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Full text of "Las Cien Mejores Poesias (liricas) de la lengua castellana"

taóz? 



LAS CIEN MEJORES POESÍAS 

(ÚRICAS) 

DE LA LENGUA CASTELLANA 



Sí 



Primera Edición, Agosto 1908. Segunda Edición, Diciembt 
1908. Tercera Edición, Febrero 1 9 10. 



LAS 



CIEN MEJORES POESÍAS 

(LÍRICAS) 
DE LA LENGUA CASTELLANA 



Escogidas por 
DON M. MENÉNDEZ Y PELAYO 




Madrid: Victoriano Sua'rez, 48 Preciados 

Lisboa: Ferreira Limitada, 132 Rúa Áurea 

París: A. Perche, 45 Rué Jacob 

Lausanne: Edwin Frankfurter, 12 Grand-Chéni 

Berlín : Wilhelm Weicukr, Haberlandstr. 4 

London & Glasgow : Gowans & Gray, Ltd. 

1910 



<"? 



ADVERTENCIA PRELIMINAR 

Comprende este tomo cien poesías líricas escogidas 
entre lo mejor de la literatura española antigua 
y moderna, excluyendo los autores vivos. No se 
nos oculta la dificultad de esta selección, en que 
tanta parte puede tener el gusto individual, ni pre- 
sumimos tanto del nuestro que estemos seguros de 
haber logrado constantemente el acierto. Hemos 
procurado, sin embargo, no omitir ninguna de las 
poesías ya consagradas por la universal admiración, 
ni dar entrada a ninguna que no tenga á nuestros 
ojos mérito positivo, aunque no siempre llegue a Ja 
absoluta perfección formal. Hay en algunas de 
estas composiciones rasgos de mal gusto propios de 
una época ó escuela determinada, pero hubiera sido 
temeridad borrarlos, porque la integridad de los 
textos es la primera obligación que la crítica impone 
al colector de toda antología por diminuta y popular 
que sea. 



vi ADVERTENCIA PRELIMINAR 

Hemos prescindido de las poesías anteriores 
al siglo xv porque exigirían un comentario 
filológico, inoportuno en la ocasión presente. Las 
pocas que insertamos del siglo xv son de belleza 
indudable y de fácil lectura para todo el mundo. 
El mayor espacio de nuestra colección va dedicado 
naturalmente á la edad de oro de nuestra lírica 
(siglo xvi y principios del xvii). Se notarán en 
ella omisiones que nos duelen mucho, pero que eran 
inevitables dentro de los estrechos límites impuestos 
á nuestro plan : spat'ús exclusus 'miquis. Nada hemos 
puesto de Castillejo, de Acuña, de Valbuena, de 
Jáuregui, y otros preclaros ingenios, y hemos tenido 
que reducir á muy pocas muestras el tesoro poético 
de Góngora, de Lope de Vega y de Que vedo. 

Nuestra tarea era relativamente fácil tratándose 
del siglo xviii, el mas prosaico de nuestra historia 
literaria, pero se tornaba dificilísima respecto de la 
opulenta producción poética del siglo xix, que sin 
ser superior a la antigua como lo ha sido en Francia 
y en otras partes, ha continuado con nuevo espíritu 
la tradición de las formas líricas, las ha remozado á 
veces merced al impulso genial de los poetas y al 



ADVERTENCIA PRELIMINAR vii 

contacto con extrañas literaturas, y ofrece buen 
numero de obras ya sancionadas por el común 
aplauso. En esta parte más que en ninguna solici- 
tamos y esperamos indulgencia. 

Aunque se titulan líricos los poemas de esta 
colección, no ha de entenderse esta palabra ec 
sentido tan riguroso que excluya algunas narraciones 
poéticas breves en que se entremezcla lo épico 
con lo lírico. Esta salvedad, que a todas las 
literaturas alcanza, tiene más propio lugar en la 
castellana, que siempre ha conservado rastros de su 
origen épico. Por eso incluimos algunos romances 
antiguos, de los de tono más lírico, y un par de 
leyendas de los dos grandes poetas románticos 
Zorrilla y el Duque de Rivas. 

El orden en que van colocadas las poesías no 
siempre es estrictamente cronológico, porque se 
ha atendido á la sucesión de escuelas y formas 
artísticas. 

M. MENÉNDEZ Y PELAYO 



ÍNDICE 



PAGINAS 



3. Romances Viejos: Romance de Abenámar,- 18 

4. „ „ Romance del rey moro 

que perdió Alhama, - 20 

5. „ „ Romance de Rosa fresca , 22 

6. ,, „ Romance de Fontefrida, 23 
7« » , t Romance de Blanca- Niña , 23 
8. „ „ Romance del conde 

Arnaldos, - 25 

9« » » Romance de la hija del 

rey de Francia, - 26 
10. „ „ Romance de doña Alda, 27 

32. Alcázar (Baltasar del) 

(1530-1606), Una cena,- - - 87 

23. Anónimo, «No me mueve, mi Dios, 

para quererte, » - 67 

39. Aigensola (Bartolomé 

Leonardo de) (1562- «Dimc, Padre común, 
1 63 1 ) , pues eres justo, » - 1 04 

36. Argensola (Lupercio 
Leonardo de) ( 1 559- 
1 6 1 3 ) , A la Esperan za, - 1 o I 



x ÍNDICE 

PAGINAS 

37. Argensola (Lupercio 

Leonardo de) ( 1559- « Imagen espantosa de ¿a 
1613), muerte,» - - 103 

38. „ ,, «Lleva tras sí los pám- 

panos otubre,y> - 104 

28. Arguijo (Donjuán de) Al Guadalquivir, en una 

(1 567- 1 623), avenida, - - 85 

29. „ „ La tempestad y la calma, 86 

30. „ „ La avaricia, - - 86 
31* >> >> «En segura pobreza 

vive Enmelo,» - 87 

66. Arjona (Don Manuel 
María de) ( 1 771- 
1820), La diosa del bosque, - 1J4. 

83. Arólas (Padre Juan) 

(1805-1849), Se mas feliz que yo, - 276 

86. Avellaneda (Doña Ger- 
trudis Gómez de) 
(1816-1873), Amor y orgullo, - 283 

99. Balart (Don Federico) 

(1 83 1 -1905), Restitución, - - 343 

95. Bécquer (Don Gustavo Rimas. «Del salón en el 

A.) -(1836-1870), ángulo oscuro, » - 327 

96. ,, „ « Cerraron sus ojos, » - 328 
72. Bello (Don Andrés) La agricultura de la 

(1 78 1- 1 865), zona tórrida, - - 199 



ÍNDICE xi 

PÁGINAS 

60. Calderón de la Barca 

(Don Pedro) (1600- « Estas que fueron pompa 
1681), y alegría,» - - 146 

89. Campoamo¡( Don Ramón 

de) ( 1 8 1 7-1901 ), / Quién supiera escribir / 296 

90. „ ,, Lo que hace el tiempo - 299 

34. Caro (Rodrigo) 

( 1 5 7 3 - 1 647 ) , A las ruinas de Itálica, 92 

13. Cetina (Gutierre de) 

(1520-1560 ?), Madrigal, - - 46 

22. Cruz (San Juan de la) 

(1542-1591), Cántico espiritual. .., - 60 

76. Espronceda (Don José 

de) (1808-1842), Himno de la Inmortalidad, 226 

77. „ „ Canción del Pirata, - 228 

78. ., „ Canto á Teresa, - - 232 

35. Fernández de Andrada ? 

(?-?), Epístola moral, - "95 

69. Gallego (Don Juan Elegía á la muerte de 

Nicasio) (1777-1853), la Duquesa de Frías, 184 
82. Gil (Don Enrique) 

(1815-1846), La violeta, - - 273 

48. Góngora (Don Luis de) 

( 1 56 1 - 1 627 ) , Angélica y Medoro, - 118 

49. ,, ,, « Servía en Oran al rey, » 123 



xii ÍNDICE 

pXginai 
50. Góngora (Don Luis de) « Entre ios sueltos 

(1 56 1 -1 627), caballos,» - -124 

5 1 ' >j , 5 « Ande yo caliente , » - 128 

S 2 ' »> ,» «La más bella niña,» - 129 

73. Heredia (Don José 

María.) ( 1 803- 1839), Niágara, - - -210 

26. Herrera (Fernando de) 

(153 4- 1597), Por la vitoria de Lepanto, 75 

27. „ „ Por la pérdida del rey 

don Sebastian, - 82 

63. Jovellanos (Don Gaspar Epístola de Fabio á 

M. de)(i744-i8n), Anfriso, - - 162 

14. León (Fray Luis de) 





(' 


529- 


159 


0> 


¿'¿/a retirada, - 


- 46 


i5- 


>> 






55 


y^ Francisco Salinas, 


- 49 


16. 


55 






55 


A Felipe Rul%, - 


- P 


i7- 


55 






55 


Noche serena, 


- 53 


18. 


?? 






5) 


Morada del Cielo, 


- 56 


T 9 . 


55 






55 


En la Ascensión, 


- 57 


20. 


„ 






55 


Imitación de diversos 


- 58 


21. 


55 






55 


Soneto, 


- 60 


67. 


Lista 


(Don Alberto) 
775.1848), 


Al Sueño, - 


- 176 



ÍNDICE xiii 

PAGINAS 

88. López de Ayala (Don 
Adeiardo) (1828- 

1879), Epístola á Emilio Arrieta, 292 

2. Manrique, Jorge (1440- A la muerte del maestre 

1478), de Santiago..., - 2 

70. Maury (Don Juan 

María) (1 772- 1 845 ),Za timidez, - - 193 

64. Meléndez Valdés (Don 

Juan) (1 754-1 8 1 7), Rosana en los fuegos, - 168 

61. Mira de Mescua (Don 

Antonio) (1578 ?- 

1644), Canción, - - - 146 

7 1 . Mora (Don José Joaquín 

de)(i783-i86 4 ), ElEstío,- - - 198 

62. Moratín (Don Nicolás Fiesta de toros en 

F. de) (1 737-1 780), Madrid, - - 151 

65. Moratín (Don Leandro 

F. de) (1 760- 1 828), Elegía á las Musas, - 172 

93. Núñez de Arce (Don 

Gaspar) ( 1834-1 903), Estrofas, - - 315 

94. „ „ Tristezas, - - 322 
100. Palacio (Don Manuel 

del) (1832-1906), Amor oculto - - 347 

8i. Pastor Díaz (Don 
Nicomedes) (181 1- 
1862), A la luna, - - 269 



xiv ÍNDICE 

PAGINAS 

84. Piferrer (Don Pablo) 

(1817-1848), Canción de la Primavera, 277 

25. Polo (Gil) (c. 1535. 

1 59 1), Canción, - - 70 

97. Querol (Don Vicente Carta al Sr. D. Pedro 

W.) (1836-1889), A. de Alarcón..., - 331 

98. „ „ En Noche-Buena..., - 338 

53. Quevedo (Don Francisco 

de) (1580-1645), El Sueño,- - - 131 

54. ,> sí Epístola satírica y cen- 

soria..., - 134 

55. ,, », Memoria inmortal de 

don Pedro Girón...,- 141 

56. „ ., uTa formidable y espan- 

toso suena, y» - - 141 

57. „ „ «.Miré los muros de la 

patria mía,* - - 142 

58. „ „ Letrilla satírica, - 142 
68. Quintana (Don Manuel A España, después de la 

José) (1772-1857), revolución de Marzo, 179 ^ 
33. Rioja (Francisco de) 

(1583-1659), A la rosa, - - 91 

74. Rivas (Duque de) (1 791- 

1 865) , El Faro de Malta, -215 

75. „ „ Un castellano leal, - 217 



ÍNDICE xv 

pXginas 
92. Ruiz Aguilera (Don 

Ventura (1 820-1 88 i),£¿¿r/0¿r, - - 310 

1. Santularia (Marqués de) 

(1 398- 1 458), Serranilla, - - I 

87. Sanz (Don Eulogio 

Florentino) (1825- 

1 8 8 1 ) , Epístola a Pedro - 286 

91. Selgas (Don José) 

(1824-1S82), ElEstío,- - - 305 

85. Tassara (Don Gabriel 

Garda) (181 7-1 875 ), Himno al Mesías, - 279 
24. Torre (Francisco déla), 1 La cierva, - - 68 

"ii. Vega (Garcilaso de la) 

( 1 503- 1 536) , Egl°g a primera,- - 29 

12. „ „ A la flor de Guido, - 42 

40. Vega (Lope de) (1562- 

1635), Canción, - - - 105 

41. „ „ «A mis soledadas voy,r> 109 

42. ,, „ « Pobre barquilla mía,» 112 

43. ,. ,, Judit, - - - 116 

44. ,, ,, «Suelta mi manso, ma- 

yoral extraño, » -116 

45* » »♦ *¿Q U ¿ tengo yo que mi 

amistad procuras .<?» - t i 7 

1 Poeta del Siglo XVI. No constan las fechas de su na- 
cimiento ni de su muerte. 



xvi ÍNDICE 

pXgin 

46. Vega (Lope de) (1 562- «Pastor, que con tus 

1635), silbos amorosos , » - II 

47. „ „ Temores en e/ favor, - 1 1 

59. Villegas (Don Esteban 
Manuel de) (1596- 
1669), Oda sáfica, - - 14 

79. Zorrilla (Don José) Introducción a los «Cantos 

(1817-1893), de/ Trovador,)) - 24 

80. m d buen hez, mejor testigo \ 24 



X 



iMARQUES DE SANTILLANA 
/. Serranilla 

M O (JA tan fermosa 
Non vi en la frontera, 
Como una vaquera 
De la Fino] os a. 

Faciendo la vía 
Del Calatraveño 
A Sancta María, 
Vencido del sueño 
Por tierra fragosa 
Perdí la carrera, 
Do vi la vaquera 
De la Finojosa. 

En un verde prado 
De rosas é flores, 
Guardando ganado 
Con otros pastores, 
La vi tan graciosa 
Que apenas creyera 
Que fuesse vaquera 
De la Finojosa. 

Non creo las rosas 
De la primavera 
Sean tan fermosas 
Nin de tal manera, 
Fablando sin glosa, 
Si antes sopiera 
S2 



MARQUÉS DE SANTILLANA 

D'aquella vaquera 
De la Fino/osa. 

Non tanto mirara 
Su mucha beldat, 
Porque me dexara 
En mi libertat. 
Masdixe: «Donosa 
(Por saber quién era), 
¿ Dónde es la vaquera 
De ¡a Finojosa P . . . 

Bien como riendo, 
Dixo : « Bien vengades ; 
Que ya bien entiendo 
Lo que demandades : 
Non es desseosa 
De amar, nin lo espera, 
Aquessa vaquera 
De ¡a Finojosa. 



JORGE MANRIQUE 

2. A la muerte del maestre de Santiago 
don Rodrigo Manrique^ su padre 

RECUERDE el alma dormida, 
Avive el seso y despierte 
Contemplando 
Cómo se pasa la vida, 
Cómo se viene la muerte 
Tan callando : 
Cuan presto se va el placer, 

2 



JORGE MANRIQUE 

Cómo después de acordado 
Da dolor, 

Cómo á nuestro parescer 
Cualquiera tiempo pasado 
Fué mejor. 

Y pues vemos lo presente 
Cómo en un punto es ido 

Y acabado, 

Si juzgamos sabiamente, 
Daremos lo no venido 
Por pasado. 

No se engañe nadie, no, 
Pensando que ha de durar 
Lo que espera 
Más que duró lo que vio, 
Porque todo ha de pasar 
Por tal manera 

Nuestras vidas son los ríos 
Que van á dar en la mar, 
Que es el morir ; 
Allí van los señoríos 
Derechos á se acabar 

Y consumir ; 
Allí' los rios caudales, 
Allí los otros medianos 

Y más chicos ; 
Allegados, son iguales 
Los que viven por sus manos 

Y los ricos. 



JORGE MANRIQUE 

Invocación 

Dexo las invocaciones 
De los famosos poetas 

Y oradores ; 

No curo de sus ficciones, 

Que traen yerbas secretas 

Sus sa bores . 

A aquél solo me encomiendo, 

Aquél solo invoco yo 

De verdad, 

Que en este mundo viviendo, 

El mundo no conoció 

Su deidad. 

Este mundo es el camino 
Para el otro, qu'es morada 
Sin pesar ; 

Mas cumple tener buen t ino 
Para andar esta jornada 
Sin errar. 

Partimos cuando nacemos, 
Andamos mientras vivimos, 

Y llegamos 

Al tiempo que fenecemos ; 
Así que cuando morimos 
Descansamos. 

Este mundo bueno fuer- o» 
Si bien usásemos d'él 
Como debemos, 
Porque, según nuestra fé, 
Es para ganar aquel 






JORGE MANRIQUE 

Que atendemos. 

Y aún el Hijo de Dios, 
Para subirnos al cielo, 
Descendió 
A nacer acá entre nos, 

Y vivir en este suelo 
Do murió. 

Ved de cuan poco valor 
Son las cosas tras que andamos 

Y corremos ; 

Que en este mundo traidor 
Aun primero que muramos 
Las perdemos. 
Paellas deshace la edad, 
D'ellas casos desastrados 
Que acaescen, 
D'ellas, por su calidad, 
En los más altos estados 
Desfallescen. 

Decidme : la hermosura, 
X La gentil frescura y tez 
De la cara, 

La color y la blancura, 
Cuando viene la vejez 
Cuál se para ? 
Las mañas y ligereza 

Y la fuerza corporal 
De juventud, 
Todo se torna graveza 
Cuando llega al arrabal 
De senectud. 






<h 



JORGE MANRIQUE 

Pues la sangre de los godos, 
El linaje y la nobleza 
Tan crecida, 
Por cuántas vías é modos 
Se pierde su gran alteza 
En esta vida ! 
Unos por poco valer, 
Por cuan baxos y abatidos 
Que los tienen ! 
Otros que por no tener, 
Con oficios no debidos 
Se mantienen. 

Los estados y riqueza 
Que nos dexan á deshora ¿^f* ! 

• Onián Irv rlnrlíj ? 



¿ Quién lo duda . 

No les pidamos firmeza, 

Pues que son de una señora 

Que se muda. 

Que bienes son de fortuna 

Que revuelve con su rueda 

Presurosa, 

La cual no puede ser una, 

Ni ser estable ni queda 

En una cosa. 

Pero digo que acompañen 

Y lleguen hasta la huesa 
Con su dueño ; 

Por eso no nos engañen, 
Pues se va la vida apriesa 
Como sueño : 

Y los deleites de acá 



/ 



JORGE MANRIQUE 

Son en que nos deleitamos 
Temporales, 

Y los tormentos de allá 
Que por ellos esperamos, 
Eternales. 

Los placeres y dulcores 
D'esta vida trabajada 
Que tenemos, jf> 

¿ Qué son sino corredores, * k** / * 

Y la muerte es la c elada . ^^ 
En que caemos ? 

No mirando á nuestro daño 
Corremos á rienda suelta 
Sin parar ; 
Des que vemos el engaño 

Y queremos dar la vuelta 
No hay lugar. 

Si fuese en nuestro poder „ ¿á C • 

Tornar la cara fermosa Jjl^^j 

Corporal, ¿T*** 

Como podemos hacer 
El alma tan gloriosa 
Angelical, 

¡ Qué diligencia tan viva 
Tuviéramos cada hora, 

Y tan presta, 

En componer la cativa, -ta^^-v 

Dexándonos la señora ¿~ 

Descompuesta ! I ***) 

Estos reyes poderosos 
Que vemos por escripturas 



JORGE MANRIQUE 

Ya pasadas, 

Con casos tristes, llorosos, 

Fueron sus buenas venturas 

Trastornadas ; 

Así que no hay cosa fuerte ; 

Que á Papas y Emperadores 

Y Perlados 

Así los trata la muerte 

Como á los pobres pastores 

De ganados. 

Dexemos á los Tróvanos, 
Que sus males no los vimos, 
Ni sus glorias ; 
Dexemos á los Romanos, 
Aunque oimos y leímos 
Sus historias. 
No curemos de saber 
Lo de aquel siglo pasado 
Qué fué d'ello ; 
Vengamos á lo de ayer, 
Que también es olvidado 
Como aquello. 

¿ Qué se hizo el Rey Don Juan ? 
Los Infantes de Aragón 
¿ Qué se hicieron ? 
¿ Qué fué de tanto gal|n, 
Qué fué de tanta invención 
Como trux^on ? 
Las justas é los torneos, 
Paramentos, bordaduras 
E cimeras, 



JORGE MANRIQUE 

¿ Fueron sino devaneos ? ' ^ ****-■**■*> 

¿ Qué fueron sino verduras . . » 

De las eras \ xM¿J*~~> f 

¿ Qué se hicieron las damas, 
Sus tocados, sus vestidos, 
Sus olores ? 

¿ Que se hicieron las llamas 
De los fuegos encendidos 
De amadores ? 
¿ Que se hizo aquel trovar, 
Las músicas acordadas 
Que tañían ? 

I Qué se hizo aquel dancar * 

Y aquellas ropas chafadas ' eXc*,*^ * 
Que traían ? * 

Pues el otro su heredero, 
Don Enrique ¡ qué poderes 
Alcangava ! /^ 

¡ Cuan blando, cuan alagúelo 
El mundo con sus placeres 
Se leudaba ! 

Mas verás cuan enemigo, 
Cuan contrario, cuan cruel 
Se le mostró, 
Habiéndole sido amigo, 
¡ Cuan poco duró con él 
Lo que le dio ! 

Las dádivas desmedidas, 
Los edificios reales 
Llenos de oro, 



JORGE MANRIQUE 

Las baxillas tan fabridas. 

Los enligues y reales 

Del tesoro ; 

Los jaeces y cavallos 

De su gente y atavíos 

Tan sobrados, 

¿ Dónde iremos á buscallos ? 

¿ Qué fueron sino rocíos 

De los prados ? 

Pues su hermano el innocente, 
Que en su vida sucesor 
Se llamó, 

¡ Qué corte tan excelente 
Tuvo y cuánto gran señor 
Que le siguió ! 
Mas como fuese mortal, 
Metiólo la muerte luego 
En su fragua. 
¡ Oh juicio divinal ! 
Cuando más ardía el fuego 
Echaste agua. 

Pues aquel gran Condestable 
Maestre que conocimos 
Tan privado, 

No cumple que d'él se hable, 
Sino sólo que ie vimos 
Degollado. 
Sus infinitos tesoros, 
Sus villas y sus lugares, 
Su mandar, 
¿ Qué le fueron sino lloros ? 



SP* 



JORGE MANRIQUE 

¿ Qué fueron sino pesares 
Al dexar ? 

Pues los otros dos hermanos, 
Maestres tan prosperados 
Como reyes, 
,J& C'á los grandes y medianos 

d[ Traxeron tan sojuzgados 

A sus leyes ; 
Aquella prosperidad 
Que tan alta fué subida 

Y ens^lcada, 
¿ Qué fué sino claridad 
Que cuando más encendida 
Fué amatada ? 

Tantos Duques excelentes, 
Tantos Marqueses y Condes 

Y Barones 

Como vimos tan potentes, 
Di, muerte, ¿ do los escondes 

Y los pones ? 

Y sus muy claras hazañas 
Que hicieron en las guerras 

Y en las paces, 
Cuando tú, cruel, te ensañas, 
Con tu fuerca los atierras 

Y deshaces. 

Las huestes innumerables, - &"**"**' 

Los pendones y estandartes 

Y banderas, 
Los castillos impunables, ,*,-v*~+-i**4»-y 



JORGE MANRIQUE 

Los muros é baluartes 
Y barreras, 

La v cava honda chapada," 
O cualquier otro repaFo 
¿ Qué aprovecha ? 
Cuando tú vienes airada 
Todo lo pasas de claro 
Con tu flecha. 



AqueLde buenos abrigo, 
Amado por virtuoso 
De la gente, 

El Maestre Don Rodrigo 
Manrique, tan famoso 
Y tan valiente, 
Sus grandes hechos y claros 
No cumple que los alabe, 
Pues los vieron, 
Ni los quiero hacer caros, 
Pues el mundo todo sabe 
Cuáles fueron. 



¡ Qué amigo de sus amigos ! 
¡ Qué señor para criados 

Y parientes ! 

¡ Que enemigo de enemigos ! 
¡ Qué Maestre de esforgados 

Y valientes ! 

Qué seso para discretos ! 
Qué gracia para donosos ! 
Qué razón ! 
Cuan benigno á los subjectos, 



JORGE MANRIQUE 

Y á los bravos y dañosos 
Un león ! " 



h*~e£ ■ 



En ventura Octaviano ; 
Julio César en vencer 

Y batallar ; / 

En la virtud, Africano ; 
Aníbal en el saber 

Y trabajar : 

En la bondad un Trajano ; 

Tito en liberalidad 

Con alegría ; 

En su braco, un Archidano ; l/*-*** 

Marco Tulio en la verdad 

Que prometía. 

Antonio Pió en clemencia ; - 
Marco Aurelio en igualdad 
Del semblante : 
Adriano en elocuencia ; 
Teodosio en humanidad 

Y buen talante. 
Aurelio Alexandre fué 
En disciplina y rigor 
De la guerra ; 

Un Constantino en la fé ; 
Gamelio en el gran amor 
De su tierra. 

No dexó grandes tesoros, 
Ni alcangó muchas riquezas 
Ni baxillas, 
Mas hizo guerra á los moros, 

13 



> 1 ' 1 



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r^ 









JORGE MANRIQUE 

Ganando sus fortalezas 

Y sus villas ; 

Y en las lides que venció 
Caballeros y caballos 

Se prendieron, 

Y en este oficio ganó 
Las reatas é los vasallos 
Que le dieron. 

Pues por su honra y estado 
En otros tiempos pasados 
¿ Cómo se hubo ? 
Quedando desamparado, 
Con hermanos y criados 
Se sostuvo. 

Después que hechos famosos 
Hizo en esta dicha guerra 
Que hacía, 

Hizo tratos tan honrosos, 
Que le dieron muy más tierra 
Que tenía. 



Estas sus viejas historias 
Que<,con su braco pintó 
En la juventud, 
Con otras nuevas victorias 
Agora las renovó 
En la senectud. 
Por su gran habilidad, 
Por méritos y ancianía 
Bien gastada 
Alcancó la dignidad 
M 



t- 



JORGE MANRIQUE 

De la gran caballería 
Del Espada. 

É sus villas é sus tierras 
Ocupadas de tiranos 
Las halló, 
Mas por c ercos é por guerras /a/J ^¡( 

Y por fue^cjis. de sus manos A/ J¡^ I ^ 
Las cobró. 

Pues nuestro Rey natural, 

Si de las obras que obró 

Fué_servido, 

Digalo el de Portugal, . 

Y en Castilla quien siguió 
Su partido. 



¿T^ 



Después de puesta la vida - 
Tantas veces por su ley 
Al tablero ; ~~ JUc/ul 9** 

Después de tan bien servida 

La corona de su Rey >w<¿v^ 

Verdadero ; 

Después de tanta hazaña 
A que no puede bastar 
Cuenta cierta, 
En la su villa de Ocaña 
Vino la muerte á llamar 
A su puerta. 

(habla la muerte) 

Diciendo: «Buen caballero, 
Dexad el mundo engañoso 

15 



>*- í auL^fc»-** 



ijj^y 



JORGE MANRIQUE 

Y su halago ; 

Muestre su esfuerzo famoso 
Vuestro coracon de acero 
En este tr^go ; 

Y pues de vida y salud 
Hiciste tan poca cuenta 
Por la fama, 
Esfuércese la virtud 
Para sufrir esta afrenta- 
Que os llama. 



«No se os haga tan amarga 
La batalla temerosa 

¡ ^A V- § ue esperais » , ¡ 

Pues otra vida mas larga 

De fama tan gloriosa 

Acá*dexais : 

Aunque esta vida de honor 

Tampoco no es eternal 

Ni verdadera, 

Mas con todo es muy mejor 

Que la otra temporal 

Perecedera. 

«El vivir que es perdurable 
No se gana con estados 
Mundanales, 
Ni con vida deleitable 
En que moran los pecados 
Infernales ; 

Mas los buenos religiosos 
Gánanlo con oraciones 
Y con lloros ; 
16 



S3 



JORGE MANRIQUE 

Los caballeros famosos. 
Con trabajos y aflicciones 
Contra moros. 

«Y pues vos, claro varon> 
Tanta sangre derramastes 
De paganos, 
Esperad el galardón 
Que en este mundo ganastes 
Por las manos ; 

Y con esta conflanca 

Y con la fé tan entera 
Que tenéis, 

Partid con buena esperanza 
Que esta otra vida tercera 
Ganareis. » 

(responde el maestre) 

«No gastemos tiempo yá 
En esta vida mezquina 
Por tal modo, 
Que mi voluntad está 
Conforme con Ja divina 
Para todo ; 

Y consiento en mi morir 
Con voluntad placentera, Y^f^ ^^" 

Clara, pura, • V 

Que querer hombre vivir 
Cuando Dios quiere que muera 
Es locura. » 

ORACIÓN 

Tú que por nuestra maldad 
Tomaste forma ciyil 

17 



JORGE MANRIQUE 

Y baxo nombre ; 
, Tú que en tu divinidad 

l¿wf1M^* *w Juntaste cosa tan vil 
Como el hombre ; 
Tú que tan grandes tormentos 
Sufriste sin resistencia 
En tu persona, 
No por mis merecimientos, 
Mas por tu sola clemencia 
Me perdona. 



Así con tal entender 
Todos sentidos humanos 
Conservados, 
Cercado de su mujer, 
De hijos y de hermanos 

Y criados, 

Dio el alma á quien se la dio, 
(El cual la ponga en el eielo 

Y en su gloria), 

Y aunque la vida murió, 
l*jr*S Nos dexó harto consuelo 

Su memorial 



ROMANCES VIEJOS 
Romance de Abendmar 



¡ ABENÁMAR, Abenámar, 
moro de la morería, 
18 



JORGE MANRIQUE 

el dia que tú naciste 

grandes señales había ! 

Estaba la mar en calma, 

la luna estaba crecida : 

moro que en tal signo nace, 

no debe decir mentira. — 

Allí respondiera el moro, 

bien oiréis lo que decía : 

— Yo te la diré, señor, 

aunque me cueste la vida, 

porque soy hijo de un moro 

y una cristiana cautiva ; 

siendo yo niño y muchacho 

mi madre me lo decía : 

que mentira no dijese, 

que era grande villanía : 

por tanto pregunta, rey, 

que la verdad te diría. 

— Yo te agradezco, Abenámar 

aquesa tu cortesía. 

¿ Qué castillos son aquellos ? 

¡ Altos son y relucían ! 

— El Alhambra era, señor, 

y la otra la mezquita ; yc^*** 

los otros los Alixares, y*^<~~ rr *v * 

labrados á maravilla. 

El moro que los labraba 

cien doblas ganaba al dia, 

y el dia que no los labra 

otras tantas se perdía. 

El otro es Generalife, 

huerta que par no tenía ; 

el otro Torres Bermejas, 

19 



JORGE MANRIQUE 

castillo de gran valía. — 
Allí habló el rey don Juan, 
bien oiréis lo que decía : 
— Si tú quisieses, Granada, 
contigo me casaría ; 
d arete en arras y dote 
á Córdoba ya Sevilla. 
— Casada soy, rey don Juan, 
casada soy, que no viuda ; 
el moro que á mí me tiene 
muy grande bien me quería. 



4.. Romance del rey moro que perdió 
Alhama 

PASEÁBASE el rey moro 
por la ciudad de Granada, 
desde la puerta de Elvira 
hasta la de Vivar rambla. 
« ¡ Ay de mi Alhama ! » 
Cartas le fueron venidas 
que Alhama era ganada : 
las cartas echó en el fuego, 
y al mensajero matara. 
« ¡ Ay de mi Alhama ! » 
Descabalga de una muía, 
y en un caballo cabalga ; 
por el Zacatín arriba 
subido se habia al Alhambra. 
« ¡ Ay de mi Alhama ! » 
Como en el Alhambra estuvo, 



ROMANCES VIEJOS 

al mismo punto mandaba 
que se toquen sus trompetas, 
sus añaíiJes de plata. 
« ¡ Ayae~mi Alhama ! » 
Y que las cajas de guerra 
apriesa toquen al arma, 
porque lo oigan sus moros, 
los de la Vega y Granada. 
« ¡ Ay de mi Alhama ! » 
Los moros que el son oyeron 
que al sangriento Marte llama, 
uno á uno y dos á dos 
. juntado se ha gran bat alla. 
« ¡ Ay de mi Alhama ! » 
Allí habló un moro viejo, 
de esta manera hablara : 
— ¿ Para qué nos llamas, rey, 
para qué es esta llamada ? — 
« ¡ Ay de mi Alhama ! i 
— Habéis de saber, amigos, 
una nueva desdichada : 
que cristianos de braveza 
ya nos han ganado Alhama. 
« ¡ Ay de mi Alhama ! » a $jjv 

Allí habló un alfaquí éjr* ¡> 

de barba crecida y cana : 
— ¡ Bien se te emplea, buen rey, 
buen rey, bien se te empleara ! 
« ¡ Ay de mi Alhama ! » 
Mataste los Bencerrajes, 
que eran Ja flor de Granada ; 
cogiste los tornadizos 
de Córdoba la nombrada. 



ROMANCES VIEJOS 

« ¡ Ay de mi Alhama ! » 
Por eso mereces, rey, 
una pena muy doblada : 
que te pierdas tú y el reino, 
y aquí se pierda Granada. — 
« ¡ Ay de mi Alhama ! » 



5. Romance de Rosa fresca 

ROSA fresca, rosa fresca, . 
tan garrida y con amor, 
cuanacTvos tuve en mis brazos, 4 
no vos supe servil", no ; 
y agora que os serviría 
no vos puedo' haber, no. 
— Vuestra fué la culpa, amigo, 
vuestra fué, que mia no ; 

fenviástesme una carta 
con un vuestro servidor, 
y en lugar de recaudar 
él dijera Otra razón : 
que érades casado, amigo, 
allá en tierras de León ; 
que tenéis mujer hermosa 
y hijos como una flor. 
— Quien os lo dijo, señora, 
no vos dijo verdad, no ; 
que yo nunca entré en Castilla 
ni allá en tierras de León, 
sino cuando era pequeño, 
que no sabía de amor. 



ROMANCES VIEJOS 

6. Romance de Fontefrida 

FONTE-FRIDA, fonte-frida, 
fonte-frida y con amoT, 
do todas las avecicas 
van tomar consolación, 
sino es la tortolijca > 

que está viuda y con dolor. 
Por allí fuera á pasar 
el traidor de ruiseñor : 
las palabras que le dice 
f llenas son de traición : 
— Si tú quisieses, señora, 
yo sería tu servidor. 
— Vete de ahí, enemigo, 
malo, falso, engañador, 
que ni poso en ramo verde, 
ni en prado que tenga flor ; 
que si el agua hallo clara, 
turbia la bebía yo ; 
que no quiero haber marido, 
porque hijos no haya, no : 
no quiero placer con ellos, 
ni menos consolación. 
¡ Déjame, triste enemigo, 
* malo, falso, mal traidor, 
que no quiero ser tu amiga, 
ni casar contigo, no. 

7. Romance de Blanca-Niña. 

BLANCA 60Ís, señora mia, 
más que no el ravo del 60I : 

33 



ROMANCES VIEJOS 

¿ si la dormiré esta noche 
desarmado y sin pavor ? 
que siete años había, siete, 
que no me desarmo, no. 
jjp ' Más negras tengo mis carnes 

que un tiznado carbón. 
■ — Dormilda, señor, dormilda, 
desarmado sin temor, 
que el conde es ido á la caza 
á los montes de León. 
— Rabia le mate los perros, 
y águilas el su halcón, 
y del monte hasta casa 
á él arrastre el morón. — 
Ellos en aquesto estando 
su marido que llegó : 
— ¿ Qué hacéis, la Blanca-niña, 
hija de padre traidor ? 
— Señor, peino mis cabellos, 
peinólos con gran dolor, 
que me dejéis á mi sola 
y á los montes os vais yos. 
— Esa palabra, la niña, 
no era sino traición : 
¿ cuyo es aquel caballo 
que allá bajo relinchó ? 
— Señor, era de mi padre, 
y envióoslo para vos. 
— ¿ Cuyas son aquellas armas 
que están en el corredor ? 
— Señor, eran de mi hermano, 
y hoy os las envió. 
— ¿ Cuya es aquella lanza, 

24 



ROMANCES VIEJOS 

desde aquí la veo yo ? 

— Tomalda, conde, tomalda, 

matadme con ella vos, 

que aquesta muerte, buen conde 

bien os la merezco yo. 



8. Romance del conde Amaldos 

¡ QUIEN hubiese tal ventura 
sobre las aguas del mar, 
como hubo el conde Arnaldos 
la mañana de San Juan ! 
Con un falcon en la mano 
la caza iba á cazar, 
vio venir una galera 
que á tierra quiere llegar. 
^ Las velas traía de seda, 

la jarcia de un cendal, 
marinero que la manda 
diciendo viene un cantar 
que la mar facía en calma, 
los vientos hace amainar, 
los peces que andan nel hondo 
arriba los hace andar, 
las aves que andan volando 
nel mástel las faz posar. 
Allí fabló el conde Arnaldos, 
bien oiréis lo que dirá : 
— Por Dios te ruego, marinero, 
dígasme ora ese cantar. — 
Respondióle el marinero, 
tal respuesta le fué á dar : 

2 S 



ROMANCES VIEJOS 

-—Yo no digo esta canción 
sino á quien conmigo va. 

9, Romance de la hija del rey de Francia 

DE Francia partió la niña, 

de Francia la bien guarnida : 

íbase para París, 

do padre y madre tenía. 

Errado lleva el camino, 

errado lleva la guía : 

arrimárase á unTóble 

por esperar compañía. 
""Vio venir un caballero 

que á París lleva la guía. 

La niña desque Jo vido 
de esta suerte le decía ; ' 
-jSi te place, caballero, 
llévesme en tu compañía. 
-—Pláceme, dijo, señora, 
pláceme, dijo, mi vida. — 
Apeóse del caballo 
por hacelle cortesía ; 
puso la niña en las ancas í t***bf; 
y él subiérase en la eftlftp. 
En el medio del camino" 
de amores la requería. 
La niña desque lo oyera, 
díjole con osadía : fe^JUJU^- 
— Tate, tate, caballero, 
no hagáis tal villanía : 
hija soy de un malato 
26 >- 



ROMANCES VIEJOS 

y de una malaria ; 

el hombre que a mí llegase 

malato se tornaría. — 

El caballero con temor 

palabra no respondía. 

A la entrada de París 

la niña se sonreía. 

— ¿ De qué vos reis, señora ? 

¿ de qué vos reis, mi vida ? 

— Rióme del caballero, 

y de su gran cobardía,. 

¡ tener la niña en el campo 

y catarle cortesía ! — 

Caballero con vergüenza 

estas palabras decía : 

— Vuelta, vuelta, mi señora, 

que una cosa se me olvida. — 

La niña como d iscret a 

dijo : — Yo no volvería, 

ni persona, aunque volviese, 

en mi cuerpo tocaría : 

hija soy del rey de Francia 

y de la reina Constantina, 

el hombre que á mí llegase 

muy caro le costaría. 



10. Romance de doña Alda 

EN París está doña Alda 
la esposa de don Roldan, 
trescientas damas con ella 
para la acompañar : 

a 7 






ROMANCES VIEJOS 

todas visten un vestido, 

todas calzan un calzar, 

todas comen á una mesa, 

todas comían de un pan, 

sino era doña Alda, 

que era la mayoral. 

Las ciento hilaban oro, 

las ciento tejen cendal, 

las ciento tañen instrumentos 

para doña Alda holgar. 

Al son de los instrumentos 

doña Alda adormido se ha : 

ensoñado había un sueño, 

un sueño de gran pesar. 

Recordó despavorida 

y con un pavor muy grand, 

los gritos daba tan grandes 

que se oían en la ciudad. 

Allí hablaron sus doncellas, 

bien oiréis lo que dirán : 

— ¿ Qué es aquesto, mi señora ? 

¿ quién es el que os hizo mal \ 

— Un sueño soñé, doncellas, 

que me ha dado gran pesar ; 

que me veía en un monte 

en un desierto lugar : 

de so los montes muy altos 

un azor vide volar, 

tras del viene una aguililla 

que lo ahinca muy mal. 

El azor con grande cuita 

metióse so mi briaí ; 

el aguililla con grande ira 



23 



ROMANCES VIEJOS 

de allí lo iba á sacar ; 
con las uñas lo despluma, 
con el pico lo deshaz. — 
Allí habló su camarera, 
bien oiréis lo que dirá : 
— Aquese sueño, señora, 
bien os lo entiendo soltar ; 
el azor es vuestro esposo, 
que viene de alien la mar ; 
el águila sedes vos, 
con la cual ha de casar, 
y aquel monte es la iglesia 
donde os han de velar. 
— Si así es, mi camarera, 
bien te lo entiendo pagar. — 
Otro día de mañana 
cartas de fuera le traen ; 
tintas venían de dentro, 
de fuera escritas con sangre, 
que su Roldan era muerto 
en la caza de Roncesvalles. 



GARCILASO DE LA VEGA 
//, Égloga primera 

A Don Pedro de Toledo, marqués de Filia/ranea, 
virey de Ñapóles 

SALICIO, NEMOROSO 

EL dulce lamentar de dos pastores, 
Salicio juntamente y Nemoroso, 
He de cantar, sus quexas imitando ; 

29 



GARCILASO DE LA VEGA 

Cuyas ovejas al cantar sabroso 
Estaban muy atentas, los amores,. 
De pacer olvidadas, escuchando. 
Tú, que ganaste obrando 
Un nombre en todo el mundo, 

Y un grado sin segundo, 
Agora estés atento, solo y dado 
Al ínclito gobierno del estado 
Albano ; agora vuelto á la otra parte, 
Resplandeciente, armado, 
Representando en tierra el fiero Marte ; 

Agora de cuidados enojosos 

Y de negocios libre, por ventura 
Andes á caza, el monte fatigando 
En ardiente jinete, que apresura 
El curso tras los ciervos temerosos, 
Que en vano su morir van dilatando ; 
Espeía, que en tornando <y» ' 

A ser restituido v 

Al ocio ya perdido, 

Luego verás ejercitar mi pluma 

Por la infinita innumerable suma 

De tus virtudes y famosas obras ; 

Antes que me consuma, 

Faltando á tí, que á todo el mundo sobras. 

En tanto que este tiempo que adivino 
Viene á sacarme de la deuda un día, 
Que se debe á tu fama y á tu gloria ; 
Que es deuda general, no solo mía, 
Mas de cualquier ingenio peregrino 
. Que celebra lo digno de memoria j 
El árbol de vitoria 
Que ciñe estrechamente 
30 



GARCILASO DE LA VEGA 

Tu gloriosa frente 

Dé lugar á la hiedra que se planta 

Debaxo de tu sombra, y se levanta i/t ^jL *#-*> 

Poco á poco, arrimada á tus loores ; >^¡f*' ^ Q 

Y en cuanto esto se canta, / ^* Vs * 4 ' 
Escucha tú "el cantar de mis pastores. 

Saliendo de las ondas encendido, 
Rayaba de los montes el altura 
El sol, cuando Salicio, recostado 
Al pié de una alta haya, en la verdura, 
Por donde una agua clara con sonido 
Atravesaba el fresco y verde prado ; 
El, con canto acordado 
Al rumor que sonaba 
Del agua que pasaba, 
Se quexaba tan dulce y blandamente 
Como si no estuviera de allí ausente 
La que de su dolor culpa tenía ; 

Y así, como presente, 
Razonando con ella, le decía. 



/ 



SALICIO 

¡ Oh más dura que mármol á mis quejas, 

Y al encendido fuego en que me quemo 
Más helada que nieve, Calatea 1 
Estoy muriendo, y aun la vida temo ; 
Temóla con razón, pues tú me dexas ; 
Que no hay, sin tí, el vivir para qué sea. 
Vergüenza he que me vea 

Ninguno en tal estado, * 

De tí desamparado, 

Y de mí mismo yo me corro agora. 

¿ De un alma te desdeñas ser señora, 

3i 



GARCILASO DE LA VEGA 

Donde siempre moraste, no pudiendo 

Della salir un hora ? 

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 

El sol tiende los rayos de su lumbre 
Por montes y por valles, despertando • 
Las aves y animales y la gente ; 
Cuál por el aire claro va volando, 
Cuál por el verde valle ó alta cumbre 
Paciendo va segura y libremente, 
Cuál con el sol presente 
Va de nuevo al oficio, 
Y al usado ejercicio 
Do su natura ó menester le inclina. 
Siempre está en llanto esta ánima mezquina 
Cuando la sombra el mundo va cubriendo 
O la luz se avecina. 
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 

¿ Y tú, desta mi vida ya olvidada, 
Sin mostrar un pequeño sentimiento 
De que por tí Salicio triste muera, 
Dexas llevar, desconocida, al viento 
El amor y la fé que ser guardada 
Eternamente solo á mí debiera : 
¡ Oh Dios ! ¿ Por qué siquiera, 
Pues ves desde tu altura 
Esta falsa perjura 

Causar la muerte de un estrecho amigo, 
No recibe del cielo algún castigo ? 
Si en pago del amor yo estoy muriendo, 
¿ Qué hará el enemigo ? 
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 

Por tí el silencio de la selva umbrosa, 
Por tí la esquividad y apartamiento 

3? 



GARCILASO DE LA VEGA 

Del solitario monte me agradaba ; 
Por tí la verde yerba, el fresco viento, 
El blanco lirio y colorada rosa 

Y dulce primavera deseaba. 
¡ Ay, cuánto me engañaba ! 
¡ Ay, cuan diferente era 

Y cuan de otra manera 

Lo que en tu falso pecho se escondía ! 

Bien claro con su voz me lo decía 

La siniestra corneja, repitiendo 

La desventura mía. 

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 

¡ Cuántas veces, durmiendo en la noresuí, 



Reputándolo yo por desvarío, • 

Ví mi mal entre sueños, desdichado ! rS**' 
Soñaba que en el tiempo del estío 
Llevaba, por pasar allí la siesta, 
A beber en el Tajo mi ganado ; 

Y después de llegado, 
Sin saber de cuál arte, 
Por desusada parte 

Y por nuevo camino el agua se iba ; 
Ardiendo yo con la calor estiva, 

El curso enajenado iba siguiendo 

Del agua fugitiva. 

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 

Tu dulce habla ¿ en cuya oreja suena ? 
Tus claros ojos ¿ á quién los volviste ? 
¿ Por quién tan sin respeto me trocaste \ 
Tu quebrantada fé ¿ do la pusiste ? 
,: Cuál es el cuello que como en cadena 
De tus hermosos brazos anudaste ? 
No hay corazón que baste, 
S4 „ 



¿d+h 



GARCILASO DE LA VEGA 

á . Aunque fuese de piedra, 
Viendo mi amada hiedra, 
De mí arrancada, .en otrqjnuro asida, 

Y iiii parra en otro olmo entretejida, 
Que no se esté con llanto deshaciendo 
Hasta acabar la vida. 

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 
; Qué no se esperará de aquí adelante, 
/ Por difícil que sea y poi^jciejip ? 
O ¿ qué discordia no será juntada ? 

Y juntamente ¿ qué tendrá por cierto, 

O qué de hoy más no temerá el amante, 
Siendo á todo materia por tí dada ? 
Cuando tú enajenada 
De mí, cuitado, fuiste, 
Notable causa diste 

Y ejemplo á todos cuantos cubre el cielo, 
Que el más seguro tema con recelo 
Perder lo que estuviere poseyendo. 
Salid fuera sin duelo, 
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 

Materia diste al mundo de esperanza 
De alcanzar lo imposible y no pensado, 

Y de hacer juntar \q diferente, 
Dando á quien diste el corazón malvado, 
Quitándolo de mí con tal mudanza 
Que siempre sonará de gente en gente. 
La cordera paciente 
Cqn el lobo hambriento 
Hará su ayuntamiento, 

Y con las simples aves sin ruido 
Harán las bravas sierpes ya su nido ; 
Que mayor diferencia comprehendo 

¿T 34 



'Á 



GARCILASO DE LA VEGA 

De tí al que has escogido. 

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 

Siempre de nueva leche en el verano ,¿, 

Y en el invierno abundo ; en mi majada */•**/ > (¡r 
La manteca y el queso está sobrado ; 

De mi. cantar pues yo te vi agradada, 

Tanto, qué no pudiera el mantuano -¡ . 

Títiro ser de tí más alabado. 

No soy pues, bien mirado, 

Tan disforme ni feo ; 

Que aun agora me veo 

En esta agua que corre clara y pura, 

Y cierto no trocara mi figura 
Con ese que de mí se está riendo ; 
Trocara mi ventura. 

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 

¿ Cómo te vine en tanto menosprecio : 
¿ Cómo te fui tan presto aborrecible ? 
¿ Cómo te faltó en mí el conocimiento ? °^rv i 
Si no tuvieras condición terrible, 
Siempre fuera tenido de tí en precio, 

Y no viera de tí este apartamiento. 
¿ No sabes que sin cuéfTtó 
Buscan en el estío 

Mis ovejas el frío jfLw^ 

De la sierra de Cuenca, y el gobierno 

Del abrigado Extremo en el invierno ? 

Mas ¡ qué vale el tener, si derritiendo 

Me estoy en llanto eterno ! 

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 

Con mi llorar las piedras enternecen 
Su natural dureza y la quebrantan, 
Los árboles parece que se inclinan, 

35 



/ 



GARCILASO DE LA VEGA 

Les aves que me escuchan, cuando cantan, 
Con diferente voz se condolecen, 

Y mi morir cantando me adivinan. 
Las fieras que reclinan 

Su cuerpo fatigado, 

Dejan el sosegado 

Sueño por escuchar nú llanto triste. 

Tú sola contra mí te endureciste, 

Los ojos aun siquiera no volviendo 

A lo que tú hiciste. 

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 

Mas ya que á socorrerme aquí no vienes, 
No dexes el lugar que tanto amaste ; 
Que bien podrás venir de mí segura ; 

Y dexaré el lugar do me dexaste ; 
Ven, si por solo esto te detienes. 
Ves aquí un prado lleno de verdura, 
Ves aquí una espesura, 

Ves aquí una agua clara, 
Ejn otro tiempo cara, 
A quien de tí con lágrimas me quexo. 
Quizá aquí hallarás, pues yo me alexo, 
Al que todo mi bien quitarme puede ; 
Que'pues el bien le dexo, 
No es mucho que lugar también le quede. — 
Aquí dio fin á su cantar Salicio, 

Y sospirando en el postrero acento, 
Soltó de llanto una profunda vena. 
Queriendo el monte al grave sentimiento 
De aquel dolor en algo ser propicio, 
Con la pasada voz retumba y suena. 

La blanda Filomena, 
Casi como dolida 
36 



GARCILASO DE LA VEGA 



Y á compasión movida, 
Dulcemente responde al son lloroso. 
Lo que cantó tras esto Nemoroso 
Decidlo vos, Piérides ; que tanto 
No puedo yo ni oso, 
Que siento enflaquecer mi débil canto. 



Tr^bfy 



J4 NEMOROSO 

> Corrientes aguas, puras, cristalinas ; 
Arboles que os estáis mirando en ellas, 
Verde prado de fresca sombra lleno, 
Aves que aquí sembrjais vuestras querellas, 
Hiedra que por los arboles caminas, 
Torciendo el paso por su verde seno ; 
Yo me vi tan ajeno s-****^ C§ 

Del grave mal que siento, 

Que de puro contento (^ ¿¿^ 

Con vuestra soledad me recreaba, 
Donde"con" dulce sueño reposaba, 
O con el pensamiento discurría ^/íaO' 

Por donde no hallaba 
Sino memorias llenas de alegría ; 

Y en este mismo valle, donde agora 
Me entristezco y me canso, en el reposo 
Estuve ya contento y descansado. 
¡ Oh bien caduco, vano y presuroso ! 
Acuerdóme durmiendo aquí algún hora, 
Que despertando, á Elisa vi á mi lado. 
¡ Oh miserable hado ! 
¡ Oh tela delicada 
Antes de tiempo dada 

A los agudos filos de la muerte ! •* 

Más convenible fuera aquesta 6uerte / '««*— 



GÁRCILA80 DE LA VEGA 

A los cansados años de mi vida, 
Que es más que el hierro fuerte, 
Pues no la ha quebrantado tu partida. 

¿ Dó están agora aquellos claros ojos 
Que llevaban tras sí como colgada 
Mi ánima do quier que se volvían ? 
¿ Dó está la blanca mano delicada, 
Llena de vencimientos y despojos 
Que de mí mis sentidos le orrecían ? 
Los cabellos que vían 
Con gran desprecio al oro, 
Como á menor tesoio 

¿ Adonde están ? ¿ Adonde el blanco pecho ? 
¿ Dó la coluna que el durado techo 
Con presunción graciosa sostenía ? 
Aquesto todo agora ya se encierra, 
Por desventura mía, 
En la fría, desierta y dura tierra. 

¿ Quién me dixera* Elisa, vida mía, 
Cuando en aqueste valle al fresco viento 
Andábamos cogiendo tiernas flores, 
Que había de ver con largo apartamiento 
Venir el triste y solitario día 
Que diese amargo fin á mis amores ? 
El cielo en mis doloíes 
Cargó la mano tanto, 
Que á sempiterno llanto 

Y á triste soledad me ha condenado ; 

Y lo que siento más es verme atado 
Á la pesada vida y enojosa, 

Solo, desamparado, 

Ciego sin lumbre eh cárcel tenebrosa. 

^ Después que nos dexaste, nunca pace 



GARCILASO DE LA VEGA 

En hartura el ganado ya, ni acude -^w^^ 

El campo al labrador con mano llena. 

