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Full text of "La reforma política de ultramar: Discursos y folletos de Rafael M. De Labra ..."

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SA /SfJ./t 



^arbartí College üfararj 




FROM THE FUND 

POR A 

PROFESSORSHIP OF 

LATIN-AMERICAN HISTORY AND 

ECONOMICS 

ESTABLISHRD I913 



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U REFORMA POLÍTICá DE ULTRAMAR 



ises-1900 



M REFORM& POLITICE 



DE ULTRAMAR 



DISCURSOS Y FOLLETOS 



RAFAEL M. DE LABRA. 
1868-1000 



«m» 



MADRID 

TOOtRAFf A DE ALFRBDO AL0N8O 

Catín de B*rbi*ri, *úm. $ 
1901 



n^rtVAfiO COLl ¿GE UBRArtf 
3.| ^ MAR 9 1921 - 

lATi» rtlGAN 



O 



AL LECTOR 



El título y el índice de este libro dicen suficien- 
temente cuál es mi propósito al publicarlo. Paré- 
cerne que también son bastante para explicar la 
razón y la sustancia de la obra formada por va- 
rios discursos y algunos folletos, con que solicité 
la atención pública de España en el agitado perío- 
do histórico comprendido entre la gforiosa Revo- 
lución de ¡Septiembre y los afrentosos desastres 
de 1898. 

Me determino a reproducir y coleccionar esos 
trabajos, porque no siendo obras de carácter pura- 
mente literario, ni mera expresión de mi manera 
personal de ver las cosas, pueden muy bien servir 
para el exacto conocimiento de los hechos á que 
se refieren, y que ocupan lugar considerable en la 
Historia contemporánea española.— Y pienso que 
este conocimiento será de gran valor para los que, 
corriendo los tiempos, quieran y deban formar un 
juicio acabado de los problemas españoles del si- 
glo xix, teniendo en cuenta las posiciones y los 
pareceres de los contemporáneos, no ya por me- 
ra curiosidad ó interés puramente retrospectivo, 
si que para aprovechar las lecciones que de aque- 
llos hechos se desprenden, en obsequio al prestí- 



gio y el porvenir de España y al progreso regular 
de la Humanidad. * 

No es verosímil que se reproduzca en España 
la situación de estos últimos treinta años. Es de- 
cir no es verosímil que se repitan los problemas 
coloniales que nos han preocupado en este tiempo. 
Pero las lecciones que de los aludidos sucesos se 
desprenden no pueden menos de interesar a todos 
cuantos, entrando en el fondo de las cosas y co- 
nocedores de la economía moral de las sociedades, 
se den buena cuenta de que la cuestión colonial 
era uno de los problemas fundamentales de la Es- 
paña contemporánea, y que las causas de los úl- 
timos desastres eran, no las entrañadas única y 
exclusivamente en el viejo régimen ultramarino, 
ai que las que viciaban y todavía vician la vida 
entera de la sociedad española. 

En el libro de ahora trato sólo del problema, 
político de Ultramar. Y aun respecto de este me 
ateneo ¿trabajos de carácter general. Por eso 
no sfincluyen en la colección los dos folletos eon 
que comencé en 1869 mi campaña, y que se titu- 
lan- La pérdida de las Américas-y La Cuestan Co- 
lonial en 1869. Aquél es un estudio histórico rela- 
tivo al período do 1810 á 1825, para probar _amm 
f,ié, no, la libertad quienperdió las Amencas. El otro 
es una descripción del estado de nuestras Colo- 
nias en la época de la Revolución de Septiembre 
y que concluye con la doble aünracum de que rf 
lorvenir de nuestras colonias estaba a la sombra de Es- 
paña, y que España, sólo por la libertad, podm asegu- 
rar su imperio allende los mares. 



r\ 



Vil 

Después he publicado un estudio sobre La Cues- 
tión de Puerto Rico en 1870, con fórmulas atenua- 
das de autonomía colonial, que hay que relacio- 
nar con mi discurso sobre el Presupuesto de Puerto 
Rúo de 1889, que explica una fórmula de transac- 
ción calcada en el régimen foral de las Provincias 
Vascongadas; y mi libro titulado Una campaña par- 
lamentaría, que comprende todos mis discursos po- 
líticos de 1871 á 73; y mi discurso de 1880, sobre el 
Primer presupuesto de Cvba, con cuyo motivo se for- 
muló por primera vez en el Parlamento español, 
dentro de la Restauración borbónica, la aspira- 
ción francamente autonomista; y mis Conferencias 
del AbvJi de 1890, sobre política colonial; y la co- 
lección de mis discursos de 1896, sobre la Reforma 
electoral en las Antillas; y mi folleto del propio año 
sobro la Política antillana en la Metrópoli española; y 
mi libro sobre la Autonomía colonial de 1892; y mis 
discursos de 1895, sobre la Reforma política // eco- 
nómica en las Antillas, etc., etc. 

Claro está que todos estos trabajos se relacio- 
nan también con el problema moral y social anti- 
llano, entrañado en la pavorosa cuestión de la escla- 
vitud; pero no es ésta su propia materia, que 
siempre reservé para esfuerzos excepcionales, por 
mí realizados como parlamentario, publicista, pro- 
pagandista y Presidente de la Sociedad Abolicionista 
Española. 

Tengo el propósito de coleccionar también bue- 
na parte de mis folletos y discursos sobre este par- 
ticular, que estimé siempre bajo la doble presión 
de un requerimiento de conciencia y de un deber 



vin 

de patriotismo. Porque, aparte de haber yo naci- 
do en Cuba y formado parte de su clase dominan- 
te, pocas cosas me han preocupado y avergonzado 
tanto, fuera de España, como la consideración de 
ser mi Patria la única nación de Europa que, con 
aspiración á representar algo, dentro de la civili- 
zación cristiana y la cultura contemporánea, en 
la afonía del siglo xix, cubría con su bandera la 
Infame y corruptora esclavitud de los negros. 
Así lo dige al redactar la protesta que, contra 
aquella afrenta, votó la Junta revolucionaria de 
Madrid en 1868. 

El nuevo libro que preparo también podrá ser- 
vir de enseñanza, por los hechos á que se contrae; 
porque la empresa abolicionista de estos últimos 
años es uno de los empeños más gloriosos y de 
éxito más completo de la Historia política moder- 
na de España. 

Pensando en ello, no puedo explicarme el silen- 
cio que nuestros políticos y nuestra prensa obser- 
van respecto de este particular. Menos aún, cuan- 
do tíido el mundo baja la cabeza ante el desastre 
de 1898. Por esto mismo debían ser más potentes 
la protesta y el recuerdo de la abolición de la es- 
clavitud, que se realizó en Puerto Rico de un modo 
mwmparáble y en Cuba, de manera y con conse- 
cuencias superiores á todas las demás experien- 
cias abolicionistas del siglo xix. 

Colecciono, pues, para la Historia. 

; 3o -Noviembre- 1 0"* i 
Madrid. 



c\ 



r 



SANROMA 

PROPAGANDISTA 

CATEDRÁTICO — ESCRITOR 

DIPUTADO 



I 86 O- 189 5 



. *í 



JOAQUÍN MARÍA SANROMA 



i < ! > 



(1860-1895) 



Se Sor as y Señores: 



Necesito de vuestra benevolencia por breves momentos. 
No vengo á hacer un discurso necrológico. Ni esta es la 
oportunidad, ni yo cuanto coa medios bastantes para estu- 
diar la vasta, complicada y admirable obra de Joaquín Ma- 
ría Sanromá, en el orden político y científico de 1a España 
contemporánea. Los discursos que acabáis de oír, y que 
contienen meras indicaciones respecto de mucha y buena 
parte de esa obra, me dispensan de toda demostración reg- 



(1) Este discurso fué pronunciado en ot gran Salín de Acto» de! 
Ateneo Científico Literario -le Madrid, la noche dal 38 da Abril da lS^S f 
•O Ib cual so celebró una valida en honor ¡le Sanromá, que ataljuba da 
aorit. Presidió la sesión el Presídante do abolla ilustra Sala D So» 
giq mundo tíoret, y pronunciaron discursos en me mona del ana do loa 
•abarse D. Gabriel Rodrigas^ D, (Jumuraindcj de AicáraLe, D, Liurea* 
so F i güero la, D, José de Echegaray, [>. Man nal Pedregal y el autor de 
1* oración que 7a arriba. 

Después se bao publicado todos esos discursos en na volumen a coya 
cabeza figura al retrato de Sin roma. 



pacto de la gravedad y transcendencia de las amperios en 
que agoto su vida la ilustra persona en cayo honor y me- 
moria aquí piadosamente nos reunimos. Bien podría decir 
que vengo hoy al Ateneo á realizar; con particular guato y 
macho honor para mi, lo que se llama comunmente un acto 
de presencia, ostentando una doblo representación que da 
cierto valor á lo que significaría muy poco si se redujera i 
mi humildísima gestión personal. Porque asi por lo qoe 
hasta ahora ¿*e ha dicho respecto de los empeños do Sa u ro- 
ma en el orden de la abolición de la esclavitud, de la re- 
forma colonial y de la representación parlamentaria anti- 
llana, como por la notoria participación que yo he tenido 
en todas esas empresas dentro do los últimos treinta años 
seguramente habréis deducido que fui un compañero del 
inolvidable finado. En tal concepto» en represen tació a de 
los antiguos abolicionistas y de los diputados de la pequeña 
Antilla, vengo á este sitio á tributar el homenaje de mi 
particularísima consideración á la memoria del que envida 
estimamos todos como una de nuestras primeras e indiscu- 
tibles personalidades* 

La vida parlamentaria de Sanromá se desenvuelve sobre 
m representación do diputado reformista de Puerto Eico en 
el agitadisimo período de 1370ál873, Bus más espléndidos 
triunfos oratorios, como propagandista, quizá, son los qtte 
consiguió desde 1364 a 1873 en los grandes mteiing* aboli- 
cionistas de Madrid, en los cuales intervino como uno de los 
fundadores y de los constantes directores de la Sociedad 
Abolicionista española- Por tanto, el nombre de Sanromá 
está íntimamente unido á la reforma colonial contemporá- 
nea que el ilustre finado comprendió en todo su alcance, 
desde una superior altura, con nn desinterés y un entusias- 



— 5 — 

mo admirables, sirviendo á la patria española tanto con 
el valor indiscutible de sus grandes esfuerzos intelectuales i 
cuanto con el ejemplo fortificante del peninsular generoso, 
que sin compromiso personal, ni estimulo extraño, ni espe- 
ranza de premio, en momentos por todo extremo difíciles y 
que ahora difícilmente se comprenden, cuando la calumnia 
centelleaba y la pasión lo invadía todo, no titubeó en poner 
su gran palabra y su poderoso esfuerzo, con perseverancia 
y sistema (que es como estos empeños resultan eficaces), al 
servicio de la redención moral y política de nuestras Antillas. 

No ha llegado todavía la hora de formar el juicio defini- 
tivo sobre el carácter, la misión y la obra de la reprsen- 
taáón parlamentaria de la pequeña Antilla en aquel ex- 
traordinario periodo. Pero como un dato para ese juicio, 
yo (que he pertenecido á todos los grupos parlamentarios 
que han representado á Coba y á Puerto Rico, desde que 
la Revolución de Septiembre rompió el paréntesis de olvi- 
do é injusticia que se inició en 1836), puedo permitirme 
la afirmación de que la diputación portorriqueña del periodo 
aludido, sólo es comparable á la primera diputación ame- 
ricana de 1812, como iniciativa y como sentido trascen- 
dental en el orden general de la política española. 

Con efecto, entre la diputación americana del año 12 y 
la del año 20, hay varias diferencias de fácil registro y no 
difícil explicación. Los diputados de la última fecha se ocu- 
paron preferentemente de la reforma local, y por esta pre- 
ferencia, su principal obra consistió en la proposición de los 
cuarenta y cinco diputados para constituir, bajo el princi- 
pio de la autonomía colonial, las tres grandes colonias de 
Nueva España, Colombia y el Perú. Frente á este sentido 
que alguien pudiera tachar de particularista, está el que 



— 6 — 

acusa la activa intervención que en los debates consti- 
tucionales y en la política general de las Cortes gaditanas 
tuvieron los diputados de América, y entre ellos el elo- 
cuentísimo Dr. Mejia, uno de los grandes maestros de la 
oratoria espadóla contemporánea. Pues de la propia suerte, 
la diputación portorriqueña del último periodo revoluciona- 
rio actuó de manera que el problema colonial vino á iden- 
tificarse con el general político de España, y la acción de 
aquellos diputados llegó, en determinados momentos, por 
lo enérgica, lo insistente y lo disciplinada, á influir de un 
modo decisivo en la marcha de las cosas peninsulares, y 
muy al contrario de como habían influido, inmediatamente 
antea» en la política conservadora peninsular, los elementos 
forjados por las instituciones antiguas ultramarinas, y que 
en la Península representaban, conforme á su origen y su 
educación, nn sentido de oposición resuelta al avance de las 
doctrinas liberales. 

Por esto se explica, en primer término, que la diputación 
liberal portorriqueña, siendo en el fondo autonomista, no 
levantara entonces la bandera de la autonomía, ni se ocu- 
para especialmente del problema del gobierno interior de 
la colonia. Su criterio era la absolnta igualdad política y 
civil de los españoles de aquende y allende, y sobre esta 
base destacaba, como interés absorbente, la abolición inme- 
diata y simultánea de la esclavitud. Después venia la re- 
forma electoral con sentido igualitario. Y todo bajo un espí- 
ritu radicalmente democrático. Por este lado las aspiracio- 
nes de aquella diputación se confundían admirablemente 
con todo el espirita de la Revolución de Septiembre. 

Luchaba, empero, con el hecho terrible y la influencia 
desastrosa de la insurrección de Cuba, utilizada hasta lo 



iT\ 



inverosímil por los enemigos da toda clase de reforma colo- 
nial; es decir, de una verdadera reforma sin carácter buro- 
crático ni reservas contradictorias, ni alardes de protecto- 
rado 6 de patronato ofensivo para el español antillano. 
Verdad qne para lachar contra estas y aun mayores pre- 
venciones, Puerto Rico tenia de su parte circunstancias ex- 
cepcionales. Tenía la dulzura y tranquilidad proverbial de 
sus habitantes; lo escaso de los negros esclavos; el número 
muy reducido de peninsulares, demostrativo de que la fuer- 
«a del imperio de España en aquel país estaba en todos sus 
habitantes; y la tradición gloriosa de la misma Isla en las 
campañas de los siglos xvi y xvh contra lo 3 filibusteros de 
la Tortuga y los soldados y los barcos de Hilan da, Francia 
¿Inglaterra, rechazados por el empuje patriótico de los 
portorriqueños, que llegaron á salir de su Isla persiguiendo 
á sus contrarios por el mar de las Antillas. Además, tenia 
el hecho (que nunca se debiera olvidar, que se ha repetido 
después, y de que no pocos políticos han prescindido muy 
recientemente) de haber servido aquella Isla de terreno de 
aclimatación para las reformas más provechosas en el orden 
de la colonización moderna. Me refiero principalmente á las 
reformas económicas y aun políticas que se implantaron en 
la pequeña Antilla, por el celo del diputado Pover y el in- 
tendente Ramírez, desde 1812 á 1817, y cuyos maravillosos 
resultados afrvieron para que en lo substancial fueran lle- 
vadas con éxito, todavía superior, á Cuba, desde 1818 á 
1821. 

De todo esto resulta, que aun sin contar con las dificulta- 
das propias y características del periodo de 1868 á 1873, 
k empresa de los diputados portorriqueños no era fácil. Pe- 
día, por lo menos, tanta energía como tacto y una orienta- 



ción política poeitiva en relación con las exigencias de aquel 
medio peninsular y en vista de los errores y exageraciones 
en que habían incurrido los diputados americanos doce- 
alfiíias. 

Felizmente, el pueblo portorriqueño, de un gran instinto 
político y de una disciplina admirable, facilitó la empresa 
eligiendo sus diputados indistintamente entre criollos y pe* 
ninsulares, todos los cuales aceptaren el compromiso, dedi- 
cándose á su desempeño con preferencia á todas las demás 
empresas de su vida. El resultado fué tan satisfactorio, que 
yo no creo que pueda ponerse por cima de él ningún otro 
éxito de la política contemporánea. Con relación á Puerto 
Rico, debe citarse la abolición de la esclavitud inmediata y 
simultánea, la reforma municipal y provincial que se plan» 
too en 1S72 y rigió hasta el 74, y, por último, la promulga* 
cíod del título primero de la Constitución de 1869, sin sal» 
ve dad es ni reservas de ningún género. 

En cuanto al influjo de aquellos diputados en la marcha 
general de la política española, recuérdese la influencia que* 
tuvo en ésta el proyecto de abolición de la esclavitud 
de 1 872, contra la cual se concertaron, con mayor ó menor 
voluntad, todos los elementos conservadores y reaccionarios- 
de aquella época, según lo patentiza un notable Manifiesto 
(ahora nunca recordado) que lleva la fecha de Enero de* 
1873 y sirvió de programa á la famosa Liga ultramarina. 
DeBpués vino la participación que aquellos diputados to- 
maron en favor de la República, en el voto del 11 de Febre* 
ro. Y por último esfcl el papel superior que ellos desempe* 
fiaron en el grupo de los conciliadores de la Asamblea na- 
cional en un periodo agitadísimo y critico cuyos detalles 
eon todavía perfectamente ignorados. No es del caso discu-. 



— 9 — 

tir si acertaron ó no en esa campaña. Pero lo que nono* 
se podrá negar ea que aquellos hombres demostraron una 
gran energía j nn gran civismo, y que sabiendo lo que que- 
ría n, lograron todo lo que se habían propuesto. 

Y no admito que ae me argumente discutiendo la mayor 
o menor duración de lo que ellos conquistaron. Esto me 
llevarla á otro debate. Pero así y todo, debo observar, pri- 
meramente, que la abolición de la esclavitud no solo fué un 
hecho definitivo en la historia de Puerto Rico sino que su 
ejemplo sirvió poderosamente para una reforma análoga en 
Cube , agí cerno para desvanecer no pocas prevenciones que 
contra el Gobierno español y su política colonial tenían por 
aquel entonces algunos Gobiernos de Europa y de América. 
Bien lo patentizan los despachos de nuestros Ministros de 
Estado de 1872 y 1874* La reforma municipal y provincial 
y la extensión del sufragio en Puerto Rico fueron datos que 
utilizó (al parecer con éxito decisivo) el Sr. General Martí- 
nez Campos, para llevar á los insurrectos cubanos á la Paz 
del Zanjón. Y tengo por cierto que en aquella feliz experiencia 
J en la no menos recomendable de la vida interior de nues- 
tras Provincias Vascongadas, se habrán de encontrar las 
ultimas determinantes de la reforma definitiva del actual 
régimen político y económico de las dos Antillas españo- 
las. Pero en último caso, yo opondría á cualquier observa- 
ción recelosa, la historia de todas las reformas políticas en 
todas partes y señaladamente en España, donde nadie ha 
podido retajar el mérito de lea Cortes de Cádiz porque el 
régimen constitucional por olas proclamado cayera en 1814 
y volviera á hundirse en 1*24, después del tormentoso pe- 
riodo de I8ií0 á 1 823, para triunfar definitivamente á los 
22 años de haberse iniciado por los inmortales doceañistas. 



— 10 — 

£1 recuerdo me parece Unto más oportuno cuanto qae por 
lo qae ea estos ultimo» días hemos oído, asi en el Congreso 
como en el Senado, parece qae quienes acertaron sobro 
nuestro problema colonial f nerón los que en 1870 soste- 
nían y recomendaban las reformas y las soluciones que ahora 
ja patrocina todo el mando, y señaladamente los mismos 
que las combatieron á sangre y fuego, con rectitud y pa- 
triotismo que no quiero negar, hace veinticinco años. 

Insisto, pues, en que bajo este punto de vista, los dipu- 
tados portorriqueños del periodo á que me refiero, no solo 
no han sido superados por nadie, *¡no que tienen en la 
historia de España y del extranjero muy pocos competi- 
dores, 

Puedo bien celebrarlos sin reserva alguna, porque loa 
más han muerto, y los que viven tienen alcanzados en otros 
órdenes de empeños una fama tal, que el mérito qae ahora 
les reconozco zxo puede darles mayor relieve. Y si bien es 
cierto que yo pertenecí á aquella diputación, no lo es me- 
nos! que, aparte mi pequenez personal, entonces todavía 
más considerable que ahora, el principal mérito de aquel 
grupo consistió en que nada de lo que hizo pudo decirse ja- 
más que era efecto de una inspiración particular. 

En ese grupo figuró en primera linea Joaquín María 
San roma, que á el llegó con un gran nombre en la tribuna, 
en la cátedra y en la prensa. Su elección fué libérrima y 
espontánea de parte de los reformistas portorriqueños, que 
sólo le conocían por su devoción probada á la causa de la 
reforma, Fué uua elección eminente y absolutamente polí- 
tica, como todas las análogas de aquella tierra, en aquella 
¿poca. Es otro hecho que conviene registrar; quizá en él 
descanse una buena parte de la importancia excepcional 



— II — 

que tuvo aquel grupo paríame otario. A tal honor correspon- 
dió perfectamente San roma. 

Es muy difícil que desde fuera se comprendan los traba- 
jos, loa compromisos y los deberes que entraña la represen- 
tación parlamentaria para aquellos que consideran la po- 
lítica como un empeño serio , y van al Congreso ó a! Senado, 
por vocación ó por efecto da circunstancias más 6 menos 
previstas y más ó menos libremente aceptadas, pero que 
de todos modos determinan una obligación garantizada por 
la conciencia y el honor. Contribuye á loa errores que ge * 
neraimeute ee padecen respecto de este punto, la relativa 
desconsideración en que ha caído, de poco acá, en casi toda 
Europa y muy señaladamente en España, el régimen parla •> 
mexitario: desconsideración á que han contribuido no poco 
los abusos de los gobiernos, las flaquezas de diputados 
y senadores y el deplorable cambio operado en la re* 
dacción y confección de los periódicos. 

Preocupados estos de lo novelesco y lo dramático , bajo 
«i imperio de la impresión y rectificando de un moio ape- 
nas comprensible el papel que la prensa desempeñó en el 
gran período de la instauración del régimen constitucional 
y de la propaganda democrática! nuestros diarios consagran 
toda su atención á la noticia momentánea y de cierto relieve, 
dejando reducida la campaña parla ene otar i a al escasísimo 
circulo de los cien diputados ó senadores que ordinariamente 
ocupan los escaños en los Palacios de la representación na* 
cionaL La indiferencia ha llegado en estos últimos días 
al punto de que, discutiéndose (ahora quizá como nun- 
ca), los gastos generales del Estado, los periódicos, y seña* 
1 adamen te loa de gran circulación, ee limitan á decir tan 
sólo los nombres de los diputados que hablan en pro 



— 12 — 

ó en contra de las secciones y los artículos del presupuesto. 

Contribuye á esto, también, la circunstancia de que la 
mayor parte de las cuestiones políticas, se resuelven fuera 
del salón de sesiones, que por tanto queda reservado para 
la solemne y de cierto carácter teatral, de donde resul- 
ta una gran re s erva respecto de la eficacia de los debates 
parlamentarios, en los cuales se comprometen muchos hom- 
bres de buena fe, sin contar con que la última palabra la 
dirán en los pasillos ó en los gabinetes de la Presidencia y 
de los ministros los grandes facedores de componendas y 
fórmulas, que luego se presentan al país, desorientado y 
sorprendido, con el rubro consagrado de grandes y fatrió* 
ticas transacciones. 

De todo esto buena culpa toca á los gobiernos, preocupa* 
dos principalmente de salir del paso y cada ves más deci- 
didos á utilizar todos los recursos de la famosa inJlvAneia 
mora i en los comicios electorales, para asegurarse en el 
Parla meato, no sólo una inmensa é incondicional mayoría, 
si que un grupo de oposicionistas circunspectos y agradeci- 
dos. Inútil discutir el éxito de este empeño, mientras el 
Congreso y el Senado sean los únicos competentes para el 
examen de las actas de diputados y senadores, y para au- 
torizar las causas criminales, que de oficio ó á instancia de 
parte, ge incoan contra los representantes del país en los 
tribunales de Justicia. Por lo mismo, ya todo el mundo sabe 
que sólo Jos ministros inocentes dan grandes batallas con- 
tra proposiciones de cierta importancia: porque lo más 
práctico es que éstas pasen á las secciones donde se nom- 
bran comisiones que no se reúnen nunca, ó que nunca dic- 
taminan, por que jamás estiman perfectamente estudiado 
el asunto . Así, el Parlamento se reduce á un mere aparato, y 



-\ 



— 13 — 

la generalidad de los aficionado* se indina á pensar que en 
el gran escenario de los desahogos retóricos. 

No desconozco que sirve bastante á esta desconsidera- 
ción, lo que diputados y senadores usan y abusan de la 
palabra en discursos interminables, rectificaciones inmen- 
sas y alusiones inverosímiles, sin reparar que en los deba- 
tes políticos lo único que interesa es la opinión del grupo, 
siendo verdaderamente insignificante el dictamen indivi- 
dual, asi como que en los debates técnicos no hay pacien- 
<ria ni atención para un discurso que exceda de una hora. 
Y no digo nada de las dificultades que para discusiones se* 
rías y eficaces supone el excesivo número de diputados y 
sonadores ({sobre cuatrocientos!), que obliga á los oradores 
á tomar casi constantemente el tono tribunicio. 

Consecuencia de todo ello es, en un orden superior, la opi- 
nión, ya bastante generalizada y sostenida por otras razones, 
de que el Parlamento es sólo una de las varias formas de 
la acción política contemporánea, y que no puede esperar 
mucho el que se limite 4 mover la opinión pública y la volun- 
tad de los Gobiernos sólo dentro del Congreso y del Senado. 

Pero después resultan una gran merma del antiguo pres- 
tigio de que disfrutó el Parlamento español, y una gran 
¿acuidad para que la generalidad de las gentes crea que el 
empeño parlamentario es cosa sencillísima, ó que diputa* 
dos y senadores no son otra cosa que unas figuras más ó 
menos decorativas, consagradas en vista del esplendor de 
la gobernación del Estado y el provecho de o a millar de 
personas de diferentes partidos. 

La verdad es que la institución parlamentaria res- 
ponde á otros fines y supone otras condiciones. De todos 
modos, y á despecho de todos los abusos, la tribuna parla • 



— 14 — 

mentaría es, y será por mucho tiempo, la primera tribana 
de España. Tengo por cierto que en plaso próximo, y por 
la exigencia del público, se rectificará la oposición que hoy 
existe entre el Parlamento y la prensa periódica. En todo 
cato» ya puedo señalar mochos ejemplos de diputados y se- 
cadores qne hoy cumplen con sus deberes con la misma fe 
y la misma escrupulosidad qne demostraron los parlamen- 
tarios de 1836 y 1869. 

Todo esto lo consigno, no sólo para que se rectifiquen loe 
supuestos equivocados 4 que antes he aludido y se compren* 
dan bien las positivas dificultades con que tropieza al con- 
cienzudo desempeño de la representación en Cortes, acreedo- 
ra á una atención exquisita (pues que en el orden de los 
principios el régimen representativo y parlamentario, es T 
hoy por hoy, una de las principales garantías de la libertad 
civil y política del mundo); sino también para prevenir el 
juicio de los que, estimando la empresa de hace quince o 
veinte años con el criterio ahora imperante, pudieran mi- 
rar con relativa indiferencia la obra de Sanromá, en las Cor- 
tea del 70 al 73. 

Porque entonces, no fueron posibles las intermitencias, las 
distracciones y los desmayos. Ni el empeño se redujo a pro- 
nunciar algunos discursos, ó á hacer algunas preguntas en 
sesión pública, y de suerte que las gentes tuvieran siempre 
en la memoria el nombre del diputado. La campaña era cons* 
tanto dentro y fuera del Parlamento, y lo mismo para el 
diputado de oposición que para el diputado ministerial» en 
términos apenas sospechables en este último período de 
anemia, indisciplina y pesimismo. Además, Sanromá fué 
un diputado colonial, y esta última circunstancia hizo espe- 
cial mente difícil su patriótica tarea. 



*\ 



— 15 — 

Punto es este que me preocupa cada vez más; porque, 4 

parte de considerar, en término» generales, que la represen- 
tación directa en las Cortes es una nota característica de 
la colonización española, y que entraña consecuencias poli* 
ticas y sociales de tanta originalidad como superior impor- 
tancia, advierto que, últimamente han cundido, más de lo 
verosímil, algunos errores, tanto respecto de la eficacia de 
aquel procedimiento en los días actuales, cuanto de las con- 
diciones adecuadas ó indispensables para la vida de aquella 
representación. Pero no necesito advertir que este no es 
tema apropiado á la solemnidad de esta noche. Bástame 
señalarlo para insistir en que la representación parí a mentaría 
ultramarina pide mayor devoción, más asiduidad y mayor 
trabajo que la representación del resto de la Península, 

No £6 puede desconocer que la de acá tiene cerca, al 
lado, la masa electoral, el concurso alentador de los corre- 
ligknarioa, la opinión pública directamente excitada é ilus- 
trada por el clamor de los intereses. El diputado colonial 
ha de contar, so ore todo, con sus propios y exclusivos me* 
dios, porque basta el estímulo, la adhes ón 6 el aplauso 
(cuando vienen) llegan por el correo, al mee 6 mes y medio 
de haberse determinado en Madrid la necesidad. De otra 
parte bey que contar con la aversión que las asambleas de 
carácter general tienen á Tos problemas locales, y el interés 
qae los enemigos de las reformas ultramarinas ponen en re* 
ducir el carácter de estas á una cuestión más ó menos mo- 
nada, a lo sumo administrativa, y, si es posible» de campa- 
nario. De fcquí la dificultad de ciertos debates; contando 
siempre con que en el Parlamento no se habla siempre 
cuando ss quiere, y que la oportunidad es la primera coa- 
dición del éxito oratorio; y prescindiendo de los obstáculos 



\ 



— 16 — 

extraordinarios, y ahora ya apenas presumibles, que deter- 
minaba la confusión del interés efímero y discutible de loa 
gobernantes, y de la deplorable administración española 
en nuestras Antillas con la causa de la Patria, comprometi- 
da al mismo tiempo y de otro modo, hace veinticinco años, 
por efecto do la insurrección cabana. 

No quiero entrar en más honduras para abonar mi tesis 
de que los diputados antillanos necesitan un mayor esfuerzo 
y una mayor solicitud que los del resto de la Nación, por lo 
menos en tanto llegue la hora de la consagración de la auto* 
nomia colonial, que ha de arrancar de nuestro Parlamenta 
la inteligencia siempre problemática de los negocios exclu- 
sivamente insulares. Por eso no es posible la intermitencia 
en la acción de esos diputados, ni es dable su aislamiento 
en la política española, cuanto más en el seno de las Cortee, 
si es que se trata de otra cosa que de una mera y más ó me- 
nos brillante, pero efímera, propaganda» 

De aquí la necesidad de un gran prestigio, de una gran 
altura de miras, de un gran amor á las ideas y de una gran 
consideración á las conveniencias y á las prácticas parla- 
mentarias, para aprovechar las oportunidades sin compróme* 
terse en protestas y alborotos más á menos justificados, pero 
que á la postre sirven sólo á los que, careciendo de razón la 
buscan en los incidentes de la disputa y del escándalo, y sin 
caer en el equivoco de la indolencia ó la debilidad que los 
adversarios estiman como un dejo del coloniado ó del vasa- 
llaje. 

Y el empeño es de excepcional relieve si se tiene en cuen- 
ta, de una parte, la escasísima fuerza de la colonia antillana 
de la Península, hoy pooo numerosa y poco aficionada á la 
política (al revés de lo que acontece en Inglaterra con la ce* 



— 17 — 

loma irlandesa), y qae, portento, au concurso para mover 
aquí la opinión no puede ser muy eficaz; y por otra parte, 
que la falta de relaciones políticas de los círculos, los parti- 
dos y los personajes insolares con los análogos de la Metró- 
poli hace casi imposible el aprovechamiento de los medios 
de estos para suplir la notoria deficiencia de aquéllos en el 
escenario peninsular. Por esto, yo creo, y no me canso de 
decir, que la representación parlamentaria es, hoy por hoy, 
no diré el único, pero evidentemente el más positivo medio 
de la campaña ultramarina aquende el Atlántico. 

Si, el medio más positivo, siempre que el parlamentario 
colonial sepa y pueda sustraerse á dos verdaderos peligros. 
£1 primero consiste en inclinarse á la opinión de los parla- 
mentarios anticuados que suponen concentrada toda la 
Tida política del país en los Palacios de los Congresos 
j que por tanto, basta con asistir á las sesiones de Cor- 
tes y pronunciar en estas discursos de mayor ó menor efecto, 
según las aptitudes particulares y las circunstancias del 
momento. Como antes he indicado, cada vez se acentúa mas 
la vida política extraparíamentaria y por tanto, los diputa- 
dos de las colonias deben considerarse principalmente como 
«1 núcleo potísimo y prestigioso de una gran campaña, den- 
tro y fuera del Parlamento, para la conquista de la opinión 
pública que ha de ser su verdadera fuerza. 

£1 otro peligro consiste en intentar ea la Península, eu 
la Metrópoli, campañas políticas sólo con las ideas y los 
¿gustos y los procedimientos de Ultramar. Es decir, po- 
ner aquí los problemas absolutamente lo mismo que se 
plantean en las Antillas. Los escenarios son muy diferen- 
tes: hasta el lenguaje es diverso. Los primeros efectos de 
-este error son aislar completamente á los voceros de las Coló- 



— 18 — 

nías privándoles de los medios que proporcionan los Taris» 
incidentes de la política y ann el trato con los demás Dipu- 
tados y .Senadores: dar á los problemas ultramarinos nn tin- 
te exclusivo que los pone fuera del interés común; sustituir 
la representación parlamentaria por la Agencia Colonial de 
Inglaterra ó de Holanda; 7 en fin, reducir el público al pe» 
que ñu circulo de los paisanos, comensales ó contertulios de 
esos diputados. Por aquí cayeron casi todos los de las Colo- 
nias francesas hasta hace poco tiempo. Por el mismo error se- 
hau io utilizado los diputados vascos de Ejpaña. 

Para toda la obra que comento, tenia Sanromá condicio- 
nes relevantes. Su vehemente palabra y sus hábitos de vi- 
goroso polemista, su firme voluntad y su espíritu altivo» 
eran casi de necesidad en aquel periodo en que la patriotería 
quería imponer silencio con gritos y amenazas verdadera- 
mente intolerables. Además, nuestro celebrado amigo era una- 
positiva autoridad en nuestras academias y nuestros círculos- 
intelectuales. Disfrutaba de una posición desahogada, qae ha - 
cía ridiculas las consabidas calumnias sobre la eficacia del 
oro filibustero; contaba con la adhesión entusiasta de sus dSs- 
cipulos de la Escuela de Comercio y con relaciones valiosas 
en la escena política española: era un catalán de todos cono- 
cido por su patriotismo y su identificación absoluta con los 
intereses de la Península, y nadie le colocó jamás en el 
grupo de los teóricos ó de los ilusos. Sobre este punto puedo 
repetir que los reformistas de Puerto Rico procedieron siem- 
pre con exquisito tacto, buscando sus defensores en el cír- 
culo de peninsulares de representación, medios, autoridad 
y iinimod. No entró esto por poco en el éxito de la campaña- 
de apella época y en el influjo que los portorriqueños lo- 
graron en la política nacional antes de 1874. 



— 19 — 

EJ Diario de Sesiones de 1872, contiene dos discursos por 
todo extremo notables de Joaquín San roma: el pronunciado 
en 6 de Junio sobre el Presupuesto general del Estado, ó, 
por mejor decir, sobre la Deuda flotante; y el dicho en favor 
de la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, contendien- 
do ahora con D. Alejandro Pidal y antes con e! ministro de 
Hacienda, Sr. Elduayen. Pero además hay que registrar 
otros discursos sobre las actas de Vinaroz y San (xeraán, 
que en realidad fueron detenidos estudios sobre la situación 
política y las condiciones electorales del reino de Valencia 
y de la isla de Puerto Rico, en aquel laboriosísimo periodo 
déla Revolución, 

Por aquel entonces también Sanroma presentó tres propo - 
Alciones de ley muy razonadas y de extraordinaria impor- 
tancia. La una Ueva la Fecha de 1 6 de Mayo de 1 872. y tiene 
por objeto el nombramiento de una comisión parlamentaria 
que continuase la información acordada por las Cortes Cons- 
tituyentes sobre ol estado moral ó intelectual y material de 
las clases trabajadoras, así agrícolas o orno industriales. La 
ofra proposición es de 27 de Mayo de 1872 y tiene por objeto 
la reforma y reoganización general de la Hacienda pública 
de la isla de Puerto Rico sobre la base de la supresión de 
los derechos de exportación y del derecho diferencial de 
bandera, la reducción en un S3 por 100 de los gastos de gue* 
rra y administración general, la aplicación de las Ordenanzas 
de Aduanas de la Península de 1870, la reforma librecambis- 
ta de los aranceles portorriqueños y la declaración de c&bota* 
je del comercio entro la Península y la pequeña Antijla» La 
tercera proposición (también precedida de muy bien pensada 
exposición de motivos, y que tiene la misma fecha] es en fa- 
vor de la abolición, inmediata y con indemnización , de la es- 



— 20 — 

clavitud en Puerto ftico. Nada de esto se llegó á discutir, por 
circo nata acias extrañas á la voluntad del proponen te, hasta 
quo, por efecto déla crisis de Diciembre, el ministerio 
presidido por el Sr. Buiz Zorrilla llevó al Congreso el 
proyecto de ley de abolición de la esolavitud, fecha 23 de 
Diciembre de 1872, cuyos principales preceptos fueron al 
fin votados por aclamación en 23 de Marzo de 1873 y con 
cuyo motivo Sanromá pronunció el discurso á que me he 
referido antes. 

Evidentemente, la mayor solicitud de Sanromá en sa 
larga y brillante serie de esfuerzos en pro de la reforma co- 
lonial fué dedicada al problema de la esclavitud. Se expli- 
ca por muchos motivos. Porque esa cuestión era la cuestión 
madre en nuestras Antillas, y aun hoy mismo, después de 
abolido el patronato en 1886, sus lejanas consecuencias cons- 
tituyen una de las dificultades más serias, ó por lo menos 
ano de lo* puntos más interesantes de la economía social 
antillana. Bien lo demuestran, sin ir más lejos, de un lado, 
la agitación producida en Cuba hace pocos meses con mo- 
tivo de los decretos de aquel Gobierno general en favor de 
la equiparación de negros y blancos en el orden político y 
administrativo, y de otra parte, las reservas que se oponen 
al establecimiento del sufragio universal en ambas Antillas, 
cuya cultura no es por concepto alguno inferior al de las re- 
giones peninsulares, pero donde se señala como obstáculo, 
la existencia de un número considerable de hombres de co- 
lor, que hace ocho ó diez años vivían en la servidumbre. 

Primeramente, el problema de la esclavitud era una 
caestión de suprema justicia y de interés genéricamente ha* 
mano. Su relieve por este concepto era superior y extraor- 
dinario. Luego, por efecto de las circunstancias, la necesidad 




— 21 — 



de la abolición importaba al honor de la Metrópoli española, 
por que, últimamente, y después de las reclamaciones que los 
elementos antillanos hicieron (sobre todo en el seno de la fa- 
mosa Junta de información, que celebró ana sesiones en 
líadrid, hacia 1866) aparecía que la resistencia A la aboli- 
ción estaba en nuestro Gobierno, que había prescindido tor- 
pemente por espacio de más de medio siglo de La tendencia 
abolicionista iniciada en las Cortes de Cádiz por las famo- 
sas proposiciones de Alcocer y de Arguelles, 

Mas, aparte de todo esto, que se imponía de un golpe y 
á primera vista, máxime en el periodo de protestas y ex* 
panaiones de la Revolución de 1863- aparte de esto, existían 
motivos especiales para determinar la atención de los hom- 
bres pensadores y estudiosos que conocieran la situación in- 
terior política y económica de nuestras Antillas, y para con- 
cretar sobre este punto la mayor parte de las observaciones 
y las demandas. Porque siendo lotoria la deplora He situación 
política de aquellos países, no es menos positivo que la ma- 
yor garantía de esa situación era la esclavitud de los negros; 
por aquello que el gran Lincoln decía, con referencia a un 
astado de cosas al parecer menos tirante que el de Cuba y 
Puerto Rico en la época á que me contraigo. * El pueblo no 
puede ser mitad libre, mitad esclavo». 

Además, hay que tener en cuenta que todo el orden 
económico antillano descansaba en el monopolio de la pro- 
ducción colonial, y en la relativa baratura de esta por la 
relativa abundancia de obreros, meroed á la traía, sosteni- 
da 4 despecho de las leyes, loa tratados y los cruceros in- 
gleses. 

En tal concepto, no er» difícil prever la tremenda crisis 
que agoviaria á nuestras Antillas, llevándolas quizá á la si- 



— 22 — 

tu&cióü de Santo Domingo, si, distraídos los gobiernos y loa 
elementos sociales y productores de aquellos países, se echa- 
ban encima, sin aviso ni preparación, la declaración de li- 
bertad de los negros (impuesta ya por la voz del mundo des - 
pues de la guerra de separación de los Estados Unidos) , y la 
competencia de un gran número de comarcas adecuadas 
para la producción del azúcar, el café y el tabaco, de 
r-v antes proveían á los mercados modernos, casi exclu- 
sivamente, algunas comarcas privilegiadas de América y 
Asia. 

En el problema de la esclavitud, pues, estaba la raíz de 
toda la cuestión antillana. Pero con todo esto, hay que ad- 
verhr que la opinión pública andaba en la Península muy 
distraída respecto del particular. No hace muchos meses lo 
he explicado desde esta tribuna, al inaugurar la serie de 
Conferencias que sobre el problema colonial del día dieron 
en el Ateneo algunos señores diputados de Cuba. Desde 1 S 30 
4 1860, aquí casi nadie se ocupó de la situación de nuestras 
Aütiüas, cuya aparente prosperidad se exageraba, cuya sa- 
tisfacción y fidelidad eran un supuesto obligado de todos los 
documentos oficiales, y respecto de las que no se entreveía 
otro peligro que el de la abolición de la esclavitud; la cual, 
según voz de los pocos que presumían de competentes y aquí 
m hacían oir con una arrogancia apenas imaginable, habla 
arruinado á las Antillas francesas é inglesas y sido la única 
causa de la catástrofe de Santo Domingo. |H*LIa que ad* 
mirar, señores, la osadía con que se propagaba que loa es- 
clavos de las Antillas españolas vivían contentos y felices t 
y que los reglamentos esclavistas del 40 al 50 , después de 
rechazada la progresiva ordenanza de 1789, eran un prodi- 
gio de previsión y espíritu cristiano! Nadie hablaba de los 



— 23 — 

ftiltnquts, ni da loa áocaóajoj, ni del grillete, ni de la es- 
pantosa mortalidad asnal de los esclavos. . , 

En esta situación, apareció en Madrid hada 1863, nn 
hombre de mucho talento, extraordinaria iniciativa y pas- 
mosa actividad, que se llamaba Julio Vizcarroudo. Era hijo 
de Puerto Rico, y se había educado eo los Eifcados Unidos. 
Eq este país habla casado con una inteligente y nobilísima 
dama, cuyo nombre quiero aquí citar, por lo mismo que son 
moy pocas las personas que conocen la brillante parte que 
aquella ilustre mujer tomó eu toda la campaña abolicionis- 
ta, secundando con tanta modestia como entusiasmo los tra- 
bados de su esposo: me refiero A Enriqueta Brewsfcer. 

Paeibien; por la solicitud de Vizcarrondo se rompió la 
asombrosa indiferencia en que aquí se vivía respecto del 
problema social antillano , denunciado únicamente por el 
programa político del famoso periódico democrático La Dis- 
atíiún, donde ya en 18,07 se consignaba, como artículos de 
la doctrina democrática, la representación en Cortes de Cuba 
y Puerto Rico y la abolición de la esclavitud. Gracias á 
Gaos trabajos del entusiasta hijo de Puerto Kico, pudo, el 
2 de Abril de 1 865, constituirse la Sociedad abolicionista 
«apañóla. Entre sus fundadores, aparece San roma al lado 
de Asquerino, Bona, Gabriel Rodríguez, Échegaray, Fran- 
cisco O rgaz, Beraza, Castelar, O, Laureano Figuerola, y 
otros que ahora á mi memoria se escapan; la mayor parte 
ya muertos 

No es tampoco del momento hacer la historia de aquella 
brillantísima Sociedad, que ha vivido hasta que en 1336 
fué abolido el patronato, forma hipócrita con que se quisa 
mantener la servidumbre, aun después de las leyes aboli- 
cionistas de 1873 y 1881 1 Tentador ea el recuerdo de los 



— 24 — 

grandes meettngs, celebrados en 1865, 66, $9, 70 y 73, en 
loe teatros de Variedades, la Zarzuela, Lope de Rueda, Prin- 
cipe, la Al tatabra y el Beal de Madrid; del esplendorosa 
certamen poético de Junio de 1866, en que se llevó el diplo- 
ma de honor la inolvidable doña Concepción Arenal; de la 
briosa campaña de El Abolicionista , órgano de la Sociedad t 
desesperación del esclavismo, y que llegó á entrar en casi 
todos los pueblos de mediana importancia de nuestra Penín- 
sula; del valioso concurso que á la idea redentora prestaron 
todos los periódicos democráticos, y señaladamente La Dis- 
cv¿ión t La Democracia y La Propaganda, dirigida esta úl- 
tima por el malogrado escritor José Luis Girior; de lo» 
grandes meelings de Valla dol id, Sevilla, Cartagena, Zara- 
goza y Barcelona; de las luchas de la Sociedad con la pode- 
i oba Liga contra las reformas ultramarinas, en cuya direc- 
tiva formaban la mayor parte de los hombres que ahora. 
patrocinan aquellas mismas reformas, y, en ñn, de las peri- 
pecias y vicisitudes de aquella asociación, suprimida em 
ís» 6, reorganizada en 1868, suspensa en 1875, y rehecha 
con n Ufe vos bríos hacia 1879. 

Pero si do puedo ni debo hablar de esto, sin excusar la 
modesta participación que yo tuve en casi todos esos empe- 
ño», me ha de ser licito, por consideraciones de estricta jus- 
ticia y para que la nueva generación pueda apreciar bien< 
uüü de los más valiosos ejemplos de la propaganda polí- 
tica contemporánea, señalar alguno de los méritos de aque 
Ha laboriosa empresa, cuyos servidores fueron en su casi 
totalidad peninsulares residentes en Europa, relativamente- 
desinteresados en el problema ultramarino, pero atentos á 
inexcusables deberes de patriotismo y de conciencia. 

No he de hablar del brío y de la extensión de aquella* 



— 25 — 

campiña, qne se organizó y sostuvo de na modo tal, que 
casi me atrevo á decir que ha superado á todo lo análogo 
realizado en la España contemporánea- Ni me he de ocupar 
de la resonancia extraordinaria que tuvieron ana principa* 
las esfuerzos en aquel período centelleador de la Revolución 
de Septiembre, y en aquella ¿poca en qne, para atajar loa 
progresos de la idea abolicionista, ge invocaba las com- 
plicaciones de la guerra de Cuba y se nos calumniaba de 
todas las maneras imaginables, engañando A loa peninsula- 
res residentes en las Antillas y suponiéndonos cómplices es* 
tupidos de las intrigas extrae jei as y traidoras vendidos al 
dinero de los protestantes! los cuákeros 6 los propagandis- 
tas, cuando no los gobiernos de Inglaterra y los Estados 
Unidos, La vulgaridad y la calumnia son adversarios que 
necesariamente han de encontrar en bu camino y han encon- 
trado siempre todos cuantos pretenden influir en las socieda- 
des con ideas nuevas, saturadas de razón y de justicia. [Y gra- 
cias cuando á esos enemigos no se junta también la envidia! 
Lo que yo deseo señalar ahora, pensando en la encada 
del ejemplo, es, en primer lugar, que la Sociedad Abolí* 
cionista mantuvo con firmeza insuperable, desde el primero 
al último día, su carácter absolutamente humanitario y su 
sentido eminentemente patriótico. Fue siempre aquella 
Sociedad perfectamente extraña, como decían sus Estatutos, 
t* todo exclusivismo de escuela, toda exigencia de iglesia 
j todo compromiso de partido i ; y eso que sus adversarios 
j las circunstancias hicieron lo posible para que la empresa 
abolicionista perdiera su carácter desinteresado. Quita no 
haya entrado por poco este desinterés» cuidadosamente man- 
tenido, en el éxito del empeño. Tal vez por no haber obser- 
vado esta conducta hayan sido tan escasos los resultados 



— 26 — 

de la Sociedad antiesclavista, qae bajo loe auep icios del 
Cardenal Lavigerie, se ha intentado después constituir 
en España, en vista de la redención de los esclavos de 
África. 

En segando logar, necesito decir qne nuestra Sociedad 
abolicionista no se redujo á unos cuantos actos solemnes y 
á empeños intermitentes de carácter más ó menos apara- 
toso y efectista. Sus directores hicieron, como debían, un 
objeto especial y aun preferente de su vida, en aquel 
periodo, la triple obra de ensanchar el circulo de los asocia- 
dos! ilustrar y determinar la opinón pública y apremiar 
á los gobiernos, siguiendo al detalle y al minuto el des- 
arrollo Jal problema esclavista, no fácil de dominar por la 
distancia que nos separa de las Antillas y por el estado 
político excepcional de estas últimas comarcas. Para este 
trabajo sirvieron mucho las sucursales abolicionistas esta» 
Mecidas en Cuba después del 79, y la adhesión verdadera- 
mente admirable de los abolicionistas portorriqueños, que 
primero, con sus donativos á la Sociedad y después, con su 
decisión nobilísima, hicieron fácil el éxito de la ley emanci- 
padora de 22 de Marzo de 1873. 

Es esta una nota de que no pueden prescindir aquellos 
que intenten alguna propaganda seria en nuestra Patria. Son 
muchos los que dicen que aqui no hay opinión pública. Yo 
creo absolutamente lo contrario. Lo que falta es conoci- 
miento exacto de las exigencias de una propaganda» Esta 
es una falta que se relaciona grandemente con el grave error 
de la mayoría de nuestros partidos políticos, que á toda hora 
confunden la agitación con la organización, preocupándo- 
se exclusivamente de la primera; y eso de un modo cir- 
cunstancial é intermitente. 



f\ 



— 27 — 

La tercer nota que se saca del estadio de la Sociedad 
Aboliciomsta, es relativa á la per; ect a. orientación y acen- 
tuada finalidad de aquella Asociación, Porque es muy co- 
hl¿d que loe más entusiastas defensores de la Patria se rin- 
dan 6 distraigan después de las primeras victorias. Y no es 
manos frecuente que Jos intereses ven oídos» aparentando 
cierta sumisión á la ola triunfante y avasalladora, bus- 
quen en los detalles la ocasión para mixtificaciones que pa- 
ralicen, cuando no desvirtúen» el efecto del triunfo alcan- 
zado por loa adversarios. Además, ea bien conocida la 
formóla de los letrados experimentados, que quizá se preo- 
cnpAn más de los incidentes y dificultades de h ejecución 
de en fallo favorable, que de obtener una sentencia propicia. 

La importancia de esta consideración se evidencia con 
la historia de nuestra Sociedad Abolicionista. Quizá asom- 
braría la exposición que jo hiciera de las dificultades que 
encontramos en 1379 para reorganizar la Asociación, por 
cuanto muchos creían sinceramente que el problema social 
ultramarino estaba vi rt a al mente resuelto por la ley de 
Marzo del 73, respecto de Puerto Rico, y por uno de los ar- 
tículos del Pacto del Zanjón. Antes necesitamos esfuerzos 
extraordinarios para continuar la campaña, á pesar de la 
ley preparatoria para abolición ie 1 >Tj . V necesitamos tra- 
bajar lo indecible para conven car á las gentes de que des- 
pués de la ley abolicionista de 1831, subsistía la esclavitud 
en Cuba, por cuanto subsistían el Lepo y el grillete y el 
trabajo obligatorio de los patrocinados. Si nuestra Sociedad 
hubiera cedido en cualquiera de estos puntos, rindiéndose 
4 la opinión que con facilidad se distrae con aparentes triun- 
fos, es muy probable que todavía, con la fórmula de la ley 
de vagos ó de los contratos obligatorios de trabajo ó de la 



— 28 — 

importación de asiáticos y africanos en masa y en determi- 
nadas condiciones de explotación, todavía, la servidumbre 
continuara en Cuta. 

Por ultimo, debo señalar el hecho verdaderamente ex* 
traordinario de qne á la Sociedad Abolicionista española le 
haya sido dada la inmensa satisfacción de ver realizadas la 
mayor parte de sus aspiraciones con el aditamento de qne 
bus propios adversarios, no sólo reconozcan el hecho de la 
bondad de lo realizado, sino que hasta se permitan la pre- 
tensión de darse por sus cooperadores, contando con nues- 
tra magnanimidad y con el desconocimiento natural de las 
nuevas generaciones, para las cuales lo sucedido aquí en 
1872, casi es tan extraño como lo que pasó á unes del si- 
glo xviii. Este éxito extraordinario debe alentar á todos 
los propagandistas, rectificando la terrible genera! idad de 
la leyenda mosaica, qne condena á todos los iniciadores y 
directores á no pisar, ni siquiera ver, la tierra prometida. 

No quiero decir con esto que yo entienda que la obra 
abolicionista se halla totalmente realizada en Puerto Rico, 
y sobre todo en Cuba. Aquella obra suponía primeramente 
la abolición de las leyes y las prácticas esclavistas. Des- 
pués, el reconocimiento de la plenitud de los derechos ci- 
viles y políticos al negro, liberto ó libre. Por último, la 
educación del liberto y en general de la raza de color, la 
cual, contra todas las prevenciones y todos los prejuicios, 
es y tiene que ser un factor importantísimo del pueblo cu- 
bano. De todo esto, lo más grave y lo que realmente ee 
llevó toda la atención de la 8ociedad Abolicionista fué lo 
primero. Y para esto eran de superior eficacia los esfuerzos 
de los peninsulares que constituían la casi totalidad de los 
miembros de la Sociedad emancipadora. Lo demás, ya en- 



r\ 



— 29 — 

traba en el orden político ultramarino, y lo último da pee di & 
ó había de depender» principalmente, de lo 9 habitan tea de 
nuestras Antillas; de loa b laucos y de loa negros ya capa- 
citados para ciertas empresas por las reformas políticas 
ultramarinas hechas de 1880 ¿ asta parte. 

Más aun. Para este último empeño , nuestra antigua So- 
ciedad Abolicionista tenía muy escasos medios. Segura man* 
te ninguno de aquellos que habrían asegurado, desde el prin- 
cipio, la eficacia de sos esfuerzos. Era muy difícil recabar el 
entusiasmo délas personas que aquí viven, para obras que 
principalmente interesan á los habitantes de nuestras Anti- 
llas y enya iniciativa no se ve con claridad, pero que es ne- 
cesario provocar, haciéndoles entender que no deben confiar 
totalmente en la buena disposición de los demás. Yo sé bien 
que es difícil convencer de esto á muchos amigos de Ultra- 
mar, que fían demasiado en el celo y el deber de nuestros 
gobiernos y en la lógica de nuestros partidos, y que hasta 
llegan á exigir á las comarcas peninsulares una atención 
para los problemas antillanos, que no se tiene ni puede tener 
en Cuba y Puerto Rico para los problemas de Oataluila ó 
Castilla. Pero este detecto se corregirá bastante dentro del 
nuevo orden político que ahora se va á inaugurar, En tanto, 
es necesario no excusar la realidad, 

Yo hubiera deseado mucho que esa Sociedad Abolicionis- 
ta española, que presidí en su último periodo, todavía vi- 
riese y trabajara en pro de la educación del liberto anti- 
llano. Es notorio que particularmente no abandono el ne- 
gocio. Pero he tenido qae reconocer la casi imposibilidad 
de que nuestra Asociación emancipadora continuase ac- 
tuando después de la abolición del patronato. Por fortuna, 
la rasa de color de nuestras Antillas ba superado todo 



— 30 — 

cuanto los optimistas podían esperar, en la hora de la 
abolición de la esclavitud. Hoy mismo sorprenden los es- 
fuerzos y los éxitos de aquella raza ya libre, para com- 
pletar su educación política y social. Yo desde aquí la en- 
vío mi cariñosa felicitación, al propio tiempo que excito á 
que continúen cooperando á esta obra civilizadora, á loa 
dignos miembros de la Agencia ó sucursal abolicionista de 
la Habana y al grupo importantísimo de hombres blancos 
que con sus prestigios y sus recomendaciones vienen allí 
contribuyendo á la instauración y consolidación de un or- 
den moral y político que parte del supuesto, ya indiscutible 
en todos los pueblos cultos, de la solidaridad social. 

Pero es claro que esta obra no seria hoy posible sin los 
trabajos de aquella Sociedad Abolicionistas española que 
encontró al negro en Cuba, allá eu el ingenio, el barracón ó 
el palenque; y aquí, en los escenarios de nuestros teatros, 
bailando grotescamente el tango y compartiendo con nues- 
tro hambriento maestro de escuela, el tristísimo privilegio 
de provocar las ruidosas carcajadas de nuestro público in- 
diferente ó desorientado. 

De esa Sociedad, como he dicho, Sanromá fué uno de 
los fundadores: llegó á presidirla, aunque por muy poco 
tiempo, hacia 1879, sucediendo á Olózaga, al marqués de Al* 
baida y al venerable D. Fernando de Castro. Pero sobre to- 
do fué uno de sus primeros oradores, llegando á excepcional 
altura, principalmente en las Conferencias abolicionistas de 
1872, del teatro de Lope de Rueda (antiguo Circo de Paul) 
y en los teatros de la Zarzuela y la Alhambra, durante el 
periodo revolucionario. Además, no puede excusarse sobre 
este particular la influencia extraordinaria de las elocuen- 
tes lecciones que Sanromá daba en la Escuela de Comercia 



— 31 — 

de Madrid sobre la historia de! comercio en Europa y Amó- 
' rica, — la importancia moral, poli tica, económica y social del 
descaer i miento de América, — el viejo régimen colonial, y en 
fin, la implantación y [a abolición de la esclavitud en 
el mar de las Antillas, en el Brasil y en la República Nor- 
teamericana. 

Por todo lo que aquí he dicho, comprenderéis, Señoras y 
Señores , la exactitud de mi afirmación respecto de la parte 
importantísima que en el empeño de la reforma colonial cupo 
i Sanromá, si no como gobernante, al menos como propagan- 
dista y como político y diputado; y de aquí deduciréis tam- 
bién la razón que me asistía para aventurar la especie de que 
quisa en esto consistía el mayor mérito del ilustre finado 
como orador y como propagandista. De todas suertes, resul- 
ta que San rom a fué uno de los hombres de te más viva y pro* 
bada» de más calor propagandista y de más positiva influen- 
cia en la España de la segunda mitad del siglo xix , 

Esta última consideración me lleva á señalar otra nota 
que tengo por característica de la sociedad contemporánea, 
en la cual felizmente no es la acción del gobernante^ la ac 
rión del que posee el poder, la única que determina el pro- 
greso político y social. En los siglos anteriores, esto último 
era lo corriente, y el propagandista tenía que resignarse á 
la labor obscura, al efecto lejano nunca por él visto, á la 
confusión de la utopia y de la solución pos i ti vi y verdadera 
mente gubernamental. Por esto la historia reduce todos sus 
aplausos al rey, al privado, al conquistador , Los tiempos 
han variado, consagrando por única soberanía la de la opi- 
nión pública, y con ella el poder incontrastable de la pro - 
pagan da honrada, consciente y perseverante. Por eso puede 
decirse que hombres como Sanromá, no sólo desearon y 



— 32 — 

recomendaron, sino que influyeron y gobernaron como mi- 
nistros predilectos de aquella verdadera sobaran*. 

Y con esto concluyo. Mas permitidme que al tiempo de 
dar el último adiós al concienzudo profesor, at propagan- 
dista infatigable y al compañero querido, sainde en él i 
aquellos otros queridísimos compañeros ya muertos que 
juntaron sus esfuerzos á los de San rom á ( aai en el seno de 
la Diputación reformista de Puerto Rico, como en ia Socie- 
dad Abolicionista española. 

Han desaparecido casi todos los miembros de aquel 
grupo celoso, activo, disciplinado, infatigable y entasi&ata, 
que con tanta energía como fortuna reprodujo, ampl ¿án- 
delas y concertándolas con las conquistas de la Revolución 
democrática de 1868, en las agitadas y esplendorosas Cor- 
tes del 69 al 75, las nobles protestas y las viriles y patrió- 
ticas reclamaciones de aquellos Comisionados de Puerto Ri- 
co, en la Junta de información para laa reformas ultrama- 
rinas de 1865, que, prescindiendo del programa oircojaa- 
pecto y de las preguntas meticulosas del Gobierno doctrina- 
rio, se adelantaron á reclamar, como supuesto necesario da 
toda reforma colonial y condición inexcusable de la vida 
digna, tranquila y progresiva de los blancos de la pequeña 
A d ¡La, la abolición inmediata y simultánea, con mdsmm- 
zacíón ó sin ella, de la esclavitud de tos negros. 

Me complace sobre modo el recordar en toi¿s las solem <- 
nidades de cierto carácter á que concurro, la serie nunca 
interrumpida de esfuerzos y reclamaciones de Puerto Rico y * 
sus representantes, desde los momentos miamos en que se ini- 
cia la Revolución española dentro del siglo que corre: recla- 
maciones y esfuerzos saturados del espíritu contemporáneo 
que frecuentemente se anticipan á las previsiones de los po • 



— 33 — 

Uticos de la Metrópoli, y que mantienen en otra forma ales- 
pirita de ia unidad nacional y el sentimiento poderoso de de- 
voción y lealtad que aquella pequeña isla demostró repeti- 
das veces en tiempos anteriores luchando por su propio e*~ 
faeno contra loe filibusteros, loa irán ceses, loa ingleses y 
los holandeses, y resistiendo después el huracán separatista, 
que abatió nuestra bandera en las dilatadas regiones de la 
América continental, Y lo recuerdo, tanto por rendir el 
tributo de justicia que aquel paia se merecer como para 
señalar el contraste que o trocea Las virtudes y las aspi- 
raciones de aquellos insulares, con la desatención y hasta 
el olvido con que ahora mismo se responde por parte de 
nuestro Gobierno a pietenaíones que descansan en el 
principio de absoluta igualdad política y legal de todos los 
españoles, 

Baldonoty, Fadi&l, García Maitín, Acosta, Corchado, 
Áyuso, Vizcarrondo, Uelis Aguilera ., , todos son persona- 
lidades que ya están completamente dentro de la jurisdic- 
ción de la historia, y cuyos trabajos y cuyos méritos podrán 
«¿alarse siempre, ora como un ejemplo á ios patriotas y á 
los verdaderos hombres políticos, ora como materia de oon- 
soita y motivo de orientación á los futuros diputados de 
nuestras Antillas, para quienes, hoy mas que nunca, des- 
pués de las varias reformas políticas y administrativas 
de 1 370 á esta parte, dada la situación de nuestras Filipi- 
nas y nuestras posesiones de África, y en vista de los nue- 
ves rumbos del Derecho internacional y el desarrollo de 
los empeños colonizadores contemporáneos, será racional- 
mente imposible reducir su misión á una empresa de ca- 
rácter puramente local, con un sentido de particularismo 
inconciliable con las exigencias de la democracia moderna 



— 34 — 

y la evolución, transformación y consolidación de ías gran- 
des nacionalidades de nuestro siglo. 

Harto comprendo que no es esta la oportunidad de insis- 
tir en la consideración que acabo de hacer: mas permitid- 
me que de paso la subraye enérgicamente, rectificando el 
concepto, bien modesto 7 rayano en lo mezquino, de loa 
que piensan que la esfera de acción de loe diputados y se* 
uadores de nuestras Colonias, se reduce cada vez mas y su 
representación se achica en el seno de las Cortes espa- 
ñolas. 

Nunca he vacilado respecto de este particular, aun en 
aquella época en que lo acentuado de la excepción ul trama- 
riña comprometía más á los representantes de las Antillas á 
dedicarse muy especialmente al problema colonial. Pero aun 
entonces y sobre todo después de las reformas de sentido libe * 
ral y tendencia igualitaria que se han promulgado 4 partir 
de 1 880, yo he creído, y ahora creo, que á esosdiputados y esos 
senadores más que á otro alguno, corresponde la inteligencia 
y discusión de los problemas más generales de la patria es- 
pañola. Por ejemplo, el problema de la descentralización, el 
de la transformación de la vida política y administrativa fi- 
lipina, el del desarrollo de nuestra marina, el de nuestra 
intimidad efectiva y transcendental con Portugal y las Re- 
públicas sud americanas, el de nuestra dilatación por Ma- 
rrueces, el de nuestras relaciones internacionales en Europa, 
América y Asia y otros análogos que cada di a se van impo- 
niendo más á nuestro espíritu, á medida que se van resol- 
viendo nuestras dificultades interiores y se afirma la perso- 
nalidad española, dentro de los nuevos tiempos y del espí- 
ritu de la Revolución contemporánea, en el mundo culto y 
progresivo* 



— S5 — 

Muéveme á pensar ¿ato la consideración de 1a clase de 
estudios y de cuestiones á que se ven obligados preferente* 
mente loa diputados y senadores antillanos por la índole 
particular de loa negocios ultramarinos y por la rasón 7 el 
alcance de las relaciones morales y mercantiles de nuestras 
Antillas con el extranjero, en cuyo mercado se coloca mayor 
parte de la producción colonial. Por otro lado, no se puede 
prescindir ni del lugar qne el derecho colonial ocupa en el 
cuadro del derecho público, ni de la representación que, en 
el mundo americano, da á España la posesión de Cuba y 
Puerto Rico, identificadas con la existencia europea por 
la consagración de las libertades necesarias y la presencia 
de sus diputados en el Parlamento español, y saturadas 
del espirita de América por su vecindad y sus constantes 
y directas relaciones con las Repúblicas del nuevo Conti- 
nente, 

Por manera, que lejos de que las reformas y aun la pro- 
clamación de la autonomía colonial en nuestras Antillas, 
hayan de reducir la competencia de los diputados de aque- 
llos lejanos paisas, en la vida parlamentaria nacional, i mi 
juicio la fortifican, acentúan y extienden» 

Y cuéntese que no quiero sacar partido del imponente 
movimiento que se produce en estos instantes allende el Ca- 
nal de la Mancha y por cuya virtud se transformará, en 
ykRono lejano, el régimen colonial británico. Me refiero á 
aquella tendencia á rectificar ¡a exageración autonomista 
del Canadá» la Australia y el Cabo y á modificar el concep- 
to del derecho imperial de la Metrópoli inglesa, para venir 
a constituir una gran nación formada por Inglaterra y sus 
Colonias, con una representación parlamentaria y un go- 
bierno superior en relación con las últimas aspiraciones del 



— 36 — 

derecho internacional. Para nna empresa análoga en Espa- 
ña no ea floja ventaja el hecho de la representación que por 
las declaraciones de las inmortales Cortes de Cádiz, tienen 
asegurada en nuestras Cortes, nuestras Colonias y en 
Ja actualidad las islas de Cuba y Puerto Rico. 

También ha desaparecido la mayoría de los fundadores 
de la Sociedad Abolicionista española y sus principales 
agentes y sostenedores en las provincias de la Península y 
allá en Cuba y Puerto Rico, donde los Coico, los Quiñones* 
los Carbonell, los Cortina y un pequeño grupo de animosos 
jóvenes, secundaron con verdadera fruición y ánimo irresis- 
tible nuestros esfuerzos, ora inspeccionando loa contratos 
de trabajo y la situación excepcional y casi momentánea 
que determinó la aplicación de la ley abolicionista del 73 á 
Puerto Rico, ora vigilando la rectificación de los censos de 
esclavos de Cuba, desde 1880 al 85. 

Muy pocos quedan de este otro reducido grupo ultrama* 
riño; pero en ellos seguramente ha de influir la memoria 
de Jos trabajos hechos, de los grandes prestigios, de la per* 
severancia y de los éxitos de los que ya han muerto, y cu- 
yos saorifioios, muy superiores á lo que generalmente se 
cree y puede pensarse fuera del tiempo y del medio impo- 
nente ó desalentador en que aquellos hombres se movieron , 
dan cierto carácter sagrado á la empresa de la redención 
del esclavo antillano, que comenzó por la destrucción de loa 
infames Códigos negros, y que todavía hoy palpita en la 
exigencia de una grande obra social de cultura que rehabili- 
te definitivamente, en bien de todos y honor de España, para 
la tranquilidad de nuestras Antillas, y en obsequio del pro- 
greso del mundo y del derecho universal, á la rasa de color 
de Puerto Rico y Cuba. 



— ti — 

Y ya termino, rogándoos me dispenséis que haya puesto 
cu relación la memoria del ilustre Sanromi con empresas 
que en este momento nos preocupan 4 todos, y respecto de 
las cuales, ahora como nunca, as necesario buscar luces, con- 
sejos, orientación. AI principio os anuncie que no pretendía 
hacer una necrología. Mi idea era algo mas modesta, por 
una parte: por otra, algo de mayor transcendencia. Por- 
que pensando todo lo dicho y recordando de qué suerte San- 
roma intervino en las grandes obras que he referido; cómo 
se relacionó con sus demás compañeros; cómo compartió 
las aspiraciones más acentuadas de los portorriqueños, des- 
amparados pero inquebrantables en sus protestas y deman- 
das; y cómo se desprendió de toda clase de prejuicios y todo 
género de compromisos locales para inspirarse sólo en los 
principios de eterna justicia y en la totalidad de los intereses 
de la madre España, que vive del esplendor de todas y cada 
una de sus regiones, y para la cual, como dijeron los Inmor- 
tales de Cádiz, nuestras colonias no son ni pueden ser meras 
factorías ni lugares condenados á perdurable explotación y 
servidumbre; pensando todo esto— digo, — puedo y debo reco- 
nocer en el profesor de la Escuela de Comercio, en el exdipu- 
tado del 72, en el escritor fecundo, elegante y castizo, en el 
campeón del librecambio y et gran orador abolicionista, una 
personalidad perfectamente acusada y uno de aquellos hom- 
bres á quienes el critico Emerson ha llamado homéret repté' 
itiUaiivo*. 

Su memoria siempre quedaría como un consuelo para el 
espíritu entristecido y agobiado, en estos azarosos tiempos 
■le incertidumbre, componendas, indisciplina y anemia, lías, 
por otros motivos y para aquellos á quienes todavía no ha 
rendido el pesimismo, que entienden que el deber no se 



— 3S — 

reduce al lamento y que tienen dan conciencia de su* 
c m j romiaoe de patriotas y su personalidad como hombrea 
de hiatoria, oonTiooionee y principio* esa figura debe ser 
señalada principalmente como un estímulo y on ejemplo» 
He dicho. 



r\ 






LA 



REPÜBLICA T LAS LIBERTADES 



DE ULTRAMAR 






r\ 



LA REPÚBLICA Y LAS LIBERTADES 

DE ULTRA MAR 



Iban pasando de moda los dicterios contra Ja República 
de 1 873. £1 miedo de los pusilánimes se disipaba, £1 desen- 
canto de loa que creUn todo remediable por la caída de la 
República, llegaba casi á su apogeo. La mala fe de una bae* 
na parte de los francos detractores de aquel orden de coeaa 
j la doblez de aquellos otros que afectando servirlo lo com- 
prometieron, más 6 menos efectivamente, se había eviden- 
ciado. Calmábanse las pasiones del periodo de la lucha y el 
tiempo y la distancia iban permitiendo ver, concierta clari- 
dad y precisión, los hechos realizado* hace veinticinco años. 

Se aproximaba la hora de la justicia. 

Debíamos contribuir todos á que esta fuese completa y 
efectiva. Convenía traer nuestros datos al juicio. Que la opi- 
nión pública supiera lo que se hizo y lo que no se hizo en l 87 Z 
y que conociese de qu¿ modo contribuyeron a aquellos acon- 
tecimientos y á la ruina de laobra de la Asamblea Nacional, 
los individuos, los partidos y los interesan que tomaron par- 
te más ó menos activa, en aquel crítico periodo. He aqoí el 
defeco de muchos patriotas. 






— 42 — 

Pensando en esto no hace muchos meses, algunos de lew 
que preso ociamos los sucesos de 1873 ó tomhmoy parte ett 
ellos, manteniendo después en el Parlamento r en la prensa 
y en la plaza pública, enhiesta la bandera de la República 
democrática que aclamamos (por diversos motivos, bien que 
con un mismo interés patriótico) en el seno de la Asamblea 
Nacional, creímos de mucha oportunidad publicar un* serie 
de icol o grafías destinadas á precisar y explicar bien los he- 
chos, quisa más que para servir á la Historia, para enss 
fianza de las nuevas generaciones que ya solo de oidas co- 
nocen aquella oonfasa época y para preparar, en plazo más 
6 menos breve, por el convencimiento de todos y en condi- 
ciones de pleno éxito, la restauración del orden de cosas que 
complementó la obra meritisima y transcendental de la Ee - 
vola ció a de Septiembre. 

Nuestro proyecto era tratar por separado las grandes 
cuestiones y los empeños imponentes que embargaron la 
atención y la acción de la República del 73 ¡ explicar cómo 
se produjo el voto solemne del 11 de Febrero de aquel año; 
precisar los elementos de aquella situación política; exami- 
nar la gestión republicana en la esterado la legislación gene- 
ral, de la fi nanza, de la administración civil, de la guerra, 
de las colonias, de las relaciones internacionales, etc., etc. 

El trabajo podría ser de bastante importancia supo esto 
que loa que se comprometían á él eran, por regla general, 
personas que en aquel laboriosísimo período tomaron una 
parte muy activa y eficaz en la dirección de lit política repu* 
blicana y del gobierno de España. 

A ellas me hallaba yo unido por el voto que á favor de la 
República di el 11 de Febrero, en cuya fecha figuraba en la 
izquierda del partido radical, casi con las mismas ideas que 



— 43 — 

wioíb tengo y que son las mismas que expresé ante les 
«Jftoíores independientes de Asturias en los comienzos de la 
fieTolarión de Septiembre, E*ta proc deocia radical, el 
no haber figurado moca entre los ministeriales de ningu- 
na gira&cióo, mis ideas de siempre y la circunstancia de 
¿«bar declinado el honor de figurar entre les directores 
oficiales ¿el régimen de 1873 me daban algún titulo para 
jalear con relativa indepeodeoc a U mayor parta de aque- 
llos acontecimientos, en cuya intimidad tuve que entrar y 
respecto de los cuales son verdadera mente asombrosos los 
errores que corren. 

Pero arlemáa en aquella época comencé á fi tjurar á la ca- 
beza del grupo parlamentario constituido por los diputados 
reformistas de Puerto Rico, y necesité acentuar la campaña 
abolicionista iniciada en 1863, suspensa en 1866 y reco- 
menzada eu 1870 por medio de meetiugs, exposiciones, con- 
ferencias y manifestaciones cayo completo éxito fortificaron 
mi fe profunda en el valor de la propaganda y el poder so- 
berano de la opinión pública, E-ttas y otras circunstancias! 
que no sería discreto exponer aqnf, me capacitaron espe- 
cialmente para estimar lo que por aquel entonces sucedió 
tu noastras Antillas y lo que el Gobierno de la República 
hizo en punto á po itiea colonial. 

Claro se está que en la distribución de los trabajos á qne 
me vengo refiriendo, se me habla de recordar para escribir 
sobre el complejo problema antillano de 1373, Acepté el 
compromiso con la mejor voluntad. 

Pero la realización de edte pensamiento propagandista 
se aplazó y aun se dificultó por diversas causas. Perseve- 
rando en él, yo he aprovéchalo más de una ocasión, para 
hablar del período del 73, sobre el cual existían aun más 



_ J 



— 44 — 

prevenciones que respecto del periodo del 20 al 23, ya den- 
tro de la época constitucional. Qiisa en España se ha pil- 
cado de nuyor inJQstioia qae la notoria con que ¡os franco- 
sea se ocuparon, por macho tiempo, de la Be^úblua del 
-*8. sin la cual quizá habría sido imposible la instauración 
y sobre todo el desarrollo de la tercera Repubü o a francesa 
de nuestros días, sin embargo, nuestra República del 73 
fué menos censurab e qae la vecina del 43 y tiene de común 
con esta, su carácter de preparatoria Lo cual no quita para 
que tvmbiH ofrezcan mucho margen á nna critica justa y 
desinteresada. 

Con este criterio preparaba yo nn trabajo especial soHre 
los Ensayos y los ejemplos republicanos del siglo X/X t 
cuando algunas circunstancias ie valor inexcusable me han 
determinado á ordenar apresuradamente mis datos y á 
escribir estas líneas dedicadas concretamente á exponer lo 
que la Repúb ioa empanóla y nuestros republicanos han he- 
cho en favor de las libertades antillanas (1). 

uso de Ka motivos de mi resolución es el evidente fra- 
caso da la política... colonial (llamémosla asi) de todo* los 
partidos monárquicos de nuestra Patria. No tengo para qué 
resonar el hecho. Me parece de evidencia El famoso em- 
peño de la asimilación ya es tenido por todo el muaao no 
sólo por imposible en lo futuro, sino por desastroso hasta el 
presente, L*& reformas liberales del 95, aceptadas por loa 
autonomistas de las Antillas y por los diputados repu- 
blicanos con muchas y bien señaladas reservas (contra lo 
que propala ahora mismo la prensa liberal peninsular) ya 
parecen á todos deficientes. A última hora se han querido 

(L) Aquel trabajo esta 0a prensa En 61 me ocupo prime raméala de 
a» República de Francia 7 de los Hitados Unidos de América , 




— 45 — 

interpretar en na sentido autonomista rechazado franca * 
mente por liberales y con ge r va dores, lo misan allá en ana 
poco recordada votación parlamentaria de 21 de Junio 
de 1F86, ítae al discutirse las mismas reformas de hace 
dos añoá en Jas sesiones de 7 y d de Junio de 1895. 

La vacilación y las contra dicción es de loa conservadores, 
tobre todo desde Julio de 1896" á esta fecha, no hay para qné 
comentarlas. Y la aparición det decreto refrendado por el 
3r, Cánovaa del Castillo en 4 de Febrero último, si bien cona 
titaye un positivo mérito para éste hombre público qne ha 
tenido energía y sentido para sobreponerse á las preocupa» 
cienes y los miedos de todos los partidos monárquicos asi 
como para desdeñar el vocerío de la patriotería y las intrigas 
dala rutina, son la prueba más concluyante del fracaso total 
de toda la política monárquica de veinte años á esta parte. 

QaUá pronto podrá decirse que todo cuanto nuestros mo- 
nárquicos negaron en ese laborioso periodo frente á las con- 
tinuas y vigorosas reclamaciones de autonomistas y republi- 
canos, todo lo han tenido que ir concediendo, á última hora 
j en condiciones poco favorables para su éxito, vencidos por 
las circunstancias más que obligados por el convencimiento, 
hasta llegar á la resuelta proclamación de lo que cien veces 
declararon incompatible con la unidad de la Patria, el in- 
terés de la Monarquía y hasta el honor de la Nación. 

Pero con ese indiscutible fracaso hay que relacionar dos 
hechos. Primero: el temor de mucha parte del pueblo 
español de que las soluciones con qne el actual Gobierno 
pretende poner término á la guerra de Cuba, sean la impo- 
sición del extranjero. Y luego, la general duda de la ap- 
titud moral y política de los partidos que han sido hasta 
ahora contrarios ai régimen que con el aplauso de los Go- 




— 46 — 

biernoe extrañes y la simpatía de todos los hombres justo» 
y progresivos parece que va á inaugurarse en Cuba y es 
Puerto Riso, para presidir al afianzamiento y desarrollo de 
las nuevas instituciones. 

Además, y como nna de las consecuencias de lo antes afir* 
mado, hay que establecer que lo» únicos elementos abona- 
das por sus antecedentes y su devoción para hacer que las 
instituciones autonomistas vivan y prosperen mediante nna 
política de fe y sinceridad, son los elementos republicanos» 
Porque solo ellos han proclamado de muy atrás la solución 
autonomista como medio de evitar lo que ahora pasa en 
nuestras Antillas y como modo de organizar definitivamen- 
te el gobierno de las colonias. Y porque soto puesta la 
vista en ellos puede afirmarse, frente a la susceptibilidad del 
honor español, que en i£spaña ha habido siempre mochos y 
buenos españoles, que independientemente de lo que pensara 
y dijera el extranjero, han creído y dicho á toda hora, que 
la mejor política en Ultramar es la de la paz y la confianza 
en los cubanos y portorriqueños, asi como que la solución 
positiva de los problemas antillanos estaba y está eu la Au- 
tonomía colonial. 

De donde se sigue que la Cuestión colonial^ por su in- 
mensa gravedad, por el compromiso internacional que en- 
traña, por lo que su actual solución afecta al honor de la 
Patria española, por la devoción que exitgd y por el estado 
de asombrosa descomposición* de todos nuestros partidos mo- 
nárquicos, la Cuestión colonial-, repito, es una vi?Jm más en 
favor déla restauración déla Bepúblíca en España, En pro 
de esta restauración trabaja también otro problema vital de 
nuestra Patria; problema que resulta de toda nuestra histo- 
ria, del sentido del derecho público contemporáneo y de las 



-47 - 

crecientes exigencias de la vid» internacional. El problema 
de Ja intimidad ibérica^ boy sin soluoión fuera del régimen 
republicano, 

Eatiéndase que hablo de la intimidada* les pueblos por- 
tagnes y español y que do preciso fórmula alguna. La ad- 
vertencia se hace necesaria con flid eran do la situación por 
todo extremo critica de Portugal en estos momentos, aai 
como el partido que los sostenedores del statu quo lusitano* 
quieren sacar de la actitud de loa republicanos portugueses 
7 de las tendencias de los republicanos españoles, para atri? 
l'Qir a UD08 y otros el loco propósito de violentar la volun- 
tad y las susceptibilidades lusitanas, atrepellando la per- 
sonalidad del pueblo de Camoens y de Vaeco de Gama, mal- 
tratado hasta lo in verosímil, en lo más ir timo de sa digni* 
dad y de su representación, por los ingleses protectores y 
garantes de la Monarquía portuguesa, tanto en los comienaos 
del siglo actual ó sea en la époaa de la tiranía de Beres- 
ford, como en los días recientes del escándalo de Lorenio 
Marques y del Ultimátum británico de 1890, 

Esto no quita para que si las cosas se pusiesen ole otro 
modo y por la libérrima voluntad de portugueses y españo- 
les se llegase á una fórmula práctica de inteligencia de en- 
trambos pueblos autónomos, loa mismos que hoy nos seña- 
lan á Jas iras lusitanas ó á la desconsideración da las gen- 
tea reflexivas y verdaderamente políticas, por la supuesta 
mgeración de nuestras ideas y el romanticismo de núes* 
tras tendencias, aprovechasen nuestra propaganda y se jao- 
taran de haber sido punto menos que loa únicos adivinado 
ns y protectores de la solución triunfante (l). 



( l ) lf e p a rm i t o ■ i Ur m ia librtif 10 brc Portugal y jut rtf ¿7 •«.—£• H*' 



— 4$ — 

Pero hay algo mi* que determina «ate trabaje». A prisci - 
píos del iorierQO de 1195 llegí> i Madril ana comisión 
del partido Autonomista portorriqueño, pera estudiar de 
carca lia disposiciones de los partidos nacionales y de loa 
hombree políticos de la Metrópoli, También debia ver si era 
dable concertar con ellos tina cierta inteligencia» que quita- 
se Í los autonomistas antillanos It marca de perdurable 
inferioridad con que loa ha querido ha iriller el viejo régi- 
men, palpitante sn el fondo de recientes y expansivas re- 
formas. Da esta saerts se apresuraría el triunfo de las liber- 
tades coloniales en tola su integridad, y se facilitada á los 
devotos de éstas el acceso al poder, conforme al torno de 
que hasta cierto panto disfrotan todos los partidos de la 
Metrópoli, 

El Sr. Sagaats, a título de jefa del partido Liberal penin- 
sular, biso ciertas declaraciones qu* le comprometen, á jui- 
cio de la mayor parte de loa comisionados portorriqueños, 
en sentido mar favorable á los autonomistas. 

Per efecto de esto y de otra* cansas, se ha producido re 
cien tómente la arisis del antiguo y báoso partido A n tono • 
mista de Puerto Rico. Una parte de él se ha fusionado con 
el partido Liberal de la Península, con la esperanza de que 
se acentúe la afición del Sr, Sagista y en la confianza de 
que la tendencia del partido Liberal se ha de convertir en 
franca y terminante aceptación da todos los compromisos y 
los artículo* délos programas portorriqueños de 10 do Mar- 
zo de 1897 y 18 de Mayo de 1891. 

Otra parte del antiguo partido borinqueño ha resistido 



raí uro poríu^mio eonUmporánta.— L* moderna lapiítorafn d* Portugal,— 
t&» p*ÜK0* portuguEH*.—?,* intimidad ibérica , etc . etc. 



— 41 — 

este movimiento. Con ella están las personas que cons- 
tituían el Direotorio del partido y ahora se trata, por 
estos elementos resistentes, de resolver de modo regu- 
lar y definitivo la situación ereada por la evolución de 
los fusionados y por la nueva dirección que toma la 
política colonial en la Metrópoli. Con tal objeto dentro 
de pocas semanas se convocará en Puerto Bico una Asam- 
b'ea autonomista, ante la oaal se ha de plantear el pro 
blema del mantenimiento de la personalidad del anti- 
gao partido , como partido pura y exclusivamente local ó 
qniíá la delicada solución de su intimidad y aun su fusión 
con el republicanismo peninsular. 

Mientras esto sucedía en la pequeña Antilla, en la Metró- 
poli se produjeron varios hechos de suma gravedad y 
transcendencia. 

El Gobierno conservador, ratificando las declaraciones 
que hizo en el Mensaje de la Corona de 1896, contra la 
eficacia de las reformas ultramarinas de 15 de Marzo de 
1895, ha promulgado el decreto de 30 de Abril de 1897, 
en sentido favorable al sel/ governmut colonial. Quisa 
de mucha mayor importancia que los artículos del tal 
decreto ei el Preámbulo del de 4 de Febrero, que eona 
las bases de esta nueva reforma y rompe en absoluto con 
la doctrina asimilista y la tradición y los compromisos 
de la Bestauraoión y la Regencia en materia ultrama- 
rina. 

Sin duda los decretos referidos tienen muchos defectos. 
Para su eficaoia existe la enorme dificultad de que en ólloj 
se prescinde de la reforma electoral requerida por todos los 
elementos progresivos ó imparciales de las Antillas. Se in- 
curre, pues, en el mismo error de la reforma de los liberales 



— 50 — 

peninsulares de 1835, cuyas primeras consecuencias ya se han 
vlñio en Puerto Kico, donde, en estos últimos dias, se ha 
planteada esa reforma, ea medio del retraimiento de todos 
los liberales y autonomistas y en provecho exclusivo de los 
antiguos conservadores, los cuales continúan monopolizando 
el poder, eon el beneficio de que este sea ahora mayor que 
cuando las Cortes y el Ministerio de ültram t tenían mayor 
competencia en los negocios de las Antillas. Pero con todos 
euB defectos, loa decretos de Febrero y Abril del 97, son un 
considerable progreso, tanto por lo que contienen, cnanto 
por lo que obligan al partido Liberal, sucesor obl gado, en 
plazo próximo, de los conservadores (1), 

Y con efecto^ luego han venido el Manifiesto del Sr. Sa- 
gasta, de Junio del ano corriente y la interpretación del 
mismo hecha por el propio jefe del partido Liberal, en el 
sentido de que la autonomía colonial á que se reñere el Ma- 
nifiesto es aquella Autonomía que los autonomistas antilla- 
nos defienden. 

No necesito decir que todo esto ha debido influir en el 
catado de la cuestión antillana. De hecho, así conservadores 
como liberales— es decir, todos los partidos gobernantas de 
la Península— están dentro de aquella política autonomista 
tan combatida y á las veces erecrada por nuestros partidos 
monárquicos desde 1879 é 1897. Eg claro que no bastan 




O) Sobro eitos par Leu' aras puede ve rus «l arlíeilo qie publiqué 
en uu opiísculD-r-ivist! del alo 9S r coa el lítalo de La paliiUm iét&ni+t 
«n 1893. Bu él trato de la refería* Maere* 

Deipuéa, y sobre el decreto del Sr, «¿üotii da 1897, he pmblUid* 
U3BS No tus ea La Corrnpondewiíi «V Btptáa de F A reto i limo, y uia 
CnU cae! mUnn periódico «i Juii* del año corrí tal* 



— ftl - 

Jas declaraciones del Manifiesto del Sr É Sagaeta ni U inser- 
ción del decreto de Abril ultmo ea la Gaceta para que hom 
tres cantee y conocedores de U política (ai o gal armo ate 
de nuestra política) crean y afirmen que Ja Autonomía co 
lonia! ha triunfado en nuestra Patria, Pero por muchos rao 
tí?oe qae es ocioso detallar y explicar, resulte que todas las 
condiciones déla política imperante han variado radicalmen- 
te y que ya ee preciso estimar nuestro problema ultramarino 
de otro modo del acostumbrado. Los datos de ahora son 
perfectamente distintos, quii i el su mayor parte opuestos, 
a loa de hace pocos meses; no digo a loi de hace unos cuan- 
ta años 

Donde sin dada el efecto tiene que ser mayor es en las 
Antillas. Asi no me han extrañado las noticias corridas 
por alguroa periódicos de Madrid sobre fusión de los parti- 
dos Autonomista y Reformista de Cuba y aun sobre fusión 
de loe autonomistas de la grande Antilla con e! partido Li- 
teral de la Península. 

Luego e urgió la especie— de ana elocuencia colosal,— de 
qae la Unión Constitucional de Cuba (es decir, loa conser- 
vadores de Cuba) se habla decidido por las reformas auto- 
nomistas del Sr. Cánovas. Como los incondicionales de 
Paerto Rico se habían decidido antes por las retormis de 
1895..., á condición de ser ellos toe que las plantearan, ape- 
Bar de su antigua oposición. 

No tengo seguridad respecto de aquella estupenda noticia* 
Se bien (porque eso no cabe ignorarlo al único representante 
parlamentario que el partido Autonomista cubano tiene aho- 
ra en la Metrópoli) que todo lo de las fusiones anunciadas es 
inexacto, como lo es todo cnanto por ahí se dice de gestiones 
J trabajos de loe auto a o mistas cerca de los insurrectos 



— M — 

cubacoe, y de rectificaciones de algunos puntos sustanciales 
del programa autonomista en mentido avanzado 6 en rumbo 
opuesto. 

Pero no por esto dejo de reconocer que, aaí para loe auto* 
nomiatas de Cuba como para loe de Puerto Rico (tonto loa 
ya fusionados oon el partido Liberal, como loa resistentes i 
la fusión, y en particular estos últimos) surgen nuevas 
cuestiones, para cuya solución son preciaos datos oon que 
hasta ahora no se ha contado. 

Entre éstos figura, en primer término, el relativo & la 
autoridad , la competencia y las condiciones da todos y 
cada uno de los partidos peninsulares ó nacionales para 
implantar y desarrollar la Autonomía colonial en nuestras 
Antillas. Por supuesto, partiendo de la doble hipótesis 
de que, oon efeoto, se ha de hacer algo mis que publi- 
car unas cuantas leyes autonomistas en la Gaceta de 
Madrid y de que la autonomía que se decrete sea real- 
mente la Autonomía que hasta hoy hemos predicado los 
autonomistas en las Antillas y en ]a Península, 6 lo que 
fuera de España se conoce con el nombre de Autonomía 
colonial. 

Después hay otro problema: el de la posición de loe 
elementos políticos antillanos con relación á los penín- 
snlares, en el punto y hora en que todos éstos acepten 
la solución autonomista de modo análoga, ¿ quiíi mas vivo, 
al modo conque,, hasta hoy, proclamaban, todos los parti- 
dos m nárquicos y gobernantes, la política de la asimila- 
ción, obteniendo por ello la devooión de los constitucionales 
de Cuba y los incondicionales de Puerto Rico frente al 
partido Autonomista, estimado por unos y otros, aquí y allá, 
punto menos que como por reprobo y seguramente coun iu 



— ©3 — 

compatible con el gobierno regular de la Monarquía aspa* 

fióla, 

Desde este momento es verosímil y racional que surja en- 
tre loa antillanos da cierta cultura política, aun entre loa 
que mis especialmente se preocupen de la particularidad in 
salar, la cuestión de ai procede 6 no acentuar sus simpatías 
Eiacia aquellos parti ios, eximiendo al local de las preven - 
ciooeay lo* exclusivismos anejoj á toda reclamación parti- 
cular. 

Hasta la hora presente, ai bien era cierto que el máa 
firme y entusiasta apoyo— el verdadero apoyo— de las as- 
unes antonomietas era el partido Republicano español 
-í por lo menos ano de las diversos grupos que forman este 
partido— oo era menos exacto que loa autonomistas de Cuba 
f Puerto Rico, constituidos respectivamente en J 873 y 1187, 
prescindían en absoluto del punto de la forma del gobierno 
Laoionalt de suerte que con perfecto derecho cabían en aque- 
llos partidos locales, en absoluto pie de ignalidad, republi- 
canos y monárquicos , 

Compréndese pjr tanto la resistencia de estos ultimes & 
identificar absolutamente au suerte con los republicanos 
peninsulares, que no aparecían como gobernantes, aunque 
ií como simpat zadores y cor religionarios de los más radi- 
cales defensores de la libertad colonial . Mas no serla menos 
respetable la resistencia de los autonomistas republicanos á 
ingresar en las filas monárquicas, si los monárquicos pro- 
clamaran también la autonomía, 

Ño era esto el menos tuerte de los argumentos que 
lotteni&n la existencia de los partidos locales ultrama- 
rtoce, quizá alguna vea exagerados en la acentuación 
deán locilUmo. De esto he hablado con toda franqueza 




- •* — 

en los prólogos de nrs libres sobre la Autononía coto* 
nial en España y la Reforma ¿fcctoral de las Antillas. 

La situación parece que cambia, Laa cosa» se ponen de 
modo que es fácil laoptacón. 

Dado, se entiende, que tea procedente esta y conven- 
ga 6 sea posible la total desaparición, ahora 6 después, 
de los partidos locales antillanos; panto sobre el caal no 
be de decir, en el momento presente, mi particular y defi- 
nitiva opinión. 

Tomo el problema como me lo plantean los periódicos pe- 
ninsulares y machas correspondencias y aun consultas de 
Ultramar, donde hoy existe, a lemas de los autonomistas 
monárquicos y de los autonomistas republicanos, na ñame* 
roso grapo de autonomistas hasta ahora reservados ó indi* 
taren tesa cualquier otro interés que no fuese el inmediato 
y por muchos motivos dominante de la colonia mal llume- 
da provincia ullramarim, y mantenida de hecho, por la 
ley y por la práotica (contra lo que la ignorancia ó la mali- 
cia no cesan de propalar) en ana deplorable cnanto injusti- 
ficada inferioridad respecto de las pro mnciat peninsulares, 

A todos esos elementos hay que hablar, para que el jui- 
cio se forme y la actitud se determine, allende el Atlántico, 
con pleno conocimiento de cansa. 

Con toda sinceridad añadiré que también me deberla ha- 
ber movido á coordinar y publicar mis apantes sobre eata 
materia el clamoreo con qae buena parte de la gente mo- 
nárquica pretende atribuirse todos los progresos coloniales 
y aan la paternidad de las reformas más expansivas de Ul- 
tramar, Quisa en pocas ocasiones como en la presente con- 
vendrá recordar el suum citiqut. 

Pero este panto de vista habría parecido muy inferior al 



— 55 — 

que tomo para, explicar la verdad de lo sucedido respecto 
de loa republicanos, sin pretender negar el mérito (á mi 
juicio inferior) de los demás partidos. Ni siquiera me pre* 
ocupo, por el momento, de comparar lo que anos y otros han 
hecho, teniendo en cuenta la diversidad de sus medios, de 
Ita épocas y de las circunstancias. Esto podrá ser materia 
para otro trabajo. 

Ahora me reduzco á exponer modestamente, con cierto de- 
tille, lo que los republicanos españoles han hecho en pro 
4e nuestras Antillas deade 1373 á esta parte. Hago historia 
-con los menos comentarios posibles. 



II 



Mi panto de partida es la proclamación de la República- 
qie se verificó el 11 de .Febrero de 1873. 

Dejo á un lado, para simplificar el estudio, el periodo ver* 
daderamente admirable, tanto por la gravedad de la situa- 
ción, ensoto por la transcendencia délos empeños, como, 
por la energía desplegada, qne precedió inmediatamente 
a aquel transcendental suceso. Lo que el partido radical hizo 
con re 1 ación á nuestras Antillas fué de una importancia ex- 
traordinaria, habida cuenta principalmente de las dificulta- 
des del momento y de la oposición que movieron todos lo* 
elementos conservadores (setembristas y alfonsinos), toman* 
do por base y pretexto precisamente la cuestión colonial. 

Quizá fué aquella la vez primera en que esta cuestión» 
transcendió de un modo decisivo á la vida, general po- 
lítica de España. Antes el problema ultramarino había in- 
fluido poderosamente en las relaciones del partido modera- 
do y da la Unión liberal, determinando la caída del pri- 
mero . Entonces se consagró por modo esplícito la com- 
petencia de las Cortes para entender en los presupuestos 
ultramarinos y terminó (en principio) el absolutismo coló* 



- 57 — 

Dial victorioso después de la expulsión de los diputados 
americanos de las Cortes de 1836 y de la redacción del 
artículo 2.° adicional de la Constitución de 1837. 

Otra vez, en 1879 , las cuestiones de Ultramar — señalada* 
mente la cuestión de Caba y la paz del Zanjón— influye- 
ron también de manera muy grave en la marcha política 
de la Península, rectificándose el sentido de la primera 
época de la Restauración y viniendo á compartir las ta- 
rea* legislativas y parlamentarias, después de cuarenta y 
tres años de forzada ausencia, I03 diputados y senadores de 
Coba. 

Pero nada de lo que se bizo en 186S, ni de lo que se ha 
realizado después del 79 basta poco hace, nada puede ser 
comparado, como originalidad, energía y transcendencia, á 
lo que se planteó y resolvió más ó menos, durante el periodo 
revolucionario del 68 al 73. En este periodo operó en primer 
término, con su vigor y su orientación característicos, el 
partido radical. 

Y en el último período de la administración del par- 
tido radical (ó sea á partir Je mediados de 1872) el problema 
ultramarino se sobrepuso de tal suerte, que bien puede ase* 
gurarse que vino á ser uno de los primeros motivos de la caí- 
da déla monarquía de D. Amadeo de Saboya. 

Porque el mencionado partido dio, en aquellos aguadísi- 
mos días, un empuje enorme á la política reformista colo- 
nial, que se había inaugurado en la primera época de la Re- 
volución de Septiembre, de modo mu/ tibio, tanto por la 
intervención que en el g obierno de Ultramar consiguieron, 
en 1868, muchos elementos conservadores, á pesar déla 
victoria de Alcolea, como por la deplorable influencia que 
para resistir todo empeño expansivo necesariamente habla de 



— 58 — 

tenerla guerra separatista de Cuba, comenxaia en aquel 
mismo tiempo. 

Al partido radical se la deba la iniciativa de la abolido a 
de la esclavitud ea Puerto Riso y la resolueióa para plan- 
tear en eeta iala la ley deeeentraliaadora municipal de 1 870: 
mediáis ambas de superior alcance. Pero con ser estas de- 
terminaciones nmy gra7ee y transcendentales, tolavia lo 
eran m&¿ el calor y el sentido con que aquel gobierno, presi- 
dido por el eefior D. Manuel Ruis Zorrilla, tomó i m cuenta, 
como empeño muy principal, la tarea de hacer á Puerto 
Rico partícipe de todas, absolutamente todas, las conquistas 
de la Revolución de 8eptíembre, ya por ser esto de ai soluta 
justicia, ya por loe méritos una vez más contraídos por loa 
portorriqueños fíeles, cual siempre, á la Madre patria, en 
los momentos más críticos, ya en fin, por el influjo que 
se suponía que esta política había de ejercer (como ejerció) 
en la terminación de la guerra de Cuba. 

El valor positivo de esa política puede calcularas por la 
irritación extraordinaria de los diversos enemigos del par- 
tido radical y por el Manifiesto que en su daño publicó, en 
Enero de 1873, la Liga ultramarina entonces forma Ja en la 
Península contra las reformas de Ultramar, A ella perte- 
necían bastantes personas que ahora reconocen honradamen- 
te su equivocación de antaño y que patrocinan la urgencia de 
las soluciones autonomistas. Conviene insistir en esto para 
reducir el alcance de oposiciones que hoy se hacen por otros, 
con no meóos pasión ni más fundamento que los demostra- 
dos entonces por muchos de los reformistas de 1897. 

Aquel Manifiesto nunca debiera ser olvidado. Allí se 
decía enfáticamente que c España estaba bajo el peso -ie 
un nuevo infortunio á cuyo 30I0 anuncio se habían conver- 



— 59 — 

tido 6D desgracies sen ndarias las que no hacia rancho 
tiempo parecían insufrible ti'» . 

Eae infortunio lo producían el proyecto do ley aboliendo 
la esclavitud en Puerto Rico y el decreto de 1 3 de Diciem * 
bre de 1£72 referente al pT antea miento inmediato en acue- 
lla ida de la ley maniapal que debió aplicarse á mediados 
de IS70 y por la cual se establecían alcaldes y concejales 
electos por los vecinos mayores de 25 años que supieran 
leer y escribir á pagaran alguna contribución al Estado. 
En ella se concedían , también, facultades de cierta valía a 
los Ayuntamientos reducidos antes á mera decoración. 
|Ua infortunio todo eso I 

Sin duda alguna antes de este movido período, la Revo- 
lución de Septiembre había hecho sentir sus efectos en el 
orden colonial, pero solo en cierto grado y medid»; no los 
que se hubieran debido esperar si la lógica fuera en todas 
ocasiones la ley del mundo político. 

Antes de la Revolución se había iniciado y sostenido 
por algunos elementos democráticos de la Península y 
algunos naturales de las Antillas residentes en la Me* 
trópoli, una campaña en favor de soluciones muy acen- 
tuadas y expansivas en materia colonial. Buenas pruebas 
de ello son el programa y los artículos del famoso periódico 
La Discusión (I) fundado y dirigido desde 1858 á 1867, 
por D, Nicolás M. Hivero asi como loe meetingsde la Socie- 
dad abolicionista española, que por iniciativa del portorri- 
queño D. Julio Viícarrondo funda mes en 1863, y que actuó 
en Madrid desde esta f et ha hiSl a I £G6.Peroene&te primer pe- 



(1) En este periódico Cf meneé jo *d 1*00 mi campaüa en pro de 
lM libertad» coloniales. 



— 60 — 

nodo de su vida la Sociedad abolicionista redujo sus preten- 
siones A la proclamación de la libertad del negro, sin tocar 
el punto del procedimiento. Aun para llegar á aquella afir- 
mación, pasando de la protesta contra la Ir ala, necesitaron 
los primeros directores del abolicionismo español reñir muy 
buenas batallas dentro de la misma Sociedad. En cnanto al 
programa de La Discusión (que lo llegó á ser de toda la de- 
mocracia española) conviene recordar que en lo relativo á 
Ultramar no pasaba del mero enunciado de la abolición dé 
la esclavitud y de l* representación en Cortes de las provin- 
cias ultramarinas.. 

Por manera que lo recomendado á la opinión por loa 
propagan distas más avanzados, era algo muy modesto y 
seguramente no lo bastante para determinar á nuestros 
distraído* políticos (cuanto más á la generalidad de las 
gentes) en un sentido medianamente radical. No hay, pues, 
que extrañar las dificultades surgi las en el seno de la Jun- 
ta Superior Revolucionaria de Madrid, ni los términos tem- 
pladísimos de las declaracionss de Septiembre del 68. 

La Junta Superior Revolucionaria de Madrid (resumen 
de todo el primer movimiento revolucionario de 1868) hizo 
dos declaraciones, ahora ya punto menos que olvidadas, 
pero que conviene recordar, máxime cuando á todo andar 
viene la hora de las liquidaciones y de las responsabili- 
dades. 

En 15 de Octubre de 1868, D. Nicolás M. Bivero, sostu- 
vo la siguiente moción: 

• Considerando que la esclavitud de los negros es un ul- 
traje a la naturaleza humana y una afrenta para la Nación 
que tínica ya en el mundo civilizado la conserva en toda su 
integridad. 

Considerando que por su historia, por su carácter, por lo 




— 61 — 

relacionada que está con todas la? esferas de vida en nues- 
tras A imitad, per la tranacend encía de cualquier medida qae 
sobre elJa se tome y la gravedad qae todo golpe irreflexivo 
entraña aun para los mismos negros, la esclavitud es ana 
de e«as instituciones repugnantes, cay a desaparición no 
deba hacerse esperar, pero que exige en cambio la adopción 
sesuda y bien peonada de otras medidas previas y coetáneas 
de índole mu? diversa, qae hagan fácil, fecunda y defini- 
tiva la obra de la abolición. 

Considerando qae estos miramientos, sin embargo, no 
obstan para qne ínterin las Cortes constituyentes, oyendo 
á los di rutados de Ultramar, decreten la abolición inmedia- 
ta de la esclavitud, el Gobierno provisional pueda tomar 
alguna medida en desagravio de la justicia ofendida y sin 
temor á ninguna de esaa complicaciones que obligan á es- 
perar el acuerdo de tas Cortes. 

L% Junta superior revolucionaria de Madrid propone al. 
<.-robierno provisional como medida de urgencia y salvadora* 

Quedan declarados libres todos los nacidos de mujer es- 
clava á partir del I T de Septiembre próximo pasado.» 

En la misma fecha (esto es» el propio J 5 de Septiembre 
de 1808), la misma Junta votó otro Decreto, que también 
propuso el Sr. R i ver o y deoía asi: 

t La Jauta superior revolucionaria, á propuesta de varios 
de sus miembros, acordó por aclamación proponer al Gto • 
bienio que llame á la representación de las próximas Cor • 
tas constituyentes á las provincias de Ultramar.» 

Por cierto que recuerdo bien que estas declaraciones no se 
hicieron sin reparo por parte de alguno de los miem- 
bros de aquella Junta, un poco alarmada por el efecto inme- 
diato que las tales declaraciones podían producir en las An • 
tillas, donde se suponía incontrastable al elemento conser- 
vador y casi en pleno salvajismo al negro nacido para la 
servidumbre. 

Y en cuanto á 1¿ declaración sobre derechos politioos ya 
se supondrá que su redacción original seria otra, en términos 
más comprensivos y con sus considerandos correspondientes. 



L 



— 62 — 

Por aquel entonce*, circuló en Madrid una Exposición al« 
Gobierno provisional pidiendo mocho más y precisando el 
modo y manera de llamar á los diputados de Coba y Puer- 
to Rico á las Cortes Constituyentes. Aquella Exposición fué 
suscrita por más de trescientos peninsulares muy conocidos 
en los círculos políticos de Madrid. Pero desgraciadamente 
no surtió efecto. Lo mismo que en 1810. Porque la insisten- 
cia en el error es uno de nuestros mayores pecados. 

Esto no quita para que corra muy válida la especie de 
que la Revolución de Septiembre inundó á las Antillas con 
reformas radicales... y que esas fueron la causa del movi- 
miento separatista de Yara. Gomo ahora se dice que las 
reformas del 95 (que no se han planteado todavía) han sido 
la causa de la actual insurrección de Cuba. 

Tanto de esto como de los obstáculos que produjo la in- 
surrección de Tara, bien explotada en la Península por loa, 
enemigos de toda refornra fundamental de nuestras colo- 
nias, puedo hablar yo como pocos, porque (ya es hora de 
de que lo diga) intervine directa y constantemente en todo- 
cuanto en la Metrópoli se intentó por aquel entonces para 
llevar al otro lado de los mares, con el espíritu de la demo- 
cracia moderna y el sentido de la Revolución de Septiem- 
bre, la más sólida garantía del imperio de España. Las dos 
mociones antes referidas fueron por mi redactadas y por mi 
ruego las presentó á la Junta Revolucionaria el Sr # Ri ve- 
ro. Como redacté y presenté al Sr. Duque de la Torre la 
referida Exposición sobre el mejor modo de consoltar la opi- 
nión de nuestras Antillas para su reforma política, económi- 
ca y social. 

Como se ve las declaraciones de Septiembre no pasaron 



— 63 — 

de osa fórmula simpática, de términos muy modestos y den» 
tro de la tendencia de encomendar )a resol uoión del proble- 
ma ultramarino á los Poderes Públicos organizados, en 
una situación ya regular y definida. 

Inaugúrase la obra del Gobierno provisional con la Cir- 
eolar de 27 de Octubre de 1868, en la cual el Ministerio de 
Ultramar (regido entonces por un hombre del criterio con- 
servador y de la historia acentuadísima de D. Adelardo 
Upes de Ayala) explicaba á las autoridades de Cuba y 
Puerto Rico los propósitos del Gobierno. En esta circular, 
después de muchos rodeos, frases retóricas y generalidades 
ja prohibidas por la ley 41, título III, libro 3.° del Código 
de Indias, el Gobierno anuncia que estudia «la forma electo* 
ral más adecuada á la diversidad del estado social en las 
provincias Ultramarinas y que al definirlas tendrá muy en 
cuenta las naturales diferencias y condiciones de los habi- 
tantes de nuestras Antillas».— Y afiadeque t dentro áelor 
límites prácticos que no le es dado traspasar, el Gobierno 
adoptará un sistema de elección tá» amplio como sea po* 
sitie.* 

Para precisar los compromisos de la Revolución de Sep* 
ttembre el ministro de Ultramar escribe lo siguiente: 

«La Revolución actual que se ha captado las simpatías de 
propios y extraños por su templanza y su espíritu justicie- 
ro, no aplicará á las provincias de Ultramar medida alguna 
violenta, ni atropellará derechos adquiridos al amparo de 
las leyes, no dará tampoco nueva sanción á inveterados 
tbcaosni á manifiestas trasgresiooes de la ley natural. 
Acepta en el orden político todo lo que tiende á aumentar 
las inmunidades de las provincias ultramarinas, sin relajar 
los lazos que las unen al centro de la Patria; admite en el 
orden todo lo que conspira á un fin humanitario y civiliza- 
dor, pero sin alterar de un modo brusco y ocasionado á gra- 



•^ 



— 64 — 

vítíimoe conflictos para ella misma y la condición de la po- 
blación agrícola de nuestras Antillas.» 



Clam se está qne la Circular debía producir no escasas 
alarma en el circulo de los hombres espansivos realmente 
i ■ lea r 1 1 idos en espirita con la Revolución. No digamos na- 
da del partido que de esta enorme equivocación habían de 
sacar los pesimistas y los enemigos de España. 

La taita de preparación y de idea y la profunda descon- 
fianza del Gobierno se evidenciaron más en el Decreto so- 
bre elecciones de Diputados á Cortes constituyentes que 
se publicó en 14 de Diciembre del propio año 68 y en 
la Circular de la propia fecha sobre ejercicio de la li- 
bertad de imprenta y del derecho de reunión en las Anti- 
llas, 

Ei decreto antes mencionado reconoció á Caba, lo mis- 
mo que á Puerto Rico, la representación en Cortes, en con- 
diciones de igualdad, si bien atribuyendo á la primera de 
estas islas 18 diputados para sus 955.805 hombres libres y á 
la segunda 11 diputados para 612.442 habitantes también 
libres. 

En este Decreto, después de afirmarse que el pensamiento 
del Gobierno era la asimilación y que nada podía ni debía 
hacerse hasta que los diputados de las Antillas llegasen á las 
Cortes, se dice: t Deseosos de que las elecciones se verifiquen 
con entera libertad, se ha suspendido el uso de la Real 
orden de 28 de Mayo de 1825, por la cual se conceden fa- 
cultades extraordinarias, exentas de responsabilidad, á las 
autoridades de las Antillas, que tendrán qne concretarse 
estrictamente durante el periodo electoral á las que les con - 
fieren las leyes de Indias.» Y el art. 26 del mismo Decreto 



— 05 — 

dice claramente que aquella suspensión de facultades sub - 
iiatirá soh durante el período el electoral. 

Loe preceptos de las Leyes de Indias sobre tranquilidad 
de la tierra é sea las leyes 1A título 3.° y 7/ del título 4.° 
libro 5.° del Código de Indias, fueron hechas en 1588 y 
1568 (reinado de Felipe II) y constituyeron nnade las ba- 
ses de nuestro orden político ultramarino durante el periodo 
del absolutismo. 

Pero además en un articulo adicional del mismo decreto 
de 1869 se aplazó la celebración de las elecciones en Cuba, 
de modo que aquella bailen ñosa medid* y sus complemen- 
tarias no produjeron ningán efecto. 

La Circular á que aludí na te 3 establece con toda claridad 
que las libertades de imprenta y de reunión aludidas en el 
Decreto antss citado son < parte integrante del ejercicio del 
derecho electoral» y que de ellas habrán de disfrutar opor- 
tunamente (eic) los natura les de las Antillas». Y añade: 

«En ilustrar la opinión de loa electores y de los que hayan 
de ser elegidos sobre los puntos que darán ocasión á los deba- 
tes del Congrego Constituyente; en defender loa derechos de 
aquellos y la legalidad de las elecciones, es en lo que prin- 
cipalmente debe emplearse la libertad que para escribir y 
pub icar impresos existirá en esa provincia y para convenir 
loe medios de asegurar el mayor acierto en la elección es 
para lo que obtienen la facultad de reunirse los electores. » 

Luego sigue diciendo : 

«Debo advertir á V. K. que existe un asunto de gravísi- 
mo ínteres para esa provincia que por su naturaleza no puede 
ser discutido públicamente allí *u estos momentos. Formt 
la esclavitud (que no teme el Uobiarno llamar las oosas por 
su nombre, como erradamente se ha supuesto), una de las 
principales bases de la propiedad agrícola é industrial en 
las islas de Cuba y Puerto Hico, Sacar ¿ público debate 






— 66 — 

un» de las cuestiones fundamentales de la sociedad, caando 
loo ánimos se hallan agitados por el apasionamiento que es 
propio délos pueblos inexpertos en el uso de los derechos 
políticos, serla más qne temerario y el Gobierno, que como 
ja ha anunciado á V . £. propondrá á las Cortes en su dia t 
la resolución legal y humanitaria de aquel difícil problema, 
no puede consentir que se convirtiera hoy en ocasión de jus- 
tificados temores y amenazas. 

Por último, se prohibe absolutamente combatir de palabra 
ó con la pluma la integridad del territorio y el dominio de 
Patria.» 

Ya el mismo ministro, Sr. López de Ayala, reconoció en 
el I ufarme que presentó á las Cortes Constituyentes en 20 
de Febrero de 1869 que su conducta y sus declaraciones 
f jeron ásperamente juzgados por algunos órganos de la 
ojmiión pública á quienes extraviaba en este asunto lana- 
tur al exaltación de las ideas propias de los periódicos revo- 
lucionarios y expansivos. 

Con tal motivo, teniendo en cuenta lo que pasaba en Cuba 
desde el malhadado Decreto de 12 de Febrero de 1867, so- 
bre contribuciones y luego del fracaso de la Junta de infor- 
mación para las reformas ultramarinas de 1866 y apreciando 
todo lo sucedido después de las declaraciones oficiales del 
Sr. López de Ayala (radicalmente opuestas al sentido de 
la Circular de 19 de Octubre 1868 con que el Gobierno pro- 
visional se dio á conocer de las potencias extranjeras) no 
puede menos de causar extrañeza la facilidad con que los 
hombres de opiniones ultraconservadoras atribuyen á sos 
adversarios, por modo esclusivo, una perniciosa exaltación 
que los saca totalmente de la realidad, comprometiendo to- 
das las causas qne pretenden defender con el mejor deseo. 
Porque, lo cierto es, que no se dará mayor intransigencia ni 
más jactancia ni mayor apartamiento de toda la realidad po- 




— 07 — 

lírica y aun social que loa de esos ultraconservadores que por 
ga profaoda adversión á todas las teorías expansivas, se 
empeñan en cerrar los ojos ante la i resistible ola que sobre 
elloa avanza con Ja fuerza de las nuevas exigencias y loa 
naevos ideales. No hay utopia comparable á las ilusiones 
reaccionarias . 

Por eso las revoluciones hay que explicarlas no solo por 
sus motivos directos —buenos ó malos— sino también por la 
escala aptitud, por la prevención y por las provocaciones de. 
los elementos hostiles que se jactan constantemente, con nn 
éxito siempre deplorable, de vencerlas y dominarlas. 

Pero ya lo he dicho, ahora el Gobierno provisional pecó 
respecto de Cuba de lo mismo que pecó la Regencia de Cádiz 
en 1810. Se repitió ta historia en el conjunto y aun en el 
detalle. L% tendencia política del A y ala de 1868 es idénti- 
ca a la del Lardi&afoal de 1810. 

£1 sentido político de las tibias y hasta contraproducen- 
tes manifestaciones de Octubre y Diciembre de 1868, no pu- 
do ser dominado por otras disposiciones verdaderamente 
plausibles que en otros órdenes se dieron por el Gobierno 
de Madrid hasta el año 70, Por ejemplo: la habilita* 
«ion de los títulos extranjeros eu Cuba, decretada en 11 
de Diciembre de 1168; el decreto de unificación de fueros, 
de l,° de Febrero de 1 860; la reorganización délas Au- 
diencias antillanas con competencia para entender en los 
negocios contencioso administrativos de 7 de Febrero 
y 6 de Abril del mismo año; la reforma de las clases 
pasivas de 23 de Mayo; la revisión de los expedientes 
de la magistratura y la in amovilidad judicial decreta- 
da en 6 de Diciembre; la proclamación de la libertad reli- 
giosa en 20 de Septiembre; la reforma expansiva de la anti- 



68 — 



gua legislación de sociedades anónimas; la anulación del 
decreto de 12 de Febrero de 1867, y la extensión á las dos 
Antillas de la ley de 1867 qne modificó la del enjuiciamien • 
to civil de la Península. Luego vinieron, dentro del año 70; 
la creación de los Cuerpos de Contabilidad administrativa, 
Aduanas y Correos la ley de Extranjería (seguramente de 
mérito), la reorganización de la Hacienda ultramarina, 
la abolición de los expedientes de limpieza de sangre, el 
arancel provisional para las aduanas de la Grande Antüla, 
fecha 9 de Septiembre de 1870 y la ley preparatoria para 
la abolición de la esclavitud de 4 de Julio del propio año. 

El misino autor del Arancel referido ha dicho después, 
con noble franqueza, todo cuanto podría oponerse á obra 
tan lamentable, hecha sólo bajo la presión de las circo oa- 
ti u iari y con el ñn de acudir con toda urgencia á la nece- 
sidad de proveer de recursos al Tesoro de Cuba. £1 Minis- 
tro anuncia en el prólogo del decreto de 9 de Septiembre 
que &u propósito era «acercarse á la libertad de comercio 
inás amplia y más absoluta jue es la verdadera base de 
prosperidad de las naciones y en especial de los países coló- 
nialed-. Pero no responde á esta idea el Arancel de 1870, 
que esta dtntro de la vieja teoría del pacto colonial y des- 
arrolla y sanciona los aniquiladores derechos de exporta- 
ción, el derecho diferencial de bandera, derechos casi prohi ■ 
bi tiros para las harinas extranjeras, triples y cuádruples 
derechos para las carnes y los tejidos de fuera sin la justa 
compon nación en la entrada de los frutos coloniales en la 
Península. Asi y todo, este Arancel mejoraba el anterior de 
12 de Marzo de 1867, que á su vez modificó el monstruoso 
*ie 1 . de Febrero de 1853. 

La misma ley preparatoria para la abolición de la ásela* 



— 69 — 

vitad en Cuba y Puerto Rico de 4 de Julio de 1870 
habría sido una medida de extraordinario efecto é inmenso 
alcance en otra época* Sin que sea posible negar en impor- 
tancia* hay que reconocer que la circunspección de sus 
preceptos y la reducción de la obra emancipadora á la ex* 
Unción de ¡a esclavitud por la libertad de los nacidos desde 
aquella fecha y de los negros sexagenarios, no era lo más 
propio de una situación democrática, creada por la Revolu- 
ción que había concluido con la media legitimidad monár- 
quica proclamando los derechos naturales de hombre y el 
sufragio universal» Asi que fueron muchos los que consi- 
dere ron aquella ley (difícilmente entendida, mal aplicada y 
á la postre bastardeada en Cuba por los elementos reaccio- 
■ arios y esclavistas allí dominantes) como un respiro dado, 
oon sana v olrmtad sin duda, pero por excesivo temor, á los 
interese* del esc t avíame casi arrollado por la ola revotado 
nar i a. 

Pero muy pronto en Cuba lo llenó todo la guerra. Alli 
no hubo garantías ni derechos. El estado de sitio fué la 
base de todo aquel orden político y social. Los bandos 
de los Capitanes generales lo resolvían todo, destacando 
entre ellos los que establecieron el régimen de los em- 
bargos ó secuestres de los bienes de los infidentes (sos- 
pechosos, anéenles ñtñ alados por la acción gobernativa, ó 
condenados por los Consejos de guerra ó los tribunales de 
justicia} y luego» 1¿ confiscación de una buena parte de esos 
mismos bienes, cuyo importe se dedicó á cubrir las impo- 
nen tea atenciones de la guerra. Esos bandos muy pronto 
fueron aprobados y complementados por el Gobierno de la 
Metrópoli, según se va en los reales decretos de 20 de Abrí) 
de IB 60 y 9 y 31 de Agosto de 1872. 



— 70 — 

Por todo esto no pudo tener cumplimiento en Cuba, ni as 
intentó siquiera que lo tuviese, el art. 108 déla Constitu- 
ción de 1669 que á la letra diee: cLas Cortes constituyentes 
reformarán el sistema actual de gobierno de las provincias 
de Ultramar cuando hayan tomado asiento los diputados de 
Cuba 6 Puerto Rico, para hacer extensivos á las mismas, con 
las modificaciones que se creyeran necesarias, los derechos 
consignados en la Constitución.» (1) 

En Puerto Rico ya fueron bastante mejor las cosas. Como 
se lia visto, el decreto ley de 14 de Diciembre de 1868 reco- 
noció a 1a pequeña Antilla el derecho de enviar (como en- 
vió) á las Constituyentes de 1869, once diputados. Por aque- 
lla ley, para ser elector se necesitaba ser español, mayor de 
edad y pagar por impuesto teritorial ó por subsidio indus- 
trial ó de comercio 50 pesetas al año. 

En 1.° de Abril de 1871 variaron estas condiciones. Se 
reconocieron á la Isla, que ya tenia 616.465 habitantes libres 
{amén de 43 mil esclavos) quince diputados y cuatro senado» 
res y se estableció que disfrutase del voto todo español ma~ 
y or de veinticinco años, que supiese leer y escribir ó que 
pagase 40 pesetas de contribución directa al Estado. 



(]) No quiero que pase esta oportunidad sin rendir publico tributo 
de admiración y gratitud al ilustre cubano D. Nicolás de Ai carato, 
comisionado que fué en la Junta de reformas de 1865, fundador, propie- 
tario 7 director del perió iico Bl Sigb, que se publicó en Madrid en 
«l otoño de 1869 y director del parió iico democratio La CoiuUtuet4m f 
que an Madrid fandó y publicó D. Nico'ás Muría Rirero en 18*72. As» 
carato fué uno de los cubanos qu* mis trabyaron en aqu «lia época por 
las libertades coloniales y uno de los mis detjtw y entusiastas de la 
band«r& di España en América. Muerto hace poce an la miseria y ea 
el olvido, bien merece que se desagravie ra memoria* 




Pere la reforma política casi no pasó de aquí. Por de oon- 
^tado tampoco se cumplió respecto de la pequeña Autilla el 
*rtículol08 de la Constitución del 69, y en Puerto Bico con- 
tinuaron rigiendo(por virtud de la Real orden de 22 de Abril 
de 1837), las anacrónicas leyes de la vieja colonia. £1 decreto 
de 14 de Diciembre de 1868 se limitó á suspender las facul- 
tades arbitrarias de la Real orden de 28 de Mayo de 1825 (la 
llamada de las facultades omnímodas de los Capitanes ge - 
aérales), silo durante el periodo electoral, y aun dentro de 
éste se mantuvieron las excepciones que las Leyes de Indias 
concedían para la tranquilidad de la tierra. Con estas sub- 
sistieron el bando de polioía y buen gobierno diotado, con el 
voto consultivo del Real acuerdo, por el Gobernador y Ca- 
pitán general D. Juan de la Pezuela en 15 de Diciembre 
de 1849; la organización municipal de 27 de Febrero 
de 1846, SI de Julio y 28 de Agosto de 1847; el régimen 
penal de la Novísima, reformado por el Reglamento pro- 
visional para la Administración de Justicia llevado á Puer- 
to Rico en 26 de Septiembre de 1835; el procedimiento se- 
creto y de la prueba tasada de nuestro antiguo sistema ju- 
dicial; loe gobiernos y subgobiernos político-militare*, etc. 

Es decir: la centralización política y administrativa; la 
eecla vitad negra á despecho de la ley de 1870; la previa 
censura para la prensa, la negación de la vida municipal, 
la inseguridad personal y la servidumbre enervante y 
desmoralizadora. 

Parece ocioso repetir que todo eso era fundamental- 
mente incompatible con el espíritu de la Revolución de 
Septiembre, con la Constitución de 1869, y con la repre- 
sentación y el sentido de las Cortes españolas, en cuyo seno 
figuraban los diputados de Puerto Rico, con los mismos 



derechos que todos los demás, como diputados de la Narión*. 
A penas se comprende á la distancia á que ahora estamos* 
Pero todo ello fué efecto— como antes he insinuadoras la 
impresión extraordinaria qne en la Metrópoli produjo el de- 
sarrollo de la gnerra de Coba y del influjo qne en la políti- 
ca peninsular mantuvieron los elementos conservadores, 
aprovechándose del pretexto ultramarino. 

No contribuyó esto pooo á la caída del Gobierno re 
Tohiclonario; repitiéndose ahora el mismo fenómeno ob- 
servado en 3814, 1823 y 1856. Porque nada más absur- 
do que creer que la reacción triunfante en ultramar limita 
?n acción á la vida colonial» Este error se ha pagado con 
muchos dolores y mucha sangre y muchos desastres en Es- 
palia, sobre todo en la Edad contemporánea. No me atrevo 
á asegurar que el error se haya rectificado en nuestros días. 

Sin embargo, Puerto Eico vivió con ciertas aspiraciones 
en aquella época y allí se constituyó el partido reformista 
que hizo una vigorosa campaña en pro de la abolición in- 
mediata de la esclavitnd y de la identidad de los derechos 
políticos y civiles de portorriqueños y peninsulares, envian- 
do fogosos diputados á las Cortes y logrando influir de un 
modo positivo en los círculos directores de la política de la 
Metrópoli. [Tan vigoroso era el espíritu de la Revolución de- 
Septiembre (1)1 

No es del caso explicar de qué suerte los diputados porto- 
rriqueños, secundados por un pequeño pero entusiasta grupo- 
da hijos de la pequeña Antilla, residentes por aquel enton- 
ces en Madrid y en Barcelona, se identificaron con aquella 
Revolución é intervinieron activamente en el desarrollo de 



(l) Pueden Terse m's libros Lo* diputado» americanos *n tas Corto* 
Eipafotag y Una campaña parlamentaria de 1878. 



— 73 — 

li política general del país y en el carao de los sucesos de 
li Península. La explicación da todo esto pide macho espa- 
do y no responde á mi propósito de ahora. Pero conviene 
«Salar el hecho y proclamar su importancia, entre otros 
motivos, porque quizas buena paite, la mayor paite de lo 
que en la Metrópoli se hizo desde 1869 al 73 respecto de 
Puerto Rico, se debió á la actitud y disposición de los por- 
torriqueños antes citados, muy en harmonía con el sentido 
iluminante en la pequeña Antüla, de espirita profundamen- 
te democrático y de un localismo macho menos acentuado 
que el de Cuba. 

De ese modo no fué fácil á los elementos reaccionarios ul- 
tramarinos disentir aquí el problema colonial, poniendo 
como términos del mismo, á los insulares de un lado y a los 
peninsulares de otro; posición desventajosísima para los 
primeros! toda vea que el proVema se había de resolver en 
li Península. El espíritu de la Revolución de Septiembre y 
el tacto político de los portorriqueños de entonces, hicieron 
que por cima de todas esas diferencias y de otras históricas 
análogas, se colocase la razón det derecho y el reclamo de 
los principios. 

Claro se está que esto no se consiguió cómodamente ni se 
conaiguió del todo. Pero la cosa revistió suma importancia 
J Hay que estimarla*, entre otras razones, para explicar las 
dificultades que han surgido después en la campaña política 
ultimarías, desarrollada en condiciones muy distintas a 
lia del 868- 73(1). 

(1) Pueda ▼•rae mi discutió aobre Joaquín M. S*nromá¡ diputado 
« fué de Puerto Rico ea 1S72 y mi compañero de muchas campan»» 
r -amentaría* y exlraparlatneutaríu, desde 1865 i 18flÜ* 



— 74 — 

liesultado de la influencia revolucionaria, de la virili- 
dad de los reformistas portorriqueños, del celo de loa repre- 
sentantes parlamentarios de éstos y de la sinceridad y las 
patriótioas disposiciones del partido radical dirigido por el 
Sr« D. Manuel Buiz Zorrilla (y en cuyas filas tomamos 
puesto casi todos los diputados reformistas de la pequeña 
A a tilla), fué la actitud de este partido y del ministerio que 
lo representó en el poder, á partir del otoño de 1872. 

