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Full text of "Las sectas y las sociedades secretas a través de la historia; estudio analitico y descriptivo de las principales sectas misteriosas y de las sociedades secretas más importantes, comprendiendo desde las creencias de las primitivas civilizaciones hasta las últimas modalidades del sindicalismo contemporáneo"

y 



H'jX 



Las Sectas y las Sociedades secretas 
a través de la Historia 




a 



Las Sectas 

y las Sociedades secretas 

a través de la Historia 



Estudio analítico y descriptivo 

de tas principales sectas nnisteriosas y de las sociedades secretas 

más innportantes, connprendiendo desde las creencias 

de las prinnitivas civilizaciones hasta las últimas modalidades 

del sindicalismo contemporáneo 

por 

Santiago Valentí Camp 

en colaboración con 

Enrique Massaguer 



Tomo 1 



I 



Barcelona 
Antonio Virgili, S. en C. - Editores 

Calle de Rosellón, 208 



.^ "OV 1 6 Í971 I 



ES PROPIEDAD 






Imprenta de Antonio V irgíli, S. en C. 
- - - Rosellón, i08 — Barcelona - - - 



AL LKCTOR 



El asunto de este libro ha ocupado durante algunos años mi atención y ha 
constituido el objetivo preferente de mis estudios sociológicos. Al ordenar, 
dándoles forma de libro, los apuntes que tenía en cartera acerca de las sectas y 
sociedades secretas, he condensado la información que con paciente asiduidad 
adquirí y los materiales acopiados de fuentes muy varias, y casi todas dispersas. 
A pesar de esto, al decidirme a publicar el trabajo, cansada mi vista al contem- 
plar el lejano horizonte que limita la casi infinita extensión de la materia, puse 
gran empeño en hallar nuevos datos con que enriquecerla y nuevas formas tam- 
bién con que vestirla, huyendo de los procedimientos que en España suelen 
emplearse cuando se trata de escribir libros de difusión destinados a vulgarizar 
los conocimientos científicos. 

El que esto escribe lleva diez y ocho años contribuyendo a la producción 
intelectual, y cree conocer por experiencia cuáles son las aficiones del gran pú- 
blico, y cómo el lector, sin experimentar fatiga y casi sin proponérselo, no sólo 
pretende satisfacer la curiosidad, sino que sigue con marcado interés la seria- 
ción de los conceptos, llegando a fundir en la intención su esfuerzo con el autor. 
A mi juicio, ésta es la colaboración que ha de apetecer el escritor que de veras 
aspire a conquistar la simpatía del público y se haya propuesto algo más que 
atraer la atención de sus lectores. No se me habrá de tachar, pues, de inmodesto 
al declarar paladinamente mi vivísimo deseo de que el lector, después de haber 
recorrido las páginas de este libro, no se considere defraudado en las ilusiones 
que antes de comenzar la lectura se hubiese forjado. 

El propósito que me ha guiado al escribir este libro ha sido llenar un vacío 
que en la literatura española existe. En la bibliografía hispana se echa de menos 
esta clase de obras de difusión, en que se estudia lo que fueron y son en la ac- 
tualidad las sectas y las sociedades secretas. Carecemos de libros de divulgación 
de los conocimientos históricos que respondan a las corrientes que predominan 
en la hora presente en el pensamiento contemporáneo y que, además, informan 
el modo de ser de la época en todas las naciones de Europa. He procurado, 
pues, en la medida que alcancen mis fuerzas, que el libro responda a lo que su 

Tomo I. — a. 



VI LAS SECi * ni) ADES SECRETAS 

título indica, y para conseguirlo no he perdonado medios ni sacrificios. He tra- 
zado una serie de cuadros arrancados a la realidad, volcando en las cuartillas 
cuanto de más saliente aconteció en las épocas pretéritas, originado y promovido 
por los núcleos de luchadores que dieron vida a los grandes ideales de la huma- 
nidad. He examinado los hechos que dieron lugar a las conflagraciones colecti- 
vas, los episodios de las luchas titánicas sostenidas por los pueblos, las crisis y 
las palpitaciones del alma popular y los dramas que se desarrollaron en el seno 
de las colectividades en los instantes en que, presas del delirio, se lanzaron a 
realizar actos heroicos. Ofrezco al lector las más hondas conmociones del espíritu 
humano, relacionándolas con los mitos, los símbolos y los ritos de las distintas 
religiones, exponiendo sucintamente, con la mayor claridad posible, lo esotérico, 
las ideas morales comunes a todas las sectas y las cristalizaciones dogmáticas, 
analizadas filosóficamente, y poniendo al descubierto los errores y las contradic- 
ciones en que incurrieron. Señalo, a medida que voy examinando las sectas y 
las sociedades secretas, las concomitancias de unas con otras, su carácter político, 
religioso, educador, social, etc., para sintetizar la importancia y el valor ético 
de cada una de ellas y lo que representaron en el curso de los tiempos. 

En cuanto al plan, podía seguir tres métodos: el cronológico, o sea: desarro- 
llo del asunto según los tiempos, etapas y fechas más o menos exactas en que 
tuvieron lugar los hechos; el etnográfico, es decir, el estudio de los aconteci- 
mientos, agrupándolos, teniendo en cuenta los pueblos y las razas que los lle- 
varon a cabo; y el analógico, o de materias. Los tres ofrecían sus ventajas 
y sus inconvenientes, pues adoptando el segundo, la seriación cronológica ha- 
bía de resultar perjudicada; de adoptar el orden de materias o asuntos, el lec- 
tor no se hubiera hecho cargo del proceso natural de los acontecimientos; de 
haber seguido el cronológico, las sociedades secretas que se hallan íntimamente 
relacionadas en cuanto a la finalidad o a los medios empleados para lograrla, 
hubieran tenido que ser colocadas unas muy alejadas de otras, y con ello es 
evidente que el interés de la narración habría sido menor. Sin adoptar ninguno 
de los tres métodos de un modo exclusivo, he procurado aunarlos con la ma- 
yor discreción. Al relatar la gran epopeya de las sectas y las sociedades secretas 
me he esforzado en que el método cronológico fuera la base de la indagación, 
analizándolas primero, en cada pueblo, y después siguiendo el orden de suce- 
sión. De este modo he creído poder compaginar los tres factores, que son el 
hecho, el pueblo donde tuvo lugar y la índole de aquél; sin embargo, no abrigo 
la pretensión de haber escrito una obra original, aunque creo sinceramente 
haber trabajado con empeño, contribuyendo a hacer luz en uno de los más 
curiosos aspectos de la historia de la humanidad. 



AL LECTOR VII 

El lector comprenderá fácilmente que algunos de los juicios emitidos no 
pueden ser apoyados en autoridades de peso, pues tratándose de sociedades 
cuya existencia depende del secreto, y que están, naturalmente, interesadas en 
que no abunden las piezas documentales, nunca fué más aplicable el apotegma: 

«Lo que se ve, la historia lo refiere; 
lo que se oculta, en el misterio muere.» 

Podrá parecer a alguno de los lectores que he insertado con impropiedad 
algunas sociedades que no pueden llamarse «secretas», por ejemplo: la maso- 
nería, ya que, en general, los masones no se recatan de decir que son tales, y 
por lo mismo la secta no es secreta. A esto respondo que el concepto de secreto 
consiste en la práctica de ritos o ceremonias que se procura no trasciendan al 
público y en que los afiliados, cumpliendo los estatutos de la sociedad, los reali- 
cen con el mayor sigilo. En verdad, no es posible que exista largo tiempo una 
asociación ignorada de las autoridades y aun del común de la sociedad, pues por 
más que los asociados quieran ocultarse en la obscuridad y el misterio, no po- 
drán substraerse a ciertos actos que los delaten. 

Desde el momento en que se realiza un acto, el mundo busca instintiva- 
mente al agente, y si se halla en él algo que no es visible, sospecha en seguida 
el secreto. Los thugs, o estranguladores, por ejemplo, tuvieron empeño en 
permanecer largo tiempo desconocidos; pero la existencia de una sociedad de 
tal índole fué sospechada mucho antes que se descubriese a ninguno de sus 
miembros; y la misma Inquisición, que era un tribunal público, sin embargo, 
por tener agentes y procedimientos secretos, puede muy bien incluirse en la 
categoría de sociedades secretas. 

Al discurrir acerca de las sociedades secretas se estudian a la par las reli- 
giosas y las políticas, porque las primeras, aunque en apariencia revisten menor 
importancia, en determinadas épocas, singularmente en las Edades antigua y 
media, vincularon la espiritualidad de los pueblos, y lo mismo fueron vehículo 
de progreso que obstáculo para el avance colectivo; no obstante, las que han 
perseguido o persiguen fines políticos, son las que merecen más detenido estu- 
dio, sobre todo en la época moderna, en la que ha desaparecido aquella confu- 
sión de los elementos religioso y político que formó la psicología de las edades 
anteriores a la Revolución francesa, impidiendo que surgieran con su propia 
característica los distintos móviles de la acción humana. Así, vemos que aun en 
nuestros días, en que la ley de diferenciación social, tan admirablemente estu- 
diada por el tratadista O. Simmel (1), es una realidad, sociedades predominan- 

(1) Ueber soziale Differenzirung (Berlín, 1890). 



vil! LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

temente políticas, como la Internacional, los Comunistas y los Sindicalistas, cuyo 
objetivo fué siempre derribar a los poderes constituidos y transformar la actual 
organización social para llegar a una concepción del Estado socialista del tra- 
bajo, tal cual lo define el gran jurista austriaco A. Menger (1), conservan cierto 
sentido religioso: de tal pueden calificarse el entusiasmo y devoción que repre- 
sentan las diversas doctrinas socialistas, en las que revive el espíritu de sacrifi- 
cio, que fué la nota privativa de los difusores del cristianismo en sus orígenes. 
{Triste condición la del ser humano que en el círculo de su actividad realiza 
fatalmente lo que el gran filósofo alemán Fed. Nietzsche compendió en su admi- 
rable frase el éternel retour! 

Antes de poner término a estas líneas he de hacer pública mi gratitud a don 
Eudaldo Canibell, el ilustre bibliófilo, cuya erudición es tan vasta como sincero 
el deseo que siempre le anima de ser útil a sus amigos, entre los cuales tengo 
la suerte de contarme; a don Cosme Rofas, por su sagacidad y discreción al 
prestarme su concurso en la rebusca de materiales, y dejo para lo último hacer 
especial mención de mi entrañable amigo y excelente colaborador, don Enrique 
Massaguer, notable filólogo y políglota, sin cuya inteligente y asidua coopera- 
ción esta obra acaso no se hubiera escrito; él, con su auxilio y sus indicaciones, 
me ha facilitado elementos valiosísimos, y ejerciendo de guía allanóme no 
pocas dificultades. A todos ellos, y singularmente a Massaguer, ofrezco el testi- 
monio de mi perenne reconocimiento. 

Santiago Valenfí Camp 

Barcelona, Octubre 1912 



1 > El Estado socialista ívers. cast., Barcelona, 1907). 



INTRODUCCIÓN 



renuencia de los pueblos hacia la organización secreta; los núcleos de población; la ley— II. Natura- 
leza y múltiples objetivos de las sectas y las sociedades secretas; concepto de la libertad política y 
luchas para conseguirla, una excursión al campo de la etnografía; el tipo humano más perfecto; cau- 
sas del desarrollo psicológico del hombre. — III. Las sociedades secretas políticas; proceso histórico 
de las mismas; su aspiración en el terreno sociológico; formas de gobierno; el Estado y el pueblo; la 
revolución; la democracia; la lucha de clases; la revolución social. — IV. Las sectas y las sociedades 
secretas religiosas; lo misterioso como elemento consubstancial de ellas; evolución de las creencias y 
doctrinas en los pueblos; el misterio en sus aspectos astronómico y dogmático; el símbolo en los 
diversos mitos; los ritos religiosos; el sigilo, — V. Antigüedad de las sectas y las sociedades secretas; 
resultado de su actividad; ¿son necesarias en la actualidad?; la organización social en lo porvenir. 




1 proyectarse en la historia la luz del genio investigador del hombre, anali- 
zando el pasado, investigando lo que fueron los pueblos y el proceso de los 
mismos, evidenciase que en casi todos se formaron núcleos de individuos 
que, movidos por un descontento espiritual íntimo, por las necesidades de la 
convivencia o por otras causas de índole diversa, como la comunidad de intereses 
hollados y más que todo por odio a las clases que usufructuaban el poder, trabajaron 
en silencio para hacerse fuertes por medio de la organización secreta, arma de combate 
que se ha puesto en juego en todas las épocas, en forma más o menos rudimentaria 
y obedeciendo a móviles y aspiraciones tan varios como las exigencias de cada período 
histórico. 

Ha habido etapas en la historia, en las cuales, a causa de las circunstancias, han 
sido tan necesarias las sociedades secretas como los organismos oficiales y públicos: 
frente al imperio del poder y de la fuerza, al de los ídolos de la fortuna y los fetiches 
de la superstición, ha habido en todos los tiempos un lugar en el cual el imperio de 
la fuerza caducaba, la adoración a los ídolos era un mito y los fetiches eran escarneci- 
dos como un objeto de vilipendio. Este lugar ha sido y será siempre el gabinete de 
estudio del filósofo, el templo del sacerdote, la subterránea cueva del sectario. Esta 
fuerza del espíritu humano colectivo, a manera de fluido gaseoso en estado de tensión, 
ha roto todas las trabas que le impusieron la violencia, los convencionalismos sociales 
y atávicos, y la rutina. A principios del siglo XVI, época en la cual el despotismo era 
el arbitro de la sociedad española y en la que la libertad gemía aherrojada bajo el 
fantasma del absolutismo personificado en un monarca, vemos levantarse los Comu- 

Tomo I. — /'. 



1 As SlíCI 



SOCIEDADES SLC.KtTAS 



ñeros de Castilla y regarse con sangre las calles de poblaciones en que hasta entonces 
-;i triunfante el tirano de la libertad. El proceso de todo este movimiento demo- 
...„..ü. fundado en el antagonismo entre el elemento popular de Castilla, celoso de 
sus libertades, y el poder real, ansioso de nuevas prerrogativas, fué completamente 
secreto, fraguado en las reuniones de los descontentos, y estalló en Toledo a la voz de 
/ Viva el pueblo! 

En nuestros días no se concibe un organismo colectivo sin una serie de entidades 
y elementos que en las distintas esferas sociales realicen la obra de reforma y restaura- 
ción del complicado dinamismo de las naciones contemporáneas. Desde el punto de 
vista político, las sociedades secretas han sido, de ordinario, verdaderas válvulas de segu- 
ridad para lo presente y poderosas palancas para lo venidero. Sin ellas y sin su huma- 
nitaria labor, el frío monólogo del absolutismo hubiera ocupado con aterradora exclu- 
sividad el drama de la historia. Examinando de cerca la esencia de la sociedad secreta, 
vemos que es un acto de la reflexión y, por lo mismo, de la voluntad; por lo cual las 
sectas y las sociedades secretas son, en cierta manera, la expresión de la conciencia 
popular. Todo hombre tiene dentro de sí un algo que le pertenece, más fuerte que él, 
contra lo cual no puede rebelarse, y que no puede echar de sí, aunque quisiera: es 
parte integrante nuestra, intangible, que escapa al puñal del asesino y al dogal o al 
cuchillo del verdugo; los halagos no son capaces de seducirlo, no se ablanda con los 
ruegos, las amenazas no le intimidan. Este algo crea en el hombre una especie de 
autocrítica que le convierte en censor de sus propios actos: cuando el hombre procede 
rectamente y de acuerdo con los dictados de su conciencia, hállase en paz consigo 
mismo; este algo misterioso no le tortura ni le aflige: sucede lo mismo que en el cuerpo 
físico cuando las funciones orgánicas siguen su curso normal; pero si el individuo 
obra contra los dictados de la conciencia, entonces rebelase lo más elevado de su per- 
sonalidad (1). Ahora bien, las sociedades secretas son como la expresión de este pensa- 
miento de rectitud que se observa en la psicología de las naciones; son este misterioso 
algo de la política obrando en la conciencia pública y produciendo una especie de 
remordimiento vengador y purificador. 

Efectivamente, uno de los más obvios sentimientos que han dado origen á la for- 
mación de las sociedades secretas es el de la venganza, pero noble y racional, distinta 
del rencor personal, un deseo de venganza que va derecho contra las instituciones, no 
contra los individuos; que ataca a las ideas, no a los hombres; en otras palabras, un 
gran anhelo de vindicación colectiva, transmitido de padres a hijos, como piadoso legado 
de amor, que santifica el odio y ensancha la responsabilidad y el carácter del hombre, 
ya que hay un odio justo y necesario, el del mal, que constituye la salvación de las 
naciones. ¡Ay del pueblo que no sabe odiar, porque caerá en manos de la intolerancia, 
de la hipocresía, de la superstición y la esclavitud! 

Siguiendo la orientación que el método histórico comparativo preconiza y que 
actualmente siguen la mayoría de los historiógrafos (2), hallamos vestigios, huellas de 
las sociedades secretas en la Edad antigua, y es probable que si pudiéramos llevar más 

(1) C. Caviqlioni, // Rimorso (Turin, 1903). 

(2) Lamprecht, Die küliurhistorische Methode (Berlín, 1900); G ervinus, Grundzüge der Historick 
(Leipzig, 1837); Barth, Die Philosophie der Geschichte ais Soziologie (1897). 



INTRODUCCIÓN 



allá nuestro esfuerzo, hallaríamos en el campo casi inexplorado de la prehistoria restos 
de energías conjugadas y grupos de hombres que trabajaron en común con una fina- 
lidad objetiva semejante a la que vemos desarrollarse en la sucesión de los siglos y 
que en la época actual continúa siendo motivo de preocupación, incentivo para la lucha 
y lema de reivindicación de derechos conculcados y promesas incumplidas. Al escu- 
driñar con perseverancia los orígenes de algunos pueblos, descúbrense acá y allá 
elementos dispersos y fraccionarios, que cabe suponer que en otros tiempos, ya un 
tanto remotos, debieron de integrar 
organismos más o menos perfectos, 
pues de otra suerte no tendría expli- 
cación su existencia. ¿Cómo, si no, 
podemos explicarnos las ráfagas de 
pasión que han conmovido en otras 
épocas a pueblos enteros y que 
determinaron los espasmos colecti- 
vos, en alas de los cuales se arroja- 
ron a las empresas de conquista, a 
las invasiones armadas, cuyo resul- 
tado fué el predominio de unos pue- 
blos sobre otros en dilatados perío- 
dos de la historia? En la Edad anti- 
gua, en la media, en la moderna y 
también en la contemporánea, agita 
la conciencia de los organismos so- 
ciales una aspiración que late y lati- 
rá permanentemente en lo más hon- 
do del alma popular con ansia re- 
novadora, cifra y compendio de la 
condicionalidad activa, que, en sín- 
tesis, es el devenir, el llegar a ser. 
La aspiración de las sectas fué la 
construcción del templo ideal del progreso, haciendo fecundos los gérmenes de liber- 
tad que yacían latentes en el seno de los pueblos adormecidos o esclavizados. Este 
glorioso edificio no está, ciertamente, terminado, ni quizás jamás lo estará; pero el 
empeño mismo de las sectas por terminarlo les da un carácter de grandeza moral 
perdurable, mientras que sin él, las revoluciones a que su especial psicología da ori- 
gen, tendrían carácter de facción egoísta y estéril en resultados prácticos. Esto es lo 
que explica y justifica la existencia de las sociedades secretas, y a ellas deben muchos 
pueblos no sólo sus libertades, sino también su misma personalidad: testigos de ello 
son Grecia e Italia. Ahora bien, esta tendencia ingénita hacia el perfeccionamiento indi- 
vidual y el progreso colectivo, es inherente al drama de la existencia. Por esto, todo 
ser colectivo, como el organismo individual, para llegar a su desarrollo completo ne- 
cesita un cúmulo de energías que, en virtud de otra mayor que ejerce de aglutinante, 
le pongan en condiciones de cumplir la misión que le está asignada con la mayor 




Renato Descartes 

Filósofo francés, autor de la metodología moderna 



\íi 1 \s s()( IlDADIS SECRETAS 

aiuplilutl y Mil lumtaciuiics. La rcalizaciüii cié csie ideal es algo fatal e indeclinable, 
porque obedece al proceso genético que rige a las sociedades y es el ritmo consubs- 
tancial de todos los organismos dotados de vida. 

Los más insignes cultivadores de la historia, los tratadistas que han adquirido una 
reputación general, sientan como síntesis de sus dilatadas investigaciones y estudios, 
que en sus comienzos las sociedades humanas funcionaron bajo un régimen arbitrario 
en el cual el poder del patriarca prevalecía y dictaba las normas que había de aceptar el 
pueblo, sin que éste acertara a discernir lo que significaba la autoridad y sus manda- 
mientos (I). Kn los albores de las distintas civilizaciones no existían más que dos elemen- 
le actualmente casi no se conciben: el pastor que guía y el rebaño que obedece. 
Lus pueblos primitivos tienen muchos puntos de contacto con las sociedades animales: 
son muy parecidos los principios dinamogénicos que dirigían la actividad monorrít- 
mica de los agregados humanos, en sus comienzos, con los que rigen en las colonias 
zoológicas (2). Así se comprende que en sus orígenes la vida de aquellos agregados se 
desarrollara en un medio de simplicidad que parece un mito y con objetivos tan ele- 
mentales como, por ejemplo, el instinto de defensa contra las fieras y los animales da- 
ñinos, lo cual obligaba al hombre a agruparse al lado de sus semejantes aprestándose 
a la lucha por la existencia. Es notorio que en tales sociedades no funcionaban más que 
dos factores, que subsistieron quizás durante un largo período de tiempo sin llegar a 
confundirse: el que realizaba las funciones de mando, el gobernante (para designarle 
de algún modo que se compagine con la terminología corriente), estaba investido de 
todos los derechos y reunía en sí todos los poderes; y el pueblo, que en realidad era 
sólo una masa gregárica, y que sin otro móvil que el temor cumplía los mandatos y 
soportaba las cargas humildemente, siendo el embrutecimiento de los de abajo y la 
audacia hegemónica del de arriba los dos ejes que mantenían el equilibrio social. 

Claro es que al referirse al modo de ser de las sociedades primitivas hay que 
atenerse al testimonio de los maestros (3), que es, por decirlo así, la única fuente de in- 
vestigación, dada la imposibilidad de discurrir por cuenta propia en que se encuentra 
el escritor en España, en donde es muy difícil llevar a cabo la más leve empresa cientí- 
fica en cuanto se refiere a la historiografía, porque se carece de los medios más indis- 
pensables. La casi totalidad de los tratadistas sientan como base que, aunque no se 
escribían los preceptos, el pueblo los acataba fielmente, y la autoridad del gobernante 
era indiscutida. En la manera de ser de las sociedades primitivas influyó poderosa- 
mente el hecho de que, en un lapso de tiempo difícil de determinar, un gran número 
de hordas, de tribus errantes, por circunstancias difíciles de señalar, porque escapan a 
la penetración del historiógrafo, abandonaron sus viviendas rústicas, y constituyeron 
las poblaciones. Lentamente, la tendencia ambulatoria se fué extinguiendo, y los centros 
urbanos, nutridos con el éxodo rural, tomaron gran incremento, afianzándose la ten- 
dencia sedentaria del hombre. 

(1) Breisio, Der Stufenbau und die Gesetze der Weltgeschichte (Berlín, 1905); Bernheim, Ge- 
scJikhtsforschung und Oeschichisphilosophie (Gottinga, 1880). 

(2) Alf. Asturaro, La sociología zoológica (vers. cast. Barcelona 1908) 

„ Jl l^*"-"' ^^/;;^'"'íf'^ ^"""""^^ individual y social (Barcelona, 1905); Giraud-Teulon, Les origi- 
(Ibid l^r^'^ ^^^^^''l'''' ''"''' ^''' L"«^^«^-^Au, La sociologie d'aprés V ethnographie 



INTF<0DUCCION 



XIII 



Kntoiices, Cuino es consiguiente, la lucha por la existencia se hizo más difícil; 
al aumentar el número de habitantes se complicó por modo on.Kicrable la vida; 
o encarecieron las subsistencias, transformáronse las costumbres, los hábitos, los 
usos; en una palabra, se hicieron más complejas las relaciones de la convivencia. 
Al intensificarse la actividad social surgieron los antagonismos económicos que tan 
iióndaniente estudia el sociólogo Otto Effertz (1), y se despertó en aquellos agregados 
la ambición y con ella lo que modernamente se ha designado con el nombre de lucha 
de clases. En el seno de las ciudades 
■pareció entonces el problema de la 
.oncurrencia que en todos los perío- 
!os de la historia ha revestido una 
•iiportancia extraordinaria. El cho- 
que de los diversos elementos en 
lucha airada y violenta perturbó aque- 
llas sociedades, llegándose a una si- 
tuación verdaderamente penosa; el 
desorden y la confusión tomaron tales 
proporciones que fué indispensable 
buscar una dirección para las nacien- 
tes colectividades. Para contener el 
desbordamiento pasional que consti- 
tuía una amenaza para la vida propia 
Jel organismo entero, fué preciso en- 
cauzar todas las fuerzas sociales, con 
objeto de que pudieran desenvolver- 
se sin hallarse unas en abierta oposi- 
ción con las otras. Este cauce que 
había de conducir y regular los inte- 
reses encontrados tué la ley, que vino 
a ser la consagración del derecho, 
imponiendo coactivamente la regla 

jurídica. Al encarnar las normas y los preceptos en el espíritu del pueblo se afirmó la 
libertad del hombre. El legislador buscó la fuente de inspiración en la realidad y halló 
en la costumbre la principal fuente de derecho. 

Con el transcurso del tiempo la ley se perfeccionó, tendiendo a ser en cada período 
más humana; a su influjo cayeron para siempre el despotismo y la tiranía; con la ley 
acaba la egida de la arbitrariedad y se impone la justicia (2). La ley ha tenido una im- 
portancia capital en la historia del linaje humano, en ella se sintetiza el alma entera del 
pueblo en que fué dictada, por ella se reconstruye la fisonomía de los pueblos que han 
desaparecido de la faz del mundo, y, en una palabra, puede considerarse a la regla 
jurídica como una de las modalidades del progreso en la evolución de las sociedades. 

(1) Les Antagonismes économiques, intrigue, catas trophe ei dénoaement du drame social (versión 
francesa París, 1906). 

(2) LippERT, Kultur der Menschheit (Stuttgart. 1886). 




Manuel Kant 

Filósofo alemán, fundador del racionalismo 



jyy I \ N 1 A^. M>i,li-l)AlJh^ SliCRETAS 



Sería un error creer que la formación de las primitivas sectas y las sociedades 
secretas obedeció a fines puramente políticos, pues no regían en aquel entonces más 
que los ideales religiosos, por lo cual se ha dado con toda justicia a la religión el 
dictado de fuente primordial del saber humano. La mitología comparativa reduce las 
varias y aun a primera vista opuestas creencias, a una sola, ó sea la primitiva y funda- 
mental comprensión de la naturaleza y sus leyes. Todas las metamorfosis de uno o más 
dioses, que leemos en los libros sagrados de la India, Persia y Egipto, están fundadas 
en hechos simplemente físicos, desfigurados y adulterados, ya sea por casualidad, ya 
con intención (1). La verdadera comprensión de la naturaleza fué patrimonio de la más 
desarrollada de las razas, ó sea la de los aryos, establecida en la zona más elevada 
de la región montañosa del Asia, al norte del Himalaya. Al sur de esa región hállase 
el valle de Cachemira, cuya eterna primavera, exuberante vegetación y prodigios de 
la naturaleza eran los elementos más apropiados para hacer de aquella parte del 
mundo el paraíso terrestre y la morada de bienandanza de los seres privilegiados. 
Al desarrollo psicológico de esta raza habían, pues, ayudado y ayudaban de hecho las 
circunstancias climatológicas, las mismas que fomentan el desarrollo y crecimiento 
de la planta, pues al fin y al cabo esto es el hombre, una planta dotada de conciencia 
y movilidad. Los órganos todos, especialmente el cerebro, de la raza caucásica, llegaron 
al más alto grado de perfección y por lo mismo estuvieron de un modo especial 
dispuestos a aprehender los fenómenos de la naturaleza y comprender la eficacia y 
actividad de la misma. 

Ridículo fuera querer investigar el tiempo que tardó dicha raza en llegar al apogeo 
de su desarrollo intelectual y moral, como ridículo es también querer descubrir la 
fecha de la aparición del hombre sobre la tierra y el estado en que se hallaba ésta 
al momento de empezar a poblarse. La única certeza que de los monumentos y 
de algunos restos literarios se puede adquirir es que, a contar de algunos millares 
de años, poseía el hombre conocimientos científicos que originariamente procedían 
del Oriente y que gradualmente fueron transmitiéndose al Occidente, pero que se 
perdieron andando el tiempo (2). Fenómeno raro el de una tal extinción, explicable, sin 
embargo, por otros semejantes que registra la historia, como el del ocaso del esplendor 
de la erudición clásica con todas las soberbias manifestaciones del arte y de la ciencia, 
seguidos de la tenebrosa noche de los siglos medioevales, con su secuela de fanatismo 
religioso, opresión y obscurantismo (3). Un ejemplo bastará para dar explicación del 
hecho: durante una serie de siglos antes de nuestra Era, los caldeos creían en la 

(1) HoYNs, Die alie Welt in ihrem Bildungsgang ais Grundlage der Kultur der Gegenwart (Bev- 
Un, 1876); A. Laso, Mythes, cuites et religión (París, 18Q6); H. Spencer, Principes de Sociologie, (París, 
1879); M. Sales y Ferré, Tratado de Sociología (Madrid, 1889-1897). 

(2) Sales y Ferré, El hombre primitivo y las tradiciones orientales. La ciencia v la relimón (Se- 
villa-Madrid, 1881). 

(3) Ch. V. Lanolois, La connaisscnce de la nature et du monde au moyen age (París, 1911). 



L 



INTRODUCCIÓN XV 

redondez del orbe terráqueo y afirmaban que su extensión de Este a Oeste era mayor 
que la de Norte a Sur; conocían, además, la circunferencia del f^lobo, la cual explica- 
ban diciendo que un hombre andando sin pararse podría darle la vuelta completa en 
el espacio de 365 días. Ahora bien, calculando la circunferencia en 24,900 millas, es 
matemáticamente demostrable que un hombre, andando a unas tres millas por hora, 
terminaría el viaje en mucho menos de un año. ¿Qué se había hecho, pues, de este 
conocimiento o hipótesis geográfica cuando los eruditos del siglo XVI, los teólogos 
de Salamanca, sostenían, contra el parecer de Colón, la tesis de la configuración plana 
de la tierra? Y téngase en cuenta que a pesar de los estudios de los sociólogos más 
eminentes, las explicaciones dadas de estos fenómenos sociales que no sólo significan 
paro, sino también retroceso, no satisfacen por completo a los espíritus investigado- 
res: en las circunstancias actuales hemos de limitarnos a consignar los hechos. 

Para conocer de modo cabal la legislación en los diversos pueblos y en sus dis- 
tintas etapas precisa dirigir la investigación por los derroteros que marcó la antropo- 
logía de un lado, y de otro la psicología étnica y la sociología. El medio cósmico — el 
clima, las condiciones geográficas — es preciso estudiarlo para deducir el género de 
existencia de aquellos pueblos cuyo desenvolvimiento nos propongamos averiguar. 
De ahí que valiéndose de estas ramas de la ciencia sea posible explorar con éxito el 
pasado de pueblos tan remotos como el Egipto, la India y otros de la antigüedad. Por 
esto en la actualidad se ha facilitado y héchose menos enojoso el cultivo de la historia, 
porque se cuenta con medios y elementos de trabajo realmente prodigiosos. En menos 
de medio siglo la ciencia ha logrado un avance colosal (1). 

No obstante las diferencias que el análisis de la intrahistoria ha señalado entre unos 
pueblos y otros, entre los griegos y los árabes, entre el pueblo romano y los bárbaros, 
entre la raza asiática y la europea, es incontestable que debieron de existir exigencias 
comunes en parte a algunos, o quizás a todos. En este respecto se puede inducir, 
atendida la similitud de los gérmenes de renovación que en todos los pueblos debie- 
ron existir, que los legisladores hubieron de fijarse en el ^hecho de la existencia de 
los dos elementos que pugnaban por conseguir el predominio. Y claro está que la 
obra principal del poder público consistió en armonizar los intereses de ambos 
elementos. De otra suerte el legislador habría prescindido de las condiciones más 
elementales para dar a su intervención la eficacia necesaria. Su tarea se dirigió no 
sólo a castigar las transgresiones, sino también a limitar la esfera en que cada uno 
de los dos elementos sociales había de moverse. La característica predominante de las 
leyes primitivas, en sentir de algunos historiógrafos, era la rectitud y la simplicidad. 
Obedecían a un criterio rectilíneo, y quizás por esto, al interpretar su sentir la crítica 

(1) E. B. Tylor, La Civilisation primitive (vers. franc. de la 2." edic, París, 1876-78); J. Lubbock, 
Les origines de la Civilisation. Etat primitif de l'homme etmoeurs des sauvages modernes (2." edición 
vertida al francés de la 3.^ edición inglesa, París, 1877); C. N. Starcke, La Famille primitive, ses origi- 
nes et son développement {París, 1891); Lord Aveblrv, The origin of civilization and the primitive 
condition ofman; mental and social conditionof sauvages {Londres, 1911); G.Sergi, Hominidae. L'uomo 
secando le origine, l'antichitá, le variazioni e la distribuzione geográfica. Sistema naturale di classifi- 
cazione (Turín, 1911); E. Morselli, Antropología genérale. L'uomo secondo la teoría dell'evoluzione 
Turín, 1911); A. C. Haddon, History of anthropology (Nueva York, 1910); T. MCller-Lver, Die Ent- 
wicklungsstufen der Menschheit,- vol. IV, Die Familie (Munich, 1912); E. De Majewski, La théorie 
de r homme et de la civilisation <París, 191 1 ). 



>^Y, 1 v \ I AS SOCIEDADES SECRETAS 

ha pudidü afirmar que uDcdcciaii en lineas generales a satisfacer las necesidades de 
aquellos pueblos rudos y groseros salidos del salvajismo. Las leyes respondían al 
empirismo de una comprensión rudimentaria, en la que la diferenciación social apenas 
había asomado débilmente. El pueblo se hallaba sumido en la ignorancia, y el legis- 
lador concretó su obra a librarle, en parte, de la voracidad y de los instintos de domi- 
nio de los poderosos. Los jueces eran toscos, y administraban justicia ateniéndose a lo 
dispuesto en la ley, interpretándola estrictamente: lo cual era fácil porque el código 
era sencillo y contenía un número reducido de preceptos: los individuos circunscri- 
bían su acción a una esfera limita- 
da, la cual pocas veces traspasaban: 
la noción de derecho estaba fijada de 
tal suerte que el pueblo tenía noción 
de hasta dónde podía ejercerlo. Tam- 
bién cumplía las obligaciones que 
contraía. 

El más somero examen de la 
historia demuestra que la incertidum- 
bre, el error y el encono en la inter- 
pretación de los límites en que ha- 
bía de circunscribirse la relación 
entre el poder y los subditos ha sido 
en todas las épocas el fermento de 
las sociedades. El concepto de liber- 
tad, y su significado y alcance, ha 
sido el caldo de cultivo y el móvil de 
las revoluciones que tantas víctimas 
costaron a la humanidad en su pere- 

Juan Teófilo Flchte ^""^Í^ P^^^ ^^^^^^^^ ^"^ mínima 

6r.n filósofo r patnota alemán Parte de SUS anhclOS (1). 

Una breve incursión en la histo- 
ria nos demostrará que los pueblos han dado diversas interpretaciones a la libertad y 
que éstas dependían del desarrollo mental, del nivel medio de su cultura, de su energía 
productora, de su potencia expansiva, etc. El egipcio fué el prototipo del esclavo, y 
como tal subordinóse al soberano, quien explotó el sudor del pueblo construyendo 
las pirámides, los templos y los mausoleos (monumentos del orgullo y el fanatismo), y 
su sangre para conquistar nuevas tierras, aumentando el contingente de esclavos, y 
para sostener una civilización materialista y grosera. A propósito de lo cual un autor 
nada sospechoso (2) dice: «cuando observo las representaciones escénicas en los ba- 
jorrelieves de Egipto y de Babilonia, y considero cómo se construían y levantaban 
aquellos monumentos, no puedo menos de sentir un fuerte impulso de repugnancia 
hacia aquella grandiosidad realizada a expensas de la vida humana». El israelita, en su 
tendencia espiritualista y con los anhelos del que aspira a una situación más ventajosa, 

(1) OoTHis, Die Atifgaben der Kultargeschichte (Leipzig, 1889). 

(2) G. Sergi, La evolución humana individual y social (vers. cast Barcelona, 1905). 




INTRODUCCIÓN 



XVII 



fué ecléctico; cansado del régimen patriarcal cambiólo por el de los jueces, y mas tarde 
por el de los reyes. El griego, el pueblo culto por excelencia, adoptó un sistema repu- 
blicano, moderado siempre por el gran prestigio del legislador: Licurgo, Solón, Peri- 
cles fueron los padres de la patria; pero con la ruina política de Grecia coincidió su 
decadencia intelectual y moral. El bárbaro del Norte confió el éxito de su empresa a la 
espada, y a semejanza de los pueblos de civilización rudimentaria, prevaleció en él la 
fuerza bruta y se sujetó al caudillo: los Nemrod, Ciajares, Sesostris y Jerjes fueron los 
predecesores de Genserico y Atila. El 
romano, que a la sombra de la demo- 
cracia viera tan pujante su poderío, 
entró en el camino de la ruina al 
someterse al yugo de los Césares, a 
quienes en su locura llegó a divinizar 
erigiéndoles templos. Unos pueblos 
fundaron la libertad en el derecho de 
sustituir al gobernante, porque su 
poder se había trocado en despotis- 
mo; otros la consideraron como la 
facultad de elegir a la personalidad 
más prestigiosa; éstos suspiraron por 
la implantación de un régimen igua- 
litario, la reptíblica; aquéllos estima- 
ron mejor garantizados los fines que 
competen al poder, con la monarquía; 
los de más allá cifraron sus esperan- 
zas en el Imperio, confiando en un 
César, y vieron la suprema salvación 
en él; y, en fin, cada cual fía el por- 
venir en aquellas ideas políticas que 
se avienen con su temperamento y 
su educación, y aun hay quienes sue- 
ñan con la desaparición de toda 

acción tutelar y directora como panacea de los males que conturban a la sociedad. 
Pero como quiera que las formas de regir a las colectividades son relativamente 
reducidas, comparadas con los ensueños que el deseo ha sugerido al hombre, hubo 
de convenirse en un punto concreto, y entonces surge triunfante un principio, el de 
la soberanía, determinado por la ley del número, denominado sufragio de las mayo- 
rías. Al llegar a esta concreción pareció definitivamente establecido el gobierno asen- 
tado sobre la base de la libertad. Sin embargo, poco después el espíritu humano dióse 
cuenta de la vaciedad de la fórmula, y comprendió que aquélla carecía de contenido 
substantivo y que, además, entrañaba un abuso por parte de determinadas clases en 
perjuicio evidente de otras: de hecho significaba la entronización de la arbitrariedad 
en el poder. Así como en unas épocas predominó el poder del clero y de la nobleza, 
en otras prevaleció el cesarismo, y a partir de la Revolución francesa ha sido la bur- 

Tomo I. - c. 




Juan Federico Herbart 

Gran psicólogo j pedagogo alemán 



\vm 



LAS SECTAS V LAS SOCIhDADES SECRETAS 



guesía, con un sentido político más o menos liberal, la que ha monopolizado el poder, 
prestando su concurso a los Gobiernos de un modo efectivo. ¡Cuántos resortes no se 
pusieron en juego para asegurar el usufructo a esos elementos que a sí mismos se 
otorgan el título de clases directoras! ¡Qué de errores y contrasentidos no ha engen- 
drado esta concepción mezquina y arbitraria del Estado, puesto al servicio de uno solo 
de los factores que intervienen en el dinamismo de las colectividades en nuestros días! 
¡Cuan triste y luctuoso ha sido este sentido jurídico, erigido en sistema de gobierno! 
¡Qué de luchas y conflagraciones no ha ocasionado tamaña enormidad! En la hora 
presente las naciones consideradas como más adelantadas y prósperas, viven en crisis 
perpetua; un hondo malestar determina la agitación constante que experimentan. La 
tan decantada soberanía popular ha resultado una ficción, porque subsiste en el fondo 
el predominio de los ricos, los poderosos (1), que usufructúan las ventajas y los goces, 
en tanto que millones de ciudadanos se hallan en situación humillante. A pesar de 
cuanto se ha venido declamando, subsiste el régimen de castas. La opresión perdura, 
sólo ha variado en la forma. Marx, evidenció que el salariado es la esclavitud mo- 
derna (2). 

La historia no ha sido jamás la consejera de los gobernantes. Si lo hubiera sido, 
los pueblos no habrían tenido que pasar por pruebas tan duras y terribles. Pero está 
demostrado que no surte efectos la experiencia en cabeza ajena. Acaso la incapacidad 
para comprender el dolor de los demás, como si fuese el propio, es una de las causas 
de que el progreso colectivo no haya revestido los caracteres generales que habían 
supuesto los más famosos teorizantes del liberalismo. Stuart Mili, al escribir su cele- 
brado libro La Libertad (3), estaba bien lejos de sospechar el enorme fracaso que en 
lo porvenir habían de depararle sus propios compatriotas, los liberales doctrinarios 
ingleses, con su actuación mediocre y reducida a laisser faire, laisser passer (4). 

Defecto común a todos los pueblos ha sido el no atemperar los gobernantes su 
actuación a las exigencias del momento; y es incontrovertible que ésta no puede ni 
debe sustentarse en la imposición. De la propia suerte que en la esfera educativa han 
resultado ineficaces los procedimientos que sólo tendían a inculcar en los alumnos 
las nociones, partiendo del concepto de bastar para ello la autoridad del maestro; en 
el orden jurídico, el precepto legal no puede apoyarse en otro principio que la equi- 
dad. Únicamente obtiene la aquiescencia y logra prosélitos decididos a cumplirla 
aquel sistema que ampara por igual todos los intereses. En tanto la ley goza del 
respeto público, el gobernante cuenta con la simpatía que le dispensan sus conciu- 
dadanos, existe la necesaria ponderación entre los distintos poderes del Estado; y 
los pueblos viven en paz, porque todos y cada uno de sus organismos realizan sus 
respectivas funciones. Pero cuando por una circunstancia cualquiera surge la disocia- 
ción, se pone en tela de juicio la legitimidad de las disposiciones; se niegan cualidades 
a los hombres que están investidos de autoridad; surge entonces el descontento, los 

(1) Das Kapital. Kritik der poliiischen Oekonomie (Hamburgo, 1892, ult. ed.). 
i2> H. Georqe, Progres and Poveriy (Londres, 1902;. 

(3) Stuart MiLL, ¿a ¿/i>eríé (París, 1877). 

(4) LiMVN, Die Revolution. Eine vergl. Studie über grossen Umwülzungen in der Geschichte 
Berlín, 1906); Schopenhai-kr, Die beiden Grundprobleme der Ethick (4.^ ed. Leipzig, 1891); Schroder, 

Das Recht der Frethcit (Leipzig, 1901); De Greef. Creencias y doctrinas políticas (trad. Barna., 1904). 



í 



INTRODUCCIÓN 



XIX 



ííobernantes se hallan en una situación equívoca, emplean medidas restrictivas, apelan- 
do a todo género de imposiciones, fuerzan los resortes, pretendiendo conservar el poder 
que se escapa de sus manos, cometen atropellos, la intranquilidad se apodera de los 
espíritus, el descontento toma proporciones, la perturbación se hace general y a la pos- 
tie un sentimiento común de indignación une a todas las clases y elementos sociales, 
que animados por un deseo ardiente se rebelan en contra de lo estatuido y se proclama 
la revolución. Entonces, en virtud del estallido, los fundamentos del Estado se trans- 
forman, respondiendo en cierto modo a las aspiraciones de los fraguadores del movi- 
miento vindicador. Tras estas crisis 
no siempre el sol de la justicia res- 
plandece en toda su intensidad: en 
nmchas ocasiones se malogra lo esen- 
cial, el verdadero germen ideal, y sólo 
cristaliza en la nueva constitución lo 
adjetivo, con lo cual queda desvir- 
tuada la parte principal de la acción 
popular (1). No es exiguo el número 
de revoluciones que han carecido de 
virtualidad y sólo sirvieron para en- 
tronizar en el gobierno de un país a 
hombres ambiciosos y aventureros 
sin pudor. Nos ofrecen un vivo ejem- 
plo de ello, en la actualidad, algunas 
repúblicas del nuevo continente, cuya 
existencia nacional se desarrolla en 
constante discordia, porque el perso- 
nalismo tiene en continua agitación 
a los partidos que carecen de progra- 
mas doctrinales y, por lo tanto, que- 
dan convertidos en bandas de aven- 
tureros. 

Cualquiera que haya sido el móvil generador de las revoluciones, pueden éstas 
ser consideradas, en su manera exterior, de dos modos distintos, según hubiesen 
empleado medios violentos o pacíficos. En realidad, en todo movimiento revolucio- 
nario juega siempre un papel principal la lucha armada, y de ahí que el denominarlo 
pacífico sea un error. Cabe, sin embargo, esta distinción en un orden elevado, predo- 
minantemente especulativo o dentro de la antigua terminología. En cuanto a las revo- 
luciones pacíficas sería más adecuado darles el nombre de transformaciones (2). Porque, 
en realidad, cuando un país se da a sí mismo el Gobierno que mejor cuadra a su ma- 
nera propia y privativa de ser, sin trastornos, ni intervención de la fuerza externa, es por 
haber realizado en lo íntimo de los organismos nacionales una transfusión de sangre 
nueva; por haber oreado su pensamiento y haber acomodado integralmente su actua- 

(1) Fref.man, Comparative politics (Londres, 1896). 

(2) G. DE Grerf, Le Transformisme soc/a/ (París, 1001). 




Jorge Guill. Fed. Hegeí 

Filósofo alemán, fundador del idealismo absoluto 



XX V LAS SOCIEDADES SECRETAS 

ción a los postulados de la luea, ci. ima palabra, por haber aunado en perfecto consor- 
cio todas las fuerzas que lo integran. Y este fenómeno sociológico no es una revolución, 
es algo más, ya que constituye una especie de autoformación. De esta índole de mo- 
vimientos, que son los más fecundos, porque en ellos no hay vencedores ni vencidos 
y consiguientemente el menor derramamiento de sangre, registra muy pocos la histo- 
ria. En la contemporánea se registran dos casos excepcionales: el de la implantación 
de la república en el Estado del Brasil (1889) y la separación de Suecia y Noruega para 
formar dos naciones independientes (1905). El primero tuvo por causa, entre otras, el 
deseo de tener un régimen semejante al de las naciones vecinas, y no ser una excep- 
ción en América, habiendo evitado el derramamiento de sangre la noble actitud y el 
desprendimiento del monarca Pedro II. En cuanto a los dos países escandinavos, la 
separación obedeció al legítimo derecho de Noruega a recobrar su primitiva per- 
sonalidad. 

Las concausas generadoras de las revoluciones son múltiples, variadísimas y de 
ordinario imposibles de señalar con exactitud. Examinando cualquiera de los períodos 
históricos, el observador halla un sinnúmero de hechos y acontecimientos de diversa 
índole, que, por virtud de las circunstancias ambientes, determinaron hondas crisis, 
que a la postre dieron lugar a un movimiento revolucionario en un país determinado, 
sea cual fuese el régimen que en el mismo imperara. Los pueblos, en general, aun 
los más prósperos, como Inglaterra y Francia, han atravesado períodos de honda per- 
turbación; la tiranía política, la corrupción de costumbres, el fanatismo religioso han 
sido los factores que más perturbaron el desenvolvimiento normal de las sociedades. 
Ahora mismo, aunque las circunstancias son distintas, subsiste en lo íntimo de las 
nacionalidades europeas un intenso malestar, que cuando llegue a revestir mayores 
proporciones indudablemente provocará nuevas agitaciones, cuya concreción habrá 
de ser un movimiento de protesta airada y violenta, que tanto si triunfare como si fuese 
vencido, será de útiles y beneficiosas consecuencias para lo futuro (1). 

Las crisis que periódicamente sufren los pueblos, en el fondo son una elocuente 
revelación de que en el alma colectiva el quietismo es un imposible real: ni siquiera 
hipotéticamente se concibe una sociedad estadiza. En la misma China, que aparente- 
mente ofrecía hasta hace un año los caracteres de un pueblo hierático, existía una 
corriente transformadora, desconocida casi totalmente en Europa, que ha dado lugar 
al hermoso movimiento reivindicador que ha sorprendido al mundo entero (2), porque 
en Europa apenas se conocía la vida del vasto imperio asiático, y además los ecos de 
su despertar no llegaban hasta nosotros porque la distancia, la falta de comunicaciones 
y el vértigo de nuestra propia existencia nos impiden seguir con atención el resurgi- 
miento de aquellos pueblos del continente asiático. Además, se ha considerado como 
revoluciones únicamente las que han tenido un sentido político, habiendo pasado 
poco menos que inadvertidas para una gran parte de la opinión occidental las más 
intensas, y que casi siempre tuvieron trascendencia social. 

(1) Li.MAN, Die Revolation, Eine vergleichende Studie über die erossen Umwalzun^en in der 
Oeschichie (Berlín. 1006). 

(2) Dt este movimiento trataremos con más extensión al estudiar las sociedades secretas de China, a 
cuyt acción fué debido. 



INTRODUCCIÓN XXI 

Hay que notar que las revoluciones marcadamente políticas, que fueron ocasiona- 
das por las luchas entre los distintos pjrupos que pretendían usufructuar los goces del 
|x)der y vincular en sí mismos la dirección del país, son comúnmente la mera exterio- 
rización de un odio concentrado, latente, que en un momento determinado rompe los 
diques de contención que lo aprisionaban, haciendo prevalecer el derecho de los más 
sobre el derecho de los menos, o bien reivindicando preceptos legales villanamente 
hollados por un poder arbitrario y absorbente. En unas ocasiones es vencida la 
oligarquía, en otras es el pueblo el que sucumbe, en cuyo caso la comunidad gober- 
nante o se inspira en el sentimiento popular, con lo cual desarma a los revoluciona- 
rios, o, de proseguir con la antigua táctica, presta nuevos alientos al espíritu protesta- 
tario. Sean cuales fueren los favorecidos por el éxito, la experiencia demuestra que 
tales revoluciones dejan siempre un sedimento de odio entre los vencidos, cuestan 
innumerables víctimas, y la sangre de éstas salpica el rostro de los triunfadores. 



Las revoluciones de carácter social, como la inglesa (segunda mitad del siglo XVII) 
y las francesas de 1799 y 1848, son muy distintas, porque al propio tiempo que conden- 
san un gran estado de opinión, responden a las ansias renovadoras, y promovidas por 
ideales que han llegado a ser asimilados y vividos por millares y aun millones de indi- 
viduos y clases enteras, tienen tal intensidad, que su impulso es avasallador e irresisti- 
ble (1). No obstante, es notorio que a pesar de la diferencia existente entre las revolu- 
ciones políticas y las sociales, están ambas en íntima relación, ya que una revolución 
social lleva siempre aparejado un cambio político, en tanto que una revolución polí- 
tica trae siempre consigo una transformación social por mínima que sea. La instau- 
ración de un nuevo régimen político, aunque de momento no triunfe todo el ideal que 
lo ha promovido, puede determinar, a la larga, un resurgimiento en el espíritu público 
del país, si los gobernantes llegan a adecuar su actuación con las necesidades sentidas 
por la masa del pueblo. Las revoluciones políticas, de ordinario frecuentes, suelen 
surgir de improviso, y su influjo no perdura. Son fuegos fatuos, y de ellas, sólo excep- 
cionalmente, los pueblos obtienen beneficios positivos. Por regla general, no responden 
a las esperanzas que en ellas pusieron los que para promoverlas realizaron proezas y 
llegaron a sacrificar sus propias vidas. Las revoluciones que pueden llamarse sociales 
son contadas y se produjeron después de largos lapsos de tiempo: entre unos y otros 
de estos memorables acontecimientos transcurrieron varios siglos, y cada uno de 
ellos ha señalado un período histórico. A poco que se analice la evolución de las 
sociedades, se comprenderá porqué las revoluciones políticas se han repetido en un 
mismo pueblo durante una centuria, y porqué, en cambio, han transcurrido algunos 
siglos sin registrarse una sola revolución social. La razón es obvia; las primeras son 
obra de un partido o cuando más de una coalición de elementos políticos, unidos por 
(1) Bernstein, Dokumente des Sozialismus (Stuttgart, 1901-05). 



XXIl 



1 As SICIAS V I.AS SOCIEDADES SECRETAS 



un objetivo común, generalincrnc nt-j^rauvo, que consiste en derribar los poderes cons- 
tituidos; su esfera de acción se circunscribe a los límites de una nación, y su influjo 
queda reducido a un solo pueblo: en cambio, las revoluciones sociales revisten tal 
complejidad, suponen tal cúmulo de factores y de fuerzas en tensión, alcanzan tales 
proporciones, que su influjo trasciende más allá del territorio donde tuvieron lugar, y 
son no sólo una enseñanza para todo un país y toda una época, sino también un ejem- 
plo para la humanidad entera, y su influencia trasciende a todas las edades. Testigo 
de esto son la abolición de la esclavitud que dignificó una gran parte del linaje hu- 
mano y la metamorfosis que se está actualmente operando en la organización social con 
tendencia a rehabilitar a la clase proletaria estableciendo un comunismo bien entendi- 
do fundado en principios científicos (1). 

El filósofo que con la historia én la mano se ponga a hacer el análisis del proceso 
sociológico de un pueblo determinado (Francia, Italia, España, etc.), hallará que desde 
sus orígenes hasta llegar a su actual constitución, todos los Estados, en su aspecto 
político, tienen gran semejanza y han pasado sucesiva y gradualmente por etapas muy 
parecidas. Los principales acontecimientos ocurridos guardan verdadera analogía entre 
•s indudable que puede establecerse, por lo menos en líneas generales, cierta 
unidad en el proceso sociológico por lo menos de las naciones europeas, ya que existe 
un nexo entre casi todas ellas, que es la civilización occidental. La marcha de las socie- 
dades obedece a un ritmo, que determina sus movimientos de avance. No se registra 
en la historia el caso de un pueblo que se haya substraído por completo a las corrien- 
tes espirituales que predominaron en cada época y ejercieron de fuerzas propulsoras. 
En mayor o menor medida, todos los pueblos experimentaron la influencia y sintieron 
los efectos que señala Alejandro Groppali (2), al estudiar la génesis social del fenóme- 
no científico. En síntesis, en los comienzos de las sociedades, hallamos dos elementos 
constitutivos: el tirano y el pueblo. Después, a compás de los tiempos y cuando las 
colectividades empiezan a dibujar su propia fisonomía, al escribir las leyes por las 
que ha de regirse, surgen de modo rudimentario las nociones del deber y del derecho, 
y con ellos el principio de la libertad, que señala nuevos derroteros a los pueblos. 
Más tarde, las extralimitaciones, y con ellas el abuso del poder y la intromisión de 
elementos extraños al mismo, dan lugar a la revolución. Y, por último, triunfante la 
revolución, instaurado el nuevo régimen, reconstituido sólo en la apariencia el poder 
público, subsiste el malestar, continúa la arbitrariedad, y la colectividad sigue en una 
situación difícil, amenazada por los mismos peligros. 

Las causas productoras de las revoluciones han sido múltiples e incontables. El 
curso de la civilización ofrece al historiador y al sociólogo materiales inagotables, que 
demuestran el cúmulo de fermentaciones que se operan en lo más recóndito de las 
sociedades. En la antigüedad, en los tiempos medios, en los modernos y aun en nues- 
tros días se nos ofrece una gran variedad de movimientos de distinta índole, revelado- 
res de que el espíritu revolucionario hállase en latente pero constante agitación y que 
asoma a la superficie en cuanto el medio ambiente le es propicio. A pesar de que las 
revoluciones ofrecen una tónica común en todas las épocas, es asimismo incontrover- 

Ü) A. Chiapelli, ¡i socialismo e ilpensiero moderno (Florencia, 1899, vers. cast. Barcelona, 1905). 
(2) La genesi sacíale del fenómeno scientifico (Turín, 1899). 



INTRODUCCIÓN 



XXIII 



tibio que en ellas existen notorias diferencias. Cada pueblo pone c, c,,uo movunienios 
de protesta y reivindicación su genio étnico y las modalidades de su psiquismo; es 
decir, transparenta en estas crisis su propio modo de ser, el alma entera, que al exte- 
riorizarse se revela tal cual es, en lo privativo y en lo comiin con los demás pueblos, 
se^ún las exigencias de los tiempos y las propias ansias de satisfacerlas cumplidamente. 