No hay bien que en mal no se convierta y mude : 

La mala yerba al trigo ahoga, y nace ., 

En lugar suyoMa infelice avena f \*~J-* tí 

La tierra, que de buena 

Gana nos producía 

Flores con que solía 

Quitar en solo vellas mil enojos, 



Produce agora en cambio estos abrojüé,^ ^^jÜ 
Ya de rigor dé espinas intratable ; *^* .*- n 

Y yo hago con mis ojos 

Crecer, llorando, el fruto miserable. 
Cojio al partir del sol la sombra crece, 

Y en cayendo su rayo se levanta 

La negra escuridad que el mundo cubre, * 

De do viene el temor que nos espanta-* Jt^^ 

Y lajmediosa forma en que se ofrece 
Aquello queTla noche nos encubré,"Y 
Hasta que el sol descubre 

Su luz pura y hermosa ; 

Tal es í a tenebrosa 

Noche de tu partir, en que he quedado 

De sombra y de temor atormentado, 

Hasta qué muerte el tiempo determine 

Que*, ver el deseado 

Sol ¿le tu clara vístanme encamine. 

Cual suele el ruiseñor con triste canto 
Quexarse, entre las hojas escondido, 
Del duro labrador, que cautamente 
Le despojó su caro y dulce nido 
De los tiernos hijuelos entre tanto 
Que del amado ramo estaba ausente, 

39 



GARCILASO DE LA VEGA 

Y aquel dolor que siente 
Con diferencia tanta 
Por la dulce garganta 

Despide, y á su canto el aire suena, 

Y la callada nochel no refrena 

Su lamentable oficio y sus querellas, 
Trayendo de su pena 
Al cielo por testigo y las estrellas ; 
Desta manera suelto yo la rienda 
A mi dolor, y así me quexo en vano 
De la dureza de la muerte airada. 
Ella en mi corazón metió la mano, 

Y de allí me llevó mi dulce prenda ; 
Que aquel era su nido y su morada. 
¡ Ay muerte arrebatada ! 

Por tí me estoy quexando 

Al cielo y enojando 

Con importuno llanto al mundo todo : 

Tan desigual dolor no sufre modo. 

No me podrán quitar el dolorido 

Sentir, si ya del todo 

Primero no me quitan el sentido. 

Una parte guardé de tus cabellos, 
Elisa, envueltos en un blanco paño, 
Que nunca de mi seno se me apartan ; 
Descójolos, y de un dolor tamaño 
Enternecerme siento, que sobre ellos 
Nunca mis ojos de llorar se hartan. 
Sin que de allí se partan, 
Con suspiros calientes, 
Más que la llama ardientes, 
Los enjugo del llanto, y de consuno 
Casi los paso y cuento uno á uno ; 
4° ü 



GARCILASO DE LA VEGA 

Juntándolos, con un cordón los ato. 

Tras esto el importuno 

Dolor me deja descansar un rato. 

Mas luego á la memoria se me ofrece 
Aquella noche tenebrosa, escura, 
Que siempre aflige esta ánima mezquina 
Con la memoria de mi desventura. 
Verte presente agora me parece Áj¿*~*~^ 

En aquel duro (trance de Lucina, 

Y aquella voz divina, 
Con cuyo son y acentos 
A los airados vientos 

Pudieras amansar, que agora es muda, 
Me parece que oigo que á la cruda, 
Inexorable diosa demandabas 
En aquel paso ayuda ; 

Y tú, rústica diosa, ¿ donde estabas ? . ^ 

¿ Thate , fanto e n perseguir las fieras ? «" r * c? Yí3 

l íbate tanto en un pastor dormido ? xvw-J™^" 

¿ Cosa pudo bastar á tal crueza, 
Que, conmovida á compasión, oido 
A los votos y lágrimas no dieras 
PaFMio ver hecha tierra tal belleza, 
Ó no ver Ja tristeza 
En que tu Nemoroso 
Queda, que su reposo 
Era seguir tu oficio, persiguiendo 
Las fieras por los montes, y ofreciendo 
A tus sagradas aras los despojos \ 
¡Y tú, ingrata, riendo 
Dexas morir mi bien ante mis ojos ? 

Divina Elisa, pues agora el cielo 
Con inmortales pies pisas y mides, 

4i 



A 



GARCILASO DE LA VEGA 

Y su mudanza ves, estando queda, 

¿ Por qué de mí te olvidas, y no pides 
Que se apresure el tiempo en que este velo 
Rompa del cuerpo, y verme libre pueda, 

Y en la tercera rueda 
Contigo mano á mano 
Busquemos otro llano, 
Busquemos otros montes y otros ríos, 
Otros valles floridos y sombríos, 
Donde descanse y siempre pueda verte 
Ante los ojos míos, 

Sin miedo y sobresalto de perderte ? — 

Nunca pusieran fin al triste lloro 
Los pastores, ni fueran acabadas 
Las canciones que solo el monte oía, 
Si mirando las nubes coloradas, 
Al trasmontar del sol bordadas de oro, 
No vieran que era ya pasado el dia. 
La sombra se veía 
Venir corriendo apriesa 
Ya por la falda espesa \ 
Del altísimo monte, y rebordando 
Ambos como de sueño, y acabando 
El fugitivo sol, de luz escasó, 
Su ganado llevando, 
Se fueron recogiendo paso á paso. 



12. A la flor de Guido 

SI de mi baxa lira 
Tanto pudiese el son, que en un momento 
Aplacase la ira 
42 



GARCILASO DE LA VEGA 

Del animoso viento, 

Y la furia del mar y el movimiento ; 

Y en ásperas montañas 

Con el suave canto enterneciese 

Las ñeras alimañas* illx*-} 

Los árboles moviese, ¡ &^J 

Y al son confusamente los traxese ; 
No pienses que cantado 

Seria de mí, hermosa flor de Gnido, 

El fiero Marte airado, L -f~ Jjl»J& 

A muerte convertido, 

De polvo y sangre y de sudor teñido ; 

Ni aquellos capitanes 
En las sublimes ruedas colocados, Z-v-m/v*^/ 

Por quien los alemanes -f4^~ -cUn-^ 

El fiero cuello atados, rV*»-^ ^.l*JU*-<} 

Y los franceses van domesticados. ¿•^ 
Mas solamente aquella 

Fuerza de tu beldad seria cantada, 

Y (úguna vez)con ella *** * 7 
También seria notada 

El aspereza de que estás armada ; 

Y cómo por tí sola, 

Y por tu gran valor y hermosura, 
Convertido en viola, ¿^ **~ 
Llora su desventura 
El miserable amante en tu figura. 

Hablo de aquel cativo, 
De quien tener se debe más cuidado, 
Que está muriendo vivO, 
Al remo condenado, 
En la concha de Venus amarrado. 

Por tí, como solía, 

43 



GARCILASO DE LA VEGA 

Del áspero caballo no corrige 

La furia y gallardía, 

Ni con freno le rige, 

Ni con vivas espuelas ya le aflige. 

Por tí, con diestra mano 
No revuelve la espada presurosa, 
Y en el dudoso llano 
i}*** Huye la polvorosa 

Palestra como sierpe ponzoñosa. 

"Por tí, su blanda musa, 
En lugar de la cítara sonante, 
Tristes querellas usa, 
Que con llanto abundante 
Hacen bañar el rostro del amante. 

Por tí, el mayor amigo 
Le es importuno, grave y enojoso ; 
Yo puedo ser testigo 
Que ya del peligroso 
Naufragio fui su puerio y su reposo. 

Y agora en tal manera 
Vence el dolor á la razón perdida, 
Que ponzoñosa fiera 
Nunca fué aborrecida 
Tanto como yo del, ni tan temida. 

No fuiste tú engendrada 
Ni producida de la dura tierra ; 
No debe ser notada 
Que ingratamente yerra 
J Quien [todo el otro error] de sí destierra. 

Hágate temerosa 
El caso de Anaxárete, y cobarde, 
Que de ser desdeñosa 
Se arrepintió muy tarde ; 

44 



GARCILASO DE LA VEGA 

Y así, su alma con su mármol arde. 
Estábase alegrando 

Del mal ajeno el pecho empedernido, 

Cuando abaxo mirando 

El cuerpo muerto vido 

Del miserable amante, allí tendido. y 

Y al cuello el lazo_ atado, }¿Sr 

Con que desenlazó de la cadena / ' i^¿/ 
El corazón cuitado, 
Que con su breve pena 
Compró la eterna punición ajena. 

Sintió allí convertirse 
En piedad amorosa el aspereza. 
¡ Oh tarde arrepentirse ! 
¡ Oh última terneza ! 
¿ Cómo te sucedió mayor dureza ? 

Los ojos se enclavaron 
En el tendido cuerpo que allí vieron, 
Los huesos se tornaron 
Más duros y crecieron, 

Y en sí toda la carne convirtieron ; ^_*^«U 
Las" entrañas heladas 

Tornaron poco á poco en piedra dura ; t . 

Por las venas cuidadas i^jl^***^ 

La sangre su figura 
Iba desconociendo y su natura ; 

Hasta que finalmente 
En duro mármol vuelta y trasformada, 
Hizo de sí la gente 
No tan maravillada 
Cuanto de aquella ingratitud vengada. 

No quieras tú, señora, 
De Némesis airada las saetas 



GARCILASO DE LA VEGA 

Probar, por Dios, agora ; 

Baste que tus perfetas 

Obras, y hermosura á los poetas 

Den inmortal materia, 
Sin que también en verso lamentable 
Celebren la miseria 
De algún caso, notable 
Que por tí pase triste y miserable. 

GUTIERRE DE CETINA 
ij. Madrigal 

OJOS claros, serenos, 
Si de un dulce mirar sois alabados, 
¿ Por qué, si me miráis, miráis airados ? 
Si cuando más piajdosos, 
Más bellos parecéis á aquel que os mira, 
No me miréis con ira, 
Porque no parezcáis menos hermosos. 
¡ Ay tormentos rabiosos ! 
Ojos claros, serenos, 
Ya que así me miráis, miradme al menos 

FRAY LUIS DE LEÓN 
14.. Vida retirada 



\ QUE descansada vida 
la del que huye el mundanal ruido, 
y sigue la escondida 
senda por donde han ido 
46 



H+~JH 



FRAY LUIS DE LEÓN 

los pocos sabios que en el mundo han sido ! 

Que no le enturbia el pecho 
de los soberbios grandes el estado, 
ni del dorado techo 
se admira, fabricado 
del sabio moro, en jaspes sustentado. 

No cura si la fama 
canta con voz su nombre pregonera, 
ni cura si encarama 
la lengua lisonjera 
lo que condena la verdad sincera. 

¿ Qué presta á mi contento 
si soy del vano dedo señalado ? 
si en busca de este viento 
ando desalentado ^- o^x^ 

con ansias vivas, y mortal cuidado ? 

¡ Oh campo, oh monte, oh río !Í 
¡ oh secreto seguro deleitoso ! f 
roto casi el navio, 

á vuestro al mo r eposo ""**W 

huyo de aqueste mar tempestuoso. 

Un no rompido sueño, 
un día puro, alegre, libre quiero ; 
no quiero ver el ceño 
vanamente severo 
de quien la sangre ensalza ó el dinero. 

Despiértenme las aves 
con su cantar suave no aprendido, 
no los cuidados graves 
de que es siempre seguido 
quien al ajeno arbitrio está atenido. 

Vivir quiero conmigo, 
gozar quiero del bien que debo al cielo, 

47 



u& 



y\ 



FRAY LUIS DE LEÓN 

á solas sin testigo 

libre de amor, de celo, 

de odio, de esperanzas, de recelo. 

Del monte en la ladera 
por mi mano plantado tengo un huerto 
que con la primavera 
de bella flor cubierto 
ya muestra en esperanza el fruto cierto. 

Y como codiciosa 

de ver y acrecentar su hermosura, 

desde la cumbre airosa 

una fontana pura 

hasta llegar corriendo se apresura. 

Y luego sosegada 

el paso entre los árboles torciendo, 

el suelo de pasada 

de verdura vistiendo, 

y con diversas flores va esparciendo. 

El aire el huerto orea, 
y ofrece mil olores al sentido, 
los árboles menea 
con un manso ruido 
que del oro y del cetro pone olvido. 

Ténganse su tesoro 
los que de un flaco leño, se confían : 
no es mió ver el lloro 

de los que desconfían y- 

cuando el cierzo y el ábrego porfían. 

La combatida antena 
cruje, y en ciega noche el claro día 
se torna, al cielo suena 
confusa vocería, 
y la mar enriquecen á porfía. 
48 



FRAY LUIS DE LEÓN 

A mí una pobrecilla 
mesa de amable paz bien abastada 
me baste, y la baxilia 
de fino oro labrada 
sea de\ quien la mar no teme airada. 

Y mientras miserable- 
mente se están los otros abrasando 
en sed insaciable 
del no durable mando, 
tendido yo á la sombra esté cantando. 

A la sombra tendido 
de yedra y lauro eterno coronado, 
puesto el atento oido 
al son dulce acordado 
del plectro sabiamente meneado. 



Tj. A Francisco Salinas 

EL aire se serena 
y viste de hermosura y luz no usada, 
Salinas, cuando suena 
la música extremada 
por vuestra sabia mano gobernada. 

A cuyo son divino 
mi alma que en olvido está sumida, 
torna á cobrar el tino, 
y memoria perdida 
de su origeg primera esclarecida. 

Y como se conoce, 
en suerte y pensamientos se mejora ; 
el oro desconoce 
que el vulgo ciego adora, 
SS 



al^J*^ 



49 



FRAY LUIS DE LEÓN 

la belleza caduca engañadora. 

Traspasa eTaire todo 
hasta llegar á la más alta esfera, 
y oye allí otro modo 
de no perecedera 
música, que es de todas la primera. 

Ve cómo el gran maestro 
á aquesta inmensa cítara aplicado, 
con movimiento diestro 
produce el 6Ón sagrado 
con que este eterno templo es sustentado. 

Y como está compuesta 
de números concordes, luego envía 
consonante respuesta, 
y entrambas á porfía 
mezclan una dulcísima armonía. 

Aquí la alma navega 
por un mar de dulzura, y finalmente 
en él así se anega, 
que ningún accidente 
extraño ó peregrino oye ó siente. 

j Oh desmayo dichoso ! 
¡ oh muerte que das vida ! ¡ oh dulce olvido ! 
! durase en tu reposo 
sin ser restituido 
jamás á aqueste baxo y vil sentido ! 

A este bien os Hamo, 
gloria del Apolíneo sacro coro, 
amigos, á quien amo 
sobre todo tesoro ; 
que todo lo demás es triste lloro. 

¡ Oh ! suene de contino,"' 
Salinas, vuestro son en mis oidos, 

5° 



FRAY LUIS DE LEÓN 

*s) por quien al bien divino UL^ 

despiertan los sentidos, 
quedando á lo demás amortecidos. 



16. A Felipe Ruis 

¿ CUANDO será que pueda 
libre de esta prisión volar al cielo, 
Felipe, y en la rueda 
que huye más del suelo, 
contemplar la verdad pura sin velo ? 

Allí á mi vida junto 
en luz resplandeciente convertido, 
veré distinto y junto 
lo que es y lo que ha sido, 
y su principio propio y escondido. 

Entonces veré cómo 
el divino poder echó el cimiento 
tan á nivel y plomo, 
do estable eterno asiento 
posee el pesadísimo elemento. 

Veré las inmortales 
columnas do la tierra está fundada, 
las lindes y señales 
con que á la mar airada 
la Providencia tiene aprisionada. 

Por qué tiembla la tierra, 
por qué las hondas mares se embravecen, 
do sale á mover guerra 
el cierzo, y por qué crecen 
las aguas del Océano y descrecen. 

De dó manan las fuentes ; 



> 



5t 



r 



FRAY LUIS DE LEÓN 

quién ceba, y quién bastece de los ríos 

las perpetuas corrientes ; 

de los helados fríos 

veré las causas, y de los estíos. 

Las soberanas aguas 
del aire en la región quién las sostiene ; 
de los rayos las fraguas ; 
do los tesoros tiene 
de nieve Dios, y el trueno dónde viene. 

¿No yes cuando acontece 
turbarse el aire todo en el verano? 
el día se ennegrece, 
sopla el*galle¿o insano, 
\jr^ y SUDe hasta el cielo el polvo vano ; 

Y entre las nubes mueve 
su carro Dios ligero y reluciente, 
horrible son conmueve, 
relumbra fuego ardiente, 
treme la tierra, humíllase la gente. 

La lluvia baña el techo, 
envían largfes ríos los collados ; 
su trabajo deshecho, 
los campos anegados 
miran los labradores espantados. 

Y de allí levantado 
veré los movimientos celestiales, 
así el arrebatado 
como los naturales, 
las causas de los hados, las señales. 

Quién rige las estrellas 
veré, y quién las enciende con hermosas 
y eficaces centellas ; 
por qué están las dos osas, 



FRAY LUIS DE LEÓN 

de bañarse en el mar siempre medrosas. 

Veré este fuego eterno 
fuente de vida y luz dó se mantiene ; 
y por qué en el invierno 
tan presuroso viene, 
por qué en las noches largas se detiene. 

Veré sin movimiento 
en la más alta esfera las moradas 
del gozo y del contento, 
de oro y luz labradas, 
de espíritus dichosos habitadas. 



ij. Noel ie serena 

CUANDO contemplo el cielo 
de innumerables luces adornado, 
y miro hacia el suelo 
de noche rodeado, 
en sueño y en olvido sepultado : 

El amor y la pena 
despiertan en mi pecho una ansia ardiente ; 
despiden larga vena 
los ojos hechos fuente ; 
la lengua dice al fin con voz doliente : 

Morada de grandeza, 
templo de claridad y hermosura, 
mi alma que á tu alteza 
nació, ¿ qué desventura 
la tiene en esta cárcel baxa, obscura ? 

¿ Qué mortal desatino 
de Ja verdad aleja así el sentido, 
que de tu bien divino 

53 



^ X í 

FRAY LUIS DE LEÓN 

olvidado, perdido 

sigue la vana sombra, el bien fingido ? 

El hombre está entregado 
al sueño, de su suerte no cuidando, 
y con paso callado 
el cielo vueltas dando 
las horas del vivir le va hurtando. 

¡ Ay ! despertad, mortales ; 
mirad con atención en vuestro daño ; 
¿ las almas inmortales 
hechas á bien tajTiaño 
podrán vivir de sombra, y solo engaño ? 

¡ Ay ! levantad los ojos 
y^fjf á aquesta celestial eterna esfera, 
burlaré^ los antojos 
de aquesa lisonjera 
vida, con cuanto teme y cuanto espera.. 

¿ Es más que un breve punto 
el baxo y torpe suelo, comparado 
á aqueste gran trasumpto, 
do vive mejorado 
lo que es, lo que será, lo que ha pasado ? 

Quien mira el gran concierto 
de aquestos resplandores eternales, 
su movimiento cierto, 
sus pasos desiguales, 
y en proporción concorde tan iguales : 

La luna cómo mueve 
la plateada rueda, y va en pos de ella 
la luz do el saber llueve, 
y la graciosa estrella 
de amor le sigue reluciente y bella : 

Y cómo otro camino 
54 



FRAY LUIS DE LEÓN 

prosigue el sanguinoso Marte airado, 

y el Júpiter benino 

de bienes mil cercado 

serena el cielo con su rayo amado : 

Rodéase en la cumbre 
Saturno, padre de los siglos de oro, 
tras él la muchedumbre 
del reluciente coro 
su luz va repartiendo y su tesoro : 

¿ Quién es el que esto mira, 
y precia la baxeza de la tierra, 
y no gime y suspira 
por romper lo que encierra 
el alma, y de estos bienes la destierra ? 

Aquí vive el contento, 
aquí reina la paz ; aquí asentado 
en rico y alto asiento 
está al amor sagrado 
de honra y de deleites rodeado. 

Inmensa hermosura 
aquí se muestra toda ; y resplandece 
clarísima luz pura, 
que jamás anochece ; 
eterna primavera aquí florece. 

¡ Oh campos verdaderos ! 
¡ oh prados con verdad frescos y amenos ! 



riquísimos mineros ¡ 

Oh deleitosos~üenos ! 

repuestos valles de mil bienes llenos ! 



y^r 



u 



55 



41 



FRAY LUIS DE LEÓN 

18. Morada del cielo 

ALMA región luciente, 
jírado de bienandanza, que ni al hielo 
ni con el rayo ardiente 
Xj& falleces, fértil suelo 

prdctucidor eterno de consuelo : 

De púrpura y de nieve 
florida la cabeza coronado, 
á dulces pastos^ mueve 
sin honda ni cayado, 
el buen Pastor en tí su hato amado. 

El va, y en pos dichosas iv 

le siguen sus ovejas, do las pace 
con inmortales rosas, 
con flor que siempre nace, 
y cuanto más se goza más renace. 

Ya dentro á la montaña 
del alto bien las guía ; ya en la vena 
del gozo fieljas baña, 
y les da mesa llena, 
pastor y pasto él solo, y suerte buena. 

Y de su esfera cuando 
la cumbre toca altísimo subido 
el sol, él sesteando 
de su hato ceñido 
con dulce son deleita el santo oido. 

Toca el rabel sonoro, 
y el inmortal dulzor al alma pasa, . 
con que envik.ce el oro, 
y ardiendo se traspasa 
y lanza en aquel bien libre de tasa. 

¡ Oh son, oh voz ! siquiera /\ 

5° 



FRAY LUIS DE LEÓN 

pequeña parte alguna descendiese 

en mi sentido, y fuera 

de sí el alma pusiese 

y toda en tí, oh amor, la convirtiese \ 

Conocería dónde 
sesteas, dulce Esposo, y desatada 
de esta prisión á donde 
padece, á tu manada 
junta, no ya andará perdida, errada. 



ig. ve En la Ascensión 
i 

¡Y DEXAS, Pastor santo, 
tu grey en este valle hondo, escuro, 
con soledad y llanto, 
y tú rompiendo el puro 
aire, te vas al inmortal seguro ! 

¿ Los antes bienhadados, 
y los agora tristes y afligidos, 
á tus pechos criados, 
de Tí desposeidos, 
a do convertirán ya sus sentidos ? 

¿ Qué mirarán los ojos 
que vieron de tu rostro la hermosura, 
que no les sea enojos ? 
quien oyó tu dulzura, 
¿ qué no tendrá por sordo y desventura ? 

¿ Aqueste mar turbado 
¿ quién Je pondrá ya freno ? ¿ quién concierto 
al viento fiero airado ? 
estando tú encubierto 
; qué norte guiará la nave al puerto ? 

57 



FRAY LUIS DE LEÓN 

¡ Ay ! nube envidiosa 
aun de este breve gozo ¿ qué te aquexas ? 
do vuelas presurosa l 
cuan rica tú te ale xas ! 
cuan pobres y cuan ciegos ¡ ay ! nos dexas ! 



20. Imitación de diversos 

VUESTRA tirana exención 
y ese vuestro cuello erguido 
estoy cierto que Cupido 
pondrá en dura sujeción. 
Vivid esquiva y exenta ; 
que á mi cuenta 
vos serviréis al amor 
cuando de vuestro dolor 
ninguno quiera hacer cuenta. 
Cuando la dorada cumbre 
fuere de nieve esparcida, 
y las dos luces de vida 
recogieren ya su lumbre : 
cuando la ruga enojosa 
en la hermosa 
frente y cara se mostrare, 
y el tiempo que vuela helare 
esa fresca y linda rosa : 

Cuando os viéredes perdida, 
os perderéis por querer, 
sentiréis que es padecer 
querer y no ser querida. 
Diréis con dolor, Señora, 
cada hora : 
58 



FRAY LUIS DE LEÓN 

¡ quién tuviera, ay sin ventura, 
ó agora aquella hermosura 
ó antes el amor de agora ! 

A mil gentes que agraviadas 
tenéis con vuestra porfía, 
dexaréis en aquel día 
alegres y bien vengadas. 
Y por mil partes volando 
publicando 

el amor irá este cuento, 
para aviso y escarmiento 
de quien huye de su bando. 
_ ¡ Ay ! por Dios, Señora bella, 
mirad por vos, mientras dura 
esa flor graciosa y pura, 
que el no gozalla es perdella, 
y pues no menos discreta 
y perfeta 

sois que bella y desdeñosa, 
mirad que ninguna cosa 
hay que á amor no esté sujeta. 

El amor gobierna el cielo 
con ley dulce eternamente, 
¿ y pensáis vos ser valiente 
contra él acá en el suelo ? 
Da movimiento y viveza 
á belleza 

el amor, y es dulce vida ; 
y la suerte más valida 
sin él es triste pobreza. 

¿ Qué vale el beber en oro, 
el vestir seda y brocado, 
el techo rico labrado, 



59 



FRAY LUIS DE LEÓN 

los montones de tesoro ? 
¿ Y qué vale si á derecho 
os da pecho 
el mundo todo y adora, 
si á la fin dormís, Señora, 
en el solo y frío lecho ? 

21. Soneto 

AGORA con la aurora se levanta 
mi luz, agora coge en rico ñudo 
el hermoso cabello, agora el crudo 
pecho ciñe con oro, y la garganta. 

Agora vuelta al cielo pura y santa 
las manos y ojos bellos alza, y pudo 
dolerse agora de mi mal agudo ; 
agora incomparable tañe y canta. 

Ansí digo, y del dulce error llevado, 
presente ante mis ojos la imagino, 
y lleno de humildad y amor la adoro. 

Mas luego vuelve en sí el engañado 
ánimo, y conociendo el desatino, 
la rienda suelta largamente al lloro. 

SAN JUAN DE LA CRUZ 

22. Cántico espiritual entre el alma y 

Cristo su Esposo 

ESPOSA 

l ADONDE te escondiste, 
Amado, y me dexaste con gemido ? 
Como el ciervo huíste, 
6o 



SAN JUAN DE LA CRUZ 

Habiéndome herido ; 

Salí tras tí clamando, y ya eras ido. - j 

Pastores, los que fuerdes J^jl¿w\ 

Allá por las majadas al otero, #_lJtA*ft 

Si por ventura víerdes 

Aquel que yo más quiero \ 

Decidle que adolezco, peno y muero. 

Buscando mis amores, 
Iré por esos montes y riberas, 
Ni cogeré las flores, 
Ni temeré las fieras, 
Y pasaré los fuertes y fronteras. 

¡ Oh bosques y espesuras, 
Plantadas por la mano del Amado, 
Oh prado de verduras, 
De flores esmaltado, 
Decid si por" vosotros ha pasado. 

RESPUESTA DE LAS CRIATURAS 

Mil gracias derramando 
Pasó por estos sotos con presura, 
Y, yéndolos mirando, ^ 

Con sola su figura 
Vestidos los dexó de su hermosura. 

ESPOSA ^ 

\ Ay, quién podrá sanarme ! « J( J^ 

Acaba de entregarte ya de vero, 
No quieras enviarme 
De hoy ya más mensajero, 
Que no saben decirme lo que quiero. 

Y todos cuantos vagan. V** 

De tí me van mil gracias refiriendo, 

6x 




s 



SAN JUAN DE LA CRUZ 

Y todos más me llagan, 

Y déxame muriendo 

Un no sé qué que quedan balbuciendo. 

Mas i cómo perseveras, 
Oh vida, no viviendo donde vives, 

Y haciendo porque mueras 
Las flechas que recibes, 

De lo que del Amado en tí concibes ? 

¿ Por qué, pues has llagado 
A aqueste corazón, no le sanaste ? 

Y pues me le has robado, 
l Por qué así lo dexaste, 

Y no tomas el robo que robaste ? 
Apaga mis enojos, 

Pues que ninguno basta á deshacellos, 

Y véante mis ojo6, 
Pues eres lumbre de ellos 

Y solo para tí quiero tenellos. 
Descubre tu presencia, 

Y máteme tu vista y hermosura : 
Mira que la dolencia 

De amor, que no se cura 

Sino con la presencia y la figura. 

j Oh cristalina fuente, 
Si en esos tus semblantes plateados 
Formases de repente 
Los ojos deseados 
Que tengo en mis entrañas dibujados ! 

Apártalos, Amado, 
Que voy de vuelo. 

ESPOSO 

Vuélvete, paloma, 



62 



SAN JUAN DE LA CRUZ 

Que el ciervo vulnerado 

Por el otero asoma, 

Al aire de tu vuelo, y fresco toma. 

ESPOSA 

Mi amado, las montañas, *&+&•* 

Los valles solitarios nemorosos, 
Las ínsulas extrañas, 
Los rios sonorosos, 
El silbo de los aires amorosos. —j 

La noche sosegada, >JHV 

En par de los levantes de la aurora, nl n- f 4 *** 

La música callada, 
La soledad sonora, 
La cena, que recrea y enamora. tiit—f ft»_i* 

Cazadnos las r ap osas, / 

Que está ya florecida nuestra viña, 
En tanto que de rosas # -•. 

Hacemos una pina, c¿-~>-* A/ 

Y no parezca nadie en la montiña. 
Detente, Cierzo muerto : 

Ven, Austro, que recuerdas los amores, 
Aspira por mi huerto, 

Y corran tus olores, 

Y pacerá el Amado entre las flores. 
OrThinfas de Judea, 

En tanto que en Jas flores y rosales 
El ámbar perfumea, 
Mora en los arrabales, 

Y no queráis tocar nuestros umbrales. 
Escóndete, Carillo, 

Y mira con tu haz á las montañas, 

Y ncTquieras decillo ; 



*S 



n 



SAN JUAN DE LA CRUZ 

Mas mira las compañas 

De la que va por ínsulas extrañas. 

ESPOSO 

Á las aves ligeras, 
Leones, ciervos, gamos saltadores, 
Montes, valles, riberas, 
Aguas, aires, ardores, 

Y miedos de las noches veladores, 
Por las amenas liras ' 

Y cantos de sirenas os conjuro 
Que cesen vuestras iras, 

Y no toquéis al muro, 

Porque la Esposa duerma más seguro, 

Entrádose ha la Esposa 
En el ameno huerto deseado, 

Y á su sabor reposa, 
El cuello reclinado 

Sobre los dulces brazos del Amado. 

Debajo del manzano 
Allí conmigo fuiste desposada, 
Allí te di la mano, 

Y fuiste reparada 

Donde tu madre fuera violada. 



Nuestro lecho florido, 
De cuevas de leones enlazado, 
En púrpura teñido, 
De paz edificado, 
De mil escudos de oro coronado. 

A zaga de tu huella 
Los jóvenes discurren el camino. 



6á 



SAN JUAN DE 



LA CRUZ 

. ¿y- -^#v 



j^tí 



Al toque de centella, 
Al adobado vino, 
Emisiones de bálsamo divino. 

En la interior bodega 
De mi amado bebí, y cuando salía 
Por toda aquesta vega, 
Ya cosa no sabía 

Y el ganado perdí que antes seguía. 
Allí me dio su pecho, 

Allí me enseñó ciencia muy sabrosa, 

Y yo le di de hecho 
A mi, sin dejar cosa, 
Allí le prometí de ser su esposa. 

Mi alma se ha empleado 

Y todo mi caudal en su servicio. 
Ya no guardo ganado, 

Ni ya tengo otro oficio : 

Que ya solo en amar es mi exercicio. 

Pues ya si en el exido e,~-*-*Mr 

De hoy más no fuere vista ni hallada, 4 *}* '*" 
Diréis que me he perdido, 
Que andando enamorada 
Me hice perdidiza, y fui ganada. 

De flores y esmeraldas 
En las frescas mañanas escogidas, 
Haremos las guirnaldas, 
En tu amor florecidas, 

Y en un cabello mío entretejidas. 
En solo aquel cabello 

Que en mi cuello volar consideraste, 
Mirástele en mi cuello, 

Y en él preso quedaste, 

Y en uno de mis ojos te llagaste. 
S6 6 S 



C.**c 



<-¿Ll 



SAN JUAN BE LA CRUZ 

W Cuando tú me mirabas, 

Su gracia en mí tus ojos imprimían ; 
Por eso me adamabas, 

Y en eso merecían 
Los m(os adorar lo que en tí vían. 

No quieras despreciarme, 
Que si color moreno en mí hallaste 
Ya bien puedes mirarme, 
Después que me miraste, 
Que gracia y hermosura en mí dexaste. 

ESPOSO 

La blanca palomica 
Al arca con el ramo se ha tornado, 

Y ya la tortolica 
Al socio deseado 
En las riberas verdes ha hallado. 

En soledad vivía, 

Y en soledad ha puesto ya su nido, 

Y en soledad la guía 
A solas su querido, 
También en soledad de amor herido. 

ESPOSA 

Gocémonos, Amado, 

Y vamonos á ver en tu hermosura 
Al monte y al collado, 
Do mana el agua pura ; 
Entremos más adentro en la espesura. 

Y luego á las subidas 
Cavernas de las piedras nos iremos, 
Que están bien escondidas, 

Y allí nos entraremos, 

Y el mosto de granadas gustaremos. 
66 



SAN JUAN DE LA CRUZ 

Allí me mostrarías 
Aquello que mí alma pretendía, 

Y luego me darías 
Allí tú, vida mía, 

Aquello que me diste el otro día. 

El aspirar del aire, ly / 

El canto de la dulce Filomena, ^'f^í*^ 
El soto y su donaire, *f**^ 

En la~noche serena / pf*** 

Con llama que consume y no da pena. 

Que nadie lo miraba, 
Aminadab tampoco parecía, Y ^Lá^^jCL 

l¿i*^ Y eTcerco sosegaba, 

Y la caballería 

A vista de las aguas descendía. 



*J. 



ANÓNIMO 

NO me mueve, mi Dios, para quererte 
El cielo que me tienes prometido, 
Ni me mueve el infierno tan temido 
Para dejar por eso de ofenderte. 

Tú me mueves, Señor} muéveme el verte 
Clavado en una cruz y escarnecido ; 
Muéveme ver tu cuerpo tan heríclo ; 
Muévenme tus afrentas y tu muerte. 

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera, 
Que aunque no hubiera cielo, yo te -amara. 
Y aunque no hubiera infierno, te temiera. 

No me tienes que dar porque te quiera ; 
Pues aunque ¡lo que espero no esperara, 
Lo mismo que te quiero te quisiera. 

67 



FRANCISCO DE LA TORRE 
24. La cierva 

DOLIENTE cierva, que el herido lado 
De ponzoñosa y cruda yerba lleno, 
Buscas el agua de la fuente pura, 
Con el cansado aliento y con el seno 
Bello de la corriente sangre hinchado, 
Débil y descaida tu hermosura : 
¡ Ay ! que la mano dura 
Que tu nevado pecho 
Ha puesto en tal estrecho, 
Gozosa va con tu desdicha, cuando 
Cierva mortal, viviendo, estás penando 
Tu desangrado y dulce compañero, 
El regalado y blando 
Pecho pasado del veloz montero : 

Vuelve cuitada, vuelve al valle, donde 
Queda muerto tu amor, en vano dando 
Términos desdichados á tu suerte. 
Morirás en su seno, reclinando 
La beldad, que la cruda mano esconde 
Delante de la nube de la muerte. 
Que el paso duro y fuerte, 
Ya forzoso y terrible, 
No puede ser posible 
Que le escusen los cielos, permitiendo 
Crudos astros que muera padeciendo 
Las asechanzas de un montero crudo, 
Que te vino siguiendo 
Por los desiertos de este campo mudo. 

Mas ¡ ay ! que no dilatas la inclemente 
Muerte, que en tu sangriento pecho llevas, 
Del crudo amor vencido y maltratado : 

68 



FRANCISCO DE LA TORRE 

Tú con el fatigado aliento pruebas 

A rendir el espíritu doliente 

En la corriente de este valle amado. 

Que el ciervo desangrado, 

Que contigo la vida 

Tuvo por bien perdida, 

No fué tan poco de tu amor querido, 

Que habiendo tan cruelmente padecido, 

Quieras vivir sin él, cuando pudieras 

Librar el pecho herido 

De crudas llagas y memorias fieras. 

Cuando por la espesura deste prado 
Como tórtolas solas y queridas, 
Solos y acompañados anduvistes : 
Cuando de verde mirto y de floridas 
Violetas, tierno acanto y lauro amado, 
Vuestras frentes bellísimas ceñistes : 
Cuando las horas tristes, 
Ausentes y queridos, 
Con mil mustios bramidos 
Ensordecistes la ribera umbrosa 
Del claro Tajo, rica y venturosa 
Con vuestro bien, con vuestro mal sentida ; 
Cuya muerte penosa 
No dexa rastro de contenta vida. 

Agora el uno, cuerpo muerto lleno 
De desden y de espanto, quien solía 
Ser ornamento de la selva umbrosa: 
Tú, quebrantada y mustia, al agonía 
De la muerte rendida, el bello seno 
Agonizando, el alma congojosa : 
Cuya muerte gloriosa, 
En los ojos de aquellos 



25' 



FRANCISCO DE LA TORRE 

Cuyos despojos bellos 

Son victorias del crudo amor furioso, 

Martirio fué de amor, triunfo glorioso 

Con que corona y premia dos amantes 

Que del siempre rabioso 

Trance mortal salieron muy triunfantes. 

Canción, fábula un tiempo, y caso agora 
De una cierva doliente, que la dura 
Flecha del cazador dexó sin vida, 
Errad por la espesura 
Del monte, que de gloria tan perdida 
No hay sino lamentar su desventura. 



GIL POLO 

Canción 

EN el campo venturoso, 
Donde con clara corriente 
Guadalaviar hermoso 
Dejando el suelo abundoso 
Da tributo al mar potente ; 

Galatea, desdeñosa 
Del dolor que á Licio daña, 
Iba alegre y bulliciosa 
Por la ribera arenosa 
Que el mar con sus ondas baña, 

Entre la arena cogiendo 
Conchas y piedras pintadas, 
Muchos cantares diciendo 
Con el son del ronco estruendo 
De las ondas alteradas : 
70 



GIL POLO 

Junto el agua se ponía, 

Y las ondas aguardaba, 

Y en verlas llegar huía ; 
Pero á veces no podía 

Y el blanco pié se mojaba. 
Licio, al cual en sufrimiento 

Amador ninguno iguala, 
Suspendió allí su tormento 
Mientras miraba el contento 
De su pulida zagala. 

Mas cotejando su mal 
Con el gozo que ella había 
El fatigado zagal 
Con voz amarga y mortal 
De esta manera decía : 

Ninfa hermosa, no te vea 
Jugar con el mar horrendo ; 

Y aunque más placer te sea, 
Huye del mar, Gal atea, 
Como estás de Licio huyendo. 

Deja ahora de jugar, 
Que me es dolor importuno : 
No me hagas más penar, 
Que en verte cerca del mar 
Tengo celos de Neptuno. 

Causa mi triste cuidado 
Que á mi pensamiento crea : 
Porque ya está averiguado 
Que si no es tu enamorado 
Lo será cuando te vea. 

Y está cierto, porque amor 
Sabe desde que me hirió, 
Que para pena mayor 



7* 



GIL POLO 

Me falta un competidor 
Más poderoso que yo. 

Deja la seca ribera, 
Do está el alga infructuosa : 
Guarda que no salga afuera 
Alguna marina fiera 
Enroscada y escamosa. 

Huye ya, y mira que siento 
Por tí dolores sobrados ; 
Porque con doble tormento 
Celos me da tu contento 
Y tu peligro cuidados. 

En verte regocijada 
Celos me hacen acordar 
De Europa, ninfa preciada, 
Del toro blanco engañada 
En la ribera del mar. 

Y el ordinario cuidado 
Hace que piense contino 
De aquel desdeñoso alnado, 
Orilla el mar arrastrado, 
Visto aquel monstruo marino. 

Mas no veo en tí temor 
De congoja y pena tanta ; 
Que bien sé por mi dolor 
Que á quien no teme al amor 
Ningún peligro le espanta. 

Guarte pues de un gran cuidado 
Que el vengativo Cupido 
Viéndose menospreciado, 
Lo que no hace de grado, 
Suele hacerlo de ofendido. 

Vén conmigo al bosque ameno, 
73 



GIL POLO 

Y al apacible sombrío 
De olorosas flores lleno, 
Do en el día más sereno 
No es enojoso el Estío. 

Si el agua te es placentera, 
Hay allí fuente tan bella, 
Que para ser la primera 
Entre todas, solo espera 
Que tú te laves en ella. 

En aqueste raso suelo 
Á guardar tu hermosa cara 
No basta sombrero ó velo ; 
Que estando al abierto cielo 
El sol morena te para. 

No escuchas dulces concentos, 
Sino el espantoso estruendo 
Con que los bravosos vientos 
Con soberbios movimientos 
Van las aguas revolviendo. 

Y tras la fortuna fiera 
Son las vistas más suaves 
Ver llegar á la ribera 
La destrozada madera 
De las anegadas naves. 

Ven á la dulce floresta, 
Do natura no fue escasa : 
Donde haciendo alegre fiesta 
La más calorosa siesta 
Con más deleite se pasa. 

Huye los soberbios mares ; 
Vén, verás como cantamos 
Tan deleitosos cantares 
Que los más duros pesares 



73 



GIL POLO 

Suspendemos y engañamos ; 

Y aunque quien pasa dolores, 
Amor le fuerza á cantarlos, 
Yo haré que jos pastores 
No digan cantos de amores, 
Porque huelgues de escucharlos. 

Allí, por bosques y prados, 
Podrás leer todas horas, 
En mil robles señalados 
Los nombres más celebrados 
De las ninfas y pastoras. 
Mas seráte cosa triste 
Ver tu nombre allí pintado, 
En saber que escrita fuiste 
Por el que siempre tuviste 
De tu memoria borrado. 

Y aunque mucho estés airada, 
No creo yo que te asombre 
Tanto el verte allí pintada, 
Como el ver que eres amada 
Del que allí escribió tu nombre. 

No ser querida y amar 
Fuera triste desplacer ; 
Mas ¿ qué tormento 6 pesar 
Te puede, Ninfa, causar 
Ser querida y no querer ? 

Mas desprecia cuanto quieras 
A tu pastor, Galatea ; 
Solo que en estas riberas 
Cerca de las ondas fieras 
Con mis ojos no te vea. 

,: Qué pasatiempo mejor 
Orilla el mar puede hallarse 



74 



GIL POLO 

Que escuchar el ruiseñor, 
Coger la olorosa flor 

Y en clara fuente lavarse ? 
Pluguiera á Dios que gozaras 

De nuestro campo y ribera, 

Y porque más lo preciaras, 
Ojalá tú lo probaras, 
Antes que yo lo dijera. 

Porque cuanto alabo aquí 
De su crédito lo quito ; 
Pues el contentarme á mí 
Bastará para que á tí 
No te venga en apetito. 

Licio mucho más le hablara, 

Y tenía más que hablalle, 
Si ella no se lo estorbara, 
Que con desdeñosa cara 
Al triste dice que calle. 

Volvió á sus juegos la fiera 

Y á sus llantos el pa6tor, 

Y de la misma manera 
Ella queda en la libera, 

Y él en su mismo dolor. 



FERNANDO DE HERRERA 
26. Por la vitoria de Lepanto 

CANTEMOS al Señor, que en la llanura 
Vengio del ancho mar al Trace fiero ; 
Tú, Dios de Jas batallas, tú eres diestra, 
Salud y gloria nuestra. 

75 



FERNANDO DE HERRERA 

Tú rompiste las fuerzas y la dura 
Frente de Faraón, feroz guerrero ; 
Sus escogidos príncipes cubrieron 
Los abismos del mar, y descendieron, 
Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego 
Los trago, como arista seca el fuego. 

El soberbio tirano, confiado 
En el grande aparato de sus naves, 
Que de los nuestros la cerviz cautiva 

Y las manos aviva 

Al ministerio injusto de su estado, 
Derribó con los brazos suyos graves 
Los cedros más excelsos de la cima 

Y el árbol que más yerto se sublima, 
Bebiendo agenas aguas y atrevido 
Pisando el bando nuestro y defendido. 

Temblaron los pequeños, confundidos 
Del impio furor suyo ; alzó la frente 
Contra tí, Señor Dios, y con semblante 

Y con pecho arrogante, 

Y los armados brazos extendidos, 
Movió el airado cuello aquel potente ; 
Cercó su corazón de ardiente saña 
Contra las dos Hesperias, que el mar baña, 
Porque en tí confiadas le resisten 

Y de armas de tu fé y amor se visten. 
Dixo aquel insolente y desdeñoso : 

«¿ No conocen mis iras estas tierras, 
Y* de mis padres los ilustres hechos, 
Ó valieron sus pechos 
Contra ellos con el húngaro medroso, 

Y de Dalmacia y Rodas en las guerras ? 

¿ Quién las pudo librar : ¿ Quién de sus manos 
76 



FERNANDO DE HERRERA 

Pudo salvar los de Austria y los germanos ? 
¿ Podrá su Dios, podrá por suerte ahora 
Guardallos de mi diestra vencedora ? 
«Su Roma, temerosa y humillada, 
Los cánticos en lágrimas convierte ; 
Ella y sus hijos tristes mi ira esperan 
Cuando vencidos mueran ; 
Francia está con discordia quebrantada, 

Y en España amenaza horrible muerte 
Quien honra de la luna las banderas ; 

Y aquellas en la guerra gentes fieras 
Ocupadas están en su defensa, 

Y aunque no, ¿ quién hacerme puede ofensa ? 
«Los poderosos pueblos me obedecen, 

Y el cuello con su daño al yugo inclinan, 

Y me dan por salvarse ya la mano. 

Y su valor es vano ; 

Que sus luces cayendo se oscurecen, 

Sus fuertes á la muerte ya caminan, 

Sus vírgenes están en cautiverio, 

Su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio. 

Del Nilo á Eufrates fértil y Istro frío, 

Cuanto el sol alto mira todo es mío. » 

Tú, Señor, que no sufres que tu gloria 
Usurpe quien su fuerza osado estima, 
Prevaleciendo en vanidad y en ira, 
Este soberbio mira, 
Que tus aras afea en su vitoria. 
No dexes que los tuyos así oprima, 

Y en su cuerpo, cruel, las fieras cebe, 

Y en su esparcida sangre el odio pruebe ; 
Que hecho ya su oprobrio, dice : «¿ Donde 
El Dios de estos está ? ¿ De quien se asconde : » 

77 



FERNANDO DE HERRERA 

Por la debida gloria de tu nombré, 
Por la justa venganza de tu gente, 
Por aquel de los míseros gemido, 
Vuelve el brazo tendido 
Contra este, que aborrece ya ser hombre j 

Y las honras que celas tú consiente ; 

Y tres y cuatro veces el castiga 
Esfuerza con rigor á tu enemigo, 

Y la injuria á tu nombre cometida 
Sea el hierro contrario de su vida. 

Levantó la cabeza el poderoso 
Que tanto odio te tiene ; en nuestro estrago 
Juntó el consejo, y contra nos pensaron 
Los que en él se hallaron. 
«Venid, dixeron, y en el mar ondoso 
Hagamos de su sangre un grande lago ; 
Deshagamos á estos de la gente, 

Y el nombre de su Cristo juntamente, 

Y dividiendo de ellos los despojos, 
Hártense en muerte suya nuestros ojos. » 

Vinieron de Asia y portentoso Egito 
Los árabes y leves africanos, 

Y los que Grecia junta mal con ellos, 
Con los erguidos cuellos, 

Con gran poder y número infinito ; 

Y prometer osaron con sus manos 
Encender nuestros fines y dar muerte 
Á nuestra juventud con hierro fuerte, 
Nuestros niños prender y las doncellas, 

Y la gloria manchar y la luz dellas. 
Ocuparon del piélago los senos, 

Puesta en silencio y en temor lá tierra, 

Y cesaron los nuestros valerosos, 
7 3 



FERNANDO DE HERRERA 

Y callaron dudosos, 

Hasta que al fiero ardor de sarracenos 
El Señor eligiendo nueva guerra, 
Se opuso el joven de Austria generoso 
Con el claro español y belicoso ; 
Que Dios no sufre ya en Babel cautiva 
Que su Sion querida siempre viva. 
Cual león á la presa apercibido, 
Sin recelo los impios esperaban 
A los que tú, Señor, eras escudo ; 
Que el corazón desnudo 
De pavor, y de amor y fé vestido, 
Con celestial aliento confiaban. 
Sus manos á la guerra compusiste, 

Y sus brazos fortísimos pusiste 
Como el arco acerado, y con la espada 
Vibraste en su favor la diestra armada. 

Turbáronse los grandes, los robustos 
Rindiéronse temblando y desmayaron ; 

Y tú entregaste, Dios, como la rueda, 
Como la arista queda 

Al ímpetu del viento, á estos injustos, 
Que mil huyendo de uno se pasmaron.- 
Cual fuego abrasa selvas, cuya llama 
En las espesas cumbres se derrama, 
Tal en tu ira y tempestad seguiste 

Y su faz de ignominia convertiste. 
Quebrantaste al cruel dragón, Cortando 

Las alas de su cuerpo temerosas 

Y sus brazos terribles no vencidos ; 
Que con hondos gemidos 

Se retira á su cueva, do silbando 
Tiembla con sus culebras venenosas, 

79 



FERNANDO DE HERRERA 

Lleno de miedo torpe sus entrañas, 
De tu león temiendo las hazañas ; 
Que, saliendo de España, dio un rugido 
Que lo dexó asombrado y aturdido. 
Hoy se vieron los ojos humillados 
Del sublime varón y su grandeza, 

Y tú solo, Señor, fuiste exaltado ; 
Que tu día es llegado, 

Señor de los ejércitos armados, 
Sobre la alta cerviz y su dureza, 
Sobre derechos cedros y extendidos, 
Sobre empinados montes y crecidos, 
Sobre torres y muros, y las naves 
De Tiro, que á los tuyos fueron gravea. 

Babilonia y Egito amedrentada 
Temerá el fuego y la asta violenta, 

Y el humo subirá á la luz del cielo, 

Y faltos de consuelo, 

Con rostro oscuro y soledad turbada 
Tus enemigos llorarán su afrenta. 
Mas tú, Grecia, concorde á la esperanza 
Egicia y gloria de su confianza, 
Triste que á ella pareces, no temiendo 
Á Dios y á tu remedio no atendiendo, 

¿ Por qué, ingrata, tus hijas adornaste 
En adulterio infame á una impia gente, 
Que deseaba profanar tus frutos, 

Y con ojos enjutos 

Sus odiosos pasos imitaste, 

Su aborrecida vida y mal presente ? 

Dios vengará sus iras en tu muerte ; 

Que llega á tu cerviz con diestra fuerte 

La aguda espada suya ; ¿ quién, cuitada, 

8o 



FERNANDO DE HERRERA 

Reprimirá su mano desatada ? 

Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro, 
Que en tus naves estabas gloriosa, 

Y el término espantabas de la tierra, 

Y si hacías guerra, 

De temor la cubrías con suspiro 
¿ Cómo acabaste, fiera y orgullosa ? 
¿ Quién pensó á tu cabeza daño tanto ? 
Dios, para convertir tu gloria en llanto 

Y derribar tus ínclitos y fuertes 
Te hizo perecer con tantas muertes. 

Llorad, naves del mar ; que es destruida 
Vuestra vana soberbia y pensamiento. 
¿ Quién ya tendrá de tí lástima alguna, 
Tu, que sigues la luna, 
Asia adúltera, en vicios sumergida ? 
¿ Quien mostrará un liviano sentimiento ? 
¿ Quién rogará por tí ? Que á Dios enciende 
Tu ira y la arrogancia que te ofende, 

Y tus viejos delitos y mudanza 

Han vuelto contra tí á pedir venganza. 
Los que vieron tus brazos quebrantados 

Y de tus pinos ir el mar desnudo, 
Que sus ondas turbaron y llanura, 
Viendo tu muerte oscura, 
Dirán, de tus estragos espantados : 

¿ Quién contra la espantosa tanto pudo ? 
El Señor, que mostró su fuerte mano 
Por la fé de su príncipe cristiano 

Y por el nombre santo de su gloria, 
A su España concede esta vitoria. 

Bendita, Señor, sea tu grandeza ; 
Que después de los daños padecidos, 
S7 81 



FERNANDO DE HERRERA 

Después de nuestras culpas y castigo, 

Rompiste al enemigo 

De ia antigua soberbia la dureza. 

Adórente, Señor, tus escogidos, 

Confiese cuanto cerca el ancho cielo 

Tu nombre ¡ oh nuestro Dios, nuestro consuelo ! 

Y la cerviz rebelde, condenada, 

Perezca en bravas llamas abrasada. 



2J. Por la pérdida del rey don Sebastian 

VOZ de dolor y canto de gemido 

Y espíritu de miedo, envuelto en ira, 
Hagan principio acerbo á la memoria 
De aquel día fatal, aborrecido, 

Que Lusitania mísera suspira, 
Desnuda de valor, falta de gloria ; 

Y la llorosa historia 

Asombre con horror funesto y triste 
Dende el áfrico Atlante y seno ardiente 
Hasta do el mar de otro color se viste, 

Y do el límite rojo de oriente 

Y todas sus vencidas gentes fieras 
Ven tremolar de Cristo las banderas. 

¡ Ay de los que pasaron, confiados 
En sus caballos y en la muchedumbre 
De sus carros, en tí, Libia desierta, 

Y en su vigor y fuerzas engañados, 

No alzaron su esperanza á aquella cumbre 

De eterna luz, mas con soberbia cierta 

Se ofrecieron la incierta 

Vitoria, y sin volver á Dios sus ojos, 

8a 



FERNANDO DE HERRERA 

Con yerto cuello y corazón ufano 
Solo atendieron siempre á los despojos ! 

Y el Santo de Israel abrió su mano, 

Y Jos dexó, y cayó en despeñadero 
El carro, y el caballo y caballero. 

Vino el dia cruel, el dia lleno 
De indinacion, de ira y furor, que puso 
En soledad y en un profundo llanto, 
De gente y de placer el reino ajeno. 
El cielo no alumbró, quedó confuso 
El nuevo sol, presago de mal tanto, 

Y con terrible espanto 

El Señor visitó sobre sus males, 
Para humillar los fuertes arrogantes, 

Y levantó los bárbaros no iguales, 
Que con osados pechos y constantes 
No busquen oro, mas con hierro airado 
La ofensa venguen y el error culpado. 

