializa diariamente más de 600 toneladas, siendo pro- 



125 - 



bable que la producción se duplique con el acrecenta- 
miento de hachadores que se producirá a renglón segui- 
do de las cosechas. 

El peón en este obraje gana un jornal de 2.50 a 3 
pesos, según la calidad del monte, intensidad o rarefac- 
ción de ejemplares nobles. En medio de la maraña, sue- 
len aparecer limpiones de monte sucio que es necesario 
extirpar también. En esta operación cabe el aumento 
de salario. 

En la proveduría, contigua a la estancia, hemos de- 
partido con algunos peones, quienes nos informan sobre 
las condiciones de labor. 

— El trabajo es rudo, señor, — nos dice un joven 
español. — Menos mal, cuando uno es del oficio y tie- 
ne callo formado en la labor... Que no todos pueden 
rendir su tonelada diaria. 

— No se puede, — arguye un criollo, — por que en 
descuajar, cerrar el pozo y quemar los raigones, que 
es trabajo aventado, se echa un cuarto de día, por lo 
menos. 

— ¿Y en qué condicionas trabajan ustedes? 

— Nosotros nos organizamos en cuadrillas de a cinco, 
— continúa el español ladino. — Tenemos que comprar 
los elementos de trabajo ; esos cuatro fierros que ve 
usted : un martillo grande, dos cuñas y el hacha. Este 
lote para cada trabajador ; además de la sierra grande, el 
pasaportodo, que corresponde al grupo y es la herra- 
mienta de más valor, 

— ¿Y cómo adquieren estos elementos? 

— Los fía la casa. Un total de cerca de 70 pesos en 
conjunto. De manera que uno al iniciarse, entra en deu- 



— 126 — 



da con el patrón. Y créame que los artículos de consu- 
mo no dejan de ser un poco pesados. . . 

— ¿A cómo? 

— La carne a 55 centavos; la galleta a 40; el azúcar 
a 75 . . . i No le parece caro ? 

Tenemos siempre el espíritu bien dispuesto en favor 
del trabajador; pero, en este caso, no encontramos ra- 
zonable la protesta. 40 centavos se paga por la galleta 
en Santa Rosa; y el azúcar, posiblemente, no se consi- 
gue a menor precio en ningún pueblo de la Pampa. En 
la cooperativa de los colonos de Rivera, — la Jewish 
Colonization Assoeiation, — que hemos visitado, se co- 
bra a los asociados 84 centavos por el kilo de azúcar, a 
pesar del mutualismo que proclaman. 

De primera intención, parecería esquilmadora la 
medida de cobrar medio centavo por el litro de agua 
entre los hachadores, mayormente teniendo en cuenta 
que el agua abunda en este campo, en donde los sur- 
gentes han sido una revelación. Pero hay que convenir 
que la distribución del agua a las numerosas cuadrillas 
diseminadas en el monte, importa establecer servicios 
auxiliares y carros aguateros cuya circulación irroga 
gastos (1). 



(1) Posteriormente a nuestra visita, hemos recogido las informacio- 
nes completas relacionadas con las condiciones de labor. He aquí el 
comijromiso ger.eral de trabajo aceptado por ambas partes: 

— Pasajes: De ida, de=de Buenos Aires, gratis, siempre que trabajen 3 
meses. 

— Tli.-rramipntas: pn-stadas debiéndolas devolver al terminar el tra- 
bajo. Herramientas que se entreguen inservibles, serán abonadas por el 
hachador por la mitad de su valor Las herramientas que se pierdan, 
deberán abonarlas por su valor. 



— 127 — 



En Xaieó, por ejemplo, como asimismo en diverso» 
beneficios leñateros en la zona del sur, los obreros tra- 
bajan en condiciones inferiores. Ganan de 2 pesos a 2.20 
por tonelada o 50 centavos por metro cúbico. Se paga 
80 centavos por metro, de acarreo, hasta tres leguas, 
• — un carro carga de 15 hasta 22 metros. — Hay que 
tener en cuenta que en acarreos de tres leguas de dis- 
tancia, se puede realizar un viaje cada día por medio. 

El campo Los Surgentes, donde están estos mon- 
tes destinados a desaparecer en breve, será uno de 
los mejores de la comarca, una vez entregado a los cul- 
tivos. Nada de difícil prever que el ramal eventual, cons- 
truido a los fines de esta explotación pasajera, sea un 



— Carne: a $ 0.45. si el obrero vá a la proveduría a buscarla, y $ 0.50 
con el reparto. 

— Entrega de leña: Los recibos de leña, habiendo carros, serán de in- 
mediato, y si faltaran éstos no se metreará la leña y se le pagará por 
metro en la misma proporción que se le paga por tonelada. 

— Hachadas: Las hachadas se harán con !a base de la limpieza del 
campo, sacando los árboles de raíz, quemando las ramas y tapando loe 
pozos. La leña podrá ser hasta de 70 centímetros de largo por 8 a 22 
centímetros de diámetro. Los precios se pagarán de acuerdo con los ha 
chadores convenido de antemano y en relación a la clase de monte y 
en forma de que obtenga buen jornal el hachador. 

— Cuentas: En cualquier momento que el hachador lo desee serán 
éstas arregladas y abonado su importe. 

— Agaa: El agua será limpia y les será entregada en el campamento 
gratuitamente en la misma proporción como cuando tenían que pagar al 
que la llevaba. 

— El arreglo de las herramientas es por cuenta del establecimiento. 
— Los hachadores podrán controlar la balanza y presenciar el peso d« 
cada carro y retirar el vale en el acto. 

— Cabos: Cuando se compruebe que los cabos se han roto por el uso, 
serán cambiados por nuevos. 

— Precios: Los precios nunca serán menores de $ 2.50 a $ 3. — !% la 
tonelada. 



128 — 



desahogo para la futura colonia o estire sus rieles hasta 
Bernasconi, civilizando nuevas tierras. Por lo pronto, 
el gran porvenir de este campo, ganado al monte, está 
asegurado ya con los surgentes de agua riquísima, — 
uno de los cuales da más de 150 litros por minuto, — 
y que serán manantiales d^ vida para las futuras po- 
blaciones. En la actualidad son diez los surgentes de 
una profundidad de 120 a 150 metros, distribuidos con 
inteligencia y previsión en todo el campo. Estos pozos 
rinden constantemente, de 60 a 150 litros por minuto y 
cuestan cada uno alrededor de 500 pesos. Sobre esta ba- 
se del agua, se ha de afianzar la labor futura del gran 
establecimiento agropecuario que se iniciará con la caí- 
da de los últimos caldenes y sobre una extensión de 
15.000 hectáreas. 

Se dirá que en esta guerra sin cuartel contra la na- 
turaleza salvaje del terreno, no volverán los árboles 
magníficos y llenos de sombra a tonalizar el valle y em- 
penachar los collados, pensando, con dolor, en la expre- 
sión de Tehuriet de que el monte es la poesía y el perfu- 
me de la tierra; pero sobre el salvaje orgullo, nadie 
negará que se ha puesto una nota de poesía, civilizando 
la heredad con la colonia y con el tren. . . 



CAPITULO XIII 



lia comarca de Naicó. — El ciclo completo de la 
explotación forestal. — El pioneer. — Del 
monte hirsuto, a la colonia y al centro urbano. 
— Los primeros cultivos. — Habla Anzoategui 
sobre los preliminares. — Civilización agraria 
de los campos vecinos. — Con rumbo al sur. — 
La «chacra-monte», sistema novísimo de coloni- 
zación. — Las tierras del Colorado. — Un fe- 
rrocarril poblador. — El gran porvenir de una 
comarca nueva. — La ciudad futura. — Arrai- 
gar al hachador, con el estimulo de los cultivos, 
base de un plan educativo y social. — El feu- 
do improductivo, en manos de la energía y del 
capital. — 75 kilómetros de ferrovía. — La9 
salinas y el bosque. — Nuevo horizonte indus- 
trial y económico para los campos del sur. 



Una de las regiones de la Pampa donde la explota- 
ción forestal ha realizado su ciclo completo, desde el 
monte primitivo hasta la colonia, ha sido la comarca 
tributaria de Naicó, junto a la línea del Pacífico. Hasta 
estos montes solitarios, llevó hace ocho años su acción 
valiente y juvenil don Fortunato Anzoategui. De aque- 
lla violación decisiva a la selva intocada, debía nacer 
el centro futuro, la colonia próvida y la pradera boyal. 
Fué una brava aventura la de este arg^auta joven, que 
se lanzaba a la conquista del monte vigoroso y desco- 
nocido, a civilizar heredades sin deslindes, sin aguadas, 
sin caminos, sin perspectivas de utilización agrícola. Ru- 
dos fueron los prolegómenos de esta atrevida iniciación. 
Sobre extensas tierras de la sucesión de Ataliva Roca, 



La Pampa — 9 



— 150 



pobló Anzoategui, colonizó, dividió, alfalfó, mientra»- 
sus hacliadores talaban la selva en tres leguas a la re- 
donda, sobre la estación del ferrocarril. El emporio de 
labor que venía a sacudir la armonía salvaje de aquella 
agreste virginidad, reclamó, bien luego, el núcleo ve- 
cinal. Y Anzoategui funda el centro urbano a la vera 
de la estación, en donde se congregan las primeras fa- 
milias rusas que tentaron su bienestar en la colonia. Es 
así cómo se inicia el pueblo Ministro Lobos, a base de 
un prudente loteo de chacras, quintas y solares. 

Mientras tanto, los primeros cultivos, diseminados a 
título de comprobación sobre la aptitud agrológica de 
aquella tierra, comenzaban a tomar incremento. El maíz 
rindió en forma excepcional, habiéndose aprovechado en 
una de sus cosechas más de 5000 bolsas. La alfalfa ver- 
deó parejo en 1.200 hectáreas, a manera de ensayo, y 
el trigo, la avena y el centeno, comenzaron a prodigar- 
se con buenos augurios en predios de consideración. 
Actualmente en estas colonias se ha cultivado una su- 
perficie de 12.500 hectáreas de trigo y más de 3000 de 
maíz. 

El pueblo Ministro Lobos, que creció, al propio tiem- 
po que se urbanizaba con nuevos edificios los terrenos 
contiguos a la estación, acrecentó su importancia con el 
reflejo tributario de las setenta familias colonizadoras 
que fueron en pos de la vitalidad productora de aque- 
llos campos brutos, que resultaron tierras de panllevar. 
ínterin, el ferrocarril seguía evacuando, con rumbo a 
Bahía Blanca, el tributo del bosque que llegó a signifi- 
carse, en números redondos, con 300.000 toneladas. 

— Fué una lucha tenaz aquel comienzo, — nos dice 



- 151 



el señor Anzoategui. — Pero no pudo el pesimismo am- 
biente contra la visión clara que se había apoderado de 
mi espíritu. Sin defecciones, sin desmayos, con fe sin- 
cera en el porvenir, emprendí la labor. Los cultivos pri- 
meros fueron de prueba y por administración. Bien 
pronto me di cuenta del valer productivo de toda la 
zona. Y fué una comprobación muy grata para mí po- 
der apreciar que el éxito de la agricultura en esta co- 
marca, está basado, más que en la cantidad, en la opor- 
tunidad de las lluvias. 400 milímetros que es el prome- 
dio anual, bien distribuidos y a su tiempo, bastan para 
levantar buenas cosechas. 

La obra de Anzoategui tuvo, como era de esperarse, 
su grata repercusión vecinal. Pasado el Rubicón courtan 
buen éxito, se arremangaron los vecinos a tentar fortu- 
na en la colonización. Campos de Esturizar, de Atali- 
va. Roca, Roca de Bollini, Madero, García, etc., que no 
habían intentado aventar, siquiera un grano, al erial, 
roturaron francamente el baldío, seguros que la tierra 
no sería esquiva a sus afanes. Ocho años han bastado 
para transformar la fisonomía comarcana. El pueblo, 
la colonia, el campo pastoril, el molino, el alumbrado 
divisor, el camino insinuante, han operado la transfor- 
mación vertiginosa de la selva huraña. Y si para el 
sentimentalismo nativo, cabe la melancólica añoranza 
de los árboles criollos que se fueron en la lenta agonía 
de las cosas, con su sombra, con sus aves, con sus nidos^ 
con su fragancia, arrastrados por el torbellino de la 
conquista, signos de progreso definitivo, ponen su nota 
augural en la maquinaria moderna que surca, que siem- 
bra, que engavilla, que arrastra; en el seleecionamiento 



132 — 



de los cultivos y los ganados; en el bienestar invalora- 
ble de la campiña, tecnificada ya, y hasta en el canto 
de los labradores, calandrias de la civilización, . . 



* 
* * 



Pero no para ahí la obra eficiente y porfiada de este 
hombre emprendedor, de esta «garra», en el sentido ge- 
neroso del vocablo. Anzoategui, Júpiter de los caldenes, 
— si cabe el teogonismo pagano atribuido a las flores- 
tas pampeanas, donde puede el calden, como el roble, 
ser símbolo de suprema fuerza forestal, — lleva sus ha- 
chadores al sur, a las márgenes del río Colorado, Pero, 
hombre de empresa y civilizador a la vez, ha de buscar, 
como lo indicamos en nuestro capítulo anterior, una com- 
binación novísima, capaz de dar la nota más alta, com- 
pleta y educativa en nuestras especulaciones agrícolo- 
ganadero-f orestales : la «chacra-monte». 

No conocemos en la economía forestal el precedente 
que se haya anticipado a esta explotación «sui-géneris», 
Alemania, cuya política arbórea culmina en sabias le- 
gislaciones sobre bosques, pudiera tal vez, darnos entre 
sus disposiciones algún ejemplo análogo, Inglaterra no 
nos lo da. Ni Francia, Ni España mismo, que posee una 
de las, codificaciones más avanzadas sobre bosques, y que 
a partir del Fuero Juzgo, que dejaron los godos, — 
¡hijos de las selvas, al fin! — y las pragmáticas de los 
reyes Católicos, supo distribuir con mesura él patrimo- 



153 — 



nio de las florestas. Ni Estados Unidos, que comenzó 
su conquista agraria con el incendio de sus selvas, y 
que, pueblo arrebatado y nuevo, no tenía noción de aquel 
sabio código de Castilla, que decía en su libro 8°, títu- 
lo 2° : «si algún onme enciende monte aieno o árboles 
de cual manera quier, préndalo el iuez, e fagal dar C 
azotes e faga enmienda de lo que quemó, cuemo asma- 
ren onmes buenos» . . . Felizmente, para la gran nación 
del Norte, su fiero empuje arrasador buscó el correctivo 
en el culto a las plantas, extremoso y sentimental. 

¿ Cuál es el plan de Anzoategui ? En síntesis, crear un 
tipo montaraz, el hachador-labriego, que se arraigue a 
la tierra, que deje de ser el saltamontes, el gandul, el 
obrero paria, hecho a la herramienta desvastadora co- 
mo una prolongación cruel. El leñador, en esta nueva 
escuela del trabajo, sabrá bien que si desbroza la ma- 
raña, — sobre el suelo domado, para él germinará la 
espiga que fecundará su sudor. Y con esta perspectiva, 
educadora y franca, ha de ser piadoso con la selva, res- 
petando los árboles de sombra, que diseminados por el 
campo, abierto a los sembríos, abrigarán al ganado de 
sus dehesas, como preveía la pragmática de Carlos V 
sobre la prudencia en las explotaciones, por que «hay 
mucho desorden en los disipar; de que resulta que no 
hay abrigo para los ganados en tiempo de fortuna y 
gran falta de leña». 

Mucho y bueno debemos esperar de esta iniciativa 
que abrirá nuevos horizontes al leñador, mientras se 
pueblan comarcas nuevas y se fecunda la virginidad 
de aquellas tierras del Colorado, que son un misterio 
todavía para el espíritu descreído de Buenos Aires. 



— 134 — 



De cien leguas es la superficie que acaba de arren- 
dar Anzoategui a don Dalmiro Martínez, sobre la mar- 
gen izquierda de aquel río. ¡Imaginaos las sorpresas 
que puede guardar este feudo, al empuje civilizador ! 
Selvas impolutas, aguardan en la misteriosa soledad, 
la hora en que la mano del hombre, vaya a adueñarse 
de aquel «summum munus homini datum», que atribuía 
Cicerón a los bosques; praderas cerriles, que esperan 
la caricia sensual del arado, para abrirse en estupenda 
maternidad; salinas riquísimas, como lagos árticos, sólo 
conocidos por las aves; poéticas cuchillas y hondonadas 
feraces. . . 

Hasta este fundo inmenso llevará el ferrocarril del 
Sur sus rieles, movido por el interés común. Son 75 ki- 
lómetros de línea, comenzada ya, que facilitarán la con- 
quista, empalmando en el trayecto de Gaviotas y Río 
Colorado. Sobre esta intersección, tenemos fe en que 
ha de organizarse, en forma vertiginosa, una ciudad de 
porvenir, núcleo central del Sur pampeano. 

Conjuntamente con estos campos, el señor Anzoate- 
gui ha adquirido 40.000 hectáreas vecinas, que com- 
prende el campo de los Achával, en cuya superficie 
desarrollará con preferencia, su plan de colonización. 
Hasta allí irá un ramal de 5 kilómetros, cuyas venta- 
jas allanarán los preliminares de la cultura agrícola a 
que están destinados. 

Hasta el presente la comarca vecina a los ' campos 
que acaba de adquirir Anzoategui, desconocen en ab- 
soluto las labores agrícolas. Algunas vegas están po- 
bladas de ganadería lanar, pero en forma de crianzas 
rudimentarias. El futuro centro de población, el ferro- 



— 135 



carril, que ya comienza a afirmar sus durmientes y la 
explotación mixta que usufructuará el monte y hará 
rendir forraje y cereal a la tierra desbrozada, van a 
sacudir la molicie del Sur y a abrir un nuevo horizonte 
industrial y económico a la Pampa, completando para el 
gran territorio, la cenefa que cerró magistralmente Pi- 
co por el Norte y por el Este el rosario de pueblos re- 
costados sobre el Meridiano Quinto. 



CAPITULO XIV 



lia industria minera en la Pampa. — Lihuel CaleU 
yacimiento aurífero. — Las arenas ferrugino- 
sas de los médanos. — El fierro titánico del Co- 
lorado. — ¿Habrá en el subsuelo de la Pampa 
una gran cuenca petrolífera? — La sal común, 
fuente de riqueza industrial. — Los grandes 
criaderos. — Una visita a Salinas Grandes, en 
Macachín. — El gran emporio de la «Compa- 
ñía Introductora». — Cómo se practica la ex- 
plotación salinera. — Las máquinas raspaduras. 
— El ferrocarril, el molino y el puerto. — 
Labores, obreros y jornales. — La mina eter- 
na. — Cosecha e industrialización. — 300 to- 
neladas diarias. — La sal fina tan buena como la 
de Cádiz. — El «decauville» a la estación Hi- 
dalgo. — Diversas. 



— Lihuel Calel, — nos informa en General Acha, el 
criador don M, Otero, fuerte afincado en el Noveno De- 
partamento, — es una sierra rica en minerales de co- 
bre y oro. . . ¿Por qué no la visita? 

Deseos tendríamos, en verdad, de hacer una excur- 
sión a estas montañas, que, con la Sierra Chica, cons- 
tituj'en un raro sistema orográfico perdido en la inmen- 
sidad de los campos ; pero nuestra visita, a simple tí- 
tulo contemplativo, a ninguna explicación concreta po- 
dría arribar sobre las condiciones científicas de aquellos 
minerales. El viejo beneficio, que tentó la codicia de 
algunos mineros profesionales en el espacio de veinte 
años, a partir de 1885, está completamente abandona- 
do. Baste saber, a mérito informativo, que los pozos ca- 
vados en este asiento, tienen algunos, una profundidad 



— 138 — 



de setenta metros. El usufructuario de las minas de Li- 
huel Calel, fué don Juan de Dios Sepúlveda, quien las 
trabajó durante diez años enviando su producto a Chi- 
le. Durante los años de 1902 y 1903, la explotación es- 
tuvo en manos de una compañía de Bahía Blanca, El 
embarque de minerales se hacía por Pichi Mahuida (1) 
— F. C. S. — a veinte y cinco leguas de distancia. Pro- 
bablemente,, los gastos originados por el transporte fue- 
ron óbice para continuar la explotación. Y ahí están 
los trabajos paralizados, a la espera, tal vez, de que 
se formalice la línea proyectada por el ferrocarril Pací- 
fico, de General Acha al occidente, acortando en una 
tercera parte la distancia ferrocarrilera que conviene a 
la explotación. 

La minería, industria incipiente todavía en nuestro 
país, no ha despertado en este territorio el interés de la 
empresa. Los buscadores de fortuna, tentados por el 
oro de las mieses, no salen de las especulaciones trilla- 
das. Las arenas de estos médanos, — no es una nove- 
dad para nadie, — poseen un buen porcentaje de pi- 
rita de fierro. Esta proporción que por su abundancia 
pudiera tener su interés para la industria minera, vale 
mucho más para la explotación agrícola, en forma indi- 
recta y en el sentido práctico de los colonos. El aprove- 
chamiento racional está en la inmovilidad de esos mé- 
danos ferruginosos, y sobre ellos el cultivo adaptable 
y eficaz. Engolosina, de primera intención, la riqueza 
metálica de las arenas. Pero no se pone en cuenta las 



(1) Sierra Chica. 



139 



■dificultades y el costo de la explotación. Es un ingenuo 
lirismo esta novedosa teoría de explotar los médanos, 
alejándolos de su destino natural de ser tierra firme 
con el tiempo. Y hasta hay personas graves, que nos di- 
cen con énfasis, como si hubieran encontrado la piedra 
filosofal : 

— ¡ 30 por ciento de fierro I ¡ Si es una riqueza colo- 
sal ! . . . 

Ante este entusiasmo desmedido en vías de dar con- 
sagración a una novelería, cabe preguntar, lo que sería 
de esta Pampa, si le quitaran el hierro que constituye, 
precisamente el poco de densidad de sus médanos. Las 
dunas, lejos de civilizarse con plantaciones y semente- 
ras, se convertirían en un piélago de arenas indóciles, 
reacias a todo empeño de cultura agrícola y de inmovi- 
lidad, destinadas a eterno juguete de los vientos y azote 
de las poblaciones. . . 

Cuando el general Roca, a punto de culminar su cam- 
paña civilizadora llegó al río Colorado, los oficiales des- 
cubrieron en las arenas vecinas una mezcla poderosa 
de fierro titánico. Por medio de un imán, se extrajo 
el mineral ; y era tan pequeña la cantidad de arena pu- 
ra, que quedaba, después de esta separación, que apenas 
rendía un diez por ciento . . . Esta existencia de fierro 
titánico, que venía a dar la presunción de un arrastre 
aurífero, despertó en el público una gran predisposi- 
ción por las tierras del Colorado. Felizmente no se pro- 
dujo el éxodo californiano, a pesar de la aseveración 
optimista de los sabios teutones que acompañaban la 
expedición. Quedó; sin embargo, un vaticinio augural, 
que suscribió el redactor militar de la cruzada. 



— 140 — 



— Tengo la esperanza, — decía el coronel Olascoa- 
ga, — de oir decir un día que se ha descubierto un 
rico lavadero o mina de oro en cualquier parte del río 
Colorado ; y más probable entre sus nacimientos y las 
inmediaciones de Pichi Mahuida. 

Van corridos 4reinta y ocho anos y aun la profe- 
cía está en pie. Aquellas tierras se han poblado, pero el 
oro del ensueño no ha despertado aun la avidez de los 
buscadores. 

Tal, la amable fábula de esta industrialización de 
los médanos, con la diferencia que exprimir el hierro 
de los médanos sería fomentar el Sahara infecundo, 
despiadado y eterno . . . 

Cuando se estudie con detención el subsuelo de la 
Pampa, nada de extraño será que se abra un nuevo 
horizonte capaz de concentrar fecundas actividades. 
Este territorio, geológicamente considerado, es una pro- 
longación de las pampas mendocinas que tienen su pun- 
to de arranque en las nacientes del Atuel, en donde los 
cáteos acaban de revelar la existencia de carbón (que 
ya S8 explota), alquitán y petróleo, fuera de los ricos 
minerales de cobre, conocidos y trabajados de tiempo 
atrás. Esta derivación es probable que nos reserve al- 
gunas sorpresas. La necesidad de buscar el surgente, 
que es la vida econpmica y firme de los cultivos inten- 
sivos, ha de despejar la incógnita en el momento me- 
nos pensado, revelando la existencia de hulla o la cuen- 
ca petrolífera significada en fecundo nacedor. 



* * 



— 141 



La sal común es el único mineral que actualmente 
se explota en la Pampa. Las fuentes productoras están 
al sureste, comprendiendo tres o cuatro lagunas en los 
departamentos Tercero y Cuarto. Estos criaderos de 
sal en pleno beneficio hoy, fueron focos de atracción 
otrora de las tribus nómades que pululaban por el de- 
sierto, antes de la campaña militar. La labor elemental 
y rendidora de la explotación, y el abandono en que 
yacían estos bienes del Estado, dieron pie a la depre- 
dación de las indiadas, completando así, con las hacien- 
das mal habidas, el comercio inmoral en los mercados de 
ultracordillera. 

— Yo he visto con mis propios ojos, — nos dice un 
anciano, peón todavía en Pico, — i ali, criollo ! — que 
actuó como soldado en toda la campaña, desde los pre- 
liminares de Alsina hasta la concentración histórica de 
Choele-Choel, — yo he visto las arrias indígenas, car- 
gadas de sal, camino de Naicó, rumbo a las cordilleras. 
Y le garanto que eran por lo menos cincuenta cargueras 
y más de treinta lanzas que les venían pisando los ga- 
rrones... Estaba yo entonces, destacado en patrulla 
volante y bajo las órdenes del Comandante Clodomiro 
Villar... Eramos diez de la partida, internados campo 
afuera, siguiendo los rastros de una indiada, que había 
pasado tres días atrás. Como a doce leguas de la laguna 
Mari Mamuel, la cruzada de un monte de caldenes nos 
separó y quedé con dos soldados entre unos medanales 
más traicioneros ! . . . sin víveres, sin pilchas y hasta sin 
tabaco... ¡pa pior! Era una corajeada bárbara... A 
eso de oraciones habíamos desencillao al reparo de una 
barranquita, cuando vimos pasar como a dos cuadras, 



142 



como botón de chaleco, a la indiada... Venían del lao 
de las salinas. . . ¡La suerte que no nos habían tomado 
el olor ! . . . 

« — ¿Atacamos?» — les pregunté a los muchachos. 

« — jPa qué?» — me dijeron... ¡Si es al ñudo!... 
¿Pa que nos pongan como arneros a lanzasos?... 

— Tenían razón. Era morir. ¡ Sin güelta ! Morir en 
lay, pero sin provecho pa la nación. Y le garanto que 
sentí como qu'el corazón se me achicaba. Y pensé en 
los versos de Martín Fierro que sabía leer mi sargento 
en el fortín- de Carhué : ^ 



«El hombre hasta el más beyaco 
Aflueja andando en la mala 
Y es blando como manteca». . . 



* * 



En Maeaehín, gentilmente acompañados por el pro- 
gresista vecino don Enrique F. Parodi, uno de los ini- 
ciadores del progreso agrícola-ganadero de la comarca, 
hemos visitado las Salinas Grandes, distante tres le- 
guas del centro urbano y bajo la explotación, actual- 
mente de la Compañía Introductora de Buenos Aires. 

Un auto volador,*^ — es el automóvil, elemento de 
locomoción consagrado en toda la Pampa, — nos pone 
bien pronto sobre el camino, entre sementeras y predios 



i 43 



alfalfados que son una maravilla. Minutos después, des- 
de una lomada que bordea la ribera, se domina la cuen- 
ca extendida como un inmenso manto color gris. Esta- 
mos en presencia de uno de los más cuantiosos criade- 
ros de sal de la Pampa. El panorama es absolutamente 
nuevo. Se diría un lago de nieve, donde el cielo indeciso 
de la tarde ha impuesto su brumosa palidez. El trajín 
de la ribera, nos habla con elocuencia del emporio in- 
dustrial. Se destaca, en primer término, el cuerpo prin- 
cipal de la fábrica, a la izquierda, con sus galpones es- 
paciosos y bien construidos. Se alinean, a renglón segui- 
do, las casas de los obreros, uniformes, aseadas ; la maes- 
tranza, el depósito de maquinarias y otras dependencias 
auxiliares; luego la casa de la administración, aparte, a 
la derecha, sobre la barranca poetizada un tanto entre 
enredaderas y jarillas. 

La impresión que nos causa este asiento salinero, es 
la de un puerto mediterráneo y singular. Un puerto sin 
barcos, pero con aparejos, con desvíos, con todo el apa- 
rato ribereño para la carga y el transporte y, — ¡ asom- 
braos ! — con su largo muelle de punta que se interna 
decididamente hasta el corazón de la salina. Por este 
muelle, corren las locomotoras y el convoy industrial 
transportando la sal virgen, descortezada a la laguna. 

Hemos querido presenciar la faena para recoger 
nuestra impresión objetiva sobre esta gran industria. 
A lo lejos, muy lejos, hormiguean unos puntos negros 
perdidos en el piélago impoluto de la salina. Son los 
obreros que apilan el noble producto en las parvas ali- 
neadas a lo largo del carril. Dos puntos más grandes, 
definidos con contornos de maquinaria, se mueven tam- 



144 



bien, rastreando en ruta ondulada sobre la tersa super- 
ficie. Son los motores que traccionan los aparatos ras- 
padores. 

¿Qué distancia nos separa al foco de labor? Sobre el 
manto blanco, sin un punto de comparación se pierde 
el cálculo del trayecto. Para nosotros no puede pasar del 
kilómetro la distancia. Y nos ponemos en marcha. Pri- 
mero seguimos sobre el muelle a paso largo. Pero el mue- 
lle es como una aguja interminable. Después comenza- 
mos a cortar campo sobre la sal endurecida, salvando, 
sin dificultad, los charcos de agua pluvial esparcidos por 
todas partes y que no han entrado todavía en el estado 
de saturación, con los 25 grados Beaumé de base para 
su cristalización. Un hálito salobre se compenetra en 
nuestro cutis. Los labios son de sal; las manos se ali- 
san notablemente. Sin sentir, vamos ganando trecho ; 
pero ios puntos que hormigueaban a lo lejos, siguen sien- 
do los mismos puntos, a la lontananza como si nada hu- 
biéramos adelantado en la incursión. Por fin llegamos. 

— ¿No sabe cuánto hemos recorrido? — nos interro- 
ga el administrador de la salina, señor Aman Castells, 
que nos ha acompañado en la travesía. 

— ¿ Una legua, quizá ? . . . 

— No tanto : pero algo así como unos cuatro kilóme- 
tros largos. 

La novedad de la labor atempera el poco de cansan- 
cio qiie se ha apoderado de nosotros. Con razón, el señor 
Parodi no ha querido moverse del puerto, abstraído tal 
vez, en la poesía del panorama. . . 

La tarea es simplísima. Los motores, — una espe- 
cie de Champion, de 25 caballos de fuerza a nafta, — 



145 



mueven un aparejo sencillo, patentado por la empresa. 
Este acoplado, consta, en síntesis, de una cuchilla como 
de un metro de largo que funciona en sentido perpen- 
dicular a la dirección que lleva el motor y raspa el sue- 
lo horizontalmente. El funcionamiento elemental de este 
aparato nos recuerda el aplanador que usan los horte- 
lanos, una especie de arado superficial que va desmon- 
tando suavemente las sinuosidades del terreno. Sobre es- 
te implemento, que en esta explotación obra de máqui- 
na fundamental, dos hombres gradúan la labor y levan- 
tan la cuchilla a espacios de tiempo regulares, forman- 
do así pequeños montículos de sal. Viene, entonces, la 
operación de los paleros y acarreadores. De la superfi- 
cie, pasa la sal, en carretillas a las pilas. Luego, al «de- 
cauville» y después a la línea central, al muelle, rumbo 
al puerto. 

La labor, de la extracción, por lo mismo que es sen- 
cilla, es rendidora. Un peón, tomado en conjunto con 
relación a los diversos menesteres del ingenio, vale por 
algo más de dos toneladas diarias. Gana un jornal de 
tres pesos, estirable a seis, en tiempos de cosecha. 

En épocas de trabajo intenso, han laborado en la 
extracción hasta cuatrocientos obreros con un rendi- 
miento de mil toneladas por día. La faena no es tan 
pesada como la de los leñateros ni la de los emparvado- 
res de cereal, salvo durante el rigor de las estaciones, 
con la crudeza de los fríos pampeanos y el azote del 
sol del estío. El esfuerzo muscular por otra parte, no 
€s abrumador. Reina el mayor orden y aseo en estas 
labores fiscalizadas por capataces expertos. Durante el 
trabajo, un convoy de víveres y elementos de uso per- 



La Pampa 



146 



sonal, ocupa el desvío, contribuyendo así a la economía 
de tiempo y a la higiene reclamada por el trabajo. 
Actualmente los hombres de labor de este ingenio al- 
canzan a 140 con un rendimiento de más de 200 tonela- 
das de sal por día. 

El yacimiento de esta laguna es inagotable, no sólo 
por la profundidad de algunos de sus criaderos, si no 
por la cooperación de las aguas pluviales que contri- 
buyen, al saturarse, al crecimiento por yuxtaposición 
del preciado mineral. El raspaje se practica superfi- 
cialmente, por que el espesor no es el mismo en toda la 
laguna. Hay parajes, determinados ya por el calado, 
en donde la sal se concentra en núcleos de considera- 
ción, formando lo que podríamos llamar la verdadera 
miüa. 

Veamos lig:eramente lo que compete a la faena de 
industrialización. Las vagonetas del convoy vuelcan su 
carga de sal gruesa en unos buzones cilindricos de ce- 
dazos metálicos y en donde el mineral se somete a un 
lavado con agua dulce, a fin de quitarle las impurezas 
superficiales. De ahí, recogida nuevamente la sal por un 
convoy que circula a nivel inferior, es llevada a los de- 
partamentos de laboración para la molienda. Allí se 
practica la separación. La sal gruesa que ha de salir 
al mercado, no requiere preparaciones accesorias. Se em- 
bala en bolsas, simplemente. La sal de mesa, pasa al mo- 
lino, — que no tiene diferencia fundamental con el ha- 
rinero, — y después de la acción de práctica, bajo la 
fuerza de pistones y trituradoras, queda en condiciones 
de consumo. 

La sal de Salinas Grandes, por el resultado de sus 



147 — 



análisis y su agradable paladar está conceptuada aná- 
loga a la sal de Cádiz, de fama universal. La sal de 
mesa se prepara en bolsitas de tela blanca, de un kilo 
de peso y se ha difundido bajo la marca de Dos An- 
clas. 

De las salinas parte una línea de trocha angosta has- 
ta la estaci<5n Hidalgo, distante nueve kilómetros. Por 
estes tren industrial se evacúa el producto sobre la lí- 
nea del Pacífico. Para tal servicio, la empresa cuenta 
con 10 locomotoras y más de 300 vagonetas de trans- 
porte. La sal de este yacimiento se distribuye en todo el 
país. 

Nuestra impresión general del establecimiento y sus 
dependencias ha sido inmejorable. 

Regresamos. La tarde agoniza. Nuestra máquina vue- 
la por el camino amplio y polvoroso. Del campo dormi- 
do, viene como una suave caricia del perfume de los 
pastos artificiales. Venus se abre en el cielo con su luz 
radiosa y tutelar. Al cruce de un camino se intercepta 
una tropa de vacunos que vuelve de la feria en bulli- 
ciosa caravana. 

— ¿De quién son. che? — interroga Parodi a los re- 
seros. 

— De don Fulano . . . No alcanzaron a venderse por 
falta de tiempo. . . Estuvieron fuerte los negocios, . . 

Aquella tarde, — supimos después, — en la feria de 
Macachín se habían vendido animales por más de lOO.OOO 
pesos. . . 



CAPITULO XV 



De Valentín Gómez a Winifreda. — Evocaciones 
del paisaje. — Semblanza de la alquería. — 
El centro comercial. — Estación rica en gal- 
pones, rica en cosechas. — Fisonomía general 
a la hora del tren. — 70.000 hectáreas culti- 
vadas en la zona. — La obra de don David 
Lerman. — Una colonización arriesgada. — 
Los primeros tropiezos. — Sin agua y sin fe- 
rrocarril. — Del campo pelado y virgen, a la 
roturación y cultivo de 20.000 hectáreas. — 
La protección al colono, cimiento del bienes- 
tar común. — De treinta familias a cien. — 
Cultivos, viviendas, maquinarias, costumbres. 

— Una étnica especial que no es étnica. . . — 
El problema agrario. — La colonia El Guanaco. 

— El porvenir de la comarca. — Winifreda, 
futuro gran centro de población. 



La línea férrea de Valentín Gómez a Winifreda la 
hemos recorrido en una mañana de noviembre. El día 
es amable, soleado, tibio. Hay alegría, verdor y luz en 
las praderas. La primera impresión, inconfundible, al 
cruzar tierra pampeana, es la laguna, volcada junto al 
tren sobre un campo de gramillas silvestres. La garbosa 
novillada, de inequívoco tipo durham, de pulpas fir- 
mes, de líneas gráciles, y en vísperas, tal vez, de frigori- 
ficación, se ha dado cita junto al agua, tranquila, fami- 
liarizada ya con el bullicio ciclópeo del tren. . . 

Winifreda, es una alquería, con contornos de pue- 
blo, que nos produce, de llegada, buena impresión. La 
calle principal, se abre a lo largo de la vía, abarrotada 



150 



de pequeños negocios : la fonda, la botica, la peluque- 
ría, el almacén. Más allá, la carnicería. Se comienza el 
diseño de las calles adyacentes. Se aguirnaldan de ver- 
de follaje algunos sauces, en la línea de la acera que 
da al tren. Pero, con displicencia, a la ventura, sin pro- 
pósitos de edilidad. Numerosos galpones junto a los 
desvíos, anticipan la exigencia agraria de abundosas 
cosechas. Basta este síntoma de los tinglados, para ad- 
judicar la importancia, de la región. Así como la esta- 
ción sin pueblo, nos da la idea del latifundio ganaderil 
vecino, la estación pobre en galpones, nos habla con 
elocuencia de cosechas precarias o de una incipiente 
agricultura. Winifreda se sintomatiza como comarca 
productora en esta exteriorización de sus trojes de hie- 
rro galvanizado, en donde vuelcan los colonos sus in- 
gentes cosechas. Se puebla la estación a la hora del 
tren. Hormiguean los sulkis por los caminos y las chatas 
promiscuas. Algunas hateas rusas fuertes, sin elásticos, 
trasunto de la estepa ventosa o de las tierras de pan, 
de Odessa, se prodigan en la cancha de espera junto a 
un par de baqueteados automóviles, signos de prosperi- 
dad colonial. 

Espléndidos están los trigales. En esta zona se ha 
cultivado este año alrededor de 70.000 hectáreas. 

Hace algo menos de ocho años que se organizó esta 
colonia en campos de Don José N. Drysdale y por obra 
de un hombre de progreso y de empuje: Don David 
Lerman. Campos pelados, incultos aún, sin la más re- 
mota perspectiva de ferro vía, fué una valiente empresa 
afrontar su cultivo. Todo el mundo. — es decir «celui 
qui ne comprend pas», — puso su irónica dubitación 



151 — 



en la aventura. Aquella era una utopía, una empresa 
descabellada. Si la estación próxima dista más de cua- 
tro leguas de la zona de producción, — aconseja la eco- 

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nomía agrícola, — no compensa los gastos de acarreo. 
Más de diez leguas tuvieron que recorrer los primeros 
trigos de Winifreda. 

— Las grandes dificultades, — nos dice el señor 



152 



Lerman, — las tuve al principio. Aquella de encontrar 
agua potable, fué un problema. Después de consecuti- 
vos e infructuosos ensayos, puede allanar el obstáculo, 
encontrando napas muy buenas. Créame que los tres 
primeros años fueron para mí un verdadero fracaso. 
No desmayé, sin embargo. Seguí proporcionando a mis 
colonos elementos, semillas, dinero, para que no se ma- 
lograra la labor. 

— Pero ha triunfado al fin . . . 

— No puedo quejarme. Moralmente, siento la gran 
satisfacción de haber dado vida a una rica zona de la 
Pampa, luchando abiertamente por su cultura agrícola, 
por su población y por su expandimiento ferroviario. 

«Suele haber, sin embargo, un cierto prejuicio con 
los extranjeros, — arguye el señor Lerman, con cierta 
amarga ironía — . La creencia de que nuestro única 
móvil es embolsar dinero, no siempre es razonable y 
justificada. Verdad es que nadie trabaja por amor al 
arte... Pero, puedo asegurarle que esta empresa coló-' 
nizadora me ha costado muchos quebrantos en los pri- 
meros tiempos. 4 Que han reaccionado las perspectivas? 
¿que después de tan rudo bregar debo recoger el fruta 
de mi empeñosa labor? No hay duda alguna. Pero, aun 
en el éxito, no se dirá que abandono a mis colonos . . . 

Y, a renglón seguido, el señor Lerman nos muestra en 
su copiador, el documento de garantía subscripto a fa- 
vor de una veintena de sus colonos, con el Banco de la 
Nación en General Pico, por una suma superior de 
20.000 pesos en garantía de dinero para levantar las 
cosechas. 

Cierto es que la recolección está ad-portas; que se 



155 



anticipa un óptimo rendimiento, — noviembre se desli- 
za temperado y parejo. — Pero estos buenos augurios 
que pudieran desvalorizar la acción prestataria, frente 
a la pronta y segura recompensa, suelen ser humo de 
paja cuando ha de venir el granizo, las heladas y aun 
las fuertes lluvias de fines de primavera, verdaderos tur- 
biones que malogran el trigo hasta en la misma parva. 
El colono no está seguro hasta que tiene su grano en las 
planchadas o lo ve alejarse en los vagones del tren. 

La colonia de Lerman, lleva el nombre simbólico de 
La Espiga de Oro. Su éxito, formalizado en estos tres 
últimos años, ha dado pie a la organización de otras co- 
lonias vecinas tributarias de la estación Y/inifreda : La 
Delfina, La Paz, Santamarina, etc. Actualmente La Es- 
piga de Oro tiene bajo cultivos una superficie de 20.000 
hectáreas, siendo sus colonos, alemanes católicos y pro- 
testantes. 

Fueron treinta las familias fundadoras de este cam- 
po. De entonces acá, los años han tenido sus veleidades. 
Los últimos cinco pueden significarse por dos cosechas 
malas y tres buenas. Se dijera que el complemento del 
ferrocarril, estableció, en definitiva, la bonanza de la 
región. Actualmente ocupa la colonia 108 familias, sub- 
arrendatarios que pagan como locación el 16 % de la 
cosecha, con contratos por cinco años y por lotes de 100 
a 300 hectáreas. 

Los campos de esta colonia son de tierra firme, exen- 
tos de médanos. El agua está de 6 a 15 metros y la tosca 
a dos. La ganadería es muy precaria. 

Las habitaciones de los colonos constan de dos pie- 
zas y cocina. Son muy reducidos los mejoramientos que 



— 131. 



iuti'<5cluce el colono en su vivienda, pues su carácter de 
locatario, que ha de abandonar su predio al finalizar 
el contrato, no le da bríos para tonalizar el rancho con 
cultivos forestales ni reformas que han de quedar en la 
tierra. La maquinaria, eso sí, es de propiedad de cada 
familia. Los colonos utilizan las espigadoras Me Cor- 
mick y Beering. No lisan cosechadoras, ni engavillan. 
Espigan. 

Nos interesamos vivamente por algunas característi- 
cas morales de la masa, su grado de comprensibilidad 
en los negocios, etc. 

— Nuestros colonos, — nos dice el administrador de 
La Espiga de Oro, señor Grolovanevsky, — constituyen 
un tipo de excelentes cultivadores. Son laboriosos, tena- 
ces, fuertes ; pero les falta espíritu de iniciativa. No tie- 
nen preparación técnica, y en consecuencia no trabajan 
con sagacidad los campos feraces. Son, por otra parte, 
analfabetos en su mayoría. Estas circunstancias contri- 
buyen a dificultar las operaciones comerciales y banca- 
rias, aguzando en el colono el instinto de conservación 
hasta el punto de cometer torpezas que pudieran sospe- 
charse de acciones deliberadas y dolosas ocultaciones. 

Nos agrada conocer esta semblanza de los colonos, 
presentada por el señor Golovanevsky como un rasgo 
saliente de su étnica, A nosotros, que hemos visitado 
todos los núcleos coloniales del territorio, se nos antoja 
que estos perfiles no definen un temperamento ances- 
tral, refractario a todo perfeccionamiento. Rusos más 
hoscos y colonos trapisondistas hemos encontrado en 
el camino, modificados en su temperamento primitivo 
por los beneficios del predio propio. Cuando se solucio- 



155 — 



ne el problema agrario, ya hemos de ver que todas las 
razas 'serán igualmente aptas para tecniñcar y ennoble- 
cer los cultivos. Y será, sin duda, esta Pampa generosa, 
el gran crisol en donde se han de retener, fundir y uni- 
ficar los pueblos migradores en un tipo común. 

Felizmente para la colonia, ha comenzado a funcio- 
nar la escuela pública, bajo el patrocinio de la nación 
y con más de cuarenta educandos, costeada en su mayor 
parte por los señores J. N. Drysdale y con el producto 
de algunos festivales y donaciones. 

Vecino a La Espiga de Oro, el señor Lerman cultiva, 
por igual sistema de arrendamiento, la colonia El Gua- 
naco, con subarrendatarios alemanes. El terreno es algo 
inferior en calidad a La Espiga de Oro y más distante 
de Winifreda. Los colonos pagan el 15 % en especies 
sobre las cosechas y por concepto de arrendamiento. 

Como se desprende de estas ligeras apuntaciones, es 
de gran porvenir esta comarca, hecha pródiga merced a 
la valentía de una vertiginosa colonización. El tren, que 
llegó un día, después que el esfuerzo promisor maculara 
la tierra virgen, para recoger el premio generoso, no ha 
de estacionarse allí. Nuevas tierras al oeste reclaman 
sus paralelas de hierro. Mientras tanto, Winifreda, que 
se anticipó a la conquista, irá urbanizándose poco a 
poco, — no bien desaparezcan ciertas trabas que se opo- 
nen a su expansión edilicia, — hasta transformarse en 
un centro de primer orden llamado a desempeñar un 
papel importante en aquella extendida región de los 
trigos. 



CAPITULO XVI 



De Pico a Santa Bosa. — 10 leguas en &utomó7il. 
— El aguacero bienhechor. — Eeflejaones del 
camino. — Una exposición ganadera circuns- 
tancial. — Trigos y alfalfares. — La cadena 
de pueblos nuevos. — Cómo se improvisan los 
centros urbanos. — La civilización de la cam- 
paña con arbolados y cercos vivos. — Las lie- 
bres emigrantes. — Arraigo vecinal. — El fe- 
nómeno del crecimiento vegetativo. — La fsi- 
milia nueva. — Disgreciones del camino. — 
El prejuicio augur al. 



Las cuarenta leguas que separan a Pico de Santa 
Rosa, las acabamos de salvar en automóvil, dejando pa- 
ra más adelante nuestra visita detenida a los campos 
pastoriles del norte. 

Fué el 3 de setiembre. Una lluvia torrencial diluvia- 
ba sobre la tierra sedienta. El viento sopló del sur-este, 
un viento agreviso que no cesó sino a última hora de 
la tarde. El ganado vacuno, que puebla los gramillalea 
y campos de alfalfa en todo el trayecto de Pico a Catri- 
ló, venía a embolsarse en el alambrado del camino, pa- 
ralelo a la línea del ferrocarril, viento abajo, inmóvil 
y resignado ante el azote del temporal. Fué para nos- 
otros una oportunidad preciosa aquella de poder ob- 
servar el enorme tesoro ganaderil de las grandes pra- 
deras, en todos sus ejemplares de excelente mestiza- 
ción, que se daban cita a lo largo del camino en filaa 
interminables, verdadero certamen de gordura, de tipo, 
de calidad. 



— 158 — 



Los vientos de la comarca del norte, antes tan bra- 
vios y desatados, se han venido atemperando paulati- 
namente. Maraco, Rancul, Realicó, Chapaleufú, Trenel, 
Conhello, Qeumú-Quemú, han sufrido una transforma- 
ción radical con los cultivos, y lo que es más sintomá- 
tico para el arraigo territorial, una transformación me- 
tereológica. Es la obra de la civilización de los campos la 
que opera el fenómeno. Los cultivos atraen las lluvias, 
modifican los vientos, estabilizan los arenaleá. Sin em- 
bargo, no podemos decir que se ha llegado a la verda- 
dera protección de las sementeras y los alfalfares con 
la divulgación de los cercos vivos. Esto importa un 
problema, sobre todo cuando se trata de lindes exten- 
sos y es menester preservar los cercos protectores, in- 
cipientes aun, de la zaiía destructora de las liebres y 
las vizcachas. Para felicidad de los colonos, las liebres 
en esta zona van desapareciendo poco a poco. Hace al- 
gunos años se propagó un flagelo que no llegó a sinto- 
matizarse con exactitud, pero que se hizo sentir como 
una racha destructora para la especie. El daño, que se 
generalizó como una epidemia en toda la región del 
norte, se singularizó con una característica particular: 
las liebres venían a morir en los caminos. Esta circuns- 
tancia facilitó la limpieza de los predios pastoriles. Des- 
pués de este azote, la invasión de las liebres se dirigió 
al suroeste, quizás para no volver más sobre la rica 
zona. Queda aun la vizcacha difundida por los campos. 
Pero su extinción es mucho más sencilla y su obra de 
desvastaeión se circunscribe alrededor de su madrigue- 
ra, dando facilidad al colono para localizar el ataque. 
Algunos chacareros previsores han ensayado el cer- 



159 



co vivo con buenos resultados; otros han colocado te- 
jido en el linde de sus cultivos o alfalfares. Pero este 
sistema precaucinal es dispendioso y sólo tiene efecto 
contra las plagas de las liebres. Lo importante sería 
conciliar la defensa contra los vientos. De ahí el cerco 
vivo. Tenemos fe en que no han de pasar muchos años 
en que estos campos feraces, subdivididos por granjas 
y potreros, se pueblen de arbolados. La lluvia de este 
día, lluvia de oro para los sembrados nacientes, pero 
que chas(^ueó sin piedad sobre el lomo de las bestias 
como las cuerdas de un látigo movido por el aquilón, 
interrumpiendo el tranquilo pacer del ganado, nos dio 
idea clara de la necesidad de difundir el forestal por 
los campos, para la grata sombra en el estío y el reparo 
en la crudeza invernal. 

Muy pocos árboles hemos visto en el largo trayecto. 
De vez en cuando algún sauce en eclosión de yemas, 
rompía la línea ondulada del paisaje. Siempre el mo- 
lino junto a la vivienda reclamando la fuerza del viento 
para regar la huerta o abrevar al ganado ; raras veces 
el árbol. Hasta los mismos focos de población, nutridos 
ya, poco culto le dedican a las plantas. Se explica 
esto por el carácter genuinamente comercial de los cen- 
tros urbanos que se suceden en el camino. ¿Qué impor- 
tan los eucalitos, el sauce campechano, los paraísos fra- 
gantes, el jardín sencillo, en la fonda de la estación 
o la tienda de abarrotes, destinados a servir al elemento 
movedizo y emigrador de la colonia? Pero los centros 
que se conglomeraron a la ventura por el propio des- 
arrollo vegetativo y por exigencias de la vecindad co- 
lonizadora, van municipalizándose poco a poco y es ne- 



160 — 



cesarlo pensar en la edilidad definitiva, carente de in- 
centivo sin la propagación civilizada del árbol. Dorila, 
Quemú-Quemú, Relmu, Catriló, Lonquimay, La Gloria, 
Uriburu, jinpresionan gratamente por su intensidad de 
vida mercantil, pero no por la infiuencia emotiva que 
deja el árbol, signo de avanzada civilización. Sólo Mi- 
guel Cañé, que cruzamos en el trayecto, se engalana 
profusamente con atavíos forestales. Cada casa tiene su 
huerta y por sobre las chapas de hierro de sus techa- 
dos asoma la alegría de un vegetal. Suponemos el tono 
alegre de la alquería, destacándose del paisaje pampea- 
no en un día claro de primavera . . . 

i Adversión al árbol? — supondrá algún espíritu ca- 
viloso, ante el retraimiento prosaico de estas poblacio- 
nes. — No. Es la propia juventud de cada centro, la im- 
provisación vertiginosa de la comuna que no ha forma- 
lizado~aun su vida social, ni se ha dado tiempo para es- 
tas especulaciones del espíritu que dulcifican la vida. 
El arraigo vecinal extiende sus primeras raíces de la 
tierra pródiga. Cada uno de estos pueblos nació con los 
preliminares de la colonización agrícola, resultando, ca- 
si siempre, de una emigración heterogénea ávida de ten- 
tar fortuna en el noble trabajo de la tierra. El creci- 
miento de cada población ha sido un fenómeno impre- 
visto en casi todos los casos, salvo en la capital del te- 
rritorio. De la noche a la mañana han surgido los pue- 
blos: con vida propia y de gran porvenir en las cerca- 
nías de las chacras y los campos subdivididos ; anémi- 
«os, en la vecindad de los latifundios y las grandes in- 
▼ernadas. 

Arraigados los vecindarios, se patentizan los proble- 



161 



inas de la urbanización. Felizmente los fundadores de 
pueblos tuvieron casi siempre, — ¡ y cómo no ! — la 
visión del futuro ; y al delinear y sub dividir, convinie- 
ron, por lo menos, en la amplitud de las calles y el re- 
paro de los vientos. En muchos casos no se anticipó el 
gran centro y la economía de los propietarios del te- 
rreno original, a pesar de la baratura del suelo, limi- 
taron su dádiva al lote para algunas oficinas de rigor, 
— la policía y el juzgado, sin duda. — Pensar en plaza 
pública sería un lirismo ; en iglesia, una regresión. No 
necesitaría de estos lujos la sola adventicia de la colonia ! 
Fondas, almacenes fuertes, panaderías, canchas de bo- 
chas y despachos de licor, era lo que necesitaban los 
poblados. Sin régimen para la coionización, los pue- 
blos agrícolas fueron, casi siempre, el resultado lógico 
de la colonia. Un campo de labor adjudicado a doscien- 
tas familias, reclamaba, como consecuencia, el centro ur- 
bano, exigido con antelación y a título de negocio, por 
el poseedor primitivo. Conjuntamente con el pueblo, 
asomó el ferrocarril a recoger las cosechas y se insinuó 
el amparo oficial con la administración de orden y de 
justicia. En esta forma han surgido de diez años a esta 
parte casi todos los centros agrícolas de la Pampa. La 
improvisación de ayer reclama hoy atenciones diversas 
y fundamentales. El conglomerado de comercio que de- 
finió un centro poblado, tiene hoy exigencias de carác- 
ter social. Se organiza la familia nueva, la familia pam- 
peana, adherida al terruño con aspiraciones propias y 
caracteres definitivos. La escuela pública unifica en el 
territorio la instrucción nacional. El elemento extran- 
jero que ha sudado sobre la tierra arizca o ha levantado 



La Pampa — // 



— 162 - 



fortuna desde el mostrador, se encariña al suelo en es- 
pontánea y fructífera convivencia. Ha llegado el momen- 
to, entonces, de cimentar sobre bases definitivas el pue- 
blo que nació a la ventura, obra de un tanteo comercial 
o de una exigencia de la comarca. Y vienen los reparos 
fe la imprevisión, ya que no es dado detener al progreso. 
Y entran los pueblos en la segunda etapa de vida co-' 
munal, tratando de rectificar los errores propios de la 
improvisación. 

En esto están los pueblos del norte que dejamos atrás 
al paso acelerado de nuestra máquina, el propio «Mer- 
cedes» que sirvió a Roosevelt para cruzar la cordillera 
de los Andes. Ahí quedan los pueblos con aleteos de al- 
dea y proyecciones de urbes populosas. A ellos volvere- 
mos en incursión territorial, anhelosos de estudiar su 
constitución, su vitalidad, su porvenir. 

Mientras tanto, el camino se ensancha a nuestro 
paso como una arteria abierta a las praderías infinitas, 
en donde se insinúan los embrados nacientes, jubilosos 
ante el aguacero torrencial. ¡Y qué auspiciosa compañía 
la que nos lleva sobre el camino trillado hacia la ca- 
pital ! El telégrafo, el teléfono, el riel . . . 



CAPITULO xvn 



El pueblo de General Pico, gran centro comercial. 
— La Bosario de la Pampa o la Kansas City 
argentina. — Características del Far West. — 
Una población vertiginosa. — Albores. — Lo 
que dice el primer comerciante de Pico, señor 
Pozo. — El primer tren de pasajeros. — Sem- 
blanza de un dia histórico, lleno de augurios 
y de incertidumbres. — Solares, quintas y cha» 
eras. — Precios primitivos. — El florecimien- 
to urbano. — Una crónica detallada del pri- 
mer colonizador, señor Isidoro Brunengo. — 
Pobladores iniciales. — Gobierno comunal. — 
Beseña actual de Pico. 