No cabe negar, sin embargo, que existen móviles, a las cuales hay que asignar 
carácter genérico, porque ellos fueron en todos los períodos históricos los principales 
factores del éxito de las revoluciones. 
Estos móviles han sido, de una parte, 
el odio santo que constantemente ha 
inspirado la tiranía a los hombres de 
corazón generoso, que creen sincera- 
mente en los deberes que impone el 
patriotismo, y de otra, la caducidad 
inherente a todo régimen cuya tínica 
base de sustentación es el temor ser- 
vil de los siíbditos; ya que la expe- 
riencia prueba que sólo la simpatía y 
el afecto tejen los vínculos que unen 
estrechamente a los elementos direc- 
tores con los dirigidos. 

El análisis comparativo del des- 
arrollo de los pueblos muestra bien 
a las claras la correlación que en 
cualquier instante existe entre la tira- 
nía y la revolución. Es incontestable 
que en cuanto los gobernantes deja- 
ron incumplidas las promesas hechas 
solemnemente al ocupar el poder, y 
trataron de desviar la trayectoria que 
les había marcado la opinión, torcien- 
do la voluntad popular, el espíritu de 

protesta fué tomando cuerpo hasta condensarse en una revolución. Cuantas veces las 
clases directoras tratan de desvirtuar las conquistas logradas por el pueblo, éste labora 
primero en silencio contra lo estatuido y luego acaba por derribar los obstáculos que 
se oponen a su marcha progresiva, y logra el triunfo apetecido. 

La generalidad de las revoluciones no han sido un producto espontáneo de la 
indignación popular: a casi todos estos movimientos ha precedido una activa y ar- 
diente campaña de propagación de ideas; pero antes de las manifestaciones exteriores 
existe un período de gestación que tiene lugar de modo silencioso: la conspiración se 
í! ama en la sombra, y los trabajos preparatorios se hacen en secreto: la organización 
de las fuerzas es la tarea más difícil porque supone una serie de esfuerzos individuales 
conjugados. La labor callada de agrupar los núcleos de descontentos, cuyo concurso 
es indispensable, requiere gran perseverancia y habilidad; aunar criterios, elaborar 




Augusto Comte 

Filósofo francés, fundador del positiyismo 



XXIV l-AS SECIA- ^ I >^ SOCIEDADES SECRErAS 

una síntesis convencional que sirva de punto de convergencia de los elementos afínes, 
discutirlos medios que deben ponerse en juego, armonizar entre sí los distintos parti- 
dos, fracciones, grupos y personalidades prestigiosas es lo más complejo y arduo de 
la preparación de estos movimientos. 

Aparte lo formalista y externo que sale a la superficie, existe en toda protesta airada 
y violenta el móvil interno, la idealidad que se connaturaliza con los propulsores del 
movimiento y por lo tanto se apodera de los ánimos, hallando su genuina encarnación 
en los espíritus suj^eriores, cultivados. Sin embargo, se observa que los revolucionarios 
al hablar en los clubs y en la plaza pública se expresan en tonos fogosos y procuran 
dar a sus palabras todo el vigor de que son capaces: los oradores en sus arengas, los 
escritores en sus artículos; no aspiran tanto a persuadir cuanto a conmover al audito- 
rio y a los lectores. Por esto lo que en un principio era un grito de indignación o de 
cólera, se coavierte, en el curso de la propaganda, en aspiración generosa: el agitador 
que se siente iluminado por el sentimiento noble por excelencia, predica fraternidad y 
amor; en vez de denostar al adversario, canta un himno a la redención humana; en 
sus acentos resplandece la sinceridad, y la autosugestión presta al agitador la fuerza 
inmensa y arrolladora del anhelo fervoroso. En toda empresa colectiva existe algo 
oculto, que es el misterio, factor indispensable y cuyo influjo es decisivo: la exaltación 
llevada hasta el paroxismo opera el milagro de que las gentes se hagan fuertes, desafíen 
los peligros, y que en cada instante los hombres modestos y tímidos se lancen a las 
empresas más arriesgadas y realicen verdaderos actos de heroísmo: en los instantes 
que preceden al estallido revolucionario, los agitadores y la muchedumbre sufren los 
efectos de un aura psicopática. La revolución en su período álgido puede considerarse 
como un espasmo colectivo. 

Decimos « colectivo > porque en los grandes movimientos de protesta, al tratarse 
de derribar lo existente, de romper los antiguos moldes y abrir a determinados pueblos 
los nuevos campos de exploración saturados de aire de libertad y de progreso, cuéntase 
siempre con dos factores importantes, el número y el ideal, y éste preséntase común- 
mente bajo formas que halagan al espíritu de la muchedumbre, aunque a menudo no 
tiene su verdadera aplicación en el terreno de la práctica. Este ideal es tan polifásico 
como varia y polícroma es la gama de las aspiraciones humanas. Del móvil que en los 
siglos medios arrancó de sus hogares a millares de gentes y los lanzó a la conquista 
de la Tierra Santa, al que puso en acción a casi todo un pueblo para sacudir el yugo 
de la autocracia rusa, hay al parecer un abismo; sin embargo, los arrestos de los pri- 
meros no se puede decir que fuesen mayores que los de los segundos, porque el valor 
se ha de medir por la grandeza de las dificultades que vence, y si fueron grandes las 
que vencieron los cruzados, no lo han sido menos las que ha vencido esa genera- 
ción eslava que heroicamente supo luchar contra la opresión del czarismo tiránico. 
Las sectas, pues, y las agrupaciones que con el nombre de sociedades secretas figuran 
en la historia, han respondido a la necesidad que ha tenido la sociedad de aunar 
esfuerzos para la obra de la revolución; revolución en las ideas, en las costumbres, 
en la política, en todos los órdenes de la vida. La preponderante supremacía de 
la Iglesia romana en el siglo XVÍ no podía hallar obstáculo mayor que la secta protes- 
tante, la cual puso en perdurable conflicto a los Estados entre sí, y más tarde, al apli- 



INTRODUCCIÓN 



carse el libre examen al urden político, socavó los cimientos de la monarquía. La 
Etairia, en la moderna Grecia, formóse para sacudir el yugo de Turquía. El poder, 
ya muy mermado y decadente, pero subsistente aún, del fanatismo religioso que in- 
fluía en los gabinetes europeos y en la marcha de los organismos públicos, tuvo su 
oposición en la secta tan formidablemente organizada de la masonería, la cual ha secu- 
larizado ya casi todos los Estados y las principales instituciones. 

Las sociedades secretas, analizadas desde distintos puntos de mira con imparcia- 
lidad, es decir, sin género alguno de 
prejuicio, se observa que tienen un 
objetivo político; pero esto no signi- 
fica que en determinadas épocas no 
hayan existido sociedades secretas 
que se propusieran fines de distinta 
índole. Es evidente que ha habido 
algunas cuya fundación debióse a una 
finalidad social; sin embargo, casi 
todas ellas han contribuido en mayor 
o menor escala a afianzar las conquis- 
tas de la libertad y, por lo tanto, su 
actuación política es notoria. A las 
sociedades secretas se ha debido en 
gran parte la obra desinteresada y al- 
truista por excelencia, de dignificar la 
condición humana. El origen de las 
sociedades secretas se pierde en la no- 
che de los tiempos, pues en la más 
remota antigüedad hallamos vestigios 
de su existencia en la India, en China, 
Persia, Egipto, etc. En Grecia y Roma 
alcanzaron una relativa importancia y 
contribuyeron al esplendor de las ci- 
vilizaciones helénica y romana: en el 

período de difusión del cristianismo adquirieron gran incremento, y en la Edad media 
y en el Renacimiento la tradición escrita nos ha transmitido datos bastantes para que 
podamos deducir que realizaron un papel importante. En las Edades moderna y con- 
temporánea también es sabido que han influido poderosamente en el desenvolvimiento 
de las naciones; recientemente el carbonarismo ha surgido de nuevo al palenque con- 
tribuyendo a la proclamación de la república en Portugal, en 5 de octubre de 1910. 




Juan Stuart Mili 

Filósofo ingles, propulsor de Jas doctrinas liberales 



IV 



Lo desconocido, aquello que escapa a la visión intelectual, ha atraído siempre a los 
espíritus sencillos y crédulos. Constantemente las muchedumbres han tendido a consi- 

Tomo I. — d. 



X\\! 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



derar aquello que se ocultaba a su percepción, lo ignoto, como algo maravilloso. El 
misterio, en todas las civilizaciones ha sido un factor que ha intervenido en su dinamis- 
mo. Es, además, un hecho reconocido por todos los cultivadores de la filología y de 
la filosofía de la historia, que el verdadero conocimiento y ciencia de la naturaleza que 
poseyeran los primitivos pobladores del mundo fueron obscureciéndose paulatinamente 
y mezclándose con crasos errores hijos de la ignorancia y la superstición (1). Para 
el hombre primitivo, no contaminado por influencia alguna viciosa, morador privile- 
giado de las serenas regiones de lo ideal; el sol, la luna, las estrellas eran otras tantas 
manifestaciones externas y símbolos del intrínseco poder de un ser eterno e inmutable; 
pero tan abstractas verdades fueron sucesivamente escapando al alcance de la inteli- 
gencia humana a medida que sus energías se vieron ocupadas y absorbidas por la 
satisfacción de las necesidades materiales: entonces surgió naturalmente la personifi- 
cación de los cuerpos celestes y de las estaciones y fenómenos atmosféricos por ellos 
producidos u ocasionados. Poco a poco, también, dice Heckethorn (2), la figura huma- 
na, que en un principio habíase tenido por un símbolo de la divinidad pura y consciente, 
vino a ser como una representación y concepción materialista de esa misma divinidad 
con todos los defectos de la humana subsistencia. El sol, que para el hombre primitivo 
era la externa manifestación de la vida que todo lo sustenta y vivifica, en épocas poste- 
riores fué personificado en aquellas monstruosas mezclas de divinidad y humanidad 
conocidas con los nombres de Chrichna, Orus, Osiris, Mermes, Apolo, etc., represen- 
tativas de hombres que habían existido y sido elevados a la categoría de dioses por sus 
hazañas o por sus acciones en bien de la humanidad. A estos dioses se les erigieron 
templos y mausoleos — la Gran Pirámide parece haber sido construida para sepulcro de 
Osiris;— instituyéronse fiestas y regocijos populares con su acompañamiento de cere- 
monias simbólicas: el paso del sol por el zodíaco dio origen al mito de las encantaciones 
de Vishnu, los trabajos de Hércules, etc.: de su aparente merma de calor durante la 
estación del invierno y la recuperación del mismo en el solsticio de invierno, nació 
la fábula de la muerte, descenso a los infiernos y resurrección de Osiris y Mithra. 
De manera, que lo que en una época se tuvo por axioma de ciencia natural, en otra 
fué considerado como imagen mitológica, y en otra como simple fábula, revistiendo 
siempre la característica de la región en la que tomaba cuerpo. El número siete, por 
ejemplo, era, en una región, la necesaria consecuencia de las siete propiedades de la 
naturaleza, mientras en otra hacía referencia a los siete planetas entonces conocidos. 
En los misterios, todo era astronómico, aunque su más profunda significación per- 
manecía oculta dentro del símbolo. Al lamentar el ocaso ó puesta del sol, los neófitos 
se entristecían ante la pérdida de aquella luz que era el fomento de la vida; al presen- 
ciar los efectos de la lucha de los elementos, según las leyes de la afinidad y repulsión 
de la materia, veían sólo fenómenos de destrucción y de ruina. El iniciado se esforzaba 
en pasar del dominio de la Noche, la esclava de las tinieblas, a la gloriosa libertad de 
la Sophia o Luz, la soberana que habita en las regiones de lo resplandeciente, para 
quedar mentalmente absorto en la Divinidad, o sea en el seno mismo de la luz. Po- 

; ¡!L ^'^''^«•^^f•™'^*^^^^■^^^''G«c'^'^^^^ De Greef, Le Transformisme So- 

cial (Pans, 1901 >; V. Pareto, Les Sysiémes socialistas (París, 1902). 
(2) The secrei societies ( Londres, 1 897). 



INTRODUCCIÓN 



XXVII 



níanse ante la vista del neófito los dogmas de la antigua ciencia natural para que se 
levantasen en su espíritu como sobrenatural inspiración: no es que el neófito quedase 
rodeado de todo un sistema de ciencia muerta y fósil, sino que, al contrario, se le 
infundía un espíritu de nueva vida; pero por lo mismo que se le ponía en condiciones de 
aprender de la inspiración interior que le venía de dentro, más que por la instrucción 
oral exterior; por esto los misterios fueron gradualmente decayendo: cedió lo ideal a 
lo real, y los rasgos característicos de aquella ciencia vinieron a ser en gran parte los 
elementos físicos, cayendo en el sa- 
beísmo y el arquismo. Los frecuentes 
emblemas y recordatorios del san- 
tuario de la muerte y resurrección, 
tendiendo al criterio de que los mo- 
mentos de mayor goce psíquico son 
los destructores máximos de la exis- 
tencia física, abrieron la puerta a 
todas las supersticiones, que llenaron 
el mundo de crímenes, de sangrien- 
tas guerras y de persecuciones de 
todo género. Fanáticos, ávidos de 
sangre, disputando sobre palabras 
cuyo verdadero sentido eran incapa- 
ces de comprender, sostenían dog- 
mas antagónicos, completamente fal- 
sos, y obligaban con horribles tor- 
mentos a sus adversarios a consentir 
en sus más necios despropósitos. Al 
contender las dos ramas del islamis- 
mo, los mahometanos y los omaris- 
tas, sobre dónde había de empezar la 
ablución, si en la muñeca o en el 
codo, no tenían otro objeto que des- 
truir el cristianismo o anexionarlo a su secta (1). Los cristianos, por su parte, dividi- 
dos en infinidad de sectas, se caracterizaron por sus persecuciones tan crueles como 
inauditas entre las naciones paganas; no contentos con intentar, aun valiéndose del 
fuego y de la espada, que los turcos y judíos abrazaran su credo, establecieron un 
tribunal como el de la Inquisición, armado de todos los medios represivos para casti- 
gar lo que abusivamente calificaban de delitos de herejía (2); mientras sus contrarios, 
casi tan crueles como ellos, no perdían ocasión de desposeer a los cristianos de todos 
sus derechos y de sacrificartos a su fanatismo. 

Entrando más de lleno en el significado de los misterios y alegorías religiosas 
de la humanidad, hallamos ya en el más antiguo credo de la hidia la leyenda de 

(1) Garcin de Tarsy, L'islamisme d'aprés le Coran, ienseignement doctrinal et la pratique (Pa- 
rís, 1874^ John J. Pool, Studies in Mohammadanish hisiorical and doctrinal (Westminster, 1892). 

(2) E. C. Lea, Storia delV Inquisizione (vers. ital. por Pía Cremonini, Turín, 1911). 




Herbert Spencer 

Celebre filósofo inglés, sistematizador del evolacionismo 



XXMíi LA^ .^i.v.iA-^ Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

la caída del primer hombre a consecuencia de haber probado el fruto del árbol 
prohibido y la consiguiente expulsión de los progenitores del género humano, de 
aquel jardín de delicias llamado «Paraíso terrenal». Dicha alegoría fué tomada como 
tradicional leyenda por la ignorancia de los judíos y como tal interpolada en el libro 
del Génesis unos 900 años después de la confección del mismo y escritos ya los 
demás libros del Antiguo Testamento, lo cual se ve claramente, pues en ninguno 
de éstos se hace alusión a la caída del hombre. La narración del Génesis, en su 
aspecto misterioso, pudo tomar la forma siguiente: Adán, que significa, no el indi- 
viduo, sino el tipo del hombre universal (humanidad), y Eva, que significa la vida, 
habiendo pasado la primavera y el verano en el Jardín de las delicias, llegaron a la 
estación en que la serpiente, Tifón, el símbolo del invierno, les manifestó que la esta- 
ción del invierno, o el reinado del mal, se acercaba. La ciencia alegórica, que todo lo 
invade en semejantes narraciones, produjo también el mal e inventó la manzana, fruto 
de otoño, la cual indicaba que la cosecha había ya pasado y que le era necesario al 
hombre laborear de nuevo la tierra y regarla con el sudor de su frente: vino después 
la estación fría y desagradable del invierno, y ambos tuvieron que cubrir sus cuerpos 
con la alegórica hoja de higuera: entretanto da su vuelta la celeste esfera y aparece el 
hombre de la constelación del hemisferio boreal Bootes, o Adán, precedido de la 
mujer, la Virgen, llevando en sus manos el ramo otoñal cargado de fruto: este ramo 
se halla representado en formas muy varias, pero en todas las misteriosas leyendas. 
Los indios y egipcios lo traducen por el lotus; famosos son la higuera de Atis, el mirto 
de Venus, el rosal de Isis, la acacia de la francmasonería. Aun en la moderna lírica 
la rama de árbol desempeña importante papel, como se ve en la ópera Roberto il 
Diavolo (1). 

Una cosa hay digna de notarse en los misterios religiosos, y es que en todos ellos 
se halla un dios, un ser superior, que sufre la muerte para resucitar a una nueva y más 
gloriosa existencia: en todas partes la memoria de este lúgubre y a la vez grande acon- 
tecimiento, sume a los pueblos en el abismo de la tristeza y del abatimiento para inun- 
darlas después en el piélago de la más indescriptible alegría. Osiris es asesinado por 
Tifón, Urano por Saturno, Sansasmán por Sudra; Adonis es despedazado por el jabalí; 
Ormuz es vencido por Ahrimán; Atis, Mithra y Hércules se suicidan; Abel es sacrificado 
por Caín; Baco vencido y exterminado por los gigantes; los asidos lloran la muerte de 
Tamuz; los escitas y fenicios, la de Acmón; la naturaleza toda plañe al gran Pan, y los 
francmasones conmemoran con sus macabros ritos la muerte de Hiram; los cristianos 
apoyan toda su teoría en la pasión y muerte en cruz de Jesucristo. Nótese, además, 
que hay en todas las sectas vestigios de la unidad y trinidad, y que ya en los más anti- 
guos credos hallamos el prototipo del dogma cristiano, en el que se establece que el 
salvador nace de una mujer sin pérdida de la virginidad de ésta. En tal teoría, tomada 
en su sentido más extrínseco, esta virgen es la Virgo del zodíaco, y el salvador nacido 
de ella es el Sol; pero en su sentido místico es el eterno ideal, o sea la combinación de 
la fuerza y la inteligencia que preside a todas las funciones del universo. Todo esto 
revela la falta de originalidad de todas las fases de la concepción cristiana. 

(1) Tal es el sentir de C. W. Heckethorn, en su obra ya citada, y al que seguimos, en parte, en esta 
exposición, pero cuyo criterio no siempre compartimos. 



INTRODUCCIÓN 



XXIX 



En todas las milologías, creencias, tcügoiiías, etc., represéntase a la luz naciendo 
de las tinieblas: así vemos aparecer la divinidad llamada ya Maya íiliawani, ya Kali, 
Isis, Ceres, Proserpina. Perséfona, la reina de los cielos, es la noche de cuyo seno sale 
la vida y a la que vuelve o regresa la misma vida, una secreta mezcla de vida y muerte. 
Llámase también Rosy, y en los mitos germánicos dase este nombre al principio rege- 
nerador de la vida. No es sólo la noche, sino que, como madre del sol, es también la 
aurora, detrás de la cual brillan las estrellas. Al simbolizar la tierra en figura de Ceres, 
represéntasela adornada de espigas de trigo: 
a semejanza de la triste Proserpina, es her- 
mosa y brillante, pero a la vez melancólica 
y negra: tiene por misión juntar a la noche 
con el día, a la alegría con la tristeza, al 
sol con la luna, lo divino con lo humano. 
Los antiguos egipcios representaban a me- 
nudo la divinidad en forma de una piedra 
negra, y la piedra negra Kaabah, adorada 
por los árabes, y de la cual se dice que en 
un principio era más blanca que la nieve y 
más brillante que el sol, encierra la misma 
idea, con el rasgo suplementario que la luz 
fué anterior a las tinieblas (1). 

En todos los mitos hallamos también la 
cruz como símbolo de purificación y sal- 
vación; los números tres, cuatro y siete son 
sagrados; en varias mitologías figuran dos 
misteriosas columnas; son comunes en 
todos los ritos los banquetes y las pruebas 
del fuego, del agua y del aire; el círculo y el 
triángulo representan el dualismo o polari- 
dad de la naturaleza. En todas las inicia- 
ciones, el aspirante representaba el princi- 
pio del bien, la luz, superado por el del mal, las tinieblas; y su tarea era recobrar la 
primitiva supremacía, procurar la propia regeneración, pasando por encima de la 
muerte y el infierno y todos sus terrores, lo cual se hacía con aparato escénico, salvan- 
do el neófito siete cavernas o siete gradas. Todo esto, en su más profundo sentido, 
representaba la eterna lucha de la luz pugnando por librarse de la materialidad que se 
opone a su paso por las tres primeras propiedades de la naturaleza eterna; mientras 
que su significado secundario, especialmente para las inteligencias menos cultas, es el 
camino del sol por los siete signos del zodíaco, desde Aries a Libra. En todos los ritos, 
los oficiantes eran los mismos y personificaban fenómenos astronómicos o cósmicos; 

(1) F.Creüzer, Symbolik und Mithologieder alten Ví^/Arer (Leipzig, 1810-12); F. Creuzer y Gui- 
GNiAUT, Les religions de l'antiquité... dans leurs formes symboliques et mythologiques {París, 1829-52); 
FisKE, Myths and mythmakers (Londres, 1872); A. Laño, La mythologie (trad. franc, París, 1866); 
Id. Modern Mythology (Londres, 1897); G. de Rialle, La mythologie comparée (París, 1878); P. Ehren- 
REicH, Die allgemeine Mythologie and ihre ethnologischen Grundlagen ^Leipzig, 1910). 




Carlos Marx 

Insigne escritor socialista y faniador de la Internaeional 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



reconocíanse unos a otros los iniciados por medio de signos o formularios, y exigían- 
se dos condiciones, la de la edad madura y la probidad; así vemos que Nerón, proto- 
tipo de crueldad no exenta de audacia, no se atrevió a aceptar la oferta que se le hizo 
en Grecia de iniciarse en los misterios de Eleusis; en muchos ritos obligábase al hie- 
roíante a llevar vida retirada y de celibato para que pudiese consagrarse enteramente 
a! estudio y contemplación de las cosas celestiales, y para cumplir mejor su misión 
era costumbre entre los sacerdotes, en los tiempos primitivos, mortificar el cuerpo 

comiendo ciertas hierbas que, según opi- 
nión del vulgo, tenían la virtud de apagar 
los incentivos de las pasiones. Finalmente, 
en todos los ritos era considerado como 
gravísimo crimen el revelar los secretos y 
misterios de la secta, y había tremendos 
castigos para la infracción de esta ley, por 
lo cual exigíanse al neófito terribles jura- 
mentos. Alcibíades fué desterrado y conde- 
nado a las furias infernales por haber reve- 
lado los misterios de Ceres: por la misma 
razón sufrieron horrendos castigos Prome- 
teo, Tántalo, Edipo y Orfeo (1). 

Las sociedades secretas, según dijimos 

antes, tienen su origen en la más remota 

antigüedad. Algunos autores patrocinan la 

idea de que la primera sociedad secreta fué 

S IB la de los benjaminitas, fundándose en el 

^ "^ cap. XLVn del Génesis, en donde se dice 

que José delegó a los tales para que guar- 
dasen todos los rebaños del Egipto y les 
infundió su propio espíritu con instruccio- 
nes secretas para el desarrollo y fomento 
de la industria pecuaria; surgieron, pues, 
respondiendo a la necesidad imperiosa que sentían los débiles de luchar contra los 
fuertes. En todas las épocas las luchas fueron enconadas y revistieron caracteres de 
ferocidad: la implacabilidad es tan antigua como el hombre. Al calor de tales princi- 
pios fundáronse esas sociedades, las cuales revistieron formas variadísimas, desde los 
magos, los misterios de Isis, de Eleusis, de Cibeles, los sabacios, los de los samotra- 
cios, los de los areopagitas, los de Orfeo, los dionisíacos, los de la Bona Dea; hasta 
las sectas de nuestros días. 

Es incalculable los sentimientos que despertaron los símbolos y los mitos, cuya 
historia es pródiga en toda suerte de horrores y crímenes (2). ¡Qué de ambiciones no 
se ocultaron en aquellas leyendas! ¡Cuántas infamias se realizaron para intimidar a 




Fedro José Proudhon 

Sittematittdor del aD&rqaismo 



(1) C. W. Heckethorn, Obra citada. 

(2) Philios. Eleusis, ses mystéres; Gorres, Die christUche Mistik. (Berlín, 1825); Rubensohn, Die 
Mysierienheiliglümer {BtrUn, 1892). 



INTRODUCCIÓN XXXI 

aquellos pueblos zafios, ignorantes, que no tenían más norte que las pasiones y cuya 
actuación era dirigida por los instintos! ¡Cuan grande debió de ser la influencia del 

fanatismo y la superstición en aquellos pueblos que carecían probablemente de la 
facultad discursiva y arrastraban una existencia pobre y mezquina, sin otra eiienn'a 
motriz que la imitación! (1). 



V 



Acerca de cómo surgieron tales sociedades y qué principios alentaron sus prime- 
ros pasos, no cabe afirmar nada de modo concreto. A pesar de que en el último tercio 
del siglo XIX se realizaron gran número de investigaciones, y en lo que va de la cen- 
turia actual se han ido prosiguiendo las indagaciones, sin embargo, la mayor parte de 
los estudios adolecen de una gran vaguedad. La objetividad del espíritu crítico, la 
autenticidad de los datos hallados, las indicaciones que de los mismos se sacaron, en 
muchas ocasiones ceden el lugar a las conjeturas y divagaciones (2). Es sumamente 
difícil desintegrar los factores que intervinieron en la realización de acontecimientos 
sociales tan remotos: por muy certera que sea la visión del sociólogo, debe procurar, 
no obstante, ser parco en las conclusiones: es imposible discernir el papel que en las 
sociedades primitivas desempeñaron los tactores negativos, que, como las antipatías, el 
odio y el miedo, en todos los países y en diversas épocas han influido en su dinamismo. 

A juzgar por los acontecimientos que se registran en los períodos de la historia 
moderna y por lo que ocurre en la actualidad, podemos formar una noción, siquiera 
sea aproximada, de lo que fué en la India, China, Persia, Egipto, etc., la lucha contra 
los detentadores del poder, de la riqueza y la cultura. Para formarse una idea de lo 
cruento y despiadado de las luchas sostenidas ha de tenerse en cuenta el atraso en 
que vivían aquellos pueblos, destituidos de las más rudimentarias nociones de cultura, 
sumidos en la ignorancia más crasa y víctimas inconscientes del terror que les tenía 
anonadados, moviéndose únicamente al compás de los brutales instintos, y con tan 
escaso desarrollo intelectual, que no podían discernir la verdad del error. El poder 
político y religioso, para intimidar al pueblo recurrió a todos los medios imaginables: 
el pueblo, que carecía de todo recurso para su defensa, dejaba el camino expedito a 
los tiranos. 

En la antigüedad las sociedades secretas, y con ellas los misterios religiosos, tienen 
una importancia capital, sus efectos trascienden no sólo a la Edad media y moderna, 
sino que llegan a nuestros días las profundas ramificaciones de aquellas sociedades, 
que, transformadas, viven en la conciencia social contemporánea (3). 

Además, en todos los pueblos, las sociedades secretas fueron un reflejo más o 
menos fiel de las necesidades, de los anhelos e ideales del pueblo en el instante en que 

(1) Geiger, Zur Entwicklungsgeschíchte der Menschheit. (Stuttgart, 1871); Schurtz, Urgeschichte 
der Kultur (Leipzig, 1900). 

(2) G. Ratzenhofer, Die Sociologisehe Erkenntnis (Leipzig, 1898». 

(3) AuRicH, Das antike Mysterienwesen (Gottinga, 1894). 



LAS SECTA ^ 



SOCIEDADES SECRETAS 



se fundó la agrupación: ellas, en los países donde florecieron, cumplieron en general 
su misión actuando como fuerzas coadyuvantes, pero pocas veces como núcleos im- 
pulsores. Es útil, pues, en grado sumo el análisis de las mismas, porque en muchos 
casos fueron aquéllas anticipaciones de las modalidades y formas que revistió después 
el espíritu de asociación. Gracias a los efectos de las mismas sociedades secretas, ya 
no son éstas necesarias, por lo menos en los dominios del pensamiento y de las ideas. 
En política, sí; las circunstancias las harán siempre necesarias, y aunque rara vez con- 
sigan el objetivo que directamente se propu- 
sieron, serán en todo caso de útil influencia 
en las relaciones entre gobernante y gober- 
nados, principalmente para los segundos. 
Pero en la región de las ideas, el pensa- 
miento es libre a pesar de la oposición que 
hacen a esta libertad el fanático, porque con 
ella ve minado el absolutismo, y el igno- 
rante porque le saca de su apatía y rutina. 
La ciencia es hoy el baluarte de defensa 
contra la invasión de los absurdos dogmá- 
ticos, y a su sombra crece una iglesia cientí- 
fica cuyos elementos son el conocimiento, 
no la humildad; el trabajo, no el sufrimiento, 
como lo prueban los más variados fenóme- 
nos de la vida moderna. El hombre, en los 
tiempos del obscurantismo intelectual, se 
aniquilaba a sí mismo en aras del gran Todo 
deificado; mientras que en la actualidad, 
estudiándose y respetándose a sí mismo, 
destruye los tetiches y combate en pro de 
lo Verdadero (1), que es la divinidad real. 
En otro tiempo la inteligencia remon- 
tábase subiendo de la religión a la filosofía; 
en el nuestro, gracias a una violenta reacción, asciende de la filosofía a la religión; y 
los hombres cuya religión ha llegado a este grado, son los verdaderos regeneradores 
de la humanidad, y no necesitan ni signos secretos ni santo y seña alguno para reco- 
nocerse unos a otros; es más, son enemigos de toda esta clase de signos porque reco- 
nocen que la libertad consiste precisamente en la publicidad. En un país que gime 
bajo el despotismo, como Rusia, las sociedades secretas son aún hoy el único medio 
para alentar al pueblo a luchar por la dignificación de la ciudadanía; pero en donde- 
quiera que el espíritu humano goza de los puros y oxigenados aires de la libertad, ya 
no son menester las sociedades secretas para hacer obras buenas y útiles al progreso: 
el pueblo necesitaba antes] de las sociedades secretas para triunfar, ahora necesita de 
una franca unión para consen'ar el puesto conquistado. 

Así las sectas como las sociedades secretas, en cualquier aspecto que se las consi- 
(1) R. Ardigó, // Wero (2." ed., Padua, 1900). 




Fernando Lasalie 

Escritor socialisu &ieman 



INTRODUCCIÓN 



XXXIII 



dere, han sido la condensación de ansias y de necesidades colectivas. Si bien es cierto 
que algunas de ellas ofrecen características contradictorias y tendencias encontradas, 
no por esto dejan de representar casi siempre un anhelo. De ahí que hayan tenido en 
algunas épocas una tan eficaz y positiva fuerza de desprendimiento, y sus resultados 
hayan sido tan considerables. El conocimiento exacto, y cuando ello no es posible el 
aproximado, de su génesis y evolución es tan útil como provechoso para reconstruir 
el pasado y el modo de ser de los pueblos. El espíritu humano, impulsado por móviles 
en gran parte desconocidos, ha tendido 
siempre a buscar el más allá: jamás el hom- 
bre ha podido substraerse a ampliar la es- 
fera de sus conocimientos. El genio étnico, 
por intuición, ha tratado de buscar nuevas 
sendas: constantemente los hombres acu- 
ciados por el descontento íntimo han que- 
rido dar satisfacción a sus vehementes 
deseos de acercarse a la verdad. ¡Triste 
condición la del ser humano que, suspi- 
rando por conquistar el bienestar, la fortu- 
na, la gloria y la dicha, ha sido víctima de 
su propia insensatez que le ha llevado mil 
veces por sendas tortuosas, al final de las 
cuales sólo halló la desilusión que produce 
el fracaso! 

Sin embargo, toda inquietud afortuna- 
damente es fuente de progreso; las mismas 
incertidumbres, el afán de investigar, el pro- 
pósito de descifrar los enigmas del univer- 
so, llevó al científico a descubrir sus mara- 
villas. El insigne Haeckel (1), continuador 
de la obra científica de C. Darwin, describió 
de modo magistral en dos libros hermosos 

y profundos, esta antinomia ante la cual no deben desmayar cuantos se precien de tener 
vocación para el estudio. Es cierto que la Ciencia, la Filosofía y la Historia han pro- 
porcionado, a quienes han penetrado en lo profundo de los problemas trascendentales, 
grandes decepciones; pero ¡cuan intensas y placenteras emociones no produce el 
despejar una incógnita! La existencia del indagador tiene no poco de novelesco. Las 
intimidades del espíritu ofrecen al psicólogo panoramas de una belleza extraordinaria. 
Quien haya explorado en su propio yo, habrá de confesar que al examinar los contor- 
nos de su personalidad, a la par de satisfacciones de goces inmensos realmente 
inefables, ha experimentado dolores cruentísimos, angustias supremas. En nuestra vida 
espiritual oscilamos siempre entre la desesperación y la dicha. 

Toda la gama cromática con sus matices infinitos la hallará el lector que nos 

(1) Die Weltrütsel úemeinversiündiiche Studien über montstische Philosophie {S.^ eá. Bona, 1902). 
Die Lebenswunder. Gemeinverstandliche Studien über Philosophie (10.* ed^ Stuttg., 1906/. 
Tomo I. — e. 




Conde de Saiat-Simóo 

Famoso historiador, célebre por sns Memoriks 



XWIV 



^^ ^FCTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



acompañe en esta empresa dilatada y pintoresca que vamos a emprender en el ámbito 
de la historiografía de las sectas y las sociedades secretas. Para conseguirlo será pre- 
ciso que tenga arrestos y no le asalten falsos temores y fíe en nuestra experiencia de 
guías expertos. En las Sectas y en las Sociedades secretas se compendia la enorme 
suma de esfuerzos mil veces renovados y casi tantas infructuosos, de las grandes figu- 
ras cuyos nombres nos ha transmitido la historia, que consagraron su existencia a la 
obra de cultura del linaje humano. Laurent (1), Carlyle (2), Renán (3) y Emerson (4), 

trazaron maravillosamente los perfiles de 
las grandes figuras de la humanidad, consi- 
derándoles bajo diversos aspectos y exami- 
nando su obra filosófica, religiosa y social 
desde distintos puntos de mira. 

Ahora mismo que los negocios públi- 
cos, que la actuación de los partidos se rea- 
liza de un modo inmutable, que la Prensa 
tiene una tan colosal influencia y parece 
como que todos los ciudadanos coadyuvan 
y aportan su concurso personal a la obra 
social de los Gobiernos, a pesar de que el 
régimen parlamentario hállase establecido 
en todas las naciones, no ha desaparecido 
a pesar de todo la conspiración. Es evidente 
que en las sociedades contemporáneas se 
está operando una profunda transforma- 
ción; que aparecen a cada instante en el 
palenque nuevos factores, fuerzas sociales 
que antes se hallaban latentes y dispersas, 
y pasaban poco menos que por inadverti- 
das; que surgen nuevos y potentes elemen- 
tos, como el obrerismo, organizado, dis- 
puesto a entrar en liza para transformar de 
raíz la organización de la sociedad, constituyéndola sobre bases más sólidas (5). El 
orden de cosas actual, secuela de la concepción arcaica, residuo de la esclavitud del 
mundo antiguo, se derrumba lentamente, en tanto que en el horizonte asoman los pri- 
meros albores del sol de justicia que ha de vivificar el edificio de la «Ciudad Futura», 
columbrada genialmente por Tarburiech (6). 

La intensa agitación espiritual que se inició a fines del siglo XVIII y que fué pren- 
diendo durante el siglo XIX, ha moldeado el alma de las muchedumbres, que comien- 
zan a vislumbrar cuál habrá de ser su actuación, a medida que amplíen su cultura. La 

( 1 ) Eludes sur Vhistoire de Vhumanité f Bruselas, 1 869-79). 

Í2) On héroes, heroworsfup and the heroic in the history (Londres, 1841). 

(3) Etudes d'histoire religieuse (París, 1857>. 

(4) Essays on representative Men (Londres, 1849; Boston, 1850). 

(5) ZoccoLi, La anarquía, los agitadores (vers. cast. Barcelona, 1908). 

(6) La ciiéfütnre (París, 1902). 




Francisco M.* Carlos Ponrier 

Jandtdor y propulsor de los '•íaknsterios" 



INTRODUCCIÓN XXXV 

intelectualización de los humildes ya no es un postulado teórico, sino una realidad 
viva y palpitante. El cuarto Estado dejó de ser la materia amorfa, sobre la cual se apo- 
yaron primero los tiranos y los déspotas, después los caudillos y los caciques, y las 
oligarquías (1). 

En estos momentos no existe otra fuente de poder que la soberanía del pueblo, ni 
más medio de conquistarla que la propaganda de las ideas, al interpretar fielmente los 
deseos de los humildes (2). Hay que fiar los destinos de la humanidad no al poder 
férreo de la ley escrita, sino al hálito de cordialidad. En lo porvenir, la tutela social no 
tendrá más base de sustentación que el influjo moral que ejercerán los hombres su- 
periores, por su saber y su conducta ejemplar, erigidos en leaders y portavoces de los 
humildes. La intelectualidad, la cultura y el civismo son los gérmenes que crearán las 
nuevas sociedades, al condensarse las nebulosas en mundos. Entonces la imposición 
habrá desaparecido y los hombres obrarán Ubérrimamente, obedeciendo sus actos a 
los imperativos de la razón consciente. 

El poder del genio no es otro que el del desarrollo máximo de la mente. Trabaje- 
mos por que lo que hasta ahora ha sido excepción, sea patrimonio común del mayor 
número de los hombres. Elevando el nivel medio de cultura se acabarán los privile- 
gios, y, con el mayor grado de desenvolvimiento intelectual del pueblo, las luchas de 
clase revestirán menos encono y será posible la comunión de todos en el todo social 
uno e indiviso. 

(1) E. DE Laveleye, Le socialisme contemporain (8.* ed., París, 1902); Menqer El Estado socia- 
lista (vers. cast., Barcelona, 1908). 

(2) R. Meyer, Der Emanzipationskampf des vierten Sianden (Berlín, 1882^; Reybaud, Eludes sur 
les réformateurs (6.^ ed., París, 1349); Weill, Histoire du mouvement social en France (París, 1904>. 



CAPÍTULO 1 



MAGOS 



1. Persia: generalidades.— II. Zoroastro; el zoroastrismo o mazdeísmo; el culto del fuego.— III. Los magos 
o los ministros del culto mazdeano: ritos, sacrificios y purificaciones.— IV. Iniciación en la secta: 
decadencia de la misma. 

I 




ario, rey de los reyes, soberano de los países donde se hablan todos los 
idiomas, hijo de Histaspe, aqueménida, construyó esta casa.» Tal es la ins- 
cripción que aun hoy se lee en la puerta que da acceso a las ruinas de 
Persépolis, el palacio de los Sasánidas, la ruina más venerable que nos 
ha legado la antigüedad. En efecto, Persia, 
el pueblo de los iranios, donde florecieron 
los Cambises y los Ciros, había de dejar 
huellas de su grandeza, superior a la del 
Egipto y a la de toda aquella serie de civi- 
lizaciones que tuvieron su cuna y su esfera 
de desarrollo en el Oriente (1). Persia, pues, 
verdadera maestra y guía de la humanidad 
en el terreno de las tradiciones y de las 
concepciones religiosas, ha de ser la pri- 
mera adonde acuda el investigador histo- 
riógrafo en busca de datos para esbozar el 
proceso de la génesis religiosa en su rela- 
ción con los fenómenos sociales que han 
tenido lugar en el decurso de las edades. 
Dábase en lo antiguo el nombre de Per- 
sia a la región situada al occidente del Asia, 
limitada al N. por la cordillera del Cáuca- 
so, el mar Caspio y la Parthia; al E. por los 
montes de la India; al S. por el mar Eritreo, 
el golfo Pérsico y la Arabia; al O. por el 
desierto de Libia, el Mediterráneo, el mar 
Egeo y el Ponto Euxino. La Persia estaba 

dividida en dos partes por el río Eufrates, situada la una al occidente de aquel río, 
comprendía la península del Asia Menor, la Siria, la Fenicia y el Egipto; la otra 

(1) JusTi Geschichte des alten Persiens{Ber\'w , ISIS); Spiegei ^Eranische Alterihumskunde (Ltip- 
zig, 1871). 

Tomo í. — 1. 




Zoroastro 

Gran filósofo oriental, fundador d«l wroastrismo 



2 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

abrazaba lodas las comarcas enclavadas entre el Eufrates y el Indo. Las más famosas 
ciudades del imperio persa eran Persépolis, Susa y Ecbátana, ricas las tres en ruinas 
que revelan la grandeza de los monumentos que poseían (1). Los palacios de Persépolis 
fueron obra de Darío y de Jerjes, y sus ruinas permiten hacer una reconstitución bas- 
tante completa de las formas principales de la arquitectura aqueménida. Los palacios de 
Sura superaron en riquezas a los de Persépolis. Persia fué gobernada por reyes, el pri- 
mero de los cuales fué Khodoriahomor, pero llegó al apogeo de su grandeza en tiempo 
de Cambises (siglo VI antes de la Era cristiana). Siguieron luego Darío, Jerjes, Ale- 
jandro Magno y los Sasánidas, hasta que cayó en poder de los califas de Oriente. 




PEKSEPOLIS 



La secta, al parecer más antigua que en aquel pueblo se registra, es la de 
los magos (2). Dábase este nombre a los sacerdotes, los cuales formaban no solamente 
una secta o religión, sino también una especie de entidad gubernativa, por lo cual 
aun en una de las más vulgares tradiciones del cristianismo su nombre es sinónimo 
de reyes, aludiendo quizá a la soberanía de la ciencia, la cual, ya en aquellas remotas 
edades, colocaba al hombre culto entre la verdadera aristocracia. Su reinado pontifical 
es, según algunos autores, anterior a las dinastías de Asiría Media. Aristóteles afirma 
que fué anterior a la fundación del imperio del Egipto. Actualmente, empero, más 
para dar alguna unidad al cómputo histórico, que porque exista algún fundamento de 
irrefragable autenticidad, la mayor parte de los historiógrafos ponen la época de la 
creación de esta secta cinco mil años antes de la guerra de Troya. 

i>.!llnI.Í'ZT ^hT^'. ^""^T.f" ^"'''' ^^*"'' '^^^' ^^««^ssoN, The palaces of Nineweh and 
Persepolts resto red {Londres, ISbl), 

(2) DupLis, Origine de toas íes cuites (París, 1869). 



MAÜOS 



Su fundador, Zoroastro, fué gran filósofo oriental, cuyas doctrinas, así como su 
misma existencia, se han puesto en tela de juicio, aunque hoy la crítica está conteste 
en que fué un ser real. El célebre orientalista Haug, en su famosa obra Die fünf Ga- 
ihas (1), dice en síntesis lo siguiente: Zoroastro fué un reformador religioso del Irán, 
que vivió hacia el año de 2000 ó 2200 antes de Jesucristo, hijo de una familia sacerdotal 




Persépolis: Gran esoalioata de la terraza 



que ejercía al mismo tiempo las funciones de la judicatura. Su patria fué la Bactriana, 
y allí fué donde se declaró enemigo de los falsos dioses y resolvió reformar la religión 
irania. De ésta conservó los genios o espíritus buenos y procuró espiritualizar y trans- 
formar todos los antiguos dioses en malos espíritus. Para impresionar a sus oyentes y 
secuaces, fingióse enviado del cielo y favorecido con celestiales comunicaciones con 
el Ser supremo que le había revelado su doctrina. Sus enseñanzas son el resultado de 
un profundo estudio y meditación. Según él, todo cuanto se ofrece a la observación 
del hombre debe referirse a dos fuerzas originarias que en calidad de no producidas 
se oponen a todo lo demás producido, pero que, desde el punto de vista de la activi- 
dad, son diametralmente opuestas la una a la otra: son el ser y el no ser, el principio 
y el fin. El ser es la vida (ahu), la realidad, la verdad (asha) y el bien; el no ser es la 
muerte, la falsedad (drukhs) y el mal. 

(1) Leipzig (1858-60). Ha escrito además: Essays on the religión of the Persees 'Bombay, 1862), y 
The 00 k of Arda Viraf (Bombay-Londres, 1872-74). 



4 ! A^ V LAS SOCIEDADES SECRETAS 

A estos conceptos dci sanio proiesor de Munich añadiremos, en gracia de la clari- 
dad, que el ser o el principio del bien es Ormiiz, mientras que el principio del mal es 
Ahrimán (1). Tales son los personajes o divinidades más salientes del zoroastrismo, 
religión que tiene también los nombres de parsismo, mazdeismo y magismo. 

^(.-,.-.., ...t;, creencia, la creación del mundo debió empezar por medio de la ema- 




Persépolis: La sala hipóstila de Jerjes 



nación: la primera emanación de lo^Eterno^ué la luz, de donde salió el rey de la luz, 
Ormuí; por medio de la palabra, Ormuz crió el puro mundo, del cual es conservador 
y juez. Ormuz es un ser sagrado y celestial, el conocimiento y la inteligencia personi- 
ficados. Ormuz, el primogénito del tiempo sin límites, empezó criando a su imagen 
y semejanza seis genios o espíritus llamados amshaspands, que rodean su trono y son 
sus mensajeros para los espíritus inferiores y los hombres, siendo para los mismos 

(1 ) WiNDiscii.M \ss,Zoroasirísche Studien (Berlín, 1863); Jackson, Zoroaster, the prophet oj anden 
Iram (Nueva York, 189Q): según p! <; mir de los peritos en la materia, es estala obra más importante sobre 
el zoroastrismo. 



los modelos y ejemplares de pureza y perfección. La s(.M;unda .-eric de las creaciones 
de Ormuz fué la de los veintidós izads, espíritus que velan por la inocencia, la felicidad 
y conservación del mundo: son modelos de virtud y los intérpretes de las plegarias de 
los hombres. La tercera hueste de puros espíritus es más numerosa y formada por los 
farohars, los pensamientos de Ormuz, o las ideas concebidas por él antes de proceder 




Persépolis: Los propileos de Jerjes 



a la creación de las cosas. No solamente los farohars de los hombres santos y de los 
infantes inocentes están delante de Ormuz, sino que éste tiene también sufarohar, o 
sea la personificación de su sabiduría y de su idea bienhechora, su razón y su verbo. 
La triple creación de los espíritus buenos fué consecuencia necesaria del simultáneo 
desarrollo del principio del mal. El hijo segundo del Eterno, Ahrimán, emanó como 
Ormuz a la luz primitiva y fué puro como él, pero por su ambición y soberbia con- 
cibió la pasión de la envidia y, para castigarle, el Ser supremo le condenó a vivir 
durante doce mil años en la región de las tinieblas, el tiempo suficiente para que se 
libre la batalla y se adjudique el triunfo entre el bien y el mal; pero Ahrimán creó a su 
vez un sinnúmero de espíritus malos, los cuales llenan la tierra de miseria, malestar 



L.\< 



V l.As SUCIEDADES SECRETAS 



y pecado. Los malos espu ¡ais mjw la impureza, la violencia, la codicia y la crueldad; 
los demonios del trío, del hambre, de la pobreza, de la esterilidad e ignorancia, y el 
más perezoso de todos, Petash, el demonio de la calumnia (1). 

Ormuz, después de un reinado de tres mil años, crió el mundo material o físico en 
seis etapas o períodos de tiempo (en el mismo orden que leemos en el Génesis), dando 
existencia primero a luz terrena (no se confunda con la celestial), al agua, a la tierra, a 
las plantas, a los animales y al hombre. Ahrimán asistió a la creación de la tierra y el 
agua, porque las tinieblas tenían estos elementos invadidos; tomó también parte activa 
rn la ereación v subsiguiente corrupción y destrucción del hombre, al que Ormuz 




Persépolis: Fachada del palacio de Sano 



creara por un simple acto de su voluntad y por su palabra. Además de la semilla de 
este ser, Ormuz sacó también a la luz de la existencia la primera pareja humana, Mes- 
hia y Meshiana, pero Ahrimán sedujo a la mujer y después al varón, llevándolos al 
mal, sobre todo haciéndoles comer de ciertos frutos; con lo cual no sólo pervirtió la 
naturaleza del hombre, sino también la de los animales, como los insectos, la ser- 
piente, los lobos, etc., los cuales de innocuos que eran, se volvieron nocivos, pro- 
pagando así la corrupción por toda la superficie de la tierra. En castigo de su ini- 
quidad, Ahrimán y sus perversos espíritus fueron vencidos y arrojados de todas 
partes, quedando entablada la perpetua lucha entre el bien y el mal; rudo com- 
bate en el cual no tienen nada que temer los hombres justos y prudentes porque, 
según dice Zoroastro, el trabajo es el exterminador del mal, y el hombre bueno 
obedece siempre al justo juez, el cual cultiva asiduamente la tierra y le hace producir 
buenas cosechas y árboles frutales en abundancia. Transcurridos los doce mil años, 
RS Fragmenle über die Religión Zoroasters (Bona, 1831). 



MAOOS 7 

cuando ya la tierra se vea libre de los malos espíritus, saldrán u. . | :.... que ebtaraa 

al lado de los hombres ayudándoles con su poder y su ciencia, devolviendo a la tierra 
su primitiva belleza, juzgando el bien y el mal y dando a cada uno su merecido: los espí- 
ritus buenos volarán a la región de los bienes eternos e inmutables, mientras que Ahri- 
mán con todos sus demonios y los hombres que le hayan seguido, serán echados a un 
mar de metal derretido y en estado de liquefacción, y la ley de Ormuz reinará por 
doquiera. 

Quizá no vaya equivocado Eliphas Lévi, en su obra Histoire de la Magie U' , 
1860), al decir que hubo dos Zoroastros, o sea dos reveladores, uno hijo de Ormuz y 




Persépolis: Tramo derecho de la escalera del palacio de Darlo 



autor de una teoría científica luminosa, y otro, hijo de Ahrimán, autor de una divulga- 
ción profana. De todos modos, Zoroastro es el Verbo encarnado de los caldeos, de los 
medas y de los persas, y su leyenda parece una predicción de la historia evangélica 
relativa a la persona de Jesucristo. 

Siguiendo, pues, para el mejor orden de la exposición (aunque sin aceptarla en 
absoluto), la hipótesis de la dualidad en la personalidad de Zoroastro, hemos expuesto 
la teoría científica zoroastrina^ dejando en segundo término la divulgación profana de 
la misma, o sea lo que propiamente atañe a los magos como secta con caracteres de 
sociedad secreta y misteriosa. 

Según dijimos arriba, Zoroastro enseña que la luz fué la primera emanación de la 
Vida o Ser Eterno, por lo cual en los escritos de Parsi, la luz, la perenne llama, es 
el símbolo de la Divinidad o Vida increada; de aquí que a los magos parsis se les 
llamara los adoradores del fuego (1). A esta ciencia del fuego, que era el gran arcano 

fl) G. G. Bredow, Handbuch der alten Geschichte (AHonz, 1837). 



g I \ \ ! \^ ^Oi II l).\l)i;S SECRETAS 

de los magos, se refieren casi todüs los siinbuius asirius; en todas partes se encuentra 
al encantador que hiere al león y juega con las serpientes: el león es el fuego celeste, 
las serpientes son las corientes eléctricas y magnéticas de la tierra. Patricius, en su 
Magie philosophique (1), publicó, recogiéndolos de los libros de los platónicos y de 
otros,Jlos oráculos de Zoroastro, que son la fórmula característica del dogma del 

fuego. En todos ellos se ve la 
gran fuerza espiritual que se 
atribuye al fuego o a la luz (que 
en aquella teoría es lo mismo), 
identificada con la fuerza de la 
voluntad humana. En el fuego 
tenía su fundamento la inicia- 
ción mágica. El adepto, habien- 
do puesto su voluntad en co- 
municación con este elemento, 
sabía dirigirlo y manejarlo, con 
la misma destreza que el gue- 
rrero maneja un arma arroja- 
diza; infundía en los espíritus 
de los demás el tormento y la 
angustia o la paz y la tranquili- 
dad, comunicábase a distancia 
con los demás adeptos, poseía, 
finalmente, aquella fuerza que 
se representa por el león celes- 
te. Esto es lo que significan las 
grandes figuras asirías que lle- 
van debajo del brazo leones 
domados; tal es la luz astral re- 
presentada por gigantescas es- 
finges con cuerpo de león y ca- 
beza de mago: es la fuerza del 
espíritu, la sugestión, el impe- 
rio sobre la voluntad ajena. Los 
magos se servían de este imperio, y los soberanos de Asiría tenían en sus jardines 
tigres sumisos, leopardos dóciles y leones amansados, y todo este fenómeno se atribuía 
a h ciencia del fuego, símbolo de la fuerza de la voluntad, pues ya es sabido que los 
animales más fieros se rinden a la sugestión de la mirada del domador, y la luz es el 
medio condicionador de la vista. Por lo dicho, observará el lector la íntima relación 
que existe entre el magismo, o religión de Zoroastro, y la magia y las varias modali- 
dades del Ocultismo. Este formará capítulo aparte, obedeciendo al plan que nos hemos 
trazado. 




La tunbt de Burlo con el andamio 



(1) Citado por Eliphas Uik\ en su Histoirc de la Magie (París, 1860). 



MAOOS 



III 



Entrando ahora en la historia de este culto, sábese que en el antiguo Irán los sacer- 
dotes formaban una casta aparte. Ellos eran los encargados del culto, de los sacrificios 

y de la conservación de los libros 

sagrados. 

Los actos principales del culto 
mazdeano eran tres: la conserva- 
ción del fuego sagrado, las pre- 
ces e invocaciones, las purificacio- 
nes y penitencias. El fuego sagra- 
do se conservaba en altares, en 
los cuales el elemento sagrado 
ardía sobre una inmensa urna de 
piedra o cobre, sirviendo para ali- 
mentar sus llamas maderas de las 
más preciosas. Era un crimen el 
levantar la voz, y en las ceremo- 
nias religiosas se esparcían suaves 
perfumes. Muchas eran las preces 
e invocaciones prescritas por el 
ritual mazdeano: los sacerdotes 
las cantaban junto con los himnos 
sagrados en determinadas horas 
del día, dedicándolas a los varios 
espíritus celestes. Durante la re- 
citación el sacerdote debía levan- 
tar en alto con la mano izquierda 
un haz, estrechamente apretado, 
de ramas de palma, de granado 
o de tamarindo: estas ramas ha- 
bían de ser cortadas y atadas por 

un mazdeano inmaculado: fuera del instante de este rito, el haz reposaba sobre un mo- 
rillo cuyas ramas terminaban en forma de luna creciente (1). 

Los sacrificios consistían en inmolaciones sangrientas, hecatombes en las cuales 
sucumbían de una sola vez cien caballos, mil bueyes y diez mil cabezas de ganado 
menor; pero la ley mazdeana prohibía que se consumiese toda la víctima, partiendo 
del principio de que a los dioses pertenecía sólo la cabeza de las reses inmoladas, y 
aun únicamente su ojo derecho y su lengua. 

n> Harlez, Avesta, livre sacre du Zoroastrisme (París, 1881). Este libro forma Ja 2." parte de la 
Bibliot fleque Oriéntale, tesoro de interpretación de todos los documentos que se refieren a las primitivas 
civilizaciones. 

Tomo I. - 2. 