Los impíos y robustos, indinados, 
Las ardientes espadas desnudaron 
Sobre la claridad y hermosura 
De tu gloria y valor, y no cansados 
En tu muerte, tu honor todo afearon, 
Mezquina Lusitania sin ventura : 

Y con frente segura 

Rompieron sin temor con fiero estrago 
Tus armadas escuadras y braveza. 
La arena se tornó sangriento lago, 
La llanura con muertos aspereza ; 
Cayó en unos vigor, cayó denuedo ; 
Mas en otros desmayo y torpe miedo. 
¿ Son estos por ventura los famosos, 
Los fuertes, los belígeros varones 

«3 



FERNANDO DE HERRERA 

Que conturbaron con furor la tierra, 
Que sacudieron reinos poderosos, 
Que domaron las hórridas naciones, 
Que pusieron desierto en cruda guerra 
Cuanto el mar Indo encierra, 

Y soberbias ciudades destruyeron ? 

¿ Do el corazón seguro y la osadía ? 
¿ Como así se acabaron, y perdieron 
Tanto heroico valor en solo un día ; 

Y lejos de su patria derribados, 
No fueron justamente sepultados ? 

Tales ya fueron estos, cual hermoso 
Cedro del alto Líbano, vestido 
De ramos, hojas, con excelsa alteza ; 
Las aguas lo criaron poderoso 
Sobre empinados árboles crecido, 

Y se multiplicaron en grandera 
Sus ramos con belleza ; 

Y extendiendo su sombra, se anidaron 
Las aves que sustenta el grande cielo, 

Y en sus hojas las fieras engendraron, 

Y hizo á mucha gente umbroso velo ; 
No igualó en celsitud y en hermosura 
Jamás árbol alguno á su figura. 

Pero elevóse con su verde cima, 

Y sublimó la presunción su pecho, 
Desvanecido todo y confiado, 
Haciendo de su alteza solo estima. 
Por eso Dios lo derribó deshecho, 
A los impíos y ágenos entregado, 
Por la raíz cortado ; 

Que opreso de los montes arrojados, 
Sin ramos y sin hojas y desnudo, 
84 



FERNANDO DE HERRERA 

Huyeron del los hombres, espantados, 
Que su sombra tuvieron por escudo ; 
En su ruina y ramos cuantas fueron 
Las aves y las fieras se pusieron. 

Tú, infanda Libia, en cuya seca arena 
Murió el vencido reino lusitano, 

Y se acabó su generosa gloria, 
No estés alegre y de ufanía llena ; 
Porque tu temerosa y flaca mano 
Hubo sin esperanza tal vitoria, 
Indina de memoria ; 

Que si el justo dolor mueve á venganza 
Alguna vez el español coraje, 
Despedazada con aguda lanza, 
Compensarás muriendo el hecho ultraje ; 

Y Luco amedrentado, al mar inmenso 
Pagará de africana sangre el censo. 



DON JUAN DE ARGUIJO 
28. Al Guadalquivir, en una avenida 

TÚ, á quien ofrece el apartado polo, 
Hasta donde tu nombre se dilata, 
Preciosos dones de luciente plata, 
Que invidia el rico Tajo y el Pactólo ; 

Para cuya corona, como á solo 
Rey de los ríos, entretexe y ata 
Palas su oliva con la rama ingrata 
Que contempla en tus márgenes Apolo ; 

Claro Guadalquivir, si impetuoso 
Con crespas ondas y mayor corriente 

85 



DON JUAN DE ARGUIJO 

Cubrieres nuestros campos mal seguros, 

De la mejor ciudad, por quien famoso 
Alzas igual al mar la altiva frente, 
Respeta humilde los antiguos muros. 



29. La Uinpestad y la calma 

YO vi del roxo sol la luz serena 
Turbarse, y que en un punto desparece 
Su alegre faz, y en torno se oscurece 
El cielo con tiniebla de horror llena. 

El austro proceloso airado suena, 
Crece su furia, y la tormenta crece, 
Y en los hombros de Atlante se estremece 
El alto olimpo y con espanto truena ; 

Mas luego vi romperse el negro velo 
Deshecho en agua, y á su luz primera 
Restituirse alegre el claro día, 

Y de nuevo esplendor ornado el cielo 
Miré, y dixe : ¿ Quién sabe si le espera 
Igual mudanza á la fortuna mía i 



JO. La avaricia 

CASTIGA el cielo á Tántalo inhumano, 
Que en impia mesa su rigor provoca, 
Medir queriendo en competencia loca 
Saber divino con engaño humano. 

Agua en las aguas busca, y con la mano 
El árbol fugitivo casi toca ; 
Huye el copioso Erídano á su boca, 
86 



'/. 



DON JUAN DE ARGU1JO 

Y en vez de fruta toca el aire vano. 

Tú, que espantado de su pena, admiras 
Que el cercano manjar en largo ayuno 
Al gusto falte y á la vida sobre, 

¿ Cómo de muchos Tántalos no miras 
Ejemplo igual ? Y si codicias uno, 
Mira el avaro, en sus riquezas pobre. 



EN segura pobreza vive Eumelo 
Con dulce libertad, y le mantienen 
Las simples aves, que engañadas vienen 
A los lazos y liga sin recelo. 

Por mejor suerte no importuna al cielo, 
Ni se muestra envidioso á la que tienen 
Los que con ansia de subir sostienen 
En flacas alas el incierto vuelo. 

Muerte tras luengos años no le espanta, 
Ni Ja recibe con indigna queja, 
Mas con sosiego grato y faz amiga. 

Al fin, muriendo con pobreza tanta, 
Ricos juzga sus hijos, pues les deja 
La libertad, las aves y la liga. 

BALTASAR DEL ALCÁZAR 

32. Una cena 

EN Jaén, donde resido, 
Vive don Lope de Sosa, 
Y diréte, Inés, la cosa 
Más brava de él que has oido. \Jtt¿uJt 

Teñía este caballero ' 

87 



BALTASAR DEL ALCÁZAR 

Un criado portugués... 
Pero cenemos, Inés, 
Si te parece, primero. 

La mesa tenemos puesta, 
Lo que se ha de cenar junto, 
Las tazas del vino á punto, 
Falta comenzar la fiesta. 

Comience el vinillo nuevo, 
Y echóle la bendición ; 
Yo tengo por devoción 
De santiguar lo que bebo. 

Franco fué, Inés, este toque ; 
Pero arrójame la bota : 
^>* Vale un florín cada gota 

De aqueste vinillo aloque. 

¿ De qué taberna se traxo ? 
Mas ya... de la del Castillo ; 
Diez y seis vale el cuartillo, 
No tiene vino más baxo. 

Por nuestro Señor, que es mina 
La taberna de Alcocer ; 
Grande consuelo es tener 
La taberna por vecina. 

Si es ó no invención moderna, 
Vive Dios que no lo sé, 
Pero delicada fué 
La invención de la taberna. 

Porque allí llego sediento, 
Pido vino de lo nuevo, 
Mídenlo, dánmelo, bebo, 
^f Pagólo y vóyme contento. 
Esto, Inés, ello se alaba, 
No es menester alaballo ; 



x y 



tí 



BALTASAR DEL ALCÁZAR 

Solo una falta le hallo, 
Que con la priesa se acaba. 

La ensalada y salpicón 
Hizo fin : ¿ qué viene ahora ? , 
La mojcilla, ¡ oh gran señora, 
Digna de veneración ! 

¡ Qué oronda viene y qué bella ! 
¡ Qué través y enjundia tiene ! ¿%** /t } ¿** 
Paréceme, Inés, que~viene 
Para que demos en ella. m í 

Pues sús^ encójase y entre, t^^*^ 

Que es algo estrecho el camino. 
No eches agua, Inés, al vino ; 
No se escandalice el vientre. 

Echa de lo tras añejo, C*»j 7 t£d 

Porque con más gusto comas ; 
Dios te guarde, que así tomas, 
Como sabia, mi consejo. 

Mas di, ; no adoras y precias 
La morcilla ilustre y rica r* 
¡ Cómo la traidora pj¿a ! k_jR 

Tal debe tener especias. JT > ttfl 

¡ Qué llena está de piñones ! ^^^f 
Morcilla de cortesanos, > 

Y asada por esas manos, i ¿&v 

Hechas á cebar lechones. *~nr*~* j* fr*A 

El corazón me revienta \ ^ 

De placer ; no sé de tí. 
¿ Cómo te va ? Yo por mí 
Sospecho que estás contenta. 

Alegre estoy, vive Dios ; 
Mas oye un punto sutil : í <CJUlkjJr*l 

¿ No pusiste allí un candil ? 

8^1 



BALTASAR DEL ALCÁZAR 




sjk 



¿V* 4 



v y 



¿ Cómo rae parecen dos ? 

Pero son preguntas viles ; 
Ya sé lo que puede ser : 
Con este negro beber 
Se acrecientan los candiles. 

Probemos lo del pichel, 
Alto licor celestial ; 
No es el aloquillo tal, 
Ni tiene que ver con él. 

¡ Qué suavidad ! ¡ qué clareza ! 
Qué rancio gusto y olor ! 
Qué paladar ! ¡ qué color ! 
Todo con tanta íínezá ! 

Mas el queso sale á plaza* 
La moradilla va entrando, 
Y ambos vienen preguntando 
Por el pichel y la taza. 

Prueba el queso* que es extremo, 
El de Pinto no le iguala ; 
Pues la aceituna no es mala, 
Bien puede bogar su remo* 

Haz pues, IncSj lo que sueles, 
Daca de la bota llena 
Seis" tragos ; hecha es la cena, 
Levántense los manteles. 

Ya que, Inésj hemos cenado 
Tan bien y con tanto gusto, 
Parece que será justo 
Volver al cuento pasado. 

Pues sabrás, Inés hermana, 
Que el portugués cayó enfermo... 
Las once dan, yo me duermo ; 
Quédese para mañana. 



ks 



FRANCISCO DE RIO JA 

A la rosa 

PURA, encendida rosa, 
Emula de la llama 
Que sale con el día, 
¿ Cómo naces tan llena de alegría 
Si sabes que la edad que te da el cielo 
Es apenas un breve y veloz vuelo ? 

Y no valdrán las puntas de tu rama 
Ni tu púrpura hermosa 

A detener un punto 

La ejecución del hado presurosa. 

El mismo cerco alado, 

Que estoy viendo líente, 

Ya temo amortiguado, 

Presto despojo de la llama ardiente. 

Para las hojas de tu crespo seno 

Te dio Amor de sus alas blandas plumas, 

Y oro de su cabello dio á tu frente. 
¡Oh fiel imagen suya peregrina ! 
Bañóte en su color sangre divina 

De la deidad que dieron las espumas ; 

Y esto, purpúrea íior, y esto ¿ no pudo 
Hacer menos violento el rayo agudo ? 
Róbate en una hora, 

Róbate licencioso su ardimiento 

El color y el aliento ; 

Tiendes aun no las alas abrasadas, 

Y ya vuelan al suelo desmayadas. 
Tan cerca, tan unida 

Está al morir tu vida, 

Que dudo si en sus lágrimas la aurora 

Mustia tu nacimiento ó muerte llora. 

91 



RODRIGO CARO 

j¿. A las ruinas de Itálica 

ESTOS, í^abio/ ¡ ay dolor ! que ves ahora 
Campos de soledad, mustio collado, 
Fueron un tiempo Itálica famosa ; 
Aquí de Cipion la vencedora 
Colonia fué ; por tierra derribado 
Yace el temido honor de la espantosa 
Muralla, y lastimosa 
s/} Reliquia es solamente 

De su invencible gente. 
Solo quedan memorias funerales 
Donde erraron ya sombras de alto ejemplo ; 
Este llano fué plaza, allí fué templo ; 
De todo apenas quedan las señales. 
Del gimnasio y las termas regaladas 
Leves vuelan cenizas desdichadas ; 
Las torres que desprecio al aire fueron 
A su gran pesadumbre se rindieron. 

Este despedazado anfiteatro, 
Impio honor de los dioses, cuya afrenta 
Publica el amarillo jaramago, 
Ya reducido á trágico teatro, 
j Oh fábula del tiempo ! representa 
Cuánta fué su grandeza y es su estrago. 
¿ Cómo en el cerco vago 
De su desierta arena 
El gran pueblo no suena ? 
: Dónde, pues fieras hay, está el desnudo 
Luchador ? \ Dónde está el atleta fuerte ? 
Todo despareció, cambió la suerte 
Voces alegres en silencio mudo ; 
Mas aun el tiempo da en estos despojos 
92 



RODRIGO CARO 

Espectáculos fieros á los ojos, 

Y miran tan confuso lo presente 
Que voces de dolor el alma siente. 

Aquí nació aquel rayo de la guerra, 
Gran padre de la patria, honor de España, 
Pió, felice, triunfador Trajano, 
Ante quien muda se postró la tierra 
Que ve del sol la cuna y la que baña *-* . /\ 
El mar, también vencido, gaditano. "*"^r 
Aquí de E lio Adriano, f ** 

De Teodosio divino, 
De Silio peregrino 
"Rodaron de marfil y oro las cunas. 
Aquí ya de laurel, ya de jazmines 

Coronados los vieron los jardines, • i. f wrv T" 

Que ahora son zarzales y lagunas. \j*F**^ 
La casa para, el César fabricada í 

\ Ay ! yace de lagartos 'vil morada ; 
Casas, jardines, cesares murieron, 

Y aun las piedras que de ellos se escribieron 
Fabio, si tú no lloras, pon atenta 

La vista en luengas calles destruidas ; 
Mira mármoles y arcos destrozados, 
Mira estatuas soberbias que violenta 
Némesis derribó, yacer tendidas, 

Y ya en alto silencio sepultados 
Sus dueños celebrados. 

Así á Troya figuro, *•*! 

Así á su antiguo muro, 

Y á tí, Roma, á quien queda el nombre apenas, 
¡ Oh patria de los dioses y los reyes ! 

Y á tí, á quien no valieron justas leyes, t * rv% 
Fábrica de Minerva, sabia Atenas, /^ 

93 



RODRIGO CARO 

Emulación ayer de las edades, 
Hoy cenizas, hoy vastas soledades, 
Que no os respetó el hado, no la muerte, 
¡ Ay ! ni por sabia á tí, ni á tí por fuerte. 

Mas ¿ para qué la mente se derrama 
En buscar al dolor nuevo argumento ? 
Basta ejemplo menor, basta el presente, 
Que aun se ve el humo aquí, se ve la llama, 
Aun se oyen llantos hoy, hoy ronco acento ; 
Tal genio ó religión fuerza la mente 
De la vecina gente, 
Que refiere admirada 
Que en la noche callada 
Una voz triste se oye, que, llorando 
Cayó Itálica dice, y lastimosa, 
Eco reclama Itálica en la hojosa 
Selva que se le opone, resonando 
Itálica, y el claro nombre oido 
De Itálica, renuevan el gemido 
Mil sombras nobles de su gran ruina ; 
j Tanto aun la plebe á sentimiento inclina ! 

Esta corta piedad que, agradecido 
Huésped, á tus sagrados manes debo, 
Les do y consagro, Itálica famosa. » (¡ 

Tú, si lloroso don han admitido 
Las ingrajtas cenizas, de que llevo 
Dulce noticia asaz, si lastimosa, 
Permíteme, piadosa m¡K 

Usura á tierno llanto, \jtf** 

Que vea el cuerpo santo 
De Geroncio, tu mártir y prelado. 
Muestra de su sepulcro algunas señas, 
Y cavaré con lágrimas las peñas 



RODRIGO CARO 

Que ocultan su sarcófago sagrado ; tHYrdL 5^a W 

Pero mal pido el único consuelo Q I 

De todo el bien que airado quito el cielo. 
Goza en Jas tuyas sus reliquias bellas 
Para invidia del mundo y sus estrellas. 

ANÓNIMO SEVILLANO / 

(Probablemente Fernández de Andrada) 

Epístola moral 

FABIO, las esperanzas cortesanas 
Prisiones son do el ambicioso muere 
Y donde al más astuto nacen canas. 

El que no las limare ó las rompiere, 
Ni el nombre de varón ha merecido, 
Ni subir al honor que pretendiere. 

El ánimo plebeyo y abatido 
Elija, en sus intentos temeroso, 
Primero estar suspenso que caido ; 

Que el corazón entero v generoso 
Al caso adverso inclinará la frente 
Antes que la rodilla al poderoso. 

Más triunfos, más coronas dio al prudente 
Que supo retirarse, la fortuna, 
Que al que esperó obstinada y locamente. 

Esta invasión terrible é importuna 
De contrarios sucesos nos espera 
Desde el primer sollozo de la cuna. 

Dexémosla pasar como á la fiera 
Corriente del gran Bétis, cuando airado 
Dilata hasta los montes su ribera. 

Aquel entre los héroes es contado 

95 



ANÓNIMO SEVILLANO 

Que el premio mereció, no quien le alcanza 
Por vanas consecuencias del estado. 

Peculio propio es ya de la privanza 
Cuanto de Astrea fué, cuanto regía 
Con su temida espada y su balanza. 

El oro, la maldad, la tiranía 
Del inicuo procede y pasa al bueno. 
¿ Qué espera la virtud ó qué confía ? 

Vén y reposa en el materno seno 
De la antigua Romúlea, cuyo clima 
Te será más humano y más sereno. 

Adonde por lo menos, cuando oprima 
Nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno ; 
«Blanda le sea», al derramarla encima ; 

Donde no dexarás la mesa ayuno 
Cuando te falte en ella el pece raro 
O cuando su pavón nos niegue Juno. 

Busca pues el sosiego dulce y caro, 
Como en la obscura noche del Egeo 
Busca el piloto el eminente faro ; 

Que si acortas y ciñes tu deseo 
Dirás : «Lo que desprecio he conseguido ; 
Que la opinión vulgar es devaneo. » 

Más precia el ruiseñor su pobre nido 
De pluma y leves pajas, más sus quejas 
En el bosque repuesto y escondido, 

Que halagar lisongero las orejas 
De algún príncipe insigne ; aprisionado 
En el metal de las doradas rejas. 

Triste de aquel que vive destinado 
Á esa antigua colonia de los vicios, 
Augur de los semblantes del privado. 

Cese el ansia y la sed de los oficios ; 
96 



ANÓNIMO SEVILLANO 

Que acepta el don y burla del intento 
El ídolo á quien haces sacrificios. 
Iguala con la vida el pensamiento, 

Y no le pasarás de hoy á mañana, 

Ni quizá de un momento á otro momento. 

Casi no tienes ni una sombra vana 
De nuestra antigua Itálica, y ¿ esperas ? 
¡ Oh error perpetuo de la suerte humana ! 

Las enseñas grecianas, las banderas 
Del senado y romana monarquía 
Murieron, y pasaron sus carreras. 

¿ Qué es nuestra vida más que un breve día 
Do apena sale el sol cuando se pierde 
En las tinieblas de la noche fría ? 

¿ Qué más que el heno, á la mañana verde, 
Seco á la tarde ? ¡ Oh ciego desvarío ! 
¿ Será que de este sueño me recuerde ? 

¿ Será que pueda ver que me desvío 
De la vida viviendo, y que está unida 
La cauta muerte al simple vivir mió ? 

Como los ríos, que en veloz corrida 
Se llevan á la mar, tal soy llevado 
Al último suspiro de mi vida. 

De la pasada edad ¿ qué me ha quedado ? 
Ó ¿ qué tengo yo, á dicha, en la que espero, 
Sin ninguna noticia de mi hado ? 

¡ Oh, si acabase, viendo cómo muero, 
De aprender á morir antes que llegue 
Aquel forzoso término postrero ; 

Antes que aquesta mies inútil siegue 
De la severa muerte dura mano, 

Y á la común materia se la entregue ! 
Pasáronse las flores del verano, 

S 8 97 



ANÓNIMO SEVILLANO 

El otoño pasó con sus racimos, 
Pasó el invierno con sus nieves cano ; 

Las hojas que en las altas selvas vimos 
Cayeron, ¡ y nosotros á porfía 
En nuestro engaño inmóviles vivimos ! 

Temamos al Señor que nos envía 
Las espigas del año y la hartura, 

Y la temprana pluvia y la tardía. 

No imitemos la tierra siempre dura 
A las aguas del cielo y al arado, 
Ni la vid cuyo fruto no madura. 

¿ Piensas acaso tú que fué criado 
El varón para rayo de la guerra, 
Para sulcar el piélago salado, 

Para medir el orbe de la tierra 

Y el cerco donde el sol siempre camina ? 

¡ Oh, quien así lo entiende, cuánto yerra ! 

Esta nuestra porción, alta y divina, 
A mayores acciones es llamada 

Y en más nobles objetos se termina. 

Así aquella que al hombre solo es dada, 
Sacra razón y pura, me despierta, 
De esplendor y de rayos coronada ; 

Y en la fria región dura y desierta 
De aqueste pecho enciende nueva llama, 

Y la luz vuelve á arder que estaba muerta. 
Quiero, Fabio, seguir á quien me llama, 

Y callado pasar entre la gente, 

Que no alecto los nombres ni la fama. 

El soberbio tirano del Oriente 
Que maciza las torres de cien codos 
Del candido metal puro y luciente 

Apenas puede ya comprar los modos 
5 3 



ANÓNIMO SEVILLANO 

Del pecar ; la virtud es más barata, 
Ella consigo mesma ruega á todos. 

¡ Pobre de aquel que corre y se dilata 
Por cuantos son los climas y los mares, 
Perseguidor del oro y de la piata ! 

Un ángulo me basta entre mis lares, 
Un libro y un amigo, un sueño breve, 
Que no perturben deudas ni pesares. 

Esto tan solamente es cuanto debe 
Naturaleza al simple y al discreto, 

Y algún manjar común, honesto y leve. 
No, porque así te escribo, hagas conceto 

Que pongo la virtud en ejercicio ; 
Que aun esto fué difícil á Epiteto. 

Basta al que empieza aborrecer el vicio, 

Y el ánimo enseñar á ser modesto ; 
Después le será el cielo más propicio. 

Despreciar el deleite no es supuesto 
De sólida virtud ; que aun el vicioso 
En sí propio le nota de molesto. 

Mas no podrás negarme cuan forzoso 
Este camino sea al alto asiento, 
Morada de la paz y del reposo. 

No sazona la fruta en un momento 
Aquella inteligencia que mensura 
La duración de todo á su talento. 

Flor la vimos primero hermosa y pura, 
Luego materia acerba y desabrida, 

Y perfecta después, dulce y madura ; 

Tal la humana prudencia es bien que mida 

Y dispense y comparta las acciones 
Que han de ser compañeras de Ja vida. 

No quiera Dios que imite estos varones 

99 



ANÓNIMO SEVILLANO 

Que moran nuestras plazas macilentos, 
De la virtud infames histriones ; 

Esos inmundos trágicos, atentos 
Al aplauso común, cuyas entrañas 
Son infaustos y oscuros monumentos. 

¡ Cuan callada que pasa las montañas 
El aura, respirando mansamente ! 
¡ Q u é gárrula y sonante por las cañas ! ; 

¡ Qué muda la virtud por el prudente ! 
; Que redundante y llena de ruido 
Por el vano, ambicioso y aparente ! 

Quiero imitar al pueblo en el vestido, 
En las costumbres solo á los mejores, 
Sin presumir de roto y mal ceñido. 

No resplandezca el oro y los colores 
En nuestro traje, ni tampoco sea 
Igual al de los dóricos cantores. 

Una mediana vida yo posea, 
Un estilo común y moderado, 
Que no lo note nadie que lo vea. 

En el plebeyo barro mal tostado 
Hubo ya quien bebió tan ambicioso 
Como en el vaso Múrino preciado ; 

Y alguno tan ilustre y generoso 
Que usó, como si fuera plata neta, 
Del cristal transparente y luminoso. 

Sin la templanza ¿ viste tú perfeta 
Alguna cosa ? ¡ Oh muerte ! ven callada, 
Como sueles venir en la saeta, 

No en la tonante máquina preñada 
De fuego y de rumor ; que no es mi puerta 
De doblados metales fabricada. 

Así, Fabio, me muestra descubierta 



ANÓNIMO SEVILLANO 

Su esencia la verdad, y mi albedrío 
Con ella se compone y se concierta. 

No te burles de ver cuánto confío, 
Ni al arte de decir, vana y pomposa, 
El ardor atribuyas de este brío. 

¿ Es por ventura menos poderosa 
Que el vicio la virtud ? ¿ Es menos fuerte ? 
No la arguyas de flaca y temerosa. 

La codicia en las manos de la suerte 
Se arroja al mar, la ira á las espadas, 
Y la ambición se ríe de la muerte. 

Y ¿ no serán siquiera tan osadas 
Las opuestas acciones, si las miro 
De más ilustres genios ayudadas ? 

Ya, dulce amigo, huyo y me retiro 
De cuanto simple amé ; rompí los lazos. 
Vén y verás al alto fin que aspiro, 
Antes que el tiempo muera en nuestros brazos, 

LUPERCIO LEONARDO 
DE ARGENSOLA 

A la esperanza 

ALIVIA sus fatigas 
El labrador cansado 
Cuando su yerta barba escarcha cubre, 
Pensando en las espigas 
Del agosto abrasado 

Y en los lagares ricos del otubre ; 
La hoz se le descubre 

Cuando el arado apaña, 

IOI 



L. L. DE ARGENSOLA 

Y con dulces memorias le acompaña. 
Carga de hierro duro 

Sus miembros, y se obliga 
El joven al trabajo de la guerra. 
Huye el ocio seguro, 
Trueca por la enemiga 
Su dulce, natural y amiga tierra } 
Mas cuando se destierra 
O al asalto acomete, 
Mil triunfos y mil glorias se promete. 
La vida al mar confía, 

Y á dos tablas delgadas, 

El otro, que del oro está sediento. 
Escóndesele el dia, 

Y las olas hinchadas 

Suben á combatir el firmamento ; 
El quita el pensamiento 
De la muerte vecina, 

Y en el oro le pone y en la mina. 
Dexa el lecho caliente 

Con la esposa dormida 
El cazador solícito y robusto. 
Sufre el cierzo inclemente, 
La nieve endurecida, 

Y tiene de su afán por premio justo 
Interrumpir el gusto 

Y la paz de las fieras 

En vano cautas, fuertes y ligeras. 

Premio y cierto fin tiene 
Cualquier trabajo humano, 

Y el uno llama al otro sin mudanza ; 
El invierno entretiene 

La opinión del verano, 
102 



37- 



L. L. DE ARGENSOLA 

Y un tiempo sirve al otro de templanza. 
El bien de la esperanza 

Solo quedó en el suelo, 

Cuando todos huyeron para el cielo. 

Si la esperanza quitas, 
¿ Qué le dejas al mundo ? 
Su máquina disuelves y destruyes ; 
Todo lo precipitas 
En olvido profundo, 

Y ¿ del fin natural, Flérida, huyes ? 
Si la cerviz rehuyes 

De los brazos amados, 

¿ Qué premio piensas dar á los cuidados ? 

Amor, en diferentes 
Géneros dividido, 

Él publica su fin, y quien le admite. 
Todos los accidentes 
De un amante atrevido 
(Niegúelo ó disimúlelo) permite. 
Limite pues, limite 
La vana resistencia ; 
Que, dada la ocasión, todo es licencia. 



IMAGEN espantosa de la muerte, 
Sueño cruel, no turbes más mi pecho, 
Mostrándome cortado el nudo estrecho, 
Consuelo solo de mi adversa suerte. 

Busca de algún tirano el muro fuerte, 
De jaspe las paredes, de oro el techo, 
O el rico avaro en el angosto Jecho 
Haz que temblando con sudor despierte. 

El uno vea el popular tumulto 

103 



J* 



39- 



L. L. DE ARGENSOLA 

Romper con furia las herradas puertas, 
O al sobornado siervo el hierro oculto. 

El otro sus riquezas, descubiertas 
Con llave falsa ó con violento insulto, 
Y dexale al amor sus glorias ciertas. 



LLEVÓ tras sí los pámpanos otubre, 

Y con las grandes lluvias insolente, 
No sufre Ibero márgenes ni puente, 
Mas antes los vecinos campos cubre. 

Moncayo, como suele, ya descubre 
Coronada de nieve la alta frente ; 

Y el sol apenas vemos en oriente, 
Cuando la opaca tierra nos lo encubre. 

Sienten el mar y selvas ya la saña 
Del Aquilón, y encierra su bramido 
Gente en el puerto y gente en la cabana. 

Y Fabio, en el umbral de Tais tendido 
Con vergonzosas lágrimas lo baña, 
Debiéndolas al tiempo que ha perdido. 

BARTOLOMÉ LEONARDO 
DE ARGENSOLA 

«DIME, Padre común, pues eres justo, 
¿ Por qué ha de permitir tu providencia 
Que, arrastrando prisiones la inocencia, 
Suba la fraude á tribunal augusto ? 

«¿ Quién da fuerzas al brazo que robusto 
Hace á tus leyes firme resistencia, 

Y que el celo, que más la reverencia, 
104 



B. L. DE ARGENSOLA 

Gima á los pies del vencedor injusto ? 

«Vemos que vibran vitoriosas palmas 
Manos inicas, la virtud gimiendo 
Del triunfo en el injusto regocijo.» 

Esto decía yo, cuando riendo 
Celestial ninfa apareció, y me dijo : 
« ¡ Cie«o ! ; es la tierra el centro de las almas ?i 



LOPE DE VEGA 

¿o. < Canción 

¡ OH libertad preciosa, 
No comparada al oro, 
Ni al bien mayor de la espaciosa tierra ! 
Más rica y más gozosa 
Que el precioso tesoro 
Que el mar del sur entre su nácar cierra ; 
Con armas, sangre y guerra, 
Con las vidas y famas, 
Conquistado en el mundo ; 
Paz dulce, amor profundo, 
Que el mal apartas y á tu bien nos llamas 
En tí sola se anida 
Oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida. 

Cuando de las humanas 
Tinieblas vi del cielo 
La luz, principio de mis dulces dias, 
Aquellas tres hermanas 
Que nuestro humano velo 
Texiendo, llevan por inciertas vías, 
Las duras penas mias 

ios 



LOPE DE VEGA 

Trocaron en la gloria 

Que en libertad poseo, 

Con siempre igual deseo, 

Donde verá por mi dichosa historia, 

Quien más leyere en ella, 

Que es dulce libertad lo menos del la. 

Yo pues, señor exento 
Desta montaña y prado, 
Gozo la gloria y libertad que tengo. 
Soberbio pensamiento 
Jamás ha derribado 

La vida humilde y pobre que sostengo. 
Cuando á las manos vengo 
Con el muchacho ciego, 
Haciendo rostro embisto, 
Venzo, triunfo y resisto 
La flecha, el arco, la ponzoña, el fuego, 

Y con libre albedrío 

Lloro el ageno mal y canto el mió. 

Cuando el aurora baña 
Con helado rocío 

De aljófar celestial el monte y prado, 
Salgo de mi cabana, 
Riberas deste rio, 
A dar el nuevo pasto á mi ganado, 

Y cuando el sol dorado 
Muestra sus fuerzas graves, 
Al sueño el pecho inclino 
Debaxo un sauce ó pino, 
Oyendo el son de las parleras aves, 
Ó ya gozando el aura, 

Donde el perdido aliento se restaura. 

Cuando la noche oscura 
106 



LOPE DE VEGA 

Con su estrellado manto 

El claro día en su tiniebla encierra, 

Y suena en la espesura 
El tenebroso canto 

De los nocturnos hijos de la tierra, 
Al pié de aquesta tierra 
Con rústicas palabras 
Mi ganadillo cuento 

Y el corazón contento 

Del gobierno de ovejas y de cabras, 

La temerosa cuenta 

Del cuidadoso rey me representa. 

Aquí la verde pera 
Con la manzana hermosa, 
De gualda y roja sangre matizada, 

Y de color de rosa 
La cermeña olorosa 

Tengo, y la endrina de color morada ; 
Aquí de la enramada 
Parra que al olmo enlaza, 
Melosas uvas cojo ; 

Y en cantidad recojo, 

Al tiempo que las ramas desenlaza 

El caluroso estío, 

Membrillos que coronan este rio. 

No me da descontento 
El hábito costoso 

Que de lascivo el pecho noble infama ; 
Es mi dulce sustento 
Del campo generoso 
Estas silvestres frutas que derrama ; 
Mi regalada cama 
De blandas pieles y hojas, 

107 



LOPE DE VEGA 

Que algún rey la envidiara, 

Y de tí, fuente clara, 

Que bullendo, el arena y agua arrojas, 

Estos cristales puros, 

Sustentos pobres, pero bien seguros. 

Estese el cortesano 
Procurando á su gusto 
La blanda cama y el mejor sustento ; 
Bese la ingrata mano 
Del poderoso injusto, 
Formando torres de esperanza al viento ; 
Viva y muera sediento 
Por el honroso oficio, 

Y goce yo del suelo, 

Al aire, al sol y al hielo, 
Ocupado en mi rústico ejercicio ; 
Que más vale pobreza 
En paz, que en guerra mísera riqueza. 

Ni temo al poderoso 
Ni al rico lisonjeo, 
Ni soy camaleón del que gobierna, 
Ni me tiene envidioso 
La ambición y deseo 
De ajena gloria ni de fama eterna ; 
Carne sabrosa y tierna, 
Vino aromatizado, 
Pan blanco de aquel dia, 
En prado, en fuente fria, 
Halla un pastor con hambre fatigado ; 
Que el grande y el pequeño 
Somos iguales lo que dura el sueño. 



1 08 



4.1. 



LOPE DE VEGA 

Á MIS soledades voy, 
De mis soledades vengo, 
Porque para andar conmigo 
Me bastan mis pensamientos. 

¡ No sé qué tiene la aldea 
Donde vivo y donde muero, 
Que con venir de mí mismo 
No puedo venir más lejos ! 

Ni estoy bien ni mal conmigo ; 
Mas dice mi entendimiento 
Que un hombre que todo es alma 
Está cautivo en su cuerpo. 

Entiendo lo que me basta, 
Y solamente no entiendo 
Cómo se sufre á sí mismo 
Un ignorante soberbio. 

De cuantas cosas me cansan, 
Fácilmente me defiendo ; 
Pero no puedo guardarme 
De los peligros de un necio. 

El dirá que yo lo soy, 
Pero con falso argumento ; 
Que humildad y necedad 
No caben en un sujeto. 

La diferencia conozco, 
Porque en él y en mí contemplo, 
Su locura en su arrogancia, 
Mi humildad en su desprecio. 

Ó sabe naturaleza 
Más que supo en otro tiempo, 
ó tantos que nacen sabios 
Es porque lo dicen ellos. 

Sólo sé que no sé nada, 

iog 



LOPE DE VEGA 

Dixo un íilüiofo, haciendo 
La cuenta con su humildad, 
Adonde lo más es menos. 

No me precio de entendido, 
De desdichado me precio ; 
Que los que no son dichosos, 
¿ Cómo pueden ser discretos ? 

No puede durar el mundo, 
Porque dicen, y lo creo, 
Que suena á vidrio quebrado 

Y que ha de romperse presto. 
Señales son dei juicio 

Ver que todos le perdemos, 
Unos por carta de más, 
Otros por carta de menos. 

Dijeron que antiguamente 
Se fué la verdad al cielo : 
Tal la pusieron los hombres 
Que desde entonces no ha vuelto. 

En dos edades vivimos 
Los propios y los ajenos, 
La de plata los extraños, 

Y la de cobre los nuestros. 

¿ A quién no dará cuidado, 
Si es español verdadero, 
Ver los hombres á lo antiguo 

Y el valor á lo moderno ? 
Dixo Dios que comería 

Su pan el hombre primero 
Con el sudor de su cara, 
Por quebrar su mandamiento ; 
^ Y algunos inobedientes 
A la vergüenza y al miedo, 



LOPE DE VEGA 

Con las prendas de su honor 
Han trocado los efectos. 

Virtud y filosofía 
Peregrinan como ciegos : 
El uno se lleva al otro, 
Llorando van y pidiendo. 

Dos polos tiene la tierra, 
Universal movimiento, 
La mejor vida el favor, 
La mejor sangre el dinero. 

Oigo tañer las campanas, 
Y no me espanto, aunque puedo, 
Que en lugar de tantas cruces 
Haya tantos hombres muertos. 

Mirando estoy los sepulcros 
Cuyos mármoles eternos 
Están diciendo sin lengua 
Que no lo fueron sus dueños. 

¡ Oh, bien haya quien los hizo, 
Porque solamente en ellos 
De los poderosos grandes 
Se vengaron los pequeños ! 

Fea pintan á la envidia : 
Yo confieso que la tengo 
De unos hombres que no saben 
Quien vive pared en medio. 

Sin libros y sin papeles, 
Sin tratos, cuentas ni cuentos, 
Cuando quieren escribir 
Piden prestado el tintero. 

Sin ser pobres ni ser ricos, 
Tienen chimenea y huerto ; 
No los despiertan cuidados, 



i* 



LOPE DE VEGA 

Ni pretensiones, ni pleitos. 

Ni murmuraron del grande, 
Ni ofendieron al pequeño ; 
Nunca, como yo, firmaron 
Parabién, ni pascua dieron. 

Con esta envidia que digo, 
Y lo que paso en silencio, 
A mis soledades voy, 
De mis soledades vengo. 



¡ POBRE barquilla mia, 
Entre peñascos rota, 
Sin velas desvelada, 

Y entre las olas sola ! 

¿ Adonde vas perdida ? 
¿ Adonde, di te engolfas ü 
Que no hay deseos cuerdos 
Con esperanzas locas. 

Como las altas naves, 
Te apartas animosa 
De la vecina tierra, 

Y al fiero mar te arrojas. 
Igual en las fortunas, 

Mayor en las congojas, 
Pequeña en las defensas, 
Incitas á las ondas. 

Advierte que te llevan 
Á dar entre las rocas 
De la soberbia envidia, 
Naufragio de las honras. 

Cuando por las riberas 
Andabas costa á costa, 



S9 



LOPE DE VEGA 

Nunca del mar temiste 
Las iras procelosas. 

Segura navegabas ; 
Que por la tierra propia 
Nunca el peligro es mucho 
Adonde el agua es poca. 

Verdad es que en la patria 
No es la virtud dichosa, 
Ni se estima la perla 
Hasta dejar la concha. 

Dirás que muchas barcas 
Con el favor en popa, 
Saliendo desdichadas, 
Volvieron venturosas. 

No mires los ejemplos 
De las que van y tornan, 
Que á muchas ha perdido 
La dicha de las otras. 
Para los altos mares 
No llevas cautelosa, 
Ni velas de mentiras, 
Ni remos de lisonjas. 

I Quién te engañó, barquilla ? 
Vuelve, vuelve la proa ; 
Que presumir de nave 
Fortunas ocasiona. 

¡ Qué jarcias te entretejen ? 
¿ Qué ricas banderolas 
Azote son del viento 
Y de las aguas sombra ? 

¿ En qué gavia descubres 
Del árbol alta copa, 
La tierra en perspectiva, 

"3 



LOPE DE VEGA 

Del mar incultas orlas ? 

¿ En qué celajes fundas 
Que es bien echar la sonda, 
Cuando, perdido el rumbo, 
Erraste la derrota ? 

Si te sepulta arena, 
¿ Qué sirve fama heroica ? 
Que nunca desdichados 
Sus pensamientos logran. 

¿ Qué importa que te ciñan 
Ramas verdes ó rojas, 
Que en selvas de corales 
Salado césped brota ? 

Laureles de la orilla 
Solamente coronan 
Navios de alto bordo 
Que jarcias de oro adornan. 

No quieras que yo sea, 
Por tu soberbia pompa, 
Faetonte de barqueros 
Que los laureles lloran. 

Pasaron ya los tiempos 
Cuando lamiendo rosas 
El céfiro bullía 
Y suspiraba aromas. 

Ya fieros huracanes 
Tan arrogantes soplan 
Que, salpicando estrellas, 
Del sol la frente mojan ; 

Ya los valientes rayos 
De la vulcana forja, 
En vez de torres altas, 
Abrasan pobres chozas. 

*i4 



LOPE DE VEGA 

^ Contenta con tus redes, 
Á la playa arenosa 
Mojado me sacabas ; 
Pero vivo, ¿ qué importa ? 

Cuando de rojo nácar 
Se afeitaba la aurora, 
Más peces te llenaban 
Que ella lloraba aljófar. 

Al bello sol que adoro, 
Enjuta ya la ropa, 
Nos daba una cabana 
La cama de sus hojas. 

Esposa me llamaba, 
Yo la llamaba esposa, 
Parándose de envidia 
La celestial antorcha. 

Sin pleito, sin disgusto, 
La muerte nos divorcia : 
¡ Ay de la pobre barca 
Que en lágrimas se ahoga ! 

Quedad sobre la arena, 
Inútiles escotas ; 
Que no ha menester velas 
Quien á su bien no torna. 

Si con eternas plantas 
Las fixas luces doras, 
; Oh dueño de mi barca ! 
Y en dulce paz reposas, 

Merezca que le pidas 
Al bien que eterno gozas, 
Que adonde estás, me lleve, 
Más pura y más hermosa. 

Mi honesto amor te obligue ; 

"5 



LOPE DE VEGA 

Que no es digna victoria 
Para quejas humanas 
Ser las deidades sordas. 

Mas ¡ ay que no me escuchas ! 
Pero la vida es corta : 
Viviendo, todo falta ; 
Muriendo, todo sobra. 



43. Judit 

CUELGA sangriento de la cama al suelo 
El hombro diestro del feroz tirano, 
Que opuesto al muro de Betulia en vano, 
Despidió contra^sí rayos al cielo. 

RevueltOyfcon el ansia leí rojo velo : ' 
Del pabellón á la siniestra mano, 
Descubre el espectáculo inhumano 
Del tronco horrible, convertido en hielo. \a/4^ 

Vertido Baco, el fuerte arnés afea h*^\\ \ 
Los vasos y la mesa derribada, 
Duermen los guardas, que tan mal emplea ; 

Y sobre la muralla, coronada 
Del pueblo de Israel, la casta hebrea 
Con la cabeza resplandece armada. 



44. 



SUELTA mi manso, mayoral extraño, 
Pues otro tienes tú de igual decoro : 
Suelta la prenda que en el alma adoro, 
Perdida por tu bien y por mi daño. 

Pónle su esquila de labrado estaño, 
116 



45- 



46. 



LOPE DE VEGA 

Y no le engañen tus collares de oro : 

Toma en albricias este blanco toro 

Que á las primeras yerbas cumple un año. 

Si pides señas, tiene el veiíocino 
Pardo, encrespado, y los ojuelos tiene 
Como durmiendo en regalado sueño. 

Si piensas que no soy su dueño, Alcino, 
Suelta, y verásle si á mi choza viene ; 
Que aun tienen sal las manos de su dueño. 



¿ QUE tengo yo, que mi amistad procuras ? 
¿ Que interés se te sigue, Jesús mió, 
Que á mi puerta, cubierto de rocío, 
Pasas las noches del invierno escuras ? 

¡ Oh cuánto fueron mis entrañas duras, • 
Pues no te abrí ! ¡ Qué extraño desvarío 
Si de mi ingratitud el hielo frió 
Secó las llagas de tus plantas puras ! 

¡ Cuántas veces el ángel me decía : 
t Alma, asómate agora á la ventana ; 
Verás con cuánto amor llamar porfía ! » 

Y ¡ cuántas, hermosura soberana, 
«Mañana le abriremos,» respondía, 
Para lo mismo responder mañana ! 



PASTOR, que con tus silbos amorosos 
Me despertaste del profundo sueño ; 
Tú, que hiciste cayado dése leño 
En que tiendes los brazos poderosos ; 

Vuelve los ojos á mi íé piadosos, 
Pues te confieso por mi amor y dueño, 



y 



LOPE DE VEGA 

Y la palabra de seguirte empeño 
Tus dulces silbos y tus pies hermosos. 

Oye, Pastor que por amores mueres, 
No te espante el rigor de mis pecados, 
Pues tan amigo de rendidos eres ; 

Espera pues, y escucha mis cuidados 
Pero ¿ cómo te digo que me esperes, 
Si estás para esperar los pies clavados ? 



4.J. Temores en el favor 

CUANDO en mis manos, Rey eterno, os miro, 

Y la candida víctima levanto, 
De mi atrevida indignidad me espanto, 

Y la piedad de vuestro pecho admiro. 
Tal vez el alma con temor retiro, 

Tal vez la doy al amoroso llanto ; 
Que, arrepentido de ofenderos tanto, 
Con ansias temo y con dolor suspiro. 

Volved los ojos á mirarme humanos ; 
Que por las sendas de mi error siniestras 
Me despeñaron pensamientos vanos. 

No sean tantas las miserias nuestras 
Que á quien os tuvo en sus indignas manos 
Vos le dejéis de las divinas vuestras. 

DON LUIS DE GÓNGORA 
48. Angélica y Medoro 

EN un pastoral albergue 
Que la guerra entre unos robles 
118 



DON LUIS DE GÓNGORA 

Lo dexó por escondido 
Ó lo perdono por pobre, 
Do la paz vi ste pellico _ 

Y conduce entre pastores 
Ovejas del monte al llano 

Y cabras del llano al monte, 
Mal herido y bien curado, 

Se alberga un dichoso joven, 
Que sin clavarle Amor flecha 
Le coronó de favores.' 

Las venas con poca sangre, 
Los ojos con mucha noche, 
Lo halló en el campo aquella 
(Vida y muerte de los hombres. 

Del palafrén se derribr 



No porque al moro conoce, -rt^ \/J¿ 

Sino por ver que la-yerba fi& t/f 



Tanta sangre^ga en flores. ^ 

Limpíale el rostro, y la mano 
Siente al Amor que se esconde 
Tras las rosas, que la muerte 
Va violando sus colores. 

Escondióse, tras las rosas, 
Porque labrerfsns arpones 
El diamanté del Catay * A 
Con aquella sangre noble. . kSlJr* 

Ya le regala los ojos, p. •* 

Ya le entra, sin ver por dónde 
Una piedad mal nacida 
EfttTC dulces escorpiones. - , 

Ya es herido el pedernal, t^*"^ » . ¿| ^**^ 

Ya despide el primer golpe * y^"1 ' 

Centellas de agua, ¡ oh piedad, 

IIQ 



4& 



DON LUIS DE GÓNGORA 

Hija de padres traidores ! 

Yerbas le aplica á sus llagas, 
Que si no sanan entonces, 
En virtud de tales manos 
Lisonjean los dolores. 

Amor le ofrece su venda, 
Mas ella sus velos rompe 
Para ligar sus heridas ; 
Los rayos del sol perdonen. 

Los últimos nudos daba 
Cuando el cielo la socorre 
De un villano en una yegua 
Que iba penetrando el bosque. 

Enfrénanle de la bella 
Las tristes piadosas voces, 
Que los firmes troncos mueven 

Y las sordas piedras oyen ; 
Y laitjue mejor se halla 

En las áelvas que en la corte, 
\S imple Dondad, 1 ] al pió ruego 
Cortesmente corresponde. 
Humilde se apea el villano, 

Y sobre la yegua pone 

Un cuerpo con poca sangre, 
Pero con dos corazones. 
* A su cabana los guía ; 

Que el sol deja su horizonte 

Y el humo de su cabana 
Le va sirviendo de norte. 

Llegaron temprano á eila, 
Do una labradora acoge 
Un mal vivo con dos almas, 
Una ciega con dos soles. 
120 



& 



DON LUIS DE GÓNGORA 



Blando heno en vez de pluma 
Para lecho IeTcompone, 
Que será tálamo luego 
Do el garzón sus dichas logre. 

Las manos, pues, cuyos dedos 
Desta vida fueron dioses, 
Restituyen á Medoro 
Salud nueva, fuerzas dobles, 

Y le entregan, cuando menos, 
Su beldad y un reino en dote, 
Segunda envidia de Marte, 
Primera dicha de Adonis. 

Corona un lascivo enjambre 
De cupidillos menores 
La choza, bien como abejas 
Hueco tronco de alcornoque. 

¡ Qué de nudos le está dando 
A un áspid la envidia torpe, 
Contando de las palomas 
Los arrullos gemidores ! 

¡ Qué bien la destierra Amor, 
Haciendo la cuerda azote, 
Porque el caso no se infame 

Y el lugar no se inficione ! 
Todo es gaja el africano, 

Su vestido espira olores, 
El lunado arco suspende 

Y el corvo alfange depone. 
Tórtolas enamoradas 

Son sus roncos atambores, 

Y los volantes de Venus 
Sus bien seguidos pendones. 

Desmida el pecho anda ella, 



U 



1 







*p 



DON LUIS DE GÓNGORA 

Vuela el cabello 6Ín orden ; 
Si lo abrocha, es con claveles, 
Con jazmines si lo coge. 
i^ L J El pié calza en lajzos de oro, 

Porque la nieve segoce, 
Y no se vaya porfíes >¿ 

La hermosura "del orbe. V** 

Todo sirve á loé amantes, 
Plumas les baten veloces, 
Airecillos lisonjeros, 
Si no son murmuradores. 

Los campos les dan alfombras, 
Los árboles pabellones, 
La apacible fuente sueño, 
Música los ruiseñores. 

Los troncos les dan cortezas, 
En que se guarden sus nombres 
Mejor que en tablas de mármol 
O que en láminas de bronce. 

No hay ver3e fresno sin letra, le. 
Ni blanco chopo sin mote ; »Ví 
Si un valle Angélica suena, 
Otro Angélica responde. 

Cuevas do el silencio apenas 
Deja que sombras las moren, 
Profanan con sus abrazos 
A pesar de sus horrores. 

Choza pues, tálamo y lecho, 
Contestes destos amores, 
El cielo os guarde, si puede, 
De las locuras del Conde. 




49- 



DON LUIS DE GÓNGORA 



SERVÍA en Oran al Rey 
Un español con dos lanzas, 

Y con el alma y la vida 
A una gallarda africana, 

Tan noble como hermosa, 
Tan amante como amada, 
Con quien estaba una noche 
Cuando tocaron al arma. 

Trescientos Zenetes eran 
Deste rebato la causa ; 
Que los rayos de la luna 
Descubrieron las adargas ; 

Las adargas avisaron 
A las mudas atalayas, 
Las atalayas los fuegos, 
Los fuegos á las campanas ; 

Y ellas al enamorado, 
Que en los brazos de su dama 
Oyó el militar estruendo 
De las trompas y las cajas. 

Espuelas de honor le pican 

Y freno de amor le para ; 
No salir es cobardía, 
Ingratitud es dejajla. 

Del cuello pendiente ella, 
Viéndole tomar la espada, 
Con lágrimas y suspiros 
Le dice aquestas palabras : 

«Salid al campo, Señor, 
Bañen mis ojos la cama ; 
Que ella me será también, 
Sin vos, campo de baralla. 



123 



50- 



DON LUIS DE GÓNGORA 

«Vestios y salid apriesa, 
Que el general os aguarda ; 
Yo os hago á vos mucha sobra 

Y vos á él mucha falta. 
«Bien podéis salir desnudo 

Pues mi llanto no os ablanda ; 
Que tenéis de acero el pecho 

Y no habéis menester armas.» 
Viendo el español brioso 

Cuánto le detiene y habla, 
Le dice así : «Mi señora, 
Tan dulce como enojada, 

«Porque con honra y amor 
Yo me quede, cumpla y vaya, 
Vaya á los moros el cuerpo, 

Y quede con vos el alma. 
«Concededme, dueño mío, 

Licencia para que salga 

Al rebato en vuestro nombre, 

Y en vuestro nombre combata. » 



ENTRE los sueltos caballos 
De los vencidos Zenetes, 
Que por el campo buscaban 
Entre lo rojo lo verde, 

Aquel español de Oran 
Un suelto caballo prende, 
Por sus relinchos lozano 

Y por sus cernejas fuerte, 
Para que lo lleve á él, 

Y á un moro cautivo lleve, 
Que es uno que ha cautivado, 

124 



DON LUIS DE GÓNGORA 

Capitán de cien Zenetes. 

En el ligero caballo 
Suben ambos, y él parece, 
De cuatro espuelas herido, 
Que cuatro vientos lo mueven. 

Triste camina el alarbe, 

Y lo más bajo que puede 
Ardientes suspiros lanza 

Y amargas lágrimas vierte. 
Admirado el español 

De ver cada vez que vuelve 
Que tan tiernamente llore 
Quien tan duramente hiere, 

Con razones le pregunta 
Comedidas y corteses 
De sus suspiros la causa, 
Si la causa lo consiente. 

El cautivo, como tal, 
Sin excusarlo, obedece, 

Y á su piadosa demanda 
Satisface desta suerte : 

«Valiente eres, capitán, 

Y cortés como valiente ; 
Por tu espada y por tu trato 
Me has cautivado dos veces. 

«Preguntado me has la causa 
De mis suspiros ardientes, 

Y débote la respuesta 

Por quien soy y por quien eres. 

«Yo nací en Gélves el año 
Que os perdisteis en los Gélves, 
De una berberisca noble 

Y de un turco mata-siete. 



DON LUIS DE GÓNGORA 

« En Tremecen me crie 
Con mi madre y mis parientes 
Después que murió mi padre, 
Corsario de tres bajeles. 

«Junto á mi casa vivía, 
Porque más cerca muriese, 
Una dama del linaje 
De los nobles Mclioneses : 

«Extremo de las hermosas, 
Cuando no de las crueles, 
Hija al fin destas arenas 
Engendradoras de sierpes. 

«Era tal.su hermosura, 
Que se hallaran claveles 
Más ciertos en sus dos labios 
Que en los dos floridos meses. 

«Cada vez que la miraba 
Salía el sol por su frente, 
De tantos rayos vestido 
Cuantos cabellos contiene. 

«Juntos así nos criamos, 

Y Amor en nuestras niñeces 
Hirió nuestros corazones 
Con arpones diferentes. 

«Labró el oro en mis entrañas 
Dulces lazos, tiernas redes, 
Mientras el plomo en las suyas 
Libertades y desdenes. 

«Mas, ya la razón sujeta, 
Con palabras me requiere 
Que su crueldad le perdone 

Y de su beldad me acuerde ; 
«Y apenas vide trocada 

126 



DON LUIS DE GÓNGORA 

La dureza desta sierpe, 
Cuando tíi me cautivaste ; 
Mira si es bien que lamente. 

«Esta, español, es la causa 
Que á llanto pudo moverme ; 
Mira si es razón que llore 
Tantos males juntamente. » 

Conmovido el capitán 
De las lágrimas que vierte, 
Parando el veloz caballo, 
Que paren sus males quiere. 