General Pico es el primer centro comercial del terri- 
torio. Bautizarlo Rosario de la Pampa, sería vaticinarle 
un porvenir político dentro de la futura provincia ; y 
¡líbrenos Dios de caer en suspicacias! Fué ingenuo, sin 
duda, el mote de «Chicago del porvenir», que suscri- 
bió un gran espíritu, sembrador de pueblos, — Chapeau- 
rouge. — Pico, por su situación mediterránea, podrá nu- 
clear con fuerzas propias una inmensa y rica comarca, 
pero nunca será la ciudad de la carne, la ciudad de lo« 
«packing house», bajo la garra colosal de Armour. 
Chicago, junto al Michigan, tiene la gran comodidad 
lacustre que ha podido favorecer la expansión de sus 
frigoríficos. Pico, finca su porvenir en las industrias 
agropecuarias, y mientras el tiempo y la testamentaría, 
no barran los latifundios, está su departamento desti- 
nado a .ser la región, — única, por la calidad de sus 



164 



forrajes, — de las grandes praderías, la región de las 
invernadas o «de cebo» como llaman los estadounenses 
a los ranchos de Nebraska. Con Kansas City sería más 
apropiado el parangón que le cuadra a Pico, siquiera 
por su similitud geográfica y la forma vertiginosa en 
que se va acrecentando su población. 

De todas maneras, bajo su aspecto comercial, Pico se 
nos antoja un pueblo del Far West. Sin aguzar la ima- 
ginación, retrotrayendo aquella agitación febril que ca- 
racterizó las transacciones primitivas y, a renglón se- 
guido, al agiotaje de los terrenos, podremos encontrar 
los preliminares de Pico en aquel pueblo de Guthrie. 
en el corazón de Oklahoma, tal como lo describe Paul 
de Rousiers. Suponemos a los afanosos lonjistas otean- 
do como buenos sabuesos, la lucrativa reventa; los 
«leand agents», — especuladores en tierras. — y aque- 
lla frase sacramental en todos los labios, de una inva- 
riable elocuencia: «¿how is business?» (¿cómo van los 
negocios?), tan propia del Oeste de allá como de nues- 
tro Oeste, signo etnográfico de todas las improvisaciones. 
Y hasta la vida accidentada de aquel capitán Couch, 
cuya figura de poblador y hombre de empresa debe 
haber quedado como una leyenda en Oklahoma, nos pro- 
pofciona acontecimientos análogos al origen de nues- 
tras poblaciones vertiginosas, en donde no siempre la 
noble labor colonizadora está exenta de tropiezos, cuan- 
do hay intereses encontrados entre propietarios de cam- 
pos favorecidos y empresas de ferrocarril. 

¿Queréis conocer los preliminares de Pico? Nadie 
puede narramos con mayor interés que el primer co- 
merciante, que vino a establecer su casa La Fundado- 



— 165 — 



ra, salvando con valentía y con fe todos los obstáculos. 
Escuchemos lo que nos dice don Juan L. Pozo : 

— Era el mes de julio del año 1905. El tren del Oeste 
llegaba hasta el Meridiano Quinto, límite de la provin- 
cia de Buenos Aires con nuestro territorio. Bajé en ese 
punto para trasladarme hasta el lugar indicado donde 
había de fundarse el pueblo. Un tren en construcción 
me trajo hasta la puerta de la estancia del entonces pre- 
sidente de la República, doctor Quintana, en donde fui 
recibido por el mayordomo del establecimiento y por 
mi buen amigo, señor Luis Castellanos, futuro adminis- 
trador del pueblo General Pico. En esa época, la actual 
estación estaba en construcción a uu metro y medio 
del nivel del suelo, siendo todo este campo una desolada 
pampa de propiedad del señor don Eduardo Castex. 

«El agrimensor señor Aubin, venido de Intendente 
Alvear, terminaba la mensura del gran pueblo, y una 
cuadrilla de veinte peones, formó campamento frente 
mismo de la actual estación, para levantar los galpones 
de hierro de la casa de comercio de los señores Juan L. 
Pozo y Cía. 

«A dos leguas de la estación existía una pulpería, 
llamada Las Liebres, de propiedad del señor Santos 
Ayerra ; de aspecto humilde, con el clásico enrejado de- 
lante del mostrador y una pequeña abertura para des- 
j)achar los artículos a los pocos compradores que acu- 
dían. 

«No había por allí otro signo de civilización; lo« 
campos en su totalidad estaban dedicados a la cría de 
ovejas, pues solo existía el pasto natural y algunas agua- 
das. Los materiales de construcción que yo hacía venir 



166 — 



de la capital federal hasta Meridiano Quinto, para fun- 
dar la casa de comercio que más tarde debió llamarse, 
a título de buen derecho, La Fundadora, eran traídos 
aquí en carros y en tren de balastro, cuando se podía. 
Pueden imaginarse las dificultades que tendríamos en 
desarrollar todas nuestras energías, cuando la galleta, 
jJor mencionar el primer renglón de comestibles, nos 
llegaba de una distancia de ocho leguas y propiamente 
de la estancia del señor don Bartolomé Ginocchio (San- 
ta Aurelia), célebre después por su cabana, en toda le 
República. 

«Construido el galpón para mi casa de comercio, al 
mismo tiempo edificaron eu adobe y barro pequeñas ha- 
bitaciones, los señores Saturnino Moreno y Julio Ba- 
quedano, que se dedicaban al comercio de restaurant 
y hotel. La gente trabajadora. acudía bulliciosamente a 
comer, -y yo mismo, recuerdo, que pasé algunos días 
vinculado a esa nueva vida para mí. 

«Fijada la fecha del remate por el señor Eduardo 
de Chapeaurouge, socio a su vez, en aquel entonces, de 
la firma Juan L. Pozo y Cía., para el 11 de noviembre 
einpezaron las construcciones de cai^jas y casas de zinc 
que se levantaban en el día. Con el permiso del señor 
Chapeaurouge se ubicaba en el solar que lo creían con- 
veniente, para quedar propietarios, sujetándose al pre- 
ció del día del remate. 

«En general, ocurre que la formación de pueblos 
nuevos, trae dos corrientes de elementos como poblado- 
res. El elemento trabajador que viene buscando nuevos 
horizontes, y el elemento inservible de otros pueblos, 
que son despedidos, expulsados por sus raterías o cua- 



167 



trerismo. Acá hemos tenido suerte desde ese principio 
de formación, con elementos sanos, trabajador, progre- 
sista, como figuran los señores Saturnino Moreno, Ju- 
lio Baquedano, Florentino Anocibar, Nicolás Alvarez, 
Gervasio Ferreira, Santos Ayerra, Juan Evangelista, 
Boles Galarza, Alonso, José Moiso, y muchos otros que 
en estos momentos no recuerdo. 

«El 11 de noviembre de 1905, por primera vez veía- 
mos un tren de pasajeros, que era un expreso, donde, 
aparte de las primeras autoridades del territorio, como 
el gobernador doctor Diego González, su secretario Víc- 
tor Lámela, intendente municipal, Manuel Güiraldes, 
Juan Fons Artigas y muchos otros caballeros de Santa 
Eosa y Buenos Aires, venía un millar de personas que 
al son de los acordes de una banda de música y disparo 
de bombas, se encaminaban a ver el trazado del pueblo 
y eligiendo sus lotes ya preferidos según el plano. 

«Ya desde temprano, más de doscientos vehículos de 
puntos lejanos, habían llegado al renombrado Pico, con 
ansia; aquello era una verdadera fiebre de entusiasmo. 
En nuestro galpón se realizaba el rematé que duró tres 
días. Es de notar que aunque con todas las incomodi- 
dades del lugar y del momento, los espíritus no desfa- 
llecían. Al tercer día hubo más animación que en el 
segundo y las ventas sobrepasaron el millón de pesos 
moneda nacional. Todos querían poseer un pedazo de 
suelo como si se tratara de una tierra prometida. 

«No todo, sin embargo, andaba a pedir de boca; en- 
tre la concurrencia había personas interesadas en hacer 
fracasar el remate. Lamento anotar que algunas de es- 
tas personas eran emisarios de fundadores de* otros pue- 



— 168 — 



blos, que a pesar de una descarada ayuda oficial, no con- 
seguían progresar, debido a las pésimas tierras en que 
los habían ubicado. 

«Empezó a divulgarse la noticia de que el empalme 
del ferrocarril Pacífico era un sueño y que el pueblo na 
tendría vida propia : que el nombre de la Chicago de la 
Pampa, era una burda superchería ; y que los comprado- 
res que invirtieron sus ahorros en estas tierras, tarde o 
temprano quedarían en la miseria. 

«En efecto : el ferrocarril Pacífico, había prometido 
empalmar en el lugar donde estaba ubicado la estación 
del ferrocarril Oeste; pero no había pasado de las pro- 
mesas. Esta demora hacía fracasar una parte de los pla- 
nes de los compradores. Se sabía que en Catriló ha- 
bía un ingeniero del ferrocarril Pacífico, pero nada 
más. El primer día del remate no hubo mucha anima- 
ción; la gente quería ver llegar esa cuadrilla del ferro- 
carril Pacífico y nada se divisaba. Seguía el remate ; en 
los planos figuraba el empalme, dibujado en lienzos y 
avisos de propaganda ; pero hasta ese momento, nada 
había de seguro. 

«Los ánimos estaban excitados; los emisarios hacían 
circular malas noticias. Hubo un momento en que se sus- 
pendió el remate. El almuerzo no fué alegre. Había al- 
go que flotaba en el ambiente; abatimiento, desconfian- 
za; no sé lo que era. 

Pero de pronto, alguien lanzó un grito : «i Llega gen- 
te a caballo !» «Son indios», dijeron algunos. «No ; son 
coches ; vienen al remate». 

«En efecto : en el lejano horizonte se destacaba un 
punto negro envuelto en una nube de polvo. Los con- 



- 169 



currentes miraban todos para aquel lado. El señor Cha- 
peaurouge, tenía noticias de que las cuadrillas del Pa- 
cífico, debían llegar a las diez de la mañana; eran las 
dos de la tarde; tal vez por la falta de caballada no 
podrían llegar. Poco a poco se divisaron las muías y los 
carros cargados de carpas y de herramientas para dar 
principio al terraplenamiento de la línea. 1.700 hom- 
bres, bajo la dirección del ingeniero don Tomás Alian, 
realzaron los ánimos y todo fué a las mil maravillas. 

«Este fué el principio de la fundación, el principio 
de una era de trabajo y de verdadero orgullo para aque- 
llos que como yo, olvidaron la gran ciudad de Bue- 
nos Aires y las comodidades de la vida, entregándonos 
a una vida activa y de trabajo, llenos de júbilo, cuando 
todos los días al amanecer veíamos levantar cuatro ti- 
rantes formando mi cuadrado o un cuadrilongo, y días 
más tarde quedaban cubiertos con chapas, siendo un. 
nuevo poblador que venía a radicarse lleno de vivas es- 
peranzas.» 

Hasta aquí la interesante descripción del señor Po- 
zo, tan gráfica como llena de sencilla emoción. Así fue- 
ron los pródromos de Pico. La pequeña población co- 
mienza a tomar contornos, a edilizarse con rapidez ver- 
tiginosa. Los solares fueron vendidos desde 25 centavos 
a 2 pesos el metro cuadrado ; las quintas, desde 85 pesos 
a 300 y las chacras desde 58 a 92. El ferrocarril del 
Oeste comenzó a descargar diariamente sus convoyes # 
con materiales de construcción. Brotaron casas y galpo- 
nes como por obra de magia. Cuatro hornos de ladri- 
llos, iniciados a renglón seguido de los primeros rema- 
tes, no daban abasto para satisfacer las exigencias del 



170 - 



florecimiento urbano, sin precedentes en el territorio, 
por su celeridad. Y como todo fué obra de la improvi- 
sación, no faltaron tampoco, los trances angustiosos 
que pusieron su nota de iu certidumbre en el espíritu de 
los valientes pobladores. El trazado del ferrocarril Pa- 
cífico, a punto estuvo de sufrir una transformación, lle- 
vando su paso a nivel con el Oeste, a dos leguas de Pico 
o sea en el deslinde de Las Libres. Felizmente, pri- 
mó el buen criterio de la empresa y el cruce vino a fa- 
vorecer la incipiente población, poniéndola en contacto 
con los puertos de Bahía Blanca. Diez y ocho meses 
después de la fundación de Pico, este ferrocarril inau- 
gura la línea con su servicio regular de pasajeros y 
carga. A partir de esa fecha, toma la población un in- 
cremento considerable. Y mientras el centro urbano 
se intensifica y se embellece, las colonias circunvecinas, 
acrecientan sus labores, se pueblan y se subdividen. 

Veamos lo que nos dice el primer colonizador de Pi- 
co, don Isidoro J. B. Brunengo, uno de los hombres 
más caracterizados y progresistas de Pico : 

— Con motivo de un negocio de campo, entré en re- 
lación con el señor Eduardo de Chapeaurouge, quien co- 
nocía perfectamente este territorio y de acuerdo con 
él vine a revisar los campos de la sección primera, per- 
noctando en la estancia Las Liebres del malogrado 
doctor Quintana, cuyo encargado, el señor Anastasio 
* García, me facilitó amablemente los medios necesarios 
para llenar mi cometido. 

«La primera impresión que tuve de estos campos, a 
decir la verdad, no fué del todo agradable. La falta 
de pastos tiernos, en primer lugar, escasez de humus 



171 



en la primera capa, me desaleutaban : pero noté que a 
ocho o diez centímetros de profundidad, en un terreno 
cultivado, a pesar de los tres o cuatro meses que no llo- 
vía, subsistía una regular humedad. Comprendí enton- 
ces, la bondad para el trigo, de estas tierras arenosas; 
en primer término, por cuanto mantienen la humedad 
en tiempo de sequía prolongada, permitiendo la filtra- 
ción del agua en caso de exceso de lluvia. 

«Por último, tuve una prueba más decisiva y me per- 
mito citarla. A pocas cuadras de la estancia Las Lie- 
bres, había una pequeña parva que más bien parecía 
un montón de yuyos. Por un peón supe que aquello 
era trigo cosechado en el año anterior, que quedó sin 
trillar, por falta de máquinas. En seguida me trasladé 
al lugar de la parva y del interior de la misma saquá 
un manojo de espigas. Fué para mí una grata sorpresa 
constatar la calidad superior a todos mis cálculos; era 
un trigo húngaro, de un color y peso, para mí descono- 
cidos en la provincia de Santa Fe. Me es grato, en este 
momento, dejar constancia que dicho hallazgo me llenó 
de entusiasmo. 

«Regresé en seguida a Buenos Aires para firmar el 
contrato de arrendamiento, conjuntamente con el señor 
Chapeaurouge, de la colonia La Argentina del señor 
Antonio Devoto. 

«Los primeros pobladores de esta colonia, fueron los 
siguientes: -José Brunengo, en el mes de mayo de 1905; 
y los señores Pedro, Mauricio, Juan B. Brunengo, José 
Bergogno, Bartolo Daró, Caldera hermanos, Miguel Fan- 
tini e hijos, Luis Sartaris, procedentes de Teodolina, 



172 



provincia de Santa Fe, los qne tomaron posesión del 
campo en agosto y septiembre del mismo año. 

«Al siguiente año se fundaron las colonias Belbe- 
dere, por el señor Mazzola ; Itálica, por los señores José 
Grassi y Buscaglia; Las Liebres, por los señores Primi- 
tivo Torres Acosta, Pozos y Cía. En 1907, se incorpora- 
ron las colonias Malvicino y colonia Dora, por los seño- 
res Carlos Malvicino, y Pelayo, Fernández y Cía., res- 
pectivamente. En 1905, sólo el señor José Brunengo, 
sembró unas treinta hectáreas de trigo, con un peso 
específico de 81 y 83 kilogramos por hectolitro y un 
rinde de 650 ks. por hectáreas. Los demás colonos sem- 
braron maíz con resultados poco satisfactorios. 

«¿Cómo se explica que lo poco recolectado en el pri- 
mer año y toda la cosecha de 1906, a pesar de la falta 
casi total de lluvias y la mala preparación de la tierra 
por el mal estado de los animales de labranza, los que 
no permitían arar a la profundidad necesaria de nue- 
ve a quince centímetros; los primeros años se obtuvo 
trigo de muy buena calidad y peso específico, los qus 
hoy no se consiguen? La contestación, por lo general, 
es la siguiente : «Tierra vieja, cansada». Verdad es que 
ya no tiene la cantidad de humus, arcilla, silicio, cal- 
cáreo, etc., que tenía los primeros años de su cultivo : 
pero también es cierto que el resultado poco satisfacto- 
rio obtenido en estos últimos años, sobre todo en calidad 
y peso específico, a pesar de las abundantes lluvias caí- 
das, no es del todo culpa de la tierra, si no a muchas 
causas, y ocuparía demasiado tiempo en explicarlas en 
la forma debida. La mayor parte de los colonos prepa- 
ran con una sola reja la tierra destinada a la siembra 



175 



de los cereales, unos por abarcar más de lo que pueden, 
otros por inexperiencia y otros por falta de elementos: 
resultando, por esta causa que las tierras cultivadas tem- 
prano, si bien entierran cuanto yuyo o maciegas hay 
en el campo, raros son los años que no nazcan al poco 
tiempo, el trigo quedado en el rastrojo : y a pesar que el 
agricultor siembra con sembradoras de discos, ese tri- 
go que vulgarmente se llama «guacho», b,o se extirpa, 
al contrario ; se desarrolla con más vigor, cubriendo de 
tal modo el trigo recién nacido, que en retazos lo ahoga 
casi por completo.» 

No pueden ser más interesantes estos preliminares 
hondamente vinculados al progreso de la región. Con 
hombres de esta laya, emprendedores, tenaces, inteli- 
gentes, el porvenir de Pico estaba asegurado. Recorde- 
mos, siquiera sea incompleta, la nómina de los po- 
bladores dignos de ser legionarios de aquellas bizarras 
expediciones de la conquista: Pío Santos Ayerra, Pe- 
dro Mazzola, Adolfo Cambra, Saturnino Moreno, Mar- 
cos Labarronie, Nicolás Alvarez y Cía., Florentino Ano- 
cibar, Agustín Carrieaburu, Guillermo Brizuela, Emilio 
Loina, Francisco Piacenza, Alfredo Wilson, Narciso Izú, 
Ernesto Guiganti, Federico Erranz, Pozo y Cía., Torres 
Acosta, Ginocchio Etcheverry y Cía., Pedro Arocena, 
Kamón Coromiuas, Ángel Bó, Gervasio Ferreira, Pío 
Bescovo, Martín Carracedo, Juan Pinto, Augusto Vi- 
llamil, Victoriano Santisteban, Juan Leguiniosa, etc. 

El desenvolvimiento demográfico y la vida social, 
reclamaron, bien luego, apremiosas atenciones urbanas. 
Seis años después, — el primero de febrero de 1912, — 
el gobierno federal, le acuerda el derecho de municipali- 



174 — 



dad propia, dilatando injustificadamente una autono- 
mía bien ganada con prestigios propios. Don Pedro Al- 
fredo Bó, uno de los hombres más influyentes y carac- 
terizados, afronta los destinos de la comuna, acompa- 
ñándole como secretario, don Luis P. Argentó, difundi- 
do periodista. De entonces acá, la cosa pública ha es- 
tado en manos de buenos munícipes. Hoy Pico cuenta 
con más de 7000 habitantes en su ejido urbano, y 15.00Q 
con su Departamento de cien leguas. Tiene sus calles 
abovedadas y arborizadas de ligustros. Posee una su- 
cursal del Banco de la IS^ación y una importante socie- 
dad de seguros contra el granizo, — «La Pampa», — 
mercado, hospital, buenos hoteles, escuelas del Estado y 
particulares, dos sala-teatros, una hermosa plaza pú- 
blica, donde la gratitud popular, — ¡ bella ofrenda ! — 
ha levantado el busto de Alsina ; fábricas de mosaicos, 
de jabón, de hielo, de pastas alimenticias, fideos, etc.; 
fuertes y bien acreditadas casas de comercio, cuatro re- 
mate-ferias; luz eléctrica y teléfono, periódicos, biblio- 
teca pública y oficina municipal de trabajo. Y como si 
esto no fuera un síntoma definitivo de su prosperidad, 
en sus praderas vecinas pacen más de -50.000 cabezas 
de bovinos, 80.000 lanares y 15.000 yeguarizos, tecnifi- 
cados con alta mestización. 

Así ha iniciado su infancia Pico, esta Kansas City 
de la Kepública Argentina. Hoy tiene 7000 habitantes. 
¿Cuántos tendrá de aquí a un par de décadas? Si nues- 
tro deseo augural puede encarnarse un día, basta recor- 
dar que Kansas City tenía en 1860 ocho mil habitantes, 
y treinta años después excedía de doscientos millares. . . 



CAPITULO xvm 



Espíritu local de Pico. — Un preconcepto. — Lu- 
cilas politicas. — La agitación electoral. — 
Capacidad política de Pico para defender sus 
intereses comunales. — Las primeras manio- 
bras. — Periódicos y boletines. — Artículos 
de fondo y prosas bravas. — El verso jugue- 
tón como elemento político. — Austero doctri- 
narismo de una circular. — El representante 
federal y el juez letrado. — El emporio comer- 
cial trocado en comité. — 80.000 pesos gasta^ 
dos en una elección. — Después de la tem- 
pestad, la calma. . . — Visitando las huertas 
y el hospital. — El Banco de la Nación. — 
Zona de influencia del establecimiento. — 
Con el gerente. — Una vinculación necesaria 
entre el colono y la institución. — La garan- 
tía prendaria, base de responsabilidad mate- 
rial y moral. — Características de la coloni- 
zación. — Guarismos elocuentes. — La gran 
región agropecuaria. 



Conocimos a Pico en un momento de intensa agita- 
ción política : a raíz de las elecciones municipales del 
2 de setiembre. Y por cierto que ninguna hora más pro- 
picia para compenetrarnos de su alma de pueblo nuevo, 
de sus pasiones, de su vitalidad. Teníamos mentas ya de 
su espíritu localista, trabajado por la propia noción de 
una prosperidad vecinal, hija del esfuerzo sin padrinaz- 
gos oficiales ni rodrigones. 

— Los de Pico. — nos habían dicho en alguna parte 
de la Pampa, — son rumbosos y soberbios. . . ¡ Y cuidada 
si usted no les cae en gracia ! Va a tener que salir más 
ligero que volando ... 



176 — 



No nos inquietó la advertencia, acostumbrados a gas- 
tar nuestro escaso don de gentes y dejar en el camino, 
siempre que sea posible, un amable sedimento de nues- 
tra personalidad. Nos supo a ingenua emulación sim- 
plemente. «¡ Y&ya ! — pensamos — : es el caso de los pa- 
rientes pobres que siempre están protestando a rega- 
ñadientes por la ventui'a del pariente con plata. . .» 

Y fuimos a Pico. 

El emporio comercial, advertido no bien se descien- 
de del tren, se había trocado en un comité político. Tres 
fracciones, ^ dos de ellas con etiqueta nacional y una 
independiente, — disputaban las posiciones comunales. 
El movimiento político que iba a dirimirse en los comi- 
cios al día siguiente de nuestro arribo, concentraba en 
absoluto la atención pública. Era otro el Pico de esta 
hora excepcional. La gimnasia de cuatro meses en agi- 
tados prolegómenos electorales, había puesto en tensión 
los ánimos y avivado pasiones, como si el alegato pues- 
to en juego, fuera el único recurso vital del municipio. 

Seríamos injustos si dijéramos, — argentinos sobre 
todo, — que esta característica, nueva en la tranquila 
población, movió nuestra censura. Al contrario : nos 
gustó el torneo, no sólo por la tonificante pasión puesta 
en el ensayo, sino porque nos habló claro sobre el Pico 
capacitado para defender sus intereses y regirse solo, 
signo elocuente de preparación para su futuro augural. 

A partir de mayo, en que se iniciaron las maniobras 
con balas de fogueo, — vale decir, con mesurados boleti- 
nes, — la agitación política había ido subiendo de tono. 
Las primeras manifestaciones de la palabra escrita, po- 
nen en juego la más bella convicción doctrinaria. «Más 



— 177 



que una entidad política, este comité, — decía una de 
las fracciones, — es una agrupación de vecinos que se 
ha decidido a defender los intereses generales, segura 
de que en esta forma defiende los suyos propios. El 
atraso y la miseria de un pueblo, no constituye porvenir 
para nadie particularmente, porque la prosperidad in- 
dividual en todas partes, es simplemente consecuencia 
de la prosperidad colectiva. Es de obtusos suponer que 
alguien pueda enriquecerse en una localidad destruida. 
Por consiguiente, queremos acabar con todos esos mez- 
quinos afanes de preponderancia y usufructo vedado, 
consolidando la situación Sbhre los cimientos de una 
municipalidad libre, trabajadora, honesta y capaz.» 

A los disparos con pólvora sola, siguen los cartuchos 
de perdigón. La prensa local se acoraza y desde los mi- 
naretes lanza su fuego cerrado contra el bando rival. 
Algunas hojas sueltas, que coleccionamos oportunamen- 
te, nos encantan por sus premisas doctrinarias, verda- 
deros artículos que figurarían sin desdoro como edito- 
riales de cualquiera de nuestros grandes rotativos. 
Otras, — facturas de cargazón, — escritas por manos, 
si no más expertas en achaques de pluma, más hábiles 
en muñequeos electorales, se prodigan en dicterios de 
léxico pesado, sabedoras de aquello de que «el que más 
grita es el que más se hace oir». Algunas de un lirismo 
simpático : otras, de una desconcertante procacidad. No 
faltan los versos satirizantes, donde la musa juguetona 
de la localidad, vuelca todo su ingenio para ridiculizar 
a los candidatos de la fracción contraria. Y de entre el 
fárrago de hojas impresas que salen a la calle cada diez 
minutos, agresivas las más, o llenas de ditirambos para 



La Pampa — l'J 



178 



SUS parciales, no falta la palabra de cordura, el consejo- 
doctoral, que se extiende como un bálsamo sobre las ro- 
zaduras del ambiente. No podemos excusarnos a la ten- 
tación de transcribir este recordatorio, que se .nos 
antoja una evangélica electoral, síntesis clarísima y com- 
pleta de la ley, y que puede servir de formulario para 
todas las agrupaciones municipales del país que aspi- 
ren de veras el bienestar de la comuna. 

« Señor Tenemos el agrado de comunicarle que 

a usted le corresponde votar en la mesa número , 

situada en la escuela número , calle tal, etc. 

« Le recordamos, al propio tiempo, que el voto es- 
absolutamente secreto. Nadie puede saber, si usted mis- 
mo no lo dice, por quién ha sufragado. 

< La ley garantiza al ciudadano una libertad tan am- 
plia, que la íntima voluntad puede imponerse por en- 
cima de todos los compromisos personales. Es cuestión 
que usted sea o no hombre de conciencia. 

« Reflexione usted tranquilamente. Como parte del 
vecindario, tenga en cuenta la conveniencia colectiva y 
apoye a los hombres que por sus dotes de inteligencia, 
de moral y de labor, puedan hacer un buen gobierno y 
dar impulso al progreso general de Pico. 

« Le adjuntamos la lista de nuestros candidatos con 
el fin de que usted los conozca y esté habilitado para 
discutirlos. No pedimos su voto, no presionamos su áni- 
mo, porque tenemos aspiraciones de que la justicia se- 
cumpla y como ciudadanos emancipados, deseamos la 
libertad de conciencia. 

« Tenga usted carácter. Sea usted dueño de sus de- 



179 — 



cisiones. No descienda usted a la condición menguada 
del que no sabe lo que hace. 

€ Vote usted digna, altiva, libremente. s> 
De la lucha álgida, nació la apelación a cortes. Y el 
gobierno central se vio en la necesidad de ejercer su re- 
presentación por medio de un emisario, con facultades 
tan exiguas como pudiera tenerlas un mero espectador. 
Se explica entonces, que aquellas agrupaciones, caldea- 
das por el ejercicio del comité, y que habían solicitado 
una «panacea» para los males eleccionarios, y no una 
momia, concentraran sus mandobles sobre el duro pe- 
llejo del comisionado federal, incapacitado para distri- 
buir la razón equitativa, de acuerdo con la ley. Sin duda 
alguna, no debe achacarse al ministerio del interior los 
actos derivados de la representación, — ya que una ac- 
ción ajena a las decisiones autónomas del municipio^ 
debía limitarse a excrutar, nunca a dirimir ; — y si alguna 
actitud ostensible y bien quista asumió el poder central,, 
fué disponer en Pico la constitución del juez letrado, 
quien bajó de Santa Rosa y con dignidad consular ro- 
deó al acto eleccionario de los mejores prestigios. 

¡ Y han de perdurar en Pico los recuerdos de esta afa- 
nosa lucha electoral ! Todos los elementos de locomoción 
se pusieron al servicio de los comités. Más de setenta, 
automóviles cruzaron como exalaciones durante el día 
las calles del municipio conduciendo electores. Y es de 
fama, según los mentideros oficiosos, que alcanzaron a 
80.000 pesos en cifras redondas, los dineros gastados 
durante todo el proceso electoral. Damos los guarismos 
en la seguridad de que no han de alarmarse ni los esta- 
dounenses maestros de democracia, ni algunos de núes- 



180 — 



tros políticos de vieja cepa, acostumbrados a concurrir 
a los actos comiciales con la rosada libreta de che- 
ques . . . 

Las primeras horas de la mañana las gastamos en el 
incesante tragín de los comicios a la comisaría, a los 
comités y al hotel, constituido en cuartel general del 
comisionado. Después, cuando se estableció la corriente 
electoral del ir y venir de sufragantes, en una rutina 
sin incidentes de consideración, fuimos a respirar el 
aire de las afueras, bajo el cielo de una tarde plomiza 
y templada. Nos atrajo el hospital, sito en el aledaño y 
donde una benemérita corporación, bajo la presidencia 
del señor Juan Forns y el auxilio desinteresado y cons- 
tante del médico Dr. Félix Maggiorotti, — tipo cabal 
de nuestro Ricardo Gutiérrez, — derrama a manos lle- 
nas la simiente de la filantropía y la bondad. 

Visitamos después las quintas. Fueron revelaciones 
aquellos huertos levantando sus árboles porfiados con- 
tra las inclemencias del pampero, que suele ser recio y 
hostil. Aquel espectáculo venía a poner la última nota 
propicia sobre los destinos de Pico : mieses, ganados, 
huertas... Tibia y buena era la tarde. En el corazón 
del municipio, jugaban su apasionada partida los hom- 
bres, cuyas rozaduras desaparecerían bien pronto bajo 
la acción niveladora del trabajo. En los huertos se ves- 
tían de yemas los durazneros. . . 



* * 



i'n 



Con el día siguiente, renacía el espíritu de labor. Re- 
cobraba su aspecto habitual ei vecindario. Se iniciaba el 
éxodo a la campaña, con aquella población inestable que 
había acudido a jugar la suerte municipal del pueblo. 
Se desahogaban un tanto los hoteles, y las noches del 
cinematógrafo volvían a concentrar sus contertulios- 
Buenas o males, las nuevas autoridades quedaban con 
la carga de la cosa pública. Se despertaba, por fin, de 
la pesadilla . . . 

Nosotros buscaríamos, mientras tanto, argumentos 
para justificar aquel progreso tan significativo y tan 
franco. El templo de Mercurio nos daría un poco de luz 
para seguir en el sendero. Y fuimos al Banco de la 
Nación. 

— Esta sucursal, — nos dice su gerente, el señor 
Fernando Márquez, — hoy inspector seccional, por as- 
censo bien ganado, — sirve a los departamentos de Ma- 
raco, Trenel, Quemú-Quemú y Conhello, en la Pampa, 
y al partido de Rivadavia en la provincia de Buenos 
Aires ; es decir, una zona que comprende cuatro pueblos 
de importancia y treinta y una estaciones de ferrocarril, 
con un total de 37.000 habitantes. Fué establecida en 
abril de 1909. 

«Mi constante acción, — agrega, — se ha concentra- 
do alrededor de la necesidad que hay de vincular el 
colono directamente a la institución, evitando los inter- 
mediarios. Y puedo asegurarle que he logrado mucho 
en este sentido. El colono ha sido reacio hasta el presen- 
te, porque se vio obligado siempre a ser un cliente indi- 
recto. El comerciante era el mediador inveterado. Su ac- 
ción y su responsabilidad con el Banco, son inmediatas 



ahora. La condición de los préstamos con garantía de 
prenda agraria, ha venido a librar al colono de compro- 
misos absorcivos y a tonificar su temperamento moral, 
mediante la obligación directa con la institución que le 
proporciona los recursos necesarios. Este «modus ope- 
randi» ha fomentado en el chacarero un sentimiento 
respetuoso hacia el Banco, que le mantiene siempre bien 
dispuesto para cumplir con sus obligaciones. 

— ¿Y en qué condiciones cultivan estos colonos? 

— Arriendan la tierra, generalmente a plazos redu- 
cidos, sin la más remota creencia de que la han de po- 
seer en propiedad algún día. Siembran grandes exten- 
siones, pero por lo común, sin espíritu de previsión. Si 
les va bien un año, todo el producto lo invierten en la 
nueva labor. Esto demuestra que, en la mayoría de los 
casos no son agricultores profesionales. Un fracaso sue- 
le aniquilarlos después de ruda labor. 

— ¿Cuál es el valor de la tierra dentro del radio en 
que opera el Banco? 

— Hace veinte años, la hectárea tenía un valor de 
10 pesos, más o menos ; ahora, alfalfada, vale de 150 a 
200 y más, como promedio. 

Remata sus informaciones el señor Márquez, con los 
siguientes significativos datos sobre la importancia 
agropecuaria de la región : 

— La zona que sirve el Banco, — nos dice, — tiene 
en la actualidad, las siguientes extensiones bajo cul- 
tivos: 300.000 hectáreas de trigo; 40.000 de avena; 
20.000 de maíz; 8.000 de cebada; 10.000 de centeno; 
230.000 de alfalfa y 7.000 de diversos cultivos (huerta, 



— 183 



viña, etc.). En ganadería podemos anotar las siguientes 
cifras : 280.000 vacunos ; 320.000 ovinos ; 90.000 yeguari- 
zos; 5.000 mulares; 2.000 cabríos y 15.000 porcinos. 

No se puede pedir un detalle más elocuente sobre la 
importancia rural de la región. 



CAPITULO XIX 



Por los establecimientos pecuarios de Pico. — Las 
estancias modernas. — La «Gwenita», de Fe- 
derico Wallace. — Primeras impresiones. — Con 
el administrador Mr. Ffrencli. — Anecdotario 
humorístico. — Cabana e invernada. — 8.000 
hectáreas de alfalfar. — Cómo se inició el es- 
tablecimiento. — Los primeros ejemplares. — 
Precios y densidad. — Procedimientos para 
la selección y el peso. — En el corral de los 
toros. — En campo abierto. — Los silos de 
cemento armado. — Por los alfalfares. — Las 
tumbas de forraje. — En el galpón de es- 
quila. — En «Trebolares». — Un campo de 
40.000 hectáreas con ocho leguas de alfalfares. 
— Interesantes prolegómenos. — La Pampa 
de treinta años atrás. — Cómo se inicia la 
gran estancia. — Domando médanos y civili- 
zando campos vírgenes. — 20.000 vacunos de 
raza Durham, 100^ yeguarizos shire y húnter 
y 6000 lanares cruza fina. — Una interesante 
hibridación. — Don Diego Beid, gestor de la 
fama de «Trebolares». — El administrador, 
Mr. John Dickie, gran muñeca. — La es- 
tancia poética. — Contrastes de criollismo y 
tecnificación. — Perfiles del campo y su ama- 
ble soledad. . . 



Nuestra excursión a través de los grandes estableci- 
mientos pecuarios del Norte, ]a iniciamos por la Gwe- 
nita, de Mr. Federico Wallace, a seis leguas de Ge- 
neral Pico. Va en nuestra compañía, el doctor Osvaldo 
Ricchieri, gentil cicerone, veterinario del Departamento 
Nacional de Ganadería, y cuyo tecnicismo profesional 
contribuye muy eficazmente a facilitar nuestra tarea in- 
vestigativa. 



18Ó 



Es bello el conjunto de la estancia, con edificios có- 
modos y arbolados elegantes y tupidos. Cruzamos la tran- 
quera de servicio y vamos a detener nuestro auto frente 
al galpón de los aperos, donde Mr. Walter Ffrench, el 
principal, departe con el mecánico del establecimiento. 
Mr, Ffrench, tipo adusto, nos recibe con dosificada dis- 
creción, casi con sequedad. Ya veníamos olfateando an 
poco de excentricismo en la mansión: primero, cuando 
quisimos franquear la avenida, limpia y ensombreada, y 
un zagal nos cortó el paso. «¡ Vaya ! — pensamos, para 
nuestro fuero íntimo, — la escalera de honor de la Ope- 
ra de París» ... Y buscamos el rodeo, junto a las cua- 
dras, — la gatera, como quien dice, — para llegar al 
administrador. Luego, el mismo nombre del estableci- 
miento, completaba su nota de rareza : La Gwenita. 
¿Qué quiere decir La Gwenita? Nada. Ni en inglés, ni 
en criollo . . . Después Mr. Ffrench entra por fin en 
juego. Se abre, como quien dice. Pone en su expresión 
un poco de amabilidad, tal vez una sonrisa. Se sienta 
sobre el escritorio para darnos algunos informes. Nos- 
otros trepamos el pie sobre la silla, para recogerlos cam- 
pechanamente en nuestro cuaderno de apuntes. No se 
puede pedir más francachela en esta inocente pampasia,. 
enclavada en el corazón de «South América» . . . 

Después hemos sabido que bajo este temperamento 
aparentemente hosco y retraído, se oculta un «gentle- 
man», humorista, inteligente y mordaz, epigramático 
más que ¿laicista, supuesto que no le ayuda el idioma. 
Hasta nosotros ha llegado esta anécdota de corrillos : 

Un amigo le dice a Mr. Ffrench : 



187 — 



— ¿No le parece, señor Ffrench, que la Pampa debe 
ser declarada provincia? Un territorio tan rico. . . 

Mr. Ffrench, como buen subdito británico, sabedor 
de que «las colonias son sienipre las colonias», res- 
ponde : 

— Lo que yo crrrreo que necesita la Pampa es un ti- 
rano . . . ¡ qué caramba ! 

— Pero un territorio tan rico, tan grande . . . 

— ^Bueno : si es tan grande, métale dos tiranos. 

Esto, como opinión sin argumento, es lapidario, ad- 
mirable. Lo que sería curioso conocer es la explicación 
que daría el señor Ffrench cuando algún otro amigo 
de su cenáculo, le interrogue sobre la razón de las dos 
primeras efes de su apellido, frondoso derroche de con- 
sonantes, que obedecerá, tal vez a un rasgo de buen hu- 
mor ... 



Comprende el campo de La Gwenita, una superficie 
de 9000 hectáreas, de las cuales 8000 están bajo culti- 
vos, con espléndidos alfalfares. El establecimiento com- 
prende cabana e invernada. Sus ejemplares, en tipo 
durham, son de la más noble procedencia. La cabana se 
inició hace nueve años con toros y vaquillonas, puros 
por mestización de Chapadmalal de don Miguel Al- 
fredo Martínez de Hoz. De entonces a la fecha, se ha 
puesto en práctica los mejores procedimientos aconse- 
jados por la zootecnia para la selección y refinamiento, 
con padres importados directamente de Inglaterra. So- 
bre esta orientación, base de una administración inte- 



188 — 



ligente, no es extraño que se hayan obtenido los más 
altos rendimientos en carne y los precios más lucrati- 
vos. El peso de cada ejemplar de este establecimiento, 
en vacuno, tipo frigorífico, oscila enire 680 y 840 libras^ 
habiéndose obtenido en 1915 precios de 190 a 200 pesos 
como máximo. 

En la actualidad La Gwenita posee alrededor de 5.300 
cabezas de ganado vacuno y 3000 lanares. El máximo de 
bovinos lo alcanzó en 1915 con 6000 cabezas. 

— Nuestro negocio, — nos dice el señor Ffrench, — 
lo mantenemos especialmente con los frigoríficos. La 
cabana es un derivado de la invernada. Pesos y tipos 
buenos es lo que nos proponemos mantener y perfeccio- 
nar, si es posible. Y siendo este un permanente interés 
nuestro, creemos inoficioso enviar a las exposiciones 
ejemplares de La Gwenita, 

«Excuso decirle, — agrega el señor Ffrench, — que 
tomamos severas medidas contra los flagelos del ga- 
nado, — el carbunclo y la mancha, — comprando los 
animales reproductores, tubereulinizados ya. 

Visitamos el corral de los toros importados. A esa 
hora los requisa el galponero. La presencia del Dr. Ric- 
chieri se hace notar entonces sobre el terreno de su pro- 
fesión. Siempre alguna dolencia, por leve que sea, llena 
de inquietante zozobra al cuidador y al dueño. Un toro 
fino, tiene a veces el valor de un edificio y una insignir 
ficante afección, suele ser como la gotera que si no se 
atiende defonda el techo de la casa más fuerte. Hay al- 
gunas dolencias en el plantel. Un magnífico toro rosi- 
llo manquea ligeramente. El cuidador ignora la causa. 
El Dr. Riechieri la ausculta y diagnostica. Tiene una 



189 



tumefacción entre las pezuñas de la mano derecha. El 
profesional aconseja el tratamiento. Otro toro, al ori- 
nar, se encoleriza y patea. Tiene también para este no- 
ble enfermo su prescripción facultativa el veterinario. 

Del local de las bestias finas, que no por ser pocas 
dejan de valer una fortuna, pasamos al campo abierto, 
a visitar los silos, los reservorios de forraje. El silo 
aéreo de cemento, de este establecimiento, es de lo más 
moderno, resistente y lujoso que se conoce. Consta este 
depósito, de forma cilindrica, de 29 pies de alto por 
4.50 metros de diámetro. Sobre una armazón de varillas 
de acero, se han afirmado los bloques de material com- 
puestos de piedra molida, portland y arena de Monte- 
video. Una máquina trituradora de alfalfa, movida por 
un motor Triunfo, de 18 H. P. y marca Ohio, a la 
cual está acoplado un ventilador, eleva el forraje hasta 
la ventanilla superior del recipiente. No se usa de pren- 
saje para el pasto. Lleno el silo, y cerrado hermética- 
mente, cosa de evitar la influencia del aire, tres meses 
después está en condiciones de ser utilizada su alfalfa. 

La distribución de forraje se hace por una serie de 
ventanillas escalonadas y a resguardo del viento, me- 
diante un buzón acoplado al silo a manera de chimenea 
y verticalmente. 

Después, recorremos los potreros, en donde la al- 
falfa se prodiga muelle y uniforme. ¡ Qué espléndida 
está la pradera ! Es un verdadero espécimen de la re- 
gión este campo, en donde la proximidad del agua, — de 
5 a 8 metros, — y la falta de tosca, ha podido arraigar 
el forraje en lozanía extraordinaria. En uno de los po- 
treros que cruzamos, pace la majada de romney marsch, 



— 190 — 

\ 

difundida en tipos corpulentos y apelotonados de gor- 
dura. 

Visitamos luego los silos del subsuelo, verdaderas 
tumbas de alfalfa, en donde se conserva el forraje por 
un procedimiento más económico, más simple y quizá 
tan práctico que los silos aéreos. 

Una hora más tarde, después de haber visitado las 
maestranzas y el galpón de esquila, donde las máquinas 
esquiladoras se desenvuelven con sus 120 ovejas por 
tijera y por día, emprendemos nuestro viaje a Santa 
Aurelia, donde almorzaremos. El señor Ffrench nos 
insta para que le acompañemos a su mesa. Su retrac- 
ción primitiva ha ido atemperándose con el roce de la 
mañana hasta convertirse en amable camaradería. La- 
mentamos no acceder a su invitación porque probable- 
mente hubiéramos hecho buenas migas. Nos reclamaba 
la tarde en Santa Aurelia y Trebolares. 
«Au revoir», señor Ffrench. 



» 



Uno de los establecimientos ganaderos más reputa- 
dos de la zona de Pico es Trebolares, capaz, por su enor- 
me superficie, la importancia de sus praderas y la tecni- 
fieación de sus ganados, de llamar la atención al «ranch- 
man» más localista de Nebraska, tierra de las famosas 
estancias de engorde. 

Imaginaos un campo de 40.000 hectáreas, dividida 



— 191 



en 60 potreros por alambrados de ocho hilos, con 50 
molinos, con 12 puestos, — edificios de mampostería, — 
y con más de 20.000 cabezas de ganado vacuno, tipo 
durham, y os daréis una idea aproximada de lo que 
puede ser este establecimiento. Trebolares, por otra 
parte, no es una improvisación del capital como pudiera 
suponerse, en este territorio nuevo y promisor. Sus pre- 
liminares se remontan a treinta años atrás, cuando la 
Pampa del norte, recién aventada la dominación ran- 
quelina, era todavía un interrogante. Esta antigüedad 
unida al espíritu conservador y progresista a la vez de 
su propietario y administradores, marca un timbre de 
honor que casi pudiera llamarse gentilicio, si cupiera 
el concepto atribuido a la noble sangre de sus ganados. 

No es necesario hacer un gran esfuerzo imaginativo 
para darse cuenta de los graves inconvenientes que ten- 
dría que salvar aquella colonización pastoril, tan ale- 
jada de los centros urbanos y del tren. Aquellas diez y 
seis leguas de campo primitivo, entregadas a gramilla- 
les veleidosos como las lluvias, reclamaron la más cons- 
tante y empeñosa labor para su cultura. Solamente la 
conducción de materiales para poblaciones y potreros, 
debió irrogar ingentes sumas, y largas demoras, como el 
transporte de los ganados y de los reproductores que 
reclamaron apremiosas comodidades. 

De aquellos orígenes se remonta la reputación de 
hoy. La heredad no ha sido alfalfada en toda su exten- 
sión todavía. Restan ocho leguas aun de campo grosero, 
con la virginidad de los pastizales silvestres, único pre- 
dio de la región que no ha sentido en su entraña la reja 
del arado. . . Es un resto de la Pampa incivil, donde el 



- 192 



espíritu romántico de sus poseedores ha perpetuado la 
silvestre tradición con guanacos y avestruces. Pero, el 
prado artificial, que es lo técnico, va ultimando al 
campo bruto con sabrosas forrajeras, con abrevaderos 
y molinos. Día vendrá en que Trebolares, duplicado el 
número de sus haciendas, sea, tal vez, el más extendido 
alfalfar de la República. 

Establecimiento organizado con método, con inteli- 
gencia, con los procedimientos prudentes y decisivos 
que aconseja el arte de criar y seleccionar, ha logrado 
ponerse a la altura de los primeros del país alcanzando 
los mejores precios en sus ventas a frigoríficos. Según 
datos que reco jemos en la estancia, de una tropa de va- 
cas para la exportación, se obtuvo un promedio, en 
peso, de 854 libras de carne limpia, casi el record. La 
constitución de este campo es, sin duda, la más apropia- 
da para el sostenimiento y calidad de los alfalfares, 
■ — arenoso y liviano. — La profundidad del agua oscila 
de un metro a nueve. Esto es un factor importantísimo 
para la longevidad de los prados. No hay que extrañar- 
se haya cuadros de alfalfa, cuya siembra data de más 
de veinte ailos, en perfecto estado de conservación. 

La cultura pastoril de este campo, tuvo sus tropiezos 
con los médanos movibles, diseminados en diversos po- 
treros. Para combatir este mal que va desapareciendo 
paulatinamente en la Pampa, su administración, ensayó 
hace diez años los cultivos de centeno con excelentes 
resultados. En la actualidad sigue formalizando esta 
clase de sementeras en los terrenos flojos y destinados 
a forraje de invierno. 

Trebolares, además de sus 20.000 vacunos, posee 280 



— 195 



«abezas de pedigree (vacunos puros), 1000 yeguarizos 
mestizados con shire y hunter; 6000 ovinos, cruza de 
lincoln y rambonillet, que da un excelente tipo. Como 
padres equinos, tiene actualmente dos magníficos ejem- 
plares puros de carrera y tres shire. El Drabble Cons- 
cript, fué campeón de Palermo el año anterior. 

Una característica que nos ha llamado profundamen- 
te la atención en el establecimiento, es la crianza, por 
deporte, simplemente, de un tipo híbrido de rumiante, 
producto de guanaca y llama macho, a decir del admi- 
nistrador. No ponemos las manos en el fuego sobre esta 
bastardeada procreación, conociendo la característica 
fisiológica de la llama y su dificultad de convivencia 
en otro terreno que no sea su fragosa meseta. Pero, «se 
non é vero» . . . 

Trebolares tiene su «herd» propio para la inscripción 
de los toros destinados a sus planteles. 

En los potreros no se ha establecido el sistema de 
silos todavía. Sin embargo, su administrador se inclina 
en sentido favorable, convencido de que es el procedi- 
miento más técnico y de mejor resultado para la con- 
servación del forraje. La alfalfa se estaciona en parvas 
y almiares. 

Estos son, en síntesis, los perfiles más salientes de 
este establecimiento. Alma y motor de sus progresos ge- 
nerales, fué el señor don Diego Reid, experimentado ad- 
ministrador de la sociedad originaria que se denominó 
Las Barrancas y que importó los primeros ejemplares 
para formalizar la mestización que hoy culmina en ren- 
didores ejemplares. El administrador actual de Trebola- 
res, es Mr. John Dickie, culto inglés, cuyo don de 



La Pampa — 13 



— 194 — 



gentes y exquisita amabilidad, corren parejos con su» 
conocimientos científicos sobre la moderna ganadería. 



La estancia nos produjo una impresión muy agrada- 
ble. Por sobre los parterres cercados de tamariscos dis- 
ciplinados, a manera de cercos protectores, se destaca el 
chalet de corte inglés, sencillo, aereado y elegante. Has- 
ta su terraza llegamos en nuestro auto. En el jardín 
contiguo, miss Dickie, hermana del dueño de casa, oficia 
de bondadosa jardinera. Nos recibe con esa franca ale- 
gría de los espíritus selectos que saben embellecer la 
vida, buscando las rosas entre los madroños. Su herma- 
no está en el campo. Ha ido a presenciar un aparte a 
uno de los potreros vecinos. Hasta allá vemos en compa- 
ñía del segundo administrador. La máquina se pierde 
entre el mullido gramillal. Junto al rodeo, en el marti- 
llo del alambrado, encontramos a Mr. Dickie, dirigiendo 
la faena, caballero bien puesto sobre un nervioso bridón. 
Presenciamos la maniobra rural a campo, con el sello 
argentino y tradicional de los quehaceres de la vieja 
estancia. Es interesante, sin embargo, el contraste de 
este criollismo que no se va, junto al alambrado de púa, 
por donde no pasan ni las liebres y bajo la fiscalización 
de administradores europeos que se afianzan con garbo 
sobre la silla inglesa. . . 

Regresamos, visitando luego todas las dependencias 
de la estancia, los tres grandes galpones de mamposte- 
ría, destinados a establo de los toros, a depósito del cue- 
rambre y a maquinarias (limpiadora de avena, tritura- 
dora y machacadora de maíz, etc.). Visitamos las casas 



195 



del personal, los compartimentos accesorios y nos ente- 
ramos^de la salud de un apreciable semental importado 
que no anda con muy buen humor aquellos días, «mal- 
gré» la tarde amable y el potrerito seductor donde está 
confinado. Y volvemos al chalet central, pequeño pa- 
raíso que da idea de buen tono, de pulcritud y de con- 
fort. 

Caía la tarde cuando nos pusimos en marcha de re- 
greso a Pico, costeando en siete leguas la línea del ferro- 
carril. 



CAPITULO XX 



Las grandes cabanas de la Pampa. — Santa Aurelia 
de D. Bartolomé Ginocchio e Hijos. — Un esta- 
blecimiento de celebridad nacional. — 30.000 
hectáreas de campo cultivado y poblado. — 
Los primeros tiempos de Santa Aurelia. — 
Cómo se inicia la cabana. — El lote histórico 
de vacunos. — Los puros por mestización. — 
Desde Marttier a Golden Fame I. — Perfiles 
de este célebre toro. — Una ilustre descen- 
dencia. — A rey muerto, rey puesto ... — 
Americus, el toro más caro del mundo. — 
80.000 pesos paga el señor Ginocchio por su 
adquisición. — Algunos ejemplares de nota, 
hijos de Americus. — Premios ganados por 
Santa Aurelia. — 20.000 cabezas de ganado 
vacuno. — Los grandes padrillos Clydesdale. 
— King's Cholee, base del plantel. — Per- 
gaminos de este semental. — La raza Berk- 
shire, en porcinos. — El Elvetham Bugler, 
creado por lord Callthorp. — Ejemplares y 
premios. — La raza asnal. — Visitando los 
galpones, el parque y los silos. — El sistema 
The Me Clure Company, para silos. — Los 
médanos domados. — Los álamos de Italia y 
la caña de Castilla. — En la lechería. — La 
manga para faenas ganaderiles. — Visita a la 
escuela. — Un edificio modelo. — Impresiones 
generales del emporio ganadero. — Un esta- 
blecimiento que honra al país. 



Usando el término que los norteamericanos emplean 
para significar la importancia de sus grandes granjas 
del Dacotah, podíamos decir de Santa Aurelia, de D. 
Bartolomé Ginocchio e hijos: es una cabana «mam- 
raouth». El prejuicio, trabajado por la fama nacional de 



198 



este gran emporio ganaderil se torna en bella compro- 
bación, no bien se ha traspuesto sus tranqueras y se tie- 
ne a la vista el dilatado bosque del establecimiento, a 
manera de pueblo arborizado, más que de estancia. La 
celebridad de Santa Aurelia acrecentada en los últimos 
años con la progenie de Americus y de Golden Fame, era 
ya proverbial por la selección y honestidad de sus pro- 
ductos. Agregúese a ésto el valor material de aquel 
enorme campo de más de 30.000 hectáreas, completa- 
mente cultivado y el invaloíado caudal de sus hacienda, 
y se tendrá idea de la importancia de Santa Aurelia, 
como uno de los primeros establecimientos del país. 

Salvando todos los inconvenientes propios de la 
época, — distancia y falta de elementos de transporte, 
en primer término, — se inicia el establecimiento el 22 
de marzo de 1889, Con el primer año de labor, se intro- 
duce el alto mestizaje y la tecnifieación en los procedi- 
mientos de crianza. Los primeros animales durham lle- 
vados a la futura cabana, tienen su origen en la es- 
tancia Sajones, de la sucesión de Santiago Lawrie, en 
Ranchos (General Paz). Lote histórico en los anales 
del establecimiento, conviene recordarlo. Estaba com- 
puesto así : 2 vacas de pedigree, Merry Thought y Hap- 
py Thought, madre e hija. Merry Thought era hija de 
Master Tom (1044) H B I 46.766, criado por S. M, la 
reina de Inglaterra y adquirida por D, Santiago Law- 
rie; Happy Thought, hija del toro Lowther (474), cria- 
do por lord Lcvat, en Escocia, y adquirido por F, J, 
Meeks para Paradise Grove, en Lomas de Zamora. Ade- 
más de estos dos ejemplares de tan linajuda estirpe, 
52 vacas de vientre; 15 vaquillonas de dos años y 24 



199 - 



de un año, puras por mestización, y un toro, Poliga- 
mist, hijo de Lovrther (474), en Patience, criado por 
Lawrie y vendido más tarde al señor J. F. Meeks. Es- 
tos ejemplares eran internados en el establecimiento el 
12 de abril de 1890. Meses después, en setiembre del 
mismo año, la novel cabana se enriquece con un nuevo 
sementalf: el toro Gobernador III (616), por Knight of 
Oxford, de la cabana La Inés, de D. Juan Cobo. Gober- 
nador y Poligamist son, en definitiva, los fundadores 
del plantel primitivo de Santa Aurelia. 

A partir de esta prestigiosa iniciación, comienza el 
establecimiento a desenvolverse con elementos propios, 
usando para sus planteles, puros por mestización. Se 
suceden los padres de gran sangre: Merttien, Berme- 
cide, Mapocho, Conde V, Heir of Eugiishman, Farrier, 
Calomel, Golden Fame I, y otros de no menos empingo- 
rrotada genealogía, llegando Santa Aurelia a tener a 
los veinte y cuatro años de su fundación, más de 1000 
cabezas entre vacas y vaquillonas puras por mestiza- 
ción. Es así como va conquistando su bien cimentada 
fama el establecimiento, a base de una constante labor, 
siguiendo el plan primitivo, sobre la pureza de sangre, 
en procura siempre de la línea armoniosa y el mayor 
rendimiento, en carne, de sus productos. 

Con Golden Fame I, adquirido ternero en Chapad- 
malal, culmina la consagración industrial de la cabana. 
Este célebre toro adquiere primer premio y campeo- 
nato medalla de oro, copa MacUennan y copa Nicanor 
Olivera en la exposición Internacional de 1910 y forma 
la base de una ilustre familia que se significa entre sus 
principales representantes, con G. Fame 3?, Golden Fa- 



200 — 



me lOth (rosillo), Corsair (colorado y blanco) ; Golden 
Fame 14 (blanco) ; Golden Fame 15, (rosillo) ; Golden 
Fame 16, (colorado) ; Sunwise, (colorado y blanco) ; 
Augustus Waterloo (rosillo) ; Golden Fame 17 (colora- 
do y blanco) ; Golden Fame 18, (rosillo) ; Golden Fame 
22, (rosillo) ; Golden Fame 24, (rosillo) y Golden Fa- 
me 25, (rosillo). Además, las vacas Servia 5, Baronesa 
Santa -Aurelia, White Rose 2, Industry 22, Wall- 
flower 43. 

