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POR 



J. JIJÓN Y CAAMASO 

Individuo de número de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Araericanos. 

Sorio correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid, de 

la Academia Nacional de Historia de Bogotá, de la Sociedad 

Geográfica de Lima, etc. 



VOLUMEN I 

LOS FUNDAMENTOS DEL CULTO. 

Huacas, Conopas, Apachitas, Urcos, 

Huancas, Macháis. 



QUITO. — ECUADOR 

Tipografía y'Enx'Uadernación Salesiaxas 

1919 



LA RELIGIÓN DEL IMPERIO DE LOS INCAS 



La Relijióq 
del Imperio d^ I03 Inca5 



POR 



J. JIJÓN Y CA AMANO 

Indinduo de número de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, 

Socio correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid, de 

la Academia Nacional de Historia de Bogotá, de la Sociedad 

Geográfica de Lima, etc. 



VOLUMEN I 

LOS FUNDAMENTOS DEL CULTO. 

Huacas, Conopas, Apachitas, Urcos» 

Huancas, Macháis. 



QUITO. - ECUADOR 

Tipografía y Encuadernación Salesianas 

1919 



. i 2 2000 



J¡ la sania memoria de mi rricdre. 

París, febrero de !9í6- 



Digitized by the Internet Archive 

in 2010 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/lareligindelim01jij 



PROLOGO 

El presente volumen, es el primero de 
aquellos en que nos proponemos estudiar 
la religión del Imperio de los Incas, tal 
cual era al tiempo de la conquista espa- 
ñola y como nos las dan a conocer los 
escritores contemporáneos, o poco poste- 
riores al derrumbamiento de la monarquía 
de los sucesores de Manco Cápac. 

Las creencias y supersticiones incaicas, 
fuéronse acrecentando a medida que se 
ensanchaba el Imperio, el que si impuso 
el culto dinástico, el del Sol y los Incas, 
no procuró extinguir las religiones de las 
naciones conquistadas sino que, muy al 
contrario, dejando libre curso a sus ma- 
nifestaciones, procuró incorporarlas en la 
religión incaica. 



II Ebligión del Imperio de los Incas 

Así el Imperio, al principiar el siglo 
XVI, estaba muy lejos de presentar un 
aspecto religioso uniforme; era un mosai- 
co de creencias; este mosaico es el que 
nosotros nos proponemos analizar. 

El Imperio que estudiamos, es el que 
quedó formado de un modo estable, des- 
pués de las conquistas de Guayna Oápac, 
esto es, la región ocupada hoy por las Re- 
públicas del Ecuador, Perú y Bolivia. El 
N. O. Argentino, no lo consideramos par- 
te integrante del Señorío del Cuzco, por 
más que los Incas hayan ejercido notable 
influencia y dominio sobre los aborígenes 
de esa región, pues nunca fue incorporado 
de un modo tan completo en el Imperio, 
como por ejemplo Quito. 

Consideramos en esta obra la religión, 
como un fenómeno social, propio a la na- 
turaleza del hombre y la estudiamos con 
criterio antropológico. Cada fenómeno re- 
ligioso, lo anahzamos comparativamente 
con los fenómenos semejantes, que se ob- 
servan en otros pueblos de nuestro Con- 
tinente y del Viejo Mundo, así el estudio 



Prólogo III 

de la religión incaica, es también el de los 
fenómenos religiosos que en ella ocurren. 
Al hacer las comparaciones, no pretende- 
mos establecer relación genética entre unos 
ejemplos y otros; simples coincidencias de 
la naturaleza humana, u obra de con- 
tacto y propagación cultural, sólo nos in- 
teresan en cuanto nos dan a conocer la esen- 
cia del hecho religioso, que investigamos. 

Cuando hayamos llegado al fin de 
nuestra empresa y anahzado las creen- 
cias, supersticiones, ritos y cosmogonías de 
los subditos de los Incas y hayamos tra- 
zado un cuadro bastante completo de los 
fenómenos religiosos primitivos, entonces 
y sólo entonces trataremos de determinar 
el origen de las ideas de los antiguos pe- 
ruanos, acerca de lo sobrenatural. 

Si alguna vez, en el curso de este 
libro, nos hemos referido a las creencias 
judaicas o a las prácticas cristianas, ha 
sido tan solamente a la parte formal y 
ritual de ellas, no al dogma, que creyén- 
dolo divinamente revelado, lo tenemos por 
extraño a las leyes evolutivas que rigen a 



rv Ebligión del Imperio de los Inoas 

los fenómenos religiosos, en cuanto son 
hechos humanos; mas tratando esta obra 
de rehgiones, declaramos paladinamente 
someter todas las afirmaciones que en ella 
se contienen, a la revisión de la Autoridad 
Eclesiástica, pues respetamos como infali- 
bles, las enseñanzas de la Iglesia Catóhca. 



CAPITULO I 

LAS HUACAS 

Los historiadores del Perú, deslumbrados 
por el brillante culto del Sol, seducidos por 
las afirmaciones del Inca Garcilaso o siguien- 
do la corriente, ya tan marcada en el mismo 
siglo Xyi, de atribuir a los Incas una reli- 
gión monoteísta, han incurrido no pocas veces, 
en el error de no prestar el interés debido a 
otras manifestaciones de la religiosidad perua- 
na, que, no por ser menos elevadas y poéticas, 
son menos interesantes, para llegar al verda- 
dero conocimiento de la mentalidad de los in- 
dios precolombinos de esa parte de la América 
del Sur, ya que constituían el fondo mismo de 
sus creencias religiosas, la parte de ellas que, 
más de cerca, tocaba su sensibilidad, que más 
se relacionaba con sus costumbres domésticas 
y a las que por más tiempo permanecieron ad- 
heridos. Así, en los primeros años del siglo 
XYII, los Visitadores de idolatrías casi no 

Bellgión del Imperio de los Incas 1 



2 Eeligión del Imperio de los Incas 

tienen que ocuparse del culto del Sol ni de los 
otros grandes dioses del panteón incaico, mien- 
tras necesitan emplear todas sus fuerzas para 
luchar con el culto de las Huacas, que tan arrai- 
gado estaba en el alma de los naturales ; las 
cuales, si en muchas ocasiones, eran imágenes 
y pinturas de diversas formas y materias (1), 



(1) Vvo en las Indias gran curiosidad de hacer Ídolos y 
pinturas de diversas materias y estas adoraban por dioses. 
Llamavanlas en el Perú Guacas y ordinariamente eran de ges- 
tos feos y disformes. Acosfa Historia Natural y Moral de las 
Indias, Sevilla, 1590, pág. 323. 

Al segundo genero (de cosas divinas) pertenece una infi- 
nidad que tenian de imágenes y estatuas que todos eran ído- 
los muy venerados por sí mismos sin que pasase esta simple 
gente adelante con la imaginación a buscar lo que represen- 
taban. Destas unas eran pintadas y otras entalladas de dife- 
rentes materias formas y grandeza; unas eran de plata, otras 
de oro, palo, piedra, barro y de otras cosas; unas tenían forma 
humana, y otras de diversos anímales, peces, aves y legum- 
bres, como de carneros, culebras, sapos, guacamayos, de ma- 
zorca de maíz, y otras semillas y legumbres, muy bien contra- 
hechas. De las figuras de animales las mas eran de menor 
tamaño que sus ejemplares, porque tenian estatuas de hombres 
no mayores que un dedo de la mano. En esta tan grande 
diversidad de ídolos he notado una cosa particular, y es, que 
los que tenian formas de animales y legumbres eran comun- 
mente mas bien obrados é imitaban con mas propiedad lo que 
significaban ; pero los de figura humana tenian de ordinario tan 
feos y disformes gestos, que mostraban bien en su mala cata- 
dura ser retratos de aquel en cuya honra los hazían que era 
el Demonio. Cobo (B) Historia del Nuevo Mundo. Sevilla 1892. 
Tomo m, pg. 846. 



Las Huaoas 3 

de gestos feos y deformes, para el gusto de los 
españoles, eran, más a menudo, objetos natura- 
les, tales como montes, rocas, islas, fuentes, etc., 
etc. ; a los cuales, puesto quo adoraban, supo- 
nían dotados de alma y conocimiento, proce- 
diendo así por aquel estado inferior de la men- 
te, que se designa con el nombre de animismo 
y que consiste en atribuir poder volitivo y 
comprensivo a los objetos naturales, o que, se- 
gún la definición de Reinacb, es la proyección 
al exterior de la inteligencia obscura, que obra 
en los salvajes y en los niños, poblando el 
mundo, y, en particular, los seres y objetos 
que les rodean, de vida y sentimientos seme- 
jantes a los suyos (1). Concepción primitiva 
que se encuentra entre los salvajes y los niños 
y de la cual es fácil descubrir supervivencias 
aun en las sociedades cultas. 

El hombre primitivo no siente, como nos- 
otros, la diferencia que le separa de los otros 
seres de la creación (2); bastarían, para de- 

(1) Reinach ÍSalomon), Cuites Mythes et Keligions, To- 
mo I, París, 1905, pg. I. 

Id. id Orpheus, París, 1909, pg. 8. 

(2) Lang (A.) Mythes Cuites et Religions, Trad. franc. 
par Mariller. París, 1896, pg. 149. 

Beville (Albert). Histoire des religions, Tomo I, París, 
1883. pg. 46 a 78. 



4 Eeligióít del Imperio de los Incas 

mostrarlo, las ideas que, acerca del tótem, tie- 
nen mnclios pueblos salvajes. Mas, sin ir tan 
lejos, tenemos a nuestra vista y ocurren, dia- 
riamente, en nuestro alrededor, heclios de igual 
fuerza probatoria. ¿ Quién no ba visto a un 
niño dirigirse a los perros o a otros animales, 
y bablarles, como si éstos fuesen capaces de 
comprender sus palabras? ¿Y qué hombre 
adulto no ha hablado, alguna vez, a un perro 
a un gato o a un caballo? Personas rústicas 
hay que sostieuen largas conversaciones con 
sus animales, que los aconsejan y amonestan 
cual no harían con un niño pequeño ( 1 ), y 



Im Thurn Among tlie Indians of Guiana, London, 1883, 
pg. 351 a 353. 

( 1 ) Estos sentimientos, que, hoy día, se manifiestan tan 
sólo de un modo irreflexivo o en las clases inferiores de la 
sociedad, se traducían en épocas anteriores, en hechos, plena- 
mente conscientes y ejecutados por la autoridad social ; asi en 
Francia, se seguía proceso a los toros que mataban a un hom- 
bre, sometiéndoles a pena de muerte. Ejemplos de tales jui- 
cios se encuentran desde el año de 1120 hasta el de 1740, en 
el cual fué ejecutada, por última vez, una vaca. En Grecia 
se seguía juicio a los animales y aun a objetos inanimados, 
que habían causado mal a un hombre. Así, en Atenas había 
un edificio, especialmente dedicado a este género de procesos, 
el Prytaneum «donde hierros y otros objetos sin vida son 
llevados a prueba» (Pausanias, L. I, Cap. XXVTII). Frazer 
Pausanias's description of Greece, Vol. I, pg. 43, Vol. 11, pg. 
370, London, 1898). No faltan ejemplos parecidos en la legis- 
lación mosaica. Asi, en el Éxodo, cap. XXI, leemos: 28 «Si 



Las Hüacas 5 

que distraen las horas de soledad en compa- 
ñía de un gato o de un perro. 

Igual proceder se observa, si bien con 
menos frecuencia, con los objetos inanimados, 
a los que niños y salvajes dotan de vida. Muy 
citado ha sido el hecho de los niños que, des- 
pués de caerse o golpearse, tratan de hacer 
mal al objeto que ha sido causa de su dolor 
como si fuese el responsable y quisiesen escar- 
mentarle, para que no repitiera el hecho. Ee- 
nómeno que, menos claro y consciente, se ex- 
perimenta también, en los hombres maduros, 
cuando, por ejemplo, arrojan al suelo el bas- 
tón con que se han golpeado, o imprecan al 
objeto que les ha causado dolor. 

Estos hechos han sido explicados por Spen- 
cer, como derivados del culto de los muertos. 
Este filósofo, cuya adhesión a las doctrinas 
evolucionistas es bien notoria, sostiene que ya 
los animales superiores saben distinguir, per- 
fectamente, los seres vivos de los que no lo 
son, fundándose en el movimiento que tienen 
por propiedad exclusiva de los primeros y que, 
por consiguiente, el animismo de los niños 

un buey acorneare a un hombre o a una mujer, y murieren, 
sea apedreado: y no se comerán sus carnes». (La Santa Bi- 
blia traducida por Scio, Barcelona, Tomo I, 1910, pg. 270). 



6 Kbligión del Imperio de los Inoas 

con respecto a los objetos inertes o es debido 
a pobreza del lenguaje o es causado por pre- 
conceptos de educación. Así, según este autor, 
la explicación del culto de piedras, montes, 
fuentes etc. sería necesario buscarla en el cul- 
to de los muertos, a cuyos espíritus servirían 
aquéllos de residencia, y el que, a su vez, se- 
ría originado por los sueños que le revelan al 
primitivo la espiritualidad de su alma (1). 

Teoría que, además de ser muy artificial, 
está basada en afirmaciones, cuya verdad pue- 
de ser controvertida. En efecto, hay buenas 
razones para creer que los animales son ani- 
mistas, en ciertas ocasiones, como cuando los 
perros ladran a la luna, muerden el palo o 
piedra con que se les ha querido herir, o cuan- 
do un caballo se espanta ante un objeto de 
forma singular y se resiste a pasar junto a él, 
aunque no haya en él nada que pudiere sus- 
citar la idea de movimiento (2). 

El animismo o naturalismo como se lo 
quiera llamar, que no implica la creencia en 

(1) Spencer (Herbert^. Principes de Sociologie, Traduc- 
ción francesa de Cazelles, Paris, 1890, Tomo I, pg. 435 a 499. 

(2) Eeville (A.lbert). La nouvelle théorie évliémóriste. M. 
Herbert Spencer. — Annales du Musee Guimet Revue de l'his- 
toire des religions, Tomo 4", París, 1881. 



Las Huaoas 7 

espíritus independientes, sino tan sólo la su- 
posición que los objetos inanimados o «son vi- 
vos, a causa de sus propias facultades, o por- 
que son en sí poderosos » (1), debe ser expli- 
cado como un hecho primario, originado en 
la naturaleza de la mente humana, aún no 
desarrollada, y no como un producto derivado 
más o menos artificial (2). Pues por extraño 



íl) Clodd (Edward), Animism the Seed of Religión, Lou- 
don, 1905, pg. 22. 

(2) Más de una explicación de este fenómeno tan gene- 
ral lia sido formulada ; pero, como no puede menos de espe- 
rarse en materia tan difícil y compleja, casi todas ellas tienen 
el inconveniente de ser demasiado exclusivas y simplistas y 
de no tener en cuenta el verdadero estado intelectual de los 
primitivos. 

En la clásica obra de Lubbock «The Origen of Civilisa- 
tion » se encuentra la teoria siguiente : 

Partiendo del supuesto que los salvajes atribuyen vida a 
cuanto tiene movimiento, se explica el culto a las corrientes 
de aguas, al sol, la luna etc. Se dice que la religión de los 
salvajes no consiste en el profundo sentimiento del espíritu, 
sino en un gran temor de un mal inmediato o en el deseo de 
un bien próximo ; que la noción que tienen de deidad es esen- 
cialmente diversa de la nuestra, pues, en lugar de ser sobre- 
natural, es sólo natural y se insiste en el sentimiento que 
podemos llamar místico, que producen las grandes selvas, las 
rocas y, en general, toda comunión estrecha con la naturale- 
za. (Lubbock, The Origen of Civilisation, London, 1882, pgs. 
285 a 287, 

Para otros antropólogos, el animismo es debido a que, en 
conformidad con aquella primitiva y pueril filosofía, en la cual 
la vida humana parece la clave directa para la interpretación 



8 Eeligión del Imperio de los Inoas 

e imposible que parezca a nuestras mentes de 
civilizados el atribuir vida y poder a objetos 



de toda la naturaleza, la teoría de los salvajes acerca del uni- 
verso refiere sus fenómenos a la acción sapiente de espíritus 
personales. Así, no sería el animismo producto de una espon- 
tánea fantasía, sino de una reflexión lógica de los salvajes de 
que no hay efecto sin causa, y la aplicación al mundo exte- 
rior del único origen de actividad que conocen, esto es, el ac- 
to voluntario. Asi, todos los fenómenos de la naturaleza se- 
rían producidos por el querer de los espíritus, que imaginan 
residentes en sus alrededores. (Tylor, Primitive culture, Lon- 
don, 1891, Tomo n, pg. 109. — Gohlet d'Alviella, The Concep- 
tion of God, London, 1892, pg. 52. — In Animism in Hastings 
Encyclopaedia, pg. 535. — Hewitt, Orenda, American Anthro- 
pologist, N. S., Vol. IV, Lancaster, 1902, pg. 33). 

hn Thiiim, cuyas observaciones sobre el valor que los sal- 
vajes dan a los sueños son tan valiosas, opina que los primi- 
tivos, raciocinando por su experiencia y en vista de que su 
propio espíritu, cuando sueñan, se mueve con completa acti- 
vidad, mientras su cuerpo permanece inmóvil, no se extrañan 
de que las inertes rocas tengan espíritu activo. Cuando al 
salvaje le ocurre algún mal, lo cree originado por el objeto 
inerte que, inmediatamente, se lo ocasiona; y, cuando le so- 
breviene una desgracia, después de haber visto un objeto de 
forma extraña, se la atribuye a éste. Cree, además, este autor 
que los vegetales sirven de intermedio al primitivo, para atri- 
buir vida a las rocas, ya que, siendo inanimados, le consta 
viven. (Im Thurn, Among the Indians of Guiana, London, 
1883, pgs., 355 y 356). 

Clodd propone una explicación intermedia entre las dos : 
Según él, «la distinción enti-e cuerpo y espíritu, que explica 
al hombre su propia actividad, era la clave de las acciones de 
las cosas animadas e inanimadas. Una vida y querer personal 
las controlaba». La concepción de vida en las cosas sin mo- 
vimiento sería debida a las ideas que los primitivos tienen 



Las Huaoas d 

inertes, es el animismo un estado común a 
casi todos los pueblos salvajes y se encuentra 



acerca de los sueños. (Coldd, Animism, London, 1906, pgs. 
26 a 51). 

En la, por muchoa títulos, valiosa introducción a la iiis- 
toria de las religiones del Profesor Toy se halla una explica- 
ción del animismo muy interesante. En este libro se lee que 
las «tribus más salvajes, que nos son conocidas, miran el 
mundo entero, la naturaleza, los muertos, como cosa de te- 
merse y, a veces, como seres a quienes se debe propiciar 

Esta teoría, dados los puntos de vista de los salvajes, es ine- 
vitable. Ignorantes de lo que llamamos ley natural, no pueden 
ver la razón, por la cual los fenómenos de la vida, no esta- 
rían controlados por alguno de los poderes por ellos conocidos ; 
y la fuente de estos poderes la buscan en las cosas que están 
en sus alrededores. Todos los objetos de la naturaleza son 
misteriosos para el salvaje, y llenos de movimientos y aparen- 
tes capacidades, que inducen a los salvajes a ver en ellos las 
causas de las cosas; y como sus procederes les parecen, gene- 
ralmente, semejantes a los suyos, los suponen dotados de una 
naturaleza parecida. Como son misteriosos y potentes, los te- 
men y tratan de aliarse con ellos o protegerse de sus nocivos 
influjos». [Toy, Introduction to tbe History of Religions, 
Boston, 1913, pgs. 99 y 100). 

Conceptos diferentes sobre estas materias tienen Irving 
King, en cuyos escritos leemos: «Oscuros como son los orígenes 
de la cultura, es posible que la primera filosofía del hom- 
bre, si una concepción tan simple puede llamarse filosofía, no 
fué animista, esto es, no era una concepción del mundo, como 
movido por un número más o menos grande de agentes espiri- 
tuales y conscientes. Era, más probablemente, una concepción 
parecida a aquella, tan general boy, entre muchos salvajes, de 
que existe en la naturaleza una fuerza impersonal y semimecáni- 
ca, que el hombre puede en parte usar en su provecho» . King, 
The Developement of Religions, New York, 1910, pg. 117. 



10 Eeligión del Impeeio db los Ingas 

en los países y razas más diferentes, donde no 
sólo se atribujen vida y poder a piedras, árbo- 
les, fuentes, montañas y otros seres inanima- 
dos (1), sino que se los considera más poderosos 
que el hombre, y, por esto, se les rinde culto. 

Ocioso e imposible sería enumerar todos 
los pueblos en que existen creencias animis- 
tas; pero no estará por demás recordar a la 
consideración del lector algunos ejemplos, a fin 
de demostrar la universalidad del fenómeno y 
precisar su significación y el nivel de cultura 
en que se presenta, para que, así, sea más fácil 
el formarnos una idea aproximada del estado 
de civilización en que se encontraba Tahuan- 
tinsuyo, al tiempo de la conquista española, 
materia sobre la que han corrido y corren aún 
en el mundo científico, ideas muy lejanas de 
la verdad. 

Los esquimales creen en espíritus del mar, 
de los vientos y de las nubes, y, según ellos, 
todo lugar, por algún concepto notable, tiene 



(1) Frazer, Le Rameau d'or, Trad. Franc. de Stiebel y 
Toutain, Tomo III, París, 1911, pg. 5. 

Beville (A.), Histoire des religions, Tomo II, París, 1883, 
pg. 222. 

Hastings, Encj'cloepedia of Religión aud Etliics. Animism, 
Vol. I, Edinbourgh, 1908, pg. 635. 



Las Huaoas 11 

espíritu guardián (1), de carácter malévolo, 
a quien es necesario propiciar, mediante sa- 
crificios adecuados. 

Gentes de este mismo pueblo, nos cnenta 
Spencer, atribuyeron vida a un organillo y a 
una caja de música, y supusieron que ésta era 
hija de aquel (2). 

Al decir de Boas, todas las poblaciones 
indígenas de la América del Korte son ani- 
mistas (3), y, según Dormán, el culto de los 
objetos naturales, tales como montañas, rocas, 
desfiladeros etc. etc. y de todo lugar que pre- 
senta alguna singularidad, prevalece en toda 
la América Setentrional (4). 

Afirma Jones que la religión Algonquín 
es un puro y candido animismo, en el cual 
86 adora un objeto, cuando se cree que éste 

(1) Turner 'L.), Ethnologie of tlie Ungave District, 
Hudson Bay territory (Smithsonian Institution ll"* annual 
report of the Burean of Ethnologie, 1880 — 90, Washington, 
1894, pg. 494. 

(2) Spencer (H.), Principes de sociologie, Trad. franc. 
de Cazelles, Paris, 1890, Tomo I, pg. 187. 

(3) Boas (F.), Second General Report of the Indians of 
British Columbia. Report of the 60"" meeting of the British 
Association for the Advencement of Science. London, 1901. 

(4) Dormán, The origin of Primitivo Superstitions, 
Philadelfia, 1881, pg, 300. Véase, también, Reville, Histoire 
des religions, París, 1883, Tomo I, pg. 225. 



12 Eeligión del Impeeio de los Inoas 

tiene poder en potencia de hacer bien o mal, 
sirviendo de criterio para reconocer la presen- 
cia de esta fuerza el efecto emocional que el 
individuo experimenta en presencia del obje- 
to (1). 

Los iroquíes y hurones eran, también, 
animistas, llegando estos últimos, en este or- 
den de ideas, hasta propiciar a sus redes de 
pesca, rogándoles se desempeñasen bien en su 
oficio ; para lo que, con variadas ceremonias, 
las desposaban, anualmente, con dos mucha- 
chas (2). 

Los hidastas, miembros setentrionales de 
la familia Siouan o Dacota, prestan inteligen- 
cia a la sombra de los grandes árboles (3). 

Los omahas, otra tribu Siouan, creen que 
las cosas inanimadas están dotadas de vida y 
las suponen semejantes al hombre ; así, ritual- 
mente, llaman a las piedras « viejos » (4). 

(1) Jones (W.), The Algonkin Manitou. — Journal of 
American Folk — lore, Vol. XVIII, pg. 183, Boston, 1905. 

(2) Parkman (F.), The Jesuits in North America, Bos- 
ton, 1867, p. Ixix. 

(3) Frazer, Le Ramean d'Or, tracl. franc. de Stiebel y 
Toutain, Tomo III, París. 1911, pg. 5. 

;4) Fletcher (A.), A Study from the Omaha tribe. Abs- 
tracts — Proceedings of the American Association for the 
Advencements of Science, 1897, Salen, 1898, pg. 326 y 27. 



Las Htjaoas 13 

Eácil sería multiplicar ejemplos semejan- 
tes, buscándolos entre otras naciones de la 
América del ís'orte, tales como las que moran 
en la Oolumbia Británica, en el estado de 
Washington o en la California. 

Entre los mejicanos, el pueblo de Amé- 
rica dotado de una mitología más desarrolla- 
da, los mercaderes, veneraban al cayado, que 
les había servido de apoyo, en sus viajes, el 
cual se transformaba entonces en Yacatecutli, 
dios de los caminantes (1). 

Los antiguos cronistas castellanos nos han 
conservado la memoria de un hecho, que pone 
muy en relieve el animismo de los aborígenes 
de Cuba. El Cacique Hautey, cuando supo la 
resolución de Colón de pasar de la Isla Espa- 
ñola a Cuba, juntó a su gente y le recordó 
las crueldades de los españoles y le dijo que 
todo aquello lo hacían por un señor muy gran- 
de, a quien amaban mucho, y que le quería 
mostrar « sacó (entonces) una cestilla de pal- 
» ma, en que tenía oro y dixo « Yeis aquí su 
» señor a este sirven y tras este andan y como 
» aveys oido, ya quieren pasar acá, no preten- 
» diendo más de buscar a este señor y por 

( 1 ) Sahagiin. — Historia General de las cosas de Nueva 
España. Yol. I. — México — 1829, pg. 31. 



14 Eeligión del Impeeio de los Ikcas 

» tanto hagámosle aquí fiesta y bayles porqne 
» quando vengan les diga qne no nos liaga 
» mal » comen9aron a baylar j cantar, hasta 
» que todos quedaron cansados » (1). 

Según Reville, la religión naturalista o 
animista de la mayor parte de los indígenas 
de la América del Sur es de una gran pobre- 
za de formas (2). 

Los indios de la Guayana creen que el 
espíritu puede pasar del cuerpo de su dueño 
a un objeto animado o inanimado. Los bru- 
jos malévolos o Kenaima persiguen a sus víc- 
timas en forma de jaguares o de otros anima- 
les feroces. El objeto que el paiman o curan- 
dero finge extraer del cuerpo del enfermo, sea 
dotado de vida o inerte, es tenido por encar- 
nación, corpórea del espíritu del Kenaima, que 
entró en el cuerpo del paciente, para causarle 
el mal. 

Estos indios dotan de alma a las plantas 
y a las rocas y montes; así, en la estación de 
verano, cuando los ríos están bajos, las piedras 



(1; Herrera (A.), Historia general de los hechos de los 
Castellanos en las Islas, Tierra Firme y Mar Océano. — Ma- 
drid, 1683, Tomo I, pg. 293. 

(2j Jteville, (A.), Histoire des religions, París, 1883, To- 
mo I. pg. 406. 



Las Huaoas 15 

qne se encnentran en el canee de éstos, en la 
parte qne el agna las cnbría, presentan nna 
patina negra vidriosa, los indios no qnieren 
se hable del aspecto qne entonces presentan, 
porque creen qne, avergonzadas las piedras, se 
irritarán y les cansarán males. 

En el río del Esceqnivo hay nna piedra 
cnriosa, que los indios no permiten nombrar 
j que procuran no sea vista por nadie j qne 
ellos nunca miran. 

Toda roca, de aspecto singular, la creían 
dotada de espíritu. La misma opinión tenían 
de las caídas de agna y de muchos objetos 
inanimados. 

Los Caribes, que moraban en el río Pome- 
rum, cuando apareció una peste de viruelas, 
se retiraron del lugar, cortando en el camino 
grandes árboles, para impedir que la peste les 
siguiese (1). 

Los araunas tenían en su templo nn dios 
que llamaban el Guarda, que era diez lanzas de 
chonta, de dos yardas de largo, muy pulidas, 
y cuya punta era otra pieza de madera (2). 

(1) Im Thxirn Among the Indians of Guiana, London, 
1883, pgs. 349, 354 a 56. 

'2) Churche {G.), Aborígines of South America, London, 
1912, pg. 146. 



16 Eeligión del Impeeio de los Incas 

Los chibclias rendían, como los peruanos, 
culto a todos los objetos naturales que presen- 
taban alguna singularidad (1). 

Ko es el animismo exclusivo de América; 
en el Yiejo Mundo abundan ejemplos de este 
fenómeno. 

Para los negros de África toda la natu- 
raleza es animada; j los fenómenos naturales, 
obra de un ser vivo. Su incapacidad mitoló- 
gica, su impotencia de concebir un organismo 
superior hacen que teman y veneren las cosas 
que están a su alcance, aun las más humildes, 
por poco que éstas hieran su imaginación y les 
parezcan misteriosas, a cualquier título (2). 

Los naturales del Bajo Kíger llegan, en 
su animismo, hasta venerar sus utensilios de 
cocina (3). 

En general, todos los africanos del Oeste 
creen que un espíritu vive o puede vivir en 
todos los objetos notables, tales como cuevas, 
rocas, árboles, selvas. Estos espíritus no los 
consideran unidos con el objeto, pero juzgan 

^1) Pedro Simón, Noticias Historiales, Bogotá, ]891, Vol. 
n, pg. 294. 

(2j Eeville, op. cit., pgs. 62 y 188. 

(3) Leonard, The Lower Niger and its tribes, London, 
1006, pg. 310 a 341. 



Las Huaoas 17 

que éste les sirve de ordinaria morada. En 
nn punto del curso del río Ongowe hay una 
gran piedra, que forma una como represa y 
dificulta la navegación : los negros creen que 
es el espíritu de la piedra que no quiere que 
pasen más allá las canoas (1). 

En Asia no es más raro el animismo que 
en el Continente negro. Hay gentes en Siberia 
que tienen escasas noticias acerca de los espí- 
ritus y adoran objetos naturales, personificán- 
dolos (2). 

Ciertos pueblos de la India atribuyen es- 
píritu a infinidad de objetos inanimados, por 
humildes y vulgares que éstos sean; así, una 
mujer propicia su cesto o sus utensilios de 
menaje (3). 

Los karens de Burma creyeron que los 
relojes eran seres vivos (4). 

De los koussa kafl&rs se cuenta que, ha- 
biendo muerto uno de sus Jefes, pocos dias 
después de haber roto una ancla, sus subditos 



(1) Nassau, Fetichism in "West África, London, 1904, pg. 
60. Tylor, Primitive Culture, London, 1891, Vol. TI, pg. 157. 
('2) Reville, Op. cit., Vol. n, pg. 216. 

(3) Luhhock (J.), Origin of Civilization, London, 1882, 
pg. 291. 

(4) Lubbock (J.), Origin of Civilization, London, 1882, 
pg. 289. 

Beligión del Imperio de loB Incas 2 



18 Religión del Impebio de los Incas 

la tuvieron en gran respeto, como a un ser que, 
habiendo sido injuriado, sabía vengarse (1). 

En Polinesia, los vientos, los volcanes, las 
rocas, todo estaba personificado (2). 

En Eidji, creen que, cuando una piedra se 
rompe, va su alma al mismo lugar que las de 
los hombres muertos. Si lo mismo acontece 
con una hacha n otro utensilio, su espíritu va 
a servir a los dioses (3). 

Entre los antiguos pueblos de Europa no 
era desconocido el animismo, del cual se no- 
tan vivas huellas en las mitologías clásicas, 
prolongándose la práctica de ceremonias, de él 
derivadas, hasta épocas en las cuales las ideas 
que les servían de base, habían desaparecido. 
Baste recordar el matrimonio de los Dux de 
Yenecia con el Mar Adriático. 

En épocas de cultura bastante desarrolla- 
da encuentra aún el animismo expresión en 
ciertas teorías científicas primitivas, como la 
explicación que los biógrafos de Apollonius de 
Thyana dan de las mareas, que atribuyen a la 

(1) Lubbock (J.), Origin of Civilization, London, 1882, 
pg. 286. 

(2) Reville, Op. cit., 11, 49, 

(3) Mariner, An account of the Natives of Tonga island, 
London, 1817, pg. 137. 



Las Huacas 19 

respiración del mar, y, hasta ahora, hablamos 
del seno del océano (1). 

Hay quien ve animismo en las imágenes 
de los poetas y en las metáforas del lenguaje 
corriente (2); y si, fundándose en estos modos 
de hablar moderno, no es posible afirmar que 
seamos, conscientemente, animistas; no lo es 
el sostener que somos capaces de serlo, como 
lo prueba el placer que nos causan creaciones 
de la imaginación, tales como las fábulas de 
Esopo o La Fontaine, los cuentos de Perrault 
u otros semejantes, que son ecos del animis- 
mo primitivo, del cual hay autores que pre- 
tenden encontrar trazas en la atribución de 
género a los nombres de objetos inanimados, 
cosa corriente en numerosas lenguas cultas, 
como la nuestra, el francés, etc., etc. (3). 

Los peruanos no eran menos animistas 
que ninguno de los pueblos de que hemos ha- 
blado en las páginas antecedentes. Así, cuan- 



(1) Reville, La nouvelle theorie évhémériste M. H. Spen- 
cer, Annales du Musée Guimet Revne de l'Histoire des reli- 
gions, T. 4, París, 1881. 

(2) lieinach iS.), Orphens, París, 1909, pg. 9. 

(3) Count Gohlet d'Alviella, Lectures on the origin of 
the conception of God. Hibbert lectures, 1891. London, 1892, 
pg. 53 y 56 



20 Eeligión del Imperio de los Inoas 

do un indio se quebraba o descoyuntaba un 
hueso, mientras duraba la curación, tenía mu- 
cho cuidado el módico de ofrecer sacrificios al 
lugar donde tal cosa había acontecido (i). 

Los mercaderes ponían sebo junto a los 
cestos de coca, ají, camarones u otras cosas, 



(1) Otros (médicos) había que curaban quebrados y des- 
concertados, los cuales tenían gran cuenta y cuidado, en tanto 
que duraba la cura, de sacrificar en el lugar donde se quebró 
o desconcertó el enfermo. Cobo, Historia del Nuevo Mundo, 
Sevilla, 1893, Tomo IV, pg= 137. 

Esta práctica puede explicarse de dos modos diferentes: 
ya suponiendo que el curandero, que ofrecía sacrificios al lugar 
donde se habia ocasionado la lesión, los bacía al lugar mismo; 
o que iban dirigidos al espíritu del enfermo, cuya ausencia, 
causa del mal, se creía producida por el golpe que lo babía 
dejado adherido al sitio. Esta segunda hipótesis se halla fa- 
vorecida por dos costumbres, estudiadas por Frazer. Entre los 
indios de Santiago de Tepehuacan, cuando un niño había caído 
de los brazos de una persona y este golpe causábale una en- 
fermedad, los padres extendían la camisa del niño en el lugar 
en que había caído, y llamaban al espíritu, para que volviese 
a penetrar en la criatura. Hecho lo cual, recogían la camisa, 
con un poco de la tierra, y así se la ponían al niño. 

Antiguamente, en Irlanda, cuando alguno caía a tierra, se 
levantaba inmediatamente, y, con la punta de su espada, ca- 
vaba en el lugar donde había caído, recogía un poco de tierra, 
diciendo que asi recuperaba su alma. Mas, si del golpe se 
ocasionaba alguna enfermedad, una mujer, perita en tales co- 
sas, era enviada al sitio donde se había ocasionado el daño, 
la cual, con determinados sortilegios, trataba de recuperar de 
la tierra el espíritu del enfermo. Frazer, The Golden Bough, 
Vol. III, pg. 67, London, 1914. 



Las Huaoas 21 

destinadas a la venta, a fin de obtener mayo- 
res ganancias (1). 

Las mujeres invocaban al fogón y a las 
ollas, pidiéndoles guardarse mutuamente lar- 
gos años (2). 

A las ropas nuevas sacrificaban, calentán- 
dolas y untándolas con zancu, para que dura- 
sen mucho y para que su dueño no cayese en- 
fermo (3). Es de notarse que los indios del 
Perú creían que las enfermedades tenían es- 
trecha relación con la ropa. 

A las casas suponían dotadas de vida, y 
su construcción daba lugar a que, reuniéndo- 
se los del Ayllo, se hicieran fiestas y sacrifi- 
cios. Rociaban con chicha los cimientos, lo cual 
hacían también, al concluir el trabajo, para 
que no se cayesen las paredes. Adoraban la 
madera y la paja de la cubierta, para que du- 



(1) 118 As puesto sebo junto a los cestos de coca, o de 
agí, o de camarones, o de otras cosas que quieres vender, pa- 
ra que assi tengas mas ganancia. Pérez Bocanegra, Ritual for- 
mulario 6 instrucción de curas, Lima, 1631, pg. 138. 

(2) 102 A las mujeres se les a de preguntar : Sueles 
dezir al fogón a las ollas a los cantaros grandes y pequeños 
guardémonos bien el vno al otro muchos años adorándolos? 
Id. id., pg. 137. 

^3) 82 En acabando de texer tus ropas, sueles las calen- 
tar, y vntar con 9ancu diziendo, que lo hazes para que te du- 
ren mucho y para que no caigas enfermo? Bocanegra, pg. 134. 



22 Ebligión del Imperio de los Incas 

rasen. Colgaban del teclio mazorcas de maíz, 
hojas de coca y cántaros de chicha, para que 
sirviesen de alimentos a la nueva morada. En 
ciertos lugares, ponían a las casas nombres de 
ídolos, a los cuales dedicábanlas ; y, mientras 
duraba la construcción, siempre que en ellas 
entraban o salían, las invocaban, llamándolas 
halcones, buitres, y rogándolas les protegiesen 
y se guardasen ellas, a fin de mirarlas mucho 
tiempo. En diversas ocasiones, vohiban en su 
honor y las calentaban con zancu. Parece que 
el alma de las casas se la imaginaban en forma 
de un pájaro. 

Antes de residir en una nueva vivienda, 
consultaban con los hechiceros acerca de la 
suerte que en ella les aguardaba (1). 

(1) En hazer sus casas tenían muchas supersticiones, 

combidando ordinariamente a los de su Ayllo, rocian con chi- 
cha los cimientos, como ofreciéndola, y sacrificándola para que 
no se caigan las paredes, y después de hecha la casa también 

la asperjan con la misma chicha en algunas partes ponen 

el nombre de algún ídolo a quien dedican la casa. Acosta {J.), 
Historia natural y moral de las Indias, Sevilla, 1590, pg. 37. 
91) Cubriendo tu casa o yendo fuera de ella, o viniendo a tu 
casa de fuera sueles decir: A casa halcón, a casa buitre, yo y 
tu nos guarde muchos años fielmente y sin desdicha, y yo te 
guarde y mire mucho tiempo: y tu assi mismo guárdame a mi 
y diziendo esto adorasla? 

92 Quantas vezes as hecho velar en honra de tu casa y 
calentar las puertas con 9ancu, pg. 135. 



Las Huaoas 23 

En mnchos pueblos, la casa es reverencia- 
da, por representar la vida de la familia y ser 

101 Quando cubres tu casa sueles adorar la madera y la 
paja? y quando la acabas as colgado en ella el maíz en majorca 
seca, coca, y chicha para su matalotage. Pg. 137, Bocanegra, 
Op. cit. 

Quando han acabado de hazer la casa nueva suelen velar- 
la. Bertonio, «Confesonario muy copioso en dos lenguas Ay- 
mara y Española. Julí 1612), pg. 252. 

Entró pues aqueste enemigo (el demonio) en vn banquete 
qe vn Indio auia ordenado por dar alegre contrapeso a la costa 
y trabajo en qe le estaua una casa que ya tenia acabada (cos- 
tumbre muy recebida desta nación, hazer grandes fiestas quan- 
do leuantan edificios,) assistio el demonio por grande rato en 
el banquete, con aquella forma, y figura de aue, que entro, y 
porque esta relación cobrasse mas crédito con los testigos, man- 
dó el padre Prior llamar vn Indio, el qual depuso de este sucesso 
como quien le vido, y de su boca le oi yo por el orden que aqui 
refiero. Verdad es padres mios (dixo el Indio) que siendo yo 
muchacho, antes que esta santa Imagen estuuiera entre nosotros, 
vi en mi casa vn dia grande junta, y concurso de Indios con- 
gregados todos a sus bayles, y fiestas, y vi ocularmente entrar 
vna disforme lechuda, que se asento sobre vna pirua, o troje 
(donde se guarda la comida) que auia en aquella junta, y desde 
alli saludó a los Indios, en lengua Aymara, preguntándoles por 
su salud, respondieron los Indios en el mismo ydioma, y len- 
guage, c5 sus rudas cortesías, y cansadas sumisiones, estar bue- 
nos a su servicio. Agradecióles el aue con palabras amorosas 
la respuesta, diziendoles el gusto que tenia de vellos alli en se- 
mejante junta. Mas contó el Indio, que su padre suplicó a la 
lechu9a baxasse del lugar donde estaua, y se sentasse entre ellos, 
a horar aquella fiesta, y que acudió luego a sus ruegos, y entonces 
su madre le mádo adorar aquella lechu9a, y que en señal dello le 
llenase en vn pequeño vaso (que ellos llaman kero) alguna chi- 
cha, la qual ofrenda recibió el disfra9ado demonio, y con sus 



24 Eeligión del Imperio de los Ínoas 

necesaria a su bienestar. Por la misma razón, 
hay pueblos que consideran sagrados los muros 

aparentes vñas de leciiu9a pun9Ó tanto quanto las manos del 
nueuo copero, que le auia seruido a la beuida. Añidió mas el 
Indio, que quando sucedió esto era ya de noche, y quando con 
muy mezquina luz se vian los vnos a los otros, siempre este 
Principe de tinieblas haze en ellas sus suertes. 

Es costumbre muy connaturalizada entre los Indios, al cu- 
brir, y techar sus casas, hazer juta de hechizeros, para que le- 
uanten figura, y pronostiquen el bien, o mal que les aguarda 
en aquella casa. Inuocan los demonios en su fauor, con can- 
tares tristes, al son de tamboriles destemplados (para ellos 
suauissimos.) Prosiguiendo con su platica el padre Prior fray 
Juan Vizcayno (Religioso antiguo, y grádemente experto en 
cosas de los naturales) dixo que vna vez vn Indio llenado de 
curiosidad, quiso ver quien era el demonio (que de ordinario 
assistia en sus bayles nocturnos) y tocando sus ropas, lleno 
de horror, y espato, las halló de vna lana fofa, y mojada, muy 
asquerosa 

Por los años de 1616 en cierta dotrina, quatro jornadas del 
Cuzco, vn Cazique auiendo acabado de cubrir vna casa nueua, 
aguardo dia, y ocasión, en que el Sacerdote que los doctrinaua, 
se ausentasse del mismo pueblo, y juntando en la dicha casa 
toda su parentela, y la mayor parte del pueblo, hizo vna gran 
fiesta, donde fueron muchos los bayles, y las supersticiones no 
pocas, renouando el vso antiguo dellos, por no auer quien le 
fuese a la mano, hizo repicar las campanas, y tocar las chirimías: 
estando todos en aquestos bayles entro un aue, la qual cogió 
el Cazique, y có gran alegría quitádose el sombrero, la puso 
sobre la cabe9a diziendo, no me puede ya suceder cosa mala, 
pues mi valedor me a visitado. Y como gracias a Dios están 
ya los mas de los Indios desengañados, y conoce que la ley 
Euangelica es buena, y la sola, segura, y santa, no faltaron 
algunos de los presentes que abominaron el caso; diziendo que 
la aue que auia entrado en la casa, era el demonio, y assi en 



Las Huaoas 25 

que protegen la habitación y las puertas y um- 
brales que permiten su entrada (1). 

En el Cuzco, se veneraba a los caminos 
de Ohinchasuyo y Pacaritambo; al primero se 



breue se vino a publicar en toda aquella Prouincia, hasta venir 
a noticia del Reuerendissimo señor Don Fernando de Mendopa, 
Obispo de la ciudad del Cuzco, el qual me embio comission 
para aueriguar el caso, y bailó el Cazique muy culpado, que 
siguiédo a sus abuelos y padres, se preciaua de becbizero: y 
temeroso del castigo bizo fuga, dexando su propia patria, dado 
con sus delitos ocasión al Corregidor, para quitarle el oficio de 
Cazique. Ramos Gavilán, Historia del celebre santuario de Nues- 
tra Señora de Copacabana, Lima, 1621, Cap. XXV. pg.lBl — 133. 

Estos mismos hechos los narra también Fray Andrés de 
San Nicolás Imagen de N. S. de Copacavana Portento del Nue- 
vo Mundo ya conocido en Europa, Madrid, 1663, pg. 17. 

Según Atienza la construcción de una nueva casa, iba acom- 
pañada de muchos sacrificios al Sol y a la Luna. Sacrificaban, 
en esta ocasión, venados vivos, llamas, cuyes y coca; sacando 
a los animales aun vivos, el corazón, el cual juntamente con 
la sangre ofrecían en sacrificio, comiéndose luego la carne 
cruda. Con la sangre mezclada con harina de maiz y coca 
untan las paredes para que se alimenten. Atienza (Lope). 
Compendio historial del estado de los indios del Perú. Este 
manuscrito inédito, que publicamos como apéndice a este es- 
tudio, fue escrito entre 1571 y 1574. 

(1) Tylor, Primitivo culture, London, 1891, Tomo I, pg* 
104 a 108. 

Frazer, The Golden Bough London, 1913 y 1914, Vol. II, 
pg. 39, Vol. III, pgs. 63 y 89. 

Wesiermarck, The origin and developement of Moral Ideas, 
London, 1912, Vol. I, pg. 461 a 466. 

Toy, Introduction to the History of Religions, Boston 
1913, pg. 103. 



26 Eeligión del Imperio de los Incas 

le designaba con el nombre de S^an, que quiere 
decir camino, y en una plaza, donde éste co- 
menzaba, le ofrecían sacrificios, para que no se 
derrumbase ni interrumpiese (1). Llamaban 
Uxi al segundo, en cuyo comienzo también 
sacrificaban (2). 

En la misma ciudad, eran consideradas 
como huacas las cárceles de Sancacancha, que 
decían había edificado Mayta-Capac (3), y la 
de Hurinsanca, que era dos casas pequeñas, en 
donde los Incas guardaban leones, tigres y 
serpientes, y en las cuales encerraban a los 
prisioneros que hacían en las guerras, prisio- 
neros que habían de permanecer en ellas una 
noche, sirviendo esto de ordalia, para recono- 



cí) La tercera Guaca (del sexto Ceque de Cliincliasuyo) 
se decía Ñan, que quiere decir camino: estaba en la plaza, don- 
de se tomaba el camino para Chinchaysuyu, hacíase en ella 
sacrificio universal por los caminantes, y porque aquel camino 
estuviese siempre entero y no se derrumbase y cayese. Cobo, 
Historia del Nuevo Mundo, Sevilla, 1893, T. IV, pg. 16. 

(2) La cuarta (buaca del 1er. Ceque de Cuntisuyo) se 
nombraba Uxi. Era el camino que va a Tampu, sacrificábase 
al principio del por ciertas causas que los indios dan. Cobo, 
Op. cit.. Tomo IV, pg. 40. 

(3) La primera (huaca del 8 ceque de Collasuyo) era una 
cárcel llamada Sancacancha que hizo May ta - Capac, la cual 
estaba en el solar que fue de Figueroa. Cobo, Op. cit., IV, 
pg. 37. 



Las Huaoas 27 

cer si se habían sometido, sinceramente, a sus 
vencedores (1). 

Sabemos también que los Incas ofrecían 
en sacrificio conchas de colores a una pared 
que tenía una barriga hacia afuera; decían haber- 
se originado porque pasando cerca de ella un 
Inca había salido a hacerle reverencia (2). 



(1) La segunda Guaca (del 7 ceque de Cliiacliasuyo) era 
dos buhios pequeños llamados Sancacancha el uno y el otro 
HuHnsanca donde tenían cantidad de Leones, Tigres culebras 
y de todas las malas sabandijas que podían haber. En estos 
bullios metían a los prisioneros que traían de la guerra, y el 
que moría aquella noche, comíanle las dichas fieras, y al que 
quedaba vivo sacábanlo. Y esto tenían por señal que tenia 
buen corazón y propósito de servir al Inca (Cobo IV. pg. 18.) 

Como se ve debe darse muy poca importancia al ceque 
y camino que se señala a las huacas en la lista que de las del 
Cuzco se lee en la obra del P. Cobo y que es copia de la de 
Ondegardo desgraciadamente perdida; pues la cárcel Sancacan- 
cha figura en dos ceques y caminos diferentes, sin que pueda 
suponerse el que se trate de dos edificios del mismo nombre, 
ya que la primera huaca del 8°. ceque de Chinchasuyo estaba 
en la puerta de la casa de Juan de Fígueroa y Sancacancha 
era la segunda, lo que autoriza a deducir que estaba junto a 
la vivienda de Fígueroa, en cuyo solar se afirma estaba cuando 
se nos dice pertenecía al 8°. ceque de Collasuyo. 

(2) La segunda Guaca idel tercer ceque, de Antisuyo") era 
una pared que estaba junto a la chácara de Bachicao (Hernando, 
natural de San Lúcar de Barrameda, servidor de Gonzalo Bizarro) 
que tenía una barriga hacia afuera, cuyo origen decían haber 
sido, que pasando por allí el Inca, había salido a hacerle reveren- 
cia, y desde entonces la adoraban ofrendándole conchas de co- 
lores. {Cobo IV. pg. 25). 



28 Ebligión del Imperio de los Incas 

En las páginas anteriores hemos hablado 
de huacas, j todo americanista conoce la pas- 
mosa elasticidad de esta palabra que en la len- 
gua corriente del Perú se emplea en tan diver- 
sos sentidos, y que designa ya a los dioses de los 
antiguos indios, ya los enterramientos de éstos, 
ya, en fin, los objetos extraídos de las sepul- 
turas prehistóricas; por lo cual, es del mayor 
interés para nosotros, precisar las ideas que los 
subditos de los Incas expresaban con ella, pues 
tal conocimiento nos permitirá formarnos una 
idea aproximada del concepto que ellos tenían 
de divinidad. Mas los escritos de los cronistas 
castellanos, no son sobre esta materia tan pre- 
cisos como se pudiera desear y los datos que 
en ellos se contienen no son suficientes para 
con ellos solos determinar el verdadero signi- 
ficado de la expresión huaca y sólo iluminán- 
doles con la luz proyectada por el estudio de 
concepciones parecidas de otros pueblos primi- 
tivos, aquellas indicaciones al parecer contra- 
dictorias y faltas de unidad, recobran su verda- 
dero significado y forman un todo. 

Los cronistas, hombres de una mentalidad 
inmensamente superior a la de los indios, pues 
por adelantados que fueran éstos, pertenecían a 
una nación que carecía de literatura escrita; in- 



Las Huacas 29 

terpretaban lo que los indios les contaban no en 
conformidad con el espíritu de los naturales sino 
con el sayo; en efecto, nada bay más difícil 
que llegar a la justa comprensión de los pri- 
mitivos, pues la mente de los civilizados, de- 
forma casi siempre sus conceptos al reflejarlos, 
ya que quiere introducir claridad y lógica en 
donde no bay sino vaguedad e incoberencia. 

Condición propia de la mente bumana y 
fuente de infinitas equivocaciones es aquella 
tendencia que todos tenemos de aplicar a los 
seres exteriores nuestros sentimientos y explicar 
sus actos, suponiéndolos originados por los mó- 
viles que bubieran sido causa para que nosotros 
obrásemos de igual manera. 

Así, para saber qué idea tendrían los an- 
tiguos peruanos de sus dioses, es preciso tra- 
tar de restablecer la verdad, eliminando de las 
afirmaciones de los cronistas, aquellos elemen- 
tos que se vé ban sido introducidos por ellos 
y los que sólo pedemos distinguir, con certeza, 
mediante el estudio comparativo de ideas se- 
mejantes en otros pueblos primitivos, cuya psi- 
cología, nos es mejor conocida. 

La voz mana, que pertenece a los lengua- 
jes de Melanesia y Polinesia y que en Maori 
significa autoridad, especialmente, poder super- 



30 Eeligión DEii Imperio de los Incas 

natural, autoridad divina, posesión de cualidades 
que, ordinariamente, los hombres o las cosas 
no tienen (1), desde hace algún tiempo ha 
entrado en el vocabulario técnico de la moder- 
nísima ciencia de las religiones, para designar 
una concepción peculiar, que parece ser pro- 
pia de un estado cultural determinado (2). 

Por la palabra mana los Melanesios desig 
nan no sólo una fuerza o un ser, sino tam- 
bién, una acción, una cualidad y un estado. 
Dicen que un objeto es mana para dar a en- 
tender que tiene esta cualidad. Los hombres, 
los espíritus y los ritos pueden estar dotados 
de mana para una cosa o para otra. Mana es 
transmisible y puede ser comunicada, así se 
habla de dar mana; puede ser poseída y, como 
tal, dícese de un ser que la tiene. Es palabra 
que encierra gran cúmulo de ideas y que, en 
cierto sentido, corresponde a nuestras expre- 
siones : poder mágico, cualidad mágica, ser en- 
cantado y obrar mágicamente. Mana es lo que 
da valor a las cosas y a las personas. Los 



(1) Tregear. — Maori. — Polynesian Comparative Dictiona- 
ry ^Welington, N. Z. 189, pg. 203, citado por Frazer Golden 
Bough, Vol. I, London 19i3, pg. 228, Nota 1^. 

(2) Toy, Introduction to the History of Religions, Bos- 
ton, 1913, pg. 101. 



Las Huaoas 31 

hijos de los jefes no heredan de sn padre el 
poder, sino cuando éste puede comunicarles 
los cantos, piedras etc., etc., por los cuales él 
tenía mana, y ellos mismos no guardan su ca- 
tegoría, sino en cuanto establecen estar dota- 
dos de la misteriosa cualidad, cuya presencia 
se reconoce por algún hecho que se juzga ex- 
traordinario. Así, se asegura que cierto indi- 
viduo fué recibido por jefe después de una ba- 
talla feliz, en la que tomó parte muy notable 
siendo aiín mozo. Si un hombre encuentra, 
por casualidad, una piedra de forma singular 
o con algún parecido a un producto agrícola, 
juzga que no es una piedra vulgar y que debe 
estar dotada de mana ; para probar lo cual, pé- 
nela junto a la planta, sobre la cual cree tiene 
virtud, y, si ésta fructifica bien aquel año, que- 
da establecido que la piedra está dotada de 
esta fuerza. 

Mana es ya cualidad, ya substancia, ya ac- 
tividad. En primer término, es cualidad. Un 
ser puede estar dotado de mana, mas no lo es 
por naturaleza. 

Es una substancia subsistente en sí, una 
sutil esencia, que no puede ser manejada sino 
por individuos dotados de ella. 

Es transmisible y contagiosa. Así, si un 



32 Religión del Imperio de los Incas 

melanesio llega a poseer nna piedra dotada de 
mana, para hacer crecer los árboles, y un ami- 
go desea obtener las mismas ventajas para su 
huerta, debe tomar una piedra y, mediante un 
pago equitativo, colocarla junto a la que la 
contiene, y así obtener algo de ella para sí. 

El mana de una piedra donde reside un 
espíritu, puede apoderarse de un hombre, que 
pase sobre ella o bajo su sombra. 

Se lo representa como material y se afir- 
ma que se lo ve y se oye su trabado. 

Es, principalmente, una fuerza cuyo efec- 
to es cuanto está sobre el poder ordinario del 
hombre y de los procedimientos generales de 
la naturaleza, que pertenece, especialmente 
a los seres espirituales, almas de los antece- 
sores y espíritus de la naturaleza. Estos están, 
generalmente, dotados de mana ; mas no lo tie- 
nen todas las almas de los difuntos, sino sólo 
las de los jefes y, principalmente, las de aque- 
llos cuyo mana se ha manifestado en vida; 
así, esta idea no se confunde con la de espíritu. 

Mana existe y funciona de un modo inde- 
pendiente, y permanece impersonal junto al 
espíritu personal. El alma de los muertos es 
portadora de mana ; mas ella no es mana. Así, 
no 68, necesariamente, la fuerza del espíritu y 



Las Huacas 33 

puede ser la de una cosa material, como la de 
las piedras, que hacen crecer las legumbres y 
fecundan a los cerdos, o la de la hierba, que 
produce lluvia. Pero es una fuerza espiritual, 
en cuanto no es mecánica, que obra sin inter- 
medio y a distancia. Y si existe infinidad de 
manas diferentes, parece que debe pensarse 
que no hay sino una sola fuerza, que se en- 
cuentra repartida entre hombres, cosas, espí- 
ritus y actos. 

Mana es la fuerza por excelencia, la efi- 
cacia verdadera de las cosas, que corrobora a 
su acción mecánica, sin anularla. Por ella la 
red captura los peces y las paredes de la casa 
son sólidas. Está desparramada en todo el 
mundo sensible, en el cual, aún siendo hetero- 
génea, es inmanente. A las cosas manas se las 
separa de la vida ordinaria, y, a menudo, se 
las reverencia, lo cual, en muchos casos, hace 
que sean tabú ; y puede afirmarse que todo ob- 
jeto tabú es también mana, si bien existen 
muchas cosas manas que no son tabú. 

Mana no es solamente un poder misterio- 
so, sino también, una entidad subsistente; y, 
en resumen, puede decirse que es una acción 
8ui - generis espiritual, que se ejerce a distan- 
cia, entre dos seres simpáticos, y una suerte 

Beligión del Imperio de los Incas 3 



34 Eeligióií del ]mpbeio db los Ixoas 

de éter imponderable, comunicable y que se 
desparrama por sí mismo (1). 

En Eidji, la palabra para expresar la 
divinidad es Ttalou, que significa el concepto 
más elevado que tienen esos isleños acerca de 
Dios, así como de todo ser grande o maravi- 
lloso, de toda cualidad en grado superlativo, 
sea buena o mala ; «ustedes son kalou» es una 
galantería que dicen los fidjianos a los blan- 
cos, cuando estos les hablan de los triunfos de 
la civilización. 

Para los indígenas de í'idji, ciertos pája- 
ros, peces, plantas y aun ciertos hombres, tie- 
nen conexión con kalou, el que creen que, a 
veces, reside en ellos. 

En ciertas ocasiones, un animal se vuelve 
la morada de un kalou, y quien lo adora 
debe abstenerse de comer su carne, que para 
él es tabú (2). 

(I' Codríngton, The Melanesians, Oxford, 1891, pgs. 52, 
118 a 121. 

H. Hnbert ef M. Mauss, Esquisse, d'une théorie general 
de la Magie. L'Année sociologique. Septiéme année 1902 a 
1903 París, 1904, pgs. 108 a 112. 

Kiny, The Developement of religión, New York, 1910. pgs. 
143 a 146. 

(2j Parece que entre los animales Kalou, de Fidji y los es- 
píritus guardianes de los aborigénes de la América del Norte 
hay estrecha afinidad. 



Las Huacas 35 

Si bien, en ciertos casos, los fidjianos 
distinguen el signo material del kalou repre- 
sentado por él, en otros, parece que no hacen 
diferencia algnna entre los dos (1). 

Atua o AMa es la palabra equivalente a 
Dios en toda la Polinesia oriental y es distinta 
de las que se emplean para designar espíritu 
o imagen. Según un fabricador de ídolos, el 
poder de los hechos por él provenía de que, 
habiendo sido llevados al templo, se habían 
allí llenado de atua (2). 

En la lengua malagasia de Madagascar, 
las voces que expresan la idea de Dios son Andri- 
manitra, Zanahari o Andriamanahari. La pri- 
mera y la líltima empléanlas, comúnmente, en 
el interior de la isla, y la otra, en la costa. 

Si se pregunta a un habitante de Mada- 
gascar el significado de estos términos, respon- 
derá que no sabe explicarlo; mas, al nombrarle 
sus ídolos, afirmará que son andriamanitra, 
añadiendo, si es más inteligente e ilustrado que 
la masa del pueblo, que su poder se limita a 
auxiliar a los hombres. 

(1) Williams, Fiji and Fijians, Vol. I, The island and 
their inhabitants, London, 1858, pgs. 216 y 220. 

(2) Ellis (W.)^ Polinesians researclies, London, 1831, Vol. 
1, pgB. 334 a 888. 



36 Eeligión del Imperio de los Incas 

Al genio qne invocan en sus juramentos, 
también llaman andriamanitra, así como al 
Rey, añadiéndole, a menudo, el calificativo de 
visible (1). 

Los Sakkalavos, llaman a su jefe Zana- 
hary, que equivale a llamarle dios, y se pros- 
ternan delante de él y le veneran (2). 

A todo cuanto es grande, extraordinario, 
valioso o incomprensible, llaman andriama- 
nitra. Así dan este nombre a la sed, al arroz, 
al dinero, al trueno, al relámpago, a los tem- 
blores de tierra etc. etc. Los antecesores y 
soberanos muertos son tenidos por andria- 
manitras. Esta designación dan, también, a 
los libros, por su maravillosa virtud de hablar, 
con sólo ser vistos, ya que el significado de 
andriamanitra no es el de dios sino el de lo 
divino (3). 

El terciopelo recibe el singular calificativo 
de hijo de andriamanitra. 

Muchas de estas gentes, preguntadas quién 
es Dios, contestan que el sol, que las estrellas. 



(1) EUis, Histoi-y of Madagascar, London S. F., Vol I, 
pgs. 390-392. 

(2) Van Gennep, Tabou et Totémisme a Madagascar. Pa- 
rís, 1904, pg. 79. 

(3) Van Gennep, op. cit., pg. 298. 



iiAS HUAOAS Si 

que la moneda o cualquiera otra cosa, a la que 
atribuyen gloria o misterio. 

Oreen que el ciego tiene un andriama- 
nitra ciego, que le impide ver, y el acauda- 
lado otro rico, que le colma de bienes (1). 

En Madagascar existe, además, otra ex- 
presión, que tiene un sentido más semejante 
aún al de mana y es hásina, voz de múltiples 
significados y que se aplica a hombres, a ani- 
males y a seres inertes (2). 

Según los vocabularios, hásina significa 
virtud intrínseca y sobrenatural, que hace que 
una cosa sea buena o eficaz; la virtud o efica- 
cia de un remedio; la veracidad y verdad de 
una palabra, o de una profecía; la santidad de 
una cosa; la virtud de los amuletos y encan- 
tamientos. El adjetivo másíiia significa; san- 
to, santificado, potente, eficaz (3). 

Un tabú no puede ser infringido sino por 
quien se sabe más potente, más rico en hásina 
que aquel que lo impuso o constituyó. Esta 
potencia no es la física sino la espiritual, in- 



(1) Ellis, History of Madagascar, London, S. F., Vol I, 
pgs. 290 a 92. 

(2) H. Hubert et M. Mauss, Op. cit., pg. 113. 

(3) Van Gennep, Op. cit., pg. 17. 



38 Religión del Imperio de los Incas 

manente en las cosas o en las personas; de 
naturaleza desconocida, pero cuja existencia 
no puede ponerse en tela de juicio, ya que sus 
efectos son manifiestos (1). 

Un jefe malgacho tiene hásina por haber 
nacido de una familia rica en hásina, y por- 
que en su beneficio han sido hechos ciertos 
ritos másina, por individuos másinas, brujos 
o parientes (2). El señor de Tananarive siendo 
miembro de una familia másina (3) adquiere 
la hásina necesaria para reinar, subiéndose a 
una piedra másina (4). 

El hásina del jefe muerto contamina a 
su tumba que se vuelve másina (5). 

El hásina de un jefe es en sumo grado 
contagioso, y el que sin estar, digamos así, 
inmunizado, se expone a él, podrá sufrir gra- 
ves molestias, enfermedades y aun la muerte 
inmediata (6). 'No así los nobles que lo son 
por el hásina que poseen, para quienes el 
contacto con la fuerza del jefe no sólo no ea 



(1) Van Gennep, op cit., pg. 17. 

(2) Id. id., pg. 18. 

(3) Id. id., pg. 115. 

(4) Id. id., pg. 79-82. 

(5) Van Gennep, Op. cit., pg. 104. 
(6j Id. id., pg. 18. 



Las Hüacas 39 

dañoso sino saludable, ya que aumenta su po- 
der (1). 

No son los fusiles de los blancos sino su 
hásina lo que les hace invencibles (2). 

Una idea semejante es la que los mala- 
yos de los Estrechos designan con la voz Tira- 
mat, que es originaria del árabe. Esta pala- 
bra, aplicada a un hombre, puede traducirse, 
aproximadamente, por mago y profeta; mas 
su exacto sentido es difícil de precisar, ya que 
se aplica al que predice lo futuro u obtiene 
cuanto desea, y a aquél cuya compañía trae 
buena ventura. 

En 1895, una muchachita que vivía con 
sus padres en Singei Buru, en el distrito de 
Alor Qajah de Malaca, era tenida por kramat 
y a ella acudían gentes, venidas de distancias 
muy considerables, para obtener su ayuda. 

Todas las tumbas de los hombres famosos 
ya por su santidad o por cualquier otro mo- 
tivo laudable, son kramat, así como los árboles, 
de forma singular, y los animales dotados de 
alguna señal especial, tales como los tigres 
que tienen una pata más pequeña que las 
otras, o elefantes u otros animales albinos. 

fl) Van Gennep., pg. IIB. 
(2) Id. id., pg. 185. 



40 Eeligióx del Imperio de los Ingas 

Llámase, también, kramat a los lugares 
sagrados y de peregrinaje, en los cuales se 
cumplen votos y que están investidos de un 
alto grado de santidad y son muy reveren- 
ciados. 

Cada pueblo tiene dos o más kramates 
en su inmediata vecindad y que son per- 
fectamente conocidos, pudiendo ser árboles 
tumbas o simplemente, sitios reverenciados (1). 

Entre los Jaos, moradores del África Cen- 
tral, la voz mulungu se aplica al espíritu hu- 
mano, después de la muerte, en cuanto se le 
considera habitando el otro mundo. Pero esta 
misma palabra tiene otra más amplia apli- 
cación. Etimológicamente, está conexionada 
con la raíz Tculungiva, que, en muchas de las 
ramas de la lengua Bantu, aparece en las for- 
mas de Tildo o huro, con los significados de 
grande o de viejo. Esta raíz se encuentra en 
la palabra kafir. ünJculunlculu, que significa a 
Dios, y cuya traducción literales «el viejísimo 
ser» o «el grande grande ser». 

La expresión mulungu en Jao se emplea 
para designar el mundo espiritual, o más bien 
dicho, el agregado de los espíritus de los 

(1) Skeat (W. W.), Malaya Magic, Loudon, 1900, pgs. 
61 a 71, 153 a 166, 673 y 674. 



iiAS HUAOAS 41 

muertos. En varias tribus, los misioneros la 
han traducido por Dios; pero los Jaos no ex- 
presan con ella personalidad, sino más bien 
una cualidad o facultad de la naturaleza hu- 
mana, cuyo significado se extiende hasta com- 
prender todo el mundo espiritual. 

Mulungu se considera, también, como la 
causa de cuanto es misterioso y de todo cuanto 
el negro no llega a comprender, por ejemplo, 
del arco -iris. 

Mulungu expresa la gran fuerza espiritual, 
el Creador del mundo y de la vida, la fuente 
de todas las cosas animadas e inertes (1). 

Marett, deseando precisar las ideas que, 
acerca de lo sobrenatural, tienen los salvajes, 
preguntó a Bokame, Jefe Pigmeo, que, con 
otros de su tribu fué expuesto en el Olimpia 
de Londres, cómo conocían ellos cuando una 
muerte era debida a oudah; obtuvo la siguiente 
interesantísima respuesta: «Si una punta de 
flecha o algún otro cuerpo extraño se encuentra 



(1) Hatherwick (A.), Some animistic Beliefs among the 
Jaos of British Central África. The Journal of the Anthro- 
pological Institute of Great Britain and Ireland, Vol. XXXIII 
London, 1902. 

WaUace, The Nyasa Platean. The Geographical Journal, 
Vol. Xm, Londres, 1899, pgs. 601 - 602. 



42 Ebligión del Imperio de los Incas 

en el interior del cuerpo, la muerte era natu- 
ral; si nada se hallaba, era porque la había 
causado oudah. Si un animal feroz mataba 
a un hombre, no era obra de oudah; mas 
si se cortaba, accidentalmente, los dedos, sí». 
Según este pigmeo, los ruidos extraordinarios 
que se oyen, por la noche, en la selva y que 
hacen ladrar a los perros, son oudah (1). 

Para los negros del bajo Níger, todas las 
cosas del universo, que creen son vivas, están 
dotadas de fuerza mística, que es la misma 
que la que da poder a los magos y curanderos 
para obrar maravillas (2). 

Las ideas religiosas de los Masai, habita- 
dores del África Oriental, son vagas y faltas de 
forma. Según Hollis, la palabra más común 
que ellos tienen para decir Dios es Eng-ai, 
que se usa de un modo muy indefinido e im- 
personal y se aplica a los fenómemos de la 
naturaleza o los seres suprahumanos (3). 



(1) Marett, The Threshold of Religión, London, 1914, 
pg, 90 a 122. 

Maret, The Tabú - mana formula as a minimun definition 
of Religión. Archiv für Religionswissenscliaft, 1909, pg. 
186 - 194. 

(2) Leonard, The Lower Niger and its tribes, London, 
1906, pg. 310 a 314. 

(3) Hollis, The Masai, Oxford, 1905, p. XIX. 



íiAS HUAOAS 43 

Dice Thomson que todo lo que es extraño 
o incromprensible, según los Masai, tiene 
ngai. Así, la lámpara del explorador era 
ngai (1). 

Los Ma-rotse creen en nn dios único, 
omnipotente, creador del universo, al cual atri- 
buyen todo lo que sucede, sea bueno o malo. 
Este dios corresponde al Tatum de los roma- 
nos; es el destino al cual nadie puede sustraerse. 
A este dios llaman Nianibé^ mas se le rinde 
escaso culto, pues se dirigen ordinariamente a 
los Ditino, antiguos reyes divinizados (2). 

Los Bangala tiene ideas muy vagas acerca 
de la divinidad y con la voz iJcimdu expresan 
una idea difícil de precisar. Ikimdu es una 
suerte de poder oculto y misterioso del que 
disponen ciertos individuos. Si un hombre se 
enriquece, o sus enemigos se arruinan, será a 
causa de su poderoso ikimdu. Esta misteriosa 
fuerza reside principalmente en los cálculos 
biliares y en las piedras bezares (3). 



(1) Thomson, Througli Masai Land, London, 1885, pg. 445. 

(2) Bejuin (Eugene) Les Ma Kotse - Lausanne 1903, pg. 
118 y 120. 

(3) Van Overbergh et Jonghe, Les Bangala (Etát ind du 
Congo) Collection de Monographies ethnographiques Vol I^ 
Bruxelles, 1907, pg. 263. 



44 Ebligión del Imperio de los Ínoas 

Los Mayombes creen en un ser supremo 
Zanibi, al que no rinden culto y del que sólo 
tienen una vaga idea. Zambi es lo inexplica- 
ble, la fatalidad. Lo que es misterioso dicen 
que es negocio de Zambi, pero este singular 
dios ni es adorado ni reverenciado (1). 

El dios de los Wangata se llama Dza- 
Komba, fuego caprichoso e irritable; no es un 
dios antropoide, es impersonal y unipersonal, y 
nunca se manifiesta de un modo directo; es 
omnipresente, sin residir en ningún lugar en 
especial. Carece de atributos, ni da bienes, ni 
causa males. A veces se le ha identificado con 
la concepción cristiana de Dios, mas nada tiene 
de común con ella, ya que el concepto de 
Dza-Komba es el de las fuerzas imprecisas, 
indeterminadas, a veces contrarias, que sin 
cesar obran en la naturaleza (2). 

Risley, cuando trató de saber cuáles eran 
verdaderamente las creencias de los moradores 
de los juncales de Chota Kagpur, llegó a la 
conclusión de que en la mayoría de los casos, 
aquel algo indefinido que ellos temen y tratan 

(1) Van Overhergh et Joxighe, Les Mayombe Collection de 
Monographies etnographiques, Vol ü, Bruxelles, 1907, pg. 309 
y 310. 

(2) Engels, Les Wangata, Bruxelles, 1912, pg. 80. 



Las Huaoas 4g 

de propiciar, no era nu ser personal, bajo nin- 
gún concepto, y que la idea que formaba la 
base de su religión era la de poder o, más bien, 
la de muchos poderes; y lo que estos adoradores 
animistas tratan, por todos medios, de influen- 
ciar y conciliar, es la triste y poderosa compa- 
ñía de fuerzas desconocidas o influencias ma- 
lévolas antes que benévolas, que residen en 
la selva virgen, en los altos montes, en el río 
torrentoso, en los grandes árboles; que dan 
agilidad al tigre, veneno a la serpiente; que 
generan la fiebre de los juncales y que mero- 
dean alrededor de los campamentos, en forma 
de viruelas o de cólera. 

'No tratan de definir con mayor precisión, 
a quien ofrecen sus víctimas, pero su símbolo 
pintan de vermellón, en la estación adecuada. 
Existe un poder, mas no tratan de averiguar 
de qué clase. 

En todo el Chota Kagpur se encuentran 
bosques sagrados, morada de cosas indetermi- 
nadas, que no están representadas por ningún 
símbolo, y cuyas formas y funciones nadie 
puede indicar claramente (1). 



(1) Risley, Census of India, 1901, Calcuta, 1903, Vol I, 
part. I, pgs. 362 y sigts., citados por Clodd (E.i, Animism, 
London, 190B, pgs. 24 y 85. 



46 Eeligión del Imperio de los Incas 

Restos de concepciones semejantes parecen 
sobrevivir en China, en la «escuela de los 
letrados», en donde el Chm o Genio no es la 
deificación de nna fuerza, sino el vago califi- 
cativo del estado sobrenatural de los seres que 
han adquirido una suma de virtud superior a 
la del común de los mortales, y, a menudo, es 
el nombre que reciben los antepasados que 
han tenido los honores de la apoteosis. 

Para estos chinos, en la montaña, en los 
bosques, en los montículos j en las colinas 
hay chin, y chin es lo que forma las nubes 
y desencadena los vientos. En fin, cuanto se 
juzga extraordinario, se designa con este nom- 
bre (1). 

En la primitiva religión de los romanos, 
algunos de cuyos dogmas y ritos están impreg- 
nados de un carácter salvaje y que retratan 
la condición primitiva de Italia, cuando aún 
estaba escasamente poblada por bárbaros ca- 
zadores (2), encontramos concepciones pri- 
mitivas, semejantes a las que venimos estu- 
diando. 

(1) Bosny '^León de), Les origines du Taoisme, A.nnale8 
du Musée Guimet — Revae del' liistoire des religions, Onzié- 
me année, Tomo XXI, Paris, 1890, pg. 171 y 172. 

(2) Frazer, The Golden Bougli a Study in Magic and 
Religión, London, 1918, Yol I, pg 8. 



Las Huaoas 47 

Los calendarios festivos de los Komanos 
demuestran que éstos, en un tiempo no cono- 
cían deidades personales; pues las que adora- 
ban son dudosas y tan faltas de claridad, que 
quedan enteramente subordinadas a los deta- 
lles de la ceremonia. Los ritos por ellos 
empleados, tienden más a evitar la malevo- 
lencia de los malos espíritus que a procurar 
la protección de los dioses. En los templos 
no se encuentran trazas de adoración a los 
dioses de los cuales no existían imágenes. 

Las primitivas divinidades romanas no 
eran ni dioses naturales ni abstracciones éticas, 
sino tan sólo ideas sistematizadas de activida- 
des o funciones (1). 

A los Algonquines, así como a otros pue- 
blos de América ¡Septentrional, se ha atribuido 
la creencia en el Gran Espíritu, que los blan- 
cos, por una tendencia natural de la mente, 
conciben a manera de una persona inteligente ; 
lo que ha sido causa del error tan divulgado 
de que aquellas tribus eran, hasta cierto punto, 
monoteístas (2). 

(1 ) E. Agnes, R. Haigh, The religions of Greece and Ro- 
me — Tlie Contemporary Review, Vol. XCín, London, 1908 
pgs. 35 y 36. 

^2) Ring, The Developement of Religión, New York 
1910, pg. 134. 



48 Eeligióít del Imperio de los Inoas 

Mas la palabra manitu de la leogua Al- 
gonquín, a la cual se ha dado el significado de 
Dios, es, como mana y otras machas de que 
ya nos hemos ocupado y de las que luego tra- 
taremos, pertenecientes a los idiomas de pue- 
blos primitivos, de una elasticidad e indeter- 
minación verdaderamente sorprendentes. 

Manitu es el espíritu guardián. Los mo- 
zos, en llegando a la pubertad, se someten a 
riguroso ayuno, píntanse la cara de negro y 
retíranse, a un lugar solitario, algunos días, 
en los cuales el hambre y la fatiga excítan- 
les la imaginación y hacen tengan vivos sue- 
ños o alucinaciones; y el objeto que, en este 
estado, se les aparece más a menudo, sea un 
animal o una cosa, eligen por su protector o 
manitu (1). 

Para los Algonquines, no hay nada en la 
naturaleza sin manitu. Cuando no compren- 
den alguna cosa, la atribuyen a un genio su- 
perior, lo que expresan diciendo que es ma- 
nitu, voz que designa, entre los montañeses, 
toda naturaleza superior al hombre, buena o 



(1) Frazer, Totemism and Exogamy, London, 1910, Yol. 
m, pgs. 372 a 306. 



Las Huacas 49 

mala (1). Los hombres que tienen talentos sin- 
gulares son manitus, y sus graneles hechos, 
obra de sus espíritus guardianes. 

Los brujos persuaden a la multitud de que, 
por virtud de su manitu, tienen transportes 
extáticos, durante los cuales vea en lo porve- 
nir (2). 

Por manitu se entiende toda clase de po- 
der supernatural, desde el más alto hasta el 
más bajo. 

Hay manitus locales de ríos, fuentes, ro- 
cas etc., que ya son buenos, ya malos, que 
llenan el mundo y rigen los destinos del 
hombre (3), y a los cuales se hacen ofrendas. 
Entre ellos, opinan, sobresalen en dignidad y 
poder, los de los elementos, de los animales 
y de algunas plantas (4). 



(1) P. Paul le leune, Relation de ce qui s'est passé en 
la Nouvelle Franca, l'Anne 1637-AEoven, MDCXXXVIII, 
pg. 154. 

(2) Charlevoix, Journal d" un voj'age fait par ordre du 
Roí dans l'Amerique Septentrionale, Tome ^T - A, París, 
MDCCXLW, pg. 69. 

(3) Parkman, (Francisi, The Jesuits in North America, 
Boston, 1867, pg. LXIX a LXXI. ' 

(4) Loskiel, History of the Misión of the United Brethren 
among the Indians in North America, London, 1794, pgs. 
39 y 40. • ' 

Beligión del Imperio de los Incas 4¡ 



50 Ebligión del Imperio de los Incas 

Manitu siguifica, también, una virtud o 
cualidad activa. 

Interrogado un algonquín, de la tribu de 
los Zorros, acerca de las cámaras sudoríficas 
y de su efecto, se explicaba diciendo que el 
manitu, que está en la piedra, es despertado 
por el calor, y que sale de ella, cuando se la 
riega con agua; el vapor lo conduce y lo 
hace entrar en el cuerpo de aquél que se 
halla en la cámara y lo recorre de arriba 
hacia abajo, de un lado al otro, sacándole todo 
lo dañoso, y antes de regresar el manitu 
a la piedra, deja algo de su naturaleza en el 
cuerpo, siendo ésta la causa del bienestar que 
experimenta al salir del cuarto sudorífico. Lue- 
go opinan que manitu tiene una presencia 
objetiva, una realidad subsistente, aunque ca- 
rezca de forma; que es, además, una virtud, 
que puede ser transferida de un objeto físico 
a otro; capaz de producir no sólo efectos me- 
cánicos, sino, también, espirituales. En caso 
de trasmisión de manitu, la virtud en ambos 
objetos es la misma, sólo diferente en valor 
y grado. 

En un mito algonquín, se cuenta que un 
hombre valeroso fue capturado por sus enemi- 
gos, los cuales le mataron y, habiendo comido 



Las Huaoas 51 

su corazón, reforzaron sns manitus con el del 
muerto. 

Las leyendas sagradas sólo deben narrarse 
en tiempo oportuno y circuntancias adecuadas, 
pues evocan los manitus de los seres a quie- 
nes se refieren. 

Manitu es expresión religiosa, que lleva 
consigo la idea de solemnidad; indica una ac- 
titud seria y trae consigo el hálito del miste- 
rio (1). 

Orenda es voz iroquesa que designa la 
fuerza o poder mágico que los iroqueses (indí- 
genas de la América del ISTorte) suponían in- 
herente a todo cuerpo o ser natural y a todo 
atributo personificado, considerándola como 
una propiedad o actividad, perteneciente a cada 
una de estas cosas, y que entendían era la cau- 
sa, fuerza activa o energía dinámica, origen de 



(1) Jones W., Tlie Alghonkin Manitou - Journal of Ameri- 
can Folk Lore, Vol. XVni, pgs. 183 a 190, Boston, 1905. 

Acerca del concepto de ^^manitu, además de las obras cita- 
das, véanse : 

King, Tlie Developement of Religión, New York, 1910, 

pg. 134 a 138. 

Fleicher, Manitu ind Hand - book of American indiana 
North of México, Vol. I, pg. 600. 

H. Huber et M. Maicss, Esquisse d'une theorie general 
de la Magie, pg. 120, 



52 Religión del Imperio de los Incas 

toda operación o fenómeno natural, de alguna 
manera relacionado con el bien del hombre. 

Este principio hipotético fué concebido 
como inmaterial, oculto, impersonal, misterioso 
en su acción; limitado en su funcionamiento 
y eficacia, no omnipotente; encarnable en todo 
e inmanente en los objetos, si bien susceptible 
de ser transferido, atraído, adquirido, aumen- 
tado o suprimido, por medio del orenda de 
las fórmulas secretas y rituales provistas de 
mayor potencia. 

Los iroqueses, supusieron la existencia de 
una energía dinámica, para explicar las fuer- 
zas activas de la vida y de la naturaleza ; pues 
conciben cuantos seres u objetos ven, como 
dotados de vida, y creen que sus relaciones 
con la naturaleza dependen del capricho de 
aquéllos, por lo cual es preciso conciliarios. 

El poder orenda obra místicamente; los 
fenómenos naturales son producidos por el 
orenda de sus espíritus. 

El ser que causa las tempestades, lanza su 
orenda en forma de nubes. 

Brujo es aquél cuyo orenda es de cali- 
dad superior. 

El buen resultado en la caza es debido 
al orenda del cazador. 