«Gallardo moro, le dice, 
Si adoras como refieres, 

Y si como dices amas, 
Dichosamente padeces 

«¿ Quién pudiera imaginar, 
Viendo tus golpes crueles, 
Que cupiera alma tan tierna 
En pecho tan duro y fuerte ? 

«Si eres del Amor cautivo, 
Desde aquí puedes volverte ; 
Que me pedirán por robo 
Lo que entendí que era suerte. 

«Y no quiero por rescate 
Que tu dama me presente 
Ni las alfombras más finas 
Ni las granas más alegres. 

«Anda con Dios, sufre y ama, 

Y vivirás si lo hicieres, 
Con tal que cuando la veas 
Pido que de mí te acuerdes.» 

Apeóse del caballo, 

Y el moro tras él desciende, 



ta; 



■y 



DON LUIS DE GÓNGORA 

Y por el suelo postrado, 
La boca á sus pies ofrece. 

«Vivas mil años, le dice, 
Noble capitán valiente, 
Que ganas más con librarme 
Que ganaste con prenderme. 

«Alá se quede contigo 

Y te dé vitoria siempre 
Para que extiendas tu fama 
Con hechos tan excelentes.» 



ANDE yo caliente, 
T ríase la gente. 

Traten otros del gobierno 
Del mundo y sus monarquías, 
Mientras gobiernan mis días 
Mantequillas y pan tierno, 

Y las mañanas de invierno 
Naranjada y aguardiente, 
T ríase la gente. 

Coma en dorada bajilla 
El príncipe x mil cuidados 
Como pildoras dorados ; 
Que yo en mi pobre mesilla 
Quiero más una morcóla 
Que en el asador reviente, 

Y ríase la gente. 



P 



Cuando cubra las montañas 
De plata y nieve el enero 



128 



5* 



DON LUIS DE GÓNGORA 

Tenga yo lleno el brasero 
De bellotas y castañas, 

Y quien las dulces patrañas ¿trv^ 
Del rey que rabió me cuente, 

Y ríase la gente. 



Busque muy en hora buena 
El mercader nuevos soles ; 
Yo conchas y caracoles 
Entre la menuda arena, 
Escuchando á Filomena 



üh¿; 

Sobre el chopo de la fuente, .'? . 



T ríase la gente. 



Pase á media noche el mar, 

Y arda en amorosa llama 
Leandro por ver su dama ; 
Que yo más quiero pasar 

De Yépes á Madrigar .jf 

La regalada corriente, 
T ríase la gente. 

Pues Amor es tan cruel 
Que de Píramo y su amada 
Hace tálamo una espada, 
Do se junten ella y él, 
Sea mi Tisbe un pastel, 

Y la espada sea mi diente, 
T ríase la gente. 



LA más bella niña 
De nuestro Jugar, 
S 10 129 




DON LUIS DE GÓNGORA 

Hoy viuda y sola 

Y ayer por casar, 
Viendo que sus ojo3 
A la guerra van, 

A su madre dice 
Que escucha su mal : 
Dexadme /¡orar 
Orillas del mar. 

Pues me distes, madre, 
En tan tierna edad 
Tan corto el place! 1 , 
Tan largo el penar, 

Y me cautivastes 
De quien hoy se va 

Y lleva las llaves 
De mi libertad, 
Dexadme llorar 
Orillas del mar. 

En llorar conviertan 
Mis ojos ¡de hoy más \ 
El sabroso oficio 
Del dulce mirar, 
Pues que no se pueden 
Mejor ocupar 
Yéndose á la guerra 
Quien era mi paz. 
Dexadme llorar 
Orillas del mar. 

No me pongáis freno 
Ni queráis culpar ; 
Que lo uno es justo, 
Lo otro por demás. 
Si me queréis bien 



ty> 



DON LUIS DE GÓNGORA 

No me hagáis mal ; 
Harto peor fué 
Morir y callar. 
Dexadme llorar 
Orillas del mar. 

Dulce madre mía, 
¿ Quién no llorará, 
Aunque tenga el pecho 
Como un pedernal, 
Y no dará voces 
Viendo marchitar 
Los más verdes años 
De mi mocedad ? 
Dexadme llorar 
Orillas del mar 

Vayanse las noches, 
Pues ido se han 
Los ojos que hacían 
Los míos velar ; 
Vayanse, y no vean 
Tanta soledad 

Después que en mi lecho , } -. \ -^ 
Sobra la mitad. 
Dexadme llorar 
Orillas del mar. 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 
53. EL Sueño 

¿ CON qué culpa tan grave, 
Sueño blando y suave, 

131 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

Pude en largo destierro merecerte 

Que se aparte de mí tu olvido manso ? 

Pues no te busco yo por ser descanso, 

Sino por muda imagen de la muerte. 

Cuidados veladores 

Hacen inobedientes mis dos ojos 

A la ley de las horas : 

No han podido vencer á mis dolores 

Las noches, ni dar paz á mis enojos. 

Madrugan más en mí que en las auroras 

Lágrimas á este llano ; 

Que amanece á mi mal siempre temprano ; 

Y tanto, que persuade la tristeza 
A mis dos ojos, que nacieron antes 
Para llorar que para ver. Tú, sueño, 
De sosiego los tienes ignorantes, 

De tal manera, que al morir el día 
Con luz enferma vi que permitía 
El sol que le mirasen en Poniente. 

Con pies torpes al punto, ciega y fría, 
Cayó de las estrellas blandamente 
La noche, tras las pardas sombras mudas, 
Que el sueño persuadieron á la gente. 
Escondieron las galas á los prados 

Y quedaron desnudas 

Estas laderas y sus peñas solas : 

Duermen ya entre sus montes recostados 

Los mares y las olas. 

Si con algún acento 

Ofenden las orejas, 

Es que entre sueños dan al cielo quejas 

Del yerto lecho y duro acogimiento, 

Que blandos hallan en los cerros duros. 

132 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

Los arroyuelos puros 

Se adormecen al son del llanto mío, 

Y á su modo también se duerme el río. 
Con sosiego agradable 

Se dejan poseer de tí las flores ; 
Mudos están los males, 
No hay cuidado que hable, 
Faltan lenguas y voz á ios dolores, 

Y en todos los mortales 

Yace la vida envuelta en alto olvido. 
Tan sólo mi gemido 
Pierde el respeto á tu .silencio santo : 
Yo tu quietud molesto con mi llanto, 

Y te desacredito 

El nombre de callado, con mi grito. 
Dame, cortés mancebo, algún reposo : 
No seas digno del nombre de avariento 
En el más desdichado y fume amante 
Que lo merece ser por dueño hermoso. 
Débate alguna pausa mi tormento. 
Gozante en las cabanas 

Y debajo del cielo 
Los ásperos villanos ; 

Hállate en el rigor de los pantanos 

Y encuéntrate en las nieves y en el hielo 
El soldado valiente, 

Y yo no puedo hallarte, aunque lo intente, 
Entre mi pensamiento y mi deseo. 

Ya, pues, con dolor creo 

Que eres más riguroso que la tierra, 

Más duro que la roca, 

Pues te alcanza el soldado envuelto en guerra, 

Y en ella mi alma por jamás te toca. 

i33 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

Mira que es gran rigor : dame siquiera 
Lo que de tí desprecia tanto avaro, 
Por el oro en que alegre considera, 
Hasta que da la vuelta el tiempo claro ; 
Lo que había de dormir en blando lecho 

Y da el enamorado á su señora, 

Y á tí se te debía de derecho. 
Dame lo que desprecia de tí agora 
Por robar el ladrón ; lo que desecha 
El que invidiosos celos tuvo y llora. 
Quede en parte mi queja satisfecha, 
Tócame con el cuento de tu vara : 
Oirán siquiera el ruido de tus plumas 
Mis desventuras sumas ; 

Que yo no quiero verte cara á cara, 

Ni que hagas más caso 

De mí, que hasta pasar por mí de paso ; 

O que á tu sombra negra por lo menos, 

Si fueres á otra parte peregrino, 

Se le haga camino 

Por estos ojos de sosiego ajenos. 

Quítame, blando sueño, este desvelo, 

O de él alguna parte, 

Y te prometo, mientras viere el cielo, 
De desvelarme sólo en celebrarte, 

5./. Epístola satírica y censoria 

contra las costumbres presentes de los castellanos , escrita 
al Conde- Duque de Olivares. 

NO he de callar, por más que con el dedo, 
Ya tocando la boca, ó ya la frente, 
Silencio avises ó amenaces miedo. 
134 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

¿ No ha de haber un espíritu valiente ? 
¿ Siempre se ha de sentir lo que se dice ? 
¿ Nunca se ha de decir lo que se siente ? 

Hoy sin miedo que libre escandalice 
Puede hablar el ingenio, asegurado 
De que mayor poder le atemorice. 

En otros siglos pudo ser pecado 
Severo estudio y la verdad desnuda, 

Y romper el silencio el bien hablado. 
Pues sepa quien lo niega y quien lo duda 

Que es lengua la verdad de Dios severo 

Y la lengua de Dios nunca fué muda. 
Son la verdad y Dios, Dios verdadero : 

Ni eternidad divina los separa, 
Ni de los dos alguno fué primero. 

Si Dios á la verdad se adelantara, 
Siendo verdad, implicación hubiera 
En ser y en que verdad de ser dejara. 

La justicia de Dios es verdadera, 

Y la misericordia, y todo cuanto 

Es Dios todo ha de ser verdad entera. 

Señor Excelentísimo, mi llanto 
Ya no consiente márgenes ni orillas : 
Inundación será la de mi canto. 

Ya sumergirse miro mis mejillas, 
La vista por dos urnas derramada 
Sobre las aras de las dos Castillas. 

Yace aquella virtud desaliñada 
Que fué, si rica menos, más temida, 
En vanidad y en sueño sepultada. 

Y aquella libertad esclarecida 
Que en donde supo hallar honrada muerte 
Nunca quiso tener más larga vida. 

"35 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

Y pródiga del alma, nación fuerte 
Contaba por afrentas de los años 
Envejecer en brazos de la suerte. 

Del tiempo el ocio torpe, y los engaños 
Del paso de las horas y del día 
Reputaban los nuestros por extraños. 

Nadie contaba cuánta edad vivía, 
Sino de qué manera : ni aun un hora 
Lograba sin afán su valentía. 

La robusta virtud era señora, 
Y sola dominaba al pueblo rudo ; 
Edad, si mal hablada, vencedora. 

El temor de la mano daba escudo 
Al corazón, que, en ella confiado, 
Todas las armas despreció desnudo. 

Multiplicó en escuadras un soldado 
Su honor precioso, su ánimo valiente, 
De sola honesta obligación armado. 

Y debajo del cielo aquella gente, 

Si no á más descansado, á más honroso 
Sueño entregó los ojos, no la mente. 

Hilaba la mujer para su esposo 
La mortaja primero que el vestido ; 
Menos le vio galán que peligroso. 

Acompañaba el lado del marido 
Más veces en la hueste que en la cama ; 
Sano le aventuró, vengóle herido. 

Todas matronas y ninguna dama, 
Que nombres del halago cortesano 
No admitió lo severo de su fama. 

Derramado y sonoro el Océano 
Era divorcio de las rubias minas 
Que usurparon la paz del pecho humano. 
136 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

Ni los trujo costumbres peregrinas 
El áspero dinero, ni el Oriente 
Compró la honestidad con piedras finas. 

Joya fué la virtud pura y ardiente ; 
Gala el merecimiento y ababanza ; 
Sólo se codiciaba lo decente. 

No de la pluma dependió la lanza, 
Ni el cántabro con cajas y tinteros 
Hizo el campo heredad, sino matanza. 

Y España con legítimos dineros, 
No mendigando el crédito á Liguria, 
Más quiso Jos turbantes que los ceros. 

Menos fuera la pérdida y la injuria 
Si se volvieran Muzas los asientos, 
Que esta usura es peor que aquella furia. 

Caducaban las aves en los vientos, 

Y espiraba decrépito el venado : 
Glande vejez duró en los elementos. 

Que el vientre entonces, bien disciplinado, 
Buscó satisfacción y no hartura, 

Y estaba la garganta sin pecado. 

Del mayor infanzón de aquella pura 
República de grandes hombres, era 
Una vaca sustento y armadura. 

No había venido al gusto lisonjera 
La pimienta arrugada, ni del clavo 
La adulación fragante forastera. 

Carnero y vaca fué principio y cabo, 

Y con rojos pimientos y ajos duros 

Tan bien como el señor comió el esclavo. 

Bebió la sed los arroyuelos puros : 
Después mostraron del carchesio á Baco 
El camino los brindis mal seguros. 

137 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

El rostro macilento, el cuerpo flaco, 
Eran recuerdo del trabajo honroso, 

Y honra y provecho andaban en un saco. 
Pudo sin miedo un español velloso 

Llamar á los tudescos bacchanales, 

Y al holandés hereje y alevoso. 

^ Pudo acusar los celos desiguales 
A la Italia ; pero hoy de muchos modos 
Somos copias, si son originales. 

Las descendencias gastan muchos godos, 
Todos blasonan, nadie los imita, 

Y no son sucesores, sino apodos. 
Vino el betún precioso que vomita 

La ballena ó la espuma de las olas, 
Oue el vicio, no el olor, nos acredita. 

Y quedaron las huestes españolas 
Bien perfumadas, pero mal regidas, 

Y alhajas las que fueron pieles solas. 
Estaban las hazañas mal vestidas, 

Y aun no se hartaba de buriel y lana 
La vanidad de fembras presumidas. 

A la seda pomposa siciliana, 
Que manchó ardiente múrice, el romano 

Y el oro hicieron áspera y tirana. 
Nunca al duro español supo el gusano 

Persuadir que vistiese su mortaja, 
Intercediendo el Can por el verano. 
Hoy desprecia el honor al que trabaja, 

Y entonces fué el trabajo ejecutoria, 

Y el vicio graduó la gente baja. 
Pretende el alentado joven gloria 

Por dejar la vacada sin marido, 

Y de Céres ofende la memoria. 

'38 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

Un animal á la labor nacido 

Y símbolo celoso á los mortales, 
Que á Jove fué disfraz y fué vestido ; 

O ue un tiempo endureció manos reales, 

Y detrás de él los cónsules gimieron, 

Y rumia luz en campos celestiales, 

¿ Por cuál enemistad se persuadieron 
Á que su apocamiento fuese hazaña, 

Y á las mieses tan grande ofensa hicieron ? 

¡ Qué cosa es ver un infanzón de España 
Abreviado en la silla á la gineta, 

Y gastar un caballo en una caña ? 
Que la niñez al gallo le acometa 

Con semejante munición apruebo; 
Mas no la edad madura y la perfeta. 

Ejercite sus fuerzas el mancebo 
En frentes de escuadrones, no en la frente 
Del útil bruto la asta del acebo. 

El trompeta le llame diligente, 
Dando fuerza de ley el viento vano, 

Y al son esté el ejército obediente. 

¡ Con cuánta majestad llena la mano 
La pica, y el mosquete carga el hombro, 
Del que se atreve á ser buen castellano ! 

Con asco entre las otras gentes nombro 
Al que de su persona, sin decoro, 
Más quiere nota dar que dar asombro. 

Gineta y cañas son contagio moro ; 
Restituyanse justas y torneos, 

Y hagan paces las capas con el toro. 
Pasadnos vos de -juegos á trofeos ; 

Que sólo grande rey y buen privado 
Pueden ejecutar estos deseos. 

139 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

Vos, que hacéis repetir siglo pasado 
Con desembarazarnos las personas 

Y sacar á los miembros de cuidado, 
Vos distes libertad con las valonas, 

Para que sean corteses las cabezas, 
Desnudando el enfado á las coronas ; 

Y, pues vos enmendastes las cortezas, 
Dad á la mejor parte medicina : 
Vuélvanse los tablados fortalezas. 

Que la cortés estrella que os inclina 
A privar sin intento y sin venganza, 
Milagro que á la invidia desatina, 

Tiene por sola bienaventuranza 
El reconocimiento temeroso, 
No presumida y ciega confianza. 

Y si os dio el ascendiente generoso 
Escudos, de armas y blasones llenos, 

Y por timbre el martirio glorioso, 
Mejores sean por vos los que eran buenos 

Guz manes, y la cumbre desdeñosa 
Os muestre á su pesar campos serenos. 
Lograd, señor, edad tan venturosa ; 

Y cuando nuestras fuerzas examina 
Persecución unida y belicosa, 

La militar valiente disciplina 
Tenga más / platicantes que la plaza : 
Descansen tela falsa y tela fina. 

Suceda á la marlota la coraza, 

Y si el Corpus con danzas no los pide, 
Velillos y oropel no hagan baza. 

El que en treinta lacayos los divide, 
Hace suerte en el toro y con un dedo 
La hace en él la vara que los mide, 
140 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

Mandadlo así, que aseguraros puedo 
Que habéis de restaurar más que Pelayo, 
Pues valdrá por ejércitos el miedo 
Y os verá el cielo administrar su ravo. 



55. Memoria inmortal 

de don PeUro Girón, Duque de Osuna , muerto en la prisión 

FALTAR pudo su patria al grande Osuna, 
Pero no á su defensa sus hazañas ; 
Diéronle muerte y cárcel las Españas, 
De quien él hizo esclava la fortuna. 

Lloraron sus invidias una á una 
Con las propias naciones las extrañas ; 
Su tumba son de Flándes las campañas, 
Y su epitafio la sangrienta luna. 

En sus exequias encendió al Vesubio 
Parténope, y Trinacria el Mongibelo ; 
El llanto militar creció en diluvio. 

Dióle el mejor lugar Marte en su cielo ; 
La Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio 
Murmuran con dolor su desconsuelo. 



■6. 



YA formidable y espantoso suena 
Dentro del corazón el postrer día, 
Y la última hora, negra y fría, 
Se acerca, de temor y sombras llena. 

Si agradable descanso, paz serena, 
La muerte en traje de dolor envía, 
Señas da su desdén de cortesía : 
Más tiene de caricia que de pena. 

141 



S7- 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

¿ Qué pretende el temor desacordado 
De la que á rescatar piadosa viene 
Espíritu en miserias añudado ? 

Llegue rogada, pues mi bien previene ; 
Hálleme agradecido, no asustado ; 
Mi vida acabe y mi vivir ordene. 

MIRE los muros de la patria mía, 
Si un tiempo fuertes, ya desmoronados, 
De la carrera de la edad cansados, 
Por quien caduca ya su valentía. 

Salíme al campo, vi que el sol bebía 
Los arroyos del hielo desatados ; 

Y del monte quejosos los ganados, 
Que con sombras hurtó su luz al día. 

Entré en mi casa ; vi que amancillada 
De anciana habitación era despojos ; 
Mi báculo más cqwk> y menos fuerte. 

Vencida de la edad sentí mi espada 

Y no hallé cosa en que poner los ojos 
Que no fuese recuerdo de la muerte. 



5<?. Letrilla satírica 

PODEROSO caballero 
E6 don Dinero. 

Madre, yo al oro me humillo 
Él es mi amante y mi amado, 
Pues de puro enamorado, 
De contino anda amarillo ; 
Que pues, doblón ó sencillo, 
Hace todo cuanto quiero, 
142 



f 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

Poderoso caballero 
Es don Dinero. 

Nace en las Indias honrado, 
Donde el mundo le acompaña ; 
Viene á morir en España 

Y es en Genova enterrado. 

Y pues quien Je trae al lado 

Es hermoso, aunque sea fiercL^p 1 ' 
Poderoso caballero 
Es don Dinero. 

Es galán y es como un oro, 
Tiene quebrado el color, 
Persona de gran valor. 
Tan cristiano como moro ; 
Pues que da y quita el decoro 

Y quebranta cualquier fuero, 
Poderoso caballero 

Es don Dinero. 

Son sus padres principales 

Y es de nobles descendiente, 
Porque en las venas de Oriente 
Todas las sangres son reales : 

Y pues es quien hace iguales 
Al duque y al ganadero, 
Poderoso caballero 

Es don Dinero. 

Mas ¿ á quién no maravilla 
Ver en su gloria sin tasa 
Que es lo menos de su casa 
Doña Blanca de Castilla ? 
Pero pues da al baxo silla 

Y al cobarde hace guerrero, 
Poderoso caballero 

143 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

Es don Dinero. 

Sus escudos de armas nobles 
Son siempre^tan principales, 
Que sin sus escudos reales 
No hay escudos de armas dobles ; 

Y pues á los mismos robles 
Dá codicia su minero, 
Poderoso caballero 

Es don Dinero. 

Por importar en los tratos 

Y dar tan buenos consejos, 
En las casas de los viejos 
Gatos le guardan de gatos. 

Y pues él rompe recatos 

Y ablanda al juez más severo, 
Poderoso caballero 

Es don Dinero. 

Y es tanta su majestad 
(Aunque son sus duelos hartos) 
Que con haberle hecho cuartos 
No pierde su autoridad ; 
Pero pues da calidad 
Al noble y al pordiosero, 
Poderoso caballero 
Es don Dinero. 

Nunca vi damas ingratas 
A su gusto y afición, 
Que á las caras de un doblón 
Hacen sus caras baratas. 

Y pues las hace bravatas 
Desde una bolsa de cuero, 
Poderoso caballero 
Es don Dinero. 

144 



IJ 



DON FRANCISCO DE QUEVEDO 

Más valen en cualquier tierra, 
Mirad si es harto sagaz, 
Sus escudos en la paz 
Que rodelas en la guerra. 

Y pues al pobre le entierra 

Y hace propio al forastero, 
Poderoso caballero 
Es don Dinero. 



D. ESTEBAN MANUEL DE VILLEGAS 
j<?. Oda sáfica 

DULCE vecino de la verde selva, 
Huésped eterno del abril florido, 
Vital aliento de la madre Venus, 

Céfiro blando ; 
Si de mis ansias el amor supiste, 
Tú, que las quejas de mi voz llevaste, > 

Oye, no temas, y á mi ninfa dile, 

Dile que muero. 
Filis un tiempo mi dolor sabía ; 
Filis un tiempo mi dolor lloraba ; 
Quísome un tiempo, mas agora temo, 

Temo sus iras. 
Así los dioses con amor paterno, 
Así los cielos con amor benigno, 
Nieguen al tiempo que feliz volares 

Nieve á la tierra. 
Jamás el peso de la nube parda 
Cuando amanece en la elevada cumbre, 
Toque tus hombros ni su mal granizo 

Hiera tus alas. 
S // 145 



<A/v.\ 



J 



^y 



PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA 

6o. / 

ESTAS que fueron pompa y alegría 
Despertando al albor de la mañana, 
A la tarde serán lástima vana 
Durmiendo en brazos de la noche fría. 

Este matiz que ál cielo desafía, 
tf Iris listado de oro* nieve y grana, 

Será escarmiento de la vida humaba : 

¡ Tanto se emprende en término de un día ! 

A florecer las rosas madrugaron, 
Y para envejecerse florecieron : 
Cuna y sepulcro en un botón hallaron. 

Tales los hombres 'sus fortunas vieron : 
En un día nacieron y espiraron ; 
Que pasados los siglos, horas fueron. 

DON ANTONIO MIRA DE MESCUA 

si 

6f. Canción 

UFANO, alegre, altivo, enamorado, 
Rompiendo el aire el pardo jilguerillo, 
Se sentó en los pimpollos de uria haya, 

Y con su pico de marfil nevado 
De su pechuelo blanco y amarillo 
La pluma concertó pajiza y baya ; 

Y celoso se ensaya > 
A discantar én alto contrapunto 
Sus celos y amor junto, 

Y al ramillo, y al prado y á las florea 
Libre y ufano cuenta sus amores. 
Mas ¡ ay ! que en este estado 

146 






DON ANTONIO MIRA DE MESCUA 

El cazador cruel, de astucia armado, 
} Escondido le acecha, 

Y al tierno corazón aguda flecha 
Tira con mano esquiva 

Y envuelto en sangre en tierra lo derriba. 
¡ Ay, vida mal lograda, 

Retrato de mi suerte desdichada ! 

De la custodia del amor materno ***&*" 



a 



El corderillo juguetón se aleja, 
Enamorado de Ja yerba y flores, 

Y por la libertad del pasto tierno 
El candido licor olvida y deja 

Por quien hizo á^u madre mil amores: 

Sin conocer temores, 

De la florida primavera bella 

El vario manto huella 

Con retozos y brincos licenciosos, rí^* 

Y pace tallos tiernos y sabrosos. ' yu^ ] \ 
Mas ¡ ay ! que en un otero 

Dio en la boca de un lobo carnicero, 

Que en partes diferentes 

Lo dividió con sus voraces dientes, 

Y á convertirse vino i \y~ l ' 
En purpúreo el dorado vellocino. 

¡ Oh inocencia ofendida, ^sjt* 

Breve bien, caro pasto, corta vida ! i ^tr» 

Rica con sus penachos y copetes, 
Ufana y loca, con ligero vuelo 
Se remonta la garza á las estrellas, 
Y, puliendo sus negros martinetes, 
Procura ser allá cerca del cielo 
1 ,a reina sola de las aves bellas : 

Y por ser ella de ellas 

147 



DON ANTONIO MIRA DE MESCUA 

La que más altanera se remonta, 

Ya se encubre y trasmonta 

A los ojos del lince más atentos 

Y se contempla reina de los vientos. 
Mas ¡ ay ! que en la alta nube 
El águila la vio y al cielo sube, 
Donde con pico y garra 
El pecho candidísimo desgana 
Del bello airón que quiso 
Volar tan alto con tan corto aviso. 
¡ Ay, pájaro altanero, 
Retrato de mi suerte verdadero ! 

Al son de las belísonas trompetas 

Y al retumbar del sonoroso parche, 
Formo escuadrón el capitán gallardo ; 
Con relinchos, bufidos y corvetas 
Pidió el caballo que la gente marche 
Trocando en paso presuroso el tardo : 
Sonó el clarín bastardo 
La esperada señal de arremetida, 

Y en batalla rompida, 
Teniendo cierta de vencer la gloria, 
Oyó á su gente que cantó victoria. 
Mas ¡ ay ! que el desconcierto 
Del capitán bisQño y poco experto, 
Por no observar el orden 
Causó en su gente general desorden, 
Y, la ocasión perdida, 
El vencedor perdiq, victoria y vida. 
¡ Ay, fortuna voltaria, 
En mis prósperos fines siempre varia ! * 

Al cristalino y mudo lisonjero 
La bella dama en su beldad se goza, 

!4S 



¥■ 



DON ANTONIO MIRA DE MESCUA 

Contemplándose Venus en la tierra, 

Y al más rebelde corazón de acero 
Con su vista enternece y alboroza, 

Y es de las libertades dulce guerra : 
El desamor destierra 

De donde pone sus divinos ojos, 

Y de ellos son despojos \Jr^ 
Los purísimos castos de Diana, i 

Y en su belleza se contempla ufana. *^Q 
Mas ¡ ay ! que un accidente, , r " 
Apenas puso el pulso intercadente, '- ,/ J 

' 1/ Cuando cubrió de manchas, 
\r \p Cárdenas ronchas y viruelas anchas 
jjf El beilo rostro hermoso 

Y lo trocó en horrible y asqueroso. 
¡ Ay, beldad malograda, 

Muerta luz, turbio sol y flor pisada ! 

Sobre frágiles leños, que con alas . 

De lienzo débil de la mar son carros, ^fVf 1 ^ 
El mercader surcó sus claras olas : 
Llegó á la India, y, rico de bengalas, 
Perlas, aromas, nácares bizarros, 
Volvió á ver las riberas españolas. 
Tremoló banderolas, ^h 

Flámulas, estandartes, gallardetes : y-** 
Dio premio á los grumetes 
Por haber descubierto 
De la querida patria el dulce puerto. 
Mas ¡ ay ! que estaba ignoto 
A la experiencia y ciencia del piloto 
En la barra un peñasco, íy 

Donde, tocando de la nave el casco, r^ 
Dio á fondo, hechos mil piezas, 

149 



DON ANTONIO MIRA DE MESCUA 

Mercader, esperanzas y riquezas. 
¡ Pobre bajel, figura 
Del que .anegó irii próspera ventura ! 
Mi pensamiento con ligero vuelo 
Ufano, alegre, altivo, enamorado, 
Sin conocer temores la memoria, 
Se remontó, señora, hasta tu cielo, 

Y contrastando tu desdén airado, 
Triunfó mi amor, cantó mi fe victoria ; 

Y en la sublime gloria 
De esa beldad se contempló mi alma, 

Y el mar de amor 6Ín calma 
Mi navecilla con su viento en popa 
Llevaba navegando á toda ropa. 
Mas ; ay ! que mi contento 
Fué el pajarillo y corderillo exento, 
Fué la garza altanera, 

Fué el capitán que la victoria espera, 
Fué la Venus del mundo, 
Fué la nave del piélago profundo ; 
v'- Pues por diversos modos 

Todos los males padecí de todos. 

Canción, vé á la coluna 
Que sustentó mi próspera fortuna, 

Y verás que si entonces 

Te pareció de mármoles y bronces, 

Hoy es muger ; y en suma 

Breve bien, fácil viento, leve espuma. 



i 



*S° 



DON NICOLÁS F. DE ÍVIORATÍN 

62. Fiesta de toros cu Madrid 

MADRID, castillo famoso 
Que al rey moro alivia el miedo, 
Arde en fiestas en su coso 
Por ser el natal dichoso 
De Alimenón de Toledo. 

Su bravo alcaide Aliatar, 
De la hermosa Zaida amante, 
Las ordena celebrar 
Por si la puede ablandar 
El corazón de diamante. 

Pasó, vencida á sus ruegos, 
Desde Aravaca i Madrid ; 
Hubo pandorgas y fuegos, 
Con otros nocturnos juegos 
Que dispuso el adalid. > 

Y en adargas y colores, 
En las cifras y libreas, 
Mostraron los amadores, 

Y en pendones y preseas, 
La dicha de sus amores. 

Vinieron las moras bellas 
De toda la cercanía, 

Y de lejos muchas de ellas : 
Las más apuestas doncellas 
Que España entonces tenía. 

Aja de Jetafe vino, 

Y Zahara la de Alcorcón, 
En cuyo obsequio muy fino 
Corrió de un vuelo el camino 
El moraicél de Alcabón. 

Jarifa de Almonacid, 

m 



DON NICOLÁS F. DE MORATÍN 

Que de la Alcarria en que habita 
Llevó á asombrar á Madrid 
Su amante Audalla, adalid 
Del castillo de Zorita. 

De Adamud y la famosa 
Meco llegaron allí 
Dos, cada cual más hermosa, 

Y Fátima la preciosa, 
Hija de Alí el alcadí. 

El ancho circo se llena 
De multitud clamorosa, 
Que atiende á ver en Ja arena 
La sangrienta lid dudosa, 

Y todo en torno resuena. 
La bella Zaida ocupó 

Sus dorados miradores 
Que el arte afiligranó, 

Y con espejos y flores 

Y damascos adornó. 
Añafiles y atabales, 

Con militar armonía, 
Hicieron salva, y señales 
De mostrar su valentía 
Los moros más principales. 

No en las vegas de Jarama 
Pacieron la verde grama 
Nunca animales tan fieros, 
Junto al puente que se llama, 
Por sus peces, de Viveros, 

Como los que el vulgo vio 
Ser lidiados aquel día ; 

Y en la fiesta que gozó, 
La popular alegría 

152 



DON NICOLÁS F. DE MORATÍN 

Muchas heridas costó. 
Salió un toro del toril 

Y á Tarfe tiró por tierra, 

Y luego á Benalguacil ; 
Después con Hamete cierra 
El temerón de Conil. 

Traía un ancho listón 
Con uno y otro matiz 
Hecho un lazo por airón, 
Sobre la inhiesta cerviz 
Clavado con un arpón. 

Todo galán pretendía 
Ofrecerle vencedor 
A la dama que servía : 
Por eso perdió Almanzor 
El potro que más quería. 

El alcaide muy zambrero > 

De Guadalajara, huyó 
Mal herido al golpe fiero, 

Y desde un caballo overo 
El moro de Horche cayó. 

Todos miran á Aliatar, 
Que, aunque tres toros ha muerto, 
No se quiere aventurar, 
Porque en lance tan incierto 
El caudillo no ha de entrar. 

Mas viendo se culparía, 
Va á ponérsele delante : 
La fiera le acometía, 

Y sin que el rejón la plante 
Le mató una yegua pía. 

Otra monta acelerado : 
Le embiste el toro de un vuelo 

iS3 



DON NICOLÁS F. DE MORATÍN 

Cogiéndole cntablerado ; 
Rodo el bonete encarnado 
Con las plumas por el suelo. 

Dio yuelta hiriendo y matando 
A los de á pié que encontrara, 
El circo desocupando, 

Y emplazándose, 6e para, 
Con la vista amenazando. 

Nadie se atreve á salir : 
La plebe grita indignada, 
Las damas se quieren ir, 
Porque la fiesta empezada 
No puede ya proseguir. 

Ninguno al riesgo se entrega 

Y está en medio el toro fijo, 
Cuando un portero que llega 
De la puerta de la Vega, 
Hincó la rodilla, y dijo : 

Sobre un caballo alazano, 
Cubierto de galas y oro, 
Demanda licencia urbano 
Para alancear á un toro 
Un caballero cristiano. 

Mucho le pesa á Aliatar ; 
Pero Zaida dio respuesta 
Diciendo que puede entrar, 
Porque en tan solemne fiesta 
Nada se debe negar. 

Suspenso el concurso entero 
Entre dudas se embaraza, 
Cuando en un potro ligero 
Vieron entrar en la plaza 
Un bizarro caballero. 

154 



DON NICOLÁS F. DE MORATÍN 

Sonrosado, albo color, 
Belfo labio, juveniles 
Alientos, inquieto ardor, 
En el florido verdor 
De sus lozanos abriles. 

Cuelga la rubia guedeja 
Por donde el almete sube, 
Cual mirarse tai vez deja 
Del sol la ardiente madeja 
Entre cenicienta nube. 

Gorguera de anchos follajes, 
De una cristiana primores ; 
En el yelmo los plumajes 
Por los visos y celajes 
Vergel de diversas flores. 

En la cuja gruesa lanza, 
Con recamado pendón, , 

Y una cura á ver se alcanza» 
Que es de desesperación, 

Ó á lo menos de venganza. 

En el arzón de la silla 
Ancho escudo reverbera 
Con blasones de Castilla, 

Y el mote dice á la orilla : 
Nunca mi espada venciera. 

Era el caballo galán, 
El bruto más generoso, 
De más gallardo ademán J 
Cabos negros, y brioso, 
Muy tostado, y alazán. 

Larga cola recogida 
En las piernas descarnadas, 
Cabeza pequeña, erguida, 

X55 



DON NICOLÁS F. DE MORATÍN 
Las narices dilatadas. 



Vista feroz y encendida. 

Nunca en el ancho rodeo 
Que da Bétis con tal fruto 
Pudo fingir el deseo 
Más bella estampa de bruto, 
Ni más hermoso paseo. 

Dio la vuelta al rededor ; 
Los ojos que le veían 
Lleva prendados de amor : 
¡ Alah te salve ! decían, 
¡ Déte el Profeta favor ! 

Causaba lástima y grima 
Su tierna edad floreciente : 
Todos quieren que se exima 
Del riesgo, y él solamente 
Ni recela ni se estima. 

Las doncellas, al pasar, 
Hacen de ámbar y alcanfor 
Pebeteros exhalar, 
Vertiendo pomos de olor, 
De jazmines y azahar. 

Mas cuando en medio se para, 

Y de más cerca le mira 

La cristiana esclava Aldara, 
Con su señora se encara, 

Y así la dice, y suspira : 
Señora, sueños no son ; 

Así los cielos, vencidos 
De mi ruego y aflicción, 
Acerquen á mis oidos 
Las campanas de León, 

Como ese doncel, que ufano 
15o 



DON NICOLÁS F. DE MORATÍN 

Tanto asombro viene á dar 
A todo el pueblo africano, 
Es Rodrigo de Vivar, 
El soberbio castellano. 

Sin descubrirle quién es, 
La Zaida desde una almena 
Le habló una noche cortés, 
Por donde se abrió después 
El cubo de la Almudena. 

Y supo que, fugitivo 
De Ja corte de Fernando, 
El cristiano, apenas vivo, 
Está á Jimena adorando 

Y en su memoria cautivo. 
Tal vez á Madrid se acerca 

Con frecuentes correrías 

Y todo en torno la cerca ; 
Observa sus saetías, 
Arroyadas y ancha alberca. 

Por eso Je ha conocido : 
Que en medio de aclamaciones. 
El caballo ha detenido 
Delante de sus balcones, 

Y la saluda rendido. 

La mora se puso en pié 

Y sus doncellas detrás : 
El alcaide que lo ve, 
Enfurecido además, 
Muestra cuan celoso esté. 

Suena un rumor placentero 
Entre el vulgo de Madrid : 
No habrá mejor caballero, 
Dicen, en el mundo entero, 

i57 



DON NICOLÁS F. DE MORATÍN 

Y algunos le llaman Cid. 
Crece la algazara, y él, 

Torciendo las riendas de oro, 
Marcha al combate cruel : 
Alza el galope, y al toro 
Busca en sonoro tropel. 

El bruto se le ha encarado 
Desde que le vio llegar, 
De tanta gala asombrado, 

Y al rededor le ha observado 
Sin moverse de un lugar* 

Cual flecha se disparó 
Despedida de la cuerda, 
De tal suerte le embistió ; 
Detrás de la oreja izquierda 
La aguda lanza le hirió. 

Brama la fiera burlada ; 
Segunda vez acomete, 
De espuma y sudor bañada, 

Y segunda vez la mete 
Sutil la punta acerada. 

Pero ya Rodrigo espera 
Con heroico atrevimiento, 
El pueblo mudo y atento : 
Se engalla el toro y altera, 

Y íinje acometimiento. 

La arena escarba ofendido, 
Sobre la espalda la arroja 
Con el hueso retorcido ; 
El suelo huele y le moja 
En ardiente resoplido. 

La cola inquieto menea, 
La diestra oreja mosquea, 
158 



DON NICOLÁS F. DE MORATÍN 

Váse retirando atrás, 
Para que la fuerza sea 
Mayor, y el ímpetu más. 

El que en ésta ocasión viera 
De Zaida el rostro alterado, 
Claramente conociera 
Cuanto le cuesta cuidado 
El que tanto riesgo espera. 

Mas ¡ ay, que le embiste horrendo 
El animal espantoso ! 
Jamás peñasco tremendo 
Del Cáucaso cavernoso 
Se desgaja estrago haciendo, 

Ni llama así fulminante 
Cruza en negra oscuridad 
Con relámpagos delante, 
Al estrépito tronante ' 

De sonora tempestad, 

Como el bruto se abalanza 
Con terrible ligereza ; 
Mas rota con gran pujanza 
La alta nuca, la fiereza 

Y el último aliento lanza. 
La confusa vocería 

Que en tal instante se oyó 
Fué tanta, que parecía 
Que honda mina reventó, 
Ó el monté y valle se hundía. 

A caballo como estaba 
Rodrigo, el lazo alcanzó 
Con que el tofO se adornaba : 
En sü lanZa le clavó 

Y á los balcones llegaba. 

i59 



DON NICOLÁS F. DE MORATÍN 

Y alzándose en los estribos, 
Le alarga á Zaida, diciendo : 
Sultana, aunque bien entiendo 
Ser favores excesivos, 

Mi corto don admitiendo ; 

Si no os dignáredes ser 
Con él benigna, advertid 
Que á raí me basta saber 
Que no le debo ofrecer 
A otra persona en Madrid. 

Ella, el rostro placentero, 
Dijo, y turbada : señor, 
Yo le admito y le venero, 
Por conservar el favor 
De tan gentil caballero. 

Y besando el rico don, 
Para agradar al doncel, 
Le prende con afición 
Al lado del corazón 

Por brinquiño y por joyel. 
Pero Aliatar el caudillo 
De envidia ardiendo se ve, 
Y, trémulo y amarillo, 
Sobre un tremecén rosillo 
Lozaneándose fué. 

Y en ronca voz : castellano, 
Le dice : con más decoros 
Suelo yo dar de mi mano, 

Si no penachos de toros, 
Las cabezas del cristiano. 

Y si vinieras de guerra 
Cual vienes de fiesta y gala, 
Vieras que en toda la tierra, 

1 6o 



DON NICOLÁS F. DE MORATÍN 

Al valor que dentro encierra 
Madrid, ninguno se iguala. 

Así, dijo el de Vivar, 
Respondo ; y la lanza al ristre 
Pone, y espera á Aliatar ; 
Mas sin que nadie administre 
Orden, tocaron á armar. 

Ya fiero bando con gritos 
Su muerte ó prisión pedía, 
Cuando se oyó en los distritos 
Del monte de Leganitos 
Del Cid la trompetería. 

Entre la Monclova y Soto 
Tercio escogido emboscó, 
Que, viendo como tardó, 
Se acerca, oyó el alboroto, 

Y al muro se abalanzó. 

Y si no vieran salir 
Por la puerta á su señor, 

Y Zaida á le despedir, 
Iban la fuerza á embestir : 
Tal era ya su furor. 

El alcaide, recelando 
Que en Madrid tenga partido, 
Se templó disimulando, 

Y por el parque florido 
Salió con él razonando. 

Y es fama que, á la bajada, 
Juró por Ja cruz el Cid 

De su vencedora espada 
De no quitar la celada 
Hasta que gane á Madrid. 

S 12 xtt 



DON GASPAR M. DE JOVELLANOS 

63. Epístola de Faino á Anfriso 
Descripción del Paular 

Credibile est Mi numen inesse loco 
— Ovidius 

DESDE el oculto y venerable asilo 
Do la virtud austera y penitente 
Vive ignorada y, del liviano mundo 
Huida, en santa soledad se esconde, 
El triste Fabio al venturoso Anfriso 
Salud en versos flébiles envía. 
Salud le envía á Anfriso, al que inspirado 
De las mantuanas musas, tal vez suele 
Al grave son de su celeste canto 
Precipitar del viejo Manzanares 
El curso perezoso : tal suave 
Suele ablandar con amorosa lira 
La altiva condición de sus zagalas. 
¡Pluguiera á Dios, oh Anfriso, que el cuitado 
A quien no dio la suerte tal ventura 
Pudiese huir del mundo y sus peligros ! 
¡ Pluguiera á Dios, pues ya con su barquilla 
Logro arribar á puerto tan seguro. 
Que esconderla supiera en este abrigo, 
Á tanta luz y ejemplos enseñado ! 
Huyera así la furia tempestuosa 
De los contrarios vientos, los escollos, 
Y las fieras borrascas tantas veces 
Entre sustos y lágrimas corridas. 
Así también del mundanal tumulto 
Lejos, y en estos montes guarecido, 
162 



DON GASPAR M. DE JOVELLANOS 

Alguna vez gozara del reposo, 

Que hoy desterrado de su pecho vive. 

Mas ¡ ay de aquel que hasta en el santo asilo 
De la virtud arrastra la cadena, 
La pesada cadena con que el mundo 
Oprime á sus esclavos ! ¡ Ay del triste 
En cuyo oído suena con espanto, 
Por esta oculta soledad rompiendo, 
De su señor el imperioso grito ! 

Busco en estas moradas silenciosas 
El reposo y la paz que aquí se esconden, 

Y sólo encuentro la inquietud funesta 
Que mis sentidos y razón conturba. 

Busco paz y reposo, pero en vano 
Los busco ¡ oh caro Anfriso ! que estos dones, 
Herencia santa que al partir del mundo 
Dejo Bruno en sus hijos vinculada, 
Nunca en profano corazón entraron 
Ni á los parciales del placer se dieron. 

Conozco bien que, fuera de este asilo, 
Sólo me guarda el mundo sinrazones, 
Vanos deseos, duros desengaños, 
Susto y dolor ; empero todavía 
A entrar en él no puedo resolverme. 
No puedo resolverme, y despechado 
Sigo el impulso del fatal destino 
Que á muy más dura esclavitud me guía. 
Sigo su fiero impulso, y llevo siempre 
Por todas partes los pesados grillos 
Que de la ansiada libertad me privan. 

De afán y angustia el pecho traspasado, 
Pido á la muda soledad consuelo 

Y con dolientes quejas la importuno. 

163 



DON GASPAR M. DE JOVELLANOS 

Salgo ai ameno valle, subo al monte, 
Sigo del claro río Jas corrientes, 
Busco la fresca y deleitosa sombra, 
Corro por todas partes, y no encuentro 
En parte alguna la quietud perdida. 

¡ Ay, Anfriso, ¡ qué escenas á mis ojos, 
Cansados de llorar, presenta el cielo ! 
Rodeado de frondosos y altos montes 
Se extiende un valle, que de mil delicias 
Con sabia mano ornó naturaleza. 
Pártele en dos mitades, despeñado 
De las vecinas rocas, el Lozoya, 
Por su pesca famoso y dulces aguas. 
Del claro río sobre el verde margen 
Crecen frondosos álamos, que al cielo 
Ya erguidos alzan las plateadas copas, 
O ya, sobre las aguas encorvados, 
En mil figuras miran con asombro 
Su forma en los cristales retratada. 
De la siniestra orilla un bosque umbrío 
Hasta la falda del vecino monte 
Se extiende : tan ameno y delicioso 
Que le hubiera juzgado el gentilismo 
Morada de algún dios, ó á los misterios 
De las silvanas Dríadas guardado. 

Aquí encamino mis inciertos pasos, 
Y en su recinto umbrío y silencioso, 
Mansión la más conforme para un triste, 
Entro á pensar en mi cruel destino. 
La grata soledad, la dulce sombra, 
El aire blando y el silencio mudo, 
Mi desventura y mi dolor adulan. 
No alcanza aquí del padre de las luces 
164 



DON GASPAR M. DE JOVELLANOS 

El rayo acechador, ni su reflejo 
Viene á cubrir de confusión el rostro 
De un infeliz en su dolor sumido. 
El canto de las aves no interrumpe 
Aquí tampoco la quietud de un triste, 
Pues sólo de la viuda tortolilla 
Se oye tal vez el lastimero arrullo, 
Tal vez el melancólico trinado 
De la angustiada y dulce Filomena. 
Con blando impulso el céfiro suave, 
Las copas de los árboles moviendo, 
Recrea el alma con el manso ruido, 
Mientras al dulce soplo desprendidas 
Las agostadas hojas, revolando, 
Bajan en lentos círculos al suelo, 
Cúbrenle en torno, y la frondosa pompa 
Que al árbol adornara en primavera, 
Yace marchita y muestra los rigores 
Del abrasado estío y seco otoño. 

¡ Así también de juventud lozana 
Pasan, oh Anfriso, las livianas dichas ! 
Un soplo de inconstancia, de fastidio, 
O de capricho femenil las tala 
Y lleva por el aire, cual las hojas 
De los frondosos árboles caídas. 
Ciegos empero, y tras su vana sombra 
De contino exhalados, en pos de ellas 
Corremos hasta hallar el precipicio 
Do nuestro error y su ilusión nos guían. 
Volamos en pos de ellas como suele 
Volar á la dulzura del reclamo 
Incauto el pajarillo : entre las hojas 
EJ preparado visco le detiene : 

165 



DON GASPAR M. DE JOVELLANOS 

Lucha cautivo por huir, y en vano, 
Porque un traidor, que en asechanza atisba, 
Con mano infiel la libertad le roba 

Y á muerte le condena ó cárcel dura. 

¡ Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos 
Un pronto desengaño corrió el velo 
De la ciega ilusión ! ¡ Una y mil veces 
Dichoso el solitario penitente 
Que, triunfando del mundo y de sí mismo, 
Vive en la soledad libre y contento ! 
Unido á Dios por medio de la santa 
Contemplación, le goza ya en la tierra, 

Y retirado en su tranquilo albergue 
Observa reflexivo los milagros 
De la naturaleza, sin que nunca 
Turben el susto ni el dolor su pecho. 

Regálanle las aves con su canto, 
Mientras la aurora sale refulgente 
A cubrir de alegría y luz el mundo. 
Nácele siempre el sol claro y brillante, 

Y nunca á él levanta conturbados 
Sus ojos, ora en el oriente raye, 
Ora, del cielo á la mitad subiendo, 
En pompa guíe el reluciente carro ; 
Ora con tibia luz, más perezoso, 

Su faz esconda en los vecinos montes. 
Cuando en las claras noches cuidadoso 
Vuelve desde los santos ejercicios, 
La plateada luna en lo más alto 
Del cielo mueve la luciente rueda 
Con augusto silencio, y recreando 
Con blando resplandor su humilde vista, 
Eleva su razón, y la dispone 
166 



DON GASPAR M. DE JOVELLANOS 

Á contemplar la alteza y la inefable 
Gloria del Padre y Criador del mundo. 
Libre de los cuidados enojosos 
Que en los palacios y dorados techos 
Nos turban de contino, y entregado 
Á la inefable y justa Providencia, 
Si al breve sueño alguna pausa pide 
De sus santas tareas, obediente 
Viene á cerrar sus párpados el sueño 
Con mano amiga, y de su lado ahuyenta 
El susto y las fantasmas de la noche. 
¡ Oh suerte venturosa, á los amigos 
De la virtud guardada ! ¡ Oh dicha, nunca 
De los tristes mundanos conocida ! 
¡ Oh monte impenetrable ! ¡ Oh bosque umbrío ! 
¡ Oh valle deleitoso ! ¡ Oh solitaria, 
Taciturna mansión ! ¡ Oh, quién, del alto 

Y proceloso mar del mundo huyendo 
Á vuestra santa calma, aquí seguro 
Vivir pudiera siempre, y escondido ! 

Tales cosas revuelvo en mi memoria 
En esta triste soledad sumido. 
Llega en tanto la noche, y con su manto 
Cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces 
A los medrosos claustros. De una escasa 
Luz el distante y pálido reflejo 
Guía por ellos mis inciertos pasos ; 

Y en medio del horror y del silencio, 
¡ Oh fuerza del ejemplo portentosa ! 
Mi corazón palpita, en mi cabeza 

Se erizan los cabellos, se estremecen 
Mis carnes, y discurre por mis nervios 
Un súbito rigor que los embarga. 

107 



DON GASPAR M. DE JOVELLANOS 

Parece que oigo que del centro oscuro 
Sale una voz tremenda que, rompiendo 
El eterno silencio, así me dice : 
«Huye de aquí, profano ; tú, que llevas 
«De ideas mundanales lleno el pecho, 
«Huye de esta morada, do se albergan 
«Con la virtud humilde y silenciosa 
«Sus escogidos : huye, y no profanes 
«Con tu planta sacrilega este asilo.» 
De aviso tal al golpe confundido, 
Con paso vacilante voy cruzando 
Los pavorosos tránsitos, y llego 
Por íin á mi morada, donde ni hallo 
El ansiado reposo, ni recobran 
La suspirada calma mis sentidos. 
Lleno de congojosos pensamientos 
Paso la triste y perezosa noche 
En molesta vigilia, sin que llegue 
Á mis ojos el sueño, ni interrumpan 
Sus regalados bálsamos mi pena. 
Vuelve por fin con la rosada aurora 
La luz aborrecida, y en pos de ella 
El claro día á publicar mi llanto 
Y dar nueva materia al dolor mío. 



DON JUAN MELENDEZ VALDES 



64.. Rosana en los fuegos 

DEL sol llevaba la lumbre, 
Y la alegría del alba, 
En sus celestiales ojos 
168 



DON JUAN MELENDEZ VALDES 

La hermosísima Rosana, 
Una noche que á los fuegos 
Salió la fiesta de Pascua 
Para abrasar todo el valle 
En mil amorosas ansias. 
Por do quiera que camina 
Lleva tras sí la mañana, 

Y donde se vuelve rinde 
La libertad de mil almas. 
El céfiro la acaricia 

Y mansamente la halaga, 
Los Amores la rodean 

Y las Gracias la acompañan. 

Y ella, así como en el valle 
Descuella la altiva palma 
Cuando sus verdes pimpollos 

Hasta las nubes levanta ; > 

Ó cual vid de fruto llena 
Que con el olmo se abraza, 

Y sus vastagos extiende 
Al arbitrio de las ramas ; 
Así entre sus compañeras 
El nevado cuello alza, 
Sobresaliendo entre todas 
Cual fresca rosa entre zarzas. 
Todos los ojos se lleva 
Tras sí, todo lo avasalla ; 
De amor mata á los pastores 

Y de envidia á las zagalas. 
Ni las músicas se atienden, 
Ni se gozan las lumbradas ; 
Que todos corren por verla 

Y al verla todos se abrasan. 

169 



DON JUAN MELÉNDEZ VALDÉS 

¡ Qué de suspiros se escuchan ! 
¡ Qué de vivas y de salvas ! 
No hay zagal que no la admire 

Y no se esmere en loarla. 
Cuál absorto la contempla 

Y á la aurora la compara 
Cuando más alegre sale 

Y el cielo de su albor baña ; 
Cuál al fresco y verde aliso 
Que crece al margen del agua, 
Cuando más pomposo en hojas 
En su cristal se retrata ; 

Cuál á la luna, si muestra 
Llena su esfera de plata, 

Y asoma por los collados 
De luceros coronada. 
Otros pasmados la miran 

Y mudamente la alaban, 

Y cuanto más la contemplan 
Muy más hermosa la hallan. 
Que es como el cielo su rostro 
Cuando en la noche callada 
Brilla con todas sus luces 

Y los ojos embaraza. 

¡ Ay, qué de envidias se encienden ! 
¡ Ay, qué de celos que causa 
En las serranas del Tórmes 
Su perfección sobrehumana ! 
Las más hermosas la temen, 
Mas sin osar murmurarla ; 
Que como el oro más puro 
No sufre una leve mancha, 
Bien haya tu gentileza, 
170 



DON JUAN MELENDEZ VALDES 

Una y mil veces bien haya, 

Y abrase la envidia al pueblo, 
Hermosísima aldeana. 
Toda, toda eres perfecta, 
Toda eres donaire y gracia, 
El amor vive en tus ojos 

Y la gloria está en tu cara. 
La libertad me has robado, 
Yo la doy por bien robada, 
Mas recibe el don benigna 
Qui mi humildad te consagra. 
Esto un zagal la decía 

Con razones mal formadas, 
Que salió libre á los fuegos 

Y volvió cautivo á casa. 