La Baronesa Santa Aurelia, exhibida en la exposi- 
ción Rural Argentina de 1914, obtuvo el primer premio, 
siendo reservada a campeón; y en la exposición Rural 
Argentina de 1915, fué ganadora del premio campeón, 
primer premio y premio Windson. La Industry 22 ob- 
tuvo en la exposición Rural Argentina de 1913, el pre- 
mio campeón y primer premio. 

Muerto Golden Fame I en 1913, tan brillante plan- 
tel de vaquillonas nacesitaba un padre de abolengo. En 
la exposición de Palermo durante el mes de setiembre, 
el señor Ginocehio adquiere, en subasta, el gran toro 
Americus, por la enorme suma de 80.000 pesos, el pre- 
cio más alto que se ha pagado hasta ahora, en el mun- 
do, por un reproductor. Americus traía su pedigree no- 
bilizado con ruidosos triunfos durante la exposición 
de 1912: con Narciso Vivit, copa Norberto Quirno, co- 
pa Olivera, copa A. de Bary y Cía., copa Shortorn So- 
eiety y copa Macllennan. No podía pedirse mayores 
galardones para su heráldica taurina. 

Este ejemplar, cuya adquisición fué tan sonada en 
el país, dejó alrededor de cuarenta hijos, entre los cua- 
les han descollado Gran Duke of Aurelian, descendien- 



— 201 



te por vía materna de la afamada tribu Duchess, de 
Mr, Thomas Bates ; Baronesa Santa Aurelia 4, que ganó 
conjuntamente con su hija Baronesa Santa Aurelia 4th, 
el premio Windsor (vaca con cría), en la exposición 
Rural de 1915; American Ruth, American Orphan 2 y 
Aurelian Champion. 

A la muerte de este celebérrimo ejemplar, su esque- 
leto fué donado al Museo de Ciencias Naturales de La 
Plata. Golden Fame, fué enterrado en una de las calles 
transversales del parque, bajo una glorieta. Si los ca- 
nes tienen cementerios en las grandes ciudades de Eu- 
ropa, nos explicamos esta piadosa recordación al no- 
ble ejemplar, que al dejar sellos tan inconfundibles, 
puso un nuevo blasón en nuestra industria pecuaria, 
respondiendo al esfuerzo de los «pioneers» del progre- 
so nacional. 

Con tan sistemado e inteligente seleccionamiento^ 
nada de extraño que la hacienda general sea de primer 
orden. Actualmente en los campos de Santa Aurelia 
hay alrededor de 23.000 cabezas de vacuno, hacienda 
caracterizada por el tipo uniforme, la línea curva y 
suave y la firmeza de carnes en cada ejemplar. 

La Cabana Santa Aurelia, en el transcurso de los 
últimos años ha obtenido los siguientes premios : 15 
campeonatos, 8 reservados de campeón, 81 primeros 
premios, 74 segundos premios, 46 terceros premios, 71 
menciones, copa Macllennan, copa N. Olivera, copa La 
Blanca, copa Carlos Villate, premio Windsor, premio 
Amos Cruyckshand, premio Familia, 13 copas y pre- 
mios particulares. En total 309 premios. 

En lo que respecta a ganado yeguarizo, Santa Au- 



202 



relia se ha especializado en la raza clydesdale, consi- 
guiendo ejemplares de nota. King's Clioice, magnífico 
semental, base del plantel, fué criado en Inglaterra por 
David Ridell, Blackhall, Paisley, Reufrewshire, en el 
famoso stud de Clydesdale. Es nieto de Prince of Wales, 
el más famoso padrillo que registra la historia de su 
raza. Por tal ejemplar, cuando contaba 19 años de edad, 
Mr. Ridell pagó 900 guineas. La madre de King's 
Choise, fué Jean, yegua premiada en diversas exposi- 
ciones y hermana del gran semental Gallant Prince, 
propiedad de Mr. Ridell, que fué utilizado al servicio 
de yeguas a razón de £ 10.10.0 cada una y de Frivoli- 
ty, laureado con numerosos premios. Otro padre clydes- 
dale, Bold Shepherd, fué traído de Inglaterra. 

En porcinos, la raza cultivada es berkshire, siendo 
uno de los padres de la cabana Elbetham Bugler, cria- 
do por lord Callthorp, en Inglaterra. Este gran ejem- 
plar produjo hijos que ganaron los siguientes premios 
en la exposición de la sociedad Rural Argentina de 
1914: Danesfield Mermaid 17, primer premio y premio 
campeona en maj^o ; Danesfield Mermaid 20, primer 
premio, premio campeona y copa British Bershire As- 
sociation, en agosto ; Elvetham Meridian 2, primer pre- 
mio y premio campeón, en mayo ; Elvetham Model 3, 
primer premio y premio campeón, en agosto. En pre- 
mio (grupo de tres), obtuvieron el primer puesto, 
Queen Danesfield 4, Elvetham Mermaid 5 y Elvetham 
Mermaid 6. 

Como dato ilustrativo, podemos informar que se han 
vendido algunos padrillos porcinos por precios que ex- 
ceden de 1000 pesos. 



— 203 — 



Actualmente, entre puros y mestizos, hay en la ca- 
tana más de 200 ejemplares adultos. 

,En ganado asnal, se sigue un especial selecciona- 
miento, produciéndose muías de la mejor estampa, con 
alturas parejas de más de 1.60, ejemplares que se ven- 
den a precios no inferiores de 300 pesos, pagados por 
compradores de Chile y de las provincias andinas. 



* 



Hemos visitado el enorme establecimiento. Reco- 
rriendo sus amplios galpones construidos de acuerdo 
con la última palabra de la higiene zootécnica, sus cua- 
dras cómodas, sus porquerizas, sus maestranzas, desde 
el escritorio a la lechería, desde los silos a la manga, 
desde el parque, donde el culto al árbol difundido en 
bosque inmenso, revela el espíritu superior de sus pro- 
pietarios, hasta el médano, inmóvil ya con los abrigos 
forestales, hasta la lechería, hasta los potreros flore- 
cientes, lozanos, llenos de alegría y de verdor; reco- 
rriendo todo esto, no podemos menos que laudar con 
sentimiento argentino, la obra del valiente industrial, 
del precursor, que contrarrestando todos los inconve- 
nientes de la Pampa desolada de hace tres décadas, 
trajo hasta aquí energías, capitales, civilización. 

Lamentamos de verdad, no poder admirar el con- 
junto de novillada selecta mandada días atrás a Bue- 
nos Aires al concurso de hacienda gorda. Suplimos es- 
ta falta, con el espectáculo de un plantel de vacas finas 
que pacen en un potrero próximo a la estancia y cuyo 



— 204 — 



enorme tipo, plasticidad y suavidad de líneas, dan idea 
de una prole excepcional. 

Nos interesamos vivamente sobre el resultado de loa 
silos. Santa Aurelia practica el ensilaje de la alfalfa en 
dos formas: en silos de madera de pino colorado (The 
Mac Clure Company) y por un sistema especial del es- 
tablecimiento. Consiste el procedimiento en emparvar 
el pasto verde. Luego de hecho el almiar, se cubre her- 
méticamente con chapas de fierro galvanizado, ajus- 
tándose luego por medio de torniquetes, de manera de 
prensar el forraje, evitando la ent/rada del aire. Este 
procedimiento ha dado muy buenos resultados, allanan- 
do la faena de la distribución. Los silos de madera 
(dos) pueden contener 120 toneladas de alfalfa cada 
uno. Son de forma cilindrica como los de cemento ar- 
mado y más económicos en su construcción. 

Iniciamos nuestra excursión por el campo con la 
visita a un médano vecino, a medio estabilizar. En res- 
guardo, se han plantado allí 275.000 estacas de álamo 
de Italia, por el sistema del arboricultor, D. Alejandro 
Miroli. Sin duda este procedimiento tiene no sólo la 
ventaja de rescatar para los cultivos, el terreno ines- 
table, sino que crea el monte, capaz de ser una indus- 
tria lucrativa, a la vuelta de ocho o diez años. 

Para el arraigo de las dunas se ha puesto en prác- 
tica el procedimiento de culti,vos de caña de Castilla. 
Un médano de 76 hectáreas que hace cinco años era 
un Sahara y que amenazaba con correrse a merced del 
viento, inutilizando vegas vecinas, se vio, de pronto, 
atrincherado por este tupido carrizal. Y ahí ha que- 



205 



dado el pobre, vencido, esperando el arado y sin fuerzas 
para levantar una arenilla deleznable. Este ensayo, 
tan provechoso, sencillo y de un tan rápido resultado, 
debe ser tomado en cuenta por los agricultores de la 
Pampa como el medio más eficaz para detener las are- 
nas, después de la simplicidad primitiva y provechosa 
de los cultivos de centeno. 

Visitamos la lechería y quesería, estabtecimiento 
complementario, en donde con la base de 100 lecheras 
se elaboran 60 kilos de queso diario, producto que tie- 
ne su venta acreditada en Buenos Aires. Luego destina- 
mos breve tiempo a ver el funcionamiento de la man- 
ga, sistema novísimo de bretes (Cremona y Sala), don- 
de con ahorro excepcional de tiempo y de brazos, se 
puede realizar todas las faenas rurales: marcar, des- 
cornar, pesar, apartar, bañar, tusar, curar, etc., la ha- 
cienda, tanto lanar como vacuna y yeguariza. Este 
brete cuesta alrededor de 18.000 pesos. 

Rematamos nuestra gira visitando la escuela, ter- 
minada de construir en el mes de julio, contando en la 
actualidad con 50 educandos. Este edificio, tipo nor- 
teamericano, estilizado y elegante, ha sido donado al 
gobierno de la nación, con el terreno correspondiente, 
bancos y útiles, por el señor Ginocchio. La enseñanza 
se reduce, por el momento, a los dos primeros grados. 
Como tipo de escuela, no se puede pedir nada más com- 
pleto, obedeciendo a las exigencias de la pedagogía 
moderna. De acuerdo con la limitación de sus aulas, es 
el edificio escolar más hermoso y apropiado de la 
Pampa. 

De las 12 leguas de campo que comprende este gran 



206 - 



establecimiento que acabamos de visitar, hay 26.000 
hectáreas alfalfadas; 2000 cultivadas con cereales por 
administración y 2000 por chacareros que pagan un 
arrendamiento equivalente al 14 % de sus cosechas. 
En haciendas, además del cuantioso número de vacu- 
nos ya mencionado, hay 4000 ovejas lincoln; 1500 ye- 
guarizos clydesdale; 200 ejemplares de ganado asnal y 
más de 200 porcinos berkshire. 

Las 30.000 hectáreas de campo están divididas en 
130 potreros. Hay 76 molinos y 11 puestos para distri- 
buir las labores rurales. 74 kilómetros de teléfono de 
doble línea, ponen en comunicación directa todas las 
dependencias de esta gran estancia que hace honor al 
territorio y honor al país. 



* 
* « 



Después de esta reseña que suponemos dá la impre- 
sión aproximada de este establecimiento, huelga la su- 
gerente laudatoria. Aquello es, sencillamente, un gran 
emporio industrial. Pero caeríamos, sin duda, en omi- 
sión si a la apología sincera que nos merece tan bella 
fuente de la grandeza nacional, no ligáramos el perfil 
de su héroe, de su denodado gestor. Don Bartolomé 
Ginocchio pertenece a la pléyade de los precursores. 
Se inicia con nuestra evolución y sigue su proceso como 
eficiente factor, compenetrado del porvenir de la Repú- 
blica. Llegado niíío a nuestras playas, se inicia muy jo- 
ven en el comercio. Bien pronto su laboriosidad, su 
práctica en los negocios, su clara inteligencia unida 



207 — 



a su carácter tesonero y su honestidad, — virtud máxi- 
ma de aquellos felices tiempos del viejo Buenos Aires^ 
— le llevaron a un puesto destacado en el mundo de 
los negocios. Su importante casa de /consignaciones 
y almacén mayorista afianzaron su reputación comer- 
cial y le dieron la base de su gran fortuna. Seguirlo 
paso a paso a través de su larga actuación en la plaza 
sería ímproba labor. Baste decir que su nombre está 
ligado a infinidad de iniciativas de carácter bancario, 
económico y social a numerosas empresas mercantiles, 
a cuanta sociedad anónima ha buscado en él el impul- 
so directriz y la influencia decisiva del capital y sobre 
todo a la evolución edilicia de la metrópoli, a cuya 
estética y expandimiento urbano ha contribuido como 
progresista, fuerte y antiguo propietario. 

Pero, donde su obra, a nuestro entender, adquiere 
contornos más amplios y sobresalientes, es en la indus- 
tria ganadera. Basta mentar este gran establecimiento 
pampeano, además de diversos establecimientos en las 
provincias de Buenos Aires y San Luis, para adjudi- 
carle uno de los primeros puestos entre los «pioneers» 
de la grandeí;a nacional. Y he ahí, precisamente, la 
silueta del precursor, afianzada en los prolegómenos de 
nuestra ganadería científica, piedra angular de la ri- 
queza del país. Otros antes que él, habrán, posible- 
mente, iniciado ese gran paso del perfeccionamiento ga- 
naderil, pero nadie podrá aventajarle en valentía para 
afrontar la evolución, desde su aventura de llevar toda 
su fe y su energía al desierto hosco y apenador de hace 
treinta años y convertir al baldío en el establecimien- 
to más completo y educador, hasta el gesto significativo 



- 208 - 



de adjudicar el precio mayor del mundo por un ejem- 
plar bovino, lo que importa a nuestro entender la me- 
jor propaganda que pueda hacerse de nuestros produc- 
tos ganaderos ante el mercado del mundo. 

Completando la firma social, colaboran eficazmente, 
junto a este gran laborador, — cuya ancianidad no 
amengua sus energías excepcionales, — sus hijos Bar- 
tolomé Luis, en lo que se relaciona con los intereses 
ganaderos y Máximo Alfredo, en los negocios del «bu- 
Teau» y administración de propiedades. 



CAPITULO XXI 



Santa Catalina, de Engelbert Hardt y Cía. — 
Una invernada perfecta. — El campo de en- 
gorde y el campo de crianza. — La rotación 
de las haciendas. — En viaje a la estancia. — 
El jardín y el monte. — A través del esta- 
blecimiento. — Los planteles Durham. — 5000 
novillos en vísperas de frigorificación. — Pre- 
cios y rendimiento en carnes. — La cabana 
para el servicio interno. — La hacienda ye- 
guariza. — Las razas Oldemburguesa y Bn- 
lonesa. — Tipos de caballos de ejército. — 
Sus características. — Lanares y porcinos. — 
En el campo de los sUos. — Descripción de la 
faena de ensilaje. — El silo subterráneo. — 
Haciendas y alfalfares. — De retomo. 



Santa Catalina, de Engelberdt, Hart y Cía., consti- 
tuye, como establecimiento ganaderil, el tipo perfecto 
de la invernada. A semejanza de los grandes «ranchos 
de cebo» de Estados Unidos, Santa Catalina tiene su 
«rancho de cría», es decir su campo generatriz. Como 
en el Norte lejano, los vacunos que se tonifican con fo- 
rrajeras nobles y con salvado en las estancias de Ne- 
braska, para lucirse después en los «stok yards» de 
Chicago, fueron la misma hacienda cerril y flaca de las 
praderas del Wyoming, Santa Catalina tiene este com- 
plemento a manera de «almacigo», si cabe la expresión : 
la estancia El Campamento, en el sur de Mendoza. 

Es sencilla la rotación de las haciendas, en este pro- 
cedimiento combinado de crianza y engorde. El Campa- 
mento, cuyos ganados proceden de Santa Catalina y.son 



La Pampa — 14 



210 - 



hijos de toros importados, surte a este establecimiento 
con 2 a 3000 novillos por año. Con dos años de inverna- 
da en Santa Catalina, queda esta hacienda apta para el 
frigorífico, con rendimientos de un «chilled» excepcio- 
nal en calidad y gordura. Las vacas viejas, una vez pa- 
ridas y producido el destete de sus crías, pasan a la 
venta, mientras sus becerros son llevados al campo de 
crianza, de cuyas vegas silvestres tornarán dos años 
después en la remesa anual de novillada. Actualmente 
en Santa Catalina hay 1300 vacas en estas condiciones,. 
muy próximas a la hora fatal del matadero. 






Con sumo placer hemos realizado una visita a Santa 
Catalina. En breve tiempo hemos salvado las seis leguas 
que nos separan de Pico, volando en automóvil por el 
camino accesible y llano. Se derrocha el sol corruscante 
de la mañana. Se engalanan las vegas con margaritas 
purpúreas y blancas, mientras las flores azules de los 
linos, dan la nota amable del comienzo de la primavera. 
La estancia, que emerge del arbolado como un nido, se 
baña en sol y en rosas. Suben los escaramujos por log 
espalderos del corredor constelados de flores en donde 
el rojo se prodiga en toda la gama, del pálido al carmín. 

El jardín, de cotos nuevos, recién trazado, se insinúa 
en elegantes dibujos, dando estilo al parquecito euro- 
peizado, de geométricos camellones. Adivinamos el es- 
píritu femenil que da vida a estas bellezas subjetivas, a 



211 



trueque de la aridez industrial que supone el impor- 
tante establecimiento. 

La expansión de la mesa, nos revela después el se- 
ereto de esta nota floral, risueña y pródiga. La esposa 
del señor Gerardo Gietz, finísima y espiritual dama ro- 
sarina, que cultiva sus niños, flores del hogar, debe tam- 
bién prodigar su afecto al jardín. 

El señor Gietz, caballero argentino, muy gentil, que 
con inteligente dedicación, administra el establecimien- 
to, nos dispensa su más benévola acogida. Después del 
almuerzo pasamos a recorrer las diversas dependencias 
de la estancia. Xos llama la atención, en primer término, 
el monte umbroso y joven que espalda el edificio, y en 
donde una plantación de 7000 árboles, da sombra y per- 
fume y atempera la irascibilidad de los vientos: euca- 
litos, álamos, ligustros, paraísos, moreras, acacias, pi- 
nos y plátanos, en razas promiscuas, se han reunido en 
civilizada floresta, prometiendo arraigarse y convivir. 
Y junto al monte de adorno y de reparo, se difunde el 
huerto en manzanos, durazneros, nísperos, perales . . . 

Santa Catalina tiene una extensión de 6600 hectáreas, 
El primer poblador de estos campos fué don Wilfredo 
Barón (argentino), hace once años. La nueva estancia, 
bajo la firma de Eugelbert, Hardt y Cía., data de siete 
años. Toda la superficie está subdividida en 46 potre- 
ros, con 17 molinos Aermotor, con tanques austra- 
lianos. 

Actualmente el establecimiento posee un plantel de 
400 vacas puras durham, con ocho toros a galpón pro- 
cedentes de Inglaterra y de las grandes cabanas argen- 
tinas-de Pereira, Pagés, Healy y Etcheverry. Hay más 



212 - 



de 5000 novillos en los diversos potreros, hacienda que 
paulatinamente pasa a los frigoríficos La Blanca y 
La Plata, embarcada por las estaciones Agustoni y 
Mira Pampa. 

El sistema de alimentación y las prescripciones hi- 
giénicas puestas en práctica con todo rigor, constituyen 
la base del éxito en las ventas, por excelencia de tipo y 
"calidad. Eara vez se produce en frigoríficos el rechazo 
de un ejemplar de Santa Catalina, obteniéndose precios 
que oscilan entre 160 y 200 $ con densidades de 720 a 
750 libras de carne limpia. Las haciendas a invernada 
son mantenidas con la variedad posible de forrajes, al- 
ternando alfalfa verde con seca y silo y avena o cen- 
teno, cosa de no fatigar al animal con una alimentación 
única. Los preceptos de la zootecnia hacen lo demás, 
utilizándose, al efecto, cómodos y modernos bretes para 
baños preservativos de sarna y de parásitos, y además, 
para la higiene, en la oportunidad del peleche. Los se- 
mentales vacunos son utilizados exclusivamente para 
el servicio del establecimiento. No se exponen ni se 
envían a certámenes ganaderos. Si exceden del número 
necesario, se venden, pero como excepción. 

En yeguarizos, Santa Catalina se ha dedicado con es- 
pecialidad a las razas oldemburguesa y bulonesa, a ba- 
se, la primera, de puros importados de Alemania. Este 
tipo, según los técnicos, ha dado los mejores resultados 
en lo que se refiere a aguante, agilidad y presentación 
en el trote. 

De tronco tan ponderativo, se han derivado dos ra- 
mas de gran significación, con las siguientes cruzas : 
1?, padre oldemburgués puro y madre 7/8 de carrera, 



— 213 — 



hijas de Briceño y Cagliostro; 2?, productos de la cruza 
anterior, coino madres; y como padre, oldembur^és 
puro. He aquí los resultados : la primera cruza da el 
prototipo del caballo de oficial de ejército. Es decir, el 
caballo de carrera, más fornido, de cabeza pequeña y 
remos más cortos, pero más resistentes, buen cuerpo y 
especialmente pelo parejo y buena silla ; aptos para sal- 
tos y marchas resistentes. La segunda cruza, da el ca- 
ballo para oficial de ejército, del arma de artillería li- 
viana, por tener más sangre oldemburguesa. Este pro- 
ducto es especial para trote. De cabeza chica, es ele- 
gante y fornido. 

En lo que respecta al bulonés (raza francesa), tipo 
del jiercherón liviano, el establecimiento dedica cons- 
tante atención, como medio de conseguir buenos ejem- 
plares en yeguas para las labores del campo. Las carac- 
terísticas del bulonés se individualizan por el cuerpo 
fornido y voluminoso y a la vez presteza en la acción. 
Son caballo>s especiales para la agricultura por su férrea 
complexión y gran consistencia y sirven, al propio tiem- 
po, tiros pesado y liviano. La cabeza es muy chica, ti- 
rando a árabe. Una particularidad especial de este tipo 
es que no tiene ranilla, condición ventajosa para el aseo 
y que pone al animal a recaudo de algunas dolenciasi 
en los vasos. Hay actualmente cerca de 500 yeguarizos 
en el campo, de ambas clases. 

En lo que respecta al ganado lanar, se ha comenzado 
a cimentar la crianza con carneros romney marsch im- 
portados, consiguiendo, con varios cruzamientos, un es- 
pléndido plantel de ovejas puras de esta raza. Este tipo 
da lana excelente, es de. mucho cuerpo y engorda con 



214 



facilidad. Según la opinión del señor Gietz, es el verda- 
dero animal para frigorífico. Un borrego de diez meses 
da fácilmente 35 kilos de carne. Por borrego pelado del 
mismo tiempo, se lia obtenido en venta hasta 17.60 pesos. 

La industria lanar es incipiente en el establecimien- 
to. Ocurre lo propio con la crianza de porcinos, destina- 
dos al consumo del establecimiento, salvo algún rema- 
nente que se ha dado a la venta. El tipo predilecto es 
berkshire, cuyos capones de un año han alcanzado pre- 
cios de 100 pesos cada uno, con un promedio de 220 kilos 
de peso en pie. 

Como un deporte especial que eondice con las predi- 
lecciones cinegéticas del señor Gietz, la cabana canina 
pone su nota original en el establecimiento. Los plante- 
les, no tan numerosos como selectos, abarcan diversas 
razas, desde los mastines de San Bernardo hasta los 
ágiles fox-terrier. Descuellan con sus modalidades pro- 
pias y tipos inconfundibles, los setters, galgos, pointers,' 
belgas, de policía, etc. 



* 

* * 



Se ha iniciado la siesta. El sol se derrite en polvo de 
oro y fuego sobre la campiña aletargada. Ni la más 
leve brisa mueve las hojas. En cómodo «break», arras- 
trados por fornidas trotonas, vamos a recorrer los po- 
treros. Bien pronto se pierde de vista la estancia entre 
las ondulaciones del campo. Algunos accidentes del te- 
rreno nos informan de viejos arenales, estabilizados ya. 
El señor Gietz usa para ello el procedimiento más via- 



— 215 — 



ble : el alambrado precaucional conjuntamente con el 
<;ultivo de centeno, la plantación de álamos erectos o ca- 
ñaverales. 

Los alfalfares están espléndidos. Este año ha sido 
excepcional por las lluvias oportunas y abundosas. Para 
renuevo de los alfalfares se recultivan los potreros du- 
rante uno, dos o tres años, con maíz, avena, centeno o 
caupi, produciendo con estos forrajes en verde, seco, 
grano y silo. Es un procedimiento previsor que pone al 
reparo de toda emergencia. 

Llegamos al local de los silos en donde trabaja a esa 
hora la máquina trituradora «The Ross», movida por un 
motorcito de seis caballos. Junto al silo, casi a llenar, y 
alambrado por medio, una cuadrilla emparva el forraje 
recién henado. Es fuerte la faena bajo aquel sol canicu- 
lar. Desde el predio, donde la dejó la cortadora, es con- 
ducida la alfalfa en montículos de dos y tres toneladas 
y mediante una sencilla rastra de cadena. Un aparejo 
la eleva hasta la parte superior del almiar, prendida a 
su gran horquilla, mientras un niño ejecuta la labor de 
manejar el caballo que hace funcionar el guinche. 

En el silo próximo, la obra es más mecánica y rendi- 
dora. Junto al foso de 15 x 5 x 2, abierto al suelo, 
trabaja la máquina picadora. El pasto introducido en 
su buzón por una garrucha de madera tableada, sale 
desmenuzado inmediatamente para recibir la influen- 
cia del ventilador, que por un tubo de metal liviano lo 
expela a distancia graduable. En esta forma se va lle- 
nando el foso. La alfalfa así almacenada, excede como 
un metro a flor de los bordes del foso. Luego se cubre 
«on la misma tierra excavada, dándose a este revoque 



216 



iin espesar de 40 centímetros. He ahí el silo subterrárteo^ 
de remoto origen, pero cuya exhumación para las prác- 
ticas agrícolas en el uso de forrajes, se le debe a los 
Estados Unidos. Tres o cuatro meses después puede uti- 
lizarse el pasto así almacenado, con resultados ventajo-- 
sísimos y cuando el invierno suele ser cruel para los 
campos. 

El señor Gietz, que es un gran propagandista de este 
sistema de conservación del forraje, hace dos años que 
practica los silos. 

— Al principio, — nos dice, — no faltó quien tildara 
de locura mi ensayo. Pero cuando ralearon ios campos, 
con el inviernito que nos tocó soportar, alguien se acor- 
dó que mis silos podían ser una solución. 

— ¿Y cuántos silos hay en el campo? 

— Actualmente diez; pero pienso hacer de 60 a 80, 
por el mismo procedimiento, que ocnceptúo lo mejor. 
Estos silos serán distribuidos en los potreros, de manera 
de facilitar el reparto del forraje cuando se necesite. 
El reparto se hace en comederos con un 50 % de econo- 
mía en el pasto. 

Piensa el señor Gietz ensilar el maíz que ha cultiva- 
do en 60 hectáreas y las 60 hectáreas de caupi. 

Regresamos a la estancia a la hora del té. Nuestro 
coche corta a campo traviesa por sobre el mullido al- 
falfar. En algunos potreros, las manadas curiosos se 
acercan a nuestro encuentro y vienen a olfatear a nues- 
tras yeguas de tiro. El sol castiga con menos impiedad. 
Pasamos junto a una aguada. Luego bordeamos el cam- 
po de centeno que comienza a amarillear, poniendo urt 
tono nuevo al eterno verdor... 



CAPITULO XXII 



El establecimiento La Barrancosa. — Departiendo 
con don Sotero Eamírez. — Un criollo a la 
antigua. — La experiencia y el tecnicismo, fac- 
tores de éxito. — Perfiles de un gran gana- 
dero. — A través de los prados. — Productos 
e instalaciones. — Los cuadros del alfalfar, la 
manga y el abrevadero. — Comodidades rura- 
les. — Los altos precios del frigorífico. — No- 
villos a 222 . 70 $, precio máximo. — El pa- 
norama a la hora de abrevar. — Los silos. — 
El sistema de ensilaje descubierto. — Ecos 
del concurso de carne gorda. — Por las es- 
tancias vecinas. — El establecimiento Pavón. 
— La cabana Casáis. — La Morocha, La Ma- 
ría y otros campos. 



Hemos llegado de noche a la estancia La Barranco- 
sa. Nos recibe su administrador, don Sotero Ramírez, 
con esa llaneza tan sin reatos y tan amplia, propia de 
nuestros viejos hombres de campo. Y efectivamente, el 
señor Ramírez, que acaba de ser elegido munícipe de 
Pico por el concenso de dos fracciones en lucha, es un 
espécimen del criollo de antaño, abierto y suspicaz, tipo 
inteligente del ganadero, que sin dejar las modalidades 
sencillas del pasado, — virtud tradicional de raza, — 
adopta la reforma, buscando en el tecnicismo de impor- 
tación, todo lo que contribuya a ennoblecer y acrecentar 
nuestras industrias rurales. Los yankes lo ejemplariza- 
rían como un «ranchman» modelo. Nuestro espíritu de 
argentinidad, trabajado en esta larga gira por tanto tipa 



/ 



— 211 



exótico, refractario a nuestros sentimientos y a nues- 
tro idioma, experimenta la sensación de un desahogo al 
lado de este hombre. 

Conjuntamente con uno de sus hijos, su yerno y el 
agrónomo señor Tomás Sistemas, damos razón de una 
buena comida,_prevista por ese apetito campero trabaja- 
do por el aire libre de la pampa. Es larga y afectiva la 
sobremesa. Mariposeamos alrededor de todos los asun- 
tos. El señor Ramírez, — lector asiduo de los diarios de 
Buenos Aires y gran amigo de «La Nación», — sigue 
paso a paso el proceso del país y los acontecimientos 
europeos, dedicando especial atención a las referencias 
de la estadística. Está al cabo del movimiento del mer- 
cado mundial en producrtos, precios y relación financie- 
ra de los grandes países. Sigue con gran interés el giro 
de la conflagración europea, anticipando deducciones 
tan propias y atinadas que revelan una afinada sagaci- 
dad. Se habla de política, y como se ha establecido una 
corriente de simpática camaradería, se habla... «a cal- 
zón quitado», segim la expresión criolla. No siempre es 
suave la premisa. Algún concepto fogoso lastima la epi- 
dermis. El juicio sobre hombres y cosas, es ágil, sutil, 
a veces puntiagudo ... Y como el señor Ramírez es mili- 
tante, tiene que sacarse el lazo a menudo. Y lo hace con 
bizarría, con entereza, con elegancia, buscando la ex- 
presión adecuada, el concepto final lleno de filosófica 
sencillez. 



Al día siguiente, temprano, después de saborear una 



2!9 — 



docena de mates amargos, echamos a andar por el cam- 
po en un «buggy», vehículo de lo más cómodo para cam- 
paña. Queríamos recorrer, en compañía de don Sotero, 
los diversos cuadros del campo. 

Consta este establecimiento de 5000 hectáreas divi- 
didas en 38 potreros, con 12 molinos y tanques austra- 
lianos para 400.000 litros cada uno. Este campo fué po- 
blado hace seis años con destino a agricultura. Hace 
cuatro y medio años que se aprovecha en ganadería. 
Está completamente alfalfado. Tiene el agua a 5 metros 
de profundidad, como término medio y carece en abso- 
luto de tosca. 

En la actualidad La Barrancosa posee 6000 cabezas 
de ganado, habiendo alcanzado a 10.000, raza durham, 
producto de padres puros, por pedigree y madres puras 
por cruza. Los toros progenitores son importados de In- 
glaterra por intermedio de la casa Bullrich. 

Por productos de este establecimiento se han obte- 
nido en el frigorífico La Plata (Compañía Swift de 
La Plata), el más alto precio de la zona : 222.70 $ por 
novillo.El máximum de peso alcanzado ha sido de 852 
libras de carne y en novillos de tres años. Un animal 
que da este peso, tendría vivo, alrededor de 665 kilos. 

Sobre el funcionamiento de la manga moderna y sus 
accesorios, nos da, en pleno local, una explicación deta- 
llada el señor Ramírez. El sistema de compuertas, co- 
rrales, apretadores y palancas, juega en forma sencilla, 
bajo la acción de un ingenioso mecanismo. Esta manga 
es sistema «Cremona», patentado, pero los corrales han 
sido construidos de acuerdo con indicaciones prácticas 



220 — 



del señor Eamírez, simplificando el procedimiento en 
los apartes y embretadas. 

Visitamos los potreros. Es imposible superar la loza- 
nía de estos alfalfares, ni un tipo más uniforme y pare- 
jo en las vacadas. Los abrevaderos están colocados en 
la intersección de los alambrados, de manera de favo- 
recer cuatro potreros a la vez, correspondiendo a cada 
uno por sectores. 

Nos encanta, a las diez de la mañana, el concierto 
ganaderil, frente al agua cristalina, formado por las 
haciendas de cuatro cuadros, que vienen mansamente 
a la hora habitual. Desde lo alto del molino, presen- 
ciamos la interesante romería que se va congregando 
poco a poco, y cuyos grupos rezagados apenas se divi- 
san entre el verde pastizal del horizonte. 

La Barrancosa practica los silos aéreos, a manera de 
almiares, revocados con una capa de tierra de 30 a 40 
centímetros, sobre cuya capa se pone otra de pasto como 
abrigo para atemperar la fuerza del sol. Opina el señor 
Ramírez que éste es el silo más práctico y económico 
que se pueda realizar, facilitando la operación de corte 
y de reparto. 

Actualmente hay en el establecimiento 10 silos, del 
año anterior. Con el corte de alfalfa en una superficie 
de 1000 hectáreas, se formará en seguida de 50 a 60 
silos. 

Tiene muy pocos médanos este campo. En general, 
han desaparecido con los cultivos apropiados; y las po- 
cas dunas que quedan en algunos potreros, se utilizan 
como reparo para los novillos gordos, en las noches de 
invierno, cuando el frío anticipa la nevazón. Se improvi- 



221 — 



san comederos en los huecos de arena y los ganados no 
sienten tanto los efectos de las noches crueles que sue- 
len desmejorar la presentación de las reses. 

Regresamos a medio día, a la estancia, complacidos 
de aquella gratísima' excursión que nos dio la pauta de 
las ponderables energías del señor Ramírez, puestas en 
acción para la cultura del predio y la selección de los 
ganados. 

Después del almuerzo, departimos amigablemente 
bajo el corredor, cuando anuncian por teléfono de 
Pico, haber recibido un telegrama de Buenos Aires, pa- 
ra La Barrancosa. Se levanta el señor Ramírez para 
atender la comunicación. 

— i Novedades? — le interrogamos al verle regresar 
con semblante jubiloso. 

— Nada ... — nos responde. — Me informan que en 
la exposición de ganado gordo de la Sociedad Rural, 
€n Palermo, se ha pagado 900 pesos por cada ejemplar 
de La Barrancosa. 

Era el martes 13 de noviembre. 



* 
* * 



La estancia Pavón del doctor Luis Mitre, es un es- 
tablecimiento modelo, tanto en lo que respecta al selec- 
cionamiento de sus ganados, como a la importancia de 
sus instalaciones. 

El edificio de la estancia es el más hermoso en la 
zona del norte y responde a todas las exigencias del 



222 



confort moderno. Este solo detalle bastaría para exte- 
riorizar una tonificante nota de cultura, puesta como 
un broche al margen de la cuantiosa riqueza ganadera 
de la comarca. 



* 



La cabana Casáis comprende una extensión de 1200 
hectáreas alfalfadas en 12 potreros, con 5 molinos y 
tanques. 

Su propietario don Marcelino Casáis, catalán de 
Lérida y hombre emprendedor, inició su cabana en 1912, 
dedicando preferente atención a la raza caballar. Arran- 
can sus productos con la paternidad de los padrillos 
puros de carrera Purran y Político, y con yeguas casi 
puras por cruzamiento, en número de 46. En tiro pesado 
posee Cometa, — clydesdale, — con un plantel de 18 
yeguas de alta mestización. 

En vacunos, cría durham y en ganado lanar, lincoln 
y rambouillet. 






En la importante estancia El Consuelo, su propieta- 
rio, el señor don Juan Chappie Sid'ebottom, presta aten- 
ción preferente a sus planteles de vacas durham y ove- 



223 — 



jas cara-negras. Por lanar, — puros de pedigree, — ha 
obtenido diversos premios en certámenes nacionales. 



* * 



La Morocha, estancia de don José María Trabadelo, 
registra en sus galpones muy buenos tipos de durham, 
elydesdale y lincoln, en las tres clases de ganado. 



* * 



La María, es el nombre del establecimiento ganadero 
de don Manuel Porta e hijo. Fué fundado en 1907 a 
veinte cuadras de la estación Vértiz, Se dedica a la cría 
de vacunos, contando en sus sementales con un mag- 
nífico todo durham procedente de El Dorado. 

Los señores Porta se dedican también a la cría de 
rambouillet ¿n ovinos y percherón en caballar. 



* 

^ * 



La Concepción de don Juan Boracio, comprende un 
campo de una legua, más o menos, dedicado a crianza 
en general. 



* 



— 224 — 



Otra estancia de notoria significación, es San Agus- 
tín, de don Agustín Carricaburu e hijos (Tomás F. y 
Antonio), con legua y media de inmejorable campo y 
haciendas mestizadas. 



* * 



Entre otros establecimientos de importancia, figu- 
ran San Joaquín de don Joaquín Otamendi; el de don 
Juan Urruspuru; el de don Pedro Arocena; el de don 
Aniceto Gallastegui; el de don Pedro Brunengo y 
otros. 



* 
* * 



Próximo a Pico, pero en la provincia de Buenos Ai- 
res, — partido de General Villegas, — está la cabana 
Santa Teresa de don Vicente Bo y cuya dedicación es- 
pecial es el seleccionamiento de ovinos rambouillet que 
le ha dado notoria fama dentro y fuera del país. 

Lamentamos que a pesar de ser el establecimiento 
tributario de la zona de Pico, esté ultra-fronteras, es 
decir, lejos de nuestra misión de cronistas pampeanos. 
De otra manera no se hubiese librado de nuestra des- 
cripción detenida, que bien lo merece por su signifi- 
cación. 



CAPITULO xxm 



Por los dominios de Trenel. — Una ojeada retros- 
pectiva. — La heredad salvaje y los primeros 
albores de civilización. — Del campo bruto a 
la colonia. — Los ensayos ganaderiles del ca- 
pital anglo-criollo. — La South American Land 
Company Limited. — Bases de la nueva socie- 
dad Estancia y Colonias Trenel. — La obra 
de don Antonio Devoto. — 327.500 hectáreas 
hacia la evolución agrícola. — La transforma- 
ción cultural de la comarca. — El semillero 
de pueblos: Trenel, Metileo, Monte Nievas, Ara- 
ta, Caleufú, Ingeniero Luiggi y Embajador 
Martini. — La conquista del riel. — El gran 
progreso agrícola. — Condiciones agrológicas 
del suelo. — Los cultivos extensivos. — El pe- 
so específico de los cereales. — El mejor 
trigo barletta de la Pampa, premiado en la 
exposición del Centenario. — Recordando doc- 
trinas de un mensaje presidencial sobre colo- 
nización. — Edilidad en los centros poblados, 
vialidad e instrucción pública. — 120.000 to- 
neladas de producción cerealera anual. — A 
través de Trenel. — La visión del porvenir. 



Fué la comarca de Trenel dominio de ranqueles, an- 
tes de la conquista civilizadora. Hasta allí extendió 
su imperio el pueblo aborigen, cuyo foco central irra- 
diaba desde las selvas tupidas del noroeste. Trenel es 
una prolongación de la planicie inquebrada de Bue- 
nos Aires. _ Sin ríos, sin lagunas, sin arroyos, campos 
de gramillal, salpicados de trecho en trecho por cal- 
denares precarios, no fué, en suma, la silvestre heredad, 
solar de tribus arraigadas. Sus indios, fieros y audaces, 



La rampa — /.5 



226 



como que tenían en sus venas sangre de Caupolicán^ 
los cruzaron mil veces en depredadoras carvanas, 

«sobre el potro rozagante 
cuyas crines altaneras 
flotan al viento ligeras», 

según el clásico poema, y burlando el acecho de nues- 
tra caballería. Sin quiebras, sin refugios, sin el recur- 
so montaraz" del bosque inextricado, fué, en realidad, 
un desierto la comarca. Por fin las armas de la nación, 
escalonando sus felices jornadas, desde el foso de Al- 
sina y los fortines de Córdoba, Mendoza y San Luis, 
hasta Choele-Choel y el Limay, quiebran para siempre 
la autóctona soberanía. Y el misterio cae bajo la fuerza 
avasalladora de la civilización. Con las últimas dianas, 
se plantan los primeros pueblos. Se allana el tránsito, 
barrida con pólvora la tenebrosa heredad ; carga el Es- 
tado con el rico patrimonio que ha de subdividir y cul- 
tivar; se roturan los predios; se domina el monte le- 
gendario; despuntan las primeras colonias; se atreve 
el comercio y la industria a buscar horizontes en el nue- 
vo país. Y mientras los pueblos migradores, vitalizan 
con fuerzas promisoras la tierra conquistada, tímida- 
mente se orientan hacia la Pampa las paralelas del 
tren . . . 

Capitales anglo-crioUos ponen sobre los campos bru- 
tos de Trenel su primer nota cultural. Es un ensayo in- 
deciso aquella tentativa de civilidad, no obstante el clá- 
sico empuje, valiente y engreído, del capital inglés. 

Tiene más de especulativo que de progresista el 



227 — 



trance que corre la South American Land Company 
Limited, con directorio en Londres, a base de la gana- 
dería elemental. Nada de selección, nada de praderías 
artificiales, ni procedimientos zootécnicos que no fue- 
ran los rudimentarios. Sobre los gramillales veleidosos 
de 90.000 hectáreas, 12.000 bovinos, 30.000 ovejas y al- 
gunos yeguarizos, constituyeron la gran estancia con 
todo el sello de un criollismo indolente y primario, sin 
aspiración a perfeccionamiento ni propósitos de coloni- 
zación. 

En tales circunstancias, pasa el gran fundo a ma- 
nos de don Antonio Devoto. 

Consta esta propiedad de 327,500 hectáreas, o sea 
131 leguas cuadradas en un solo block. Está ubicada, 
casi en su totalidad, en la sección Primera de la Pam- 
pa y vecina al Meridiano 5*?, límite entre el territorio y 
la provincia de Buenos Aires. 

A renglón seguido de la adquisición, que se verifica 
en enero de 1905, el propietario, anheloso de dar a aque- 
llas tierras un impulso definitivo, tira las bases de la so- 
ciedad anónima Estancia y Colonias Trenel, sólido or- 
ganismo que debía imprimir de inmediato la transfor- 
mación cultural de la comarca. Y se inicia la transi- 
ción con las primeras colonias. Los campos pastoriles, 
silvestres y feraces, se entregan a Céres sin reatos. El 
ferrocarril, que apenas ha iniciado la travesía a la 
capital del territorio, marchando con cautela, se resuel- 
ve por el norte, atraído por la valiente tentativa de 
Devoto. Y comienza la tierra generosa a manifestarse 
en óptimas cosechas; y surge como una bendición el 
semillero de pueblos: Trenel, Monte Nievas, Metileo, 



— 228 — 



Arata, Caleuñi, Embajador Martini e Ingeniero Luiggi. 
He allí, en síntesis, la evolución de aquella extendida 
comarca, desde el capital egoísta y retardatario de la 
South American Land Companj'- Limited hasta la ini- 
ciativa franca de la empresa colonizadora que llevaba 
la civilización. 

Veamos cómo se ha producido el proceso agrícola 
de losv campos de Trenel, a partir de 1905. En este año 
se inicia la colonización, entregando a cultivos 80.000 
hectáreas. Quedan, en consecuencia, 247.500 hectáreas 
de campo bruto. En 1906, el área cultivada con cereales, 
alcanza una superficie de 117.500 hectáreas. En los 
años de 1907 y 8, llega la labor agrícola a significarse 
con 137.500 hectáreas. En 1909 las sementeras ocupan 
más de la mitad de los campos. Se reparten así las ci- 
fras: 160.000 hectáreas de pradera silvestre y 167.000 
de chacras perfectamente cultivadas. En los años de 
1910 a 12 se insinúa la ganadería, y la agricultura 
toma un impulso considerable. A 2SO.000 alcanza el nú- 
mero de hectáreas cultivadas, mientras el campo vir- 
gen se ha reducido a 95.000 hectáreas. El año 13 as- 
ciende la agricultura a 260.000 hectáreas; el 14, a 
290.000. En 1915, la colonización agraria ha dominado 
por completo con sus 335.000 hectáreas bajo cultivos y 
2.500 hectáreas dedicadas a la industria pecuaria. Con 
esta culminación se clausura el primer ciclo de la Es- 
tancia y Colonias Trenel, iniciado y cumplido en el 
breve espacio de tiempo de diez años, desde el predio 
salvaje hasta la más ponderable colonización. 

Obra realizada con método, con entusiasmoj con pre- 
visión, con clarividencia, sobre todo, sus gestores han 



— 229 



sabido utilizar juiciosamente todos los factores capa- 
ces de asegurar un éxito definitivo. Aventurado hu- 
biei'a sido romper de golpe con la rutina comarqueña, 
imbuida en el prejuicio elemental de la vieja estancia. 
El plan colonizador tenía que ser prudente y decisivo, 
cosa de utilizar de consuno todos los factores conver- 
gente, tratando de seleccionar y arraigar al colono, 
perfeccionar los cultivos y atraer y distribuir conve- 
nientemente las líneas del tren. Sin duda, una de las 
obras más fundamentales que trajo consigo esta em- 
presa, fué la distribución apropiada del sistema ferro- 
carrilero, ramificado en sus dominios. La línea del Oes- 
te, que viene de Buenos Aires por Meridiano 5°, cruza 
Pico y se interna hacia Victorica y Telen, sirve los in- 
tereses de la colonia en la comarca de Metileo y Monte 
Nieva. Desde Metileo arranca un ramal en dirección 
al noroeste, ramal que se interna al corazón de estos 
campos y cruza por las chacras y poblaciones de Tre- 
nel, Arata y Caleufú. La línea del Pacífico que arran- 
ca de Huinca Renancó, para rematar en Puerto Galván 
de Bahía Blanca, corre por el linde oriental de las colo- 
nias, pasa por Speluzzi, sobre los mismos alambrados, 
por Berg y Pico a cinco kilómetros y por Dorila a once. 
Por el norte, la ferrovía que arranca de la capital fe- 
deral por Bragado y Los Toldos, sirve toda la extensa 
zona de Ingeniero Luiggi y Embajador Martini. Este 
es, en concreto, el sistema ferrroviario que sirve cumpli- 
damente los cuantiosos intereses de la sociedad. Tre- 
nel queda de Buenos Aires, por la línea del ferrocarril 
del Oeste, a una distancia entre 545 y 607 kilómetros, 
y de Bahía Blanca a 394 kilómetros. El flete por cérea- 



250 



les, desde las colonias a los puertos de embarque, oscila 
eutre 7 y 8 pesos la tonelada, según la estación en don- 
de se cargue. Conviene hacer notar, como dato ilustrati- 
vo, para demostrar la ventajosa ubicación de estas lí- 
neas, que ningún j)unto de las colonias está a una dis- 
tancia superior a 15 kilómetros de la estación inme- 
diata. Complementan estas ventajas del tráfico, exce- 
lentes caminos vecinales que facilitan el transporte de 
las cosechas y ponen en comunicación a todos los pue- 
blos y chacras de la colonia. 

Sobre las condiciones agrológicas del terreno, cree- 
mos oportuno reproducir el informe oficial del propio 
ministerio de agricultura, a raíz de un estudio practi- 
cado en 1904. «Sin duda alguna, — dice el documento, — 
estos terrenos deben su origen a depósitos de aluvión. 
La capa arable, cuyo depósito crece de día en día, se 
halla en plena formación, lo que explica el gran por- 
venir que nosotros atribuímos a estos dominios, desde 
el punto de vista de la agricultura». Y refiriéndose a 
la calidad de las aguas, dice el mismo informe : «La ca- 
lidad de las aguas es satisfactoria desde el punto de 
vista de la alimentación del hombre y de los anima- 
les, como lo indica desde luego, la media de los análi- 
sis efectuados. A pesar de su dureza, esas aguas son 
perfectamente potables y muy poco cargadas de sales 
marinas». En lo que se refiere a fenómenos meteorices, 
podemos asegurar que las lluvias en los campos de Tre- 
nel se producen con un promedio anual de más de 650 
milímetros. La máxima de lluvias por mes ha sido de 
seis días. El término medio por año oscila alrededor 
de 33 días lluviosos. Es evidente que con los cultivos 



— 251 




— 232 



se han regularizado las lluvias. El clima de toda la re- 
gión es templado y agradable. La temperatura máxima 
absoluta es de 32.8 grados Reaumur en diciembre; la 
temperatura mínima absoluta es de 3.1 en julio. Los 
vientos reinantes dominan del este y sudoeste o «pam- 
pero»; pero nunca son tan bravios que impidan el cul- 
tivo de la tierra. El terreno es absolutamente llano. 
Es la pampa idealizada en Buenos Aires, -adonde la vista 
se pierde, sin tener donde posar». De vez en cuando 
se produce algún ligero declive que nunca pasa, en su 
altura mayor, de 40 metros. 

Sobre la aptitud productora de las tierras de Trenel, 
basta decir que los cultivos se han sucedido año a año, 
en forma extensiva, sin abonos, sin sistemas rotativos, 
ni tecnificaciones propias de las tierras precarias. Esto 
demuestra la condición excepcional de la tierra, y por 
ende, la calidad de las cosechas. Fácil nos es ratifi- 
car este aserto con las comprobaciones oñciales. La me- 
moria del Departamento de Economía Rural y Estadís- 
tica, que con raro talento dirige el doctor Emilio La- 
hitte, registra el siguiente cuadro relacionado con el pe- 
so específico por hectolitro del cereal cosechado en di- 
ferentes zonas del país : «Trigo de la provincia de Bue- 
nos Aires, 78.50 kilos; de Santa Fe, 77; de Córdoba, 
79.40; de la Pampa, 80». En la zona de Trenel, los tri- 
gos de la cosecha 1907-1908 excedieron en peso especí- 
fico a las cifras anotadas. Por ejemplo, en la colonia 
Santa Filomena, situada entre Trenel y Arata, el ren- 
dimiento fué de 80/500 ; en la colonia Itálica, de 81/750 ; 
en la Xiolonia Antonio Devoto, de 82/160. Sin embargo, 
la cosecha siguiente superó en mucho tales densidades. 



llegando a registrarse pesos de 85/700 por hectolitro, 
lo que importa un desiderátum. A este trigo le cupo 
en suerte ser declarado en la exposición del Centena- 
rio, el mejor trigo barletta de la Pampa, obteniendo, 
en consecuencia, primer premio y medalla de oro. En 
aquel recordado certamen, los trigos de las colonias Tre- 
nel, obtuvieron, además, cinco premios primeros por 
trigos barletta, ruso y húngaro; catorce segundos pre- 
mios por trigos, linos y cebadas; cinco terceros pre- 
mios por trigos y avenas y seis menciones honoríficas 
por trigos en general. No podía pedirse una compro- 
bación más elocuente del éxito de esta importante colo- 
nización, cuyo primer quinquenio acababa de cerrarse 
con la festividad centenaria. Y debió ser una honda sa- 
tisfacción para sus gestores, cuando el primer magis- 
trado de la nación, doctor Sáenz Peña, en su mensaje 
de ^quel año a las cámaras, al hablar de la Pampa, 
confirmaba el amplio criterio con que la sociedad Tre- 
nel había orientado su acción colonizadora. 

«La división y explotación agrícola de esas grandes 
propiedades de la Pampa, — decía el recordado Presiden- 
te, — requería la concurrencia de algunos de estos fac- 
tores: a) Propietarios con mucho capital y bastante em- 
puje para dividir sus campos en chacras con las insta- 
laciones indispensables y venderlas barato, a largos pla- 
zos, a los colonos y a medida que los medios de trans- 
porte permitieran la explotación agrícola; b) Agricul- 
tores con suficiente capital para comprar lotes de tierra 
y para instalar chacras, cultivarlas, etc. 

«He aquí extremos difíciles de acercar en las con- 
diciones actuales de nuestra economía rural. 



234 — 



«Muchos propietarios han vendido las haciendas pe- 
ro son muchos- más los que ariendan, por la sencilla ra- 
zón que son pocos los colonos que pueden comprar des- 
de el primer momento la tierra que explotan. 

«Por otra parte, si es tan enorme el capital que se 
ha necesitado para poner en cultivo esa área en pocos 
años, ¿qué suma habría alcanzado este capital si el co- 
lono hubiera tenido que comprar la tierra? La respues- 
ta es clara : la tierra no se habría cultivado en tales 
proporciones, porque el colono no dispone de capital; 
viene aquí para ganarlo con su trabajo. Y es ésta, pre- 
cisamente, la incomparable ventaja que ofrece nuestro 
país. El gran factor del avance de la agricultura en la 
Pampa central, como en otras regiones, es la confianza 
bien fundada que todos tienen en la prodigalidad de la 
naturaleza.» 

Tales son las manifestaciones presidenciales que en- 
cuadran perfectamente dentro del programa de esta 
colonización. Y es, por cierto, uno de sus principales 
objetivos, la subdivisión y venta de sus tierras en pe- 
queñas fracciones, de manera de arraigar la población 
trabajadora, sobre la base de transacciones liberales. 
De otra manera no se conciben las siete poblaciones 
florecientes cuyo desarrollo edilicio toma cuerpo día a 
día, centros vecinales llamados a una creciente pros- 
peridad. Por otra parte, la sociedad destinó oportuna- 
mente 70.000 hectáreas para la venta por parcelas y en 
condiciones de pago ventajosas para los colonos com- 
pradores. 

La prosperidad agrícola de Trenel ha traído, por con- 
siguiente, exigencias de carácter social. Y a fe que con 



235 - 



la urbanización de sus centros poblados, van llenán- 
dose paulatinamente. Por lo pronto, las escuelas pú- 
blicas han concentrado preferentemente la atención de 
la sociedad. En todos los núcleos de población funcio- 
nan establecimientos de enseñanza bajo el patrocinio 
del Consejo Nacional de Educación. En estas escuelas 
reciben instrucción más de 800 niños, población es- 
colar que dá idea de notorios progresos. Aparte de este 
«xponente cultural, los pueblos de Ingeniero Luiggi y 
Trenel han enriquecido su edilidad con sus templos pa- 
rroquiales de bello estilo ^^ que tonalizan la vida espi- 
ritual de la comarca, constituida en su totalidad, por 
pobladores católicos. Conviene hacer notar que en la 
masa colonizadora predomina el trabajador italiano, 
vale decir, el elemento que viene desarrollando con 
más eficacia sus condiciones de labor en nuestras in- 
dustrias rurales, sobre todo en agricultura. 

Estas son, en concreto, las características más salien- 
tes de las colonias de Trenel. El proceso evolutivo, des- 
de que se abrió el primer surco hasta que se convirtió 
en un mar de mieses la extensa heredad, ha obedecido 
a un plan metodizado y prudente. Sin embargo, no pue- 
de pedirse una mayor celeridad en la transformación. 
Diez años han bastado para dominar el inmenso bal- 
dío, contribuir a la economía nacional con el produc- 
to de 120.000 toneladas de cereales anualmente y cul- 
minar como modelo, por sus franquicias y -su alto 
espíritu de equidad dentro de los diversos sistemas 
de nuestra colonización privada. Es decir, que desde 
sus prolegómenos a la fecha, ha llenado airosamente su 
programa, propendiendo no solo a valorizar su acervo, 



- 236 — 



si no a vitalizar aquella rica zona del norte pampeana, 
llevando el feroearril, fundando pueblos, abriendo ca- 
minos y propendiendo a la vida fácil de la masa tra- 
bajadora que siempre encontró su apoyo decidido y 
franco. Es así como clausura su primer ciclo la socie- 
dad Estancia y Colonias Trenel, bajo la pujante vo- 
luntad de su iniciador don Antonio Devoto y la obra in- 
teligente y sagaz de su administrador don César Negri, 
quien, después de la eficiente jornada, se retira de su 
puesto de acción para atender sus intereses particu- 
lares. 



Hemos visitado con detenimiento las diversas pobla- 
ciones coloniales. Hemos recorrido las chacras desde 
Monte Nievas a Ingeniero Luiggi, desde Caleufú a Me- 
tileo, cortando en auto los trigales inmensos. ¡ Qué ma- 
ravilla ! Pasa noviembre con sus soles bravos y sus ma- 
ñanas deliciosas. Se pierde la máquina entre las tupidas 
sementeras. En Monte Nievas visitamos las casas de 
algunos pobladores, propietarios ya. Cada vivienda de- 
nota un amable bienestar. Se prodiga la huerta en fru- 
tales y plantas de reparo : durazneros, manzanos, sau- 
ces y tamariscos. El corral y la porqueriza, dan idea- 
de previsión y economía, subrayando la nota peculiar 
del colono de arraigo. En Trenel, vagando a la ven- 
tura por los viales angostos, nos detenemos un momen- 
to en la vieja estancia, desde donde la South American 
Land Company Limited dirigió su extendido dominio 
ganaderil. Involuntariamente se vá al parangón ante 
aquel vestigio de la Pampa silvestre, arrumbado entre 



- 237 



el verde portentoso de la campiña civilizada. Y es en- 
tonces cuando la obra de hoy surge destacada fen su am- 
plio aspecto cultural y magnífico, y se siente como 
un hálito vivificador que trae al espíritu su canción au- 
gural . . . 