íiAS HUAOAS 63 

Se habla del orenda de los animales di- 
fíciles de capturar y se lo llama fino y agudo. 

En el juego gana quien más orenda tiene 
y es el orenda lo que revela al profeta los 
acontecimientos futuros. 

Oomo la cigarra canta en el verano y en 
las horas de más calor, juzgan que la elevación 
de la temperatura es debida al ejercicio del 
orenda de este insecto. 

La credencial necesaria para penetrar en 
el panteón iroqués, es la demostración de un 
poderoso orenda. Los dioses son aquellos se- 
res con los cuales tienen más cercano contacto 
y a los que atribuyen orenda, de la cual creen 
proviene todo bienestar (1). 

WaA'onda (wa - kon' - da) es el término em- 
pleado por los Omaha, Ponca, Quepaw, Kan- 
sa. Oto, Misuri y JoAva, tribus de la familia 
Siuan o Dacota, cuando hablan del poder que 
creen anima todas las cosas. La palabra, se- 
gún Riggs, se pronuncia ivakanda, término 



(1) Heioitt (J. N. B.), Orenda, and a defiuition of Religión 
Americane Antropologist New Series, Vol. IV, New York, 
1902, pgs. 32 a 46. 

Id. id. Orenda iu Hand - pook of American indians North 
of México, Vol. II, pg. 147 y 148. 



54 Eeugión del Imperio de los Incas 

que algo varía en las diferentes tribus (1), y 
significa, para este autor, en su diccionario 
Dakota, reconocer como santo o sagrado, ado- 
rar, cuando se la emplea a modo de verbo; 
espíritu o cosa consagrada, cuando se la usa 
como sustantivo; espiritual, sagrado, consagra- 
do, maravilloso, incomprensible y misterioso, 
cuando se la adjetiva (2). 

Los Siuan atribuyen a Trakonda la crea- 
ción y gobierno del universo; concíbenlo más 
bien como una cualidad que como una forma 
definida; así, si, para muchas tribus, el sol y 
la luna son wakonda, no son el wakonda o 
un wakonda, sino, simplemente, wakonda. 

El término se aplica a los monstruos mí- 
ticos, al rayo, al trueno, a las estrellas, a los 
vientos (3). El interior de la tierra, el otro 
mundo, la obscuridad, son wakonda, así como 
los fetiches, los objetos de ceremonia, de de- 



(1) Wa-kan-Mi en Santee, wakan-kdi en Yankton, 
Dorsey (J. O.), A Study of Siouan Cults 11"" Annual fleport 
of the Bureau of Ethimology, 1889 a 90, Washington, 1894, 
pg. 366. 

(2) Fletcher, Wakonda in Hand - book of Americans in- 
dians North of México, Part. II, Washington, 1910, pg. 397. 

(3j Wakuñtañka, llaman al genio del rayo. En las tradi- 
ciones de los Osages, la luna es llamada el Wakanda de la 
noche. Dorsey, Op. cit., pgs. 366, 376, 378 a 381, 425. 



Las Hüaoas 56 

coracion, y en algunos grupos, varios animales 
y árboles. Para algunas tribus de las prade- 
ras, el caballo era el perro wakonda. Mu- 
chos objetos naturales y lugares de carácter 
extraordinario recibían este calificativo (1), así 
como todo cuanto entrañaba un misterio, pa- 
recía milagroso, o superior al poder normal 
de la de las causas (2). 

Dábaselo, también a los brujos (3); de es- 
te modo, un mago, de la tribu Omaha, ha- 
blando de sí, decía «yo soy un wakonda» 
(4). Así esta voz ha sido aplicada a toda suerte 
de entidades e ideas y usada, ya como sustan- 
tivo, ya como adjetivo, ya como verbo o ad- 
vervio (5). 

Las aplicaciones de esta palabra, cubren 
todo el vasto campo que abraza el temor y la 



(1) Me. Gee (W. J.), The Siouan indians A prelimenary 
Sketch Fifteenth anual report of the Bureau of Ethnology to 
the Secretary of the Smithsonian Institution, 1893-94, Was. 
hington, 1897, pg. 182. 

(2) Fletcher, "Wakonda in Hand - book of American In- 
diana North of México, Vol. II, pg. 3y8. 

(3) Me. Gee, Op. cit., pg. 182. 

(4) Dorsey, (J. O.), A Study of Siouan cults Hth An- 
nual Report of the Bureau of Ethnology, 1889-90, "Washing- 
ton 1894, pg. 360. 

5) Me. Gee, Op. cit. 



56 Eeligióx del Imperio de los Incas 

veneración. Hay muclias cosas wakondas qne 
no son adoradas (1), pero todos los dioses están 
dotados de wakonda, ya que su nombre gené- 
rico es Taka-wakau (2), que significa lo que 
es wakan. 

Wakonda significa, aunque vagamente, 
misterio, poder sagrado, antiguo, grandioso, 
animado, inmortal; mas no denota ninguna de 
estas cosas con presición y claridad (3). 

Wakonda es invisible y, por lo tanto, se- 
mejante a los espíritus. Los objetos percibidos 
en visiones o sueños, participan de la natu- 
raleza espiritual, y si hablan al que los ve, 
juzgan que acontece por el wakonda, sin que 
por esto lo sean (4). 

Wakonda llaman al espíritu guardián que 
los Dakotas obtienen, al llegar a la pubertad, 
de un modo parecido a los Algonquines, esto 
es, retirándose a un lugar secreto, en donde 
oran y ayunan, basta que en sus sueños o alu- 



(1) Dorsey, op. cit., pg. 432. 

1^2) Pond, Dakota superstitions. Collections of the Minne- 
sota Historical Society, T. 11, St. Paul, 1860 a 67, pg. 217. 

(3) Me. Gee (W. J.), Op. cit., pg. 183. 

(4) Fletcher, "Wakonda in Hand-book of Americans In- 
diana Nort of México, Washington, 1910, Vol. II, pg. 398. 



íiAS HUAOAS St 

cinaciones se les aparezca el ser que debe ser- 
virles de guardián, durante la vida (1). 

Los Dakotas creen que hay una estrecha 
relación entre el torbellino y wakonda, y juz- 
gan que el primero tiene muchas cosas en co- 
mún con las móviles alas de la polilla; miran 
a ésta como un ser misterioso, del cual emana 
un poder semejante al del torbellino. La poli- 
lla era tenida por sagrada, porque es muy 
difícil encerrarla, y, como el viento, imposible 
de capturar. Cuando un hombre pierde la 
lucidez de sus ideas, dicen que ha sido poseí- 
do por el poder del torbellino. Y creen que 
el búfalo, cuando antes de acometer escarba 
con las patas el suelo y arroja tierrra sobre 
sus lomos, imita al torbellino, para adquirir su 
poder. Para expresar el vigor del oso, dicen que 
tiene la fuerza del remolino de viento, si bien 
opinan, también, que es él quién lo rige. 
Gandidas y vagas son estas ideas, mas reve- 
lan el modo como estos indígenas imaginan 
el wakonda, que, según ellos, tiene adecuada 
encarnación en el torbellino, que es el poder 



(!) Frazer, Totenism and Exogamy, Vol, III, Londres, 
1910, pg. 396 a 406. 



68 Ebligión del Imperio de los Incas 

más perfecto que conciben, ya que es intangi- 
ble, incapturable, invisible y destructor (1). 

Wakondagi es palabra compuesta de wa- 
konda y gi, signo de posesión; se emplea, ha- 
blando de los niños, cuando principian a ca- 
minar, y de las primeras palabras que éstos 
pronuncian; mas no cuando se trata de un 
enfermo que, habiendo perdido la facultad de 
andar o la de hablar, las recobra (2). 

Se dice también de los hombres, por 
algún concepto admirables, por ejemplo, de 
los brujos; significa, asimismo, un monstruo 
subterráneo o acuático, mencionado en los mi- 
tos; y más comunmente, se usa como adverbio, 
para manifestar admiración (3). 

Los Omahas, tribu perteneciente al grupo 
Siuan - Dakota, creían que todas las cosas ani- 
madas e inanimadas estaban dotadas de una 
vida continua y no interrumpida. La idea que 
acerca de esta vida se formaban, si bien com- 



(1) Wissler, The Whirlwind and the Elk in the Mitho- 
logy of the Dakota. Journal of American Folk - Loro. Vo!. 
XVm, Boston, 1905, pg. 258 y 259. 

(2) Fletcher, Wakonda in Hand-book of Americans In- 
dians North of México, Washington, 1910, Vol II, pg. 398. 

(3) Dorsey, (J O.), A Study of the Siouan cults 11 th 
Annual report of the Burean of Ethnologic 1889 - 1890, Was- 
hington, 1894, pgs. 360 y 367, 



tiAS HUAOAS 59 

pleja, parece que estaba dominada por la con- 
cepción de un poder voluntario, al cual lla- 
maban wakonda, si bien no hay señal de que 
lo hayan concebido como un solo espíritu. 

Entendido wakonda como la vida inma- 
nente, manifestada en todas las cosas, y desa- 
rrollándose este concepto, sufrió una antropo- 
morfización singular, ya que daban caracte- 
res humanos a todas las cosas, rocas, árboles 
etc. etc.; y aunque teniéndolas por diversas 
del hombre, creíanlas unidas con el lazo sutil 
de una vida común; por lo cual juzgaban que 
podían darse mutua ayuda, prestándose el so- 
corro de sus poderes especiales, del mismo 
modo que el hombre puede auxiliar a sus se- 
mejantes. 

A wakonda dirigían los Omahas oracio- 
nes y trataban de adquirir su favor, mediante 
sacrificios y actos de reverencia; lo cual de- 
muestra que lo concebían como inteligente y 
capaz de oír y acceder a sus ruegos. Mas to- 
dos estos conceptos eran sumamente vagos y 
se diluían en una admósfera misteriosa e in- 
definida (1). 

(1) Fletcher, A Study from the Omaha tribe - Abstracta 
Procedings, of the American Association for the Advencemet 
of Science, 1897, Salan, 1898. pg. 328. 



60 Eeliqióx del Impeeio de los Incas 

Entre los Hidastas, otra tribu de los Si- 
uan Dakota, que vive en el Misuri superior, 
la voz mahopa o mahopa - ictias se emplea en 
el sentido que manitu, orenda, wakonda, entre 
otras parcialidades indias, y a menudo lia sido 
traducida por Gran Espíritu. 

Los Hidastas la usan, al hablar de Ita- 
katé, dios muy reverenciado, cuyo nombre 
significa viejo inmortal, y de cualquiera cosa 
de la naturaleza, al parecer maravillosa o sa- 
grada. 

Matthews dice haber oído a ancianos Mi- 
netaris muy conservadores, emplear la palabra 
mahopa en el sentido de una inñuencia o poder 
superior a todas las cosas; pero sin inplicar 
ninguna idea de personalidad. 

Usase, también, para indicar encantamien- 
to, conjuro y medicina, y con este sentido 
aparece en los diccionarios (1). 



Fletcher and la Plesche, The Omaha Tribe 27 th Annual 
Report of the Smitlisonian Institution, 1905 - 1906, Washing- 
ton 1911, pg. 597. 

Id. id., Wakonda ind Hand - book of American Indiana 
North of México, Washington, 1910, pg. 397 a 398. 

(1) Mattheivs (W.), Ethnography and Philology of the 
Hidasta Indians - Departement of the Interior Unitet States 
Geological and Geogrophical Survey Misceláneas publications, 
N». 7, Washington, 1877, pgs. 48 y 184. 



Las Huaoas 61 

Los Shide Pawane expresan la idea qne 
venimos estudiando con las palabras pariixti 
j iva7'íixti. En una de sus leyendas, se dice 
que la estrella brillante se apareció a los pri- 
meros hombres y les advirtió que se acercaba 
el tiempo en que les entregaría un paquete 
paruxti, y que en cualquier lugar en que estu- 
viesen, tendrían las cosas en él contenidas. 
Estas no se las daría directamente, sino que 
poniéndolas en la tierra, se les facilitaría el 
encontrarlas. 

Paruxti se emplea, a veces, como sinóni- 
mo del dios del trueno; pero, refiriéndose, 
como en el caso anterior, al paquete misterio- 
so, debe ser traducido por « lo maravilloso 
encerrado» o también el poder misterioso. 
Paruxti se emplea también en contraposi- 
ción a icaruxti, que significa la fuerza má- 
gica, en cuanto derivada de fuentes terrenas 
mas bien que celestes. Todas las cosas de la 
tierra, que no son fácilmente comprendidas, 
son tenidas por waruxti. Así puede decirse 
que, cuando se emplea la palabra paruxti, es 
con relación al relámpago u otras fuerzas mis- 
teriosas del cielo, y que provienen de Tirawa 
o de otros dioses, mientras waruxti puede de- 
cirse de un pase de manos del brujo o de los 



62 Religión del Imperio de los Inoas 

hechos misteriosos de cualquiera criatura, hom- 
bre, animal. Estas dos palabras han sido de 
ordinario, traducidas por Dios (1). 

Los Tawana o Klallan, moradores del Es- 
tado de Washington, emplean, al parecer, la 
palabra thamanous, perteneciente a la germa- 
nía Ohimook, en un sentido semejante al de 
mana, orenda etc. etc. Thamanous es un sus- 
tantivo y, como tal, se refiere a cualquier ser 
espiritual, bueno o malo, más poderoso que 
el hombre y menos que Dios o el Diablo. Se 
usa, también, para expresar el ejercicio de cual- 
quier influjo sobre estos espíritus, por medio 
de encantamientos. 

La palabra es también, un adjetivo, em- 
pleándosela entonces para designar a todo ser 
en el cual se cree que mora un espíritu; así se 
habla de una casa thamanous, de hombres 
thamanous. Es también un verbo y, en este 
sentido, equivale a verificar los encantamientos 
necesarios para influir en los espíritus. 

Oreen que thamanous reside en un palo, 
en una piedra o en las aguas. 



^1) Dorsey, Traditions of the Skidi Pawanee Memoirs of 
the American Folk - Lore Society, Yol. VIII, Boston, 1904, 
pg8. 9 y 331. 



Las Huaoas 63 

A los espíritus guardianes llámanlos tha- 
manous j son ordinariamente animales, y los 
obtienen de un modo análogo al empleado por 
otras tribus americanas, de las cuales ya he- 
mos tratado (1). 

Quizás los indios Thompson, que hablan 
un dialecto Salish, tienen concepciones seme- 
jantes a las que hemos pasado revista en las 
páginas anteriores. 

Estos indios creen en la existencia de in- 
numerables seres misteriosos. «Los misterios 
de la tierra» son los espíritus de los picos de 
las montañas; en los lagos y cascadas viven 
los espíritus de las aguas. 

Las oraciones y prácticas de los Thomp- 
son están fundadas en la creencia de que la 
naturaleza está impregnada de espíritus ; supo- 
niendo poseídos por fuerzas misteriosas a las 



(1) Eells (Rev. Myron) The Twana Chemakun and Killan 
indians of Washington territory - Annual Report of the Board 
of Regents of the Smithsonian Institution for 1889. Part 
I Washington 1899, pgs. 672 a 974. Según Boas, la pala- 
bra seria it' a-ma'-noas, y significaría ser dotado de poder 
sobrenatural, y no equivaldría a orenda ni a manitu, y no 
designarla el poder místico. Boas, Thamanous in Hand - book 
of American Indians, Tomo 11, pg. 681. 



64 Eeligión del Imperio de los Incas 

estrellas, a los montes, a los árboles y a los 
animales (1). 

Sus vecinos y parientes, los Lilluet, opi- 
nan que los animales, las plantas y las perso- 
nas tabú, tales como las muchachas adoles- 
centes, las mujeres menstruadas, los huérfanos 
y viudos eran poseedores de un poder sobre- 
natural (2). 

Los Kwakiult obtienen sus espíritus guar- 
dianes mediante baños y ayunos, y eligiéndolos 
entre cierto número de patronos, que son he- 
reditarios en su clan (3). La idea que de 
ellos se forman corresponde a la que los Al- 
gonquines tienen de manitu. El obtener los 
dones mágicos de estos espíritus se llama Zo' 
Tcoála y la persona que los ha obtenido es ma- 
nú-alali^^ o sobrenatural, lo cual es también 
calidad del espíritu (4). 



^1) Teit, The Thomson Indians - Jesup North Pacific ex- 
pedition, Vol. I, New York, 1898 a 1900, pg. 344. 

(2) Teit, The Lillooet indians Jesup North Pacific Expe- 
dition, New York, 1909, Vol. II. 

(3) Frazer, Totemism and Exogamy, London, 1910, Vol. 
m, pgs. 433 a 436, 

(4) Boas, The Social organisation and secrel Societis oí 
the Kwakiult indians - Annual report of the Board of the 
SmithBonian Institution, 1895, Washington, 1897, pgs. 393 a 
396. 



Las Huaoas 65 

La religión de los Tsimsliiaii es una ado- 
ración al cielo, que llaman lepa' y juzgan 
ser una gran deidad, que tiene muchos inter- 
cesores llamados neqno'q. 

Cualquier objeto natural puede ser neqno'q, 
palabra que designa todo lo misterioso; ya el 
deseo supernatural de las deidades, ya el sil- 
vido especial que usan en las danzas rituales, 
y que es tenido en perfecto secreto, ya un 
nuevo pase de manos etc. 

Para estos indios, como para los demás 
aborígenes de la Colombia Británica, toda la 
naturaleza es animada, y el espíritu de cual- 
quier ser puede volverse genio guardián de 
un hombre, el cual obtiene así poder sobrena- 
tural. A estos espíritus llaman peJc los Tlingit, 
nepno'q los TsimsLiian (i). 

Los Lku'ñgen, creen que los animales, 
así como los espíritus de los objetos inanima- 
dos, pueden volverse genios de los hombres, 
que así, adquieren virtudes extraordinarias. 

Una concepción particular es la do sthV 
lek - am, que lo mismo significa el genio pro- 

(1) Boas, First General Report on the Indians of Bvitisli 
Colnmbia. Report of the Fiftj' Xinth Meeting of the British 
Association for the Advancement of Science. Held at New- 
caBtle - upen Tyne in 1889, London, 1890, pgs. 848 y 849. 
Beligión del Imperio de los Ingas 5 



66 Eeligión del Imperio de los Incas 

tector del hombre, como equivale también al 
poder que obra contra él, y parece designar 
toda relación entre el hombre j la energía 
sobrenatural. 

Ciertas cosas son tabus para determina- 
das personas, porque esos objetos son stlá'lek- 
am contra ellas (1). 

Los Denes de Alaska j del ííoroeste del 
Canadá, creen en una especie de divinidad im- 
personal indefinida. Sus ideas no son panteis- 
tas, mas tienen mayor semejanza con las de 
este sistema filosófico que con la concepción 
de un dios individual. Se la representan como ca- 
si coexistente con las fuerzas celestes, y tiénenla 
por la causa de la lluvia, de las nubes y de otros 
fenómenos semejantes. La llaman yutoere, pa- 
labra que, en Carrier, significa lo que está en 
alto, y su culto consiste más bien en ritos 
propiciatorios que en adoración propiamente 
dicha (2). 



(!"> Boas, Second General Report of the Indians British 
Columbia. Report of the Sixtieth Meeting of the Britisli Asso- 
ciation for the Advencement of Science. Held at Leeda in 
1890, London, 1901, pg. 580. 

(2j Morice (A. G.), The Western Dénés Proceedings of 
the Canadian Instituto, Third Series, Vol VII, Toronto, 1889, 
pg. 157. 



Las Huaoas 67 

Dejando las heladas regiones de la Amé- 
rica Septentrional, encontramos, al Sur de los 
Estados Unidos, la tribu de los Ohickasaw, 
perteneciente al grupo lingüístico llamado 
Muskhogean, en la cual se emplea la voz Jiúllo 
en idéntico sentido que las voces wakan, oron- 
da, paruxti, en Siuan, Iroquí o Pawni (1). 

Las voces zemi^ cJiemi o semi son las que, 
en idioma antillano, sirven para designar a 
los dioses, a sus imágenes o símbolos, a los 
huesos de los muertos y a cuanto se considera 
dotado de poder mágico; y estas designacio- 
nes se aplican, igualmente, a la virtud sobre- 
natural de la luna como a la de los antecesores 
de un clan. 

Los Caribes llamaban a sus magos o sacer- 
dotes ceci-semi; el nombre del tabaco era el 
de decemi, evidentemente refiriéndose a sus vir- 
tudes, que tenían por mágicas. A Colón, a quién 
tenían por sobrenatural, lo llamaban guami - 
quemi, o sea señor o dios de las aguas (2). 



(1) Speck, Notes on the Chickasaw Ethnologie and Folk- 
Lore, Journal of the American Folk - Lore Society, Vol XX, 
Boston, 1907, nota a la página 57. 

(2) Fewkes (Jesse Walter), The Aborigines of Porto Rico 
and Neighboring islans 25tli Annual Report of the Bureau 
of Ethnology, 1903 - 1904, Washington, 1907, pg. 54. 



68 Eeligión del Imperio de los Incas 

En México y Centro América, la palabra 
naudl ha designado el espíritu guardián de los 
indios y asociádose con las ideas de magia y 
poder sobrenatural y habilidad; así, en mexi- 
cano, nauaUi, significa brujo, mago o encanta- 
dor; nauatl, hábil, astuto, superior o cosa que 
suena bien, como una campana; nauatlata el 
intérprete; nauatiUi, la ley o costumbre; naua- 
tile, tener autoridad o mandato para ejercer 
algún oficio (1). 

Los Mayas del Yucatán llamaban naual 
o nautlal una danza que fué prohibiba por los 
misioneros. 

En Quiche, naual es brujo o mago; naua- 
Un, predecir fortuna, decir la buena ventura; 
quinaualin, sacrificar, ofrecer sacrificios. 

Y Brinton cita el vocabulario Cacchiquel 
de Cobo, escrito en 1651, que dicho autor con- 
sultó manuscrito, en donde se dice que en Cac- 
chiquel se llamaba pus o naual a la magia 
o nigromancia, a los magos y brujos, a ciertas 
plantas, rocas, árboles y otros objetos inanima- 
dos, por los cuales el diablo hablaba, y a los 
ídolos que adoraban. La vida del árbol, de la 



fl) Molina, Vocabulario de la lengua Mexicana y Caste- 
llana - México, 1571, fl. 63 vuelta. 



Las Hüaoas 69 

colina, etc. era su naual, porque creían que 
estos objetos tenían vida. 

De los capitanes, esto es, de los más va- 
lerosos, opinaban que hacían naual con sus ar- 
mas. Tin nahulih peri piivaJc equivale a ¿xmedo, 
acaso, hacer milagrosa (1). 

A los animales feroces, llamaban en Hon- 
duras nauales, que da tanto como decir guar- 
dadores o compañeros. Cuando moría su naual, 
moría el indio. Para obtenerlo « íbase el indio 
al río, monte, cerro o lugar más escondido, 
convocaba los demonios, por los nombres que 
le parecían, hablaba con los ríos, piedras y 
montes: decía que iba a llorar para tener lo 
que sus padres tuvieron, y Uebaba algún pe- 
rro o gallo, que sacrificaba, y con aquella tris- 
teza se dormía, y en sueños o despierto, veía 
algunos de los sobredichos animales o pájaros, 
y entonces le pedía que le diese ganancia en 
la sal, cacao o en otra cualquiera cosa, y de- 
rramaba su sangre de la lengua, de las orejas 
y de otras partes del cuerpo, y luego hacían 
su pacto con el tal animal, el cual le decía 



(1) Brinton iS. G.), Nagualism. A Study in Xative Ame- 
rican Folk - Lore and History. — PMladelphia 1894, pgs. 27, 
28 y 67. 



^0 Eeligión del Imperio de los Incas 

en sueños o estando despierto: tal día irás a 
casa, y el primer pájaro o animal qne vieres 
seré yo que seré tu naual y compañero en to- 
do tiempo» (1). 

Concepciones análogas a las que venimos 
estudiando, es posible existan entre otros pue- 
blos, ya que a nadie se le oculta cuan difícil 
es conocer la mentalidad de los primitivos. 
Mas basta la larga enumeración contenida en 
las páginas anteriores, para demostrar que en 
numerosos pueblos, cuya cultura se encuentra 
en un estado rudimentario (2), existe la creen- 
cia en un poder o cualidad misteriosa cuya 
compleja naturaleza se puede determinar di- 
ciendo : 

I. Que es una fuerza productura de cuanto 
es extraordinario, propia de los espíritus de la 
naturaleza; a veces, del alma de los muertos, 
de los hombres y de las cosas materiales; que 
es una sola, mas está dividida entre los di- 
versos seres de la naturaleza, que corrobora su 



(1) Herrera, Historia General de los hechos de los caste- 
llanos, efe. Década cuarta. Madrid, 1730, pg. 157. 

(2) En la enumeración anterior figura la escuela de los le- 
trados en China, en la que sólo se encuentran ciertas remi- 
niscencias de la concepción primitiva y que, por tanto, no 
constituye una excepción propiamente dicha. 



Las Huaoas ti 

acción mecánica sin anularla; que obra sin 
intermedio y a distancia, de un modo místico 
y sobrenatural, produciendo efectos psicológi- 
cos y mecánicos y que gobierna el universo. 

II. Esta fuerza es un ser subsistente, una 
sutil esencia, que no puede ser manejada sino 
por los que la poseen; a veces, material, más 
a menudo inmaterial e invisible, inmanente 
en el mundo, encarnable en todos los seres, 
dotada de presencia objetiva y enteramente 
impersonal. 

III. Que es, además, una cualidad trans- 
misible, contagiosa y activa, que da el valor 
a las cosas. 

TV. Que entre casi todos estos pueblos, 
un solo nombre sirve para designar la divini- 
dad, toda cosa extraordinaria y la virtud que 
la produce, los magos y sus encantamientos. 

Y. Que la fuer/a misteriosa hace sean sa- 
gradas muchas de las cosas que la poseen, y 
da poder a los magos. 

YI. Que es una misma la cualidad que 
da poder a loa dioses, a los hombres extraor- 
dinarios y a ciertos animales. 

YII. Que al poder misterioso se le diri- 
gen oraciones y, por consiguiente, se lo cree 
dotado de razón e inteligencia. 



72 Eeligión del Imperio de los Inoas 

YIII. Que la cualidad divina no es per- 
sonal (1). 

Yamos ahora a ver cómo la mayor parte 
de estas ideas existe en el concepto de huaca; 
para lo cual convendrá, en primer término, 
que consultemos los diccionarios quichuas y 
aymarás, y luego a los antiguos escritores, a 
fin de precisar cómo los indígenas comprendían 
la expresión, y el concepto que de sus dioses 
tenían. 

En el vocabulario de Tschudi leemos : 
» Huaca =: sustantivo de múltiples significacio- 
» nes de las cuales la mayor parte se refieren 
» estrechamente a la religión de los antiguos 
» peruanos. El significado principal es cada 
» representación figurada de la divinidad, la di- 
» vinidad en sí misma, cada objeto sagrado don- 
» de mora una divinidad, las figuras de oro, plata 
» o de madera sacrificadas al sol o a cualquiera 
» divinidad; cada templo o lugar habitado se- 
» gún la creencia indígena por un espíritu bueno 
» o malo (casi en toda casa existía un lugar de 



(1) Es muy interesante el estudio que, de este asunto, 
hace King, en su libro, The developement of Religión, en el 
Capitulo VI, bajo el titulo «Mistirious Power», pgs. 134 a 164, 
Asi como el de Saintyves, en La Forcé Magique. Du Mana des 
primitivos, au Dinamismo Scientifique. Paris, 1914. 



Las Hüacas t3 

» esta clase), las tumbas, los lugares de sepultura, 
» toda manifestación extraordinaria de belleza o 
» fealdad, cuyo origen no se encuentra en el 
» curso ordinario de las cosas, por ejemplo, la 
» mujer que ba engendrado gemelos, el animal 
» que ha dado a luz dos o más gemelos, un huevo 
» con dos yemas ; los monstruos, niños con más 
» dedos de lo natural, miembros deformados, le- 
»porinos, etc.; las grandes fuentes que nacen 
» entre rocas; las piedrecjllas de varios colores 
» encontradas en los riachuelos o al borde de la 
» mar; las torres altas de las casas, especialmente 
» de las comunales, las murallas de rocas escar- 
> padas, las montañas altas. En fin, llamaban 
» con este nombre los indios a la cordillera de 
»los Andes, las cuestas altas y pendientes y 
» las antigüedades sacadas de las tumbas» (1). 



{V En el texto castellano de Tschudi se lee: «Nombre 
» de muchas significaciones, idolo, cosa sagrada, cosa sacrificada 
» al Sol, como figuras de hombres, animales, de oro, plata o ma- 
» dera, el templo, sepulcro, cosa extraña, nada común, sea ber- 
» mosa o fea; mujer que pare dos mellizos, huevo de dos yemas, 
> monstruo, fuentes caudalosas, piedrecillas de varios colores, 
» torre alta, cuesta muy alta, la cordillera del Perú. Tschiidi 
Die Kechua sprache. Vol II, Wien, 1853. 

«Huacca = ídolos, figurillas de hombres y animales que 
»trayan consigo». González Holguín, Vocabulario general de la 
lengua de todo el Perú, llamada lengua Quichua o del Inca. 
En la ciudad de los Reyes. Año MDCVín, pg. 168. 



t4 Ebligión del Imperio de los Inoas 

En el diccionario de Holguín (1) figu- 
ran las siguientes frases, cuya consideración 
conviene al fin que nos proponemos. 

«Huaca = ídolo, adoratorio o cualquier cosa señalada por la 
naturaleza» . Arte y vocabulario en la lengua general del Perú. 
En los Reyes, por Francisco del Canto 1614, pg. 109. Este li- 
bro no está foliado. 

« Huaca = ídolo » , Torres Rubio, Arte de la lengua qui- 
chua. Lima, 1619. Vocabulario quichua -español, pg. 6. 

€ Huaca = ídolo, cosa extraordinaria, fuera de lo común >, 
Torres Rubio, Arte y vocabulario de la lengua quichua, Lima, 
1700. Torres Rubio y Figueredo, Arte y vocabulario de la len- 
gua quichua Lima 1754, fl. 87 vuelta. 

« Huaca = A word of many signification Idol; temple; sa- 
cred place; tomb; figurs of men animáis and hill». Markhan, 
Cóntributions towards gramer and Quichua dictionary, London, 
1864, pg. 123. 

« Huaka = todo objeto sagrado, sobrenatural o sólo extra- 
ordinario ; se refiere a cosas muy distintas, templos, sepulcros 
y lo que contienen, momias, antigüedades, ídolos, cerros altos y 
peñas, animales grandes, monstruosidades etc. » Middendorf^ 
Worterbuch des Runa Simi order der Keshua Sprache, Leip- 
zig, 1890, pg. 413. 

«Huaca = ídolo, cosas sagradas, sepulcro, extraño, raro, sin- 
gular, nada común (sea hermoso o feo)» Grim, Lia. lengua qui- 
chua. Dialecto de la República del Ecuador. Friburgo de 
Brisgovia, 1896, pg. 16. 

«Huaca r= ganado vacuno. 

«Huaco = colmillo. 

«Huako=objeto encontrado en los sepulcros de los gentiles, 
como ollas, cántaros etc.» Arte y diccionario Quichua - Español 
corregido y aumentado por los R. R. P. P. Redentoristas, al 
que publicó Holguín. Lima 1901, pgs. 118 y 119. 

(1) González Holguín íDiego), Vocabulario de la lengua 
general de todo el Perú, llamada lengua Quichua. En los Re- 
yes, MDCVín, pgs. 159 y 160. 



Las Huaoas t6 

«Huacca, o huaccalla llampn (1) Uam- 
puUa = persona o animal manso doméstico, 

snhjeto. 

« Huacca, hnacca soncolla (2) = el bien 
acondicionado, no ayrado. 

« Huacca padremcay=dizen del padre (cu- 
ra) bien intencionado. 

« Huaccayan o Huaccachan = irse aman- 
sando y ablandando la condición. 

«Huacca chascca, (3) collque (4) o ylla (5) = 
la plata escondida debaxo de tierra. 

« Huacca collqueta churarini = guardar 
plata, atesorar. 

«Huacca cbeecta (6) cinca, (7) o checta vir- 
pa (8)= hombre de nariz partida o labio hen- 
dido. 

» Huacca huachasca, (9) y seas (10) huachas- 
ca=el varón o la hembra nacidos de un parto, 

(1) llampu = blando, suave, benigno, Middendorf, Op. 

cit., pg. 524. 

(2j sonko = el corazón, el estómago, Op. cit., pg. 784. 

(3) cli'aska=desarreglado, erizado, radioso, id. id., pg. 381. 

(4) kollke = plata, dinero, id. id., pg. 246. 

(B, illa = piedra besar, amuleto ; viejo, largo tiempo 
guardado, id. id., pgs. 85, 86. 

\^\ cli'jta = cosa partida, id. id., pg. 385. 
(7; Benka=:la nariz, id. id., pg. 768. 
Í8^ huirp'a = el labio, id. id., pg. 465. 

(9) huacbay = parir, id. id., pg. 415. 

(10) iscai = el número dos. id. id., pg. 96. 



t-6 Religión del Imperio de los Ínoas 

y el varón, ttira (1) o jila, j la hembra ha- 
hua (2) o vispa (3). 

«Haacoao, rana (4) = carnero o cualquier 
bestia monstruosa que tiene mas o menos 
miembros o fealdad natural. 

« Huacca puma (5) runa == cuando tiene 
seis dedos en manos y pies como león. 

«Huaccap ñan (6)=paso o lugar peligroso. 

« Huacca punco (7) = el desdentado, me- 
llado por baldón, o cassa (8) quiru (9). 

En otros léxicos figuran además las si- 
guientes expresiones. 

« Huak'a runa = un loco. 

«Huak'a-yay (10) = volverse loco (11)» 

(1) t'iray = arrancar de raíz, sacar arrancando. Midden- 
dorf, Op. cit., pg. 852. 

(2) huahua = criatura en general, id. id., pg. 417. 

(3) huispa r= mellizos, id. id., 467. 

(4j El hombre, el ser humano, id. id., pg. 735. 

(5) puma ^=: el león, id. id, pg.. 669. 

(6) ñau = el camino, la senda, el viaje, id. id., pg. 625. 

(7) puncu = la puerta, id. id., pg. 669. 

i8, k'asa = la interrupción de una fila, el hueco o vacio 
que queda, id. pg. 297. 

(9) quiru = el diente, los dientes, id., pg. 208. 

(10) ya. Se pone con nombres y de ellos hace verbos in- 
coactivos, que significan irse haciendo lo que dice el nombre, 
o alternando, o mudando, o convirtiendo en otra cosa, o una 
edad en otra etc. Mossi (M. A.), Manual del idioma general 
del Perú. Gramática razonada de la lengua Quichua, Córdo- 
ba, 1889, pg. 136 y 136. 



Las Huaoas 77 

Huacamullu = cierta yerba de comer lla- 
mada así (1). 

Haacayhua = carnero para carga (2). 

Huacu = planta con cuyo jugo se curan las 
mordeduras de vívora (3). 

La voz huaca no es exclusiva del idioma 
Quichua, pues se usa también en aymara, si 
bien esta lengua posee otra palabra equivalen- 
te; por lo cual, parece probable que sea una 
de tantas expresiones que los Collas tomaron 
del idioma de sus vecinos septentrionales. Así, 
leemos en Bertonio (4) «HuacaT= ídolo en forma 
de hombre, carnero etc., y los cerros que ado- 
raban en su gentilidad. 

« Huaka, hokhse, hokhasalla (5), Llalla- 
hua (6) ^ monstruo animal que nace con más 

1 11 de la página precedente). Middenfordf, Worterbuch 
des Runa Simi order der Keshua Sprache, Leizig, 1890, pg. 414. 

(l^i Mullu = concha colorada. Middendorf, Op. cit., pg, 604" 

(2) Arte y vocabulario en la lengua general del Perú. 
En los Reyes, por Francisco del Canto, 1614, pg. 129 y 130. 

(3t Grim. La lengua quichua, dialecto de la República 
del Ecuador, Friburgo, 1890, pg. 16. 

(4) Bertonio, Vocabulario de la lengua Aymara, edición 
de Platzman, parte segunda, Leipzig, 1879, pg. 143. 

(5) hokhasalla := Monstruo o cosa que tiene mas o menos 
de lo que la naturaleza suele dar así los hombres como los 
animales, id. id., pg. 140. 

(Q) Llallahua = Papa, o animal monstruoso, como dos pa- 
pas pegadas, o como una mano, un animal de cinco o seis 
pies etc., id. id., pg. 199. 



78 Eeligión del Imperio de los Inoas 

o menos partes de las que suele dar la natu- 
raleza. 

« Huaka haque (1) caura (2) etc., = hom- 
bre o carnero así nacido. 

« Huakachatha (3) = parir monstruo» . 

Semejante parece haber sido el significado 
de la palabra vilca. Así, vemos en el mismo 
léxico. 

« Yillca =: el sol como antiguamente de- 
cían, y agora dicen inti. . . . 

€ Yillca = adoratorio dedicado al sol o 
otros dioses. 

«Yillca: es también una cosa medicinal, 
o cosa que se daba a beber como purga para 
dormir y en durmiendo dice que acudía el la- 
drón que auia llenado la hacienda del que to- 
mó la purga, y cobra su hazienda: era embuste 
de hechizos». 

« Yillaparo = mais de que suelen hacer 
chicha muy fuerte» (4). 

El carácter nativo aymara de la palabra 
villca, en contraposición a la de huaica, toma- 

(1) haque; varón o mujer, id. id., pg. 120. 

(2) Caura; carnero de la tierra, id. id., pg. 39. 

(3) Parir = Yocachatha 'Ruahuachata. Berto7iio, Vocabula- 
rio de la lengua Aymara, primera parte, Leipzig, 1879, pg. 349. 

(4j Bertonio, Vocabulario de la lengua Aymara, segunda 
parte, Leipzig, 1879, pg. 886, 



Las Huaoas 79 

da del quichua, está bien acentuado, por ha- 
ber sido reemplazada por la voz inti, para 
designar el sol, cuando la penetración incaica 
se acentuó en el Oollao (1). 

Antes de pasar adelante, útil nos parece 
hacer observar que las frases quichuas, que 
acabamos de citar, demuestran, que la manse- 
dumbre y dulzura de genio eran consideradas 
por los aborígenes del Perú, como cualidades 
apreciabilísimas y propias de la divinidad, lo 
cual, a nadie se le oculta, habla muy alto en 
pro del carácter de estos indígenas y de los 
elementos de civilización que poseían; pues bien 
sabido es por los etnógrafos, que los hombres 
hacen sus dioses a su imagen y semejanza. 

Debe también notarse que, así como en 
iroquí, la palabra orenda designa el poder mis- 
terioso y el canto (2), en quichua, la expre- 
sión huaca según Atienza, « significa lugar de 
lloro; donde manifiestan con sollozos sus ne- 
cesidades a quien ningún remedio verdadero 
les puede dar (3) y parece estar relacionada con 
huacal/, que equivale a llorar, y de la que 

(1) La penetración incaica no cesó con la conquista espa- 
fiola, antes continuó durante largos años. 

(2) Vide ut supra. 

(3) Atienza, Lope. Compendio historial del estado d« lo» 
indios del Perú, 



80 Eeligión del Imperio de los Incas 

proviene hiiacan, que significa tocar campanas, 
cantar las aves, graznar, aullar, bramar, chi- 
llar de todas maneras los animales; (1) pues 
todos estos sonidos dicen que son el llanto de 
los seres que los producen (2), siendo muy de 
notarse que los indios peruanos acompañan 
siempre sus gemidos de una melodía cadencio- 
sa y monótona, lo cual establece un punto 
más de contacto entre el concepto iroquí y el 
incaico (3). 

Del estudio atento y comparativo de los 
cronistas castellanos se desprende que los in- 
dígenas del Perú tenían una infinidad de Hua- 
cas, y que, si liabía algunas en forma de ani- 
males, otras a manera de hombres (de las 
cuales contaban históricas genealogías) las más 
eran piedras informes u otros objetos naturales. 

A las imágenes o ídolos no los adoraban 
por lo que representaban, sino por sí mismas. 

(1) Holguln, Vocabulario de la lengua general de todo 
el Perú, llamada] lengua Quicliua. En loa Reyes, MDCVIII, 
pg. 160. 

Mindendorf, Worterbucli des Runa Simi order der Kechua 
Sprache, Leipzig, 1890, pg. 410. 

(2) En el Ecuador la gente inculta, liabla,ndo en castella- 
no, dice comunmente, que llora el peri'o, el liuiracchuro, etc. 
por decir que aulla, canta etc. etc. 

(S) En Aymara, huaka se llama la faja de las mujeres. 
Bertonio, Op. cit., primera parte, pg. 413. 



Las Huaoas 81 

A cnanto, por algún concepto, les parecía 
extraordinario o notable, rendían culto y ofre- 
cían sacrificios; pnes creían que aquella di- 
versidad era señal de que la cosa poseía un 
poder extraordinario, siendo muy do advertir 
que Oobo j Román dicen que no. tenían este 
poder por propio de las cosas, sino por extra- 
ño a ellas, y que les había sido comunicado 
por la divinidad; y el anónimo jesuíta, cuya 
relación publicó Dn. Marcos Jiménez de la 
Espada, sostiene que no entendían que esta 
clase de huacas fuesen vivas, sino que juzgaban 
que el gran dios Illa Tecce las había creado, 
para que sirviesen de lugar sagrado. 

A los hombres en cuyo nacimiento acon- 
tecía algo singular, como cuando nacían dos 
o tres de un vientre o en posición distin- 
ta de la normal, llamaban huacas, y con 
ellos tenían especial cuenta, para respetarlos 
y proveerlos del sustento necesario, diciendo 
que, si la naturaleza los señaló, no fué sin 
algún misterio; y si éstos encontraban alguna 
piedra, concha o cualquier otra cosa señalada, 
teníanla en más que si otro cualquiera la hu- 
biese hallado (1). lín Oaxamalca de ííazca, 

fl) De las supersticiones que tenían acerca de los geme- 
los y de los nacidoB de pie, se tratará en otro lugar. 
Beligión del Imperio de los Incas 6 



82 Eeligión del Imperio de los Incas 

tenían por huaca a un cerro grande de arena, 
por estar colocado entre tierras de otra cali- 
dad; en el valle de Lima, a un árbol muy 
grande; en todo el Perú, a las patatas u otros 
productos agrícolas do formas extraordinarias. 
Reverenciaban a los pumas, jaguares y osos, 
por su fuerza, rogándoles no les hiciesen mal ; 
al perro, por su lealtad; al cóndor, por su gran- 
dor; al halcón, por su ligereza y buena indus- 
tria para obtener su comida ; al buho, por la 
hermosura de sus ojos y cabeza etc. etc. Ado- 
raban también a los ríos y fuentes, a la tie- 
rra, al aire, al fuego; a una llama, en las tie- 
rras en que se criaban muchas ; en los putiblos 
ribereños, a la ballena, por su corpulencia, y 
al pescado que más abundaba en la región, 
porque decían que el primer pescado, que 
estaba en el cielo y del cual procedían to- 
dos los de aquella especie, de que se susten- 
taban, tenía cuidado de enviarles a su tiempo 
sus hijos en abundancia y, por esta razón, unas 
provincias adoraban a la sardina, porque pes- 
caban más cantidad de ella; otras, a la liza, a 
la dorada, por su hermosura, a los cangrejos y 
langostas etc. etc. 

Consideraban, también, por huacas a los 
llanos que se forman en las cuestas, y a los 



Las Huaoas 83 

lugares en donde sembraban maíz para los 
sacrificios. 

Y a cada nna de estas diyinidades ofre- 
cían sacrificios con diferentes intenciones: a 
unas rogaban fecundasen a las mujeres; a 
otras, les diesen salud y vida; a éstas, porque 
decían que de ellas salían el hielo j el gra- 
nizo; a ésas, para que lloviese. 

Xo sólo llamaban los indios peruanos Tiua- 
cas a sus dioses, siuo también, a todos los lu- 
gares sagrados, diputados para oración y sa- 
crificios; éstos eran en número infinito, pues, 
fuera de los adoratorios comunes y generales 
de cada nación, había en cada pueblo muchos, 
y aun toda parcialidad y familia tenía los su- 
yos particulares. 

Estos templos y adoratorios, así en el Cuz- 
co como en lo demás del Imperio, estaban 
esparcidos por yillas, despoblados, sierras, mon- 
tañas; unos en los caminos, otros en las sole- 
dades de la cordillera; ya en tierras de sembrar; 
ja en helados páramos. 

ÍS^o todos los adoratorios eran templos o 
casas; porque, siendo muchos, cerros, quebra- 
das, peñas, fuentes j otras cosas semejantes, 
no había allí edificio, más de una humilde 
choza, morada de los sacerdotes. 



84 Eeligión del Imperio de los Incas 

No sólo adoraban a las huacas, sino aun 
a los lugares en donde decían que descansaron 
o estuvieron, y los llamaban Saman (1), y 
otros lugares, donde las invocaban, tenían el 
nombre de Gayan (2). 

El culto a las huacas no era continuo y, 
al decir del erudito y culterano escritor D'Ava- 
los y Figueroa, no se le podía llamar adora- 
ción, sino sólo reverencia a aquellas cosas, por 
parecerles raras (3). 



(1) Samay = resollar, respirar, tomar aliento, descansar. 
Middendorf, Op. cit., pg. 753. 

(21 K'aiya - huata = el año siguiente ; K'aya punchan =. 
pasado mañana, id. id., pg. 286. 

(3) Adorauan los Rios, las fuentes, las quebradas, las pe. 

ñas o piedras grandes, los cerros . finalmente qualquier cosa 

de naturaleza q« les parezca notable y diferente de las demás, 
la adoran como reconociendo alli alguna particular dej^dad. En 
Caxamalca de la Nasca me mostraua vn cerro grande de arena 

que fue principal adoratorio o Guaca de los Antiguos (En 

los Reyes) tuuimos (los jesuitasj necesidad (para fundir una 
campana) de leña rezia y mucha y cortoze vn arbolazo disfor- 
me, que por su antigüedad y grandeza auia sido largos años 
adoratorio y guaca de los Indios. A este tono qualquier cosa 
q« tenga estrañeza entre las de su genero les parecía que te- 
nia diuinidad, hasta hacer esto con pedrezuelas y metales ,y 
aun rayzes y frutos de la tierra, como en las rayzes que lla- 
man Papas ay vnas estrañas aquien ellos ponen nombre Lla- 
llahuas, y las besan y las adoran. Adoran también ossos; leones, 
tygres y culebras, porque no les hagan mal. Acosta, Historia 
Natural y Moral de las Indias, Sevilla, 1690, pg8. 312 a 316- 



Las Huaoas §5 

Del análisis que hemos hecho en las pá- 
ginas anteriores, despréndese con evidencia: 

Adoraban Rios, Fuentes, Quebradas, Peñas, Piedras gran- 
des, y las Cumbres de las Sierras, y qualquiera cosa de natu- 
rale9a que les parecía notable, y diferente de las demás . — 
y qualquiera cosa extraordinaria, les parecía que tenía diuini- 
dad. Herrera, Historia general de los Heclios de los Castellanos 
en las islas y tierra firme del Mar Océano. Decada Quinta, 
Madrid, 1728, pg. 91. 

De ordinario (las liuacas) son de piedra y las mas veces 
sin figura ninguna, otras tienen diuersas figuras de hombres 
o mugeres, y algunas de estas Huacas dizen, que son hijos o 
mugeres de otras Huacas, otras tienen figura de animales. 
Todas tienen sus particulares nombres, con que les invocan y 
no hay muchacho que en sabiendo hablar, no sepa el nombre 
de la Huaca de su Ayllo; porque cada parcialidad, o Ayllo 
tiene su Huaca principal, y otras menos principales algu- 
nas veces, y de ellas suelen tomar el nombre los muchachos 

de aquel Ayllo Y no solo reverencian las Huacas, pero 

aun los lugares donde dizen que descansaron, o estuvieron 
las Huacas que llaman Zamna y a los otros lugares de donde 
ellos las invocan, que llaman Cayan. Arriaga, Extirpación de 
la Idolatría, Lima, 1621, pg. 12. 

Dos maneras tenían de templos, unos naturales y otros 
artificiales. Los naturales eran cielos, elementos, mar, tie- 
rra, montes, quebradas, ríos caudalosos, fuentes o manantiales, 

lagos o lagunas hondas &c todas las cuales cosas fueron por 

ellos reverenciadas no por entender que allí había alguna di- 
vinidad o porque fuese cosa viva, sino porque creían que 

el gran Dios Illa Tecce había criado y puesto allí aquella tal 
cosa para que sirviese de lugar sagrado. Anónimo, Rela- 
ción de las costumbres antiguas de los naturales del Perú. 
Tres relaciones de antigüedades peruanas, Madrid, 1879, pg. 
146 y 147. 

No se sí puede llamarse essa adoración, (la que rendían a las 
huacas), porque no era mas que vna manera de reuerencia, 



86 EBLIGIÓ2Í DEL IMPERIO DE LOS InOAS 

I. Que a cuanto es extraordinario se con- 
sidera dotado del poder huaca, el cual se en- 

que hazian a todas aquellas cosas que en su genero les pares- 
cian raras. D'Avalos y Figueroa, Miscelánea Austral, Lima, 
1602, fol. 152. 

No tienen número ni cuento las cosas que veneraban y te- 
nían por divinas estos indios, y asi no fácilmente se pueden 
reducir a suma. Con todo eso, reduciéndolas a dos géneros, 
digo que pueden entrar en el primero las obras de Natura- 
leza, y en el segundo todas las figuras e ídolos que carecían 
de otra significación y ser mas que la materia de que eran 
compuestas y la forma que les dio el artífice que las tizo. 
Para declarar las primeras, es de saber que tuvo esta gente 
costumbre de reverenciar y ofrecer sacrificios a cuantas cosas 
naturales se hallaban que se diferenciasen algo de las otras de 
su género por alguna estrañeza o extremo que en ellas se des- 
cubriese a lo cual se movían, por creer que todo aquello que Dios 
había criado con alguna diversidad de lo otro había sido con 
misterio porque no acaso lo señalaba y extrañaba de lo común. 
Yendo pues sobre este fundamento, llamaban y tenían por Gua- 
ca a cualquier hombre que nacía señalado de Naturaleza, como 
si dos o tres nacían juntos de un vientre o con otra nota y 
particularidad. Tenían con estos especial cuenta para respe- 
tarlos y procurar su sustento, proveyéndoles de lo que habían 
menester o de oficio con que lo ganasen, en que no fuese me- 
nester trabajar, diciendo, que pues la Naturaleza los señaló que 
no fue sin algún misterio. ... y cualquier cosa que a estos acae- 
cía en sus personas o haciendas que fuese diferente que a los 
otros, lo atribuían a este misterio; especialmente si hallaban al- 
guna piedra o concha o cualquiera cosa señalada la tenían en 
más que si otro la hallara. Cobo, Historia del Nuevo Mun- 
do, Sevilla 1892. Tomo Hl, pgs. 343 y 344. 

Dicho habemos y& como a todos los lugares sagrados dipu- 
tados para oración y sacrificios, llamaban los indios peruanos 
Guacas, asi como a los dioses e ídolos que en ellos adoraban. 
Destos había tanta multitud y diversidad que no es posible 



Las Huaoas 87 

cnentra en las fuerzas naturales, en los muertos 
y en las cosas inanimadas. 

escribirlos todos ; porque fuera de los adoratorios comunes y 
generales de cada nación y provincia, había en cada pueblo 
otros muchos menores ; y sin estos, cada parcialidad y familia 
tenía los suyos particulares.... 

Estos templos y adoratorios asi del Cuzco como de las otras 
partes del reino, estaban unos en poblado y otros por los cam- 
pos sierras y montañas agrias; unos en los caminos, y otros 
apartados dellos; en los sembrados y tierras de labor, y en pu- 
nas, y desiertos y donde quiera, en tanto numero que apenas 
caminamos una jornada por cualquier parte que' no topemos ras- 
tros y ruinas de muchos. No todos los adoratorios eran templos 
y casas de morada; porque los que eran cerros, quebradas, pe- 
ñas, fuentes y otras cosas a este tono, no tenían casa ni edificio, 
sino cuando mucho un huhio o chosa en que moraban los mi- 
nistros y guardas de las dichas Guacas. Cobo, Historia del 
Nuevo Mundo, Sevilla 1893. Tomo IV, pgs. 5 y 6. 

Adorauá lo qe veyan vnos a diferencia de otros sin cónsi- 
deraci5 de las cosas qe adorauan, si meresciá ser adorados; ni 
respeto de si propios para no adorar cosas inferiores a ellos: 
solo atendía a diferenciarse estos de aq^llos y cada vno de 
todos ; y assi adorauá yernas, platas, flores, arboles de todas 
suertes, cerros altos, grades peñas, y los resquicios dellas, cue- 
uas hondas, guijarros, }' piedrecitas, las que en los ríos y 
arrebejos hallahuá de díuersos colores como el jaspe. Adorauá 
la piedra esmeralda particularméte en vna prouincia q« oy lla- 
ma Puerto viejo, no adorauá diamátes, ni rubíes porq« no los 
huno en aq^lla tierra. En lugar de ellos adoraron diueisos ani- 
males, a vnos por su fiereza como al tigre, leo, y osso, y por 
esta causa teniéndolos por dioses, si a caso los topauá, no huya 
dellos sino q" se echauá en el suelo a adorarlos, y se dexauá 
matar, y comer sin huyr ni hazer defésa alguna. Tábié ado- 
rauá otros animales por su astucia como a la zorra, y a las 
monas. Adorauá al perro por su lealtad y nobleza, y al gato 
cerual por su ligereza. Al aue q« ellos llaman Cütur por su 



88 Ebligióx del Iítpbrio de los Incas 

II. Que los poderes huacas gobiernan el 
universo, e inñujen en el mundo psicológico 
y en el físico. 



grádeza, Otras naciones adoraron los halcones por su lige- 
reza y buena industria de hauer por sus manos lo q« ha de 
comer, adorauá al buho por la hermosura de sus ojos y 
cabeca, y al murciegalo por la sutileza de su vista, qe les cau- 
saua mucha admirado q« viesse de noche ; y otras muchas aues 
adorauá como se les antojaua. A las culebras grades por su 
móstruosidad y fiereza, q« las ay en los Antis de a veinticinco 
y de a treinta pies, y mas, y menos, de largo; y gruesas mu- 
chas mas quel muslo. Tábié tenia por dioses a otras culebras 
menores dode no las auia tan grandes como é los Antis, a las 
lagartijas, sapos y escueros90s adorauan. En fin no auia ani- 
mal tá vil ni suzio q'^ no lo tuuiesé por dios ; solo por dife- 
réciarse vnos de otros en sus dioses, sin acatar en ellos deidad 
alguna, ni prouecho q*^ dellos pudiessé esperar. Estos fuero 
simplicissimos é toda cosa a semejaba de ouejas sin pastor. 
Mas no ay q^ admirarnos qe géte ta sin letras, ni enseñága 
alguna cayessé en tá grades simplezas, pues es notorio qe los 
Griegos y los Romanos q<= tato presumía de sus ciécias, tuuieró 
quádo mas floreciá é su imperio, 30 mil dioses. 

Cap. X. De otra gran variedad de dioses que tuuieron. 
Otros muchos Indios huuo de diversas naciones en aqella pri- 
mera edad, que escogieron sus dioses c5 alguna mas considera- 
ción, que los pasados, porque adorauá algunas cosas, de las qua- 
les recebian algún prouecho, como los que adorauan las fuentes 
caudalosas, y rios grandes, por dezir que los dauan agua para 
regar sus sementeras. 

Otros adorauan la tierra, y le llamauan Madre, porque les 
daua sus frutos, otros el aire por el respirar porque dezian que 
mediante el viuian los hombres, otros al fuego porque los ca- 
lentaua, y porque guisauan de comer con el, otros adorauan 
a vn carnero, por el mucho ganado que en sus tierras se criaua, 
otros a la cordillera grande de la sierra neuada, por su altura 



Las Hüaoas 89 

III. Que la cualidad de huaca es trans- 
misible y contagiosa, y es ella la que da valor 
a las cosas. 



y admirable grandeza, y por los muchos rios que salen della 
para los riegos, otros al maiz o 9ara como ellos lo llaman, 
porque era el pan comü dellos, otros a otras mieses y legum. 
bres, según que mas abundantemente se dauan en sus prouin- 
cias. 

Los de la costa de la mar demás de otra infinidad de dio- 
ses que tuuieron, o quiga los mismos que hemos dicho, ado- 
rauan en común a la mar, y le llamauá ilamacócha, que quie- 
re dezir madre mar, dando a entender, que con ellos hazia 
oficio de madre, en sustentarles có su pescado. Adorauan tam- 
bién generalmente a la vallena por su grádeza y monstruosidad. 
Sin esta común adoración que hazian en toda la costa, ado- 
rauan en diuersas prouincias y regiones al pescado, que en 
mas abundancia matauan en aquella tal región, porqe dezian 
que el primer pescado que estaua en el mundo alto, (que assi 
llaman al cielo) del cual procedía todo el demás pescado de 
aquella especie de que sustentauan, tenia cuidado de embiar- 
les a sus tiempos abúdancia de sus hijos para sustento de 
aquella tal nasción : y por esta razón en vnas prouincias ado- 
rauan la sardina, porque matauan mas cátidad della que de 
otro pescado; en otras la li9a, en otras al tollo, en otras por 
su hermosura al dorado, en otras al cagrejo, y al de mas ma- 
risco por la falta de otro mejor pescado: porque no lo auia en 
aq.lla mar, o porque no lo sabian pescar y matar. En suma 
adorauan y tenian por dios qualquiera otro pescado, que les 
era de mas prouecho, que los otros. De manera que tenian por 
dioses no solamente los quatro elementos cada vno de por si, 
mas también todos los compuestos, y formados dellos, por vi- 
les ó inmundos que fuessen. Garcilazo de la Vega, Comenta- 
rios Reales, Lisboa, 1608, folios 9 verso a 10 verso. 

Otros muchos barones y hembras tienen cargo de las gua- 
cas fixas de que esta hecha particular rrelacion en la carta 



00 Ehligión del Imperio de los Incas 

I Y. Que el nombre de huaca sirve para 
designar a los dioses, a las cosas extraordina- 
rias y a los templos. 



general del Cuzco, ques común en todo el rreyno e contiene 
todos los lugares que se diferencian de los otros en algo al- 
derredor del pueblo hasta las cumbres, si es tierra áspera que 
llaman estos apachetas, como algunas piedras grandes e todos 
los puquios y nas9Ímientos de agua, o algunos llanos que ha- 
cen en alguna questa, o algunos arboles señalados, ó las partes 
aonde siembran el mayz para los sacrificios ; porque todas estas 
cosas están divididas por sus ceques e rrayas en el torno de 
cada pueblo y están a cargo de personas que hagan en ellas 
sacrificios diferentes e para diversos hefetos ; en unas para que 
se empreñen las mujeres, en otras que dizen que de alli sale 
el yelo o el granizo, y en otras que llueva; ansi desta ma- 
nera les enseña el Inga esta diuision de lugares en todo lo que 
conquisto, hechandoles grandísimo cargo del veneficio que 
rrescivian en darles noticia a cada vno en su tierra de lo que 
tenyan e se podian aprovechar para sus necesidades ; lo qual 
el dia de oy hacen por su mysma borden y tienen señalada 
gente que entiende en ello ; e si es nes9esario en todos los pue- 
blos hacerles que pinten la carta, y viendo la del Cuzco luego 
lo hacen, que al sacerdote le quede noticia de cada cosa de 
aquellas en particular, ansi para la que entienda y haga cas- 
tigar, como para predicarles contra ella y moverlos con ragones 
claras a que entiendan las yllusiones y engaños del demonyo ; 
ques negocio que por ser general ba muncho en el y es gran fun- 
damento para su edificación e combersión . Ondegardo, Rela- 
ción de los fundamentos del notable daño que resulta de no 
guardar a los Indios sus fueros. Documentos del Archivo de 
Indias publicados por Torres Mendoza, T. 17, Madrid 1872, 
pgs. 85 y 86. 

Comvn es a casi todos los Indios adorar Huacas, ídolos 
Quebradas, Peñas, o Piedras grandes. Cerros, Cumbres de mon- 
tes. Manantiales, Fuentes, y finalmente qualquier cosa de na- 



Las Huaoas 91 

Y. Que el carácter de huaca hace que 
se considere a muchas cosas como sagradas. 



turaleza que paresca notable y diferenciada de las demás. Acos- 
ta (?) Instrucción contra las ceremonias y Ritos que usan los 
Indios. Confesionario para los Curas de Indios. Sevilla, 1603, 
fol I. 

Eran mas superticiosos los del Perú qe los de nueua Espa- 
ña, porque si veian alguna peña, o roca, o un gran guijarro 
que se diferenciaua en algo de los otros, estañan persuadidos 
que era cosa diuina, y que los dioses hauian puesto en el 
algo de su deidad. Román y Zamora, Las Repúblicas del 
mundo, Tercera parte, Salamanca, 1595, fl. 129 v. 

Y lo que supongo es que fueron tan ciegos los Yndios en 
su gentilidad que pualquiera cosa de que pudiesen esperar al- 
gún bien, o temer algún mal, la adoraban por Dios y idolatra- 
ban en ella, y assi adoraban hasta los animales por brutos y 
crueles que fuesen, y quanto mas crueles y ponzoñosos era 
mayor la adoración que les hacian como a Tigres, Osos, Leo- 
nes, Culebras y Serpientes. Tenian infinidades de ídolos, he- 
chos de metales de la tierra. Huacas que son cosas señaladas 
y notables, como Cerros muy altos. Apachetas que son obras. 
Piedras grandes que el diluuio dexo en partes donde no se pu- 
do jusgar de donde rodaron. Fuentes manantiales; a qual- 

quiera cosa de estas insensibles adoraban por Dios Y la 

misma (veneración) tienen quando alguna criatura en su naci- 
miento sale señalada y assi en entrando en edad los mas 
destos dan en hechiceros, sortílegos y adiccionos; y quanto mas 
lisiado fuere uno destos le tienen y veneran por mayor hechice- 
ro (Adoran) también a los lugares donde an estado y a sus 

mismos nombres y apellidos pues, a los lugares donde estu- 
bieron, llaman Zamama que significa descanso y otros lugares 
de donde ellos las invocan llaman cayan también las reueren- 
cian. Oliva, Historia del Perú, Lima, 1895, pgs. 130, 131 y 133. 

2. Si an tenido, ó tienen huacas, ó Ídolos públicos, ó parti- 
culares, ó si los an mochado, ó adorado, ofreciéndoles sacrifi- 



é2 Bbligión del Imperio de los Ínoas 

YI. Que la cualidad que da poder a los 
dioses, la tienen los locos y todos los hombres 
dotados de alguna singularidad. 

Vil. Que a las huacas se dirigen oracio- 
nes, y que la cualidad divina parece no ser 
personal. 

yill. Que buaca es encarnable en todos 
los seres de la naturaleza. 

Todo, pues, nos autoriza a clasificar el 
concepto de huaca, en la misma categoría que 
el de mana, manitu etc., sin que por esto pueda 
decirse que sea enteramente igual a éstos, ya 
que las condiciones económicas y sociales en 
que se encontraban los Peruanos (1) antes de 



cios, ó haciendo algunos ritos, ó supersticiones, pidiéndoles 
vida, salud, ó otros bienes temporales. 

16. Si an adorado, ó mochado, adoran o mochan algunos 
cerros, ó manantiales, ó puquios, pidiédoles vida, salud, ó otros 
bienes téporales. Villagómez, Carta pastoral de Exortación 
contra las idolatrías del Arzobispado de los Reyes — Lima, 1649, 
pgs. 56 y 57. 

(1) Pocos son los autores modernos que han analizado el 
concepto de huaca, y estos lo han hecho ligeramente y como 
de paso; citaremos sin embargo algunos, y en primer lugar, 
Banddier, The Islands of Titicaca and Koati, New York, 1910, 
pg. 100. 

Este autor habla de las Achachilas de los indios del lago 
Titicaca, que son las huacas del antiguo Perú, y las com- 
para con los Shiuana y Kopish - tai de los Queras y los Ojua 



Las Huaoas 93 

la conquista española, eran diferentes de aque- 
llas en que vivían los Melanesios, los indios de 
la América del Korte y otros pueblos, de que ya 
hemos hablado; perteneciendo, quizás, el con- 
cepto de huaca a un estado de evolución más 
adelantado, y cercano a la comprensión de la 
divinidad, como una naturaleza sobrenatural 
y propia de dioses personales y poderosos, tal 
como la que se encuentra, desde las albores 
de la historia, en Grecia (1) y Asirla (2). 

De muchas de las huacas creían que, an- 
tes de ser montes, peñascos o islas, habían sido 
hombres, y que su metamorfosis se había ve- 
rificado en un período mitológico, que llamaban 



de los Tehuas de Nuevo México Achachila es voz aymara 
emparentada con Achachi, abuelo o progenitor. (Bertonio, Vo- 
cabulario Aymara, Leipzig, 1879. Parte II, pg. 5). 

Debe también consultarse Payne, History oí" the New 
World called America. Oxford, 1892, Vol. I, pgs. 410 y 411, 
y Reville, The Nativo Religión of México an Perú, (Hibbert 
lectures 1884), New York, 1884, pgs. 166 y 167. 

En las historias generales del Perú y libros que especial- 
mente tratan de los Incas, publicados en el pasado siglo, ape- 
nas si se encuentra algún dato interesante acerca del signi- 
ficado de la voz huaca, pues casi todos los autores se ocupan 
exclusivamente de los cultos superiores de la religión peruana. 

(1) Farnell, Cults of the Greek States. Oxford. 1896, Vol. 
I, pg. 4. 

(2) Jasti-ow, Religión of Babilonia and Asiría, Boston, 
1898. 



94 Eeligión del Impbeio de los Incas 

purumpacJia, (tiempo silvestre) (1), durante la 
lucha entre los dioses supremos, ya fueron éstos 
Yiracocha, Yichama, Con o Pachacámac, fábu- 
las de las que nos ocuparemos en su debido 
lugar. Contaban, también, que estas huacas, 
mientras vivieron, fueron las introductoras del 
cultivo de los cereales y otras obras de civi- 
lización (2). 

(1) Purun = silvestre, ordinario, vulgar, general 
Pacha = el tiempo, el día. Middendorf, Op. cit., pgs. 674 

y 643. 

(2) Volvió (Yichama) erenojo contra los de Vegueta, i cul- 
pándoles de cómplices pidió al Sol su padre los convirtiese 

en piedras, conversión que luego se izo No uvo bien eje- 
cutado el castigo el Sol y el Vichama, quando se arrepintieron 
de la impiedad.... El Sol y el Vichama no pudiendo desazer 
el castigo, quisieron satisfacer el agravio, i determinaron dar 
onra de divinidad a los Curacas i Caciques a los nobles y a los 

valerosos, llevándolos a las costas y playas i a otros puso 

dentro del mar que son los peñoles a quien les dicen tí- 
tulos de deidad Calancha, Chronica Moralizada, T. I, 

Barcelona, 1638, pgs. 413. 

Demás desto. Vuestros Sabios dizen, que estas Huacas an- 
tes que fueran piedras, y se conuirtieran en Huacas, eran 
hombres como nosotros de carne, y huessos, y que el Contiui- 
racocha, como dizen los Llacuaces, o el Huichama, como dizen 
los luncas, los conuirtieron en piedras. Agora te pregunto. 
Quien hizo a estas Huacas Dios? Porque vuestros sabios dizen, 
que antiquisimamente en el Purumpacha eran hombres, y ago- 
ra vemos con nuestros ojos, que son piedras, o cerros, o pe- 
fiascos, o Islas en la mar. Dime hijo, quien hizo aquestas 
Huacas Dioses? De donde les vino la diuinidad. Porque si an- 
tiguamente eran hombres, no podían ellas hazerse DioBes asi 



Las Huaoas 95 

Los indios Thompson j otras tribns Sa- 
lish dicen que la mayor parte de las rocas de 
forma singular, fueron hombres o animales, 



mismas. Otro las hizo a ellas Dioses, y siendo assi claro está 
que quien las hizo a ellas Dioses es mas poderoso que ellas, 
y mas excelente, y mas sabio, esse será Dios, y no la Huaca, 
porque si la Huaca es hechura suya, ya no será Dios ; porque 
Dios verdadero no puede ser hechura de otro, porque Dios es 
el hazedor de todas las cosas, y siendo el hazedor, no puede 
ser su hechura. Demás desto. Si estas Huacas antiguamente 
eran hombres, y tenian padre, y madre, como nosotros, y des- 
pués el Contiuiracocha los conuirtió en piedras, luego agora son 
de menos estimación que antes; porque quando eran hombres 
(como falsamente dizen vuestros hechizeros) tenian entendi- 
miento y hablauan, y tenian ojos, y pies, y manos, como los 
demás hombres, pero agora quien las ha de estimar? Quien ha 
de hazer caso dellas? No veis como las zorras, y los pájaros 
se ensucian en ellas? Esto puede ser Dios verdadero? Esto 
puede ser criador? No tienen verguenca vuestros hechizeros, de 
auer adorado vna piedra sucia de pájaros, y de animales? De- 
zidme, quando estas Huacas eran hombres como nosotros, antes 
que fueran Huacas, no comian mayz? No comian papas? No co- 
mian charque? Sí. Dime quien les daua entonces este mayz qu« 
comian, y las papas, y las ouejas? El Dios verdadero, que ellos 
no conocian, se lo daua todo, como también dá de comer a 
los pájaros, y a los animales, que no conocen a Dios, luego 
antes que vuiera Huacas, a quien vuestros hechizeros piden el 
mayz, y las papas. Dios todo poderoso criaua el mayz, y las 
papas, y crió a essos mismos hombres, que vuestros hechizeros 
falsamente dizen, que se conuirtieron en Huacas. 

Direisme, Padre, estas Huacas, quando eran hombres ha- 
llaron estas comidas, y ellos las sembraron, y las escardaron, 
y enseñaron a sus hijos, como las auian de sembrar. Puede 
ser que sea verdad. Pero dezidme hijos? quien es mas digno 
de ser adorado, quien halló estas comidaB, o quien las crió, 



96 Ebligión del Imperio de los Incas 

en nn período mitológico mny parecido al que 
los Peruanos llamaban purumpacha (1). 

Las historias de transformaciones de hom- 
bres en animales u objetos inanimados, se en- 
cuentran en todas las mitologías, desde la 
de la Grrecia hasta las de las tribus salva- 
jes de Australia, y ocupan preeminente lugar 
en las más perfectas obras de arte (2). Y si 
algunas de estas fábnlas han podido tener ori- 
gen en la semejanza que presentan ciertas pie- 
dras con la figura humana (3), las más son 
debidas a que, paulatinamente, merced al des- 
arrollo de la cultura, el animismo cede su 
lugar en las religiones al antropomorfismo; y 
así, la piedra que era adorada como tal, se 
convierte en un dios petrificado, y más tarde, 
en su imagen. 



para que los hombres las hallasen? No está claro, que es más 
digno de ser adorado, quien las crió de nada, para sustentar 
a los hombres? Dios todopoderoso las crió, y por esso solo 
Dios ha de ser adorado, y seruido. Avendaño, Sermones en 
Quichua y Castellano, Lima, 1649, Tom. I, fls. 42 a 44. 

(1) Teit, The Thomson indians. Jesup North Pacific Ex- 
pedition, Vol. I, Ne\y York, 1889 a 90, pg. 337. 

(2) Lang, Mythes Culthes et Religions, Traduction fran- 
caise par Marilher, Paris, 1896, pgs. 115 a 149. 

(3) Dormán, Primitive superstition, Philadelphia 1881, 
pgs. 180 a 135. 



Las Huaoas 97 

La fuente, tenida por viva y adorada por 
tal, al andar de los años, no es sino el lugar 
donde mora la ninfa, bien distinta ya de la 
corriente de agua en que se baña y cerca de 
la cual elévase, algunas veces, su templo (1). 



(1) Reinach, Cuites Mythes et Religions, París, 1906 y 
1908, Tomo I, pg. 42, Tomo n, pgs. 32 y 77. 



Beligión del Imperio de los Incas 



CAPITULO II 



LOS CONOPAS 



Además de las huacas, que c ran reveren- 
ciadas por toda una tribu, provincia o clan y 
que recibían culto público y general, había en 
el Imperio de los Incas otro género de objetos 
sagrados, llamados de diferentes maneras, en 
las varias regiones del Perú y conocidos poi 
los estudiosos bajo la designación de conopas, 
como los llamaron los antiguos escritores es- 
pañoles, siguiendo en esto a los indios de los 
llanos; pues en la sierra recibían el apelativo 
de chancas o de cunchur, y que han sido re- 
petidas veces comparados a los diuses Lares y 
Penates de los antiguos romanos (1). 

íl) Los Conopas qv en el Cuzco y por alia arriba llaman 
Chancas son propiamente sus dioses Lares y Penates. Arrioga, 
Extirpación de la idolatría, Lima, 1621, pg. 14. 

Avila, Relación etc. Este documento lo publicamos entre 
los que acompañan este estudio. 

También adoran y reverencian las Conopas que en el Cuzco 
llaman Chancas y son sus Dioses lares y Penates. Oliva^ 
Historia del Peni, Lima, 1896, pg. 134, 



100 Eeligión del Imperio de los Incas 

Estos pequeños objetos ocupaban impor- 
tantísimo lugar en la vida de los nntiguos pe- 
ruanos; a ellos pedían consejo y de ellos es- 
peraban socorro en sus necesidades. Sólo de 
un modo particular y secreto los reverencia- 
ban y, en los sacrificios que les ofrecían, hacía 
ordinariamente do ministro aquel qne los im- 
ploraba; pues sólo rara vez llamaban con tal 
objeto a los hechiceros (1). 

En quichua llamábanles también huasica- 
mayoc (2), nombre que expresa muy bien su 
naturaleza doméstica y privada, ya que quiere 
decir el cuidador de la casa (3). 



(Ij A todos los Conopas, de qualquiera manera que sean 
se les da la misma adoración que a las Huacas, solo que la de 
estas es publica y común de toda la Provincia, de todo el pue- 
blo, o de todo el Ayllo, según es la Huaca, y la de los Conopas 
63 secreta, y particular de los de cada casa. Este culto y ve- 
neración o se la dan ellos mismos por sus personas.... o frara 
vez I llaman al Hechizero. Arriaga, id. id., pg. 15. 

(2) Huasi = la casa, la habitación, la sala; la torre; la 
cueva de los animales, el nido de los insectos; la familia, los 
inquilinos. Huasi - camayoj = el mayordomo, Middendorf, "VVór- 
terbucb des Runa Simi oder Kesbua Sprache, Leipzig, 1890, 
pg. 442. 

(3) Y asei los llaman también Hnasicamayoc el mayor- 
domo o dueño de casa. Arriaga, extirpación de la Idolatría, 
Lima, 1621. pg. 14. 

Assi los llaman Huacicamayoc que es el mayordomo o du«- 
flo de la casa, Oliva, Loco cit. 



Los OoxoPAS 101 

Había conopas de diversas materias y figu- 
ras^ si bien ordinariamente eran piedrecillas 
pequeñas, desprovistas de todo trabajo, y que 
tenían alguna particularidad, en su forma o en 
su color (1), sin que faltaran otras cuidadosa- 
mente labradas, imitando objetos naturales. 

Los cálculos o piedras bezares (2) que tan 
misteriosos e inexplicables debían ser para los 
antiguos indios, cuya atención no podía menos 



(1) Avila, Relación de la Idolatría de los Indios de este 
Arzobispado de los Reyes. 

Son de diversas materias y figus isici ordinario son algu- 
nas piedras particulares y pequeñas que tangán algo ras (sic) 
annqo de notable o en el color o en la figura. Arriaga, id. id., 
pg. 14. Esta frase como muchas otras de Arriaga se hallan 
textualmente copiadas, salvo los errores de imprenta, en Vi- 
llagómez, Carta Pastoral de exhortación e instrucción contra 
la idolatría de los indios del Arzobispado de Lima, Lima, 
1649, fol. 39 V. 

Estos ydolos suelen ser de diversas materias y figuras, 
pero de ordinario son de algunas piedras particulares y peque- 
ñas, que tengan algo de singular o notable en el color o figura. 
Oliva, Loco cit. 

(2) No solamente los barbaros americanos, quienes con- 
fiaban en la virtud y eficacia de la piedra bezar, sino también 
los civilizados de Europa y el Cesar Carlos V. tomo piedra be- 
zar para librarse de tristeza y melancolía, y como de un con- 
traveneno poderoso le administraban los médicos del rena- 
cimiento, siguiendo a los árabes. Véase el curioso tratado «De 
la piedra Bezaar y la Yerua Escuer90uera» en Monardez, Pri- 
mera segunda y terceras partes de la Historia Medicinal de laa 
eosas que traen de nuestras Indias Occidentales, Sevilla, 1574. 



102 KKLiaiÓN DBL Imperio db los Inoas 

de lijarse eu piedras euooiitradas eu tau sin- 
gulares cirouiistiiucias, eran conopas muy apre- 
ciados, especialmente para obtener la multi- 
plicación de los ganados. Su nombre era el 
de Illa o Quicu (1). 

Los llevaban en sus mochilas «conside- 
rándolos como talismanes, cuya presencia los 
protege contra enfermedades y desgracias > (2). 
Tau poderosos los consideraban para atraer la 
buena ventura, que las voces iUai/og e ülasapa 
corresponden a venturoso e hijo de la dicha; 
y, en tiempos indudablemente poshispánicos, 
las monedas antiguan, que las indias llevan sus- 
pendidas del cuello y que creen son un eficaz 
amuleto para obtener riquezas, han recibido el 
nombre de i77^ - l-oUn (3). 

Los costeños tenían también por conopas 



¡1 Por conopas suelen tener algunas piedras bezares que 
los Indios llamaban Qnicu. Arri£iga, id. id., pg. 15. 

(Se tienen por conopas las piedras bezares qae llaman Illa 
o si las an aderado o aderan. Yiüagómez, Op. cit. fol. y OH- 
«H, pg. 135, Obra citada. 

'2 Middendorf, Worterbuch des Hnna Simi order keshua 
Sprache, Leipzig, 18£0, pg. 85. 

i3^) Id. id., pg. 96. — Sobre el origen de las piedras beza- 
res y SQS virtcdes. y sobre sus diferentes calidades, v&a¿e: 
Herrera, Historia general de los Hechos de los Castellanos en 
las Islas Tierra Firme del liar Océano, Decada Quinta. Madrid 
i72¿. pgs. 9S y 9&. 



Los OoNüPAS 103 

a unos cristales pequeños, que llamaban la- 
cas (1). 

Acudían a los conopas los antiguos indios 
en sus enfermedades o en cualquier otro tra- 
bajo que les sobrevenía (2). Las mujeres, es- 
pecialmente, esperaban que las socorriesen en 
el parto; para lo cual ofrecían sacrificios a aque 
líos que les eran propios, llamando para esto 
a los hechiceros o sacerdotes, quienes se los 
colocaban encima de los pechos, creyendo, de 
este modo, facilitar el desembarazo (3). 

Además de estos conopas, que podemos 
llamar generales, había otros, cuya esfera de 
influencia era más reducida y estaban í speciali- 
zados para diversos fines; así, había conopas 
para el maíz (zara - conopas, arihua - zara, huan- 
tai-zara, zara -mamas), las patatas (papa -co- 
nopas, acsu-conopa (4), y las llamas (llama - 



^l) En los llanos tenain muchos por Conopas vnas piedras 
pequeñas de cristal al modo de puntas y esquinadas que lla- 
man Lacas. Arriaga, Op. cit., pg. 15. 

(2) Avila, Relación de las Idolatrías etc. 

i^\ Quando la mnger esta de parto, suelen llamar a los 
Hechizeros, para que ha sacrificio al Conopa, que tiene como 
propia suya la muger y se la ponga encima de los pechos, y 
la traiga sobre ello para que tenga buen parto. Arriaga, Ex- 
tirpación de la Idolatría, Lima, 1621, pg. 32. 

féj Agsu, Dep. de Junín, especie de papa. Middendorf, 
Op. cit., pg. 20. 



104 Eeligióx del Imperio db los Incas 

conopa, illa llama, caullama). Atribuíanles po- 
der para aumentar sus ganados o para hacer 
fructificar abundantemente sus sembríos. A 
menudo, los zara-conopas eran preciosas ma- 
zorquillas de maíz, trabajadas en piedra con 
esmero. Estos objetos no san raros en las co- 
lecciones de antigüedades peruanas, así como 
otros, en forma de llamas, que eran los cono- 
pas a cuyo cargo estaba el aumento de estos 
animales, y cuyo uso subsiste aún hoy, como 
lo ha demostrado Max Uhle. Parece que los 
llama- conopas eran, en muchas ocasiones, illas 
o piedras bezares (1). 



(1) Ay también Conopas mas particulares, vnas para el 
mayz, que llaman Zarap conopa, otras para los papas Papap 
conopa, otras para el aumento del ganado que llaman Caulla- 
ma, que algunas vezes son de figura de Carneros, pg. 15. 

Otras (zaramamas) son de piedra labradas como choclos, o 
mazorcas de maíz con sus granos relevados, y de estas suelen 
tener muchas en lugar de Conopas. Pg. 16, Arriaga, Extir- 
pación de la Idolatría, Lima, 1621. 

No me he olvidado hijos de vuestros Conupas, muy bien 
se, que teníais en vuestras casas las Conupas, vnas para el 
mayz, y las llamauais carap - conupá, y Huan - tay zara, y Ari- 
huacara, otras para las papas, y las llamauais papa conupa, 
Acau conupa. No era asi. No lo podéis negar; porque los Vi- 
sitadores, os las quitaron, y las quemaron; y también teníais 
Conupas para el ganado, que las llamauais Llamap conupa, y 
vuestros hechizeros os dezian que estas Conupas tenian poder 
para dar buen mayz, y para el aumento de vuestros ganados, 



Los OoifOPAS 105 

Transmitíanse, ordinariamente, los cono- 
pas de padres a hijos, siendo el mayor o prin- 
cipal aquel que los heredaba (1), reverencián- 
dolos todos los descendientes de su primitivo 
posesor. A falta de herederos consanguíneos, 
encomendaban su custodia al pariente por afi- 
nidad, que les parecía más cercano, o a la 
persona con quien tenían mayor amistad, u 
optaban por llevarlos a la tumba del proge- 



y de vuestras chacras. AvendaTw, Sermones en Quichua y 
Castellano, Lima, 1699, fol. 54 (?j. 

Si an tenido, o tienen en sus casas, ó en otras partes, 
Conopa, Zaramamas, para aumento del ganado, pg. 56 a 59. 

Que Conopa, o Chanca tiene? (que es un Dios pénate ? y 
si es Ascuy, Conopa, ó Zarapconopa, ó Llamaconopa ? si es 
Conopa del maiz, ó del ganado, pg. 61 a 63. Villagómez, Carta 
Pastoral de Exhortación contra las idolatrías del Arzobispado 
de Lima, Lima, 1699. 