Y desde entonces perdido 

El día á sus puertas le halla ; > 

Ayer le cantó esta letra 
Echándole la alborada : 

Linda zagaleja 
De cuerpo gentil, 
Muérome de amores 
Desde que te vi. 

Tu talle, tu aseo, 
Tu gala y donaire, 
No tienen, serrana, 
Igual en el valle. 
Del cielo son ellos 

Y tú un serafín : 
Muérome de amores 
Desde que te vi. 

De amores me muero, 
Sin que nada baste 

x 7 x 



DON JUAN MELÉNDEZ VALDÉS 

A darme la vida 
Que allá te llevaste, 
Si ya no te dueles 
Benigna de mí ; 
Que muero de amores 
Desde que te vi. 



DON LEANDRO F. DE MORATÍN 

65. Elegía á las Musas 

ESTA corona, adorno de mi frente, 
Esta sonante lira y flautas de oro 
Y máscaras alegres, que algún día 
Me disteis, sacras Musas, de mis manos 
Trémulas recibid, y el canto acabe, 
Que fuera osado intento repetirle. 
He visto ya cómo Ja edad ligera, 
Apresurando á no volver las horas, 
Robó con ellas su vigor al numen. 
Sé que negáis vuestro favor divino 
Á la cansada senectud, y en vano 
Fuera implorarle ; pero en tanto, bellas 
Ninfas, del verde Pindó habitadoras, 
No me neguéis que os agradezca humilde 
Los bienes que os debi. Si pude un día, 
No indigno sucesor de nombre ilustre, 
Dilatarle famoso, á vos fué dado 
Llevar al fin mi atrevimiento. Solo 
Pudo bastar vuestro amoroso anhelo 
Á prestarme constancia en los afanes 
Que turbaron mi paz, cuando insolente 



DON LEANDRO F. DE MORATÍN 

Vano saber, enconos y venganzas, 
Codicia y ambición, la patria mía 
Abandonaron á civil discordia. 

Yo vi del polvo levantarse audaces, 
A dominar y perecer, tiranos : 
Atropellarse efímeras las leyes, 

Y llamarse virtudes los delitos. 

Vi las fraternas armas nuestros muros 
Bañar en sangre nuestra, combatirse, 
Vencido y vencedor hijos de España, 

Y el trono desplomándose al vendido 
ímpetu popular. De las arenas 

Que el mar sacude en la fenicia Gades, 
A las que el Tajo lusitano envuelve 
En oro y conchas, uno y otro imperio, 
Iras, desorden esparciendo y luto, 
Comunicarse el funeral estrago. > 

Así cuando en Sicilia el Etna ronco 
Revienta incendios, su bifronte cima 
Cubre el Vesubio en humo denso y llamas, 
Turba el Averno sus calladas ondas ; 

Y allá del Tibre en la ribera etrusca 
Se estremece la cúpula soberbia 

Que al Vicario de Cristo da sepulcro. 

¿ Quién pudo en tanto horror mover el plectro 
¿ Quién dar al verso acordes armonías, 
Oyendo resonar grito de muerte ? 
Tronó la tempestad : bramó iracundo 
El huracán, y arrebató á los campos 
Sus frutos, su matiz : la rica pompa 
Destrozó de los árboles sombríos : 
Todas huyeron tímidas las aves 
Del blando nido, en el espanto mudas ; 

i73 



DON LEANDRO F. DE MORATÍN 

No más trinos de amor. Así agitaron 
Los tardos años mi existencia, y pudo 
Sólo en región extraña el oprimido 
Ánimo hallar dulce descanso y vida. 
Breve será ; que ya la tumba aguarda 

Y sus mármoles abre á recibirme ; 
Ya los voy á ocupar... Si no es eterno 
El rigor de los hados, y reservan 

A mi patria infeliz mayor ventura, 
Dénsela presto, y mi postrer suspiro 
Será por ella... Prevenid en tanto 
Flébiles tonos, enlazad coronas 
De ciprés funeral, Musas celestes ; 

Y donde á las del mar sus aguas mezcla 
El Garona opulento, en silencioso 
Bosque de lauros y menudos mirtos, 
Ocultad entre flores mis cenizas. 



DON MANUEL MARÍA DE ARJONA 
66. La diosa del bosque 

¡ OH, si bajo estos árboles frondosos 
Se mostrase la célica hermosura 
Que vi algún día en inmortal dulzura 
Este bosque bañar ! 

Del cielo tu benéfico descenso 
Sin duda ha sido, lúcida belleza : 
Deja, pues, diosa, que mi grato incienso 
Arda sobre tu altar. 

Que no es amor mi tímido alborozo, 
Y me acobarda el rígido escarmiento, 

174 



DON MANUEL MARÍA DE ARJONA 

Que ¡ oh Piritoo ! condeno tu intento 
Y tu intento, Ixíón. 
Lejos de mí sacrilega osadía : 
Bástame que con plácido semblante 
Aceptes, diosa, á mis anhelos pía, 

Mi ardiente adoración. 
Mi adoración y el cántico de gloria 
Que de mí el Pindó atónito ya espera : 
Baja tú á oirme de la sacra esfera 

j Oh radiante deidad ! 

Y tu mirar más nítido y suave, 
He de cantar, que fúlgido lucero ; 

Y el limpio encanto que infundirnos sabe 
Tu dulce majestad. 
De pureza jactándose natura, 
Te ha formado del candido rocío 
Que sobre el nardo al apuntar de estío j 

La aurora derramó ; 

Y excelsamente lánguida retrata 
El rosicler pacífico de Mayo 

Tu alma : Favonio su frescura grata 
A tu hablar trasladó. 
¡ Oh imagen perfectísima del orden 
Que liga en lazos fáciles el mundo, 
Sólo en los brazos de la paz fecundo, 
Sólo amable en la paz ! 
En vano con espléndido aparato 
Finge el arte solícito grandezas : 
Natura vence con sencillo ornato 
Tan altivo disfraz. 
Monarcas, que los pérsicos tesoros 
Ostentáis con magnífica porfía, 
Copiad el brillo de un sereno día 

i75 



DON MANUEL MARÍA DE ARJONA 

Sobre el azul del mar : 
Ó copie estudio de émula hermosura 
De mi deidad el mágico descuido ; 
Antes veremos la estrellada altura 

Los hombres escalar. 
Tú, mi verso, en magnánimo ardimiento 
Ya las alas del céfiro recibe, 
Y al pecho ilustre en que tu numen vive 
Vuela, vuela veloz ; 
Y en los erguidos álamos ufana 
Penda siempre esta cítara, aunque nueva ; 
Que ya á sus ecos hermosura humana 

No ha de ensalzar mi voz. 



DON ALBERTO LISTA 

6?. Al Sueño 

El himno del desgraciado 

« El grande y el pequeño 
Iguales son lo que les dura el sueño. » 

DESCIENDE á mí, consolador Morfeo, 
Único dios que imploro, 
Antes que muera el esplendor febeo 
Sobre las playas del adusto moro. 

Y en tu regazo el importuno día 
Me encuentre aletargado, 
Cuando triunfante de la niebla umbría 
Asciende al trono del cénit dorado. 

Pierda en la noche y pierda en la mañana 
Tu caima silenciosa 
176 



DON ALBERTO LISTA 

Aquel feliz que en lecho de oro y grana 
Estrecha al seno la adorada esposa. 

Y el que halagado con los dulces dones 
De Pluto y de Citéres, 
Las que á la tarde fueron ilusiones, 
Á la aurora verá ciertos placeres. 

No halle jamás la matutina estrella 
En tus brazos rendido 
Al que bebió en los labios de su bella 
El suspiro de amor correspondido. 

j Ah ! déjalos que gocen. Tu presencia 
No turbe su contento ; 
Que es perpetua delicia su existencia 

Y un siglo de placer cada momento. 
Para ellos nace, el orbe colorando, 

La sonrosada aurora, 

Y el ave sus amores va cantando, 

Y la copia de Abril derrama Flora. 
Para ellos tiende su brillante velo 

La noche sosegada, 

Y de trémula luz esmalta el cielo, 

Y da al amor la sombra deseada. 

Si el tiempo del placer para el dichoso 
Huye en veloz carrera, 
Une con breve y plácido reposo 
Las dichas que ha gozado á las que espera. 

Mas ¡ ay ! á un alma del dolor guarida 
Desciende ya propicio ; 
Cuanto me quites de la odiosa vida, 
Me quitaras de mi inmortal suplicio. 

¿ De qué me sirve el súbito alborozo 
Que á la aurora resuena, 
Si al despertar el mundo para el gozo, 
S 13 177 



DON ALBERTO LISTA 

Sólo despierto yo para la pena? 

¿ De qué el ave canora, ó la verdura 
Del prado que florece, 
Si mis ojos no miran su hermosura, 

Y el universo para mí enmudece ? 

El ámbar de la vega, el blando ruido, 
Con que el raudal se lanza, 
¿,Qué son ¡ ay ! para el triste que ha perdido, 
Ultimo bien del hombre, la esperanza ? 

Girará en vano, cuando el sol se ausente, 
La esfera luminosa ; 
En vano, de almas tiernas confidente, 
Los campos bañará la luna hermosa. 

Esa blanda tristeza que derrama 
Á un pecho enamorado, 
Si su tranquila amortiguada llama 
Resbala por las faldas del collado, 

No es para un corazón de quien ha huido 
La ilusión lisonjera, 
Cuando pidió, del desengaño herido, 
Su triste antorcha á la razón severa. 

Corta el hilo á mi acerba desventura, 
Oh tú, sueño piadoso ; 
Que aquellas horas que tu imperio dura 
Se iguala el infeliz con el dichoso. 

Ignorada de sí yazca mi mente, 

Y muerto mi sentido ; 

Empapa el ramo, para herir mi frente, 
En las tranquilas aguas del olvido. 
De la tumba me iguale tu beleño 
Á la ceniza yerta, 

Sólo ¡ ay de mí ! que del eterno sueño, 
Mas felice que yo, nunca despierta. 
178 



DON ALBERTO LISTA 

Ni aviven mi existencia interrumpida 
Fantasmas voladores, 
Ni los sucesos de mi amarga vida 
Con tus pinceles lánguidos colores. 

No me acuerdes cruel de mi tormento 
La triste imagen fiera ; 
Bástale su malicia al pensamiento, 
Sin darle tú el puñal para que hiera. 

Ni me halagues con pérfidos placeres, 
Que volarán contigo ; 
Y el dolor de perderlos cuando huyeres 
De atreverme á gozar será el castigo. 

Deslízate callado, y encadena 
Mi ardiente fantasía ; 
Que asaz libre será para la pena 
Cuando me entregues á la luz del día. 

Vén, termina la mísera querella 
De un pecho acongojado. 
¡ Imagen de la muerte ! después de ella 
Eres el bien mayor del desgraciado. 



DON MANUEL JOSÉ QUINTANA 

68. A España^ después de la revolución 
de Marzo 

¿ QUE era, decidme, la nación que un día 
Reina del mundo proclamó el destino, 
La que á todas las zonas extendía 
Su cetro de oro y su blasón divino ? 
Volábase á occidente, 

179 



DON MANUEL JOSÉ QUINTANA 

Y el vasto mar Atlántico sembrado 
Se hallaba de su gloria y su fortuna. 
Do quiera España : en el preciado seno 
De América, en el Asia, en los confines 
Del África, allí España. El soberano 
Vuelo de la atrevida fantasía 

Para abarcarla se cansaba en vano ; 
La tierra sus mineros le rendía, 
Sus perlas y coral el Océano. 

Y donde quier que revolver sus olas 
El intentase, á quebrantar su furia 
Siempre encontraba costas españolas. 

Ora en el cieno del oprobio hundida, 
Abandonada á la insolencia agena, 
Como esclava en mercado, ya aguardaba 
La ruda argolla y la servil cadena. 
¡ Qué de plagas, oh Dios ! Su aliento impuro 
La pestilente fiebre respirando, 
Infesto el aire, emponzoñó la vida ; 
La hambre enflaquecida 
Tendió sus brazos lívidos, ahogando 
Cuanto el contagio perdonó ; tres veces 
De Jano el templo abrimos, 

Y á la trompa de Marte aliento dimos ; 
Tres veces ¡ ay ! Los dioses tutelares 
Su escudo nos negaron, y nos vimos 
Rotos en tierra y rotos en los mares. 

¿ Qué en tanto tiempo viste 
Por tus inmensos términos, oh Iberia ? 
¿ Qué viste ya sino funesto luto, 
Honda tristeza, sin igual miseria, 
De tu vil servidumbre acerbo fruto ? 
Así, rota la vela, abierto el lado, 
1 8o 



DON MANUEL JOSÉ QUINTANA 

Pobre bajel á naufragar camina, 

De tormenta en tormenta despeñado, 

Por los yermos del mar ; ya ni en su popa 

Las guirnaldas se ven que antes le ornaban, 

Ni en señal de esperanza y de contento 

La flámula riendo al aire ondea. 

Cesó en su dulce canto el pasajero, 

Ahogó su vocerío 

El ronco marinero, 

Terror de muerte en torno le rodea, 

Terror de muerte silencioso y frío ; 

Y él va á estrellarse al áspero bajío. 

Llega el momento, en ím ; tiende su mano 
El tirano del mundo al occidente, 

Y fiero exclama : « El occidente es mío.» 
Bárbaro gozo en su ceñuda frente 
Resplandeció, como en el seno oscuro 
De nube tormentosa en el estío 
Relámpago fugaz brilla un momento 
Que añade horror con su fulgor sombrío. 
Sus guerreros feroces 

Con gritos de soberbia el viento llenan ; 
Gimen los yunques, los martillos suenan, 
Arden las forjas. ¡ Oh vergüenza ! : Acaso 
Pensáis que espadas son para el combate 
Las que mueven sus manos codiciosas? 
No en tanto os estiméis : grillos, esposas, 
Cadenas son que en vergonzosos lazos 
Por siempre amarren tan inertes brazos. 

Estremecióse España 
Del indigno rumor que cerca oía, 

Y al grande impulso de su justa saña 
Rompió el volcán que en su interior hervía. 

181 



DON MANUEL JOSÉ QUINTANA 

Sus déspotas antiguos 
Consternados y pálidos se esconden ; 
Resuena el eco de venganza en torno, 

Y del Tajo las márgenes responden : 

« ¡ Venganza ! » ¿ Dónde están, sagrado río, 
Los colosos de oprobio y de vergüenza 
Que nuestro bien en su insolencia ahogaban ? 
Su gloria fué, nuestro esplendor comienza ; 

Y tú, orgulloso y fiero, 

Viendo que aun hay Castilla y castellanos, 
Precipitas al mar tus rubias ondas, 
Diciendo : «Ya acabaron los tiranos.» 

¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡ Oh celestial momento! 
¿ Con que puede ya dar el labio mío 
El nombre augusto de la patria al viento ? 
Yo le daré ; mas no en el arpa de oro 
Que mi cantar sonoro 
Acompañó hasta aquí ; no aprisionado 
En estrecho recinto, en que se apoca 
El numen en el pecho 

Y el aliento fatídico en la boca. 
Desenterrad la lira de Tirteo, 

Y al aire abierto, á la radiante lumbre 
Del sol, en la alta cumbre 

Del riscoso y pinífero Fuenfría, 

Allí volaré yo, y allí cantando 

Con voz que atruene en derredor la sierra, 

Lanzaré per los campos castellanos 

Los ecos de la gloria y de la guerra. 

¡ Guerra, nombre tremendo, ahora sublime, 
Único asilo y sacrosanto escudo 
Al ímpetu sañudo 

Del fiero Atila que á occidente oprime ! 
182 



DON MANUEL JOSÉ QUINTANA 

¡ Guerra, guerra, españoles ! En el Bétis 
Ved del Tercer Fernando alzarse airada 
La augusta sombra ; su divina frente 
Mostrar Gonzalo en la imperial Granada ; 
Blandir el Cid su centellante espada, 

Y allá sobre los altos Pirineos, 
Del hijo de Jimena 

Animarse los miembros giganteos. 
En torvo ceño y desdeñosa pena 
Ved cómo cruzan por los aires vanos ; 

Y el valor exhalando que se encierra 
Dentro del hueco de sus tumbas frías, 

En fiera y ronca voz pronuncian : « ¡ Guerra 

¡ Pues qué ! ¿ Con faz serena 
Vierais los campos devastar opimos, 
Eterno objeto de ambición agena, 
Herencia inmensa que afanando os dimos ? > 
Despertad, raza de héroes : el momento 
Llegó ya de arrojarse á la victoria ; 
Que vuestro nombre eclipse nuestro nombre, 
Que vuestra gloria humille nuestra gloria. 
No ha sido en el gran día 
El altar de la patria alzado en vano 
Por vuestra mano fuerte. 
Juradlo, ella os lo manda : / Antes la muerte 
Que consentir jamás ningún tirano /» 

Sí, yo lo juro, venerables sombras ; 
Yo lo juro también, y en este instante 
Ya me siento mayor. Dadme una lanza, 
Ceñidme el casco fiero y refulgente ; 
Volemos al combate, á la venganza ; 

Y el que niegue su pecho á la esperanza, 
Hunda en el polvo la cobarde frente. 

183 



DON MANUEL JOSÉ QUINTANA 

Tal vez el gran torrente 

De la devastación en su carrera 

Me llevará. ¿ Qué importa ? ¿ Por ventura 

No se muere una vez r ¿ No iré, espirando, 

A encontrar nuestros ínclitos mayores ? 

« í Salud, oh padres de la patria mía, 

Yo les diré, salud ! La heroica España 

De entre el estrago universal y honores 

Levanta la cabeza ensangrentada, 

Y vencedora de su mal destino, 

Vuelve á dar á la tierra amedrentada 

Su cetro de oro v su blasón divino.» 



DON JUAN NICASIO GALLEGO 

69. Elegía 

á la 
Muerte de la Duquesa de Frías 

AL sonante bramido 
Del piélago feroz que el viento ensaña 
Lanzando atrás del Turia la corriente ; 
En medio al denegrido 
Cerco de nubes que de Sirio empaña 
Cual velo funeral la roja frente ; 
Cuando el cárabo oscuro 
Ayes despide entre la breña inculta, 
Y á tardo paso soñoliento Arturo 
En el mar de occidente se sepulta ; 
A los mustios reflejos 
Con que en las ondas alteradas tiembla 
184 



DON JUAN NICASIO GALLEGO 

De moribunda luna el rayo frío, 

Daré del mundo y de ios hombres lejos 

Libre rienda al dolor del pecho mío. 

Sí, que al mortal á quien del hado el ceño 
A infortunios sin término condena, 
Sobre su cuello misero cargando 
De uno en otro eslabón larga cadena, 
No en jardin halagüeño, 
Ni al puro ambiente de apacible aurora 
Soltar conviene el lastimero canto 
Con que al cielo importuna. 
Solitario arenal, sangrienta luna 

Y embravecidas olas acompañen 
Sus lamentos fatídicos ¡ Oh lira 

Que escenas sólo de aflicción recuerdas ; 
Lira que ven mis ojos con espanto 

Y á recorrer tus cuerdas 

Mi ya trémula mano se resiste ! 

Ven, lira del dolor. ¡Piedad no existe! 

¡ No existe, y vivo yo ! ¡ No existe aquella 
Gentil, discreta, incomparable amiga, 
Cuya presencia sola 
El tropel de mis penas disipaba ? 
¿ Cuándo en tal hermosura alma tan bella 
De la corte española 
Más digno fué y espléndido ornamento ? 
¡ Y aquel mágico acento 
Enmudeció por siempre, que llenaba 
De inefable dulzura el alma mía ! 

Y ¡ qué ! fortuna impía, 

¿ Ni su postrer adiós oir me dejas ? 
¿ Ni de su esposo amado 
Templar el llanto y las amargas quejas ? 

185 



DON JUAN NICASIO GALLEGO 

¿ Ni el estéril consuelo 

De acompañar hasta el sepulcro helado 

Sus pálidos despojos ? 

¿ Ay ! Derramen sin duelo 

Sangre mi corazón, llanto mis ojos. 

? Por qué, por qué á la tumba, 
Insaciable de victimas, tu amigo 
Antes que tú no descendió, Señora ? 
¿ Por qué al menos contigo 
La memoria fatal no te llevaste 
Que es un tormento irresistible ahora ? 
¿ Qué mármol hay que pueda 
En tan acerba angustia los aciagos 
Recuerdos resistir del bien perdido í 
Aun resuena en mi oido 
El espantoso obús lanzando estragos, 
Cuando mis ojos ávidos te vieron 
Por la primera vez. Cien bombas fueron 
A tu arribo marcial salva triunfante. 
Con inmóvil semblante 
Escucho amedrentado el son horrendo 
De los globos mortíferos, en torno 
Del leño frágil á tus pies cayendo, 

Y el agua que á su empuje se encumbraba 

Y hasta las altas grímpolas saltaba. 

El dulce soplo de Favonio en tanto 
Las velas hinche del bajel ligero, 
Sin que salude con festivo canto 
La suspirada costa el marinero. 
Ardiendo de la patria en fuego santo, 
Insensible al horror del bronce fiero, 
Fijar te miro impávida y serena 
La planta breve en la menuda arena. 

186 



DON JUAN NICASIO GALLEGO 

j Salve, oh Deidad ! — del gaditano muro 
Grita la muchedumbre alborozada ; 
¡ Salve, oh Deidad ! — de gozo enajenada 
La ruidosa marina 
Que á tí se agolpa y el batel rodea ; 
Y al cielo sube el aclamar sonoro 
Como al aplauso del celeste coro 
Salió del mar la hermosa Citerea. 

Absortas contemplaron 
El fuego de tus ojos 
Las bellas ninfas de la bella Gades ; 
Absortas te envidiaron 
El pié donoso y la mejilla pura, 
El vivo esmalte de tus labios rojos, 
El albo seno y la gentil cintura. 
Yo te miraba atónito : no empero 
Sentí en el alma el pasador agudo 
De bastarda pasión ; que á dicha pudo 
Del honor y el deber la ley severa 
Ser á mi pecho impenetrable escudo. 
Mas : quién el homenaje 
De afecto noble, de amistad sincera 
Cual yo te tributó, cuando el tesoro 
De tu divino ingenio descubría, 
Que en cuerpo tan gallardo relucía 
Como rico brillante en joya de oro ? 
¡ Cuántas, ay, qué apacibles 
Horas en dulces pláticas pasadas 
Bétis me viera de tu voz pendiente ! 
¡ Cuántas en las calladas 
Florestas de Aranjuez el eco blando 
Detuvo el paso á la tranquila fuente ; 
Ya el primor ensalzando 

187 



DON JUAN NICASIO GALLEGO 

Que al fragante clavel las hojas riza 

Y la ancha cola del pavón matiza ; 
Ya la varia fortuna 

Del cetro godo y del laurel romano ; 

Ó el poder sobrehumano 

Que de un soplo derroca 

Del alto solio al triunfador de Jena 

Y con duras amarras le encadena, 
Como al antiguo Encelado, á una roca. 

Pero otro don magnífico, sublime, 
Más alto que el ingenio y la hermosura, 
Debiste al Criador, vivaz destello 
De su lumbre inmortal, alma ternura. 
¿ Cuándo, cuándo al gemido 
Negó del infeliz oro tu mano, 
Ayes tu corazón ? El escondido 
Volcan que decoroso 
Tu noble aspecto revelaba apenas, 
Un infortunio, un rasgo generoso, 
Un sacrificio heroico hervir hacía. 
Entonces agitado 
Tu rostro angelical resplandecía 
De más purpúreo rosicler cubierto : 
Del seno relevado 

La extraña conmoción, el entreabierto 
Labio, las refulgentes 
Ráfagas de tus ojos 

Que entre los anchos párpados brillaban, 
Las lágrimas ardientes 
Que á tus negras pestañas asomaban, 
El gesto, el ademan, los mal seguros 
Acentos, la expresión ... ¡Ah ! Nunca, nunca 
Tan insigne modelo 
188 



DON JUAN NICASIO GALLEGO 

De estro feliz, de inspiración divina 

Mostró Casandra en Jos dardanios muros 

Ni en las lides olímpicas Corina. 

Y sólo al santo fuego 

De un pecho tan magnánimo pudiera 

Deber tu amigo el aire que respira. 

Sólo á tu blando ruego 

La Amistad se vistiera 

Máscara y formas del Amor su hermano. 

; Quién sino tú, señora, 

Dejando inquieta Ja mullida pluma 

Antes que el frío tálamo la Aurora, 

Entrar osara en Ja mansión del crimen? 

¿ Quien sino tú del duro carcelero, 

Menos al son del oro empedernido 

Que al eco de los míseros que gimen, 

Quisiera el ceño soportar ? Perdona, 

Cara Piedad, que mi indiscreta musa 

Publique al mundo tan heroico ejemplo, 

Y que mi gratitud cuelgue en el templo 
De la santa Amistad digna corona. 

En el mezquino lecho 
De cárcel solitaria 
Fiebre lenta y voraz me consumía, 
Cuando sordo á mis quejas 
Rayaba apenas en las altas rejas 
El perezoso albor del nuevo dia. 
De planta cautelosa 
Insólito rumor hiere mi oido ; 
Los vacilantes ojos 
Clavo en la ruda puerta estremecido 
Del súbito crujir de sus cerrojos, 

Y el repugnante gesto 

189 



DON JUAN NICASIO GALLEGO 

Del fiero alcaide mi atención excita, 
Que hacia mí sin cesar su mano agita 
Con labio mudo y sonreír funesto. 
Salto del lecho, y sígole azorado, 
Cruzando los revueltos corredores 
De aquella triste y lóbrega caverna 
Hasta un breve recinto iluminado 
De moribunda y fúnebre linterna. 

Y á par que por oculto 
Tránsito desparece 
Como visión fantástica el cerbero, 
De nuevo extraño bulto, 
Sombra confusa, que se acerca y crece, 
La angustia dobla de mi horror primero. 
Mas ¡ cuál mi asombro fué cuando improvisa 
A la pálida luz mi vista errante 
Los bellos rasgos de Piedad divisa 
Entre los pliegues del cendal flotante ! 
« ¿ Porqué, por qué benigna, » 
Clamé bañado en llanto de alborozo, 
«Osas pisar, Señora, 
« Esta morada indigna 
«Que tu respeto y tu virtud desdora ? 
« ¡ Ah ! si á la fuerza del inmenso gozo, 
«Del placer celestial que el alma oprime, 
«Hoy á tus plantas espirar consigo, 
«Mi fiebre, mi prisión, mi fin bendigo.» 

«A este oscuro aposento 
«No á que de pena 6 de placer espires 
« La voz de la amistad mis pasos guía, 
«Sino á esforzar tu desmayado aliento 
«Contra los golpes de la suerte impía. 
«Su cuello al susto y la congoja doble 
190 



DON JUAN NICASIO GALLEGO 

«El que del crimen en su pecho sienta 
«El punzante aguijón ; que al alma noble 
«Do la inocencia plácida se anida, 
«Ni el peso de los grillos la atormenta, 
«Ni el son de los cerrojos la intimida. 
«Recobra, amigo caro, 
«La esperanza marchita 
«Y el digno esfuerzo del varón constante. 
«Pronto será que el astro rutilante, 
«Que jamás estas bóvedas visita, 
«De la calumnia vil triunfar te vea : 
«Mi fausto anuncio tu consuelo sea.» 

«Serálo, sí ; lo juro ; 
«Y aunque ese llanto que tu rostro inunda 
«Vaticinio tan próspero desmiente, 
«No me hará de fortuna el torvo ceño 
«Fruncir las cejas ni arrugar la frente ; 
«Que el dichoso mortal á quien risueño 
«Mira el destino...» No acabé ! A deshora 
La aciaga voz del carcelero escucho, 
Diciendo : «es tarde ; baste ya, Señora.» 

« ; Adiós ! ¡ adiós ! Del vulgo malicioso 
«Que al despuntar del sol sacude el sueño 
«Temo el labio mordaz. ¡ Adiós te queda ! » 
« Aguarda » . . . « ¡ Adiós !» ... Y en soledad sumido 
Oigo ¡ ay de mí ! del caracol torcido 
Barrer las gradas la crujiente seda. 
¡ Oh digno, oh generoso 
Dechado de amistad ! ¡ Oh alegre día ! 
¿ Y en dónde estás, en dónde, 
Ángel consolador, Duquesa amada, 
Que no te mueve ya la angustia mía ? 
¡ Gran Dios, y ni responde 

191 



DON JUAN NICASIO GALLEGO 

De su esposo infeliz al caro acento, 

Aunque en la tumba helada 

Lágrimas de dolor vierte á raudales ! 

¡ Ni de su triste huérfana el lamento, 

Con ambos brazos al sepulcro asida, 

Ablanda sus entrañas maternales ! 

¡ Oh dulces prendas de su amor ! Al mármol 

En vano importunáis. Hará el rocío 

Del venidero Abril que al campo vuelva 

La verde pompa que abraso el estío ; 

Mas no esperéis que el túmulo sombrío 

La devorada víctima devuelva, 

Ni á sus profundos huecos 

Otra respuesta oir que sordos ecos. 

En él de bronce y oro, 
ínclito vate 1 , entallarán cinceles 
Vuestro heroico blasón, entretejiendo 
Con 6us antiguas palmas tus laureles... 
¡ Inútil afanar ! La sien ceñida 
De adelfa y mirto, pulsará tu mano 
La dolorosa cítara, moviendo 
El orbe todo á compasión...; En vano ! 
Resonarán con ellas 
Mis gemidos simpáticos, y el coro 
De cuantos cisnes tu infortunio inspira 
Alzar podrá á su gloria 
Noble trofeo en canto peregrino. 
Mas ¡ ay ! ¿ podrá su lira 
Forzar las puertas del Edén divino 
Y el diente ensangrentado 
Del áspid arrancar en tí clavado ? 

1 El Duque de Frías. 
192 



DON JUAN NICASIO GALLEGO 

A más alto poder, mísero amigo, 
Los ojos torna y el clamor dirige 
Que entre sollozos lúgubres exhalas. 
Al Ser inmenso que los orbes rige, 
En las rápidas alas 

De ferviente oración remonta el vuelo. 
Yo elevaré contigo 

Mis tiernos votos, y al gemir de aquella, 
Que en mis brazos creció, candida niña, 
Trasunto vivo de tu esposa bella, 
Dará benigno el cielo 
Paz á su madre, á tu aíHicción consueloo 
Sí ; que hasta el solio del Eterno llega 
El ardiente suspiro 
De quien con puro corazón le ruega, 
Como en su templo santo el humo sube > 
Del balsámico incienso en vaga nube. 



DON JUAN MARÍA MAURY 
yo. La timidez 

A las- márgenes alegres 
Que el Guadalquivir fecunda, 
Y adonde ostenta pomposo 
El orgullo de su cuna, 

Vino Rosal ba, sirena 
De los mares que tributan 
A España, entre perlas y oro, 
Peregrinas hermosuras. 

Más festiva que las auras, 
Más ligera que la espuma, 
S 14 193 



DON JUAN MARÍA MAURY 

Hermosa como los cielos, 
Gallarda como ninguna, 

Con el hechicero adorno 
De tantas bellezas juntas, 
No hay corazón que no robe, 
Ni quietud que no destruya. 

Así Rosalba se goza, 
Mas la que tanto procura 
Avasallar libertrdes, 
Al cabo empeña la suya. 

Lisardo, joven amable, 
Sobresale entre la turba 
De esclavos que por Rosalba 
Sufren de amor la coyunda. 

Tal vez sus floridos años 
No bien de la edad adulta 
Acaban de ver cumplida 
La primavera segunda. 

Aventajado en ingenio, 
Rico en bienes de fortuna, 
Dichoso, en fin, si supiera 
Que audacias amor indulta, 

Idólatra más que amante, 
Con adoración profunda, 
Á Rosalba reverencia, 

Y deidad se la figura. 
Un día alcanza otro día 

Sin que su amor le descubra ; 
El respeto le encadena 

Y ella su respeto culpa. 
Bien á Lisardo sus ojos 

Dijeran que más presuma ; 
Pero él, comedido amante, 
194 



DON JUAN MARÍA MAURY 

O los huye 6 no los busca. 
Perdido y desconsolado, 
Una noche en que natura 
A meditación convida 
Con su pompa taciturna, 

Mientras el disco mudable, 
En que ceñirse acostumbra, 
Entre celajes de nácar 
Esconde tímida luna ; 

Al margen del sacro río 
La inocente suerte acusa, 
Y asi fatiga los aires 
Con endechas importunas: 
«Baja tu vuelo 
Amor altivo, 
Mira que al cielo 
Osado va ; 
Buscas en vano 
Correspondencia ; 
Amor insano, 
Déjame ya. 

«Déjame el alma 
Que otra vez libre 
Plácida calma 
Vuelva á tener : 
¡ Qué digo, necio ! 
El cielo sabe 
Si más aprecio 
Mi padecer. 

«Gima y padezca. 
Una esperanza 
Sin que merezca 
Á mi. deidad ; 

195 



DON JUAN MARÍA MAURY 

Sin que le pida 
Jamás el premio 
De mi perdida 
Felicidad. 

«Tímida boca, 
Nunca le digas 
La pasión loca 
Del corazón, 
Adonde oculto 
Está su templo, 

Y ofrenda y culto 
Lágrimas son.» 

Más dijera, pero el llanto, 
En que sus ojos abundan, 
Le interrumpe, y las palabras 
En la garganta se anudan. 

Cuando junto á la ribera, 
En un valle donde muchas 
Del árbol grato á Minerva 
Opimas ramas se cruzan, 

Suave cuanto sonora, 
Lisardo otra voz escucha, 
Que, enamorando los ecos 
Tales acentos modula : 

«Prepara el ensayo 
De más atractivos 
La rosa en los vivos 
Albores de Mayo : 

«Si al férvido rayo 
Su cáliz expone, 
Que el sol la corone 
En premio ha logrado, 

Y es reina del prado 
196 



DON JUAN MARÍA MAURY 



Y amor de D 



íone. 



« ¡ Oh fuente ! En eterno 
Olvido quedaras 
Si no te lanzaras 
Del seno materno ; 

«Tal vez el invierno 
Tu curso demora, 
Mas tú, vencedora, 
Burlando las nieves, 
A tu ímpetu debes 
Los besos de Flora. 

«Y tú, que en dolores 
Consumes los años, 
Autor de tus daños 
Por vanos temores, 

«En pago de amores 
No temas enojos, ' 

Enjuga los ojos ; 
Que el dios que te hiere 
Más culto no quiere 
Que audacias y arrojos. » 
Rayo son estas palabras 
Que al ciego joven alumbran, 
Quien su engaño reconoce 

Y la voz que las pronuncia. 

Y al valle se arroja, adonde 
Testigos de su ventura 
Fueron las amigas sombras 
De la noche y selva muda ; 

Mas muda la selva en vano 

Y en vano la sombra oscura ; 
No sufre orgullosa Venus 
Que sus victorias se encubran. 

197 



DON JUAN MARÍA MAURY 

Lo que celaron los ramos 
Las cortezas lo divulgan, 
Que en ellas dulces memorias 
Con emblemas perpetúan. 

Las Náyades en los troncos 
La fe y amor que se juran 
Leyeron, y ruborosas 
Se volvieron á sus urnas. 



DON JOSÉ JOAQUÍN DE MORA 

y i. El Estío 

HERMOSA fuente que al vecino río 
Sonora envías tu cristal undoso, 

Y tú, blanda cual sueño venturoso, 
Yerba empapada en matinal rocío : 

Augusta soledad del bosque umbrío 
Que da y protege el álamo frondoso, 
Amparad de verano riguroso 
Al inocente y fiel rebaño mío. 

Que ya el suelo feraz de la campiña 
Selló Julio con planta abrasadora 

Y su verdura á marchitar empieza ; 
Y alegre ve la pampanosa viña 

En sus yemas la savia bienhechora 
Nuncio feliz de la otoñal riqueza. 



198 



DON ANDRÉS BELLO 
72. La agricultura de la zona tórrida 

¡ SALVE, fecunda zona, 
Que al sol enamorado circunscribes 
El vago curso, y cuanto ser se anima 
En cada vario clima, 
Acariciada de su luz, concibes ! 
Tú tejes al verano su guirnalda 
De granadas espigas ; tú la uva 
Das á la hirviente cuba : 
No de purpúrea flor, ó roja, ó gualda 
A tus florestas bellas 
Falta matiz alguno ; y bebe en elias 
Aromas mil el viento ; 

Y greyes van sin cuento 
Paciendo tu verdura, desde el llano 
Que tiene por lindero el horizonte, 
Hasta el erguido monte, 

De inaccesible nieve siempre cano. 
Tú das la caña hermosa, 
De do la miel se acendra, 
Por quien desdeña el mundo los panales ; 
Tú en urnas de coral cuajas la almendra 
Que en la espumante jicara rebosa : 
Bulle carmín viviente en tus nopales, 
Que afrenta fuera al múrice de Tiro ; 

Y de tu añil la tinta generosa 
Emula es de la lumbre del zafiro ; 
El vino es tuyo, que la herida agave 
Para los hijos vierte 

Pd Anáhuac feliz ; y la hoja es tuya 

Que cuando de suave 

Humo en espiras vagorosas huya, 

199 



DON ANDRÉS BELLO 

Solazará el fastidio al ocio inerte. 
Tú vistes de jazmines 
El arbusto sabeo, 

Y el perfume le das que en los Festines 
La fiebre insana templará á Lieo. 
Para tus hijos la procera palma 

Su vario feudo cría, 

Y el ananás sazona su ambrosía : 
Su blanco pan la yuca, 

Sus rubias pomas la patata educa, 

Y el algodón despliega al aura leve 
Las rosas de oro y el vellón de nieve. 
Tendida para tí la fresca parcha 

En enramadas de verdor lozano, 
Cuelga de sus sarmientos trepadores 
Nectareos globos y franjadas flores ; 

Y para tí el maíz, jefe altanero 

De la espigada tribu, hinche su grano ; 

Y para tí el banano 

Desmaya al peso de su dulce carga ; 

El banano, primero 

De cuantos concedió bellos presentes 

Providencia á las gentes 

Del Ecuador feliz con mano larga. 

No ya de humanas artes obligado 

El premio rinde opimo : 

No es á la podadera, no al arado 

Deudor de su racimo ; 

Escasa industria bástale, cual puede 

Hurtar á sus fatigas mano esclava : 

Crece veloz, y cuando exhausto acaba, 

Adulta prole en torno le sucede. 



DON ANDRÉS BELLO 

Mas ¡ oh ! si cual no cede 
El tuyo, fértil zona, á suelo alguno, 

Y como de natura esmero ha sido, 
De tu indolente habitador lo fuera. 
¡ Oh ! ¡ Si al falaz ruido 

La dicha al fin supiese verdadera 
Anteponer, que del umbral le llama 
Del labrador sencillo, 
Lejos del necio y vano 
Fausto, el mentido brillo, 
El ocio pestilente ciudadano. 
¿ Por qué ilusión funesta 
Aquellos que fortuna hizo señores 
De tan dichosa tierra y pingüe y varia, 
Al cuidado abandonan 

Y á la fé mercenaria 
Las patrias heredades, 

Y en el ciego tumulto se aprisionan 
De míseras ciudades, 

Do la ambición proterva 
Sopla la llama de civiles bandos, 
Ó al patriotismo la desidia enerva ; 
Do el lujo las costumbres atosiga, 

Y combaten los vicios 

La incauta edad en poderosa liga ? 

No allí con varoniles ejercicios 

Se endurece el mancebo á la fatiga ; 

Mas la salud estraga en el abrazo 

De pérfida hermosura, 

Que pone en almoneda los favores ; 

Mas pasatiempo estima 

Prender aleve en casto seno el fuego 

De ilícitos amores ; 



DON ANDRÉS BELLO 

O embebecido le hallará la aurora 
En mesa infame de ruinoso juego. 
En tanto á la lisonja seductora 
Del asiduo amador fácil oido 
Da la consorte : crece 
En la materna escuela 
De la disipación y el galanteo 
La tierna virgen, y al delito espuela 
Es antes el ejemplo que el deseo. 
¿ Y será que se formen de este modo 
Los ánimos heroicos denodados 
Que fundan y sustentan los Estados ? 
¿De la algazara del festín beodo, 
O de los coros de liviana danza, 
La dura juventud saldrá, modesta, 
Orgullo de la patria y esperanza ? 
¿ Sabrá con firme pulso 

De la severa ley regir el freno, 
Brillar en torno aceros homicidas 
En la dudosa lid verá sereno, 

Ó animoso hará frente al genio altivo 

Del engreído mando en la tribuna, 

Aquel que ya en la cuna 

Durmió al arrullo del cantar lascivo, 

Que riza el pelo, y se unge y se atavía 

Con femenil esmero, 

Y en indolente ociosidad el día, 

O en criminal lujuria pasa entero ? 

No así trató la triunfadora Roma 

Las artes de la paz y de la guerra ; 

Antes fió las riendas del Estado 

A la mano robusta 

Que tostó el sol y encalleció el arado : 



DON ANDRÉS BELLO 

Y bajo el techo humoso campesino 
Los hijos educó, que el conjurado 
Mundo allanaron al valor latino. 

¡ Oh ! ¡Los que afortunados poseedores 
Habéis nacido de la tierra hermosa 
En que reseña hacer de sus favores, 
Como para ganaros y atraeros, 
Quiso naturaleza bondadosa, 
Romped el duro encanto 
Que os tiene entre murallas prisioneros. 
El vulgo de las artes laborioso, 
El mercader que, necesario al lujo, 
Al lujo necesita, 

Los que anhelando van tras el señuelo 
Del alto cargo y del honor ruidoso, , 

La grey de aduladores parásita, 
Gustosos pueblen ese infecto caos ; 
El campo es vuestra herencia : en él gózaos. 
¿ Amáis la libertad ? El campo habita : 
No allá donde el magnate 
Entre armados satélites se mueve, 

Y de la moda, universal señora, 
Va la razón al triunfal carro atada, 

Y á la fortuna la insensata plebe, 

Y el noble al aura popular adora. 

¿ Ó la virtud amáis ? ¡ Ah ! ¡ Que el retiro, 

La solitaria calma 

En que, juez de sí misma, pasa el alma 

A las acciones muestra, 

Es de la vida la mejor maestra ! 

¿ Buscáis durables goces, 

Felicidad, cuanta es al hombre dada 

203 



DON ANDRÉS BELLO 

Y á su terreno asiento, en que vecina 

Está la risa al llanto, y siempre ¡ ah ! siempre, 

Donde halaga la flor, punza la espina ? 

Id á gozar la suerte campesina ; 

La regalada paz, que ni rencores, 

Al labrador, ni envidias acibaran ; 

La cama que mullida le preparan 

El contento, el trabajo, el aire puro ; 

Y el sabor de los fáciles manjares, 
Que dispendiosa gula no le aceda ; 

Y el asilo seguro 

De sus patrios hogares 

Que á la salud y ai regocijo hospeda. 

El aura respirad de la montaña, 

Que vuelve al cuerpo laso 

El perdido vigor, que á la enojosa 

Vejez retarda el paso, 

Y el rostro á la beldad tiñe de rosa. 
¿ Es allí menos blanda por ventura 

De amor la llama, que templo el recato ? 
¿ O menos aficiona la hermosura 
Que de extranjero ornato 

Y afeites impostores no se cura ? 

¿ Ó el corazón escucha indiferente 

El lenguaje inocente 

Que los afectos sin disfraz expresa 

Y á la intención ajusta la promesa ? 
No del espejo al importuno ensayo 
La risa se compone, el paso, el ge:;to ; 
No falta allí carmín al rostro honesto 
Que la modestia y la salud colora, 

Ni la mirada que lanzó al soslayo 
Tímido amor, la senda al alma ignora. 
204 



DON ANDRÉS BELLO 

¿ Esperaréis que forme 

Más venturosos lazos himeneo, 

Do el interés barata, 

Tirano del deseo, 

Ajena mano y fé por nombre ó plata, 

Que do conforme gusto, edad conforme, 

Y elección libre, y mutuo ardor los ata ? 

Allí también deberes 
Hay que llenar : cerrad, cerrad las hondas 
Heridas de la guerra : el fértil suelo, 
Áspero ahora y bravo, 
Al desacostumbrado yugo torne 
Del arte humana y le tribute esclavo. 
Del obstruido estanque y del molino 
Recuerden ya las aguas el camino : 
El intrincado bosque el hacha rompa, 
Consuma el fuego : abrid en luengas calles 
La obscuridad de su infructuosa pompa. 
Abrigo den los valles 
A la sedienta caña ; 
La manzana y la pera 
En la fresca montaña 
El cielo olviden de su madre España ; 
Adorne la ladera 
El cafetal ; ampare 
A la tierna teobroma en la ribera 
La sombra maternal de su bucare : 
Aquí el vergel, allá la huerta ría... 
¿ Es ciego error de ilusa fantasía ? 
Ya dócil á tu voz, agricultura, 
Nodriza de las gentes, la caterva 
Servil armada va de corvas hoces ; 

205 



DON ANDRÉS BELLO 

Miróla ya que invade la espesura 

De la floresta opaca ; oigo Jas voces ; 

Siento el rumor confuso, el hierro suena ; 

Los golpes el lejano 

Eco redobla ; gime el ceibo anciano, 

Que á numerosa tropa 

Largo tiempo fatiga : 

Batido de cien hachas se estremece, 

Estalla al fin, y rinde el ancha copa. 

Huyó la fiera ; deja el caro nido, 

Deja la prole implume 

El ave, y otro bosque no sabido 

De los humanos, va á buscar doliente.., 

¿ Qué miro ? Alto torrente 

De sonorosa llama 

Corre, y sobre las áridas ruinas 

De la postrada selva se derrama. 

El raudo incendio á gran distancia brama, 

Y el humo en negro remolino sube, 
Aglomerando nube sobre nube. 

Ya de lo que antes era 

Verdor hermoso y fresca lozanía, 

Solo difuntos troncos, 

Sólo cenizas quedan, monumento 

De la dicha mortal, burla del viento. 

Mas al vulgo bravio 

De las tupidas plantas montaraces 

Sucede ya el fructífero plantío 

En muestra ufana de ordenados haces. 

Ya ramo á ramo alcanza 

Y á los rollizos tallos hurta el día : 
Ya la primera flor desvuelve el seno, 
Bello á la vista, alegre á la esperanza : 
206 



DON ANDRÉS BELLO 

A la esperanza, que riendo enjuga 
Del fatigado agricultor la frente, 

Y allá á lo lejos el opimo fruto 

Y la cosecha apañadora pinta, 
Que lleva de los campos el tributo, 
Colmado el cesto, y con la falda en cinta : 

Y bajo el peso de los largos bienes 
Con que al colono acude, 

Hace crujir los vastos almacenes. 

¡ Buen Dios ! no en vano sude, 
Mas á merced y compasión te mueva 
La gente agricultura 
Del Ecuador, que del desmayo triste 
Con renovado aliento vuelve ahora, 

Y tras tanta zozobra, ansia, tumulto, 
Tantos años de fiera 
Devastación y militar insulto, 

Aun más que tu clemencia antigua implora. 

Su rústica piedad, pero sincera, 

Halle á tus ojos gracia : no el risueño 

Porvenir que las penas le aligera, 

Cual de dorado sueño 

Visión falaz, desvanecido llore : 

Intempestiva lluvia no maltrate 

El delicado embrión : el diente impío 

Del insecto roedor no lo devore : 

Sañudo vcndabal no lo arrebate, 

Ni agote al árbol el materno jugo 

La calorosa sed de largo estío. 

Y pues al fin te plugo, 
Arbitro de la suerte soberano, 

Que 6uelto el cuello de extranjero yugo 

207 



DON ANDRÉS BELLO 

Erguiese al cielo el hombre americano, 
Bendecida de tí se arraigue y medre 
Su libertad ; en el más hondo encierra 
De los abismos la malvada guerra, 

Y el miedo de la espada asoladora 
Al suspicaz cultivador no arredre 
Del arte bienhechora, 

Que las familias nutre y los Estados : 

La azorada inquietud deje las almas, 

Deje la triste herrumbre los arados. 

Asaz de nuestros padres malhadados 

Expiamos la bárbara conquista. 

¿ Cuántas doquier la vista 

No asombran erizadas soledades, 

Do cultos campos fueron, do ciudades ? 

De muertes, proscripciones, 

Suplicios, orfandades, 

¿ Quién contará la pavorosa suma ? 

Saciadas duermen ya de sangre ibera 

Las sombras de Atahualpa y Moteczuma. 

; Ah ! Desde el alto asiento 

En que escabel te son alados coros 

Que velan en pasmado acatamiento 

La faz ante la lumbre de tu frente 

(Si merece por dicha una mirada 

Tuya la sin ventura humana gente), 

El ángel nos envía, 

El ángel de la paz, que al crudo ibero 

Haga olvidar la antigua tiranía, 

Y acatar reverente el que á los hombres 
Sagrado diste, imprescriptible fuero ; 
Que alargar le haga al injuriado hermano 

( ¡ Ensangrentóla asaz ! ) la diestra inerme ; 
208 



DON ANDRÉS BELLO 

Y si la innata mansedumbre duerme, 
La despierte en el pecho americano. 
El corazón lozano 

Que una feliz obscuridad desdeña, 
Que en el azar sangriento del combate 
Alborozado late, 

Y codicioso de poder ó fama, 
Nobles peligros ama ; 
Baldón estime sólo y vituperio 

El prez que de la patiia no reciba, 
La libertad más dulce que el imperio, 

Y más hermosa que el laurel la oliva. 
Ciudadano el soldado, 

Deponga de la guerra la librea : 

El ramo de victoria 

Colgado al ara de la patria sea, 

Y sola adorne al mérito la gloria. 
De su triunfo entonces patria mía, 
Verá la paz el suspirado día ; 

La paz, á cuya vista el mundo llena 
Alma, serenidad y regocijo, 
Vuelve alentado el hombre á la faena, 
Alza el ancla la nave, á las amigas 
Auras encomendándose animosa, 
Enjámbrase el taller, hierve el cortijo, 

Y no basta la hoz á las espigas. 

¡ Oh jóvenes naciones, que ceñida 
Alzáis sobre el atónito Occidente 
De tempranos laureles la cabeza ! 
Honrad al campo, honrad la simple vida 
Del labrador y su frugal llaneza. 
Así tendrán en vos peipetuamente 
o 15 209 



DON ANDRÉS BELLO 

La libertad morada, 

Y freno la ambición, y la ley templo. 

Las gentes á la senda 

De la inmortalidad, ardua y fragosa, 

Se animarán, citando vuestro ejemplo. 

Lo emulará celosa 

Vuestra posteridad, y nuevos nombres 

Añadiendo la fama 

A los que ahora aclama, 

" Hijos son éstos, hijos 

(Pregonará á los hombres) 

De los que vencedores superaron 

De los Andes la cima : 

De los que en Boyacá, los que en la arena 

De Maipo y en Junín, y en la campaña 

Gloriosa de Apurima, 

Postrar supieron al kór de España. 

DON JOSÉ MARÍA HEREDIA 
7J. Niágara 

DADME mi lira, dádmela: que siento 
En mi alma estremecida y agitada 
Arder la inspiración, j Oh ! ¡ cuánto tiempo 
En tinieblas pasó, sin que mi frente 
Brillase con su luz ! ...Niágara undoso, 
Sola tu faz sublime ya podría 
Tornarme el don divino, que ensañada 
Me robó del dolor la mano impía. 

Torrente prodigioso, calma, acalla 
Tu trueno aterrador : disipa un tanto 

9ÍS 



DON JOSÉ MARÍA HEREDIA 

Las tinieblas que en torno te circundan, 

Y déjame mirar tu faz serena, 

Y de entusiasmo ardiente mi alma llena. 
Yo digno soy de contemplarte : siempre, 
Lo común y mezquino desdeñando, 
Ansié por lo terrífico y sublime. 

Al despeñarse el huracán furioso, 
Al retumbar sobre mi frente el rayo, 
Palpitando gocé : vi al Océano 
Azotado del austro proceloso 
Combatir mi bajel, y ante mis plantas 
Sus abismos abrir, y amé el peligro, 

Y sus iras amé : mas su fiereza 
En mi alma no dejara 

La profunda impresión que tu grandeza. 

Corres sereno y majestuoso, y luego 
En ásperos peñascos quebrantado, 
Te abalanzas violento, arrebatado, 
Como eJ destino irresistible y ciego. 
¿ Qué voz humana describir podría 
De la sirte rugiente 
La aterradora faz? El alma mía 
En vagos pensamientos se confunde, 
Al contemplar la férvida corriente, 
Que en vano quiere la turbada vista 
En su vuelo seguir al borde oscuro 
Del precipicio altísimo : mil olaB, 
Cual pensamiento rápidas pasando, 
Chocan y se enfurecen, 

Y otras mil y otras mil ya las alcanzan, 

Y entre espuma y fragor desaparecen. 
Mas llegan... saltan... el abismo horrendo 
Devora los torrentes despeñados ; 



DON JOSÉ MARÍA HEREDIA 

Crúzanse en él mil iris, y asordados 

Vuelven los bosques el fragor tremendo. 

Al golpe violentísimo en las peñas 

Rómpese el agua, y salta, y una nube 

De revueltos vapores 

Cubre el abismo en remolinos, sube, 

Gira en torno, y al cielo 

Cual pirámide inmensa se levanta, 

Y por sobre los bosques que le cercan 
Al solitario cazador espanta. 

Mas ¿ qué en tí busca mi anhelante vista 
Con inquieto afanar ? ¿ Por qué no miro 
Alrededor de tu caverna inmensa 
Las palmas ¡ ay ! las palmas deliciosas, 
Que en las llanuras de mi ardiente patria 
Nacen del sol á la sonrisa, y crecen, 

Y al soplo de la brisa del Océano 
Bajo un cielo purísimo se mecen ? 

Este recuerdo á mi pesar me viene... 
Nada ¡ oh Niágara ! falta á tu destino, 
Ni otra corona que el agreste pino 
Á tu terrible majestad conviene. 
La palma y mirto, y delicada rosa, 
Muelle placer inspiren y ocio blando 
En frivolo jardín : á tí la suerte 
Guarda más digno objeto y más sublime. 
El alma libre, generosa y fuerte, 
Viene, te ve, se asombra, 
Menosprecia los frivolos deleites 

Y aun se siente elevar cuando te nombra. 