CAPITULO XIV 



Semblanza de don Antonio Devoto. — Un espéci- 
men del carácter y laboriosidad. — El finan- 
cista, el industrial 7 el hombre de negocios. — 
Los factores voluntad, inteligencia y acción, 
frente al pesimismo. — El triunfo de Trenel. 

— Preliminares de la casa Devoto. — Medio 
siglo de fecunda labor. — El banquero, el fi- 
lántropo y el patriota. — Fundando pueblos. 

— Un gran gestor de la vinculación italo-ar- 
gentina. — El asilo Umberto Primero y lo» 
empréstitos italianos. — Un recuerdo al em- 
préstito popular argentino de 1891. — El «gen- 
tleman» y el diplomático. — Perfiles de una 
gran figura. 



Veamos ahora los perfiles salientes del procer que 
cimentó esta obra. 

Tuvo, sobre todas las cosas, don Antonio Devoto, 
un gran carácter, como basamento de su contextura 
moral. Espíritu abierto, valeroso, franco, poseía, ade- 
más, al decir de sus allegados, ese don intuitivo de las 
cosas. Sus éxitos de financista, de industrial, de hombre 
de negocios, no se afianzaron nunca en el juego aven- 
turado de los acontecimientos, si no en la clara visión. 
Lra inductivo-deductivo para el sistema de sus opera- 
i iones : y c^mo se había hecho en el ^ninque y conocía 
fl juego franco de los negocios y estaba ligado, coma 
un factor integrante, — tal vez más que ninguno, — 
a la evolución comercial y económica del país, jamás 
el fracaso desconcertó ninguna de sus obras. Sin haber 



■¿■ÍO — 



afrontado responsabilidades gubematicias, debido a su 
calidad de extranjero, tenía toda la materia fundamen- 
tal del estadista. ¿Qué otra cosa es esta inmensa co- 
marca colonizada, donde florece un semillero de pue- 
blos ligados por caminos de hierro, si no el resultadr. 
de una energía motriz y de una orientación previsora 
que rompió valientemente el prejuicio pesimista, puesto 
como un dique frente al porvenir de la Pampa? ¿No 
advertís la sentencia alberdiana, puesta en acción, en 
el momento preciso en que la reclama con más ur- 
gencia la República? Cuando adquirió los campos en 
Trenel, no faltó la expresión de excepticismo en boca 
de los potentados de Buenos Aires. ¡Era una lástima 
aventar tanta energía en aquel ingrato territorio ! Y el 
prejuicio se bagaba, precisamente, en una novelería que 
es necesario desterrar de una vez por todas de nues- 
tra ingenua credulidad. Si el capital inglés, corajudo 
y engreído, había puesto límite a la aventura, criando 
ovejas a la de Dios que es grande, en aquella exten- 
dida comarca ¿qué resultado aguardaría a Devoto que 
se arremangaba a la nueva conquista de conjurar la 
tierra con el arado ? Solo el respeto que infundía este ar- 
gonauta, puso una nota de fe en la timidez-ambiente. 
Y Trenel fué una nueva consagración de su talento y 
un nuevo campo de acción para la riqueza nacioual. 

Convalecía el país, después de Caseros, cuando en 
1855 aparece don Antonio Devoto asociado a su her- 
mano don Bartolomé, piloteando su casa inicial. Para 
seguirlo en su ascensión de medio siglo, hasta la hora 
de su muerte, — siquiera sea en sus más destacadas 
aristas, — hay que vincularlo en todo momento al 



— 241 



progreso argentino, a veces a los destinos de la cosa pú- 
blica, siempre a la indiscutible confraternidad ítalo-ar- 
gentina, y muy amenudo a los acontecimientos de orden 
económico que han puesto en juego la acción adminis- 
trativa del Estado. Quiere decir con esto que estamos 
en presencia de un grande hombre, un caso del «self- 
help»^ en el sentido personal, un «pioneer», general! 
zando el concepto público, digno de la estatua y de la 
gratitud. 

Hombre de trabajo en la amplia acepción, lleno de 
salud física y moral, iniciador y dinámico, nada es des- 
conocido para él en el alto mundo de los negocios. 
Banquero y financista, funda, encarrila y preside por 
largo tiempo el Banco de Italia y Río de la Plata. Funda 
el Banco Inmobiliario que pasa más tarde a ser com- 
pañía de seguros. Industrial, organiza y preside la com- 
pañía General de Fósforos y el Frigorífico Ai-gentino. 
Hombre de empresa, toma a su cargo durante los años 
1882 a 1886, la construcción de una gran parte de las 
obras de salubridad y aguas corrientes de la metró- 
poli, que importaron una suma mayor de 16.000.000 
de pesos; el túnel de las aguas corrientes; el sifón que 
corre bajo el lecho del Riachuelo; el acueducto de 
desagüe que muere en Berazategui; obras de empuje 
que ponen de manifiesto su energía excepcional y su 
gran fe en el progreso argentino. Sembrador de pue- 
blos, funda el pintoresco y nutrido faubourg de Villa 
Devoto, centro suburbano de notorio prestigio social, e 
inunda de núcleos florecientes el norte pampeano con 
la clarividencia del porvenir. Y es, a la vez, hombre 
público dentro de la acción oficial, filántropo, patriota 



La l'ampii 



242 



fervoroso, gran argentinista y gran señor. Por diver- 
sos períodos el Concejo Deliberante de Buenos Aires y 
el Banco de la Provincia, le cuentan entre sus muní- 
cipes y directores más caracterizados por su iniciativa 
y su labor. Hombre de corazón y sentimientos cultiva- 
dos, contribuye con generosas dádivas al sostenimiento 
de las instituciones filantrópicas. Funda y sostiene con 
su propio peculio en Villa Devoto, el gran asilo Um- 
berto Primero, con destino a recoger, amparar y educar 
a los nifíos huérfanos de italianos, proporcionándoles, 
al propio tiempo, una educación sana y útil que los ca- 
pacite para la lucha por la vida. Este orfelinato, cuyo 
sostenimiento mensual irroga un gasto de 15.000 pesos, 
cobija en su seno a más de doscientos niños, grandioso 
patrimonio que la caridad y el estudio rescatan para 
la sociedad al habilitarlos para la acción eficiente del 
trabajo y la moralidad. Italiano de origen y argentino 
de corazón, dá cima en 1910 a la noble idea de iniciar 
y sustanciar un gran movimiento de propaganda, en el 
sentido de que sus connacionales residentes significaran 
su afecto al país con la erección de un monumento a 
Cristóbal Colón. En esta oportunidad conviene con el 
artista Zocchi los detalles concernientes a la ejecución 
de esta obra, contribuye con un fuerte donativo y co- 
loca la piedra fundamental en unión de los presidentes 
argentino y chileno y del representante de la corona de 
Italia, embajador extraordinario Fernando Martini. 
Quien tal hace para fortalecer los vínculos afectivos 
entre la patria de nacimiento y la tierra de adopción, 
no puede descuidar ni las duras calamidades que sufrió- 
la Italia meridional, con los terremotos de la Calabria,.. 



— 243 — 



ni los momentos de apremio por que pasaron las finan- 
zas argentinas a raíz de la crisis del 90. Así le vemos 
concurrir con cuantiosos donativos para mitigar el do- 
lor de la patria lontana, aportar ingentes sumas en oca- 
sión de la guerra ítalo-turca y de la actual conflagra- 
iLÓn, suscribiendo con espontaneidad y magnificencia 
todos los empréstitos italianos y poniéndose como el 
primer italiano de la República, a la cabez;. del comité 
italiano de guerra, destinado a subvenir 1 1 sostén de 
las viudas y huérfanos de los que cayeron inmolados 
en aras de la patria. Y le vemos también, en 1891, cuando 
el gobierno argentino, haciendo un llamamiento al pa- 
triotismo nacional, lanzó su empréstito popular interno, 
suscribiéndose con 500.000 pesos, cooperación que le 
colocara en los primeros puestos entre los contribuyen- 
tes particulares. 

No es extraño, entonces, que esta descollante figura, 
mientras conquistaba la gratitud y el sentimiento ar- 
gentino para el juicio desapasionado de la posteridad, 
cosechara para su ejecutoria de gran hijo de la Italia 
gloriosa, los timbres honoríficos con que premiara el 
rey sus virtudes, puestas al servicio de la humanidad y 
de la patria : caballero de la orden de la corona de Italia, 
de la orden del mérito del trabajo y de la orden de 
San Mauricio y San Lázaro; comendador de la Corona^ 
gran Oficial y finalmente el título nobiliario de conde. 
No puede pedirse una demostración más elocuente ni 
un juicio más definitivo en la consagración de sus mé- 
ritos. 

Y fué, en ocasiones, diplomático habilísimo y sutil. 

Su don de gentes, su gran tacto de hombre de mundo, 

\ 



Z44 



le valieron un éxito de discreción y buen tono con mo- 
tivo del desentendimiento que hubo de producirse a raíz 
del rechazo, por parte del congreso nacional, de la 
obra pictórica del miniaturista Néstor Leoni. Allanando 
la molesta situación de los que habían intervenido en 
esta adquisición y haciendo, al propio tiempo, honor a 
la celebridad del artista, adquiere para sí el valioso 
trabajo en la suma de 100.000 pesos. Y como un coro- 
lario dignificante de tan caballeresca gestión, dona al 
gobierno nacional el bello trabajo, enaltecido en su con- 
fección artística por el símbolo sugerente de la consti- 
tución nacional. He ahí una gentileza de gran señor 
que dá medida de un delicado «savoir faire» y de una 
nota de diplomacia fina y sagaz. 

Estos son, en síntesis, los rasgos salientes de don 
Antonio Devoto. Fué un precursor, un augur, si cabe 
el vocablo, que anticipó con rara intuición el porvenir 
de la República. Modelo de carácter y laboriosidad, ja- 
más el triunfo le abandonó en el camino, por que tenía 
la noción exacta de su peso moral. Como si hubiera 
nacido en esta tierra, fué nuestro ten cuerpo y alma. 
Tuvo el don de la modestia para hacer el bien y la 
aristocracia del espíritu para crearlo. Fué, sin duda, un 
espécimen en todo. No se amenguarían las figuras de 
Smiles si lo recogieran sus páginas. Y con segu'ridad 
que superaría a algunas de aquellas vidas ilustres. 

La muerte le toma incansado, tenaz y valeroso, como 
la tempestad a la encina. 

Ahí queda su obra. Y sobre todo, su gran obra eu 
las pampas maravillosas del norte. 



CAPITULO XXY 



La acción de don César Negri en Trenel. — Un 
gestor eficiente. — El ciclo expansivo de las 
colonias. — El triunfo más metodizado y elo- 
cuente de nuestra economía rural. — La ac- 
ción conjunta de los factores capital y trabajo. 

— Una obra de sano argentinismo. — La colo- 
nización a base de arrendamiento. — Síntesis 
de un auspicioso sistema. — Hay que vincular 

, equitativamente y en forma estable a propieta- 
rios y colonos, corriendo una suerte común. — 
Los contratos de locación al tanto por ciento. 

— Los inconvenientes del arrendamiento fijo 
y en dinero efectivo. — Un modelo de contrato 
de arrendamiento puesto en práctica sobre 
200.000 hectáreas. — Sus características pri- 
mordiales, sus ventajas. — En el terreno de 
las cifras. — Colonización privada a base de 
venta de la tierra. — Un plan general de am- 
pliaciones. — Clausura de la etapa inicial de 
Trenel. 



Al éxito dé Trenel y a la iniciativa de don Antonio 
Devoto, está liga íntimamente la acción fecunda de don 
César Negri, administrador general de la importante 
sociedad. Identificado a la obra civilizadora, hombre 
de ideales elevados, de difundida cultura y ponderable 
dinamismo, el señor Negri puso en práctica sobre la 
orientación de aquel gran organismo entregado a sus 
manos, un plan general que debía completar, en el mí- 
nimum de tiempo, la evolución cultural de la inmensa 
comarca, desde la salvaje heredad al aprovechamiento 
definitivo y total de la tierra, bajo los cultivos cientí- 
ficos y la colonización sistemada. Laborador incansable 



— 246 — 



y sincero optimista, puso método, energía y prudencia 
en la obra. Las cifras que arroja año a año el proceso 
expansivo de la agricultura, se han encargado de pres- 
tigiar tan juicioso procedimiento. Solo una década ne- 
cesita Trenel para cerrar su ciclo, entregando a la eco- 
nomía del país, siete pueblos florecientes entrelazados 
por el ferrocarril, ciento treinta leguas de campo bajo 
el dominio de las sementeras y el sistema de coloniza- 
ción más completo y equitativo de la República. No co- 
nocemos un triunfo más elocuente, más metodizado, 
más completo en los anales de nuestra economía rural. 
Por que no es solo el éxito privado, que redituó enor- 
memente sobre el capital puesto en juego, con omisión 
del bienestar colectivo y los progresos de la región. 
Aquí se unifican los factores capital y trabajo; y de 
esta acción conjunta surge el porvenir de la inmensa 
comarca, urbanizada y vitalizada en su organismo so- 
cial. Es decir, que los lincamientos particulares de esta 
colonización tienen tantos puntos de contacto con la 
colectividad y es tal su entraña nacional, que la obra 
se embellece con los contornos de un sano argentinismo, 
capaz de servir de base y modelo a todas las colonias 
privadas del país. 

En materia de colonización a base de arrendamiento, 
el señor Negri, que ha esjDecializado brillantemente es- 
ta rama de la economía política, plantea soluciones al- 
rededor de estas conclusiones fundamentales : «La tierra 
debe ser entregada por su propietario directamente al 
colono que la trabaja» ; «en la colonización por arrenda- 
miento debe subordinarse el monto de éste en relación 
a la producción de cada año». 



247 — 



Alrededor de esta tesis ha girado su trabajo pre- 
sentado como tesis a la comisión dictaminadora del re- 
ciente congreso Agrícola de la Pampa celebrado en 
Santa Rosa, trabajo que prohijó y suscribió unánime- 
mente en calidad de dictamen. 

Opina el señor Negri que el propietario de la tierra 
debe estar vinculado al locatario, de manera de correr 
una misma suerte. Para establecer esta complementa- 
ción, es riienester subordinar el arrendamiento a la pro- 
ducción anual. 

— Lo prudente y equitativo, — nos dice, — será con- 
vertir en dinero contante, el porcentaje que corresponda 
al propietario por concepto de arrendamiento, evitando 
los inconvenientes de orden legal y jurídico, sin nece- 
sidad de proponer una ley especial y esperar su sanción, 
a menudo dilatoria y no siempre encuadrada dentro de 
la razón. 

— ¿Querría puntualizarnos, con mayores detalles, es- 
te concepto judicial? — hemos requerido — . 

— Se refiere esta premisa, — arguye el señor Ne- 
gri, — al recelo que comunmente tiene el propietario 
de la tierra para abordar en forma decisiva el negocio 
de la colonización, frente a la discrepancia de algunos 
funcionarios encargados de administrar justicia. La pre- 
sunta huelga agraria de 1913-14 nos dejó algunas ense- 
ñanzas que es necesario no echar en olvido. Una de 
ellas fué a raíz de la premura de ciertos procedimientos 
judiciarios, que sentaron una rara jürisijrudencia sobre 
la calidad jurídica de propietarios y colonos, llegando 
a sostener que los contratos al tanto por ciento esta- 
blecían, de hecho, vínculos de «sociedad» entre las par- 



— 248 — 



tes. Esta manera de apreciar, pone en evidencia los pe- 
ligros que pueden marginarse durante el ciclo de las co- 
sechas, con soluciones no siempre equitativas para uno 
de los contratantes. 

«En la práctica, — continúa el señor Negri, — he- 
mos podido apreciar los inconvenientes que acarrea el 
arrendamiento fijo y en dinero efectivo. Puedo asegu- 
rar, convencido absolutamente, que este sistema carece- 
de equidad. Si el colono es favorecido por una buena 
cosecha, paga el arrendamiento estipulado ; pero si la 
suerte le ha sido adversa, no solo no cumple con su lo- 
cación, si no que se escurre subrepticiamente con toda 
lo que posee. Por otra parte, el propietario que se vé 
obligado por el contrato a percibir un arrendamiento 
limitado cuando la tierra dá buenos rendimientos y no 
puede cobrar nada en época de malas cosechas, por falta 
de responsabilidad en el colono, indignado por aquella 
limitación a que se ha visto sujeto en la práctica, echa 
mano del recurso judicial y se vá al embargo de los 
animales o implementos agrícolas que poseyera el cha- 
carero. De este temperamento adoptado surge otro gran 
inconveniente que nos plantea el caso tan discutido de 
la conveniencia y razón de la embargabilidad o inem- 
bargabilidad de los animales e implementos de labor.» 

— ¿Podría señalarnos algún concreto de su experi- 
mentación? — interrogamos — . 

— Durante cuatro años, — nos responde, — he ve- 
nido practicando escalonadamente y en una superficie 
de 200.000 hectáreas un modelo de contrato de arrenda- 
miento, cuyas conclusiones están destinadas a estable- 
cer, o más bien dicho, convertir en dinero efectivo. 



— 249 — 



lo que corresponda por arrendamiento al propietario 
en relación a la producción de cada año. Es decir, que 
no solo se establece el canon más razonable para el 
colono, si no que legalmente desaparece la presunta 
calidad de «socio» en que se solía colocar al propieta- 
rio. De ahí que las partes contratantes lo encuentren 
equitativo y diversos propietarios del país lo hayan 
adoptado para sus arrendamientos. 

— ¿En qué condiciones queda el colono, mediante ese 
contrato ? 

— El colono queda en plena libertad de seguro, de 
trilla, de compra de bolsas, forma de acarreos, venta del 
cereal, etc. Queda en posesión de todo el cereal que 
produzca y para que lo venda a quien más le plazca. 
Si el colono no paga el arrendamiento en especie, no 
guarda el constante recelo de que por tal concepto le 
sea retirado el mejor cereal producido. Se evita así, dis- 
cusiones desagradables muy frecuentes, y se sostiene 
la cordialidad entre el propietario y el colono. Uno 
de los artículos, — el 10, — deja al colono en plena 
libertad de rescindir el contrato al terminar cualquiera 
de los años agrícolas. 

«Veamos ahora, en cifras, — continúa el señor Ne- 
gri, — cómo este contrato representa una conveniencia 
considerable para el colono, traducido en una rebaja 
efectiva en el arrendamiento. Para ello es menester con- 
signar que los arrendamientos en especie que se acos- 
tumbra cobrar en aquella zona, suelen alcanzar a un 

Y nos dicta el señor Negri, el siguiente cuadro que 
constituye la sinopsis de su fórmula: 



250 — 



«Con una base de producción de 8 quintales al 18 %, 
corresponden al propietario 01.44 quintales, que al pre- 
cio de 10 pesos importan para el propietario, pesos 14.40 ; 
al precio de 9 importan 12.96 ; al precio de 8, — ■ 11.52 ; 
al de 7, — 10.08 ; al de 6, — 8.64 ; al de 5.55, — 8 pesos. 
Siendo el precio, más alto fijado en nuestro contrato 
el de 8 pesos por hectárea, en mérito a una producción 
de 8 quintales, lo que equivale en realidad a un peso 
por quintal, desulta, como se vé, que la fórmula en es- 
pecie se le equipararía en caso de que el trigo llegara a 
valer, o sea a pagarse al colono a pesos 5.55 el quintal. 
Según la zona o parcela a arrendarse, más o menos in- 
ferior, debe fijarse el arrendamiento, ya sea en 8 pesos, 
ó 7.60, ó 7.20, ó 6.80, ó 6.40, ó 6 ó 5.60 pesos por hec- 
tárea y así sucesivamente, lo que en realidad equivale 
respectivamente a pesos 1 ó 0.95 ó 0.90, ú 0.80, ó 0.75 
ó 0.70 pesos por cada quintal. 

— ¿Y cuáles son las conveniencias para el propie- 
tario ? 

— El propietario lo encuentra conveniente por las si- 
guientes razones: Esta forma de contrato hace que la 
administración de una colonia sea liberal y simpática, 
sencilla y fácil. Además, económica, por que requiere 
poco personal. Evita discusiones enojosas y es de un 
contralor casi mecánico que hasta consulta la psicología 
áel personal que se emplea en la administración local 
de la colonia, en virtud del uso de formularios ad-hoc 
que el mismo contrato exige para su ejecución en la 
práctica. Con esta forma le es posible al propietario 
colonizar y administrar directamente, con toda facili- 
dad grandes extensiones de tierra, sin el concurso de 



— 251 — 



intermediarios cuya intervención ha sido tan combati- 
da y resistida por infinidad de motivos que hoy son 
del dominio general y, sobre todo, esta forma subsana 
el inconveniente de la parte jurídica, que considera 
al propietario «socio» del colono, cuando percibe un tan- 
to por ciento de la cosecha por concepto de arrenda- 
miento. 

«Debo advertirle, — prosigue el señor Negri, — 
que el sistema de mis contratos ha sido aceptado por 
más de quinientos colonos, quienes, no solo interpretan 
fielmente, si no que lo prefieren a cualquier otro des- 
pués de cuatro años de práctica. El formulario de este 
contrato, con su comentario, sirvió de tesis a la comi- 
sión dictaminadora del congreso Agrícola de la Pampa. 

En lo que respecta a colonización privada, a base 
de venta de la tierra, sintetiza su opinión el señor Negri, 
en las siguientes manifestaciones subscriptas en el tra- 
bajo que presentara al precitado congreso Agrícola de 
la Pampa : 

— Para la Pampa, en donde por lo general los propie- 
tarios poseen grandes extensiones de tierra, la base de 
colonización qeu juzgo más adecuada para la convenien- 
cia mutua del colono y del propietario, por ser más segu- 
ra; valorizadora del resto de la tierra no dedicada a la 
colonización de una propiedad y más tranquila, por que 
daría fin a las disidencias y disturbios que las frecuen- 
tes llamadas «huelgas agrarias» provocan, sería la colo- 
nización a base de la venta de la tierra en parcelas a 
plazos y sencillamente con pagos subordinados a la pro- 
ducción de la misma tierra; ayuda a establecerse en el 
mismo contrato de compraventa y que consistiría en el 
derecho de recibir el colono préstamos del propietario. 



— 9r,2 — 



anualmente y en relación al capital que hubiese abo- 
nado a cuenta de su compra.» 

«En suma, — termina el señor Negri: — la coloni- 
zación debe ser hecha a base de la venta de la tierra a 
los colonos que la trabajen; si el propietario no se dis- 
pone a vender por lo menos una parte de las grandes 
extensiones de tierra que posee y quiere, como general- 
mente lo pretende, que se le reconozca como verdadera- 
mente asociado al progreso del país por medio de la 
producción, entonces debe hacer trabajar y producir 
su tierra por administración propia, empleando colonos 
sin ningún capital, o sean, simplemente, labradores de 
tierra.» 

No obstante el éxito material y moral de estos siste- 
mas de colonización, proyecta el señor Negri un plan 
general con ampliaciones y reformas, que publicará co- 
mo modelo o lo practicará en elgún predio particular. 

Tal es, en síntesis, la obra de este gran espíritu. 
Mucho, mucho le debe la Pampa a su iniciativa y a su 
acción. Mucho espera todavía de su energía motriz, de 
su experiencia, de su tenacidad en la labor. Con su reti- 
rada de la administración, de la sociedad Estancia y 
Colonias Trenel, se clausura la primera etapa de esta 
gran empresa, la etapa inicial de conquista, si cabe el 
vocablo, de cultura agraria y de civilización. Crecerán 
los pueblos, rotarán las tierras hacia nuevas especula- 
ciones industriales; se transformará con el rodar del 
tiempo la fisonomía de la comarca; pero su paso por la 
Pampa siempre será recordado y la historia de la agri- 
cultura argentina lo mentará algún día junto al «pio- 
neer» don Antonio Devoto, descorriendo el velo de 
aquella intoeada virginidad de los campos del norte. 



CAPITULO XXYI 



La nueva orientación de Trenel. — Hacia la colo- 
nización agropecuaria. — Razones de orden 
económico que aconsejan la evolución. — Una 
vanante trascendental. — Departiendo con el 
nuevo administrador, señor Prudencio Monzón. 
— Los acontecimientos agricoias de Europa 
y su repercusión en la Argentina. — Flujo y 
reflujo inmigratorio. — El problema de la 
nueva Rusia. — Estadística, cálculo y previ- 
sión. Los cultivos combinados. — El vasto 

y grandioso plan con que inicia Trenel su nue- 
vo ciclo. — Lineamientos generales del pro- 
yecto. — El Banco Rural de Trenel, organismo 
de crédito protector. — Cremerías, molinos ha- 
rineros y panaderías. — Un sistema cuasi-co- 
operativo de abaratamiento de la vida. — El 
liospital regional y el hotel. — Un procedi- 
miento novísimo para la venta de chacras de 
250 hectáreas. — El colono pagará su parcela 
con el 20 % de sus cosechas. — El vivero re- 
gional. — Culto al árbol y difusión del rega- 
dío. — En vísperas de la gran reforma. — El 
espécimen más completo de la colonización 
moderna. — «Ubi patria ibi bene. . .». — Ori- 
gen conceptual de la bella iniciativa. — Una 
gran mujer frente a la decisiva y valiente re- 
forma: la señora Elina Pombo de Devoto. 



¿Hacia dónde se orientará, de hoy en adelante, el 
porvenir de esta empresa, cerrado su proceso inicial? 
Hacia la colonización agropecuaria, o sea la chacra mix- 
ta. Razones de orden fundamental aconsejan esta evo- 
lución. De primer intentó, se dijera que una razón agro- 
lógica, de economía elemental, viene a imponer la rota- 



254 



ción. El proceso cultural de la comarca, escalonado en el 
transcurso de una década, ha debido fatigar algunos 
predios. La tierra reclamaría su vacación o su variante, 
para acrecentar los jugos nutricios sin aminorar el ge- 
neroso tributo. Pero, sobre esta razón, que no deja de 
ser fundamental, baj' otra más robusta aún, de más 
significativa trascendencia, de carácter eminentemente 
económico y cuyos elementos han sido espigados en el 
campo de la estadística y madurados en el estudio com- 
parativo de la evolución universal. 

y por cierto que conviene a los espíritus estudiosos 
y hombres de gobierno, seguir de cerca este grandioso 
y valiente ensayo, en que van a iniciarse los campos 
de Trenel, pasando de la época civilizadora y el triunfo 
cuantitativo, — todo un desiderátum, — al período de 
la plus-cultura agropecuaria, dentro del modelo más 
completo de colonización que se conozca. 

Opina el señor Prudencio Monzón, — nuevo admi- 
nistrador de la sociedad Estancia y Colonias Trenel, — 
que a renglón seguido de la conflagración mundial, se 
producirá el éxodo en Europa ; pero que esta dispersión 
será momentánea. La República Argentina sentirá, sin 
duda, y en primer término la acción del flujo inmigra- 
torio. Ahora bien : Rusia, cuyas extensiones laborables 
son inmensas, va a proporcionar el espectáculo más tras- 
cendental de carácter económico que pueda producirse 
después de la' guerra. El acervo privado del gran zar, — 
hoy infeliz ciudadano de Tomsk, — marcó en predios, 
una extensión de casi el doble de las tierras laborables 
de la Argentina. Tan inmenso patrimonio, secularizado 
por obra de la divinidad en esta casta privilegiada, don- 



255 — 



de veinte y cinco agrónomos, primeras medallas de fa- 
cultad, pusieron su ciencia no siempre en cultivos no- 
bles, si no en especulaciones recreativas para el «padre- 
cito» común y sus cortesanos, — pasará a manos del 
pueblo y será subdividido en miles de predios, dados en 
propiedad a agricultores profesionales. Alemania, que 
ha culminado en materia de cultivos técnicos, desarro- 
llará posiblemente, — triunfante o derrotado, — su in- 
fluencia científica sobre las tierras rusas en poder del 
proletariado. Encarriladas en su vida normal las nacio- 
nes, después de la guerra, y con esta gran fuente de 
producción rusa, que se incorporará al mercado univer- 
sal, el trigo, que ha alcanzado precios excepcionales, 
sentirá forzosamente una enorme depresión en sus co- 
tizaciones, ¿Qué debemos hacer, entonces? Adelantarnos 
al porvenir, cosa que la inesperada evolución no nos 
tome de sorpresa y nos aniquile. 

Encarriladas las tierras rusas bajo los auspicios de 
gobiernos populares, nada de extraño es que se produz- 
ca el reflujo emigrador y se dirija hacia aquellas lati- 
tudes la corriente trabajadora que nos envía Europa. 
Rusia, cuantiosamente rica en tierras de pan llevar, di- 
latadas comarcas extendidas hasta los confines siberia- 
nos, poseedora en el subsuelo de enormes yacimientos 
de fosfatos que constituyen los mejores abonos natura- 
les, tiene que congregar, forzosamente, y bajo gobiernos 
reparadores, la ola flotante del trabajador universal 
que busque bienestar y convivencia en el suelo produc- 
tor. Y si no es desacertado pensar en que Alemania pue- 
da ejercer su influencia cultural agraria en aquellas in- 
mensas tierras, fácil será echar un cálculo sobre el 



256 



porvenir industrial que le está reservado a la Rusia 
moderna, tan rica, tan amplia, tan abierta hoy a las es- 
peculaciones del trabajo. Sobre la posibilidad de que 
se consagre en el hecho esta hipótesis, es bueno tener 
presente de que Alemania ha dado la nota más alta 
en materia de jíerfeccionamiento de los cultivos. En 
materia de abonos gasta por hectárea lo que consumen 
juntos Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Italia. Se 
explica así la creación de su gran industria de la azúcar 
de remolacha y que haya culminado en el rendimiento 
de sus trigos. Mientras Alemania produce 3000 kilos por 
hectárea, Estados Unidos ha alcanzado al máximum de 
2.800 y la Argentina solo a 600 ú 800. 

Estas juiciosas opiniones, resultado de una obser- 
vación madurada y científica y que nos trasmite esque- 
máticamente el señor Monzón, mucho tienen que ver 
con la nueva orientación que se ha resuelto imprimir 
a los campos de Trenel. Sin duda alguna, la situación 
actual de la República es transitoria. La trascisión de 
país importador a exportador, operada en el transcurso 
de cuarenta años, tiene su explicación lógica a través 
del proceso universal. Nos ha favorecido en estos úl- 
timos años la situación general de los grandes países 
productores, de Estados Unidos que necesita para sí de 
sus cosechas ; de Australia y Canadá que responden a las 
exigencias consiunidoras de las Islas Británicas. Nues- 
tra condición productora es única en estos momentos. 
Pero hete aquí que la renovación rusa viene a plantear 
un gran interrogante sobre el destino que le está reser- 
vado de inmediato a nuestra industria agrícola. ¿Será 
aventurado pensar que pueda producirse una super- 



— 257 — 

/ 

producción? Y si esto no resultara una paradoja, sabe- 
mos por experiencia, en carne propia, lo que importan 
estos problemas. Ya lo palpamos hace años con los ca- 
ñaverales del norte y lo hemos vuelto a sentir reciente- 
mente, con la industria vitivinícola de Cuyo, desmoneti- 
zada por la fiebre expansiva de los viñadores. 

A prevenir con tiempo eventualidades de orden eco- 
nómico, tiende el amplio y magnífico proyecto con que 
inicia Trenel su nuevo ciclo y cuya orientación capital 
puede circunscribirse al propósito de no dejar todo li- 
brado a los destinos de la agricultura, ensanchando el 
horizonte de la colonización con los cultivos mixtos, 
poniéndose a recaudo de todas las sorpresas y sobre la 
base siempre noble de proporcionar a los pobladores to- 
das las comodidades apetecibles y la más arraigada con- 
vivencia al predio. 

Veamos los lincamientos generales de este gran pro- 
yecto en vías de una consagración definitiva. 

La sociedad de Trenel establecerá, en primer térmi- 
no, un Banco Rural, con asiento matriz en Trenel y 
sucursal en Buenos Aires. Este organismo de crédito 
facilitará a los colonos el dinero necesario para labrar 
y sembrar la tierra como asimismo el que sea menester 
para el levantamiento de las cosechas, dinero que se 
facilitará con intereses corrientes. De -esta manera el 
colono se verá libre de la especulación y de la usura y 
trabajará con fe viéndose espaldado por la propia so- 
ciedad. 

El colono, por otra, no quedará sujeto a ninguna 
otra exigencia que no sea el compromiso bancario regu- 
lar, quedando en libertad absoluta para adquirir su se- 



La Pampa — 17 



— 258 



milla, sus herramientas y sus mercaderías donde mejor- 
le cuadre. 

Establecerá una cremería central y diversas creme- 
rías dependientes en los distintos pueblos de la colo- 
nia, de manera que cada colono que posea vacas cuya 
leche sea un excedente sobre el consumo casero, pueda 
vender esta producción en la cremería vecinal, en donde 
se le abonará al día y una vez desnatada se le devolverá 
el suero para sus cerdos. En esta forma el colono puede 
percibir diariamente una entrada para sufragar sus 
gastos menudos, ingreso que para su economía importa 
una retribución más eficaz que si recibiera al final del 
año la suma redonda por el mismo concepto. Estas cre- 
merías darán origen a luia fábrica de quesos que orga- 
nizará sobre las mismas bases. 

Construirá la empresa un molino harinero central y 
siete molinos distribuidos en los centros urbanos de la 
zona. El objeto de estos molinos tiende a que los co- 
lonos lleven su trigo a moler para que puedan elaborar 
para sus necesidades pan bueno y barato. Ocurre la 
anomalía que en la región donde se produce el trigo, 
la harina es más cara que en Buenos Aires. El señor 
Monzón hace fijar nuestra atención sobre este ligero 
cálculo : 100 kilos de trigo producen 75 de harina. En 
Trenel, 100 kilos de trigo valen 10 pesos y 75 de harina 
valen 18. ¿ Cómo solucionar el problema para establecer 
una baratura equilibrada? El colono lleva su trigo al 
molino. Allí se le cobra sin gravamen de ninguna espe- 
pecie, la manufactura y el interés del capital. De ma- 
nera que no se recargará la harina ni con fletes, ni ne- 
gocios de molinería ni intermediarios. Como accesorios- 



— 259 — 



del molino se establecerán fábricas de fideos y panade- 
rías mecánicas, a estilo de las que existen en Buenos 
Aires y bajo la más absoluta higiene. Estos estableci- 
mientos recibirán la harina de los colonos y entregarán 
el pan y los fideos cobrando los gastos de hornada y el 
manipuleo indispensable. Sobre las ventajas de este 
procedimiento eminentemente económico, conviene ha- 
cer notar que si valen los fideos en Buenos Aires 24 
centavos y en Trenel 40, después de estableí ida esta in- 
dustria en la región, los fideos en Trenel se cotizarán a 
precios no superiores de 20 y 15 centavos por las calida- 
des de primera y segunda. Está calculado que para su 
economía un rústico ingiere diariamente dentro de los 
alimentos que consume, el 50 % de pan y el 25 % de 
fideos. Con este solo detalle, revelación de la higiene 
privada, queda justificado el beneficioso sistema de mo- 
linos y fidelerías que implantará Trenel. 

No paran aquí los propósitos de carácter colectivo 
que se propone afrontar la sociedad. Cuando este libro 
aparezca es probable que ya se haya cavado en la po- 
blación de Trenel, los cimientos del gran hospital re- 
gional, establecimento de primer orden, montado con to- 
das las comodidades y elementos modernos, con am- 
plios y ventilados pabellones, con jardines, dispensario 
y sala de maternidad y primeros auxilios. Hemos te- 
nido ocasión de revisar los planos del futuro edificio 
y hemos quedado gratamente impresionados de su dis- 
posición, de su aspecto general y la previsión con 
que será ubicado, anticipando ampliaciones para el por- 
venir. 

Construirá, además, la sociedad, un espacioso hotel 



260 — 



con su gran comedor, su bar, sus habitaciones para via- 
jeros, con baños bien distribuidos y demás comodidades, 
su jardín en el patio central con plantas de la región 
y arbolados propios para atemperar los vientos, con ca- 
ballerizas y garage : todo esto bajo un plan de higiene 
y confortable sencillez. Un hotel, en fin, donde pueda 
darse la mano, si cabe la expresión, la bondad del cam- 
po y la cultura de la ciudad. 

Sobre el sistema de venta de tierra de Trenel, que 
será un innovamiento en las prácticas coloniales de la 
sociedad, nos dice el señor Monzón : 

— -Es sabido que los grandes centro atraen las ma- 
sas rurales. Tal ocurrirá a' Trenel. Sobre este aforismo 
se ha resuelto establecer un sistema original y lo más 
equitativo que pueda concebirse para la venta de cierta 
cantidad de tierra. He aquí la forma: el colono pa- 
gará su tierra con el 20 % de la cosecha. De manera 
que el colono, no bien entra a ocupar su predio se siente 
propietario. En esta forma, demás está decir que cul- 
tivará con verdadero amor su parcela. Ya lo dijo el 
pensador inglés en términos parecidos: «Dad a im agri- 
cultor en arrendamiento un jardín y lo convertirá en 
un erial; dad en propiedad un erial y lo convertirá en 
un jardín». Sin duda alguna que para esta nueva colo- 
nización se exigirá muy escrupulosamente moralidad re- 
conocida y hábitos de trabajo, debiendo además, cada 
colono hacer de su peculio, un rancho y un pozo, pose- 
yendo, además, la semilla y herramientsa necesarias paro 
afrontar la labor de la siembra. Es decir, que el colono 
debe poseer en elementos o dinero efectivo, de 1.500 
a 2.000 pesos. Sobre este particular, es bueno recordar 



— 261 — 



que ningim agricultor que trabaja su tierra posee me- 
nos de esta suma en animales, herramientas e implemen- 
tos de labor. Decir lo contrario sería aceptar implícita- 
mente que el colono que no posea estos elementos en 
forma ostensible, los tiene a buen recaudo bajo el nom- 
bre de un tercero para capear algún fracaso o zafar a la 
mano del acreedor. 

Las chacras que se transferirán según esta- forma de 
venta, serán de una superficie de 250 hectáreas destina- 
das a chacras agropecuarias. La sociedad Trenel gestio- 
nará ante el gobierno en el sentido de que toda la tierra 
que sea dada en venta en estas condiciones sea inem- 
bargable. 

Establecerá un vivero regional, destinando para ello 
35 hectáreas de campo y especialmente para frutales y 
forestales. Estas plantas se darán gratis a los colonos 
para que las distribuyan en sus predios. Las que se plan- 
ten y prosperen, serán pagadas por la sociedad a tanto 
por vegetal y como una retribución. 

No conocemos un procedimiento más práctico, más 
noble y más eficaz para propender al culto de las plan- 
tas, difundir la huerta frutal y divulgar el cerco vivo, 
tan necesario en las regiones del norte y en toda la Pam- 
pa. Aparejado a esta organización de cultura vegetal, 
se organizará el regadío por sistema de norias que ele- 
varán 60 toneladas de agua por hora, estimulando así a 
los colonos a la disciplina y aprovechamiento del agua 
que es obra de civilización. 

Tan vasto y grandioso plan, concretado en sus con- 
tornos capitales está en vísperas de llevarse a la prác- 
tica. Cuatro o cinco millones de ladrillos, hornados ya, 



— 262 — 

levantarán en seguida los cimientos de los grandes edi- 
ficios destinados a hotel, a molinos y hospital; nuevas 
líneas reforman y subdividen en el plano la inmensa pro- 
piedad, mientras los primeros alfalfares anuncian, ño- 
recientes y magníficos, que ha llegado la hora de la re- 
novación. 

¿Queréis un espécimen más acabado de la coloniza- 
ción moderna? ¿Queréis una expresión más simpática 
del cooperativismo, por la acción espontánea del capital 
frente al trabajo? Por que no hay duda alguna de que 
estamos en presencia de un caso único en la Repú- 
blica y quizá en el mundo. No será un invento, toman- 
do por separado cada una de sus proyecciones, pero 
es una combinación magistral, cuyo modelo será inútil 
buscarlo en la colonización privada de las más avanza- 
das naciones del orbe. Se busca algo más grande y 
duradero que la comodidad transitoria del colono ; se 
persigue el noble propósito de «hacerle patria», — y 
«ubi patria ibi bene», — orientación magnífica que 
lleva todo el espíritu de una elocuente argentinidad. 
¡Bien se conoce que detrás del proyecto está la garra 
del erudito, la fe del práctico y la concepción augural 
del maestro! 

Y sabedlo bien, hombres de empresa y potentados 
del país, que solo veis vuestro éxito en las redituaciones 
fáciles del capital absorbente como la piedra imantada 
sobre las limaduras del hierro, — sabedlo, que frente 
a esta valiente reforma, una mujer, una gran mujer, 
ha puesto todo su espíritu generoso y su clara visión. 
Una gran mujer, una mujer argentina que preside y 
orienta la sociedad Estancia y Colonias Trenel, bajo 



263 — 



ouyo arbitrio juegan setenta millones de pesos, que di- 
rije sus sesiones, lleva la palabra directriz y encarrila 
los debates, y que a su raro talento e inmensa filantro- 
pía, une las dotes de una acendrada modestia. Tal la 
señora Elina Pombo de Devoto. 

De vez en cuanto una racha de feminismo nos llega 
del norte como la claridad de una gran conquista. Pe- 
ro no siempre el triunfo novelero y aparentemente viril 
de las faldas, despeja horizontes definitivos a la mujer. 
El Capitolio de Washington fué testigo hace unos meses 
de una escena sintomática. La diputada X, prototipo del 
caudillo feminista, se desmayaba en su banca al votarse 
la ruptura de relaciones con Alemania. ¿Qué es, en- 
tonces, el feminismo, preguntamos nosotros? ¿Será co- 
mo lo plantea, en este caso, Estados Unidos o como po- 
demos concebirlo nosotros, con este modelo de compa- 
triota, que bellamente, silenciosamente, pone su fortuna 
y su talento en favor de la patria y su corazón en fa- 
vor del bien?. . . 



CAPITULO xxvn 



Por la zona de Monte Nievas y Castex. — Perímetro 
de influencia comercial. — Colonias de impor- 
tancia. — Las primeras cosechas. — Acción 
de don Haroldo M. Heckell y Cía., en la región. 
— Los años de prueba y de fracaso. — Colo- 
nización primitiva. — 280.000 bolsas de trigo. 
— Subdivisión de la propiedad rural. — El 
campo La Invernada. — El trigo «Eckell». — 
Cereal para cultivos en secano. — Un trigo 
francés perfeccionado. — Varilla fuerte y es- 
piga excepcional. — Optimismo sincero. . . . . 

\ 



La población de Monte Nievas en la línea Pico-Telen, 
abarca una zona de influencia comercial de treinta y 
cinco a cuarenta leguas. Las colonias de mayor impor- 
tancia son Matucalé, campos de Quintana, cuyo arren- 
datario principal es don Ramón Arana ; campos Delena, 
Jagüel Grande y propiedad de don Haroldo M, Eckell. 

Lleva poco más de ocho años de fundado este centro 
agrícola, a renglón seguido de llegar el ferrocarril. En 
1908 se establece en la región don Haroldo M. Eckell 
y compañía, labrando y cultivando una extensión no 
menor de 50.000 hectáreas. En el término de cuatro años, 
la casa Eckell perdió alrededor de 700.000 pesos. Pero, 
por sobre este ingente sacrificio, debía afirmarse y per- 
durar la colonia. Durante esta época de dura prueba, 
tan denodados colonizadores, no sólo proporcionaron 
a sus agricultores y subarrendatarios, semillas y herra- 
mientas, sino que les dieron capital para afrontar cul- 



— 266 — 



tivos Y levantamientos de reducidas cosechas. Tales fue- 
ron los cimientos de esta colonización. 

Los agricultores primitivos fueron italianos y espa- 
ñoles. Xo puede decirse que se seleccionó la clase traba- 
jadora. El apresuramiento con que debían poblarse los 
campos, al conjuro del tren, ávido de cosechas, trajo 
consigo la colonización híbrida no muy zarandeada por 
la depuración. Las recolecciones fueron malas, casi siem- 
pre, a excepción de la de 1914. 

En 190S. la casa Eckell cargó 2S0.00O bolsas de tri- 
go ; un año después, de la misma extensión cultivada, 
se recogían 30.000 bolsas menos, debido a los efectos de 
una neblina. 

Los campos de la zona de Castex, vecina a Monte 
Nievas, están muy subdivididos. La hectárea tiene un 
precio que oscila alrededor de 100 pesos, campo de ras- 
trojo. Por campos alfalfados, se anotan ofertas de 
250 pesos. 

El único campo alfalfado desde Metileo a Loventuel 
es el de Eckell, en una distancia de cuarenta leguas. 
Llámase La Invernada, es popular en todo el norte del 
territorio, y resiste, por hectárea, según su propietario, 
4 animales en verano y 3 ^A en invierno. 

El señor Eckell, que es, realmente, uno de los agri- 
cultores técnicos de la Pampa, enamorado de sus luci- 
dos ensayos y sementeras, nos informa del trigo que ha 
comenzado a divulgarse bajo su nombre (^Eckell), tipo 
barletta, formado por selección y propio para los cul- 
tivos en secano. 

— El año anterior. — nos dice, — he sembrado 200 
iectáreas de este trigo, habiéndome producido 6 ^4 Por 



— 267 - 



hectárea, con un rinde específico de 79/900 por hecto- 
litro. En el deseo de divulgar esta calidad de cereal que 
la conceptúo de primer orden, he proporcionado semi- 
lla a la Bolsa de Cereales, a la Bolsa de Comercio, a la 
Sociedad Rural Argentina, Sociedad Rural de la Pampa 
y Ferrocarril Central Argentino. Esta empresa lo ha 
ensayado en diversos puntos, pudiéndose notar que en 
Tacanas (Tucumán), donde escasean enormemente las 
lluvias, este trigo ha dado muy buenos resultados. 

«Puedo garantirle, — afirma lleno de fe, — que este 
año este trigo me ha de rendir alrededor de veinte fa- 
negas por hectárea 1 

No llega nuestro optimismo a tanto. Pero como el 
señor Eckell, que es un caballero afable y gentil, es ca- 
paz de trasmitir su entusiasmo de buena ley, nos damos 
por convencidos haciendo votos por que la cosecha san- 
cione su optimismo con la más cumplida realidad. 

— En el trigo que he conseguido un seleccionamiento 
digno de mención, es en el francés. Hace cinco años el 
señor López Frers, importó de Burdeos, semilla de fran- 
cés. Después de prolijos experimentos, he conseguido 
fortalecer la caña de este trigo, robusteciendo, asimismo, 
la espiga y dificultando el desgrane en pie. 

Aquella mañana de noviembre en que departíamos 
con el señor Eckell, en la casa de comercio del señor 
Martínez, había soplado un viento recio. 

— He visto al pasar, los trigos volcados por el viento 
huracanado de hoy, — nos dice el señor Eckell. — Segu- 
ro estoy que los míos se mantienen en pie . . . 

Por la tarde nos lleva a Castex, muestras de su pon- 
derado francés. Efectivamente el haz que hemos tenido 



268 — 



tn nuestras manos, era de una caña excepcional, con un 
carrizo de gran consistencia y de una espiga larga, 
fuerte y nutrida. 

El señor. Eckell, que es un hombre joven y estudioso, 
tiene fe sobre el futuro ganaderil de la zona, así como 
su poco de pesimismo sobre los resultados económicos 
de la agricultura. No en balde ha sufrido sus reveses 
con cosechas exiguas y años perversos. Su porvenir está 
en La Invernada, su campo hecho una floreciente pra- 
dera, verde siempre, como una esmeralda engarzada en 
el oro de las mieses. 



CAPITULO XXYin 



La gran casa Serralta en Trenel. — Un emporio co- 
mercial. — Cómo se inician las grandes tien- 
das de la Pampa. — Un caso nuevo. — Impre- 
siones objetivas. — El "almacén-cetáceo". — 
La gran zona de üifluencia, — 57.500 hectá- 
reas de colonización. — El espíritu de convi- 
vencia de los colonos. — Esbozo general de 
la casa de comercio y de sus gestores. — Per- 
files de don Jaime Serralta. — Del colegio al 
mostrador y al campo. — Los prolegómenos 
rurales en Tronque Lauquen. — La gran tác- 
tica de fomentar la población con el arrenda- 
miento barato. — Valor de los campos y de 
las haciendas. — El campo La Lola. — Hacia 
General Villegas. — Después de La Primavera 
y La Aurora, El Águila. — Preliminares difí- 
ciles. — La lucha vecinal. — En pleno auge. 
— El poblador, el comerciante y el hombre de 
comuna. — Patrocinando los progresos urba- 
nos. — En Trenel. — Experiencias de la ini- 
ciativa, la voluntad y la labor. — Apuntes 
agropecuarios. — Sembrar para recoger. 

Ningún establecimiento de la Pampa dá una idea 
completa del emporio comercial como la casa Serralta, 
Taravella y Cía, — hoy Francisco y Jaime Serralta, — 
instalada en Trenel. En el transcurso de nuestra jira 
territorial, a cada paso hemos sentido mentar a esta 
robusta empresa, exponente significativo del progre- 
so pampeano. Cada pueblo de la Pampa, por modesto 
que, sea, tiene su casa iuerte que absorve, por ley na- 
tural, el grueso de los negocios, y donde se proyectan 
las necesidades comerciales de la región. Pero no todas. 



270 — 



por cierto, pueden blasonar como este gran estableci- 
miento, de una tan simpática iniciación. Es común en 
la breve pero fecunda historia de la Pampa, encontrar 
grandes tiendas de campaña levantadas sobre la base 
de felices cosechas o con el usufructo de especulaciones- 
colonizadoras, no siempre liberales. Es decir, que la 
tentativa comercial viene afianzada sobre la consagra- 
ción de un éxito, en terreno conocido y con dinero local, 
A fuer de francos, debemos declarar que no vemos ha- 
zaña en esta nueva orientación especulativa que se dk 
al capital. El caso del establecimiento Serralta se pro- 
duce a la inversa, y casi estamos por asegurar, que es 
único en la Pampa. Iniciativa, capital, nervio directriz,, 
vienen de la periferia, como fuerza centrípeta, a incor- 
porarse a los destinos de la comarca. Y he ahí su carac- 
terística primordial. Juzgúese ahora si tendríamos de- 
seos de visitar esta casa. 

La impresión objetiva que nos produce el estableci- 
miento es óptima. Fué fundado en 1910 sobre la base de 
un capital ilimitado, dispuesto por la firma, a la que 
siempre apoyó con eficacia el señor Miguel Camuyra- 
no, hombre éste de reconocidas aptitudes y notorio pres- 
tigio en el mundo comercial. La Firma Serralta, Tara- 
vella y Cía., la componían tres entidades : la sociedad 
Francisco y Jaime Serralta, como socios activos y soli- 
darios, D. Miguel Ángel Camuyrano y D. A. Taravella, 
como industrial. La primer manifestación que sugie- 
re al viajero aquel gran edificio, aquellos enormes sa- 
lones, aquel hacinamiento de maquinarias, implementos 
y mercaderías, es de franca laudatoria para el capital 
valiente y tenaz que no tuvo cortapisas para lanzarse 



271 



a la aventura. ¿Cómo es posible, — se piensa, — que un 
organismo comercial tan amplio, pueda haber jugado 
su destino en una población modesta del norte? Si tu- 
viéramos el espíritu yankee, ampuloso y gráfico a la 
vez, diríamos que es un «establecimiento-cetáceo», acos- 
tado sobre los inmensos trigales. El secreto del triunfo 
está, sin embargo, en la extendida zona de acción cir- 
cunscrita a sus operaciones : Trenel, Arata, Metileo, 
Monte Nievas, Caleufú y Embajador Martini. La casa 
de Serralta afirma sus sillares, cuando las colonias de 
Trenel están en el período de florescencia, rumbo al 
porvenir. Incorporada al progreso de la región, su con- 
curso poderoso y decidido, obra como factor convergen- 
te y eficaz. Y triunfa, y se impone, por méritos propios, 
por liberalidad, por la acción honesta de sus opera- 
ciones. 

En sus comienzos coloniza 57.500 hectáreas de cam- 
po. Esta labor agrícola sobre predios de la sociedad Es- 
tancia y Colonias Trenel, se realiza hasta 1917. A par- 
tir del año anterior, su colonización ha quedado reduci- 
da única y exclusivamente a lo que cultiva la nueva 
firma por administración, es decir unas 12.000 hectá- 
reas, contando, a más del campo que tienen arrendado 
a la sociedad Estancia y Colonias Trenel, con 3000 hec- 
táreas de propiedad de la firma y de D. Miguel A. Ca- 
muyrauo. En nuestra visita realizada a estas colonias, 
hemos podido comprobar el espíritu de arraigo de sus 
agricultores, síntoma fehaciente de bienestar y convi- 
vencia; todos cuidan sus hortalizas y plantan frutales; 
todos tienen su granjita para las necesidades caseras,, 
y algunos cultivan sus viduños y hasta vinifican... 



- 272 



Pero el fuerte de los negocios no está fundamental- 
mente en la industria agrícola. La gran casa en ramos 
generales, constituye la especificación comercial de es- 
ta sociedad, vale decir la empresa compleja, arriesga- 
da y tenaz. 

Es muy posible que el comerciante cómodo de las 
ciudades no tenga nociones de lo que importa, en la 
Pampa, un establecimiento de esta categoría y el en- 
granaje 'de intereses que mueve. Es casa de negocio y 
banco a la vez. Ayuda en toda forma el colono ; le pro- 
porciona semilla, herramientas, mercaderías y dinero. 
Sin embargo, no siempre se reconoce el esfuerzo ; y la 
casa se vé obligada a defenderse del chacarero de mala 
fe que vende dos veces su cosecha y zafa la acción ju- 
dicial con compradores apócrifos, obrando, — hablan 
reveladores concretos, — en combinación con agentes 
de «maffias» ocultas que se oframn y se lanzan a la es- 
tafa, desvirtuando el concepto de la labor y del bien. 
¡ Bien ha tenido este establecimiento que pasar por las 
horcas candínas para mantener su prestigio! Y se ha 
dado el caso que en momentos apremiosos, originados 
por el estado anormal de los créditos, por la guerra y 
los malos rendimientos agrícolas, ha podido mantener- 
se sin menoscabo de su prestigio y con sus propios re- 
cursos. Esto ha constituido, sin duda, un precedente 
alentador para la región. 

¡Y qué preliminares difíciles! La tierra era rebelde 
y montaraz. Nada, absolutamente, poseían los colonos, 
faltos de capital y de experiencia y a veces rudimen- 
tarios e indolentes. Era necesario luchar abiertamente 
«contra todos los factores negativos opuestos a la refor- 



— 275 — 



ma cultural que se operaba en la comarca. Pero la obra 
tenía que imponerse lógicamente, impulsada por la pro- 
pia fuerza moral de origen, el capital y la acción. 

Sin duda en este bello triunfo se destaca con relie- 
ves inconfundibles una energía potencial que dá orien- 
taciones cardinales a la empresa : nos referimos a D. 
Francisco y D. Jaime Serralta, el primero, como factor 
en el orden que demandaba y demanda la organización 
de la agricultura; y el segundo en la administración 
general de la empresa. Don Jaime, con quien departimos, 
es un hombre de negocios en la amplia acepción. Ni- 
ño aún, se inicia al lado de aquellos comerciantes de 
antaño, todo decencia y probidad. 

— Así fueron mis comienzos, — nos dice añorando 
el recuerdo juvenil. — Después del colegio Rollin, don- 
de cursé estudios con mi hermano y socio Francisco, 
pasé al mostrador, i Tiempos aquellos! Iniciaba mi es- 
cuela del mundo. Mis maestros fueron aquellos comer- 
ciantes porteños que de noche preparaban sus paquetes 
de yerba y azúcar, con el peso exacto, para la venta del 
día siguiente. Siempre he recordado la moral senten- 
ciosa de uno de mis viejos patrones, tan axiomática, 
tan sencilla y tan llena de austeridad. «Si ustedes po- 
nen de más, — solía decirnos, — me perjudican, por- 
que yo compro pesos exactos ; y si ponen de menos, me 
perjudican también, porque pierdo el cliente» . . . 

De varones de esta pasta, catonianos en el amplio 
decir, tales discípulos. Así se formaron los Serralta, en 
e\ aprendizaje honorable del trabajo y la moralidad 
profesional. 