Sobre los illas, como Llama - conopas, véase la «Relación 
de la religión y ritos de los indios de Guamacucho» (Colección 
de inéditos, relativos a la conquista y colonización de América 
y Oceanía, Tomo III, pg. 50. 

Uhle Max, Las llamitas de piedra del Cuzco. Revista del 
Instituto Histórico del Perú, Vol. I, Lima, 1806. 

(1) Pero lo ordinario es, que las conopas se hereden siempre 
de padres a hijos, y es cosa cierta y averiguada en todos los 
pueblos que entre los hermanos, el mayor tiene piempre la Co- 
nopa de sus Padres. Arriaga, Extirpación de la Idolatría, Li- 
ma, 1621, pg. 15. 

Herédanse estas Conopas de padres a hijos y están siem- 
pre en el mayorasgo de la casa como vinculo principal della, 
Oliva, Historia del Perú, pg. 136 



106 Ebligión del Imperio de los Incas 

nitor y depositarlos allí ; y, cuando nada de esto 
era posible, enterrábanlos en la casa (1). 

Mas no todos los conopas tenían igual 
historia; pues acontecía que, topándose un in- 
dio con alguna piedra o con cualquiera otra 
cosa, bajo algún concepto notable, la recogía 
e iba a un hechicero y preguntábale el signi- 
ficado de su hallazgo; a lo cual éste contesta- 
ba, diciéndole, con admiración, « éste es cono- 
pa reverencíale y móchale con gran cuidado 
que tendrás mucha comida y gran tranquili- 
dad». 

Para resolver si esta clase de objetos eran 
conopas, servíanse, en otras ocasiones, de pie- 
drecillas, con las que echaban suertes como con 
dados (2), sistema de adivinación muy emplea- 
do en el Perú. 

(1) Avila, Relación de la Idolatría de los indios de este 
Ar9obispado de los Reyes 

(2) Y acontece algunas veces (y no son pocas las que se 
han topado de estas) que cuando algún Indio o India se halló 
alguna piedra de esta suei-te, o cosa semejante en que reparo 
va al Hechizero, y le dize Padre mió, esto he hallado que se- 
ra? y él le dize con grande admiración, esta es Conopa, reve- 
rencíala, y móchala con gran cuidado, que tendrás mucha co- 
mida y grande descanso. — Otras vezes con vna pedrezuela lar- 
guilla y esquinada, que sirve como de dado para hechar suertes 
la hecha y saliendo buena dice que es Conopa. Arrioga, Op. 
cit., pg. 15. Véase Villagómez, Carta Pastoral de exhortación 
e instrucción contra la idolatría, Lima, 1649 folio 39 v. 



Los OoNOPAS 107 

Hemos dicho anteriormente qne en la Sie- 
rra llamaban a los conopas, cunchur j chanca; 
mas estas dos palabras no eran equivalentes, 
pues si ambas significaban objetos de igual 
género, se aplicaban a piedras, cuyo papel, en 
los ritos domésticos con que imploraban su 
auxilio, era diverso. Así, el modo de servirse 
de ellos era el siguiente : 

Sacaban al cunchur y al chanca, que co- 
múnmente eran piedras rústicas, que guardaban 
envueltas en trapos y, con ellos, un poco de 
coca y unos ataditos de cuero, que contenían 
polvos amarillos, paria o cinabrio pulveriza- 
do, muUu, o sea conchas marinas molidas (1), 
oropel y, en algunas ocasiones, un pedacillo de 



Por que en algunas ocasiones con una pedreauela largui- 
11a y esquinada que sirue como de dado para echar suertes la 
echa el hechicero y saliendo buena le dice al yndio que es co- 
nopa y con esta aprobación y canonización tiene ya su Dios 
Pénate y para que nos apiademos destos pobres y miserables 
naturales y echemos de ver quan grande es su ignorancia y ce- 
guedad a acontecido hallarse en poder de una yndia un peda90 
de lacre y en otra una bellota de seda de las que se suelen 
poner en las capillas de las capas aguaderas y en poder de 
otra un ñudo de vidrio del pie de una talla y todas ellas ado- 
ran y veneran como Conopas y Dioses Penates. 

(1) Si con ellas (las conopas) tienen mullu pariasto o 
otras ofrendas que les hacen. ViUagómez, Carta Pastocial de 
exhortación contra la idolatría de los Indios del Arzobispado 
de Lima, Lima, 1649. í'ol. 56 a 69. 



108 Religión del Imperio db los Incas 

plata. Tomaban luego dos o tres piedras planas, 
del tamaño de una mano, y en ellas disponían 
los dichos polvos, formando líneas, y con el 
pedacilio de plata las raspaban hasta dejar 
señal. Colocaban juntamente unos conejillos de 
Indias, vasos (mates) do chicha ordinaria y un 
poco de aquella que llamaban tecti yapaicM (1), 
que era como mazamorra espesa, hecha de 
maíz, mascado por muchachas vírgenes o, a 
falta de éstas, por mujeres que durante su fa- 
bricación, guardaban castidad y se abstenían 
de comer sal y ají (2). Para esto habían pre- 
viamente dispuesto al cunchur y al chanca so- 
bre un poco de paja limpia. Entonces dirigían- 
se al cunchur, implorándole su auxilio como 
a padre y pidiéndole les manifestase cuál era 
la huaca que, con su enojo, causábales el mal 
que sufrían; y, lanzando el chanca (3) al aire, 
preguntaba si el enojado era el Sol, y del modo 
como caía, deducían la respuesta, y siendo afir- 



(1) Tejti = Chicha cocinada con mani, a la superficie de 
la cual nadan gotitas de aceite. Middendorf, Worterbuch des 
Runa - simi oder der keshua - Sprache, Leipzig, 1890. 

(21 Amñaga, Extirpación de la idolatría, pg. 24, Lima, 
162L 

^3) Chancay = tirar algo alzando la mano. Middendorf, 
Op. cit., pg. 343. 



Los OONOPAS 109 

mativa, repetían la experiencia, y, en cayendo 
el chanca por un lado diferente que la primera 
vez, quedaban por ciertos de que era el Sol 
que los castigaba, y trataban de aplacarlo por 
medio de sacrificios. Si las cosas sucedían de 
otro modo, continuaban echando suertes y pre- 
guntando si tal o cual huaca estaba irritada, 
hasta obtener una respuesta definitiva. Obte- 
nida ésta, el que hacía de oficiante, dirigién- 
dose al cunchur y pidiéndole su intercesión, 
soplaba los polvos que habían colocado en una 
de las piedras planas, de que antes hablamos; 
tras lo que regaban un poco de coca y tecti. 
Sacrificaban luego un cuy, cuyas entrañas 
examinaban, hinchando de aire los pulmones 
y, según la forma que tomaban, deducían si 
el sacrificio había sido o no aceptado; conti- 
nuando el sacrificio hasta estar ciertos de que 
había sido grato a las huacas. Hecho esto, 
ofrendaban nuevamente al dios enojado, los 
polvos que habían puesto en las otras piedras, 
vertían la chicha y el resto del tecti en el sue- 
lo y mataban unos cuantos conejillos de In- 
dias más (1). 



d' Franco de Avila, Relación de la idolatría de los Indios 
de .este Arzobispado de los Reyes que se ha descubierto y diver- 
iidad de ídolos que adoran. 



lio Eeligión del Imperio de los Incas 

Quien haya leído con atención las pági- 
nas anteriores, en las cuales hemos resumido 
fielmente lo que los escritores castellanos de 
los siglos XYI y XYII han dicho de los cono- 
pas, habrá podido notar cuan exacta aplicación 
encuentran en este asunto, las ideas que hemos 
desarrollo en el capítulo antecedente. 

La primitiva concepción de mana, wakon- 
da etc., que hemos creído encontrar en la idea 
de huaca, se manifiesta claramente en la de 
conopa. 

En efecto, si no acudimos a ella, encon- 
traremos inexplicable y absurdo el modo cómo 
los antiguos moradores del Imperio de los In- 
cas obtenían nuevos conopas, y muchas de las 
otras particularidades que acabamos de expo- 
ner. 

Mas, no por derivar de una misma con- 
cepción de la fuerza misteriosa y sagrada, la 
creencia en las huacas y en los conopas, la di- 
ferencia que existe entre estas dos clases de 
objetos sagrados es más pequeña, que, a nues- 
tro, juicio, éstas eran más distintas entre sí, de 
lo que, a primera, vista, parece, y de lo que 
los cronistas nos dan a entender. 

Las huacas correspondían, en las rudimen- 
tarias concepción os de los antiguos peruanos, 



Los OONOPAS 111 

a los dioses de otros pueblos de más desarro- 
lladas ideas religiosas; y los conopas eran amu- 
letos. Esta es la opinión de LoTvie (1), al 
estudiar los amuletos americanos, j esperamos 
que será la del lector, después de habernos 
seguido en el brebe examen, que, de algunos 
de los talismanes de que se sirven otros pue- 
blos de América, vamos a hacer en las páginas 
siguientes. 

Generalmente, se entiende por amuleto un 
objeto portátil que se lleva sobre la persona o 
se guarda de otra manera, al cual se atribuye 
poder mágico religioso para alejar un daño u 
obtener un bien. 

Los objetos que han servido como amule- 
tos son muy varios, tales como piedras, o ve- 
getales de forma singular, partes de animales 
o reliquias de muertos. 

Muchos amuletos derivan su virtud de una 
semejanza más o menos real con el objeto, 
sobre el cual se les atribuye influencia. 

Los objetos adivinatorios, guardados du- 
rante largo tiempo y empleados a menudo, 



(1) Loioie, Charms and amnlets in America of Hastings 
Encyclopaedia of Ethics and Religión, Edinbourgh, 1911, Tomo 
m, pg. 408. 



112 Religión del Imperio de los Incas 

llegan a convertirse en amuletos, dotados de 
virtud para producir los hechos que predicen. 

Los fines para que sirven los amuletos 
son: I'', curar o evitar ciertas enfermedades; 
2^ lihrar de determinados peligros; 3°. dar 
huena suerte o vigor; 4°. la realización de 
determinados deseos, tales como éxito en el jue- 
go, aumento de riqueza, fructificación de gana- 
dos y sembríos, triunfos de amor, fertilidad eto. 

Los amuletos están fundados en el con- 
cepto de una fuerza mística y mágica, tal como 
mana (1). 

IS'o siempre es fácil decir si una cosa es 
un amuleto o un fetiche, puesto que, bajo al- 
gunos respectos, ambas clases de objetos tienen 
gran semejanza y casi igualdad. Así, no debe 
sorpréndenos que Spencer haya clasificado en- 
tre estos últimos los conopas del Peni (2), ya 
que fetiche es un objeto material, morada per- 
petua o momentánea de un dios o de un espíri- 
tu natural, o del de un muerto o un instrumento 
para obtener, de un modo sobrenatural, fines 
no acequibles de otra manera. 



íl) Barbara Freiré — Marreco, Charms and amulets. Has. 
tings, Op. cit., pg. 393 a 398. 

(2) Lewis Spence, Feticliiam in America Hastings, Op. 
cit., Edimbourgh, 1912, Vol. V, pg. 908. 



Los CONOPAS 113 

Machos fetiches están poseídos por espí- 
ritus indeterminados (1). 

Previas las antecedentes nociones genera- 
les, daremos, pues, principio a nuestra ligera 
revista de los talismanes americanos, no sin 
advertir antes que, estando mucho mejor estu- 
diada la etnografía de la parte setentrional del 
Continente, nuestros datos, relativos a la Amé- 
rica del Sur, serán mucho más deficientes que 
los que podamos exponer acerca de las tribus 
que moraban al Korte del Istmo de Panamá. 

Pocos pueblos americanos son conocidos, 
bajo el respecto que ahora nos interesa, mejor 
que los esquimales; pues el aislamiento y di- 
fíciles condiciones en que viven, han sido po- 
derosos incentivos de la curiosidad de los et- 
nólogos, que, sin retroceder ante las más duras 
penalidades, han estudiado, con detención, 
esto pueblo singularísimo. 

Los esquimales de Groenlandia tienen 
amuletos muy numerosos, que llaman arnuaq 
de quienes creen obtener determinadas cuali- 
dades y que dicen les libran de ciertos peligrt)S 
o males y aun de la muerte, ejerciendo su pro- 



[1) Aston, Fetichism in Hasting, Op. cit., Vol. V, pgs. 
8W y a96. 
Beligión del Imperio de los Incas 9 



114 Ebligión del Imperio de los Incas 

tección, sobre todo, en los niños, que siempre 
andan cargados de talismanes. 

Son estas piedras qae tienen algnna sin 
gularidad, huesos u otros restos de animales o 
aves, j los llevan de ordinario colgados del 
cuello. 

La mayor parte de estos amuletos están 
fundados en principios de magia por contac- 
to, sin que falten otros, cuya psicología sea de 
más difícil explicación. Los padres hacen que 
sus hijos lleven cabezas, garras u otras reliquas 
de halcones, para que sean buenos cazadores, 
y un pedazo del vestido de un europeo, para 
darles la habilidad e inteligencia de la raza 
blanca. 

En los botes ponen cabezas de zorros j 
en los arpones, el pico de una águila (1). 

Los cazadores que moran en la Bahía de 
Hudson, para capturar ciervos y obligar a es- 
tos animales a correr en determinada dirección, 
fabrican un muñeco, a imagen de algún ca- 
zador famoso, y cuólganlo de un palo, en un 
lugar a propósito. 

Los talismanes de estas gentes están des- 
tinados a guardar a su dueño de los ataques 

(1) Orantz, Historj of Greenland, London, 1767, Vol. I, 
p^s. 216 y sigts. 



Los CONOPAS 115 

de los malos espíritus, siendo algunos repre- 
sentaciones de parientes difuntos. 

Muchos de los nombres personales, de que 
se sirven, designan objetos naturales. Los que 
tales nombres usan, llevan una imagen o una 
porción de la cosa de que se deriva su ape- 
lativo. 

Erecuente es el empleo de las ropas de 
un muerto, para obtener el auxilio de su espí- 
ritu, así como el de restos de animales, cre- 
yendo, de este modo adquirir sus propiedades. 

Los objetos extraños y nunca vistos juzgan 
que dan buena ventura a quien los halló. 

Un talismán curioso de estas gentes era 
el que representaba cuatro cabezas de hechi- 
ceros célebres (1). 

Según Boas, en las ideas religiosas de los 
esquimales del Centro, los tornait o señores 
invisibles do todas las cosas son los seres más 
poderosos después de Sedna. 

Todos los objetos tienen su dueño invisi- 
ble o inua que puede convertirse en el genio 
de un hombre, que entonces adquiere las cua- 
lidades de angaJíunirno o hechicero, lo cual 

(1; Tnrner, Etnology of the Ungava Districit Hudson Bay 
Temtory U'" Annual Eeport of the Bureau of Ethonologie, 
"Washington 18í)4, pg. 201. 



116 Ebligión del Imperio de los Incas 

acontece más fácilmente con los inuas de los 
osos, o de las piedras o con los hiim-^nos. 

El tornait de las piedras vive en las gran- 
des rocas, que hay esparcidas por todo el país, 
las cuales creen que son huecas y provistas de 
una entrada secreta, sólo conocida de los he- 
chiceros. 

Estos esquimales no fabrican imágenes de 
los tornait; pero se sirven mucho de amuletos 
arnigoas, los cuales, si bien algunos son da- 
dos por un tornait, son la mayor parte here 
ditarios. Los amuletos más comunes son plu- 
mas de lechuzas, dientes de osos u otras cosas 
semejantes; así como minerales raros, que en- 
vuelven en un pedazo de piel. Un retazo de 
la primera vestidura de un niño es tenido por 
poderoso talismán. 

Llevan sus amuletos en medio de la es- 
palda, en la chaqueta interior (1). 

Los esquimales del Cabo Barro w dan mxi- 
cha importancia a los amuletos qne llevan en 
sus personas, en sus botes y aun en algunas 
armas. Estos son de varias clases ; los hay he- 
chos de pieles, huesos u otros restos de ani- 

(1) fíoas (T.), TLe Central Eskimo G"- Annnal Report of 
the Bureau of Etnology, 1884-85, Washington, 1888, pg. 591 
a 592. 



Los OONOPAS 117 

males, con los cuales creen obtener las cuali- 
dades de éstos; otros son hechos de plumas, 
como los que cou las del águila dorada hacen 
y que llevan en sus botes; otros son objetos 
que, por su forma, recuerdan el efecto que con 
ellos se quiere obtener; de éstos, unos son na- 
turales otros artificiales, tales como los en de 
forma de lobo marino, hechos de piedra esta- 
llada. 

En fin, cada clase de amuletos parece es- 
tar destinada a distinto fin y ser éstos más 
apreciados, cuando han pertenecido o estado 
en contacto con sujetos respetados, tales como 
los antepasados, o los cazadores famosos (1); 
y parece que, en general, todas estas gentes 
consideran dotados de virtudes sobrenaturales 
y estiman en mucho todos aquellos objetos que 
han permanecido largos años en poder de la 
familia (2). 

Entre los que moran en la costa de ÍTor- 
ton Sound y en el bajo Yukon, además los de 
dientes, colas y orejas de lobo u otros anima- 



(1) Murcloch (John), Etnological Results of tHe Ponit 
Baraw expedition S"" Annual report of the Bureau of Eth- 
nologic 1887-88, Washington, 1892, pg. 430 a 441. 

(2) Lewis Spence, Fetichism in America Hasting, Op. 
cit., Vol. V, pg. 899. 



118 Ebli&ióx del Impekio de los Inoas 

les semejantes, y de las pieles de armiño, te- 
nían por talismán muy poderoso para la caza, 
el cuerpo seco de un niño pequeño, que, en 
un saco, llevan sobre sí o en sus canoas. Para 
que esta momia tenga virtud, era preciso que, 
el recién nacido, haya sido asesinado en secreto 
y su cuerpo robado, sin que nadie se enterase 
de lo ocurrido. Con el mismo fin, emplean 
máscaras o figurillas de animales, más o menos 
reales, pequeñas piedras y cristales. 

Agujereábanse las narices para colocar 
amuletos, hechos de concha (1). 

Los Iniuts llevan como amuletos, dientes 
y figuras de animales (2). 

Los esquimales del Estrecho de Bering se 
sirven de amuletos de madera, piedra y hueso. 
A menudo, la virtud es inherente al objeto; 
a veces, comunicada por el encantamiento de 
un hechicero. Un objeto doméstico, por su 
antigüedad y larga posesión en la familia, es 
tenido por talismán, guardado como valioso 
tesoro y trasmitido de padres a hijos. Esperan 



(1) Spence, Op. cit., in Hastings Encyclopaedia. Vol. V, 
pg. 899. 

Dormán, The origiu of primitive supersticions, Philadel- 
phia, 1881. pg. 158. 

(2) Dormán, Op. cit., pg. 168. 



Los OONOPAS 119 

protejan y ayuden al que les posee, merced al 
poder sobrenatural e inteligencia de que los 
creen dotados. 

Esperan que los amuletos les libren de cier- 
tos males, especialmente físicos y les den éxito 
en las cacerías. 

Las mujeres llevan collares de cascabeles, 
hechos de molares de reno, arrancados con un 
pedazo del alvéolo; a estos atribuyen singula- 
res virtudes. 

Cuando una mujer no tiene pronto hijos, 
para conjurar la esterilidad, el brujo practica 
ciertas ceremonias secretas sobre un muñeco, 
con el cual duerme la mujer. 

Para tener suerte en la caza, además de 
la momia de un recién nacido y de máscaras, 
sírvense, como otros hiperbóreos, de representa- 
ciones de animales, más o menos, míticos. A 
estos talismanes creen dotados de una clarivi- 
dencia sobrenatural para ver las presas a una 
gran distancia, merced a lo que guían al ca- 
zador y lo conducen al lugar propicio; dicen 
otros que los amuletos atraen a los anima- 
les (1). 

'1) Nélson, The Eskimo of Bering Strait 18 Annual Re- 
port of tlie Bureau of Ethnologie, 1896 a 97, Washington, 1899, 
pg. 427-41. 



120 Keligióx del Imperio de los Ingas 

Sírvense también, con igual fin, de mo- 
mias de animales; y, cuando matan un lobo 
marino, córtanle pedazos, y estos guardan cui- 
dadosamente y en ellos frotan las puntas de 
las flechas, para que éstas hieran eficazmen- 
te (1). 

Antes de seguir adelante y a riesgo de 
salimos del programa que nos habíamos tra- 
zado, no podemos resistir al deseo de exponer 
a la consideración del lector algunos datos so- 
bre los talismanes de ciertas parcialidades, mo- 
radoras del extremo oriental de Siberia, pues 
pensamos que servirán para ilustrar la psicolo- 
gía de las razas primitivas y proyectar mucha 
luz en el asunto que dilucidamos, y para escla- 
recer la verdadera naturaleza de los conopas. 

Los Koryak además de los dioses espiri- 
tuales que son comunes a toda la nación, tie- 
nen guardianes o protectores propios de cada 
tribu, familia o individuo, y aun, en ciertas 
raras ocasiones, de todo un pueblo. De estos 
guardianes esperan que evitarán todo mal a sus 
dueños y les proporcionarán ciertos bienes par- 
ticulares. Unos son generales, otros sólo tie- 
nen poder para fines determinados. 

'1) Dormán, Op. cit., pg. 157. 



Los OONOPAS 121 

Los utensilios empleados para producir 
fuego por fricción, esto es, una planchita, en for- 
ma humana, muy tosca, con algunos huecos, 
y los palos con que la frotan son los guar- 
dianes de los rebaños y los tutelares del hogar, 
tanto entre los Koriyak, que viven en la ribe- 
ra, del mar, como entre los que se dedican a 
la cría del reno, y moran en el interior del 
país. 

En el lado izquierdo de las casas y junto 
a la puerta que lleva al pórtico, tienen estas 
gentes un sitio exclusivamente destinado para 
guardar sus amuletos. Allí colocan la planchi- 
ta, con que producen el fuego, en lugar emi- 
nente, poniéndole algunos adornos. Cuando 
está ya demasiado usada, hacen una nueva que 
ocupa el lugar de la antigua; mas conservan 
también ésta, con cuidado, entre los objetos 
sagrados. 

El tambor es el señor del dormitorio. To- 
da pareja de casados tiene su tambor. Y así 
como no puede haber rebaño sin un fuego sa- 
grado, así no puede haber familia sin tambor. 

A otros espíritus guardianes llaman Jca- 
ncíTcs y JcalaJcs, y algunos de éstos comunes a 
toda una población, son un poste rudamente 
tallado. 



122 Eeligión del Ímpbbio de los Incas 

Hay amuletos para las redes, muñequitos 
muy rudamente trabajados; otros hay, que lle- 
van consigo cuando viajan, y son como rosa- 
rios de diminutas figurillas humanas, atadas a 
una cuerda; óti'os, en fin, son protectores es- 
peciales de los niños. 

Los botes, hechos de pieles, tienen un ca- 
rácter sagrado y no deben servir sino a una 
sola familia. En ellos hay una figurilla hu- 
mana y un haz de palillos, que son talismanes. 

Antropomorfo es el que suspenden en la 
tienda de dormir, este protege a las mujeres 
e impide que sean estériles. Igual forma tie- 
nen los que favorecen a los cazadores; y atri- 
Tuyeu idéntica virtud, su figurilla es de madera 
tallada en forma de focas. 

A veces, una flecha, con la que se ha ma- 
tado a un lobo, es ofrecida a los espíritus, y 
guardada con los otros amuletos. 

La piedra adivinatoria juega un papel im- 
portante en la vida ritual de los koriaks y es 
uno de los objetos indispensables en el hogar 
de la familia. Por medio de ella, se adivina, 
antes de toda acción de alguna importancia, 
cuando se va a dar nombre a un niño, antes 
de partir para un viaje, durante las festivida- 
des de las focas etc. etc. 



Los OoNOPAS 123 

La piedra adivinatoria consérvanla en una 
bolsa de cuero, de la cual cuelgan otros amu- 
letos. Para servirse, la colocan sobre uno o 
varios palos; y, si al sacudirlos, cae, tienen la 
respuesta por negativa; y, si permanece en su 
lugar, creen que ba contestado afirmativamente. 

Estas piedras son guijarros redondeados, 
tomados en la orilla de ios ríos por personas 
conocedoras o becbiceros, y que, las lian con- 
sagrado, pronunciando sobre ellas un encanta- 
miento (1). 

En este pueblo, mucbos amuletos no son 
sino piedras u otros objetos naturales, que, por 
alguna circunstancia, bieren la imaginación de 
un aborigen. Así, cuenta Krasbeniunikoff que 
un koryak marítimo, que vivía en el pueblo 
de Uka, en la costa oriental del Norte de Kam- 
cbaka y que sufría, desde bacía varios años, 
de una enfermedad venérea, probablemente sí- 
filis, un día, paseando por los bancos del río 
A'dka, encontró una piedra que, al tomarla, 
respiró, cebando sobre él un aliento semejante 
al de un hombre. Arrojóla, mas, poco después, 
agravóse mucho su mal hasta verse obligado a 

(1) Jochelson (Waldemar), The Koryak. Religión andMiths. 
The Jesup North Pacific Expedition, Vol. VI, p. I, New York, 
1905, pgs. 33 a 44 y 74. 



124 Eeliguón del Imperio de los Ingas 

guardar cama durante todo un invierno y un ve 
rano. Al año siguiente, recordando lo ocurrido, 
fué a buscar la piedra y encontróla juntamen- 
te con otra más pequeña; las tomó consigo, las 
llevó a BU casa, donde les hizo vestidos; y co- 
mo, poco tiempo después, sintiese notable ali- 
vio en su dolencia, tomó a la menor por hijo 
y a la otra por mujer, llevando ésta siempre 
consigo, en sus viajes y expediciones de caza, 
estimando a ambas como a poderosos amule- 
tos (1). 

Muy interesante es averiguar como en- 
tre estas gentes la imagen de un animal o de 
un hombre, hecha por otro hombre, o un ob- 
jeto, de natural, desprovisto de toda apariencia 
de vida, llegan a ser reverenciados como amu- 
letos o espíritus guardianes. A este propósito, 
nos narra Jochelson un caso típico e intere- 
santísimo, por él observado. 

Dos hermanos koryaks, pastores de renos, 
moradores del río Tilpai, a la muerte de su 
padre resolvieron vivir separadamente y repar- 
tirse el rebaño. Siguiendo la costumbre, la 
planchita, empleada en la producción del 



(1) Bogaras (Waldemar), The Chukchee The Jesup Nortli 
Pacific Expedition, Vol. VII, New York, 1906, pgs. 338 a 348. 



Los CoxoPAS 125 

fuego y que es el protector del ganado, fué 
dada al hermano menor. Vióse entonces el 
otro en la necesidad de fabricarse una nueva; 
fué a buscar sus haclias y, a peco, regresó con 
lo que le bacía falta; púsola a secar sobro el 
fuego sagrado del hogar (obtenido por fricción) 
y, de allí a pocos días, procedió a la consa- 
gración. Mató un reno, como sacrificio a gi- 
cho'-l-eti' noila ®n y con la grasa y sangro do 
aquél untó la planchita. Hecho esto, la ma- 
dre de los dos hermanos recitó sobre ella un 
encantamiento, en el cual conjuraba al gran 
cuervo se posase sobre la nueva planchita, 
para guardar la morada y el rebaño. Hízose 
entonces, por primera vez fuego, sirviéndose 
de ella; y, cuando salió un humo oscuro, el 
hermano mayor exclamó: «Ahora ya mi re- 
baño tiene guardián!» (1). 

Como muy bien dice el autor, según cuyo 
testimonio hemos escrito lo antecedente, hay 
dos elementos que participan de la transfor- 
mación del pedacillo de madera, rudamente 
trabajado en forma humana, en amuleto pro- 
tector de los ganados. El primero, el concepto 

(1) Jochelson ("Waldemari, The Koryak Religión and 
Miths. The Jesup North Pacific Expedition, Vol. VI, pga. 32 
a 34, New York. 1095. 



126 Eeligion del Imperio de los Incas 

de fuerza mago -mística iumanento en toda la 
naturaleza, aun en los objetos inanimados, y 
el segundo, la virtud de encantamiento que, 
de un modo sobrenatural y misterioso, desarro 
lia esta fuerza latente, la encamina y dirige a 
un fin determinado (1). 

Los amuletos de las dos ramas en que se 
dividen los Chukchis y los de los esquimales 
que moran en el Oriente de Siberia, son muy 
semejantes, diferenciándose según las condicio- 
nes de vida peculiares de la famila a que per- 
tenecen. Así, entre los pastores de renos o 
moradores de la montaña, los talismanes son 
para proteger los rebaños, mientras los de los 
costeños, que viven de animales marítimos, es- 
tán destinados a proporcionarles abundante pes- 
ca y cacería. 

Los Chukchis como los koryaks tienen 
amuletos que son simples objetos naturales, 
desprovistos de toda labor y que, como dicen 
ellos, han sido tomados y estimados por talis- 
manes, porque han manifestado, por medio de 
alguna señal especial, deseo de ser recogidos. 
Esto opinan, cuando, en su hallazgo, acontece 



(1) Op. cit., id. id. 



Los OoNOPAS 127 

algo que hiere su atención, como cuando los 
encuentran bajo la cama etc. 

En estos dos pueblos, los talismanes an- 
tropomorfos son de una ejecución muy ruda, 
mientras los juguetes son de un trabajo esme- 
rado y, en ocasiones, artístico. 

El nombre que los Chukchis dan a sus 
amuletos es inend-u' -lem. Desígnanles además 
con los calificativos de asistentes vi'golin, au- 
xiliadores vire'-tilin, compañeros o asistentes 
viref -tu'ingin. La misión de éstos es prote- 
ger los objetos y personas, con los cuales es- 
tán unidos, Llévanlos ordinariamente sobre sí 
y su protección es apetecida especialmente en 
los viajes por regiones dseconocidas. 

Cada aborigen tiene uno o varios de estos 
guardianes. Estos son: ya rudas imágenes hu- 
manas o de animales, hechas de madera; pie- 
les de animales, especialmente las do los ar- 
miños; tiras de cuero con nudos. 

Ponen también talismanes en los instru- 
mentos, destinados a la caza y a la pesca. 

Además de estos talismanes, que podemos 
llamar individuales, tienen los Chukchis otros, 
que pertenecen a toda una familia, cuyo bien- 
estas protegen. 

Entre los pastores de renos, los objetos 



128 Eeligión del Imperio de los Incas 

que sirven para obtener el fuego del hogar, 
ocupan el lugar preeminente entre todos los 
objetos sagrados, especialmente la planchita, 
fallada en forma humana, sobre la cual se pro- 
duce el frote. Cuando una familia posee varias 
de éstas, la más antigua es tenida por la pro- 
tectora del rebaño, y las otras, según su edad, 
de la caza, de los sacrificios etc. 

Las familias tienen también unas especies 
de rosarios, formados de figurillas humanas, 
atadas a una cuerda (la cual quizás no sirve 
sino para evitar que estos diminutos objetos 
se extravíen en los constantes viajes); lláman- 
los protectores contra la desgracia tai'miJcul- 
hin. La mayor parte de estos diminutos ta- 
lismanes, son figurillas de madera; pero, en al- 
gunas cuerdas, se encuentran pedazos de ves- 
tidos mortuorios o de pieles y esqueletos de 
animales pequeños. 

Guardan un tambor en el dormitorio, tam- 
bor que es respetado como un poderoso amu- 
leto. 

Entre los chnkoihs marítimos, los amule- 
tos son casi los mismos; así, tienen los atados 
en cuerdas, si bien les dan menos importancia. 

En lo que se diferencian unos de otros es 
en que los amulf^tos marítimos llenen para la 



Los OoNOPAS 139 

caza de animales marinos y que, en su mayor 
parte, pertenecen al bote. Son éstos la punta de 
un arpón ya inútil, herramientas gastadas que 
sirvieron para la fabricación de la canoa, un par 
de calaveras de Larus argentatus^ piedras de 
echar suertes, pedazos del cuerpo de una foca, 
que guardan en una bolsa, que haya servido 
en las ceremonias de las focas, etc., etc. 

Algunos de los juguetes con que se entre- 
tienen las muchachas son amuletos, para que 
sean fértiles (1). 

Entre los moradores de las islas Aleuti- 
nas era universal el uso de amuletos. Los ca- 
zadores tenían gran aprecio a una piedra rara, 
que llamaban tTchimJcee. ííingún animal, ni el 
más feroz, podía resistir a su imán, y el feliz 
mortal que la poseía no necesitaba fatiga 
alguna para obtener las mejores presas. Otro 
poderoso talismán era la grasa de los muer- 
tos (2). 

Regresando a América, notaremos que, 
entre los kadiak, al principiar la primavera, los 
cazadores de focas suben a las montañas en 

(1) Bogoras, (Waldemar), The Chukchee. The Jesup Norh 
Pacific Expedition, Vol. VII, New York, 1906, pgs. 338-358 
y 862 a 67. 

(2^ Bancroft, The Nativa Races of the Pacific States of 
North America, London, 1876, Vol. III, pgB. 144 y 45. 
Beligión del Zmpsrlo de los Znoae 8 



130 Religión del Imperio de los Incas 

busca de plumas de águilas, de Is^na de osos, 
de piedras de formas raras, de raíces singulares, 
de esqueletos de pájaros y de otras cosas se- 
mejantes, que tienen después por amuletos (1). 
En las páginas antecedentes hemos tra- 
tado de los pueblos boreales que, bajo muchos 
conceptos, se diferencian de los verdaderos in- 
dígenas americanos. Ahora, al comenzar a 
ocuparnos de éstos, recordaremos que, como ya 
hemos dicho, en la mayor parte de las na- 
ciones de la América Setentrional es costum- 
bre que al llegar un muchacho a la pubertad, 
trate, por medio de aislamiento y ayuno, de 
obtener un espíritu guardián, que, ordina- 
riamente, es un animal, y en tal caso, pro- 
cure matar uno de la especie y hacer con su 
piel una bolsa mágica, a la cual rinde una 
especie de culto, ofreciéndole tabaco y dándole 
gracias en días de ventura, implorando su so- 
corro en la tribulación. Esta bolsa o las otras 
reliquias que, así, guardan del animal protec- 
tor, en la mayor parte de las ocasiones, son 
amuletos (2). 



vlj Lisiansky, Voyage arraund the World in Rusia Sn. 
Petersburgo, 1812, Vol. II, cit,, por Borgas, Op. cit., pg. 384. 

(2) Frazer, Totemiam and Exogamy Loadon, 1910. Vol. 
in, pig. 3D7 a 466. 



Los OoNOPAS 131 

Entre los denés, la nación más nnmerosa 
de las que moran en el Setentrión de la Amé- 
rica del Norte y que ocupan gran parte de 
Alaska, y de la región del Canadá, compren- 
dida entre el Océano Ártico, la Bahía de Hud- 
son y las montañas Llilloet, hay numerosos 
amuletos, los cuales son, en las tribus Dog- 
ribs y Athabaskans, restos de animales, que 
obran por mágica simpática. Los chipetvaynes 
nunca arrojan las redes, sin colocar en ellas 
algunos talismanes (1). 

Entre los Tlingits que habitan un país 
sumamente áspero y riguroso, en medio de al- 
tas montañas, cubiertas, de seculares selvas, 
situadas en la costa Snr de Alaska, entre 60 
y 55 grados de latitud, los cálculos que lla- 
man daña'h, si son encontrados en el cuerpo 
de un ciervo, los estiman por muy pederosos 
para facilitar la caza de este animal (2). 

Los haldas, cuya residencia está en las 
islas Carlotas, usan de pequeñas lechuzas y 
ardillas muertas como amuletos, y las miran 

(1) Lowie (Robert H.), Charros and amulets of America 
in Hastins, Encyclopedia of Ethics and Religión, Vol. III, 
Edimbourgli, 1912, pg. 404. 

(2) Sicanton (Jhon), Social contitions Beliefs and Lin- 
guistic Relationship of the Tlingit Indiaus 26 Annual Report 
of the Bureaux of Ethnology, 1964-1905, Washington, 1908. 



132 Eeligión del Imperio db los Incas 

con respeto (1), j llaman IlhiU, lll-jow III- 
joic MU, (hill = medicina o amuleto; ill-jownr: 
riqueza, prosperidad), a una figurilla humana, 
hecha de dos plaquitas de bronce, entre las cua- 
les hay pedazos de tela. Este talismán, para que 
tenga virtud, es preciso que haya sido robado 
y guardado con gran secreto, y que las hila 
chas que lleva en su interior sean sacadas de 
los vestidos de extranjeros. Tiénenlo en el ar- 
ca, en que guardan la ropa, y sólo sácanlo, 
cuando van a hacerle alguna petición (2). 

Entre los Thomson, una de las tribus Sa- 
lish, moradores del interior de la Oolumbia 
Británica, el cazador, que no logra encontrar 
las presas que busca, corta la cabeza a un foól- 
hen y, al llegar al campamento, le ruega que 
le indique la dirección en que encontrará la 
cacería, y la tuerce una vez; y, si la posición 
que entonces toma la cabeza la conserva, al 
hacer por segunda vez la experiencia, deduce 
que todos los animales deben encontrarse en 
esa dirección. Entonces coloca la cabeza, por 



•1/ BancToft, The Nativo Races of the Pacific States of 
North America, Vol. I, London, 1875. pg. 171. 

(2) Sicanion (Jonh), The Haldas of Qucen Charlotte la- 
laads Jeenp. North Pacifio Expedition, Vol. V, pg. 46, New 
York, 1909, 



Los OoiTOPAS 133 

la noche, bajo su cama, coa el pico hacia la 
dirección indicada, la cual sigue, a la mañana, 
en busca de cacería. 

Los cazadores de osos sírvense de la cola 
de una serpiente, llamada de dos cabezas, como 
amuleto contra los azares de este deporte. 

Oreen también que la piel de una mar- 
mota tiene asimismo poder para dar buena 
suerte en las empresas venatorias (1). 

En las tumbas prehistóricas de Lytton se 
encuentran piedra:^ de colores brillantes j cla- 
ros, grote^camellte trabajadas, que d* bieron ser 
amuletos. Parecen haber sido estos antiguos 
moradores de la misma cultura que los Thom- 
son (2). 

Los LillooetcfJ, próximos parientes de los 
Thomson, tienen amuletos, hechos de restos de 
animales, muchos basados en magia simpática. 

Entre otras tribus Salish, establecidas en 
la isla Yancuver los magos llevan como talis- 
mán, la piel de una especie de ardilla (3). 



(1) Teii, The Thomson Indians. The Jesup North Pacific 
Expedition, Vol I, pg3. 372, New York, 1898. 

(2) SviUh, Archeolügy of Lytton British Columbia. Jesup 
Norh Pacific Expedition, Vol. I, New York, 1889 a 1890. 

(3) Bañero ft, The Nativo Races of the Pacific States of 
Ambritía, Lanáou-, 1875, Vbl. ni) pg- 130. 



Íé4 BELiaiÓ]^ DBL IMPEBIO DB LOS iNOAd 

Dejando la costa del Pacífico, para diri- 
girnos hacia el atlántico, encontramos a las 
numerosas tribus, pertenecientes al grupo Siuan 
o Dacota, que ocupaban un extenso territorio^ 
comprendido entre las Montañas Rocosas j el 
Misisipí. Entre éstas, era muy usado el fabri- 
car una imagen del espíritu tutelar, el cual 
era en la mayor parte de los casos, un animal; 
dicha imagen llevan siempre consigo pues di- 
cen influye mucho en su dueño. 

Flechitas consagradas y ciertas bolsas es- 
peciales eran talismanes. 

Entre los Kansas la pipa de guerra es ve- 
nerada. 

Los Siouan hacen amuletos con pieles do 
animales. 

Entre los Jowas, además de los objetos ya 
dichos, son talismanes, ciertas piedras redon- 
deadas y un pedazo de hierro. 

Los jefes y guerreros Assinniboines tienen 
un wakan o amuleto, que consiste ya en la 
piel de un animal o en las plumas de un pá- 
jaro, ya en una pequeña piedra, ya en una figu- 
ra fantástica, dibujada con mullos (1). 

(1) Dorsey, f James Owen), A Study of Siouan Cults 
ll"" Annual Reportof the Bureau of Ethnology, 1889 a 1890, 
Washington, 1894, pgs. 41B a 416, 426 y 427, 44&, 499. 



Los OoNOPA* i 35 

Entre los Hidasta, todo hombre tiene una 
medicina personal, que es ordinariamente, la 
piel, las garras, la cabeza o algún otro resto 
del animal que tienen por su espíritu guardián; 
entre los cuales opinan los más poderosos son 
el búfalo blanco, la zorra y el lobo. 

Los dientes de los osos son amuletos muy 
preciados, que cuelgan al cuello de las mu- 
chachas, para que sean industriosas y traba- 
jadoras. 

Para asegurar la agilidad de un potro, 
que esperan llegue a ser un buen caballo atan 
a su cuello un pedacito de cuerno de ciervo 
o antílope (1). 

Para los Ojibwayes, que pertenecen al 
stok Algonquín y que ocupan un extenso te- 
rritorio, al rededor de los lagos Hurón y Su- 
perior, el primer hecho importante en la vida 
de un joven es su primer ayuno, para el cual 
abandona la casa paterna y se establece en un 
lugar solitario, donde se abstienen de alimentos 
hasta que el hambre y la fatiga le ponen en 
un estado histérico o estático, durante el cual 



(1) Mütthews íW.j, The Hidasta, Washington, 1877, pg. 50. 

Dorsey (James Owen), A Study of Siouan Cults ll"" Annual 
Report of the Bureau of Ethnology, Washington, 1894, pgs. 
610 y 516. 



136 Religión del Imperio de los InoaS 

tiene la visión de su espíritu guardián, que es 
el objeto que primero se le aparece en su se- 
midelirio y al cual nunca menciona, sin ofre- 
cerle antes un sacrificio. 

Hacen una imagen de este manitu, ya ta- 
llada, ya dibujada, la cual llevan siempre sobre 
sí, colgada al cuello o en la bolsa mágica (1). 

Los Blackfoot, otra tribu Algonquín, si- 
tuada en las vertientes orientales de las Mon- 
tañas Koqueñas, matan un animal de la especie 
a que pertenece su espíritu guardián y, con 
gran sigilo, conservan su piel como valioso 
amuleto (2). 

Los Iroqueses consideran la mayor parte 
de las cosas que les parecen extraordinarias 
como oM^ y el que halla una de éstas, tiene 
por asegurada su ventura. Así, guardan esme- 
radamente los cálculos que encuentran en los 
animales que cazan y cualquiera otra cosa sin- 



ilj Hoffman, The Mide' wiwin or grand Medicin Society 
oí the Ojibwa 7* Annual Report of the Burean of Ethnology 
1885-86, Washington, 1891. 

(2) Wilson, Report on the Blackfoot Tribes, pg. 187. Re- 
port of the 57"' lueeting of the British association for the 
Advencement of Science held in Manchester in 1887, London, 
1888. 



Los OoifOPAS 18t 

gnlar, a tales objetos honran en sus fiestas j 
propician con sacrificios (1). 

Para defenderse del mal de ojo, llevan 
collares u aretes de amuletos. Estos son figu- 
ras o caras humanas o restos de algún ani- 
mal (2). 

Un hurón, si ha tenido dificultad especial 
para matar un ciervo y en sus entrañas en- 
cuentra alguna piedra, guárdala como objeto 
dotado de poder sobrenatural y empléalo como 
amuleto (3). 

Entre los Creek, que pertenecen a la fa- 
milia Muskhogeana y que, cuando la conquista 
francesa de 1730, vivían en los actuales esta- 
dos de Alabama y Georgia, los mozos aventu- 
reros, que se armaban, de tiempo en tiempo, 
en partidas guerreras, llevaban como prenda 
de ventura una bolsa talismán, que guardaba 
el conductor de la expedición, que era un brujo 
o profeta (hob'aya). Esta bolsa contenía un 



(1) Spenee (Lewia), Fetichism of America in Hastings 
Encyclopaedia of Etliic3 and Religión, Vol. V, Edimbourgh, 
1912, pg. 900. 

(2) Dormán fRusliton), The Origin of primitiva Supers- 
titions among the Aborigins of America Philadelphia, 1881, 
pg. 160. 

(3) Lowie (Robert H.), Charms p,»d Amulets of America 
in Hastings, Op. cit., Vol, III, pg. iOB, 



Í3S BBLIGIÓN DBL iMPJeSBtO DE LOS InOAS 

aranleto, hecho, según rezaba la tradición, con 
el cuerno de una serpiente y hojas de cedro (1). 

Volviendo a las costas del Océano Pací- 
fico, notaremos, en primer lugar, a los ISez per- 
ca, que viven en el Oregón, quienes cuelgan 
de los árboles cuernos de ciervos, para que 
la suerte les sea propicia. 

Los amuletos de estos indios eran, a me- 
nudo, pequeñas piedras, en la mayor parte de 
los casos, sin trabajo alguno, y que tenían algo 
de notable en su forma o color, apreciando, 
de un modo especial, las perforadas natural- 
mente. Sucedía, a veces, que uno de estos 
amnletos fuese posteriormente labrado por su 
dueño. 

Servíanse también para talismanes de las 
garras de un oso o de los dientes de un lo- 
bo (2). 

Los cálculos de los ciervos, que llevan 
colgados al cuello, son amuletos para los ca- 
zadores Maidus, que residen en la California 



(1) Speck, The Creek Indians of Taskig Tow, Memoira 
of the American Anthropological Association, Vol. 11, pg. 118, 
Lancaster, 1907. 

(2) Spinden (H. J.l, The Nez percé indians Memoirs ot 
the American Anthropological Aescoiation, Vol. II, pg. 260, 



Los OONÜPAfi 189 

Central, los cnales se sirven también, con ignal 
objeto, de piedras raras o singulares (1). 

Mayor importancia tiene el conocimiento 
de los amuletos de loa indios Pueblos que el 
de las otras naciones enumeradas anteriormen- 
te; pues las tribus que moran en el Arizona 
y Nuevo México, se encuentran en un estado 
de cultura más parecido al de los Antiguos 
Peruanos que otros indios de la América Se- 
tentrional, ya que son, sin disputa, los pueblos 
los más civilizados de todos los aborígenes de 
la porción norte del ííuevo Mundo. Razón por 
la cual han sido más repetida y atentamente 
visitados por arqueólogos y etnógrafos, quienes 
han encontrado riquísimo material para sus es- 
tudios en las ruinas de antiguas construcciones, 
de que llenan las altas mesetas y los profundos 
cañones, y en las sociedades secretas y otras 
instituciones de estos interesantes aborígenes) 
los cuales, si tienen todos un mismo tipo de 
cultura y parecida organización social, perte- 
necen, filológicamente, a cuatro grupos dife- 
rentes. 



(1) Lowie (Robert H.), Charms and Amulets of America 
in Hastiugs Encyclopaedia of Etbics and Religión, iMimbourgh 
1912, Yol. III, pg. 40"5. 



140 Bbligióh DEL Imperio DE LOS Incas 

Los Hopis son los más occidentales de 
estos indios y moran en la frontera de Nuevo 
México y Arizona, y hablan una lengua per- 
teneciente al grupo Shoshoneo. Entre ellos, 
cuando se acerca el desembarazo, la mujer 
lleva en su canasta cuando va al bosque por 
leña, un cuchillo de piedra blanca (1). 

Más conocidos y populares entre los estu- 
diosos son los Zuñís que viven todos en un solo 
pueblo, cerca del río de su nombre, y que 
hablan un lengOHJe propio, independiente de 
los otros Pueblos. 

Cushing, cuyos escritos sobre estas gentes 
son una de las obras clásicas del Americanis- 
mo, nos servirá de guía en nuestra exposición 
de los amuletos o fetiches zuñiz, que de ambas 
cosas tienen. 

Los Zuñís o, como ellos se llaman a sí mis- 
mos, los A-ski-wi, suponen que el sol, la luna, 
todos los fenómenos y elementos, las estrellas, el 
cielo y la tierra, los seres inanimados, las plan- 
tas y animales pertenecen a un sistema de vida 
consciente y entrelazada, en el cual los grados de 
relación se determinan por las semejanzas. El 

(1) Pleny Earl Goddard, Life and Culture of the Hupa 
University of California Publica tions on American Ethnogra- 
phi an¿ Archfeólogy, Bi'eiáley, 1903-1904, y^. &1. 



Los OONOPAS 141 

poder relativo de cada uno de los entes mídenlo 
por el del misterio que le rodea; y como para el 
hombre (por lo menos, aparentemente) es el 
hombre el ser mejor conocido, tiénenlo por el 
ser menos poderoso de la creación. — Los amu- 
letos de los zuñis son: concreciones naturales, 
piedras que presentan semejanza con un ani- 
mal, desprovistas, en algunas ocasiones de toda 
labor, en otras, trabajadas en forma de anima- 
les; encontradas estas últimas en las ruinas de 
los antiguos pueblos o trasmitidas, durante mu- 
chas generaciones, de padres a hijos. 

Para explicar el origen de estos amuletos 
cuentan que, en un tiempo muy remoto, los 
hombres vivían en el interior de la tierra, en 
una cueva oscura y estrecha, encima de la cual 
había otras tres, cada una más grande y más cla- 
ra que la inferior. En la primera caverna, los 
hombren se multiplicaron y llegaron a estar muy 
estrechos e incómodos. Compadecido entonces 
el Sol, engendró dos hijos, que envió a donde 
los hombres, dotándoles de perpetuo vigor y de 
mágicas armas. Estos accediendo a los deseos 
de la humanidad, fuóronla sacando de caverna 
en caverna, cada vez que la inferior venía es- 
trecha al número siempre creciente de sus mo- 
radores, Al lltgar a la saperñcie, loe H\jos 



142 EBLiaioN DEL Imperio de los Incas 

del Sol vieron que la tierra había sido deso- 
lada por on dilnvio y que estaba llena de ani- 
males feroces. Al ver esto, sirviéndose de las 
armas que les había dado su padre y que te- 
nían el poder del rayo, hicieron correr fuego 
sobre la faz del mundo, para secarlo y conso- 
lidarlo. Hecho lo cual viendo los grandes ma- 
les que a los hombres hacían las bestias de 
presa, recorrieron el orbe, fulminándolas y or- 
denándoles que su gran poder, casi divino, que 
hasta entonces habían empleado en hacer mal 
al hombre, lo usasen, en adelante, en servirle. 
Los animales, así heridos del rayo, convirtié- 
ronse en piedras, y éstas son las que hoy sirven 
de amuletos a los zuñis los cuales, si, por su 
forma natural o por el que les ha dado el pri- 
mitivo escultor, recuerdan algún animal cono- 
cido, o identifican con éste; y, si presentan 
formas extrañas, asegura corresponden a espe- 
cies desaparecidas. 

Estos talismanes pertenecen a seis catego- 
rías principales, correspondientes a puntos de- 
terminados del horizonte; y, en cuanto protec- 
tores de la caza, son: el león de la montaña 
para el Norto, el coyote para el Oeste, el lobo 
para el Este, el gato salvaje para el Sur, el 
águila para el Oenit y el tbpo para el centro 



Los OONOPAS 143 

de la tierra. Oada una de estas especies está 
dividida en seis variedades, según el color del 
amuleto, que depende del pigmento que lo re- 
cubre o de la materia de que está fabricado. 

Las seis especies varían ligeramente, cuan- 
do no tienen relación directa con la cacería. 
En este caso, son: el león de la montaña, el 
oso, el bedger, el lobo, el águila j el topo. 

Estos amuletos son, casi siempre, propie- 
dad particular; pero cuando no están en uso, 
los guarda, en jarros antiguos, el Cuidador de 
la Magia del Ciervo (Keeper of the Deer Me- 
dicine). 

Además de estos talismanes antiguos y 
tradicionales, sírvense los zuñis de otros, en 
forma de caballos tallados en piedra, que com- 
pran a los ISavajos, que llevan cuando van a 
cazar o montados ; pues dicen que dan resisten- 
cia a la cabalgadura. Sírvense también de otros 
en forma de carneros, para que sus rebaños se 
acrecienten. 

Fuera de los enumerados, tienen infinidad 
de otros amuletos, los cuales son o cantos ex- 
traños por su forma, que dicen ser parte de 
algún dios, o de sus adornos, armas o reliquias, 
que aseguran baber sido dadas a los bombres 
por los dioeíes, en los tiempos primitivooB (da^s 



144 Ebligión del Imperio de los Incas 

of new), o medicinas mágicas, que protegen 
de enfermedades o son agentes de reproduc- 
ción (1). 

Entre los Sias, cuyo pueblo está en una 
altura sobre el río James, tributario occiden- 
tal del Río Grande, y que hablan un idioma 
perteneciente al grupo Keresan, en el momen- 
to del parto, el padre coloca sus manos al re- 
dedor de sus rodillas, teniendo un amuleto en 
la palma de la derecha, mientras la cuñada 
de la paciente, de pie, a la izquierda de la 
mujer, coloca una mazorca de maíz en la ca- 
beza de la enferma, sobre la cual sopla durante 
los momentos de dolor, para apresurar el des- 
embarazo (2). 

Los apaches, cuyos parentescos étnicos de- 
ben buscarse en las regiones, limítrofes a la 
Babia de Hudson, y en Alaska, que viven 
cerca de los indios Pueblos y puede decirse 
en constante guerra, hacen collares con los de- 
dos de los enemigos vencidos, no sólo como 
trofeo y timbre de honor de la victoria, sino 

(1) Frank Hamilton Cushing, Zufii fetiches Second Aa- 
nual Report of the Bureau of Etlinology 1880-1881, Washing- 
ton, 1883, pgs. 9, 11 a 15 o 16 a 39 y 44 a 45, 

(2) Matilda Coxe Stevenson, The Sia 11"" Annual Report 
of fehe Bureau of American Ethnology 1889 a 1890> Washing- 
ton, 1894. 



Los OONOPAS 145 

principalmente como talismán para vencer, no 
sólo al enemigo, sino también al espíritu de éste, 
a quien se espera esclavizar de este modo (1). 



(1) Bourke (John G.), The Medicin Men of the Apache 
9«i Annual Eeport of the Bureau of Ethnology, 1887-1888, 
"Washington, 1892, pgs. 480 a 487. 

Muy común es entre los primitivos el temor de los males 
que puede causar el espíritu de un hombre a aquél que le ha 
dado muerte, y para evitarlos, se ha recurrido a prácticas que 
repugnan a la delicadeza de los civilizados; pero que no son 
refinadas crueldades, sino medios para defenderse del alma del 
difunto. Asi, ya han tratado de adquirir la amistad del es- 
píritu comiendo el cuerpo del muerto o bebiendo su sangre, 
ya de esclavizarlo conservando una reliquia del difunto como 
trofeo y talismán. 

La primera de estas explicaciones es aquella que conviene 
a buena parte de festines de antropófagos y a otras costumbres 
semejantes [Frazer, The Golden Bough, Vol. III, pg. 167, Lon- 
don, 1914). 

La segunda explica la difundida costumbre de conservar 
la cabeza u otro miembro del muerto, creyendo así, asegurar 
la posesión del espíritu con la de los restos que guardan, ba- 
sándose en los mismos principios de mágica por contacto, por 
los que se cree ejercer dominio sobre un sujeto, poseyendo 
sus cabellos. 

De este modo, debe interpretarse la costumbre de llevar 
colgada del brazo la calavera del vencido, observada en el 
Perú, durante los períodos de Nazca y Tiahuanaco, como 
puede verse en numerosos vasos de la primera de las citadas 
épocas, [Uhle, La esfera de influencia del Pays de los Incas- 
Revista Histórica, Lima 1909, Vol. IV, pg. 10), y en la figura 
central del más famoso monumento de la segunda, la Puerta 
del Sol de Tiahuanaco (Sfubel and Uhle, TJber der ruine- 
state von Tiahuanaco Lám. VIII, Berlín 1892).— En Fray Ge- 
rónimo de Uré se lee « en la provincia de los Collahuas (re- 
Bsligióu del Imperio de los Ino»a ^0 



146 Eeligión del Imperio de los Incas 

En sns actos religiosos o mágicos, sirven se 
estos indios de nn polen al cual atribnyen gran- 
des virtudes y que llaman hoddentin. Sírvense 
también, con igual fin, de margagita y anti- 
monio en polvo; solamente que los usan con 
más parsimonia, por ser más raros y preciosos. 



gión Aymara) conocí un indio q^ tenía guardada una cami- 
seta sembrada toda ella de uñas de indios que sus abuelos 
auian muerto». [Ore, Símbolo Católico Indiano, Lima, 1598, 
pg. 391. 

A iguales motivos deben nbedecer las fumosas tzantzas de 
los Jíbaros y las cabezas de lus Mundumcus, iSimoejiS da Sil- 
va, Cabezas Indígenas y artefat< s de piedra del Brasil. Bole- 
tín de la Oficina Nacional de Estadística. La Paz, 1900, pg. 
367. Hamy Decades Amerii-anee. 3^. Decades, Paris, S. D. 
pg. 62 y sig). 

Los Comancbes cortaban las orejas de los enemigos muer- 
tos y con ellas formaban ristras, proceder que, a título de re- 
presalias, fué adoptado por los mexicanos de Sonora en una de 
tantas guerrillas que sostuvieron, a mediados del siglo XIX, 
con estos indios, que de tiempo en tiempo, desolaban las ha- 
ciendas situadas en las regiones confinantes a las habitadas 
por dicha tribu. 

El guardar las cabelleras de los muertos es uso común en- 
tre las tribus norteamericanas. Los Osages plantan en sus 
tumbas un palo del que cuelga la cabellera del vencido. Los 
Algonquines conservan, no sólo la cabellera, sino los dedos, 
las manos y los pies; los Californianos, las cabezas, los pies y 
las manos. {Dormán, Op. cit., pgs. 143 y 144). — El autor vio 
un pie reducido a la manera de las tzantzas de los Jibaros, 
que se decía haber sido hallado en una tumba de Imbabura 
(República del Ecuador). 



Los OojroPAS 147 

Llaman izzeMoth a uoa cuerda, qne forma 
parte del vestido sagrado de los brujos y de 
los iniciados en las sociedades secretas, de la 
cual cuelgan, frecuentemente, figurillas huma- 
nas, recortadas en una tabla y pintadas con 
líneas en zigzag, símbolos del rayo. Estas figu- 
rillas dichas tsi-dal-tai, son amuletos que 
nunca faltan a los Apaches, y que, a veces 
colocan en las cunas (1). 

Los Seris de California se entierran con 
sus amuletos, que son muñequitos de barro, 
de forma humana (2). 

Al tratar de los talismanes de los aborí- 
genes de la América Central y Meridional, 
muy a pesar nuestro, tendremos que ser más 
breves; puesto que, deseando servirnos en nues- 
tro rápido estudio de datos etnográficos, y no 
arquelógicos, y estando, por diversas razones, 
aún muy ignorada la etnografía de la América 
española, nuestras informaciones al respecto 



il) Bourke (John G.), The Medicine men of the Apache 
9^" Annual Report of the Burean oí Ethnology, ISST a 1888, 
Washington, 18?2, pgs. 548 550. 553 y 587. 

(2) Me Gee (W. J.\ The Seri Indias 17"^ Annual Report 
of the Burean of American Ethnology 1896-1896, "Washington 
1896, pg. 290. 



148 Ebligióít del Imperio de los Inoas 

son mncho más deficientes que para la parte 
norte del Continente (1). 

Los Coras, que viven en el íí'orte de Mé- 
xico, hacen talismanes con hilos de diferentes 
colores, dispuestos con elegancia, formando un 
pequeño tejido poligonal. Su fabricación da 
lugar a varias ceremonias; y, si han de ser 
eficaces, es preciso que a ellas asista aquel a 
quien están destinados (2). 

Los Huicholes, sus vecinos, que moran 
en el estado de Sonora, dicen que los cristales 
de roca son personas misteriosas, muertas o 
vivas; que los brujos, después de haberlas he- 
cho atravesar los aires, en forma de un paja- 
rito blanco, las han cristalizado. Llaman a 
estos cristales abuelos, j creen dan prosperi- 
dad en la caza, y ambicionan poseer el mayor 



(1) Antes de pasar adelante, no creemos sea inútil mencio- 
nar los amuletos de los pueblos no aborígenes de los Estados 
Unidos de América, entre los cuales se hacen talismanes de 
huesos de pescado, de cangrejos, de tortuga, con el cóndilo 
del fémur de un cerdo, con plumas y huesos de ciertos pája- 
ros, con pieles de conejo o de serpientes y con pequeños gui- 
jarros. Bergen (Fany), Animáis and Plants Lore-Colected from 
the Oral traditions of the English Speaking fool. Memoirs of 
the American Folk-Lore Society, Vol. VIII, pgs. 11-13, Bos- 
ton 1913. 

(2) Liifnhotlz (Cari), Unknown México, New York, 1902, 
Vol. I, pg. B21. 



Los OoiroPAS 149 

número posible de éstos, y hay indios que lle- 
gan a tener hasta diez y los gaardan cuidado- 
samente en un lugar reservado de la casa. 

Tienen, además, otros talismanes, forma- 
dos por dos carrizos, atados en cruz, entre los 
cuales tejen, con hilos de diferentes colores, 
un rombo (1). 

Entre los Otomíes, una mujer que va a 
ser madre es víctima de muchas privaciones y 
sufrimientos, a causa de sus prácticas supers- 
ticiosas; cárganla con ciertos amuletos y somé- 
tenla a innumerables tabús (2). 

Los amuletos aztecas eran figurillas de 
pequeñas dimensiones. Llamábanlos tepictoton, 
que es el plural de la voz tepicton, que signi- 
fica pequeño. Los antiguos escritores los com- 
paran a los penates de los romanos, como lo 
hacen con los conopas peruanos. Los reyes y 
caudillos podían tener seis de estas figurillas, 
cuatro los nobles y dos los plebeyos. 

De estas imágenes había profusión en las 
calles y caminos lo mismo que en los campos; 



II) LumhoUz (Carli, Unknown :Mexico, New York, 1902, 
Vol. II, pg. 198 y 211. 

(2) Bañero ft, The native races of the Pacific States oí 
North America. London, 1875, Vol. I, pg. 634. 



150 Eeligión del Imperio de los Incas 

pues los tenían por protectores de todas los 
cosas (1). 

Los tepictoton o pequeños eran diminuías 
figuras de los espíritus de las montañas, tales 
como el Popocateptl, el Iztac-tepetl, el Matla- 
cueye, el Olialchiulitlicue j del dios Quetzal- 
coatí, llamábanles también tlaloques y les atri- 
buían causar la lluvia (2). 

Hacían también talismanes con reliquias 
del cuerpo de una mujer, que moría al dar a 
luz. 

Como amuletos deben también quizás cla- 
sificarse los bastones negros, de que se servían 
los caminantes y a los cuales, al fin de la jor- 



(1) Torquemada, Monarcliia indiana, Madrid, 1723, Vol. 
n. pg. 64. 

Clavigero, Storia antica del Messico, Cesena, 1780, Vol. 

n, pg. 23. 

Rohello, Diccionario de Mitología Nalioa. Anales de Museo 
de México, Vol. V, pg. 227, Méxice, 1908. 

Bancroft, The nativa races of the Pacific States of North 
America, London, 1875, Yol. II, pg. 269, Vol. lU, pg. 419. 

Dormán^ The Origin of primitivo superstitions, Philadel- 
phia, 1881, pg. 71. 

Leicis Spence, Charms and Amulets of Mexicans and Ma- 
yans in Hastings Enciclopaedia of Ethics and Religión, Vol. 
III, pgs. 455 y 456. 

(2) Seler, Costumes et attributs des divités du Mexique, 
selon le P. Sahagun. Journal de la Societé des Américanistes 
de París N. S. Vol. VI, pgs. 142-145, París, 1909. 



Los OONOPAS 151 

nada, adoraban, identificándolos con Jacatcutli, 
dios de los viajeros. 

La fábrica y venta de los talismanes era, 
ordinariamente, benefi<'io exclusivo del sacer- 
docio (1). 

Los am'iletos de los irilios de Honduras 
eran figuvis de aiiirij;i!es, más o menos fantás 
ticas, jí'ütadarí o tútuadüs eii ios brazos o pe- 
chos (2). 

Los Nicoyas y otras tribus de Costa Rica 
hacían talismanes tallados en piedra, algunas 
veces, en forma de hachas (3). 

Los Ohiriquíes, para protegerse de influen- 
cias nocivas y tener buena suerte, llevaban co- 
llares con figurillas de animales, garras de bes- 
tias feroces y plumas (4). 

Los Antillanos llevaban sus amuletos, ata- 
dos al tocado o colgados del cuello. 

Los arqueólogos están de acuerdo al re- 
conocer por talismanes a ciertos objetos peque- 
ños de piedra, de formas antropomorfas o zoo- 
morfas, y casi siempre perforados; mas estos 



(1) Autores citados en la nota 1^. de la página anterior. 

(2) Dormán, Op. cit., pg. 156. 

(3j Loiüie (R.i, Charms and Aroulets of America in Has- 
tings Encyclopaedia of Ethics and Relihion, Vol. III, pg. 408. 
(4) Dormán, Op. cit., pg. 168. 



1 52 Keligión del Impeeio de los Incas 

aborígenes tenían también amuletos de otras 
materias, tales como concha, dientes de coco- 
drilo, etc., etc. (1). 

A los indios de la Gnayana no les faltan 
amuletos, que en caribe se llaman turallari en 
waru aibiJii y en arawak binas, voz derivada 
de bia o bina, que significa atraer, halagar. Son 
estos amuletos siempre objetos orgánicos, excep- 
tuándose tan sólo, las piedrecillas de cuarzo 
que hay en las sonajas de los brujos (maracas). 

Para tener felicidad en la caza, cultivan 
con esmero ciertas plantas, que son binas, y 
que dicen antiguamente las obtenían de gran- 
des serpientes. 

Muy raras son las binas de caza de ori- 
gen animal. 

De origen vejetal son también las binas 
para el amor y toda mujer tiene la suya. Las 
muchachas arawaks cultivan cuidadosamente 
en un lugar escondido, la planta que es su bi- 
na, y se bañan sirviéndose de una de sus ho- 
jas, y si les es posible frotan con ella la ha- 
maca de su amante, o se frotan las manos 
antes de acariciarlo. Los hombres tienen tam- 
il) Fewks (Walter), The Aborigines of Porto Rico and 
Neighboring islands 25 Annual Report of the Bureau of Eth- 
nology, 1903-1904, Washington, 1907 



Los CoNOPAS 163 

bien su talismán amatorio, con el que procuran 
frotar a la mujer que quieren. 

Los moradores de Guayana tienen talisma- 
nes para librarse del mal de ojo, defenderse 
de influencias nocivas, y para obtener ciertas 
virtudes o cualidades físicas y morales. 

En Pomerun, la cola y las manos de un 
alacrán puestos en la cintura de una mucba- 
cha, hará que cuando sea mujer, las bebidas 
que fabrique, sean muy fuertes y gustosas. 

Entre los Arawaks los dientes de tigre 
harán al muchacho que los lleva sobre sí, hom- 
bre fuerte y vigoroso, libre de todo ataque de 
animales feroces. 

Las mujeres Makusi, así como los mucha- 
chos, usan collares de dientes de tigre, que 
juzgan tienen virtudes mágicas. 

Los caribes creen que los dientes de coco- 
drilo son talismanes poderosos, y en el Oeste 
del Orinoco tiénenlos por antídoto contra cier- 
tos venenos (1). 

Los Goagiras llaman guaras a unos amu- 



(1) Walter E. Rosh, An Inquiry into the Animism and 
Folk-Lore of tlie Guiana Indias, SO"" Annual Report] of the 
Bureaa of American Etlinology 1908-1909, Washington 1916, 
pg8. 234 y 281 a 290. 



154 Eeliqión del Imperio de los Lstoas 

letos muy estimados; a aquellos que los poseen, 
los tienen por ricos y poderosos. 

Los guaras, envueltos en huata, son pre- 
ciosamente guardados en cajas, de las cuales 
sólo una vez al año los sacan para bañarlos. 

Raros son los felices dueños de objetos 
tan preciosos, no sólo para aquellos salvajes, 
sino también para los civilizados, pues son de 
oro. 

Más numerosos son los Tceiresia y no po- 
cos los que los poseen; paréceuse mucho a los 
guaras, pero, tanto por su precio intrínseco co- 
mo por sus virtudes sobrenaturales, valen mu- 
cho menos (1). 

Los Ohibchas tenían en sus casas muchas 
figurillas de barro y, a veces, de oro, que guar- 
daban con gran devoción. Estos eran sus amu- 
letos (2). 

Los Paeces, moradores del valle del Cauca, 
tenían amuletos que, como los de los Ohibchas 
y de la mayor parte de los antiguos morado- 
res de América española, han sido comparados 
a los lares y penates de los romanos. Los de 

(1) Candelier, Le Eio Hacha et les indiens Goagires, Pa- 
rís, 1893, pg. 186. 

(2) RestrepOy Los Ohibchas antes de la Conquista Espa- 
ñola, Bogotá, 1895, pg. 50. 



Los OoNOPAS 155 

estos indios eran las figuras talladas en madera, 
que se encontraban, a menudo en sus casas (1). 

No escasean entre los araucanos, dice un 
respetable autor, «los talinmanes u objetos má- 
gicos que comunican el bien. De ordinario son 
piedras negras o de pedernal transparente. Los 
indios las entierran en el corral para conse- 
guir la reproducción de los animales y evitar 
su pérdida, o bien las guardan en el granero 
para prolongar la duración de los cereales » (2). 

Entre los mestizos que moran actualmen- 
te en la región Diaguita (íí. O. argentino), se 
encuentran figuritas, llamadas illas, represen- 
taciones de animales domésticos, llamas, cor- 
deros, bueyes. Son éstos, talismanes para pro- 
teger los rebaños contra toda suerte de peligros 
y para favarecer su reproducción. Otra forma 
muy frecuente de illas es una mano que cie- 
rra un objeto parecido a un bastón ; a veces, 
tiene un círculo grabado en el interior, que 
representa una moneda. A estas manos dan 
el nombre quicbua maqui y se les atribuye vir- 

[i) Pittier de Fábreqa (H.), Ethnograpliie and Linguistic 
Notes on the Paez indians of Tierra adentro Cauca, Colombia, 
Memoira of the American Antropological Association, Vol. I, 
pg. 325, Lancaster, 1907. 

(2) Cruevara (Tomas) Folklore Araucano Santiago, 1911, 
pg. 261. 



156 Eeligión del Imperio de los Incas 

tud para adquirir fortuna y hacer buenos ne- 
gocios. Estos amuletos son importados de Bo- 
livia y fabricados por los curiosos indios Oo- 
llahuayos, los cuales recorren gran parte de 
la América del Sur, vendiendo drogas y talis- 
manes (1). 

Son muy variados los amuletos que fabri- 
can los Oollahuayos, siendo la mayor parte 
figurillas de alabastro, que representan ya ani- 
males ya hombres. Estas singulares gentes, ori- 
ginarias de Muñecas, provincia boliviana situa- 
da al foreste del lago Titaca, de lengua 
quichua ; son intrépidos viajeros que recorren 
grandes distancias, pues nada extraño es en- 
contrar a estos médicos ambulantes, en Gua- 
yaquil y en Buenos Aires, visten un traje es- 
pecial y viajan por toda la altiplanicie, bien 
recibidos y respetados por todos los indios, ven- 
diendo los amuletos que fabrican así como 
drogas, más o menos mágicas (2). 



(Ij Boman, Antiquites de la Región Andine de la Re- 
publique Argentino et du desert d'Atacama, Paris, MDCCCC- 
VIII, pg. 134. 

(2) Nordenskióld Recetes Magiques et Medicales du Perú 
et de la Bolivie. Journal de la Societé des Americanistes de 
Paris N. S., Vol. IV, Paris, 1907, pg. 153-174. 

Bandelier, The Islands de of Titicaca and Koaty, New Yok 
1910, pg. 164 y sig. 



Los O0NOPA8 157 

Los actnales moradores de la pnná de Ju- 
guy tienen la costumbre de florear, como ellos 
dicen, sus llamas, colocando a algunas de las 
del rebaño, borlitas de lana roja, que ha sido 
torcida a la izquierda y no a la derecha, como 
la lana ordinaria. Estas llamas, así adornadas, 
son tenidas por protectores del rebaño (1). 

En la región de la República Argentina 
dicha Misionera, los amuletos son llamados 
payes. El paye es casi siempre personal, fabri- 
cado ad hoc y destinado a un fin determinado. 
El amuleto necesita un cuidado especial; y así 
cuando en su composición entra la piedra imán, 
es preciso darle de comer de tiempo en tiem- 
po, esto es agregarle pedacitos de agujas. 

En la composición de algunos payes hay 
elementos cristianos. La posición de un paye 
obliga, en ciertos casos, a determinadas priva- 
ciones, verdaderos tabús, sobre todo sexuales (2). 

Para ablandar al corazón de una mujer 
llevan en la región misionera en el bolsillo, 
un envoltorio que contenga una mezcla de se- 



(1; Boman, Op. cit. , pg. 497. 

i2) Ámbrosetti Superticiones y leyendas. Rejión Misione- 
ra, Valles Calchac^uis, Las Pampas. Buenos Airea, 1907, pg. 
41 y Big. 



158 Ebligión del Impeeio db los Incas 

sos, vermellon y plumas de Oaburey (glanci- 
dinn ferox) (1). 

íí^inguna india Oaingua resistirá a los re- 
querimientos de un galán que le muestre un 
pedazo de vermellon, pues temerá llenarse de 
horribles llagas (2). 

Los abipones, para librarse de las picadu- 
ras de las serpientes, llevan collares, hechos con 
dientes de cocodrilos (3). 

Los indígenas del Brasil llamaban muira- 
Tcitans a sus amuletos, que eran piedras toma- 
das a la orilla de un lago o huesos de anima- 
les, que se introducían en las mejillas u ore- 
jas (4). 

Amuletos son también, probablemente, los 
sonajas de los Tupinambas, hechas con la 
fruta, llamada mar aja, en la cual, una vez se- 
ca, introducen piedrecillas y fijan una caña, 
que sirve de mango. Eran estas sonajas tan 
sagradas, que sólo el dueño podía mirarlas: 
creían que daban oráculos y les hacían sacri- 



(1) Ambrosetti Materiales para el estudio del Folk-lore 
Misionero, Buenos Aires, 1894, pg. 29. 

(2) Ambrosetti, Los indios Caingua del Alto Paraná. Bue- 
nos Aires, 1895, pg. 741. 

(3) Dormán^ Op. cit., pg. 168. 
Í4) Id. id., pgs. 15G y 169. 



Los OoNOPAS 159 

ficios. En la extremidad de la caña no era raro 
el qne colocaran la cabellera de un vencido (1). 

Los Araonas, que viven cerca del río Ma- 
dre de Dios, tienen muchos guijarros, de los 
que esperan abundantes cosechas de maíz, de 
yuca y de otros productos, buena pesca y opor- 
tunas lluvias (2), 

En el Ñapo se cree, que brazaletes y ajor- 
cas de piel de iguana, dan valor y fortaleza a 
quien los usa (3). 

Los indios del Amazonas fabrican amule- 
tos y atribuyen a unos poder sobre las aguas, a 
otros sobre los sembríos, sobre la güera, etc., etc. 
No usan con ellos de ninguna ceremonia ni 
adoración; mas los tienen olvidados y arrinco- 
nados hasta cuando han menester de ellos. 
Si van a la guerra, colocan en la proa de sus 
embarcaciones el amuleto que creen les dará 
la victoria, y así en los demás casos (4). 

Terminada la reseña antecedente, que nin- 



(1) Dormán, op. cit., pg. 160. 

(2) Earl Churche George), A.borigines of South America, 
London, 1912, pg. 146. 

(3) Walter E, Rolh An Inquiry into the Animism and 
Folk Lore of the Guiana Indians SO"» Annual Report of the 
Bureau of American Ethnology, 1908-1909, Washington 1915. 

(4) Acuña (C), Nuevo descubrimiento del gran rio délas 
Amazonas, Madrid, 1641, folio 18 verso. 



160 Eeligión del Imperio de los Incas 

guna pretensión tiene de ser completa y cuyo 
solo fin es el de servir de comparación y es- 
clarecimiento a lo poco que, acerca de los co- 
nopas peruanos sabemos, podemos tratar de 
sacar algunas consecuencias, ya que todos los 
amuletos americanos presentan ciertos puntos 
de contacto y las costumbres examinadas en 
las páginas anteriores explican la mentalidad 
de los subditos de los Incas, incomprensible, 
de otro modo, para nosotros, no sólo a causa 
de nuestra mentalidad, esencialmente diversa de 
la de los primitivos, sino aún más a causa de las 
falsas ideas que, sobre el desarrollo religioso 
de Tihuantinsuyo, son corrientes entre los es- 
critores más autorizados, como en los capítulos 
posteriores pondremos de manifiesto. 

Los amuletos, al desarrollarse las religio- 
nes, si no han perdido su popularidad, hanse 
vuelto cada día menos individuales y más fá- 
cilmente distinguibles del fetiche. No así en 
las religiones rudimentarias, en aquellas en que 
los dioses, más que seres personales, son en- 
carnaciones o receptáculos de fuerza mágico - 
religiosa. 

Los porte honeurs modernos son objetos 
destituidos de toda idea de individualidad, imá- 
genes, signos o inscripciones, de las cuales se 



Los OoiíOPAS 161 

espera, de un modo más o menos inconsciente, 
cierta vaga ayuda o protección. Su eficacia es 
siempre igual, siendo igual el talismán ; su 
virtud no está vinculada a tal o cual objeto; 
sino a la forma, o al dibujo, o a la materia; 
y siempre que reúnen una de estas cualidades 
o de todas ellas se obtiene un amuleto de igual 
potencia. 

Los elefantes, las estrellas, las hojas de 
trébol, los números treces etc. etc., que, al 
infinito, reproduce la joyería contemporánea 
y que encuentran siempre fácil y segura venta, 
merced a los profundos y arraigados sentimien- 
tos supersticiosos, que los siglos de cultura no 
ban logrado destruir en el espíritu del hombre 
civilizado, son todos iguales entre sí, dotados 
todos de igaal potencia; y si uno se pierde o 
rompe, siempre podrá reemplazárselo, sin que 
la seguridad o felicidad de su dueño se me- 
noscaben. 

Mas no son estos dijes los únices amule- 
tos supervivientes en las modernas sociedades; 
que las medallas, escapularios y otros objetos 
piadosos semejantes, hijos son del primitivo 
amuleto. En estos, nótase con más claridad 
la evolución del talismán, correspondiente al 
desarrollo religioso; pues el más ligero obser- 

Aellgion del Imperio de loB Incas 11 



162 Eeligión del Imperio de los Inoas 

vador advertirá que la medalla o escap alario 
no tienen ninguna virtud inherente; que su 
poder proviene tan solamente de la protección 
del santo a que está consagrado, y cuyo favor 
se espera obtener llevando su imagen o sím- 
bolo; pues si uno de estos objetos piadosos, se 
pierde o destruye puede reemplazárselo por 
otro semejante, sin que la protección del nuevo 
sea inferior o superior a la del antiguo. Y no 
puede arguírse contra lo dicho el dolor que al- 
gunas veces causa la pérdida de uno de estos 
objetos; porque esto depende de circunstancias 
extrínsecas a su virtud. 

No así el amuleto americano, que siempre 
está dotado de entidad propia, exceptuándose 
tan solamente los tepictoton de los mexicanos, 
diminutas imágenes de algunas de las grandes 
divinidades de México, figurillas, cuyo poder 
proviene del de la divinidad que representaban, 
esto es, amuletos sin individualidad (1). 

A la individualidad de los amuletos ame- 
ricanos parece, a primera vista, constituyen 
también una exepción los animales de presa 
de los zuñis; mas, si bien se observa, lo es 



(1) Vide Bupra, pg. 150. 



Los CoKOPAS 163 

tan sólo aparentemente, ya qae son concrecio- 
nes naturales, piedras desprovistas de toda la- 
bor, que por casualidad tienen alguna semejanza 
a un animal, o son representaciones zoomor- 
fas, trabajadas por los moradores de los anti- 
guos pueblos y trasmitidas, durante muchas 
generaciones, de padres a hijos (1), esto es, 
que por su naturaleza, por su origen, son ta- 
lismanes. Son animales casi divinos petrifica- 
dos por los formadores del mundo, para que 
sus poderes sobrenaturales los empleen en ser- 
vicio de la Humanidad, siendo, por lo tanto, 
cada uno de ellos un ente independiente e in- 
dividual. Mas, por otra parte, no puede du- 
darse de que su clasificación en tipos deter- 
minados, relacionados con un punto fijo del 
horizonte (2), constituye un gran paso en la 
evolución del amuleto vivo al amuleto símbolo 
o fórmula mágica. 

Más sería dificultad a la teoría que vamos 
exponiendo, y es la que se suscita del estudio de 
los amuletos coras y huicholes, en forma de rom- 
bos, tejidos con hilos de diferentes colores (3); si 



(L) Vide supra, pg. 140 y sig. 

(2) Vide supra, pg. 142. 

-'8) Vide supra, pg. 148 y 149. 



164 Eeligión del Impbeio de los Incas 

bien, quizás, se puede opinar que también éstos 
están dotados de cierta individualidad, ya que 
su virtud, depende de los ritos que deben prac- 
ticarse al tiempo de hacerlos y sólo son eficaces 
para proteger a aquel para quien fueron hechos, 
y tan solamente si ha permanecido junto al 
brujo durante todo el tiempo que éste ha em- 
pleado en hacerlos. 

En los demás casos, cuando los datos de 
que disponemos son suficientes para esclarecer 
la verdadera naturaleza de los amuletos, en- 
contramos que tienen individualidad. 

Dos ejemplos nos servirán como demostra- 
ción, acudiendo con este fin, a las dos clases 
de objetos, de que se hace más frecuente men- 
ción en la reseña antecedente, a saber: las pie- 
dras de formas raras y las reliquias de anima- 
les. En cuanto a la primera, las preciosísimas 
observaciones hechas entre los koriyak por 
Krasheninnikoíf no permiten dudar de la in- 
dividualidad de los amuletos de ese pueblo, ya 
que sabemos que un koriyak enfermo encontró 
una piedra, ]a cual echándole su aliento, esto 
es dándole una manifiesta señal de su vida 
oculta, le expresó el deseo de que la recogiese, 
y como no accedió al deseo de la piedra y no 
la tomó, agravóse del mal que padecía sin du- 



Los OoNOPAS 165 

da, porque la piedra irritada quería castigarle; 
mejorándose cuando la recogió y honró (1). 

Los talismanes de los cliuckcliis son aque- 
llas piedras que, de algún modo, han demos- 
trado voluntad de servirles (2). 