SI mérito de lo que los radicales hicieron entonces no es 
discutible; pero también hay que reoonooer que su nobilí* 
sima acción no pudo pasar de una vigorosa iniciativa, cuyos 
efectos se palparon inmediatamente en la crisis de la mo- 
narquía, determinada por la conjura de todos los elementos 
reaccionarios de la época, los cuales oemo antes he indicado, 
buscaron como les mejores pretextos, la política que se ini- 
ciaba respecto de Ultramar y la célebre cuestión de la refor- 
ma del Cuerpo de artillería. 




111 



Estamos ya en 187 1: en aquel tempestuoso periodo en el 
caal Cuba se hallaba entregada á las pasiones de la guerra 
dril, y la Península luchaba desesperadamente con dificulta- 
des de tal número 7 tal naturaleza, que quizá no tienen pa- 
recido en toda nuestra historia contemporánea. No es posi- 
ble olvidar un momento que por aquel entonces hubo en la 
Península la guerra carlista y la sublevación cantonal, 
amen de la conspiración alfonsina, complicada con las gra- 
vea consecuencias de la desorganización del cuerpo de arti- 
llería y de la reserva Ó casi hostilidad de todos los Gobiernos 
de Europa, Mas tarde explicaré cómo no fueron tampoco 
muy lisonjeras nuestras relaciones de entonces con la Repú- 
blica norteamericana. 

£1 dato es de monta para apreciar el mérito y alcance 
(ta ciertas resoluciones. Porque evidentemente no tiene el 
mismo valor lo hecho, ni aun lo intentado en aquella an- 
gnatiosa época y lo realizado en épocas recientes de calma y 
de orden relativos. 

Aparte de la gravedad intrínseca del problema ultrama- 
rino y de la circunstancia de que sus asperezas y conflictos 
h?an sido sistemáticamente utilizados por nuestros partí- 




— 76 — 

dos conservadoras y en general por los monárquicos para 
dar batalla á los liberales y concitar en daño de éstos todas 
las susceptibilidades y preocupaciones, no es de olvidar que 
durante aquel crítico periodo, la insurrección cubana se 
mantuvo en nna intransigencia absoluta, sin que sus direc- 
tores ó sus soldados, se prestaran á escuchar una sola pala- 
bra que no tuviera, por supuesto, el reconocimiento explícito 
de la independencia de la Isla. 

Error de los insurrectos ó fuerza de la insurrección. No 
discuto la causa. Establezco el hecho; asi como el da 
la absoluta imposibilidad del partido republioano español 
de aceptar ni por un momento el tal supuesto. 

Pero además es imposible excusar la actitud por todo ex • 
tremo alarmante de las autoridades de la Grande Antilla en 
los primeros días de la instauración de la República. Re- 
cientemente el 8r. D. Miguel Morayta ha publicado en su 
Biiíútia de España un interesante documento, que releva 
de toda otra prueba. 

El citado historiador dice que llegado un telegrama del 
Ministro de Ultramar, D. Francisco Salmerón, al Gene- 
ral Ceballos Gobernador Capitán General de Cuba partici- 
pándole la proclamación de la República, reunió Ceballos 
Junta de Autoridades locales de la Isla y luego expidió 
esta circular telegráfica. 

i Proclamada la República en España por abdicación de 
>Ü, Amadeo, las Autoridades reunidas en Junta han acor- 
»dado por unanimidad resistir á todo trance cualquiera re- 
* forma que viniera á poner en peligro, la integridad del 
•territorio ó el modo de ser de esta sociedad. Sírvase Y • B. 
> participarlo asi á los leales habitantes de ese departamen- 
to, para que descansen tranquilos ante semejantes sucesos» 
¿confiando en el patriotismo de sus Autoridades.— Cs- 
«ballos.» 



— 7T — 

Todavía después de esto, especialmente con otros motivo» 
ta vo el Gobierno de la República do* graves rozamientos con 
las autoridades de Cuba. Primero, oon ocasión del decreto 
de 15 de Octubre de 18 73 que suprimió las facultades ex- 
cepcionales de gobemadúr de plaza sitiada, concedidas á 
loa Capitanea generales de aquella isla la Real orden de 28 
de Mayo de 1825 y que rae tífico el Real decreto de 2* de 
Noviembre de 1867. Esta resolución de 15 de Octubre, vino 
á acentuar la tirantez producida por otro decreto de 11 del 
propio mes, por el cual se revoca el del Gobernador ge- 
neral de 16 de Octubre de 1872 sobre deslinde de atribucio- 
nes entre el Gobernador civil de la Habana y el jefe de la po- 
licía de aquella ciudad. En el referido decreto de 1 1 de Oc - 
tabre de 1873 se dice: i que la autoridad superior de la Isla 
ti atendrá (sic) á lo preceptuado en el Reglamento de 30 de 
Enero del fio y i los decretos de 27 de Marso y 7 de Junio 
de l&7ü t que claramente determinan las atribuciones que en 
punto á policía competen al Gobernador político de la «Ha - 
ba&a.i 

EL otro rozamiento, ó mejor dicho, la otra serie de rosa-. 
mitiGtos se produjo con ocasión del viaje que hizo á las An- 
tillas el ministro de Ultramar D. Santiago Soler y Plá, á 
fines de 1 873- £1 Capitán general de Cuba, en el primer casc 9 
bízo observaciones manifestando su opinión de que se lo 
desarmaba en medio de muy criticas circunstancias. En el 
segando, aquella misma autoridad discutió insistentemente 
la inspección del Ministro en el territorio sometido á la ju- 
risdicción del Gobernador general antillano. No eran estas 
las mejores circunstancias para que el Gobierno republicano 
pudiera obrar con la energía que pedían sus compromisos 
jttliticos y la grave situación de nuestras Antillas. 






— 78 — 

Añádase & esto otra consideración: la de que asi corno- 
toda reforma en sentido liberal qoe les conservadores- 
adopten ó pueden adoptar contará siempre con el apo- 
yo 6 por lo menos el respeto de todas las oposiciones libe- 
ralea, de traerte que realmente no tendrá oposición, asi la» 
reformas hechas ó intentadas por los partidos avanzados 
han tenido siempre que lachar con la resistencia de todos los- 
demás partidos, de lo que no es pequeña muestra la famosa- 
Liga de carlistas, moderados, conservadores y constitucio- 
nales de fínes de 1 872 contra la reforma provincial y la abo - 
Jírión de Ja esclavitud en Puerto Bico, acometida por nues- 
tros radicales y republicanos. 

Lo cual quiere decir que el solo pensamiento de aquellas- 
reformas tiene más mérito que las tres cuartas partes de la 
hecho de 1 879 á esta parte, en condiciones perfectamente 
favorables para los que han realizado ahora, en este ultimo- 
período, mucho menos de lo que los radicales y republicanos- 
pretendieron y realizaron á despecho de una ciega oposición,. 
hace veinte años. 

Con tales antecedentes, veamos loque la República hizo en 
obsequio de nuestras Antillas en aquel período de prueba. 

Luego veremos lo que hicieron después y lo que hacen 
hoy les republicanos en relación con las soluciones libérale* 
ultramarinas, más ó menos resistidas en público y de una. 
in añera olicial, por los elementos gobernantes. 

Porque obras son amores é importa llevar todas las par- 
tidas á la cuenta. 

La primera partida la constituye una délas medidas de- 
mayor transcendencia adoptada por el Gobierno español res* 
pecto de los complicados— verdadera ó falsamente— en lav 
insurrección separatista cubana. Tal es el decreto de 15 de* 



_ 






— 79 — 

Julio de 1373» que declaró « alzados todos loa embargos de* 
bienes resillados en los de los insurrectos é infidentes de la 
Isla de Cuba, por disposición, guhtrnatiwitk consecuencia 
del decreto de 20 de Abril de 1869, i 

Poco tiempo después, el mismo Gobierno (en 16 de Sep- 
tiembre de 1873) «suspendía la ventado loa b ien es procedente» 
de causas incoadas ¿ reos de infiieucia declarada» , conolu- 
j«ado en 1 5 de Octabre del propio año por disponer que ino 
se tomase en la Habana resolución alguna sobre estedelicado 
particular sin previa y especial consulta del Gobierno de la 
República.» 

El valor de estos acuerdos debe apreciarse, no ya sólo- 
bajo el ponto de vista del derecho de gentes y de la morali* 
dad pública que en los preámbulos de estos decretos se in- 
vocan, si que también, muy singularmente, como medios 
para facilitar el regreso & la legalidad j á la ciudadanía es- 
pañola de centenares de personas ya castigadas por la 
uiaeria y el ostracismo» ya constreñidas á permanecer 
en el campo separatista por el embargo de sus bienes y la 
ninguna esperanza de recobrarlos, sin volver á duba y po- 
nerse al alcance de las pasiones de la guerra civil. 

Lejos de mi el escatimar el menor aplauso al señor gene- 
ral Martínez Campos por la resolución con que mucho des- 
pués de la época á que me refiero, puso término á to- 
da clase de embargos, acordando la devolución de loe 
bienes á todos cuantos habían sido privados de ellos por cual- 
quier procedimiento; pero sí me ha de ser licito observar que 
nssta medida, dictada en vista de la sumisión de los insu- 
rectos y ya casi establecida la paz, (hacia 1378) ha sido 
j nata y grandemente celebrada entrando por no poco en las 
dmpatias que han acompañado al señor Cien eral citado en el 



— 80 — 

penúltimo periodo da su mando en Coba, jcon cuánto mayor 
motivo no deben ser celebrados loe decretos del Gobierno de 
la República de Julio, Septiembre y Octubre, expedidos 
«n el período álgido de la guerra, por puro amor á los prin- 
cipios de Derecho y á pesar de todo género de preocupacio- 
nes y censuras! 

Y catas resoluciones se oonoertaban con otros decretos, 
como los de 17 de Abril, 12 de JulúTy 1.° de Agosto sobro 
deportados y confinados cubanos cuya situación económica y 
penal recibió un grande alivio, '.digno de tanta mayor estima, 
cuanto que aquello tenia efecto en un periodo en el cual no 
regían aun en Cuba la ley de Orden público, ni el Código Pe- 
nal, ni la Ley de Enjuiciamiento criminal. Después de oon- 
cluida la guerra y dentro de la Restauración, los confinados 
no gozaron de mayores ventajas! siendo así que lo que pro- 
cedía» por el mero hecho de haberse promulgado la Constitu- 
ción en las Antillas en 1881 (y dado que su deportación en 
la mayor parte de los casos fué producto de medidas excep- 
cionales de Justicia que no podían imponer una pena bo- 
rrada de nuestros Códigos y nuestras prácticas hace más 
de cincuenta años) era su libertad inmediata é incondicional. 

Pero no pararon aquí los cuidados del Gobierno republi- 
cano respecto de la isla de Cuba. Bien por lo contrario de lo 
que hicieron los partidos de la Restauración hasta 1881, el 
Ministerio de Ultramar, que desempeñaron sucesivamente 
los Srei, Sor ni, Palanca, Snfier, y Soler, tomó otras medidas 
muy gcaves respecto de la política ultramarina» 

lia cuestión social cubana fué estudiada en sus dos aspeo- 
tos: la de los asiáticos y la de los negros. 

A principios de 1873 se había planteado la ley de aboli- 
ción inmediata en la isla da Puerto Rico (de que hablaré 



— SI — 

después) y en 15 de Septiembre se autorizaba la constitución 
en la Habana de ana Sucursal ó delegación de la Sociedad 
Abolicionista Española, cayo fin no es necesario expresar, 
caja aotvidad y celo fueron extraordinarios, y cayos 
efecto* podrían calcularse sobre el texto de la orden de 
24 de Marzo de 1873, qne denegó la peregrina cnanto anti- 
patriótica resolución propuesta por el Gobernador general 
de Cuba, respecto á la situación de los esclavos empadrona- 
do* fuer» de término. 

Ea edta orden el Gobierno de la República estableció 
que era de todo panto necesario «poner inmediatamente en 
libertad á los negros» qne á despecho del Real decreto de 29 
de Septiembre de 1866 sobre represión y castigo del tráfico 
negrero, no aparecían inscritos como taies esclavos en el 
censo que debió concluirse en 1867. Y concluía el 8r. Mi- 
nistro Sornl, «recomendando mu y especialmente el pronto 
y estricto cumplimiento de la orden reservada de 5 de Agos- 
to de 1872 respecto á la remisión de datos estadísticos, adun- 
dantes y detallados , sobre la cuestión de esclavitud.» 

De esto resaltó la libertad de unos 10.000 negros en todo 
al año 73. Pero la República cayó, y cayó en olvido el de- 
creto de 24 de Marzo. Diez años después, los amigos del 
Sr. Núfiez de Arpe, Ministro de Ultramar del partido libe- 
ral, solicitaban para éste, con justicia, el aplauso de los 
filántropos y los hombres rectos por el decreto de 9 de 
Febrero de 1883* qne lisa y llanamente reprodujo el decreto 
del Gobierno de la República . 
Lo que la Sucursal de la Sociedad Abolicionista en la Ha- 
ana (presidida en 1880 por el Dr. Francisco Giralt (1), y 

(1) Me propongo publicar dentro de poco un estudio sobre la empre- 
i abolicionista española de 1863 á 1890. Bn ól se registrará todo. 



— 82 — 

< d cuyes trabajos tomaron muy activa parte jóvenes detanto 
entusiasmo é inteligencia como los Sres. Chomat, Broeh, 
Lámar y muchos otros que ahora se escapan á mi mente), 
representó en todo esto casi nadie lo sabe. Sin ella quizá ha* 
bria sido imposible la depuración de los expedientes incoados 
á ti ü de conseguir la libertad de los negros sexagenarios y los 
no iüHcrí ptos en los registros de esclavos. Pero el' mérito de 
aquella calurosa y sostenida gestión, hay que estimarlo tanto 
en relación con el número de libertos proclamados por virtud 
de la rectificación y el esclarecimiento de los mencionados 
expedientes, como también por la animación que á la causa 
abolicionista comunicaron en la propia isla de Cuba, los 
trabajos ya atinados de la Sucursal . Después esta influyó no 
poco en la transformación de los antiguos cabildos de ne- 
gros africanos y en la constitución de sociedades y escuelas 
de gente de color, merecedoras de particular estudio, como 
uno de los datos que más avaloran la historia de la aboli- 
ción de la esclavitud en las Antillas españolas (1). 

Eewpecto de la cuestión asiática ó de los chinos, el Go- 
bierno de la República en 26 de Mayo de 1873 dispuso que 
el Gobernador de Cuba hiciera que se cumpliesen en toda 
su extensión las leyes sobre contratación de colonos chinos, 
y que ee castigase con arreglo á las mismas á las empresas 
que, ocupándose de dioho negocio, Jas infrinjtesen. 




En i nulo puede consultarse mi estudio sobre D. Fkrnando do Catiro 
(Presideota de U Sociedad Abolicionista). Un folleto, 1888. Y mi 
dUcurt o de l.* de Enero de 1874 sobre La Abolición dt la Soeitdad Aboli* 
attnitia an 1878. Un folleto en 8.' Madrid 1894. Y la colección del pe- 
riódico El Abolicionista, que se publicó en Madrid desde 1864 á 1890. 

(1) Sobre esto puede verse el folleto que publiqué en 1805, titulado: 
La rasa dt color, dt Cuba. 



— 83 — 

Y en la propia fecha se manifestaba al mismo Goberna- 
dor superior cía estrañeza con que se habían visto las con- 
tradiciones y exageradas apreciaciones de los informantes» 
en el expediente incoado para la revooación de la Real 
orden de 27 de Abril de 1871 sobre suspensión de emigra- 
ción china. Además se mandó que se oyese en este asunto al 
Consejo de Estado, 

Por aquel entonóos se adoptaron otras dos medidas de 
trascendencia. 

Por la ana quedaba autorizado el nombramiento de dos 
funcionarios públicos que inspeccionaran el trato recibido 
por los chinos en la travesía de China á Cuba, y recogiesen 
en la Habana las quejas que los chinos formalaran á su de- 
sembarco. Por la otra se mandaba que se diese cuenta al Go- 
bierno de la Metrópoli, de todas las resoluciones que se adop • 
taran en Cuba sobre inmigración asiática y se concluía dis- 
poniendo que se suspendiese la aprobación del reglamento 
de reoontrataoión de chinos hasta qu¿ sobre esta materia de 
la inmigración asiática se estableciesen medidas genera- 
les inspiradas en aquel sentido expansivo que habla pro* 
Tocado en 1872 la creación de una Comisión central de 
Colonización de la isla de Cuba, protegida vivamente por 
el Gobierno republicano por sus decretos de 26 de Mayo y 
1S de Junio, 4 de Agosto y 26 de Septiembre de 1873. 

A la par el Gobierno se ocupaba de los intereses esen- 
cialmente políticos de la Isla. Pocas pruebas más oouclu- 
yentes que estas. Por Decreto de 15 de Octubre de 1873 
fué derogada la famosa Real orden de 28 de Mayo de 1825 
que (contra el parecer del antiguo Consejó de Indias) con- 
firió al Gobernador superior de la Isla todo el lleno de 
/mitades de los Gobernadores de plazas sitiadas; Real 



— 84 — 

orden (dice el Decreto) que «6 nada añade á las amplísimas 
atribuciones que las leyes de aquellas provincias conceden 
en cejos extraordinarios á los Gobernadores generales de la 
Isla, puesto que se refiere á las Ordenanzas del ejército en 
la parte de ellas que no puede ser aplicable á los asuntos 
de Gobierno, ó supone una autoridad omnímoda é ilimitada 
como no la ha disfrutado ni disfruta representante ni dele» 
gado alguno de naciones que tienen provincias ultra- 
marinas.» 

En 24 de Octubre se aprobó el reglamento sobre organi- 
zación judicial en Ultramar para la ejecución del Decreto 
de 25 de Octubre de 1870. Es decir, no solo para que la 
previ nion de los puestos judiciales se hicieseypor oposición y 
el ascenso por concurso, previa revisión de los expedientes» 
sino para poner todo el personal y la acción toda de la jus- 
ticia en Ultramar bajo la autoridad y dependencia exclu- 
sivas del Tribunal Supremo^ conforme á la admirable y 
nunca bastante aplaudida innovación que en este particular 
gravísimo produjo el advenimiento de la República haoe 
veinticinco años. 

Completaban esta medida los Decretos de Octubre plan- 
teando el Cuerpo notarial en las dos Antillas. 

Y por otra parte, se dio el decreto de 26 de Mayo que 
desestimó la pretensión de los Padres jesuítas y escolapios 
de Coba, de que se constituyese en favor de los establecí* 
mientes de instrucción por ellos sostenidos, ventajas y 
privilegios inadmisibles en una sociedad organizada fuera 
de la tutela teocrática. 

Por último, en 14 de Octubre de 1873 fué autorizado el 
Ministro de Ultramar para visitar las islas de Cuba y 
Puerto Rico con objeto de estudiar los medios de poner ter- 



— S5 — 



mino á la insurrección, mejorar 011 situación económica 7 
preparar otras reformas. 

Con efecto, el Sr. Soler 7 Plá se embarcó para la isla de 
Cabe en el penúltimo mes de 1873, 7 allá le sorprendió la 
crida de la República. 






IV 




Por b antes dicho, claramente se comprende el sentido 
profundamente simpátioo que paralas reformas democráti- 
cas en O aba tenia el Gobierno republicano de 1873; sin 
que bastara á negar este hecho la diferente aoentnación da 
ratas simpatías, mucho más enérgicas en los Ministerios 
presididos sucesivamente por los Sres, Figueras, Pi y Sal- 
merón, que en el Gabinete dirigido por el Sr. Castelar. 

Puede afirmarse perfectamente que todo el pensamiento 
de la situación republicana era llevar á Cuba la plenitud de 
los derechos y las libertades antillanas. Las diferencias se 
reducían á que, mientras algunos pensaban que era preciso 
esperar que la paz se hiciese, bien por la fuerza de las ar- 
mas, bien, sobre todo, por efecto del convencimiento y de 
los nobles oficios de la gente conciliadora, otros estimaban 
que la adopción de medidas radicales servirían á maravilla 
para producir la paz anhelada. Por lo mismo, todos hacían 
idénticas protestas, y en el Gobierno todos los grupo* 
daban, en la esfera administrativa, verdaderos pasos de 
gigante en la obra de la redención de la hermosa Antilla. 

Todo esto tomó mayor realce oon la presentación á las 
Cortea Constituyentes, por el Sr. Ministro de Ultramar» 



— 87 — 

D. ftancteoo 8oñar y Capdevila, del siguiente proyecto de 
ley, que reproduzco al pie de 1» letra, tanto por su gra- 
vedad y aleante, oomo por ser muy poeo ocmoeido. 
Dice asi: 

«Considerando que el fundamento de la actual situación 
politice de la Nación española lo constituyen los principios 
de la Democracia, cuyo primer dogma es el de tíos Dere- 
chos naturales del hombre, anteriores y superiores á toda 
ley positiva;» 

Considerando que estos Derechos están consagrados en 
el Título I de la Constitución de 18*9; 

Considerando que los títulos siguientes se refieren á la 
organización de los Poderes públicos, sobre lo cual muy 
especialmente están llamados á entender y resolver, en de* 
unitiva y dentro de breve plazo, las actuales Cortes; 

Considerando que la situación politioo-militar de la isla 
de Cuba no puede ser parte á evitar la proclamación de los 
derechos aludidos, porque mientras los unos oponen á esta 
proclamación el estado excepcional de la Isla, los otros dan 
por causa á este estado el mantenimiento de nuestro ana- 
crónico régimen colonial en toda su absurda integridad; 

Considerando que de todas maneras y en último caso, el 
estado de insurrección sóle podría obstar al pleno imperio 
de la libertad allí donde la insurrección arde, cosa que no 
sucede felismente en la mayor parte del territorio de Cuba; 

Considerando que el advenimiento de la República ha 
despertado toda oíase de esperances en los divididos y has- 
ta hoy opuestos españoles de Ultramar, produoiendo un 
fuerte movimiento polítioo en Cuba, inspirado en un alto 
sentido de justicia y de libertad y en un generoso espíritu 
de concordia; 

Considerando que el estado en que se halla una pequeña 
parte del territorio de Cuba exige la adopción ' de medidas 
extraordinarias, al modo que al juioio de las Cortes lo 
exige la situación de algunas otras provincias de la Metró- 
poli; 

Considerando que por el mero bocho de la proclamación 
del Título I de la Constitución de 1869 en Cuba, que- 
da virtualmente abolida la esclavitud, pero que la ma- 
nera y los procedimientos para estirpar la servidumbre re- 
queren una particular atención y exigen una ley especial, 
tomo ha sucedido en todos los pueblos cultos; 



— zs — 

Considerando, por último, que oa llegada labora de salir- 
de las vanas fórmalas, las promesas indeterminadas, las 
condiciones irresolubles y los temperamentos doctrinarios, 
y que á La honra de la patria, y al interés de la República, 
importa demostrar qne sus principios son ana verdad, sus 
palabras oca ley, y sas procedimientos ana rtzon, 

El Ministro que suscribe tiene la honra de someter á la 
aprobación de las Cortes el siguiente 

PftOTECTO DE LET 

« Artículo 1.° Se declara vigente en la provincia de 
Cuba, á excepción del territorio qae ocupan ú oca paren los 
insurrectos, el Título 1 de la Constatación promulgada el 
6 de Jnnio de 1869. 

Art. 2.* £1 Gobernador superior de la proviaoia de Cu- 
ba queda autorizado para plantear la ley de facultades ex- 
traordinarias promnlgada para la Península el 2 del co- 
rriente Julio. Én virtud de esta ley, el Gobernador superior 
de la provincia de Cuba podrá tomar desde luego, respecto 
de la insurrección, todas las medidas extraordinarias qae 
exijan las necesidades de la guerra, y puedan contribuir al 
pronto restablecimiento de la paz. 

Art. 3.° La abolición de la esclavitud, implícitamente 
consagrada por los artículos 2.°, 6.°, 12, 13 y 14 déla 
Constitución de 1869, se realizará con arreglo á una ley es- 
pecial. 

Madrid 10 de Julio de 1873.— El Ministro de Ultramar, 
Francisco ¡áuñer y Capdevila.» 

Sobre este proyecto de ley (1) emitió dictamen la oomi- 
aión correspondiente, produciéndose dos dictámenes cuya, 
diferencia corresponde á lo qae antes hemos indicado. 

El primero de esos dictámenes decía así: 

• á LAS CORTES 

La Comisión permanente de Ultramar ha examinado de- 
ten idamente, y con el esmero que le ha sido posible, el pro» 



(1) Tuve el honor de intervenir ícticamente en en redacción y pue» 
do proclamar ssí la noble disposición que desde el primer momento en- 
contré en el 8r. Suner, como las resistencias de todo género qne, aun- 
'i* ti tro de la situación republicana, se opusieron á la presentación [del 
proyecto al Congreso. 



— 89 — 

yecto de ley presentado por el señor Ministro de ultramar 
y tomado en consideración por las Cortes Constituyentes» 
por el qne se extiende á la provincia de Coba el Titulo pri- 
mero de la Constitución española de 1869. 

La Comisión acepta en todos sus extremos los laminosos 
Considerandos qne al Proyecto preceden y que demuestran 
que de hoy más el Ministro de Ultramar se inspira en un 
alto criterio de justicia y de expansión, único que puede 
mantener vivo el sentimiento de la Unidad nacional alien* 
de el Atlántico, suficiente á asegurar, no sólo la integridad 
de la Patria, si que la realización de los grandes destinos 
que á España están reservados en el mundo descubierto por 
nuestros grandes navegantes del siglo xvi. 

La Comisión ha retarda «lo, bien á su pesar, la emisión de 
su dictamen en asunto tan importante, porque ha tenido en 
consideración que se discutía por las Cortes Constituyentes 
el proyecto de Constitución federal; y como quiera que en 
opinión de la Comisión este proyecto de Constitución lleva 
en si más libertades y un alto criterio de justicia» acordó re- 
tasar aquel dictamen hasta tanto que el referido proyecto 
se convirtiera en el Cód'go fundamental de la nación espa- 
ñola, haciéndolo extensivo entonces á la isla de Cuba. 

Tal era el pensamiento que animaba á la Comisión; pero 
después, por circunstancias imprevistas y que no estaban 
al aloanoe de ésta, la discusión del proyecto constitucional 
ha sido suspendida. Y no siendo el ánimo de la Comisión 
contribuir en manera alguna á que los habitantes de la isla 
de Cuba, nuestros hermanos, estén privados de los derechos 
políticos que gozan felizmente los demás españoles, la Comi- 
sión, inspirada en. estos vehementes deseos, acuerda lo si- 
guiente: 

1.° Según el art. 31 de la Constitución de 1869, se ne- 
cesita una ley cuando la seguridad del Estado exija la sus* 
pensión de las garantías consignadas en los artículos 2.°, 
5.°, 6.° y 17 del mismo Código. La Comisión no discute 
ahora la bondad de esa doctrina; la considera oomo legal, y 
se ocupa sólo de ponerla en armonía oon lo existente en 
Ultramar; esto es, oon todo aquello que no puede borrarse 
de una plumada, y cuya sinrazón, en último caso, aprecia- 
rán detenidamente las Cortes cuando sean llamadas á en- 
tender da la organización de los Poderes en nuestras provin- 
cias trasatlánticas, si es que semejante punto no queda libre- 
mente entregado á la iniciativa de los Estados particulares 
dentro de la Federación española. \ 

Porque resulta de una parte, que dada la distancia á qner 



— 90 — 

ae baila la isla de Coba, y luego, la faltado continuas y rá- 
pidas comunicaciones, será punto menos que imposible en 
ciertos casos, que el art. SI aludido sea perfectamente obser- 
vado, puesto qne á serlo, la ley votada por las Cortes llega- 
ría á deshora eu algunas ocasiones. Conviene, pues, poner 
en armonía todas estas dificultades que la distancia, cuando 
meóos, podría suscitar á veces. 

2,° Por estas rasónos, la Comisión opina que es de toda 
necesidad dar cierto desenvolvimiento y con él cierta pre- 
cisión , á un extremo consignado en el segundo párrafo del 
art» 31 , determinando la ley de Orden público, que ha de 
regir en la is'a de Cuba, como en la Península, en ciertos 
y determinados casos. 

3.° Se declara vigente en la provincia de Cuba, á ex* 
cepción del territorio que ocupan ú ocuparen los insurrectos, 
el Título I de la Constitución promulgada el 6 de Junio 
de 1869. 

4 . a La experiencia acredita la necesidad de relacionar 
los Poderes para que éstos puedan funcionar libre y desem- 
barazadamente, y en esta atención la Comisión cree de alta 
y justa urgencia que el Gobierno de la Metrópoli invista al 
Gobernador oivil de la isla dé Cuba de las mismas faculta- 
des que gozan los de la Península, si la aplicación de las le • 
y en ha de dar el saludable resultado que estas entrañan. 
Guando las circunstancias políticas lo exijan, el Gobernador 
civil, á su juicio, resignará el mando en el Capitán general. 

5 - ° El Capitán general de la provincia de Cuba queda 
entonces autorizado para plantear la suspensión de las ga- 
rantías consignadas en los artículos 2.°, 6.°, 6.° y 17 del 
mismo Código cuando así lo exijan las circunstancias políti- 
cas en aquella provincia, dando inmediatamente cuenta al 
Gobierno supremo de la nación para que estelo ponga en 
conocimiento de las Cortes, las cuales aprobarán, si lo esti- 
maren , en el más breve plazo. Bilas Cortes tuviesen sus- 
pendí da a sus sesiones, el Gobierno podrá determinar en es* 
te caso lo que crea más conveniente, dando cuenta á las 
Cortee cuando éstas funcionen. 

6.° Por lo demás, la Comisión está en un todo conforme 
con al Proyecto referido, y cuya aprobación somete á la sa- 
bia y alte, consideración de las Cortes Constituyentes. 



PROYECTO DE LEY 



Artículo 1 ,° Se declara vigente en la provincia de Cuba, 
Í excepción del territorio que ocupan ú ocuparen los inga- 



— 91 — 

rwt9&» el Titalo 1 de la GoQBt'taoión promulgada en 6 de 
Junio de 1861. 

Art. 1,* El Gobernador superior de la provincia de Ca- 
be queda ameritado para plantear la ley de facultades ex- 
traurdinarias promulgada para la Península el 2 del pro* 
ximo pasado Julio. En virtud de esta ley, el Gobernador 
superior de la provincia de Coba podrá tomar desde luego» 
reipecto de la insurrección, todas las medidas extraordina- 
ria qne exijan les necesidades de la guerra y puedan con- 
tribuir al pronto restablecimiento de la pas. 

Art. 3.* La abolición de la esclavitud, implícitamente 
consagrada por los artículos JA 6.°, 12, 13 y 15 de la 
Constitución de ISO?, m realizará con arreglo á una ley es- 
pecial. 

Palacio de las Cortes 2 de Septiembre de 1 873.— José Ra- 
món Fernández, — Manuel García Marqués— Enrique Cal- 
vo.— Manuel Corchado.» 

El 3r, Corchado era diputado reformista de Pnerto Rico. 

Los demás eran diputados de la Península y todos federales. 

El segundo de los dictámenes aludidos, decía lo siguiente: 

•Lee Diputados que suscriben, individuos de la Comisión 
de Ultramar, 

Considerando que el planteamiento del Título I de la Cons- 
titución en la isla de Cuba, según lo propone la Comisión, 
podría ofrecer gravísimos inconvenientes en la situación ex« 
espolona] por qae atraviesa la mención» da provincia; 

Considerando qne cuando se trata de la suspensión de 
garantías en la Península, y se funda esta medida en que 
hav en ella quien con las armas en la mano grita €j muera 
la República! ■ no seria lógico llevar dichas garantías á 
Cuba, donde hay quien de la misma manera grita «jumera 
España?» 

Considerando qne es casi seguro que los partidarios de la 
insurrección separatista intentarían, á la sombra de las ga- 
randas constitucionales, levantar la bandera de dicha insu- 
rrección en la parte occidental de la isla, que afortunada- 
mente se ha mantenido hasta ahora dentro del orden; 
. Considerando que los insurrectos de Cuba no han depues- 
ta las armas, á pesar de las repetidas ofertas hechas por el 
Gobierno de qne cuando esto tuviera lugar se llevarían á 
dicha isla todas las libertades de la Metrópoli; 



— 92 — 

Considerando que en la dignidad del Gobierno no cabe 
la oonoeeión de las libertades que se piden con las armas en 
la mano y al grito de •[ muera España!», 

T considerando, por último, que no es razonable ni insto 
realizar las antedichas reformas en tanto que aquella pro- 
vincia no tenga en las Cortes su legitima, y para ello ne- 
cesaria representación, 

Piden á las Cortes se sirvan disponer que por ahora no 
ha lugar 4 declarar vigente en la isla de Cuba el Titulo I de 
la Constitución. 

Palacio de las Cortes 12 de Septiembre de 1873. — Juan 
Fernández de Cuevas. — Pablo Bernales. — Gumersindo 
Hondea Brandón. — F. Puente Jiménez, » 

Importa mucho insistir en la especie de que aun los que 
en las Cortes Constituyentes del 73 parecían un tanto rea- 
cios á las reformas ultramarinas con aplicación á Cuba, no 
lo eran en principio y sólo ponían como condición de 
una política radical análoga á la de la Península, el previo 
establecimiento de la paz en aquella comarca. Es decir, que 
Cuba se colocase en la propia condición en que se hallaban 
Galicia ó Castilla. 

Por de contado esto no quiere decir que dentro del parti- 
do republicano dejaran de existir individualidades, que 1 an- 
tes como ahora, por contradicciones que explican varios mo- 
tivos, pero de modo siempre lamentable, fueran adversarios 
de toda política expansiva. Aquí y fuera de aquí no faltan 
demócratas de esos que creyendo en el dogma de los derechos 
naturales del homire % sin embargo solo ven y comprenden 
al ser humano dentro de la latitud europea. Ni faltan de- 
magogos que una vez llevados á la secretaria de un gobierno 
civil, entienden que es causa de una declaración de estado 
de sitio el hecho de que dos personas hablen alto en un oafó* 
Tampoco puede sorprender á nadie que el republicano qne 
gozaba de un privilegio como el de las harinas de Santander 



5. 



— 9* — 

•en Cuba, ó la casi prohibición de los tejidos 6 los hierros ex- 
tranjeros en si mercado antillano, 6 la pingüe cesantía de tul' 
•empleado ultramarino, con el mismo calor con que atacaba en 
la Península los consumos, las qnintas y los fatulos nobilia- 
ria de que ól no disfrutaba, defendiera la dictadura colonial 
y la explotación mercantil de nuestras Antillas que le favo- 



Son excepciones que confirman la regla general. Esta en 
-el caso presente la acusan el proyecto y los dictámenes antes- 
reproducidos. T lo demuestra elocuentemente lo sucedido 
después de 1873 en las filas de la oposición republicana, muy 
trabajada, bien que sin éxito, para que rechazase á los auto- 
nomistas antillanos. De ello hablaré en su oportunidad. 

Todavía ademas del problema político existía en 1873 
ana cuestión: la abolición de la esclavitud. Respecto de ella, 
después del decreto del Sr. Borní (24 de Mano de 1873) 
•obre libertad de los negros no inscriptos en el oenso de es- 
clavos de 1368, hay que atenerse á las esplicitas manifesté 
•dones de los señores ministros Sorni, Sofier y Palanca. 

En la sesión de 28 de Junio de 1873, preguntado el señor 
ministro Suñer por el diputado 8r. Araus, anunoió su pro* 
pósito de presentar, tan luego como el tiempo le consintiera 
-enterarte de la cuestión, un proyecto de ley cal objeto de 
poner inmediatamente en libertad á los 300 ó 400.000 es- 
clavos que gemían en la isla de Guba % » Esta notioia fué 
•acogida por grandes aplausos de toda la Cámara. 

En la sesión del 2S de Julio del propio año, el ministro 
ir. Palanca, preguntado por el Sr. Betanoourt, diputado re- 
formista de Puerto Rico, anunció cque el proyecto de abo* 
limón de la esclavitud en Cuba estaba muy adelantado, y 
tue por más que pensaba librarse ouauto antes de la pesada 



— 94 — 

carga del podtr, abrigaba la «parama de que todos mi sa~ 
orificios serian por Dios recompensados, permitiéndole leer* 
pronto aquel proyecto de ley deede la tribuna del Congreso. •- 

Y el Sr, Sorní, en la propia sesión, afirmaba que tai él 
hubiera continuado en el Ministerio (de donde salió en el 
mes de Mayo), no hubieran transcurrido más de cuatro 6- 
cinco días ain que hubiera traído á la Cámara una ley de 
abolición de la esclavitud,» con tanto mayor motivo cnanto 
que los propietarios de Cuba estaban ceonformes en aceptar 
la abolición in m ediata y sin indemnización.» 

Al lado de todas estas declaraciones y de los decretos po- 
sitivos de aquel laboriosísimo período de dies meses, pón- 
ganse les vagas promesas, las frases huecas, las medidas 
contradictorias y las resoluciones tímidas de los siete afios 
de la Reatan ración. 

Porque dados todos los datos antes consignados, ¿qué hu- 
biera hecho el Gobierno de la Bepúblioa en Cuba si en esta 
isla se hubiera producido la paz como se estableció en 1878?* 

Responda el ejemplo de Puerto Rioo. 



Se lleva Cuba de tal suerte la atención del público, que 
con macha frecuencia por aqui se ha entendido que Puerta 
Bieo era, como Puerto Principe, nna provincia cubana, T es 
tal la flaqueza de muchos liberales de reservar su admiración 
parales hombres y los hechos de los conservadores, que no 
sorprende el sistemático olvido y hasta el desdén que aun 
Iob propios reservan parala isla borinqueña en uno de los 
periodos más brillantes de nuestra historia colonial. 

Por eso aqui apenas sé oye hablar de lo sucedido en 1873. 
en Puerto Rico. Un cambio los cónsules extranjeros en sus 
extensos informes á sus respectivos Gobiernos, los discursos 
de los Regentes de la Audiencia de Puerto Rico sobre la mo- 
ralidad y criminalidad del país, los estados de Aduanas res» 
pMto de la importación y exportación, loe artículos de re* 
vistas y periódicos de Inglaterra, Venezuela, Norte Amó* 
rica, Francia y Hamburgo arrojan datos á montón para ro- 
bustecer un juicio favorabilísimo respecto de la obra reali- 
tda en aquella isla hace diez años per el Gobierno de la 
lepúbliea. 

No voy ahora á entrar en muchos pormenores. El que 
Bien algunos puede consultar la Memoria que hacia 1874 



— 96 — 

publiqué por encargo de la Sociedad Abolicionista Español* 
non él título de cuna Experiencia abolicionista. • O los dos 
últimos discursos que yo pronunció en uno de loa banquetes 
€on que los abolicionistas españoles conmemoraban anual* 
mente la abolición de la esclavitud decretada para Puerto 
Eioo el 22 de Marzo de 1873. 

Vamos á los hechos oficiales que reduciré á tres. 

Las leyes provincial y municipal de 1872. 

La Ley de abolición inmediata y simnltánea de la escla- 
vitud. 

La extensión á Puerto Rico del Titulo I de la Con* tita* 
tiión de 1869. 

Después de esto hay que poner la administración serena 
é imparcial del señor General D. Rafael Primo de Rivera; 
el decreto de 26 de Julio de 1873 para que se remitieran por 
el Gobernador de la Isla al Ministerio couantas publicado* 
nes y periódicos diesen á conocer tendencias ó interesas so ■ 
cíales apolíticos, para formar verdadero juicio acerca del 
estado de la provincia y de las necesidades principales» y 
el decreto de 14 de Octubre que autorizó al Ministro de 
Ultramar para visitar la isla de Puerto Rico, apreciar «1 
resultado de las reformas allí introducidas y resolver lo que 
estimara conveniente á su administración y gobierno. 

Hay que ¿epetir que las leyes provincial y municipal 
de 1872 tienen la fecha de 1870. Sin embargo, en esta últi- 
ma no se planteó mas que la ley provincial con algunos re- 
cortes é interpretaciones contraproducentes. Con todo eso 
los Ministros que hicieron aquella reforma y las situa* 
ciones que parecieron aceptarlas, quedaron bien con la opi- 
nión liberal de la Península, con los Gobiernos extranjeros 
y con el mundo culto. Pero tampoco no quedaron mal 



^ 



— 9fr — 

oon lo» elementos conservadores y burocráticos da Puerto 
Rioo que consiguieron que en el particular de la vida más 
intima de aquel pata so se saliese del statuo q%o % dejando las 
leyes citadas para inofensivo ornamento de la Colección le- 
gíalativi. La opinión quedó desorientada. Repito que no ea 
este el menor pecado de la política colonial española. 

Fué necesaria la venida de los últimos días de la monar* 
qoia democrática y los primeros de la República, para que 
el Ministerio presidido por el Sr. Ruis Zorrilla decretase el 
planteamiento inmediato ó íntegro de las dos leyes de 1870. 
Ea por todo extremo instructivo el preámbulo del Real 
decreto de 13 de Diciembre de 1872 que dispuso que desde 
lugo se aplicase á Puerto Rioo la ley municipal de 1870 y 
en el cual se hace brevemente la historia de lo sucedido 
desde esta última fecha hasta fines del año 72. 

El Ministerio de Ultramar, por decreto, y á pesar de 
existir las Cortes, dispuso en 28 de Agosto de 1870 que se 
plantease en Puerto Rico el proyecto de ley municipal pre- 
sentado á las Constituyentes, pero el Gobernador superior de 
Puerto Rioo biso observaciones en el sentido de modificar 
el proyecto. Consecuencia de esto fué el aplazamiento de , 
la aplicación de éste. 

El Gobierno de Madrid estimó y aprobó las modificacio- 
nes propuestas por el de la pequeña Antilla y dispuso que 
oon estas novedades se aplicase enseguida la reforma mu • 
lieipal portorriqueña. Pero después de publicado este de- 
creto de 1870, reformado, en la Gaceta de Puerto Rico, el 
~ >bierno de aquella isla suspendió su ejecución, porque 
amó neoesarias otras modificaciones. Y la reforma quedó 
suspenso hasta que en 13 de Diciembre de 1872 el Go- 
rao metroBolitioo, aceptando las nuevas rectificaciones y 






— 98 — 

kd arémonos de la autoridad superior de la Antilla menor» 
dispaso otra vea que se llevara á electo lo resuelto dos afio» 
antes, teniendo en cuenta que en el disetirso de la Corona. 
de 1872 se habla dicho cque no habla peligro en llevar á 
Puerto Rico las reformas neoosarias para su organizaren, 
politica y administrativa!. 

Asi y todo, en el Beal decreto de 1872 se autoriió al Go- 
bernador de Puerto Rico para introducir un articulo adi- 
cional en la leforma de 1870. Después de esto es ocioso* 
decir la fuerza que todavía dentro de la Revolución de Sep- 
tiembre tenia el prejuicio favorable al poder ministerial res- 
pecto de Ultramar, asi como los grandes motivos que los li- 
berales ultramarinos han tenido siempre para dudar de que 
las victorias alcanzadas por la justicia y la libertad en el 
Parlamento y la Qaeeta, transciendan inmediata y positiva* 
mente á la vida colonial. 

Por lo mismo puede dudarse mucho que el decreto da 
] 3 de Diciembre de 1872 se hubiese convertido en realidad 
allende el Atlántico á no sobrevenir en la Metrópoli la Re- 
pública y con ella algunas disposiciones especiales del Mi- 
nisterio de Ultramar en sentido favorable al vigoroso plan- 
teamiento y desarrollo de la doble reforma municipal y 
provincial de 1870. 

La importancia de las leyes citadas la demuestra la re- 
producción de algunos de loe conceptos del Preámbulo de la 
ley provincial y un simple extracte de las disposiciones 
principales de esta y de la ley munioipal. 

* lasada la ley provincial de la Península — dice el men- 
cionado Preámbulo— en un elevado espíritu desoentralizador 
y armonizadas en ella del modo que la sabiduría de las Cor- 
tea halló más oportuno, las facultades del Poder central re- 
presentado por el Gobernador, con la independencia y vita- 




— 99 — 

V/ká de loe intereses provinciales, una ley para Puerto Bieo 
inspirada en ese espirita, tolo necesita dar mayor desarrollo 
á estos extremos y ponerlos en armonía con las condioiooes 
«apénales de aquella isla. A la distancia á qne de laPeninsu- 
la se encuentran las provincias de América, la vida local re- 
clama para en desarrollo ana independencia completa en la 
dirección de los intereses y en la gestión de SU9 negocios es- 
penales, y exige en cambio una concentración más vigorosa 
y me acción más deeembarasada y más enérgica de las fa- 
cultades del Poder oentral 

A este ponto de vista general obedeoen las modificaciones 
qae con relación á la ley de la Península encierra el proyec- 
to Asft, en el panto más importante, qae es el 

de la* atribuciones políticas del Gobernador, además del 
derecho de publicar las leyes, dictar los bandos, imponer 
multas y reclamar el auxilio de la faena armada, se le au • 
toril* para suspender las asociaciones que comprometan la 
seguridad del Estado y cerrar los establecimientos de ense- 
ñanza qne se encuentren en el mismo ceso, para convocar 
la junta de Autoridades, para suplir la acción de las corpo- 
raciones populares cuando esta no sea suficiente, y además 
para suspender los decretos del Gobierno y de otras autori- 
dades, aunque con los requisitos, limitaciones y fórmula? 
acocearías 

Asimismo se ha creído conveniente y necesario para la 
buena administración establecer un sistema especial de re- 
cursos de aliada oontra los actos del Gobernador, ya para, 
ante el mismo, ya para ante el Gobierno supremo. 

De la misma fuente emanan las facultades administrati- 
vas oonoedidas al Gobernador para trasladar los funciona- 
rios, suspenderlos en casos necesarios, imponer multas á las 
corporaciones y á los mismos funcionarios dependientes de 
su autoridad, y suscitar las competencias que fuesen nece- 
sarias. 

La aplicación de este principio exigía como su inmediata 
oonsecuenoia una extensión análoga de las facultades de la 
Diputación provincial para atender á la misión que se la 
confia. Por esto el Ministro que suscribe ha creído necesario 
dar más amplitud á las atribuciones naturales de una Dipu- 
láón, determinando especialmente todas sus facultades, y 
utorizándola para diotar medidas de carácter general y 
)ligatorio sobre instrucción, obras públicas, bancos y so- 
ledades, asi como para contratar empréstitos que exoedan 
e 250.090 pesetas; pero estas medidas exigirán la aproba* 



— 100 — 

cióa del Poder legislativo ó que éste deje transcurrir un afta 
ejiD revocarlas, en cayo ceso se entenderán definitivamente 
a¡ re bada s. 

Igualmente podrá la Diputación presentar para los cargos 
eultisiástioos, informar sobre el establecimiento de nuevos 
impuestos, proponer ia creación ó la modificación de los ar- 
bitrios y recursos locales, y, en una palabra, tomar la ini- 
cjhtiva en todas aquellas cuestiones qne, aun cuando de 
competencia exclusiva del Gobierno, necesiten reformas 
que puedan convenir al buen régimen de la Isla 

AI mismo tiempo y á fin de completar las facultades de la 
Diputación, se le reconoce la de mantener la integridad de 
su jurisdicción estableciendo al efecto las competencias que 
poje defenderlas creyesen oportunas 

Las antiguas criticas dirigidas al sistema oolonial espa- 
ñol se han fundado de un lado en la arbitrariedad de las 
autoridades; del otro en la centraliza» con absurda y exage- 
rada de la vida colonial. Al concluir con este sistema y al 
modificar profundamente la vida colonial según el espirita 
da la revolución de Septiembre, solo había dos caminos qne 
elegir: ó la independencia completa de las antiguas colonias, 
6 bu asimilación con la Motrópoli. llamándolas á la parti- 
cipación de la vida nacional. La Cámara Constituyente ha 
adoptado este último camino, y al Ministro que suscribe so- 
lo le toca procurar interpretar fielmente el espíritu de la 
Asamblea Soberana. 

Pero al hacerlo hubiera sido pretensión injustificada que- 
rer igualar en un todo la vida de una provincia unida al con- 
t mente americano y separada del europeo por la inmensidad 
de los mares sin tener en cuenta sus condiciones geográficas, 
su historia, sus tendencias, sus simpatías, sus relaciones. La 
asimilación asi entendida serla la muerte de todo espíritu lo- 
cal, y obligaría al cabo á abandonar un sistema que, á fuersa 
de semejanzas, acabaría por quitar el carácter peculiar. 

Era, pues, preciso al establecer este sistema dejar toda la 
expansión posible y todo el desarrollo más vigoroso á los ele- 
mentos de la vida propia local y al mismo tiempo hacer en- 
t rar este nuevo desarrollo dentro de un circulo legal donde la 
i rbitrarirdad no se conociese, y donde, al mismo tiempo, la 
acción del poder central solo se sintiera para el bien «y no 
se la encontrase nunca en el camino del desarrollo y de la 
vida propia.» 



— 101 — 

Inspirada, pues, esta reforma en un elevado espíritu des- 
eentralizador, la administración provincial quedó arregla- 
da de cata manera: 

Al frente de la provincia Gustarían: un Gobernador sope* 
ñor. anxiliado en cierto» caaos por la Junta de Autoridades t 
y una Diputación provincial, formada por un Diputado por 
etoa 26,000 almas, 

£1 Gobernador superior, autoridad puramente civil, has- 
ta el extremo de que se hacía incompatible este cargo con el 
ticrcicio dé malquier mando militar, no solo era el primer 
Magistrado de la provincia en el orden administrativo, sino 
qae también desempeñaba funciones políticas en el concepto 
de representante y delegado del Poder central, cuyas atribu- 
ciones asumía para que la acción del Gobierno pudiera 
sentirse en los casos precisos pronta y eficazmente, y no 
sirviera de remora y de embarazo como ocurre hoy, fjue la 
resolución de casi todos los asuntos está encomendada al 
Ministerio de Ultramar ó al Gobierno supremo, los cuales, 
por La multiplicidad de negocios y por la distancia á que 
de las Antillas se hallan, no puede resolverlos tan pron- 
to como fuera de desear, ni con perfecto conocimiento de las 
necesidades de estas comarcas, viniendo asi el expedienteo 
y la excesiva centralización á matar la iniciativa individual 
y á impedir el desarrollo de la vida ultramarina. 

Gomo Jefe superior de la Administración, correspondía 
al Gobernador: 

Mantener la integridad de la jurisdicción administrativa, 
nscitanáo al efecto competencias á los Tribunales conten- 
ÍQso-administrativos ó judiciales; 

Representar á la provincia en todos los asuntos; 

Vigilar todos los ramos de la Administración pública. 



— 102 — 

Proponer al Gobierno cnanto oonoernioee al fomento da 
loo i nl e ro eee morales y materiales de la lela; 

Suspender, por causas justificadas en expediente, 4 los 
f unoionarios de la Administración cayo nombramiento co« 
rreepondieee al Poder oentral, dando 4 éste caenta inme- 
diatamente; 

Trasladar los funrionario^públioos, poniéndolo en como 
cimiento del Gobierno, y 

Cubrir las vacantes interinamente, é imponer maltas 4 
los funcionarios que de su autoridad dependiesen. 

Como Representante del Gobierno supremo, oempetíale: 

Publicar, circular y hacer ejecutar las leyes y reglamen- 
tos, dictando los bandos y disposiciones que jusgase nece- 
sarios; 

Reclamar el auxilio de la fuersa armada; 

Suspender toda asociación que delinquiese, ó cuyo objeto 
comprometiera la seguridad del Estado, y cerrar, en case 
de delincuencia, oualquier establecimiento de enso&aasa; 

Instruir las primeras diligencias en los delitos desoubier- 
tos por su Autoridad; 

Convocar la Junta de Autoridades; 

Nombrar, en los pueblos donde fuere necesario, delega • 
dos que ejerciesen las atribuciones del Gobierno y supliesen 
la acción de los Ayuntamientos; 

Suspender la ejecución de los acuerdos dictados por otras 
autoridades, aunque fuese de la competencia de las mismas, 
y de los decretos y disposiciones del Gobierno, siempre que 
pudiesen ocasionar perturbación en el orden moral ó mate- 
rial, ó comprometer de uu* manera grave los intereses pá- 
Mióos, dando de ello cuenta resonada al Ministro de Ul- 
tramar; 




— 103 — 

Ejercitar la gracia de indulto; 

Señalar los establecimientos en que debían cumplirse las 
condenar, 

Y, en ana palabra, ejercer todas las atribuciones de go- 
bierno que las leyes le señalaren 6 compitieran al Poder 
central. 

Por último; como Delegado de éste cerca de las Corpora- 
ciones locales, podría: 

Presidir, sin troto, la Diputación provincial, y convo- 
carla cuando la estimase conveniente; 

Suspender, mediante ciertos requisitos, los acuerdos de 
la Diputación provincial y de los Ayuntamientos; 

Suplir, por sí ó por sus delegados, la acción municipal 
7 provincial, y suspender en el ejercicio de su cargo á los 
Alcaldes, Tenientes y Concejales, concurriendo las circuns- 
tancias prescritas en la ley Municipal . 

La Junta de Autoridades la constituían: el Gobernador 
superior, el Militar, el Comandante de Marina, el Regente 
7 Fiscal de la Audiencia, el Intendente de Hacienda y el 
Vicepresidente de la Diputación provincial, y debía ser 
oída en los casos graves, y sobre todo para la suspensión de 
las garantías constitucionales, hasta que recaiga el acuerdo 
déla Metrópoli. 

De esta ligera" enumeración de las atribuciones que el 
Decreto de 1870 otorgaba al Gobernador superior de Puerto 
Itieo, se desprende que por grande que fuese la amplitud 
concedida á dicha Autoridad, no afectaba en lo más mínimo 
ala independencia déla Corporación provincial. Solo en 
árcunstanciaa extraordinarias y por motivos muy graves 
ara licito al Gobernador intervenir en los asuntos propios 
4e la Diputación, y siempre había de hacerle con 

a 




— 104 — 

justificada y dando cuenta al Gobierno inmediatamente. 

Por supuesto, qne contra las medidas del Gobernador es- 
taban el recurso contencioso administrativo y los Tribunales 
ordinarios de Justicia, por aquel entonóos inamovibles. 

Por lo demás, quedaba espedita la acción de la Diputa- 
ción provincial, á la que dejaba ancho campo el art. 46 del 
Decreto, atribuyéndole oomo de su exclusiva competencia: 

K° Cuanto se refería á la Administración local. 

2." £1 nombramiento y separación de todos sus funcio- 
narios y dependientes. 

5.* Todo lo concerniente á la administración y fomento 
de loa intereses morales y materiales de la Isla, que no oo- 
r respondiese expresamente i \o& Ayuntamientos, al Gober- 
nador superior civil ó al Gobierno supremo. 

4.° Diotar disposiciones de carácter general y obligato- 
rio para toda la Isla en materia de instrucción, obras pú? 
blicas, establecimientos de Bancos y Sociedades, contrata- 
ción de empréstitos que excediesen de 250.000 pesetas y 
otros análogos. 

Estas medidas no serian válidas sin la aprobación de las- 
Cortes, pero si pasaba el término de un año sin que recayese 
dicha aprobación, se entendían desde luego válidas y eficaces. 

:> ° Proponer en terna al Gobernador superior civil los 
individuos que habrían de ejercer los cargos eclesiástico» de 
la Isla. 

6,° Discutir y proponer en su caso al Gobernador supe- 
rior civil y al Gobierno supremo cuanto creyese conveniente- 
á los intereses de la Isla y no fuese de su competencia, ex- 
ceptuándose tan solo las cuestiones de carácter político, acer- 
ca de las cuales les estaba vedado proponer medida alguna. 

7,° Informar acerca del establecimiento de nuevos im- 



, _ 105 — 



puestee, modificación de los que existiesen y cualquiera 
otra medida de carácter financiero. 

I.° Proponer al Gobernador superior civil la modifica- 
don de eaalqnier impuesto local, y 

9.* Contratar libre y definitivamente empréstitos que no 
excediesen de 250.000 pesetas. 

Sobre esto hay qne reparar la fórmula verdaderamente 
americana y profundamente libera \ que establece la com- 
petencia de la Diputación en el párrafo 3.° Todo lo qv4 no 
se reserva expresamente por las leyes á otras corporaciones 
es de la jurisdiocióo de la Diputtoióa provincial. El sentido 
autonomista de la diaposición es evidente. 

Después nótele la brevedad del término otorgado al Go- 
bernador superior oivil para suspender los acuerdos de la 
Diputación provincial (término que no excedía de quince 
dias) y el concedido al Gobierno para ratificar ó anular esta 
suspensión, que era de dos mises, desde la salida de la co- 
municación del Gobernador por el primer correo trasatlánti* 
co de Puerto Rico; entendiéndole levantada la suspensión, 
si transcurridos cuatro meses desde que esta fué decretada, 
no se comunicaba á la Diputación resolución alguna del Go- 
bierno* En otro caso el Gobierno de la Metrópoli hacia suya 
la resolución, quedando por tanto sometido el negocio á la 
competencia de las Cortes. 

De la propia suerte es de monta el plaxo puesto á las Cor- 
tes para resolver sobre los acuerdos de la Diputación pro* 
vincial: un año. 

Por de contado, la Diputación elogia la Comisión pro* 
vincial encargada de ejecutar sus acuerdos. 

Los diputados sólo podían ser separados por sentencia de 
ks Tribunales. 



— 106 — 

lia Diputación formaba todos los años su presupuesto da 
gastos é ingresos. En el de gastos figurarían precisamente 
ciertas partidas relativas á instrucción, beneficencia, etcé- 
tera, etc., y para cubrirlos todos podía verificar un repar* 
¿¡miento entre los pueblos de la provincia. 

Estas y algunas otras disposiciones de menor importan- 
cia, per§»inspiradas todas en el decidido empeño de llevar 
á la isla de Puerto Bioo saludables reformas, garantizaban 
plenamente á los ciudadanos contra la arbitrariedad y el 
aboso por parte de los encargados de administrar ó de vi- 
gilar los intereses provinciales, y les daban completas segu- 
ridades de que eran un hecho las disposiciones consignadas 
en la ley en punto á descentralización administrativa. 

De aquí resultó una gran deseen traliaaoión, que á no 
haber sido restringida hasta el exagerado extremo que des- 
púas lo fué, por el primer Gobierno de la Restauración, hu • 
biera tenido beneficiosas consecuencias para la isla de Puerto 
Rico y sido un precedente admirable para la más complica- 
da reforma de Cuba; ni más ni menos que como sucedió á 
principios del siglo con las reformas económicas que llevan 
la firma del Intendente Ramírez de Villaurrutia. 

Pero además, el éxito de la reforma provincial de 1872, 
plasteada en 1873, constituye un argumento potísimo á fa- 
vor de los autonomistas, que insisten en sostener que el sis- 
tema que defienden no está en el circulo de las novedades 
peligrosas y menos en el de las cosas irrealizables. 

La facultad que á la Diputación puertorriqueña se confi- 
rió, de legislar acerca de la instrucción, de las obras publi- 
cas, del establecimiento de Bañóos y Sociedades, etc., etc., 
no es otra cosa que un ensayo de autonomía, deficiente sin 
duda, pero autonomía al fin, cuya práctica, como en otra* 



[ 



— 107 — 

ocasiones he dicho, constituye para Puerto Rico ano de 
§m mayores timbres de gloría, porque demostró palpable- 
mente que eBte es an pueblo digno y eapai de ejercitar todas 
ka libertades y todos loe derechos. 

Igial espirita expansivo domina en la ley Municipal. 

Dado su carácter de corporaciones económico-administra- 
tivas, encomendóse á los Ayuntamientos, como de sn exclu- 
siva competencia, U gestión, gobierno y dirección de loe 
intereses peculiares de loe pueblos, y en partiealar cuanto 
n relacionaba con el establecimiento y creación de servicios 
municipales referentes al arreglo y ornato de la via pública, 
comodidad e higiene del vecindario, fomento de sos inte- 
reses materiales y morales, buen orden y vigilancia de to- 
dos los servicios, aprovechamiento, onidado y conservación 
de todas las fincas, bienes y derechos pertenecientes al Mu- 
nicipio y establecimientos qne de 61 dependan, y determi- 
nación» repartimiento, recaudación, inversión y cuenta de 
todos los arbitrios ó impuestos necesarios para la realización 
de los servicios municipales. 

Como era natural, estableció la ley que todos los acuer- 
dos de los Ayuntamientos en asuntos de su competencia 
fuesen inmediatamente ejecutivos, sin perjuicio de los re- 
cursos que contra los mismos cupiesen. Pero hay otro géne- 
ro de acuerdos, cuyos efectos trascienden de la esfera en 
que se mueve la vida del Municipio, por más que recaigan 
en asuntos de la competencia municipal, y respecto á éstos 
eiigió la ley, para que fuesen ejecutivos, la aprobación de 
la Comisión provincial, de la Diputación provincial en pleno 
6 del Gobierno central, según los casos. 

Necesitaban la aprobación de la Comisión provincial los 
relativos á reforma y supresión de establecimientos munici- 



— 108 — 

pales de beneficencia é instrucción, á las podas y cortas 
en Loa montes del Municipio, ó á contratos qne se refirie- 
sen 4 los edificios inútiles para el servicio á qne estaban 
destinados, y á los oréiitos paitioalares á favor de los pue- 
blos. 

Era necesaria la autorización de la diputación provin- 
cial para entablar pleitos en nombre de los pueblos menores 
de 10.000 habitantes. 

V , por último, recaerían la aprobación del Gobierno cen- 
tr&l, asi los aonerios relativos al establecimiento de toda 
clase de fuerza armada, como los qne hiciesen relación á 
con frutos sobre bienes inmuebles del Municipio, derechos 
reales y títulos de la Deuda pública. 

En el oapitulo de los presupuestos municipales es digno 
de ser mencionado el art. 99. aue fija las bases con arre- 
glo á las cuales podrían rea izar sus ingresos los Ayunta* 
■lientos. Son las siguientes: 

1 .* Determinación de los arbitrios por el Ayuntamiento , 
aparta los productos de sus rentas y bienes y de un recargo 
de céntimos adioiouales á 1» contribución directa del Esta- 
do, que nunca podría subir para esfe efecto más allá del 40 
por J00. 

2 . " Pago de las multas en un papel especial creado al 
efecto. 

3.* Fijación de la riqueza imponible para el reparti- 
miento general por los mismos contribuyentes, reunidos en 
secciones. 

4 # * Distribución entre las secciones del importe total 
del repartimiento hecho por el Ayuntamiento. 

5.* Nombramiento por sorteo de síndicos en cada seo- 
ciód , para fijar lo que correspondiera por el repartimiento 



— 100 — 

general i cada individao, y apelación al Ayuntamiento del 
acuerdo de los aludióos. 

•.* Determinación por el Ayuntamiento de las especies 
•que habrían de ser objeto del impnesto de consumos, de la 
forma en que habían de tener lngir y de las tarifas por que 
as habla de regir sn exacción, las cuales no excederían 
-as ningún caso del 25 por 100 del precio medio del articulo 
ei la localidad respectiva. 

7. a Recurso de agravios ante la Diputación provincial á 
los que se creyesen perjudicados por los acuerdos del Aynn - 
tamiento. 

8.* Acción pública para acudir á la Diputación provin- 
cial y al Alcalde delegado del Gobierno contra toda ilega- 
lidad ó eztralimitación que el Ayuntamiento cometiera al 
designar los arbitrios y artículos para el impnesto de con - 
•sumos, al determinar las tarifas y modo de peroepción ó al 
•ejecutar las demás operaciones que les estaban confiadas. 

9. a Publicidad de todas las operaciones* 

Es de notar también que, dando la le/ de 1870 toda la 
•amputad necesaria á la vida de los Municipios, y recono- 
ciando el alcance de sus atribuciones, no pnso trabas á los 
Ayuntamientos de Puerto Rico en la confección y aproba- 
ción de sus presupuestos, en los cuales para nada tenia que 
intervenir el Gobierno general, bastando la garantía de que 
¿habían de ser expuestos al público cuatro meses antes de 
terminar el año económico, por espacio de quince días, desde 
la fecha en que se hiriese el anuncio en la forma ordinaria 
y los recursos concedidos 4 los vecinos contra las ilegalida- 
des y abasos que los Ayuntamientos pudieran cometer; 
aparte del derecho de inspección y vigilancia que, en repre* 
mentación del Gobierno central ó supremo, tenían el Gobsrna- 



— 1L0 — 

dcr superior civil, sus delegados especiales y en último tér- 
mino el Alcalde, que 4 su carácter de autoridad popular y 
administrativa unía el de representante del Gobierno oon 
funciones gubernativas en lo político. 

La ley municipal se limitaba á exigir que en el presa- 
puesto de los Municipios aparecieran como partidas de 
gastos las relativas á la conservación y arreglo del orden 
publico, la policía urbana y rural, la policía de seguridad, 
la instrucción primaria, la administración de las fincas y 
bienes del pueblo, los servicios municipales ya establecido* 
y especialmente el mantenimiento del culto y de los minis- 
tros católicos, el personal y material de las dependencias y 
oficinas, las pensiones y cargas de justicia que pesaran so- 
bre los fondos municipales» el fomento de arbolado, medios 
contra incendios y de salvamento marítimo, suscrición al 
Diario oficial de la provincia, contingente del Municipio 
en el reparto provincial, biblioteca municipal é impre- 
vistos, 

Los ingresos municipales eran los provenientes de bienes 
de los Municipios ó de los establecimientos de instrucción» 
beneficencia y otros análogos; recargos sin limitación sobte 
las contribuciones directas que percibe el Estado; impuestos 
sobre determinados servidos é industrias; impuesto de con- 
sumos y repartimiento general y proporcional entre los ve- 
r i n os y hacendados del término municipal. 

Nuevas garantías para los administrados por el régimen, 
municipal de 1872 y al propio tiempo para los administra* 
dore?, eran los recursos y responsabilidades que oon arre • 
glo á la ley nacían de los actos de los Ayuntamientos. 

El Delegado del Gobierno, el Alcalde ó el Gobernador 
superior civil podían suspender los acuerdos municipales 



— lil- 
es dos casos. El primero: cuando hubieran sido diotadas en 
aiantoe que no fuesen de la competencia municipal. Segun- 
da «ao: cuando infringieran expresa y terminantemente día» 
posiciones de caricter general. Era indiapenaable, siempre, 
qpela suspensión fusta razonada y con expresión concreta y 
precisa de las disposiciones en qne se fundaba. En el primera 
de los casos antes eefi alados, si la suspensión viniera del 
Alcalde, el Gobernador pasarla el negocio á la Diputación 
provincial para que ésta, en el término de un mes, resolvió- 
le en definitiva. En el otro caso, el Gobernador, también en 
•) término de un mes, resolverla por si ó elevarla el asunta 
■1 Ministerio de ultramar. 

Pero todavía iba la ley más lejos, concediendo á los par- 
ticulares el derecho de acudir á los .funcionarios menciona» 
des en demanda de suspensión de los acuerdos de los Ayun- 
tamientos, cuando debiendo haberla decretado por si no lo 
bebieran hecho; y á todos los que se creyeren perjudicados 
en sus derechos por los acuerdos municipales no compren- 
didos en el caso anterior, el de reclamar contra dios me» 
diente demanda ante el juez ó tribunal competente. Por 
último, el art. 123 hacia personalmente responsables al Go- 
bernador superior, á su delegado, al Alcalde y á loa vocales- 
de los Ayuntamientos y Diputaciones provinciales de loa 
daños y perjuicios indebidamente originados por la ejecu- 
ción ó suspensión de los acuerdos de aquellas oorpora- 



No solo aloansaban las atribuciones de los funcionario» 
tates citados á los casos de extralimitaron de las recono- 
cidas á los Ayuntamientos, si que también á los de omi- 
nen de los actos que las leyes les encomendaban. Y se otor- 
gaban igualmente á los particulares el derecho de denunciar 



, - 112 - 

estas omisiones á Ut autoridades superiores, cuyas faculta- 
des en esto panto variaban desde el mero requerimiento k 
los Municipios para que ejecutasen en nn plazo fijo el neto 
ó fancióa que no hubiesen realizado, hasta la suspensión 
del Ayuntamiento, y la designación de nn delegado que 
ejerciese las funciones asignadas á éste, dando cuenta á la 
Diputación provincial. 

Sin duda alguna no es esto, en el orden provincial y co- 
lonial, todo lo que los autonomistas sostienen; no es lo que 
proponía el 8r. Daque de la Torre en su informe de 1866, ni 
aun lo contenido en el proyecto de Ley que llevó al Congre- 
so el Sr. 0, Manuel Becerra, melificando varios artículos de 
la Constitución del 1869 para hacerla aplicable á la Isla 
de Puerto ¿ico, ni en fin, lo que dice el proyecto de Ley del 
mismo Sr, Becerra sobre organización provincial de la cita- 
da Isla. 

Pero seda negar una positiva realidad el desconocer así 
el sentido des oentral izado r de las citadas leyes de 1870 y 72 , 
como su inmensa superioridad respecto de los decretos aná- 
logos que en 1878 llevó la Restauración á Puerto Rioo y á 
Cuba, y que allá se han sostenido hasta estos últimos 
días. 

No quiero hacer comparaciones. Me distraería mucho este 
trabajo- Pero si advertiré que el carácter de los decretos de 
1872 está explícitamente declarado en el Preámbulo de 
los mismos, donde se dioe h> siguiente: cEl Ministro que 
suscribe entiende que, dado el estado particular de civiliza- 
ción y cultura de Puerto Rico, es preoiso organizar allí el 
Poder de tal manera, que intervenga en todos los actos ad- 
ministrativos de alguna importancia; que conozca el dea* 
arrollo de todos los intereses; que sancione con su autoridad 




— us — 

toda iniciativa; que regale todo movimiento de verdadera 
transcendencia; que sea, en soma, el centro moderador de 
todas Jas faenas, para que, aun cuando en sn nacimiento 
y progreso se las deje en completa libertad, para enfrenar* 
las si llegan á traspasar los limites de la legalidad y de la 
conveniencia pública. 

«Sin esta organización no es posible mantener en tan apar- 
tadas regiones el prestigio de la Autoridad, ni vigorizar sn 
acción para que realice los fines de que se halla encar- 
gada.» 

Tengo por cierto que cuando hayan pasado treinta aftos 
parecerá inverosímil que en el último tercio del sigo xiX 
hayan regido en las Antillas españolas monstruosidades po- 
líticas y administrativas como los decretos de 24 de Mayo 
de 1878 respecto del gobierno y la administración de aque- 
llas Mamadas provincias: sobre todo, si se tiene en cuen- 
ta que esos decretos anularon los de 1872, ejecutados en la 
pequeña Antilla con un ¿sito extraordinario, y que el primer 
articulo de la Paz del Zanjón que se hizo en 10 de F obrero 
de 1878, dios á la letra: c Concesión á la isla de Coba de las 
mismas condioiones políticas, orgánicas y administrativas 
de que disfruta la isla de Puerto Rico. • Es decir, las leyes 
municipal y provincial del tiempo de la República. 

Conforme á los decretos de 1878, el presupuesto y las 
ordenanzas municipales dependían ^1 Alcalde y del Go- 
bernador, al panto de que cuando respecto del presupuesto 
había discrepancias entre éste y el Municipio, y en tanto no 
resolvía el Ministerio de Ultramar, prevalecía la opinión 
del Gobernador. Los Alcaldes eran nombrados por óste, den- 
tro ó fuera de la terna propuesta por el Ayuntamiento, y el 
Gobernador no resultaba responsable de nada, por haberse 



— 114 — 

suprimido, de loa decretos vigentes en Ultramar, el art. 30 
de la ley provinoial peninsular, que establéela la res- 
ponsabilidad de los Gobernadores ante el Tribunal Su- 
primo, conforme á los artículos 204 á 235 del Código 
penal. 

En cuanto á la Diputación provincial, hay que saber que 
toda ella ae contenía en la Comisión provincial, y asi el 
Presidente como los vocales de ésta eran de libre elección 
del Gobernador, al cual correspondía separarlos ó suspen- 
derlos, motivando su resolución. La Diputación entera 
podía ser suspendida por el Gobernador y disuelta por el 
Ministro de Ultramar, so'o consultando al Consejo de Es- 
tado. 

Pero aun comparando lo queja República realizó en 1873 
con lo que después de 22 afios se decidió 4 proponer y ha- 
cer el partido liberal de la Restauración, no creo que queda 
por bajo la situación revolucionaria. 

Porque la reforma municipal de 1895 deja subsistente el 
censo electoral de los 5 pesos en las Antillas, y reconoce al 
Gobernador general el derecho de nombrar alcalde, eli- 
giéndolo dentro de la corporación municipal. 

Además, en Cuba, la Diputación provincial carece del de- 
recho de resolver en definitiva sobre las suspensiones de los 
acuerdos municipales que resuelve solo el Gobernador. 

Y cuéntese que no ha||o de la extraña manera de ha- 
berse aplicado á Puerto Rico la ley de 1895, por los decre- 
tos de Diciembre de 189S, opuestos en muchas partes (siem- 
pre en sentido reaccionario) 4 la ley que pretendían des- 
arrollar, y cuya oposición perjudica lo indecible á la 
confianza qne debe ponerse en la eficacia de las posteriores 
y m¿s expansivas reformas ultramarinas de 29 de Abril 



— 11» — 

último. Quiero atenerme á la fórmula original de la re* 
forma de la Begeneia que ha merecido mayor aplauso. T 
al hacer las citas anteriores prescindo de desarrollos y de 
otras consideraciones que distraerían macho la atención del 
lector. He limito á hacer una llamada. 



I 



VII 



Dé más aliento que las leyes Municipal y Provincial de 
1 870 y 72 fué la de la abolición de la servidumbre en Puer- 
to Rico. 

Por ella se estableció lo siguiente: 

*Art. 1.° Queda abolida para siempre en la isla de 
Puerto Rico la esclavitud. 

A rL 2.° Los libertos quedan obligados á celebrar oon- 
tratoH con sus actuales poseedores, con otras personas ó 
coa &1 Estado, por un tiempo que no bajará de tres años. 
£d cutos contratos intervendrán, con el carácter de curado- 
res de los libertos, tres funcionarios especiales nombrados 
por "-1 Gobierno superior con el nombre de poseedores de 
loa libertos. 

Art. 3.° Los poseedores de esclavos serán indemniaa- 
dos de su valor en el término de cinco meses después de 
publicada esta ley en la Gaceta de Madrid. Los poseedores 
con quienes no quieran celebrar contratos sus antiguos es- 
claves, obtendrán un beneficio de 25 por 100 sobre la in- 
demnización que hubiera de corresponderías en otro caso* 



— 117 — 

Art. 4.° Esta indemnización se fija en la . cantidad de 
3$ millonea de peseta*, que ae hará efectiva mediante un 
empréstito qne realiiará el Gobierno sobre la exclusiva ga • 
rantfa de la renta de la isla de Puerto Rico, comprendiendo 
en los presupuestos de la misma la cantidad, de 3.500,000- 
pesetas anuales para intereses y amortiíación de dicho em- 
préstito. 

Art. 6.° La distribución se hará por una Junta com- 
puesta del Gobernador superior civil de la Isla, Presiden- 
te; del Jefe eoon&mioo; del Fiscal de la Audiencia; de tres 
Diputados provinciales elegidos por la Diputación; del 
Sindico del Ayuntamiento de la capital; de dos propieta- 
rios elegidos por los 50 poseedores del menor número. Los 
acuerdos de esta Comisión serán tomados por mayoría de 
votos. 

Art. 6.* bi el Gobierno no colocase el empréstito, entre- 
gará los títulos á los actuales poseedores de esclavos* 

Art. 7.° Los libertos entrarán en el pleno goce de los 
derechos políticos á los cinco años de publicada la ley en la 
Gaceta de Madrid > 

Estas disposiciones fueron complementadas con una orden 
de 27 de Mayo de 1 «73, autorizando «la constitución en 
Puerto Rico de una Sociedad Abolicionista, con el benéfico 
objeto de cooperar al éxito de la ley de 22 de Marzo y faci- 
litar la redención del esclavo» conforme á las siguientes 
bases: 

!.• Procurar á los libertos colocación favorable en los 
establecimientos industriales y agrícolas. 

2. a Secoger los huérfanos y desvalidos y darles educa» 
c£6n y trabtjo. 

3. a Proceder á la educación de la rasa de color. 



— 118 — 

4/ Denunciar á las Cortes, al Gobierno supremo y á 
las autoridades looales en su caso, los abasos que se come- 
tan en la Isla respecto del exaoto cumplimiento de la ley de 
abolición. 

5. a Ayudar á los protectores de libertos, ya informan* 
dolos respeoto de la condición y suerte de los contratados, 
ya secundando los esfuerzos de aquéllos conforme á las ins- 
trucciones que de ellos reciban. 

Y 6.* Informar cada seis meses al Gobierno sobre el 
estado general del país y sobre la situación de la rasa de 
color, de los libertos y de la producción agrícola, propo- 
niéndole lo que estime oportuno. 

Y con esto se relacionaba el nombramiento en Puerto 
Rico, como comisarios ó protectores generales de libertos, 
de abolicionistas tan caracterizados como los Srce. D. Pedro 
G. Goyco y D. Salvador Carbonell. No se repetía la pesada 
broma de 1870. La ley se hacia para cumplirla. 

Luego, el Gobierno de la Restauración hizo lá ley abo - 
lición i sta de 13 de Febrero de 1880. Pero no autorizó la 
constitución de Sooiedades abolicionistas en Cuba, y en 
cambio sancionó un Reglamento que establece el cepo y el 
grillete, y anula una buena parte de la Ley. Asi aquel cas- 
tigo, como todo el patronato (fórmula hipócrita de nna nueva 
servidumbre, consagrada por la citada ley), no terminaron 
basta 1883 y 7 de Febrero de 1836. 

Detrás de la Ley abolicionista de 22 de Marzo de 1873, 
vino la extensión á Puerto Rico del título I de la Conatitu- 
ción de 1869. La propuso el Sr. Ministro de Ultramar áon 
Francisco Sufier y Capdevila en sesión de 11 de Julio de 
1873, y votada por la Asamblea Constituyente déla Repú- 
blica, se hizo la promulgación de la ley, en 6 de Agosto. 







— 119 — 

£1 alcance de esta medid* 86 puede calcular por los 
derandes del proyecto del Gobierno y el preámbulo del dio • 
tunen de la Comisión, 

Laa razone* en que el Gobierno ae apoyaba son las m<- 
guientes; 

• Considerando que el fundamento de la actual situación 
política de la nación española lo constituyen loe principio* 
déla democracia, cuyo primer dogma en el de cloe derechos 
naturales del hombre, anteriores y superiores á toda ley 
positiva»: 

Considerando que estos derechos están consagr ados en el 
título I de la Constitución de 1869: 

Considerando que los títulos siguientes se refieren á la 
organización de los poderes públicos, sobre lo onal muy es- 
pecialmente están llamados á entender y resolver en definí. 
ti?a las actuales Cortes. 

Considerando que la cultura de la isla de Puerto Rico 
bastaría por si sola, ai otras rasónos de derecho no existió- 
¿en, psra proclamar en aquel país todas las libertades pro- 
pias de loe pueblos civilizados: 

Considerando que el Gobernador superior de aquella Isla 
ha estimado que la situación exigía la proclamación de las 
libertades de imprenta, de reunión £ de asociación, lo cual 
ha hecho con el carácter de medida administrativa: 

Considerando que, tanto estas medidas como la abolición 
de la esclavitud, han producido la apetecible plenitud de 
sos efectos: 

Considerando que, unidas las razones de justicia á las de 
conveniencia, hacen imposible el retardar por nn solo mo- 
mento ni bajo ningún pretexto la consagración y reoonoci* 
miento explícitos de los derechos referentes á la personali» 



— 120 — 



dad humana en la culta, pacifica y leal isla de Puerto Bioo». 

La Comisión se expresaba de es+e modo: 

* La Comisión acepta en todos sos extremos los luminosos 
considerandos que al proyecto preceden, y que demuestran 
que de hoy más el Ministerio de Ultramar se inspirará en 
un alto criterio de justicia y de expansión, único que puede 
mantener vivo el sentimiento de la unidad nacional allende 
el Atlántico» único suficiente á asegurar, no solo la integri- 
dad de la patria, si que la realización de los grandes deeti • 
nos que k España están reservados en el mundo descubierto 
por nuestros grandes navegantes del siglo xvi. 

La Comisión se cree, sin embargo, en el caso de intro* 
ducir alguna modificación en el proyecto sometido á su 
examen. 

Según el art. 31 de la Constitución de 1869, se necesita 
una ley cuando la seguridad del Estado exija la suspensión 
de las garantías consignadas en los artículos 2.°, 5.°, 6. a 
y 17 del mismo Código. La Comisión no discute ahora la 
bondad de esta doctrina; la considera como legal, y se ocu- 
pa solo de ponerla sn armonía con lo existente en Ultramar, 
esto es, coa todo aquello que no puede borrarse de una 
plnmadu, y cuya sinrazón, en último caso, apreciarán dete- 
nidamente las Cortes, cuando sean llamadas á entender en 
la organización de los poderes en nuestras provincias tras- 
atlánticas» si es que semejante punto no queda libremente 
entregado á la iniciativa de los Estados particulares dentro 
de la federación española. 

Porque resulta, de una parte, que dada la distancia á que 
se baila la isla de Puerto Bioo de la Metrópoli, y la falta 
de continuas y rápidas comunicaciones de entrambas, será 
punto menos que imposible en ciertos casos que el art. 31 



-.121 - 

«ludido sea perfectamente observado, puesto que, á serlo, 
la ley votada por las Cortes llegaría á deshora en algunas 
ocasiones. 

Por otra parte, los Gobernadores superiores y Capitanes 
generkles de la provincia de Puerto Rico, si bien no gozan 
dalas facultades extraordinarias (por la menos en su pleni- 
tud), de que trata la Beal orden de 1826 referente á Cuba, 
disfrutan de toda la autoridad y de todos los medios sancio- 
nados en la Becopilación de Indias, principalmente en el 
titulo III, libro 2 °, todo lo que es de difícil, si no imposi- 
ble, relación con el Código constitucional de 1869. 

Conviene, pues, poner en armonía todas estas disposicio- 
nes y hacer frente 4 las dificultades que la distancia, cuan- 
do menos, podría suscitar 4 las veces. 

Para ello la Comisión ha tenido en cuenta las proposicio- 
nes de ley presentadas á estas Cortes por los dignos dipu- 
tados de Puerto Eioo, asi como el espíritu declarado en los 
considerandos de que el Ministro de Ultramar ha hecho 
preceder el proyecto objeto ahora de examen. Pero entién- 
dase bien, que la Comisión pretende sólo resolver las dificul- 
tades del momento, sin aventurar opinión alguna definitiva 
sobre la futura organización de los que vendrán á ser Esta- 
dos particulares trasatlánticos de la federación española. 

Por razones análogas, la Comisión opina que es de toda . 
necesidad dar cierto desenvolvimiento, y con él cierta pre- 
cisión, á un extremo consignado en el segundo párrafo del 
artículo 31 determinando la ley de Orden público que ha de 
regir en Puerto Eioo, como en la Península, en ciertos y 
determinados casos.» 

Firmaron este dictamen, fecha 14 de Julio de 1873, los 
diputados D. José Ramón Fernandos, D. Manuel García 



— 121 — 

Marques, D. Manuel Corchado, D. Enrique Calvo Delga* 
do y D. Santiago Soler. 

El texto de la parte dispositiva de este dictamen (que fu* 
aprobado por las Cortes) es el que signe: 

¡Art, l. # Se declara vigente en la provincia de Pnerto 
Rico el titulo 1 de la Constitución de 1.° de Junio de 
1869. ' 

Art *l.° Cuando la seguridad del Estado, en circuns- 
tancias extraordinarias, exija en la provincia de Puerto 
Eioo la suspensión de las garantías consignadas en los ar- 
tículos segundo, quinto y sexto, y párrafos primero, se- 
gundo y tercero del 17, el gobernador superior lo pondrá 
por telégrafo en conocimiento del Gobierno central para 
que ¿fita solicite de las Cortes la ley á que hace referencia 
la Constitución en su art. 31 . 

Art 3.° En el caso de que por interrupción de comu- 
nicaciones telegráficas con carácter de permanencia ó de 
larga duración, no pudiese ser oumplido el anterior artícu- 
lo, queda autorinado el gobernador superior civil de la pro- 
vincia para suspender las garantías consignadas en los ar- 
tículos segundo, quinto y sexto, y párrafos primero, segun- 
do y tercero del 17, á menos que la Diputación provincial 
en pleno, á este efecto convocada, y la junta de autorida- 
des, per mayoría de votos, no fuesen favorables á la indi- 
cada suspensión. 

En el supuesto de empate, lo dirimirá el gobernador 
civil. 

En todas las ocasiones, el gobernador superior oomuni- 
oará inmediatamente la resolución tomada y los funda- 
mentos y circunstancias del acuerdo al ministerio de Ul- 
tramar, para que éste lo transmita á las Cortes, las cuales, 



— 1213 — 

por medio de una ley, si lo estimaren oportuno, ratificara» 
la suspensión de garantías. 

En caso negativo, 6 transcurridos treinta días desde la 
.suspensión sin que las Cortes hubieren tomado acuerdo al- 
guno, se entenderá derogada la disposición del gobernador 
superior de Puerto Rico. 

Art. 4.° Para los efectos del art. 31 de la Constitución, 
se entenderá vigente en la provincia de Puerto Rico la ley 
de orden público de 23 de Abril de 1870. 

Art. 5. # Quedan derogadas todas las leyes y disposicio- 
nes que de cualquier modo se opongan á lo consignado en 
la presente ley. ■ 

Ta be dicho que esta medida fué precedida de otras muy 
favorables del partido radical, que en 1872 habían conce- 
dido una ampliación en el goce del derecho de sufragio, 
reconociéndolo á todos los que supieran leer y escribir ó 
pagaran alguna contribución. Además, en 11 de Mano 
de 1873, con motivo de la convocatoria de Cortes Constitu- 
yentes, el Poder ejecutivo de la República había establecido 
que tuvieran derecho electoral en Puerto Rico todos los 
españoles mayores de 21 afios, siempre que pagaran alguna 
cuota de contribución directa al Estado ó supieran leer y 
escribir, tá fin (decía aquel decreto luego convertido en 
ley) de que sea uno mismo el censo para las elecciones de 
concejales, diputados provinciales y diputados á Cortes.» 
Y en 26 de Junio del propio año de 1873 se promulgó una 
ley para la renovación de Ayuntamientos y D ; putacionee 
provinciales en la Península, Baleares y Puerto Rico, en 
cuya ley se ratifica la consagración del derecho electoral en 
los mismos términos de la ley de 11 de Marso anterior. 
Pero la determinación de las Constituyentes de la Repúbli- 



- 124 — 

ca y la ley de 6 de Agosto {que aplicó el Sufragio Universal 
a Puerto Rico, consagrando allí todas las libertades necesa- 
rias y los principios de la democracia contemporánea) puso 
término á todas las vacilaciones y reservas, demostrando un 
alto sentido poítioo a) no detenerse en la consideración de. 
si debía ó no llevarse á Ultramar, una parte del Código del 
f f ( cuando aquí, en la Península, se dudaba de su vigencia 
y da si convenía ó no mejor aplaaar toda modificación del 
estado de Puerto Rioo, hasta que pudiera llevarse á la Isla 
la Constitución integra con las modificaciones y novedades 
entrañadas en el proyecto de Constitución federal. 

Para Ultramar ha habido y continúa habiendo dos pe- 
ligros. > 

El del estudio y seria meditación que al parecer ningún 
Ministro de Ultramar ha tenido hasta entrar en el Ministerio. 
Y * t de la espera de la última reforma que se proyecta 
para la Península, á fin de llevar á los países trasatlánticos 
lo myor. Por estos procedimientos Cuba y Puerto Rico han 
estado esperando una media libertad desde 1837 á 1869. 
I Y luego continuaron esperando las leyes especiales prometi- 
das por todas las Constituciones del país por espacio de 
más de cincuenta años! 

La República vio claro que con este criterio lo que triun- 
faba en Puerto Rioo era el statu quo. £1 título I de la 
Constitución del 69 era la consagración explícita de los de- 
rechos individuales y de la soberanía del pueblo, y cual* 
quiere que fuese la suerte de esa Constitución y las nove- 
dades de la Federación proyectada, el título I referida 
sería siempre un término obligado en toda situación deme- 
eritica. 



<-\ 



VII 



Otra de las grandes dificultades con que ha tropezado y 
tropieza nuestra política colonial consiste, como ya he insi- 
nuado, en el retardo con qne se aplican las leyes y las dis- 
posiciones de todo género qne aparecen en la Gaceta ¿4 
Madrid para satisfacer la opinión justiciera de la Penínsu- 
la y las exigencias de puro carácter moral, pero de una 
iberia indiscutible, de todo el mundo culto, bastante atento 
desde hace algún tiempo á lo que ocurre en las colonias 
españolas. 

Al lado 6 si se quiere después del retardo aludido, hay 
que poner la falta de lógica con que frecuentemente se ha* 
«en y redactan los reglamentos para la aplicación de las 
leyes coloniales en Ultramar y por último la manera, por 
regla general poco satisfactoria, con que las leyes más 
expansivas y plausibles se cumplen por parte de nuestras 
autoridades. 

Todo esto es muy viejo. Los que conocen medianamente 
nuestra historia colonial saben muy bien de qué deplorable 
manera se cumplieron en América las excelentes Leyu 
tsttosde Carlos V sobre los indios, la servidumbre de 




— 126 — 

¿atoe y las encomiendas. Es notorio que la mejor y más 
sustanciosa parte de nuestras famosas Leyes dé Indias fué 
bastardeada y casi anulada en la práctica, sobre todo en el 
careo del siglo xviu, al punto de que respecto de cierto par- 
ticular celebradisimo por los que solo de oídas hablan de 
astas cosas» pudiera escribir el duque de Linares, virrey 
de México, frases tan elocuentes como las que siguen: i8i 
el que viene á gobernar este reino, no se acuerda repetidas 
vecte de que la residencia más rigurosa es la que se ha de- 
tomar al virrey en su juicio particular por la Majestad 
Divina, puede ser más soberano que el Gran Turco, pues 
no discurrirá maldad que no haya quien se la facilite ni 
practicará tiranía que no se le consienta.» No neoesito 
decir cuáles fueron los motivos de la resuelta y admirable 
actitud del marqués de la Sonora, primer ministro univer- 
sal de Indias» á fines del siglo pssado, y de qué manera su 
justamente celebrada Ordenanta de Intendentes y otras 
Reales cédulas por el estilo, promulgadas entonces para 
evitar el visible é inmediato derrumbamiento de nuestra 
imperio colonial» fueron rectificadas en la práctica por la 
maJioia, la preocupación 6 la rutina, produciéndose todo 
género de corruptelas que abrieron el camino á las insurrec* 
dones americanas de principios de este siglo y de los últi- 
mos días del anterior, realizadas» unas veces, por los indio* 
y otras por los blancos, pero todas perfectamente previstas 
en el celebérrimo Informe de D. Jorge Juan y D. Antonio 
de 01 loa, que corre con el nombre de c Noticias secretas de. 
América • 6 por el ilustre Humbolt, que en 1811 y después 
de haber visto por sus propios ojos los países americanos» 
publicó su conocido c Ensayo político sobre el reino de Nueva. 



— ni — 

Hace y* cerca de veinte años yo publiqué un pequeño 
trabajo titulado La pérdida de las América*, con el pro* 
pósito de rectificar la especie muy divulgada de que lae li- 
bertades concedidas por el Gobierno español á loe reinos 
de América en loe comiensoe del siglo xnc, fueron la causa 
de la emancipación de aquellos países, y oreo haber demos- 
trado con citas legales indestructibles, con hechos de ab- 
soluta evidencia y con la opinión de autoridades oomo 
Florea Estrada, el diputado Urquinaona, el fiscal Costa y 
tiaH» el historiador Gervinos y hasta D. Agustín Argue- 
lles y el conde de Toreno, decididos adversarios de los li- 
berales americanos, que sobre no ser cierto que en América 
ie hicieran determinadas reformas, y muoho menos las re* 
clamadas como urgentes para calmar el descontento de 
aquellos países y desbaratar las conspiraciones urdidas bas- 
tante tiempo antea y en pleno absolutismo, se dio el caso de 
que las reformas mas satisfactorias se aplicaran tardíamente, 
y luego se suspendieran, siendo, por regla general, los en- 
cargados de hacerlas efectivas, las autoridades y los elemen- 
tos que se habían caracterizado hasta entonces por la oposi- 
ción mas decidida á toda modificación del viejo statu pío. 

Aún con referencia á época reciente algo he dicho anees 
respecto del modo y manera de haberse llevado á Cuba las 
declaraciones de la Eevoluoión de Septiembre y de la sus- 
pensión ó aplazamiento de las leyes municipal y provincial 
votadas en 1870 para Puerto Juco. T se repitió el caso en 
U7S» 18134 y 1S96. 

Eicaso explicar el terrible efecto qne estas habilidades, 
estos sorteos y estas mixtificaciones producen en Ultramar, 
donde es mucha la penetración de las gentes y sobrada la 
prevención contra los manejos de nuestros Gobiernos. La 



— 128 — 

sorpresa 00 allí absolutamente imposible. Bu cambióle! 
maro retraso en la aplicación de nna reforma produce ana * 
verdadera exasperación y nna considerable merma del ne- 
cesario prestigio de loe poderes públicos de la Metrópoli, - 
que allá frecuentemente, y por nn error lamentabilísimo, se- 
confunden con la opinión, los intereses y la disposición 
general del país peninsular. 

Tampoco quiero decir nada del efecto tristísimo qne todo 
esto produce en el extranjero, donde los publicistas y loé 
Gobiernos están al tanto de machas cosas de nuestras oo~> 
lonias; machísimo más de lo que imaginan la parte vulgar 
de nuestros políticos, nuestros desorientados Gobiernos y 
los comprometidos en la rutina y las torpesas que consti- 
layen el ambiente de nuestra vida oficial amerioana. Esa 
atención del extranjero la abonan el nuevo aspecto del pro* 
blema colonial, la importancia extraordinaria, * política, 
mercantil ó internacional de nuestras Antillas, y el desen- 
volvimiento que han adquirido en estos últimos años los 
viajes de los publicistas, la emigración é inmigración de los 
europeos y el estudio de la legislación comparada. Aparto 
de lo que ha sido siempre, y ahora es más que nunca, el 
derecho colonial, que muchos tratadistas ponen completa- 
mente fuera del derecho privado de los pueblos, y en cam- 
bio, más ó menos dentro ó bajo de la acción internacional . 

Quizá por estas consideraciones, quisa por la natural fuer- 
xa esp&nsiva de la institución republioana, eé el hecho que 
el Gobierno de 1873 se preocupó seriamente de cumplimen- 
tar las leyes entonces dictadas respecto de Puerto Rico, y 
que riu admirable devoción fuó correspondida con un éxito 
extraordinario, demostrativo tanto de la bondad y la eflce- 
oía de las soluciones generosas entonóos proclamadas, 



_ 129 — 

eamo de I* cultura, y el civismo de 1* ida de Puerto Rico, 
suya actitud pare el ejercicio de loo derecho* más deliea* 
dos, quedó absolutamente probada. 

Je justificación de esto* últimos asertos se puede presen- 
tar al testimonio de todos los cónsules extranjeros cuyos in-* 
fcnnes oficiales se han publicado en Francia, Inglaterra» loe 
Estados Unidos, Italia y Alemania, y además el hecho de 
que pasados algunos años, los ministros de la Restauración 
y la Regencia de España, muchos de ellos enemigos en 1 873 
dalas reformas de Puerto Rico, hayan utilisado la felis e*f 
perienoia portoríquefia de aquella fecha como un justificante 
de la nuera y afortunada política colonial del Gobierno espa* 
fioL En último caso se podría traer al debate las cifras refo* 
rentes á los presupuestos y al movimiento mercantil de la pe- 
queña Astilla en 1868, 70 y 73 y 76; es decir, de todo aquel* 
periodo, dentro del cual se verificó la abolición radical de lai 
exolavitud, la instauración del sufragio universal, la pro*' 
clamaoión de la Constitución democrática del 69 y la nue- 
va erganisaoión munioipal y provincial. 

La preocupación y el espíritu reaccionario gritaron por 
mocho tiempo que el solo anuncio de esas reforáias perturba*» 
ria profundamente el orden y la vida económioa de la peque» 
ña Astilla. Se habló, con una desenvoltura y una ignoran* 
cía verdaderamente superiores, de la horrenda catástrofe de 
Santo Domingo, explicada por la atotición de la esclavitud, 
que decretó la Revolución franoesa. Se cacareó la ruina de 
Jamaica y las Antillas británicas, y se fabricó una peregri-* 
na historia de ká oausas de la Revolución hispano amerka* 
na, presoindióndose de puntes tan inHffnijleantes como el de' 
la súbita revocación del decreto de libertad de ooiperojp 
dictado en 1813* y cuya anulación, hecha para 



— 180 — 

el monopolio de los comerciantes de Oádis, determinó i lo» 
indeciso.* revolucionarios de Buenos Aires á emanciparse 
de la Metrópoli española. Se llegó al ponto de afirmar, den* 
tro j fuera del Parlamento, y de modo solemne, qne las re* 
formas de Puerto Jiico, quebrantando el prestigio de Espa- 
ña y leí fuersa de los elementos políticos y sociales qne 
sostenían su bandera en el mar de las Antillas, serviría de 
estimulo al desarrollo de la insurrección de Guba. 

Los hechos han contestado de una manera victoriosa á 
iodos esos argumentos de la pasión, la rutina y los intare* 
ses mal asegurados (1). La población de Puerto Rico, qne 
en 1860 era de 583.308 almas y en 1872 de 617.328, es hoy 
de 798.566 habitantes. El presupuesto de aquella fecha subía 
i 2 millones de daros, hoy llega á 4 millones de pesos. Y los 
ingresos han superado* los gastos en 1.167.722 pesos. En 
1872 Jas Aduanas producían unos 2.100.000 pesos. Ahora 
dan: más de 3 y V t millones. 

La Balanza Mercantil de 1871, afirma qne el comercio ex- 
terior de la pequeña Antilla fué en aquel afio de 23 . 435.486 
pesos: de ellos, 16.436.323 de importación y 8,008.125 de 
exportación. Ahora (datos de 1892) ese movimiento mercan- 
til loul 68 de unos 33. 167. 92 1 de duros. De ellos, 17. 071. «00 
corresponden ala importación y 16.076.312 á la exporta- 
ción* Pero hay que contar que el día siguiente á la aboli- 
ción (6 sea en 1874), el movimiento comercial fue de anos 
10*814.368: al afio siguiente de 20.700.000 y pico: y á loe 
Safios (ó sea en 1878) de 27.847.890 £1 promedio de loe 
6 años de aparente tranquilidad de la Isla fl865 69) fué de 
14,265,748 pesos: De ellos 8.626.463 la importación y 

(1) Sobra esto véaae mi estadio La §xptri$neia abolición ^^ d* Pu«ri« 
7 el trebejo del Sr. Jheeno Áaiut tobr* Puerto Mteo ea 1890. 



— 131 — 

$.439,205 la exportación. El promedio de los 6 años poste- 
riores á la abolición (1874 78) foé de 22.653.S7S: De elloe 
13.661.151 pertenecen á la importación y 8.9*2.224 á la 
exportación. A los 20 afios de hecha la abolición el movi 
miento mercantil de Paerto Rico ha duplicado oon creóos. 
De 25 millones á 54. 

Para la estimación de estos datos bueno será traer á la 
memoria lo que sucedió en las colonias británicas y en las 
franoesas después de la abolición de la esclavitud. El duque 
de Broglie, en su conocido Report de 1843, refiíióndoee á las 
Antillas inglesas, donde la abolición se hizo en 1833, afirma 
que el resultado inmediato de aquella medida fuó una t re- 
ducción de un cuarto en las expediciones de azúcar y de un 
termo en las de café.» Pero á los quince afios la exporta- 
ción de los productos coloniales había excedido á la de los 
tiempos de la esclavitud y del Monopolio, en Antigua, Bar- 
bada, Trinidad y en la casi totalidad de las Antillas, cuan- 
do menos, en un 26 por 100, quedando interior hasta eu un 
67 sólo en Jamaica, San Vicente, y Granada. En las Colo- 
nias francesas la baja inmediata fué de un 50 por 100 en 
Martinica, de un 55 en Guadalupe y de un 25 en la Reuni- 
da. Cinco afios después (ó sea en 185e) la disminución en 
las cuatro principales colonias (ó sea en Martinica, Guada* 
lupe, Rensión y Guyana) es de 11 millones de francos oon 
relación á 1846: en 1848 la baja fué de 43 millones. Y en 
1858 la exportación sube 36 millones. Pues bien, todas esas 
afras son inferiores á las que arrojan las estadísticas de 
Puerto Rico, cuya experiencia abolicionista no tiene igual 
en el mundo. 

El progreso no es discutible un minuto. Pero hay que 
añadir que todo el extraordinario cambio político y social 



— 134 — 

procesados por insurrecciones republicanas y por delitos 
i s imprenta, y el 14 de Mano se vota otra ley concediendo 
amnistía por todos loa delitos cometidos por medio de la 
imprenta en Puerto Rico. Ya he dicho cómo se autorisó 1a 
existencia de la 8ociedad Abolicionista antes de proclamar- 
se en la pequeña Antilla los derechos de reanión y asoáa- 
oión, Al lado de esto hay qne poner el nombramiento del 
Teniente General D. Rafael Primo de Rivera para el Go- 
bierno de aquella Antilla; es decir, el nombramiento de 
ana persona perfectamente identificada con el nuevo régi- 
men político colonial, como lo demostró durante todo el 
tiempo de su sincera y celosísima administración, secunda- 
do por otras personas de nota -muy liberal y expansiva, y 
que debían ver y vieron en la aplicación y el desarrollo de 
las reformas democráticas, una ocasión de demostrar la 
excelencia de las doctrinas que habían proolamado como 
buenas, ya en libros y periódicos, ya en los mismos cen- 
tros administrativos ultramarinos. SI cambio de 1873 no 
puso los destinos de Puerto Rico á merced de gente impro- 
visada. £1 Gobierno de la República se cuidó 'tan solo de 
que los hombres encargados de dar realidad á las leyes f 
los decretos expansivos no fueran los adversarios de éstos, 
y el Gobierno pndo ver por los hechos, qne había sido 
discreta su conducta, inspirada en una regla de sana poli* 
tica, y hasta de sentido moral: quisa sólo de buen sentido. 
En 27 de Ootubre, el Ministerio, ratificando lo dispuesto 
por el Gobierno radical en 4 de Noviembre del 72, sobre 
la publicación de un Boletin Oficial del Ministerio de Ul- 
tramar, desarrolla ampliamente esta idea, disponiendo que 
eu este periódico bimensual/ y de gran tirada, se publiquen,, 
ikQ solo todas las disposiciones legales respecto de nuestras 




— 135 — 

'^Colonias, sí que trabajos científicos y dootrinales de pro- 
paganda dentro de condiciones de la más completa li- 
bertad. A primera vista esto es an detalle, pero los cono- 
cedores de las cuestiones ultramarinas no lo estimarán de 
esta suerte, porque es bien sabido que uno de los más po- 
derosos recursos de la reacción y el monopolio, imperan- 
tes en las Colonias de todos los países, consiste en despis- 
tar á la opinión pública y fatigar al observador, ya por la 
oonfusión y el desbarajuste de las medidas administrativas 
que sobre las Colonias se dictan, ya haciendo dificilísimo 
si conocimiento directo ó inmediato de las disposiciones 
que en Ultramar se promulgan, muchas veces, en contra- 
dicción con aquellas mismas leyes. Por tanto, la publici- 
dad frecuente y oportuna de todo lo ofioial, respecto de Ul- 
tramar, es una obra de sinceridad y de verdadero alcance 



Aparte de esto, queda el empeño de la propaganda y 
de la exposición detenida de la situación de nuestras Co- 
lé-nías al modo que se hace en todas las Metrópolis de me* 
diana importancia. Sin embargo, el Boletín Oficial del 
Ministerio de Ultramar solo duró hasta 1879, y desde 1875 
▼ario completamente de carácter, tomando uno excesiva- 
mente modesto. Ahora las leyes y los prinoipales decretos 
salen revueltos con todo lo demás, en la Gaceta de Madrid, 
á la cual no llegan las resoluciones que se adoptan en las 
Antillas. No existe Compilación legislativa ultramarina, 
porque si bien en 8 de Febrero de 1896 se decretó que se 
• hiciese esa Compilación de leyes y disposiciones vigentes, 
y en 1888 comenzó su publicación con la inserción de un 
•decreto del Gobierno General de la Habana de 1.° de Enero 
-del 86, la obra está atrasadísima, hasta el punto de que pue- 



— 136 — 

da dudarse de si continúa publicándose. El último tomo ee 
del 93 y contiene las disposiciones del primer cuatrimestre 
de 1888: es decir, la legislación de hace cerca de diei años. 

Por último, en 14 de Octubre de 1873 apareció un decre- 
to del Gobierno republicano, disponiendo que el Ministro 
de Ultramar visitase la isla de Ouba oon el objeto cde esta* 
diar los medios de poner término á la insurrección que en 
ella existia, mejorar su situación económica, .preparar la 
abolición de la esclavitud y plantear las reformas necesarias 
en el Gobierno y Administración de la provinoia, adop- 
tando desde luego, dentro de sus facultades, las medidas que 
estimase oportuno para aquellos fines.» 

Y luego añadía: «visitará también la isla de Puerto Rico 
con el objeto de apreciar el resultado de las reformas allí 
introducidas, y resolver, asimismo, con arreglo a las atri- 
buciones que le competen, lo que estime conveniente á so 
administración y gobierno.» 

En el preámbulo de este decreto se habla de la necosidad 
de ana acción vigorosa y decisiva para concluir con la 
guerra cubana, «cuya continuación priva á la grande Anti- 
lia de los beneficios de la paz, imposibilita el desarrollo da 
su riqueza, y es constante obstáculo al planteamiento de las . 
reformas que reclaman de consuno la humanidad y la civili- 
zación . i Trátase del estado económico que se califica de gra • 
ve: y estimase lastimado el crédito y en aumento la des* 
con ñau xa, exigiéndose por todas partes un plan ordenado de 
Hacienda que dé recursos para la pacificación y permita ha* 
oer que las cargas impuestas al país redunden en su presti- 
gio, prosperidad y beneficio. Se habla de la esclavitud, y es- 
perando que este problema se ha de resolver oon el concurso 
y eJ acuerdo de todos, el preámbulo dice «que no cabe olvidar 



- 137 - 

q ue la conciencia pública espera con ansiedad creciente el 
día de la abolición .» 

cLa República — añade— fiel á sus principios, ha amplia- 
do las reformas que á Puerto Rico i levó . la Revolución dé 
Septiembre. Lia esclavitud ha desaparecido* El titulo pri- 
mero de la Constitución reconoce en los hijos de aquella 
provincia los derechos que gozan sus heráianos de la Pe» 
niifeula.*? el Gobierno que aspira á completar su obra ne> 
oarita apreciar el resultado de tan trascendentales innova- 
dones.» 

Por último concluye: tEl Gobierno espera tanto de esta 
determinación (la del informe sobre la situación ultramari- 
na), que no ha vaoilado en aceptar el generoso ofrecimien- 
to de uno de sus individuos, seguro de que cuantos aman 
el nombre de España, verán que si el progreso reclama 
ciertas reformas, y la opinión exige el cumplimiento de 
ciertas promesas, nada, absolutamente nada, hay superior 
para la República á la integridad de la patria.» 

Conforme á este decreto, el Sr. D. Santiago Soler y Plá, 
Ministro de Ultramar, se embarcó para Puerto Rico y Onba 
á fines de 1878, pero en lá Grande Antilla le sorprendió el 
famoso golpe del 3 de Enero, que dio al traste con todos 
los propósitos y proyectos" de su viaje. 

Por lo pronto éste Je proporcionó algunos graves roda- 
mientos con la primera autoridad de Cuba, según lo indi- 
cado en otra pcrte de este trabajo. Pero de todas suertes el 
viaje del Sr. Soler y Plá acredita el excelente propósito 
del Gobierno republicano que, después de las reformas he- 
días, no se limitaba simplemente á desear otras. Y el via- 
je, con todas las dificultades y peligros que entrañaba, era 
tanto mas de estimar, cuanto que el matiz político que pre- 



#5 



— 136 — 

da dudarse de si continúa publicándose. El último tomo ee 
del 93 y contiene las disposiciones del primer cuatrimestre 
de 1888: €8 decir, la legislación de haoe cerca de dies aftos. 

Por último, en 14 de Octubre de 1873 apareció un decre- 
to del Gobierno republicano, disponiendo que el Ministro 
de Ultramar visitase la isla de Ouba con el objeto cde esta* 
diar los medios de poner término á la insurrección que en 
ella existia, mejorar su situación económica, .prepararla 
abolición de la esclavitud y plantear las reformas necesarias 
en el Gobierno y Administración de la provinoia, adop- 
tando desde luego, dentro de sus facultades, las medidas que 
estimase oportuno para aquellos fines.» 

Y luego añadía: € visitará también la isla de Puerto Rico 
con el objeto de apreciar el resultado de las reformas allf 
introducidas, y resolver, asimismo, con arreglo á las atri- 
buciones que le competen, lo que estime conveniente á so 
administración y gobierno.» 

En el preámbulo de este decreto se habla de la necosidad 
de una acción vigorosa y decisiva para concluir con la 
guerra cubana, «cuya continuación priva á la grande Anti- 
ila de los beneficios de la paz, imposibilita el desarrollo da 
su riqueza, y es constante obstáculo al planteamiento de las . 
reformas que reclaman de consuno la humanidad y la civili- 
zación* » Trátase del estado económico que se califica de gra- 
ve; y estímase lastimado el crédito y en aumento la dea* 
confian za, exigiéndose por todas partes un plan ordenado de 
Hacienda que dé recursos para la pacificación y permita ha* 
cer que las cargas impuestas al país redunden en su presti- 
gio, p^oeptridad y beneficio. Se habla de la esclavitud, y es- 
perando que este problema se ha de resolver con el conourso 
y el acuerdo de todos, el preámbulo dice € que no cabe olvidar 



— : 137 — 

que la conciencia pública espera con ansiedad creoiente el 
día de la abolición. » 

cLa República — añade— fiel á sus principios, ha amplia- 
do las reformas que á Puerto Rico llevó la Revolución de 
Septiembre, lia esclavitud ha desaparecido. El titulo pri- 
mero de la Constitución reconoce en los hijos de aquel: , 
provincia los derechos que gozan sus hferAanos de la Pe- 
nüfeula.*'? el Gobierno que aspira á completar su obra ne* 
casita apreciar el resultado de tan trascendentales innova- 
ciones.» 

Por último concluye: <El Gobierno espera tanto de esta 
determinación (la del informe sobre la situación ultramari- 
na), que no ha vacilado en aceptar el generoso ofrecimien- 
to de uno de sus individuos, seguro de que cuantos aman 
el nombre de España, verán que si el progreso reclama 
ciertas reformas, y la opinión exige el cumplimiento de 
ciertas promesas, nada, absolutamente nada, hay superior 
para la República á la integridad de la patria. * 

Conforme á este decreto, el Sr. D. Santiago Soler y Plá f 
Ministro de Ultramar, se embarcó para Puerto Rico y Cnba 
4 fines de 1873, pero en lá Grande Antilla le sorprendió el 
famoso golpe del S de Enero, que dio al traste con todos 
los propósitos y proyectos de su viaje. 

Por lo pronto éste \p proporcionó algunos graves roia- 
mientos con la primera autoridad de Caba, según lo indi- 
cado en otra pcrte de este trabajo. Pero de todas suertes el 
viaje del Sr. Soler y Plá acredita el excelente propósito 
del Gobierno republicano que, después de las reformas he- 
chas, no se limitaba simplemente á desear otras. Y el via- 
je, con todas las dificultades y peligros que entrañaba, era 
tanto mas de estimar, cuanto que el matiz político que pre- 



— 136 — 

da dudarse de si continúa publicándose. El último tomo es 
del 93 y contiene las disposiciones del primer coatrimeetre 
de 1888: es decir, la legislación de hace eerca de diez afioe. 

Por último, en H de Octubre de 1873 apareció nn decre- 
to del Gobierno repnblioano, disponiendo que el Ministro 
de Ultramar visitase la isla de Coba con el objeto t de esta* 
diar los medios de poner término á la insurrección que en 
ella existía, mejorar su situación económica, prepararla 
abolición de la esclavitud y plantear las reformas necesarias 
en el Gobierno y Administración de la provincia, adop- 
tando desde luego, dentro de sus facultades, las medidas que 
estimase oportuno para aquellos fines.» 

Y luego añadía: c visitará también la isla de Puerto Rico 
con el objeto de apreciar el resultado de las reformas allf 
introducidas, y resolver, asimismo, con arreglo á las atri- 
buciones que le competen, lo que estime conveniente á su 
administración y gobierno.» 

En el preámbulo de este decreto se babla de la necosidad 
de una acción vigorosa y decisiva para concluir con la 
guerra cubana, ccuya continuación priva á la grande Anti- 
Ua de los beneficios de la paz, imposibilita el desarrollo de 
su riqueza, y es constante obstáculo al planteamiento de las . 
reformas que reclaman de consuno la humanidad y la civili- 
zación , » Trátase del estado económico que se califica de gra- 
ve y estímase lastimado el crédito y en aumento la des* 
confianza, exigiéndose por todas partes nn plan ordenado de 
Hacienda que dé recursos para la pacificación y permita ha* 
cer que las cargas impuestas al país redunden en su presti- 
gio, pi^sptridad y beneficio. Se habla de la esclavitud, y es- 
perando que este problema se ha de resolver con el concurso 
y el acuerdo de todos, el preámbulo dice t que no cabe olvidar 



— ; 137 — 

que la conciencia pública espera con ansiedad creoiente el 
dia de la abolición •> 

cLa República — añade— fiel á sus principios, ha amplia- 
do las reformas que á Puerto Rico llevó . la Revolución de 
Beptiembre. La esclavitud ha desaparecido. El titulo pri- 
mero de la Constitución reconoce en los hijos de aquella 
provincia los derechos que gozan sus hferAanos de la Pe- 
niifcula.'Y el Gobierno que aspira á completar su obra ne* 
casita apreciar el resultado de tan trascendentales innova- 
ciones.» 

Por último concluye: c El Gobierno espera tanto de esta 
determinación (la del informe sobre la situación ultramari- 
na), que no ha vacilado en aceptar el generoso ofrecimien- 
to de uno de sus individuos, seguro de que cuantos aman 
d nombre de España, verán que si el progreso reclama 
ciertas reformas, y la opinión exige el cumplimiento de 
ciertas promesas, nada, absolutamente nada, hay superior 
para la República á la integridad de la patria. * 

Conforme á este decreto, el Sr. D. Santiago Soler y Plá, 
Ministro de Ultramar, se embarcó para Puerto Rico y Cuba 
4 fines de 1873, pero en lá Grande Antilla le sorprendió el 
lamoso golpe del 3 de Enero, que dio al traste con todos 
loe propósitos y proyecto^ de su viaje. 

Por lo pronto éste lp proporcionó algunos graves roaa- 
mientos con la primera autoridad de Caba, según lo indi- 
cado en otra pcrte de este trabajo. Pero de todas suertes el 
viaje del Sr. Soler y Plá acredita el excelente propósito 
del Gobierno republicano que, después de las reformas he- 
chas, no se limitaba simplemente á desear otras. Y el via- 
je, con todas las dificultades y peligros que entrañaba, era 
tanto mas de estimar, cuanto que el matiz político que pre- 



— 136 — 

da dudarse de ei continúa publicándose. El último tomo es 
del 93 y contiene las diaposiciones del primer cuatrimestre 
de 188 8: es decir, la legislación de nace cerca de dies años. 

Por último, en H de Octubre de 1873 apareció nn decre- 
to del Gobierno republicano, disponiendo que el Ministro 
de Ultramar visitase la isla de Cuba con el objeto t de esta* 
diar los medica de poner término á la insurrección que en 
ella existía, mejorar su situación económica, .preparar la 
abolición de la esolavitud y plantear las reformas necesarias 
en el Gobierno y Administración de la provincia, adop- 
tando desde luego, dentro de sus facultades, las medidas que 
estimase oportuno para aquellos fines.» 

Y luego añadía: c visitará también la isla de Puerto Bioo 
con el objeto de apreciar el resultado de las reformas allf 
introducidas, y resolver, asimismo, con arreglo á las atri- 
buciones que le competen, lo que estime conveniente á so 
administración y gobierno.» 

En el preámbulo de este decreto se habla de la necosidad 
de una acción vigorosa y decisiva para concluir con la 
guerra cabana, «cuya continuación priva á la grande Anti- 
11a de los beneficios de la paz, imposibilita el desarrollo de 
su riqueza, y es constante obstáculo al planteamiento de las . 
reformas que reclaman de consuno la humanidad y la civili- 
zación . t Trátase del estado económico qu$ se califica de gra • 
ve: y estimase lastimado el crédito y en aumento la des- 
confianza, exigiéndose por todas partes nn plan ordenado de 
Hacienda que dé recursos para la pacificación y permita ha- 
cer que las cargas impuestas al país redunden en su prestí- 
gío» prosperidad y beneficio. Se habla de la esclavitud, y es- 
perando que este problema se ha de resolver con el concurso 
y el acuerdo da todos, el preámbulo dice t que no cabe olvidar 



— ; 137 - 

que la conciencia pública espera oon ansiedad creciente el 
día de la abolición. > 

cLa República — añade— fiel á sus principios, ha amplia- 
do las reformas qne á Paerto Rico llevó .la Revotación de 
Septiembre. La esclavitud ha desaparecido. El titulo pri- 
mero de la Constitución reconoce en los hijos de aquella 
provincia los derechos que gozan sus hfcrAanos de la Pe- 
nüfeula.-f el Gobierno que aspira á completar su obra ne* 
oeeita apreciar el resultado de tan trascendentales innova* 
ciones.» 

Por último concluye: cEl Gobierno espera tanto de esta 
determinación (la del informe sobre la situación ultramari- 
na), que no ha vacilado en aceptar el generoso ofrecimien- 
to de uno de sus individuos, seguro de que cuantos aman 
el nombre de Espafia, verán que si el progreso reclama 
ciertas reformas, y la opinión exige el cumplimiento de 
ciertas promesas, nada, absolutamente nada, hay superior 
para la República á la integridad de la patria. * 

Conforme á este decreto, el Sr. D. Santiago Soler y PUL, 
Ministro de Ultramar, se embarcó para Puerto Rico y Cnba 
4 fines de 1873, pero en la Grande Antilla le sorprendió el 
üunoso golpe del S de Enero, que dio al traste con todos 
los propósitos y proyecto^ de su viaje. 

Por lo pronto éste lp proporcionó algunos graves roaa- 
mientos con la primera autoridad de Caba, según lo indi- 
cado en otra pcrte de este trabajo. Pero de todas suertes el 
viaje del Sr. Soler y Plá acredita el excelente propósito 
del Gobierno republicano que, después de las reformas he- 
chas, no se limitaba simplemente á desear otras. Y el via- 
je, oon todas las dificultades y peligros que entrañaba, era 
tanto mas de estimar, cuanto que el matiz político que pro- 



■^1 



— US — 

dominaba en las esferas oficiales á fines de 1873 t era el 
nieuoa pronunciado del republicanismo español. Con uni- 
óla frecuencia loa gobernantes de entonces fueron censara* 
dos, combatidos y estimulados por sos demás correligiona- 
rios, que creían urgente continuar la obra de la reforma 
sin loa aplazamientos que suponía el viaje del Sr. Solar 
j Flá. Por tauto, la nota de éste era la mas templada, y 
sin embargo no puede negarse su sentido reformista y su 
patriótica intención. 







vni 



He dicho, al principio de este trabajo, que para apreciar 
debidamente lo que la Bepública de 1873 hizo en favor de 
las libertades de Ultramar, es imposible prescindir de las 
extraordinarias circunstancias de aquel tiempo; oirounstan- 
eias no sólo perfectamente distintas y aun opuestas á las del 
período posterior de la Restauración y de la Regencia, si 
que de gravedad muy superior á todas las que han caracte- 
rizado á las épocas señaladas por el heoho de la reforma 
colonial en los pueblos más poderosos y ejemplares de la 
política contemporánea. 

Con deplorable frecuencia se ha prescindido de esta nota 
por no pocos antillanos, seria y naturalmente preocupados 
en favor de la pronta y positiva instauración de un régi- 
men colonial progresivo. 

Es preciso ser sinceros y dar á las oosas su verdadero 
nombre. No es digno, ni siquiera forma), prescindir de la 
realidad de los hechos. Además, el error de los antillanos 
á que me refiero puede ser de extraordinarias consecuen- 
cias. Ya ha producido algunas bien sensibles; de las cua- 



w% 




1 



— 140 — 

les poeos como Jo pueden hablar, porque somos muy conta- 
dos los que en la Península hemos permanecido en el terre- 
no del combate, aleada la bandera autonomista y sin descon- 
fiar del éxito de la propaganda, en los interregnos parla- 
mentarios, y en los periodos críticos de las grandes cerra- 
sones, de los apremiantes pesimismos, de las provocacio- 
nes insoportables y de las calumnias protegidas por la ig- 
norancia popular, la exaltación patriótica y el pánico de los 
días negros y terribles. 

Uno de los primeros efectos del error que señalo ha sido 
ana cierta reserva de alguaos elementos políticos de la gran* 
de Antilla, respecto de los elementos republicanos de la Pe- 
nínsula; reserva correspondida á la postre y después de ma- 
chos incidentes de enojosa explicación, por parte de bastan- 
tes republicanos, con una gran desconfianza, acompañada 
de motes y censuras de excesiva severidad. 

A mi juicio, la principal causa de esta positiva falta de in- 
timidad está en una dobló equivocación de la Península y de 
las Antillas. Aquí no se comprende bien la situación excep- 
cional de los antillanos, á quienes se niega el derecho común 
de los españoles, y que por tanto necesitan consagrar prefe- 
rentemente sus esfuerzos á recabar lo que ya es un supuesto 
indiscutible de todas las campañas de los peninsulares. Ade- 
más, la especialidad de la vida colonial pide una atención es- 
pecialísima, y no sería medianamente discreto, de parte de 
los politioos insulares, posponer este particular á la campaña 
que, á diario, los peninsulares hacen en nombre de toda 
la Nación, pero que en realidad ordinariamente es, y tiene 
que ser, en obsequio de las regiones ó provincias de la Pe- 
nínsula, ouyos representantes constituyen la casi totalidad 
de nuestras Cortes, y cuyos intereses económioos — más & 



— 141 - 

i efectivos,— considerados de cierto modo, pueden estar . 
6 no en harmonía con los de Onba y Puerto Rico, Por 
tanto, para qne los problemas antillanos se conozcan y se 
procure y consiga su necesaria harmonía con los intereses 
de las regiones peninsulares, en vista del interés supremo 
• de la Nación, ha sido preciso y es natural que los políticos 
ultramarinos hicieran y hagan una campaña de mucha 
-acentuación local. Al hacer esto "no merecen la nota de 
egoístas, ni por ello puede discutírseles su sentido y valor 
políticos. * 

Pero tampoco yo desconozco el pecado del otro lado. Y 
este consiste en que mucha gente de las Antillas no sabe, 
6 no ha estimado bien, primero, lo que la República del 73 
y los republicanos de época posterior, han heoho por la cau« 
sa de las libertades coloniales: y segundo, lo que para esta 
causa representa actualmente el concurso de los república- 
nos de la Península, aun en el supuesto de que todos los 
. monárquicos de España estuvieran decididos á proclamar, 
con perfecta sinceridad, la Autonomía colonial. 

Mis de una vez he oído rebajar los méritos de la obra 
-colonial republicana de 1873 (nunca precisada por sus orí ti* 
coa), invocando para ello el deber en que los republicanos es- 
taban, por razón de su doctrina, de aplicarla inmediatamen- 
te, á la sociedad política de Cuba y Puerto Rico. Paro alargu • 
mentar asi se desconoce algo punto menos que sustancial 
en todo empeño de política positiva. Aparte de que se exige 
á los republicanos lo que solo hasta cierto punto se pide á 
los monárquicos, que pasan plaza de gubernamentales. No 
jbb posible considerar únicamente los principios en las cam- 
pañas de los partidos. El hombre político tiene que estimar 
^al propio tiempo el medio en que opera, los recursos de 



— 14 2 — 

que dispone, las probabilidades de éxito, loe elementos au- 
xiliarse y cooperadores y la colocación qne los problemas . 
tienen , tanto por su importancia absoluta como por las cir- 
canstancias de tiempo y lagar. En tal supuesto ee pan- 
to menos que una locura esperar que los hombres políticos» 
por el mero compromiso doctrinal realicen, inmediata y abso- 
lutamente, todas las ideas consagradas en su programa, 6~ 
que se deducen de éste, por su propio y único esfuerzo, qui- 
za con la cooperación de gentes opuestas á algunas sol ocio - 
nes particulares, mientras los partidarios de éstas se reser- 
van, en una relativa indiferencia y cruzados de brazos, vien- 
do cómo los demás satisfacen sus deseos. Esto, no sólo no ee 
político; quisa tampoco es humano. 

Pero además, vuelvo á repetir que la mayor parte de las 
dudas que en Ultramar se tienen respecto de la considera- 
ción que las libertades coloniales han merecido á los re- 
publicanos de la Península, depende de que allí son desco- 
nocidos muchos hecho* , y que son pocos los que pueden es- 
timar i dos mil leguas de distancia las positivas dificulta- 
des con que la República del 73 luohó para realizar lo qne 
hizo y que de todas suertes fué muchísimo mas de lo que 
han hecho después los partidos de la Restauración. Esto, 
prescindiendo graciosamente de que los partidos monár- 
quicos han sancionado respecto de Puerto Rico un evidente 
retroceso: el retroceso que implican los decretos de 1876, la 
reforma electoral del 92 y del 94, y muy buena parte de la 
reforma llamada de los Sres. Maura y Abarzuza de 1894 y 
95, inferior, en ciertos extremos, al régimen portorriqueño 
de 1873. De ello hablan poco é no dicen nada los críticos y 
los desdeñosos á que me refiero. 

Deplorando todo esto, no me asombro ni me irrito. Aquí 



— 143 — 

mismo, en la Península, estoy viendo á cada paso la indi- 
ferencia con qne se habla de los hombres y las situaciones* 
políticas qne prepararon y consagraron, en medio de dificul- 
tades sin cuento, el régimen liberal y relativamente demo- 
crático de que hoy disfrutan, sin haberles costado casi nada, 
6 nada del todo, aquellos que más tachan de deficientes 
los trabajos realisados por sus antecesores. Es muy común 
quitar toda importancia á lo que uno mismo no hace, aun- 
que de ello se aproveche, y es íacüishno exigir á los de- 
más, en nombre de la lógica, todo género de buenas dis- 
posiciones y aun de positivos sacrificios, prescindiendo de la 
aplicación de esa misma lógica á la conducta del que re- 
dama y exi je. 

Y paso por alto el escandaloso espectáculo que se ha dado 
varias veces, en estos últimos años, de las aclamaciones y 
los vítores con que han sido saludados, no solo por la mul- 
titud desorientada ó ignorante, sino por bastantes gentes 
más & menos identificadas con las reformas ultramarinas, 
hombres políticos perfectamente caracterizados por sus de- 
claraciones terminantes contra la autonomía colonial ó con- 
tra la abolición inmediata de la esclavitud ó contra la re- 
forma electoral democrática ó contra otras soluciones es» 
paneivas coloniales, y á los cuales, el clamor de última hora 
loa presenta como los más decididos reformistas y los bene- 
factores más indiscutibles de las Antillas españolas. Excu- 
sado es decir que entre todas aquellas aclamaciones, de 
fecha bien reciente, no hubo un solo recuerdo para la Re- 
pública del 73 ni para la campaña autonomista de los repu- 
blicanos españoles de estos últimos diecisiete años. 

Repito qne todos estos hechos no me sorprenden ni me 
desaniman de ninguna suerte. He contado siempre oon 



• _ ¡44 — 

todo eso. Pero mi prudencia no llega á la longanimidad, y 
ai como hombre justo tengo derecho, y hasta el deber da 
procurar la rectificación de esos abusos de la credulidad pú- 
blica, como hombre político necesito ocuparme del particu- 
lar, porque sé, por una larga y costosa experiencia, las difi- 
cultades que todas esas injusticias producen para continuar 
las campañas del derecho, mediante el concurso de elemen- 
tos y fuerzas positivamente efíoaces. No en cosa corriente 
mantener la cooperación de los elementos simpáticos á la 
reforma ultramarina frente á la insistencia del olvido 6 
de la desconsideración de esos auxiliares por parte, más 
ó menos importante, de aquellos que primeramente han 
de aprovechar el efecto de la oampafia reformista que en 
la Península se haga. 

Por todo esto no me cansaré de recordar los enormes 
obstáculos que para el menor avance, en el sentid j de la li- 
bertad y la política colonial en 1S73, oponían las circuns- 
tancias por todo extremo exoepoionales de la Península y 
-Cuba. En tal sentido, cuanto en aquella época se hiao con 
tendencia espansiva tiene un valor punto menos que in- 
comparable con lo que la Restauración ha hecho en circuns- 
tancias tan favorables oomo las que siguieron inmediata- 
mente á la paz del Zanjón y las de todo el periodo de tras* 
t ulidad y progreso de los últimos quinos ó dieciséis 
attos. 