Pero no es nuestro propósito el ditirambo, poco pro- 



La Pampa — 18 



— 274 



picios como somos a las semblanzas personales que no 
tengan el sello de la obra concreta como justificativo. 
Rastreemos, pues, sobre el vestigio que va dejando en 
el camino esta fecunda existencia que aún no ha coro- 
nado los nueve lustros, 

Don Francisco y don Jaime Serralta inician su la- 
bor rural independiente allá por el año 1900 en el par- 
tido de Tronque Lauquen, — campos de Leiria, Supi- 
siche y Centro Juárez Celman. — En el inmenso bal- 
dío, pampa desolada y yerma, de doce a trece leguas de 
superficie, que pasa a sus manos sobre la base de un 
estipendio de 32 centavos por hectárea (!), montan 
sus dos casas de comercio bajo los epígrafes augúrales 
de La Primavera y La Aurora. Bien pronto el esfuerzo 
juvenil, noblemente aquilatado por el trabajo, se im- 
pone en toda la región. La diosa Fortuna comienza a 
sonreir a estos jóvenes tripulantes de Argos. Pero el 
triunfo es obra de la inteligencia, de la observación 
prudente, del espíritu intuitivo que regula la marcha 
de sus negocios. Figuraos la especulación que podría 
haber sobre campos arrendados a 32 centavos y sub- 
arrendados al mismo precio ... El noble arte de tentar 
el éxito estaba en poblar la campaña desierta con el 
incentivo de la tierra barata. Y cada poblador sería im 
cliente. Es así como el gran fundo cae en manos de un 
centenar de ganaderos, dedicados con especialidad a la 
crianza de ovejas y bovinos. Y comienza la evolución 
de la zona bajo tan auspiciosos preliminares. Toman 
incremento los ganados que hasta entonces se habían 
cotizado a precios irrisorios de 7 pesos por vaca y 90 
centavos por lanar; y los campos, hollados en su salva- 



275 — 



je virginidad, se abren a la explotación y se significan 
en el mercado con las primeras cotizaciones. ¡ Claro que 
los valores primitivos son insignificantes ! Un coronel 
Sosa, propietario del campo La Lola, endeudado con los 
jóvenes comerciantes, viene a ofrecerles sus ocho mil 
hectáreas a un precio irrisorio hoy, cantidad que ape- 
nas cubría la deuda ocasionada por suministro de mer- 
caderías y préstamo de dinero, liquidación que daba 
idea del valor atribuido por entonces a los campos del 
oeste de Buenos Aires y del pundonor del jefe que sabía 
saldar sus ditas . . . 

Con aquella iniciación fructuosa en tierras de Tren- 
que Lauquen, los hermanos Serralta tientan nuevos ho- 
rizontes. Un centro novel, — General Villegas, — esbo- 
za someramente el trazado de futuro núcleo social que 
urbanizará el tiempo. Hacia allá orientan su destino los 
sagaces y fecundos laboradores. Corre el año 1902. El 
Águila, es el nuevo y sugerente título de la casa, afir- 
mada sobre hormigón, que ha de consolidar la buena- 
ventura y que debía servir de baluarte para redondear 
la fortuna de los hermanos. Pero debía ser ardua la lu- 
cha desde la iniciación hasta el triunfo. Ocho años el 
Águila caudal les cobija bajo sus benignas alas, hasta 
que el negocio pasa, en venta, a manos del señor Muriel, 
en 1910. 

Cuando los señores Serralta llegaron a General Vi- 
llegas, se había entablado una fuerte lucha de prepon- 
derancia entre los colonos de Massey y de Flores, a pro- 
pósito del lugar que se destinaría al nuevo pueblo. Los 
comerciantes querían fundar el nuevo centro en cam- 
pos de Villegas, donados por la viuda del valeroso ge- 



— 276 — 



neral don Conrado. Los intereses creados, más fuertes 
que la necesidad pública, marginan algunos trastornos 
en la edificación. Los señores Serralta, siguiendo el tra- 
zado del ingeniero Guevara, eligen el terreno conve- 
niente, llevan sus menestrales y comienzan a levantar 
el edificio de El Águila. Los interesados en la prospe- 
ridad de los campos de Massey, trabajan tesoneramen- 
te para contrarrestar el éxito de la nueva población. No 
es de extrañar, entonces, las argucias que se pondrían 
en juego para evitar que el edificio de Serralta nucleá- 
ra, como tenía que suceder, el macizo de la jjoblación. 
Pero la obra estaba en marcha y no debía detenerse ni 
ante las estratagemas del capital privado, ni ante la pre- 
ponderancia de determinados inspectores, que preten- 
dieron disponer la suspensión de los trabajos de alba- 
ñilería. Secundados por un comerciante de garra, — 
don Ángel Miqueo, — definieron con sus edificios, el co- 
razón del pueblo, anticipándose a urbanizar los contor- 
nos de la plaza pública. Ante esta consagración edili- 
cia, toda la oposición se reduce a la impotencia, y triun- 
fa desde entonces el pueblo de General Villegas. Co- 
mienza de ahí a destacarse la plaza central, con don El- 
vecio de Giorge y el doctor Samuel E. Luna, funda el 
hospital vecinal, establecimiento de significación cuya 
importancia se debe, en buenos términos, a su labor y 
concurso, francamente dispensado. Organiza la Socie- 
dad Española, a la cual destina actividades y dinero, 
levantando el amplio edificio y teatro que hoy posee 
dicha asociación. Contribuye con mano generosa y es- 
píritu abierto a cuanta obra laudable se incorpora a 
aquel organismo social que va vitalizándose día a día. 



— 277 — 



Con la práctica de los negocios y del mundo, y valiente 
para afrontar las dificultades, redondean allí su capi- 
tal. Siguiendo su sistema poblador usado en Trenque 
Lauquen, compra gran número de chacras y suertes de 
estancia, las subdivide y las transfiere a sus clientes 
sin ganar dinero. Amante de las labores del campo, per- 
fecciona notablemente sus prácticas agropecuarias. Con- 
vierte en pradería artificial su campo entre América y 
San Mauricio, que estaba abandonado. Siembra de con- 
suno maíz y alfalfa ; luego, trigo y alfalfa. Y es un pre- 
cursor en la. zona, en esta clase de explotaciones rura- 
les. Sobre su rastro en el campo virgen, que deja alen- 
tadoras enseñanzas, irán bien luego los ganaderos ruti- 
narios de la región, buscando en el forraje seleccionado, 
las carnes reclamadas por el saladero y el abasto, y el 
frigorífico después. 

Consagrado el triunfo, llevan a Trenel su capital y 
su empuje decidor, sin olvidar, por cierto, la recordada 
población, fuente que fué de su experiencia y bienestar. 

Sobre sus enseñanzas rwíogidas en los campos del 
norte, nos dice don Jaime Serralta : 

— Tengo la experimentación de la zona y puedo ase- 
gurarle que no hay tierra mala. Desde Metileo, Monte 
Nievas y Castex, las tierras son excepcionales para tri- 
gos; no así para alfalfa. Estos campos tienen las mis- 
mas características agrológicas que las tierras de Gene- 
ral Vñlegas. 

Es ferviente partidario de los cultivos intensivos. 

— El chacarero será feliz. — nos dice, — cuando tra- 
baje sus parcelas con cultivos combinados. Por ejem- 
plo, un predio puede considerarse bien aprovechado 



— 278 — 

cuando tenga 25 hectáreas de maíz, 50 de avena y 50 de 
alfalfa, para así garantir la buena estabilidad del cha- 
carerro. En esa forma podrá asegurarse el medio indis- 
pensable de vida para la familia en caso de malas co- 
sechas de trigo y lino que tenga ligado en la extensión 
mayor que con estos granos cultive. Evitará endeudar- 
se, pues el alfalfar sostendrá, además de sus veinticinco 
lecheras que le han de proporcionar una entrada cuo- 
tidiana de 12 a 16 pesos, los caballos o bueyes de tra- 
bajo. La avena le será una ayuda como forraje de in- 
vierno, proporcionándole una entrada de 2 a 3 mil pe- 
sos como mínimo. El maíz, le prestará una ayuda in- 
calculable, pues siempre podrá vender por un valor de 
mil a dos mil pesos, después de hacer sus reservas para 
crianza de cerdos, gallinas, etc. 

Como ganadero, su práctica es tal que no hay secre- 
tos para su observación prudente y sagaz. A menudo se 
hase notar en su conversación con apuntaciones origi- 
nalísimas, sancionadas por el resultado más eficaz. Pa- 
ra la crianza de ovinos, nos previene la conveniencia de 
la rotación de los rebaños, de manera de no echar q1 
ganado en los alfalfares cortos, — salvo en casos apre- 
miantes, — sino en predios de forrajes mullidos y altos. 
Se evita así, que la oveja que tiende para su alimenta- 
ción, a mariposear en los macollos y ramas tiernas, 
arrase con los gérmenes desparramados a ras del suelo. 
Con una rotación prudente puede conseguirse tres crian- 
zas en dos aiíos. Es enemigo de quemar los campos, 
«Eso no es cultivar los predios ; eso es envenenarlos», 
— nos dice — . «Con tal procedimiento se mata la si- 
miente de los gramillales, que está en embrión, pero que 



279 — 



i;arde o temprano tiene que eclosionar cuando se remue- 
va la tierra». Cree que lo mejor para domar los méda- 
nos, es sembrar conjuntamente avena y alfalfa en rama 
y con semilla, cosa de impedir que los vientos arras- 
tren las partículas germinativas. El procedimiento de 
plantar estacas de álamos le parece bueno. Para circun- 
dar los médanos, opina que lo más oportuno es sembrar 
alfalfa y gramillas australianas, conjuntamente. Así se 
tendrá forrajes en todas las estaciones del año. Pero 
aconseja que la siembra de gramillas con alfalfa, debe 
hacerse especialmente en tierras de humus y en partes 
donde la tosca no permite el mayor desarrollo de la 
.alfalfa. 



* 
* * 



Recogiendo y transportando a nuestros lectores tan 
fundamentales y bellas instrucciones, nos hemos sepa- 
rado del asunto capital de este artículo. Pero para sig- 
nificar la alta validez del emporio comercial de los se- 
ñores Serralta, era menester la semblanza de sus gesto- 
res. Sabrá la Pampa y el país, con esto, que la valiente 
jornada, no fué obra de la especulación, del prejuicio, 
ni el lucro calculado. Se fué a civilizar, no a exprimir; 
se fué a sembrar, no a recoger. Tal, esta gran casa de 
comercio, perdida entre los trigales infinitos y que ha- 
ría honor a cualquiera de nuestras grandes ciudades. 



CAPITULO XXIX 



Por los pueblos del norte. — Uno de los centros 
más antiguos de la Pampa: Parera. — Esta- 
cionamiento por falta de ferrocarril. — El an- 
tiguo pueblo del Tordillo. — Los primeros agri- 
cultores de Parera. — Resultados del esfuerzo 
inicial. — Los préstamos sobre prenda agraria. 

A la espera del tren. — Necesidad del 

telégrafo nacional. — Los pueblos precoces: 
Bealicó y Quemú-Quemü. — Preliminares di- 
ficultosos. — El pesimismo de los primeros co- 
lonos de Eealicó. — Tosca, arena, escacés de 
pastos y lluvias irregulares. — El alpataco, 
planta maléfica. — La emigración de los cria- 
dores de ovejas. — Los precursores del éxito. 

— Un dato sugerente. — Colono que paga un 
campo con el producto de sus cosechas. — 
Quemü-Quemú y sus comienzos. — Los vecinos 
fundadores. — Esbozo general del municipio. 

— 170.000 hectáreas cultivadas. — Estable- 
cimientos rurales de importancia. — San Al- 
berto, de Peña. — La Enriqueta, San Bafael 
y La Delicia. — Perspectivas del centro ur- 
bano. 



Uno de los pueblos más antiguos de la Pampa y so- 
bre el que ha pesado una rara injusticia, propia del azar 
de las cosas, ha sido Parera, centro urbano del norte 
y hasta el cual no ha llegado todavía el ferrocarril. 

El ferrocarril Oeste, cuando llevó sus líneas por 
aquella comarca, tuvo el propósito de conectar directa- 
mente Van Praet con Parera. Hace de esto algo así co- 
mo quince años. Sea por convenir a los intereses de la 
empresa la modificación del trazado, o porque los pro- 



— 282 — 



pietarios de campo se «empacaron» en sostener precios 
fuertes por la tierra que iba a utilizar la ferrovía, el 
caso es que el tren se desvió para Jardon, siguió para 
Realicó, Quetrequén, etc., defraudando las esperanzas 
del vecindario de Parera, digno de mejor suerte. 

Parera tiene 26 años de existencia y fué fundado en 
campos de don Faustino Parera, quien dividió y loteó el 
égido. Se llamó en sus comienzos el Tordillo. Los planos 
de esta población se oficializaron recién en 1915. Su 
población urbana cuenta con 1400 habitantes. Tiene 
servicios municipales modestos pero completos. Funcio- 
na en esta localidad una escuela nacional con los cinco 
primeros grados de enseñanza y que ha contado hasta 
con 300 alumnos. 

La colonización de la zona de Parera data de 1910, 
Los primeros agricultores fueron italianos procedentes 
de Quetrequén, Rancul y Chamaicó. Estos arrendatarios 
primitivos pagaban por su locación el 13 % sóbrenla 
cosecha, o cuatro pesos por hectárea. Pero el arrenda- 
miento en dinero íio duró mucho tiempo. Había que fa- 
cilitar la acción de los agricultores ya que la lejanía del 
tren dificultaba o encarecía el levantamiento y trans- 
porte de las cosechas. 

Conviene recordar quiénes fueron los colonos fun- 
dadores de la agricultura en esta región. Ellos fueron: 
Antonio Sa Figueroa, uruguayo, que ocupó el lote 15; 
Bartolo Busso, italiano, el lote 6; la viuda de Goñi, el 
lote 17 ; Antonio Lazcano, el lote 24. Se cultivó en aque- 
llos comienzos los campos de Romeo Ravasengui, Ra- 
tivel, Úrsula Segovia de Parera. 

¿Cuáles fueron los resultados de aquella iniciación 



— 283 



agrícola? Los cuatro primeros años se hicieron notar 
así: dos malos; uno, regular; uno, bueno. A pesar de to- 
dos los trastornos, los colonos se arraigaron. Hoy son 
francamente optimistas. 

Algún tiempo después se hacía sentir, en parte, la 
ayuda oficial. El Banco de la Nación prestó sobre pren- 
da agraria. En esta forma, se evitó el intermediario, 
que fué siemjjre el comercio local, formalizándose las 
operaciones directmente entre la institución bancaria y 
los colonos. 

— ¿Vendrá algún día el ferrocarril? — nos interro- 
ga un vecino caracterizado de Parera, que encontramos 
en Quetrequen. — Estamos tan desesperanzados ya!. . . 

Sentimos desilusionar a este bravo agricultor que 
fué de los primeros en roturar la tierra de la comarca. 
Nos parece difícil que el ferrocarril lleve sus líneas has- 
ta Parera. Lo único viable que encontramos, — y que 
será tal vez la solución del tan justamente anhelado be- 
neficio ferrocarrilero, — es la unión de Quetrequen con 
Ingeniero Luiggi, pasando por Parera, a pesar de la 
pequefía comba que haría la línea. Mientras esto se con- 
vierte en una bella realidad, beneficiando con el riel 
a una región importantísima, hagamos votos por que 
el gobierno lleve a Parera, por lo menos, el telégrafo na- 
cional . . . 






Realicé, la población más setentrinal de la Pampa, 
centro cortado en cruz por los ferrocarriles del Pacífico 



- 284 — 



y del Oeste, está destinado a ser de una importancia 
excepcional, ima vez que se subdivida la tierra circun- 
vecina. Sus prolegómenos fueron como la mayor parte 
de los pueblos pampeanos, erizados de dificultades. El 
pueblo tiene apenas diez años de vida y ya es un centro 
primoroso, sin la potencialidad de Pico, pero con muy 
brillantes perspectivas. Se fundó el 2 de marzo de 1907. 
La colonización de sus chacras vecinas data de 1903. 
Se ha seguido pues, en este sistema de población, el or- 
den correcto : primero los años de prueba, los cultivos, 
es decir el ensayo sobre los medios de vida de que dis- 
pon,e la comarca; después, la fundación del centro ur- 
bano. 

Había en los comienzos de esta colonización un arrai- 
gado pesimismo que fué menester destruir poco a poco. 
Los agricultores santafecinos y del sur de Córdoba, no 
querían arriesgarse en el ensayo de aquellas tierras, 
conceptuadas malas, «a priori». La tosca, la arena, la es- 
cesez de pastos, la irregularidad de las lluvias, eran fac- 
tores negativos, mentados de lejos y sin el conocimiento 
absoluto de la tierra. Había una especie de terror a una 
planta silvestre llamada alpataco, de corto tallo, que se 
difunde en raíces duras y que rompe las rejas del arado. 
A esta mala cizaña, se unía el olivillo y el tupe, ense- 
ñoreado, también de las praderas. 

Destinados a ganarse la vida en campos tan ingratos 
y tan desacreditados por el prejuicio, los primeros agri- 
cultores se volvían a sus tierras del norte, sin intentar 
que la labor inteligente salvara los obstáculos. Después, 
los más tenaces, echaron de ver que las tierras eran de 
excelente calidad. El alpataco, con su raigambre infer- 



285 — 



nal, sirvió de combustible, descuajado a fuerza de ha- 
cha, después de arar. Y, cosa rara, resultó que las tierras 
de alpataco fueron las más aptas para los cultivos de 
las gramineáceas. 

Los criadores de ovinos, corridos por la irrupción 
agrícola, se retiraron al oeste, no sin antes haber provo- 






•cado el choque. De esta lucha de las dos corrientes in- 
dustriales, la ganadería rudimentaria y la agricultura 
científica, resultaron las quemazones de camjios, conse- 
cuencia de la derrota de una de ellas, al arriar sus ma- 
jadas en busca de tierras vírgenes. 

i Qué ocurrió después? Que la colonia fué tomando 



286 — 



incremento en forma halagadora, hasta no dejar nn es- 
tadal de tierra sin cultivo. Fueron precursores del éxi- 
to agrícola de Realieó, los progresistas vecinos y colonos 
Maisonnave, Aiassa, Mulhaly, Pereira, (A. N.), Fariña, 
Rosa y otros. 

Hoy este pueblo del norte está en marcha y en esta- 
do floreciente, merced a la difusión agrícola de su de- 
partamento. La tierra se subdivide en pequeñas propie- 
dades, lo que importa un progreso regional que ha de 
hacerse sentir bien luego en la economía del departa- 
mento. He aquí un dato sugerente que nos proporciona 
el señor S., vecino de gran prestigio en Realieó y la zona 
del norte : Don Pedro Vidianco arrendó en la cercanía 
de esta población 564 hectáreas de campo al precio de 
6 pesos. Esta fracción tiene unas 60 hectáreas de monte. 
El primer año obtuvo buena cosecha. El segundo tuvo 
un rendimiento de 3000 quintales que vendió entre 14 
y 16 pesos. Este año agrícola ha sembrado 400 hectá- 
reas con un rendimiento aproximado de 10 fanegas por 
hectárea, — no hemos confirmado el dato. — Corolario 
de la prosperidad de este colono con buena estrella : que 
ha comprado el campo a la compañía Holando-Argen- 
tina a razón de 137 pesos |a hectárea, pagándolo con el 
producto de sus cosechas. 

Basta este detalle para pensar que fué ilusorio aquel 
pesimismo inicial y que no deben ser tan malas las tie- 
rras de alpataco . . . 






287 



Pe nuestra visita a Quemú-Quemú, hemos recogido 
la más óptima impresión. Es, sin duda, esta población 
una de las más progresistas de la Pampa, por la situa- 
ción topográfica que ocupa en el territorio, la calidad 
de las tierras adyacentes y la difusión colonial que in- 
forma el incremento que ha tomado la agricultura. 

Quemú-Quemú, fué fundado el 26 de julio de 1908, 
por el señor Carlos M. Madero, en campos de la señora 
Sara Unzué de Madero. Tiene actualmente en su planta 
urbana 3.500 habitantes y 3000 en el perímetro de su 
departamento. La población está, como Pico, Realicó y 
Catriló, cruzada por dos vías férreas, el Pacífico y el 
Oeste. Esta circunstancia pone al departamento en con- 
diciones inmejorables para propagar sus industrias ru- 
rales. Sus primeros pobladores merecen ser recordados : 
Nicolás Calabria, Tomás Tassone, Mariano Lamper, Gui- 
notti y Estéves, Felipe Gastelú, José M. Suárez, Marce- 
lino Arteaga, José Rivadulla, Julio Pereira, Jeremías 
Cittadini, Andrés Monje, etc. Como se ve, por los patro- 
nímicos, predominó en su origen, la población italiana 
y española. 

Quemú-Quemíí tiene hoy municipalidad propia. Sus 
calles son amplias y rectas. Dos plazas públicas, — San 
Martín y Belgrano, — dan vida al aspecto general del 
municipio con sus jardines bien arborizados. Tiene im- 
portantes establecimientos de comercio e industrias ur- 
banas. 

En los campos tributarios de Quemú-Quemú, quince 
colonias de importancia han intensificado la vida agrí- 
cola, extendiendo sus cultivos en una superficie de 170 
mil hectáreas. 



- 288 - 



El agua subterránea se encuentra a profundidades 
-que varían de 3 a 5 metros. 

Entre los establecimientos rurales de Quemú-Quemú 
más importante, figura La Enriqueta, con 2.500 hec- 
táreas, campo alfalfado y dividido en 15 potreros. Esta 
propiedad dedica sus praderas a la crianza de vacunos, 
tipo durliam mestizado y caballar hackney. 

Es digno de mención el importante criadero de aves 
de La Enriqueta, con magníficos planteles y reproducto- 
res de pedigree. 

Pero el establecimiento de verdadera significación 
■en la zona es San Alberto, a cuatro leguas del pueblo, 
propiedad de la sucesión de don Alfredo Peña y funda- 
do en 1907. 

San Alberto se extiende en una superficie de 14.000 
hectáreas, es decir, más de cinco y media leguas de 
campo. Esta inmensa pradera, alfalfada en su totalidad, 
está dividida en 50 potreros con 46 molinos. 

Para darse cuenta de la importancia de esta gran 
invernada, basta saber que pacen en aquel fundo alre- 
dedor de 15.000 cabezas de ganado vacuno, tipo durham 
en su totalidad. 

Otro establecimiento digno de mención, es San Ra- 
fael, de don Tomás Echenique, uno de los primeros po- 
bladores de la Pampa. 

Comprende este campo una superficie de 2.500 hec- 
táreas cultivadas con alfalfa y pobladas con ganados 
bovino y ovino, de noble mestización. 

San Rafael, dividido convenientemente en cuadros de 
invernada, está cercado con alambrados de seis hilos li- 
sos y dos de púa. 



— 289 — 



La Delicia es otro establecimiento de industrias mix- 
tas propiedad de don Santos Vivalero. En este campo 
de 1.200 hectáreas, hay un monte frutal y viñedo que han 
dado excelentes resultados. 

En compañía de don Modesto Caretto, intendente mu- 
nicipal de Quemú-Quemú, giramos la población, sorpren- 
diéndonos agradablemente los progresos de la edifica- 
ción y el buen orden edilicio que dan idea de la comuna 
progresista. 



La Pampa — 19 



CAPITULO XXX 



En viaje a Victorica. — Los bosques de calden 
en Conbello. — Las parvas de leña en Luán 
Toro. — El paisaje silvestre. — Eemlniscen- 
cias montaraces. — El rancho cimarrón. — 
Vacadas criollas. — Los campos de Victorica. 

— Los primeros alfalfares. — Don Máximo 
García, precursor en los cultives forrajeros. — 
80.000 hectáreas de alfalfa. — Lo que cuesta 
una hectárea de cultivo. — El maíz. — Loa 
primeros ensayos de trigo, base de la futura 
corriente colonizadora. — Lo que hace don En- 
rique Kenny en su campo La Fe. — Los ga- 
nados en la región de Victorica. — 250.000 
cabezas de vacunos, como cantidad aproximada. 

— Las razas ovinas lincoln y rambouillet. — 
2.000.000 de kilos de lana cosechada este 
año. — Movimiento comercial. — Los benefi- 
cios del Banco de la Nación. — Hacia la agri- 
cultura, industria cardinal de Victorica. 



Después de visitar diversos pueblos de la línea de 
Pico, hemos pasado a Victorica. En la proximidad de 
Conhello comienzan los montes de caldéu, de vegetación 
uniforme. Está la comarca en plena explotación. La le- 
ña, en parvas interminables, se alinea junto a los alam- 
bres del ferrocarril. En Luán Toro, el stock de conside- 
ración, aguarda tren rodante para volcarse en la capi- 
tal federal. Cruzamos las «hachadas» de Marti de Paz y 
Tronconi. Las industrias agropecuarias poca vitalidad 
dan todavía a la zona. Se está en la faena primitiva de 
descuajar el bosque para entregar los campos a la ro- 
turación. 



■¿.91 



El día es espléndido. Se visten de alegría el cielo 
azul, el monte y la pradera. El cardo asnal levanta sus 
mitras constelando de pompones el campo de tréboles y 
gramillas. El paisaje silvestre se tonaliza de vez en 
cuando con el pequeño alfalfar, el desmonte, el labran- 
tío. Muy de tarde en tarde, asoma de entre el monte 
tupido, un ranchujo cimarrón, mezcla de toldo y de 
vivienda suburbana. El terreno se quiebra en collados, 
pero sin brusquedad, con elegancia. En algunos potre- 
ros advertimos la vacada de criollos, de tipos torvos y 
violentos, pero con las primeras intentonas de mestiza- 
ción; algún rebaño pampa, a medio seleccionar y algún 
hato caprino triscando alegre entre los árboles. 

No es necesario descender del tren para dar juicio 
sobre la aptitud de los campos. La cebadilla agreste, 
difundida en copiosos matorrales, nos habla con elo- 
cuencia de la fertilidad del suelo. Las lluvias de este 
año han sido frecuentes y abundosas. 



* * 



Los campos de Victorica, por sus condiciones agro- 
lógicas, son buenos para cultivos de forrajeras. La tierra, 
arenosa y morena, es propicia a la alfalfa. 

Los primeros alfalfares los inició en la región y en 
1898, don Máximo García. Estos ensayos en su estableci- 
miento Carro Quemado, fueron una comprobación. Le 
siguieron en la prueba, don Alberto Sidebottom, en La 
Isabel ; don Alfonso Capdeville, — el pujante francés, — 



293 — 



en sus campos de Telen; Yon Bemard, en Poitahue y 
Armando Lernoud, en La Morocha. Actualmente la su- 
perficie alfalfada de Victorica puede calcularse en una 
extensión de 80.000 hectáreas. 

Sin duda alguna, el más empeñoso cultivador ha sido 
don Máximo García, quien por la excelencia de sus 
semillas, obtuvo premios de valía en el concurso organi- 
zado por el ministerio de agricultura en 1909, y en los 
de la Bolsa de Cereales de 1910 y 1913. 

Para el cultivo de una hectárea de alfalfa en Victo- 
ri<;a se calcula una inversión de 30 pesos. Por las faenas 
de arar, sembrar y rastrear, se paga 8 pesos. Se da, ge- 
neralmente, tres cortes anuales, destinando el primero 
para semilla, cosa de que si fracasa se pueda asegurar 
el segundo. La alfalfa se acondiciona en parvas y almia- 
res. No se han ensayado aún ios silos en esta región, 
debido a que los resultados del forraje, en estos tres úl- 
timos años, — salvo el presente, — han sido precarios, 
por escasez de lluvias. 

El maíz se cosecha con éxito en toda la comarca. 
Predomina el tipo de maíz amarillo. 

Este año se han iniciado los primeros tanteos en tri- 
gos, con pequeñas extensiones de 100 y 200 hectáreas, 
en ruso y barletta. Y a fe que este cereal y su poco de 
avena, han dado rendimientos alentadores. Son italia- 
nos, españoles y criollos los labriegos que acaban de ten- 
tar esta nueva orientación para los cultivos rudimenta- 
rios de la comarca. De este ensayo arraneará la corrien- 
te colonizadora que ha de iniciar la evolución agraria 
en Victorica. 

— Quien está poniendo mucha atención en estos pre- 



— 294 



liminares agrícolas, — nos dice el gerente del Banco 
de la Nación, — es el señor Enrique Kenny, en su cam- 
po La Fe. El señor Kenny ha traído colonos del sur 
de Buenos Aires. Su ubicación es reducida pero ha re- 
sultado eficaz. Son tres familias, solamente, las fun- 
dadoras de la chacra, con un cultivo de 300 hectáreas. 
El trigo y la avena prometen dar óptimo rendimiento. 
Con tan buenos auspicios, el propietario del campo au- 
mentará sus colonos el año entrante. El campo La Fe 
está situado a seis leguas del ferrocarril. El señor Ken- 
ny no cobra arrendamiento por el campo destinado a 
agricultura. Lo hace, simplemente, a título de ensayo. 
La industria ganadera tiene viejo arraigo en la zona. 
En materia de ganado vacuno, la tecnificación comien- 
za hace quince ~años, con los primeros tipos importados 
en toros y vaquillonas. Actualmente predomina el tipo 
durham. Se calcula en más de 250.000 el número de ca- 
bezas en el departamento. Estas haciendas se destinan 
a los mercados del litoral y a frigorífico. Como un dato 
significativo sobre el mercado de haciendas, diremos 
que en los remate-ferias de Telen y Victorica, se transa 
mensuales, sobre totales de 1000 cabezas como tér- 
mino medio, exclusión hecha del ganado lanar. En ovi- 
no, se ha reformado mucho también, con cruzas de 
lincoln y rambouillet. Las majadas aborígenes, salvo 
uno que otro plantelito de propiedad de criadores re- 
trógrados, están de Santa Isabel y Colonia Mitre para 
afuera. Son limpias, en general, las lanas de la zona. 
Hay un poco de roseta, sin embargo. No hay abrojo 
grande. No hay garrapata. No hay lombriz. La sarna es 
benigna, y para ello tienen los establecimientos sus co- 



295 — 



modidades zootécnicas. La cosecha de lana este año efitá 
calculada en 2.000.000 de kilos. Los últimos precios al- 
canzados hasta ahora, — escribimos este capítulo a prin- 
cipios de noviembre, — han oscilado entre 20 y 25 pesos. 

Creemos que bastan estos apuntes como semblanza 
general del departamento. La tierra es generosa y feraz, 
apta como la mejor del territorio para las industrias 
rurales. ¡ Lástima que no esté lo suficientemente subdivi- 
dida ! Pero las necesidades agrícolas han de formalizar 
con el tiempo la evolución, tonificando el progreso de 
la zona. 

El comercio regional es nutrido y honesto. Las casas 
de Victorica tienen un extendido radio de acción en el 
noroeste, llevando sus mercaderías hasta las colonias 
Mitre y Epumel y gran parte de la sección 13. Hay es- 
tablecimientos comerciales que merced a su empeñosa 
labor, y sin ser excesivos en los precios, han doblado su 
capital en un año. Uñase a esto el dato de que el Banco 
de la Nación sostiene un movimiento no inferior a 
15.000.000 de pesos, según informes oficiosos que reco- 
gemos, y se tendrá una noción aproximada de la vali- 
dez comercial de este centro. 

La evolución de Victorica es hacia la agricultura. 
Ya se diseñan los primeros albores. Departamento crio- 
llo, — el más criollo de la Pampa, — y ganadero, en con- 
secuencia, va ganando el oeste, mientras la agricultura 
de importación, se apodera de los gramillales y fraccio- 
na en chacras la heredad. La línea de Toay a Victorica, 
cuando vaya, revolucionará los predios y constelará de 
■colonias el camino. 



CAPITULO XXXI 



Cómo se pobló Victorica. — La obra del 9 de 
caballería. — El pueblo criollo. — Los prime- 
ros vecinos. — Fisonomía general de la zona 
tributaria. — El país de los ranqueles. — 
Poitaliué, centro de parlamentos y operaciones 
internas. — El rincón de Baigorrita y el valle 
feraz de Yuá-Yuá. — Los dominios de Painé. 

— Vegas próvidas, selvas, médanos y lagunas. 

— Un vallecito maravilloso. — La puerta de 
la travesía. — Hasta los derrames del Atuel 
Eanquilcó y Leuvocó. — El paraíso perdido... 

— El triunfo de las armas de la nación. — 
Victorica, primera avanzada civilizadora del 
norte. 



Terminada la campaña al desierto, había que poblar 
el país conquistado. La Pampa del norte, foco de tribus 
hoscas bajo la garra de caciques zahareños, reclamaba 
con urgencia núcleos urbanos como el primer comple- 
mento civilizador. Nuestra caballería, fatigada aun, de- 
jaba sus carabinas humeantes para cavar el cimiento de 
las poblaciones. Militar había sido el desbrozamienta 
del bosque salvaje y militar debía ser el bautismo de 
los pueblos. Nace así Victorica, el 12 de febrero de 1882, 
tutelado por las armas victoriosas del 9 de caballería. 
Es el coronel D. Eduardo Racedo quien le unge su óleo 
militar, en unión de sus compañeros de annas, coronel 
Ernesto Rodríguez, comandantes Sócrates Anaya, Froi- 
lán Leiria y otras figuras descollantes de la cruzada. 



— 298 — 



Era a la sazón ministro de la guerra, el general don 
Benjamín Vietoriea. El pueblo criollo cuyos primeros 
vecinos proceden de Mercedes de San Luis, recibe el 
legado de las armas dispuesto a desenvolver sus ener- 
gías y a apresurar la colonización del vasto territorio. 
Era la simiente de la pacificación llevada por la guerra 
y que debía germinar en rama de olivo entre los campos 
agrestes y los bosques del norte. Y en verdad, que no 
podía el ejército haber elegido un punto más estratégico 
y central para la fijación del núcleo urbano. 

Abarquemos en una ligera reseña el amplio panora- 
ma de la heredad indígena, donde estaban aún frescas 
las huellas de la salvaje dominación. Poitahué, vecino a 
Victorica, puede considerarse el punto de irradiación 
de aquel dominio bárbaro. El paraje es boscoso, lleno 
de quiebras y circundado de médanos. Las selvas se es- 
calonan en anfiteatro hasta empenachar las más altas 
colinas. Allí, desde tiempo inmemorial, se consagraron 
las más sonadas aventuras indígenas, alianzas y parla- 
mentos y se tramaron las más bravas invasiones a tierra 
de cristianos. Fueron estas selvas, metrópoli gubernati- 
cia en la bárbaro e institucional y gran mercado de tran- 
sacciones en el comercio y la ganadería. Hasta allí vinie- 
ron l-"* plenipotenciarios del Limay, de Mendoza y de 
^itra cordillera a transar convenios «internacionales» 
y legislar sobre los campos sin fronteras; y vinieron 
también arrieros y negociantes a comprar ganados y 
cargar en sus recuas con la sal de las lagunas. Hacia el 
sur oeste, donde el bosque se diluye en aislados mato- 
rrales, dos lagunas, como dos broches de plata, cierran 
la herradura de los médanos. Allí tenía el cacique Quin- 



— 299 — 



chao su aduar, como un carcerbero puesto en guardia 
junto a los primeros árboles de la selva mitológica. 
Desde la cresta de las lomadas vecinas, la vista abarca 
un dilatado horizonte. Hacia el sureste se abre, otra vez, 
el bosque infinito y espeso. Es el Rincón de Baigorrita 
entre cuyas tupidas arboledas supo, el famoso cacique, 
buscar refugio como un gato montes. Más allá una hon- 
donada ; luego un médano. Después, una laguna, — Me- 
tero-Quett, — abundosa mina de sal común. 

Se entra después en la tierra próvida : Yuá-Yuá. Fué 
en este valle feracísimo donde Painé había asentado su 
pueblo. Tierra rica en humus, se prodiga en gramíneas 
silvestres y en pintorescas perspectivas. Levantada la 
tienda aborigen, nuestras tropas encontraron cebadales 
sembrados en forma rutinaria pero florecientes. De este 
oasis, que suponemos invernadero promisor para las ca- 
balladas indígenas, pudo decir el doctor Benjamín Du- 
pot, cuando en 1879 lo cruzó con las tropas del coronel 
don Rudecindo Roca : «De todos los terrenos que hemos 
recorrido, desde Villa Mercedes de San Luis hasta aquí, 
92 leguas, es el más feraz éste, pareciendo que fuese fe- 
cundada la tierra artificialmente». 

Pero este valle no es más que un anticipo de la vega 
fértilísima que sigue al sur espaldada en semicírculo 
por las colinas de Calpe y Curru-Mahuida, que corren 
paralelamente de noreste a suroeste y donde, en previ- 
sión del árido desierto que vendrá después, la naturale- 
za parece que hubiera desbordado en gracias. Lástima 
que es breve el solar valletano. Pero es nutricia y es 
húmeda su tierra, y basta una lluvia tímida para ta- 
mizar de verdira el prado. Aquí se abre el horizonte so- 



300 - 



bre la travesía como una puerta infranqueable que los 
indios denominaron Huin-eul. 

Desde allí hasta los derrames del Atuel, sobre las are- 
nas del Chadi-Leu\nií, el terreno se presenta fragoso y 
desigual, ora lleno de dunas errátiles, ora salpicado de 
jarillas y piquillines precarios, ora con praderías fér- 
tiles pero amargas, ora con sotos exiguos pero poblados 
de gramillas y tréboles de olor. 

Pero no es esto todo el vasto país que dominaron los 
ranqueles. Hacia el norte y hacia el sur y hacia el este 
llevaron la fuerza brutal de su poderío, Y si nómades 
fueron sus correrías, no fué por la pobreza de sus valles, 
que no convivieran la tierra propia, en los afanes del tra- 
bajo remunerador. Guerreros por casta, sañudos y anda- 
riegos por modalidad, no era el sedentarismo de la labor 
agraria el que había de poner freno a su vida gandul. 
Con invernadas fértiles ¿a qué razón intentar el labran- 
tío, si era más fácil poner por delante de sus potros los 
ganados ágenos y alcanzar la inmensidad de los bos- 
ques y las vegas recónditas? ¡Ah si hubieran sido sose- 
gados y trabajadores como los indios de la meseta! La 
misma facilidad de la vida sobre la tierra fértil y bajo 
el sol benigno, contribuyó a entorpecer su propia étni- 
ca, trabajada en la guerra y en la rapiña del pueblo 
araucano, su antecesor. Y hubieron de perder su pa- 
raíso porque no supieron cultivarlo para vivir en paz 
a su sombra, 

¡ Sus valles ! ¡ Sus bosques ! ¡ Sus serranías ! ¡ Sus lagu- 
nas ! . . . En Kanquel-eó, exuberante pradera regada por 
su arroyo juguetón y circundada de médanos hechos, 
al azote del viento, solía Baigorrita invernar sus caba- 



501 



liadas. En Leuvucó, junto a la laguna de Ochoel, donde 
se dividía el extenso reinado con Epumer, salpicado por 
vastas selvas y claros ubérrimos, mantenía su tienda 
Mariano Rosas, mientras el predio le devolvía con trigos 
y cebada el trabajo de aventar la semilla. ¿Y Cochicó? 
¿Queréis algo más bello? Sobre este valle, santificado por 
la tragedia, un militar de la cruzada, en parte a Racedo, 
suscribió esta breve semblanza : «La naturaleza parece 
hacer alarde de sus galas. Difícil es describir la parti- 
cularidad de esa perla, — p&rmítasenos la frase, — en 
la soledad misteriosa de la Pampa.» 

Y todo lo perdieron. Quedó la inmensa heredad 
abandonada. Las tolderías deshechas. Creció la maleza 
en las vegas inactivas y ansiosas de ganado. Se cubrie- 
ron de maraña los senderos ocultos que se retorcían co- 
mo serpientes hasta el corazón de las selvas. Y cuando 
la civilización, legataria del esfuerzo armado, quiso re- 
coger el premio de su gran conquista, pensó en que la 
obra inmediata de esta depuración debía llevarla la co- 
lonia. 

Así nació Victorica, primera avanzada civilizadora 
en el país de los ranqueles. 



CAPITULO XXXll 



La primera impresión de Vlctorlca. — El monn- 
mento a los liéroes de Cochicó. — Una jomada 
memoral)le. — Bemembranzas históricas. — 
Partes del coronel Bacedo al general Boca. 
— La dominación ranquelina. — Baigorrita y 
Epumer. — La persecución accidentada. ■ — 
Desde Curru-Mahuida a Cochicó. — El jagüel 
de las Liebres. — La muerte de Baigorrita. — 
La Boberania de los ranqueles y el bandidaje 
circunstancial. — Guerra sorpresiva. — La ac- 
ción de Cochicó. — Un puñado de veinte y sei» 
Yancamil. — Los héroes humildes. — El tri- 
hombres lucha contra cuatrocientas lanzas dr 
buto de la posteridad. 



La primera impresión agradable que nos da Victo- 
rica, la recogemos en la plaza pública. Es el obelisco a 
los héroes de Cochicó, mojón más que monumento, don- 
de el alma popular ha significado su espontánea glori- 
ficación al puñado de valientes que cayó en la jornada 
del 19 de agosto de 1882, inmolado por las lanzas de 
Yancamil. ¡Loado sea el pueblo que venera a los hu- 
mildes ! 

Sin duda, historiadores rotundos, ignoráis esta sen- 
cilla jomada del desierto, que venía a epilogar con la 
nota más cruel y más saliente la campaña civilizadora. 
El episodio de Cochicó, trivial para los resultados gene- 
rales de la cruzada, tiene una significación trascenden- 
tal dentro del espíritu de disciplina del ejército. De- 
muestra, además, con harta elocuencia, la necesidad de 



— 304 — 



complementar el éxito de las armas, con una política 
gubernamental auspiciosa, que llevara sobre el rastro 
de las tribus en dorrota, vigilancia, cultivos y pobla- 
ción. 

El coronel Racedo, con asiento en Villa Mercedes, 
en parte telegráfico de 25 de noviembre de 1878, decía 
al ministro de la guerra, general Roca: «Le felicito por 
el resultado de la expedición del comandante Roca. Ella 
ha sido tan feliz como la mía. Poco queda que hacer 
con los ranqueles.» Roca le contestaba dos días des- 
pués : «Me parece conveniente que usted en persona di- 
rija la operación de concluir con los ranqueles. Vayase 
preparando y avíseme qué día piensa salir. Creo que 
ahora estas marchas deben hacerse despacio para no 
fatigar los caballos. No deje perder esta luna. Le re- 
comiendo me lo trate bien a Chancalito.» 

Sin embargo, lejos estaban de concluir con la sal- 
vaje dominación. Era muy vasto el país ranquelino, 
muy lleno de accidentes topográficos -y variado en re- 
cursos naturales para que pudiera descuajarse de golpe 
aquel imperio montaraz. Faltaban por caer los sobera- 
nos Baigorrita y Epumer. Las armas de la nación, de- 
masiado hacían en aquel inextricable laberinto, desde 
los altos médanos de Poitahué hasta los guadales del 
Salado, en una extensión salpicada de bosques espesos, 
de lagunas salobres, campos abiertos, dunas y collados. 
Por fin cae Epumer con su mesnada de 300 jinetes de 
chusma y lanza. Es el día 7 de enero de 1879 y lo comu- 
nica Racedo desde Río IV. Abandonan los aborígenes 
sus viejas guaridas y se retiran al Ohadi-Leuvú. Pero 
falta Baigorrita. ¡ Baigorrita ! Contra él se lanza el jefe 



305 



de la vanguardia de la tercera división de operaciones, 
coronel D. Rudecindo Roca y lo persigue a lo largo del 
Salado hacia el sur. En Curru-Mahuida, le da un indio 
la noticia de que el fugitivo con sus fieles, ha vadeado 
el río y el Atuel. Se sigue los rastros. Se costea una ce- 
rrillada de médanos. Se cruza el abra. Luego el monte 
hirsuto. Pero ahí está el río lleno de braveza, hinchando 
el lomo y guarnecido por el tembladeral. ¿Quien se azo- 
ta!. . Tina de las comisiones volantes aiiuncia, por la 
delación de un indio, hermano del capitanejo Mariqueo, 
que Baigorrita debe estar junto a la laguna de Co- 
chieó. Hay que volver entonces diez y seis leguas por 
lo menos. Allí ha de estar el montesino, el ogro, con su 
hermano Lucho que es su sombra y su brazo. Y hacia 
Cochicó fueron nuestras armas. Penosa debía ser la 
travesía. Los derrames del Atuel habían invadido con 
su raigambre de cañadones una extensa superficie. Diez 
horas permanecieron nuestros bravos en el agua un 
día 25 de mayo frío y ventoso. Pasaron por fin aquel 
delta endemoniado. Ganaron una isla, ateridos y ham- 
brientos, para recomenzar la jornada al día siguiente, 
no bien se iniciase el sol. ¡ No había que dar tregua al 
fiero ranquel! El 27 se gana el rastro de Cochicó. Cru- 
zan el bosque de chañares y jarillas y van a acampar 
a la vera de la serranía. Allí se muda caballos y se vuel- 
ve a tomar el camino hasta la laguna amarga. Un chas- 
que del capitanejo Cumilao, sorprendido en el monte, 
denuncia la situación de Baigorrita en Cochicó. Alh 
está con Lucho, Fortuna y Cumilao. Pero, no contaban 
nuestras tropas con la astucia del indio, que es su natu- 
raleza providencial. Baigorrita ha huido horas antes, al 



I, a Pampa — iO 



— 506 — 



otear como una fiera perseguida, la proximidad del 
ejército. ¿Hacia dónde? A Ranqueló, sin duda. Pero no 
se detiene aquí y vuelve nuevamente a burlar a sus per- 
seguidores, emprendiendo la fuga hacia el Colorado. 
Le garronearán las pezuñas los ginetes del 9. Pero fué 
inútil. El gamo había nacido en las breñas y tenía el 
instinto ancestral del bosque. Se escurrió como una 
sabandija. 

— ¿Ve esa humareda? — le preguntó al coronel Roca, 
un ex-cautivo que se plegó a las tropas frente al ja- 
güel de las Liebres. — Es Baigorrita que avisa a sus 
indios dispersos, encontrarse en la otra ribera del Co- 
lorado. 

Dos meses después, en agosto, el gobernador de 
Mendoza, Don Elias Villanueva, comunicaba al general 
Roca la muerte del ranquelino. «Cayó Baigorrita en 
poder de las fuerzas, después de combate reñido. Huyó 
con diez indios, y el mayor Torres que lo perseguía, lo 
mató porque no quería rendirse.» 

Este episodio ocurrió el diez de agosto a la margen 
del río Agrio. 






Con la muerte de Baigorrita y el sometimiento de 
grado o por fuerza de los grandes caciques, termina el 
imi^erio pampásico como entidad subordinada a la so- 
beranía indígena. Pero no. así el bandidaje desalmado 
en algunas comarcas. El país ranquelino, quebrado y 



— 307 — 



fértil, lleno de bosques, de médanos, de serranías y gra- 
millales, era de fisonomía excepcional para prolongar 
las montoneras. El chusmaje aborigen, capitaneado por 
los útimos lanceros que restó la huida en los repliegues 
del camino, por largo tiempo merodeó en la comarca 
sometida, no obstante el optimismo de los conquistado- 
res. Y precisamente, a la guerra sorpresiva que siguió 
a la acción sistemada, pertenecen los más bellos y emo- 
cionantes episodios militares. El encuentro de Cochicó 
que trata de perpetuar este monumento honrado y glo- 
rificador de la plaza pública, tiene los contornos de la 
epopeya. Se suscribió así aquella jornada de sangre y 
de valor. El el mes de julio de 1882, cinco meses después 
de fundado el pueblo de Victorica, el comandante Froi- 
lán Leiria, segundo jefe del regimiento 9 de caballería, 
desplegó al mando del mayor Nicolás Santerbó en per- 
secución de los indios, una parte de la fuerza de su guar- 
nición. Cuando estas tropas llegaron a Puelen, es decir 
a cincuenta leguas de Victorica, su jefe desprendió una 
partida de 26 hombres al mando de los oficióles teniente 
Tránsito Mora y alférez indígena Simón Martínez. Esta 
fuerza, con carácter de exploradora, debía patrullar por 
Cochicó («cochi», dulce; «co», aguada) y sus alrededo- 
res. Conocedores los indios de esta maniobra, tendieron 
su celada. Cuatrocientos ginetes, apostados en las bre- 
ñas y en el monte, salieron al encuentro de los atrevi- 
dos exploradores. Eran las lanzas del bravo cacique 
Yancamil, cuyas depredaciones y salteos no {habían 
encontrado castigo todavía. ¡Qué lejos estaba Santerbó 
para el auxilio ! Rodeado Mora y sus legionarios, lucha- 
ron denodadamente en aquella demanda desigual de 



308 — 



uno contra quince. Agotadas las municiones, inutiliza- 
das sus armas blancas ante las largas prcas y las bolea- 
doras, hubieron de pelear hasta con las piedras. ¡ Qué 
dolorosa ultimación ! Cuando Santerbó, avisado del en- 
cuentro, llegó al lugar de la jornada, habían pasado a 
la inmortalidad sus héroes bajo' la envoltura sangrienta 
y gloriosa. Recordemos sus nombres : Cabos primeros 
del regimiento 9, Matías Rosales y Miguel Cardoso ; ca- 
bos primeros distinguidos, Juan Suárez y Juan Már- 
quez ; soldados Tiburcio Vergara y Liberato Paez ; cabo 
primero del batallón 10, Francisco López, y soldado 
Dolores Amalag. 

Tal fué el episodio de Cochicó. Tal el monumento 
sencillo que la gratitud popular ha llevado a la plaza 
pública. Los despojos de los héroes humildes descansan 
en el atrio de la iglesia. Allí se levantará el monumento 
futuro, grande y significativo como la propia acción. 
Y cuando la Pampa, dejando su minoría de edad, se 
incorpore a la diadema constelada como una nueva pro- 
vincia, — i gran provincia, sin duda ! — y necesite fo- 
mentar el culto de los héroes propios, ya el sentimiento 
nativo volverá sus ojos al vallecito aquel, donde dos 
arroyos, que se tiran como dos culebras del cerro, po- 
nen sus cintas de plata sobre el verde tamiz , . . 



CAPITULO XXXIII 



tJn error capital en la fundación de Victorica. — 
Los campos de la Ganadera Nacional. — Man- 
zanas, chacras y solares. — Los primeros cer- 
tificados de posesión territorial. — La ley de 
escrituración y el título provisorio otorgado 
por la municipalidad. — Odisea de la propie- 
dad privada. — Un decreto injusto contra una 
ley ambigua. — Cómo se coarta el florecimien- 
to de una población. — Un «atentado legal». — 
Vecinos que pagan cuatro veces el precio de 
su tierra. — Los paliativos de la dirección 
de tierras y colonias. — Los casos de la sar- 
gento mayor doña Carmen Orozco y don Luis 
Gómez. — Un alegato interesante: el templo 
parroquial contra la biblioteca. — Hay que re- 
parar el error y otorgar escrituras definitivas. 



Hubo un error capitalísimo en la fundación de Vic- 
torica. La falta de un estudio catastral del terreno y la 
deficiencia de las cartas planimétricas levantadas frac- 
cionariamente por el ejército, marginaron errores de 
ubicación que acarrearon graves consecuencias. Victo- 
rica se delineó sobre campos de la Ganadera Nacional, 
en la creencia de que se trataba de patrimonio del fisco. 
Este error hubo de subsanarse con una ley nacional que 
indemnizó con largueza el acervo privado. Pero ya el 
centro urbano, subdividido y loteado, estaba en marcha 
y su trasplante hubiera sido un fracaso. El agua buena, 
casi al ras del suelo, — de 5 a 8 metros de proñmdi- 
dad, — era su principal incentivo. Sus predios suburba- 
nos, por lo demás, eran dóciles a la labor, blandos y fe- 



310 — 



races, con condiciones de primer orden para los culti- 
vos hortícolas. El égido original comprendía 248 man- 
zanas, divididas en cuatro solares cada una y 150 lotes 
de chacra de 100 hectáreas. 

Cuando la obra miliciana tocó a su término y fué 
menester retirarse y entregar el nuevo pueblo a la ac- 
ción civil de sus autoridades, los jefes pobladores, auto- 
rizados por la superioridad, entregaron a las tropas, 
certificados por los cuales se les concedía en propiedad 
solares y chacras. Los héroes, sustanciada tan brillan- 
temente la campaña, buscaron el abrigo del rancho pro- 
pio, trocando el fusil por el arado. Confiados en la 
modesta recompensa, construyeron sus poblaciones, la*- 
braron sus dehesas, y esperaron que la escritura, que 
era lo propio, canjeara en definitiva el certificado even- 
tual. Pero, como aquel comisario pagador, largamente 
esperado por los milicos de la frontera, la escritura no 
llegaba nunca ni ha legalizado todavía la posesión 
del solar. . . 

Con incertidumbre, con pesimismo, frente a la re- 
gresión propia del que cultiva para que coseche el ve- 
cino, se inicia la odisea de aquellos hombres de labor 
arraigados al suelo, firmes en el rudo bregar, pero 
huérfanos de todo estímulo y de toda protección. Se re- 
gistra, por fin, una ley confiriendo atribuciones a todos 
los municipios de la Pampa para conceder y escriturar 
las tierras perimetrales a los pobladores que estuvieran 
dentro de la ley, — es decir que hubiesen alambrado, 
poblado y hecho un pozo dentro de la posesión. — Pero 
esta legislación fué, sencillamente, un paliativo. Concu- 
rrieron los pobladores de Vietorica. -La intendencia lea 



311 



-dio títulos, pero títulos provisorios que no pudieron 
canjearse por definitivos. 

¿Qué hizo el gobierno nacional después? Anula la 
ley con un decreto y procede con el criterio más injusto 
y desprovisto de toda equidad, a la anulación de las 
tierras del égido y a ponerlas nuevamente a la venta. 
Victorica había pasado ya sus días de prueba. Su in- 
fancia, difícil y gloriosa, se trocaba en floreciente ju- 
ventud. No era ya la alquería de los primeros tiempos. 
Era el núcleo social, lozano y fuerte, que no podía de- 
tenerse en el remanso como la piedra del arroyo. El con- 
glomerado de casas, había alcanzado su tonificante edi- 
lidad. Era fuerte su comercio, fácil su vida, manifiesta 
su prosperidad y su labor. Casas de mampostería en 
reto a los ranchos fundadores, carreteras expeditas y 
-ampliadas por el tráfico, irradiando como un sistema 
arterial por la inmensa campiña ; plantaciones y arbola- 
dos, estancias y sembríos. Tal era el exponente de aque- 
lia joven población, cuya influencia debía pesar en for- 
ma definitiva sobre el dominio conquistado, ansioso de 
civilización. 

Pero estos títulos no debieron ser suficiente timbre 
de honor para el gobierno nacional, que en forma tan 
inconsulta borraba de un plumazo el sacrificio de aque- 
llos valientes pobladores. Se puso en vigor el decreto, 
violatorio de la ley. Volvió a transarse la tierra. Y co- 
mo la mayor parte del vecindario había poblado de fir- 
me, muy pocos pusieron resistencia a este «atentado», 
que venía a poner cada propiedad frente al remate com- 
pulsivo por deudas ilusorias al fisco ... Y se dio el ejem- 
plo, poco edificante para el Estado, de que hubo propie- 



312 — 



tario que pagó más de dos veces su solar, siendo notoria 
el caso de doña Carmen Orozco, la sargento mayor del 
ejército expedicionario doña Carmen Orozco, — ¡ oidlo 
bien! — esposa de militar, quien ha pagado cuatro ve- 
ces el valor de su propiedad. ¡ Ingrata patria ! . . . 

Por repetidas veces la dirección general de tierras, 
mandó sus inspectores en tren de investigación más que 
de arreglo. ¿Qué se ha hecho hasta ahora? Nada. Los 
pobladores siguen reclamando infructuosamente sus de- 
rechos, a pesar de haber cumplido con la ley. Esta cir- 
cunstancia, de inestabilidad posesoria, imposibilita las 
operaciones bancarias y comerciales, por la dificultad, 
en caso necesario, de disponer como responsabilidad, de 
la garantía raíz que es lo corriente en esta clase de tran- 
sacciones. 

Un caso concreto y que da la pauta de este desbara- 
juste, es el ocurrido a don Luis Gómez, viejo poblador 
de Victoriea. Gómez, que tiene. una hermosa casa edifi- 
cada, posee dos títulos de propiedad de su terreno : uno, 
firmado por la municipalidad; otro por el ministerio de 
agricultura (dirección de tierras y colonias). Un buen 
día recibe este poblador una nota de tierras y colonias 
compeliéndole a que en el término de treinta días «arre- 
glara su situación». De otra manera se daría por cadu- 
cada su ubicación en el terreno. ¿Qué situación? ¿Se 
pretende, acaso, que este progresista vecino pague por 
tercera vez su terreno? ¿O es que esta odiosa situa- 
ción no lleva miras de acabarse nunca? 

No deja de ser interesante este otro caso : la /manza- 
na donde está la municipalidad, la biblioteca y el tem- 
plo parroquial, frente a la plaza, fué edificada por el 



313 



ejército y con el contingente de algunas dádivas parti- 
culares. Allí estuvo el cuartel del 9 famoso. La iglesia, 
que aparentemente tiene zanjada su situación posesoria, 
mediante una escritura otorgada por tierras y colonias, 
tiene, según este documento, derecho a todo el solar de 
50 X 50. Con esta superficie invade el local de la biblio- 
teca, ¿Irá la biblioteca a la calle con sus 3000 volúmenes 
y su gran simpatía popular ? Sería curioso . . . Pero ha 
de primar el buen tino, y el obispado platense, a cuya 
diócesis corresponde este templo, no ha de permitir el 
alegato entre tan altas instituciones. 