¡ Dios, Dios de la verdad ! en otros climas 
Vi monstruos execrables 
Blasfemando tu nombre sacrosanto, 

312 



DON JOSÉ MARÍA HEREDIA 

Sembrar error y fanatismo impío, 

Los campos inundar con sangre y llanto, 

De hermanos atizar la infanda guerra 

Y desolar frenéticos la tierra. 

Vilos, y el pecho se inflamó á su vista 
En grave indignación. Por otra parte 
Vi mentidos filósofos que osaban 
Escrutar tus misterios, ultrajarte, 

Y de impiedad al lamentable abismo 
A los míseros hombres arrastraban : 
Por eso siempre te buscó mi mente 
En la sublime soledad: ahora 
Entera se abre á tí ; tu mano siente 
En esta inmensidad que me circunda, 

Y tu profunda voz baja á mi seno 
De este raudal en el eterno trueno. 

¡ Asombroso torrente ! 
¡ Cómo tu vista mi ánimo enajena 

Y de terror y admiración me llena ! 

¿ Do tu origen está ? ¿ Quién fertiliza 

Por tantos siglos tu inexhausta fuente ? 

¿ Qué poderosa mano 

Hace que al recibirte 

No rebose en la tierra el Océano ? 

Abrió el Señor su mano omnipotente, 
Cubrió tu faz de nubes agitadas, 
Dio su voz á tus aguas despeñadas 

Y ornó con su arco tu terrible frente. 
Miro tus aguas que incansables corren, 

Como el largo torrente de los siglos 
Rueda en la eternidad : así del hombre 
Pasan volando los floridos días 

Y despierta el dolor... ¡ Ay ! ya agotada 

213 



DON JOSÉ MARÍA HEREDIA 

Siento mi juventud, mi faz marchita, 

Y la profunda pena que me agita 
Ruga mi frente de dolor nublada. 

Nunca tanto sentí como este día 
Mi mísero aislamiento, mi abandono, 
Mi lamentable desamor...,: Podría 
Una alma apasionada y borrascosa 
Sin amor ser feliz?...; Oh ! ¡ Si una hermosa 
Digna de mí me amase 

Y de este abismo al borde turbulento 
Mi vago pensamiento 

Y mi andar solitario acompañase ! 

¡ Cual gozara al mirar su faz cubrirse 

De leve palidez, y ser más bella 

En su dulce terror, y sonreirse 

Al sostenerla en mis amantes brazos... 

¡ Delirios de virtud ! . . . ¡ Ay ! desterrado, 

Sin patria, sin amores, 

Sólo miro ante mí llanto y dolores. 

¡ Niágara poderoso ! 
Oye mi última voz : en pocos años 
Ya devorado habrá la tumba fría 
A tu débil cantor. ¡ Duren mis versos 
Cual tu gloria inmortal ! Pueda piadoso, 
Al contemplar tu faz algún viajero, 
Dar un suspiro á la memoria mía. 

Y yo al hundirse el sol en Occidente, 
Vuele gozoso do el Criador me llama, 

Y al escuchar los ecos de mi fama 
Alce en las nubes la radiosa frente. 



214 



DUQUE DE RIVAS 
y 4.. El faro de Malta 

ENVUELVE al mundo extenso triste noche, 
Ronco huracán y borrascosas nubes 
Confunden y tinieblas impalpables 

El cielo, el mar, la tierra : 

Y tú invisible te alzas, en tu frente 
Ostentando de fuego una corona, 
Cual rey del caos, que refleja y arde 

Con luz de paz y vida. 
En vano ronco el mar alza sus montes 
Y revienta á tus pies, do rebramante 
Creciendo en blanca espuma, esconde y borra 
El abrigo del puerto : 
Tú, con lengua de fuego, aquí está dices, 
Sin voz hablando al tímido piloto, 
Que como á numen bienhechor te adora, 
Y en tí los ojos clava. 
Tiende apacible noche el manto rico, 
Que céfiro amoroso desenrolla, 
Recamado de estrellas y luceros, 
Por él rueda la luna ; 

Y entonces tú, de niebla vaporosa 
Vestido, dejas ver en formas vagas 
Tu cuerpo colosal, y tu diadema 

Arde al par de los astros. 
Duerme tranquilo el mar, pérfido esconde 
Rocas aleves, áridos escollos ; 
Falso señuelo son, lejanas cumbres 
Engañan á Ia6 naves. 
Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca, 
Tú, cuya inmoble posición indica 
El trono de un monarca, eres su norte, 

215 



DUQUE DE RIVAS 

Les adviertes su engaño. 
Así de la razón arde la antorcha, 
En medio del furor de las pasiones 
O de aleves halagos de fortuna, 
A los ojos del alma. 
Desque refugio de la airada suerte 
En esta escasa tierra que presides, 

Y grato albergue el cielo bondadoso 

Me concedió propicio ; 
Ni una vez sólo á mis pesares busco 
Dulce olvido del sueño entre los brazos 
Sin saludarte, y sin tornar los ojos 
A tu espléndida frente. 
¡ Cuántos, ay, desde el seno de los mares 
Al par los tornarán !...tras larga ausencia 
Unos, que vuelven á su patria amada, 
A sus hijos y esposa. 
Otros prófugos, pobres, perseguidos, 
Que asilo buscan, cual busqué, lejano, 

Y á quienes que lo hallaron tu luz dice, 

Hospitalaria estrella. 
Arde, y sirve de norte á los bajeles, 
Que de mi patria, aunque de tarde en tarde, 
Me traen nuevas amargas, y renglones 
Con lágrimas escritos. 
Cuando la vez primera deslumhraste 
Mis afligidos ojos, ¡ cuál mi pecho, 
Destrozado y hundido en amargura 
Palpitó venturoso ! 
Del Lacio moribundo las riberas 
Huyendo inhospitables, contrastado 
Del viento y mar entre ásperos bajíos 

Vi tu lumbre divina : 
216 



DUQUE DE RIVAS 

"Viéronla como yo los marineros, 
Y, olvidando los votos y plegarias 
Que en las sordas tinieblas se perdían, 

¡ ¡ Malta ! ! ¡ ¡ Malta ! ! gritaron 
Y fuiste á nuestros ojos la aureola 
Que orna la frente de la santa imagen 
En quien busca afanoso peregrino 
La salud y el consuelo. 
Jamás te olvidaré, jamás... Tan sólo 
Trocara tu esplendor, sin olvidarlo, 
Rey de la noche, y de tu excelsa cumbre 
La benéfica llama, 
Por la llama y los fúlgidos destellos 
Que lanza, reflejando al sol naciente, 
El arcángel dorado que corona 
De Córdoba la torre. 



75- Un castellano leal 

ROMANCE PRIMERO 

«HOLA, hidalgos y escuderos 
De mi alcurnia y mi blasón, 
Mirad como bien nacidos 
De mi sangre y casa en pro. 

«Esas puertas se defiendan ; 
Que no ha de entrar, vive Dios, 
Por ellas, quien no estuviere 
Más limpio que lo está el sol. 

«No profane mi palacio 
Un fementido traidor 
Que contra su Rey combate 
Y que á su patria vendió. 

217 



DUQUE DE RIVAS 

«Pues si él es de Reyes primo, 
Primo de Reyes soy yo ; 

Y conde de Benavente 

Si él es duque de Borbón. 
«Llevándole de ventaja 
Que nunca jamás mancho 
La traición mi noble sangre, 

Y haber nacido español.» 

Así atronaba la calle 
Una ya cascada voz, 
Que de un palacio salía 
Cuya puerta se cerró ; 

Y á la que estaba á caballo 
Sobre un negro pisador, 
Siendo en su escudo las Uses 
Más bien que timbre baldón, 

Y de pajes y escuderos 
Llevando un tropel en pos 
Cubiertos de ricas galas, 
El gran duque de Borbón : 

El que lidiando en Pavía, 
Más que valiente, feroz, 
Gozóse en ver prisionero 
A su natural señor ; 

Y que á Toledo ha venido, 
Ufano de su traición, 

Para recibir mercedes 

Y ver al Emperador. 

ROMANCE SEGUNDO 

En una anchurosa cuadra 
Del alcázar de Toledo, 

2l8 



DUQUE DE RIVAS 

Cuyas paredes adornan 
Ricos tapices, flamencos, 

Al lado de una gran mesa, 
Que cubre de terciopelo 
Napolitano tapete 
Con borlones de oro y llecos ; 

Ante un sillón de respaldo 
Que entre bordado arabesco 
Los timbres de España ostentan 

Y el águila del imperio, 

De pié estaba Carlos Quinto, 
Que en España era primero, 
Con gallardo y noble talle, 
Con noble y tranquilo aspecto. 

De brocado de oro y blanco 
Viste tabardo tudesco, 
De rubias martas orlado, 

Y desabrochado y suelto, 
Dejando ver un justillo 

De raso jalde, cubierto 
Con primorosos bordados 

Y costosos sobrepuestos, 

Y la excelsa y noble insignia 
Del Toisón de oro, pendiendo 
De una preciosa cadena 
En la mitad de su pecho. 

Un birrete de velludo 
Con un blanco airón, sujeto 
Por un joyel de diamantes 

Y un antiguo camafeo, 
Descubre por ambos lados, 

Tanta majestad cubriendo, 

919 



DUQUE DE RIVAS 

Rubio, cual barba y bigote, 
Bien atusado el cabello. 

Apoyada en la cadera 
La potente diestra ha puesto, 
Que aprieta dos guantes de ámbar 
Y un primoroso mosquero, 

Y con la siniestra halaga 
De un mastín muy corpulento, 
Blanco y las orejas rubias, 
El ancho y carnoso cuello. 



me. 



Con el Condestable insigr 
Apaciguador del reino, 
De los pasados disturbios 
Acaso está discurriendo ; 

O del trato que dispone 
Con el Rey de Francia preso, 
O de asuntos de Alemania 
Agitada por L útero ; 

Cuando un tropel de caballos 
Oye venir á lo lejos 

Y ante el alcázar pararse, 
Quedando todo en silencio. 

En la antecámara suena 
Rumor impensado luego, 
Ábrese al fin !a mampara 

Y entra el de Borbón soberbio, 
Con el semblante de azufre 

Y con los ojos de fuego, 
Bramando de ira y de rabia 
Que enfrena mal el respeto ; 

Y con balbuciente lengua, 

Y con mal borrado ceño, 



DUQUE DE RIVAS 

Acusa al de Benavcnte, 
Un desagravio pidiendo. 

Del español Condestable 
Latió con orgullo el pecho, 
Ufano de la entereza 
De su esclarecido deudo. 

Y aunque advertido procura 
Disimular cual discreto, 

A su noble rostro asoman 
La aprobación y el contento. 

El Emperador un punto 
Quedó indeciso y suspenso, 
Sin saber qué responderle 
Al francés, de enojo ciego. 

Y aunque en su interior se goza 
Con el proceder violento 

Del conde de Benavente, 
De altas esperanzas lleno 

Por tener tales vasallos, 
De noble lealtad modelos, 

Y con los que el ancho mundo 
Será á sus glorias estrecho. 

Mucho al de Borbón le debe 

Y es íuerza satisfacerlo : 
Le ofrece para calmarlo 
Un desagravio completo. 

Y, llamando á un gentil-hombre, 
Con el semblante severo 
Manda que el de Benavente 
Venga á su presencia presto. 



DUQUE DE RIVAS 

ROMANCE TERCERO 

Sostenido por sus pajes 
Desciende de su litera 
El conde de Benavente 
Del alcázar á la puerta. 

Era un viejo respetable, 
Cuerpo enjuto, cara seca, 
Con dos ojos como chispas, 
Cargados de largas cejas, 

Y con semblante muy noble, 
Mas de gravedad tan seria 
Que veneración de lejos 

Y miedo causa de cerca. . 
Eran su traje unas calzas 

De púrpura de Valencia, 

Y de recamado ante 
Un coleto á la leonesa : 

De fino lienzo gallego 
Los puños y la gorguera, 
Unos y otra guarnecidos 
Con randas barcelonesas : 

Un birretón de velludo 
Con su cintillo de perlas, 

Y el gabán de paño verde 
Con alamares de seda. 

Tan solo de Calatrava 
La insignia española lleva ; 
Que el Toisón ha despreciado 
Por ser orden extranjera. 

Con paso tardo, aunque firme, 
Sube por las escaleras, 

Y al verle, las alabardas 



DUQUE DE RIVAS 

Un golpe dan en la tierra. 

Golpe de honor, y de aviso 
De que en el alcázar entra 
Un Grande, á quien se le debe 
Todo honor y reverencia. 

Al llegar á la antesala* 
Los pajes que están en ella 
Con respeto le saludan 
Abriendo las anchas puertas. 

Con grave paso entra el conde 
Sin que otro aviso preceda, 
Salones atravesando 
Hasta la cámara regia. 

Pensativo está el Monarca, 
Discurriendo como pueda 
Componer aquel disturbio 
Sin hacer á nadie ofensa- 
Mucho al de Borbón le debe, 
Aun mucho más de él espera, 

Y al de Benavente mucho 
Considerar le interesa. 

Dilación no admite el caso, 
No hay quien dar consejo pueda 

Y Villalar y Pavía 

A un tiempo se le recuerdan. 
En el sillón asentado 

Y el codo sobre la mesa, 
Al personaje recibe, 
Que comedido se acerca. 

Grave el conde le saluda 
Con una rodilla en tierra, 
Mas como Grande del reino 



323 



DUQUE DE RIVAS 

Sin descubrir Ja cabeza. 

El Emperador benigno 
Que alce del suelo le ordena, 
Y la plática difícil 
Con sagacidad empieza. 

Y entre severo y afable 
Al cabo le manifiesta 
Que es el que á Borbón aloje 
Voluntad suya resuelta. — 

Con respeto muy profundo, 
Pero con la voz entera, 
Respóndele Benavente, 
Destocando la cabeza : 

«Soy, señor, vuestro vasallo, 
Vos sois mi rey en la tierra, 
A vos ordenar os cumple 
De mi vida y de mi hacienda. 

«Vuestro soy, vuestra mi casa, 
De mí disponed y de ella, 
Pero no toquéis mi honra 
Y respetad mi conciencia. 
«Mi casa Borbón ocupe 
Puesto que es voluntad vuestra, 
Contamine sus paredes, 
Sus blasones envilezca ; 

«Que á mí me sobra en Toledo 
Donde vivir, sin que tenga 
Que rozarme con traidores, 
Cuyo solo aliento infesta. 

Y en cuanto él deje mi casa, 
Antes de tornar yo á ella, 
Purificaré con fuego 
Sus paredes y sus puertas. » 

824 



DUQUE DE RIVAS 

Dijo el conde, la real mano 
Besó, cubrió su cabeza, 
Y retiróse bajando 
A do estaba su litera. 

Y á casa de un su pariente 
Mandó que le condujeran, 
Abandonando la suya 

Con cuanto dentro se encierra. 

Quedó absorto Carlos Quinto 
De ver tan noble firmeza, 
Estimando la de España 
Más que la imperial diadema, 

ROMANCE CUARTO 

Muy pocos días el duque 
Hizo mansión en Toledo, 
Del noble conde ocupando 
Los honrados aposentos. 

Y la noche en que el palacio 
Dejó vacio, partiendo, 

Con su séquito y sus pajes, 
Orgulloso y satisfecho, 

Turbó la apacible luna 
Un vapor blanco y espeso 
Que de las altas techumbres 
Se iba elevando y creciendo : 

A poco rato tornóse 
En humo confuso y denso 
Que en nubarrones oscuros 
Ofuscaba el claro cielo ; 

Después en ardientes chispas, 
Y en un resplandor horrendo 
Que iluminaba los valles 
16 



335 



DUQUE DE RIVAS 

Dando en el Tajo reflejos, 

Y al fin su furor mostrando 
En embravecido incendio 
Que devoraba altas torres 
Y derrumbaba altos techos. 

Resonaron Jas campanas, 
Conmovióse todo el pueblo, 
De Benavente el palacio 
Presa de las llamas viendo, 

El Emperador confuso 
Corre á procurar remedio, 
En atajar tanto daño 
Mostrando tenaz empeño. 

En vano todo : tragóse 
Tantas riquezas el fuego, 
A la lealtad castellana 
Levantando un monumento. 

Aun hoy unos viejos muros 
Del humo y las llamas negros 
Recuerdan acción tan grande 
En la famosa Toledo. 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

y6. Himno de la Inmortalidad 

¡ SALVE, llama creadora del mundo, 
Lengua ardiente de eterno saber, 
Puro germen, principio fecundo 
Que encadenas la muerte á tus pies ! 

Tú la inerte materia espoleas, 
Tú la ordenas juntarse y vivir, 
226 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Tú su lodo modelas, y creas 
Miles seres de formas sin fin. 

Desbarata tus obras en vano 
Vencedora la muerte tal vez ; 
De sus restos levanta tu mano 
Nuevas obras triunfante otra vez. 

Tú la hoguera del sol alimentas, 
Tú revistes los cielos de azul, 
Tú la luna en las sombras argentas, 
Tú coronas la aurora de luz. 

Gratos ecos al bosque sombrío, 
Verde pompa á los árboles das, 
Melancólica música al rio, 
Ronco grito á las olas del mar. 

Tú el aroma en las flores exhalas, 
En los valles suspiras de amor, 
Tú murmuras del aura en las alas, 
En el Bóreas retumba tu voz. 

Tú derramas el oro en la tierra 
En arroyos de hirviente metal; 
Tú abrillantas la perla que encierra 
En su abismo profundo la mar. 

Tú las cárdenas nubes extiendes, 
Negro manto que agita Aquilón ; 
Con tu aliento los aires enciendes, 
Tus rugidos infunden pavor. 

Tú eres pura simiente de vida, 
Manantial sempiterno del bien ; 
Luz del mismo Hacedor desprendida, 
Juventud y hermosura es tu «ér. 

Tú eres fuerza secreta que el mundo 
En sus ejes impulsa á rodar, 
Sentimiento armonioso y profundo 

227 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

De los orbes que anima tu faz. 

De tus obras los siglos que vuelan 
Incansables artífices son, 
Del espíritu ardiente cincelan 

Y embellecen la estrecha prisión. 
Tú en violento, veloz torbellino 

Los empujas enérgica, y van ; 

Y adelante en tu raudo camino 
A otros siglos ordenas llegar. 

Y otros siglos ansiosos se lanzan, 
Desparecen y llegan sin fin, 

Y en su eterno trabajo se alcanzan, 

Y se arrancan sin tregua el buril. 

Y afanosos sus fuerzas emplean 
En tu inmenso taller sin cesar, 

Y en la tosca materia golpean, 

Y redobla el trabajo su afán. 

De la vida en el hondo Océano 
Flota el hombre en perpetuo vaivén, 

Y derrama abundante tu mano 
La creadora semilla en su ser. 

Hombre débil, levanta la frente, 
Pon tu labio en su eterno raudal ; 
Tú serás como el sol en Oriente, 
Tú serás como el mundo, immortal. 



yj. Canción del Pirata 

CON diez cañones por banda, 
Viento en popa á toda vela, 
No corta el mar, sino vuela 
Un velero bergantin : 

223 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Bajel pirata que llaman, 
Por su bravura, el Temido, 
En todo mar conocido 
Del uno al otro confín. 

La luna en el mar riela, 
En la lona gime el viento, 

Y alza en blando movimiento 
Olas de plata y azul ; 

Y ve el capitán pirata, 
Cantando alegre en la popa, 
Asia á un lado, al otro Europa, 

Y allá á su frente Stambul, 

«Navega, velero mió, 
Sin temor ; 
Que ni enemigo navio, 
Ni tormenta, ni bonanza 
Tu rumbo á torcer alcanza, 
Ni á sujetar tu valor. 
«Veinte presas 
Hemos hecho 
A despecho 
Del inglés, 
Y han rendido 
Sus pendones 
Cien naciones 
A mis pies.» 
Que es nú barco mi tesoro, 
Que es mi Dios la libertad, 
Mi ley la fuer-xa y el viento, 
Mi única patria la mar. 

«Allá muevan feroz guerra 
Ciegos reyes 

229 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Por un palmo más de tierra : 
Que yo tengo aquí por mió 
Cuanto abarca el mar bravio, 
A quien nadie impuso leyes. 
«Y no hay playa, 

Sea cualquiera, 

Ni bandera 

De esplendor, 

Que no sienta 

Mi derecho, 

Y dé pecho 

A mi valor.» 
Que es mi barco mi tesoro. . . , 

« A la voz de « ¡ barco viene! » 
Es de ver 
Como vira y 6e previene 
A todo trapo escapar ; 
Que vo soy el rey del mar, 
Y mi furia es de temer. 
«En las presas 

Yo divido 

Lo cogido 

Por igual : 

Sólo quiero 

Por riqueza 

La belleza 

Sin rival. » 
Que es mi barco mi tesoro. . . 



« ¡ Sentenciado estoy á muerte 
Yo me rio : 
No me abandone la suerte 



eso 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Y al mismo que me condena, 
Colgaré de alguna entena, 
Quizá en su propio navio. 

«Y si caigo, 
: Qué es la vida ? 
Por perdida 
Ya la di, 
Cuando el yugo 
Del esclavo, 
Como un bravo, 
Sacudí. » 
Que es mi barco mi tesoro,,,, 

«Son mi música mejor 
Aquilones : 
El estrépito y temblor 
De los cables sacudidos, 
Del negro mar los bramidos 

Y el rugir de mis cañones 

«Y del trueno 

Al son violento 

Y del viento 

Al rebramar, 

Yo me duermo 

Sosegado, 

Arrullado 

Por el mar,» 
Que es mi barco mi tesoro, 
Que es mi Dios la libertad, 
Mi ley la fuerza y el viento, 
Mi única patria la mar. 



931 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 
yS. Canto a Teresa 

Descansa en Paz 

Bueno es el mundo, ¡ bueno ! ¡ bueno ! j bueno ! 
Como de Dios al fin obra maestra, 
Por todas partes de delicias lleno, 
De que Dios ama al hombre hermosa muestra. 
Salga la voz alegre de mi seno 
A celebrar esta vivienda nuestra ; 
¡ Paz á los hombres 1 j gloria en las alturas ! 
¡ Cantad en vuestra jaula, criaturas ! 

Marta, por D. Miguel de los Santos Alvarez. 

¿ POR qué volvéis á la memoria mia, 
Tristes recuerdos del placer perdido, 
A aumentar la ansiedad y la agonía 
De este desierto corazón herido ? 
¡ Ay ! que de aquellas horas de alegría 
Le quedó al corazón solo un gemido, 
Y el llanto que al dolor los ojos niegan 
Lágrimas son de hiél que el alma anegan. 

¿ Dónde volaron ¡ ay ! aquellas horas 
De juventud, de amor y de ventura, 
Regaladas de músicas sonoras, 
Adornadas de luz y de hermosura ? 
Imágenes de oro bullidoras. 
Sus alas de carmín y nieve pura, 
Al sol de mi esperanza desplegando, 
Pasaban ¡ ay ! á mi alredor cantando. 

Gorjeaban los dulces ruiseñores, 
El sol iluminaba mi alegría, 
El aura susurraba entre las flores, 
El bosque mansamente respondía, 
232 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Las fuentes murmuraban sus amores — 
¡ Ilusiones que llora el alma mía ! 
¡ Oh ! ¡ cuan suave resonó en mi oído 
El bullicio del mundo y su ruido ! 

Mi vida entonces, cual guerrera nave 
Que el puerto deja por la vez primera, 

Y al soplo de los céfiros suave 
Orgullosa desplega su bandera, 

Y al mar dejando que á sus pies alabe 
Su triunfo en roncos cantos, va velera, 
Una ola tras otra bramadora 
Hollando y dividiendo vencedora, 

¡ Ay ! en el mar del mundo, en ansia ardiente 
De amor volaba ; el sol de la mañana 
L levaba yo sobre mi tersa frente, , 

Y el alma pura de su dicha ufana : 
Dentro de ella el amor, cual rica fuente 
Que entre frescuras y arboledas mana, 
Brotaba entonces abundante rio 

De ilusiones y dulce desvarío. 

Yo amaba todo : un noble sentimiento 
Exaltaba mi ánimo, y sentia 
En mi pecho un secreto movimiento, 
De grandes hechos generoso guía: 
La libertad con su inmortal aliento, 
Santa diosa, mi espíritu encendía, 
Contino imaginando en mi fe pura 
Sueños de gloria al mundo y de ventura. 

El puñal de Catón, la adusta frente 
Del noble Bruto, la constancia íicia 

233 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Y el arrojo de Scévola valiente, 
La doctrina de Sócrates severa, 
La voz atronadora y elocuente 
Del orador de Atenas, la bandera 
Contra el tirano Macedonio alzando, 

Y al espantado pueblo arrebatando : 

El valor y la fé del caballero, 
Del trovador el arpa y los cantares, 
Del gótico castillo el altanero 
Antiguo torreón, do sus pesares 
Cantó tal vez con eco lastimero, 
¡ Ay ! arrancada de sus patrios lares, 
Joven cautiva, al rayo de la luna, 
Lamentando su ausencia y su fortuna : 

El dulce anhelo del amor que aguarda, 
Tal vez inquieto y con mortal recelo ; 
La forma bella que cruzó gallarda, 
Allá en la noche, entre medroso velo ; 
La ansiada cita que en llegar se tarda 
Al impaciente y amoroso anhelo, 
La mujer y la voz de su dulzura, 
Que inspira al alma celestial ternura : 

A un tiempo mismo en rápida tormenta 
Mi alma alborotaban de contino, 
Cual las olas que azota con violenta 
Cólera' impetuoso torbellino : 
Soñaba al héroe ya, la plebe atenta 
En mi voz escuchaba su destino ; 
Ya al caballero, al trovador soñaba, 
Y de gloria y de amores suspiraba, 
234 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Hay una voz secreta, un dulce canto, 
Que el alma sólo recogida entiende, 
Un sentimiento misterioso y santo, 
Que del barro al espíritu desprende ; 
Agreste, vago y solitario encanto 
Que en inefable amor el alma enciende, 
Volando tras la imagen peregrina 
El corazón de su ilusión divina. 

Yo, desterrado en extranjera playa, 
Con los ojos estático seguía 
La nave audaz que en argentada raya 
Volaba al puerto de la patria mia : 
Yo, cuando en Occidente el 6ol desmaya, 
Solo y perdido en la arboleda umbría, 
Oir pensaba el armonioso acento 
De una mujer, al suspirar del viento. 

¡ Una mujer ! En el templado rayo 
De la mágica luna se colora, 
Del sol poniente al lánguido desmayo 
Lejos entre las nubes se evapora ; 
Sobre las cumbres que florece Mayo 
Brilla fugaz al despuntar la aurora, 
Cruza tal vez por entre el bosque umbrío, 
Juega en las aguas del sereno rio. 

¡ Una mujer ! Deslizase en el cielo 
Allá en la noche desprendida estreíla. 
Si aroma el aire recogió en el suelo, 
Es el aroma que le presta ella. 
Blanca es la nube que en callado vuelo 
Cruza la esfera, y quq su planta huella. 

335 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Y en la tarde la mar olas le ofrece 
De plata y de zafir, donde se mece. 

Mujer que amor en su ilusión figura, 
Mujer que nada dice á los sentidos, 
Ensueño de suavísima ternura, 
Eco que regaló nuestros oidos ; 
De amor la llama generosa y pura, 
Los goces dulces del amor cumplidos, 
Que engalana la rica fantasía, 
Goces que avaro el corazón ansia : 

¡ Ay ! aquella mujer, tan sólo aquella, 
Tanto delirio á realizar alcanza, 

Y esa mujer tan candida y tan bella 
Es mentida ilusión de la esperanza : 
Es el alma que vivida destella 

Su luz al mundo cuando en él se lanza, 

Y el mundo con su magia y galanura 
Es espejo no más de su hermosura : 

Es el amor que al mismo amor adora, 
El que creó las Silfides y Ondinas, 
La sacra ninfa que bordando mora 
Debajo de las aguas cristalinas : 
Es el amor que recordando llora 
Las arboledas del Edén divinas : 
Amor de allí arrancado, allí nacido, 
Que busca en vano aquí su bien perdido. 

¡ Oh llama santa ! ¡ celestial anhelo ! 
¡ Sentimiento purísimo ! ¡ memoria 
Acaso triste de un perdido cielo, 
236 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Quizá esperanza de futura gloria ! 
¡ Huyes y dejas llanto y desconsuelo ! 
¡ Oh qué mujer ! qué imagen ilusoria 
Tan pura, tan feliz, tan placentera, 
Brindó el amor á mi ilusión primera !... 

¡ Oh Teresa ! ¡Oh dolor ! Lágrimas mias, 
¡ Ah ! ¿ donde estáis que no corréis á mares ? 
j Por qué, por qué como en mejores dias, 
No consoláis vosotras mis pesares ? 
¡ Oh ! los que no sabéis las agonías 
De un corazón que penas á millares 
¡ Ay ! desgarraron y que ya no llora, 
¡ Piedad tened de mi tormento ahora ! 

¡ Oh dichosos mil veces, sí, dichosos > 

Los que podéis llorar ! y ¡ ay ! sin ventura 
De mí, que entre suspiros angustiosos 
Ahogar me siento en infernal tortura, 
j Retuércese entre nudos dolorosos 
Mi corazón, gimiendo de amargura ! 
También tu corazón, hecho pavesa, 
¡ Ay ! llegó á no llorar, ¡ pobre Teresa ! 

¡ Quién pensara jamás, Teresa mia, 
Que fuera eterno manantial de llanto, 
Tanto inocente amor, tanta alegría, 
Tantas delicias y delirio tanto ? 
¡ Quién pensara jamás llegase un dia 
En que perdido el celestial encanto 
Y caida la venda de los ojos, 
Cuanto diera placer causara enojos ? 

«37 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Aun parece^ Teresa, que te veo 
Aérea como dorada mariposa, 
Ensueño delicioso del deseo, 
Sobre tallo gentil temprana rosa, 
Del amor venturoso devaneo, 
Angéliea, purísima y dichosa, 

Y oigo tu voz dulcísima, y respiro 
Tu aliento perfumado en tü suspiro. 

Y aun miro aquellos ojos que robaron 
A los cielos su azul, y las rosadas 
Tintas sobre la nieve, que envidiaron 
Las de Mayo serenas alboradas : 

Y aquellas horas dulces que pasaron 

Tan breves, ¡ ay ! como después lloradas, 
Horas de confianza y de delicias, 
De abandono y de amor y de caricias. 

Que así las horas rápidas pasaban, 

Y pasaba á la par nuestra ventura ; 

Y nunca nuestras ansias las contaban, 

Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura. 
Las horas ¡ ay ! huyendo nos miraban, 
Llanto tal vez vertiendo de ternura ; 
Que nuestro amor y juventud veian, 

Y temblaban las horas que vendrian. 

Y llegaron en fin : ¡ oh ! ¿ quién impío 
¡ Ay ! agostó la flor de tu pureza í 

Tú fuiste un tiempo cristalino rio, 
Manantial de purísima limpieza ; 
Después torrente de color sombrío, 
Rompiendo entre peñascos y maleza, 
238 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Y estanque, en fin, de aguas corrompidas, 
Entre fétido fango detenidas. 

¿ Cómo caiste despeñado al suelo, 
Astro de la mañana luminoso ? 
Ángel de luz, ¿ quién te arrojó del cielo 
A este valle de lágrimas odioso ? 
Aun cercaba tu frente el blanco velo 
Del serafín, y en ondas fulguroso 
Rayos al mundo tu esplendor vertía, 

Y otro cielo el amor te prometía. 

Mas ¡ ay ! que es la mujer ángel caído, 
Ó mujer nada más y lodo inmundo, 
Hermoso ser para llorar nacido, 
O vivir como autómata en el mundo. 
Si, que el demonio en el Edén perdido, 
Abrasara con fuego del profundo 
La primera mujer, y ¡ ay ! aquel fuego 
La herencia ha sido de sus hijos luego. 

Brota én el cielo del amor la fuente, 
Que á fecundar el universo mana, 

Y en la tierra su límpida corriente 
Sus márgenes con flores engalana ; 
Mas, ¡ ay ! huid : el corazón ardiente 
Que el agua clara por beber se afana, 
Lágrimas verterá de duelo eterno, 
Que su raudal lo envenenó el infierno. 

Huid, si no queréis que llegue un dia 
En que enredado en retorcidos lazos 
El corazón, con bárbara porfía 

239 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Luchéis por arrancároslo á pedazos : 
En que al cielo en histérica agonía 
Frenéticos alcéis entrambos brazos, 
Para en vuestra impotencia maldecirle, 

Y escupiros, tal vez, al escupirle. 

Lósanos ¡ ay ! de la ilusión pasaron, 
Las dulces esperanzas que trajeron 
Con sus blancos ensueños se llevaron, 

Y el porvenir de oscuridad vistieron : 
Las rosas del amor se marchitaron, 
Las flores en abrojos convirtieron, 

Y de afán tanto y tan soñada gloria 
Sólo quedó una tumba, una memoria. 

¡ Pobre Teresa ! ¡ Al recordarte siento 
Un pesar tan intenso ! Embarga impío 
Mi quebrantada voz mi sentimiento, 

Y suspira tu nombre el labio mió : 
Para allí su carrera el pensamiento, 
Hiela mi corazón punzante frió, 
Ante mis ojos la funesta losa, 
Donde vil polvo tu beldad reposa. 

Y tú feliz, que hallastes en la muerte 
Sombra á que descansar en tu camino, 
Cuando llegabas, mísera, á perderte 

Y era llorar tu único destino : 
Cuando en tu frente la implacable suerte 
Grababa de los reprobos ei sino ! 
Feliz, la muerte te arrancó del suelo, 

Y otra vez ángel, te volviste al cielo. 
240 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Roída de recuerdos de amargura, 
Árido el corazón, sin ilusiones, 
La delicada flor de tu hermosura 
Ajaron del dolor los aquilones : 
Sola, y envilecida, y sin ventura, 
Tu corazón secaron las pasiones : 
Tus hijos ¡ ay ! de tí se avergonzaran, 

Y hasta el nombre de madre te negaran. 

Los ojos escaldados de tu llanto, 
T^u rostro cadavérico y hundido ; 
Único desahogo en tu quebranto, 
El histérico ¡ ay ! de tu gemido : 
¿ Quién, quién pudiera en infortunio tanto 
Envolver tu desdicha en el olvido, 
Disipar tu dolor y recogerte 
En su seno de paz ? ¡ Sólo la muerte ! 

¡ Y tan joven, y ya tan desgraciada ! 
Espíritu indomable, alma violenta, 
En tí, mezquina sociedad, lanzada 
A romper tus barreras turbulenta. 
Nave contra las rocas quebrantada, 
Allá vaga, á merced de la tormenta, 
En las olas tal vez náufraga tabla, 
Que sólo ya de sus grandezas habla. 

Un recuerdo de amor que nunca muere 

Y está en mi corazón ; un lastimero 
Tierno quejido que en el alma hiere, 
Eco suave de su amor primero : 

¡ Ay ! de tu luz, en tanto yo viviere, 
Quedará un rayo en mí, blanco lucero, 
S 17 241 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Que iluminaste con tu luz querida 
La dorada mañana de mi vida. 

Que yo, como una flor que en la mañana 
Abre su cáliz al naciente dia, 
¡ Ay ! al amor abrí tu alma temprana, 

Y exalté tu inocente fantasía, 

Yo inocente también ¡ oh ! cuan ufana 
Al porvenir mi mente sonreia, 

Y en alas de mi amor, ¡ con cuánto anhelo 
Pensé contigo remontarme al cielo ! 

Y alegre, audaz, ansioso, enamorado, 
En tus brazos en lánguido abandono, 
De glorias y deleites rodeado 
Levantar para tí soñé yo un trono : 

Y allí, tú venturosa y yo á tu lado, 
Vencer del mundo el implacable encono, 

Y en un tiempo, sin horas ni medida, 
Ver como un sueño resbalar la vida. 

¡ Pobre Teresa ! Cuando ya tus ojos 
Áridos ni una lágrima brotaban ; 
Cuando ya su color tus labios rojos 
En cárdenos matices se cambiaban ; 
Cuando de tu dolor tristes despojos 
La vida y su ilusión te abandonaban, 

Y consumía lenta calentura 

Tu corazón al par de tu amargura ; 

Si en tu penosa y última agonía 
Volviste á lo pasado el pensamiento ; 
Si comparaste á tu existencia un dia 

242 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Tu triste soledad y tu aislamiento ; 
Si arrojo á tu dolor tu fantasía 
Tus hijos ¡ ay ! en tu postrer momento 
A otra mujer tal vez acariciando, 
Madre tal vez á otra mujer llamando ; 

Si el cuadro de tus breves glorias viste 
Pasar como fantástica quimera, 

Y si la voz de tu conciencia oiste 
Dentro de tí gritándote severa ; 

Sí, en fin, entonces tú llorar quisiste 

Y no brotó una lágrima siquiera 
Tu seco corazón, y á Dios llamaste, 

Y no te escuchó Dios, y blasfemaste. 

¡ Oh ! ¡ cruel ! ¡ muy cruel ! ¡ martirio horrendo ! 
¡ Espantosa expiación de tu pecado ! 
Sobre un lecho de espinas, maldiciendo, 
Morir, el corazón desesperado ! 
Tus mismas manos de dolor mordiendo, 
Presente á tu conciencia lo pasado, 
Buscando en vano, con los ojos fijos, 

Y extendiendo tus brazos á tus hijos. 

¡Oh! ¡cruel! ¡muy cruel! ¡Ay! yo entre tanto 

Dentro del pecho mi dolor oculto, 
Enjugo de mis párpados el llanto 

Y doy al mundo el exigido culto : 

Yo escondo con vergüenza mi quebranto, 
Mi propia pena con mi risa insulto, 

Y me divierto en arrancar del pecho 
Mi mismo corazón pedazos hecho. 

243 



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA 

Gocemos, si ; la cristalina esfera 
Gira bañada en luz : ¡ bella es la vida ! 
¿ Quién á parar alcanza la carrera 
Del mundo hermoso que al placer convida ? 
Brilla radiente el sol, la primavera 
Los campos pinta en la estación florida : 

Trueqúese en risa mi dolor profundo 

Que haya un cadáver más ¿ qué importa al mundo ? 



DON JOSÉ ZORRILLA 

pp. Introducción 

á los « Cantos del Trovador » 

¿ QUÉ se hicieron las auras deliciosas 
Que henchidas de perfume se perdían 
Entre los lirios y las frescas rosas 
Que el huerto ameno en derredor ceñían ? 
Las brisas del otoño revoltosas 
En rápido tropel las impelían, 

Y ahogaron la estación de los amores 
Entre las hojas de sus yertas flores. 

Hoy al fuego de un tronco nos sentamos 
En torno de la antigua chimenea, 

Y acaso la ancha sombra recordamos 

De aquel tizón que á nuestros pies humea. 

Y hora tras hora tristes esperamos 
Que pase la estación adusta y fea, 
En pereza febril adormecidos 

Y en las propias memorias embebidos. 
En vano á los placeres avarientos 

Nos lanzamos do quier, y orgias sonoras 
244 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Estremecen los ricos aposentos 
Y fantásticas danzas tentadoras ; 
Porque antes y después caminan lentos 
Los turbios días y las lentas horas, 
Sin que alguna ilusión de breve instante 
Del alma el sueño fugitiva encante. 

Pero yo, que he pasado entre ilusiones, 
Sueños de oro y de luz, mi dulce vida, 
No os dejaré dormir en los salones 
Donde al placer la soledad convida ; 
Ni esperar, revolviendo los tizones, 
Al yerto amigo ó la falaz querida, 
Sin que más esperanza os alimente 
Que ir contando las horas tristemente. 

Los que vivís de alcázares señores, 
Venid, yo halagaré vuestra pereza ; 
Niñas hermosas que morís de amores, 
Venid, yo encantaré vuestra belleza ; 
Viejos que idolatráis vuestros mayores, 
Venid, yo os contaré vuestra grandeza ; 
Venid á oir en dulces armonías 
Las sabrosas historias de otros días. 

Yo soy el Trovador que vaga errante : 
Si son de vuestro parque estos linderos, 
No me dejéis pasar, mandad que cante ; 
Que yo sé de los bravos caballeros 
La dama ingrata y la cautiva amante, 
La cita oculta y los combates fieros 
Con que á cabo llevaron sus empresas 
Por hermosas esclavas y princesas. 

Venid á mí, yo canto los amores ; 
Yo soy el trovador de los festines ; 
Yo ciño el arpa con vistosas flores, 

245 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Guirnalda que recojo en mil jardines ; 
Yo tengo el tulipán de cien colores 
Que adoran de Stambul en los confines, 

Y el lirio azul incógnito y campestre 
Que nace y muere en el peñón silvestre. 

¡ Ven á mis manos, ven, arpa sonora ! 
¡ Baja á mi mente, inspiración cristiana, 

Y enciende en mí la llama creadora 
Que del aliento del Querub emana ! 
¡ Lejos de mí la historia tentadora 
De agena tierra y religión profana ! 
Mi voz, mi corazón, mi fantasía 
La gloria cantan de la patria mía. 

Venid, yo no hollaré con mis cantares 
Del pueblo en que he nacido la creencia, 
Respetaré su ley y sus altares ; 
En su desgracia á par que en su opulencia 
Celebraré su fuerza ó sus azares, 
Y, fiel ministro de la gaya ciencia, 
Levantaré mi voz consoladora 
Sobre las ruinas en que España llora. 

¡ Tierra de amor ! ¡ tesoro de memorias, 
Grande, opulenta y vencedora un día, 
Sembrada de recuerdos y de historias, 

Y hollada asaz por la fortuna impía ! 
Yo cantaré tus olvidadas glorias ; 
Que en alas de la ardiente poesía 

No aspiro á más laurel ni á más hazaña 
Que á una sonrisa de mi dulce España. 



246 



DON JOSÉ ZORRILLA 
8o. A buen juez mejor testigo 

Tradición Je Toledo 
1 

ENTRE pardos nubarrones 
Pasando la blanca luna, 
Con resplandor fugitivo, 
La baja tierra no alumbra. 
La brisa con frescas alas 
Juguetona no murmura, 

Y las veletas no giran 
Entre la cruz y la cúpula. 
Tal vez un pálido rayo 
La opaca atmósfera cruza, 

Y unas en otras las sombras 
Confundidas se dibujan. 
Las almenas de las torres 
Un momento se columbran, 
Como lanzas de soldados 
Apostados en la altura. 
Reverberan los cristales 
La trémula llama turbia, 

Y un instante entre las rocas 
Riela la fuente oculta. 

Los álamos de la vega 
Parecen en la espesura 
De fantasmas apiñados 
Medrosa y gigante turba ; 

Y alguna vez desprendida 
Gotea peseda lluvia, 

Que no despierta á quien duerme, 
Ni á quien medita importuna. 
Yace Toledo en el sueño 



347 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Entre Jas sombras confusa, 

Y el Tajo á sus pies pasando 
Con pardas ondas lo arrulla. 
El monótono murmullo 
Sonar perdido se escucha, 
Cual si por las hondas calles 
Hirviera del mar la espuma. 

¡ Qué dulce es dormir en calma 
Cuando á lo lejos susurran 
Los álamos que se mecen, 
Las aguas que se derrumban ! 
Se sueñan bellos fantasmas 
Que el sueño del triste endulzan, 

Y en tanto que sueña el triste, 
No le aqueja su amargura. 

Tan en calma y tan sombría 
Como la noche que enluta 
La esquina en que desemboca 
Una callejuela oculta, 
Se ve de un hombre que aguarda 
La vigilante figura, 

Y tan á la sombra vela 

Que entre las sombras se ofusca. 
Frente por frente á sus ojos 
Un balcón á poca altura 
Deja escapar por los vidrios 
La luz que dentro le alumbra ; 
Mas ni en el claro aposento, 
Ni en la callejuela oscura 
El silencio de la noche 
Rumor sospechoso turba. 
Pasó así tan largo tiempo, 
Que pudiera haberse duda 



248 



DON JOSÉ ZORRILLA 

De si es hombre, ó solamente 

Mentida ilusión nocturna ; 

Pero es hombre, y bien se ve, 

Porque con planta segura 

Ganando el centro á la calle 

Resuelto y audaz pregunta: 

— ¿ Quién va ? — y á corta distancia 

El igual compás se escucha 

De un caballo que sacude 

Las sonoras herraduras. 

¿ Quién va ? repite, y cercana 

Otra voz menos robusta 

Responde : — Un hidalgo ¡ calle ! 

Y el paso el bulto apresura. 

— Téngase el hidalgo, — el hombre 

Replica, y la espada empuña. 

— Ved más bien si me haréis calle 

(Repitieron con mesura) 

Que hasta hoy á nadie se tuvo 

Iban de Vargas y Acuña. 

— Pase el Acuña y perdone : — 

Dijo el mozo en faz de fuga, 

Pues teniéndose el embozo 

Sopla un silbato, y se oculta. 

Paró el jinete á una puerta, 

Y con precaución difusa 
Salió una niña al balcón 
Que llama interior alumbra. 

— ¡ Mi padre ! — clamó en voz baja 

Y el viejo en la cerradura 
Metió la llave pidiendo 

A sus gentes que le acudan. 
Un negro por ambas bridas 

249 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Tomó la cabalgadura, 
Cerróse detrás la puerta 

Y quedó Ja calle muda. 
En esto desde el balcón, 
Como quien tal acostumbra, 
Un mancebo por las rejas 
De la calle se asegura. 

Asió el brazo al que apostado 
Hizo cara á Iban de Acuña, 

Y huyeron, en el embozo 
Velando la catadura. 



Clara, apacible y serena 
Pasa la siguiente tarde, 

Y el sol tocando su ocaso 
Apaga su luz gigante : 
Se ve Ja imperial Toledo 
Dorada por los remates, 
Como una ciudad de grana 
Coronada de cristales. 

El Tajo por entre rocas 
Sus anchos cimientos lame, 
Dibujando en las arenas 
Las ondas con que las bate. 

Y la ciudad se retrata 
En las ondas desiguales, 
Como en prendas de que el rio 
Tan afanoso la bañe. 

A lo lejos en la vega 
Tiende galán por sus márgenes, 
De sus álamos y huertos 
El pintoresco ropaje, 
250 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Y porque su altiva gala 
Mas á los ojos halague, 
La salpica con escombros 
De castillos y de alcázares. 
Un recuerdo es cada piedra 
Que toda una historia vale, 
Cada colina un secreto 
De príncipes ó galanes. 
Aquí se bañó la hermosa 
Por quien dejó un rey culpable 
Amor, fama, reino y vida 
En manos de musulmanes. 
Allí recibió Galiana 
A su receloso amante 
En esa cuesta que entonces 
Era un plantel de azahares. 
Allá por aquella torre, 
Que hicieron puerta los árabes, 
Subió el Cid sobre Babieca 
Con su gente y su estandarte. 
Más lejos se ve el castillo 
De San Servando, ó Cervantes, 
Donde nada se hizo nunca 
Y nada al presente se hace. 
A este lado está la almena 
Por do sacó vigilante 
El conde Don Peranzules 
Al rey, que supo una tarde 
Fingir tan tenaz modorra, 
Que, político y constante, 
Tuvo siempre el brazo quedo 
Las palmas al horadarle. 
Allí está el circo romano, 



25* 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Gran cifra de un pueblo grande, 

Y aquí la antigua Basílica 
De bizantinos pilares, 

Que oyó en el primer concilio 
Las palabras de los Padres 
Que velaron por la Iglesia 
Perseguida ó vacilante. 
La sombra en este momento 
Tiende sus turbios cendales 
Por todas esas memorias 
De las pasadas edades, 

Y del Cambrón y Visagra 
Los caminos desiguales, 
Camino á los Toledanos 
Hacia las murallas abren. 
Los labradores se acercan 
Al fuego de sus hogares, 
Cargados con sus aperos, 
Cansados de sus afanes. 
Los ricos y sedentarios 
Se tornan con paso grave, 
Calado el ancho sombrero, 
Abrochados los gabanes ; 

Y los clérigos y monjes 

Y los prelados y abades 
Sacudiendo el leve polvo 
De capelos y sayales. 
Quédase sólo un mancebo 
De impetuosos ademanes, 
Que se pasea ocultando 
Entre la capa el semblante. 
Los que pasan le contemplan 
Con decisión de evitarle, 



252 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Y él contempla á los que pasan 
Como si á alguien aguardase. 
Los tímidos aceleran 

Los pasos al divisarle, 
Cual temiendo de seguro 
Que les proponga un combate ; 

Y los valientes le miran 
Cual si sintieran dejarle 
Sin que libres sus estoques 
En riña sonora danzen. 
Una mujer también sola 
Se viene el llano adelante, 
La luz del rostro escondida 
En tocas y tafetanes. 

Mas en lo leve del paso, 

Y en lo flexible del talle, 

Puede á través de los velos » 

Una hermosa adivinarse. 
Vase derecha al que aguarda, 

Y él al encuentro la sale 
Diciendo... cuanto se dicen 
En las citas los amantes. 
Mas ella, galanterías 
Dejando severa aparte, 
Así al mancebo interrumpe 
En voz decisiva y grave : 

«Abreviemos de razones, 
Diego Martinez ; mi padre, 
Que un hombre ha entrado en su ausencia 
Dentro mi aposento sabe : 

Y así quién mancha mi honra 
Con la suya me la lave ; 

«53 



DON JOSÉ ZORRILLA 

O dadme mano de esposo, 
O libre de vos dejadme. » 
Miróla Diego Martínez 
Atentamente un instante, 

Y echando á un lado el embozo, 
Repuso palabras tales : 
«Dentro de un mes, Inés mía, 
Parto á la guerra de Flandes ; 
Al año estaré de vuelta 

Y contigo en los altares. 
Honra que yo te desluzca, 
Con honra mia se lave ; 

Que por honra vuelven honra 
Hidalgos que en honra nacen. 
— Júralo, — exclamó la nifia. 
— Má6 que mi palabra vale 
No te valdrá un juramento. 
— Diego, la palabra es aire. 
— ¡ Vive Dios que estás tenaz ! 
Dalo por jurado y baste. 
— No me basta ; que olvidar 
Puedes la palabra en Flándes. 
— ¡ Voto á Dios ! : qué más pretendes ? 
— Que á los pies de aquella imagen 
Lo jures como cristiano 
Del santo Cristo delante. » 
Vaciló un punto Martínez, 
Mas porfiando que jurase, 
Llevóle Inés hacia el templo 
Que en medio la vega yace. 
Enclavado en un madero, 
En duro y postrero trance, 
Ceñida la sien de espillas, 
254 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Descolorido el semblante, 
Víase allí un crucifijo 
Teñido de negra sangre, 
A quien Toledo devota 
Acude hoy en sus azares. 
Ante sus plantas divinas 
Llegaron ambos amantes, 

Y haciendo Inés que Martínez 
Los sagrados pies tocase, 
Preguntóle : 

— Diego, ¿juras 
A tu vuelta desposarme ? 
Contestó al mozo : 

— ¡ Sí juro ! 

Y ambos del templo se salen. 



Pasó un dia y otro dia, 
Un mes y otro mes pasó, 

Y un año pasado habia, 
Mas de Flándes no volvia 
Diego, que á Flándes partió. 

Lloraba la bella Inés 
Su vuelta aguardando en vano, 
Oraba un mes y otro mes 
Del crucifijo á los pies 
Do puso el galán su mano. 

Todas las tardes venía 
Después de traspuesto el sol, 

Y á Dios llorando pedia 
La vuelta del español, 

Y el español no volvia. 

Y siempre al anochecer, 

*55 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Sin dueña y sin escudero, 
En un manto una mujer 
El campo salia á ver 
Al alto del Miradero. 

\ Ay del triste que consume 
Su existencia en esperar ! 
¡ Ay del triste que presume 
Que el duelo con que él se abrume 
Al ausente ha de pesar ! 

La esperanza es de los cielos 
Precioso y funesto don, 
Pues los amantes desvelos 
Cambian la esperanza en celos, 
Que abrasan el corazón. 

Si es cierto lo que se espera, 
Es un consuelo en verdad ; 
Pero siendo una quimera, 
En tan frágil realidad 
Quien espera desespera. 

Así Inés desesperaba 
Sin acabar de esperar, 

Y su tez se marchitaba, 

Y su llanto se secaba 
Para volver á brotar. 

En vano á su confesor 
Pidió remedio ó consejo 
Para aliviar su dolor ; 
Que mal se cura el amor 
Con las palabras de un viejo. 

En vano á Iban acudía, 
Llorosa y desconsolada ; 
El padre no respondía ; 
Que la lengua le tenía 



256 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Su propia deshonra atada. 

Y ambos maldicen su estrella, 
Callando el padre severo 

Y suspirando la bella, 
Porque nació mujer ella, 

Y el viejo nació altanero. 
Dos años al fin pasaron 

En esperar y gemir, 

Y las guerras acabaron, 

Y los de Flándes tornaron 
A sus tierras á vivir. 

Pasó un dia y otro dia, 
Un mes y otro mes pasó, 

Y el tercer año corría ; 
Diego á Flándes se partió, 
Mas de Flándes no volvía. 

Era una tarde serena, 
Doraba el sol de occidente 
Del Tajo la vega amena, 

Y apoyada en una almena 
Miraba Inés la corriente. 

Iban las tranquilas olas 
Las riberas azotando 
Bajo las murallas solas, 
Musgo, espigas y amapolas 
Ligeramente doblando. 

Algún olmo que escondido 
Creció entre la yerba blanda, 
Sobre las aguas tendido 
Se reflejaba perdido 
En su cristalina banda. 

Y algún ruiseñor colgado 
Entre su fresca espesura 

S 18 2 S 7 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Daba al aire embalsamado 
Su cántico regalado 
Desde la enramada oscura. 

Y algún pez con cien colores, 
Tornasolada la escama, 
Saltaba á besar las flores, 

Que exhalan gratos olores 
A las puntas de una rama. 

Y allá en el trémulo fondo 
El torreón se dibuja 

Como el contorno redondo 
Del hueco sombrío y hondo 
Que habita nocturna bruja. 