7a he indicado buena parte de tas dificultades de la po • 
lítica interior de la Península. Algo he dicho de los obstá- 
culos provenientes de la actitud reservadísima, que frente 4 
la República del 73 adoptaron los Gobiernos europeos. & 
insinué algo también respecto de la disposición poco alenta- 
dora de la República norteamericana. 



— 145 — 

Ahora ampliaré las indicaciones. 

El Gobierno francés, según despachos del 8r. Olózaga, 
estovo al principio dispuesto á reconocer nuestra Repúblioa. 
Mr. Thiers le manifestó, á mediados de Febrero, que de he- 
-cho reconocía el nuevo estado de cosas de España, pero que 
por monee de política internacional tardaría algún tiempo 
en dar carácter oficial al reconocimiento. 

Nombrado por el Sr. 8almerón para Embajador en Pa- 
rís el Sr, A barniza, este no llegó á presentar sus credencia- 
les, siendo sustituido, después del golpe del 3 de Enero, 
por el Sr. Marqués de la Vega Armijo, en cuya fecha re- 
conoció Francia al Gobierno del duque de la Torre. 

Alemania tampoco reconoció á la República á pesar de los 
eefhenoe que hiso D. Patricio de la Eaoosura, ministro en. 
Berlín. Celebró este señor varias conferencias con Bismarok 
y le encontró propicio al reconocimiento, pero no se decidió 
probablemente (decía el Sr. Escosura), por la presión que 
ejercían los gobiernos de Viena, Rusia é Italia. 

En cuanto á los demás gobiernos europeos, solo el de Sui- 
sa simpatizó con la República española, reconociéndola en 
24 de Febrero de 1873, después de haberle sido notificado el 
advenimiento de aquella por la Embajada española de París. 

Nuestra República fué reconocida en América por los 
Gobiernos siguientes: Estados Unidos, Guatemala y Gesta 
Rica. 

El Gobierno de los Estados Unidos reconoció enseguida 
el nuevo Gobierno español enviando al efecto órdenes tele* 
gráficas á Mr. 8ickles para que efectuara el reconocimiento. 
Se convino en que fuera en forma solemne y mediante una 
audiencia pública ante el Presidente del Poder ejecutivo y 
así se realiaó el día 15 de Febrero de 1S73. 



— 146 — 

El 3 de Marzo siguiente, las Cámaras americanas vota- 
ron oa joint retolution felicitando á España por la pro* 
clamación de la República y encargando al Presidente, que- 
lo era el general Grant, que transmitiera esta resolución al 
Gobierno de Madrid. 

Mr. 8ickles dio conocimiento de este acuerdo parlamen- 
tario en Nota oficial de 20 de Abril de 1873. 

En Octubre de 1873 presentó sus credenciales el señor 
don Carlos Gutiérrez, reconociendo á la República española . 
en nombre de los Gobiernos de Guatemala y Costa Rica. 

Pero hay que decir algo más que no se halla consignado 
en los documentos relativos al reconocimiento de la Repú- 
blica del 73 y que no resulta de la mera referencia á la aba- 
tención v reserva de los gobiernos europeos. 

! ■ f. tal sentido conviene que se conozca la contestación 
que el señor don José de Carvajal, Ministro de Estado en 
Espa&a, se vio en el caso de dar al representante oficioso de 
Francia á fines de 1873 y que explica bien la tirantez de 
relaciones de nuestro Gobierno aun con el de la Repúblioa 
vecina y hermana, cuya sin razón no necesito demostrar. 
Et§ un documento curioso que se ha publicado en Madrid 
muy recientemente. Helo aquí: « 

cMuy señor mió: 

He recibido la nota que con fecha de ayer ha tenido usted 
la bondad de dirigirme en queja de las apreciaciones que 
el estado actual de los asuntos políticos en Francia ha su- 
gerido á la prensa de Madrid que recibe, por lo que usted 
se figura, inspiraciones del Gobierno y especialmente de 
la Presidencia. Con este motivo estableoe usted hechos y 
entra en leflexionefl que no puedo dignamente aceptar, so- 
bre todo después de haber usted afirmado en dicho docu- 
mento, que los presenta á mi consideración, habiendo antes 
apurado su paciencia y sus sentimientos conciliatorios. 



— I4T — 

8i usted hubiera formulado pura y simplemente au queja. 
Instaría recordarle por respuesta la libertad que disfruta 
la prensa en nuestro país, aun después de recientes y tran- 
sitorias modificaciones introducidas en la legislación; poro 
oomo usted funda á manera de principio, que existe una 
prensa oficial, inspirada por el Poder ejecutivo; como ha- 
bla de ataques constantes y violentos por parte de la mis- 
ma hacia la nación qu* usted representa; complica estos he- 
chos con el lengnaje oficial del Gobierno, las comunicacio- 
nes de nuestro embajador en París y la sinceridad de las 
declinaciones del jefe del Estado; oomo, por último, llega 
su condescendencia hasta el pnnto de aconsejar caál de* 
niara ser la preocupación legitima de la prensa que supone 
oficiosa, no puedo menos de hacerme someramente cargo de 
estas diferentes cuestiones en el terreno que usted me las 
presenta. 

No existe prensa semiofioiai, ni los periódicos republica- 
nos que se publican en Madrid, reciben directa ó indirecta- 
mente las inspiraciones del Poder Ejecutivo; se encuen- 
tran en el mismo caso que los de otro color político. No re • 
cuerdo que la nación vecina haya sido juzgada por la pren- 
sa española, y mucho menos por la republicana, peor que 
lo ha. sido y lo es constantemente nuestro propio Gobierno; 

L fácil será á usted comprender que éste no tiene dentro de 
s leyes medios de reprimir las apreciaciones que, tanto 
respecto de so conducta oomo de la de otros gobiernos eu- 
ropeos % hagan los periódicos españoles. Es muy sensible 
que usted, partiendo de aquella suposición, ligue los actos 
de la prensa con el lenguaje oficial del Gobierno, porque 
siendo usted el representante político de la nación vecina, 
sólo debe hacer responsable á este ministerio de sus pro- 
pios actos y manifestaciones; y es todavía más sensible que 
confunda usted en uoa misma nota las quejas que el len- 
guaje de nuestros diarios políticos le sugieren con la co- 
rrespondencia de nuestro representante en París, tír. A bar- 
zuza, y con la sinceridad, que nadie tiene derecho á poner 
en duda, de las declaraciones del presidente del Poder 
Ejecutivo. 

Pero todavía es más penoso que ocurran á usted estas ob • 
servaeiones y estts analogías, por el simple hecho de que 
en un periódico se haya estampado la f*aae de que todavía 
hay salvación para la Francia^ inocente y sencillísima ma- 
nifestación que no ha debido despertar la susceptibilidad de 
usted. Si el Gobierno tuviera prensa á su devoción, sabría 



— 148 — 

por si propio darla la dirección que considerase conveniente 
á los intereses de la Patria; pero al menos, como expresión 
de la bnena voluntad qne anima á usted, no desconoce el 
valor de su consejo. 

Y en cuanto á 1a reticencia principal de su nota, relati- 
va á que este Gobierno es dueño de sentir en su particular 
simpatías que contrastan con las seguridades ofic ales que 
ba dado á usted, me, reservo hacer presente á su excelentí- 
simo señor ministro de Negocios Extranjeros las observa- 
ciones que me ocurren acerba del derecho que usted pueda 
tener para esta afirmación; y aun antes d«j qae usted Sicial- 
meote me lo manifestara y lo reconociera como facultad de 
este ministerio, libres estábamos de hacer ó no votos en fa- 
vor de la adopción definitiva en Fr anc a del régimen repu- 
blicano. 

Lo que tengo el honor de manifestar á usted, para su co- 
nocimiento y efectos oportunos, ofreciéndole siempre mi' 
consideración más distinguida. 

Madrid 14 de Noviembre de 1879. — £1 Ministro de Es- 
tado, José de Carvajal.» 

Ahora vengamos á las relaoiones de España con loe Es- 
tados Unidos. 

Como era natural, el Gobierno de los Estados de Norte 
América debía separarse de la conducta de los Gobiernos 
europeos, y apresurarse á reconocer á la República españo- 
la de 1873, pero la cuestión cubana tenia que ser una gran 
dificultad para las intimas y deseables relaciones de España, 
y la gran República. Momentos hubo en que fué inminente 
una ruptura entre las representaciones ofioiales de entram- 
bos países. En este trance, el Gobierno de la República es- 
pañola demostró un tacto y una energía excepcionales. 

Su valor ha podido ser desconooido en el transcurso de los 
últimos 25 años, entre otros motivos porque no ha habido 
termino de comparación. Pero en los días presentes, des- 
pués de los Mensajes de los Presidentes americanos de» 
veland y Mac Kinley, de las notas de Mr. Olney y de> 



— 149 — 

los debites del Congreso de Washington, y de las actitu- 
des y resoluciones del Gobierna conservador de España 
respecto de cuestiones de tanta resonancia como la perse- 
cución del Allia*ce> el proceso del Competitor, el indulto 
de Sanguily, las investigaciones sobre la muerte del den* 
tista Rufa, los socorros á los americanos indigentes de Cu* 
ba, y otros particulares por el estilo, paréceme, repito, que 
no habrá hombre medianamente imparcial que no ponga por 
cima de todo lo hecho por los monárquicos (que dicho sea 
de paso, en 1861, abandonaron á Santo Domingo, en 1819 
vendieron la Florida, en 1823 franquearon, en la Penín- 
sula, el camino á los Cie.u mil hijos de San Luis y en 
1836 solicitaron y aprovecharon la Cuádruple alianza) la 
disposición viril y los procedimientos afortunados de los 
hombres de 1873 en sus relaciones con los Estados Unidos, 
Cuéntese que no emito parecer sobre la bondad ó el error 
de la conducta del Ministerio presidido por el Sr. Cánovas 
del Castillo. Ese es otro problema, por cierto muy delicado 
y complejo. Me limito á afirmar que, bajo todos respectos, 
lo que hizo y lo que consiguió el Gobierno de 1873 fué 
mejor. 

Debo recordar que el periodo álgido de la primera insu- 
rrección de Cuba fué el de los años 73, 74 y 75. A media- 
dos de 1872 (el 14 de Mayo) el general Balmaseda firmó un 
decreto de indulto, llamado del Cauto Embarcadero: indulto 
del que fueron exceptuados Céspedes, los individuos de la 
Cámara insurrecta y varios cabecillas. Por diversos motivos 
este decreto no produjo efecto. Además las huestes de los 
revolucionarios se nutrieron con numerosos expedicionarios 
«de los Estados Unidos, Venezuela y las vecinas Antillas. 
Balmaseda dimitió y le sucedió como Capitán general y Go- 




— 160 — 

émulos superior de Cuba el general Ceballos, el cual, fal- 
co de recursos militares ante la creciente pujanza de la re • 
belión, determinó reducirte á la defensiva en las juriediooío- 
Dea de Holguín y Bayamo en el Oriente de Cuba y tomar 
la ofensiva, oon cierto vigor, en el departamento central j 
en la jurisdicción de Santiago. Al general Ceballos sucedió 
el general Pieltain, que no tuvo grandes éxitos militares, 
pero '[ae mantuvo bien el orden en la Habana. Los insu • 
rrectoa se concentraron y organizaron en gruesas partidas 
de tres y cuatro mil infantes y ochocientos á mil jinetes» oon 
armas y medios regulares de guerra, constituyendo campa- 
mentos y aprestándose á romper la* famosa trocha de Jácaro 
i Morón para invadir el Centro y Oeste de la Ida. El vera- 
no de 1873 fué fatal para las armas españolas. En estos mo- 
mentos el general Jovellar fué á Cuba, sustituyéndole, en 
1574, el general Concha, En este año los insurrectos entra- 
ron en Sanoti Spiritus é invadieron la jurisdicción de Trini- 
dad, El 6 de Enero de 187$, Máximo Gómez pasó la trocha 
y á tinea de aquel año la insurrección era, como nunca, im- 
ponente. 

Por manera que si bien la guerra cubana logró después 
de la República mayor importancia que la oonseguida hasta 
entonces, el año 73 faé de muchas mayores dificultades que 
loa anteriores, aan sin considerar más que la actitud y los 
recursos de los insurrectos, prescindiendo de los obstáculos 
que para combatir pronto y eficazmente á Ó3tos resultaban de 
la criéis política de la Metrópoli, de las conspiraciones de loe 
alionamos, de los alzamientos de los carlistas y cantonalistas 
y de la influencia que el cambio de instituciones en la Pe- 
nJnaula tenia que ejeroer y realmente ejerció en la Habana, 
donde comenzaron á publicarse algunos periódicos republi- 



-"151 — 

-canos y sefialarss algunas diferencias contenidas discreta y 
ipoiitieatfiente per el general Pieltain. 

Sato sentado, hay que volver la vista al pueblo de loa 
'Estados Unidos. 

Seria pueril negar las simpatías que todas las revolucio- 
nas de Cuba han logrado y tienen qae oonseguir en Norte 
América. No mis respetable me parece el discutir la faena 
de esas simpatías. Las determinan muy diversas causas, 
todas potísimas. Bastarían la vecindad de loa Estados Uní* 
dos y de Cuba, la circunstancia de pertenecer los unos y 
la otra al Continente Americano, y el. hecho de que la in- 
dependencia y personalidad de la República norteameri- 
cana arrancan de una revolución de trece colonias contra 
ana Metrópoli europea. Después de esto hay otros moti- 
vos de oarácter eminentemente poHtioo, pero que ¿ mi juicio 
no tienen la importancia de los primeros, los. cuales llegan 
i lo íntimo del pueblo americano y le predisponen de un 
modo perfectamente distinto á cuanto pudiera pensar, sentar 
7 hacer el Gobierno de Washington, obligado á respetos, 
temperamentos y maneras, impuestos por las prácticas y las 
reglas convenidas del Derecho internacional. 

No se me pueden ocultar los motivos y el fin de los po- 
líticos norteamericanos que en 1854 patrocinaban las ten- 
dencias anexionistas de López y Pintó ni la osusa de las 
negociaciones que entonces se intentaron para la compra 
de Cuba, después de las Conferencias de Ostende. Ni puedo 
ignorar lo que desde 1869 i 1874 se hizo por los insurrec- 
to! cubanos para recabar el apoyo del Gobierno de Was- 
hington, constantemente resistente y aun opuesto (por ra- 
tones que comprendo muy bien) á las gestiones de nues- 
tra separatistas. Del mismo modo creo no equivocarme al 



— 162 — 

apreciar lo que ahora pasa en el Congreso de los Esta- 
dos Unidos, la rasón de 1% actitu4 del Gobierno .de la. 
Bépúbliea, y loa motivos de las aparentes vacilaciones de 
éste al lado de la agitación qne se llegó ¿ produoir en 
aqnel país, sobre todo hace seis ú ocho meses, en favor de 
la insurrección cubana. 

De paso djré que pertenezco al grupo de los que duden qne 
los directores de la República norteamericana ahora verda- 
deramente deseen (como no desearon en 1870) la indepen- 
dencia de Cuba, y que ni por esta independencia ni por la 
inmediata anexión de la grande An tilla á la Gran Bépúbliea, 
él Gobierno de Washington y los hombres políticos de los 
Estados Unidos, estén dispuestos ¿ una guerra con España. 

Llego al punto de pensar que, hoy por hoy, lo que más 
convendría á Norte América y lo que realmente preocupa 
á aquellos estadistas,' es que continúe la bandera de Es- 
paña en el Morro de la Habana, pero mediante: 1.° un ana- 
plio régimen liberal y autonomista cuyo florecimiento hsga- 
dificilísima la agitación de los simpatizadores del separatis- 
mo que producen no pocas dificultades en el curso de la ac- 
tual política americana, y 2.° una extensa y radical reforma 
arancelaria que permita tanto la explotación del mercado an* 
tillano por el comercio de los Estados Unidos como la fortifi- 
cación del Tesoro de este último paja con los grandes ingre- 
sos provenientes de la entrada de nuestros productos colo- 
niales por las aduanas de Norte América. 

Todo esto no quita la menor fuerza á las contingencias 
del porvenir ni á la gravedad de los muy meditados proce- 
dimientos del Gobierno americano en estos últimos meses. 

Ahora me basta consignar esto, sin profundizar el pro- 
blema y sin explicar tampoco cómo y por qué entiendo que> 



— 163 — 

el Gobierno de Washington no cambiará de conducta — pa» 
ra nosotros muy molesta y á las veces intolerable — mien- 
tras no m haga la reforma política y arancelaria en nnes» 
tras Antillas ú otros Gobiernos no tomen nna actitnd más 
definida respecto del problema cubano, invocando para ello 
antecedentes de la historia internacional moderna, bien 6 
mal interpretados 6 aplicados, pero qne quima se recuerdan 
en estos momentos en las Cancillerías de algunas poten* 
das europeas. 

Todo eso es de importancia; mas por cima de todo está» 
las causas generales que primero he señalado, y de las que 
es imposible que prescinda ningún estadista español, por- 
que se trata de realidades y de datos inexcusables de núes- 
tra doble política colonial é internacional. £1 mundo no se 
gobierna oon gritos ni supuestos candorosos ni sonoras pa- 
labras ni meros deseos, 

£s notorio que el Gobierno americano* desde 1869 á 1878 
Uso algo más que producirse de un modo correctísimo con 
España» correspondiendo delicadamente á la actitud que 
esta habría observado, desde 1861 á 1864, durante la gue- 
rra separatista de los Estados Unidos, en cuyo periodo 
el Gobierno de Madrid, disintiendo de los de París y de 
Londres, ae negó á reconocer á los E3tados rebeldes del 
8ur, presididos por Jerfferson Davis, y defendidos por Lee» 
Los hombres de Washington se mostraron francamente 
hostiles á los insurrectos cubanos del movimiento de Tara. 
Buena prueba de ello, los célebres Mensajes de Grant da 
% de Diciembre de 1869, y 13 de Junio de 1870 y Agosto 
de 1875, contrarios al reconocimiento de beligerancia en fa- 
vor de aquellos insurrectos» 

Pero con todo esto, en medio de la guerra, llegó un ins- 



— 164 — 

trate en que casi se dio por positivo u* cambio de poéi*ie% 
ne* por efecto de un incidente por todo extremo lamentable: 
el apresamiento que en 30 de Octubre de 1874, fuera de 
lee aguas españolee, biso el vapor da' guerra español Tur- 
nado, del barco americano el Virginias, ¿ bordo del cual 
iba on grupo de cubanos insurrectos, procedente de lo% 
Estados Unidos, con el evidente propósito de desembarcar 
en la Grande Antilla. Fueron sometidos los insurrectos 
apresados á un consejo de guerra que decretó el fusilamiento 
de muchos de ellos y loe tribunales españoles declararon 
buena presa el Virginias^ por haberse demostrado que ente 
barco izaba a su antojo todas las banderas y sólo en el acto 
del apresamiento enarboló la americana. 

Con tal motivo el Gabinete de Washington, empujado por 
la opinión pública de la gran República, huso, por medió 
de su representante en Madrid, Mr. Siolee, una caluros* 
protesta y reclamaciones muy vivas, que determinaron al 
Gobierno español á escribir frases de tanta energía como 
las siguientes: 

Señor Ministro: 

«Acabo de recibir la nota de* V. 6. 9 feoha de hoy, pro- 
testando en el ejercicio de su cargo á nombre del Gobierno 
de lod Estados Unidos, y tomando por movimiento propio 
la voz de la humanidad, cuya representación no le compe- 
te exclusivamente, con motivo de las ejecuciones que se 
han verificado en Santiago de Cuba en los días 7 y 8 de 
este mes. 

Presentada la protesta en términos generales y sin rela- 
ción á agravio alguno inferido á la Unión Americana, no 
puede el Gobierno de la Bepublioa Española reconocer en 
V . E . personalidad para ello, como no la hubiera tenido Es- 
paña respecto de hechos sangrientos ocurridos en nuestros 
días, lo mismo en los Estados Unidos qn<* en otras nacio- 
nes del Viejo y Nuevo Continente. Rechazada ya la protes- 
ta con serena energía, tengo que fijar mi atención en la da- 



r 



— 1M — 

njae de «fulo y en las palabra eoaloradas ¿impropias «ni 
qne "?. 8. califica la conducto de las autoridades españolas* 
Sif^l documento suscrito per V. £. eareoe de solemnidad 
qn* pudiera p re s t arle el dereehe á dirigírmelo, cuando 
ajenos debiera la templansa de ene forma* haber demoe- 
tajda que no le diotaba la pasión. 

Tocarla muy á la ligera esta materia, si hubiera de cui- 
darme sólo de la eficacia de la ofensa; pero» apreoiándola 
en su intención, no puede el Gobierno consentir que» anti- 
cipándose i su propio juicio, el representante de una nación 
extranjera, si bien amiga, califique i les autoridades aspa* 
Solas de otro modo que como el Gobierno mismo lo consi- 
dere justo; inmistión siempre inadmisible, pero tanto mis 
entraña cuanto que ni el Gabinete de Washington, ni éste 
de Ifadrid, ni V. E. tienen á la hora presente datos bas- 
tantes 4 fundamentar una queja, ya sea sobre el apresa- 
miento del Jfcyt****, ya sobre los hechos posteriores* 

No debo siquiera rebatir aqui eeos oalifioativos que alte- 
rarían la mesura de mi comunicación; pero note V. £. que 
sin conocimiento de eeos hechos hubiera sido siempre aven- 
turado jasgar de las autoridades, y que entre tanto se al- 
cansaba, convenía á la elevación del carácter que V, S. ha 
adquirido, considerar que ellas eran guardadoras y repre- 
sentantes de la ley, al paso que los fusilados eran rebeldes 
que venian á conculcarla, enemigos de la patria, perturba- 
dores de la paz y del imperio de una República hermana. 

A despecho de cualquier apariencia, ha debido, por lo 
tanto, V« B. suspender su opinión, como la ha suspendido 
él Gobierno de España: que no quiere «ponerse á la tacha 
de atropellado y ligero, "en puntos tan delicados y comple- 
jos. En esta actitud seguirá hasta lograr plena certidum- 
bre, y puede V. E. estar seguro de que no alterará su es- 
píritu linaje alguno de presión, ni le apasionará la nota 
de V. E. al extremo de olvidar que le debe 4 un tiempo 
á le dignidad de su país y al respeto de las leyes, que es- 
tán por cima de la conveniencia y de las susceptibilidades, 
nacionales. 

Termina V. E. declarando, también por orden de su Go- 
bierno, que pedirá amplia reparación de cualquier ofensa 
inferida á los ciudadanos norteamericanos ó á su pabellón. 

Sensible es que V. E. no haya sostenido, bajo este punto 
de vista, de problemática realidad, la actitud adoptada en 
la* manifestaciones verbales á que V. E, hace determina- 
da referencia. Fiada estaba á la espontaneidad y á los sen- 






— 1&6 — 

ümíentos cordiales del Gobierno español, la solución que 
hubiera de darse á esta contingencia que V. E* prematu- 
ramente, y con enojosa previsión, trae ahora al terreno ofi- 
cial, en el que no rehuiré seguir sosteniendo que el Gobierno 
de la República está resuelto á que se cumpla la ley, lo 
mismo ea el territorio español que en nuestras relacione* 
internacionales, y que no ha de tolerar el menoscabo de 
ningún derecho. 

Lo que tengo el honor de comunicar á V, £., enya vida, 
guarde Dios machos años.— Madrid 14 de Noviembre 
ds 1873— José de Carvajal. » 



Al cabo, el conflicto terminó satisfactoriamente. Las ne» 
gociaciones diplomáticas concluyeron el 26 dé Noviembre. 
£1 Gobierno español sostuvo que el Virginias era ana 
buena, presa, por cuanto no estaba* bajo el amparo de la 
bandera americana y habla sido capturado en aguas libree» 
£1 Gobierno americano afirmó que el barco era de su pata 
y pidió la satisfacción del saludo. Pero en tanto los tribu- 
nales de los Estados Unidos declararon, de buena fe, que 
el Virginiui no tenía derecho á izar la bandera americana. 
Desde este momento — y esto sucedió hacia el 20 de Di- 
ciembre db 1873— la cuestión resultaba facilísima. 

Pero cinco días después el Gobierno republicano caía por 
el atropello que las tropas del general Pavía hicieron pose* 
sumándose del Palacio de las Cortes de Madrid y expulsan- 
do de ella á los diputados constituyentes. Es decir, realisan- 
do algo todavía más grave que el desembarco del general 
Ortega y el levantamiento de los carlistas en San Carlos de 
la Rápita, hacia L860, cuando España estaba comprometida 
en la guerra de África. 

Por cierto que lo ocurrido después de 1878 respecto del 

Vwgi%iu*y si acusa el vivísimo deseo de la Restauración de 

restablecer cnanto antes las buenas relaciones con los fista- 



— U7 — 

dos Unidos, no arguye muoho en favor de 1» supuesta ener- 
.gía y el superior tacto de loe ministro» de aquella época. 

Porque el oonoierto del ministro español Sr. Polo de Ber- 
nabé con el ministro americano Mr. Fish, de 29 de No- 
viembre de 1871, estableció que Espafi» devolviese á los Es* 
tados Unidos el Virginias y la tripulación y los pasajeros 
ene esta vieran vivos, que saludaría á la bandera americana 
y que otorgaría una indemnización, solo en el caso de que se 
demostrase que el Vtrginius tenia derecho á enarbolar la re* 
brida bandera. Los tribunales americanos declararon luego 
que no existía ese derecho y el Consejo de Estado de Espa- 
ña, bien qoe con deplorable retraso, dictaminó lo propio 
tn 1870. Y sin embargo, Espa&a pagó, á principios de 187»> 
para socorro dé las vieU mas de la- captura del Virginms, 
80 mil pesos. Y renunció además a insistir en la recla- 
mación que nuestro ministro en Washington presentó al 
•Gobierno americano en 30 de Diciembre de 1873, pidiendo 
á este indemnización por las piraterías del Virginmu. 

No mucho después, el Gobierno de la Restauración y el 
de h» Estados Unidos de América suscribían el protocolo 
da 12 de Enero de 1877, en vista del tratado de 1796. 
Bueno ó malo en su aléanos, aquel concierto es un ataque á 
la soberanía y el prestigio de España en las Antillas. 



IX 



Con las indicaciones hechas podría terminar este tnab*- 
jo, dedicado principalmente á precisar la política que hicie- 
ron loa republicanos de 1873 respecto de Ultramar y sefta- 
Jadamente respecto de nuestras Antillas. Pero ya pronojrti 
decir algo sobre lo que los republicanos españoles han he* 
oho deapuii en obsequio de las libertades coloniales, pera 
abonar más y más mi primera indicación relativa al dere- 
cho qtte los partidarios de la Repnblioa tienen para oom¡- 
rarse (dentro del circulo de nuestros actuales políticos), como 
Jos más acentuados propagandistas de la nueva re&np» 
colonial y para sostener que á los republicanos antes %u i 
otros algunos, les corresponde en buena lógica la misión de 
plantear las reformas expansivas y especialmente la antono- 
mia colonial en condiciones de prestigio, sinceridad y éxito. 

Insisto en no discutir lo que los demás partidos y las 
demás situaciones políticas hicieron. Esto no obsta para que 
advierta que el famoso golpe de Estado del S de Enero de 
J 874, que dio al traste con la situación republicana creada 
el 1 i de Febrero de 1873, repercutió en Ultramar, desha- 



— 1W — 

riandn la «agror p*g* de lo W M ***** ewPNNHo e*.le* 
dj» aflea ipieriiatoi^ftotf^jjjitariorea. 

Bsr ai derecho de le fosrsa gesrttrnn anuladas las fraa* 
qsicias awmisipolas y provinciales «a Famrt* JBéü . AlU.se 
pnwándiA totalmente de la Constatación de 18**. Se res- 
tableció la previa mosto» parala imprenta. Loa concejales 
y diputados provinciales fueron nombrados por el Goberné 
dar que paso la wda lee*! ¿ merced de loa alcalde» de flt li- 
berna» nombramiento, eea eneldo fijo y extraño* hasta á la 
vendad del pueblo que administraban. ^Persiguióse de 
nade implacable 4. loa maestros de primera caasflsnia, la 
mal quedó realmente desbaratada. Tuvieron qne emiggar 
&lgnnoe de loa mis earaeterísados reformistas. De hecfy se 
restauro, el decreto de \**<m*imo¿(U de 192$ y los partidos 
peUtieos se deshicieron, dispersándose sos individuos. &a 
laetcmn triunfó de na modo completo. Solo qnedó en jye la 
abülision de la esclavitud, sin qne ¿litaran conservadores 
pnseapados oon la idea de desvirtuar esta gran refiprma por 
nidio de la llamada organización del trabajo y del régimen 
dalas Hóretas de trabajadores, de los contratos obligatorios 
y de la clasificación de la vagancia (más 6 menos efectiva) 
•aire los delitos sancionados por el Código. 

Bada de esto puede extrañar á los que conozcan la hiato» 
ría colonial y se den mediana cuenta de la intima relación 
qne hay entre la política de las Metrópolis y la política de 
liji Colonias. Pe ella prescinden así los que en las primeras 
creen que la política colonial ss ana excepción sin trans* 
candencia en la vida total de la Nación, como los qne en las 
Colonias opinan qne se puede prescindir de la política ge. 
isral ó nacional, esperando la libertad de los qne las com- 
baten más ó menos en la Madre Patria. 



n 



I 



— íóo — 

Napoleón I no pe detuvo en la anulación de ciertas liberta* 
dea coloniales consagradas por la Revolución franoesa. Se 
atrevió á revocar loe decretos" de abolición de la eeolavituá. 
De aqol la insurrección de loe negree, que la vulgaridad y la, 
mala fe atribuyen á la abolición/ No ee puede imaginar' at- 
yor falsedad. Porotra parte** sonde sobra conocidos los 
manejos de loe esclavistas franceses, después de la abolición 
de 1848, para desvirtuar los decretos emancipadores con 
los reglamentos sobre la trata china y los cooliet y los ooa - 
tratos fañosos de los libertos. Algo de esto se ideó en Paar • 
to Rico en 1874 y 75. Pero afortunadamente no prosperó 
por la resistencia de todo el país. 

Én cambio prosperaron los mayores disparates respecto 
del peligro que entrañaba la difusión de la ensefiania pábli- 
cal Loa conservadores extremaron su oposición á la orea* 
cióc del Instituto de segunda eneeñania y i la fundación 
de la Universidad portorriqueña. Estos esfuerios al priaoi* 
pió lograron un éxito completo. Los amparaba la invoo» - 
rión de la integridad de la Patria. También en la Peoia- 
aula, loa absolutistas habían conseguido, en la e¿iOoa del te - 
rror blanoo, cerrar Institutos y Universidades, protestando 
contra la fatal manía d$ pensar y creando en vea de centres) 
educativos escuelas oficiales de tauromaquia. 

Estos esfuerce* á la postre-resultaron estériles. La enee>- 
ñansa primaria se reorganizó en 1880. £1 Instituto se creó 
en 1882 y fundado poco después el Ateneo portorriqueño, 
éste fué autorizado para la preparación y estadio de las ea~ 
rreras de Derecho y de Letras. (Pero cuántos años pasaren 
y cuántos esfuerzos no fueron necesarios dentro del período> 
de la Restauración borbónica y en plena pazl 

Como antea se ha dicho, la Restauración en 1878 regule* 




— 1*1 — 

la vida municipal y provincial y el gobierno general de lm> 
¡ala de Pnerto Rico con un eentido acentuadamente centra* 
lindar y nn espíritu de ofensiva desconfíenla. 

Restaurado D. Alfonso XII ¿ fines de 1874, faé vetada la 
Qpaatitnoifrn del 78, oayo artículo 89 dicecque las provincia* 
de Ultramar han de ser gobernadas por hy$* espídale** pero 
que el Gobierno quedaba autoriisdo para aplicar á las mis- 
mas, con las modificaciones que juagara oon venientes y dan* 
do menta á las Cortas, las leyes promulgadas 6 que se pío* 
amigaran en la Península.» Además Ooba y Puerto Rico 
serian representadas en las Cortee del Reino en la forma que 
determinase una ley especial, que podría ser diversa para 
eada una de estas provincias. Por último, el Gobierno 
determinaría ooándo y en qué forma serían elegidos los re- 
presentantes á Cortes de la Isla de Cuba. 

Por efecto de este articulo se hizo el título 8 de la Lsy 
electoral de 28 de Diciembre de 1878, por la cual se establé- 
ela: 1.* que solo tendrían derecho á elegir diputados i Cor- 
tas en las Antillas los espalóles que pagaran 126 pesetas 
anuales por impuesto territorial ó urbano ó por subsidio in- 
dustrial 6 de comercio; 2.° que no podrían ser admitidos co- 
mo diputados los que habiéndose hallado abetos ¿ servi- 
dumbre en lá Isla de Cuba no llevasen por lo menee diea 
años de ser ibertoa y exentos de patronato, y 3.° que no 
podrían ser electores ea Cuba les que habiendo estado suje- 
tos á servidumbre no llevasen por lo menos tres aftas de ser 
libertos y cientos de patronato. 

Antes he hablado del decreto de 1878 respecto de la or- 
ganiaadón mnnioipal y provincial de Puerto Rico; decreto 
exageradamente oentraliíador y de acentuadísimo espíritu 
de desoonfiansa que primero se dio para la pequeña Antilla y 



— 16* — 

luego (en 21 de Julio ad 78) se extendi6 á Cuba. II tal de- 
«reto i« calificó da Uy provisional y con su motivo oficial» 
mente se dijo que seguirla hasta que entrasen los rcprsssa"" 
tantea de Cuba aa el Parlamento y oon su concurso aa hi. 
ciara la ley definitiva. ¡Vanas frasea y ociosas pro m ana n » 
Esa ley provisional ha dorado dieciocho afios, y yo mismo 
no pode conseguir del Gobierno liberal de 1882 que acepta- 
se una enmienda á la ley provincial peninsular que entone** 
se biso en el Congreso, para llevarla, oon modificaciones, á 
aa Antillas. 

La Península no podía vivir maniatada por la ley ante- 
rior que se habla extendido á las Antillas con muchas 
notas de carácter centraJiaadpr y verdaderamente inso- 
portable! En 1882 se me aseguró que estaba próxima la 
reforma provincial de Cuba y Puerto Rico. T no se cesaba 
de decir enfátieamente que estas Islas disfrutaban de las 
mismas libertades que laa demás provincias de España. 

También de 1878 es el decreto que fija las atribuciones 
de los Gobernadores generales de Cuba, Puerto Bico y Fili» 
pinas . Eu su art, 3.° se hace referencia á las facultades ex- 
traordinarias del antigua régimen, ó sea á los poderes dis- 
crecionales de las Leyes Indias, sin sancionar la saludable 
intervención que en las resoluciones de los gobernadores y 
vireyee tenían las Audiencias ultramarinas. La Reacción, 
pues, se presentó y desarrolló de un modo formidable. Luego 
vinieron algunas atenuaciones* 

A mediados de 1879 se aplicó á Cuba y Puerto Rico 
el Código penal de la Península de 1879 con algunas 
modificaciones referentes á los esclavos y á los patroci- 
nados. En la misma época se llevó á las Antillas la ley 
Hipotecaria de la Metrópoli y se organiaó la Adminis- 



— 163 — 

trióte de justicia, sustrajéndola un poco 4 la arbitrariedad 
liifchtorl i il , Ka 18Í0 es promulgó la Ley relativa al dere- 
ole de reunión y en U de Febrero delmiemo alio 188* se 
proclamó la abolición de la esclavitud, ai bien senoiottande 
el patronato, ftrmala hipócrita de la antigua servidumbre» A 
principios del aflo 84 ee estableció en la* Antillae el regiátoo 
y el matrimonio civil. En 1886 el Código -de Comercio. * n 
la misma época fué abolido el patronato. Y en 1881, dea* 
pnea de nna formidable batalla parlamentaria, ae declaró 
vigente en las Antillae (bien qne con reservas) t la Constitu- 
ción de 1878. 

Pero lo más relevante 7 meritorio de todo este período 
es la pacificación de Coba por efecto del célebre Convenio 
del Zanjón que lleva la fecha del 10 de Enero de 1878. 

Ta be dicho qne la insurrección cabana tomó onerpo él 
silo 73 7 qne desde el 74 al 78 logró un desarrollo extraor- 
dinario aprovechando mil circunstancias, entre las cuales 
isy qne poner la creciente simpatía de casi todos loa pue- 
blos de América 7 entre estos especialmente los Estados 
Unidos del Norte, Venezuela 7 el Peta. Las simpatías de loa 
dos primeros pueblos qne acabo de citar se tradujeron en 
apoyo oficioso 7 en expediciones de revolucionarios que des- 
embarcaron con bastante facilidad en la grande Antüía, En 
al Perú se llegó á más, porque el Gobierno de aquella Se - 
publica no titubeó en reconocer la beligerancia de los insu- 
rrectos cubanos. También he dicho que en 1877 Máximo Go- 
mes rebasó la trocha de Morón á Júoaro 7 que la guerra se 
extendió al territorio de las Villas. Pero á poco de haber 
logrado la insurrección este desarrollo extraordinario, ape- 
aar de los dos envíos de 18 mil 7 20 mil hombtes que por 
aquel entonces hisó el Gobierno espafiol á instancias del ge» 



— 164 — 

ñera] Coacta , que al principio habla oreidoque no necesitaba 
refrenas militares, á poco, refuto, de haber logrado aqael 
pasmoso vuelo , te determinaron grandes divisiones entre loe 
insurrecto», divisiones qne produjeron la destitución del Pre- 
sidente Céspedes y los reemplazos sucesivos de los generales 
Gómez y Garda. Bn este momento se inició en Coba, tanto 
en la política como en la campafia militar, una rectificación 
completa de las ideas 7 de los procedimientos qne hablan pre* 
dominado antes, patrocinados por los Generales Caballero 
de Bodas y Balmaseda. E*ta transcendental rectificación 
está representada por el General Martínez Campos, enyo 
éxito excasa todo género de comentarios* 

La teoría de la guerra por la guerra vino al suelo. Ini- 
ciáronse los procedimientos políticos. La guerra de Cuba 
fué considerada como una guerra civil. La generosidad y 
la confipnza en los medios morales se impuso allí donde ra 
di cabio el mayor prestigio y la mayor responsabilidad» Y el 
resaludo fué el de siempre: uo verdadero triunfo. £1 Con- 
veaio del Zanjón» No me explicaría cómo esto se olvida en 
estos morneotos por el Gobierno y por algunos periódicos de 
Madrid, sino estuviese al tanto de que aquí nadie se acuerda 
de lo qne pasó en Méjioo, en el Sur de América y en las Cor- 
tes españolas de 1S20 á 1823. Sin embargo, la lección de 
aquella época es elocuentísima. 

Después de las alegrías del momento se ha criticado 
macho el Convenio referido. No ha faltado quien le lla- 
mase la hoja de parra de la insurrección separatista. He 
sobran los datos pava afirmar que quienes han dicho esto 
desconocían positivamente el estado efectivo de la insurrec- 
ción de Cuba y la disposición de toda América en aquella 
techa. No niego las divisiones de los insurrectos y la deea* 




— 1*5 — 

dencia de su causa 4 fines de. 1977; pero tamtién conozco 
bastante la historia de Méjico desde 181* al 25 y los oom_ 
propuso? de la mayoría de los Gobiernos americanos «o 
1978» asi como el estado financiero y militar de nuestra Pa- 
tria entonces y loe medios suficientes qne integristas y re* 
volucionarios tenias para haber realisado por completo la 
destrucción de la Isla. Esto ultimo no será inverosímil para 
beque sepan que Santo Domingo afines del siglo pasado 
fué mis rica y esplendorosa qne Coba, y sin embargo ahora 
no es más qne una mina. Por tanto me pongo en el grupo de 
los qne estiman qne el señor Martines Campos mereció bien 
de la Patria y realizó nna obra extraordinaria al preparar y 
suscribir el Convenio del Zanjón, qne puso término á una 
lucha qne oostó, sólo á la Metrópoli española, según dicho 
del sefiór general Jovellar, más de 140 mil hombres y 7JK> 
millones de duros ( 1 ). 

T entiéndase qne aplaudo la conducta del citado General, 
no solo por el convenio mismo, sino por la humanisación de 
la guerra y por el valor y la honradez con qne explicó al 
Gobierno, para que lo supiese la nación entera, las causas 
ds la rebelión separatista cubana y el sentido de la política 
ene era preciso realisar para que concluyese la guerra y el 
separatismo dejara de ser un verdadero peligro. 

Bajo e6te punto de vista- con viene mucho vulgarizar la 
que el citado General decía por aquel tiempo al Gobierno» 

En una de sus comunicaciones de fecha anterior al con- 
venio de 10 de Febrero del 78, decia lo siguiente: 

«No hay que hacerse ilusiones, el peligro existe en la par- 
te pacificada. Podrá no venir, pero amenaza. Se creía antee 



(1) Ha tratad© con inBifttencia de conocer el total' de pérdida* de 
Ouba y la Peaiaiala. XI Gobierno lo ignore* Aef vaaos i ciega»* 



— 166 — 

que el ce* áotft de estos fobitenlea no era propio puto 1* 
guarro. Tanto el blanco como el negro no» kan demostrado lo 
contrario. Las promesas nunca cumplidas, los abasos de to- 
dos gooeros, el no haber dedioado nada ál ramo de Fomento, 
la exclusión de los natnrates de todos los ramos dé la Adflsi - 
nigtración, y otra porción de faltas dieron origen a la insui • 
rreceión . £1 creer los Gobiernos qne aquí no había más tiie* 
dio qne el terror, y ser cuestión de dignidad no planteen: 
las reformas hasta qne no sonase nn tiro, la han continua* 
do. Por ese camino nunca hubiésemos concluido, aunque se 
cuaje la isla de soldados. Es necesario, si no queremos 
arruinar á España, entrar francamente en el terreno de las 
libertades. Yo creo que si Cuba es poco para independiente 
es mas que lo bastante para provincia española y que no Ten- 
ga esa serie de malos empleados» todos de la Península: qne 
se dé participación 4 los hijos del país, que los destinos sean 
estables. Si se oree que esto es ponerles la situación en lee 
manos, yo opino qne peor son sus enemistades encubiertes 
y que no necesitaron el 68 tener cargos públioos para su- 
blevarse. Hoy son aguerridos, y si entre ellos no hay 
grandes generales, hay, lo qne necesitan, notables gue- 
rrilleros.» 

Pero debemos hablar con perfecta sinceridad. Los bon- 
vencionalismos, los equívocos y hasta las falsedades que co- 
rreo ordinariamente en la Península y quiza han corrido 
«iampre, respecto de la política ultramarina, nos perjudican 
lo indecible. Pocos son los que saben cómo y por quó vino 
Colón desde Santo Domingo cargado de cadenas y abre • 
mado de calumnias por sus enemigos los explotadores de 
la nueva Colonia. Nadie se cuida de explicar cómo se resis- 
tieron en el oontinente americano las Leyes nuevas de Car* 
los V y por quó Vasco Núñei de Balboa murió á manos de 
Pedradas en Centro América. No es tema de nuestros políti- 
cos ni de nuestros historiadores la sublevación de los Pira * 
rro y el terrible conflicto que dominó el viril D. Pedro de 
Lagasoa en el Perú* Nadie se cuida de desentrañar el pro- 
ceso del Conde de Revillagigedo, une de Ion tres grandes vi* 






reyes de M ético. 8* ha tachado da iluso el inmortal padre 
Xas Casas y se ha estimado cerno neto patriótico al prescin- 
dir de la* Notas secretes da Uiloa 7 Jorge Joan. Oon etto 
f can decir que loa extranjeros nos tienen envidia 7 proea» 
can nuestro deseredito, aa ha comprometido 7 aun compre» 
asta á esta noble 7 viril Bapafia, á ana política absurda y 
m ana oampafla verdaderamente imposible. 

Parque las osees no dejan da ser porque nosotros las ne- . 
gaamos. Los poblemas coloniales están hoy á la vista de 
todo el mundo caito y de todos los Gobiernos qae pablionn 
loa informas de sus cónsules 7 en momentos dados pretenden 
intervenir en ases mismos problema» en nombre 7 por vir- 
tud ds los últimos adelantos del Derecho internacional, in- 
vocando, oportuna ct importune, la instauración del régimen 
constitucional en el continente europeo, la emancipación de 
Grecia, la unidad de Italia y la transformación de los prin- 
cipados danubianos por la cooperación 7 el concierto de las 
graades naciones del mando contemporáneo. Será esto bueno 
ó será malo: no lo discuta. Paro es nn hecho. Y se falta á to- 
das las conveniencias sociales y A todos los deberes del pa- 
triotismo ocultándolo al ftaeblo español. Sa decir, á nn pne- 
hb qae realmente no tiene el menor interés en ana política 
»bnsiva en América. 

Por estos motivos; 7 algunos otros que creo ocioso deta- 
llar, debo decir francamente que la Beatauración no proce- 
dió con la sinceridad 7 la energía convenientes inmediata- 
mente después de la Paz del Zanjón. 

Antas de ahora he dioho da qué suerte qneió sorteado el 
cumplimiento del art. 1 .° de aquel Convenio qae se ñrmó en 
10 de Febrero de 1878; es decir» cuando en el orden del de- 
recho positivo regían en Puerto Rico las leyes 7 los regla* 



— 1«S — 

mentó* del tiempo de la República. Lejos de mantenerse» 
aquellas conquistas de la Revolución, en 14 de Mayo y 21 
Junio de 1878 (esto ee, tree 6 cuatro meses después del' 
Convenio) se poblioaron los decretos reaccionarios sobre el 
Gobierno, los municipios y las diputaciones provinciales de 
Cuba y Puerto Rico. El 8 de Diciembre del 78 (es decir, diez 
meses después del pacto del Zanjón) se dictó la ley electoral 
que anulaba el sufragio universal en Puerto Rico, r 

Una carta del sefior General Martín» Campos al señor 
Cánovas del Castillo excusa el menor razonamiento. Dice« 
asi: 

«Yo soy menos liberal que ustedes y deploro ciertas li- 
bertades: pero la ¿poca las exige. La fuerza no constituye- 
nada estable; la razón y la justicia st abren paso, tarde ó- 
temprano. No bien aprueban ustedes los artículos de la oa- 

I titulación, ya empiezan 4 poner cortapisas, entendiendo que 
os diputados no deben ir hasta la renovación de las Cortes. 
No comprendo esto: si hay alguna dificultad que impida ir 
nuevos diputados á esas Cortes, ciérrense éstas. Yo, particu- 
larmente, á Martin Herrera le indiqué la conveniencia de 
que fueran diputados y estuvieran ahí ya para arreglar la 
cuestión de la esclavitud, cuestión tan pavorosa que sin ella 
no hubiese durado tanto la guerra, en la que yo no quiero en- 
trar porque me considero incompetente, pero que la religión 
y la humanidad rechazan. No creo que se resuelva en un día, 
pero tampoco oreo que )a Ley Moret sea suficiente. Es tan 
compleja, que he dudado ni aun indicarla, pero me ha eos* 
tado trabajo discutir en este terreno: en las conferencias que 
he tenido con el enemigo ha visto usted que ni se habla de 
ella. 

Pues bien, creo que es la mayor de las debilidades que he 
conocido en mi vida. No me he atrevido 4 tocarla por que 
vulnera intereses respetables, por que afecta al modo de ser 
de Cuba, pero creo que si no se toca por el Gobierno, las na- 
ciones extranjeras, que no tienen por qté mirar nuestros in- 
tereses, la tocarán. Yo considero que la iniciativa debe par* 
tir del Gobierno para encauzar la cuestión y que no se re- 
suelva atropelladamente. La abolición en un día seria la 
muerte de Cuba: es preciso poner la lqy del trabajo, do 



— 169 — r 

instrucción y la colonización y estudiar loa medios de í o- 
demniíación, ya señalando el plazo para que el trabajo du- 
rante ese tiempo indemnice al dueño ó ya fijándola con car- 
go al Estado. Pero este último serla ruinosísimo y como no 
habría de qué pagar, serla un engaño*. 

Por manera que la buena voluntad del partido conser- 
vador, que ocupaba el poder en 1878, para cumplimentar y 
desarrollar la Paz del Zanjón fué bastante disoatible. Afor- 
tunadamente por cima de la voluntad de los hombres está 
la lógica de las cosas y de las situaciones. El convenio del 
Zanjón con la política en él encarnada, trascendió 4 la Pe- 
nínsula, probándose una vez más la influencia que las co- 
fa* de Ultramar tienen en el desenvolvimiento de la política 
de la Metrópoli. Cayó el Ministerio Cánovas-Romero, y fué 
Bastituído por el que presidió el señor general Martines 
Campos, inaugurándose un periodo de relativa expansión, 
que facilito tanto el advenimiento del partido liberal á las 
esferas del Gobierno en 1881 como la reaparición de los 
elementos avanzados y republicanos en la esfera da la vida 
legal y de la política activa. 



n¡ 



X 



Eíeoto de todo orto fueron: en las Antillas, la ley abolicio- 
nista de 1881, la de reanión pacifica, la instauración del 
juicio oral con la ley de Enjuiciamiento criminal, la reforma 
de la instrucción pública, la unificación de las carreras del 
Cttado en la Península y en Ultramar, la redacción de la 
contribución (que era de 10 por 100 en las fincas asucareras 
y tabacaleras y de 1* en los demás .cultivos), primero, á 
g par 100 en los cultivos generales, y & 2 en las fincas de ta- 
baco y caña: y luego, á 2 por 100 en todos los cultivos. Todo 
eso se realizó con la cooperación ó & excitación de los dipu- 
tados y senadores cubanos que en 1879 entraron en las Cor- 
tee, después de una ausencia de 48 años. 

Loa diputados de Puerto Rico ya hablan entrado en 1869, 
y daade esta fecha no han dejado de ser llamados cuantas 
veces después se ha hecho la convocatoria del Parlamento 
aep&ñol. Asi vinieron 4 las primeras Cortes de la Restaura- 
ción y en ellas funcionaron. Es decir, vinieron los diputados 
con ervaáores, pues los electores reformistas y liberales de 
la pequeña Antilla se retrajeron después del golpe de 3 de 
Enarc de 1873 hasta 1879. 




r 



— 171 — 

También revistieron importancia las disposiciones de ca- 
rácter eoonómioo que se dictaron en esta época. £1 
presupuesto de gastos de Cuba era en 1868 69 de unos 
25.41 5.945 pesos. Hasta 1 856-57 los presupuestos de aquella 
Ida no pasaron de 15 millones. Y así y todo se saldaban con 
J*p#re¿#que, desde 1849 á 1859, produjeron, para el Teso- 
rodela Península, 31.845.312 pesos, según puede verse en 
las curiosas Memorias del general D. José de la Concha y 
del Intendente D. Mariano Cancio Villamil. El desequilibrio 
y la baja de los sobrantes fueron resultado de las guerras 
de Méjioo y Santo Domingo que pagó, no sé por qué, el Te* 
soro de Cuba. Mas si presupuesto que se presentó á las 
Cortes Constituyentes para 1869 70 subía á 2s.269.597 
daros. 

Desde 1870 4 1878 rigieron unos mismos presupuestos; 
el ordinario de gastos importaba 27.452. 55$. A esta su- 
me habla que añadir la de 7,45. 641 pesos del presupuesto e?" 
traordiaario. Total: unos 28,200.000 pesos: número re* 
deudo. Pero el desarrollo de la guerra impuso muchos mas 
dispendios* que se atendieron con billetes del Banco Espa» 
fiel emitidos por orden del Gobierno de la Metrópoli, y que 
desde 1869 á mediados de 1871 representaron unos 17 mi- 
llones de duros. En 1872 y 1874 se emitieron bonos y bille- 
tes del Tesoro; en 187$ y 76 se hicieron nuevos emprésti- 
tos, se emitieron billetes por el Banco Español de la Habana 
7 se hipotecaron las rentas de la Isla para garantizar otras 
obligaciones del Tesoro; en 1878 y en 1882 se creó una den* 
da amortizada para liquidar los créditos del Tesoro por per-; 
tonal y material, varios préstamos y las emisiones que 
vinieron 4 refundirse en los billetes hipotecarios emiti- 
dos en 1886, por la suma de 124 millones de duros. Esta, 



— 172 — 

cifra luego, en 1890, se amplió oon otros 55.550.000. 

II total de la sección 1.* del Presupuesto de 1870-71, ó 
sea la-de obligaciones generales (donde se comprendió 1a 
deuda, las clases pasivas, los emigrados de América, las 
c on s ignac iones al duque de Veragua, los pagos de alguno* 
ososos y pensiones y los gastos del Ministerio de Ultramar) 
no pasaba de 2.657.6S5 pesos. 

Convendrá advertir que, 4 partir de 1874, el Gobierno 
Se dispensó del oonourso de las Cortes para los presupues- 
tos cubanos. Invocó algunas veces el articulo 27 del decreto 
de Administración y contabilidad de la Hacienda de Ultra- 
mar, fecha 12 de Septiembre de 1870, y como éste no auto- 
riza variaciones, se acordó por Real orden de 2A da Agos- 
to de 1876 que c mientras no fuesen discutidos por las Cor- 
tos del reino los presupuestos generales de gastos é ingra- 
tos de las provincias de Ultramar, en créditos extraordina- 
rios, serian aprobados por Aeal Jeoreto acordado en Con- 
sejo de ministros, con audiencia de la sección correspon- 
diente del Consejo de Estado •. 

£l art. 27 del Decreto di 1870, reorganizando la Ha- 
cienda pública de las provincias de Ultramar, había esta* 
Mecido que si por cualquier motivo las Cortes dejasen de 
autorizar algún año la ley de presupuestos de Ultramar, se 
considerarla vigente la inmediata anterior. 

Por esto el Ministerio de Ultramar, en 22 de Octu- 
bre de 1873, expidió un decreto declarando en vigor pa- 
ra el afio económico de 1873-74 en Puerto Rico, Cuba y 
Filipinas, los presupuestos que hablan regido en aquellos 
paisas en 1872 «73. Y explicaba su resolución por el he* 
cho tde no haberse podido elevar á ley el proyecto que 
el ministro del ramo habla presentado á las Cortes en 11 de 



v 



- m - m¡ 



Septiembre de 1872.» De iodos modos, loo 

de 1873 regirían, Ínterin lee Cortee no resolviesen oto* 



Por la Beal orden de 36 de Agosto de 1876 ee impago un» 
verdadcm dictadura económica en le Grande A n tilla, donde 
•e llegó 4 exigir el oontribajente en 1878 nade menos que el 
30por 1<K) de todos loe productos. En 1879 ee vino al 26 por 
100. Y en 18741876 se llegó 4 decretar el 10 por 100 eV¿ 
capital, m bien solo se llegó 4 cobrar el 1 y 1(4 per 100. Bel 
1873 (oomo en 1872) solo se cobró el 10 por 100 de todas 
las rentos. 

Explicase hasta cierto panto el olvido de las prerrogati- 
vas de las Cortee en vista del desarrollo que la insurree» 
eíón cabana tomó en 1875, pero no es fltail encontrar escasa 
el hecho de que aquella dictadora económica aloansass tam- 
bién 4 Puerto Rico, donde continuaba sin la menor altera» 
«óa el orden politioo. 

En 1878 el presupuesto de Cuba subió 4 la enormidad de 
46.594.688 pesos, pagados sólo por aquella isla. En 1870 8a 
todavía subió mis: 4 56.764.688. Pero el afio 80-81 ese pre- 
supuesto bajó 4 44.035.350 pesos. Bu 1882-88 fué de 
81.860.249; en 1883-84 de 34.170.880 y en 1885 86 de 
31.169.663. 

Ademas, en el presupuesto ds 1880 se redujo en nn 15 
por 100 el derecho de exportación general de frutos ue Cu* 
ha, y en 1883 volvió 4 hacerse otra rebaja que ee repitió 
ea 1886, 1892 y 1893, hasta quedar suprimido ese impuse* 
toen 1893. 

Por áltimo, en 30 de Junio y 20 de Julio de 1882, 
se hicieron las leyes llamadas de relaoionee mercantiles 
de las Antillas y la Península, por las cuales, en prin- 



"£ 



• 174 — 

«fio, «i estableció el cabotaje, que debió ser electivo 
es 1892 (1) 

£n cnanto 4 Puerto Bico hay que establecer que el pre- 
supuesto de gastos de 1870 71, que fijaba los gastos ordina- 
rio* de la Isla en 1, 919.677 pesos, subsistió (en virtud del 
conocido art. 27 del decreto de 12 de Septiembre de 1870) 
basta 1877, en cuya fecha (13 de Agoste) y prescindiendo 
de Job representantes parlamentarios ultramarinos, se dio un 
Beal decreto fijando en 3.711 . 914 pesos los gastos ordina- 
rios de la Isla. Desds 1878 á 1880 ese presupuesto es de 
3.686,98 pesos; presupuesto siempre indisoutido. A partir 
del afio 81 intervienen activamente en la discusión los di» 
potados autonomistas. El presupuesto de gastos de 1881 en 
de 3,615.083 pesos. El de 1885 sube á 3.834.012. 

11 periodo de la Herencia que principia en 1888 fué bas- 
tante más favorable para las libertades antillanas. La pro- 
mulgación de la Constitución de 1878 hecha por decreto de 
7 de Abril de 1881 y después de refiida batalla entre con- 
servadores y liberales, tuvo muchas consecuencias y su ma- 
yor eficacia se advierte en esté periodo» bajo la influencia del 
partido liberal. En 5 de Enero de 1891 se publicó la Compi- 
lación general sobre administración ds justicia que resume 
y amplía la real cédula de 1855, y los reales decretos de 12 



(1) He leído en un opuscuio publicado en 1090 por el Ministerio de 
Ultra mar, tobre el BstaéppoUtiec y aáminitíratitó i§ €«•§«, que asta 41- 
tiasa rtforoa fe hito á instancia a de loa diputados antillanos. Declino 
el honor y rectifico lm noticia. Loa diputados aut* nomiataa nunca eos- 
tuvimti eeo, y en cambio eenalamoe Isa consecuencias deplorables y 
ya jot tedes reconocidas, de aquella medida, á cuyo buen proposito ni» 
eímos jaa^efa. Vea pe mi discurso pronunciada en la sesión del Coa»- 
i d* a*J de Mayo de 1884. 



— m — ■ 

di Abril da 1*76, 23 de Mayo de 1873, 15 de Enero de 1884 
y 29 de Mayo de 1885. La libertad da imprenta y la libertad, 
deacoeiacióii ae llevaron i las do* Antillaa en 1 1 de Noviem- 
tesde 2816 y 12 de Junio da 1868 respectivamente. El pa- 
tronato ee abolió en 1886» En 31 de Julio del 89 se promul- 
góla laa Antillaa ei nuevo Código civil. En 38 de Enero del 
86 9 el Código mercantil. En 14 de Julio de 1893 la reforma 
de la ley hipotecaria. En 5 de Julio del 87, la validación de 
be estudios beeboe privadamente. Luego vinieron la supre- 
■óa de loa derechoe de exportación, la rebaja de loe de carga 
y deeearga; el tratado de comercio oon loa Estados Huidos 
de América de 1891; la fijación de la cuota contributiva en 
Cuba de 12 por 100 en laa fincas urbanas, 2 por 100 en laa 
risfcieas y 1 5 por 100 en la industria y el comercio; las retor- 
nas electorales de 1892 y 94 y la reforma del gobierno y 
administración d^e Jas dos Antillas de 1* de Mano de 1895, 
son loe decretos complementarios de Diciembre de 1896. 

Además el presupuesto de gastos de Cuba fué en 1886*87 
de25.969,734peeos;enl888.89,de25.596.441;enl890 91, 
de 26.446.810, en 1891-92, de 26.214.695; en 1892-93» 
de 28 074.594; de 26.037.394; en 189394 y en los si- 
guientes años de 26.087.394. 

Con esto hay que relacionar el Arancel de 29 de Abril de 
1892 (que debió regir provisionalmente por espacio de seia 
assea) y laa nueves Ordenanaas de Aduanas; estas últi- 
mas de verdadero progreso respecto de laa anteriores. Los 
Aranceles cubanos descansan en un impuesto constante so- 
tes los productos extranjeros de diferente importancia se- 
ftn los géneros y en un impuesto transitorio del 10 ai 15 
per 100 sobre todas las procedencias. 

, En Puerto Bico el presupuesto 1886 fué de 3.898.612 pe- 



— 176 — 



aoe. En 18S9 es de 3.859.05*. Ea 1892 ee de S.768 590. T* 
en 1 994 de 8 .977.500. Ya he dicho que hoy ee de 4 tnilloAee. 

Ea eete trebejo de referencia 4 la obra de la Bestaura* 
cien y de la Begenoía no he omitido nada que constituya 
un mérito para loe reformistas de esta época. Ahora sincera • ' 
mente he de declarar que eea obra tiene no pocas manchas, 
cuyo detalle me seria facilísimo. Básteme decir qne la" 
reforma electoral de 1892 consagrando la escandalosa farsa 
de los socios de ocasión, dando el privilegio del voto á los 
empleados públicos, y manteniendo la cuota electoral dalos : 
25 pesos, contradecía toda la tendencia de la época y provo- 
có el retraimiento de los autonomistas y liberales sueltos dé' 
Cuba, La reforma del 94 (también hecha por el partido li-' 
beral) infirió un verdadero agravio á los habitantes de Puer- 
to Rico, 4 quienes aún hoy se exige la cuota de 10 pesos oo- 
mo base del derecho de sufragio, mientras se pide la de cin- 
co al contribuyente cubano. De aquí el retraimiento de los* 
autonomistas portorriqueños que protestaron ruidosamente 
contra la calificación de españoles de tercera clase que san- 
cionaba el decreto del 8f. Maura. Y así se dio una prueba 
ni i* de la ofrecida por los cubanos en 1893, de que los habí-' 
tancas de las Antillas estaban ya resueltos 4 no consentir qofr 
se rebajase su consideración frente á los demás ciudadanos 
españoles. 

La ley de relaciones mercantiles de 1882 se ha barrenado 
por numerosos decretos del Ministerio de Ultramar y aun 
por artículos de leyes de presupuestos como la de 189$, de 
tal suerte, que ha resultado una absoluta franquicia para 
los productos peninsulares en las Antillas y positivas di- 
ficultades para los productos antillanos en la Península. 
£1 Arancel de 1892 se hiso para negociar sobre él con los 



i Unidor, anulado en 1894 el convenio con esta Re- 
pAMioa, subsiste el Arancel proteccionista 4 petar de que ' 
bate ya eeroa de cuatro aftoa debiera, con arreglo á la ley ? 
haberse reformado en sentido expansivo, para abarear la 
vida ultramarina y hacer posible la concurrencia de nuestra 
predicción colonial con la del extranjero* 

Verdad que se promulgaron las leyes expansivas de im- 
porte, reunión y asociación; pero no es menos exacto que 
«i 1890 se ha llevado á las Antillas el Código de Justicia 
MDiter, en el cual se leen enormidades políticas y jurídicas 
cosmlan consignadas en sus arta. 28 y 29 (1). 

II primero de estos artículos define las atribuciones de los 
Capitanes Generales de distrito en la Peni nenia y señala en- 
tre ellas la aprobación de las sentenoias de los Consejos de 
Guerra ordinario y de Oficiales Generales, cualquiera que 
sea la pena impuesta, siempre que se trate ie los delitos de 
inician, espionaje, rebelión, conjuración para la rebelión, 
sedición, negligencia en actos del servicio, abandone del 
mismo, cobardía, insulto i superiores, desobediencia y se» 



B art. 29 se refiere 4 loe Capitanes Generales de Ultra- 
mar y determina que les corresponde la aprobación de las 
isetsneias antes citadas y tademds aquellas otras en que se ' 
trate de los delitos de robo en despoblado, siendo cualquie- 
ra al número de la cuadrilla, ó en poblado, siendo en cua- 
drilla de cuatro ó mas; secuestro, incendio en despoblado, 
amenaza de cometer los anteriores delitos, ya sea exigiendo 
nha cantidad, ya imponiendo cualquiera otra condición 



\\) Véase ni libro Cuutiemt ptfpitantu dé Política, D§r$oh* y Ai- 



— m — 



conaatutiva de delito grave previsto en el Código penal 
ord .nano y cualesquiera otro* quf atonten grav emente á la 
riguridad di cotas y personas ó dios intereses generales de 
la nacían y del ejército*» 

Por cima de todo eeto se hallan el descrédito universal de 
nuestra centralizada administración ultramarina; la proteo- 
«ion decidida, franca é incomparable que las autoridades de 
todo género han dado y continúan dando á loe elementos y 
partidos conservadores antillanos contra los liberales y au- 
tonomistas; la intervención de los Alcaldes de nombramien- 
to del gobierno en la política interior de aquellos países; 
los escándalos de la ya celebre lista de candidatos y diputa- 
dos cuneros de Puerto Rico y las frases tan expresivas y sin» 
ceras como las del 8r. León y Castillo, Ministro de ultramar 
en 1 882, que reconocía en pleno Parlamento, «que en Puerto 
Rico se podía hacer todo impunemente»-, ó como las del se- 
fior Tejada de Valdosera, también Ministro de Ultramar, 
que candorosamente declaró que la ley electoral ultramari- 
na se había hecho para asegurar la superioridad á los ele- 
mentos conservadores. 

Paro quiero prescindir de todo esto para reconocer y 
proclamar que en estos últimos años se han realizado pro- 
gresos considerables en la vida económica y política de 
nuestras Antillas. Lo he dicho solemnemente varias veces, 
combatiendo a los intransigentes y á los pesimistas. 

Tingólo por indiscutible aunque deploro que esas refor- 
mas no se hayan hecho mis de prisa, más 4 tiempo y ^esti- 
mando las nusvas reclamaciones que toda positiva mejora 
produce y ha producido en un pueblo tan culto y tan an- 
sioso de progreso y de justicia como el de Cuba y Puerto 
Bico, Para no satisfacer estas exigencias, muchos piensan 



— I7i — 

que habría valido má* no prometer nada ni quebrantar el 
statu quo. De eeto nunca puede prescindir el reformieta. 
Porque onando se olvide ee fácil dar oon la revolución. 
Ahora importa aetimar tómo y por qué ee han hecho * 
progreeoe 



XI 




Laa cansas son machas. Aqui sólo voy á apreciar algu- 
nas de las de carácter paramente político, T aan tratándose- 
de éstas prescindiré consciente y gastosamente de aquellas 
que pudiera llamar generales. Es claro qae en la saludable 
modificación del espirita de los elementos gubernamentales 
de Ja política española» en estos últimos años, ha debida 
influir poderosamente, así como la demostración irrefutable» 
por hechos positivos, de la cultora y aptitud de nuestras An- 
tillas para el ejercicio de los más delicados derechos políti- 
cos, Del mismo modo ha debido pesar la evidencia de que 
nuestros hermanos de Ultramar no se resignaban á inferió- 
ridadea de ninguna especia, la lógica de la evolución políti- 
ca, que en la Metrópoli se realizaba con la mira de identifi- - 
car (empeño ilusorio), la monarquía de los Borbones oon las 
exigencias de la democracia contemporánea. 

Lo que ahora me interesa consignar es: primero, que los 
avances realisados en la política colonial española, dentro 



-» 181 — 

del periodo referido» «o responden á espontaneidades de le» 
partidos monárquicos imperantes; y segando, que eses aVak- 
sjs se han realisado poi las excitaciones constantes y vigo- 
rosas de los partidari os de la reforma colonial, qae en este 
iltímo periodo revisti6 el carácter de reforma autonomista. 
No es indiferente afirmar esto con la precisión con: que 
acabo de hacerlo. Tampoco son escasos los que aUá en ul- 
tramar creen (por desconocer los logares y las personas), 
que todo lo conseguí do fué cosa fácil, y que, por ejemplo, el 
partido liberal de 1» Península, casi desde el primer día, 
por bondad de corazón 6 por la lógica de los principios» se 
mostró decididamente favorable á llegar. . . á la Autonomía 
colonial. 
[Qué errorl 

T cuéntese que de las resistencias, más ó menos positi- 
ns y duraderas del partido liberal (cuyos servicios re* 
conoseo), no saco argumento en agravio de éste. Rectifico 
la equivocación, perseverando en mi creencia de que les de- 
mias se merecen, y que las cosas, en el orden político, na 
se hacen por sí solas. Aun en la vida ordinaria, los dere- 
chos hay que pedirlos, y para asegurarlos ante los tribuna- 
les de justicia, no basta tener razón, si no que son precises 
papel sellado, procurador y abogado. Lo he repetido no s¿ 
cuántas veces. 

Ahora importa decir quiénes pretendieron y consiguieron 
Ufui las reformas de Ultramar. 

Pues fueron: primero, los diputados y senadores autono- 
mistas de las Antillas. Después, los republicanos de la Pe- 



A raía de la paz del Zanjón se constituyeron en Cuba 
dos grandes partidos políticos: el Liberal y el de Unión 



— 182 — 



Omttknoümalk Por bajo aparecieron, para luego díeoh 
el Waeimaly el D moer ático. Yusera de todos «lio* 
taren en actitud y disposición muy distintas toe 
gentes de la vieja oolonia y loe intransigente* del 
ratiemo. 

£1 programa del partido de ünián Cmutiiucionai, fué el 
d t guíente: 

Aplicación íntegra á las provincias de Cnba de !a Cons- 
titución de la Monarquía, la oaal distribuye y ordena las 
funciones de los Poderes públicos, y garantáis la libertad 
da imprenta, la de reunión pacifica, la de asociación para 
04 fínes de la vida humana, la de petición y loe demás 
derechos que reconoce á los españoles. 

Aplicación á Cuba, en el sentido de la postóle y racional 
ilación á las demás provincias españolas, de las leyes 
i ue se hayan diotado ó se dicten para asegurar «l respeto 
reciproco de los derechos á que se refiere el párrafo ante- 
rior, conforme á la propia Constitución, y de las orgánicas 
agentes en la Península, asi como de cuantas otras en 
ella se promulguen. 

Leyes especiales dentro del mismo criterio de asimilación 9 
■ >n relación á los intereses particulares de Cuba. 

Remoción de todo obstáculo que impida el Ubre ingreso 
en los destinos públiooe á cuantos españoles tengan aptitud 
y ara ellos, onalquiera que sea el lugar de su nacimiento. 

Nueva ley, eficaz, de responsabilidad judicial, y medidas 
¿ue aseguren la moralidad en todos los ramos y servicios 
lía la administración. 

Cne«Uó« ec*«4alea 

Supresión del derecho de exportación. 

Reforma arancelaria en el sentido de la posible rebaja de 
ierechos, especialmente en los artículos de primera neos- 
eidad , 

Celebración de tratados entre España y las potencias 
extranjeras, en particular con los Estados Unidos, mercado 
principal de nuestros frutos, sobre bases de amplia recipro- 
cidad que favorezcan los intereses agrícolas» mercantiles y 
fabriles de Cuba. 



— 183 — 

Aplicación d# medidas que faciliten nuestro comercio con 
los puertos nacionales hasta llegar á la declaración de ca- 
botaje. 

Especial defensa de la producción agrioola y de la indus- 
tria manufacturera de nuestro tabaco* 

Arreglo definitivo de la Deuda pública. 

Rebaja racional en los impuestos y reparto equitativo de 
los que debían subsistir. 

Economías en los gustos públioos. 

Atención preferente á la reconstrucción de las comarcas 
asoladas por la guerra: 



Abolición de la esclavitud, con arreglo á las bases esen- 
ciales de la ley Noret, modificada en su plazo, en el limite 
que permitan las necesidades morales y materiales del país* 
y convenientemente adicionada en todo lo que tienda a fa- 
vorecer la condición de los siervos que aún queden en ese 
estado, después de la promulgación de aquella ley, sin in- 
demnización pecuniaria á los propietarios. 

Inmigración encomendada á la iniciativa particular y 
eficazmente protegida por el Estado, en condiciones de li- 
bertad de contratación; atendiéndose asi á la necesidad de 
braceros que experimenta el país, y facilitándose la resoiu* 
«ion del problema social. > 

El partido liberal de Cuba compendiaba en esta forma su 
programa: 



Exacto cumplimiento del art. 21 de la ley Moret, en su 
primer inciso, que dice asi: «Ei Gobierno presentará á las 
Cortes, cuando en ellas hayan sido admitidos los diputados 
de Cuba, el proyecto de ley de emancipación indemnizada 
de los que queden en servidumbre después del planteamiento 
do esta ley. • Reglamentación simultánea del trabajo de color 
libre y educación moral é intelectual del liberto. 
# Inmigración blanca exclusivamente, dando la preferen- 
cia á la que se haga por familias, y removiendo todas las 
trabas que se oponen á la inmigración peninsular y extran- 
jera; ambas por iniciativa particular. 

Cmftrtló» política 

Las libertades necesarias.— Extensión délos derechos 



\ 



— 184 — 

individuales que garantiza el titulo I de la Constitución é- 
todos los españoles, á saber: Libertad de imprenta, de re- 
unión y de asociación. Inmunidad del domicilio, del indi- 
viduo, de la correspondencia y de la propiedad. Derecho 
de petición.— Además la libertad religiosa y la de la cien- 
cia en la enseñanza y en el libro. 

Admisión de los cubanos*, al par que los demás españo- 
les, á todos los cargos y destinos públicos, con arreglo al' 
art. 15 de la Constitución.— Inmediata entrada en el escala-* 
fon general de los funcionarios de justicia, del ramo de ins- 
trucción pública y de las demás carreras administrativas* 

Aplicación integra de las leyes municipal, provincial, 
electoral y demás orgánicas de la Península á las islas de 
Cuba y Puerto Rico, sin otras modificaciones que las que 
elijan las necesidades é intereses locales, con arreglo al 
espíritu de lo convenido en el Zanjón, 

Cumplimiento del art. 89 de la Constitución, entendién- 
dose el sistema de leves especiales que determina, en el 
sentido de la mayor descentralización posible dentro dé la 
unidad nacional. 

Separación é independencia de los poderes civil y militar.. 

Aplicación á la isla de Cuba del Código penal, de la ley 
de Enjuiciamiento criminal, de la ley Hipotecaría, de la- 
del Poder judicial, del Código de Comercio novísimo y da* 
más reformas legislativas con las modificaciones que exijan 
los intereses locales. — Formaoión de un Código penal. 



Supresión del derecho de exportación sabré todos Ios- 
productos de la isla. . 

Reforma de los aranceles de Cuba, en el sentido de que 
los derechos de importación sean puramente fiscales: des* 
apareciendo los que existan con el carácter de derechos 
diferenciales, sean específicos ó de tandera. 

Rebaja de los derechos que pagan en las aduanas de la 
Península los azúcares y mieles de Cuba, hasta reducirlos 
á derechos fiscales. 

Tratado de comercio entre España y las naciones ex- 
tranjeras, particularmente con los Estados Unido», y sobre- 
la base de la más completa reciprocidad arancelaria entre 
aquélla y Cuba, y otorgando á todos los productos extran- 
jeros en las aduanas y puertos de la isla, las mismas fran- 
quicias y privilegios que aquéllos conceden á nuestras pro- 
unciones en los suyos. 



- ¡** — 

Conversión de U Dea da. Reparación del crédito público. 
Liquidación de la cuenta con el Banco Español de la Ha- 
bana* i 

El partido democrático r como su nombre indica, era máa 
radical y sus fórmulas revestían un carácter más teórico. 
Pretendía todas las libertades, el sufragio universal, la abo- 
lición de la pena de muerte, e 1 Jurado, la autonomía mu- 
nicipal, la bu presión de loa derechos diferenciales de bande- 
ra y otras instituciones que no existían en la Metrópoli, 
¿demás la abolición de la esclavitud. — El partido nacional, 
en cambio, se limitaba á pedir la completa identidad da 
Cuba y las provincias peninsulares. 

Estos dos últimos partidos nunca tuvieron verdadera fuer* 
a y ee disolvieron á poco de sn constitución, entrando la 
mayor parte de sus individuos en el partido liberal y que- 
dando otros á modo de activos propagandistas, y solo por 
algún tiempo, en la redacción del periódico La Discusión. 

No bastaría lo dicho para formar exacto juicio de los dos 
grandes partidos antes mencionados. Hay que afiadir, 1.° 
que en el constitucional formaron casi todos los penin- 
sulares que en Cuba se ocuparon de cualquier modo de 
política, asi como los funcionarios públicos, y en el literal 
la casi totalidad de los nacidos en Cuba. 2.° que el Gobier- 
no y las autoridades se decidieron resueltamente por el par* 
üdo constitucional, y 3.° que tanto por esto como por otras 
varias circunstancias, entrambos partidos modificaron antes 
de tres afios sus respectivos programas tomando el literal 
' el sentido democrático y autonomista, y el constitucional t el 
centralista y conservador. 

Dio mucha acentuación á este último el ingreso en el 
mismo de los intransigentes reaccionarios, cuya represen- 



— 196 — 



i c ¡6a llevaba el periódico titulado La Vez ie Cpia. En 
cambio se adhirieron al partido literal muchoe de loe anti- 
guos convenidos del Zanjón, quedando el separatismo re- 
ducido á un pequeño grupo de créticos y pesimistas, dentro 
de la isla, y á m* circulo poco extenso y de escaso influjo de 
intransigentes revolucionarios que se establecieron en loa 
Estados Unidos de América y en las costas del Golfo de 
Mejioo, fiando el logro de sus esperanzas, principalmente, 
en ¡apolítica del Gobierno español. 

El partido conservador ó constitucional se declaró servi- 
dor de todos los Gobiernos de la Metrópoli, afirmando que 
sus soluciones eran extrañas á todo esclusivismo político, 
¿fregó que su devoción á la Madre patria era insuperable 
y aun pretendió tomar el nombre de partido español. 
De todas estas pretensiones la positiva y justificada fuó, 
□ duda, la referente á la devoción de los constitucionales á 
la Metrópoli. Eso es incontestable. Sin que el reconocimiento 
de esta virtud implique el aplauso á los excesos con que bas- 
tantes veces y por efecto de la dirección que aquellos elemen- 
te» tuvieron, afearon y comprometieron su causa. 

A aquella devoción los llevaban convicciones profundas, 
sentimientos muy vivos é intereses tan manifiestos como 
respetables. Los peninsulares de Cuba, trabajadores, eco- 
nómicos, entusiastas, merecedores de grandes respetos y 
simpatías, sin los cuales no se comprendería la vida cubana, 
y que en aquella isla pasan, quizá, de 200.000, tienen en la 
Península á susiamilias por ellos cariñosamente atendidas y 
acarician constantemente el deseo de volver al seno de estas, 
después de veinte ó mas años de gran labor, para gozar* en 
el país natal, bien que recordando siempre á Cuba, del truto 
de sus sacrificios y economías. 



— 1W — 

Pero no es exacto que el programa de los constitucionales 
revistiera el desinteresado carácter político de que muchos 
de éstos han hablado, ni puede pasar por indiferente la prev 
tensión de asumir la total representación de España. 

Sin disentir ahora la bondad 6 maldad del programa, y so* 
toe todo do las prácticas del referido partido de Untan Con*- 
Utuáonal, no se necesita gran esfuerzo para demostrar que 
ambas cosas son de puro y eminente carácter conservador. 
Lo mismo en Cuba que en la Península, que en todas 
partes. 

Los constitucionales pretendían que sus soluciones y sus 
procedimientos eran los únicos para mantener el imperio! 
de España en las Antillas; por el contrario, los autonosais- 
tas aseguraban que lo más eneas para esto era su programa. 
Pero sobre la voluntad y las pretensiones de los unos y 
los otros está la naturaleza misma de las afirmaciones he- 
ehas por ambas partes. En tal sentido es un verdadero abuso 
de la inocencia pública, el aventurar que el sufragio res- 
tringido, la centralización administrativa, la previa cenen* 
ra, los delitos especiales de imprenta, el patronato y otras 
•osas por el estilo, amparadas por los constitucionales cu- 
banos, eran de cerca ni de lejos compatibles con el criterio 
democrático. 

De otra parte, la política de \ñss procedencias ha sido im- 
posible en las colonias de cierta cultura. Solo prescindiendo 
de ella ha podido Inglaterra sostener su bandera en el Ca- 
nadá, el Cabo, la Australia y las Antillas, después del te-' 
rrible fracaso de la política contraria en las trece colonias 
de Norte América. La pretensión de un partido español su 
tierra española es una imprudente invitación á los que ft<> 
comparten todas las opiniones y los intereses más ó 



— 1*3: -r- 

oontingentes y defendibles de aquel grupo política, á tomar 
La bandera de la rebeldía ó del extranjero. Imposible imagi- 
nar cosa más contraproducente. 

No digo nada cuando aquellas pretensiones son ealorisa» 
das por las autoridades de la Metrópoli, Obligadas por 
altos motivos de prudencia, á mantenerse en el fiel de la. 
balanza entre los partidos coloniales. En nuestra política., 
antillana se ha llegado al extremo de las candorosas decla- 
raciones del señor Conde de Tejada de Valdosera, sobre la 
finalidad de la ley electoral de su época y á la exaltación 
del 8r. Romero Robledo al ministerio de Ultramar, Agu- 
jando á la cabesa de los diputados de la Unión Constitu- 
cional de Cuba, y siendo uno de los más comprometidos, 
como tal diputado, con los elementos intransigentes da 
aquella isla. 

Pero á veces el exceso del mal trae el remedio. Quisa na 
entraron por poco esas exaltaciones y sus inmediatas con- 
secuencias allá en Cuba, para el movimiento llamado econó- 
mico, que se produjo en la Orando Antilla hacia 1892, 
contra el régimen arancelario y las medidas financieras* de 
los conservadores y del propio 8r. Romero Robledo, y 
para que la formidable protesta contra estos errores encon- 
trara especial acogida en el partido liberal peninsular, 4 
cuya proteoción indudablemente, dígase lo que Be quiera, so 
debió, por modo considerable y quisa decisivo, la formación 
del partido reformista cubano en 1894. 

Bn este partido ultramarino, que apareció á los conden- 
sos como una disidencia, ó mejor, un desprendimiento del 
constitucional entraron muchos peninsulares y bastantes 
(insulares. Su raís estaba en el movimiento cconónUco: su 
sentido era tibiamente autonomista, y sus pretensiones se 




— 139 — 

reducían á ocupar un término medio entre los autonomista* 
y loe constitucionales. 

Hoy existe este partido reformista (todavía pooo fuerte i) 
«mía pretensión de ser el inspirador de las últimas refor- 
mas de 1S96. La pretensión es excesiva. Podría contentarse 
con el papel de valioso oooperador. T buena prueba de ello 
as el programa del partido, que lleva la fecha de 30 de Oc- 
tubre de 1894. 

He aquí sus principales conceptos: 

Fiel y exacta observancia de la Constitución del Estado, 
que reconoce y garantiza los derechos Individuales y pro* 
dama la necesidad de que las provincias de Ultramar sean 
gobernadas por leyes especiales, sin perjuicio de la autoh 
ación que concede el Gobierno para aplicar á las misma* , 
son las modificaciones que juzgue convenientes y dando 
cuenta á las Cortes, las leyes promulgadas ó que se pro- 
mulguen para la Península. 

Aplicación á esta Isla de todas las leyes que se hayan 
¿jetado ó se dicten en la, Península para asegurar el res- 
peto reciproco de los derechos que reconoce el titulo I de 
la Constitución, y de las orgánicas, sin otras modificado 
oes que las estrictamente indispensables, reclamadas por 
la naturaleza ó por las costumbres, con sujeción al mencio- 
iado criterio de especialidad. 

1 Extensión del derecho electoral para Diputados á Cor- 
tes, Provinciales y Conoejales á todos los españoles naci- 
do) ó residentes en Cuba, según lo aconsejen y reclamen 
las condiciones de la Isla, y en relación oon las institucio- 
nes que en este sentido rijan en la Península. 

Aprobación é inmediata promulgación del proyecto de 
Ley presentado en el Congreso de los Diputados el dia I 
<le Junio último, para el Gobierno y Administración Civil 
de esta Isla y la de Puerto Rico. 

8in perjuicio de las reformas que pueda demandar en lo 
futuro la nueva organización provincial, y que la expe- 
riencia aconseje, habrá detener !a Diputación, entre otras, 
facultades para aprobar las cuentas de los Mnnicipios; re- 
visión y apelación de los acuerdos de estas Corporaciones 




•— 190 — 

que no sean de la exclusiva competencia de las mismas, y 
demás asuntos de administración local; la de nombrar jr 
separar todos sos funcionarios y dependientes; todo lo con- 
cerniente á la administración y fomento de los intereses 
morales y materiales de la Isla, en cuanto por la Ley Mu"" 
ti ic i pal & otras especiales no corresponda á los Ayunta* 
mientes, Gobierno General ó Gobierno Supremo; la de dio* 
tar disposiciones de carácter general y obligatorio para to* 
da la Isla en materia de Instrucción, Obras públicas, esta- 
blecimiento de Bancos y Sociedades, contratación de em- 
préstitos y otros análogos; la de discutir y proponer, en su 
caso, al Gobierno General ó Gobierno Supremo, cuanto 
crea conveniente á los intereses de la Isla y no sea de su 
competencia; la de informar acerca del establecimiento de- 
nuevos impuestos, modificación de los existentes y cual- 
quiera otra medida de carácter financiero; y la de propo- 
ner al Gobierno General la creación, modificación ó supre- 
sión de cualquier impuesto local. 

Constitución del Consejo General de* Administración, 
con Jas facultades que le concede el proyecto de reformas» 
del señor Maura, acentuándose en forma directa la parte- 
electiva del mismo. 

Ley que determine las atribuciones del Gobernador 
General de la Isla, su responsabilidad, gerarquía y circuns- 
tancias personales para su nombramiento, sin excluir nin- 
go na de las clases del Estado. 

Ley de empleados públicos, que solo autorice el ingreso 
en las carreras civiles á los españoles establecidos en Cuba, 
sin distinción de procedencias, en quienes concurran deter- 
minadas circunstancias, reservando al Gobierno Supremo<el 
nombramiento de los jefes de Administración y jefes de las- 
dependencias provinciales, y haciéndose los demás nom- 
bramientos por el Gobierno general. 

£ jamen y revisión de las ooentas correspondientes al pre- 
supuesto de la Isla, en forma que puedan ser ultimadas bre- 
vemente dentro del organismo de su administración looal. 

Ley del Jurado. 



Reorganización de los servicios, administración y reduc- 
ción de los gastos públicos. 

Derogación inmediata de la Ley de Relaciones comer* 
cíales, mientras tanto no se establezca la libertad oomerciat 
con la Península. 



— 191 — 

Reforma Ai an celaría hasta llegar á un arancel paramen- 
te focal, sin perjuicio déla* legítimas necesidades del Te- 
soro; y reforma asimismo de las Ordenanzas de Aduanas 7 
da Ja Comisión Arancelaria. 

S opresión del derecho de exportación. 

Celebración de tratados especiales de comercio qne re* 
guien las relaciones de esta Isla con las naciones extraiga* 
ns. 

Revisión de loe actuales, especialmente del concertado 
con loa Estados Unidos, á fia de obtener facilidades para 
el tabaco y libertarlo de los defectos de qne adolece. 

Libre venta del tabaco en la Península, previo pago de 
loa derechos correspondientes. 

Supresión absoluta de todo impuesto sobre el tabaco ela- 
borado. 

Suspensión del impuesto industrial qne pesa sobre el 
mear- 

Ley que organice el crédito agrícola en condiciones efi- 
cicee para el fomento de la agricultura; y reforma de la 
de Enjuiciamiento civil en beneficio de las haciendas co- 
muneras, para hacer posible, por medios breves 7 econó- 
micos, la división i inscripción de las mismas. 

Liquidación definitiva de la Deuda y arreglo de la mis- 
ma, que disminuya su interés y prometa llegar á una anua- 
lidad compatible con la renta pública y las necesidades del 
país* 

Creación de un régimen monetario bien ordenado. 

Revisión por un tribunal especial, y en plaso breve y 
determinado, de los expedientes de clasificación de las ola- 
sea pasivas, y nueva forma de pago á las mismas, qne rea- 
petando los derechos adquiridos, permita aliviar esta carga 
anual del presupuesto. 

Ese programa no ha sido rectificado oficialmente hasta el 
dk. Fero hay que reconocer que las circunstancias han 
impuesto últimamente una gran acentuación al partido r#- 
fonttütüy bien metidoya en la jurisdicción de los partidarios 
dala Autonomía colonial* 



XII 



£1 partido autonomista cubano se nutrió, como antea he 
dicho, con la gente del país. En este sentido pudo aventu- 
rarse la afirmación deque Cuba et autonomista. Tanto por 
esto, como por el género de oposición de los constituciona- 
les, y por el error de las autoridades de Cuba y la polí- 
tica del Gobierno de Madrid (quisas tamtién por una 
inclinación defectuosa de toda la política americana), el tal 
partido pecó algo de particularista. Esto (que es muy difí- 
cil que se vea con claridad en las Antillas) le quitó algunos 
medios, sobre todo en la Metrópoli, donde, sin embargo, se 
hablan de recabar por decreto de la opinión pública y por 
la decisión de los partidos nacionales, todas las reformas 
que necesitaba Cuba. 

No he creído jamás que el partido autonomista cubano' 
ftiera poco español. A. mi juicio (y creo tener muchos da-, 
tos para pensar asi), ese partido es español, pero de otro modo 
que el partido de Unión Constitucional. Y he aventurado 
varias veces, en altos círculos políticos y en momentos bien 
critico?» la especie de que el interés permanente de España 



palpitaba en aquel partido avansado mis que en los otros, 
«pyo patriotismo y faena no he puesto en dada. — El 
autonomista cubano no era ni podía ser revolucionario. Para . 
creer otra cosa se nsoesita desconocer la economía de la so* 
cíedad antillana, lias para los autonomistas cubanos, hi- 
jos de aquel país, y gente nerviosa, inteligente, entusiasta» 
tpava, de fantásticas aspiraciones y destinada á vivir y 
morir en las Antillas, Cuba estaba apto que la Península, 
íi más ni menos que para la generalidad de los península» 
sÑel problema se ponía al contrario, considerando á la Pe- 
ájanla, no ya como la totalidad nacional, sino como un 
termine» de diferenciación dentro de ésta y en relación con 
la Colonia estimada en grado inferior. 
; cCuba no necesita favores— de ninguna extraña tierra; — 
m Cuba todo se encierra: —Cuba es un jardín de flores...— 
dice el anónimo y popular poeta, con la misma espontanei- 
dad y la propia jactancia que por aquí gastan los catalanes 
y aun los gallegos cuando hablan (y lo hacen 4 toda hora) 
fohkfatria chica. Lo extremoso del cantar y de la preten- 
.(ión se palpa. 

De sentimientos tan distintos y de objetivos tan diversos 
faja harmonía es posible, oomo he de explicar enseguida, 
resulta uno de los primeros problemas de la colonización. 
Ciego será quien no lo vea. Se ha producido en todas par- 
toe y en todas ¿pocas. No hay más que leer el Informe de 
Jord Durham sobre el Canadá y el Ensayo de Humboldt 
pobre Méjico. 

, Es evidente que en los primeros períodos de la vida de 
jas colonias el problema tiene una importancia muy se- 
condena. Nadie puede, discutir la superioridad, no ya de 
Ja Metrópoli, sino do los elementos de diversa clase que 



— 194 — 



r «presentan á ésta en la colonia. Pero miando la oolonia h* 
progresado al pnnto de que la gente del país valga tanta ' 

i no la de la madre Patria, y la comarca rivalice en ri- 
quesa y esplendores con la mejor de la Metrópoli, el pro» 
blema adquiere soma gravedad, que se centuplica si el Go- 

> mo se empeña en sostener por medios artificiales y . 
de ley la inferioridad de los colonos. Resolta entonces' 
lo qoe pasó en los Estados Unidos de América antes da 
1787; lo que sucedió en el Canadá en 1836; lo que pas& 
eu el Cabo en 1860; lo que ocurrió en Santo Domingo 
en 1789; lo que ocurrió en las Antillas francesas en 18M* 
1804 y 1848; lo que pasó en el Brasil en 1820; lo que su- 
cedió en la Plata en 1811; lo que sucedió en Méjico en 1821, 
y lo que pasó en Venezuela y en el Perú en 1812 y 1821 
respectivamente. La lección de puro repetida deberla estar 
casi olvidada. 

No hay, pues, que esquivar la dificultad. Ella se impona. 

El problema está en reducir la aparente antinomia; en 
poner por cima de los exclusivismos de la Península y da 
las Antillas, la gran patria española, cuyo interés supre- 
mo es uu interés del mundo político contemporáneo. T pa- 
ra esto, la solución autonomista no tiene rival. No lo digo 
yo, autonomista 3Íncero y espafiol reflexivo, de toda la vida; 
lo dice el mundo todo; lo dicen todos los tratadistas de esta 
época; lo evidencian todas las experiencias extranjeras; la 
proclama la actitud de los Gobiernos extranjeros de 
días, frente al conflicto de Cuba; lo reconocen los 
conservadores y liberales españoles, que al cabo se indinan 
á eeta solución, aunque prescindiendo cuidadosamente da 
«aquellos que trajeron las gallinas». 

Pero de todos modos, por cima de la posible flaqueaa 4 



— 195 — 

del «pinato del error de la politice autonomista (no me 
interesa ahora profundizar este punto), estaban en Onba 
la bondad y eficacia de la doctrina. La fórmala de 1878, 
^Kplieada extensamente en el Manifiesto (1) de 1 .° de Agos- 
to de 1878, {né sustituida por la Deolaraoión de 22 de Mayo 
de 1881 y por los acuerdos de la Junta Magna del partido 
{única oelebrada en la Habana), de 1.° de Abril de 1882, 
luego desenvueltos por la Circular de la Junta Central de 
21 de Junio del mismo año. 

La Declaración de 1881 fué de inmensa transcendencia. 
La hiño el periódico El Triunfo % órgano del partido, en un 
monado y elocuente articulo (de su redactor D. Antonio 
Gcvin), titulado Nuestra doctrina. El articulo, de franco 
SBBtido autonomista, fué denunciado ante el Tribunal de 
imprenta, como atentatorio á la Constitución del Estado. £1 
Tribunal lo absolvió en 31 de Mayo: fallo que en la histo- 
ria política de Cuba representa lo que fallos análogos de 
1868 y 65 en la Península significan en la historia de la 
democracia española. Desde aquel instante vino á tierra el 
peejuieio de les partidos legales é ilegales de Cuba, y quedó 
garantizada la propaganda de la Autonomía. A poco el Mi- 
nistro de Ultramar, D. Fernando León y Castillo, promul- 
gó la ley de reuniones en las Antillas. Grande aplauso me- 
nee por tan generosa y política resolución. 

El contenido del articulo del Triunfo faé ratificado y 
ampliado por la Circular déla Junta de 21 de Junio de 1882. 
Beso días antes la Junta Magna habia dicho lo siguiente: 



(9 Todot «ata* documentos consta* en el Apéndice de mi Ubre, La 
Autonomía colonial #» Soparía. Un volumen. Madrid, 4892. 



— 19* 



La Junta Magna, considerando que el credo y las aspi- 
raciones del partido liberal (asi se llamaba entonces el 
autonomista) son constantemente objeto de las más gra- 
tuitas imputaciones en esta Isla, y sobre todo en la Metro» 
poli, juzga conveniente resumir sus propósitos en las si» 
guiantes afirmaciones: 

ti * Identidad de derechos civiles y poli ticos para 
los españoles de uno y otro hemisferio, debiendo regir, 
por tanto, en esta lela, sin cortapisas ni limitaciones, . 
la Constitución del Estado, expresión suprema de la uni» 
dad é integridad de la Patria común, que constata» 
\f ti los altos y fundamentales principios del partido li- 
beral. 

>2.* Libertad inmediata y absoluta de los patrocina- 
dos. 

»3.* Autonomía colonial, es decir, bajo la soberanía y 
autoridad de las Cortes con el Jefe de la Nación y para to- 
dos los asuntos locales, según las reiteradas declaraciones 
de la Junta Central, que solemne y deliberadamente rati- 
fica esta Junta Magna, de modo -que manteniendo loa- 
amplias principios de responsabilidad y representación lo* 
cal , se afirmen los elementos necesarios del régimen auto- 
nómico, el cual irrevocablemente está consagrado el parti- 
do liberal. 

1 4 .* Considerando que el carácter local del partido está. 
sirviendo de pretexto para torcidas interpretaciones, al ex- 
tremo de ponerse en duda el carácter de los principios quo 
profesa destaro de la política nacional, la Junta Magna, 
rectificando las manifestaciones reiteradas de la Junta. 
Central, declara: 

Que el Partido liberal de Cuba ba profesado siempre y 
profesa los principios de la dimooraoia ubiral in toda. 
su pureza y por lo tanto, los Senadores y Diputados del 
partido liberal podrán, cuando lo juzguen oonvenieata, unie- 
se á los grupos parlamentarios que tengan por fin, póbuba» 
y solemnemente declarado, llevar á la esfera de las leye* 
los principios democráticos, cuidando siempre de sacar L 

salvo la INTEGRIDAD DI LA DOCTRINA QUE SUSTENTA EL PAJE- 
TIDO LIBERAL y SU devoción á la FÓRMULA DE GOBIERNO 

local que ha mantenido y mantiene. > 



Insistiendo en e$taa declaraciones, la Circular de 21 do 
Junio de 1882 dice lo siguiente: 



— 1*7 — 

fTres principios fundamentales integran la doctiina que 
sustenta el Partido liberal en lo tocante á la organisa- 
ción y atribuciones de los Poderes públicos en esta Isla. 
Y son: 

1.° La soberanía de la Metrópoli, sin la cual no cabe la 
existencia de la colonia. 

2.° La representación local, qne da forma en el 
dominio del derecho y en la eefera de los intereses á la 
personalidad de la colonia en lo qne 4 sa vida interior 
atañe* 

3.° La responsabilidad del Gobierno colonial, garantía 
de recta administración y de respeto á las leyes. 

A cada nno de ellos corresponde respectivamente nca ins- 
titución: 4 la soberanía de la Metrópoli, el Gobierno Gene- 
ral; á la representación local, la Diputación insular; á la 
responsabilidad, el Consejo de Gobierno. De esa suerte se 
conciertan en cabal armonía, y dentro de un orden es- 
tablecido, legítimos derechos de la Nación y los de la co- 
tana. 

Es el Gobierno General representante y delegado del 
Gobierno de la If ación. A este incumbe su nombramiento y 
.«paredón, en el orden polltioo, ante él es responsable única 
j exclusivamente. » 

Después de las declaraciones de 1 882, la Directiva auto- 
nomista habanera ha publicado muchos otros documentos, 
que estimo innecesario reprodacir. T con ellos hay que 
relacionar las declaraciones de sus correligionarios y repre- 
sentantes en el Parlamento español. No hay medio de su- 
primir esto, oomo quisa algún intransigente haya imagina- 
do, reduciendo todo el escenario al territorio antillano y 
toda autoridad á los elementos populares. £00 estarla fuera 
de toda la política conocida. 

Imposible traer aquí siquiera los extractos de la vigoro- 
sa campaña, que por espacio de 20 años hicieron en las 
Cortes los diputados y senadores autonomistas. Responden 
á las declaraciones de la Habana de 1882 y su influencia 
sobré la opinión pública de la Península fné naturalmente 



y 



-.198 — 

mayor que la de la directiva habanera, por cnanto la acción 
de esta, por varios motivos, salió muy poco del circulo de la 
Grande Antilla. 

El programa de la Minoría autonomista de Gnba y 
Puerto Rico se consignó en el breve discurso qne por 
las reiteradas alusiones de otros muchos diputados y 
por encargo expreso de mis dignos compañeros de la citada 
representación antillana, tuve el honor de pronunciar 
del 12 de Julio de 1879; esto es, en las primeras sesiones 
en la sesión de las Cortes á que concurrieron por primera 
vez, después de 1836, los diputados de Cuba. Discutíase el 
Mensaje de contentación al discurso de la Corona. Y enton- 
ces la Minoría autonomista se expresó de este modo, con- 
testando á una pregunta del Sr. D. Costino Hartos sobre 
loa propósitos y antecedentes del autonomismo antillano y 
de ñus representantes en Cortes: 



cSi se tratara de mi sola persona, la pregunta (la del se* 
ñor Martos) seria perfectamente ociosa. Yo soy lo que he 
sido siempre, yo represento lo que he representado siem- 
pre, sin vacilaciones, ni arrepentimientos, ni miedos, ni 
impaciencias, luchando unas veces acompañado y muchas 
enteramente solo. Yo vengo á defender aquí absolutamen- 
te lo mismo que he defendido en doce años de constan- 
te bregaren )a prensa, en la cátedra, en el meeting, en 
el Parlamento, donde he firmado todas las soluciones de 
la libertad y de la democracia, principiando por la abo* 
lición inmediata de la servidumbre, para cuya defensa 
el 8r. Cánovas se ha permitido decir que se necesitaba 
un triste valor Mi valor, Sr. Cánovas, no es ni triste ni 
alegre: es el valor de convicciones honradas que deben 
imponer á S. S., como á todo el mundo, el más profundo 
respeto. 

Pero ahora soy uno de los Diputados de Cuba, y en este 
momento represento con el Sr. D. Calixto Bernal, eminente 
publicista y uno de los fundadores de la democracia espa- 
ñola, y con el Sr. Portuondo, una de las ilustraciones de 



— 199 — 

«rostro cuerpo de ingenieros militares, y que ha hecho la 
rada campaña de Cuba, al partido liberal y democrático de 
la grande Antilla. En nombre de ellos y en el propio mió 
hablo, para que desde luego se sepa cuál es nuestra ban- 
dera. 

Nuestra base la constituyen las leyes existentes, verda- 
dero* compromisos eon el mundo culto, afirmaciones so- 
lemnes recogidas por los Gabinetes extranjeros y por la 
opinión de nuestras Antillas. En primer término el estric- 
to cumplimiento del art. 21 de la ley dicha Moret, de 23 
de Junio de 1870, en el cual se establece «que el Gobierno 
presentará las Cortes, cuando en ellas hayan sido admitidos 
les Diputados de Cuba, ¿1 proyecto de ley de emancipación 
indemnizada de los que queden en servidumbre después del 
planteamiento de la ley citada.» Solo que nosotros entende- 
mos que esa abolición ha de ser inmediata y simultánea y 
porque asi lo piden la ciencia y el derecho, asi lo aconseja 
la historia de todas las aboliciones contemporáneas, asi lo 
exige la gloriosísima experiencia abolicionista de Puerto- 
Rico de 1873, asi lo suponen las explicaciones dadas y los 
ofrecimientos hechos después de aquella fecha y en vista de 
aquel suceso por Gobiernos conservadores de España á Ga- 
binetes extranjeros, y asi, en fin, parece absolutamente inex- 
cusable después del art. 3.° de la pas de Zanjón*, que reco- 
noce explícitamente tía libertad á los esclavos ó colonos 
asiáticos que se hallaban en las fias insurrectas» . 

De otra parte venimos á pedir el estricto cumplimiento del 
art. 89 de la Constitución vigente de 1876, que establece 
tque las provincias de Ultramar serán gobernadas por le- 
yes especiales » No somos, por tanto, paitidarios del rigoro- 
so sistema de asimilación: queremos una legislación especial 
que consagre de nn lado la más amplia descentralización 
política y administrativa bajo la unidad nacional y supues- 
ta la integridad,, y de otro lado los principios económicos 
más expansivos que por medio de la supresión de los dere- 
chos de exportación, la declaración del cabotaje, y sobre 
todo los tratados de comercio, conduzcan á la abolición 
gradual de las aduanas. 

Y como complemento de todo esto, la estricta, la rigurosa, 
la leal observancia por parte de todos, del Gobierno, del 
pueblo de la Metrópoli, de las colonias, de la letra y sobre 
todo el espiritu de la digna y felicísima paz del Zanjón, 
{tonto de partida y término de referencia del partido libe- 
val y democrático de Cuba. 

Pero debo advertir algo más: nosotros venimos aquí con 

14 



— 200 — 

un propósito de concordia, y en tal concepto no hemos de- 
oponernos á fecundas inteligencias y dignas transacciones 
en lo qne se refiere á formas y procedimientos, siempre que 
se mantenga )a pureza del principio. Nosotros asimismo 
pretendemos velar y hacer en obsequio de los intereses 
creados todos los sacrificios compatibles con la justicia, á 
la cual rendimos culto incondicional y fervoroso. 

Con tales ideas hemos entrado y nos hallamos en esta 
Cámara los diputados liberales de Cuba, despees de una 
atisencia de cerca de cincuenta años del Parlamento espa- 
ñol. Nosotros, que vemos la urgencia de todas estas refor- 
mas, deseamos que sé discutan inmediatamente y por gran* 
des que sean los rigores de la estación, so héroes do 
desamparar nuestro puesto; pero ¿nos cumple la iniciativa^ 
Lo hemos pensado detenidamente. De ninguna suerte, y 
eflto por dos motivos. 

Os he dicho, señores diputados, que nosotros queremos 
que la legalidad que ahora se cree en las Antillas sea una 
obra de concordia. Nosotros queremos el concurso de todos, 
el sacrificio de todos, la adhesión de todos; y para llevar 
la voz y la dirección de este empeño, nadie como un Go- 
bierno que independientemente de su carácter político, 
por su naturaleza, representa ó debe representar el interés 
común. 

Además, las reformas de Ultramar tienen la desgracia 
de venir siendo prometidas hace cincuenta años, aplazán- 
dose su realización, de modo que pasa por corriente fuera 
de nuestra patria la afrentosa especie de que España en 
este punto jamás Ha de cumplir lo que promete. T nosotros 
queremos dejar toda la iniciativa al Gobierno, para que 
resulte claro que la entidad nacional, en su representación 
más genuina, es la que produce espontáneamente las leyes 
que han de salvar á nuestros hermanos de América, y nun- 
ca aparezca por modo alguno que esas leyes son el resultado- 
de las reclamaciones incesantes de los diputados de las pro- 
vincias trasatlánticas. 

Patrióticamente, pues, cedemos la iniciativa. Pero la 
cosa tiene un término que el deber nos impone y la con- 
ciencia nos grita. He dicho que nosotros, y con nosotros 
todos los diputados de Ultramar seguramente, estamos dis- 
puestos á permanecer aquí este verano. Yo buen sacrificio 
haré, porque mis excesivos trabajos del invierno me piden 
siempre un largo descanso. Pero no importa. Aqui estamos 
todos. Sin embargo, parece como que el Gobierno no oree 
oportuno traer los proyectos en estos instantes. No sé lo» 



— 201 — 

motivos; supongo que sean poderosos y desde luego me 
allano á su resolución. To fio macho en las dignas personas 
que preside el Gabinete y si ministerio de Ultramar. Pero 
si en la próxima campaña parlamentaria esos proyectos no 
vinieran, yo anuncio desde ahora nuestra resolución formal 
de recoger la iniciativa que hoy cedemos y de plantear vi- 
rilmente es e'. seno de las Cortes todos y cada uno de los 
problemas ultramarinos. 

Voy á terminar. £1 señor Presidente de esta Cámara, al 
tomar posesión de su elevado cargo, tuvo á bien dirigir á 
les diputados cubanos un cariñoso saludo que luego han 
repetido otros señores diputados. Yo lo devuelvo ¿ todos 
con profunda gratitud por tan afeotuosas frases, y no' he 
menester añadir que en nosotros han de encontrar siempre 
vtlnntad decidida para servir los altos intereses de la pa- 
tria. 

Hoy repetía esas frases cariñosas el señor, presidente del 
Constjo de Ministros, con el cual yo no he tenido hasta 
ahora el honor de cambiar ni la palabra ni aun el saludo, 
daícnal me separan en la política general de mi patria 
verdaderos abismos, pero hacia el cual me llevan las pro- 
fundas simpatías personales, Hace poco uníase mi aplauso 
al de toda la Cámara, mi espíritu se asociaba á las honra- 
das, á 1*8 generosas frases con que 8. S. explicaba esa gran 
política que yo siempre he recomendarlo, y que por medio 
de la guerra ha conducido a la pac del Zanjón; y esta mis- 
ma simpatía que S. 3. me inspira, me autoriza á desear en 
vos alta que 8. 8. no se contente con pasar por un hombre 
de corazonadas, sino que sea realmente un hombre de ca- 
rielsr. La voluntad no se demuestra queriendo un poco 
ahora y otro poco luego, sino queriendo bien, queriendo 
mucho, y sobre todo queriendo siempre. Y je me temo que 
entre los amibos de 8. 8. haya bastantes que en muchas 
cosas, y particularmente en estas ultramarinas, deseen que 
el general Campos y el pacificador del Zanjón quiera solo 
d ratos. 

Lo sentiría de veras» por 8. 8. desde luego, y sobre todo 
por mi patria, que harta de voces y golpes, bien necesitada 
está de caracteres (1). » 

Dieciseis años después — el 13 de Febrero de 1895,— la 



(1) De análogo modo habló después el Sr. Portuondo, en la sesión 
da 4 de Febrero de 1880. 



— 202 — 

minoría autonomista tuvo que explicar nuevamente sa con- 
ducta. Llevamos entonces la voz de la minoría el Sr. Mon- 
tero y yo, y repetimos, con ligeras variantes, las mismas 
declaraciones de 1879. Entonces dijimos (como luego 89 
verá más en detalle) que éramos radical y profundamente 
opuestos á todo pesimismo y á la política del todo ó nada t y 
que dominados por un espíritu de concordia y cou la per* 
fecta conciencia de la superioridad de nuestra doctrina' y 
de que todas las soluciones bien intencionadas y progresi* 
vas del problema colonial conducirían á nuestra definitiva 
victoria, asi como de que á medida que establecieran liberta- 
des y sustituciones progresivas, éstas exigirían complemen- 
tos y desarrollos que solo podüí dar nuestra escuela ó nuestro „ 
partido, nos .prestábamos de buen grado á facilitar, 'con 
perfecta sinceridad, la instauración de todas las mejoras 
que se hicieran por nuestros adversarios eu el vigente or» 
den legal de nuestras Antillas. Llegamos á más y fué á fiar 
la demostración de nuestra tesis al fradaso de los empeñas 
contrarios, sin permitirnos contribuir por nuestra parte á 
ese fracaso, pero manteniendo vivo nuestro derecho de de- 
fender en toda ocasión la puresa de nuestros ideales y de 
señalar el peligro entrañado en las soluciones adversas, 
fuesen cualesquiera su popularidad del momento y el loable 
propósito que las animara. 

En este sentido mi discurso de 29 de Mayo de 1882, 
sobre lá ley del cabotaje, proclamada con peregrino entu- 
aemo por la Cámara liberal, no deja la menor duda. En- 
tonces la Minoría autonomista salvó su voto, adelantándose 
á lo que hoy parece el dictamen unánime de todos los que 
viven en Cuba y de la mayoría de los políticos peninau- 
l*ree. 



a 






— 203 — 

Eq e*a hermosa campaña que yo puedo muy bien elo- 
giar, porque al fia y al cabo foi tan solo ano de lo» 
míen broa de aquella Mi corla; en esa hermosa campaña, re* 
pito, oca pan logar preeminente los debates para conseguir la 
legalidad de la propaganda autonomista en las Antillas; 
Ja diacosión de 1S60 para recabar la proclamación de la 
CoDfttitoción del 76 en Ultramar; las gestiones para oonse* 
goir la abolición del patronato; la proposición sobre la di- 
firió n de mandos; los es f aeraos para la reforma arancelaria 
y loa trabajos para la inclnsión de las partidas de gobierno 
general y las resoltan cías de las guerras de Santo Domingo 
j Méjico, en el presupuesto general ó nacional; las excitacio- 
nes para la celebración del tratado de comercio con los Esta- 
dos Uoidoa y la supresión del derecho de exportación y del 
diferencial de bandera; la oposición á la inmigración china; 
las insistentes proposiciones y los calurosos debates enprode 
nai amplía reforma electoral (1) y la reiterada exposición do 
la doctrina autonomista, ya en las fórmulas más precisas 
aprovechando la critica del presupuesto antillano, ya ofre- 
ciendo soluciones de transacción inspiradas en el ejemplo de 
las provincia* Vascongadas (2). 



( 1} Fu#d» Ttrsi sobre eaio mi libro titulado La reforma §Uctcral e» 
hiAniiltA». Un tcI. «D 8.- lfadrid 1892. 

(V Puado Teraa mi di acareo pronunciado en el Congreao el 11 do 
Julio de 1838 j luego publicado con el título de Uña férmula dé trm*- 
uec ún Higo esta* y otras citas análogas, porque en loe libros y diá- 
conos á qoa me refi iro ss trata de los trabajos que los demás han he* 
abo en pro j en coaira de la cansa autonomista. 



XIII 



Pero en toda la obra hay tres particulares que oonvien© 
.precisar. 

Consiste el primero en el animado debate que en Juuio de 
1884 sostuvo la Minoría autonomista del Congreso con el 
Sr. Cánovas del Castillo, á la sasón presidente del Consejo 
de Ministros. 

Hasta entonces la doctrina autonomista había sonado 
en el Parlamento como una protesta peligrosa, Quizá el res* 
peto con que se oía á los diputados coloniales era efecto de 
la consideración personal que tatos, por varios motivos, 
inspiraban. Bajo este punto de vista las Cortea de la Res- 
tauración y de la Regencia merecen todo género de felicita- 
ciones. Su tolerancia y. su cortesía fueron exquisitas: tanto 
como deoidida su oposición á la doctrina de los autonomis- 
tas. Sin duda alguna en el convencimiento de todos los con- 
servadores de la época estaba la incompatibilidad de esta 
doctrina con la causa de la Monarquía y con la integridad 
de la patria. No opinaba de otra suerte la mayoría del par- 
tido liberal, algo preocupada oon la campaña de los consti- 



— 206 — 

tu cíonales pon insulares de 1870 y 73, que por tanto entra* 
ban thora azi el partido dirigido por el Sr. Sagas ta. 

Pero el discurso pronunciado por el Sr. Cánovas del 
Castillo en la sesión de 24 de Junio de 1884, contestando 4 
otro discurso mió sobre la situación de Cuba, púsola tesis au- 
tonomista en condiciones tan satisfactorias como inespera- 
das (l), Las palabras del señor Presidente del Consejo re- 
percutieron en toda la Península, en Ultramar y en el ex* 
tranjero. Sos declaraciones fueron ana verdadera victoria 



(I) Bate dábate foé «1 de la contestación al Discurso de la Corona. 
Con nu molido los diputado* de le Unión Constitucional (anos pertene- 
ciftatee el partido liberal de la Península, como los Sres. Balaguer, Villa- 
saevft, A.rmiÜán,TañÓn y Crespo, y otros dentro del partido conservador, 
como los Sr©a. Doran y Onzmán), presentaron una enmienda de suma 
importancia y que represente un avance en la política de aquel partido^ 

Bis enmienda, fachada en 18 da Janio de 1S64 y que defendió el se- 
ñor Vi Han nove, pretendiendo negar que sus soluciones venían por la 
excitación y campiña de los diputados autonomistas, dice así: 

"■al Congreso ve con singular satisfacción que sean objeto de la soli- 
citud de V. fcl., al par que las demás, las provincias de Ultramar, entre 
Us qne f las de Cube, por efecto de la aflictiva é insostenible situación 
per qne atraviesan, exigen del Gobierno, de una manera inmediata, la 
aplicación de medidas encaminadas 4 dotar 4 aquéllas! de condiciones 
de existencia . 

& este 6a, el Congreso entiende que el. Gobierno, utilisando los me- 
dica legiaiatiTos maa bref&s, debe procurar se realicen y rijan el l.*de 
Jal i o próximo, U rebaja del presupuesto basta la oifra máxima de 94 
millonea de durosj la inmediata declaración de cab ataje en bandera 
nacional del comercio entre las provincias antillanas y las. península» 
re«; la mayor reducción poeible de los derechos de exportación sobre el 
sin car y el tabaco y del de importación sobre vinos españoles; y la 
unificación y arreglo de Jas deudas, obteniendo una considerable pró- 
rroga en la amortización y platos de las privilegiadas, y empleando 



1 



— 206 — 

de las nuevas ideas y una gran base para la campaña auto-» 
no mista que ya contaba á sa fav6r la extensión de la Cons- 
litación de 1876 á las Antillas, lograda en 1881. 

El Sr. Cáuovas del Castillo dijo entonces: 

«O vo me equivoco macho, ó con el espirita de esta en- 
mienda estamos de acuerdo todos, absolutamente todos, y* 
que aun el Sr. Labra ha reclamado ó reivindicado para si' 
con repetición la gloria de la iniciación de muchas de lasv 
reformas que en esta enmienda se proponen. Qaiere decir,. 
pues, que si la enmienda no contiene por sa parte, ni ma- 
cho mecos, todo el espirita del Sr. Labra, en el fondo, la 
propio el Sr. Labra que los demás individuos de los parti- 
dos que tienen asiente en esta Cámara, simpatizan grande- 
mente con el espíritu en que esa enmienda está redactada. 
¿Ni cómo podía ser de otra suerte? ¿Cómo no habíamos d& 
participar todos nosotros, y participar con honda adhesión, 
del espíritu de esta enmienda? 



medios verdaderamente eficaces para extinguir la representada por loe 
í 1 3 ! etat del Banco Español de la Babana emitidos por cuenta del Go- 
bierno. 

De esta manera, y promoviendo la celebración de traaados de co- 
ma rci o en beneficio de la isla de Cuba, 4 la que se deben hacer cítan- 
oslos qne reportan los que existen celebrados con Potencias extran- 
jeras! todo en armonía cen los intereses comunes de las demás proYin- 
cias de la nación; protegiendo de un modo directo y material la 
inmigración libre de trtbaj adores útiles, y adoptando todas las demás 
disposiciones que, como la reforma de la legislación hipotecaria, cítíI, 
mercantil y procesal, la publicación de una ley rie emplee dos y ék 
ií insamiento de la tranquilidad pública, con la extirpación del bando» 
lerismo, son complemento de las indicadas, podía el Gobierno de V. U. 
colocar 4 las proviaciss de Cuba en condiciones de volver 4 su pasada 
prosperidad, salvándolas desde luego de la total ruina que les ame- 



— 207 — 

El iflmirso del 3r* Labra ha obtenido mis aplausos, val» 
gai! por b que valgan, no solamente por su parta artística,. 
ai no por *■ 1 d senvol vimieuto lógico de so concepto funda- 
nmnr»] f pr r ln estrecha relación de las partes con el todo; 
porque tí. S., arrancando de nn principio, ha desenvuelta 
este [ riüup;o, quizá de la ánioa manera que podía ser dea- 

Lo que hay es, y después de las declaraciones qne he he* 
cho *DU*riormeQte, do debe esto ofender ni poco ni mucho 
al Sr. Labra, lo que hay es que S. 8. s* ha olvidada 
delira cosa 7 se ha colocado fuera de una realidad, es a 
laber: de i a realidad nacional. Todo lo qne 8. 8. ha 
dich -, no contando con qae existe ana España, no contan- 
do que *xi*te una Nación oreada que no se puede deshacer 
tn un dia; todo eso aplicado á un pala en situación comple- 
tándote distinta de la que tiene el nuestro, y distinta de la 
de Oubn, seria quizá cierto á mi juicio, yo se lo concedo. 
¿Pero hav algún partido político, y sobre todo teniendo en 
cuenta qne los partidos políticos, cnando están en el Gobier- 
no, tienen todavía más estrechas obligaciones, hay algún 
hombre de gobierno que pueda resolver ni la cuestión de 
Cuba ni otro género de cuestión ninguna, sin tener en 
eueota todos los intereses nacionales? ¿Qué es una Nación? 
al propia tiempo que nn conjunto de antecedentes y un can- 
jacto de sentimientos, y nn conjunto de ideas; ¿qué es una 
Nación al lado de esto y aun sobre esto, sino ana grande é 
histórica combinación de intereses? ¿Son estos interese» 
siempre lógioos? ¿Están estos intereses desenvueltos cons- 
tantemente con arreglo á principios? ¡Qué han de estarlo! 
Eáos intereses los ha formado arbitrariamente el tiempo en 
la generalidad de las naciones, lo cual no legitima cierta- 
mente sa existencia perpetua, lo cual no excusa el que en 
el ! 08 se remedie cuanto se pueda y se deba remediar, some- 
tiendo lo accidental y lo arbitrario á la regla y al principio; 
pero es imposible qne en un día, ni por una enmienda, ni 
por nn discurso, ni por ana pretensión de un partido ó de 
unos hombrea políticos, se arregle todo como la mente la 
concibe, como el concepto lo exige en su propio y natural 
desenvolvimiento. 

|Qaé querría yo más que traer al presupuesto de la Pe- 
nínsula inmediatamente la mayor parte del presupuesto 
que pesa sobre la isla de Cuba, que es, en resumen, el sis 
i qne el Sr. Labra quiere aplicar á las relaciones de los 



r* 



— 208 — 

dos países! |Pues quél ¿oree el 8r. Labra que si yo encon- 
trara que en la Península, que bien sabe 8. 8. que ka te- 
nido igualmente eue desgracias, sus largas desgracias; oree 
S. 8. que si yo encontrase que la Península estaba en 
situación de cargar sobre si, desde este instante, con ana 
grandísima parte de las obligaciones de la isla de Cuba, á 
fin de libertarla de ese peso y de que saliera más pronto 6 
se la ayudara á salir lo más pronto posible de la situación 
presente; cree S. 8. que yo no lo propondría al Congreso? 
¿Cree 8. S. que el Congreso español no lo votarla? Pero 
sin entrar en pormenores, pues que 8. 8. se propone disen- 
tís frecuentemente esta cuestión f y ocasiones varias ha de 
tener todavía en que discutirla, redusca 8. 8. 4 oifraa la 
división del presupuesto que sumariamente biso aquí ayer» 
y díganos los oeutenares de millones que con ese proyecto 
ó con esa idea quiere echar sobre el presupuesto de la Pe- 
nínsula, venga eso á una discusión concreta, y entonces) no 
se le dirá aquí que eso sea injnsto; no se le hará una impo* 
sioión ni de quejas ni de recriminaciones, yo estoy seguro 
de ello; pero se le dirá: eso es completamente imposible 
para la madre patria; y después de todo, cuando aun la in* 
tegridad de la patria, por pocos ó por muchos, está comba- 
tida en la isla de Cuba, lo primero que hay que conservar 
para la isla de Cuba es la integridad de esta patria misma, 
y procurar que esta patria no pierda su fuerza y su vigor» 
euoumbiendo bajo el peso de cargas imposibles de llevar, 
para que ouando se necesite de nuevo, acuda, como ha aoa- 
dido ya y acudirá siempre, á salvar estos altísimos objetos.. 

La sorpresa y luego la irritación que este discurso del 
Sr. Cánovas del Castillo produjo en el grupo parlamenta* 
rio constitucional, es indecible. Ya otra ves produjo una 
sorpresa parecida el Sr. Cánovas: ouando publicó el preám- 
bulo del Beal decreto de 1865, que abrió la información en 
Madrid sobre las reformas ultramarinas. Entonces el minis- 
tro de Ultramar rompió oon el slatu quo. Todavía después 
se ha producido otro escándalo semejante: en Abril de 18 tí, 
con el preámbulo del último decreto de reformas de Cuba y 
Puerto Rico. 

No hay por qué ni para qué negar el mérito de estos actos. 



k 



r 



— 209 — 

8a deficiencia está en las soluciones y sobre todo en el proce- 
dimiento para dar efecto á las criticas y realidad á las aspi • 
radones del Sr. Cánovas del Castillo. De otro modo, la 
obra de este hombre público habría sido extraordinaria. 

A. decir verdad, los adversarios del Sr. Cánovas del Cas 
tillo y los constitucionales cubanos, han exagerado las de- 
claraciones del 24 de Junio de 1884. Pero no se puede 
negar que entonces el Presidente del Consejo reconoció, 
siquiera en principio, la bondad de la doctrina autonomista, 
á la que opuso, en lo tocante á su aplicación á España, ' las 
condiciones especiales de este país. Su criterio, pues, era 
perfectamente opuesto al que habia servido hasta entonces 
para combatir en las Cortes aquí en la Península y en todas 
partes, allá en las Antillas, la causa de la autonomía: cri- 
terio de todo en todo oontrario al del sefior Ministro de Ul- 
tramar, conde de Tejada de Valdosera, que pocas horas 
antes habia pretendido refatar mi discurso. 

La propaganda autonomista, pues, dio un paso de gigan- 
te, por efecto de la acción parlamentaria. 

£1 segundo hecho á que me he referido sucedió dos años 
después. 

fin 16 de Junio de 1886 sé presentó á las Cortes españolas 
la siguiente enmienda al proyecto de contestación al Discur- 
so de la Corona. £1 Sr. D. Rafael Montoro, en nombre de la 
Minoría autonomista de Cuba y Puerto Rico, defendió la 
enmienda que fué rechazada por 217 votos por 17. Estos vo- 
tos fueron los siguientes: 

Sres. Muro. — Baselga.— Pefíalva.— Villalba Hervás. — 
Castilla.— Salmerón. — Ascárate.— Pedregal. — Romero Gil 
Sauz. — Labra. — Fernández de Castro-Montoro. — Portuon- 
do»— Figueroa.— Ortis. — Viicarrondo.— Prieto y Caules. 



— 210 — 

Es decir, loa votos de todos loa autonomistas y loa repn» 
blicanoa del Congreso, á excepción de loa pesibilistas, qna 
ge abstuvieron, y que ya por aqnel entonces evolucionaban 
en sentido monárquico. En contra votaron todos los monár- 
quicos de la Cámara. Es decir, los liberales y loa conserva- 
dores. 

La enmienda decía asi: 

«Los diputados que suscriben proponen al Congreso se 
sirva acordar que el párrafo décimo quinto del proyecto de 
contestación al Discurso de la Corona quede redactado en 
la forma siguiente: 

SI Congreso ha oído con satisfacción los propósitos del 
Gobierno de V. M. con respecto á Cuba y Puerto Rico. 
Critica y angustiosa es hoy como ayer la situación de la 
gr&ade Antilla, y no es en verdad floreciente la de la iela 
hermana, por otra serie de caneas muy diversas, pero im- 
putables en no pequeña parte á la acción directa é indirecta 
del Poder público. Justo y previsor es en efecto el propósi- 
to que anima al Gobierno de cumplir sus compromisos en 
favor de tan importantes colonias; pero ea indispensable 
que los cumpla Bin otra demora que la estrictamente nece* 
Baria para obtener el concurso de las Cortea, cuando no sea 
posible usar de la facultad concedida por el art. 89 de la 
Constitución, el cual debe ser utilizado para llevar cuanto- 
antes á nuestras Antillas todas las le) es civiles y políticas 
que han de realizar la igualdad ante el derecho e-tre loa 
españoles de ambos hemisferios. Confia el Congreso en que 
al mismo tiempo que á estas reparadoras medidas procede- 
rá el Gobierno de V. M. á introducir en el régimen t r ibn- 
tario y comercial de amfcas Islas las profundad alteracionea 
que únicamente podrán asegurar la nivelación efectiva da 
los presupuestos, sin abrumar al contribuyente y que co- 
municarán nuevo vigor á las decaidaa fuentes de riquesa. 
La inmediata abolición del Patronato en Cuba coronará la 
obra redentora comenzada treoe años ha con éxito felicísi- 
mo en Puerto Rico, y será la medida inicial de la aerie da 
esfuerzos que deben consagrarse á la regeneración de una 
raza oprimida. 

Kl Congreso espera del Gobierno de V. M. esta noble de* 
terminación. VaBto campo se abrirá con tales reformas al 
desarrollo social de nuestraa más adelantadas colonias, pie- 




— 211 — 

parándolas con tino para el advenimiento del sistema que 
ha de garantizar sos progresos y satisfacer sus naturales 
aspiraciones; aquel en qne los intereses morales y materia- 
les de las sooiedades nuevas quedan debidamente ampara- 
dos sin que peligre, antes bien consolidando y fortaleciendo 
su unión con la Madre Patria: el de la Autonomía colonial 
en toda su pureza. 

Palacio del Congreso 15 de Junio de 1886.— Rafael Mon- 
tero. — Rafael Fernández de Castro. — Julio Vizcarrondo. 
—Alberto Ortiz. — Miguel Figueroa.— Bernardo Portuon- 
do.— Rafael M. de Labra. > 

Claro se está, que no era esta la vez primera que se ha- 
blaba en el Parlamento español de autonomía* Apenas en- 
trados los representantes en el Congreso, ó sea en 1880, ya 
con toda franqueza se planteó el problema. JÜn nombre de 
mi» compañeros lo hice en mi discurso de 15 de Abril de 
1830, sobre el primer presupuesto de Cuba. Y luego to- 
dos los diputados y senadores antillanos sostuvimos ardo • 
rosamente la misma tesis, ya en términos generales, ya 
señalando los gastos imperiales ó de soberanía en el presu- 
puesto nacional, ya reclamando una ley provincial que sus- 
tituye 4 la provisional en 1878, ya discutiendo el presu- 
puesto de obras públicas, y el de enseñanza, ya demandando 
la reforma arancelaria con independencia del cabotaje, y, 
en fin, solicitando la reforma electoral y explicando la posi- 
ción desarada de la representación ultramarina en las Cor- 
tes nacionales, oon dos presupuestos, y dos tesoros radical- 
mente diversos y aun opuestos (l). 

Tampoco, como luego se verá, fué la enmienda que de- 



(1) Véaaw mis discuraos: Bl primer presupuesto de Cuba (13 de 
Abril de 1880); en mis Discursos Políticos, Académicos y Forenses^ 20 
de 1890. 

La Unidad y la especialidad en el régimen colonia/ (14 Jmnio 1883). 

La situación de Cuba en 1884. (20 de Janio 18S4). 



— 212 — 

ió el Sr. Montoro la única proposición que en estos 
úl timos aflos se ha presentado y discutido en las Cortes. Pero 
aquella enmienda revistió excepcional importancia, tanto por 
k concreción del tema y del discurso que pronunció el señor 
Montoro con nn éxito verdaderamente superior, como por 
la oportunidad en que se produjo, como por llevar la» solas 

ü jas de los diputados autonomistas á modo como expresión 
y resumen de la aspiración de los partidos avanzados de 
las dos Antillas representados con perfecto acuerdo, por las 
directivas en Ultramar y los parlamentarios en la Metro* 
poli. 