Debe terminar de una vez este estado inestable de 
la propiedad privada, que tanto afecta al desenvolvi- 
miento de Victorica. El presidente de la República, Dr. 
Hipólito Irigoyen, que con austera equidad, se ha avo- 
cado el conocimiento y solución de los viejos escándalos 
de la tierra pública, debe tender sus ojos a este pueblo, 
lleno de esperanza y de gloria, reparar el error de los 
predecesores y darle de una vez el poco de justicia que 
reclama. 

Hasta él elevamos nuestra queja, solidarizados en la 
demanda común. 



CAPITULO XXXIY 



El porvenir agrícola de Victorica. — La viña y 
sus industrias derivadas. — Los parralitos ur- 
banos. — Visitando viñedos. — En la quinta 
de don Pascual Mazzuco. — Cuatro racimos 
con 16 kilos de peso. — Los viduños fujidado- 
res. — Sarmientos de Villa Mercedes. — Du- 
razneros, perales y almendreros. — Con don 
Domingo Lemme, entusiasta viñador. — La mos- 
catel rosada. — La quinta de don Medardo 
Bustos. — Las colonias ganaderas del noroeste. 
— Easgos de los últimos criollos. . . — Una 
semblanza. — La colonia Epumel. — Error de 
ubicación. — Efectos de la falta de agua. — 
Los campos vecinos. — La colonia Mitre, del 
cacique Morales. 



El porvenir agrícola de Victorica tendrá iin valiosí- 
simo factor en la viticultura, y en consecuencia la in- 
dustria derivada del vino. Es excepcional su tierra para 
esta clase de cultivos. El obstáculo, que puede salvarse, 
tratándose de extensiones reducidas, es el régimen de 
las lluvias. Las lluvias no obedecen a una regulariza- 
ción más o menos aproximada. Pero esta condición me- 
teorológica del clima, tiene su compensación con el rie- 
go artificial y el molino. Puede asegurarse que casi no 
hay quinta ni propiedad urbana que no tenga su parra- 
lito o su espaldero. ¡Y qué productos! Un hortelano, 
cuya finquita es un pequeño paraíso, — el italiano Pas- 
cual Mazzuco, — envió hace algunos años al general 
Victorica, cuatro racimos, hijos de una moscatel rosa- 



— 516 



da ya provecta. Diez y seis kilos bien medidos pesaba 
esta lujuriosa cosecha. 

Los viduños fundadores, primitivos como los jáe 
Noé, datan de veinticinco años atrás. La crónica de en- 
tonces trae hasta nosotros la nómina de los ensayado- 
res : Domingo Lemme, José Ares Bustelo, Inocente Re- 
bollo, Pascual Mazzuco. Después prosiguen Medardo 
Bustos y otros. Popularizado el éxito, se difunde los 
cultivos, se tecnifica las clases, sé perfecciona las ins- 
talaciones y se organiza viveros con buen resultado. Es- 
ta comprobación tienta a la empresa. Y por ahí queda 
en arreglos una cooperativa que hubo de sentar tienda 
con capitales y prácticas adquiridas en Mendoza. 

De muy buen grado visitamos los viñadores de sig- 
nificación, distribuyendo nuestra mañana entre las 
huertas de Mazzuco y de Lemme. 

Mazzuco tiene una hectárea que compró en 1897. Po- 
see además, una chacra de 88 hectáreas, sobre la que no 
le ha caído en gracia, como a todos, el título definitivo. 

— ¿Cómo inicié mi viñedito? — nos dice con modes- 
tia. — Pues, desde Mercedes de San Luis hice venir un 
manojo de sarmientos. Eran diez varillitas de moscatel 
blanca y negra. Llegaron en diligencia. Las planté y 
rindieron. Las podas de esas plantas me sirvieron des- 
pués para extenderme. Ya Ve usted. Y no están tan mal 
que digamos. ¿No le parece? El año pasado me las dejó 
arruinadas la langosta. No me quejo este año. . . 

Y en verdad que están pampanosas y frescas las vi- 
des. No obstante, de vez en cuando, la mirada investiga- 
tiva descubre entre el follaje alguna hoja donde la an- 
tragnosis ha puesto su carcoma color de tabaco. Pero 



— 317 — 



€S sencilla la profilaxis para^ el parral enfermo y Maz- 
zu<ío, que es horticultor de cepa, sabe utilizar los recur- 
sos del sulfato y la cal para prevenirse. 

Están magníficos los perales y los almendreros. El 
duraznero no da los resultados apetecidos en la comarca. 
Vive cuatro o cinco años. A los dos produce fruta. Lue- 
go se achaparra y se muere. Mazzuco opina que es por 
la flojedad de la tierra. Los almendros sí que rinden y 
se vuelven viejos. De cuatro plantitas que tiene por vía 
de ensayo, ha recogido el año anterior cuatro bolsas de 
45 kilos cada una. 

Estos datos sencillos y veraces, son una comproba- 
ción de la excelencia agrológica del suelo para determi- 
nados cultivos. Nos despedimos de este simpático tra- 
bajador, 

Esto que usted ve, — nos dice Mazzuco al cruzar 

la huerta llena de sombra, acompañándonos hasta nues- 
tro coche, — era un monte de caldenes cuando lo adqui- 
rí. Ahora hay viñas y perales. . . Pero créame, señor, no 
se ayuda el esfuerzo y a uno se le va, a veces, hasta el 
coraje de trabajar. . . 

El viñedo de don Domingo Lemme es un parral ele- 
gante y cuidado. Parece un vergel. Se explica que medie 
más un propósito deportivo en cultivar esta plantación 
que en sacarle utilidad. Lemme es comerciante anti- 
guo y goza de buena posición pecuniaria. 

También sus sarmientos vinieron como los de Mazzu- 
co, de Mercedes. Predomina la uva moscatel, aun cuan 
do tiene un poco de francesa. 

Este vecino, uno de los hombres más caracterizados 



318 



y más antiguos de la población, tiene fe en el porvenir 
que le está reservado a la viticultura. 

Otra de las quintas que merece mención especial es 
la de don Medardo Bustos, vecina a la estación del fe- 
rrocarril y cuyo producto no sólo se relacione con la 
viña y los árboles frutales, sino con las hortalizas. Es 
un cultivo este, donde su propietario ha puesto en prác- 
tica los procedimientos aconsejados por la tecnificación 
agrícola ; y es por ello que la tierra remunera su labor 
con productos excepcionales. 



* 
* * 



La colonización ganadera en los departamentos de- 
Leventué y Chalileo, — es decir la extendida comarca 
comprendida entre Victoriea y la ribera del Salado, — 
va tomando cuerpo día a día. Los pobladores de esta 
región son, en su mayor parte, criollos. Mientras las se- 
menteras inician sus primeras tentativas, con resulta- 
dos halagüeños *en la parte oriental, adelantándose el 
ferrocarril que unirá a Victoriea con Santa Rosa, los 
hijos del país, ganaderos nativos, se aventuran al oeste 
donde abundan los campos de pastoreo. Y no se sospeche 
que es una retiseencia criolla este aspecto silvestre de la 
industria ganadera, demasiado tecnifieada en la región 
para que pudiera creciese regresiva. El criollo no es agri- 
cultor; y si con resultados exiguos ha de ser arrendata- 
rio en los campos ]iróximos al poblado, prefiere habili- 
taciones o medianerías ventajosas, lejos, eso sí, pero con 



— 319 



libertad, ¡ No es para la jaula esa ave nacida en la sole- 
dad infinita de los campos ! Y no le creáis ni hosco, ni 
atrasado, ni tímido. 

— Nuestro criollo, — nos dice un respetable vecino 
de Victorica, — se ha modificado mucho. Es generoso, 
como siempre, pero no derrochador. La vida cara le ha 
llevado a la economía sin estrechez. Ya no es el nómade 
de que habla la leyenda campesina. Se arraiga, refina y 
cuida su hacienda como el mejor ganadero. Para defen- 
der sus productos, se ha hecho comerciante. Lee o hace 
leer los precios y el movimiento del mercado. Trae sus 
animales a las ferias; y, lo que hubiera parecido increí- 
ble hace algunos años, deposita el excedente de sus ope- 
raciones en caja de ahorros del Banco de la Nación. 

Tal, en pocas palabras, es el criollo del noroeste, di- 
fundido en un setenta por ciento en la población gene- 
ral de aquellos campos. 

En lo que no ha estado acertado el gobierno es en 
la organización de algunas colonias, malogrando, des- 
graciadamente, las energías de numerosos pobladores. 
La colonia Epumel (su verdadero nombre debía ser 
Epumer), fundada hace diez años, constituyó al prin- 
cipio un foco de atracción para una apreciable masa de 
modestos ganaderos. Se loteó la tierra en fracciones 
de 600 hectáreas. Pero fué una organización a ojo de 
buen cubero, sobre el mapa, como quien dice, y desco- 
nociendo en absoluto, las condiciones de la tierra. 
No se hizo esperar el fracaso. ¡Ah de los pobres 
colonos con el agua a 100 metros de profundidad ! Fué 
doloroso el engaño bajo la sanción formal del gobierno. 
La colonia Epumel está hoy casi abandonada, a pesar- 



— 320 - 



de la oferta sedueente de ventas fáciles y por grandes 
extensiones. No podía ocurrir de otra manera en aque- 
llos terrenos donde un jagüel cuesta de 4 a 5000 pesos, 
y si es un semisurgente, algo más. 

Tal fracaso se debe única y exclusivamente a la for- 
ma inconsulta de organizar esta colonización, sin haber 
antes estudiado con empeño la calidad de las tierras j 
sus facilidades para los cultivos. Campos linderos a 
Epumel, que han sido fiscales, son hoy praderías artifi- 
ciales, debido a las ventajas del subsuelo y a la proxi- 
midad del agua. Citemos algunos establecimientos: Pi- 
chimericó. Los Manantiales, Los Cerrillos, etc., todos 
de la sección 13. 

Algo parecido a Epumel ha ocurrido a la colonia 
Mitre, cuyas tierras fueron entregadas al cacique Mo- 
rales y su tribu. El agua escasa es la remora opuesta a 
la prosperidad de este valle de tierra feraz. Sólo dos lo- 
tes de chacras son los favorecidos por pozos propicios 
y en donde la colonia encuentra, en los momentos pre- 
carios, el manantial aplacador que abrió Moisés en la 
peña del Sinaí. . . 



CAPITULO XXXV 



En la estancia La Morocha de don Armando Iier- 
noud. — El vallecito próvido. — La faena 
matinal. — En el parque. — Depatrtiendo con 
el señor Lernoud. — La ganadería de antafio. 

— Los primeros toros importadores. — Odisea 
ganaderil. — Mestización moderada y eficaz. 

— Críanza y engorde. — Los alfalfares. — 
¡Maldita sequía! — El agua subterránea y plu- 
vial. — Un alfalfar espontáneo. — Detalle su- 
gerente. — La necesidad de lluvias oportunas 
y no excesivas. — Parvas y no silos. — Un 
poco de pesimismo. — El monte de La Mo- 
rocha. 



Aprovechamos la mañana primaveral para visitar el 
establecimiento ganadero La Morocha, de D. Armando 
Lernoud, distante cuatro leguas de Victorica. El cami- 
no tenía sus trechos de pesado arenal. Ya en la tarde 
anterior, el auto que nos conducía, no tuvo fuerzas pa- 
ra trasponer el médano, acostado como un dragón so- 
bre la carretera. Y nos vimos obligados a regresar a la 
población, a pie. Pero este virlocho que nos conduce aho- 
ra es ágil y son fornidas las bestias que lo arrastran. 
Volvemos a cruzar sobre la duna brava, bordeando el 
deslinde de La Morocha hasta las primeras matas del 
gran monte. Toreemos de allí a la izquierda. A poco 
andar, la depresión del terreno, dilatándose hasta el ho- 
rizonte, se abre ante nuestros ojos en amplia vega. Aba- 
jo, en los cuadros de alfalfa, faenan los carros forraje- 
ros. La horquilla de los emparvadores levanta el henar, 



T.a Pampa — SI 



322 



oreado ya, para hacer los almiares. La estancia emerge 
como una cenefa a espalda del valle destacando sus um- 
brosas alamedas. 

Bajamos. No son las siete de la mañana todavía. El 
establecimiento está en plena labor. Junto a los galpo- 
nes, el personal acondiciona, en parva enorme, la alfal- 
fa del valle. Un hijo del señor Lernoud, joven y bien 
plantado, c^ue no puede negar su tipo francés, capitanea 
el grupo. Con él paseamos por las calles del parque bajo 
los enormes caroliuos y árboles de importación, cuya 
convivencia en el solar ha de haber costado ingentes 
sacrificios. Es una nota de buen tono este parquecito, 
propia del espíritu francés, no muy peculiarizado por 
las iniciativas, pero inteligente, fino y amante de la 
comodidad. El verde tornadizo y amable suple en el 
parterre artificiado y en la variedad del adorno arbo- 
ríeolo, la exigüidad del jardín, incapaz de ser pródigo 
bajo el azote de los vientos fríos o el ardor tropical. 



* 



Momentos después departíamos con el señor Arman- 
do Lernoud. 

— La ganadería mestizada en esta zona, — nos dice 
el señor Lernoud, — se inició en 1900. Se organizaron 
en aquella época algunos establecimientos de crianza e 
invernada. Los preliminares, sin duda alguna, se deben 
a don Alfonso Capdeville, quien diez años atrás, en 



325 — 



1890, dio el primer envión a la industria ganaderil de 
la comarca. 

«En 1902, es decir dos años después de haber for- 
malizado este establecimiento, traje de Inglaterra dos 
toros puros. Fui, en consecuencia, el primer ganadero 
de la zona, que tentaba el ensayo de la alta mestización, 
en contraposición a todos los inconvenientes imagina- 
bles. Estos sementales vinieron en tren hasta Santa Ro- 
sa. De Santa Rosa aquí fué menester traerlos a pie. 
Para este traslado se empleó más de un mes. Traerlos en 
carretas, con los malos caminos de entonces, hubiera si- 
do poco menos que imposible. Vinieron pisada sobre pi- 
sada, sin molestarlos cuando no querían caminar y con 
el consiguiente convoy de auxilio, carro de forraje y 
carro aguatero. Cada uno de estos ejemplares me había 
costado alrededor de 6000 pesos.» 

Nos imaginamos la importancia de este prolegómeno 
de la industria, que fué sin duda, el precedente alenta- 
dor, que desbrozó el camino a los demás ganaderos de 
la zona. 

A estos sementales fundadores, siguieron otros to- 
ros importados, que apresuraron la tecnificación de las 
haciendas. El primer lote de vacas casi puras, que vino 
a romper el sello criollo de la ganadería comarcana, es- 
taba compuesto de 80 ejemplares de tipo Durham, que 
procedían de la cabana Stenz de Vedia, en la provincia 
de Buenos Aires. También a este selecto plantel le tocó 
su parte de odisea en una arreada desde Buena Espe- 
ranza hasta La Morocha. 

Actualmente el establecimiento, que dedica su aten- 



— 324 — 



ción a crianza y engorde, conjuntamente, tiene un total 
de 1500 vacas Durham. 

Podría argüirse que esta cantidad de ganado es 
ínfima para una extensión de 17.000 hectáreas que com- 
prende el campo de La Morocha. Pero en esta superfi- 
cie cuya mitad está invadida por el monte talar, no han 
prosperado en la forma anhelada los alfalfares, debido 
a los años de persistente sequía. El señor Lernoud nos 
informa, con cierto excepticismo, sobre el resultado de 
sus cultivos forrajeros. 

— La alfalfa da bien, siempre que la lluvia sea pró- 
diga, — nos dice. — Hay que refinar el campo paulati- 
namente, pues por la flojedad de la tierra, resulta que 
con un par de aradas se forma médano. Al comienzo 
sembramos de 6 a 7000 hectáreas. No llovió y se per- 
dieron. El agua es problemática, además. Las napas co- 
rren de diez a quince metros, pero suelen estar a pro- 
fundidades no menores de cien. El anterior fué un año 
pésimo para la alfalfa. 

— ¿Y este año? — interrogamos. — Porque el cua- 
dro próximo a la estancia es un primor. . . 

— Vea usted lo que ha ocurrido con ese cuadro. En 
el mes de maj'^o, imbuidos del pesimismo anterior, sem- 
bramos ese campo, pero a la de Dios que es grande : sin 
arar la tierra. Se empleó solamente la rastra de discos, 
tanto para desparramar la simiente. Y ahí tiene usted : 
la alfalfa es una maravilla. El prodigio lo ha hecho la 
lluvia; ni más ni menos. 

— ¿Y cuál es el promedio de lluvia en la comarca? 

—En 1915 llovió 467 milímetros ; en 1916, 244 ; y en 
lo que llevamos de 1917 hasta octubre, 363 milímetros. 



325 — 



Como se ve por estas cifras, no es la escasez pluvial 
lo que ocasiona el fracaso en los forrajes ; es la falta de 
oportunidad en las lluvias. Así vemos que con un mili- 
metraje tan exiguo como el que registran estos tres tri- 
mestres, los alfalfares de mayo han alcanzado una lo- 
zanía excepcional, con sólo aventar la semilla y dis- 
tribuirla en la tierra con un rastrillaje superficial. 

No siendo hasta ahora de un resultado seguro la 
alfalfa, el procedimiento de los silos no se ha puesto 
en práctica aún. El almiar es un depósito más inmediato 
para los momentos apremiosos del ganado. Arguye, ade- 
más el señor Lernoud, que para los silos subterráneos 
no se presta el suelo, por su falta de densidad. La arena 
es un inconveniente insalvable, según su opinión. 

Nos explicamos que este espíritu de hombre de pro- 
greso, trabajado por ingratas alternativas en el rendi- 
miento de su labor rural, tenga su poco de pesimismo, 
después de haber afrontado con voluntad serena aque- 
llos difíciles preliminares del refinamiento ganaderil. 
Tal vez dentro de aquella acción tesonera ha faltado un 
poco de iniciativa para alternar los cultivos del campo 
con rendimientos de otra naturaleza, o un empecina- 
miento cerrado ha circunscripto la constante labor al- 
rededor del círculo vicioso de cebar vacunos en alfalfa- 
res problemáticos. Y no se puede tomar como ejemplo^ 
ninguna desilusión aquí en Victorica, donde cuarenta 
leguas afuera hay establecimientos como Ventrencó con 
diez y seis leguas de campo destinadas a cría y engor- 
de y a donde ha ido a plantar alambrados con postes 
de fierro la garra inglesa, valiente y tenaz. 

— ¿Y el monte? — interrogamos. 



326 — 



— El monte he dejado de explotarlo, — nos dice el 
señor Lernoud. — Hoy por hoy, no rinde la leña como 
negocio. Son malos los caminos. Son pesados los fletes... 



* 

* ^ 



Momentos después nos despedimos del señor Ler- 
noud y de su hijo. Ascendimos por el camino. Ganó el 
«charret» la loma. Desde la meseta volvimos la vista 
atrás. Abajo, en el valle, verde como una esmeralda, le- 
vantaban el henar los horquilleros, mientras los pájaros 
silvestres saludaban la mañana radiosa con una pas- 
toral. . . 



CAPITULO XXXVI 



La región del Noroeste. — El eterno prejuicio. — 
Z<os argonautas. — La obra de don Alfonso 
CapdevUle, fundador de Telen. — Fomento, po- 
blación, industrias rurales e intercambio comer- 
cial. — Servicio de mensajerías y tráfico car 
rretero. — Las primeras construcciones. — 
Telen, gran centro de operaciones comerciales. 

— Edificios públicos, plaza y templo, obras a 
todo costo. — El primer servicio de alumbrado 
eléctrico de la Pampa. — El Banco de Cré- 
dito Bural de Telen. — Decaimiento de Telen 
con el retiro de su gestor. — Optimismo sobre 
el futuro de este centro. — En los cultivos y 
la subdivisión agraria, Telen asegurará su vi- 
talidad. — El latifundio, siempre el latifundio I 

— Establecimientos pastoriles de importancia. 

— Alfalfares y napas subterráneas. — El le- 
jano suroeste. — Las secciones 10, 15 y 20. 

— Ganadería lanar mestizada. — Campos me- 
danosos y campos fértiles. — 1000 ovejas por 
legua en la proximidad del Salado. — La coló 
nia de los últimos Puelches. — La tierra de la 
zona tributairia de Telen. — Precios de 30 a 40 
pesos por hectárea y de 15 a 18. — Un gran 
horizonte para los capitalistas. — Algo sobro 
los caminos. — Los viajes largos. — Hay que 
arreglar los caminos y acortar las distancias. 



Pesa sobre la zona oeste de la Pampa un injusto pre- 
juicio, el mismo que hace poco más de veinte años gra- 
vitaba sobre todo el territorio, malogrando las más be- 
llas iniciativas. La campaña al desierto cerró el legen- 
dario interrogante. Roto el misterio para la increduli- 
dad de Buenos Aires, el capital inteligente buscó su acó- 



528 — 



modo en la tierra conquistada. Se extendió el horizon- 
te de la ganadería, se abrió paso a paso, llevando con 
sus rieles civilización y bienestar. Y bien: no ha hecho 
todo la conquista. Las pampas del oeste esperan todavía, 
como el bíblico solar, el advenimiento transformador. 
Malos gobiernos, iniciativas débiles, indolencia oficial 
y privada, han sido los factores negativos puestos como 
una infranqueable barrera para la prosperidad de aque- 
llos campos. Por eso, cuando aparece una figura de ga- 
rra, que se levanta como la sombra de Anteo a retar el 
obstáculo, el excepticismo intolerante no admite en la 
acción nueva el propósito levantado, sino la tentativa 
especuladora y aviesa. 

Tal habrá ocurrido a ese hombre de envergadora, 
a ese gran francés, tipo de los modernos colonos del Ma- 
dagascar, don Alfonso Capdeville. ¿Y quién es Capde- 
-ville? — preguntarán los burócratas de todo el país, los 
afincados cómodos que pasan el día mirándose la panza 
como los fetiches. — ¡ Pues nadie ! . . . Capdeville fué 
el fundador de Telen, buscador del vellocino que plantó 
su tienda, — que decimos : su castillo ! — treinta leguas 
más allá de los últimos durmientes del ferrocarril; que 
dio impulso formidable a una inmensa comarca; que 
depuró de bandidaje los campos, allanó los caminjos y 
llevó el intercambio comercial hasta los puntos más re- 
motos del oeste, hasta Colonia Mitre, hasta el Odre, 
hasta Santa Isabel, Algarrobo del Águila y la Copelina. 
Y después de dar vitalidad a toda esta región, de 
organizar su comercio, de estabilizar una nutrida pobla- 
ción, fomentar las industrias rurales, valorizar la tie- 
rra, fundar bancos y propender a todas las iniciativas,. 



329 — 



envuelto en la veleidad de los negocios — ¡ Anteo, al 
fin! — va a poblar el establecimiento. El Sosneado, lle- 
vando, como una águila, el empuje de su espíritu civili- 
zador hasta los valles mendocinos del sur, ignotos y fe- 
races. 

El tren del oeste no llegaba a General Pico ami, 
cuando Capdeville planta la primera piedra de la na- 
ciente población. Como medida previa, se organiza un 
servicio de comunicaciones y pasajeros entre Victorica 
y Telen, a base de diligencias bisemanales, en comuni- 
cación regular y directa con la capital del territorio. 
Para el transporte de las mercaderías y productos re- 
gionales, se establece un servicio de tropas, nutrido y 
bien aviado. Pero esto no era el desiderátum para la 
economía vecinal, destinada a una costosa edificación 
con el encarecimiento de los materiales. Capdeville, 
que no sabe abandonar a los suyos, afronta con valen- 
tía las dificultades preliminares y da el ejemplo en la 
empeñosa labor. Su casa, sita en el punto más alto de 
Telen, no es una casa : es una montaña, aferrada al suelo 
como un sello inconfundible de estabilidad. Con esta 
fábrica, que parece una cindadela, se inicia la edifi- 
cación urbana. Sigue su casa de negocio que abarca 
una manzana y que giró bajo la firma de A. Capde- 
ville, Ares, Rebollo y Cía., con amplio hotel, talleres 
de carpintería y herrería montados con maquinarias mo- 
dernas y una barraca de frutos con prensa hidráulica 
y a donde por muchos años, vino a volcarse la cosecha 
de lanas de toda la región hasta los límites con San 
Luis y Mendoza. Complementan estas construcciones he- 
chas a todo costo, los edificios para el correo y la es- 



— 330 — 



cuela. En este tren vertiginoso de progreso, nada de 
extraño es que Telen sea el primer pueblo de la Pampa 
que haya tenido luz eléctrica. ¡ Bello apresuramiento es- 
ta electrificación de su alumbrado público, cuando aun 
no había llegado en tren! Esta sola nota da la medida 
del gran espíritu de su fundador. 

Conjuntamente con estas primeras manifestaciones 
edilicias, se daba la nota amable con la plaza pública 
que es un primor y la que fué necesario tapiar coni 
una pared de un metro de alto, para resguardar contra 
los vientos las plantas exóticas que dieron tonalidad y 
alegría a sus jardines. La iglesia parroquial, de tipo 
elegante, reclamó para su construcción, una suma no 
menor de 50.000 pesos. Fueron tiempos felices aquellos 
de la infancia de esta interesante población, cuando la 
abundancia fué nota característica de una creciente 
prosperidad vecinal, y la gran casa del señor Capde- 
ville, verdadero emporio y verdadero blanco de la zona, 
vio eternamente en sus canchas de embalaje y en las 
calles adyacentes, hasta cincuenta carros diarios car- 
gando y descargando mercadería. 

Fué aquello una racha de bienestar para todos los 
pobladores, situación que se hizo más accesible con la 
fundación del Banco de Crédito Rural de Telen, esta- 
blecimiento constituido por acciones y con un buen 
capital. Este banco trabajó seis años holgadamente. Con 
el decaimiento de Telín clausuró sus operaciones, estan- 
co actualmente en liquidación. 

Son estos, en síntesis, los primeros pasos de Telen. 
Pero, como todas las obras personalísimas que llevan el 
sello inconfundible de sus gestores. Telen sintió el va- 



332 



CÍO, cuando reveses de fortuna alejaron de su seno a 
su esforzado fundador y «alma mater» de aquella bri- 
llante iniciación. Hoy ha decaído. Pero somos optimis- 
tas sobre el futuro que le está reservado todavía. Te- 
len supervivirá al sacudón y al amodorramiento. En es- 
ta parálisis en que vegeta hoy, son diversos los facto- 
res que operan con fuerzas negativas, pero que irán 
desapareciendo poco a poco. 

Capdeville no fué un visonario. El tenía fe en el 
éxito de la aventura. El sabía que el triunfo de Telen 
sería definitivo, cuando los campos circundadores ca- 
yeran en cultivos. La agricultura haría el prodigio. Pero 
la agricultura se ha retardado demasiado, y esto no es- 
taba en los libros del señor Capdeville, ¿Por qué se pro- 
longa esta evolución que tiene que venir fatalmente? 
Porque el latifundio ahoga todavía al centro urbano. 
Y los terratenientes, que antes de fundarse Telen, hu- 
biesen realizado sus campos por dos cobres, una vez 
floreciente el centro urbano, se dejaron llevar por el op- 
timismo y pidieron cifras fabulosas por su heredad. No se 
pudo subdividir y, en consecuencia, no se pudo sembrar. 

Cuando esto ocurra, Telen renacerá con más vigor. 



* * 



Toda la zona oeste que arranca de Victorica está 
comprendida por establecimientos pastoriles, algunos de 
notoria importancia. Hasta Santa Isabel, treinta leguas 
al oeste, los campos están alambrados. Las condiciones 
agrológicas del suelo, son variadas. Donde el agua está 



— 333 — 



próxiam a la superficie, no tardan en arraigarse los al- 
falfares. Pero las napas son veleidosas y corren a pro- 
fundidades de 3 a más de 100 metros. Y ocurre a me- 
nudo que en los campos donde el agua está más distan- 
te, la tierra, morena y blanca, es de condiciones excep- 
cionales para cultivos. 

Mucho más retirado, al sudoeste, la ganadería la- 
nar se especifica en cruzas rambouillet y lineoln. Los 
prados artificiales son escasos. Se aprovechan las hon- 
donadas para alfalfares, pues los terrenos altos son, por 
lo común, pedregosos. 

La sección 20 letras B y C, están muy pobladas con 
hacienda ovina. Lo propio ocurre con las secciones 10 
y 15 del lado de Pichi-Mahuida. En la colonia de los 
puelches, a treinta y cinco leguas al oeste de General 
Acha, han mestizado sus ovejas. Tienen también sus 
moradores, numerosos rebaños de cabras. Los poblado- 
res aborígenes, últimos restos en el dominio secular, van 
retirándose para el Colorado y las cordilleras. La po- 
blación de esta comarca central oeste es española, en 
general. Hay pocos italianos y algunos franceses. Los 
campos son regulares, a veces medanosos, pero en ge- 
neral, con buenos pastos. Sus ocupantes aseguran que 
pueden mantener 1000 ovejas por legua; pero puede 
afirmarse, que bien explotados estos campos, dan un 
rendimiento muy superior. 1000 lanares por legua es el 
resultado del aprovechamiento rutinario, sin aspiracio- 
nes y a la de Dios que es grande. En las proximidades 
del Salado, la tierra tiene precios que oscilan entre cinco 
y ocho pesos la hectárea. Los campos tienen por lo co- 
mún, montes de jarilla, piquillin y alpataco. 



— 334 



Pero hablamos de tierras nrny distintas de Telen y 
en el paralelo de G-eneral Acha. Volvamos a la región 
tributaria del oeste. 



* 

* 4t 



¿Precios de la tierra? Imposible fijarlos por el mo- 
mento, dado la época anormal para esta clase de tran- 
sacciones. Antes de la conflagración europea, la tierra 
de esta zona, de Telen afuera, tenían un valor de 30 
a 40 pesos la hectárea. Estas mismas tierras se cotizan 
hoy con precios que oscilan entre 15 y 18 pesos; y en- 
tre 12 y 15 tratándose de terrenos alejados de las po- 
blaciones. Pero estas cotizaciones, lógico es, no son de- 
finitivas. Desaparecidas las trabas que dificultan las 
operaciones en tierras, estos campos marcarán cotiza- 
ciones estimables. En nuestro concepto, los capitalistas 
podrían emplear muy bien su dinero en adquisición de 
tierras en el oeste, en la seguridad de que con solo el 
repunte de los precios, que vendrá muy en breve, se rea- 
lizarían pingües negocios. Por lo pronto, los arrenda- 
mientos han comenzado a subir, arguyendo los propieta- 
rios para fijar sus aumentos, la valorización de los pro- 
ductos de la ganadería y especialmente de las lanas. 



En materia de caminos, no podemos, por desgracia,, 
decir nada halagador. En general, son pésimos. Nada 
han h^^echo los gobiernos por mejorar la vialidad del 



— 355 



oeste. Los convoyes con mercaderías que van a los cen- 
tros y colonias retirados, desde Victorica y Telen, em- 
plean por lo general, toda una semana en viaje redon- 
do. Esta demora se debe, en parte, a los malos caminos. 
Los propietarios de campo, tan alejados de la fiscaliza- 
ción gubernativa, no cumplen con las prescripciones del 
código rural en lo que se relaciona con los caminos 
carreteros. Comunmente cercan grandes extensiones de 
campo, sin abrir las tranqueras reglamentarias. De aquí 
que las distancias se hacen enormes y los viales quedan 
librados a sus malos pasos, sobre temibles médanos,^ 
quebradas fragosas o encerrados entre interminables 
alambrados. 

— Cuando tenga la Pampa un gobierno que se pre- 
ocupe de sus intereses y se avoque a las necesidades 
de la zona del oeste, — nos dice un vecino prestigioso 
de la comarca, — es probable que los caminos conti- 
núen siendo malos, pero tenga seguro que las distan- 
cias serán mucho más cortas. 

«La acción del gobierno, — agrega, — debe circuns- 
cribirse muy especialmente a satisfacer estas necesida- 
des : extender sus líneas telegráficas ; estimular el avan- 
ce del ferrocarril ; y mejorar la vialidad de la campaña.» 



CAPITULO XXXYU 



La Fiesta del Grano. — Una ceremonia que será 
clásica. — • El santoral de las cosechas. — 
La eterna Céres. — Iniciativa del ingeniero 
Roberto P. Godoy. — El triunfo pampeano en 
el concurso de la Bolsa de Cereales. — La 
sociedad Eural Argentina. — Quiénes fueron 
los agricultores laureados. — Campeón de trigo 
híbrido. — Don Andrés Giordano, triunfador. 

— Precedentes. — La distribución de premios. 

— Una identificación laboriosa. — La pre- 
visión de una mujer. — La ceremonia trascen- 
dental. 



Con la Fiesta del Grano, celebrada por primera vez 
■en Santa Rosa el 16 de noviembre de 1913, se incorpora 
al calendal agrícola de la Pampa, una ceremonia desti- 
nada a ser clásica. Ceres, tuteladora de las sementeras, 
reclamaba su santoral. Tal vez la fecha, no muy apro- 
piada, tenga su modificación en los festivales del por- 
venir y se arraigue en febrero, por ejemplo, con el 
grano en los trojes o en el trasatlántico. Ya lo dijo el 
Éxodo de Moisés: «la fiesta de la cosecha, cuando co- 
gieres tu trabajo del año». Pero, sea como fuere, recla- 
ma el triunfo del cereal su advocación eonsagratoria. 
El trasunto es oriental y eterno como la belleza. Flora 
fué la simbolización gentilicia que enseñó a los griegos 
a consagrar sus viñas y a amar en el perfume y el color 
de los prados la grandeza del sol. Roma, recoge el mo- 
delo y lo perpetúa en la diosa del pan, hija de Saturno 



La Pampa — 22 



338 — 



y nodriza de la dorada mies sobre las campiñas tiberia- 
ñas. Y se llamó Ceres. 

De entonces acá el símbolo la eternizó como el hada 
maravillosa, con su túnica blanca y bajo cuyo aliento 
promisor cubriríanse de verdura las hazas y caería el 
polvo de oro sobre las espigas. 

La Fiesta del Grano en la Pampa, es la fiesta a Ce- 
res, que prendió a la tierra el arado y roturó el labran- 
tío, que desparramó la simiente y puso en el alma de- 
cada labriego su gota de esperanza y su gota de amor. 
Poetizarla en su fiesta patronal, es enguirnaldar sus ca-^ 
bellos con una égloga de Virgilio, es volcar en su holo- 
causto el ánfora de la gratitud donde bañaron su espe- 
ranza los pueblos migradores de toda la tierra que vi- 
nieron en busca del azul de nuestro cielo y el abrigo de- 
nuestro solar. Por eso es que sentimos hondo la influen- 
cia de esta consagración sencilla, evocadora y senti- 
mental. 

La Fiesta del Grano, corresponde como iniciativa al 
agrónomo regional, ingeniero Roberto P. Godoy, inicia- 
dor, asimismo, del primer Congreso Agrícola de la 
Pampa, que se acaba de celebrar con éxito en Santa 
Rosa. 

En el concurso de cereales, organizado en setiem- 
bre de 1913 por la Bolsa de Cereales de Buenos Aires 
y la sociedad Rural Argentina, cupo en suerte a los tri- 
gos de la Pampa, la adjudicación de diversos y signifi- 
cativos premios. 

El premio por trigo barletta fué adjudicado a don 
Bartolomé G. Perrando y Cía., de Colonia Castex; el 
correspondiente a trigo ruso, a don Francisco Malvicí- 



539 — 



no, de General Pico. Campeón regional de lino fué de- 
clarado don Juan B. Berisso, de Arata ; por avena obtu- 
vo el premio don Juan Santiago, de Bernasconi. Don 
Guillermo Boerr. de General Acha, alcanzó campeonato 
por semilla de alfalfa. Por centeno, obtuvo el premio 
don Boiso Monticelli, de Utracan. 

Bastaría sólo esta nómina para demostrar palmaría- 
mente la importancia que habían alcanzado en el terri- 
torio los diversos cultivos. Pero, sobre este halagador 
resultado del certamen, había un premio máximo : el 
campeón nacional. Este premio, el más significativo y 
valioso del concurso, lo alcanzó con su trigo híbrido., el 
cultivador don Andrés Giordano, chacarero de las colo- 
nias Inés y Carlota, vecinas a la capital del territorio. 

Ya en 1907, un agricultor de aquella vecindad, había 
obtenido el primer premio, — medalla de oro, — adju- 
dicado por el ministerio de agricultura, en un concurso 
de cereales. Este nuevo triunfo, era la consagración 
definitiva sobre la calidad productora de la Pampa. Y 
hubiese sido malograr una oportunidad excepcional en 
el estímulo reclamado por la industria, dejar correr 
tan fausto acontecimiento sin dedicarle la atención pú- 
blica, mancomunando el triunfo agrícola que era el 
triunfo común. 

De esta necesidad colectiva, nació la Fiesta del Gra- 
no, es decir la fiesta a Ceres. Debía celebrarse el cere- 
monial con motivo de la distribución de los premios 
obtenidos. En su edición del 30 de setiembre decía «La 
Capital» de Santa Rosa, al hablar de la fiesta en cier- 
nes y refiriéndose a los agricultores premiados : 

«Estos detalles que allá en la gran metrópoli argén- 



— 540 — 



tina pasan inapercibidos para la inmensa mayoría de 
sus habitantes, son para nosotros los timbres de honor, 
los diplomas de nobleza, que han ganado los pioneers 
del progreso pampeano con su labor, y la prueba palpa- 
ble de la fertilidad de la tierra generosa de esta región, 
que devuelve con creces el fruto de la simiente arroja- 
da con mano inteligente y robusta en el surco labrado 
por los agricultores.» 

La ironía era amarga pero tenía su fondo de verdad. 
Con este concepto local sobre el propio valimento, di- 
fundido en el territorio, la consagración a la espiga pró- 
vida tenía que concentrar la voluntad de todos los agri- 
cultores. Y el festival alcanzó todos los contornos de 
un gran acontecimiento. 

Fué dificultoso preliminar la tarea de establecer la 
persona del colono campeón. La Bolsa de Buenos Aires 
designó una comisión de técnicos presidida por el señor 
Godoy para que identificara la procedencia del cereal 
premiado. Se sabía que correspondía a colonos de Inés 
y Carlota, pero como los trigos de éstos, en el transcur- 
so de verificarse el certamen habían sido vendidos, se 
presentaron algunas dificultades para la investigación. 
Por fin se pudo constatar que las muestras traídas de 
Buenos Aires, coincidían con las muestras del trigo de 
Giordano, conservadas por su esposa, como si una rara 
intuición, una previsión misteriosa, se hubiera antici- 
pado al feliz acontecimiento. Nos explicamos el triun- 
fo sentimental de Ruth Moabita espigando en la segada 
de Booz. . . 

La distribución de los premios se realizó en acto pú- 
blico. Concurrieron agricultores de todos los ámbitos 



341 — 



del territorio. La ceremonia fué auspiciosa y fraternal. 
Se estrecharon en vínculo afectivo los cultivadores. Se 
laudó en cálidas manifestaciones la obra del proceso 
puesta en marcha sobre los campos pampeanos. Aquello 
fué una tonificante demostración de ^'italidad, de ener- 
gías, de labor. Se entonó un salmo a Ceres. Y al loar 
el triunfo de la agricultura, se puso en alto el nombre 
de la nación. 



CAPITULO XXXYIII 



El sistema ferroviaxio de la Pampa. — Las dos 
grandes empresas. — El Oeste, ferrocarril afla- 
yente; el Pacífico, exportador. — Una politlc» 
ferrocarrilera atinada y útil. — El sistema de 
los ramales leñateros. — El triángulo intensivo 
«Toay-Catriló-Bahía Blanca». — Líneas con- 
fluentes y transversales. — ¿Qué linea avan- 
zará hacia Cipoleti? — Perspectivas de un» 
nueva ruta a Choele-Choel. — Competencia en 
fletes. — Lo que dirá el porvenir. 



La red ferroviaria de la Pampa está dispuesta a los 
■grandes destinos. Dos si.stemas, colonizadores ambos e 
igualmente benéficos, han extendido su raigambre por 
todo el territorio. La condición de cada una de las zonas 
que benefician y la ubicación de los puertos a donde 
converge la cuantiosa producción cerealera, han defi- 
nido perfectamente las comarcas de influencia, ajenas 
a toda previsión. El Oeste es un ferrocarril añuyente; 
el Pacífico, un ferrocarril exportador. Nervio esencia- 
lísimo del gran sistema del Pacífico, es la línea 'de Villa 
Dolores a Bahía Blanca, que se quiebra en Watt y que 
moviliza la más completa región agropecuaria del pa^ís, 
toda una trayectoria sin desperdicios que toma la re- 
gión pastoril de San Luis, de Córdoba y la Pampa; 
cruza los campos agrícolas del oeste de Buenos Aires, 
corre el meridiano 5? y va a rematar a los tinglados de 
Puerto Galván. Irradia desde esta gran arteria el sis- 



344 — 



tema triangular de ramales Toay-Catriló-Bahía Blanca^, 
que ha operado el impulso definitivo de una rica co- 
marca, con sectores apropiados al servicio de una nu- 
trida colonización. 

El Oeste, extendido como un amplio abanico, de Co- 
lonia Alvear a Santa Rosa, parece orientado en el senti- 
do de la gran travesía. El Pacífico, sin embargo, le sale 
al paso y tienta su línea transversal, proyectada de 
Toay a San Rafael, buscando salida portuaria para las 
nuevas colonias. El Oeste no puede detenerse ni en 
Telen ni en Toay. Su rumbo está al oeste, al riñon del 
territorio, sembrando pueblos. Y nada de difícil sería 
que a este sistema le estuviera reservado el esfuerzo 
más trascendental en la conquista del riel, dentro de la 
Pampa : su intersección con Cipoleti, atraído por la fe- 
racidad de la mesopotamia del Río Negro, o su travesía 
en línea recta hacia el sur mendocino. Con esta expan- 
sión ferroviaria, que viene preparándose para el futuro, 
por comprensión geográfica y por propio espíritu de 
conservación comercial, habrá , la obra de las grandes 
empresas, cerrado el ciclo de conquista y colonización 
que arranca desde la campaña al desierto. Y en verdad 
que estará en el interés de cada ferrocarril extender en 
lo posible sus líneas avanzadas hacia el oeste, centro de 
futuras poblaciones y de una nutrida colonización. 

La política ferrocarrilera del país tiene analogía con 
la que se ha venido desarrollando en los Estados Uni- 
dos. El interés particular de las empresas ha hecho la 
obra. Y debemos confesar .que lo ha hecho con tino, con 
prudencia, con clara visión, creando y fomentando el 
interés particular y el del Estado. Y es digno de mencio- 



345 — 



Darse que en nuestro país no lia ocurrido el fracaso os- 
tensible de tener que levantar rieles por improductivi- 
dad de las líneas, espectáculo muy común en los Estados 
Unidos del Norte, cuando el capital invertido en un 
ferrocarril particular, no compensa las exigencias del 
interés. En estos tres últimos años son numerosos los 
pequeños ramales construidos en el territorio de la 
Pampa. Es un sistema original, a retazos, en crecimien- 
to por yuxtaposición sobre las líneas matrices. Son los 
ramales leñateros destinados de inmediato a desmontar 
los predios boscosos, allanando la tierra para la coloni- 
zación y el poblado. Y ocurre, que como a renglón se- 
guido de la explotación forestal, se apoderan las semen- 
teras del campo desbrozado, el ramal, que fué una im- 
provisación, se hace una necesidad para levantar las co- 
sechas. Y la línea circunstancial, queda, en definitiva, 
ampliando a tramos, el gran sistema. Por este procedi- 
miento, — no hay que ponerlo en duda, — irán las em- 
presas conquistando el oeste, con su tejido de malla, 
buscando la leña para sus locomotoras y abriendo nue- 
vos horizontes a las industrias rurales. 

El desarrollo sorprendente de la Pampa, se difunde 
en forma tan decisiva hacia el interior, que tiene que 
provocarse lógicamente esta lucha de intereses entre las 
dos empresas: la una sirviendo la zona del Norte, con 
la cercanía de Buenos Aires; la otra, con su influencia 
distribuida en el sur y camino a los puertos de aguas 
hondas. Condiciones más o menos análogas, equilibran 
el prestigio y la acción de ambos ferrocarriles : el Oeste, 
con 740 kilómetros ; el Pacífico con 640. Las dos empre- 
sas se han dado cita en Toay, punto medio y equidistan- 



- 346 — 



te del sistema pampeano. ¿A qué empresa le está reser- 
vada la travesía definitiva hasta la confluencia del Ne- 
gro y el Limay, atravesando diagonalmente el territo- 
rio? Cuando esto ocurra, no sólo se habrá dado el paso 
más serio en la campaña civilizadora, sino que se habrá 
abierto a Buenos Aires una nueva ruta hacia Chile, evi- 
tando la comba del ferrocarril del Sur por Bahía Blan- 
ca, destinada, eso sí, a importantes servicios territoria- 
les en Río Negro y Neuquén. Ya la línea del Sur ha 
ganado airosamente la frontera por Pino Hachado. El 
esfuerzo chileno tienta la combinación con su trans- 
versal por Temuco, como un nervio de su sistema me- 
dular, destinado a dar horizonte a sus puertos de Tal- 
cahuano y de Valdivia, Vemos, pues, que esta gran ex- 
pansión al sudoeste, no sólo es de beneficio pampeano, 
sino que es de trascendencia nacional. No creemos que 
los resultados de este trasandino puedan ser de grandes 
ventajas para el comercio internacional. Tenemos el 
ejemplo evidente de la línea por Uspallata, sujeta a los 
accidentes geográficos y meteorológicos : cara, deficien- 
te, tiránica, imposibilitada a veces, en su función, por 
los temporales de invierno, al extremo de haberse vul- 
garizado en Chile, — lo hemos leído en sus órganos de 
publicidad, — la manifestación de que anteriormente 
con sus correos a muía estaban mejor servidos, por lo 
menos en la regularidad de la travesía y en el transporte 
de la correspondencia. Chile, con su línea por Temuco, 
a medio construir, tiene fe en abrirle un grandiso por- 
venir a su industria maderera. Ojalá no se equivoque. 
Mientras tanto, para nosotros, aparte de la importancia 
que como vínculo internacional tendrá esta línea, con- 



— 347 — 



iribuirá grandemente al fomento de los territorios de 
la Pampa y Neuquén. 

La solución inmediata para el territorio pampeano, 
en lo que respecta al expandimiento de sus ferrovías, 
corresponderá a la competencia de las dos grandes em- 
presas, competencia en tarifas, en servicios y en difu- 
sión. A medida que el Oeste avanza en líneas concén- 
tricas sobre Buenos Aires, el Pacífico se desparrama en 
idéntica irradiación sobre Baliía Blanca. Y donde se 
cruzan, allí se entabla lucha de competencia. En cada 
intersección se pone en juego la prepotencia de los con- 
tendores. Se compite noblemente y se toman posicio- 
nes. No se dan tregua en el avance. Cada nuevo ramal 
se estira sobriamente pero sobre seguro. Y el primero 
que gane los campos semipoblados del occidente, — es 
probable que esto ocurra no bien termine la guerra eu- 
ropea, — afianzará sobre el esfuerzo inmediato el éxito 
más definitivo en el porvenir. 






Especializando estos comentarios en lo que se refie- 
re a uno de los ferrocarriles extendidos en la Pampa, 
— el F. C. O., — grato nos es reproducir algunos pá- 
rrafos del discurso pronunciado por el señor James 
Calder Ángel, representante de la citada empresa ante 
■el congreso agrícola de Santa Rosa. 

Decía el señor Calder, entre otros párrafos : 



— 348 — 



«Los adelantos de la Pampa son realmente prodi- 
giosos, y acaso en ello radique la causa de que muchos 
no despierten aun a la realidad de la encomiable situa- 
ción alcanzada. Son tan asombrosos que el que no tiene 
oportunidad de palparlos, mediante una vinculación di- 
recta con el territorio, le es tan difícil concebirlos, que 
no pocas veces acaba por suponerlos una fantasía. 

«No soy yo quien va a aventurarse a aquilatar que 
parte de la gloria de estos progresos pueda correspon- 
der a los ferrocarriles. Sin embargo, puedo decir que 
la doctrina sentada por Mitre y Sarmiento en el famosa 
mensaje en que como Gobernador y Ministro respectiva- 
mente de la Provincia de Buenos Aires, echaban las ba- 
ses de la política ferroviaria que convenía seguir, sos- 
teniendo que correspondía «abrir el país a los ferroca- 
rriles porque llevan el bienestar, el movimiento y la ci- 
vilización al extremo del territorio», jamás esta sabia 
doctrina — digo — de esos clarividentes estadistas ha- 
brá encontrado mejor comprobación que el espectáculo 
que hoy ofrece el rico territorio de la Pampa. 

«Para fundar este concepto, bastará enunciar que 
en los últimos veinte año, o sea el período que va trans- 
currido desde que fué habilitada la prolongación del 
Ferrocarril Oeste a Toay, la red ferroviaria creció en 
720 %. La población aumentó en un 300 %, y la super- 
ficie cultivada en nada menos que 11.550 %. 

«El Ferrocarril del Oeste tiene 740 kilómetros de 
vía y 45 estaciones en la Pampa, en cuya construcción 
ha invertido la cuantiosa suma de más de veinte millo- 
nes y medio de pesos. 

«Limitada la acción del Ferrocarril por la natura- 



— 349 — 



leza del negocio mismo, a sus funciones de transporta- 
dor y depositario de productos agrícolas, ha tratado en 
primer término de que se mejoren los caminos de acce- 
so a las estaciones con los recursos allegados por la 




La zona de influencia del F.C. Pacifico en el sur de la Pampa. 



Ley 5315, que concurre a formar, y los recursos propios 
de la Compañía. A ese fin sus propios ingenieros han 
estudiado la manera de mejorar la red de caminos y 
ampliarla, y donde la acción de los fondos de la Ley 



350 — 



Mitre no ha sido suficiente, ha ido la empresa con sus^ 
propios recursos, colaborando en algunos casos la ac- 
ción de los vecinos. 

«En segundo término ha construido galpones y tin- 
glados en sus estaciones en superficie mayor a lo cal- 
culado para las necesidades ordinarias, invirtiendo en 
estas instalaciones alrededor de seis millones de pesos. 
Complementario de esto ha establecido en las estacio- 
nes Ingeniero Brian y Haedo depósitos de concentra- 
ción, y se ha acogido a la Ley de Warrants para faci- 
litar la obtención de créditos a los depositarios. 

«En nuestra estación Ingeniero Brian, que es a la 
vez dique de cabotaje, funciona uno de los planteles 
más modernos para la limpieza y clasificación de los 
cereales. 

«Los señores delegados conocen los coches especia- 
les para conferencias agrícolas con los cuales el Ferro- 
carril Oeste inauguró en 1909 la cátedra ambulante en 
el país, con el concurso de la División de enseñanza 
agrícola del Ministerio de Agricultura, cuj^os agróno- 
mos recorren al zona agrícola instruyendo a los agri- 
cultores sobre los mejores métodos culturales. Asimis- 
mo ha tratado de difundir publicaciones instructivas 
sobre las diversas industrias rurales. En este último pe- 
ríodo, la iniciativa de acordar préstamos destinados a 
intensificar la zona de cultivo pertenece al Ferrocarril 
/ Oeste, cuyo representante legal y ex-Gerente de la Com- 
pañía, señor Lértora, la llevó al Directorio del Banco 
de la Nación, ofreciendo garantir una parte de los cré- 
ditos que esta institución acordase a los agricultores 
para la adquisición de semilla. 



351 — 



«Al mismo tiempo ha prestado toda su cooperación, 
sin restricción alguna, a la iniciativa del señor Ministro 
de Agricultura, de acordar préstamos de semilla a los 
agricultores, para lo cual se puso en contacto desde el 
primer momento con el Ministerio y la Comisión Cen- 
tral designada por el Poder Ejecutivo. 

«Al efecto, procedió, además, a llevar a cabo una 
activísima campaña de propaganda en todas las zonas 
de su línea, para alentar a los agricultores a extender 
sus cultivos, basado en la escasez mundial. 

«Por último, con el propósito de identificarse más de 
cerca con los productores, el actual Gerente, Ingeniero 
Don Frank Foster, acaba de crear el Departamento Co- 
mercial, con el especial encargo de impulsar por todos 
los medios las industrias existentes y fomentar la crea- 
ción de otras nuevas. Quiere conocer sus dificultades 
y poner de su parte todo su esfuerzo para tratar de so- 
lucionarlas. Propender, en fin, a asegurar la prospe- 
ridad de las regiones atravesadas por sus líneas, porque 
de su desarrollo y prosperidad depende la del ferro- 
carril. Y para que esta nueva rama del servicio tenga 
todo el éxito que se espera, ha sido colocado a su fren- 
te Don Manuel Blanch, uno de los ferroviarios más 
prestigiosos del país. De modo que podrán acudir todos 
los interesados con sus proyectos e ideas, pues bastará 
que tengan por finalidad el fomento de la producción, 
para que se les dispense la más deferente atención.» 



CAPITULO XXXIX 



Alrededor de la justicia pampeana. — Los proble- 
mas agrarios de Santa Fe 7 sn repercusión en 
la Pampa. — El juzgado letrado en lo Civil y 
Comercial, a cargo del Dr. Torres. — Los 
arrendamientos excesivos. — Propietarios y 
chacareros. — Contratos de ao'rendamiento y 
contratos de sociedad. — La intervención 
ecuánime del juzgado. — Disminución del 
canon de los arrendamientos. — Evitando los 
desalojos. — Cómo se suprimen los interme- 
diarios. — Los cereales embargados. — Una 
creación judicial eminentemente pampeana. — 
Las prácticas antiguas y la nueva doctrina. — 
El «embargo voluntario», precursor a la pren- 
da agraria. — Los grandes acaparadores de 
tierra. — El caso Stroeder. — Casos de equi- 
dad. — Diversas. 



Los problemas agrarios, cuya intensidad se signifi- 
ca con el movimiento santafecino de 1913-14, tuvieron, 
como era de esperarse, su repercusión en la Pampa. El 
procedimiento judicial, moldeado hasta hoy en la ru- 
tina de nuestro sistema colonizador, se vio de pronto en 
la necesidad de afrontar casos desconocidos para nues- 
tra legislación. Por las actuaciones del juzgado letrado 
en lo civil y comercail a cargo del Dr. J. Alfredo Torres, 
podrán nuestros lectores apreciar la importancia del 
procedimiento judicial en lo que tiene atingencia con 
los diversos problemas agrarios planteados últimamente. 

Sostiene el Dr. Torres que siendo la Pampa un te- 
rritorio de irradiación agrícola en donde vienen a con- 



//a Pampa — 23 



— 554 — 



verger las corrientes colonizadoras de Buenos Aires y 
Santa Fe, nada más lógico que todos los problemas ru- 
rales que s« produzcan en estas provincias, tengan en 
la Pampa, su inmediata repercusión. Así se explica que 
el movimiento agrario de Santa Fe, se reprodujera de 
inmediato, aunque con menor intensidad, en este terri- 
torio. 

¿Cuál fué el origen de este movimiento? Plantearon 
el problema los arrendamientos excesivos generalmen- 
te a base de intermediarios y en la época ingrata de 
las malas cosechas. 

Los agricultores, imposibilitados para satisfacer la 
locación y temeroso de caer en el embargo, levantaban 
las cosechas subrepticiamente, aprovechando la impu- 
nidad de la noche para trillar con máquinas australia- 
nas. Por este medio lograban burlar la acción de los 
arrendadores o propietarios, quienes, de improviso, se 
encontraban con que no había una espiga en pie. Esta 
propaganda de levantamiento de trigos, se intensificó 
en las zonas de Anguil. Uriburu, Quemú-Quemú. Pico, 
Trenel e Ingeniero Luiggi. 

Como la diferencia entre arrendadores y colonos 
no llevarara miras de solución, los propietarios se pre- 
sentaron a los tribunales pidiendo embargo sobre las 
cosechas de los chacareros. Se dio el caso de un solo 
propietario que solicitó este procedimiento judicial si- 
multáneamente sobre cuatrocientos cincuenta chaca- 
reros. 

Los agitadores sostenían que los contratos no eran 
de arrendamiento, sino de sociedad. Para establecerse 
la demanda era menester dar cumplimiento al impuesto 



— 355 



de papel sellado. (Debemos advertir que hasta hace po- 
co- tiempo no había en el territorio la costumbre de sa- 
tisfacer el impuesto al estampillado.) En la necesidad 
de poner las cosas bajo el imperio rígido de la ley, cada 
demanda planteada ante el juzgado, debía irrogar a 
sus gestores, previamente a toda sustanciación, una su- 
ma de 2100 pesos; es decir, 100 pesos por concepto im- 
positivo del sellado; y 2000 en carácter de multa (1000 
pesos corresponde a cada una de las partes en litigio). 

Contra la tesis de los chacareros, los propietarios o 
arrendadores sostenían que los contratos no eran de 
sociedad, sino de arrendamiento. 

Ante esta disparidad entre los litigantes, el juzgado, 
que buscaba el interés legítimo de ambas partes, no 
quería pronunciarse, supuesto que se trataba de fenó- 
menos nuevos en el territorio, no previstos hasta ahora 
por el procedimiento. 