Tumba real en Nackche-Rostem 



10 



1 Ar 



>ADÍ-S SECRETAS 



Las ofrendas consistían en panes, carne, granos, flores y frutos, perfumes y vestidos 
para los sacerdotes: una de las ofrendas más características eran las ramas del árbol 
llamado hóma, planta de tallo nudoso y flor amarilla, que crece en los montes del 
Irán; su jugo, extraído de la manera que prescribían las ceremonias de la ley, consti- 
tuía la ofrenda más agradable que se podía dedicar a los espíritus celestes, suponiendo 
que reanimaba sus fuerzas y les proporcionaba una mayor felicidad. Para exprimir el 
jugo del hóma se cortaban sus ramas en pequeñísimas partes, se las rociaba con agua 

pura y después se las machacaba 
en un almirez consagrado a este 
uso exclusivamente. Para clarificar 
este jugo se le hacía pasar por un 
filtro de pelo de vaca, yendo a 
parar a un receptáculo compuesto 
de determinado número de vasos 
sagrados. Tomaba entonces el 
yaotar con su mano derecha uno 
de los vasos, acercábalo al altar, 
elevábalo hacia el cielo y bebía 
parte del mismo, destinando el 
resto para los demás sacerdotes y 
para ser derramado sobre el altar 
del fuego. La ley de Zoroastro 
prescribe la expiación de las faltas 
por medio de penitencias, consis- 
tentes en actos de virtud y en penas 
aflictivas; algunas faltas se repu- 
taban inexpiables por encerrar 
suma gravedad moral; tales eran 
la sodomía, el trato frecuente con 
las cortesanas y la polución volun- 
taria. Otras faltas había para cuya 
expiación sólo era posible con la 
muerte. Estas eran: 1.°, llevar a 
cuestas un solo individuo un ca- 
dáver; 2°, ejercer las ceremonias 
de la purificación sin estar investido de las facultades necesarias; 3.", enseñar doctrinas 
heterodoxas. Para la expiación de faltas menos graves se empleaban ciertas oraciones, 
y al delincuente débansele un determinado número de espolazos. En cuanto a purifí- 
caciones, el dios del zoroastrismo personificaba la luz, la pureza y la verdad, por lo 
cual el mazdeano había de evitar aquello que pudiese contaminarlo. El alma manchada 
con la mentira o con cualquier acto de injusticia, y el cuerpo que hubiese sufrido el 
contacto de cualquier ser relacionado con los espíritus depravados, se consideraba 
impuro, y deber del hombre era librarse de la impureza con las ceremonias prescritas 
por la ley. Pero la contaminación más grave y de más temibles consecuencias era la que 




jíMketa-iiutcB: fantracU del nieho fanertrio 



MAOÜS 



II 



se contraía tocanclo un cadáver (1). La muerte, según el mazdeísmo, entrega el cuer- 
po del hombre al poder de Ahrimán: la temible Nacas se apodera del cadáver y desde 
él como desde su asiento se lanza sobre los que se rozan con el cadáver, llenándolos 
de suciedad. En tal caso hacíanse oraciones y conjuros para ahuyentar al monstruo 
impuro: alejábanse de la 
casa mortuoria los instru- 
mentos del sacrificio; extin- 
guíase el fuego en el hogar 
por espacio de tres noches 
consecutivas, si era invierno, 
y durante un mes entero en 
las demás estaciones. La 
persona manchada era tra- 
tada como un objeto impu- 
ro y se la tenía aislada en un 
rincón de la casa mientras 
no se la hubiese sometido a 
las purificaciones prescritas 
por la ley. Otro tanto se 
hacía con las mujeres en- 
cintas o cuando se hallaban 
en el período menstrual. 

Los libros litúrgicos del 
Irán, que estaban a la cus- 
todia inmediata de los sa- 
cerdotes, eran el Vispered, 
el Yacna y los Jeshts. De 
éstos, el más interesante era 
el segundo, que forma la 
parte principal del Avesta, y 
era el que servía para las 
ceremonias más importan- 
tes, dividiéndose en tres sec- 
ciones: la primera, com- 
prendía el ritual del sacri- 
ficio mazdeano; la segunda, contenía los Gathas, cantos antiguos que son la mejor 
exposición de las ideas zoroástricas y constituyen monumentos de un filosofismo 
bastante elevado para aquella época. La tercera contenía fragmentos dispersos, cuyo 
objetivo no aparece muy claro. 

IV 







Susa: Friso de los Arqueros 



Veamos ahora las ceremonias usadas en el acto de iniciar en la secta a los miem- 
bros de la misma. El candidato, antes de la iniciación en la secta, era sometido a 
(1) Harlez, Obra citada. 



12 N 1 AS SOCinOADES SECRETAS 

numerosas purificaciüiics con iuc^^ü, agua y imcl: la serie de probaciones por las que 
pasaba era verdaderamente larga y terminaba con un ayuno de cincuenta días se- 
guidos (1). Estos ensayos o pruebas las sufría el candidato en cuevas subterráneas en 
las que estaba condenado a perpetuo silencio y a una completa soledad; el que respon- 
día a las exigencias de la secta y probaba, tenía opción a los más elevados honores 
Transcurrida la época probatoria, se introducía al candidato en la cueva de los inicia- 
dos, en donde era armado con un arnés o coraza por su guía, el cual era una repre- 
sentación de Simorgh, monstruoso grifo e importante actor de las manipulaciones de 
la mitología persa, y provisto de talismanes para hacer frente a todos los encuentros 
con los horrólos monstruos y malos espíritus que quisieran ponerse a su paso. Intro- 
ducido en un departamento interior, era purificado con fuego y agua y pasado por los 
siete grados d^e la iniciación. Lo primero que a sus ojos se ofrecía era una profunda y 
espantable caverna abovedada, al pie de la cual veíase un enorme precipicio a donde 
había de caer al menor paso que diera en falso, hundiéndose en el «abismo de la es- 
pantosa indigencia»: luego, avanzando por entre los laberintos de la sombría caverna, 
percibía el fuego sagrado, cuyas llamas se avivaban a intervalos alumbrando morte- 
cinamente su camino; al propio tiempo oía el distante alarido de bestias feroces ham- 
brientas, el rugido del león, el aullido del lobo, el feroz y terrible ladrido del mastín. 
Su acompañante, guardando un profundo silencio, empujábale hacia el sitio de donde 
venían aquellos espantables sonidos, y cuando menos se percataba abríase la puerta de 
la guarida y hallábase el iniciado en medio de aquellas bestias feroces, casi a obscuras, 
con sólo la débil luz de una mortecina lámpara. Inmediatamente era agredido por los 
iniciados, que en forma de leones, tigres, lobos, grifos y otros monstruosos animales, 
se echaban sobre él, escapando difícilmente de sus garras sano y salvo. Pasaba de allí 
a otra caverna tenebrosa, en donde atronaba sus oídos el terrible fragor del trueno y 
hería sus ojos el continuo vibrar del rayo y el relámpago, á cuyos siniestros resplan- 
dores distinguía los horripilantes visajes de los espíritus vengadores que celebraban 
con macabra muestra de satisfacción la llegada del iniciado a sus antros inhospitala- 
rios. Para aliviar en alguna manera el cansancio del neófito, conducíasele a otro de- 
partamento, en donde su oído era recreado con melodiosos acordes de música y su 
olfato con el aroma de los más exquisitos perfumes. Para dar a entender, poco des- 
pués, su disposición a practicar las restantes ceremonias, hacía su guía una señal y 
comparecían, como por encanto, tres sacerdotes, uno de los cuales arrojaba dentro de 
su pecho una serpiente viva, símbolo de la regeneración, y abriéndose una puerta excu- 
sada entraba por ella una verdadera ola de gritos desaforados, de aullidos y lamentos 
que aturdían su espíritu y le sumían en un nuevo estado de indescriptible terror. Al 
volver su espantada vista hacia el sitio del cual tan desgarradores gritos procedían, pre- 
sentábasele una desgarradora escena de los tormentos que sufren los condenados en 
el Averno. Sacábasele de allí por entre laberintos y ramificaciones de siete espaciosas 
bóvedas enlazadas con tortuosas galerías, cada una de las cuales daba vista, por medio 
de un menguado portillo de piedra, a una escena de peligrosas aventuras, hasta que 
llegaba el iniciado al sacellum (capilla) o Sancta Sanctorum, que estaba brillantemente 
iluminado y cuyas paredes y techos despedían los reflejos del oro más acendrado y laS 
(1) Raqon, Cours philosopkique des initiations anciennes et modernes (I^arís, 1841). 



MAGOS 



13 




^^tí^^í^" 



Pruebas de inieueión 
en la secta de los magos. 



más ricas piedras preciosas. Allí estaba el archimago, o jefe de la secta, sentado en la 
parte del oriente, en un trono de brillante oro, coronada su cabeza con rica diadema 
entrelazada de ramas de mirto, vestido con una túnica de un azul resplandeciente, ro- 
deado de una asamblea de ministros y dispensadores de los sagrados misterios. Estos 
recibían al neófito con grandes agasajos, y después de tomarle los consiguientes jura- 
mentos para guardar secreto sobre los ritos de Zoroastro, se le confiaban las sagradas 
palabras, la primera y más importante de las cuales era el Tetractys o el nombre de 
Dios. El Tetractys de Pitágoras era análogo al Tetragram matón judaico o nombre de 
Dios en cinco letras. El número cuatro era tenido por el más perfecto, porque en las 
cuatro primeras propiedades de la naturaleza se comprende todo lo demás; además, los 
cuatro primeros números sumados entre sí forman la década, después de la cual todo 
es simple repetición (1), 

(1) Ch. W. Heckethorn. The secret societies (Londres, 1897); Robín, Recherches sur les Initiations 
anciennes et modernes; Boulasoer, L'antiquité devoilée {Amsterúam,}??!); Olwer History of initia- 
tion (Londres, 1841). 



14 



LAS SECTAS Y LAS SííCIEDADLS SECRETAS 



Hoy día ya no quedan en Persia más que reminiscencias de la antigua religión 
mazdeana. Un pasaje de Flandin (1) nos prueba el precario estado de la misma en 
el impí rii) del Sha. «En uno de mis viajes a Persia, recorriendo sus ruinas, observé 
que dos ancianos de venerable aspecto avanzaban lentamente y con cautela hacia la 
colina, cuyo pie me servía de teatro de mis exploraciones: ocúlteme detrás del ángulo 
de una roca y vi cómo se paraban en una elevación que dominaba la planicie y cómo 
colocaban cii tierra unas piedras cuadradas que uno de ellos traía ocultas entre los 
pliegues de sus vestidos. Sobre este informe pedestal colocaron aquellos misteriosos 
personajes algunas ramas secas y después, haciendo brotar una chispa del pedernal, 
prendieron fuego, prosternáronse de cara al Oriente y recitaron en voz baja unas 
oraciones mientras duró la llama. Eran los últimos vestigios de aquella religión pode- 
rosa que los monarcas Sasánidas habían querido imponer en el Oriente.» 

( 1 » VovíU'f en Perse ( París. 1 S4:i- 1 854 i. 




Monstruo persa 



CAPÍTULO II 



MITHRÍACOS 



1. El hombre en busca de la verdad.— II. Mithra: origen del mito: asimilación del mismo por los romanos: 
fiestas mithríacas.— III. Culto mithríaco, ceremonias, ritos y sacerdotes. — IV. Iniciación en la secta: 
varias representaciones alegóricas de Mithra. 




n la psicología de los pueblos se observan fenó- 
menos a primera vista contradictorios, no sólo en 
el terreno de la política, sino también en el de la 
religión o de las creencias y en todo lo que res- 
pecta al mundo del sentimiento: prueba irrefragable de ese 

estado de perpetua duda y va- 
cilación del espíritu humano, 
que ha producido tantos y 
tan transcendentales descubri- 
mientos al emprender el hom- 
bre infinidad de caminos en 
busca de la verdad pura y 
absoluta que parece huir de él 
como la sombra huye del que 
la persigue. Aquellas grandes 
civilizaciones orientales que 
llegaron a constituir imperios 
florecientes, agrupaciones po- 
líticas bien organizadas, a 
cuya sombra florecieron las 
artes y las letras, conservadas 
hasta nuestros días en nidnií- 
mentos imperecederos; fue- 
ron también presa de ese vér- 
tigo insano, corrieron tras la 
sombra eiad absoluta 

V pura, fingieron en su fantasía mil y mil imágenes de lo que en su delirio creyeron 
haber hallado como representativo de la verdad; pero ésta quedó tan ignorada como 
antes. Persia, la cuna de la civilización humana que, gobernada por hombres de la 



16 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

talla de Ciro, Darío, Jerjes y Cambises, edificó los palacios de Persépolis, de Parsagada 
y de Susa (1) (verdaderos monumentos de arte arquitectónico), que labró esculturas 
como el toro alado del palacio de Khorsabad y los sepulcros de Nackche-Rustem y 
llevó a una perfección increíble el arte de los tapices; navegó sin rumbo en el mar de 
las concepciones espiritualistas, según acabamos de ver en la doctrina de Zoroastro, e 
incurrió en una de las más palmarias contradicciones filosófico-religiosas, pues en él 
tronco y cepa de una religión tan espiritual y hostil como era la suya, a la idolatría, 
que había llevado su furor iconoclasta a los templos de Babilonia, Asiría y Libia, que 
vindicaba la pura adoración del Ser supremo, destruyendo con la espada de Cambises 
el sacerdocio egipcio; injertó ramas verdaderamente idólatras como la adoración mi- 
thríaca o los llamados Misterios de Mithra (2). 



I 



El origen del culto de Mithra es desconocido y aun su relación con las creencias 
de Persia llega a ser dudosa. Por un lado parece tener todos los caracteres de mito 
aryo, mientras por otro parece de origen semítico. Mithra, como todas las divinidades 
antiguas, presenta fases opuestas y aun contradictorias. Así como en la religión védica, 
Mithra y Ahrimán aparecen como dos aspectos diferentes, aunque siempre asociados, 
de la luz solar divinizada, el primitivo Mithra parece que representó aquel planeta que 
es, ya el lucero de la mañana, ya el de la tarde; de aquí el doble carácter que presenta, 
pues hay dos Mithras, como hay dos auroras (3), y así como Dios se nos manifiesta 
bajo dos aspectos, el físico y el moral, Mithra los ofrece también. Lo cierto es que se 
le dio culto de adoración como persona divina, aunque inferior por naturaleza a 
Ormuz, y que este culto fué la síntesis y concreción de la religión mithríaca. En las 
antiguas inscripciones persas forma parte de la trinidad de las divinidades protectoras 
de los Aqueménidas (4), y una muchedumbre de nombres teóforos de la época aque- 
ménida (5) y algunos pasajes de los historiadores griegos atestiguan la antigüedad, 
importancia y continuidad de su culto. 

Los romanos, con su gran poder de asimilación, introdujeron también en sus ritos 
el culto de Mithra; así vemos que grababan la inscripción Deo solí invicto Mithrce en 
lápidas y monumentos (6). A lo que parece, conocieron este culto por medio de los pira- 
tas de Cilicia, capturados por Pompeyo hacia el año 70 ant. de J. C: el culto a Mithra 
arraigó en tiempo del emperador Domiciano y fué establecido con regularidad por 
Trajano hacia el año 100 desp. de J. C, y por Cómodo hacia el 190. La fe en las divi- 

(1) DiEULAFOY, L' art antigüe de la Perse (París' 1884); Babelón, Histoire ancienne de V Orient 
(Continuación de 1881 a 1887). 

(2) Ham.mer, Mémoire sur le cuite de Mithra (París, 1833); Hide, De religione veterum Persarum 
(Oxford, 1700). 

(3) A. Maury, Croyances tt légendes de l'antiquiié (París, 1863). 

(4) Weissbach u. Bang, Die altpersischen Keilinschriften (1893). 

Í5) CuMONT, Textes el monumenis rélatifs au cuite de Mithra (Bruselas, 1896). 
(6) EicHHORN, De solo Invicto Mithra. 



MITHRÍACOS 



17 



üidades de Grecia y Roma ciiipc/al)a a desaparecer, y los espíritu^ ..i/.-./dudi. con 
entusiasmo un culto cuyo carácter misterioso hablaba más a la imaginación, dilataba 
ti campo de las esperanzas y favorecía las aspiraciones a lo invisible, que son los prin- 
cipales resortes del sentimiento religioso: sólo que, como sucede siempre con las reli- 
giones trasplantadas fuera de su propio suelo, el mitracismo se alteró. Mithra, sacado 
fuera de la teogonia de que formaba parte integrante, se bastardeó tomando las pro- 
porciones y formas de las divinidades helénicas y latinas, cuyo culto por otra parte iba 
en decadencia. Entonces los misterios de Mithra tuvieron un éxito prodigioso y llega- 
ron a contar millares y millares de adeptos. El politeísmo antiguo, viendo caer su 



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Nackche-Rustem: Altares de fuego 



prestigio, se refugiaba en el sagrado de las creencias orientales. Mithra llegó a ser 
adorado, no sólo en Persia, sino también en Armenia y Capadocia, en donde se dejaba 
sentir poderosamente la influencia romana (1). El rey Tiridates, al llegar a Roma para 
su coronación, decía a Nerón que había venido a implorar su auxilio como al dios 
Mithra, y en tiempo de Adriano su culto era tan popular, que un escritor griego. Palas, 
compuso sobre esto un tratado especial. Así, pues, sin perder del todo su carácter 
exótico, había Mithra tomado asiento en la teogonia grecolatina, o sea en la religión 
oficial del imperio, en los últimos siglos del paganismo. Su culto, cuyas iniciaciones 
(según veremos más adelante) herían vivamente la imaginación del pueblo, era un ob- 
jeto de horror para los cristianos, los cuales acusaban a los mithríacos de recurrir a los 
sacrificios humanos. Del emperador Juliano el Apóstata se sabe que los quiso apoyar, 
y ello le valió la acusación de haber inmolado víctimas humanas y la fama de sangui- 
nario. Por lo demás, no parece cierto que el sacrificio humano fuese práctica habitual 
en el culto mithríaco, y si hubo algo de esto, fueron más bien intemperancias del em- 
perador Cómodo, en su devoción exagerada a Mithra (2). 

(1 ) Laiard, Recherches sur le cuite de Mithras (1867). 

(2) Maury, Obra citada. 
Tomo I. — 3. 



18 I-AS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

El historiador Duris, que escribió hacia el siglo IV antes de la Era cristiana, habla 
de ciertas fiestas celebradas en honor de Mithra, que duraban seis días. El día en que 
se sacrificaba a este dios, sólo el rey tenía derecho a embriagarse y a entregarse con 
desenfreno a los placeres de la danza, estando éstos prohibidos a los demás. El rey se 
hacía perfumar todo su cuerpo con el aceite llamado bán, vestía un rico manto de color 
y cubría su cabeza con la cidaris (especie de casquete de forma triangular) sobre la 
cual estaba representado el disco solar. Entonces el gran sacerdote, o jefe de los mo- 
beds, le traía una bandeja que contenía limones, azúcar, lotus, membrillos, yuyubas 
(azufaifas), manzanas, uvas blancas y siete bayas de mirto. Al presentarle esta ofrenda 
murmuraba ciertas palabras. El monarca hacía distribuir, aquel mismo día, entre el 
pueblo, vestidos y otros objetos de uso, y sus subditos se regalaban mutuamente flores, 
frutos, arroz y semillas odoríferas. Estrabón, refiriéndose a estas fiestas, dice que el 
sátrapa de Armenia enviaba, durante las mismas, al rey de Persia, mil pollos, los cuales 
se mataban, y su carne servía para los banquetes que se celebraban. 

Según Heckethorn (1), Mithra es un genio o espíritu benéfico que gobierna el 
sol, el más poderoso de los veintiocho ¿zads o espíritus de la luz, y es el intercesor y 
mediador entre Ormuz y el hombre; pero cuyo concepto se pervirtió en el transcurso 
del tiempo, llegando a dársele atributos de verdadera divinidad, a semejanza de lo 
que sucedió en otros pueblos, como Egipto y Grecia, respecto de Serapis y de Júpiter. 
En los monumentos mithríacos hállanse representaciones de la esfera solar, de la clava 
y del toro, símbolos de la suprema verdad, de la suprema actividad creatriz y de la 
suprema fuerza vital. Esta trinidad responde a la que formula Platón al establecer el 
supremo Bien, la palabra y el alma del mundo, y a la de Hermes Trismegisto, consis- 
tente en los tres poderes, Luz, Inteligencia y Alma, y aun a la de Porfirio que se com- 
pone de Padre, Palabra y Supremo Espíritu. 



En cuanto al origen personal de Mithra, coinciden casi todos los autores en afirmar 
la creencia de que nació de una roca, o, por mejor decir, que había visto la luz en la 
hendidura de un peñasco o gruta, como Cristo, según una tradición conservada por 
San Justino (2). Esta leyenda concuerda con un sinnúmero de símbolos, conocidos no 
solamente por los persas, sino también por los primeros cristianos. Por la misma 
razón, los misterios de Mithra, en memoria de su nacimiento místico, celebrábanse, 
en el Oriente, en grutas naturales o artificiales, mientras que en el Occidente sus san- 
tuarios estaban instalados en subterráneos: una sala, precedida de un pórtico, daba 
acceso a una escalera que conducía a una cripta dividida en tres partes: 1.°, la celia 
(dependencia o cancel); 2.", dos podía (galerías para los asistentes a la ceremonia); 
3.", el adyton (santuario), algo más elevado, en cuya pared delanteraveíase una repre- 
sentación del sacrificio del toro y en el fondo había dos altares ante la imagen de 

(1) Obra citada. 

(2) Diálogo con Tifón, c 70. 



MITHRÍACOS 



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iWilllI'a, un pCcllU'!!»' l'iM) p:\VA 1,1 -'■""■■ ■!■■ i' MClllll.l- , WM ■ ,-■ 

liistral (1). 

I I igjlesia mithríaca tenía sus sacerdotes, sus obispos (antistites) y un sumo pontí- 
íicc, y un cierto número de sus fieles hacían voto de castidad: exteriormente había comu- 
nidades organizadas (sodalitia), con sus dignatarios; en suma, una organización en 
todo parecida a la iglesia cristiana, profesando una especie de monoteísmo sincrético 
como aquélla; lo cual no es de extrañar, pues era la obra de una misma raza, de unos 
mismos hombres, de unas mismas ideas e iguales necesidades. Esta analogía afectaba 
no solamente a la organización, sino también al dogma en su aspecto exterior: Mithra 



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El trono del Sha 

tenía muchos puntos de contacto con el Logos (Verbo Encarnado); había una adoración 
de los pastores, una cena, una Ascensión (Mithra sobre el carro del sol), y su sacrificio 
creador y redentor era una analogía del de Cristo; de tal manera, que los Santos Pa- 
dres lo explicaban por imitaciones o falsificaciones del diablo, a quien llamaban simia 
Dei (mono de imitación de Dios). 

Como en todas las demás creencias, había en el mithracismo sus ceremonias para 
el acto de iniciar a los neófitos, y la iniciación seí^uía varios grados. 



IV 



El primero consistía en lustraciones purificantes a que se sometía al neófito, en 
cuya frente se hacía una señal, mientras él ofrecía al dios una torta y una copa de 
<1) CuMONT, Notes sur un temple d'Osiie (1891 ). 



20 



LAS SfXTAS Y LAS SOCIEDADKS SECRETAS 



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Primera: MiUra. (Bajorrelieve de la "Villa Albani") 



agua: presentábasele luego una corona con la punía de la espada y él se la ponía en la 
cabeza, diciendo: «Mithra es mi corona.» 

En el segundo grado, el aspirante se vestía una coraza, y armado de punta en blan- 
co arremetía contra los monstruos y 
gigantes, organizándose una especie 
de salvaje cacería en las cuevas subte- 
rráneas. Los sacerdotes y ministros del 
templo, disfrazados de leones, tigres, 
leopardos, osos, lobos y otras fieras, 
agredían al aspirante aturdiéndole con 
fieros aullidos. En esta macabra lucha 
corría el candidato verdadero peligro 
personal, aunque alguna vez la broma 
tomaba visos de seriedad, y aquellos 
sacerdotes salían descalabrados de la 
cómica refriega. Así se lee que al ser 
iniciado el emperador Cómodo, tomó 
la cosa tan en serio, que arrolló y dejó 
muerto a uno de los sacerdotes que en forma de fiera le había acometido. 

En el último grado, vestíase al aspirante con un manto, en el cual se veían pintados 
los signos del zodíaco: una cortina le ocultaba por un momento la vista de todo; pero 
corrida ésta de repente, hallábase 
rodeado de espantosos grifos y 
monstruos de toda clase que le ate- 
rraban con horribles visajes y es- 
pantosos aullidos. Después de su- 
fridas otras varias pruebas, si no 
perdía el valor, era saludado como 
«león de Mithra», aludiendo al sig- 
no zodiacal del león, en el cual el 
sol llega a su más alto grado de 
fuerza y calor, fecundando la tierra 
con sus ardorosos y benéficos ra- 
yos. La imaginación oriental culti- 
vaba los dos atributos del poder y 
de la fuerza, las dos manifestacio- 
nes más grandiosas que de estas 
facultades se conocen, o sea el león 
y el sol, el rey de los animales, el 

soberano del desierto, el símbolo de la fuerza y del despotismo por un lado, y por 
otro, el rey de los astros, el soberano y la fuente de la luz, el regenerador y vivifica- 
dor del mundo sensible, el que prodiga la vida y la fuerza a todos los seres anima- 
dos e inanimados que viven y se reproducen con su calor. 

Puesto ya en este estado, comunicábase al neófito el gran secreto de la secta. Ignó- 




Segunda: Mithra. (Bajorrelieve de la "Villa Borghese") 



MITHRÍACOS 



21 



rase cual tuosc t-^k, > c:> imposible adivinarlo a ii«tv*.^ de tan laii^a serie de edades 
como han transcurrido, pero es de presumir que los sacerdotes le hacían sabedor de 
las más auténticas tradiciones, de las más acreditadas teorías acerca del origen del 
universo y los atributos, perfecciones y prodigios de Ormuz. 

La leyenda de Mithra, además de los libros del Zend-Avesta y de los autores anti- 
guos que de ella hablan, como Herodoto (1), Plutarco (2), Dionisio Areopagita (3), 
Paulino de Ñola (4) y otros, hay que sacarla de las varias representaciones que hay en 
los monumentos. De ellas ponemos cuatro: 

En la primera, Mithra inmola el toro a la entrada de la gruta misteriosa: un perro, 
una serpiente y un escor- 
pión concurren a la escena. 
A mano derecha del dios, 
en la parte superior del cua- 
dro, vese el sol en figura de 
cabeza de hombre y muy 
cerca de él un pájaro en 
actitud de contemplar la es- 
cena principal: a mano iz- 
quierda, la luna en figura de 
una cabeza de mujer en su 
cuarto creciente. Es un ba- 
jorrelieve de la Villa Albani. 

En la segunda, Mithra, 
acompañado del perro, de 
la serpiente y del escorpión, 
sacrifica el toro, teniendo a 
derecha e izquierda sendos 

ministros con una hacha en la mano. Un pájaro, que parece ser un cuervo; el sol ele- 
vándose encima de la montaiía en un carro de cuatro caballos, precedido de un niño con 
una antorcha levantada; al lado opuesto, la luna en un carro de dos caballos, precedida 
de un niño con la antorcha vuelta hacia abajo. Es un bajorrelieve de la Villa Borghese. 

En la tercera, Mithra degüella al toro: a su derecha, debajo de la imagen radiante 
del sol, un genio abajando la antorcha; a su izquierda, debajo de la luna, otro genio 
levantando la que lleva en la mano. A los pies del dios vense la serpiente, el escorpión 
y el perro, éste en actitud de beber la sangre que mana de la herida del toro. A ambos 
lados del cuadro hay dos frisos divididos cada uno en seis compartimientos y en ellos 
figuradas las pruebas a que se sometía a los neófitos mithríacos. Es un bajorrelieve del 
gabinete del emperador de Austria. 

En la cuarta, Mithra consuma el sacrificio, acompañado de un sacerdote. Es un 
bajorrelive hallado en Ladenburg. 




Tercera: Mithra. (Bajorrelieye existente en el gabinete del emperador de Austria) 



'1) ///síor. libros I y III. 

2) Isisy Osiris,Q.Ab. 

(3) Epit.VU,2. 

(4) Adv. Paganos, 1 10 y siguientes. 



22 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



El sacrificio del toro en la gruta sagrada es el tema principal de la cronología mí- 
thríaca. El dios acompañado de dos dadóforos, con una rodilla sobre el toro, le hunde 
el cuchillo hasta la garganta y vuelve los ojos hacia un cuervo mensajero del sol. En 
la tradición persa, el toro es la primera criatura de Ahura Mazda, su sacrificio es el 

origen de la creación; de algu- 
nas partes de su cuerpo nacen 
las plantas; su semilla, purifica- 
da por la luna, da vida a los 
animales. Mientras el escor- 
pión consagrado a Ahrimán 
intenta contrariar el efecto del 
sacrificio y pica al toro en los 
testículos, el perro y la serpien- 
te, que representan la tierra fe- 
cundada, beben la sangre que 
mana de la herida (1). 

Mithra es un dios creador, 

y será el redentor al fin de los 

tiempos después del sacrificio 

de otro toro; resucitará los 

muertos, puesto que él es ya 

quien los pasa al otro mundo. 

Otros dioses subalternos 

hay en el cielo mithríaco: un 

dios con cabeza de león, que 

representa el fuego, con cuatro 

alas, símbolo del viento, a cuyo cuerpo se enrosca una serpiente, símbolo de la tierra: 

lleva dos llaves (claviger), y a sus pies se ve, a menudo, una crátera, símbolo del 

agua; entre sus muchos atributos figura el rayo. Representa el tiempo sin límites (2). 

(1) Hammer, Mémoire sur le cuite de Mithra (París, 1833>. 

(2) Sehl, Mithrageheimnisse (1823). 




Ciuuru: Mithra. (Bajorrelieve hallado en Ladenburg) 




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Bajorrelieve Sasánida 



CAPITULO 



CREENCIAS INDICAS 

La India: generalidades: etimología, historia e historiografía; Alejandro Magno. — II. Literatura reli- 
giosa de la India: Anquetil-Duperron y los continuadores de su obra. — III. Brahmanismo: mito de 
Brahma; la Trimurti; divinidades inferiores; la casta sacerdotal y su misión e influencia social; miste- 
terios del brahmanismo y ceremonias de su iniciación; los faquires y su intervención en las ceremonias 
y ritos.— IV. Los gimnosofistas: sus prácticas: su psicología, sus máximas ascéticas.— V. El budismo: 
personalidad de Buda; concepción búdica; su culto; los jains como secta búdica.— VI. Sociedades 
secretas índicas, los thugs o estranguladores: su extravagante psicología: su tendencia y prácticas 
antisociales; sus crímenes. Los maharajas: su liviandad y prácticas obscenas; su influjo en el hogar 
doméstico. Los sihks o «fieles devotos»: su fanatismo y sus tendencias criminosas. Los wahabaes o 
«dispensadores de gracias»: su odio y manejos contra el Gobierno colonial británico. Otras socie- 
dades secretas menos importantes.— VIL Conclusión. 



1/ /V a India: ¿quién no ha oído pronunciar este nombre como símbolo de la más 
I ¿^ remota antigüedad, como evocación de leyendas, de invenciones, de razas las 
I xVt^ más variadas ya desde el punto de vista etnográfico, ya desde el de sus abo- 
m^^S rígenes, como síntesis de religiones las más diversas en su aspecto dogmático 
y en sus fenómenos míticos, como cuna de sociedades y agrupaciones humanas que, 
ora en inmenso torbellino, ora en plácida corriente, impulsaron la marcha y proceso 
de evolución de esa gran masa social pobladora del orbe que, ciega casi siempre 
y obedeciendo a fatales designios, como gregárica turba, ha contribuido a la génesis, 
desarrollo y determinaciones de las más trascendentales crisis de la historia? 

La India vale tanto como decir la cuna de la civilización, los primeros albores del 
esfuerzo del hombre para sacudir el yugo de la ignorancia, de la inacción, del embru- 
tecimiento; espasmos, violentas sacudidas; imperios que se hunden, instituciones que 
se levantan sobre las ruinas de aquéllos; caudillos que arrastran las muchedumbres 
llevándolas a acometer empresas gigantescas, cuya ejecución es para nosotros un 
enigma, por lo imposibles que nos parecen dada la falta absoluta de medios en que se 
hallaba aquella civilización incipiente, indecisa, sin precedentes históricos, sin el valor 
mágico que infunde el relato cierto o legendario de heroicidades genealógicas, que 
radican en la sangre que nos vivifica. 

La India registra en su historia metamorfosis geológicas que han producido las 
más hondas depresiones de terrenos dejando otros al descubierto y formando salvaje 
contraste con las más gigantescas alturas a donde el pie del más osado alpinista ape- 



24 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



ñas si puede llegar: vanada y exuberante naturaleza de unas regiones regadas por 
ríos caudalosos, tejidas de bosques impenetrables en donde la planta trepadora escala 
las alturas del gigantesco árbol inconmensurablemente más elevado que los ejemplares 
europeos y de otras zonas del globo. 

La India, en sentido religioso, significa misterio, ascetismo, tendencias e inclina- 
ciones del espíritu humano hacia un ideal incierto, vago, dudoso, pero cuya existencia 
corresponde perfectamente a una realidad objetiva: el entendimiento humano dotado 
de intuición y en alas de la fantasía, forja concepciones abigarradas, monstruosas. 




Benares: £1 castillo de iacineración de cadáveres 



intentando explicar los diversos fenómenos psicológicos del yo; inventa divinidades 
que hace presidir a las diversas fases de la existencia humana en sus visiones de 
fatalismo; en sus concepciones de la ética más complicada, algunas veces arbitrarias, 
aparentemente contradictorias otras, en sus postulados y máximas, pero dotadas siem- 
pre de un fondo maravilloso de lógica y sentido práctico, con tendencia a armonizar 
las exigencias del somatismo brutal e inconsciente con las ideas éticas de la más 
austera conducta, fundada en la indudable superioridad de la especie humana sobre 
las demás especies animales, las cuales rivalizan con aquélla en un refinado y sutil 
instinto de conservación que las hace desde cierto punto de vista superiores. 

La India es como el árbol genealógico de la estirpe humana, de esa infinidad de 
castas que pueblan el orbe, con sus variados colores, sus infinitos rasgos fisiognómi- 
cos, sus inclinaciones opuestas, su excéntricos modos de vida, sus aptitudes para 
explotar los diversos ramos de la industria, sus concepciones del arte personificadas 



CREENCIAS ÍNDICAS 



25 



en los colosales, atrevidos y duraderos monumentos de formas arquitectónicas tan 
variadas como la naturaleza de su cosmos y tan uniformes en la expresión de grandeza 
y sublimidad; variedad de castas a que corresponde una diversidad de lenguas cuya 
agrupación sistemática han tratado en vano de formular los orientalistas más eminentes. 

La India ofrece una fauna complicadísima, que abarca desde el rey de los animales 
y los más remarcables ejemplares de la herpetología, hasta el infusorio que escapa a la 
visión del vulgo y la que sólo descubre el biólogo con ayuda del microscopio; una 
flora que constituye un verdadero trasunto del más ideal paraíso de delicias, con sus 
plantas odoríferas, sus productos alimenticios, sus 
maderas laborables para construcciones y ornamen- 
tación, sus sabrosísimas frutas, sus hierbas medici- 
nales, sus semillas de gran aplicación a las moder- 
nas industrias. 

Muchas y muy varias son las versiones que se han 
dado al nombre India, y los autores y orientalistas 
andan aún hoy discordes respecto al origen de este 
nombre con que ya desde la más remota antigüedad 
se señala a la gran península asiática. Para unos no 
es sino una alteración del nombre Sindhon, el río 
Indo; otros lo hacen derivar de Indra, el poderoso 
Saturno de la mitología brahmánica. Los poetas del 
Ramayana y Mahabharata le dan epítetos encomiás- 
ticos, designando con ellos el conjunto de la región 
que nosotros llamamos India, pero que no son, pro- 
piamente hablando, un determidado apelativo. Lo 
más probable parece ser que debe su nombre a los 
griegos, conquistadores del país, para quienes la 
India no era sino la cuenca del Indo, o sea la parte 
de continente asiático regada por aquel río al que 
los naturales, en su tendencia a divinizar todo lo que 
tenía aspecto de grandeza física, creyeron un poder superior (1). A juzgar por los datos 
que nos suministra la historia desde Herodoto, el primer pueblo de Occidente que 
con su espíritu de conquista comercial y en sus múltiples correrías abordó a las costas 

(1) He aquí la descripción que hace del actual río Indo el gran geógrafo Elíseo Reclus en su Noa- 
velle Géographie Universelle (París, 1875): «El delta del Indo empieza a 150 kilómetros del mar abar- 
cando un triángulo de unos 8,000 kilómetros cuadrados desarrollándose en un espacio de 200 kilómetros 
a lo largo del mar de Arabia. En el decurso del siglo XIX la boca principal de este gran río ha cambiado 
muchas veces de sitio: en 1800 el cauce principal era el de Baghar, que serpenteaba en dirección del 
Oeste; de él no se ven hoy día más que huellas casi ya del todo borradas: sucedióle el Sata o Wanyani: 
en 1897, uno de los brazos meridionales, el Kedewah, vino a ser la gran entrada de los navios, tocán- 
dole después esta ventaja al Kakaiwari, gran cauce que se abrió al sur del anterior y que hasta entonces 
no había sido más que un sencillo riachuelo. En 1867 volvió a rellenarse este canal y de entonces acá el 
Hadjanro es el verdadero rio. En tiempo de sus crecidas tienen lugar en los ribazos de su delta tan 
frecuentes y fuertes desprendimientos y erosiones, que a veces se oye el ruido como si fuesen cañonazos 
y se suceden varias veces por minuto. El número de las bocas fluviales del Indo no se puede precisar, ya 
que varía mucho según los estiajes y teniendo en cuenta que los surcos que se abren temporalmente se 
convierten, con las avenidas, en verdaderos brazos de aquel coloso. Los centros comerciales situados en 
Tomo I. — J. 




Bhav&aesTu-: IsUtaa de an templo 



26 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

de la India fueron los fenicios; pero cuando se tuvieron en Europa las primeras noticias 
positivas acerca de la gran península que bordea la región meridional del gran con- 
tinente asiático, fué bajo el reinado de Darío, el cual, de regreso de su expedición a 
la Escitia, queriendo dar a conocer las provincias del Indo, cuya conquista proyectaba, 
encargó a un griego, Seylax de Carianda, que escribiese una relación de aquellos" 
países. De este documento, que no ha llegado a nosotros, sacó Herodoto todo lo que 
respecto a las provincias ribereñas del Indo nos dejó escrito. Después de Herodoto, 
el primero que escribió sobre la India fué Ctesias de Casida (398 años antes dej. C, 
según unos; siglo V antes de J. C. según otros) redactando un libro que conocemos 
por un extracto que de él hizo Poción (1) y que es el primer documento literario que 
dio noticia de la conformación y extensión de la península de la India (2). 

Las relaciones políticas y comerciales entre la India y el Occidente reconocen como 
punto de partida la aparición de Alejandro Magno en el Indo y la permanente domi- 
nación de sus sucesores en el Irán, en la Transoxiana y en las comarcas del Paropa- 
miso, relaciones políticas que contribuyeron a propagar más precisas noticias acerca 
de la población india y toda la península hasta entonces desconocida, entre los 
egipcios primero, y después entre los romanos. Más tarde extendióse el campo de las 
comunicaciones desde la India y el corazón de la Etiopía hasta Grecia, invadiendo 
los centros del saber humano que en aquel entonces estaba reducido a aquella nación, 
y hay que suponer que esta comunicación no sólo contribuyó a elevar el nivel de la 
cultura general en una gran parte del país del Indo y del Ganges, sino que vino a 
enriquecer las ciencias geográfica y etnográfica de los griegos: adquiriéronse cono- 
cimientos exactos y detallados acerca de las provincias comprendidas entre el Halis 
y el Indo, de las cuales no se tenía entonces más que una idea vaga, y no solamente 
toda la India, hasta entonces absolutamente desconocida, sino también la Bactriana, 
la Sogdiana y los países vecinos al Imés, entraron a formar parte del ciclo científico 
de las escuelas griegas: éstas penetraron con sus investigaciones en el interior de 
la Etiopía y pasearon sus triunfos intelectuales por toda la orilla del mar Eritreo. 
Evolución era ésta que suponía un gran paso adelante en el terreno de la geografía 
oriental y, efectivamente, su huella se manifestó en las publicaciones de dos hombres 
que habían formado parte del acompañamiento de Alejandro Magno en sus expedi- 
ciones militares; Nearco y Onesícrito, aquél, almirante de la flota, y éste jefe-piloto de 
la misma. Onesícrito dio acerca de la India marítima detalles que pusieron de relieve 
la gran extensión de la península que se prolonga hacia el sur de la cuenca del Ganges 
y que él apreció en una tercera parte del mundo habitable. Por la pluma de Onesícrito 
supo Grecia el nombre de la gran isla de Ceilán, situada en el extremo austral de la 

las orillas de los cauces han tenido que emigrar siguiendo la divagación de las desembocaduras. Así, por 
ejemplo: Chahbandar (Puerto del rey), abrigo en otro tiempo de las escuadras, ha quedado relegado al 
interior hacia el este del curso actual; Ghora Bari o Vikker, a orillas del Hadjanro, quedó abandonada 
por es4e rio en 1848; Keti fué construida más abajo a la orilla del nuevo cauce; pero sus habitantes tuvieron 
muy pronto que trasladarse más lejos. En tiempo de marea baja, las barras que cierran la entrada de 
todas las bocas del Indo no ofrecen a los navios más que uno o dos metros de profundidad, siendo la 
profundidad media, en sicigia, de unos tres metros. 

(1) Cod.l2, 

(2) Weber, Indische Litieraturgeschichte {Berlín, 1876); Garcín de Tassy, Histoire déla liüéra- 
tiire hindú uie (París, 1870-71). 



CRLKNCIAS ÍNDICAS 27 

liulia, a la que los itulíi^ejias llamaban Tanii'Mpafii v que lus i-m-m,, , ,.nh;,rr,n p,,, 
Taprobana, 

Reservada estaba la conquista de gran parte de aquel mundo ignorado a ese per- 
sonaje histórico cuyo nombre va acompañado de una aureola constante de grandeza, 
de actividad militar y que fué uno de los fautores más importantes de la civilización 
que se abría paso en medio de la ignorancia y barbarie, civilización que en aquellas 
circvinstancias había de avanzar en forma de poder armado, personificado en un hom- 
bre de ambición sin límites. Alejandro Magno, pues, que a la temprana edad de diez 
V seis años, en ausencia de su padre Filipo, ocupara temporalmente el trono de Ma- 
cedonia y que antes de cumplir los veinte se viera dueño de él, contó en la serie de 
sus expediciones militares la de la India. Aquel hombre, que al frente de 33,000 infan- 
tes, 4,500 caballos y una escuadra de 160 galeras pasó el Bosforo y venció la resisten- 
cia de Darío Codomano, rey de Persia, en las orillas del uránico, en Isso y en Arbe- 
las, emprendió después la conquista de la India. Ofrecióse a la vista de los habitantes 
del lado de acá del Indo, con todas las pompas de la divinidad, logrando por este 
medio que se sometieran sin resistencia. Al otro lado del Hidaspes aguardábale Poro, 
uno de los reyes de aquella parte de la India, el que, a pesar de sus elefantes y de su 
valentía, fué vencido por el coloso macedónico; allí echó los cimientos de Nicea y 
Bucefalia (la primera en memoria de sus triunfos, la segunda en recuerdo de su 
caballo Bucéfalo, que había perdido), y hubiera seguido su carrera de conquistas si 
los macedonios no hubiesen rehusado acompañarle, por lo cual, a bordo de 200 naves 
bajó por el Hidaspes hasta el Indo, llegando a Pátali en donde dispuso la construc- 
ción de una ciudadela. Más tarde, abandonado de los suyos, organizó un ejército 
de persas y continuó su marcha hacia Babilonia. Allí había de hallar su muerte entre 
los excesos de un banquete, aquel coloso que había espantado las naciones al ruido 
de sus ejércitos. Tal es la región que vamos a estudiar en su parte espiritual y religiosa 
como cuna de las creencias de la humanidad ansiosa siempre de hallar la verdad (1). 



11 



Antes, empero, de entrar de lleno en esta materia, cúmplenos hacer una pequeña 
digresión acerca del gran paso que se dio en el camino de las investigaciones religio- 
sas de la India, al iniciar el gran Anquetil-Duperron, con un valor y una abnegación 
heroicos, la gran cruzada para conquistar el tesoro de la tradición de la humanidad, 
por tanto tiempo escondido entre las falsas opiniones que en el mundo occidental 
se tenían sobre la literatura india. Esta digresión, además de una garantía de que al 
escribir nos inspiramos en las más cristalinas fuentes históricas y en los documentos 
de la más moderna crítica, será para el lector una norma de criterio por si en otros 

(1) ScHLAGiNTUEiT, Indieti in Wort und B i Id {Leipzig, 1890); Colebrcx)KE, On the philosophy oj 
the Hindoos {Londres, 1873); Ziegler, Religión und Religionen (Stuttgart, 18Q3); J. Wilson, Exposure 
of the Hindú religión (Bombay, 1832); James Burqess y J. Ferousson, The Cave temples of India 
(Londres, 1880). 



28 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

autores hallase datos que discrepen de los que le ofrecemos, lo cual no sería de ex- 
trañar, teniendo en cuenta que escritores como Diderot y Voltaire incurrieron en 
errores, nacidos de la ignorancia que reinaba en el ambiente del orientalismo antes de 
Anquetil-Duperron. 

Este hombre excepcional empezó a la edad de veintitrés años (1754) la que él lla- 
maba su misión de la India. Así explica Michelet en su Bible de Vhümanité (1864), el 
curso de esta misión que cumplió Anquetil y su viaje de exploración por la India 
antigua: «Al siglo XVIII estaba reservada la gloria del descubrimiento de la moralidad 
del Asia y de la santidad del Oriente, tras tanto tiempo negada y obscurecida. Por es- 
pacio de diez mil años había estado Europa blasfemando de su antigua madre; para 
sacar, pues, a la luz este mundo tan largo tiempo sepultado en el abismo del error y de 
la calumnia, era preciso no pedir consejo a sus enemigos, sino consultar a él mismo, 
ir allá y estudiar en el terreno mismo sus libros y sus leyes. Aquel culminante mo- 
mento fué la primera vez que la crítica se atrevía a dudar de que toda la sabiduría 
humana fuese patrimonio exclusivo de Europa, y reclamaba una parte de ella para 
la fecunda y venerable Asia. Esta duda era la creencia en el parentesco universal de la 
humanidad, en la unidad del alma y de la razón, aunque disfrazada a tenor de la di- 
versidad de tiempos y costumbres. Sobre esto se discutía, y un joven fué el encar- 
gado de dilucidar la verdad: su nombre era Anquetil-Duperron, inteligencia precoz 
que había aprendido las lenguas orientales. Era pobre y carecía de recursos para 
emprender un largo y tan costoso viaje que había sido un fracaso para algunos 
ingleses ricos; sin embargo, propúsose hacerlo, y con la conciencia de sus fuerzas 
físicas y morales juróse a sí mismo salir al cabo con la empresa. Alistóse como 
simple soldado en las filas de la Compañía de las Indias: el 7 de Noviembre 
de 1754 salió de París en compañía de media docena de reclutas. La India de 
entonces, dividida como estaba en treinta naciones asiáticas, no era ciertamente la 
India que halló más tarde Jacquemond bajo la administración inglesa: a cada paso se 
tropezaba con un obstáculo. Cuatrocientas leguas le separaban aún de la ciudad en 
donde pensaba hallar los libros y los intérpretes necesarios, cuando se acabaron para 
él todos los medios de avance. Díjosele que todo el país era un macizo de bosques im- 
penetrables, llenos de tigres y elefantes salvajes; pero aquel espíritu generoso no cejó. 
Algunas veces sus mismos guías desmayaron y le abandonaron; pero él siguió ade- 
lante, y obtuvo la recompensa de su valor: los tigres se alejaron, los elefantes le respe- 
taron y cedieron el paso. Pasa, en efecto, y franquea los bosques seculares y llega el 
vencedor de los monstruos; pero si los tigres le habían respetado, las enfermedades del 
clima le abatieron y retardaron su viaje; repuesto, sin embargo, y acostumbrado a aquel 
aire malsano, avanzó y llegó, por fin, adonde se había propuesto. Diez años permane- 
ció entre aquellos indígenas oyendo de sus bocas las tradiciones religiosas.» En Surate 
pudo conseguir de los parsis manuscritos del Zend-Avesta y otros libros religiosos, y 
se hizo dictar por el destur (sumo sacerdote) Darab una traducción del Zend-Avesta 
al persa moderno. A su regreso a Europa, su obra principal Zend-Ávesta, ouvrage de 
Zoroastre (París, 1771), despertó gran expectación en todo el mundo literario, y su 
fama se acreció al publicar más tarde una traducción en latín del interesantísimo 
Upanischad indio (Ouputk hat, Estrasburgo, 1801-1802, 2 tomos). Anquetil había des- 



CREENCIAS ÍNDICAS 



29 



brozado el camino, y los sabios de todos los países se lanzaron a seguirlo. El primero 
fué Willian Jones, quien llegó a Calcuta el año de 1783 y fundó la Sociedad Asiática 
de Calcutta (1784), cuyos Asiatic Researches tanto contribuyeron a ilustrar a Europa 
acerca de la literatura india. Siguieron a Jones sus compatricios los ingleses Wilford, 
Colebrooke y Wilkins; este último publicó en 1785 la primera traducción directa del 
sánscrito, la del Bhagavat-gita, más tarde (1787) la de Hitopadeca y, en 1789, la de 
Sakuniala, 



III 



Las dos grandes ramas del árbol religioso de la India que cobijó desde muchos 
siglos antes de la Era cristiana a la mayor parte del mundo entonces conocido, son el 
brahmanismo y el budismo. 

El primero hállase contenido en los libros sagrados, escritos, según la opinión 
más probable, de 1500 a 400 años antes de la Era cristiana, y son: los cuatro Vedas, 

los Brahmanas, los Suíras, los 

Puranas y dos epopeyas Ra- 

mayana y Mahabharata, éstas 

más recientes, o sea desde 400 

años antes de Jesucristo al si- 
glo I o II de la Era cristiana. 
Brahma no es el nombre 

del fundador del brahmanismo, 

sino el del supremo dios de la 

secta (1). Pertenece no a la serie 

de personajes históricos tales 

como Buda, Moisés, Confu- 
cio, sino a la de seres mitológicos que personifican conceptos religiosos como Ormuz, 
Júpiter, Jehovah. Brahma es el Señor, existente por sí mismo, que está fuera del alcan- 
ce de los sentidos, comprensible sólo por el espíritu, sin partes visibles, fuente de todos 
los seres, ser indeterminado, principio neutro, eterno e inactivo, cuyo desarrollo es la 
fuente de creación y desenvolvimiento del mundo. Este ser invisible e incorpóreo en- 
carnóse para poder anunciar su doctrina; a esta encarnación siguieron otras dos, en 
virtud de las cuales se produjeron Vichnú y Siva que, junto con Brahma, forman la 
trinidad india o la trimurti. Brahma es el dios creador, Vichnú el dios conservador, 
Siva el dios destructor. 

Según el Código de Manou, el ser soberano vino a ser mitad varón mitad hembra, 
y de esta dualidad sexual nació Viradj; más tarde entregóse a una devoción austera 
y produjo a Manou, el creador del universo. Manou, deseando producir el género 





'Brahma -Vichnú' 



'Brahma- Sin* 



(1) Han, Brahma und die Brahmanen (Munich, 1871); Lvall, Asiatic siudies (Londres, 1899) 
MoNiER-WiLLiAMs, Brahmanisfu and Hinduism (Londres, 1891); Colebrookh, Essay on ihe philosophy 
of India {\853); M. A. Barth, Les religions de Vlnde (2.« ed. Londres, 1832); Th. Pavie, Eíudes sur 
rinde ancienne et moderne, en Revue des Deux-Mondes, 1856, 1857 y 1858. 



30 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



humano, después de haberse entregado a las más rudas austeridades, produjo los 
santos emmentes (Maharchis) señores de las criaturas, que son en número de siete. 
Estos crearon a su vez otros siete manous, los devas y otros maharchis, dotados de 
inmenso poder. Crearon después los yakchas, dioses de las riquezas; los pisatchas, 
especie de vampiros; los rakchasas, gigantes malhechores; los gandharvas, o músicos 
celestes; las apsaras, o ninfas celestes, bayaderas de la corte de Inda; los asuras o 

titanes; los nagas o drago- 
nes, las serpientes, los me- 
teoros, los cuerpos celestes; 
los kimnaras o genios fan- 
tásticos a caballo; después 
los animales de toda espe- 
cie, los minerales y vege- 
tales. 

Según los Puranas, en- 
cima de la montaña de oro 
Kailasa, se halla el Iotas, 
que lleva en su seno el trián- 
gulo, origen y fuente de to- 
das las cosas. De este trián- 
gulo sale el Lingam, dios 
eterno que hace de él su 
eterna morada; este Lingam, 
o árbol de vida, tiene tres 
cortezas: la primera y más 
exterior es Brahma, la del 
medio Vichnú, la tercera y 
más tierna Siva, y al ser 
desprendidas las tres enti- 
dades no quedó del trián- 
gulo más que el tronco des- 
nudo, siempre al cuidado 
de Siva. Los tres dioses de 
la Trimurti india parecen 
pertenecer originariamente a tres distintas religiones que vinieron a confundirse y a 
unir sus cultos en uno solo. Por la unión de dos rivales, Brahma se halla despojado, 
en el brahmanismo posterior, de una parte de sus atributos. Salió de las profundida- 
des de su eternidad para crear el mundo; su primera emanación no es otra que su 
energía creadora, la madre y origen de las demás: llámase Sacti, Parasacti y Maya, 
la primera mujer y juntamente la primera virgen. Sacti, como esposa de Brahma, tiene 
también por nombre Saraswati, la antigua diosa de los aryas, la Minerva pacífica, 
protectora de las bellas artes. Siva tiene por esposa a Parvati, la diosa de la montaña, 
que recuerda a la orguUosa Juno. Esta diosa se manifiesta bajo diversos aspectos, 
siendo ya Dourga, la Minerva guerrera que socorre al justo que implora su auxilio; 




"SÍY»-M»li»deT»-l8wara" en el Xailasa 



CREKNClAb INDICAS 



31 




•Sm-yichnú' 



\\i Kálí, la taciturna Hécate: ya Bhaváni, la diosa de la fecundidad. Vichnú tiene, 
Cuino Siva y como Brahnia, una esposa, que es su energía creatriz, concebida como 
una divinidad distinta de él mismo; es Lackmi o Cri, la diosa de la abundancia y la 
dicha, que recuerda a Ceres de los griegos; píntasela comúnmente con los más hala- 
güeños atributos, acompañada de Kama, el amor, dios 
inmortal cuyas flechas están empenachadas de flores. Lo 
mismo que la Venus griega y la Freya escandinava, Lackmi 
nació en el seno del mar. 

En la adoración de la India, Vichnú substituyó real- 
mente a Brahma. Este, a semejanza del Jehová judío, cum- 
plida su obra, queda sepultado en el sueño del reposo, 
dejando a su hijo la tarea de conservador y salvador de la 
especie humana, y a él dirigen los mortales sus súplicas, 
sus honores y adoración. Represéntasele recostado en una 
hoja de higuera de Indias, en actitud contemplativa, flotan- 
do en la superficie de las aguas en figura de un mancebo 

que se lleva el pie a la boca. Según la doctrina brahmánica, el mundo ha tenido épo- 
cas de destrucción y renovación, en las cuales fué necesaria la intervención de un 
dios para evitar la aniquilación del universo. Tal fué el objeto de las encarnaciones de 
Vichnú o avatars, que se cuentan en número de nueve, la oc- 
tava de las cuales es Crichna (1), divinidad muy celebrada en la 
mitología brahmánica, quedando por realizarse la décima, que 
no tendrá lugar hasta el final de la presente generación. 

Además de las tres divinidades principales y las que se han 
mencionado anteriormente, existen en la teogonia brahmámica 
otras muchas (2). Figuran en primera línea los ocho Vasus acau- 
dillados por Jndra, dios del éter, del día celeste, del firmamento 
y de los cielos visibles, que reside en la montaña de Meru con Indrani, su esposa, la 
cual está rodeada de una preciosa corte de apsaras y gandharvas, regidos por Ram- 
bha. El arquitecto divino, autor del palacio de Vichnú y de los de todas las grandes 
divinidades, se llama Viswakarma y tiene a sus órdenes una multitud 
de operarios hábiles, los tchubdaras que llevan en las manos los em- 
blemas de la arquitectura. Yama viene a ser como el lado tenebroso de 
Indra: es el dios de la noche y de los muertos y guía el rebaño de los 
espíritus de las tinieblas. Niruti es el principe de los genios malos. 
Agni el dios del fuego: represéntasele con dos caras, como fuego ge- 
nerador y destructor, y con tres piernas, y monta un carnero azul con 
cuernos rojos, imagen de la llama que caracterizan estos dos colores. 
Varuna ó Pratcheta es el dios del mar y de las aguas en general: represéntasele mon- 
tado encima de un cocodrilo, con un lotus (3) por corona y nadando en la superficie 




'Sacti-Trimurü' 




Bhkrani-Gaagt" 



(1) F. Brunetierk, La légende et le cuite de Crichna, en Revue des Deux-Mondes, julio 1884; 
Tm. Pavie, Crichna, ses aventures et ses adorateurs, en Revue des Deux-Mondes, enero 1858. 

(2) Kanne, System der indischen Mythe (Leipzig, 1813). 

(3) El lotus es la flor sagrada de la India. 