Después do la enmienda citada los diputados autonomía* 
tas hicieron algo análogo, pero que no tuvo parecida reso- 
nancia, por haberse disuelto las Cortes ante las cuales se 
realizaron las gestiones á que aludo. Me refiero á las pro- 
posiciones que en 26 de Julio de 1886 presentaron los di» 
y atados autonomistas, sobre reforma política y económica 
de la Grande Antilla. 

Y, como después se verá, la Minoría parlamentaria re- 
publicana, en 27 de Abril de 1891, presentó y sostuvo otra 
enmienda autonomista al Mensaje de contestación al die- 
ta rao de la Corona. 

Refiriéndome concretamente á las proposiciones de 1886, 
he de advertir que todas estas proposiciones iban precedidas 
de ana exposición de motivos, en la cual se hada referencia 
á las opiniones democráticas y radicales de los firmantes, j 
al deseo deéstos de recabar inmediatamente la reforma de 
las Antillas en armonía con el derecho vigente á* la salón en 
la Metrópoli. De esta suerte se acreditaba el carácter guber- 
namental de los proponentes, que eran los Sres. D. Ber- 
nardo Portuondo, D. Julio Visoarrondo, D. Alberto 0rtis 9 



— 213 — 

D. Rafael Montero, D. Miguel Figueroa, D. Rafael Fer- 
nandos de CagtTO y el autor de eetas lineas. 

Lo sustancial de la proposición sobre «Identidad de los 
derechos políticos de los españoles en Europa y América >, 
era esto: 

«Cesa desde hoy toda desigualdad de derechos civiles y 
políticos entre los españoles que- habitan en las provincias 
peninsulares y los que habitan en las provincias de Cuba y 
Puerto Rico, asi en lo que se refiere al reconocimiento de 
esos derechos como en lo que toca al modo y forma de re- 
gular su ejercicio. 

Quedan derogadas las limitaciones que se dictaron por el 
decreto de 7 de Abril de 1881, al declararse vigente en las 
islas de Cuba y Puerto Rico la Constitución del Estado. 

Todas las leyes orgánicas ó complementarias que tengan 
por objeto definir ó regular, modificar en cualquier sentido 
el ejercicio de los derechos políticos ó civiles que la Consti- 
tución consagra, se considerarán vigentes en las provincias 
de Cuba y Puerto Jileo desde luego, y al tiempo mismo de 
so promulgación en la Península; bastando, como para 
todas las otras provincias de la Nación, el hecho solo de su 
publicación en la Gaceta oficial de Madrid.» 

Le proposición sobre c reforma electoral en Cuba y Puerto» 
Btco> declaraba aplicable integramente á las Antillas la 
ley electoral que á la sazón regia en la Península. 

La proposición sobre reforma del régimen municipal y 
provincial en las dos islas, se condensaba en estas disposi- 
ciones: 

cLas leyes municipal y provincial vigentes en la Penín- 
sula se aplicarán á las provincias de Cuba y Puerto Rico, 
quedando derogadas todas las leyes y reglamentos publi- 
cados hasta el día para el gobierno y administración de 
dichas provincias, y sobre organización y atribuciones de 
sus Ayuntamientos y Diputaciones provinciales, asi como 
todas las leyes, decretos y reglamentos que impongan á 
esas corporaciones locales cualquier gasto no previsto en la 
presente ley... 



— 214 — 

Eí Ministro de Ultramar, al dictar para Cuba y Puerto 
Rico los reglamentos para el cumplimiento de. es a ley, 
tendrá en cnenta las facultades qae corresponden á lo* go- 
bernadores generales dentro de los insulares reconocidos» 
y que han de regirse por le jes especia 'es. 

Las reformas y modificaciones qne sean necesarias en lo 
sucesivo como resntado de la aplicación de es as Iatpm a 
Coba y Puerto Rico, fite harán precisamente por ^cnerdo do 
las Corporaciones ó Cámaras insulares con los g< b j rna <o 
res generales de las Antil as,. en la forma qu3 determine la 
Constitución especial de dichas Islas. • 



Pero bueno es advertir qne en el preámbulo de esta pro 
posición se proclama la excelencia del régimen que en Puer- 
to Bico vivió en 1872 y 1873, se protesta contra la cotí fu- 
tí ion de las facultades de ios funcionarios mi i tares y evi- 
tas, y se dice textualmente: 

Considerando qne si bien es verdad qae los diputados 
que suscriben profesan la doctrina de la autonomía colonial 
y aspiran a' reconocimien'o en las leyes de uua enfilad 
política formada por el grupo insular de las *eis provincias 
cubanas, y creen necesario regularizar y'defin ir su corad- 
nación, especia 1 dentro del Estado, sometiendo á ella, como 
funciones oca'es de la colonia autónoma, el róg unen de sus 
Provincias y Municipios, bien que en armonía coo lo-* mis- 
ólos principios descentra' izadores que invocan y nu^nran, 
no es menos cierto que al reclamar la identidad iumB<li»ta 
de la organización municipal y provincial entre la P*díi»mi- 
La y las Antillas, quieren extinguir desde luego odiosas 
designa dadee que engendran justísimas quejas. 

Después de consignar las reservas necesarias respe * o de 
sus opiniones, lo cual no afecta en modo a gano & propó- 
sito constante que les anima de defende? la igua da1 junta 
en el derecho entre los españoles de Europa v los de Amé- 
rica, tienen la honra de someter á la consideración del 
Congreso lo siguiente.» 



La proposición de ley sob/e eseparaoión de la autoridad 
i vil de la militar» en las dos Antillas, establecía la ifime- 



— 216 — | 

'diata separación de mandos, y la equiparacióa de las Capi- 
tanías generales de Puerto Rioo y Coba con las demás de la 
Península, asi como la estricta observanoia de la ley de 
orden público para la de egación de la autoridad civil en fa 
militar. 

La proposición sobre creaciones financieras entre la 
Metrópoli y las Antillas» establecía que el presupuesto de 
gastos se dividiera en tres grandes agrupaciones: primera, 
gastos generales del Estado; segunda, gastos especia es de 
la Peninsu a é is'as adyacentes; tercera, gastos espeoia'es 
de las islas de Cuba y Puerto Rico. 

Corresponderían á la primera agrupación: 1/ Las obli- 
gaciones generales del Estado y las secciones primera, se* 
ganda, tercera, cuarta, quinta y décima de las obligaciones 
da los departamentos ministeriales; 2.° Las secciones pri- 
mera, segunda, tercera y quinta del vigente presupuesto de 
gastos de Cuba; 3.* Las secciones primera, segunda, tercera 
y quinta del presupuesto de gastos de Puerto Rico. 

Corresponderían á la segunda agrupación, las secciones 
sexta, séptima, octava y novena del presupuesto vigente de 
gastos de la Península é islas adyacentes. 

Corresponderían á la tercera agrupación, las secciones 
cuarta, sexta y séptima del presupuesto vigente de gastos de 
Cuba, y las secc'ones cuarta, sexta y séptima del presupues- 
to corriente de gastos de Puerto Rico . 

Todos los gastos comprendidos en la primera agtupación 
se incluirían en un solo presupuesto, que seria el general de 
(fastos del Estado. Para cubrir estos gastos contribuirían en 
justa proporción todas las provincias del Estado. 

£1 cálculo de la proporción en que debían contribuir las 
islas de Cuba y Puerto Rico se haría teniendo en cuenta 

«5 



— 216 — 



mi actual facultad contributiva, que habla de regularse par- 
la riqueza imponible demostrada; y en defecto de datne 
ciertos y positivos para ello, se determinaría la proporción 
por el principio de que resultase igual para todos el tanto - 
por habitante. 

Las partes proporcionales asi determinadas habrían de 
constar separada y especialmente en el presupuesto de in- 
gresos, en una sección titulada c Val ores á cargo de las 
islas de Cuba y Puerto Eicoi. 

Los gastos que compondrían la segunda agrupación figu- 
rarían en un presupuesto especial de gastos de la Peninsual 
¿ Islas adyacentes. Los presupuestos especiales de gastas 
de Cuba y Puerto Rico contendrían solo los comprendidos 
en la tercera agrupación antes citada. 

Los presupuestos de ingresos para dichas Is^as deberían 
cubrir, además de las partes proporcionales de los gastos 
generales del Estado,. los gas'os especiales de las Antillas. 
Determinadas todos los años las partes proporcionales 
que correspondían á Cuba y Puerto Rico, los Ministros 
de Hacienda y de Ultramar acordarían lo más oportuno 
para el movimiento y traslación de fondos que fuesen nece- 
sarios durante cada ejercicio. 

Los Ministros de Ultramar y de Hacienda dictarían 
todas las disposiciones necesarias para el cumplimiento de 
la nueva ley, en el concepto de que el nuevo régimen de 
relaciones financieras que ella establece, debiera aplicarse 
á la composición de los presupuestos para el ejercicio 
de 1887-88. 

La proposición sobre la reforma del criterio tributario de 
las Antillas tenia un carácter transitorio y se formulaba 
e c el supuesto de que las Cortes de la Nación quisieran por 



— «7 — 

ahora resolver sobre esto y no dejarlo libremente á las 
«asambleas 6 Diputaciones insolares, á qoienes realmente 
eorrespondia. Por tanto, en el preámbulo de aquella pro- 
posición se dsda textualmente: 

«Siendo el voto del impuesto tino de los prime os dere- 
chos en los pueblos regidos por el sistema representativo, . 
íes claro que todas las atenciones, en cuanto se refiere á su 
naturaleza, á la determinación de los tipos, así como en la 
forma y modo de llevar á cabo ó de hacer efectivas la impo- 
sición, el reparto y la cobranza de los tributos, han de ser 
discutidas, examinadas y resueltas como cuestiones de ca- 
rácter puramente looal, y en tal concepto ino'uirse en los 
jiresopoestos especiales de ambas Islas, coya formación, 
examen, aprobaoión y sanción, se harán con arreglo al 
régimen de gobierno que se establezca en las colonias. 

Fondados en las consideraciones que preceden, y des- 
pués de dejar sentado que el régimen de gobierno y la or- 
gan zaoión política de las Antillas, únicas compatibles oon 
la verdad y pureza del sistema representativo, y con la 
justicia, es el régimen de la autonomía colonial, defendido 
y propuesto por la representación liberal de Cuba y Puerto 
Rico, los diputados que suscriben tienen la honra de some* 
ter al Oocgre&o la siguiente. • 

Luego venían las soluciones al detalle. Se afirmaba la 
contribución directa, que debía ser de 6 por 100 para toda 
clase de riqueza. 

Sobre los derechos arancelarios se decía: 

cSe reformarán los derechos de los aranceles de adua- 
nas de Cuba y Puerto Rico, con arreglo á las baaes si- 
guientes: 

1. a No se impondrá derecho alguno de exportación. 

2. a No se impondrá derecho alguno á la importación de 
los artículos de producción y procedencia de la Península é 
Islas adyacentes. 

3. a El impuesto que se cobrará á la importación de 
las mercaderías, que habrá de determinarse en los arance- 
les, será de dos especies: 

Derecho fiscal, que no podrá exceder de 10 por 100 del 
valor del género á que se imponga. 



i 




— 218 — 

Derecho de balanza, que consistirá en una pequeña can* 
tidad por unidad de cuento, medida ó peto. 

4 . * Loe derechos focales y los de balanza se graduarán 
de forma que los artículos indispensables para la vida, 6 
de primera necesidad* y los necesarios para la producción» 
no paguen á su entrada más del 3 por 100 de su valor; y 
que tos demás paguen ses&n su oíase y condición, coma 
determinará el Gobierno, dentro del limite impuesto por la 
base 3.*, continuando en completa franquicia las mercade- 
rías que hoy lo están . » 

Se recomendaba la supresión gradual de la lotería, y se 
reformaba el impuesto de consumos, pasando, el de consumo 
de ganado á los presupuestos municipales, y autorisando 
un impuesto sobre bebidas espirituosas, excluyendo el vino. 
Suprimíase también todo impuesto sobre viajeros y trans - 
portes marítimos y ferroviarios. 

La proposición sobre organiíación del c Gobierno geno* 
ral de La Isla de Cuta* merece ser reproducida integra. 

Hela aquí: 

* Los Diputados que suscriben tienen el honor de proponer 
ai Congreso la siguiente proposición de ley sobre orgánica- 
cióu y gobierno general de la Isla de Cuba. 

Al formular los artículos de esta proposición, los infras- 
critos han debido ajustarse al espíritu y carácter político de 
la actual Constitución de la Monarquía española y al sen ti - 
do de las leyes municipal y provincial vigentes en la Pe- 
ni nao la, que conforme á reiteradas declaraciones de diver- 
sos Ministerios, y señaladamente del Gabinete actual, han 
de ser extendidas á la Isla de Cuba para establecer la lega- 
lidad definitiva sobre los decretos provisionales de 21 do 
Junio de 1878. 

Por manera que la proposición que sigue no ha de en- 
tenderse como la fórmula rigurosa y exclusiva de nn partí • 
do, ni mucho menos como la expresión de una escuela po- 
lítica, 

Al propio tiempo interesa consignar que los que suscri- 
ben se han inspirado, asimismo, y siempre con espíritu d° 
concordia, en la historia de las constantss aspiraciones do 
la Grande Antilla; en la solicitud formulada por el Consn* 



— ai9 — 



lado déla Habana en 1811; en la proposición que á las 
Cortes de 1822 hicieron loa diputados cubanos O. Félix 
Várela y D. Tomás Gener; en la recomendación de la 
Juntado Fomento de Cuba de 1836, y en la propuesta de 
los comisionados electos en 1867 por los Ayuntamientos de 
la Isla para la Junta de información convocada en Madrid 
por decreto de 1865. 

Todavía los que suscriben han tenido en cuenta otros da- 
tos, como son los informes y votos dados por los excelentí- 
simos 8res. Duque de la Torre y D. Domingo Dulce, ex- 
gobernadores generales de la Isla de Cuba, en la Comisión 
referida, así como la ley de Gobierno general de la isla de 
Puerto Rico, puesta en vigor en aquella Isla por decreto 
de 27 de Agosto de 1 870, y que con admirable éxito allí 
rigió por espacio de cuatro años. 

Si de estos datos próximos se quisiera prescindir en busca 
de mayor abolengo y especial demostración, sacada de ex- 
periencias extrañas, también los que firman podrían apor- 
tar, en obsequio de su actual modestísima proposición, 
otros recuerdos y otros razonamientos Porque es notorio 
que nuestras leyes de Indias sancionaron la existencia en 
América de Cortes análogas á las de Castilla, Aragón y 
Cataluña, y ya son muchos los doctos que en sus libros y 
sus Memorias registran la celebración más ó menos frecuen- 
te de Asambleas ó Consejos regionales en Coba, Santo Do- 
mingo y Méjico, y otras comarcas del mundo hispano ame- 
ricano, en loa siglos xvi y xvu. 

Por otra parte, la proposición de ahora se aleja poco de 
la reforma colonial francesa de estos últimos veinte años; 
nota especialmente recomendada á aquellos que, recono- 
ciendo la razón y fecundidad de la experiencia colonial 
británica, mantienen ciertas reservas sobre la capacidad de 
la raza latina para cierta clase de empresas políticas y de 
reformas transcendentales. 

Con estos antecedentes y estas explicaciones, creen los 
infrascritos que queda suficientemente determinado el ca- 
rácter modesto y práctico de la siguiente Proposición dé 
Ley: 



£1 Gobierno general de la Isla de Cuba se organiza en la 
forma siguiente: 

Articulo 1.° Habrá un Gobernador general, represen- 
tante del Gobierno Supremo de la Metrópoli, jefe superior 




— 22© — 

de la Administración pública en dicha Isla, y de las fuer- 
zas de mar y tierra constituidas en ella. 

Art. 2.° Una ley especial determinará las facultades y 
obligación «6 del Gobernador general en conformidad con la 
Constitución y con la presente ley. \ 

Art, 3.° Existirán en la Ma ana Diputación insular 
elepida directamente por los habitantes de la misma, con- 
forme á una ley especial, y un Consejo de Administración. 

Art. 4.° La Diputación discutirá y votará el presupues- 
to especial de dicha isla, deducidas las cargas generales ó 
nación»- les que serán establecidas por las Cortes, asignando 
4 la Isla citada una cuota proporcional á su población y al 
estado de su riqueza. 

También discutirá y resolverá todos los asuntos de inte* 
res local, entendiéndose por tales los relativos á los ramos 
de instrucción pública, obras publicas, sanidad, beneficen- 
cia, agricultura, aguas, bancos, ferrocarriles, inmigración, 
formación y policía de las poblaciones, puertos y aranceles 
de aduanas, asi como á la aplioaoión en la Isla de Cuba de 
las leyes municipal y provincial. 

Los acuerdos de la Diputación no serán válidos hasta 
que alcancen la sancón del Gobernador general, que habrá 
de concederla ó negarla dentro del plazo de un mes; enten- 
diéndose por concedida si transcurriese este plazo sin obser- 
vación alguna. 

Art. 5, ü En caso de disentimiento entre la Diputación 
inaular y < 1 Gobernador general, deberá éste dar cuenta al 
Gobierno de S. M., que resolverá en el término de tres 
meses, transcurridos los cuales se entenderá ejecutivo el 
acuerdo maular. 

Art. 6.° Las oficinas superiores del Gobierno general 
constarán de tantas secciones como asuntos especiales de- 
ban tener á su cargo. Cada una de estas secciones tendrá á 
su trente un secretario del despacho. 

Art. 7. a Los jefes de las secciones á que se contrae el 
articulo anterior, serán nombrados y separados libremente 
por el Gobernador general, siendo responsables ante la Di- 
putación, á cuyas sesiones deberán concurrir. 

De esta responsabilidad quedan exceptuados los jefes de 
las secciones de Guerra, Marina y Justicia, que depende- 
rán solo del Gobierno euperior ó del Supremo do la Metró- 
poli. 

Art, 8.° El Consejo de Administración deliberará é in- 
formará sobre los acuerdos de la Diputación antes de que 
pasen á la sanción del Gobierno general. 



— Í21 — 

Art. 9.* £1 CoDsep de Adminiatr ación oonstará da un 
ii amero igual alas dos terceras partts de loa miembros de 
la Dipotüci6n i dsq Jar respectiva. 

Loa Cooe^jeroB aera a nombrados mitad por el Gobierno 
supremo, coo arreglo i lo qae determine la ley especial 
constitutiva de este cuerpo y la otra mitad por los Ayunta- 
mierjtog, las Diputaciones provinciales y los institutos ó aso* 
ci aciones de carácter general de la Isla i quienes la ley oi« 
tada reconoiea eete derecho. 

Art. 10. Las sesiones de la Diputación insular y del 
Conflpj j de Administración serán públicas. 

A rt. 1 1 , EL Gobernador general, de acuerdo con sus se* 
cretarioa, nombrara ? separará libremente á los empleados 
de todos los ramos civiles dentro de las categorías y reglas 
qae establezca una ley, bajo bu responsabilidad. 

Art. 12. £1 Gobernador general sólo será responsable 
ante el Gobierno supremo, » 

Para completar estas proposiciones faltó una sobre el Go- 
bierno de Puerto Rico. Debía presentarse cuando se reanu- 
daran las sesiones de Cortes, que no se reanudaron (l). 

Claro se está qae las proposiciones antes mencionadas 
eran la resaltante de los pareceres distintos de los diputados 
y senadores ultramarinos y de las recomendaciones de la? 
directivas autonomistas de Cuba y Puerto Rico, Yo no ten- 
go por qué ocultar que algunas de las soluciones concretan 
no me satisfacían. Pero el hecho es que todos firmadlos esos 
documentos que hay qae relacionar con otros de mucho 



(I) Lu anterior** proposición^ fueron redactadas por loa Sref . Por* 
tuondo 1 Orlti y Slootoro. A mi me capo el honor de eicribirel preám- 
bulo dala última, bascando la resultante de los distintos matices de la 
Minería. Pero todaa eaae proposiciones fueron disco tidas y votadas en el 
•eoa de a jta, sal vfindisj * Iguoos votas, pero conviniendo todos los dipu- 
Uics y senadores es las aúrmacioaes fundamentales y en su sentido. 
Quedé yo encardado da redactar la proposición sobre el Gobierno de 
Fueiio Rico, previa consulta á la Directiva autonomista de la pequeña 
An tilla. La Directiva de la Hi^ana estaba de acuerdo con las pro pe si* 
c iones presentadas j que ja conocía de tiempo atrás* 



— 222 — 

pormenor j gran doctrina publicados por la Directiva aato - 
nomista de Cuba en 22 de Marzo de 1886 y 2 de Pobrero 
de 1888. 

Con eatoa datos apenas se comprende que haya quien to- 
davía diga que no se conoce la autonomía que pretenden 
Jos autonomistas antillanos. No tiene partido alguno de la 
Peo ínsula programa de tanta claridad y detalle. 

De este modo y mediante nna labor extraordinaria y & 
la cual ee hará cumplida justicia en su dia, hicieron yo 
campaña los representantes autonomistas de Cuba, hasta 
llegar en 1 895 á la discusión del célebre proyecto de refor- 
mas del partido liberal peninsular. Este es el tercer parti- 
cular á que aludí antes. 

Prescindo también de juzgar esas reformas, pero no puedo 
excusarme de repetir ahora que, aparte su a positivos mar i* 
tos, y au valor como medio de oombate (quizá éste era el mé- 
rito superior) aquel proyecto, como solución, tenia dos gra- 
vea incoa venientes. El primero, el inconcebible retraso con 
que se discutió y votó en las Cámaras después de la presen*- 
tación del plan original en 5 de Junio de 1893. Ese proyecta 
mutila: ib no fué ley hasta el 15 de Marzo de 1895. Y no se 
ha llevado á Puerto Rico hasta el 3 de Diciembre de 189$. 
El segundo defecto de la reforma mencionada fué y es la 
preterición de la reforma electoral. Parece imposible este 
error en el partido liberal, que había padecido la equivoca- 
ción de l £94 y provocado el retraimiento de los portorrique- 
ños reaiateutes á pasar por españoles de tercera clase. 

Con lo primero se repitió una vez más el error de 181$, 
1868, 1870 y 1878: el error de que sabiamente prescin- 
dió la República en 1873. Con lo segundo, se desconocía el' 
carácter democrático que necesariamente tiene que llevar 



— 223 — 

toda reforma autonomista en las colonias españolas y d» 
América, y se corría el peligro de dar á la reforma un to- 
no oligárquico imposible en el momento en que se anuncia- 
ba la reforma como medio de atajar el descontento cubano y 
las discordias de los peninsulares . 

Los representantes parlamentarios antillanos, sin embar- 
go, prestaron sn apoyo á la reforma del 95, si bien salvan- 
do el rigor de sus principios, prometiendo continuar lu- 
chando por ellosyratificáudoeeensu política, perfectamente 
opuesta á todo pesimismo (l). En tal sentido hablamos el 
8r. Hontoro y yo, en las sesiones de 9 y 1 1 de Febrero 
de 1395. 

Antes de terminar estas indicaciones sobre la campa- 
ña que hicieron los parlamentarios cubanos desde 1879 4 
189&, debo decir a'go sobre el modo de haberse desen- 
vuelto la política en la tranquila isla de Puerto Rico. 

Los sucesos de 1878 y J 879 también transcendieron A la. 
pequeña Antilla, donde la reacción imperó, con más ó gas- 
nos viveza, desde el famoso golpe del 3 de Enero. A loe 
comienzos la reacción faé terrible. Los directores y favore- 
cidos de és*e no supieron olvidar la participación que los 
diputados reformistas portorriqueños habían tenido én la cri- 
sis de 1873, pesando grandemente en el grupo llamado de 
los conciliadores y oponiéndose á la actitud de los radica- 
les, que á mediados de aquel año rompieron con los repu- 
blicanos de abolengo. Luego aquellos dipotados lograron 
cierta importancia en la Constituyente republicana... Y el 
golpe del 3 de Enero llegó á Puerto Rice, poniendo allí 



(l) Véase el Diario d$ Setionu del Congreso de Febrero dé 1895 y 
también mi libro Cwttionu palpUmnUt, 1896. 



— 224 — 

violentamente á los conservadores sobre los liberales y repu- 
blicanos, que naturalmente, sin la menor resistencia, se dis- 
persaron , 

En 1879 se trató y aun logró, aunque difícilmente, la 
reconstrucción del antiguo partido reformista de 1869 á 7S, 
y lucia J 881 el empeño tomó gran calor y obtuvo cierto 
éxito i Mas luego allí surgió la aspiración de dar al viejo 
partido la acentuación autonomista. Asi se hizo en la Asam- 
blea de Pono© de 10 de Marzo de 1887. De ella salió el pri- 
mer programa del partido autonomista portorriqueño: pro* 
grama modificado, en puros accidentes de organización y con- 
d acta, en la Asamblea de Mayagüez de 18 de Mayo de 1891 . 

Ese programa es sustancialmente el mismo de Cuba: 
quita de mayor acentuación democrática, de una mayor 
aproximación á la política de la Península y de un porme- 
nor que no tolera dudas y le pone por cima de todos como 
gubernamental. 

No es inútil reproducir la parte del programa que con- 
tiene loa principios del partido. Helo aqui: 

*El partido tratará de obtener la identidad política y ja- 
rldica con nuestros hermanos peninsulares; y el principie 
fundamental de su política será alcanzar la mayor deseen» 
tralizacióti posible dentro de la unidad nacional. 

> La fórmula clara y terminante de este principio es el régi- 
men autonómioo que tiene por base la representación directa 
délos intereses locales á cargo de la Diputación provincial 
y la resiJon8abiiida<l también directa de los que tengan á su 
cargo el ejercicio de las funciones públicas en lo que toca 
á la administración puramente interior local. 

» Como consecuencia de esta doctrina, el partido pedirá 
que en esta Antilla queden resueltas definitivamente, por la 
autor ¿da i competente, los asuntos administrativos locales, 
y que se administre el país con el concurso legal de sus ha- 
bitantes, concediendo á la Diputación la facultad de acor- 
dar en todo lo que toque y se relacione con los asuntos pa- 
ramente locales, y sin intervención alguna en lo que tenga 



— 125 — 

«erácter nacional; asi oomo )a de volar y formar loa presa* 
puestos de ingresos y gastos locales por sa naturaleza, ob- 
jeto y fin, y sin perjuicio de las atribuciones de las Cortes 
en materia de presupuesto nacional. 

»E1 partido no rechtsa la unidad política, antes bien 
proclama la identidad política y segu.n la cual en Puerto 
Rico, lo mismo qneen la Península, regirán la> propia 
-Constitución, la ley electoral, la de reuniones, la propia re- 
presentación en Cortes, la propia ley de asociación, la de 
imprenta, la dé procedimientos civiles y criminales, la or- 
gánica de Tribunales, 'la de matrimonio civil, la de orden 
páblico, la misma ley provincial y munioipal; es deoir, que 
en PMto á derechos civiles y políticos, el partido pide QUB 
si ioüalb á las Antillas ron la Península. 

«Y en virtud de la desoeotralisación administrativa que 
el partido pide, las cuestiones locales, que por regla general 
deben reservarse á las Antillas, son la* siguientes: instruc- 
ción pública, obras públicas, sanidad, beneficencia, agricul- 
tura, bañóos, formación y policía de las poblaciones, inmi- 
gración, puertos, aguas, obreros, presupuesto local, im- 
puestos y aranceles y tratados de comercio, estos subordi- 
nados siempre á la aprobación del Gobierno Supremo; de 
manera que al hacer esa reserva, la Metrópoli oontinúa en 
el goce Supremo de la sobiranía y en la práctica del m- 
naio, entendiéndose exclusivamente en todo lo relativo al 
ejército, marina y Tribunales de Justicia, representación di- 
plomática y administración general de pais, señalando á 
éste el cupo que le corresponde en el presupuesto general 
del Estado, llevando la dirección de la política general, ve- 
lando por la fiel observancia de las leyes» resolviendo todos 
los conflictos de corporaciones y entidades, nombrando y 
separando, con arreglo á las leyes generales de la Nación, 
á sus representantes en las diversas esferas de los poderes 
públicos v en la facultad de suspender y anular los acuer- 
dos de la Diputación insular, cuando lleven el vicio de in- 
competencia, ó sean contrarios álos intereses nacionales. 

«Dado el carácter local de la unión ó Partido autono- 
mista, se deja á cada uno de sus afiliados completa libertad 
para ingresar en los partidos políticos de la Metrópoli que 
acepten ó defiéndanla Autonomía de las Antillas, de sus- 
tentar sus ideas particulares respecto de la forma de Go- 
bierno.» 

Bato decía el programa de Ponoe de 1877. En el de 1891 



— 226 — 

de Mayagua se reformó tan eolo el último artículo, di» 

cí ndoae que: 

■ La Delegación, de acuerdo con el leader del partido (1) 
y por medio de los comisionados q< e éste designe y que ée* 
te presidirá, quedan facultados para acordar y realizar in- 
tdigencúe ó alienase del partido autonomista portón quefi o 
con Ib 8 democracias peninsulares, q«e acepten 6 defiendan 
el criterio económico administrativo de las Antillas. > 

£ste artículo no denegó en la práctica la autorización 
dada á los afiliados del partido autonomista portorriqueño y 
sobre todo á sus representantes parlamentarios, para tomar 
puesto en los partidos de la Península! en tanto no se real i - 
zhas la inteligencia ó alianza recomendadas en Mayagüeas, 

Con tal programa esos autonomistas eligieron y en vi a- 
roo sus diputados al Congreso, donde figuraron constante- 
mente al lado de los diputados cubanos, pero dentro de la 
Minoría republicana en lo tocante á la política general. 



ti) El Uator es una institución del partido, consagrada para le c one- 
titución del mismo. Yo he tenido el honor de desempeñar ese carga 
por acuerdo de la Asamblea de Ponce, ratificado por la de Mavagnet. 
El cargo supone á la jefatura de la represen laciÓQ parlamentaría ee> 
la Metrópoli, pero no equivale á la jefatura del partido, que radica en 
Puerto Rico. Véase mi libro La Autonomía •olonial. 



XIV 



Hay que decir tina 7 mil veces que la representación 
parlamentaria autonomista fué el más poderoso medio de 
propaganda y de influencia que las, ideas 7 los intereses li- 
berales de Ultramar han tenido en la Península desde 1879 
á esta parte. 

En otros países, los intereses coloniales han contado con 
otros servidores: agentes especiales, periódicos, empresas 
que reportan ventaja da las reformas qae se solicitan, un 
grupo de colonos residentes en la Metrópoli 7 atentos á la de- 
fensa constante 7 enérgica de la tierra de su procedencia, 
etc., etc. La colonia irlandesa de Londres daba 7 aún da un 
valor extraordinario á loa autonomistas de la Cámara popu- 
lar. Aquí en la Península, solo con intermitencias 7 7a hace 
bastante tiempo, la juvenil colonia portorriqueña prestó 
cierto calor i la propaganda reformista colonial. La gene- 
ralidad de las gentes ultramarinas no se cuida en la Metró- 
poli española de eae empeño. Ni siquiera los comerciantes 
7 productores de las Antillas han visto con claridad que leg 



— 228 — 

convenía haoer algunos sacrificios para ilustrar la opinión 
que tqui había de imponer reformas que se traducirían par». 
ellos en nray baenos pesos daros. Cuando los refinadores de- 
azúcar de Cataluña y del Norte basoaron alianza para reca- 
bar franquicias para el azúcar antillano, no encontraron 
aquí más que á los diputados. 

Solo por excepción puede citarse el hecho de la publica- 
ción del periódico La Tribuna^ que vivió dos años (1882 88)* 
que jo tuve el honor de dirigir y que redactaron vario» 
escritores antillanos y peninsulares. La base de la empresa 
estaba en la Habana; pero muchos accionistas vivíamos en 
Madrid y en Puerto Rico. 

Compartió por algún tiempo con La Tribuna la atención 
constante y preferente de los negocios antillanos, la Revista- 
de ¡as Antillas, periódico semanal, publicado en Madrid 
y briosamente dirigido y escrito por D. Francisco Cepeda, 
inteligente asturiano, que ha vivido mucho en Cuba y que- 
fué por mucho tiempo Secretario general de la Directiva, 
autonomista de ) uerto Rico. Pero este último periódico era 
de la propiedad exclusiva del Sr. Cepeda, antes de que dichos 
señor ocupase un puesto en la Directiva portorriqueña, don- 
de jreetó señalados servicios. Por tanto, la campaña de la 
Revista corría por la exclusiva cuenta de su propietario. Y 
no hay que dtcir que lo arduo del empeño déla propaganda 
autonomista exigía bastante más que una publicación sema- 
nal, dedicada preferentemente al público antillano. 

Como después diré, algunos otros periódicos de la Penin- 
finia contribuyeron á la defensa de las soluciones autonomis- 
ta; pero sin la representación de los autonomistas antilla- 
nos, sin identificarse con aquellos partidos locales, sin dar 
al punto colonial preferencia ni hacerlo objeto de atención 



— %%% — 

¿oonstante. En una palabra: esos periódicos peninsulares de 
que después hablaré no pudieron nunca considerarse, ni 
fueron considerados, como un efecto de la acción autonomis- 
ta nhramaiina sobre la opinión púb'ica > los círculos políti- 
cos de la Metrópoli. £n este concepto, sólo La Tribuna pudo 
pretender aquel honor y aquella responsabilidad. 

Tengo la intima convicción de que en C uba no se ha 
«preciado lo suficiente el servicio que aquel periódico prestó 
á la causa autonomista. No por esto es menos profundo mi 
convencimiento de que aquella publicao ón (redactada por 
antillanos y peninsulares) hizo dar un paso de gigante á esa 
misma causa en los circuios cultos de la Metrópoli y sobre 
todo en los círculos republicanos. Porque aquel periódico no 
se limitó á defender la autonomía como un privilegio colo- 
nial, sino que defendió la autonomía para las Colonias y las 
regiones peninsulares al propio tiempo que la República de* 
mocrática y la unión de los republicanos que ahora ya todos 
estos aclaman como inexcusable. 

Por todas esas consideraciones no oreo impertinente re- 
ptoducir aquí algunos párrafofe del Programa del tal pe- 
riódico, publicado en Madrid el 2 de Mayo de 1882. 

Decían asi: 

c La ley común y la secularización de la vida: he aquí, en 
el orden de las relaciones de la Jglesia con el Estado y con 
la sociedad, el lema de la Revolución moderna que amanece 
con el doble descubrimiento de la imprenta y el Nueva 
Mundo, y con la Reforma, la Monarquía y las nacionalida- 
des. Mejor dichp, hé bqui el lema y el espíritu de toda la 
evolución social de estos últimos cuatro siglos, en que des- 
tacan brillantemente y como hechos irreductibles y trans- 
cendentales, la paz de Westfalia. la enmienda primera de 
la Constitución de los litados Unidos, el tratado de Paria 
de 1854 y la ruina del poder temporal de los Papas. 

Después de esto, nuestro criterio en el orden general de 
la política, es el de la democraoia contemporánea afirmado 



— 230 — 



en estas dos formólas: DerecAas individuales. — Gobierno d* 
la nación por la nación. Fórmalas que ya no son las de ha 
grupo de ideólogos ó de nna escuela paramente científica; que 
ja no constituyen tan solo la aspiración generosa de los esta- 
distas, si que por el contrario, aparecen consagradas solem- 
nemente en el terreno de la practica y de las institaoiones por 
los pueblos más circunspecto» y prósperos de nuestra £dad, 
y que, después de las reformas británicas de 1870, de la vio- 
tona de la tercera República en Francia, de la Unidad de? 
Itafia, del arraigo y desenvolvimiento de las libertades pú- 
blicas en Bélgica, Holanda, Grecia y Portugal, de las leyes 
confesionales y las reformas de 1866 del imperio Austro- 
Ir! ángaro, de la ultima crisis oriental, de las enmiendas XI» 
XII y XI11 de ia i onstituoión norteamericana y de las 
modificaciones expansivas de Chile, Perú, México y Vene- 
zaela, puede decirse que son las inspiradoras de todo al 
movimiento político con que se despide el siglo xix. 

Pero como La Tribuna no pretende ser un periódico 
meramente científico, si que moverse dentro de las condicio- 
nes actuales de nuestra patria é influir directamente en la 
marcha de los sucesos que no* afectan inmadiata y diaria- 
mente, es claro que ha de asociarse á una de las grandes 
direcciones de la política española. En este sentido nos 
declaramos hijos del gran movimiento revolucionario de 
1863 A 1874 y aceptamos la totalidad de su evolución. 

Por suerte ó por desgracia no nos Creemos obligados á 
hacer la causa de ninguna de las fracciones en que se divide 
bov la democracia española y que por muy poderosos moti- 
vos la aseguran (á nuestro humilde juicio de no variar de 
rumbo y de procedimientos, y por grandes y generosos que 
sean, como son, los propósitos particulares) un porveoir de 

? riles agitaciones y luchas i o tes tinas y un presente de 

ia aperadora impotenoia. Que esta situación responde á 
causas muy hondas, fácilmente se concibe. Y no menos C.&* 
ro aparece para todos los que en las pasadas contiendas po- 
líticas no han tomado una parte activa, base de antagonis- 
mos y decepciones más ó menos fundadas, -que es imposible 
para nuestra Democracia realiz ir acto alguno que lé garan- 
tías al orden público, á las libertades de la Nación y al 
progreso general de la Saciedad española, sin que sus gru- 
pos, fracciones é individualidades dispersas vengan á ñus 
inteligencia leal, franca y honrada que deje á salvo las 
últimas y definitivas aspiraciones de cada uno y respeta, 
para en su día y su hora, los particulares compromisos, pero 



— 231 — 

que desde luego -sustituya abstrnsas idealidades, deseos in- 
finitos y protestas por vagas é ineficaces, con soluciones 
concretas y compromisos definidos qne cierren la puert* á 
nuestras clásicas algaradas y nuestros febriles estreme 
oimientos, incompatibles ya oon la marcha general del 
mondo. 

A ese empeño de aproximación de los diversos elementos 
de la democracia española piensa consagrarse especialmen- 
te La Tribuna, sin pretender dar la fórmula precisa, y mu* 
eho menos llevar la dirección de un movimiento que por to- 
das partes se anuncia. Nuestro propósito se redoce á poner 
en oondioiones de llegar á esa inteligencia, imprescindible 
para recabar v consolidar las instituciones democráticas, á 
los que han de realizarla; siempre en el supuesto, primero, 
ds que esto no se conseguirá, con la pretensión ofensiva de 
que solo unos hayan de ceder para tomar la bandera ó acep- 
tar la direoción de los otros, y segundo, que en el estado ac- 
tual de la política contemporánea se necesita cerrar los ojos 
para no ver que en ninguna parte del mundo, ni en el Go- 
bierno, ni en le oposición, impera total y exclusivamente un 
solo partido y mucho menos un grupo de sectarios y hom- 
bres ae escuela. 

• Fuera de esto. La Tsibuüa se propone estudiar muy par 
tioularmente algunas cuestiones de interés primordial en 
los momentos que vivimos. , 

a. En primer término, la Cuestión Colonial que nos pro* 
ponemos discutir sosteniendo: 

La urgencia de la abolición completa, sincera y efectiva 
de la esclavitud en Cuba. 

La identidad de los derechos políticos y m viles de los es- 
pañoles de entrambos mundos, mediante el planteamiento 
inmediato y la práctica leal y honrada, así de la Constitu • 
eión, como de las Leyes municipal y provincial y de los Có- 
digos comunes de la Península en nuestras Antillas. 

La reforma liberal de los Aranceles para evitar la ruina 
inminente de la prodooción antillana, destruyendo asi la 
última forma de la explotación colonial y 

La comisión de grandes facultades económicas y admi- 
nistrativas á corporaciones insulares, de origen popular y 
forma representativa que, así en Ouba como en Puerto Kioo, 
cuiden de los intereses pura y exclusivamente locales, con* 
"forme á un prinoipio de radical descentralización bajo la 
mudad del Jfistado y supuesta la integridad de la Patria, al 
modo que hoy va privando, no solo en el Imperio colonial 

16 



— 232 — 



británico, si que en las posesión ts francesas, portuguesas jr 
holandesas de África, Asia y América. 

b, La Cuestión de enseñanza qae La Tribuna pretende re- 
solver mediante 

La libertad profesional. 

La libertad de enseñar, y 

La intervención del Estado en la instrucción priman», 
haciéndose cargo (independientemente de la acc óe partica* 
Jar y municipal) del sostenimiento de las éscue'as eo toda 
la nación y prestando nn apoyo especialfsimo á los maestro» 
de pr i ñera enseñanza, hov vergonzosa ó impolíticamente 
desatendidos cnando no humillados. 

o, la cuestión penal en el sentido de 

La abolición de la pena de muerte y de las perpetuas; 

La organización del cuerpo especial de Entablecimieafeos 
penales dependiente del Ministerio di» Justicia; 

£1 restablecimiento del Jurado y del juicio ora'; 

La grataidad de la Administración de Jarcia, y 

La hbre discusiói de los proceros y las sentencias. 

i>. La Cuestión administrativa defendiendo 

La reforma de lo contencioso administrativo; 

La organización de a, carrera adminÍHtra»iva en condi- 
cionen de equidad, puesta la visca en la H stor a de nuestro» 
partidos, pero fuera de las influenzas d« Ja política; 

Uua ley de procedimiento administrativo que concluya 
con el expedienteo y ampara al particular contra la lentitud, 
la nobetbia y la negligencia de la burocracia; y 

Un* gran descentralización provincial y municipal que 
consagre la vida propia y sustantiva de los grandes orga- 
nismos sociales y que es quizá el medio más pod- roso de 
corregir la espantosa anemia que devora a la Nación y de 
sacar á la masa del paisde la terrible indiferencia que le 
envuelve 

m. La Cuestión Internacional en el sentido de 

Hacer conocer detalladamente el desarrollo de las ideas 
liberales y democráticas en el extranjero y la necesidad 
de ajuarar nuestra vida política á la marcha general del 
mundo, asi como; 

EJ procurar la mayor intimidad política, económica y so* 
cihl de nuestra Patria con las Repúblicas Sudamericanas, 
el Brasil y Portugal, si bien respetando tedas susceptibilida- 
des anejas á la independencia de estas naciones, ©uvas pro* 
venciones y apartamiento ha vigorizado, en últimos días, 
un a torpe propaganda de violenta unificación. 



— 233 — 

w. La Cuestión Financiera abogando por 

La redacción de los gastos públioos á los ingresos ciertos; 

La equitativa repartición del impuesto por la formación 
del catastro y la pob'ioidad de los repartimientos; 

La supresión del impuesto de congamos v de todos los que 
desigual ó injustamente pesen sobre las clases populares; 

La unificación de la deu^a y 

La reforma liberal, gradual y constante de los aranceles 
de aduanas.» 

Los diputados y senadores, pues, han sido basta ahora 
los verdaderos elementos de la propaganda autonomista en 
la Península. Por esto, el error del retraimiento es en las 
Antillas el colmo de las equivocaciones. Se entiende para los 
que desean la reforma pacifica, que á mi juicio es la única 
positiva. 

Pero el empeño de los representantes autonomistas luchó 
aquí con muy serias dificultades. 

Eu primer término, oon la preocupación muy generaliza- 
da eu los círculos políticos y literarios de Madrid y de algu- 
nas provincias, respecto á la propensión separatista de todos 
los antillanos. Descansa esta preocupación en antecedentes 
y supuestos de cierto valor, sobretodo en la Metrópoli; pero 
acusa singularmente una absoluta f* ta de estudio del pro- 
blema colonial y de la historia americana. 

La antigua teoría de la emancipac ón colonial ha entra- 
do, con exageración, en el espíritu de muchas personas. La 
idea de que no gobernamos bien í nuestras colonias está 
muy generalizada. El efecto producido por la pérdida de 
los reinos sud-americanos todavía aquí dura. Los movi- 
mientos revolucionarios de Cuba dentro de esta siglo son 
bien conocidos. Y no es raro, ni mucho menos, oír por 
estos círculos y estas casas, á ardorosos contradictores de 
las reformas ultramarinas, exponer la enormidad de que á 




— 234 — 

ellos antillanos también serian separatistas. Por este ea* 
mino ae viene al supuesto de que hay una propensión nati- 
va, ingénita en los cubanos y portorriqueños, de apartares 
definitivamente de sus padres y hermanos d«* la Península. 

Las opiniones paran aquí; pero el resultado es que aun 
ea hombres muy liberales y en personas reflexivamente 
propensas á las reformas de ultramar, existe cierto esooior 
fomentado por el disgusto de poder ser más 6 menos en*. 
vueltos por la exagerada habilidad americana. 

Por desgracia son pocos, muy pocos, los que profundizan 
el atmnto y estudiando con calma la vida íntima de nuestras 
colonias, sus espontaneidades, sus exaltaciones, sus tenden- 
cias, el lenguaje de sus masas, las aspiraciones de sus cla- 
ses cultas, las relaciones de éstas con la inmigrante, la dis* 
posición de ésta última, la economía de aquella sociedad y la 
historia de aquel pueblo en formación, son muy pocos, repi 
to. los que están en el caso de poder distinguir dos cosas por 
todo extremo diversas en este complejo negooio: lo que en las 
demostraciones más ó menos fogosas de los antillanos pudie- 
ra ser queja amarga, protesta transcendental y aun inclina* 
cióu separatista, y lo que realmente es solo viril resistencia 
a do consentir una inferioridad que nada abona, ó si se quiere 
cierto exceso de personalidad y de vida local, que de modo 
muy parecido se produce en las regiones más vigorosas de 
la Península española: en Barcelona y en Viscaya, por 
ejemplo. 

Si esto fueáe estudiado de veras por todos nuestros politi* 
coa no habrían dado nunca al elemento separatista de nues- 
tras Antillas un valor político que realmente no ha tenido 
hasta estos últimos días; que ahora tiene, precisamente, por 
la concurrencia de causas externas que no puedo analizar 



— 235 — 

aquí de pasada, y el absurdo empeño de muchos de nuestros 
gobernantes» de muohos funcionarios públicos y de buena 
parte de los conservadores de Cuba y Puerto Rico de expli- 
car por separatismo lo que realmente no era tal cosa ni mu- 
cho menos. De estas gentes se puede repetir que han oonse- 
goidoque rabie el perro á fuerza de gritar que estaba rabioso. 

Pero ese estudio ha faltado en la Península, donde ahora 
mismo se tiene al Ministerio de Ultramar por un Ministerio 
de entrada, para el cual no se necesita preparación de nin- 
guna especie y que cualquiera domina á los seis meses de 
ocupar la famosa poltrona. Y faltando ese estudio (sobre to- 
do de la economía y de la historia de nuestras colonias), no 
se han podido estimar — quizá ni siquiera traslucir— los po- 
derosos, los poderosísimos motivos que en nuestras Antillas 
existen para que los elementos directores de aquella comple- 
ja y original sociedad vean con análoga prevención á la que 
demuestran los peninsulares) aunque por razones distintas, 
esa emancipación colonial, que tampoco es ya, ni con mucho, 
una afirmación definitiva del Derecho Públioo contempo- 
ráneo. 

Meditando un poco y con ciertos datos á la mano ¿cómo no 
habría de evidenciarse la irracionalidad perfecta del supues- 
to de que el antillano haya de ser necesariamente hostil á la 
Madre patria? ¿Cómo no se habría de comprender la causa 
positiva de la tirantez de relaciones que existe entre buena 
parte de nuestras Antillas con los elementos gobernantes y 
dominadores de aquellos países y de la Metrópoli? ¿Cómo no 
se habría de saber que esto mismo ha sucedido en todas las 
colonias del mundo y que esto se ha rectificado en muchas 
de ellas mediante nuevos y expansivos procedimientos? 

Y en fin, ¡cómo no se comprendería que á ser cierta esa 



— 236 — 

absurda incompatibilidad de los colonos con la Metrópoli» 
sería también imposible la empresa de mantener la bande- 
ra de ésta en las Antillas, toda res que á medida qne se 
aumentase la población antillana, precisamente por el au- 
mento y el arraigo de la inmigración peninsular en aque- 
llos países, aumentarían las ponderadas incompatibilidades 
de humor y de intereses y con ellas el desarrollo deseado 
y protegido de aquellas envidiadas comarcas! 

Sobre esta base resolta un absurdo toda política colonial 
reducida 4 un empefto de loca preparación de convictos y 
luchas parricidas. 

Demás de esto hay que considerar otras tres cosas. Pri- 
mera, las dificultades anejas á la novedad de la doctrina 
autonomista; segunda, la resistencia característica del es- 
píritu Castellano, que es el qae domina ahora en Espafta, 4 
todo empefto de determinación y vida particular; tercera, el 
profundo, pero muy generalizado error de que toda campa- 
fia eepansiva, y no digo nada de to Ja campaña autonomista, 
tiene por único fin el beneficio de las colonias, siendo así que 
interesa 4 toda la nadan (de que esas Colonias /arman porté 
inUgranU y no i modo dé factorías, como decían los hombres 
de 1812) y no poco 4 la Metrópoli, evidentemente incapaz 
y fracasada en todo empeño centralizados 

En estas circunstancias, en un medio no grandemente fia* 
vorable, sin el concurdo de los cubanos y portorriqueños 
aquí residentes, lejos de la tierra propia, sin ambiente for- 
tificante y sin el caluroso apoyo que 4 los diputados refor- 
mistas de Puerto Bioo dio en la época revolucionaria el es* 
pirita generoso y vivificante de la Revolución de Septiem- 
bre, los diputados antillanos tuvieron que moverse con pe- 
regrina falta de reeurses. 






— 237 — 

Repito qae su obra fué extraordinaria. Paro no debo ooultar 
tampoco alguna que otra eqnivooaoión qne quisa algunos pa- 
decieron, sobre todo algunas dificultades extrañas al medio 
en que so operaba y que quisa puedan evitarse en lo futuro. 
Km hora de decir la verdad entera. 

Ta he aludido 4 la tendencia particularista, muy viva 
tobie todo en Cuba, donde no fueron pocos los que 
ere > ero d que, para determinar en la Metrópoli una gran re- 
forma colonial ó oubtna, bastaría lo que en las Antillas se 
lesnas» y se hiciese (i). Tampeoo ha faltado quien creyera 



(1) Parii que te forma aproximado juicio de la falta áe medioe de U 
eeoLÓB autooomlrta oabaee «óbrala Península, me decido 6 traer al p4- 
•tioo elguooe date*. Lt ÉafSa ooleoeion de documentes (mani Sestee, 
míc «lares, etc., etc.) do Ua Directiraa autosomistas antillanas que so 
mi pnblícad j en Bu^opí, «i lt que ftgnra en al apéndice de mi libro Lm 
AwkmcnHi* Cctonfai #* B$p***. L * maaiSeotos autonomistas aquí aaa 
eirculneta muy poco, casi oída, con diftcultad extraordinaria, y en cfr- 
• alea red ucidísi mol. Kd 'cebas rcpreiueiio lee periódieee deis Hetré- 
pelí ai estos se bm oco pido de ellos. Lee mas aatoriíadoe periódicos de 
be Antillas (j loe b #y excelentes) no se encuentran en la Península, 
fuere de tre* 6 cuatro oficinas y dos ó tres centros de lectura, como el 
ateneo y el naeloe do Madrid , Por esto, si noaoblesea eiiatido aquí les 
diputados y íes adore» i uLoDomUtss no se habría sabido ni da de la an- 
tinomia que se def ndie en ha Anti las. Y ai í y todo. . . Por eso es 
eeomV?oeo el progrsto de lio ¡leas autonomistas ea Bspeaa. 

Debo» sin embargo, h icer constar que hace cinco e seis afios los aato- 
oamistas de Puertí Rico, coftTeneidos de laneceeidad de áieer asid pro- 
paganda, realizaron ana modesta Suscripción con cuyos productos pn- 
diiren publicarse ea Mtdr id Mistos y libros y hojas que produjeron 
«osa o efdcto. Claro eitt que mis libres y folletos se pabilo tron per mi 
•telusÍTt cuenta. Lo menos que debía á aquellos escalentes y genero* 
ees amigas j oorrelígien oríes» 



— 238 — 

que la cuestión colonial es solo una cuestión antillana. Seña* 
lo el hecho y me limito á afirmar que esos supuestos consti- 
tuyen un gravísimo error. £1 problema colonial es por su 
naturaleza un problema español; un problema de la Patria 
grande. Desgraciados de nosotros— de todos — si se violenta 
esa naturaleza. 

Pero aquel sentiio particularista no podía menos de in- 
fluir (más ó menos) en la disposición general de los diputa* 
dos antillanos, acentuando un poco la actitud ya delicada 
que necesariamente les imponía (como antes expliqué) la 
especialidad del problema ultramarino; especialidad que no 
niega su engranaje con la vida general política de la Na* 
ción De aquí una cierta predisposición de la mayoría de 
los representantes autonomistas ultramarinos á apartarse 
de la política general— pero sin prevenciones de ningún 
género, sin desamor, sin egoísmo. 

Sobre eBte punto hay que rectificar completamente la sos* 
pecha de bastantes liberales y republicanos de la Península. 
Yo puedo hablar de esto con cierta autoridad porque he vi- 
vido constantemente en el seno de la representación antilla- 
na y allí he mantenido la tendencia de aproximación á la 
política general. 

Y principié por dar el ejemplo, afiliándome al partido re- 
publicano español, en la época de su desgracia y sin esperar 
de él ni siquiera mi credencial de diputado, asegurada por 
la devoción, nunca bastante agradecida, de mis electores j 
amigos de Puerto Rico y Cuba, en condiciones de nna inve- 
rosímil independencia. 

Cuéntese que compensando hasta cierto punto la tenden- 
cia particularista de que vengo tratando, oon gran sentido 
político la Junta Magna del partido autonomista cubano 



— 239 — 

«afebleció en 1882 que los senadores y diputados del partida 
podrían unirse á los grupos parlamentarios democratices 
déla Metrópoli, cuidando de sacar á salvo la integridad de 
la doctrina del autonomista y su devoción á la fórmula de 
gobierno local. 

Del mismo modo la Asamblea de Ponce votó el art. 7.* 
del Programa de 1886, bastante más espansivo que el de 
Cuba. 

Por efecto de las declaraciones indicadas, me fui dado 
vivir en el seno del partido republicano peninsular, al cual ' 
debo una deferencia que nunca agradecerá bastante. Y 
creo que oon algún provecho para mis correligionarios do 
Ultiamar (1). 

Oportunidad es esta de explicar un incidente que puda 
tañer mucha transcendencia para la política colonial espa- 
ñola. Era á los comienzos de las Cortes de 1886, á las cua- 
les asistieron un grupo considerable de diputados «utono- 



(l) Con efecto, á petar de mi re presentación acentuadamente colo- 
* mal, loa republicanos peninsulares me han otorgado siempre represen- 
' taetosea de su plena coafianxa, poniéndome en sus Directorios y en las 
Jutas Supremas de Unión y Fusión republicanas y confiáudome el bo- 
tar de redactar la mayor parte de sus Mat> i fiestas y acuerdos. 

Preciso el hecho para combatir la máe ligera sospecha sobre cualquie- 
» disposición desfavorable á la sansa autonomista de aquellos elemento a 
republicanos. No hay en la Península nadie más autonomista que yo. Ha- 
día que me pueda discutir esta representación que se acusa en loa mo- 
mentos críticos: cuando se habla de responsabilidades ante el Gobierne 
ó ante la prensa excitada ó ante las matas descompuestas. Sin embargo, 
jamas mi carácter colonia), que nunca he atenuado, ha sido obstáculo 
para la confianza de mis correligionarios de la Península, los cuales en 
lt*ime propusieron para diputado de, Madrid. 

Confieso que me halagó la designación. Mi triunfo hubiera sido 



— 140 — 

miatae j otro no escaso de diputados republicanos peminem- 
lansi 

Daba la circunstancia de qne todos los primeros profoee- 
t&n opiniones republicanas, y que todos los últimos simpa- 
tizaban con las soluciones autonomistas. A la vista da esa 
coincidencia, con la perspectiva de nn grupo parlamenta* 
cío de más de 30 individuos, y teniendo en cuenta que les 
diputados republicanos representaban distintos matices dsl 
republicanismo español y se hallaban propicios á constituir 
la r/tiá* parlamentaria republicana, se me ocurrió qne 
podríanlos entrar en ella todos, sin oompromster á unes* 
tros electores ni á nuestros respectivos partidos. Mediante 
este concierto podríamos haber organisado y distribuido les 
trabajos, corriendo por cuenta de los diputados peninsula- 
res la eaestión de la forma de gobierno y de la politice 
monárquica, y á cargo de los antillanos los problemas da la 
autonomía y de la vida local, no sólo en las Antillas sino 
en toda la Nación. 



m jaro . Lo fié el de la respcteble pers eme fue me sustituyo, el eeler 
Fe i re gol, Y jo, que tengo une alte idee del pueblo de Madrid, eae 
nubiora atoado y me afanarle siempre con en represe ataeién en Cortee, 
ya que oa otro tiempo (en 1899) decliné en representación municipal, 
par* ln que no me creo eon condiciones. 

Foro ■ a 1S9S réHuttHé de modo odcial la eandidetnra de diputase por 
lfadrid t porque después del Ifanifi esto de la Directiva autonomista de 
Cub* da i.* de Boero de 1893, j sobre todo, de sus últimos pirréis* (en 
que •} hice alosion notorio á mi bumilde persona) no creí que poifa 
declinar la representación de Cuba, si por Cuba era elegido, peraeoosr 
*»# «amjjiSo rompiendo con el retraimieato que jo be combatido atona- 
pro «a todts partes. 

Coacte! pues, la buena disposición de los ropublieenes peninsulares, 
«un on este detalle. 



— 241 — 

Hfgo gracia al lector de toda explicación respecto al 
aléanos do esta empresa. Por lo pronto aseguraba 4 los 
diputados antillanos, periódicos, partidarios, muchos ami- 
gos en el campo de batalla y 4 dos mil leguas de dis- 
tancia de los lugares donde ellos tenían sus primeros doró- 
los. Para los peninsulares era de mucha faena el concurso 
de un grupo de hombres dedicados especialmente 4 un pro- 
blema fundamental de la política republicana, pero bastan- 
te olvidado desde 1874 4 esta parte y sin ooya soluoión es y 
ser4 bien difícil la vida de la próxima República. 

Para no ocultar nada añadiré que por aquellos mismos 
días se constituían los dos citados grupos parlamentarios 
en el Congreso. SI autonomista tuvo la bondad de conferir- 
me su presidencia, en harmonía con las indicaciones de las 
Directivas de Coba y Puerto Rico. Los republicanos discu- 
timos una cuestión análoga y desde el primer momento se 
señalaron públicamente tres candidaturas: las de los señores 
lluro y Pedregal, come exministros de la época republicana 
j la mía, como el diputado mas antiguo. 

Con toda franqueza y perfecta sinceridad decliné este ho- 
nor y resistí las insistentes y bondadosas instanoias que en 
junta celebrada por toda la Minoría, en uno de los salones 
del Congreso, me hicieron públicamente mis compañeros los 
Sres. Villalba Horras y Gil Sans. Entonóos expuse la oir* 
oso stand n de haber sido ya electo para la presidencia del 
grupoautonomista. Mo faltó quien en la reunión utiliiara este 
mismodato para sostenerque seria muy oportuno y eficis que 
«na misma persona llevara la dirección parlamentaria de 
ambos grupos, pero yo tuve que declarar que no me com- 
prometía 4 esa empresa, por todo extreme simpática, por 
cuanto no respondía de que el plan por mi ideado y que antes 




— 24 2 — 

he expuesto tuviera la unanimidad de votos en el seno de 1*. 
Minoría parlamentaria antillana. No se pueden aceptar lo* 
cargos mu la creencia de poderlos desempeñar eficazmente. 

Pocos dias después era electo oon mi voto público, para 
presidente del grupo republicano, mi qnerido amigo el señor 
Pedregal $ antes de dos años ingresaban en el partido libe- 
ral algunos queridos compañeros de la Minoría autonomista» 
Pero la generalidad de las gentes, aun dentro del Congreso, 
continuó creyendo que debían ser unos mismos los autono- 
mistas y ios republicanos* 

Así pasaron las cosas y ahora me atrevo á decir que en» 
tonces se perdió una gran oportunidad de dar extraordina- 
ria fuerza y mucho prestigio á la acción de los autonomía* 
tas de (Juba y Puerto Bico en la opinión pública y en la» 
Cortes da la Península. No es fácil que esto se comprenda 4 
dos mil leguas de distancia. 

Todavía la diputación autonomista antillana luchó oon 
otra dificultad. La oompusieron casi siempre dos elementos. 
El uno constituido por personas residentes en la Metrópoli, 
el otro por personas domiciliadas en las Antillas, muy iden- 
tificadas con las ideas, los sentimientos y los intereses de 
aquellas comarcas y oon las directivas de aquellos partidos 
locales de que formaban parte. No hay para qué decir que 
estos últimos diputados y senadores tenían la mayor re- 
presentación local; asi como á los primeros correspondía la 
mayor representación general en la totalidad del empeño* 

Pero sucedió constantemente que los diputados del pri- 
mer grupo vinieron á Madrid solo por tiempo muy limita- 
do; una vez cada dos ó tres años y aquella ves por tres 6 
cuatro meses. El plazo era brevísimo y su gestión tenía 
que redn jirse á Madrid, y en Madrid, al Parlamento. No 



— 243 — 

ludria posibilidad material da relaoi6n oon loa demás ele- 
mentos políticos de la Metrópoli ni de campana propagan - 
dista fuera de las Cámaras, donde no se habla cuando ni 
como se quiere. 

De esta anorte el aislamiento de aquellas personas, de mé- 
rito verdaderamente superior, de nobilísima intención 7 de 
laboriosidad indiscutible, fue cada día más positivo y pal* 
pable. 

Y como esto se relacionaba necesariamente con la espe- 
cialidad de la doctrina, la irregularidad de la campaña y 
la tendencia particularista antillana (muy aoentuada des- 
pués de 1*90), resultó un positivo aumento de dificultades, 
cuyo vencimiento habría sido posible (aunque no fácil) como 
lo demostró el éxito de las conferencias que sobre el proble- 
ma colonial dieron en el Ateneo de Madrid, en el invierno 
de 1895, varios de aquellos prestigiosos ó inteligentes auto- 
nomistas (1). 

lio mismo dije yo que debería haberse hecho en otros 
-centros de Madrid y en provincias. Mas para ello era pre» 
«so que los diputados continuaran aquí más tiempo, que la 
suputación se organisara de otro modo, y queallá en las An- 
üllas se comprendiera el valor y la eficacia de la propaganda 
*?ue aquí debían hacer, con sus propios medios, los antilla- 
ios, poniendo á la opinión pública muy por cima de las 
tacnas disposiciones de los Gobiernos y de los políticos. 

Mi fe en la opinión pública es cada ves más fuerte. En 
la opinión pública, fervorosa, oonstante y suficientemente 
solicitada* Puedo hablar por propia experiencia. Supongo 

(l) Betas conferencia» m publicaron en 1895, en dos tomoe con el tf- 
talo de 2» ProbUm* Colmial Cwtumporhnto. Diáconos de loe Srev. £•* 
tm, Qibtga, Caata&oda, Dolí, Montero Tsrry, Cueto j Moret. 



— 244 — 

que falta esta á los que á cada instante nos dioen que en Es 
pifia la opinión pública no vale nada. 

£1 gropo peninsular de la diputación autonomista tuvo 
siempre una rectitud de propósito y una devoción á la cau- 
sa que nadie podría discutir. Pero no era menos positiva su 
falto de intimidad con las directivas insulares, cuya co- 
municación frecuente imponía toda oíase de conveniencia* 
políticas. 

Faltando esa intimidad en una parte de la Minoría alu- 
dida, careciendo aquí todos de cuerpo auxiliar de correli- 
gionarios, asediado j los diputados de la mayor acentuación 
local por los elementos dudosos que, después, en los momen 
tos críticos han excusado su cooperación á nuestra caaea y 
ausente, por regla general, del escenario de las Caites aquel 
elemento parlamentario, claro se está que nuestra acción te- 
nia que resentirse, y que para hacerla todo lo eficaz que exige 
lo grave de su empeño habría que buscar, en lo porvenir* 
otros medios en otra parte; como por ejemplo, en una espe- 
cial organización déla Minoiia parlamentar. a combinándo- 
la con una relación más viva con los centres polítiood penin- 
sulares y la publicación de un periódico propio en Madrid, 

Todo esto bien considerado, no es posible negar ni el pa- 
re : relevante que los diputados y senadores de Cuba y Puer* 
to Rico han desempeñado como únicos gestores del inte- 
rés autonomista insular en E¿paña, durante los últimos 
1 & años, ni los méritos y los éxitos extraordinarios de esa 
representación parlamentaria autonomista, ni Ja segur i - 
dad de que se pueden obtener grandes triunfos ilustrando 
de un modo más regalar y efíoas á la opinión pública y 
comprometiendo con más resolución á los elementos politi- 
ces de la Península, ni que las viotorias alcanzadas en estos 



— 245 — 

üürnoa años soperan á los medios empleados pera obtener-* 
Im, ni , en fio , que para conseguir más, es necesario bascar 
iniiJio y oooperación en el terreno mismo donde se han 
üdo 7 se han de dar las grandes batallas decisivas para. 
k» libertades de nuestras Antillas. 



XV 



Esos auxilios y esa cooperación, bien que en proporciones 
modestas, la han tenido los autonomistas de lae Antillas en 
los republicanos peninsulares, en el transcurso de ios últi- 
mos veinte años. 

Los hechos hablan. 

Repito que no niego lo que en obsequio de las libertades 
coloniales han hecho otros partidos» y señaladamente el 
liberal peninsular. Ni quiero discutir el tema* No me im- 
porta. Ya he consignado lo realizado por los Gobiernos li- 
terales de 1881, 1886, 1192 y 1895. Trato ahora solo de 
señalar los mayores méritos y compromisos. 

He interesa afirmar y repetir que todo eso se ha re-ali- 
sado después de vigorosas campañas de los diputados y se- 
cadores autonomistas; que en su logro han entrado ade- 
más del esfaerao de los senadores y diputados antillanos, 
cierta buena disposición del partido liberal» las corrientes 
espansivas de la época, la situación de las Antillas, la ac - 
titud de los partidos insulares y la cooperación especial 
y 4 veces decisiva de los republicanos de la Península: j 
en fin» que todos los partidos monárquicos, aun el liberal» 



— 247 — 

en los momentos de mayor expansión, han proclamas 
franca y solemnemente su oposición resuelta al régimen, 
autonomüla, considerado por los anos como antitético al 
interés monárquico y por todos como cosa vitanda y opuea - 
ta al poderío y las tradiciones de la nación española. 

No creo que sobre este último punto haya la más ligera 
dada para los que estén al tanto de nuestra historia parla 
mentar ia, á pesar de los infantiles esfuerzos que algún 
hacen en estos días, para que corra otra cosa. Las palabras 
de Iob Sres. Cánovas del Castillo y Sagasta presidiendo 
Ministerios ó haciendo la oposición, están en la memoria 
de todos. Recien tísimas son las observaciones que el prime- 
ro de aquellos políticos hizo al redactor en jefe de la Nouvé- 
lie Revue Internationale de Paris (Mr. Henri Charriot)y que 
wte publicó en su revista (1). No menos explícitas fueron 
las frases con que el Sr. Sagasta (2) me contestaba en las 
Cortes de 1892. Y no hay para qué repetir los esfuerzos que 

(1) La Revue International dedicó en 15 de Diciembre de 1895 un 
número especial & expresar la opinión de los principales políticos 
eepanoles, sobre el problema de Cuba. 

(2} Hé aquí algunas de esas frases: 

«Be imposible hacer antes las reformas políticas que las económicas 
»Yo no soy de los que disen «sálvense los principios y piérdanse las 
•lonias», sino de los qus dicen aunque parexca liberal anticuado «sal - 
•Tense las colonias y piérdanse los principios» . 

•Tengo macho miedo i la autonomía, muy expuesta á que venga tre* 
de ella ia independencia, y como hsy cubanos enemigos de España que 
se aprovecharían de los elementos que da la autonomía, yo no quiero 
dar elemento ninguno á mis enemigos; por eso rechazo la autonomía 

»¿Se entiende por autonomía la descentralización? Pues no reli- 
aos por palabras. Pero autonomía en lo político, algo que merme la 
soberanía de la nación, eso, jamás; esa es la valla insuperable que hay 
entre los autonomistas y ios liberales» • 

17 



— 248 — 

entrambos estadistas hicieron en las Cortes de 2895 para 
demostrar que las reformas Maura-Abarzuza c no eran la 
autonomía colonial, y que por no serlo las votaban liberales 
y conservadores.» 

Lo que no se sabe tan bien es cómo ha influido en el Go- 
bierno liberal, para las concesiones hechas al liberalismo 
antillano, la harmonia y el afecto, y una cierta intimidad 
que por mucho tiempo (hasta 1894) mantuvieron en el Con- 
greso los diputados republicanos y los diputados autonomis* 
tas, aun sin llegar á confusión de ningún género. 

No me parece que ha llegado el momento de explicar deta- 
ll ^lamente esto; pero si recordaré el inteiés que el Sr. Sa- 
gasta tenia en fortalecer su partido con los desprendimientos 
y 1 b. benevolencia del republicano y que para un hombre de 
la sagacidad y experiencia del jefe del liberalismo no podía 
pasar desapercibida (y no pasó ciertamente) la influencia que 
en a actitud de la Minoría republicana del Congreso habían 
de ejercer las consideraciones y concesiones que el partido 
gobernante hiciera á la reclamación autonomista, cuyos 
gestores aparecían confundidos (cualesquiera que fuesen las 
reservas y aun protestas que ellos hicieran) ante el público, 
con loa diputados defensores de la República. 

Sobre ello podría decir yo mucho más por aquello de que 
pan máxima fui. 

Aparte de esto hay que estimar lo que positivamente y 
de un modo directo y público hicieron los diputados repu- 
blicanos en el Congreso desde 1880 á 1895. Es decir, desde 
que hubo Minoría republicana en el Parlamento español, 
después de 1873. 

Para estima/' este punto me bastarán algunas citas. 

En otra parte he hablado de la enmienda que los diputa- 



— 249 — 

dos autonomistas presentaron y que defendió el Sr Monto* 
ro en las Cortes de 1886, asi como del hecho de que solo loa 
diputados republicanos acompañaran á los autonomistas en 
la votación nominal de la enmienda» 

Dieron mucha acentuación al hecho varios incidentes. 
Por ejemp'o, la Minoría republicana posibi lista pe abétuvo 
de votar. El Sr. Gil Bergen explicó hábilmente su abstención 
diciendo que no vela la oportunidad de la cuestión y sobre 
todo que necesitaba más pormenor y claridad para resolver 
sobre el problema planteado por los autonomistas. 

La misma generalidad de la afirmación de estos — ya que 
no el discurso del Sr . Montero — debia haber sido un estí- 
mulo para la adhesión, siquiera en principio» de los posibi - 
listas del Congreso, Pero la explicacióa estaba en otra parte 
y todo el mundo lo comprendió perfectamente. Porque ya 
entonces había comenzado la evolución de I03 políticos 
que dirigía el Sr. Castelar en favor de la Monarquía. Era 
natural que los pesimistas no contradijeran el voto de sus 
prójimos correligionarios. Por tanto su abstención dio más 
tono republicano al voto del 16 de Janio de 1886. 

Otro hecho de menor importancia servirá para robustecer 
mi opinión * En el curso del debate sobre la contestación al 
discurso de la Corona terció vigorosamente, como individuo 
de la Comisión, el Sr. IX Antonio Maura y buena parte de su 
discurso se encaminó á ae Salar el grave paso que la Minoría 
republicana habla dado al votar la enmienda de los autono- 
mistas, por cuyo hecho, á su juicio grandemente eeosurable , 
aquella Minoría había tomado las notas radicales y pertur- 
badoras del Sr. Pi y Margall (1). 



(1) Véeae el Diario rf* Setwnit del GoDgrefo de 23 de Janio de 1886. 



— 250 — 

Ed honor de la verdad, el Sr. Maar*. lo mismo entonces 
que después, siempre se ha mostrado opuesto á la solu- 
ción autonomista; pero conviene precisar el hecho de 1886, 
por lo mismo que se trata de persona muy caracterizada 
después, en el sentido de reformas ultramarinas, que no se 
pueden ni deben confundir con la Autonomía (1). 

Algo análogo podría decirse de otro importante hombre 
político del partido liberal: del Sr. D. Fernando León y 
Castillo. 

Grande injusticia sería negar lo que este político ha hecho 
en favor de las libertades coloniales. Yo he aplaudido ca- 
lurosamente su gestión ministerial de 1881 y he reconocido 
su noble propósito, ya que no su acierto, con motivo de la 
ley de 1882 respecto de las relaciones mercantiles de las 
Antillas y la Península. Pero con ser el Sr. León y Casti- 
llo el ministro de Ultramar más expansivo del partido libe- 
ral , hay que reconocer también que siempre fué hostil á la 
solución autonomista que era la fórmula de la campaña an- 
tillana de estos últimos dieciseis años y por lo que se ha visto 
después, la fórmula única de salvación de las Antillas e$pa« 
ñolas. 

Me seria facilísimo aportar frases de muchos discursos 
del Sr. León y Castillo. Básteme citar parte de aquel de 
contestación al Sr. Portuondo en que decía: 

c La independencia administrativa con ribetes de autono- 
mía es para mi, en un término breve, la independencia de 
la isla de Cuba y su separación de la madre patria. 

Ki partido liberal no cree que el porvenir de las colonias 
sea la separación de la madre patria, y el estado autónomo 
es i [revocablemente i mposible . » 

Pero vamos más adelante. Todavía reciente el voto dado 



(1) Véase iu discurso del 8 de Julio de 1896. 



— 261 — 

por la Minoría republicana á la enmienda del Sr. Montoro, 
esa Minoría, en 27 de Abril de 1891 , presentó otra enmienda 
al proyecto de co atestación al Mensaje de la Corona, enmien- 
da que defendió el 3r< Pedregal (refiriéndose á mi para que 
la desarrollara) y que suscribimos, á nombre de todos los 
domas compañeros al efecto congregados en nno de los salo- 
nes del Palacio del Congreso, los Sres. Pedregal y Azcárate, 
como centralistas; Pí y Margall y Valles y Bibot, como 
federales; Maro* como progresista; Becerro de Bengoa, como 
suelto, y quien escribe estas lineas, como centralista auto* 
nocnista. Esa enmienda» en la parte relativa á lo colonial, x 
dice así: 

iLa situación de nuestras Antillas es cada ves más alar- 
mante, debido, no solo á camsas económicas de distinta Ín- 
dole, si que muy principalmente á la política centralizadora 
de desconfianza y desigualdades, allí dominante y que arge 
rectificar, asi por reformas que abaraten la vida y aseguren 
la prodncción colonial, como por otras de diverso carácter 
entre la* cuales figura la plena identidad de los derechos po- 
líticos con la Metrópoli, el sufragio universal, el mando su- 
perior civil y la organización insular autonomista. 

iEl mismo espíritu debe inspirar la progresiva reforma 
del estado de nuestras colonias de Oceania y de África, 
donde debe asegurarse desde luego el goc« de las libertades 

Ímblicas y organizar el gobierno con arreglo á las particip- 
ares y distintas condiciones de cuitara y de riqueza de 
aquella comarca. > 

Esta enmienda tenia otros precedentes. 

fil año 1890 la Minoría parlamentaria republicana for- 
mólo las bases de su acción dentro del Congreso, y con la 
firma de ios Diputados progresistas Sres. Baselga y Moro, 
lo mismo que del Sr. Becerro de Bengoa (suelto) y de los 
Sres, Pedregal, Azcárate, F. González, Labra, Prieto y 
TilUlba (centralistas), entonces proclamó también \& Auto- 
nomía colonial en explícitos términos: 



_ 252 — 

i La Minoría sostiene la identidad de loa derechos políti- 
cos y civiles en Cuba y Puerto Rico respecto de la Penín- 
sula, y en toda* las colonias el mando touperior civil, con 
tina organizan i óu interior en sentido autonomista, que, afir- 
mando poderosamente la unidad de la nación y del J£stado, 
consagre de un modo amplio y eficaz la competencia local 
para los negocios propiamente coloniales.» 

Eato es de fecha de 2fi de Febrero de 1S90. 

La idea se repite en el Manifiesto de 29 de Mayo del 91 1 
de la Minoría republicana del Congreso á sus correligiona- 
rios de España, después de las elecciones municipales. Fir- 
maron el Manifiesto no sólo los centralistas Sres, Azcárate, 
Cervera, Labra, Melgarejo y Pedregal, y los federales seño- 
res Palma, Pi y Ma^gall, Puigy Calzada y Valles y Ribot, 
y los republicanos sueltos Sres. Becerro de Bsngoa y Moya t 
sino los progresistas Sres. Ballesteros, Baselga, Gonzá- 
lez Chermá, Harenco, Muro y Rodríguez (D. Calixto), á 
loe cuales se atribuía ana actitud hostil á la solución auto- 
nomista! 

En este Mamjlssto se dioe sobre la cuestióu colonial lo 
siguiente: 

■ Nos proponemos llevar ese mismo espirita autonómico 
á la organización de las colonias. Queremos identificarlas 
en lo fundamental con la Metrópoli, salvando su competen- 
cia para resolver directa y oportunamente sus particulares 
negocios. 

»*3etán todas regidas militarmente; se considera aún pe* 
ligrosa la mera división de mandos. Tienen Cuba y Puerto 
Rico asiento en las Cortes; pero no el sufragio nni versal 
para 1 a elección de ens representantes. Ni e»ta ni otra re* 
presentación han conseguido aun las Islas Filipinas. No ea 
allí libre ni el pensamiento; existe la previa censura aun 
para los libros que van de la Península. 

»Esto, unido á males administrativos y económicos, que 
no por lo inveterados dejan de exigir pronto remedio, traen 
inquietas a todas las colonias y mantienen en todas nn fer- 
mento de rebelión que es para nosotros una constante ame- 



— 25S — 

naza. Queremos, por de pronto, en todas, Ja prepotencia 
del poder civil, la identidad de derechos, la entrada en las 
Cortes, la enmienda de los machos vicios de que la admi- 
nistración adolece, el severo castigo de cuantos cometan 
exacciones indebidas ó defrauden rentas.» 

, Mucho disgustaban estas demostraciones de los republi- 
canos al Sr. Romero Robledo, grandemente interesado en 
demostrar que ningún partido nacional y de la Península 
aceptaba la solución autonomista colonial, asi oomo que los 
autonomistas cubanos eran, más que indiferentes, hostiles 
4 los republicanos peninsulares . 

Esta idea correspondía oon la especiosa y muy discutible , 
de que, en cambio, en los partidos incondicional de Puerto 
Rico y constitucional de Cuba, aparecían hombres de todas 
las procedencias y aficiones déla Metrópoli (y por tao 
republicanos) y que aquellos incondicionales y constitu- 
cionales figuraban en todos Iqs partidos de la Península , 
intimando,. sus diputados y sus senadores, oon los partidos 
nacionales, conservador y liberal, haciendo política general 
y obteniendo el.apoyo de todos los Gobiernos y todos los 
elementos políticos de la Madre Patria. 

No se necesita subrayar la intención de la tesis, poco es - 
timada por los elementos avanzados allende el Atlántico. 
La dificultad para la política del Sr, Romero Robledo y de 
sos íntimos, estaba en el hecho de que hasta entonces los di" 
potados autonomistas habían parecido confundidos con los 
republicanos; y en que algún autonomista, como quien 
escribe estas lineas, ocupara puesto de algún relieve en 
*l directorio de uno de los grupos republicanos peni 
salares. Pero sobre todo, en la probabilidad de que los re- 
publicanos peninsulares dieran por suya la fórmula autonó - 
«dea antillana, quitando á esta su carácter puramente local 




— 254 — 

7 toda sombra de exclusivismo, y haciendo absolutamente* 
imposible que, dentro 6 fuera de las Cortee, apareoiese un re- 
publicano peninsular compartiendo las soluciones de los par- 
tidos constitucional de Cuba é incondicional de Puerto Rico. 
Si se hubiese logrado la política del Sr. Romero Robledo, 
luego se habría dado el paso de hacer venir al Congreso ó- 
al Secado á algún republicano afiliado á los partidos con- 
servadores 6 reaccionarios de Ultramar. 

Todo estose evidenció en el Parlamento hacia 1801, al 
discutirse tina interpelación desenvuelta por el diputado 
autonomista D. Miguel Moja. 

Era ocioso que hicieran declaración alguna los repre- 
sentantes del partido federal y del centralista, porque en 
su** programas respectivos, bien notorios, se consignaba 
da modo explícito la afirmación autonomista. Las vueltas y 
revueltas del Sr. Romero Robledo eran alrededor del gru- 
po republicano-progresista, y en nombre de éste, y por mi 
insistente ruego, habló su presidente D. Josó Muro, en la 
se&ifrn del 11 de Julio de 1891, diciendo lo siguiente: 

* El 8r. Romero Robledo, pasando revista á la distinta 
actitud de los partidos políticos peninsulares, fijándote 
señaladamente en la actitud en que pudieran estar coloca- 
dos los partidos republicanos respecto á la política ultra- 
marina, vino á afirmar que ninguno de los individuos de 
esta Minoría haría declaraciones en el sentido de la autono- 
mía colonial. Esta afirmación del Sr. Romero Robledo, no 
tanto por sus términos como porque pudiera envolver una 
inculpación de falta de seriedad á mis compañeros y á mi, 
es grave, tan grave -jue en el día de ayer, en el más inme- 
diato al discurso del Sr. Romero, nosotros hubiéramos 
opuesto la oportuna rectificación si el debate hubiera conti- 
nuado sobre la proposición del 8r. Moja. Reanudado hojv 
aprovechamos esta primera ocasión para manifestar que 
todos nuestros actos, que toda nuestra política, todas nues- 
tras declaraciones son una continua afirmación del princi- 
pio y de la tendencia autonomista en la Península y en. 



— 255 — 

Ultramar. Por ser asi pusimos nuestras firmas en la en- 
mienda á la contestación al discurso de la Corona, qne tan 
brillantemente defendió aqaí el Sr. Pedregal á nombre de 
todos; por ser asi suscribimos antes de las anteriores Cortes, 
el acta qne estampó nuestra conducta, nuestros principios y 
procedimientos como regla y guia en los debates parlamen- 
tarios: De suerte que solo desconociendo el Sr. Romero 
Robledo estos, ó atribuyéndonos una volubilidad de que no 
somos capaces, pudo llegar á la conclusión que ninguno de 
nosotros se atreverla á hacer declaraciones en el sentido de 
la autonomía colonial. 

No hay para quét decir, porque esto de puro sabido se 
sobreentiende, que en el partido republicano progresista, á 
quien tengo la honra de pertenecer, como en todos los par- 
tidos, tanto republicanos como monárquicos, dentro de la 
integridad y la doctrina, hay sobre estas cuestiones y sobre 
otras matices de opinión que no afectan á la esencia, y la 
esencia es el principio y la tendencia en los cuales todos 
absolutamente estamos conformes, como que reiteradamente 
hemos afirmado, ratificado y suscrito esos compromisos.» 



Habla otro grupo republicano en la Cámara, y era el 
posibilista, en vísperas de entrar en el partido monárquico 
liberal. Esto último lo hizo en 1893, pero en la sesión del 
11 de Julio del 91 declaró, por los labios del Sr. Celleruelo, 
lo siguiente: 

c8e ha puesto aqui en duda si aceptamos ó no el nombre 
ó dictado de autonomistas, y debo declarar que no lo acep- 
tamos en cnanto á las cuestiones que á Ceba se refieren. 
Ka lastimar absolutamente en nada á las dignísimas per- 
sonas que llevan en esta Cámara la representación ó la ban- 
dera de este partido, nos vemos obligados á rechazar ese 
nombre por la significación que seguramente sin razón 
alguna, da la inmensa mayoría de los espaSoles asi al nom- 
bro oomo al partido que con él se apellida. 



Y hecha esta declaración, solo me resta decir que no 
estamos conformes con el principio absoluto de la asimila- 
ción; que lo encontramos irrealizable y peligroso, y lo 



— 256 — 

creemos además perjudicial para el desarrollo de loa inte- 
reses de las Antillas y más perjudicial aún para los intere- 
ses del resto de la Nación. 

Queremos para la Isla de Cuba y la de Puerto Rico leyes 
especiales, leyes dictadas y aplicadas de conformidad con 
el espíritu y con las tendencias modernas y en consonancia 
con el alto grado de civilización que las Antillas han alcan- 
zado, civilización y cultura que, si no supera, iguala por 
lo menos la de muchas naciones europeas que marchan á la 
cabeza del progreso, i 

En aquel debate solo el Sr. D. Josa Carvajal correspon- 
dió, hasta cierto punto, á las esperanzas del Sr. Homero 
Robledo. Y digo hasta cierto punto, porque si bien aqnel 
hombre político, en la sesión del 3 de Julio, se manifestó 
opuesto á la autonomía colonial, en cambio expuso sus 
deseos de que ese llevase á las Antillas la ley municipal» 
la provincial y la electoral i con otras reformas, de modo 
que la diferencia de Ultramar y la Península fuera solo en 
lo contributivo, en lo económioo. Pero el Sr. Carvajal, coa 
ser una personalidad saliente, no hablaba más qne por su 
cuenta y no formaba en grupo alguno republicano. 

Por manera que á mediados de 1891 otra vez se probó en 
el Congreso que los partidos republicanos españoles defen- 
dían la autonomía colonial (1). 

Y así corrieron las oosas hasta que llegaron los debata* 
y la votación de la célebre ley de reformas del Gobierno y 
Administración de las Islas de Cuba y Puerto Rico, 
en 1895. 

Cuando se presentó al Congreso el Uamido proyecto Han* 
ra, la Minoría republioana se había retirado de la Cámara 



(1) Véase el Diario dé S¿tiott$t de Junio y Julio de 1891 y mi diicur- 
10 parlamentario de 8 de Julio. 




— 257 — 

por efecto de los apasionados debatea que produjo el incon- 
cebible propósitodel partido liberal peninsular, de reformar 
4& sentido burocrático el régimen municipal de \% Penínsu- 
la. A aquella Minoría pertenecíamos el Sr. D. Miguel Moya 
7 y°i <l ue «ramos también diputados autonomistas de Puerto 
Eioo. Loa autonomistas cubanos estaban en el retraimien- 
to. La Minoría, con gran sentido y manifiesta generosi- 
dad, declaró que, en consideración á nuestra procedencia, á 
la gravedad intrínseca del problema ultramarino y á las 
circunstancias del momento, el Sr.,Moya y yo podríamos per- 
manecer en el Congreso, con el exclusivo fin de discutir la 
cuestión colonial. 

JCsta declaraoión fué realzada por la negativa que la 
misma Minoría dio á pretensiones análogas de diputados 
vascongados y de alguna otra provincia peninsular, solici- 
tados á la sazón por el interés de la cuestión de las Capita- 
nías generales y la división militar de España. La Minoría 
estimó qne nada de esto era comparable al interés político y 
excepcional de la cuestión ultramarina. Merced á estas de* 
daraeionee me fué dable recoger y contestar en las Sesiones 
del 14 y 15 de Junio de 1893, las alusiones y censuras que 
el 8r. Cánovas del Castillo dirigió pocos días antes, en el 
Congreso, al partido autonomista onbano. 

Pero luego la Minoría republicana volvió al Congreso y 
pudo asistir á la disensión del proyecto de ley llamado del 
8r. Abaraña* sobre el Gobierno y Administración de las 
Antillas. 

Puede ya decirse. La Minoría republicana no simpatiza* 
be con este proyecto ni con su supuesto inmediato, el qne 
en 6 de Junio de 1893, presentó el Sr, Maura. Tampoco 
ara yo un entusiasta, pero mi disposición personal era bas» 



— 25S — 



tanto distinta de la de los demás compañeros del grupo- 
republicano; sin dada porque en mi debían pesar y pesaban 
oousideracjénes procedentes de mi intimidad con la direc- 
tiva autonomista cabana, de un regular conocimisnto del 
medio antillano y de un detenido estudio del valor relativo 
y del aloanoe político circunstancial de aquellos proyecto*, 
muy discutibles si eran estimados solo como una solución 
definitiva del problema ultramarino. Era muy difícil qne 
loa diputados republicanos peninsulares apreciaran todoesto 
de igual manera. 

Sigo prescindiendo de detalles y de explicaciones. Ni si- 
quiera quiero sacar argumento en mi favor de lo que actual- 
mente pasa en Puerto Rico, donde se plantea la refor- 
ma Maura, sin reforma electoral y en beneficio de la oligar- 
quía conservadora. Es decir, realizándose algo de lo que yo 
temía. 

Oiré tan solo que hubo un momento en que fué posi- 
ble y aun probable que la Minoría republicana, sino com- 
batía los proyectos Maura-Abarzusa, se abstuviera de vo- 
tarle. Excuso deoir lo que esta abstención hubiera reper- 
cutido, sol re todo en las Antillas, y el daño que habría 
causado á la Minoría autonomista que pretendía represen- 
tar la nota más radical en la pelitioa ultramarina. 

Por fortuna las dificultades fueron vencidas (no sin tra- 
bajo, por motivos que no son del caso) y no oreo pecar de 
jactancioso diciendo que contribuyó bastante á nna solueiós 
satisfactoria la circunstancia de qne yo perteneciera á en- 
trambas minorías: la autonomista y la republicana. Por lo 
pronto puedo afirmar que hice gestiones en este sentido y 
que á la postre recibí el encargo de pronunciar en plano 
Congreso algunas frases que dieran solución al conflicto. 



— 259 - 

Mi breve discurso del 18 de Febrero de 1895 fué uno de 
loa mis delicados, de los más difíciles que he pronunciado 
en mi ja no corta vida parlamentaria. Entonces dije: 

c Bueno es que se sepa, es decir, que se confirme (porque 
aqui se ha dicho constantemente) que nosotros consideramos 
este dictamen, sin estimarnos parte en este concierto ni 
autores de esa obra. De otro modo, nuestra acción de parti- 
do propagandista cesaría en el momento de votarse esa ley. 
Eso ya Jo dijimos cuando por primera vez presentó su pro- 
yecto el Sr. Maura, y tuve )0 que usar de la palabra para 
recoger una alusión del Sr. Cánovas del Castillo (1). Ya 
entonces dije, no sólo por propia cuenta, sino llevando ia 
vos del partido autonomista de la isla de Cuba (que para 
ello me había autorizado por medio de un telegrama suscri- 
to por el digno Presidente de aquella directiva), ya coton- 
ees dije, que el partido no era participe en aquella empresa 
ni asumía responsabilidad directa respecto de aquel pro- 
yecto, pero que lo consideraba como un progreso cuja ten- 
dencia era necesario apoyar por su harmonía con el principio 
de la especialidad de la legislación ultramarina; entendien- 
do además que importaba mucho mantener al propio tiempo 
nuestro peculiar criterio en la cuestión colonial, y llevar 
nuestras soluciones, hasta donde fuera posible, á la seria 
reforma enunciada. 

fin tal supuesto se hace preciso repetir, que nosotros no 
somos verdaderos autores ni confeccionadores de ese dicta- 
men, ni podemos asentir á todas sus soluciones, pero que de 
ninguna suerte desconocemos sus méritos en relación con 
muchos y muy considerables intereses (2). Quiero decir con 
esto, que ni por un solo instante hemos dejado de ver los de- 
fectos de este dictamen, y que, al prestarle hoy el concurso 
bien definido de que habló el Sr. Montoro, no obramos por 
sorpresa ni i or arrebato, ni aun bajo la presión de aquella 
alegría propia de quien advierte que se le otorga algo que 
no podía ni debía esperar, per lo menos en el momento en 
que se le hace el regalo. Conviene que conste que para fijar 
nuestra actual actitud hemos meditado bastante, inspirán- 



(1) Beaióa del 14 de Julio de 1898. 

(2) Convendrá tener presente el artículo que con mi firma y rubro 
4e L» PotUica Colonial en 1898 publiqué & principios de 1894 en el pe- 
riódico madrileño La Jutticia. Luego fué reproducido en un folleto de 
propaganda política titulado Bipartido ContralUta. 



— 260 — 

don os en la conocida tradición de la Minoría parlamentaria 
Autonomista. 

t Podría aducir muchas pruebas, pero voy á citar tan sólo 
dos ó tres ejemplos. En primer término, á nosotros no ha 
debido satisfacernos la forma empleada en este dictamen 
para recabar los votos del Congreso. 

Tampoco ha podido pasar para nosotros como cosa de- 
poca importancia, el hecho de sacar de este Parlamento na • 
cionul, donde el elemento electivo y popular tiene tan viva 
representación, ciertas atenciones para llevarlas al Consejo 

Jar cubano, constituido, no sólo por vocales designados 
libremente (asi se dice) por el pueblo, si que por individuos 
de la libre designación del Gobierno, y en perjuicio, como es 
entura), de la independencia de aquel centro y de Ja supre- 
macía del elemento representativo. Este defecto resulta más- 
grave, por no acompañar á la ley que discutimos aquella 
amplia reforma electoral que creíamos patrocinada por ele» 

tos muy templados de esta Cámara y hasta por miem- 
bros importantes de ese Gobierno. 
* » *■•••••••.*•••■•••••••■. •«•••••••••••••••• ••••• •»- 

* Además, Sres. Diputados, es necesario rectificar nn error 
qna oigo cou mucha frecuencia repetido p r todas partes. 
1 1* autonomía colooial no se resuelve pura y exclusivamen - 
te en el propósito de arrancar á los Po 'eres centrales facul- 
tades y atribuciones, para llevarla* allende los mares y 

íarlas á instituciones ó á centros de carácter más ó me- 
nod burocrático ó privilegiado. No, de ninguna suerte La 
autonomía en tesis general, la autonomía que piden los par* 
tidos autonomistas de Cuba y de Puerto Rico, que son esen- 
cialmente democráticos, no se limita á una derogación de 
facultades del Poder central, sino que consiste en delegar 
aquellas facultades que no impliquen en lo más mínimo- 
mengua de derechos correspondientes á la soberanía impe- 
rial, á centros populares, á instituciones similares á las de 
la Metrópoli, á elementos apropiados por su origen y cir- 
cunstancias para desempeñar funciones que antes estuvie- 
ran conferidas al elemento electivo y responsable. 

Es preciso rectificar una vez más este error, porque si él 
prevaleciera, seria cosa de creer que estaba dentro de las 
tendencias autonomistas arrancar al Congreso su competen- 
cia, para cualquier ramo de la Administración ó cualquier 
interés de gobierno (por ejemplo, la fijación de contribucio- 
nes, la atención postal, ó el régimen arancelario nltramari- 




— 261 — 

ao), con el fin de entregarlo, por ejemplo, á la Junta da 
autoridades de Coba 6 Puerto Rico. 

»Con lo cual se cometería el mismo error de pensar que 
habían sido inspiradas en un sentida autonomista las re- 
formas que en el siglo pasado realizó el Marqués de Pom- 
bal en el Brasil, restando ciertas facultades del Poder cen- 
tral, para conferírselas á autoridades y centros coloniales 
cuyo carácter era unas veces oligárquico, otras dictatorial, 
negando asi el principio de expansión que constituye la 
base del régimen autonómico que nosotros sostenemos y 
proclamamos. 

1Y0 declaro con toda franqueza que, siendo muy circuns- 
pecto y meticuloso en ciertos puntos el actual proyecto» 
seria más gubernamental, y á mi juicio más orgánico y 
completo, si en el particular de que trato se ajustara al 
programa que sostiene el partido autonomista cubano. Nos- 
otros todos queremos la separación del presupuesto nacio- 
nal y del presupuesto local. Al presupuesto nacional trae- 
mos todas las atenciones del Imperio en la forma y en la 
cuantía que se determine por la voluntad libérrima de las 
Cortes, y á esos gastos generales del Imperio ó de la Nación 
queremos que contribuyan las colonias ó provincias de 
Ultramar con la cuota que les corresponda en condiciones 
análogas (tomando en cuenta la riqueza, la población, etcé- 
tera) á las de las provincias de la Península. Y entendemos 
al lado de esto que, sin rozamientos de ninguna especie, 
bajo la autoridad suprema del Gobierno, con la interven- 
ción en su caso de las Cortes, y manteniendo integro el 
derecho imperial que nosotros reconocemos quizá con más 
eficacia que las escuelas opuestas, las Antillas deben tener 
la facultad de determinar sus presupuestos locales y de 
frjar, no sólo sus gastos, sino sus ingresos para satisfacer 
aquéllos y para pagar la cuota que á aquellas comarcas 
corresponda en vista de las atenciones generales ó naciorfa- 
. les que las Cortes señalen. Claro es que la fijación de esa 
cuota cumple á. la plenitud de la ¿¿epresentación nacional; 
de ninguna suerte á las Asambleas insulares. Triste cosa es 
necesitar estas explicaciones evidentes y sencillísimas para 
rectificar tantas preocupaciones y tantos prejuicios como nes 
atajan el camino, en círculos de notoria ilustración. 

a >Porque 1 hoy por hoy, ha de lucharse con la inmensa 
dificultad que resulta de una contradicción visible entrañad» 



— 262 — 

en el reconocimiento pleno de la facultad de fijar loa gasto» 
al Consejo insular, y una reserva completa á favor de la 
Metrópoli en el punto de fijar loa impuestos y arbitrar Jos 
recursos para la satisfacción de aquellas atenciones. Tengo 
para mi que seria más completa la obra, más franca, más 
orgánica, más definitiva, si se reconociese á aquellos países 
la facultad para determinar su orden financiero bajo su 
plena responsabilidad y con su innegable y auperior com- 
petencia, lo cual pudiera hacerse de una de dos maneras: 
ó bien, como yo entiendo que seria lo máa justo, abando- 
nando por completo esta facultad á las colonias, como 
sucede en las Antillas inglesas, ó bien dejando á la colonia 
la fijación y distribución, en un gran grupo de impuestos, 
de la casi totalidad de ellos, y reservándose el Poder cea* 
tral algúja impuesto determinado y que le pareciera segura 
y de fácil administración, cerno sucede, por ejemplo, en la 
Península, por virtud del concierto económico vigente en 
la actualidad en las provincias Vaaeongadas. Algo análogo 
pasa en las Antillas francesas; de modo que no Be trata do 
ninguna originalidad alarmante. 



»Y siendo nosotros asi, radical y fu nd ¿mental me u te 
opuestos á la política del pesimismo; no entrando en nues- 
tro programa, ni por hipótesis, aquesta fórmula antigua de 
todo ó nada; atentos á recoger el menor incidente para 
aprovecharle y darle vida con nuestras ideas y nuestras 
tendencias; al ver este dictamen hemos creído de todo punto 
necesario hacer dos cosas: en primer término, declarar 
públicamente que es un positivo progreso, porq ae esta es la 
verdad ; y de otro lado . afirmar nuestra franca situación, 
en cuya virtud, al mismo tiempo de instaurarse esas nuevas 
instituciones, á las que nosotros hemos de prestar calor y 
aquella dedicación que son necesarios para su efectividad, 
al mismo tiempo, repito, hemos de mantener enhiesta núes* 
tra bandera, con nuestro programa bien deriuido, con núes 
tras aspiraciones bien determinadas, entendiendo que las 
instituciones progresivas, á medida que se realizan, consti- 
tuyen nuevos estímulos y nuevas garandas para mayores 
progresos. 

• Del mismo modo es necesario que se entienda que «1 
partido autonomista antillano es, por declaración expresa 
ae su programa, un partido radicalmente democrático. 
Y no menos cierto que todo esto es que cuanto decimos en 



— 263 — 

d uastro programa, todo lo creemos de realización próxima y 
hasta urge ote, sin distingos, ni reservas, ni equívocos* 

1L0 mismo qa eremos el principio de la identidad de loa 
derechos de los ciad adanes, que el procedimiento de la des- 
centralización en vista de la autonomía (que es el concepto 
positivo de la doctrina), para conseguir dos cosas. A saber: 
allá, en las Antillas, la mayor, más oportuna y más com- 
itente atención ¿ tas necesidades locales; y aquí en la 
Metrópoli, el descargo de responsabilidades y obligaciones 

tías verosímiles, pero qua, impuestas al Poder central, 
producen compromisos excepcionales y evidentemente son 
5a principal causa de las q nejas, recelos, criticas, perturba- 
ciones y deas airea que llenan la historia de las colonias 
contemporáneas, y cupo término h% coincidido con el triun- 
fo defímitivo de la solución autonomista en las principales 
colonias del mundo, para evitar la violenta emancipación de 
«atas, 1 



tUno de los mayores peligros de toda clase de reformas 
ultramarinas constate en que estas aparezcan en la Gaceta 
y que luego no se traduteau ea hechos. Y no es menor peli- 
gro el que resalta del hechi de que planteándose esas 
reformas con recta i o tención y buen sentido, luego, por 
aspiraciones diversas ó por pasión iJe partido ó por intereses 
de la burocracia se malogren, recibiendo en las Colonias 
distinta interpretación de Ja primitiva, genoina y verdade- 
ra. Esto es doblemente importante tratándose de un proyecto 
de bases que necesita dea en volverse en un articulado que 
al ñu y al cabo no conocemos. 

t Tened presente toda nuestra historia colonial. Aquellas 
inmortales leyes nuevas de Carlos V, en favor délos in- 
dios, se aplicaron del modo desastroso que evidencian las 
Policías secretas del Perú, redactadas por los marinos don 
Jorge Juan y D . Antonio Uiloa. 

«Las Dobles iniciativas del año 1 1 y las leyes votadas por 
las Cortes gaditanas, también se llevaron á América de 
ana manera completamente contradictoria y la más apropia- 
da para exacerbar los ánimos, conturbados ó suspensos por 
efecto del baatardeamiecto ó el positivo fracaso de la mayor 
parte de las grandes reformas del Marqués de la Sonora, á 
unes de siglo iViil 

> Aún más: en nuestro mismo tiempo tenemos una ley res- 
pecto de la anal es constante y unánime el parecer de todos 
ios partidos antillanos; la ley de relaciones de 1882. Hizose 

j-8 



— 264 — 

aquella ley equivocadamente (y yo tuve que consignar alga* 
na declaración respecto de ella en el momento de ser vota* 
da), pero con un buen deseo, con un buen propósito de 
armonía y con un patriotismo indiscutibles. Hubo error en 
aquella ley, pero peores efectos produjo bu contraria inter- 
pretación por sucesivos decretos, que destruyeron el princi- 
pio de igualidad antes proclamado, é hicieron de la fórmula 
del cabotaje un aparato para cubrir la más irritante desi- 
gualdad de los productos antillanos y peninsulares, hasta 
el punto de provocar, como he dicho, la protesta hoy de to- 
da Cuba, que realmente no puede vivir sometida á tales 
rigores (1). 

> Pues bien, señores: de la misma manera, este es un pro- 
yecto que representa un progreso sobre lo que existe, y que 
es ademas un gran compromiso de todos aquellos ele- 
mentos que han resistido más, hasta ahora, en Cuba, la 
tendencia reformadora. Implica, además, la cooperación de 
todos los elementos políticos de la Península en vista prin- 
cipalmente del orden de nuestras Antillas. 

»Y termino haciendo otra indicación que me recomiendan 
amigos queridos. 

iHe hablado primeramente como individuo del partido 
autonomista cubano. No he podido excusarme de hacer algu- 
na alusión á mi antiguo carácter de Diputado por Puerto Ki- 
co, exponiendo algo por mi propia y exclusiva cuenta- Pero 
al termiiar no puedo prescindir de 3a situación que me 
crea el pertenecer también, en el orden de la política gene- 
ral, á una de las Minorías republicanas del Congreso. 

»No tengo que decir que yo hubiera estimado mucho que 
cualquiera de mis dignos compañeros de este grupo— «I 
digno presidente de la Minoría centralista, por ejemp/o, — 
hiciera declaraciones más completas» terminantes y autori- 
zadas. Asi lo he suplicado. Pero estos queridos compañeros 
míos me han hecho el honor de encargarme que hiciera una 
declaración en su nombre. A saber: que tilos también concu* 
rrirán, si es necesario , á la votación de esta reJorma t con el 
mismo sentido de armonía y de progreso que he expuesto en 
este breve discurso^ pero con las reservas propias de su 
carácter político y entendiendo que si se realiza un pro- 
greso, importa mantener viva la fe en los grandes ideales 
y recomendar, por una propaganda incesante y una gran 



(1) Sesión del Congreso del 29 de Mayo de 1S82, Véase ademAa mi 
libro Cuution m palpitantes, donde se demuestra esto si detalle. 



— 265 — 

confianza en la opinión pública, la plenitud de las solucio- 

iltes definitivas de carácter liberal y democrático que hemos 
sostenido, sin equivoco ni vacilaciones, en el transcurso de 
estos últimos veinte aílos. » 



No tengo para qué decir la satisfacción que me produjo 
la aprobación que mis compañeros de lae dos Minorías, 
autonomista y republicana, dieron á mis palabras* Bien 
puedo afirmar que por ellas no hubo votación nominal en 
el Congreso, y quede allí salió con el concurso de todos, 
pero por diversos motivos, la ley de reformas de 18 1 5, 

Todavía después de las sesiones de Febrero y Marzo de 
|W$, se habló de Ultramar en las Cortes. El partido li- 
beral cayó en Abril de aquel año, pero las Cortes no fueron 
disueltas. Prestáronse los liberales á apoyar para legalizar 
la situación, al Gabinete Cánovas, y lo hioieron en términos 
de una enorme debilidad, después confirmada y ampliada 
por otros hechos, hasta el punto de que haya podido decirse 
que la flaqueza es la nota actual del partido dirigido por el 
tir. Sagasta. Lo reconozco con pena, por lo mismo que son 
notorias mis simpatías por ese partido, conforme á mi cri- 
terio político relativamente optimista , como tas decía el 
Sr. Cánovas del Castillo en so último discurso del Senado. 

Los diputados liberales exageraron su benevolencia para 
los conservadores en las postrimerías de las Cortes de 1S95; 
de tal suerte que los Presupuestos generales del Estado y 
los de Cuba y Puerto Ilieo quedaron entregados, para su 
discusión, á los diputados republicanos, en medio de una es- 
pantosa soledad, á la cual contribuyeron la actitud y dispo- 
sición de la prensa, que quiso también hacer el vado alrede- 
dor de la gestión parlamentaria repito! i rana. 

Solo por el c-elo y la energía de los republicanos pudieron 



— 26* — 

ser disentidos, en aqnel año de 1895, los presupuestos de las 
Antillas. Cnando llegó la hora del debate estaban ausentes 
casi todos los diputados autonomistas de Cuba, que re- 
gresaron á la isla apenas votada • la ley de reformas de 
Marzo. 

EL Sr. Pedregal, en la sesión de 7 de Junio de 1895, com- 
batió el Presupuesto de Puerto Rico, afirmando la solución 
autonomista. Yo le secundé en la misma sesión. Y á po- 
co, »?4 19 de Junio de 1895, volví á discutir La cuestión 
colonia), como autonomista y como republicano, comba* 
tiendo el Presupuesto de Cuba. Entonces los republicanos 
mantuvimos la tradición parlamentaria autonomista abso- 
lutamente opuesta á la política de las autorizaciones. 

En seguida se suspendieron las sesiones de Cortes. Pero 
pronto el problema cubano tomó una importancia excepcio- 
nal > En su vista se reunió la Minoría parlamentaria repu- 
blicana y, después de maduro examen, entendió que era ar- 
gente la apertura del Parlamento para discutir este proble- 
ma* AI efecto se resolvió hacer uña gestión cerca del Gobier- 
no é invitar oficiosamente á los demás grupos parlamenta- 
rios á que prestaran su concurso para la protesta oportuna. 
Pero nadie correspondió á esta excitación, y á la postre la 
Minoría republicana se vio constreñida á publicar un docu- 
mento de innegable importancia, cuya segunda parte está 
consagrada por completo á la cuestión ultramarina. Este 
documento, dirigido al Sr. Cánovas del Castillo, dice asi: 

* Los Senadores y Diputados á Cortes, que suscriben, 
acuden á V. E. en calidad de Presidente del Consejo de 
Ministros, y en tanto responsable legitímente del ejercicio 
de las prerrogativas del Jefe del Estado, con el doble fin 
de hacer constar su expresa protesta por la grave y trans- 
cendental infracción constitucional que implica el no ha- 



— 267 - ' 

berse realizado, o i poderse ja realizar, la reunión de las 
Cortea antea del 3 i del mes actual, y de pedir la convoca- 
ción de aquéllas para que la voz del pala sea oída por el 
órgano de en representación legal, en las circunstancias, 
por lo criticas, angustiosas y verdaderamente extraordina- 
ria* , en qne al preseLte se halla. 

I Todas nuestras Constituciones, asi las qne han regida' 
más ó frenos tiempo, como ¡as qne no pasaron de proyecto» 
exigen qne las Cortes se reúnan todos los años. La diferen- 
cia entre ella*\ en punto á este precepto, consiste en qne 
las inspiradas en un sentido más liberal, en previsión de 
qne los Gobiernos pudieran mistificar el proyecto, acatán- 
dole en sn letra, pero no en su espirita, señalan el día en 
que aquéllas ha a úb reunirse, y la duración mínima de 
cada legislatura, ó ambas cosas, en lo cual se conformaban 
con lo que acontece, no ya en los países constituidos en 
Repúb ica, sino en Jas más de las Monarquías constitucio- 
nales de Kuropa. 

»Fero> de que bajan admitido esas limitaciones la Consti- 
tución de 1 845 y la vigente, ¿se sigue que pueda legal mente 
darse el caso de que transcurra mucho más de un año, hasta 
dieciocho meses, sin que se reúnan las Cortes, como acon- 
tecería si se diera por bueno que las sesiones ce obradas en 
un año, correspondientes á uoa legislatura comenzada en el 
anterior, ban de e u te u 'ier*>e celebradas en cumplimiento 
del precepto constitucional con relación al primero? 

*Que do se entendió asi en el tiempo en que rigió la Cons- 
titución de 1845, 'o prueba la solicitud que con fecha 2$ de 
Diciembre de 1866 elevaron 105 Dipntados á la Reina Doña 
Isabel II, en la cual se dice que cen vano se buscan artificio- 
sas interpretaciones á una prescripción ouya inteligencia es- 
tá no solamente fijada por sus orígenes, sino solemnemente 
consagrada por una práctica no interrumpida, que puede 
considerarse como parte integrante de la Constitución!. Y 
como los orígenes de Ja prescripción del Código de 1876 no 
ion ctros qoe lo* de la consignada en la de 1845, y á mayor 
abundamiento son idénticos los términos en que aparece 
redactada en ambos, creemos excusado distraer por más 
tiempo la atención de V. E. con género alguno de disquisi- 
ciones sobre este particular. 

*Lo único orne cumple á los Senadores y Diputados que 
suscriben, os consignar sn más solemne protesta en contra 
de una tal infracción de la Constitución, ó de tan errónea 
interpretación de la misma, por virtud de la cual ) cerno si 



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^est** l«i^MM4< 4 ommtom wn^T.-iiw ¿tsmaii* e¿ hmm ám 
Js p**>* / fe 4w«n buii^ri, s» ks>j i^aí sassásudsd 
* j**** i ** *44pei¿* i* j«s smcLms asá* ssWcaades psn 



* 4 «&a 4ns«m qss, si es dckocasm cato todas 
, $•**>* ! :«7»r tras de si 1* rúa. de 1* Penissnls 

**** to : ido á ls suerte da lss inu; 

tf a el caso qas. confiase* decisiva de 1* 

[¿sotóla á ls isls de Cabs; y entre 

¡o* h*y '■jrjft proclamas ls necesidad de oom- 

*se# (s tatsrrsceioii de ls faena con el planteamiento de 

0*ftrfrf thñ i^jüíj^ss mis h ¡aeuos rsdiesJes. ¿T cuándo, süio 



— 269 — 

ahora, y dónde sino en al seno de la Representación nació - 
nal, puede y debe discutirá* problema tan difícil y que por 
tantea y tales motivos afecta á la salad de la Patria? 

íQae esa guerra funesta dure ó acabe; que se conduzca 
con fortuna ó con desgracia; que, en el caso mejor, termine 
pronto 7 bien, siempre tendrían que dejar oir su vos las 
Cortes para resolver el problema de evitar su reproducción. 
En cualquier otro caso, desde el menos malo hasta el peor 
posible, el Gobierno tendría apoyos, medios y recursos que 
están á punto de faltarle, si se ha da mantener dentro de la 
legalidad. Nuestro ejército, que se muestra en esta campa- 
ña, por lo valeroso, al igual de loe primeros, y por lo su- 
frido, superior á todos, alcanzarla la recompensa á que tie- 
ne derecho el que muere por la patria, al saber que el país 
conocía, estimaba y agradecía sus servicios y hacia saber 
al mondo á toda hora que el ejército que pelea en duba e« 
el brazo, el corazón y la voluntad de España. 

>8i se cree que ha 1 legado para el régimen parlamentario 
en nuestro país la hora de au muerte, dígase y óbrese en 
consecuencia; que esto será mil veces preferible á menos» 
preciar ó poner en ridiculo las instituciones que le sirven 
de fundamento, ó 4 demostrar, por modo indirecto, que 
éstas sólo son tolerables en circunstancias llanas y coman ■ 
tes, é imposibles ó perjudiciales en las arduas y difí- 
ciles. 

■Al velar los que suscriben por la legalidad constitucional 
y por el prestigio de las Cortes, y pedir que estas se reúnan, 
puestj el pensamiento en las dificultades presentes y en las 
mis gravea que puedan sobrevenir» dan muestra manifiesta 
de su preferencia en favor de toda solución que pueda ha- 
llarse, mediante el funcionamiento normal de loe Poderes 
públicos. Si éstos se muestran sordos á nuestra petición, no 
desconocemos que se acrecentarán los deberes que para con 
el país tenemos, entre los cuales no seria ciertamente el me- 
nor el de procurar y alcanzar muy pronto la unión de todas 
las fuerzas republicanas de modo y manera que pudiera to- 
mar sobre sí, como obligado empeño, la defensa del derecho 
y el amparo del honor de la Patria, 

>¿£adríd 25 de Diciembre de 1S9 5,— Exorno. Sr.: Tiberio 
Afila.— Gumersindo A acárate. —Juan G. Ballesteros. — 
Eduardo Baselga. — Eduardo Benot. —José de Carvajal. — 
José Fernando González. — Gonzalo Julián. — Rafael María 
de Labra. — Baldomero Lostau. — José Marenco.— José Mel* 
garejo.— José Muro. — Manuel Pedregal.— Francisco Pi y 



— 270 — 

Margall.— Bafael Prieto y Canjea.- José María Ramírez. — 
Calixto Kodrignez.— Nicolás Salmerón.» 

Eeta protesta fué oficialmente contestada por el Gobierno 
conservador en las columnas de la Gaceta. Y no tuvo mas- 
consecuencias en el orden de los hechos inmediatos y posi- 
tivos. Pero es evidente que por ella la Minoría Republicana 
apareció como la tínica interesada en la defensa del presti- 
gio del Parlamento y en el debate y la precisa determina* 
ción del estado de la grande Antilla. 

Pa pena considerar lo que después han dicho los parti- 
dos monárquico? y casi tcdos los periódicos madrileños, 
que á fines de 1895 excusaron el más ligero apoyo á los di- 
putados y senadores republicanos. Después de aquella fecha 
se han reproducido en todos los tonos los argumentos y las 
protestas consignados en el dooumento de ?5 de Diciembre 
de 1895. Pero el Gobierno ha continuado desoyendo estas 
quejas y buscando pretextos y excusas para su desdén en la 
actitud de los monárquicos cuando los republicanos pedían 
inútilmente la apertura del Parlamento, 



^\ 



XVI 



Pronto íaeron di sueltes las Cortes liberales. A las añe- 
ramente convocadas para 1896 no concurrieron los republi- 
canos. De modo qua estos nada pudieron hacer dentro del 
Parlamento en pro de las libertades de Ultramar y para el 
leal cumplimiento de la ley votada en Marzo de 1895, En 
«fta situación hemos llegado al momento presente. 

Pero hay que advertir qne en 1S96 tuvo efecto nía hecho 
qae demuestra bien el interés constante de los republicanos! 
por la cansa ultramarina» y lo qne por ella hubieran traba- 
jado si desgraciadamente y mny contra mi parecer, no se 
hubiese impuesto el retraimiento en la Península. 

Coincidió con la proclamación del retraimiento la consta- 
tación de la Unión Republicana, de qne después hablaré. 
Miembro de Ja Unión y ponente de la Comisión que formuló 
lis bases de la Mi noria, yo re o] ame de todos y cada uno de 
los individuos de aquella Jauta qne declararan si en el casa 
d& ser yo electo representante parlamentario de las Antillas 
podría ó no aceptar este cargo, sin detrimento de la disci- 
plina republicana. De esta suerte sometí á la Junta, no el 
pinto, de si yo debía ó no llevar la representación de Cuba 



— 272 — 

6 Puerto Rico en estos críticos momentos, sino la cuestión 
de la compatibilidad de aquella representado d oca el puesto 
que ocupaba en el oentro superior de la Unida Republi- 
cana, 

Reprodújoee ahora lo que sucedió cuando loa diputados 
republicanos se retiraron del Congreso en 1 893. 

Por unanimidad quedé autorizado, en vista de mis antece- 
dentes, mis compromisos y mía soluciones de política oolo- 
nial, asi como del grave estado de nuestras Antillas, para 
tomar asiento en las Cámaras eipaíiolaa, en el supuesto 
siempre de que en estas no me habría de ocupar de política 
general. 

Después de esto fui nombrado miembro del Directorio de 
la Unión Republicana, y á peco, la Universidad de la Haba- 
na, sin consultarme y aun sin previo aviso, me honró con el 
cargo de Senador, á titulo de autonomista. 

Eei estas condiciones y con tales supuestos pude yo pro- 
nunciar en el Senado mi discurso de 30 de Junio de 139e\ 
Al Sanado fui por el voto de los autonomistas cubanos, pero 
además expresamente autorizado per los republicanos espa- 
ñoles para defenderla solución autonomista. Y después de 
mi discurso no esouohé la menor critica de mis correli- 
gionarios de la Península. 

. Por cierto que en estos últimos dias se han dicho y han 
pasado tales cosas á mi alrededor que me parece de alguna 
utilidad recordar algo de lo que hablé en el Senado en Junio 
del 90. Han transcurrido solo unos cuantos meses, y lo que 
entonces se dijo y suoedió, parece ya un hecho casi de la 
Edad Media. ¡Qaé solicitud de parte de la mayoría de las 
gentes para que nadie se acuerde de lo pasado, y aun para 
que se piense que la Autonomía, como la solución doctrinal y 



— 27* — 

como medio de concluir la guerra cubana, es una cosa nuera, 
de estos últimos días, por nadie entrevista ni recomendada 
tata estos instantes de incomparable adivinación! 

ID discurso de 1896 tuvo un triple propósito. 

Primero» señalar la gravedad interior é internacional de 
la guerra de Cuba» Segundo, recabar de los partidos go- 
bernantes de la Península declaraciones explícitas, tanto res - 
pacto de la situación de la grande Antilla, como sobre la 
manera de resolver el doble problema allí planteado, de la 
inmediata pacificación de la Isla y de su porvenir político y 
social más ó menos próximo» Y tercero, ratificar los com- 
promisos del Partido autonomista cubano en pro de la ban- 
dera española, precisar sus honradas disposiciones y adver- 
tir franca y noblemente lo que era necesario para que la bue- 
na voluntad y los esfuerzos de ese partido surtan el efecto 
apetecible para la pronta y definitiva pacificación de Cuba. 

Desenvolviendo esta última parte, entonces dije que, el 
propósito de los insurrectos cubanos se reducía: 

•1.° A que la guerra dure el mayor tiempo posible, da* 
rante el cual pueden sobrevenir conflictos interiores que cea* 
tnpliquen directa ó indirectamente la fuerza de la i ü surrec- 
ción. 

2.° A destruir la riqueza del país, contando coa qoe 
aquélla, una vez concluida la guerra, y dada la admirable 
disposición de Cuba, se levantaría de nuevo, merced al capi- 
tal extranjero, mientras que su destrucción por el momento 
privaba de recursos al Gobierno español, ponía exclusiva* 
mente á cuenta del Tesoro de la Península los enormes gaa* 
tos de la guerra, y empujaba con el acicate del hambre, y 
les estímulos de la pasión, á millares de hombres al campo 
rebelde. 
Y 3.° A evitar todo lo posible los choques sangrientos 
r oon el ejército nacional para escusar el apasionamiento, en 
1 la firme creencia de que el español es valiente y sufrido y 
fc que la guerra no terminará por la fuersa de las arma» si no 



— 274 — 

por la imposibilidad material y económica de España de 
sostener la campaña. 

Nada de esto era un misterio, Todo lo decían á cada mo* 
mentó, hasta en periódicos, los jefes de la insurrección. > 

Por opuesto modo el interés de España consistía: 

1 .° En concluir la guerra pronto y bien; es decir, con 
relativa ra pides y de un modo definitivo que no obligase á 
mantener en Cuba un ejército de ocupación, ni consintiese la 

Srobabilidad de una nueva insurrección deotro de cinco ó 
ies años. 

1.° En defender y fomentar la agonizante riqueza de 
Coba, tanto en vista de los apuros presentes y de )o§ cálcu- 
los de los insurrectos, cuanto de la pronta reconstrucción 
del país el día anhelado de la paz. 

3.° En oponer á la política de la i a surrección el en tu* 
si asmo de la población cubana que había de quitar a aque- 
lla la mayor parte de su fuerza y escusa ría & la Península 
considerables sacrificios, permitiendo á la Met ó poli una 
acción más libre en sos relaciones y gestiones internado 
najes. 

Frente á este comolicado problema — añalí, — necesita- 
mos, por interés patriótico, «conocer con todi claridad y 
precisión, las opiniones y los propósitos de las partidos go- 
bernantes de España, asi como el país cubano espera que de 
los actnales debates parlamentarios salga una grotn ori&tUa 
dan poli tica, qae permita considerar el problema tremendo 
de aqueila guerra, con mayor fortaleza y más esperanza»» 

Para inquirir aquellas opiniones y aquellos propósitos, 

me esforcé en fijar bien el alcance de la pretensión diciendo: 

»No se trata ahora de determinar las causas generales de 
la guerra de Cuba. Esa es otra cuestión que exorno ahora 
reflexivamente. Se trata solo, como antes he dicho, del esta- 
do actual de la guerra cubana. Tampoco se puede confundir 
el punto discutible con el problema colonial completo de Es- 
paña y con las reformas necesarias en Cuba cuando la gue- 
rra termine. La cuestión es más concreta y más urgente. Se 
trata de averiguar el mejor medio de con clin r pronto y bien 
ja guerra en la grande Autillo . > 

Luego continué: 

«Hasta ahora han emitido su opinión el Gobierno por 



^ 



— 275 — 

medio del Discurso de la corona y el partido liberal por 
medio del discurso que en representación de ia min oí i la de 
este partido pronunció el exministro D. Pió Gallón, com- 
batiendo la política conservadora. Ni uno ni otro han sido 
explícitos. El problema es mucho más apremiante y grave 
de lo que suponen esos dos discursos. 

•Pero, además, el Gobierno, que lleva la total representa* 
(rión de los conservadores españoles, insiste en el tremendo 
error de reducir la cuestión de Cuba á una cuestión de faer- 
sa. Para él, todo se reduce á soldados, barcos y dinero de 
la Península. No le ha producido el menor efecto el progre* 
so constante de la insurrección á medida que se acentuaba 
esa política exclusiva. Y llega al extremo de renunciar por 
completo á las reformas de 1895, no sólo en Cuba perturba- 
da, sino en Paerto Rico tranquila, con lo coal comete una 
verdadera iniquidad, y olvida que las reformas hechas en 
Puerto Rico desde 1869 á 1873, sirvieron de argumento 
para que el general Martínez Campos, con ese ejemplo» lo- 
grase la paz del Zanjón. 

•Además es inexplicable que hombres dedicados al estudio 
de nuestra bintoria colonial desconozcan ú olviden el papel 
que desempeñó la culta y morigerada isla de Puerto Rico, 
cuando á los comienzos del siglo se iniciaron en las Anti- 
llas españolas las reformas recomendadas por el marqués de 
la 8onora, para salvar el dominio español en el continente 
hispano-americano. 

»fiste se perdió por persistir nuestros gobernantes en la 
política reaccionaria y en los empeños de fuerza. No hay un 
libro de historia contemporánea, escrito fuera de España, 
que no lo declare explícitamente. Cuba y Puerto Rico se 
conservaron y prosperaron mediante las reformas de 181 B f 
llevadas á teliz término por el intendente Ramírez, bajo la 
inspiración de los hombres de Cádiz: mas antes de ser üe - 
vadas estas reformas á Cuba, se ensayaron en Puerto Rico 
y su éxito en esta isla autorizó y facilitó la obra en la otra. 

»Asi Puerto Rico parece hecho exprofeso para salmr con 
su cordura y patriotismo estas dificultades de la política es- 
pañola. No hay ya que hablar del admirable efecto con que 
en Puerto Rico, desde 1869 á 1874, se implantaron la abo- 
lición de la esclavitud, la representación parlamentaria* el 
sufragio universal, las libertades democráticas, el lib. I de 
la Constitución del 69, y la descentralización administrati- 
va, por las reformas casi autonomistas del Municipio y la 
provincia en 1872. 



— 276 — 

>8in embargo, cuando el partido liberal hizo la reforma 
electoral en 1892, agravió al elector portorriqueño, ponién- 
dole en peores condiciones qne el peninsular y el cabane, 
dándole una credencial de español de tercera clase, qne de- 
corosamente no podia aceptar (ni aceptó) un país que habla 
practicado con éxito el sufragio universal y siguificádose 
por su cultura y civismo. Ahora el Gobierno conservador 
paga su lealtad, negándole las reformas del 95 por que no se 
ha sublevado» 

•En tal sentido, quizá, puede decirse, que el Gobierno 
ahora da un paso atrás, porque el Mensaje entraña un bilí 
de indemnidad por el incumplimiento de las reformas vota- 
das con urgencia en 1895, autorizando aquel al Gobierno 
para desistir de ellas. 

»T no vale decir, como afirma el Discurso de la corona, 
que se ha prescindido de aquella ley, porque la rechazarom 
los partidos insulares y singularmente el autonomista. Es 
verdad que estos dirigieron al gobierno dos extensas y ra- 
zonadas mociones en 4 de Majo y 19 de Abril del año pa- 
sado; pero sobre que el texto de esas mociones dice literal- 
mente lo contrario de lo que supone el Gobierno (bien que, 
conforme se agravaron las circunstancias, los autonomistas 
recomendaron una mayor amplitud en los reglamentos que 
hacia imprescindibles la ley referida, dentro del sentido del 
sef government), hay que reparar que las gestiones mencio- 
nadas para que se hiciera esas ampliaciones fueron poste- 
riores al hecho positivo de haberse resuelto el Gobierno á 
infringir la ley, que debía estar en práctica á mediados de 
Junio, y para lo cual eran precisas disposiciones previas de 
de detalle que ni se dieron ni al cabo se darán. La ley de 
Marzo era sólo una ley de bases que obligaba al Gobierno, 
inmediatamente, á desarrollar esas bases por lo menos en la 
Baceta. 

«Ahora si, con el cambio de las circunstancias y el pro- 
greso extraordinario de la insurrección, ya esas reformas 
serán insuficientes, par lo menos para atajar el vuelo de la 
guerra, y desd6 Juego para impedir aquello en cuya consi- 
deración se votaron el año pasado, y que seguramente ha- 
brían impedido planteadas á tiempo. Es decir, la guerra. 

»Y no es sólo el abandono de la reforma poli tica. SI dis- 
curso de la Corona no tiene una palabra para la reforma 
económica; ni siquiera para la reforma arancelaria, cuya 
urgencia proclamaron los mismos conservadores en las Cor* 
tes pasadas. 



— 277 — 

iPara después qve la guerra concluya, el Gobierno ofrece» 
mayores ptj aneíones á 1* Teda antillana. En el discurso de 
la Corona se lee Jo siguiente: «Fácilmente será admisible la 
asimilación, en cuanto sea posible, annqne nada resolvería 
esto sólo de por sí en el estado en qne por necesidad dejará 
la isla la insurrección después que ten^a fin. Guando tal 
cago llegue, preciso ha de ser, para que la paz se consolide 
en ellas, el dotar á entrambas Antillas de una personalidad 
administrativa y económica de carácter exclusivamente local, 
pero que haga expedita ¡a intervención total del país en sus 
negocios peculiares, bien que manteniendo intactos los dere- 
chos de Ja soben nía, é intactas las condiciones indispensa- 
bles para su subsistencia. 

■Con esto el Gobierno peca por una extremada vaguedad, 
que siempre hará estériles sus mejores propósitos. Porque 
Ja fórmula empleada no dice gran cosa, sobre todo en labios 
de conservadores: si bien autoriza á los viejos propagandis- 
tas de la autonomía colonial en España para sospechar que 
se trata de la solución por estos cien veces recomendada, 
puesto que nadie sino ellos en España han hablado (y con 
vivísima protesta de parte de los conservadores de toda 
clase) de la personalidad de Cuba y del derecho ágobernarse 
ella müma, dentro y bajo la indiscutible soberanía de Es» 
pana. Para explicar su doctrina han dicho mil veces que 
pretendían ttoda la descentralización compatible con la 
unidad del Estado y la integridad nacional». 

«Ahora bien, si esto € s lo único que el Gobierno prepara, 
¿por qué no lo dice con 1 lisura y claridad? El equivoco es 
en estos momentos contraproducente, toda vez que es de 
pensar que las promesas del Discurso de la Corona se han 
hecho para que produzcan un efecto inmediato en Cuba, en 
España, en Europa , en América, y en vista de la pronta y 
completa terminación de la guerra. El Gobierno plantea 
casi una nueva tesis académica. 