La tendencia del juzgado, como se descubre, era 
arribar a una solución equitativa. Es decir, suavizar el 
canon de los arrendamientos y al propio tiempo que 
se satisfacieran con regularidad. Sin la oportunidad pa- 
ra desarrollar de inmediato un procedimiento tranquili- 
zador y equitativo, mantiene, en consecuencia, una si- 
tuación especiante, ya que proceder de glope con aque- 
lla avalancha de litigios, provocando un desalojo a gra- 
nel, hubiera sido plantear una situación violenta para 
el territorio, casi una revolución. 

He aquí su acción circunscripta alrededor de los 
siguientes objetivos: 1?: obtener la disminución razo- 
nable en los arrendamientos; 2": Pago inmediato de los 
mismos; 3?: proporcionar a las partes la oportunidad. 



556 — 



con el nuevo contrato, d^ cumplir con la ley de sellos; 
4": evitar los desalojos. Este fué, en suma, el programa 
lleno de cordura que se puso en práctica para solucio- 
nar la mayoría de los casos. 

Sin duda, antes de llegar a esta conclusión, hubo 
necesidad de proceder ejecutivamente. Y cuando se ob- 
servó que la demora en la sustanciación de los juicios, 
daba pie a que los colonos levantasen las cosechas, el 
juzgado resolvió los embargos sin ocuparse de la natu- 
raleza del contrato, formalizándose la acción judicial 
con el auxilio de la fuerza pública y entregándose a 
los embargantes la parte proporcional del arrendamien- 
to. Este procedimiento, severo pero legal, llevó la situa- 
ción a su quicio. La huelga — que tal fué aquel movi- 
miento — quedó terminada sin necesidad de pronun- 
ciarse desalojos. 

¿Cuál fué la consecuencia de este temperamento 
judicial? La supresión del intermediario, pues los due- 
ños de campo se dieron cuenta que los intermediarios, 
que tenían en gran parte la culpa del movimiento, za- 
faban su responsabilidad descargándose con los chaca- 
reros. 

Tenemos, pues, que mientras en Santa Fe continua- 
ron las agitaciones agrarias, en la Pampa cesaron radi- 
calmente. Y esto, sin duda, fué debido a la acción de 
la justicia, que si no importaba un desiderátum, en lo 
que concierne al usufructo directo de la tierra y a la 
subdivisión, fué doctrinaria, de conciliación y de equi- 
dad. 

Ahora bien : relacionando la jurisprudencia sentada 
por el juzgado con los propósitos de orden económico, 



357 — 



obtenidas por el procedimiento, se buscaba las siguien- 
tes finalidades: 1?; no perder un solo grano de las co- 
sechas; 2?: obtener los precios más remuneradores. 

Veamos el proceso de los cereales embargados. Un 
trigo, embargado en planta, debía ser cosechado por el 
deudor, de acuerdo con el acreedor. En caso de no tener 
el primero los elementos necesarios, lo cosecharía el 
acreedor. Una vez cortado y trillado el cereal, se trans- 
portaría a los galpones de la estación, a disposición del 
juzgado. Al pedido de venta, se remitiría a plaza para 
que una casa cerealera, acreditada, le diera salida. A 
este efecto, el juzgado dictaminó y la cámara confirmó, 
de que fueran los precios de la Bolsa de Cereales de 
Buenos Aires, los que servirían de patrón para las ope- 
raciones de venta. Con esta disposición se obtuvieron 
dos cosas: levantamiento del grano a conciencia y las 
mejores cotizaciones. En esta forma el cereal quedaba 
perfectamente garantido. 

Este procedimiento, empleado por el juez Dr. To- 
rres, puede justipreciarse como una creación eminente- 
mente pampeana, pues nuestras leyes de procedimien- 
tos nada dicen sobre el particular. 

Había interés nacional en que no se malograra la 
cosecha, y al obtenerse buen precio, se facilitaba la 
transacción entre el acreedor y el deudor. 

Frente a las prácticas antiguas, esta nueva doctrina 
judicial toma verdadero realce. No es para nadie un 
misterio que anteriormente a este procedimiento, ja- 
más un trigo, embargado en pie, caía bajo la cuchilla 
de la segadora. Se malograba sobre el predio, servía de 
forraje a las bestias o caía bajo la voracidad de las lia- 



— 558 - 



mas, en la quemazón intencional. El concreto, en favor 
del nuevo procedimiento judicial, arroja la cantidad de 
60.000 bolsas de trigo, embargadas al comienzo de la 
guerra, trigo salvado por la práctica conciliatoria pues- 
ta en juego por el juzgado entre propietarios y colonos. 
Repuntaron, como se recordará, los precios. Y aquella 
cosecha, que se hubiera aventado, con las prácticas vie- 
jas, rindió con creces para la transacción de acreedores 
y deudores y hasta para los terceristas que suelen nacer 
como hongos en estas oportunidades. 

El «embargo voluntario», es también otra creación 
pampeana que se anticipó, sin duda, a la prenda agra- 
ria. Mediante un acta judicial, el acreedor entregaba 
al chacarero un crédito para levantar su cosecha, dan- 
do a embargo el producido de su chacra y dándose por 
depositario. La cosecha quedaba como garantía prenda- 
ria. Si el deudor pretendía engañar, el acreedor pedía 
suplantación de depositario. 

A raíz de la depreciación de la tierra, los grandes 
acaparadores para lotes por mensualidades, tuvieron 
que rescindir contratos de compraventa. Stroéder, por 
ejemplo, operaba en el agio, con simples boletas. Los 
chacareros, compradores de buena fe y que habían pa- 
gado gran parte de sus predios, se presentaron al juz- 
gado cuando los propietarios verdaderos de la tierra, 
engañados por los intermediarios, trataron de compeler- 
los al desalojo. Esto era, evidentemente, injusto, pues 
no sólo se trataba de desalojo, sino de desapropiación 
de las cosechas. Tuvo, entonces, el juez que buscar el 
modo de no lesionar los intereses ni de los propietarios, 
ni de los pobres chacareros que no tenían culpa del 



359 — 



crack y que se verían desposeídos del fruto de su labor. 
Dentro de los recursos de la ley, el juzgado supo arbi- 
trar el tiempo necesario para que se produjera el ciclo 
de la recolección agrícola. 

Tal hubiera hecho aquel Magnaud de París que le 
cupo tan bien el calificativo de «buen juez».,. 



CAPITULO XL 



Bl primer Congreso Agrícola de la Pampa. — Su 
celebración en Santa Bosa. — Evidenciando 
el progreso industrial y social del territorio. 
— La palabra oficial. — El discurso del Di- 
rector General de Ganadería, Dr. Juárez. — 
La disertación del ingeniero Amadeo, Direc- 
tor General de Enseñanza Agrícola. — La 
reunión de los experimentadores. — La im- 
portancia económica de la Pampa. — Datos y 
cifras reveladoras. — Alrededor del intere- 
sante certamen. 



En la primer quincena de diciembre, tuvo lugar en 
Santa Rosa el anunciado congreso agrícola de la Pam- 
pa. La iniciativa de este certamen, como hemos tenido 
oportunidad de manifestarlo, corresponde al agrónomo 
regional, ingeniero D. Roberto P. Godoy. 

Demasiado fresca está la información periodística 
sobre este hermoso torneo, para que intentemos orga- 
nizar la , crónica de sus deliberaciones, reproduciendo 
detalladamente el material de la asamblea. Baste decir 
que este congreso, el primero de su índole que se cele- 
bra en el territorio, constituyó una elocuente nota de 
progreso industrial y de cultura social. 

El ministro de agricultura, Dr. Honorio Pueyrre- 
dón, imposibilitado, por la duplicidad de sus tareas mi- 
nisteriales, de hacer acto de presencia en este tonifi- 
cante concurso, delegó su representación en la persona 
del Director General de Ganadería, Dr. José León Suá- 



562 



rez, quien, por el voto unánime de los delegados pam- 
peanos, asumió la presidencia del congreso. 

Recojamos sus propias impresiones de este certa- 
men, manifestadas en su elegante y brioso discurso de 
clausura, palabra que tiene valor documental dado el 
carácter administrativo de su representación. 



«Preocupado con las cuestiones vitales para el país 
— dijo el Dr. Suárez, — quise enterarme, por mis 
propios ojos, lo que sería el Congreso Agrícola de la 
Pampa. 

«Lo demás vosotros lo sabéis; resulté elegido Presi- 
dente y un viaje proyectado por un día se me ha cou- 
vertido en cuatro de permanencia en esta Capital. 

«Pequeño trastorno sin duda, que está hartamente 
compensado, si mi desempeño presidencial ha podido 
ser de alguna utilidad como se me ha manifestado en 
la reunión de esta tarde. 

«He hecho lo que he podido por guiar los debates 
dentro de la libertad y el orden, conciliando los pre- 
ceptos parlamentarios con la índole de una reunión de 
hombres de trabajo que se proponían llegar a conclu- 
siones prácticas, como las que ha sancionado el Con- 
greso. 

«La tarea no fué del todo fácil: la Asamblea era al 
principio heterogénea y anteayer y ayer estaba agitada 
y nerviosa. 

«Me cabe la satisfacción de que los trabajos se hayan 
concluido, traducidos en propósitos homogéneos y en 
la mayor tranquilidad de ánimo. 



— 563 



«Desde que pisé Santa Rosa, me di cuenta que en el 
Congreso se entendía de muy diversas maneras por sus 
miembros, el problema, eterno como la sociedad, difícil 
como pocos, sobre las relaciones del hombre con la 
sociedad en que vive y la posición que ocupa en sus 
vinculaciones jurídicas con la autoridad gubernativa. 

«Sin embargo, la asamblea comprendió perfectamen- 
te su misión y ha realizado de un modo encomiable su 
programa. 

«Si es cierto que nos separa a muchos un concepto 
tan distinto como sincero y respetable, sobre lo que es 
«la verdad», no es menos cierto que nos ha unido a 
todos un profundo sentimiento, el del «Bien Público». 

«Hemos procurado sintetizar en. una serie de fórmu- 
las, varias innovaciones de la mayo.r importancia, que 
llevan todas la contribución intelectual de agriculto- 
res, propietarios, técnicos y representantes del Go- 
bierno. 

«Se trata de verdaderas transacciones, de esas que 
sólo se conciben cuando se eleva el espíritu por sobre el 
ras de la tierra a una altura en que los hombres se reco- 
nocen solidarios en origen y destinos y sienten la ver- 
dadera «igualdad» que no basta que sea jurídica sino 
que han llegado los tiempos en que es necesario que 

sea social. 

«Señores: A veces estuve tentado de recordar a la 
asamblea las palabras históricas de Siélles en la Revo- 
lución francesa: Vosotros queréis ser libres y no ser 
justos; pero el buen sentido de todos se impuso y la 
gran mayoría de las resoluciones, han de merecer el 
apoyo de la opinión y del Superior Gobierno Nacional. 



- 364 



«Queda demostrado señores : que podemos reunimos 
en una misma sala los representantes de ideas y de in- 
tereses a menudo antagónicos y que con un poco de pa- 
ciencia y un mínimum de cultura llegamos a enten- 
dernos. 

«La vida, lo mismo en la familia que entre los indi- 
viduos, es transacción, es tolerancia. El filósofo ameri- 
cano "W. James, ha dicho que la suprema virtud del 
hombre es la tolerancia ; y el Emperador filósofo Marco 
Aurelio, cuando en su lecho de muerte, el jefe de la 
guardia, le pidió el santo y seña del Imperio, le con- 
testó con la voz iluminada de un moribundo : «Ecuani- 
mitas» — ¡ ecuanimidad ! — 

«No vinimos a discutir doctrinas, ni a convertir a 
nadie. Cada uno se retira con sus convicciones y con sus 
armas, como Aquiles a su tienda de campaña, 

«Hemos venido a mejorar en algo la situación de la 
agricultura y de los agricultores de la Pampa. 

«La obra del Congreso Agrícola marcará una etapa 
memorable en la historia económica de nuestro país. 
El texto de las_ proposiciones votadas (y que para no 
ser pesado no quiero comentar) puede dividirse en dos 
clases : las de fomento y las de reformas. Las primeras 
representan, si se practican como espero, un poderoso 
impulso para la industria agrícola. 

«Pero, las segundas son verdaderamente trascen- 
dentales; porque implican que la justicia iluminada 
por la razón, se ha impuesto, espontáneamente y sin 
violencia, al espíritu de los eongresales que han acepta- 
do como un deber de la conciencia pública, soluciones 



365 — 



que hace pocos años hubieran parecido exageraciones 
atrevidas y hasta subversivas. 

«Tal es, a mi entender, el carácter de este Congre- 
so, donde se ha hecho una labor eficaz y armónica por 
la ciencia y la experiencia, el propietario y el obrero, 
la tierra y el trabajo. 

«Si todo o la mayor parte de esto se practica, hemos 
de llegar a consagrar la granja, la industria agrícola y 
ganadera simultánea, como una institución argentina, 
en reemplazo de nuestra vetusta chacra que hace tiem- 
po constituye un anacronismo. 

«Cualquiera que sea nuestra concepción de la vida 
espiritual, sea que creamos que el motor es la inteli- 
gencia; sea que creamos que es el sentimiento, o que 
son las necesidades materiales ; no hay duda señores 
que el bienestar físico influye en el bienestar moral y 
que una familia en su granja, sin pasiones malsanas 
que la perturben sembrando diversos cultivos y criando 
diversos animales, plantando y cuidando árboles con la 
esperanza que le den sombra, tendrá la subsistencia 
asegurada y se sentirá feliz, en ese estado de ánimo 
que se llama la salud del alma. 

«Espero que como resultado de la aplicación de las 
medidas sancionadas por el Congreso agrícola de la 
Pampa, la alegría volverá a los campos y en las tardes 
serenas, cuando el sol se pone en el horizonte, cuando 
el hombre, aún el menos religioso siente fervor de hu- 
manidad y llega a ese indefinible estado de ánimo que 
Víctor Hugo expresó magistralmente en su colosal 
Oración por todos ; cuando, como en el toque de ánge- 
lus, el hombre instintivamente al ver que un día más se 



366 



marca en la eternidad de los siglos, se siente pequeña 
ante la grandiosidad de la naturaleza y se saca maqui- 
nalmente el sombrero ; yo espero que los hombres de la 
Pampa y los de toda la Repiiblica podrán decir como 
San Pablo en una de sus epístolas : ya no hay griegos 
ni romanos, cristianos ni gentiles, oprimidos ni opreso- 
res, todos armados de tolerancia y obrando en razón, 
se sentirán buenos y procederán bien. 

«Señores : Vuelvo con agradecimiento para todos. 
No llevo un solo agravio del Congreso y sí, en cambio, 
muchas satisfacciones y entre otras aquella que hizo 
decir a Pelletan : He auscultado el corazón del pueblo 
y lo he sentido latir. 

«Gracias, a todos, por el concurso que me han pres- 
tado. Los saludo en nombre del Exmo. señor Ministro 
de Agricultura de la Nación que, antes de pensar en 
ocupar tan alto cargo era ya uno de nuestros distingui- 
dos universitarios y un importante agricultor y gana- 
dero. Las discusiones de este Congreso, han sido bené- 
ficas. La lucha es vida; la unanimidad es la muerte. 
De las ideas contrarias nace la luz como del choque de 
los pedernales salta la chispa. 

«Empezamos casi en una borrasca y terminamos 
contemplando en el cielo el arco iris. Se realiza aquí el 
viejo adagio latino «post nubila feeubus» — Después 
del nublado sale el sol. — 

«Permitidme que también os diga, a modo de los 
latinos que espero que los vientos propicios y los dioses 
bondadosos lleven a buen puerto esta simbólica nave que 
hemos constituido en el Primer Congreso Agrícola por- 



567 



que ella va cargada de justicia y repleta de buenas in- 
tenciones.» 



Tal, la hermosa pieza oratoria del Dr. Suárez. 

Lamentamos que el carácter de este libro no dé 
margen a la reproducción de meritorias disertaciones 
producidas en este congreso, hijas del debate, — algu- 
nas, — y otras en sostén de acertados trabajos de fo- 
mento agrícola y reforma social. No podemos, sin em- 
bargo, sustraemos al deseo de reproducir algunos pá- 
rrafos del discurso pronunciado en la sesión inaugural 
por el Director General de la Enseñanza Agrícola, inge- 
niero Tomás Amadeo, disertación que tiene, además del 
valor técnico, el valor oficial. Esta última circunstan- 
cia es la que provoca su transcripción, siquiera frag- 
mentaria. 

Dijo, entre otras cosas el señor Amadeo : 

«Este Congreso de la Pampa tiene una importancia 
excepcional, por la forma de su composición, por el 
sitio donde se celebra y por ser el primero de su índole 
que se realiza en la República. 

«Hace algunos meses, cuando surgió la idea de esta 
reunión y ella fué resnielta, los delegados de la Direc- 
ción de Enseñanza Agrícola, en este territorio, lo re- 
corrieron en todas sus zonas pobladas y cultivadas has- 
ta el punto de poder afirmarse que no hay una locali- 
dad donde pueda existir un núcleo de agricultores que 
no haya sido visitado por esa embajada enviada a los 
obreros de la tierra, para invitarles a hacerse repre- 
sentar en este acto. Realizáronse en todas las colonias 



- 568 — 



asambleas e» las que se eligieron, democráticamente, 
representantes que concurrirán a las deliberaciones que 
hoy se inician. De esta manera puedo asegurar que este 
congreso es la representación de los cincuenta y ocho 
mil varones que da el censo de 1914 en la población 
rural del territorio, 

«Como esta representación sería incompleta y uni- 
lateral, si ella fuese exclusiva, concurren hoy represen- 
taciones de las empresas colonizadoras y asociaciones 
agrícolas e industriales, cuya voz debe ser oída y cuyos 
intereses son respetables; pero es bueno observar que 
esta clase de representación media quedará diluida, 
por razón del número, en la considerable delegación de 
agricultores. 

«Hasta ahora era una costumbre inveterada la de 
elegir, para sede de los congresos, las grnades ciudades 
centraliza doras. Rompemos hoy esa rutina, elevando en 
€ste pueblo, de tan poca población, la bandera de la 
reunión profesional porque consideramos que los inte- 
reses de la Pampa deben estudiarse y discutirse en la 
Pampa misma y porque deseamos, de una vez por to- 
das, iniciar una saludable y nueva tradición en esta 
materia. 

«He dicho que este congreso es el primero de su ín- 
dole que se celebra en la república. 

«Es cierto que se han realizado reuniones locales 
de agricultores por iniciativas privadas u oficiales tales 
ocomo las que inició y patrocinó en distintas ocasiones 
el distinguido director de Economía Rural señor La- 
hitte, quien me ha encargado que os excuse su ausencia 
motivada por razones respetables de familia. 



369 — 



«No es menos cierto que algunas asociaciones o fede- 
raciones agrícolas han efectuado también reuniones con- 
siderables. 

«Pero ni las primeras han llegado a tener la ampli- 
tud de este congreso ni las últimas han sido presididas 
por el espíritu liberal y amplio que flota en este am- 
biente. 

«Es necesario recordar a quienes pretenden ejercer 
la tutoría y hacen de tutores o capitanes del gremio 
agricultor, enarbolando bandera de rebelión y de in- 
transigencia, que su prédica exótica no encontrará te- 
rreno propicio en el libre ambiente de la nación ar- 
gentina donde el agricultor, quien quiera que sea, es 
respetado y respetable y sólo necesita de un poco de 
empuje y de organización, para hacer valer más justa- 
mente sus intereses que son solidarios con los más gran- 
des y amplios intereses nacionales.» 

Luego habló sobre la primera reunión anual de los 
experimentadores. Refiriéndose después a la enseñanza 
agrícola y a los agricultores del país, dijo : 

«Es oportuno y patriótico recordar desde esta alta 
tribuna, delante de vosotros, agricultores de la Pampa, 
que representáis a todps nuestros hermanos de la re- 
pública, que es absolutamente falso que existan ni pue- 
dan existir antagonismos, incompatibilidades o distan- 
cias entre la enseñanza agrícola y el gremio rural, en- 
tre la ciencia y la experiencia, entre el agrónomo y el 
agricultor. 

«Unos y otros se complementan y se enseñan, sir- 
viéndose recíprocamente para el común progreso y ade- 
lanto de la república, demostrando con los hechos y no 



T.a Pampa — 2-/ 



— 370 



con palabras huecas ni afirmaciones arbitrarias que la 
fraternización de agrónomos y agricultores, que la 
compenetración de la enseñanza agrícola en la masa 
rural, exteriorizados en diversos modos en todas las 
provincias y territorios, tienen hoy su solemne consa- 
gración en este congreso.» 

Sobre la importancia social y económica de la Pam- 
pa, tuvo frases como las que siguen: 

«Muy digna de tal consagración es la oportunidad 
que nos ha congregado ; oportunidad que sirve a la vez- 
para poner en evidencia ante todos los habitantes de 
la república, la importancia social y económica, cada 
vez más considerable de este territorio que marcha a 
la cabeza de todos los demás territorios nacionales. 

«Basta recordar rápidamente ciertas informaciones 
elementales, para reconocer la justicia con que se ha 
elegido a la Pampa comió asiento del primer congreso 
regional de agricultores. 

«Nuestro distinguido compañero de la comisión or- 
ganizadora de este congreso, D. Emilio Lahitte, publi- 
ca anualmente una estadística agrícola comparada, que 
nos da interesantes detalles sobre este asunto. 

«El territorio de la Pampa con catorce millones y 
medio de hectáreas, es decir, con una extensión terri- 
torial superior a la de Santa Fe y casi doble de la de 
Entre Ríos, tiene actualmente, ciento cinco mil habitan- 
tes es decir que ha cuadruplicado la cifra desde 1895, 
en cuya época sólo contaba con veinticinco mil habi- 
tantes. 

«El área cultivada de 1.900.000 hectáreas es cerca 
de doscientas veces mayor que hace diez años y coloca- 



371 



al territorio en cuarto lugar, después de Santa Fe, en 
el conjunto de todas las provincias y territorios. 

«Ocupa el quinto lugar en sus líneas ferroviarias 
que se extienden en más de mil cuatrocientos kilóme- 
tros por las que circulan anualmente alrededor de se- 
tecientos mil pasajeros y cerca de ochocientas mil tone- 
ladas de carga. 

«Sobre tres mil trescientas setenta chacras cultiva- 
das en 1915, ochocientas setenta y nueve e an explota- 
das por sus propietarios, es decir el 26.08 por ciento, 
ocupando con esta proporción el quinto lugar en la re- 
pública. 

«En el quinquenio de 1906 a 1915 se han vendido 
6.073.701 hectáreas por valor de ciento cuarenta y cua- 
tro millones de pesos, aumentándose el número de pro- 
pietarios y acentuándose la tendencia hacia la subdivi- 
sión de la tierra. 

«El 63.6 por ciento de la población total es argen- 
tina, predominando en la población extranjera el ele- 
mento llamado latino. 

«Existen cinco sucursales del Banco de la Nación 
con un giro bancario de cerca de 200.000.000 de pesos. 

«En una interesantísima publicación realizada en es- 
te mismo territorio encuentro otras no menos interesan- 
tes informaciones que complemento y contraloro con 
la lectura de los censos últimos. 

«Cerca de cuarenta núcleos importantes de pobla- 
ción tienen ya constituidos o se encuentran en condicio- 
nes de organizar sus comunas. 

«Existen noventa y dos escuelas primarias para una 



— 372 — 



población escolar empadronada de 21.000 niños en edad 
escolar. 

«Todos estos antecedentes que son muy conocidos 
en la Pampa no es superflue repetirlo en esta tribuna, 
desde la cual hablamos al país entero, quien se conven- 
cerá, al fin, que en este próspero y predestinado territo- 
rio hay un ambiente económico y social, digno del con- 
greso que iniciamos así como también de una considera- 
ción nacional superior.» 



* 
* « 



En suma ; el congreso agrícola de la Pampa fué un 
bello triunfo para el territorio. Como acto de solidari- 
dad social, constituye un gran paso en el sentido de 
organizar las fuerzas productoras del territorio ; como 
aporte técnico contribuye eficazmente a fomentar las 
prácticas de la agricultura. Los trabajos presentados 
fueron numerosos, siendo algunos de verdadero mérito. 



CAPITULO XLI 

i 

Los agrónomos regionales. — Un viaje de enseñan- 
za y de observación. — La labor de los téc- 
nicos: de movilidad, de difnsióQ y de consejo. 
— Las condiciones agrológicas del suelo pam- 
peano. — La práctica en los cultivos. — Los 
chacareros de Quebué. — Un ensayador de si- 
los en Macacbín. — El aula-museo del ferro- 
carril Oeste. — La plaga de la isoca. — Esce- 
nas pintorescas. — Un hortelano previsor. — 
En la chacra experimental de Guatraché. — 
Apuntaciones generales de una larga jira. — 
La acción de los agrónomos. — Diversas, 



Gran parte de nuestro viaje por la Pampa lo hemos 
realizado en compañía de agrónomos de la Enseñanza 
Agrícola. Esta circunstancia nos ha dado coyuntura pa- 
ra apreciar de cerca la obra de los técnicos y los bene- 
ficios que reporta a la agricultura, cuando se desenvuel- 
ve en su acción regular. Para que la labor de los agróno- 
mos regionales sea eficaz, debe ser de constante movili- 
dad. Un territorio tan extenso como éste, en donde los 
problemas agrícolas son tan múltiples, reclama una 
consciente fiscalización técnica. La chacra experimen- 
tal, puede llegar a una eficiente contribución en lo que 
se refiere a seleccionamiento, aclimatación y perfeccio- 
namiento cultural de las sementeras. Pero esta estación 
de prueba, cujos resultados definitivos tendrán que 
demorar un tiempo pai'a incorporarse a la práctica re- 
gional, necesita de la obra comprobativa de los agro- 



— 374 



nomos, cuya labor debe ser de difusión y de consejo, 
sobre el surco, como quien dice y no en la comodidad 
burocrática de la oficina. 

El agrónomo regional debe connaturalizarse pro- 
fundamente con la zona cuyos intereses ha de servir, 
vincularse fX agricultor y seguir el proceso de sus cul- 
tivos. 

Siendo variadas las condiciones climatéricas y la 
calidad geológica de los suelos en el territorio, se im- 
pone, sobre todas las cosas, la observación objetiva del 
técnico. Hay una gran diferencia entre el norte de la 
Pampa en donde las lluvias arrojan un promedio de 
550 milímetros y el centro y sureste, donde el pluvió-" 
metro marca de 250 a 400 y el oeste, conceptuada zano 
seca con sus 250 milímetros escasos. La misma constitu- 
ción arenosa generalizada en toda la extensión de la 
Pampa, tiene sus variantes fundamentales. Los terrenos 
recostados en la frontera de Córdoba, son de arena grue- 
sa con escasa proporción de arcilla; tienen alguna dife- 
rencia los del lado de San Luis, livianos y permeables. 
El análisis de Javenir (Pablo), sobre suelos de la Pam- 
pa, establece que el Bernasconi, Alvear, Trebolares, La- 
rroudé, Macachín y Santa Rosa el porcentaje no llega 
en ningún caso al 7 % ; en Toay y Trebolares, la tierra 
es más consistente con una proporción total de arena 
de 82 a 97 y más, %. En general, es mediana la riqueza 
en calcáreo, ázoe y humus. En cambio son ricas en áci- 
do fosfórico y en potasa. 

Ante la diversidad de componentes químicos y geo- 
lógicos que definen zonas características, nada más efi- 
caz para la buena enseñanza agrícola, que el conocimien- 



— 575 



lo experimental y la objetividad. El agrónomo regional 
-debe ser una cátedra ambulante, mentor y consejero, 
teórico y agricultor a la vez. Nuestro viaje nos ha dado 
oportunidad para apreciar la condición de esta labor. 
En cada pueblo donde se han detenido nuestros coches, 
la acción científica ha podido experimentar sobre ele- 
mentos nuevos, dar orientaciones y enriquecer el caudal 
investigativo con la experiencia de los cultivadores. 

— Venga — le dicen al agrónomo, en comisión, de 
-Quehué, los chacareros de Unánue — a visitar nuestros 
trigos. Venga pronto . . . Han aparecido unas manchas 
azules en las hojas, que nos tienen alarmados. ¿Qué 
será? 

Hemos podido observar que en general, los agricul- 
tores de profesión, creen estar muy por sobre los agró- 
nomos, en la práctica de los cultivos. Mientras los trigos 
se desarrollan sin novedad, con el verde uniforme y 
magnífico, todo va bien. Discuten enfáticamente proce- 
eedimientos de cultivos y hasta suelen recibir con hos- 
quedad las conferencias didácticas. Su desconcierto es 
cuando algún azote patógeno sacude el trigal. ¡ Entonces 
sí que acuden al agrónomo, ante la amarga perspectiva 
de malograr los afanes del año ! 

— La isoca me tiene mal, señor, muy mal. . . ¿qué de- 
bo hacer? 

— Si los trigos están en condiciones de soportar — 
opinan algunos agrónomos — páseles la rastra y el ro- 
dillo. Y sea previsor para el año que viene : surque el 
linde del campo. Aisle la isoca, que la isoca es cobarde 
para cruzar al sol. Esto, como medida previa. Pero lo 
fundamental es conocer de «visu» el terreno donde se 



— 376 — 



ha desarrollado la plaga. Un papal, por ejemplo, sufre 
la isoca, por invasión del predio vecino, porque está 
mal trabajada la tierra, o el estiércol no ha sido usado 
en condiciones de descomposición, como es lo pertinente. 
Es un caso de clínica que reclama la objetividad del 
agrónomo sobre todos los consejos. 

Un campesino de Macachín nos confiesa su simpáti- 
ca aventura : 

— ¿Sabe que me he metido a ensayar los silos de al- 
falfa? Leí un artículo en una revista norteamericana y 
¡qué diablos! para probar... 

—¿Y? 

— De todo. El forraje de los dos que hice fué cortado 
en la misma época. A ambos los acondicioné en igual 
forma. Uno de ellos me dio un resultado espléndido; 
pero el otro fué un fracaso. Fermentó en seguida y apa- 
reció el pasto todo manchado, amarilloso, fétido. 

— ¿Lo cubriría mal, tal vez? 

— No señor. Tuve igual precaución para los dos. Y, 
a medida que iba insumiéndose el foso, me cuidé muy 
bien de ir revocando las grietaduras, cosa que no en- 
trara el aire. 

— Habrá estado la alfalfa de alguno más humede- 
cida. 

— Quizás haya sido eso . . . 

Y a renglón seguido de este diálogo, viene la expli- 
cación oportuna, cosa de que no se malogren los silos 
nuevos de este valiente ensayador. 

En una estación de la línea Toay-Bahía Blanca, su- 
be a los coches agronómicos, un guarda del ferrocarril. 
El también tiene un rosal en su casita. Es hombre de 



577 — 



buen gusto y uo puede ver que los pulgones le arruinen 
el «crédito de su jardín, que da unas rosas como si fue- 
ran de porcelana». Se le receta la acreolina al 2 % o 
una emulsión jabonosa, a base de kerosene. Y el hombre 
— ¡ qué decimos ! el poeta — jubiloso, como que lleva la 
salud a su pensil, busca con ingenuidad en su bolsillo, 
Qn peso para satisfacer la consulta . . . 

En Macachín, una planta adventicia, simpática en 
apariencia, se ha metido como Juan por su casa, en los 
alfalfares. Cualquier ganadero pone semblante torvo 
ante esta intrusa que no tiene traza de pertenecer al 
comadraje de la vecindad, definido ya en la nomencla- 
tura campesina. ¿Qué será? ¿Qué no será? ¿De dónde 
vino? i La comerán las vacas? ¿Será indigesta, purgati- 
va, venenosa? En nuestra presencia, la recoge el agró- 
nomo. El tampoco la conoce. Pero ya le dirá la clasifi- 
cación científica, a qué gentuza pertenece esta cizaña 
que viene a romper la armonía del prado. 

El aula y el museo ambulantes, en que viajan los 
agrónomos, constituyen foco de atracción, no sólo de 
colonos, sino también de estudiosos y observadores y 
especialmente del mundo escolar. Sentimos vivo placer 
en Rivera Cprov. Bs. As.), en donde aguardamos el en- 
ganche en el tren que va a Catriló, presenciando la lec- 
ción que un judío ruso dá a su hijo, — rapazuelo inte- 
ligente, rubio y bronceado, — en el coche museo. 

— Este — le dice, enseñándole un frasco — es una 
mais mogocho que rguinde mucho... Aquí tienes una 
sgma de pagaiso en donde se ha apodegado la cochini- 
lla (aspidiotus hederae). 

Hay quinteros con veinte o treinta años en el país. 



— 378 — 



que se han encerrado en la rutina. Duro es machacar 
sobre estos espíritus, blindados a todo modernismo, im- 
buidos de buena fe en su primitividad virgiliana. ¡Y 
cuidado de contradecirles si han ingertado un brote 
diminuto sobre robusto y desproporcionado patrón o 
han podado románticamente un manzano lleno de 
fronda ! 

No siempre son ásperos y rudos los agricultores que 
nos trae la marejada inmigratoria. Cuando el agrónomo 
se familiariza con ellos y sabe atenderlos en sus cuitas, 
le toman afecto. Para los colonos, un agrónomo bueno, 
suele ser una figura paternal, una especie de segunda 
providencia. En los focos de colonización judía, sus 
agricultores, reacios y calculistas a menudo, suelen te- 
ner su afecto sencillo para el profesional. Los de Que- 
hué, por ejemplo, llaman bondadosamente al agrónomo 
distribuidor de semilla «el gromo de nosotros» ; la «gró- 
ma» a la esposa ; a sus niños los «gromitos». 

En lo que el agrónomo no debe descansar es en su 
prédica sobre la civilización y afianzamiento de los mé- 
danos, problema que tiende a desaparecer en la Pam- 
pa. A menudo hemos visto despuntar sobre los trigales 
florecidos la cresta pelada de un médano, en salvaje 
desafío, como una ampolla purulenta sobre la lozana 
salud de los campos. 

— i Pero amigo ! . . . — se le dice al colono locador o 
propietario, con cierta irónica gravedad. — Dome ese 
medanito. . . 

— Le parece ... ¡Si es más bravo ! Ya planté unos 
álamos, pero han desaparecido. 

— Es claro. Si no lo repara, es tiempo perdido. Evi- 



379 



te que entren los animales a removerlo. Métale un alam- 
brecito con un hilo de púa, nomás ; y después, ponga 
estacas de álamo de Italia o siembre centeno. A la vuel- 
ta de dos años no hay médano. . . 

No siempre enseñan los agrónomos. Suelen aprender 
en la práctica de los viajes. De continuo se encuentran 
■con verdaderas sorpresas. Quien ha ensayado un forraje 
de Minesotta o Normandía; quien emplea un procedi- 
miento especial para la desinfección de sus frutales, 
con resultados halagüeños ; quien ha introducido una 
planta exótica para cerco viso, que compite con venta- 
ja sobre las tuyas, el tamarisco, la tuna y la cinacina. 

Un italiano de la vecindad de Trenque Lauquen, 
<jue corresponde geográficamente a la zona de Catriló, 
nos enseña su cerco de oliveto, un arbusto excepcional 
para reparos vivos. 

— Por aquí no entran ni los pájaros — nos dice con 
cierta vanidad por este descubrimiento que pone su 
fanegada a resguardo del medanito lindero. — 

— ¿Conoce los sorgos de Jerusalem? — interroga al 
agrónomo, un agricultor ruso de Doblas. — Pues me 
están dando excelente resultado. Yo creo que es lo que 
conviene para el oeste de la Pampa. 

En la chacra experimental de Guatraché, nos dan 
pésimos informes sobre el eucalito resinífero, como in- 
adaptable al ambiente; sin embargo, en la estación Ri- 
vera (Bs. As.), zona análoga, hemos podido admirar 
florecientes ejemplares de esta especie. 

Todas estas apuntaciones han venido a robustecer 
nuestro juicio sobre los agrónomos regionales. Mientras 
su acción se circunscriba a la labor oficinesca, a base de 



— 380 — 



meteorología, de nota.s al ministerio y correspondencia 
epistolar, con los pocos chacareros que consultan, le- 
jos de la observación y el experimento, todo sacrificio 
del Estado para mantener este dispendioso organismo 
de la enseñanza agrícola será estéril. Es muy sencillo 
aconsejar a los labriegos de la Pampa : «siembren trigo», 
ya que la necesidad del duro pan ha modificado el con- 
sejo de nuestro Guido Spano, cuando desde aquel re- 
moto empleo agrícola que le deparó el destino, decía a 
los chacareros : «planten rosales, señores, muolios rosa- 
les, para dulcificar la vida» . . . 

Pero no es ésta la misión fundamental de los agróno- 
mos. Su obra debe ser práctica, experimental, objetiva. 
Debe ser maestro de agricultores, junto al arado, bajo 
el sol, en la cosecha, en la parva, en el troje ; en los ár- 
boles de la huerta y en el alfalfar; frente a la plaga 
rebelde y en el ensayo de la máquina ; en el consejo y 
en el aplauso estimulador. Debe en fin, no sólo ser buen 
agrónomo, sino buen agricultor, cosa de borrar en el 
espíritu de los hombres de campo el concepto de diletan- 
tismo con que la experiencia rural estigmatiza casi siem- 
pre, y por mera retracción campesina, todo lo que es di- 
dáctico o facultativo. Debe, en una palabra, ser au- 
toridad. 



CAPITULO XLIÍ 



El progreso escolar y la evolución agrícola. — 
Consorcio de pueblos. — Los primeros cimien- 
tos de una raza nueva. — La escuela, exponente 
de uniformidad étnica. — El «far west» ar- 
gentino. — Características de la colonización. 
— A través de las escuelas. — Niños decidi- 
dos, inteligentes y cuidadosos. — Anecdotario 
escolar. — El sentimiento nativo, hondo y glo 
rioso. — Una lógica de hierro. — «Yo soy 
pampeano, señor» ... — Localistas por ambien- 
te, por atavismo y por instrucción. — La es- 
cuela normal de Santa Bosa, sembradora de 
maestros. — Detalles de su organización. — 
Sus frutos. — El colegio nacional. — Las es- 
cuelas del territorio. — Sus contomos sobre- 
salientes. — Escuelas modelo. — La acción 
educativa de los salesianos. — Pueblo que sabe 
organizarse sólo, sabe gobernarse sólo. 



El proceso escolar que viene desenvolviéndose en la 
Pampa, no se puede concebir sino sobre la base de la 
evolución agrícola. Es un problema sociológico que sólo 
el tiempo podrá resolver. País de inmigración por exce- 
lencia, mientras el consorcio de los pueblos sea en su 
seno una amalgama y no una fusión, mientras el entre- 
vero no haya fijado en definitiva el tipo pampeano, 
— que será sin duda, de tez morena y ojos claros, — 
mientras un régimen social no concierte los fundamen- 
tos básicos de la colectividad y se codeen a la ventura, 
razas, lenguas y religiones, no pasarán de ensayos pre- 
carios las tentativas de armonización, de étnica funda- 



- 382 



mental. Pero como quiera que es mucho pedir la sus- 
tanciación de este proceso, no abreviado. en América ni 
con la civilización vertiginosa de los Estados Unidos, 
tomemos la Pampa tal como se presenta en su flores- 
cencia virginal, mientras se asientan en su seno los pue- 
blos inmigrantes, y los factores tiempo, ambiente, con- 
vivencia y legislación, se encargan de plasmar su ar- 
quetipo. 

Lo que no admite discusión es que el proceso evolu- 
tivo se ha comenzado ya, a raíz de los primeros cimien- 
tos. La generación pampeana de hoy, que recibe los be- 
neficios de la enseñanza pública, es decir el primer ger- 
men de la vitalidad autóctona del territorio, se signi- 
fica en un sello propio de inteligencia y sagacidad. La 
explicación de esta premisa está en el dominio de la 
sociología elemental. Todo pueblo migrador es inteli- 
gente. Los pueblos estacionarios, incapaces de difundir- 
se por el orbe, son por lo común, retrógrados. Sólo el 
indolente o el chato, se muere de viejo en su fanegada 
del valle, sin alzar la cabeza por sobre la montaña 
para mirar el horizonte azul donde se extiende el por- 
venir. Un hombre pobre, ruso o español, italiano o in- 
glés, que cruza con su familia el mar, en viaje a lo des- 
conocido, buscando un horizonte para labrar fortuna, 
es una fuerza, es un carácter. Y de esta clase de hom- 
bres está poblada la Pampa, esa gran Pampa, que con- 
sagra hoy el vaticinio augural de ser «nuestro más pin- 
güe patrimonio» (1). Y si esta es la simiente esparcida 
por todo el haz del territorio, ¿cuáles serán los frutos- 



(1) Echeverría. 



— 383 — 



que cosechará el porvenir? Ya se diseñan; ya los encon- 
tramos por los campos en las faenas rurales, en la bre- 
ga ardorosa ; ya los sentimos en el trajín de los negocios 
y en el dominio esforzado de la tierra sin mancilla; ya 
los vemos, — bravos mocetones, — en los predios civi- 
lizados de la colonia y en la cabana, — técnicos y no 
rutinarios, agricultores y no labriegos. Pero donde el 
espectáculo de esta naciente uniformidad se presenta 
augural y tonificante por el sello inconfundible de su 
argentinismo promisorio, es en las aulas de la escuela 
nacional. Aquellos niños rubios o morenos, de ojos azu- 
les o castaños, hijos de españoles o italianos, alemanes 
o rusos, católicos, protestantes o judíos, pampeanos to- 
dos, se unifican al pasar por el crisol de la escuela. ¡Y 
qué almacigo ! La semilla, fecundizada por el trabajo, 
eclosiona en la brava progenie en cuyas manos y en 
cuya inteligencia la constitución nacional confiará el 
porvenir de una de las primeras provincias argentinas. 
La colonización de la Pampa se ha venido produ- 
ciendo en forma análoga aunque superior a la de Estados 
Unidos. Aquí está el «Far West» argentino en vías de 
moldear sus improvisaciones y manifestarse en la mayo- 
ridad otorgada por las fuerzas vivas que se desenvuelven 
en su seno. Ha alcanzado una etapa en su desarrollo ; y si 
hasta ayer libró sus energías a la ruda labor de la tie- 
rra, comienza hoy a sentir preocupaciones de carácter 
institucional y político, síntoma elocuente de que acaba 
de tern\inar el proceso vegetativo de su organización, y 
siente, como el árbol, la necesidad de florecer y fructi- 
ficar. Su población no es ya el componente híbrido, se- 
gregado de todas las latitudes, incapaz de la conviven- 



— 584 



cia redentora por la acción del trabajo. El sedimento 
que nos trajo Europa en su marejada, a semejanza del 
desborde de los grandes ríos, ha dejado su barro ferti- 
lizante en las campiñas, y es aKul en los linos, oro en 
las mieses y verdura en los alfalfares. Y ninguna pobla- 
ción más valerosa que este pueblo colonizador que aca- 
ba de asegurar su estacionamiento definitivo en el te- 
rritorio. El agricultor pampeano no tiene reatos para 
sus cultivos. Se entiende con energía y con abundan- 
cia, en la seguridad que ha de conseguir su independen- 
cia económica. Si persevera y salva su situación, se en- 
riquece ; si fracasa no se siente vencido ni se acobarda. 
El horizonte se abre como una providencia a su brazo 
y a su iniciativa. Y como la ayuda oficial fué siempre 
relativa, — precaria a veces, — hay un orgullo ingénito, 
propio del que no necesita de nadie. Todo se debe al 
trabajo personal, a la obra privada de cada colono. Y 
como el territorio es tan grande, tan generoso, tan pró- 
digo en tierras de panllevar, si la suerte es avara en un. 
sitio, se recurre a otro. Basta esta ligera semblanza 
para orientar el juicio sobre el temperamento de la 
masa escolar, retoño de buscavidas y base de una raza 
armoniosa, que ha de manifestarse en el porvenir con 
estas cualidades máximas : valor, inteligencia, saga- 
cidad. 

En nuestro viaje de estudio a través del territorio, 
hemos visitado numerosas escuelas, comprobando la 
existencia de estos elementos básicos que definen los 
pródromos de un pueblo homogéneo, a pesar de la di- 
versidad de sus componentes. En todas partes hemos 
encontrado niños decididos, inteligentes, cuidadosos; 



— 385 



audaces y no gazmoños; activos y no escurredizos ni 
negligentes. Y este patrón del mundo infantil es univer- 
sal en el territorio. Lo hemos comprobado en la obser- 
vación y el ejemplo. Un distingliido hombre público 
que visita una escuela infantil, elije al azar, entre los 
educandos de una clase inferior, un niño. 

— Escriba en el pizarrón esta frase, — le dice. 

Y le dicta : 

«La Pampa, por la bondad de su clima y la feracidad 
de su suelo, está llamada a ser una de las primeras pro- 
vincias argentinas». 

El niño, sin vacilar, escribe de corrido. Al llegar a la 
palabra «feracidad», se detiene. Recuerda de un tirón 
la frase, pero no ha colegido bien la vocalización de esta 
palabra. Es listo, pero teme el error, por propia emula- 
ción de sus camaradas, por orgullo instintivo. El men- 
tor, que penetra la lucha interna del rapaznelo, se apre- 
sura a repetir la frase, puntualizando los sonidos de la 
palabra «feracidad», desconocida para .el alumno. Y 
basta el detalle para salvar el obstáculo hasta el final, 
sin un error. 

— ¿Y por qué será la Pampa una de las primeras 
provincias argentinas? — interroga a la clase el impro- 
visado preceptor. 

— Porque la Pampa tiene que ser provincia, — res- 
ponde sin discrepancia el concurso infantil. 

Entrar en detalles sería inoficioso. Saben los niños 
que «ser provincia» es más que «ser territorio» ; y ellos, 
que son argentinos, como los demás hijos de la nación, 
no pueden admitir que aquel «gran territorio» no pueda 
«ser provincia». Es una lógica de hierro. 



fj» Pampa — 25 



— 386 — 



Era mentor circunstancial de esta clase tan bella, 
el doctor Pedro O. Luro, «leader» de la provincializa- 
ción de la Pampa. 



* 

* * 



Ejemplos parecidos a este que dan medida del es- 
píritu abierto de la masa infantil, hemos podido ob- 
servar en toda ocasión y en todo lugar. El sentimiento 
nativo es grande y glorioso a la vez. Buenos Aires, que 
suele tener a flor de labio la expresión despectiva de 
«la Pampa siempre es la Pampa», — por desconoci- 
miento craso de este territorio y de la levadura que se 
amasa en su seno, — debía sentir la arrogante respues- 
ta franca y honda, de sus niños, cuando se les interroga 
sobre el lugar de su nacimiento : «soy pampeano, se- 
ñor!» — con todo el orgullo de un hijo de la república 
de los Gracos : «ciudadano de Roma» . . . 

Y nada de extraño tiene esta característica, que 
semblantea las aristas firmes de este pueblo. Los niños 
de la Pampa no sólo son localistas por atavismo, por 
ambiente y hasta por necesidad, si se quiere, sino tam- 
bién por instrucción. La escuela normal de Santa Rosa 
que constituye el organismo educacional más completo 
del territorio, da su cosecha anual de maestros, pampea- 
nos todos, y que se diseminan por la Pampa a cumplir 
su apostolado. Nada más lógico que este granero ma- 
gisterial, lleve su amorosa semilla a todos los ámbitos 
del terruño e inicia a sus niños en el afecto nativo, ca- 
paz de ser más grande cuanto más alejado se ve al te- 



587 



rritorio del concierto fraternal dentro de los destinos 
de la nación. 

La escuela normal se fundó en 1909, el 28 de junio, 
con carácter de escuela rural, con dos cursos. En 1914, 
bajo la administración del consejo nacional, se comple- 
tó con cuatro cursos. Este establecimiento ha dado maes- 
tros rurales en 1910, 11, 12 y 13. El año 514, que co- 
rrespondió a la reforma, no diplomó. En 19 .5 y 1916 dio 
los primeros maestros normales. De entonces a la fecha, 
han egresado numerosos maestros. El primer grupo fué 
de 5; el segundo de 10. El año anterior, — 1917, — se 
han recibido 18. A estos resultados hay que agregar los 
maestros rurales del comienzo. El personal docente fun- 
dador de esta escuela, estuvo constituido por profesores 
normales para los cursos superiores y maestros para los 
grados de aplicación. Actualmente, en el personal hay 
dos médicos, dos abogados, un doctor en filosofía y le- 
tras, profesores normales, profesores de enseñanza se- 
cundaria y algunos maestros normales. Del sexo de los 
maestros normales que se forman en esta escuela, un. 
90 por ciento corresponde al femenino. En los cursos 
de aplicación están equilibrados. Dirige este estableci- 
miento, con beneplácito general, el señor Andrada, doc- 
tor en filosofía y letras y profesor egresado de la fa- 
mosa escuela normal de Paraná. El doctor Andrada. 
que es un pedagogo de vasta ilustración, formó parte, 
en 1914, de la comisión de reformas del plan de estu- 
dios de las escuelas normales. 

El colegio nacional, que está llamado a desempeñar 
un papel importantísimo en el territorio, como base de 
cultura profesional, ha comenzado recién su primer 



— 388 — 



curso bajo los mejores auspicios y la acertada rectoría 
del profesor señor Dávila. Su primer aula se ha 
llenado de educandos. Este año se tonificará con nuevos 
elementos que han salvado su instrucción preliminar. 
Debemos hacer notar que había un poco de pesimis- 
mo a raíz de la fundación de este establecimiento. Este 
ambiente de retiscencia, se afirmaba en el precedente 
de otras localidades. En la maj'-or parte de las eapitíi- 
les de provincia, al inaugurarse sus colegios nacionales, 
rara vez se pudo ordenar de inmediato el funcionamien- 
to de su primer curso, dado la escasez de aducandos. 
El colegio nacional de Santa Rosa resultó una revela- 
ción en tal sentido, pues su registro de matrículas cu- 
brió con creces el número requerido para comenzar las 
clases con regularidad. 

En el territorio de la Pampa haj'' más de 100 escue- 
las de carácter y dependencia nacional. El personal de 
todas, sin excepción, es diplomado. Los maestros están 
equiparados a los de la capital federal, con sueldos co- 
rrespondientes a las categorías 1^, 2? y 3? : 240, 216 y 
190 pesos, respectivamente. Es decir que tienen haberes 
más remunerativos que los de las escuelas Láinez. Una 
característica que hemos podido comprobar, es que el 
personal docente de las escuelas es homogéneo. Hasta 
el seno de la escuela no ha llegado aún la influencia 
política, lo que no puede decirse de la mayor parte de 
las provincias. Los establecimientos de educación tie- 
nen carácter idéntico a los de la provincia de Buenos 
Aires, y es común encontrar escuelas con personal pre- 
paradísimo y en donde la enseñanza sigue el camino 
progresivo de las mejores iniciativas. No faltan los edi- 



— 389 — 



ficios de primer orden como el de la escuela elemental 
de Santa Rosa, donde se han llenado cumplidamente las 
necesidades de la pedagogía moderna; ni edificios pri- 
morosos como la escuelita de Santa Aurelia, en Pico; 
ni establecimientos donde al buen local y mejor ense- 
ñanza, se une una otra segunda escuela de la palabra 
escrita, — el periódico infantil, — como ocurre en la 
urbana de Jacinto Ai-auz. 

La acción privada, contribuye, por otra parte, muy 
eficazmente a la cultura del mundo infantil. Son nume- 
rosos los establecimientos particulares distribuidos en 
los principales núcleos de población. Pero como tipo- 
modelos, allí están las escuelas salesianas con asiento 
en diversas poblaciones y en donde una numerosa ma- 
sa escolar recibe instrucción sana y fecunda. La escue- 
la salesiana de General Acha, que hemos tenido oportu- 
nidad de visitar, es un establecimiento de primer orden 
y nos hacemos un deber en aseverarlo, desposeídos de 
todo prejuiciíj. 

No hemos de entrar en mayores detalles sobre la ins- 
trucción pública en el territorio. La organización com- 
pleta del organismo escolar llenará los claros paulati- 
namente. Lo importante, lo inmediato y que correspon- 
de al campo de la sociología, es saber que en la entraña 
de este gran territorio, se está fundiendo una raza nue- 
va que será, tal vez, la más definida de todas nuestras 
provincias. Y si por sus contornos generales encontra- 
mos que el entrevero moldea y uniforma su étnica es- 
pecial, no hay razón para pensar que el pueblo que sabe 
organizarse por sí mismo no esté capacitado para gober- 
narse por sí mismo dentro de las mayores franquicias 
de la constitución. 



CAPITULO XLIU 



La Pampa moderna. — La tradición y la realidad. 

— Errores de buena fe y oposicionismo calcu- 
lado. — El proceso evolutivo del territorio. — 
Un parangón con los Estados Unionistas del 
oeste. — La Pampa, Estado nuevo, sin prece- 
dente en las naciones del orbe. — Las revela- 
ciones de la estadística. — 108.000 habitantes 
de población. — Superficie general, área cul- 
tivada, rentas, ferrocarriles y núcleos de pobla- 
ción. — Antecedentes estadoales de los Esta- 

/dos Unidos. — La ley de territorios y la nueva 
provincia de La Pampa. — Un artículo ter- 
minante. — El problema de la provincializa- 
ción y sus impugnaciones. — Los grandes te- 
nedores de tierra y los propietarios pampeanos. 

— El impuesto territorial, base de oposición 
provincialista. — Los latifundios de la Pam- 
pa. — El presupuesto de gastos de la Pampa 
y su contribución al erario nacional. — ¿Ca- 
rencia de hombres ilustrados? — Alcemos la 
vista al norte ... — Cómo se inició el movi- 
miento provincialista. — Sus gestores. — El 
comité territorial pro-provincialización. — Las 
dos tendencias. — En marcha. — El proyecto 
Escobar-Bodríguez Jurado. — La acción del 
doctor Pedro O. Luro. — Intensificación de la 
campaña provincialista. — Consideraciones ge- 
nerales. — La Provincia-modelo. 



Tal es la Pampa de hoy, bajo las diversas aristas 
■de su fisonomía, como la concibe nuestra semblanza 
honesta y augural. Y seamos francos : ¿ la sabía de tal 
magnitud el país? Es posible que no. Impregnados esta- 
mos del prejuicio porteño sobre esta «factoría» terri- 



592 — 



torial, par que caigamos en la ingenuidad de creer que 
no tiene mucho de paradojal ese conocimiento de la 
Pampa. En las deficiencias de la enseñanza está, sin 
duda, el fundamento de este pecado original. Ningún 
educando concibe el territorio pampeano, — para su 
clase de composición, — si no como «esa llanura ex- 
tendida, inmenso piélago verde», con el gaucho legen- 
dario y el ombú. Son los errores del romance vulgari- 
zados en la escuela por el criollismo invertebrado que 
se revuelca todavía entre las cenizas del fogón. Son re- 
sabios de maestros indolentes pegados al fabulario de 
los payadores, más que al proceso de la geografía polí- 
tica del país. ¡Ni la eterna llanura, ni gauchos, ni om- 
búes ! Entre los campos ondulados, grávidos de cerea- 
les y teñidos en verde de alfalfar, zigzaguean los cami- 
nos dóciles y decisivos. Ya el coturno de la bota de po- 
tro se borró entre las arenas frágiles del médano, al pa- 
so del ramplón tachuelado del gringo. Hasta allí no al- 
canzó la sombra bienhechora y egoísta del ombú «sin 
dar al rancho madera, ni al fuego una astilla dar» (1). 
Son caldenes los soberanos de la selva pampeana, contra 
cuyos troncos seculares se afila la herramienta talar, 
abriendo predios vírgenes a Céres y la pradería artifi- 
cial. 

Sobre la base de estos errores que competen a la geo- 



(1) A título de información podemos asegurar que no hemos encontra- 
do un solo ombú, originario, en la Pampa. Nos refieren que existe uno de 
escasas dimensiones, en la proximidad de Quemú-Quemú, lindando con 
el Meridiano V. 

Los únicos ejemplares que hemos visto, est&n en- la estancia Santa 
Catalina de Engelbert Hardt y Cía., arbustos incipientes, que se desarro- 
llan con mucha lentitud, al amparo de barricas de duela. Estos arbustos 
son trasplantados. 



— 395 



grafía elemental y que, — pese al optimismo declama- 
torio, — siguen difundiéndose en los establecimientos 
de enseñanza, gravita el desorientado preconeepto que 
se tiene del territorio. Pero no es solo el error de «bona 
fide» el que ha dado cauce al juicio irrazonado sobre 
las características generales de la Pampa y su grandioso 
porvenir. Hay otros factores especiosos que tientan con 
malicia mantener el concepto insustancial que se tiene 
formado de la Pampa, de manera de no descorrer el velo 
de esta recóndita virginidad, fuente poderosa de riqueza 
y de vigor. 