32 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

del Océano. Cuvera o Paiilastya es el dios de las riquezas: en Alaka, su morada habi- 
tual, está rodeado de una brillante corte de genios llamados kinnaras o yakchas, 
encargados de dar o quitar las riquezas a los hombres: represéntasele encima de un 
soberbio carro o sobre un corcel ricamente enjaezado, con corona en la cabeza y un 
cetro en la mano, recorriendo la tierra, en donde ejerce su dominio. Vagu o Pavana 
es el rey de los vientos, el dios del aire puro, que lo penetra todo; llámasele el alma 
del mundo y la respiración universal. Prithivi es una de las diosas protectoras de la 
tierra: represéntasela acompañada de una vaca, imagen de su fecundidad. Tchandra 
es una divinidad que gobierna la luna, fuente de la humedad primitiva, de las lluvias 
y, por ende, de la fertilidad; recorre el cielo en un carro tirado por antílopes de ojos 
chispeantes (1). 

Por la enumeración de todas estas divinidades se ve la energía mental y la gran- 
deza moral de aquel pueblo, que en su ignorancia de las leyes de la naturaleza, 
y anonadado ante los fenómenos de la misma, reconocía como seres sobrenaturales a 
cuantas manifestaciones misteriosas se presentaban a sus ojos (2). Los brahmanes con- 
taban en su teogonia hasta trescientos mil dioses, hueste verdaderamente terrible que, 
ejerciendo una influencia incomprensible para las presentes y aun las anteriores civili- 
zaciones, mantuvo y fomentó, sin embargo, el embrutecimiento de aquella sociedad, 
perpetuó la división de castas, propagó la ignorancia y convirtió la vida de aquellas 
generaciones en una triste carrera de servidumbre y esclavitud. 

La víctima moral y física era, empero, como siempre, el pueblo ignorante, el pueblo 
que trabaja y con el sudor de su frente y la sangre de sus venas mantiene al potentado 
en la cumbre del poder que usufructúa saciando sus ambiciones y dando pábulo a sus 
inmoralidades. En lo secreto del santuario desaparecían estos vanos fantasmas, y a los 
iniciados se les enseñaba la realidad de las cosas y se les desengañaba para que viesen 
en ellos otros tantos accidentes naturales y manifestaciones de la primera causa; aun 
hoy día, las evocaciones de los espíritus de los antepasados no las pueden hacer más 
que los brahmanes de diversos grados, pues no a todos es dado penetrar en lo más 
íntimo de los ritos religiosos. Los brahmanes opinaban que el pueblo no estaba en 
condiciones ni de comprender ni de conservar en su pureza la religión del espíritu, 
por lo cual velaban y disfrazaban sus dogmas con figuras que hiriesen la imaginación 
del pueblo y llegaron a inventar un lenguaje incomprensible para el vulgo, pero que 
gracias a las investigaciones de los orientalistas, hemos conseguido interpretar (3), 
viniendo en definitiva a comprender que el credo o sistema religioso de la India es uno 
de los más puros que ha conocido la humanidad. Así, por ejemplo, en el segundo ca- 
pítulo de la primera parte del «Vichnú-Purana* se escribe: «Dios no es susceptible 
de forma, de epíteto, de definición o descripción; carece en absoluto de defectos; es 
incapaz de la aniquilación, de cambio alguno y está a cubierto de pena y sufrimiento. 
Lo único que podemos decir es que El, o sea el Ser eterno, es Dios. El vulgo cree que 
Dios está en el agua; los hombres algo ilustrados creen que reside en los astros; los 

(1) M.Thos, Indian antiquities {Londres, 1792). 

(2) Stocqueler, Handbook of India (Londres, 1845). 

(3) Barth, Les reügions de ia Inde (París, 1879, Londres, 1882); Hastinq, Encyclopedia of Reli- 
gión and Ethics (Edimburgo, voL III, 1911); de esta obra van publicados los cuatro primeros tomos. 



CREENCIAS ÍNDICAS 



33 



iiiiKMaiiic:, creen que vive en hi madera y en la piedra; pero el sabio le pune en la mente 
universal.» En el Mahanirvana se lee: «Todas las figuras y representaciones de las 
diferentes fuerzas y cualidades de la naturaleza fueron inventadas en beneficio de los 
que necesitan de tales recursos como de medios de comprensión» (1). 

Ahora bien, la doctrina del brahmanismo hállase explicada en los libros llamados 
Brahmanas, los cuales enseñan la 
relación que existe entre las fór- 
mulas védicas o manirás y las ce- 
remonias del sacrificio, formando 
así verdaderos rituales, en los que 
no sólo las ceremonias se expo- 
nen detalladamente, sino que tam- 
bién se explican por medio de le- 
yendas o símbolos. El sentimiento 
religioso tan delicadamente expre- 
sado en los himnos védicos, falta 
absolutamente en los Brahmanas, 
existiendo, en cambio, en ellos 
especulaciones extravagantes en 
las que el espíritu sacerdotal se 
divierte como en asunto de pla- 
cer, con su culto y sus dioses (2). 
Pradjapátí (o sea Brahma), el 
nuevo soberano del cielo, en don- 
de tiene su asiento que antes ocu- 
para Indra, o sea el dueño del 
mundo y padre de los dioses, 
identifícase poco a poco con el 
sacrificio y con el año, y los teólo- 
gos refieren sin escrúpulo sus in- 
cestuosos amores. La pareja mís- 
tica Yadjna (sacrificio) y Vátch 
(palabra) es héroe de análogas 
aventuras, las cuales muestran 

bien a las claras a donde condujo a los brahmanes esta manía de las explicaciones 
simbólicas. «Yadjna pensó para sí: Vátch es una mujer; voy, pues, a hacerle una seña 
y ella me invitará a ir a su lado. Y en efecto, le hizo la seña; pero ella le despreció; he 
aquí porqué, cuando una mujer ve que un hombre le hace una seña, le desprecia... 
Los dioses, empero, dijeron a Yadjna: Hazle otra seña, y verás cómo te invita a ir. 
Efectivamente, hízole una nueva seña, y ella le correspondió con un movimiento de 
cabeza; he aquí porqué cuando una mujer ve que un hombre le hace una señal, le 
corresponde con un movimiento de cabeza... Dijéronle últimamente los dioses: Hazle 

(1) Oldenberg, Vedaforschung {SiuUgart, 1905). 

(2) Ch. Lassen, Indische Alterthumskunde (Leipzig, 1867). 
Tomo I. — 5. 




Kombakoniun: £1 templo de Rama 



34 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



Otra señal, y verás cómo te llama. Hízolo Yadjna, y ella le llamó hacia sí. He aquí por 
qué la mujer acaba por invitar al hombre.» (Satapatha Bráhmana, III, 2, 1, 19-22.) En 
este breve pasaje se ve el espíritu de la exégesis brahmánica. En los primeros tiempos 
del brahmanismo estas enciclopedias religiosas se multiplicaron rápidamente: cada 
familia sacerdotal recogía en su Bráhmana las tradiciones y enseñanzas de las genera- 
ciones anteriores; pero cuando el cúmulo cada día creciente de conocimientos hizo 

necesaria la división, los 
¡ :^ ; ft^v:^:" ': T^AIÉIiII Brahmanas fueron reempla- 

zados por los manuales li- 
túrgicos (soútras), los tra- 
tados de filosofía (oupani- 
chads) y las colecciones de 
leyendas (itihásas). 

Los brahmanes eran los 
miembros de la casta sa- 
cerdotal, los que enseñaban 
al pueblo y monopolizaban 
el poder espiritual (1). El 
famoso himno de Pourou- 
chasoukta (Rig- Veda, X, 90) 
expresa el orgullo de la 
nueva casta; el poeta hace 
salir a los brahmanes de 
Pouroucha, el hombre pri- 
mordial. Pero para asegu- 
rarse la supremacía social y 
el monopolio de las funcio- 
nes y ritos religiosos, los 
brahmanes tuvieron que 
sostener luchas muy empe- 
ñadas. La tradición ha con- 
servado la memoria nefanda 
de reyes que rehusaron 
aceptar esta supremacía del 
sacerdocio, y se cuenta que Vena, Nahoucha y Sondas pagaron con sus vidas su teme- 
ridad. Pero otros kchatriyas (guerreros), el más famoso de los cuales fué Visvámitra, 
salvaron con tenaces asaltos las barreras de la casta y tuvieron que ser admitidos en 
ella por fuerza. Estas luchas se señalaron en la historia religiosa de la India con ver- 
daderos regueros de sangre: la leyenda representa al héroe brahmámico Parasouráma 
exterminando en veintiuna refriegas la raza de los kchatriyas. Además de los deberes 
comunes a las tres castas superiores, el brahmán tiene seis especiales, a saber: ense- 
ñar las Sagradas Escrituras, estudiarías, sacrificar para sí mismo, sacrificar para los 

(1) Ch. Acland. a popular accouni of the manners and cusioms of India (Londres, 1847); Schro- 
DER, ¡ndiens Utteratnr and Kultur (Leipzig, 1887). 




6«iuu-M: El templo de Durga tpane de su fachada) 



CREENCIAS ÍNDICAS 



:ís 



denlas, hacer ofrendas y recibirlas. La vida del brahmán, tal como la representan idea- 
lizándola las obras religiosas y los códigos, está rodeada de una dignidad y una noble- 
za que inspiran respeto, como quiera que se la supone compartida entre los cuidados 
del culto, las meditaciones filosóficas y la enseñanza (1). 

A pesar del intento de los brahmanes de formar una sola familia, presentan en la 
actualidad en las varias regiones de la India, caracteres verdaderamente distintos. Ade- 
más, reconocen un gran principio de clasificación según la naturaleza de los elementos 
que toman: divídense en tres clases: los vegetarianos, que son los más numerosos; los 




Templo de EUora- Vista en conjunto del templo monolítico del lailaaa 



ictiófagos (que comen sólo pescado), y los que comen carne. Esta división correspon- 
de también a la distribución geográfica de las tribus, pues los brahmanes de la India 
septentrional necesitan un alimento más substancioso para resistir a los rigores del 
clima; pero a pesar de este motivo son despreciados y rechazados por los ortodoxos. 
Por lo demás, el orgullo de la casta y el sentimiento de la supremacía religiosa y social 
es el único vínculo de unión entre los brahmanes. La diferencia de profesiones separa 
también unos de otros a los brahmanes: unos practican el comercio, especialmente en 
Oriza, otros monopolizan la administración, alcanzando los grandes empleos buro- 
cráticos; otros son maestros de escuela, astrólogos, médicos, maestros de danza, etc.; 
otros administran el culto de los ídolos; otros entran en las congregaciones formadas 
(1) J. LippERT, Allgemeine Geschichte des Príesteriums ^Berlín, 1886), 



36 



lAS SnClAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



por particulares neos; otros, en fin, mendigan, y éstos son los más intolerantes, pues 
acusan a los que trabajan de degradarse y de embrutecer el carácter sacerdotal, y 
entretanto hacen vida ociosa viviendo de las limosnas de los ricos, explotando la cari- 
dad en las grandes solemnidades, como bodas, pompas fúnebres y aniversarios. El 
vestido de los brahmanes que no ejercen profesión ninguna activa, consiste en una 
túnica blanca, o bien en dos piezas de tejido sin costura, una de unos tres metros y otra 
de cuatro metros de largo, y ambas de un metro de ancho; la primera les cubre la 

espalda, la segunda les ciñe los 
ríñones, uno de sus extremos, pa- 
sando por entre las piernas, va a 
atarse a la cintura, mientras que 
la otra cuelga hasta los pies. Los 
religiosos mendigos van vestidos 
de piel y llevan en la mano un 
bastón y en la otra un cántaro de 
agua. Pero la enseña especial del 
brahmán es el cordón brahmánico 
que se les impone el día de la ini- 
ciación, y consiste en una triple 
cuerda de hierba moundja con 
triple nudo; para los sacrificios 
este cordón se substituye por otro 
hecho con tres cabos de algodón. 
Tráenlo terciado desde el hombro 
izquierdo al costado derecho. 

Los brahmanes celebran sus 
sesiones misteriosas y secretas en 
cavernas subterráneas practicadas 
en lo interior de grandes y colo- 
sales templos, tales como los de 
Elefanta, Ellora y Salsette: estos 
templos están excavados en la roca 
viva y en ellos hay anchas y largas 
salas, capillas, celdas para la infi- 
nidad de sacerdotes que exige el culto, adornado todo con pilares y columnas, obelis- 
cos, bajorrelieves, estatuas gigantescas de divinidades, figuras de elefantes y otros 
animales sagrados, todo cavado en la roca. En el sacellum (sancta sanctorum), sólo 
accesible a los iniciados, vese a la suprema Divinidad representada por el lingam, 
concepción materialista usual en casi todos los pueblos antiguos para significar el 
poder creador, y que revistió varias formas (en muchos era el phalus), tomando en la 
India la de flor del loto. 

Los periodos de la iniciación de los neófitos se regulan por los crecientes y men- 
guantes de la luna; los misterios se dividen en cuatro grados, pudiendo el neófito 
entrar en el primero a la temprana edad de ocho años. Prepárale el brahmán, que es 




Kbajorao: Santuario del templo de Sahaskot 



CREENCIAS Indicas 



37 



como su padre espiritual, y el tránsito del primer grado al segundo consiste en conti- 
nuados ayunos, oraciones y el estudio de la astronomía. En la estación del verano 
expónesele a cinco fuegos, o sea cuatro hogueras a su alrededor y el sol que le calienta 
por encima; en tiempo de lluvia pénesele a la intemperie con la cabeza descubierta, y 
en invierno se le hacen vestir ropas mojadas. Para hacerle partícipe de los altos privi- 
legios de la secta, santifícasele con la señal de la cruz y se le somete a la prueba del 
pastos, la sepultura del sol, el féretro de Hiram, las tinieblas. 

Una vez completada la purificación, introdúcese al neófito en la caverna de inicia- 
ción: ésta se ilumina con chorros de deslumbrante claridad y en el centro vense tres 
hierofantes sentados respectivamente en los lados Este, Oeste y Sur, representando el 




Karli: Inierior oe un lempio sumerraiieu 



primero al dios Brahma, pintado de encarnado en significación de la substancia; 
el segundo, al dios Siva, pintado de blanco, como formando contraste con la negra 
noche de la eternidad; el tercero, el dios Vichnú, pintado de azul, como símbolo del 
espacio. 

La fórmula de la iniciación empieza con una oración al sol, bajo el nombre de 
Poorosh, o sea el alma vital o porción del espíritu universal de Brahma; tras algunas 
ceremonias preliminares oblígase al candidato a dar tres vueltas a la caverna y después 
e le lleva a otras siete obscuras cuevas, en donde se le atruenan los oídos con horro- 
rosos aullidos en memoria de los lamentos de Mahadeva por la pérdida de Siva y se 
le deslumbra la vista con relámpagos de luz y horribles fantasmas. Hecho esto, viene 
la última caverna, cuyas puertas se abren al sonido del cuerno marino, y entonces es 
el candidato introducido en un departamento, espléndidamente iluminado, decorado 
con estatuas y figuras emblemáticas, adornado con piedras preciosas y perfumado con 
suavísimos olores de incienso y bálsamos orientales. Esta cueva representa la mansión 
del Paraíso, y tal es el nombre que tenía en el templo de Ellora. En este estado supo- 



38 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



nese al candidato ya regenerado y por lo mismo se le viste con la blanca túnica, se le 
pone liara en la cabeza y se le arma con el sagrado cascabel; . márcasele una cruz en 
la frente y una iau (t griega) en el pecho; entrégasele el salagrama o piedra negra 
en garantía de la protección de Vichnú, y la piedra llamada serpentaria como antídoto 
contra las mordeduras de las serpientes; finalmente, se le confía el sagrado nombre 
de Oum, significativo del fuego solar y comprensivo del concepto de la gran Trimurtí, 
con lo cual el iniciado queda completamente imbuido en el conocimiento de la esencia 

de la divinidad (1). 

los faquires o yoghis son los individuos inferiores de la casta sacerdotal y los instru- 




Xarli: Fachada del gran templo subterráneo 



mentos de que se sirven los brahmanes para herir la imaginación del pueblo y que éste 
con sus donaciones contribuya al culto, y por ende a la subsistencia de sus ministros; 
generalmente se valen de ciertos recursos de prestidigitación, truhanerías, imposturas 
y aun fenómenos de magnetismo y sugestión bastante burdos, encaminados a seducir 
al vulgo ignorante (2). Son también como la víctima propiciatoria y el elemento en que 
se ceba la explotación de la clase brahmánica, como se verá por el papel que desem- 
peñan en una de las fiestas más interesantes de la India, que es la dedicada a Siva. 
Empieza cinco días antes del novilunio de mayo y dura hasta cinco días después de 
terminado éste, sin cesar ni un solo momento, sin dar un instante de reposo a la mu- 

(1) n. ZmíkUi, Altindisches Leben {^túin, 1879; Lefmann, Geschichte des alien Indiens (Berlín, 
1880y, M. Hanq, Brahma und die Brahmanen (Munich, 1871). 

(2) JuTES Bois en La Revue (ant. Revue desRevues), vol. XLVI (1903), Les Faquirs et les Yoghis, 
explica con gran copia de detalles el modo de ser de los faquires o yoghas; a dicho artículo remitimos al 
lector. 



CRrrNCIAS ÍNDICAS 



30 



chcdumbrc intucnsa tic |HMcj;t iiiu> y lU- iici».^ que a ella concurren. Lut^ [jíwuvímt^ úiáT> 
se pasan en el interior de la pagoda, aunque en ella se admiten sólo los individuos de 
la ciase alta; los brahmanes celebran allí la acción bienhechora que ejerce Siva sobre 
la naturaleza; durante la noche cantan la unión misteriosa del dios con los principios 
creadores y se saluda al sol naciente con un himno especial; después se hace oración 
por las almas de los antepasados, ofreciéndoles arroz hervido bendito, miel, manteca 
y frutas: estos alimentos bendecidos tienen la propiedad de limpiar toda suciedad, y se 
distribuyen entre los asistentes, los cuales han de comerlos con recoí^imient'v •; ^''-s- 
pués de la comida sumergirse en 
el estanque sagrado de la pagoda. 

Los días siguientes empléanse 
en purificaciones y abluciones; re- 
cíbense en ellos las ofrendas de 
innumerables fieles que se estru- 
jan bajo los pórticos del templo 
para entrar a porfía a ofrecer 
arroz, aceite, madera de sándalo, 
perfumes y telas preciosas. Enton- 
ces los brahmanes anuncian al 
pueblo los días del año fastos y 
nefastos. Una ceremonia especial 
tiene lugar para las mujeres esté- 
riles; se conjura a Siva que les 
otorgue fecundidad, y ellas pasan 
la noche en la pagoda bajo la pro- 
tección del dios. 

Finalmente, prepárase el carro 
monstruo que ha de pasear alre- 
dedor de la pagoda llevando la 
estatua colosal de Siva, a guisa de 

monumento. Una vez dispuesto, empieza el carro sujmarcha triunfal, precedido de las 
bayaderas que van en orden de estatura. Los brahmanes entonan cantos sagrados, el 
aire se perfuma con el humo de millares de incensarios, y una multitud delirante se 
agita en medio del ruido de cohetes y la luz multicolor de los fuegos de bengala. Oyese 
de repente un grito ensordecedor; son los faquires que van a empezar sus sangrientas 
prácticas: resuena de todas partes una lluvia de exclamaciones. Empiezan los suplicios: 
tres faquires acaban de lanzarse debajo del carro de Siva para que sus miembros que- 
den hechos pedazos. La sangre mana en abundancia, entre los radios y las llantas de 
las ruedas saltan fragmentos de huesos y pedazos de carne desgarrados. Relévanse 
unos a otros los faquires echándose frenéticos debajo de las ruedas; a su alrededor una 
turba de tchandalas (casta miserable de la que salen los bailarines vagabundos) preci- 
pítase sobre aquella carnicería para beber la sangre de aquellas víctimas del fanatis- 
mo o para empapar en ella pedazos de tela que guardarán como preciosas reliquias. 

Alrededor de la pagoda entréganse otros faquires a los más abominables excesos de 




Mont Abou: Interior del templo de Vimalsha 



40 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



fm. 



crueldad y sanguinario frenesí en honor de Siva: aparecen unos sin nariz ni orejas y 
los labios arrancados con pinzas de hierro ardiendo; otros tienen los pies sobre ascuas 
de fuego; más allá se ve un par de faquires mutuamente atados por medio de ganchos 
de hierro que atraviesan sus brazos y muslos e intentando cortarse recíprocamente la 
lengua a mordiscos. En sección aparte reposan los sannayasis (peregrinos mendican- 
tes) que han vuelto de su viaje al Ganges: hicieron su peregrinación a las orillas del río 
sagrado, unos llevando todo el camino los brazos en cruz, otros andando sobre un 

solo pie, otros arrastrándose de ro- 
dillas, y todos recorriendo en éstas 
y otras incómodas posiciones, milla- 
res y millares de kilómetros para 
cumplir promesas y votos que les 
inspira la superstición más grosera. 
La fiesta de Siva termina la no- 
che del décimo día, con un paseo 
de la colosal estatua por el estanque 
de la pagoda, dándole siete veces la 
vuelta. La exaltación de la muche- 
dumbre llega entonces al paroxis- 
mo; todos gritan desaforadamente y 
atruenan el aire con alabanzas en 
honor de sus dioses, mezclándolas 
con fuegos de bengala que matizan 
el aire con deslumbrantes colores. 



IV 



Una de tantas sectas religiosas 
de la India antigua fué la de los 
gimnosofistas que se distinguió por 
su desapego hacia las luchas del 
mundo y por su conducta inspirada 
en los ideales de pureza. Predicando la austeridad con el ejemplo llegaron a hacer 
prosélitos, y conquistando adeptos extendieron su credo que adquirió singular influen- 
cia en los pueblos de Oriente y en Grecia (1). 

Tendiendo a despojar a todo ser de su parte material, sólo veían en él un espíritu, 
representación del alma universal, siendo la metempsícosis la base de sus creencias. 
Vivían aislados, y sólo cuando las necesidades lo requerían se presentaban en los 
centros de población que los llamaban en su auxilio. Permanecían célibes y se alimen- 
taban de vegetales. En cuanto a sus mortificaciones y abstinencias, todo cuanto se diga 
resulta pálido comparado con la conducta que observaban estos hombres monodeicos 
(1) Lassen-, Gymnosophista íBona, 1832>. 




Uajurao: S&ntuario del templo de Laksm&ngi 



CREENCIAS ÍNDICAS 



41 



II V < / 1 1 V IV 1 1 V ic( 1 1 II 1 1 1(11 1 >i, 



y doniinados por una ri^^idc/ de pensamiento que repugna a la 
llevados de una extraña aversión hacia todo lo que significase belleza corporal, mace- 
raban horriblemente sus carnes y adoptaban durante muchas horas posiciones en 
extremo incómodas y que produjeran molestia y fatiga con objeto de experimentar 
intensos y acerbos dolores. Entre estos sectarios se hallan tipos representativos de 
toda clase de psicopatías, unos se esforzaban en permanecer varios días seguidos en 
vigilia; otros en no probar bocado sino cada tres, ocho o veinte días; otros, en fin, vivían 
en fosos o cavidades donde tan sólo les era posible permanecer constantemente encor- 
vados. Estos, pasando años enteros apoyando el pie en el alto de una columna; aque- 




Siringam: La gran pagoda de las mil columnas, dedicada a Vichnú 



líos, enjaulándose y permaneciendo inmóviles en la cúspide de un monte, sufriendo los 
rigores del frío, de la nieve y la lluvia en invierno y los rayos ardorosos del sol en vera- 
no. Cada una de esas mortificaciones era considerada como un grado más en el camino 
de la santidad. Era preciso vencer la materia rebelde, pero no en vano se lucha contra 
los designios inapelables de la naturaleza. Estas prácticas absurdas transformaban a 
hombres sanos y robustos en espectros y cadáveres semovientes; cuantos profesaban 
esta doctrina hostil a la vida en comunidad, sufrían las más extrañas exaltaciones, dis- 
tinguiéndose ante todo por un orgullo desmedido que les impedía apreciar el verda- 
dero valor de las cosas y el resultado de su propia obra. 

Los monarcas de la India veían en los gimnosofistas un poder misterioso e inven- 
cible. Estos sectarios demostraron constantemente aversión a los honores y riquezas, 
viviendo siempre en la soledad más absoluta, su ascetismo llevado hasta la exageración 
les hizo reacios a toda labor colectiva. Cuéntase de ellos que, ni aun en momentos 
difíciles, cuando las calamidades azotaban al país, se dignaban salir del aislamiento 

Tomo I. — 6. 



42 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

que se habían impuesto. Jamás se rindieron a los llamamientos que les dirigían, y 
llevaron su independencia al extremo de no prestar jamás atención al oráculo. Algu- 
nos historiadores, al estudiar a los gimnosofistas, refieren que el mismo Alejandro, tan 
experto en hacer suyas las influencias que podían contribuir al sostenimiento de su 
vasto imperio, quiso llamar a sí a los jefes de los gimnosofistas; pero éstos huían a su 
paso, y en vez de presentarse a él se refugiaron en lugares inaccesibles, significándole 
con su noble arrogancia que era el discípulo quien había de solicitar las enseñanzas 
del maestro. Esta secta alcanzó gran preponderancia al desmembrarse el imperio 
de Alejandro, extendiendo su dominación en regiones que antes habían permanecido 
indiferentes a ese credo. La preponderancia fué debida al crédito que inspiraron sus 
profecías respecto a la anarquía entonces reinante; extendiéronse por todo el valle del 
Eufrates, pasando por la Arabia a Egipto; también se hizo sentir su influencia en 
Grecia, pues se ha puesto de manifiesto que algunos filósofos griegos se inspiraban 
con frecuencia en las doctrinas gimnosofistas, entre ellos Pitágoras, Zenón y Sócrates. 
Finalmente, las mismas doctrinas inspiraron a Mahoma tanto como el cristianismo, 
y de ellas plagiaron sus prácticas extravagantes y crueles, gran número de solitarios y 
ascetas que reputaron como supremo bien y mérito indiscutible a los ojos de la divi- 
nidad la tendencia sostenida y tenaz de torturar la carne para el mayor triunfo del 
espíritu. 

V 



El más fatal enemigo del brahmanismo, con todo su séquito de sacerdocio, litera- 
tura y tradiciones, en las cuales apoyaba especialmente el primero su incontrastable 
poder y su valimiento ante el pueblo ignorante, fué el budismo (1). Buda predicaba 
la igualdad de todos los hombres — principio eterno reconocido empíricamente por 
todos, aunque de él se apartan los mismos que se glorían de seguir las más puras 
doctrinas de la moral más perfecta — y negaba el valor, y mucho más la necesidad del 
sistema de los vedas. El nuevo evangelio de la caridad y hermandad universal fué, 
naturalmente, mal recibido por aquella sociedad que inconscientemente y por la misma 
apatía de su carácter, hábilmente explotada por las clases directoras, llevaba el yugo 
de la tiranía brahmánica; pero se ayudó en parte del vergonzante escepticismo de 
algunas escuelas filosóficas védicas, cuyos individuos hacía ya tiempo sentían sus 
frentes recrearse con las peregrinas auras de la libertad redentora. Donde más favora- 
ble acogida hallaron las doctrinas budistas fué en el sur de la India, obteniendo 
carta de naturaleza en Ceilán unos tres siglos antes de la Era cristiana. 

Buda, o más propiamente Sakyamuni, pues este era su verdadero nombre (2) 
(mientras que Buda es un epíteto que significa «el sabio») supónese nacido en el 
siglo VI antes de la Era cristiana. No existen, empero, pruebas fehacientes de su exis- 

(1) Iacobi, Der Buddhismus und seine Geschichte (Leipzig, 1882): Max Müller, Lecture on Budd- 
hist Nihilism (Londres, 1869). 

(2) S. Beal, The romantic legend of Sakya-Buddha (Londres, 1871); E. Senart, Essai sur la 
légendeduBouddhaiPíTis, 1876); Kern, Der Budhismus und seine Geschiche in Indien (Leipzig, 1882); 
KóPPEN, Die Religión des Buddha (Berlín, 1857-59). 



Clvl.l \< I \ 



43 



tcncia real, y, sci^úii las más recientes invcsuj^^aciunes liisioricas, el mito de liúda es 
verdaderamente apócrifo. Los símbolos búdicos tienen gran analogía con los védi- 
cos, con la diferencia que el brahmamismo confunde al dios individual lies 

personal, mientras que el budismo lo resuelve en la nada universal, o Nirvana. 
Ahora bien, enseña el budismo que la materia originaria o prakriti, es lo único 
que existe per se de una manera divina, y en ella hay dos fuerzas inmanentes que 
producen dos cualidades distintas, el reposo y la actividad: en el primer estado, el 
espíritu descansa en su plena conciencia de la absoluta e inactiva vacuidad; tal es el 
estado de bienaventuranza y goce de la 
Nada original: en el segundo estado, la 
materia da un paso fuera de sí misma 
por su propia actividad y se moldea en 
formas o modalidades determinadas; en 
el curso de este proceso pierde su im- 
perativo consciente, que vuelve a adqui- 
rir al hacerse hombre, verificándose así 
un fenómeno de subconciencia origina- 
ria y nativa. El fin y objetivo del hombre 
es reproducir el imperativo consciente 
originario, al llegar al cual comprende 
que no existe cosa alguna real fuera de 
la materia originaria, y que su espíritu 
es una misma cosa con la Nada origi- 
naria consciente, o sea que su alma indi- 
vidual, libertada de la cárcel del cuerpo, 
vuelve al seno del alma universal. En esta 
doctrina hallaron, naturalmente, más 
tarde la más obvia aceptación la creen- 
cia en la metempsícosis o transmigra- 
ción de las almas y el misantrópico sis- 
tema de la renuncia de sí mismo, que en la India tuvo por corolario las voluntarias 
torturas de los faquires y fanáticos, y su correspondiente analogía en el ascetismo cris- 
tiano con los ayunos, penitencias, flagelaciones, soledad y demás prácticas de los mon- 
jes, anacoretas y secuaces de la locura del Crucificado. En la India este ascetismo, fun- 
dado en que lo absoluto es lo único que tiene existencia real y que los fenómenos 
individuales no son sino fantasmas y aprensiones, y que la absorción y sumergimiento 
en la Divinidad se obtiene con la penitencia corporal y maceración de las carnes, lle- 
vóse a tal extremo de exageración que en muchos casos llegó hasta el cobarde y lento 
suicidio, en aras de las más estúpidas tradiciones (1). Así vemos que en los festejos 

(1) Como conducta semejante, aunque obedeciendo a móviles externamente distintos, citaremos la de 
los españoles del tiempo de Abderrahmán II, que prueba elocuentemente los extravíos a que conduce 
el fanatismo religioso. Excitados por esta fiebre de locura, la exaltación de aquellos cristianos llegó a tal 
punto, que deseaban y pedían la muerte para alcanzar con el martirio la gloria eterna. Los sacerdotes 
los monjes y algunos legos, que como ellos sentían y pensaban, formaron un partido, acaudillado por el 
presbítero Eulogio y el lego Alvaro. En tales circunstancia*;. Abderrahmán resolvió convocar un concilio 




Buda 



44 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



con que se honraba a la temible diosa Bhovani, esposa de Siva, su pesada imagen era 
llevada a las orillas del Ckwv^v^ en un carro triunfal cuyas ruedas estaban erizadas de 
cortantes cuchillos, v dlli ^c vcia a una nuiltitud de fanáticos, adornados de flores y en 
medio de cántitos de alegría, como si fueran a una espléndida boda, arrojarse al paso 
del carro para ser triturados, creyendo que sus almas iban a sumergirse en el seno 
de la Divinidad, mientras sus cuerpos eran hechos pedazos, escena análoga a las que 
se describioroii nuis ariiba. 

El culto búdico por excelencia es el culto del gran Lama, o el lamaísmo. Su 




i 



Bhaja: Interior de un monasterio 



buüico caYaao en la roca viva 



historia se confunde con la del Thibet, que en el budismo desempeñó un papel aná- 
logo al que desempeñó Roma respecto del catolicismo, como tendremos ocasión de 
ver más adelante en el capítulo que dedicaremos a las creencias de aquel país. Además, 
el lamaísmo tiene grandes puntos de contacto con el catolicismo, a propósito de lo 
cual dice el eminente orientalista Abel Rémusat (1): «Nadie dejará de notar la semejanza 
que existe entre las instituciones, prácticas y ceremonias que constituyen la forma 
exterior del culto del gran Lama y las de la Iglesia romana. En los tártaros, por 
ejemplo, hállase el gran pontífice; patriarcas encargados del gobierno espiritual de las 
provincias; un consejo de lamas superiores que se reúnen en cónclave para la elec- 

que prohibiera a los cristianos buscar lo que ellos llamaban martirio y que, según los árabes y cristianos 
tolerantes, no era sino el suicidio. Reunióse, pues, el concilio bajo la presidencia de Recafredo, arzobispo 
de Sevilla, y como los más exaltados, al frente de los cuales iba Saúl, obispo de Córdoba, protestasen 
e intentasen promover nuevas agitaciones, el obispo Recafredo tuvo que ordenar la prisión de los más 
señalados, sin exceptuar al obispo de Córdoba y al mismo Eulogio. 
(1) Mélanges asiatiques (París, 1825 y 1828). 




niouiA viivu'~'Oc)ii 



CREENCIAS ÍNDICAS 



4"^ 



cion de pununcc y cuyos individuos se parecen a los cardenales liast.i < n las iiiM;^iiias 
que llevan; conventos de frailes y religiosas; oraciones para los diluntos, la confesión 
auricular, la intercesión de los santos, el ayuno, las procesiones, etc. 

Lo cual tiene perfecta explicación en las circunstancias que acompañaron a la 
fundación del lamaísmo, 
pues, según M. de Sainte- 
Croix (1), en la época en 
que los patriarcas budistas 
se establecieron en el Thi- 
bet, las regiones vecinas de 
la Tartaria estaban llenas 
de cristianos: los nestoria- 
nos habían fundado allí me- 
trópolis y convertido nacio- 
nes enteras. Más tarde, las 
conquistas de los hijos de 
Gengís atrajeron a extran- 
jeros de todas las nacionali- 
dades, georgianos, arme- 
nios, rusos, franceses y mu- 
sulmanes, monjes católicos 
con misiones importantes 
confiadas por los Papas y 
los monarcas como San 
Luis y otros; todos éstos 
practicaron las ceremonias 
de la religión delante de los 
príncipes tártaros, quienes 
les hospedaron en sus tien- 
das y permitiéronles levan- 
tar capillas y templos. 

Además, no hay que ol- 
vidar que no sólo el lamaís- 
mo, sino también el budis- 
mo, tiene analogía con las 
creencias católicas, y tanto 
es así, que los católicos, para 

explicar un hecho a todas luces visible, acuden a la suposición de que Satanás, al 
inventar la secta, quiso falsificar la verdadera religión. Dicha analogía, pues, se ve en 
muchos detalles, entre ellos el nacimiento y misión de Buda. 

Buda, según la leyenda, bajó del cielo para tomar carne humana (2), proponién- 

(1) Voyage aux Indes orientales... et á la Chine (París, 1808). 

(2) Hardv, Manual of Buddhism (Londres, 1880, 2.' edición); Kóppen, Die Religión des Buddha 
u. ihre Entstehung {BerUn, 1857). 




Ellora: Fachad» del templo suhtorraneo de Indra 



46 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

dose fundar el reino de la paz, alejar del mundo toda aflicción y predicar la verdad. AI 
tiempo de su nacimiento brilló una j^ran ráfaga de luz en todo el universo, y el devas 
que anunciaba su entrada en el mundo, saludó a su madre con estas palabras: «¡Alé- 
grate de corazón, reina Maya! ¡Alégrate y regocíjate porque el niño que has parido es 
santo!» Y ya se sabe que en la leyenda oriental Maya es la Virgen, y la historia de 
Simón en el templo de Jerusalén se refleja en la adoración que tributó el venerable 
Axita al infante Buda. 

El Thibet no figura casi en la historia, sino teniendo por creencia el budismo; 
sin embargo, parece cierto que en el siglo III antes de la Era cristiana, aquella región, 
en estado de barbarie y casi salvaje, estaba gobernada por un príncipe de raza india y 
que a dicha época se remonta la civilización de aquel país, el cual llegó a su máximum 
de progreso en los siglos VI y VII de nuestra Era (1). Según la leyenda, empezó en el 
año 407 de la Era cristiana, vino de la India un bhodhisatwa que se estableció en el 
monte Bouthala, alrededor del cual fué fundada más tarde la ciudad santa de Lassa; 
este individuo se llamaba Ohomschim, en chino Boyan-chi-yu (la voz que refleja el 
mundo), y éste fué el fundador del lamaísmo. Desde esta época Buda no ha cesado 
de encarnar regularmente en la persona de dalai-lama o gran Lama. El lamaísmo per- 
maneció confinado largo tiempo en Boutzala. 

Durante un período de unos ocho o diez siglos, el lamaísmo pasó de secta a 
institución gubernativa: el príncipe Conciva-Kelpo (siglo XII) fundó un monasterio en 
Cekia; su hijo fué el gran Lama con el nombre de Kauk-ga-Griembo, y reunió en su 
persona el poder espiritual y temporal. Así estaban las cosas en 1206, época en la cual 
el Thibet se sometió a Tschinggis-Kakham (Gengis-Khan), cuyo nieto abrazó el bu- 
dismo, y los thibetanos vieron en él una nueva encarnación de Buda. Finalmente, bajo 
el gobierno de Koublai, las varias provincias del Thibet fueron distribuidas entre los. 
oficiales del ejército a las órdenes del lama Madi-Dywadscham, el cual fué elevado a la 
dignidad de dalai-lama. Esto tenía lugar en 1260, durando hasta 1368, fecha en la cual 
el Thibet pasó de manos de los mongoles a las de los chinos (2). 

Del budismo hablaremos más detenidamente al exponer las creencias del pueblo 
chino. Aquí mencionaremos la secta de \os jains, que, aunque búdica, difiere del 
budismo por haber conservado en sus dogmas el de la división de castas y concuerda 
con él en la negación de la divina autoridad de los vedas. Divídense estos sectarios en 
cuatro castas, la primera de las cuales es la de los sacer-dotes: tienen un magnífico 
templo, el más soberbio de la India, en el monte Abu, territorio de Serohee, en el 
Rajputana; es todo de piedra mármol, en forma de cruz, y dícese que su construcción 
costó diez y ocho millones de libras esterlinas; tienen, además, un gran templo de 
Karlee (presidencia de Bombay). 

VI 

La India, como dijimos antes, ha sido considerada con razón como un pueblo ert 
el que las exageraciones poéticas tienen no poco de privativo y peculiar. Todas las 

(1) Bí:rsovf, Introductioná l'hisioire du Boudhisme indien {Pañi, ISlt). 

(2) EiKiNs, Chínese Buddhism (Boston, 1880); Leblois, Les Bibles et les initiateurs religieux de 
thumanité (París, 1884); M. Senart, La légende du Buddha '.París, 1882). 



CREENCIAS ÍNDICAS 



47 



leyendas en el fondo son fantásticas y a menudo, por lo extravagantes, resultan grotes- 
cas. [ !i la literatura sánscrita abundan los tipos inverosímiles y los episodios sorpren- 
dentes, desprovistos de toda realidad. 

No pocos de nuestros lectores habrán hallado en libros de mero pasatiempo 
referencias acerca de la secta de los thugs o estranguladores, cuyo origen, según 
opinión de reputados indianistas, se remonta a una época remotísima. Hace medio 
siglo popularizó entre el gran público los crímenes y las fechorías de esta secta de 
iluminados feroces, impulsados por instintos carniceros, el insigne Eugenio Sue, en 
su conocidísima obra El judio errante. 

Los relatos que algunos viajeros ingleses han publicado acerca de los estrangula- 
dores son por demás cu- 
riosos y revisten extraordi- 
nario interés dramático. 

En el libro de Eduardo 
Warren, La India inglesa 
en 1831 (1), se narran epi- 
sodios de tal intensidad 
trágica que conmueven 
hondamente. Parece in- 
concebible que la imagi- 
nación del hombre en todo 
tiempo haya sido capaz de 
perpetrar tan horribles ac- 
ciones. Los thugs tributan 
un culto sanguinario a 
Káli, encarnación del genio 

del Mal, diosa del asesinato, y constituyen una asociación secreta que, valiéndose de 
la estrangulación, sacrifica a todos los extranjeros que encuentra, ofreciéndolos en 
holocausto a sus estúpidas y abominables creencias. Esta sociedad secreta ha hecho 
innumerables víctimas, y a pesar de los esfuerzos inauditos de los ingleses para conse- 
guir su desaparición, ha seguido haciendo nuevos prosélitos, sembrando por doquiera 
la muerte espantosa entre seres indefensos, que calman las iras de la furibunda Káli. 

El origen del thugismo hállanlo la mayoría de los indianólogos en la mitología 
de aquel pueblo. He aquí transcrito en breves términos el símbolo del mito: la esposa 
feroz e implacable de Siva, la diosa de los cuatro brazos, armado uno de ellos de ins- 
trumentos de venganza y destrucción, deseando coadyuvar a la vandálica obra de 
aniquilar lo que Vichnú conservara y encontrando insignificantes sus terribles hazañas 
celestes, quiso extenderlas a la tierra, poniendo a contribución la vida de los mortales. 
Para ello fundó la orden de los thugs, a quienes inició en el arte sacrosanto de la 
estrangulación, y a fin de que no se ocasionase la menor molestia a sus fervorosos 
adeptos en las prácticas, la miema Káli, tuvo a bien recoger en secreto los preciosos 
restos de las víctimas y substraerlos al alcance de los impíos. Pero alguien tuvo la 

U) Véanse del mismo: L'Inde anglaise en 1843-1844 (París, 1845) y Linde anglaise avant et aprés 
linsurrection de 1857 (París, sin fecha). 




La diosa Eáli 



48 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

iiiai>cieción de observarla en su larea de protección a los suyos, e irritada la negra 
diosa castigó a sus misioneros como suelen hacerlo las divinidades, que siempre 
extienden la responsabilidad a las generaciones subsiguientes de la falta o distracción 
de una criatura. Desde aquel instante los thugs quedaban obligados a ocultar los des- 
pojos de sus espantosos sacrificios a las indiscretas miradas de sus perseguidores, si 
bien esto había de ser motivo de grandes beneficios por parte del tercero y cuarto 
brazo de Káli, como obra más meritoria. 

El procedimiento empleado exclusivamente por los thugs ha sido y es el de la 
estrangulación. ¡Ay del infeliz misionero que derramase una sola gota de sangre! No 
siéndole ya propicia Káli, sería desechado en el acto de la santa comunidad, que de lo 
contrario se vería expuesta a que el día menos pensado descargase sobre ella sus 
golpes la iracunda diosa. 

No se ingresa en la orden sin previas ceremonias. Al novicio, una vez despojado 
de sus vestidos, se le sumerge en un baño purificador y, vestido de nuevo, comparece 
ante sus compañeros de sacrificio y se le proclama por éstos hermano en Káli, cuando 
la diosa hase dignado revelar que el neófito merece tanto honor. Esta revelación se 
verifica en un lugar retirado y santo, donde el padre espiritual implora de la diosa 
el favor en pro del hijo regenerado, para que se le admita como aspirante estrangula- 
dos No hay que esperar mucho, pues el menor ruido que se percibe, tal como el 
zumbido de un insecto, el canto de un pájaro, el murmullo de una fuente, el susurro del 
viento, se considera contestación afirmativa. Dicho se está que aun ha de registrarse 
el primer ejemplo de mutismo de la diosa, por lo que el candidato al exterminio puede 
abrigar la seguridad de ingresar en esa secta en que el más atroz de los fanatismos se 
confunde con el crimen erigido en norma. Obtenido el asentimiento de Káli, el neófito 
pronuncia solemnemente sus votos, después de recibir de manos del gurú el hacha de 
acero, símbolo de la nefanda sociedad. Jura acto seguido cumplir los mandatos que se le 
impongan, y una vez el sacerdote le pone en la boca un pedacito de azúcar bendito, el 
novato es proclamado discípulo de Káli. También tienen sus ceremonias las hazañas 
de esta secta de asesinos; se invoca a la diosa antes de perpetrar el crimen y la parte 
del botín que les corresponde se entrega íntegra a sus sacerdotes. De este modo 
quedan los fíeles eximidos de culpabilidad y aun purificados del todo si cada uno 
acompaña particularmente un buen regalo al botín sacerdotal. Para llevar a cabo su 
obra nefasta, los thugs se valen de todos los medios imaginables, dando pruebas 
de astucia y audacia poco comunes. Una de las características de estos sectarios es la 
persistencia en el propósito; cuando traman una conspiración en contra de una perso- 
nalidad relevante le acechan hasta conseguir su objetivo. Se citan ejemplos de haber 
seguido las huellas de sus víctimas futuras durante meses y aun años enteros, sin 
desfallecer, aunque por un largo lapso de tiempo las hubiesen perdido de vista. Los 
medios de que se valen para dar el golpe acusan una gran destreza: un lazo dirigido 
con mano segura cuando están a corta distancia de los perseguidos, o un simple 
pañuelo durante el sueño de éstos, son instrumentos fatales de estrangulación irreme- 
diable. Algunos viajeros europeos han supuesto que tan temibles bandidos obede- 
cen más, en sus feroces campañas de exterminio, a instintos de crueldad y rapiña 
que a la intencionalidad plena de cumplir un acto meritorio y propicio a la divinidad 



CREENCIAS ÍNDICAS 49 

índica. Sea de ello lo que fuere, no es lueiios real y sensible que lo:, uxliaiijeros que 
viajan por aquel país hállanse expuestos al encuentro funesto de esos fanáticos y cri- 
minales, tan peligrosos y temibles, y acaso más, que los carnívoros del Ganges. 

Para hacerse cargo de hasta qué punto llega la astucia con que esos apóstoles de 
aniquilar vidas ajenas cumplen sus votos, transcribiremos un pasaje de la obra Paseos 
y recuerdos, del coronel inglés Sleeman, director que fué de la policía especial encar- 
gada de la persecución del thugismo: «Dirigíase un oficial mongol, de porte distinguido 
y elegante figura, de Punjab al reino de Oude, cruzando una mañana el Ganges a poca 
distancia del Meerat, para tomar la carretera de Barcilly; cabalgaba en hermosa mon- 
tura turcomán y acompañábanle el criado y el palafrenero. Al llegar a la orilla izquierda 
del río el oficial se encontró con un grupo de hombres de aspecto nada sospechoso, 
que casualmente se dirigían por el mismo camino; al verle, éstos se le acercaron hu- 
mildemente con el objeto de entablar conversación, pero el oficial, conocedor de las 
maniobras de los thugs, y en previsión de un encuentro peligroso, ordenó a los viaje- 
ros que desistieran de acompañarle. En vano se esforzaron para disuadirle de su recelo. 
Hincháronse las narices del oficial, sus ojos echaron fuego, y con voz atronadora 
intimó a los extranjeros la orden terminante de alejarse, la cual cumplieron. 

»A1 día siguiente, nuevo encuentro del oficial con el mismo número de viajeros, 
si bien de aspecto distinto; esta vez eran musulmanes. En seguida se acercaron a él 
haciendo un sin fin de cortesías y significándole los peligros que ofrecía el camino, le 
pidieron por favor que les permitiera acogerse bajo su protección. El oficial no prestó 
oídos a la proposición, pero como los viajeros persistieran en ello, las narices del oficial 
hincháronse de nuevo y sus ojos lanzaron rayos; puso mano al sable y mandóles que 
se alejaran, pues de lo contrario iíban a rodar sus cabezas por el suelo. 

»E1 mongol era en verdad un caballero apuesto y gallardo, llevaba a la espalda 
un arco y una aljaba repleta de saetas, y, además del sable, un par de pistolas a la 
cintura. Aquellos desalmados obedecieron sin chistar y apartáronse azorados. 

»Por la noche, al llegar a una caravanera, dieron los expedicionarios con un nuevo 
grupo de viajeros que entraron en relación con el criado y el palafrenero, con el fin de 
poder acercarse mejor al amo. A la mañana siguiente, a pesar de las advertencias que 
les hicieron los servidores, intentaron conquistar la confianza del oficial, quien por 
tercera vez desoyó sus peticiones y mandóles imperiosamente que dieran paso atrás. 

»El cuarto día, prosiguiendo su camino el mongol, llegó en medio de una llanura 
desierta. Seguíanle sus domésticos a cierta distancia, cuando se encontró a presencia 
de seis pobres musulmanes que lloraban ante el cadáver de uno de sus companeros, 
muerto a orillas del camino: eran soldados de Lahore, que tras larga ausencia volvían 
a Lukano a juntarse con sus mujeres e hijos. El compañero, la alegría y esperanza de 
su familia, había sucumbido a las fatigas del viaje, por lo que iban a depositar su 
cuerpo inerte en el foso que ellos mismos acababan de abrir; pero los pobrecitos 
se veían en un grave apuro, como no sabían leer no podían valerse del Corán para 
dedicar al difunto las oraciones prescritas; rogaron, pues, al oficial que rindiese el 
último tributo a la memoria del compañero muerto, pensando quizá que este acto de 
piedad le sería indemnizado con creces en esta vida y en la otra. 

>No se resistió el mongol a este llamamiento de su religión y se apeó del caba- 

Tomol. — 7. 



50 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



lio. Habíase colocado el cadáver en el foso, según prescribe el Corán, con la cabeza 
vuelta hacia la Meca; extendido un tapiz delante del oficial, y despojádose éste de la 
aljaba, del sable y de las pistolas, que colocó al borde del foso; así desarmado, se lavó 
la cara, los pies y las manos, a fin de purificarse antes de rezar y arrodillándose recitó 
en voz alta el oficio de difuntos. Dos compañeros del muerto, de rodillas cerca del 
cadáver, rezaban y lloraban. Los cuatro restantes habían ido al encuentro de los dos 
servidores del oficial, para evitar que su llegada interrumpiese las oraciones del buen 

samaritano. De pronto, dada la 
señal previamente convenida, se 
tiraron los pañuelos, y a los pocos 
minutos el mongol y sus dos cria- 
dos se encontraban amontonados 
en el foso. Cuantos viajeros había 
encontrado el mongol pertenecían 
a una misma banda de thugs del 
reino de Oude, quienes desespe- 
rando captarse la confianza del 
oficial con buenas palabras, urdie- 
ron esta estratagema para asesi- 
narle y apoderarse de su dinero y 
alhajas.» 




I 
I 



Nagda: Templo de Banka 



Los maharajas forman una 
secta sacerdotal de la India. Algu- 
nos indianistas afirman la existen- 
cia de numerosas obras, cuya im- 
portancia es notoria y que fueron 
debidas a los maharajas; además, 
se han hallado testimonios escritos 
dé cuyo valor no puede dudarse, 
y que atestiguan que revistió su 
credo un carácter religioso y que alcanzó cierta popularidad. El origen de la secta fué 
místico y se funda en la creencia en la Vallabha Charga, el cual es creído por haber 
sido una encarnación del dios Crichna. Los maharajas pretenden ser descendientes de 
Vallabha y consideran haber obtenido de sus secuaces el propio carácter y pasado por 
las mismas encarnaciones que aquel dios, por sucesión hereditaria. 

Las ceremonias del culto tributado a Crichna por aquellos sacerdotes revisten todas 
ellas un carácter repulsivo, en el que las más repugnantes prácticas ocupan un lugar 
principal. En esta secta predominan de una parte el materialismo más grosero, y de 
otra la licenciosidad brutal; el erotismo y los ritos dedicados al Ser supremo se trans- 
fieren a aquellos que pretenden ser vivas encarnaciones divinas; por esto, sin duda, los 
sacerdotes hállanse investidos de poder tan amplio respecto a las devotas del sexo 



CREENCIAS ÍNDICAS 51 

femenino; ejercen cerca de la mujer una influencia ilimitada, más que por imposición 
por propio consentimiento suyo, puesto que se somete y considera como un alto honor 

recibir temporalmente las atenciones de los sacerdotes. 

Los maharajas conquistaron las simpatías femeninas, no sólo por la doctrina, sino 
también con su conducta. Se valen de todas las armas que ofrece la sugestión a quien 
sabe esgrimirlas con destreza. Consiguieron interesar la credulidad de cientos y miles 
de mujeres, en cuyos hogares supieron entrometerse, erigiéndose en dominadores de 
la mujer y regulando con su intervención las relaciones entre los esposos y la vida do- 
méstica por completo. En 1862, con motivo de un proceso contra los maharajas, visto 
ante el Tribunal Supremo de Bombay, se puso de manifiesto que los directores de las 
más poderosas y conocidas sociedades mercantiles constituidas por individuos indí- 
genas del centro y del este de la India, adoraban por dios a un sacerdote de costum- 
bres depravadas, cien veces peor que un viejo sátiro. 

Sólo se comprende el poder enorme de la sugestión ejercida de modo constante al 
examinar casos como el que referimos. Aquellas gentes sencillas, comportándose como 
fíeles sumisos de su dios, hacían al citado sacerdote ofrenda de tan, man y dhan, o sea 
su cuerpo, su pensamiento y sus bienes. Fué tan intenso el influjo que ejerció entre 
sus fíeles el sacerdote, que, por completo rendidos a sus predicaciones y fanatizados 
hasta la locura, llegaron a beber el agua en que se había bañado el perspicaz menear. 

Esta secta se extendió con rapidez por distintas regiones de la India y estableció 
en varias poblaciones núcleos de propaganda. Según algunos viajeros, se tiene noticia 
de setenta u ochenta maharajas. Como signo distintivo llevan en la frente dos líneas 
perpendiculares rojas, terminando en semicírculo en el arranque de la nariz y con una 
mancha esférica del mismo color entre las dos líneas. 

Aunque los maharajas no constituyen una sociedad secreta en el sentido estricto, 
no obstante, como quiera que una gran parte del culto de la secta se realiza en silen- 
cio y en lugares cerrados, puede ser considerada como secreta; y aunque los individuos 
encartados en el proceso de Bombay se obstinaron en negar la veracidad de las repug- 
nantes prácticas, el tribunal tuvo elementos bastantes para descubrir la existencia de 
esta secta, constituida por seres abyectos en quienes la libídine y la superstición habían 
aniquilado toda noción de dignidad. 



La secta de los sikhs, nombre que significa discípulo o fiel devoto, es relativamente 
moderna. La mayoría de los autores, y entre ellos Heckethorn (1), sustentan la opinión 
de que apareció en 1510, de cuya fecha datan las primeras noticias que de la misma se 
tienen. Su profeta fué Nanuck, y desde un principio las predicaciones de este sectario 
tuvieron un carácter predominantemente religioso. Dos siglos más tarde, Goru-Qo- 
vindu, le infundió un espíritu militar, añadiendo al libro sagrado de la secta la espada. 
De 1798 a 1839 los sikhs alcanzaron gran influjo y su predicamento fué considerable, 
siendo en este período cuando su poder se hizo más efectivo. . 

(1) Obra citada. 