»Por otro lado, los antecedentes del partido conservador y 
de nuestros actuales gobernantes, no son los más abonados 
para determinar la confianza, y menos aún la confianza en 
vaguedades y equívocos. ¿ hora mismo acaba de faltar, no 
solamente á sus compromisos, no aplicando la ley de 1 5 de 
Marzo de 1895. Y su insistencia en conducir la cuestión de 
Cuba á un problema de guerra, patentiza en absoluto falta 
de fe en la eñeacia de los recursos morales y la política ex- 
pansiva para resolver las crisis de los pueblos. 

i Despees de todo, esa misma equivocada solución queda 



— 278 — 

reservada para ana fecha incierta: para cuando Urmi» 
tu la guerra, aobre cuyo estado actual, coyas orecientes 

mitades y cayo porvenir inmediato se prescinde en ab« 
soJato, como si los extraordinarios sacrificios qae la Penín- 
sula hace no merecieran qae se precisase la situación y se 
determinase con datos positivos, faera de los cablegramas 
i B iales de la Habana, el resaltado más que probable de 
tan excepcionales cuanto nobilísimos empeños. 

>La guerra, pues, continuará como hasta aquí, salvo lo 
que pa r a so terminación no prefijada pncdau influir las 
vagas frases y las promesas equivocas de la Corona. Por 
este camino no hay que esperar que las dificultades pre- 
sentes cesen. £1 problema será dentro de poco más pa- 
voroso. 

La actitud del partido liberal en esta cuestión, tampoco 
es satisfactoria. Verdad qae ha ratificado sus compromisos 
en favor del \ lantén mié uto de la ley de reformas de 15 de 
Manso de 1895. pero también ha añadido que esto no será 
mientras subsista la guerra en Cuba. 

Ha llevado su temerosa circuospec¿ión hasta prescindir 
de Puerto Rico, á ou*a isla va infirió ese partido el agra- 
vio de la reforma electoral de 1894, que determinó el re- 
traimiento en que hasta el dia perseveran los autonomistas 
portorriqueños. Es posible que el partido liberal se incline 
á plantear desde luego las reformas en la pequeña Antilla: 
asi lo han dicho con repetición los perió lieos liberales ata- 
cando al partido conservador. Pero el Sr. Gallón — quo ha 
llevado la represeotaoióa de aquel cfrupo político en el de- 
bate del Senado— no ha hecho diferencias, ni esclarecido 
el punto. 

«Pero lo más raro está en que ese partido se limita á pre- 
sentar como solución del couflioto cubano las reformas del 
95 y se excusa de discutir el tema sugerido por el discurso 
de la Corona respecto de la solución definitiva entrañada 
en la personalidad administrativa y económica de las Aa* 
tillas, que bien pudiera ser el solf government. Excusán- 
dose de este examen el partido liberal, falta á una de las 
condiciones fundamentales del régimen parlamentario que 
no consiente que el Parlamento sea sólo el lugar donde se 
presentan mociones, mensajes ó fórmulas para el mero oo« 
nocimiento del país ó de lo¿ Poderes públicos, siso el sitio 
donde se examinan y debaten esas fórmulas, con la obli- 
gación por el lado de los partidos gobernantes de oontro- 
vertir as de cada uno de éstos de carácter práotioo, apli- 



— 271 — 

-cables dentro del horizonte visible de 1» política palpitante. 

•Por esto el partido liberal (aparte de otros motivos que 
¿escandan en el supuesto de la división interna de éste), se 
folla obligado, cual ningún otro, á desentrañar los propó- 
sitos del Gobierno y á discutir asi el problema cubano de 
actualidad como el de porvenir inmediato, en los términos 
planteados por el Discurso de la Corona, por los partidos 
locales cubanos y por la opinión pública de España y del 
extranjero. En este punto, era indispensable que ese parti- 
do emitiera su parecer sobre la autonomía colonial conside- 
rada ya no sólo como doctrina, sino como medio de pacifi- 
cación moral y material de las Antillas. 

»Por otra parte, apenas se oom prende que el partido li- 
beral reduzca todo su programa á recomendar, sin el me- 
nor comentario, la instauración de las reformas del 95, 
después de terminada la guerra; porque no en balde van 
ya pasados dieciséis meses de ésta, y se ha promovido en 
Ceba una situación politioa radicalmente opuesta á la de 
Junio de 1893 y Febrero de 1895 y los partidos locales 
cubanos han tomado otra actitud. JSl autonomista ha for- 
mulado sus Memorándum da Mayo y Septiembre, y hoy 
patrióticamente rectifica parte de las dec araciones que en* 
toncos hizo, en vista de circunstancias contrarias á las que 
determinaron su anterior compromiso (1). 

iPorqne es evidente que el principal propósito que presi- 
dió á la votación de aquella ley —la evitación de hondas per- 
turbaciones políticas y de orden público en Cuba, — no se 
ha logrado, sea de quien fuere la culpa del suceso. Resulta, 
pues, inconcebible que oon la misma bandera de Marzo de 
1*95, se pretenda ahora animar al pais y concluir la guerra, 
dejando para nn porvenir incierto la enmienda de defectos 
utn transcendentales, ya señalados detalladamente hace año 
y medio, como, por ejemplo, el mantenimiento del censo 
electoral que sostiene el carácter oligárquico de la represen- 
tación ultramarina, contrastando con el sufragio universal 
H)ue existe en el resto de la nación española, cuyas piovin 
«¿as no tienen más razón ni título que los que pueden osten- 
tar las Antillas; ó como la nota esencialmente burocrática 
del Consejo de administración, nombrado en su mayor par- 



tí) Batos Memorándum faaron publicados por mí en Janio de i89f, 
«a am folleto que dediqué al Senado, rectificando la explicación que de 
-ellos había dado el Sr. Cánovas. 

"9 



— 280 — 



te de real orden; ó como la negación del derecho de laaoor*» 
poraciones insulares de votar los impuestos para cubrir gas ■ 
tos cuya designación libremente se las permite, de modo que 
se acuse con mayor energía la impotencia de aquellos cen- 
tros, ó en fin, como )a excusa de la competencia insular para 
establecer el Arancel cubano, cuando cada vez aparece con 
mayor evidencia la imposibilidad da que el Ministerio de 
Ultranur pueda emanciparse de la presión que aquí hacen 
algunos elementos industriales de fa T enlnsula, para man- 
tener con mayor ó menor desenvoltura el principio de la ex ■ 
p] o t ación mercantil de las colonias, fuera de toda compensa- 
ción y toda equidad . 

t£l mismo partido liberal, al votarla ley de reformas en 
Marzo de 1895, ofreció la reforma electoral para plazo muy 
próximo. Ahora no puede esperar que Jas gentes se entu- 
siasmen con las deficiencias de hace año y medio, y prescin- 
dan de todo lo que ha pasado en este tif mpo, y que sólo pue- 
de ser estimado como nuevos motivos para recabar una re- 
solución justa y definitiva. 

»Pero todavía es más inconcebible que el partido liberal 
se crea dispensado de explicar franca y detenidamente las 
razones de su actitud del momento, el rumbo de un política 
y sus opiniones sobre el problema del setf govemvient plan- 
teado en todas partes, al terminar de las guerras coloniales 
contemporáneas, como un medio de fortificar los quebranta 
dos vínculos de las colonias con sus Metrópolis. 

• Esto último constituye un gran pecado, tanto porque me- 
diante esta reserva se redoce el espacio y se excusan los da- 
tos necesarios para el libre juego de les elementos gobernan- 
tes, cuanto porque esa actitud es incompatible con la repre- 
sentación progresiva é iniciadora del Partido liberal y con- 
tradice ías tradiciones de éste en la historia colonial aspa- 
ñola de los últimos quince años. Se trata, pnes t de una ver* 
dadora subversión deideap, tendencias y actitudes, » 

Después hice detenida alusión á loa compromisos y las 
soluciones que respecto de la cuestión colonial tenia el par- 
tido republicano. No oculté el interés de éste en que se evi* 
denciase que ninguno de los actuales partidos gobernantes y 
en general ningún partido monárquico tiene ni puede tener 
solución para la cuestión colonial y señaladamente para la 
de Cuba Pera añadí que era preciso reconocer, obrando 






— S«I — 

oon sinceridad» que tsi bien el partido republicano tiene las 
soluciones mié acertadas y eficaces para el problema anti- 
llano, éste podía ser todavía solucionado, en lo que tiene da 
argente, bien que no da un modo definitivo, por Jos partidos 
gobernantes españolee, á condición de decidirse á prescin- 
dir de loe procedimientos circunspectos ó contradictorios 
qae han sucedido á la pgz del Zanjón y á cumplimentarla 
en todos sus extremos y c informe á las crecientes exigen- 
cias de Iob tiempos, adoptando aquellas actitudes y aquellas 
medidas acreditadas por tolas las experiencias coloniales 
contemporáneas, para resolver conflictos análogos. 

Igs stí, pues, en que era de todo punto indispensable que 
los partidos gobernantes hablasen oon perfecta claridad. 

Y terminé mi discurso con estas frases; 

(Permitidme acariciar la esperanza de que los debates 
que ahora se desarrollan en el Senado español produzcan 
un resultado análogo al de los debates de 1860 sobre la 
cuestión de Méjico y la política de España en las Repúblicas 
snd americanas. (Ojalá qne por vuestros votos salga, con la 
afirmación absoluta del derecho incontrastable de España 
al mantenimiento de las Antillas bajo la bandera de la 
Patria común, la proclamación de la Autonomía co onial, 
como el medio acreditado por todas, absolutamente por 
todas las experiencias contemporáneas, para asegurar la 
satisfacción inmediata y cumplida de las necesidades lo* 
cales y el principio sagrado de la integridad nacional que 
todos estimamos como una imposición del honor y una exi- 
gencia de la economía general del mundo político de nuee* 
tro tiempo. 

>De todas suertes yo quiero creer que aquí resultará tríun* 
f*n te y por todos aclamado el principio de que los grandes 
conflictos sociales se resuelven primeramente, y sobre todo, 
par medios morales y políticos y que la base más sólida de 
los Gobiernos es el concurso y el amor de los pueblos » 1 

Después de este discurso se pronunciaron varios en el 
Senado y en el Congreso, resultando un debate largo é io- 



— 282 — 

tereaan te, pero de pocas soluciones . Seguramente, ninguna 
inmediata, precisa y práctica. 

Esa discusión ha sido resumida en an folleto publicado 
por aquel entonces con el titulo de La Autonomía colonial 
ante las Cor íes españolas y la opinión pública de la Penin* 
tula, con motivo de la guerra de Cuba{}}* 

En este folleto se dice lo siguiente, que ee por todo ex- 
tremo exacto: 

«De todo el debate parlamentario sobre el Mensaje, re* 
mita: 

1.° Que el Gobierno permanecerá durante le guerra de 
Cuba en el staíu quo, lo mismo en la grande An tilla que 
en Puerto Rico; es decir, dejando en abandono definitivo 
las reformas de 1895 y prestando todo su apoyo al partido 
incondicional de Puerto Rico y al de la Unión Constitucio- 
nal de Cuba. 

'2.° Que para después de la guerra, el Gobierno ofrece 
á las Antillas su régimen deseen tralizadnr á la manera del 
Btlf governmmt inglés, pero sin definirlo ni prepararlo 
desde ahora por ningún procedimiento político. 

3 ° Que el partido liberal de la Península se reserva ab- 
solutamente respecto de las soluciones futuras y definiti- 
vas para las Antillas; opinando que mientras dure la 
guerra se deben plantear las reformas del 95 en Puerto Ri 
co, promulgándolas solo en la Gaceta de Cuba t con loa re- 
glamentos de estas reformas para aplicarlos en aquella i día 
asi que llegue la paz, y haciendo desde luego la reforma 
arancelaria en ambas Antillas. Por último, cree que prc*a 
concluir la guerra es necesario utilizar medios políticos al 
lado del esfuerzo militar* 

4,° Que el partido de la Unión Constitucional de Cuba 



(1) Hé aquí su con tu nido; 

Lot discursos dñl Senador antonomMía D. Rafall M. d§ Labra — Lot 
dtl Jíflor Presidtnté d§l Conté/ o de Ministros 0. Antonio C&novo* d«I 
Castillo — L$* dthattt rf#J Stn*do y it CQngr$$o . —L?* opiníünoj ds ¿o* 
lihtr&Ui i iow constrvadartt $n ti Parlamento — -Ei juicio d* Ja pt*ift#a 
fnintular, ■ 



~\ 



— 283 — 

sostiene á todo trance el procedimiento exclusivo de la gua- 
rrada cual atribuye muy particularmente á la división da 
aquel partido que produjo la aparición del partido reformis 
ta cubano, á la falta de reaodes de gobierno y á Ja exagera- 
dÓn de la propaganda autonomista. Para después de ter- 
minada la guerra y asegurada la paz (como aquel partido la 
entiende) acepta las re formas que la nación decrete y qtt€ 
garanticen su soberanía^ todo con reservas en armonía con 
el criterio tradicional de aquel grupo político ultraconser- 
vador y en oposición franca á la solución autonomista. 

Y 5.* Que si el partido liberal ha estado, en términos 
genera! es, de acuerdo con el Sr. Labra y con los autono- 
mistas de Cuba, en que es preciso que la acción política 
acompañe á la acción militar para dominar la iobtirreccíón 
cubana, el señor Presidente del Con tejo de Ministros ha 
estado á la postre, bien que de un modo teórico, tu as pró- 
ximo á las afirmaciones doctrinales y á la estimación de 
ciertas condiciones y cierttB aspectos de la guerra hechas 
por el senador Sr. Labra. » 



XVJI 



Pero los republicanos españolea han hecho mucho más 
que todo lo expuesto. 

Hasta aguí he hablada de la representación parlamen- 
taría republicana. Ahora voy £ tratar de los partidos re- 
publicanos y de la prensa republicana independiente ó ser- 
vidora y órgano de aquellos partidos. 

Sabido es que después del golpe del 3 de Enero de 1874 y 
por la resistencia de algunos de los prohombres republica- 
nos de aquella fecha á sostener la bandera de la legalidad 
son el apoyo del ejército del Norte, todavía los devotos de la 
República pretendieron reorganizar sua fuerzas y disputar 
á los favorecidos por el general Pavía la dirección definitiva 
de la política española. Con tal motivo se verificaron alga- 
lias juntas de notables en el curso det año 74 y aun se llego 
i un acuerdo sobre las soluciones doctrinales del partido 
reorganizado. 

Este acuerdo se formuló en un documento dividido en 
dos partes. En la primera se consignaban las bases del credo 
repuWcano; en la segunda se expresaban las reforma* 
§POtpaUila ce* otra* organizaciones política* diferente* U 



— 285 — 

h Federación. Entre esas reformas figuraban las siguientes: 
Ahuman inmediata de la esclavitud m Cuba. — Constitu- 
ción de un régimen civil di nuestras provincias ultramari- 
na* sobre la base de los derechos naturales del hon% br$ y de 
un* progresiva descentralización, política y administrativa 
ksuta llegará la autonomía colonial. 

Por desgracia «ate Programa no se pnblíc6. El 8r . Pí y 
Hargall no preató su asentí miento, separándose del dicta- 
men de los Srea, F ignaras, Salmerón, Chao j otros carao* 
terrado* pereo najes del antiguo partido federal, asi eomo 
de un grupo de antiguos radicales comprometidos definiti - 
vamente en favor de la Ropublica (1]. 

A fines de í 874 tuvo efecto la insurrección militar de 
tíagunto, y en 1375 tomó posesión del trono el rey D. Al- 
fonso. A poco comentaron, con diferentes motivos, las per- 
secuciones de al ganos conspicuos republicanos . Se inició la 
emigración de éstos y se desistió en España de todo trabajo 
de reorganización de los partidarios de la República, El 
Sr, Rmii Zorrilla, que de Portugal había venido á fines de 
1894, para intentar una nueva aproximación de republicanos 
antiguos y viejos radicales, tuvo que desistir y que trasladar- 
se á Francia, desde donde comenzó á preparar una nueva 
revolución. A poco también faó desterrado el Sr, Salmerón. 



(1 El Programa & que se alad» arriba era abra do conciliación, par* 
de notas aamy radie alas «a «i orden da la desee ntraliiaeión y dolí fie- 
moer&cín. Para remitirla a pro riniiai j determinar la adhesión de 1 01 
republicanos de ía rispara j de i día aig - uisate 1 as redactó una Carta* 
CtrcnUr, aprobada por todos los concurrentes * las juntas celebradas 
por aquel entonces con este fin, en Us casas de íoi Sres. Sarda y C hao. 
Te lo ve el honor de redactar eaa Carta, coya borrador obra entre mía 
papeles. 



— 286 — 

Sin em bar go, .todavía no habían corrido dos años desde 
la victoria de la Restauración borbónica, cuando ya se ini- 
ciaron en Madrid algunos trabajos de reconstrucción de la 
fuerza republicana. Para esto contribuyó algo la relativa 
legalidad de la Constitución de 1876, 7 cierta especie de 
tolerancia que respecto de las personas se impuso en las 
esferas del Gobierno, por efecto de la in ñu en cía del señor 
Cánovas, resistiendo á los implacables neocatólicos y á loa 
antiguos moderados. 

Las tentativas de reconstrucción democrática se produje- 
ron bajo la enseña de la Unión r¿pttéti€Qna y en cuyo senti- 
do hicieron vi go roses es fu* rzes asi el periódico SI Tribuno, 
fundado por aquel entonces, sobre la base del antiguo dia- 
rio MI Pueblo ', por D, Calixto A riño y dirigido por don 
Manuel Regidor y Jurado, exdiputado de Puerto Rico» 
como la publicación dirigida por D * Antonio Hánchei Pé* 
rez, con el título de La Unión* y á la cual contribuimos 
como accionistas, varios amigos de diferente procedencia 
democrática. 

la idea fon da mental de aquélla Unión era la con- 
centración de todos les esfuerzos republicanos parala inme- 
diata restauración de la República, Supuestos necesarios de 
esta concentración debían ser la afirmación de lo común á 
todos loa republicanos 7 la organización de una hueste po- 
derosa y muy disciplinada. Por tanto era preciso , por lo 
pronto, prescindir de los antiguos partidos y grupos repu- 
blicanos, dado que los hubiera. 

Combatieron esta tesis algunos de los antiguos federales, 
principalmente el Sr. Pi y Margall, que sostuvo la necesi- 
dad de reconstituir previamente los partidos, ó por lo me- 
nos el federal. A asta tendencia se convirtió el periódico 



/^v 



— 287 — 

La Unión, mientras El Tribuno sostuvo lo contrario (1). 

Por efecto de esta resistencia, de Ja mnerte del periódico 
El Tribuno y de algunos otros incidentes de la política 
genera 1 v la campaña unión i st a decavó; pero todavía antes 
de ceder totalmente el paso á la tendencia opuesta, la aspi* 
ración de Unión republicana se manifestó de modo consi- 
derable hacia 1878* Buena prueba de ello ion la Carta- 
Manifiesto qne por aquel entonces lirmamos los Brea. Chao, 
MarLer , Sarda, Etapa* Begidor, Cervera, Vilart, yo y otros 
exdi potados federales y radicales, y Ja junta que estci y 
otro» muchos republicanos tuvieron para organizar la Unión 
en Madrid, en cesa del Sr, D. Luis Vidart. 

Pero al cabo triunfó la idea de la reorganización de loe 
partidos. Quedamos muy pocos creyeudoen la inoportunidad 
de ésta; pero como nos movían razones verdaderamente pa- 
trióticas, rechazamos toda tentación de continuar haciendo 
ana campaña que, por lo pronto, servirla para aumentar la» 
coefusiones, la indisciplina y los antagonismos de los re* 
publícanos. Á lo qne no renunciamos fué á mantener la 
idea en la pura esfera de la intención y á señalar nues- 
tro carácter de republicanos sueltos. 

Por esto no me presté á organizar nada después del ban- 
quete qne mis de doscientos republicanos partidarios de la 
Unión republicana me dieron el 19 de Julio de 188.V en loa 
Jardín ee del Buen Retiro , A la propia consideración res* 
pon den el programa y la conducta del periódico La Tribu* 
na, qne funde y dirigí en 1882, y enyo programa de Unión 
republicana he reproducido en páginas anteriores. Presumo 



(1) Fq í yo tu o dé I*i eoleboredores mis rncaentai de El THbtm*, 
y allí «bogué calurosa y reiteradamente por le Única , 



— 288 — 

que como tatos se darían otros caaos en provincias, porque 
la idea se habla generalisado mucho, y quedaron por mu- 
dio tiempo muchos republicanos sueltos en la política espa- 



No ea del oaso repetir las rasónos que abonaban mi tesis, 
ni siquiera explicar la relación que esta tenia con los en - 
sayos de Unión y de Fusión hechos con posterioridad. Estos 
y lo predicado en 1878 no eran una misma cosa, poro todo 
ello estaba dentro de una tendencia. Lo que sí puedo decir 
ea que si la Unión republicana se hubiera realizado hace 
veinte años, la situación de los republicanos sería hoy muy 
otra. Por le pronto, puede afirmarse que el éxito final de la 
tendencia contraria no ha sido grandemente satisfactorio, 
y que triunfante en 1880 el espíritu de la separación y la 
diferenciación, luego se llegó, no ya á la reconstrucción de 
los antiguos partidos, sino á una verdadera pulverización 
de ellos, apareciendo por todas partes grupos y grupitoa 
que por regla general han servido solo para quebrantar 
prestigios y ahondar las incompatibilidades íntimas do la 
familia republicana. 

Vencí dos en 1880 los calurosos defensores de la Unión 
surgieron los partidos posibilista, progresista y federal 
con sus programas respectivos. 

El programa posibilista lleva la fecha de 1.° de Febrero 
de 1897, y se reduce á una invitación á los devotos de la 
política del 8r. Castelar, á agruparse en provincias y á pre- 
pararse para la lucha electoral. En aquel documento no se 
expone doctrina alguna. Todo él es una referencia á la po- 
lítica del menoionado hombre públioo, una protesta contra 
el retraimiento y una nueva afirmación de la institución 
republicana. 



— m — 

El programa federal w halla expuesto on el Proyecto de 
Constitución que elaboró y votó la Asamblea federal de 
Zaragosa, en 10 de Junio de 1883* 

Allí se establece que cías Colonias españolas son Estados 
federales ai igual que los demás de la Península • , y por 
ende han áe disfrutar de La misma autonomía que estos úl- 



Con posterioridad el partido federal ha dedicado una 
particular atención á nuestras Antillas, y así aparece en el 
Programa de 22 de Junio de 1894 (promulgado por acuerdo 
del Consejo del mencionado partido, con la firma del Pre* 
mdente de aquél, D É Francisco Pi y Uargall), que lee iede 
ralea quieren en el orden administrativo autónomas las üa - 
Unios t á par de las regiones de ¿a Península. 

En otra parte del mismo Programa se detalla lo que los 
federales quieren en el orden humano y en el orden político* 
En el primer grupo de aspiraciones ponen «las libertades 
de pensamiento, de conciencia y de cultos; el respeto á 
todas las religiones, sin preferencia ni privilegios á ñinga 
nt; la supresión de las obligaciones del culto y el clero, 
dotados los sacerdotes de todas las iglesias de los miamos 
derechos que los demás ciu da danés, atenidos a los miamos 
deberes y sujetos á la misma jurisdicción y las mismas le* 
yes; civiles el matrimonio, el registro y el cementerio; la ga* 
rail ti a de la vida y el trabajo; Ja inviolabilidad de la perso- 
nalidad, el domicilio y la correspondencia; la abolición de la 
pena de muerte y la persecución sin piedad de la vagancia. » 

En el orden político t desean la República, las doá Cáma- 
ras, el sufragio nn i versal, el régimen representativo (en lu- 
gar del parlamentario) y la Federación, Detallando dice asi 
el Programa; 



— «o — 

«El Estado Central ha de tener á eu cargo el régimen 
de la vida nacional en lo político, lo económico y le admi- 
nistrativo, con los siguientes atributas: l.°, las relaciones 
extrae jeras y por lo tanto la diplomacia y les consulados» 
los aranoeles de aduanas, la paz y la guerra, el ejército y 
la armada; 2.°, el juicio y tallo de todas las cuestiones 
Ínter regionales; 3.° el restablecimiento del orden donde el 
desorden, ajuicio del Senado, comprometa la vida nacional 
y do basten ios poderes de la región á contenerlo; 4:\ la 
defensa de los derechos poli* icos y de la forma y el sistema 
de gobierno contra todo Estado regional que los suprima ó 
los amengüe; 5.*, la legislación penal sobre delitos federa- 
les y la creación de tribunales federales , asi criminales 
como civiles; 6.°, la regulariz ación del comercio interior y 
todo lo á él inherente: códigos mercantil f marítimo y fia- 
vial, vías generales, correos y telégrafos, moneda, pesos y 
medidas; 7.°, las disposiciones indispensables parala difu- 
sión y la generalización de la primera enseñanza en todo 
el territorio de la República; 8 . *, las dirigidas á qne en 
todo el territorio de la República sean válidos los contratos) 
y ejecutorias las sentencias que en cualquiera de las regio* 
nes se celebre ó pronuncie. 

•Los Estados regionales han de tener á su cargo el régi* 
men de la vida regional en lo político, lo económico y lo 
administrativo, con los atributos siguientes: la garantía y 
la defensa de la libertad y el orden; el juicio y el fallo de 
las cuestiones entre municipios; la organización de las mi- 
licias regionales, subordinadas al Estado central, solo *n 
casos de guerra con el extranjero; la legislación civil y la 
de procedimientos; la legislación penal para todos los deli- 
to* que no sean calificados de delitos federales; la organi- 
zación de los tribunales correspondientes; la imposición y 
la cobranza de los tributos. 

*Loa Estados municipales han de tener a su carga 
el régimen de la vida municipal en lo político, lo econó- 
mico y lo administrativo, con las siguientes atribuciones: 
la garantía y la defensa de la libertad y el orden; la 
organisaoión de guardias municipales; la formación y 
promulgación de ordenanzas; el juicio y el castigo de los 
qne las quebranten; la imposición y cobranza de tributos 
para sns especiales gastos y ios qne la región le im* 
ponga, 

>Las atribuciones qne expresamente no se hayan conferi- 
do al Estado central, quedarán reservadas á los Estados re- 



— 291 — 

gionales; l¿s na conferidas á los Estados regionales, re- 
seivadaft i los Municipios. 

*K1 jefe de cada región es el ejecutor de las resoluciones 
nacionales; el jefe de cada municipio el ejecutor de las re- 
gionales, i 

£1 Partido democrático progresista dio un Manifiesto en 
l.°de Abril de USO. En él se contienen los siguientes pá- 
rrafos dedicados á la cuestión colonial: 

§ Difíciles son por extremo las complicaciones traídas por 
la serie de los tiempos en la gobernación de las provincias 
ultramarinas y los dan os han tomado proporciones ternero* 
gas para Ja grande A n til la con el azote de diez años de 
guerra. Prevaleció el sistema, cómodo al parecer, de los 
aplazamientos, cuanto funesto por exigir soluciones de- 
finitivas que no excluían meditación profunda. En vez de 
ello manteníase un statu quo absolutista, fiado á los gober- 
nadores generalas que enardecía? los sentimientos de los 
que veían en Ja Metrópoli uoa vida política más conforme 
con la cultura de la época. Pusieron remedio los hombres 
de nuestras ideas, en lo que cabía, aboliendo la esclavitud 
en Puerto Rico v haciendo participe á la gran Antilla del 
ambiente liberal de la Península. Hoy debemos afirmar, 
como antes, que el s tai ti quo y el aplazamiento han sido 
juzgados por sos amargos frutos y hay que decidirse por la 
libertad, llevándola resueltamente y desde luego á las colo- 
nia» por medio de la asitniUcón de estas á las provincias 
de la Metrópoli; sistema definitivo según unos, por que 
aquellas deben regirse; preparación y transición, según 
otros, al autonómico, el cual en ningún caso habrá de em- 
pecer ni ambargar la anidad de la patria: pero no hay que 
hacer una confusa mezcla de asimilación y autonomía, con- 
siderando como asimiladas aquellas provincias para lo que 
solo aproveche á las peninsulares y como autonómicas pat a 
tener presupuestos y deudas suyas propias. 

* Eias son nuestras aspiraciones, y como condición precisa 
para real izarlas en su din, aspiramos á establecer con toda 
la democracia, pues de una obra común se trata, la debida 
concordia y el indispensable acuerdo: concordia y acuerdo 
cuya base racional no puede ser otra que la Constitución de 
1869, por todos reconocida como garantía suficiente para 
que los partidos, sin excepción alguna, dentro de ella y por 



— 292 — 

ella, se muevan y agitan pacificamente basta conquistar al 
favor de la opinión pública. Jfil código de 1869 debe aer el 
lazo de ación de todos los elementos democráticos; a él de- 
bemos todos, por boy, respeto é inquebrantable obediencial 
desde el primea instante de la fortuna basta el día en que, 
ganada Ja Nación á nuestros ideales, el poder legislativo 
acuerde y sancione la legalidad definitiva y democrática 
que haya de imperar en Kspaña, legalidad abierta, per mi* 
tase dos repetirlo una yes más, á toda modificación que 
nuevas necesidades del país é exigencias de la opinión lie • 
gueo á reclamar.» 

Cou posterioridad, como es notorio, el partido Demócrata 
progresista se dividió y la izquierda del mismo, que consti • 
tuja la mayoría, continuó afirmando los principios del Pro* 
grama de 1880; pero explicados por los Manifiestos de Lon- 
dres y de París, del jefe del partido, D. Manuel Bui* Zorri ■ 
lia. Cuando otra vez, y después de la muerte del Sr. Ruíz 
Zorrilla, el partido volvió á fraccionarse, la izquierda» que 
continuó llamándose demócrata progresista y que ¿ la pos- 
tre resultó ser mayoría, ratificó su adbe^óo. á todas y 
cada una de las declaraciones de su antiguo director. Estas 
declaraciones, por lo que bace á la cuestión de Ultramar, 
se contienen en el Manifiesto que el referido IX Manuel 
Ruiz Zorrilla dio el 16 de Mayo de 1892, bajo la Forma de 
una carta escrita en Bruselas y dirigida al Presidente de la 
Junta directiva del partido republicano progresista. 

He aquí los párrafos de este Manifiesto, atinentes al par- 
ticular de que abora trato: 

«Pero ¿por qué nos ba de parecer extraño que la política 
de la Restauración sea mezquina y contraproducente, cuan- 
do en lo que se refiere á Ultramar no tiene calificativo la 
que siguen los Gobiernos restauradores? 

>To que nada dije en mi Manifiesto de Londres porque 
no se pensara que solicitaba el apoyo de los partidas loca* 
les de las Antillas para mi obra, quiero dedicar á este 



— 293 — 

asunto algunas palabras, hoy que los acontecimientos me 
han dado la razón y han hecho jueticia 4 las afirm aciones 
constantemente sostenidas en toda mi vida pública, de que 
c nuestros hermanos de Ultra mar nada tienen que esperar 
de la Monarquía, que retita las mezquina* concesiones que 
hace coa □ do asi conviene a los intereses de los partidos que 
turnan en el poder ó á los particulares de los hombres iu- 
fiayentes, 

i Concluyen te prueba de estas afirmaciones es lo ocurrido 
con la exposición firmada por todos loa centros importantes 
de la Habana y por todos los hombres eminentes sin distin- 
ción de opiniones, Nada piden qae los republicanos no estén 
en el caso de decretar desde el primer día que gobiernen; y 
sin embargo el partido conservador que ha pretendido re- 
presentar á los españolee incondicionales, ha recibido con 
desprecio Jas reclamaciones de aua amigos y protectores de 
toda la vida. Lamento lo ocurrido como patriota; pero ello 
servirá de lección á nu estros correligionarios de Ultramar 
para que se ideo tinqueo con nosotros, sí da tiempo, hagan 
lo que debieran hacer desda el primer día de mi destierro. 
Con nosotros vivirán la vida del derecho, en lugar de vivir 
«orno hoy, de Ja tolerancia de los poderes públicos,» 

Indudablemente, la fórmula autonomista proclamada por 
«1 partido federal no era 1*. de los autonomistas antillanos 
ni ha sido la que se ha discutido con calor y hasta apasio- 
namiento, asi en Ultramar como en la Península t en el cur- 
so de los últimos veinte años. Ni es tampoco la fórmula 
adoptada fuera de Kspaña por todos cuantos en libros, pro- 
gramas de partido y periódicos de política militante han 
sostenido y sostienen la Autonomía Colonial* Los federales 
tienen una idea de las Colonias análoga á la de los asimi- 
listas de verda y ¡su concepto de) Estado es distinto del que 
supone el Derecho Colonial novísimo, 

No interesa a mi propósito discutir aquí si la fórmula de 
los federales es mejor ó peor ¡ue la de los autonomistas 
propiamente dichos. Claro se está que yo creo que aquella 
es inferior á esta, lo mismo en el orden de la doctrina que 



— 2%i — 

«Dolüflla política positiva y práctica, Pero de todas anor- 
tes hay que reconocer que iasj declaraciones y la campaña de 
loa federales inspitadas en un sentido radicalmente ex pana i - 
yo y descentra iza 3or p y que hasta cierto ponto dejan atrls lo 
pretendido teóricamente por Eos autonomistas, ha favorecido 
la gestión de éstos , que han contado siempre con el apoyo de 
los diputados t los periódicos y las masas del partido federal. 

Cierto también que ni el Manifiesto demócrata progreais - 
ta de 1880, ni la carta de Londres de 1B92 ( proclaman la an - 
tonomía de nuestras antillas. Pero h*y que observar ante 
todo que de las dos partes que comprende el Programa auto - 
nomista antillano, la primera, Ó sea la identidad de dere- 
chos políticos y civiles, también lo proclamaron siempre loa 
de m ócratas pro gr esi st as , i ■ es p u ó a hay q ue a d ver tí r q M 1 00 
demócratas progresistas más circunspectos en la materia 
han proclamado siempre, asi para Ultramar como para la 
Península, una completa descentralización, cálcala en la 
Constitución de 1869 y ea las leyes de 18 70. Y por ultima, 
procede recordar que de 1870 y hechas por el partido ra- 
dical, son las leyes municipal y provincial de Puerto Rico 
que los progresistas estiman, al par de los domas grupos re- 
publicanos, b en que por diferente motive, como ana de sos 
tradiciones, leyes que en rigor responden al sentido au- 
tonomista del nuevo derecho colonial . 

Todavía el republicanismo español, por medio de suspira- 
dos ó grupos, ha acentuado más su significación autonomista, 

Gomo antes indiqué, el partido Demócrata progre- 
sista, fundado en 1880, se ha dividido dos veces. En la 
última, y más reciente, quedó en libertad ano de sus 
grupos para unirse á muchos posib i listas que resis- 
tieron los consejos del Sr, Castelar, y que por tan- 



— 295 — 

4o no entraron en lis filas del partido monárquico liberal. 
Con estos ele ni en toa se formó hace cosa de dos años el 
partido Nacional Republicano, que ha subsistido hasta qu * 
en estos días entró á Formar parte de la Fusión Republica- 
na, Ese partido Nacional en el breva tiempo de su exis- 
ten ola se ha abitenilo da formular solución alguna [ ara 
«1 problema ultramarino. 

La división anterior y primera del partido Progresista 
permitió qne la disidencia se apartara j contribuyera non 
la Minoría parlamentaria republicana de 1890 y coa nume- 
rosos republicanos sueltos a constituir el parado Republi- 
cano Centralista, que dio á los en Programa en 20 de Ju- 
nio de 1891. 

En este Programa se lee la siguiente declaración doctrinal: 

tEn punto á la cuestión colonial bay qie afirmar la 
identidad de los derechos políticos y civiles de Cuba y 
Puerto Rico respecto de la Península; la representación en 
'Cortea de las comarcas del Archipiélago filipino, cuya cul- 
tura y condiciones lo permitan, y en todas las colonias la 
consagración de les derechos naturales de 1 hombre, el man* 
do superior civil y una organización interior autonomista 
que afirme en el grado y del molo que las circunstancias 
deles diferentes países lo consientan, la competencia lo* 
cal para los negocios propiamente coloniales, hasta llegar 
á toda la discentralizaciH compatiále con la integridad na- 
cional y la unidad del Estado ,i 

A poco de constituirse los nuevos partidos republicanos, 
-aun por machas personas que accedieron á ello en evitación 
de males mayores y quita como medio de llegar otra vez a la 
"Unión deseada; á poco de constituirse, repito, esos partí* 
dos, se produjo nuevamente la tendencia de concentración 
de> los esfuerzos republicanos. Solo que ahora tomaron la 
iniciativa y aparecieron come factores de la Unión , los par- 
tidos, en lugar de las individualidades» 



— 296 — 

Después de la infructuosa tentativa de IS7S, ge han pro- 
parado y hasta constituida cuatro organizaciones de análogo* 
sentido. La primera fué obra de los partidos Demócrata-pro 
gres i ata y Federal, y tiene su fórmala en Ja Declaración 
de 19 de Marzo de 1886, suscrita por los Srea. Pí y M*j— 
gal I, Salmerón, Montemar y Fortuoudo, 

En ella aquellos partidos se comprometen 

■ 1 , fl A afirmar y defender como principios comunes los 
derechos de la personalidad humana, el sufragio universal y 
la República, como la forma esencial de la organización 
democrática de los poderes públicos. 

2.° A luchar unidos para la organización desús comn 
nes aspiraciones por todos los medios legales y aun con 
aquellos extraordinarios que la opinión reclama y la juati 
cia sanciona, cuando son sistemáticamente conculcados los 
derechos individuales ó sistemáticamente detentada la sobe* 
rania del pueblo eereñol, procediendo en uno y ttro caso 
de previo tomún acuerdo, y guardando entre tí las natura 
les relaciones de perfecta igualdad. 

3.° A e ce^-tar como legalidad provisional desde el esta- 
blecimiento de la República hasta la reunión de las Cortea. 
le a artículos de la Constitución de 1869 y Ja ley municipal 
de 1670, compatibles con estas bases y con la forma de Go- 
bierno republicano, ein que se entienda en manera alguna 
que la aceptación en esta legalidad provisional prejuzgue la 
cuestión relativa á la organización de la República. 

4.° A constituir un Gobierno provisional en que tengan 
justa representación todos los partidos que concurran al 
triunfo de Ja República. 

5,° A convocar dentro de un breve p T azo Cortes consti- 
tuyentes en condiciones que bajran realmente imposible to- 
da acción ó intervención del Gobierno y de las autoridades 
locales en las elecciones. 

6.° A someterse á la Constitución que decreten las Cor- 
tea, obligándose recíprocamente, cualquiera que sea la forma, 
que se dé á Ja República, á no perseguir fuera de los me 
dios legales la realización de sus peculiares aspira* 
ci on es ; 

7.° A declarar que esta coalición no ee obstáculo para 

3U6 cada partida defienda y propague, antes como después 
e la República* sus peculiares doctrines. — ■ 






— 297 — 

8,° A procurar por los medica más eficaces que esta coa- 
lición responda al decidido propósito de que el estableci- 
miento de Ja República, más que obra de partidos, asa una 
obra nacional . » *• 

Luego Tino la segunda fórmula, suscrita en 23 de Enero 
de 1893, por las representaciones de los partidos Centra- 
lista, Federal y Progresista. Bus principales bases eran 

eatas: 

«1/ El fin de la Unión Republicana es acelerar el ad- 
venimiento de la República. 

> 2. a Para Ja consecución de este fin utilizará , con la acti- 
vidad y energía que exigen las angustias de la Patria, todos 
los medios que las circunstancias proporcionen ó aconsejen. 

• 3.* La Unión tendrá una Junta directiva residente en 
Madrid, compuesta de nueve individuos, elegidos tres por 
cada una de las direcciones nacionales de los partidos re- 
publicanos* 

* A esta Junta corresponderá la suprema dirección de los 
tres partidos para todos sus fines generales y coman es, y 
estará ampliamente facultada par¿ nombrar dentro y fuera 
de Madrid Jas delegaciones que estime necesarias para la 
realización desús trabajos. 

»4. a Se constituirá inmediatamente después de procla- 
mada la República, un gobierno provisional, en que ten- 
drán justa representación todas las fuerzas políticas que 
concurran al triunfo de aquélla. 

>5. a Los partidos que constituyen la presente Unión se 
comprometen á someterse á la Constitución que en definiti- 
va el país sedó, obligándose reciprocamente, cualquiera que 
sea la forma de la futura República, á no perseguir, fuera 
de loa medios legales, la realización de sus peculiares aspi- 
raciones.» 

En el Manifiesto que sobre los propósitos de la Unión 
Republicana se dio el mismo día 23 de Enero de 1893, se 
leían las siguientes frases (1): 



(1) Firmaron este Uaaifiasto los sellaras aigfnientes e& representa* 

«¡6a de lo# partidas Central i at a , Federal y Progresista: p 

«umeramd* Aieárate,— Juan Gnalberto Ballestero, — Vicenta Bar* 



— 298 — 

i 

iEd tanto, nuestras desordenadas colonias de Asia y 
nuestras Antillas, amenazadas por la fuerza de atracción 
de mercados extranjeros favoreoidos con verdaderos privi- 
legios por recientes tratados mercantiles, oon dificultad vi- 
ven sometidas al Gobierno militar, al régimen de la des- 
igualdad respecto de) resto de España y á un sistema de 
centralización radicalmente incompatible con su propia es- 
pecial naturaleza, sus vigorosas reclamaciones y las exi- 
gencias umversalmente reconocidas, de la colonización mo- 
derna. 

i Y para que nada falte en medio de todas estas tristezas, 
eetos dolores y estos peligros, aparece la monarquía, resu- 
men de todo lo imperante, contrariando por el mero hecho 
de nú existencia el ansia patriótica de la intimidad con el 
vecipo reino de Portagal, donde en este mismo momento, 
por todas partes, brota idéntica aspiración respecto de Es- 
paña y se producen la aclamación entusiasta de la Repúbli- 
ca y la tendencia reflexiva á la Federación ibérica^ que ha* 
ciendo imposibles agravios como el ultimátum británico de 
1S3Ü, responda, en el extremo occidental europeo, al movi- 
miento de concentración, sobre la base de las autonomías 
locales y regionales, con que en el orden internacional, se 
despide el siglo xix. » 

La tercer fórmula es la de 26 de Marzo de 1896. La sus- 
cribieron los representantes de los partidos Centralista, Pro- 
gresista y Nacional, y del grupo Federal, separado del se* 



berí — Eduardo Benot.— Enrique Calvet.— José Castilla.— Antonio Ca,. 
tan». — Rafael Cervera. —Antonio M. Coll y Puig.— José M. Esqnerdo. 
— Pablo Fernández Izquierdo.— Pablo Jiménez.— Rafael Ginard ds la 
Rcaa.— José Fernando González. — Francisco González Chermá.— Igna- 
cio Hidalgo Saavedra. —Santos de la Hoz. — Rafael M. de Labra.— Ma- 
nual Llano y Persi. —Miguel Mayoral. -José Melgarejo.— Ambrosio 
Moja,— José Muro.— Felipe Benito Nebreda.— Eduardo Palanca.— Je- 
rónimo Palma.— Manual Pedregal.— Francisco Pí y Margall.— Calixto 
Rodríguez —Vicente Rodríguez.— Fe mando Romero GilSinz.— Buaebio 
Ruz Chamorro.— Manuel Ruiz Zorrilla — Kicolás Salmerón y Alona*. 
—Juan Sol y Ortega.— José Valles y Ribot.— Mariano Vela.— José 
Zaazo* 



— 299 — 

ñor Pi. Este último y sus amigos (minoría en la última 
Asamblea federal) resisten todo concierto de carácter gene- 
ral y permanente. 

Las pr id ci palea bases de la nueva Unión f aeren estas: 

«X La Unión republicana es la concentración de loa es- 
fuerzas de los partidos Centralista, Federal, Nacional j 
Progresista , para preparar el triunfo de la Bep ública en 
España y asegurar el arraigo y desarrollo de las institu- 
ciones republicanas. 

■ Por tanío, supone la existencia de esos Partidos y las 
afirmaciones fundamentales y comunes 4 los mismos, 

»IL 8n principal objeto es la determinación de la coa* 
docta qne corresponde á los republicanos, tanto para ace- 
lerar el advenimiento de la República, como para facilitar 
su instauración y vida , por el concurso de todos y en vista 
del interés supremo de la Patria. 

*UI . Ante Ja apremiante necesidad de realizar la 
Unión republicana v los cuatro Partidos representados en es* 
ta Junta declaran qne no tomarán parte en las próximas 
elecciones de diputados á Cortes y senadores. 

»Este acuerdo tiene un carácter circunstancial. En lo su* 
cesivo, la Junta Directiva de la unión republicana acordará, 
en cada caso, si los Partidos unidos han de luchar ó abste- 
nerse en cada elección de diputados á Cortes y senadores, 
obligándose todos, de ahora para entonces, á acatar y cum- 
plir, sea el que fuere, el acuerdo de dicha Junta* 

>IV. Los Partidas unidos se reservan el pleno derecho 
de propagar sus respectivos ideales; pero sin hostilizarse, 
ni en la tribuna, ni en la prensa. 

>V\ La organización de Ja República será determinada 
por las Cortes Constituyentes. Estas se elegirán por sufragio 
universal, conforme ¿ la ley de 26 de Junto da 18 90, con 
las modificaciones siguientes: Primero, el reconocimiento 
de la representación por el voto acumulado. Segundo, la 
supresión de los colegios especiales establecidos por la ley 
vigente. Y tercero, la fijación de la edad de 21 años para 
la obtención del derecho electoral. 

y VI. Los Partidos unidos se comprometen al respeto 
absoluto de la legalidad arcada por Jas Constituyentes, 
condenando desde ahora todo cuanto en contra de esa lega- 
lidad pudiera hacerse, de cualquier modo ó por cualquier 
concepto, fuera da la vía legal y pacifica. 



y 



— 300 — 

■VII, Las Juntas revolucionarias constituidas en los 
pueblos y las provincias al proclamarse la República» cesa- 
ran asi que se constituya el Gobierno provisional. 

y Dichas Juntas serán sustituidas por loó Ayuntamientos 
y Diputaciones provinciales, elegidos con arreglo á la ley 
electoral antes citada. 

■VIII. La dirección general y los intereses comunes de 
la nación, estarán hasta la reunión de las Cortes Constitu- 
yentes, á cargo de un Gobierno nacional constituido de 
modo que en él tengan representación, proporcional y equi- 
tativa, todos los elementos que hayan contribuido al triunfo 
de la República. 

■La acción del Gobierno nacional se inspirará en el más 
profundo respeto á los derechos naturales dei hombre y les 
garantías del ciudadano, consagrados por el tí t. I de la 
Constitución de 1869, así como en el sentido general de la 
Revoluoión y en el deber riguroso de no prejuzgar solución» 
alguna especial y definitiva respecto de la forma de la Re- 
pública. 

'Inmediatamente después de constituido el Gobierno, és- 
te convocará los comicios, para que con arreglo á la ley 
electoral de 26 de Junio de 1890, se proceda á la elección de 
Ayuntamientos y Diputaciones provinciales. 

»IX. Los nuevos Ayuntamientos y Diputaciones pro- 
vinciales se regirán por las leyes municipal y provincial de 
20 de Agosto de 1870, modificadas en el sentido de que todo 
cuanto en dichas leyes se reconoce como de la exclusiva 
competencia de los Municipios y Diputaciones provinciales, 
ha de quedar sustraído á la intervención de las autoridades 
extrañas á aquellos organismos, salvos los recursos guber- 
nativos, que serán resueltos por las Comisiones provincia^ 
lee, y los demás recursos que las citadas leyes establecen 
para ante los tribunales de justicia (1). 

Después de votadas estas bases, la Asamblea de 1896 
hiao 1 a siguiente Declaración: 



(1) Estas bases fueron firmadas por los Sres. Oamersindo ds AzcA- 
rata,— Juan Goalberte Ballestero.— Dámaso Barrenengoa — Vicenta 
Blasco Ibifiez.— Cosme Bcfcevarrieta.— José María Bsquerdo.— Aleja 
Sarcia Moreno.— Pablo Jiménez. — Pedro Gémez y Gómez.— Salvador 
OÓaez Liatio.— Marcelino Isabel.— Casimiro Junco.— Rafael María da 
Labra . —Ricardo Lnpiani . —Emilio Menéndez Pallares . -Antonia Ma • 



— 301 — 

t Los abajo firmantes, en nombre y representación de loa 
f*rtido8 republicanos Centralista, Federal, Nacional y 
Progresista constituidos en Unión republicana, declaran: 

Que la Unión republicana estima que la cuestión de Cuba 
48 hoy el problema polítioo capital de nuestra Patria; ve 
4on admiración y entusiasmo los heroicos esfuerzos de cuan- 
tos en la tierra cubana sostienen con el honor de nuestra 
tandera los sagrados derechos de España en América, y 
protesta enérgicamente contra el mas leve propósito ó la 
forma más atenuada de cualquier poder extranjero, de me- 
noscabar la soberanía indiscutible de la Nación española. 

Eq su vista, la Unión republicana declara: 

Paiicsao. Qae es un interés supremo el de mantener i 
toda costa y sin reserva de ninguna especie el sagrado de la 
integridad de la Patria. 

8igündo, Que son dignos de sus calurosas simpatías y 
su entusiasta aplauso, todos cuantos noble y bravamente 
lachan por la cansa española en la fratricida guerra de 
Oaba; siendo de condenar, ahora como nunca, el aiste- 
<na imperante, por cuya virtud pueden excusarse el sa* 
grado deber de defender la Patria y morir por ella, ai na- 
cosario fuera, los reclutas que disponen de dinero para re- 
dimirse del servicio militar. 

TsaoiRO. Que es un error funesto el considerar esta 
-guerra como una cuestión puramente militar, siendo así que 
por su naturaleza, sus antecedentes y sus circuí) atan das, 
constituye un gravísimo problema, á que es preciso dar so- 
lución por medios políticos discretamente combinados con el 
esfuerzo de las armas. 

Cuarto. Que la torpeza del actual Gobierno, en pres- 
cindir de los recursos políticos, puesto que ni siquiera ha 
{planteado en ninguna de las Antillas, como era su deber, la 
ey de reformas ultramarinas, votadas con el carácter de 
-urgencia por todos los partidos representados en las Cortes 
de 1895, constituye una de las más acusadas responsabili- 
dades de la situación imperante, correspondiendo á la bo- 
chornosa tradición monárquica, á cuya cuenta hay que car* 
•gtr el quebrantamiento de nuestro Imperio colonial en el 



riño.— Miguel llorayta.— José Maro — Pedra Niembro.— Manuel Ortir* 
—Manuel Pedregal.— Pablo Perales.— Fernando Remero Gil fiani. — 
Antonio Raíz Beneyán.— Juan Salas Antón.— Nicolás Salmerón y Alon- 
so.— Joaquín Sanche».— El Marqués V. de Santa Marta.— José María 
Valles y RiboU— Mariano Vela.— Joan Simeón Vidarte. 



— 302 — 

curso de loe últimos cien años, por U cesión de la Luisiana». 
la venta de la Florida , el abandono de Santo Domingo y la 
pérdida de nuestras grandes colonias del continente Sud- 
americano, y 

Quinto. Que la e lución df fíjit'va del problema políti- 
co j social de nnefatrua Antillas, bajo la bandera española y 
como medio de asegurar la tranquilidad y el desarrollo de 
aquellos pueblos en intima relación con los verdaderos inte- 
reses peninsulares, coueiate, ajuicio de todos los partidos de 
la Unión Repitdlicüna x en la i m plantación de reformas radi- 
cales en la administración y régimen interior de Puerto Rico 
y Cuba, llegando la mayoría de las firmantes a estimar 
que, así los principios del derecho como las circunstanciase 
excepcionales del momento y todas las afortunadas ex pe' 
riendas de las naciones colonizadoras de la Eiad Moderna, 
imponen la oportuna aplicación del principio de la autono- 
mía coionial.t 

Por último, pocos mases hace sa ha realisado otro esfaer* 
10 en pro de la Unión republicana, ahora llamada Fusión 
republicana* 

La fórmula llera la fecha da 1 .° de Junio de 1 S97 y su» 
principales artículos son los que siguen: 

cl.° Los ñu es de la Fusión Republicana son; 

A. Conquistar la República. 

B. Gobernarla hasta que las Cortes Constituyentes la 
den forma. 

C. Reunir dichas Cortas, garantizando la libre elección 
por Sufragio universal de los representantes del país que 
habrán de formarlas 

D. Utilizar todos los medio» ó procedimientos, asf loa 
normales como los extraordinarios, que el deber impone y 
las circunstancias aconsejan» hasta conseguir la sustitución 
del régimen imperante por el republicano. 

2.° La organización de la República será determinada 
por las Constituyen tes r cuy* convocatoria se demorará lo 
menos posible! á fin de que se acelere la hora solemne de 
fijar los destinos de la patria, 

3.° La dirección general y los intereses comunes de Ja 
nación estarán, hasta la reunión de las Cortes Constituyen- 
tes, i cargo de nn Gobierno Nacional constituido de modo» 



*\ 



— 303 — 

que en ¿1 tengan representación proporcional y eqai tativa 
todos loe elementos que hayan contribuido al triunfo déla 
República. 

La acción del Gobierno Nacional se inspirara en el más 
profundo respeto á ios derechos naturales del hombre y á 
las garantías del ciudadano, consagrados por el titulo 1 de 
la Constitución de 18fi9, asi como en el sentido general de 
U Revo loción y #n él deber riguroso de no prejuzgar solu- 
ción alguna especial y definitiva respecto de la forma da la 
República , 

Inmediatamente después de constituido el Gobierno, éste 
convocara loa comicios para que, con arreglo á la ley e'ec* 
toral de 26 de Junio de 1390, se proceda á Ja elección de 
Ayuntamientos y Diputaciones provinciales* 

4 W ° Lob nuevos Ayuntamientos y Diputaciones provin- 
ciales se regirán por las leyes municipal y provincial de SO 
de Agosto de '£70, modificadas por el Gobierno Pro visión al 
an nn sentido autonomista, de suerte que tcdo cuanto en 
ellas se reconoce como de Ja exclusiva competencia de los 
Municipios v Diputaciones provinciales, ha de quedar sus- 
traído á Ja intervención de les autoridades extrañas á aque- 
llos organismos. Los recurso» gubernativos serán resuelto» 
por las Comisiones provinciales, y los demás recursos que 
las citadas leyes establecen por loa tribu Dales de justicia. 

5. a Las Cortes Constituyentes se elegirán por sufragio- 
universal, conforme á la ley de 26 de Junio de 1*90, con 
las m crfi fica cion es * i guien tes : 

A. £1 recen oci miento de í\ representación por el voto 
acumulado; y 

B. La supresión de los colegios especiales establecidos 
ñor la ley vigente. 

6.° Los elementos fusionados se comprometen al respe- 
to absoluto de la legalidad que establezcan las Constituyen- 
tes, condenando desde ahora todo cuanto en contra de osm 
legalidad pudiera hacerse, de cualquier modo ó por cual- 
quier concepto, fuera de la vía legal y pacifica. 

7 , Q En virtud de Jas bases precedentes y declarada cons- 
tituida la Fosión republicana, con el fin de que nada es- 
rt su marcha ni sea obstáculo á la unidad y á la enca- 
de su acción, consideran se desde este instante diaueltoa 
partidos y grupos cuyos representantes lian concurrí < 
i la formación del nuevo partido de Fusión, los que 
om prometen á ejecutar este acuerdo, comunicándolo A 
respectivos organismos políticos. 



— 304 — 

8/' El partido da Fusión republicana agept* el régimen 
autonómico como solución al problema de Cuba y Puerto 
Rico, rechazando toda ingerencia extranjera que pueda ser 
lesiva al honor' nacional. 

9.° El partida de Fustán republicana mantendrá desde 
luego en sa integridad la 1er de 24 de Julio de 1873, re- 
gulando el trabajo en Jas fábricas, ta'lereí 7 minas; resta- 
blecerá el proyecto relativo á la creación de jurados mixtos, 
y declara que tiene el firme propósito de poner en an día 
toda la atención que reclama el problema obrero i na pirán- 
dose para la regulación del misma en su aspecto jurídi- 
co, en el sentido que reclaman el derecho y la armonía en* 
tre las clases sociales. 

10. El Partido de Fusión republicana, ansia, con to- 
dos los miramientos y discreción que pide lo difícil del pro- 
blema, que llegue el instante oportuno da establecer en laa 
islas Filipinas un nuevo régimen, ya que las funestas con- 
secuencias del vigente se han puesto harto de manifiesto (1). 



(1} Firmas este concia rio, como dirsctoreí de loi partido* Centra- 
lista, Nacional, Federal orgánico, Posibilista, Autonomista, 6 como re- 
publicanos a tío 1 toa, 6 republicano» prosedeutes de les partidos Fe- 
dsral y Progresista, entro otros los setteres José Artola. — Oumer 
aíndo do Ascirate.— Rafael María, de Labra.— Miguel Moray t a. — 
José Muro.— Enrique Péreí de Guzmftn —Marqués de Santa Mar- 
ta. —Nicolás Silmerón y Alease. — Ramón Péreí Costales.— Fran- 
cisco Rispa y Pe rpiñ a,— Fernando Gasaet.— Melquíades Al vsrez,— Emi- 
lio Menéudez Pallaros,— Juan Pía y MáH.— Basilio Lacort — Alfredo 
Calderón.— Douato QSmei Trevijano.— José Mure — José Carva- 
jal. — Juan Sol y Ortega»— Bdusrdo Baselga — Francisco González 
Oil .-« J ii an O a a I b srt o Ball e ate r o . — Cali x to Red rígu ex. — Faoat i no 
Caro. — Alfredo Yicenlí. — Ignacio Hidalgo 8aavedra t — Emilio Je» 
noy.— Rafael Pristo y Caíales.— Rafael Cerrera — Juan Balas Ant6n_ 
*- Josi Melgarejo»— Odón de Baon.— Joaé Manuel Fiemas Hurta- 
do.— Marceli ano IsaHl.— Miguel VíLlalva Hervís.— Casimiro Jan* 
**■ — Cosme Echevarrieta, — Luís Oj eda.— Fernando Lozano.— Euaebio 
Corominas,— Ricardo Guash>- Francisco Sánchez.— José Gonxfclez Ale- 
gre.— Ci risco Halbín,— Jos* Auso, — Luis Penal va.— Camilo Pérez Pas- 
tor.— Manuel Zapatero»— Carlos Amus&o*— Aurelia do AlberL— Vizconde 



XVIII 



Paré ce me que loa textos aducidos y datos expuestos bo 
«oneienten la menor d u ■ 1 a respecto del apoyo qae los partí* 
dos republicanos peninsulares, después de 187 3, han pres- 



de Tarro! Solaoot — Ti Wio A vita . — Juan Martí Torran. — Federica 
Km— José Prefuaio.— Francisco Roque. — Aurelia Blasco Grajeles* — 
Joan CarbonelL — Blas Enrique Jiménez.— Casto Vilar,— Joié Montes 
l»rf». — Andrés Corb* cha . — I g n aci o Q& re b i ta re na . — José Cao *— Tomás 
Remara, — Cristóbal Martín Rej.— Lucio Catalina,— Ruperto J, Cb&Ta- 
ni . — Constan t i no Rodríguez . — M igu e I M or An . — M ar isn o Santos P i ne- 
jo — Cirilo Tejarina —Gaspar Mjreao Msrlíner, — Salvador Gdmei 
Lirio —Manuel Fernando* Cueras.— Clemente Selvas. — José Ser ra 
Clan.*— Picotas Amador*- José Andreu . — Francisco Aguadé > — Floren- 
tío Vg-uicü — Rúbeo Landa —Simeón Vídert*— Ángel Rniz de Que* 
redo t — Victoriano Castro. — Manuel Herb ella. —Manuel Alcázar Goma- 
les — Hipólita Calderón — Atanasio Gil Tortoea— Luis SimarrO,*— 
Vistor Nersrr o B e ig . — J osqnía Sinc h ez Co v isa . — José M , Bscuder . — 
taael Riso*— Francisco Sftb*la. —Rafael Alonso. — Manuel Unsuraurra- 
fl,— Anlcoio Lsrranaga.— Qaopnr Lsguina. — Kueebio Ruiz Chams- 
trn,.— Indalecio Corujede. — José María García Alvares. — Joaquín ¿e 
fluel vas. — Joan B- Delgado.— Agustín Sard i. — Segundo Moreno lar - 
cta.— Joan Palsu.— Diego le Bued*.— Zacarías Ruiz.— Federico Sola»- 



— 306 — 

tado a loa ideas franca y radicalmente t¿ formado ras <r» 
nuestro orden colonial — y si u guiar mente, de 1879 á esta 
parte, & las soluciones autonomistas y a la campaña que los 
autonomistas antillanos han realizado en la Metrópoli ó en 
Ultramar en favor de sas doctrinad, 

A pesar de esto, es probable que no falte quien arga mente 
citando algunos respetables nombres de republicanos espa- 
ñoles adversarios antes, y quien sabe si ahora, de la autono- 
mía colonial. Si este argumento tuviera Fuerza habría tam- 
bién que atribuírtele al hecho de que algunos monárquicos, 
en sus libros ó en bus conversaciones privadas, no han ocul- 
tado sn parecer favorable, no ja solo a toa principios autono- 
mistas, sino a la teoría de la emancipación de las Colonias. 

Pero esos hechos aislados realmente no dicen nada en 
contra de mi tesis. Las opiniones individuales no causan 
estado en el orden de la política positiva. Esta la determinan 
tan solo la actitud, disposición, declaraciones y hechos de 
los partidos, que son, hasta el momento presente, la forma 
más seria 7 eficaz de la acción política contemporánea. 

Demás de esto conviene mucho insistir en que ninguno 
délos poces, muy pocos republicanos que, por su cuenta, se 
han opuesto manifiesta y concretamente á la autonomía 00* 
lonial, ninguno lo ha hecho de tal modo qne su oposición se 
extendiera á todo el programa autonomista. Asi mismo 



gui. — Izando Vidal. — Nirciao Villapadiema.— José Chucea.— Pabla 
Amina*— Esteban Antón Moras*— Emilio A Tango,— Mari ue Araus, — 
Trinidad Ai iza.— Manual Montero,— José Ramírez Duro,— Eladio Mar- 
cos Calleja^ Miguel Mttas -Cayetano Moca t — Edwdo Méndez Ib*- 
fiex.^Salredar Perdió,— Tomai Pérez Linares.— Federico Solae£ui 
etc., «te. 



— 307 - 

puede decirse que ni o gema de aquellas, respetables perso* 
nas se mostró nunca propicia al mantenimiento del viejo 
régimen colonial 6 á la solución asimi lista, al modo qne la 
definían y sostenían los partidos monárquicos gobernantes. 

Me seria facilísimo aducir al ganos textos: pero me basta- 
rá recordar, en primer termino, que el programa autonomis- 
ta antillano afirma los principios de la democracia y sostiene 
la identidad de los derechos políticos de peninsulares y ul- 
tramarinos, concluyendo por afirmar para las Colonias una 
descentralización mayor qne la propia de las provincias 6 re • 
gionea de la Metrópoli, á cambio de mayores cargas y res 
ponsabilidades. Respecto de este ultimo punto, cierto que al- 
gunos republicanos no compartieron el voto de la generali- 
dad, pero respecto de los otros dos particulares, nadie, ab- 
solutamente, nadie en el campo republicano ha mostrado re- 
serva ni vacilación de ni agua genero. 

Pero después de lo que queda expuesto respecto de las 
grandes representaciones del republicanismo español, mere 
ten particularísima consideración las recientes declarado* 
oes de la Fusión Republicana* constituida por republicanos 
de todas las procedencias, de los cuales algunos eran 
bien conocidos por su i opiniones individuales hostiles 
4 la Autonomía de la 9 Colonias. La declaración autonomis- 
ta de la Asamblea que en Junio último votó la Fusión Be • 
publican a fué acogida, tanto por los representantes congrega- 
dos en el Teatro Moderno de Madrid, como por el numeroso 
público que llenaba los corredores y galerías altas, con 
aplausos repetidos, prolongados, atronadores. 

No hubo ia menor protesta ni reserva de ninguna espe* 
ele. Y puedo afirmar sin temor á la menor rectificación, por 
cuanto yo estaba en la Bala, que aquel acuerdo y el de la di- 



/5S 



— 308 — 

solución de los antiguos grupos republicanos fueron los : 
aplaudidos de todos los proolamados por la Asamblea» con- 
trastando este hecho con el de los ruidosos aplausos con que, 
á poro, y en el mismo local, era acogido, por nn público mo- 
nárquico, la declaración de nn político conservador en pro 
de la posible liquidaoión del negocio de Cuba. 

Dan mayor relieve á todo esto el contraste y la oposición 
de lo declarado por los partidos republicanos y lo iicho por 
las individualidades republicanas más reservadas, asi como 
el particular concurso que todos los republicanos sin dial iu~ 
ción prestaron siempre á las protestas y al sentido democrá- 
tico y radical de la campaña autonomista de los antillanos , 
con lo dicho, hecho y defendido por todos y cada uno de loa 
partidos monárquicos, los cuales siempre estuvieron más 6 
menoa enfrente de esos autonomistas, hasta el punto de no 
consentir que en el Congreso — y contra lo que es costumbre 
— entraran á formar parte de las comisiones de presupues- 
tos y cs8i podría decirse que de ninguna comisión que hubie- 
ra de dictaminar respecto á política ó finanza de Ultramar, 
los diputados de Cuba y Puerto Rico partidarios de la auto- 
nomía colonial. 

Además, es notorio que tanto en el Ministerio de Ultra* 
mar como en otros altos puestos de la Administración públi- 
ca, figuraron y figuran, con exclusión de todo otro elemento- 
colonial, diputados y senadores de la Unión Constitucional 
de Cuba, la cual monopolizó y monopoliza contra los auto* 
nomificas y con aplauso y apoyo de todos los partidos monár- 
Huí coa de la Península, la dirección política y la adminis- 
tración de las Antillas. Bastarla esto para repetir que los 
republicanos han sido los unióos patrocinadores de las so* 
lu clones autonomistas en nuestra España. 



— 309 — 

Pero todavía se deben citar otros hechos en favor de esta 
tesis. EL primero y decisivo es el de la cooperación que á !» 
mencionada campaña autonomista ha prestado la prensa de 
la Peni Denla. No creo qne sea dable rectificar la afirma- 
don qne aventuro de que no ha habido en estos últi- 
mos veinte años un solo periódico monárquico en la Pe* 
ilusa! a que haya defendido la Autonomía colonial» 

En cambio recuérdense los nombres v la significación y 
los compro miso ¡i de los periódicos que en la Metrópoli han 
servido esta idea. Antes cité Ja Revista de las Antillas qne 
dirigió el 3r. Cepeda, Ahora recuerdo el Voto Nacional qoe 
dirigió el Sr< Chiea, La TH&una qne dirigí yo, La Unión 
qne dirigió el Sr, Sanche» Pérez, El Liberal dirigido sucesi* 
vamente por los Sres. Araus y Moya, La Justicia desde los 
días de la dirección del Sr. Atíenzi á los de la gestión del 
8r, Pérez García, Las Dominicales de los 8 res, Chíes y 
Lozano, MI Nuevo Rét/imen del Sr. Pi y Margall... Todos 
esos periódicos de Madrid eran , y los qne viven son repu ■ 
blicanod. Del propio modo han sido y son republicanos y 
autonomistas El MercanHl Valenciano % La Publicidad de 
Barcelona, La Voz Montañesa de Santander; es decir, tres 
de los seis periódicos de mayor circulación ó importancia 
da las provincias españolas, 

Y cuéntese que fuera de La Tribuna, en ninguno de lo» 
periódicos tenia ni tiene parte el capital antillano ni i d lineo- 
cía directa la política local ultramarina. Mas aún; con 
«acepción de La Iríbwna^ y de la Revista de las Antillas t 
ninguno de los periódicos qne en la Península han defen- 
dido ó defienden la autonomía colonial» ha tenido ni tiene 
suscripción de mediana importancia en Ultramar. Por ma- 
nera que el apoyo de todos esos periódicos ha sido y es do- 

L 




— 310 — 

ud perfecto desinterés; por amor a la idea; por la firme 
creencia de que de Fe adiendo la solución autonomista se 
responde á la lógica de la doctrina democrático* republica- 
na, ae procara el bienestar de las Antillas, aa abofa por la 
tranquilidad y el progreso de la Península y te contribuye 
al prestigio y al poder de toda España (1], 

Bien qu« este desinterés en tan msritísima campaña 
(desinterés que quizá no sea bien entendido todavía) corres- 
ponde admirablemente al demostrado por loa partidos o 
grupos republicano*. 

Bien ó mal, estos no ae han cuidado de extender su acción 
á las Antillas, Es decir, no han procurado constituir allí 
comités ni formar organizaciones más ó menos depeD dien- 
tes de los Centros republicanos directivos de la Metrópoli* 
Quizá alguno, en cierta ocasión, ha excusado oportunida- 
des aprovechables sino se hubiera tenido en cuenta qns en 
determinada a circunstancias, y siendo muy vivo el sentí* 
miento de la política local en las Antillas ciertas gestiones 
podrían producir inmediatamente la división y desorganiza* 
cien de la fuerza local autonomista, necesitada de todas sus 
energías para luchar en Ultramar con el Gobierno monár- 
quico y con los partidos conservadores plenamente identifi- 
cados en a o desastrosa campaña. 

En tal sentido los partidos peninsulares— y particular- 



(1) Bi predio lia cor constar que los partidos autonomistas de tu An- 
tí il a* han car respondido & estas ai apatías do la pro as a peninsular co- 
piando al Con grato dos veces ni Br. D* Miguel Moya (director de El Li« 
btrAlj como diputado autonomista, sin que por aato ae en Un diera qne- 
El Liberal foen uo pi_»rióíi:o del pirtido autonomista da Cu o* 6 da 
Puerto Rico. Así lo ha declarado El Liberal y lo han * atendí do siempr* 
Jaa Directivas insulares. 




— 311 — 

mente el Centralista— han recibido con particular satief*c - 
ción la adhesión de calificadas personal i dades de la política 
local antillana; por ejemplo, loa exdiputados D. Julián 
Blanco y Sosa y D. Gabriel Millet. Pero de ninguna auer 
te han puesto como coadición, ni nada qne ee le parezca, 
para la insistente campaña en pro de la autonomía y de una 
política de justicia y expansión en Ultramar, la cooperación 
6 la mera correspondencia de los que en las Antillas viven É 

Repito que no jazgo definitivamente esta conducta. Se 
ütlo el hecho como he señalado tantos otros» añadiendo que 
no conozco ejemplo parecido. Fortifica este concepto lo que 
últimamente ha hecho el partido Liberal de la Peni caula con 
'os autonomistas portorriqueños que solicitaron su concurso 
y que han tenido que entrar en aquel partido aceptando su 
disciplina. Lo propio exigieron los liberales de otros tiem- 
pos ¿ los vascongados y los catalanes , que por este medio 
m emanciparon del régimen de desigualdad y de los esta- 
dos de sitio » casi permanentes antes de 1S5S. Algo parecido, 
aunque en forma muy diversa, exigieron los liberales i ti 
gleeea á los autonomistas irlandeses, Y es sabido qne les 
asimilistas f ranease 1 ! (que en rigor defienden Jo qne los 
tutooomistas españoles, aun cuando lleven otro nombre por 
razones distintas y de localidad) necesitaron ponerte dentro 
da los partidos republicanos de la Madre Patria para lograr 
la extensión á las Antillas del sufragio universal» el gobier- 
no civil, la libertad municipal} la división de los presu- 
puestos loe a lea y de la nación, eto*, etc. 

Sobre este punto han corrido muchos errores, atribuyen 
dome una gestión que yo no ha realizado. No han sido 
pocos los que han creído qoe yo he trabajado activamente 
para lograr que los autonomistas antillanos ingresasen e» 

31 



n 



— 312 — 

los partidos republicanos de la Península, La suposición ea 
absoluta mente falsa. Ni siquiera he hecho uso de falco lta des 
que el Directorio portorriqueño me dio hace años para alga 
que, sin ser lo supuesto, podría parecérsele. 

Yo no he pasado de recomendar á Jos diputados y seca* 
dores autonomistas f primero, que realizaran m campaña en 
relación afectuosa, constante j hasta Intima con la repre- 
sentación parlamentaria republicana; y segundo, que aque- 
llos autonomistas antillanos que fueran partidarios de la 
República, tomaran ( oomo yo, puesto en el aludido grupo 
parlamentario. Ya he dicho antes cómo hubiera celebrado 
que los diputados autonomistas de Cuba y Puerto Rico, en 
determinado momento, hubiesen constituido un grupo den- 
tro de la Unión parlamentaria republicana. 

Excuso repetir razonamientos ni traer otros nuevos. Tam- 
poco es oportuno explicar ahora por que no tomó sobre mi 
la gestión que falsamente se me supone. Estas explicaciones 
no se harmonizan con el na del trabajo presente. 

Pero si cabe dentro do mi plan el decir que la gestión 
que yo verdaderamente practiqué — y por cierto con nu éxito 
que robustece mi fe en la virtud de la razón y en e! poder 
de una propaganda sostenida con perseverancia — la ges- 
tión que me preocupó por mucho tiempo y cuyo alcance po- 
lítico v eron perfectamente mis adversarios en la Península. 
fué la de asegurar á los autonomistas antillanos y á la can 
sa autonomista, el resuelto apoyo de un partido nacional y 
especialmente del partido Republicano. Para ello, natural- 
mente, me dieron autoridad el hecho de estar yo dentro de 
este partido y la circunstancia de predicar con el ejemplo. 

Por eso yo no podré olvidar nunca el efecto qne en mi áni- 
mo produjo el banquete con que en el salón de LharJy me 






— 313 — 

o tequiaron doscientas personas, entre loa que figuraban 
hombres como Estanislao Fignerag, Eduardo Chao y Manuel 
Pedregal, con motivo del d ¿Acarea que pronuncié en el Con- 
gres o, en Abril de 1880, defendiendo la sol ación autonomía. 
ta. A aquel banquete concurrieron algunos hijos da las Ac ti- 
llas, más 6 menos comprometidos en favor de la reforma co * 
lonial, pero la generalidad de los asistentes eran republica- 
nos, sin la menor relación con las Antillas; gente sincera y 
entusiasta, cuya franca devoción me co o firmó en mí idea res- 
pecto del respectivo valor de la cooperación de todos y cada 
uno de los partidos y loé elementos políticos de la Península 
y de la casi imposibilidad de que la solución autonomista, en 
feos dos conceptos fundamentales, pa diese triunfar en la Me* 
trópoli, por el solo esfuerzo de los autonomistas antillanos. 

Despoés, en mis excursiones políticas por Vizcaya, Le- 
vante y Andalucía, adquirí nuevos datos que he aprove- 
chado, sin distracción ni duda, cada ves más convencido de 
qne es elemento capital de la acción política la detenida 
tatimución del medio en que se trata de operar, Por eso, 
después de los principales actos da propaganda re» litados 
en aquellas comarcas, recababa yo de los Comités directi- 
va! del Centralismo, que saludaran, telegráfica mente ó por 
escrito, á las Directivas autonomistas antillanas, ratificando 
au devoción y sus compromisos en favor de la Autonomía. 

Por lo mismo en toda esa campaña, aun á riesgo de pasar 
por preocupado é impertinente, hice siempre objeto de mi 
particular atención la tesis de qne la reforma colonial no 
era un empeño exclusivo, ni debía estar colocada dentro de 
la jurisdicción del especialista, sino qno afectaba á la vida 
total de la Nación y al interés político general, cnanto mas 
il interés de los liberales y los demócratas. 












— 314 — 

Y esto por tras principales ratones, Porque es ímpoiible 
prescindir de que uno de los fon dame utos del valor histó- 
rico, del prestigio presente y de la representación interna- 
oional de EspaEa, consiste en el valor y la prosperidad de 
sos colonias, cuya situación geográfica y coyas condicionas 
físicas, económicas y sociales, son de notoria y excepcional 
Importancia, al par que comprometen á nuestra Patria á 
desvelos y atenciones apenas imaginables, si tofos nues- 
tros intereses se diesen solamente aquende el Pirineo y en el 
territorio que abrazan el Mediterráneo y el Atlántico. 

En segundo lugar, porque la vida de nuestras colonias, 
y seSaladamen te de nuestras Antillas, influyo poderosa y 
directamente en la de la*í má* adelantadas comarcas de la 
Península. Para dudar de esto, es necesario no haber pisa- 
do las playas catalanas y desconocer la economía de San* 
tender y Asturias. 

Y ademas porque es un hecho evidente, aunque no bien 
estudiado por nuestros políticos, el influjo que la reac 
ción ultramarina ha tenido, sobre todo en el curso del 
presente siglo ( al modo que sucedió en Inglaterra en el 
último tercio del siglo xv ti i) en 'a pujanza de la reación 
peninsular, cuyos corifeos y capitanes sacaron medios v se 
educaron y for ti carón para la empresa liberticida, en las 
contiendas americanas, en el ejercicio del poder consagrado 
por las leyes de Indias bastardeadas por la famosa Eeal 
orden de las Omnímodas de 1825, y en el disfrute de los 
monopolios ele' viejo régimen. 

En tal sentido vuelvo á repetir que yo nunca, para de- 
fender las libertades coloniales, he prescindido de su engra- 
naje con las de la Penínsila y de tomar la cuestión como 
Q n problema total, 



— 315 — 

En cnanto á la conveniencia — estoy por decir la necee i ■ 
dad — del apoyo de los partidos avanzados de la Península— 
y singularmente del Republicano — á la causa autonomista 
colonial, tengo tanto que explicar y referir que la abun- 
dancia de materia me obliga á reducir extraordinariamente 
eljdiscurso, [No en vano se pasan más de treinta años o ven- 
do T viendo, y bregando por u na causal 

Respecto de lo pasado , be dicho varias veces y en mu * 
chas partee, que me atrevo á dudar de que sin la propagan- 
da republicana, dentro y fuera del Parlamento, se hubieran 
conseguido los adelantos de estos últimos 10 afioe» asi en 
la opinión pública como en la esfera del gobierno y de las 
leyes. Bespecto del porvenir, mi convicción es tan firme, 
que aseguro qne» ann cuando los actuales partidos gober- 
nantes, por efecto de su última evolución, establecieran «1 
régimen autonomista en nuestras Antillas, serian precisos 
para el éxito de &ifa, la atención, la solicitad y el esfuerzo 
del partido Republicano. 

Todo ello se explica perfectamente, 

No necesito esforzarme para abonar mi discreta reserva 
respecto al modo v macera con que los actuales partidos mo- 
nárquicos y gobernantes bayan de plantear la Autonomía 
en las Antillas. Me faltan ciertos datos de intimidad y yo 
doy, bajo el punto de vista de la doctrina y del éxito, una 
gran importancia al sentido pro raudamente democrático con 
que se ha defendido la Autonomía en las Antillas y oon qua 
allí se tendrá que establecer el nuevo régimen; sobre todo 
en vista de la principal determinante del último decreto 
del partido conservador. Es decir, en vista de- la pronta 
pacificación de Cuba* 

Con esto quiero significar que no me prometo verdaderos 






— 31G — 

resultados ni el Gobierno de la Metrópoli persevera en su 
propósito de descentralizar atribuciones del Poder Central 
para llevarlas 4 cent roa burocráticos y á corporaciones más 
ó monos oligárquicas Mi opinión resuelta es que laa faeul 
tades que ge reconozcan á las instituciones coloniales se 
atribuyan á corporaciones eminentemente populares y que 
la vida local ó insular se co usagre franca y sinceramente, 
haciendo depender del pueáio de las Antillas i tocios aque- 
llos Funcionados á cuyo cargo hayan de correr laa atencio 
sea y las necesidades locales. 

Y que esto puede realizarse sin menoscabo de la sobera- 
nía de la Nación, no es materit discutible ni en el orden 
doctrinal ni en el práctico. Piden los autonomistas antilla- 
nos menos que lo que rige en el Canadá y sin embargo 
nadie que entienda de derecho político y que sepa el uso 
que Inglaterra h* hecho del llamado derecho imperial , pue- 
de negar la soberanía británica sobre las dependencias an- 
glo- americanas. Todas las dificultades ó las confusiones 
que respecto de este particular pueden surgir, dependen de 
la manera de establecer la diferencia que separa á los negó - 
oíos locales ó coloniales de los negocios generales ó de la 
Nación. 

En tal supuesto, es indispensable que la reforma de la 
organización de nuestras Antillas coincida con una amplí - 
sima reforma electoral, y que las n novas instituciones se 
planteen con sentido democrático. Esto era recomendable 
antes de la guerra de Cuba. Hoy me parece imprescin- 
dible. 

De otra parte, no me explico bien cómo la reforma auto 
nomista podría realizarse en Ultramar, sin la intervención 
directa y preferente de los antiguos autonomistas. T esto 



^v 



— 31T — 

implicaría el abandono de la decidida protección que todos 
nuestros partidos monárquicos han dado a la Unión Cons- 
titucional de Coba y a loa incondicional es da Puerto Rico, 
El punto es de ta' gravedad r iue, á mi juicio, p res cundir de 
41 equivale á asegurar el fracaso de ta nueva política, 

£1 grado de la intervención de \on autonomistas en el 
planteamiento y arraigo del nuevo régimen, sería cuestión 
también muy i m porgante en cualquier momento» Pero ahora 
de valor insuperable, por cuanto esas autonomistas necesi- 
tan fuer aa excepcional y prestigios extraordinarios pira 
realizar el doble empeño de instaurar las institución es 
autonomistas y de desarmar y vencer la insurrección ca- 
bana. 

No quiero tratar extensamente estos particulares, V por 
no complicar el discurso prescindo de loe varios problemas 
de íondo que ha producido h actual guerra de Ouba y cuya 
resolución no dependerá solo de lo que hasta ahora se ha 
llamado la Autonomía. Aludo á los problemas de la repo- 
blación y de la reconstrucción de O aba, de la deuda, del 
ejército colonial; particulares todos intactos y muy poco co- 
nocidos de la casi totalidad de nuestros políticos. Me atengo 
4 lo que hasta ahora se ha disentido con mayor ó menor 
competencia y con más ó menos aprovechamiento. Y llego 
á aceptar, con guato, así las declaraciones antes aludidas 
del 8r. Sa gasta, como el supuesto de que, en todo caso, los 
herederos políticos del Sr. Cánovas completarán, en buen 
sentido, la reforma de 1S97, porque no puedo creer que se 
acepte locamente la probabilidad de un fracaso, por falta de 
los necesarios complementos de la obra iniciada en Abril úl- 
timo. No puedo ser más benévolo. 

Pero también lie dicho muchas veces (y muy eape- 




— 318 — 

cía 1 mente caá d do loa abolicionalistas logramos lea lejee 
de abolición de la esclavitud de 1873 y 18.31) que era más 
difícil ejecutar un fallo que ganar la sentencia í, por le cual 
he dado j continúo dando una importancia excepcional y 
haala decisiva, á la manera con que se aplican las leyes de 
reforma. Para esto último se necesita, no aolo maj bien a 
voí untad, fe viva y reflexiva perseverancia da parte de loa 
llamados, por modo oficial, á dirigir y realizar sea aplica* 
ción, sino atención exquisita y celo insuperable de p&rfe de 
los elementos que, más 6 menos deade fuera, asistan al plan* 
tea miento y al desarrollo de aquella novedad* 

Me seria muy fácil aducir muchos datos en comprobación 
de mi aserto. Datos re.ativog á la misma compleja reforma 
co otila 1 que se ha venido planteando y desenvolviendo en 
las Antillas desde 1 879 á esta parte. 

Recuérdese lo que ha pasado con el derecho de sufragio 
que se quitó, contra toda clase de ofrecimientos, convenien- 
cias y ejemplos, á los propietarios y cultivadores rn ralee cu- 
yas fincas pagaron el 2 por 100 de la renta (después de ha- 
ber pagado el I ó) t por efecto de la crisis colonial. Recuérdese 
como se interpretó la ley electora! en punto al reparto de la 
cuota contributiva de los establecimientos mercantiles entre 
todos los que los directores da ellos decían que eran socios, 
con lo cual se oreó la clase de socios de ocasión, Recuérdese 
lo que sucedió con los patrocinados de la ley abolicionista 
de 1881, con leu cuales se mantuvo virtualmente la esclavi- 
tud. No son para olvidadas las excepciones i ntrod acidas en 
el Código de Justicia multar reciente, en daño de las Anti- 
llas y en oposición al texto de la Constitución allá promulga* 
da en 1 88 1 Y no ae puede prescindir de la serie de reforma» 
parciales de la ley de relaciones mercantiles de 1162, que 



— 319 — 

redujeron el cabotaje caai á un derecho exclusivo de loa pro- 
ductora y comercian tea peninsulares . 

Por tanto, repito, no puede confiarse en la eficacia de las 
reforma» por el mero hecho de que aparezcan en la Qaaia 
oficial y aun por la circunstancia de que se haya iniciado un 
planteamiento, con la mejor buena fe del mundo y los más 
rectos propósitos imaginables. Solo viviendo fuera de nues- 
tro mundo político puede pensarse que los autonomistas, re- 
gimentados y sometidos ala disciplina de los partidos go- 
bernantes, hubieran de tener bastantes medios para campa- 
ñas de resaltado respecto á omisiones, contradicciones ú ol- 
vidos de su propio partido general 6 peninsular. Aun para 
facilitar su protesta 6 fortificar su gestión seria preciso el 
acicate de loa de fuera. Es decir» de personas que al rea- 
liiar an inspección y su crítica no pudieran ser acodadas 
de indisciplinadas y perturbadoras. 

De aquí la conveniencia de que, aun dentro de la situa- 
ción imperante» aparezca capacitado excepción al mente el 
partido republicano español para llevar la voz Je los auto- 
nomistas de las A n tullas que no sean monárquicos. Y de 
aquí la necesidad de evidenciar lo¿ títulos que para esta 
empresa tienen los republicanos españoles, recordando, 
cota do menos, lo que en circunstancias por todo extremo 
extraordinarias, j en el curso de lina larga historia, han 
hecho estos en favor de nuestras colonias y especialmente 
de loa derechos y las libertades de Cuba y Puerto Rico. 

Pero además siempre convendrá tener muy en cuenta 
las superiores, las excepcionales facilidades que para la 
propaganda de los ideales democráticos y concretamente de 
las soluciones autonomistas, ofrecen los partidos no gober- 
nantes de nuestra Patria. J£sta es una ventaja que compon- 




— 320 — 

sa el i neón ven iente de la falta de poder, ai ge tiene en cuen- 
ta que vivimos en loa tiempos de loa gobiernos de opinión 
j que no es del todo preciso que los partidos sean dueños 
de la Gaceta para Jhvar á ésta sos principios y sos obser- 
vaciones. 

Buena prueba de ello es lo que ha sucedido en España 
con laa reformas democráticas dentro de los últimos veinte 
años; pero sobre todo, lo que ha sucedí lo con la reforma 
colonial en este iVtimo período. Porque no me atrevo á 
creer que nadie intente negar que, cuando unos cuantos de 
fendíamos en el Parlamento y fuera de él, la división de 
mandos, y el tratado de comercio oon los Estados Unidos y 
las libertades de imprenta y de reunión y la separación de 
los gastos de soberanía de los gastos coloniales en el preso * 
puesto de las \n tillas, y la reforma de la ley electoral de 
1S76. , , todo esto era resuelta mente rehusado por los parti- 
dos gobernantas de aquel tiempo. 

Hay qne considerar qne loa partidos de esta clase tienen 
muchos reparos para incluir en a as programas laa refor- 
mas qne no creen inaplazables, y que aun laa argentas 
las anuncian con la mayor circunspección posible, temero- 
sos de laa exigencias qne el público formularla a. las 24 ho- 
ras de convertidos los propagandistas en gobierno. No te- 
men esto los partidos de oposición radical, mucho más ge- 
nerosos y menos expuestos. Amén de que dando una mayor 
importancia á los principios qne á la conducta, con facilidad 
es prestan 4 poner dentro del cuadro de sus aspiraciones, 
todo aquello qne determina la lógica. 

En tal sentido y ano en el aupuesto d* que las refor- 
mas coloniales llegaran a lo deseable, serla ana iumeu* 
sa torpeza de parte de los autonomistas antillanos pri* 



— 321 — 

Yiree del con cargo de loe partidos radio ales y propaga nJia 
tas de U Peníoanla, rindiéndose á uo exclusivismo 7 á una 
preocupación del momento, que los republicanos posible 
mente estimarían como una demostración egoísta y quizá 
como un pecado de id gratitud, 

No hay para qué razonar la gravedad de esta última 
contingencia. Cierto que las ideas no son los hombres» pero 
verdad también que sin tatos no pueden realizarse aquéllas 
y que laa di visiones y los antagonismos de los que profesan 
Lis mismas ideas frecuentemente perjudican á la vida de es 
tas macho más que la oposición y hasta las embestidas de 
tas mis decididos adversarios* Buenas pruebas de ello ofre- 
ce la historia contemporánea del republicanismo español. 

Por ello la oposición de nuestros republicanos á los au - 
tonomistas de las Antillas perjudicaría lo indecible á la 
cansa de estos y al progreso pacifico y positivo de las 
institución es políticas y sociales de Uuba y Puerto Rico. 
Y no sería fácil a loa antillanos borrar de la historia el he* 
eho evidente del con curso activo, generoso y eficaz que el 
republicanismo español ha prestado, desde 1873 á esta par- 
te, i la causa délas libertades de Ultramar. En pocos te 
r renos como en el de la política ee pagan los olvidos, los 
abandonos y las i o gratitudes. Sé que el vulgo, dejándose 
llevar de las apariencias, piensa lo contrario, Pero si esto 
último fuere asi, seria una vana palabra la lógica de la 
Historia, que ee la primera ley del mundo* 

Después de todo esto y sobra en base, urgen varios pro- 
blemas íntimamente ligados entre sí, y cuya de'ioadesa no 
es preciso escarecer. Problemas de arte político, apenas es- 
bozados hasta el día y que necesariamente tienen que pre« 
ocupar dentro de poco á ios habitantes de las Antillas y de 



— 322 — 

on modo especial á los autonomistas republicanos de Jad 
mismas. Quizá también f aunque de diferente modo y per 
diferente* razones, á los de la Península. 

¿De que suerte se ha de entablar y sostener en lo futuro 
la intimidad de relaciones de los unos y los otros? 

¿Ea compatible con esta intimidad la existencia de loa 
partidos insulares? 

¿Proclamada de veras y siendo un hecho positivo el ré- 
gimen autonomista en las Antillas, es dable prescindir de 
los partidos locales? 

¿Gomo ae relacionará en lo sucesivo la política insular 7 
la política nacional? 

He ahí varios de toa problemas á que acabo de aludir. 
Recito lo que con otro propósito ya be dicbo: no me corres- 
ponde tratarlos en este momento y monos en esto libro. Bis* 
tame señalarlos como una demostración de la gravísima 
trascendencia de laa reformas que ahora se anuncian y cuyo 
alcance no se estimará 1 ocularmente sin tener en cuenta, de 
nn lado, nuestro poco estudiada tradición colonial, y de otro, 
el nuevo rumbo de la colonización británica, manifiesto en 
la campan a de la Federación imperial y en las últimas decla- 
raciones del Gobierno inglés y de los principales Ministros 
de las Colonias inglesas. 

Todos son problemas de superior arte político. 



J 



XIX 



Por todo lo dicho se comprenderá que no aventaré nada 
tn las afirmaciones con que he encabezado este libro. 

Los republicanos españolas han sido, en estos últimos 
25 años, los más decididos, constantes y segaros defensores 
de las libertades antillanas y los únicos patrocinadores de 
la solución autonomista para nuestras colonias. 

A estos títulos hay que agregar otro de suma Importan- 
cia en estos momentos y al cual aludí al principio. 

Es indudable que la autonomía colonial es un hecho en 
la política española. Pero hay que reconocer que esta solu- 
ción tropieza hoy con una grave dificultad en el terreno de 
las susceptibilidades nacionales. Corre bastante la especie 
de que la autonomía se arranca á España por los inga r rec- 
tos cubanos y más aún por los Estados Unidos de América. 

Esta tesis puede ser combatida con varios argumentos, 
pero hay uno de fuerza insuperable. £1 que resulta del he- 
cho evidente de que en España ha habido y hay más piiti* 
dos que los monárquicos, y que estos últimos son los qie 



— 324 — 

í . .i ti combatido constante y ciegamente hasta ahora la Auto- 
nomía colonial. No es menos indiscutible que ésta ha sido ' 
reconocida y proclamada hace muchos años por un gran par- 
tido español: por el partido Republicano. 

De donde se viene á estas conclusiones: primera, que el 
partido Republicano es hoy un servidor excepcional dtl 
prestigio y el honor de la Patria; y segunda, que la Auto- 
nomía colonial no es una imposición del extranjero, sino una 
de tantas soluciones de !a política española. 

Por todo lo cual, en buena doctrina política y en un or- 
den regu'ar de gobierno, la llamada á plantear y á ha- 
cer que arraigue la Autonomía en nuestras Antillas es la 
República. La moral y las conveniencias políticas imponen 
esto. Además lo abona la admirable experiencia de Pueno 
Hico en 1873. 

Loa republicanos, pues, tienen de su parte, por causa de 
la cuestión colonial, la razón, la historia, la práctica de 
la política y el decoro nacional. [Quiera Dios que no l'S 
franquee el camino una gran catástrofe! 

Pero en el orden de la vida práctica y de la política pal- 
pitante es dable una hipótesis: la de que cualquiera de los 
actuales partidos monárquicos, rectificando sincera y hon- 
radamente sus prejuicios y su política anterior, en vista de 
la terrible complicación de las presentes circunstancias, se 
decida á realizar el programa autonomista. Cuando menos, 
á enrayar, con lealtad y energía, este nuevo procedimiento, 
de resultados admirables en otros países y en otras crisis 
análogas á la actual española. 

Eu este caso la realidad se impondría y solé un iluso ó 
un desatentado podría oponerse á esta obra verdaderamente 
patriótica. Porque siendo, como es, el problema antillano el 







— 235 — 

capital de la rolítica de Ef ja- ñ» en estos momestoe^ no e* 
el único: y tampoco es irracional el admitir la introd noción 
(irregular y contradictoria, pero abonada por la urgencia del 
problema) de la solución autonomista en un programa del 
partido imperante, consagrado, al propio tiempo, á dominar 
lagjtQación manteniendo, respecto de otros particulares, 
uc criterio distinto y aun opuesto. 

¿eta contradicción nunca perjudicarla al éxito de la po- 
lítica general republicana. Porque «lo semejante llama á lo 
¿emejante > y la victoria de las ideas republicanas en la 
cuestión colonial traería aparejadas otras soluciones de 
vi Dilogo carácter; incompatibles con la Monarquía. 

Con este mismo criterio (aparte de otras razones) proce- 
■3 ¿ que repuLÜ canoa sinceros aceptasen y aplaudiesen que en 
el régimen monárquico, se introdujesen las libertada * de im- 
prenta y de reunión y el sufragio universal. La eficaeia de 
*stas libertades no es discutible. Por eso, loa verdaderos 
monárquicos se han preocupado tanto, en Eepafia, de bas- 
tardearlas y corromper! as , cuando no han conseguido im- 
pedirlas. 

Acepta da, poes, la hipótesis de que por motivos verdade- 
ramente patrióticos, alguno de les partidos gobernantes, ja 
eo el poder, ae decidiera á plantear el régimen autonomista 
en nuestras Antillas, hay que proveer esta eventualidad. 

En tal momento paróceme de todo ponto indiscutible: 1.° 
Q:e los republicanos debieran apoyar con resolución aque- 
ta empresa, constituyéndose en sus principales y más so- 
lícitos vigilantes, por devoción á las ideas. 2.° Que á los 
i publican os corresponded a una parte principalísima en la 
obra de la instauración del nuevo régimen colonia), por 
coya virtud, sa voto j hasta en acción debieran ser requerí 



— 326 — • 

dos preferentemente por el Gobierno, invocando el aupr» 
mo interés de la Patria. 

Lo primero, no empece á la rotunda afirmación de qae t 
siempre, los republicanos, en el poder, plantearían mejor el 
régimen autonomista, en Gnba y P □ orto Rico. Lo segando , 
no obsta á la participación que todoa los demás partidos, 
insulares y peninsulares, deban tener en la instauración 
del nuevo régimen colonial. 

De todos modos, es indispensable no prescindir un mo - 
mentó de que esta obra verdaderamente compleja y delicada 
exige mucha atención y no poca virtud* Y que la criáis 
española no consiente equívocos, habilidades reservas ni 
egoísmos. 



t.* de Agosto de 1897. 

OVIKDO 



FIN 






Lft CUESTIÓN DE ULTRAMAR 



EN 1871 



DISCURSO PARLAMENTARIO 



m **i 



ADVERTENCIA 



El discurso que va á continuación faé f1 primer acta de 
tai vida parlamentaria. 

Había sido yo electo diputado independiente por el dis- 
trito asturiano de Infieato, cana de mí familia. Alli nació 
mi padre y allí tengo mucnos deudos» con cariñosos y eñta- 
siafitae amigos» á los cuales debo mi entrada en la política 
activa española, con nna libertad de que se dan pocos ejem- 
plos. Mi gratitud nanea llegará á la confianza y los medios 
con que me favorecieron entonces aquellos astures, cayo 
interés espeeialisimo en el problema antillano es bien pú- 
blica y cuya excepcional representación en la historia polí- 
tica de la España contemporánea raya tan alto, que es 
qnizá la de mayor valor entre toda a las representaciones 
regionales de nuestra Patria. 

Sin compromisos de partido de ningún genero, sin obli- 
gación alguna respecto á grupo ó persona determinada den- 



— 330 — 
tro del Parlamento, por mi libérrima voluntad me coloqué 
en la izquierda del partido radical Je la Península, pero 
manteniendo mi absoluta independencia para tratar la cuas 
íión colonial que yo venia discutiendo fuera del Congreso, en 
meetings, periódicos, cátedras y libros, desde 1860- oa decir, 
desde que pude dirigirme al piiblíoo y responder i una de 
las imposiciones más enérgicas de mi conciencia. 

Nacido en Ouba, de padres peninsulares! con familia y 
amigos en aquella isla, y formando parte del grupo de pri- 
vilegiados de la sociedad ultramarina! be creído, desde muy 
temprana edad, que estaba estrechamente obligado á poner 
Cuanto fuera y valiese en favor de la redención de nuestras 
Antillas. JSn tal sentido, la abolición de la esclavitud llegó 
á ser para mi una verdadera obsesión. Luego me preocupé de 
la dignificación del español antillano, por la igualdad civil 
y política del ciudadano aquende y allende el Atlántico. Por 
último (y esto señaladamente á partir de 1879) consagré mi 
propaganda y mis gestiones á la instauración de la Autono- 
mía colonial estimada en la plenitud de sus relaciones y su 
alcance, y en cuya defensa ya Hablé, aunque incidental- 
mente, en mi primer discurso parlamentario de hace más de 
veintisiete años. Antes, en la primavera de 1870 9 la habla 
defendido en la cátedra del Ateneo. Luego la expliqué dete- 
nidamente como diputado de Cuba, en mi discurso de 1880; 
el segundo que pronuncié en nombre de la Minoría parla- 
mentaria autonomista de las dos Antillas (1). 

(1) Véase mi libro La Colonización en la Historia. Dos tornea en 4.* 



^4 



— 331 — 

De esta suerte t mi campaña ha tenido siempre un carácter 
eminentemente moral. La he considerado como el rigoroso 
cumplimiento da tan deber que sobre mí especial mente pe- 
saba, y comprendiéndolo bieo , nunca creí que hacía cosa 
extraordinaria ni que mía pobres esfuerzos fueran moral- 
mes te superiores, ni aun iguales, á los que en pro de la can- 
sa colonial han hecho en la Península otros hombres que se 
movían en este terreno con un desahogo de que yo care- 
cía. Ante ese ineludible compromiso de mi honor y de mi 
conciencia, valían muy poco los disgustos, los quebrantos 
y aun los peligros, que me asediaron en mi larga campaña 
ie más de treinta años, durante los cuales puedo asegurar 
que ni sentí desfallecimientos, ni abandoné la tarea un 
solo día, ni lograron siquiera preocuparme, unas veces el 
aislamiento, en medio del cual frecuentemente me moví, y 
otras, la tremenda impopularidad, que tanto en la Penin* 
lula como en las Antillas, se cebó por bastante tiempo en 
mi modesto pero honrado nombre. 

No dudé jamás del éxito de mi campaña, en cuya vista 
y por cuyo motivo decliné, en algunas ocasiones, el honor de 
loe puestos oficiales con qne mis buenos amigos de la Pe- 



Madrid, 1896.-— También mis Discursos Políticos, Académicos y Forenses , 

*emos en 4.' Madrid I88n é 

vei tengan cierto interés histórico el prólogo de mi libro Lo* 
ados americanos en las Cortés españolas ( 1872-73) y mi Memorándum 
> de Abril dé 1873) & los electores de Puerto Rico. 



/•. 



— 333 — 

nínsula me brindaron, tísta actitud no fué efecto de la mo- 
destia; menos de la arrogancia. Sé que la malicia ha que* 
r ¡do interpretarla de otro modo, 

£1 tiempo me ba defendido satisfactoriamente, Y ya 
hoy puedo explicar algo extraño para mochas gente?. Yo be 
creído que para mi empresa de propagandista era absolu- 
tamente indispensable una grande, una completa i ti de pen- 
dencia personal; creyendo siempre, también, q ere el verda- 
dero obstáculo con qne en España tropezaba \ a reforma co- 
lonial era la ignorancia de la generalidad ds las gentes, 
y que todo se puede y debe esperar de la opinión pú- 
blica, enérgica y sistemáticamente solicitada por ana vigo- 
rosa propaganda. 

A ella me he entregado. Por eso decliné el positivo honor 
de ser alto funcionario del Estado en 1872 y ministro en 
1S73. Por eso hoy, cuando ha triunfado la Antonomía en 
Cuba y en Puerto Rico, ni á mí se me ha ocurrido que po- 
día ocupar puesto alguno en el gobierno autonómico de las 
Antillps, ni mis amigos de éstas han pensado ofrecer* 
meló, ni nadie ha extrañado que no se me ofreciera ni qne 
yo no lo esperara. 

Me parece, pues, que el tiempo ha hecbo cumplida jas ti- 
lia, y que ya pueden enmudecer la vulgaridad y la calum- 
nia. Edtoy ahora donde estaba y como estuve en 1370* 

Además esta situación (más de una vez discutida entre 
algunos políticos) se explica porque, para mi, el problema 
colonial ha sido y sigue siendo bastante más, mucho más 



— 333 — 

que na problema de detalle 7 relativamente pasajero. Por 
«átcDo he tenido nanea una representación parcial , local, 
puramente ultramarina, & despecha de lo que el valgo pueda 
habar creído. 

Jamas estimé la cuestión colonial como oua especialidad ó 
on interés particular de las Antillas españolas (error mny 
generalizado eu nuestro país), sino como un problema de 
importancia general y capital para toda España , amén de 
QDü cuestión de absolnta justicia y de interés público uni- 
¥arsaL 

Parece me que también el tiempo me ha dado Ja riBÓn. 
Fgrque en estos momentos no veo á mi alrededor más que 
autonomistas. Proclamó la autonomía, ó el stlf govtrmmt 
colonial, el Sr. Cánovas del Castillo en sus decretos de 
Abril de 1897. El Sr. Bagaata ha instaurado el régimen 
autonomista en laa Antillas, mediante los decretos de No- 
viembre de ese mismo año. Todos los monárquicos de nues- 
tro país parecen con formes» y nadie ae acuerda de las 
censuras con que los republicanos y los autonomistas 
éramos acosados y casi puestos foera de la ley, cuando no 
de la sociedad española, no hace machos meses. El discurso 
que pronuncié en el Senado á fines de Junio de 1896 fué la 
iltima protesta de los autonomistas desheredados. 

Claro que yo he de aplaudir y aplaudo sincera y caluro- 
samente la honrada y patriótica rectificación de las opinio- 
nes y los prejuicios de los antiguos adversarios de la Auto- 
nomía. Públicamente excité, en au día, al Sr. Cánovas á que 



1 



— 334 '— 

tomara este camino que él señaló (hay que hacerle justicia}* 
hacia 1884, discutiendo en las Cortes conmigo. Antes de su- 
bir al poder elf partido liberal y el Sr. Sagasta, les envié mi 
modesta felicitación por sus favorables disposiciones y le- 
ofrecJ mi pobre concurso (siempre fuera de 'as esferas ofi- 
ciales), desde el teatro de León, donde en Agosto de 189T 
pronuncié un discurso en pro de la Fusión republicana y de 
la República española, cuya causa sirvo desde el 11 de Fe* 
brero de 1873, sin haber rectificado lo fundamental de mi 
doctrina política de 1870. Ahora, como entonces, creo que 
con relación al [problema antillano, no es el momento de 
ajusta r cuentas ni de precisar responsabilidades. 

Pero esta misma conducta me autoriza especialmente 
para sacar lecciones de la gran experiencia del día, y 
particularmente del hecho de que hoy la Autonomía colo- 
nial sea proclamada por todos, como yo la entendí desde el 
primer momento; como un interés general de toda España. 

Quizá la mayoría de los que por aquí la aclaman de este 
modo no se den exacta cuenta de lo que vale y de lo que ha de 
trascender. Tampoco estoy seguro de que dominen su alcance 
todos los que allá en las Antillas la vitoreen y aprovechen. 
Para comprender bien esto es preciso haber trabajado mu- 
cho eobre esta idea. Pero es indudable que esa solución 
reviste hoy tnas formas y una importancia de que hasta 
ahora apenas nadie se dio cuenta en el escenario de la 
política española. Y si lo que ahora se ensaya en nuestras 
Antillas arraiga y prospera, seguramente hade ser base 



— 336 — 

para una seria transformación de la política interior é in- 
ternacional de nuestra Patria. 

Entonces se habrán cumplido plenamente mis prediccio- 
nes. Pero aun con lo sucedido basta hoy, creo que tengo bas- 
tante para afirmar que no me equivoqué en el modo de 
plantear mi tesis de derecho colonial hace treinta años, y 
para solicitar de los hombres imparciales que me reconozcan 
algo más que un espíritu preocupado por intereses parciales 
7 problemas de segunda importancia. 

Con estas mismas ideas abordé el problema ultramari no 
en nuestro Parlamento, á poco de entrar en él (nótese bien), 
por el voto de la Península. Quise hablar con motivo de la 
contestación al Mensaje de la Corona, en el cual se dedi- 
caban unas pocas é incoloras frases á la cuestión colonial, 
evidenciándose en ellas uno de los positivos pecados de la 
Bevolución de Septiembre (1). No pude sostener mi encien- 
da por no pecar de inmodesto y aun de perturbador. Pero 
aproveché, enseguida, una oportunidad para formular un 
tote de censura contra el ministro de Ultramar y provocar 
en el Congreso un debate que se quería evitar á toda costa. 
Lo que esto suponía no se puede comprender ahora. ¡Qué 
dificultades encontré para que otros diputados firmaran mi 
proposición I Algunos que lo suscribieron retiraron luego 



Puede leerse mi discurso* inaugural de las Conferencias que so- 
lí problema colonial dimos en el Ateneo de Madrid, hacia 1895, 
s diputados de Cuba. También pnede verse el cap. *.* de mi libro de 
\ titulado La República y fot libertades dé Ultramar. 



A \»mW 






— 331 — 

en firma, [Ni siquiera estaba en el Congreso un galo dipata - 
do do UJ tramar J 

fíl efecto del d : ecfirsc» que ea Julio do 1871 prouuiioié e>n 
defensa de la proposición de o*aaura faé extraordinario, L*& 
sesión parlamentaria de aquel dfa terminó en la madrugada 
del siguiente. Los incidentes fueron numerosos y por t >do 
extremo dramáticos. Entonces se reprodojo la repara- 
ción de radicales y constitucionales sopa ración qoe ó 
poco faé definitiva, figorando la cuestión de U tramar 
como nno do sus principales determinantes y demostrándose 
una vez más, que aquí, siempre y quizá como en mogona otra 
nación moderna, el problema colonial haioáuidoen la \ ida 
general de la Metrópoli. No faltó qnien propusiera en loa pa- 
sillos del Congreso un voto de censura contra mi, ya que 
no f o era posible mi expulsión de la Cámara. 

De todo esto nadie se acuerda á los veintiséis años. Pero 
bueno es recordarlo (después del triunfo de la abolición de 
la esclavitud, de las libertades antillanas y de la au- 
tonomía colonial), para educación de las nuevas genera- 
ciones. No hay que desesperar nunoa de la razón ni pensar 
que las victorias del Derecho se han conseguido en poco 
tiempo y casi sin esfuerzo ni quebranto. Ni hay qae asas - 
tarse de la impopularidad del momento. 

He perdonado sinceramente á todos míe detractores. Ni 
me acuerdo de ellos. ¡Que Dios y la Patria les perdonen loa 
males que su intransigencia, sus torpezas y sos atropellos 
han causado á España y á la Humanidad! 



— 357 — 

No tengo para qué recordar tampoco las violencia* de to- 
do genero que en Cuba provocó mi disourso. Pero ai 
quiero decir qne de allá venían reproches sin cuento a mis 
electoras de Infiesto, Gangas de Onis,. Parres y los puer- 
tos altos del Oriente de Asturias, por la enormidad de ha- 
berme enviado al Congreso! 

7 digo esto para haoer constar que ni una sola t>¿£, ni 
por acaso, ni con el menor pretexto, aquellos electores me 
significaron disgusto de ninguna especie. 

Más aún. Hace muchos años paso tres 6 cuatro meses 
en Asturias. Vivo en el campo, en finca heredada de mis 
padres, donde he escrito la mayor parte de mis libros sobra 
la cuestión colonial. Pero tengo trato constante con Oviedo 
y las principales poblaciones del Principado. Allí he pasado 
los periodos más tempestuosos de las tres guerras da Cuba, 
Jamás he sido objeto de la más leve desconsideración por 
parte de aquellos asturianos. T después, concluida la pri- 
mera guerra, son extraordinarias las deferencias publicas 
y privadas con que me ha obligado aquel hermoso pais. 

Deseo que conste en honor de la tolerancia y la cultura 

de Asturias; de aquel pais representado gloriosamente, en 

la historia de América, por el contador Alonso de Quintani- 

11a, el exministro Campillo y el reflexivo cuanto valeroso 

~ "i Estrada. Y quiero que este dato se estime co- 

ina nueva prueba de mi vieja y constante tesis del 

ble éxito de una campaña en favor de la refor* 

tramarina, si esta campaña se hacia en la Penln- 



_^ 



— 338 — 

aula con perseverancia y energía, solicitando directamente 
la inteligencia y los sentimientos del pueblo. Porque, des- 
pués de todo, loa aquí interesados en el monopolio, la bu- 
rocracia y la dictadura de Ultramar, han sido y son una 
minoría. 

De ello hablé hace pocos meses en Infíesto, ouando fui á 
presidir el meeting preparatorio de la organización de la 
Fusión republicana en aquella comarca. Volví & hablar á 
aquel público después de veintiséis años de silencio, y me 
cemplaci grandemente dando relieve al contraste de lo 
que en 1870 pedían y querían las preocupaciones, la in- 
transigencia y la ígrorancia respecto de la cuestión colo- 
nial y lo que boy impone la opinión pública, aleccionada 
por tristísima experiencia y por el clamor de todo el mundo 
culto. 

De este contraste resulta una triste consideración: ¿la da 
los resultados admirables que para la paz, el prestigio y al 
progreso general de Espafia hubiera producido Ja realiza- 
ción de mi programa colonial de hace muchos años. Pero 
también resulta algo fortificante y educador, por la evidencia 
del poder de la razón, y la superioridad de la política, di 
Us principios sobre la de los acomodamientos, contradic- 
ciones, atropellos y habilidades, que constituían hasta baca 
peco el gran recurso de los que se decían gobernantes pori* 
tivos y prácticos. . 

] Quiera el cielo que esta lección se aproveche para 
rectificar otros errores muy parecidos que todavía hoy 



— J83 — 

privan en materia internacional y ea nuestra política pal- 
pitante! 

Par análogos motivos me decido á s^car ahora de 1 olvido 
midiacardo de IS7I- 

Revisándolo y comparándolo con lo que deapu¿3 h^ dicho f 
oído y vistOy se fortifica mi afición á perseverar y mi fe pro- 
fonda en 1a virtualidad de las ideas. 



19 da Enero da i 891, 



J 



V 



i.A CUESTIÓN 



(o 



ULTRAMAR EN 1871 



SiSobis Diputados: 

Cnando hace unos cuantos días me Vi en el caso de reti- 
rar la enmienda que había tenido la honra de presentar al 
proyecto de coa testación al Mensaje (2), ya se me alcanza- 
ban las dificultades con que tendría que luchar y los es- 
fuerzos que necesitarla para lograr de nuevo que esta 
Cámara, en las últimas horas de la legislatura, bajo la in- 
flo encía de una temperatura insoportable y preocupada con 
otros gravísimos asuntos de interés, al parecer, más inme- 
diato, dedicase eu ilustrada atención al tema de mi enmien- 
da; y esto contando siempre con Ja alentadora acogida que 
el Congreso tiene por costumbre diaptnaar á todos los miem» 
broi de este alto Cuerpo, y señal adame a te á los que, como 



l) Este discurso fué dicha en el Congreso de los diputados de Ba- 
ña el ]0 de Julio de 1811, «a apoyo de nn voló do censura contra el 

D atro de Ultramar D. Adela r lo López da Avala. 

'9^ F¿ta proposición se inserta al fin de este discurso. 



/ 



— 342 — 



i 



yo, h*n probado con su largo silencio, que entra en sus pro- 
pósitos molestaros lo menos posible, amparándose en todo 
caso de mi propia hamildad y de vuestra reconocida bene- 
volencia 

Pensaba yo, señores diputados, qte apenas disentido el 
Mensaje surgirían las cuestiones de Hacienda, que casi des* 
de el primer día de la constitución del Congreso comenza- 
ron á tronar en la Comisión de presn puestos, llamando hacia 
ésta la atención de casi toda la Cámara; y temía que, dada 
la extensión y las peripecias del debate sobre Ja contestación 
al discurso de la Corona, no hubiera aquí ¿nimo ni tiempo 
para otra cosa que para examinar y votar los proyectos del 
Sr. Moret. 

T este temor acrecía teniendo en cuenta que el objeto de 
mi solicitud era la cuestión de Ultramar. Porque triste, pe- 
ro necesario, es decirlo: ¡quién, al ver la indiferencia oon 
que de ordinario los hombres políticos toman nuestras obsas 
coloniales, pensando tal ves que el empeño de la coloniza- 
ción se redoce á esos fines secundarios de buscar mercados 
para nuestros productos, puertos para nuestras naves, sitio 
para nuestros emigrantes, empleos para nuestros desocupa- 
dos y § uizá sobrantes para nuestro Tesoro; quién al reparar 
que aquí pasan las legislaturas sin que, á semejanza de lo 
que sucede en Holanda y en Inglaterra (las dos ¿nicas na- 
ciones que en punto á colonias pueden rivalizar oon la nues- 
tras) se discutan los problemas ultramarinos, ni se haga 
mención de esos países que viven al otro lado de los mares 
al abrigo del pabellón español, sino para repetir la insustan- 
cial fraee de que • continúan prósperos y felices», quién po- 
dría pensar que esta es la tierra de aquel Campillo, aquel 
Baavedra, aquel Oviedo, aquel Vivero, aquel Viard, y todos 



^v 



r 



— 343 — 

arja ellos historiado rea y escritores del siglo xvir, que con tan 
per f gr i < ; a in tel i gencia y tan a c e n tu ada a fi ai 6 a tratab au de 
las cosaa da nnastraa I adías, y á cu y 03 esfuerzo* y á cuyos 
cousejoa faé debido aquel moa omento legal que lleva la fir- 
ü\h de Curias II, y constituye uno de nuestros grao dea fcim- 
brf 9 como gran naci6n colonizadora I [Quién al observar que 
ahora miamo, di por algo pesan en nuestro juicio las co- 
sta de Ultramar, es por la cuestión de Juba, reducida tor- 
pemente á un empeño de fuerza, quién se atrevería a pen- 
sar rn la influencia enérgica, conataute, casi di arta, que en 
el I ^envolvimiento de Dueatra iuetoria haa tañido d«sde el 
siglo XVI \üé sucesos de A me rica, así cuino en la midion que 
fiori está oon£i la respecto de eso* pueblos, sanare de núes* 
tra sangre espirita de nuestro espirita , que alia, tras la in- 
mensidad del Atlántico, y en medio de loa prodigios de una 
naturaleza abruma lor^ próiiga de arrebatos y de caricias, 
de céfiros y de tempestades, alieotan f se desenvuelven con 
el carácter de naciones independiente j; donde viven milla- 
iea iñ españole ¿, á donde van la mayor parce de nuestros 
emigran tea 1 y donde á pesar de nuestro apartamiento y nues- 
tras chía * encías, y á despecho de las convulsiones y las co- 
lisiones de estos último i cincuenta uiíoj, todo propende vi* 
fiibl fmen te á una inteligencia franca, amorosa, Íntima con 
Ja antigua madre patria, para reorganizar Ja gran familia 
española, y qubi dar nueva base y nueva vida á los gigan- 
tescos empeños de eaU ge ate latina , ¿u 3 despuej de haber 
constituido el fondo de una historia de diez y nueve siglos, 
parece sacar de sus desastres nuevas fuerzas, de sus caídas 
nuevos bríos, de bus tormentas nuevas ideas, patentizando 
en medio de sus de lores que las grandes catas trotea» contó 
los triunfos excepcionales, son patrimonio de es3S pueblos y 



_- 



— 344 — 

esas razas que tienen sobre si el empeño y la responsabili- 
dad de nna misión universal! 

Con estos antecedentes» bien pueden comprender los se* 
flores que me escuchan, si jo podía ó no temer el aplazar 
el examen de la cuestión ultramarina, y si hice ó no un sa- 
crificio retirando mi enmienda, ooea de que no me arrepien- 
to, porque crea haber cumplido un patriótico deber. (1) Mas 
he de decir con franqueza que algo atenuaba mis rócelos. 
Cierto que yo renunciaba á sostener mi enmienda; cierto que 
yo aplazaba para momentos más oportunos, pero tal vez no 
cercanos, el pleno examen de esa cuestión colonial á que he 
sido llevado y en que estoy comprometido desde el primer 
instante en que mis labios maldijeron la esclavitud de los 
negros; cierto que yo renunciaba por el instante á patentizar 
como al llegar aquí, no he olvidado en lo más mínimo 
mis anteriores ideas, ni plegado la bandera que he agitado 
en numerosas reuniones y en el estadio de la prensa; mas al 
cabo el Mensaje se discutiría, hablan de tomar parte en esta 
discusión los representantes de todas las oposiciones, y yo 
esperaba que de labios de tan autorizados oradores salieran 
dos protestas, de todo punto imprescindibles, que al menos 
excusaran mi silencio. La una contra la subsistencia de la 
esclavitud en nuestras Antillas, suceso escandaloso, ai me 
permitís la frase, y que hiere todos los sentimientos de esta 
gran nación, hecha por el cristianismo y la hidalguía, *y que 
no puede ni debe consentir que la libertad que hemos eon- 
quietado en Septiembre se convierta torpemente en el mono 
polio de una raza ó de una familia, para dar al mundo el 



(1) Véase el extracto de la Sesión del Congreso de 21 de Junio de 
1891. al fin de este discurso. 



— 345 — 

vengoDzoso espectáculo del liberto, que negau loen otros el 
derecho, sanciona la injusticia de su anterior humillación; 
la otra, la ausencia de los diputados de Puerto Rico, gra- 
vísimo ataque al régimen parlamentario y á Ta soberanía 
del p ai;?, porque deja el llamamiento de loa diputados de 
U Cámara á merced del buen talante de un ministro, que 
hoy es un Ayala, un Sagasta, un duque de la Torre, perso- 
nas dignísimas, de cuya ¿ntiaridft4 nadie es capas de du- 
dar, pero que maftana puede ser un Walpole 6 un Stratfbrd. 

Además, señores diputados, yo acariciaba la esperanza 
de que el actual señor minia tro de Ultramar hubiese dejado 
eu puesto, permitiendo la subida A otroa hombres, uo preci- 
samente de mis propias ideas en la cuestión colonial, (que 
para estas no lo pido ni siquiera lo aconsejo, pues harto 
comprendo lag asperezas de la realidad, las exigencias de Ja 
política y los imjien. i i vos del patriotismo), *í que de otras 
personas menos refractarias á las modernas ideas sobre co- 
lo&isaG'ón y menos mal diapu petas que S. 8., por los lamen- 
tables su «esos que desgraciadamente se han desenvuelto 
«a Ultramar durante la primera administración del señor 
A Tala. De este modo, mi discurso hubiera sido inútil, pues 
que yo no tengo interés alguno en hacer revistas retrospec- 
tiva, y guato oí uy poco, mejor dicho, no gusto nada de ha- 
cer una aposición personal, 

Pero ya lo habéis vi ato; esa crisis que esperábamos todos 

no ge ha resuelto. El Ministerio continúa con el Sr. A y al a, 

y parece que con nueva fuerza, dispuesto, como ha dicho 

\ Ulloa en la otra Cámara, a seguir haciendo lo que 

ia antes del Mensaje, y resuelto, como ha asegurado el 

>r presidente del Consejo t a tranbigir en todo para con- 

var la anión, y dgnde no sea posible transigir, aplazar, 



coa lo que dicho se está que las cuestiones al camarinas se 
aplazarán, porque esto es lo que venia haciendo el Sr, Aya* 
la, y e s imposible que transí] i el 8r. Ayali con al Sr, Mo- 
ret t menos aún con el Sr. Martos, y ni siquiera con el señor 
Ulloa, que en 1865 t y en estos bancos, defendía una políti- 
ca rauy distinta de !a que practica el actual señor mi- 
nistro de Ultramar. 

Y como que estas declaraciones han de infl airea mi posi- 
ción respecto del Gobierno y de la mayoría, y como que yo 
guato de Jas posiciones claran, los señores dipntadoame han 
de permitir una digresión ant^s ríe entrar on materia. 

Fl 8r, PRESIDENTE: Seílor diputado, permítame 
V, ¿j» le diga que se aparta bastante de loa términos de la 
proposición. 

El Sr. LABRA: Si 8. S. me lo permite í le observaré 
con todo respeto , que es muy pertinente lo que estoy dicion 
do, porque voy á demostrar por qué aoatoogo hoy mi propo- 
sición, encaminada á censurar al señor ministro de U 'tra- 
mar y á poner de manifiesto mi profunda desconfianza res- 
pecto del actual Ministerio, incapaz» en mi sentir, de una 
política franca, verdadera y positiva en toda oíase de cues 
tiones, pero singularmente en la cuestión ultramarina. 

Ei Sr. PRESIDENTE; La proposición de 3. S. st Tañe- 
re a la isla de Cuba* 

El Sr, LABRA: Mi proposición se refiere á lo que suoe 
de o a nuestras colonias, y muy particularmente á la in- 
observancia de las leyes que se han dictado para Ultra- 
mar (1}. 

0) He aqaí la proposición: 

«L»s diriTiudofl que suacribtm tienen la hocir¿ d^ proponer il Con- 
greso as sirva declarar que ve tan Lli&igrado l as gravea ataques que 



— ni — 

Pees bien, voy á consignar una declaración puramente 
personal, que no hubiera hecho á no venir como de perlas 
en este memento; porque jo creo qne ciertas declaraciones 
Bolo deben salir de labios de los diputados cuando éstos tie< 
iien cierta autoridad y sus palabras entrañan gran tranacen- 
deDCÍH. Yo Carezco de importancia política, y cuando hablo 
lo htigo por mi propia cuenta; pero como ha llegado la opor- 
tunidad de explicar mi posición, sin pretensiones ni petu- 
lancia, y ein necesidad de pedir la palabra para establecer 
To qne á muy pocos interesaría! no quiero desaprovechaba, 
siempre con la venia del Sr. Presidente. 

Yo, señorea diputados, vine á este Congreso sin «o no ci- 
miento ni anuencia de ninguno de los hombres de la situa- 
ción. A ella, empero, estaba anido espontáneamente por mil 
ideas, por mis antecedentes, pero sin vi aculo oficial ni ofi- 
cioso de ningún género; y esta misma disposición me 
llevó a frecuentar Jas reno iones de la mayoría, ein que na- 
die me invitase á ello, y siguiendo el ejemplo da los mu- 
chos y buenos amigos y correligionarios que tango en tstog 
bancos de la democracia y en los del progresismo. A la ma- 
yoría he prestado mi voto en los momentos difíciles; pero 
lo he hecho siempre esperando el instante en que, domina- 
do al carácter turbulento de las minorías y sonada la hora 
de la constitución de dos grandes partidos gobernantes den* 



mira bq Cuba el principio de autoridad y la inobaertmeia. Se lu Jeyei 
J daúr-toü fiados de»d » 3S*J0 para llevar á Ultramar «. ^spiritu demo- 
** á, ico de la Revolución do Septiembre, 

lie i o del Congreso 6 de Julio da 18*71.— Rafael María da Labra, *— 
i Pablo Soler.— ha fael Serrano,— Juan D, Ücon.— Prudencio fcañu- 
-Joiqnín F.»cud»r.— Candido Salíaos..» De loa firmantes» loaseis al- 
ta pertenecían al partido republicano, 



— 344 — 

tro de la situación inaugurada en 1868, fuera posible dea 
lindar los campos y acometer una política definida. Esta 
instante ha llegado, y sin embargo, ni ese deslinde, ni 
esa política se hacen, y mucho menos se harán, dad»s la 
declaraciones del señor presidente del Consejo de ministros, 
del safior ministro de Gracia y Justicia y la continuación 
del Sr. Ayala en el ministerio de Ultramar. En este caso, 
3 o, por mi cuenta y riesgo y sin comprometer á nadie, pero 
también sin consideraciones de ningún género, declaro 
que no puedo eutar ni estaré con este Ministerio de oonci* 
liacíón. 

Ahí las cosas— y vuel vo al asuntado mi proposición — 
«[aro está que yo no podía fiar nada en el Gobierno, y por 
tanto, á este respecto no podía enmudecer. Pero además 
aucedio que las Minorías no turieron ana sola palabra 
en el debate del Mensaje, para protestar contra la ausencia 
de los representantes de Puerto Rico, y menos aún contra 
la subsistencia de la esclavitud; hecho que deploro y me 
maravilla, teniendo en cuenta ya el carácter universal y hu- 
manitario que distingue á la propaganda del partido repu- 
blicano, ya los compromisos de oonciencia á que está obli- 
gada esa minoría tradicionalista, en cuyo seno figuran sa- 
cerdotes de Cristo que no pueden permanecer sordos á los 
gritos y las quejas de aquellos de nuestros hermanos que se 
agota d y mueren en un lodazal de vicios, en el fondo de los 
Macarrones 6 en el infierno de un ingenio bajo el chasquido 
del látigo. 

Fero las oposiciones no hablaron, repito, y ya fue de 
todo punto preciso que yo presentara mi proposición» Y 
entiéndase bien que al hacerlo no padezco esa enfermedad, 
muy común en los hombres políticos, de verlo todo por el 



— 349 — 

prisma de sus preocupaciones, creyendo qqe todas las cosa** 
dependen de aquella cuestión objeto preferente de sus esta* 
dios y de say esfuerzos. Ni tampoco vengo aquí A pediros 
nada para mJ T pues que si es ciarte que yo he nacido en 
Cuba, en la Península me he ednoado; aqoi tengo cnanto 
poaeo, aquí de mi trabajo vivo^ aquí jaoen l&a cenizas de 
mi padre, aquí he obtenida todo género de alentadoras aa 
tisficcionee, y en esta tierra esta naturalmente todo mi 
porvenir. 

Así que, entended lo bien, do reclamo franquicias para 
mi persona, ni segur i Jad para mi hogar, ni respeto para 
mis intereses: hablo en nombre de algo mas alto; hable tn 
nombre de la justicia, definiendo la ate c te de la Patria, y ana 
pudiera decir que sirvo y represento los interesad de una de 
nuestras mejorad y más simpáticas provincias — de Asturias, 
— interesada como ninguna otra en que se haga la p&s en 
nuestro mundo colonial y desaparezcan del cielo de Améri- 
ca esas brumas > esas tempestades que tan te obstan á que 
tos hijos de aquellas legendarias montañas, dotados de una 
prodigiosa tuerca expansiva que los lleva i correr todos los 
maree y habitar todas as tierras, en en en tren hora y lugar 
para poner de manifiesto ana grandes virtudes, su sobrie- 
dad incomparable, su* hábitos de trabajo, sn espíritu da 
economía : Asturias f en yo genio inmortal siempre dispuesto 
Í repetir el sursum corda en los momentos críticos para la 
independen cía y para 1* honra nacional, parece como que 
inora mismo me habla al oído para que venga á pediros — 
ubrea de 1868! j revolucionarios de Septiembre! — que 
sta la vista en la ley del tiempo, escuchando la voz del 
ndo civilizado, ateutos á lus evoluciones de los grandes 
&loa modernos y á los movimientos del mundo tras** 



— 350 *- 

atlá utico, pensando, en fin, nn instante en el destino que la. 
Providencia, parece habernos reservado, al echarnos a^oi, 
en el extremo del Occidente europeo, ante la opulencia del 
Océano, las tentaciones del abismo y los prestigios de lo 
i finito, cerno para recoger y formular el último pensamien- 
to del viejo mundo y resibir y agrandar los primeros suspi- 
ros del nuevo continente... volváis sobre nuestra grandes* 
pagada y reanudéis, conforme á nuevas ideales, aquella 
brillante tradición colonial, corrompida en el siglo xvhi 
basta tal punto que nuestro imperio vivió solo del recuerdo 
de un ayer magnifico; y deshonrada desde 1823 por el abso-' 
lutismo j el doctrinalismo al levantar sobre el carácter civil 
y el espíritu igualitario de nuestras lepes de Indi**, allá 
las estrecheces de la teocracia, aqui las miserias de la es- 
clavitud y en todas partes los intereses de la dictadura. 