Ko menos clara aparece la individualidad 
de los guijarros de forma rara entre los zu- 
ñís, ya que aseguran que son adornos, armas 
o reliquias de los dioses, dados por éstos a los 
hombres en los días de la formación del uni- 
verso (3), y en los cristales de roca de los 
huicholes, hombres cristalizados por obra de 
encantamiento (4). 

Mas, desgraciadamente, si muchos autores 
hablan de los amuletos, hechos de piedras ra- 
ras, pocos nos revelan lo que sobre estos pien- 
san sus dueños; pero los hechos, que acabamos 
de citar, son suficientes para establecer nues- 
tro criterio al respecto y deducir, lógicamente, 
que esta clase de talismanes entre los pueblos 
primitivos es siempre individual; deducción a 
la cual corroboran ciertas consideraciones que 
haremos en su lugar. 



(1) Vide supra, pg. 123. 

(2) Vide supra, pg. 126. 

(3) Vide supra, pg. 143. 

(4) Vide supra, pg. 148. 



166 Ebligión del Imperio de los Ingas 

Muchas son las naciones americanas, en 
las cuales los hombres tienen un espíritu guar- 
dián, generalmente un animal, del cual con- 
servan la piel u otra reliquia, como un irreem- 
plazable amuleto al que honran y sacrifi- 
can (1). 

íío es necesaria mucha perspicacia para 
apercibirse de la individualidad de estos talis- 
manes, la que, por ser tan grande, hace que 
estén muy cerca de ser fetiches; lo cual es aún 
más evidente si se quiere, en las imágenes de- 
sús manitus, que llevan sobre sí los algon- 
quines. 

Mas, si la mayor parte y los más impor- 
tantes amuletos, hechos de reliquias de ani- 
males, tienen este origen, hay otros que son in- 
dependientes del espíritu guardián y cuya fun- 
ción es asegurar abundante cacería (2). Estos 
están basados ordinariamente, en lo que Fra- 
zer llama mágica ])or contagio, mas no por 
esto son menos individuales, ya que si tienen 
virtud, es porque se considera residente en ellos 
parte del espíritu del animal a que pertenecen 
y mediante el cual ejercen su acción. 



(Ij Vide supra, pgs. 130 y sig. 
2) Vide Supra, pg. 114 y sig. 



Los OoxoPAS 167 

Palmaria prueba de la individualidad de 
los amuletos del Xuevo Mundo es también el 
culto que les rinden sus dueños, ya que éste 
sería incomprensible si no los considerasen do- 
tados de vida. La existencia de este culto es 
bien manifiesta, ya que se traduce por actos tan 
inconfundibles como los sacrificios (1). 

Mas, antes de seguir adelante, es indis- 
pensable precisar de qué clase de individuali- 
dad venimos hablando. 

De los ejemplos que liemos aducido, ha- 
brá podido el lector ver que, al decir que los 
amuletos americanos están dotados de indivi- 
dualidad, entendemos afirmar que su poder es 
particular y propio de cada uno de ellos y que 
es él que los señala, da a conocer e identifica, 
entendiendo así, oponer esta noción a la de co- 
lectividad, y afirmar que su poder es inherente 
en cada uno de ellos, no común a todo un gé- 
nero, tipo o categoría; o más claramente, aun- 
que con menos precisión, que están dotados de 
vida propia y no son fórmulas o símbolos, que 
se pueden repetir al infinito. 

Mas, entendamos bien y precisemos nues- 
tros conceptos, pues no pensamos que en los 

1) Vide supra, pg. 130. 



168 Religión del Imperio de los Incas 

talismanes americanos reside un espíritu per- 
sonal; lejos estamos de ello! Conocidas son 
nuestras ideas acerca de la expresión huaca, 
que pretendemos haber demostrado que corres- 
ponde a una concepción semejante a la de 
de mana melanesia, wakonda dakota etc. etc. 
Esta misma concepción es, a nuestro entender 
la base de los amuletos americanos, ya que, 
por todos los datos que hemos juntado en la 
reseña antecende, nos parece que la individua- 
lidad de éstos proviene de que cada uno de 
ellos por sí, está dotado de la fuerza mágico - 
religiosa, productora de energía y de cuanto 
es extraordinario, que obra de modo sobrena- 
tural y que está dotada de inteligencia y vo- 
luntad (1). Que esta fuerza, si bien esencial- 
mente impersonal, una sola, es divisible sin 
mengua de su potencial, y que en cuanto está 
inmanente en cada uno de estos objetos, los 
constituye en su ser propio, formando así un in- 
dividuo organizado, en el cual el principio de 
vida, digámoslo así, más propiamente, el de 
energía está constituido por el mana, siendo el 
cuerpo el objeto material, en el cual está in- 
manente y del que es inseparable esta fuerza 
organizada, consciente y volitiva. 

'1) Vide supra, pg, 70. 



Los OoNOPAS 16d 

Los conceptos que vamos emitiendo tie- 
nen perfecta y cabal aplicación en los conopas 
peruanos. En efecto, su individualidad es bien 
clara, como lo prueban suficientemente los ri- 
tos con que se consultaba en la Sierra a los 
cunchur (1), a los cuales se dirigían como a 
padres (2), y a los que, digámoslo así, perso- 
nalmente ofrecían sacrificios (3), así como las 
ofrendas que les hacían las mujeres embaraza- 
das (4), el cuidado que tenían de transmitír- 
selos de padres a hijos o, a falta de éstos, al 
pariente por afinidad más cercano, al amigo 
más querido, o de juntarlos con el antepasado 
fundador del ayllu (5); y, en ñn, por la ma- 
nera de adquirirlos, tratando de adivinar si 
eran o no, por su esencia, amuletos (6). 

Además, merced a Avila, sabemos que es- 
tos amuletos tenían, fuera de su nombre ge- 
neral, cada uno el suyo propio (7). 



(1) 


Vide supra, pg. 107. 


(2) 


Id. id., pg: 108. 


(3) 


Loe cit. 


(4) 


Id. id., pg. 103. 


ib) 


Vide supra, pg. 106. 


(6) 


Id. id., pg. 106. 


(7) 


Avila, Relación de la Idolatria de los Indios de este 



Arzobispado de los Reyes. 



170 Ebligión del Imperio de los Incas 

Para demostrar que el fundamento de los 
conopas es el concepto de mana, será suficien- 
te recordar que el distintivo de los conopas, 
su característica más constante era el de ser 
piedras u otras cosas raras o, por algún con- 
cepto inexplicables; lo cual, según lo hemos 
manifestado anteriormente, era lo que hacía 
que una cosa fuese tenida por huaca ya que 
a cuanto es extraño e incomprensible se creía 
dotado de poder mágico religioso (1). 

El amuleto, en este estado de su evolu- 
ción, presenta muchos puntos de contacto y 
casi se confunde con el fetiche, y quizás no 
sea temerario el suponer que, desarrollándose 
las religiones y precisándose el concepto de di- 
vino, el talismán individual desdóblase en el 
amuleto genérico y en el fetiche, ya que, en 
su estado individual, el amuleto se diferencia 
del fetiche, por ser este último morada perpe- 
tua o momentánea de un dios o de un espí- 
ritu (2); lo que supone una diferencia esen- 
cial entre el espíritu y su receptáculo, lo que 
no acontece en el amuleto, en el que la fuerza 
mágica está unida esencialmente a la forma. 



(1) Id. id., pg. 86. 

(2) Vide supra, pg. 112. 



Los OONOPAS 171 

Es verdad que siempre es penoso hablar 
de fetiches, palabra que, etimológicamente, só- 
lo significa facticio (1), que es una de las ex- 
presiones técnicas de que más se ha abusado, 
usándola arbitrariamente, apenas hay fenóme- 
no religioso distinto del monoteísmo, que no 
haya recibido alguna vez el calificativo de fe- 
tichismo. Mas, si limitamos este concepto; co- 
mo lo hemos hecho anteriormente, y tenemos 
en cuenta que lo más característico de esta 
forma de religión es que el espíritu, que ha- 
bita en el objeto, puede entrar o salir de él, 
a su voluntad, y obligársele a volver a su mo- 
rada, practicando ceremonias adecuadas; y que 
al fetiche se le puede abandonar cuando ya 
no se lo juzga necesario (2), no cabe duda de 
que los conopas y objetos semejantes de Amé- 
rica no son fetiches aunque tengan tantos pun- 
tos de contacto con estos, que Lewis Spence 
puede decir, con cierto semblante de razón, 
que los amuletos mexicanos como casi todos 



(1) Aston, Fetichism in Hantings Encyclopaedia of Ethics 
and Religión, Vol. V, pg. 894, Edimbourgh, 1912. 

(2) Toy, Introduction to the History of Religión. Boston 
1913, pg. 100. 



l'?2 Eeligión del Impeeio de los Ínoas 

los del Kuevo Mando eran fetiches persona- 
les (1). 

Más exacto es afirmar que la individua- 
lidad de los amuletos, que no es exclusiva de 
los americanos sino propia de todos los pue- 
blos que se encuentran en el mismo nivel 
de evolución religiosa, representa un estado 
primitivo, en el cual no está aún bien dife- 
renciado el amuleto del fetiche; aplicándose 
en esto, como en todo fenómeno orgánico, la 
gran ley del progreso, la división del trabajo. 

Uno de los distintivos más propios del 
amuleto es su carácter privado (2), y éste es bien 
manifiesto en los conopas, de los cuales, si los 
subditos de los Incas esperaban protección y 
ayuda en general, confiaban sobre todo, en que 
les darían alimento abundante. 

La alimentación es el primer problema del 
primitivo, al cual se le presenta, no bajo la 
forma amplia y elástica de riqueza, como en 
las sociedades más avanzadas, en las que exis- 
te la moneda, sino de una manera mucho más 
angustiosa y apremiante, la obtención de sus- 
tancias alimenticias. Este es el eje, alrededor 

(1) Lewis Spence, Charms and Amulets in México Has- 
tings Encyclopaedia of Ethics and Religión, Vol. III, pg. 455. 
(21 Vide supra, pg. 111. 



Los OoKOPAS 173 

del cual giran en las razas primitivas, no sólo 
el mundo físico, sino el suprasensible y reli- 
gioso. 

Así, por la enumeración hecha en este 
capítulo, habrá podido ver el lector que, entre 
los pueblos cazadores, el amuleto está destina- 
do a proveer de abundantes presas, entre los 
agrícolas, de buenas cosechas: éstos son fenó- 
menos demasiado conocidos de los estudiosos, 
para que sea útil insistir en ellos; pero eéanos 
lícito recordar cuan grande es la influencia del 
medio económico sobre el mundo religioso, 
puesto que el solo estudio de los amuletos se- 
ría suficiente para darnos a conocer los medios 
de subsistencia de los diferentes pueblos ame- 
ricanos. 



CAPITULO III 

APACHITAS 

Todos aquellos que han escrito, desde la 
Conquista hasta nuestros días, descripciones o 
relaciones del Perú o de los países vecinos, que 
formaron parte del Imperio Incaico, han ha- 
blado de los apachitas o montones de piedra, 
situados en los pasos de las cordilleras, en las 
encrucijadas y en otros lugares de los caminos, 
en los cuales los viajeros indígenas nunca de- 
jan de añadir una nueva piedra. 

Las más extravagantes teorías, las más 
falsas hipótesis han sido emitidas para expli- 
car esta costumbre, que, aunque de origen ido- 
látrico, no fue perseguida con rigor aun en las 
épocas en que se tuvo mayor empeño en cris- 
tianizar a los indios y cuando se castigaba con 
gran severidad el delito de idolatría. Verdad 
es que el Concilio Provincial celebrado en Li- 
ma en 1567, condena esta práctica como su- 
persticiosa, si bien autorizó su tolerancia fa- 



176 Eeligión del Imperio de los Incas 

cuitando a los curas para poner si les parecía 
decente, una cruz en la apachita que así queda- 
ba cristianizada (1). 

La práctica de depositar los caminantes 
una piedra, un palo u otra cosa parecida y de 
escaso valor en sitios determinados no es ex- 
clusiva del antiguo Perú, ya que igual costum- 
bre ha existido en los más diversos países, tan- 
to del Yiejo como del Nuevo Mundo, y es 
una de aquellas usanzas primitivas, en que to- 
das las razas y pueblos coinciden. 

Así, muchos son los escritores, que han 
tratado de encontrar las razones, que han deter- 
minado la erección de esta clase de informes 
monumentos, cuyo autor es un pueblo y cuya 
construcción nunca se acaba. 

Ninguna pretensión tenemos de conocer 
todas estas teorías; pero, antes de examinar los 
apachitas peruanos y de indagar su origen, nos 
parece conveniente resumir algunas de las in- 
terpretaciones propuestas notables ya por sus 
autores, ya por su valor intrínseco. 

(1) Que los adoratorios de los caminos que los Indios lla- 
man Apachitas procuren los Sacerdotes cada uno su distrito 
quitarlos y deshacerlos del todo, y en esto ae les pone precep- 
to, y si les pareciere cosa decente' pongan una cruz en su lugar. 
Sumario del concilio provincial que se celebró en la Ciudad de 
los Reyes ei año de Í5G7. Sevilla, 1641, N». 100, pg. 64. 



Las Apaohitas 177 

Curioso es, sin duda, el recordar la opi- 
nión de Carlos Darwin, autor de muchas y 
fecundas hipótesis, que tanto han contribuido 
al progreso de las ciencias naturales. 

Al hablar de los carines que encontró en 
los pasos de hi Sierra de Animas, en el Uru- 
guay, emite la opinión de que el origen de 
estos monumentos tan comunes es el deseo de 
conmemorar un acontecimiento en el punto 
más alto de los vecinos a aquel en que acon- 
teció, lo cual cree es debido a una tendencia 
común a todos los hombres (1). 

Esta interpretación tan poco científica, sólo 
merece recordarse por haber sido emitida por 
uno de los hombres que más han influido en 
la intelectualidad moderna. 

Mayor importancia tiene la teoría emitida 
por el helenista Welcker, al tratar del culto 
de Hermes, y que aun, en nuestros días, ha 
sido adoptada por un mitólogo eminente, 
Earnell. Según los autores mencionados, es- 
tos montones eran señales para los caminan- 
tes, anteriores a hi construcción de rutas defi- 
nidas, que, por servir para un fin útil a toda 
la comunidad, cayeron bajo un tabú religioso, 

(1) Darwin iCliarls\ Journal of rescarches in to the Geo- 
logy and Natural History, London, 1840, pg. 52. 
Religión del Imperio de los Incas 12 



178 Eeligióüt del Impeeio de los Incas 

al ser consagrados al dios de los caminos, lle- 
gando así los carines cuya natnrale/a primiti- 
va no era religiosa, a ser objetos de adoración 
y a estar cargados de poder divino, de tal mo- 
do que los viajeros depositaban ofrendas en 
ellos, en acción de gracias, las cuales (ofren- 
das) eran de la misma naturaleza que el mon- 
tón y por cuyo intermedio se trataba de esta- 
blecer cierta alianza y comunión entre el dios 
y el viajero. 

Andree, que estudió detenidamente el 
asunto, opina que «son estos los monumentos 
más primitivos y antiguos y que están desti- 
nados a recordar toda clase de acontecimien- 
tos, así los prósperos como los adversos. Pero 
este uso no conmemora solamente hechos, sino 
también personas, y por esto, las tumbas son 
adornadas con montones de piedras, caracteri- 
zados, por ser hechos con ofrendas de diferen- 
tes personas y en diversos tiempos ; y aun pue- 
den ser considerados como recuerdos de reco- 
nocimiento los elevados por viajeros, al regreso 
de expediciones peligrosas, sea en las costas, 
sea en lo alto de las montañas, en acción de 



(1) Farnell, Cults of the Greek States, Oxfor, 1896, Vol. 
V, pg. 18. 



Las Apachitas 179 

gracias a la divinidad local y para probar a 
los que sigan sus pisadas que la penosa ruta les 
ha sido suavizada. En sí mismos, estos mon- 
tones son ofrendas, a decir verdad, las menos 
costosas, las más simples y cómodas » (1). 

Según Hartland, la costumbre de erigir 
montones de piedras, que es tan antigua como 
esparcida por el mundo, debe explicarse, dis- 
tinguiendo tres clases de montones. 

I. Los carines, a los cuales no se hacen 
añadiduras y en los que no se celebra nin- 
gún rito. Estos no existen sino en los lugares, 
donde se ha olvidado el motivo de su erección. 

II. Aquellos que se levantan sobre el lu- 
gar, en el cual un hombre ha muerto, espe- 
cialmente, si ha parecido de modo violento. 

III. Los de los carines eregidos en luga- 
res sagrados. 

Estas dos últimas clases son, prácticamen- 
te, equivalentes, ya que, en todo el mundo, las 
tumbas, sobre todo, las de aquellos que pere- 
cían violentamente, han sido tenidas por sa- 
gradas. Así, en la segunda y tercera clase de 
carines el arrojar piedras tiene por objeto es- 



(1) Andree (R.), Ethnographische Parallelen and Verglei- 
che. 



180 Eeligión del Imperio de los Incas 

tablecer una unión ceremonial con el espíritu, 
que se supone reside en el carín (4). 

Leibrecht que ha estudiado prolijamente 
la costumbre que aquí nos interesa, no ha for- 
mulado una explicación clara de su origen. 
Este autor en su erudito estudio, examina pri- 
meramente los carines que se erigen sobre lu- 
gares de enterramiento, estudia luego aquellos 
que se encuentran en sitios sagrados, en que 
se cree reside una divinidad, para considerar 
después aquellos en que el arrojar nuevas pie- 
dras al montón, se hacen en señal de menos- 
precio al genio del lugar o al espíritu del 
muerto allí enterrado. Parece que la opinión 
de este autor es, que el origen de esta costum- 
bre es el deseo de perpetuar la memoria de 
aquel que bajo el montón se halla enterrado, 
y que las piedras que se aiíaden al cariu, son 
ofrendas destinadas al alma del muerto; con 
el transcurso del tiempo olvídase el origen del 
montículo y para explicar su existencia fórjan- 
se nuevas leyendas, en las que se cuenta que 
allí existe un dios al que se debe honrar, o un 



(4j Hartland (E. S.), The Legend of Perseus, Vol. II 
pgs. 204 a 209, 211 y 218, London, 1895. 



Las Apaohitás 181 

espíritu maligno al que es preciso menospre- 
ciar (1). 

Dussaud se propone explicar las piedras 
que se arrojan en montones determinados, su- 
poniendo que son oraciones materializadas, in- 
corporadas en la piedra, para que, forzosamen- 
te, lleguen al dios o genio del lugar residente 
en el sitio en que se erige el montón (2). Esta 
singular teoría parece tanto más extraordina- 
ria, cuanto que ha sido formulada, con poste- 
rioridad a la publicación del Ramo de Oro, 
en donde Erazer sostiene la primera explica- 
ción probable de esta frecuentísima costumbre, 
explicación que ha sido ordinariamente acep- 
tada. 

Este autor, fundándose en el proceso bien 
conocido, j del cual no faltarán ejemplos en este 
estudio, de encarnar un mal físico o moral en 
un objeto inanimado, para así, poder arrojarlo 
y libertarse de él, y apoyándose en numerosos 
hechos, sostiene que el acto de depositar pie- 
dras en lugares señalados tiene por objeto li- 
li i Leibrecht (Félix), Zur Volkskunde. Alte and Neue Auí- 
aatze. Heilbronn 1879, pgs. 267 a 284. , especialmente pgs. 267 
y 276. 

(2) Dussaud {R.}, La material isation de la priere en Orient 
Bulletin et Memoirs de la Societó d'Antropology, V Serie, 
Vol. VII, París, 1906, pgs. 213-220. 



182 Religión del Imperio de los Incas 

bertarse de la fatiga, de la enfermedad, del 
miedo, del horror, transferidos a la piedra o 
rama que se depositan en el montón (1). 

Oasi idéntica es la explicación propuesta 
por Doutte, que cree, como el sabio autor del 
Ramo de Oro, que el origen de estos monto- 
nes es explicable por el deseo de expulsar, por 
medio de la piedra que en ellos se deposita, 
el cansancio en las cuestas, la indecisión en 
las encrucijadas de los caminos y las influen- 
cias nocivas de las sepulturas de aquellos que 
mueren de modo violento. Si bien opina que 
este motivo original se modifica con el trans- 
curso del tiempo, ya que los carines llegan a 
ser tenidos por beneficios, puesto que libertan 
del mal, de donde se origina la mezcla de te- 
mor y reverencia, de que son objeto (2). 

Más reservado se muestra Dudley Kidd, 
quien juzga que son muchas las causas que 
han originado esta costumbre; así, afirma que, 
en ciertos casos, está fundada en magia imi- 
tativa, para detener el curso del día, ya que 
muchas tribus indican las horas, colocando ra- 



(1) Frazer, The Golden Bough. Vol. IX, The Scapegoat. 
pg. 22, nota 2^. London, 1914. 

(2) Doutte (Edmond), Magie et Religión dans l'Afrique 
du Nord, Alger. 190y, pgs. 427 a 435. 



Las Apaohitas 1S3 

mas en los árboles. Oree tanibién que puede 
originarse de la creencia que, en el lugar don- 
de se erige el montón, moran malos espíritus 
o almas airadas, y siendo entonces ofrendas 
las piedras que en él se ponen. Opina, asi- 
mismo, que, en algunas circunstancias, su fin 
es defenderse de un espíritu enemigo; mas juz- 
ga que, en la mayor parte de los casos, esta 
práctica está basada en la expulsión de un 
mal, incorporándolo en una materia determi- 
nada (1). 

De todas estas diversas teorías, ninguna 
hay que nos satisfaga enteramente, ya que o 
no se hacen cargo de la verdadera naturaleza 
o del rito o sólo se aplican a un limitado nú- 
mero de hechos. Así, para explicar los apa- 
chitas peruanos seguiremos el mismo método 
que en los capítulos anteriores, buscando el 
fundamento de la costumbre, no en un solo 
pueblo, sino en todos aquellos en que conoce- 
mos usanzas análogas; para lo cual, comenza- 
remos por enumerar algunos casos, que ningu- 
na de las hipótesis anterioros explica y que, 
al parecer, estáo fundados en la idea verdade- 
ramente sencilla y primitiva de impedir la 

[l) Dudley Kidd, The essencial Kafir, London, 1914. 



184 Eeligión del Imperio de los Incas 

emanación de una fuerza mágica, cuyos efec- 
tos se temen, tapando, como si dijéramos, su 
manantial: concepción simplicísima muy en 
armonía con las ideas de los primitivos acerca 
de la virtud mágica, de las que ya nos hemos 
ocupado, y tal como la que podíamos esperar 
sirviese de base a una práctica difundida en 
todo el orbe y entre los pueblos más hetero- 
géneos. 

Refieren Spencer y Gillen que, en Aus- 
tralia, no lejos de Undulia, doce millas al Este 
de Alice Springs, hay unos montones de pie- 
dras, acerca de los cuales cuentan que, en ese 
lugar, en los tiempos mitológicos, vivían dos 
hombres del tótem del águila hank; que un 
día comieron a muchas gentes de su clan, lo 
cual prodájoles tan fuerte indigestión, que les 
causó abundante vómito, el cual está represen- 
tado por los carines, llamados ulJcntha. Creen 
los aborígenes que estas piedras están repletas 
de poder mágico maligno y a fin de impedir 
lo emanen, es preciso cubrirlas, para que no 
se las vea, ya que, si alguien las mirase, con" 
traería un fuertísimo vómito. Así, todo indí- 
gena, de cualquier sexo o edad, al pasar por 
el sitio, arroja en el montón un palito, para, 



Las Apachitas 185 

de este modo ayudar a cubrir el poder mágico 
e impedir su salida. 

Oreen también los australianos que uno 
de los antecesores de los del tótem Muntilieru 
(nombre de una pequeña rata), en la tribu 
Urabuna, yendo de viaje, trató de tener cono- 
cimiento con mujeres que aún no habían pa- 
sado por los ritos de iniciación ; en castigo de 
lo cual se le cayó el órgano masculino, mu- 
riendo juntamente con las mujeres. Esto acon- 
teció en un lugar llamado Atnintjunera, que 
está señalado por dos piedras, y repleto de po- 
der mágico nocivo, tan poderoso, que sólo 
los viejos pueden pasar por las inmediaciones, 
sin morir al instante. De tiempo en tiempo, 
va a este sitio un anciano y arroja piedras y 
ramas, para tener tapado el poder mágico (1). 

Los Baganda tenían especial horror a los 
suicidas, los cuales eran más frecuentemente 
hombres que mujeres, siendo el medio ordina- 
rio de suicidio el ahorcarse de un árbol. 

Cuando algún desgraciado atentaba contra 
su vida, el árbol de que se había colgado era 
cortado, para que sirviese de leña para quemar 



^1) Spencer and Gillen, The Northern Tribes of Central 
Australia, London, 1904, pg, 472. 



Í86 Religión del Imperio de los Incas 

el cuerpo del difunto, lo cual se hacía en don- 
de se cruzaban dos caminos. Si el crimen se 
había verificado en la casa, destruíanla y sus 
materiales servían para la cremación del ca- 
dáver. Sobre el sitio, donde había ardido la 
pira y en el cual reposaban los restos del sui- 
cida, no tardaba en levantarse un montículo, 
ya que cuantas mujeres pasaban por junto a 
él arrojaban hierbas o palos en el montón, para 
impedir que el alma del difunto, penetrando 
en ellas, renaciera: costumbre que no sólo ob- 
servaban las mujeres, pues todos temían que 
el espíriu, apoderándose del pasante, le hicie- 
se cometer igual delito (1). 

A los niños que nacían de pie, mataban 
y enterraban en las encrucijadas de los cami- 
nos, y, sobre sus tumbas, se levantaban mon- 
tones a veces considerables; pues todas las 
mujeres, al pasar, arrojaban algo sobre su tum- 
ba, para que no saliese y se apoderase de ellas 
el espíritu que allí residía» 

Igual cosa acontecía en las sepulturas de 
los gemelos, junto a las cuales nadie quería 
pasar (2), 

(1) Eoscoe, The Baganda, London, 1911, pgs. 21, 127 y 
289. 

(2) Id. id., pgs. 47, 124 y 127. 



Las Apaohitas 187 

Semejantes montones veíanse también en 
las tumbas de los blancos, muertos en el 
país (1). 

Cuando alguien era acusado de brujería 
y después de la prueba del veneno, reconoci- 
do culpable; lo quemaban en un campo baldío, 
y los que por él pasaban arrojaban sobre las 
cenizas, hierbas y palos, para impedir que el 
espíritu los cogiese (2). 

En Islandia los carines en los que los tran- 
seúntes depositan al pasar, piedras, o a falta 
de éstas un zapato, un guante, una liga, una 
rama o una moneda, llámanse dys que signi- 
ñca tumba cubierta con piedras, si bien a este 
nombre añaden a veces el calificativo greide 
que equivale a ofrenda. Mas esta ofrenda es 
propiamente una precaución contra el alma del 
que está allí sepultado, el cual es en muchos 
casos algún hombre que pereció de un modo 
violento, cuyo espíritu es tenido por malévolo 
del que es preciso defenderse arrojando una 
nueva piedra en el carin (3). 

En Suecia cuando en un camino perecía 



(1) Roscoe, The Baganda, London, 1911, pg. 289. 

(2^ Id. pgs. 289 y 290. 

(3) Leibrecht, Zur Volkeskunde Heilbronn, 1879, pg. 237 
y 274. 



188 Ebligión del Imperio de los Incas 

algaien de un modo violento, sea asesinado o 
de otra manera, y se teme que aparezca j per- 
turbe a los viajeros, ya en forma de un espí- 
ritu o en la de fantasma, los pasantes deposi- 
taban en el lugar del siniestro una piedra, una 
rama o una moneda. Muy peligroso sería de- 
jar de arrojar una piedra sobre la tumba de 
un suicida al pasar junto a ella, pues quien tal 
imprudencia cometiere caería bajo el maligno 
influjo del perverso espíritu, de aquel que aten- 
tó contra sus días. 

No sólo arrojan piedras en Suecia en estos 
sitios, sino en los Jugaras en que ha habido un 
comercio ilícito o cualquier otro acto impu- 
ro (1). 

En Grecia es usanza popular, arrojar pie- 
dras en las tumbas de las personalidades no- 
tables de mala reputación, exclamando: Maldito 
sea! Así se forman montículos sobre los que 
cada pasajero arroja nuevas piedras, ignorando 
en muchos casos el por qué de la costumbre. 
Parece que el fin de este uso es impedir que 
el muerto moleste a los vivos, con apariciones; 
pues bien conocido es cuan arraigado está entre 



(1) Leibrecht, Op. cit., pg. 274 y 27B. 



Las Apachitas 189 

los griegos el temor al vampiro salido de las 
tumbas (1). 

El carin de Yicar, en el condado de irlan- 
dés de Armagh, es nn montón de piedras, ro- 
deado de un círculo de piedras entre las cuales 
hay una que tiene caracteres oghánicos, una 
avertura permite la entrada al interior del 
montículo. Nadie pasa sin coger una piedra j 
dejarla en el montículo, pero desgraciado aquel 
que cogiera una sola piedra del carin pues le 
sobrevendría una gran desgracia (2). 

Los Bosquiraanos creen que el domonio 
está enterrado bajo los carines, y todos, al pa- 
sar, arrojan allí una piedra, para que Satán 
no pueda salir (3). 

En el Chota Nagpur, especialmente, en 
los estados aborígenes, se 'encuentran, a menu- 
do, montones de hojas, ramas o piedras, que 
han sido arrojadas por los pasajeros en los lu- 
gares, en que se supone que alguien ha sido 
muerto por una bestia feroz. La creencia es 
que aquel que no observa esta usanza, bien 
pronto ve surgir ante sí un animal de la 
especie de aquel que causó la desgracia que 

(1) Leibrecht, Op. cit., pg. 282. 

(2) Leibrecht, Op. cit., pg. 280. 

(3) Andree, Ethographische Parallelen und Vergleicg. 



190 Eeligióx del Impekio de los IííOAS 

conmemora el hacinamiento (1). Lo cual in- 
dica mny bien que se juzga que allí existe una 
virtud nociva, en forma de carnívoro, a la que 
se impide salir, echando una hoja, rama o pie- 
dra al montón. 

En Mirzpur, los carines, erigidos con igual 
motivo, están al cuidado de un Baiga o sacer- 
dote indígena, que sacrifica en ellos un cerdo, 
un gallo, o un poco de licor; en ciertas oca- 
siones, enciende junto a los montones, una 
lamparita (2). 

En Schwannewitg pueblo perteneciente a 
Dahleu cerca de Oschatg, y que se llama 
así por un dios que allí se veneraba, en 
un bosque sagrado ; hay un pantano llamado 
el lago de la muerte, en donde sacrificaban 
en tiempo del paganismo, vírgenes cuyos espí- 
ritus aun vagan en la vecindad, por esto y para 
defenderse de estas apariciones, cada transeún- 
te pone una rama en el lugar del sacrificio. 
En los caminos de Alemania, haíba antigua- 
mente en los lugares en que yacía el cadáver 
de algún, muerto violentamente montones, de 



(1) Journal of the Aciatic Society of Bengal, N». 21913, 
pg. 87, Supplement. Calcutta 1903. 

(2) Frazer, The Golden Bougg, Vol. XI, (The Scapegoat), 
London, 1914, pg. 27. 



Las Apaohitás 191 

piedras o palos a los qne todo transeúnte aña- 
día algo, a esta clase de montículos pertenecía 
el situado sobre la tumba de un tabernero que 
fue asesinado de un modo misterioso en los alre- 
dedores la aldea de Rauen cerca de Storkow (1). 

En los Alpes en el camino de Burgeis 
pueblo en el Yintscbgan bay un lugar consa- 
grado ala «Yirgen salvaje», en donde existe 
un montón de piedras, los niños que por vez pri- 
mera suben al cerro deben tomar una piedra, 
escupir en ella y arrojarla al montón, dicien- 
do; ofrezco a la Yirgen Salvaje, costumbre que 
deben observar también los adultos, pues de 
lo contrario se expondrían a un gravísimo pe- 
ligro (2). 

En África Mungo Park hay un árbol, 
delante del cual, según sus guías, no era po- 
sible pasar, sin ofrecerle un trapo, a menos de 
exponerse a su cólera (3). 

En el pueblo de JS^'pál, situado entre el 
país de Caydor y el de Oualo, hay una piedra, 
a la cual, según uso antiquísimo, todos, al pa- 
sar, ofrecen un hilo de su vestidura. Esta pie- 
dra es tenida por guardián del pueblo, al cual 

(1) Leibrech, Zur Volkskunde Heilbronn, 1879, pg. 272. 

(2) Id. id., pg. 268. 

'3) Reville, Hietoire des Religions, Vol. I, pg. 62. 



192 Ebligión del Imperio de los Incas 

estiman por muy seguro, ya que dicen que, 
cuando está en peligro, da la piedra vueltas 
al rededor de él y lo defiende por medio de 
su poder sobrenatural (1). 

Los peregrinos a la Meca, en el 10**. día 
del mes de Dzon'-l' hiddja, después de haber 
hecho la oración de la mañana y antes de la 
salida del sol, se dirigen a Mida. En el ca- 
mino deben recitar ciertas oraciones y atra- 
vesar, corriendo, una llanura. Al llegar al es- 
trecho valle de Mida, principian a arrojar 
piedras, del tamaño de un fréjol, tomadas, pre- 
ferentemente, en un lugar determinado; pero 
que pueden cogerse en cualquiera otra parte, 
mas sin tomar nunca una piedra que haya 
sido ya arrojada en los carines. Antes de ser- 
virse de ellas, lávanlas. 

Al tirar las piedras, dicen la siguiente ora- 
ción: «En el nombre de Dios, Dios es grande 
a pesar del demonio y los suyos: haced. Señor 
que los trabajos de mi peregrinaje sean dignos 
de Tí y agradables a tus ojos. Ooncededme 
el perdón de mis pecados e iniquidades»; o 
bien: «En el nombre de Dios, Dios sólo es 



(1) Caille (Reue), Journal d'un voyage a Temboctou et 
a Jenné. París, 1830, Yol. I, pg. 26. 



Las Apachitas 193 

grande. Arrojamos estas piedras, para estar 
segaros de los ataques del demonio y de sus 
legiones». 

Las siete primeras piedras las arrojan con- 
tra un pilar o altar de piedra sin tallar, que 
está a la entrada del valle ; las otras siete con- 
tra otro pilar, que está por la mitad del valle, 
y las otras siete a la extremidad occidental, 
junto a un muro de piedra. 

En los tres días siguientes, los peregrinos 
atraviesan de nuevo el valle de Mida, repitien- 
do las ceremonias que hicieron, al pasarlo por 
primera vez. 

El último día, cámbianse de vestido y en- 
tran a la Oaba, con lo cual dan término al 
peregrinaje. 

La peregrinación a la Meca, que los Ma- 
hometanos estiman por muy meritoria, perte- 
nece, a no dudarlo, a la Religión Islámica; 
mas el arrojar las piedras en el valle de Mida, 
así como otras de las ceremonias que se practi- 
can en los días que dura el peregrinaje, son an- 
teriores al Islamismo ; y, según algunos autores 
árabes, antes de Mahoma, las piedras eran ma- 
yores, y sólo las arrojaban en los montones a 
la caída de la tarde y cuando el Oficial, en- 

Beligión del Imperio de Iob InoaB 13 



194 Eeligión del Imperio de los Iiíoas 

cargado de presidir el rito, había cod sentido 
principiase. 

La costumbre de que venimos tratando no 
ha dejado de interesar a los teólogos árabes, 
quienes han propuesto varias explicaciones, qne 
poco o ningún interés tienen para nosotros (1). 

La idea general, la tradición es que esta 
práctica originóse de que Abraham, por con- 
sejo del Arcángel Gabriel, apedreó al demonio, 
que quiso impedirle pasase por Mida y que se 
dejó ver en los tres lugares, donde ahora los 
peregrinos acumulan guijarros. 

Hay quien dice que las piedras deben arro- 
jarse por la espalda, para renunciar solemne- 
mente al demonio (2). 

Muy significativos para nuestro estudio son 
estos usos de un pueblo de cultura ya muy 
desarrollada; pues en ellos se nota muy clara- 
mente que el fin de acumular piedras en un 
lugar determinado es el mismo en pueblos tan 
distintos por el grado de su evolución religio- 
sa, como los Australianos y los Árabes. 



(D Algunas de las explicaciones musulmanas de esta cos- 
tumbre pueden verse en Leibrecht, Zur Yolkskunde, pg. 280 

y sig- 

(2) Chauvin, (V.), Le Jet des piedres au pelerinage de la 
Meeque, Anvers, 1902, pgs. 272-278 y 284. 



Las Apachitas 195 

En efecto, tanto la oración que acompaña 
al acto de tirar las piedras, como la leyenda que 
explica el origen del rito, evidencian que el fin 
de éste es apedrear, cubrir al demonio (forma 
evolucionada de la fuerza mágica nociva), pa- 
ra estar a seguro de sus ataques. 

De igual manera piensan los Kayancs de 
Borneo, que creen pueden ahuyentar a los ma- 
los espíritus, arrojándoles piedras o palos, lo 
cual no dejan de hacer, cuando pasan junto a 
un sitio, en donde creen reside un demonio (1). 

A estas costumbres se asemeja la curiosa 
práctica que se observaba en algunos lugares 
de Alemania, de apedrear los lugares en que 
existió un monumento religioso pagano, siem- 
pre que se pasaba junto a ellos, en señal del 
triunfo del cristianismo sobre los falsos dio- 
ses (2). 

Ya tendremos ocasión de ocuparnos de los 
carines del Tibet; mas, antes de pasar adelan- 
te, conviene recordar lo observado en este país 
por Waddell. Cuenta este autor que la parte 
más alta de los pasos, entre la India y el Ti- 
bet, está marcada por una línea de carines y 

(1) Frazer, The Golden Bougli, Vol. IX ^The Scapegoat). 
London, 1914, pg. 18. 

(3) Leibrech, Zur Volkekunde Heilbronn, 1879, pg. 260. 



196 Eeligión del Imperio de los Incas 

que los guías y arrieros tibeteños, que con él 
iban, se detuvieron ante éstos y, diriguiéndose 
hacia Ohumolhario, montaña de la diosa seño- 
ra, reverentemente, pusieron una piedra en el 
carín, exclamando, con voz viril : « Tomad, to- 
mad esta ofrenda a los dioses. Los dioses han 
conquistado. Los demonios son desterrados!» (1). 
Muy poco avenible con las teorías que he- 
mos analizado y en perfecto acuerdo con la 
hipótesis de que, bajo los montones, existe un 
poder mágico nocivo, cuya emanación se trata 
de evitar, es la siguiente historia, narrada por 
Jansen. Cuenta este verídico autor, que un ára- 
be, que caminaba por el desierto, al ver uno 
de aquellos montones que se levantan en los 
lugares, donde se ha cometido un asesinato, se 
persuadió de que ese montón (ragiín) le quería 
matar y tuvo tal terror, que temblaba de pies 
a cabeza. Por la Vida de Alaba, exclamó, 
conjurándole, no me matéis ni hagáis mal ; y, 
apenas pasó junto al carín, echó a correr con 
todas sus fuerzas, para ponerse al abrigo de 
sus golpes (2). 



(1) Waddell, Llasa and its misteries, London, 1905, pg. 
117. 

(2) Jansen, Costumes des Árabes du Pays de Moab, Pa- 
ria, 1903, pg. 337, 



Las Apaohitas 197 

Quizás la misma idea fundamental de cu- 
brir el lugar, de donde se emana la influencia 
nociva, es el origen de la siguiente costumbre 
lilloet. En el territorio ocupado por estos in- 
dios, hay un monte llamado Po'pesamen (co- 
razoncito). Cuantos cazadores acampan en su 
vecindad, visitan la cumbre, a la cual se di- 
rigen, diciendo: «Oh Jefe, que no llueva ni 
nieble ; dadnos un fácil cabe de raíces j pros- 
pera cacería. Tomad todo el olor para tí, a 
fin de que la caza no nos vea ». Tras lo cual 
tanto los hombres como las mujeres se golpean 
las piernas con juncos, que han llevado para 
el efecto, y que depositan luego en un mon- 
tón (1). 

Esta práctica nos parece explicable, supo- 
niendo que los Lilloetes creen, como tantos 
otros pueblos, que el monte al sentirse holla- 
do, manifiesta su enojo haciendo llover; para 
impedir lo cual, se apresuran a tapar el sitio, 
por donde emana el monte su wakonda, cau- 
sa de la lluvia. 

En la más alta punta de la colina que 
domina Weston-super-Marc, los pescadores en 
su viaje diario a Saud Bay, colocan una nue- 

(1) Teit, The Lilloet indians. Jesup North Pacific Exp«- 
dition, Vol. n, New York, 1906, pg. 279. 



108 Ebligión del Imperio de los Incas 

va piedra en el carín que hay en ese Ingar, pa- 
ra tener feliz pesca, quizás con el objeto de im- 
pedir la emanación de una fuerza o influencia 
favorable a los peces (1). 

En la culta Grecia, el dios Hermes pro- 
tegía las encrucijadas de los caminos, y rela- 
cionados con él eran los carines que había, 
donde dos rutas se encontraban, y en los cua- 
les todo viajero depositaba una piedra. Las 
encrucijadas eran tenidas por lugares peligro- 
sos, a causa de malos espíritus que las infes- 
taban (2). 

En los alrededores de un pueblo de la isla 
Samoa, había una piedra en el camino que 
conduce a las plantaciones, a la cual todos los 
que iban o venían de sus sembríos besaban o, 
mejor dicho, olían, creyendo morir si tal no 
hiciesen. Acerca de esta piedra contaban que, 
habiendo dos hermanos apostado a cuál era 
más valeroso, uno de ellos que era cobarde, 
volvió las espaldas, quedando convertido, por 



(1) Leibrechf, Zur Volkskunde Heilbronn, 1879, pg. 279. 

(2) Famell, The cults of the Greek, States, Vol. V, pg3. 
1-18, Oxford, 18ií6. — París, (P.), Hermes in Deremberg et Sag- 
Uo. Diccioniare des Antiquités Greques et Romaines, Vol. III, 
pg. 180, París, 1900. 



Las apachitas 199 

esto, en piedra, en cumplimiento de lo que ha- 
bían apostatado (1). 

En la misma isla, llaman Fonge y Toafa 
a dos rocas planas, que estaban sobre un ha- 
cinamiento de piedras sueltas y que eran te- 
nidas por los padres de Loato; dios de la llu- 
via. Todo aquel que, por casualidad, pasaba 
junto a ellas y llevaba comida, deteníase para 
ofrecerles un poco de alimento (2). 

Los Bawenda, miembros de la numerosa 
raza Bantu, antes de atravesar el río Motsén- 
dute, cerca de Pipits, en donde, según sus de- 
cires, vive el espíritu de las aguas, arrojan una 
rama, piedra u otra cosa de igual valor, para 
que el espíritu les deje pasar el río con faci- 
lidad. (3). 

El clan Baganda, Bean dícese descendiente 
de un héroe, cuya sangre dio origen al río Na- 
kisa, y adora a los espíritus del río en dos 
montones de hierba y palos que hay a las ori- 
llas, a los cuales (montones) se ofrecen cabras 
y cerveza en sacrificio. Cuando los Bagandas 



(1) Turner. Samoa, London, 1884, pg. 

(2) Id. id., pg. 25. 

(3) Gotsching, The Bawenda. The Journal of the Royal 
Antropológica! Instituto of Grat Britain and leland, Vol. 
XXXV, pg. 381, London 1906. 



200 Ebligión del Imperio de los Inoas 

atraviesan el río, arrojan hierba y palitos en 
los montones de las dos orillas, para que el 
espíritu del río les dé libre paso (1). 

Los que descienden a los pozos de Tom- 
berg (Colonia) deben, para no caer al bajar, 
arrojar una piedra (2). 

Al pasar frente a la Mina del Enano 
Wemgarten, los muchacbos arrojan piedras, y 
en el Delfinado, al pasar junto a cierto preci- 
picio, es necesario tirar una piedra al fondo pa- 
ra conciliar al espíritu de la montaña (3). 

En los últimos casos que hemos citado, 
parécenos que nuestra hipótesis es perfectamen- 
te aplicable, y que esas usanzas pueden expli- 
carse, suponiéndolas originadas del deseo de 
impedir la salida del poder nocivo, que se cree 
existe en dichos lugares. 

En Oumberland Sound hay un cabo, lla- 
mado Iliquimisarbing (el lugar de sacudir la 
cabeza), lugar peligroso y en el cual ocurren 
frecuentes desgracias, por lo resbaloso de la 
roca. Los Esquimales nunca lo pasan sin sa- 
cudir la cabeza y emitir un murmullo (4). 

• l'\ Roscoe. The Baganda, London, 1911, pg. 163. 

(2) Leibrech, Zur Volkskunde Helbronn, 1879, pg. 276, 

(3) Loco cit. 

(4) Boas, The Central Eskims 6"' Annual Report of the 
Bureau of Ethnology 1884-1986, Washington, 1888, pg. 597. 



íiAS Apaohitas 201 

Buchanan dice que en América del Nor- 
te, hilachas de ropa, tabaco, mazorcas de maíz, 
pieles j aun el cuerpo muerto de un animal se 
encuentran en los caminos difíciles y peligro- 
sos, en las rocas y en las orillas de los rápi- 
dos ríos, como tributos pagados a los espíri- 
tus de estos sitios (1). 

Aseguran los Tiroleses que el arrojar pie- 
dras en la cascada de Kriml pone a los espí- 
ritus de este lugar de muy buen humor y li- 
bra de toda desgracia en paso tan peligroso (2). 

En el Oáucaso hay carines en los lugares 
peligrosos (3). 

En el Tibet, hay en las cumbres y en los 
pasos carines que llegan a tener hasta treinta 
pies de alto, hechos por los viajeros, que, al 
pasar, colocan algunas piedras, cogidas a la 
subida. 

Los Lamas plantan en los montones, pa- 
los, a los cuales atan unos pedazos de seda 



(1) BucTianan, History of the Maners and costumes of 
tlie North America Indians, London, |1824, xit. por Spencer, 
Descriptive Sociology American Races compileted and Abstrae- 
ted by Prof. David Duncan, London, June. 1878, pg. 244. 

(2) Fraz&r, The Golden Bough Vol. IX, (The Scapegoat), 
pg. 26, London, 1914. 

{3j Hartland, (Edwin Sidney), The Legend of Perseas, 
Vol. Vn, pg. 204, London, 1896. 



á02 Eeligión del Imperio de los Ínoas 

azul, cubiertos de cierto polvo blanco y que 
equivalen a una fórmula de urbanidad. 

Al pasar por estos montones, los caminan- 
tes se arrodillan para orar. Omitir estas ce- 
remenias, traería grandes desgracias (1). 

En ciertos ríos de África Occidental, en 
lugares peligrosos, en los cuales los negros 
creen que reside algún espíritu irritable o mal 
intencionado, los Ekoi, antes de confiarse a las 
aguas, amontonan hojas, que, previamente se 
frotan a la cabeza. Igual cosa hacen sobre un 
camaleón que han matado, pues dicen que, si 
tal no hiciesen, el irritado espíritu de la saban- 
dija obtendría del dios de la tierra Obassi Nzi, 
venganza contra su matador o sus semejan- 
tes (2). 

En el interior de Madagascar y en la cos- 
ta betsimisaraka, se encuentran, a menudo, 
montones de piedras, terrones y ramitas, cons- 
tantemente agrandados por los viajeros, que 
arrojan al montón lo que tienen a mano, mur- 
murando un encantamiento u oración. Ase- 
guran los Malgaches que, con oferta tan poco 
costosa, hecha al espíritu de los caminos, ob- 

(1) Cooper, Travels of a Pioneer of Comerce, London, 
1871, pgs. 75 y 276. 

(2) Fraxer, Op, cit., Vol. IX, pg. 28. 



Las Apaohitas 203 

tienen nna ruta fácil, segara posada y se li_ 
bertan de los peligros del viaje. Estos monto- 
nes llámanse ganatovana (1). 

Este caso, como los antecedentes, y algu- 
nos que vamos a exponer a continuación, nos 
parece comprensible tan sólo suponiendo que, al 
arrojar las piedras en el montón, se tapa o cu- 
bre la fuente de la emanación de la fuerza má- 
gica maligna, que se manifiesta en los azares 
del viaje y ocasiona los accidentes,' producidos 
por los peligros de determinados lugares o de 
otro modo cualquiera. Así, en Onomben, en- 
contró el P. Trilles, en la cumbre de un mon- 
te, un árbol, cuyo tronco, a modo de horca, 
forma una especie de plataforma, en la cual, 
todo pasante deja una rama o unas hojas, for- 
mando todos estos depósitos un montón consi- 
derable. Todos los naturales, que iban al ser- 
vicio del Padre, pusieron una rama; mas 
muchos ignoraban el porqué de la costumbre, 
que, según uno de ellos, un pahouín, era para 
que los árboles les fuesen propicios, las raíces 
no les hiriesen los pies, las ramas no les rom- 



(1) Catad (Dr.), Voyage a Madagascar. Le Tour du Mon- 
de, Vol. LXV, Parifl, 1898, pg. 40. 



204 Eeligión del Imperio de los Ínoas 

pieran las cabezas y no les aplastaran los tron- 
cos (1). 

Esta costumbre africana nos trae a la me- 
moria la observada en Suiza, en el camino de 
Lucerna, entre Kulm y Zetzwill, en donde jun- 
to a un matorral notable por su vejez, todo 
viajero coloca una piedra (2). 

En el país, en que moran los Zulus, a lo 
largo de los caminos, se encuentran, a inter- 
valos, carines. Los viajeros, al pasar, se des- 
cubren y arrojan una piedra pequeña, diciendo: 
*0h carín (uvivané), dadnos fuerza y prospe- 
ridad » . 

En los bosques, los viajeros para tener 
buen viaje, colocan piedras en las horquillas 
de los árboles, y, en los lugares cubiertos de 
pasto, hacen ataditos de hierba (3). 

Antiquísima y venerable usanza, que da 
buena suerte a quien la observa, es, entre los 



(1) i?. P. Trilles, Mille lieus dans rinconu. A travers el 
pays Fang, de la cote aux rives du Bgah Les Missions Catho- 
liques, Lyon, 1902, pg. 142. 

(2) Leíbrecht, Zur Volkskunde Heilbronn 1879, pg. 270. 

(3) Macdonald, Maners, Costumes, Superstitions and Re- 
ligions ef South África Tribes-Journal of tlie Royal Antropo- 
logical Instituto of Great Britain and leland, Vol. XX, pg. 
126, London, 1890. 



Lis Apaohitas 205 

Zambesis, detenerse ante un árbol y colocar, 
entre sus ramas, un palito (1). 

Según Andree, cuando Kohlfs, en su via- 
je de Trípoli a Ghadames, llegó al límite de 
Ilammada, los conductores de sus camellos le 
rogaron que erigiese un montón de piedras, 
llamado Bu-Sfor o Bussafor; mas no le pu- 
dieron explicar el significado ni el fin de este 
monumento. Fué tan sólo más tarde cuando lo- 
gró averiguar que los viajeros que, por primera 
vez, llegan a un lugar importante, deben pro- 
tegerse contra los maleficios de cierto espíritu, 
erigiendo un Bu-Sfor que, les proteja (2). 

En una población del país de Laokon, se 
añaden piedras a los montones que sirven pa- 
ra determinar las fronteras, siempre que se 
las traspasa (3). 

Iguales carines hay en las fronteras de 
Galicia española, en donde cada labrador que 
sale de la provincia en busca de trabajo, pone 
una piedra, lo que vuelve a hacer cuando re- 
gresa a la tierra natal (4). 



(1) Dudley Kidd, The essential Kafir, London, 1904. 

(2) Andree, (R.)» Ethnograpliische Parallelen und VergleL 
che. 

(3) Leibrecht, Zur Volkskunde. Heilbronn, 1879, 279. 

(4) Id., id. 



206 Ebligión del Imperio de los Incas 

Los Basutos, al depositar en los carines 
una piedra, en la que han escupido, creen ase- 
gurarse un feliz viaje (1). 

Entre los Zambesis, los montones no son 
de piedras sino de palos, y estos salvajes llevan 
siempre palitos para este objeto, con los cua- 
les se frotan, a veces, las piernas antes de arro- 
jarlos. A menudo, colocan piedras en las hor- 
quillas de los árboles. 

Dicen que es una costumbre muy antigua 
y que da prosperidad, tal como abundancia de 
ganado (2). 

Los Bannuchis, cuando la mujer es esté- 
ril, arrojan piedras en los carines que hay 
sobre las tumbas de aquellos personajes que 
tienen por santos (3). 

En Bechimaland, los que viajan por nego- 
cios importantes hacen, por el camino, paquetes 
de hierba, para tener buena suerte (4). 

Entre los tártaros y pequeños rusos se cree 
que añadir una piedra a los carines, da prós- 
pero viaje (5). 



(1) Dudley Kidd, The Essential Kafir, London, 1904. 

(2) Op. cit. 

(3) Leibrecht, Zur Volkskunde, Heilbronn, 1879, pg. 269. 

(4) Id. id. 

(5) Leibrecht, Op cit., pg. 269, 



Las Apachitas 207 

Los montañeses de Escocia dicen como 
cortesía «yo pondré una piedra en tu carín» (1). 

En el alto Senegal, a lo largo de los sen- 
deros, se encuentran, a menudo, montones de 
piedras, en los cuales cada viajero deposita una, 
para obtener pronto y feliz regreso (2). 

En los pasos, en el altiplano de Masho- 
naland, se encuentran hacinamientos, formados 
por los viajeros, que, al pasar, depositan en el 
montón una piedra o un palo. Los Atonger 
dicen que éste es un tributo a los espíritus del 
lugar, para obtener feliz vuelta (3). 

Los Oheroquies en sus viajes y expedicio- 
nes guerreras, en ciertos lugares, siempre que 
por allí pasan, ponen una piedra en los mon- 
tones formados por la constante observancia de 
esta costumbre. Observar esta usanza asegura 
feliz viaje (4). 

En el distrito del Himalaya, en las cum- 
bres y encrucijadas, hay carines, y, al hacer- 
les una añadidura los pasantes, ruegan a la 



(1) Leibrechf, Loco cito. 

(2) Bellany, Notes Ethnographiques recucillies dans 1 'Haut 
Senegal Eevue d'Ethnographie, Vol. V, París, 1886, pg. 83. 

(3j Decle (Lionelj, Three y ears in Savage África, London 
1898, pg. 288. 

'4) Leibrecht, Zur Volkeskunde Heilbronn, 1879, pg. 279. 



208 Eeligión del Impeeio db los Inoas 

diosa, qne suponen reside allí, qne les preserve 
de todo mal (1). 

Enfrente de las casas de los Egbos hay 
frecuentemente un árbol, de hojas verde -oscu- 
ras, que los Ekois llaman ucomma. 

El Jefe del pueblo Akwa Ibani, viejo ya, 
contó a Parkinson que, en su juventud, el ár- 
bol que estaba frente a su morada era peque- 
ño; en 1904, el tronco medía 14 pulgadas. Es- 
te árbol era reverenciado por los indígenas co- 
mo una deidad inferior, y, en su base, había 
un carín, en el cual depositaban piedras, aque- 
llos que se habían golpeado contra una de las 
muchas de que está llena la ruta del pueblo, 
esperando, así, que este accidente no se repi- 
tiese (2). 

Si, como ya hemos dicho, los ejemplos 
anteriores sólo tienen racional explicación en 
la teoría por nosotros sugerida; más fácil es 
aún su explicación a las ofertas que los Shus- 
wap, moradores de la Oolumbia Británica, ha- 
cen en determinados lugares. Así, en Whip- 

(1) Frazer, She Golden Bougli, Vol. IX, ^The Scapegoat), 
pg. 29, London, 1914. 

(2 Parkinson (Jolin), A note on the Efik and Ekoi tribes 
of the Eastern Province of Souttern Nigeria Journal of the 
Roy al Anthropological Instituto of Great Britain and leland, 
Vol. XXXVn, London, 1904, pg. 264. 



Las Apachitas 209 

saw Oreek, había nn carín, en el camino Si- 
milkameen y Hope, al cual todos debían pagar 
un peaje, poniendo una piedra o rama en el 
montón (1). 

Entre los Jakuts, las cerdas de los caba- 
llos han sustituido a las piedras y a lo largo de 
los caminos, se ven árboles, recubiertos de cer- 
das, en los cuales cada caballero añade una, 
arrancándola de la cola de su corcel. Estos 
árboles se encuentran tan sólo en los lugares 
más elevados de los collados por donde pasan 
las rutas, y no es sino después de una penosa 
subida cuando se hace esta ofrenda al espí- 
ritu del bosque (2). 

Si los Estonianos de la isla de Oesel arro- 
jan piedras, gritando Bju, en los carines que 
hay, en donde ha sido sorprendida en estupro 
una pareja (3), es probable que sea por un con- 
cepto análogo a aquel por el cual los Austra- 
lianos tapan el lugar en que pecó y murió el 
libertino antecesor de los del clan Muntilieru 



(Ij Dawson (G.\ Notes on the Shuswap people of Britiah 
Colombia Proceedings and trasnsactions of the Royal Society 
of Ganada for the year of 1891, Vol. IX, Montreal, Section 11, 
pg. 38. 

(2) Andree, Op. cit. 

(3) Andree, Op. cit. 

Religión del Imperio de los Incas 14 



210 Ebligión del Imperio de los Incas 

de la tribu de TJrabuna (1), esto es, porque, 
a consecuencia del acto ilícito, se supone po- 
seído el lu^ar del poder mágico nocivo. 

Inexplicable con nuestra hipótesis, como 
con las expuestas previamente, es la uzansa de 
los Judíos, que moran en Siria, de hacer una 
pirámide de piedras en sus sembríos, para pro- 
tegerlos de los ladrones (2). Lo dicho se debe, 
quizás, a que estos carines sean distintos de 
aquellos de que venimos ocupándonos, ya que 
no se dice que se les haga añadiduras, a no 
ser que sus constructores se propongan ahuyen- 
tar a los ladrones, haciéndoles creer que en su 
campo existe un poder mágico, a cuya ira se 
exponen, si traspasan los linderos con intencio- 
nes poco honradas (3). Esta hipótesis parece 
tanto más fundada, cuanto que en los países 
árabes, se ve a menudo, unos cuantos arados, 



(1) Vide supra, pg. 185. 

(1) Rouse, Notes from Syria Folk Lore, Vol. VI, London, 
1895, pg. 173. 

(3) Entre los Akikuyos, bantus del Sur-Este de África, a 
veces, el posesor de un terreno pone un encantamiento en él, 
para proteger su propiedad e impedir que los extraños gocen 
de ella. Para indicar que tal ha hecho, coloca ordinariamente 
paquetes de hojas de banano suspendidas de un árbol o palo. 
Dtmdas, The organisation and laws of some Bantu tribes in 
East Africa-Journal of the Anthropological Institute of Great 
Britain and Ireland, Vol. XLV, pg. 300, London, 1915. 



Las Apaohitas 211 

amontonados junto a la tumba de nn santo. 
Los campesinos los colocan allí cuando no quie- 
ren llevarlos basta su casa, para estar seguros 
de que no se los robarán, pues nadie se atrevería 
a bacer tan grave ofensa al poderoso espíritu 
bajo cuya guarda se encuentran (1). En la 
mayor parte de las ocasiones, las tumbas de 
los personajes sepultados por santos, o son ca- 
rines o los tienen en su alrededor. 

Es también de dificilísima explicación, la 
costumbre observada por los campesinos de 
Dodentiansen, región de Frankember, de depo- 
sitar al pie de un arbusto situado al borde del 
bosque, siempre que venían de recoger bellotas 
en la montaña, unas cuantas de estas frutas, 
arrojando al mismo tiempo una piedra, cos- 
tumbre que era preciso observar, so pena de no 
cosechar bellotas el año entrante o de que si 
las cosechaban las perdiesen en el camino (2). 

Difícil de explicar es, sin duda, la cos- 
tumbre de los Batokas de Zambeza, quienes 
mostraron a Livingston un carín que sus an- 
tepasados habían erigido, como una protesta 
contra los males que les había causado una 



(1) Johnson, Some Beduin Customs, Man 1918-3-Londre8, 

(2) Leibrecht, Zur Tolkskunde Heilbronn, 1879, pg. 277. 



212 EbLIGIÓN DEL IMPBEIO DE LOS IlíOAS 

tribn vecina, en lugar de hacerles la guerra (1). 
Quizás estos males eran la muerte de algunos 
de los miembros de la parcialidad y su tumba 
el carín; en cuyo caso, entraría en el grupo 
que vamos a examinar a continuación. 

En Fiji, algunas tumbas tienen grandes 
montones de piedras, los que, a veces, sirven 
para indicar el lugar en que se ha cometido 
un asesinato (2). 

En las islas Sandwich, el vencedor amon- 
tona sobre el cuerpo del vencido, pequeñas pie- 
dras, que dicen son los trofeos de la victo- 
ria (3). 

Los aborígenes de la costa norte de la isla 
Luzon, en las Filipinas, elevan montículos de 
piedras en memoria de los desaparecidos (4). 

Las sombras de los muertos son muy te- 
midas por los Malgaches, que huyen de la ve- 
cindad de los sepulcros, a los qne sólo se aproxi- 
man después de conjurarlos. 

Las tumbas aisladas, que están cabe los 
caminos, son tenidas por infames, y los viaje- 



(l'i Ándree, Op. cit. 

í2) Williams, Fiji and the Fijans, London, 1858, Vol. I, 
pg. 192. 

(S) Andree, Op. cit. 
(4) Id. id. 



Las apaohitas 215 

ros, al pasar, arrojan sobre ellas una piedra o 
un puñado de tierra, sin voltearse a mirarlas, 
a fin de no ser seguidos por los malos genios 
que allí residen (1). 

Los Hoten totes creen en un héroe semi- 
diós, que, según la tradición, murió y renació 
varias veces y que tiene muchas tumbas en el 
país, al cual llaman Heitssi Eibib o Hetzi 
Kabip; y cuando pasan junto a alguna de ellas, 
arrojan una piedra, para tener buena suerte (2). 

Los Namaques entierran a sus muertos 
sentados, colocándolos en un hueco que exca- 
van con un palo o cuerno, sobre el que amon- 
tonan piedras, dejando el instrumento que les 
ha servido para cavar, clavado en el mon- 
tón (3). 

Enera de estas tumbas comunes, hay otras, 
marcadas por un carín, ante el cual todos 
los viajeros se detienen para arrojar una pie- 



(1) Finaz S. J,, Sépultures de Madagascar. Les Missions 
Catholiques, Lyon, 1875, Vol. III, pg. 328. 

(2) Bleek, Reynard the Fox in South África or Hottentot 
fables and Tales, London, 1864, pg. 76. 

Dudley Kidd, The Essential Kafir, London, 1904. 
Callaway { Canon), The Religious System of Amazulu Na- 
tal, 1868, pg. 67. 

(3) Alexander (J. E.), An expedition of discovery of the 
Interior of África, London, 1838, V. I, pg. 170. 



214 Ebligión del Imperio db los Ínoas 

dra o rama, murmurando al mismo tiempo, 
«dadnos mucho ganado». Dicen que en ellas 
está enterrado Heiji Eibib, su antecesor, acer- 
ca del cual nada saben, sino, que, como ellos, 
vino del Este y que era rico en ganados (1). 

En Amazulu, isivivmie, es un montón de 
piedras, cuyo significado ignoran los aboríge- 
nes, y en el cual los pasantes arrojan una pie- 
dra, en la que escupen previamente, diciendo 
algunas veces: «Buenos días, hijo de Usiviva- 
ne», personificando así, la voz «isivivane» (2). 

El Capitán Harris encontró montones se- 
mejantes entre los Matcbele, si bien, dichos ne- 
gros ignoran su significado (3). 

Los Amakara levantan carines sobre las 
tumbas, a los que hacen constantes añadidu- 
ras (4). 

Los Maraves, como los Bagandas, queman 
vivos a los brujos, y en donde se ha verifica- 
do la ejecución, al pasar, echan una piedra (5). 



(1) Alexander, Op. cit., Vol. I, pg. 166. 

(2) Callaway (Canon), The Religious System of Amazulu 
Natal, 1868, pg. 67. 

(3) Andree, Op. cit. 

(4) Id. id. 

(5; Frazer, The Golden Bough, Vol. IX, (The Scapegoatj, 
pg. 19, London, 1914. 



Las Apaohitas 2l5 

El viejo Magto, Jefe de los Bawenda, mu- 
rió en Botokoa, mas sus restos fueron trasla- 
dados. En los lugares en que descansó el ca- 
dáver, todos los que tomaron parte en el tras- 
lado, depositaron una piedra. 

Muchos de estos montones se encuentran 
en el país, en donde se llaman tséaoélo, esto 
es, lugar de reposo; cuando un viajero pasa 
junto a uno de ellos, dice que allí descansa 
alguien y añade una piedra al carín, para te- 
ner buen viaje (1). 

A la muerte de un hechicero Masaí o de 
una persona rica, se mata un buey o una ca- 
bra, con cuya grasa se unta el cuerpo y luego 
lo llevan al lugar en que lo han de enterrar, 
y allí cavan un pequeño hueco, en el cual de- 
positan el cadáver, que recubren con piedras. 
Quienquiera que pase por el lugar, y en cual- 
quier tiempo, arroja una nueva piedra sobre el 
montón (2). 

Cuando Burckhardt se encontró, en 1814, 
en el Nilo Superior, vio un cheic que llevaba 



(1) Gottschlin, The Bawenda The Journal of the Anthro- 
pological Instituto of Great Britain and Ireland, London, 1905, 
Vol. XXXV, pg. 381. 

(2) Hollis, The Maeai, Oxford, 1905, pgs. a06 y 306. 



216 Ebligión del Imperio de los Ínoas 

un vaso lleno de piedrecillas blancas, sobre 
las cuales pronunció algunas oraciones, antes 
de depositarlas sobre una tumba (1). 

La práctica de erigir carines sobre los se- 
pulcros, se encuentra entre los Bischari, los 
Mensa y otras poblaciones que moran entre 
el Nilo y el Mar Rojo (2). 

Las poblaciones árabes de África Septen- 
trional, llaman JcerJcur a los carines, que son 
numerosísimos en estos países y que se encuen- 
tran, a menado, en las partes más altas de los 
caminos. 

Doutte halló uno en el paso Tizin Miri, 
en el Alto Atlas, al Sur de Merahádo, a 3,200 
metros sobre el nivel del mar y que era un 
montón de piedras, en el cual estaban clava- 
dos palos, de los que pendía u jirones de tela. 
Era el kerkur de Sidi Ah'med o Moasa, su- 
jeto que está enterrado a varios centenares de 
kilómetros y qne es el marabout protector de 
Tazerouatt. La razón para que le hayan le- 
vantado un carín en lugar tan insólito, es que 
las gentes que por allí transitan, le tienen gran 
devoción. Así, cuando llegan a la cumbre, to- 



(1) Andree, Op. cit. 

(2) Id. id. 



iiÁS Apaohítas 217 

man una piedra y la añaden al montón que, 
de este modo, crece paulatinamente. Los más 
supersticiosos ponen un bastón con un trapo. 
No siempre está tan distante de la tumba 
el carín, pues es muy ordinario que se encuen- 
tre en el sitio en que, por primera vez, se ve 
un marabout célebre. A veces, es el kerkur 
el marabout, esto es, la tumba de un santo, 
del cual, en muchos casos, se ignora el nom- 
bre. Ko sólo en los sepulcros de estos venera- 
dos personajes se levantan carines, sino tam- 
bién en los sitios en que, según la tradición, 
brillaron sus virtudes (1). 

Mas ¡cosa muy singular! no es privilegio 
exclusivo de hombres famosos en santidad, el 
que, a su memoria, se erija esta clase de mo- 
numentos, ya que en los lugares en que se 
ha cometido un asesinato, o en el que alguien 
ha perecido de modo violento, todos los pasan- 
tes depositan una piedra, formándose así ca- 



li) Doutte, (Edmond., Magie et Religión dans l'Afrique 
du Nord, Alger, 1909, pgs. 420 a 427. 

Chauvin (V.) , Le Jet des pierres au pólerinage de la Mec- 
que, Anvers, 1902, pgs, 279 y 280. 

Montet, A special Mission to Morocco. Imperial Asiatic 
quarterly íleview, Vol. Xn, pg. 316, London, 1901. 



218 Eeligión del Imperio de los ÍnoaS 

riñes, que, en nada se diferencian de los que 
se construyen junto a los marabout (1). 

En Eiguid, se llaman estos montones, 
agrour, y los caminantes arrojan en ellos pie- 
dras, ignorando el significado del rito (2). 

En Arabia, mientras aquellos que mueren 
do muerte ordinaria son simplemente enterra- 
dos, sobre la tumba de un asesinado se forma 
un montón de piedras, al cual todos los pa- 
santes hacen una añadidura. Así, en recuerdo 
de un árabe muerto por los Wagogos y ente- 
rrado bajo un carín en el camino de Mizanza, 
los Wauya muézis que por allí pasan, recogen 
pequeñas piedras, para arrojarlas en el mon- 
tón (3). 

Según algunos árabes, este acto es una 
señal de la indignación que experimentan con- 
tra un criminal o asesino (4). 



íl) Leared (Arthiur), Morocco and tlie Moors, London, 
1876, pg. 105. 

Doutte, (Edmond), Magie et Beligion dans 1 Afrique du 
Nord, Alger, 1899, pg. 427. 

(2 1 Doutte, (Edmond), Figuig Notes et impresaions. La 
Géographie, Bulletin de la Socióté de Góograph.ie de París, Pa- 
rís, 1903, Vol. Yll, pg. 197.- 

(3) Harón, Rites et usarges Funéraíres Revue des tradi- 
tíons populaíres, París, 1894, Vol. XII, pg. 691. 

(4) Chauvin (V.^, Le Jet des pierres au pólerinage de la 
Mecque, Anvers, 1902, pg. 282. 



Las Apaohitas 219 

Ocho días antes de pasar por Midia y de 
practicar los ritos que ya analizamos, los pe- 
regrinos que van a la Meca, dirígense a un 
montón de piedras, situado a un cuarto de le- 
gua de la ciudad y cada uno de los concu- 
rrentes toma una piedra y la arroja sobre el 
carín, recitando el surra del Corán, en que 
Mahoma maldice a su tío, el impío Abou La- 
hab, por no haber creído en él (1). 

Los Beduinos, en los lugares en que al- 
guien ha muerto de modo trágico, con derra- 
mamiento de su sangre, forman carines, en los 
que los pasantes arrojan piedras. Si en el lu- 
gar han perecido varias personas, hacen un 
montón para cada una. Lo esencial para que 
se construya esta clase de monumentos, no es 
que allí se encuentre el cadáver del muerto 
basta que en el sitio se haya derramado su 
sangre. A veces, como en la tumba del Oheik 
Amiry, arrojan piedras en señal de indigna- 
ción y desprecio (2). 

En Biskinta, en el Líbano, se encuentra 
la tumba de un druzo, del cual cuentan que 
se enterró vivo, para obtener méritos para la 

(1) Chauvin, (V.), Op. cit., pg. 276. 

(2) Janssen, Costumes des Árabes du Pays du Moab, Pa- 
rís, 1903, pg. 356. 



22Ó Beligión del Imperio de los 1noa8 

vida futnra que esperaba tener en este mundo, 
pues los Druzos creen en la transmigración. 
Los griegos ortodoxos del lugar, arrojan piedras 
en la tumba (1). 

Al Este de Djebel Haurán, sobre un an- 
tiguo fortín romano, está la tumba de Oheik 
Wemár. Los Druzos la veneran, así como los 
nómadas j los Árabes rezan sobre ella y de- 
positan piedras (2). 

Oerca de Birmana está la tumba de un 
marinero, que pereció asesinado y en ella los 
caminantes arrojan piedras, pues dicen que fué 
un mal hombre (3). 

En el camino de Sycbar, en el lugar des- 
de el caal se ve la tumba de un santo musul- 
mán, hay montones de piedras, hechos por los 
viajeros (4). 

En la vecindad de Damasco, en Kferhaur, 
hay una tumba con un gran carín, y la leyen- 
da asegura, que allí yace el bíblico íí'emrod (5). 

(1) Lessions (F.), Some Syrian Folklore notes gathered on 
Mount Lebanon. Folk Lore, Vol. IX, pg. 15, London, 1898. 

(2j Dussmid, La Matérialisation de la prióre en Orient. 
Bulletins et Mémoirs de la Socióté d'Anthropologie, V Serie, 
Vol. YII, París, 1906, pg. 216. 

v3j Lessions, (F.), Loco cit. 

(4) Lessions (F.j, Loco cit. 

^5) Burckhard, Travels in Syria and the HoUy Land, 
London, 1822, pg. 46. 



Las Apaohitas 221 

En Siria y otros lugares de Asia Menor, 
los sepulcros de los personajes venerados por 
santos, se llaman magan j en sus muros y 
grietas, los devotos depositan guijarros, o cuel- 
gan de los árboles vecinos, jirones de sus ves- 
tiduras. Junto a algunos enterramientos, hay 
carines considerables (1). 

Cuando un musulmán va por primera vez 
a un lugar sagrado, tal como Hebrón o la tum- 
ba de Moisés, hace un montón de piedras, o 
añade una a un montón ya existente (2). 

Entre Jerasán y Jericó, se pasa junto al 
sepulcro de un santo del Islam, sobre el cual 
los pasantes arrojan piedras. En muchos lu- 
gares de Palestina, donde ha muerto asesina- 
do un hombre, hay carines, en los que todos 
los transeúntes arrojan guijarros, murmurando 
oraciones (3). 

Entre los antiguos Hebreos no era desco- 
cida esta costumbre y se la menciona repeti- 
das veces en la Biblia, como por ejemplo, al 

(1) Dussaud, La Matérialisation de la priére en Orient. 
Bulletins et Mémoirós de la Société d'Anthropologie, V Serie 
Vol. Vn, pg. 215, París, 1906. 

(2) Rouse, Notes from Sjria. Folk Lore, Vol. VI pg 173 
London, 1895. 

(3) Lessions (F), Some Syrían Folk -Lore notes gathered 
on Monnt Lebanon. Folk -Lore, Yol. IX, pg. 158, London, 189. 



222 Eeligión del Impeeio de los Incas 

tratar de las tambas de Achar y Absalón (1) 
y aun hoy, al pasar junto a esta última, los 
Judíos arrojan piedras y maldiciones contra el 
hijo desnaturalizado (2). 

Es preciso recordar esta usanza, para pe- 
netrar el verdadero sentido de aquella senten- 
cia de los Proverbios, de que el que da gloria 
al estulto, es como aquel que arroja una piedra 
en el carín (3); y la Yulgata, para comparar 
con un hecho más conocido en el mundo la- 
tino, traduce en el acervo de Mercurio o sea 
de Hermes, carines que, como hemos visto, 
eran algo diferentes de los Judíos (4). 

La práctica de arrojar piedras en lugares 
determinados, era tenida por idolátrica y se 
practicaba, no solamente en las tumbas, sino 
también junto a monumentos formados por 
dos piedras verticales, sobre las cuales descan- 
saba una horizontal y que se llamaban mar- 
koUs (5). 

(1) Andree, Ethnographisclie parallelen und Vergleiclie. 

(2) Rouse, Notes from Syria, Folk-Lore, Vol. VI, London, 

1895, pg. 173. 

Lessions, Loco cit. 

(3j Bianus Waltomis, Biblia Poliglota , London, 1657, pg. 
380, columna hebrea. 

(4j Proverbios, Cap. XXVI, versículo 8°. 

(5) BuxtorfU, Lexicón Cbaldaicum Talmudicum et rabbi- 
picum, Lipsicae, 1896, pg. 640. 



Las Apaohitas 223 

El nombre hebreo de los carines, es mar- 
gemaah (1). 

En el barrio jndío de Praga, se encuentra 
Bet-Obain, antiguo cementerio israelita; ob- 
servando atentamente, sus viejos enterramien- 
tos, tapizados de musgo y en los que crecen 
plantas silvestres, se notan sobre mucbos de 
ellos, especialmente en aquellos en que yacen 
personas de significación, montones de piedre- 
cillas. Son estas ofrendas, de respeto al muerto 
y ningún judío piadoso que pasa junto a estos 
montones, falta a la antigua usanza de añadir 
un nuevo guijarro al carín (2). 

En Eriwan, en Armenia, hay unos cari- 
nes, en que, segim la tradición, reposan los 
restos de unos monjes, que fueron lapidados. 
Los tártaros, al pasar, arrojan una nueva pie- 
dra en los montones y los cristianos quitan 
una (3). 

Los Ossetes del Oáucaso, sobre los restos 
de los que murieron heridos de rayo, erigen 
un alto montículo de piedras, junto al cual 



[V\ Ennery (M.,, Dictionnaire Hebreu- fi:an9ai8, Paria, 
1891, pg. 145. 

(2) Andree, Ethnographisclie Parallelen un Vergleiche. 

(3) Andree, Op. cit. 



224 Ebligión del Imperio de los Incas 

colocan una percha, de la que cuelgan la piel 
de un cabrón negro (1). 

En el gran desierto de Gobi, hay carines 
en los lugares donde una caravana ha sido ata- 
cada y uno de sus miembros muerto (2). 

En el Tibet, hay mausoleos, formados por 
montones de piedras. Todos aquellos que so- 
brepasan el nivel de los demás, llevan una ins- 
cripción sánscrita, cuyo significado es, según 
unos « que el tesoro del cáliz de lotus sea san- 
tificado», y, según otros, es obsceno. En mu- 
chos de estos sepulcros hay un falo, tallado 
en piedra. En Leh (Ladak), estos monumen- 
tos se extendían por espacio de media milla 
inglesa y miden seis a ocho pies de alto y diez 
a quince de ancho. El número de piedras ins- 
critas, llega a veces a mil y se asegura que 
hay Lamas, a quienes estos monumentos han 
costado hasta seiscientos mil thalers. Se hallan 
siempre junto a una calle y los naturales sólo 
pasan por su izquierda y cuando van a una 
empresa importante, compran a un lama una 
piedra inscrita y la depositan sobre una de es- 



(1) Andree, Opi cit. 

(2) Frazer, The Golden Bough, Vol. IX, (The Scapegoat), 
pgs. 13 y 14, London, 1914. 



Las Apachitas 225 

tas tumbas, esperando, así, obtener bnen éxito 
en su viaje (1). 

En Ta-tsun, las piedras inscritas, son pe- 
dazos de pizarra y se las deposita sobre las 
tambas, como una ofrenda piadosa (2). 

Los Tcbouktchis practican la cremación y 
sobre las cenizas disponen piedras en forma 
de cuerpo humano, amontonando a lado, cuer- 
nos de reno. Los parientes van cada año a la 
tumba y añaden nuevas astas al montón (3). 

En la isla de Lesbos, se encuentran, a 
menudo, al borde de las rutas, montones de 
pequeñas piedras, que los campesinos llaman 
anatematisrai y que indican el lugar donde se 
ha cometido un asesinato. Son los viajeros 
quienes los han formado; cada pasante pone 
una piedra, diciendo : « Dios perdone los pe- 
cados de la víctima! Maldito sea el matador!» 
El más notable de estos hacinamientos, se en- 
cuentra cerca del camino que conduce del lago 
mayor al menor. Acerca de él, cuentan que 
la región, en un tiempo, estuvo dominada por 
un negro, que desvalijaba y mataba a todos 



(11 Andree, Op. cit. 

(2) Cooper, Travels of a Pioner of Comerce, London, 1871, 
pg. 208. 

(3/ A7idree, Op. cit. 
Keligión del Imperio de los Incas 15 



226 Eeligión del Imperio de los Incas 

los TÍajeros; dicho negro fué muerto por su 
peluquero. Al pasar por la vecindad, la gente 
decía: «Dios perdone al peluquero. Maldito 
sea el negro!» (1). 

Los rumanos de Transilvania creen que 
aquel que al momento de la muerte no tuvo 
encendida la «cera do bien morir», no tiene 
derecho para ser enterrado como los demás. 
Sus restos no pueden reposar en tierra santa, 
por el contrario, se los sepulta en lugar pro- 
fano y sobre su tumba, se forma un montón 
de ramas, al que todo pasante arroja algu- 
nas (2). 

Los majiares ponen una piedra al pasar 
junto a una tumba (3). 

En el Tirol, hay carines, en los que los 
pasantes arrojan piedras, en los lugares en que 
ha acontecido una muerte repentina (4). La 
misma costumbre se observa en Suiza (5). En 
el Delfinado, no sólo se erigen carines en los 



(1) GeorgeaMs et L. Pineaii, Le Folk-lore de Lesbos, 
París, 1894, pgs. 323 y 324. 

1,2] Frazer, The Golden Bough, Vol. IX, (The Scapegoat), 
pg. 16, London, 1914. 

(3) Leihrecht, Zur Volkskunde, Heilbronn, 1878, pg. 269. 

(4) Joane [A.), Excursión daus lo Dauphiné. Le Tour du 
Monde, París, 1869, Vol. II, pg. 376. 

(B) Andree, Op. cit. 



Las Apaohitas 227 

lugares en donde un hombre ha sido víctima 
de un crimen, sino también en los que alguien 
ha perecido, víctima de un accidente de la na- 
turaleza (1). 

En el Xiévre, hay una cruz, junto a la 
cual los caminantes arrojan sus bastones y a 
poca distancia, un montón de palitos, sobre la 
tumba de un asesinado (2). 

Los Celtas nunca pasaban junto al se- 
pulcro de uno de los suyos, sin depositar una 
piedra, o un poco de tierra (3). 

En el departamento de la Oharant Inferior, 
existen carines en las cumbres de las colinas 
y a lo largo de los caminos; cada vez que 
un campesino llega a uno de estos montones 
deposita en ellos una nueva piedra (4). 

En el Condado de Longford, en Irlanda, 
a la vera de los caminos, hay montículos de 

(1) Joane, Op. cit. 

(2) Saisnel de la Sage, Croyances et legendes du centre 
de la Franca, Vol. 11, pg, 76, París, 1875. 

(3) Irish Folk-lore reprinted of a Statistical Account or 
Parochial Survey of Ireland, drawn from the conmucations ot 
theClergy by WiUiam Shair Masón, Dublin, 1814 a 1819, Folk- 
Lore, Yol. YT, pg. G3, London, 1898. 

(4) Btiron Chandrii;/ de Carazanes, Memo i re sur les anti- 
quites celtir|ne.s et gauloiseo du departement de la Charante 
Inferieur. Memoirs de la Societé Royal des Antiquaires d» 
France, París, 1823, pg. 61. 



228 Eeligión del Imperio de los Incas 

piedras, a los qne todo pasante hace una aña- 
didura, en los lagares en donde alguien ha 
muerto asesinado o de otro modo violento (1). 
Igual costumbre se observa en Tipperary, en 
el condado de Dublín y en el de Wilkow (2). 