52 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



El distintivo de esta secta fué el traje azul, porque Bala Ram, hermano de Crichna, 
se representa siempre usando vestido azul, con largos cabellos y barba; sus individuos 
tienen que llevar acero en su persona en alguna forma. Actualmente, el sikh viste, de 
ordinario, de color blanco claro. Todas las variantes se incluyeron en una hermandad, 
llamada Khalsa (que significa salvada o libertada), en la que fué abolida toda diferencia 

social. Los fieros y fanáticos 
akalis fueron sacerdotes mi- 
litares, sombría hermandad 
de militares devotos ocupa- 
dos principalmente en su 
gran templo de Amritsar 
(que significa la fuente de la 
mortalidad). Estos iniciaban 
a los convertidos, lo cual 
hacían confiriendo al neófito 
el uso del vestido azul, y pre- 
sentándolo con cinco armas 
— una espada, un fusil, arco, 
flecha y pica. Además, se le 
ordena que se abstenga de 
tener relaciones con las sec- 
tas cismáticas y que practi- 
que ciertas virtudes. Como, 
según la tradición, Govindu 
antes de morir exclamó: «En 
donde quiera que se hallen 
cinco sikhs reunidos. Yo 
estaré presente», se necesi- 
tan cinco sikhs para ejecutar 
el rito de la iniciación. Los 
sikhs pueden comer toda 
clase de carne excepto la 
vaca, animal tan sagrado 
para ellos como para los 
hindus. 
La fase del fanatismo Sikh, cuya existencia revelaron los asesinatos kookas de 1872, 
puede compendiarse en los siguientes principios: El movimiento fué iniciado algunos 
años después por Ram Singh, sikh, fijando los cuarteles generales en la aldea Bainee, 
distrito de Loodhiana. Se dice que su programa tendía más bien a la reforma de 
los ritos que a la de las creencias de sus paisanos. Además, parece que sus fíeles 
habían tomado algunas imitaciones de los danzantes derviches de Islam. En sus re- 
uniones se entregaban a una especie de locura religiosa, la cual era seguida de. 
desenfrenados gritos; d,e aquí que eran generalmente conocidos por «aulladores». Los( 
hombres y las mujeres de la nueva secta se reunían en una especie de danza militar 




Sriringam: Gran pagoda: detalle de columnas 



CREENCIAS ÍNDICAS 53 

salvaje, aullando ciertas palabras y desnudándose de sus ropas, mientras daban vuel- 
tas, girando cada vez más rápidamente. El mismo Ram Singh había prestado servicio 
en el ejército del antiguo Sikli y uno de sus primeros hechos fué obtener que un número 
de sus emisarios se alistaran al ejército del Maharajah de Cachemira, al norte de la 
ludia. Se dice de aquel jefe que quería haber obtenido un completo regimiento de 
kookas como paga, pero por alguna causa desconocida fracasó este plan. Posiblemente 
tomó miedo a la influencia política que sus nuevos reclutas o sus aliados ingleses po- 
dían ejercer contra él. Sin embargo, los secuaces de Ram Singh se multiplicaron rápida- 
mente; y de entre éstos escogió sus lugartenientes, cuya propaganda elevó a su vez el 
número de los convertidos a cerca de 100,000. De estos soubahs o lugartenientes, unos 
veinte fueron distribuidos en el Punjal (Pendjal, región norte del Indostán). La gran 
masa de los adeptos se componía de artesanos y gente de castas más bajas, los cuales, no 
teniendo nada que perder, se entregaban a extraviados ensueños de futuras ganancias; 
el poder de su portavoz sobre ellos parece que fué muy grande; obedecían sus órdenes 
tan alegremente como los asesinos de otros tiempos obedecían al Viejo Hombre de la 
Montaña. Si tenía que mandar un mensaje a uno de sus lugartenientes, por lejos que 
fuese, entregaba una carta a uno de sus subditos, el cual corría a toda prisa a la próxi- 
ma estación del campamento y la entregaba a otro, quien inmediatamente dejaba su 
trabajo y se apresuraba de igual modo a entregar la carta a un tercero. Con el fin de 
asegurar su poder sobre los fieles, Ram Singh pensó intercalar su propio nombre en 
un pasaje del libro sagrado de los sikhs, el cual profetizaba el advenimiento de otro 
Gurú, profeta o maestro. Pero cualesquiera que fueran las doctrinas de este nuevo 
leader religioso, había motivos para pensar que su última intención era hacer recobrar 
a los sikhs su antigua supremacía en el Penjal por medio de una restauración religiosa; 
él agitaba el fervor religioso de sus creyentes imprimiendo en ellos la idea de que su 
guerra era una lucha contra el matador de la sagrada vaca, la cual, naturalmente, 
para sus conquistadores europeos no era sagrada y había dejado de serlo también para 
muchos naturales de la India. La insurrección fué rápidamente sofocada. Toda la par- 
tida, la cual nunca llegó a trescientos, fué cazada y sus jefes pasados por las armas. 
Esto puede parecer un severo castigo; pero se comprende que, aunque el número de 
los que fueron hechos prisioneros con las armas en las manos era muy pequeño, tenía 
detrás un cuerpo de cerca de 100,000 fieles, unidos fuertemente por un común fanatis- 
mo, al que se le debía enseñar por una rápida y severa acción que el poder británico 
en la India no podía ser atacado impunemente. 

Los sikhs están divididos en numerosas ramificaciones, siendo la más importante la 
comunidad Govind-Ginhi, comprendiendo la asociación política del pueblo Sikh. La 
secta Sikh como religión y entidad secreta ha disminuido rápidamente v ^u poder ha 
quedado en buena parte extinguido. 



La secta de los wahabaes, cuyos miembros atrajeron considerablemente la atención 
en 1871, con motivo de sospecharse que hubiesen tenido conexión con los asesinos 
de Normán, juez principal en Calcuta, y de Lord Mayo an 1872, tiene el siguiente 



54 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

origen. En 1740 apareció un reformador mahometano en Nejd, llamado Abdu'l Wahab, 
que conquistó gran parte de la Arabia turca y que murió en 1787 habiendo fundado 
una secta conocida por los wahabaes. La palabra wahab significa «Dispensador de 
Gracias», uno de los epítetos de Dios; Abdul Wahab significa siervo del Todo Genero- 
so. Los wahabaes tomaron a Meca y a Medina, y casi expulsaron a los turcos de la tierra 
del Profeta; pero en 1818 el poder de estos temibles reformadores, cuya doctrina es 
una especie de socinianismo islamita (no concediendo ningún título para la adoración a 
Mahoma), disminuyó en Arabia para reaparecer en la India bajo un nuevo leader, Saiyid 
Ahmad, quien desertando de una de las pandillas de Amir Khan, fué, en 1816, a Delhi 
a estudiar leyes; allí se dio al ascetismo fingiendo visiones y favores sobrenaturales de 
lo alto, y saliendo de Delhi a los tres años, empezó su misión viajando por Potna y 
Calcuta, en donde las muchedumbres le llevaron en palmas, aclamándole como pro- 
feta y libertador del país. En 1823 pasó de Bombay a Rohilkhand, y habiendo levan- 
tado un ejército de fieles, atravesó la tierra de los Cinco Ríos, y cernióse como una 
tempestad en las montañas del noroeste de Pashawur. Desde entonces el campo rebelde 
allí fundado ha sido sostenido por el principal centro de Potna, con bandadas de faná- 
ticos y dinero recogido imponiendo tributos a los fieles. Para explicarse tal éxito, 
tenga en cuenta el lector que en países mahometanos un doctor en leyes civiles, tal 
como Saiyid Ahmad era, puede tener el fin de la paz y de la guerra en sus manos, 
porque para los mahometanos la ley y el Evangelio van juntos y el Corán representa a 
ambos. Akbar, el más gran monarca mahometano, fué casi derribado de las alturas del 
poder por una decisión del jurista Saunpur, declarando que era legal la rebelión con- 
tra él. Y la doctrina de Wahabae es que se debe hacer la guerra contra todos los que 
no son de su fe y especialmente contra el Gobierno británico, como a gran opresor 
del mundo mahometano. Veinte sanguinarias campañas contra estos huéspedes, ayu- 
dados por las tribus vecinas de los afganes, no han sido suficientes para desalojarlos; 
ellos permanecen para alentar algún invasor, algún enemigo del pueblo inglés, a quien 
sin duda daría inmenso apoyo. Aunque la general impresión en Inglaterra y en la India 
parece ser que el asesinato de Mr. Normán no puede ser atribuido a una intriga waha- 
bae, no obstante, es tan poco conocida la constitución, fuerza numérica y fines de las 
sociedades secretas de la India, que una presuntuosa confidencia acerca de la lealtad 
de las masas extranjeras — como el Times curiosamente las llama — a la parte de los 
residentes ingleses de la India, es grande para ser condenada, porque entre ellos existe 
una activa propaganda de los fanáticos wahabaes en los grandes centros musulmanes; 
y aunque la vasta sociedad musulmana de toda la India mire con aversión o indife- 
rencia a los fanáticos, no obstante necesitan cuidadosa vigilancia por parte del Go- 
bierno (1). 

Unas líneas más arriba hemos hecho mención de las sociedades secretas de la 
India, de entre ellas podemos hacer especial mención de la colonia Mina de ladrones 
en Shahjahanpur, ciudad que forma parte de las posesiones de los Pataus Rohillas, 
cuyo dominio fué destruido por Inglaterra en 1774. Los minas son descendientes de los 
jefes rohillas, y el distrito que ellos ocupan, siendo el centro de una pequeña porción 
de terreno completamente rodeado por estados indígenas independientes, les da refu- 
(1) E. Balfolr, Cyc/operf/flo/Md/aO volúmenes. Londres, 1885). 



CREENCIAS ÍNDICAS 



55 



^iü y fáciles medios para escapar cuando son perseguidos por la policía inj^lcsa. IJloi, 
son sin duda alentados y protegidos por los pequeños jefes y principales hombres de 
los estados indígenas, quienes participan de los despojos. Se supone que forman una 
corporación algo similar a la Garduña. Se ha sugerido que los minas, dotados como 
están de un espléndido organismo y un valor brutal, verdaderas cualidades necesarias 
para tal fin, podrían ser utilizados en las líneas fronterizas y litorales, de la misma ma- 
nera que los mazbis, tribu seme- 
jante que se dedicaba al merodeo. 



VII 

Lo que dijimos antes acerca 
de los wahabaes, y de su tenden- 
cia obstruccionista contra el pro- 
ceder del Gobierno británico, nos 
sugiere algunas consideraciones 
respecto al espíritu autóctono de 
los indios, que revive ahora bajo 
distintos aspectos. 

Sábese que con motivo de la 
coronación de Jorge V, como em- 
perador de la India, en Delhi, en 
diciembre de 1911, comprometió- 
se el soberano a introducir en la 
organización política de la India 
algunas modificaciones encamina- 
das principalmente a atender a las 
reclamaciones de los indios y a 
calmar la agitación que no pocas 
veces se había exteriorizado con- 
tra la dominación inglesa. Con 
esta ocasión un indio escribió y publicó un artículo de revista (1) indicando al empe- 
rador-rey las medidas más adecuadas para granjearle ía sumisión y aun la adhesión 
de los secuaces del culto brahmánico. El autor de este artículo, del cual citaremos al- 
gunos pasajes, se llama Swámi Bábá Bhárata; es un brahmán de la estrecha observan- 
cia y ejerce un cargo religioso: «En cuanto a los principios de mi creencia religiosa, 
dice, pertenezco a la más estricta ortodoxia hindú de toda la India, y cuando resido en 
ella me acomodo en un todo a las fórmulas de esta vida ascética ortodoxa... Perte- 
nezco estrictamente al orden espiritual, como sabe todo el mundo y mi conducta lo 
comprueba.» Efectivamente, Swámin no se mezcla nunca en política ni tiene nada de 
demagogo. Ha visitado los Estados Unidos y probablemente la mayoría de las nacio- 




Puri: Templo de Jaggeriuntb 



(1 ) How king George could win the hearis of the Hindoos, en The ninenteenth Century and after. 
Fascículo de enero 1912. 



56 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



nes de Europa; pero lo cierto es que la civilización occidental le inspira la más vio- 
lenta antipatía. El lector, pues, leerá con curiosidad la formidable requisitoria que pro- 
nuncia contra nuestra civilización, y en sus palabras, al lado de palpables exageracio- 
nes que se explican perfectamente por el contraste con las ideas de su propia raza, no 
dejará de reconocer un gran fondo de verdad. 

«La calamidad mayor para los hindus es el sistema de educación actualmente en 

vigor en la India; esta edu- 
cación, importada de In- 
glaterra y mal aplicada en 
nuestro país, llena de con- 
cepciones de una civiliza- 
ción exótica e inestable, es 
el mayor peligro para nues- 
tra raza... La civilización 
hindú es tan antigua como 
el mundo, a despecho de lo 
que puedan decir orientalis- 
tas mal informados. Es tan 
difícil extinguir los instintos 
morales, filosóficos, religio- 
sos, sociales y domésticos, 
como imposible es borrar 
de los fastos de la historia 
lo realmente acontecido. El 
resultado de este sistema de 
educación es dislocar el es- 
píritu, el cerebro y el cora- 
zón del hindú... Porque 
después de todo, ¿a qué vie- 
ne esta civilización? He vi- 
vido más de siete años en 
cuatro de los principales 
centros de la India, en don- 
de la civilización inglesa se 
halla más desarrollada, y 
he de confesar que el estu- 
dio de los hechos me ha causado profunda pena. Esta tan decantada civilización ha 
abolido la idea misma de humanidad, ha creado en el hombre necesidades artificiales, 
haciendo de él un esclavo condenado a trabajar para satisfacerlas. El hombre no co- 
noce ni la paz ni a sí mismo, ni cuál sea el objetivo real de su vida; la civilización le 
ha convertido en un manojo de nervios en perpetua tensión. Ahora bien, los indios 
no son una raza civilizable a la moderna, y, por lo mismo, ni el mahometismo ni el 
cristianismo, ni la civilización occidental, han conseguido imprimir su huella en la 
conciencia hindú.» 




B»dami; Temrjlo subterráneo 



CREENCIAS ÍNDICAS 



57 



El consejo que Swámi da al Gobierno británico es que imite al soberano mogol 
Akbar el Grande, quien se granjeó la benevolencia de sus subditos hindus prohibiendo 
el sacrificio de las vacas con destino al consumo público. La vaca es para los hindus 
un animal sagrado, no sólo por la leche que suministra, sino en virtud de las concep- 
ciones mitológicas que encarna. Por lo cual, el consumo que de esta carne hacen 
lo europeos establecidos en la India, es motivo de grave escándalo para los naturales 
del país. 

Las opiniones de este sabio hindú nos han parecido interesantes por la luz que 
arrojan sobre las dificultades que los ingleses encuentran para conseguir el afianza- 
miento de sus dominios, para lo cual son un gran obstáculo las diferencias de religión. 

En la India existen constantemente en estado latente los gérmenes de rebeldía. En 
la actualidad las sociedades secretas siguen laborando en la sombra y sólo necesitan 
una circunstancia favorable que contribuya a exteriorizar el odio que se halla en incu- 
bación en el ánimo de las muchedumbres hindus, que ven en la resurrección de sus 
ritos la fuente de su bienestar y su definitiva liberación. 

No hay que olvidar lo que ocurrió en 1857, cuando en vísperas del centenario de 
la batalla de Platsey surgió entre los hindus una sorda fermentación, pues a propósito 
de los cartuchos engrasados con manteca de cerdo sin sal, explotó de repente la terri- 
ble insurrección que puso en inminente peligro de muerte la dominación británica en 
la India. Sabido es que el empleo de la grasa de cerdo está rigurosamente prohibido 
en el código brahmánico. Ya antes de estallar dicha revolución, las sociedades secretas 
trabajaban en el misterio haciendo que se repartiesen de aldea en aldea ciertos pane- 
cillos, los cuales eran un símbolo de excitación al pueblo para el levantamiento gene- 
ral. De ésta y de otras, que al parecer eran puras ceremonias religiosas, hablaba con 
desprecio la prensa inglesa, y, sin embargo, ellas fueron el botafuego de la revolu- 
ción (1). 

(1) Al escribir estas líneas (1912) tenemos a la vista dos libros que acaban de publicarse sobre la insu- 
rrección de la India en 1857, los que puede consultar el lector. Son: A history of fe Iridian Mutiny, 
reviewed and illustrated from. original documents, por W. Forrest; y A fly on tfie wheel; or How I 
helped to Govern India, por Th. A. Lewin, 




BAJorreliete de Us grutu de SleíknU 



Tomo I. — 8. 



CAPÍTULO IV 



El pueblo chino y sus creencias 

I. Interés de la intelectualidad y política europeas hacia los pueblos orientales. Generalidades: «el peligro 
amarillo». La organización militar y el aumento de población en China; bosquejo antropológico e 
histórico; la Gran Muralla y el Oran Canal: posición geográfica de China.— II. Mentalidad del pueblo 
chino: sus tradiciones, su cosmogonía Jy sus ceremonias. Confucio: el hombre; su doctrina; breve 
examen de la literatura confuciana: Taoísmo; Lao-tsé y sus relaciones con Confucio.— III. Las socie- 
dades secretas de China en tiempo de las dinastías antiguas: su actuación en las invasiones tártara y 
mongólica; bosquejo de la psicología y costumbres de la corte y del pueblo.— IV. Vicisitudes del 
pueblo chino en la época moderna: revolución de Hung-Siu-tsuan; sus triunfos y sus fracasos.— V. Las 
sociedades secretas del último tercio del siglo XIX y primeros del XX y su decidida actuación política; 
ojeada retrospectiva. Principales sociedades secretas y sus manejos; campañas de represión de los 
Gobiernos: ceremonias para el ingreso de los afiliados en las sociedades secretas.— VI. Las ideas 
europeas en China: el alborear del feminismo: el despertar del pueblo chino; las sociedades secretas 
impulsando el movimiento de transformación: germinación de las ideas revolucionarias; luchas polí- 
ticas.— VIL Foco de la revolución; ciudades afectas al movimiento emancipador: proclamación de la 
República: dos palabras acerca de la génesis y carácter de la revolución de China. El ocaso de los 
dioses de la China. 

I 



odo lo que respecta al Extremo Oriente llama de un modo extraordinario la 
atención del mundo civilizado occidental. Las ¡miradas de los grandes polí- 
ticos convergen allí como en un punto culminante, que andando el tiempo 
puede ser centro de profundas metamorfosis que señalen nuevos derroteros 
a la marcha de las naciones de todos los problemas que se pueden poner en el tapete 
en materia de política internacional, ninguno más desconcertante y aun quizás más 
pavoroso que el que encierran estas palabras: «¿Y los chinos?* (1). Para el Occidente 
el «peligro amarillo» subsiste: M. John Stuar Thomson, en su iibro The Chínese (2), 
da interesantes detalles acerca del movimiento progresivo de China. De las escuelas 
militares de Cantón, Nankín y Pekín, dirigidas por el Japón y provistas de personal 
docente japonés, salen anualmente trescientos oficiales, a los que se añaden setecientos 
más graduados en las academias del mismo Japón, de manera que los ejércitos de 
China tendrán, a no tardar, un Estado mayor muy nutrido de oficiales instruidos 
a la moderna. Según dice el coronel francés Hericourt D'Adam, a propósito de la 
organización militar de aquel país, el Ejército de esta nación, ya en los comienzos 
del siglo actual estaba formado por soldados valerosos y aguerridos, dirigidos por 

(1) PuTNAM Weale, The Reshaping of the Far East, 2 t. (Londres, 1905\ 

(2) The Bobbs-Merrill Company Indianopolis (1911). 




EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 



5Q 



jetes inteligentes y con suficiente prestigio mural para mantener la disciplina ma.. ..^.. 
rosa. Las fuerzas de la China hoy realmente utilizables, forman un contingente de 
135,000 hombres. A raíz de la invasión de 1905, y sobre todo desde 1904, se han 
sentado las bases de una nueva organización militar; cada una de las diez y ocho pro- 
vincias del entonces imperio costituían dos divisiones. Esta nueva organización en- 
cuadró perfectamente por la circunstancia de estar bien retribuido el soldado, el cual 




atentados anarquistas anteriores a la revelación de noviembre de 1911 



percibe un haber equivalente a diez y seis francos mensuales, estipendio suficiente si 
se tiene en cuenta que es un país en el que las subsistencias no son caras. 

A pesar de todas estas ventajas conseguidas merced al espíritu reformista, es 
creencia generalizada entre los técnicos militares europeos que el Ejército chino to- 
davía carece de la cohesión necesaria para que sus movimientos tengan una verdade- 
ra unidad, y que aun le queda no poco que aprender en el arte militar contemporáneo: 
el pueblo, por otra parte, necesita evolucionar más hasta llegar a compenetrarse de la 
mentalidad y las aspiraciones europeas (1). La tendencia del Japón a unir sus esfuerzos 

(1) Driault, La question d' Extreme Or/en/ (París, 1907); Novicow, El porvenir de la raza blanca 
(trad. Madrid, La España Moderna, 1. IV, cap. XIII, obra de tendencias optimistas); J. O. P. Bland, The 
yellow peril, en The nineteenih Century and afier, n.° 423 (mayo 1912>, pág. 1017-1028; A. Ular, La 
militar isation de la Chine, en La Revue (1904), t. 53, pág. 175-91. 



60 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



a los de su nación vecina no es desconocida para ningún observador de la marcha de 
los acontecimientos mundiales, y quizá espere esta nación el momento de un conflicto 
acerca la supremacía en el Pacífico para ir más allá de lo que el estado actual de cosas 
le permite, cayendo los dos colosos del Oriente unidos, sobre la decadente civilización 
de la raza blanca (1). 

Echando una mirada retrospectiva, la historia nos dice que el pasado de la China es 
glorioso V qik' por lo mismo su despertar puede tener gran trascendencia (2). Durante 
un período histórico, tan largo como ninguna otra raza puede presentar, fué China la 
educadora de diferentes naciones que a su alrededor vivían, en las letras, las artes y las 
ciencias; ella íuc la que las preservó de las invasiones de los sikos, los vándalos y los 

eslavos; a su sombra nació y se educó el imperio japo- 
nés: la China mantuvo la soberanía y la tranquilidad 
en sus valles de la región del Sur, durante una etapa 
histórica en que la Europa meridional sufrió rudos 
quebrantos en su civilización, en su población y en 
los dominios intelectuales y étnicos. Las plagas de las 
inundaciones y el hambre se han cebado en China 
como en ningún otro país del orbe (3), sin embargo 
hoy puede mostrar con orgullo sus cuatrocientos mi- 
llones de habitantes como el testimonio el más elo- 
cuente de su horror a las desoladoras guerras y de su 
obediencia al mandamiento de la ley escrita: «No ma- 
tarás», que las naciones del Occidente, a pesar de su 
cristianismo, no han sabido cumplir. 

Ateniéndonos a los principios de la Teoría Evolu- 
cionista, aceptada modernamente por todos los sabios 
que han indagado la génesis o formación del mundo 
y de los seres que pueblan el planeta (4), creemos un absurdo fijar la fecha en que se 
pobló un territorio por el hombre. Los países no permanecieron en la antigüedad 
desiertos, esperando que fueran a habitarlos las gentes salidas de un solo punto de la 




El Dr. Sun-Yat-Sen 



(1) Le Bos, Les lois psychologiques de Vévolution des peuples (París, 1894); Moireau, Le mouve- 
ment économique, en la Revue des Deux Mondes de 15 de agosto de 1895. 

(2) El veneciano Marco Polo fué quien, de regreso a su patria el año 1295, escribió la primera narra- 
ción europea del imperio chino dando a conocer el país de Calay, con el título Deüe Meraviglie del 
Mondo da luí vadute. En 1661 se hizo en Zaragoza una traducción española intitulada Historia de las 
grandezas y cosas maravillosas de las Provincias orientales, traducida en romano y añadida en mu- 
chas partes por Boba y Castro. Siguen a éste una porción de misioneros religiosos que describieron el 
estado e historia de las Indias, entre ellos fray González de Mendoza, Historia de las cosas más notables, 
ritos y costumbres del gran reino de la China, Valencia, 1585; Roma, ídem, y Amberes, 1596; y P. Du- 
Halde, Descríption du gran empire de Chine. A estos y otros historiadores les fué fácil encontrar mate- 
rial acerca de los hechos acaecidos en China, debido al gran número de obras que dejaron escritas los 
historiadores de aquel país. 

(3) J. O. P. Blant, lug. cit., opina que la cifra de 400 millones de habitantes es exagerada, afirmando 
que el censo de 1910 acusó sólo 320 millones. Otros autores, sin embargo, aseguran que la población de 
China pasa de 400 millones. En un país de tan relativo atraso es muy difícil hacer un censo verdad. 

W) Haeckel, Histoire de la Création naturelle (París, 1874); Spencer, Principies of Biology. t. I, 
(París, 1877). 



EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 



61 



tierra. Los antropólogos evolucionistas rechazan como absurdo que todos los hom- 
bres procedan de una pareja creada por la manipulación de un Dios y soltada allá 
cerca de las orillas del mar Caspio, desde donde, según la Biblia, los hijos de Adán se 
dispersaron por el globo. El hombre antes de ser civilizado se ha encontrado en el 
estado salvaje, pasando de una etapa a la otra por una serie de tránsitos graduales. La 
fase del hombre salvaje no se caracteriza por ningún tipo determinado: sino que entre 
los salvajes encontramos una variedad tan asombrosa como la que existe entre los 
hombres civilizados y los que viven 
en la barbarie. Se encuentran bos- 
quimanos tan alejados del hombre 
europeo, que es más fácil confundir- 
los con animales que no con seres 
humanos; desnudos, sin chozas, sin 
saber cazar siquiera los animales que 
les han de servir de alimento y de una 
complexión orgánica grosera (1). To- 
davía se han descubierto en excava- 
ciones practicadas en terrenos que 
contienen restos humanos de épocas 
muy antiguas (principios de la época 
geológica cuaternaria) esqueletos que 
demuestran pertenecer a seres de una 
inferioridad mucho más acentuada 
que los bosquimanos del África ac- 
tual. Pues bien, aquellos seres de una 
constitución orgánica muy aproxima- 
da al gorila, chimpancé, etc., han Ido 
progresando a través de los siglos, de 
millares de siglos, hasta formar las 
modernas razas humanas. 

Los tipos más primitivos que hoy 
se conocen, los más arcaicos que se 
han podido descubrir no son, sin 

duda alguna, los primeros que aparecieron en el globo. El hombre de las pampas 
argentinas procedía de otros tipos todavía inferiores a él; y'así podríamos seguir la 
cadena continua que une al hombre culto y civilizado con las especies animales más 
inferiores. Estas razas primitivas existían en diversas localidades del mundo, con earacr 
teres peculiares en cada país: la tierra se pobló simultáneamente por todos los ámbitos 
de su órbita: algunas tribus emigraban de su territorio en busca de sustento cuando el 
número de sus individuos se había multiplicado excesivamente: al penetrar en una 
nueva comarca se pondrían en lucha con los habitantes establecidos allí, realizando 
una de tantas invasiones de que habla la historia. Así, concebidos los albores de la 
protohistoria o prehistoria', resulta que no existen los primeros habitantes de un país 

( 1 ) Letourneau, Psychologie Ethnique (París, 1901 ). 

Torno;!. —9. 




Tchaog 

Primer secretario de la nueva república china j presidente 
del eomite rerolucionario en París 



62 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



en el sentido riguroso de la palabra. Podremos hablar de los primeros moradores 
conocidos como pueblo, pero, por lo sentado anteriormente; antes de ellos existirían 
otros y antes otros, formando una serie descendente y conducente a la animalidad, es 
decir, a los tipos que están por debajo de la especie humana. 

La antigüedad de un pueblo debiera, en rigor, designar antigüedad en civilización, 
ya que pudiera darse el caso de que razas— como la negra africana— tuviesen una 
génesis anterior a la de los pueblos que poseen una historia formada y que les fija 
una prioridad, con datos incompletos. Si bien mencionamos— a título de leyenda- 
ciertos supuestos orígenes de pueblos y sociedades, lo hacemos tan sólo como mera 




Templo de los quinientos Genios, en Cantón 

curiosidad, la que al mismo tiempo nos explica el espíritu primitivo de las cor- 
poraciones. La división de la especie humana en las razas camitica, semítica y jaf éti- 
ca, fundada en la descendencia y dispersión de los hijos de Noé (Sem, Cam y Jafet) de 
que nos habla la Biblia, es de todo punto inadmisible. Se explica que sea aceptada por 
hombres de mediana cultura concibiendo la sugestión que las leyendas del pueblo 
hebreo, unidas íntimamente a su religión, han ejercido en la civilización moderna. 
Sin tener presente que tales narraciones son obscuras, se ha procedido por muchos 
historiadores a sistematizar la vida de un pueblo, y posponiendo el significado de los 
datos investigados al dictado de la fe, se ha falseado la historia y la ciencia. 



El pueblo chino es uno de los más antiguos que nos presenta la historia; y repe- 
timos que el significado de la palabra antiguo tiene el valor de que fué uno de los que 



EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 63 

primeramente han dejado el recuerdo de floreciente cultura en épocas remotas. Absurdo 
sería fijar los comienzos de su existencia dos o tres mil años antes de Jesucristo. Insis- 
tiremos en que la fecha es imposible de fijar y lo único que podremos hacer será 
señalar datos que nos demuestren signos de civilización realmente muy antiguos. Los 
jesuítas, que han realizado notables investigaciones históricas en sus misiones de la 
China, se estuerzan en concordar los resultados de sus trabajos con la cronología mo- 
saica, ñuscando la comprobación — aceptada por ellos a priori—de que la antigüedad 
china no rebasa las fechas que para sí asignan los hebreos en su historia de la forma- 
ción del mundo, aceptado como real por los católicos (1). 

Como prueba de la antigüedad de la civilización china, citaremos los adelantos 
matemáticos que cuatro mil años atrás habían verificado sus hombres de ciencia. 
Figurando entre las costumbres chinas (2) el estudio de los astros, como parte de las 
ceremonias religiosas, se despertó ya en tiempos muy lejanos la afición a la astronomía. 
El compilador del Chu-Kíng (3) cita el ejemplo de que el rey Ching-cang mandó dar 
muerte a sus ministros Hi y Ho por no haber predicho un eclipse de sol acaecido en 
el año de 2128 (4) y una conjunción de cinco planetas en 2459. Delambre pretende 
encontrar en sus anales una serie de eclipses de sol no interrumpidos por espacio de 
3858 años (5). La astronomía china no fué tomada probablemente de otros pueblos 
antiguos; puesto que mientras los egipcios (pueblo de remotísima antigüedad) referían 
a la eclíptica (6) los movimientos del sol, de [la luna y de los planetas, los chinos rela- 
cionaban los citados movimientos al ecuador para realizar sus cálculos. Chen-Kung, 
hermano del emperador chino Vu-huang, calculó la oblicuidad de la eclíptica 1 100 años 
antes de í. C: asimismo fijaron los movimientos de varios cometas cinco siglos antes 
de Cristo, con anticipación a los demás pueblos. A principios de la Era vulgar se pu- 
blicó un tratatado de astronomía conteniendo el estudio de los eclipses, solsticios, etc., 
y en el año 461, el ilustre astrónomo Tsu-chang calculó la duración del año en 365 días 
y una fracción aproximada, valor mucho más exacto que el de] los griegos y árabes, y 
casi idéntico al de Copérnico La astronomía siguió haciendo grandes progresos hasta 
el siglo XIII, en cuyo tiempo, el sabio astrónomo Cochen-King, procediendo con ma- 
yor exactitud y mejores métodos a la medición de la] duración del año solar, halló 
como valor para la misma el tiempo aceptado en nuestros días. Luego siguió una de- 
cadencia tal que perdieron incluso los conocimientos adquiridos (7). China enseñó la 
fabricación del papel a Arabia, de quien la aprendieron los occidentales. Asimismo 
más de diez y seis siglos hace que los chinos conocían la imprenta, mientras que en 
Europa no se descubrió modernamente tal invento hasta el año 1440. Prescindiendo 
de los tiempos fabulosos, cuyas noticias se apoyan en la tradición y en las leyendas, y 
refiriéndonos exclusivamente a la época histórica, de la que existen datos auténticos, 

(1) Plath, Ueber Glaubwürdigkeit der üliesien chinesischen Geschichte (Munich, 1867). 

(2) César Cantú, Historia Universal, (Madrid, 1886). 

(3) Chu-Kinq o Libro de Recuerdos, desde el año 2350 ant. de J. C. hasta el 770; Gaubil, Le Chou- 
King (Paris, 1770). 

(4) RoTHMAN, Memoria presentada a la Sociedad Astronómica de ¿onrfrcs (octubre de 1837). El 
padre Maílla lo fija en 2159. 

(5) César Cantú, obra citada. 

(6) Eclíptica.— Círculo que describe la tierra en su movimiento alrededor del sol. 

(7) César Cantú, obra citada. 



04 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

encontramos la primera dinastía reinante conocida, la cual dirigió los intereses de la 
China desde el año 2205 antes de J. C. 

El emperador Huang-ti, en el siglo XXVII antes de nuestra Era, estableció el siste- 
ma decimal de medidas, tomando diez granos de mijo, lo que formó la línea, diez líneas 
formaban una pulgada, diez pulgadas un píe, y así sucesivamente. En su reinado se 
construyeron carros, barcos, etc.; se acuñó moneda, se explotaron las minas, se levan- 
taron templos, etcétera. Se afirma asimismo que Hung-ti enseñó la aritmética y geo- 
metría y el ciclo lunisolar de diez y nueve años, el cual hasta 2300 años más tarde no 
fué conocido en Grecia (1). Desde muy antiguo ha existido en China la costumbre de 
anotar los hechos, escríbiendo los libros primitivamente en láminas de bambú, des- 
pués en intensísimas telas, en piedras, y finalmente en el papel: para recoger los suce- 
sos históricos existe un tribunal especial que cuida de que se anoten diariamente los 
hechos más importantes (2). 



China, como todos los grandes pueblos, ha perpetuado la memoria de su grandeza 
y sus energías en sus monumentos; pero al contrario del Egipto que legó a la poste- 
ridad sus pirámides, monumentos a la soberbia 'de [los que habían esclavizado a su 
pueblo, y al contrario de Roma que perpetuó con sus arcos y templos la sangrienta 
memoria de sus vandálicas acciones guerreras y el torpe fanatismo de sus muchedum- 
bres; China ha dejado dos monumentos de utilidad práctica, de objetivos tan nobles 
como la propia defensa y el desarrollo de las comunicaciones: la Gran Muralla y el 
Gran Canal. 

La Gran Muralla cubre toda la frontera septentrional de la China, del lado de la 
Mongolia, sobre un desarrollo de unos 1,700 kilómetros. Este prodigio de fortificación 
que tuvo por objeto contener las incursiones de las tribus nómadas, empezóse el año 303 
antes de la Era cristiana por Vou-ling, príncipe de la dinastía de los Tchao, constru- 
yéndose el tramo que va desde los confínes de Pe-tchi-li hasta Hoang-ho. Según se lee 
en los Anales, continuó luego la construcción Liao-tung hasta la provincia de Chen-si; 
más tarde los príncipes de Thsin (251-209 antes de la Era cristiana) la continuaron 
desde Ling-tao-fou hasta la primera entrada del Hoang-ho en China. Chi-hoang-ti, de 
la misma dinastía, hizo completar y juntar estas tres murallas (210-207 antes de ). C), 
lo cual ha sido causa de que algunos historiadores le hayan atribuido la ¡construcción 
de toda la Gran Muralla. Doscientos años duró la construcción de esta gran obra. 
La Gran Muralla empieza al E. de Pekín por un macizo elevado en el mar. Está terra- 
plenada y construida de ladrillo en toda la provincia de Pe-tchi-li y en las de Chan-si, 

(1) L. Garre, L' anden Orient, t. I, pág. 277 y siguientes (París, 1874). 

(2) Los datos acerca de la civilización antigua de China que apuntamos están en gran parte sacados 
de los Anales de aquel ex imperio, obra redactada por los mejores historiadores chinos, intitulada Tong- 
kien-kang-mou, traducida por el celebérrimo jesuíta Maílla, con el título de Histo iré genérale déla 
Chine; esta obra, que Maílla envió desde la China a París, fué publicada en 1777 y siguientes, en doce 
tomos por el abate Grosier y el sabio orientalista Deshautesraves. M. Weiss, en la Biographie uni- 
verse lie dice: «La obra del P. Maílla forma, junto con la colección de hs Mémoires des missionnaires de 
Péking (publicada por Batteux, Bréquigny, de Guignes, etc., París, 1776-1816) el más vasto y más precioso 
arsenal de conocimientos sobre China que jamás se ha visto.» 



EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 



65 



Chen-si y Kan-son, siendo sólo de tierra en la mayor parte de su circuito, con una 
altura de 6 á 9 metros, aun en las montañas por donde sube. Está muy bien pavimen- 
tada y tan ancha que pueden ir por ella cinco o seis jinetes de fondo: de trecho en 
trecho tiene unas puertas guardadas por soldados o defendidas con torres y bastiones. 
«Este monumento tan gigantesco como impotente, dice un escritor, pudo, es verdad, 
ser un óbice a las incursiones de los nómadas, pero no impidió las invasiones de los 
turcos, de los mongoles, ni de los manchúes.» 

El Gran Canal es otra obra no menos gigantesca, pero más real y de resultados 
más positivos, llevada a cabo por el lento y paciente trabajo 
de aquel pueblo entumecido por los vapores del opio; es 

el Gran Canal, vía navegable 
que va desde Cantón a Pekín, 
de una longitud de 2,700 kiló- 
metros. Llámasele comúnmen- 
te Yun-ho (río de transporte) 
porque el primer objetivo que 
motivó su construcción fué fa- 
cilitar el transporte de granos y 
demás productos que como 
tributo recibía el emperador. 
Empezáronse los primeros tra- 
bajos bajo la dinastía de los 
Han, siglo II de nuestra Era. 
Como quiera que los sobera- 
nos que ocuparon sucesiva- 
mente el trono imperial tenían 
diversas residencias o capitales, 
cada una de estas residencias 
exigía nuevas prolongaciones 
o ramificaciones sobre los pri- 
mitivos planos. Lo primero que 
se construyó fué el tramo cen- 
tral, siguióse después el tramo meridional, y finalmente construyóse el tramo septen- 
trional hacia Pekín. El canal compónese en gran parte de ríos canalizados, rectificados 
y reunidos por cauces artificiales provistos de presas y azudes. «La navegación del 
Gran Canal, decía en el siglo XVII el autor de la Descripción general de la China, no 
se halla interrumpida más que por la montaña Mei-ling (en el puerto de la cordillera 
que cierra al S. la cuenca del Yang-tse-kiang), en donde los viajeros que quieren seguir 
adelante han de hacer diez o doce leguas de camino; sin embargo, no tiene necesidad 
de dejar el cauce el que dirige su ruta por las provincias de Kuang-si y Hu-kuang. 
Fácilmente puede comprenderse lo dificultoso que hubo de ser practicar la comuni- 
cación de tan gran número de ríos y los graves obstáculos que fué menester superar 
dada la falta de medios en una civilización tan atrasada.» El mundo moderno no 
alcanza a comprender la posibilidad.de tamañas empresas, cuyos resultados perduran 




Li T'ie-Kuai, uno de los dioses 
del Olimpo chino 




La diosa laan-Tia 



66 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

a través de las edades con monumentos que son aún la admiración de la ciencia. El 
Canal hállase atravesado por un sinnúmero de puentes, los cuales son de tres, de cinco 
y de más arcos, con la particularidad que el central tiene mayor elevación que los 
laterales a fin de dar paso a las embarcaciones, sin que tengan que abajar los mástiles. 
Los miembros de la expedición francesa de 1880 a Mekong, hicieron observar que el 
Canal había perdido mucha de su importancia a causa del estado de agitación en que 
se hallaban en aquella época las provincias meridionales (1). 

Ocupa la China la parte más oriental del Asia. Desde la elevada meseta del Tibet 
desciende el terreno, cual inmenso plano inclinado, afectando próximamente la forma 
de un colosal triángulo, que tiene por base las costas del Pacífico y por vértice supe- 
rior el enlace del Pamir con los montes Kuenlun, siendo su lado superior la cordillera 
del Altay y el inferior la del Himalaya y sus derivaciones. El territorio de la China an- 
tigua sólo llegaba hasta las Montañas Azules, porque la Manchuria, la Mongolia y el 
Tibet han sido anexionados después, dando a este imperio una extensión superior a 
la de Europa. La China ha recibido los nombres de Sérica, por la importancia de la 
producción de la seda; Ching-Ka o Chíng-Yang, que significa Centro de la Tierra 
o hiiperio del Centro, y el de Tsinae, derivado de la dinastía de los Tsin (2). Muy 
poco nos dice la historia respecto de las creencias primitivas de la China (3). Nada 
se sabe, pues, en concreto acerca de las máximas religiosas que profesara en sus pri- 
meros tiempos, ni de los cultos que practicó; pero toda su moral religiosa nos ha 
quedado compendiada en las obras de Confucio (4) y sus discípulos y comentadores, 
las que serán objeto de un examen más detenido. 



II 



El pueblo chino no es de aquellos cuya imaginación fecunda diluye el espíritu 
en vaporosos ensueños y dulces ilusiones; ni tampoco le conduce a las grandes crea- 
ciones de la estética y del pensamiento. Como dice muy acertadamente el historiador 
E. Toda (5), «la riqueza de la fantasía muere en la India»; más allá, hacia el Oriente, 
en el pueblo chino que constituye el alma histórica de aquellas regiones, se encuentra 
una imaginación baja, grosera y de escasa representación. 

Las tradiciones de un pueblo, su mitología de las primeras edades reflejan la infantil 
imaginación que caracteriza los albores de la vida de una sociedad o raza. Mientras 
que en el pueblo griego se manifiestan sus conceptos fantásticos con una delicadeza 
exquisita, creando sus legiones de dioses que sirvieron de inspiración a las obras más 

(1) Klaproth, Descríption du Grand Canal de la Chine (París, 1828). 

(2) M. DE Santiago-Fuentes, Compendio de Historia de la Civilización (t. I, Madrid, 1911). 

(3) EiKiNs, Religión in China (Boston, 1878); Harlez, Les religions de la Chine (París, 1891); Groot, 
Religions systems of the Chínese (Leyden, 1894); Legqe, The sacred books of China (Londres, 1891); 
id. Religions of China (Londres, 1880); Biot, Eludes sur les anciens temps de l'histoire chinoise (Nouv. 
lourn, Asiatique, IV serie, 1845-46). 

(4) DouQLAs, Confucianism and Taoism (Londres, 1879); Plath, Confucius und seiner Schüler 
Leben und Lehren (Munich, 1866-75); H. Cordier, Bib. Sínica, col. 282-284, 641 y siguientes; Dr. Marsh- 
MAN, The Works of Confucius fSerampore, 1833). 

(5j Historia de las Naciones: La China (Madrid, 1893). 



I 



EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 



67 



sublimes del arte humano, cuyas esculturas ocupan los pedestales de preferencia en el 
Louvre y demás museos contemporáneos; mientras que Homero cantó la litada y la 
Odisea para elevar el espíritu humano y ridiculizar a sus dioses: el pueblo chino 
apenas posee arte escultórico y está falto de grandes poetas. Su novela es realista 
e histórica, describiendo escenas familiares: su teatro presenta el mismo carácter. En 
tanto que los griegos hacen nacer a la diosa Venus de la espuma del mar cristalizada 
en una concha (poetizando así el concepto de la formación de las perlas), y pintan 
al dios Marte como hijo de una flor que fecundó a la diosa Juno; los chinos propaga- 
ron la leyenda de la creación con una concepción nada poética: para ellos el universo 
procedió de un huevo, cuya gestación duró diez y ocho millones de años, de donde 

salieron la tierra y el cielo, y 

de la unión de estos dos se 

formó el ser Pan-Ku, quien se 

extendió sobre la tierra, y al 

morir emanó toda la naturaleza 

de su organismo: de su vello, 

salieron los árboles y plantas; 

de sus dientes y huesos, los 

metales; su cabeza y su tronco, 

dieron origen a los montes; sus 

venas, a los ríos; el sudor de 

su cuerpo se convirtió en llu- 
via, y finalmente, el hombre con 

todos los demás animales pro- 
ceden de los parásitos que cu- 
brían el cuerpo de Pan-Ku (1). 

Los sabios del país tenían una 

concepción natural y parecida 

a la teoría de Laplace respecto a 

la formación del universo (2). 
El emperador de la China fué considerado como ministro del cielo, ante el cual 
puede inclinarse sin humillación el hombre. Esta idea, encarnada en gran parte del 
pueblo, considerando que el poder del Gobierno proviene de Dios, no fué sin embargo 
aceptada por muchos individuos que en el transcurso de la historia se agruparon — 
como luego veremos — en sociedades secretas, casi siempre para destruir las dinastías 
reinantes. Hoy día la despreocupación se extiende en la conciencia de la multitud 
y más adelante veremos los frutos que dio, derrocando el régimen imperante. 

El amor a lo antiguo, una ferviente veneración a lo tradicional, en todo lo esencial 
y en los pormenores de la vida, es la característica del pueblo chino, el cual presenta 
por esta causa un lamentable retraso en la civilización. El exoterismo y las más escru- 

(1) E. Toda, ob. cit., pág. 22. Como dice muy bien Havet, £/ cristianismo y sus orígenes, t. I, pági- 
na 51, Aristóteles, Polit, I, 1: «El hombre ha hecho los dioses a su imagen y también les ha dado sus 
costumbres», así se explica que los chinos, no muy aseados, concibieran sus dioses cargados de parásitos. 

(2) SvANTE Arkhenius, Z)/e Vorstellung vom Weltgebüude im W andel der Zeiten, írad. del sueco 
por L. Bamberger (Leipzig, 1908), págs. 63 a 66. 




I-Ouei-sing, 
dios do la Literatura 




Asceta chino en meditación 



68 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

pulosas reglas de cortesía ocuparon la actividad psíquica de los subditos del imperio 
chino, constituyendo el objeto de la educación, integrando el espíritu de las leyes, y 
formando el alma nacional. Los embajadores necesitaban emplear una porción de 
tiempo considerable para aprender las ceremonias con que debían cumplimentar al mo- 
narca, facilitándoseles para ello un maestro y debiendo ser examinados en el tribunal 
de ritos. Todo estaba sometido a reglas fijas: cada saludo, cada expresión, el andar, la 
pose, el traje, las fórmulas de la invitación, las maneras de recepción, las profundas 
reverencias, todo estaba previsto en las costumbres chinas desde su remota antigüe- 
dad, fomiando la cultura de aquel pueblo una interminable serie de superficialidades. 
El que descuidaba alguna de ellas era tenido por rústico y grosero. El pueblo chino 
es el antípoda del pueblo inglés: en la vida, aquél consume la mitad del tiempo en 
atender a las minuciosidades de la etiqueta, mientras que el último aprovecha los se- 
gundos inclusive, no olvidando jamás su moraleja, hecha universal, de que íime is gold. 

El teatro chino, fiel retrato de la vida doméstica, nos muestra una existencia acom- 
pasada e inmutable, desprovista del entusiasmo meridional, sabiendo disimular la ira 
y la satisfacción, fingiendo no molestarse cuando se les ofende, pero guardando rencor 
eterno y esperando la ocasión de venganza (1). La superstición se halla extendida por 
todas las esferas de la sociedad. Los adivinos con sus supercherías han causado graves 
estragos en los hogares y en los Gobiernos. El horror a lo nuevo, a dejar lo antiguo 
y por consiguiente el apego a lo vetusto en perjuicio del progreso y civilización, es 
inherente al carácter chino: a través de los siglos ha permanecido la nación entera 
aislada del resto de la humanidad, excepción hecha de escasas invasiones: moderna- 
mente fué conocida por los navegantes que surcaban el Pacífico. Hasta hace poco, el 
Gobierno no tenía representaciones diplomáticas en los demás países, era rechazado 
el trato con los extranjeros, y las imprudencias de los Gabinetes de Pekín motivaron 
funestas guerras con los europeos. Por espacio de más de cuatro mil años los chinos 
conservaron la monarquía absoluta y hereditaria, venerando en la persona del empe- 
rador al hijo del cielo. Cuando moría, todos los empleados públicos, desde los cargos 
más elevados a los más humildes, debían salir vestidos de luto a las afueras de la po- 
blación para recibir la noticia; al llegar a las oficinas habían de arrodillarse tres veces 
y tocar nueve veces con la frente al suelo y oir de rodillas su lectura: después todos 
los empleados, civiles y militares, junto con sus mujeres, llevaban luto riguroso por 
espacio de veintisiete días, y por tres días lloraban y se lamentaban juntamente con 
los letrados, sin poder casarse durante un año ni hacer música en su casa: asimismo 
los soldados y el pueblo debían llevar luto durante veintisiete días, no podían casarse 
durante un mes ni recrearse con la música por espacio de cien días, en cuyo período 
no se afeitaban la cabeza. Y los virreyes y gobernadores durante el luto, no adoraoan 
ni quemaban incienso a los dioses (2). 

Se explica que en una sociedad cuyo misoneísmo fué tan grande, que adoraba las 
costumbres y leyes de sus antepasados como el ideal de su perfección, fuera sumisa 

(1) F. Farjeull, Lamorale chinoise (1906). 

(2) Del memorial publicado por el Ministerio de los Ritos a raíz de la muerte del emperador Ting- 
chi, el 12 de enero de 1875. Dicho emperador murió atacado de viruelas; la Gaceta de Pekín publicaba 
c\MtS.}A. gozaba de la felicidad de las flores celestes; los médicos europeos que se ofrecieron fueron 
rechazados cortésmente, y las flores celestes subieron a los cielos al emperador. 



EL PUEBLO CHINO 



REENCIAS 



69 



a SUS Gobiernos, y que las sociedades secretas, cuyo objeto era cambiar el estado de 
cosas, tuviesen tan poco éxito en los siglos pasados. Por otra parte, la religión de los 
letrados, altos cargos, e intelectuales chinos se fundaba en una severa disciplina social, 
en un espíritu de armonía que pedía obediencia y respeto, contribuyendo en gran ma- 
nera a mantener el statu quo de su civilización (1). Modernamente, el pueblo chino 
ha despertado de su letargo; el contagio con las civilizaciones europeas le ha hecho 
mirar en el porvenir; el ejemplo de la libertad disfrutada en las naciones modernas ha 
despertado en su conciencia los anhelos de reforma; piensan los devotos que Tien (el 
cielo) retira el poder a los emperado- 
res cuando no cumplen su deber, y 
está en su derecho el substituirlos. Así 
es que encontraremos en los últimos 
tiempos la labor oculta que corroe 
los cimientos del vetusto edificio so- 
cial. 



* * 




Confucio 



Confucio, aquel hombre cuya me- 
moria es respetada por una tercera 
parte de la especie humana y las hue- 
llas de cuyo carácter y cuyas doctri- 
nas perseveran a través de los siglos 
y las edades en las instituciones de 
todo el Oriente, nació, según los his- 
toriadores Sze-ma Ts'in, Kung-yang 
y Kuh-liang, el año 551 (o 571) antes 
de la Era cristiana. Su misión fué la 
de reformar, cortar abusos, reivindi- 
car los derechos de los oprimidos, 

levantar el espíritu de la sociedad de su tiempo, moldeándola en las máximas de la 
moral y haciéndola despertar del letargo en que la inmoralidad la tenía sumida. Con- 
fucio fué un verdadero revolucionario. Vamos a estudiar su gigantesca figura, los 
principales acontecimientos de su vida y la influencia que sus doctrinas ejercieron; para 
lo cual es necesario dar una sucinta idea de la situación política de la China allá por 
los siglos V y VI anteriores a la Era cristiana. La dinastía de los Chous, la tercera de 
las conocidas en la historia de China, que reinó desde 1122 al 256, otupaba el poder, 
radicando éste en el señorío feudal de Chou. El feudalismo con todos sus abusos, 
sus violaciones del derecho, su intromisión en los actos particulares, su absorción de 
la riqueza, su monopolio de las vidas de sus subordinados reinaba en aquella sociedad 
envilecida. Resultado de todo ello eran la miseria en las capas inferiores de la socie- 
dad, el bandolerismo, los crímenes originados por el apetito de venganza. Según Men- 

(1) De Harlez, Les religions de la Chine (Leipzig, 1891); Godard, Les croyances chinoisgs (París 

1911). 

Tomo I. — 10. 



70 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

cius (1) (Meng-tse, uno de los más distinguidos secuaces de Confucio, 371-288 antes 
de J. C), la aparición de Confucio fué el momento favorable en la crisis de la historia 
del pueblo chino. «La sociedad— dice este escritor— se desmoronaba y habían des- 
aparecido los principios del derecho: no se oían más que discursos perversos, ni se 
veían más que actos de opresión: los de arriba esclavizaban a los de abajo. Confucio 
estremecióse ante tal cúmulo de inmoralidades y acometió la reforma. Confucio nació 
en el estado de Lu, que hoy forma parte del Chan-tung, hacia el año 550 antes de la 
Era cristiana. Su nombre de familia era K'ung, al que se añadió Fu-tze, que significa 
filósofo o maestro, y de la reunión de ambos nombres (K'ung Fu-tze) vino Confucio. A 
los veintidós años de edad empezó la labor del magisterio, que profesó con verdadera 
vocación y gran desinterés. El número de sus discípulos llegó a 3,000, y entre ellos 
hubo unos cuantos que él calificaba de «escolares de gran provecho» que fueron los 
que con más entusiasmo propagaron sus doctrinas e hicieron siempre la apología de 
su maestro. Por ellos sabemos que no se atrevió jamás a cazar pájaro alguno ni a 
pescar con anzuelo ni red, por creer que era un crimen atentar contra la vida de los 
animales; que trataba siempre con gran respeto a todos sin distinción de clases; que 
guardaba buena compostura al estar sentado y en la cama; que permanecía siempre de 
pie en presencia de los ancianos; que cambiaba de aspecto mostrando disgusto al pre- 
senciar algún opíparo banquete: era franco y abierto con sus discípulos y se sentía 
molestado al notar que aquéllos creían que dejaba de revelarles algún secreto de la 
ciencia. Muchos de ellos fueron más tarde hombres notables en la política, y todos le 
pagaron siempre el tributo *de la admiración y el respeto más sinceros. Ellos fueron 
los que dieron el ejemplo de hablar de Confucio como del más conspicuo de los hom- 
bres, habiendo sido ellos los que pusieron la primera piedra del monumento que la 
humanidad le ha levantado en el decurso de los siglos (2). 

Cincuenta y seis años contaba Confucio cuando abandonó su ciudad natal y 
su profesión de maestro para hacer sus excursiones, corriendo varios Estados en 
busca de un príncipe que le quisiese por consejero y se determinase a implantar las 
reformas que él juzgaba convenientes para la regeneración social y política de su 
pueblo; pero sus ideas de reformas no hallaron eco en aquellos príncipes que, embru- 
tecidos por las prerrogativas que les concedía el feudalismo, tenían más ojo a satisfacer 
sus caprichos y ambiciones que a procurar el bien del pueblo. Confucio, pues, fué 
uno de tantos hombres a quienes la posteridad hace verdadera justicia y cuyas en- 
señanzas, menospreciadas por los contemporáneos, aprovechan a las generaciones 
futuras (3). 

La verdadera vida de Confucio empezó a los veintidós años de edad, desde la cual 
hasta su muerte, fué la del apóstol y del maestro. Su proceder a la muerte de su 
madre, ocurrida en 527, es significativa de la dirección o tendencia de sus máximas: 
con una devoción filial muy rara en aquella época, erigió un solemne sepulcro, en 
donde la enterró, y después permaneció én el silencio y soledad durante veintiséis 

(1) Legqe, Life and works of Mencius (Londres, 1875); Walshe, Confucms and Confucianism 
(Shangai, 1910). ■' 

(2) E. Y O. Reclus, L'empire du milieu (París, 1902). 

(3) Faber, Lehrbegríff des Confucius (Hongkong, 1873); v. d. Gabelenz, Confucius und seine 
Lehre (Leipzig, 1888); Endo, Leben und die pedagog. Bedeutung des Confucius (Leipzig, 1893). 



l-L PUhlU.f) CHINO Y SUS íREENCIAS 



71 



meses. No fué éste tiempo perdido para él: sus medilaciuues durain- <■ \r rcuro cjer- 
cierotí sin duda trian influencia en sus enseñanzas de después. Enti ihía llegado 

Confucio a los treinta años de edad y había ya formulado las máxinias de su filosofía. 
f:"n 517 atrajo a sí a los primeros discípulos que habían de ser su gloria y labrar el 
monumento de su fama; entonces fué cuando visitó a Loyang, la capital del distrito, 
en donde se entrevistó con Lao-Tszé, fundador del taoísnio. A su regreso a Lu el año 
siguiente, halló la ciudad en estado de completa anarquía, y a causa de la expulsión 
del gobernador, que era amigo suyo, retiróse Confucio al vecino Estado de Tsi, con el 
ex funcionario. No hallando allí la tranquilidad que apetecía, volvióse a Lu, en donde 
permaneció cinco años alejado de todo acto político. Por fin empezó a palpar los 
resultados de su honradez y fué electo gobernador de Chuns^-tii, siendo esta distinción 
seguida de otras más importantes. 
Sin embargo, las intrigas del go- 
bernador de Tsi, mermaron de tal 
manera la influencia de Confucio 
en Lu, que tuvo que abandonar el 
Estado a los cuatro años. Por es- 
pacio de otros cinco anduvo erran- 
te y no regresó a Lu hasta el 485, 
siete años antes de su muerte; lap- 
so de tiempo que pasó en com- 
pleto retiro. Finalmente, murió 
en 479, con el único sentimiento 
de no haber cumplido su misión. 
La noticia de su muerte sumió en 
duelo a todo el imperio y empezó a propagarse el recuerdo de la pureza de sus cos- 
tumbres, de manera que el nombre de Confucio fué en lo sucesivo de los más honra- 
dos entre el pueblo, a cuya cultura había consagrado todas las energías de su espíritu. 
Por una burla del destino fué deificado después de su muerte, y, como Buda, Con- 
fucio, que tan poca fe tenía en lo sobrenatural, llegó a ser una divinidad. 