Harto c emprendo, señores diputados, que la cuestión es 
grave, difícil, por todo extremo delicada. Y entiéndase bien 
que cuando hablo asi prescindo completamente de la grave- 
dad que pueda prestarla la maledicencia. To bien sé que 
hay algunos miserables apostados en calles, salones j pe* 
riódicos } ara poner una sospecha detrás de cada palabra y 
bordar con sus asquerosas calumnias los nombres más dig- 
nos y las intenciones más levantadas: gente villana, que pa- 
ra hablar mal de los hombres honrados solo necesita » hacer 
en vos alta examen de conciencia, y á Ja que yo, tan perse- 
guido y tan maltratado, no quiero siquiera hacer el honor 
de mi desprecio. Pero estos aullidos no pueden turbar la se- 
renidad de este Congreso ni influir lo más mínimo en la ac- 
titud de nuestros hombres políticos. Bien por lo contrario,, 
esos ataques y esas brutalidades, envueltas siempre en el 
grito de ¡viva España! si algún multado deben dar, es atraer 



— 351 — 

vuestra mirada sobre el fondo del negocio que con tales di c- 
terics y tales recursos se defiende; porque cuando de la ver- 
dad se trata, solo se pide luz, y la verdad siempre brota de 
la discusión amplia, tranquila y razonada. 

]AhJ señores diputados (no lo echéis en olvido), cuan- 
do el adjetivo escandaloso salta, cuando la diatriba corre, 
cuando la reticencia sustituye al razonamiento, y cuando 
para rechazar al adversario de prescinde del asunto invo- 
cando, e m pero , nombres a u gustos < tr a d i cion es venera n da s , 
iiitert-^es sagrados, es que no se tiene fé en Ja bondad intrin- 
«eca de la causa que se defiende, es que se trata de algo pe 
qotfio, de algo vergonzoso, de algo que suda oprobio y 
egoísmo, y entonces, como u unca, ue debe ahondar la mate- 
ria, en la seguridad de hacer un acto • fe justicia, y de que, 
en todo caso, existe o na verdadera cuestión, 

For manera que la dificultad del asunto no estriba tn 
isto» Lo ¿sf ero está en cierta oíase de preocupaciones qna 
aun en espíritus rectos ha producido la fratricida guerra de 
Cuta, y que les hace sinceramente dudar de la non venían- 
da de que en estos Ínstenles aquí se trate de las cosas ul- 
tramarinas, que comunmente se refieren al estado de la 
grande A d tilla, To me acuerdo de haber hablado muchas 
Teces sobre esto con algunos amigos míos que figuraban en 
al seno de las Constituyentes, y recuerdo haberles oído de- 
cir: * Es impoeible abordar en pleno Congreso la en ostión ul- 
tramarina* Si usted ee hallase en él no lo baria» Las preocu- 
paciones son grandes, y sobre todo, es muy discutible la 
tu ni dad _ ¿ J e tratar los problemas coloniales, cuando en 
a ee y ele a al grito de i ¡muera España 1» cuando allá 
Jte un partido que pretende arrancarnos con las armas lo 
a de grado les daríamos, y cuando el partido que defien- 



— 352 — 

do la integridad del territorio se maestra receloso de todo 
cnanto aquí se dice y se promete. • 

Y sin embargo, respetando la sinceridad de estas opi- 
niones, yo insistía en la contraria, y hoy yeo eaán acertado 
andaba. 

Porque, señores, es preciso ante todo no olvidar los 
ejemplos. No es la guerra de Caba la primera guerra sos* 
tenida en colonias. Recordad la fecha de 1820, y lo qne sa- 
cedlo en el continente Sudamericano. Entonces, y por ra- 
zonas que no voy á examinar ahora, existía una guerra en- 
tre España y los antigaos vireinatos y capitanías generales. 
Se había perdido la Plata; se había perdido Venezuela; se 
había perdido Chile. Abriéronse en Madrid las Cortes ex- 
traordinarias, y la preocupación impuso silencio sobre la 
marcha de las cosas americanas. Vinieron las Cortes ordi- 
narias: y como la tempestad arreciaba, hubo hombres su- 
ficientemente enérgicos para levantar la voz, pero sin nin- 
gún éxito. La proposición de los 45 diputados americanos 
para la formación de cuatro grandes colonias confederadas, 
como hoy sucede en el Canadá, apenas- si se oyó. La propo- 
sita de Golfín pidiendo el reconocimiento de la indepen- 
dencia de lo que ya era independiente, y la reforma del 
régimen colonial, tampoco se escuchó. La proposición del 
mismo Gobierno para acordar la libertad colonial á Améri* 
ea, no fué discutida. Era preciso callar y hacer la gcterra 
para reducir á los americanos... T con efecto, perdim3S la 
América. 

¿Queréis otro ejemplo? Los Estados Unidos se levanti 
contraía Madre patria por las cuestiones del té y del 
bre; Inglaterra tomó nna actitud enérgica. Lord North 
sidia el Gabinete británico, y á las elocuentes reclamaoi<" 



— 353 — 

de Chtttam, de Barke t de Cambien, acusa don también de 
antipatriotas» contentaba: «No discuta tnos sobre eso.,. No 
ee piense en revocar acuerdos antes de que América esté 
prosternada a nuestros pies.» Y lord Gower añadía: < Dejad 
á los americanos hablar de sus derechos nato ral es y divi- 
nos. jSus derechos de hombre y de ciudadano! ¡Sus derechos 
recibidos de Dios y de la naturaleza! ,* É [Mi opinión es em- 
plear la fuerza I • Y la fuerza solo se empleó, é Inglaterra 
perdió tos Estados-Unidos. 

Bascad en cambio otro ejemplo. Es en 1 857: la India in- 
glesa se ba conmovido. La inquietad se propaga; brota la 
chispa de la insurrección, de una insurrección que reviste 
e-I doble carácter de po i tica y religiosa. La guerra se enta- 
bla, y ]a lucha toma proporciones tan espantosas, que ya en 
Europa suena la voz que anuncia el fin de Inglaterra. 
I* situación es critica] terrible, angustiosa. El patriotismo 
británico se irrita; y, sin embargo, en pleno Parla meLto ge 
discute la cuestión de la India, Roebuck y Bright sostienen 
el abandono de aquellos países , y no falta en la prensa in- 
glesa quien sostenga el derecho de los cipayoa. Otros clama n 
por la urgencia de reformas que hagan compatible la inte» 
tfridad nacional con las exigencias de la justicia y de la ci- 
vilización. Y recor dadlo, señores diputados, antea de la toma 
da Lucfcnow, y mucho antes de la conclusión de la guerra de 
la India, se hacen las reformas fundamentales de aquel or- 
den de cosas. Triunfan la libertad y «l derecho, ampliamen- 
te disentidos en el Parlamento británico* y desde entonces 
^solida el imperio de Inglaterra en la India entre los 
usos del mundo civilizado. — ¿Queréis másprueb is?¿Ne* 
■&id más ejemplos? jFara qué se habrá escrito la Hie* 



— 354 — 

Pero venid al tiempo de las últimas Constituyentes, y 
permitidme qne os explique los resaltados producido? hasta 
ahora por el silencio de las Cortes en lo referente á Ultra- 
mar, y hasta si queréis en lo relativo á Cuba. Me fijaré con- 
cretamente en la grande Antilla, que es donde se temían 
más los efectos de la discusión, y donde nuestro silencio 
debía producir maravillas. Oidme, os lo suplico, y oidmesin 
prevención hasta que concluya. 

Vosotros ignoráis la situación de Cuba. Vosotros creéis 
pura y simplemente que Cuba es un país desgarrado por una 
lucha fratricida, donde el sable impera por la dura ley de 
la necesidad; pero lo que no sabéis es que Cuba, hoy por 
hoy, es un feudo del absolutismo. Y positivamente ignoráis 
de qué manera se ha llegado á tan deplorable extremo. Qui- 
zá, puestos á discurrir, penséis que por los antecedentes de 
aquel país, por la lógica de las cosas y de los intereses, por 
la exigencia de todo cuanto allí existe y tieúe voz frente al 
orden aquí creado después de la Revolución de Septiembre* 
En parte esto es exacto; pero no basta á explicar cómo en Cu- 
ba se mira con tanta prevención y tanta arrogancia, por la 
generalidad de las gentes que allí defienden la integridad 
nacional, cuanto aquí se dice y se piensa respecto de aquel 
país. 

La razón de esto se halla en el error gravísimo qne 
allí se padece respecto de la actitud y los compromisos de 
los hombres de Septiembre en lo relativo á los asuntos celo- 
niales, y bel, pensando que aquí de veras deseamos la ven- 
ta de Cuba ó que nos importa poco la conservación de 
nuestras Antillas, aquellas gentes se muestran decidida 
mente hostiles á una situación que entraña para ellos la per* 
dida de sus intereses y hasta de su existencia. Pues notad 



cétüD este error se sostiene. Las puertas de Cuba aet in her* 
mélicamente cerradas á todo lo que aquí dicen Ior hom- 
bres y la prensa de la sifcnaci6n; por manera, que allí no se 
saben nuestras opiniones sino por lo que dicen nuestras ad* 
versar i os. Este ni i amo discurso, señores diputados, tengo la 
segtrid&d de que no circulará en (Jaba, por más d? que sea 
ira (acido, según sus convenioacias, por la prensa escla- 
vista. 

Y no es solo que estén cerradas las puertas de la grande 
AütílJa á las manifestaciones del liberalismo peninsular, es 
que hay interés en mantener la alarma de aquellas gentes, 
coya mayoría, yo lo oreo asi, no posee esclavos, ni goza de 
monopolios y obra de buena fe . Asi se sostienen las inflann - 
ciae reaccionarias y esclavistas, que lo aprovechan todo y 
qM no perdonan medio de hacer creer que aquí andamos 
perdidos en medio de nuestras frecuentes colisiones, entre- 
gados al dominio de la ambición, muerto el patriotismo. ., 
quizá vendidos á ese ore cuíano que, al parecer, ha sustituido 
1! oro de los carbonarios y de los ingleses, y cuya idea entra 
perfectamente en aquellos espíritus dominados por las som- 
bras propias de una eooiedai entregada al culto de los inte- 
reges materiales. 

Para esto ha servido, i maravilla, la reserva de las 
Cortes Con tita y entes; porque se ha podido dar á enten- 
der que aquí no hay idea fija, que aquí no hay conviccio- 
nes profundas, y que lo único que priva non esas i anuen- 
cias, ora de los esclavistas, ora de los separatistas que se 
ue trabajan nuestros ánimos y nos reduce el silencio. 
asi han pasado los días sin permitir que se forme ana 
exacta de la actitud de nuestros gobernantes » expuestos 
't género de calumnias, sin queso echen las bases de 



— 356 — 

una política colonial acentuada, sin dar á nuestros her- 
manos de allende los mares la seguridad absoluta (esa segu- 
ridad que viene después de una franca discusión) de que 
aquí estamos resueltos á mantener lá unidad nacional, pero 
también á hacerles plena justicia y á proclamar las liber- 
I des en nuestras Colonias, compromiso inexcusable de la 
£ evolución de Septiembre. 

Aparte de esto, ¿cómo en una Asamblea democrática; 
cómo en este mismo Congreso en que hasta los tradicionalis 
tas han pagado un tributo tan magnifico á la libertad de 
discusión; cómo aquí habíamos de renegar del principio 
fundamental del régimen representativo, y más aún de la 
moderna democracia? Todo, todo es discutible: todo está 
entregado á las disputas de los hombres; que no es cierto 
que la razón y el error se amen con amor invencible: y nos- 
otros, que al fin y al cabo venimos aquí, no solo á legislar, 
sino á educar con el ejemplo, no podemos consentir en 
abandonar al Gobierno la gestión de las cosas difíciles, pro- 
clamando con cualquier pretexto la eficacia de los procedi- 
mientos secretos, y reconociendo que los Congresos solo sir- 
ven para las épocas de calma y que los debates son dalosoa 
para el éxito de los empeños comprometidos. 

T como si esto no fuera suficiente para censurar con el 
respeto debido á otras grandezas la actitud de las Constitu- 
yentes en la cuestión ultramarina, todavía habría la com- 
paración de lo sucedido en el seno de aquella ilustre Cama* 
ra, con lo que pasaba á la sazón en el resto del país. Siem- 
pre constituirá una página de gloria para nuestro pueblo la 
euergia y el desinterés con que en la prensa y en la tribuna 
se han discutido en estos últimos años los problemas coló 
males. Durante la lucha, aquí ha habido, como en los pue- 



j 



— 357 — 

bloa mil libree del mando, argumentos para todos, y la li» 
Wrtad ha aprovechado grandemente para que en estas crí- 
ticas circunstancia a no baya quedado hundida entre maldi- 
ciones y exabruptos la cansa de los negros y la redención 
de los puebla de Ultramar, 

Pues bien , esta actitud del país exigía correspondencia 
en el Congreso, y hoy mismo os pido, señores diputados, 
que abráis vuestro espíritu a todas las opiniones y á todas 
las creencias. 

Si las Constituyentes se equivocaron, como nuestros 
mayores se equivocaron en 18 1 Ü y 1 820, no sigamos por 
este camino. Reconozcamos la necesidad de discutir los pro- 
blemas ultramarinos; prescindamos de preoco paciones; fije* 
moa la atención en lo que pasa, y con mesura, con discre- 
clon y con buen deseo, veamos de resolver lo que interesa 
il cien de la patria; en la inteli gen cía de que los problemas 
Tto ss eluden con aplazarlos. 

Y en este supuesto, voy á entrar en el objeto preciso de 
mi proposición. Quizá me he distraído uu tanto; pero no lo 
debáis extrañar, ni yo lo lamento, Ea la vez primera que 
tqoi se plantea la cuestión colonial, y yo debía desbrozar el 
Ierren o, á riesgo de salir me de las condiciones clásicas de 
todo discurso, Pero yo no vengo i hacer nn discurso ni i 
trabajar por mi gloria personal — dando da barato que yo 
tuviera fuerzas para ello. — Algo más alto me inspira, y 4 
«ate supremo interés pienso sacrificarlo torio. 

Mas es muy posible que por lo que he dicho alguno sos* 
P**N que mi objeto es tratar especialmente la cuestión de 
' i* Quizá se piense, porque á Cuba me he referido hasta 
1 i , si bien para hacer más notoria la inconveniencia de 
i ''atar aquí oon franqueza las cuestiones coloniales, Y no 



— 358 — 

hay tal, por dos razones. La primera, porque no estoy capa- 
citado para entrar ahora en el arduo debate que esta cuestión 
habría de ocasionar; y si me permitís la licencia, añadiré 
que no creo capacitada para este objeto á ninguna de las 
respetables personas que ocupan un asiento en estos escaños. 

Claro es que esto no quiere decir que yo no posea mu- 
chos datos, ni que desconozca el origen de la insurrección 
cubana, ni, en fin, que deje de tener formado mi juicio so- 
bre el pasado, la actualidad y el porvenir de este terrible 
conflicto. Evidente es que quien, como yo, ha dedicado, biea 
6 mal, tanto tiempo á estos asuntos, evidente es que debe 
h.ibar leído casi todo cuanto sobre ellos se ha escrito ó dicho 
en España y el extranjero, pesando los argumentos para 
formar su humilde juicio. 

En esta inteligencia, yo creo poder decir que las causas 
de la insurrección cubana están en la fatal tradición colonial, 
que arranca de 1823, en las decepciones de 1837, 1854, y 
muy principalmente en la que siguió á la Junta de informa- 
ción de 186$, en la administración rigorosa y anacrónica 
del señor general Lersundi en 1867 y 1868 i y con estas cau- 
sus, en el espíritu de espontaneidad de aquella Antilla, ex- 
citado hasta llegar al separatismo. 

Porque, señores diputados, vosotros, de seguro, sabéis 
que toda política colonial rueda siempre sobre estos tres pro- 
blemas: el de las razas, el del trabajo y el de la espontaneidad 
local. Sobre ellos se dan casi todas las cuestionas políticas, 
económicas y sociales que se han presentado en Europa, aun- 
que revistiendo nuevas formas, y entrañando distinto aléan- 
os; y todos cuantos de estas cosas tratan, no ignoran qun el 
problema de la espontaneidad local lleva en últimotórmino á 
la autonomía colonial, por el camino de la descentralisaoión, 



— 3*9 — 

y al separatismo por el camino de la sofocación y el aniqui- 
lamiento. Por eeo no puede extrañar nanea el carácter se- 
paratista, más ó menos pronunciado, de todas las rebeliones 
coloniales; porque el germen del separatismo existe en todas 
las colonias, lo mismo en las nuestras que en las de Holan- 
da é Inglaterra. 

Ahora bien; si de esto pasáis á preguntarme mi juicio 
sobre la insurrección, obtendréis en seguida la respuesta. La 
he dado desde el primer día. He condenado esa insurrec- 
ción y he hecho cnanto me ha sido posible por evitar sus 
progresos. 

Tenia yo, señores diputados, y tengo la convicción pro- 
funda de que sin esa insurrección la libertad se hubiera 
proclamado en Ultramar, y que esos reaccionarios que hoy 
se guarecen en los pliegues de la bandera nacional, y que 
hasta poco hace se atrevían á hablar también de la Revolu- 
ción de Septiembre, hubieran corrido la misma suerte que 
aquí se ha deparado á los defensores del vergonzoso abso- 
lutismo de la metía-legitimidad. 

Pensaba yo y pienso, señores diputados, que no era 
licito provocar una insurrección cuyas proporciones yo 
preveía perfectamente, cuando en el seno de la sociedad 
cubana había más de 300.000 desgraciados con derecho á 
entrar en la vida del honor y del trabajo, con otra prepara- 
ción que la del campo de batalla, bajo otra luz que la del 
incendio, y en medio de otra atmósfera que la de odios y 
maldiciones que hoy pueblan el antes dichoso cielo de 
l. Creía, en fin, y hoy oreo más que entonces, que por 
"niño que vamos, que es el abierto en 1868, Cuba se 
-a, no para España, no para la raza latina, si que — 
ror me causa el decirlol — porque yo he cifrado muchas 



r 



— 360 — 

esperanzas sobre las Antillas! — para la civilización. 
Mas para discutir todo esto seria preciso que en este 
debate hubiera términos de referencia fijos é incontesta- 
bles. Da otro modo la discusión no conducir!' 1 más que & 
confundirnos. El Gobierno hubiera podido proporcionarnos 
estos términos, abriendo una amplia información, encabe- 
zada con laa respuestas de los Comisionados cubanos 
de 1 866, y con los escritos y los informes secretos del malo* 
grado general Dulce, del brigadier Peláez, del general Le- 
tona , del coronel Modet, de los comandantes de tos bata* 
llones ríe voluntarios de Santander y de tantos otros digní- 
simos militares que han expuesto su vida y dirigido á nues- 
tros soldados en la ruda campaña de Cuba. Si esta infor- 
mación se hiciese (y á ello está moralmente obligado el Go- 
bierno), y si en ella se admitiesen todas las opiniones y con 
desinterés y equidad, de ella se sacase una conclusión exen- 
ta de todo sabor político, el debate sobre la cuestión cuba- 
na serla facilísimo, y yo no dudaría un momento en entrar 
en él* Hágase y se me encontrará en mi puesto. Pero hasta 
entonces, no he de contribuir á irritar los ánimos y á 
confundir más la opinión, máxime cuando mi propósito de 
hoy es otro. 

Porque sépase, y esta es la segunda rasón por que no 
voy á entrar de lleno en la cuestión cubana, sépase que mi 
pensamiento no es ahora hacer ni un discurso de doctrina» 
ni siquiera examinar la conducta del Gobierno en estos des 
últimos attos. Allá cuando al Congreso vengan los proyec- 
tos de ley sobre nuestras Colonias, yo disentiré del modo 
que me eea dable los principios y las teorías reinantes so- 
bre política colonial, y demostraré con el ejemplo de los 
pueblos cultos, el testimonio de la historia de estos últimos 



— 361 — 

setenta y dos años en que aparecen como puntos capitales la 

i gf emancipación de América, la abolición de la esclavitud, el 
libre cambio, la reforma colonial inglesa de 1841 y 1» rebe- 
lión de la ludia, de qué manera las colonias se desarrollan 

«si J por medio de qué vínculos se sostiene la integridad nacio- 

c¿ nal. 

Pero esto no me importa hoy, como no me importa la 
critica de los medios utilizados por el Gobierno hasta el día. 
Muy por el contrarío: yo quiero aceptar todo lo hecho; yo ha- 
go mías, por hoy, las ideas del Gobierno; yo admito hasta sus 
preocupaciones. Notadlo bien: nada pongo de mi parte; en 
todo el desenvolvimiento de este discurso me he de referir 
á lo que ha obtenido ya la sección, más ó menos explícita, 
de las Constituyentes; á lo que existe copsignado en leyes 
y decretos y hasta en la misma Constitución; á lo que se ha 
declarado hasta la saciedad por el mismo Gobierno. De muer- 
te que mi discurso será (permítaseme la frase] verdadera- 
mente gubernamental y político. 

Para realisar este propósito veamos de fijar de una ma> 
ñera clara y precisa la cuestión de las cosas y los tér- 
minos de la situación. Ya para ocho meses que se disolvie- 
ron las Constituyentes. En todo el curso de su vida tres in- 
fluencias se habían repartido los ácimos y determinado su 
oendacta y sus acuerdos, respecto á Ultramar. De una parte 
estaba un gran sentido liberal, no extraño en verdad, porque 
notorios eran los compromisos de los partidos liberales res- 
pecto de nuestras Colonias. 

» quiero decir nada del antiguo partido democrático, 
tante en dar cabida en sus programas á las dos ideas 
por mucho tiempo se han mirado como fundamentales 
ueetra cuestión colonial: la representación en Cortes de 



,^ 



362 — 



aquellos países y la abolición de la esclavitud. Y notorio es 
que la vez primera que en este recinto alzó su vqz el señor 
D. Nicolás María Rivero, fué para protestar contra el régi- 
men de nuestras llamadas provincias de Ultramar. No ha- 
blaré tampoco del antiguo partido progresista, arrepentido, 
si no avergonzado, de aquel fatal acuerdo de 1837, que ex- 
pulsando á los diputados ultramarinos de nuestras Cortea, 
dejó á aquellas comarcas, bien contra su voluntad— es cier* 
to — entregadas al absolutismo y la dictadura, sosteniendo 
los nidos en que se ha formado una buena parte de ese mi - 
litarismo y esa burocracia que tan terribles ó implacables 
han ¿ido después contra el partido progresista. 

Aun prescindiendo de estos bandos, allí estaba la Unión 
liberal, que tan enérgica campaña había hecho en 1865 con- 
tra el Gabinete Narváez Seijas, tomando por motivo la ones. 
tión de Ultramar; aparte de los solemnes compromisos per- 
sonalmente contraidos por los señores duques de la Torre y 
marqués de Gastelñorite, que por tanto tiempo fueron la 
esperanza de nuestras provincias de allende el Atlántico • Y 
aun ai estos compromisos no hubieran existido, si los coope- 
radores y partícipes de la Revolución de Septiembre no hu- 
bieran estado obligados en favor de una política liberal res* 
pecto do nuestras Colonias, hubiera hecho ley la Revolu- 
ción misma, que, con un gran instinto comprendió y declaró 
la urgente necesidad de llevar á Ultramar el nuevo espirita, 
so pena de mantener en su corazón un foco de maléficas 
inspiraciones é influencias abiertamente enemigas, y á la 
postre destructoras, de todo lo hecho en Cádiz y en Aloolea. * 

Has junto á esta corriente había el hecho de la insurrec- 
ción de Cuba, y una ignorancia colosal de todo lo re- 
ferente á nuestras colonias. Ante el sacudimiento de Cuba» 



— 363 — 

todos nuestro b partidos se alarmaron, y como he dicho, en- 
mudecieron, y enmudecí endo, se dio ocasión y pretexto para 
que se repusiesen las infla encías reaccionarias de allende el 
Atlántico, apoderándose poco á poco de ana parte de la opi- 
díób pública^ á pretexto de velar por la integridad nacional. 
En cuanto á la ignorancia de que he hablado, no nece- 
sito decir cosa alguna: todos tenemos conciencia de ella, y 
01 no hubiera otra prueba, yo apelaría á los debates que 
aqni se sostuvieron hace año y medio sobre Filipinas, y á 
los esfuerzo a que necesitaron hacer los diputados de Puerto 
Rico para explicar cómo la pequeña Antilla se diferenciaba 
sustancial y profundamente de la sociedad cubana. Ade- 
más, esta ignorancia producía tanto mayor y más deplora- 
ble efecto, cuanto que con ella se confundían los errores 
aquí generalizados sobre los sucesos de 1812yl822, errores 
en cuja virtud todavía se asegura que la libertad (esa diti- 
na ausente de nuestro Imperio colonial), que las reformas li- 
berales fueron la canea de la pérdida de nuestras Américas. 
Pasa bien; dados estos antecedentes, fácil es compren- 
der que la situación de nuestras colonias, al terminar sus 
tareas la Asamblea Constituyente, no podía ser la más sa- 
tisfactoria; pero que no por eso ofrecía los caracteres de 
desesperada. Una verdadera transacción fué el resultado de 
todas aquellas causas; transacción en que el espíritu liberal 
y reformador consiguió estos triunfos: primero, los artícu- 
los 103 y 109 de la Constitución del 69; después, la entrada 
de los diputados puerto risueños en la Cámara española; 
go el paso de la democracia por el ministerio de Ultra- 
% y como con soca encía ios decretos del Sr. Becerra so- 
liberCad religiosa, y los del Sr. Moret sobre la enseñanza 
administración de Filipinas; en seguida el artículo adi- 



r 



— 364 — 



cioiial A las leyes de ayuntamientos y diputaciones provin- 
ciales referente á Puerto Rioo; y por último, la ley prepa- 
ratoria para la abolición de la esclavitud . 

Naturalmente, estos triunfos suponían otras compensa- 
ciones, entre ellas el aplazamiento del proyecto de Consti- 
tución de Puerto ¿tico y la subsistencia del statu quo polí- 
tico en Cuba. Pero no voy ahora á examinar si las compen- 
saciones arrancadas por el espíritu de la reacción, merced á 
las críticas circunstancias porque el país y la opinión atra- 
vesaban, valían ó no más que las conquistas revoluciona- 
rias. 

He dicho, y ahora repito, que mi único interés consiste 
en aceptar la situación tal cual apareció al finalizar las 
Constituyentes para ver de examinar si luego el Ministerio 
obró ó no dentro de lo que exigía la lógica de aquella situa- 
ción! cuya idea madre creo poder formular de esta manera: 
t formal compromiso de llevar á nuestras colonias el espíritu 
de Septiembre, venciendo y allanando las dificultades de 
Cuba t. 

lujuria haría yo á los señores diputados si me detuviera 
prolijamente á explicar la conducta que este pensamiento 
imponía al Gobierno, y sobre todo ai señor ministro de 
Ultramar, durante el tiempo que corriese antes de que, 
reunidas las Cortes, el país, debidamente representado, pu- 
diese dar cima á los compromisos legados por la anterior 
Cámara. Claro se está que este pensamiento imponía un 
celo vivísimo, no sólo para vencer la insurrección de Cuba, 
sino \ »ra mantener los triunfos obtenidos, para desenvol- 
verlos dentro de un espíritu de simpatía hacia nuestros her- 
manos de allende el Océano, para allanar el camino me- 
diante esos recursos de que disponen los Gobiernos mejor 



— 365 — 

que las Cámaras* y preparar las cosas de manera que hoy 
apenas si tuviéramos más que seguir el rumbo trazado, 
dar un voto de gracias al señor ministro. Evidente era 
que todo esto exigía grande inteligencia de las cosas co- 
loniales; grande amor á aquellos países y una actividad, 
hasta si se quiere, insuperable; pero no es menos cierto que 
con no ser todo esto muy común, era por todo extremo ne- 
cesario, y que estábamos en el case de esperarlo, y si me 
es licita la palabra, de exigirlo. 

No es solo por el compromiso de las Constituyentes, sí 
que también es por la naturaleza delicada de nuestras rela- 
ciones con nuestras Colonias. Es tan triste y tan larga la 
historia de sus dolores y de sus decepciones, que no bastan 
para calmar la natural ansiedad de aquellos pueblos, y para 
volverlos al pacifico y fecundo goce de su vida, unas cuantas 
promesas seguidas únicamente de una benévola disposición. 
Hartos aquellos españoles de ofrecimientos que hemos de- 
rramado con pasmosa prodigalidad en 1809, en 1820, en 
181$, en 1837, en 1854 y en 1866, las meras palabras no 
hacen allí ningún efecto, y la menor inoertidumbre, el me- 
nor paréntesis, el menor tropiezo causa un resultado que 
solo podemos comprender los que mantenemos vivas comu- 
nicaciones con aquellos países, y no cesamos de infundir á 
nuestros amigos de Ultramar, no ya la esperanza en tal 
ó cual partido, y en tal ó cual hombre, sino la fé en el 
triunfo del derecho por ser derecho, y en la justicia de España, 
directamente solicitada por todos los medios de propaganda. 
Ahora esta delicadeza de relaciones era mayor, y mayor, 
" tanto, el compromiso de la situación. Eeoordad, sefio- 
, las peripecias de la Constitución de Puerto-Rico; reoor- 
1 que las Cof tes Constituyentes desecharon el voto partí- 



— 366 — 

colar del fcfior Homero Robledo, pero recordad también que 
al tnhü bo se votó ]a Constitución, 6 mejor dicho, que al fin . 
la Constitución, cuyo examen se suspendió con la calda de 
mi amigo el Sr. Becerra (objeto hoy de grandes y merecidas 
simpatías en Ultramar, porque ha sido nuestro primer mi- 
nistro de Jas Colonias), fue sacrificada á la buena inteligen- 
cia de dos bandos de aquella Cámara. Por manera que, con 
motivo ó sin él, podían nuestros hermanos de América sospe. 
ehar que sus más caros intereses, su honra, su derecho, su 
porvenir, se posponían á las luchas y las preocupaciones de 
loa partidos peninsulares. ¡Tremenda sospecha, fecunda 
en todo género de desastres,* porque responde á un 
sentimiento de difícil represión en esta rasa española de 
suyo altiva y valerosa! 

Pues bien, con estes antecedentes, juzgad si la cuestión 
colonial era difícil. No se trataba ya de un mero empeño de 
fuerza. No se U ataba tampoco de acometer de repente las 
grandes reformas que hacían necesarias esta Revolución, que 
ha dicho desde el primer día que cno hay honra sin liber- 
tad». El caso era menos grandioso, pero quizá más difí- 
cil. Se trataba de mantener por todos los medios imagina- 
bles el espíritu de nuestras colonias. Era preciso á fuerza de 
eelo y de inteligencia conseguir que no desmayasen los unos; 
que no se ensoberbeciesen los otros, y que no llegase el 
caso de que por un incidente deplorable, de esos que regis- 
tra con frecuencia la historia de nuestra patria, se hallara 
la posteridad en caso de juzgar terriblemente á las Cortes 
de 1869. 

Y lien, ¿qué se ha hecho? Vamos por partes. Pasead 
vuestras miradas por estos escaños, y buscad á los diputa- 
dos de Puerto Rico.— Preguntad al señor ministro de DI- 



— 367 — 

tramar si ee La aplicado en la pequeña Antilla la ley de 
a y untami en tos y qué importancia tiene la diputación pro- 
vincial creada, hará como dos meses, en aquella isla.— In- 
quirid, en fin , cuál ha sido la suerte de aquella famosa ley 
preparatoria de la abolición de la esclavitud, que por algu- 
nos se nos presentó como un triunfo decisivo del espíritu 
revolucionario sobre el anacrónico orden de coáas existentes 
en Ultramar, todavía dos años después del movimiento de 
Septiembre I 

Y contad, señores, con que si en alguna parte podía es • 
perarse que estas leyes, y principalmente la última (que yo 
combatí á faer de sincero abolicionista) surtiesen la plenitud 
de tas efectos y se realizasen con toda la facilidad y toda la 
prontitud apetecibles, era en Puerto Rico. Aquí los intere„ 
aes de la esclavitud eran escasísimos: porque ni los escla- 
vos pasan de 43,000, representando sólo el 6 por 100 de la 
población total, ni hay industria alguna que se sostenga 
sobre el trabajo servil, ni existe una separación radical 
entre las razas que pueblan el pais, toda vez que los 
mulatos llegan á más del 50 por 100; ni en fin, la 
densidad de población permite la holganza y los peligros de 
lae aboliciones repentinas, ni existen en el seno de aquella 
sociedad grandes masas de bozales; ni allí viven esos gran- 
des propietarios, esos grandes capitales, esas enormes for- 
tunas que hechas á la sombra del privilegio tienen miedo á 
todo lo que trasciende a reformas, y están dispuestos á hacer 
todo genero de sacrificios para resistir la invasión delespiri- 
Jemour ático, que es su implacable enemigo. 
Podo, pues, hada esperar que con voluntad y con celo 
erto-Eico daría un ejemplo magnifico de la eficacia de 
iM las leyes citadas, pero en particular de la ley prepa- 



— 368 — 



ratona de abolición— ai alguna eficacia podía tener < 
cosa que los abolicionistas negamos siempre. Y, sin em 
go, señores diputados, ¿sabéis lo oonrrido? Pues oidlo. 
La ley preparatoria promulgada aquí en Julio, tardó 
de cnatro meses enserio en Paerte Rico, siendo precisai 
incesantes preguntas y reclamaciones de la prensa abol 
insta de la Península, y cuando esto se hiao, después 
haber torpemente provocado nna serie de conflictos, 
reteniendo la ley en la Capitanía general, mientras tod 
país y principalmente los negros sabían muy bien sa < 
tencia, ora citando á los poseedores de más de 25 esc! 
para resolver sobre las cuestiones que entrañaba la 
pero sin cuidarse de que á estas reuniones asistiesen 
ningún concepto los síndicos, esto es, los abogados de 
siervos, siempre consultados en cuanto á los siervos se 
fieren, ni los amos de menos de 25 esclavos, cuyos intei 
son, y no pueden menos de ser, opuestos á los de los g 
dos poseedores —cuando esto se hizo, repito, se realú 
condiciones tales, que á mi me admira la manera con 
las preocupaciones de localidad cegaron 4 la primera i 
, ridad de Puerto Rico, de cuyo buen deseo yo no podli 
puedo dudar. 

Porque es el caso, que antes de cumplirse esa ley, < 
artículo 19 preceptúa que sean considerados libres todoi 
que no aparezean inscritos en el censo formado en Dici 
bre de 1868, se autorizó para que de nuevo se abriese a 
gistro de esclavos y se hiciesen en él todas las posibles 
(áficaoiones. De este modo, no sólo el Estado habrá sui 
perjuicios, porque los niños nacidos en los tres ó ou 
meses que se tardó en plantear la ley tendrán que ser < 
prados á sus dueños, en vez de recibir la libertad de ba 



r 



— 269 — 



como la ley había dispuesto, sino qas meiiinte esa rectifica- 
ción, á todas luces contraria al espíritu 7 aun al texto de la 
ley preparatoria, han podido sustraerás i la libertad ma- 
chofl esclavos mayores de «0 aftas, a quienes las Constitu- 
yentes habían reconocido el derecho incondicional á la hon- 
ra y 4 la vida* 

Y esto no es ana hipótesis, señores diputados. De una par- 
te tenéis la circunstancia de que existiendo de muy atrás en 
Puerto Rico lo que en nuestras provincias del Norte se lla- 
ma la prestación personal, y estando dispensados de ella los 
¿acia vos mayores de fiO afros, no era raro ver á los amos 
apresurarse á inscribir en el grupo de los sexagenarios á los 
que no habían llegado i esta edad, y que ahora, merced á la 
ley de abolición y de no haberse permitido rectificaciones de 
ningún género, hubieran entrado desde luego en el disfrute 
de m libertad. Por otro lado, en el ministerio de Ultramar 
existe, y el señor ministro la debe conocer, una exposición 
de un abolicionista de Puerto Rico , que con ana bravura, 
oon un desinterés y con uaa decisión verdadera me u te he- 
roicos en nn país donde se cü re ce por completo de la seguri- 
dad personal, denuncia las falsedades cometidas por deter- 
minados poseedores de esclavos eu determinados distritos 
de la nía. 

De modo, que la ley preparatoria de la abolición ha sido 
violentada en su espíritu y su texto, aun en aquellas mis- 
mas localidades, donde mejor hubiera podido producir sus 
efectos, patentizando esas excelencias que los abolicio- 
nistas habíamos negado. Pero, al lado de esto, ved lo que 
h* sucedido con las leyes de organización provincial y 
municipal, votadas por las Constituyentes con una adición 
en cuya virtud se debían aplicar á Puerto Rico. Y notad, 



— 370 — 

señores, que esto era de gravedad altísima, y tanta que al- 
gunos han pretendido que con este triunfo se había com- 
pensado, ó poco menos, el terrible y nunca bastante la- 
mentado fiasco del proyecto de Constitución puertoriqnc» 
fia. Y hasta cierto punto se explica por el carácter irregular 
y de todo en todo an ti- español de los municipios de nues- 
tras colonias, donde todo existe menos la representación de 
aquellos intereses por que viven y para los que viven en to- 
dos los pueblos los municipios. Puesbisn: la ley munioipal 
todavia no se ha promulgado en la pequeña Antilla á los 
ocho meses muy largos de promulgarla aquí; y si bien la 
provincia se ha constituido, reviniéndose el país en los co- 
micios y nombrando su diputación insular, ¿cómo vive, qué 
es, qué significa este nuevo cuerpo? 

Un mal pensado creería que ha nacido solo para su des- 
crédito. ¿Y sabéis por qué, señores diputados? Porque car- 
gado con grandes atenciones que hasta ahora pesaban so- 
bre el Gobierno central, y que tenían su capitulo en el pre- 
supuesto de éste, como que el presupuesto no se ha modi- 
ficado, y ya hemos visto (con gran'extrafieza por mi parte, J 
llamo sobre esto la atención del Congrsso, y pido explica- 
ciones al Sr. jiyala), que el señor ministre de Ultramar no 
ha tenido á bien traerlo aquí, cual hizo el Sr. Becerra y cual 
cumplía á todas las tradiciones de la unión liberal, resulta 
que la diputación carece hoy de teda suerte de recursos or- 
dinarios, teniendo que apelar á la derrama ó al empréstito 
hasta para adquirir un local, poniéndosela de este modo en 
el caso de inaugurar su vida con una medida impopular; 
cosa de todo punto inexplicable, supuesto el interés que el 
gobierno debe tener en asegurar la existencia y el desarro- 
llo de aquella institución, engendrada por el mismo espíritu, 



— 371 — 

por las mismas ideas, por los mismos intereses que hacen 
posible la existencia de estas Cámaras, de la actual dinastía 
y de la situación en que todos estamos franca y lealmente 
comprometidos. 

Pero qué mucho que esto ocurra, si después de esto el 
correo nos ha traído la tristísima nuera de haberse negado 
la primera autoridad de Puerto Rico, á dar posesión de su 
cargo de secretario de la diputación provincial á una perso- 
ne, elegida por aquel cuerpo, y que reúne A una inteligencia 
notoria, condiciones de carácter que la han hecho respetable 
en todos los círculos y para todos los partidos de Puerto Rico. 
7 este suceso no creáis que es insignificante. Lo seria si 
re tratase pura y simplemente de un cargo público, de un 
destino cualquiera ó de tal ó cual persona, por más de que 
éúta fuese la del exdiputado constituyente D. Román Bal- 
dono y de Castro, á quien el país ha compensado votándole 
por dos distritos para que lo represente en estas Cortes. El 

o es muy otro. Se trata de una de las atribuciones de la 
diputación, reconocida terminantemente y sin reservas por 
la. ley de diputaciones; se trata de la negativa rotunda del 
señor capitán general de Puerto-Rico á dar explicaciones á 
li diputación, como manda la ley, so pretexto de que infor- 
muría al Gobierno , fórmula que prueba que allí subsiste para 
la primera autoridad todo el antiguo orden de cosas, y que 
la nueva institución, tan celebrada, tan aplaudida, tan pon- 
derada, es pnra y simplemente una vana palabra, y á lo 
sumo nna promesa más. Y yo os pregunto: ¿es posible así 
>bernación de ningún pueblo? ¿Es esto ni sombra de una 
tica colonial? 

iro bien es que todo palidece ante el aplazamiento de 
invocatoria de los comicios puertoriqueños, para que 



— 372 — 

enviasen sus representantes á estas Cortes. Confiésoos, se- 
ñores diputados, que ansio oir de los elocuentes labios del 
st ñor ministro de Ultramar explicaciones que siquiera ate- 
núen el deplorable efecto que esta enorme falta ha produci- 
do en el ánimo de nuestros colonos; porque ni puedo creer 
que S. S. desconozca los fatales resultados que allá en 1810 
y luego sn 1836 brotaron de medidas un tanto análogas á 
las presentes, ni S. S. puede ignorar cuan hartas están 
nuestras colonias de decepciones y cuánta y cuan natural os 
su susceptibilidad. ¿Quién desconoce que una de las causas 
más poderosas de la enemiga de Caracas á la Regencia, y 
por tanto uno de los fundamentos del desarrollo de la in- 
surrección separatista de 1810, fué el Jaaber olvidado avisar 
á Venezuela la convocatoria de las famosas Cortes de Cádiz, 
hiriendo asi el sentimiento igualitario de aquellos países y 
dejando que tomasen carne y cuerpo las desconfianzas pro- 
ducidas por la conducta recelosa de la célebre Junta Cen- 
tral? (Y acaso aqui no se saben las terribles consecuencias 
de la resolución de 1837 cuando se cerraron las puertas da 
las Cortes españolas á los diputados de Ultramar, no para 
condenar á aquellos paises al absolutismo (que contra esta 
idea bien protestó el ilustre Arguelles, lo mismo que Vila y 
Caballero, y nuestro digno presidente) sino para resolver 
los problemas ultramarinos en un plazo que desgraciada- 
mente no llegó; porque contra la voluntad de aquellos hom- 
bres ilustres sobrevinieron terribles sorpresas é inesperados 
cambios de situación, dejando sobre el viejo partido pro- 
gresista la terrible responsabilidad de aquel sacrificio que 
tantas lágrimas y tantos dolores hizo posibles en nuestras 
Antillas por espacio de cerca de cuarenta años, pero pro* 
perdonándonos un ejemplo que no debiéramos desaprove- 



— 373 — 

char y que tal vez ha desaprovechado el señor ministro al 
permitir que en estos críticos momentos se dé una solución 
de continuidad en la práctica de esto que se nos ha presen* 
tado como la primera y más valiosa de las conquistas de la 
revolución en nuestras provincias ultramarinas! 

T contad que lo que aquí yo echo de menos es la solici- 
tad del ministro. Otra cosa no puedo sospechar. Se trataba 
de un punto delicado y á la par de un pueblo separado por 
millares de leguas de Madrid. Siendo las comunicaciones 
poco frecuentes, cualquier retraso, y más cualquiera olvido, 
tenia que ser fatal. Se necesitaba, pues, mucho celo, extra* 
ordinaria solicitud. 

Las Constituyentes se disolvieron al finalizar el año 70. 
£n 20 de Enero de este año ya el señor ministro de la Go- 
bernación anidaba de que en la Península se formase la lióta 
de mayores contribuyentes á que se refiere la ley electoral, 
El 20 y 27 resolvía no se qué sobre los distritos electorales. 
B 16 de febrero se convocaban las Cortes ordinarias. . . 
Pues bien; el señor ministro de Ultramar solo el 22 de Fe* 
brero envía un decreto á Puerto Rico (lo tengo aquí, coma 
tedas, absolutamente todos cuantos documentos y disposi- 
ciones cito) , para que se dé principio á los trabajos prepa- 
ratorios en Puerto Rico; siendo de advertir que este decre- 
to—en que se habla, por ejemplo, del consejo de adminis- 
fración, que hace mucho no existe en nuestras Antillas, y 
de otras cesas por el estilo, que no arguyen gran cosa en 
favor del ministerio de Ultramar — se envió como telegram a 
I Juba, tardando ¡veintiún días! en llegar á Puerto Rico; 
c es» cerca del doble de lo que tarda el oorreo ordinario 
i Cádiz» Comprended, señores diputados, comprended 
t la diligencia demostrada en este dificilísimo asunto. 



— 374 — 

Y |ah, señores! Si tantos olvidos y tantas mistificaciones 
son siempre y en general lamentables, lo son macho más 
tratándose de Paerto Rico, cuya actitud presente y cuya 
historia son, en verdad, dignas de admiración, hasta tal 
punto que hoy podemos y debemos hablar con orgullo de 
aquel pueblo, poniendo en él todo genero de confianzas. Con 
orgullo, sí, porque en Puerto Rico, más todavía que en las 
repúblicas Centrales de América, se ha realisado á mara- 
villa uno de los empeños más difíciles y gloriosos de la co- 
lonización — ¡la fusión de razas! — y el espíritu expansivo y 
generoso de aquel pueblo se ha mostrado de tal suerte, que 
¿ aquellos insulares corresponde la honra peregrina— caso 
único en la historia del Nuevo Mundo, y más aún en la da 
las Antillas — de haber negado sus puertos y sus playas á 
la hedionda nave del negrero, para que luego, cuando 
en 1866 vinieran sus representantes á ser interrogados en 
la Península por sus derechos, sus intereses y sus conve- 
niencias, suya fuera aquella arrogante y magnifica frase 
de «preguntadnos antes por el derecho de nuestros es- 
clavos». 

Y debemos, si, poner en él nuestra confianza, porque 
Puerto Rico es aquel pueblo que á fines del siglo xvu vivió 
por espacio de setenta años con gobernadores propios y pro - 
1 as ordenanzas, entregado á sí mismo, sin que se quebran- 
tase en lo más mínimo la unidad nacional, y reforzado más 
tarde con los restos de aquellos heroicos españoles que ha- 
bían hecho la defensa de Coro y Maracaibo, para venir 
arruinados, heridos, maltratados, moribundos, á buscar un 
pedazo de tierra española donde lanzar el postrer suspiro; 
pueblo ilustre que en 1820, cuando se hablaba de la confe- 
deración colonial, pedia á nuestras Cortes depender direo- 




— 376 — 

lamente de la Península, y que hoy mismo, despreciando 
las provocaciones de loe absolutistas de Madrid y de la 
Habana, resistiendo las tentaciones del separatismo de 
Nueva York, desoyendo la ronca vos del desengaño y de la 
desesperación, inerte con la conciencia de sa derecho, vivas 
todas sus esperanzas, dueño de sus impulsos, aprovecha 
las pequeñas franquicias concedidas para demostrar su cul- 
tora, se organiza para conquistar lo que se le debe, acude á 
los comicios, vota como representantes, á pesar de las res 
trieciones del sufragio y de lis omnímodas del 23, á abolí 
cronistas declarados y demócratas sinceros, y parece decir- 
los con su civismo, con su energia y su entusiasmo: CjEe- 
pafioles recordad que no os hemos faltado en los dias ne- 
gros del infortunio! ¡Liberales, pensad que para ser dignos 
do la libertad no hemos qaerido tener esclavos! (Demóora 
tu, considerad que las brisas de América nos saturan, que 
«1 aliento del porvenir nos sostiene, que nuestras relaciones - 
diarias, incesantes, permanente**, son con Inglaterra, el 
pueblo más activo de Europa; con los Estados Unidos, el 
pueblo más libre del mundo; con Venezuela, el pueblo mis 
espiritual de América; con las Antillas francesas, donde se 
ha resuelto ya el problema de la esclavitud; con las Anti- 
llas inglesas, donde se ha consolidado el nuevo principio 
<kl nlf-govermmt de las oolonias, y que, en fío, todo lo 
que en nuestro pala existe, todo lo que siente, todo lo que 
palpita, todo está demostrando que nuestra tierra se halla 
preparada, quizá como otra ninguna del nuevo Continente , 
] \ que aquí arraigue, crezca y fructifique el árbol de la 
< Mraoia moderna! » 

tro ya habéis visto, oómo á pesar de esto, casi todo cuan- 
4 * Cortes Constituyentes decretaron para Puerto Rico, 

25 



— 376 — 

sufrió embarazos y mistificaciones, hasta ponerlo todo en 
gravísimo peligro. 

Y no nos detengamos más en ello, que alguna atención 
merece lo acontecido en Filipinas* En este panto debo 
prinoipiar por hacer plena justicia al Sr. Moret. Público es 
que he combatido á S. 8. con la energía que suelo por su 
gestión de las cosas ultramarinas, y no me arrepiento, sin 
que ahora deba justificar mi conducta; pero jamás me bt 
negado á reconocer las muchas y buenas, aunque incom- 
pletas refirmas, y la especial solicitud que al Sr. Moret 
merecieron las islas Filipinas, y que en mi sentir consfí • 
rayen la mejor página de la historia administrativa de su 
señoría. A continuar los propósitos del 8r. Moret con al* 
gún más calor, y sobre todo generalizándolos más, nuestra 
gran colonia asiática hubiera cambiado muy pronto de ca- 
rácter entrando de lleno en la vida moderna, cuyas gran- 
des perspectivas le había abierto el 8r. Becerra con aquel 
decreto sobre extranjería que implantó en Filipinas la li- 
bertad religiosa. Pero ¡ayl que todos los buenos deseos del 
Sr. Moret han quedado en suspenso, y las cosas llevan 
trazas de parar en algo muy distinto, sin que para esto, que 
se debe al Sr. Ayala, haya obstado la presencia de aqnél en 
el seno del Consejo de ministros. 

Si tuviera espacio, y no me pareciese inoportuna la oca- 
sión, yo trataría de demostrar cómo se ha viciado el carao* 
ter y comprometido el porvenir de nuestras Filipinas desde 
mediados del siglo xvm, y más aún en estos últimos trein- 
ta años. Porque es preciso, señores diputados, que recor- 
téis que si Puerto Eico con las actuales Repúblicas de la 
América oentral son, por su estado presente, un timbre de 
nuestra historia colonial de América, las Filipinas no lee 



— 377 — 

ceden bajo otros conceptos y frente á frente de la coloniza- 
ción extranjera. 

Eeoordad de qué modo, al comenzar la edad moderna, 
comentaron á realizar sos empeños de exteriorizaron en 
Asia y América las grandes naciones colonizadoras. La co- 
lonización había respondido á fines distintos en el curso de 
la historia. Colonia por expansión, colonia por dominio, co- 
lonia por explotación: he aquí las tres formas de coloniza- 
ción que se presentan en el correr de los tiempos. Mas es 
de notar cómo dentro de cada una de estas formas apuntan 
las otras, y de qné manera tan diferente la realizan los dis- 
tintos pueblos que toman sobre sí esta tarea, de acuerdo 
siempre con el carácter particular y las condiciones singu- 
lares de su vida. 

La colonización moderna, bien lo sabéis, reviste por mu» 
ebos motivos que afectan á la historia gqneral de Europa, 
el carácter de explotación; mas el empeño se realiza de di- 
verso modo por Inglaterra y Holanda, que por España y 
Portugal; y aun tratándose de estos dos últimos pueblos, 
ion también notorias las diferencias. Inglaterra Be pre- 
ocupa casi exclusivamente de crear factorías, proteger su 
navegación y su industria é imponer tributos. Todas las 
cuestiones que hasta 1810 en América y 1855 en Asia sos- 
tiene la Oran Bretaña en sus colonias, revisten un carao 
ter mercantil. Holanda, que en América aparece más ex- 
pansiva y que admite á los navegantes de todos los países, 
en Asia llega hasta la constitución de esa colonia de Java, 
< esta á todo el espíritu moderno, pero que, no obstante, 
i anos economistas adocenados presentan como ejemplo 4 
: ostras Filipinas. 

r>s pueblos latinos ya se fijan en otra cosa cuando de 



— 878 — 

colonias se trata. Se ocupan de la reducción de pueblos, de 
la formación de sociedades, mejor dicho, de la extensión de 
su carácter y de sn vida, de sus leyes y sos creencias, á loe 
nuevos países descubiertos ó conquistados. Portugal lohice 
por Ja centralización, como en el Brasil y en la misma In- 
dia: España con mayor expansión, como en las Antillas y 
en las filipinas; pero contad siempre que sobre esto coas 
tantemente priva el carácter mercantil de toda la coloniza- 
ción moderna. La diferencia está en que en unos pueblos 
(en los sajones) este carácter parece como exclusivo; en los 
otroB (en los latinos), solo domina como respondiendo á la 
ley del tiempo. Pues bien; si con estas ideas juzgáis la colo- 
nización española de los siglos xvi y xvii, fácil os será mos- 
trar oomo rasgos capitales estos: la intolerancia mercantil 
la i d tolerancia religiosa, y el espiritn civil é igualitario de 
toda nuestra legislación y nuestra vida. 

Mas, señores, hay en nuestra historia colonial dos ten 
dencias: la una está en el Consejo de Indias, la otra en 
aquellos colonizadores qne se llamaron Irala en América y 
Legazpi en el Asia. ¿Y sabéis lo que representa estaseguada 
tendencia? Un mundo de ideas que se adelantan prodigio- 
samente á sn tiempo y que hoy mismo pueden ser procla- 
madas por los pueblos más adelantados en el camino de la 
civilización. Pues esa segunda tendencia es la que campea 
en Filipinas. Asi veis aquí la intolerancia mercantil que- 
brantada por el puerto franco de Manila, y el comercio 
oon China y la India: asi veis la intolerancia religiosa ne- 
gada por la admisión del elemento chino en la gran colonia 
asiática. Solo queda el carácter civil de nuestra colonización. 

Pero jab, señores! contra todo 3 estos principios obró el 
siglo xvín; y á pesar de los esfuerzos de los Santa Cruz 7 



^^k» 



— 379 — 

loe Anda, tipos de aquella pléyade de grandes gobernantes 
que España dio á sus colonias, y por los que se sostuvo en 
Ultramar nnsetro imperio, falto ya de savia y extraño al 
movimiento general de los tiempos, cayeron las Filipinas 
ante las exigencias de la Casa de Sevilla, y por la debilidad 
de las Cortes de Felipe IV y Carlos II, en .poder de la teo- 
cracia, que allá se aseguró y subsistió mientras Carlos III 
la aventaba del Paraguay, donde hoy podemos todavía 
contemplar sus espantosos efectos. Yo no conozco, señores 
diputados, un fenómeno más notable que esta negación per 
fecta de todos los orígenes y todo el carácter con que se ini- 
ció y desarrolló nuestra gran colonia asiática. 

Pero el hecho es que la teocracia era dueña de Filipinas 
en las condiciones más extremadas que podían imaginarse; 
porque su imperio se ejercía mediante una de las formas 
más rigorosas que la teocracia puede emplear, mediante les 
institutos monásticos. Y asi se desenvuelve lenta y traba- 
josamente aquella sociedad, planteándose una serie infinita 
de problemas, entre los que no es el menor la viva lucha 
entablada casi desde principio de este siglo, entre el clero 
regular, de suyo exclusivo y absorbente, y el clero secular, 
representante de una vida más expansiva y simpática; y 
inn dentro del primero, entre las diversas órdenes y los 
grupos distintos que constituyen cada una de ellas. 

Mas llega la Bevolución de Septiembre, y sorprende á 
aquella sociedad sin que sus elementos fundamentales hu- 
bieran recibido influencias de los nuevos tiempos. Sin 
embargo, allí vivía el germen de grandes progresos: y ya 
1 la maldad misma de las cosas, que no podía llegar á 
; ya por esa circunstancia verdaderamente deplorable 
< tuestras colonias, que ha obligado á sus hijos á buscar 



1 



— 380 — 

la lúa y la instrucción fuera del país, a donde vuelven co- 
nociendo Huevos horizontes y abrigando nuevas aspirado- 
nes; ya por el instinto mismo del pueblo, que recibe, a las 
veoes, misteriosos avisos que le oonm aeren y pradispoim 
para acoger la buena nueva, el hecho es que La revolución 
es saludada con amor, y desde entonces principia «n Pili- 
pinas un movimiento, que loco será el que no vea 6 no sienta* 

Y este movimiento debia afectar á la organización teo- 
crática de aquella sooiedad, y asi principió por hacerse sen- 
tir en los centros de enseñanza, y por traducirse en preten- 
siones respecto de la organización religiosa. Yo me prometo ¡ 
señores, profundizar estas cuestiones en no lejano día, por* 
que me prometo que no tardará mucho el señor ministro 
de Ultramar en traer las leyes de que habla el art. IOS de 
la Constitución; mas por hoy debo hacer constar que el g*_ 
ñor Moret sintió los latidos del nuevo movimiento y se pro- 
puso secundarle, primero reformando la enseñanza, y des - 
pues creando un cuerpo de administración civil* 

No necesito, señeros diputados» detenerme en mostrar la 
importancia y el enlace de estas materias; tampoco debo 
decir cómo y por qué las tengo por incompletas y aun equi- 
vocadas *n ciertos puntos. Pero lo que tí me cumple es 
afirmar que llevadas á cumplido efecto, después de la re- 
forma fundamental del Sr. Becerra, hubieran cambiado 
grandemente las condiciones de la sociedad filipina , prepa- 
rándola de admirable manera para recibir el espíritu de 
la nueva época y las transformaciones que hace necesarias 
en nuestro imperio colonial la vida que hemos comenzad o 
en la Península, á partir de Septiembre de 1868* 

Y ¿cómo no, señpres diputados? Por un lado se arranca- 
ba el monopolio de la enseñanza á los dominicos, que allá. 



— Sal- 
en Filipinas hablan bastardeado la gran tradición de loa 
onustas, ya encerrándose en sa maearrónieo latín, ya ha- 
dando que en sn Universidad se explicase, como se explicó 
hasta 1864, el sistema de Tolomeo, ya afirmando por boca 
del rector de aquel establecimiento en 1870, que los pro- 
gresos de la inmoralidad y de la instrucción eran paralelos. 
Por otra parte, se constituía nn cuerpo de administración, 
dotado de grandes condiciones de inteligencia y de estabi • 
lidad, que por su propia naturaleza había de tender á mer- 
mar el poder teoorátioo, más que su rival y su opuesto, su 
decidido enemigo. 

T no se diga que entrambos acuerdos eran deficientes y 
entrañaban no pocos peligros. To bien sé que al fin y al 
etbo la Universidad civil de Manila no era la libertad de 
enseñanza, y no se me oculta que las condiciones asignadas 
al cuerpo de administración civil, cuyo ingreso debía ser 
por oposición y de modo muy análogo al practicado en In- 
glaterra y Holanda, eran las más á propósito para consti- 
tuir allende los mares una poderosa burocracia. Pero es 
innegable que estas y otras imperfeoeiones hubieran podido 
subsanarse en un brevísimo plazo, ensanchando, como an- 
tes he dicho, el círculo de los propósitos del ministerio de 
Ultramar, y llevando con ánimo entero á Filipinas el títu- 
lo I de la Constitución española de 1869. 

Fuera de esto, y consideradas en sí mismas las reformas 

del 8r. Moret, tenían una gran importancia. La cuestión 

de empleados será siempre capital en Ultramar • No voy á 

k ~Mar mal de ellos: soy hijo de uno que allí dejó — lícita me 

esta jactancia — un nombre venerable y venerado. Conos- 

(luchos modelos de probidad ó inteligencia; pero también 

ne antoja incontestable el hecho de que la inmensa ma- 



1 



— 382 — 



yoria, saoada del clroalo do los amigos y los compadras de 
loa ministros, es incapaz de sostener en nuestra» colon i aa 
el doble carácter que les corresponde por la misma natura- 
leza de las cosas; de inteligentes servidoras de una admi- 
nistración difícil, y representantes del nombre y del pres- 
tigio de la madre patria en las colonias* -Por esto yo soy 
partidario de los grandes sueldos y las grandes posiciones 
para nuestros empleados de Ultramar, pero enemigo decía-» 
rado de las improvisaciones y los compadrazgos. 

Eq cuanto á la enseñanza, apenas si necesito decir do» 
palabras. Uno de los graves males de las Repúblicas sud- 
americanas es la deficiencia de la instrucción, que obliga á 
sus mejores hijos á buscar la satisfacción de sus necesidades 
espirituales fuera de sa propia tierra; y asi se da luego aque- 
lla falta de relación entre las masas y la gente ilustrada, . 
euyos efeotos patentiza singularmente la historia de Nueva 
Granada y Venezuela. En nuestras colonias no solo existe 
este peligro, sino otro inconveniente dañoso á los interese» 
de la unidad nacional, porque forzados nuestros hermanos á 
buscar la ciencia en el extranjero, por la distancia á que 
está la Península y el oscurantismo que priva en la coló 
nia, sus ideas se forman fuera de nuestro espíritu; acos- 
túmbrense á juzgarnos por el pensamiento de los extraños, 
y luego, vueltos á su hogar, se establece una lucha funesta 
entre todo lo que les rodea y todo lo que han disoutido y 
avalorado en el templo de su conciencia. 

Y bien: ¿qué ha sucedido con los decretos del Sr. Moret, 
relativos á la enseñanza y al cuerpo de administración 
civil de Filipinas? Yo solo tengo algunos datos, porque es 
muy difícil, señores diputados, averiguar lo que pasa en 
nuestras colonias. Haré oaso omiso de los rumores que oo- 



V 



I 



\ 



— 383 — 

rren; pero ai diré que me consta que debiendo estar Forma- 
do el escalafón del cuerpo de administración, ni siquiera se 
lia reunido la junta calificadora; y es notirio qne los ejer- 
cimos de oposición para el ingreso en el cuerpo, que debían 
haberse celebrado el 1.° de Jnnio, no han tenido efecto, 
son grave perjuicio de algunas personas qne hablan toma- 
do en serio el decreto del 8r. Moret. De aqni deduzco cla- 
ramente qne todo lo relativo al cuerpo de administración 
•até en suspenso. 

• Pero lo referente á la enseñanza es más incontestable, 
To no sé lo qne habrá ocurrido en Filipinas; pero si sé que 
tqii se había citado á todos los licenciados y doctores que 
quisieran hacer oposición á las cátedras de la Universidad 
de Manila. Acudieron muchos al llamamiento; escribieron 
sus Memorias; depositáronlas, como estaba dispuesto, en el 
Ministerio de Ultramar, y aguardaron aquí que terminase 
si plaso de la convocatoria. Pero este terminó y no fueron 
convocados, y ellos, que debían estar en Manila el 1. ° de 
Jooio de este año, hoy no saben si el decreto del Sr. Moret 
foé verdad ó fué broma. De aquí deduzco que también está 
co suspenso la reforma de la enseñanza. 

7 todo me duele, pero mucho, por el 8r. Ayala. 8. S. es 
un hombre de talento; ha vivido siempre en la región ce- 
leste de las ideas, y su espíritu ha estado siempre abierto á 
todas las inspiraciones generosas, á todos los afectos des- 
interesados. 8. 8. es un gran poeta que no tiene que la- 
mentar una sola infidelidad de esas Musas á quienes recrea 
~ namora; 8* 8. ha vivido eternamente contemplando los 
gresca de la inteligencia y simpatizando, de seguro, con 
as las tentativas del pensamiento para romper el carcere 
?o de la preocupación, de la ignorancia y del oscuraatig- 



f 



. — 384 — 

mo... y sin embargo, á 8. S. toca en suerte la triste empresa 
de oponerse á la reforma de la enseñanza de Filipinas, al 
desenvolvimiento del espirita de nuestras colonias, á la re- 
dención de la conciencia de nn pueblo! I ¡A.h f Sr. Ayalaí 
}Qué ingrata tareal ¡Qaé página tan triste en la brillante 
historia de un gran poeta! 1 1 

De modo, señores diputados, que la cosa es clara. Puerto 
Rico había logrado, y lo que es más, merecido, la preferente 
atención de los legisladores de 1869; la actitud de aquel 
país habla sido por todo extremo simpática; su situación 
excitaba á grandes reformas y junto con ella, la situación 
general de nuestras colonias, exigía que se llevasen allí á 
cumplido efecto todas las disposiciones correspondientes á 
los sagrados compromisos de la Revolución, pues que no 
solo no habla asomo de peligro en ello, sino que convenia 
hacer un ensayo en aquel país y dar al resto de nuestro In- 
perio eolonial el ejemplo de lo que estaba en el pensamiento 
del Gobierno hacer tan luego como las cosas ultramarinas 
entrasen en su natural cauce. Y ya lo habéis visto; en 
Puerto Rico se desconocen, se violentan y se mistifican las 
leyes. 

Se trata de las Filipinas. Son allí las reformas quisa más 
fáciles, porque el statu quo es de todo punto imposible; por- 
que contra el statu quo protestan las autoridades civiles, 
que han enviado al Gobierno de Madrid proyectos de refor- 
ma que contienen hasta el principio de la representación en 
Cortes; porque contra el statu quo protestan las autoridades 
eclesiásticas, que, como el señor obispo de Manila (de sega - 
ro lo sabe el señor ministro), y los principales caras pá- 
rrocos del Archipiélago, representan al Gobierno pidiendo 
que concluya el monopolio de las órdenes monásticas y loe 



a. 



— 385 — 

ai cea os qns nata raimen te se ampuAn de bu sombra . Y 
él 8r. Moret discretamente se prepara á su avisar los obs- 
táculos y á allanar el terreno para que las Cortes puedan 
cumplir el art. 109 de la Conitituoión y da sus decretos... 
Pero los decretos no se cumplen; se dejan en suspenso. 

Mas todavía suceden cosas peores , y estas cosas ocurren 
en Cuba. Claro se está, señores, que después de lo que 
be dicho al principio de este discurso, no he de consagrar 
ahora muchas palabras á la situación tristísima de la gran* 
de Antilla. Su mero recuerdo me aflige; y aunque fuera aquí 
pertinente, que en yerdad no lo es, el hablar de los terribles 
dolores que para aquella tierra, ahita de sangre y cuajada 
de maldiciones, ha traído la espantosa y fratricida guerra 
qoe ultraja i la naturaleza entre los bramidos del mar de 
loe trópicos y la tristeza de aquellos espléndidos cielos, a no- 
que fuera pertinente, digo, yo no podría consagrarle en estos 
momentos la atención tranquila, reposada, reflexiva, que es 
necesaria para recoger todos los detalles y formular juicios 
con arreglo a la ley moral. 

¡Ah, señoree I Lo que ha pasado en Cuba en esta linea 
de violencias y de horrores, es indescriptible. Ni me 
extraña, ni puedo ahora hacer más que condenarlo de pa- 
sada, pero con toda mi alma. Y no me extraüa, Redores di- 
putados, porque yo pretendo conocer algo nuestro carácter, 
fácil á ciertos arrebatos y cienos extravíos; y harto de- 
muestran con su arrojo y con sus excesos los oue en Cuba 
pelean, que por más que la lengua de los unos en el paro-* 
mo de la rabia, maldiga de la patria que hasta poco hace 
dio bandera, españoles son todos t con tocias sus con di - 
'es, sus rasgos, sus vicios, sus virtudes, sos grandezas y 
caídas, sus errores y sus inipí raciones* Porqne también 



— 386 — 



yo algo he estudiado la guerra de quinoe años que en 182* 
dio por resultado la emancipación del continente americano, 
después de aquellas terribles hecatombes, aquellas san- 
grientas fiestas que siempre empañarán la historia do Bo- 
lívar y que han proporcionado tan poco envidiable puesto 
en los anales modernos á Calleja, á Boves y á Monteverde. 
Porque yo no sé cómo se ha ido formando en Guba esa at- 
mósfera de prevenciones, de odios, de apetitos desatentados, 
de negras concupiscencias. Porque yo no ignoro cómo en 
el espacio de cincuenta años se han alijado 200.000 boza- 
les, mientras desatentadamente se perseguía al pensamien- 
to refractario ó meramente extraño á las especulaciones del 
libro de caja y la partida doble... Y es evidente, señores, 
que cuando los pueblos, como los individuos, viven fuera de 
esas grandes corrientes de idealidad, de derecho, de justi- 
cia, de moral, que refrigeran el espirito y vigoriían el áni- 
mo, cuando faltos del movimiento de la vida pública y pre- 
cipitados en el culto de los intereses materiales, olvidan por 
el becerro de oro el altar de la conciencia, curan con los es- 
pectáculos del circo la nostalgia de lo infinito y sacian con 
las opulencias del restauran t la sed de lo puro y lo desinte- 
resado, entonces esos pueblos, oon su respiración difícil» 
cen sus emanaciones pútridas, con sus abandonos vergon- 
zosos, con sus prisas impremeditadas, preparan la atmósfe- 
ra y hacinan los combustibles para que el día en que el genio 
frenético de los desastres asome con la antorcha en la 
mano, en el último momento del festín babilónico, la explo- 
sión sobrevenga y la conflagración llene los espacios; q— 
los pueblos, más que los individuos, por la propia oon 
oión de su ser, están fatalmente condenados á la expiao 
•n la Historia, y esta es ley que solo pueden ignorar ar 



r 



— 387 ~ 

desgraciados para quienes se ha hecho la apoplegla de so- 
bremesa, y á cuya imprevisión, coya ceguedad y cayo aban • 
dono están reservadas las súbitas catástrofes de las ciuda- 
des malditas, la terrible sepultara de Pompeya y Herculano. 

Pero de esto no me debo ocupar. Ahora no me importan 
los extravíos de la guerra civil; lo que me ocupa es lo or- 
dinario, lo sfstefcnátieo, lo que parece tomar carácter de 
normal; aquello en que puede influir el Gobierno, aquello 
en que debe influir y de lo qne es responsable en esta Oá - 
mará. 

V en este sentido veamos lo que ea Cuba viene suce- 
diendo de seis meses á esta parte. Dos intereses capitales 
tiene el Gobierno en Cnba: el uno, el de la abolición de la 
esclavitud; el otro, el de la integridad nacional. Para mi, 
señores, todo es uno. 

Yo no creo ni pnedo creer qne la honra de España tolere la 
subsistencia de la servidumbre de los negros, máxime sien* 
do, como al parecer somos, los postreros en concluir dentro 
del mundo civilizado con esta infamia que tan magnifica y 
elocuentemente condenó la Junta revolucionaria de Madrid, 
allá en 1868, en aquellos memorables diasen que discutía- 
mos acaloradamente en el Circo de Price si la abolición se 
babia de contar desde el 12 ó el 29 de Septiembre. ¡Quan- 
tum mulatos ai tilo/ 

To tampoco he podido nunca creer que la cuestión colonial , 
te resolviese sin empezar por quebrantar las cadenas del es- 
clavo, con aquella misma rapidez, con aquel mismo ánimo, 

n aquella misma imprevisión, si queréis, con que núes- 

w padres aplastaron en un solo día, sin preparaciones, ni 

rados, la vergüenza de los señoríos. He creido siempre 
eto, y hasta tal punto, que cuando algunos dignísimos 



— 388 — 

amigos muy entendidos en estas cosas ultramarinas, de- 
cían: «j dad libertada los blancos, que ellos emanciparán 
á los negros, » replicaba yo; cemancipad antes á los negros, 
qne lo demás vendrá por añadidura*. Yo, en fia, señores, 
no oreo hoy, no pnedo creer que la insurrección de Caba 
ooneluya, si no conolnye antes la esclavitud de los negros. 

Pero, en fin, para el Gobierno el interés de la abolición 
era un interés particular. £1 mundo civilizado la exigía; la 
reclamaban, tomando todos los tonos compatibles con la 
dignidad de España, los Gabinetes extranjeros; la imponía 
la misma conducta de los insurrectos cubanos, que la ha- 
blan decretado sin condiciones, y la voluntad, en fia, de 
este país, nunca sordo, nunca abandonado, nunca indife- 
rente á las grandes causas, cuando le solicita una aotiva 
propaganda. Y el Gobierno, pagando tributo á todo esto, 
se había resuelto á un paso: á la ley preparatoria del mes 
de Junio del año 70. 

Vosotros recordareis que la ley tenia en rigor dos par- 
tes. La primera concedía la libertad nada menos que á 
64.000 esclavos: 54.000 en Cuba y 8.000 en Puerto Rico, 
y esto lo hacia mediante cuatro artículos. Los niños meno- 
res de dos años y los que naciesen en lo sucesivo serian 
libres, aunque sometidos al patronato. Seríanlo también 
los mayores de 60 años. Deberianlo ser los antiguos eman- 
cipados, y por último, los siervos de los insurrectos, siem- 
pre que hubiesen prestado servicios al Gobierno español. La 
segunda parte de la ley se refería á la esclavitud subsisten - 
te; se prohibía la separación de familias y ciertos castigos 
corporales. 

¿Y qué ha sucedido con esta ley, que no califico ahora? 
Sabedlo, señores diputados: que no se cumple en Cuba, Algo 



t 



— 589 — 

peor que esto, qae se ha ana lado en O aba. Y el hecho es 
incontestable. Primeramente la ley promulgada aquí no 
fe promulgó en aquella lela mientras loe periódicos escla- 
TisUa de Madrid } con una frescura y nna inocencia pirami- 
dales, nos daban todoa loe di as la segundad de qae la ley 
había comen lado í surtir sus efectos en ambas Antillas, Y 
■olo merced ¿una denuncia incesante por parte de la pren- 
sa liberal, se consiguió que el señor ministro Moret exigiese 
al general Caballero la promulgación de la layen Coba. Y 
la promulgación vino el 29 de Septiembre, esto es, tres me 
sea largos después de hecha en Madrid; pero se hizo con un 
articulo adicional que la dejaba en suspenso. Naevoa enga- 
ños y nuevas protestas; y al cabo en Noviembre se rectifica 
el articulo adicional, pero no se deja en vigor Ja ley, sino 
pora y simplemente para los niños que al fin iban 4 entrar 
en patronato, y para los siervos de los insurrectos» que de 
seguro no suben á 200. ¿Qué se ha hecho dalos 20,000 es* 
clavos mayores de 60 años? Permanecen, 4 pesar de la ley, 
en servidumbre. ¿Que de los e\ 6 00 emancipados? 

¡Ahí respecto de los emancipados sucedió algo más terri- 
ble. Yo no puedo hablaros de la espantosa suerte de estos 
desgraciados, qae solo debían vivir cinco años en patrona- 
to, y cuya suerte, con arreglo 4 los tratados, debieran ser 
la envidiable de los libertos de Sierra Leona. Básteme lla- 
mar la atención sobre el precepto terminante de la ley 
de Junio: los emancipados debían entrar inmediatamente 
en el pleno goce déla libertad. No habla ninguna reserva, 
pguna condición, ningún patronato ni aprendizaje de 
ngún género. 

Pues bien , esos desgraciados continúan siendo hoy sier- 
ra, mediante un con Ira to de trabajo por ocho años que han 



— 390 — 

firmado, óidlo, á ciegas, cuando ya se había votado aquí en 
las Constituyentes so libertad, pero cátodo do se había pro- 
mulgado allá la ley qae consagraba so derecho. Y ese con- 
trato es repugnante, porque es peor que el que firman los 
chinos, é indudablemente complioa la cuestión social* Y 
bien, ¿qué ha hecho el señor ministro de Ultramar sobre 
todos estos particulares? To espeta, yo deseo, yo exijo, 
como diputado, explicaciones precisas, categóricas, termi 
nantes. Lo pido en nombre de mi país» en nombre de la 
justicia. 

Porque aparte de las razones generales que antes he 
apuntado como atendibles por el Gobierno para llevar ade • 
lante esta ley, teníais otra de no esoasa importancia. Al 
presentarla en Junio del año pasado, y al discutirla, ya du- 
damos de deciros que esa ley seria ineficaz, y no solo inefi 
caz, sino contraproducente. Harto conocíamos la historia de 
todas las aboliciones, y harto sabíamos también que en to 
das partes, absolutamente en todas, esos temperamentos de 
espera no habían producido otro efecto que el de complicar 
la cuestión. £1 Gobierno hacía lo contrario; tenía en sus ma 
nos probarnos sus excelencias; pero ya lo habéis visto: lo 
que ha sucedido en Cuba ha venido solo á añadir un ejem- 
plo á las tentativas infortunadas, y una razón al principio 
de la abolición inmediata. 

Pero hoy, señores diputados, tiene este punto una im- 
p tancia excepcional en Cuba. Hasta hará como diez meses, 
la guerra de la grande Antilla era una violenta excisión de 
la familia española: desde entonoes la guerra ha tomado otro 
carácter todavía más deplorable. Hoy, según el testimonio 
del general Jordán, del general Quesada, de casi todos los 
periódioos de los Estados Unidos y de las correspondencias 






— 891 — 

■ 

«Je la Habana, hoy el grueso de lae faenas de los insurrectos 
•de Ceba está formado por negros y chinos. T bien, señores, 
ante esta complicación, ¿qué medidas toma el Gobierno? 

Quiero y debo ser justo: el actmal señor ministro aeaba 
de acordar la prohibición de la inmigración china, y este 
-decreto, con el referente i los bienes embargados, quisa 
constituyen lo único bueno que se debe i la administración 
de 8. S. Sin embargo, no estoy tranquilo, y posiblemente 
tampoco lo estará el Sr. Ayala, porque lo* periódicos de 
estos días han copiado un telegrama en que se afirma que 
en Cuba se resiste el decreto sobre embargoB, y ayer mismo 
ne leido que á Madrid han llegado los representantes de una 
.filantrópica sociedad para pretender la revocaoión del de- 
creto sobre chinos y echar las bases de una gran inmigra- 
ción (libre! de asiáticos, africanos y europeos, 

Pero aun dando por cierto que 8. 8. se haya de resistir 4 
tales exigencias, evidente es que esas medidas no tienen 
una importancia tan de aotualidad, como todo lo que se 
resuelva respecto á los negros. Porque yo os pregunto: ¿qué 
esperanza dais á esos negros que hoy corren los campos de 
Chiba en plena libertad, y que de ella vienen gozando hace 
dos años? ¿La libertad? Pues y entonces, ¡qué será de los ne- 
gros no sublevados! ¿La servidumbre otra vea? Es decir, la 
servidumbre horrible, infernal, incomparable del cimarrón 
cogido en el palenque. |A.h, señores diputados! Pensad en 
esto, porque en esto estriba por mucho la cuestión de Oaba. 

Aquí se habló demasiado de Santo Domingo, y sin em- 
bargo, ahora es cuando Cuba principia á tomar el carácter 
de la AntUla negra. Porque ¿qué otra causa que la reduc- 
ción 4 servidumbre de todos aquellos negros que acaudilló 
Toussaint L'Ouverture, fuá la que produjo el levantamiento 

26 



— 392 — 

/ 

de Dessalines y Cristóbal en aquellos terribles días de 1802? 
{Dioen que la abolición! 

Paleo de toda falsedad. Abrid la historia. Preguntad á 
Thiers, á Schoelcher, á Ferie. La abolición fbé decretada en 
1793 y terminó las diferencias entre blancos y mulatos, sus- 
citadas en 1790 por las tímidas declaraciones de la Constitu- 
yente. La Bevolución y las matanzas no vinieron hasta que 
Napoleón, en 1 802 y después de la pas de Amiens, quiso re» 
sucitar la trata, asesinó á Toussaint L'Ouverture y proclamó 
de nuevo la esclavitud en Santo Domingo, que había sido 
abolida nueve años antes. Por cierto que la abolición sir- 
vió (contra todo lo que el vulgo propala) para que los en- 
^ tusiaemados colonos de las Antillas francesas (blancos y 
negros) resistieran y expulsaran de aquellos países en 179$ 
á los soldados ingleses. De esa suerte, la abolición sirvió 
á la integridad nacional francesa. 
¡Pensad, señores diputados, si puede haber analogías oon 
. lo que pasa en Cuba! Pensad si podéis reducir á servidumbre 
á loa negros libres de la insurrección; pensad si esta es la 
hora de anular leyes como la preparatoria para la abolición, 
ó si es el instante de proclamar, dejando á salvo todos los 
intereses (que á esto no me opongo), la abolición inme- 
diata! (1). 

El segundo interés del Gobierno en Cuba es, como he di- 
cho, la integridad nacional; y para dar f andamento á esto, 
no os he de hablar de patriotismo, que esta es, como todas 
las viitudes, prenda de que no se debe hacer gala, ni respec- 
.todela que se pueden adelantar explicaciones ofensivas 
siempre al decoro del que las da. Acostumbrémonos ¿ pres- 



\ 



(1) Véase la nota referente á la abolición en Puerto Rico. 



— 393 — 

dndir de ciertos argumentos y á hablar sin necesidad de 
ciertas protestas. Y esto asi, ¿queréis saber dónde está el 
fundamento, la ratón decisiva de la conservación de Cuba? 
En nuestro deber. 

El oonfüoto cubano sólo tiene urna de estas tres soln* 
dones: la cesión de la grande Antilla á otro pueblo ami- 
go; el abandono, ó sea su independencia, y el manteni- 
miento de nuestro imperio en aquella isla. No voy á dis- 
currir sobre estos extremos: quiero únicamente insinuar mi 
juicio. 

Pues bien, la cesión equivaldría al pleno reconocimiento 
de nuestra actual impotencia para toda obra de exterioriza- 
don; esto es, para llevar nuestro espíritu y nuestro carácter 
fuera del horizonte sensible de esta tierra» dotada en otros 
tiempos de grandes facultades para colonizar. Y esto se- 
ria tanto más grave, cuanto que nuestra impotencia se 
patentizaría en los mismos días en que las grandes corrien- 
tes de la civilización conducen á estos empeños de dilata* 
don. Y tanto más vergonzoso, cuanto que después de haber 
consentido en que durante el último siglo y en lo que va de 
éste se bastardease en América y en Asia nuestra gran tra- 
didón colonial, renunciábamos á la gloriosa empresa de rec- 
tificar nuestros extravíos y curar los males de nuestras co- 
lonias. — En cuanto al abandono. .. seria simple y llanamen- 
te un crimen de lesa humanidad* 

En este «puesto nos corresponde el mantenimiento de 
la integridad nacional; pero, entiéndase bien, no como una 
mera satisfacción á nuestro amor propio ofendido, ne 
como una pena á los que se han rebelado oontra la madre 
patria, no» en fin, como una empresa militar, como un em- 
peño de fuerza. No. Cuba debe conservarse para España; 



— 394 — 

mas para que Espafia cumpla en aquella tierra loe grandes 
deberes qae impone la justicia y la civilización. 

Por esto, más que por otras razones, yo lamento loe 
medios de qae el Gobierno se está valiendo para la pacifica- 
ción de Cuba. Y eso que de poco aoá es necesario haoer jos* 
ticia á los buenos deseos de algunas de las autoridades mili- 
tares de aquella isla. Yo, señores, he combatido rudamente 
al señor general Yalmaseda, aunque en los términos que mi 
educación y mi lealtad consienten. Su actitud al tiempo de 
publicar aquel terrible bando de Bayamo, que escandalizó 
á la prensa nacional y extranjera, exigía una protesta, con 
tanta mayor razón, cuanto que aquello podía ser mera- 
mente un pasajero extravio. 

Pues por lo mismo hoy quiero enviar desde aquí mi hu- 
milde pláceme á la primera autoridad de duba por las ten- 
dencias humanitarias y el pensamiento político que en la 
actualidad revela, y le enviaría también á otros bravos sol- 
dados que allí sostienen verdaderamente nuestra honra, 
si no temiese que esta sencilla felicitación fuera causa de 
su expulsión de la isla por las muchedumbres desaten- 
tadas. 

¿Pero cuáles son esos medios de que el Gobierno se vale, 
ó que sufre el Gobierno, para concluir con la insurrección 
de Cuba? ¿Acaso corresponden los medios al fin? ¿Por ven- 
tura con ellos terminará la guerra pronto y Hén> dos con- 
diciones precisas para los que no miramos la guerra de Cu- 
ba bajo el punto de vista de las zafras, de las liquidaciones 
y de las contratas? 

Los medios hasta hoy utilizados ó tolerados son estos: 
el envío anual de 8 á 10.000 soldados; los fusilamientos y 
los embargos en grande escala; la privanza de los intereses 



— $95 — 

7 1*0 aprehensiones de un partido exclusivo sobre todo cuanto 
existe j cnanto se hace en la grande Antilla. Y de eeta ma- 
nera, 70 os digo que no concluiréis la guerra de Cuba. 
To os anuncio nuevas complicaciones. Yo os profetiao ma- 
jares de sast res, aunque inmediatamente consigáis refrenar 
la insurrección, 7 á pesar de que 70 orea que la insurrec- 
ción agónica (1). 

Porque si miramos la cuestión como cuestión de fuera» 
(y no es, en verdad, este el único carácter, ni siquiera el 
principal, del conflicto de duba), lo que urge es enviar de 
un golpe 25 ó 30.000 hombres que hagan la campaña en un 
breve plazo, evitando el actual copioso derramamiento de 
langre que asusta 7 cada vez ahonda más el antagonismo de 
aquellos partidos, 7 poniendo un limite al suplicio lento á 
que está sometido nuestro ejército, obligado á soportar meses 
7 meses la crudeza del clima 7 las privaciones 7 rigores 
excepcionales de aquella lucha que en dos años nos ha pro- 
porcionado más de 20.000 bajas. 

Dad, pues, la voz de alarma; abrid los enganches; decid 
que necesitáis soldados para concluir la guerra en ocho ó 
diez meses, 7 tened seguridad de que os sobrarán soldados, 
porque aquí hay siempre afición 7 aliento para los empeños 
de armas. 

Pero concluid al mismo tiempo con los fusilamientos 7 
los embargos. Yo no sé á cuántos millones de pesos sube 
hoy el valor de los bienes embargados, ni á cuánto montan 
los perjuicios producidos por esta gravísima infracción de 
todas nuestras leyes procesales; pero en cambio, aquí tengo 
una nota circunstanciada del numero de insurrectos 7 aim- 



(1) Véase después el texto del convenio del Zanjón. 



— 396 — 

p atizado rea, máa 6 menos verdaderos, fu a i lados, agarrota- 
dos ó muer toe vi ole ata mente, pero fuera de la la oh a. Esta 
numero ee eleva, señorea diputados, á cerca de 5» 000, Y pen- 
sada señorea, la ineficacia de este derramamiento de sangra; 
considerad que las ideas solo ae matan con otras ideas, y que 
si hay algún argumento decisivo en contra de esas violen- 
cias y esas ejecuciones, lo dan esas lápidas donde están es- 
critos loe nombres de nuestros precursores; lo damos nos- 
otros miamos sentad oa hoy en estos escaños, después de ha- 
ber sido ayer perseguidos; lo dais, en ña, vosotros, señores 
ministros, que ayer habéis tenido pregonadas vuestras oa* 
be zas. i Basta de sangre en Cuba, basta! Ved que esos rebel- 
des son nuestros hermanos, y que el verdugo nanea ha pro- 
bado nada» 

Pero todavía hay quizá algo más grave que todo esto. 
Tal como las cosas ae van ofreciendo y desarrollando en 1& 
grande An tilla, no hay allí porvenir más que para las exa- 
geraciones y los arrebatos, de los cuales la primer victima 
es la dignidad nacional. Porque, señores, lo que priva en 
Cnba es una especie de autonomía colonial, pero irregular, 
contradictoria, absurda; autonomía que niega «I sumo 
imperio de la Metrópoli, pero que compromete á ésta y la 
arrastra vergonzosamente á donde bien parece á un partido 
ofuscado en el calor de la pelea. 

¿Lo dudáis? Pues ved lo qne sucede con las leyes de 
nuestras Cortes y los decretos de nuestros ministros. Ya ha- 
béis oído como se ha anulado la ley preparatoria de la aboli- 
ción, Sabed ahora que allí se kan deshecho nuestras leyes 
de procedimiento, poniendo á los consejos da guerra sobre 
los tribunales ordinarios; y, en fin t [vergüenza me da el de- 
cirlo 1 allí se ha resucitado la pena de confiscación , con el 



_ 



— 397 — 

mismo derecho con que se podrá resucitar cualquier día 
la peca del tormento. 

Pero venid á la práctica de la vida. Beoorred las colum- 
nas de aquéllos diarios manchados siempre oon los anun- 
cios de dótales* y alli veréis series de artículos contra los 
derechos individuales, contra las reformas ultramarinas, 
contra la situación de Septiembre, y en pro de los embargos» 
de las confiscaciones, y ahora, de la fijación de precios á las 
cabesas de los insurrectos. Oid la vos de aquellos casinos, y 
sabréis que se pide la negación de la libertad de los porto- 
riqueños, y hasta una excepción en nuestra vida política» 
una cortapisa, un limite para nuestra prensa y nuestra tri- 
buna siempre que se trate de las oosas ultramarinas, y si el 
Br. Moret estuviera aqui os explicarla de qué manera tan es- 
candalosa se insulta, se ha insultado en la Habana á los mi* 
lustros, á los diputados, á todos cuantos no opinan oemo 
los frenéticos directores de aquellas masas. | Y esto se haoe 
allí donde rige la previa oensura y priva el estado de 
¿aerral 

¡Ahí yo os aseguro que esto no puede seguir asi. De 
esta manera quien en Cuba alaa la voz no es Espafia, 
so es el Gobierno: es simplemente un partido. Y desde este 
momento la cuestión toma un carácter deplorabilísimo. 
Ante ese partido lo sacrificamos todo; porque no olvidéis 
que nosotros (los que aqui vivimos) somos los que enviamos 
soldados á Cuba, y los que á la postre, y como es natural 
(j como ya lo demuestra el proyeoto del Sr. Moret, para 
ngularisar la situación del Banoo de la Habana) los que 
ea definitiva haremos trente á la deuda oreada en la gran- 
de Artilla. 

Además, ¿qué porvenir se le depara á la Isla, qué suerte 



— 398 — 

á loa arrepentidos, á los presentados, á los vencidos, ai un» 
partido es el triunfador en vez de serlo España? ¿Qué pers- 
pectiva se les ofrece? 

Tengamos resolución. Creéis que en Cuba sólo se 
debe hablar de guerra: do discuto ahora el prooe dimiento; 
pues bien; sea, Pero declarad el estado de sitio. Que todo* 
enmudezcan, y sobre todo, que nadie hable para abrir la* 
heridas y avivar los odios. No os pida que hagáis lo que los 
Estados Unidos en 1867: os recomiendo sólo la actitud de 
Inglaterra en el Canadá en 1348. 

Y desde luego creo que esta actitud encontrará aplausos 
en los miemos defensores de España en Cuba, Yo do tengo 
por qué hablar ahora de los Voluntarios, y menos para 
agobiarlos con diatribas, En aquel cuerpo ha habido y quisa 
hay muchos fautores de punibles excesos; pero también en 
bu seno se cuentan hombres llenos de buena intención, y 
que, amantes de su patela, no pagan tributo á las exagera- 
ciones de la guerra civil. El señor ministro de Ultramar de 
seguro sabe que hoy de nuevo apunta allí una tendencia 
pacífica y de conciliación . Apresurémonos á secundarla; 
apresurémonos á echar las verdaderas bases de pacificación 
de Coba. 

Pero, lo repito, para esto ee necesario que se refrenen 
los ímpetus del partido dominante en Cuba: es preciso qae 
se le haga entender que quien manda sil i es el Gobierno es* 
pañol: es indispensable que se atajen aquellos extravíos y 
aquellos arrebatos» 

Porque no hay que dudarlo; si hoy no corregís aquellos 
excesos, mañana os será imposible. | Y mañana es indispon* 
sable, de todo punto indispensable, proclamar la libertad en 
las colonias! Pi, la libertad, porque á ella tiende todo en el 



— S99 — 

mudo, porque sin ella no se vive en el siglo xix, porque 
por ella dama y se mueve todo cuanto es, cnanto vive, 
alienta y palpita en la virgen América. Si, la libertad» 
porque estáis solemnemente comprometidos á procla- 
marla, revolucionarios de Septiembre, y para vuestros ac- 
tos está el tribunal de la historia. 

Y bien: si boy enmudecéis ante el partido absolutista de 
nuestras Antillas; si no dais la mano á los que quieren la 
integridad nacional, pero también la libertad; si consentís 
en que la autoridad de la Metrópoli se desconozca, ¿qué 
porvenir nos aguarda? Aún peor que el de Méjico en 1823. 
Becordadlo. 

Entonóos, como ahora en Cuba, el Consulado de co- 
mercio y una buena parte de los grandes personajes de 
aquella colonia se mostraban, no sólo enemigos de la insu- 
rrección separatista, si que aferrados á la continuación del 
it€tu quo. Guerrero, el cabecilla insurgente, oorria los cam- 
pos, pero la insurrección agonizaba. Nuestras Cortes se vie- 
ron feriadas & decretar, por la lógica de las cosas y por 
compromisos de honra, medidas liberales para Nueva-Sepa* 
fia, y entonces sisaron el grito contra la patria Itúrbide y el 
chispo Peres, y el Consulado y todos aquellos intransigentes 
de la víspera. Y el imperio de España cayó porque se unie- 
ron los insurgentes y los leales; pero — bueno es que no se ol- 
vide—cayó nuestro imperio para ser á poco expulsados to- 
dos los españoles del territorio americano. ¡Lección elocuen- 
tísima que no debemos olvidar ni aquí ni en Cuba! 

Pero ya no debo ni puedo extenderme más. Ya habéis 
oido de qué modo entiendo yo que podéis concluir con el 
conflicto cubano, dentro siempre de vuestras ideas y aun 
aceptando vuestras prevenciones. No me argumentéis di- 



— 400 — 

ciendo que podría hacerse mejor. Lo sé; pero en todo eete 
discurso no he emitido mi opinión entera, porque tal vea 
me tacharais de ideólogo 7 de seguro no conseguiría efecto 
tan pronto como ee necesario. Insisto en que todo enante 
he sostenido cabe dentro de vuestros principios; i todo es* 
tais seriamente obligados; todo es por completo imprescin- 
dible. Concluid la guerra de Cuba. Se debe concluir, por- 
que nos va en ello la honra 7 el porvenir. Concluidla con 
vuestro criterio, pero concluidla pronto y bien. 

Mas viniendo 7a al objeto principal de este discurso, 7 
para terminarlo, permitidme que os recuerde resumiendo le 
dicho, qué es lo que sucede en nuestras Antillas con las le* 
yes de las Constituyentes y los decretos del G-obierno; 7 per- 
mitidme asimismo que evidenoie lo eiuivocado de la oon- 
duota del sefior ministre de Ultramar. 

Lo habéis oído: en Puerto Rico se mistifican las 10703; en 
Filipinas se suspenden; en Cuba se anulan. He aquí lo que 
se ha hecho después de la disolución de las Constituyentes: 
he aqui toda nuestra política oolonial. Ahora no es mucho 
que espere las explicaciones del Sr. Ayala; porque por este 
camino solo se va & la perdición . 

Voy á oonoluir, señores diputados, pero antes de verificar- 
lo ob pido licencia para hacer una deolaraoión. Mejor dicho, 
para consignar por vea primera una idea propia respecto 
de nuestras colonias, independientemente de los compromi- 
sos y de las ideas del Gobierno, que han sido, por hoy 9 el 
punto de referencia de todas mis observaciones. 

No quiero sentarme sin proolamar enérgicamente que 
sobre todo esto urge una necesidad, 7 é3ta se reduoe 4 haoer 
la reforma democrática de nuestro mundo colonial. 

Nada os hablaré de la Íntima relación que por espacio de 



^ 



j 



— 401 — 

tres siglos ha tenido nuestra historia con la de América; 
aada de las influencias que, & partir del siglo xix, cons- 
tantemente vienen ejerciéndose por el nuevo mundo sobre 
el tmjo; nada de los resoltados que para la cansa de la li- 
bertad en nuestra patria han producido los sucesos de 1810 
j 1820, allende el Atlántico. Pero en cambio fijaos por un 
momento en el carácter de la Revolución de Septiembre, en 
la situación política de la Península, y en la economía y las 
condiciones de nuestras colonias. Esto asi, *no extrañaréis 
que os afirme que la reforma de nuestro orden colonial es 
d complemento inexcusable de este movimiento de 1868 
que nos ha abierto los grandes horizontes y las soberbias 
perspectivas de la moderna democracia. 

Considerad, señores, cómo los intereses ultra-conserva* 
dores se han agrupado, por admirable instinto, sobre la 
eoeetión colonial, y á propósito de ella libran batallas á la 
libertad de imprenta, al dereoho de reunión, al sufragio uni- 
versal, haciéndolos incompatibles con la integridad de la 
patria, como antes decían que lo eran con la religión, con el 
orden y oon la propiedad. Consideradlo, y ved si esta cues- 
tión, revestida hoy de un carácter excepcional y exclusivo, 
no tiene una importancia y una transcendencia inmensas 
para la suerte de la patria y para el arraigo y el robustecí - 
miento de las conquistas de Septiembre. 

T no podía ser otra cosa. Si consagraseis el statu quo en 
las colonias por preocupación ó por indiferencia (hipótesis 
que no admito), al mismo tiempo permitiríais que el espi- 
de la Reacción os echase una cadena, con la que os se- 
mposible hacer vuestra jornada por el camino del por- 
r, porque siempre pesaría sobre vuestra ooncienoia la 
**'* injusticia de haber condenado á aquellos países á lo 




— 401 — 

> que aquí creéis incompatible con nuestra honra, y 
i hablaría en daño de 1* pureza y la sinceridad de 
pinkaea, redundando, á 1a par, en perjuicio del 
orden político que habéis oreado y tratáis de consolidar, el 
reconocer allende loe maree el principio de las escuelas ne- 
gadas 6 contradicha* por el tít. I de la Constitución del 69, 
el atenido y anacrónico principio de que el derecho de los 
individuos y las libertades de los pueblos, no solo son oon* 
cesiones más 6 menos graciosas del Poder, sino que depen- 
den snstancialmen te de las condiciones físicas y las circuns- 
tancias históricas de las comarcas, de las exigencias de la 
geografía, de las latitudes, de las distancias y de los cli- 
mas, lo mismo que de los mandatos y los compromisos de la 
tradición. 

Por tanto, es preciso que uo nos abandonemos ni nos dis- 
traigamos. Es necesario estar muy sobre nosotros mismos 
en estes momentos difíciles y no transigir, por ningún con- 
cepto, con inconsecuencias y extravíos que si al principio 
parecen per judicar sólo á nuestros hermanos de Ultramar, 
á la postre y como siempre ha sucedido, transcenderían al 
orden interior de la Península: que lo semejante clama por 
lo semejante, y el abismo llama al abismo. 

Es indispensable precavernos contra las preocupacio- 
nes que engendra la guerra no menos que contra los es- 
fuerzos de esos reaccionarios, que al grito de ¡Viva Espa- 
ña! pretenden imponernos el más religioso respeto á los 
lugares de refugio que se han buscado y de que hoy disfru- 
tan en Ultramar, en tanto logran de nuevas concesiones y 
nuevos privilegios robustez para sus faenas y mayor 
alcance para sus manejos: {peligro inmenso en estos ins- 
tantes en que la obra revolucionaria exige toda clase de 



\ 




desvelos y no consiente una atmósfera perturbada por loe 
efluvios corruptoras del barracón y del refectorio} 

¡Ah, no lo olvidéis, hombres del 1169! Ahí teoéU la histo- 
ria; siempre, fliempre los enemigos de la libertad en Amé- 
rica lian sido los enemigos de la libertad en España, Apren- 
ded de ellos; sed avisados; sed lógicos. 

Pero no es esto solo. No es únicamente el interés 
de la España revolucionaria; no es solo el interés de 
ejti situación política , por cuya integridad estáis obligados 
avalar con tanta energía como la que muestran nuestros 
adversarios para destruirla. Algo más, pero mucho más, pesa 
en esta cuestión para excitarnos á llevar con voluntad deci- 
dida el nuevo espíritu allende los mares • 

La sociedad española atraviesa un momento supremo 
trabajada por tantas revoluciones y por luchas tan terribles 
y de tan diverso género como todas las que llenan el período 
de 1809 á I3G8. Hoy, su medio de no escasos errores y no 
pocos peligros, hemos llegado á conseguir uu triunfo, una le* 
galídad común para todos los partidos. Consagrada la liber- 
tad de la palabra y proclamado el sufragio universal, abier- 
tas están las puertas del poder á todos los bandos y á todas 
las opiniones. Llega quizás la hora de un alto; llega el me* 
tentó del descanso. Pero la vida, y la vida en estos pueblos 
latinos, tan hechos á perderse sin agotarse nunca, no tolérala 
delectación celeste, ni el estilismo, ni la paciente reflexión de 
loa pueblos germánicos. P$lear es nuestro desatuso f y el alto 
que se hace necesario en nuestro desenvolvimiento exterior, 
no lo podremos conseguir sino dando nieva dirección á 
nuestras fuerzas. De aquí la urgencia de una gran política 
internacional, que ya presiente nuestro pueblo con su mag- 
nifico instinto; de aquí la urgencia de una gran política de 



— 404 — 

exterioriaación» sujeta á las leyes del tiempo, y que se Unce 
en las grandes corrientes de la época, Y eeta política no 
puede ser una política de a veo turas, ni de violencias; no 
puede eer una segunda campaña de África, ni una guerra 
católica en Boma. 

Sus objetivos son claros: Portugal aquí, América allá. 
Tedio, señorea diputados, vedi o en interés de esta her- 
mosa Patria que ha llenado el mundo con sus homéricas 
empresas, y que sacrificándose tantas veces por Ja suer- 
te de Europa y de la civilización, ora deteniendo á los 
árabes, ora lanzándose á América» ora entumeciéndose 
en Ja intolerancia religiosa, ora persiguiendo todas las inve- 
rosimilitudes y entregándose á la locura de lo imposible, tie- 
ne derecho— si, lo tiene reconocido por la Providencia — para 
buscar y hallar el pago en los anchos caminos de la Historia. 
Yedloj señores diputados, y proclamadlo. Mas procla- 
mad también que, asi como nuestra inteligencia y nuestra 
unión con Portugal no se hará mientras nuestra cultura no 
crezca y nuestros arrebatos no se templen, así nunca llega- 
remos á recoger amorosameute en nuestros brazos á esa fa- 
milia española repartida en el continente americano, y que 
tantas veces y por boca de sus mejores poetas, sus grandes 
oradores y sus primeros estadistas, ha evocado el sagrado 
nombre de su madre: nunca Jo conseguiremos, mientras Ea- 
paua aparezca en sus colonias y á la puerta de aquellos pue- 
blos como el ciego representante del monopolio, la dicta* 
dura y la esclavitud. 
He dicho* 



r 



NOTAS 



UN DISCURSO KN ASTURIAS 

El periódico más antiguo y popular de Asturias, extraño 
4 toda parcialidad política, El Caríayón de Oviedo, rese- 
ñaba de la siguiente manera el meeting verificado en Infles- 
te en 2 de Septiembre de 1897: 

# «MEETING» DE LA FUSIÓN REPUBLICANA 

Cuando el tren llegaba i Infiesto, á las doce menos coarto, gruesos 
petaquea fueron disparados, como saludando á los que de Oviedo iban 
para asistir al mtling. 

Inmenso gentío ocupaba el andén y las inmediaciones, saludando 
todos á los Sres. Labra, Alvarex y Balbín, representantes, respectiva- 
mente, del Directorio de Fusión republicana, del Comité central y del 
provincial. 

Acompañados de los Sres. D. José y D. Luis Arroyo, y seguidos de 
numeroso público, se dirigieron á la fonda del Sr. Pérez, donde se sir- 
vió un espléndido banquete, en que reinó gran animación. 

Bn el servicio se esmeraron por complacer, y lo han conseguido, las 
ftftoritas Bduarda, Filomena y Sofía, hijas de los dueños de la casa. 

Terminado el ba nquete se trasladaron todos al local donde había de 
verificarse el muting, 

Bra éste un amplio salón, capaz para más de 1.100 personas, y estaba 



— 406 — 

de bote en bota, ocupado por distinguida* señoras y bella» señoritas y 
casi todo el pueblo de lo tiesto, no faltando re p re sea tac ion es de la ma- 
yoría de loe pueblos del oriente di Asturias. 

Principió el acto £ las dos, haciendo la presentación de los oradoresi 
en brevet frases, D P Joan Ilautista Sánchez, quien al mismo ti 6 capo 
indicó el objeto da la re anión, que era posesionar en sus «argot á loa 
individuos que habían de formar el Gamita local i a fusión republicana, 
en Id tí esto. 

El Sr. D. Eugenio Di ai, anciano sexagenario, empelé su discurso 
con las frases de salud y frateraidsd, la pai sea con Yosotroi. Rétela 
su pasado y su presente y diae que en dieciseis alios que fué concejal 
no hiio otra cosa que trabajar en bien del concejo*- Desea que del acto 
de boy resulte el bien de la patria. 

El Br. Balbín saluda i los republicanos de Infíesto en nombre da los 
de Oviedo y muestra tu agradecimiento por las ateneienet que le dis- 
pensaron, excitando á todos á que sean francos para decir lo que ton. 

Sigue D. Melquisdet Alvarez, que en párrafos llenos de elocuencia 
j de calor, hace la crítica de lea partidos monárquicos, quienes, dice» 
han perdido la fe en Iss ideas y el amor á la patria, no conservando más 
que el deteo del poder. 

A. todos, liberales y eonservaderet, alcanzan tus reeriminecienet, 
porque todos, dice, ton la causa de las desgracias que hey pasan sobra 
España. 

Silvela, Sagasta y Moret, ninguna se libra de sus censuras. 

De Silvela, dice que enarbola la bandera de la moralidad, cuando él 
se negé á firmar el mensaje de los republicanos pidiendo la apertura da 
los Cortes para combatir la indemnización afora. Cuando da las Cortes, 
cujas elecciones siendo Ministro de la Gobernación, dijo Sagasta fus 
estaban deshonradas antas de nacer. 

Se extraña de la conducta de los Sret. Sagasta y Moret, quienes am 
la última crisis reclamaban el poder para salvar los altos inte r e s es da 
la patria, y por la muerte de Cánovas aconsejan que los conservadoras 
continúen gobernando. 

Termina haciendo un parangón entra lo que aucede en España csst 
los partidos políticos, y le mismo qua ha pasado en la república fraa» 
cesa, donde han caído de los más elevados puestos los mayores prestí* 
¿rios, ante la más leve sospecha de que habían pee ido de inmoralidad 



v -2m 




— 407 — 

8 a hermoso di s torso fué muy api nucí ido en casi tolos loa periodos. 
LavAntase si Sr. Labra j es saludado por nutrida silva de aplansos*. 
Celebra la animación t extraordinaria concurran tía del mMting j la 
pruBDcia *n 61 da muchas damas, que da muestra nn positivo progreso 
en la tultara de la Tilla, y deipnés de fijar la raión y el fin de esta re 
unión en ¡ufieato, organizaría como el primer acto oficial del comité de 
fotáüa republicana, recuerda que el distrito de Infiesto fué el que hace 
veinticinco años lo envió por primera vez al Congreso, donde sostuvo, 
dstpreciaud o las cahim ni as y arrostrando t<* do género de amena* aa y 
de injurias, la abclicióo de la esclavitud, las libertades ultramarinas y 
la autonomía colonial, como el medio mas seguro da afianzar la bande- 
ra j la reuresentiohin de España en América, al mismo tiempo qae 
li Tida esptéadida de nuestras A tí tillas La pasión, la ignorancia y la 
Codicia entendieron las injurias y las protestas que se formularon en- 
tonces oontra el orador, aloe electores de Infiesto y de Candas, loa 
coalas, como el propio Sr* Labra, disfrutaban boj de la incomparable 
■aüsfaccióu de ver que todo el mundo, basta bus antiguos enemigos, 
procUtnao aquella política de libertades j de justicia, coma la única 
<%us y salvadora de España ©3 los negros días que vivimos. 
Bl púb^co acoge con aclamaciones este recuerdo. 
De esta victoria suca el Sr. Labra dos enseñanzas; una para los poli* 
ticos nuevos que uo deben arredrarse ni desesperar por la impopulari- 
dad momentánea de su 3 ideas, seguros de que teniendo razón y man- 
teniéndolos honradamente y con períeverancla, al fin triunfan con 
aplauso general . La otra consecuencia es la autoridad que éxitos aná- 
logos daa á las personas que se anticiparon en la predicación de doctri- 
nas y soluciones para recomendar otras nuevas que determinan las cir- 
cunstancias. Por esto el orador se cree autorizado para asegurar que 
la solución de los evidentes males de ahora está en la república jnsti - 
tiara y expansiva, y que al medio de bacer posible la repüblicaen pla- 
to breve es la fusión republicana, que pide, para el adveoi miento, y, so- 
Dre todo la consolidación de aquella institución, el esfueno disciplina- 
J " de todos los republicanos y el concurso patriótico de todos los hom - 
I que se den cuenta de los peligres a ctuales t cualesquiera que bayan 
las actitudes y las opiniones que tuvieron antea, 
21 punto de partida da la Fusión republicana ea la terrible crisis 
se ote de la integridad moral y material de España y el peligro de 

«7 






— 408 — 

muerte que corre d lia primer» conquistas democrático* de la resolu- 
ción de ísptiembre. 

LaB determinantes de la fusión son.' primero el fracaso notorio de 
todos los. paitidts mtnárc uices, y fe gurí so el deplorable resultado que 
Loa republicaats tí enea haciendo por eeperado y en contradicción uno* 
con otros, en los últimos veinte nno*\ 

El Sr. libra desarrolló estes punto* eon muchas observaciones 
políticas y irises muy vígorofas, que producen en el público extra- 
ordinario efecto, sobre tedo cuando desoribe al caciquismo y demuestra 
que an raíz esti en el gobierno de Madrid. 

No menor erecto causa cuando desmiente el supuesto de que loe 
republicanos desean la república solo para ellos, 

para obtener es l a pobre ventaja, dice el Ir, Labra, podríamos 
habernos resellad* bace muebo tiempo, poniéndonos por cima de toa 
re sel lados más satisfechos. 

(Est mendosoa y prolongados aplanaos.) 

La República necesita hombres nuevos, porque los viejas solos, están 
agotados. Hay que armcLiiar les ímpetus de les nuevos con la expe- 
riencia de los viejo?, que tampoco pueden faltar en esta obra patrió- 
tica, 

£1 Sr, Labra llama gente nueva lo mismo á Loe jóvenes entusiasta* 
que á los que no siendo jóvenes; sin embargo, han permanecido liMU 
ahora fuera de la política palpitante, y cuyo concurso es necesario para 
los o nevos problemas que se pondrán ante la república triunfante. 

Tiene por fin la fusión: re&taurar y consolidar la república, y en ton- 
to que ésta Pega, velar por loe libertades democratice* consignadas 
en los Códigos y atropelladas cada ver más en la practica. 

Su programa es may lencillo* Para lo inmediato sostiene en el 
orden teórico los principie a democráticos de la Constitución da! flíí, 
las lew 1 a municipal y provudal del 70, modificadas, en sentido auto- 
nomisíai la república con la plenitud de las responsabilidades, la auto- 
nomía m las Al tillas y el ciiteno armónico délas clases, consagrad* 
en las leyes de reforma social de 1873, 

En la práctica quiere en primer término y hasta que se reúnan las 
Constituyentes, un gtsierno nacional en el cual tengan representación 
todos les elementos políticos y sociales que hayan trabajado por el ad ■ 
ven i miento de la república, cualesquiera que sean su procedencia 



— 409 — 

matissi de epinióa deitro do una perfecta honorabilidad.— Y para 
legrar «le gobierno j la restauración de la república y la defensa 
utaal da los principios democráticos 1 ura organización sería y disci- 
plinada de todos loa republicanos, que deben posponer aus aspiraciones 
de escuela para cuando exista la república, qua ea bu supuesto ne- 

teeafiO. 
Bato ei el programa del momento 

Para mañana las Cortes Constituyentes, donde todas Las opiniones es- 
tiran re píese otadas y producirán una Constitución reformable íntegra- 
mente por medios legales. 

Si orador no &* explica que en estos instantes, cuando se trata de la 
vida de la patria y de los interósea fundamentales de la democracia, 
baya republicanos que se preocupen de puntos teóricos. Sn la fusión 
caben los republicanos todos, porque a nadie se niega su origen y su 
¿satino definitivo y el derecho de propagar individualmente sus par- 
ticulares opiníonea. Termina el Sr. Labra llamando la atención del 
auditorio sobre dos particulares. El primero consiste en la importan ai a 
extraordinaria que la f os ion da i la acción local y i la cooperación de 
los comités municipales y provinciales, sin los qne el Directorio no 
podri hacer nada. Por eso en la fusión se reconoce al comité local plano 
derecho oara orgenjiarse á sa modo y para determinar la política local 
dentro dal programa común y el interés general al partido. 

El otro particular se refiere & la apremiante cuestión de Cuba* cuya 
guerra es preciso terminar cuanto antea; paro de un modo definitivo, 
de modo que en las Antillas ondee llena de prestigios la bandera de 
Ha paña, amparando las libertades conté mp arincas. Con tal motivo el 
orador, profundamente emocionado, describió la intimidad de la vida 
antillana y la vida peninsular, produciendo hondo efecto en el audito- 
rio, el culi la interrumpió con atronadores aplausos, cuando atri- 
buía a los moniíquicoa la pérdida de los territorios hispano-ameri- 
eanog, primero por la venta de la Florida, lue^o por la ttrpe políti- 
ca, sostenida sangrientamente en Perú y México, por la intolerancia 
mercantil en le Plata y por afrentoso y reciente abandono de Santo 
unge. 

Las últimas palabras del orador fueron para recomendar el sacrificio 
jecUnte pero absoluto de los interósea y preocupaciones personales! 
honor de la patria . 



— 410 — 



\ 



Cerróse el rtwíing con gmadeg aclamaciones qns se reprodu- 
jeron al salir loe oradores di la espaciosa sala donde «e verificó h 
reunión. 

Allí se anunció que el próimo donúng-o se Tarificara una reunión 
análoga en Sama. 






— 411 — 



HITA CONTESTACIÓN AL MENSAJE DE LA CORONA 

£1 Dictamen de la Comisión de Contestación al Discurso 
déla Corona de 1871 contenía el siguiente párrafo relati- 
vo A la cuestión de ultramar; 

«Fatal legado de antiguo régimen, durante el cual fer mentaron las 
pasienes rencorosas y se preparo k explosión, es la g narra civil que 
arde en Cuba todavía; pero el Congreso de Diputados comparte con 
T. M + la esperanza de que pronto j dichosamente termina. La entereza 
de) Gobierno, el patriotismo, valor y sufrimiento de la marina, del 
ejercito y voluntarios, la pericia de bus je fea y el constante ahinco de 
la nación entera contribuirla & este tía, juntamente con la persuasión 
qne ha de ganar al cabo la suerte da loa rebeldes, de que sometido* 
alcanzarán las libertades que en balde quieren obtener por la fue na, 
la emplee estorba solo el cumplimiento de las promeaae de la Eevoln- 
•ión, las cuales no tardaran, lia dada, eomo el Congreso desea, en 
Terie totalmente realizadas en la otra grande Autilla española, donde 
la paz ao se ha turbado y donde el pleno goce de los derechos políticos 
j la abolición de la esclavitud no han de influir en que se turbe.» 

Este Dictamen estaba fechado en 24 de Mayo de 1871 y 

llevaba las firmas de D. Nicolás H, R i vero, O. Francisco 

Romero y Robledo, D. Gabriel Rodríguez, D. Joaquín 

íosqnera, D. José A basca! y D. Juan Val era. 

Mi enmienda tiene la fecha de 30 de Mayo de 1ST1 y lie- 

l las firmas de D. Antonio Ramos Calderón, D. Ruperto 

Fernández de las Cuevas, D. José M, Villa vicenoio, don 






- 412 — 

Ijuís Ai Zamora, D, Ka fací L&ffítte y Castro y D. Jacinto 
María Anglada, todos pertenecientes al partido radical. Eo 
ella se dice: 

< A l p k rra f a i» to«— De ip uós de dond e dice m0t eo metidos alca n taré n 
la* libsrtadee que en bafde quieren obtener por la Afíf-io, aeg-uirá. 

^iólo su empleo estorba ol cumplimiento perfecto do loa solemnes j 
notorios compromisos de la Revolución, lo cual no obstará, cierta méate, 
pera que en Unto llega el suspirado dfe de la paz t el Gobierno adopte 
todos les medios que hacen precisos en la grande Antilla el restableci- 
miento ael principio de autoridad y con él la consolidación del imperio 
de la Metrópoli en nuestras colonias, al par que las Certas real i tan el 
empeño legado por las Constituyentes de adoptar la ley definitiva de 
abolición de la esclavitud y acometer respecto de Puerto Rica y Filipi- 
na las reformas fundamentales necesarias para armonizar la tí da colo- 
nial con la de la Península, llevando al otro lado de los mares* sin re- 
servas ni miedos,, el espíritu democrático de la Constitución do 1669* 
En esta idea, el Congreso deplora la inexplicable ausencia de loa dipu- 
tado* y senadores de Puerto Rico, así cerno el incumplimiento de laj 
reformas decretadas sabré la enseñanza pública y la administración 
civil de Filipinas! y La suspensión de los principales artículos de la ley 
que al terminar su vida votaren las Cortee Constituyen te e para, prepa- 
rar la abolición de la esclavitud . * 

Estas indicación es deben completarse con la reproducción 
del brevísimo párrafo que el Diacareo de la Corona a laa 
Cortas españolas dedicaba á la cuestión colonial y que es el 
siguí gg te: 

«Abrigo lisonjera esperanza de la pro ata pacificación de Cuba. Alli, 
come ea todas partes, el ejército, la marina y los voluntarios defienden 
les altos intereses de la Patria. * 



m. 



— 413 — 



III 



MI DISCURSO SOBRg USA ENMIENDA PARLAMENTARIA 

Eu la sesión del 21 de Jamo do 1371, el señor Presiden- 
te del Congreso de los Diputados invitó á loa autores de 
las proposiciones 6 enmiendas á la contestación al Mensaje , 
que todavía quedaban por discutir, á que las retiraran para 
facilitar Ja discusión de otros asuntos de interés argente * 

Con tal motivo yo pronuncié las siguientes palabras: 

«9«loree DmuUi'-v*. muy bravea palabras voy i pronunciar; paro se 
haca* de todo panto precisas, dada mí situación en i a La Cámara, y da- 
dos loa com premiaba que ha triído aquL Las iniicaciones dsl señor 
presidenta da la comí alón de Mensaje tnt obligtn sin dala alguna^ por 
las muchas deferencia* que á in «o noria me ligan, y por las razones da 
§rran peno que ha expuesto, á retirar mi enmienda- pero antea cumplo a 
ai propósito dar alg-uuai explicaciones acerca de ella, 

La enmienda que tuve la honra de presentar aquí, con otras amigos 
niioi, tenía 4. ■ partas, Li una propendía á provocar aquí y á sostener 
una cuestióa gr&YÍsima, que tengo por la más capital de ia política es- 
pañola, Creía yo qus ara llegado el momento do que se disentiesan en 
*1 Parlamento espaiol sería y tranquilamente , paro con la frente aliada 
y con ánimo resuelto, las cueitiones toda* qua se refieren al problema 
ultramar i no s y creía que era llegada la ocasión da que ae aostuYÍera con 
Vi, itlgüia y con entereza las ao ucionea mia pitr ¡óticas ymascondu- 
tea & dar la aeguridid más absoluta á todos nuestros hermanos de 
.ramarj de qua aquí nadie piniibi en esis loen -as da la vanti de 
H r en atas locaras da la anexión da Cub i a otras nacía íes; pero que 
uíimo tiempo, todos estábamos resueltos y teníanos la volantad, 



1 



— 4H — 

firme é incontrastable de que quien mandflu-e allí fuese pura y exclusi* 
va mente Eapana + Bata era el sentido d e una de las partes de mi 
enmienda. 

Creía además que todos los partidos , y especial me a le el partido 
que rige loa destinos del país desde la Revolución de Septiembrej 
tenían la obligación de llevar el espíritu democrático al otro lado de 
los maten, j esto es indispensable; porque continuar como hasta aquí 
con el eiatema y con las leyes que han dominado en aqu*llos países, no 
ea más que tener una eadena sujeta á nuestros pies, que toa ha de 
impedir á los liberales seguir por la anchurosa senda del porvenir. 
Bate era el carácter principal de mi enmienda, 

Tenia otro carácter, que era re f árente á loa últimos actos de la 
ad mi nist ración do l Sr. Aya La , actos que yo creo inspirados en t cablas 
propósitos y altas ideas, pero que también creo profunda y radical- 
mente equivocados. Después ñc esto, lo primero lo discutiré en cual 
quier momento que pueda, y yo tengo formada intención seria de traer 
pronto la cuestión por loe medios que el Reglamento me proporciona, 
para ventilar aquí, si los señorea diputados tienen la bondad de 
secundar mía esfuerzos, todo el problema colonial. 

Respecte á las ideas concretas del Sr. Aya] a, verdaderamente T dada 
la situación de las cosai políticas y lo que tolos sabemos que proba» 
ble mente pasará dentro de muy pocos días, el Congreso comprenderá 
que yo no tengo absolutamente ningún interés en discutir ya loa actos 
ni la personalidad del Sr. Ayala, que por todos conceptos me es suma- 
mente respetable. En este supuesto y eato dicho, no teniendo ningún 
inconveniente en acceder & la excitación verdaderamente patriótica 
que se nos ha hecho, retiro la enmienda, con ánimo de disentir, cuando 
pueda, loe grandes problemas de la política ultramarina.» 



— 415 — 



IV 



EL PAOTO BIL ZANJÓN 



He iquí ]oi términos de la capitulación del Zanjón» 
qtie concluyó la guerra separatista de Cuba do 1878: 

•Coailituídes «n Junta el pueblo j fn«r2» armada d*l departamento 
del centro j egrup* ciónos parciales de otrrs departamentos, domo 
único medio hábil de poner tertniuo a lag negociaciones pendientes en 
uo ó en otro sentido, y teniendo en cuenta el pliego do proposiciones 
i Qtomtdta por el geDevsl e& jefa del ejército español, resolvieron, por 
aa parte, mcdiScar aquéllas, preeautando loa siguientes artículos de 
capitulación: 

Art. i,' Concesión a la isla de Cuba de las mismas condiciones 
pelitiesa, or gen i casa y administrativas que disfruta la iaia de Puerto 
Rico, 

Art. 2»* Olvido de lo pasado respecto a los delitos políticos come- 
tido» desde 1668 hasta el presente, y libertad de loa encamados o que 
ie lia) en cumpliendo condena dentro 6 foera de la Isla. Indulto gene- 
ni i los desertores del ejórsito español, sin distinción de aacioaalidad, 
Wiesdo extensiva sata cláueua A cuantos hubieaen tomado parta 
directa ó indirectamente en el movimiento revolucionario. 

Art* 8." Libertad a loe colonos asiáticos 7 esclavos que se hallan 
boj sn las SI as ineurrectaa. 
M, *.• Ningún individuo que «a virtud de esta eipitnlaciÓn re' 
jiea y qued* bajo la acción del Gobierno español, podra ser compe' 
á prestar ningún servicio de guerra, mientras no se establezca la 
en todo el territorio , 
"t. 5," Todo individuo que en virtud de esta cApilulacioa 4ese« 






— 416 — 

marchar fuera de li Tala, queda fie aluda y le proporcionará el Go- 
bierno español loa meiiog de h icario, rio t >sir en pabltclonei, ai así 
lo deseara t 

Art* 6." La capitulación da cada faena ae hará ea despoblado, 
donde coa antelación se espantaran laa armas y de p Sí i toa de guerra* 

Art. 7/ Jll general en jefe del ejército eapinol, a fio d* facilitar toa 
medios de que puedan eveuira* loa demia dapi't mentó a, franqueará 
todna laa vías da mar y tierra da que pueda disponer. 

Art, EL* Comidera q lo pactado can el Gamité del Ceitro como 
g-eneral y ain restricciones particalaraa todoe loj~4eeu*ttiniDtoa do la 
lela que acepten astea candicionos . 

Campamento de San Agnatía h Febrero 10 de li73<— E. L. Lumcos . 
^Rafael Rodríguez, secretario.» 

Todo esto fué a captad o y proclamado, primero, por al 
eafior general D. Araanio Martí ae» Campos, liego por al 
Gobierno- de Madrid, presidido par al Sr. Cánovas del Cas* 
tillo. Y sa Liz j 1ü paz, demostrándose práctioament É la ra- 
zón con que yo siete años antaa, en pleuo Par) ame ato j 
completamente solo en él, decía que la ouestión de Cuba no 
era una mera cuestión de fuerza y que no ae concluiría por 
este solo medio t 

Conviene añadir que tlaa condiciones políticas, orgánicas 
j administrativas de Puerto Rico* a que ae contrae el ar- 
ticulo 1,° del convenio del Zanjón, eran las decretadas por 
la República española de 187 ¿ r no derogadas legal méate 
basta deapuój de hecha la paa con los insurrectos de Cuba. 

Con efecto, de 21 de Junio de 1878 data Ir reforma cen- 
tral izad ora del régimen provincial y municipal delS70y72 
de Puerto Rico. De 9 de Junio del propio año 7$ ea el de- 
creto que fija las facultadas de loa gobernad) ras generales 
délas Antillas, y de 2* de Diciembre de 1878 es la ley que 
abolió al sufragio universal en Puerto Rico» En 7 da Enero 



— 417 — 

de 187* faó virtualmente suprimida U libertad de impren 
U, qne existía en la pequeña A n tilla, deade que en 6 de 
Agento de 1871 fué llevado á ésta el título I de la Cons- 
titución de 1860. Y por el articulo 6.° del Real decreto de 
Bde Julio de 1878, interpretado por resolución del Go- 
bierno general de Cuba de 1890, correspondió á loa al- 
caldea y ene delegados dar ó negar permiso (sin ulterior 
recurso), para las funciones ó reuniones que hubieran de 
Tarificarse en su respectiva localidad, asi como presidir 
1m reuniones cuando 3o estimaren conveniente. Dicho se 
«fita con esto lo que vino á ser el derecho de reunión en 
Ultramar. 

Verdad ea que por efecto del golpe de Estado de 3 de 
Enera dt 1 874, en Puerto Rico de hecho quedaron sus* 
pniBfts las libertades allí llevadas en 1873 y se estableció 
un régimen arbitrario, respecto dsl cual, por ejemplo, la 
lev de imprenta de Enero del 79 fué un progreso; pero el 
mpuegto legal a que ee refirió el Pacto Zaojón fué eviden- 
temente el de 1873, po.ee no era dable imaginar que los 
in en r rectoe con dtcionase n su su m U ion , pr ete n di e n do subsi - 
instiera en Cuba aquello mismo contra lo cual se habían 
levantado en armas- Para hacer eso, habrían prescindido 
ihflotata mente del articulo 1 . * del Pacto. 

Como se ve en la práctica, este Pacto se cumplió muy 
medí mámente, Es decir, en lo relativo á la organización 
política j administrativa del paíl. 

De los decretos de 1878 á las leyes municipal y provin* 
ci ¿e 1870 (puestas en vigor en 1873 y qua produjeron 
ei uerto Rico nn admirable resultado, como lo produjo 
li ij del sufragio universal) hay abismos. Pero no son 
fl Q las distancias que separan á los referidos decretos de 






— 418 — 

las ley o s municipal y provincial vigentes en la P enfria a la 
por aquella misma fecha y después de es tableo i da la Res- 
tauración. Con estas últimas, la vida local es dificilísima: 
con los decretos* no existe. 

Este contraste se acento 6 después de 29 da Agosto de 
IStI, en cuya fecha el partido liberal de la Península re- 
formó eu sentido expansivo la ley provincial de 1377, man- 
teniendo en las Antillas el régimen opresivo de 1873. Así 
mismo el partido liberal, en 7 de Marzo de 1830, estableció 
en España el sufragio universal, pero mantuvo en las Anti- 
llas el escandaloso régimen electoral de los 25 pesos de con 
tribuoión, los socios de ocasión y otras enormidades por el 
estilo. 

La cosa era tanto mas inexcusable cnanto que Puerto Rico 
había disfrutado pacificamente y con notorio éxito > de todas 
las libertades de la Península en 1873, y así Puerto Rice 
como Cuba, no tenían nada que envidiar a las más adelan- 
tadas provincias peninsulares en cultura y riqueza. 

Seria facilísimo detallar las diferencias que separaban 
al régimen provincial y municipal de la Península del 
régimen análogo ultramarino en 1878, Sin embargo, á toda 
hora se hablaba en nuestro Parlamento y en loe documen- ' 
tos oficiales, como si esas diferencias no existieran. Basten 
estos recuerdos. ¡ 

Por ejemplo: la ley peninsular autorizaba al Gobernador 
para suspender los acuerdos de la Diputación y de la Co- 
misión provincial, dando cuenta razonada al Gobierno de 
Madrid dentro de las 48 horas siguientes: los Goberm 
res de las Antillas estaban dispensados de esta obliga i i 
y además podían, por su propia autoridad (y contra toda o 
que sucedía en la Metrópoli), 1 ,° suspender en el ejerció- e 



: 



— 41» — 

gn cargo á los diputados provinciales, alcaldes, tenientes de 
alcalde y concejales,' en los casos y en la forma prevenidos 
id la ley provincial y en la municipal. Por otra parte podían 
aaplir, por si ó por ana delegados» la acción provincial y la 
municipal, ya nombrando la Diputación y Ayuntamientos 
cnaado no &* reunieran, 6 completando su número cuando no 
ío hiciesen en el suficiente para tomar acuerdo, ya supliendo 
lu ranclones de las mismas corporaciones cuando se nega- 
ran i ejercerles y dando cuenta en todo easo al Gobernador 
general de las mismas Antillas, Por último, los Gobernado* 
ríe antillanos estaban facultados para dirigir & las Diputa* 
mnea provinciales las excitaciones que les pareciesen o por 
Unas sobre las cuales estaban obligadas á tomar acuerdo, 
N T i esto ni lo anterior pasaba en la Península. 