Asi la niña lloraba 
El rigor de su fortuna, 

Y asi la tarde pasaba 

Y al horizonte trepaba 
La consoladora luna. 

A lo lejos por el llano 
En confuso remolino 
Vio de hombres tropel lejano 
Que en pardo polvo liviano 
Dejan envuelto el camino. 

Bajó Inés del torreón, 

Y llegando recelosa 

A las puertas del Cambrón, 
Sintió latir zozobrosa 
Más inquieto el corazón. 

Tan galán como altanero 
Dejó ver la escasa luz 
Por bajo el arco primero 
Un hidalgo caballero 
En un caballo andaluz. 



258 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Jubón negro acuchillado, 
Banda azul, lazo en la hombrera, 

Y sin pluma al diestro lado 
El sombrero derribado 
Tocando con la gorguera. 

Bombacho gris guarnecido, 
Bota de ante, espuela de oro, 
Hierro al cinto suspendido, 

Y á una cadena prendido 
Agudo cuchillo moro. 

Vienen tras este jinete 
Sobre potros jerezanos 
De lanceros hasta siete, 

Y en adarga y coselete 
Diez peones castellanos. 

Asióse á su estribo Inés 
Gritando : — ¡ Diego, eres tu ! — 

Y él viéndola de través 
Dijo — ¡ Voto á Bclcebú, 
Que no me acuerdo quién es ! 

Dio la triste un alarido 
Tal respuesta al escuchar, 

Y á poco perdió el sentido, 
Sin que más voz ni gemido 
Volviera en tierra á exhalar. 

Frunciendo ambas á dos cejas 
Encomendóla á su gente, 
Diciendo : — ¡ Malditas viejas 
Que á las mozas malamente 
Enloquecen con consejas ! — 

Y aplicando el capitán 
A su potro las espuelas 
El rostro á Toledo dan, 

259 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Y á trote cruzando van 
Las oscuras callejuelas. 



Así por sus altos fines 
Dispone y permite el cielo 
Que puedan mudar al hombre 
Fortuna, poder y tiempo. 
A Flándes partió Martínez 
De soldado aventurero, 

Y por su suerte y hazañas 
Allí capitán le hicieron. 
Según alzaba en honores 
Alzábase en pensamientos, 

Y tanto ayudó en la guerra 
Con su valor y altos hechos, 
Que el mismo rey á su vuelta 
Le armó en Madrid caballero, 
Tomándole á su servicio 

Por capitán de Lanceros. 

Y otro no fué que Martínez 
Quien há poco entró en Toledo, 
Tan orgulloso y ufano 

Cual salió humilde y pequeño. 
Ni es otro á quien se dirige, 
Cobrado el conocimiento. 
La amorosa Inés de Vargas, 
Que vive por él muriendo. 
Mas él, que olvidando todo 
Olvidó su nombre mesmo, 
Puesto que Diego Martínez 
Es el capitán Don Diego, 
Ni se ablanda á sus caricias, 
260 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Ni cura de sus lamentos ; 
Diciendo que son locuras 
De gentes de poco seso ; 
Que ni él prometió casarse 
Ni pensó jamas en ello. 
¡ Tanto mudan á los hombres 
Fortuna, poder y tiempo ! 
En vano porfiaba Inés 
Con amenazas y ruegos ; 
Cuanto más ella importuna 
Está Martínez severo. 
Abrazada á sus rodillas 
Enmarañado el cabello, 
La hermosa niña lloraba 
Prosternada por el suelo. 
Mas todo empeño es inútil, 
Poique el capitán Don Diego 
No ha de ser Diego Martínez 
Como lo era en otro tiempo. 

Y así llamando á su gente, 
De amor y piedad ajeno, 
Mandóles que á Inés llevaran 
De grado ó de valimiento. 
Mas ella antes que la asieran, 
Cesando un punto en su duelo, 
Así habló, el rostro lloroso 
Hacia Martínez volviendo : 
«Contigo se fué mi honra, 
Conmigo tu juramento ; 

Pues buenas prendas son ambas, 
En buen fiel las pesaremos.» 

Y la faz descolorida 

En la mantilla envolviendo 



261 



DON JOSÉ ZORRILLA 

A pasos desatentados 
Salióse del aposento. 



Era entonces de Toledo 
Por el rey gobernador 
El justiciero y valiente 
Don Pedro Ruiz de Alarcon. 
Muchos años por su patria 
El buen viejo peleó ; 
Cercenado tiene un brazo, 
Mas entero el corazón. 
La mesa tiene delante, 
Los jueces en derredor, 
Los corchetes á la puerta 

Y en la derecha el bastón. 
Está, como presidente 
Del tribunal superior, 

Entre un dosel y una alfombra 
Reclinado en un sillón 
Escuchando con paciencia 
La casi asmática voz 
Con que un tétrico escribano 
Solfea una apelación. 
Los asistentes bostezan 
Al murmullo arrullado!", 
Los jueces medio dormidos 
Hacen pliegues al ropón, 
Los escribanos repasan 
Sus pergaminos al sol, 
Los corchetes á una moza 
Guiñan en un corredor, 

Y abajo en Zocodover 
262 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Gritan en discorde son 

Los que en el mercado venden 

Lo vendido y el valor. 

Una mujer en tal punto, 
En faz de grande aflicción, 
Rojos de llorar los ojos, 
Ronca de gemir la voz, 
Suelto el cabello y el manto, 
Tomó plaza en el salón 
Diciendo á gritos : « ¡ Justicia, 
Jueces, justicia, señor ! » 

Y á los pies se arroja humilde 
De Don Pedro de Alarcon, 
En tanto que los curiosos 

Se agitan al rededor. 
Alzóla cortés Don Pedro 
Calmando la contusión 

Y el tumultuoso murmullo 
Que esta escena ocasionó, 
Diciendo : 

Mujer, ¿ qué quieres :" 
— Quiero justicia, señor. 
De qué ? 

— De una prenda hurtada 
Qué prenda ? 

— Mi corazón. 
Tú le diste ? 
* — Le presté. 

Y no te le han vuelto ? 
—No. 

Tienta testigos ? 

— Ninguno. 

Y promesa ? 

263 



DON JOSÉ ZORRILLA 

— ; Sí, por Dios ! 
Que al partirse de Toledo 
Un juramento empeño. 
— ¿ Quién es él ? 

— Diego Martínez. 
—¿Noble? 

— Y capitán, señor. 
— Presentadme al capitán, 
Que cumplirá si juró. — 
Quedó en silencio la sala, 

Y á poco en el corredor 
Se oyó de botas y espuelas 
El acompasado son. 

Un portero, levantando 

El tapiz, en alta voz 

Dijo : — El capitán Don Diego. — 

Y entró luego en el salón 
Diego Martínez, los ojos 
Llenos de orgullo y furor. 

— ¿ Sois el capitán Don Diego, 
Di jóle Don Pedro, vos ? — 
Contestó altivo y sereno 
Diego Martinez : 

— Yo soy. 
— ¿ Conocéis á esta muchacha r 
— Há tres años, salvo error. 
— ¿ Hicísteisla juramento 
De ser su marido ? — 

—No. 
— ^ Juráis no haberlo jurado ? 
— Sí juro. — 

— Pues id con Dios. 
— ¿ Miente ! — clamó Inés llorando 



264 



DON JOSÉ ZORRILLA 

De despecho y de rubor. 

— Mujer, ¡ piensa lo que dices !... 

— Digo que miente, juró. 

— ¿ Tienes testigos ? — 

— Ninguno. 
— Capitán, idos con Dios, 

Y dispensad que acusado 
Dudara de vuestro honor. — 

Tornó Martinez la espalda 
Con brusca satisfacción, 
E Inés, que le vio partirse, 
Resuelta y firme gritó : 
— Llamadle, tengo un testigo. 
Llamadle otra vez, señor. — 
Volvió el capitán Don Diego, 
Sentóse Ruiz de Alarcon, , 

La multitud aquietóse 

Y la de Vargas siguió : 

— Tengo un testigo á quien nunca 
Faltó verdad ni razón. — 
— ¡ Quién ? 

— Un hombre que de lejos 
Nuestras palabras oyó, 
Mirándonos desde arriba. 
— : Estaba en algún balcón ? 
— No, que estaba en un suplicio 
Donde ha tiempo que espiró. — 
— ¿ Luego es muerto ? 

— No, que vive. 
— Estáis loca, ¡ vive Dios ! 
¿Quién fué ? 

— El Cristo de la Vega 
A cuya faz perjuró. — 

265 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Pusiéronse en pié los jueces 
Al nombre del Redentor, 
Escuchando con asombro 
Tan excelsa apelación. 
Reinó un profundo silencio 
De sorpresa y de pavor, 

Y Diego bajó los ojos 
De vergüenza y confusión. 
Un instante con los jueces 
Don Pedro en secreto habló, 

Y levantóse diciendo 
Con respetuosa voz : 

«La ley es ley para todos, 
Tu testigo es el mejor, 
Mas para tales testigos 
No hay más tribunal que Dios. 
Haremos... lo que sepamos ; 
Escribano, al caer el sol 
Al Cristo que está en la vega 
Tomaréis declaración. » 

vi 
Es una tarde serena, 
Cuya luz tornasolada 
Del purpurino horizonte 
Blandamente se derrama. 
Plácido aroma las flores 
Sus hojas plegando exhalan, 

Y el céfiro entre perfumes 
Mece las trémulas alas. 
Brillan abajo en el valle 
Con suave rumor las aguas, 

Y las aves en la orilla 
266 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Despidiendo al dia cantan. 

Allá por el miradero 
Por el Cambrón y Visagra 
Confuso tropel de gente 
Del Tajo á la vega baja. 
Vienen delante Don Pedro 
De Alarcon, Iban de Vargas, 
Su hija Inés, los escribanos, 
Los corchetes y los guardias ; 

Y detrás monjes, hidalgos, 
Mozas, chicos y canalla. 
Otra turba de curiosos 

En la vega les aguarda, 
Cada cual comentariando 
El caso según le cuadra. 
Entre ellos está Martínez 
En apostura bizarra, 
Calzadas espuelas de oro, 
Valona de encaje blanca, 
Bigote á la borgoñesa, 
Melena desmelenada, 
El sombrero guarnecido 
Con cuatro lazos de plata, 
Un pié delante del otro, 

Y el puño en el de la espada. 
Los plebeyos de reojo 

Le miran de entre las capas, 
Los chicos al uniforme 

Y las mozas á la cara. 
Llegado el gobernador 

Y gente que le acompaña, 
Entraron todos al claustro 
Que iglesia y patio separa. 



267 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Encendieron ante el Cristo 
Cuatro cirios y una lámpara, 

Y de hinojos un momento 
Le rezaron en voz baja. 

Está el Cristo de la Vega 
La cruz en tierra posada, 
Los pies alzados del suelo 
Poco menos de una vara ; 
Hacia la severa imagen 
Un notario se adelanta, 
De modo que con el rostro 
Al pecho santo llegaba. 
A un lado tiene á Martínez, 
A otro lado á Inés de Vargas, 
Detrás al gobernador 
Con sus jueces y sus guardias. 
Después de leer dos veces 
La acusación entablada, 
El notario á Jesucristo 
Así demandó en voz alta : 
— «Jesús, Hijo de María, 
«Ante nos esta mañana 
« Citado como testigo 
« Por boca de Inés de Vargas, 
« j Juráis ser cierto que un dia 
« A vuestras divinas plantas 
<í Juró d Inés Diego Martínez, 
« Por su mujer desposarla P » 

Asida á un brazo desnudo 
Una mano atarazada 
Vino á posar en los autos 
La seca y hendida palma, 

Y allá en los aires « ¡ Sí juro ! » 



2Ó3 



DON JOSÉ ZORRILLA 

Clamó una voz más que humana. 
Alzó la turba medrosa 
La vista á la imagen santa... 
Los labios tenía abiertos, 

Y una mano desclavada. 

CONCLUSIÓN 

Las vanidades del mundo 
Renunció allí mismo Inés, 

Y espantado de sí propio 
Diego Martinez también. 
Los escribanos temblando 
Dieron de esta escena fe, 
Firmando como testigos 
Cuantos hubieron poder. 
Fundóse un aniversario 

Y una capilla con él, 

Y Don Pedro de Alarcon 
El altar ordenó hacer, 

Donde hasta el tiempo que corre, 

Y en cada año una vez, 
Con la mano desclavada 
El crucifijo se ve. 



DON NICOMEDES PASTOR DÍAZ 
Si. A la luna 

DESDE el primer latido de mi pecho, 
Condenado al amor y á la tristeza, 
Ni un eco á mi gemir, ni á la belleza 
Un suspiro alcancé : 

269 



DON NICOMEDES PASTOR DÍAZ 

Hallo por fin mi fúnebre despecho 
Inmenso objeto á mi ilusión amante ; 
Y de la luna el célico semblante, 
Y ei triste mar amé ! 

El mar quedóse allá por su ribera ; 
Sus olas no treparon las montañas ; 
Nunca llega á estas márgenes extrañas 
Su solemne mugir. 
Tú empero que mi amor sigues do quiera, 
Cándida luna, en tu amoroso vuelo, 
Tú eres la misma que miré en el cielo 
De mi patria lucir. 

, Tú sola mi beldad, sola mi amante, 
Única antorcha que mis pasos guía, 
Tú sola enciendes en el alma fría 

Una sombra de amor. 
Sólo el blando lucir de tu semblante 
Mis ya cansados párpados resisten ; 
Sólo tus formas inconstantes visten 

Bello, grato color. 

Ora cubra cargada, rubicunda 
Nube de fuego tu ardorosa frente ; 
Ora candida, pura, refulgente, 
Deslumbre tu mirar. 
Ora sumida en soledad profunda 
Te mire el cielo desmayada y yerta, 
Como el semblante de una virgen muerta 
¡ Ah !...que yo vi expirar. 

La he visto j ay, Dios ! . .. Al sueño en que reposa 
Yo le cerré los anublados ojos ; 
270 



DON NICOMEDES PASTOR DÍAZ 

Yo tendí sus angélicos despojos 
Sobre el negro ataúd. 
Yo sólo oré sobre la yerta losa 
Donde no corre ya lágrima alguna... 
Báñala al menos tú, pálida luna... 
Báñala con tu luz ! 

Tú lo harás... que á los tristes acompañas, 

Y al pensador y al infeliz visitas ; 

Con la inocencia ó con la muerte habitas : 
El mundo huye de tí. 
Antorcha de alegría en las cabanas, 
Lámpara solitaria en las ruinas, 
El salón del magnate no iluminas, 
Pero su tumba... sí ! 

Cargado á veces de aplomadas nubes 
Amaga el cielo con tormenta oscura ; 
Mas ríe al horizonte tu hermosura, 
Y huyó la tempestad. 
Y allá del trono do esplendente subes 
Riges el curso al férvido Oceeáno, 
Cual pecho amante, que al mirar lejano 
Hierve, de su beldad. 

Mas ¡ ay ! que en vano en tu esplendor encantas 
Ese hechizo falaz no es de alegría ; 

Y huyen tu luz y triste compañía 

Los astros con temor. 
Sola por el vacío te adelantas, 

Y en vano en derredor tus rayos tiendes ; 
Que sólo al mundo en tu dolor desciendes, 

Cual sube á tí mi amor. 

371 



DON NICOMEDES PASTOR DÍAZ 

Y en esta tierra, de afflicción guarida, 
¿ Quién goza en tu fulgor blandos placeres ? 
Del nocturno reposo de los seres 
No turbas la quietud. 
No cantarán las aves tu venida ; 
Ni abren su cáliz las dormidas flores : 
Sólo un ser... de desvelos y dolores, 
Ama tu yerta luz ! . . . 

Sí, tú mi amor, mi admiración, mi encanto ! 
La noche anhelo por vivir contigo, 

Y hacia el ocaso lentamente sigo 

Tu curso al fin veloz. 
Paraste á veces á escuchar mi llanto, 

Y desciende en tus rayos amoroso 
Un espíritu vago, misterioso, 

Que responde á mi voz... 

¡ Ay ! calló ya... Mi celestial querida 
Sufrió también mi inexorable suerte... 
Era un sueño de amor... Desvanecerte 
Pudo una realidad. 
Es cieno ya la esqueletada vida ; 
No hay ilusión, ni encantos, ni hermosura ; 
La muerte reina ya sobre natura, 
Y la llaman... Verdad! 

¡ Qué feliz, qué encantado, si ignorante, 
El hombre de otros tiempos viviría, 
Cuando en el mundo, de los dioses vía 
Dó quiera la mansión ! 

Cada eco fuera un suspirar amante, 
Una inmortal belleza cada fuente ; 

272 



DON NICOMEDES PASTOR DÍAZ 

Cada pastor ¡ oh luna ! en sueño ardiente 
Ser pudo un Endimión. 

Ora trocada en un planeta oscuro, 
Girando en los abismos del vacío, 
Do fuerza oculta y ciega, en su extravío, 
Cual piedra te arrojó, 
Es luz de agena luz tu brillo puro ; 
Es ilusión tu mágica influencia, 
Y mi celeste amor... ciega demencia, 
¡ Ay !...que se disipó. 

Astro de paz, belleza de consuelo, 
Antorcha celestial de los amores, 
Lámpara sepulcral de los dolores, 

Tierna y casta deidad ! > 

¿ Qué eres, de hoy más, sobre ese helado cielo ? 
Un peñasco que rueda en el olvido, 
O el cadáver de un sol que, endurecido 
Yace en la eternidad ! 



DON ENRIQUE GIL 
82. La violeta 

FLOR deliciosa en la memoria mía, 
Ven mi triste laúd á coronar, 
Y volverán las trovas de alegría 
En sus ecos tal vez á resonar. 

Mezcla tu aroma á 8U6 cansadas cuerdas ; 
Yo sobre tí no inclinaré mi sien, 
De miedo, pura flor, que entonces pierdas 
5 19 273 



DON ENRIQUE GIL 

Tu tesoro de olores y tu bien. 

Yo, sin embargo, coroné mi frente 
Con tu gala en las tardes del Abril, 
Yo te buscaba orillas de la fuente, 
Yo te adoraba tímida y gentil. 

Porque eras melancólica y perdida, 

Y era perdido y lúgubre mi amor, 

Y en tí miré el emblema de mi vida 

Y mi destino, solitaria flor. 

Tú allí crecías olorosa y pura 
Con tus moradas hojas de pesar ; 
Pasaba entre la yerba tu frescura 
De la fuente al confuso murmurar. 

Y pasaba mi amor desconocido, ■ 
De un arpa oscura al apagado son, 
Con frivolos cantares confundido 
El himno de mi amante corazón. 

Yo busqué la hermandad de la desdicha 
En tu cáliz de aroma y soledad, 

Y á tu ventura asemejé mi dicha, 

Y á tu prisión mi antigua libertad. 

¡ Cuántas meditaciones han pasado 
Por mi frente mirando tu arrebol ! 
¡ Cuántas veces mis ojos te han dejado 
Para volverse al moribundo sol ! 

¡ Qué de consuelos á mi pena diste 
Con tu calma y tu dulce lobreguez, 
Cuando la mente imaginaba triste 
El negro porvenir de la vejez ! 

Yo me decía : « Buscaré en las flores 
Seres que escuchen mi infeliz cantar, 
Que mitiguen con bálsamo de olores 
Laá ocultas heridas del pesar, • 
274 



DON ENRIQUE GIL 

Y me apartaba, al alumbrar la luna, 
De tí, bañada en moribunda luz, 
Adormecida en tu vistosa cuna, 
Velada en tu aromático capuz. 

Y una esperanza el corazón llevaba 
Pensando en tu sereno amanecer, 

Y otra vez en tu cáliz divisaba 
Perdidas ilusiones de placer. 

Heme hoy aquí : ¡ cuan otros mis cantares 
¡ Cuan otro mi pensar, mi porvenir ! 
Ya no hay flores que escuchen mis pesares, 
Ni soledad donde poder gemir. 

Lo secó todo el soplo de mi aliento, 

Y naufragué con mi doliente amor : , 
Lejos ya de la paz y del contento, 
Mírame aquí en el valle del dolor. 

Era dulce mi pena y mí tristeza ; 
Tal vez moraba una ilusión detrás : 
Mas la ilusión voló con su pureza, 
Mis ojos ¡ay ! no la verán jamás. 

Hoy vuelvo á tí, cual pobre viajero 
Vuelve al hogar que niño le acogió ; 
Pero mis glorias recobrar no espero, 
Sólo á buscar la huesa vengo yo. 

Vengo á buscar mi huesa solitaria 
Para dormir tranquilo junto á tí, 
Ya que escuchaste un día mi plegaria, 

Y un ser humano en tu corola vi. 

Ven mi tumba á adornar, triste viola, 

Y embalsama mi oscura soledad ; 
Sé de su pobre césped la aureola 
Con tu vaga y poética beldad. 

2 7í 



DON ENRIQUE GIL 

Quizá al pasar la virgen de los valles, 
Enamorada y rica en juventud, 
Por las umbrosas y desiertas calles 
Do yacerá escondido mi ataúd, 

Irá á cortar la humilde violeta 

Y la pondrá en su seno con dolor, 

Y llorando dirá : « ¡ Pobre poeta ! 

¡ Ya está callada el arpa del amor ! » 



PADRE JUAN ARÓLAS 

83. Se más feliz que yo 

SOBRE pupila azul, con sueño leve, 
Tu párpado cayendo amortecido, 
Se parece á la pura y blanca nieve 
Que sobre las violetas reposo : 
Yo el sueño del placer nunca he dormido 
Sé más feliz que yo. 

Se asemeja tu voz en la plegaria 
Ai canto del zorzal de indiano suelo 
Que sobre la pagoda solitaria 
Los himnos de la tarde suspiro : 
Yo sólo esta oración dirijo al cielo : 
Sé más feliz que yo. 

Es tu aliento la esencia más fragante 
De los lirios del Arno caudaloso 
Que brotan sobre un junco vacilante 
Cuando el céfiro blando los meció : 
Yo no gozo su aroma delicioso : 
Sé más feliz que yo. 

El amor, que es espíritu de fuego, 
276 



PADRE JUAN ARÓLAS 

Que de callada noche se aconseja 
Y se nutre con lágrimas y ruego, 
En tus purpúreos labios se escondió : 
Él te guarde el placer y á mí la queja : 
Sé más feliz que yo. 

Bella es tu juventud en sus albores 
Como un campo de rosas del Oriente ; 
Al ángel del recuerdo pedí flores 
Para adornar tu sien, y me las dio ; 
Yo decía al ponerlas en tu frente : 
Sé más feliz que yo. 

Tu mirada vivaz es de paloma ; 
Como la adormidera del desierto 
Causas dulce embriaguez, hurí de aroma 
Que el cielo de topacio abandonó : 
Mi suerte es dura, mi destino incierto : 
Sé mas feliz que yo. 



DON PABLO PIFERRER 
84.. Canción de la Primavera 

YA vuelve la primavera : 
Suene la gaita, — ruede la danza : 

Tiende sobre la pradera 
El verde manto — de la esperanza. 

Sopla caliente la brisa : 
Suene la gaita, — ruede la danza : 

Las nubes pasan aprisa, 
Y el azur muestran — de la esperanza. 

277 



DON PABLO PIFERRER 

La flor ríe en su capullo : 
Suene la gaita, — ruede la danza : 

Canta el agua en su murmullo 
El poder santo— de la esperanza. 

¿ La oís que en los aires trina : 
Suene la gaita, — ruede la danza : 

— «Abrid á la golondrina, 
Que vuelve en alas — de la esperanza. ¡ — ■ 

Niña, la niña modesta : 
Suene la gaita, — ruede la danza : 

El Mayo trae tu fiesta 
Que el logro trae — de tu esperanza. 

Cubre la tierra el amor : 
Suene la gaita, — ruede la danza : 

El perfume engendrador 
Al seno sube — de la esperanza. 

Todo zumba y reverdece : 
Suene la gaita, — ruede la danza > 

Cuanto el son y el verdor crece, 
Tanto más crece — toda esperanza. 

Sonido, aroma y color 
(Suene la gaita, — ruede la danza) 

Úñense en himnos de amor, 
Que engendra el himno — de la esperanza. 

Morirá la primavera : 
Suene la gaita, — ruede la danza : 
278 



DON PABLO PIFERRER 

Mas cada año en la pradera 
Tornará el manto — de la esperanza. 

La inocencia de la vida 
(Calle la gaita, — pare la danza) 

No toma una vez perdida : 
¡ Perdí la mía ! — ¡ ay mi esperanza ! 



DON GABRIEL GARCÍA TASSARA 

Sj. Himno al Mesías 



BAJA otra vez al mundo, 
¡ Baja otra vez, Mesías ! 
De nuevo son los días 
De tu alta vocación ; 

Y en su dolor profundo 
La humanidad entera 
El nuevo oriente espera 
De un sol de redención. 

Corrieron veinte edades 
Desde el supremo día 
Que en esa cruz te vía 
Morir Jerusalén ; 

Y nuevas tempestades 
Surgieron y bramaron, 
De aquellas que asolaron 
El primitivo Edén. 

De aquellas que le ocultan 
Al hombre su camino 
Con ciego torbellino 
De culpa y expiación ; 

279 



DON GABRIEL GARCÍA TASSARA 

De aquellas que sepultan 
En hondos cautiverios 
Cadáveres de imperios 
Que fueron y no son. 

Sereno está en la esfera 
El sol del firmamento : 
La tierra en su cimiento 
Inconmovible está : 
La blanca primavera 
Con su gentil abrazo 
Fecunda el gran regazo 
Que flor y fruto da. 

Mas ¡ ay ! que de las almas 
El sol yace eclipsado : 
Mas ¡ ay ! que ha vacilado 
El polo de la fe ; 
Mas ¡ ay ! que ya tus palmas 
Se vuelven al desierto : 
No crecen, no, en el huerto 
Del que tu pueblo fué. 

Tiniebla es ya la Europa : 
Ella agotó la ciencia, 
Maldijo su creencia, 
Se apacentó con hiél ; 

Y rota ya la copa 
En que su fé bebía, 
Su alzaba y te decía : 

j Señor ! yo soy Luzbel. 

Mas ¡ ay ! que contra el cielo 
No tiene el hombre rayo, 

Y en súbito desmayo 
Cayó de ayer á hoy ; 

Y en son de desconsuelo, 
280 



DON GABRIEL GARCÍA TASSARA 

Y en llanto de impotencia, 
Hoy clama en tu presencia : 
Señor, tu pueblo soy. 

No es, no, la Roma atea 
Que entre aras derrocadas 
Despide á carcajadas 
Los dioses que se van : 
Es la que, humilde rea, 
Baja á las catacumbas, 

Y palpa entre las tumbas 
Los tiempos que vendrán. 

Todo, Señor, diciendo 
Está los grandes días 
De luto y agonías, 
De muerte y orfandad ; 
Que, del pecado horrendo 
Envuelta en el sudario, 
Pasa por un Calvario 
La ciega humanidad. 

Baja ¡ oh Señor ! no en vano 
Siglos y siglos vuelan ; 
Los siglos nos revelan 
Con misteriosa luz 
El infinito arcano 

Y la virtud que encierra, 
Trono de cielo y tierra 
Tu sacrosanta cruz. 

Toda la historia humana 
¡ Señor ! está en tu nombre ; 
Tú fuiste Dios del hombre, 
Dios de la humanidad. 
Tu sangre soberana 
Es su Calvario eterno : 

281 



DON GABRIEL GARCÍA TASSARA 

Tu triunfo del infierno 
Es su inmortalidad. 

¿ Quién dijo, Dios clemente, 
Que tú no volverías, 

Y á horribles gemonías, 

Y á eterna perdición, 
Condena á esta doliente 
Raza del ser humano 
Que espera de tu mano 
Su nueva salvación : 

Sí, tú vendrás. Vencidos 
Serán con nuevo ejemplo 
Los que del santo templo 
Apartan á tu grey. 
Vendrás y confundidos 
Caerán con los ateos 
Los nuevos fariseos 
De la caduca ley. 

¿ Quién sabe si ahora mismo 
Entre alaridos tantos 
De tus profetas santos 
La voz no suena ya ? 
Vén, saca del abismo 
Á un pueblo moribundo ; 
Luzbel ha vuelto al mundo 
Y Dios j no volverá i 

¡ Señor ! En tus juicios 
La comprensión se abisma ; 
Mas es siempre Ja misma 
Del Gólgota la voz. 
Fatídicos auspicios 
Resonarán en vano ; 
No es el destino humano 
282 



DON GABRIEL GARCÍA TASSARA 

La humanidad 6in Dios. 
Ya pasarán los siglos 
De la tremenda prueba ; 
¡ Ya nacerás, luz nueva 
De la futura edad ! 
Ya huiréis ¡ negros vestiglos 
De los antiguos días ! 
Ya volverás ¡ Mesías ! 
En gloria y majestad. 



DOÑA GERTRUDIS GÓMEZ 
DE AVELLANEDA 

86. Amor y orgullo 

UN tiempo hollaba por alfombra rosas ; 

Y nobles vates, de mentidas diosas 
Prodigábanme nombres ; 

Mas yo, altanera, con orgullo vano, 
Cual águila real al vil gusano 
Contemplaba á los hombres. 

Mi pensamiento — en temerario vuelo — 
Ardiente osaba demandar al cielo 
Objeto á mis amores : 

Y si á la tierra con desdén volvía 
Triste mirada, mi soberbia impía 
Marchitaba sus flores. 

Tal vez por un momento caprichosa 
Entre ellas revolé, cual mariposa, 
Sin fijarme en ninguna ; 
Pues de místico bien siempre anhelante, 

383 



DOÑA G. G. DE AVELLANEDA 

Clamaba en vano, como tierno infante 
Quiere abrazar la luna. 

Hoy, despeñada de la excelsa cumbre, 
Do osé mirar del sol la ardiente lumbre 
Que fascinó mis ojos, 
Cual hoja seca al raudo torbellino, 
Cedo al poder del áspero destino.... 
¡ Me entrego á sus antojos ! 

Cobarde corazón, que el nudo estrecho 
Gimiendo sufres, díme : ¿ qué se ha hecho 
Tu presunción altiva ? 
¿ Qué mágico poder, en tal bajeza 
Trocando ya tu indómita fiereza, 
De libertad te priva ? 

¡ Mísero esclavo de tirano dueño ; 
Tu gloria fué cual mentiroso sueño, 
Que con las sombras huye ! 
Di ¿ qué se hicieron ilusiones tantas 
De necia vanidad, débiles plantas 
Que el aquilón destruye ? 

En hora infausta á mi feliz reposo, 
¿ No dijiste, soberbio y orgulloso : 
— Quién domará mi brio ? 
¡ Con mi solo poder haré, si quiero, 
Mudar de rumbo al céfiro ligero 

Y arder al mármol frío ! — 

¡ Funesta ceguedad ! ¡ Delirio insano ! 
Te gritó la razón... Mas ¡ cuan en vano 
Te advirtió tu locura ! 
Tú misma te forjaste la cadena, 
Que á servidumbre eterna te condena, 

Y á duelo y amargura. 

Los lazos caprichosos que otros días 
284 



DOÑA G. G. DE AVELLANEDA 

— Por pasatiempo — á tu placer tejías, 
Fueron de seda y oro : 
Los que hora rinden tu valor primero 
Son eslabones de pesado acero, 
Templados con tu lloro. 

: Qué esperaste ¡ ay de tí ! de un pecho helado, 
De inmenso orgullo y presunción hinchado, 
De víboras nutrido ? 

Tú — que anhelabas tan sublime objeto — 
¿ Cómo al capricho de un mortal sujeto 
Te arrastras abatido ? 

¿ Con qué velo tu amor cubrió mis ojos, 
Que por flores tomé duros abrojos 

Y por oro la arcilla !... 

¡ Del torpe engaño mis rivales ríen, 

Y mis amantes ¡ ay ! tal vez se engríen 
Del yugo que me humilla ! 

j Y tú lo sufres, corazón cobarde ? 
¿Y de tu servidumbre haciendo alarde, 
Quieres ver en mi frente 
El sello del amor que te devora ?... 
j Ah ! velo, pues, y búrlese en buen hora 
De mi baldón la gente. 

¡ Salga del pecho — requemando el labio — ■ 
El caro nombre, de mi orgullo agravio, 
De mi dolor sustento ! 
¿ Escrito no le ves en las estrellas 

Y en la luna apacible, que con ellas 
Alumbra el firmamento ? 

¿ No le oyes, de las auras al murmullo ? 
¿ No le pronuncia — en gemidor arrullo — 
La tórtola amorosa ? 

¿ No resuena en los árboles, que el viento 

285 



DOÑA G. G. DE AVELLANEDA 

Halaga con pausado movimiento 
En esa selva hojosa ? 

De aquella fuente entre las claras linfas, 
¿ No le articulan invisibles ninfas 
Con eco lisonjero ?... 
¿ Por qué callar el nombre que te inflama, 
Si aun el silencio tiene voz, que aclama 
Ese nombre que quiero ? 

Nombre que un alma lleva por despojo ; 
Nombre que excita con placer enojo, 
Y con ira ternura ; 

Nombre más dulce que el primer cariño 
De joven madre al inocente niño, 
Copia de su hermosura : 

Y más amargo que el adiós postrero 
Que al suelo damos, donde el sol primero 
Alumbró nuestra vida. 
Nombre que halaga y halagando mata ; 
Nombre que. hiere — como sierpe ingrata — 
Al pecho que le anida. 

¡ No, no lo envíes, corazón, al labio !... 

Guarda tu mengua con silencio sabio ! 

Guarda, guarda tu mengua ! 

Callad también vosotras, auras, fuente, 
Trémulas hojas, tórtola doliente* 
Como calla mi lengua ! 

DON EULOGIO FLORENTINO SANZ 

8y. Epístola á Pedro 

QUIERO que sepas, aunque bien lo sabes, 
Que á orillas del Sprée (ya que del río 
286 



DON EULOGIO FLORENTINO SANZ 

Se hace mención en circunstancias graves) 

Mora un semi-alemán, muy señor mío, 
Que entre los rudos témpanos del Norte 
Recuerda la amistad y olvida el frío. 

Lejos de mi Madrid, la villa y corte, 
Ni de ella falto yo porque esté lejos, 
Ni hay una piedra allí que no me importe ; 

Pues sueña con la patria, á los reflejos 
De su distante sol, el desterrado, 
Como con su niñez sueñan los viejos. 

Ver quisiera un momento, y á tu lado, 
Cuál por ese aire azul nuestra Cibeles 
En carroza triunfal rompe hacia el Prado... 

i Ríes?... Juzga el volar cuando no vueles... 
¡Átomo harás del mundo que poseas 
Y mundo harás del átomo que anheles ! 

Al sentir coram 'vulgo no te creas... 
Al pensar coram vulgo, no te olvides 
De compulsar á solas tus ideas. 

Como dejes la España en que resides, 
Donde quiera que estés, ya echarás menos 
Esa patria de Dólfos y de Cides ; 

Que obeliscos y pórticos ágenos 
Nunca valdrán los patrios palomares 
Con las memorias de la infancia llenos. 

Por eso, aunque dan son á mis cantares 
Elba, Danubio y Rhin, yo los olvido 
Recordando á mi pobre Manzanares. 

¡Allí mi juventud !...¡ ay ! ¿ quién no ha oido 
Desde cualquier región, ecos de aquella 
Donde niñez y juventud han sido ? 

Hoy mi vida de ayer, pálida ó bella, 
Múltiple se repite en mis memorias, 

287 



DON EULOGIO FLORENTINO SANZ 

Como en lágrimas mil única estrella... 

Que quedan en el alma las historias 
De dolor ó placer, y allí se hacinan, 
Del fundido metal muertas escorias. 

Y, aunque ya no calientan ni iluminan, 
Si al soplo de un suspiro se estremecen, 
¡ Aun consuelan el alma ! . . . ¡ 6 la asesinan ! 

Cuando ai partir del sol las sombras crecen, 
Y, entre sombras y sol, tibios instantes 
En torno del horario se adormecen ; 

El dolor y el placer, férvidos antes, 
Se pierden ya en el alma indefinidos, 
A la luz y á la sombra semejantes. 

Y en esta languidez de los sentidos, 
Crepúsculo moral en que indolente 
Se arrulla el corazón con sus latidos, 

Pláceme contemplar indiferente 
Cuál del dormido Sprée sobre la espalda 
Y en lúbrico chapín sesga la gente. 

Ó recordar el toldo de esmeralda 
Que antes bordó el Abril en donde ahora 
Nieve septentrional tiende su falda : 

Mientras la luz del Héspero incolora 
Baña el campo sin fin, que el Norte rudo 
Salpico de brillantes á la aurora. 

¡ Hijo de otra región, trémulo y mudo 
Con la mirada que por tí paseo, 
Nieve septentrional, yo te saludo ! 

Una tarde de Mayo (casi creo 
Que salta á mi memoria su hermosura 
De este cuadro invernal, como un deseo), 

Una tarde de llores y verdura, 

283 



DON EULOGIO FLORENTINO SANZ 

Rica de cielo azul, sin un celaje, 

Y empapada en aromas y frescura ; 

En que, al son de las auras, el ramaje 
Trémulo de los tilos repetía 
De otros lejanos bosques el mensaje ; 

Yo, con mi propio afán por compañía, 
Del recinto salí que nombró el mundo 
Corte del rey filósofo algún día. 

Á su verdor del Norte sin segundo, 
De un frondoso jardín los laberintos 
Atrajeron mi paso vagabundo... 

En armoniosa confusión distintos, 
Cándidos nardos y claveles rojos, 
Tulipanes, violas y jacintos, 

De admirar el verjel diéronme antojos ; 

Y perdíme en sus vueltas, rebuscando, 
Ya que no al corazón, pasto á los ojos. 

Y una viola, que al favonio blando 
Columpiaba su tímida corola, 
Quise arrancar... — Mas súbito, clavando 

Mis ojos en el césped, donde sola 
Daba al favonio sus esencias puras, 
Respeté por el césped la viola... 

¡ Guirnalda funeral, de desventuras 

Y lágrimas nacida, eran las flores 
De aquel vasto jardín de sepulturas ! 

Pero jardín. Allí, cuando los llores, 
Aun te hablarán la amante ó el amigo 
Con aromas y jugos y colores... 

¡ Y de tu santo afán mudo testigo, 
Algo en aquellas flores sepulcrales, 
Algo del muerto bien será contigo ! 

Dentro de nuestros muros funerales 
S 20 289 



DON EULOGIO FLORENTINO SANZ 

Jamás brota una flor... Mal brotaría 
De ese alcázar de cal y mechinales, 

índice de la nada en simetría, 
Que á la madre común roba los muertos 
Para henchir su profana estantería ; 

¡ Ruin estación de huéspedes inciertos 
Que ofreciera á los vivos su morada 
Por alquilar los túmulos abiertos ! 

De tierra sobre tierra fabricadas, 
Más solemnes quizá, por más sencillas, 
Las del santo jardín tumbas aisladas, 

Con su césped de flores amarillas 
Se elevan... no muy altas... á la altura 
Del que llore, al besarlas, de rodillas. 

¡ Mas sola allí, sin flores, sin verdura, 
Bajo su cruz de hierro se levanta 
De un hispano cantor la sepultura !... 1 

Delante de su cruz tuve mi planta... 
Y soñé que en su rótulo leía : 
« ¡ Nunca duerme entre flores quien las canta ! » 

¡ Pobre césped marchito ! ¡ Quién diría 
Que el cantor de Jas flores en tu seno 
Durmiera tan sin flores algún día ! 

Mas ¡ ay del ruiseñor que, en aire ajeno, 
Por atmósfera extraña sofocado, 
Sobre extraña región cayó en el cieno ! 

¡ Ay del vate infeliz que, amortajado 
Con su negro ropón de peregrino, 
Yace en su propia tumba desterrado ! 

Yo, al encontrar su cruz en mi camino, 
Como engendra el dolor supersticiones, 

1 Enrique Gil 
290 



DON EULOGIO FLORENTINO SANZ 

Llamé tres veces al cantor divino. 

Y de su lira desperté los sones, 

Y turbé los sepulcros murmurando 

La más triste canción de sus canciones.. 

Y á la viola, que al favonio blando 
Columpiaba allí cerca su corola, 
Volví turbios los ojos.. .Y clavando 

La rodilla en el césped (donde sola 
Era airón sepulcral de una doncella) 
Desprendí de su césped la viola. 

Y al lado del cantor volví con ella ; 

Y así lloré, sobre su cruz mi mano, 
La del pobre cantor mísera estrella: 

— Bien te dice mi voz que soy tu hermano ; 
¿ Quién saludara tus despojos frios 
Sin el ¡ ay ! de mi acento castellano ? 

Diéronte ajena tumba hados impíos... 
¡ Si ojos extraños la contemplan secos, 
Hoy la riegan de lágrimas los míos ! 

Sólo suena mi voz entre sus huecos, 
Para que en ella, si la escuchas, halles 
Los de tu propria voz .postumos ecos... 

/ Por las desiertas y sombrías calles 
Donde duerme tu féretro escondido, 
No pasa, no, la virgen de los valles ! 

Una vez que ha pasado no ha venido... 
Trajéronla con rosas.. .A tu lado 
La virgen, desde entonces, ha dormido... 

Si su pálida sombra, al compasado 
Son de la media noche, inoportuna, 
Flores entre tu césped ha buscado, 

Bien habrá visto á la menguante luna 
Que en el santo jardín, rico de llores, 

w 



DON EULOGIO FLORENTINO SANZ 

Sólo yace tu césped sin ninguna. 

¡ No tienes una flor !...Ni ¿ á qué dolores 
Una flor de tu césped respondiera 
Con aromas y jugos y colores ? 

Sólo al riego de lágrimas naciera, 
Y de tu fosa en el terrón ajeno 
¿ Quién derrama una lágrima siquiera ? 

¡ Ay, sí, del ruiseñor, de vida lleno, 
Que, en atmósfera extraña sofocado, 
Sobre extraña región cayó en el cieno ! 

Cantor en el sepulcro desterrado, 
Descansa en paz. ¡Adiós !...Y si á deshora 
Un viajero del Sur pasa á tu lado, 

Si al contemplar tu cruz, como yo ahora, 
Con su idioma español el viajero 
Te llama aquí tres veces y aquí llora, 

Dígale el son del aura lastimero 
Cuál en los brazos de tu cruz escueta 
Peregrino del Sur lloré primero... 

¡ Recibe con mi adiós tu 'violeta! 
La tumba de la virgen te Ja envía... — 

¡ Y al unirse la flor con su poeta, 
Ya en el ocaso adonizaba el día ! 



DON ADELARDO L. DE AYALA 

88. Epístola á Emilio Arrieta 

DE nuestra gran virtud y fortaleza 
Al mundo hacemos con placer testigo : 
Las ruindades del alma y su flaqueza 
292 



DON ADELARDO L. DE AYALA 

Sólo se cuentan al secreto amigo. 
De mi ardiente ansiedad y mi tristeza 
A solas quiero razonar contigo : 
Rasgue á su alma sin pudor el velo 
Quien busque admiración y no consuelo. 

No quiera Dios que en rimas insolentes 
De mi pesar al mundo le dé indicios, 
Imitando á esos genios impudentes 
Que alzan la voz para cantar sus vicios. 
Yo busco, retirado de las gentes, 
De la amistad los dulces beneficios : 
No hay causa ni razón que me convenza 
De que es genio la falta de vergüenza. 

En esta humilde y escondida estancia, 
Donde aun resuenan con medroso acento 
Los primeros sollozos de mi infancia > 

Y de mi padre el postrimer lamento : 
Esclarecido el mundo á la distancia 
A que de aquí le mira el pensamiento, 
Se eleva la verdad que amaba tanto ; 

Y, antes que afecto, me produce espanto. 

Aquí, aumentando mi congoja fiera, 
Mi edad pasada y la presente miro. 
La limpia voz de mi virtud entera, 
Hoy convertida en áspero suspiro, 

Y el noble aliento de mi edad primera 
Trocado en la ansiedad con que respiro, 
Claro publican dentro de mi pecho 

Lo que hizo Dios y lo que el mundo ha hecho. 

Me dotaron los cielos de profundo 
Amor al bien y de valor bastante 
Para exponer al embriagado mundo 
Del vicio vil el sórdido semillante ; 

293 



DON ADELARDO L. DE AYALA 

Y al ver que imbécil en el cieno hundo 
De mi existencia la misión brillante, 
Me parece que el hombre en voz confusa 
Me pide el robo y de ladrón me acusa. 

Y estos salvajes montes corpulentos, 
Fieles amigos de la infancia mía, 
Que con la voz de los airados vientos 
Me hablaban de virtud y de energía, 
Hoy con duros semblantes macilentos 
Contemplan mi abandono y cobardía, 

Y gimen de dolor, y cuando braman, 
Ingrato y débil y traidor me llaman. 

Tal vez á la batalla me apercibo ; 
Dudo de mi constancia y de esta duda 
Toma ocasión el vicio ejecutivo 
Para moverme guerra más sañuda ; 
Y, cuando débil el combate esquivo, 
«Mañana, digo, llegará en mi ayuda;» 
¡ Y mañana es la muerte, y mi ansia vana 
Deja mi redención para mañana ! 

Perdido tengo el crédito conmigo, 

Y avanza cual gangrena el desaliento : 
Conozco y aborrezco á mi enemigo, 

Y en sus brazos me arrojo soñoliento. 
La conciencia el deleite que consigo 
Perturba siempre : sofocar su acento 
Quiere el placer, y, lleno de impaciencia, 
Ni gozo el mal ni aplaco, la conciencia. 

Inquieto, vacilante, confundido 
Con la múltiple forma del deseo, 
Impávido una vez, otra corrido 
Del vergonzoso estado en que me veo, 
Al mismo Dios contemplo arrepentido 
294 



DON ADELARDO L. DE AYALA 

De darme un alma que tan mal empleo : 
La hacienda que he perdido no era mía, 

Y el deshonor los tuétanos me enfría. 
Aquí, revuelto en la fatal madeja 

Del torpe amor, disipador cansado 

Del tiempo, que al pasar sólo me deja 

El disgusto de haberlo malgastado ; 

Si el hondo afán con que de mí se queja 

Todo mi ser, me tiene desvelado, 

¿ Por qué no es antes noble impedimento 

Lo que es después atroz remordimiento ? 

¡ Valor ! y que resulte de mi daño 
Fecundo el bien : que de la edad perdida 
Brote la clara luz del desengaño 
Iluminando mi razón dormida : 
Para vivir me basta con un año, > 

Que envejecer no es alargar la vida : 
¡ Joven murió tal vez que eterno ha sido, 

Y viejos mueren sin haber vivido ! 
Que tu voz, queridísimo Emiliano, 

Me mantenga seguro en mi porfía ; 

Y así el Creador, que con tan larga mano 
Te regaló fecunda fantasía, 

Te enriquezca, mostrándote el arcano 
De su eterna y espléndida armonía ; 
Tanto, que el hombre, en su placer ó duelo 
Tu canto elija para hablar al cielo. 
Los ecos de la candida alborada, 
Que al mundo anima en blando movimiento, 
Te demuestren del alma enamorada 
El dulce anhelo y el primer acento ; 
EJ rumor de la noche sosegada, 
La noble gravedad del pensamiento ; 

295 



V 



DON ADELARDO L. DE AYALA 

Y las quejas del ábrego sombrío 
La ronca voz del corazón impío. 

Y el gran torrente que, con pena tanta, 
Por las quiebras del hondo precipicio, 
Rugiendo de amargura, se quebranta, 
Deje en tu alma verdadero indicio 

De la virtud, que gime y se abrillanta 
En las quiebras del rudo sacrificio, 

Y en tu canto resuenen juntamente 
El bien futuro y el dolor presente. 

Y en las férvidas olas impelidas 
Del huracán, que asalta las estrellas, 

Y rebraman, mostrando embravecidas 
Que el aliento de Dios se encierra en ellas, 
Aprendas las canciones dirigidas 

Ai que para en su curso las centellas, 

Y resuene tu voz de polo á polo, 
De su grandeza intérprete tú solo. 



DON RAMÓN DE CAMPOAMOR 

Sg. / Quien supiera escribir ! 



A —ESCRIBIDME una carta, señor Cura. 
— Ya sé para quién es. 
— ' t Sabéis quien es, porque una noche oscura 
Nos visteis juntos ? — Pues. 

. — Perdonad ; mas...-r—No extraño ese tropiezo. 
La noche... la ocasión... 
296 



DON RAMÓN DE CAMPOAMOR 

Dadme pluma y papel. Gracias. Empiezo : 
Mi querido Ramón : 

— ¿Querido?... Pero, en fin, ya lo habéis puesto... 

— Si no queréis... — ¡ Sí, sí ! 
— / Que triste estoy ! ¿ No es eso ? — Por supuesto. 

— / Q u ¿ trhte estoy sin ti / 

Una congoja, al empezar, me -viene... 

— ¿ Cómo sabéis mi mal ? 
— Para un viejo, una niña siempre tiene 

El pecho de cristal. 

¿ Qué es sin tí el mundo ? Un valle de amargura* 

¿ T contigo ? Un edén. 
— Haced la letra clara, señor Cura ; 

Que lo entienda eso bien. 

— El beso aquel que de marchar á punto 
Te di... — ¿Cómo sabéis?... 

— Cuando se va y se viene y se está junto 
Siempre... no os afrentéis. 

Y si volvertu afecto no procura, 

Tanto me harás sufrir... 
— • Sufrir y nada más? No, señor Cura, 

¡ Que me voy á morir ! 

— ¿ Morir ? ¿ Sabéis que es ofender al cielo ?... 

— Pues, sí, señor, ; morir ! 
— Yo no pongo morir. — ¡ Qué hombre de hielo ! 

¡ Quién supiera escribir ! 

297 



DON RAMÓN DE CAMPOAMOR 



¡ Señor Rector, señor Rector ! en vano 
Me queréis complacer, 

Si no encarnan los signos de la mano 
Todo el ser de mi ser. 

Escribidle, por Dios, que el alma mía 
Ya en mí no quiere estar ; 

Que la pena no me ahoga cada día... 
Porque puedo llorar. 

Que mis labios, las rosas de su aliento, 

No se saben abrir ; 
Que olvidan de la risa el movimiento 

A fuerza de sentir. 

Que mis ojos, que él tiene por tan bellos, 
Cargados con mi afán, 

Como no tienen quien se mire en ellos, 
Cerrados siempre están. 

Que es, de cuantos tormentos he sufrido, 
La ausencia el más atroz ; 

Que es un perpetuo sueño de mi oído 
El eco de su voz... 



Que siendo por su causa, el alma mía 
¡ Goza tanto en sufrir 
j cuántas cosas le diría 
Si supiera escribir!... 



, Goza tanto en sufrir !.. 
Dios mío ¡ cuántas cosas le diría 



298 



DON RAMÓN DE CAMPOAMOR 



ni 

EPÍLOGO 



— Pues señor, ¡ bravo amor ! Copio y concluyo 

A don Ramón... En fin, 
Que es inútil saber para esto arguyo 

Ni el griego ni el latin. 



* 



go. Lo que hace el tiempo 

A Blanca Rosa de Ostna 

CON mis coplas, Blanca Rosa, 
Tal vez te cause cuidados 

Por cantar 
Con la voz ya temblorosa, 

Y los ojos ya cansados 

De llorar. 

Hoy para tí sólo hay glorias, 

Y danzas y flores bellas ; 

Mas después, 
Se alzarán tristes memorias, 
Hasta de las mismas huellas 

De tus pies. 

En tus fiestas seductoras 
¿ No oyes del alma en lo interno 

Un rumor, 
Que lúgubre á todas horas, 
Nos dice que no es eterno 
Nuestro amor í 



299 



DON RAMÓN DE CAMPOAMOR 

¡ Cuánto á creer se resiste 
Una verdad tan odiosa 
Tu bondad ! 
¡ Y esto fuera menos triste 
Si no fuera, Blanca Rosa, 
Tan verdad ! 

Te aseguro, como amigo, 
Que es muy raro, y no te extrañe, 

Amar bien. 
Siento decir lo que digo ; 
Pero ¿ quieres que te engañe 

Yo también ? 

Pasa un viento arrebatado, 
Viene amor, y á dos en uno 

Funde Dios ; 
Sopla el desamor helado, 

Y vuelve á hacer, importuno, 

De uno, dos. 

Que amor, de egoísmo lleno, 
A su gusto se acomoda 
Bien y mal ; 
En él hasta herir es bueno, 
Se ama ó no ama, aquí está toda 
Su moral. 

¡ Oh ! ¡ qué bien cumple el amante, 
Cuando aun tiene la inocencia, 
Su deber ! 

Y ¡ cómo, más adelante, 
Aviene con su conciencia 

Su placer ! 
300 



DON RAMÓN DE CAMPOAMOIl 

¿ Y es culpable el que, sediento, 
Buscando va en nuevos lazos 

Otro amor ? 
¡ Sí ! culpable como el viento 
Que, al pasar, hace pedazos 

Una flor. 

¿ Verdad que es abominable 
Que el corazón vagabundo 

Mude así, 
Sin ser por ello culpable, 
Porque esto pasa en el mundo 
Porque sí ? 

Se ama una vez sin medida, 
Y aun se vuelve á amar sin tino 

Más de dos. 
¡ Cuan versátil es la vida ! 
j Cuan vano es nuestro destino, 

Santo Dios ! 

Él lleve tu labio ayuno 
A algún manantial querido 

De placer, 
Donde dichosa, ninguno 
Te enseñe nunca el olvido 

Del deber. 

Siempre el destino inconstante 
Nos da cual vil usurero 

Su favor : 
Da amor primero y no amante ; 
Después mucho amante, pero 
Poco amor. 

301 



DON RAMÓN ÜE CAMPOAMOR 

Tranquila á veces reposa, 

Y otras se marcha volando 

Nuestra fé. 

Y esto pasa, Blanca Rosa, 
Sin saber cómo, ni cuándo, 

Ni por qué. 

Nunca es estable el deseo, 
Ni he visto jamás terneza 
Siempre igual. 

Y ¿ á qué negarlo ? No creo 
Ni del bien en la fijeza, 

Ni del mal. 

Este ir y venir sin tasa, 

Y este moverse impaciente, 

Pasa así, 
Porque así ha pasado y pasa, 
Porque sí, y ¡ ay ! solamente 

Porque sí. 