Pórtico del templo de Confucio, en Pekin 



Entrando ahora a analizar las doctrinas de Confucio, podemos muy bien afirmar 
que la obra de este filósofo fué el punto de partida de una escuela semifílosófica y 
semipolítica, obra de la cual es la moderna civilización china, que necesitó dos o tres 
centurias para su organización y formación, o sea desde el siglo V al II antes de la Era 
cristiana. Este fué el gran legado de Confucio. Entre los que ayudaron a su desarrollo 
cítanse muchos emperadores y gran número de sabios, Meng-Tse (Mencius) y sus 
discípulos. Esta escuela no es especulativa; no se ocupa del origen de la^ lO 

tiene por lo mismo metafísica en el propio sentido de esta palabra; su objeto es solo 
la economía social y la moral. Así vemos cómo a pesar de su antigüedad, coincide 
con las tendencias de la ciencia moderna, la cual detesta del empirismo y de gastar el 



72 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



tiempo en inútiles disquisiciones según hacía la filosofía peripatética, y va derecho a 
la solución de los más trascendentales problemas de la vida y existencia de los pueblos, 
de los problemas verdaderamente prácticos. A este propósito, dijo de Confucio uno 
de sus más célebres discípulos, Lao-tsé: «Muy a menudo oímos a nuestro maestro 
hablar de lo que debe constituir a un hombre distinguido por sus virtudes y sus talentos; 
pero no hablaba jamás (y era inútil preguntarle) sobre la naturaleza del hombre y sobre 
el camino del cielo (los espacios interplanetarios).» Lo cual quiere decir que Confucio, 
más que un filósofo fué un publicista. Jamás hablaba ni de cosas extraordinarias, ni 
del valor, ni del espíritu. Preguntóle en cierta ocasión Ki-Lou ¿cómo había que servir 

a los espíritus y a los genios? A lo 
cual respondió Confucio: — ¿Para 
qué preocuparse de servir a los 
espíritus y a los genios, cuando ni 
aun en disposición de servir a los 
hombres estamos? — Permitidme, 
repuso el mismo Ki-Lou, otra pre- 
gunta: ¿Qué es la muerte? Confu- 
cio le dio otra respuesta no menos 
concluyente: — Si no sabemos aún 
qué cosa es la vida ¿para qué pre- 
ocuparnos de lo que sea la muerte? 
En realidad, la filosofía de Con- 
fucio es un sistema de sencillo na- 
turalismo: reconoce tres fuerzas en 
la naturaleza, a saber: el cielo, la 
tierra y el hombre. Su moral está 
conforme con los principios sobre 
la naturaleza de las cosas; es ex- 
clusivamente racional: en materia 
religiosa tendió a substituir el culto 
de la humanidad material por el 
de la humanidad moral e intelectual. Esto lo demuestra su religión civil, el culto de los 
muertos, las ceremonias y prácticas que introdujo para celebrar todos los aconteci- 
mientos y circunstancias de la vida (1). Más adelante, al analizar los cuatro libros 
clásicos de la China, trasladaremos algunas de sus máximas; ahora cumple hacer 
constar que todas ellas están encerradas en los libros clásicos chinos llamados King (2), 
los cuales, aunque contienen la doctrina de Confucio, no son obra personal de él, pues 
el único libro que se debe a la pluma de Confucio, es el Tchung-tsieu (Primavera y 
Otoño). Otros tres se le atribuyen, pero según las modernas investigaciones, puede 
afirmarse que su redacción fué debida a sus discípulos. Tales son: Ta-hiao (Gran estu- 
dio), Tchung-yung (Invariabilidad en el medio), Lung-yu (Conversaciones filosóficas). 

(1) Dvorak, Confucius undseine Lehre (Munster, 1895). 

(2) Según algunos, datan del tiempo del emperador Hoang-ti (1637 antes de J. C.) en el cual comien- 
za, libre de fábulas y mitos, la historia china. 




eu £hiu-ífu 



I 



EL PUEBLO CHINO Y SUS (.KÍífíNCIAS l^ 

Estas tres grandes obras, junto con el libro de Meng-Tseu, son las que se hace aprender 
de memoria a todos los escolares que asisten a las escuelas oficiales en aquel país. Las 
obras de Confucio tienen en China una publicidad comparable a la que tiene la Biblia 
en los pueblos occidentales. Vamos, pues, a examinar los cuatro libros dichos: 

1. Kl Ta-hiao (o el Grande estudio) dice: «El sentido de la filosofía práctica con- 
siste en descubrir y sacar a la luz el principio de la razón que hemos recibido del 
cielo, en renovar a la humanidad y fijarle como destino fijo y definitivo la perfección, 
o sea el soberano bien.» 

«Preciso es ante todo conocer el fin al que hay que tender y tomar en seguida una 
determinación, tomada ésta, ya puede el espíritu estar tranquilo y en calma.» 

«Desde el hombre que está colocado en la cumbre del poder y en la más alta esfera 
de la dignidad hasta el más humilde y obscuro, todos tienen un deber ineludible, a 
saber: corregir y mejorar su persona, o sea que el perfeccionamiento de sí mismo es 
la base fundamental de todo progreso y de todo desarrollo moral.» 

«No es conforme a la naturaleza que lo que tiene su base en el desorden y en la 
confusión, pueda tener lo que de ellos deriva, en un estado conveniente. No hay que 
obrar jamás de manera que se trate a la ligera lo que de suyo es principal o lo más 
importante, y con seriedad lo que no tiene carácter sino de cosa secundaria.» 

2.° El Tchung-yung (Invariabilidad en el medio): este título ha sido muy diversa- 
mente interpretado por los comentaristas chinos; pues mientras unos han entendido 
que significaba la perseverancia de la conducta en una linea recta igualmente alejada 
de los exiremos, ó sea el camino de la verdad que hay que seguir siempre, otros han 
interpretado como si significase que hay que guardar un justo medio conformándose 
con los tiempos y las circunstancias. En el primer capítulo el autor sienta en primer 
lugar que el camino recto o la regla de conducta moral que obliga a todos los hom- 
bres, tiene su base fundamental en el cielo, de donde ella se origina, y que, inmutable, 
su esencia propia existe en el hombre mismo sin que de él pueda apartarse. Después 
trata del deber de conservar esta regla de conducta moral. 

En los capítulos siguientes insístese en la benevolencia universal para con los 
semejantes, en la prudencia, en el temple del alma, o fuerza de la voluntad, las tres 
grandes virtudes que forman la puerta de entrada al camino recto que ha de seguir la 
humanidad toda. 

En uno de los capítulos léese aquella hermosa máxima, generalmente atribuida al 
fundador del cristianismo: «no hay que hacer a los demás lo que uno no quiere que se 
haga a sí mismo; el hombre de recto corazón y que tiene para sus semejantes los sen- 
timientos que para sí mismo, no se aparta jamás de la ley moral del deber prescrita 
a los hombres por su naturaleza racional.» 

3.° El Lung-yu (Conversaciones filosóficas) contiene las más saludables máximas, 
aplicables a todos tiempos y a todas las clases sociales. Este libro es en donde se revela 
el espíritu superior de Confucio, su pasión por la virtud, su ardiente amor a la huma- 
nidad y su deseo de que ésta consiga su felicidad. Entresacamos, para instrucción del 
lector, las máximas siguientes: 

«No hay que preocuparse mucho de que los hombres nos conozcan, sino más bien 
de conocerlos nosotros a ellos.— El que conoce lo justo y no lo practica, peca de 



74 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

remiso y cobarde.— El hombre superior, en todas las circunstancias de la vida, ha de 
estar libre de prejuicios y de toda obstinación; su norma ha de ser la justicia.— No os 
inquietéis por ocupar puestos públicos, sino más bien procurad haceros dignos de 
poseerlos.— El hombre de valía es lento en sus palabras, pero rápido en sus obras.— 
Tres cosas quisiera poder hacer: proporcionar a los ancianos un dulce reposo; conser- 
var constante fidelidad hacia los amigos, y prestar cuidados maternales al débil y a los 
pequeños.— Tan difícil es no guardar resentimiento cuando se es pobre, como no enor- 
gullecerse cuando se nada en la riqueza.— La naturaleza nos acerca unos a otros, pero 
la educación nos aleja.» 



El taoísmo, otra de las sectas o creencias de la China, debe su origen a Lao-tsé, 
quien la dejó formulada en su libro Tao-te-king (Del camino y la virtud) (1). Lao-tsé 
o el «antiguo filósofo» es, dice un escritor, un nombre tradicional que caracteriza más 
bien que a un personaje, a un sistema filosófico y religioso. El personaje que designa 
no ha dejado más historia que la de sus ideas, y a lo más, las particularidades que de 
su vida se cuentan, son documentos dignos de consulta. Según Sse-ma-thsian, histo- 
riador chino del I siglo antes de la Era cristiana, nació Lao-tsé en Khio-yin, en el reino 
de Thsou: no se fija la fecha de su nacimiento; pero los actuales sabios de la China, 
de acuerdo con un fragmento de la Historia del mundo del escritor persa Raschid-el- 
din, descubierta a mediados del siglo XIX, ponen la fecha del nacimiento de Lao-tsé 
en el año 729 antes de la Era cristiana. El autor de la Historia del mundo se expresa 
así: «Díceseque este personaje (Lao-tsé) es tenido por profeta por el pueblo de Catai, 
lo mismo que Sakya-muni, Buda: dícese que fué concebido por la luz y cuéntase 
que su madre lo llevó en el seno por espacio de ochenta años. Su nacimiento tuvo 
lugar 347 años después del de Buda. Lao-tsé era racionalista y por consiguiente ene- 
migo de la tradición; por lo cual acusaba a Confucio de tradicionalista, aunque no 
disimuló nunca la estima en que tenía a aquel filósofo (2). En efecto, se cuenta que 
habiéndole Confucio pedido su parecer acerca de las propiedades y conveniencias de 
las cosas y expuéstole sus principios respecto a las mismas, respondióle Lao-tsé: «Los 
hombres de quienes me hablas, están, lo mismo que sus huesos, en estado de putre- 
facción; lo único que de ellos se conserva son las palabras. De lo cual resulta que 
cuando el sabio halla las circunstancias favorables y comprende que es tiempo de 
obrar, se aprovecha de la coyuntura y sube al carro del poder; de lo contrario prosi- 
gue su camino abandonándose a su destino. He aquí lo que oí decir en cierta ocasión: 
El mercader rico oculta cuidadosamente sus riquezas para que no le tengan por avaro; 
el sabio lleno de virtudes desea también ser tenido por hombre sencillo y sin talento. 
Empieza, pues, por despojarte de este espíritu de orgullo que te anima, de esos deseos 
que te acosan; no te ocupes en acariciar esos proyectos de ambición que se traslucen 

(1) Stanislas Julien, De la voie et de la verla (París, 1842). De Harlez, Textes taoistes, en Árma- 
les da Musée Guimet, t. XX, pá^s. 1-74. 

(2) De Rosny, Le TaoTsme (París, 1892); De Groot, The religions of China (Leyden-Amsterdam, 
1894-1904). & j y 



1 



EL PUEBLO CHIN( 



CREENCIAS 



75 



II tus ademanes y en tus actos. Todo esto es pura vanidad, y no te servirá de nada. 
í-sto es cuanto tenía que decirte.» No podía darse contestación más altiva, y de hecho 
Lao-tsé odiaba a Confucio como a un enemigo personal. Confucio era un legislador a 
la europea, cuyos trabajos tenían por objetivo fundir a la sociedad en nuevos moldes. 
Lao-tsé, como Buda, despreciaba la sociedad y la civilización; para él la gloria era 
una vanidad perniciosa; la propiedad, una especie de picota en donde está puesto el 
hombre; la fortuna, una esclavitud; era enemigo de la materia y del bienestar temporal 
v de todo lo que hoy entendemos por progreso y civilización (1). 

El libro antes mencionado contiene todo lo que nos queda de la filosofía de Lao- 
tsé. Este había resuelto consagrar su vida al estudio de la razón y de la virtud, y por lo 
mismo quiso vivir desconocido y apartado del mundo: quiso, pues, partir a la soledad 
del desierto, pero el guardián de la frontera le detuvo, diciendo: «Ya que deseáis 
retiraros a la soledad, poneos 




r^ 



í 



antes a escribir un libro para mi 
uso particular.* Este es el origen 
del libro Tao-te-king; escrito el 
cual, dice la tradición que montó 
Lao-tsé en un buey negro, inter- 
nóse en el desierto y no se volvió 
a ver entre las gentes. La leyenda 
le presenta mucho tiempo después 

ccorriendo toda el Asia occi- 
dental. 

La moral de Lao-tsé fué la del 
más austero asceta. En su época 
había sido el Asia el centro de 
grandes civilizaciones que habían 
tenido por resultado la corrup- 
ción de las costumbres, y contra este estado de cosas Lao-tsé predicaba el amor a la 
virtud, o sea la renuncia a todo lo que halaga a los sentidos. Lao-tsé resume la moral 
en la inacción, que es a su vez la síntesis de la moral evangélica: «Los pájaros del cielo, 
dice Jesucristo, no hilan ni tejen para vestirse, y sin embargo jamas Salomón en todo 

1 esplendor de su gloria vistió tan ricamente como ellos». Según Lao-tsé, el medio 
político más eficaz para restablecer en el mundo el reino de la virtud es proscribir la 
instrucción. La instrucción da por fruto el deseo, y el deseo es una esclavitud del hom- 
bre a la naturaleza. El mal es inevitable consecuencia del saber. Sólo la ignorancia y 
la sencillez pueden volver al género humano a su estado natural (2). 

El taoísmo es una secta subsistente aún, cuyos ministros llevan el nombre de 
honzos, en competencia con los ministros de la religión budista; arrastra, empero, una 

ida lánguida a causa de su horror a la ciencia y a la gloria. Lao-tsé, como Buda y 



Monasieno de las cinco pagodas, en Ou-l'A-sse, cerca de Pekín 



1 I ALTHiüR, Mémoire sur l'origine et la propagation du Tao en Chine {París, 1884); Stanllv, 
hiña f rom Within (Londres, 1901); Cornally, China under Searchlighi (.Londres, 1901). 

(2) Alexander, Lao-Tze, the greai teacher (Londres, 1895); Dvorak, Laotze und seine Lehren 
Munster, 1903); Douqlas, obra citada (pág. 189'. 



76 LAS SECTAS Y I.AS SOCIEDADES SECRETAS 

Otros fundadores de religión, rehuso darse a conocer a la posteridad: el misterio y el 
horror a la publicidad son la norma de criterio de los místicos (1). 



III 



No están de acuerdo los historiadores acerca de la época de la aparición de las 
sociedades secretas en la China. Unos creen encontrar signos de la masonería en cier- 
tos símbolos del budismo, suponiendo que fué introducida el siglo VI después de 
Jesucristo por los nestorianos en la ciudad de Singan-Fu. El ilustre historiador de la 

(h La religión predicada por Confucio, en el siglo VI antes de Jesucristo, revela no obstante una 
moral amplia, la cual no es hoy fielmente interpretada. «Cuanto yo predico— decía— ha sido ya practicado 
por nuestros sabios; y esta práctica se reduce a tres leyes fundamentales de relaciones entre subditos y 
reinantes, entre padre e hijo, entre marido y mujer; y al ejercicio de las cinco virtudes capitales de la 
humanidad, a saber: el amor a todos los hombres sin distinción; la. justicia, que da a cada uno lo que le 
corresponde; la observancia de las ceremonias y de los usos establecidos a fin de que todos los que 
viven según una misma norma participen de las mismas ventajas e inconvenientes; la rectitud de ánimo 
y de corazón que hace buscar en todos los casos lo verdadero sin engañarse a sí ni engañar a los demás, 
y la sinceridad, esto es, el corazón franco, que excluye todo disimulo en los hechos y en las palabras. 
Estas virtudes hicieron memorables a los primeros institutores durante su vida e inmortales después 
de su muerte. (Mémoires sur les chinois, t. XII; C. Cantú, Historia Universal, t. II, pág. 128.) 

Todas esas virtudes las hace derivar Confucio de Xsl piedad filial Su discípulo Seng-sen, que escribió 
los diálogos que tuvo con su maestro, escribe en uno de ellos: 

Confucio.— ¿Safees cuál fué la virtud suprema, la doctrina fundamental que nuestros antiguos 
emperadores enseñaron a todo el imperio, a fin de mantener la concordia entre sus subditos y evitar 
todo conflicto entre superiores e inferiores?... El conjunto de deberes del hombre no son sino for- 
mas de los deberes domésticos... «El príncipe es padre y madre de todos los pueblos; antiguamente los 
distinguidos emperadores honraban a sus padres con profunda piedad filial, haciéndose agradables al 
cielo; trataban con cariño a sus subordinados, haciendo feliz el Gobierno. Amad a vuestro padre con el 
mismo cariño que sentís por vuestra madre y con igual respeto con que veneráis al príncipe; de esta ma- 
nera serviréis al emperador como piadosos hijos, seréis subditos fieles, dóciles ciudadanos y sumisos a los 
gobernantes. (Cibot, Paráfrasis del Hio-King, en Mémoires concernant les chinois, publicada por 
Batteux, (París, 1776 a 1814). 

Estos últimos principios son los que preponderantemente han perdurado; las cinco virtudes capitales 
han sido olvidadas casi por completo. El padre, rey absoluto del hogar, dispone de su mujer e hijos como 
muebles materiales, pudiendo castigarlos o maltratarlos severamente, observándose como cosa ordinaria 
la venta de los mismos. Un acto de desobediencia es reprimido cruelmente, castrándose de este modo las 
energías de progreso y de reforma que pudieran anidarse en los individuos jóvenes: los mandarines 
obran con su provincia de la misma manera que los padres para con los hijos, y el emperador es eí dés- 
pota que preside a todas las violencias que sobre la multitud ciega y sumisa se cometen a diario. 

A pesar del despotismo de los emperadores, cuya dictadura prohibía las manifestaciones de protesta 
por parte del público, hubo siempre nobles espíritus rebeldes que sacrificaron sus vidas para oponerse a 
las injusticias de los gobiernos. Muchos de los condenados a muerte escribían con sangre lo que no po- 
dían pronunciar. Un filósofo que quiso quejarse ante el rey de una cosa que estaba prohibida bajo pena 
de muerte, se fué a palacio con el ataúd y volvió dentro de él. Cuando el emperador Chi-huang-ti mandó 
arrojar al fuego todos los libros, protestó contra tal orden una multitud de letrados, de los cuales cuatro- 
cientos fueron ejecutados. 

Algunos prohombres llamados por el emperador para oir sus consejos, echaron muchas veces en cara 
los desmanes que cometían. Así se refiere de Meng-tsé, discípulo de Confucio, que hizo a un reyezuelo las 
siguientes observaciones: <¿Creeriais a un hombre que os dijera que pudiendo levantar un peso de tres 
quintales, no fuera capaz de levantar una pluma?— Igual sucede a vuestra majestad, tenéis compasión por 
un buey y no la poseéis para vuestros subditos... No os entrometáis en los intereses de vuestros ciudada- 
nos, no los separéis de sus trabajos y habrá abundantes cosechas. Si no colocáis las redes de tupidas 
mallas en los viveros, los peces y tortugas serán saboreados en vuestras mesas; no metáis el hacha en 



EL PUEBLO CHINO \ SUS CREENCIAS 77 

China, Eduardo Toda (1), escribe en contra de la existencia de la masonen i 
leste Imperio: «es lo cierto que de la masonería en la China no se encuentra vestigio 
alguno, ni hay datos serios para suponer que fué introducida en el país». En lo que 
están conformes los investigadores de las sociedades secretas es que las corporaciones 
que vivieron en la penumbra social, ocultas al Gobierno, tuvieron un carácter político 
y mejor aún dinástico. Eran coaliciones que se formaban para rechazar las distintas 
razas invasoras en la China. 

Charles William Heckthorn, en su Secret Socíetíes of all ages and countries (2), 
remonta las primeras sociedades secretas chinas al final de la dinastía Han. Tres 
patriotas, — escribe, — habiéndose asociado entonces, defendieron el trono contra los 
^Compañeros Cap», rebeldes, sociedad numerosa que contaba entre sus miembros 
a la flor de los literatos de la China. Desde este tiempo hasta el establecimiento de la 
dinastía Trastar (siglo XII) la Liga dio pocas señales de vida. 

La serie de emperadores que formaron la dinastía apellidada Han se sucedieron 
desde el año 202 antes de Jesucristo hasta 220 después de Jesucristo (3). 

Un hombre de origen humilde, llamado Sing-Pang, que con su arrogante presencia, 
sus excelentes condiciones oratorias y su don de gentes conquistó gran popularidad, 
fué el fundador de esta dinastía. Después de algunas luchas se proclamó emperador 
de la China, llegando a alcanzar un poder absoluto en el mando; absolutismo que se 
transmitió hasta la implantación de la repiíblica. Entre la larga serie de monarcas que 
formaron esta dinastía se distinguió Vu-Ti (140 a 86 años antes de Jesucristo), quien 
protegió con todos sus esfuerzos la cultura, estableciendo que los cargos públicos del 
país fuesen desempeñados por los individuos de mayor ilustración, siendo así accesi- 

las frondosas selvas antes de tiempo y la leña no faltará... Vuestros perros y vuestros puercos consumieron 
el alimento del pueblo y no lo remediasteis, el pueblo moría por los caminos y no abristeis los graneros, 
y viéndole desmayado de hambre exclamasteis: No ha sido mía la culpa, sino de la esterilidad. Decid, 
pues, ¿hay diferencia entre matar a uno con el palo o matarlo con la inhumana administración? (C.Cantú, 
Obra citada.) 

Confucio era partidario de que los subordinados se rebelasen cuando los superiores abusasen de su 
tutela o la explotasen bajo la capa del derecho. Asimismo el gran filósofo Lac-sen decía: «El rey que 
gobierna con la razón no tiene necesidad de armas para mantener la paz en su imperio. En donde se 
sostienen grandes ejércitos, pronto invaden el país los yermos y espinas. Las cosas que imperan por la 
violencia tienen escasa duración. El pueblo padece hambre por los impuestos que sobre él pesan; es difícil 
de gobernar cuando está sobrecargado de fatiga; se expone a la muerte porque tiene que sufrir mucho 
para ganarse la vida.» 

El ideal de estos grandes pensadores no logró nunca encarnar en el pueblo; por esto lo vemos amando 
sus cadenas, resignándose en las grandes calamidades y en la miseria por espacio de tantos siglos. Cuan- 
do el ministro Vang (1067-1086) intentó que el emperador desarrollara una política agrícola con el 
objeto de fomentar el poder y la riqueza de la China, y pedía con tal objeto que se facilitara a los cam- 
pesinos las sumas que les fuesen necesarias a módicos intereses; cuando al propio tiempo pretendió esta- 
blecer el servicio militar obligatorio para evitar la invasión de los bárbaros, nadie le comprendió; los 
demás individuos del Gobierno se mostraron sus más decididos adversarios; así es que los préstamos des- 
tinados a los agricultores quedaron en manos de los empleados, y el servicio militar no se pudo implantar 
con equidad; acabando por abandonar el poder Vang y continuando las cosas en igual estado. En tales 
condiciones eran imposibles las reformas y más imposibles todavía los movimientos de insurrección 
populares, que es en donde deben buscarse las agrupaciones o sociedades políticas o secretas. 

U) Obra citada, pá¿. 197. 

(2) Tomo 11, pág. 131. 

(3) Para todo lo que respecta a la historia de la Cliína, seguimos a D. Ch. Bouloep, en su History 
of China, 3 t. (Londres, 1882.) 

Tomo I. — 11. 



78 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

bles los puestos más elevados del Estado a todo ciudadano de cualquier origen y con- 
dición, con tal de que hubiese adquirido los debidos conocimientos. En su reinado 
fueron comentadas las obras de Confucio y de otros chinos notables; pero al final de 
su vida se entregó en brazos de sus cortesanas, degradado por su libertinaje y supers- 
tición, y las intrigas palaciegas se prolongaron en los reinados sucesivos. 

En el reinado de Ming-Ti (65 años antes de Jesucristo) fueron enviados emisarios 
especiales a la India para que estudiaran la religión que Buda había establecido en su 
país y la importaran a la China: asimismo fué introducida en esta época en aquel país 
la religión judaica. En este período la desmoralización de la corte llegó a un grado 
máximo, abdicando realmente de hecho los monarcas del poder. Los emperadores, 
hijos del cielo, consumían sus energías físicas y morales en la libídine del harem, y los 
eunucos de su servicio eran los dueños de la actualidad; hicieron decretar a Ming-Ti 
una ley por la que ellos se encargaban de los asuntos políticos, mientras los literatos 
quedaban relegados a ser servidores y guardias de las mujeres del emperador. En tal 
estado el Imperio se fraccionó en tres regiones, denominadas los Tres Reinos. De 
esta época escribió Chen-Shao una novela histórica titulada San-kuo-chi o Historia 
de los tres reinos, llena de narraciones fabulosas así en lo que afecta a los sucesos 
del Imperio como a hechos sobrenaturales; a pesar de lo cual, la plasticidad del libro 
y su elegancia literaria hacen que sea una obra predilecta para la lectura, la cual aun 
hoy es popularísima en la China. La siguiente dinastía, Sin, no ofrece otra particulari- 
dad que la prolongación de la corrupción real precedente y la carencia de gobierno, 
hasta tal punto que los Anales la califican tristemente diciendo: «Bastardos de concu- 
binas, monjes, viejos y brujas gobernaron el país (1)». Las instituciones armadas aca- 
baron con esta dinastía, sucediendo la Sung, caracterizada por la envidia del poder y 
la muerte de los emperadores, los cuales murieron casi todos asesinados. 



Como muestra de las costumbres cortesanas que en las sucesivas dinastías reinaban 
en el palacio imperial, podemos citar la fiesta llamada Tu-fan, en la que se figuraba 
convertida la casa real en un establecimiento de mercado, y en él la concubina del em- 
perador, con los brazos desnudos y el seno descubierto, vendía comestibles a los 
empleados de la corte, y el emperador entregaba el vino a jarros llenos. El emperador 
Li-Chimin, partidario de la cultura y de la continencia hizo arrojar de la corte a más 
de seis mil mujeres, siendo en cambio un gran protector de las letras. En este tiempo 
el poder de los monjes budistas creció de un modo portentoso, viéndose obligados 
Liang (siglo VI después de Jesucristo) y Chimin (siglo VII) a limitar su influencia y 
restringir el número de individuos que formaban las comunidades instaladas en los 
monasterios. No sólo en la religión budista se clausuraban los hombres en los con- 
ventos, sino que también se formaron comunidades de monjas, llegando una de éstas 
a ser concubina de un emperador y luego Emperatriz Celeste, distinguiéndose durante 
su reinado por sus caprichos y crueldad. 

'D E. Toda, obra citada, pág. 75. 



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KEENCIAS 



79 



En los siglos VIH y IX volvieron a multiplicarse los bonzos y budistas, y se introdu- 
jeron en el mismo palacio imperial, llegando a ser a miles los bonzos servidores de la 
persona real; tal incremento prcsLMitaban, que el emperador Huan-Tsun^r expulsó a más 
de doce mil de su corte, prohibió que se levantaran nuevos edificios religiosos y puso 
dificultades a que se hicieran donativos a monasterios y templos (1). Vu-Tsung, el cual 
pretendió reducir asimismo el poder de los monjes de Buda, mandó arrasar más de 
4,500 templos y monasterios. En este período la manía de la inmortalidad corporal se 
contagió a los monarcas chinos, los cuales habiendo leído en los libros de la antigüe- 
dad que el zumo de ciertos vegetales tenía la propiedad de preservar de la muerte, 
buscaban por todas partes el árbol 



prodigioso. Algunos hechiceros se pre- 
sentaban a los reyes, con la promesa de 
poseer el secreto de la inmortalidad, 
obteniendo de éstos altos favores y re- 
galos. En estos últimos siglos, hasta la 
instauración de Ja dinastía Sung (me- 
diados del siglo X), el embrutecimiento 
de los placeres sexuales siguió siendo 
la pauta de los emperadores, los cua- 
les no vivían más que para su harem y 
sus eunucos. 



* 



Los tártaros, con cuyo nombre se 
designaba a los habitantes de las inex- 
ploradas regiones que en aquel enton- 
ces se extendían al norte de la China, 
constituían un peligro para las dinas- 
tías del Celeste Imperio. Para contener 

su invasión se construyó la Gran Muralla que atraviesa las regiones por las cuales los 
tártaros solían hacer sus incursiones dentro del territorio chino. Desde muchos siglos 
antes de Cristo aquellas hordas salvajes, de cuyos individuos se decía que iban des- 
nudos de medio cuerpo y que comían carne cruda, habían hecho varias tentativas para 
invadir el Celeste Imperio. Durante las dinastías citadas se trabaron muchas batallas 
entre las tribus próximas al territorio chino y las tropas de este Imperio; pero la victo- 
ria de los generales chinos tuvo a raya esta invasión. En la época en que gobernaba la 
dinastía Sung, 960-1279 de nuestra Era, los tártaros se apoderaron del norte del impe- 
rio chino, quedando de este modo fraccionado en dos reinos, cuyo límite determinaba 
el río Amarillo. Durante la dinastía Sung se distinguió un famoso filósofo taoísta, a 
quien se le considera autor de la escuela moderna de adivinación por medio de diagra- 
mas. El emperador Chen-Sung, que creía en estas doctrinas, hizo construir un tepiplo 
dedicado a la veneración de los antepasados y a la celebración de los ritos taoístas. 

1) A. RoussEL, Le Boudhisme prímitif (París, 1911). 




Pon-tai, dios de la sensaalidad 



80 



1 AS si:t:rAS y las sociedades secretas 



Las rebeliones (1) que se etecuunon desde la más remota antigüedad hasta la invasión 
de los mongoles, pueblo venido de las orillas del mar Caspio, que pone fin a la dinas- 
tía Sung e interrumpe la dominación de los tártaros, no fueron más que movimientos 
de hambre, unas veces producida por las inundaciones y las pérdidas de las cosechas 
agrícolas, puesto que vemos partir el movimiento desde el campo hacia la ciudad, 
otras por la ambición del poder de algunos cortesanos o jefes del ejército. El ideal 
político no aparece en la consignación de los hechos históricos, por lo que hace 
suponer la no existencia de esas asociaciones que en el silencio laboran para cambiar 
la esencia, la manera de ser de las instituciones políticorreligiosas de un país y que se 

conocen en la historia con el nombre de sociedades 
secretas. 

Los mongoles, establecidos definitivamente en la 
China, empezaron a dirigir sus destinos el año 1280. 
Los conquistadores aceptaron las ideas del pueblo 
chino, respetaron sus creencias y costumbres, levantan- 
do nuevos templos y arcos de honor, y llamaron a la 
colaboración del Gobierno a varios filósofos chinos 
para el mayor acierto en la ejecución de sus actos, cap- 
tándose de este modo las simpatías de los sometidos. 
Su primer emperador, Kublai, procuró facilitar la agri- 
cultura a los de su raza, fuente de riqueza, la que, antes 
de penetrar en la China, a través de las áridas estepas y 
desiertos del Asia Central, no habían tenido ocasión de 
explotar. Una gran crisis monetaria se dejó sentir en 
esta época, estableciéndose el uso del papel-moneda. A 
principios de la segunda mitad del siglo XIV sucesivas 
rebeliones chinas acabaron con la dinastía mongólica, 
arrojándola al norte de la Oran Muralla y establecién- 
dose la dinastía china de los Mings, que reinó desde 
1368 hasta 1644, en cuya época los tártaros primitivos 
que habían invadido la China durante el siglo XII y gobernado la región norte, con- 
quistaron definitivamente el trono del gran Imperio asiático. 




Princesa mongola 



IV 



En el período de la dinastía Ming fué cuando los portugueses, por primera vez, 
llegaron con sus naves a las costas de Cantón (año 1514), pisaron las tierras chinas de 
la célebre y legendaria Catay y la hicieron asiento de un portentoso comercio, estable- 
ciendo gran número de factorías y conquistando la península de Macao. No faltaron 
portugueses que, como nota característica de aquella época, se dedicaron a la piratería, 
saquearon los poblados próximos a las riberas de los ríos navegables y llevaron consigo 
gran número de doncellas para traerías a diferentes mercados. Más tarde los españoles, 

(1) Th. Taylor. The Chínese and their rebellions (Londres, 1856). 



EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 81 

al descubrir y conquistar las Filipinas, visitaron n)ii sus naves a Cantón c hicieron 
más temible competencia al tráfico portugués. Llegaron a alcanzar los españoles la 
concesión del gobernador chino para establecer una factoría en Piñal, pero las fuerzas 
portuguesas los desalojaron de allí; y las colonias españolas, con las holandesas, que- 
daron limitadas en la isla de Formosa. España envió varias embajadas a la China for- 
madas por frailes agustinos y franciscanos, las cuales no llegaron a alcanzar ninguna 
entrevista con el emperador, dedicándose a difundir las doctrinas cristianas entre la 
raza amarilla, por lo que los gobernadores se deshicieron de ellos, no queriendo ver 
perturbada su paz religiosa. 

Sabido es el culto que desde épocas remotas siguen rindiendo los chinos a sus ante- 
pasados. El hijo mayor, heredero de los bienes familiares, es también el encargado de 
conservar tal veneración en el hogar. Los reyes, como correspondía a su rango, daban 
gran importancia a sus mausoleos, siendo digna de mención la montaña artificial 
en cuyo interior se albergan los panteones reales, de ningún arte ni belleza, y sí sólo 
hechos en vista de garantizar de la profanación a los regios cadáveres, la cual fué 
construida en la época de los Mings y reinado de Yung-lo. Dicho mausoleo se en- 
cuentra al noroeste de Nankín (1). El camino que conduce a él está orlado de monu- 
mentos diversos; primero un arco de triunfo con tres puertas; luego una torre cuadrada, 
en cuyo interior existe una elevada columna sostenida sobre una tortuga, todo de 
piedra; siguen luego colosales figuras de granito diseminadas por pares, siendo suce- 
sivamente en orden a la aproximación del mausoleo, dos leones sentados, dos leones 
en pie; dos leopardos sentados, dos en pie; dos camellos sentados, dos en pie; dos 
elefantes sentados, dos en pie; dos tigres sentados, dos en pie; dos caballos sentados, 
dos en pie; dos columnas redondas y cuatro mandarines vestidos militarmente. Un 
nuevo arco de triunfo con cinco pórticos se cruza antes de llegar a las murallas que 
preceden al mausoleo o montaña artificial, de colosales tamaños, superando a las céle- 
bres pirámides de Egipto. 

Una revolución de carácter personal, acaudillada por Li-Tse-ching, puso fin a la 
dinastía Ming, entrando en la capital sin resistencia alguna, convenido con la mayor 
parte de los mandarines y cortesanos. Se apoderó éste de las riquezas del palacio, y 
al tiempo que entraba la invasión tártara desapareció sin que se le pudiera encontrar. 
A partir de este hecho, se ignora que ocurrieran movimientos de protesta, de carácter 
popular; si los hubo, quedaron sofocados. Precisa que lleguemos a la dinastía de los 
Tsings, al gobierno de los tártaros invasores que se ha prolongado hasta nuestros 
días, para que aparezcan revoluciones sectarias y para que se revele la existencia de 
sociedades secretas que pugnaban para destruir la dinastía de los Tsings y restaurar la 
antigua dinastía china Ming. 

La revolución más potente contra la dinasua tártara la hizo un chino alucinado, 
maníaco de establecer reformas religiosas, apellidado Hung-Siu-tsuan, hijo de la pro- 
vincia de Cantón, nacido en 1812. Hijo de modestos labradores, mandáronle éstos a la 
escuela, dedicándose con fervor a los estudios, no obstante lo cual, fué reprobado tres 
veces en sus exámenes para bachiller, después de cuyo líltimo examen cayó enfermo y 

(1) Pitón, La Chine, sa religión, ses mceurs (Tolouse, 1880); Johnson, Oriental religions (Bos- 
ton, 1877). 



32 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

fué SU cerebro albergue de raras visiones, las cuales determinaron más tarde su em- 
presa revolucionaria. Fué dos veces maestro de escuela; de su pueblo natal la vez 
primera y de una aldea apartada la segunda, vez. 

E. Toda habla de él en los siguientes términos (1): «En una de estas visiones se veía 
llevado en un rico palanquín y precedido de alegre cortejo de músicos, visitando unos 
sitios llenos de luz que le borraban las tinieblas de su alma, y otros en donde un rocío 
bienhechor le lavaba de las impurezas del cuerpo, hasta entrar, en compañía de varios 
ancianos venerables y virtuosos, en un gran salón cuya belleza y esplendor no pueden 
describirse. Un anciano con larga túnica negra estaba sentado en el estrado de prefe- 
rencia en imponente actitud, y al ver entrar a Hung rompió a llorar y dijo: —«Todos 
los hombres de la tierra son creación mía, comen mis alimentos y usan mis vestidos; y 
sin embargo ni uno solo de entre ellos tiene corazón para acordarse de mí y adorarme. 
Peor aún, reciben mis beneficios y veneran a los demonios, se sublevan contra mí y 
excitan mis iras. No les imites nunca.» Sacando luego una espada, dióla a Hung para 
que exterminara a los diablos, y al propio tiempo entrególe un sello que le sirviera de 
amuleto contra hechizos y una fruta amarilla de sabor muy dulce.» 

Estas visiones de Hung se prolongaron por mucho tiempo, creyéndose designado 
para destruir a los perversos y espíritus malignos. Un pariente suyo^ llamado Li, leyó 
asimismo la Biblia y luego fué convencido por Hung de que ambos debían bauti- 
zarse (2). Quitó los símbolos que había en la escuela en honor de Confucio, abandonó 
luego la carrera de maestro y se dedicó a predicar una nueva religión, haciendo mu- 
chos adeptos, entre ellos un pedagogo que fué uno de los principales propagadores 
de su doctrina, llamando a sus sectas Asociación de los adoradores de Dios. Un dis- 
cípulo, llamado Fung-Yung-san, convirtió a un gran número de chinos en la provincia 
de Kaei-tchen. Como prácticas religiosas, se entregaban a la oración, santificaban 
el domingo y otras fiestas cristianas, sacrificando por Año Nuevo animales que servían 
de manjares en una comida fraternal. El matrimonio era adaptado a los usos chinos. 

Cuando se vio esta secta con fuerzas, exigió a las aldeas que destruyeran sus ídolos 
y templos, siendo encarcelados por este motivo sus caudillos por orden de las autori- 
dades de Cantón. Pero puestos de nuevo en libertad, se alzaron en son de guerra el 
año 1850, apoderándose de la ciudad de Tai-tsun. Cuando las tropas imperiales llega- 
ron a Kaei los revoltosos había abandonado la capital con objeto de no ser alcan- 
zados. Las tropas del emperador se vengaron sobre el pueblo, haciendo de este modo 
que muchos de los molestados injustamente fueran a engrosar las filas de Hung. 
Para sostener sus tropas, Hung iba pasando de un pueblo a otro con el objeto de 
proporcionarse víveres, sembrando una severa disciplina con sus exhortaciones reli- 
giosas y amenazadoras. En 1851 se apoderó de Yung-ngan, proclamándose emperador 
y bautizando a su dinastía con el nombre de T'ai-P'ing o Grande paz. Se suponía hijo 
de Dios y hermano de Jesucristo, destinado a gobernar el pueblo chino y a destruir 
los tártaros: a cuatro de sus discípulos los nombró reyes que debían gobernar bajo 
sus órdenes el Imperio, que dividía en cuatro fracciones correspondientes a los puntos 
cardinales. De esta capital escaparon después de ser sitiados por las tropas imperiales, 

<1) Obra citada, pág. ^71 y 272. 

(2) E. Toda, obra citada, pág. 271 y 272. 



EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 83 

y dirigiéndose Hung hacia la cuenca del río Yang-tse-kiang o río Azul, engrosó con- 
siderablemente sus filas, haciendo pavor su poder a las tropas tártaras. Conquistó 
liungtoda la cuenca de aquel río, fijando la capital en Nankín (1853), antigua corte del 
Celeste Imperio. Contaba con un ejército de más de cien mil hombres, cuyos soldados, 
después de recibir las instrucciones de la Biblia y los Santos Mandamientos, se entre- 
nzaban al saqueo de los pueblos enemigos para aprovisionar su región. 

Hung envió un ejército de sólo siete u ocho mil hombres para conquistar a Pekín 
y toda la región del norte de China. A pesar del escaso número de combatientes, lleva- 
I on a cabo proezas heroicas, derrotando en sangrientos combates a las tropas imperiales 
\ logrando atravesar el río Hoang-go, después de recorrer el canal imperial, llegando 
a las heladas regiones que se extienden al norte de aquel río, en donde se vieron obli- 
u^ados a retroceder ante los inconvenientes del clima y la desventaja con que se hubie- 



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Altar del Templo del Ciólo, en Pekín 

sen encontrado al tener que atacar la capital de los tártaros con tan pocas fuerzas. 
A contar con cincuenta mil hombres hubiesen podido completar, casi sin resistencia, 
toda la conquista del Imperio chino; pero después de más de medio año de penosas 
excursiones y de un recorrido de más de dos mil kilómetros, llegaron de nuevo a Nan- 
kín, acto que desacreditó por completo a Hung, poniendo de relieve su desequilibrada 
mentalidad. No obstante, por esta empresa puede juzgarse el poder sugestivo de que es 
capaz un individuo anormal, y el alcance de la obra revolucionaria que puede ejecutar 
un maníaco. Las tropas de Hung realizaban toda suerte de crueldades para lograr rico 
botín, devastando comarcas enteras, hoy día aun desiertas, y despertando el odio en 
los pueblos perjudicados. Inglaterra y Francia intervinieron en favor de la dinastía 
tártara, logrando con sus armas y bombardeos a postrar las fuerzas de los T'ai-P'ings y 
facilitando la reposición de la dinastía Tsing con la completa reconquista (1). 

Los misioneros evangélicos, al ver propagar las doctrinas de su credo, hicieron 
una activa propaganda en favor de los rebeldes, pero al llegar a Nankín, creyendo que 
el Gobierno de Hung los hubiese recibido con entusiasmo y fomentado su misión, 
recibieron la desilusionadora orden de evacuar la capital. Los misioneros religiosos 
europeos fueron muy tolerados en ciertas épocas de esta dinastía, sobre todo en el 
reinado de Kang-Hi (a mediados del siglo XVII), pero en los tiempos modernos se dejó 

' 1 ) CoRDiER, Histoire des relations de la Chine avec les puissances occidentales (París, 1860-1902>. 



84 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

seriiir un intenso odio contra los religiosos cristianos y en general contra los europeos, 
siendo necesario para que los chinos respetaran a los subditos europeos y a sus 
bienes, que Inglaterra y Francia bombardearan, por tres veces, el territorio chino y 
llegaran hasta los muros de la capital Pekín, en la última de sus expediciones. 



Pasando ahora a tratar más concretamente de las sociedades secretas contemporá- 
neas de China, se ha de tener presente la tendencia ingénita de este pueblo a la 
asociación: no hay chino que no pertenezca a dos o tres sociedades a la vez, conside- 
rando ésta como imprescindible necesidad de la vida social. Existen sociedades cuyo 
objeto consiste en defraudar al Estado, otras tienden a combatir la embriaguez y el uso 
del opio; otras persiguen fines abiertamente pacíficos, como la Lao-Niu-Huei (socie- 
dad del viejo Toro), la cual tuvo su origen en una comarca infestada de conspira- 
dores (1). 

Los acontecimientos que en 1900 se desarrollaron en la provincia de Ci-li, fueron 
determinados de una parte por la tiranía que ejercían los manchúes, y de otra por 
las incesantes reclamaciones de los extranjeros que pedían protección para sus vidas 
y haciendas. La revuelta, que en algunos instantes adquirió graves proporciones, fué 
la revelación de que la dinastía manchú carecía de elementos propios para soste- 
nerse por sí misma en el trono y que el protectorado de las principales naciones de 
Europa se imponía para restablecer la paz no sólo en aquella provincia, sino en las 
limítrofes qu? habían visto con simpatía el movimiento revolucionario, y asegurar por 
modo definitivo la penetración en el Imperio de la civilización occidental (2). 

Ya a mediados del siglo XVI los manchúes, con ocasión de la rebelión que había 
cundido hasta la propia capital del Imperio, con su afán de dominio y valiéndose de 
maquinaciones, obligaron al entonces emperador, que era un joven perteneciente a la 
dinastía de los Mings, que había caído en desgracia, a que buscara en la muerte la sal- 
vación del deshonor. Los usurpadores del trono desarrollaron una política habilidosa 
y pocuraron hacer suyos los procedimientos de la dinastía de los Mings, a pesar de lo 
cual no consiguieron atraerse la simpatía del pueblo, que seguía viendo en los man- 
chúes el afán de mando y detestaba que éstos le hubiesen impuesto una nueva manera 
de vestir y de peinar (3). Aunque en un principio el grueso de la rebelión fué disper- 
sado y castigados ferozmente sus jefes más prestigiosos, no por ello logróse destruir 
su organización. Algunos núcleos de rebeldes subsistieron y éstos trabajaron tenaz- 
mente y en silencio manteniendo vivo el odio en contra de los manchúes. Otra cir- 
cunstancia favoreció la campaña de los rebeldes, y ésta fué la inmoralidad pública que 
adquirió enormes proporciones en todos los órdenes de la administración desde la 

(1) A. Wylie, Secret Societies in China, en North China Herald (1853), reimpreso en The Shangae 
Almanacfor 1854; Paul d'Enjoy, Congrégations et sociétés chinoises, en La Revue, t. 53, págs. 75-89 
(1904J. 

(2) H. A. Giles, Freemasonry in China, en History of China and other sketches (Londres 1882). 

(3) L. NocENTiNi, Le societd segreie e la dinastía ciñese, en N. Antología, 4.^ serie, vol. CLXXII 
(1900>; Shüislinq y HsimuNGrLes journaux chinois, en La Revue, t. 36, págs. 299-308 (1901). 



EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 



85 



entronización en el poder de los manchúes y que a la postre les malquistó con sus 
propios partidarios, y singularmente con la opinión general (1). De aquí que la nueva 

dinastía hubiese de concentrar su actividad para proteger al trono constantemente ame- 
nazado por los enemigos, que habían reorganizado las huestes dispersas y constituídose 
en sociedades secretas. La actuación de éstas se dejó sentir porque agitaron continua- 
mente al país, y dejando aparte su finalidad prístina, que era el mejoramiento humano, 
cuando la legendaria sabiduría de los primeros soberanos cayó en desprestigio, desple- 
garon sus energías casi por entero en el sentido patriótico, trabajando sin descanso por 
que el poder se reintegrara en la persona de algún vastago de la familia destronada. 
La preocupación que en la corte inspiraban los manejos de las sociedades secretas hicie- 
ron olvidar la clásica táctica de los anteriores emperadores, cuya gestión principal era 
fomentar las rela- 
ciones exteriores y 
evitar por todos 
los medios la pe- 
netración del es- 
píritu europeo en 
China; pero ante 
el rápido creci- 
miento de las so- 
ciedades secretas, 
la corte imperial 

cambió de actitud y concentró su actividad entera en evitar la propagación de las doc- 
trinas predicadas por los agitadores. Los manchúes lucharon con dificultades graves y 
casi insuperables al tratar de combatir la expansión de las sociedades secretas, cuyo 
influjo en el país tan sólo puede comprenderse examinando su importancia y la exten- 
sión que adquirieron. Durante un largo lapso de tiempo en todas las ciudades impor- 
tantes de China se fundaron asociaciones de diversa índole y entre ellas se establecían 
inmediatamente estrechos vínculos. Es curioso el hecho de que un pueblo tan alejado de 
las corrientes espirituales entonces reinantes en Europa, acertase a vivir tan intensa- 
mente en los ideales de la asociación, y más que todo sorprende la solidaridad en que 
vivían las diversas sociedades secretas entre sí. La necesidad en que se encontraban las 
distintas clases sociales de constituir núcleos poderosos de defensa era común. Pobres 
y ricos sentían la misma ansia de ser fuertes, por distintos medios realizaban la misma 
labor, persiguiendo el objetivo de reconquistar el poder para la dinastía legítima, aque- 
lla que encarnaba la tradición secular (2). 




Antiguos letrados chinos, en sns trajes típicos 



El origen de las sociedades secretas es remoto, y acaso no sea exagerada la creen- 
cia de aquellos autores que reputan de antiquísima la tendencia a la asociación entre 

(1) Straus, La Chine, son histoire, ses ressources (París, 1874). 

(2) F. V. RicnTHOFEN, Oí. Ergebnisse eigener Reisen u. darauf gegründeter Studien. 4 t. (Berlín; 
1877-84). 

Tomo I. — 12. 



86 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

los chinos. Claro está, sin embargo, que tales afirmaciones no pueden aceptarse más 
que a título de mera hipótesis verosímil, en tanto que no las haya contradicho la his- 
toria. En los restos de libros antiquísimos que han llegado hasta nosotros y que hacen 
referencia a la época de Confucio, que vivió de la segunda mitad del siglo VI a prin- 
cipios del Vil, antes de la Era cristiana, se encuentran palabras o nombres de cosas 
materiales, que se usaban para indicar la conducta recta y que todavía son la repre- 
sentación simbólica de las sociedades secretas y del mismo modo constituyen el prin- 
cipio normativo que el hombre debe seguir. 

Lo que parece indudable, del examen de los escritos antiguos, es que existió un 
lenguaje figurado, acaso inasequible para la plebe, pero completamente del dominio 
de los hombres cultivados; lo cual no significaría, sin embargo, que cuantos conocie- 
ran aquel léxico hubiéranle dado otro alcance que el de encaminar a los hombres por 
el camino de la virtud. Algunos escritores se inclinan a considerar que el móvil polí- 
tico no tuvo más que un carácter accidental en los tiempos pasados y que era debido 
a las circunstancias del momento histórico más que un objetivo definido y propio de 
una secta. Cabe, pues, en cierto modo afirmar que el sentido político en la actuación 
de las sociedades secretas determinóse o por lo menos adquirió una acentuación al 
triunfar los manchúes (1). 

Otra revolución de carácter sectario ocurrida durante los tiempos modernos en 
los dominios de China fué el alzamiento de los musulmanes en 1862. La Bukaira, 
situada al oeste de la China, fué conquistada por K'ienlung en el siglo XVIII; los ma- 
hometanos que poblaban aquellas regiones se vieron ultrajados en sus creencias reli- 
giosas, pues además de dilapidárseles sus intereses, se les obligaba a entregar sus 
mejores doncellas con destino al harem del Hijo del Cielo. El delegado que enviaron 
a Pekín para exponer sus quejas fué decapitado, y ante este acto se levantaron las 
tropas del Estado de Kachgar, tomando e incendiando la capital. Un antiguo descen- 
diente de los monarcas musulmanes, Khoja Buzurg, se puso al frente del movimiento, 
nombrando generalísimo de sus tropas a Jacub Beg, quien pronto por sus aptitudes 
suplantó a Khoja. Jacub reconquistó todo el antiguo territorio musulmán y restableció 
4a paz: reconoció al sultán de Turquía, Abdul-Asiz, como di Jefe de los fieles, consi- 
derándolo como emir suyo: estableció al propio tiempo relaciones de paz y comerciales 
con los ingleses de la India, y cuando se disponía a realizar un tratado con Rusia, esta 
nación con su ejército diezmó las tropas musulmanas y se apoderó de parte de su 
territorio. El resto del país fué recuperado por la China al tener noticia del afecto de 
Rusia, lo cual pudo efectuar después de la muerte de Jacub. La familia de éste fué 
asesinada y promulgóse un edicto imperial ordenando que debían ser castrados algunos 
individuos de su familia, con el fin de extinguir la descendencia del emir musulmán, 
contra lo que protestaron las potencias europeas, tomando enérgicas medidas. 

Ya vimos que los últimos días de la dinastía Ming se vieron perturbados por 
diversas rebeliones que facilitaron la entrada de los tártaros manchúes. Entre ellas 
figura una cuyos militantes eran miembros de una importante sociedad secreta llamada 
Pe-Uen-Kiao (Sociedad del Lirio blanco), fundada y presidida por Su-Hung-Ju. El 

(1) CoLQHOUN. C«/ia 1/7 iransformaiion (Londres, 1898); Leroy Beaulieu, The awakenins of the 
East (Londres, 1900). . 



EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 87 

movimiento de esta rebelión limitado al norte del Imperio, fracasó por completo, siendo 
derrotados en los primeros encuentros. Las sucesivas sociedades secretas que aparecen 
tienden unas a establecer fuerzas para destronar la dinastía posterior tártara o de los 
Tsiniís, otras para conspirar contra los europeos y cristianos. 

l^na nueva sociedad con el nombre de Pai-lien-ciao aparece a principios del 
siglo XVIII, en cuya dirección figuraban el bonzo budista Fan-ui y un distinguido 
caudillo conocido con el nombre de Wang-lung. En esta asociación figuraban muchos 
religiosos además de los seglares que la componían. Se refiere de ella que al jurar uno 
de sus miembros combatir a la dinastía Tsing y restaurar la antigua dinastía china, se 
sacaba sangre del brazo junto con otros de sus compañeros y bebían todos con la 
misma copa, de la sangre mezclada, con el objeto de ratificar su juramento. Esta socie- 
dad se rebeló asimismo como la anterior, llegaron a apoderarse de Shu-chang-tsien, 
pero las tropas imperiales les hicieron abandonar la ciudad, persiguiendo a los rebel- 
des y logrando capturar a sus principales jefes, los cuales fueron ejecutados. De nuevo 
ipareció esta sociedad, en 1777, en el campo de batalla, para ser de nuevo derrotada y 
sus individuos expuestos a la vista pública encerrados en jaulas (1). Se supone que 
una nueva sociedad con el nombre metamorfoseado, Tsing-Lien-Kiao, derivaba de la 
anterior, pero su existencia quedó extinguida al cabo de poco tiempo sin haber reali- 
zado sus propósitos, que eran los mismos que los de las sociedades anteriores. 

Un escritor italiano, Francisco Cerone, en un artículo intitulado Le associazioni 
lecite e le socíetá secrete in Ciña (2) da cuenta de la existencia, organización y hechos 
realizados por la sociedad Tsing-lien-ciao, la cual, a juicio de Heckethorn (3), se su- 
pone ser la Pai-lien-ciao (Sociedad del Loto blanco), de fines predominantemente 
políticos, formada por gentes que invadieron los poblados próximos a las ciudades, 
perfectamente organizada, con su correspondiente santo y seña, con celebración de 
reuniones nocturnas y que hasta publicaba hojas sueltas, para sembrar entre el pueblo 
las más acerbas invectivas y acusaciones contra el Gobierno y los magistrados. La 
bravura de que dieron pruebas en repetidas ocasiones sus afiliados, rayaron en el 
heroísmo; cuéntase, por ejemplo, que en 1622, Ly-Kung, uno de sus más temibles 
corifeos, jefe de la secta en Sciau-Tung, fué encarcelado; la cosa era grave y capaz por 
sí misma de poner en agitación a toda la comarca en que se hallaban diseminados los 
conspiradores, cuando vino a aumentar la gravedad de la situación la noticia de que 
le sería aplicada la tortura. La víctima había sufrido un primer interrogatorio seguido 
de tormento, cuando agotada la paciencia de sus adláteres meditaron la realización de 
un audaz golpe de mano: un grupo de ellos invadió de improviso el edificio donde 
uncionaba el tribunal custodiado por la fuerza pública, a la cual desarmaron, dando 
nuerte a los mandarines y libertando a Ly-Kung. Este hecho dio origen a una encar- 
¡lizada guerra civil, en la cual, aunque los del Loto blanco fueron vencidos, no renun- 
ciaron a sus complots y conspiraciones y tras un período breve de reorganización de 
sus huestes la sociedad adquirió mayor pujanza que nunca, conquistando en la opinióa 
pública una gran simpatía por el valor de que daba pruebas. Muchas otras conspira- 

(1) Cu. W. Hlxkethorn, Obra citada, 2.^ parte, pág. 131. 

(2) Nuova Antología, 1900, 4.^ serie, vol. CLXXII.. 

(3) Obra citada, II, 131. 



38 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

ciones y revueltas semejantes a ésta suscitó la Pai-lien-ciao, como la ocurrida en julio 
de 1818, en que sus afiliados invadieron el palacio real de Pekín (1). 

Según datos aportados por un ilustre misionero, monseñor Luis Simón Faurie, 
vicario apostólico de Kiu-Ciou, las doctrinas de esta sociedad, en su parte ética, eran 
verdaderamente recomendables; pues mientras que formaba su credo político la abso- 
luta necesidad de librar a China de la dominación tártara, arrojando también del país a 
los extranjeros, prohibía asimismo a sus adeptos el homicidio, el adulterio, la calumnia 
y les imponía la abstención de comer carne y beber substancias alcohólicas. Los afilia- 
dos que hacían gala de ser virtuosos llevaban atado a la cintura un bolso con tres 




Castigo del aplastamiento, en China 

compartimientos: el de la derecha contenía guisantes blancos, el de la izquierda negros, 
mientras que el del medio estaba vacío; cuando el afiliado ejecutaba una buena acción 
como, por ejemplo, quitar una piedra de en medio del camino para evitar que alguien 
tropezase en ella, o desviar el paso para no pisar a un insecto, echaba un guisante 
blanco en el compartimiento del medio; si, por el contrario, dejándose llevar de alguna 
pasión, no lograba refrenar la cólera o injuriaba a alguno de sus semejantes o trataba 
con altivez a alguno de sus inferiores, echaba en el conpartimiento de en medio un 
guisante negro; por la noche hacía un recuento de los guisantes, y en el balance notaba 
si su virtud aumentaba o disminuía. Contrastaba con esta especie de escrupulosidad 
ascética el hecho muy frecuente de entregarse los afiliados a verdaderos actos de 
crueldad, pero tales anomalías tienen su explicación en los apasionamientos políticos. 
Una nueva asociación secreta apareció con el nombre de Tien-ti Hoei, asociación 
del Cielo y de la Tierra, o Tien-Haun-Hoei, familia de la Reina del Cielo. Se extendió 
esta sociedad por el Sur y el litoral del Este, teniendo adeptos en la Indochina y Corea; 
( 1 ) CoRDiER, Les sociétés secretes chinoises (París, 1888). 



EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 89 

llamábanse por esta razón sus miembros Hung-Kio, o familia próspera. Esta her- 
mandad era presidida por tres hermanos superiores, Ko. Usaban para escribir sus 
rcc^lanientos una especie de tinta a la que el comercio español da el nombre de 
simpática, la cual podía hacerse desaparecer y reaparecer a voluntad. Entre las cere- 
monias que realizaban cuando ingresaba un miembro en la sociedad, existía una que 
es común a otras asociaciones, como veremos, la cual consistía en cortar la cabeza a 
un gallo, haciendo imprecación de que tal muerte sufriría quien descubrise los secretos 
de la sociedad. El fin de esta asociación era el propio que el de las sociedades citadas 
anteriormente, pero luego (1) se entregaron al bandidaje, saqueando caseríos e impo- 
niendo exacciones a los propietarios. Finalmente, por orden del Gobierno, se les 
persiguió tenazmente, logrando capturar gran número de ellos y diseminándose los 
demás. 

Al propio tiempo una sociedad conocida con el nombre de Gran Liga de Hung, 
hasta entonces secreta, se rebela en los territorios que se extienden al norte de Cantón 
y al oeste del canal de Formosa (2). La significación de Hung, en chino, equivale a 
«diluvio», y en realidad esta entidad contaba adeptos en todas las capitales y pueblos 
del Imperio, soñando todavía en abarcar nuevos territorios del globo. La Liga de los 
Hungs puede considerarse como el germen que dio origen a las que más tarde se for- 
maron y de la cual proceden más o menos directamente todas las sociedades secretas 
que en nuestro tiempo han adquirido alguna importancia y han tenido participación 
en los acontecimientos que se desarrollaron en la China y en sus colonias. La existen- 
cia de los hungs, si bien repútanla los historiadores como antigua, no se manifestaron 
como políticos, y su actuación revolucionaria data desde el predominio manchú (3). 
Donde contaban con una organización más fuerte y extendida los hungs, como en 
las provincias de Tukien y en Cantón, fué en las que halló la nueva dinastía más resis- 
tencias para imponerse. En esta última provincia, el pueblo, no pudiendo substraerse 
por completo a la orden que obligaba a llevar el pelo largo y trenzado, ni someterse 
por entero, adoptó la costumbre de arrollarlo en una especie de moño, para esconder 
el signo de la servidumbre. Los naturales de las dos provincias marítimas limítrotes 
armaron grandes navios e hicieron correrías por las costas. En una de estas expedi- 
ciones abordaron en la isla de Formosa, que era desconocida de los chinos, venciendo 
a los holandeses, que hacía poco se habían apoderado de ella, y fundaron un Estado 
independiente. 

A partir de entonces, los hungs adquirieron una mayor importancia y fueron objeto 
de sañudas persecuciones de la corte de Pekín, que veía en ellos a enemigos audaces 
y peligrosos, ya que la Liga de los Hungs, tras algunos períodos de descomposición, 
volvía a resurgir más poderosa que antes. Su vitalidad debíase a la extraordinaria 
aptitud que tenían para reconstituir su organización, modificando la táctica y el modo 
de producirse, cambiando de nombre y aparentando a menudo distintos propósitos 
de aquellos que en realidad acariciaban. Eran hábiles simuladores y contaban con dos 

< 1) V. Toda, Obra citada, págs. 302 y 303. 

(2) G. ScuLEQEL, Thian Ti hwai, T he Hung League or Heaven-Hearth ¿ea^g^ue ( Batavia, 1867). 

(3) G. ScHusTER, Diegeheimen Gesellschaften, Verbindungen und Orden, t. II. L. V., cap. X. (Leip- 
zig, 1906). 



90 LAS SECIA^ N 1 AS SOCIEDADES SECRETAS 

elementos primordiales en las luchas políticas, que constituían su fuerza máxima, la 
cohesión y el respeto a las órdenes que dictaban sus jefes, a los cuales prestaban 
siempre obediencia, convencidos de que procediendo de tal suerte la victoria les sería 
propicia. Esta sociedad, constantemente perseveró en el mismo fin político, expresado 
concretamente en algunas frases que aparecen estampadas en documentos que se han 
encontrado y que indudablemente hacían referencia a los manejos de los hungs. He 
aquí un ejemplo: «Viva los Mings, abajo los manchúes. Obedece al cielo, sigue el 
recto sendero y coloca en el trono la dinastía de los Mings.» De la propia suerte el 
signo gráfico que representaba los Mings, significaba también luz y estaba compuesto 
de dos partes, el sol y la luna, y se empleaba frecuentemente de suerte que la palabra 
pudiese ser interpretada de dos modos diversos. En los edictos imperiales del tiempo 
del emperador Kang-hsi, que explicó su hijo y sucesor y que se tradujeron a varios 
dialectos para que fuesen comprendidos por el pueblo, se menciona a esta sociedad 
dándole nombres distintos, pero en todos los cuales se observa que motivó un cons- 
tante interés y que era causa de preocupación. Esta sociedad tomaba distintos nombres 
en las diferentes regiones con objeto de despistar a las autoridades; unas veces se 
llamaban «Quemadores de incienso», otras «Lirio blanco de las aguas» y otras «La 
sociedad del cielo y de la tierra», y, según otros, también la sociedad de la Triada, 
o trinidad representada por las tres fuerzas supremas de la naturaleza, cielo, tierra 
y hombre. Asimismo se le dieron otros nombres, pero desde el punto de vista de la 
organización. 

La verdadera clave de las varias maneras de denominarla la ofrecen la constitución 
déla Scian-tung, en las provincias que fueron dominadas por los alemanes. Los jefes 
de la logia de la Scian-tung eran seis individuos que residían en Lung-cean; cada uno 
de éstos adoptaba un nombre especial que tenía un determinado significado. Entre 
estos nombres, los había, como Ta-tao, que significaban, verbigracia, gran cuchillo o 
espada, a cuya sociedad pertenecían los rebeldes que infestaban en 1900 la provincia 
de Ci-li. La causa de que se empleasen nombres convencionales debe atribuirse a la 
circunstancia de que así era menor el riesgo para los afiliados. Durante las distintas 
represiones de que fueron objeto se descubrió, tras continuadas pesquisas, que exis- 
tían ciertos puntos de convergencia entre algunos caracteres de esta sociedad y los 
principios fundamentales sustentados por los misioneros católicos. En el período en 
que ocupaba el trono Yung-ceng, las afinidades entre ambos fueron acentuándose y 
parece evidente que les unía el mismo espíritu de destrucción (1). La campaña represiva 
se dirigió a un tiempo contra las sociedades secretas y las órdenes monásticas estable- 
cidas en China y especialmente los jesuítas, que habían logrado adquirir un relativo 
influjo entre determinados elementos que a su vez gozaban de prestigio. El anatema 
de la corte se extendía a todas las entidades que podían restarle fuerza y, a la postre, 
quebrantar su dominio político y social. A pesar de la enérgica y cruel represión, que 
ocasionó innumerables víctimas, el espíritu de rebeldía, infiltrado por las sociedades 
secretas en las muchedumbres, subsistió: tampoco produjo los efectos apetecidos la 
incesante y brutal persecución hecha contra la Compañía de Jesús. 

U) A. Newbold y C. B. Wilson, The chínese secret Triad Socieiy of Tien-ti-kuih, en íour. Roy. 
i4s.Soc,( VI, 1841). > J ^ 




niOUlA VIJVUOOdlX 



EL PUEBLO CHINO 



REENCIAS 



91 



Algunos escritores, que estudiaron a fondo las sociedades secretas chinas, hallan 
una gran semejanza entre las prácticas cristianas y las que realizaban los afiliados a las 
sociedades secretas. La adoración a un ser supremo fué observada por varios viajeros 
que relatan la viva impresión que en su ánimo produjo el ver a aquellos sectarios 
entregados a prácticas religiosas muy semejantes al culto católico. La fantasía popular 
atribuyó a estos sectarios un cúmulo de hechos vitandos que probablemente no co- 
metieron ellos: el pueblo, 
que ignoraba cuáles eran 
los móviles que impulsaban 
la actividad creciente de las 
sociedades secretas, las con- 
fundió tal vez por el miste- 
rio que rodeaba la gestión, 
con las pandillas de malhe- 
chores que infestaban el país 
y que para no despertar sos- 
pechas entre los campesinos 
apelaban a determinados 
subterfugios. Por partidas 
de bandoleros fueron come- 
tidos los horrores de varias 
comarcas, como también la 
revuelta de Amoy, que fué 
dominada con rapidez. No 

aconteció lo propio con la que promovieron los tai-pings, que en un principio acaso 
sintieron una vaga simpatía por los extranjeros, creyendo que éstos habían de ayudar- 
les; pero el hecho de haber prestado las misiones sus armas al Gobierno, hizo que 
los revolucionarios odiaran por igual a la corte y los extranjeros. Los ataques de los 
revolucionarios a los extranjeros obedecían a su propósito de crear constantemente 
conflictos al Gobierno, poniéndole en situación difícil ante las potencias: además, 
para los rebeldes era más fácil la perpetración de crímenes aislados, que el levanta- 
miento de partidas en el campo o promover motines en las ciudades. 

Las ceremonias de ingreso presentan un carácter misterioso como las precedentes. 
Las presidía la junta directiva formada por tres individuos, uno conocido con el nombre 
de Ko, el más viejo, y los otros dos por Hiong-Thi, o hermanos. El individuo neófito 
penetraba en el salón de ceremonias bajo un puente de espadas sostenidas por miem- 
bros de la sociedad; luego se arrodillaba ante una imagen, teniendo sobre su cabeza 
las espadas en forma de triángulo. El juramento era muy largo, conteniendo treinta y 
seis artículos, de los cuales se desprenden las siguientes cláusulas: 

«Juro que no conoceré a padre ni madre, a hermano ni hermana, a esposa ni hijos 




Tumba de Confacio 



92 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

fuera de la hermandad; adonde la hermandad conduzca, alh' iré; su enemigo, será mi 
enemigo.» 

Luego se deseaba toda suerte de males, si no cumplía el juramento; la muerte 
más desgraciada y los mayores infortunios en la otra vida. A título de prueba cortaba 
luego la cabeza de un gallo, blanco según unos cronistas, negro según otros, con un 
cuchillo, significando que ésta debía ser su muerte si descubría los secretos de la 
sociedad. Con el propio cuchillo se hacía una incisión en el dedo, dejando caer tres 
gotas de sangre en una copa que contenía caña, la cual era mezclada con la de los 
que presidían, bebiendo luego todos del mismo líquido: hecho esto, se recitaban ora- 
ciones a Dios y a los difuntos, concluyendo el acto con un himno revolucionario. 
Ch. W. Heckethorn refiere una anécdota de uno de sus leaders, apellidado Kwang, el 
cual era muy feroz, y dícese del mismo que para adquirir esta cualidad en alto grado, 
bebió hiél de un hombre muerto mezclada con vino, residiendo entre los mineros de 
estaño de Loacsol, la mayor parte de los cuales pertenecían a la sociedad. Esta Liga 
tenía sus logias emplazadas en bosques solitarios y apartados de los grandes núcleos 
de población, con objeto de escapar a la persecución del Gobierno: sus edificios 
ostentaban diversos triángulos en sus fachadas, como símbolo de la unión. Es curioso 
hallar este mismo signo en tan diferentes regiones del mundo y en tan diversas edades. 
Como veremos, la sociedad colosal por excelencia, la Masonería, adopta también la 
misma figura geométrica como emblema de su sociedad, y lo propio hacen muchas 
otras corporaciones, antiguas y modernas. En la logia ocupaba lugar preferente el 
salón de la fidelidad, en el qu^ se tomaba el juramento a los neófitos que ingresaban 
en la corporación, ante un altar con la imagen de los cinco monjes fundadores y en el 
que se veían todos los instrumentos que se empleaban en los ritos de la sociedad: di- 
plomas, báculos, tijeras, balanzas, con libros que contenían los signos secretos, puña- 
les, etc. Los individuos de esta sociedad se reconocían en los actos de la vida cotidiana 
por medio de signos especiales: tomando té, cogiendo el sombrero, al desplegar el 
qyitasol, al arreglarse cualquier prenda de vestir, en las joyas, etc. Henry Pottinger 
refirió que un comisario chino le regaló un brazalete, indicándole que con él tendría 
una fraternal recepción en cualquier parte de la China adonde fuese. Además de 
los signos convencionales, todo miembro de la asociación debía poseer una cédula 
de ropa en la que se estampaba el sello de Hung. A pesar de que contienen multitud 
de caracteres chinos, no se ha podido interpretar su significado enigmático. Esta 
sociedad, en la revolución de 1853, logró apoderarse de Emuy, izando la bandera 
verde de la destronada dinastía Ming, pero tuvieron que abandonarla ante la llegada 
del ejército imperial. Mejor suerte corrieron en la conquista de las provincias de 
Fo-kien y Kiang-si, en las cuales organizaron un sistema de gobierno administrativo 
muy ordenado; pero la intervención de la escuadra francesa, bombardeando a Shangai, 
la capital de los rebeldes, destruyó la obra política de aquella poderosa sociedad secreta. 



Las tentativas para la restauración de los Mings fueron muy numerosas. Un rico y 
distinguido chino, Ling-Ching, reunió cerca de Pekín, en una sociedad conocida con 



EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 93 

el nombre de Pe-fei-Kiao, a varios individuos cuyo distintivo para reconocerse era 
una pluma blanca. Como su propósito era asesinar a la familia real, procuró hacer 
suyos a un buen número de eunucos: penetraron en palacio un día en que por casua- 
lidad no estaba el emperador, sin que fuesen auxiliados por los comprometidos de la 
corte, los cuales dijeron haber entendido otro día para la realización del asalto. Los 
revoltosos fueron agredidos por el hijo del emperador que iba al frente de sus adep- 
tos, pasando a cuchillo a todos los conjurados. Todavía se hizo un nuevo intento de 
revolución por el presidente de una sociedad secreta, el cual, diciéndose ser descen- 
diente de la dinastía Ming, se levantó en armas el año 1856, siendo derrotado y muerto. 
De la obscura existencia de la Liga de Hung se encontraron muchos documentos 
en un registro policíaco realizado en casa de un chino residente en Padang (isla de 
Sumatra). A lo que parece, esta sociedad se había extendido por las islas de Borneo y 
Sumatra y en la península de Malaka, formando ramificaciones que eran otras tantas 
sociedades de resistencia para oponerse al Gobierno de la metrópoli correspondiente, 
y aunque no parecían tender directamente al destronamiento de la dinastía, el Gobier- 
no las miró con saña y las persiguió cruelmente en el período de 1870 a 1872, en cuya 
fecha estallaron los disturbios de Singapoore, en los que tomaron gran parte las colo- 
nias chinas oprimidas por el régimen político, entregándose los revoltosos a toda 
suerte de excesos. Todavía manifestaban su protesta durante los años 1885 y 1887, por 
lo que la policía inglesa las calificaba de perturbadoras, persiguiendo a sus miembros 
y encarcelando a varios de ellos. El periódico Straits Times publicó en el mes de 
septiembre de 1889 varias notas relativas a la existencia de esta asociación en las pose- 
siones inglesas de la isla de Borneo: daba cuenta de que el Raja de Sarawak había 
mandado ejecutar a varios jefes, encarcelado a otros y a muchos martirizado, por 
pretender forzar a ingresar en su sociedad a los individuos que no pertenecían a ella. 



* 
■* * 

Las sociedades secretas que durante el último tercio del siglo pasado tuvieron 
mayor influencia y cuya intervención en la política china dejóse sentir de modo casi 
constante, aunque recibieron diversas denominaciones, de hecho fueron sólo cuatro: 
la Triada, los Ko-laos, los Lirios blancos, y los Vegetarianos. Todas estas asociaciones 
pertenecían a la Liga de los Hungs, y tenían una consigna común y obedecían a una 
misma dirección. El lema, que se condensaba en la frase Ciúng-hua, Ciang-scian, que 
pusieron en circulación los tai-pings, lo usaron también los kolaos y otros. Esta frase, 
que significa literalmente «río, suelo de la China», corresponde a la de <la China para 
los chinos». La sociedad que entre los scia-tungs había tomado el nombre de Ta-tao, 
que significa cuchillo grande y que equivale a acuchilladores o espadachines, deter- 
minó con sus actos criminosos la ocupación de K¡ao-cen por los europeos. El asesi- 
nato de dos alemanes que pertenecían a la misión italiana, y las enérgicas medidas 
adoptadas contra los ta-taos, hicieron mella en el ánimo de estos sectarios que, vién- 
dose en instantes críticos, buscaron la manera de rehacer su organización y para ello 
trataron de reforzar sus huestes sumándose con los ko-laos, que se hallaban estableci- 

Tomo I. — 13. 



94 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

dos en la cuenca del río Yang-tsé. Entonces, habiendo conseguido nutrir con nuevos 
elementos la sociedad, tomaron el nombre de Ciung-ho-cisian, lo cual viene a signi- 
ficar puñado de la fiel armonía, o en otros términos, asociación de la fidelidad al 
príncipe y de la buena armonía o paz entre todos. Los ingleses los han designado con 
el nombre de Boxers (1). 

En julio de 1896, Mesny, hombre conocedor de las costumbres de China, donde 
residió muchos años y que en 1900 era un oficial de alta graduación en las tropas 
imperiales, escribía en su Chínese Miscelany: «El actual estado de cosas dista mucho 
de ser tranquilo: el objetivo manifiesto de la formidable sociedad de la Triada es 
expulsar a los manchúes y restablecer en el trono a los Mings: las demás sociedades 
secretas inspíranse casi únicamente en el proceder y manejos de la Triada, la cual 
dispone de grandes reservas que ascienden a algunos millones, contando en sus 
huestes a muchos que se suscriben para contribuir con sus cuotas al patriótico fin de 
la sociedad. La rebelión está a la orden del día en toda China». 

Compréndese naturalmente que tales circunstancias indujeran al joven príncipe a 
rehuir todo intento de reforma ante el temor de malquistarse con los elementos adver- 
sarios del influjo europeo. No eran estas solas las dificultades con que había de luchar 
el Gobierno manchú: al conquistar éste el Imperio, halló la costa sur del río Yang- 
Tsé ocupada ya por los occidentales, y ante las dificultades que su expulsión pudiese 
originar determinó tolerar esta ocupación. Buen sistema hubiese sido éste si los por- 
tugueses no hubiesen suscitado el odio del pueblo, rompiéndose de esta manera la 
armonía que exigía el intercambio comercial. Las diferencias entre ambas partes dieron 
lugar a la intervención inglesa, sucediéndose, naturalmente, una serie de conflictos, 
para la solución de los cuales fueron precisas largas negociaciones diplomáticas, que 
a la postre mermaron el ya débil prestigio de que gozaba la dinastía manchú. Los 
hechos históricos posteriores agravaron la situación: la guerra chinojaponesa, la cual 
aun se ignora si fué debida a los manejos de alguna potencia europea para hacer 
cambiar la orientación de la política china, abrió el camino a la ambición de los euro- 
peos. Rusia ocupó militarmente toda la Manchuria, estableciéndose en la costa sep- 
tentrional del golfo de Ci-Li, mientras en la costa opuesta sentaba Inglaterra sus reales 
enviando a aquellos mares una escuadra. Francia, a su vez, trató de ensanchar su esfera 
de acción más allá del Tonkín, luchando con Inglaterra— que ya antes había ocupado 
la Birmania,— para acaparar en las propias vías comerciales el tráfico de las provincias 
meridionales y occidentales. 

Ante tamañas dificultades, la dinastía manchú dudó respecto de la conducta que 
debía seguir: las tropas europeas, si se exceptúa la ocupación de Takú, contra la cual 
prevalecieron los cañones de la escuadra anclada en el golfo de Ci-Li, fueron impo- 
tentes para sofocar la rebelión de los boxers; la capital quedó privada de toda comu- 
nicación con las provincias, y fueron destruidos los barrios extranjeros del puerto de 
Tien-Tsin. 

De un lado las intransigencias de los xenófobos, que a cada instante mostráronse 
más brutales repitiendo las agresiones contra los europeos, y de otro la vacilación del 
Gobierno y la falta de unidad en la acción de las potencias, determinaron una situación 
íl) Alb. Maybon, Les partís politiques en Chine, en La Revue, t. 68, pág. 523 (1907). 



EL PUEBLO CHINO 



KEENCIAS 



95 



grave que a la postre había de originar una serie de revueltas que fueron ahogadas 
en sanare, pero a pesar de las cuales el espíritu de protesta latente fué extendiéndose 
por todo el país, dando mayor virulencia al germen revolucionario que se agitaba en 
el seno de la sociedad china, hasta que estalló el formidable movimiento revolucionario, 
a comienzos de 1912, protesta hermosa y viril de un pueblo que no se resignó a morir 
a manos de sus tiranos, movimiento que fué como la ocasión oportuna que aguar- 
daban las sociedades secretas para llevar a cabo sus planes, acariciados durante mucho 
tiempo y tras una preparación hecha en silencio. 

Los mahometanos residentes en Tartaria china, a quienes vimos ya levantarse una 
vez proclamándose independientes, en 1875 se rebelaron de nuevo contra el Gobierno 
chino en la provincia de 
Kanssu, auxiliados por las 
sociedades secretas chinas; 
pero fracasó el movimiento, 
teniendo que emigrar unos 
y siendo ejecutados otros; 
entre los que evacuaron el 
país figuró el célebre médi- 
co de Hong-Kong, caudillo 
de la última revolución, que 
aparece en la China en oc- 
tubre de 1911, Sun-Den, el 
cual se trasladó a Londres, 
en donde fué conducido 
traidoramente por dos chi- 
nos a la legación y allí hecho 
prisionero. Como se había 
puesto varias veces precio a su cabeza, estaba en peligro de ser ejecutado, logrando ser 
puesto en libertad gracias a la intervención de lord Salisbury, entonces primer ministro 
de Inglaterra, el cual influyó para que le dejaran en libertad. 




Alrededores del templo de Confucio, en lioa-foa 



La sociedad Ko-lao-Hui, cuya finalidad estaba dirigida a dificultar la acción de los 
extranjeros y a derribar la dinastía manchú, es una de las sociedades modernas más 
poderosas de la China. La creencia general es que los motines acaecidos en los últi- 
m.os veinte años han sido proyectados y alentados por esta sociedad secreta: sobre 
todo los misioneros cristianos, que se internan traspasando los límites de relación 
señalados por los convenios diplomáticos, han sido objeto de iracunda saña y perse- 
cución cruenta. Con objeto de extender su propaganda, la sociedad imprime y reparte 
numerosos folletos, en los que se explica que los misioneros atentan a los intereses de 
la vida del pueblo chino y corrompen la moral. Los epígrafes son muchas veces cruen- 
tos, tales como: «Los pastores demoníacos deben ser muertos.» En 1891 colocaron 



95 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

pasquines incendiarios en las calles de las principales ciudades de la China. En el 
propio año fué descubierta una conspiración tramada por esta asociación contra el 
trono, en la cual estaba complicado un empleado de Aduanas inglés, quien les debía 
proporcionar material de guerra: uno de los jefes, Chen-Kin-Sung, fué preso por las 
autoridades chinas y conducido a Xangai, en donde fué torturado, con el objeto de 
arrancarle algunas declaraciones acerca de su sociedad; a pesar de lo cual, Chen per- 
maneció en absoluta reserva ciñéndose a la única respuesta, que revela la entereza de 
aquellos hombres convencidos de su misión: «Ahorraos las molestias y evitadme la 
pena; convenceos de que hay muchos hombres dispuestos a sacrificar sus vidas para 
el bien de una causa, la cual traerá la felicidad a este país para millares de generacio- 
nes futuras* (1). Los ritos de entrada en esta sociedad son muy parecidos a los de la 
Liga de Hung, bebiéndose sangre como símbolo de fraternidad, y cortando la cabeza 
a un gallo blanco, en señal de la fidelidad al juramento prestado. Algunos autores 
atribuyen a esta sociedad un origen de carácter militar, contra la explotación de los 
oficiales a las tropas en su paga y manutención. 



* 

* * 

El inmenso movimiento de esta y otras sociedades secretas está regulado por la 
terrible y poderosísima asociación Sam-ho-hmi, concordia de tres — o Triada — trini- 
dad. La Sam-ho-huai, llamada también Tien-ii-hmi, sociedad del cielo y de la tierra, 
recluta sus prosélitos del estado mayor de todas las sectas que de ella derivan, recono- 
ciendo en la misma una especie de Unión de los maestros, depositarios de la palabra 
de vida y supremos vengadores del rescate nacional. La Triada tiene cinco principa- 
les centros de acción, una especie de logia matriz en To-kien, y las logias de Kuang- 
tung, de Yun-nau, de Hu-quang y de Ce-kiang. Su poderío fué siempre tal que, en el 
reinado de Hien-fing, llegaron a acuñar monedas e imprimir en ellas la palabra ho 
— concordia— que es su distintivo. En materia: de rebelión son los primeros en tomar 
las armas: en 1853, de sus filas salieron los fai-ping, los bravos rebeldes que, capita- 
neados por Hung Sciu-tsuen, llamado el Tien-hang— rey del cielo, — se apoderaron de 
Nankín, atravesaron el Hu-nan e invadieron las ricas provincias del Kiang-hsu, y de 
Ce-kiang y que, a pesar de la intervención europea, no se sometieron sino al cabo de 
oncéanos de enconadas luchas— toma de Naukín en 9 de julio de 1864. La Triada no 
se contenta con trabajar en las ciudades de China, sino que extiende su radio por todos 
los países en los que existe una colonia de chinos; en Singapore, casi todos los 
chinos que allí tienen su residencia pertenecen a la * Sociedad del Cielo y de la Tierra», 
y es allí tan poderosa, que en una ocasión en que el tribunal condenó a muerte a uno 
de sus corifeos, éste escuchó risueño la sentencia, afirmando que nadie se atrevería 
a ajusticiarlo; y así fué en verdad, por temor a las represalias y atroces venganzas que 
habrían de seguir al suplicio decretado. En las Indias holandesas y en Filipinas los 
sectarios de la Triada cuentan con gran influencia; en alguna ocasión conspiraron 
para saquear la ciudad de Manila. El sultán de Penak vióse en cierta ocasión obligado 

(1) Ch. W. Heckethorn, The Secret Societies of all ages and countries, pág. 137. 



EL l'UEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 97 

I implorar la protección de Inglaterra para poner término ai terror que sembraban en 
su F.stado los cincuenta mil chinos residentes en sus dominios, y Carlos Brooke, raja 
de Saravak, hubo de sostener contra ellos una verdadera guerra. 

El origen de esta sociedad , según afirma el escritor italiano T. Cercíi 
remonta a épocas remotas de las tribus mongólicas; como toda sociedad secreta, tuvo 
su causa eficiente en un hecho sangriento, una iniquidad estrepitosa y brutal. Durante 
el reinado de K'ang-hi, rebelóse la tribu de los eleutas, capitaneada por Kal-dan; los 
tártaros corrían grave peligro por la posibilidad de que los rebeldes reorganizasen 
el antiguo y casi exterminado ejército de los veinte; el gran monarca, en vez de diri- 
girse a sus ministros y lugartenientes, invocó el auxilio del pueblo ofreciendo la can- 
tidad de diez mil onzas de oro y nobleza hereditaria de tercer grado al que salvase el 
país y el Imperio. Entonces ciento ventiocho bonzos ofreciéronse a sofocar la rebelión 
por sí solos y sin ayuda de ejército ninguno, y, efectivamente, consiguieron su objeto» 
El emperador quiso colmarles de honores y dones, pero ellos no aceptaron más que las 
diez mil onzas de oro y regresaron a su convento. Agraviados los mandarines por no 
haber sido llamados a tomar parte en la patriótica empresa, mandaron contra los bonzos 
un ejército que los diezmó, reduciéndolos a cinco; los sobrevivientes uniéronse a cinco 
mercaderes de Ce-kiang y emprendieron una activa campaña de venganzas, cuyo 
resultado final fué la expulsión de los tártaros del Imperio chino. 

Por lo que toca a la admisión de los neófitos en la Triada, colócase en la puerta del 
dificio en donde hállase establecida la logia, un ujier con un bastón rojo en la mano; 
tómalo el neófito y lo aprieta con las suyas pronunciando cuatro versos de sentido 
alegórico. El infeliz catecúmeno que por ignorar los extraños versos mencionados se 
atreva a entrar sin pronunciarlos, es decapitado; al contrario, el que repite con exactitud 
la fórmula convencional, es introducido en la sala de la sinceridad y de la justicia, 
recorre el espacio denominado ciudad de los sauces, entrando finalmente en el pabe- 
llón tapizado de rojo, en donde se levanta un gran altar y enfrente la cátedra del 
Sien-seng, que está investido de la autoridad del maestro de la logia: El rito impone 
que se visiten asimismo otras dependencias, como son: el círculo del cielo y de la 
tierra, el puente de los dos tableros, el horno ardiendo y el templo de la virtud y la 
felicidad. 

Antes de entrar en el Mercado de la paz universal, que es la sala donde se consu- 
ma la iniciación, condúcese al candidato a un local a mano derecha de aquélla, y allí, 
purificado con múltiples abluciones, revestido de ropas nuevas blanquísimas, se le 
considera digno de ser admitido entre los hermanos; un dignatario de la logia negocia 
su admisión garantizando que por espacio de cuatro meses no litigará con ninguno 
de los afiliados y que por espacio de tres años no infringirá ninguno de los 36 artículos 
del juramento. Hecho esto toma por la mano al neófito, condúcelo al Mercado y le 
hace prostrarse de rodillas, mientras se lee en voz alta el juramento, según el cual el 
neófito promete cumplir los deberes de la piedad filial, respetar a sus compañeros 
y ejercitar las virtudes propias de la institución; además promete guardar un impene- 
trable secreto, consintiendo en que se le corte una oreja y que se le den 108 bastonazos 

(1) Le associazione lecite e le societá secrete in Ciña, en Nuova Antología (1900), 4." serie, volu- 
men CLXXII. 



08 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



a la primera infracción, por leve que sea, de sus obligaciones, y en que se le castigue 
con la muerte si reincidiese. Pronunciado el juramento, levántanse todos, hácense una 
incisión en el brazo derecho, mezclan mutuamente la sangre que mana de cada uno 
de ellos, en señal de fraternidad, y beborrotean unas tazas de té; luego, para demostrar 
su odio a la dinastía manchú, la cual al subir al poder (1643) mandó cortar la coleta 
a todos los que no eran de los suyos, deshacen los asistentes sus trenzas haciendo 
ondear su cabello por la espalda. 

Entretanto el Sien-seng dispone el altar para la ceremonia, preparando ante todo 




Primera asamblea de los republicanos chinos en Shangai el 21 de noviembre de 1911 

una medida de arroz, encima de la cual coloca 108 sapecas (1) envueltas en pergamino 
rojo, y las banderas de los cinco antepasados (2), las cuales son triangulares y de 
distinto color unas de otras, llevando cada una el nombre de uno de los cinco bonzos 
fundadores de la sociedad, con el nombre de la provincia en la que instituyeron las 
logias respectivas. Terminadas estas ceremonias litúrgicas de la Sala, el maestro expone 
los capítulos de acusación contra la dinastía manchú, recordando los hechos del bonzo 
Fo-kien y las dolorosas escenas en que aquellas víctimas sufrieron la opresión extran- 
jera, y recita los 333 artículos en los que se contiene toda la doctrina de la sociedad. 
Terminada esta lectura, que dura una hora, enciéndense candelas, ofrécese el vino, y el 
iniciado entra en la categoría de hermano; como a tal entréganle un diploma y le 
enseñan las varias maneras de reconocerse entre sus compañeros, tales como la forma 
de abrir el parasol, de ofrecer una pipa de opio, de echar té en la taza, etc. 

(1) Moneda china, equivalente aproximadamente a dos francos. 

(2) Alusión a los cinco bonzos que escaparon a la matanza, según dijimos arriba. 



EL PUKBLO CHIN< CREENCIAS Q9 

A pesar de los decretos publicados por orden imperial, suprimiendo las socieda- 
des secretas y mandando perseguir a todo individuo que fuera miembro de aquéllas, 
las asociaciones ocultas continuaron su labor, estableciendo numerosas sucursales 
\ijo la apariencia de sociedades de protección ú otras finalidades. 

Los informes oficiales de la China jamás se han basado en lo más mínimo, en la 
racidad, pues la verdad allí parece ser afrenta para los cortesanos y dinásticos. Puede 
cordarse la narración que la Gaceta del Imperio hacía de la primera recepción que 
emperador de China dio a los embajadores europeos; según aquélla, los ministros 
\iranjeros cayeron al suelo presa de terror y asombro ante la presencia del joven empe- 
rador, no pudieron ver su cara celestial a causa de un fenómeno divino que se produjo, 
y después de emitir algunas perplejas palabras se retiraron confusos, como castigo 
infligido al gran atrevimiento de aquellos bárbaros. Esta fué la explicación que el 
Gobierno daba al público para disculparse de. permitir la entrada en la corte a aque- 
llos representantes de potestades inferiores a la del hijo del cielo. Jamás el Gobierno 
chino confesó las derrotas sufridas en guerras con otras potencias. Perdiendo, es ven- 
dor. Igualmente informaban los virreyes de que estaban extinguidas todas las socie- 
dades secretas, en fecha próxima a producirse una potente revolución que habia de 
derrumbar para siempre al régimen idolátrico y absolutista (1). 

Actualmente las sociedades secretas van disminuyendo en importancia y trascen- 
ncia, puesto que las condiciones de la vida social moderna permiten más amplias 
manifestaciones del pensamiento y se puede ejercer una activa propaganda exterior 
que no se hubiese permitido en otros tiempos. 



VI 



La prensa china atestiguaba ya en 1910, con su lenguaje el ideal que iba con- 
crecionando en el pueblo; el espíritu de rebeldía que se propagaba con el periódico 
y la acción inhibitriz sobre el despotismo de los gobiernos. El pueblo tradicionalista 
por antonomasia, en cuyos libros sagrados se prescribe el respeto y conservación 
de lo antiguo, cual si la vida del mundo fuese inmutable, cual si los pueblos nacieran 
perfectos en su origen y no tuvieran que evolucionar; aquel pueblo que creyó en esta 
perfección y superioridad innata y vivió tan largos siglos repitiendo maquinalmente 
las costumbres, los hábitos, los movimientos, las cortesías, las ideas y sentimientos 
de sus antepasados, se metamorfoseaba ya, en contacto con la moderna civilización, 
con los elementos que aportaban a la China los pensionados para estudiar en el 
extranjero, con el medio que suministraba al pueblo amarillo, para asimilar el espíritu 
moderno, el conocimiento de la lengua inglesa y, por fin, el ejemplo de los derechos 
autónomos que disfrutaban los individuos de las colonias extranjeras y el carácter 
independiente de que daban pruebas los subditos europeos despreocupados del poder 
que los tutelaba (2). 

A estos factores hay que añadir el despertar de la conciencia femenina debido al 

(1 ) M. GusEo. Le riforme ciñese (Turín, 1911); Parker, China Past and Present (Londres, 1905). 

(2) RoDEs, La Chine nouvelle (París, 1909). 



100 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



uran niiinero de mujeres chinas que habían hecho sus estudios en las universidades] 
noncanicricanas (1). Recientemente el notable publicista Avesnes ha escrito un concien-^j 
zudo artículo acerca de las tendencias reformadoras que se desenvuelven en China; el] 
ilustre escritor examina la serie de reformas que se fueron preparando en cuanto con-j 
cierne a instrucción pública, régimen constitucional, represión del comercio y del uso< 
del opio, a la organización militar y administrativa y a la condición jurídica y social^ 
de la Huijer. Respecto del problema femenino, recuerda Avesnes que, tanto la religiónj 
budista como las doctrinas de Confucio, conceptúan a la mujer como un ser sietej 
veces impuro, y que las costumbres tradicionales de China, inspirándose en este cri-' 




Representantes de la China moderna en Nankín al proclamarse la república 

terio, convierten a la mujer en una verdadera esclava; cita el hecho de la noble dama 
inglesa señora Little, que fundó un comité de mujeres europeas cuya finalidad iba 
dirigida a mejorar la condición moral y material de la mujer china e inició un movi- 
miento de protesta contra la bárbara costumbre, muy arraigada, de deformar los pies 
de las niñas, reduciendo por procedimientos violentos el tamaño del pie femenino. Esta 
ilustre propagandista obtuvo el concurso de la emperatriz madre con ayuda de la cual 
fundó un gran número de escuelas, una de ellas en Pekín, bajo la inmediata dirección 
de la princesa Su, para las niñas de los individuos de la familia imperial. 



El emperador ya no era hijo del cielo, sino un oligarca que se mantenía en el poder 
gracias al sistema de fuerzas burocráticas que lo apoyaban: el pueblo clamaba contra 



(1) E. Blake, The posiiion of women in China, en The nineteenth Century and ajter, n. 
pág. 1040 0912). 



429' 



I I IM 



CREENCIAS 



101 



c\ absolutismo y quería ser él el soberano: llegó a pedir en los últimos tiempos 
una Constitución, que los nobles del Imperio aconsejaron al monarca que estableciera; 
no obstante, la camarilla real y el trono veían con horror el régimen parlamentario. 
1:1 sistema constitucional que debía haber sido ya implantado antes, fué aplazado para 
lósanos sucesivos, contentándose de momento el emperador con la formación del 
Consejo consultivo bajo la presidencia del príncipe Tchin, y dejando para 1911 
la reforma de los códigos civil, comercial y criminal. El proyecto parlamentario se 
redactaría en 1912, yendo acompañado de la ley electoral, organizándose el Parla- 
mento para su funcionamiento el año de 1913. 




Palacio de Nankin eu donde se celebró el primer congnreso de la Kepública china 



En ese movimiento constitucional figuraba el distinguido letrado chino Kang- 
Yen-Wei, presidente de la Asociación Constitucional, al cual se le suponen los intentos 
de sostener por este medio a la dinastía manchú. Contra el aplazamiento de la Asam- 
blea nacional protestó toda la prensa moderna y revolucionaria, haciendo una acerba 
crítica contra el real decreto del 4 de noviembre de 1910 en que apareció. El periódico 
Chepao publicó un artículo dando a entender que sería tarde la fecha señalada para la 
regeneración de su país. Decía entre sus párrafos: *Este decreto muestra que el Go- 
bierno odia a su pueblo»; y para comprobarlo .ponía de relieve a continuación los 
principios del decreto en el que se escribía que el Gobierno había pensado antes que 
1 pueblo en el establecimiento de la Constitución, y que por lo tanto no era debido 
i los ruegos de los ciudadanos, sino obra de los altos funcionarios; y para indicar 
jue el pueblo no debía hacer petición alguna, le recordaba el real decreto que tenía 
-raves deberes que cumplir, y que si había individuos que franqueasen sus limites. 

Tomo I. — 11. 



102 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

desviando el porvenir de la Constitución, serían castigados con todo el rigor de las 
leyes. El periódico se rebelaba contra ese lenguaje sarcástico de la corte que despre- 
ciaba de un modo tan ignominioso a los ciudadanos de la nación. 

Los periódicos radicales lanzaban contra el Gobierno los más duros calificativos, 
comparándolo a una culebra devastadora y venenosa o a otros animales peligrosos. 
El Semao, con un lenguaje acerbísimo, criticaba los impuestos, que sólo servían, decía, 
para satisfacer las opulencias de los perezosos mandarines y virreyes, mientras el 
pueblo moría de hambre. Finalmente, existía un gran número de políticos que no 
tenían fe en el futuro Parlamento, considerando al pueblo débil «capaz solamente 
de pedir, llorar y morderse los labios», decía el Mingleopoa; y opinaban que formando 
la Asamblea la corte a su gusto, ninguna ventaja había de ofrecer al pueblo. Hacíase 
también una intensa propaganda contra el despotismo y el régimen, considerándolos 
la causa de la muerte de la China (1). Como se ve, despertaban ya las ansias del 
resurgir nacional, preludio de una emancipación del pensamiento y una renovación 
en la vida de este pueblo que durante tantos siglos había languidecido. 

Un distinguido oposicionista que contaba con gran número de partidarios, Sun- 
Wen, tenía el propósito de que en China se estableciese un régimen federal, formado 
por la confederación de pequeños Estados, al que anticipadamente había designado con 
el nombre de «Reino-Unido ornado de flores» (2). Juró destruir la dinastía viajando 
por Inglaterra, Francia, Estados Unidos y otros países, ensanchando su cultura y 
estando en comunicación con los comités revolucionarios de la China con el fin de 
preparar la revolución. 



VII 



En efecto estalló, como era de prever, el movimiento revolucionario a fines de 1911, 
contra la dinastía y el régimen, dirigido por el mencionado Sun-Wen, a quien se conoce 
también con el nombre de Sun-Yat-Sen. Este distinguido médico se proponía, con el 
partido que acaudillaba, derribar el régimen imperial y substituirlo por una república 
de varios Estados confederados. Los sublevados sintieron crecer su confianza, una vez 
ocupada gran parte de la cuenca del río Yang-Tsé, lugar que había sido asiento de las 
más importantes revueltas pasadas. Esta fértil y templada región del sur de la China, 
vivificada con los aires europeos que el comercio del litoral aporta, culturando los 
espíritus petrificados con la rutina de los siglos interminables, y que va desde la des- 
embocadura del río Azul y de la costa hasta Cantón, era la más predispuesta a levan- 
tamientos y rebeliones; del mismo modo que el frío y estéril norte del país presenta 
través de todas las edades la misma nota de la indiferencia y sumisión. 

Han-ken, Han-yang, Wuchang, Changsha, Shangfú y Chen-chu, capitales de primerj 
orden, proclamaron la república inmediatamente; en Cantón se desarrollaron sucesos 

(1) CoLQUHOM, China in transformation (Londres, 1898). 

(1) Las flores andan en boca de los chinos frecuentemente; pero no será por su refinada estética, ya 
que flores celestes llaman a las viruelas, y podemos recordar el repugnante origen que atribuyen 
hombre. 



EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 



103 



ivorables a los revolucionarios; el Gobierno se encontró en plena crisis monetaria, 
jMoyectando recorrer al empréstito de las naciones europeas, pero ante la magnitud del 
conflicto y con el objeto de permanecer neutrales, las otras potencias se abstuvieron 
de favorecer al poder real. Las tropas imperiales se organizaban con dificultad suma, 
les faltaban alimento y municiones, habiendo llegado a usar sus cañones madera en vez 
de proyectiles. Por el contrario, el arsenal de Hanyang fabricaba incesantemente cartu- 
chos y balas para los rebeldes: éstos respetaron las vidas e intereses de los europeos 




Soldados revolacionarios acaudillados por sos jefes 



y se comprometieron a conservar los contratos de deudas con los diversos países. 
A pesar de esto, las diferentes potencias enviaron buques de guerra para proteger a sus 
subditos, sin que tuviesen que intervenir, como en otras épocas. 

La proclamación de la república en la China y su normal funcionamiento, marcaba 
en el Oriente una era de regeneración: de vindicación de los derechos del hombre, 
cuya vida y bienes habían estado hasta entonces a merced de eunucos y concubinas; 
la regeneración de la mentalidad de un pueblo que rompe con lo pasado para abrazar 
1 progreso del porvenir. Las fábulas de la corte ya dejaban de ser reverenciadas, para 
nfundir el más profundo desprecio: el pueblo, hambriento, clamaba contra los despil- 
arros de emperadores y virreyes; quería gobernarse él mismo, no que lo esclaviza- 
ran; prescindía de las antiguas máximas sagradas que le imponían respeto y venera- 
ción a sus explotadores; el alma del pueblo chino había experimentado una honda 



104 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

revolución, dejando su amor a lo pasado y asimilando las ansias del progreso y ema- 
cipación (1). 



Concluyendo, podemos resumir la historia china en que este pueblo habiendo 
rendido culto a sus antepasados, como lo más sagrado de su religión, y por consi- 
guiente a sus creencias y costumbres (deber consignado en la compilación de los 
Chu-King por Confucio); este amor tradicional junto al ente moral, indiscutible en 
China, del respeto y piedad filial y obediencia a las leyes, como dimanadas del enviado 
de Dios, determinó el estancamiento que observamos en la historia china hasta que 
llega el moderno despertar nacional. 

China no podía substraerse a las corrientes renovadoras que en todos los países se 
han impuesto. Por lo que se indicó al tratar primero de las antiguas sociedades se- 
cretas y después al ocuparnos de las contemporáneas, se observa que no había de ser 
empresa imposible moldear en los nuevos procedimientos de la civilización una masa 
de más de cuatrocientos millones de hombres, cuyo espíritu se hallaba cristalizado por 
tradiciones seculares. Las ideas occidentales de progreso, de emancipación y de justi- 
cia sociales habían también de arraigar en una muchedumbre que no conocía otra 
forma de rebelarse contra el orden de cosas establecido, que la de sus instintos brus- 
camente desencadenados. Resultado de esta tendencia reformadora fué el derrumba- 
miento del viejo trono y el ocaso de la secular denominación de los manchúes. El^ 
poderío de los magnates y mandarines es ya ilusorio, y el pueblo chino, aquel pueblo 
siempre dominado y sometido a un torpe feudalismo, dejó oir su voz reivindicando 
sus derechos a gobernarse por sí mismo, siguiendo la dirección que le señalasen 
hombres escogidos por él para el cumplimiento de los destinos. Un pueblo capaz de 
afirmar su voluntad, de transformar un régimen según sus aspiraciones, no ha de des- 
esperar de que sea su porvenir brillante, y es siempre consolador ver los esfuerzos 
que hace para no morir, realizando una revolución gloriosa (2). 

A propósito de esta gran manifestación del espíritu transformador del pueblo 
chino, un publicista francés, H. Turot, observaba discretamente en los albores del 
movimiento regenerador que preparó el hecho de fuerza, que se trataba de uña agi- 
tación verdaderamente revolucionaria. En un principio se creyó que eran más bien 
corrientes xenofóbicas, pero luego se vio claramente que lo que animaba la lucha era 

(1) La prensa europea, rindiendo tributo al movimiento libertador de China, se ocupó con extensiónj 
del cambio de régimen y de las consecuencias que en el porvenir podía tener en el extremo Oriente, cor 
sus derivaciones en el resto del mundo civilizado. Entre otros, merecen ser leídos los estudios publicados 
por los siguientes órganos: Novoye Vremya, 26 julio 1912; Friedenswarte, mayo 1912 (Berlín); Rech¡ 
12 agosto 1Q12; Times, 23 agosto 1912; Daily Telegraph, 9 septiembre 1912. 

(2) El 14 de octubre llegaron a Europa las primeras noticias del movimiento revolucionario de China 
El 11 había tenido lugar una revuelta en Wu-ciang, capital de Wu-pe. viéndose obligado el virrey a aban- 
donar la ciudad: éste había telegrafiado el día anterior el descubrimiento de un centro revolucionario, ei 
donde se fabricaban bombas y la ejecución de cuatro de los fautores de la rebelión. El 12 murieron ya ei 
la refriega 300 manchúes, enviados a Wu-ciang por decreto imperial para sofocar la revolución, en la que 
se hallaban comprometidos 5,000 ó 6,000 soldados de la fuerza imperial. El movimiento revolucionario sí 
propagaba como un incendio. El 13 se telefoneaba desde Shangai que en Wu-ciang se había proclamad( 
la república: el jefe de los sublevados notificaba a los cónsules extranjeros la implantación del nuevo Ge 



EL PUEBLO CHINO 



KEENCIAS 



105 



el ansia de reforma opuesta al espíritu de reacción que se respira en la corte de Pekín. 
Este escritor, en corroboración de su aserto, cita un folleto muy característico que 
publicó hace pocos anos Tchang-Teché-Toug, el célebre virrey de los Dos Hou. «Tres 
cosas hay, decía Tchang, que deberían saber los habitantes del Imperio: la primera, que 
es preciso saber ruborizarse al ver al Imperio chino inferior al Japón, a Turquía, a Siam 
y aun a la República cubana; la segunda, que es preciso saber temer que el Imperio 
chino se vea reducido a la triste condición de país sometido al yugo del protectorado, 
como Annam, Birmania, Corea y Egipto; la tercera, es que se convenza de que se im- 
pone un cambio; si el Imperio no abdica de sus antiguas costumbres no podrá trans- 
formar sus viejos métodos y no 
podrá substituir sus enmohecidos 
instrumentos por la maquinaria 
moderna. Entre los chinos imbuí- 
dos por las ideas de Tchang, y las 
momias de la corte de Pekín, me- 
diaba un verdadero abismo, y era 
incomprensible una indefinida su- 
misión de las primeras a los segun- 
dos; a quienes consideraban tira- 
nos, incapaces de salvaguardar los 
intereses y la dignidad de la na- 
ción. Es exactamente lo que acon- 
teció en Turquía contra la domina- 
ción despótica de Abdul Hamid. 



Yuan'Sbi^Kai 

Para terminar, trasladaremos Ex r.gente dei trono .mpemí 

algunos conceptos del culto es- 
critor Alberto de Pouvourville (1), emitidos a raíz de la instauración del régimen repu- 
blicano en China, en un articulo intitulado Los antiguos dioses de China: 

Los dioses se van; los dioses se han ido; quedan, sin embargo, las antiguas 
pagodas de piedra tosca, porosa, con sus tejados barnizados a los que la lluvia da 

bierno, garantizando el cumplimiento de los tratados internacionales y la estabilidad de la Deuda. Al dia 
siguiente ondeaba ya la bandera roja, blanca y azul en Wu-ciang, Han-keu y Han-yang, esperándose verla 
ondear pronto en Cantón y en Nankín. Las autoridades de Pekín eran presa de un horrible pánico. Las 
potencias enviaron barcos de guerra para proteger a sus respectivos subditos. Del 18 al 19 la revolución 
se había ya extendido por todo el valle de Yang-ze-kiang, y las ciudades de Sciang-sha y I-ciang caían 
en poder de los rebeldes: la de Fu-ciú, el 27. El 30, un telegrama de Pekín anunciaba que la corona había 
capitulado frente a la revolución triunfante, acordando una Constitución con un Gabinete, del que no 
podían formar parte los príncipes. Entretanto los revolucionarios seguían en su movimiento de avance: el 
3 de noviembre se proclamaba la república en Shangai, y el 13 de diciembre entraba Vuan-Shi-Kai en 
Pekín, rodeado de soldados, entre una multitud de pueblo silenciosa y expectante. El 29 de diciembre, un 
telegrama oficial de Nankín anunciaba que Sun-Yat-Sen había sido elegido presidente de la República 
china, y el 5 de enero de 1912 publicábase un edicto de la emperatriz reconociendo la nueva forma de 
Gobierno. 

(1) Le Fígaro, Suppl. littéraire, 27 abril 1912. 




106 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



un tinte azulado, con los dorados bajorrelieves exteriores que han sufrido los rayos 
de soles tan abrasadores. Quedan los templos abiertos, sembrados acá y allá entre los 
arrozales o entre los tugurios de las ciudades, con sus' jardines cerrados y llenos de 
misteriosas esencias. Subsisten las estelas en los patios y mercados, con las inscripcio- 
nes sigilográficas que la tempestad ha deteriorado y con las figuras de animales apo- 
calípticos que les cubren de muecas o de eternas sonrisas. 

Y efectivamente: en el interior de los monumentos, bajo siete techos de pirámides, 

en medio del bosque de columnas ennegrecidas por el 
tiempo, las innumerables divinidades del panteón taoís- 
ta y del cielo búdico seguirán haciendo, con sus múlti- 
ples brazos de oro, los gestos rituélicos, y la «Ourna» 
sagrada seguirá brillando incrustada de grandiosa y 
obscura pedrería sobre sus impasibles y tranquilas 
frentes. Pero el entusiasmo y la piadosa veneración de 
las muchedumbres ya no sostendrá con su incesante 
anhelo estos admirables y de hoy en adelante polvorien- 
tos símbolos: los que antes eran templos y dioses, no 
son ya más que curiosos fragmentos arquitectónicos. 
Al primer aspecto, nada parece cambiado; pero dentro 
de la encantada pagoda las odoríferas varillas de sán- 
dalo y loto ya no se encenderán para recrear el com- 
placiente olfato de los genios y no ennegrecerán con 
su tenue y continuo hilo de humo el oro y la laca de 
los rostros de las divinidades. El tambor de rojos ara- 
bescos no hará ya sentir en el peristilo sus sagrados 
redobles y el pesado gong, hecho de la famosa aleación 
plateada de los Amarillos, ya no llamará a los fieles con 
su ruido, unas veces estrepitoso como el rugido del 
trueno, otras imperceptible y dulce como el murmullo 
de una lejana fuente que salta entre las breñas. Los se- 
cretos jardines en donde crecen las plantas prohibidas 
y tóxicas, llenaránse de inútil y sórdida hojarasca, y los 
prados, cubiertos antes de verde musgo y en los que 
hallaba fresco solaz la plebe, serán invadidos por los lagartos y los sapos, quedando 
en ellos, de generación humana, sólo alguno que otro bonzo, resto de una liturgia 
moribunda. 

Los dioses se van; los dioses se han ido. Porque toda la organización étnica, polí- 
tica y social de la China era única en su clase; todas sus partes eran tan homogéneas 
y estaban tan fuertemente adheridas las unas a las otras, que no se podía arrancar una 
piedra sin dar con todo el edificio en tierra. Así la desaparición del imperio hereditario 
y teocrático da al traste no sólo con la religión material y terrestre de la raza, sino 
también con los dioses y hasta con la idea del Cielo, del cual el emperador era una 
emanación simbólica y el hijo indubitable y vivo. 

Ahora bien, añade Pouvourville, los panteones brahmánico, lamaico, taoísta, bú- 




Si-Yuen-Hung 



Generalísimo del ejército republicftno, 
en China 



EL PUEBLO CHINO Y SUS CREENCIAS 107 

dico, las divinidades antiguas de importación roja, los genios, los intercesores y los 
inmortales, producto de la fecunda imaginación de los discípulos degenerados de Lao- 
tsé, los sabios y los príncipes deificados por la veneración popular y todos los mitos 
legendarios a los que la credulidad de 500 millones de hombres rodeó de una vida 
aparente y dio una representación tangible; tales son las muchedumbres extraordina- 
rias que poblaron el cielo chino, en comparación del cual el Olimpo mitológico, a 
pesar de estar tan habitado, no es sino un intolerable y solitario desierto, y a su lado 
la invención romana queda insignificante. 

Todos estos dioses — 40,000 según dicen los eruditos hagiógrafos del Extremo 
Oriente — tienen individualmente sus nombres y su personalidad propia; cada uno de 
ellos tiene su biografía, sus atributos, su figura y su modo de ser privativo; su influen- 
cia sobrenatural está perfectamente determinada; dicen que hay gente para conocerlos 
a todos y que todos tienen adoradores, o por lo menos los tenían. Desde los 508 bu- 
disatvas o rahanes-santos de segundo orden, bienaventurados en perspectiva de la 
famosa pagoda de Cantón, hasta las 1,200 figuras, todas diferentes, de los templos de 
Pekín y hasta los kilómetros de dioses, genios, diosas y monstruos simbólicos escul- 
pidos en las ruinas de Angkor; la raza amsrrilla, igual en sus veneraciones y en sus sú- 
plicas, ha materializado todas sus esperanzas, todas sus leyendas, todas sus ideas, todas 
sus pasiones y probablemente todos sus vicios. Y allí están todos ellos, filas nutridas de 
un inconmensurable ejército celeste, personajes tallados en la madera, en la piedra 
y el metal, inmóviles, sonrientes y burlonas caras de oro, de laca y de plata con brazos 
múltiples cargados de los más extraños atributos, sentados en cuclillas, en la tesitura 
de una paz inalterable, tejiendo la fibra del sagrado loto, de donde sale y adonde en- 
trará para la grande noche de Brahma, la universalidad de los seres y las cosas, cuanto 
se ve, se toca, se oye y se concibe. 