El articulo da la ley provincial peninsular que hace 
responsable en cualquier momento ante el Tribunal Su* 
premo á los Gobernadores de provincia por los delitos 
que cometan en el ejercicio de su cargo, no existe en los 
i teretes sobre Ultramar, resaltando por tanto perfecta- 
mente ociosos la mayor parte de los artículos 192 al 224 
del Código penal de la Península, que sa llevó á las Au 
tillas en 23 de Mayo de 1879 y que se contraen á los 
delitos por los funcionarios públicos contra el ejercicio de 
los derechos individuales sancionados por la Constitución. 
Ee verdad que subsistió el viejo juicio dé residencia para 
los Gobernadores generales; pero sobre que esto es otra 
co§& muy distinta y ese juicio no procede sino después 
qt el Virrey ó el Gobernador general ha dej ado de serlo, 
lo hacho a ya probaron demasiado la exactitud con que el 
vi *ey de México, duque de Linares, dijo oficialmente á su 
su saor: «Síi el que viene á gobernar esto reino no se acuer- 



— 420 — 

da repetidas veces que la residencia más rigaroaa es la que 
sella de tomar al Virrey en su juicio particular por la Ma- 
jestad divina, puede ser más soberano que el gran Turco, 
pues no discurrirá maldad que no haya quien se la facilite, 
ni practicará tiranía que no se le consienta. » 

El Gobernador en las Antillas elige, entre tos individuos 
de la Diputación, á los cinco que han de constituir la Comi- 
sión provincial: nombra por si al vicepresidente y elige 
al presidente de la Diputación entre los tres que ésta le 
propone. £1 reglamento de la Diputación, hecho por ésta, 
tiene que ser sometido á la aprobación del Gobernador ge- 
neral, el cual nombra, á propuesta de la Diputación, el 
secretario, el contador y el depositario de la misma. Aquella 
aprobación se necesita para que la Diputación provincial 
pueda girar visitas de inspección á los Ayuntamientos. La 
Diputación solo informa en los expedientes sobre creación» 
segregación y supresión de municipios y términos: si el 
Gobernador lo aprueba es ley aquel informe; en otro caso 
la cuestión va al ministerio de Ultramar. £1 Gobernador 
general, previa consulta del Consejo de Administración, 
puede destituir gubernativamente á los diputados provin- 
ciales, cosa que en la Península corresponde á los Tribu- 
nales de Justicia. —Por supuesto, todo lo anteriormente ex- 
puesto, no aparece en la ley peninsular, donde todas las 
facultades atribuidas en Cuba al Gobernador se reconoces 
á la Diputación provincial. 

El Alcalde, que tiene sueldo en las Antillas, es nombrado 
por el Gobernador. Aquél puede ser ó no vecino del término 
municipal y la ley no le exige condición administrativa 
alguna. En cambio puede ser separado y destituido por el 
Gobernador cuando á éste parezca bien. El sueldo de loa 




— 421 — 

alcaldes se hace por el Gobernador general, previa pro- 
puesta de los A 5 u n t a mi en te s respe ct i vo s . El G ober n ador 
general nombra los Tenientes de Alcalde ó propuesta en 
terna del ¿fusta miento; pero puede removerlos y reempla- 
zarlos por otros concejales cuando le parezca oportuno. E 
Gobernador, oyendo á la Diputación provincial, aprueba ó 
no las Ordenas zas municipales y nombra al Secretario del 
Ayuntamiento á propuesta de esta corporación. Los Ayun- 
tamientos pueden asociarse siempre que el Gobernador lo 
autorice. En el cae o de que faltando menos de medio año 
i5op ara las elecciones ordi Darías, ocurrieren vacantes que 
asciendan á Ja tercera parte del número total de concejales, 
al Gobernador nombrará como interinos á personas que en 
¿pocas anteriores hubieren pertenecido al Ayuntamiento. 
El Ayonta miento y la Junta municipal votan el prega ♦ 
pues to municipal y enseguida lo remiten al Gobernador para 
que éste pueda corregir las extraii mi t aciones lega I es f si las 
h tibiera. De los acuerdos del Gobernador podrán alzarse las 
Jautas municipales, no precisamente el Ayuntamiento; el 
Gobernador general resolverá oyendo al Consejo deAdmi- 
ui arraclán; pero si no resol vi ere dentro de los quince días 
antes de empezar el ejercicio del año económico, regirán los 
preeupuaetos con las correcciones introducidas por el Gober- 
nador. La creación de arbitrios municipales se hará por los 
Ayuntamientos con la Junta de asociados; pero el acné r do no 
aera ejecutorío sin la aprobación del Gobernador general con 
informe de la Diputación provincial. Los repartimientos se 
h~~ x .n á propuesta del Ayuntamiento y con el dictamen de 
I* diputación provincial si el Gobernador los aprueba. Pero 
bj iso de disentimiento resolverá el Gobernador; lo mismo 
a lera con las tarifas da consumo. Las maltas que impo- 



^ 



— 422 — 

ti e el Gobernador ¿loa concejales tío so o recurribles ante la 
autoridad judicial: solo procede el airamiento ante el mismo 
Gobernador que la impuso. 

No se necesita comentario alguno. En todo caso eeria 
comentario vivo el deplorable estado moral y material de 
todos loa pueblos de nuestras Antillas* 

Después de los decretos de 1S7S y de las leyes electorales 
de la propia fecha vino su corruptela y mistificación. 

Con efecto, en la disposición 2 , a transitoria del decreto 
de 21 de Junio de 1878, sobre organización municipal de 
las Antillas, se dice que ten tanto no se publiqne la ley 
electoral á que se refiere el art. 40 del mismo decreto , serán 
electores los que designa el articulo del mismo número de la 
ley municipal de la Península, como contribuyentes, siem- 
pre que vengan pagando la cuota de cinco pesos y los demás 
que el citado articulo señala». 

Al fin, en 16 de Agosto de 1878 se llevó a Cuba la ley 
electoral municipal de 1870, con las moiiicaciones intro- 
ducidas en ella en 16 de Diciembre de 1876-, pero el Go- 
bierno general de la Grande Autiila, en 28 de Enero 
de 1881, resolvió que á pesar de todo continuase rigiendo 
la excepción de la disposición transitoria del decreto de 21 
de Julio de 1878, perfectamente opuesta al art, 1." de lt 
Ley de la Península de 1870, modificada en 76, que reco 
noce el derecho electoral municipal á todos los que paguen 
alguna cuota de contribución ó tengan capacidad profesio- 
nal á oficial de cualquier género. 

Hedíante la prórroga de la excepción que ha durado 
hasta 1S95J fué excluida del derecho electoral munici- 
pal la mayoría de los que gozaban del mismo en Puerto 
Rico, y además se consagró un privilegio á favor de loe 




— 423 — 

empleados civiles, activos y cesantes ó jubilados, y de los 
retirados del Ejército 6 Armada» por cuanto á éstos les bas- 
taba ese carácter para tener voto. 

La ley electoral para diputados á Cortes, que lleva la 
fecha de 28 de Diciembre de 1878, exige al elector la 
cuota de 125 pesetas de contribución territorial, 6 por sub- 
sidio industrial 6 de comercio: es decir, todo lo contrario á 
la ley peninsular y lo opuesto al criterio dominante en las 
leyes electorales, que exigen cuota de contribución para el 
goce del derecho electoral. En estas siempre se exige menos 
cuota al contribuyente territorial, por suponer al comer- 
ciante é industrial de carácter más instable ó pasajera, fin 
las Antillas se igualó á todos, beneficiándose á los indus- 
triales y comerciantes por la notoria raxón de que éstos eran 
conservadores y en su inmensa mayoría peninsulares, como 
los agricultores y propietarios eran liberales y antillanos. 

Pero luego se produjo una corruptela de este mismo pre- 
cepto legal, en beneficio también de los comerciantes penin- 
sulares y conservadores, porque en 2 f de Agosto de 1878 
se decretó por el Gobierno general de Cuba, que para inoluir 
en las listas y censo electoral (lo mismo el municipal y 
provincial que el de diputados á Cortes), los socios de oom- 
pañías mercantiles, deberían reclamar los agentes la inclu- 
sión de aquéllos si reunían las condiciones de electores, 
presentando al efecto en el respectivo Ayuntamiento una 
nota expresiva del tanto por ciento que á cada socio corres- 
pondiese en las utilidades de la sociedad, á fin de que con 
«te date y el da la contribución total que la referida sooie- 
dad satisficiese, se hiciere el correspondiente* prorrateo , que 
demostrara si los socios debían ó no ser comprendidos ea 
Us listas de electores y elegibles. De ninguna suerte se exi- 

a8 



— 424 — 

gió que el gerente presentara la escritura social donde apa- 
recían los nombres de los socios y la participación de ¿atoe 
en la Sociedad. Bastaba la palabra del gerente, el cual» 
por tanto, pudo hacer electores á su capricho. Esto también 
subsistió hasta 1893. 

De aquí uno de los más escandalosos é irritantes abusos de 
las elecciones antillanas: el de los llamados socios de ocasión. 
A este abuso hay que agregar el de las coacciones electora- 
les, y sobre todo el de las listas de candidatos cuneros que, 
en Puerto Rico sobre todo, llegaron á ocupar las dos terceras 
partes de los puestos de la Diputación y la Senaduría. 

A pesar de esto, se hablaba pomposamente en los docu- 
mentos oficiales de que las Antillas estalan representadas 
en Cortes al igual de las demás provincias de la Península: 
como se hablaba de los Ayuntamientos y las Diputaciones 
provinciales de las Antillas, á pesar de que las leyes allá 
vigentes eran en todo opuestas á la Metrópoli y negaban 
sustancialmente la vida local. 

De esta suerte cumplieron nuestros partidos monárquicos 
la PazdelZajón. 

Esto no lo prediqué yo. 

No empece lo dicho á la afirmación que repetidas veces he 
hecho de que las reformas políticas espansivas decretadas 
por el partido liberal, en Coba y Puerto Rico, desde 1881 
á 1897, han sido de positiva importancia. No puede desco- 
nocerse que la tiene la reducción del presupuesto de gastos 
cubano que en 1879 llegó á ser de unos 57 millones de duros 
y en 1895 era )a tolo de 26 millones. Las libertades de im- 
prenta, reunión y asociación, en 1886, 1880 y 1888 respec- 
tivamente, faeron garantizadas del mismo modo en la Me- 
trópoli y en las Antillas. Y la reforma judicial de 1895 






— 425 — 

sobre las anteriores de 1855, 75, 79 y 84 que aparece en la 
Compilación de 5 de Enero da 1801) constituye un posi- 
tivo progreso que hay que relacionar con la extensión en 
juicio oral y público y la ley de Enjuiciamiento criminal de 
la Península y Cuba ó Puerto Rico en 1888. 

Pero tampoco esto obstaba al creciente mal efecto qne 
producía en las Antillas la tiranía local, al punto de que 
últimamente se llamaba por muchos á las libertades polí- 
ticas antes señaladas las libertades de lujo. 

Además, era evidente que tan pronto como se conquista** 
sen las libertades primarias, surgirían potentes la aspira- 
ción local y el programa de la organización de la colonia 
patei; tizándose la absoluta incompatibilidad del régimen 
municipal y provincial de 1378, con todo lo que y» es co- 
rriente en el mundo contemporáneo , cnanto más eo colonias 
de cierta vida y aspiraciones. [Cómo prescindir siquiera de 
la posición geográfica de Duba y Pnerto Rico y de su am- 
biente americano! 

Agregúese á todo esto la equivocada manera de entender 
el problema económico y el modo de todo punto inverosímil 
de haberse proclamado el cabotaje mercantil en 1882, para 
destruí río y anolarlo después por una serie de mistifica- 
ciones apenas comprensible en estos momentos» 

Porque el cabotaje no era una solución para las Antillas, 
pero respondía á nn espíritu de equidad grandemente plau- 
sible. Luego el cabotaje vino al suelo, ¿Pero de quó 
modo? 

n 30 de Junio y 20 de Julio de 1882, se publicaron Isa 
3 reguladoras de las relaciones mercantiles de las 
illas con la Península. Por la primera, desde 1,° de 
*> de 1SS2 ee admitían Ubres de derechos en la Métró- 



— 426 — 

poli, todos los producto* antillanos y filipinos, excepto el 
tabaco, el azúcar, los aguardientes, el cafe, el cacao y el 
chocolate; si bien respecto de estos productos exceptuados 
(quedando siempre fuera el tabaco sujeto á legislación espe 
eial) se irían reduciendo anualmente los derechos devenga 
dos por los mismos en las aduanas peninsulares, para que 
en 1.° de Julio de 1852 la franquicia fuera absoluta. Por la 
ley de 20 de Julio de 1882 se declara libre, en el transcur- 
so de esos diez años, la importación en las Antillas de todos 
los productos peninsulares, en bandera nacional. 

Sin embargo de esto, lo único que de veras se realisó fué 
la supresión de los derechos de los productos peninsulares 
en las Antillas. Por medio de artículos de los presupuestos 
ultramarinos y peninsulares de 1884, 85, 88 y 93 fueron 
punto menos que anuladas las franquicias otorgadas & los 
productos ultramarinos, y asi se explica que si en 1888 la 
Península recibe de Ouba por valor de siete millones y pioo 
de pesos, y en 1892 unos diez millones escasos, la Penín- 
sula, que en la primera de esas fechas (1888) ponía en la 
Grande Antilla géneros por valor de trece millones de du- 
ros, en 1892 coloque muy cerca de treinta millones. Es de- 
cir, que en este último año el 11 por 100 de la exportación 
viene á la Metrópoli, y el 46 por 100 de la importación en 
Cuba es de productos peninsulares. Todo plausible, si este 
no fuera un artificio y las leyes no hubiesen gravado inde- 
bidamente y contra lo acordado en 1882, los productos an- 
tillanos en el mercado peninsular. 

No son menos elocuentes los siguientes datos: en 1882 
pagaba el aguardiente de caña de Cuba en las Aduanas de 
la Península 13*75 pesetas hectolitro; con arreglo 4 la ley 
de aquella fecha en 1892 no debía pagar nada; pero de he- 



— 427 — 

cho, en 1895 pagaba 37' 50 pesetas. Y el aguardiente de 
vina peninsular no paga nada en Cuba. El ai ú car en 1882 
pagaba 23 L 10 pesetas; en 1895 pagó 33 '50, Y el impuesto 
sobre el azácar peninsular , que en 1882 se calculó por alto 
tn dos millones de pesetas al año, en 1885» por convenio 
con los fabricantes, se rebajó á 1.14 5.000 pesetas, de las 
coalas no se cobraron mas que 975.843. 

üíto aparte los rigores del arancel general respecto al 
extranjero: enormidad denunciada por el mero hecho de ler 
du es tras Antillas países de exportación y de necesitar ab- 
solutamente el mercado extranjero por la evidente insui- 
cieucia del mercado peninsular de solo 18 millones de ha- 
bitante» y por la competencia del azúcar de remolacha. Solo 
en el mercado de los Estados Unidos, O aba viene colocando 
el 82 por 100 de su exportación, 

Pero aun considerando el positivo adelanto que implican. 
Jaa libertades de reanión, imprenta y asociación procla- 
madas en 1881» 81 y 88; y sin olvidar que en 7 de Abril de 
1881 se promulgó en Cuba y Puerto Rico la Constitución de 
1876, y que se amplió el derecho electoral en 1893, ¡como 
prescindir de qne en 1 890 se publicó el Código de Justicia Mi- 
litar, cuyo articulo 29 (muy distinto del 28, que se refiere A 
las Capitanías generales de la Península}, dice que á los 
Capitanes generales de Ultramar les corresponde la aproba- 
ción de las sentencias á que se refiere el art. 23, pero además 
tde aquéllas en que se trate de delitos de robo en despoblado, 
siendo cualquiera el número ó da la cuadrilla; en poblado, 
siendo en cuadrilla de cuatro ó más; secuestro, incendio en 
despoblado, amenaza de cometer estos delitos, ya sea exi- 
giendo una cantidad, ya imponiendo cualquiera otra con- 
dición constitutiva de delito grave previsto en el Código penal 



— 428 — 

ordinario y cualesquiera otros que afecten gravemente d la 
seguridad de cosas t personas ó á los intereses gratos de la 
Nación y del ejército!* 

Con un poco da voluntad, aplicando este articulo, se anu- 
la la Constitución y se vuelve al imperio de las facultades 
omnímodas del Real decreto de 1825 É A pesar de la Consti- 
tución de 1876 y de todas las declaraciones de las Cortes 
y de los Gobiernos habidos y por haber , 



i 



r 



— 429 — 



V 

LA JSXPtRIENOIA DI PÜIRTO BIOO DI 1873 

Esta experiencia comprende dos extremos: el relativo á 
la abolioión de la esclavitud y el tocante á la instauración 
da las libertades democráticas en la pequeña Antilla, 

Vamos por partes. 

No es del cago extractar aquí los argumentos que desde 
1868 á 1873 se hicieron contra la abolición de la esclavitud 
tanto en Cuba como en Puerto Rico. Aun con relación á la 
pequeña Antilla, donde no había guerra y donde el núme- 
ro de esclavos, casi todos nacidos en el país, era menor de 
46,000 para una población libre de cerca de 700.000 in- 
dividuos, se aseguró que un decreto abolicionista produci- 
ría inmediatamente el desorden público y la ruina de la 
producción colonial en el referido país, y ademas transcen- 
dida á Cuba, ensoberbeciendo á los negros de esta isla 
y desalentando á sus amos, pródigos en recursos contra los 
insurrectos. 

Con tal motivo se produjo en la Península una gran agi - 
tación política que llegó al parosismo cuando el partido ra- 
dical, dirigido por D. Manuel Ruis Zorrilla, determinó, 4 
fines de 1872, que se plantease en Puerto Rico la ley muni- 
cipal votada para aquella isla á mediados de 1870 (ley que 
estaba en suspenso desde aquella misma fecha por la influen- 



r\ 



— 430 — 

cia de los conservadores)» y ee hiciera allí la abolición inme- 
diata de la servidumbre. 

Mezclóae con esto la pasión de lea partidos constitucional 
y al fon sino, contra el radical. Entonces 86 constituyó la Liga 
nacional contra las reformas ultramarinas, publicándose un 
famosísimo manifiesto de esta Liga, redactado por D . Ade~ 
lardo Lopes de A y al a, en cuyo documento llegó á decirse» 
con referencia al proyecto abolicionista, que España estaba 
bajo el peso de un infortunio f á cuyv solo anuncio se habían 
convertido en desgracias secundarias las que no hacía mucho 
tiempo parecían insufribles. 

Pero al fin, el 22 de Marzo de 1873 fué decretada U 
abolición inmediata» simultánea é indemnizada de la escla- 
vitud en Puerto Rico, Esta ley se planteó en aquella Anti- 
lia como procedía: es decir, confiando su planteamiento y 
aplicación á los abolicionistas de la misma* El resultado 
fué por todo extremo satisfactorio, destruyendo la realidad 
todas los temores y las siniestras profecías de los esclavistas 
más ó menos vergonzantes. 

La Sociedad Abolicionista Española elevó al Ministerio 
de Ultramar en 15 de Julio de 189-4 una estensa y razona- 
da exposición respecto de los primeros afectos de la ley 
abolicionista en Ja pequeña Antilla. En ella es extractan 
los informes de loa cónsules de Inglaterra, Francia, Ios- 
Estados Unidos y Alemania en la pequeña Antilla, los 
del Gobernador general D. Rafael Primo de Rivera, los 
del Presidente de la Audiencia y del Jefe de la Guardia 
civil y muchas cartas de hacendados puertorriqueños de 
positiva importancia, sobre el estado político, económico y 
social de la Isla antes y despnós de la abolición. También 
se hace referencia á lo qne sucedió en las Antillas francesas 



1 



L 



— 431 — 

é inglesas en la ¿poca de la abolición de la esclavitud en 
aquellos países, y de todo e f lo resulta que la abolición de 
la esclavitud en Puerto Hico ha sido uua experiencia ver- 
daderamente gloriosa, y por mochos conceptos excepcional. 

Por esto iin duda los ministros de Estado españolee de 
1874 j 76 invocaron en comunicaciones diplomáticas el éxi- 
to admiiable de la abolición en Puerto Rico como nua de- 
mostración de loe buenos propósitos 7 de loe éxitos da núes* 
tro Gobierno en la política colonial. No detuvo 4 aquellos 
señores la consideración de qae sus respectivos partidos 
■poyaron i la Liga esclavista de 1872; bien es que reciente- 
mente nn caracterizado personaje conservador, en un dis- 
curso muy aplandído ante loa representantes de toda la 
prensa madrileño, se ha ufanado del ¿xito de los decretos 
abolicionistas combatidos ardo rusamente en otra época por 
todos los conservadores españoles. Sin embargo, nadie 
protestó. Buena prueba de cómo se hace y se sabe la histo- 
ria contemporánea en España. 

En la Exposición de la Sociedad abolicionista de 15 do 
Julio del 74 aparecen los ti gn lentes párrafos: 

«He he moa da molestar ÍV,E. con al fiemen detenido de la situa- 
ción de la isla de Puerta H co desde el mee de Marzo de URÓ\ V, S. la 
dtbe ¿oftocer perfectamente. En todo caso, por nosotros hablarían loa 
periódicos extranjeros y loa Informes de Loa señores Cónsules de Ingla- 
terra, loa Hatadas Unidos 7 Aleónala, que no pueden sor un secreto 
para el ministerio de Eatado. Faro ai debemos animar que la expenen- 
aia abolicionista da Puerto Riso está en el caso de pretender el primer 
puesta quúá en la hietoria de la abolle ¡6n, y que es na titule á la 
consideración del mundo contemporáneo que España poeie poner al 
lado de aquella nobilísima meción de Alcoier á las inmortales Cortea 
d« Cádiz , de aquella célebre Instrucción de esclavos de l" 89, de aquella 
patriótica renuncia da todo derecho de loa propietarios de Guatemala 



— 432 — 

*■ al primar temo da asta siglo y da aqnslla varonil piálala da las 
«Misionadas da Puerto Rico a* 1866. 

Porque, eenor, la obra da la emancipeeieQ da los esclavos s* ha 
hecho an Puert» Rico aa loa mismos di is en que se hacían tras slaeaio • 
Das generales da Dipotados á C.rtes, Dipatidos pr jviacialos é indivi- 
daos del municipio; an loa momaatoo aa que se eraaban loa Ayunta- 
mientos popularas; coando una laj da la Asamblea Racional llevaba. & 
aquella isla, con al raeoaoeimieato da los derechas naturalee del 
hombre, al sufragio unireraml y todas loe dereehoa políticos conaigBa- 
dos an al titulo I de la Constitución dsl 69, y, an fia, cuando triunfante 
an la Península la República y abierto de aneTo al periodo oonstitm- 
yente, aran posibles todas las vaguedades, tolos los deseos, todas las 
confusiones y tolas las incerti lumbres. Ba asta último concepto, la 
situación da Puerto Rica tenía semejanza con la da las colonias franca- 
sas después de Febrero de 1848 . 

De otra parta, la insensata propaganda hacha por les esclavistas 
había espantado el dinero de la circulación, uniéndose á esto la grave 
«ruis mercantil que produjo en los Rstados Unidos ammarosas y alar- 
mantes quiebras que transcendieron á la pequeña An tilla, á su Tez 
amenazada por la atros sequía que por espacio da d*s atoa viene 
cebándose an los campes de la isla y la aterradora baja de loa azúcares 
producida por el aumento de la cosecha en la Iniia, en Cuba y en otros 
países. En tal supuesto, la situación da Puerto Rico era macho mis 
grave que la de ninguna otra de las col snias ya libras de esclavos, que 
en su vecindad tenía. 

Ademas, Y. B. no desconoce que la ley de abolición se llevó 4 Puerto 
Rico, escueta. Para su completo éxito, exigíanse otras medidas que 
cooperasen al logro de la idea abolicionista. La reducción del presu- 
puesto, la libertad de Bancos: la reforma de los aranceles— eran medi. 
das por todos reclamadas, cuando menos aleccionados por el ejemplo 
de Francia* Inglaterra, Holanda y aun los mismos Bstalos Unidos. 
YV.fi, sabe que la indemnización a los posesdordS de esclavos, de 
que habla el artículo 3.* de la ley de Marzo, no solo no se ha pagado, 
sino que hoy mismo nadie tiene noticia de que se haya hecho la tasa- 
ción de los libertos, y sobre todo, que se haya intentad} hacer la tira- 
da de los bonos i que ss refiere el artículo •.* de la citada ley: extremo 



r 



— 433 — 

tobrs el que también, aunque de puo, doj tomamos U libertad de 
llimir U ilustrada atenci 6 n de V, S„ puesto que en Puerto Rico el 
metálico ee cada vez matrero j necesario. 

Par Último, apenas transcurrido! o^ho mises desde si plan t anuiente 
te la Lej emancipad ora t ccurrió si proíuado y transcendental cambio 
píi! ¡tico producido por los sucesos del 3 de Enero; cambio que importó 
•a li pequeña Antilla el estado de sitio; la distinción de la Diputación 
provincial y de todos los AyuoUm lentos populares, la suspensión de 
todos o casi todos los profesores de instrucción primaria^ la clausura 
del Instituto da segunda ens&üanza recientemente croado y cajos 
tíñanos pasaron al i «minarlo de Padres Jesuítas mediante una subven - 
tiAn de seis mil duros acordada por ios nuevos diputados provincial et; 
la disolución de las milicias dsl país, tan cslebrea en la heroica historia 
de las guev ras de Puerto Rico contra holandeses , inglesas y filibuste- 
ro*: la muerte de la prense liberal y reformista, el envió á la Penínsn- 
l* y á Cuba de gran númerj de jefes y o Aciales del ejército de aquella 
iflla; la renovación de casi todo el personal administrativo y de los 
primeros funcionarios del orden judicial: la disolución de la Jttnia de 
inttnwu moraUi y m&t$riülte f creada por oí general Primo de Rivera y 
destituida con toe hombres man importantes de todos los partidos 
políticos, la emigración de muchos vecinos a la Península y el extran- 
jero, la persecución de otros, sospechados como matonei da ce aspirar 
wetre el nuevo orden de cosas; La promulgación de un ssveriftimo re- 
gíanle oto dicho de vagos; si rea tab le oimiento de las antiguas tibrtttu 
deloi obreros libres, y t per último, el Decreto do 10 de Abril contra si 
V^ respetuosamente so alxa la Sooisdau Abolijíonist*, y que las 
favorecidos por aquella medida y algún que otro periódico de la madre 
jetria defienden (sin razón a no dudarlo) como es use cu ene ia obligada 
as las uo vedadas introducidas después del 3 da Enero en el orden polí- 
tico de la tranquila y morigerada iaU de Puerto Rico, 

Pues bien; en estas condiciones, íjdn do*f<iv:irahlñ\ t si bien ds carao - 
ter accidental, se ka realizado la aho iciin en Puerto Etico, No com- 
prendemos cómo hay español que no esté afano del éxito. 

Y ¿cuelas han sido los resultados? Los resultados definitivos es impo- 
■ible registrarlos al an? encaso de promulgada la Ley de abolición, 
V. K. ¿abe que en ningún país del mundo la emancipación ha podido 



— 434 — 

ser juzgada por sus efectos hasta finalizado el segundo quinquenio des- 
pués de la reforma.— En cuanto á los resultados inmediatos, sclo apro 
zimadamente podemos hablar hoy, porque sobre faltarnos algunos 
datos que nuestra siempre retrasada administración ultramarina no nos 
suministrará hasta el último trimestre del ano corriente, hay que con- 
siderar que siendo la época de la cosecha y del movimiento mercantil, 
que produce la necesidad de la exportación de los géneros coloniales, 
de Bnero á Junio, da la circunstancia de que tanto la Ley de libertad 
como el Decreto de restauración de la servidumbre han comenzado i 
producir sus efectos precisamente en lo más crítico de la época aludida, 
de suerte que en rigor y absolutamente no puede decirse que la expe- 
riencia abolicionista de Puerto Rico cuenta un afto de vida y que el 
trabajo libre ha producido todos sus naturales efectos en el primer año 
de su ejercicio.» 

Y luego signe la Exposición (publioada en 18Í5 con el 
título de una experiencia abolicionista de Puerto Rico). 

«Bn poder de la Sociedad Abolicionista existe un estado demostrativo 
de la exportación de Puerto Rico desde 26 de Diciembre del 72 al 1.* de 
Diciembre del 88, con referencia detallada al azúcar, las mieles, el eeÜ 
y el tabaco exportados en los anos de 1869, 70, 71 y 72. De todo elle 
resulta que comparado el primer año de libertad (1878) con el último 
de esclavitud (1869, porque desde este afto al 78 rigió la ley preparato- 
ria de 1870), aquél lleva al segundo una ventaja extraordinaria, al 
punto de que si en los azúcares llega al 25 tor 160, es casi el doble ea 
el café y el 84 por 100 en el tabaco. 

Comparado el afto 78 con el anterior de media libertad (pues que sa 
él regía la ley preparatoria de 4 de Ja lio de 1870, que emancipó i los 
negros mayores de sesenta años y fomentó con su influencia la costum- 
bre de manumitir esclavo> el resultado es que en el afto crítico la 
exportación ha excedido las cifras del anterior en el café, igualándolas 
aa el azúcar y las mieles y bajando solo bien poco en el tabaco. . . 

¿Un qué colonia ha sucedido otro tanto? 
«t • • ••••••••••• • ...••••• 

Tengamos al orden público. Ante todo, tiene la palabra el señor 



— 435 - 

Prudente do U Audiencia de Puerto Rico* D, Blas Díaz Meodivil, que 
il ría usa ir los trabajos judiciales del año 1*413, dice -El resaludo 
total d al Estado es eatisfic torio. Todos loa delitos qae registra son los 
comunes j mis: f recuso tea en el país» alo que aparezca ano a*lo en 
que sus autores hayan obedecido i la condición de libres que han 
adquirido,* — *Di las 121» causas formadas, laa 14 lo Kan sido por el de- 
lito tan común en el país, de A «no, sin que aparezca ni uno solo por 
homicidio ni assaioito, como desgraciadamente cuando existía la 
esclavitud encedía «□ alijuua hacienda, por el mil trato o sevicia,.. 
Sutninado todo y hechas les comparaciones debidas, resalta que en 
t B~l 3 la Audiencia de Puerto Rico aparece con menor criminalidad que 
niogona de laa Auiioneíaq do U Pao ¡nao '.a é islal adyacentes.» 

Por último, e\ digno Gobernador general de la isla, al 

despedirse de loa puertorriqueños en 2 de Febrero de 1874, 
«Dribla: 

«Felicito con todo mi corazón a los liberto», qu« eon ejemplar «ordura 
T hocradez han correspondido £ la justicia que lee hiciera nuestra Madre 
España, por medio de las Cortes» k\ de a pedirme, lea encargo como otrafl 
muchas veces lo he hecho, que continúen por la senda honrada del 
trabijo j que hagan ahorros, porque la vejez enerva las fuerzas, y así 
«crin acreedores A mayor consideración social... La paz pública, el 
orden que tanto amáis, han permanecido inalterables durante todo el 
período da mi gobierno . Reconocido estoj i ese nuevo beneficio que 
da vosotros he recibido * 

Por último! la Sociedad Abolicionista rea ame todos loa 
datos aducido» diciendo: 

1 É Que después de la abolición en Puerto Rico, se ha mantenido 
en tado au rigor el orden público. 

Que la delincuencia ha bajado. 
Que la producción, atando manos, no ha disminuido. 
Que los libertos han cumplido la obligación que se les impuso 
ia ley de Mario, ver locando loa obligados contratos de trabajo. 
Que la mitad do todoe aquellos, el 4G por 100 de loa que trabaja- 



_'_ 



— 436 — 

btn en el campo, y el 65 de los domésticos, han continuada con roí 
antiguo 8 a moa, de qoienea recibieron nn trato dulce [durante la época 
de la servidumbre. 

&* Que un número considerable de loa que, apenaa promulgada la 
Ley, huyeron de las haciendas y fincas conocidas en Puerto Rico per 
el rigor que en ellas se empleaba con los esclavos, lo hicieron bajo la 
presión de les tristísimos recuerdos de su cautiverio. - 

7.* Que la primera y mis enérs/ita protesta de ios negros contra la 
esclavitud, apenas conocida la Ley de abolición, fué contra la retid**- 
eia y pern antneia de los mismos en las facundas durante la noche. 

8.* Que en la comisión de los delitos imputables] á los libertos ao 
h a influido la nueva condición de libres de que éstos disfrutaron desde 
Abril de 1874. 

9." Que ni d gano de los resultados obtenidos en la pequeña Antilla 
encuentra rival en los alcinzadca durante un período de tiempo anÜa- 
go y aun mucho mayer en cquellas colonias de Francia é Inglaterra, 
más afines á las nuestras y que se presentan como ejemplos en la his- 
toria de la abolición. » 

Todas las consideraciones expuestas adquieren nn valor 
extraordinario por lo sucedido con posterioridad. Desde 1874 
á esta parte no ha ocurrido el menor disturbio en Puerto 
Bico. La gente de color vive tranquila y dedicada al tra- 
bajo, de idéntico modo á como hace la gente blanca. No hay 
diferencia posible entre el liberto y el libre. 

En cuanto al movimiento mercantil (de excepcional im- 
portancia en un país de productos coloniales, y que vive 
punto menes que exclusivamente de la importación y la ex* 
portación porque el consumo local del producto propio 69 
escaso), son decisivos A tos verdaderamente publicados en 
Puerto Bico. Reproduciré algunos. 



437 — 





Importación 


Exportación 




Años 


Peso» 


Pesos 


TBtal 


1869 


9.066.902 


6.535.352 


15.602.254 


1872 


15. 435. 323 


8.008.125 


23.443.448 


1873 


13.564.815 


8.500.533 


22.065.348 


1874 


13.249.354 


7.111.636 


20.363.990 


1878 


13.133.582 


13.129.927 


26.263.109 


1879 


18.448.221 


11.694.792 


30.043.013 


1883 


13.785.843 


, 11.618.882 


25.404 725 


1893 


17.081.609 


16.076.312 


33.157.921 



Resumen. Término medio de los cinco años anterioras 
ala abolición, ó sea desde 1869 á 1873: Importación. 
13.406. 359 pesos; exportación, 8.039.214; total. 21.445.578. 

ídem de los cinco años siguientes", ó desde 1874 * 1878: 
Importación, 13.238.035 pesos; exportación, 9.096.272; to- 
tal, 22.334.307. 

ídem de los cinco años siguientes, ó desde 1879 á 1883: 
Importación, 14.626.246 pesos; exportación, 11.145.005; 
total, 25.771.251. 

líe be ocnpado de la abolición en Puerto Rico porque á 
esta Is'a dediqué preferentemente mis observaciones en el 
discurso parlamentario de 1871, y sobre este punto fui muy 
contradicho, creyendo la mayoría de la gente que era una 
verdadera locura hablar entonces de la abolición en Cuba. 

Es claro que este último problema ofrecía muchas más 
dificultades que el primero. Pero al fin la abolición también 
«e hizo en Cuba. Primero se promulgó la ley de 13 Febre- 
ro de 1880, dejando en pie el patronato, como la ley de 1870 
dejó en planta el cepo y el grillete, abolidos después en Cuba 
merced á una activa campaña de la Sociedad Abolicionista 
en 27 de Noviembre de 1883. Luego en 7 Octubre de 1886 
se abolió el patronato. No sucedió nada de lo que 



— 438 — 

anunciaron los esclavistas. Sobre este particular pueden 
leerse las publicaciones de la Sociedad Abolicionista, des 
de 1881 á 1888, y el folleto que con el titulo La Raza & 
color en Cuba publiqué en 1894, con motivo del delicado 
obsequio que el Directorio Central de las Sociedades de 
la Baza de color de la Isla de Cuba me hizo en aquel uño. 

Ahora dos palabras sobre la reforma política y adminis 
trativa de la pequeña A n tilla. 

Todo ouanto se diga respecto del éxito de ésta seria páli - 
do ante la realidad. Puerto Rico dEsempeft* «a la historia 
de la colonización moderna un papel brillantís mo y caá 
asombra la ignorancia que existe sobre el particular, entre 
nuestros políticos, como abruma la consideración de la in- 
justicia con que ha sido recompensada la pequeña A n tilla. 

Recuérdese lo que allí ocurrió á los comienzos de este di 
glo, es decir, cuando se inició la reforma antillana bajo las 
inspiraciones del marqaés de la Sonora y de las (Jar tes de 
Cádiz, por la mediación del famoso intendente D. Ala- 
j andró Ramírez de Villaurrutia. Las Reales cédulas de 
1811, 1815 y 1818 reformadoras de todo el orden económi- 
co de la pequeña Antilla, con evidente alcance social y 
transcendencia política, produjeron todos sos resaltados es 
aquel país y su éxito fué poderoso estímalo para que, des Ja 
1816 á 1818, se plantearan en Cuba, consigniendo los tales 
decretos, en estd vasto escenario, un efecto t»i*vU mas 
admirable. 

Considerándolo se robustece la creencia de qu í si I*a 
grandes reformas del apenas recordado marqié* de la So- 
nora se hubieran mantenido y desenvuelto á fines del si- 
glo xviii, habzia sido fácil evitar la desmembración del im- 
perio colonial español, cuarteado y puesto en ruina por ios 



^\ 



— 439 — 

mil abusos y anacronismos que describieran HamboMt ea 

T i libro sobre Nueva España, D, Jorge Juan y D. Anto- 
nio de Ulloa, en ana Noticias secreter, loa Virreyes Da que 
Je Linares 7 ftevillagigedo en sua I a formes y el mismo 
Marques de la Sonora en sus Memoriales precursores de la 
Ordenanza de Intendentes de Nueva España, la oei ala de 
población de la Trinidad y tos decretos de libertad de co- 
mercio de 1778 á 1797, 

Sirvió, pues, en 1814, Puerto ftico de experiencia para 
la gran reforma que se hizo en Cuba, y que íadadablemeit- 
a impidió que nuestras Antillas siguieran la suerte de la 
América Continental , 

A los cincuenta y dos años se repite el fenómeno. En el 
i atérralo ge había producido el hecho de la venida á Ma- 
drid ile los Comisionados de los Ayuntamientos y los ma- 
yores contribuyentes de Puerto Rico, para informar al Go- 
bierno de la Metrópoli sobre las reformas argentes en el 
orden político y económico de aquella Isla. Aquellos Comi- 
sionados, anides á Los de Cuba (y apartándose por com- 
pleto de los informantes nombrados por el Gobierno), 
protestaron contra el supuesto de |ne fuera dable, y me* 
tíos digno, intentar reforma alguna de las anunciadas en el 
á&oreto de convocatoria de 1865, sin que le precediera la re- 
forma social, es decir, la abolición de la esclavitud. — T loa 
Comisionados portorriqueños se adelantaron, al extremo de 
proponer, con el carácter de urge ate, la abolición i u me, lia- 
U, simultánea, cotí ó sin indemnización. Constituye esto 
rn ixcepcional honor para la pequeña Antilla, y no menos 
itigio recabaron de esta proposición los mismos üomi 
¿lados, pertenecientes todos á las clases más cultas, aco- 
ladas y distinguidas de la sociedad portorriqueña* 

*9 




— 440 — 

Luego ¿ los tres añcs vino la Revolución de 1868. Esta 
no ee atrevió á pasar de Ja convocatoria de diputados a Cor- 
tes, rompiendo el vergonzoso pr tente sis do los treinta y 
cnatro años de ausencia de toda represen trción parlamen- 
taria y de vida libre de las colonias españolas. Loa diputa- 
dos a Cor h fueron elegidos en Puerto Hico conforme á un 
censo arbitrario de SO pesetas de contribución directa al 
año, y manteniéndose allí todo el régimen anticuo, tanto 
que por el decreto de 14 de Diciembre de 1868 y la circu- 
lar de la misma fecha sobre el ejercicio de la libertad de 
imprenta y el derecho de reunión, se establece que la Real 
orden <*e 28 de Mayo de 1825 (llamada de las omnímodas, 
porque las oonct tía de esta clase al capitán general de la 
isla) se entenderla en suspenso solo durante el periodo 
electoral » 

Puerto Kico, ron gran discreción y raro tacto, aprovechó 
las mezquinas libertades y utilizó los mermados derechos 
que sucesivamente le fueron rrconocidos desrte 1868 á 1H72, 
é hizo verdaderos prodigios de cordura y de sentido polí- 
tico para aclimatar las pequeñas novedades que se introdu- 
cían en el antiguo sistema colonial, como medio de capaci- 
tarse para pretensiones más considerables. Así la ley pre* 
paratoria para la abolición de la esclavitud de 1870 allí fué 
cumplida activamente; lo mismo sucedió con la ley de ex- 
tranjería, el decreto de unificación de fueros y el de liber- 
tad religiosa. Luego y por el tolo impulso de Ja propaganda 
democrática que &e hacía en la Península y de loa éxitos lo- 
grados por las reformas hechas en Puerto Hico, se plantea- 
ron la reforma electoral de 1 É ° de Abril de 1871, que reco- 
noció el derecho de vetar diputados á Cortes á todo español 
libre, de veinticincos ños en adelante» que supiera leer y es- 



— 441 — 

cribir 6 que pagase 40 pea e tas de contribución directa al 
Estado. 

Pero al lado de todo esto hay que poner la acción de los 
partidos organizados en aquella isla desde loa comienzos 
del año 69; señaladamente la acción del partido liberal ó 
reformista que valientemente preciso sos aspiraciones en la 
formóla de c identidad de derechos políticos y civiles de 
españolee portorriqueños y de la Península*. T digo va- 
Ii$niem&nie porque no ¿e puede prescindir de que este par- 
tido se movía dentro de la pequeña Antilla bajo la Real or- 
den de las Omnímodas^ el bando de gobierno de Peínela de 
1849, los decretos de organización municipal de 1846 y 47 
y el régimen penal de la Novísima. Gomo si esto fuera po- 
co, pronto el Gobierno de la Metrópoli (el partido llamado 
constitucional) llevó á Puerto Rico la corrupción de los co- 
micios y la lista de los diputados cimeros, A todo esto fr'zo 
frente el país liberal portorriqueño, cayo aliento y cuyas 
esperanzas no quebrantaron la triste circunstancia de que 
des pu ©s de votado el art. 108 de la Constitución de 1869, 
subsistiera el viejo régimen en aquella culta y laboriosa 
Antilla. 

£1 axt* 103 decía que ■las Cortes Constituyentes reforma- 
rían el sistema actual de gobierno de las provincias de Ul- 
tramar, cuando hubieran tomado asiento los diputados de 
Cuba ó Puerto Rico, para hacer extensivas á las mismas, 
con las modificaciones que ee creyeren necesarias, Iob dere- 
chos consignados en la Constitución*. — I^os diputados de 
Poerto Jiico entraron en las Cortes á mediados del 69. Pero 
art. 10B quedó ain cumplir. 

Sólo a mediados de 1^70, el ministro de Ultramar con- 
guió que ee votaran las leyes municipal y provincial para 



_ i 



H 



442 — 



Puerto Kico. En verdad, entrambas leyes tenían un sentido 
autonomista y valían juntas bastante más que la reforma 
proyectada en 1893 por el partido liberal, y que lleva el 
nombre de reforma Maura. Pero las leyes de 1870 solo sir- 
vieron para disgustar á loa reformistas y en general al pue- 
blo de Puerto Rico; porque no bien aquellas leyes aparecie- 
ron en la Gaceta, los elementos reaccionarios solicitaron y 
consiguieron que quedaran en suspenso. A poco se aplicó la 
ley provincial, con algunas modificaciones; pero no asi la 
ley municipal, y como ésta era la base de aquélla, resultaron 
de escasísima importancia los cambios efectuados en la or- 
ganización de la provincia. 

Al fin, al terminar el año 72, el partido radical se decidió 
á hacer la abolición de la esclavitud y á poner en vigor en 
Puerto Rico la ley municipal de 1870. Y asi se hizo. La ley 
abolicionista lleva la fecha de 22 de Marzo de 1873 y fué 
votada por la Asamblea Nacional que también votó la Re- 
pública española. 

Muy poco después, en 6 de Agosto de 1873, las Cons- 
tituyentes republicanas extendieron á Puerto Rico el ti- 
tulo I de la Constitución de 18G9. Por el art. 4.° de 
la ley de extensión también se llevó á la pequeña Anti- 
11a la ley de orden público de 1870, que desde entonces 
rige allí. 

De e9ta suerte Puerto Kico vivió todo el año 73 en plena 
democracia y bajo un régimen casi autonomista. 

No necesito repetir lo que antes se ha expuesto respecto 
de las dificultades que suponía la coincidencia de la reforma 
política, la transformación económica y administrativa y la 
abolición radical de la esclavitud. Cualquiera de ertos em- 
peños acometidos de repente y del modo qué queda indica- 



PV 



— 443 — 

do, sería bastante para imponer respeto y aun reservas al 
estadista tnág confiado y resuelto. 

Tampoco quiero decir lo que quizá convendría con otro 
proposito sobre loa obstáculos que en la Peni ñau la se pu- 
sieron al planteamiento y desarrollo de las nuevas institu- 
ción ea coloniales. La famosa Liga antireformista de 1872 
prodigó todas las alarmas y las amenazas. Los reacciona- 
rios ultramarinos impusieron no sé cuántas conspiraciones y 
motines en Puerto Hice, para demostrar al público la tesis 
maravillosa de que el país portorriqueño, ansioso de refor- 
mas, ae levantaba precisamente cuando las reformas se iban 
a hacer y realizaba todo lo que los adversarios de éstas de* 
se aban, para que no se saliese del slatu quo ultramar ido. 

Cierta' parte de la prensa madrileña se agotó, hacien- 
do referencias é historias (rectificadas á loa poco* días) so* 
br* cosas y personas de las Antillas, que ponían el cabello 
de punta. Y con todo esto trabajaba en daño de Puerto Rico, 
la creciente crisis de la política peninsular. 

Allá en la isla los reaccionarios y los esclavistas des- 
pechados, soñando todavía con la reglamentación del tra- 
bajo, por mi lio de la libreta del obrero y de la persecu- 
ción del supuesto vago (formulas del esclavísmo vergon- 
zante), lejos de aquietarse ante la nueva situación y de pre- 
pararse á titulo de conservadores y patriotas, para la evo- 
lución dentro del nuevo orden de cosas, tomaron una acti- 
tud de ¿¿em i rebeldía frente al nuevo Gobernador general. 

Apesar de todo, en Puerto Hice no pasó nada. No se 
perturbó un momento el orden público, no se paralizó el 
trabajo, no se perjudicó la vida económica del país. Antea 
te aducido algunos datos. 

Con esto podía esperarse que el ejemplo da Puerto Bico 



— 444 — 

servirla para un ensayo de mayor alcance en Coba. Ta se 
ha visto que sirvió para que los insurrectos cubanos suscri- 
hieran el Pacto del Zanjón. Mas no sirvió para que nues- 
tros Gobiernos monárquicos intentaran. , bastante mecos 
de lo que las circunstancias les han obligado á realizar 
en 1897, después de haber contribuido al derramamiento de 
sangre y á la ruina de Ouba y de buena parte do la Penín- 
sula. 

£1 golpe del 3 de Enero de 1874 repercutió en Puerto 
Hice. Pero aus efectos fueron allí inmediatamente mucho 
máa eo cuide rabies y dea astrosos que en la Península. C<" 
mu que allí se impuso la dictadura y las cosas voi vieren al 
estado que tenían antes de 3 868, 

Sin embargo, la experiencia de Puerto Rico desde 1869 
á 74 será siempre no timbre de gloria para la colon ilación 
española contemporánea. 



__ 






LA CUESTIÓN DE CUBA 



en isoe 



DISCURSO PARLAMENTARIO 






A 



1 



— 447 — 



LA CUESTIÓN DE CUBA EN 1896 



DISCUESO PAELAMEKTAKIO 



.A DVERTENCIA 

£1 discurso que sigue fué la última protesta de la 
propaganda autonomista en la oposición. [Secretos de la 
inerte I \ Sorpresas de la historial 

1 Quién me dijera en Julio de 1871 , que, dieciséis años des- 
pués, habla de plantearse en el Parlamento español, casi 
el mismo problema que entonces discutí, demostrándose 
ana vei más, mi repetida afirmación de qne no existe error 
Cometido por España que no haya sido igualado y aun 
«aperado por las demás grandes naciones y que la única di- 
Arencia entre éstas y aquélla consiste en que mientras 
lis unes se enmiendan* la otra persevera en flus equivoca- 
dones y no se resuelve á sacar provecho de sus quebran- 
* — y desastres! 

j?ero quién me dijera* también, en 4 de Julio de 1880 , 

ndo, en nombre de la Minoría parlamentaría autonomía* 

pronuncié en el Congreso mi discurso sobre el primer 



— 448 — 

presupuesto de Cuba y planteé (con general sorpresa) la pri- 
mera reclamación de la Autonomía colonial como solución 
inmediata y práctica para nuestras Antillas— 6 aun. cuando, 
en 14 de Jnnio de 1883, trató de ezplioar la unidad y fa 
especialidad en el régimen colonial, con motivo de nna en- 
mienda al Proyecto de presupuesto onbano — quien mo dijera 
que, corridos muy pocos años esa solución autonomista ha* 
bría de aparecer como solución de gobierno en \* Gaceta dé 
Madrid, proclamada y aplaudida por los mismos partidos 
que insistentemente la habían combatido desde los primeros 
días de la Restauración borbónica! (1) 

Después de esto, ¡cómo no esperar en no corto plasoel 
triunfo de otras soluciones políticas igualmente salvadoras, 
que sirvo con la misma fe de antaño y con idéntico proposi- 
to al que demostré en esa larga campaña autonomista, cuyo 
éxito es una de las mayores victorias que la razón y la jus- 
ticia han conseguido en la historia española contemporánea! 

Pero descendiendo un poco, todavía podría señalar el 
contraste que presenta mi discurso del 30 de Hayo de 1896 



(1) Antea da esas fechas había yo publicado en Madrid mis folletos y 
libros titulados La Justicia en Ultramar (1863), La cuestión colonial en 
1869, La pérdida de las Amárteos (1869). La cuntían d$ Puerto Rico (187S), 
La abolición do I* esclavitud en las Antillas españolas (1870;, La abéU- 
oión dé la esclavitud en el orden económico (1871) y La colonizarte* en la 
Historia (1874). Los discursos de 1880 y 83 pueden verse en el tomo II 
de mis Discursos políticos, académicos p forenses, publicados en 1886. 



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— 449 — 



(que va á continuación) con los decretos de 23 de Noviembre 
de 1897, que han llevado la Autonomía colonial á Cuba y 
Puerto Rico. Porque en la primera de estas fechas vol- 
ví 4 encontrarme solo, como en 1871, en el Parlamen- 
to español (pues que mi digno colega D. Elíseo Giber- 
ga, electo senador por las Sociedades Económicas de las 
Antillas, no tomó posesión de su oargo, y el partido repu- 
blicano peninsular estaba entonces en el retraimiento) y lue- 
go, en 1897, se ha proclamado la Autonomía de idéuí <oo mo- 
do á como yo la recomendé dos años antes: esto es, la Au- 
tonomía de gobierno responsable, como una solución política 
de fondo y como un medio de conseguir la paz en Cuba. 

La mayor parte de la gente que ha aceptado ahora la solu- 
ción autonomista lo ha hecho en el segundo concepto. Empero 
que al fin todos reconocerán la plenitud de sus excelencia?, 
y que dentro de algunos años suceda con la Autonomía oo- 
lonial vigente en las Antillas lo que ahora sucede con la 
abolición de la esclavitud, realizada en las mismas á despe- 
cho de los que en estos momentos nos disputan el honor de 
haberla defendido. 

Cuéntese, empero, que al decir todo esto, ni yo me atri- 
buyo una importancia excepcional en aquella empresa, ni 
cometo la tontería (perdóneseme la palabra, por lo gráfica) 
< ifirmar que el triunfo de la Autonomía se debe exclusiva- 
i ite á los autonomistas. 

La he dicho no sé cuántas veces. En la vida política, el 
: lividuo vale pooo. Lo que vale y lo que produce es la re- 



r\ 



— 450 — 

presentación. Yo, desde que hice mi primer discurw 
meo (ario en nombre de loe liberales 6 reformistas d 
to Rico, allá en 1872, y sobre todo, desde que hice 
careo auto do mista de 1880, amparado y alentado 
compañeros del Congreso — Bernal, Betancourt, Po 
y Guell y ±í ente,— tuve un oaráoter representativo qt 
intentado declinar nunoa y que no me han podido qt 
gentes que han tenido el mal gasto de atacarme, má 
nos de frente, exagerando con su torpeza, mis pobres 
y mi modesta personalidad. 

Esta rep regen taeión me ha sostenido en el curso i 
últimos veinte años. Ella me ha proporcionado r 
sima mente, y en la hora critica de la aplicación de 
c retos de Noviembre último y del planteamiento de 
tono mía, asi en Cuba como en Puerto Rico, éxitos qi 
me han sorprendido; cuyo detalle pienso dar al públi 
hora oportuna para alentar á las gentes modestas 
vencidas, y cuya razón está muy fuera del valor pee 
mo de la persona que ha podido contribuir á que 
sag hayan sucedido del modo que han pasado, para 
la moral y la política. 

Tampoco caigo en la petulancia de creer que no 1 
do ni hay más autonomistas que los antillanos. 1 
honradamente, con mucho gusto (y con la pequen 
p Ucencia que puede darme el hecho de no haber a 
nado el escenario de la lucha ni un minuto en todo 
años), que yo he creído representar á todos los 




— 461 — 

nomiataa, y que el mérito de loe de la Península—como oa- 
' pteidad y como moralidad y como eficacia— es de primera 
\ faerza. ¿Cómo sin ellos se habría podido hacer aquí la pro- 
fcpaganda autonomista? ¿Y cómo sin hacer la propaganda en 
■ la Península habría podido ser hoy la Autonomía una so- 
lución de gobierno? 

Pero después de reconocido esto, hay que convenir tam- 
bién en que en el primer supuesto, la primera razón y la ma- 
yor fuerza de la campaña autonomista han estado y están 
tD nuestras Antillas. Sin los partidos autonomistas de Cuba 
7 Puerto Rico — modelos de entusiasmo y de disciplina— 
U Autonomía colonial aquí habría sido, quizá, sólo una tesis 
ar amante académica. 

Allá en las Constituyentes de 1869 ya algunos diputados 
hablaron de Autonomía; pero como de una mera aspiración. 
T se dio después el caso de que algunos de los autono- 
mistas teóricos de entonces, cuando llegó la hora — á par- 
tir de 1879 — de hacer de la Autonomía una solución prác- 
tica é inmediata, no sólo se abstuvieran de apoyarla, sino 
que llegaran á combatirla, combatiendo á los autonomistas. 
De esto ya he hablado en mi trabajo sobre La República 
y la* libertades d$' Ultramar. Repito la indicación porque 
me repugnan mucho las jactancias y no me allano á auto- 
riiar argumentos con mi silencio. 

cómo se me había de ocurrir que los autonomistas 
h s sido los únicos factores de la Autonomía que ahora 
ti fa! 






— 452 — 

La Autonomía ha venido por varios caminos y la h 
pujado muchas causas. Ya las detallaré en sa día, ] 
preteudo estar bastante enterado de esto, y sé que ma 
lo que por ahí se dice es incompleto y falso. ¿No lo faé 
yor parte de lo qne se mermaré al explicar las cansa 
abolición de la esclavitud en 1873? No es la hora de 
pormenores, como no es la de concretar ciertas respe 
lidades. 

Mas al pnedo afirmar: 1 .°, qne una de las primera 
gas de la victoria antonomiata es la colosal propaganc 
en su obsequio han hecho últimamente sus antiguos < 
toree, cuyas torpezas, fracasos y escándalos han llej 
lo apenas imaginable; y 2.°, que sin los autonomía! 
como propagandistas en Ultramar y en la Península, ji 
elemento de gobierno en las Antillas, no hubiera si< 
tibie Ja Autonomía, que sólo ellos predicaron y cob 
den cómo es indispensable para quesea una realid 
Ihs esferas de la política práctica. 

¿Pero acaso los republicanos franceses fueron los ai 
de la Ü epública de 1820 é siquiera de la del 48? ¿Lo i 
los republicanos españoles de la Eepública del 73? ¿ 
gimen democrático de 1868 lo impusieron, por su ezc 
esfuerzo, los demócratas de la Discusión y la Democ 
¿Dónde una escuela é un partido solos han variado ra 
mente la situación y menes creado y hecho arraig 
nuevo ai eterna de gobierno? 

Per mancrp, que jo que redizeo como es debido i 



— 4S3 — 

pórtate i* personal en Ja empresa presente (me parece que 
lo le demostrado cen algo más que con palabras), limita 
también el valor y la eficacia de la acción puramente auto- 
nomista en la obra de estos días. Reconozco y proclamo, 
od gnsto, la cooperación extraña. Afirmo que seria ana de 
las mayores torpezas de mis correligionarios de las Antillas 
pensar qne ahora mismo el éxito de la Autonomía depende 
coló de lo qne en Ultramar pase... Pero insisto en decir qne 
rin esos autonomistas antillanos so habría boy Autonomía, 
y que sin ella la Patria española cordería nna de¿ hecha 
tempestad, con inmenso peligro de los más caros intereses 
de esta tierra y de la civilización en general. 

Porque ios becbos han demostrado—y parece que es- 
to ya 6e b a reconocido por casi todos los españoles» como lo 
ban proclamado todos los políticos de Europa— que la Auto- 
nomía colonial no es un mero intei és particular de Puerto 
Bico y de Cuba, sino que afecta á la tranquilidad, al pres- 
tigio, á la fuerza y al progreso de Esj aña entera. Asi lo com- 
prendí yo siempre, aun cuando lo recomendaba en nna si- 
tuación de paz y relativamente próspera. 

£1 discurso que sigue tuvo su complemento en otro de 
extensas rectificaciones y explicaciones que pronuncié al 
día siguiente (1.° de Junio) en el Senado, contestando á los 
SreB. Cánovas del Castillo y General Martínez Campos, 
a ' ¿orno en las breves palabras con que, á poco (el 4 de Ju- 
o i, procuré resumir el debate en lo que se relacionaba con 
i particular punto de vista. Pero lo fundamental y doc- 



— 4*4 — 

trinal de mi trabajo de aquella fecha está en el día 
que va á continuación. 

Lo pronuncié en condiciones por todo extremo da 
rablee. No era yo el joven entusiasta é inexperimc 
de 1871; si bien tenia la misma fe en mi causa é id 
conciencia de mi deber. Ahora éste aumentaba con el 
promiso contraído, en el curso de los últimos diecisiete 
coa los partidos autonomistas de las Antillas, que 
presente ocasión no tenían más representante parlan 
rio que yo. 

Pero en cambio, las demás circunstancias eran quiai 
difíciles que en 1871, por efecto de la nueva g 
separatista de Cuba, por el retraimiento de la vida ¡ 
mentaría del partido republicano de la Península, p 
abstención de los partidos autonomista y reformista c 
Antillas, y en fin, por el imperio del partido conserv 
que en este periodo llegó á imponerse en todo, á todoi 
todas las maneras posibles é imaginables. ¡Qué difer 
del medio ambiente del gran periodo de la Revoluei 
Septiembre! 

Pero no era esto lo que principalmente me contrai 
Mucho menos el pasar del Congreso al Senado, como 
algunos sospecharían. Ya otra vez (hacia 1885) fui < 
Senador por las Sociedades Económicas de Amigos 
País de Cuba y Puerto Rico, al propio tiempo que el d 
to de Sabana Grande y la circunscripción de Santa Cl¡ 
de las Villas, me nombraban Diputado. Por oonvenii 



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— 455 — 



políticas y parlamentarias opté por la Diputación de Santa 
dará, pero ja entonces advertí no solo que yo era parti- 
dario del régimen bica moral, sino que creía (y continúo 
creyendo) qne los partidos políticos propagandistas (oomo 
los autonomistas de las Antillas y los republicanos de la 
Península), debían preocuparse preferentemente de llevar 
su representación al Senado y de hacer allí una oampafta 
insistente, de mucho tacto y de mucho alcance, prescindien- 
do del tono agrio de la protesta y del efectismo oratorio casi 
imprescindible en reuniones de mil ó más personas, oomo 

l las que ordinariamente asisten á los debates del Congreso. 

¡ En el Senado se podía y puede, mejor que en ninguna otra 
parte, detallar los negocios y explicar razonadamente con 
aplicaciones prácticas á las cuestiones del momento, los 

| programas políticos, económicos y adminiatrativos. Y esto es 

i de monta en los partidos tachados de teóricos y aun de 
ilusos, 

1 Esta opinión se ha fortificado con mi experiencia perso- 

nal de 1896. Porque, sin vana modestia, puedo asegurar 

| que mis palabras tuvieron eco en el Senado, apesar de lo 
excepcional de las circunstancias y de l»s prevenciones pro- 