En medio de la floresta, en un lugar fra- 
goso, en el camino que va de Schmauneivitz 
a Lausa, en territorio de Leipzig, hay una tum- 
ba en medio de los árboles, en donde yace una 
sirvienta, que regresando de un baile, fué ase- 
sinada por un muchacho, carnicero de oficio. 
Los que por allí transitan, arrojan tres ramas 
de pino sobre el pequeño montículo, que mar- 
ca el lugar del crimen. El hacinamiento sería 
muy considerable, si no se recogiera anualmen- 
te lo acumulado. 

En Badén es costumbre arrojar ramas en 
los sitios, donde alguien ha sido asesinado (3). 

En Pomerania y Prugia Occidental, las 
almas de los suicidas son muy temidas y en 
las tumbas de estos desgraciados, las que están 
situadas en el lugar donde atentaron contra 
sus vidas, todos los pasantes arrojan piedras o 



(1) Leibrecht, Zur Volkskunde, Heilbronn 1878, pg. 272. 

(2) Haddon, A Batch of Irisli Folk-Lore, Vol. IV, pg. 
360, London, 1893. 

(3j Andree, Op. cit. 



Las Apaohitas 229 

palos, ya que si tal no hicieran, creen que 
el espíritu del suicida les atormentaría en sue- 
ños y no les daría reposo (1). 

En Suecia sobre la tumba de dos hombres 
que se mataron mutuamente, hay un montón 
de ramitas, que constantemente crece, con las 
nuevas ramas que añaden los transeúntes (2). 

Hay en Unalaska, tumbas en las que to- 
do aquel que, junto a ellas pasa, deposita una 
piedra (3). 

Entre los Osages, sobre el enterramiento 
de un jefe, se erigía un montecillo, que luego 
se engrandecía, pues cada visitante depositaba 
en él un poco de tierra (4). 

Esta costumbre era observada, además, 
por otras tribus indígenas de íí'orte América, 
que ofrendaban a las tumbas de los guerreros 
notables un poco de tierra, que, para el efecto, 
llevaban los viajeros cuidadosamente, desde dis- 
tancias, a veces, considerables (5). 



vi) Frazer, Op. cit., Yol. IX, pg. 27. 

12) Leibrech, Zur Volkskunde. Heilbronn, 1878, pg. 272. 

(3) Andree, Op. cit. 

(4; Thomas, (Cyrus), The Problem of the Ohio Mound, 
Washington, 1889, pg. 12. 

(5) Smith (W.\ The History of Wisconsin, Part. n, Vol. 
m, Madinson (Wis), 1854, pgs. 245 y 246. 



^30 EBLiaiÓN DEL Imperio de los Inoás 

Entre los Oheroquíes, para perpetuar la 
memoria de los jefes muertos en los bosques, 
los viajeros arrojan piedras en los sitios en 
que perecieron. En donde no había piedras, 
se servían de tierra. Los Mobawk, al deposi- 
tar las piedras, exclamaban: «Abuelo te cu- 
bro » (1). 

Los Oougaris o Santis, del Sur de Cali- 
fornia, cuando alguien perece asesinado, en el 
lugar en que tal cosa ha acontecido, hacen un 
montón de piedras o palos, al que todo viajero 
hace una añadidura, en señal de respeto por 
el difunto (2). 

En Venezuela, hay carines en los sitios 
en que un hombre ha muerto violentamente, 
a los que cada pasante añade un nuevo gui- 
jarro; junto al montón está una sencilla j rús- 
tica cruz (3). 

Como, por lo expuesto, puede verse, el 
amontonar piedras sobre una sepultura, arro- 



(1) Adaír, [3.), The History of the American Indians, 
London, 1775, pgs. 184 y 85, N". 3°. 

(2) Schoolcraft, History of Indians Tribes of the United 
States 1854, Part. VI, pg. 155, citado por Jarrow, A furtlier 
Contribution to the Study of the Mortuary Customs of the 
American North Indians I"» Annual Report of the Burean of 
Ethnology 1879 a 1880, Washington, 1881, pg. 132. 

(8) Andree, Op. cit. 



Las Apachitas 231 

jando una todos los que junto a ella tran- 
sitan, es una de las formas más comunes del 
rito, que venimos estudiando; la interpretación 
del por qué de esta usanza no será difícil para 
el lector que haya seguido, atentamente, la 
exposición de otras formas del rito, que en las 
páginas anteriores hemos hecho. 

Kada satisfactorio nos parece el explicar 
los carines que se lavantan sobre enterramien- 
tos, diciendo que el primitivo, incapaz de dis- 
tinguir lo inmaterial de lo material, lo abstracto 
de lo concreto, se siente asaltado por vagos 
terrores, expuesto a mal definidos peligros en 
los escenarios de grandes crímenes o desgra- 
cias. El lugar parécele encantado. Los torce- 
dores recuerdos que se acumulan en su mente, 
si no se transforman en duendes y fantasmas, 
oprimen su fantasía con terrible peso. Su im- 
pulso es huir del temible sitio, arrojar el peso 
que le atormenta cual pesadilla. Así, en su 
sencilla manera material, piensa que puede 
hacerlo, arrojando algo en el horrible lugar y 
alejándose. ¿Por qué el contagio de la desgra- 
cia y la angustia que detienen los latidos de 
su corazón, no los desviará do sí, encarnándo- 
los en un objeto material? ^l^o reunirá en 
la piedra o rama todas las influencias nocivas, 



232 ÉELIGIÓN DEL ÍMPERIO DE LOS ÍNOAS 

que le atormentan, para continuar su ruta en 
paz y seguridad? Una manera de pensar se- 
mejante, (si tales divagaciones de la mente en 
las tinieblas de la ignorancia, merecen el nom- 
bre de pensamientos), parece explicar la cos- 
tumbre, observada por los viajeros de muchos 
países, de arrojar piedras o palos, en los luga- 
res en que algo terrible ha acontecido, o en 
que se ha cometido un crimen (1). 

Más natural, más sencillo, más de acuer- 
do con la mentalidad del salvaje, es el suponer 
que, asaltado por grandes temores, al pasar an- 
te el escenario de un crimen y considerándose 
expuesto a determinados males, que en su mo- 
do de juzgar las cosas material y más sensi- 
tivo que intelectual, tiene por propios del lu- 
gar, como producidos por una fuerza invisible, 
inmanente o residente en él, trate de impedir 
la emanación de dicha virtud, cegando, como 
si dijéramos así, su fuente o hiriendo a aquel 
poder, que sus primitivas y mal diferenciadas 
ideas, concibe como algo corpóreo y material, 
si es que no les da forma más precisa de fan- 



(1) Frazer, [3. G.], The Golden Bougli Vol. IX, [The Sca- 
pegoat], London, 1914, pg. 13. 



Las Apaohítas 233 

tasmas, sombras o bestias feroces (1), para, 
impedir que le sigan (2). 

Acto natural e instintivo en el hombre 
poseído de miedo, es el alejarse corriendo del 
objeto de sus temores, procurando separarse de 
él, lo más posible y acumular entre dicho ob- 
jeto y él, el mayor número de obstáculos. Y 
si este sentimiento es producido por un objeto 
vivo, ¿ no será el gesto más espontáneo de aquel 
hombre, arrojarle piedras? 

Varios de los hechos que hemos citado 
y entre otros con gran claridad, las costum- 
bres australianas, bagandas y malgaches, (3) 
demuestran que el fin primero y primordial, 
de arrojar piedras en un sitio determinado, es 
el impedir la emanación de la fuerza mágica 
nociva. 

Ya, en su lugar, estudiamos cómo los pri- 
mitivos entienden la naturaleza de aquella vir- 
tud, fundamento de las más rudimentarias con- 
cepciones religiosas y que pertenece a un estado 
embrionario, en el que la religión y la magia 
no están aún diferenciadas. Dichos concep- 
tos nada tienen de lógicos, ni de claros y 



(1) Vide supra, pg. 189. 

(2) Vide supra, pg. 196. 

(3) Vide supra, pg. 184 y sig. 



234 Religión del Imperio de los Incas 

entre sus constantes contradicciones, no es la 
menor, la de entender que aquella fuerza in- 
visible, inteligente e impersonal es, por otra 
parte, material, trasmisible, contagiosa y acti- 
ya (1). 

Pues bien, dados estos antecedentes, muy 
fácil nos será comprender la actitud del pri- 
mitivo, que acumula obstáculos sobre la fuente 
de donde mana aquel poder, cuyos efectos te- 
me, para así, impedir su difusión. 

Imagiuémonos, por un momento, lo que 
haría un hombre rudo, ignorante de los ade- 
lantos modernos, que se encontrase junto a un 
orificio practicado en el suelo, que emanase 
gases, que él supiese le eran desagradables o 
nocivos. ¿Trataría, acaso, aquel hombre de en- 
carnar la molestia y daño, producidos por las 
emanaciones, en un objeto material, para arro- 
jarlos sobre el lugar de donde se originan; o 
se serviría más bien de los cuerpos sólidos y 
resistentes, que encontrase a su alcance, para 
tapar aquel orificio e impedir la salida del gas ? 

La respuesta no puede ser dudosa y no 
se objete que el gas y el poder mana, son dos 



íl) Vide supra, pg. 70. 



Las Apaohitas 235 

cosas enteramente diferentes; que de cuantos 
ejemplos pueden citarse, parécenos que la ema- 
nación de mana, con lo que mejor se puede 
comparar, es con el desprendimiento de gases, 
o con la producción de electricidad. 

El deseo de ponerse al abrigo del poder 
del muerto que, generalmente para el primi- 
vo, es malévolo y peligroso, debe haber con- 
tribuido, en gran parte, al desarrollo universal 
de la costumbre de enterrar los cadáveres (1). 

Este mismo deseo, es el que hace que el 
viajero deposite piedras, al pasar ante aquellas 
tumbas, que considera como especialmente pe- 
ligrosas, ya a causa del carácter del que en 
ellas yace (gemelos, hechiceros, hombres ricos, 
extranjeros, malvados), ya por el modo cómo 
terminó sus días (asesinato, suicidio, fulmina- 
ción, etc. etc.), esto es, aquellas en que juzga 
mora un espíritu, especialmente poderoso, o una 
alma airada y deseosa de venganza. 

Pero el primitivo, el campesino, no sólo 
temen el lugar en que reposa un cadáver, no 



(1) Los Uskoques para impedir que los muertos se apa- 
reciesen y molestasen a sus parientes, ponían sobre la cabeza 
y pies de los cadáveres, al enterrarlos, pesadas piedras. Lei- 
brecht, Zur Volksknnde, Heilbronn, 1878, pg. 276. 



2^6 Eeligión del Imperio de los Inoas 

sólo allí acumulan piedras, sino que les basta 
que el sitio haya sido impregnado con la san- 
gre del difunto, aunque su cuerpo descanse 
tranquilo a considerable distancia. ¿íío es la 
sangre el vehículo de la vida, el elemento vital 
por excelencia, aquello en que se cree reside 
el espíritu? Así, al verter su sangre, al im- 
pregnar con ella la arena, aquel cuerpo que 
murió víctima de alevosa herida, no perdió su 
espíritu vital? ji,no se compenetró con la tie- 
rra, al teñirse ésta de rojo? Y por lo mismo 
que allí el pobre espíritu está [privado de su 
compañero y receptáculo, por obra de cruel 
enemigo, estará más airado y deseoso de ven- 
ganza y será, por ende, más temible. 

No debe extrañarnos y sorprendernos, el 
que el mismo rito que se practica ante la tum- 
ba de un mago o de un asesinado, se verifique 
también ante el sepulcro que encierra las ve- 
neradas reliquias de un santo, ya que sabido 
es por todos aquellos que han estudiado las 
costumbres de los pueblos no civilizados, cuan 
débil e imperceptible es la línea que separa lo 
impuro de lo sagrado y con cuanta facilidad 
un mismo objeto pasa de una a otra categoría, 
a tal punto de parecer justificada la afirma- 
ción, de que ambos atributos no son sino dife- 



Las Apachitas 237 

rentes formas de evolución de un mismo con- 
cepto fundamental; el de sagrado. 

Es de notarse, además, que entre el mago 
y el santo, para las masas igaorante3, apenas 
hay diferencia. ¿„íí"o es para el vulgo, el sín- 
toma, la esencia de la santidad, el practicar 
milagros? Un santo es tal para las gentes ru- 
das, no por la ética superior de su vida, sino 
por la faculdad que posee de trastornar las 
leyes de la naturaleza en pro de sus devotos. 
Así, la virtud que efluye de su sepulcro, es 
una entidad de ;la cual conviene desconfiar, 
como se desconfía de una corriente de alta 
tensión, que, como puede producir luz y fuer- 
za, empleada en circunstancias propicias, pue- 
de ser causa de muerte, si al servirse de ella, 
no se toman las debidas precauciones. 

Lo que acabamos de ver nos preparará 
para el estudio de otra serie de casos, en los 
que se levanta el carín en un sitio sagrado. 

En algunos, como en aquellos que expon- 
dremos a continuación, es permitido el suponer, 
que a la tumba de un personaje venerado, debe 
el lugar su reputación de santo. 

Así, en la India, en el pueblo de Niamat- 
pur, junto al templo de Anktak Bir, hay un 



238 Religión del Impeeio de los Incas 

carín de piedras calcáreas, en el que todo pa- 
sante deposita un guijarro (1). 

En Escocia, existe, en Papa Westra, una 
capilla, Tredwels, a cuya puerta hay un carín, 
en donde era superstición del vulgo de aquel 
lugar, que veneraba esta capilla más que otra 
alguna, no entrar nunca sin arrojar una piedra 
al montón (2). 

Para los irlandeses es un acto de devo- 
ción, poner una nueva piedra en los carines que 
hay junto a pilares que tienen una cruz (3), 

Entre los peregrinajes del país de Salzbour- 
go, ocupa el primer lugar, el de San Wolfang, 
capilla pequeña, rodeada de una fuente sagra- 
da, situada en la parte alta de una colina, a la 
cual se sube por dos lados, por senderos cu- 
biertos de bosques. Los peregrinos, entre los 
cuales se encuentran bávaros, que vienen des- 
de muy lejos, traen con gran trabajo grandes 
cantos, pues, según la leyenda, cuando la can- 



il) Hartland, (EdAvin Sidneyj, The Legend of Perseus, 
Vol. n, pg. 206, London, 1895. 

(2) Martin, Á. description of the Western islands of Scot- 
land in Pinlíerton, Voyages and Travels, Vol. III, 691, Lon- 
don, 181. 

(3) Leibrech, Op, cit., pg. 279. 



Las Apachitas 239 

tidad de piedras sea suficiente, el santo se edi- 
ficará una nueva j grande iglesia (1). 

En Palestina y otros países islámicos, los 
peregrinos levantan carines, en los lugares des- 
de donde, por vez primera, contemplan una 
mezquita célebre (2). 

En Sudero, isla del archipiélago de Foere, 
hay montones de piedras llamadas Mrjarheyg- 
fuYj en los puntos desde donde se ve por pri- 
mera vez una iglesia. Los caminantes añaden, 
a menudo, una nueva piedra al montículo, cuan- 
do pasan junto a él (3). 

En Persia, los viajeros piadosos, al ver la 
villa santa de Meschhed o la de Kim, acumu- 
lan piedras en determinados lugares y cuelgan 
trapos de todos colores en los arbustos del ca- 
mino, mientras expresan su fe y devoción por 
medio de himnos y cánticos (4). 

Cerca de Dandalk, en Irlanda, hay un 
dolmen llamado la tumba de OuchuUin, a la- 



{\) Andree, (R.), EthnograpMsche Parallelen und Ver- 
gleiohe. 

(2) Jansen, Costumes des Árabes du Pays de Moab, Pa- 
ria, iSOl, pg. 330. 

(3j Leibrecht, Zur Volkskunde Heilbronn, 1878, pg. 273. 

(41 Andree, Op. cit. Leibrecht, Op. cit., pg. 279. 



240 Ebligión del Imperio de los Iííoas 

do del cual hay un montón de piedras, en el 
que los transeúntes al pasar arrojan una más (2). 
Mas, si en algunos de los ejemplos antece- 
dentes, es posible sospechar, con más o menos 
probabilidad, que la santidad del lugar es debida 
a un enterramiento, hay otros casos en que 
no cabe tal suposición y en que es preciso re- 
conocer, que lo que motiva el hacinamiento de 
piedras, es la virtud que se cree posee el sitio, 
por una u otra circunstancia, virtud sagrada, 
activa y trasmisible, que sólo puede ser mane- 
jada por aquellos que están dotados de cuali- 
dades especiales, ya que es sumamente peligro- 
so manejar potencial tan temible (1). Por lo 
cual, todos los profanos, procuran ponerse al 
abrigo de sus ataques, hacinando sobre el lu- 
gar en que está impregnada, piedras, palos o 
tierra, para impedir su emanación. 

Innecesario nos parece recalcar sobre prin- 
cipio tan conocido como es el de que, para las 
mentes primitivas, apenas existe diferencia en- 
tre lo sagrado y lo impuro y en que ambas 
cualidades, como igualmente peligrosas, hacen 



(1) Leibrecht, Op, cit., pg. 268. 

(2) Vide supra, pgs.70. 



Las Apaohitas 241 

que tal o cual objeto, o determinada acción, 
sean tabú (1). 

En Marruecos, se levantan carines para 
conmemorar el pasaje del Sultán, mas, una vez 
hechos, no es costumbre depositar en ellos nue- 
vas piedras (2). Nada de extrañar tiene esta 
usanza. El atribuir poder mágico a los reyes 
j el creerlos llenos de virtudes extraordinarias, 
son, podemos estar seguros, uno de los oríge- 
nes y fundamentos de la realeza: muchos son 
los pueblos que han tenido reyes divinos (3), 
y, aún en tiempos relativamente modernos, 
se ha creído que podían curar, de modo mi- 
lagroso, ciertas enfermedades. 

Isabel de Inglaterra y todos sus sucesores, 
excepción hecha de Guillermo III, hasta épo- 
cas tan tardías como los reinados de Jacobo II 
y de Ana, ejercieron su mágica virtud, de sa- 



lí) Frazer, The Golden Bougli Vol. III, (Taboo and the 
perils of the Soul), pgs. 224 y 225, London, 1914. 

(2) Doutte (Edmond), ;^Magie et Religión dans l'Afrique 
du Nord, Alger, 1909, pg. 427. 

(3) Frazer, ^^Lectures on the Early History of Kingship, 
London, 1905. 

Id, The Golden Bough, Vol. I, (The Magic Art and the 
Evolution of kings), pgs. 44 a 51, 332 a 421, London, 1913, 
Vol. III, (Taboo and the Perils of the Soul), pgs. 1 a 25, 131 
a 137, London, 1914 Vol, IV, (The Dying God), pgs. 1 a 195, 
London, 1914. 
Eeligión del Imperio de los Incas 10 



242 Ebltgióií del Imperio de los Incas 

nar determinadas dolencias (1). Se cuenta que, 
cuando Francisco I, cautivo después de la ro- 
ta de Pavía, pasó por Barcelona, acudieron a 
él presurosos muchos enfermos, esperando que 
les devolviese la salud. Así, bien podemos su- 
poner que el origen de formar hacinamientos, 
en memoria de la presencia del Sultán, es el 
deseo de cubrir la tierra que ba estado en con- 
tacto con la persona sagrada j que, por tanto, 
es de suponer está cargada de mana. 

A igual causa deben obedecer los montí- 
culos, que se observan junto a la Roca de 
Hesi el Obattatin, en Wadi Mokattel, en la 
península de Sinaí, que los Árabes identifican 
con la roca, de la cual bizo Moisés manar 
agua, para calmar la sed de los Israelitas. Los 
indígenas cuentan que los Hebreos, una vez 
que bebieron, elevaron carines en ;las vecinda- 
des del milagro. Los Árabes actuales conti- 
núan esta costumbre, en conmemoración del 
portento, pensando, de este modo, obtener el 
favor de Moisés. Así, arrojan piedras en los 
carines, por un amigo enfermo, para que re- 
cobre la salud (2). 

(1) Frazer, The Golden Bough, Vol. I, (The Magic Art 
and Evolution of kings), pgs. 368 y 369, London, 1913. 

(2) Andree, Op. oit. 



Las Apaohitas 243 

'No hay duda, que los moradores de Sinaí, 
creen que algo de la virtud portentosa de Moi- 
sés, quedó impregnada en la roca, de donde 
hizo brotar agua; y por esto, temerosos de su 
poder o deseando conservarlo, acumulan pie- 
dras, para impedir su difusión. 

En Senegambia hay carines en los sitios en 
que los viajeros dicen la oración de la tarde (1). 

En Provenza, en la montaña de Sainte- 
Baumé, hay una cueva venerada, que la tradi- 
ción relaciona con Santa María Magdalena. Los 
devotos que allí van, acostumbran subir a la 
cumbre del monte y erigir montoncitos de 
piedras, como testimonio de su piedad y para 
adivinar si serán dichosos cuando proyectan 
casarse (2). 

Para los Osetes, son sagradas algunas de 
las altas cimas del Cáucaso, en las que ahora 
invocan a San Jorge, a San Miguel, a San 
Nicolás o al profeta Elias. Allí levantan ca- 
rines, ante los cuales oran (3). 

En Palestina, hacia el fin del Ouady Ge- 
rafeh, los Tiahá, en una roca enorme, desta- 

(1) Leibrechf, Zur Volkskunde, Heilbronn, 1878, pg. 276, 
^2^ Berenger Ferand, Notes sur las Cuites de la Montag- 

ne Saint -Baumó — Revue d'Antliropologie 3™« Serie, Vol. III, 

París, 1888. 

\3) Andree, Op. cit, 



244 Religión del Imperio de los Inoas 

cada de la montaña, al pasar arrojan siempre 
piedras pequeñas (1). 

Los Mongoles, en los pasos difíciles y en 
otros muchos lugares, tienen lo que llaman obo, 
esto es, un altar al aire libre, que, según la 
tradición, fué consagrado por un lama célebre, 
y en el que se ve, algunas veces, rudas imá- 
genes de Buddba y en donde los viajeros, al 
pasar, depositan un pedazo de papel o de la 
piel de su manto (2). Posible es que esta 
usanza no sea sino una forma evolucionada 
de otro de los grupos en que puede dividirse 
el rito que estudiamos, correspondiente a un 
grado más perfecto de religiosidad. Ejemplos 
de tales mutaciones no faltan. Mas no es po- 
sible suponer otro tanto de las prácticas pro- 
venzales y palestinas, así como de aquellas que 
se observan junto a árboles sagrados, en las 
que no cabe duda de que la santidad del sitio 
y su wakonda, determinan la erección de los 
carines. Son estas prácticas primitivas, corres- 
pondientes a un nivel muy inferior de religio- 
sidad, conservadas en pueblos adelantados, mer- 



(Ij Janssen, Les Costumes des Árabes du Pays de Moab, 
París, 1913, pg. 336. 

(2) Pottssielgue, Eelation de Voyage de Shang-liai a Mos- 
cou. Le Tour du Mond, Vol. XI, París, 1865, pg. 246. 



íiAS Apaohitas 245 

ced a una de aquellas extraordinarias (no por 
lo poco frecuentes) supervivencias, a las que 
se debe, permítasenos la comparación, que se 
conserven fósiles de extremada edad, propios 
de ambientes religiosos, semejantes a aquellos 
en que viven hoy las tribus salvajes. 

En la llanura, por donde pasa el río Co- 
lorado, región desierta, tristísima y sin árboles, 
hay un algarrobo, de dimensiones considera- 
bles y muy añejo, que sobresale en medio de 
la soledad de la pampa y rompe la angustiosa 
monotonía del desierto. Tiénenlo por muy po- 
deroso y llámanlo gualichú, voz que, en anca 
significa espíritu o dios y al cual todos los 
indios que junto a él pasan, ofrecen una pren- 
da de vestir, unos hilos de color, tabaco y, a 
veces, monedas, o aquellos que no tienen otra 
cosa mejor, una cerda de la cola de su caballo? 
que atan de una rama. Los más devotos lle- 
gan a sacrificarle sus cabalgaduras, el más pre- 
cioso bien de estos salvajes. Los dones coló- 
canlos en las hendiduras del tronco, o cuélgan- 
los de las ramas. Ko hay indio, por miserable 
que sea, que al pasar no deje una ofrenda (1). 

(1) D'Orhigny A.), Voyage dans rAmerique Meridionale, 
Vol. II, pg3. 156 a 161, Paris, 1839 a 43. 



246 Ebligióx del Imperio de los Ixoas 

El Santuario Hopi, Gran Masanún, uno 
de los más conocidos de la meseta oriental, 
es una roca, a cuyo pie hay un gran montón 
de palitos y ramas, que han sido puestos por 
los que por allí pasan con leña, sin que falten 
ofrendas de mayor valor, tales como bastones 
de oración o vasos. 

El pequeño Masanúu está a alguna dis- 
tancia del antecedente y es cuatro montones 
de piedras y astillas, que han sido erigidos 
por los leñadores. 

Hay muchos carines semejantes en el país 
Hopi (1). 

Al pasar junto a un árbol, que parece 
muy viejo, los Ovaherrero colocan palitos en 
las ramas, hablan con el árbol y tiénenlo por 
sagrado, si se imaginan que les responde. Los 
Obambo arrojan hierba y ramas en un árbol 
de este género, pues creen que es la tumba 
de un héroe (2). 

En los alrededores de Kum, en Persia, 
se ven árboles, en los que los pasantes amarran 
trapos (3). 

(1) Feíüks ("Walter 3.), Hopi Schirines near East Mese, 
Arizona. American Antliropologist New Series, Vol. VTTT, 
pg. 354, New York, 1906. 

{2j Diidley K¿d, The essential Kafir, London, 1911. 

(3) Andree, Ethnograpliische parallelen uud Vergleiche. 



Las Apaohitas 247 

Los Sankes j Foxes, rara vez pasan por 
junto a nna cueva, roca u otro objeto extraor- 
dinario, sin dejar algo de tabaco (1). 

En las vecindades de ciertas minas de 
cobre, a sesenta y nueve grados de latitud, los 
mineros ponen guijarros sobre ciertas piedras 
planas, cada vez que, junto a ellas transi- 
tan (2). 

El santuario de la diosa, madre de los Jun- 
cales, en el jS^orce de la India, es un hacina- 
miento de piedras o palos, a cuya formación todo 
pasante debe contribuir, so pena de que irritada 
la diosa, envíe contra él un tigre o leopar- 
do (3). 

Los Wahamba, creen que ciertos lugares 
peligrosos, son la residencia de malos espíritus ; 
en ellos todo viajero debe danzar un momento 
y depositar una piedra (4). 

En Toukín, hay montículos en los que las 
mujeres creen reside un espíritu, al que invo- 
can para tener buena suerte cuando van al 



(1) Dormán, Primitive Superstitions, New York, 188, pg. 
301. 

[2) Andree, Op. cit. 

(S) Frazer, The Golden Boi\^h, Yol. IX, (Tlie Scapegoat), 
pg. 27, London, 1914. 

(4) Frazer, Op. cit., Vol. IX, pg. 29. 



248 Eeligión del Impeeio de los Íkoas 

mercado, ofreciéndole hacer una añadidura al 
carín, al regreso de la feria, si en ella les ha 
ido bien. 

En Oeylán, hay carines asociados con Ga- 
mese, dios con cabeza de elefante. 

En el Japón, hay un montículo semejan- 
te, junto a un árbol en el templo de Hatchiman 
y otro cerca de una estatua de Budha. Y an- 
tigua costumbre de los germanos fué la de 
amontonar piedras, junto a las imágenes de 
ciertos dioses (1). 

Si todos los hechos examinados hasta aquí, 
parecen estar en armonía con la hipótesis que 
para explicarlos hemos sugerido, debemos aho- 
ra proceder al estudio de otro grupo de casos, 
que, a primera vista, justifican la teoría emi- 
tida por el sabio profesor Erazer, en su inimi- 
table Ramo de Oro. Mirándolos con más de- 
tención, juzgamos que, originariamente, son 
debidos a las mismas causas qne las de los ya 
examinados, si bien, por circunstancias fáciles 
de explicar, con el transcurso del tiempo, ha- 
biéndose olvidado su motivo fundamental, atri- 
buyeseles como fin, lo que antes no fué sino una 
consecuencia y accidente. 

(1) Leibrecht, Zur Volkskunde, Heilbronn, 1873, pg. 27 
y 78. 



Las Apackítas 249 

En las islas Salomón, es costumbre gene- 
ral, arrojar palos o piedras en un montón, en 
las bajadas rápidas o en los pasos difíciles. 
Dicen que arrojan la fatiga y no dan al acto 
ningún carácter religioso (1). 

En un bosque, en la isla de ííorfolk, hay 
un carín, erigido para tener buen descenso 
a la playa, y en donde, al colocar las piedras, 
decían los naturales: «Allí va mi fatiga» (2). 

En la parte occidental de la isla de Ti- 
mor, los hombres o mujeres que hacen un lar- 
go o fatigoso viaje, llevan consigo hojas, que 
luego arrojan en lugares determinados por la 
tradición. La fatiga que sienten, creen dejarla 
allí. Algunos se sirven de piedras, en vez de 
hojas (3). 

En el Archipiélago Babar, los que están 
cansados, frótanse las piernas con piedras, las 
que luego dejan en determinados sitios, juz- 
gando así descansar (4). 



(1) Codrington, |Tlie Melanesians, Oxford, 1891, pg. 185, 
nota. 

(2) Codrington, Loco cit. 

Í3) Frazer, The Golden Bough, Vol. IX, (Tlie Scapegoat), 
London, 1914, pg. 8. 

(4) Frazer, Op. cit., pg. 9. 



26o Eeligión del Impeeio de los Ínoas 

Los Kosa Kafires y los Cafres practican 
este rito para obtener vigor (1). 

Entre los Zambesis, los montones son de 
palos. Antes de depositarlos, se frotan con 
ellos las piernas, esperando librarse de la fa- 
tiga y obtener mayor vigor, para continuar 
la ruta (2). 

En el altiplano íí^yasa Tanganik, en la 
cumbre de muchas escarpadas colinas, hay pe- 
queños carines. El intérprete de Boileau le 
dijo que eran montones de suerte. Los indí- 
genas, antes de subir con sus cargas, toman 
un guijarro, escupen en él y después de fro- 
társelo en las pantorillas, lo depositan en el 
montón: esto lo hacen para que sus piernas 
sean ágiles (3). 

Los Seeds llaman m^«emu. a carines que 
hay en los pasos, en los que arrojan una pie- 
dra, cuando por allí transitan. Junto a una 
gran roca, los que acompañaban al viajero 
Grant, depositaron guijarros (4). 

(1) Dudley Kidd, The Essential Kafir, London, 1904. 
Frazer, Op. cit., pg. 11. 

(2) Dudley Kidd, The Essential Kafir, London, 1904. 

(3) Boileau, The Nyasa Platean The Geographical Jour 
nal, Vol. XIII, pg. 589, London, 1899. 

Dudley Kidd, Op. cit. 

(4) Grant (J. A.), A Walk across África- Edimbourgh, 
1864, pgs. 133 y 34. 



Las Apaohitas 2Si 

Speke, en su largo viaje de Zanzíbar al 
Mediterráneo, recorriendo el valle de Uthingu, 
en la provincia de Usensa, encontró a lo lar- 
go del camino, montículos, en los que todos 
los pasantes arrojan una piedra. Carines se- 
mejantes halló en el territorio de los Wahu- 
ma (1) y en Somalís, en donde juran por al- 
gunos de estos carines, así como por ciertas 
piedras o árboles sagrados (2). 

Los M'rus, cuando salen de viaje, toman 
por la mañana un retoño de hierba, y el que 
conduce la partida, entrando en un río hasta 
que el agua le cubra la cintura, dirige una 
oración a ésta, mientras los otros, que perma- 
necen en actitud reverente en la orilla, plan- 
tan en la arena los retoños. 

Estas mismas gentes, al atravesar una 
colina, cuando llegan a la cumbre, cogen un 
poco de hierba y la colocan sobre los marchi- 
tos restos de otras ofrendas semejantes, hechas 
por los viajeros que les han precedido (3). 



(1) Andree, Ethnograpliische Parallelen und Vergleiche. 

(2) Burton, First Footsteps in East África; or an explo- 
ration of Harar, Loudon, 1856, pg. 113. 

(B) Lewin, Wild Races of Soutli Eastern India, London, 
1870, pgs. 232 y 233. 



252 Eeligión del Impeeio de los Ikoas 

En el Indostán, los carines son llamados 
jpeerlce-jaggeh (1). 

En Birma, en las montañas que separan 
este país del de Siam, se encuentran, en la 
parte más alta de los collados, carines, en los 
que los viajeros depositan flores y hojas (2). 

En Laos, se ven carines en las cumbres, 

en donde los caminantes depositan una hoja 

o rama, pidiendo al Señor de los Diamantes, 
buena ventura y larga vida (3). 

En la cumbre del paso que lleva a Du- 
lau-kuo, capital del principado mongol de 
Koko-nor, hay un obo, o montón de piedras, 
al cual todos los viajeros añaden siempre al- 
go al pasar (4). 

Esta costumbre es muy general en el Ti- 
bet; ya hemos tenido ocasión de tratar de 
los carines, que en este país se encuentran en 
en las cumbres de las montañas y de señalar 
su explicación (5). 



(1) Grant, A Walk across África, pg. 134, Edimbourgh, 
1864. 

i2; Bastían (Adolf), Reisen in Birma in the Jahren, 1861- 
1862, Leipzig, 1866, pgs. 483, 4&4. 

(3j Frazer, Op. cit., Vol. IX, pg. 29. 

(4) Rockhill, The land of the Lama, London, 1891, pg. 
126. 

(6) Tide supra, pg. 195.. 



Las Apaohitas 253 

En las ruinas de la antigna cindad de Kha- 
ra Korum, se ve una gran tortuga de piedra, 
en la que hay un obo, formado por multitud 
de piedrecillas (1). 

En Corea, existe un verdadero culto a las 
montañas, cuyos espíritus se llaman San-Shin 
Bijüg, que tienen templos en casi todos los 
montes del país, especialmente junto a un gran 
árbol, o a una piedra plana. Estos genios son 
masculinos, mas no carecen de mujeres. El 
tigre, que tan temido es en Corea, creen que 
sirve a estos espíritus o que es su encarna- 
ción (2). 

Al borde de las rutas, en los pasos más 
frecuentados, hay pequeñas pagodas, dedicadas 
a los dioses del lugar. Son templetes de ma- 
dera, de un metro cincuenta en cuadro, cubier- 
tos con tejas y cuyo interior tiene una imagen, 
figuras de tigres, e inscripciones chinas, pintadas 
en los muros (3). 

Cuando Gowland, viajaba por Corea, al 
llegar al pueblo de Bambe, al pie del paso de 

(1) Commandant de Bonillanc de Lacoste, Au pays sacre 
des anciens Tures et des Mongols, París, l'Jll, pg. 64. 

(2) Bishop, Korea &. and lier Neighbours, London, 1898, 
Vol. II, pgs. 243 y 244. 

(3j Bret, Dans la Coree Septeutrional. Misions Catholi- 
ques, Vol. XXXI, pg. 237, Lyon, 1899. 



254 Eeligión del Impeeio de los Iiíoas 

Mungyon, que atraviesa la cordillera, en que 
se encuentra el divorsium aquarum de la pe- 
nínsula, los indígenas, que le acompañaban, 
le requirieron que sacrificase un cerdo al es- 
píritu del paso, a fin de no ser atacados por 
los tigres. 

Los coreanos mataron al animal, bebieron 
un poco de su sangre y lo pusieron sobre el 
lomo de una muía y al pasar ante el templo 
del genio del monte, llevaron el cerdo al san- 
tuario, donde el sacerdote, que lo servía, hizo 
ciertas ceremonias, devolviendo luego la carne 
a los viajeros, en cambio de una pequeña re- 
tribución en dinero (1). íTo siempre reciben 
estos dioses sacrificios de tanto precio, ya que 
hay viajeros que se contentan con depositar en 
el santuario, zapatos viejos, pequeñas cantida- 
des de arroz, o con colgar unos trapos, si es 
que no se limitan a hacer en el carín, las usua- 
les ofrendas (2). 

En los pasos menos importantes, hay, por 
lo menos, un árbol sagrado, al pie del cual 
está un montón de piedras. 



(1) Gotoland, Notes on the Dolmens and otlier Antiqui- 
ties Korea. The Journal of the Anthropological Instituto of 
Grat Britain and Ireland, Vol. XXIY, London, 1895. 

(2) Bishop, Op. cit.,Vol. I. pg. 147. 



Las Apachitas 255 

Estos carines, así como aquellos que se 
encuentran junto a los templetes de los dioses 
de las montañas, son hechos por los viajeros, 
que, al subir la cuesta, recogen una piedra, 
más o menos cerca de la cúspide, según sea su 
devoción (1), en la que escupen antes de de- 
positarla en el montón (2). 

No sólo guijarros arrojan en estos lugares 
los pasantes, sino que creen que es muy gra- 
ta oferta a los genios de aquellos lugares, un 
pedazo de papel o de calicud (3). 

Estos ritos no se practican tan solamente 
en las cúspides de los cerros, sino también a 
la salida de algunas poblaciones, en las que 
es común, que el carín se encuentre al pie de 
nn poste, cuya punta está esculpida rudamente, 
en forma de una cabeza humana y de la cual 
penden largas cuerdas (4). 

Hay también montones en las encrucija- 
das (5). En fin, según advierte un perspicaz 
observador, esta costumbre es general en to- 



^l) Bret, Op. cit., pg. 237. 

^2) Bishop, Op. cil., Yo. I, pg. 147, y II, pg. 223. 

Gowland, Loco cit. 

i3j Gowland, Op. cit. 

(4) Bishop, Op. cit., Vol. n, 223, 

(B) Id. id, 



256 Eeligión del Impeeio de los Incas 

dos aquellos logares, en qne se cree qne reside 
un espíritu maligno (1). 

Los indios Hopis, al acercarse a nn pue- 
blo, toman una piedrecita j la arrojan sobre 
un carín, que se encuentra a la entrada de la 
población y que, según los Hopis, es el tem- 
plo de Masamú, dios de los muertos. 

Eewkes excavó uno de estos carines, jun- 
to a un pueblo abandonado. Era un pequeño 
reducto y contenía muchas piedras de formas 
singulares, que recordaban las que los indios 
Pueblos tienen por fetiches, siendo algunas, 
rudamente talladas, en forma de animales (2). 

En el Norte de Méjico, en los pasos de 
las cordilleras, se encuentran carines, formados 
con hierba, palos y piedras. Aunque de altu- 
ra no despreciable, ya que algunos alcanzan 
hasta un metro cincuenta, carecen estos mon- 
tones de todo orden. Todo indio, al pasar, 
añade a ellos algo, a fin de obtener vigor, para 
continuar su viaje. Entre los Taraumaras, sólo 
los viejos observan esta costumbre. 



(1; Bishop, Op. cit., Vol. I, pg. 174. 

(2) Feíckes (W. J.), Two summers'Work in Pueblo Ruins 
22"" Annual Report of the Bureau of American Ethnology, 
1900-1901, Washington, 1904, pgs. 127 y 128. 



Las Apaohitas 257 

Uno de los Hnicholes, qne acompañaba 
a Lumholtz en sus excursiones, se detuvo an- 
te un montón, llamado Nutiquaye, el que sabe 
curar, y cogiendo un poco de hierba y una 
piedra, después de escupirla, se frotó con ellas 
los muslos, se las pasó dos veces sobre el pe- 
cho y las espaldas, exclamando: « Kemesti- 
quaí!» (Que yo no me canse!), y las depositó 
sobre el montón. 

Cuando los Tepehuanes llevan un cadá- 
ver, descansan, junto a cada uno de estos mon- 
tones, quince minutos, a fin de que el difunio 
no se fatigue y pueda llegar al término de su 
larga jornada, a la tierra de los muertos. 

Si algunos de estos montículos, como en 
el caso ya citado, tienen nombres particulares, 
todos están bajo la protección de la Diosa de 
las nubes meridionales (1). 

Antiguamente, en México, en los montes, 
sierras y en los puertos por donde pasaban 
de una parte a otra, los que subían, derrama- 
ban sangre de las orejas, quemaban incienso, 
echaban rosas, de las que cogían por el cami- 
no, o amontonaban piedras, como lo continua- 

(1) LumlioUz (Cari), Unknown México, New York, 1902, 
Vol. n, pg. 282, 

17 
Religión del Imperio de los Incas ^* 



258 Ebligión del Imperio de los Inois 

ron haciendo, bajo la dominación española, los 
indios qne pasaban por los caminos, que van 
por las sierras contiguas al volcán Popocate- 
pel, en Huexótzinco y en otros lugares. Esta 
costumbre ora especialmente observada por los 
mercaderes y cargadores (1). 

En Yucatán, si el que va caminando, to- 
pa con una piedra grande, de las muchas que 
se levantaron para abrir los caminos, la reve- 
rencia, poniéndola encima una rama y sacu- 
diéndose con otra las rodillas, para no can- 
sarse (2). 

En Guatemala, los indios hacían sacrifi- 
cios en las puntas de los cerros y en las en- 
crucijadas de los caminos, en unos adoratorios 
que llamaban mumuz, que había de trecho en 
trecho en los caminos; en llegando al hu- 
milladero, que estaba a la entrada del adorato- 
rio, tomaban unas hierbas, dábanse con ellas en 
las piernas, escupían en ellas y poníanlas en 
el humilladero, con una piedra encima. De- 
cían ellos, que esto era cosa saludable, para 
desechar el cansancio y por lo que luego sen- 
il) Torquemada, Monarquía Indiana, Madrid, 1723. Vol. 
II, pg. 33. 

(2) Cogollndo ^Diegoj, Historia de Yucatán, Madrid, 1688, 
pg. 188. 



Las Apaohitas 259 

tían fortaleza en las piernas, ofrecían allí al- 
godón, caza, sal, pimientos o de las otras cosas 
que llevaban (1). 

En ÍTicaragua, en tiempos precolombinos, 
había carines en los senderos. Los que junto 
a ellos pasaban, echaban un puñado de hierba, 
opinando que, haciéndolo así, no se cansaban 
ni tenían hambre, o que, al menos, no eran tan 
aquejados de hambre o no se fatigaban, como 
se fatigarían, si no observasen la antigua usan- 
za (2). 

En las cumbres de la hoy desierta sierra 
de Animas, en el Uruguay, encontró Darwin, 
carines, que, según sus informantes, eran obra 
de los antiguos indios (3). 

En varios lugares de este capítulo, hemos 
hecho ya mención de carines, situados en las 
cumbres de los pasos y sugerido el modo de 
explicarlos. En las páginas que anteceden, he- 
mos querido juntar aquellos ejemplos, en que 
puede suponerse, que el fin del rito es arrojar 

(1) Román y Zamora, Las repúblicas de Indias, Madrid, 
1897, Vol. I, pg. 207. 

^2j Bobadilla, Información de los ritos e idolatrías de los 
indios de Nicaragua en Oviedo. Historia General y Natural de 
Indias, Vol. IV, pg. 52, Madrid, 1855. 

(3j Darivin, (Cliarles), Journal of researches into the Geo- 
logy and Natural History, London, 1840, pg. 52. 



260 Eeligión del Imperio de los Incas 

la fatiga, encarnada en una piedra, palo u otra 
cosa semejante, en la cual se ha escupido, 
con la que se ha frotado las piernas o cual- 
quiera otra parte del cuerpo. En muchos de 
ellos se menciona claramente este objeto; en 
otros, nada se dice del móvil del acto, tal 
acontece en las informaciones que poseemos 
acerca de los carines observados en el valle de 
Uthingo (1), entre los M'rus (2), en el prin- 
pado mongol de Korko-nor (3) y en Méjico (4). 
En otros, como entre los Seeds, se nos dice 
que los carines se levantan ante rocas singu- 
lares (5); lo cual nos autoriza a suponer, que 
dichos montones en nada se diferencian de los 
que se levantan sobre lugares sagrados y de 
cuya interpretación ya nos hemos ocupado (6), 
puesto que los pueblos primitivos han tenido 
por poseedoras de virtudes sobrenaturales, a las 
rocas y piedras que les parecían extraordina- 
rias, por su forma o tamaño (7). 



^1) Vide supra, pg. 251. 

(2) Vide supra, pg. 261, 

(3) Vide supra, pg. 252. 
(4; Vide supra, pg. 257. 
(5j Vide supra, pg. 250. 

(6) Vide supra, pg. 237. 

(7) Vide iiifra, Capítulo V. 



Las Apaohitas 261 

En cuanto a los montículos que hay en los 
pasos y en otros lugares de Corea, parece im- 
posible el no atribuirlos a la misma causa que 
a la que hemos atribuido los carines estudia- 
dos hasta aquí, esto es, al deseo de cegar la 
fuente de poder maligno, de enterrar al demo- 
nio, cuyas maldades se temen. Esto aparece 
con toda evidencia de los datos que, acerca 
de los montículos coreanos tenemos y que, 
prolijamente, hemos expuesto (1). 

En efecto, no sólo son peculiares de los 
montes y caminos, sino, según lo observa un 
bien informado autor, de todos aquellos luga- 
res en que la tradición señala la existencia de 
un espíritu maligno (2). 

No nos parece necesario el ocuparnos de 
los montículos que hay a la entrada de pue- 
blos hopis y zuñis, ya que el estar dedicados 
al dios de los muertos, hace que los identifi- 
quemos con los que se construyen en lugares 
sagrados o en enterramientos (3). 

Si los casos apuntados, pueden explicarse 
en conformidad con la hipótesis general, por 



(1) Vide supra. pg. 253. 

(2) Vide supra pg. '255. 

(3) Vide supra pg. 255. 



1262 Eeligión del Imperio de los Incas 

nosotros propuesta, no por eso dejan de existir 
algunos carines que, según lo afirman sus cons- 
tructores, tienen por fin dar reposo a los ca- 
minantes, lo cual parece estar en contradic- 
ción con la doctrina que, acerca de estos mo- 
numentos, hemos deducido de muchos y muy 
significativos hechos. Mas, quizás, la contra- 
dicción es tan sólo aparente. Para disiparla, 
basta saber a qué atribuyen los primitivos la 
fatiga, asunto acerca del cual, como ya puede 
suponerse, no abundan las informaciones. Sin 
embargo, el gran viajero francés D'Orbigny 
ha hecho al respecto, observaciones preciosas. 
Dice, que los Araucanos, cuando se cansan en 
el camino, atribuyen el cansancio a un mal 
espíritu, que ha penetrado en su cuerpo y, pa- 
ra hacerlo salir, se sangran las espaldas, brazos 
o muslos, creyendo que, con la sangre, saldrá 
el genio de la fatiga y añade que de este mo- 
do de pensar participan los Chiriguanos, Yu- 
racases y otras poblaciones que habitan al 
Oriente de la Cordillera de los Andes (1). Lo 
cual es muy significativo, pues demuestra que 
no se trata de una idea local, ya que se en- 



(1) D'Orbigny (A.), Voyage a l'Amerique Meridionale 
Paris, 1839-43, Vol. II, pg. 39. 



Las Apachitas 263 

cuentra en pueblos, que es improbable bayan 
tenido algún contacto. 

Abora bien, si los primitivos atribuyen 
la fatiga a un espíritu o poder mágico malig- 
no, ¿no podremos suponer que creen que éste 
reside en las cumbres de las montañas ? ¿ Ko 
sabemos acaso (ya que de ello tenemos repe- 
tidos ejemplos) que ban creído que en las cús- 
pides residen genios irritables y dañinos? En 
cuyo caso qué cosa más natural que el que 
atribuyan a éstos la fatiga producida por la 
ascención, ya que, mientras más se acerca el 
caminante a la cumbre, más difícil se le vuel- 
ve el continuar su ruta y una vez coronada 
la montaña, el espíritu se dilata, los músculos 
se llenan de nuevo vigor, a la vista del des- 
censo y ante la convicción de que la mayor 
dificultad ba sido dominada. Y si es así, ¿no 
será muy lógico el suponer, dada la mentali- 
dad del hombre no civilizado (que, por moti- 
vos que no es del caso analizar, cree que la 
cúspide de los cerros es la residencia de es- 
píritus mal intencionados) que atribuya a és- 
tos la fatiga experimentada en la subida y que 
arroje piedras en los lugares, de donde juzga 
que emana, para impedirle salir y enterrarla ? 
Y, si esto es así, muy fácil es explicarse cómo, 



^64 Ebligión del Impbeio db los Ínoas 

con el transcurso del tiempo, la evolución de 
las ideas y la constante repetición del acto, se- 
guido de una misma sensación, la de dismi- 
nución del cansancio, propia del descenso, se 
haya olvidado el fin primitivo del rito y lle- 
gado a juzgarse que, al arrojar el guijarro so- 
bre el montón, se echa allí la fatiga. Lo cual 
era tanto más fácil de que crea el primitivo, 
cuanto que muchos de sus ritos mágico -reli- 
giosos, estaban fundados en la trasmisión del 
mal de que adolecía a un objeto material, para 
librarse de él, al mismo tiempo que de éste. 

Bien sabemos que todo lo antecedente no 
es sino hipótesis; mas parécenos que no carece 
de apreciables fundamentos y que, si no an- 
damos muy equivocados, el arrojar la fatiga, 
al depositar una piedra sobre un carín, es una 
modificación más o menos profunda de la cos- 
tumbre original, según la cual se amontona- 
ban piedras en un sitio, para impedir la ema- 
nación de la fuerza mágica o espíritu maligno, 
que, penetrando en el cuerpo del viajero, ha- 
cíale experimentar la sensación del cansancio. 

Mas no desconocemos la existencia de otros 
casos, en que el arrojar piedras ha sido moti- 
vado por el deseo de libertarse de los males, 
en ellas encarnados. Así, en las ceremonias 



Las Apaohitas 2é5 

descritas en el libro sagrado de la India, Sa- 
tapatha-Bráhmana, en la Tanda novena, An- 
dajnya primera, Bráhmaña segunda, el sacer- 
dote arroja piedras hacia el Sudoeste o Mirri- 
ti, para echar el sufrimiento, encarnado en la 
piedra y que ésta puede trasmitir (1). 

Más significativa para nuestro objeto, es 
la siguiente usanza escosesa, ya que en el Rito 
Brahmánico, no existe un carín. En el manan- 
tial sagrado de StrathfiUan, en Pertshire (Es- 
cosia), los que allí acuden, cogen nueve pie- 
dras en la fuente y, después de bañarse, van 
a un cerro, que está en la vecindad, en donde 
hay tres carines, alrededor de cada uno de los 
cuales dan tres vueltas, arrojando en cada gi- 
ro una piedra. Si el que se ha bañado, sufría 
de algún dolor corporal, echa también sobre 
los carines una parte del vestido, que cubría 
la parte enferma. Oon el agua de la fuente, 
fabrican además, remedios para animales, pero 
que sólo son eficaces, si se deja sobre uno de 
los carines, la cuerda, con que, ordinariamente, 
se ataba al animal (2). 

(1) The Satapatha Bráliinaña - acording to tlie text of the 
Madhyandina Scool-Translated by Julius Eggeling-The Sa- 
cred Books of the East, Yol. XLIII, Oxford, 1897. 

(2) Hartland (E. S.), The Legend of Perseas, Vol. 11, 
pgs. 203 y 204, London, 1895. 



266 Eeligión del Impeeio de los Incas 

Con la precedente, se puede poner en pa- 
rangón esta otra usanza, observada en las Anti- 
llas, en Santo Domingo. Dos kilómetros an- 
tes del célebre santuario de la Virgen de Hi- 
guey, está una colina, llamada el calvario, y 
formada por las piedras que los peregrinos, 
que van a esta romería, arrojan, las cuales 
traen desde sus casas, respecto de las que di- 
cen que, como al echar la piedra, se qui- 
tan un peso de encima, así, al implorar a la 
Yirgen, se libran de sus sufrimientos (1). 

Muy posible es que la explicación domi- 
nicana del rito, practicado en el Calvario de 
Higuey, baya sido inventada, para justificar 
y cristianizar una usanza primitiva, cuyo mó- 
vil original fuese distinto del que ahora se le 
atribuye. Queda, no obstante la costumbre es- 
cocesa, en la que parece que las piedras se 
depositan sobre los carines para libertarse de 
una dolencia. Mas, aún en este caso, cabe pre- 
guntar: ¿no serían más bien los vestidos que 
se ponían sobre el carín,': aquellos en que es- 
taba encerrado el mal, y la piedra, un peso 
para sujetarlos, e impedir que fuesen llevados 



(1) Been, Mayotte, París, 1898, pg3. 18 y 19. 



Las Apachitas 267 

por el viento y se convirtiesen en vehículo de 
contagio *? 

El lugar cargado por los males de tan- 
tos enfermos, que en él dejaban sus vestidos 
contaminados, no sería quizás el que se quería 
tapar, para que las enfermedades que allí con- 
tenían, no se propagasen, nó por la dispersión 
de los baccilos físicos, sino de los inmateriales 
y suprasensibles'? 

Sea esto como fuere, estos solos hechos 
no son suficientes para desvanecer el peso de 
los numerosísimos ejemplos, que prueban que 
las piedras se depositan sobre los carines para 
impedir la emanación de una fuerza nociva, 
sin que pretendamos que no existan monto- 
nes, construidos con otras miras. Así, según 
Doutte, hay montones de piedras en el Saha- 
ra, que no tienen otra razón de ser, que la 
de guiar a los caminantes, señalándoles la ru- 
ta (1). 

Los Árabes, tienen carines que indican 
linderos, o que sirven para la caza de las ga- 
celas (2). 



(1) Doutte ^Edmond\ Magie et Religión dans l'Afrique 
du Nord, Alger, 1909, pg. 426. 

(2) Chauvin (V.), Le Jet des pierres au pelerinage de la 
Mecque, Anvers, 1902, pg. 279. 



268 Religión del Impeeio de los Ínoas 

El mismo Doutte, nos dice, que en la Ka- 
bila se construye uno de estos monumentos, 
para conmemorar una resolución importante ; 
mas a este carín no se añaden nuevas piedras, 
una vez la obra terminada (1). 

Sabido es que Jacob y Labán amontanaron 
piedras, en testimonio de su reconciliación (2). 

Cuando los Estonianos, de la isla de Oe- 
sel, se comprometen a alguna cosa de impor- 
tancia, arrojan sobre un carín, piedras o asti- 
llas de madera, para dar mayor peso a la pro- 
mesa (3). 

Según un viejo zulú, los ejércitos invaso- 
res amontonaban piedras, para marcar la ex- 
tensión de sus conquistas (4). 

Keflexionando sobre los seis casos ante- 
cedentes, se advierte que, si bien es posible 
que los montículos del Sahara, así como aque- 
llos a que se refería el viejo zulú, no tengan 
otro objeto que el de señalar el camino, o el 
de testimoniar el avance de un ejército en te- 
rritorio enemigo, es también muy probable que, 
habiendo sido erigidos para marcar el sitio en 



(1) Doutte íEdmond), Loco cit. 

(2) Génesis, Cap. XXXI, versículos 45 a 48. 

^3j Andree (R.), Ethnograpische Parallelen und Vergleiclie. 

(4) Dicdley Kidd, The essential Kafir, London, 1904. 



Las Apachitas 269 

que ocurrió una muerte violenta, hayan servi- 
do de guía a los caminantes, o de memorial 
de las victorias conseguidas, pues, como era 
natural, las tumbas se encontraban, o junto a 
las rutas, seguidas por las caravanas, o en el 
área recorrida por el ejército enemigo. 

Más especial atención, merecen la práctica 
estoniana, que debe compararse con la somalí 
ya estudiada, pues nos revela que aquellos 
insulares, creen que en el carín reside una 
virtud superior, que garantiza el cumplimien- 
to de lo que se promete, añadiendo piedras o 
palos al montón, lo cual está muy de acuerdo 
con lo que hasta aquí hemos expuesto, respec- 
to a estos monumentos. La añadidura que se 
hace al carín, es un acto de magia imitativa, 
para que la promesa sea estable, como la pie- 
dra en el carín; y así como no se puede qui- 
tar ésta, ya que el que tal hiciere, recibiría, 
digámoslo así, la descarga de la fuerza mági- 
ca, tanto más poderosa cuanto que estaba tapada 
con el guijarro, del mismo modo no se puede 
levantar el compromiso allí adquirido. Según 
esto, trataríase de un rito, compuesto de una 
fórmula de magia bien común, la do dar a 
una promesa, merced a un acto imitativo, la 



270 Eeligión del Imperio de los Incas 

estabilidad y peso de una piedra (1) y de la 
creencia que, hasta aquí hemos encontrado, ser 
el fundamento de aquellos carines, en que se 
hacen añadiduras. 

Acerca de los carines conmemorativos de 
la Biblia, la Kabila j los árabes, nos parece 
innecesario extendernos. De los segundos, 
consta que en ellos no se ponen nuevas pie- 
dras j de los otros se puede suponer, funda- 
damente, otro tanto. ííada extraordinario es 
que se amontonen piedras, para rememorar una 
resolución importante, tanto más, cuanto que 
el hacinamiento hecho por el patriarca hebreo 
j su contrincante, parece que fué un rústico e 
improvisado altar. 

Estos carines, nos traen a la memoria, la 
siguiente y curiosísima práctica de Borneo. 
Entre los Ibans, una de las varias naciones que 
moran en aquella gran isla, si un hombre ha 
engañado a otro, en materia grave, mintien- 
do maliciosamente y su falsedad es descubier- 
ta, uno de los engañados toma un palito y lo 
arroja en un lugar muy frecuentado, diciendo 
en presencia de otros: «Aquel que no añada 



(1) Frazer, The Goklen Bough, Yol. III, (The Magic Art 
and evolution of kings.) 



Las Apaohitás 271 

en este montón de mentirosos (tagongbul) su. 
fra dolores de cabeza». Los demás hacen 
otro tanto y, si el montón llega a ser cono- 
cido, todo pasante arroja una nueva vara so- 
bre él, de miedo de los dolores de cabeza que 
podrían sobrevenirle. Así, el montón crece, 
llegando a veces, a tener considerable tama- 
ño y siendo conocido por el nombre del men- 
tiroso, es para éste una gran afrenta (1). 

Por demás estaría cualquier comentario, 
ya que es evidente, que aquel que establece 
la costumbre, fija, mediante un encantamien- 
to, en un sitio determinado, un poder que da 
dolores de cabeza, a menos que se cubra el 

eitio, arrojando en él varitas, que lo tengan 
tapado. 

No son de tan fácil explicación, las si- 
guientes usanzas melanesias: 

En la isla de Saddle, en el lugar deno- 
minado Valuwa, hay un carín, en el que to- 
dos los pasantes, que no son del lugar, deposi- 
tan una piedra. Los naturales dicen que los 
días se acumulan como las piedras y que aquel 



(1) Rose (Charles), and Mac Dongall (WiHiam), Tho Pa- 
gan of tribes Borneo, London, 1912, Vol. II, pg. 123. 



272 Keligión del Impeeio de los Inoas 

que coloca una sobre el montón, pone un día 
sobre él. 

En Pun, en la misma isla, hay un mon- 
tón de frutas de varias clases. Todo extran- 
jero que pasa, recoge una en el camino y la 
arroja en el montón. Tanto este carín, como 
el anterior, son peculiares de los pueblos en 
que se encuentran, a cuyos moradores agrada 
que se observe la antigua usanza, pues demues- 
tra el número de visitantes que ha tenido la 
población (1). 

¿Trátase de genios locales, que es preciso 
cubrir, para poder pasar? Temerario sería el 
asegurarlo. 

El camino que va de Yaluwa a Motlav, 
pasa entre dos grandes piedras. Los viajeros 
que van a Yaluwa, tocan la piedra de la de- 
recha, diciendo: «Permite que Yaluwa esté 
cerca y Motlav lejos». Los que van en sen- 
tido opuesto, hacen otro tanto con la otra pie- 
dra, pidiendo hallarse próximos al fin de su 
jornada (2). 

Tócanos ahora ocuparnos en otra clase de 
carines, que sorprenden y parecen inexplica- 



^1) Codringion, The Melanesian, Oxford, 1891, pg. 185. 
'2) Codringfon, Loco cit. 



Las Apaohitas 273 

bles, cuando, por primera vez, se los examina, 
puesto que difieren notablemente de los hasta 
aquí estudiados. 

Los Basutos, que sienten hambre y ven 
a lo lejos el humo de un kraal, en donde 
mora el amigo que van a ver, temiendo que 
éste haya tenido aquel día más apetito que 
de ordinario y no encontrar comida a su lle- 
gada, se detienen ante uno de los carines, que 
hay a la vera de los caminos y, tomando una 
piedra, escúpenla y pónenla en el montón, con 
lo cual creen estar seguros de quo, al fin de 
la jornada, no les faltará el ansiado alimen- 
to (1). 

En todo el país de los Kafires, se encuen- 
tran pequeños montones de piedras, junto a 
los caminos. Los aborígenes, al pasar, depo- 
sitan una piedra, después de escupir en ella 
y murmuran una corta oración. Los natura- 
les son muy varios en la explicación de esta 
costumbre: a veces, dicen que asegura hallar 
comida en la próxima vivienda, o que impide 
que los alimentos se cocinen antes de la lle- 
gada del huésped (2). 



(1) Casalis, Les Basutos, Paris, 1859, pg. 288. 

(2) Dudley Kidd, Tbe esaential Kafir, London, 11)04. 
HeUgión del Imperio de loa Incas 18 



274 Religión del Imperio de los Incas 

Según otros, son estos carines testimonios 
de que, al salir del Kraal, no intentan aban- 
donarlo, sino que ^nensan volver pronto a la 
morada; aseguran también, que al depositar una 
nueva piedra en el montón, consiguen un feliz 
viaje (1). 

En Bechunalaud, los viajeros colocan una 
piedra entre las ramas de un árbol, o ponen 
yerba en en el camino, para encontrar qué 
comer en el próximo kraal (2). 

Los Australianos, para que el sol no se 
oculte, hasta que ellos lleguen a su casa, ponen 
una piedra en la horquilla de un árbol, situa- 
da al Occidente. Lo mismo hacen los Gobos 
de la tribu de Bahr-el-Ghazal (3). 

Oogolludo nos cuenta que, cuando un yu- 
cateco caminaba a la puesta del sol y temía 
llegar de noche al pueblo donde iba, encajaba 
una piedra en el primer árbol que hallaba, 
para que el sol no se pusiese tan presto (4). 

Posible es que la explicación de algunos 

(1) Tleming, Kafraria aud its inliabitaus London, 1853, 
pg. 113. 

(2) Díidley Kidd, Op. cit. 

(3) Frazer (J. G.), The Golden Bongh Vol. I, [The Magic 
Art and the evolution of kings], pg. 818, London, 1913. 

(4; López Cogolludo ¡Diego), Historia de Yucathan, Ma- 
drid, 1688, pg. 183. 



Las Apa chitas 275 

de estos hechos, sea la misma que la de aque- 
llos carines, en que se espera obtener buena 
ventura, fácil viaje o reposo; y que se atribu- 
ya el exceso de hambre a un mal espíritu, 
residente en el sitio, o más bien, que desean- 
do llegar pronto a un lugar, se trate de im- 
pedir los retrasos que puedan causar los ge- 
nios mal intencionados del camino, sepultán- 
dolos bajo los montones de piedras. 

Mas esta interpretación, no es aplicable alo 
observado en Bechunaland, en Australia, entre 
los Golos y Mayas, acerca de los cuales opina, 
con mucha razón, Frazer, que los actos de és- 
tos son de magia imitativa, fundándose, para 
afirmarlo, en la práctica australiana, de seña- 
lar las horas del día, colocando guijarros en 
los árboles, a diferentes altaras, sogúa la ele- 
vación del sol (1). 

Dada la importancia que tienen las apa- 
chitas en la religión del Perú y el lugar que 
ocupan en todos los libros, en que del Impe- 
rio de los Incas se trata, hemos querido que 
la enumeración antecedente, sea lo más com- 
pleta posible, sobre todo, dada la variedad de 
opiniones de los autores, sobre el fundamento 

íl) Frazer, Loco cit. 



276 Eeligión del Impeeio de los Iiíoas 

de esta clase de monumentos j el no encon- 
trar nosotros ninguna de las teorías, que nos 
eran conocidas, satisfactorias. 

Ahora, basados en el considerable núme- 
ro de Lechos acumulados, podemos, con algu- 
na probabilidad de acierto, exponer brevemen- 
te el porqué del rito, según el cual todo pa- 
sante arroja piedras en un lugar determinado, y 
las variantes j modificaciones que ha sufrido 
esta sencilla usanza, con el andar de los tiem- 
pos y la evolución de las ideas religiosas. 

Xacida en aquellas épocas primitivas, en 
las que el concepto de divinidad era aún muy 
oscuro y en las que andaban confundidas las 
nociones de magia y religión, y cuando toda- 
vía no se había marcado netamente la línea 
que separa lo santo de lo impuro, y ambas 
entidades se encontraban aún en embrión en 
la idea de sagrado; la práctica de amontonar 
piedras en un sitio, estaba basada en el deseo 
de mantener cubierta la fuerza mágica, cuyos 
misteriosos efectos se temía. 

En aquellos pueblos, en los que el pro- 
greso se verificaba; en los que, por obra de 
clases dirigentes, dotadas de actividad y talen- 
to, las ideas abstractas y los conceptos meta- 
físicos iban penetrando en las masas popula- 



Las Apachitas 277 

res, la antigua costumbre, según los casos, tro- 
cóse en un acto de defensa, lapidación del de- 
monio, o en un tributo de veneración y res- 
peto a un poder, que, así como es benigno con 
aquellos que le son gratos, podía castigar y 
herir a aquellos que le habían irritado. O 
bien, coincidiendo el acto de arrojar la piedra 
o palo con una disminución de fatiga, cuando 
ya no era corriente el atribuir un espíritu a 
las montañas o cuando la creencia en este ge- 
nio sólo ocupaba un lugar secundario, olvidó- 
se, más o menos completamente, de la noción 
primitiva y juzgóse que la fatiga disminuía, 
arrojando la piedra, y supúsose que tal acon- 
tece, porque la piedra llevaba encarnada el 
cansancio. 

Mas no de un salto, pasó la Humanidad 
de las vagas y hermosas concepciones primeras, 
a las precisas y nítidas ideas de los pueblos 
modernos: entre ambos extremos encuén transe 
mil estados intermediarios. Así, cuando la va- 
guedad de las ideas primitivas ha desapareci- 
do, para dar plaza al antropomorfismo más o 
menos exclusivo, juzgóse que no sería inútil 
precaución, tratar de obtentT gracia ante el es- 
píritu, residente en el lugar, en que se arro- 
jaban las piedras, por si la tapa que se le po- 



278 Ebligión del Imperio de los Ínoas 

ne, o la piedra, con que trataba de amedren- 
társele, no faesen suficientes, entonces procú- 
rase establecer entre el genio y el viajero, 
cierta consanguinidad y parentesco o de en- 
tregarle una parte de sí mismo, para que con 
ella se distraiga y entretenga, mientras el pa- 
sante se aleja y se pone al abrigo de sus ata- 
ques. Cuando así se juzga, es cuando se escu- 
pe en la piedra o se la pone en contacto con 
la persona, frotándosela al cuerpo o empleando 
algún procedimiento semejante. 

Si se cree que en el sitio reside un espí- 
ritu poderoso ; si, teniéndolo por peligroso y 
maligno, se juzga que, dirigiéndose a él con 
las debidas fórmulas, se puede obtener su 
auxilio, ¿no será natural el que, tomando las 
convenientes precauciones para acercarlo, esto 
es, impidiendo su inmediata emanación, acu- 
dan a él los que tal juzgan, rogándole les 
conceda tal o cual favor? Proceder de esta 
manera es obrar muy en conformidad con la 
mentalidad primitiva; y así se explica cómo 
estos lugares, originariamente de terror, lle- 
guen a recibir cierta adoración y culto. 

La sencillez de esta usanza, la facilidad 
para practicarla y, sobre todo, su poco costo, 
han sido causas para que perdure y se perpe- 



Las Apaohitas 279 

túe en pueblos, en el que el estado religioso, de 
que se originó, ha desaparecido completamente, 
y en que aún el vulgo posee nociones de teo- 
dicea, incompatibles con proceder tan primi- 
tivo, como es el de tapar o lapidar a un es- 
píritu, para librarse de sus ataques. Sólo mer- 
ced a estas cualidades, el rito en referencia, 
ha podido sobrevivir en épocas de evolución 
adelantada, sin ser perseguido y prohibido, por 
los ministros de cultos más avanzados. 

Así, las apachitas peruanas, prohibidas 
por el Segundo Concilio Provincial, reunido en 
Lima, hanse conservado hasta nuestros días, y 
aún en numerosas ocasiones, al montón paga- 
no se ha añadido una cruz y convertídose en 
lugar de devoción (1). 



(1) En el antiguo camino de a caballo, que de Quito con- 
ducía al santuario y pueblo de Guápulo, existía, hasta hace 
algunos años, una cruz, a cuyo píe los peregrinos arrojaban pie- 
dras. La tradición, según nos fué narrada, relacionaba este 
sitio con cruentas penitencias de un obispo muy devoto de la 
Virgen del lugar, quien se disciplinaba al pie de la cruz, has- 
ta bañar la tierra con su sangre. Ignoramos si exista aún la 
cruz; seguramente su importancia habrá disminuido a causa 
de la nueva carretera, que pasa bastante apartada de dicho 
lugar. Años más tarde, cuando lo visitamos, la cruz habia 
desaparecido, carcomida por la humedad y el tiempo; veíase 
tan sólo el pedestal, que era de piedra, y algunos guijarros 
amontonados. En Elón-pata, cerca de Guano, (Provincia del 



280 Religión del Imperio de los Ínoas 

Llegó a tal punto esta singular amalga- 
ma, cuando, por móviles fáciles de com- 
prender, se quería liallar restos de cristianis- 
mo, o por lo menos, creencias monoteístas 
entre los aborígenes del Perú, que autor tan 
perspicaz, práctico conocedor de las idolatrías 
de los indios y de las supercherías de que 
éstos se valían, para perseverar en ellas, como 



Chimborazo — Ecuadoi* ) hay en el camino de Penipe, una gran 
cruz, que es una apachita muy venerada. 

En Alacaú, (^Guano) hay una cruz de piedra, de aspecto 
muy antiguo, que es una apachita famosa, y junto a ella, hay 
un trilito, en que los pasantes depositan sus ofrendas. Kumi- 
cruz de A.lacaú, tiene su fiesta anual muy concurrida. 

cEn los pasos peligrosos y difíciles, los viajeros encuen- 
tran a lo largo del camino, grandes montones de piedi-as, depo- 
sitadas una a una por los indios, para que no les suceda nin- 
guna desgracia. Estos montones, existen en los puntos culmi- 
nantes del camino, que de Cuenca va hacia el Norte, en el 
temible paso del Azuay, llamado «Tres cruces» o Quimsa 
cruz, y en el camino de Cuenca al Naranjal, en el sitio llama- 
do Cajas. Junto a estas piedras, hay también pequeñas cruces, 
hechas con la paja del páramo ; la usanza pagana se ha cris- 
tianizado, pero la intención que guía a las gentes se conserva 
la misma. — Rivef, Le Christianisme des Indiens de la Republi- 
que de l'Equateur.— L'Antropologie, Vol. XVII, pg. 90, París, 
1906. 

En Salta (Argentina) existe también un lugar llamado 
Tres-Cruces, en donde hay una cruz, y en ella, en lugar de 
depositar piedras, an-ojan los viajeros crucesitas hechas con 
dos palitos atados con un hilo. Amhrosetti, Supersticiones y 
Leyendas Argentinas, Buenos Aires, 1917, pgs. 180-183. 



Las Apachitas 28i 

el Visitador Avendaño, no vaciló en afirmar, 
desde la Cátedra Sagrada, que los antiguos 
hechiceros, sin conocer quién daba fuerza a 
los caminantes, llamaron a tan benigno ser, 
Apachec, y que identificase esta flamante divi- 
nidad con el Dios desconocido, cuyo altar en- 
contró San Pablo, y que el Apóstol identificó 
con Jesucristo, criador del cielo y de la tierra, 
y aseverase que, por esta razón, los Españoles 
pusieron cruces en las Apachitas, para que los 
indios las adorasen y reverenciasen, cuando, 
junto a ella, transitaran (1). 



(1) De la misma manera los hechizeros, no conocieron, 
ni supieron quien era el Dios que ayudaba y daba fuerzas a 
los caminantes, que lleuan cargas sobre sus hombros, y sin 
conocerlo lo llaman Apachecc, que quiere dezir el que ayuda 
a llenar la carga, y a este x^pachecc, le ofrezían coca masca- 
da, o mayz mascado, plumis, o calcados viejos, o las guaracas 
con que se atan la cabeca, o le ofrezían vna piedra pequeña, 
y hasta agora se ven en los caminos estos montones de piedras 
ofrezidas a esta Huaca no conocida. 

Oydme con atención; y sabréis quien es este Apachecc, 
que da las fuerzas para lleuar las cargas. Sabed hijos, que 
quando el Apóstol San Pablo andana predicando, y enseñaua 
a los hombres, qne Jesu Christo nuestro Señor era Dios ver- 
dadero, llegó a vna ciudad llamada Aeropago, y vio en el tem- 
plo vn altar en que estauá escritas estas palabras: Ignoto Deo: 
al Dios no conocido. Y entonces el Apóstol dixo : Este Dios 
que vosotros no conocéis es el que yo os enseño, este es Jesu 
Christo nuestro Señor, este es el que crió el cielo, y la tierra. 
De la misma manera hijos, este Apachecc, que vuestros abue- 



2^2 Ebligión del Impbeio de los Incas 

Boman encontró en Susques, Puna de Ju- 
juy, una apachita, junto a la cual se había cons- 
traído una capillita de adobes, en la que es- 
taba la imagen de un Santo, y, según el guía 
que le acompañaba, los apachitas pueden estar 
dedicados a un Santo o a Pachacama (1). 

Conocemos un caso análogo en el camino, 
por donde antiguamente, se iba de Pomasqui 
a San Antonio (Provincia de Pichincha). En 
una vuelta de la ruta, encontrábase una capi- 
lla de la Virgen, en cuya capilla, muy ordi- 
nariamente, ardía una lámpara; todos los via- 
jeros arrojaban allí guijarros. 

Si algo pudieran enseñarnos estos ejem- 
plos, fácil sería multiplicarlos, indefinidamente. 
Basten los anotados, para demostración de la 
supervivencia del uso pagano y de su forzada 
adaptación al Cristianismo, debida no sólo a 



os no conocieron. Este que dá fuerzas para Ueuar las cargas 
es Jesu Christo nuestro Señor, 5^ por esso los Españoles han 
puesto en estos Apachitas la Santa Cruz, ya las habréis visto, 
paraque quando fueredes caminando, y llegaredes a estos Apa- 
chitas, adoréis la Santa Cruz en que murió Jesu Christo nues- 
tro Señor, y le pidáis que os dé fuerzas y os ayude para Ue- 
uar las cargas. AvendaTio^ Sermones en Quichua y Castellano, 
Vol. 1, fol. 55 V. y sig., Lima. 1H49. 

(1) Boman, Antiquites de la Región Andine de la Repu- 
blique Argentine, París, 1908, pg. 424. 



Las Apaohitas 283 

ardides de los indí^^enas, arraigados en sus vie- 
jas tradiciones, sino más todavía a un indis- 
creto celo de parte de muchos europeos y crio- 
llos, y del cual son buena muestra las aser- 
ciones de Avendaño, poco há citadas. 

Encontrábanse, ordinariamente, las apa- 
cbitas en los caminos, al fin de las subidas, y 
eran montones de piedra, en los cuales los ca- 
minantes arrojaban coca o maíz mascado, plu- 
mas de varios colores, hondas, que algunas 
parcialidades empleaban en el tocado, ojotas 
viejas, trapos, soguillas o manojillos de la 
paja del páramo, llamada ichu, y, más fre- 
cuentemente, una piedra, a veces, de propor- 
ciones considerables, que, en alguna ocasión, 
traían en hombros un buen rato (1). 

(1) Quando suben algunas cuestas o cerros, _ponen en el 

carín) coca, o maíz mascado ojutas.-.o la Huaraca, o unas 

soguillas, manoxillos de hicho, o paja o ponen otras piedras pe- 
queñas encima y con esto dicen que se les quita el cansancio. 
A estos montones, suelen llamar Apacliitas. Arriaga, Extir- 
pación de la Idolatría, Lima, 1621, pg. 37. 

Al pasar por las Apachitas y algunas otras guacas, les so- 
lían echar por ofrenda coca mascada, plumas de varios colores, 
y cuando no se hallaban con otra cosa les arrojaban el calzado 
viejo, un trapo o una piedra, y destas piedras asi ofrecidas 
vemos hoy muchos montones en los caminos. Hacían esta 
ofrenda cuando iban caminando, porque las dichas Guacas los 
dej asen pasar, y les diesen fuerzas ; y asi decían que los co- 
braban con esto y cuando otra cosa no tenían les daban otra 



284 Religión del Imperio de los Ínoas 

Los moradores de la Puna de Jujuy, nun- 
ca dejan de hacer una oferta en las apachitas, 

ofrenda tan ridicula como las referidas, y era que arrancán- 
dose las pestañas o cejas les ofrecían. Coho, Historia del Nue- 
vo Mundo, Sevilla, 1894, Vol. IV, pgs. 82 a 85, 

Otros quando van camino echan en los cerros, o Apachitas, 
o rimeros de piedras, cal9ados viejos, coca, maiz mascado, plu- 
mas y otras cosas, pidiendo les dexen passar en saluo, y les 
quiten el cansancio. Avendaño, Sermones en Quichua y Cas- 
tellano, Lima, 1649, Vol. II, ff. 33. 

CAP. XXI. 

De lo que hazian los Indios, quando caminauan, y las cosas 
que adorauan. 

Cosa fue muy usada en todo el Piru, adorar los Indios, 
cerros, piedras, peñascos, arboles, manantiales y lagunas, y 
algunas, y qualquiera cosa notable, que en los caminos se en- 
contrauan, y a cada cosa destas ofrecían sacrificios. En este 
pueblo de Copacabana, que fué cabe9a de idolatría, y donde 
mas se ofendió a Nuestro Señor, por ser grande los ritos, y 
supersticiones que en el se hallaron, vuo gran númro de Apa- 
chetas, que para declarar que sean, se a de notar, vsauan los 
Indios, y oy en muchas partes, no lo an oluidado muchos, y 
en particular los viejos, que quando van camino, echan en lo 
alto de algún cerro, o encrucijadas, algunas piedras, donde halla 
algún montón dellas, y antes de llegar a semejantes lugares, 
van con algún temor, y deuoción, pidiendo al cerro fauor, y 
passaje próspero. A estos promontorios, y rimeros de piedras 
llamauan Apachetas, y suele ofrecer el cal9ado viejo, (que 
llamaun ellos ojotasi, coca plumas y otras cosas ridiculas, y 
quando mas no pueden, echan vna piedra, y la suelen llenar 
vn buen rato en hombros, hasta llegar al lugar donde se á de 
poner, y todo esto que echauan era ofrenda para pedir nueuas 
fuer9as al demonio. Yera tanta la ceguera destos miserables 
Indios, que por semejante acto creyan, que cobrauan aliento, 



Las Apaohitas 285 

como sus antecesores precolombinos; mas em- 
plean, con este fin, muy a menudo, aguardien- 



y vigor, y muchos esta tadavia en esta ceguera. Deste rito y 
cerinaonia, hace menció el Concilio Límense segundo, parte 
2, cap. 29. 

Por todos los caminos del Piru, y en particular de los de 
la sierra, se hallan grandes rimeros de piedras ofrecidas al de- 
monio. Eamos Gavilán, Historia del Santuario de Copacabana, 
Lima, 1621, pgs, 104 y sigts. 

Los Serranos vsan quando van camino echar en los mis- 
mos caminos, o encrucijadas, enlos cerros, o en rimeros de 
piedras (que según ya queda dicho se llaman Apachitas) o en las 
peñas, y cueuas o en sepulturas antiguas calcados viejos, plu- 
mas, coca mascada, o mayz mascado, y otras cosas pidiendo 
que los dexen passar en saluo, y les quiten el cansancio del 
camino, y les den fuerzas para caminar. «Confessionario para 
los Curas de Indios. — Instrución Lima 1585. — Fol. 1. Núm. 8. 

Si ban caminando algún viaje largo ban comiendo coca 
(que son hojas de un árbol mediano que se coge en los An- 
des) y en llegando a alguna abra que llaman Apachita de don- 
de se descubre otra tierra en aquel lugar oífrecen coca que 
lleban en la boca y los que no la comen offrecen lo que tie- 
nen como es alguna macorca de maiz copa que son chaqui- 
ras, oro y plata y el que no tiene nada desto ofrece una pie- 
dra, o leño, y guardan esta ceremonia con tan gran rigor y 
exacción que no se atreueran a pasar adelante de la Apachita 
sin auerla hecho, por que de lo contrario tienen por cosa cier- 
ta que no bolberan por aquel camino y que quando quieran la 
apacheta que adoran por huaca no los dexara passar. Oliva 
(Anelloj, Historia del Perú. — Lima 1895, pg. 132». 

En estos y otros tiempos, i semejantes caminos, guardan 
por el mesmo fin i respeto una ceremonia luciferina, por que 
tienen algunos cerros i piedras conocidamente a donde reparan 
i toman huelgo; alli azotan los pies con paja, y de la coca que 
llevan para comer ofrecen aquel lugar, arrojándolo en el aire 



286 Eeligióx del Impeeio de los Incas 

te, que no conocían, antes de la Oonqnista, 
con el cual asperjan el montón, cuando en él 

para del todo despedir el cansancio i tomar nuevas fuerzas pa- 
ra el trabajo. 

Atienza ^Lope'de). — Compendio historial del estado de los 
indios del Piru.~ 1571 -1574. 

Quando iban de camino, echaban en las encrucijadas, i en 
los cerros, cal9ado viejo, Plumas, coca mascada y alguna Pie- 
dra, como por ofrenda, para que puedan pasar y cobrar fuer- 
zas. — Herrera, Historia General de los Hechos de los Castella- 
nos, Decada Quinta, Madrid, 1728, pg. 90. 

íLos indios) aun hoy (mediados del siglo XVHI) ofrecen 
como victima siempre que pasan, para facilitar el transito al- 
guna pequeña piedra en la cima del cerro donde van formando 
varios competentes montones. Merizalde y Santistéban, Rela- 
ción Histórica Política y Moral de la ciudad de Cuenca en 
Tres tratados de América, Siglo XVHI, Colección de libros 
raros o curiosos qne tratan de América, Yol. XI, pg. 65, Ma- 
drid, 1890. 

Musters (George Chaworth), Notes on Bolivia to accompa- 
ny Original Maps. The Journal of the Royal Geographical So- 
ciety, Vol. XLVIl, London, 1877, pg. 211. 

Nordetiskiold íErland), Travels on the Bounderies of Bo- 
livia and Argentine. The Geographical Journal, Vol. XXI, 
pg. 518, London, 1903. 

Fortes (David), On the Aymara Indians, of Bolivia and 
Perú (The Journal) of the Ethnological Society of London 
Vol. IT, pg. 238, London, 1870. 