¡ Cuan inútil es que huyamos 
De los fáciles amores 

Con horror, 
Si cuanto más las pisamos, 
Más nos embriagan las flores 

Con su olor ! 

El cielo sin duda envía 
La lucha á la tormentosa 

Juventud ; 
Pues ¿qué mérito tendría 
Sin esfuerzos, Blanca Rosa, 
La virtud . ? 
30a 



DON RAMÓN DE CAMPOAMOR 

¡ Ay ! un alma inteligente, 
Siempre en nuestra alma divisa 

Una flor, 
Qv.e se abre infaliblemente 
Al soplo de alguna brisa 

De otro amor. 

Mw dirás :— ¿ Y en qué consiste 
Que todo á mudar convida ? — 

¡ Ay de mí ! 
En que la vida es muy triste... 
Pero aunque triste, la vida 
Es así. 

Y si no es amor el vaso 
Donde el sobrante se vierte 

Del dolor, > 

Pregunto yo : — ¿ Es digno acaso 
De ocuparnos vida y muerte 
Tal amor ? — 

Nunca sepas, Blanca Rosa, 
Que es la dicha una locura, 

Cual yo sé ; 
Si quieres ser venturosa, 
Ten mucha fe en la ventura, 

Mucha fe. 

Si eres feliz algún día, 
¡ Guay, que el recuerdo tirano 

De otro amor 
No se filtre en tu alegría, 
Cual se desliza un gusano 
Roedor ! 

303 



DON RAMÓN DE CAMPOAMOR 

Tú eres de las almas buenas, 
Cuyos honrados amores 
Siempre son 
Los que bendicen sus penas, 
Penas que se abren en llores 
De pasión. 

Con tus visiones hermosas, 
Nunca de tu alma el abismo 

Llenaras, 
Pues la fuerza de las cosas 
Puede más que Hércules mismo, 

¡ Mucho más !... 

Si huye una vez la ventura, 
Nadie después ve las flores 

Renacer 
Que cubren la sepultura 
De los recuerdos traidores 

Del ayer. 

¿ Y quién es el responsable 
De hacer tragar sin medida 

Tanta hiél ? 
¡ La vida ! ¡ esa es la culpable í 
La vida, sólo es la vida 

Nuestra infiel. 

La vida, que desalada, 
De un vértigo del infierno 

Corre en pos : 
Ella corre hacia la nada ; 
¿ Quieres ir hacia lo eterno ? 
Vé hacia Dios. 
3°4 



DON RAMÓN DE CAMPOAMOR 

¡ Si ! corre hacia Dios, y Él haga 
Que tengas siempre una vieja 

Juventud. 
La tumba todo lo traga ; 
Sólo de tragarse deja 

La virtud. 



DON JOSÉ SELGAS 
p/. El Estío 

MAYO recoge el virginal tesoro ; 
Desciñe Flora su gentil guirnalda ; 
La sombra busca el manantial sonoro 
Del alto monte en la risueña falda ; > 

Campos son ya de púrpura y de oro 
Los que fueron de rosa y esmeralda ; 

Y apenas riza su corriente el río 
Á los primeros soplos del Estío. 

El soto ameno y la enramada umbrosa, 
El valle alegre y la feraz ribera, 
Con voz desalentada y cariñosa 
Despiden á la dulce Primavera ; 
Muere en su tallo la inocente rosa ; 
Desfallece la altiva enredadera ; 

Y en desigual y tenue movimiento 
Gime en el bosque fatigado el viento. 

Por la alta cumbre del collado asoma 
La blanca aurora su rosada frente, 
Reparte perlas y recoge aroma ; 
Se abre la flor que su mirada siente ; 
Repite sus arrullos la paloma 
S21 305 



DON JOSÉ SELGAS 

Bajo las ramas del laurel naciente ; 

Y allá por los tendidos olivares 

Se escuchan melancólicos cantares. 
Del aura dócil al impulso blando 
La rubia mies en la llanura ondea ; 
Del dulce nido alrededor volando 
La alondra gira y de placer gorjea ; 
Las ondas de la fuente suspirando 
Quiebran el rayo de la luz febea, 

Y en delicados mágicos colores 

El fruto asoma al espirar las llores. 

Sobre los montes que cercando toca 
La niebla tiende su bordado encaje ; 
Desde el peñón de la desierta roca 
Lánzase audaz el águila salvaje ; 
El seco vientecillo que sofoca 
Cubre de polvo el pálido follaje ; 

Y por el monte y por la vega umbría 
Crece el calor y se derrama el día. 

Y en el árido ambiente se dilata 
La esencia de la flor de Jos tomillos, 

Y lento el río su raudal desata 
Entre mimbres y juncos amarillos ; 

Y si al cubrir sus círculos de plata 
Con sus plumeros blandos y sencillos 
La caña dócil la corriente roza, 
Trémula el agua de placer solloza, 

Del valle en tanto en la pendiente orilla 
Manso cordero del calor sosiega ; 
Se oyen los cantos de la alegre trilla ; 
Suenan los ecos de la tarda siega ; 
Ardiente el sol en el espacio brilla ; 
El cielo azul su majestad despliega, 
306 



DON JOSÉ SELGAS 

Y duermen á la sombra los pastores, 

Y se abrasan de sed los segadores. 
Presta sombra á la rústica majada 

La noble encina que á la edad resiste ; 
En su copa de fruto coronada 
La vid de verde majestad se viste ; 
A su pié la doncella enamorada 
Canta de amor, pero su canto es triste, 
Que, en el profundo afán que la devora, 
Amores canta porque celos llora. 

Y el eco de su voz, dulce al oído 
Más que el tierno arrullar de la paloma, 
Por el monte y el valle repetido, 
Tristes, confusas vibraciones toma ; 

Y en las ondas del aire suspendido 

Se escapa al fin por la quebrada loma, 

Y sin que el aura devolverlo pueda 
Todo en reposo y en silencio queda. 

Mudas están las fuentes y las aves ; 
No circula ni un átomo de viento ; 
Cortadas por el sol lentas y graves 
Caen las hojos del árbol macilento ; 
Tenue vapor en ráfagas suaves 
Se levanta con fácil movimiento, 

Y mezclando en la luz su sombra extraña, 
Va formando la nube en la montaña. 

Hinchada, al fin, soberbia, se desprende 
Del horizonte azul la nube densa, 

Y el fuego del relámpago la enciende, 

Y gira por la atmósfera suspensa ? 

Y ya sus flancos inilamados tiende, 
Ya el vapor de su seno se condensa, 

Y soltando el granizo en lluvia escasa 

307 



DON JOSÉ SELGAS 

La rompe el trueno, y se divide y pasa. 

Y el sol que se reclina en Occidente 
De su encendido manto se despoja, 

Y en los blancos celajes del Oriente 
Se pierde el rayo de su lumbre roja. 
Brilla la gota de agua trasparente 
Detenida en el polvo de la hoja, 

Y tendiendo el crepúsculo su planta 
Del fondo de los valles se levanta. 

Como el ensueño dulce y regalado 
Que en la fiebre de amor templa el desvelo, 
Vertiendo en nuestro espíritu agitado 
La misteriosa esencia del consuelo ; 
Así por el ambiente reposado 
De estrellas y vapor bordando el cielo, 
Breves y llenas de feraz rocío 
Cruzan las noches del ardiente Estío. 

Y en tristes ecos el silencio crece, 

Y en tibio resplandor la sombra vaga ; 
La luz de las estrellas se estremece 

Y en el limpio raudal brilla y se apaga ; 
Naturaleza entera se adormece 

En el hondo placer que la embriaga, 

Y lleva al aura en vacilantes giros 
Besos, sombras, perfumes y suspiros. 

Más puro que la tímida esperanza 
Que sueña el alma en el amor primero, 
Su rayo débil desde Oriente lanza, 
Sol de la noche, virginal lucero ; 
Triste y sereno por el cielo avanza 
De la candida luna mensajero, 
Por ella viene, y suspirando ella, 
Sigúele en pos enamorada y bella. 
308 



DON JOSÉ SELGAS 

Cuantos guardáis la tímida inocencia 
Que á la esperanza y al amor convida ; 
Los que en el alma la impalpable esencia 
De su primer amor lloráis perdida ; 
Cuantos con dolorosa indiferencia 
Vais apurando el cáliz de la vida ; 
Todos llegad, y bajo el bosque umbrío 
Sentid las noches del ardiente Estío. 

Las del tirano amor, desengañadas, 
Pálidas y dulcísimas doncella:?, 
Vosotras que lloráis desconsoladas 
Sólo el delito de nacer tan bellas ; 
Mirad entre las nubes sosegadas 
Como cruzan el cielo las estrellas ; 
Que no hay duda, ni afán, ni desconsuelo 
Que no se calme contemplando el cielo. , 
Y tu, tierna á mi voz, blanca hermosura, 

Fuente de virginal melancolía, 
Más hermosa á mis ojos y más pura 

Que el rayo azul con que despunta el día ; 

Corazón abrasado de ternura, 

Espíritu de amor y de armonía, 

Ven y derrama en el tranquilo viento 

El ámbar delicado de tu aliento. 
La dulce vaguedad que me enajena 

Aumenta la inquietud de mi deseo ; 

Tu voz perdida en el ambiente suena ; 

Donde mis ojos van tu sombra veo ; 

De amor y afán mi corazón se llena, 

Porque en tu amor y en mi esperanza creo ; 

Y así suspende el sentimiento mío 

La tibia noche del ardiente Estío. 
Noche serena y misteriosa, en donde 

309 



DON JOSÉ SELGAS 

Dormido vaga el pensamiento humano, 
Todo á los ecos de tu voz responde, 
La mar, el monte, la espesura, el llano ; 
Acaso Dios entre tu sombra esconde 
La impenetrable luz de algún arcano; 
Tal vez cubierta de tu inmenso velo 
Se confunde la tierra con el cielo. 



DON VENTURA RUIZ AGUILERA 
92. Epístola 

\A Don Damián Menendcx Rayón y Don Francisco Giner 
de los Kios} 

NO arrojará cobarde el limpio acero 
mientras oiga el clarín de la pelea, 
soldado que su honor conserve entero ; 

ni del piloto el ánimo flaquea 
porque rayos alumbren su camino 
y el golfo inmenso alborotarse vea. 

¡ Siempre luchar !...del hombre es el destino ; 
y al que impávido lucha, con fé ardiente, 
le da la gloria su laurel divino. 

Por sosiego suspira eternamente ; 
pero ¿ dónde se oculta, dónde mana 
de esta sed inmortal la ansiada fuente?... 

En el profundo valle, que se afana 
cuando del año la estación florida 
lo viste de verdura y luz temprana ; 

en las cumbres salvajes, donde anida 
el águila que pone junto al cielo 

310 



DON VENTURA RUIZ AGUILERA 

su mansión de huracanes combatida, 

el límite no encuentra de su anhelo ; 
ni porque esclava suya haga la suerte, 
tras íntima inquietud y estéril duelo. 

Aquel sólo el varón dichoso y fuerte 
será, que viva en paz con su conciencia 
hasta el sueño apacible de la muerte. 

¿ Qué sirve el esplendor, qué la opulencia, 
la oscuridad, ni holgada medianía, 
si á sufrir el delito nos sentencia ? 

Choza del campesino, humilde y fría, 
alcázar de los reyes, corpulento, 
cuya altitud al monte desafía, 

bien sé yo que, invisible como el viento, 
huésped que el alma hiela, se ha sentado 
de vuestro hogar al pié el remordimiento. 

; Qué fué del corso altivo, no domado 
hasra asomar de España en las fronteras 
cual cometa del cielo desgajado r 

El poder que le dieron sus banderas 
con asombro y terror de las naciones 
¿colmó sus esperanzas lisonjeras?... 

Cayó ; y entre los bárbaros peñones 
de su destierro, en las nocturnas horas 
le acosaron fatídicas visiones ; 

y diéronle tristeza las auroras, 
y en el manso murmullo de la brisa 
voces oyó gemir acusadoras. 

Más conforme recibe y más sumisa 
la voluntad de Dios, el alma bella 
que abrojos siempre lacerada pisa. 

Franci&to, así pasar vimos aquella 
que te arrulló en sus brazos maternales, 

3" 



DON VENTURA RUIZ AGUILERA 

y hoy, vestida de luz, los astros huella : 

que al tocar del sepulcro los umbrales, 
bañó su dulce faz con dulce rayo 
la alborada de goces inmortales. 

Y así, Damián, en el risueño mayo 
de una vida sin mancha, como arbusto 
que el aquilón derriba en el Moncayo, 

pasó también tu hermano, y la del justo 
severa majestad brilló en su frente, 
de un alma religiosa templo augusto. 

Huya de las ciudades el que intente 
esquivar la batalla de la vida 
y en el ocio perderla muellemente : 

que á la virtud el riesgo no intimida ; 
cuando náufragos hay, los ojos cierra 
y se lanza á la mar embravecida. 

Avaro miserable es el que encierra 
la fecunda semilla en el granero, 
cuando larga escasez llora la tierra. 

Compadecer la desventura quiero 
del que, por no mirar la abierta llaga, 
de su limosna priva al pordiosero. 

Ebrio, y alegre, y victorioso vaga 
el vicio por el mundo cortesano : 
su canto de sirena ¿ á quién no embriaga ? 

Los que dones reciben de su mano 
himnos alzan de júbilo, y de flores 
rinden tributo en el altar profano. 

En tanto, de la fiesta á los rumores, 
criaturas sin fin, herido el seno, 
responden con el ¡ ay ! de sus dolores. 

Mas el hombre de espíritu sereno 
y de conciencia inquebrantable (roca 
31a 



DON VENTURA RUIZ AGUILERA 

donde se estrella, sin mancharla, el cieno) 

la horrible sien del ídolo destoca, 
y con acento de anatema inflama 
tal vez en noble ardor la turba loca. 

Ginete de esperiencia y limpia fama, 
armado va de freno y dura espuela 
donde una voz en abandono clama ; 

de heroica pasión en alas vuela, 
y en ella clava el acicate agudo 
por acudir al mal que le desvela. 

Si un instante el error cegarle pudo, 
los engañosos ímpetus reprime, 
y es su propia razón freno y escudo. 

Sin tregua combatir por el que gime ; 
defender la justicia y verdad santa, 
llena la mente de ideal sublime ; 

caminar hacia el bien con firme planta, 
á la edad consolando que agoniza, 
apóstol de otra edad que se adelanta, 

es empresa que al vulgo escandaliza ; 
por loco siempre ó necio fué tenido 
quien lanzas en su pro rompe en la liza. 

Si á tierna compasión alguien movido 
vio al generoso hidalgo de Cervantes, 
¡ cuántos, con risa, viéronle caído ! 

Acomete á quiméricos gigantes, 
de sus delirios prodigiosa hechura, 
y es de niños escarnio y de ignorantes. 

Mas él, dándoles cuerpo, se figura 
limpiar de monstruos la afligida tierra, 
y llanto arranca al bueno su locura. 

Así debe sufrir, en cruda guerra, 
(sin vergonzoso pacto ni sosiego) 

313 



DON VENTURA RUIZ AGUILERA 

contra el mal, que á los débiles aterra, 

el que abrasado en el celeste fuego 
de inagotable caridad, no atiende 
sólo de su interés el torpe ruego. 

Árbol de seco erial, las ramas tiende 
al que rendido llega de fatiga, 
y del sol, cariñoso, le defiende. 

El sabe que sus frutos no prodiga 
heredad que se deja sin cultivo ; 
sabe que del sudor brota la espiga, 

como de agua sonoro randal vivo, 
si del trabajo el útil instrumento 
hiende la roca en que durmió cautivo. 

¡ Oh del bosque anhelado apartamiento, 
cuyos olmos son arpas melodiosas 
cuando sacude su follaje el viento ! 

¡ Oh fresco valle, donde crecen rosas 
de perfumado cáliz, y azucenas, 
que liban las abejas codiciosas ! 

¡ Oh soledades de armonías llenas ! 
en vano me brindáis ocio y amores, 
mientras haya un esclavo entre cadenas. 

Que aún pide con sacrilegos rumores 
ver libre á Barrabás la muchedumbre 
y alzados en la Cruz los redentores. 

Que del sombrío Gólgota en la cumbre, 
regada con la sangre del Cordero 
sublime en humildad y mansedumbre, 

mártires ¡ ay ! aún suben al madero 
que ha de ser, convertido en árbol santo, 
patria y hogar del universo entero. 

Padecer es vivir ; riego es el llanto 
á quien la flor del alma, con su esencia 



DON VENTURA RUIZ AGUILERA 

debe perpetuo y virginal encanto. 

Amigos, bendecid la Providencia 
si mandare á la vuestra ese rocío* 
y nieguen los malvados su clemencia. 

j Qué alegre y qué gentil llega el navio 
al puerto salvador, cuando aún le azota 
con fiera saña el huracán bravio ! 

Así el justo halla al fin de su derrota 
por el mar de la vida proceloso, 
del claro cielo en la extensión remota 
puerto seguro y eternal reposo. 



DON GASPAR NUÑEZ DE ARCE 
93. Estrofas 



LA generosa musa de Quevedo 
desbordóse una vez como un torrente 
y exclamó llena de viril denuedo : 
«No he de callar, por más que con el dedo, 
ya tocando los labios, ^a la frente, 
silencio avises ó amenaces miedo.» 

11 
Y al estampar sobre la herida abierta 
el hierro de su cólera encendido, 
tembló la concusión que siempre alerta, 
incansable y voraz, labra su nido, 
como gusano ruin en carne muerta, 
en todo Estado exanime y podrido. 

315 



DON GASPAR NUÑEZ DE ARCE 

ni 
Arranque de dolor, de ese profundo 
dolor que se concentra en el misterio 
y huye amargado del rumor del mundo, 
fué su sangrienta sátira, cauterio 
que aplicó sollozando al patrio imperio, 
mísero, gangrenado y moribundo. 

IV 

¡ Ah ! si hoy pudiera resonar la lira 
que con Quevedo descendió á la tumba, 
en medio de esta universal mentira, 
de este viento de escándalo que zumba, 
de este fétido hedor que se respira, 
de esta España moral que se derrumba ; 



De la viva y creciente incertidumbre 
que en lucha estéril nuestra fuerza agota ; 
del huracán de sangre que alborota 
el mar de la revuelta muchedumbre ; 
de la insaciable y honda podredumbre 
que el rostro y la conciencia nos azota ; 



De este horror, de este ciego desvarío 
que cubre nuestras almas con un velo, 
como el sepulcro, impenetrable y frío ; 
de este insensato pensamiento impío 
que destituye á Dios, despuebla el cielo 
y precipita el mundo en el vacío ; 
316 



DON GASPAR NÚÑEZ DE ARCE 

VII 

Si en medio de esta borrascosa orgía 
que infunde repugnancia al par que aterra, 
esa lira estallara ¿ qué sería ? 
Grito de indignación, canto de guerra, 
que en las entrañas mismas de la tierra 
la muerta humanidad conmovería. 



VIII 

Mas ¿ porque el gran satírico no aliente 
ha de haber quien contemple y autorice 
tanta degradación, indiferente ? 
«¿ No ha de haber un espíritu valiente ? 
¿ Siempre se ha de sentir lo que se dice ? 
¿ Nunca se ha de decir lo que se siente ?» 



IX 

¡ Cuántos sueños de gloria evaporados 
como las leves gotas de rocío 
que apenas mojan los sedientos prados ! 
¡ Cuánta ilusión perdida en el vacío, 
y cuántos corazones anegados 
en la amaroa corriente del hastío ! 



No es la revolución raudal de plata 
que fertiliza la extendida vega : 
es sorda inundación que se desata. 
No es viva luz que se difunde grata, 
sino confuso resplandor que ciega 
y tormentoso vértigo que mata. 



3i7 



DON GASPAR NÚÑEZ DE ARCE 



Al menos en el siglo desdichado 
que aquel ilustre y vigoroso vate 
con el rayo marcó de su censura, 
podía el corazón atribulado 
salir ileso del mortal combate 
en alas de la fé radiante y pura. 



Y apartando la vista de aquel cieno 
social, de aquellos fétidos despojos, 
de aquel lúbrico y torpe desenfreno, 
fijar llorando los ardientes ojos 
en ese cielo azul, limpio y sereno, 
de santa paz y de esperanza lleno. 



Pero hoy ¿ dónde mirar ? Un golpe mismo 
hiere al César y á Dios. Sorda carcoma 
prepara el misterioso cataclismo, 
y como en tiempo de la antigua Roma, 
todo cruje, vacila y se desploma 
en el cielo, en la tierra, en el abismo. 



XIV 

Perdida en tanta soledad la calma, 
de noche eterna el corazón cubierto, 
la gloría muda, desolada el alma, 
en este pavoroso desconcierto 
se eleva la Razón, como la palma 
que crece triste y sola en el desierto. 
318 



DON GASPAR NÚÑEZ DE ARCE 



¡ Triste y sola, es verdad ! ¿ Dónde hay miseria 
mayor ? ¿ Dónde más rudo desconsuelo ? 
¿ De que la sirve desgarrar el velo 
que envuelve y cubre la vivaz materia, 
y con profundo, inextinguible anhelo 
sondar la tierra, escudriñar el cielo ; 

XVI 

Entregarse á merced del torbellino 
v en la duda incesante que la aqueja 
el secreto inquirir de su destino, 
si á cada paso que adelanta deja 
su té inmortal, como el vellón la oveja, 
enredada en las zarzas del camino ? 



¿ Si á su culpada humillación se adhiere 
con la constancia infame del beodo, 
que goza en su abyección, y en ella muere ? 
¿ Si ciega, y torpe, y degradada en todo, 
desconoce su origen, y preiiere 
á descender de Dios, surgir del lodo ? 

XVIII 

¡ Libertad, libertad ! No eres aquella 
virgen, de blanca túnica ceñida, 
que vi en mis sueños pudibunda y bella. 
Ño eres, no, la deidad esclarecida 
que alumbra con su luz, como una estrella, 
los oscuros abismos de la vida. 

319 



DON GASPAR NUÑEZ DE ARCE 



No eres la fuente de perenne gloria 
que dignifica el corazón humano 
y engrandece esta vida transitoria. 
No el ángel vengador que con su mano 
imprime en Jas espaldas del tirano 
el hierro enrojecido de la historia. 



No eres la vaga aparición que sigo 
con hondo afán desde mi edad primera, 
sin alcanzarla nunca... Mas ,: qué digo ? 
No eres la libertad, disfraces fuera, 
¡ licencia desgreñada, vil ramera 
del motín, te conozco y te maldigo ! 

XXI 

¡ Ah ! No es extraño que sin luz ni guía, 
los humanos instintos se desborden 
con el rugido del volcán que estalla, 
y en medio del tumulto y la anarquía, 
como corcel indómito el desorden 
no respete ni látigo ni valla. 



: Quién podrá detenerle en su carrera ? 
: Quién templar los impulsos de la fiera 
y loca multitud enardecida, 
que principia á dudar y ya no espera 
hallar en otra luminosa esfera, 
bálsamo á los dolores de esta vida ? 
320 



DON GASPAR NUNEZ DE ARCE 



XXIII 



Como Cristo en la cúspide del monte, 
rotas ya sus mortales ligaduras, 
mira doquier con ojos espantados, 
por toda la extensión del horizonte 
dilatarse á sus pies vastas llanuras, 
ricas ciudades, fértiles collados 



Y excitando su afán calenturiento 
tanta grandeza y tanto poderío, 
de la codicia el persuasivo acento 
grítale audaz : — ¡ El cielo está vacío ! 
¿ A quién temer ? — Y ronca y sin aliento 
la muchedumbre grita : — ¡ Todo es mío ! — 



Y en el tumulto su puñal afila, 
y la enconada cólera que encierra 
enturbia y enardece su pupila, 
y ensordeciendo el aire en son de guerra 
hace temblar bajo sus pies la tierra, 
como las hordas bárbaras de Atila. 

xxvi 

No esperéis que esa turba alborotada 
infunda nueva sangre generosa 
en las venas de Europa desmayada ; 
ni que termine su fatal jornada, 
sobre el ara desierta y polvorosa 
otro Dios levantando con su espada. 
S22 3ai 



DON GASPAR NÚÑEZ DE ARCE 



No esperéis, no, que la confusa plebe, 
como santo depósito en su pecho 
nobles instintos y virtudes lleve. 
Hallará el mundo á su codicia estrecho, 
que es la fuerza, es el número, es el hecho 
brutal ¡ es la materia que se mueve ! 

XXVIII 

Y buscará la libertad en vano ; 
que no arraiga en los crímenes la idea, 
ni entre las olas fructifica el grano. 
Su castigo en sus iras centellea 
pronto á estallar ; que el rayo y el tirano 
hermanos son. ¡ La tempestad los crea ! 



p¿. Tristezas 

CUANDO recuerdo la piedad sincera 
con que en mi edad primera 
entraba en nuestras viejas catedrales, 
donde postrado ante la cruz de hinojos 

alzaba á Dios mis ojos, 
soñando en las venturas celestiales ; 

Hoy que mi frente atónito golpeo, 
y con febril deseo 
busco los restos de mi fé perdida, 
por hallarla otra vez, radiante y bella 
como en la edad aquella, 
j desgraciado de mí ! diera la vida. 

332 



DON GASPAR NUÑEZ DE ARCE 

¡ Con qué profundo amor, niño inocente, 
prosternaba mi frente 

en las losas del templo sacrosanto ! 

Llenábase mi joven í amasia 

de luz, de poesía, 

de mudo asombro, de terrible espanto. 

Aquellas altas bóvejjas que al cielo 
levantaban mi anhelo ; 

aquella majestad solemne y grave ; 

aquel pausado canto, parecido 

á un doliente gemido, 

que retumbaba en la espaciosa nave ; 

Las marmóreas y austeras esculturas 
de antiguas sepulturas, 
aspiración del arte á lo infinito ; 
la luz que por los vidrios de colores 
sus tibios resplandores 
quebraba en los pilares de granito ; 

Haces de donde en curva fugitiva, 

para formar la ojiva, 
cada ramal subiendo se separa, 
cual del rumor de multitud que ruega, 

cuando á los cielos llega, 
•urge cada oración distinta y clara ; 

En el gótico altar inmoble y fijo 

el santo crucifijo, 
que extiende sin vigor sus brazos yertos, 
siempre en la sorda lucha de la vida, 

tan áspera y reñida, 
para el dolor y la humildad abiertos ; 

323 



DON GASPAR NUÑEZ DE ARCE 

El místico clamor de la campana 

que sobre el alma humana 
de las caladas torres se despeña, 
y anuncia y lleva en sus aladas notas 

mil promesas ignotas 
al triste corazón que sufre ó sueña ; 

Todo elevaba mi animo mi ánimo intranquilo 

á más sereno asilo : 
religión, arte, soledad, misterio... 
todo en el templo secular hacía 

vibrar el alma mía, 
como vibran las cuerdas de un salterio. 

Y á esta voz interior que sólo entiende 
quien crédulo se enciende 
en fervoroso y celestial cariño, 
envuelta en sus flotantes vestiduras 

volaba á las alturas, 
virgen sin mancha, mi oración de niño. 

Su rauda, viva y luminosa huella 
como fugaz centella 
traspasaba el espacio, y ante el puro 
resplandor de sus alas de querube, 

rasgábase la nube 
que me ocultaba el inmortal seguro. 

¡ Oh anhelo de esta vida transitoria ! 
¡ Oh perdurable gloria ! 
¡ Oh sed inextinguible del deseo ! 
j Oh cielo, que antes para mí tenías 

fulgores y armonías, 
y hoy tan oscuro y desolado veo ! 
324 



DON GASPAR NUÑEZ DE ARCE 

Ya no templas mis íntimos pesares, 
ya al pié de tus altares 

como en mis años de candor no acudo. 

Para llegar á tí perdí el camino, 
y errante peregrino 

entre tinieblas desespero y dudo. 

Voy espantado sin saber por dónde ; 

grito, y nadie responde 
á mi angustiada voz ; alzo los ojos 
y á penetrar la lobreguez no alcanzo ; 

medrosamente avanzo, 
y me hieren el alma los abrojos. 

Hijo del siglo, en vano me resisto 

á su impiedad, ¡ oh Cristo ! 
Su grandeza satánica me oprime. , 

Siglo de maravillas y de asombros, 

levanta sobre escombros 
un Dios sin esperanza, un Dios que gime. 

¡ Y ese Dios no eres tú ! No tu serena 
faz, de consuelos llena, 

alumbra y guía nuestro incierto paso. 

Es otro Dios incógnito y sombrío : 
su cielo es el vacío, 

Sacerdote el error, ley el Acaso. 

j Ay ! No recuerda el ánimo suspenso 
un siglo más inmenso, 

más rebelde á tu voz, más atrevido ; 

entre nubes de fuego alza su frente, 
como Luzbel, potente ; 

pero también, como Luzbel, caido. 

3*5 



DON GASPAR NUÑEZ DE ARCE 

A medida que marcha y que investiga 
es mayor su fatiga, 
es su noche más honda y más oscura, 
y pasma, al ver lo que padece y sabe, 

cómo en su seno cabe 
tanta grandeza y tanta desventura. 

Como la nave sin timón y rota 

que el ronco mar azota, 
incendia el rayo y la borrasca mece 
en piélago ignorado y proceloso, 

nuestro siglo — coloso 
con la luz que le abrasa, resplandece. 

¡ Y está la playa mística tan lejos !... 

á los tristes reflejos 
del sol poniente se colora y brilla. 
El huracán arrecia, el bajel arde, 

y es tarde, es ¡ ay ! muy tarde 
para alcanzar la sosegada orilla. 

¿ Qué es la ciencia sin fé ? Corcel sin freno, 

á todo yugo ajeno, 
que al impulso del vértigo se entrega, 
y á través de intrincadas espesuras, 

desbocado y á oscuras 
avanza sin cesar y nunca llega. 

¡ Llegar ! ,; Adonde P...E1 pensamiento humano 
en vano lucha, en vano 
su ley oculta y misteriosa infringe. 
En la lumbre del sol sus alas quema, 
y no aclara el problema, 
ni penetra el enigma de la Esfinge. 
326 



DON GASPAR NUÑEZ DE ARCE 

¡ Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto 
que tu poder no ha muerto ! 
Salva á esta sociedad desventurada, 
que bajo el peso de su orgullo mismo 
rueda al profundo abismo 
acaso más enferma que culpada. 

La ciencia audaz, cuando de tí se aleja, 
en nuestras almas deja 

el germen de recónditos dolores. 

como al tender el vuelo hacia la altura, 
deja su larva impura 

el insecto en el cáliz de las flores. 

Si en esta confusión honda y sombría 

es, Señor, todavía 
raudal de vida tu palabra santa, 
di á nuestra fé desalentada y yerta : 

— j Anímate y despierta ! 
Como dijiste á Lázaro : — ¡ Levanta ! — 



DON GUSTAVO A. BÉCQUER 

95. Rimas 

DEL salón en el ángulo oscuro, 
De su dueño tal vez olvidada, 
Silenciosa y cubierta de polvo 
Veíase el arpa. 

¡ Cuánta nota dormía en sus cuerdas, 
Como el pájaro duerme en las ramas, 

327 



pó. 



DON GUSTAVO A. BÉCQUER 

Esperando la mano de nieve 

Que sabe arrancarla ! 

¡ Ay ! pensé ; ¡ cuántas veces el genio 
Así duerme en el fondo del alma, 
Y una voz, como Lázaro, espera 
Que le diga : « ¡ Levántate y anda ! * 



CERRARON sus ojos 
Que aun tenia abiertos ; 
Taparon su cara 
Con un blanco lienzo ; 

Y unos sollozando, 
Otros en silencio, 
De la triste alcoba 
Todos se salieron. 

La luz, que en un vaso 
Ardia en el suelo, 
Al muro arrojaba 
La sombra del lecho ; 

Y entre aquella sombra 
Veíase á intervalos 
Dibujarse rígida 

La forma del cuerpo. 

Despertaba el día 

Y á su albor primero 
Con sus mil ruidos 
Despertaba el pueblo. 
Ante aquel contraste 

328 



DON GUSTAVO A. BÉCQUER 

De vida y misterios, 
De luz y tinieblas, 
Medité un momento : 
« / Dios mió, qué solos 
Se quedan ¡os muertos ! » 

De la casa en hombros 
Lleváronla al templo 

Y en una capilla 
Dejaron el féretro. 
Allí rodearon 

Sus pálidos restos 
De amarillas velas 

Y de paños negros. 

Al dar de las ánimas 
El toque postrero, , 

Acabó una vieja 
Sus últimos rezos ; 
Cruzó la ancha nave, 
Las puertas gimieron, 

Y el santo recinto 
Quedóse desierto. 

De un reloj se oía 
Compasado el péndulo, 

Y de algunos cirios 
El chisporroteo. 
Tan medroso y triste, 
Tan oscuro y yerto 
Todo se encontraba... 
Que pensé un momento : 
« / Dios mió, qué solos 

Se quedan los muertos /» 

329 



DON GUSTAVO A. BÉCQUER 

De la alta campana 
La lengua de hierro, 
Le dio, volteando, 
Su adiós lastimero. 
El luto en las ropas, 
Amigos y deudos 
Cruzaron en fila, 
Formando el cortejo. 

Del último asilo, 
Oscuro y estrecho, 
Abrió la piqueta 
El nicho á un extremo. 
Allí la acostaron, 
Tapiáronle luego, 
Y con un saludo 
Despidióse el duelo. 

La piqueta al hombro, 
El sepulturero 
Cantando entre dientes 
Se perdió á lo lejos. 
La noche se entraba, 
Reinaba el silencio ; 
Perdido en las sombras, 
Medité un momento : 
« / Dios m'tOy qué so/os 
Se quedan los muertos i » 

En las largas noches 
Del helado invierno, 
Cuando las maderas 
Crujir hace el viento 

33° 



DON GUSTAVO A. BÉCQUER 

Y azota los vidrios 
El fuerte aguacero, 
De la pobre niña 
A solas me acuerdo. 

Allí cae la lluvia 
Con un son eterno ; 
Allí la combate 
El soplo del cierzo. 
Del húmedo muro 
Tendida en el hueco, 
Acaso de frió 
Se hielan sus huesos !... 



( Vuelve el polvo al polvo ? 
¿ Vuela el alma al cielo ? 
¿ Todo es vil materia, 
Podredumbre y cieno ? 
¡ No sé ; pero hay algo 
Que explicar no puedo, 
Que al par nos infunde 
Repugnancia y miedo, 
Al dejar tan tristes, 
Tan solos los muertos ! 



DON VICENTE W. QUEROL 
9J . Carta 

al Sr. D. Pedro A. de Alarcón, acerca de ¡a Poesía 

AMIGO, cedo al fin. Los que dispersos 
Entregue al aire vano 

33i 



DON VICENTE W. OUEROL 

En mi edad juvenil fútiles versos, 

Hoy con piadosa mano 

Recojo y cierro en el modesto libro, 

Que al triste olvido de la edad entrego, 

O al duro fallo de los tiempos libro. 

Lo engendré en la nocturna 

Fiebre de mis pasiones primerizas, 

Y hoy guardo en él, como en sagrada urna, 

Del corazón las caudas cenizas. 

En él están mis infantiles sueños, 
El laurel disputado en arduas lizas, 
De la osada ambición locos empeños, 
La fé jurada, la esperanza muerta, 
La aspiración incierta, 
Los horizontes del amor risueños : 
Cuanto amé y esperé. Huecas y frías 
En el oído extraño, 
Ageno á mi placer, sordo á mi daño, 
Sonarán siempre las canciones mías ; 
Pero, al volver sus páginas, yo encuentro 
Mi gozo entre ellas ó mi antigua angustia, 
Cual suele hallarse dentro 
De un olvidado libro una flor mustia. 



Yo cobarde no oculto 
Mi fé en tí, desdeñada Poesía, 
Ni el ciego amor y el fervoroso culto 
Con que en tus aras me postré algún día : 
No reniego de tí cuando la mofa, 
Cuando el villano insulto 
Responden sólo á tu vibrante estrofa : 

332 



DON VICENTE W. QUEROL 

No aparto de mi labio 

De tu cáliz de hiél las negras heces, 

Ni te abandono al miserable agravio, 

Ó á las burlas soeces 

Del vulgo, indigno de tu noble estro ; 

Y cuando ante ei siniestro 

Tribunal vas de tus inicuos jueces, 

Yo, discípulo tuyo, por tres veces 

No nesaré al Maestro. 



¡ Santa palabra de Jehová ! 

— Con ella 
Moisés cantó el enojo 
Con que borró de Faraón la huella 
En sus líquidos antros el Mar-Rojo : 
Con ella sobre Nínive, sujeta 
Al yugo del pecado, y sobre Tiro, 

Y en la ancha plaza de Sidón inquieta, 
Quejumbroso suspiro 

Ó eterna maldición lanzó el Profeta : 

Con ella junto al cauce 

Del estranjero río, su salterio 

Colgando al tronco del umbroso sauce, 

Lloró Judá su amargo cautiverio : 

Con ella dijo su doliente cuita 

Job á la inmunda fiera del desierto ; 

Y con ella la hermosa Sulamita 
Cantó al amor en su cercado huerto. 



¡ Numen severo de la historia 



333 



DON VICENTE W. OUEROL 

—Vive 
Todo lo que el poeta 
Con sabio ritmo sonoroso escribe ; 
Muere lo que desdeña ! — Allá, en la vaga 
Muda extensión del páramo infinito, 
La soberbia pirámide naufraga : 
La esfinge de granito 
Se hunde en la arena movediza : el verde 
Musgo los templos de Ática sepulta : 
La corva reja del arado muerde £ 
Las feraces colinas 
Donde su oprobio Babilonia oculta : 
El rebaño del árabe se pierde 
Entre las vastas ruinas 
Que cubren tus llanuras, oh Cartago ; 
Mientras que en las vecinas 
Costas de Italia, con el propio estrago, 
Tu egregia vencedora, 
La Reina de las águilas latinas, 
Sola, entre tumbas profanadas llora. 



Envuelta en el sudario 
De un vergonzoso olvido, 
Fuera la Tierra el miserable osario 
De las humanas razas, si el gemido 
ó el cántico de gloria 
De los antiguos vates, 
Eco veraz de la solemne historia, 
No nos trajera en clamoroso ruido 
Sus fragorosas ruinas y combates, 
Ayes de muerte y gritos de victoria. 
334 



I 



DON VICENTE W. QUEROL 

De un siglo al otro siglo el viento lleva 
En las vibrantes cuerdas de la lira, 
La predicción de la esperanza nueva 
Ó el triste llanto de la edad que expira, 

Y como en la callada 

Soledad de las noches de astro en astro 

Vuela el pálido rastro 

De la luz increada, 

Así el vate, en la oscura 

Noche del tiempo que el pasado esconde, 

Hiíbla á los bardos de la edad futura, 

Y Osian los cantos de Ilion murmura 

Y Dante al salmo de David responde. 



¡ Hija de la Belleza ! 

— A la alborada 
De blanca luz ceñida, 
A la aurora de púrpura bañada, 

Y en la tarde apagada 

De húmeda niebla y de vapor vestida. 

Son sus joyas las perlas del rocío, 

Las flores son sus galas, 

Su claro espejo el trasparente río, 

Los céfiros sus alas. 

Las rojas nubes sus movibles tiendas, 

Su blanda cuna las inciertas olas, 

Y el ancho espacio las etéreas sendas 
Por donde marcha á solas. 

Gime en la selva que estremece el viento, 
Triste en la fuente solitaria llora, 
Canta del ave en el alegre acento, 

335 



DON VICENTE W QUERO!. 

Ríe en la luz de la naciente aurora ; 

Y cuando cruza con callado vuelo 
La tierra, el mar ó el cielo, 
Todo en ritmo sonoro 

Vibra al compás del cadencioso metro, 

Y en luminoso coro 
Van las estrellas de oro 

Rodando en torno á su extendido cetro. 



¡ Hija del sentimiento ! 

— En la indecisa 

Vaguedad del espíritu : en la calma 

De la conciencia justa : 

Del débil niño en la infantil sonrisa ; 

En los deliquios lánguidos del alma ; 

Del corazón en la soberbia augusta : 

En la ira noble, en el amor materno, 

En la ansia no cumplida, 

En los hastíos de la humana vida 

Y en el místico amor de un bien eterno : 
En el lóbrego abismo, 

Cárcel que la pasión fiera quebranta, 
En el grito febril del heroismo, 

Y en la oculta virtud, callada y santa, 
Como en el crimen mismo, 

Ella, la Poesía, 
Surge y cruza sombría, 

Y el puñal blande ó la oración murmura: 
Ciñe á la virgen los nupciales velos : 
Solloza en la olvidada sepultura, 

Y, en los humanos duelos, 
336 






DON VICENTE W. QUEROL 

Con la tendida diestra 

Á toda angustia inconsolable muestra 

La eterna luz de los abiertos cielos. 



Tal, en la edad confusa 
En que á la vida el corazón despierta, 
Yo, la soñada Musa 
Ví en el dintel de la cerrada puerta, 
Que mi ambición ilusa 
Juzgó á la gloria y la esperanza abierta. 
No entré... pero en mi oído 
Sonó el grande mido 
De los santos acordes celestiales ; 

Y aun hoy, en este olvido 

Y en esta amiga sombra, 

Donde es la paz un díctamo á mis males, 
Entre el silencio escucho, y aun me asombra, 
El rumor de los himnos inmortales. 



Tú, que has unido á ellos, 
Oh dulce amigo, tu canción sonora, 
Y alumbrante con vividos destellos 
Esta noche del alma abrumadora : 
Brioso corazón que en las bastardas 
Horas sin fe que nos legó el destino, 
Inmaculado aun guardas 
De una alta estirpe el resplandor divino, 
Abre el libro y no temas, 
Al revolver las hojas 
S 23 337 



DON VICENTE W. QUEROL 

De mis pobres poemas, 

Que ose en ellos cantar glorias supremas 

Ni supremas congojas. 

El débil numen que mi verso inspira 

Nunca osó ambicionar más noble palma 

Que traducir fielmente con la lira 

La efusión de mi alma. 



P& En Noche-Buena 

A mis ancianos padres 



UN año más en el hogar paterno 
Celebramos la fiesta del Dios-niño, 
Símbolo augusto del amor eterno, 
Cuando cubre los montes el invierno 
Con su manto de armiño. 



Como en el día de la fausta boda 
Ó en el que el santo de los padres llega, 
La turba alegre de los niños juega, 
Y en la ancha sala la familia toda 
De noche se congrega. 



La roja lumbre de los troncos bri! 
Del pequeño dormido en la mejilla, 
338 



DON VICENTE W. QUE ROL 

Que con tímido afán su madre besa ; 

Y se refleja alegre en la vajilla 

De la dispuesta mesa. 

IV 

Á su sobrino, que lo escucha atento, 
Mi hermana dice el pavoroso cuento, 

Y mi otra hermana la canción modula 
Que, ó bien surge vibrante, ó bien ondula 

Prolongada en el viento. 



Mi madre tiende las rugosas manos 
Al nieto que huye por la blanda alfombra ; 
Hablan de pié mi padre y mis hermanos, 
Mientras yo, recatándome en la sombra, 
Pienso en hondos arcanos. 



Pienso que de los días de ventura 
Las horas van apresurando el paso, 
Y que empaña el oriente niebla oscura, 
Cuando aun el rayo trémulo fulgura 
Ultimo del ocaso. 



¡ Padres míos, mi amor ! ¡ Cómo envenena 
Las breves dichas el temor del daño ! 
Hoy presidis nuestra modesta cena, 
Pero en el porvenir... yo sé que un año 
Vendrá sin Noche-Buena. 

339 



DON VICENTE W. QUEROL 



Vendrá, y las que hoy son risas y alborozo 
Serán muda aflicción y hondo sollozo. 
No cantará mi hermana, y mi sobrina 
No escuchará la historia peregrina 
Que le da miedo y gozo. 

IX 

No dará nuestro hogar rojos destellos 
Sobre el limpio cristal de la vajilla, 
Y, si alguien osa hablar, será de aquellos 
Que hoy honran nuestra fiesta tan sencilla 
Con sus blancos cabellos. 



Blancos cabellos cuya amada hebra 
Es cual corona de laurel de plata, 
Mejor que esas coronas que celebra 
La vil lisonja, la ignorancia acata, 
Y el infortunio quiebra. 



¡ Padres míos, mi amor ! Cuando contemplo 
La sublime bondad de vuestro rostro, 
Mi alma á los trances de la vida templo, 
Y ante esa imagen para orar me postro, 
Cual me postro en el templo. 



Cada arruga que surca ese semblante 
Es del trabajo la profunda huella, 

340 



DON VICENTE W. QUEROL 

Ó fué un dolor de vuestro pecho amante. 
La historia fiel de una época distante 
Puedo leer yo en ella. 



La historia de los tiempos sin ventura 
En que luchasteis con la adversa suerte, 
Y en que, tras negras horas de amargura, 
Mi madre se sintió más noble y pura 
Y mi padre más fuerte. 

xiv %, 

Cuando la noche toda en la cansada 
Labor tuvisteis vuestros ojos fijos, 
Y, al venceros el sueño á la alborada, 
Fuerzas os dio posar vuestra mirada ' 
En los dormidos hijos. 



Las lágrimas correr una tras una 
Con noble orgullo por mi faz yo siento, 
Pensando que hayan sido por fortuna, 
Esas honradas manos mi sustento 
Y esos brazos mi cuna. 

\YI 

¡ Padres míos, mi amor ! Mi alma quisiera 
Pagaros hoy la que en mi edad primera 
Sufristeis sin gemir, lenta agonía, 
Y que cada dolor de entonces fuera 
Germen de una alegría. 

34i 



DON VICENTE W. QUEROL 



Entonces vuestro mal curaba el gozo 
De ver al hijo convertirse en mozo, 
Mientras que al verme yo en vuestra presencia 
Siento mi dicha ahogada en el sollozo 
De una temida ausencia. 



Si el vigor juvenil volver de nuevo 
Pudiese á vuestra edad, ; por qué estas penas 
Yo os daría mi sangre de mancebo, 
Tornando así con ella á vuestras venas 
Esta vida que os debo. 

XIX 

Que de tal modo la aflicción me embarga 
Pensando en la posible despedida, 
Que imagino ha de ser tarea amarga 
Llevar la vida, como inútil carga, 
Después de vuestra vida. 



Ese plazo fatal, sordo, inflexible, 

Miro acercarse con profundo espanto, 

Y en dudas grita el corazón sensible : 

— «Si aplacar al destino es imposible, 

¿ Para qué amarnos tanto ? » 



Para estar juntos en la vida eterna 
Cuando acabe esta vida transitoria : 
342 



DON VICENTE W. QUEROL 

Si Dios, que el curso universal gobierna, 
Nos devuelve en el cielo esta unión tierna, 
Yo no aspiro a más gloria. 



Pero en tanto, buen Dios, mi mejor palma 
Será que prolonguéis la dulce calma 
Que hoy nuestro hogar en su recinto encierra : 
Para marchar yo solo por ía tierra 

No hay fuerzas en mi alma. 



DON FEDERICO BALART 

pp. Restitución 

ESTAS pobres canciones que te consagro, 
En mi mente han nacido por un milagro. 
Desnudas de las galas que presta el arte¿ 
Mi voluntad en ellas no tiene parte : 
Yo no sé resistirlas ni suscitarlas ; 
Yo ni aun sé comprenderlas al formularlas ; 
Y es en mí su lamento, sentido y grave, 
Natural como el trino que lanza el ave. 
Santas inspiraciones que tú me envías, 
Puedo decir, esposa, que no son mías : 
Pensamiento y palabra de tí recibo ; 
Tú en silencio las dictas ; yo las escribo. 



Desde que abandonaste nuestra morada, 
De la mortal escoria purificada, 



343 



DON FEDERICO BALART 

Transformado está el fondo del alma mía, 

Y voces oigo en ella que antes no oía. 
Todo cuanto, en la tierra y el mar y el viento, 
Tiene matiz, aroma, forma ó acento, 

De mi ánimo abatido turba la calma 

Y en canción se convierte dentro del alma. 

Y es que, en estas tinieblas donde me pierdo, 
Todo está confundido con tu recuerdo : 

¡ Sin él, todo es silencio, sombra y vacío 
En la tierra y el viento y el mar bravio ! 



Revueltos peñascales, áspera breña 
Donde salta el torrente de peña en peña ; 
Corrientes bullidoras del claro río ; 
Religiosos murmullos del bosque umbrío ; 
Tórtola que en sus frondas unes tus quejas 
Al calmante zumbido de las abejas ; 
Águila que levantas el corvo vuelo 
Por el azul espacio que cubre el cielo ; 
Golondrina que emigras cuando el Octubre, 
Con sus pálidas hojas el suelo cubre, 
Y al amor de tu nido tornas ligera 
Cuando esparce sus flores la primavera ; 
Aura mansa que llevas, en vuelo tardo, 
Efluvios de azucena, jazmín y nardo ; 
Brisas que en el desierto sois mensajeras 
De los tiernos amores de las palmeras — 
( ¡ De las pobres palmeras que, separadas, 
Se miran silenciosas y enamoradas ! ) ; — 
Pardas nieblas del valle, nieves del monte, 
Cambiantes y vislumbres del horizonte ; 
Tempestad que bramando con ronco acento 

344 



DON FEDERICO BALART 

Tus cabellos de lluvia tiendes al viento ; 
Solitaria ensenada, restinga ignota 
Donde oculta su nido la gaviota ; 
Olas embravecidas que pone á raya 
Con sus rubias arenas Ja corva playa ; 
Grutas donde repiten con sordo acento 
Sus querellas y halagos la mar y el viento ; 
Velas desconocidas que en lontananza 
Pasáis como los sueños de la esperanza ; 
Nebuloso horizonte, tras cuyo velo 
Sus límites confunden la mar y el cielo ; 
Rayo de sol poniente que te abres paso 
Por los rotos celajes del triste ocaso ; 
Melancólico rayo de blanca luna 
Reflejado en la cresta de escueta duna ; 
Negra noche que dejas de monte á monte 
Granizado de estrellas el horizonte ; 
Lamento misterioso de la campana 
Que en la nocturna sombra suena lejana, 
Pidiendo por ciudades y por desiertos 
La oración de los vivos para los muertos ; 
Plegaria que te elevas entre la nube 
Del incienso que en ondas al cielo sube 
Cuando al Señor dirigen himnos fervientes 
Santos anacoretas y penitentes : 
Catedrales ruinosas, mudas y muertas, 
Cuyas góticas naves hallo desiertas, 
Cuyas leves agujas, al cielo alzadas, 
Parecen oraciones petrificadas ; 
Torres donde, por cima de la veleta 
Que á merced de los vientos se agita inquieta, 
Señalando regiones que nadie ha visto 
Tiende inmóvil sus brazos la fé de Cristo : 

345 



DON FEDERICO BALART 

Luces, sombras, murmullos, flores, espumas, 
Transparentes neblinas, espesas brumas, 
Valles, montes, abismos, tormentas, mares, 
Auras, brisas, aromas, nidos y altares, — 
Vosotras en el fondo del alma mía 
Despertáis siempre un eco de poesía : 
Y es que siempre á vosotros encuentro unido 
El recuerdo doliente del bien perdido. 
Sin él, ¿ qué es la grandeza, qué es el tesoro 
De la tierra y el viento y el mar sonoro ? 



Ya lo ves : las canciones que te consagro, 
En mi mente han nacido por un milagro. 
Nada en ellas es mío, todo es don tuyo : 
Por eso á tí, de hinojos, las restituyo. 
¡ Pobres hojas caídas de la arboleda, 
Sin su verdor el alma desnuda queda ! 

Pero no, que aun te deben mis desventuras 
Otras más delicadas, otras más puras : 
Canciones que, por miedo de profanarlas, 
En el alma conservo sin pronunciarlas ; 
Recuerdos de las horas que, embelesado, 
En nuestro pobre albergue pasé á tu lado, 
Cuando al alma y al cuerpo daban pujanza 
Juventud y cariño, fé y esperanza ; 
Cuando, lejos del mundo parlero y vano, 
íbamos por la vida mano con mano ; 
Cuando, húmedos los ojos, juntas las palmas, 
En una se fundían nuestras dos almas : 
Canciones silenciosas que el alma hieren ; 
Canciones que en mí nacen y que en mí mueren ; 
346 



DON FEDERICO BALART 

¡ Hechizadas canciones, con cuyo encanto 
A mis áridos ojos se agolpa el llanto ! 

Y aun á veces aplacan mis amarguras 
Otras más misteriosas, otras más puras : 
Canciones sin palabra, sin pensamiento, 
Vagas emanaciones del sentimiento ; 
Silencioso gemido de amor y pena 
Que, en el fondo del pecho, callado suena ; 
Aspiración confusa que, en vivo anhelo, 
Ya es canción, ya plegaria que sube al cielo ; 
Inquietudes del alma, de amor herida ; 
Vagos presentimientos de la otra vida ; 
Éxtasis de la mente que á Dios se lanza ; 
Luminosos destellos de la esperanza ; 
Voces que me aseguran que podré verte 
Cuando al mundo mis ojos cierre la muerde : 
¡ Canciones que, por santas, no tienen nombres 
En la lengua grosera que hablan los hombres! 
Esas son las que endulzan mi amargo duelo ; 
Esas son las que el alma llaman al cielo ; 
Esas de mi esperanza fijan el polo, — 
¡ Y esas son las que guardo para mí 6olo ! 



DON MANUEL DEL PALACIO 

100. Amor oculto 

YA de mi amor la confesión sincera 
Oyeron tus calladas celosías, 
Y fué testigo de las ansias mías 
La luna, de los tristes compañera. 

347 



DON MANUEL DEL PALACIO 

Tu nombre dice el ave placentera 
A quien visito yo todos los días, 
Y alegran mis soñadas alegrías 
El valle, el monte, la comarca entera. 

Sólo tú mi secreto no conoces, 
Por más que el alma con latido ardiente, 
Sin yo quererlo, te lo diga á voces ; 

Y acaso has de ignorarlo eternamente, 
Como las ondas de la mar veloces 
La ofrenda ignoran que les da la fuente, 



343 



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