| vocadas por la guerra de Cuba y la forzada dispersión del 

i partido autonomista cubano á consecuencia de la política 
~~~ representaba el señor general Weyler. 

r as aún. Creóme en la inexcusable obligación de oonsig- 
aquí mi gratitud á la por todo extremo benévola aoo~> 
a que me dispensó el Senado cuantas veces intervine en 

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— 456 — - 

sus debatea; lo mismo en Mayo y Junio de 1 866 que en I 
tiembre de 1897, cuando me creí en el deber de delica< 
de rectificar públicamente la disparatada especie — di 
gada en un momento de positivo pánico en España, po 
prensa reaccionaria de Madrid — de que yo, por sorpre 
por debilidad t había cometido la torpeza de recomendi 
suscrición de nn periódico madrileño casi separatista, 
soltó, que tampoco el periódico babia sido procesado 
separatismo ni cosa por el estilo. Pero lo dicho, d 
estaba. 

Tantas consideraciones como he debido al Congreso di 
Diputados, durante veinte años de labor incesante en pr 
mis opiniones nunca compartidas por la mayoría de aqt 
Cámara, otras tantas me dispensó en 1896 el Senado, d< 
la oposición á mis doctrinas era mayor si cabe que en iT ( 
graso. Ahora tengo una particular satisfacción en proclai 
lo, al propio tiempo que elogio la prudencia, la templan: 
la exquisita cortesía de aquella Cámara, en cuya constitu 
hay algo que puede señalarse como modelo de institucii 
análogas de Europa y América. 

£1 verdadero, el casi único motivo de mi repugnanc 
entrar en el Senado, á mediados de 1896. consistía en 
yo opioaba que, en el supuesto de que los autonomistas i 
llanos estimaran oportuno prescindir de) retraimiento 
he sido siempre opuesto á él, lo miemo en Ultramar qu 
la Península) para enviar representantes al Senado, i 
debían ser elegidos entre las personas que, residiendo 



r 



— 457 - 



Coba, dorante los últimos tiempos, hubieran visto y co- 
nocido directamente los sucesos que allí habían tenido 
efecto. 

De tal suerte, éstos podrían ser explicados en la Península 
por sos principales testigos y actores, realizando ana infor- 
mación punto menos que imposib e para los que los sabía- . 
moa tan sólo por referencia. 

Es ocioso que yo razone esta opinión, fondada principal- 
mente en la atención que presto á cuanto pasa en las Anti- 
llas, á pesar de lo cnal no me tengo por competente respecto 
de muchos particulares de carácter puramente local . Por 
aquel entonces corrían por Madrid las más extrañas y falsas 
noticias, aun entre las personas que ae daban por enteradas 
délas cosas antillanas, y esto fortalecía mi añeja creencia de 
que es indispensable que respecto de la política puramente 
insular (que era lo culminante de la situación de 1896) lle- 
ven la palabra en nuestras Cortes los hombres que viven 
ordinariamente en las Antillas. 

Tal opinión se harmoniza con mi constante recomendación 
á los antillanos de que, para las cosas que se han de hacer 
en la Península, cedan el primer puesto á los autonomistas 
que residan en ésta y que por tanto deben conocer mejor que 
los que aquí pasan solo algunos meses, ó los que ven de le- 
jos las cosas , el terreno sobre el cual se ha de operar % el 
ladero valor de las personas, la oportunidad de las ges- 
íes, la manera de mover los peones y los medios de que 
uede disponer para lograr el éxito, en un escenario, no 



_ 



— 458 — 

bien preparado para el desarrollo de una política expao 
colonial* 

Con tales ideas, claro se está que no pude imaginar 
mis correligionarios de Cuba me favoreciesen con su 
para las Cortea de 1896. No he pedido nonoa ese ' 
por lo cual mi reconocimiento á la extraordinaria confi 
de mis electores es mayor. Pero en 1895 yo había es 
de modo bien explícito: de saerte que la noticia de mi < 
ción me sorprendió grandemente. 

T ahora declaro también que una vez recibida esa i 
oía, no vacilé un momento en aceptar el honor que me 
pensaron la universidad de la Habana y el partido i 
nomista cubano, por cuyos votos entré en el Senado; 
que entendí que era un deber estricto é inexcusable. L 
he pensado que éste ha sido uno de los modestos 
positivos servicios que yo he prestado á mi Patria y i 
partido. 

En estas circunstancias pronuncié mi discurso del S 
Mayo de 1 89G , en el cual me propuse tres cosas. Prim 
señalar la gravedad interior é internacional de la guen 
Cuba: segunda, recabar délos partidos gobernantes d 
Península, declaraciones explícitas tanto respecto de lf 
tuación de la grande Antilla como sobre la manera d 
solver el doble problema allí planteado de la inmediaü 
cificación de la Isla y de su porvenir político y social 
ó menos próximo: tercera, ratificar los compromisos 
partido autonomista cubano en pro de la bandera espaf 



r 



— 459 — 



precisar sus honradas disposiciones y advertir francamente 
lo qne creía necesario para que la buena voluntad y los es- 
fuerzos de este partido surtieran el efecto apetecible en la 
obra difícil de la pronta y definitiva pacificación de 
Cuba. 

£1 supnesto de mi oración no era solo el derecho de Es* 
paña á conservar á Coba, cual parte tan integrante de la 
Nación como lo son las montañas de Asturias, los llanos de 
Castilla y las playas de Andaluoia y Cataluña. Asi lo dije- 
ron las Cortes de 1812. To además órela y creo que España 
tiene el deber de dominar prottto y bien la insurrección sepa- 
ratista, por ley del honor, en beneficio de la complicada so- 
ciedad antillana, por interés del derecho internacional con- 
temporáneo y en cumplimiento de los transcendentales y 
prestigiosos compromisos de los grandes pueblos coloniza- 
dores* Y esta era otra de las razones de mi discurso. 

Correspondiendo al primero de mis propósitos antes se- 
ñalados, otra vez sostuve, como en 1871, que la cues- 
tión de Cuba no era uua mera cuestión de fuerza, y que la 
fuerza tampoco ahora la concluirla, como no la oenoluyó 
hace diecinueve años. Porque asi no ha concluido ninguna 
guerra civil, ni guerra alguna colonial, ni cualquiera otra 
guerra de carácter eminentemente político. 

iqui en España nos sobran los ejemplos; las dos últimas 
rraa civiles provocadas por el carlismo, la de Portugal, 

le los Países Bajos, la del Sur de América, la de Santo Do- 
go. Para Inglaterra fué decisiva la guerra oontra las tre- 



— 460 — 

ce colonias que luego constituyeron la República de los Ea\ 
do» Unidos de América. Buena prueba lo que Inglaterra h 
en Nueva Brunewich en 1789,yen el Canadá en 1791 y 18- 

Mi tema en el Senado era que se hacia preciso mover 
país cubano contra la insurrección separatista, combatí* 
por aquel entonces, solo por el Gobierno de la Metrópoli, 
demento oücial de Cuba y el partido conservador de aque 
¡ola. No bastaba esto. Y para mover al país cubano (pi 
hacer la contrarrevolución) era indispensable una política 
expansión y confianza y la afirmación de la Autonomía 
Ion i al, por cuanto esta significa aquella confianza, con i 
la consagración de las energías insulares y la fe y los r, 
juicios en un porvenir tranquilo y esplendoroso, fuera tol 
mente de las reservas de casi todos nuestros políticos | 
bern a mentales. 

Para realizar todo eso se hada necesario levan tai 
desautorizado y perseguido partido autonomista cubaí 
objeto preferente de los denuestos del separatismo y vícti 
de las sospechas de las autoridades cubanas, asi como de 
ataques de los conservadores de la grande A n tilla, sin < 
tantos obstáculos y provocaciones hubieran conseguido 
bilitar la protesta que aquel partido venia haciendo, en i 
dio de la guerra y ante la ruina probable de Cuba, de bu 
ble afirmación de la virtualidad de las energías antilla 
y de la soberanía de España. 

Otro de mis propósitos era obligar á los partidos 
bemantei á concretar su solución colonial. Tenían mu< 




r 



— 461 — 

importancia las frases que aparecían en el Mensaje de la 
Corona á las Cortes, cuyas sesiones se inauguraron en 11 de 
Mayo de 1896. Helas aquí: 

«La mayor asimilación á la Península que echan algunos de menoa 
ea la legislación antillana, nunca ha encontrado en el Gobierno espa- 
ñol dificultades grandes, y el aplazarla, mucho mis q ti 3 de él ha depea 
dido del despego injusto de no pocos elementos del país á la asimila- 
ción, y su marcada indiferencia hacía las leyes especiales. Fácilmente 
será, pues, admitida la asimilación, en cuanto sea posible, aunque n& i 
«solvería esto de por sí en el estado en qne por necesidad dejará la 
isla la insurrección después que tenga fia. Cuando tal caso llegue, 
preciso ha de ser, para que la paz se consolide en ellas, el dotar k 
entrambas Antillas de una personalidad administrativa y esonórai . 
de carácter exclusivamente local, pero qne haga expedita la interv 
•eión total del país en sus negocios peculiares, bien que manteniendo 
intactos los derechos de la soberanía, é intactas las condiciones india 
pensables para su subsistencia. A todo esto encaminará el Gobierno 
sus pasos, si tal política merece la aprobición de las Cortes. 

En estos párrafos resalta la indicación del self goverment 
-colonial, pero en términos saniamente vagos. La indicación 
no era extraña presidiendo el Gobierno el Sr. Cánovas del 
Castillo, qne ya en la sesión del Congreso de 24 de Junio de 
1S84, discutiendo conmigo, habla reconocido la bondad te' 
rica de la doctrina autonomista (1). Pero era preoiso qne 
"1 Gobierno concretase su propósito, y lo procuré/ aun dan - 
orne cuenta de que la aludida vaguedad era estudiada. 



(l) Véase La República y Jos libertades dé UWremor.— Par. XIII. 



« 



— 462 — 






El Sr. Cánovas del Castillo quería, de un lado, satisf* 
la recomendación de los Gobiernos extranjeros y de todi 
prensa del mundo culto en favor de un nuevo régimen p 
nuestras Antillas; y de otra parte, preparar al partido o 
ser v ador y á la excitada opinión pública de la Penínst 
para un cambio profundo en el sistema colonial enton 
vigente, y sobre todo en el modo de tratar la guerra 
Cuba, si dentro de breve plaso resultaba ineficaz el méú 
de la guerra con la guerra, proclamado al enviar á la gr 
de AntiUa al señor general Weyler. 

Que no me equivoqué, lo demuestran las evasivas del 
fíor Cánovas del Castillo al oontestarme en la sesión de 
de Junio, asi como los discursos pronunciados por el pro 
señor en el Congreso, á mediados del mismo mes de Ja 
de 1896, y el Preámbulo del Real decreto sobre Refbr 
Colonial en las Antillas, de 29 de Abril de 1897. 

Pero aún más que esto me interesaba estreohar al pai 
do liberal para que formulase claramente sus solución* 
Habíase reservado este partido de un modo lamenta! 
Encerrábase en pedir, con bastantes reservas, la aplicad 
de la ley de reforma votada en 1895 para Cuba y Pu 
to Juco y en proclamar la necesidad de unir á la acó 
de las armas la acción política, para terminar la guc 
cubana. Pero no había medio de que precisara en qué o 
sietía esa acción política, y era incontestable (como pena 
j habla dicho el Sr. Cánovas), que la reforma de 1895 
pecaba de insuficiente. 




r 



— 463 — 



Yo lo puedo decir con tanto mayor motivo cuanto que, á 
pestr de no haber sido nunca un verdadero entusiasta de 
ceta reforma (que sostuve, salvando mi voto en el seno de la 
Minoría parlamentaria autonomista de aquella fecha), rece- 
sosco que ai hubiera sido aplicada enseguida oon lealtad, 
y sobre todo, si se hubiera aplicado á poco de presentarse 
el proyecto primitivo en el Congreso, 6 sea á mediados 
de 18V3, no habría sobrevenido la actual guerra de Ouba, 
6 ésta habría tenido poquísima importanoia. A mediados de 
1896, la ley de 1895 carecía de valor y mucho más de efi- 
cacia. 

Pero desde el punto y hora en que el partido conserva- 
dor tomaba )a orientación autonomista, la lógica de la po- 
lítica llevaba al partido liberal á afirmaciones resueltas ya 
foera del antiguo oompromiso monárquioo que había rocha- 
ndo siempre las soluciones radicales, patrocinadas exclusi- 
vamente y mediante una labor incesante, por los elementos 
republicanos de un carácter eminentemente critico y propa- 
gandista. Parecíame imposible que obligado á contestar en 
estos momentos, el partido liberal quedase detrás del con- 
cordador, Y no se me ocultó que el problema consistía en 
hacer hablar á aquel partido: es decir, en no consentirle la 
posición espectante ni las fórmulas del orítioo. 

Esta convicción mía se fortificó después de oir al Sr. don 
] Bullón, que en el Senado llevó la vos del partido libe- 
i en los debates del Mensaje; y sobre todo, luego que ad- 
< ri valiosos informes respecto de las diferencias intestinas 



n 



— 464 — 

qae sobre este particular trabajaban al partido d 
por el Sr, Sagasta. 

De aquí mi insistencia en las excitaciones qne dirij 
liberales. Molestáronse un poco éstos y algunos se ei 
ron mucho de mi actitud» supuesto que yo he sido g 
mente de los republicanos más propicios al partido 1 
Continúo siéndolo, y después de los decretos de 25 é 
viembre de 1897, con mayor motivo. 

No lie dieron cuenta aquellos liberales de que mi 
ttioso requerimiento iba acompañado del aplauso que 
cian las reformas que ellos hablan hecho y dé la profe 
que nadie, dentro de la situación monárquica, esti 
análogas condiciones -para resolver bien la cuestión o 
y para dar un vigoroso paso en el camino de la Auto 
único recurso salvador de la crisis presente. Ni eeti 
qae el momento no consentía vaguedades sobre esta ci 
capital de la politio» española y que mi excitación le 
porcion&ba uña oportunidad admirable para tomi 
posición firme y brillante frente á las vacilaciones y 1 
casos de los conservadores; fracaso punto menos que i 
cidos por el 8r. Cánovas del Castillo. Ni, en fin, convi 
en que la actitud y el juego de los partidos en la vida 
ca contemporánea, de ningún modo puede depender 
gustos y la comodidad de cada uno de ellos, sino de 1 
genciag de la opinión pública y de la ley de armonía 
factores de esa misma vida. Por esto era absoluta 
imposible que, en 1896, el partido liberal se redujese 




r 



— 465 — 



snrar la obife y á esperar la caída de sas adversarios, como 
a al pais no le interesara saber, con tiempo, la fórmala polí- 
tica de las oposiciones, destinada racionalmente á ser ana 
realidad en la práctica del gobierno, tan pronto como deja- 
ra el poder el 8r. Cánovas del Castillo. 

Llevé mi escrupulosidad hasta el ponto de prescindir en 
absoluto de la fórmala de los republicanos, los cuales, como 
«8 toen sabido, eran hasta entonces los unióos defensores de 
la Autonomía colonial; como que la habían votado en las 
Cortes de 1886, y la hablan propuesto categóricamente en 
las Cortas de 1891 (1). Ya cuidé de advertir en mi discurso 
qneyo no hablaba más que como representante de los autono- 
mistas cubanos, pues que la Unión republicana de la Penín- 
sula, de cuyo Directorio formaba yo parte, y coa cuya 
autorización entré en el Senado, mantenía el retraimiento, 
de suerte que nadie podía tomar su nombre en nn debate 
parlamentario. 

He atuve, pues, i las soluciones de los gubernamentales 
del momento, pero reclamé que se precisase la solución. 

No fui afortunado. £1 exministro liberal Sr. Gallón, que 
después de conferenciar con el Sr. Sagasta, pidió la pala- 
bra para contestarme, al cabo no usó de ella. T luego al 
discutirse la contestación al Mensaje en el Congreso, ningu- 

de los oradores que tomaron parte en el debate se refirió 



} Véase La Autonomía colonial •*» Btpaña, y La República y las H- 
éstéc ZHfromar, pir. XII. 



n 



— 466 — 

á los términos de mi requerimiento. De estar yQ en la Cáma- 
ra popular, seguramente no habrían concluido los debates 
del modo que allí terminaron/ porque no se pudo saber en* 
ranees ni lo que el partido liberal haría si alcanzaba inme- 
diatamente el poder, ni siquiera su opinión sobre la formula 
autonomista señalada por el Sr. Cánovas. No se moe- 
tro más expresiva la prensa liberal de toda España. 

Pasaron las cosas de tal suerte, que el Sr. Cánovas re- 
sultó en aquellos debates más cerca de mí y más expansivo 
que los liberales; porque el jefe del Gobierno conservador, 
que excusó sus contestaciones á mis preguntas en el Senado, 
me las dio bastante satisfactorias en el Congreso, donde jo 
no las podía recoger ni cementar (1). 

Pero si el Sr. Sagasta como jefe del partido liberal hubie- 
ra hecho entonóos siquiera las deficientes manifestaciones 
sobre política colonial de Junio de 1897, ¡cuan otros ka- 
brian sido los decretos del Sr. Cánovas del Castillo de 
Abril del propio año y cuan otra la situación presente de 
España y Cuba!— No es para desdeñado el hecho de que por 
inspiraciones del Gobierno se publicase en los periódicos 
extranjeros el dato de que, según mi opinión, expuesta en el 
Senado, quisa de la actitud del partido liberal, principal- 
mente defendía la solución del conflicto cubano (2). 

(1) Véaee en el Apéndice lo que escribí sobre astea particulares al 
señor director do La C*rrup*nimel* d§ BtpmAa. 

(2) Véase en el Apéndice mi discurso parlamentario del 4 do Janio 
de lees. 



— 467 — 

Repito que no fui afortunado en el efecto de mis reque- 
rimientos. Terminaron los debates parlamentarios de 1S95, 
y como yo carecía de nn periódico propio para hacer la 
campaña activa y precisa que era indispensable, la solu- 
ción autonomista quedó relegada al circulo de las criticas y 
de ke aspiraciones. Una ves más deploré la constante falta 
de medies de la campaña autonomista en la Península. Es di« 
flcil comprender cómo los partidos autonomistas antillanos 
Un podido moverse en la Metrópoli sin un circulo de de- 
votos muy acentuados, siquiera por su procedencia colonial , 
y sin un periódico órgano oficial de sus doctrinas y de sus 
determinaciones. Por esto se demostró exoepcionalmente la 
virtualidad de las ideas autonomistas: y casi asombra el 
éxito que en la opinión pública peninsular obtuvieron teo- 
rías al parecer tan nuevas, servidas por una propaganda 
tan falta de recursos en este escenario político. Pueden dis- 
cutirlo solo los que de estos asuntos hablan de oídas t y so- 
bre todo, después de la victoria. 

Pero las Cortes suspendieron sus sesiones. La vida par- 
lamentaria y aun la vida política de todo el país desmaya- 
ron al punto de poderse sospechar que en España no que- 
daba más fuerza que la del Gobierno. La arbitrariedad y 
*1 abatimiento se generalizaron hasta lo inverosímil. Triun- 
fó en absoluto, allá en Cuba, la teoría de «á la guerra con la 
raí. Se produjo la insurrección de Filipinas; hablóse 
na invasión filibustera en Puerto Rico; sobrevinieron 
.tentad < .- anarquistas de Barcelona y la monscruosa 



m 



— 468 — 

aplicación de las draconianias leyes de 1895 contra el 
anarquismo en Catalana. El pánico— un verdadero pánico 
— llegó á apoderarse de la sociedad española, que en el Otoño 
efe 1896 ofreció circunstancias y disposiciones que yo no he 
conocido antes y que hago fervientes votos por que no a» 
repitan. 
. Corrió el tiempo, y como otras veces, éste se encargó de 
demostrar la razón de mis anuncios, consejos y predicado 
nes. Ahora se acaban de publicar en Madrid, por el Go- 
bierno, algunas cifras elocuentísimas. En J.°de Enero de 
1897, el Tesoro de la Península había gastado en Cuba(l) 
para las atenciones de la guerra, más de 108 millones de 
pesos. 176 mil hom br es dieciplinados, verdaderamente he 
róicos, que salieron de la Península desde 1.° de Marzo del 
95 á l. 9 de Diciembre de 1896, sufrían todos los horro- 



(1) He ahí el resumen completo: 

CUENTAS DE LA GUERRA 

Pagos hethos por atenciones dé la guerra eU Cuba. 

Desde 4 de Marzo de 1895 á 80 de Junio de 1996, según cuenta pu- 
blicada, 63.802.802*140 pesos. 

Dtsde 1. a de Julio de 1896 á 81 de Diciembre de 1896, ídem idea, 
44.999. 736'518. 

Desde 1. a de Enero á 30 de Junio de 1897, ídem id., 43. SIS. 191*31». 

Desde 1.° de Julio á 31 de Diciembre de 189*3, según cuenta no publi- 
cada, 10. 292. 899 '020. 

Total pesos, 222.407. 688*891. 

Equivalentes & 1.112.088.444*485 pesetas. 



\ 



r 



— 469 



res de la famosa guerra de Haití, de comienzos de eato 
siglo. — El hambre, la viruela y la fiebre palúdica hacia 
espantosos extragos entre los leales y los insurrectos. Los 
campos de la Península se quedaban sin brazos jóvenes: 
los campos y las pequeñas poblaciones de Cuba eran arra- 
sados. Comenzó entonces allí el terrible éxodo de los re- 
concentrados. Tomaron desarrollo las deportaciones, por 
medida precautoria y mera disposición gubernativa, á los 
presidios de África y á Fernando Póo. Todavía no se 
puede estimar la baja sufrida por la población de Cuba, 
en estos años de guerra, pero hay quien la cifra en cer- 
ca de 250.000 almas. Según datos del Ministerio déla 
Guerra, el número de jefes, oficiales y soldados de toda 
clase, muertos ó desaparecidos en Cuba desde el princi- 
pio de la campaña, hasta fines de 1896, subía á 16.063. 
£1 délos insurrectos á 12.076 con 3.468 heridos, y 86* 
prisioneros y 2.198 presentados, también espanta. Y á 
última hora surgió un conflicto internacional con los Esta- 
dos Unidos, agravado por la actitud reservada de los go~ 
bienios de Europa. 

Los hechos impusieron al fin lo que debieran haber deter • 
minado las palabras y la reflexión un año antes. Tal fué la 
canea del decreto refrendado por el Sr. Cánovas del 
Castillo en 29 de Abril de 1897, y de las declaraciones he- 
< sobre este decreto, en Junio, primero por el Sr. Sa- 
{ , y después por todos los notables del partido liberaL 
es del momento exponer mi criterio respecto de estos 



— 470 - 

particulares. A su tiempo lo hice con la brevedad que el 
caso exigía. El Sr. Cánovas del Castillo me favoreció, ha- 
ciéndome conocer sus proyectos antes de darles la última 
mano; por entonces me abstuve de decir nada sobre este 
punto, porque soy de los que creen que en politáoa se debe 
hablar mucho cuando se trata de propagar y muy poco 
cuando se trata de realizar. 

Mas ahora debo decir que encontré al Sr. Cánovas dis- 
puesto á hacer en sentido autonomista mucho más de lo 
consignado en el decreto de Abril. Bespeoto de las deolara- 
«iones del Sr. Sagasta, debo recordar que me produjeron 
una verdadera decepción. No lo oculté, y no seria absoluta- 
mente imposible que mi respetuosa critica influyera un tanto 
en las explicaciones algo más satisfactorias, que aquel dis- 
tinguido hombre públioo biso á poco á algunos reporttrs ma- 
drileños. También es posible que yo exagere la importancia 
de mis observaciones, (i) 

Pero la idea hacía su camino, per su propia virtualidad y 
por el creciente y estruendoso fracaso de sus adversarios. 
Estos fueron los determinantes de la hermosa oración que 
pronunció el Sr. Moret en medio de grandes aplausos que 
hacen honor á los liberales aragoneses, en el nuéting oele- 
brado en Zaragoza en la primavera de 1897. 

Algunos meses antes, en Octubre de 1896, el propio se- 
ñor AJoret había pronunciado, en el mismo Zaragoaa, otro 



( 1) Véase el Apéadice . 



Y 



— 471 — 

di acurs q acentuando la actitud de los liebrales en la cues- 
tión de Ultramar; viril discurso que le valió no flojas críti- 
ca b de baetj* parte de aus correligionarios y que casi le dejó 
solo con sus Íntimos. Mas, al fío 9 esta tendencia expansiva 
triunfó. EL Sr. Sa gasta ratificó las declaraciones autono- 
mistas del Sr. Moret y estas fueron el programa del 
Gobierno cuando en el otoño de 1S97 ocupó el poder el 
partido liberal. Aellas responden los decretos autonomis- 
tas de 25 de Noviembre de 1897, los cuales hay que expli- 
car teniendo á la vi ata la a instrucciones que el ministro de 
Ultramar (Sr, Moret), dio luego á los gobernadores gene- 
ralee de Cuba y Puerto Bico, para la aplicación de los ta- 
les decretos (1), 

Tampoco viene á cuento consignar aquí mi opinión sobre 
loa decretos de Noviembre último* Ya lo haré en la debida 
oportunidad, porque eso te ha de discutir bastante en las 
próximas Cortes y en otros sitios públicos, dentro de no 
lejano plazo; aunque yo creo que por este lado no está el 
mayor peligro de la situación. — Siempre costará mucho tra- 
bajo reducir á muohas gentes de la Península á que no vean 
en las Colonias meras dependencias, y por tanto, á que todo 
cuanto en ellas se proclame ó haga, pase del carácter de 
meras concesiones. Tampoco será fácil hacer comprender 
x ~tras gentes de Cuba que la cuestión colonial no es 
. mera cuestión cutana, y que, por tanto, para su reso- 



Véaa« el Apéndice. 

3l 



r 



T 



— 472 — 

lucían hay que cootar con bastantes mas datos que lo» 
locales. Pero de todas entortes, los decretos de* Noviembre, 
aun reconociéndolos bastante incompletos hasta que las 
próximas Cortes resuelvan varios graves problemas en aque- 
llos entrañados, son de nna positiva y excepcional impor- 
tancia y merecen nn caluroso aplauso. 

No se lo excusé lo más mínimo, aun siendo muy delicada 
mi posición política (1). Sobre este particular ahora ratifico 
lo que por aquel entonces dige á tode el que me quiso oir: lo 
mismo á republicanos que á monárquicos, á antillanos que 
á peninsulares. Con efecto, desde el primer momento yo 
sostuve: 1.° que era preciso apoyar el ensayo autonomista 
intentado por el Gobierno liberal, aun cuando los liberales 
y en general todos los monárquicos españoles hubieran 
sido hasta el momento presente adversarios de la Autono» 
mía; %*, qoe ese ensayo debía ser sincero, y que por tanto el 
planteamiento del nuevo régimen debía confiarse á los 
autonomistas antillanos; 3.°, que la autonomía se plan* 
teaba ahora en Cuba en condiciones muy desventajosas, 
porque no era ya sólo una solución de gobierno, sino un 
modo de concluir la guerra separatista y un medio de r* 
construir un país devastado y dominado por toda das» 
de pasiones; 4.°, que no podía entenderse que la solución 
autonomista había triunfado, ni aun esperarse unaoc m - 



(1) Véase el resumen de mié dúcurso» en los meetings ¿t _ 
Reiiiofin, Vitoria, San Sebastián y Gijón, en el otoño de 1897. 



A 



— 473 — 

pltta eficacia de so proclamación, por el mero hecho de 
aparecer loa decretos autonomista* en la Qacéta dé Madrid 
y aun de ocupar autonomistas loa ministerios coloniales, 
J i.°, que á mí personal mente, por mis compromisos re]* 
publícanos, por mi numera de entender la cuestión colonial 
como un problema general político, por mi residencia habi- 
tual en la Metrópoli y aan por mi posición fuera de las 
intransigencias locales, no me correspondía puesto alguno 
oficial en la nueva situación política, lo cual ¿o obstaba i 
mi resolución de prestar todo mi apoyo á la actual empre- 
sa reformista al Gobierno liberal de la Metrópoli y á loa 
Gobiernos coloniales de Cuba/y Puerto Rico. 

Después de esto, me puse á disposición del Gobierno de 
Madrid y trabajé activamente para 'que mis amigos de las 
Colonias secundaran con toa a resolución les decretos auto* 
nomietas. 

No era esta floja empresa. Anuncio que tendrá bastante 
interés lo que en su día yo publique sobre lo que ha pasado 
en Madrid, en las Antillas y en el extranjero, desde Octu- 
bre hasta el momento do instaurarse el nuevo régimen en 
Puerto Rico ¡Cuántas lecciones para un hombre político ( 
i Y qué ignorancia de la realidad de las cosas y de lo que 
positivamente ha sucedido en todo ese laboriosísimo período, 
la de casi todos, si no todos, cuantos en papeles y reuniones 
licas han hablado sobre este asunto! 
Je mi sé decir que no he descansado un momento, y que 
principales esfuerzos se han dedicado: 1.°, á que la base 



— 474 — 

política del nuevo régimen antillano fuera el sufragis uni- 
versal; 2.°, á que en la instauración de eae régimen no fe 
quebrantase la doctrina autonómica, ya oreándose un nuevo 
partido autonomista anUs de esa instauración y para este so- 
lo efecto, en detrimento del viejo partido de aquel nombre, ya 
designándose aquí, por el Gobierno déla Metrópoli, los mi- 
nistros de los Gobiernos coloniales, y 3.°, á que la dirección 
de la empresa en los primeros momentos, allá en las Anti- 
llas, se confíase preferentemente á los autonomistas de la vis- 
pera: es decir, á los que ban perseverado en estos últimos tiem- 
pos. Creo que oon lo sucedido me puedo dar por satisfecho. 

Pero todo esto y señaladamente los decretos de > oviem- 
bre último, me interesan ahora desde otro punto de vista* 
Por lo pronto los cito y refiero á mi discurso de 30 Mayo 
de 1 896, para otros efectos. 

La relación de mi discurso de 30 de Mayo de 1S96, eon 
lo* decretos de 25 de Noviembre de 1897 y aun oon el de 29 
de Abril del propio año (que sin duda señaló el camino 
después tomado por el partido liberal de la Península), tie- 
ne una positiva importancia por la lección que ofrece á los 
estadistas de altura y á los hombres políticos formales, res- 
pecto de la perfecta inconveniencia de oponer radicales ne- 
gativas á la propaganda y recomendación de soluciones po- 
líticas, que, prescindiendo de su mérito intrínseco, tienen de 
au lado el apoyo de la experiencia afortunada de otros pue- 
bloi, y parecen puestas en la corriente más poderosa de las 
ideas y los intereses contemporáneos. 



r\ 



— 475 — 

Ea difícil señalar en los últimos tiempos mayor intran- 
sigencia que la demostrada por la casi totalidad de nnea - 
tros gubernamentales ante la recomendación autonomista. 
El propio Sr. Cánovas del C autillo, que más de una ves en- 
trevio la bondad de ésta en el terreno puramente doctrinal, 
bien por lamentable contradicción de su espíritu ó por sus 
prejuicios conservadores, ó por la necesidad de obtemperar 
á lis exigencias y los compromisos de sus correligionarios, 
un rica se resolvió á apartarse de exclusivismos práctico**, 
que llevó en ocasiones ¿ ana exageración apenas concebible. 

De ningún modo digo esto para formular censuras. Coa 
repetición be manifestado que no creo que es la hora da 
concretar y depurar responsabilidades, Pero me interesa 
macho consignar el hecho, porque la lección es de lo más) 
vigoroso qne yo conozco en la historia, pues que el cambio 
radical de política colonial operado por mis adversarios de 
mochos a Eos, ha sido cosa de muy pocos meses; y para sa- 
lir adelante con su empeño, los nuevos gobernantes han te- 
nido que proclamar la absoluta necesidad de confiarse á loa 
autonomistas de antaño: esto es, á los sospechosos de toda 
la vida, á los señalados constantemente como incompatibles 
con el orden, el prestigio y el porvenir de la Patria. 

Esa intransigencia no ha debido tenerse nunca. El mun- 
do entero marchaba por distinto camino. Solo la ignorancia 

lia propalar la especie de qne la reforma autonomista bri- 

ioa se habla hecho concretamente para procurar la eman- 
ación de las colonias inglesas. Y solo para los ignorantes 



1 



— 476 — 

debía ser un secreto que el sistema opuesto era el que pri- 
vaba en las colonias emancipadas de esa misma Inglaterra, 
de Francia, de Portugal \y de España, cuando se realizó 
su emancipación... Pero hay alga £eor quizas que la igno- 
rancia, y es el prejuicio. Y en España desgraciadamente se 
aceptó como cosa corriente que el Ministerio de Ultramar era 
nn ministerio de entrada, asequible á políticos faltos de to- 
da preparación en materia colonial y corriendo como indis- 
entibie la especie de que no habla más que una política ver- 
daderamente nacional y segura, que consistía. . . en hacer 
lo nismo que al parecer se habla hecho antes. 

Por esto y por otras concausas se ha podido imponer . la 
solución autonomista como una solución de sorpresa y á ella 
st atribuyen compromisos y medios que en puridad de ?er- 
dad no tiene. Muchos hombres de entendimiento, de cul- 
tura, de excelente voluntad, pero tímidos, no se han atrevido 
en estos últimos veinte años, & desarrollar sus estudios en la 
orientación autonomista, señalada aquí por los débiles, loe 
distraídos', los ignorantes y. los maliciosos como atentatoria 
al honor y á la integridad de la Patria. Otras buenas persof 
ñas no han osado hacer públicas sus opiniones. El país, la 
opinión' nacional no se ha preparado como debía. u 

Y ahora los directores de la nueva política parecen fal- 
tos de cierta autoridad para realizar la empresa, para des- 
armar prevenciones, para levantar esperanzas. Lo debo re- 
conocer con la misma franqueza con que he declarado que 
el Gobierno del Sr. Bagasta ha sido y es, hasta el presente, y 



[ 



— 477 — 

en este particular, un modelo de sinceridad. Mas para dea* 
oonocer lo que antes he indicado seria preciso no leer nn 
periódico extranjero e ignorar lo que pasa en el interior de 
Ouba, en el campo de los insurrectos y en el circulo de sus 
simpatizador^ del Continente americano y aun de Eu- 
ropa. 

Se triunfará al cabo: mucho lo deseo y hago todo lo posi- 
ble para que esto suceda. Pero la dificultad es evidente, y 
ahora hablo de ella con dos motivos, que vienen á ser dos 
fines. El primero, para que no se exagere la responsable - 
dad de la Autonomía y de los autonomistas en el caso pre- 
sente. El segundo, para que los gubernamentales no re; 
tan sos intransigencias (cuando menos doctrinales), ya 
cuando se trate de complementar el nuevo régimen procla- 
mado para las Antillas en 5 de Noviembre último, ya 
cuando llegue labora (muy próxima á mi juicio) de poner 
mano en el disparatado, anacrónico ó injusto régimen vi- 
gente en Filipinas, al cual dediqué severas criticas en 
mi discurso de 1871, y cuyo examen he tenido que aplazar 
después por la necesidad de contraer todas mis faculta 1 
al urgentísimo problema antillano. 

Por lo mismo que creo muy necesarias y hasta argentes, 
serias y profundas reformas del orden moral y político de 
nuestra Patria, y que considero como la más poderosa pa- 
lca para esta obra, la opinión pública, bastante más fuerte 
i toda clase de intereses, de cautelas y de imposioionea, 
lo mismo soy de los más opuestos á los cambios repenti 



1 



— 478 — 

nos, á las leyes improvisadas, á la politioa de las impresio- 
nes y las sorpresas. 

Tengo macho miedo á las conversiones súbitas y á lo» 
decretos del entusiasmo. Porqne me preocupo del arraiga 
de las instituciones y sé por una larga y costosa experien- 
cia de qué suerte los intereses quebrantados se acogen para 
rehacerse y entablar la batalla en los pliegues de las nue- 
vas situaciones creadas en momentos de exaltación y ale* 
grla, y cómo, á los pocos meses de instalado un nuevo ré- 
gimen, los que lo impusieron por un arrebato vacilan, y 
oon sus incorrecciones dan a los adversarios argumentos y* 
fuerzas de que carecían en el instante de ser atacados. 

Por esto me explico la facilidad oon que hombres verda- 
deramente sinceros y que figuraban en las filas de los par- 
tidos avanzados de la Península, han abandonado sus an- 
tiguos compromisos. Los aceptaron por impresión y en me- 
dio del mayor entusiasmo. Y decaído ó muerto el senti- 
miento que los empujó, se hundieron en la duda y al fin en 
la apoetasía. Sería una enorme injusticia atribuir oiertat 
rectificaciones políticas á móviles torpes y propósitos in- 
dignos. 

De mcdo que hay que decidirse á no improvisar solucio- 
nes. 8i es preciso, debemos poner una especial atención en 
calmar á los impacientes* Pero oon esto hay que prodigar 
los esfuerzos en el orden de la propaganda: hay que con- 
quistar la opinión pública, pero con perseverancia, con digr 
feidad, oon sentido. 



— 479 — 

í una de las condiciones de esta eampafia es la toleran- 
cia. Tergo por nn verdadero orimen, en el estado de la opi- 
d ion pública de España, impedir de oualquier modo la ex* 
presión de todas las ideas, y sobre todo, de la fórmula prác- 
tica de todas las tendencias. Y esto se impide, no sólo por 
medio de leyes y de actitudes hostiles de las autoridades, si* 
so con el clamoreo da les prejuicios y de las pasiones, que 
teman por pretexto unas veces la religión, otras la patria i 
•cando la causa ¡del pueblo, cuándo el interés del orden 6 
del progreso. 

Lo que ahora ha sucedido en la onestión de las Antillas 
debiera abrir los ojos á todos los hombres discretos y ver- 
daderamente patriotas. Si no se nos hubiera querido aplas- 
tar con tantas calumnias y tantas infamias... , ¿no habría 
triunfado hace dos años la Autonomía colonial y no se ha* 
bria evitado España los dolores y las pérdidas que conoce* 
nos y los que todavía tendremos que registrar? 

Pero Dios quiera que la lección aproveche para las em- 
presas próximas. Hay que oir, y oir bien á todo el mundo, 
Y es preciso qne las reformas que se hagan en nuestro país 
sean con la garantía ó por la fuersa de la opinión pública, 
suficiente informada y dignamente requerida. 

Sato lo digo por todo, pero muy especialmente por la ra* 
forma autonomista, qne ahora nos preocupa. 

'a en otra parte he explicado cómo y por qué los decre- 
de Noviembre son insuficientes» y he iniciado qne es 
verdadera injusticia y nn positivo absurdo desconocer 



/^ 



— 480 — 

que el régimen autonomista no se plantea en nuestras Anti- 
llas del modo que sus partidarios lo recomendamos desde 
1879 á 1896: esto es, ©orno nna solución regular y de go- 
bierno en un periodo relativamente normal. Ahora se pide 
á loa autonomistas que establezcan un sistema nuevo de go- 
bierno contra el cual se han amontonado las prevenciones; 
poro además se les pide que, al propio tiempo, concluyan 
con la guerra de Cuba y reconstruyan la isla completa- 
mente destrozada y aruinada en estos últimos afios de espan- 
tosa guerra. {Y todavía hay quien grita porque á los tres ó 
cuatro meses de publicados los decretos autonomistas en la 
Gaceta de la Habana, y sin los demás decretos complemen- 
tarios, no ha concluido la insurrección cubana y arregládose 
todas las cosas coloniales satisfactoriamente! 

Cuéntese, empero, que yo no prometí nada de esto en mi 
discurso de 1897, que, como antes he dicho, fué la última 
protesta de los autonomistas en la oposición. 

También acaricio gratas esperanzas respecto del compli- 
cado empeño á que me refiero. Por lo menos, puede afir- 
marse que lo sucedido hasta ahora, después de la instaura- 
ción de los Gobiernos insulares, ha superado á lo acaecido 
en otros países, en los primeros momentos del planteamien- 
to de un nuevo régimen . Y hay motivo para felicitarse asi 
de la relativa tranquilidad y la creciente confianza de las 
poblaciones antillanas, como de que hayan fracasado 
esfuerzos que en Madrid se hicieron en estos últimos m 
para que el régimen autonomista se inaugurase en las >• 



— 481 — 

Has por la negación de las bases primeras de este régimen; 
coflA qae hubiera podido realizarse muy bien ya haciéndose 
aquí en Madrid, loa ministerios coloniales, como antes se 
nombraban los directores de la administración ultramarina, 
Ji fabricándose en la Píaxa de Santa Orna partidos insola* 
ras que hobieran de plantear en Ooba y Poerto Rico, con 
atoy discutible prestigio, lo que sólo les viejos autonomistas 
habían predicado, por espacio de veinte años; ya impo- 
niéndose á los nuevos (y en su día necesarios) partidos co- 
loniales el carácter de mera prolongación de los gabera a- 
mentales de la Península, con lo que se rectificaría la tr&di - 
«ón regional de los partidos avanzados de ambas Antillas, 
m excluiría del gobierno local á los republicanos y se vo Ibe- 
ria á las viciosas prácticas del viejo régimen de \&domi- 
toción colonial bajo la aparatosa é hipócrita fórmula de la 
Asimilación racional y posible. 

No parearon aquí las maquinaciones de nuestros adversa 
ríes, ni pararán en eso seguramente. Luego vino la disou 
non, por rumores, referencias y obra de segunda y tercera 
nano, de los hombres más salientes de los" antiguos parti- 
dos autonomistas; no solo de los que formaron parte de los 
Gobiernos insulares, si que de aquellos otros que pudieran 
sustituir en placo más ó menos breve á los actuales minia* 
fres de Cuba y Puerto Rico. Y en seguida, la propaganda 
< equívoco y de la sospecha sobre los motivos ó los pre* 
1 38 más fútiles y la recomendación de que se in terpreta- 
algunos artículos de los decretos de Noviembre en el 



/ 



— 482 — 

sentido de ampliar (par ahora — según candorosamente ee 
decía)— las facultades de los Gobernadores generales, con- 
fiándoles exclusivamente todo lo relativo al orden público 
y á la dirección de la política; con lo qne dicho se seta, 
que á la postre, quedarían anulados de hecho los ministros 
coloniales, y además, agobiados por el más completo ridiculo. 
Coadyuvando á estos propósitos, en estos últimos meses, m 
han propalado en Madrid las más peregrinas noticias de 
dualismo en el seno del Gobierno de Coba casi en crisis, 
y división de los antiguos autonomistas en conservadores y 
radicales, dispuestos los últimos á dar en tierra con los as* 
tuales ministros antillanos para facilitar indirectamente el 
ingreso de los separatistas en el gobierno. Y saltando por 
cima de todas las conveniencias y de todas las prácticas de 
los países donde se ha proclamado la Autonomía de gobier- 
no responsable y de los terminantes preceptos de los decre- 
tos de Noviembre, se ha pretendido discutir en Madrid la 
política puramente local de las Antillas y hasta exigir al 
Gobierno de la Metrópoli responsabilidad de cuanto haoen 
los ministros insulares, extraños á su jurisdicción, como 
no sea violando los principios fundamentales de la Autono- 
mía Colonial, destruyendo el oaráeter político de los Go- 
bernadores generales de Cuba y Puerto Rico y poniendo á 
estas islas (por la limitación de la competencia de las Cor* 
tes y el ensanche de la competencia local) en una condición 
quisa inferior á la que tenían en los últimos días del anti- 
guo régimen. 



— 4i3 — 

Faro no es esto lo peor. Porque detrás de eea insistente 
campan», se ha podido ver, de ana parte, la oonfíansa de 
nuestros adversarios en hallar algún apoyo (aunque por 
otros motivos], en liberales y autonomistas, muy dignos y 
síd ceros, pero candorosos ó impacientes y poco ó nada «ten- 
tó* á !a gran experiencia europea de las transformacines del 
orden político; y de otra parte, la predisposición de no po- 
cos hombres mu y comprometidos en el éxito del actual ensayo 
aatoiemist», á creer que éste, en lo sucesivo, apenas si tro- 
pesaré con más dificultades que las que ocurran en Cuba y 
Puerto Rico, por lo en al no deben merecer extraordinaria 
atención ni les próximos debates parlamentarios en nues- 
tras Cortes, ni la disposición de los partidos po'itioos pe* 
ninsulares, ni la acción política que aquí se desenvuelve, ni 
la orientación de la opinión pública metropolitioa. 

jQué equivocación! Si no estamos más que en el terser 
acto del drama, cuyo desarrollo pide mucho más espacio y 
bastantes más actores que los conocidos ó presentados hasta 
el dial 

No trato de rasonar ahora mi opinión perfectamente con- 
traria á los supuestos antes referidos. A su tiempo dtfe, 
donde procedía, para que surtiera efecto, que me interesa- 
ban, para el éxito de la nueva politioa, casi tanto como el 
texto de los decretos de Noviembre, los nombres y los an* 

adentes de las personas que allá en las Antillas los hi- 

m de plantear. Y por eso, después de escuchar y regia- 
r las francas declaraciones de los Sres. Sagasta y More: 






— 4S4 — 

Presidente de) Consejo de Ministros y Ministro de Ultra- 
mar respectivamente, «obre su deoidido propósito de llevar 
i la práctica la doctrina de los partidos autonomistas anti- 
llanos, dediqué todo mi esfuerzo (en un periodo cuya labor 
no se conoce todavía) al modo y manera de confiar eu 
planteamiento á los autonomistas de abolengo (1). Ahori 
me corresponde tan solo consignar con toda energía mi 
protesta contra toda cuanto sea empequeñecer ó comprometer 
de cualquier modo la cuestión colonial ó contra lo que oon- 
duxca, mas ó menos derechamente, á dejar al acaso la inter- 
pretación délos deoretos de Noviembre, su complemento y 
su fortificación por medio de la política de la Metrópoli y 
de la opinión nacional. 

Lo bago sin preocuparme de que reducida la futura 
campaña autonomista á lo que en las Antillas se haga, au- 
mentan las responsabilidades y las dificultades que nos aprie- 
tan los que aquí, en la Península, hemos de ser requeridos, 
disentidos y atacados precisamente por las aplicaciones é 
instalaciones del nuevo régimen, en cuyos detalles locales se 
tenemos parte. Ya valdría la pena de considerarlo; aunque 
otra cosa orean algunos pocos que sin pisar este escenario» 
nunca se han dado buena cuenta de sus obstáculos. 



(1) Véase mi carta al Sr. D. Manual Fernández Juncos, presitf ~ 
que fué del Directorio autonomista de Puerto Rico. Las cartas que di 
i Cmba no son publicables,fpor su carácter íntimo, pero responden al 
pie pensamiento. 



— 48* — 

Has por eiina da todo esto y para los que como yo signan 
considerando el problema .colonial — y ahora especialmente 
el problema de Oaba— como ana cuestión total y nacional, es 
de toda necesidad y como un deber de conciencia, formular 
m opinión para que el empeño no fracase en este momento 
critico, bien por exceso de confianza, bien por distracción 
mis ó menas inexcusable, bien por taita de datos precisos 
sobre la situación de las cosas y las exigencias de la poli- 
tica, por parte de los más comprometidos ó más interesa* 
dos en el éxito del iniciado ensayo autonomista. 

Apercibámonos, pues, todos á di sentir y á operar con bue 
aa fe y acendrado patriotismo, sin intransigencias ni pre- 
juicios, dándonos perfecta cuenta de que el poblema afec- 
ta á intereses de la más alta importancia (á la causa de la 
Humanidad y de la civilización, tanto como al honor de 
España y al porvenir de nuestras Antillas), y de que en 
indispensable poner por cima de todo (no me cansaré de 
decirlo) la soberanía de la opinión pública, seria, honrada y 
eficazmente solicitada. 

Después de esto no ocultaré que la publicación de mi dis- 
curso de 1895 en estos instantes obedece también, aunque 
en muy último término, á un pequeño interés personal: ai 
de fijar bien mis personales responsabilidades. 
De ninguna suerte consentiré que las gentes distraídas» 
liciosas ó mal intencionadas, pretendan de mi lo que yo 
he ofrecido ó aquello para lo cual carezco evidentemente 
aedios. No retiro una linea de cuanto he dicho ó escrita 



1 



— 486 — 

«a^úUimos cinco anos; pero tengo derecho á «¿r 
que se esté á mis palabrea. 

También la reimpresión de mi disoorso del 96 pued..* 
* para otra cosa, y es para animar i los débiles, á lo. » 
ciwtae, á los pesimistas. 

Ooando yo defendía la Antonomfa colonial ha» ta 
•«*, icnáo pocos, aon entre los devotos de otro ticpa, 
creían en la eficacia de mis protestas y de mi. recomen 
cionesl 

Pero, por mny diversas cansas, la Autonomía ha trin- 
co, y en la hora del trinnfo ha sido imposible prescindir, 
asi en Cnba «>mo en Pnerto Eico, de los autonomistas dt 
t»dft la vicia. 

Porque no hay poder más firme ni realidad más postor» 
que la realidad y el poder de las ideas. 



Mu rio de 1898. 
Midrid. 



LA CUESTIÓN 

DE 

CUBA EN 1898 (,> 



► - 



Skñorys S&nadobes: 

Tendría por ociojo om'jQzar este dis^arso dando relieve 
i ]as dificultades verdaierameate extraordinarias qne se 
presentan á mi pasa, ai e*to no me proporcionara la oca- 
sión de declarar francamente qne las creo com penga dftfl por 
doa circunstancias. Primero, por el honor do dirigir la pala- 
bra £ est* Cámara; luego por la excepcional oportunidad 
t|Qe ae me depara para ratificar el sentido de mi propaganda 
de 2,1 auos fortifi :*da por la palpable real ida! deleahr* 
ehoa qne llenan la historia de estos últimos agitadas tiempr s * 

Tiene esta Cámara en la historia parlamentaria de na eff— 



()) Este discurso fué dicho en el Sana lo el 31 da Juní i Í9 18} 3. 

testado por loa S res. Gáuoías dd Castillo [Presldanti dil O** 
tó 3) j Martín e z Campos f fuá com pl eta 4 o po r m í e 1 1 a d ai re ct i ñ cae ios, 
4* * de Julio inmediato, 7 unal brevas palabrea d ch \s en la b*s!óec 
¿i dsl mUno mea al terminar el debate samtorkt del Maaa*j 3, 

3i 



i 



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— 488 — 



tra Patria un gran prestigio; no es dable olvidar lo que su» 
obras han trascendido y representado en la evol ación del» 
política contemporánea española. Y á aumentar sus títulos, 
su fuerza y sus esplendores debemos contribuir todos (cada 
cual á su modo y en su grado) en e9tos críticos momentos eo 
que, por viciosas prácticas y culpas tanto propias como 
ajenas, y quizá más sjenBS que propias, corren peligro de 
muerte las instituciones representativas y parlamentarias. 
He declaro fervoroso partidario de este régimen, y ratifico 
públicamente mi ya conocida devoción á la práctica constante 
del derecho electoral y á la necesidad de no abandonar con 
pretexto alguno (salvo las imposiciones del decoro y los 
casos de fuersa mayor), esta tribuna que, aparte de sus sin- 
gulares prestigios, tendría siempre la ventaja para la eficaz 
propaganda de las ideas, de ser la primer tribuna del 
país y desde la cual, con serenidad, con espacio y con da 
tos, pueden discutirse seriamente y con resultados positivos 
todos los negocios de la Nación. 

De aquí mi resistencia á las abstenciones parlamentarias: 
de aquí también mi oposición resuelta, tanto á las crecientes 
corruptelas que anulan el poder fiscal y quitan toda autori- 
dad al Parlamento, como á la funesta tendencia de nuestros 
gobiernos á prescindir, cada vez más, del concurso de núes- 
tras Cortes, reuniéndolas lo menos posible y excusando sus 
salvadoras iniciativas para reducirlas á un papel mediana- 
mente decorativo. 

De aquí, por último, mi positiva satisfacción al con- 
corrí r por mi mismo, y en la poquedad de mis f~~~* 
zas, á esta labor parlamentaria, que considero como > 
de los más fuertes estímulos de nuestra vida moral y t 



r 



— 48* — 

da ha id fluencias más directas de la cuitara política de 
mi patria. 

Adamas, al venir á este sitio con la devoción del qae ha 
sido y es grao partidario del régimen bicameral, experimen- 
to un verdadero placer, porque vuelvo á encostrar en estos 
bancos á tantos ilustres varones en coya compañía, bajo 
cuyo consejo, y por cayo ejemplo, pude yo hacer mis pri- 
meros pasos en la carrera parlamentaria, en la que llevo 
ya largos años, y en la cual no he encontrado motivo sino 
para justificar mi fe en la propaganda de las ideas, y para 
agradecer la disposición basta benévola de todos mis com- 
pañeros, á escuchar y respetar todas las convicciones hon- 
radas, dando asi á nuestra vida publica el tono de ana ad- 
mirable tolerancia. 

Abrigo el intimo convencimiento de que si algún servicio 
pequeño he podido prestar á mis ideales, y sobre todo á esta 
tierra española, habrá pocos, quizás ninguno, que pue- 
dan compararse al servicio que creo hacer en estos mo- 
mentos, porque aquí vengo en situación verdaderamente 
extraordinaria y con nna representación particular bien con* 
creta y definida, á declarar, en medio de todos los conflictos 
que nos rodean, y en nombre del partido autonomista 
de Cuba, que, pocos ó muchos, queridos, odiados, acari- 
ciados, ó perseguidos, los hombres de aquel partido man- 
tienen en sata suprema crisis, con férvido entusiasmo, dos 
ideas. 

La primera es, que la salvación de todos los coi) nietos 

presentes está en aquella solución proclamada por el autooo- 

igmo colonial, en cuya virtud se conseguirá la fortificación 

16 los derechos de la localidad, de la integridad de la Fa- 






j — 490 — 

j tria, de la anidad del Estado y de la soberanía de la 2 

•' ción en admirable armonía y fecunda intimidad; y 

ganda, que interesa, no solo á la consagración del de 



1 



al parecer inagotable raza. [Bien, muy bien. — Aplaw 



cho que España tiene en el mar de las Antillas (dere< 
idéntico al que tiene la Metrópoli española allá en 
sagradas montañas de Asturias, ó en las fértiles comí 
cas de Andalacia) sino también á la vida económica y á 
bienandanza de Cuba y Puerto Rico (resultado de núes 
espirita y de nuestra sangre y espejo fiel de los gustos, 
3 costumbres y los intereses de la Madre Patria) que en es 

•1 islas se sostenga la bandera de España, rodeada de toe 

* los prestigios y todas las energías de nuestra legendarii 

1 

i en la tribuna pública.) 

í;'£ ~ El Sr. PRK8I DENTE {agitando la campanilla): Ord 

■"-■»" *. en las tribunas. 

* \ ' \ El >°r. LABRA: Con esto, señores Senadores, ya casi 

y'-ir '.* go que no voy á hacer aqui lo que pudiera llamarse un d 

cureo de oposición; es decir, un discurso de ciertas mol* 
tias para los que ocupan el poder, é ideado y dicho en vi 
del quebrantamiento de mis adversarios, y para recabar < 
poder en beneficio de las ideas y de los hombres cuya repi 
sentación aquí traigo. 

No; yo tengo otro empeño más concreto. No más alto 

más bajo, pero realmente de otro carácter; porque no 

p¡«r^- • puede olvidar que pertenezco á un partido nacional, al pi 

-*" tido republicano, y que en el momento de dirigir mi pal 

, 4 -j£ bra al Senado no puedo ostentar aqui su representado 

ni hablar en su nombre. 

• Tiene ese partido nacional sobre los problemas oolonial 



— 491 — 



r 

una tradición brillantísima, á qoe no se suele bnoer la 
debida justicia. Ese partido llevó & efecto la abolición de la 
esclavitud en Puerto ÍUcoí proclamó en 1873 la Constitu- 
ción democrática del 69 en la pequeña A d til la, é hito prác- 
tica en aquella culta isla la reforma administrativa descen- 
tralizad ora, cae! a o ton omlata, decretada en 1870 y suspensa 
casi basta el advenimiento de la República. Y de tai suerte 
hizo esto, que cuando en 1S7S se concertó el famoso Pacto 
del Zanjón para terminar la guerra separatista de Cuba, el 
primer artículo de aquel pacto estableció como condición de 
la paz, que Cuba serla regida por la legalidad españo'a de 
Puerto Rico, que fué la obra de la Repúhica. 

Ese mismo partido republicano cuenta entre ene tradicio ■ 
ues el haber derogado en 1S73 el terrible decreto de [823, 
que concedía á los gobernadores y capitanes generales de 
las Antillas las facultades omnímodas de los comandantes 
de plazas en estado de sitio. En seguida, proclamó la ioa- 
movilidad judicial, ensanchando la autoridad del Tribunal 
Supremo de Justicia y poniendo la administración de la jos* 
tiáa en Ultramar fuera de las influencias perturbadoras del 
Poder ejecutivo. Luego derogó el procedimiento de los em- 
bargos y las confiscaciones délos primeros años de la ante* 
rior guerra de Cuba, puso en libertad á miles de negros no 
inscritos como esclavos en los registros de la esclavitud y 
anunció el planteamiento de la Constitución de 1869 en 
aquella isla tan pronto como en ella terminase la insurrec- 
ción de Yara ó fuese materialmente posible su aplicación y 

etica en aquella perturbada comarca « 

>esde 1879 á esta parte, ese partido, por medio de sus 

resentantes en Cortes, ha apoyado y hecho suyas todas 



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— 492 — l 

las proposiciones y redamaciones autonomistas de las d< 
Antillas; en Febrero de 1895 votó, con salvedades y re» 
nociendo la insuficiencia de la medida, las llamadas refo 
mas de Abarsuza, y él fué el único que pidió la reape 
tura de las Cortes cuando en Julio último se agravaron li 
cuestiones internacionales y el problema cubano, por la ad 
tud de los Estados Unidos. Luego protestó contra la dú 
lución del Parlamento español cuando en el americano 
discutían ciertas mociones en pro de la beligerancia de 1 
insurrectos en la grande Antilla; condenó por medio de i 
documento solemne el escandaloso pago de la llamada i 
demnización Mora, y por último, en 26 de Mano próxh 
pasado, en el Manifiesto de las basas de Unión republioan 
formuló antes que nadie el voto de que cía cuestión de Cu 
no era ni podía ser una cuestión pura y exclusivamente o 
litar i, pidió que se plantearan inmediatamente las reform 
de 1895 en Puerto Rico y sostuvo cía necesidad de nnevi 
urgentes y más radicales reformas para terminar la guei 
separatista de la grande Antilla y para restaurar loe qi 
brantados fueros de la justicia.» 

Sin embargo, y apesar de que ese partido república 
tiene soluciones concretas sobre el arduo problema alta 
marino, y de que le convendría mucho evidenoiar'que ni 
f uno de los partidos monárquicos las tiene, yo no pac 
desenvolver tales tesis, no sólo porque no represento en ] 
Cortes al republicanismo español, sino porque he contra! 
con la Directiva de Unión republicana, á la cual porteño» 
el compromiso de no ocuparme en el Parlamento de la ] 
lítica general, y hasta el de excusar todo debate <; 
afecte á los intereses y loa planes del partido republioan 



— 493 — 

Responde este compromiso á uu deber de disciplina. Los 
republicanos han proclamado el retraimiento y cualesquiera 
que sean mía opinión es respecto de eete particular, á todos 
S3 non impone el acatar el acuerdo de un modo escrupuloso; 
con tanto mayor motivo, cuanto que la Jauta creadora de 
Unión republicana ahora, como la Minoría parlamentaria 
hace dos años t resolvieron, por unanimidad de votos y de an 
modo expreso y singa lar, que en vista de la gravedad ex* 
trema del problema colonial» de las circunstancias particu- 
lares del régimen electoral de Coba y Puerto Rico, de la 
organización de los partidos antillanos y de mis compromi* 
S3dde toda la vida, pudiera yo asistir al Congreso y al Se- 
nada para discutir la cuestión de Ultra mar . Todo obliga a 
observar y cumplir el debar de disciplina que he señalado* 
El ejemplo debe interesar á toda la sociedad española» hoy 
como nunca necesitada de tales ejemplos de respeto y bu* 
misión. 

Por manera que aquí traigo una representación particular 
(la de loe autonomistas cub.\uoi) y me preocupa un empefio 
relativamente concreto, un fia especialisimo fuera de los 
intereses relativamente secundarios de la política palpitante, 
f con tal ex plieación ya puedo añadir que principio en los 
actuales debates llevo un triple propósito. Primero, señalar 
la gravedad interior é internacional de la guerra de Cuba» 
Segando, recabar de los partidos gobernantes de la Penínsu- 
la declaraciones explícitas tanto respecto de la situación de 
la grande Antilla , como sobre la manera de resolver el doble 
> róblenla allí planteado, de la inmediata pacificación de la 
ala y de su porvenir político y social más ó menos pró- 
iauh Y tercero, ratificar los compromisos del Partido 



494 



a utonomista cubano en pro de la bandera española, pi 
cisar sus honradas disposiciones y advertir franca y nobl 
mente Jo que es necesario para que labuena voluntad y 1 
esfuerzos de ese partido surtan el efecto apetecible para 
pronta y definitiva pacificación de Cuba. 

Supuestos mi discurso, son, de un lado, el derecho < 
España á censervar á Cuba cual parte integrante de 
Dación, al modo que dijeron las Cortes de 1812; esto < 
como lo son las montañas de Asturias, los llanos de Ci 
tilla y las playas de Andalucía y Cataluña; de otra pan 
el deber que España tiene de. dominar ftonto y bien la i 
surrección separatista, por ley del honor, en beneficio de 
complicada sociedad antillana, por interés del derec 
internacional contemporáneo, en cumplimiento de los tn 
cen dentales y prestigiosos compromisos de los grane 
pueblos colonizadores y para tranquilidad del resto < 
mondo, seriamente amenazado por las complicaciones cj 
surgen y pueden surgir en América. 

No diié una palabra de las circunstancias excepciona 
en que se ha verificado la elección de representantes 
Cortes de la isla de Cuba. 

La otra Cámara primero, y ésta después, han dado 
bus fallos, y aunque me fuera dable hoy discutirlos, aie 
pre al intentarlo faltaría á una conveniencia parlamentar 
Además, para mi campaña no necesito eso. Lo únioo c 
tengo que manifestar es, que aquel partido autonomista 
d reído que no había estado en condiciones de acudir i 
lucha para la elección de Diputados, dificultada, entre ot: 
causar, por la situación general del país; y que si ha p 
sentado candidatos á la senaduría por la universidad de 



r 



— 495 — 

Hataaa y la Sociedad Eco cónica, ea parque en esas Corpas 
racicies ceda jodian ii fluir, ni Ja gusjra, di los abusos do 
las lutcridades. T aun cuando pudiera discutirse si por fal- 
ta de cemj enetraciín y de relación con la representación di- 
vena de otes elementos, debía ó no observares el retrai- 
miento más ó menos absoluto, la directiva autonomista ha 
tenido en cuenta una consideración de excepcional valor, y 
&9 la de que sería de un efecto desastroso ante nuestro propio 
F»i«. ante la propia Cuba y ante el extranjero, si aquí no 
aprovecháramos una ocasión cualquiera para hacer constar 
que nosotros estamos dispuestos á cooperar en todas formas 
al mantenimiento de Ja integridad de U Patria y á la con- 
quieta de las libertades antillanas; doble empeño, que con* 
eider amos en sustancia como uno mitmo, merecedor de 
atrición incesante y de empello insuperable (1), 



(1) YéaFP el í cuerdo de la Directiva del partido ftütonomiíta de 
Coba, El par ti lio da ?neito Bico cataba en, el retraimiento deade la re- 
forma electoral del Sr. Maura (hecha en 1893). 
Dice aaí la Directiva cubana: 

*Cc ueid erando que al acordar la Junta Central del Partido Liberal 
intoBomifiia en Septiemfcre de 18í»í) la fxpoa'ciÓn que elevo a 1 Gobier* 
no de B* II. tpco mer dardo cie)taa medídee que estimaba propina para 
f íeilitar j acflernr la pseifietcón del pía, ente odió y sincera y explí- 
titiBíeníe decíate- aunque contrariaba ct n filo sua Has vivas espire- 
denet*— que míentrta «e Extendiera, la inanrrectir a por gran parte de 
la lila, no latían bac fdtraa elecciones parala constitución del nuevo 
Ci lfí-jc de Acn ii ittracif e: 0| inión que ac g¡6 con aplanao la prenem 
icividoTa 7 aceptó antoncea al Gobierno, argún noticia que por 
< 7 tutorías do conducto llegó fc la Jnnta, y según lo prueba la inda- 
la suepeneion de laa elecciones da Consejeros, Diputados provin- 



n 



— 496 — 

Después de hacer esta protesta, no solo en nombre 
«ino principalmente en nombre de mis amjgoe de Cu 
oon ánimo de hacer constar las colaciones que nos pa 



•cíales y Concejales en toda la U'.a, 4 pesar de estar terminada 
hace largos meses la rectificación extraordinaria del censo que 1 
servir para dichas elecciones; 

Considerando que desde la fecha indicad» no han disminuido 
tensión é importancia de la perturbación que sufre la Isla, y qi 
-virtud de ella, al debatirle aquí y en la Península la convenio n 
inconveniencia de la disolución de las últimas Cortes, ss decL 
•contra éita, por estimar imposible la celebración de elecciones g 
les en Cuba en condiciones de eficacia que permitan la fiel ezpi 
de la opinión del cuerpo electoral, no sólo el órgano oficial de 
Junta y el del Partido Reformista, sino los periódicos y los hoi 
públicos más importantes de casi todos los partidos de la Penínff 
entre ellos, con singular energía el Jefe del Partido Liberal; 

Considerando que aunque en algunas lugares no llegaran lai di 
tades de orden material á conitituir insuperable obstáculo para U 
oración de elecciones, sin embargo, la suspensión de las gan 
constitucionales, el estado de las comunicaciones, y las desorgí 
-ciones de no pocos comités, no permiten realizar los trabajos prc 
torios y la propaganda indispensables á la asción política de un p 
-como el nuestro en elecciones de carácter popular; pues si bien 
tiene y retira su apoyo al Gobierno para todo 1* que ss refiera á 
fensa de la nacionalidad y al restablecimiento de la pn pública, 
principios distintos, política propia de cuyo empeñado sostenlmien 
podría dispensarse en modo alguno al dirigirse al cuerpo electora] 
«lecciones esencialmente políticas; 

Considerando además, que después de publicado el Real Docre 
convocatoria de las nuevas Cortes ha acordado la abitención elec 
el Partido reformista, antecedente cuya importancia no puede dej 
apreciar esta Junta Central, dada la significación que tiene dicho 
tido en la política local; 

Considerando que no siendo el propSf ito de la Junta acordar a 



r 



— 4*7 — 



de momento necesarias, en el doble concepto de satisfacción 
i los problemas ultramarinos y de remedio á los conflictos 
presentes, he de poner gran solicitad en que se sepa bien 
que tanto como eso interesa que anuí di ¿catamos, precise- 
mos y comprendamos todo el fondo y toda la transcendencia 
del problema onbano. Yo rechazo en absoluto todos los te- 
mores, todas las protestas, todas las reservas que por ahí 
corren respecto á qne no sea conveniente discutir en el Par* 
lamento español tales asuntos. ¿Dónde, sino aquí, deben ser 
objeto de severo examen y amplia discusión? ¿Dónde? 

¡Ah, señores! En primer lugar, como antes he insinuado, 
comprometido el régimen representativo y parlamentario, no 
comprendo cómo podríamos declarar incompetente al Parla- 
mento y peligroso el uso que hagan los Diputados y Sena- 
dores de su derecho para desentrañar los problemas más 
ardaos, solicitar todos los intereses de la Patria y evidenciar 
hs energías positivas que en esta tierra existen, para termi- 
nar la guerra y resolver todos los conflictos que nos rodean . 



traimiento de carácter político, lino ana moni abstención, f andada en 
)es circunstancias antea consignadas, y qne do ninguna anorto ha do 
influir oa la actitud y procedimientos dol Partido, dobe naturalmente 
limitarse á las elecciones de caricter popular ca que concurran aqué- 
llas, y nc pueden extenderse á las de las Corporaciones, en las cuales 
so existen: 

La Junta Central acuerda abstenerse de presentar candidatos para 

las próximas elecciones de Diputados 4 Cortes y 'e Senadores por las 

provincias; reservándose presentarlos para las elecciones de Senadores 

w» las Reales Sociedades Económicas y por la Universidad de la 

una. 

Iabana23 do Marzo de 1893.—V.* B/-EI Presidente, Josi M aria 
't*z.— Rl Secretario, Antonio Gavin.* * 



498 — 



[Cómo, en esta tierra, donde podemos contar, no ya co 
ejemplo reciente de Francia disentiendo y resolviendo 
pleno Parlamento los problemas de Madagascar ó dal ' 
kin, de exoepcional gravedad, é imponente apariencia, 
con el asombroso espectáculo de las Cortes de Cádiz, q ue 
cutieron todos los problemas más transcendentales baj 
fuego enemigo y cuando apenas si materialmente existía 
paña, con la aspiración firmísima y al fin lograda, de eac 
cario íedo al honor y al bien de la Patria,— cómo en este 
donde se elaboró el sistema constitucional y se plante 
casi todas nuestras Constituciones por la acción directa 3 
tusiasta de las Cortes, en función permanente y reson* 
en medio de nuestras tres últimas sangrientas y aterrad 
guerras civiles y peninsulares, — cómo se ha de afir 
ó consentir siquiera que se señale como perjudicial ni 
como peligrosa la intervención de los diputados y señad 
en la cuestión que hoy por hoy más afecta á la suerte, á 
intereses materiales, á la vida y al honor de España l 

¿Dónde puede estar el perjuicio de los discursos, d< 
preguntas ó de las excitaciones que aqoi se hagan? ¿C 
negar el derecho de hacerlas á los Representantes del j 
cuando creemos todos (y por eso somos parlamentarios), 
en la discusión, en la conversación, en el trato intimo 
el cambio de ideas, está el secreto de la solución de t 
los problemas que llenan y forman la vida de la socie 
contemporánea? ¿Por ventura el régimen parlamentar! 
un puro adorno y estas Cámaras son meros escenarios de 
tas más ó menos recreativas y ociosas? Si los debatas d< 
tas Asambleas son no ya perjudiciales, sino ineficaces j 
la resolución de los problemas serios de la política nació 



> 



— 49tf — 

¿par qué no se proclama 7 se reducen estas sesiones á laa 
aparatosas de nuestras solemnidades académicas? En tales 
supuestos ¡quiénes más enemigos del régimen que los par* 
lamentan 08 desilusionados! 

Pero, además, señores, jo bien recuerdo, porqué cada 
ves más vuelvo los ojos á la Historia, á la gran maestra de 
la vida y la primer consejera de los políticos expertos y 
apercibidos, en estos críticos momentos en que las pasiones 
loa intereses, loe prejuicios 7 la justa preocupación de las 
grandes responsabilidades forman una atmósfera que difí- 
cil méate permite ver lo que nos rodea; 70 bien recuerdo, 
digo, de qué suerte, silencios y aplazamientos análogos á los 
que ahora se recomiendan han sido causa de grandes com- 
plicaciones 7 positivos desastres para nuestra pobre Patria. 
Yo no puedo ignorar cerno el procedimiento contrario 
triunfante en otros países, en circunstancias* análogas, ha 
producido ventajas ahora por todo el mando reconocidas f 
«vitado buena parte de los males que hemos tenido 7 teñe- 
moa que deploraren España. Permitidme recordaros foIo el 
contrario ejemplo de nuestra Patria de 1820 á 1323, 7 de 
Inglaterra desde 1774 á 1783. 

Todos aqui sabéis mejor que 70 cómo después de restau- 
rado el régimen constitucional en Marzo de 1820, se pro- 
clamó la Constitución doceañista en América 7 se extendió, 
con retraso 7 muy discutibles modificaciones?, á los reinos 
trasatlánticos la amnistía que U Revolución peninsular de* 
cretó para teda la nación en los primeros días de su trian f j, 
v no es para nadie un secreto que en las dos legislaturas 
1 -as Cortes ordinarias de 1820 7 21 loa asuntos america> 
1 . no obtuvieron r articular atención. 



— 600 — 



Ahora parece evidente que la merecían, pero enton 
creyó, de una parte, que era poco patriótico discutir e 
blema dificultando la acción del Gobierno metrópolis 
rebajando el prestigio de éste ante el extranjero por 
velación de las dificultades con que nuestro Gobien 
chata allende el Atlántico; y de otro lado se pens¿ 
eran suficientes para establecer el orden en Amena 
los medios militares de la Metrópoli, ora la influend 
allí debió ejercer la mera proclamación del régimen c 
tucional en la Peo ínsula. 

Y eso que la independencia era un hecho en la Pía 
Venezuela se había concertado un armisticio entre insí 
tos y leales; en el Perú y Chile continuaba, bajo api 
ciaja muy dudosas, la agitación revolucionaria, y en 
co, ei bien á fines de 1819 aparecía ya sofocado el gf& 
* i miento iniciado por Morelos y el cura de Guadaln¡ 
davia Jas montañas del Sur guarecían algunas partid- 
rebeldes capitaneados por Guerrero. 

La Memoria verdaderamente optimista presenta 
Congreso de 1820 por el ministro de Ultramar D. Ai 
Porcel, no fué discutida. Se necesitaron reiteradas ii 
cías de los diputados antillanos (señaladamente del me, 
Montoya) para que en Agosto de aquel año se nombra 
Comisión de negocios de Ultramar que no llegó á di< 
sar nada en la primera legislatura de aquellas Cort 
obstante la calurosa excitación que sobre el partícula 
el diputado platieLse Magariño en la sesión del 
Ootubre de 1820. La Memoria suscrita por el minis 
Ultramar Sr. Caadra, y presentada en Marzo de 182 
era menos optimista que la del Sr. Porcel, y sólo me 






— 501 — 

[as calumas eicitaeionea del diputado venezolano tenor 
Paul t que en Majo de 1821 pidió al Gobierno que trajese 
al Congreso todos los antecedentes relativos al armisticio 
de Venezuela, se logró que las Cortes nombraran una Co- 
misión especial para el estudio de la situación de A merina 
j para exponer lo más conducente para concluir del modo 
mas acertado las desavenencias que afligían a las provin- 
cias americanas.! Pero esa comisión se limitó á proponer 
que «se excitara el celo del Gobierno para que presentase 
á la deliberación de las Cortes, á la major brevedad, 
las medidas qne creyese convenientes.» Para llegar á esto 
que se propuso a fines de la regunda legislatura de 1820 
fué preciso qne el diputado mejicano Medina excitase i la 
Comisión á presentar al gnr a solución, mientras Ja Dipu- 
tación americana se apercibía á formular una Exposición 
á las Cortes, precisando los medios indispensables á su 
juicio para atajar el mal que volvía á reproducirse alleade 
el Atlántico. 

Esa exposición fué presentada á fines de Majo al Go- 
bierno, siendo rechazada por éste, y por tal motivo, los 
diputados americanos se decidieron á leerle á las Cortea 
en la sesión del 25 de Junio, es deoir, cinco días antes de 
terminar la segunda y última legislatura de las Cortes ordi- 
narias de 1820 á 21 . Aquella famosa exposición ausenta 
por 45 diputados americanos y que contenía un verdadero 
plan de organización autonomista, produjo calurosa protes- 
ta en el seno de las Cortes, pero quedó sin discutir. En Ja se- 
sión inmediata las Cortee acordaron pedir al Rey qne convo- 
case Cortes extraordinarias y señalaron las materias qne ha» 
lian de ocupar la atención de ¿filas; por ejemplo, la divi* 



— 502 



sión del territorio español, la organización del Ejercite 
Ja Armada y la formación de los Códigos. Todo el muí 
se olvidó del problema americano y faé preciso que fon 
laran los diputados americanos ana vigorosa protesta p 
que á pesar de la oposición de Toreno y Calatrava, ae a 
diese á la moción que las Cortes elevaron al Bey, qne 
Cartee extraordinarias se habían de ocupar también <de 
medidas que el Gobierno propusiese, á fio de conseguir 
tranquilidad y promover el bien de las Antillas». ^As 
todo, el discurso con que el Rey cerró las sesiones el 30 
Judío, conforme al texto de la Constitución del año 11 
de varios artículos del Reglamento de las Cortes de aquí 
época, se prescinde en absoluto de la cuestión americaí 
Y la Exposición impresa que los diputados americanos < 
varón en 22 de Enero de 1821 al Ministro de la Guei 
pidiendo la remoción de los Virreyes Pezuela y Apodaoa 
los generales Morillo, Craz y otros identificados comple 
mente con el viejo régimen colonial y poseídos por las 
siones de la guerra americana, quedó desatendida fuera 
caso preciso del Virrey Apodaca, sustituido en Méjico 
el general Odonoju, cuando ya los elementos antiliberi 
de Méjico habían destituido á Apodaca, según costo m 
muy generalizada entre ciertos elementos ultramarinos 
todo el curso de nuestra historia colonial. 

Como es sabido, las Cortes extraordinarias de 1821 a 
braron sesiones desde el 23 de Septiembre de 1821 á 14 
Febrero de 1822 y se inauguran con un apasionado del 
sobre la presencia y títulos de los diputados americanos 
ates ó propietarios en las Cortes de la Nación, j 
prescindiendo del problema grave del nuevo Mundo: de 



r 



— 503 — 



•situación política y militar, hasta que en 26 de Octubre el 
(bpotado Paul formuló una proposición para exigir al Mi- 
nistro de Ultramar que propusiera las medidas á que se ha* 
4>ía referido el dictamen déla Comisión parlamentaria de 
las Cortes ordinarias. Paul se fundaba en las alarmantes 
noticias recibidas de América y en hechos absolutamente 
indiscutibles que acreditaban el progreso de la insurrección 
•al'ende el Atlántico. La proposición del diputado america" 
no foé aprobada por un solo voto, pero el Gobierno no hixo 
caso de esta i esolución ni nadie en las Cortes osó tratar el 
problema americano. Todavía á principios de 1822 las Cor* 
tes, asustadas de la idea de ocuparse de este asunto, requi- 
rieron otra vez al Gobierno para que formulase sus solucio- 
nes, lo cual al fin se consiguió en 17 de Enero del citado 
año de 1821. Entonces se nombró una Comisión parlamen- 
taria que á los pocos días dictaminó sobre la vaga proposición 
del Gobierno, excusándose de entrar en detalles, y propuso 
que aquel nombrase varias personas que fuesen á América 
para recibir las proposiciones que los gobiernos allí estable- 
cidos hiciesen, á fío de transmitirlas á las Cortes para que 
éstas resolvieran en definitiva. Tan peregrina propuesta foé 
-combatida, entre otros, por el diputado extremeño Golfín, 
que presentó un plan de organización autonómica, mientras 
circulaba entre los diputados una Memoria de análogo sen- 
tido, inspirada en el antiguo proyecto del Conde de A randa 
y escrita por encargo del Ministerio de Ultramar, por don 
Miguel Cabrera de Nevares. Ninguna de estas soluciones fué 

3 cionada por el voto de las Cortes, Este consagró el fondo 
dictamen de la Comisión, con ad ciones del Conde de 

icano, Moscoso y Espiga, que condenaron todo concierto 

33 



— 604 — 

pacifico hecho en Amérioa por autoridades españolas 
beldes, obligaron al envió de nuevas faenas mil 
allende el Atlántico y exigieron á los Gabinetes extrai 
que se abstuviesen de todo trato con los gobiernos coni 
dos por los rebeldes. Esto se acordó en Septiembre de 
Poco después se excluían del seno de las Cortes á los 
tados de todos aquellos países americanos que hubiesen 
conocido la autoridad soberana de la Metrópoli; es de 
todos los diputados ultramarinos, fuera de los de í 
ñas, Cuba y Puerto Bico, los cuales más tarde, en 
también fueron expulsados, quedando aquellas isla 
representación parlamentaria hasta que se hicieran 
especiales para las provincias de Ultramar, cosa 
no sucedió en los treinta y tres afios que suoedier 
aquella deplorable determinación . Y es de advertir 
en los debates que se produjeron con tales motive 
Ministro de Ultramar dijo muy poco, reservándose á 
bre del Gobierno tomar las medidas que estuvien 
sus atribuciones y que no creyó poder manifestar pul 
mente. 

Luego tienen efecto en Madrid los sucesos de 7 de J 
se inicia la rebelión carlista: convócanse y reúnense las 
tes de i 822; proyéctase y realízase la invasión francesa 
restaurar el absolutismo y se instaura éste después de h 
róioas escenas del Trooadero. Pasado Febrero de 
nadie habló en la Península de Ultramar, pero ni este í 
do silencio ni el voluntario de los dos años anteriores p 
ron evitar que las cosas siguieran su curso, y que el 
ble ma americano acentuase su gravedad, poniéndose 
de la opinión y los medios de la Metrópoli, que se 



m 1ML 



— 505 — 

sorprendida con el reconocimiento de la independencia de 
los Tainos hispanoamericanos, hecho de mi modo explíci- 
to por el gobierna norteamericano en Marzo de 1822 y 
de o a mado implícito por el gobierno inglés qae ofreció al 
español , en este mismo año, intervenir oficiosamente para 
que terminase la guerra de Snr América, hasta qne en 3 824 
siguió el ejemplo de los Estados Unidos reconociendo tam- 
bién por modo solemne la independencia de la América 
Central y Meridional > 

Fué, pues» no sólo ocioso lino contraproducente todo 
cuanto aquí, dentro y fuera de las Cortes, se hizo para que 
no se tratara U cues ti ¿a de América de un modo público 
y serio. Precisamente en los mismos dias en que se inau- 
guraba la segunda legislatura de las Cortes de 1821, I túr- 
bido daba su célebre proclama en favor del Pía o de Igua- 
la * £1 24 de Agosto del propio año lo reconocía y firmaba 
el tratado de Cerdo va, el vi rey español D . Juan Odonoja; 
esto es, i poco de desdeñarse en Madrid la proposición de 
los 45 diputados americanos. El 24 de Febrero de 1322 (es 
decir, casi en el momento mismo en que nuestras Cortea 
aprobaban el dictamen evasivo de la Comisión de Ultramar 
con las adiciones intransigentes de Toreno) 09 verificaba ]& 
instalación del primer Congreso independiente de Méjico y 
jüT-hbü la Regencia mejicana. En la primavera de 1321 re* 
comenzaron las hostilidades en Venezuela y el 24 de Junio 
di aquel año tuvo efecto la batalla de Car abobo f que facili- 
to A Bolívar la constitución de la República de Colombia. 
1 ' ultimo vinieron el reconocimiento de la independencia 
t ricasa por los Estados Unidos y el de la América Meri- 
( %1 por Inglaterra,,, mientras los gubernamentales de 



iV ! 



•*'_ 



*M" -1 — 506 — 

España continuaban afirmando que el secreto y la 
eran loe medios de resolver satisfactoriamente la oí 
americana! 
Perdonad, señores, la digresión, siquiera por lopo 
i: - t entre nosotros se recuerdan estas grandes lecciones 



.1 



* • 



* 

.t 



[*£; -i Historia. 



tf " l 

n ■ I 



Frente á este ejemplo poned el de Inglaterra, y p< 

con el pequeño aditamento de la afirmación qne yo i 

permitido hacer muchas veces de que en punto á erro: 

jKr£" -í colonización, España ha ocupado generalmente un 

inferior al de las demás Naciones, pero oon la difereí 

C *í y este es nuestro pecado, que purgamos de nn modo 

;. t 5 ble— de que nosotros difícilmente aprovechamos el f 

" ■ -. ^ propio y la experiencia ajena, mientras qne los dem 

■ - • i man consejo de su propia y reconocida desgracia, qa 

; :.V cilmerte ó nunca se explican por el capricho de la si 

la exclusiva maldad del adversario. 

» : , ;: Mientras la elocuencia tenga admiradores y haya 

.•>■;. * don y entusiasmo para la defensa generosa del d 

i, t atropellado y maltrecho, serán nn timbre de gloria p 

"... " Edad contemporánea las brillantes páginas de la h 

' £ ..£ parlamentaria británica, donde se consignan los excep 

V'\i * les esfuerzos que en pro de la causa norteamericana 

ron los grandes oradores ingleses del último tercio c 

glo xviii. Porque sin negar los servicios que á la cau 

L v *4- r - la litartad política en general ha hecho Inglaterra, n 

tí"»*" 

de excusarse el reconocimiento de que el pueblo ingle 

liza oon el romano de los tipos clásicos en punto á pr< 

de superior y arrogante respecto de los demás pueblo 

como es positivo que en sus luchas con éstos no ha ] 



i/ 



.r'.¡ 



^\ 



— Í07 — 

jamás de modesto y generoso. No menos exacto es que la 
colonización inglesa anterior al siglo pr en en te se ha carac- 
terizado, por lo que hace á la Metrópoli, por su carácter 
eminentemente mercantil é interesado, extremándose en las 
colonias británicas la nota de la explotación h seta un grado 
moy superior al que se advierte en la colonización españo- 
la. For esto se explica que en la hora del con nieto anglo* 
americano, la cansa de las trece colonias careciese de sim- 
patizadores en la masa del pueblo inglés, apartado por ma- 
chas leguas de distancia de las orillas del Hndson y del 
Deiaware y puesto bajo la influencia inmediata de aquel 
poderoso y original board af commerc* de Londres, centro 4 
la vez político y económico, de excepcionales medios de 
acción y dispuesto á sacrificarlo todo á sus particulares in- 
tereses, un tanto disfrazados con el aparato del orgullo 
británico y el interés nacional. Coincidían estas circuns- 
tancias con la privanza del sentido absolutista del rey 
Jorge III, el oual perdió la razón cuando se perdieron las 
trece colonias de América. Por otra pavte, la ausencia 
de diputados americanos en el seno del Parlamento del 
Reino Unido, hacía difícilísimo que el interés y el derecho 
de las colonias encontraran defensa calurosa y eficaz en el 
corazón de la Metrópoli, Sin embargo, esa defensa fué vi- 
gorosa, constante, entusiasta, tal y como podían desearla 
los más exigentes, por espacio de diez años, en el seno 
del Parlamento británico . Los discursos de Sheridam, de 
Fox, de Barke, y sobre todo del gran Pitt, son hoy el or* 
trullo de la Inglaterra contemporánea y positiva causa de 

tigfacción para la generación moderna. 

Cierto que eeos discursos tío fueron bastantes para impe- 



— 508 — 



dir la guerra da Norte América ni para que los m ¡nial 
ingleses rectificaran la deplorable y siempre fracasada ; 
lítica de á la guerra solo con la guerra. Quisa recordando 
terribles, las abominables frases con qne lord North exp] 
al retirarse del poder en 1782, las vicisitudes de la luc 
atribuyendo indirectamente su sostenimiento al Rey, é ii 
nuando qne los ministros más de una vez habían dndado 
su éxito, quizá pudiera asegurarse que aquellos grandes < 
cursos, pronunciados sin intervalo y con todo motivo y t 
pretexto, en medio de una gran impopu'aridad y por peí 
ñas que no tenían ni podían tener apoyo ni interés algí 
en América, produjeron su efecto aun en el ánimo da 
mismos adversarios. Pero de todas suertes, es imposible 
gar que aquella espléndida campaña parlamentaría sir\ 
aun con relación á la misma Inglaterra, primero, para ha 
que ésta se fijase en la transcendencia política de la coló 
zación y en su influencia directa en la vida moral da la 1 
trópoli; luego, en los medios eficaces para mantener unii 
á la Madre Patrja, colonias que por su cultura y por sus i 
dios materiales no podían resignarse á ser meras factoría 
puertos militares; tercero, en la deficiencia ó la perfecta i 
potencia de los recursos militares aislados para dominar 
grandes revoluciones, así como en la incapacidad del inte 
mercantil y de los centros puramente económicos para dirí 
absolutamente la política de las Naciones; cuarto, en el va 
positivo de América y en la verdadera importa acia de 
relaciones angloamericanas. A todo esto hay que aña 
la influencia que en la educación general política de ín¿ 
térra hizo aquella campaña, porque con motivo da la g 
rra de América, la tribuna de Westminster se convirtió 



— 509 — 

uta verdadera cátedra de derecho publico, deaie la cual ae 
preparó la trans formación política iniciada en el Reino 
Unido dentro del primer tercio del siglo actual. 

Asi Inglaterra podo hacer la paz coa loe Estados Unidos 
en 1783, reconociendo inmediata mente la independencia del 
nuevo pueblo y entablando con él, enseguida, toda clase de 
relaciones morales y mercantiles, mientras que, por otra 
parte, iniciaba la reforma colon i al expansiva! de que e?una 
considerable prueba la reforma hecha en el Ganad! en 1791 . 
No quiero recordar, señores, que nosotros no llegamos 4 
reconocer la independencia de ios Reinos hi a p ano-amar ica» 
nos, que existía de hecho ya en 1824 hasta 1836, que es 
la fecha del tratado con Méjico, y ana hasta 18 G5, que es 
la nacha del tratado con el Pera. Y no quiero habar de 
cómo el sentido de la política que hicimos, con maravilloso 
resaludo, en Puerto Rico y Cuba áe^de 1813 á 1820, bajo 
la inspiración da las refirmas del marqué * de la Sonora y 
de las Cortes de Cádiz, y con coya política se hubiera quiza 
impedido la perdida del Continente americano, fué rectifica- 
da en 1823, con el famoso decreto da las omnímodas de los 
capitanea generales. 

Básteme lo dicho en apoyo de la acción libre de las Cor- 
tes y de los debates amplios sobre las cuestiones coloniales, 
para robustecer , co n ej e m pl os p ráctico s , mi p rote b ta co n - 
tra la fon esta teoría del siítucio patriótico que se nos quiere 
imponer, en este período de grandes desconfianzas, fácil 
de convertirse pronto en un periodo de pánico t en el cnal, 
*1 Gobierno, sin apoyo positivo en la opinión, pudiera eer 
i apellado y arrastrado á las mayores torpezas, llevando A 
Í faetón, sorprendida y agotada, á un oprobioso desastre. 



'I* 



— 510 — 

Por esto, séame lícito también decir algo respecto al 
lencio de hombrea importantes, de personas coya rep 
sen tai ion aparece mny acentuada en nuestra política ult 
'"■i j marica, de quienes te dos, dentro y fuera de esta Cama 

: i' . . j esperábamos explicaciones que quizás só!o ellas pueden < 

¿ c \ respecto de lo que en Coba ha sucedido en estos últii 

^*: - i meses: políticos de mny merecida consideración qne ape 

¡J l ' • j da esto creen qne no están obligados á intervenir 

" ■?; -< este debate, sino en el panto y hora en qne sean requerí* 

especialmente, quizá atacados 6 censurados con más ó i 
nos pasión y violencia. 

No; eso no lo consiente el Paramento, donde cada c 
tiene su lugar con propia y determinada representad 
3 que hay que acreditar del modo a fecuado á la índole de 

institución parlamentaria ydonde á nadie le es licito el pa 
de mero ó indiferente espectador. Pero además, esta sil 
: * \\ ciosa espectación tampoco es permitida aun fuera del 1' 

m , ;' • \ lamento á los hombres públicos de cierto carácter y cié 

r " i historia. 

• ■ -j 

' • * i Los hombres políticos deben tener esto muy en cuei 

* *_ í y, sobre todo, aquellos que han desempeñado los al 
; ** , cargos de nuestra política colonial; aquellos que han rej 
;• ,j sentado los intereses y la política del Gobierno en Ultran 
í '>'.'-/ .] y señaladamente aquellos que han llevado con honor la 

' . ' ■ # fenea de los intereses generales de 4 la Patria. Esos tien 

: .■.'•■'*• ^ . ■ ', ¿mi juicio, en los momentos difíciles (y lo son mucho 

$!**£" "\ presentes) el deber de dar su consejo: por lo menos la o 

&V; ( gaoión de exponer su opinión y de ilustrar al público 

íV-"" '-. sus datos y sus observaciones directas, fortalecidas pox 

\\,V ciencia y su experiencia personales. [Ah! ¡No faltaba n 



i". ' .1 



■V 




— 511 — 

Se puede llegar á grandes alturas; ¿pero se llega por la» 
condiciones paramente individuales y sin más compromiso 
que el pasajero de la instable posición oficial? rueden todo» 
estos hombres ilustres ser personas de indiscutible mérito- 
particular, pundonorosos militares, hombres probos, corree» 
tos, buenos amigos, padres honrados; pero mediante eso so- 
lamente, ¿serian y valdrían lo que realmente son en la poli- 
tica española? Son algunos, son todos, por diferentes moti- 
vos, Jo que Emerson llamaba hombres representativos, y en 
este sentido tienen la obligación inexcusable de dar su voto,. 
■o como voto decisivo, ya lo sé, pero si como voto de mayor 
cuantía. 

T si esto me parece hasta corriente tratándose de la ge- 
neral idad de los negocios públicos, antojase me indiscuti- 
ble cuando se trata de problemas coloniales, tanto por 
la dificultad de qce la opinión general de la Metrópoli pue- 
da ser suficientemente informada por el trabajo y los re- 
querí mientas de los particulares, cuanto por el doble pa- 
pel que desempeñan los funcionarios del Estado encar- 
gados en las Colonias, no sólo de atender á las exigen- 
cias de la Administración, siso de representar, en su 
totalidad, el prestigio, la solicitud y el carácter protector de 
la Madre Patria. Por eso en la historia colonial española 
tienen un gran valor las Memorias y los informes de los 
virejes y de los visitadores é inspectores de Indias; y en 
la edad contemporánea figuran eo primer término las Me- 
morias y las explicaciones que sobre el estado de la Amé- 
a británica dio, dentro y fuera del Parlamento inglés, y 
relación con sus empeños oficiales, el célebre lord 
rham, á quien hay que referir muy señaladamente la 



— 512 — 

iniciación de la gran reforma autonomista del Gan&c 
Fot todo esto, yo no pecaré de desconsiderado al p< 
ahora indi vid nal mente su opinión á todos loe homt 
notables á quienes se ha aludido; á los señores Genere 
Martínez Campos y Calleja muy especialmente, pues c 
ellos han gobernado á Coba en estos últimos tiempo* 
deben tener opiniones propias sobre el estado de los asa 
tes ultramarinos y les importa macho exclarecer y reetifit 
bastante de lo que respecto á Sus Señorías mismo i se 
dioho y disoutido en estos meses, así en España como en 
extranjero. No necesito que tan distinguidas personas o< 
firmen mi opinión ó fortalezcan mi actitud (perdonadme e 
rasgo de inmodestia); pero si afirmo redondamente, qne 5 
Señorías no pueden excusarse de emitir aquí solemne mej 
su juicio sobre el problema palpitante ultramarino, ou 
pliendo asi con su deber como Senadores y como represf 
tantas de las tradiciones y la política del Gobierno eu An 
rica, en un momento en que todo el muud) tiene puesl 
los ojos en este asunto. 



II 



Y vamos al fondo del problema. Ya lo he dicho. No v¡ 
a hablar más que de Cuba, porque estáe asunto absorbe to 
nuestra atención en este instante y compromete toda naejt 
suerte. Con esto indico que yo tengo opinión distinta á la q 
he oidu a un hombre importante del partido conservador < 
Bidente, Yo tengo la opinión de que la muerte de nuesl 
representación colonial llevaría tras si nuestro descrédito 




qa:z¿ tneetra inmediata mina como potencia hÍ9t5rica y 
«nropea. 

Por lo tanto» señorea es" preciso ver este trancen iental 
iflQDtj con cuidado; oir todas las opiniones j aspiraciones, 
7 resolver después, no por aquel interés político que divi- 
de Jos negocios en cuestiones de mavorla y de minoría, 
ni aun siquiera estimando el punto como un interés 
d* Gobierno conservador, 6 liberal, ó republicano, sino 
como un asunto de importancia fundamental de la Patria, 
y hasta como un positivo deber de conciencia; que esto es pre- 
ciso cuandoee arranean hombrea alpaid para llevarlos á des- 
piadada é interminable guerra, cuando es exigen esfuerzos 
y se destruyen esperanzas, que <ieb*n sacrificarse, sí t pero 
aj menos con la casi seguridad de que todos esos sacrificios 
han de tener un término próximo y satisfactorio. 

Bieu comprenderán los señores Sanadores que creyendo 
este mi deber, siendo esta mi preocupación de todo momento 
y causa esp ecial de angustia para mi espirito en el i estan- 
te en qae dirijo la palabra á esta Cámara, y encontrando 
inmensas dificultades por el número y diversidad de cues- 
tiones qne en este debate se han planteado, necesito redu- 
cir lis todo lo posible. Así, voy á ver sí concreto mis obser- 
vaciones llamando vuestra atención sobre las tres notas 
que, á mi juicio t destacan en el pavoroso problema que 
•bsorbe justamente la atención de España y comienza á 
fijar la de todo el mundo. 

La primer nota se refiere á lo que podríamos llamar el 
Altado interior de nuestro país frente al problema militar 

*ülano« 
-* guerra de Cuba, en primer término, ha proporciona- 



— 514 — 



IV 



do ocasión exoepcionalmente favorable de discutir y n 
ver un panto de potísima importancia social; como qu 
relaciona directamente eon la virtualidad del pueblo e 
fiol y viene siendo objeta de los más enoontrados pareo 
dentro y fuera de nuestro propio país. De tal suerte fl 
producido esa oportunidad, que si no fuera por las circ 
tandas que la condicionan, podríamos alegrarnos, po 
ha venido á demostrar una cosa, á saber: que en los im 
tes en que tantos dicen que la anearía se ha apoderadc 
todos los espíritus, cuando se pondera por todas parte 
decadencia de España y se aventura la especie de que n< 
vimos más que la vida de las componendas y de las coi 
telas; cuando parece que no hay ideas, ni rumbos, ni c 
ranzas , las energías vitales de esta tierra han surgido 
superficie hablando el leu guaje elocuentísimo de las real 
des y demostrando que aquí hay capital, faena, me< 
espíritu, y que lo que necesitamos son objetivos prec 
políticos que dirijan, ideas que levanteu y aproveche 
voluntad de este pueblo, dispuesto siempre al saeri 
cuando se trata del honor y de la dignidad de la Patri 
Yo lo he visto; yo he visto esos mozos, esos niños 
marchaban, [pocos días hace, por las calles de Ma< 
rebosando entusiasmo los unos, demostrando los otrof 
su recogimiento y su varonil apostura la energía de su 
mo, dispuestos todos á cruzar el gran Atlántico, indife 
tes á la amenaza de la fiebre y al peligro de las balas, 
jando tras sí las lágrimas de sus madres y los suspire 
sus amantes, sin esperanza de recompensa ni preocupi 
de lucro, sin odio ni miedo, atentos á la ley del deber, 
les á la disciplina, con la conciencia serena del que 



si 



r 



— 515 — 

«que cumple oomo bueno dando su sangre por el derecho, y 
sobre todo por el honor de la tierra que han hecho y defen- 
dido con sacrificios análogos nuestros padres en una larga 
historia de empeños heroicos. .. Ni un grito, ni una protes- 
ta, ni la más leve murmuración! El fenómeno es verdadera* 
mente admirable. Seguramente no lo esperaban la mayoría 
de nuestros hombres políticos. Europa entera lo ha aplaudi- 
do, al propio tiempo que confesaba su anterior creencia de 
que España era incapas de poner, con sus propios y exclu- 
sivos mfejdios y á dos mil leguas de distancia, un ejército de 
200.000 hombres para guerrear en condiciones de dificul- 
tad, solo comparable á aquellas con que luchó para ser 
vencido el ejercito francés de Santo Domingo, á comienzos 
de este siglo. 

Yo he visto también todo eso, f al verlo no he podido 
menos de exclamar: pues qué, ¿acaso los que nos gritan ó 
mormuran que esta es una tierra perdida, que aqui todo está 
corrompido, que todos se hallan dispuestosá venderse y á en- 
tregarse, no ven de qué suerte palpita, entre nosotros, la 
energía, y oomo en medio de estos conflictos, positivamente 
aterradores, late siempre un espíritu generoso y viril, ga- 
rantía d e compromisos admirables, resoluciones poderosas 
y éxitos inverosímiles? ' 

¡AJi! Seguramente aqui hay más que los lamentos estéri- 
les de las gentes pusilánimes, y más que los Gobiernos, 
abrumados por el compadrazgo y el caciquismo y deshechos 
en luohas verdaderamente mezquinas. 

Jon este motivo se han planteado dos problemas muy in- 

otantes: el uno es el problema del ejército colonia); el otro 
*e la reforma del servicio militar. — No digo qoa 



— 816 



' •>. 



•-1 




sea esta la hora deiesolver astas cuestiones. Ya al aeñoi 
nistro de la Guerra (al cual, apro vechando esta ocaaióo 
lodo fervorosamente por sos energías y snsaotividadee 
su inteligencia y sn patriotismo), ya el señor ministro 
decía en nno de sns último* proyectos, que era preciso tr 
nuevamente la cuestión de la redención del servicio mili 
y de otro lado hacia cierta favorable indicación respecto 
idea del ejército colonial. Ya sé yo, repito, que no son e 
puntos á resolver ahora; pero sí quiero señalar i 
especialmente el último; porque cualesquiera que i 
los éxitos que en esta crisis hayamos de alcanzar al 
lado de los mares, y conviniendo eu que no hay 
blo alguno (porque en esto si que tiene razón, com 
otras cosas, el mensaje de la Corona) que haya super 
ni siquiera igualado al eáfuerso hecho por España en < 
meses, no es posible creer que esta Nación, que puede 
centrarse en lo sucesivo en conflictos análogos, hayí 
continuar realizando el colosal esfuerzo de reclutar y 
viar y sostener en Ultramar 40, ú 80, ó 150.000, ó 200 
soldados, permanentemente separados de sus hogares, a] 
nando el Tesoro nacional, quitando brazos á los a»mp 
á la industria y dando á la vida de la Metrópoli el cari 
de una empresa exclusivamente militar y de conquista. F 
cia ha planteado el problema y lo tiene ya casi á términ 
solución; Inglaterra, en forma que á mi no me pa 
perfectamente aceptable, lo tiene disentido y resuelto 
una de las partes más considerables de su vasto Impí 
El problema está, pues, planteado. Es necesario oo 
con el ejército colonial: sólo que ese ejército colonial j 
naturalmente, ciertas condiciones y otras reformas. Pie 



— 517 — 



devoción, el «mor de lia colonias, I* voluntad in contras - 
UbJe de servir de ona. maneta incondicional á la bandera 
de la Patria» para lo que hay que levantar el espirita de 
eaas Colonias, contar con íu pneéh é identificarlo con el 
metrópoli tico por medio de nna poli tica de confianza, ex* 
pansión y libertad. 

£1 otro problema» es del servicio militar. [Que pena me 
da! Yo no bago cargos; pero realmente canea inmenso dolar 
considerar qne por Ja organización de nuestro sistema, en los 
formen te b presentes parece entregada la defensa de la Patria 
Btlfc mente i Its clases pebres, desheredadas . Claro está que 
figuran en el ejército brillantes jefes y oficiales A los cuales 
es necesario también no escatimar el aplauso; pero la verdad 
es, que la redención á metálico hace que se lo el pobre se en* 
cnentreen la necesidad de cnmplír con el deber de entregar 
en sangre por el honor y Tos intereses de Kspafía. Y esto es 
preciso reformarlo, Es necesario qne nuestros hijos, loa 
hjes de las clases ¿fortunadas, délas clases ricas, tengan 
En puerto allí donde está el pobre y presten el servicio mi- 
litar en las minina a condiciones de nn modo absoluto ó irre- 
dimible. De esa suerte te fortificará y se levantará el 
concepto de la dignidad militar, se producirán reformas 
fundamentales en la organización y educación intimas de 
nuestro ejército y ae pedra traer nn acento de disciplina á 
esta perturbada sociedad española. 

La segnnda nota qne de&tacaen el problema cubano, es 
la internacional; es decir, nuestro aislamiento en el mundo, 
nestro aislamiento con relación á los Gobiernos extrae-je- 
ra, nnrstro aislamiento con relación ala opinión del mun- 
o contemporáneo. 



— 618 — 



Yo he meditado bastante sobre esto, porque saben l 
machos de los que me honran con su atención, qne de n 
•atrás vengo sosteniendo la necesidad de romper la poli 
•de circunspección exagerada que en el orden internada 
-caracteriza á España. Y además, porque en el problc 
«abano no puedo menos de ver la relación ó influencia 
tiene la política de los Estados Unidos, y no debo 1311c 
-cómo y de qué suerte, desde 1820, Europa se ha moetr 
propicia á considerar el punto de la soberanía de Espi 
en las Antillas, como un interés de la política gañera! 
mundo. 

Aquí se han discutido, y debo pensar qne se di sea ti 
todavía más, algo dos de los puntos cardinales de nuai 
problema diplomático. Yo he tenido el honor de votar I* 
mi en da de mi ilustre maestro el Sr. Comas, aunque sin o* 
partir, entiéndase bieo, todas sus opiniones. Yo he he 
sencillamente una afirmación doctrinal, porque yo creo ( 
discutir si en este momento se debe ó no denunciar el í 
tado) que la doctrina dominante en el protocolo de 1877 
tampoco discuto si este protocolo está ó no de acuerdo < 
el tratado de 1795) trasciende en daño de la soberanía 
pañola y constituye una positiva reducción del carácter 
nuestra nación al de los pueblos inferiores donde rigen 
tribunales mixtos y las jurisdicciones excepcionales p\ 
los extranjeros. 

Pero quizá aún más que el fondo del ya famoso protc 
lo importa en estos momentos la manera de interpretar 
¿unos desas artículos; interpretación que explica cier 
ingerencias intolerables por parte del gobierno de los Es 
dos Unidos, en la administración de nuestras Antillas y ci 




— 519 — 

fea reclamaciones que podrían llegar á un extremo incom- 
patible con los medios económicos del Estado en las A n ti- 
lín. 

Tanto como esto importan otras reclamaciones norte- 
americanas, bagadas en otro a tratados y en las relacione» 
corrientes y en las prácticas nana lee entre los pueblos con- 
temporáneos. Me refiero á las pr oten tas y demandas que se 
van agolpando en nuestro Ministerio de Botado por cansa ó 
¿pretexto de atropellos propios de tos períodos de guerra, y 
muy explicables en guerras como la actual de Cuba, 6 bien 
coq ocasión de multas impuestas por nuestros empleados de 
Aduanas y de Haciend*¿ barcos y comerciantes america- 
nos. Es esta materia sobre la en al hay que tener en cuenta 
machos ditos: entre otro*, et relativo i la excesiva inter- 
vención de los americanos de origen ó de adopción mis 6 
menos reciente, en la política y aun en la goerra de la 
grande Antilla. Agrego lo relativo a la na tu ral i z ación 
americana da muchos hijos de Coba; naturalización sos pe* 
chesa y que entraña grandes complicaciones que es necesa- 
rio prevenir ó disipar en iuterói de Eapaü \ y de los Ehtados 
Unidos. El mismo presidente Cleveland, en mas de una oca- 
fiiÓn, solicitó la mirada del Congreso norteamericano sobre 
este particular, siendo de toda evidencia la irregularidad 
de todo lo que se practica en los Estados Unidos, exageran* 
no el alcance de la protección de entes sobre personas que 
en realidad iovoo*n aquel apsyo par mKivoá y ñnei abso- 
lutamente incompatibles con loi principios generales del 
¡sho internacional, 

última hora h*u surgí lo d *b itea periodísticos sobre el 
esto propósito del Gobierno americano de reconocer 1» 



i 



— 520 — 

beligerancia de los insurrectos cubanos, y aun algo sol 
esto se ha iniciado en algún Mensaje del presidente de 
gran República. Pero todavía más grave que toio lo <¡ 
acabo de indicar es lo que en los Mensajes presidenciales 
Washington y luego en los círculos políticos y en la preí 
de aquel país se ha dicho y repite en estos mismos mome 
tos sobre el punto de la intervención internacional, estin 
da en sus términos generales y muy especialmente con n 
ti vo de la guerra de Cuba. 

Evidente es que todas estas son cuestiones en las que 
causa, el pretexto ó la ocasión son por el momento el negó 
español, pero no menos cierto es que todas ellas transoii 
den necesariamente á todo el Derecho internación 
máxime la última que he indicado, de importancia en 
me, y que vendrá á perturbar por completo el Derecho 
gentes contemporáneo. Me refiero al nuevo sentido y á la n: 
va interpretación que se qaiere dar (sobra todo, por 
muchedumbres y por un cierto grupo de políticos] á la ce 
bre doctrina deMonroe. 

Esa doctrina no es, no representa en el momento en q 
se produjo, en 1823, lo que se quiere que sea ahora: ni 
quiera lo que Mr. Cleveland, en su célebre Mensaje dec 
¿ovaciones á lord Salisbury, formuló hace cosa de año y n 
dio con motivo de las cuestiones de Venezuela con Itiglater 
No niego que dentro de los Estadoa Unidos, país en don 
el cultivo de la ciencia del Derecho internacional ha Uej 
do á'gran altura, existen muchos pensadores, mu di os t 
tadista8 que no interpretan la doctrina de Monroe en el si 
tido perturbador á que aludo: pero no ha de negar, señor 
(¿cómo he de negar la evidencia?) que la tendencia absorbí 




— 521 — 

te, la tendencia dominante, lo que constituye el sentimien • 
to general del país, ee la dilatación de la doctrina de 1823 
hasta llegará un gran exclusivismo continental y á la ab- 
sorción de toda América por el espíritu, los intereses, el 
gobierno y la representación de los Estados Unidos. 

Bien sabemos que la primitiva fórmula apareció en 1S23 
con motivo de dos cuestiones concretas: de un lado, con oca- 
sión de las negociaciones que había con Rusia en orden á las 
tierras de Norte América, y de otro por la actitud graví- 
sima de la Santa Alianza europea, que intentó dominar 
y reconquistar la América española no solo para España, 
sino para el absolutismo monárquico, con el propio sentido 
que había determinado las intervenciones de la misma 
Santa Alianza en nuestra patria, en el Piamonte y eu Ñapó- 
les. No es del easo explicar, ni lo consentiría el carácter de 
una Asamblea como el Senado, de qué suerte este sencido 
original de la llamada doctrina de Monroe se mantuvo y afir • 
mó diferentes veces, ora con ocasión del Congreso de Pana- 
má de 1824, ora con motivo de las ouestiones de Centro 
América en 1850, ora en el conflicto provocado por el Im- 
perio ¿ranees ai levantar en Méjico el trono de Maximi- 
liano. 

Tampoco me detendré á precisar cómo la mayor parte de 
los tratadistas de Derecho internacional de Norte América 
insisten en dar esta explicación circunspecta á esta famosa 
doctrina. Pero ocioso é indiscreto seria ocultar que la opi- 
i i general americana últimamente le ha dado un mayor 
i mee, y que el sentido ambicioso del malogrado Mr. Blai- 
í (ministro del Presidente Harrison y promotor del famoso 
* igreso Pan americano de 1889) tiene numerosísimos par- 






\t 



l 



— 622 — 

tidarioa en la gran República, donde por muchos se prefe 
de, no fiólo sustraer á América de la relación política, eooi 
mica é internacional con Europa, sino someterla á una es 
cié de protectorado que habría de ejercer el pueblo de W 
hington y de Lincoln. Esta tendencia ha tomado mucho 
Heve con motivo de la cuestión de Venezuela; lo toma ó 
tomará á pretexto de la ouestión cubana, si bien los asp 
tos que ha de presentar con este último motivo, no sei 
absolutamente los mismos, por grande que sea la insisten 
y franca la orientación de la República norteamerioai 
¿Para qué he de decir ahora que esa tendencia de exclusa 
mo y predominio, disfrazada con varios nombres, es opu 
ta al sentido del movimiento internacional iniciado por 
tratado de Westfalia de 1688, y continuado sucesivame; 
por los tratados de Utrecht de 1703, de Hubersburgo 
1763, de Viena de 1815, de París de 1856 y de Berlín 
1878 y 85, que acusan el constante sacrificio de las diferí 
ciasderaza, de secta, de representación histórica, de re 
gión, de familia, para levantar sobre todas ellas el inte 
humano? Exagerando la doctrina de Monroe, al dia sigui 
te de haberse quebrantado á cañonazos el aislamiento 
Ghina, del Japóo, del Paraguay y de Marruecos (quebrai 
logrado precisamente con el concurso de los Estados U 
dos), se crearía una nueva diferencia: la diferencia coi 
nental antipática al movimiento expansivo y al espíritu 
solidaridad de los pueblos contemporáneos. Pues con 
esto hay que protestar, contra esto protestará la Amér 
meridional, protestará Europa y tiene derecho á protest 
como pocos, la patria del Padre Victoria y de Baltasar 
Ayala. 




— 523 — 

Pero no ncd kagatnod ilusionas; este do es un empeño 
individual* Por mi parta entiendo que tampoco ninguna de 
las cuestiones que antea señalé (las de naturalización, in- 
demnización, beligerancia, protección de rebeldes, etcétera» 
etc.), ninguna se resolverá pronta y satisfactoriamente por 
el solo trato de España con los Estados Unidos. De aquí Ja 
necesidad de contar con i a cooperación extranjera, con la 
cooperación de los Gabinetes de otras nacionas y de la opi- 
nión pública del mundo culto que dtbe y puede considerar 
todos estos "problemas como algo más que un interés partí* 
cnlar y exclusivo de üspaña* 

Pensar de otra manera, equivaldría ano leer un solo pe- 
riódico del extranjero; equivaldría á no poner un solo mi* 
nato la atención en los debates de los Parlamentos de otras 
naciones, 

Pero después de esto he de reconocer que, hoy por hoy, 
estamos en malas condiciones para recabar esa cooperación 
internacional que recomiendo. Edto es efecto primeramente 
del aislamiento en que vive Eej afra, 

Ese aislamiento es, á su vez, renultado de varias causas . 
Ka primer término del concepto que de la circunspección es- 
pañola tienen ó patrocinan, entre otros, el señor Presiden- 
te del Consejo, en la cual he creído yo ver, con cierto dolor, 
tanto una reacción exagerada de Jas exageraciones á que nos 
había llevado antes nuestro espíritu romántico f batallador, 
como nna falta de confianza en los medios con que cuen- 
ta España, que ahora mismo parece vivir y levantarse con 
snergias para muchos inverosímiles. Después á eso aisla- 
miento ha contribuido una reciente y profunda equivoca* 
don de nuestro partido conservador» 



— 524 — 

No se hacen en vano campañas como la última contra 1 
tratados mercantiles, cerrando por completo la puerta c 
una intransigénc a absoluta á los intereses extranjeros, 
principio, sí, dando á la cuestión el carácter reducido 
un problema interior y casi de familia, se vence y se d 
persa á la minoría liberal, pero después la ola se revoeh 
y Tiene más fiera, y entonces no paga el partido con ser v 
dor sus culpas, sino que desgraciadamente las paga el pal 

Hay después otros datos que voy observando* Yo leo ra 
cho todo lo qne la prensa extranjera dice del problema a 
tillano y de nuestras relacione* con los Estados Unidos; 
puedo afirmar, sin temor de üua "rectificación , que salvo ; 
gunos detalles en puutos insigui ficantes, la prensa europc 
la francesa, la italiana, la alemana, la ing'eaa, qne es 
que yo más conozco, esta completamente de nuestra pal 
en el conflicto qne mantenemos en Coba y censura los proc 
dimientos norteamericanos y sus exageraciones, ¿ las cu 
les se debe dar nna importancia muy relativa, porque 1 
pueblos Ubres suenan macho, y por Unto, hay qne estudi 
bien y distinguir y precisar las responsabilidad as de ca 
uno de sus factores y elementos. 

Pero, notadlo bien; en cambio no conosíio un solo periór 
co extranjero que esté con nosotros para mantener el réj 
men imperante en Cuba. Convienen las gentes de fuera 
que es necesario concluir la insurrección, terminar ese m 
vimiento, volver la paz al país; paro el concejo es cousta 
te. España necesita modificar el régimen de las AntiMs 
Espafía debe decidirse por la autonomía colonial. Se tra 
de un punto de hecho. Espero la rectificación. 

Yo no quisiera pecar de im peí tinento, aun cuando me ai 




— 625 — 

parase de bien conocidas prácticas parlamentarias para ha- 
cer ciertas preguntas- Por tanto insinuaré ana con todo gé* 
ñero de salvedades y dejando al Gobierno en plena libertad 
para responderla. ¿No tiene el Gobierno algún dato de ca- 
rácter oficial respecto á la manera cómo algún Gabinete 
extranjero, j más concretamente» alga eos Gabinetes euro- 
peos entienden nuestro problema de Ultramar? 

¿Por acaso, en el curio de las relaciones oficiales ú ofi- 
ciosas de nuestro Gobierno con algunos gobiernos extran- 
jero* , no ba oído el primero Ja expresión de iaa simpatías que 
inspira España más allá de l*s fronteras, no ha percibido 
ciertas Teladas censuras á la actitud y la conducta de los 
Estados Unidos, pero con el aditamento de cariñosas excita 
ciónos para que el Gobierno español varié de procedimiento 
en nuestras colonias y se ponga eo armonía con el sentido 
dominante en la colonización contemporánea me liante la 
proclamación de la autonomía colonial? ¿Es ia verosímil Ja 
especie de que una da la^ mayores dificultades con que núes 
tro Gobierno tropieza pañi concluir la guerra de Cuba, sos- 
tenida muy particularmente por las simpatías y los auxilios 
directos da Norte América, es la propaganda que ee hace en 
el mun do eo n tra n a est r o régimen coló n í a I T atribuye nd o á 
nuestro Gibiern - propósitos reacción arios por la suspensión 
de las refirmas del 95, lo mismo en Cuba agitada qne en 
Puerto Rico pacífica f por la significación que ae atribnye 
públicamente á ia sustitución del señor general Martines 
Campos por el señor general Weyler en el gobierno da la 

indo Antilla y en la dirección de la guerra cubana? 

Por lo pronto puedo asegurar que de esto hablan todos 

i días los principales perió lieos de Europa y que recomen* 



— 526 — 

daciones ó insinuaciones análogas de los gobiernos europeo» 
no son nnevas en la historia de las relaciones exteriores de 
España. Bnena prueba de ello es lo que hicieron Francia é* 
Inglaterra, cnando allá, por lósanos de 1850, se trató de 
garantizar por la acción internacional la soberanía española 
en las Antillas. Aquel laudable propósito que fracasó, no sólo 
por la célebre nota de Mr. Evorets, si qne f entre otras can* 
eas) por el disgusto qne á los Gabinetes de París y Londres 
producía nuestro ¿tatú guo colonial. A lo menos esto consta 
en documentos oficiales, ja públicos, de aquellas canci- 
llerías. 

Llego á la tercera nota, á lo más íntimo del problema: 
al prcblema de Cuba, de la guerra de Cuba, en relación 
con el Gobierno conservador, con el partido conservador y 
con las soluciones que se preeentan ahora para concluirla. 



III 



A mi juicio, la guerra de Cuba, durante el actual perío- 
do de mando del partido conservador, demuestra, para el 
efecto que voy discutiendo, la profunda desconfianza que 
este partido tiene en los medios morales y políticos para 
resolver las grandes cuestiones que se ventilan en estos mo- 
mentos. Al principio fué indecisión; después repudiación 
absoluta de todo procedimiento moral y político. 

Lo vemos bien demostrado: el partido conservador con- 
tri jo un compromiso absoluto respecto de las reformas del 
24 de Marzo de 1895. El jefe de ese partido se comprometió- 
explícitamente, y aun hizo francas declaraciones, qu» 



rv 



— 527 — . 

reprodujo dfspuós el ec ñor Ministro de Ultramar, cuando yn 
había estallado la insurrección. E atoo cm su creencia era 
que aquel lus reformas evitarían teda perturbación, y en úl- 
timo caso qne aquellas reformas refrenarían ciertas impa- 
cundas y allanarían ciertas dificultades provecientes del 
mismo retraso con que se llevaban á las Antillas las refor- 
mas, después de haber sido presentadas como inmediatas 
dos afios antea. Conviene precisar bien esto. 

Tetí&n 83, SS. no compromiso terminante: el compro* 
miso de llevar á 'a práctica aqnelU ley, por medio de re 
gUmentos qne debían publicarse en la Gaceta inmediata- 
mente, y ein loe cnales ni era dublé formar juicio defini- 
tivo stbre el alcance de la reforma* 

£1 Br. Cánovas del Castillo de una parte, y jo de otra, al 
tifmpo de votar, nos reservamos el decir de qoé manera 
interpretábamos aquella ley; y nos reservamos el juicio 
dffioitivo de la obra reformista hasta qne se pubi ; ca- 
rao les reglamentos. Pero después de ocupar el Gobier- 
no el partido conservador vino Ja indecisión, retardán- 
dose «xtraordinariemente la publicación de estos decretos 
y, por tanto, las reformas quedaron en suspenso. Luego, 
el ministro de Ultramar tomó algunas medidas por todo 
extremo sospechosas, respecto al poder de los partidos polí- 
ticos cubanos. Á poco se acentuó la vacilación, ya esperada 
del Gtbif rno. y se inició nn cambio político separando al 
general Calleja pera enviar á Cuba al general Martínez de 

Campos* 

No era el general Martínez de Campos persona que pu- 
iera ir de gobernador á Coba para representar pura y er- 
osivamente la violencia; mejor dicho, el procedimiento de 



— 528 — 

la guerra. £30 no lo podía representar el general Martines 
<de Campos. Méritos tiene S. S. muy grandes; bizarría re- 
conocida; es hombre de suerte y de competencia. Eso le da 
una gran representación aquí, pero en América no tendrá 
8. S. ese carácter; S. S. será siempre el hombre del Zan- 
jón, el hombre de la política de transigencia y de reconoci- 
miento de las libertades y -de los derechos. 

Si en lugar de ir el general Martínez Campos acompaña- 
do de grandes fuerzas, como fué, hubiese ido otro genera 1 , 
esto habría sido la rectificación plena de la política primera, 
de la política del partido liberal; pero yendo el general 
Martínez Campos acompañado de esas fuerzas, anunciaba 
un cambio de política, pero solo en una de sus determina* 
ciones. £1 Gobierno no confiiba ya en la eficacia superior 
de las reformas, y el general Martínez Campos llevó el en- 
cargo de uMlizir las armas y, hasta cierto puato, la po itiaa. 

Su señoría debió conocerlo, porque de otra suerte no po- 
día ir sin renegar de todo lo que es, de lo qus vale y de 
parte de su gloriosa historia. Pero el compromiso del nuevo 
gobernador, dados sus antecedentes, era dificilísimo. El 
señor general Martínez Campos, no podía ser más que el 
hombre de los proceiimienlos políticos: allí estaba su po* 
der, su eficacia. Sin embargo, aceptó la política media del 
partide conservador. 

Hasta Noviembre, S. S. quiso mantener allí esta políti- 
ca. No hizo bien en todo lo que realizó hasta el mes de No- 
viembre; pero la verdad es que mantuvo en toio eje tiem- 
po la aspiración de las reformas aplazadas. Llegó un 
momento en que abandonó por completóla política de refor- 
mas el señor general Martínez Campos.. . (El Sr* Martí* 



_ 



_ 529 — 

*& Campos: Yo> do: el Gobierno.— Rumora.) ¡Ah,S. S, no: 
el Gobierno! (El Sr . Afartíntz Campos: Pido la palabra*) 
Pero me lo explico; cuando la re-j remonta ció a que se tiene 
fie muy alta; cuando la dificultad de ana empresa no consiste 
solo en dar un diegusto a tal ó cual Amigo, sino que está en 
comprometer toda una política, eo comprometer á una si * 
tuición que ha puesto su representación en la lealtad del 
actor, do se puede al dia siguiente de aceptar uu puesto va- 
riar de rumbo. — Así es que yo, que soy un leal adversario, 
siempre he rectifícalo dos opiniones bastante generalizadas 
^ la Península i nuíij respecto del Sr. Pr evidente del Consejo 
de Min : stros, y otra respecto al Sr. Martínez Campos. En 
cnanto al Sr, Presidente del Consejo de Ministros, no le be 
de ocultar, puesto que aquí no se debe ocultar nada, que hay 
muchos que h-.n creído qce en el instante de subir al po* 
der el Sr. Cánovas del Castillo, renegaba de sus com- 
promisos y tomaba el poder para mixtificarlos. No; yo creo 
firmemente que no ha sido eso, y be dado la completa sega* 
rídad de que 3. 3. perseveraba en cumplir sus compromi- 
sos, y que óatoe eran tan terminantes como el día que hoa- 
mdimenfce declaró otra cosa; lo que hay es que S. S. no te* 
nía toda la fe necesaria en la virtual! lad de estas ideas y 
poluciones, y por eso titubeó y luego cayó del lado de sus 
antiguas prevenciones. De la misma manera, en cuan- 
to al general Martínez de Campos, también dentro y fuera 
de EspafLa se ha dicho que cortó su historia en el punto y 
Wa erj que ataüdonó tu dirección del ejército para deplo- 
rar, so lo, au fracaso, 

o he creído siempre que á S- S. le produjo ejtraordi- 
fr > efecto el no si*ber que determinación debía tomar, la- 



— 530 — 

ohau do con los deberes de lealtad respecto al Gobierno qae 
le hebia fiado una delicada misión, y de otra parte con la 
idea de que sin las reformes, sin Ja política liberal, no era 
vi b ble la misión de que a* Labia encargado» Pero en me- 
dio de lea dudaa, de las fluctuaciones del gobernador gene- 
ral de Cuba, se precipita Ja política conservadora de Ma- 
drid, política ene e mirada á prescindir del sentido de la re- 
forma volada en Marzo de 1S95 y que se anuncia por uds 
serie de medidas» man que alarmantes, desalentadoras, una 
de ellas fué la suspenaión de las elecciones municipales 
y provinciales de las dos Antütas» y en segui da el nom- 
bramiento de diputados y concejales de Real orden. ¿Pero 
cómo, por qué, cod que derecho se hacía esto? 

Siento no ver sentado en en sitio al Sr. Ministro de Ül 
tramar, porque acerca de esto tengo gravísimas quejas qti 
dirigir áS, 8. Yo disentí esta cuestión en el Congreso, 
ni el digno Presidente de la Comisión, que allí dictammo 
sobre esto, ni yo, que puse mochos reparos á esta solución. 
entendimos jamás que fuera posible realizar dos cosas; sus- 
pender las elecciones municipales en el mes de Jodio y com* 
brar de Beal orden concejales para sustituir á los concejales 
que éóIo podrían haber dejado de serlo en el caso de qoe &e 
acudiera á los comicios para que eligiesen otras persona*. 
¿Por qué? Porque esto lo dispone categóricamente el art. 92 
de la ley electoral de Cuba, el cual dice qne cuando por 
cualquier concepto los concejales n nevos no puedan tomar 
posesión de sus cargos, los concejales antiguos deben con 
set vi>ree los miemos puestos cargos que desempeñaban haa 
ta ese momento. 

Después se realizó otra obra extraordinaria y dañe 








— 531 — 

y fué nombrar concejales á los conservadores en lugar de 
loa autonomistas y reformistas. [El /SV. Martínez C&M- 
pc$: No es exacto.) No tendrá S. S. parte en ello; se ha- 
ría contra sus órdenes; pero lo cierto es que ha suce- 
>ti Jo, y do me podrá negar la veracidad de este dato . En 
Baracoa no hay un solo concejal autonomista, y allí los au- 
tonomistas lo eran todo. Respecto del Príncipe, tengo aqnl 
los datos y sucede una cosa por el estilo. Repito que 8. 8. da- 
rla otras órdenes; pero si asi es, no se han cumplido. Estos 
«on hschotí, y por lo tanto sobre el 'os no cabe disensión, 

M mismo tiempo realizaba el partido conservador otra 
obra parecida, que fué nombrar gobernadores de las provin- 
cias cabanas, no ya 4 perdonas de ideas conservadoras, sino 
i Jos presidentes de los comités conservadores, como sucedió 
en Matanzas y en Finar del Hío. ¿Cómo podréis negar esto? 
¿Cómo podréis negar que al poco tiempo, en vez de preparar 
U creación del nuevo Consejo de Administración, se orearan 
nuevos puestos en el antiguo para dárselos á los hombrea 
del partido conservador? Y cnidado que no me fijo en las 
personas, pues estoy acostumbrado í tratar estas cuestiones 
desde cierta al tora; me limito á presentar el hecho como un 
dito. Los nombramientos serían magníficos, sorprendentes, 
admirables; pero lo cierto es t que se faltaba á la ley electo- 
ral por un lado, luego á las declaraciones del Gobierno por 
otro y T por último, al sentido general de la refirma de 
Marzo, en que todos habíamos convelido. Y esto produjo — 
necesariamente tañía que produoír — un quebranto inmenso 
i il prestigio del partido conservador y una decepción 

anda en el ánimo de todo el país antillano. 

eneres, ha llegado el Sr, Ministro de Ultramar á una 



I 



— 532 — 

cosa verdaderamente peregrina. Aquí se votó baca año* 
una ley para crear el Consejo de Instruccdón pública. Era 
una novedad, y una novedad de transcendencia» Se quiso 
llevar á él la representación de todos los diferentes institutos 
y elementos de la enseñanza. Aquella ley debía aplicara 
á Ultramar, y se aplicó. En la Península, este Consejo que- 
dó bastante mal arreglado, ¿no es verdad , Sr. Ministro de 
Fe mentó? Pero, en fin, á este Consejo vinieron representa 
clones de todos los elementos de la enseñanza peninsular, 
de la privada en todas ana formas y de la pública ú oficia ¿ 
en todos sus grados. ¿Pnes sabéis cómo se ha aplicado en 
Coba y Puerto Rico? Quitando el voto á loa maestros de 
primera enseñanza para dárselo á las Juntas de instrucción 
pública y á los inspectores; es decir, á los funcionarios nom- 
brados por el Gobierno. Este es nn detalle que demuestra I& 
desconfianza extraordinaria que allí se tiene, caando lo que 
debía hacerse era abrir el corazón y dar entrada en el nuevo 
Consejo á todos los elementos de los diversos partidos, pues 
bastante era la fnerza de resistencia que tenia el partido 
conservador. 

No quiero hablar de lo que sucedió en el orden de las re- 
formas económicas, perqué de ello me he de ocupar espe- 
cialmente en otra sesión. 

Por el momento básteme traer á la memoria del Senado 
algunos hechos. La ley de 14 de Junio de 1S95 autorizó al 
Gobierno para que arbitrase recursos mediante la pignora* 
ción ó venta de los billetes hipotecarios creados en 18S6 y& 
ra atender á les gastos que originara el restablecimiento del 
orden público en Cuba y nada menos que hasta la comp&* 
ta pacificación de aquella isla. Yo no conozco autorización 



_ 



— 533 — 

^cft ígualaia en atrevimiento a la que acato de citar, hasta 
que hite pocos di as se ha presentado i este Parlamento otra 
que quiíá se haya aprobado y que declara que el Gobierno 
puede arbitrar, míentraa no estén reunidas las Cortea (y 7a 
gibemos qne estarán reunidas lo menos posible) con cargo 
i las secciones de Guerra y Marina del presupuesto de Cuba 
de 1896-97, los recursos necesarios para atender á las obH* 
gacioues de carácter extraordinario y que se criginen con 
motivo de la actual alteración del orden público, compren- 
diendo en estos gastos loa servicios con en la res y diplóma- 
meos, Este proyecto ha llegado al extremo de autorizar al 
Gobierno para mar del crédito público j de la garantía 
especial de alguna renta ó contribución de la nación, que 
no le halle particularmente obligada, tiendo el Consejo de 
ministros absolutamente dueño de fijar la cantidad de loa 
préstame s, ane condiciones, el tipo de interés, los píaseos 
] e amortización y la garantía que haya de darse al pres- 
tamista . 

Muy poco antes el Gobierno había obtenido otras dos 
extrañas autorizaciones: las referentes á los presupuestos 
de (Jaba y Pnerto Bico para 1S95-96. Por esas leyes 
«1 Gobierno quedó facultado para plantear en Cuba y 
Puerto Rico, los presupuestes generales de gastos é 
ingreses de dichas islas f ara 1895-36, con eujedón á la ley 
de refera a de 15 de Marzo sebre Gobietro y Administra- 
ción de laa mismas y además para hacer Ibb modifica dones 
aeceeams en les servidos ó establecerlos nuevos» proce- 

ndo en igual forma respecto de Jos ingreeoe indisponga - 

1 b para cubrirlos* — Y como si esto no foera bastante, el 

Cerno fne autorizado: primero, para negociar billetes 






— 534 — 

hipotecarios de Cuba, emisión de 1890, á fia de obtener los 
miles de pesos que exigieae la atención de la deada flo- 
tante contraída y el déficit que ofreciera el ejercicio co- 
rriente de 1894-95, y segundo, para modificar el articulo 
3.° de la ley de 30 de Julio da 1892, que establecía un 
derecho transitorio de 10 por 100 á la entrada en la isla 
de efectos de toia procedencia (la nacional inclusiva) que 
no fuesen de comer , beber y arder, exigido ea la§ Aid» - 
Laa , sobre las cuotas señaladas a la importación en la se- 
cunda columna arancelaria y loa recargos que se impu* 
bieran , 

Me parece que no aventuro paradoja alguna afirmando 
q>e jamás ea España se han concedido autori gamonee ee- 
Lüejüiitedj que constituyen una verdadera diotad ara admi- 
nistrativa y económica. 

Por ultimo, hay que recordar lo que en Cubaeucedió coa 
el llamado tratado de comercio con los Estados Unidos y 
COfi la reforma arancelaria, 

El arancel vigente en Cuba lleva la fecha de 29 de Abril 
de 1 892 y ee hizo en vista del convenio comercial celebrado 
coti los Estados U o idos eo 28 de Ja io de 1894, Aquel aran- 
cel sancionó tipos bastante altos, á los cuales se habla da 
referir la reteja del 25 y el 50 por 100 concedidos ¿ Norte 
América, y en él se cometieron no pocos errores respecto de 
la imporUc ón de algunos efectos —como la maquinaria — 
absoluta meóte precisos para la industria de Ciibi, donde 
hay que preocuparse mucho, no tanto de que sé produzca 
en abundancia sino de que se produzca barato. El arancel 
de 1892 ae llamó interino y se autorizó á laa corporaciones 
y los intereses insulares para que hicieran laa obéer vacio- 






— 536 — 



ueapara En resultado, y en tanto vino la denuncia y termi- 
nación del convenía con les EbUdos Unidos en 24 de Agoato 
de 1*94, con lo que el arancel de 1992 reaattb gravosísimo, 
flj hieti aseguró el monopolio del mercado a a til Uno por par* 
te da la industria peninsular. 

No eólo sa hicieron calorosas protestas por parte de las 
Astillas y ofrecimientos de urgente reforma del lado de 
li Metrópoli, sino que aquí se constituyó en Eoe.ro del 95 
una Junta especialmente encargada de proponer en breve 
ptaso la reforma del arancel provisional, para hacer posi- 
ble la vkla Bctihúiiv-ca, sobre todo de Cuba, excitada» alar - 
mada y casi armiñada por el superior motivo de las difi- 
cultades del merendó americano, por la creciente baja del 
precio de loe ai acares y por el monopolio de la producción 
peninsular. La Junta verificó numerosas y bien aprovecha 
dae reuniones s hizo sus propuestas* Pero el Gobierno no 
hadado un solo piso respecto de esta cuestión, ni aventura 
una frase, ni se acuerda siquiera de que respecto de la ur- 
gencia de una solución expansiva, son casi idénticos Ion 
compromisos del partido conservador y los del liberal y 
unos miamos los redamos de todos los partidos de Cuba. 
fisto serU inficiente para que Cuba estuviera al borde 
de la ruina. [Imaginaos lo que habrá aumentado aquella 
crisis con las enormes dificultades y loa tremendos compro- 
misos de la guerra! 

Frente á todo esto las angustias del seftor gobernador 

general de Cuba llegaron á ser inmensas» Ya respiraba 

x -Tces T un poco fuerte, y eso llegaba aqui por medio de los 

qtUts de los perió lieos. Pronto se vio la absoluta im* 

ibíüdad de continuar allí el señor general Martínez da 



. 



r 



— 536 — 

Campos, Loa incidentes de Ja guern», el crecimiento de la 
insurrección, la pericia de loa contrario* 6 la cuestión 
política local fueron la determinante de su regreso á Eepa~ 
ña. Pero sobre todo esto se hallaba la lógica de la situación. 
So sefiotía entonces salió de Coba* y fué nembrado para 
sustituirle el general Weyler, un militar aguerrido, inteli- 
gente; pero como para ese cargo (ya lo lie dicho), á causa de 
la ocmpleiídad del problema cubano, no bastan represen- 
taciones militares, habí a que ver qué representaba politica- 
mente el señor general Weyler. 

£1 señor g* o era? Weyler teria una representación per- 
fectamente definida: represéntala la última evolución del 
partido conservador, es decir, la franca suspeneión de todas 
les reformas y el procedimiento de las armas como único 
medio de vencer la insurrección. Ya no se habló más de re 
foimts; ya ao se habió más de las )eyea de 1805; ya no se 
habló más de procedimientos pacíficos de ningún genero, 
No había otro procedimiento que hombres, dinero, todo ge- 
nera de sacrificios y toda clase de energías para sofocar 
el movimiento separatista que, en ves de encontrarse hoy 
«focado, continuó desde entonces más potente cada día. 

¿Cuál había de ser el efecto que produjese en Cuba tan 
sencillo y radical cambio de política, por más que ya se pu- 
diera prever á partir del día de la destitución del sefior ge* 
n eral Calleja? En primer lugar (y esto es el mayor peligro 
de la cuestión cubana), el desencanto, la sorpresa, la sepa* 
ración del país, la reserva del sentí miento y la oonfiansa dal 
público respecto del Gobierno; áespnós, necesariamente, \ 
la retirada de los partidos liberales de aquella isla, no 
lado de la Patria, sino de las proximidades del Gobir 



— 537 — 

quedaron con éste fiólo I oh represen tantea de la extrema de- 
recha do loa partido** cubanos. 

Repítese macho en nuestras conversaciones partí culatea, 
que en la guerra de Cuba luchamos con un inconveniente 
grandísimo, superior, y ee, que el país todo esta en contra de 
España, Yo lo niego en redondo. — No; lo que suceda es, que 
¿quel pai s en gran parte está bus pene o y temeroso de la 
actitod del Gobierno; no ve en ella la parte buena, 
ye lo qae tiene de mala; y al recelo y desconfianza del Po- 
der responde la mayoría de los en baños con indiferencia, 
sin que por esto simpatice con la insurrección . Podrán de- 
cir' o por la calle mochos, pero ¿cómo lia de estar el país 
con la insurrección, cuando la insurrección ea la ruina y la 
miseria, cuando nadie sabe lo qne va á suceder en aquella 
tierra al cabo de nn año, cuando las fortunas más conside- 
rables corren ya peligro de muerte, en ando la fiebre y el 
fuego y las balas están concluyendo con aquella poco 
numerosa población, cuando dentro de poco no habrá allí 
mis que' tristezas qne deplorar con la misma pena con qne 
deplora moa la desgraciada suerte de Santo Domingo qne ha- 
ce un siglo era quizá más espléndida y arrogante que Cuba, 
¡Ahí Los qne Ten desde lejos esa lucha, podrán mirarla con 
cierta tranquilidad; pero los que tenemos allí el alma, la tl- 
da, el corazón, las fuerzas, loa amigos» la familia, los que 
conocemos á foodo y al detalle lo qae aquello es y lo que 
allí pasa y allí se prepara, no podemos esperar tranquila- 
mente horrenda catástrofe que por todas partes se anuncia. 
?or eso quizá el mayor peligro de la cuestión cubana es 

reserva de aquel país, el aislamiento en que allí vive el 
i ern o. Cierto que es titánico y nobilísimo el esfuerzo de 



r 



— 5*8 — 

los soldados de nuestro ejército; pero es muy gravo Ja actitud 
ldel país, que ai bien, lejos de estar con allí vive la insurrec- 
ción, protesta oontra ella, no acompaña al Gobierno; y en 
esto, que es el grave problema y la dificultad tremenda de 
la guerra de Ceiba, está el secreto de Ja solución aquella 
criáis. Ahí está la manera de acabar con la guerra. 

Fijémonos un poco en loque puede llamarse la política 
de la guerra cubana. Veamos lo que en ella interesa á sos 
principales factores y aun lo que sobre ella dicen los ele* 
mantos combatientes- Esto nos dará datos para la política 
general. 

For un lado tenemos la política de la insurrección: por 
otra parte está la política de España. ¿Cuál es el interés 
de la insurrección? Primero, que la guerra dure mucho; 
segundo! concluir con la ri quera dal pafs; tercero, evitar 
choques sangrientos entre los soldados de España y los sol* 
dados de Cuba. 

Este es el programa Está bien pensado, está bien me- 
ditado, porque no en balde ha pasado cerca de un siglo de 
guerras en América. «¡Que dure, que dure, dicen los insu- 
rrectos» porque de esta suerte vendrán los conflictos inter- 
nacionales! ¡Que dure, porque de esta susrte vendrá la ne- 
cesidad ds hacer en la Península esfuerzos extraordinarios 
de hombres y de dineroj ¡Que dure, porque así veadrá el 
cansancio del adversario obligado á agitarse en el vacío. 

i;Que dure, que durel (como decía uno de sus miyorea 
caudillos, uno de los más aguerridos, quizá* el primero dti 
la insurrección); que dure, que dure, porque á España no 
la vencemos en lucha, con las armas, con el fuego. No; Es- 
paña es un pueblo de valientes, es un pueblo que peleará 



r\ 



— 539 — 

hasta el último instante; la que hace falta es que no tenga 
fusiles, que tenga pólvora que se agoten sus recursos, y 
para llegar á esa extremo, es preciso que la insurrección 
dure, jque dure!» 

De otro lado, ¿creéis que los insurrectos concluyen con I* 
riqueza cubana porque odian á Cuba? No; no la odian; 
no; la quieren, pero tristemente se equivocan en el modo 
de quererla» La quieren , pero dicen: concluyendo con la ri- 
queza de Cuba, de aquí no saldrán recursos para España 
y la guerra concluirá por falta de medios materiales. 

Y á proposito 4e esto, i qué error tan grande y tan pro- 
fundo el cometido con uno de nuestros insignes generales, 
cuando se dijo que al defender, por ejemplo, los ingenios 
y las fábricas de azúcar, servía solo los intereses da los 
particulares! No, no; lo que se defendía de aquella suerte 
era la riqueza, era el nervio indispensable para hacer la 
guerra.. 

De esta suerte (dicen los insurrectos), el dia que haya 
concluido todo en Cuba y se haya destruido cuanto existe, 
quedará yerma la tierra, sí, pero la tierra es potente: y ellos 
locamente oreen que después vendrán nuevos hombres, con 
capitales y medios para levantar aquella tierra que ellos han 
contribuido á perder y aniquilar con sus excesos y lo* 
•oras. 

Después, su sistema consiste en excusar la lucha, evitar 

el derramamiento de sangr** el choque; porque al fin y al 

cabo, ellos dicen, lo dicen sus periódicos, que yo leo bien 

** con gran cuidado, porque tengo obligación de conocerlos. 

No; nosotros no podemos odiar á esos ¿soldados; debemos 

* usarlo §> porque cumplen heroicamente un deber y rea pon- 



— §40 — 

den á laa exigencias del honor coa la bravura de siempre y 
porque seria ana insensatez aumentar ociosamente las di Fe ■ 
reccias, las diatduaias y la? dificultades del presente y los 
obstáculos del porvenir non la saña y el rencor de los 
combata* 1» 

F tente á esto, ¿caá l debe ser la poMüea de España? 
Perfectamente clara. En primer término, concluir en- 
seguida la guerra. Pronto, pronto. — Ea decir, pronto 
y bien. Con esta fórmula quiero expresar mi idea de 
que es necesario y posible concluir la guerra, en plazo rela- 
tivamente breve, con los recursos militares que se quiera, 
pero sobre todo y ante todo, con el concurso caluroso, entu- 
siasta, decidido, de la inmensa mayoría del pneblo cubano, 
para lograr nn éxito definitivo en el sentido de que no sea 
verosímil la reproducción de un sacad i miento análogo al pre- 
sente que nos imponga de nuevo un sacrificio quizá ma ■ 
yor en hombres y dinero 

fin aegundo termino hay que robustecer la riqneza del 
país, defenderla de la compleja crisis presente, afianzarla 
frente at insurrecto y á la concurrencia extranjera, estí 
niularla ( darla desarrollo para lo porvenir. Y en último 
término, hay que dominar y llevar de frente un doble em- 
peño: ni que guerree, la guerra; pero al que do guerree, la 
par, la confianza, el amor. (Ün señor Senador pronuncia 
palabras que no se perciáen.J Todo ae dirá; que las fórmu- 
las no salen de los labios de un golpe, y sob e todo, no tie- 
nen derecho á dndar niá mostrarse impacientes los aefiores 
qne no han protestado con escándalo ante las vagas fórmulas 
del partido conservador y la reserva del partido Liberal, Lq 
go diré cómo st ha de realizar la política de la pas. Por 



i 



— MI — 

pronto afirmo qae la inmensa mayoría, la casi totalidad ddl 
pala ctibano, do guerrea. 

Al lado de sato tenemos laa soluciones de loa dos partidos 
gobernantes- La solución del partido conservador es la del 
Mensaje, Lícito me ha de ser lamentarme con casi todos los 
señores Senadores que han usado ante? de i a. palabra del 
modo y manera como ha venido el Mensaje. —Bien están 
esas fórmulas que voy á discutir; pero ¿no cree el Gobierno 
que, dada la situación tremendi porque atravesamos, dada 
la expectación general, dado lo que aquí se ha dia cutido, 
con ese Mensaje, 7 al lado de ese Mensaje, con los pro- 
yectos que han presentado el señor miniabro de la Gue- 
rra y el señor ministro de Ultramar (máxime si son tan 
enormes como el di timo del señor ministro de Ultramar), 
debía venir alguna explicación categórica respecto del estado 
v situación de la isla de Utiba, de la guerra, de la Hacienda 
y de todas las otras cuestiones; en cuya virtud pudiéramos 
formar un juicio aproximado de la verdadera disposición y 
ios medios positivos del Gobierno y de la crisis antillana 

fnmmtrtT 

Más aún: por grandes qne sean el tacto y la circuns- 
pección del señor Ministro de £3 atad o, que mantiene 004 te- 
áia en términos generales plausible (aunque no llevada al ex- 
tremo que la lleva S. ¡3.) respecto á la reserva de los do- 
cumentOd diplomáticos, ¿no hubiera sido de cierta conve- 
niencia aporcar para debutes como el presenta y en general 
para el juicio público algunos datos, atguaoade esos pliegos 
™e forman los libros rojo t amarillo ó aml f por los cuales 
pudiera formar un concepto bastante fundado del moda 7 

«ñera que los pueblos extraños tienen da estimar laa caá* 






1 



— 542 — 

3§g, las condiciones, el desenvolvimiento y el porvenir que> 
de nuestra gaerra de Cuba? 

Y cuenta, señores, que es tanto mas grave el proyecto 
del s<fior Ministro de Ultramar, á que acabo de aludir» 
cuanto que S. 8., que ahora se pretenta solicitando una 
autorización inconcebible, de que no hay ejemplo en país 
alguno y contra Ja cual el argumento más poderoso 
que yo pudiera utilizar serian las mismas palabras que 
B. 8., como diputado, empicó centra el Sr. Abanas», 
cuando éste presentó hace pocos meses un proyecto de 
autorización más pequeño... [El Sr, A&armza:) Entonces 
estaba solo.) Eso lo explicará él, porque yo no llevo aquí 
su voz; pero no comprendo cómo el señor Ministro, al pe* 
dir Ja autorización económica de ahora, ee ha olvidado 
de que tenia delante otrts dos del afio pagado, cuyos últimos 
artículos dicen: cDel neo que se haga de esta autorización bi 
dará cuenta á las Cortes. > ¿No era este el momento de dar 
cuenta al Parlamento? 

Pero voy á las fórmulas de solución del actual conflicto 
cubano. La fórmula del Gobierno conservador es esta: en 
1» situación presente, que osuna situación de guerra, nada 
más que la guerra. Notadlo bien, nada más que la guerra* 
Por tanto, repudiación absoluta de las reformas de 1895; 
1 pero repudiación en Cuba, donde hay guerra; repudiación 
en Puerto Bico, donde no la hay. Algo parecido á lo que por 
por aquí se decía en 1870 y 1875, opuesto A lo que la Be- 
pública hizo en 1873 y á lo que al fin 3a Restauración tuvo 
que hacer en 1878, al patrocinar la Paz del Zanjón, Quiero 
prescindir por el momento de que siendo lógiooa nuestros 
conservadores, tendrán que pedir también la dictadura en la 



— 543 — 

Peíkaula; aunque sospecho que por otro medio y con otros 
pretextes y otras apariencias ya Be llegará á ello. Pero el 
Gobierno ahora ha adelantado una novedad, pues que en 
el Mensaje afirma para cuando concluya Ja guerra, y como 
fórmala definitiva y solución de los problemts ultramarinos» 
mis que como medio de resolver, por el momento, laa difi- 
cultades que ee presentan en Cuba, la creación de uua per- 
sonalidad administrativa y económica que, ein menoscabar 
la soberanía de la nación, d¿ cajaci Jad y medios al pala cu- 
bano, á las Antillas, para atender á eua propias necesida- 
des y obligaciones , 

Esta formula, no lo niego, me sedujo; pe p o ts'o pide ex* 
plicaciones categóricas?, porque aquí no podemos patrocinar 
equívocos, ni debemos ni podemos tenerlos, tanto respecto del 
extranjero, como respecto de Cuba. ¿Qué quiere decir, como 
fórmala definitiva, esa personalidad administrativa y eco* 
cómica? Porque en el orden colonial hay fórmulas conga- 
gradas; ya lo sabemos; ya las cauocais. 

La de la asimilación se ha proclámalo y ensalzado mil 
veces con la protesta de todos nuestro? partidos y nuestros 
Gobiernos monárquicos, de que era, no solo la única com- 
patible con el régimen monárquico, sino la única verdade- 
ramente nacional. 

Con trabajo renuncio á la crítica de esta fórmula, expli- 
cada contradictoriamente por sus ciegos partidarios eu el 
curso de los últimos cuarenta años y á la cual atribuyo 
mocha parte de los conflictos presentes. Pero reconociendo 
iO no es la hora de esta crítica, aquella en la que—como 
cade hoy — parees qne casi todo el mundo da la espalda a las 
>ja teoría asimilista, sí creo que no está demás repetir mi 



— 544 — 

constante protesta de que esa celebrada asimilación de núes* 
tros monárquicos y gobernantes de este último periodo, no 
es la fórmala tradicional de la colonización española. Nun- 
ca se ocurrió ni á los legisladores de Indias ni á nuestros 
tratadistas de derecho colonial afirmar la asimilación de los 
españolea de Ultramar: para éstoa proclamaron siempre la 
identidad de derechos políticos y civiles. Para los indios 
al, la asimilación. Esto es, la educación y elevación gra- 
dual de los mismos hasta llegar á la plenitud del derecho 
español, Y para indios j para españoles el régimen de las 
franquicias locales, de los reglamentos y leyes especiales 
dentro de la localidad, los Concilios y las Cortos regiona* 
les, loe Eneros coloniales: en ana palabra, la A uto no mi a 
condicionada por las circunstancias de aquellos tiempos y 
dentro del orden político de los siglos xvi y xviu Olvidan 
do todo esto, se ha podido establecer en estos últimos cin- 
cuenta años allende el Atlántico el régimen de la desigual- 
dad, de la centralización y de la desconfianza, haciendo de 
los españoles ultramarinos, españoles de segunda y de ter- 
cera clase y trayendo sobre el Gobierno de la Metrópoli 
atenciones, compromisos y responsabilidades verdadera- 
mente irracionales é imposibles. En tal sentido nada más 
triste qne lo que respecto de este particular ha sucedida 
últimamente. Porque, en la época en que aqui eu la Penín- 
sula se ha avanzado en el disfrute de los derechos políticos, 
consagrándose el sufragio universal, el jurado democrático y 
osa relativa descentralización municipal y provincia 1 , se ha 
querido conservar allá en las Antillas (tan cultas, tan ri- 
y tan españolas como el resto de las regiones de la I 
nlnsula) el censo electoral, los alcaldes de Real orden. 



— 545 — 

centralización más exagerada y presa otaos* y aun el régi- 
man de loa consejos de guerra que indirectamente sao ciona 
el ártica to 29 del novísimo y no discutido Código de Justi- 
cia militar. Este co atráete no lo ofreció el periodo antigao 
de nuestra colonización ni aun se dio en el período del ab- 
Bolntiamo peninsular. 

Pero dejemos esto á un lado para afirmar enseguida que 
hasta ahora en el escenario de la política española y mas 
partí cu lar mente en el circulo de loa que eu estos cincuenta 
últimos añoa se han ocupado de las cosas trasatlántica* , 
solo un determinado grupo de hombres, en sus libros, sus 
discursos, sus manifiestos y mu campañas propagandistas 
j de gobierno , ha hablado de la personalidad de las Anti 
lías, eu el sentido de dar á éstos las facultades y los medios 
necesario i para atender eaficieote y prontamente á Jas nece 
sidades primeras de la localidad, de la colonia, sin menos- 
cabo de la soberanía de España, Eje grupo, ¿cuál h* uHuV 
¿Cuál es? El autonomista, Y yo tengo ahora el derecho de 
preguntar A ese Gobierno: ¿es que al utilizar la fórmala de 
loa tutou o mintaa acepta bq contenido? ¿No lo acepta? En 
este último caso, ¿qué quiere decir eso de la personalidad 
administrativa y económica de las Antillas, sobre todo cuao- 
do se dirige á Cuba y más ó menos directamente a lo go- 
biernos del mundo culto, harto cotí o ce dores ds la política 
colonial del siglo xix y de los errores y fracasos de la ac- 
tual pol i ti ca col o ti i al es pañol a ? 

Ya me doy cuenta de que en la fórmala del Mensaje 4 
i * me refiero no se haba de la personalidad política, pero 

& frase ya en las escuelas se ha dejad» bastante de lado, 

»«í nos podemos reir de todas las gen tea que afirman. 



— 54S — 



por ejemplo, que loa Ayuntamientos carecen de carácter 
; (tico, siendo asi que éstos tienen nna facultad política 
tan esencial, como lo es la de nombrar Senadores en 
ciertas y determinadas circunstancias. 

Pero entrando un peco en el asunto, me permitiré adver- 
tí r que cuando en otro tiempo se hablaba del carácter no 
politioo de ciertas instituciones y corporaciones, se quería 
dar i entender que éstas carecían de la facultad suprema 
de constituirse y regirse absolutamente por si propias, es- 
tableciendo poderes y determinando su vida conforme al ré- 
gimen federal en su grado menos harmónico con la unidad 
del Estado. Siendo esto asi, es probable que la redac- 
ción de la personalidad cubana ó portorriqueña, á lo eco- 
nómico y administrativo, responda al propósito de negar á 
nuestras dos Antillas el derecho de hacer su constitución 
y por tanto de establecer los poderes coloniales al lado ó 
per cima del Poder de la Metrópoli. En tal caso deberé 
recordar que esto no lo han pedido jamás los autonomistas 
antillanos. La autonomía colonial, que por espacio de mu- 
chos afios hemos defendido en la Península, en las Anti- 
llas y en todo el mundo, ha supuesto constantemente la 
soberanía de la nación, la cual es la única capacitada para 
decretar y reformar Ja Constitución política, económica y 
administrativa de Cuba y Puerto Rico. Por la voluntad 
nacional, y manteniéndose siempre en potencia y en acto 
esa voluntad, sin delegación esencial de ningún género y 
por procedimientos aún más racionales y eficaces que los 
consagrados por otros países (la misma Inglaterra, por 
ejemplo) vivirán las instituciones coloniales al par que la 
competencia de las corporaciones jurídicas y especialmente 



— 547 — 

políticas de nuestras Antillas, se reducirá para y exolusi- 
Timeote á lo in guiar, y esto solo en cuanto no & feote al in- 
terés 6 al ders-cho del resto de la Nación. Por eso ni en 
Gula ni en Puerto Rico podrá reformarse la Constitución 
general de España, ni siquiera en aquello que más directa- 
mente afecte á los españoles que allí vivan; ni allí por el 
voto exclusivo de los antillanos se podrá modificar la Cons- 
titución colonia], ni el Gobierno de la Metrópoli renun- 
ciará á la intervención que en la vida política de aque- 
llos países supone el veto de los gobernadores coloniales. 
Por lo mismo, nosotros hemos sostenido que tanto las 
leyes generales de España — las civiles y las penales- 
como las que regulan intereses públicos de superior trans- 
cendencia social, como la superior organización de la Jus- 
ticia imperen á Ultramar por el voto y acción de las 
Cortes nacionales soberanas, en cuyo seno tendrán las An - 
tillas idéntica representación á la de todas y cada una de 
las regiones peninsulares. Por manera que la personalidad 
de Cuba, de que aquí se ha hablado por espacio de tantos 
años frente á la doctrina y los abusos de la asimilación, no 
tiene el carácter de la personalidad federal á que general- 
mente se aludía en otra época, cuando se habla de Autono- 
mía po'ítica. 

Pero de todas suertes, ante la escueta fórmula que apa- 
rece en el Mensaje de la Corona, y no pudiendo prescindir 
de los antecedentes que acabo de recordar, yo tengo el de- 
recho de preguntar una y mil veces, á ese Gobierno: ¿Lo 
se recomienda para Cuba como definitiva solución es ana 
itución, llámese como se quiera, con facultades plenas 
* resolver todo lo insular, bajo la Eoberania de la Nación, 



— 548 — 

y con intervención del poder soberano de la madre Patria? 

¿Es Beto? Pues esto es la Autonomía. Y entonces hay que 
decirlo. ¿No lo es? Pues expliqúese esa solución. 

Paro llega después otra sombra. ¿Se aplaca la solución 
recomendada en el Mensaje? Aquí surge otra gran dificul- 
tad, ¿Queda aplazada esa solución ad calendas grecas; que* 
da ahora en la indeterminación, quizá como una nueva pro- 
mesa en nuestra historia colonial contemporánea y tal va 
cerno un punto á discutir en el momento de su aplicación 
allá cuando la guerra termine en Cuba? ¿Es esto? Pero en- 
tonces t ¿cómo se va á producir efecto en el país y se va á lo- 
grar lo mismo que el Mensaje reconoce como conveniente, 
lo qoe yo creo indispensable, es decir, el mover ahora á 
las gentes y llevarlas á la contrarrevolución para que con 
f Bte poderoso recurso concluya pronto y bien la guerra? T 
en Unto que se señala esa solución que debía ser urgente 
como un término indefinido del programa total del partido 
conservador, mientras no concluya la guerra, ¿ha de conti- 
nuar el viejo sistema en Puerto Rico? 

Señores, lo que se hace con Puerto .Rico ya no tiene noto* 
bre. Yo os pido en interés de todos los partidos que aban- 
donéis vuestras añejas preocupaciones. Mirad que aquel es 
no | mí» tranquilo, siempre dispuesto á recibir las leyes en 
condiciones de dar realidad y eficacia á todas las ideas. To- ' 
das las instituciones que se han llevado allí han producido 
bus naturales y deseables frutos. Y esto no es de ahora. 

Re ordad el periodo en que concluyó el imperio de 
Eepafta en el Sur de América. Entonces, por recomen 
ción de Pover y por la inteligencia del intendente Bar 
rez, ee aplicaron y ampliaron las reformas del marqués 




— 549 — 

la Sonora á las Antillas amenazadas. Puerto Rico las acep- 
tó, y alJi obtuvieron nn ¿xito completo. De Poerto Bico 
Piaron á Coba, en vista del resultado que habían obtenido» 
y en Coba lograron un nuevo y más resonante éxito, garsn- 
titando en las Antillas el poder de España, agoniíanteen 
el continente americano. Después, ¿cómo olvidar lo que 
pagó en 1873? Allí llevamos todas las reformas, el sufragio 
universal, la libertad de imprenta, la libertad de reunión, 
7 illí produjeron tal efecto, que cuando el general Martines 
Campos hiio la paz del Zanjón, dijo á los insurrectos: Es- 
palla hará en Coba lo mismo que en Puerto Bico. Y me- 
diante esa promesa, de jaron las armas los insurrectos. 

¿Qné razón hay para que continúe el statu quo en la pe- 
queña Antilla? No puedo discutir un solo momento la razón 
entre cómica y terrible, de que no se puede plantear nada 
en Poerto Rico, esperando la última moda. Porque hay 
quien dice que como no puede saberse si las reformas del 95 
ú otras más expansivas se desacreditarán en aquella isla 
mientras subsista el único pretexto que puede haber para 
api u zar la reforma en la grande A n tilla: (es decir, la gue- 
rra, que solo arde en Cuba), lo prudente es no tocar al régi- 
men portorriqueño, eecusando á la A n tilla menor los incon- 
venientes y los disgustos del ensayo de aquellas reformas 
que quizá pudieran fracasar ó que tal vez exijan modifica- 
ciones cuando se planteen en el país cubano, ¿Es esto serio? 
¿Es esto justicia, ó es una iniquidad? 
Todavía hay otro problema respecto de este primer par- 
cular. Dignísimas personas son todas las que ocupan ese 
>anea { señalando al bancv azul); ¿quién puede dudar de la 
actitud con que proceden respecto del negocio que nos 



— 560 — 



preocupa? ¿Cómo ponerla en tela de juicio? Pero ¿dejará de 
Ber cierto que este partido conservador, después de compro- 
meterse á llevar inmediatamente á Coba y Puerto Rico las 
reformas votadas el 14 de Marzo de 1895, no las ha lleva- 
do? ¿Con qué derecho puede pedir el partido conservador 
que Cuba ni Puerto Rico crean que cuando con el aja la 
guerra ese mismo partido llevará las reformas de que ahora 
habla, por grandes, amplias y generosas que ellas sean y, 
por calurosas que parezcan las actuales protestas? ¿Fueron 
fhjaa las de 1895? No hay, pues, que fiar en el éxito de las 
meras palabras. 

amos ahora á las soluciones del partido liberal, To 
tengo que concretarme en este punto á las declaraciones 
que ti jui ha hecho, en nombre de este mismo partido, 
olS-. Gullón. S. tí. me hade permitir que le expre- 
se mi dada de que los partidos gobernantes, los partidos 
que tienen la aspiración de suceJerse en el Gobierno, pue- 
dan da^ su fórmula df terminada de !a misma manera que 
8, H. , en el nombre de su partido, la exposo en una de las 
últimas sesiones de esta Cámara. 

No; el régimen parlamentario no es eso; no basta que 
des pa os de oir las. opiniones del Gobierno, se levante el 
partido que se le opone, para limitar sus protestas y obser- 
vaciones á estas sencillísimas frasee: cMi fórmula no es esa 
y no digo más. • 

No; hay que discutir la fórmula del Gobierno; hay que 
desentrañarla; hay que poner frente á frente de la solución 
adversa la solución propia . Porque en el caso actual, es evi- 
dente que el señor Presidente del Consejo de Ministros nos 
da su nota; su resolución es definitiva» en el doble sentido 



r 



— ¿*1 — 



de responder á Jas necesidades de Cuba y Paerto Rico, j 
de procurar la terminación déla guerra. ¿Por qué el parti- 
do liberal no discute esta solución? ¿Por qaó no ataca por 
ella al partido conservador? Y sobre todo, si no r está . con 
este partido, si no cree que esa solución es la justa, ¿por 
qué no explica las razonen que tiene para no aceptarla? ¿Es 
que únicamente cuenta con la fórmula de las reformas 
del 95? Pero ¿de qué suerte? Acaso con la salvedad también 
dono plantearlas inmediatamente en Cuba y ni siquiera en 
Paerto Hice hasU que concluya la guerra? (El Sr. GuUón 
pronuncia algvnas palabras que no se perciben.) Ni una 
sola palabra ha dicho 8. S. sobre ese particular. He leído 
con toda atención el discurso pronunciado por 8. 8.; pero 
yo me alegraría da que S. 8. dijera algo en cualquier senti- 
do, porque grandemente me*interesa, como he manifestado 
anterior meo te, fijar bien las posiciones de todos. 

Yo no tengo relación alguna con el partido conservador, 
ni puedo tener con el partido liberal más que las simpatías 
que me inspiran todo movimiento expansivo, y la ma- 
yor proximidad i mis particulares soluciones políticas. 
Psro tan lejano ó indiferente soy á lo que oonstituye inte- 
nses de Gobierno de los unos como á las conveniencias 
particulares de los otros. 

Hablo» pues, puedo hablar con una completa imparciali- 
dad y sin otra preñen pación que la de la suerte de Cuba y 
la de la positiva eficacia de los medios que ahora se propon- 
gm para dominar la crisis presente. £n tal supuesto, me 
■ugo á toda reeerva, á todo equivoco, á tod* vacilación. 

concretamente afirmo que i estas horas no es ni puede 

r una solución la reforma antillana de 1895. 

Jé 






— 552 — 

Pero ¿ea que el partido liberal cree que do hay más soto- 
cita que la reforma del 95? ¿Cree que toda la evolución co- 
lonial está ahí? ¿Cree que en los momentos actuales, dada 
la situación de las islas de Coba y Puerto Rico, únicamente 
aplicando opas reformas es cerno se puede levantar allí el 
espíritu público? No me cansaré de bacer estas preguntas. 
Y adelantándome digo que si la respuesta fuera afirmativa, 
en tal caso el partido liberal retrógrada, y en ese sentido 
está detrás del pattido conservador. 

La ley del 95 tecla raión de ser. Cooperamos á ella to- 
dos- El partido autonomista lo hiso con sinceridad, con 
un manifiesto buen deseo. Pnedo hablar en esto con tanta 
mayor independencia, cuanto que quien puso quisa más re- 
pares á aquella reforma, fué el que en esté momento tiene 
el honor de dirigiros la palabra. Pero es lo ciento que la 
aceptamos, la sostuvimos, la amparamos. ¿Por qué? Pri» 
mero, porque como el partido autonomista no ha sido nunca 
un partido pesimista, como no ha querido jamás hacer vio- 
lencia á las soluciones, como ha aceptado todas las reforma» 
de buena fe y ha crtido que del planteamiento de unas t» 
vendría á la exigencia inmediata de otras; pensaba que esto 
por un lado, y por otro la poca eficac'a de algunas institu- 
ciones, á cuyo arraigo no había de contribuir, traerían nece* 
sanamente el triunfo definitivo de sus ideales, con la fuerza, 
con el convencía ietto y por la voluntad de todos, calmada 
por el momento la gran excitación producida en Cuba por 
los sucesos de los últimos cinco años y por el mismo impo- 
lítico aplazamiento de la llamada reforma Maura. 

Por otra parte seria imposible negar la importancia que 
tuvieron las reformas de 1895, lo mismo en el periodo deán 



é 



— 653 — 

iniciación y su presentación á las Cortes españolas que en 
«1 momento de su votación por éstas. Lo he dicho repetidas 
veces. Loa proyectos del Sr. Hanra proporcionáronla ven- 
taja de dar forma y precisión y regularidad al llamado mo- 
vimiento económico de Coba, con virtiéndolo en nn movi- 
miento político de positiva orientación y resultados perfec- 
tamente compatibles con el orden público. Luego son tribu- 
yeron. 4 deshacer la resistencia de la Unión Constitucional 
cubana, muchos de cuyos elementos formaron el partido re- 
formista y se apartaron de la vieja intransigencia fecunda 
en todo género de desastres y que tenia dividida a la socie- 
dad política cubana en criollas y peninsulares. En último 
término consagraron algunos principios y algunas solucio- 
nes de valor sustantivo^ cuya importancia superaba á la de- 
ficiencia, á las contradicciones y hasta la injusticia de al- 
gunas otras a firmado Des de la misma obra reformista.. 

Lo propio podría decir de la ley llamada de Abarzuza, 
que es la de 1S95, y en la cual se vació con no escasas mo- 
dificaciones la reforma del Sr. Maura de 1893. Aun con 
ser considerables las modificaciones de 1895, y con sancio- 
nar buena parte de los errores del proyecto anterior, al 
par que rectificaba, aunque poco, otros, la aplicación resuelta 
de la ley de 1895 hubiera producido buenos efectos en Cuba: 
yo creo que habría impedido la actual insurrección. Y cuen- 
ta, señores, que ya tenia muy mal preparadas. á las Antillas 
I el hecho por todo extremo deplorable de no haber seguido 
inmediatamente á la presentación del proyecto Maura en 
18 su debate en las Cortes y su planteamiento en Cuba 
y arto Rico. Esos aplazamientos y esas distracciones y 
« desdenes ó esos olvidos no se pueden hacer impune- 



l 



— 554 — 

mente tratándose de pueblos excitados y realmente dispues- 
tos á no dejarse desdeñar. Es este nno de los mayores peca- 
dos de la política colonial española: y en este particular no 
son pequeños los cargos que se pneden hacer á nuestro par- 
tido liberal en relación con la campaña reformista de estos 
últimos cinco años. Es decir, cargos perfectamente contra- 
rios á los qne por análogo motivo, le hacen los ultraconser- 
vadores cobatros y muchos conservadores de Madrid. 

Pues bien, asi y todo, y á pesar del error capitalísimo de 
la ley Abarznsa y del proyecto Maura, de prescindir de la 
reforma electoral (olvido imperdonable tratándose de pue- 
blos latinos y de colonias de los antecedentes de Cuba y 
Puerto y Hioo) yo tengo que repetir que la obra de 1895 
habría producido saludables efectos si la ley se hubiera apli- 
cado oon el sentido y del modo que afirmaron todos los hom- 
bres políticos que tomaron parte eu los debates parlamenta- 
rios de los meses de Febrero y Marzo de 1895. 

Pensando en esto los diputados autonomistas prestamos 
entonces nuestro humilde pero franco apoyo. Ylodigimos 
con toda franqueza. 

¿Cuáles fueron las declaraciones que hicimos cuando 
se votó en el Congreso el Proyecto Abarzuza? Primero 
el Sr. Montoro, en los comienzos del debate, y yo 
á lo último, llevando el nombre y la representación , no ya 
sólo de la minoría autonomista, sino también de la minoría 
republicana de las Cortes, dijimos: «aceptamos esa fórmula 
(aunque oon inconvenientes graves que entonces señala- 
mos, y que no tengo para qué repetir ahora), porque repre- 
senta un progreso; pero fijamos, oomo condiciones, dos: 
primera, su planteamiento inmediato; segunda, su plantea- 



t$k 



— 555 — 

miento sincero; porque sólo de es» suerte habrá de producir 
multados relativamente satisfactorios». 

Pero todo esto pasaba en 1895. Luego... ahora... ¿cómo 
prescindir de lo que ha sucedido y del nuevo estado de las 
cosas? ¿Cómo reducir el empeño á la mera instauración de 
las reformas de 1RT5 y esto solo cuando termine la guerra? 

Porque no en balda van ya pasados dieciseis meses de 
esta y se ha promovido en Cuba una situación política ra* 
dicalmante opuesta á la de Junio de 1893 y Febrero de 1895 
y los partidos locales cubanos han tomado otra actitud. £1 
autonomista ha formulado sus Memorándum de Mayo y 
Septiembre últimos, y hoy patrióticamente rectifica parte 
de las declaraciones que entonces hizo en vista de circuns- 
tancias contrarias á las que determinaron su anterior com- 
promiso . 

Es evidente que el principal propósito que presidió á la 
votación de aquella ley — la evitación de hondas perturba* 
cionea políticas y d» orden público en Cuba— no se ha lo- 
grado, sea de quien fuere la culpa del suceso. Resulta, 
pnea, incoo cebibfe que con la misma bandera de Marzo de 
1895, se pretenda ahora animar al país y concluir la gue- 
rra, dejando para un porvenir incierto la enmienda de de- 
tectes tan transcendentales, ya señalados detalladamente 
hace año y medio, como, por ejemplo, el mantenimiento del 
censo electoral que sostiene el carácter oligárgico de la re- 
presentación ultramarina, contrastando con el sufragio uni- 
versal que existe en el resto de la nación española, cuyas 
provincias no tienen más razón ni titulo que los que pueden 
«tentar las Antillas; ó como la nota esencialmente buró- 

rátioa del Consejo de administración, nombrado en su ma- 



1 



— 666 — 

jor parte de Real orden; 6 como la negación del derecho de 
las corporaciones insulares de votar los impuestos para cu- 
brir gastos cuya designación libremente se las permite, pa- 
ra que ae acuse con mayor energía la impotencia de aquellos 
centros, ó, en fin, como la excusa de la competencia insolar 
para establecer el Arancel cubano, ouando cada ves aparece 
con mayor evidencia la imposibilidad de que el Ministerio 
de Ultramar pueda emanciparse de la presión que aquí ha* 
cen algunos elementos industriales de la Península, para 
mantener con mayor ó menor desenvoltura el principio de 
la explotación mercantil de las colonias, fuera de toda com- 
petición y toda equidad. 

El mismo partido liberal, al votarse en Marzo de 1895, 
ofreció la reforma electoral para plazo muy próximo. Ahora 
no puede esperar que las gentes se entusiasmen con las defi • 
ciencias de hace año y medio, y prescindan de todo lo que 
ha pasado en este tiempo, y que sólo debe ser estimado 
como nuevo motivo para recabar una solución pronta Justa 
y definitiva. 

Pero todavía es más inconcebible que el partido liberal 
ae crea dispensado de explicar franca y detenidamente las 
mzr tipa de su actitud del momento, el rumbo de su política 
y ana opiniones sobre el problema del seljgoverrumnt 
planteado en todas partes, al terminar las guerras colo- 
niales contemporáneas, como un medio de fortificar los que. 
brantados vínculos de las colonias y sus Metrópolis. 

Esto último constituye un gran pecado, tanto porque me* 
diante esta reserva se reduce el espacio y se excusan leí 
datos necesarios para el libre juego délos elementos go- 
bernantes, cuanto porque esa actitud es incompatible oon 



— 567 — 

la representación progresiva é iniciadora del partido libe- 
sal y contradice las tradiciones de tete en la historia colo- 
nial española de los últimos quince años. Se trata, pues» da 
una verdadera subversión de ideas, tendencias y actitudes. 
Permitidme que sea tan severo en la expresión de mis 
juicios, por lo mismo que es notoria cierta simpatía de mi 
parte á favor del partido liberal y porque de la disposición 
de este espero' yo un gran avance en la solución del pro- 
blema que á todos gravemente nos preocupa. 

Fijaos en que el problema actual ultramarino no está 
puesto ante los partidos gobernantes españolea en estos tér- 
minos de escuela: ¿qué oonvieoe á Puerto Rico? ¿qué con* 
viene á Cuba más ó menos tranquila? ¿qué conviene i una 
-colonia? La cuestión está planteada en éstos otros términos: 
.¿qué conviene en este momento para concluir la guerra en 
Cuba, para levantar los ánimos y para asegurar después las 
condiciones todas de prosperidad y riqueza de aquella isla? 
Pues para eso, lo he de decir con toda franqueza, la fórmu- 
la del partido liberal es de uoa deficiencia verdaderamente 
desesperante, 

£1 problema es claro: ¿qué es lo que hay que hacer? ¿qué 
queréis hacer ahora? Decidlo con entera franqueza. Dad 
vuestras propias soluciones ó discutid la del adversario, 
para que los demás saquemos las consecuencias. Con vues- 
tra estudiada reserva, os ponéis loa liberales detrás de los 
-conservadores. Creedme, de vosotros precisamente depende 
la solución en est03 momentos . 

Domo no ha de ser la muica vez que moleste la atención 
la Cámara, tengo que prescindir de otras muchas indi- 
iones que prolongarían innecesariamente mi discurso de 



— 558 — 

hoy. Ya sé habrá advertido que be dejado completamente- 
aparte toda la gravísima cuestión económica de Coba, lo* 
mismo lo referente á la reforma arancelaria, aplazada, no 
té por qué ni para qué, bace on año, que lo tocante á lar 
autorizaciones recabadas en Jnnio del afio altimo 6 pedidas 
en estos momentos al Congreso y al Senado por el señor 
ministro de Ultramar para atender de nn modo inverosímil 
al restablecimiento de la paz en la grande A n tilla. Aplazo 
f ata cuestión para cuando aqui se discuta el presupuesto de 
Cuba. Quiero evitar confusiones,, y ahora me acucia el de- 
seo de poner término á esta oración parlamentaria, que de* 
nnccia en todas sus partes mi preocupación y el anhelo- 
de mis amigos de conttibuir del modo que nos sea dable á 
la pacificación de Cuba y á la normalidad déla vidad»* 
Bagan*. 



III 



Por mi posición especialisima en esta Cámara, no pu* 
di en do reclamar el poder para un partido nacional por la» 
razones que he explicado al principio de mi discurso, yo me 
creería dispensado de presentar soluciones concretas al 
problema que estamos aqui discutiendo, si yo no viese oon 
gran prevención toda gestión política de carácter mera* 
mente critico y alcance puramente negativo. No es invero- 
símil que alguien estime como una verdadera impertinencia 
que yo salga de la insistente reclamación de solucione» 



r 



— 559 — 



precisas á ios dos partidos monárquicos que exclusivamente 
llevan la nota y la pretensión de gobernantes de la ac- 
tual política española. Pero no debo olvidarme qne realiza 
ahora una obra de buena fe y de paro patriotismo, y que 
teogo la opinión de que todavía hay remedio para los males 
de Coba, Por tanto alguien también puede exigirme 6 espe- 
ras mi humilde juicio respecto del modo y manera de conse- 
guir este efecto. 

Además, ni por un solo minuto debo olvidarme de que yo 
hablo aquí en nombre de un partido local antillano, en re- 
presentación de loa autonomistas de Cuba, que saben bien 
que no pueden aspirar, por la particularidad de su represen- 
tación, al poder en la Metrópoli, donde sólo tienen derecho 
á gobernar loa partidos nacionales ó generales; pero tam« . 
poco mis amigos y correligionarios ultramarinos ignoran 
qne su concurso es absolutamente necesario, para la pacifi- 
cación de Cuba, y entienden que deben decir con toda fran- 
queza Us condiciones en cuya virtud ese óoncurso puede ser 
eficaz. 

Con estas salvedades, yo me atrevo á decir que es abso- 
lutamente indispensable proclamar ahora mismo, por moda 
solemne, la autonomía colonial en nuestras Antillas. Ed de* 
cir, una autonomía acomodada al espíritu y á las tradiciones 
coloniales de España, sobre la base de la identidad perfecta 
de derechos civiles y políticos de los. españoles de allende 
y aquende el Atlántico, del sufragio universal y del go- 
bierno responsable en el sentido de que sean reponsabiea 
inte las corporaciones populares insulares, capacitada para 
ttender y resolver todo lo puramente colonial, los funcio- 
narios públicos encargados exclusivamente de la adminis- 



— 560 — 

tración insular. Y todo ello bajo la soberanía indiscutible 
de la Nación española representada por los Poderes públi- 
cos de la misma, y garantizada del modo y manera que la 
misma Naoión en Cortes estime oportuna. 

Después de esto, yo sostengo qne esa Autonomía colonial 
se debe aplicar inmediatamente, mañana mismo, á la isla 
de Puerto Rico, pero con toia sinceridad y resolución 7 
sin que nadie pueda temer que el predominio de cualquiera 
de los gtupos políticos insulares en las corporaciones de 

mella isla sea el resultado de ninguna otra fuerza 6 in- 
fluencia que la voluntad explícita de la mayoría de aquel 
pais. 

Asimismo creo que es indispensable llevar urgentemente 
á las oolumnas de la Gaceta las fórmulas concretas y posi- 
tivas de esa solución autonomista para Cuba, con el explí- 
cito compromiso de proceder á su aplicación en el modo 
y manera que lo permitan ahora las circunstancias, para 
que el régimen quede implantado en toda su plenitud en 
el punto y hora en que cese materialmente la guerra en 
aquella comarca . 

Del mismo modo pienso que e3 inexcusable levantar la 
vida económica de Cuba por medio de una grande, resuel- 
ta é inmediata reforma arancelaria de carácter eminente- 
mente librecambista, que abarate ó realmente haga posible 
la existencia particular y la industria en Cuba, que asegure 
á 8 productos de aquella tierra grandes mercados en todo 
el mundo, que comprometa al extranjero á la defensa del 
orden y de la paz en la antilla, y que respete la producción 
metropolitica del modo y manera que las respetan los aran- 
celes coloniales ingleses. E* decir, no consintiendo que en 



r 



— 661 — 



ningún caso el producto extranjero resalte favorecido con- 
tra el producto nacional. 

Por último, entiendo que corresponde al Gobierno, por 
me medios propios y característicos, que yo no puedo ni de* 
bo detallar ahora, levantar la opinión cabana, excitar el 
concurso caluroso y activo de aquel país, determinar el de- 
ssrxn y la redacción de los insarreotos en vista de la liber- 
tad consagrada definitivamente en aquella tierra, que ahora 
agoniza por efecto de la guerra, y en último extremo pro- 
curar, provocar y dirigir la contrarrevolución en nombre 
del derecho de Espafia y de la Autonomía colonial. 

No es imposible'que todavía haya quien desee que yo pre. 
ase esos medios de gobierno. Pero seria en mi gravísima K 
indiscreción detallarlos, porque para ello necesitaría, en 
primer término, estar en el banco azul y oontar con los re- 
cursos generales y los prestigios de todo género del poder 
constituido. Yo, desde aquí, solo puedo y debo decir que 
me doy perfecta cuenta de todos esos medios. 

Tales son nuestras soluciones, que presento con relativa 
timidez y con toda clase de salvedades para que consten 
como modestas recomendaciones, para que se interpreten 
como la expresión de nuestros compromisos en la obra de 
pacificación que deseamos, como contraste con las solacio* 
nes que aquí se hau escuchado, y, en último término, como 
la aspiración de un partido local antillano bien distinto por 
su naturaleza, sus medios y sus responsabilidades, de los 
grandes partidos gobernantes déla Península. (El seriar 
" 116% pronuncia algunas palabras que no se oyen.) Ya he 

ho al principio que no hablo absolutamente más que en 

tabre de an partido local. 




— 564 — 

representativo en 1853 y eon el planteamiento de Ja auto- 
nomía colonial en su forma más acusada en 1872. La mis- 
ma Jamaica ofrece dos pruebas de soma importancia. En 
I * el gobierno inglés le impuso la abolición de la escla- 
vitud. Jamaica intentó revolverse, y el gabinete liberal bri- 
tánico pretendió suspender la Constitución local. Sin em- 
bargo, el Parlamento se opuso. Jamaica se tranquilizó y en 
1854 fué modificada aquella Constitución en sentido ex- 
pansivo, reduciéndose las facultades del gobierno metropo- 
lítico. Once años después se produjo una gran revuelta in- 
terior en la oolonia: los oligarcas realizan una gran matan* 
za de negros, y luego vuelven los ojos á Inglaterra preten- 
diendo que ésta asuma el gobierno directo de la colonia. La 
Metrópoli británica no puede excusarse; y para asegurar el 
orden público acepta la dejación que los colonos hacen en 
manos del Gobierno de Londres, de algunas de sus fran- 
quicias locales, reconociendo su insuficiencia; pero ese mis- 
mo Gobierno se apresuró en 1884 y 1894 á desprenderse de 
todas las facultades excepcionales para restablecer el régi- 
men liberal y expansivo eo Jamaica, asegurando la paz en- 
tre negros y blancos y un gran prestigio para la madre 
Patria, que allí representa sobre todo la libertad y el pro- 
greso. Los efectos de toda esta campaña son evidentes. 

£1 gran discoreo de John Rusell de 1854 ha tenido 
bu respuesta ahora en los grandes banquetes con que 
loa colonos del Canadá y la Australia han festejado pocos 
meses hace á Mr. Chamberlain, proclamando la perfecta 
intimidad de todos los ingleses residentes en todas las par- 
tes del mundo. Por estas demostraciones, Chamberlain, i 
[ ear de las últimas torpezas de la política extranjera bri- 



r 



— 565 — 

tánica, Jia podido orgullosamente deoir frente al conflicto do 
Veoexuela, que Inglaterra no está sola. Efectivamente, la 
acompañan con amor entrañable todas sus colonias, cnya 
identificación le está asegurada por el régimen autonomista. 

En cambio, señores, nosotros tenemos el recuerdo de lo» 
sfSos 20 al 23; nosotros, ante el movimiento revolucionario 
de A mélica, abandonamos los negocios y le opusimos loe 
discursos del Conde de Toreno y el Arancel unificador y 
prohibicionista del año 22. El resultado fué que mientras 
Inglaterra, con su autonomía colonial, aseguraba todas sus 
colonias y engrandecía la Patria, nosoüos perdimos todo 
•1 imperio que tediamos en la América contyiental, como 
hubiéramos perdido á Coba y Puerto Rico, de no contrade- 
cir 6 rectificar nuestro error, lleva ndo á «stas islas desde 
1812 á 1820 las reformas del Marqués de la Sonora. 

Voy á terminar, señores Senadores, con dos recuerdos de 
importancia y alcance muy diversos, pero íntimamente re- 
to dorados con la gestión que en este momento realizo. El 
uno es de carácter puramente personal. Permitidme que lo 
someta á vuestra bondad por el honrado propósito que me 
anima y por la positiva transcendencia de la lección que 
entraña. 

Por estos mismos días, haoe veinticinco años, que yo 
pronuncié mi primer discurso parlamentario. El tema era 
bastante análogo al presente. Mi posición muy parecida 
á la actual. Ardía la guerra en Cuba, y yo, representante 
de Asturias* en el Congreso español, estaba, por mis opi- 
- : üDes coloniales, casi solo, aparentemente solo, extra ordi- 
riamcnte más tolo que me encuentro ahora en el So- 
lo. Entonces, en el fragor de la lucha, yo grité como 



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■ — 56$ — 

el poeta inmortal, ;pas } paz! Afirmé que el conflicto da 
Cuba no terminaría por el medio exclusivo de las ar- 
mas, y sostnve que era absolutamente indispensable y 
de suprema urgencia realizar, por razón del derecho y 
como medio político de gobierno en las dos Antillas, 
la abolición de la esclavitud y una amplia reforma de- 
mocrática en el orden político, económico y administrativo 
de Puerto Rico. Renuncio á describiros el terrible efecto 
que produjeron mis palabras aun en aquella Asamblea 
constitnída en hu mayoría por mis amigos de la infancia, 
por mis maestros de la Universidad, por mis compañeros 
de escuela y academia. 

Yo muchas veces he tenido que calmar la indignación de 
mis íntimos, que no comprendían la fiereza con que, tanto 
en la Península como en las Antillas, fui atacado. No me 
extrañaba nada de eso, porque yo conozco bien de qué suer- 
te han sido atacados, en los momentos de pasión, cuantos en 
España han defendido la libertad de las colonias. 

Tampoco se me ocultaba la sinceridad de mucho? do 
mis implacables adversarios, cuyos exoesos vi siempre das* 
de una gran altura, y de cuyos agravios ya no tengo memo- 
ria, porque yo sabia, y sé muy bien, que cuando se procede 
rectamente y se tiene razón, sólo se necesita perseverar, de- 
jando al tiempo que acredítelas verdades y haga justicia. 

Pues bien; el tiempo ha proclamado por completo la 
exactitud de mis predicciones y la razón de mis defensas. 
Cnanto yo prediqué se ha realizado. En Puerto Rico se 
instauraron con éxito maravilloso todas las libertades, y si 
ejemplo y la i l fluencia de Puerto Rico fueron uno de los 
fundamentes de la paz del Zanjón. 



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Es muy posible qn^buena parte de las que me esc libáis 
eatóia en situación análoga á la de mis oyentes y oontr adicto - 
res di hace veinte años. Vuelvo á predicar aoa oosa análoga. 
Tengo el derecho do esperar que loa mayoreí ad réremos de 
mis predicaciones de ahora repitáis más tarde loa discursos 
que reciente mentó he oido de labios de mis contradictores de 
antaño, ponderando en eatos últimos días las reformas al* 
tramarinas de 1872 al 74, como positivas glorias de Eapafia. 
Tengo la perfecta seguridad de que se repetiría ei caso. 

Pero jay, señores, que yo no tengo ahora, como tenia en* 
tonces, mocho tiempo por delante! Porque el conflicto 
de Cuba ya no tiene superior. No admite tregua. £9 
de suprema urgencia. De aquí mis ansias vivísimas de 
que la rectificación de ideas y la transformación de senti- 
mientos se verifique ahora, inmediatamente. 

EE otro recuerdo se refiere á mi adolescencia y á escena a 
inolvidables que constituyen grandes éxitos y merecí mien * 
toa excepcionales de este Senado. Era allá per los años de 
1853, cuando se traía ante el Parlamento español el pro 
blema transcendental de una rectificación de nuestra poli 
tica en la América española, ya independiente. En aquellas 
circunstancias se oyeron en esta gran Asamblea dos voce» 
elocuentísimas: la del ilustre D, Juan Francisco Pacheco y 
1* del prestigioso D, Juan Priin. 

Entrambos eran objeto de las acusaciones más violentan, 
por su actitud benévola hacia los pueblos americanos. No 
es maravilla. Siempre la calumnia se ha cebado con todos 
.utos representaron nuestra política expansiva allende el 
lántico, desde C jlón hista el conde de Reviilagigedo y 
marqués de la Sonora. 

3jr 



— 568 — 

Pero f nerón tantas la elocuencia» la sinceridad y 3a ra~ 
ióü de aquellos insignes repúblicos: llegó á tanto la diacre* 
eión y el sentimiento político de este Senado, que la política 
entonces proclamada en medio de la estupefacción general, 
se impuso al Gobierno espefiol, y desde entonces nuestras 
relaciones con la América latina le inspiraron en un gran 
espíritu de concordia, en el olvido de nuestras recientes y 
sangrientas colisiones, en la desconsideración de la amena* 
xa y de las jactancias como medios de in fluencia política é 
internacional, en el recuerdo de nuestra historia común, y 
de nuestro común empeño de colaboradores da una obra 
trascendental para la civilización del mundo; y en la sega* 
ridad de que el trato efusivo de los pueblos y en último tér- 
mino, la política de la generosidad y la confianza sen la me- 
jor garantía del prestigio y de los derechos de los gobiernos 
y las naciones. 

Esa es, señores, una nota característica, bien que poco- 
estudiada, de nuestra historia internacional contemporánea. 
Desde entonóos renunciamos á todo prejuicio y á toda pre- 
tensión exclusiva, fundados en la procedencia de los que en 
América viven y á América sirven con su laboriosidad in- 
comparable y sus virtudes ejemplares. 

[Ojalá que nuestros gobiernos de ahora se cuidasen de 
sacar las debidas consecuencias de aquel suceso; oosa tanto 
más recomendable, cuanto que después, las circunstancias 
han cooperado á esa empresa, como lo demuestran el fraca- 
so del Congreso panamericano de 1890 y las fiestas dul 
Cuarto centenario del descubrimiento de Amérioal 

Permitidme acariciar la esperanza de . que los del ► 
que ahora se desarrollan en el Senado español prodnkt 




— S69 — 

ub remitido análogo. [Ojalá que por vuestros votos salga» 
con la afirmación robusta del derecho incontrastable de Es* 
paila al mantenimiento de las Antillas, bajo la bandera de 
>a Patria común, la proclamación de la Autonomía colonial 
como el medio acreditado por todas, absolutamente todas 
las experiencias contemporáneas, para asegurar la satisfac- 
ción inmediata y cumplida de las necesidades loca'ea y el 
principio sagrado de la integridad nacional que todos esti- 
mamos como nna imposición del honor y nna exigencia de 
la economía general del mondo político de nuestro tiempo! 
De todas suertes, yo quisiera que aquí resoltara triunfan- 
te y por todos aclamado, el principio de que los grandes 
conflictos sociales se resuelven primeramente por medios 
morales y políticos, y que la base mas sólida de los gobier- 
nos la forman el concurso y el amor de loe puebles* He 
dicho. 

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r 



APÉNDICE 



cuba A raras di 1895 

(Uut interview con La Rmme Intemstionale) 

A fine í de 1895, Za Jtaw* Internationale de París, envió 
á Madrid en redactor en jefe para qne celebrase algunas 
con fereE cías con personas mny significadas en la política 
española, sobre la situación política y económica de nuestro 
país. Mr . Henri Charriaut, qne es el periodista aludido, 
detempeñó perfectamente en comisión y en el número de la 
Jietue Intetnúticnale publicado en Diciembre de 1895, pu- 
blicó el resultado de sns conversaciones con los Sres. Cas- 
telar, Cánovas del Castillo, Sagasta, Pi Margall, Silvela, 
Pirfal, Lopes Doraí ligues, Salmerón, Muro, Moya, Maura, 
Barrio Mier, Salvany, Beraza, García Ladevese y otros. El 

na dominante de esas conferencias fué la cuestión de 

ba, 

tfr. Charriaut me consultó también y mis explicaciones 



— 572 — 

aparecen en el referido número de La Revue. Creo de algún 
interéa reproducir aquí, traducido, algo de aquellas expli- 
caciones, con alguna leve rectificación de forma más que de 
concepto. De esta suerte se comprenderá lo que yo veia y á 
los pocos meses de haberse votado las reformas coloniales de 
1895, que el Ministerio conservador no quiso aplicar inme- 
diatamente como era su compromiso político y su deber co- 
mo Gobierno* 

He aqui mis opiniones: 

c Tres graves cuestiones deben fijar la atención y excitar el 
celo de los hombres políticos de mi país; la cuestión de loa 
partidos, la de Cuba y la de Portugal 

» Respecto de Cuba, debo establecer que oreo que la sitúa* 
oión de la grande Antilla es más que grave, peligrosa. 

•Todos los habitantes de Cuba están justamente alarma- 
dor La guerra devasta las provincias de Santiago de Cuba, 
Puerto Principe, Santa Clara y Matanzas. Existen no sólo 
bandas de insurrectos, sino algunos bandidos (coma cuatro* 
ros, salteadores y secuestradores), más ó menos indepen- 
dientes de la masa formal de la insurrección y oomo ka su • 
cedida en todas las colonias del mundo. 

•Sin mercad ) para los azúcares, el tabaco y los aguar* 
dientes, Cuba no podrá recibir cantidad suficiente para cu - 
brir sus gastos de producción, y yo veo muy comprometidas 
sus fuerzas agrícolas por la inquietud que reina en los cam- 
pos y la falta de recursos de los propietarios y colonos. Hay 
que advertir que Cuba solo produce esos artículos coloniales, 
cuyo monopolio constituye la prinoipil razón de su enorme 
riqueza. En él estriba la mayor parte de sus dificultades] y 
sus peligros presentes, aun cuando no existiese la insurrec- 
ción. Esto no lo ven ni el Gobierno, ni los comerciantes ca- 
talanes. No comprenden que es preciso facilitar la transfor- 
mación de la producción oubana. Ahora los obreros sin tra- 
bajo, no teniendo siquiera para comer en muchas localida- 
des, hacen oir alarmantes clamores; el crédito se pierde 
el exterior y en el interior; ei comercio snspanso; los neg 
cios, paralizados; en una palabra, es imposible que puee 
continuar esta situación sin que pronto sobrevenga la m 



1^. 



r 



— 573 — 



«espantosa bancarrota, la miseria, el hambre, la despobla- 
ron. 

• Las causas de la insurrección de 1868 eran mas políticas 
•que económicas. Aquel primer levantamiento estaba pre- 
visto por el respetable hombre público que hoy preside el 
Ministerio; y »i el Gobierno que sucedió al que, con gran 
prudencia, habla creado la Junta de información de 1866 
para laar reformas de Ultramar, no hubiese desdeñado las 
' recomendaciones de ésta, seguramente se habría evitado la 
sangrienta gnerra de los diez años, que costó la vida de 
200.000 hombres y mas de 700.000.000 de duros, sin con- 
tar el valor de las propiedades destruidas y cuyas conse* 
• ensucias son todavía una pesada carga para el Estado. 

>Según todos los informes, la Isla ha sido administrada 
de un modo deplorable. Por ejemplo, en el orden electoral 
f vemos que Cuba solamente tieoe un elector por cada cinco 
! habitantes, y Puerto Rico uno por cada 221. 
| >Esta isla, que cuenta con 800.000 habitantes, solo tiene 

I 52.000 con derecho al voto, como contribuyentes, porque 
es preciso pagar, para ser elector, ana cuota de 50 pesetas. 
Cuba cuenta millón y medio de habitantes y solo 84.000 
electores, pagándose para serlo una contribución mínima 
' de 25 pesetas. 

> Esta contradicción entre las dos islas —ciertamente inex - 
plieaeie— -redunda en dañi de Puerto Rico, donde la con- 
tribución del Estado es más baja y, por tanto, mayor la 
dificultad de una cuota electoral semejante á la de Cuba. En 
Puerto Rico fanoionó perfectamente el sufragio universal 
en 1873, pero allí lps conservadores y peninsulares son los 
menos y la ley quiere sobreponerlos á los hijos del país, que. 
todos son liberales y autonomistas. Esta injusticia ha sido 
patrocinada por el liberal Sr. Maura, autor del último pro- 
yecto de reforma colonial, cuyo radicalismo tanto se exage- 
ra. No es dable mayor preocupación. 

»Claro es, que las provincias españolas están más favore- 
cidas. Asturias, por ejemplo, con 200.000 hibitantes menos 
que la pequeña Autilla y uu territorio de 11.000 kilómetros 
menor tiene, sin embargo, 121.713 elejcores. Consecuencia 
de esta diferencia ilegal es que nosotros saoamos solo 50 di - 
putados, 35 por Cuba y 15 por Puerto Rico, para defender 
w intereses de las Antillas, contra 400 diputados de la 
enínsnla, que hacen las leyes sin escuchar nuestros con- 
ajos. Aquí impera el sufragio universal y allí n\ á pesar 
e que las comarcas peninsulares uo s aperan de ñinga na 



— 674 — 

inerte en riqueza, ni cultora, ni lealtad á las Antillas. 

•En España el grupo de partidarios da la explotación eo- 
] >nial es muy reducido. Está formado por loa interesado* 
en los empleos públicos de Ultramar y loa comerciantes da 
ciertas regiones del litoral, que se aproar han de la >BPÍg- 
mficancia de las tarifas aduaneras para introducir en Cuba, 
bajo bandera española, productos extranjeros nacionaliza- 
dos si pasar por cualquier puerto de Ja metrópoli. 

•La majoría en la Península desea Ja paz, pero manten- 
drá la guerra como cuestión de honor. 

•Los asturianos, los gallegos v los catalanes que constitu- 
yen la base de la emigración peninsular á Cuba, necesitan 
del orden y prosperidad de la isla, que es para ellos ana 
fuente de ingresos de la que