Marcoy, Voyage de l'Ocean Atlantique a l'Ocean Pacifique 
a travers l'Amerique du Sud. Le Tour du Monde, Vol VI, 
pg. 277, Paris, 1868. 

Weddel, Voyage dans le Nord de la Bolivie et dans les 
parties voisines du Perou, París, 1853. 

Ambrosetti, Supereticionee y Leyendas Argentinas, Buenos 
Aires, 1917, pg. 180 a 188 



Las Apaohitas 287 

no fijan una banderita, formada por nn palo, 
al cual atan un poco de lana roja, con la que 
adornan también a sus ganados, en honor de 
Pachamama (1). 

Las piedras que añaden a estos carines, pe- 
san, en ocasiones, hasta 10 kilogramos y no es 
raro que las lleven desde distancias nada insig- 
nificantes (2). 

En otras partes del antiguo Perú, las apa- 
chitas están siempre adornadas con flores fres- 
cas, que los caminantes toman en el camino 
y colocan en el carín (3). 

En algunos altos, en tiempo de su gen- 
tilidad, los Peruanos colocaban, en los mon- 
tones de piedras, flechas ensangrentadas y, de 
vez en cuando, pedazos de oro, de plata, o 
cabellos (4). 



(1) Boman, Antiquités de la Región Andine de la Repu- 
blique Argentine etc., París, 1908, pg. 487 

Nordenskiold (Erlandi, Travels on the Bounderies of Bo- 
livia and Argentine. The Geographical Journal, Vol. SXI, 
pg. 518. 

(2) Boman, Op. cit., pg. 487. 

(3j Marcoy, Voyage de l'Ocean Atlantique a l'Ocean Pa- 
cifique a l'Amerique du Sud. Le Tour du Monde, Yol. VI, 
París, 1862, pg. 227. 

Í4) Cada vez que sobian algún puerto de nieve o frío, en 
las cumbres tenían un gran montón de piedras, como por al- 
tar y en algunas partes puestas allí muchas ensangrentadas 



288 Eeligión del Imperio de los Incas 

Esperaban, observando este rito, librarse de 
la fatiga y obtener nuevo vigor, para continuar 
el viaje (1). Mas no sólo esto creían, ya que 
al acercarse a los lugares, en que había un 

monumento de éstos, y a los que tenían tanto 
respeto, hay autores que afirman que les ren- 
dían adoración (2) e iban con gran silencio, 



saetas, y alli ofrecían de lo que llevaban. Algunos dejaban 
alli pedazos de plata, otros de oro, otros pelos de las pes- 
tañas, otros de las cejas, otros de algunos cabellos. Las Ca- 
sas, De las Antiguas gentes del Perú, Madrid, 1892. pg. 99. 

(1) Acosta (J.), Historia Natural y moral de las Indias, 
Sevilla, 1590, pgs. 312 a 316. 

Los riscos y quebradas hondas, los altos y cumbres de los 
cerros y collados, que llamaban Apacbitas : adoraban estos lu- 
gares diciendo que cuando acababan de subir la cuesta arriba 
y llegaban a lo alto descansaban alli de la subida. Cobo; His- 
toria del Nuevo, Mundo Sevilla, 1890, Vol. III, pgs. 343 a 346- 

Id. Vol. IV, pgs. a 82 a 85 y 86 a 89. 

Arriaga, Extirpación de la Idolatría, Lima, 1621, pg. 37. 

Villagomez, Carta Pastoral de Exhortación contra las ido- 
latrías del Arzobispado de Lima, Lima, 1649, pregunta 20. 

Avendaño, Sermones en Quichua y Castellano, Lima, 1649, 
Vol. I, fol. 55, Vol. II, fol. 33. 

Ramos Gavilán, Loco cit. 

(2) Suelen también adorar unos montones de piedras 

y los llaman Apachita. Bertonio, Confesonario muy copioso 
en dos lenguas Aymara y Española, Juli, 1612, pg. 250. 

Coho, Historia del Nuevo Mundo, Sevilla, 1890, Vol. III, 
pgs. 343 a 346 Apachita. Montón de piedras adoratorios de 
caminantes. Diego González HolgnUí, Vocabulario de la lengua 
general del todo el Perú llamada lengua qquichua o del Inca, 
En los Beyes MDOVIIT. 



Las Apaohitas 289 

para no irritar a los espíritus del lugar y su- 
frir la furia del granizo y del viento (1). Es- 
ta creencia ha perdurado hasta nuestros días, 
y aún hay arrieros en el Ecuador que, al atra- 
vesar una cima, van con religioso silencio, pa- 
ra no encolerizar a los vientos. 

Según Nordenskiold, hay pasos por los 
cuales aseguran los indígenas que es imposi- 
ble transitar, sin hacer una ofrenda, y dormir 
junto a uno de estos monumentos, dedicados 
a Pachamama: tiénenlo por muy peligroso (2). 
Los actuales moradores de la Puna de 
Jujuy, piden a estos hacinamientos, buena ven- 
dí Tenían por costumbre caminar por allí (por las Apa- 
chitas) con gran silencio; porque dicen que si se hablan, se 
enojarán los vientos y echarán mucha nieve y los matarán. 
Los Casas, Antiguas gentes del Perú, Madrid, 1892, pg, 99. 

Observando al mismo tiempo (al acercarse a las apachi- 
tas) notable silencio para no ser sentidos y dar con el bullicio 
motivo a la furia del granizo y nevada. Merizalde y Santis- 
teban, Relación Histórica, Política y Moral de la ciudad de 
Cuenca. Tres tratados de América. Siglo XVIII, Colección de 
libros raros o curiosos que tratan de América, Vol. XI, Ma- 
drid, 1894, pg. 65. 
Acosia, Loco cít. 

Cobo, Op. cít., Vol. IV, pgs. 82 a 85 y 86 a 89. 
Avendww, Op. cít., Vol. II, f. 33. 
Ramos y Gavilán, Loco cít. 

(2) Nordenskiold, Travels on the Bounderies of Bolivia 
and Argentino. The Geographical Journal, Vol. XXI, Lon- 
don 1903, .pg.. 518. 
Religión del Imperio de los Incas 



290 Eeligión del Imperio de los Incas 

tura y la fórmula con que los invocan y cu- 
ya moderna data se evidencia por sus muchos 
españolismos, es según Boman: 

Tata Apacliita, caipucamillmahiian caioja- 
cocJiachur ospedaslíaiTíe. Yauarpamay tticui di- 
ligenciaype. Padre Apachita con esta lana co- 
lorada te hospedo. Yen a ayudarme en todos 
mis trahajos (1). 

Mas no sólo había apachitas en las cum- 
bres de las montañas, por donde pasaba una 
ruta, sino también a lo largo de los caminos 
y en las encrucijadas (2) y, lo que es más sig- 
nificativo, en tumbas y en otros lugares sa- 
grados (3). Así, sabemos, por Oalancha, que 

(1) Boman, Anti quites de la Región Andine de la Repu- 
blique Argentina, Paris, 1908, pg. 487. 

(2r Vfan quando van camino, echar en los mismos cami- 
nos o encrucijadas, en los cerros y principalmente en las cum- 
bres que llaman Apachitas, calzados viejos y plumas, coca 

mascada y quaudo no pueden mas siquiera una piedra, y 

todo esto es como ofrenda para que les dexen passar y les 
den fuercas. Acosfa, Historia Natural y Moral de las Indias, 
Sevilla, 1690, pgs. 312 a 316. 

Tenian hechos grandes montones de piedras, así eu los 
dichos Apachitas como en las llanadas y encrucijadas de loa 
caminos a los cuales también hacían reverencia y ofrendaban. 
Cobo, Historia del Nuevo Mundo, Sevilla, 1890, Vol. III, pgs. 
843 a 346. 

Hamos Gavilán, Loco cit. 

(8) Abí mismo era por via de salatación el sacrificio li- 
gero que en el capitulo precedente queda dicho que ofrecían 



Las Apaohitas 291 

jnnto a la piedra Alecpong, que era adorada, 
había nn carín (1); y la usanza de amontonar 
guijarros sobre el lugar, en que ha acontecido 
una muerte trágica, se conserva hasta hoy (2); 
de ello podrían citarse muchos ejemplos en la 
Sierra del Ecuador. Así mismo, escupían coca 
y maíz mascado, u otras cosas parecidas, en 
grandes piedras hendidas (3). 

Cuando la cabeza colosal de Tiahuanaco, 
que ahora está en el Museo de^ la Paz, se ha- 
llaba en Oollo-Oollo, los arrieros, al pasar, 
le arrojaban un puñado de lodo, para defen- 
derse de las inflencias nocivas de la estatua (4). 



a las Apachifos, cuando por ellas pasaban, a las sepulturas y 
a otros adoratorios, arrojándoles Coca mascada, Maíz y otras 
cosas, pidiéndoles les dejasen pasar en paz, les r|nitasen el 
cansancio del camino y diesen fuerzas para acabarlo. Cobo, 
Historia del Nuevo Mundo, Yol. IV, pg. 86. 

(1) Calancha, Chronica Moralizada, Yol. I, Barcelona, 
1653, pg. 553. 

(2) Musfers (George Charwcrth» , Notes on Bolivia accom- 
pany Original Maps. The Journal of the Royal Geographical 
Society, Yol. XLYII, pg. 211, London, 1877. 

(3) Si quando van camino an echado, o echan en las cum- 
bres altas, o apachetas donde llegan, o en piedras grandes hen- 
didas coca mascada, o maíz mascado, o otras cosas escupiéndo- 
las, o pidiéndoles que les quiten el cansancio del camino. Vi- 
llagómez. Carta pastoral de extirpación de las idolatrías del 
Arzobispado de Lima, Lima, 1640, pregunta 20. 

^4) TTieiier, Perou et Bolivie, Parie, 1880, pg. 420. 



292 Eeligión del Imperio de los Incas 

Más curioso es aún el sacrificio que los 
subditos de los Incas, hacían janto a los apa- 
chitas, arrancándose pestañas o cejas, y, po- 
niéndolas junto a los labios, las soplaban en 
dirección al sol, como tributo a los espíritus 
del lugar, a las montañas, a los vientos, o a 
sns dioses mayores, tales como el Sol y el 
Trueno (1). 

En ciertos lugares de la Sierra del Ecua- 
dor, los indios para conseguir el favor de la 
montaña, hacen un nudo de paja (2). 



(Ij Otra ofrenda no menos donosa vsan que es tirarse pes- 
tañas, o cejas, y ofrecerlas al Sol y a los cerros y apachitas, 
a los vientos o a las cosas que temen. Acosta, Historia Natu- 
ral y Moral de las Indias, Sevilla, 1590, pg. 316. 

Otros se quitan las cexas y pestañas, y las ofrencen al 
Sol, y a los cerros, y al trueno. AvendaTio, Sermones en Qui- 
chua y Castellano, Lima, 1649, Vol. 11, f. 33. 

De otra ofrenda no menos donosa vsauá estos Indios, quá- 
do passauan por los Apachetas, que era tirarse de las pestañas 
o cejas, y poner lo que dellos arracauan junto a la boca al- 
eado el rostro al Sol, y con vn soplo arrojarlas en alto, ofre- 
ciéndolos a los cerros, o a los Apachetas, o a aquellos Dioses, 
que en mayor veneración tenían. Ramos y Govilán, Historia 
del Santuario de Copacabana. Lima, 1621, pg. 104. 

Forhes, On the Aymara Indians of Solivia and Perú (The 
Journal of the Etnological Society of London, Yol. II, pg. 
283, London, 1870. 

(2) Rivet, Etude sur les Indies de la Región de Riobara- 
ba, Journal de la Sociétó des Americanistes de Paris n. 8, 
Vol. I, PaFk, 1903, pg. 78. 



i/AS APAOHITAS 293 

Para formarnos cabal idea de lo que eran 
los apachitas, será bueno recordar aquellos ca- 
sos particulares, mencionados por los antiguos 
cronistas, comenzando por los que se encon- 
traban a la salida del Cuzco, que nos son co- 
nocidos, merced al catálogo de las huacas de 
esa ciudad, hecho por O n degardo, y que, gra- 
cias a Cobo, ha llegado hasta nosotros. 

Comenzando por Antinsuyo, encontramos 
que la tercera huaca del primer ceque, era 
Chiripacha (chiri = frío, pacha = tierra, esto 
es, chiripacha = tierra de frío), que estaba al 
principio del camino de CoUasuyo ("?), y a la 
que sacrificaban los pasantes, para tener buen 
viaje (1). 

La décima del segundo ceque de la misma 
dirección, apellidada Macay calla (macay = pe- 
gar, aporrear, kallay = principiar), era un paso 
entre dos montones (2). 



(1) La tercera Guaca era una piedra grande llamada Chi- 
ripacha, que estaba en el principio del camino de Collasuyu; 
ofrecíanle cuantos pasaban por dicho camino, porque les suce- 
diese bien el viaje. Coho, Historia del Nuevo Mundo, Sevilla, 
1890, Vol. IV, pgs. 6 a 47. 

'% La décima se llamaba Macaycalla: era un llano entre 
dos cerros, donde se pierde de vista lo que está destotra parte 
y se descubre la otra de adelante, y por sola esta razón lo 
adoraban. Coho, Loco cit. 



294 Ebltgión del Imperio de los Incas 

La novena guaca, del tercer ceque de An- 
tinsuyo, era Yuncajcalla (yuncuy = calentar, 
kallay 1= principiar, esto es: yancaycalla prin- 
cipia a calentar), especie de puerta, desde don- 
de pierde de vista al Cuzco, aquel que va ha- 
cia Chita y en la cual había guardianes, que 
vigilaban a los que entraban y salían de la 
ciudad. Ofrecíanle coca los viajeros (1). 

La séptima del sexto ceque, de la misma 
dirección, era, como la anterior, el lugar de don- 
de se dejaba de ver al Cuzco, y Uámanla Cu- 
ravacaja (korpachaj = el que hospeda). Había 
allí un león muerto, cuyo origen, desgraciada- 
mente, ignoramos (2). 

Cachicalla, séptima huaca del octavo ce- 
que de Continsuyo (cachi == sal, kallay = prin- 
cipiar, esto es, principia la sal), era un paso 
entre dos montes, en donde los caminantes 



(1) La novena Guaca se nombraba Yuncaycalla: es una 
como puerta donde se ve el llano de Chita y se pierde la vista 
del Cuzco ; allí había puestas guardas para que ninguno llevase 
cosa hurtada. Sacrificábase por los mercaderes cada vez que 
pasaban, y rogaban que les suscediese bien en el viaje, y era 
coca el sacrificio ordinario. Cobo, Loco cit. 

(2) La sétima se decía Curavacaja, es un altozano, cami- 
no de Chita, donde se pierde de vista la ciudad, y estaba se- 
ñalado por fin y mojón de las Guacas deste Ceque. Tenían alli 
un León muerto y contaban su origen, que es largo. Coho, 
Loco cit. 



Las Apaohitas 295 

hacían el sacrificio acostumbrado en semejan- 
tes sitios (1). 

La sexta huaca del mismo camino y del 
octavo ceque, era 31ascataurco , mascay = bus- 
car, ta = partícula de acusativo, orko = cerro; 
esto es: a la busca del cerro), lugar de donde 
se perdía de vista el Cuzco (2). 

La décima liuaca del ceque de Oootinsu- 
yo, llamábase Cavadcalla o, más probablemen- 
te, Korpachaj (el que hospeda). Era un paso 
entre dos montes (3). 

Y principio de los montes (Urcoscalla), 
orko = cerro, kallay = principiar) decíase el si- 
tio, de donde dejaban de ver la ciudad los que 
se alejaban por la ruta de Ohinchaysuyo, y era 
la novena huaca del octavo ceque de Ohin- 
chaysuyo (4). 

Quizás eran también apachitas aquellos 



(1) La sétima Cachicalla, es una quebrada entre dos ce- 
rros a modo de puerta no le ofrecían otra cosa que la coca que 
ecliaban de la boca los que pasaban. Cobo, Op. cit. 

(2) La sexta, Mascataurco, es un cerro donde se pierde la 
vista del Cuzco por este Ceque. Cobo, Loco cit. 

t3) La décima cuarta Cavadcalla? era una como puerta 
entre dos cerros que está bocia Guacachaca. Cobo, Loco cit. 

(4) La novena Guaca se decía Urcoscalla. Era el lugar 
donde perdían de vista la ciudad del Cuzco los que caminaban 
a Chinchaysuyu. Cobo, Loe. cit. 



296 Eeligióx del Imperio de los Íkoas 

lugares sagrados, llamados Xan y Uxi, de que 
ja hemos tratado anteriormente (1). 

La costumbre de depositar piedras a la 
salida de una población, ordinariamente, en 
el lugar en donde se la pierde de vista, aso- 
ciada con la usanza española de erigir cruces 
en estos lugares, lia subsistido en más de una 
región del antiguo Tiabuantinsuyu. 

Así, en Susques hay cuatro apachitas, 
alrededor del pueblo, correspondientes a los 
cuatro puntos cardinales (2). 

Además de los carines enumerados, ha lle- 
gado también hasta nosotros, la fama de Oon- 
tur Apacheta (carín del cóndor), notabilísimo 
apachita, situado cerca de Sicasica, en país 
aymara (3), y la de Molió Ponco (mollo=: con- 
cha, colorada; ponco = puerta; esto es = puer- 
ta de la concha colorada), paso que conduce 
a Potosí, renombrado adoratorio indígena (4). 

(1) Vide supra, pg. 26. 

(2) Boman, Antiquités de la Región andine de la Repa- 
blique Argentine, París, 1908, pg. 429. 

(3) Y el mas famoso de todos (los montones de piedras), 

llaman Contor Apachita no está lejos de Sicasica. Bertonio, 

Confesionario muy copioso en dos lenguas Aymara y Española, 
July, 1612, pg. 250. 

(4) Molió Ponco, que es la entrada de Potosí muy famo- 
so (^adoratorio) entre todos los Indios. Arriaga, Extirpación 
de la Idolatría, Lima, 1621, pg. 5. 

Adoran a Molió Ponco. Bertonio, Loco cit. 



Las Apaohitas 29f 

Apachita es, según Middendorf, una for- 
ma de acusativo: apachiyta o apachijta, usado 
hoy, como el nominativo de un sustantivo sim- 
ple. Y « como al llegar a la cima de una cues- 
ta, suele descansarse, se llama cada lugar de 
descanso, y aún el lugar del descanso, apa- 
chita» (1); y de allí se originan las expresiones 
apachitata ruray== hacer un descanso; apachi- 
tay ^ descansar; apachita- icuy = descansar y 
hacer colación; apachitaicusunchis== descanse- 
mos y refresquémonos (2), formas, probable- 
mente modernas, ya qne no se las encuentra 
en los antiguos diccionarios. 

En quichua, las voces apay o apau, sig- 
nifican llevar ; apac, el que lleva, cargado, o 
sobre sí o en las manos; apachi, hacer llevar, 
enviar; apachyg, el enviado; apachicu, en- 
viar regalos; apachina, que ha de ser envia- 
do, el enviadizo; apachini, dejar o hacer lle- 
var; apachipu, enviar algo a alguien, volver 
a enviar, devolver; apachitamuy, mandar a 
alguien para dejar algo de paso en un lu- 



^1) Middendorf, Worterbuch des Runa-Simi oder Kesliua 
Spraclie, Leipzig, 1890, pg. 52. 
(2) Id. id., Loco cit. 



298 Ebligión del Imperio de los Ingas 

gar (1). Lo cual nos induce a creer que, pri- 
mitivamente, la voz apachita, equivale a el en- 
viado (apacliiy = el enviado, ta es partícula de 
acusativo) (2). 

El examen que acabamos de hacer de los 
carines del Perú, comprueba plenamente nues- 
tras aserciones sobre el origen y evolución de 
esta clase de construcciones. En efecto, vemos 
que originadas del deseo de impedir un mal, 
cubriendo, sin duda, su fuente, evolucionando, 
se transforman en lugar de descanso o en la 
residencia de un espíritu poderoso, que se tra- 
ta de conciliar, estableciendo entre él y el ca- 
minante, una relación o parentesco, al entre- 
garle éste una parte de sí mismo, tal como 
la saliva, o las pestañas y cejas. 

Mas el primitivo móvil, permanece clara- 
mente visible, en muchos hechos (3), tales co- 



(ll Holguin, Vocabulario de la lengua general del Perú, 
llamada quichua o del Inca. En los Reyes, MDCXIII, pg. 22. 

Tschudi (J. J. von), Die Keshua Sprache, "Worterbucli, 
Wien, 1853, pg. 47. 

Middendorf, Worterbuch des Runa Simi oder der Keshua 
Sprache. Leipzig, 1890, pgs. 49 y 52. 

i2) Holguin, Gramática y arte nueva de la lengua gene- 
ral de todo el Perú, llamada lengua Quichua, Lima, 1607. 
fol. 2. En jíbaro apachita, quiere decir, padrecito. 

(3) Que los antiguos Peruanos opinaban, que en las cum- 
bres y pasos de la cordillera, existían espíritus malignos, lo 



Las Apaohitas 290 

mo el temor de desencadenar tempestades, cre- 
yendo que, sin depositar una piedra en el carín, 
no es posible transitar por tal o cual desfilade- 
ro, y en muchos más, como lo habrá advertido 
el lector. 

Largo ha sido el espacio que, al examen 
de los apachitas hemos dedicado; detención, 
que era indispensable, para esclarecer materia 
tan intrincada y fenómeno que ha ocupado tan- 
to a los que acerca del antiguo Perú han es- 
crito. Mas no creemos que haya sido inútil 
nuestro trabajo, pues nos parece que hemos 
logrado determinar el fundamento y evolución 
del rito de arrojar piedras u otros objetos, 
igualmente vulgares e insignificantes, en luga- 
res determinados, demostrándose una vez más, 
la utilidad del método comparativo, con el que 
nos proponemos analizar, las creencias de los 
subditos de los Incas. 

Antes de terminar este capítulo, es pre- 
ciso que señalemos otra costumbre, observada 



sabemos con seguridad, ya que nos consta que creían que en 
estos lugares se encontraban los Quintas, o almas de los muer- 
tos en las guerras ; y, para defenderse de sus ataques, implo- 
raban a los hircas y ponían una soguilla de bicho, torcida con 
la mano izquierda. Véase Ávendaño, Sermones en Quichua y 
Castellano, Vol. I, fol. 66, Lima, 1649. 



300 Eeligión del Imperio de los Ínoas 

en el Perú por los caminantes, la que, los po- 
cos autores que la recuardan, han descrito 
siempre, juntamente con las apachitas. 

Las tocancas (tokay=: escupir, tokanca = él 
escupirá), eran pedrones situados al fin de las 
subidas y en los que escupían los viajeros, 
para no tener sed y adquirir nuevo vigor (1). 

Muy grato nos sería estudiar prolijamen- 
te, este hecho, analizando aquellos que se le 
asemejan, observados en otros países; pero esto 
demandaría más espacio del que conviene con- 

il) Quando suben algunas cuestas o cerros, o se cansan 
en el camino llegando a alguna piedra grande que tienen ya 
señalada para este efecto escupir sobre ella (y llaman a la pie- 
dra y a la ceremonia Tocanca). Arriaga, Extirpación de la 
Idolatría, Lima, 1621, pg. 37. 

Las piedras que vuestros viejos llaman Ttoccanca, 510 son 
Dios. Los hechizeros dizen, que quando los Indios van cami- 
nando en llegando a la cumbre del cerro donde ai vna placeti- 
11a, y en medio de ella está vna piedra parada, y que alli auian 
de escupir los Indios, y ofrecer la saliua a aquella Huaca, pa- 
ra que no se les seque la boca a los caminantes, ni les falte 
el agua. Este hijos, es vn grande error. Dime, esta piedra 
tiene virtud para humedezer la boca? Si es assi. Dime el me- 
dicamento tiene virtud para curar estando apartado del en- 
fermo? No por cierto. Dime quando tu tienes hinchada una 
pierna, no pones el medicamento encima de la hinchazón? Si 
el medicamento estuuiera lexos, sanaras tu? No. Luego si es- 
ta piedra grande no te la pones dentro de la boca no te qui- 
tará la sed? No echas de ver que lo que dizen los viejos, es 
inuencion del Demonio ; para que adores a essa piedra, y le 
ofrezcas tu saliua. 



Las Apachitas 301 

sagrar a rito, que ocupa Ingar tan secundario 
en la religión peruana j que ha sido, satisfac- 
toriamente explicado por Hartland, quien, des- 
pués de estudiar detenidamente, las usanzas, 
relacionadas con la saliva, opina, de acuerdo 
con Oombie, que están basadas en la crencia 
de que la saliva contiene parte de la vida del 
que la emite, y que escupir en una persona 
es trasmitirle algo de su elemento vital, ya que 
al dar la saliva, le da una parte de sí mismo, 
entregándole una como garantía (1). Lo cual 
aplicado al caso presente, equivale a decir que, 
creyendo congratularse con el genio del lugar, 
para que no les aflija con sed y cansancio, 
escupen en la piedra en que reside, para for- 
mar, entre él y el caminante, confraternidad 
y parentesco. 



yl) Hartland, The legend of Perseus, Vol. 11, pgs. 258 a 
260, Londrea. 



CAPITULO IV 



MONTES ADORADOS 



Taine, perspicaz filósofo y erudito historia- 
dor, aplicando a la crítica del arte y a la 
historia en general, teorías ya conocidas antes 
de él, pero que, entre sus manos de exquisito 
artista y de inflexible lógico, convirtióse en 
un todo armónico y seductor, ha dicho que 
los hechos humanos, son el producto de tres 
elementos : el medio, la raza y la época (1). 
Esta feliz doctrina, demasiado exclusiva y es- 
tricta, cuando se la aplica a los actos de una 
personalidad aislada, ya que, en tal caso, se- 
ría error prescindir del elemento individual, es 
luminosa y veraz, cuando con la debida dis- 
creción y prudencia, se la emplea en la in- 
vestigación de grupos de hechos, suficiente- 



■V Taine, Histoire de !a Literature anglaisee Introdnc- 
tion, Vol. I. 

Originee de la France contemporaine. Introduction. 
Histdire de l'art. - • • . • 



304 EELiaiÓN DEL Imperio de los Iiíoas 

mente, numerosos, para que, oponiéndose y 
contrapesándose, desaparezcan los elementos 
personales y sólo aparezcan los que son gene- 
rales y propios de la colectividad, o de aque- 
llas actividades, que son el producto de todo 
un pueblo. Así teniéndola en cuenta, al exa- 
minar los cultos de los antiguos Peruanos, com- 
prenderemos muy bien la enorme influencia 
que en ellos han ejercido el ambiente y confi- 
guración física del país, en que se desarro- 
llaron. 

Ya que se trata de fenómenos religiosos 
primitivos, que, tanto por pertenecer más al 
reino de lo emotivo que al de lo inteligente, 
y cuanto por su carácter, francamente colec- 
tivo y popular, escapan casi por completo del 
imperio del individuo y del libre arbitrio, 
siendo su elaboración y evolución, obra de la 
masa, cuyos actos tampoco tienen de libres y 
de conscientes. 

De los tres elementos que, según el crí- 
tico francés, determinan la orientación de las 
obras del hombre, ni la raza, ni la época han 
podido ejercer en la religión peruana tanto 
influjo como el ambiente ; puesto que trata de 
nn pueblo, que ha vivido, durante muchos si- 
glos, en nn mípmo país, en el mismo lugar, 



Montes adobados 305 

en el cnal ha evolucionado la raza, así pode- 
mos estar segaros, que las características de 
ésta son, en gran parte, producto de las con- 
diciones del medio. 

En cuanto a la épc cr., esu-, es, el mo- 
mento de evolución en que so ]r*ll;i el pue- 
blo, es evidente que el (Sij;^(> Je civiliza- 
ción, en el cual se encontraban Uvs antiguos 
peruanos, no podía ser más propicio, para 
que el ambiente y condicionéis físicas de la 
vida, ejercieran profundo inHujo en la religio- 
sidad peruana. 

Payne, en su erudita Historia del Nuevo 
Mundo (1), ha demostrado cuan grandemente 
han influido eo la formación de los mitos, 
creencias y supersticiones de los pueblos ame- 
ricanos, sus necesidades alimenticias y los me- 
dios de que han dispuesto para satisfacerlas. 
Mas no sólo por este canal, base dejado seuíir 
la influencia del ambiente, sino cjue también 
en la^ concepciones del hombre primitivo, hau 
influido el paisaje y el clima. Viviendo al 
pie de los Andes, en sus repliegues, en sus 
cumbres, en los inlinitos valles, que la gran 
cordillera oculta en su seno, el indígena de 

(1) Payne, flistoiy of the New "World, Called i^uibi'' a, 
Oxford, 180-2. 
Heligión de! lmrP"o de lop Incas 20 



306 Eeltgióx del Impeeio de los Incas 

la Sierra del Perú, no podía menos de ser 
montañés, en su religión, como en su carácter. 

Las montañas rodeaban su cuna, tras ellas, 
nacía j se ocultaba el sol, en sus grandes 
cumbres se formaban las tempestades y de 
ellas salían las nubes, preñadas de rayos ; en 
fin, entre los flancos de la montaña estaban 
los manantiales, orígenes de los ríos, cuyas 
aguas servíanles para el riego fecundador de 
la madre tierra, de cuyos productos vivían. 

Las altas cimas, ocultas, muy a menudo, 
por espesas nubes, perdíanse en el cielo, esta- 
bleciendo contacto inmediato entre la tierra 
y el mundo superior. Las grandes montañas 
terminaban en inaccesibles picos o cubríanse 
de nieve, sobre la cual brillaba, en no pocas 
ocasiones, el vivo fulgor de las llamas volcá- 
nicas, del fuego inconsumible, del fuego que 
no han encendido los hombres. 

En el voluble cielo del trópico, tan pronto 
encapotado y gris, como transparente y azul, 
las nubes, al pasar por junto a las escarpadas 
rocas, que, en muchos lugares, coronan la 
gran cordillera, toman formas fantásticas y 
grandiosas, que juntamente con la austeridad 
majestuosa del paisaje, excitan en el viajero, 
que, junto a ellas pasa, un místico sentí- 



Montes adoeados 



307 



miento de terror j admiración por la natu- 
raleza, cuyo poder le sorprende y aplasta. 
¿Qué cosa más natural que, en la mentalidad 
del primitivo, del ineducado, este sentimiento 
místico, se convierta en adoración? 

Y si el culto de las montañas es explica- 
ble, ¿ sorprenderános el de los volcanes? 

Imposible nos parece, que una raza ani- 
mista, deje de prestar veneración y culto a 
manifestaciones tan extraordinarias y subli- 
mes de la naturaleza. 

Quien haya visto, de cerca, alguna de 
aquellas grandes moles andinas, sobre las que 
flota, a menudo, un inmenso penacho de hu- 
mo negro, iluminado de noche por numero- 
sas centellas; aquellos flancos abruptos, des- 
trozados por los repentinos deshielos, que han 
puesto a la vista las entrañas del monte, des- 
nudo de toda vegetación, con frescas huellas 
de formidables incendios, y haya escuchado 
el ronco fragor de truenos subterráneos, y 
visto estremecerse la montaña, comprenderá 
muy bien el respeto y veneración de que 
los volcanes han sido objeto, aiín sin tomar 
en cuenta el terror (fuente fecunda de culto) 
que debían inspirar, por las desgracias y des- 
trozos, qne en cada erupción producían. 



308 Ebligión del Impeeio de los Incas 

Así, la antigüedad clásica, adornó con 
bellos mitos el cráter del Etna, en donde arro- 
jaba vasos preciosos, incienso y otros dones a 
los dioses del lugar, para tenerlos gratos (1). 

En Donjs-Erok, o montaña de humo, 
hay una caverna, en donde, según dicen los 
Masai, viven gentes de su nación, ya que, 
desde la abertura del antro, aseguran que se 
oyen las voces de las gentes y el mugir de 
los ganados. A esta cueva van las mujeres a 
orar y ofrecen mantequilla y miel a sus mo- 
radores, esperando que, por la noche, saldrán 
a comer los dones allí depositados; mas las 
estériles no hacen estos sacrificios, pues saben 
que no serán aceptados (2). 

Al íí"ordeste de Naivacha, se eleva Bon- 
yo Buru, monte de 2.800 metros de altura, en 
cuya cúspide hay solfataras, que arrojan gases 
encendidos, a intervalos regulares y cortos. 

Thomson ascendió a este volcán, acompa- 
ñado de un inñuyente Masai, el cual le hizo 
tomar puñados de hierba, que todos los via- 

(1) Frazer, Pausanias, Vol. III, pg. 389, London, 1898. 
Id., The Golden Bough. A Study of Magic and Religión, 

London, 1914, Vol. V, pg. 222. 

Smith, Dictionary of Grec and Román Geographie, Lon- 
don, 1856. 

(2) llollif^, The Masai, Oxford, 1905, pg. 280. 



Montes adorados 309 

jeros arrojaron en una de las solfataras, para 
propiciar a los espíritus de la tierra. 

A alguna distancia, encontraron una roca, 
de la cual salían vapores calientes, que, con 
la humedad j calor, descomponían la piedra 
en una especie de barro colorado, con el cual 
se untaban los Masai, como con una medicina 
muy eficaz (1). 

En el camino, que conduce al volcán Sme- 
roe, uno de los volcanes más elevados de Java y 
en un lugar cercano al cono, desde donde se le 
ve muy clara y distintamente, hay dos ídolos, 
que los naturales adoran, ofreciéndoles comida, 
para obtener el favor del dios del monte (2). 

El volcán Bromo es adorado, principal- 
mente, durante la fiesta anual, que celebran 
en su honor los Javaneses de la vecindad, 
que, si bien de religión brahamánica, no son 
tan apegados a sus ritos, como los de la India. 

En el mar de arena, que rodea al cráter, 
hay, desde el día anterior a la fiesta, gran ani- 
mación y vense muchos grupos de gentes, éstos 
rezando, aquéllos comiendo, otros divirtiéndose. 



(1) Thomson, Througli Masai land, London, 1885, pgs. 
341 y 342. 

(2) Stigand (J. A.), The Volcano of Smeroe Java. The 
Geographical Journal, Vol. XXVIII, pg. 621, London, 1906. 



310 Eeligióx del Imperio de los Incas 

Muchos comerciantes de amuletos, especial- 
mente de piedras, encontradas el año anterior 
en el volcán y cuyo poder es infalible contra 
toda enfermedad, establecen improvisados al- 
macenes, colocando talismanes sobre un tapiz. 

En el arenal, se yerguen multitud de tien- 
das y ante la principal, se sitúa el Jefe de los 
sacerdotes, y a poca distancia de él, disponen 
doce esteras, ocupadas por sacerdotes jóvenes, 
que venden a los devotos incienso y mirra. 
En ángulo recto, con la línea formada por 
estas esteras, hay otras doce, en las cuales 
están otros venerables sacerdotes, de mayor 
edad, cada uno de los cuales tiene a su lado 
un sirviente, que, con grandes abanicos, les 
tapa el sol. Delante de cada uno de estos 
sacerdotes, hay un pebetero encendido. 

Al rededor de estos oficiantes, hay mul- 
titud de gente, que espera su turno, para 
hacerles bendecir las cosas que llevan, para 
sacrificarlas al volcán, las cuales son cocos, 
mangos y otras frutas; legumbres, pollos, pas- 
tas, seda, monedas de oro, plata y cobre. 

La bendición consiste en unas cuantas 
preces, tras las cuales el sacerdote echa un 
poco de agua sobre el objeto, recitando luego 
en coro, todos sus compañeros, cierta oración. 



Montes adobados 311 

Cuando han permanecido en este lugar el 
tiempo necesario, a una señal del sacerdote 
más anciano, que es esperada con ansia y des- 
pués de rogar al monte que continúe mostrán- 
dose favorable, toda la muchedumbre princi- 
pia a correr desaforadamente hacia la cima, 
pues tiene por agüero de felicidad, llegar pri- 
mero al borde del cráter. Los sacerdotes an- 
cianos se detienen aquí y allá, para hacer 
oración y tomar aliento. 

Los peregrinos entregan sus ofrendas a los 
sacerdotes, quienes las bendicen nuevamente y 
las devuelven a sus dueños, para que las arrojen 
por las abruptas paredes del cráter, por las cua- 
les se ven descender también algunas aves vivas. 

Al volver a sus casas, los concurrentes 
celebran varios juegos por el camino (1). 

La opinión es de que los espíritus de los 
muertos, durante el año, permanecen en el mar 
de arena, hasta ser admitidos en el cráter, 
mediante los sacrificios ofrecidos en la fiesta 
anua. Se cuenta que, en tiempos antiguos, 
un jefe sacrificó un hijo suyo al monte (2). 



(1) Barrington d'Almeida (W), Life in Java, London, 
1864, Vol. I, pgs. 166 a 174. 

(2) Frazer, The Golden Bough, Vol. V, pg. 218, London, 
1914. 



312 Eeliqión del Impekio de los Ikoas 

En la pequeña isla de Teruate, hay nn 
volcán, formado por tres conos superpuestos, 
cuyas erupciones son frecuentes y muy des- 
tructoras. Según los G-alalareses de Halma- 
hera, el Sultán de la isla, exigía de ellos va- 
rias víctimas humanas, para arrojarlas en el 
cráter del volcán, para tenerlo grato y prote- 
ger sus dominios, de los destrozos consiguientes 
a una recrudecencia de actividad volcánica (1). 

En Siam, isla de las Indias Orientales? 
perteneciente al Archipiélago Saugí, un niño, 
robado en una isla vecina, era inmolado, anual- 
mente, al volcán, para que se estuviese tran- 
quilo. Oon el andar de los tiempos, el niño 
fue sustituido por un muñeco (2). 

En el cráter del volcán Kirarauca de Hawai, 
habitan los dioses Peló y íí"ahvaarii y otros espí- 
ritus, que, cuando están irritados, arrojan nubes 
de humo, hacen llover piedras y ceniza, envuelven 
la tierra en obscuridad, o causan insólitos aguace- 
ros. Oféndeles el que los hombres se apoderen de 
los olielos o fresas sagradas, que crecen en el co- 
no, o que echan piedras o tierra en su morada (3). 



{V\ Frazer, Op. cit., pg. 216. 
(2) Frazer, Op. cit., Vol. IV, pg. 218. 
{B) Ellis, Polynesians researches, Vol. IV, pg. 207, Lon- 

don, S D. 



Montes adobados 313 

Los aborígenes sólo comen los oTiélos, des- 
pués de ofrendar algunos al volcán, lo que 
hacen arrojándolos en el cráter, hacia la fu- 
marola principal (1). 

Es tradición, que los espíritus del monte 
vinieron a Hawai do otras islas, en tiempos 
mitológicos, cuyos nombres son: Kamoho-á-rü 
(el Rey vapor), Taj)oha - i - tahiora (la explo- 
sión en el lugar de vida), Te-ua-te-po (la 
lluvia de la noche), Te-o-ahi- tama-tama (el 
muchacho de guerra con flechas de fuego) y 
Tane-hetiri (el hermano del rayo), hermanos 
de las diosas Pelé, que era superior a todos, y 
de Makorawawahi waa (la terrible destructora 
de canoas), Hiatawawahi-lani (la que tiene las 
nubes en el cielo), Hiatataarave - mata (la que 
tiene la nube y cuyos ojos mué?ense prestos y 
miran por sobre los hombros), Hiata-hoy-te- 
pori a Pelé (la que tiene la nube y besa el 
regazo de Pelé), Hiata-tabu-enaeua (la mon- 
taña en ascuas, que levanta nubes), Hiata-ta- 
reüa (el masetero adornado con guirnaldas) y 
Hiata-opio (la joven tenedora de nubes). 

Todas estas hermanas, vivían en el volcán, 
donde residían también, a menudo, los varo- 

(1) Ellis, Op. cit., Vol. IV, pg. 234-236. 



314 Eeligión del Imperio dé los Inoas 

nes, si bien éstos tienen otras moradas en la 
isla, las cuales se hallan, sobre todo, en las 
cumbres nevadas. 

Estas deidades acostumbraban comunicar 
sus cambios de dirección, por medio de tem- 
blores o de erupciones del monte en que se 
establecían, lo que también hacían, cuando 
no les pagaban los debidos sacrificios, que con- 
sistían en pescado y otras comidas (1). 

Pelé tenía sus sacerdotes, a los cuales ins- 
piraba, tomando cuerpo en ellos. Estos eran, 
ordinariamente, mujeres; una, a quien co- 
noció Ellis, afirmaba que ella era la misma 
diosa, inmortal como ella y que vivía en me- 
dio del brillante fuego del volcán, en compa- 
ñía de los espiritas de aquellos, cuyos huesos 
habían sido echados al cráter (2). 

En las vecindades del monte Kirauca, 
había un templo, dedicado a la diosa, con va- 
rias rudas estatuas de piedra, cubiertas con 
telas blancas y amarillas, junto a las cuales 
veíanse flores, pedazos de cañas de azúcar y 
otras cosas semejantes, depositadas por los via- 
jeros, que siempre, al pasar por este sitio, 
ofrecían algún sacrificio. 

(1) Ellis, Op. cit., Vol. IV, pgs. 448 a 461. 
.2) Ellis, Op. cit., Vol. IV, pgs. 310-312. 



Montes adorados 315 

Anualmente, los moradores de Hamahua, 
celebraban en este templo, nna fiesta en ho- 
nor de Pelé, para propiciarla y librar al país 
de los estragos de una erupción. A dicha 
fiesta concurrían todos los ministros de su 
culto y en ella se sacrificaba gran cantidad 
de perros y frutas. 

Era muy usado, por los que por el borde 
del cráter transitaban, el arrojar en él un me 
chón de pelo (1). 

El volcán Tongariro era objeto de culto 
para los moradores de la isla sententrional de 
Nueva Zelandia (2). 

Los Koniagas creen que el humo que sa- 
le de los volcanes, es el de las cocinas de los 
dioses o de sus baños de vapor. Esta misma 
idea se encuentra mucho más al Sur. Así, 
en Oalifornia, los vecinos del monte Thasta, 
dicen, que un gran espíritu agujereó el monte, 
construyéndose, de este modo, su wigwan (3), 
siendo el humo que sale del cráter el del ho- 
gar del genio (4). 



(1) Ellis, Op. cit., Vol. IV, pg. 350. 

(2) Luhlock, The Primitive civilitation, pgs. 300 a 316. 

(3) Dormán, Primitive supertitions, Philadelpliia, 1881, 
pg. 309. 

(4j Id. Id., Loco cit. 



ál6 Rbligióít del Imperio db los Incas 

Según la creencia popular, los montes de 
Unimak y de Unalaska, allá, en tiempos re- 
motos, se movieron guerra, deseosos de domi- 
nar los unos a los otros, para lo cual lacha- 
ban, arrojándose piedras inflamadas. Los pe- 
queños volcanes no pudieron soportar el bom- 
bardeo, qu3 les infligían los mayores, de mo- 
do que estallaron en pedazos, quedando solos 
en la lid, el Macuchen en Unalaska y el Ret- 
chesnoi en Unimak. El fragor de la lucha 
fué tal y tal la cantidad de piedras y ceniza 
que se arrojaron los dos adversarios, que todo 
ser viviente pereció. Cuando el Eetchesnoi 
comprendió que sus esfuerzos eran vanos, pre- 
firiendo la muerte a la derrota, hinchóse has- 
ta extinguirse. Su vencedor, satisfecho del 
triunfo, duerme tranquilo y sólo humea de 
tiempo en tiempo (1). 

El monte Hood, volcán apagado del Ore- 
gón, está, según reza la leyenda, habitado por 
hombres ciegos (2) 

En Méjico, en donde el culto de los mon- 
tes ocupaba tan prominente lugar (como más 
adelante veremos), los volcanes no podían menos 
de ser reverenciados, como las montañas más 

(1) Recias, Les Primitives, París, 1903, pg. 59. 

(2) Dormán, Loco cit. 



Montes adorados 317 

excelentes y poderosas, pero su culto se con- 
fundía con el de las demás grandes moles de 
la cordillera, por lo cual, aquí no describire- 
mos los ritos con que se lo celebraba. 

Entre los volcanes del país de Anahuac, 
el más notable es, quizás, el Popocatepelt, 
nombre que en azteca, significa monte que 
humea (popoca=que humea, tepelt== monte)- 
Era reverenciado como el cerro más principal, 
especialmente, por los que vivían cerca. Ha- 
cíanle continuos sacrificios y honrábanle de 
un modo especial, cuando celebraban la fiesta 
de los montes. 

Atribuíanle el origen de ciertas enferme- 
dades, y los que de ellas sufrían, hacían fies- 
tas y sacrificios en su honor, rindiendo culto 
a las imágenes que lo representaban, si bien 
esto no era exclusivo de este monte, sino co- 
mún a todos los demás (1). 

Los antiguos Mejicanos decían que el ne- 
vado de Iztaecihualt era la mujer de Popoca- 

(11 Sagohún, Historia de las cosas de Nueva España, 
México, 1829, Vol. I, pg. 36. 

Duran, (Fray Diego), Historia de las Indias de Nueva Es- 
paña e islas de Tierra Firme, México, 1880, Vol. II, pgs. 202 
a 207. 

Eobelo, Diccionario de mitología, nahua. Anales del Museo 
Nacional de México, Hegunda serie, Vol. V, pg. 37, México, 1908. 



318 Eeligión del Imperto de los Incas 

tepelt y como a tal la adoraban en los varios 
templos qne tenía, sobre todo, en una cueva 
situada en la misma montaña. En el templo 
mayor de Méjico, había una imagen de esta 
diosa, en forma de palo, vestida de azul, cu- 
bierta la cabeza con una tiara de papel blanco, 
en cuya parte posterior había una medalla de 
plata, de la cual salían plumas blancas y ne- 
gras, caíanle por la espalda varias tiras de 
papel, pintadas de negro. Estaba en una pieza 
especial y servíanla, día y noche, las dignida- 
des del templo. Su fiesta se hacía en el mes 
de Tepeilhuit, sacrificándole una esclava ves- 
tida de verde, con una tiara blanca, para sig- 
nificar que la montaña, cubierta de bosque, 
estaba coronada por nieves eternas. 

En el propio monte eran inmolados, anual- 
mente, cuatro niños pequeños, dos varones y 
dos hembras, al mismo tiempo que le ofrecían 
cosas mujeriles. Estos sacrificios duraban dos 
días y eran acompañados de grandes plegarias 
y ayunos (1). 

^1) Duran (Fray DiegO), Historia de las Indias de Nueva 
España e islas de Tierra Firme, Vol. II, pgs. 199 a 202, Méxi- 
co, 1880. 

Róbelo, Diccionario de mitología nahua. Anales del Mu- 
seo Nacional de México, Segunda Época, Yol. lY, pg. 92) 
México, 1907. 



Montes adorados 319 

Después de Popocatepelt, quizás no hay 
otro volcán más conocido en Méjico, que el 
pico de Orizaba o Poyaulitecal, uno de los 
montes más venerados por los aborígenes del 
país y al cual atribuían aquellas enfermeda- 
des, que creían que eran causadas por el frío, 
y, por esto, los que tales males sufrían, hacían 
su imagen y le ofrecían sacrificios (1). 

Los Quichés hacían una fiesta anual al 
volcán de Quezaltenango (2). 

El Curaca Ohorotega, Senderi, contó, al 
cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Yal- 
dez, que él y otros Caciques habían bajado al 
cráter del volcán Masaya, a verse con una vieja 
muy arrugada, con pechos que le llegaban al 
ombligo, de escaso e hirsuto pelo, de dientes lar- 
gos, agudos y negros, para consultarle si harían 
guerra, si había de llover y si la cosecha sería 
buena, ya que a esta vieja atribuían estos indios, 
los terremotos y temporales y «porque pensaban 
que todo su bien o su mal procedía della.» 



(V Sagahún. Historia de las cosas de Nueva España, 
México, 1829, Vol. I, pg. 36. 

Róbelo, Diccionario de mitología nahua. Anales del Mu- 
seo Nacional de México, Segunda Época. Vol V, pg. 37, 
México, 1908. 

(2) Dormán, Primitive superstitions, Philadelphia, 1881, 
pg. 309. 



320 Eeligión del Impeeio de los Incas 

Un día o dos antes de penetrar en el 
cráter, arrojaban allí, en sacrificio a la vieja, 
«un hombre e o dos o mas e algunas muje- 
res e muchachos e muchachas.» 

«A par de la boca desta sima de Masa- 
ya estaba un gran montón de ollas e platos e 
escudillas e cantaros quebrados e otras vasijas, 
e algunos sanos e de muy buen vidriado o 
109a de la tierra, que solían llevar los indios 
cuando alli yban llenos de manjares e diver- 
sos potajes e los dexaban alli diciendo que 
eran para que la vieja comiese.» (1). 

Los aborígenes de Ohile, que vivían cer- 
ca de volcanes, les honraban con sacrificios (2). 

De los numerosos volcanes activos que hay 
en el país que denominaron los Incas, la mayor 
parte de ellos se encuentra, desgraciadamente 
para el estudio que nos ocupa, en las extremi- 
dades setentrional y meridional del vasto Im- 
perio, regiones que, en los tiempos prehispáni- 
cos, nos son mucho menos bien conocidas que 
el centro de Tihuantinsuyo, siendo muy escasas 
las noticias que tenemos acerca de las supers- 
ticiones de los indios que en ellas moraban. 

(1) Oviedo y Vnldez, Historia General y Natural de las 
Indias, Vol. IV, Madrid, 1855, pg. 76. 

(2) Dormán, Op. cit., pg. 308. 



Montes adobados 321 

Hay bien fundadas razones para creer que 
el Ootopaxi era adorado por los indios de 

Muíalo (1). 

Consta que los aborígenes de Patato y 
los demás pueblos circunvecinos, rendían cul- 
to al Tungurahua (2), al cual los Puruhaes 
de San Andrés de Junjí, tenían por mujer 
del Ohimborazo, asegurando que, a pesar de sus 
inmensas moles, se visitaban y comunicaban (3). 

íí^otablc semejanza con la leyenda, que, 
poco há transcribimos, relativa a los montes 
de Unalaska, tiene la que los Yauyos conta- 
ban acerca de Pariacaca o laro, cordillera de 
nieve y monte, el más alto de esta parte de 
los Andes, de forma cónica y junto al cual 
había otro cerro más pequeño, acerca del que 
narraban muchas historias, entre otras, que, 
antes de ser montaña, había sido hombre (4). 

(1) González Sudrez, Atlas Arqueológico.— Id. Prehistoria. 

(2) González Sudrez, Op. cit. 

(8) Paz MahJonado, (Fray Jhoan), Relación del pueblo 
Sant Andrés de Xunxi para el muy ilustre señor Licenciado 
Francisco de Aucibay del Consejo de su Majestad etc. etc. 
Relaciones Geográficas de Indias, publícalas el Ministerio de 
Fomento, Perú (editado por Marco Jiménez de la Espada), 
Yol. III, pg. 162, Madrid, 1897. 

(4) Ávila, Relación de la Idolatría de los Indios de este 
Ar9obispado de los Reyes que sea descubierto y diversidad de 
ídolos que adoran, Apéndice. 
Bellglón del Imperio de los Inow 31 



322 Religión del Imperio de los Incas 

De los mitos de Pariacaca, hay dos rela- 
ciones minaciosas, que analizaremos en su lu- 
gar, a más de publicarlas en los apéndices de 
de esta obra; la de Avila, «Relación de los 
falsos dioses idolatrías y supersticiones de 
Huarochirí» y la Quechua, de autor desconoci- 
do, que principió a compendiar y traducir 
Avila, en el tratado citado. 

Decían que, en tiempos remotos, gentes 
del valle del Rímac, penetraron, por la fuerza, 
en Yauyos y poblaron un asiento, que, sin 
duda, en memoria de sus fundadores, llamóse 
Lima; llevaron consigo estos invasores un 
ídolo, llamado Guallallo, al cual sacrificaban, 
en determinadas épocas del año, niños y mu- 
jeres, hasta que un día se les apareció Pa- 
riacaca en el lugar, en donde está ahora el 
pico de este nombre, y les exhortó a abandonar 
el culto de dios tan poco humanitario y a 
adoptar el suyo, ya que sólo exigía que le in- 
molasen animales, a lo cual objetaron que, si 
tal hiciesen, Guallallo se vengaría matando a 
todos; respondióles Pariacaca, ofreciendo que 
él los defendería y echaría del lugar a su 
rival. 

La lucha entre los dos dioses, que no 
eran ótroi sino dos volcanes, duró tres días y 



Montes adorados 323 

tres noches, saliendo victorioso Pariacaca, pnes 
arrojó tal cantidad de agua y granizo sobre 
Gruallallo, que éste huyó a la Provincia de 
Jauja, formándose en el lugar, en que primi- 
tivamente se encontraba, un lago. Por esto 
los Yaujos veneran a Pariacaca y le ofrecen 
sacrificios, subiendo, para este efecto, a lo más 
alto de la montaña (1). 



(1) Cuentan estos indios desta provincia una fábula do- 
nosa que ellos tienen por muy verdadera, y dicen que los 
Yungas, sus vecinos del valle de Lima, entraron por esta pro- 
vincia, haciendo guerra y poblaron un pueblo que boy se lla- 
ma Lima y que en el lago que está al pie desta alta cie- 
rra de nieve de Pariacaca, tenian un idolo que llamaban 
Guallallo al cual sacrificaban algunos tiempos del año niños 
y mugeres ; y les apareció donde esta este alto pico de nieve, 
un idolo que se llamaba Pariacaca y les dijo a los indios que 
hacían este sacrificio a idolo Guallallo, que ellos adoraban : 
«No hagáis eso de sacrificar vuestros bijos y mugeres, sacri- 
fícame a mi, que no quiero sangre humana, sino que me sa- 
crifiquéis sangre de ovejas de la tierra, quellos llaman llamas, 
y corderos, que con esto rae contentare.» I que ellos le habían 
respondido Matarnos ha a todos si tal hacemos el Guallallo" 
y que el Pariacaca había replicado. «lo peleare con el y lo 
echare de aquí.» Y asi tres días con sus noches peleo el Pa- 
riacaca con el Guallallo y lo venció echándolo a los Andes, 
que son unas montañas de la provincia de Xauxa, haciéndose 
el Pariacaca la cierra y alto pico de nieve que hoy es y el 
Guallallo otra cierra de fuego. I asi pelearon ; y el Pariacaca 
echaba tanta agua y granizo, que no lo pudo sufrir el Gua- 
llallo y asi lo venció y hecho donde dicho es, y de la mucha 
agua que le echo encima, que quedo aquel lago que hoy es, 
que llaman de PariacBca .... I lo tienen hoy creído Ids indios 



324 Religión del Impbeio de los Incas 

La gran antigüedad de este culto, está 
atestiguado por el nombre de la montaña, pues 
circunstancia muy de tenerse en cuenta, no 
pertenece a la lengua quichua, sino a la ay- 
mara, en la cual significa, ^;?'e¿Zr« caliente que 
abrasa (pari=caliente, que abrasa; caca=pie- 
dra (1). 

Era Pariacaca deidad famosa, de las más 
notables de Huarocbirí y ocupaba lugar pree- 
minente en las fábulas cosmogónicas de aque- 
llos indígenas, como se verá más adelante (2). 

Rendíanle culto cada luna, ofreciéndole 
sacrificios, para los cuales tenían, en 1582, los 
Caciques de Anan Yauyo, cuatrocientas llamas 
y catorce vasos de plata (3). 

y suben a lo mas alto de dicho cerro de nieve a ofrecer sus 
sacrificios al Pariacaca y por otro nombre Yaro, que asi dicen 
quedó hecho ciera de nieve después de la dicha batalla. Dá- 
vila y Briceño Corregidor de Guarocheri, Descripción y rela- 
ción de la provincia de los Yauyos toda Anuan Yauyos y Lorin 
Yauyos. Relaciones Geográficas de Indias. Publícalas el Mi- 
nisterio de Fomento, Perú, (editor Jiménez de la Espada,) 
Vol. I, pgs. 71 y 72, Madrid, 1881. 

(1) Bertonio, Vocabulario de la lengua Aymara, Edición 
de Platzman, Parte 2, Leipzig, 1879. 

(2) Avila, Relación de la Idolatría de los Indios de este 
Arzobispado de los Reyes etc. Apéndice 

Id. Id., Tratado de los Evangelios, folio 27, verso de los 
sin numerar, Lima, 1646. 

(3^ Este dicho cerro de Pariacaca ques (sic) el mas alto 
desta cordillera, y por ser tan famoso de alto tomo nombre 



Monteo adorados 325 

Los del ayllo, llamado Yampilla, reunían- 
se, a este efecto, en un prado distante, poco 
más o menos, una legua de Huarochirí, en 
donde todos juntos adoraban a Pariacaca, a 
Ohupinamocc y demás Huacas; en diclio lugar 
había un sumidero, ingeniosamente arreglado, 
con mucbo disimulo, por donde cebaban la 
sangre de los animales inmolados, así como la 
cbicha y otras cosas que ofrecían a sus dio- 
ses (1). 

Si Pariacaca era adorado continuamente 
y, de un modo especial cada luna, su gran 
fiesta sólo se verificaba cada cinco años, con- 



muclia parte de esta dicha cerranía y cordillera que corre por 
este dicho reino a lo largo, de Pariaca que este (sic) cerro 
alto dicho llaman también laro, porque fue adoratorio famoso 
donde hacian los indios sus sacrificios y adoratorios y aun hoy 
dia no están libres dello porque habrá cuatro años poco mas 
que yo, el dicho corregidor, castigué algunos caciques, siendo 
corregidor de la parte superior desta provincia que llaman 
Anan Yauyos y les quite cuatrocientas cabezas de ganado desta 
tierra con catorce vasos de plata que hacian sus sacrificios 
cada luna. Dávila y Briceño [Corregidor de Guarocheri, Des- 
cripción y Relación de la provincia de Yauyos toda Anan Yau- 
yos y Lorin Yauyos. — Relaciones geográficas de Indias. Pu- 
blícalas el Ministerio de fomento, Perú (editor M. Jiménez de 
la Espada), Vol. I, pg. 71, Madrid, 1881. 

(1) Carta del Padre Fab án de Ayala, al Arzobispo de 
Lima, desde Santiago de Anchocaya, el 12 de Abril de 1611, 
Apéndice. 



326 Religión del Imperio de los Ínoas 

curriendo a ella toda la provincia; dicha fiesta 
duraba cinco días (1). 

No sólo aquellos montes que, con sus for- 
midables manifestaciones ígneas, con los des- 
trozos y ruinas que acumulaban, cuando, sa- 
liendo de traicionero letargo, daban nuevas 
señales de actividad, imponían terror y res- 
peto a los que vivían en sus faldas, fueron 
adorados por los Peruanos que, si prontos a 
ofrecer sacrificios y a hacer cuanto les era 
posible, para conciliar aquellos poderes, cuya 
temible influencia experimentaban, rendían 
también ferviente culto a los espíritus benig- 
nos, de los cuales creían haber recibido algún 
favor, para agradecerles sus beneficios, dando 
así, muestras de gratitud y para que no ce- 
sasen de prodigarles sus dones, manifestándose, 
de este modo interesados. 

De allí el que rindieran culto a muchos 
montes, especialmente a aquellos cuya cima co- 



(1) En resolución me dixo (Dn. Cristóbal Choqqueaccaca) 
que aunque siempre toda esta provincia, y otras comarcanas 
adoraban por su Dios principal a Pariacaca y Chaupinamoec 
su hermana. Pero que cada cinco años se hazia una fiesta mny 
celebrada a que concurría toda la comarca y duraba cinco días, 
Avila, tratado de los Evangelios, Lima, 1646 fol. 27, verso de 
los no numerados. 



Montes adoeados 327 

roñaba nieve eterna (1), pues teníanles por 
causantes de los muchos ríos, que de ellos se 
originaban y que tan preciosos les eran para 
su sustento, ya que, pueblo agricultor, que 
vivía en un país árido y que mediante sus 
ingeniosos canales de regadío llevaba el agua 
desde las escarpadas faldas de la cordillera 
hasta sus huertos, sólo podía esperar que, fer- 
tilizada la tierra con la humedad, le rindiese los 
frutos indispensables para su manutención (2). 
'No tan solamente por el motivo enunciado, 
rindieron culto los subditos de los Incas a las 
grandes moles de la cordillera, cuya adoración, 
en un principio, es probable que se inspirase en 
otros móviles distintos de los de la gratitud. 
Muchos negros africanos, si bien creen en la 
existencia de espíritus benignos, se cuidan poco 



(l'i (Adoraban) las Sierras nevadas que llaman Razu o por 
sincope Razo o Ritti que todo quiere decir nieve, Arriaga, 
Extirpación de la Idolatría, pg. 11, Lima, 1621. 

Quien adora la Sierra nevada tirándose las cejas? 

Villagómez, Carta Pastoral de e xhortación e instrucción 
contra las Idolatrías de los iLdios del Arzobispado de Lima, 
fol. 61 a 63, Lima 1649. 

(2) Otros (adoraban; a la cordillera grande de la sierra 
nevada, por su altura y admir-able grandeza, y por los mu- 
chos ríos que salen della para los riegos. 

Garcilazo de la Vega, Comentarios reales, Lisboa, 1609» 
folios 10 verso. 



328 Ébligióx del Imperio de los Ínoas 

de ellos, pues no los temen, mientras tratan 
de congratularse con los genios malignos, a 
quienes atribuyen toda adversidad (1). De 
igual manera proceden, muy amenudo, los pri- 
mitivos, cuyos dioses son más temidos que 
amados. 

Así, si las fuentes, que brotan en los 
picos de los Andes, inspiraron a los antiguos 
peruanos, gratitud para con los montes, más 
vivo debió ser el sentimiento de respeto y 
temor que las grandes tempestades y nu- 
blados, que en ellos se formaban, suscitaron 
en el corazón de aquellos rudos habitantes, 
que tantas veces experimentaron, a no dudar- 
lo, el furor de los vendavales, los destrozos 
de las heladas y los estragos de diluviales 
aguaceros, tan frecuentes y repentinos en los 
valles, situados al pie de las grandes cumbres 
andinas, sin que haya sido extraña al carác- 
ter sagrado de los montes, el rayo, cuyo eco 
repiten y multiplican los riscos de la cordi- 
llera. 

Imposible es formar una lista completa 
de todos los nevados que han sido adorados 
en el Perú, y más aún el precisar el origen 

(1) VerTieau (K), Les Hindembourg en bois des Negrea 
de Loango. L'Antrophologie, Vol. XXVII, pg. 111, París, 1916. 



Montes adorados 329 

de su culto y los poderes que se les atribuían. 
Pero no por eso será menos interesante el 
examinar los ejemplos, que, de este culto se 
encuentran en las relaciones de los primeros 
españoles, establecidos en el Perú. Así, sa- 
bemos que el Chimborazo, (Chimbo - razo = 
íí^evado de Chimbo, por otro nombre Urco-raso 
= Cerro de nieve) una de las más imponentes 
y hermosas cimas de los Andes, fue reveren- 
ciado por los Puruhaes, quienes, al pie de las 
nieves, tenían edificado un templo, en donde 
se juntaba toda la gente de la vecindad, para 
hacer sacrificios. (1) 

Creían que era varón y decían que de él 
habían nacido. Ofrecíanle muchachas vírgenes 
y principales; llamas, dejándolas en liber- 
tad en el páramo, a las que nadie osaba ha- 
cer daño, de temor de que el monte se irri- 
tase y les enviase heladas y granizo. Había 
muchas, cuando el Licenciado Ortegón, Oidor 
de Quito, visitó aquella Provincia y, para 
quitar a los indios estas supersticiones, man- 
dólas matar, acaeciendo, poco después, gran- 

(1) Nuestras excavaciones arqueológicas en Puruhá, han 
demostrado que el Chimborazo es volcán prehistórico. Sobre 
su culto, véase nuestro articulo: Folk - lore del Chimborazo, 
Revista de la Asociación Católica de la Juventud Ecuatoria- 
na, tomo III, pg. B69 y sig., Quito 1919. 



aso Eeligión del Imperio de los Incas 

des heladas, confirmándose los indios en su 
creencia (1). 

En la Provincia de Encanas y Soras, ju- 
risdicción de la ciudad de Gruamauga, hay 
otro monte nevado, que adoraron los indíge- 
nas en su gentilidad; dicho Oaruarazo (Karu 
= combustible, razo = nevado, esto es, nevado 
combustible), designación muy propia para un 
volcán. Palomino propone otra etimología 



(1) Es tierra templada (Sant. Andrés de Xunxi), está á 
el pie del volcán llamado Cliimborazo, que quiere decir en su 
lengua del Inga «cerro nevado de Chimbo» al cual tienen en 
gran veneración, y lo adoraban y adoran, aunque no á lo 
descubierto, porque dicen nazcieron del. Sacrificaban en este 
cerro mucbas doncellas vírgenes, bijas de Señores, y obejas 
de la tierra; y otras echaban vivas; y hoy día (1582; hay mu- 
chas al pie de la nieve, á las cuales no matan los indios ni 
llegan á ellas para hacelles mal, por decir que el dicho vol- 
can les hechara heladas en sus sementeras y granizos y lo 
tienen por abuzion. Y viniendo á visitar esta tierra el ilus- 
trísimo señor almirante y duque don Diego Ortegon, por qui- 
teilles este abuso, mandando á muchos españoles fuesen a 
matar destas obejas y que fuesen muchos indios con ellos ; y 
fueron harto contra su voluntad y dijeron y aun hicieron 
grandes llantos, diciendo que se les habia de helar las ce- 
menteras, por matar las obejas ofrecidas al volcan suso dicho; 
y sabiendo esto el dicho señor visitador, los envió, y a la 
vuelta hallaron los maizes helados, por haber helado aque- 
llos dias y confirmaronseles su abución y atribuyéronlo a 
que por haber ido los españoles a matar las obejas, habia 
helado; y castigóles el señor ilmiraute. Y no osan comer 
esta carne destas ovejas, por estar ofrecidas aunq^ues muy 
buena carne. 



MOiíTES ADORADOS 331 

para este nombre, cuyo significado, es según 
él, nevado amarillo (de Karhua = amarillo) ; 
color qne don Marcos Jiménez de la Espada, 
dice provenir de los gases sulfurosos, conden- 
sados sobre la nieve (1). 

El Ooropuna (Koro = pelado, puna = pá- 
ramo; esto es, páramo pelado), monte cubier- 
to de eternas nieves, era una haaca muy cé- 
lebre, ya que a ella iban en peregrinación los 
Incas (2). 

En la provincia de Oollaguas vivían dos 
tribus, los Collaguas y los Oavanas, diferentes 

Alrededor del (Chimborazoi, al pie de la nieve, hay hoy 
día algunos edificios caldos donde acudia toda la tierra alre- 
dedor a ofrecer, cada vez que se les antojaba. Fray Juan de 
Paz Maldonado, Relación del pueblo de Sant Andrés Xunxi 
para el muy Ilustre Señor Licenciado Francisco de Auncibay 
del Concejo de su Majestad y su Oydqr en la Real Audiencia 
de Quito. Relaciones geográficas de Indias, publícalas el Mi- 
nisterio de Fomento, Perú ''editado por Jiménez de la Espa- 
da), Vol. III, pg3. 150 a 152, Madrid,. 1897. 

(1) Y lo que en jeneral adoraban es un cerro nevado 
que esta en lo alto de la sierra desta provincia, que se lla- 
ma Caruaraso que quiere decir nieve amarilla. Hernando 
Palomino, Descripción de la Tierra del repartimiento de 
Atunsora encomendado a Hernando Palomino, jurisdicción de 
la ciudad de Guamanga. Relaciones geográficas, Vol. I, pg. 
172. 

(2j Coropuna que es en la provincia de Condesuyo es un 
cerro muy grande cubierto de nieve y los Reyes del Ppirú vi- 
sitaban este templo. Cieza, Segunda parte de la Crónica del 
Perú, pg. 111, Madrid, 1880. 



332 Eeligióx del Imperio de los Ixcas 

entre sí por su lenguaje, trajes y costumbres. 
Los primeros deformábanse el cráneo, mediante 
una presión circular, que impedía el desarro- 
llo de los diámetros antero posterior y trans- 
versal, produciendo un excesivo desarrollo ver- 
tical, lo que hacían dizque para tener las ca- 
bezas semejantes al Oollaguata (KoUa = la 
sierra alta, huata = amarra, lazo), nevado al 
cual adoraban, asegurando que de él había sa- 
lido mucha gente, la cual bajó al valle, ven- 
ció y sujetó a sus antiguos moradores, fun- 
dando la Kación Oollagua (1). 

Los Oavanas aplastábanse el cráneo des- 
de niños, oprimiendo el frontal y el occipital y 
tenían por pacarina a la alta sierra, denomi- 
nada Guallcahuallca (voz aymara huallke=pre- 

''1) Se llaman collaguas por antigualla; tienen para si 

por noticia que se dan heredada de padres a Hijos, que proce- 
den de una guaca o odoratorio antiguo questá en los términos 
de la provincia de Tellilli, comarcana desta, ques un cerro 
nevado a manera de volcán, señalado de los otros serros 
que por alli hay, el cual se llama Collaguata; dicen que por 
este cerro ó de dentro del salió mucha gente y bajaron a esta 
provincia y valle della, que este rio en que están poblados» 
e vencieron los que eran naturales e los echaron por fuerza e 

se quedaron ellos dicho volcán llamado Collaguata que 

antiguamente suele fsic) ser adorado de ellos, como cosa que te- 
nían por fee que procedían de aquella guaca o adoratorio. Joa7i 
de Ulloa Mogollón, Relación de la provincia de los Collaguas. 
Belaciones geográficas de Indias, Vol. I, pg. 40, Madrid, 1885. 



Montes adobados 333 

nada, hnallke o duplicación superlativa) y la 
adoraban (1). 

No eran éstas las únicas cumbres, cubier- 
tas de nieve eterna, a las que rendían culto los 
naturales de aquellas regiones. También tribu- 
taban honores divinos al Suquilpa (suki = des- 
colorido, pálido; alpa = tierra; esto es, Suquil- 
pa = tierra descolorida), Apoquico (apu = el 
señor ; el padre ; quicu = árbol del páramo, 
esto es: señor del quico) y Omascota (urna = ca- 
beza, jefe; koto ==: montón de objetos menu- 
dos, esto es: montón jefe) (2). 

Adorábanles de pie, con las manos jun- 
tas, haciendo, al mismo tiempo, cierto sonido 



(1) Los de la provincia de Cavana tienen por antigualla 
que vinieron al asiento donde agora esta el pueblo de Cavana 
de un cerro questa enfrente del que se llama Gualcagualca 
nevado . . . Dicen también que algunos hermanos e compañe- 
ros suyos fueron desde el diclio cerro Gualcagualca hacia la 
sierra e poblaron el pueblo de Cavana Colla. Ulloa Mogollón, 
Relación de la provincia de los Collaguas. Relaciones geo- 
gráficas. Vol. I, pg. 40, Madrid, 1885. 

(2) Las adoraciones que tenian eran las guacas, que las 
principales que habia en esta provincia, se llamaba Collagua- 
ta, Suquilpa, Apoquico, Omascota, Gualcagualca. Todos eran 
y son cerros altos nevados, que por algún beneficio que les 
venia dellos, como es que la nieve que cae de algunos de ellos 
riegan algunas tierras o se funda algún rio. Vlloa Alogollón, 
Relación de la provincia de Collaguas. Relaciones geográficas, 
Vol. I, pg. 44, Madrid 188B. 



334 Eeltgión del Imperio de los Incas 

con los labios, como para besar: reverencia 
tributada a todos los demás dioses (1). 

Sacrificábanles intestinos de llamas y otros 
animales y, por orden expresa del Inca, en 
ciertas ocasiones, inmolaban bombres, siendo 
más común les ofrendasen imágenes de oro y 
plata (2). 

(1) La costum"bre era, adoración (sic) parados alargando 
juntas las manos con gran demostración de humildad. 

Ulloa Mogollón, Loco cit. 

Acosta, Historia natural y moral de las Indias, Sevilla, 
1590, pg. 312. 

(2). Sacrificaban, era (sIc) intestinos de corderos, de ani- 
males y de conejos, que se llaman en su lengua cubies ; y 
cuando el dicho inga quería hacer algún sacrificio famoso e 

aplacar alguna guaca que decir estar airada enviaba a 

mandar que sacrificasen hombres a las tales huacas e sin 

su orden no podian sacrificar indios. A^^imismo hacian bultos 
pequeños de oro e de plata e lus sacrificaban. 

Ulloa Mogollón, Loco cit. 

Las antecedentes palabras de Ulloa Mogollón nos traen a 
la memoria que, según informes verídicos, se encontró, hace 
años, en los picos del Rumiñahui (Nudo de Tiupulloi, una 
figurita de oro, de aquel tipo incaico bien conocido, que re- 
presenta una miijVr desnuda, tal como se ve en la L 153 
de Baessler, Ancient Peruvian Art. Era uno de aquellos bul- 
tos de que habla el Corregidor de los Collaguas. ¿Sacrifica- 
rianse aquellas imágenes en lugar de mujeres? Figurillas, 
confeccionadas de un modo semejante, hay, que representan 
un varón o una llama. (Jijón y Larrea, Un cementerio In- 
cásico en Quito. Quito 1918. L. XL, fig. 2, pgs. 51-53) siendo 
las más frecuentes mujeres; quizás, porque casi todos los sa- 
crificios humanos que se ofrecían en el Perú eran de mujeres 
y ptirque no Talla la ptna de Buetituir una llama por una 



Montes adobados 335 

Según Cieza de León, el tercer oráculo de 
los Incas, era el templo de Yilcanota. Esta 
palabra es de origen aymara, lengna en qne 
significa Casa de lo sagrado (hnilcana = de lo 
sagrado, (mana icaJcouda, huaca) uta = casa). 
Difícil es saber si el templo dio nombre a la 
montaña, o si faé hecho para adorarla; mas no 
nos sorprendería que haya sido el propio cerro 
la mansión de la faeiza mágico- sagrada, y el 
santuario tan sólo un lugar destinado al culto 
de ella (1). 

Los indios de La Paz tenían por huaca al 
Ilimani (2), cuya extraordinaria mole de eterna 
nieve, les parecía cosa divina (3). 



figura de metal precioso. El sustituir una victima humana 
por una imagen, es un procedimiento bien conocido (Frazer, 
The Golden Bough, Vol. IV, The Dying God, pgs. 214 a 220, 
London, 1'J14), del cual no faltarán ejemplares en este estudio. 

La figurilla encontrada en el Rumiñahui, fué obsequiada a 
Pío X, habiéndola, previamente, colocado sobre un soporte de 
pésimo gusto. 

^1) El tercer oráculo y guaca de los Incas, era el templo 
de Vilcanota. Cieza de León, Segunda parte de la Crónica del 
Perú, pg. lio, Madrid, 1880. 

(2) Sobre el origen atacamefío de este nombre, véase Vhle^ 
Fundamentos étnicos de la región de Arica y Tacna — Bo- 
letín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos, Vol. 
II, pg. 20, Quito, 1919. 

(3) Hay otra adoración que se llama Hillemana, que es 
una cierra alfa cablertti de nieves, CtiVé¿a tfe Vaca (Diego), 



336 Eeligión del Impeeio db los Incas 

No se limitaron los peruanos a adorar a 
aquellos montes, cuya cima permanecía siem- 
pre cubierta de liielo, sino que también rendían 
culto a muchas otras montañas, notables por su 
forma o tamaño, o a ^-andes rocas o piedras, 
llamándolas con nombres particulares y con- 
tando acerca de ellas variados mitos (1). 

Los Guamachucos veneraban a dos altísi- 
mas sierras, dichas Xulcaguaec (sulká=el me- 
jor, el más joven; guaec = huaca (?), esto es: 
la mejor huaca) y lanahuanca (yaua = compa- 
ñero, sirviente; huancu = gran piedra, esto es: 
el peñón sirviente), a las que acudían, cuando 
tenían guerra con sus vecinos, para que les die- 
sen fuerzas (2). 



Descripción y relación de la ciudad de La Paz. Relaciones 
geográficas etc., Vol. II, pg. 71, Madrid, 1885. 

(1) A Cerros altos y montes y algunas piedras muy gran- 
des también adoran y mocha y les llaman con nombres parti- 
culares, y tienen sobre ellos mil favulas de conversiones y 
metamorfosis y que fueron antes hombres y se convirtieron en 
aquellas piedras. Árriaga, Extirpación de la Idolatría, pg. 11, 
Lima, 1621. 

(2) Para cuando se alzaba alguna provincia contra ellos 
tenían su idolo y guaca que se llamaba. lanaguanca y con ella 
otra que se llamaba Xulcaguaec y con ella Atuguju, estas 
eran dos ceiTOS muy altos, y a estos mochaban y adoraban 
para que les diese fuerzas. Relación de la religión y ritos de 
los indios de Gnamachuco, hecha por los primeros religiosos 
agustinos, que allí pasaron, para la conversión de los naturales, 



MOKTES ADOBADOS 



337 



Al Ancón cagua (aymara, anco =niño tier- 
no, débil; cahua = camiseta, f anda, boina), en 
la Provincia de Hatun Gana, ofrecían muchos 
sacrificios, no sólo de animales, sino de hom- 
bres (1). 

Muchos eran los dioses de los Collas, mas, 
especialmente, reverenciaban a los cerros que 
llaman Oollo o, en plural, Collo-Collo. En la 
Provincia de Chucuyto, eran los más célebres 
el Ano -ano (aymara- ano = perro, ano- ano = 
perros o gran perro) o Don Oararo, el Atuca- 
chi (quichua- hatun = grande, cachi = sal), el 
Ocapia (quichua -kapya = blando, relativamen- 
te blando), el Pachapagui (quichua- pacha == 
tierra, paqui = quiebra, esto es: quiebra la tie- 
rra) y el Pochpo- eolio (2). 

Cclección de documentos, inéditos, relativos al descubrimiento. 
Conquista y Colonización de las posesiones españolas en Ame- 
rica y Oceania, publicados por Torres Mendoza, Vol. III, pg. 

37, Madrid, 1865. . . tt . 

(Ij ^Anconcagua) estaba pegado a la provincia de Hatun 
Cana, y a tiempos iban de muchas partes con gran venera- 
ción - . - dicese que sin los muchos animales que sacrificaban a 
este diablo..-, hacian lo mismo de algunos indios e indias. 
Cieza de León, Segunda parte de la Crónica del Perú, pg. 111, 

Madrid, 1880. 

(2) Muchas cosas adoran los indios pero especialmente son 
dados a la adoración de los cerros, que ellos llaman eolio, o 
eolio eolio quando son muchos, y tienen sus nombres particu- 
lares en cada Provincia. En esta de Chuncuyto es muy cele- 
Beliglón del Imperio de los Incas 



338 Ebligión del Imperio de los Ingas 

El favor que en el Ouzco lograba esta 
clase de cultos, no era menor que el que tenía 
en las Provincias del Imperio, ya que no ha- 
bía menos de diez y seis huacas, que eran 
montes o colinas, situados en los alrrededores 
de la ciudad. 

Principiando por aqaellos adoratorios, que 
había en la dirección de Ohinchansuyo, en- 
contramos que la quinta huaca del primer 
ceque, era el cerro Sonconancay (8onkon= co- 
razón; cay = el ser la posesión, esto es: el que 
tiene corazón), en donde hacían sacrificios por 
la salud del Inca (1). 

En el cuarto ceque de Oollasuyo, era la 
séptima huaca Raraoquirau, (rarzo o, por apó- 
cope, rrtrí>== cerro nevado; g'íí¿r«^diente), mon- 
te adorado por su tamaño (2). 

La novena del mismo ceque era el cerro 
Sinayba, junto al cual estaba la décima y úl- 

bre un cerro que llaman Ano -ano o Don Cararo Otro se 

dize Atucachi, Ccapia, Pachapaqui Poclipo- eolio etc. Bertonio, 
Confesionario muy copioso en dos lenguas Aymara y Española, 
pg. 250, Juli, 1612. 

(1) La quinta y postrera huaca deste ceque tenia por nom- 
bre Sonconankay es un cerro donde era muy antiguo ofrecer 
Bacrificios por la salud del Inca. Coho, Historia del Nuevo 
Mundo, Sevilla, 1839, Vol, lY. 

(2) La sétima se decia Raraoquírau. Es un cerro grande 
que adoraban por su grandeza y por ser señalado. Cobo, His- 
toria del Nuevo Mundo, Sevilla, 1889. 



Montes adoeados 339 

tima del ceqne, llamada Samiurco (sumi alar- 
go, extendido, iirco = monte), a la que ofrecían 

conchas (1). 

La cuarta huaca del octavo ceque de es- 
te mismo camino, era una colina, llamada 
Ohuquimarca (avmara; choke = oro, marca = 
pueblo), a la que ofrecían conchas molidas (2). 

La décimatercia del noveno ceque, era el 
monte Punco (punco =: puerta), al que ofre- 
cían los restos de los sacrificios de las de- 
más huacas (3). 

De mayor importancia era Mantocalla 
(mantay = extender, desplegar; callay = prin- 
cipiar, comenzar), sexta huaca del tercer ceque 
de Antinsuyo, cerro de gran veneración, en 
el cual, al tiempo de desgranar el maíz, ha- 
cían muchos sacrificios, entre otros, el de ha- 
ces de leña labrada, vestida como hombres 



(Ij La novena Guaca es un cerro grande llamado Sinay- 
ba que está de estotro cabo de Quispkanche. 

La decima y ultima se decia Sumeurco es un cerro que 
tenían puesto por limite de las Guacas deste Ceque. Está 
junto al de arriba, y ofrecíanle conchas. Coho, Op. cit., Vol. IV. 

(2; La cuarta era un cerrillo llamado Chuquimarca, que 
está junto a Guanacauri ofrecíanle conchas molidas. Coho, Op. 
cit., Vol. IV. 

(3) La postrera guaca de este camino era un cerro llama- 
do Punco, a donde ofrecían lo que sobraba de las Guacas des- 
te Ceque. Coho, Op. cit., Vol. IV. 



340 Eeligióx del Imperio de los Incas 

y mujeres, y gran cantidad de falsas mazorcas 
de maíz, hechas de madera. Mas no se limi- 
taban a tan incruentos sacrificios, ya que que- 
maban muchas llamas y aún se dice, que ma- 
taban niños (1). 

Muy probable es que Mantocalla haya si- 
do una huaca de gran importancia, en tiem- 
pos remotos, cuyas aras se humedecían, a me- 
nudo, con sangre humana, y que, andando los 
tiempos, disminuyendo la importancia de este 
santuario y suavizándose las costumbres, se 
sustituyeran los sacrificios de hombres con los 
de imágenes que los representaban, procedi- 
miento bien conocido, del que hay muchos 
ejemplos y que en su lugar estudiaremos (2). 