Contiene este libro el aporte veraz y desapasionado 
que necesita el país para orientar su juicio sobre la 
Pampa. Pero si la objetividad con que han sido recogi- 
das estas informaciones y la honradez periodística que 
prestigia sus capítulos, no tradujeran con suficiente elo- 
cuencia el grado de progreso alcanzado por este gran 
territorio, completamentaríamos la nota personal con las 
revelaciones de la estadística. Así, en guarismos globa- 
les, diríamos al país que la Pampa según la información 
del censo de 1912 excede en población, de 108.000 habi- 
tantes, sobre una extensión de 14.000.000 de hectáreas 
de tierras aptas para toda clase de cultivos y explota- 
ciones ganaderas ; que la agricultura ha extendido sus 
sementeras en una superficie no menor de 2.000.000 de 
hectáreas, mientras la industria pecuaria, con el presti- 
gio de la tecnificación reclamada por la ciencia moder- 
na, abarca todo el resto del territorio, desde las nota- 
bles invernadas de Pico hasta las márgenes del Colo- 
rado y los campos ovejeros de la Copelina; que los 
ferrocarriles han irradiado su sistema colonizador en 



59+ — 



líneas y ramales cuya longitud marea una extensión 
superior a 1.700 kilómetros, lo que excede en mucho 
a la mayor parte de las provincias argentinas, salvo 
Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe; que posee más de 
cien escuelas nacionales, colegio nacional y escuela nor- 
mal y veinte y, cinco publicaciones periódicas entre dia- 
rios, hebdomadarios y revistas, que alienta la vida ins- 
titucional de veinte comunas constituidas y otro nú- 
mero igual de pueblos que aguardan las revelaciones 
del censo para incorporarse al organismo municipal (1). 
Y a esta demostración de potencialidad, material y mo- 
ral, que informa de un organismo poderoso vitalizado 
por las grandes industrias, hay que agregar la fuerza 
económica del acervo privado que excede de los 300 
millones y su contribución impositiva al fisco nacional 
muy vecina a los 5 millones de pesos. 

Corto se ha quedado el panegírico de los pampea- 
nistas al buscar, para el proceso evolutivo, de este te- 
rritorio el simil de las tierras estadounenses que com- 
plementaron y aureolaron con su incorporación a los 
trece estados fundadores, la bandera constelada del Nor- 
te. Reclamamos para la Pampa la originalidad de un 
Estado absolutamente nuevo y sin precedente en las 
demás naciones del orbe. Ya lo hemos dicho al comien- 



(l) El 31 de mayo dn 1012, las cifráis parciales recogidas por la go- 
bernación daban p1 siguiente resultado: Capital, 9.400 habitantes; Res- 
loA, 8.000; Intendpiito Alvf-ar, 7.400; Trenel, 2.100; Pico, 11.000; 
Oastex, 600; Quemú-QupniTi, 7.500; Uriburu, 600; Macachin, 5.500; Gua- 
traché, 4.800; Bernasconi, 8.600; Río Colorado, 500; Parera, 7.200; 
Vctorica, 6 600; Toay, 3.000; General Acha, 7.000;. Cuchüli-có, 800; 
■Curaca, 1.000; Limay Mahuida, 1.900; Santa Isabel. 1.800; El Águila, 
TOO; La Copelina. 1.400. 



— 395 



zo de este libro : la Pampa no ha tenido adolecencia. 
Después de la desposeeión al aborigen, — ayer nomás, — 
ha quedado incorporada de hecho a la cultura nacio- 
nal, sin ese interregno semi-bárbaro que caracterizó las 
tierras nuevas de los Estados Unidos. El problema del 
indio cayó en liquidación con la campaña al desierto 
que constituye el episodio interno más notable en la 
vida militar del país. Y si aún se sostiene la fantasía 
selvática del Chaco, nada de extraño sería, que ponien- 
do en evidencia las razones de este pseudo-problema, 
se encontrara en nuestro norte lejano el pretexto de una 
gimnasia militar para computar servicios y ganar pre- 
sillas, a título de movilizar la institución armada de su- 
yo burocrática en nuestro país, para tranquilidad y 
grandeza de la República . . . 

Nosotros no tenemos ni el problema del indio, ni me- 
nos «the black problem» que es una pesadilla para los 
Estados Unidos. 

Ningún territorio de la Unión, al incorporarse como 
Estado autónomo alcanzaba a la densidad demográfica 
de nuestra Pampa. Ni Ohio, ni Mississipí, ni Illinois, 
ni Missouri, ni Michigan, ni Florida, ni lowa, ni Ore- 
gón, pudieron alcanzar esta cifra elocuente de 108.000 
habitantes con que podemos presentar a la Pampa en 
su justo anhelo de provincialización. Todos aquellos Es- 
tados, con extensiones territoriales iguales o mayores 
que la Pampa, oscilaban parcialmente, en población 
de 45 a 80.000 habitantes. Solo Kansas, al operarse su 
transicipn política de territorio a Estado, tenía una po- 
blación igual que la Pampa. Y Montana, que ocupa 
su sitio en el concierto federal en 1889, arroja una po- 



396 



blación de 130.000 habitantes pero sobre un territorio- 
tres veces superior que la Pampa. 

No puede haber parangón posible entre el caso ar- 
gentino y en norteamericano. Aquellos Estados se incor- 
poran a la constelación por una apremiosa necesidad 
política, frente al problema separatista que era fun- 
damental. Nuestra Pampa debe incorporarse espontá- 
neamente por obra y gracia de la civilización. Su sis- 
tema cultural ha sido más completo que el de los terri- 
torios unionistas del oeste. Aquí, operada la conquista 
indiana, el progreso orgánico abrió con su cultura, el 
ciclo franco de la colonización, sin las escenas de aque- 
lla California desalmada de los buscadores, ni la jus- 
ticia típica del «far west» con el código de Lynch y los 
desbordes de la chusma incivil. 

Balanceadas en el transcurso de este libro las fuer- 
zas vivas del territorio, fluye de una manera evidente 
la necesidad de elevar la categoría institucional de la 
Pampa, bajo el concepto federativo de nuestra carta 
fundamental y de ac-uerdo con el desarrollo de sus fuer- 
zas productivas, su vitalidad económica y su densidad 
de población. Sobre la base de la constitución, la ley 
territorial número 1532, en su artículo 4?, estatuye en 
forma clara y terminante que «cuando la población 
de una gobernación alcance a sesenta mil habitantes, 
constatados por el censo general y los censos suplementa- 
rios sucesivos, tendrá derecho para ser declarada pro- 
vincia argentina». Tal es la situación de la Pampa. 
Todo esfuerzo para violentar ese derecho legítinjamente 
conquistado, sería atentatorio para la civilización y re- 
gresivo para la ley. 



397 



Planteado el problema de la provincializacion pam- 
peana, nada de extraño fué que el retardatarismo sa- 
•cudiera^ su molicie para contrarrestar el avance de la 
idea nueva. Para la vieja feudalidad, esta autonomía 
gubernaticia significaba una revisación de valores ma-* 
teriales que pondría en evidencia el máximo de las ga- 
nancias sobre la base del mínimo de las contribuciones 
fiscales. De ahí que el latifundista indolente, que vive 
del terrazgo, sobre canon no siempre libérrimo, goza 
de la vida muelle de la metrópoli y conoce la Pampa 
por las tranqueras de su heredad, buscara en la ope- 
ración «outrance», recursos ni muy expeditivos, ni muy 
convincentes para constreñir y desviar la opinión del 
país. Pero no se necesita mucho esfuerzo para especi- 
ficar la estratagema. Los campos de la Pampa, cuya 
valuación territorial, no ha sufrido aparentemente mo- 
dificaciones fundamentales desde muchos años hasta 
'hoy, gravarían, por cierto, su contribución de acuerdo 
con su valorización. Y esto es, en suma, lo que no de- 
sean los terratenientes, para quienes el usufructo del 
predio está en la locación parcelaria, fuente cómoda 
de sus más seguros ingresos. Es sospechosa, a fe, la 
discrepancia de opiniones entre el potentado tenedor 
porteño y el propietario pampeano, laborador sobre el 
surco o el gramillal, de sus dos, tres o cinco mil hec- 
táreas, en defensa cada cual del interés privado. El 
terrateniente, que tiene una tasación oficial sobre su 
fundo de 20 pesos por hectárea, sabe que su precio 
positivo es de 200 y aboga porque la remoción insti- 
tucional a que está avocada la Pampa, en su anhelo 
provincialista, no venga a nivelar el valor ficticio de 



398 — 



la tierra que constituye la riqueza más firme y cuan- 
titativa de la nación. Es, por lo común, un caso de ce- 
rrada sordidez, sin la más remota idea de la evolución, 
progresiva que se opera en el país. Pero a fuerza de 
estirar el concepto se va a repetir la fábula de la ga- 
llina de los huevos de oro. El impuesto territorial, bur- 
lando el sistema de los terratenientes, va nivelando 
paulatinamente el tributo impositivo de la propiedad 
raíz. De ahí que la contribución territorial de la Pampa 
se haya acrecentado en más de un millón y medio de- 
pesos en lo que va corrido de los dos iiltimos años. ¿A 
qué, pues, tanta oposición a la autonomía pampeana, 
sobre la premisa del impuesto territorial, cuando el 
impuesto territorial se ha de gravar lo mismo por la 
propia e inevitable valorización de la tierra? El propie- 
tario rústico, por el contrario : nervio y motor de su 
predio, colono o' criador, siente la necesidad de que la 
opinión oficial venga a consagrar el verdadero valor de 
su tierra. En consecuencia es un partidario ferviente de 
lo provincialización pampeana. Con toda la honradez que 
caracteriza nuestra labor, debemos consignar que en 
numerosas ocasiones hemos comprobado este contraste 
significativo ; y más de una vez algún vasco analfabeto 
del oeste o algún italiano progresista del sur — a ve- 
ces un criollo — ha exaltado nuestro entusiasmo, al 
enaltecer, con argumentos verdaderamente eficaces, la 
necesidad de coronar el esfuerzo de los laboradores 
pampeanos con la autonomía del territorio, como el me- 
dio legítimo de orientar sus destinos, disponer de sus 
rentas, y alcanzar el desiderátum de los deberes y dere- 
chos que acuerdan el trabajo, la civilización y la ley. 



399 



Contra esta amplia doctrina que emana del capital y 
del trabajo a la vez, no vemos el argumento fundamen- 
tal que puedan oponer los grandes tenedores de tierra. 

Los lectores que hayan seguido la capitulación de 
este libro, echarán de ver que no nos dejamos arrastrar 
por pasiones estrechas al exteriorizar nuestro juicio sin- 
cero sobre el latifundio. No hay prevención mezquina 
en este caso. Sabemos que el latifundio es un resultado 
de la despoblación. Por las proximidades de los gran- 
des centros se va conjurando poco a poco con la subdi- 
visión testamentaria, el ferrocarril y la colonia. NO' 
ocurre lo propio todavía — y por desgracia — ni en 
los campos cordilleranos, ni en algunas provincias del 
norte donde, como en Jujuy, existen feudos como el de 
Yavi que no es otra cosa que el marquesado de Campero 
de hace doscientos años, indiviso aún y con todos los de- 
rechos feudales sobre el autóctono, manumitido pero 
servil. En momentos de escribir este capítulo, el direc- 
tor general de Economía Rural y Estadística, Dr. Emilio 
Lahitte, cerebro potente y gran argentino, pone en 
nuestras manos su atlas sobre el proceso del latifundio 
en el país. Más que todo lo que dicen los economistas so- 
bre la evolución de la tierra argentina, nos han enseña- 
do estos gráficos que siguen el curso de la subdivisión 
territorial iniciada, sin duda, con los ferrocarriles. Por 
los mapas del Dr. Lahitte nos hemos compenetrado del 
proceso pampeano y podemos asegurar que es tan fun- 
damental la evolución, que la Pampa feudataria, se re- 
dimirá en muy corto plazo con el aumento vegetativo 
de su población y el expandimiento de sus ferrocarriles. 

Nuestras objeciones Sobre el fundo tienen su especi- 



400 



ficación capitalísima para aquellas heredades que, en- 
clavadas al margen de los pueblos, desconciertan y 
trastornan la evolución progresiva de los núcleos de 
colonización, cierran los caminos, y circunscriben su 
labor a la crianza cerrada o a la monocultura, ajenos a 
toda orientación reformista, a todo expandimiento ci- 
vilizador. Cabanas como las del norte donde las indus- 
trias rurales se combinan con espíritu franco, donde se 
busca en la tecnificación el triunfo de la ganadería na- 
cional; colonización como la de Trenel, donde se ha lle- 
gado al cooperativismo por propia ' iniciativa del capital 
en íntimo consorcio con el trabajo, no pueden despertar 
otro sentimiento que de simpatía ni otra palabra que el 
aplauso estimulador. 

Sostienen los impugnadores de la Pampa provincia, 
que la creación de un organismo autónomo irrogaría in- 
gentes egresos al nuevo Estado. Para el metropolitanis- 
mo acaparador es más cómodo y productivo centralizar 
las rentas de la' Pampa antes que entregarlas a su ar- 
bitrio y distribución. No basta el procedimiento incons- 
titucional y absorcivo de los impuestos internos que 
restan a las provincias sus recursos legales; es necesa- 
rio amamantar la burocracia con ^ el tributo ^colonial 
de la Pampa, indianizando, a la antigua usanza, un te. 
rritorio que vale, en peso específico y por sí más que al- 
gún trío de provincias, tan precarias que aguardan pe- 
riódicamente el giro federal para cubrir sus descalabros 
financieros. ¿Cómo se significa la Pampa en el presu- 
puesto de gastos de la Nación? Es probable que su sos- 
tenimiento administrativo no origine una cantidad ma- 
yor de 800.000 pesos, englobando a la suma el margen 



— 401 



de los imprevistos federales que tengan atingencia con 
el territorio. En cambio, su contribución al erario bien 
puede calcularse alrededor de 5.000.000 de pesos por 
concepto de contribución directa, patentes, papel sella- 
do, derechos sucesorios, etc. La elocuencia de estos gua- 
rismos ha de poner en claro el juicio «a priori» o calcu- 
lado de los que pretenden sostener este factoraje. Y no 
sería extraño que la influencia política de las «provin- 
cias pobres» tuviera su participación en este estanca- 
miento provincialista de la Pampa, por temor a las 
comparaciones y por propio instinto de conservación. . . 
Otra de las objeciones — la más inocente, quizá, — 
del oposicionismo a todo trapo, se relaciona con la su- 
I)uesta carencia de hombres de talento cultivado, en el 
territorio. Es pueril la premisa. El centralismo federal 
jamás puso medida para liquidar los pleitos del inte- 
rior e imponer a las provincias sus hombres dirigentes. 
Es vieja práctica, en nuestras artes de gobierno, mal- 
grado nuestra plataforma federativa, el sistema de so- 
meter al cerebro de la capital lo que siente el corazón 
del país. Fué común desde antaño, ungir goberiíadores 
desde los estrados de la casa rosada, salvo en los nobles 

r.r* 

tiempos del patriciado. ¡Y ahora ponemos el grito en 
el cielo porque el futuro estado de la Pampa, — provin- 
cia de experimentación democrática, — pudiera ini- 
ciar su proceso autonomista bajo la dirección adminis- 
tradora de los hombres de Buenos Aires ! 

Empero no ha ocurrido tal cosa. Un territorio de 
labor como la Pampa, no ha de necesitar de elementos 
extraños para el gobierno propio. Las delegaciones que 
acudieron al certamen agrícola de Santa Rosa en el mes 



La Pampa — 26' 



— 402 — 



de diciembre, — algunas espectables, como la que re- 
presentaba al ministerio de agricultura, — pudieron 
darse cuenta exacta de la entidad representativa del 
territorio en lo que concierne a sus fuerzas productoras, 
base fundamental para el prestigio y la estabilidad de 
su gobierno. Es hipotético, egoísta y propio del desco- 
nocimiento que se tiene del país, pensar que no bay hom- 
bres en la Pampa, capaces de encarrilar sus destinos 
en la senda de su política institucional. Tal, la estrata- 
gema partidista imputaba incapacidad administrado-" 
ra, a los territorios de la Unión en vísperas de abrogar- 
se facultades estadoales para gloria y concierto de Ios- 
Estados del Norte. Y sépase bien, que de aquellos terri- 
torios noveles y semibárbaros del oeste salieron esta- 
distas y presidentes y ministros, y fué el voto de uno de 
sus ciudadanos el que dirimió en el Capitolio la aboli- 
ción de la esclavitud, el sillar más firme sobre el cual 
la gran república del Norte aseguró su porvenir. 

Seamos justos; seamos grandes; seamos, en fin, ar- 
gentinos. 






i Cuál es la génesis del movimiento provincialista en 
el territorio? ¿Cuándo se inicia? ¿Quiénes son sus pre- 
cursores? 

Recojamos para la historia de la Pampa, los rasgos 
más sobresalientes de este simpático proceso. 

La autonomía pampeana alborea a fines del año 
1907. Anteriormente a esta fecha, es probable que el 



405 



pensamiento aislado haya tenido algunos precursores, 
augúrales pero indecisos. En 1907, un núcleo de perso- 
nas independientes, radicadas en Santa Rosa, insinúa 
al juez letrado del territorio, Dr. Miguel R. Duarte, la 
posibilidad de elevar el rango territorial de la Pampa 
buscando la provincialización garantizada por la ley de 
territorios. El Dr. Duarte, compenetrado de la justicia 
de esta compañía, al propio tiempo que lleva el alegato 
al presidente de la República y a su minisiro del inte- 
rior, Dr. Marco Avellaneda, quienes acogí n con sim- 
patía el propósito, consulta al presidente fie la suprema 
corte de justicia, si dado su carácter de magistrado pue- 
de propiciar abiertamente el movimiento iniciado. El 
alto tribunal le significa que no hay incompatibilidad 
entre sus funciones y la doctrina de provincialización 
territorial sustentada por la ley. 

Esta primer gestión que ponía en e\idencia el senti- 
miento pampeano, sirve al gobierno central, a manera 
de comprobación, para tirar sus líneas. El goberna- 
dor de la Pampa, Dr. Diego González, que recibe ins- 
trucciones del ministro político de iniciar los traba- 
jos preparatorios en favor de la provincialización, 
convoca a su despacho a un grupo de vecinos de es- 
pectabilidad. De este reducido concilio surge el pro- 
yecto de una convención en Santa Rosa. Y como el 
propósito era ganar tiempo y posiblemente cumplir 
insrucciones emanadas de la superioridad, el go- 
bernador cree oportuno anticipar orientaciones a la 
convención y define el propósito : «designar una comi- 
sión de personas residentes en Buenos Aires y que, vin- 
culadas a la Pampa, pudieran propender al progreso 



404 — 



del territorio». Uno de los asistentes a esta reunión, 
— el Dr. Marcos Molas, — hace presente que la conven- 
ción era, sin duda, la forma recomendable para iniciar 
los trabajos autonomistas; pero una convención sobera- 
na, que plantearía y definiría — con el concenso de to- 
do el territorio, — las bases a cumplir. Esta forma deci- 
siva y abierta de plantear el programa, provocó dispa- 
ridad de opiniones. De esta cita preparatoria, nace 
una comisión encuadrada en la tesis del Dr. Molas, 
compuesta por los señores Santiago Ortiz y Juan Forns 
y. Artigas, comisión que se encargaría de invitar a los 
pueblos del territorio para designar sus delegados. Que- 
daba con esta actitud planteada una divergencia fun- 
damental dentro del mismo propósito : la tendencia me- 
tropolitana, expuesta por el gobernador y la tendencia 
autónoma sostenida por Molas. Gana terreno esta últi- 
ma. De ahí surge el primer comité pro provincialización 
de la Pampa. Recordemos los nombres de sus miembros: 
Presidente : Dr. Miguel R. Duarte ; vice primero : D. San- 
tiago Ortiz; vice segundo: D. Tomás Masson; tesorero: 
Dr. Marcos Molas ; pro id. : D. Salvador Pérez ; secreta- 
rio general : D. Luis M. Camussi ; secretarios : D. Eudo- 
ro R. Turdera y D. Crispiniano Fernández (h.) ; vocales: 
Dr. José R. Oliver, Cristóbal J. Rollino, Arturo Castro, 
Juan R. Lorruso, Onofre Rey, Alfredo Forchieri, Ar- 
turo F. Guevara, Antonio Gallino, Luis Rogers V., Rai- 
mundo Burgos y Simón Galiano. 

Tiene lugar la convención el 24 de noviembre de 
1907. Preside provisionalmente el Dr. Molas, quien 
explica el objeto de la asamblea y pone en eviden- 
cia las dos orientaciones puestas en juego. Se rechaza el 



405 



propósito de designar el protectorado de Buenos Ai- 
res y queda constituido con sanción pampeana, el Co- 
mité Territorial pro Autonomía de la Pampa, bajo la 
presidencia del Dr. Duarte, como vice presidente, el 
Dr. Lucio Molas y como secretarios los señores Máximo 
Viniegra y Arturo Castro. 

A pesar de la tesis sustentada de circunscribir la 
empresa autonomista a la acción territorial, se busca 
el concurso virtual de los hombres de Buenos Aires. 

En diciembre de 1908, los diputados nacionales 
Adrián Escobar y Rodríguez Jurado, requeridos por el 
comité, presentan un proyecto de ley para que la Pam- 
pa sea declarada provincia el 25 de mayo de 1910, para 
lo cual se ordena levantar un censo que comprobaría la 
existencia de los 60.000 habitantes reclamados por la ley. 

Sin duda alguna, estos preliminares en favor de la 
provincialización del territorio, constituyeron una to- 
nificante gimnasia. Pero, justo es confesarlo, traían un 
pecado de origen. Eran prematuros, a pesor del opti- 
mismo de sus gestores. La Pampa de diez años atrás, 
no poseía los prestigios sólidos de hoy para tentar su 
amplia autonomía. La razón provincialista, indubita- 
ble y afianzada en fundamentos de peso, surge después, 
con la incorporación de nuevos pueblos y colonias, con 
el expandimiento de las industrias agropecuarias y la 
revelación censal. 

Comienza por entonces a sonar en el seno de la co- 
misión provincialista el nombre del Dr. Pedro O. Luro, 
diputado nacional a la sazón. El Dr. Luro, ligado a la 
Pampa por intereses valiosos, hombre de una vasta cul- 
tura y entusiasta propagador del progreso argentino. 



— 406 — 



podía prestar un aporte de significación a la causa pro- 
vincialista. El 10 de noviembre de 1908, el comité pro- 
vincialista se pone al habla con el legislador. El 22 de 
diciembre se sirve en Santa Rosa y en honor del nuevo 
paladín de la Pampa, un banquete de trascendencia y 
en el cual se cambian discui'sos augúrales. Todos los 
pueblos del territorio, se dieron cita por medio de sus 
representantes, en esta significativa demostración. A 
partir de esta fecha, el Dr. Luro inicia en la Cámara 
una brillante campaña en favor de la provincialización. 
Tiempo después prodúcese su famosa carta abierta al 
vice presidente en ejercicio, Dr. Victorino de la Plaza, 
documentos lleno de sana doctrina y que constituye, sin 
duda, la piedra angular de la campaña provincialista. 
A raíz de esta acción sin desmayos, sin defecciones, 
ejercida durante una década, se robustece en el territo- 
rio el sentimiento autonomista, se organizan conferen- 
cias vecinales, delegaciones al gobierno central, se toni- 
fica el entusiasmo público, sui'gen periódicos valientes 
que afrontan con decisión el problema. Tal es, en sínte- 
sis, el proceso de esta pujante empresa, que trae como 
toda renovación un hálito nuevo, oxigenante y vitali- 
zador. 






La Pampa debe ser incorporada al concierto provin- 
cial de la República. Lo sanciona la ley, lo reclama su 
progreso, lo impone la civilización. ¿Que marginará 
nuevos problemas de política interna? Para eso hemos 



— 407 



<;imeiitado nuestro sistema federativo. ¿Que creará un 
presupuesto dispendioso ? Es el destino más legítimo que 
puede dar a sus rentas, antes de entregarlas al tesoro 
nacional para sostener con ellas el orfelinato de las 
provincias pobres. ¿Que concentrará el éxodo en me- 
noscabo del país? Ojalá pudiera hacerse sentir en bien 
de la descongestión de Buenos Aires, hipertrofiado de 
miseria, arastrando hacia sus campiñas promisorias, la 
juventud inactiva y el proletariado sin hogar 1 Hasta 
por nuestro propio buen nombre en el exterior, debe- 
mos crear esta provincia. La Pampa argentina es uni- 
versal, pero bajo la envoltura del prejuicio, como la 
llanura incivil materializada por el geógrafo francés 
impresionado en la semblanza de «La Cautiva». Es una 
vergüenza que sobre el meridiano de la primer provin- 
cia argentina, se extienda todavía la colonia, seculari- 
zando el concepto del desierto cerril de hace cuarenta 
años. Y, tenedlo seguro, que para el extranjero ilustra- 
do que nos visite, esta dilación en dar a la Pampa sus 
derechos autónomos no será otra cosa que un expedien- 
te de política criolla. Y pensará, es posibl-e, y en menos- 
cabo de nuestros hombres de gobierno, sobre la «nece- 
sidad política» de mantener un territorio de asilo, vál- 
vula de expansión para el compadrazgo político y la 
frondosidad del presupuesto nacional; y hasta podría 
sospechar — ¡ tan mal nos conocen ! — que el territorio 
pampeano es un desahogo de la provincia de Buenos 
Aires, reclamado por épocas regresivas, para zafar las 
jurisdicciones de la ley. . . 

De la Pampa autónoma, grande y floreciente como 
«s, se podría organizar la provincia de experimentación, 



— 408 — 



el Estado-modelo, asegurando para su constitución las- 
más bellas prácticas de la democracia, y para su legis- 
lación general, las más nobles conquistas del trabajo. 
Ojalá los materiales de este libro puedan ilustrar el cri- 
terio del país, proporcionando a nuestros hombres de 
gobierno el aporte necesario para afrontar en definitiva. 
el problema de la provincialización. 



índice 



CAPITULO I Pág. 



La conquista del desierto. — Un vaticinio augural. — La expedición ar- 
mada a la Pampa como acontecimiento militar y político. — Una 
campaña guerrera con economía de sangre y de recursos. — La 
guerra al indio fué una guerra virtual a Chile. — El origen arau- 
cano de las tribus. — "Chile gobierna a los indios"... — El par- 
lamento salvaje de Poytahué. — La opinión de estadistas y legis- 
ladores chilenos. — Los robos de hacienda. — Indios ladrones y pul- 
peros desalmados. — Anécdota ocasional. — La Pampa "de Dios 
sólo conocida"... — Preliminares de la ocupación civilizadora del 
desierto. — El Capitán don Francisco de Viedma y su expedición 
al Colorado. — Un recuerdo del naturalista Azara y del capitán 
Castelú. — La campaña de Rozas. • — El plan de Alsina con el foso 
artificial y los fortines. — Roca, en el ministerio de la guerra. — 
Su plan militar sobre las fronteras del sur y de la cordillera. ' — 
Los primeros éxitos de la empresa militar. — En plena campaña. — 
El parte general de la cruzada. — El país conquistado. — La 
Pampa de hoy. — Hacia los grandes destinos 

CAPITULO II 

De Bahía Blanca a Toay. — Un tren madrugador. — Lo que se habla 
en el restorán. — Lanas y trigales. — Un chacarero prudente. — 
El mentidero de las estaciones. — Al pasar por Villa Iris. — Casas 
de colonos afincados y casas de locatarios. — Diferencias funda- 
mentales. — Hay que abolir el techado de chapas de hierro. — 
Necesidad de propagar el "ru-ber-oid". — Por Jacinto Arauz y 
Villa Alba. — El primer paisaje genuinamente pampeano. — El 
tren leñatero. — Notas al pasar 

CAPITULO III 



2a 



En Santa Rosa, capital del territorio. — Primeras impresiones. — 
Edilidad y buen tono. — La plaza Mitre. — Calles y veredas. — 
Comercios, nomenclatura, pavimentación. — La fiesta patronal. — 
Con el gobernador, señor Centeno. — Los gobernadores de terri- 
torios, funcionarios sin atribuciones. — El "homestead" y el valor 
de los campos. — "Sembradores y no agricultores". ■;— ^ Caracte- 
rísticas de determinados núcleos coloniales. — La policía territo- 
rial. — Datos generales sobre el municipio. — Gastos, recursos e 
iniciativas. — La municipalización de la carne. — Una ordenanza 
benéfica. — Economía vecinal y fuente de recursos para la comuna. 

— La lucha con los abastecedores. — Precios de venta. — Carne 
buena y barata. — Servicios municipales de importancia. — El 
proyecto de las aguas corrientes. — Instituciones culturales, ma- 
gistratura, foro y periodismo. — Los grandes certámenes agrícolas. 

— La zona cerealera. — La remora de los grandes fundos circun- 
vecinos. — Poca ganadería y poca horticultura. — Una quinta nq 
modelo. — La huerta de Badía. — El panorama de la capital ^ 

CAPITULO IV 

Los valles frutícolas. — Utracán y General Acha. — i Cuál es más pró- 
digo? — Los poseedores de Utracán. — i La tierra subdividida y 
cultivada. — El paisaje pintoresco. — Cómo se organizó la colonia. 

— Remembranzas de los primeros pobladores. — Un recuerdo del 
general Manuel J. Campos, primer agricultor. — Los cercos arbori- 
zados. — Sobre el surco. — Cómo vinieron los primeros argonautas. ^ 

— Una colonizacin excepcional. — Los grandes premios al mafs 



y a la alfalfsk. — Perales y durazneros. — La moscatel rosada. — Pág. 
Koticias sobre el manzano fundador. — El primer arado. — La 
rutina en los cultivos y en las podas. — Un gran criollo. — El 
valor de la tierra. — Vientos y heladas. — Preparando el congreso a-¡ 
agrícola 

CAPITULO V 

XiA estancia San Huberto del doctor Luro en Naicó. — Características 
de las poblaciones leñateras. — Por el camino pintoresco. — Una 
vivienda señorial. — Obras de estética y de civilización. — El 
chalet estilizado y el parque. — Perspectivas__ panoramáticas. — 
Bajo los cáldenes. — En la faisanería. — El cuadro de los ciervos. 
— El bo.?que de los jabalíes. — La difusión del árbol y la belleza 
del jardín. — El monte de fresnos. — Plantaciones y cultivos. — 
La estancia-institución. — Una nota cinegética. — Remembranzas 
del duque de Montpensier. — La caza del puma. — Lo que cuenta 
el anecdotario de una célebre montería 

OAPITULO VI 



51 



La colonia israelita Narcisse Leven. — La obra de un gran filántropo. — 
El barón Mauricio de Hirsh. — Perfiles de una vida consagrada 
al bien. — La inmigración a la Argentina de judíos rusos. — La 
Jewish Colonization Association. — 30.000 hectáreas bajo cultivos. 

— Cómo está distribuida la colonia. — Contratos de arrendamientos 
y promesas de venta. — Medios de vida y de labor. — Malas 
cosechas y buenas intenciones. — Frutales y cercos iTOtectores. 
— En busca de surgentes. — El condominio del agua y las di- 
senciones de vecindad. — Las escuelas del Estado. — La instruc- 
ción nacional y la hebrea. — Un ofrecimiento de tierra para chacra -,„ 
experimental. — El huerto abandonado. — Al cruzar la campiña... w 

CAPITULO VII 

Xia Asociación de Fomento Agrícola del Cuarto Departamento. — Algu- 
nos guarismos reveladores. — 220.000 hectáreas cultivadas. — La 
subdivisión paulatina. — El latifundio de Hucal y las poblaciones pro- 
gresistas de Abramo, Villa Alba, Bernasconi y Jacinto Arauz. — 
Bases fundamentales de la Asociación de Fomento. — Lo que nos 
dice su presidente, D. Ignacio Laza. — Arraigar al colono. — Li- 
ncamientos generales. — El mutualismo como cimiento del esfuerzo 
agrícola. — Observaciones del agrónomo Tassart. — Por qué emi- 
gran los jóvenes rusos. — Cultivos, plantaciones y estudios del sub- 
suelo. — Un organismo social de primer orden. — El carácter 
argentino de la obra. — Amar la tierra que produce y amar a la 
nación. — La gestión eficaz de semillas y crédito para los chaca- 
reros. — El camino de Abramo a Lihuel Calel. — La iniciativa pri- 
vada del señor Laza. — Una línea telefónica de gran utilidad 'O 

CAPITULO vni 

L» Chacra experimental de Q-uatraché. — Los trigos del país. — Una 
opinión autorizada. — El Barletta, el Arrieta y el Riete. — Lo 
que dice el experimentador Backhouse. — El trigo Pampa. — Cómo 
se tergiversa la denominación de los trigos. — El Ruso sin barba. 

— Los experimentos de trigo Kansas. — Características de este 
cereal. — En las parcelas de experimentación. — La hibridación de 
las especies. — Trabajos de comprobación. — Resultados prác- 
ticos. — La oficina meteorológica. — Por la huerta. — El álamo 
shnonii 

CAPITULO IX 

liaa empresas pobladoras. — La 'Guatraché land company limited'. — 
Guatraché y Alpachiri. — Cómo se inició el centro urbano. — 
Chacareros tributarois y chacareros compradores. — Quintas y so- 
lares. — Valor de la tierra. — Superficie cultivada. — Fisonomía de 
la población. — Edificación, luz, edilidad. — Con el comerciante 



87 



don Gaspar dpi Campo. . — Situación ferrocarrilera y bancaria de Pág. 
Guatraché. — Un radio comercial de 100.000 iiectáreas. — Perspec- 
tivas sobre el año agrícola 97 

CAPITULO X 

Colonización seleccionada. — Los rusos de "La Mercedes" y los vascos 
de "La Cornelia", en Macachín. — Don Enrique F. Parodi, factor 
de progreso. — El perfeccionamiento rural por el estimulo y la 
buena fe. — Base moral del colono. — "El sol nace para todos". — 
Características del trabajo aerícola y del hogar. — Triaos ñ" j*3 'hí 
de densidad. — El agricultor vascongado, espécimen de colonizador. 

— Preliminares de La Cornelia. — La ciíacra combinada. — La 
comodidad campesina, base de convivencia y de labor. — Una in- 
migración sana de cuerpo y espíritu. — La vivienda modelo. — 
Una avena blanca de 57 por hectolitro. — Alfalfares y haciendas. 

— La chacra italia.na. — El grafófono, instrumento de divulgación 
agrícola. — Junto al bebedero. — Las novilladas mansas. — Ayer 
y hoy 

CAPITULO XI 



103 



El cooperativismo en las colonias hebraicas. — La "Jewish" de Ber- 
nasconi y la de Rivera y Rolón. — La condición social de cada 
centro. — El ruso emigrante y el ruso agricultor. — Una coloni- 
bación seleccionada. — Propósitos de la cooperativa de Narcisse Le- ^_ 
ven. — Preliminares de una colonia. — Diversas íLo 

CAPITULO XII 

Por los bosques de calden. — La leña de la Pampa, gran industria. — 
Los desmontes entregados a la agricultura. — Un poco de sentimenta- 
lismo y de leyenda. — Los árboles eternos. — El servicio de guar- 
dería forestal, prudencia en el usufructo y legislación. — Convoyes 
de leña. — Los bosques de Anzoategui en Guatraclié. — Visita al 
obraje. — Labores y peonadas. — Un negocio de leña por 20 mi- 
llones de pesos. — El record de las transacciones en el país. — 
Contornos del negocio. — El ferrocarril industrial. — 600.000 to- 
neladas, base del embarque anual. — Lo que dicen los peones. — 'lYl 
La futura colonia. — El agua providencial 

CAPITULO XIII 

-La comarca de Naicó. — El ciclo completo de la explotación forestal. — 
El pioneer. — Del monte hirsuto, a la colonia y al centro urbano. — 
Los primeros cultivos. — Habla Anzoategui sobre los preliminares. 

— Civilización agraria de los campos vecinos. — Con rumbo al 
sur. — La "chacra-monte", sistema novísimo de colonización. — 
Las tierras del Colorado. — Un ferrocarril poblador. — El gran 
porvenir de una comarca nueva. — La ciudad futura. — Arraigar 
al hachador con el estímulo de los cultivos, base de un plan 
educativo y social. — El feudo improductivo, en^ manos de la ener- 
gía y del capital. — 75 kilómetros de ferrovía. — Las salinas 

y el bosque. — Nuevo horizonte industrial y económico para los .^j» 
campos del sur > ' ^" 

CAPITULO XIV 

Itli industria minera en la Pampa. — Lihuel Calel, yacimiento aurífero. 

— Las arenas ferruginosas de los médanos. — El fierro titánico 
del Colorado. — i Habrá en el subsuelo de la Pampa una gran 
cuenca petrolífera! — La sal común, fuente de riqueza industrial. 

— liOS grandes criaderos. — Una visita a Salinas Grandes, en 
Macachín, — El gran emporio de la "Compañía Introductora". — 
Cómo se practica la explotación salinera: — Las máquinas raspa- 
doras. — El ferrocarril, el molino y el puerto. — Labores, obreros y 
jornales. — La mina eterna. — Cosecha e industrialización. — 300 
toneladas diarias. — La sal fina tan buena como la de Cádiz, .j «7 

— El "decauville" a la estación Hidalgo. — Diversas A<5' 



CAPITULO XV Pág. 



149 



157 



De. Valentín Gómez a Winifreda. — Evocaciones del paisaje. — Sem- 
blanza de la alquería. — El centro comercial. — Estación rica en 
galpones, rica en cosechas. — Fisonomía general a la hora del 
tren. — 70.000 hestáreas cultivadas en la zona. — La obra d_e 
don David Lerman. — Una colonización Arriesgada. — Los pri- 
meros tropiezos. — Sin agua y sin ferrocarril. — Del campo pe- 
lado y virgen, a la roturación y cultivo '1p 20.000 hectáreas. — 
La protección al colono, cimiento del bienestar comiín. — De 
treinta familias a cien. — Cultivos, viviendas, maquinarias, costum- 
bres. — Una étnica esiiecial míe no fs étnifa... — El problema 
agrario. — La colonia El Guanaco. — El porvenir de la comarca. — 
Winifreda, futuro gran centro de población 

CAPITULO XVI 

De Pico a Santa Rosa. — 40 legirsis en automóvil. — El aguacero bien- 
hechor. — Reflexiones del camino. — Una exposición ganadera cir- 
cunstancial. — Trigos y alfalfares. — La cadena de pueblos nue- 
vos. — Cómo se improvisan los centros urbanos. — - La civilización 
de la campaña con arbolados y cercos vivos. — Las liebres emigran- 
tes. — Arraigo vecinal. — El fenómeno d^l crecimiento vegeta- 
tivo. — La familia nueva. — Disgresiones del camino. ' — El prejui- 
cio augiiral 

CAPITULO XVII 

El pueblo de General Pico, gran centro comprc"al. — La Rosario de la 
Pampa o la Kansas City argentina. — Características del Far West. 

— Una población vertiginosa. — Alboras. — Lo nne dice el primer 
comerciante de Pico, señor Pozo. — El primer tren de pasajeros. 

— Semblanza de un día histórico, lleno de augurios y de incerti- 
dumbres. — Solares, quintas y chacras. — Precios primitivos. — 
El florecimiento urbano. — Una crónica detallada del primer co- 
lonizador, señor Isidoro Brunengo. — Pobladores iniciales. — Go- 
bierno comunal. — Reseña actual de Pico lOD- 

CAPITULO XVIII 

Espíritu local de Pico. — Un preconcepto. — Iiijchas políticas. — La 
agitación electoral. — Capacidad política de Pico para defender sus 
intereses comunales. — Las primeras maniobras. — Periódicos y 
boletines. — ' Artículos de fondo y prosas bravas. — El verso ju- 
guetón como elemento político. — Austero doctrinarismo de una 
circular. — El representante federal y el juez letrado. — El empo- 
rio comercial trocado en comité. — SO. 000 pesos gastados en una 
elección. — Después de la tempestad, la calma... — Visitando las 
huertas y el hospital. — El Banco de la Nación. — Zona de in- 
fluencia del establecimiento. — Con el gerente. — Una vinculac'ón 
necesaria entre el colono y la institución. — La garantía pren- 
daria, base de responsabilidad material y nirral. — Característi- 
cas de la colonización. — Guarismos elocuentes. — La gran re- 
gión agropecuaria 1 7'J 

CAPITULO XIX 

Por los establecimientos pecuarios de Pico. — Las estancias modernas. 

— La "Gwenita", de Federico Wallace. — Primeras impresiones. 

— Con el arlministrador, Mr. Ffr"nf>H. — ^nocrlí^tar'" iinmorís- 
tico. — Cabana e invernada. — 8.000 hectáreas de alfalfar. — 
Cómo se inició el establecimiento. — Los primeros ejemplares. — 
Precios y densidad. — Procedimientos para la «nlocrión y el ppso. 

— En el corral de los toros. — En campo abíprto. — Los sil^s 
de cemento armado. — Por los alfalfares. — Las tumbas de forraje. 

— En el galpón de esquila. — En "Trebolares". — Un campo de 
40.000 hectáreas con ocho leguas de alfalfaros — Interesantes pro- 
lesT'^-menos. — La Pamna de tT"-'r>ta años at-Ss. — Cómo se in'c'a la 
gran estancia. — Domando médanos y civilizando campos vírgenes. 



— 20.000 vacunos de raza Durham, 1000 yeguarizos shire y hún- Pág. 

ter y 6000 lanares cruza fina. — Una interesante hibridación. — 

— Don Diego Reíd, gestor de la fama de "Trebolares". — El ad- 
ministrador, Mr. John Dickie, gran muñeca. — La estancia poética. 
— Contrastes de criollismo y tecnificación. — Perfiles del campo y 
su amable soledad 



185 



197 



CAPITULO XX 

Xias grandes cabanas de la Pampa. — Santa Aurelia de don Bartolomé 
GiDocchio e Hijos. — Un establecimiento de celebridad nacional. — 
'¿(J.hiju hectártas de c-a^jipo cultivado y poblado. — Los primeros 
tiempos de Santa Aurel.a. — Cómo se inicia la cabana. — El lote 
histórico de vacunos. — Lios puros por mestización. — Desde Mattier 
a Goldt-n Fanie I. — Perfiles de este célebre toro. — Una ilustre 
descendencia. — A rey mu?rto, rey puesto... — Americus, el toro 
más caro del mundo. — 80.000 pesos paga el señor Ginocchio por 
su adquisición. — Algunos ejemplares de nota, hijos de Americus. 

— Premios ganados por Santa Aurelia. — 20.000 cabezas de ganado 
vai-unii. — L. Si ^^laii. í ¡laúrillcs Clydesdale. — King's Cholee, base 
del plantel. — Pergaminos de este semental. — La raza Bericshire, 
en porcinos. — El Elvetham Bugler, creado por lord Callthorp. — 
Kj lüi'iari's y iir/inio--. — La raza asnal. — Visitando los galpones, 
el parque y los silos. — El sistema The Me Clure Company, para 
s : s. - . ('a ■ ili'iiKifiis. — - Los álamos de Italia y la 
caña de Castilla. — En la lechería. — La manga para faenas gana- 
deriles. — Visita a la escuela. — Un edificio modelo. — Impre- 
siones generalfs ñcl enipoiio ganadero. — Un establecimiento que 
honra al país 

CAPITULO XXI 

Santa Catalina, de Engelbert Hardt y Cía. — Una invernada perfecta. 

— El campo de engorde y el campo de crianza. — La rotación 
de las haciendas. — En viaje a la estancia. — El jardín y el 
monte. — A tr;ivé~ d ! establecimiento. — Los planteles Dur- 
ham. — 5000 novillos en vísperas de írigorificación. — Precios 
y rendimiento en carnes. — La cabana para el servicio interno. 

— La hacienda yeguariza. — Las razas Oldemburguesa y Bulo- 
ni'-a. — T ))os di' caballos de ejército. — Sus características. — 
Lanares y porcinos. — En campo de los silos. — Descripción de 

la faena de tnsilaj". — El silo subterráneo. — Haciendas y al- pnq 
falfares. — De retorno ^^^ 

CAPITULO XXII 

El establecimiento La Barrancosa. — Departiendo con don Sotero Ramí- 
rez. — ■ U:\ '-r-'-üo ü '.a antigua. — La experiencia y el tecnicismo, 
factores de éxito. — Perfiles de un gran ganadero. — A través de 
los prados. — Productos e instalaciones. — Los cuadros del alfal- 
far, la manga y el ?ibrevadero. — Comodidades rurales. — Los altos 
precios de! frigorífico. — Novillos a 222.70 $, precio máximo. — 
El panorama a la hora de abrevar. — Los silos. — El sistema de 
ensilaje descubierto. — Ecos del concurso de carne gorda. — Por 
las estancias v^-inas. — F.l establecimiento Pavón. — La cabana 
Casáis. — La Morocha, La María y otros campos 



217 



CAPITULO XXIII 

Por los dominios de Trenel. — Una ojeada retrospectiva. — La heredad 
salvaje y los primeros albores de civilización. — Del campo bruto 
a la colonia. — Los ens-ayos ganaderiles del capital angío-criollo. — 
La South American Iiand Comiiany Limited. — Bases de la nueva 
sociedad Estancia y Colonias Trenel. — La obra de don Antonio 
Devoto. — o27..t00 hertárpas hacia la evolución agrícola. — La 
transformación cultural de la comarca. — El semillero de pueblos: 
Trenel, Metileo. Monte Nievas, Arata, Caleufú, Ingeniero Luiggi y 
Embajador Martini. — La conouista del riel. — El gran progreso 
agrícola. — Condiciones agrológicas del suelo. — Los cultivos exten- 



sivos. — El peso específico de los cereales. — El mejor trigo Pág, 
barletta de la Pampa, premiado en la exposición del Centenario. — 
Recordando doctrinas de un mensaje presidencial sobre coloniza- 
ción. — Edilidad en los centros poblados, vialidad e instrucción 
pública. — 120.000 toneladas de producción cerealera anual. — A tra- - 
vés de Trenel. — La visión del porvenir ¿¿O 

CAPITULO XXIV 

Semblanza de don Antonio Devoto. — Un espécimen de carácter y la- 
boriosidad. — El financista, el industrial y el hombre de negocios. 

— Los factores voluntad, inteligencia y acción, frente al pesi- 
mismo. — El triunfo de Trenel. — Preliminares de la casa De- 
voto. — Medio siglo de fecunda labor. — El banquero, el filán- 
tropo y el patriota. — Fundando pueblos. — Un gran gestor de 
la vinculación italo-argentina. — El asilo Umberto Primero y los 
empréstitos italianos. — Un recuerdo al empréstito popular argen- 
tino de 1891. — El "gentleman" y el diplomático. — Perfiles de 

una gran figura 2-5Í7 

CAPITULO XXV 

La acción de don César Negri en Trenel. — Un gestor eficiente. — 
El ciclo expansivo de las colonias. — El triunfo más metodizado y 
elocuente de nuestra economía rural. — La acción conjunta de los 
factores capital y trabajo. — < Una obra de sano argentinismo. —^ 
La colonización a base de arrendamiento. — Síntesis de un auspi- 
cioso sistema. — Hay que vincular equitativamente y en forma 
estable a propietarios y colonos, corriendo una suerte común. — 
Los contratos de locación al tanto por ciento. — Los inconvenien- 
tes del arrendamiento fijo y en dinero efectivo. — Un modelo de 
contrato de arrendamiento puesto en práctica sobre 200.000 hec- 
táreas. — Sus características primordiales, sus ventajas. — En 
el terreno de las cifras. — Colonización privada a base de venta 
de la tierra. — • Un plan general de ampliaciones. — Clausura de 
la etapa inicial de Trenel 245- 

CAPITULO XXVI 

La nueva orientación de Trenel. — Hacia la colonización agropecuaria. 

— Razones de orden económico que aconsejan la evolución. — Una 
variante trascendental. — Departiendo con el nuevo administrador, 
señor Prudencio Monzón. — Los acontecimientos agrícolas de Eu- 
l'opa y su repercusión en la Argentina. — • Flujo y reflujo inmigra- 
torio. — • El problema de la nueva Rusia. — Estadística, cálculo y 
previsión. — Los cultivos combinados. — El vasto y grandioso plan 
con que inicia Trenel su niievo ciclo. — Lineamientos generales del 
proyecto. — El Banco Rural de Trenel, organismo de crédito pro- 
tector. — Cremerías, molinos harineros y panaderías. — Un sistema 
cuasi-coojjerativo de abaratamiento de la vida. — El hospital re- 
gional y el hotel. — Un procedimiento novísimo para la venta de cha- 
cras de" 250 hectáreas. — El colono pagará su parcela con el 20 % 
de sus cosechas. — El vivero regional. — Culto al árbol y difusión 
del regadío. — En vísperas de la gran reforma. — El espécimen 
más completo de la colonización moderna. — "Ubi patria ibi be- 
ne...". — Origen conceptual de la bella iniciativa. — Una gran 
mujer frente a la decisiva y valiente reforma: la señora Elina Pombo 

de Devoto .' 253 

CAPITULO XXVII 

Por la zona de Monte Nievas y Castex. — Perímetro de influencia co- 
mercial. — Colonias de importancia. — Las primeras cosechas. — 
j\,.f.; ., ,in .1,-1 TT;,-.oi''r> M. Eck"" y Cía., en la región. — Los 
años de prueba y de fracaso. — Colonización primitiva. — 280.000 
bolsas de trigo. — Subdivisión de la propiedad rural. — El campo 
La Invernada. — El trigo "Eckell". — Cereal para cultivos en 
secano. — Un trigo francés perfeccionado. — Varilla fuerte y espiga qci'y. 
excepcional. — Optimismo sincero ^0\r 



CAPITULO XXVIII P^g- 

La gran casa Serralta en Trenel. — Un emporio comercial. — Cómo 
se inician las grandes tiendas de la Pampa. — Un caso nuevo. — 
Impresiones objetivas. — El "almacén-cetáceo". — La gran zona 
de influencia. — 57.500 hectáreas de colonización. — El espíritu 
de convivencia de los colonos. — '■ Esbozo general de la casa de 
comercio y de sus gestores. — Perfiles de don Jaime Serralta. — 
Del colegio al mostrador y al campo. — Los prolegómenos rujía- 
les en Trenque Lauquen. — La gran táctica de fomentar la po- 
blación con el arrendamiento barato. — Yalor de los campo.s y de 
las haciendas. — El campo La Lola. — Hacia General Villegas. 
— Después de La Primavera y La Aurora, El Águila. — Prelimi- 
nares difíciles. — La lucha vecinal. — En pleno auge. — El po- 
blador, el comerciante y el hombre di» comuna. — Patrocinando 
los progresos urbanos. — En Trenel. — Experiencias de la ini- 
ciativa, la voluntad y la labor. — Apuntes agropecuarios. — Sem- gg^ 
brar para recoger 

CAPITULO XXIX 

Por los pueblos del norte. — Uno de los centros más antiguos de la 
Pampa: Parera. — Estacionamiento por falta de ferrocarril. — i El 
antiguo pueblo del Tordillo. — Los primeros agricultores de Pa- 
jera. — Resultados del esfuerzo inicial. — Los préstamos sobre 
prenda agraria. — A la eRj)era del tren. — Necesidad del telé>- 
grafo nacional. — Los pueblos precoces: Realicó y Quemu-Quemu. 
— Preliminares dificultosos. — El pesimismo de los primeros 
colonos de Realicó. — Tosca, arena, escacés de pastos y lluvias 
irregulares. — El alpataeo, planta maléfica. — La emigración 
de los criadores de ovejas. — Los precursores del éxito. — • Un 
dato sugerente. — Colono que paga un campo con el producto 
de sus cosechas. — Quemú-Quemú y sus comienzos. — Los vecinos 
fixndadores. — • Esbozo general del municipio. — 170.000 hectá- 
reas cultivadas. — Establecimientos rurales de importancia. — 
San Alberto, de Peña. — La Enriqueta, San Rafael y La De- 
licia. — Perspectivas del centro urbano - ^ 

CAPITULO XXX 

En viaje a Victorica. — Los bosques de calden en Conhello. — Las 
parvas de leña <-n Luán Toro. — El paisaje silvestre. — Reminis- 
cencias montaraces. — El rancho cimarrón. — Vacadas criollas. 
— Los campos de Victorica. — Los primeros alfalfares. — Don 
Máximo García, precursor en los cultivos forrajeros. — 80.000 
hectáreas de alfalfa. — Lo que cuesta una hectárea de cultivo. — 
El maíz. — Los primeros ensayos de trigo, base de la futura co- 
riente colonizadora. — Lo que hace don Enrique Kenny en su 
campo La Fe. — Los ganados en la región de Victorica. — 250.000 
cabezas de vacunos, como cantidad aproximada. — Las razas ovi- 
nas lincoln y Tambouillet. — 2.000.000 de kilo de lana cosechada 
este año. — Movimiento comercial. — Los beneficios del Banco 
de la Nación. — Hacia la agricultura, industria cardinal de Vic- 
torica 

CAPITULO XXXI 

Cómo se pobló Victorica. — La obra del 9 de caballería. — El pueblo 
criollo. — Los primeros vecinos. — Fisonomía general de la zona 
tributaria. — El país de los ranqueles. — Poitahué, centro de 
parlamentos y operaciones internas. — El rincón de Baigorrita 
y el valle feraz de Tuá-Yuá. — Los dominios de Painé. — Vegas 
próvidas, selvas, médanos y lagunas. — Un vallecito maravilloso. 

La puerta de la travesía. — Hasta los derrames del Atuel, Ran- 

quilcó y Leuvucó. — El paraíso perdido. . . — El triunfo de las 
armas de la nación. — Victorica, primera avanzada civiliaador» 
del norte 



291 



297 



CAPITULO XXXII Pág. 



303 



309 



Xa primera impresión de Victorica. — El monumento a los héroes de 
Cochicó. — Una jornada memorable. — Remembranzas históricas. 

— Partes del coronel Racedo al general Roca. — La dominación 
ranquelina. — Baigorrita y Epumer. — La persecución acciden- 
tada. — Desde Curru-Mahuida a Cochicó. — El jagüel de las Lie- 
bres. — La muerte de Baigorrita. — La soberanía de los ran- 
queles y el bandidaje circunstancial. — Guerra sorpresiva. — La 
ación de Cochicó. — Un puñado de veinte y seis hombres lucha 
contra • cuatrocientas lanzas de Yancamil. — Los héroes humildes. 

— El tributo de la posteridad 

CAPITULO XXXIII 

Un error capital en la fundación de Victorica. — Los campos de la 
Ganadera Nacional. — Manzanas, chacras y solares. — Los pri- 
meros certificados de posesión territorial. — La ley de escritura- 
ción y el título provisorio otorgado por la municipalidad. — Odisea 
de la propiedad privada. — Un decreto injusto contra una ley am- 
bigua. — Cómo se coarta el florecimiento de una población. — 
Un "atentado legal". — Vecinos que pagan cuatro veces el precio 
de su tierra. — lios paliativos de la dirección de tierras y colonias. 

— Los casos de la sargento mayor doña Carmen Orozeo y don Luis 
Gómez. — Un alegato interesante: el templo parroquial contra la 
biblioteca. — Hay que reparar el error y otorgar escrituras defi- 
nitivas 

CAPITULO XXXIV 

El porvenir agrícola de Victorica. — La vida y sus industrias deriva- 
das. — Los parralitos urbanos. — Visitando viñedos. — En la 
quinta de don Pascual Mazzuco. — Cuatro racimos con 16 kilos de 
peso. — Los viduños fundadores. — Sarmientos de Villa Mercedes. 

— Durazneros, perales y almendreros. — Con don Domingo Lemme, 
entusiasta viñador. — La moscatel rosada. — La quinta de don 
Medardo Bustos. — Las colonias ganaderas del noroeste. — Rasgos 
de los últimos criollos... — Una semblanza. — La colonia Epu- 
mel. — Error de ubicación. — Efectos de la falta de agua. — Los _ 
campos vecinos. — La colonia Mitre, del cacique Morales dlO 

CAPITULO XXXV 

Xn la estancia La Morocha de don Armando Lemoud. — El vallecito 
próvido. — La faena matinal. — En el parque. — Departiendo 
con el señor Lernoud. — La ganadería de antaño. — Los prime- 
ros toros importados. — Odisea ganaderil. — Mestización mode- 
rada y eficaz. — Crianza y engorde. — Los alfalfares. — ¡ Maldita 
sequía! — El agua subterránea y pluvial. — Un alfalfar espontá- 
neo. — Detalle sugerente. — La necesidad de lluvias oportunas 

y no excesivas. — Parvas y no silos. — Un poco de pesimismo. ,^ 

El monte de La Morocha o21 

CAPITULO XXXVI 

La región del Noroeste. — El eterno prejuicio. — Los argonautas. — 
La obra de don Alfonso Capdeville. fundador de Telen. — Fomento, 
población, industrias rurales e intercambio comercial. — Servicio 
de mensajerías y tráfico carretero. — Las primeras construcciones. 

— Telen, gran centro de operaciones comerciales. — Edificios pú- 
blicos, plaza y templo, obras a todo costo. — El primer servicio de 
alumbrado eléctrico de la Pampa. — El Banco de Crédito Rural 
de Telen. — Decaimiento de Telen con el retiro de su gestor. — 
Optimismo sobre el futuro de este centro. — En los cultivos y la 
Bubdivisión agraria. Telen asegurará su vitalidad. — El latifundio, 
siempre el latifundio! — Establecimientos pastoriles de importan- 
cia. — Alfalfares y napas subterráneas. — El lejano suroeste. — 
Las secciones 10, 15 y 20. — Ganadería lanar mestizada. — Cam- 
pos medanosos y campos fértiles. — 1000 ovejas por legua en la 



19tíy 4 



F Molins, W. Jaime 
2924. La Pampa 
M72 



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