En la dirección de Oontinsuyo, notamos 
que la décimaquinta huaca del octavo ceque, 



[1) La sexta se decía Mantocalla que era un cerro en gran 
veneración, en el cual, al tiempo de desgranar el mais, ha- 
cían ciertos sacrificios, y para ellos ponían en el diclio cerro 
muchos haces de leña labrada, vestidos como hombres y mu- 
jeres y gran cantidad de mazorcas de maíz, hechas de palo; 
y después de grandes borracheras, quemaban muchos carneros, 
con la leña dicha 3' mataban algunos niños. Cobo, Op. cit., 
Yol. IV. 

'2) Frazer, The Golden Bough, Vol. IV. The Dying God, 
pg. 214 a 280, London, 1914. 

Westemai'ck, The Origin and Developement of the Moral 
Ideas, Vol. I, pgs. 469 y siguientes. London, 1912. 



Montes adorados 341 

era el monte Lluquirivi (1); la segunda del 
siguiente ceque, Micayurco (mikuy = córner^ 
arko = cerro) (2) ; la cuarta del décimo ceque, 
Yiracochaurco (Yiracocha, urco = cerro) (3); 
la cuarta del undécimo, Tampuurco (tampu = 
posada, urco = cerro) (4). Igual número del 
decimocuarto ceque, era una colina, llamada 
Pomaguaci (puma = león, guaci = casa) (5). 

En el siguiente ceque, estaba Pautan aya 
(pantay = errar, equivocarse, pecar; na =: in- 
terjección de duda, ya := exclamación de sor- 
presa), monte partido por el medio y que di- 
vidía el camino de Ohinchansuyo del de Oon- 

tinsuyo (6). 

Ohinchancuay y Quiquijana (quiqui=: 

propio, mismo; kána == hombre vil, desprecia- 

(1) La ultima guaca desde Ceque se decía Liuriquivi. Es 
un cerro grande junto a la quebrada de arriba. Coho^ Op. cit., 

Vol. IV. 

(2' La segunda se llama Micayurco. Es un cerro grande 
que está encima de Puquin. Cobo, Op. cit., Vol. IV. 

(3) La cuarta Viracocbaurco. Es un cerro que está encima 
de Puquin. Cobo, Op. cit., Vol. IV. 

;4~) La cuarta Tampurco, es otro cerro que está a un lado 
del de Puquin. Cobo, Op. cit., Vol. IV. 

1^5] La cuarta Pomaguaci es un cerrillo al cabo deste Ce. 
que. Cobo, Op. cit., Vol. IV. 

(6; La cuarta Pantanaya, es un cerro grande partido por 
medio, que divide los caminos de Cbincha y Condensuyo o 
Continsuyo. Cobo, Op. cit., Vol. IV. 



342 Eeltgión del Impeeio de los Ínoas 

ble, enseña que se cnelga a la puerta de la chi- 
chería) eran dos montes, que no pertenecían 
a ningún ceque y eran adorados (1). 

íío era exclusiva del Perú, la adoración 
a las montañas: encuéntrasela en todos aque- 
llos pueblos, que no han llegado a un grado 
suficiente de CTolución, para que desaparezca 
la creencia en la divinidad, o santidad de los 
montes j que tienen en su vecindad alguna 
cumbre notable. 

El respeto, que se tributa a un monte, 
puede presentar dos formas enteramente dife- 
rentes, pues ya es tenido por divino, ya por 
lugar santo. 

La primera concepción, sólo es posible en 
aquellas religiones, en que no ha asentado aún 
sus reales el antropomorfismo y en que la dei- 
dad no es necesariamente un ser humano, o 
en aquellas en que un principio de individua- 
lización, ha hecho que se conciba la mon- 
taña como un ser, animado por un espíritu di- 
vino. Esto es propio de las religiones, llama- 
das animistas y aquello del estado evolutivo. 



(1) La tercera se llama Chinchacuay. Es un cerro que esta 
frontero de la fortaleza. La cuarta y ultima de todas se decia 
Quiquijana. Es otro cerro que esta detras del de arriba. Cobo, 
Op. cit., Yol. IV. 



MOXTES ADOBADOS 



343 



capricliosamente llamado naturalismo (1), ca- 
racterizado por la concepción mana, en su ma- 
yor pureza, de la cual se origina y en la que 
se funda la adoración a los montes en su for- 
ma más primitiva. 

Originada de ella, es también la que he- 
mos dicho animista, voz que, en rigor, puede 
aplicarse, con igual exactitud, a ambas concep- 
ciones (como lo hicimos en el primer capítulo). 
La una no es sino el natural desenvolvimiento 
de la otra, pues, si un ser (un monte en el 
caso presente), es concebido como impregnado 
por fuerza activa y misteriosa, conociendo me- 
jor el hombre su modo de obrar y poniéndose 
por molde y arquetipo de toda la creación, 
supondrá que la fuerza de dicho ente, es el al- 
ma de él. 

Mas cuando estas ideas envejecen y, junto 
a ellas, la constante evolución humana hace 
que nazcan nuevas y más perfectas doctrinas, 
el monte -dios vuélvese la morada de los in- 
mortales, el teatro de sus hazañas, el lugar de 
sus delicias 

La montaña ha dejado de ser deidad, para 
convertirse en santuario: puede ya su carácter 

(1) Clodd, Animism. The seed of Religión, London 1905, 
pgs., 24-27. 



344 Religión del Imperio de los Incas 

sagrado perpetuarse a través de las edades. 
Revolucionará el mundo, generaciones se su- 
cederán, morirán en el olvido y desprecio los 
eternos que habitaron en la cumbre, olvida- 
ráuse sus nombres, si sus gestas no ocupan a 
poetas y artistas, o dan pábulo a galanos in- 
genios. Mas el monte seguirá siempre siendo 
objeto de especial respeto para los espíritus 
sencillos, que duermen bajo su sombra o ven 
salir el sol entre sus riscos; se contarán de él 
nuevas historias, fabulosos prodigios de santos, 
o proezas de demonios^ venturas o desgracias, 
ocurridas entre sus pliegues. El monte siem- 
pre será un lugar sagrado, por sus males o 
por sus dones. 

Muy interesante sería para nosotros pre- 
cisar en cuál de estos diversos estados evolu- 
tivos se encontraba el culto de los montes en 
el Perú. Los pocos datos, que sobre el asunto 
hemos encontrado en los antiguos cronistas y 
que acabamos de examinar, nos autorizan a 
pensar que, en la mayor parte de los casos, 
el monte era reverenciado por sí mismo, sin 
que sea posible precisar si se le dotaba de 
una alma, o se lo concebía como poseedor de 
fuerza mágico -religiosa; si bien es muy posi- 



Montes adorados 345 

ble fuese así, a juzgar por el concepto que 
aquellos indígenas tenían de huaca. 

En algunas ocasiones, sin embargo, pare- 
ce muy probable, que el monte haya sido teni- 
do por la morada de un espíritu supremo. 
A veces, no cabe duda acerca de ésto, como 
en el Viracochaurco y Pariacaca. 

De todas estas diferentes fases del culto 
a las montañas, sobran ejemplos. Así, para 
ilustrar el asunto y esclarecer el significado y 
valor de su adoración en el Perú, citaremos 
algunos casos, tomados al azar, en la litera- 
tura etnográfica. 

Los Bagandas dicen de algunas colinas, 
que están poseídas por los espíritus de los 
animales sagrados, y sólo se acercan a estos 
lugares con gran temor y, cuando se ven 
obligados a ello, por alguna necesidad, después 
de congratularse con los genios del lugar, que 
es tabú para el Rey y sus mensajeros (1). 

Para los Nandis, es sagrado un monte, 
situado cerca de Kápwaven, llamado Ohe- 
peloi (el cerro al cual los espíritus ponen fue- 
go;) pues dicen que los espíritus de los muer- 
tos queman la hierba del cerro, una vez por 

(1) Bascoe (J.), The Bagauda, pg. 319, London, 1911. 



346 Eeligión del Imperio de los Incas 

año. A esta montaña, no se acerca ningún 
nandi (1). 

Los Kayans de Borneo se creen rodeados 
de muchos poderes inteligentes, algnnos de los 
cuales están estrechamente relacionados con 
montañas, rocas y cuevas. 

Mientras más remota e inaccesible es una 
región, más son los Toh (espíritus malignos 
de vaguísima personalidad) de ella temidos. 
Las colinas ásperas o las cumbres de los mon- 
tes, son las moradas de Toh, poderosos y ma- 
lignos (2). 

En la India, abundan las montañas vene- 
radas; su cuito, según un profundo conocedor 
de la mentalidad popular de aquellas gentes, 
proviene de que los montes, con sus tupidos 
juncales, con sus misteriosas cavernas, que pa- 
recen la entrada del mundo subterráneo, con 
los peligros de los precipicios y animales fe- 
roces, parecen estar poblados de espíritus ma- 
lignos (3). 

Inmensa era la devoción que los antiguos 
Indios tenían al Himalaya, puesto que decían 

(1) Hollis, The Nandi, Oxford, 1909, pg. 

[2¡ Hose and Me. Doiigall, The Pagan tribes of Borneo, 
Vol. II, pgs. 16 y 25, London, 1912. 

(3) Crooke, Bengal in Hastings Encycloepedia of Ethics 
and Religión, Vol. 11, pg. 482, Edimbourgh, 1909. 



Montes adobados 347 

que sólo pensar en él, era más meritorio que 
practicar toda clase de obras pías en Benares, 
y que como el sol seca el rocío de la maña- 
na, así los pecados del hombre son borrados 
por la vista del Himalaya, en donde asegu- 
raban que vivían los dioses. 

Desde los tiempos más remotos, el Hi- 
malaya es el lugar de residencia preferido 
de los ascetas y todo pico o roca, recuerda 
a algún varón ilustre y recibe el tributo de 
respeto, debido a su memoria. En las cum- 
bres y cuevas, moran las hadas y las brujas, 
y en los más altos picos, los dioses. 

Toda la cordillera está personificada en 
la Mitología de la India, por Himavat, padre 
de Ganga y Umá Devi (1). 

Mas este culto prevalece entre los pue- 
blos no Aryos, que viven en el altiplano de 
Chota Nágpur, que adoran a un dios de los 
montes, llamado Mará - ang Buró o Bar Pa- 
har, al cual los sacerdotes de la tribu sacrifi- 
can búfalos y otros animales. 

Así, entre los Santales, se juntan, oca- 
sionalmente todos los de un pueblo, para ofre- 
cer sacrificios a Mará -ang Buró, en la cumbre 

(1) Crooke, Popular Religión and Folk-Lore of Xortbem 
India, Wetsminster, 189Ü, Vol. I, pgs. 60 y 61. 



348 Eeligión del Imperio de los Ínoa8 

de una montaña, sobre una roca plana; mas 
no tienen ideas claras acerca del cerro divi- 
no (1). 

Entre los Hos, es grande la importancia 
de este dios, cuyo templo es la roca más alta 
y notable de los alrededores de cada pueblo, 
siendo su más célebre santuario una montaña, 
en la que no hay ninguna estatua o piedra que 
sirva de simulacro; invócanlo los enfermos, 
y su culto público se verifica de tres en tres 
años (2). 

Los Orans, que viven en Mundas, sacri- 
fican a Marang Buró (3). 

Los Kisans, consideran sagradas a algu- 
nas alturas, por estar consagradas a sus dio- 
ses (4). 

Los ííágbangsis, que viven en un valle muy 
fuerte, entre los ríos Maini y Eeb, en Jash- 
pur, adoran, así como los Mundari Kols, una 

(1) Crooke, Bengal in Hastings Encycloepedia, Vol. II, 
pg. 482, Edimbourgh, 1909. 

Id. Popular Religión aud Folk - Love of Northern India, 
Wetsminster, 1896, Vol I, pg. 61. 

Dalton, Descriptiva Ethnology of Bengal, Calcut, 1872, 
pg. 214. 

(2) Dalton, Op. cit., pg. 187. 

(3) Id., Op. cit., pg, 257. 

(4) Crooke, Bengal, in Hastings Encycloepedia, Vol. II, 
pg. 482, Edimbourgh, 1909. 



Las Apachitas 349 

roca, morada del gran dios Baradeo (1). En 
Jarkwal, en el paso de Chipula, hay un tem- 
plo, erigido al dios de la montaña; en Tolma, 
uno, en honor del pico de Dangagiri (2). 

Los Kowas y Kurns, adoran a Mainpat, 
altiplano situado al sur de Son (3). Entre 
los Kurkus, Dungardeo, el dios del cerro, re- 
side en el monte más cercano al pueblo y le 
ofrecen sacrificios anuales (4). 

En la cordillera de Mirzapur, las tribus 
aborígenes, tienen gran respeto a los montes (5). 

En el cerro de Matrá, vive un dios o de- 
monio, llamado Darrapat Deo. íí'adie sube 
al monte, excepto el sacerdote y sólo después 
de ofrecer sacrificios (6). 

Así mismo, en Grarhwal, al pico Brama- 
deo, consagrado a Devi, nadie puede ascender 
impunemente (7). 

Igualmente celoso de sus dominios, es 
Sarú Pennú, dios montañés de los Kandhs, 

(1) Dalion, Op, cit., pg. 135. 

Crooke, Popular Religión and Foik-Lore of Northern In- 
dia, Westminster, 1886, Vol I, pg, 61. 
'^2) Crooke, Loco cit. 
i3^ Id., id. 
f4) Id., id. 

(5) Orooke, Op. cit., Vol. I, pg. 62. 
(6; Id., id. 
(7) Id., id. 



350 Eeligión del Impeeio de los Incas 

al cual rinden culto en los meses de Abril y 
Mayo, a fin de que proteja de los animales 
salvajes a aquellos a quienes sus negocios lle- 
van a las montañas de Kandha (1). 

En el Mirzapur, Ohaimpur, vive Koti 
Bani, encargado de las langostas, que allí se 
encuentran (2). 

Las cordilleras de Kaimúr y Kindhyan, 
tienen cierta santidad (3). 

En Hoshangábad, en el altiplano de la 
India Central, Surybahan, o rayos del sol, es un 
nombre muy común para rocas o colinas aisla- 
das, en las cuales dicen, que mora un dios (4). 

Oreen los Todas, que los dioses moran en 
la cumbre de los montes y que son invisibles 
a los mortales, mas que los primeros hom- 
bres, vivían en estrecho contacto con ellos, en 
los montes ííilgiri (5). 

En China, las montañas son siempre ve- 
neradas, como morada de los genios, pe- 
ro la tradicción religiosa enseña la existencia 

(1) Crooke, Bengal in Hastings Escj'cloepedia, Vol. II, 
pg. 483, Edimbourgh, 1909. 

(2) Crooke, Papular Religión and Folk - Lore of Northen 
India, Westminster, 1806, Vol. I, pg. 62. 

(3) Crooke, Op. cit., Vol. I, pgs. 63 y 64. 

(4) Crooke, Op. cit. Vol. I, pg. 61, ^ 

(B) Itl'¿ér*9t The Todas, LOtidon, líf06, ^, 18'3. 



Montes adorados 351 

de cinco cumbres sagradas, más bien ideales 
que reales (1). 

Los Ostayaks, adoran a ciertos montes (2). 

Los Koryak, llaman abuelos a determina- 
dos cerros, cabos y rocas, de los que aseguran 
que protegen a los cazadores y viajeros y les 
ofrecen sacrificios. Mas es difícil precisar, si 
el nombre se dirige al monte o a un espíri- 
tu, que suponen lo ocupa, si bien parece más 
probable la primera interpretación (3). Entre 
sus vecinos, los Kamcliadal, existe igual creen- 
cia, y señalan entre las montañas sus antece- 
sores petrificados y les hacen sacrificios, en lo 
que también coinciden con los Koryaks (4). 

Menos manifiesta está esta idea entre los 
Ohukchee; sin embargo, a un pico que hay 
en el medio del río Andir, llaman Peru'ten, 
que es uno de los nombres del dios marítimo 
Ker'tkun. Cuentan que subiendo éste por el 
río, cansóse tanto, que se sentó a reposar y 
se convirtió en una roca (5). 



(1) Reville (A.;, La religión Cliinoise, París, 1889, pg. 148. 

(2) Tylor, Primitive Culture, Vol. II, pg. 163, Londres, 1891- 

(3) Jochelson, The Koryak - The Jesup North Pacific Ex- 
pedition, Vol. VI, pg. 31, New York, 1905. 

Í4) Borgas (W.), The Chukchee-The Jesup North Pacific 
Expedition, Vol. VII, pg. 289, New York, 1907. 
,5) Id., id, 



352 Ebligión del Imperio de los Incas 

En el folk - lore Tukaghir y en el Aleu- 
ta, hay mochos ejemplos de cerros que obran 
como personas vivas y que, al fin de la his- 
toria, se asegura se petrificaron (1). 

En el país Yosemita, uno de los grandes 
picos era llamado por el nombre de la heroí- 
na mítica, la hermosa Tisayac. Totokomilla, 
el Jefe del lugar, encontróse en una casa con 
una muchacha no corporal, el ángel custodio 
de la localidad,*y se enamoró de ella, que no 
encontró otro medio mejor para escapar de 
sus amorosos anhelos, que emprender la fuga. 
Iba ya a alcanzarla su enamorado, tocábala ya 
casi con las manos, cuando ella desapareció. 
Vanamente buscóla el Jefe, cuya desespera- 
ción aumentaba, al ver degenerar todas las 
cosas, mal que sólo remedióse, cuando re- 
tornó la portentosa muchacha. Mas el Caci- 
que, aleccionado por tan triste experiencia, no 
trató de volver a ver a la que tanto amaba y 
se contentó con llamar a uno de los picos de 
la sierra Tisayac y a otro Totokomilla (2). 



(1) Bargas (W.), The Chuckckee - The Jesup North Pacif 
Expedition. Vol. VII, pg. 289", New York, 1907. 

(2) Dormán, Primitive Superstition, pg. 304. Philadel- 
phia, 1881. La historia de Tisayac recuerda algunos bien co- 
nocidos mitos del mundo clásico, de los del tipo de Itzar 
(Yastrow The Religión of Babilonia and Asiria, Boston, 1889), 



Montes adobados 353 

Oerca del río Blanco, en nna llanura, 
liay nna colina, en la cual dicen los Aricara- 
res, que viven unos espíritus enanos (1). 

Los Hidastas veneran a aquellas monta- 
ñas, que les parecen extraordinarias (2). 

La Montaña de los Muertos, que está en 
la cabecera del valle Mojave, es vista con re- 
verencia por los indios, porque creen que es 
la morada de los espíritus de los difuntos y 
porque dicen que quien la pise, caerá muerto 
en el mismo instante, en que cometa tan gra- 
ve desacato (3). 

Los Tompson creen que la mayoría de 
las rocas y peñascos de forma singular, son 
hombres del período mitológico, transformados 
en piedras, y aseguran que son muy numero- 
sos los espíritus de las montañas. Dicen que 
en las más altas sierras, reside el Hombro 
Viejo, que forma las lluvias y las nevadas. 

Por ser la residencia de los espíritus do 
la tierra, eran tenidos algunos cerros por sa- 

y es uno de aquellos mitos en que se quiere explicar el 
cambio de las estaciones y el renacer de la vegetación con la 
primavera. 

'1) Dormán, Loco cit. 

¡2) Matihews (W.), Ethnograpliy and Philology of the 
Hidasta Indians, pg. 48, Washington, 1877. 

(8j Dormán^ Loco cit. 
HBlfgiírtí del Imperio de Iob Inctis 88 



354 Keligióít del Imperto te los Incas 

grados: decían que pisar en ellos, ocasionaba 
aguaceros, a menos de tomar ciertas precau- 
ciones, como la de congratularse con los es- 
píritus, ofreciéndoles sacrificios, como hacían 
los cazadores, que ofrecían un mechón de pelo, 
una hilacha del vestido, u otra cosa semejante. 

Para ir a ciertos lugares de éstos, así co- 
mo a determinados lagos, se pintaban de rojo. 
Tal hacían, cuando se acercaban a unos picos, 
de los cuales el central es Amotén, que creen 
es un hombre, que tiene a sus lados a sus 
dos mujeres, Ntséke'lxtin y Séjuk. Dicen que 
golpear con un palo en esta región, da lluvia, 
lo que igualmente aseguran de otros lugares. 

Hay tres rocas, situadas, poco más o me- 
nos, a cinco millas al este de Spences Bridge, 
de las que afirman que son las vergüenzas de 
su gran transformador, el Coyote v de su mu- 
jcr (1). 

Muy poco diferentes son las ideas de los 
Lilluets, quienes cuentan muchas fábulas de 
metamorfosis, relativas a rocas, que se hallan 
esparcidas por todo el país, por ellos habitado. 
En una roca, que se encuentra en Slaha'-l o 

(1) Teif, The Thompson Indiane of British fJolumbia, 
The Jesup North Pacific Expedition, New York, 1898-90, Vol. 
I, pgs. 837, 338, 841, 844 y 845. 



Montes adorados 355 

Slaka, señalan ciertas pinturas, que dicen ser 
las de aquellas cosas que se conviertieron en 
piedras. 

Cuando llegan a un lugar de las altas 
montañas, en que piensan cazar, se dirigen a 
los picos, diciendo : «Cavaremos raíces y caza- 
remos. Permitid que ni llueva ni baga mal 
tiempo, 08 pedimos esto, oh picos!» 

Ya hemos visto cómo en Po'pesamen to- 
dos los pasantes hacen montones de varas, 
después de flajelarse las piernas, llamando al 
monte jefe y pidiéndole buen tiempo (1). 

En las islas Vancuver, hay un cerro que 
los indígenas evitan nombrar (2). 

Los Hupas tienen dioses, que viven en 
las montañas, las rocas o los ríos (3). 

En Georgia, hay un monte, al cual los in- 
dios tenían, antiguamente, supersticioso terror 
y del que contaban muchas leyendas. Pensa- 
ban que había en él un gran poder mágico, 
que controlaba el mundo, do.sde aquellas her- 
mosas alturas. 

{1) Teit, The Lillooet indiana. Jesup Ncrth Pacific expedi- 

tion, New York, 1906, Vol. II, pg. 279 

(2j Luhok, La civilisation primitive, París 

(3) Pliny Earle Gordon, Life and Culture of the Hupa-Uni- 

versity of California, Archeological and Ethnological Series, 

Vol. I, pg. 77, Berkely, 1903 



356 Keligión del Imperio de los Incas 

En las lejanas y blancas cimas, los indios 
de las praderas, reconocían la residencia del es- 
píritu, que forma el rayo y desencadena las 
tempestades y nunca se atreven a penetrar en 
tan sagrado recinto, sin ofrecer el debido sacri- 
ficio (1). 

Para los Apalacbitas era sagrado el monte 
Taimi, en donde había dos grandes cavernas 
sagradas y guardados en ellas vasos emblemá- 
ticos llenos de agua, y un gran altar, hecho de 
una piedra redondeada, en el que quemaban, 
continuamente, resinas aromáticas (2). 

Los Mejicanos de «todos los montes emi- 
nentes, especialmente donde se armaban nubla- 
dos para llover, imaginaban que eran dioses, 
y cada uno de ellos hacían su imagen según 
la idea que tenían de los talos» (3). Creían que 
las enfermedades, relacionadas con el frío, ta- 
les como el reumatismo, eran dadas por los co- 
rros, que, así como tenían poder para causar- 
las, podían librar de estas dolencias a los que 
do ellas sufrían, con cuyo fin, hacían sacrifi- 
cios y ofrendas a tal o cual monte, escogien- 

(1) Dormán, Primitive Superstitions, Philadelphie, 1881, 
pag. 304. 

(2) Dormán, Loco cit. 

(3) Sahagún, Historia de las cosas de Nueva España, Méxi- 
co, 1829, pgs. 35 y 86, Vol. I. 



Montes adoeados 357 

do de ordinario, aquel que estaba más cerca del 
doliente. 

Este culto, que podemos llamar privado, 
daba lugar a ceremonias bastante complicadas, 
acompañadas, a menudo, de banquetes y diver- 
siones, en que tomaban parte, además de los 
sacerdotes, los parientes y amigos del enfermo, 
lo que no podía hacerse sin gastos considera- 
bles, entre los que era preciso contar los de la 
fabricación de las imágenes de los montes, imá- 
genes que eran humanas y representaban a las 
cumbres pricipales, entre las que figuraban, en 
Méjico, los volcanes Popocatepetl y Poiantecatl. 
Eran de masa de bledos, llamadas tzoalli, y 
fabricábanlas los hechiceros. Ofrendábanles ti- 
ras de papel y pegábanlas a una, para así, sus- 
penderlas del cuello. Cinco días después, se ve- 
rificaba la fiesta principal, en que se ofrecía co- 
mida y terminaba descabezando los sacerdotes 
las figurillas (1). 

Mas no eran las más altas cumbres de la 
cordillera, las únicas que los subditos de Mon- 
tezuma adoraban , pues, muy al contrario, las 
alturas moderadas, aquellas que todo el año es- 
tán cubiertas de verdura, eran muy veneradas. 

(1) Sahagún, Loco cit. 



358 Keligióx del Impekio de los Ínoas 

En la serranía de Méjico, la experiencia había 
enseñado, que en las montañas llovía aún du- 
rante la estación seca y se conservaba siempre 
lozana la vegetación, por lo cual, las tuvieron 
por moradas de Tlaloc, dios de la lluvia, a 
quien tanto respeto tenían (1). 

Así, la bella montaña cónica, siempre ver- 
de, situada al Este del territorio tlascalteca, fué 
tenida por estas gentes, por la residencia o 
encarnación de Matlalcuey (matlactli ^ azul, 
cueitli = enaguas, ye = tiene ; esto es = la se- 
ñora del vestido azul, esposa de Tlaloc). Gran- 
de era la veneración que en Tlascala gozaba 
este monte, semejante tan sólo a la que reci- 
bía otra gran montaña, el Tlalpatecatl, pues 
a ellos acudían todos los pueblos comarcanos, 
a quemar copal y ofrendar comidas, papel y 
plumas (2). 



(i) Seler lEd.j, Codex Vaticanus, N». 8773. Codex Vatica- 
nas, B. and Oíd Mexican Pictorial Manuscript in the Vatican 
Library, London and Berlín, 1902 a 1903, pg. 106. 

(2) Fray Diego Duran, Historia de las Indias de Nueva 
España y Islas de Tierra Firme, México, 1880, Vol. 11, pg. 
206. 

Seler, Loco cit. 

Róbelo, Diccionario de Mitología Nahua, Anales del Mu- 
seo Nacional de México, Segunda Época, Vol. IV, pg. 187, 
México, 1907 y Vol. V, pg. 282, México, 1908. 



Montes adobados 



350 



Uno de los santuarios más famosos del 
venerado Tlaloo, era un cerro alto, dicho Tlal- 
vean, o lugar de Tlalve, « que está en térmi- 
nos de Ooatlychan y Ooatepec. En la cumbre 
de este cerro, había un gran patio cuadrado y 
en él un adoratorio, en el cual estaba el ídolo 
Tlaloc, y, a la redonda, cantidad de ídolos 
pequeños, que significaban los demás cerros y 
quebradas, que este gran cerro tiene en derre- 
dor, los cuales todos tenían sus nombres par- 
ticulares, según el cerro que representaban» (1). 
Celebraban allí, todos los años, el 29 de Abril, 
la fiesta Hueitozoztli, en la que sacrificaban 
un niño y a la que concurrían gran número 
de gente y todos los jefes del distrito. Yeri- 
ficábase esta solemnidad todos los años, cuan- 
do el maíz había ya nacido, esto es, al mismo 
tiempo que en Méjico se celebraba la gran fiesta 
a los montes, que luego describiremos, y en 
ella pedíanles buen tiempo (2). 

(1) Fray Diego Duran, Op. cit., Vol. II, pg. 135, Méxi- 
co, 1880. 

(2) Fray Diego Duran, Historia de las Indias de Nueva 
España y islas de Tierra Firme, México, 1880, Vol. II, pgs. 
135, a 141. 

Seler (Ed.), Codex Vaticanns, N°. 3.773. Codex Vaticanua 
B. and Oíd Mexican Pictorial Manuscript in the Vatican Li- 
brary, London and Berliu, 1902-19(B, pg. 106. 



¿60 Eeligión del Imperio de los Ínoas 

Como acabamos de ver, según los meji- 
canos, en los montes residía el dios de la llu- 
via, Tlaloc: lo explica la opinión que tenían, 
de que ellos eran vasos llenos de agua, que 
podían romperse y anegar al mundo (1). 

Mas, si el dios de la lluvia, que lugar 
tan prominente ocupa en el culto que reci- 
bían en Anauao los cerros, aparece como una 
entidad distinta de la montaña, no así Tepe- 
yolotli (tepetl:=i cerro, yolotli =r corazón), que 
residía en el centro de los montes; por lo cual 
era tenido, especialmente, por genio de las ca- 
vernas, cuya expresión es el humo y que en 
el Oódex Boloña, está representado con figura 
humana, pero que en las pinturas mejicanas 
toma más ordinariamente, la forma de ja- 
guar. Tepeyolotli era el octavo señor de la 
noche (2). 

Ya hemos tenido ocasión de nombrar la 
mayor parte de aquellos montes, que eran más 
venerados por los mejicanos. Ahora sólo men- 
cionaremos al Poiantecatl y al Teocuicani 

(1) Róbelo, Diccionario de Mitología Nahua. Anales 
del Museo Nacional de México, Segunda Época, Vol. V, pg. 
226, México, 1908. 

(2) Seler (Ed.), Op. cit., pgs. 17 y 67. 
Rohelo, Op. cit., Vol. V, pgs. 226 y 227. 



Montes adorados 361 

(teotlz=dios, cuicani := el que canta), que está 
al Sur del Popocatepetl, al que reverenciaban 
por las recias tempestades, que so formaban 
en su cumbre, en donde, muj de continuo, se 
oía el fragor del trueno. Allí había una casa 
de descanso y sombra para los dioses, con un 
ídolo muy rico de jadeíta (1). 

A estas cimas, j a todas en general, ren- 
dían en Méjico culto solemne, todos los años, 
en una gran fiesta, llamada Tepeilhuit Teotleco, 
Pachatoutli, o Ilucpactli y que, al tiempo de la 
Conquista, se verificaba en el decimotercio mes, 
o veintena del año mejicano, por lo cual, 
para representarlo, «pintaban una cuesta y 
encima una culebra, la cual cubrían de masa 
de tamales. ... y este diablo se llamaba su- 
chique9ale y sacrificaban una india » (2). 



(1; Sahagún, Historia de las Cosas de Nueva España, 
Vol. I, pg. 37, México, 1829. 

Duran, Historia de Nueva España y islas de Tierra Fir- 
me, Vol. II, pgs. 202 a 207, México, 1880. 

Róbelo, Diccionario de Mitología Nahua. Anales del Mu- 
seo Nacional de México, Sagunda Época, Vol. pg. 207, Mé- 
xico, 1908. 

(2) Anónimo, Libro de la vida de que Jos yndios anti- 
guamente hacían. Roma 1904.— De este precioso manuscrito, 
con pinturas mejicanas, hay dos ediciones, que reproducen en 
facsímil el original de Florencia, la una, hecha a expensas del 



362 Ebligión del Imperio de los Incas 

Los ritos que, en esta ocasión, se cele- 
braban, eran públicos y privados, « en honra 
de los montes altos donde se juntan las nubes 
y en memoria de los que se habían muerto 
en agua o heridos de rayos, y de los que no 
se quemaban sus cuerpos sino que los ente- 
rraban » (1) y estaban destinados a establecer 
entre los dioses de los montes y sus devotos 
estrecha alianza, mediante la comunión de las 
representaciones divinas, en las cuales se con- 
sideraba inmanente la deidad: forma de sa- 
crificios muy practicada por los mejicanos y 
por muchos pueblos primitivos (2). 

Para los ritos privados, servía de hostia 
una masa de bledos y maíz, preparada, el 
primer día de la fiesta, con harina reciente- 
mente molida, llamada Tzohualli, con la que 
cubrían unos palos muy retorcidos, en una de 
cuyas extremidades habían labrado, cuidado- 
samente, una cabeza de serpiente o humana, 



Duque de Lubat; la otra, con doctas notas y comentarios, im- 
presa por D*. Celia Nuttal, de la que, desgraciadamente, aún 
no está publicado el Vol. II. 

Véase Nuttal, XVII International (Jongres of Americanis- 
tes, London. 

\1) Sahagiai, Historia general de las Cosas de Nueva Es- 
paña, Vol. I, pg. 159, México, 1829. 

(2) Smith, The Religión of the Semites London, 1914. 



Montes adobados 363 

con la que hacían unas imágenes de los mon- 
tes, la mitad culebras y la otra mitad hom- 
bres, fundadas en unos palos, hechos a manera 
de niñas, que llamaban Ehcantontin. Estas 
figuras las ponían en el lugar de la casa, que 
servía de adoratorio, dando, en muchos casos, 
el sitio preeminente a una mayor que las de- 
más, a la que llamaban Popocatepetl, dispo- 
niendo las otras a su rededor. Cada una te- 
nía un nombre, pues representaban, ya a 
Tlaloc, ya a Ohichocornecoatl, ya a Iztacte- 
pel, ya a Amatlecueye, ya a Oihuacuatl o a 
la señora de los ríos Ohalchichtliycue. 

Descansaban los idolillos sobre unas ros- 
cas de heno, que guardan de un año para otro. 
v<En la vigilia llevaban a lavar estas roscas 
al río o a la fuente y cuando las llevaban 
iban les tañendo con unos pitos de barro cocido». 

Amasaban los bultillos, ordinariamente, 
la noche, de manera que estuviesen listos al 
amanecer. Colocaban delante de cada monte 
unos pedazos de la misma masa, rollizos y 
largos, dichos yonis, y ofrecíanles comida, ma- 
zorcas de maíz fresco y copal, mientras les 
cantaban himnos y dirigían oraciones. 

Hacían también unos arbolillos de masa, 
de los que colgaban heno, para p(>iierl«;s cu 



364 Eeligión del Imperio de los Incas 

los cercados, y arrojaban a los cuatro puntos 
cardinales, maíz de diferentes colores: negro, 
blanco, colorado y entreverado. 

En el segundo día de la fiesta, adornaban 
los idolillos con mitras y vestidos de papel, 
y, con gran solemnidad, cual si se tratare de 
un sacrificio humano, procedían a inmolarlos, 
sirviéndose de un tztzopaztlil (instrumento de 
tejer), como del cuchillo de sacrificios, sacá- 
banles el corazón y se lo ofrecían al dueño, 
quien lo comía y distribuía el resto de la ma- 
sa entre las personas de su casa, quienes, con 
gran reverencia, lo tomaban, como a carne de 
sus dioses, tras de lo cual, comían y bebían, 
en honor de las deidades muertas. 

Mientras esto pasaba en las casas de los 
particulares, los sacerdotes buscaban en los 
bosques las ramas más torcidas y llevábanlas 
a los templos y las cubrían de masa de ble- 
dos, de tal modo que representaren serpientes, 
con sus ojos y boca. Hacían luego las mis- 
mas ceremonias, que el común de las gentes 
y fingían matarlas, repartiendo la masa a los 
cojos, mancos y contrahechos, qnienes queda- 
ban obligados a dar la semilla de bledos, pa- 
ra hacer la masa el próximo año. 

Al mismo tiempo, no faltaban devotos. 



Montes adobados 365 

qne iban a la cumbre de los cerros, a encen- 
der lumbres y quemar copal. 

Los ritos públicos, eran menos inocentes 
y humanitarios, que los que acabamos de des- 
cribir. En ellos había una danza, para pedir 
buena cosecha; en esta danza remedaban pe- 
dir limosna a los dioses. Iban en ella dos es- 
clavas jóvenes y hermanas, vestidas de papel, 
en el que habían pintado unos intestinos re- 
torcidos, significando, en el un vestido, la har- 
tura, y en el otro, el hambre. Estas mucha- 
chas eran luego inmoladas. No eran éstas las 
únicas víctimas humanas, ya que igual suerte 
tenían otras cuatro mujeres en los caracteres 
de Tepechoc, Matlacuac, Xochitecal, Maya- 
huel, y un hombre, en el de Minahual. Ves- 
tían de papel de colores, cubierto de resina 
elástica, y los llevaban en andas, mujeres, hasta 
el lugar en que los mataban. 

Luego que habían muerto, sacábanles los 
corazones, para ofrendarlos a Tlaloc. Sus cuer- 
pos los comían los principales señores, y el 
vestido, que habían llevado, colgábanlo en una 
^ala del templo, en memoria de la festividad (1). 

(1) Sahagún (Fray Bernardino), Historia General de las 
Cosas de Nueva España, Vol. I, pgs. 85 a 39, 67 a 68 y 159 
a 162, México, 1829. 



366 Eeugión del Imperio de los Incas 

En otra época del año, honraban tam- 
bién los mejicanos, solemnemente, a los mon- 
tes, en el mes de Atemoztli, en que se veri- 
ficaba la quinta y última ñesta de los dioses 
del agua y de los montes. Preparábanse a 
ella con grandes penitencias, tales como pa- 
sarse púas, pajas y cordeles por dentro de la 
lengua, brazos etc. etc. Hacían, como en la otra 
solemnidad, figurillas, de los montes de masa de 
varias semillas, a cuyas figurillas, después de ha- 
berlas adorado, abrían el pecho y sacaban el co- 
razón. El cuerpo se dividía por cada cabeza 
de familia y entre sus domésticos, a fin de 
que, comiéndolo, se preservasen de ciertas en- 
fermedades, hecho lo cual, quemaban la ropa 
que habían puesto a los idolillos y guardaban 
las cenizas en los adoratorios (1). 



Duran (Fray Diego), Historia délas Indias de Nueva Es- 
paña y Islas de Tierra Firme, Vol. 11, pgs. 202 a 207. 

Torqueinada (Juan), Monarquía Indiana, Madrid, 172B, 
Vol. II, pgs. 279 a 280. 

Róbelo (Cecilio), Diccionario de Mitología Nahua, Anales 
del Museo Nacional de México, Segunda Época, Vol. V, pgs. 
36 a 37 y 224 a 226, México, 1908. 

Payne, History of the New World called America, Vol- 
I, pg. 404, Oxfor, 1892. 

(1) Róbelo^ Diccionario de Mitología Nahua. Anales del 
Museo Nacional de México, Segunda Época, Vol. II, pg. 360, 
MéxiC(¿, 1905, 



Montes adobados 367 

Los Chibchas, además de adorar a mn- 
chos objetos natnrales, como a las lagunas, 
ríos, arroyos y cuevas, veneraban a las mon- 
tañas (1). 

Los ejemplos aludidos, esclarécenos acerca 
del culto que los peruanos rendían a las mon- 
tañas, culto que debía encontrarse en un es- 
tado de evolución poco inferior a aquel en 
que se hallaba Méjico; esto es, que no eran 
tenidas por sagradas, por estar asociadas a una 
divinidad determinada, de lo que en Méjico 
hay marcadas trazas, sino por dotadas de un 
espíritu divino, semejante a Tepeyolotli, o por 
ser receptáculos de mana. 

El culto de los cerros en el Perú, qui- 
zás, con el que presenta mayor semejanza, es 
con el que se les tributa por las tribus Salishs 
y los Chibchas, similitud debida tan sólo a 
pertenecer a un mismo grado de evolución. 

Fundado en los iguales principios que el 
culto de las montañas es, a no dudarlo, el de 
las islas, montes más sorprendentes para los 
primitivos, cuanto que se levantan sobre la 
inmensa y misteriosa llanura del mar. 

il) Feíitrepo, Los diibchae, Bogt>tá, 18S5, pgB. 51 y 76. 



368 Eeligión del Impeeio de los Ikcas 

Los aborígenes de la Costa del actual Pe- 
rú, contaban que, en tiempos remotos, habían 
sostenido una encarnizada lucha los dioses Yi- 
chana y Pachacámac, cuyas terribles conse- 
cuencias sufrían los hombres, que las celosas 
divinidades creaban, pero que no protegían con- 
tra los ataques de su adversario. Así, decían 
que, durante una ausencia de Yichana, Pa- 
chacámac mató a la madre de éste, creando, 
en seguida, hombres y mujeres, para que po- 
blasen la tierra. Cuando Yichana regresó y 
se impuso del terrible fin que había tenido la 
autora de sus días, tuvo tal indignación 
que, aún después de resucitarla, viendo que 
Pachacámac se había librado de su venganza, 
refugiándose en el mar, «bramando encen- 
día los ayres, e centellando atemorisaba los 
campos volvió el enojo contra los de Yegueta 
y culpándoles de cómplices pidió al Sol su 
padre los convirtiese en piedras, conversión 
que luego se hizo. . . . ^o uvo bien ejecutado 
el castigo que el Sol i el Yichana se arre- 
pintieron de la impiedad .... no pudiendo des- 
azer el castigo quisieron satisfacer el agravio 
i determinaron dar onra de divinidad a los 
Curacas y Caciques a los nobles y valerosos, 
i llevándolos a las costas y playas, los dejo 



Montes adobados 369 

a nnos para qae fuesen adorados, y a otros pu- 
so dentro del mar que son los peñoles. ... a 
quien les dicen títulos de deidad, i cada año 

ofreciesen oja de plata chicha y muUu 

dando el primer lugar al Curaca Amat, que 
es un peñol o roca una legua de tierra» (1). 

Los moradores de las tierras bajas del 
Perú, que tenían una civilización tan antigua 
y original, contaban con reducidos medios de 
subsistencia, pues la llama, el animal domés- 
tico de más importancia que conocían, acli- 
mátase mal en las regiones calientes, y los 
áridos campos sólo rendían frutos en los estre- 
chos valles, a los que, merced a ingentes obras 
de canalización, era posible llevar agua, desde 
escasos y torrentosos ríos. La tierra cultiva- 
ble era escasa; la pesca, si rica y abundante, 
no podía, por sí sola, satisfacer las necesida- 
des de un pueblo sensual y refinado. 

IJn cultivo intenso era indispensable, y el 
aguijón de la necesidad hizo que la agricul- 
tura progresase grandemente, a lo cual con- 



^1, Calancha, Chronica Moralizada, Vcl. I, pgs. 412 a 414, 
Barcelona, 1638. 

Los mitos de Vicliana y Pachacámac serán estudiados al 
tratar de estos dioses. Ahora nos limitamos a reproducir, sin 
comentarios, las frases mismas de Calancha, 
Heligióu del imparto d« loa Inow 24 



370 Eeligióx del Imperio de los Iítcas 

tribuyó, de modo poderoso, el guano, que aún 
hoy constituye la riqueza principal de la cos- 
ta peruana. 

Así, si las islas en sí mismas, eran te- 
nidas por divinas, aquellas, en que existían 
depósitos de guano, recibían particular adora- 
ción, pues, decían que en éstas había una hua- 
ca que lo criaba, y, cuando el maíz iba a 
espigar, iban en balsas a las islas, llevando 
muUu, paria, chicha y otras cosas en sacri- 
ficio (1). 

(1) Las Islas que en la mar tienen guano con que esterco- 
láis el máiz quando quere espigar, no son Dios. 

Y para que sepáis bien esto, aueis de saber que estas Islas 
son vnos cerros grandes de piedra, que los crió Dios en la mar, 
para mostrar su Omnipotencia, y alli se han estado desde que 
Dios crio el cielo, y la tierra, y como por alli vuelan muchos 
pájaros, que vosotros llamáis Huauai, y duermen y estercolean 
alli, por esso desde lexos están blancas. 

_^ Direisme, Padre, los hechizeros nos han dicho, que en estas 
Islas está vna Huaca, que es criador del huano y quando quie- 
re espigar van allá con balsas, y llenan chicha, mullu y paria, 
y otras cosas y le piden licencia para traer huano. 

A ciegos, sin entendimiento, no veis que el huano es estiér- 
col del pajaro que se llama Huauai, y como el estiércol de las 
ouejas es bueno para las sementeras, assi de la misma mane- 
ra el estiércol del pajaro Huauai es bueno para el mayz. Di- 
me ay alguna Huaca que crie el estiércol de la oueja? No por- 
que las mismas ouejas lo estercolean pues assi de la misma 
manera no ay Huaca que crie el huano AvendaTio, Sermo- 
nes de los Misterios de nuestra Santa Fe, Lima, 1649, fol. 
56 a 67. 



Montes adoeados 371 

En el pueblo de Huaclio, cuando debían 
ir a coger guano en los farallones de Huara, 
derramaban chicha en la playa, para no tener 
accidentes en la travesía; antes de emprender 
el viaje, ayunaban dos días, absteniéndose de 
ají, sal y mujeres; y, cuando llegaban a la isla, 
adoraban a Huamancántac, como a dios del 
huano, ofreciéndole sacrificios en compensa- 
ción de lo que le tomaban de sus dominios. 
De retorno al puerto, ayunaban dos días 
más y celebraban fiestas, con bailes y can- 
tos (1). 

La isla do la Plata era un lugar sagra- 
do para los Mantas y para los Incas, según 
lo han demostrado las excavaciones de Dor- 
sey (2). Esta hermosa isla no era habitada 
en épocas prehistóricas, y allá pasaban, de 



(1) Y en el pueblo de Huaclio quando ivan por Huano 
a las Islas que son los farallones de Huara, hazian vn sacri- 
ficio derramando chicha en la playa, para que no se trastor- 
nasen las balsas, precediendo dos días de ayuno, y quando lle- 
gavan a la Isla adoraban a la Huaca Huamancántac como Se- 
ñor del Hi-ano y Is otVecian las ofrendas para que las dexa- 
sen tomar el Huano, y en llegando de buelta al puerto ayu- 
naban dos días y luego baylaban y cantavan y bevian. Arria- 
gOy Extirpación de la Idolatría, Lima, 1621, pg. 31. 

i2) Dorsty^ The Island of la Plata, Ecuador. Chicago, 190^. 



372 Eeligión del Imperio de los Incas 

tiempo en tiempo, los moradores de la costa 
a ofrecer sacrificios (1). 

Más que temerario sería afirmar que este 
culto, así como el que se verificaba en las islas 
Chinchas (2), haya sido tributado a la is- 
la, siendo más probable que la isla se haya 
considerado solamente como un lugar santo, 
grato a las divinidades, y nó un dios, esto es, 
participaban del mismo carácter y naturaleza 
que Koati y Titicaca, cuya santidad originá- 
base de los santuarios del Sol y de la Luna, 
que en ellas había. 



(1) (En la isla de la Plata) en los tpos antiguos solian 
tener los indios de la trra firme sus sacrificios y matauan 
muchos corderos y ouejas, y algunos niños, y ofrecían la san- 
gre dellos a sus ydolos o diablos la figura de los qlls tenian en 
piedras a donde adorauan. Cieza, Primera parte de la Chro- 
nica del Perú. Sevilla, 1553, fol. 5. 

'2) Solian los Indios y de la tierra firme a hacer en ellas 
(las Islas Chinchas) sus sacrificios. Ciesa, Op. cit., fol. 6 vuelta. 



CAPITULO V 

ROCAS Y PIEDRAS ADORADAS 

Hemos pasado ya en revista, la adora- 
ción de las montañas en el Perú; consecuen- 
cia de ésta es, a no dudarlo, la de rocas, gal- 
gas y piedras, siendo difícil, por no decir im- 
posible, establecer una diferencia marcada, en- 
tre el culto de la montaña cubierta de eternas 
nieves, la veneración del monte, terminado en 
agudos picos de negruzcas y despedazadas ro- 
cas, la adoración del peñasco, o el culto ren- 
dido a una piedra singular por su forma, ta- 
maño o color. 

Que el culto de las piedras estaba en vigor, 
hasta en los últimos días del Imperio y que 
florecía a la llegada de Pizarro y sus compa- 
ñeros, no sólo lo sabemos por el unánime tes- 
timonio de los cronistas, sino que nos lo de- 
muestran las rocas, evidente objeto de culto, 
descubiertas en la grandiosa ciudad de Machu- 



374 Eeligión del Imperio de los Incas 

Picchu, fortaleza eminentemente incaica, se- 
pultada, quizás, después de las guerras de 
Manco y sus sucesores, por un espeso bosque, 
que ba guardado íntegramente la belleza y 
magnificencia de la vieja fortaleza, basta bace 
pocos años en que, fué descubierta por la ex- 
pedición arqueológica, enviada al Perú, por la 
Universidad de Yale. 

Macbu - Piccbu, está dividido en barrios, 
independientes unos de otros, teniendo cada 
uno, lo que puede llamarse, un centro religio- 
so, consistente en una piedra natural, más o 
menos tabajada, bajo la cual se encuentra una 
cueva (1). Algunas de estas piedras son inti- 
buatanas (2), monumentos consagrados al culto 
de los muertos (3). Cerca de la llamada plaza 
sagrada, donde están algunos de los más ad- 
mirables edificios de esa maravillosa ciudad, 
hay una galga con petroglifos, que represen- 
tan serpientes; otra piedra lleva, lo que pare- 
ce ser, la imagen del sol (4). Cerca de Aban- 



(1) Binghan. In the wonder land of Perú. The Geogra- 
phical Magazine. Washington 1913, Vol. XXIV, pg. 471. 

(2) Binghan. Op. cit, pg^. 481, 482, 484. 

(3) Uhle. Zur Deutung der lutihuacana. "Wiena 1909, 
pg. 379. 

^4) Binghan. Op. cit., pgs. 472, 497. 



EOOAS Y PIEDRAS ADORADAS 375 

cay, en Concacha, se encuentra nn grnpo de 
rocas trabajadas, muy notables (1). Cerca de 
Yiticos, en Xusta, España, hay una gran pe- 
ña, rodeada de un templo, en el que se encuen- 
tran varias piedras, trabajadas a modo de si- 
llones (2). 

En los mitos cosmogónicos, Yiracocba 
crea a los hombres y por una desobediencia 
de éstos, los convierte en piedras, estatuas que 
se veían hasta los últimos años del Imperio, 
en Tiahuanaco; según otra versión de la le- 
yenda, son las esculturas do Tiahuanaco, los 
proto tipos de los hombres que Viracocha y 
sus ayudantes, debían crear para poblar la 
tierra, hechas por el Dios, para que sirviesen 
de modelo f3). En la lucha de Vichana y Pa- 
chacamac, los hombres que crea el un dios, 
el otro los convierte en piedras (4). Ayar Ca- 
chi, al decir de unos, Ayar Uchú, según otros, 
se transforma en el ídolo Guanacauri, piedra 



íl) Binghan. Op. cit., pgs. 536, 537, 539. 

(2) Binghan. Op. cit., pgs. 551, 554. 

^3) Molina. Ritos y Fábulas de los Incas. Colección de li- 
bros y documentos referentes a la Historia del Perú, Yol. I, 
Lima 1916, pgs. 6 a 10. 

(4) Herrera. Historia délos Hechos de los Cabtelliii.oa en 
las Islas, Tierra Firme y Mar Océano. Década Quinta, Ma- 
drid 1728, pg. 62. 



376 Eeligión del Imperio de los Ínoas 

muy venerada por los Incas (1). Manco Oapao 
corre igual suerte (2). 

«Estas transformaciones en piedras, dice 
Tschudi, y la creación de nuevos hombres, 
sacados de la misma piedra, llama tanto la 
atención, que justiíican ampliamente la hipó- 
tesis de un culto intensivo de la piedra, entre 
los antiguos peruanos, así como una antropo- 
morfización de las piedras, en hombres anima- 
dos. Al principio, las piedras eran objeto de 
adoración ; después tuvieron su leyenda, su 
historia, en las que iban apareciendo, poco a 
poco, a manera de figuras de hombres, a los 
que, más tarde, levantaron estatuas (3). 

¿Veneraban los antiguos peruanos a las 
piedras, por creer eran en sí mismas deidades, 
o por ser el receptáculo de la fuerza mana, 
la reliquia preciosa de una divinidad, su ima- 
gen, o altar 1 Esto es lo que trataremos de 



il' Calancha. Chi-onioa Maralizaila. Barcelona 1638, 
pgs. 412, 414. 

(^2) Ondegardo. Los errores y superticiones de los Indios. 
Confesionarios para Curas de Indios, Lima 1585, fol. 8 vuelta. 

(3) Tschudi. Contribuciones a la Historia, Civilización y 
Lingüistica del Perú Antiguo, Tomo II, pgs. 202 y 203. Colec- 
ción de libros y documentos, referentes a la Historia del Perú. 
Yol. X, Lima 1018. 



EOOAS Y PIEDRAS ADORADAS 377 

precisar, siguiendo el método qne hemos em- 
pleado en los capítulos anteriores. 

Principiaremos nuestro examen, por aque- 
llas piedras huacas, que se veneraban en el 
Cuzco y que estaban, digámoslo así, incorpo- 
radas con el plano de la metrópoli del Impe- 
rio y a las que se les rendía culto oficial, 
público. 

La sexta huaca, del segundo ceque de 
Ohinchaysuyo, era una piedra grande, que el 
Inca Yupanqui colocó en Chuquibamba y a la 
que, por su orden, se hacían sacrificios, rogan- 
do conservase la salud del Inca reinante : lla- 
mábase Macasayba (1). 

Igual origen tenía MoUoguanca, (miiUu=z 
concha, ^wanca=galga, peñón); piedra que es- 
taba en medio de un llano y que era la sexta 
huaca, del tercer ceque de Ohinchaysuyo (2). 



(1) La sexta Guaco, se decía Macasayba; era una piedra 
grande que Inca-Yupanqui puso junto al llano de Chuquibamba 
y mandó le hiciesen veneración y sacrificios, por la salud del 
'Rey. — Cobo. Historia del Nuevo Mundo, Sevilla 1892, Vol. IV. 
Parece que esta huaca debió ser más antigua que el Inca Yupan- 
qui, pues su nombre no pertenece a la lengua quichua, ni a la 
aymara. 

(2) La sexta Guaca, se llamaba MoUoguanca, era cierta 
piedra que estaba en medio de un llano, que llaman Calispu- 
quio, la cual mandó poner allí y tenerla por adoratorio Inca Yu- 
panqui. Cobo. Loco cit. 



3*78 Eeligión del Imperio de los Incas 

La sexta huaca, del cuarto ceqne de la 
misma dirección, decíase Oollaconcho (aymara 
coZ?rt = purga, comida o bebida, emplasto, me- 
dicina, bebedizo o ponzoña, concho precipita- 
do de un líquido, hez del vino de la chicha) 
conocida hoy con el nombre de la «piedra can- 
zada» (1), es un canto yerático, que está en 
las inmediaciones de la fortaleza de Sacsa- 
huamán y que recuerda, por su forma, los 
resbaladeros, de que ya tendremos lugar de 
ocuparnos, al tratar de las supersticiones rela- 
tivas a las piedras del Viejo Mundo y espe- 
cialmente de Erancia. Acerca de Oollo- con- 
cho, contaban los indios, que trayéndola para 
la construcción de la fortaleza, rodó tres veces, 
matando a algunos indios, por lo cual los 
hechiceros consultaron el caso con la piedra, 
la que les manifestó su firme propósito de no 
moverse del lugar en que se encontraba. El 



(1; Entre los prodigios que precedieron al fin del reinado 
de Montezuma, cuentan de una piedra que no quiso ser llevada 
a México, para servir de piedra de los sacrificios y que después 
de haber dado varias muestras de vida, rompió un puente de la 
calzada y se precipitó en la laguna, de donde, durante la noche, 
se volvió al lugar de su origen, lo que motivó el que se le hi- 
ciesen sacrificios. Róbelo. Diccionario de Mitología Nahua ; 
Anales del Museo Nacional de México, II Época, Vol. V, Méxi- 
co 1907, pgs. 333-334. 



Bocas y piedeas adoradas 379 

culto de esta roca, debe remontar a un perío- 
do anterior, al del señorío de los Incas (1). 

Ohachacomacay {chachay = feo, hoy = 
dar, wiaAa¿/:= aporrear, pegar, feo dar porrazos) 
era una piedra que estaba junto a unos árbo- 
les, a la cual sacrificaban, porque el Inca no 
tuviese ira. Pertenecía al mismo ceque que 
la anterior y era la séptima huaca de él (2). 
En el séptimo ceque de la misma direc- 
ción, era la tercera huaca, Marcatampu (niar- 
campueblo, ¿awí&o=: posada ; posada de la po- 
blación) eran unos cantos arredondeados, que 
estaban en Oarmenga j a los que sacrificaban 
niños, por la salud y conservación del Inca. Su 
culto fue instituido por el Inca Yupanqui, que 
al parecer, era muy devoto de las piedras (2). 

(1) La sexta Huaca, era una piedra grande llamada Colla- 
concho, que estaba en la fortaleza, la cual afirman, que trayén- 
dola para aquel edificio, se les cayó tres veces y mató algunos 
indios, y los hechiceros en preguntas que le hicieron dijeron 
haber respondido, que si porfiaban en querella poner en el edi- 
ficio, todos habrían mal fin, allende que no serían parte para 
ello; y desde aquel tiempo fue tenida por guaca general, a la 
cual ofrecían por las fuerzas del Inca. — Cobo. Loe. cit. 

(2) La séptima Guaca, se decía Ohachacomacay : eran 
ciertos árboles puestos a mano junto a los cuales estaba una 
piedra, a quien hacian sacrificio, porque el Inca no tuviese ira. 
Cobo. Loe. cit. 

(2) La tercera Guaca, se decía Marcatampu : eran unas 
piedras redondas, que estaban en Carmenga, donde ahora es 



380 Religión del Imperio de los Incas 

Toxanamaro ( Toxan=zel lagar donde esta- 
ban; amaruz=serpiente; la serpiente de Toxán) 
eran cinco piedras arredondeadas, cnyo culto, se 
decía, fue establecido por el Inca Yiracocba, y 
que se encontraban en la cumbre del cerro de 
Toxán ; ofrecíanle mullu, para que el Inca fue- 
se siempre victorioso ; figuraban como la cuar- 
ta huaca, en el séptimo ceque de Ohincbay- 
sujo (1). 

La buaca siguiente, del mismo ceque, era 
XJrcoslla amaru ( Orco = monte; 7Zrt = partícula 
que se pospone en los nombres, dando así mues- 
tras de ternura, amor, afición, gusto; amaru^:^ 
serpiente; serpiente del montecito) asinamien- 
to de piedras, que estaban en una colina sobre 
Oarmenga, a las que sacrificaban por la salud 
del Inca (2). 



la parroquia de Santa Aua, las cuales señaló por adoratorio 
principal Inca Yupanqui. Ofrecíansele niños, por la salud y 
conservación del Inca. Coho. Loe. cit. 

(I"! La cuarta, se llamaba Toxanamaro ; eran cinco pie- 
dras redondas, que Viracocha Inca, mandó poner en el cerro 
de Toxán, que está encima de Cannenga. La ofrenda que le 
daban, era solamente de conchas partidas. Rogábase a esta gua- 
ca, por la victoria del Inca. Cobo. Loe. cit. 

(2) A la quinta Gtiaca deste Ceque, llamaban UrcosUa 
amaro, eran muchas piedras juntas, puestas en un cerrillo que 
está encima de Carmenga: hacíansele sacrificios por la salud 
del Inca. Coho. Loe. cit. 



EOOlS Y PJEDBAS ADORADAS 381 

Tuyotayro, eran cinco piedras paradas, 
cercanas a Apuyavira, que decían ser uno de 
los compañeros de Guanacauri, que con él sa- 
lieron de la tierra y transformado como él en 
una piedra. Estaba en el cerro de Piccho y 
era la décima huaca, del noveno ceque de Ohin- 
chaysuyo (1). 

Acerca de PilloUiri, contaban, que había 
estado en otro cerro y que dio un salto y se 
colocó en el que llevaba el nombre de esta 
piedra, que por eso era adorada, siendo la hua- 
ca siguiente a la anterior (2). 

En Antinsuyo, la undécima huaca del 
segundo ceque, era Quiscourco, (Jcisqiii=i es- 
trecho, lleno, repleto, irrA'o = monte ) ; piedra 
redonda de pequeñas dimensiones (3). 

A Pachatosa (pacha^=:lsL tierra, el mundo, 
¿M5«=pilar de madera, que sostiene el techo). 



(1) La décima se llamaba Yuyoiuyro] eran cinco piedras 
juntas que estaban junto al cerro de arriba. Cobo. Loco cit. 

I 2) La undécima era una piedra dicha Pillo Iliri, que cuen- 
tan los indios haber saltado de otro cerro a aquel que se llama 
asi, y por esta imaginación que tuvieron la |idoraron. Cobo. 
Loco cit. 

(3) La postrera Gnac/x deste Ceque se decia Quiscourco : 
era una piedra redonda no muy grande que servía de termino 
y mojón destas Guacas. Cobo. Loe. cit. 



382 Eeligión del Imperio de los Incas 

rendían culto, quemando los sacrificios sobre 
ella (1). 

En Ohusacaclii, (cliiisay =estar ausente de 
la casa, ausentarse, viajar; Crtú^i = sal1) que 
era un monte, habían unas piedras, que eran 
huacas del segundo ceque de Antinsuyo (2). 

La novena huaca, del segundo ceque de 
Antinsuyo, era Oascasayba, adoratorio muy im- 
portante, en el que sacrificaban niños. 

Oascasayba (aymara, cc«c« = acongojado, 
lleno de cuidados; cc«cca= tartamudo, fantas- 
ma nocturno, que hace ruido como un tarta- 
raudo; íti?/A?írt=:el mojona) eran unas piedras, 
acerca de las cuales contaban un largo mito, 
en el que quizás figuraba el espectro ccacca, 
del folk-lore aymara, evidenciando así, la anti- 
güedad de este culto y el primitivo dominio 
aymara, de la región que fue cabeza y centro 
de la expansión quichua (3). 

(1) La segunda Guaca deste Ceque (2° de Antinsuyo i se 
llamaba Pachatosa , era una piedra grande que estaba junto a 
la casa de Cayo (Don García Cayo Tupac, hijo de Hayna-Ca- 
pac}. Quemábase encima della el sacrificio y decían que lu 
comía. Cobo. Loe. cit. 

i2) La tercera Guaca se decía Chusacaclii: e^ un cerro 
grande, camino de los Andes, encima del cual estaban ciertas 
piedras que eran adoradas. Cobo. Loe. cit. 

(3) La novena llaman Cascasayba eran ciertas piedras 
que estaban en el cerro de Quisco. Era Guata principal y te- 



Rocas y piedras adoeadas 



383 



Cerca de Mantocalla, había un cerro lla- 
mado Cnri -urco (/l-oH=oro; or^o=cerro) en 
el qne habían unas piedras, que eran la pri- 
mera huaca, del cuarto ceque de Antinsujo (1). 

En el mismo monte estaba Oallachaca 
(Je' alia— áesnudo', c/í/fcrt = pierna) que eran 
varias piedras (2). 

Protectoras de la salud de los que entra- 
ban en los bosques orientales, eran unas pie- 
dras que estaban sobre el monte llamado Illan- 
sayba (aymara iW«==cosa preciosa, que se guar. 
da, reserva, provisión ; na = partícula, de geni- 
tivo; sayhua = él, mojona (3). 

Sauaraura era una piedra, que estaba en el 
pueblo de Yacomora y le ofrecían conchas (4). 

nia cierto origen largo que los indios cuentan. Ofrecíanle de 
todas las cosas, y también niños. Cobo. Loe. cit. 

(1) La primera se llamaba Curiurco y era un cerro que 
esta cerca de Mantocalla, encima del cual había ciertas piedras 
que eran veneradas y les ofrecían ropa y carneros mancha- 

dos. Coba. Loe. cit. 

(2) La tercera Guaca se decía Calla -cacha, eran ciertas 
piedras puestas en el mismo cerro. Coho. Loe. cit. 

'3) La sexta Guaca (del cuarto ceque de Antmsuyo) se 
decía lllansayha: era cierto cerro encima del cual habían unas 
piedras a que sacrificaban por la salud do los que entraban en 
la provincia de los Andes. Coho. Loco cit. 

(4) La tercera (del ceque siguiente] se decía Sauaraura, 
era una piedra redonda que estaba en el pueblo de Yacomora; 
ofrecíanle solo conchas, unas enteras y otras partidas. Cobo, 
Loco cit. 



384 Eeligión del Imperio de los Incas 

Pachacnti Tupanqui, estableció el culto 
de unas piedras, dichas Runtuyan (runtu:=^ 
el huevo; 2/rt = ah!) (1). 

La décima huaca, del quinto ceque de An- 
tinsuyo, era una piedra llamada Pomavico 
{2nima = leoncillo de América, felix puma ; 
Jiuehay =:z\2íq,Í2lx las tripas volteándolas, para 
limpiarlas) (2). 

En el ceque siguiente, era la segunda 
huaca, Oomovilca (aymara, AMm?í = corcovado; 
n¿ZZ'rt = sagrado, dios huaca) era una piedra 
corva, a la que ofrecían mullo (3). 

En la plaza de Oolca- pampa (^oZZc« = el 
granero, el troje; J9a?íipa = llanura) había una 
piedra, en cuyo honor sacrificaban niños (4). 



d) La novena se decía Rondoya (Ruutnj'an) eran unas 
piedras que estaban en el cerro asi llamado ; púsolas el Inca 
Pachactitic y mandó las adorasen. Cobo. Loco cit. 

(2) La décima y última Guaca deste Ceque era otra pie- 
dra llamada Pomavico que estaba puesta por fin 3' término de 
las Guacas deste Ceque. Cobo. Loco cit. 

(3J La segunda Guaca era una piedra corva, llamada 
Comovilca que estaba cabe Callachaca, ofrecianle solo concha. 
Coho. Loe. cit. 

(i) La cuarta era una plaza grande llamada Colcapampa^ 
donde se hizo la parroquia de los mártires, al cabo de la cual 
estaba una piedra que era ídolo principal a quien se ofrecían 
niños con lo demás. Cobo, Loe. cit. 



Rocas y piedras adoradas 385 

Junto al manantial sagrado de Pirqui- 
piiquio, habían nnas piedras, a las que ofrecían 
ropa pequeña y corderillos hechos de conchas; 
llamábanse Ouipanamaro (g'we/>a = trompeta, 
rt//irfro:= serpiente (1). 

Sauaraura, eran tres piedras, que estaban 
on el pueblo de Larapa (2). 

En el mismo lugar, había una piedra lla- 
juada Urcopuquio, (orJco=z monte; 2?t*/¿/(/=ma- 
uantial, fuente) ofrecíanle ropa de mujer y 
pedazos de oro (3). 

La octava huaca, del octavo cequo, era 
Guipan ( quepa = trompeta ) ofrecíanle conchas 
coloradas, por la salud del Inca. Esta huaca 
estaba formada por seis galgas (4) . 

Picas, (2^eA:« = mosto de la chicha) era una 
piedra pequeña, a la que ofrecían bolitas de oro. 



(1) La tercera ( Del octavo ceque ) se llamaba Cuipana- 
maro eran unas piedras junto a este manantial, y eran teni- 
das por Guaca principal. Ofrecianle ropa pequeña y corderillos 
hechos de conchas. Cobo. Loo. cit. 

(2) La quinta se decía Sauaraura, eran tres piedras que 
estaban en el pueblo de Larapa. Cobo. Loe. cit. 

'3j La sexta se llamaba ürcupuqiiio y era vina piedra 
esquinada que estaba en el rincón de dicho pueblo. Teníanla 
por Guaca de autoridad y ofrecíanle ropa de mujer pequefia y 
pedazueloB de oi-o. Cobo. Loe. cit. 

(4) La octaba se llamaba Guipan : eran seis piedras que 
estaban juntas en el cerro asi llamado. Ofrecían a esta Gua- 
ca sólo conchas coloradas por la salud del Rey. Cabo. Loe. cit. 
Bell'gicm del Impérib di» iDls Zsca» 36 



386 Eeligióx del Imperio de los Incas 

para que no hubiese tempestades de granizo. 
Estaba en uu cerro encima de Larapa (1). 

La última del mismo ceque, era Pilco- 
nrco {pilleo == pájaro colírado ; orTto z=. cerro) 
huaca muy importante, a la cual, cuando se 
coronaba un nuevo Inca, sacrificaban una mu- 
chacha menor de doce años (2). 

En el último ceque de Antinsuyo, estaba 
la huaca Churucana (aymara, chiü'aJchana=z 
aquel restituyó) (3). 

Gran importancia en la economía del uni- 
verso tenían otras tres piedras, que estaban en 
un cerro pequeño, sin cuyo poder, el Sol, dios, 
jefe de la dinastía y sostén del Imperio, per- 
dería sus fuerzas, por lo cual a esta huaca, que 
tenía el mismo nombre que la anterior y per- 
tenecía al primer ceque de Collasuyos, sacri- 
ficaban niños (4). 

(li La décima se decia Picas: era una pedrezuela peque- 
ña que estaba en un cerro encima de Larapa, a la cual tenían 
por abogado del granizo. Ofrecíanle demás de lo ordinario 
pedazuelos de oro pequeños y redondos. Cobo. Loe. cit. 

'2! La undécima }' última Guaca deste Ceque se llamaba 
Pilcourco era otra piedra a quien hacían gran veneración, la 
cual estaba en un cerro grande cerca de Larapa. Cuando ha- 
bía Inca nuevo le sacrificaban demás de lo ordinario una mu- 
chacha de doce afios abajo. Cobo. Loco cit. 

(á) La cuarta Guaca eran unas piedras llamadas Churo- 
cana que estaban encima de un cerro más abajo. Cobo. Loe. cit. 

(4) La tercera guaca se decía Churucana, Es un cerro 
pe'ijueüo y redondo íjufe «stíí juntb a San Lararoj encima dfel 



Bocas y piedras adoradas 387 

Guamansuri {huaman^zihalcón, #wrici=aves- 
truz. Según XJrteaga, íir«o = el hábil en di- 
chos y sentencias, también el hacendoso) (1), 
era una piedra grande, a la que sacrificaban 
por la fuerza del Inca, ofreciéndoles ropa pe- 
queña, oro y plata (2). Según las creencias 
de los Indios de Huamachuco Guamansiri, era 
nn dios, creado por Ataguju, que vivió pobre 
y desconocido en la tierra y fue ajusticiado y 
quemado su cuerpo por los guachemines, por 
haber seducido a la hermana de éstos, Oanta- 
guán, la que dio a luz dos huevos, do los que 
salieron Catequil y Piguerao (3). 

Tninourco, sexta huaca del segundo ceque 
de Collasuyo, eran tres piedras juntas, que esta- 
ban en el pueblo de Caerá (4). 

cual esta tres piedras tenidas por Ídolos. Ofreciaseles lo or- 
dinario y también niños para efecto que el Sol no perdiese 
sus íuerras. Colio. Loe cit. 

(1) Informaciones acerca de la Religión y gobierno de 
los Incas. Lima 1918, nota 10, pg. 14. 

12) La sétima guamsari era una piedra grande que esta- 
ba encima de un cerro junto a Angostura. A esta guaca sa' 
crificatan todas las familias por las fuerzas de! Inca, y ofre- 
cíanle ropa pequeña, oro, y plata. Cobo. Loe. cit. 

(3i Relación de idolatrias en Huamacliuco por los prime- 
ros agustinos. Informaciones acerca de la Religión y Gobier- 
no de los Incas. Lima 1918, pgs. 14 y 20. 

(4) La sexta se nombraba Tinourco eran tres piedras que 
eateban en uji riacóa del puüblo de CÜcra, CÓbo, IiOG c:ifc. 



388 Eeltgióx del Imperio de los Incas 

Eu la que fae casa de Manso Sierra Le- 
guisano, el famoso conquistador que jugó el 
sol en una noche y autor de uu testamento 
cual no lo habría escrito Las Casas, habían tres 
piedras, que eran hnacas, llamadas Tampu- 
cancha, (f a wí^jíí= posada, crt7íc/i«= patio) (1). 

Pampasona f/^«»i/?^í=llanura, #?¿w<i=boca) 
era otra piedra adorada, que estaba junto a 
las anteriores (2). 

En el pueblo de Sano, habían tres piedras 
redondas, a las que sacrificaban niños; llamá- 
banse Sanopampa (llanura de Sano; Sano, qui- 
zás del aymara sano -sano una bierba.) (3). 

En Guipan (quepa^z^tvom^QÍo) monte ve- 
cino a Guanacaare, habían cinco piedras, en 
cuyas aras se inmolaban niños (4). 

(r La primera se llamaba Tampucancha. Era parte de 
la casa de Manso Sierra, en que había tres piedras adoradas 
por Ídolos. Coho, Loe. cit. 

(21 La segunda guaca era una piedra llamada Pampaso- 
na que estaba junto a la sobredicha casa. Ofrecíanle conchas 
molidas. Coho, Loe. cit. 

(3j La séptima (del 3" ceque de Collasuyo) Sinopampa 
(^Sanopampa?) eran tres piedras pequeñas que estaban en un 
llano en medio dal pneblo del Sano. Sacrificábanle niños. 
Ceibo. Loe. cit. 

(4i La cuarta (de 4 ceque"» era un cerro por nombre Gui- 
pan questa destotra parte de Guanacauri; encima del cual 
estaban cinco piedras tenidas por Guacas. Sacrificábanles to- 
das las cosas especialmente niños. Oobo Loe. cit. 



ÉOOAS Y PIEDRAS ADOBADAS 389 

Si a Oatonge, piedra que estaba en lo 
que fue casa de Juan de Soria, no sacrifica- 
ban niños, en memoria de la éi)oca en que 
sangre humana le era acepto sacrificio, le ofre- 
cían figurillas pequeñas de hombres j mujeres, 
hechas de oro j plata (1). A no dudarlo, estas 
imágenes eran de aquellas que se han eicon- 
trado en los monuüíentos incaicos y que ad- 
miran por lo peificto de su labor (2). 

Quintiamaro fite/ííi= colibrí, picaflor, mna- 
ro= serpiente -Serpiente picaflor; compárese 
Quezatcoatl), eran unas piedras redondas, que 
figuraban como huacas, en el quinto ceque de 
Oollasuyo (3). 

Junto a las anteriores, estaba la piedra 
Oicacalla (^/¿ca = ramo de flores, críZZa=el palo 
de la rueca) en cuyo honor quemaban ropa j 
ofrecían conchas (4). 

(1) A la primera (del 5 ceque) nombraban Catonge. Era 
una piedra que estaba cabe la casa de Juan Soria. Adorábanla 
como a Guaca principal y ofrecianle de todo, particularmente 
figuras de hombres y mujeres pequeñas de oro y plata. Cobo. 
Loe* cit. 

(2) Larrea y Jijón. Un cementerio incásico en Quito y 
notas acerca de los Incas en el Ecuador. Quito 1918, Lam. XL. 

(3) La tercera se decía Quiniiamaro. Eian ciertas piedras 
redondas que estaban en el pueblo de Quijalla. Cobo Loe. cit. 

(4) La cuarta se decía Cicacalla. Eran dos piedras que 
estaban en el mismo pueblo de arriba. Ofrecianle conchas 
pequeñas y ropa quemada. Cobo. Loe cit. 



390 Ebligión del Imperio de los Incas 

Al mismo grupo, pertecían las cinco pie- 
dras, que formaban la huaca Ankasmaro (an- 
A'«*=azul, «»i«ro = serpiente) (1). 

Ofrecían niños a las tres piedras que es- 
taban en el llano de Intipampa (^i?i¿¿z=el sol, 
j[>rt?;i/)a:= llanura) (2). 

En Tokaray {to]co=^el agujero, A;«r«í/ = dar 
de comer) cerro que está frontero de Quijalla, 
habían tres piedras, a las que hacían igual sa- 
crificio (3). 

En la cumbre de Omotourco (Uinutu z=z^e- 
queño, orAro = cerro) habían tres piedras que 
eran h nacas (4). 

En el pueblo de Hembrilla, estaban unas 
piedras, llamadas Mamacolla (»ia»ia= madre, 
A'oWrt =: páramo, hoya reina.) (5). 

A una piedra rodeada de cuatro peque- 

(1) La quinta Giuica se nombraba Ancasmaro. Eran cin- 
co piedras que estaban en el mismo pueblo. Cobo. Loe. cit, 

(2) La octava se llamaba Intipampa. Era un llano junto 
a Caerá, en medio del cual estaban tres piedras. Era adora - 
torio principal, en que se sacrificaban niños. Cobo, Loe. cit. 

(3) La sexta (del 5° ceqne de Collasuyo) Tocarat/, era un 
cerro que está frontero de Quijalla. Habia en el tres piedras 
veneradas: sacrificábanles niños. Cobo, Loe. cit. 

'4j La décima y última era un cerro pequeño llamado 
Omohirco, que esta en la puna o páramo. Encima dól esta- 
ban tres piedras a las cuales ofrecían sacrificios. Cobo. Loe. cit, 

(5) La segunda guaca (del sexto Ceque). Eran ciertas 
piedras que ostaban en el pueblo de Membñlla. Cobo. Loe. cit. 



Bocas y piedras adoradas 391 

ñas, llamaban Quiracoma (quiru=: dientes, cu- 
ra?/ zahora — actualmente — grfíírrt?/==: acostarse, 
CM«a?i=: ahora, actualmente) (1). 

Yiracocha cancha (patio de Viracocha) 
eran cinco piedras, que estaban en el pueblo 
de Qaijalla (2) ¿El antiguo templo de Vira- 
cocha, en ese pueblo, del que quedaban pila- 
res semejantes a los de Tiabuanaco"? 

Guipan fg'i<e/)a = trompeta) eran tres pie- 
dras adoradas (3). 

De menos importancia, era la huaca Qui- 
quijana, a la que solo sacrificaban conchas y 
ropa, quemándola; eran tres piedras, en la cús- 
pide de un cerrito (4). 

Chachaquiray (aymara, c7mc^a = varón, 

marido, varonil, quira:=z\aiA varas con que 
cruzan las tijeras de las casas) era otra piedra, 
a la que daban culto (5). 

(1) La cuarta Quiracojia. Era una piedra con cuatro pe- 
quenas que estaban en el llano de Quicalla. Cobo. Loo. cit. 

(2) La quinta se llamaba Viracochacancha. Eran cinco 
piedras que estaban en el pueblo de Qnijalla. Cobo, Loe. cit. 

(3"! La sexta se decía Cuipán, y eran tres piedras puestas 
en el llano de Quicalla. Cobo. Loe. cit. 

(4) La novena se decía Quiqídjana. Es un cerrillo peque- 
ño donde estaban tres piedras. Ofrecíanles solo conchas y 
ropa pequeña. Cobo. Loe. cit. 

í6, La tercera era otra piedra llamada Chachaquiray , que 
estaba lejos de la arriba fCotaoalla uno de los Pururaucaa, 
Cobo, Loe. cit. 



392 Religión del Imperio de los Incas 

En el octavo ceque, había un pilar de piedra, 
llamado Madea, al que ofrecían muUu (1). 

En el monte Ouicosa, habían otras tres 
piedras, que eran huaca (2). 

En Tampuvilca (1í«m5í) = posada, huilca:=: 
ídolo) habían cinco piedras, que decían haber 
aparecido allí, a las que quemaban cestos de 
coca (3). 

Quillo, (aymara, JceUu= choclo) evsíu cin- 
co piedras, que estaban sobre el cerro del mis- 
mo nombre (4). 

La undécima huaca, del noveno ceque de 
Oollasuyo, se decía Oachaocachiri (aymara, 
cacha =z Y arón y marido, ?íca = pronombre de- 
mostrativo, cachi :=z corral de carneros) «Eran 
tres piedras que estaban en un cerrrito llama- 
do así ; era adoratorio antiguo en el cual se 

(1) La tercera se decía Mvdea. Era un pilar de piedra 
que estaba en un cerrito cerca a Membrilla. Ofrecíanle solo 
conchas. Cobo. Loe. cit. 

(2) La quinta se decía Cuicosa. Eran tres piedras redon- 
das que estaban en un cerro llamado asi junto a Guanaccmri. 
Cobo. Loe. cit. 

(3) La quinta se nombraba Tampuvilca. Era un cerro 
redondo que esta junto a Membrilla, encima del cual están 
cinco piedras que cuentan haber aparecido alli y por eso las 
veneraron. Ofrecíanles lo ordinario, especíalmauto cestos de 
coca quemados. Cobo. Loo. cit. 

(4) La décima Quillo, eran cinco piedras puestas encima 
de un ceri'o deste nombre cerca de Gnanacauri — Cobo. Loe. cit. 



EOOAS Y PIBDEAS ADORADAS 393 

saorifícaban niños» (1). El remoto origen d9 
esta huaca, está atestiguado por el origen 
aymara de su nombre. 

Quiquil era una piedra que estaba en una 
pared, junto a Ooricancba; era quizás uno de 
los Pururaucas, que ayudaron a los Incas en 
su lucba con los Oancbas; pertenecía al pri- 
mer ceque de Oontisuyo (2). 

En una quebrada estaba Huamán (hua- 
?Háw=el balcón) piedra pequeña, redonda (3). 

Ohataguarque fc^rt¿a^= acusar, huarcu= 
pesa) «era cierta piedra que estaba en un ce- 
rrillo» (4). 

Sacrificaban niños a la piedra Anabuar- 
quebuamán (Anahuarque, nombre de un cerro 
sagrado ; huamán = alcón ; ana 1= lunar, grano, 
^tíaWn=peso [?J) (5). 

«La décima cuarta buaca, del primer ce- 
que de Ountisuyo, era cierta piedra llamada 

(1. Cobo. Loe. cit. 

(2j La segunda guaca era otra piedra como esta, llamada 
Quinquil, que estaba en una pared junto a Coricancha. Cobo. 
Loe. cit. 

(3) La quinta Guarnan^ es una quebrada, donde estaba 
una piedra pequeña redonda que era idolo. Cobo, Loe. cit. 

(4) Cobo Loe. cit. 

(5) La decima Aiiahuarqnegiiaman era una piedra que 
estaba en un cerro junto a él de arriba: ofrecíanle niños. 
Cobo. Loe. cit. 



394 Eeligión del Ímpeeio de los Íxcas 

Puntiiguanca qne estaba encima de un cerro des- 
te nombre cerca del cerro de Anarguarque^ (1). 

En el camino de Pomacancha, habían tres 
piedras adoradas, cnyo nombre era Qaiguán 
(^A-e7í?írt=yerba, planta, mata, A-eAM¿= desaseado, 
A'eA?íi = torcido, tortuoso) (2). 

Pillocburi (5n7/M:=corona, guirnalda, 7coriz=z 
oro) era buaca del segundo ceque de Oon- 
tisuyo (3). 

Las cinco piedras que estaban en el monte 
Caquiasavaraura, eran hnaca (4). 

«La tercera Oayascasguaman, era una pie- 
dra larga que estaba en el pueblo de Cayas- 
cas» (5) (el halcón de Oayascas). 

«Amarocti, eran tres piedras que estaban 
en un poblezuelo llamado Aytocari» (6) (ama- 
rM = serpiente). 

(1) Cobo. Loe. cit. 

(2j La postrera guaca se decia Quiguan, Eran tres pie- 
dras que estaban en su portezuelo camino de Pomacancha. 
Cobo. Loe, cit. 

l3) La segunda se decia Pillochuri. Era una quebrada 
camino de Tambo en que babia una piedra mediana y larga 
tenida en veneración. Cobo. Op. cit. 

,'4) La segunda (del tercer ceque de Contisuyo) se decia 
Caquiasavaraura. Es un cerro frontero de Cayocache, encima 
del cual estaban cinco piedras tenidas por ídolos. Cobo. Loe. cit. 

(5) Cobo. Loe. cit. 

(6) Segunda huaca del cuarto ceque de Contisuyo. Cobo- 
Loe. cit. 



KOCAS Y PIEDBA ADORADAS 395 

Ohnracana (aymara, cAwraMana = aqnel 
restitajó) era huaca de importancia, paes en 
su honor inmolaban niños (1). 

«La tercera (linaca del quinto ceque de 
Oontisuyo) Oajallacta eran ciertas piedras que 
estaban en un cerro cabe Choco, pueblo que 
fue de Hernando Pizarro» (^K'aya = pasado 
mañana, después, Vaya huatazz=Gl año siguien- 
te, Wacía = tierra, país). 

Cuando los cuatro Ayares, salieron de Pa- 
caritambu y llegaron al Cuzco, uno de ellos, 
Ayar Cachi, dio muestras de tal fortaleza, que 
los hermanos resolvieron deshacerse de tan 
poderoso compañero, dando así principio, a la 
que algunos quieren, pacífica, justiciera domi 
nación de los Incas, que revivió la Arcadia y 
realizó el ensueño de la Edad de Oro y el de 
la república platónica. Una de las proezas del 
que después fue ídolo de Guanacauri, que in- 
dujo a sus hermanos a cometer el fratricidio, 
fue el que con una piedra que disparara con 
su honda, desmoronó uua montaña. Eran qui- 



(1) La cuarta Churacana, era cierta piedra grande que 
estaba en un cerro junto a él de Anaguarque; ofrecianle niños. 
Cobo. Loe. cit. En la lista de las huacas del Cuzco, que nos 
ha trasmitido Cobo, tomándola de Ondegai-do, hay más de una 
repetición. 



396 Religión del Imperio de los Incas 

zas los proyectiles empleados por Ayar Cachi, 
que al juzgar por sus efectos, debieron ser de 
considerable tamaño, las piedras llamadas gal- 
gas de Guanacauri, Oumpu-guanacauri {cum- 
j^a zrz peñasco movedizo, galga que se emplean 
como arma defensiva en la guerra, arrojándolas 
contra los invasores, desde las montañas) que 
eran huaca del quinto ceque de Contisuyo (1). 

«La segunda guaca (del sexto ceque de 
Contisuyo) se decía Ouamán. Es una piedra 
que estaba en Cayocache» (2). 

«La segunda Guaca (del sétimo ceque) se 
llamaba Rocramuca. Era una piedra grande 
que estaba junto al templo del Sol» (3). 

Al octavo ceque, pertenecían las piedras 
Quiacasamaro (4) («maro = serpiente). 

Por huacas eran tenidas, diez piedras que 
estaban en el cerro Oumpi, (cwmp¿ = galga, que 
se arroja desde un monte, por defensa (1). 

,1) La quinta se decía Cumpit guanacauri. Es un cerro de- 
recho de Choco, encima del cual habia diez piedras que tenian 
creido habia enviado alli el cerro de Guanacauri. Cobo. Loe. cit. 

(2) Cobo. Loe. cit. 

(31. Cobo. Loe cit. 

(4). La octava Qtiiacasaviaro eran ciertas piedras que 
estaban en un cerro mas alia de Cayocache. Cobo. Loe. cit. 

(1). La undécima. Cuinpi, es un cerro grande que está 
camino de Cachona, sobre el cual había diez piedras tenidas 
por ídolos, Cobo. Loe. cit. 



EOCAS Y PIBDEAS ADOBADAS 397 

En ChaqniTSí (chaquiriy = ásLT nn poco de 
sed) había igual número de piedras adoradas (1). 

Oznuro era una piedra a la cual rendían 
Lonores divinos (2). 

Considerando los datos acumulados en las 
páginas anteriores, se deduce que, si algunas 
piedras eran adoradas en el Cuzco, por estar 
relacionadas con una divinidad antropomorfa, 
tal como la llamada Rejna-madre, El fantas- 
ma que amojona. Las galgas de Guanacauri, 
otras nos dan indicios de cultos, sobre los cua- 
les tenemos pocas noticias, como el tributado 
a la serpiente; no menos de siete piedras esta- 
ban consagradas a este Dios, bajo diversas 
advocaciones, siendo las más notables. Ser- 
piente colibrí. Serpiente azul. íío era de me- 
nor importancia, la adoración del halcón j no 
faltan huellas del culto tributado al puma (3). 



(li. La tercera (del noveno ceque") Chaquira, es un cerro 
que esta cerca del camino de Alca encima del cual habia diez 
piedras tenidas por Ídolos. Cobo. Loe. cit. 

[2], La px'iraera (del undécimo ceqne) era una hiedra no 
aauy grande Uaxada Oznuro oue as taba en la Chacra do los 
Hual paracas. Cobo. Loe cit. 

v3^. En Tiahuanaco se repiten constantemente, en la de- 
coración de las estatuas, vasos, y en la llamada puerta del Sol, 
tres figuras estilizadas, que todos están de acuerdo en llamar el 
cóndor, el puma y el {Pescado. No será el dicho peeícado, una 



398 Eeligión del Imperio de los Ixcas 

El motivo del culto de muchas rocas, nos 
es desconocido, por pertenecer el nombre de 
algunas, a lenguas perdidas, o de las que no 
tenemos vocabularios suficientes y cuvo origen 
debe remontar a un período, en el que, los habi- 
tantes del Cuzco, estaban sujetos a razas din- 
tintas de la quichua y aymara. De otras pie- 
dras huacas, ignoramos su nombre y sólo sa- 
bemos el lugar en que se encontraban. 

Queda, no obstante, más de la tercera 
parte de las piedras adoradas, de las que se 
puede creer que eran objetos de culto, por 
tenerlas por extraordinarias y como receptá- 
culos de la fuerza mística, de la esencia hiia- 
ca; de una creían era «el pilar del mundo*, 
de otra que daba vigor al Sol. Hay nombres, 
que claramente demuestran, que la razón del 
culto, era la forma extraordinaria de la piedra 
que lo recibía; ^jemplí^'^: son ^YA hu^vo v H'ip 
ca jorobada». 



íerpientsV Al ser asi, en las huacas del CuzcO; encoiitrariasio:- 
Ijs tres animales sagrados de los tialmanacotas [totems. priniiti- 
V06?; SaLido es, que el culto a Viracocha, tan valido ectrelos 
incas, era propio de la civilización tiahuanacota, y así como los 
«hijos del Sol» continuaron la adoración d« Viracocha Tarapa- 
cá, (el ágilaj bien han podido teguir venerando a los animales 
sagrados del viejo Imperio. Uhle unñ. Stiibel, Die Ruinestactt© 
ven Xiahuaíiaco. Be^iLu íí^2. 



KOOAS y PIEDRAS ADOBADAS 399 

Otro particnlar interés tiene el estudio 
de los nombres de las huacas veneradas en el 
Onzco y es la demostración de que lo que fué 
capital del Imperio y centro de la expansión 
incaica, estovo un tiempo, bajo la dominación 
aymara, lo que comprueba la exactitud de las 
hipótesis, emitidas por el Dr. Max Uhle, al 
tratar del origen de los Incas, quien opina, que 
la monarquía de Tiabuantinsuyo, tuvo prin- 
cipio en la disolución del señorío aymara (1). 

El famoso visitador de idolatrías, el Pa- 
dre Avila, encontró en San Damián de Hua- 
rochirí, un ídolo llamado Macabuiza, que era 
una piedrecilla azul, que los indios guarda- 
ban, juntamente con otros ídolos, en unos pe- 
ñascos de muy difícil acceso (2). 

Otro ejemplar de este ídolo, lo conserva- 
ban en una casa en donde vivía una muchacha 
paralítica, desposada con el ídolo, el cual esta- 



{1¡ Uhle. Los orígenes de los Incas. Actas del XVII 
Congreso Internacional de Americanistas. Buenos Aires, 1912. 

v2' En Sn Damián (de Ilnr.rochirí j que es el pueblo prin- 
cipal, tenia yo noticia auia tres o quatro ídolos muy celebrados 

y seruidos, el uno llamado LlacQaylinancupa el otro 

Macaui^a Estauan e^tos ídolos en vnas breñas ca- 
si inacessibles y era una pedrezuela azul. Avila. Tra- 
tado de los Evangelios, Lima 1646^ vol. I, folio 29 vuelta^ de loe 
^i^mumerar. 



400 Religión del Imperio de los Inüas 

ba en un cestillo, juntamente con mantas y 
camisetas diminutas (1). El nombre de esta 
divinidad, parece relacianarla con los dioses 
de la vegetación; macrt=una raíz comestible, 
semejante a la papa; huijsa=: yientre. 

El ayllo Llampilla, que vivía a una legua 
de Huarochirí, tenía una huaca « que era vna 
piedra como de tres quartas de largo y se re- 
mataba en una coronita como la palma de la 
mano, y solo esta se descubría entre otras lo- 
sas que estaban en el suelo, porque lo demás 
estaba cubierto debajo de tierra y en ella una 
concabidad grande cubierta con las dichas lo- 
sas, por donde le echaban todo lo que se ofre- 

[IJ. (En Sn Damián fui^ a casa de un indio cassado 
que tenia una hijuela qne andaba con un bordón en cada ma- 
no porque estaba tullida, y era mocuela de hasta diez y ocho 
años de muy buena cara, auianme dicho estaba esta dedicada 
por mujer a vn ídolo y que este era de oro, halle allí a la mu- 
chacha padre y madre: y luego entendieron a lo que yra y 
entro la vieja en su aposento, sin aguardarme la hablasse sa- 
co vna canastilla, y dixo : Señor en esta canastilla esta el ídolo 
que quieres pedir, no es de oro sino una piedra azul, que dizen 
que el Inga lo dio a mis mayores y se tomo el de oro. y lo 
puso en la casa dal Sol en el Cuzco. Esítaba alli la piedra y 
unas maiitit8,s*y camisetillas Oiuy chiquitas de cumbe que eran 

dedic^adas al ídolo y no exedian del tamaño de la palma 

('La piedra era) representativa do Macauiga, Ídolo a quien 
estaba esta muchacha dedicada y ofrecida. Avila. Tratado de 
los Evangelios, Lima 1646, VoU I, folios 30 vuelta, de los sin 



Rocas y pibdeas adoeádas 401 

cia a aqnel ídolo » . Esta huaca estaba en una 
de las casas que los indios tenían junto a sos 
chacras. «Alli cerquita auía otro, dentro de 
una bobeda apartada de las demás casas, el 
qual no sabían lo que era, mas de que todos 
decían ser vna cosa tremenda y espantable 
donde nadie se atreuía allegar. Mando el Dr 
(Avila) desvaratar la casa j dentro se hallo 
vna piedra fuerte como vna cabeza de un niño 
sin figura ninguna la qual estaba toda untada 
de las cosas que le auían sacrificado, y esta 
debía de ser el ídolo o otra que se hallo junto 
a ella del mismo tamaño de poco peso, por 
estar hueca y dentro tenía algunos pedacillos, 
que auian caido de la misma piedra y meneán- 
dola, lo qual debia tener para con ellos algún 
gran misterio » (1). 

En un cerro habían « siete piedras puestas 
en orden que significaban diferentes Ídolos». 

En Santiago de Anchocaya, había « un 
Ídolo llamado Xamuña el qual es adorado de 
todos los indios de esta comarca, por no se 
que fábula que cuentan alia de que les ayudo 
en cierta guerra, y después desapareciéndose 



'1, Favián de Áyala. Carta al Arzobispo de los Eeyes, 
de Santiago de Anchocaya, 12 de Abril de 1611, Apéndice. 
Hejigión del Imperio de los Incas 28 



402 Eeligtón del Impebio de los Incas 

se convirtió en nn gran peñasco y risco. . . . 
encima del qual, y al derredor auian muchas 
ventanas, hechas de piedras en memoria de 
diferentes nombres que tenia Xamuña, por- 
qae dicen q^ vnas veces parecía uno, otras ve- 
ces muchos, y en el lugar en que dicen se 
desapareció, estaba hecha vna como bobeda de 
piedras entre dos peñascos grandes por donde 
estavan todo lo que en sus fiestas y sacrificios 
le offrecian » (1). 

El famoso dios Ooniraya, aseguraban se 
había convertido en una piedra que se veía 
en Umiloma y su amada Choque -suso, en 
otra llamada Cocccha, la que estaba a la en- 
trada de una acequia. Quizás era una huaca, 
perteneciente a otro grupo, cuyo estudio ha- 
remos oportunamente (2). 

Los Mochicas adoraban a una piedra, Aleg- 



íl) Fabián de Ayala. Loe. cit. 

(2j. y assi quedo la dicha Choqnesuso heclia piedra en 
la voca de la dicha acequia, la cual se llama Cococlialla. 

Y arriva desta acequia, en otra alta, la qual se llama Vmi- 
lompa está otra pi&dra en que dizen que se convirtió Coniraya. 
Avila. Relación de idolatrías de Huarochiri. Colección de li- 
bros y documentos referentes a la Historia del Perú, Vol. XI, 
Lima 1918. pg. 131. 



EOOÁS Y PIEDRAS ADORADAS 403 

pong, que significa deidad en piedra (1) (mo- 
chica, aiplen^=i el hacedor ; pong=z piedra, cerro). 

Los indios de Huamachuco, «adorauan al- 
gunas piedras tan grandes como huevos, y 
otras mayores de diversos colores. Las quales 
tenian puestas en sus templos é guacas que te- 
nían por los altos y sierras de nieve » (2). 

En esta interesante región del Perú, cu- 
yos ritos nos son bastante conocidos, *en cada 
pueblo había una huaca, la que era una gran 
piedra hincada. ... la cual llamaban guache- 
coal y a esta tenían por ojo del pueblo» (3). 

Semejantes a las guachecoal, eran las pie- 
dras llamadas Ohichic, Huanca o Chacra ca- 
mayoc ; (chichi = germinar, brotar, huanca = 
piedra, peñasco ; Chacra camayoc = el señor, 
el amo del sembrío, el cuidador, el amo de la 
huerta), que ponían paradas en los sembríos? 



(1) Adoran también a una piedra quien asta oy 

llaman Alecpong, que quiere decir deidad en piedra. Calaneha 
Chronica Moralizada. Barcelona 1638, pg. 554, Yol. I. 

i2i Cieza de León. Primera parte de la Chronica del Pen'i. 
Sevilla 1553, fol. xcviii, 

(3) Relación de la religión y ritos de los indios de Gua- 
machuco, hecha por los primeros Agustinos que allí pasaron, 
para la conversión de los naturales. Colección de documentos 
inéditos, relativos al Descubrimiento, Conquista y Coloniza- 
ción de las posesiones Españolas en América y Oceania. Yol. 
in, Madrid 1865, pg. 54. 



404 Ebltgión del Impbeio de los Incas 

«porque piensan qne aquella chacra fue de 
aquella Huaca y que tiene a cargo su aumento 
j como a tal la reverencian y especialmente 
en el tiempo de sementeras le ofrecen sus sacri- 
ficios» (1). El estudio de estas huacas, encon- 
trará su lugar, al tratar de Mama pacha, pues 
estaban relacionadas con el culto de las dei- 
dades de la vegetación (2). 

Volviendo a Huamachuco, encontramos a 
Jamguanca y Janoguanca (Jianan == lo alto, 
hiianJca = piedra de gran tamaño) grandes pe- 
ñas, que tenían un culto muy organizado (3). 

«En una xalca y despoblada tierra esta- 
ba una piedra como una mano. ... a este ídolo 
llamaban Oasquilca (4), tenía una casa hecha 



(1) Arriaga, Extirpación de la Idolatría. Lima 1621, fl. 16. 

(2) También vzan en algunas partes poner en medio de 
las chacras uua piedra luenga para desde allí invocar la deida 
de la tierra y para que guarde la chacra. Ondegardo, Los erro- 
res y supersticiones de los Indios. Confesionarios para Curas 
de Indios. Lima 1585, folio 2. 

[S) Otra se llamaba Jamguanca e la oti-a Jamoguanca, 
que eran unas peñas muy grandes, todas estas tenían criados 
unos para hacer chicha y otros para vestilla. Relación de la 
religión y ritos de los indios de Quamachuco, hecha por los 
primeros religiosos Agustinos que allí pasaron, para la conver- 
sión de los naturales. Colección de Documentos inéditos, rela- 
tivos al Descubrimiento, Conquista y Colonización de las po- 
sesiones españolas, en América. Vol. Ifl, Madrid, 1865, pg. 32. 

(4; Kasa = hielo. Kelkay = dibujar. 



BOOAS Y PIEDRAS ADORADAS 405 

de molle. ... y otra grande para las fiestas: La- 
bia en esta casa muchas lanzas para guarda 
de la guaca, estaba esta piedra e ídolo muy 
embixado. ... a esta guaca concurrían siete o 
ocho pneblos a pedir agua» (1). 

Igual favor, además de otros, esperaban 
obtener de Llaiguen. «En una cueva que tenía 
diez y ocho brazas de hondo. . . . entrabase a 
ella por unos escalones bien hechos, y en el 
hueco de abajo estaban muchas lozas muy bien 
puestas, y a un lado puesta una piedra, que 
era el Ídolo que llamaban Llaiguen a quien 
mochaban» (2). 

Atahualpa, usando de aquella benigna 
justicia, tan laudada en los incas, por haber 
predicho el triunfo de Huáscar, el famoso 
dios Oatequil, mandó arrojar su imagen de la 
peña donde estaba y poner fuego a la roca. 

Los pedazos de la estatua, fueron más 
tarde recogidos por los sacerdotes de Oatequil 
y los depositaron en un templo, hecho en su 
honor (3). 

«Después de entrados los cristianos en la 



(1) Op. cit., pg. 29. 

(2) Op. cit., pg- 28. 

(3) Op. cit., pgs. 25 y 2G. 



406 Religión del Imperio de los Incas 

tierra, una india andaba pensando en las cosas 
de Oatequil, aparecióle una piedra pequeña y 
ella tomóla y llevóla al gran hechicero y dixo 
esta piedra halle y entonces el hechicero pre- 
guntóle a la piedra ¿quien eres? y la piedra 
respondió yo soy Tantaguayanay (1) hijo de 
Catequil. ... y dende allí comenzaron a hon- 
rar y asi hallaron otro que se llamaba Eata- 
zoro, y pintáronlos ambos y asi iban los hechi- 
ceros hallando piedras que fuesen hermosas y 
decian que eran hijos de Oatequil» (2). 

Si el ejemplo anterior, nos muestra una 
piedra adorada, por ser hija de un dios de for- 
ma humana, claramente se advierte la tenden- 
cia que tenían los huamachucos de los últi- 
mos tiempos del imperio incásico, a la antro- 
pomorfisación de sus dioses, en el modo que 
tenían de adorarlos «y la manera que tenían 
general cuando querían hacer su mocha o ado- 
ración, era que hacían una almohada muy la- 
brada de muchos colores e labores. ... y ha- 
cían un cestíllo o caníistillo de verguillas muy 
blancas, y texianlo con lana y era por abajo 



(1) 'Tantay =vevinír, juntar; Jmaj yay == ll&m&v a gritos; 
na = donde, qué. Etimología muy dudosa. 

(2) Op. cit., pgs. 27 y 28. 



EOOAS Y PIEDRAS ADOBADAS 407 

ancho j en lo alto angosto ; tenia cuatro o cin- 
cinco palmos de alto .... y en lo angosto ha- 
cían una red que no saliese fuera sino que 
quedase dentro una concavidad para poner la 
guaca, y a este cestillo vestían como a perso- 
na» (1). 

En San Luis de Paute, adoraban unas 
piedras vestidas, en representación del Sol. Se 
asegura que este culto fue introducido por el 
Inca (2). 

La lapidaria de los antiguos peruanos, ha 
sido estudiada por Tschudi en un artículo muy 
erudito (3). Y si las piedras preciosas eran 
objeto de estima y algunas quizá conopas, solo 
en Manabí eran objeto de culto público. En 
Manta, la antigua Jocay, era ídolo princi- 
pal, una gran esmeralda, cuyo favor implora- 
ban los que estaban enfermos, viniendo a su 
santuario desde lugares remotos. Teníanla 



^1) Op. cit., pg. 20. 

(2) Y después de que vino el Iwga, vestían unas piedras 
que las hacían adorar diciendo que era el sol. — Fray Melchor 
Pereira. Descripción de San Luis de Paute. Relaciones geo- 
gráficas de Indias, Vol. III, pg. 167, Madrid, 1897. 

(3) Tschudi. Contribuciones a la Historia, Civilización y 
Lingüística del Perú antiguo. Yol. II, pg. 73 y sigs. Colec- 
ción de libros y documentos referentes a la Historia del Perú. 
Yol. X. Lima, 1918. 



408 Ebligión del Imperio de los Ínoas 

gnardada y solo la sacaban en ciertos días se- 
ñalados, exponiéndola ante el público de los 
devotos que le ofrendaban esmeraldas peque- 
ñas (1). 

La esmeralda era apreciada por los Incas 
y en la costa ecuatoriana se encontraba en 
abundancia; los primeros conquistadores pu- 
dieron recoger rico botín de esta piedra pre- 



(Ij El Señor de Manta.... tenia una piedra de esmeralda 
de mucha grandeza. La qual tuuieron y poseyeron sus antece- 
sores por muy venerada y estimada, Y algunos dias la ponian 
en publico y la adorauan y reverenciauan como estuuiera en 
ella encerrada alguna deidad y como algún indio o india estu- 
uiese malo después de haber hecho sus sacrificios yuan a hazer 
oración a la piedra a la qual afirman que hazian seruicio de 
otras piedras. — De muchas partes de la tierra adentro venían 
los qe. estauan enfermos al pueblo de Manta a hazer los sacri- 
ficios y a ofrecer sus dones. Cieza. Primera parte de la Chro- 
nica del Perú. Sevilla, 1553, fol. Ixiv. 

Se tuvo por dios una rica esmeralda en la provincia de 
Manta la cual ponian en publico algunos dias y cuan- 
do algunos estaban malos, ibanse a encomendarse a la esme- 
ralda, y llevaban otras piedras esmeraldas para le ofrecer. Las 
Casas. De las antiguas gentes del Perú. Ed. de Jiménez de 
la Espada. Madrid, 1892, pg. 54. 

Tuvieron los del Perú entre otros dioses muy famosos una 
Esmeralda, la cual era grandísima y de precio inestimable, 
esta no estaba puesta en publico, como los demás ídolos mas 
teníanla guardada como reliquia y sacábanla en ciertos dias 
señalados. Román y Zamora. Hepúblicas de Indias. Madrid, 
1897, Vol. I, pg. 65. 



EOOAS T PIEDRAS ADORADAS 409 

ciosa, que, por sn ignorancia malbarataron (1). 
Minas de esmeraldas, sólo se han hallado en 
las altas regiones de Oundinamarca, (Colombia 
central), pero la unánime tradición de los pri- 
meros tiempos de la conquista, señala la exis- 
tencia de yacimientos de esmeraldas en Ma- 
nabí (2). Los aborígenes de la costa ecuato- 
riana, hacían cuentas de collares de esmeraldas, 
dando a la piedra forma esférica y perforán- 
dola. 

Todos los pueblos civilizados de América, 
consideraban la esmeralda como la piedra más 
rara y preciosa. Los Xatchez fabricaban con 
ella, flechas simbólicas. En México, las esme- 
raldas eran tenidas como el más apreciado tri- 
buto que se podía rendir al dios Pinotetel y 
servían de insignia a los jefes de Tescuco (3). 



(1) Estete. El Descubrimiento y la Conquista del Perú. 
Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos 
Americanos. Vol. I, Quito, 1918, pg. 516. 

1^2) Y cierto mucho ha sido el numero de esmeraldas que 
se han visto y hallado en esta comarca de Puerto Viejo, y son 
las mejores de todas las Indias ; porque aunque en el Nuevo 
Reino de Gi-anada hay mas, no son tales ni con mucho se igua- 
lan en valor las mejores de alia a las comunes de acá. Cieza. 
Op. cit., fol. Ixiv. 

(3). Denis Ferdinand). Les emeraudes et leur cuite en 
Amerique. — Revue Oriéntale et Americaine, Vol. I, Paris 1869, 
pgs. 172-176. 



410 Ebligion del Imperio de los Incas 

El conocido mitólogo, Robertson Smith, 
a propósito del culto de las piedras, hace las 
siguientes reflexiones. 

«El culto a piedras sagradas, es a menu- 
do calificado como un tipo religioso, inferior 
a aquel en que se adoran imágenes. Llámaselo 
fetichismo, término vago que no evoca idea 
alguna precisa, pero que siendo muy popular, 
se interpreta por algo salvaje y rudimentario. 
No hay lugar a duda, que bajo el punto de 
vista artístico, la adoración a piedras sin des- 
bastar, es algo muy pobre, mas considerado 
religiosamente, la evidencia de la inferioridad 
es dudosa. La hostia, en la misa, es tan in- 
ferior artísticamente a la Yenus de Milo, co- 
mo es el masséha semítico, mas nadie se atre- 
verá a afirmar, que el cristianismo medioeval, 
valga menos que al culto de Afrodita. Lo que 
al parecer se expresa, al llamar fetiches a las 
piedras sagradas, es que datan de una ópoca 
en que se les consideraba como la encarna- 
ción natural del dios y su forma propia y nó 
como el tabernáculo en que residía la divini- 
dad, para recibir el homenaje de sus devo- 
tos. ... El hombre no comenzó por adorar los 
emblemas de los poderes divinos, sino por tri- 
butar su culto al Dios mismo. Si se concebía 



EOCAS T PIEDRAS ADORADAS 411 

al Dios, como presente, el ejercicio natural de 
las facultades artísticas, le hacía añadir algo 
en la piedra y si el Dios era concebido bajo 
forma humana, se trabajaba en la piedra una 
figura antropomorfa, o un bosquejo de las fac- 
ciones más importantes. . . . Parece probable, 
que escoger un pilar o carín, como el ídolo 
primitivo, no obedecía a otras consideraciones 
que la facilidad ritual. La piedra o montón 
de piedras, era una señal cómoda para indicar 
el lugar adecuado para el sacrificio j al mis- 
mo tiempo, si la deidad consentía en estar 
presente en el lugar, facilitaba el rito de la 
ofrenda de la sangre sacrificada» (1). 

Í^Tada en efecto es más difícil, que preci- 
sar el grado de evolución religiosa a que per- 
tenece el culto de una piedra. Los puros ado- 
radores de Jevé, así como los israelitas pre- 
varicadores, levantaban pilares de piedra, sin 
forma humana y a veces desprovistos de todo 
trabajo, como emblemas divinos. Estos pilares 
eran conocidos con el nombre de massehah (2)- 
Mas usanza común con los otros pueblos se- 



(Ij Eobertson Smith. Lectures of tlie Religión oí' the Se- 
mites. London 1914, pgs. 209-211. 

\2} Vigouroux. Dictionaire de la Bible. Vol. III, París 
3899, pg. 820. 



412 Eeligión del Impeeio de los Iitoas 

mitas, vino pronto a convertirse en práctica 
idolátrica, así la Biblia cuenta, qne el culto 
a los messebah atrajo el castigo de Dios sobre 
su pueblo y castigó la prevaricación con la 
toma y saco de Jerusalén, por los ejércitos de 
Besac, rey de Egipto; Ozee II y Jonás orde- 
naron la destrucción de las piedras consagra- 
das, cuya erección estaba prohibida en el Deu- 
teronomio (1). 

La dificultad, que acabamos de manifes- 
tar, no obsta para que pueda trazarse teórica- 
mente la evolución del culto de la piedra, y 
señalar ejemplos que correspondan a cada gra- 
do evolutivo. 

La concepción primera de la divinidad, 
como una fuerza superior inmanente en algu- 
nos seres de la naturaleza y cuyo signo es la 
apariencia extraordinaria del ser que la po- 
see (2), corresponde, a no dudarlo, con la pie- 
dra divina en sí. Mas la piedra sigue siendo 
objeto de veneración, cuando ya no es dios, 



(1) Libro primero de los Reyes, Cap. XIV, ver. 24. — 1 de 
los Reyes, Cap. XVIII, ver. 4.-11 de los Reyes, Cap. XXII, 
ver. 14 — Deuteronomio. Cap. XVI, ver. 22 — Waltoiitis. Bi- 
blia Polyglote, Londres 1657, Vol. II. pgs. 478, 592, 614, Vol. 
I, pg. 788. 

(2) Vide supra, pg. 70. 



EOOAS Y PIEDRAS ADOBADAS 413 

sino solo el altar de la deidad, el lagar ade- 
cuado para su culto, y aún su erección como 
simulacro divino, puede corresponder a con- 
cepciones teosóficas más elevadas que el puro 
antropomorfismo, aquellas en que el Dios es 
tenido por algo espiritual, superior al hombre 
y distinto de él; entonces la piedra no es sino 
el centro del culto, el lugar en cuyo rededor 
se congregan los fieles por obra de las nece- 
sidades sociales del hombre, que no puede en 
sus arranques supraterrenos, prescindir del tem- 
plo y de la oración, en comunidad. 

Hemos señalado una de las vías que pue- 
de seguir la evolución de la piedra dios ; rés- 
tanos esbozar el otro camino. 

Concebida la piedra como receptáculo de 
mana, en aquellos pueblos dotados de cuali- 
dades artísticas e imaginación fecunda, la pie- 
dra mana adquirirá individualidad propia, re- 
cibirá poco a poco caracteres humanos y pro- 
tegida por su carácter sagrado contra el cincel 
del artista, será el cuerpo petrificado del dios, 
cuya metamorfosis se cuenta. 

Lo expuesto se verá más claramente, en 
algunos ejemplos de adoración a las piedras, 
cuyo estudio, además de comprobar la doctrina 
enunciada, nos facilitará el apreciar el signi- 



414 Religión del Imperio db los Incas 

ficado de la adoración de las piedras, entre 
los antignos peruanos. 

Los Oliibclias, cuyo sistema religioso re- 
cuerda mucho el de les subditos de los lucas, 
adoraban a ciertos rocas (1). 

Los Patagoues tributaban culto a grandes 
piedras aisladas (2). 

Los Natcbez guardaban en un templo una 
piedra cónica, cubierta de pieles de venado (3). 

El gran oráculo de los Mandan, era una 
piedra larga y porosa. Cada primavera, y en 
ocasiones en el verano, una diputación visita- 
ba solemnemente la roca, para consultarla y 
fumaban invitándola. Unas marcas, que con 
blanco hacía uno de los de la diputación, mien- 
tras los otros dormían, eran tenidas por la 
respuesta (4). 

Los Oheroquíes reverenciaban algunos ob- 
jetos inanimados, siendo el principal la piedra, 



(1) Iteville. Les Religions du Mexique. de rAmerique 
Céntrale et du Perón. Paris. 1885, pg. '2G7. 

(2_i Reville. Les religions des non civilisés. Paris, 1883, 
Yol. I, pg. 394. 

(3) Lafitau. Moeurs des Sauvages Ameriquaines. Paris, 
MDCCXXIV., Vúl. I, pg. 148. 

(4) Frazer. Pausauiae's description of Greece. London, 
1888, Yol. lY, pg. 154. 



Rocas y piedras adoradas 415 

a la cnal el brujo viieira, cnamio qniere en- 
contrar nn objeto perdido (IV 

En Samoa se adoraba a ciertas piedras 
qne suponían habitadas por espíritus. En uno 
de los pocos templos que había en la isla, se 
guardaban tres piedras desprovistas de todo 
trabajo: la uua era la inamovible, la segunda 
la endurecedora del reino, la tercera la pie- 
dra fija (2). 

En otro templo había dos cantos rodados, 
qne nadie extraño al culto, podía ver; eran 
dioses buenos, que daban a sus devotos yames 
y enviaban a sus redes peces (S). 

En un pueblo de la isla, se guardaba es- 
meradamente una piedra, tenida por el dios 
de la lluvia (4). 

En la isla Francis u Onaota, hacían sa- 
crificios y oraban a una piedra parada (5). 

En Aueitium de las Xuevas Hébridas, 



,1) Mooney. The Sacred Formulas ot" the Cherokees. T'h 
Aunual Roport of de Bureau of Ethnology 18S5-8G. "Washing- 
ton, 1892, pg. 341. 

(2) Broten [O-.'^ Melanesians and Polinesians. London, 
1910, pg. •>25. 

2'urner. Samoa. London. 1SS4. pg. 46. 

(8~> Turner. Samoa. London 18S4, pg. 45. 

(4) Id. id. 

{5^. Id., id., pg. 29P. 



416 Religión del Imperio de los Incas 

creían que ciertos cantos, eran los represen- 
tantes de una deidad, y cuando encuentran 
uno de éstos, piensan haber dado con un dios. 
Si el canto se asemeja a un pez, será reveren- 
ciado como el dios de los pescadores; si se pa- 
rece a un yam, como el de este comestible ; si 
a la fruta del pan, rendiránle el homenaje de- 
bido a la deidad del árbol del pan (1). 

En las Nuevas Hébridas septentrionales, 
las piedras son el medio de entrar en comu- 
nicación con los espíritus, ofreciendo sobre 
ellas sacrificios. 

En Whitsuntide Araga, hay piedras conec- 
tadas con los espíritus, que se hallan en lugares 
sagrados, conocidos tan solo por los poseedo- 
res o descubridores del receptáculo mana, quie- 
nes sirven de intermedio entre los devotos y 
la piedra, haciendo ellos los sacrificios que se 
les encomienda (2). 

Las piedras tienen lugar conspicuo en la 
religión de las islas Salomón (3). 

En Santa Cruz, hay piedras relacionadas 
con espíritus, a las que se ofrecen sacrificios (4). 



(1) Id., id., pg. 327. 

(2) Coddrington. The Melanesius. Oxford, 1891, pg. 143. 
(8^ Id., id., pg. 178. 

(4) Id., id., pg. 181. 



EOCAS Y PIEDRAS ADORADAS 417 

Relacionándose en las Nuevas Hébridas, 
así como en las islas Banks, la religión con 
espíritus que nunca se conciben como antro- 
pomorfos y caracterizados por su naturaleza 
mana, el que encuentra una piedra en la que 
advierte algo anormal, cree tener mana y le 
rinde culto y si sus negocios prosperan y sus 
cosechas son abundantes, el culto de la piedra 
se propaga y sus vecinos le encomiendan sa- 
crificios, en honor de la flamante deidad, de 
cuyo culto conviértese en ministro. 

En Losalav, en la isla Saddle, hay cerca 
de la orilla, un círculo natural de piedras, que 
es reverenciado desde tiempo inmemorial y 
honrado con ofrendas. 

Si la semejanza con un objeto deseado, 
es la que determina en la mayor parte de los 
casos, el culto de las piedras, no faltan algu- 
nas que son tenidas por nefastas, por haber 
en su vecindad sucedido algún caso desastroso. 

Las grandes piedras tienen lugar preemi- 
nente entre los objetos sagrados melanesios. 

En las islas Banks, las hay muy notables, 
por su largo, que son llamadas tamate gamgan, 
esto es, «espíritu que come», que creen son 
muy poderosas y malévolas, siendo bastante 
para matar a un hombre el que la sombra de 

Btligión del Imrerio de les luna» 37 



418 Ebligión del Impeeio de los Incas 

éste toque la piedra. Oolócanlas como guar- 
da de las casas j si alguno va enviado por 
el dueño de una morada, que tiene tan buena 
guardia, debe anunciar el nombre de quien 
le envía, para que la piedra no le dañe. Ade- 
más de estas piedras, que son inamovibles, los 
melanesios tienen otras muchas que son ver- 
daderos amuletos j que sirven para obtener 
la fertilidad de los sembríos, o buena ventura. 

Las ofrendas que hacen los melanesios a 
las piedras, es ungirlas con agua de coco, o 
untarlas tierra roja; esto último si se hace con 
una piedra parada, basta para disipar los nu- 
blados y hacer brillar el sol (1). 

En Madagascar, a muchas piedras, ungen 
con aceite 7 grasa, las mujeres deseosas de te- 
ner hijos (2) y es, sin duda, una costumbre 
fundada en magia imitativa, la de poner una 
piedra en el cimiento de una casa, para asegu- 
rar la prosperidad de la familia. (3). 

En la costa de Nigeria del Sur, el culto 



[1] Coddrington. The Melanesians. Oxford, 189 , pgs- 
181-185. 

(2) Frazer. Pausanias's description of Greece. London 1888, 
Vol. V, pg. 355. 

3) Áhinal. L'A.strologie Malgache. Missions Catholiciues , 
Vol. XI, Lyon 1879, pg. 482. 



EOCÁS Y PIEDEÁS ADOEADAS 419 

a las rocas y piedras está poco desarrollado^ 
por la carencia de éstas, no así en la región 
montañosa, en donde su culto es muy impor- 
tante. 

íío obstante la carencia de piedras en Bo- 
ni, los Ibani tienen por dios, una que deben 
haber traído de muy lejos. 

En medio de un pequeño bosque sagrado, 
los Ibibios tienen una piedra, llamada el rey 
del bosque, a la cual atribuyen mucho poder. 

En Uwet se venera un aereolito. 

Los Ibos, del clan X'doke, que moran en 
Akwete, el dios principal, creen, reside en una 
piedra que está en medio de un riachuelo, en el 
que se proveen de agua (1). 

Los Bogos creen dar estabilidad a un ju- 
ramento, haciéndolo sobre una piedra (2). 

Los Todas tienen a muchas piedras como 
sagradas y poseedoras de cierto grado de santi- 
dad, y que ocupan lugar en el ceremonial re- 
ligioso. Todas tienen nombres, ya generales, 
ya individuales, pero dos piedras del mismo 
nombre, pueden tener atributos enteramente 
diferentes. 

(1) Leonard. (A. J.) The Lower Niger and its Tribes. 
London 1906, pgs. 306 y 307. 

(2) Frazer. The Golden Bough, Vol. I, pg. 16L 



420 Ebligión del Imperio de los Incas 

En el ti^ la más sagrada institución de la 
lechería, qne es el centro de la vida Toda, 
hay piedras que señalan el lugar en donde se 
debe levantar y asentar el vaso, durante el rito 
de la emigración. Más importantes son en la 
lechería, las piedras llamadad neurziiliikars^ que 
son ungidas con aceite. 

Estas gentes hacen sacrificios a ciertas 
piedras, como a las funerales, en las que matan 
búfalos (1). 

Los Kalís que moran en Abui, juran por 
un meteorito (2). 

En todo pueblo Marring, hay un círculo 
de piedra y en su interior unas pocas, que in- 
vocan en sus juramentos (3). 

En las aldeas Tangkhul, se encuentran 
montones de piedras, tenidos por muy sagra- 
dos y que los manipures llaman lei-pTiam^ la 
morada de lei^ entidad potente y misteriosa, 
no siempre antropomorfa. Al regreso de sus 
expediciones guerreras, los Tangkhules ponían 
las cabezas de las víctimas en estos montones, 
durante un período de cinco días, en el cual 



(11 Rivers. The Todas. London 1906, pgs. 488-441. 
(2) Hodson. The Naga tribes of Manipur, London 1911, 
pg. 111. 

•:3) id. id., pg. 112, 



EOOAS Y PIEDEAS ADOBADAS 421 

los guerreros eran gemía, esto es, que se eneon- 
traban bajo el peso de un tabú. 

Hodson, dice, que las piedras de forma ex- 
traordinaria, se las mostraban como lei-pham. 
Caminando por las montañas, se encuentran 
montoncitos de arroz, hojas, flores y tabaco, 
ofrendas votivas al lei, que tiene allí su mo- 
rada y a las que contribuyen peregrinos Na- 
gas, Kukis y Meithers, así como comerciantea 
de Bengala (1). 

En el país ocupado por los iSTagas, es im- 
portantísimo el culto de la piedra, ya en la 
forma de monolitos, carines, piedras planas, 
soportadas por otras pequeñas. Los monolitos, o 
están aislados, o dispuestos en avenidas, círcu- 
los u óvalos. 

En las afueras de Marán, ciudad que fue 
próspera y populosa, hay una avenida de mo- 
nolitos, casi todos en pie, y en la población, 
círculos y óvalos. Uno de los monolitos de 
la ringlera, que forma la calle, está asociado 
con la suerte de los cazadores y antes de salir 
toda expedición de caza, va al lugar donde está 
la piedra y los que la componen, tratan de 
dar una pedrada en la punta del monolito^ 

(^1) Hcdson. Op. cit., pg. 126. 



422 Religión del Imperio de los Incas 

segaros de que si tal hacen, la cacería tendrá 
mucho éxito. 

En Uilong hay una interesante colección 
de piedras, dispuestas en un óvalo y en un 
círculo; dentro de éste, los solteros bailan y 
descansan durante el genna anual, en honor 
de los muertos. 

No todas las piedras sagradas datan de 
tiempos remotos, pues los Kagas las erigen 
aún hoy, lo que da lugar a varias ceremonias 
y tabús, entre los que merece notarse la cas- 
tidad, que está obligado a guardar, durante un 
año, el que las erige, quien por este tiempo 
debe vivir alejado de los suyos. En Nao, di- 
cen, que a aquel que erige una piedra, su pa- 
dre ayuda, lo que parece indicar están rela- 
cionadas con el culto de los antepasados. 

Carines cónicos de piedra, se encuentran 
en Tanghhule y Zudirengs. 

Trilitos formados por dos piedras peque- 
ñas y una grande, a modo de mesa, solo hay 
en Merán. 

Oerca de Hudung, hay una piedra que 
conmemora, según dicen, la conquista de Tang- 
kul, por Ohing Thangkomba, a la cual dan 
culto cada año. En Maikel se ve una piedra, 
en el lugar por el que dicen salieron sus ante- 



Eooás t piedras adoradas 423 

cesores del interior de la tierra. Todas estas 
piedras, creen, son la morada de espíritus (1). 

En Berar se rinde culto a aquellas pie- 
dras que tienen algo notable por su forma, 
tamaño o posición ; la adoración a piedras y 
palos se reproduce constantemente en dife- 
rentes formas (2). 

Entre las tribus del Hindoo Koosb, la 
mayor parte de los objetos de culto, son gran- 
des piedras; en cada pueblo se les llama de 
diferente manera. Juran por estas divinida- 
des, a las que hacen sacrificios (3). 

Así es difícil exista un solo pueblo en la 
India septentrional, que no tenga una piedra 
divina, a las que, a menudo, honran pintán- 
dolas con ocre rojo; éstas a veces no tienen 
nombre propio y reciben la designación gené- 
rica de Gramadeváta, u otra semejante (4). 

En los ritos brahmánicos, que se observan 
con ocasión de un matrimonio, una piedra de- 
sempeña papel muy importante. Coloca el 



{D Modson. The Naga tribes ofManipur. London 1911, 
pgs. 186-190. 

(2) Lyall. Asiatic Studies, London 1899, pgs. 9-13 

(3^ Biddiilph. Tribes of the Hindoo. Calcuta. 1880, pg. 114. 

(4) Crooke. Popular religión and Folk-lore of Northern In- 
dia. Westminster 1896, Vol. II., pgs. 163 y 166. 



424 Ebligión del Imperio de los Incas 

Akarya una piedra hacia el norte, entonces el 
novio se levanta cuando se repiten las pala- 
bras: «ven acá dichoso» y pisa con la panta 
de su pie derecho, en la piedra y el oficiante 
dice: «Ven, pisa en la piedra, como la piedra 
sed firme, pisa a tus enemigos, domina a tus 
enemigos » (1). 

Según otras disposiciones rituales, después 
de las vueltas al rededor del fuego y del agua, 
el desposado pisa sobre la piedra, repitiendo 
la invocación ya transcrita (2). 

Igual rito se observa en la iniciación de 
los jóvenes brahmanes (3). 

No cabe duda que, en el rito brahmáni- 
co, la piedra es un elemento de magia imita- 
tiva, la solidez del pacto se quiere sea como 



(1). Sánkáyana. Griliya. Sütra I adliyáya. 13 Khanda. The 
Grihya Sutras, Rules of Vedic Domestic Ceremonies. Transla- 
ted by Oldemberg. Part. I, Oxford 1886. The Sacred Books of 
the East. Yol. XXIX. 

'2^ Asvalayana. Grihj'a I Adhyayá, 7 kandica. Loe. cit, pg. 168. 
Páraskara Grihya. Sutra I, 7 kanda, kandiká 1. Loe. cit, 
pg. 282. 

Grihya Sutra de Hiranyakesin Prasna I, 6 Patala 19 Sec- 
ción N". 8. The Grihya Sulras, translated by Oldemberg. Part 
n, Oxford 1892. The Sacred Books of the East, Vol. XXX. pg. 188- 
(B) Grihya Sutra de Hiranyakesin. Prasma I, Patala I, 
4 Sección, N". 1., Loe, cit. pg. 146. 

Comp. Hoplcim (E. W.). The Religions of India. London 1896. 



EOOAS Y PIEDEAS ADORADAS 426 

la de la piedra, la estabilidad del convenio, al 
igual de la inmovilidad de ésta, la firmeza de 
la unión tan dura como la roca ; mas si tene- 
mos en cuenta el carácter divino de las pie- 
dras, en muchos pueblos de la India, com- 
prenderemos que el rito brahmánico, estaba ba- 
sado en un recuerdo de las piedras dioses, de 
los aborígenes de esa península asiática. 

Los árabes, antiguamente, tenían pilares 
de piedra, llamados msol), que ungían con la 
sangre de las víctimas; eran altares, si bien a 
veces se confundía el ídolo con el ara (1). 

En los antiguos santuarios Oananeos, ha- 
bía una piedra y un poste sagrado, el asherah 
y el massebah; en el de Gezer, parece que 
los masseboli eran dioses de la fertilidad (2). 

Cree Sévillot muy probable, que mu- 
chos siglos antes de nuestra era, los pueblos 
de la Galia creyeron que determinadas piedras, 
por su tamaño o forma, eran la morada de 
poderes sobrenaturales, que les comunicaban 
cierto poder ; esta creencia subsiste en algunos 
casos, en que la tradición señala tal o cual pie- 



(1) SmitTi. Lectures on the Religión of the Semites. Lon- 
don 1914, pg. 20o. 

(2) Frazer The Golden Bough. ^A Study üf Magic and 
Religión. London 1914, pgs. 107 - 108. 



426 Eeligión del Impbeio de los Incas 

dra, como la morada de una hada, u otro per- 
sonaje mitológico, o en los que el vulgo acude 
a determinadas piedras, en ciertas ocasiones) 
implorando su auxilio (1). 

Los Concilios de Arles (452), de Tours 
(507), de Nantes (658), condenaron el culto 
de las piedras y en España, los que se reunie- 
ron en Toledo, en 681 y 682, fulminaron re- 
cias censuras contra sus adoradores (2). 

La forma más común del culto a las pie- 
dras, que aún subsiste en Erancia, es la prác- 
tica conocida con el nombre de «la glissade», 
cuyos fines son de amor y fecundidad. 

En el departamento de Ule et Yilaine, 
hay unas rocas dichas Roches Seriantes, a las 
que acuden muchachas casaderas y por las que 
se dejan resbalar. 

En Ploüer ( Cotes du Nord ) hay una pie- 
dra de este género, a la que van las mucha- 
chas por saber si se casarán en el año, para 
lo cual se alzan los vestidos y se resbalan por 



(1) Sévillot (P) The "Worship of Stones in France. Ameri- 
can Anthropologist. N. S. Vol. IV, New York 1902, pg. 78. 

(2) Reinoch [S). Les monuments de pierre brute dans les 
langage et les croj enees populaires. Cuites, Mythes et Reli- 
gions. Vol. m, París 1913, pg. 400. 



EooílS y piedras adoradas 427 

la piedra, siendo señal afirmativa, no rasparse 
la piel en la bajada (1). 

En la Orense, las muchaclias que tienen 
igual deseo, se arrojan del dolmen, dicho «el 
bosque de Urbe», o se dejan resbalar por una 
roca inclinada, o bien se frotan contra una 
« allée couverte » . 

En el Sena Inferior, se resbalan por la 
estrecha abertura del Dolmen de Ymara, para 
curarse de las enfermedades a los ríñones (2). 

Cerca de Poncin, a una legua de San Al- 
bán, hay una roca, en la que resbalan las muje- 
res en cinta, para tener fácil alumbramiento (3). 

De las piedras, acerca de las cuales co- 
rren entre los paisanos franceses ideas supersti- 
ciosas, la mayor parte son dólmenes o men- 
hires, los que generalmente inspiran terror a 
los campesinos, que junto a ellos pasan; tal 
acontece con el menhir de la Dama Blanca, 
en Ule et Yilaine, ante el cual, los campesi- 
nos se santiguan, para conjurar los males que 
podría causarles. 

En Ploliares (Oóte du Nord) un dolmen 



(1) Sévillot. Op. cit,, pg. 79. 

(2) Reinach. Op. cit., pgs. 405, 408. 
'5) Sévillot. Op. cit., pg. 82. 



428 Eeliqión del Imperio de los Incas 

es la capilla de los siete santos; en España 
hay dólmenes, que ahora son criptas de igle- 
sias, o capillas. Cuentan en los Pirineos que, 
un campesino que quizo poner una cruz sohre 
un menhir, fué muerto por el genio del lugar (!)• 

Ooquebert Monbert, en 1820, encontró en 
un dolmen del Loira inferior, llamado « pie- 
dra de las hadas», montoncitos de lana rosa, 
puestos por las muchachas deseosas de casarse ; 
igual costumbre se observaba en el menhir 
Long-Bciel (Sena inferior) j en algunos lu- 
gares del departamento del Sena j Mame; a 
la piedra de San Martín (Indre et Loire), 
ofrecen centavos, frutas, queso, etc. Estas ofren- 
das tienen lugar en otros sitios, con diversos 
fines, tales como recobrar la salud, tener éxi- 
to en el amor (2). 

En el valle de Larboust, en los Pirineos, 
los paisanos van en secreto a rezar junto a las 
piedras sagradas, bésanlas y apoyan la oreja 
contra ellas, esperando oír su voz; en Einis- 
terra, el menhir de Plouarzel, tiene a la altu- 
ra de un metro, unas protuberancias de 30 



(i) Reinach, Op. cit., pgs. 399-403. 
(2) Reinach. Op. cit., pg. 404. 
Sévillot. Op. cit., pgs. 102-104, 



KOOAS T PIEDRAS ADORADAS 429 

centímetros de diámetro, poco más o menos, 
semejantes a un seno; los recién casados van 
al menhir y después de haberse parcialmente 
desnudado, la mujer de un lado y el hombre 
del otro, se frotan el vientre contra las pro- 
minencias, esperando el marido tener hijos va- 
rones y la mujer mandar en la casa (1). Esta 
misma costumbre había en Dax (2). 

En Oarnac, muchachas casi desnudas, se 
frotan el vientre contra un menhir, para pron- 
to conseguir un marido; igaal costumbre se 
observa en el departamento de Eure et Loire 
y en Roce Marie, cerca de Snt. Aubin du 
Cormier (Ule et Yillaine) (8). En varios lu- 
gares se frotan contra un menhir, las mujeres 
estériles (4). 

Es común a muchas piedras de Bretaña, 
la facultad de devolver la salud al que en 
ellas se frota ; en otros lugares es preciso su- 
bir a la piedra, para obtener los beneficios de 
su poder sobrenatural; así en Oolombiers, en 
donde el que quiere casarse antes de un año. 



fr Sévillot. Op. cit., pg. 405. 

(2) Sévillot. Op. cít., pg. 83. 

^3) Sévillot. Op. cit., pg. 82. 

(4) Reinack, Op, cit., pg. 405. 



430 Eeligión del Impeeio de los Incas 

coloca en la cúspide de la piedra, una mone- 
da y baja luego de un salto. 

Cerca de Fougarais, hay una piedra, lla- 
mada « la silla del diablo» , en la cual, sentán- 
dose en cierta época del año, se obtiene ser 
correspondido en amor (1). 

Hay piedras que dan salud a los que su- 
ben a ellas, o las visitan; un dolmen de Fi- 
nisterra cura los reumatismos, otro a los ca- 
lenturientos ; en Ablancourt ( Somme ) sientan 
a los niños enfermos, en un banco de piedra, 
colocado en la capilla de San Jorge ; en el 
Oise creen que sanan, dando vueltas a la pie- 
dra de Sn. Yaast. 

En un hueco natural, que hay en el pe- 
drón del pueblo de Kerangalet, en Gouesnon 
(Finisterra), introducen el miembro enfermo, 
esperando curarlo; al menhir, dicho la «pie- 
dra agujereada», en la Yonne, llevaban a los 
animales enfermos y para que se curasen, de- 
positaban una moneda en el hueco (2). 

A veces, al rededor de una piedra, cele- 
braban danzas, así en Orosse, hasta fines del 
siglo XVIII, el 15 de Agosto, las mujeres del 



(1) Sévillof. Op. cit., pgs. 84 y 85. 

(2) Seimch. Op. cit., pge. 406, 408 y 407. 



EOOÁS Y PIBDEAS ADOEADAS 431 

pueblo, teniéndose por las manos, bailaban al 
rededor de la Fierre Longue (1). 

Una piedra movible de los Pirineos, se 
asegura produce aguaceros, al sor puesta en 
movimiento (2). 

Es frecuente llamar a menliires, piedras 
del juramento, lo que recuerda la costumbre 
india, ya mencionada; así en el Oise van to- 
davía a firmar los contratos de matrimonio, 
en una esquina de la Fierre Lartierre y en 
Ancelle (Altos Alpes), los recién casados pa- 
san los brazos por el hueco de cierta pie- 
dra (3). 

En la isla Roma, vecina a la costa de 
Escocia, hay una capilla dedicada a Sn. Ro- 
mán y en ella un muro de piedra, cuya lim- 
pieza cuidan mucho. En el altar hay una 
plancha de madera con varios huecos, en los 
que están puestos guijarros, a los cuales los 
isleños atribuyen grandes virtudes, entre otras, 
la de dar fácil parto (4). 



(1) Sévilloi. Op. cit., pg. 91. 

(2) Btinach. Op. cit., pg. 409, 

(3) Beinach. Op. cit., pgs. 405 y 409. 

(4) Martin. A Description of the Western island of Scot- 
lapd. Piukerton, Voyages and Travels, Vol. UI, pg. 681, Lon- 
don 18U. 



432 KELIGlÓy DEL I5IPEEI0 DE LOS lífCAS 

En Escocia, algunas veces, los jurados se 
sentaban en piedras consagradas para este uso ; 
igual cosa acontecía en Atenas (1). 

En Laconia se conservaba una piedra rús- 
tica,en la cual, según la leyenda, el matricida 
Orestes, se mejoró de su locura apenas se sentó, 
habiendo ocurrido anteriormente otro tanto a 
Zeus, que se curó de su amor a Hera, al sen- 
tarse en cierta roca, en la isla Leucadia (2). 

Los Ingouch, tribu del Oaúcaso, adoran 
ciertas piedras y les ofrecen costosos sacrifi- 
cios (3). 

En gran parte, de los ejemplos citados, 
se advierte que la piedra es santa y está 
dotada de fuerza mágica maravillosa ; en algu- 
nos, como en los de Melanesia, sábese bien 
que este poder es la entidad misteriosa mana; 
en otros, como en las piedras divinas de los 
Xagas, la foerza mágica ha recibido ya una 
forma más diferenciada, es el Jei, entidad po- 
tente y misteriosa, que no siempre tiene for- 
ma antropomorfa, ya que el objeto venerado 



(1) Fraser. The golden Bougli. A Study Magic and Reli- 
gión. London 1913. Yol. I., pg. 160. 

(2) Id. id., pg. 161. 

(3) Frazer. Pausanias's description of Greece. London 
1888. Vol, IV. pg. 165. 



EOOAS Y PIEDEAg ADOEADAS 433 

no es el receptáculo adecuado del poder snpra 
sensible, sino la residencia del espíritu pode- 
roso, no es el imán, sino tan solamente el 
hierro imantado, que puede perder su fuerza, 
en cuanto desaparezca la corriente que la causa. 

De la piedra, residencia del leij hay corta 
distancia en la evolución religiosa, a la piedra 
altar, lugar adecuado para ofrendar al Dios, 
y de las etapas de esta evolución, no faltan 
ejemplos, en los casos citados en las páginas 
antecedentes. 

Réstanos ahora comprobar con hechos, la 
otra vía del desarrollo de la piedra Dios, que 
señalamos ya, aquella en que termina el culto 
a una roca, por originar un mito metamórfico 
y un culto netamente antropomorfisado. 

Las dos vías de evolución, tienen igual 
valor trascendental y si las formas correspon- 
dientes a la primera, parecen más frecuentes 
en pueblos primitivos, deja ésta libre campo 
para un progreso religioso, continuamente as- 
cendente, no así la segunda forma evolutiva 
que, conduce de un modo ineludible, al estan- 
camiento del desarrollo teosófico. 

En Australia, los Aruntas llaman Ohii- 
ringa a piedras sagradas que llevaban los an- 
tecesores y que están relacionadas íntimamente 

Religión del Imperio de loe Inon* 28 



434 Eeltgión del Impeeio de los Inoas 

con el espíritu de éstos y por consiguiente 
con el de sus sucesores; los churingas no pue- 
den ser vistos por las mujeres, ni los no ini- 
ciados. El lugar en el cual depositó el Al- 
chiringay o antecesor mítico, el churinga está 
señalado por algún objeto natural, tal como 
una roca, un árbol. En este sitio creen que 
reside, especialmente, el espíritu del Alchiringa 
y se llama Nauja (1). 

En la ceremonia de Inticbiuma, de la 
Ungianba, o del tótem de la flor Hakea, con 
la que bacen una bebida muy estimada, uno 
de los celebrantes, se abre una vena y deja 
caer la sangre sobre una piedra, que repre- 
senta la flor; en el Inticbuima, del tótem Ya- 
rumpo, se practican ceremonias sobre una pie- 
dra, que representa el Alcbiringa Erkiaka y la 
frotan con guijarros (2). 

Los Kaitisb tienen una piedra llamada 
de los niños, a la cual acuden cuando desean 
tener hijos, llevando su churinga y frotándolo 
contra la piedra (3). 



iVj Spencer and Gillen. The Natives tribes of Central Atig- 
tralia. London 1889, pgs. 123, 124, 128, 131. 

(2) Spencer and Guien. Op. cit., pgs. 187 y 188. 

(3) Spencer and Gillen. The Northern Tribes of Centr*l 
Australia. London 1904, pg. 271. 



EOOAS Y PIEDBAS ADORADAS 435 

Los Oanaques labran piedras en la forma 
del objeto que desean y conviértenlas en fe- 
tiches (1). 

En las Nuevas Hébridas, había igual cos- 
tumbre (2). 

Tonge y Toafa, eran los nombres de dos 
rocas planas, que estaban en una plataforma, 
formada por un hacinamiento de piedras, a 
las que en Samoa veneraban, por tenerlas por 
padres de Saato, dios de la lluvia (3). 

En Savai, los dioses de cierto pescado, 
fueron convertidos en piedras, por el héroe 
mítico, Upulu (4). 

En el camino que conducía a las plan- 
taciones en Samoa, había una piedra, que de- 
cían ser un cobarde petrificado, habiendo apos- 
tado con su hermano, a cuál era el más va- 
liente, volvió la espalda y según lo que habían 
convenido, se transformó en piedra. En la mis- 
ma isla, en el límite entre dos pueblos, se veían 
dos piedras, en que se convirtieron dos mozos 
que, batiéndose, se mataron (5). 

(1) Glaumont. Usages, Moeurs et Coutumes des Neo Caledo- 
niens. Revue d'Ethnographie. París 1889, Vol. VII, pgs. 114-115. 

(2) Frazer. Pausanias's description of Greece. Londoa 
1688, Vol. IV, pg. 164. 

(3) Turner. Samoa. London 1884, pg. 26. 
(4j Id., id., pg. 31. 

(5) Id., id,, pgs. 46 y 46. 



436 Eeligión del Impeeio de los Incas 

Para los aborígenes de la isla Takabfo, 
el dios principal se llama Tin Tokelan, el 
Rey Tokelan, que creían estaba encarnado en 
una piedra, que tenían cubierta con finas este- 
ras y que sólo el jefe podía ver. En la isla 
lí^uku - laelac, del archipiélago Mitchell, los 
dioses Fonolape y Moloti, eran dos piedras, 
así como Eoelangi, adorado en la isla Hud- 
son (1). 

En la isla San Agustín, era reverenciado 
un bloc coralino (2). 

En la isla Nikiman, del grupo Gilbert, 
habían dioses y diosas, que eran piedras; a 
las primeras tenían paradas, a las segundas 
acostadas, pues siendo señoras, sería crueldad 
tenerlas en pie largo tiempo (3). 

La residencia del Ogaba, en Ogbanik, es 
una cueva, en cuyo interior se encuentra una 
piedra, que es el dios castigador de los la- 
drones (4). 

Olirine, adorada en Omitcha, la diosa ma- 
dre de todos, la nutridora de los muchachos 



(1) Turner. Op. cit., pgs. 268, 280 y 289. 

(2) Id., id., pg. 291. 
(3; Id., id., pg. 296. 

(4) Leonard. The lower Niger and its Tribes. London 1906, 
pg. 808. 



EOOAS Y PIEDEAS ADORADAS 437 

y protectora de su pueblo, es unas rocas que 
están en el bajo Niger (1). 

Según las tradiciones de los Yorubas, los 
creadores del mundo, Jemuhu y Orishala, se 
volvieron piedras, las que están en Ife (2). 

En un bosque sagrado, cercano a esta po- 
blación, hay unas piedras que son un jefe (did), 
su mujer e hijo, que por evitar una guerra, 
se retiraron al bosque y se petrificaron al mo- 
rir. Estas piedras estaban en un curioso re- 
cinto sagrado ; Morine, madre de Alashe, petri- 
ficóse también y es adorada; igual aconteció 
con el hijo, que cuando la madre lo iba a 
sacrificar, por salvar a la ciudad de Ife, ame- 
nazada por la ira de Dios, se volvió piedra, 
juntamente con todos sus bienes. Enera de la 
población, hay un pilar redondo, de once pies 
de alto, junto al cual se veía otro pilar roto, 
en el que habían clavos, un círculo y una hacha; 
eran el bastón de Oranyan (3). 

Los Bagandas, junto al templo del dios 
Nkulu, en Bewendo, tienen numerosas piedras 
blancas, que dicen ser sus mensajeros (4). 



(1) Leonard. Op. cit., pg. 303. 

(2; Dennett. Nigerian Studies. London 1910, pgs. 19- 22. 

^3) Id., id., pgs. 22-27. 

(4) Boscoe. The Baganda. London 1911, pg. 316. 



438 Ebligión del Ímpbeio db los Ínoas 

Según los Todas, el dios Tei Kirzi, con- 
virtió en piedras a sus enemigos (1). 

Melcart era adorado en Tiro, en forma 
de dos pilares (2). 

En Megara, había una piedra piramidal, 
llamada Apolo Carino. 

Zeuz Gracious, tenía en Sicyon, la forma 
de una piedra piramidal. 

En Emesa, Eenicia, el pueblo veneraba 
una piedra negra, como la imagen del Sol, 
llamado en Eenicio, Eliogábaló. 

La imagen de Afrodita, en Pafos y en 
Chipre, era una piedra cónica, blanca; Adonis, 
en Biblus, era adorado en una piedra cónica. 

Artemisia de Perge, en Asia Menor, está 
representada en ciertas medallas, por un cono. 

La imagen de Amón, era quizás una pie- 
dra cónica. 

Apolo, como dios de los caminos, estaba 
representado por un pilar cónico. 

En Delfos, había una piedra que diaria- 
mente ungían con aceite (3). En Heliópolis, 



(1) Rivers. The Todas. London 1906, pg. 187, 

(2) Smith. Lectures on the Religions of the Semites. 
London 1914, pg. 208. 

(3) Frazer. Pausanias'e description of Greece. London 
1888, pgs. 318, 365. 



EOOAS Y PIEDRAS ADORADAS 439 

una de las incorporaciones del dios Sol, era una 
piedra, lo que acontecía también en otros pue- 
blos, por influjo de los sacerdotes de Heliópolis. 

Set se creía a veces, que estaba encarna- 
do en una piedra (1). 

Cuentan los Zuñis, qne hubo en tiempos 
muy remotos, un gran diluvio y que sus ante- 
cesores se retiraron a una meseta muy alta, 
mas el agua, subió tanto, que para salvarse 
tuvieron que sacrificar a dos hermanos, que 
vestidos con sus más hermosos trajes, fueron 
arrojados al agua; apenas consumóse el holo- 
causto, cuando principiaron a decrecer las 
aguas, y los muchachos se convirtieron en pie- 
dras; la hermana es todavía reverenciada, con 
el nombre de la madre piedra (2). 

En muchos altares Hopis, se emplean 
planchas de piedras pintadas, con figuras simbó- 
licas de varios colores. Una de las más notables, 
es la HoTcona mana, o «virgen mariposa» (3). 



(\) Wiedemann. Eeligion of the Ancient Egyptians. Lon- 
don 1897, pg. 164. 

(2) Matilde Coxe Stevenson. The Zuñi indiana, tbeir 
Mythologie Esoteric fraternities and Ceremonies. 23 Annual 
Reaport of the Bureau of Ethnology. 

(3) Fewkes. Two summer's Work in Pueblo Ruins. 22 
Annual Reaport of tbe Bureau of Ethnology, 1900-1902. 
Washington 1904, pg. 104. 



440 ÉELIGIÓÍÍ DEL ÍMPEEIO DE LOS IxOAS 

Tetland (íe¿Z=r: piedra, tlan= junto) era 
el nombre de un dios y de un pueblo, en el 
señorío de Tonala (México); el origen de esta 
divinidad, parece haber sido una piedra osci- 
lante, que había en la vecindad del pueblo, 
pero tenía carácter netamente antropomorfo, 
pues la representaban en figura de un hombre, 
que tenía una piedra en la mano (1). 

Los Musos adoraban a todas las piedras, 
porque decían que todas habían sido hombres, 
pues éstos al morir, se convertían en piedras, 
las que un día resucitarían (2). 



(1) JRobelo. Diccionario de Mitología Nahoa. Anales del 
Museo Nacional de México, Segunda Época, Yol. V. México 
1908, pg. 241. 

(2) Fernández Piedrahita. Historia general de las con- 
quistas del Nuevo Reyno de Granada. Amberes 1608, pg. 14' 



CAPITULO VI 

CUEVAS Y MINAS ADORADAS 

Antes de terminar el estudio del grupo 
de fenómenos religiosos, que nos hemos pro- 
puesto examinar, en este volumen, róstanos 
exponer las supersticiones que los antiguos pe- 
ruanos tenían, acerca de las cuevas, minas j 
otros objetos semejantes. 

La adoración de las cavernas, es muy 
natural en aquellos pueblos primitivos, en que 
se venera todo cuanto parece extraordinario e 
incomprensible, mas su culto puede estar ba- 
sado en otros principios ; sabido es cuan útiles 
fueron las cavernas al hombre primitivo, que 
en ellas estableció su morada; numerosos son 
los ejemplos de cuevas, que al mismo tiempo 
que moradas de los vivos, fueron lugar de 
reposo de los difuntos de la tribu salvaje, que 
abrigó su existencia, bajo los repliegues de la 
roca, asi en ocasiones, la veneración de la 



442 Religión del Imperio de los Inoas 

cueva, puede estar basada simultáneamente en 
el respeto que inspiran sus antros misteriosos, 
ocupados quizá, por temibles fieras, en el re- 
conocimiento y apego al prístino hogar y en 
el tributo de amor y terror, que el hombre 
simple rinde a sus antepasados difuntos. 

En todas las religiones, no han faltado 
quienes, inspirados por un ferviente ardor mís- 
tico, buscasen en el retiro y el silencio, la 
quietud del ánimo y la perfección interior, y 
las cuevas han prestado, a menudo, refugio a 
éstos, a quienes disgusta el bullicio mundano. 
La caverna que sirv^ió de morada a un asceta 
célebre, fácilmente se convierte en un templo, 
en un centro de culto (1). 

Este origen reconocen muchos templos, 
en cuevas que hay en la India; quien los ha 
estudiado con detención, cree que su construc- 
ción fue ideada por los Budistas, pero luego 
adoptada por los otros credos del Indostán (2). 

Muchas deidades indias, viven en cuevas, 
las que, así como las minas, creen que ordi- 



(1^ Sobre el culto a las cuevas, consúltese David Mac Rucie, 
Caves en Hasting's Encj'cloepedia of Ethics and Religión. 
Edinbourgh 1910, pg. 267-70. 

(2) Fergasson and Burgess. The Cave Temples of India. 
London 1880. 



ÜXTEYAS Y MDri.S ABOBADAS 443 

nariamente están ocupadas por espíritus ma- 
lignos. 

Los Korkas de Mirzapnr, cuando tienen 
que entrar a una caverna, se arman con flechas 
y hachas, para defenderse de los demonios. 
(Bhúts) (1). 

Los Izagas dicen que las cuevas son mo- 
radas de los lei (2). 

Los Ananitas adoran al espíritu de una 
cueva, al cual ofrecen sacriñcios, en tiempo de 
sequía (3). 

Hay casi en todo lugar sagrado de Pa- 
lestina, una gruta. En las de Penicia se en- 
cuentran símbolos de Astrate, y los más anti- 
guos templos, en este lugar, eran cuevas (4). 

En Grecia, habían cuevas destinadas al 
culto de los dioses, en las que se veían nichos 
para colocar las ofrendas, tales como aquellas 
en que en Atenas se adoraba a Apolo y la de 
Demetrio Negro, en Phigalia (5). 



(1) Crooke. Popular Religión and Folk lore of Northern 
India, Westminster 1896. Vol. I., pgs. 282-285. 

(2) Hodson. The Naga tribea of Manipur. London 1911, 
pg. 126. 

(3) Frazer. The Golden Bough, Yol I, pg. 302. 

(4) Smith. Lectures on the Religión of the Semites. Lon- 
don 1914, pgs. 197-200. 

Ib) Frazer. Pausanias's description of Greece. London 
1888, Vol. n, pg, 360, IV, pg. 406, V, pg. 516. 



444 Ebligión del Imperio de los Incas 

En Abeokuta hay una cueva consagrada 
a Oke, en la cual creen los Egba, que en caso 
de ser derrotados, pueden refugiarse con toda 
seguridad, pues se cerrará herméticamente, 
mientras dure el peligro (1). 

Los Sanks o Eoxes, rara vez pasan junto 
a una caverna, sin dejar allí tabaco, para el 
espíritu de ella (2). 

Los Apalachitas tenían una caverna sa- 
grada, en la que hacían sus ceremonias, en 
honor del Sol, al tiempo de sembrar y cose- 
char (3). 

Los indios Pueblos, acostumbraban mucho 
emplear las cavernas con fines religiosos. Eew- 
kes visitó una en los montes Graham y encon- 
tró muchas pruebas de su uso antiguo, tales 
como bastoncitos de oración y restos de canas- 
tas; se conocen machas otras que, claramente 
se ve, han sido usadas como lugares de sacri- 
ficios y nunca como habitaciones (4). 



(1) Demiett. Nigerian Studies. London 1910, pg. 164. 

(2; Dormán. Primitive Supertitions. Philadelpliia 1881, 
pg. 300. 

(3) Lafitau. Moeurs des Sauvages Ameriquians. París 
MDCCxxiv, Vol. I, pg. 147. 

(4) Fewkes. Two summers's Work in Pueblo Ruina. 
22^ Annual Reaport of the Bureau of Ethnology. Washington 
1904, pgs. 187-188. 



Cuevas y miítas adoradas 445 

Los indios de Sonora dicen, que el sonido 
qne sale de las cuevas, es producido por las 
almas que allí viven (1). 

Los Haitianos hacían peregrinaciones a 
una gruta, de donde decían habían salido el 
sol y la luna y en la que se encontraban dos 
ídolos (2). 

En cuevas, según los Quiches, vivían mu- 
chos espíritus (3). 

En Ramiriqui había una caverna muy ve- 
nerada, que formaba una espaciosa sala; allí 
los Ohibchas, entre otros sacrificios, mataban 
niños (4). 

Los subditos de los Incas, en los caminos, 
cuando no podían llegar al tambo o iban por 
rutas que, por no ser las principales, carecían 
de posadas, dormían en las cuevas o macháis, 
a las que previamente ofrecían coca y maíz 
mascado, para que mientras durmiesen no les 
aconteciese mal alguno, el que temían les 



.1) Dormán. Op. cit , pg. 302. 

(2) Fewkes. The Aborígenes of Porto Rico and Neighbo- 
ring Islanda. 25 Annnal Reaport of tlie Bureau of Ethnology. 
Washington 1907, pg. 56. 

(3) Dormán. Op. cit., pg. 301. 

(4) Eestrepo, Los Chibchas. Bogotá 1895, pg. 74. 



446 Ebligión del Imperio de los Ikoas 

causase el genio del Ingar, o el alma de algún 
muerto (1). 

Los que trabajaban en minas, adorábanlas 
bailando toda la noche anterior, al día en que 
debían dar principio a la labor. 

A la divinidad, que suponían tenían las 
minas de oro, titulaban Coya, a la de las de 
plata, Mama y a las piedras metalíferas, decían, 
Corpas, ibesábanlas y hacían con ellas otras 
ceremonias; reverenciaban también a las piri- 
tas, al bermellón, dicho llimpi y a las guairas 
u hornos, en que se fundían los metales (2). 



(1) 84 Haziendo dormida en alguna cueua, sueles mascar 
maíz, y coca y emplastarlo en ella diziendo. Esta noche ten- 
go de dormir en ti, adorote porque me des buen suefio, hazme 
soñar bien? Pérez Bocanegra. Ritual formulario e instrucción 
de curas. Lima 1631, pg. 134. 

En los Machaes, o cuebas donde dormis de noche quando 
Tais de camino, no ay Hnaca ninguna, que sea Dios, ni que 
tenga poder para hazeros mal alguno, el Demonio os ha puesto 
miedo, y por esto los Indios ofrecian coca mascada y maiz 
mascado, y vntaban con ella la cueba, para qne mientras dor- 
mían no les sucediera mal alguno..... el miedo le entristece, y 
Juego imagina que el Diablo lo ha de matar, o que alguna alma 
de los Indios difuntos le ha de matar. Ávendaño, Sermones 
de los Misterios de Nuestra Santa Fe. Lima^ fol. 56, 

í2) Usan los Indios que van a minas de plata, de oro o de 
íi90gue adorar los cerros o minas ; pidiéndoles metal rico, y 
para esto velan de noche beviendo y baylando ... a los de oro 
llaman Coya y al Dios de las minas de plata Mama ; a las pie- 



Cuevas y minas adoradas 447 

Los aborígenes de la Paz, antigua Ohu- 
quiapo, famosa en tiempo de los Incas, por sus 
lavaderos de oro, adoraban a Choque- Guanea 
(cholee =zoTO, huanJcazrzgalgsi^ peñón) (1). 

En el Cuzco, la sétima huaca, del segundo 
ceque de Cliinchaysuyo, « era una cantera lla- 
mada Ouayraugallay (2) que está encima de la 
fortaleza, en la cual hacían sacrificios por di- 
versos respetos» (3). 

En el octavo ceque de Continsuyo, era huaca 



dras de los metales Corpa, adoranlas besando, y lo mismo al 
Boroche, al agogue i al bermellón del agogue, que llaman 
Sehma o Limpi. Calancha. Chronica Moralizada, Barcelona 
1638, pg. 31. 

Los que iban a las minas adoraban los cerros dellas y las 
propias minas que llaman Coya, pidiendo les diesen de su me- 
tal; y para alcanzar lo que pedian, velaban de noche bebiendo 
y bailando en reverencia de los dichos cerros. Asi mismo ado- 
raban los metales que llaman Mama, y las piedras de los dichos 
metales llamadas Corpas besábanlas y hacían con ellas otras 
ceremonias; el metal que dicen Soroche; la misma plata y las 
guairas o brazeros donde se funde. Cobo. Historia del Nuevo 
Mundo. Sevilla 1892, Vol. in, pg. 346. 

(1) La gente deste asiento y pueblo de Chuquiapo tenían 
por adoración una guaca que se llamaba Choque Guanea, que 
quiere decir Señor del oro que no mengua. Descripción y re- 
lación de la ciudad de la Paz. Relaciones Geográficas de In- 
dias, Vol. II, pg. 71. 

(2^ J/Maira = viento, wjt/ay^ beber. 

(31 Oabo. Op, cit., Vol, IV. 



448 Eeligión del Impeeio de los Inojls 

una cneva, a la que sacrificaban niños ; llamá- 
base Inca Roca (1). 

Ourovilca fifeoroí/ = cortar en pedazos, vü- 
ca=divinidad) «era una cantera de donde sa- 
caban piedra. Sacrificábanla porque no se 
acabase ni se cayesen los edificios que dellas 
se hacian» (2). 



(1) La decima tercia se decia Incaroca. Era una cueva 
que estaba más adelante de las fuentes sobrediclias, y era ado- 
ratorio principal. Ofrecianle niños. Cobo. Loe. cit. 

(2) Cobo. Loe. cit. Pertenencia al n ceque de Autisuyo, 
siendo la cuarta huaca. 



FIN DEL I TOMO 



índice 



PágB. 

Dedicatoria Y 

Prólogo vn - IX 

CAPITULO I 

Las Huacas 1-98 

Formas de religiosidad peruanas, 1-2. Animis- 
mo, 3-5. Explicación de Spencer, 5-6. Animismo 
o naturalismo, sus condiciones, 6-10. Ejemplos de 
Animismo: Esquimales, Pieles Eojas, Algonqui- 
nes, Iroquíes, Hurones, Hidastas, Omahas, Mexi- 
canos, Cubanos, Guáyanos, Africanos, Siberia, 
India, Fidji, Europa, 10 19. Animismo de los pe- 
ruanos, 19-29. La concepción de Mana, 29-35. 
Atua, 35, Andrimautira, 35-37. Hásina, 37-39. 
Kramat, 39-40. Muliengo, 40-41. Oudah, 41 42. 
Ideas semejantes del Bajo Niger, 42. Id de los 
Masai, 42. Id de los Ma-rots, 43. Id Bangala. 43. 
Id Mayambas, 44. Id Wangtas, 44. Id Chota Na- 
pur, 44-45. Id en China, 46. Vestigios de igual 
Concepción en Roma, 46-47. Manitú, 47-51. 
Orenda, 51-53. Wakonda, 53-59. Ideas análogas 
de los Hidasta, 60. Paruxti y Waruxti, 61-62. 
Thamanous 62-63. Ideas paralelas de los Thomp- 
son, 63. Id Lilluet, 64. Id Kwakiult, Tsimshian, 
Tlingit Lku'ñgen, Denos y Chickasaw, 64-67. 



450 Religión del Impeeio de los Íxoas 



Págs. 



Cerní, 67. Naual, 67-70. El concepto primitivo 
del poder sobrenatural, 70-72. Análisia déla voz 
huaca, 72-78. Id de Vilca, 78-79. El concepto de 
huaca, deducido del examen de los cronistas. 79-84. 
La idea del poder huaca, 86-93. Metamorfo- 
sis, 93-97. 

CAPITULO II 

Los Conopas 99 - 174 

Los Conopas, sus nombres, sus clases, 99- 104. 
Su carácter hereditario, 105-106. Su origen, 106. 
Modo de invocarlos, 107-110. Naturaleza del Co- 
nopa, 110-111. Amuleto, 111-118. Amuletos es- 
quimales, 113-120. Id Koryak, 120-126. Chuk- 
chis, 126-129. Aleutinos, 129. Kadiak, 129-131. 
Otros pueblos de América del N., 131-139. Amu- 
letos de los Pueblos, 139-144. Otros amuletos 
americanos, 144-149. Id Aztecas, 149-151. Id 
Centro americanos y Antillanos, 151-152. Id de 
los aborigénes de Guayaua, 151-153. Id de otros 
Indios de Sud América, 163-159. Amuletos indi- 
vidualizados; amuletos genéricos, 159-173. 

CAPITULO m 

Apachitas 175-302 

Apachitas, su importancia en la religión pe- 
ruana, 175-176. Teorías para explicar los carines 
erigidos por los caminantes ; suposición de Da- 
win, 176-177. Id de Welcker, 177-178. Id de 
Andree, 178-179. Id de Hartland, 179-180. Id de 
Leibrecht, 180. Id de Dussaud, 181. Id de Fra- 
zer, 181-182. Id de Doutte, 182. Id Dudley 
Kid, 183. Crítica de las teorías anteriores, 183 - 184, 
Carines para segar la influencia de un lugar dota- 
do de poder nocivo, 184-200. Carines en sitios pe- 
ligrosos, 200-202. Id para facilitar el viaje, 203-204 



ÍNDICE 451 

Pig«. 

Id en las fronteras, 204-206. Carines para obte- 
ner un bien, 206-208. Carines en lugares sagra- 
dos, 209 -210. Carines de causas complejas, 210-212. 
Carines en tumbas, 212-257, Carines en lugares 
sagrados, 237-248. Carines en montes, 248. Sínte- 
sis del examen de las diverses clases de carines, 
248-263. La concepción primitiva de fatiga, 263-264. 
Carines a los que no parece, a primera vista, con- 
venir la explicación general, 264-272. Carines fun- 
dados en magia imitativa, 272-275, Explicación 
de los carines erigidos por caminantes, 275-279. 
Apacbitas modernas, 279. Cristianización de las 
apacbitas, 280-283. Apacbitas en general, 283-290. 
Apacbitas notables, 290-293. Apacbitas del Cuz- 
co, 293-296. Otras apacbitas célebres. 296, Sig- 
nificado de la voz apacbita, 296-299. Las tocan- 
cas, 299-301. 

CAPITULO IV 

Montes adorados 803-372 

La adoración de los montes, 303-307. La ado- 
ración de los volcanes, 307. Ejemplos de volcanes 
adorados, 308-321. Volcanes adorados en el Pe- 
rú, 321-326. Adoración a los montes en el Perú, 
326-337. Montes adorados en el Cuzco, 338-342. 
Significado del culto a los montes, 342-344. Ejem- 
plos del culto a los montes, 344-356, Montes di- 
vinos en México, 356-366. Id entre los Cbib- 
cbas, 367. Culto a islas en el Perú, 367-372. 

CAPITULO V 

Rocas y piedras adoradas 373 - 440 

Culto a las piedras en el Perú, 373-377. Pie- 
dras buacas del Cuzco, 377-399. Culto a las pie- 
dras en el Imperio, 399-407. Culto a piedras pre- 



452 Ebligión del Impeeio de los Incas 

Págs. 



ciosas, 407-410. El culto de las piedras, su fun- 
damento, 410-412, Piedras divinas en si, 412-433. 
Piedras reliquias de un Dios, 483-440. 

CAPITULO YI 

Cuevas y minas adoradas 441 - 448 

El culto délas cuevas, 441-442. Algunos ejem- 
plos de esta adoración, 442-445. Cuevas venera- 
das en el Perú, 445-446. Adoración a minas y 
canteras, 444-448.