Ahora bien, entre esta raza amarilla que forma la tercera parte del género humano, 
y el mundo asombroso de sus dioses, no hay más que un ser intermedio, que es a la 
vez sacerdote, emperador, dios y hombre. Sobre él reposa la comunión de los vivos 
y los muertos; es el único lazo de unión de los hombres ante todos estos dioses, for- 
midables imágenes de Dios. Es el único facultado para hablar y orar en nombre de la 
humanidad. Es el Hijo del Cielo, aquel que la revolución acaba de derribar y que 
poseía en Pekín, para su divino ministerio, el Templo redondo del Cielo, en el cual 
podía él solo entrar por derecho propio para postrarse delante del Padre, de la ma- 
nera prescrita en sus ritos. En cuanto al pueblo chino, se paseará, orgulloso de su 
aspecto europeo, a lo largo de las fachadas de sus universidades, de sus liceos y demás 
edificios públicos, bajo un cielo desprovisto de dioses y respirando la atmósfera de 
progreso. 

Los caducos maestros de la ley huirán ante la bancarrota de la Palabra y de los 
Libros. 



-^^ 



CAPITULO V 

Leyendas y supersticiones del Japón 

Generalidades: la China maestra del Japón; rasgos comparativos del budismo en varios países; posición 
geográfica del archipiélago japonés y sus volcanes. Orígenes del Japón; la propiedad; bosquejo étnico y 
psicológico; el carácter, la estética y la mentalidad de los japoneses. Característica de su espíritu reli- 
gioso; la higiene como elemento educativo.— II. Los Aínos. La mitología japonesa: su significado y 
la metamorfosis de su concepción; bosquejo acerca de la cosmogonía y teogonia japonesas; la primera 
pareja según la leyenda nipona.— III. El sintoísmo: genealogía, teogonia y leyenda; origen del mika- 
do; aborígenes del budismo; dependencia mutua del poder y la religión; templos. Otras leyendas nipo- 
nas y su simbolismo.— IV. Ritos y prácticas religiosas: el clero; fiestas populares; el culto a Venus; 
peregrinaciones y procesiones; espectáculos teatrales. Sectas y comunidades: el dairi.—V. Desenvol- 
vimiento social del Japón: sus dos etapas principales. Psicología colectiva japonesa: ritos funerarios; 
ofrendas; organización de la familia; el matrimonio y su evolución; condición de la mujer; culto, 
templos, divinidades.— VI. El budismo en el Japón: su introducción, propagación, influencia del 
confucionismo en el arraigo de aquél; su acción en las costumbres del pueblo y de los gobernantes. 
Características del espíritu japonés: su credulidad, su tendencia a las prácticas externas, su ingénita 
supersticiosidad; el culto fálico, su subsistencia; ceremonias orgiásticas y desvarios sexuales.— VIL El' 
racionalismo y la moral de Confucio; estudio comparativo de las religiones en el Japón; libros sagra- 
dos, monaquismo; metempsícosis; estatuas de Buda; predicación; penitencia; procedimiento de confe- 
sión; datos estadísticos acerca del clero.— VIII. El despertar del Japón y su cultura; influencia de la 
Gran Bretaña en el imperio del Mikado; opiniones acerca de su movimiento industrial; dos palabras 
a propósito de la guerra rusojaponesa: la penetración parcial del espíritu europeo. Profllaxis social: 
el niño y el adolescente; la escuela, su creciente desarrollo: el ideal imperialista y su alcance en la vida 
social; intentos de modifícación de la escritura; dos palabras, a modo de epílogo, acerca de las religio- 
nes japonesas y la situación actual de aquel pueblo. La prensa en el Japón. 




a situación de las islas del Sol Naciente, emplazadas cerca de las costas chinas 
del Este; las relaciones que entre chinos y japoneses existieron desde remotos 
siglos; la afinidad de ambas razas desde el punto de vista antropológico, y 
la consiguiente semejanza psíquica en todas las fases de la vida, hace que las 
sectas del Daini-Nipón deban situarse al lado de las del Celeste Imperio. Hasta la 
reciente europeización japonesa los nipones se aprendían de memoria los clásicos 
chinos, viniendo a ser el Celeste Imperio para los japoneses lo que para los europeos 
Grecia y Roma, según expresión del distinguido profesor de la Universidad de Tokio, 
Chamberlain (1). 

El budismo y la moral de Confucio han influido poderosamente en la civilización 

japonesa, fusionándose con la religión natural o sintoísmo, el cual ha llegado a ser 

comparado y hasta, según algún tratadista, derivado del taoísmo chino. La veneración 

(1) B. H. Chamberlain, Things Japanese (4.^ edición, Londres, 1902). 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 



109 



de sus emperadores, considerados como seres divinos; el patriotismo, confundido con 
la sumisión al monarca, exagerada tal vez en el imperio japonés; el respeto y culto a 
los antepasados, son cualidades comunes a ambos pueblos; pero el pueblo japonés 
no es tan orgulloso: reducido a estrechos límites y discípulo de la China, no se ha 
creído ser el superior del mundo como su maestro. La evolución ha sido mucho más 
rápida en el imperio del sol naciente; mientras el pueblo chino queda estacionado por 
espacio de largos siglos, el Japón empieza su civilización más tarde, pero deja atrás a 
la nación que fué su maestra. En suma, no obstante las analogías étnicas, el medio 




Templo budista en Nangasaki 

geográfico y las condiciones de vida han modificado la mentalidad japonesa, impri- 
miendo un sello especial y característico a todos los elementos sociales (1). 

Un marcado contraste existe, empero, entre la influencia del budismo en el Tibety en 
el Japón, aunque ambos pertenezcan a la misma ortodoxia budista. Esta religión som- 
bría, pesimista y deprimente, encuentra en el Loto a un pueblo que habita un país 
helado, elevado a la región de las eternas brumas, árido e inclemente, para tener que 
levantar los ojos al cielo e implorar el auxilio, que raras veces le llega; entonces duda 
de la realidad, acoge con gusto la nada, el vacío, la contemplación, el éxtasis. ¿Para 
qué luchar si allí los rigores son invencibles? El budismo, pues, obtiene su triunfo. En 
el Japón, en cambio, la tierra es fructífera y pródiga para con sus habitantes, y el pueblo, 
por lo general, es optimista. El budismo, pues, no ha echado allí hondas raíces como 
en el Tibet; se ha metamorfoseado y ha logrado sólo alcanzar a una parte de la nación. 

Aunque la historia religiosa del Japón es casi la misma que la de la China (2). 

(1) Brisklev, Japan and China (t. 1-8 acerca del Japón; Nueva York y Londres, 1903). 

(2) E. Kaempfer, Geschichte und Beschreibung vonjapan (public. por Dohm, Lerago, 1777-79). 

Tomo I. — 15. 



lio LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

como formando parte de la mitología asiática; tiene, sin embargo, ciertos rasgos 
especiales, y en materia de ritos se separa en alguna manera de los de la nueva 
república oriental. Hablaremos, pues, por separado de las sectas de aquel país, de los 
quioscos y de las pagodas, de aquella civilización de las divinidades de oro y bronce, 
de los budas gigantescos, de las avenidas pobladas de quimeras, de las arquitecturas 
de laca, de los metales preciosos y de las imaginaciones fantásticas (1). 

Frente por frente al continente asiático y constituido por masas compactas de densos 
contornos y robustas formas, el Japón esparce su red de esbeltas y desgajadas islas, 
semejando un estalactítico tejido a manera de sutil guirnalda de encajes, como si con 
su hermosura quisiera aplacar las iras del Pacífico. El conjunto de estas islas forma 
parte de la cadena volcánica que rodea dicho mar. Este país, en la serie de mon- 
tañas que emergen del Gran Océano, muestra numerosos picos, que vomitan boca- 
nadas de humo, precedidas a veces de enormes conos de fuego, que iluminan las 
comarcas circunvecinas: como es natural, los movimientos sísmicos perturban a me- 
nudo la tranquilidad de aquel territorio, cuyos habitantes por este motivo construyen 
sus casas de madera, con objeto de evitar mayores desastres. 

Muchos de aquellos cráteres volcánicos han sido considerados como bocas de los 
infiernos en donde gemían los genios maléficos, en tiempos en que el pueblo desco- 
nocía la naturaleza de los volcanes. Los navegantes narraban que oían voces al pasar 
cerca de Ivoga-sima, situado al sur de la isla Kinsin, constantemente en actividad. El 
Fugi es el volcán de mayor fama del Japón; se encuentra en Hondo (isla grande): 
su imagen se halla reproducida en obras de arte y en objetos de uso vulgar, como 
abanicos, tapices, etc.. Forma un cono de más de 3,000 metros de altura, coronado de 
nieve en su cúspide, poblado de vegetación perteneciente a diversas floras; a medida 
que se desciende, se hallan bosques, arbustos, campos de cultivo, etc.; en su falda 
existen santuarios, adonde acuden numerosos peregrinos que verifican la ascensión del 
monte y van a beber en la «Fuente de oro» y en la «Fuente de plata», para alcanzar 
las gracias ofrecidas por sus divinidades. Este volcán ha causado terribles estragos a 
veces, y ello explica el respeto y veneración que inspira. 

Otro volcán sagrado de la isla del Nipón es el Naitaisán, de 2,560 metros de altura. 
En su base presenta una frondosa vegetación con un precioso lago, cruzado por un 
río, el cual se despeña formando artísticas cataratas y constituyendo el conjunto uno 
de los paisajes más bellos del mundo, frecuentado por innumerables viajeros durante 
el verano. En este paraje existen numerosos templos sintoístas y búdicos y preciosos 
monumentos funerarios de los siglos XVI y XVII. 

En otro paraje semejante, rodeado de numerosas montañas, tapizadas por espesos 

(1) Les sources les pías anciennes de l'hisioire du Japón (Compte rendu de l'Acad, des Inscrip- 
tions, 1889, t. IX, p. 105). Pero el que quiera tener la verdadera noticia acerca del Japón ha de consultar las 
obras japonesas siguientes: Kojiki, (Relación de los acontecimientos de la antigüedad) que abarca hasta 
628 de la Era cristiana, publicada en 712, traducida por Chamberlain en el supl. al t. X de las Transac- 
tions ofthe As. Soc. of /. (Yokohama, 1883); Nihonqi, (Anales Japoneses), que abarca hasta 697, termi- 
nada en 712, comentada en el suplemento a las Mitteilungen der deuíschen Gesellschaft für Natur und 
Vólkerkunde Ostasiens (Tokio, 1901); Kinsei Shiriaku, acerca de los sucesos de 1853-69, trad. por Lange 
y Senga en Mitteilungen des Seminars für oríent. Sprachen (Berlín, 1899); Dai Nihon Shiryo (Materia- 
les para la historia del Japón, formando un cuerpo de 300 tomos, existente en la Oficina Historiográfíca 
de Tokio). 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 



111 



árboles, existe el legendario lago Biva, lugar que ha sido aprovechado también para 
emplazar los templos más importantes: está cerca de Kioto, residencia del t)ani. Los 
monjes budistas se enamoraron asimismo de aquel prado delicioso para' sentar allí 
sus reales y establecer su feudo. 

El clima del Japón es de lo más variado, a causa las anfractuosidades del terreno, 
pero es templado en líneas generales y muy adecuado para el [cultivo agrícola. Es, 
pues, un país de vida, en 
donde el hombre puede 
multiplicarse y nutrirse con 
seguridad (1). Ello será una 
de las condiciones del espí- 
ritu optimista y viril que ha 
caracterizado al pueblo ja- 
ponés en todas las épocas. 




Los orígenes del Japón 
son un misterio para la cien- 
cia: además de los Yebison 
(Aínos), las antiguas tradi- 
ciones proporcionan otros 
dos elementos constitutivos 
de la nacionalidad japonesa; 
los Yonson o Koumaso, que 
poblaron a la vez el sudeste 
de la Corea y las orillas oc- 
cidentales de Kiousión y 
Nipón, y los Yamato, que 
habitaban las costas del mar 
interior y el riñon meridio- 
nal de la grande isla. Por lo 

demás, los rasgos fisonómicos más salientes de sus habitantes, sus usos y costumbre?, 
hacen suponer que los japoneses pertenecen a la gran familia indoeuropea (2). 

La divinidad supuesta en el emperador hizo que en los tiempos antiguos se consi- 

(1) Para más datos geográficos sobre el Japón, remitimos al lector a las obras siguientes: Cmarle- 
voix, Histoire et description genérale du Japón (París, 1836); Siebold, Atlas von Land und Seekarten 
vomjapanischen Reiche (Leyden, 1853); Caros, Description de VEmpire du Japón (en el Rec. de Thé- 
venot, 1.^ parte, París, 1691); De Lynden, Souvenirs du Japón (Haya, 1860); HCher, Promenade autour 
du monde (París. 1873); Matsouoorta et Maida, Le Japón d l'Exposition universelle de 1878 {Psl- 
rí?. 1878). 

2) W. KocH, /apan, Geschichte nach japanischen Quellen und ethnographischen Skizzen (Drcs- 
de, 1904); G. Appekt, Anden Japón (Tokio, 1888); D. M\j rr w, Japan (en la colección Story of the 
nation) (Londres, 1904); Cmarlevoix, Hist. du Japón íParís, 1899»; Takamatri-, Shukyo Horei (Dispo- 
siciones sobre religión) (Tokio, 1895). 



Bautismo de Bada 



11 



AS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



cifiai i' «s hiiMics como pertenecientes a él, costumbre que se conservó hasta los 

ticiiipo< nioik-riios, cii ciiic las icvolucioiies acabaron con este estado de cosas. Enton- 
ces ios labradores eran considerados como colonos, transmitiendo este cargo a sus 
hijos y formando una clase o casta especial que seguía en orden a la nobleza. Las 
atribuciones de que gozaba cada clase de individuos según sus ocupaciones, habían 
formado un estado de derecho desigual, existiendo unas ocho castas en el imperio. 
Esta diferenciación se determinó especialmente en la época feudal, que duró desde 
la emancipación del poder civil del religioso, hasta la revolución de 1868, en la que 




El baño en casa: después de lavado el cuerpo fuera del baño, se sumerge en una cuba de agua fria 

fué proclamada la igualdad de los ciudadanos y se abolieron los feudos. No obstante, 
la religión sintoísta admitía a todos los hombres por igual, a excepción de los que se 
consideran como impuros, que son los que se manchan con sangre humana o de 
animales. 

La propiedad territorial y urbana es hoy día individual, y el fenómeno de concen- 
tración de la riqueza no tardará en operarse, si a ello no se oponen las corrientes del 
socialismo. «El carácter délos ricos y de los que ocupan altos cargos, dice Reclus, 
no es orgulloso para con sus inferiores; antes bien, siempre parece que quieren 
disculpar esta posición, muy al contrario de lo que se observa en la altivez de los Ú 
occidentales. La costumbre que los japoneses tienen de inclinarse cortésmente para 
saludar, acaba de imprimirles un carácter natural de deferencia, y las líneas de su 
rostro conservan el aspecto de su bondad. Minados por el último dolor, los enfermos 
mismos conservan la mirada dulce y la palabra insinuante. Causa extrañeza a los via- 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONI s lll JAPÓN 



1 I \ 



oros europeos la alegría y tranquila resignación de los trabajadores más miserables. 
l-j japonés se acomoda a todo». 

Armoniza con este trato amable y llano, la üiupiL/.i nui^ rxiremadaque por don i •- 
luiera se advierte en el Japón. En los muelles de más tráfico, reflejan el cuici.uio 
V xquisito las gradas y los muros; los individuos demuestran su inclinación al aseo, 
antificado y religioso: todo ciudadano higieniza su cuerpo con el baño cotidiano, y 
is tal el contraste con los otros países, que con justa razón llaman sucios a los euro- 
peos. Completa la estética japonesa el gusto artístico para las moradas. El último 




Interior de un gran templo budista, perteneciente al Taikún. en Yedo 

labrador busca emplazar su casita en un poético paisaje, desde donde pueda divisar 
un bello horizonte y en cuyo lugar pueda contemplar la corriente de un arroyuelo (1). 



La mentalidad de los japoneses ha demostrado escasa o nula tendencia hacia las 
ciencias metafísicas; pero realistas por naturaleza, han fijado su atención en las cien- 
cias médicas, la agricultura, industria, ingeniería, historia, etc.: han preferido fijarse en 
los útiles conocimientos acerca de lo que nos rodea, en vez de elevar su pensamiento 
a las nubes. Nuestras bibliotecas, llenas de volúmenes teológicos y elucubraciones 
abstractas de la Edad antigua y de la Edad media, forman un verdadero contraste 
con la producción científica japonesa. Lo que más les ha entusiasmado de nuestra 

(1) Brow NELL, The hearí ofjapan (Londres, 1902». 



114 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

civilización contemporánea no son los sistemas religiosos y teológicos europeos, sino 
las ciencias experimentales. 

Esto concuerda con el escaso espíritu religioso que en todas épocas ha poseído el 
Japón en el sentido europeo. Nada de nuestros místicos que sacrifican sus pasiones y 
su emoción sentimental por un ideal divino; nada de ese piadoso temor tamiliar; nada 
de aquel número complejo de dogmas, que hacen de las grandes religiones un laberinto 
inmenso e intrincado. Ellos, más bien que adorar, honran a los dioses que represen- 
tan fuerzas naturales, como a buenos amigos; sus fiestas son ante todo diversiones de 
regocijo, y recuerdos históricos de sus antepasados; sus ideas del cielo e infierno, muy 
vagas. Cuando el japonés cumple el harakiri no piensa dónde ha de ir, es una muerte 
honrosa y basta; no se detiene en contemplar y meditar acerca de los últimos mo- 
mentos de su existencia; lo que le importa es su vida, y una vida alegre, impasible, 
serena, tranquila.. El pueblo japonés tiene su moral, y por lo tanto un espíritu verda- 
deramente religioso en este sentido; pero no con la característica de las religiones 
organizadas, las cuales imprimen en sus adeptos el anhelo de suspirar a cada momento 
por la futura existencia, exhortándole a que descuide y abandone lo de este mundo 
para dirigir sus miradas tan sólo al cielo. 

El fenómeno religioso sectario, místico, presenta una forma psicológica de ondu- 
lación sentimental exaltada, contagiosa, de arrebato. El alma japonesa, por el contrario, 
modera sus sentimientos y comprime sus labios para que el dolor no se exhale, para 
que la ira no vocifere, para que el entusiasmo no se desborde, y para toda y constante 
expresión sonríe serenamente, afable, suave, con una sonrisa débil que se disipa y se 
pierde en el sentimiento de la naturaleza. 

El japonés se educa ya de este modo: la madre no besa a sus hijos para no fomen- 
tar su adulación, no los elogia ni degrada ante los demás para no pervertir sus senti- 
mientos. Se ha de educar al niño en la moderación, para que tenga dominio absoluto 
de sí mismo; no obstante, el amor filial es grande, y la ternura con que se trata a los 
hijos ha hecho llamar al Japón «el paraíso de los niños». Los afectos se extienden para 
con los mayores, y es admirable la armonía y los lazos que presiden a la sinergia social: 
existe el fiel retrato de la humanidad que predicaba Confucio, esto es, aquel amor 
sin distinción entre todos los hombres. 

II 

Dos razas se encuentran en el pueblo japonés: la nipona propiamente tal y la de 
los ainos, confinada al norte de la isla de Yeso y en las Kuriles: son los aínos, de 
color más blanco que los japoneses, de mayor encéfalo, ojos grandes y negros, y sobre 
todo muy velludos, y que tienen como cosa sagrada su gran barba. Ocupaban pri- 
mitivamente todas las islas del Imperio del Sol Naciente; pero una invasión posterior 
los exterminó casi todos, cruzándose algunos con la raza invasora y llevando otros 
una vida misérrima, dedicados a la caza y a la pesca que los japoneses han concluido 
por hacerles imposible. Hoy día se encuentran sólo en número reducido en la isla de 
Yeso (1). Este pueblo no conoce la escritura, por lo que no posee obras de ningún 

(1) Malte-Brun, Notice^ur les A'ínos (t. III edic. orig. 1812, pág. 463). 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 



II') 



-enero, conservando sólo vagos recuerdos de sus antepasados; están organizados 
patriarcalmente, siendo sus acciones juzgadas por los demás individuos. La mujer se 
considera igual al hombre, y el marido hace participar en todos sus asuntos a su espo- 
a (1). La miseria les ha acostumbrado a la borrachera y con ello han degenerado mise- 
rablemente: el resto de la población es homogéneo en todo el imperio; sin embargo, 
las clases aristocráticas conservan un tipo más aproximado al europeo, de una belleza 
virginal entre los indígenas y que parece como si formasen una raza de conquistado- 
es. A pesar de esto no existen luchas 
ni antagonismos de razas, como lo 
l-)rueba el esbozo social antes descrito. 
El pueblo japonés conoce la agri- 
ultura desde antiguo; el arroz, el trigo, 
los guisantes, la cebada y el maíz se 
consideran como plantas sagradas, 
manadas de la diosa nacional. El arroz 
onstituye para los japoneses el prin- 
cipal alimento, que es, por lo demás, en 
su mayor parte vegetariano. Este régi- 
men quizás sea la causa de la anemia 
que tantos estragos causa en el país. La 
agricultura ha sido el elemento princi- 
pal de riqueza durante las épocas histó- 
ricas: hoy día la industria y el comercio 
^e pueden comparar con el de las na- 
ciones europeas de vida intensa. En 
resumen, el pueblo japonés es demó- 
crata, posee estética esmerada, una 
amabilidad sincera y exquisita, una 
mentalidad reflexiva y no de exuberan- 
te imaginación; sus emociones son se- 
renas y no apasionadas; no presenta antagonismos de razas; el régimen de castas he- 
reditario-histórico se ha abolido; su actividad es asombrosa, dedicando al trabajo la 
mayor parte de las horas del día, y siendo sobrio en su nutrición. 




m^ 



Gigo-Eoó, la señora de los lofiernos 



El pueblo que presenta la fase primaria de la evolución de las creencias religiosas 
en el Extremo Oriente es el aíno. Su culto se dirige al sol que le calienta y da vida a 
las plantas nutritivas; a la luna y a los astros que considera como seres sobrenaturales. 
Parece como si tuviera idea de la transmigración. Una costumbre muy arraigada en 
los lo demuestra: cuando encuentran a un oso pequeño en una madriguera lo llevan 
i su aldea para que una mujer lo amamante durante seis meses. Luego, en el otoño, 
(1) Mermet, Ai'nos, origine, langue, mceurs, etc. (París, 1863). 



116 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



con ocasión de una fiesta que celebran, le dan muerte, exclamando en el momento de 
su sacrificio: «Te matamos para que vuelvas pronto a este mundo, convertido en aíno». 
Esta ceremonia está en armonía con la leyenda que hace referencia á su origen. Los 
aínos creen que proceden de cuadrúpedos, suponiendo que ahora carecen de cola en 
castigo de sus pecados. Esta idea entraña el concepto de un ser superior a Dios que 
castigó a su raza, siendo, pues, probable que crean en seres sobrenaturales, a pesar de 
que la mayor parte de los autores no dicen nada acerca de ello. La creencia común 
de colocar un cráneo de oso o ciervo delante de una casa con objeto de que la preserve 
de malos acontecimientos, indica también la idea de una providencia de ultratumba, 

que influye sobre la suerte de los hombres. 
Su cariño por las bestias es grande, cui- 
dando algunos animales selváticos encerra- 
dos en jaulas. Además, del roce con el resto 
del pueblo japonés ha tomado el culto de 
los kamis o genios celestes, y el culto a sus 
antepasados. Al morir uno de ellos destru- 
yen la casa en que habitaba y en su lugar 
construyen otra nueva. Para su culto no 
poseen sacerdotes, consistiendo su ritual en 
bailes y brindis. 

La historia religiosa de esta raza nos es 
desconocida; sin documentos narrativos, 
sin tradición detallada, sólo ostenta en las 
postrimerías de su existencia las prácticas 
supersticiosas citadas. La mitología japone- 
sa hace remontar la primera dinastía rei- 
nante a cien mil millones de años (1). Esta 
ley de origen es común a todos los pueblos de la humanidad: el orgullo del salvajismo 
imagina ser su país el primero entre los creados; sus reyes son enviados o represen- 
tantes del cielo. Vimos que el pueblo chino, hasta casi la fecha actual, así lo creyó; 
análoga superstición vivió entre el pueblo japonés. 

Como describiremos al tratar del pueblo tibetano, las leyendas japonesas igual- 
mente consideran al cielo como un principio masculino, siendo la tierra su comple- 
mento femenino. Según ellas, ni uno ni otro existen desde la eternidad, sino que se 
han ido constituyendo con el tiempo. Antes de su diferenciación formaban un con- 
junto indistinto, su materia estaba mezclada en un caos de elementos confusos, en los 
cuales existía el germen aun no formado, sino en potencia, de todo cuanto existe. Este 
estado primordial es simbolizado por el huevo. Pero estos elementos primarios de la 
naturaleza no permanecían quietos, sino en constante movimiento. 

Se encuentran aquí algunas analogías con las teorías modernas de la formación de 

los astros: en efecto, Laplace y los geólogos posteriores, han emitido concretamente la 

hipótesis racional de que en un principio todos los astros que pertenecen a un mismo 

sistema (tales como los planetas del sistema solar) formaban una sola nebulosa, espe- 

(1) Klaproth, Traducción francesa de los Anales de los emperadores del Japón. 




Siú-Ró, dios de la felicidad 



I 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 



117 



cic de nube muy enrarecida que llenaba los espacios, continuamente agitada por un 
movimiento de rotación y de la cual se desprendieron las distintas masas que luego 
dieron origen a estrellas particulares o planetas (1). 

El creador del mundo, según la tradición japonesa, no fué ningún dios; los 
dioses vinieron más tarde, cuando la naturaleza había evolucionado mucho, y aun 
entonces no son considerados como seres eternos, sino que se imaginan nacidos de la 
naturaleza, mortales y reproductivos, igual que los demás hombres, con sólo una 
mayor duración de vida y una existencia rodeada de una aureola misteriosa y llena de 
sucesos extraordinarios. La diferenciación del cielo y de la tierra se operó despren- 
diéndose de aquella masa primitiva los elementos 
más puros y transparentes que por su ligereza se 
elevaron formando los cielos: las substancias más 
pesadas constituyeron la tierra: entre el cielo y la 
tierra se formó una especie de cereal que se me- 
tamorfoseó en un dios, emergiendo de este modo 
el primer espíritu celeste llamado Kami o Kouni- 
toko-tatsino mikoto. En medio de las aguas te- 
rrestres apareció una isla nadando como un pez 
por la superficie de las aguas (el Japón) (2). 

El primer dios y sus sucesores fueron herma- 
froditas, reproduciéndose ellos mismos. El sépti- 
mo genio, Isa maghi-no mikoto, se desdobló en 
un ser macho y en un ser hembra al que se co- 
noce con el nombre de Isana mino mikoto, cali- 
ficativos que significan, respectivamente, el hono- 
rable que concede abundantemente y la honora- 
ble que excita en gran manera. La designación 
indica, pues, claramente la idea de los dos sexos. 
Hay quien pretende que estos dos nombres se 
refieren a la primera pareja humana, emanada de 

un dios; pero no parece muy propio, ya que de ambos se hace proceder la isla Awasi- 
no sima (la primera tierra del Japón) y las demás islas, así como se dice también que 
de ellos nacieron los ríos, montes, árboles, etc., y el ser destinado a gobernar el mun- 
do. Estando en su mansión celeste, los dioses se preguntaron: ¿existen continentes e 
islas abajo en las profundidades? Entonces con una pica roja de piedra preciosa, lla- 
mada Nukobo, removieron el fondo, y la gota de agua turbia que se deslizó al retirar 
la pica formó la isla Ono koro sima u Onogoro, que escogieron los dioses como resi- 
dencia y sobre la que se había de instituir el imperio (3). El origen divino de las dinas- 

(1) Laplace, Oeuvres (t. VI); Faye, Sur Vorigine du monde (París, 1907); André, Les planétes et 
leur origine (París, 1909): el que quiera ver magistralmente desarrolladas las teorías de los pueblos anti- 
íjuos y las modernas concepciones científicas acerca de la formación del mundo, ha de leer la obra de 
SvANTE Arpmemls, D/c Vorstellung vom Weltgebüude im Wandel der Zeiten, traducida del sueco por 
L. Bamberger (Leipzig, 1908): lo que respecta a las doctrinas budistas sobre el particular, se halla al tratar 
de la cosmogonía china, págs. 63 a 66. 

(2) J. A. Buchón, Histoire universelle des religions. Tomo 11, pág. 307. (París, 1845.) 

(3) Casson, obra citada. 
Tomo I. — 16. 




Bisjamon, dirinidad jiponesa 



118 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



tías, imaginado y aceptado por el pueblo, fué la causa de la adoración de los sobera- 
nos, que veremos más tarde. 



Desde la antigüedad, consideróse a la mujer como un ser inferior que debía dar 
siempre la preferencia al hombre. Lo comprueba una narración que cita Casson en su 

obra acerca de los citados dioses. «Al 
''^>'yJ}^ ~w I llegar a la isla Ono koro sima, el genio 
macho descendió por el lado izquierdo 
y la hembra por el derecho; al encon- 
trarse sobre la columna del imperio el 
genio femenino, habiéndole reconoci- 
do, cantó: «estoy extasiada de encontrar 
un joven tan bello.» Entonces el dios, 
en tono brusco y enfadado, respondió: 
«Yo soy hombre y por lo tanto es justo 
que hable primero: ¿cómo te has atre- 
vido a empezar siendo tú mujer?» En- 
tonces se separaron y continuaron su 
camino. Volviéndose a encontrar de 
nuevo en el lugar de donde partieron, 
el genio masculino cantó primero estas 
palabras: «A gran dicha tengo haber 
encontrado una joven tan hermosa: 
tu hermosura me fascina; no puedo re- 
sistir a tus encantos, y todo mi ser arde 
por ti. ¿Tienes algo a propósito para 
la procreación?» A lo que respondió 
ella: «Tengo en mi cuerpo un órgano 
femenino.> Entonces el genio masculino agregó: «Y mi cuerpo posee asimismo un 
órgano de origen masculino y deseo juntarlo con el de tu cuerpo.» 




Ben-Zai-ten-njo, diosa de la música 



III 

Metchnikoff (1), en su narración del libro sagrado más antiguo que posee la religión 
japonesa, conocida con el nombre de Sintoismo o Shinto, expone que la primera vez 
de encontrarse los mencionados dioses no se separaron, sino que tuvieron un hijo 
dios, Hirugo, el cual nació imbécil y cretino, y una isla que formaron resultó ser de 
espuma. Ambas desgracias, consultadas a los dioses, fueron efecto de la causa citada, 
es decir, de haberse ofrecido primeramente la esposa. En el libro sagrado aparece una 
idea que revela una costumbre muy parecida a la de los espartanos acerca de los 
niños nacidos deformes. El dios Hirugo, por este motivo, fué abandonado en medio 

(1) León Metchnikoff, L'tmpirejaponais (Neuchátel y Ginebra, 1878 y 1881). 



J 



LEYENDAS Y SUPERSTICIÓN 



119 



de las aguas de los Océanos, dejando que las olas se lo llevaran sobre una lanchita de 
caña. Del seí^undo enlace que efectuaron nacieron las islas del Japón 7 los dioses que 
dirigen los vientos, la tierra, los montes, árboles, el de la producción, y^finalmentc el 
dios del fuego. Esta alegoría podría referirse quizás a los efectos destructores de los 
volcanes en el Japón, algunos de los cuales conservan un santo respeto y veneración 
en nuestros días. Según la leyenda, el cadáver fué enterrado en la cúspide del monte 
Hiba. Después de haber sido decapitado el dios del fuego, Isanaghi, fué a los infiernos 
(lugar de la putrefacción de los cadáveres) para ver si podría reconstruir a su esposa, 
pero por su estado de descomposición le fué imposible. Al salir de aquel lugar inmun- 
do, con el objeto de purificarse se sumergió en un río y se limpió esmeradamente: 
de cada parte del cuerpo que tocaba el agua surgía una divinidad, siendo digna de 




Teiiplo búdico en Kawas&ki 

mención, por el culto que le dedica el sintoísmo, la diosa Ama-terasu-oho-kami o 
diosa del sol, nacida de su ojo izquierdo. Las excelencias de este baño están en armo- 
nía con el concepto de la limpieza que tienen los japoneses, quienes en la antigüedad 
estaban casi siempre sumergidos en los ríos o piscinas hombres y mujeres juntos, cual 
si fueran ánades. En nuestros días, sólo en Tokio existen más de setecientos baños. 
En los libros sagrados del sintoísmo, en los que se contienen todas las tradiciones 
y leyendas del pueblo japonés, se encuentran datos cosmogónicos tomados probable- 
mente de los chinos, como son los dioses, las creencias, etc. Las familias de dioses con- 
tinuaron multiplicándose en el Japón, y de la supremacía de una de ellas se hace 
depender la familia imperial. Se supone que los dioses, primitivamente de una natura- 
leza sobrehumana, fueron metamorfoseándose con el tiempo, hasta llegar Zin-mu, 
primer emperador-hombre, fundador de la dinastía que empieza a regir el año 660 antes 
de Jesucristo, fecha relativamente reciente, comparada con la antigüedad de la historia 
japonesa. Desde aquella época la tradición narra los sucesos del Imperio despojándolos 
de los caracteres sobrenaturales y describe a sus moradores con todos los rasgos que 
caracterizan al hombre. La fisonomía de aquellos habitantes parece ser la de la raza 



120 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

mongólica: talla mediana, organismo robusto, de negra y espesa cabellera, faz amari- 
llenta, oscilando desde los matices casi obscuros a los tonos claros, rostro oblongo 
y ojos oblicuos. 

La figura de Zin-mu, el primer dios-hormbre, hace referencia a algún conquistador 
que dominó al pueblo japonés y fué venerado como un Dios, de la misma manera que 
veremos que se ha rendido culto a todos los héroes y grandes hombres. La mitología 
contenida en los libros sagrados del sintoísmo, señala como su primera residencia a 
Fingo, región de la isla de Kin-Shin, la más próxima a las costas del continente asiá- 
tico. Luego fué extendiendo sus dominios hacia el oriente del Japón. La raza indígena 
era igual a la de los aínos que pueblan el norte de la isla de Yeso y las islas Kuriles. El 
nombre de mozin, esto es «hombres vellosos» que les da la tradición, lo atestigua. 

Parece más verídico que las leyendas mitológicas que hemos descrito anteriormente 
fueran concepción del pueblo conquistador y él mismo sea quien las ha conservado 
hasta el presente. Los aínos casi carecen de tradición y no quieren hablar de sus ante- 
pasados, por considerarlo como un hecho de mal agüero. En la época de la conquista 
el pueblo aíno estaba organizado en tribus independientes y numerosas, muchas de 
las cuales opusieron una tenaz resistencia a la invasión, mientras que otros jefes iban 
a ofrecer su sumisión, que los anales del Imperio recuerdan en esta forma: «Yo soy 
Kuni-yetsü Kami, o jefe protector de este país, y al tener noticia de la llegada de un 
sucesor de un dios celeste, me he apresurado a venir a recibirle» (1). 

Otra narración apoya la creencia de que fueron los conquistadores los depositarios 
de la mitología japonesa. Ante d temporal de las costas del archipiélago que destro- 
zaba las naves Zin-mu, este rey exclama: «Mis abuelos paternos son dioses celestes, mis 
abuelas descendientes de los dioses marinos, ¿por qué, pues, la mar se me revuelve 
tan tempestuosa». 

La obra de extinción de los aínos, continuada en épocas posteriores, fué empezada 
ya entonces. A este efecto, Casson toma los siguientes párrafos de los anales del Japón, 
que entonaba Zin-mu a la muerte de un hermano suyo fallecido: 

«Estoy afligido por la muerte de mi general, en el cual tengo siempre fijo el pensa- 
miento; el enemigo debe haber sido hecho trizas, con sus mujeres e hijos, junto a las 
empalizadas. Esto bastará para poner fin a la guerra. 

» Estoy triste por la muerte de mi general, en el cual pienso sin cesar; mi cólera 
persevera como el gusto del gengibre; se debe poner término a la guerra exterminán- 
dolos a todos.» 

La carnicería fué horrible, celebrando Zin-mu la crueldad de los soldados que 
aniquilaba un pueblo con tan ignominiosos procedimientos. Esta es la obra de selec- 
ción histórica que la humanidad realiza. No es el más sano, el más moral, el superior 
orgánicamente quien triunfa, el que debiera vencer para el mejoramiento de la raza. 
Es el que posee mejores armas, el más astuto, el más feroz, el parásito que quiere 
vivir a costa de los demás, aunque sea de superior inteligencia, pero muchas veces 
más degenerado física y moralmente; éste es el que obtiene la victoria gran número de 
veces y subyuga al pueblo, que está en los albores de su existencia. 

De esta época data el nombre de mikado (Dios, según Casson, y sublime puerta, 
(1) Casson, obra citada. 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 



121 



según Cordier); el de dairí antiguamente lo usaban los emperadores, actualmente se 
reserva para el jefe supremo de la religión. Hoy día se le da al emperador los califi- 
cativos de Tenno, emperador celeste, y Tenshi, hijo del cielo. La veneración de que 
han sido objeto está llena de una serie de supersticiones, que, por lo enlazadas con el 
culto de Sinto, las detallaremos al tratar de esta religión. 

Podría decirse que antes de que el budismo penetrara en el Jap('>ii i^.^^.o U de 
nuestra Era) no existía en dicho país religión alguna organizada. Los padres o cabezas 




Templo 'kami" 



de familia hacían ofrendas a los espíritus o genios que, en número de ocho millones, 
vuelan por los espacios o andan por la tierra, y entre los cuales figuran espíritus bené- 
volos o favorables a los hombres y espíritus malignos que atentan al bienestar huma- 
no. Los jefes de familia dirigían imprecaciones a los malos espíritus con objeto de 
alejarlos, e invitaban a las fiestas y banquetes a los genios buenos, a fin de captarse su 
amistad. Considerando a los antepasados de origen divino, honraban la memoria 
de los muertos, y existía, como en China, el culto familiar a los difuntos. El nombre 
de estos espíritus venerados es Kami. Ante la propagación del culto budista, que con 
sus pomposas ceremonias y su disciplina religiosa conquistaba a la muchedumbre y 
entronizaba un nuevo poder, el emperador quiso dar relieve a las creencias del país 
y vinculó el poder religioso estableciendo un culto divino. El propio emperador se 
encargó entonces de ofrecer los sacrificios a los antepasados divinos en nombre del 
pueblo, con objeto de que fueran más eficaces. Se erigieron templos especiales para 



122 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



el culto, encargándose de su conservación, así como de realizar las danzas sagradas y 
entonar himnos en los días festivos, determinadas familias, viniendo a constituir una 
casta de sacerdotes, que transmitían a sus hijos y sucesores su ejecutoria. 



Los primeros templos que se construyeron fueron de madera sin pulimentar, ador- 
nados en su interior de verdes ramajes de sauce, bambúes y otras plantas de aspecto 

estético y pomposo. En el 
fondo y lugar preeminente 
destacaba un espejo metáli- 
co; a su alrededor colgaban 
cintillas de papel blanco, las 
cuales emergían además en- 
tre el follaje en numerosos 
puntos como adorno. Enci- 
ma de la mesa sagrada se 
colocaba una vaca santa y 
un sable, los cuales eran cu- 
biertos frecuentemente con 
un velo blanco. El santuario 
que hoy se conserva en Isé 
es una imagen de estos pri- 
mitivos templos. En realidad 
dichos objetos eran símbo- 
los de leyendas sagradas y 
no fetiches objeto de adora- 
ción: una de las principales 
que explican algo estos sím- 
bolos es la que recuerda el 
hecho de retirar el mando 
del planeta a la diosa Ama- 
terasu, según vimos al re- 
ferir la mitología japonesa. 
Esta diosa, cuya imagen simboliza el sol y con el cual a veces se confunde, es con- 
siderada como fundadora de la nación japonesa, siendo por consiguiente objeto de 
veneración universal en el Japón, incluso por los adictos a otras creencias distintas. 
Recibió de su padre, Isanaghi, la orden de gobernar el mundo; pero envidioso de ello-, 
su hermano, puso obstáculos al bienestar de su reino: sembraba cizaña en los cam- 
pos durante la primavera, y en los tiempos de recolección recorría los sembrados so 
pretexto de cazar, y malograba las cosechas, por lo que la diosa se retiró a los cielos^ 
Estas leyendas, aunque sencillas, no dejaban de tener su representación simbólica in- 
teresante; desde luego se trataba de un pueblo agricultor, que ya había entrado en si 
período de civilización y se preocupaba principalmente de la producción de la tierra. Al 



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El sacerdote Jitchin (pintura büdica del siglo XIII) 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 



ver invadidas sus plantaciones por malas hierbas, lo atribuía a malos espíritus, poi 
otra parte, odiaba a los cazadores que con su afición y correrías perjudicaban a las 
niieses en sazón y los frutos, teniendo en cuenta que la gente dedicada a la caza en 

los pueblos primitivos era muy numerosa. 

Retirándose la diosa de la luz, todo el mundo quedó a obscuras, y entonces los 
demás espíritus decidieron buscar una fórmula para captarse de nuevo la buena 
voluntad de Amaterasu. Aquí los obsequios son los mismos que si se tratara de obse- 
quiar a una doncella del siglo XV; 
un kami hizo que todos los pájaros A 
cantaran dulces melodías en torno a 
su morada; quinientos árboles aro- 
máticos traídos del monte japonés 
Ama-no, Kako-yama, fueron planta- 
dos a la entrada de la gruta en que 
la diosa se cobijara al abandonar el 
mundo en su fuga a los cielos: de las 
ramas fueron suspendidas diversas 
hierbas útiles y agradables y un gran 
espejo en el trono: una famosa baila- 
rina ejecutaba artísticas danzas, cu- 
bierta de guirnaldas para complacer 
il espíritu de la diosa, y, finalmente, 
>e hicieron enormes fuegos como 
tpoteosis de los agasajos divinos. La 
diosa, accediendo a estos ruegos, se 
dignó gobernar de nuevo, y el pueblo 
que la veneraba arrancó los cabellos 
y las uñas al espíritu malvado en cas- 
tigo de su osadía. El espejo y cin- 
tas de los templos sintoístas recuer- 
dan esta significativa parábola. Los 
sacerdotes de Sinto comentan el cas- 
tigo del espíritu maligno como sím- 
bolo del deber de los agricultores, de arrancar las malas hierbas si anhelan que la 
Providencia fecunde las cosechas; las ofrendas v^etales representarían también el 
cultivo de la tierra indispensable para que los rayos del sol sean fecundos y producti- 
vos. Esta preciosa loanza al trabajo y la actividad no fué conservada en las ceremonias 
religiosas, ni predicada así al pueblo: pronto se borró de las mentes el significado de 
sus leyendas; los devotos las tomaron como objetos sagrados, dotados de mágicas vir- 
tudes, y nuevas interpretaciones supersticiosas sucedieron a los sencillos emblemas. 
De esta manera se transforma el ideal primitivo de las religiones, purifícador, moral y 
progresivo, en un fanatismo aberrante, degenerador y regresivo. Ese fenómeno es 
universal: todos los libros sagrados están llenos de leyendas, a primera vista misterio- 
sas, pero en realidad simbólicas, parábolas explicadas al pueblo para la corrección de 




Puerta principal del templo de Nikkó, MCuIfUo (tr Xin|^r« 
(Siglo xyii) 



124 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



uno de sus defectos; pero luego se toma al pie de la letra la narración sagrada y para 
justificar su veracidad se tiene que acudir a la intervención de milagros y artes mágicas. 
Por este motivo todas las religiones tienen una historia en que abundan los milagros. 
Siendo lo corriente en el mundo los fenómenos naturales, para el fanático todo es mis- 
terioso y divino: la lluvia, la sequía, las epidemias, la suerte en los actos de la vida, 
todo son designios de seres sobrenaturales. 

Toda parábola o leyenda supone un reformador que predica al pueblo, sea en el 
seno familiar, en el monte, o en la plaza pública. El pueblo japonés en su historia 

sagrada no menciona ninguno de estos 
hombres, espíritus transcendentes que 
influyen en gran manera en la humani- 
dad, pero no cabe ninguna duda que 
existieron. Desde luego se nota que el 
pueblo nipón se fija preferentemente en 
los hechos más bien que en los hom- 
bres, lo cual se compagina con su espí- 
ritu. 

IV 

Vamos, pues, a narrar una serie de 
ritos y escenas religiosas que en la épo- 
ca moderna son tan sólo hechos idolá- 
tricos, y cuyo significado ancestral igno- 
ramos, aunque tal vez bajo su ropaje se 
oculte un espíritu sublime que se ha 
disipado en el transcurso del tiempo, 
quizás muchos de ellos representen 
algún episodio nacional, de gran tras- 
cendencia para su patria. Hoy, empero, 
nada de ello se conoce: toda la psicolo- 
gía de este pueblo, todo su desenvolvimiento se encuentra probablemente perdido, y 
los últimos restos que nos quedan en las leyendas y la religión no son más que más- 
caras de lo que fué. Tal vez un esfuerzo colosal de indagación venga con el tiempo a 
iluminar una existencia tan preciosa para la ciencia, hoy ignorada. 

Y no es sólo el Japón. ¡Qué de riquezas no encierran todas las leyendas de los pue- 
blos primitivos, tomadas hoy como pueriles invenciones y que, sin embargo, son alguna 
cosa más, constituyen algo más importante, cual el lenguaje del espíritu de una época, 
desconocido por nosotros, enigmático; algo así como las fábulas que se narran a los 
niños que asisten a las escuelas! Cosas son que hacen reir al ignorante, mientras para 
el sabio son materia de profundas reflexiones. 

¿Cuál es la significación del colosal tronco de un árbol que se encuentra en algu- 
nos templos sintoístas? Sus raíces se infiltran en una enorme tortuga que nada en la 
superficie de las aguas.^ A su cuerpo se arrolla una serpiente; un kami y dos reyes 




Sacerdotisa del culto "kami- 



I 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 



I.'') 



tiran de la cola de este animal, mientras que dos genios, con cabeza de perro el uno 
de ciervo el otro, cierran su boca. La leyenda de esta lucha contra la serpiente, que 
al fin sucumbe, se ignora. De ella se ha dado alguna explicación nada satisfactoria; 
pero el misterio se complica. De la parte superior del tronco destaca un busto negro, 
de pelo ensortijado, que lleva en su cabeza una corona cónica. Es un monstruo con 
cuatro brazos, en cuyas manos respectivas figuran: un cetro, una flor, un anillo y un 
vaso del que mana agua. Anque a la susodicha figura se diese la interpretación de un 
dios protector y productor, no por eso se agotaría su significado: faltaría indagar el 
origen de cómo se ha formado esta concepción divina y la finalidad de la leyenda que 
seguramente explicaría en remotos tiempos los hechos de este dios u hombre, leyen- 
das que siempre tienen un 
fin educativo. Un respetable 
anciano de luenga barba, 
con un haz de rayos lumi- 
osos en sus manos, emerge 
del agua: es probablemente 
el sol, que envía uno de sus 
rayos a la tierra simbolizada 
por la tortuga. Una senci- 
lla narración del origen del 
mundo, simbolizada por un 
)ro en actitud de romper 
con una cornada un huevo 
que estrecha entre sus patas 
delanteras, es también obje- 
to de creencias japonesas, 
que, por otra parte, carece de significación. Todo héroe, todo personaje histórico, con- 
serva en el Japón una leyenda prodigiosa; se venera su antigua residencia, los restos 
de objetos que le pertenecían: las espadas de los altares no son otra cosa. En todas las 
poblaciones se encuentran templos dedicados a la memoria de estos antepasados, 
quienes son para los japoneses espíritus influyentes. No hay huella que indique la época 
de su existencia, y sólo se conserv^a el nombre de kamis. Desde luego la existencia de 
los kamis entraña la concepción de otra vida ultraterrestre, para aquellos que habita- 
ron el globo. En la época moderna los comentadores de los libros sagrados admiten un 
alma inmortal, formada de la esencia del Dios supremo que, según sus actos en esta 
vida, es premiada en el otro mundo con la gloria del cielo o castigada con las penas del 
infierno. El cielo es conocido por la cumbre Kaka-a-ma-vara, en cuyo lugar los espí- 
ritus premiados llegan a ser kamis. 




Mendigos "kami-' danzando 



Según distinguidos orientalistas, esta idea del alma ha sido introducida en el sin- 
toísmo después de la intromisión del budismo en el Japón, de cuya religión puede 
haberse tomado la concepción del ajma, de las penas, y de un solo Dios supremo. 

Tomo I. — 17. 



126 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



Para otros existió ya antes, pues, según ellos, el espejo que existe en los templos y en 
ios altares de las familias puede significar que «así como los defectos del cuerpo se 
pintan fielmente en aquella lámina, lo mismo sucede con los del alma, que no pueden 
permanecer ocultos a la vista de los jueces supremos* (1). Desde luego este credo 
implica la idea de premio o castigo, pero lo que parece probable es que, por in- 
fluencia del budismo, se elevó a uno de los dioses (Amaterasu) y los nombres vinie- 
ron a ser otras tantas divinidades especie de atributos de este dios. El infierno, moder- 
namente, tiene un verdadero concepto metafísico de penas eternas (Neno-kumi, Soko- 

no-kumi). 

El gusto estético de los 
japoneses hizo que empla- 
zaran los templos sagrados, 
desde tiempo antiguo, en 
parajes pintorescos, en me- 
dio de bosques exuberantes 
de vegetación y desde los 
cuales se divisaban poéticos 
panoramas, costumbre aun 
hoy observada. A su alrede- 
dor se cultivan preciosos 
jardines en los que serpen- 
tean juguetones arroyuelos, 
formando cristalinos estan- 
ques; anchas avenidas plan- 
tadas de árboles conducen 
al sencillo edificio. En la 
confluencia del camino y de 
la avenida, un pórtico mag- 
nífico con un letrero anuncia el templo a que aquella avenida conduce y la divinidad 
a que está dedicado. Estos templos son conocidos con el nombre de miya. Como se 
dijo al principio, están construidos de maderas con una o varias ventanas o puertas 
postizas: una galería a su alrededor cubierta de un techo pajizo protege a los fieles 
los días de lluvia: el conjunto se eleva encima de una pequeña colina, a la que con- 
duce una gradería de piedra; abajo, en los bosques, existen las piscinas con objeto de 
que los devotos se bañen antes de visitar el templo (2). 

Estas visitas revisten un carácter solemne: todos los fieles pisan la tierra sagrada 
con profunda gravedad. Al llegar al templo tiran de una cuerda que hace sonar la 
campanilla como un acto de aviso a los dioses; luego penetran en la antecámara del 
templo, único lugar que les es permitido, se prosternan varias veces al suelo, besándolo 
y dirigen plegarias a los dioses: las oraciones son voluntarias, no existe deber reli- 
gioso de recitarlas, puesto que a veces se teme que puedan molestar a los dioses. Luego 
se asoman los visitantes al recinto por una ventana que muestra de frente el espejo 

(1) Clavel, obra citada, pág. 434. 

(2) A. C. Balet, Le nouveau Japón, en La Revue (1904) t. XLIX, págs. 177-194. 




ídolos del oratorio de Átagosa-Yama 



LEYENDAS Y SUPERSTICIÓN 



127 



sagrado, ante el cual meditan la visión de la divina Providencia; hecho esto, sueltan 
ilííuna moneda de plata como ofrenda a los dioses, vuelven a tocar la campana y se 
retiran. En los días festivos los sacerdotes ofrecen comidas a los dioses: peces, tortas, 
irroz, frutas, volatería y agua pura; después entonan cantos y ejecutan bailes sagrados. 
^e quema incienso, se derrochan perfumes y se ilumina el recinto sagrado. Los 
^lardas del templo visten aquel día un lujoso traje. 

El clero, compuesto de diversas categorías, no tiene otras (>cupdci»y..v^ v,ü- la^ del 
.nilto. La religión de Sinto es una religión de vida: no quiere la tristeza, ni la peniten- 
cia, ni el desprecio de los goces de este mundo; sus dioses desean el hombre fuerte, 
robusto y que asome a sus labios la sonrisa, eco fiel de la alegría que hinche su 
pecho. El clero no tiene, 
pues, para qué renunciar a 
los placeres de la vida; no 
debe buscar por motivo al- 
guno el retiro y la soledad; 
no está condenado a ver 
marchitar sus días y sus 
fuerzas en ningún monaste- 
rio; no se ve privado del 
■ariño de una esposa ni de 
■ as ternuras de sus hijos; no 
ha de ser hipócrita ante la 
sociedad para gozar de la 
existencia, pues tiene de- 
echo a ello. Todos los ciu- 
dadanos tienen el mismo 
mblema y la misma consig- 

la: ¡fuera el enojo, fuera el disgusto, fuera la preocupación! La impasibilidad, la ale- 
aría, la resignación y la despreocupación por cualquier miseria y adversidad; he aquí 
-US deberes sagrados y humanitarios; he aquí una religión que fortalece al pueblo y 
-lue lo prepara para los progresos que la civilización moderna ostenta. Sus preceptos 
son las reglas higiénicas que los biólogos contemporáneos proclaman para la regene- 
ración del individuo, de los pueblos y de las razas. Esa profesión de fe está grabada 
en el alma de todos los japoneses: nadie debe quejarse del dolor; nadie debe dejar en- 
trever ninguna adversidad; siempre la sonrisa en los labios, que hace afable y deter- 
nina la simpatía social. Ninguna prueba más colosal de su sangre fría que el tremen- 
do hara-kiri, el suicidio tranquilo y sereno, del que hiende su puñal en el vientre antes 
que sufrir una muerte deshonrosa. Los aires modernos de europeización han concluí- 
do, sin embargo, por disminuir y casi borrar el suicidio tan generalizado antiguamen- 
te. Hoy día el individuo no se considera deshonrado por ninguna nimiedad, ni cree 
engar ninguna ofensa de eáte modo como antes creía ' ' ■ fortalecido su espí- 
' líu positivista. 

En todas las fiestas sintoístas se reúnen las familias y se cumplimentan, estrechando 
US lazos sociales. Cuantos muebles y objetos de lujo se poseen sácanse a relucir, 




Cisterna eu el templo de Shiba, en Tokio 



128 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



ponderando su valor y su coste, pues el japonés es de sí amante de fruslerías, y de 
cualquier clase social que sean, todos los individuos se esfuerzan en poseer las joyas 
artísticas que les es posible, sea en pinturas, sea en relieves, etc. Después de las tradi- 
cionales conversaciones se celebra el banquete de honor, en el cual, como es de cos- 
tumbre en el Japón, los invitados se sientan sobre una estera para comer un variado 
menú pródigamente adornado y en el que abundan los vegetales, el pescado y la caza, 
escaseando empero en carnes de animales, pues su uso está en gran parte pros- 
crito por sus leyes religiosas, lo mismo que en otros países, por razones de higiene. 




El "hara-kiri". Condenación de un noble al suicidio 



I 



Esta es una prueba de la sobriedad del pueblo japonés, pues a sobriedad hay que 
atribuirlo, no a espíritu de penitencia: en la religión de Sinto la mortificación santifi- 
cada no existe, sino al contrario. Cuando un joven llora la muerte de sus padres, el 
sacerdote le reprocha diciendo: ""fuera lagrimees, que os hacen unir a los difuntos que 
lloráis; fuera estos deseos de perecer, con los que creéis equivocadamente honrar su 
memoria; es ley natural que mueran los viejos, y por lo mismo debéis resignaros". 
Todos los banquetes terminan con un espléndido té, bebida característica de los 
países orientales. Antiguamente, en los altares familiares se colocaba igualmente una 
espléndida comida dedicada a los kamis protectores o la memoria del dairi, jefe de la 
religión; pero hoy día sólo quedan restos de esta costumbre, y los ídolos reciben un 
poco de arroz hervido sin sal, agua y palillos. 

A modo de las costumbres griegas, se celebra una fiesta en honor a la primavera, j 
dedicadaalas jóvenes, quienes obsequian en este día a las personas de su agrado* 
y estima, y ellas mismas^se esmeran en servirlas. La ostentación de las formas desnu- 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 

das de la belleza femenina no existe: han faltado maestros de educación física como 
en Grecia; pero existen los campeonatos de fuerza y destreza entre los hombres, que 
recuerdan los antiguos juegos olímpicos. Estos se celebran en la fiesta que se dedica 
a los jóvenes del país. Una justa tradicional es la que reviste más importancia: el tor- 
neo marítimo. Dos jóvenes, uno en cada lancha, luchan con su pica para ver si logran 
hacer caer al agua a su rival; la multitud aclama entusiasmada al vencedor. Al lado de 
la alegría de sus costumbres y religión se coloca el aprecio al vigor y a la fuerza, sím- 




Grata de TJoodji, con su idoIo 

bolos de vida y de poder. Este pugilato marítimo se dedica a la memoria del rey 
Pérum, premiado por Dios, por haber hecho grandes esfuerzos con objeto de sal- 
var a su pueblo de la corrupción que le degeneraba, pueblo que vivía en una isla 
sepultada más tarde en las aguas como castigo de los dioses. Esta leyenda, pues, reno- 
vando todos los años el aviso de la perversión y premiando al ser vigoroso, demuestra 
la creencia japonesa de los castigos divinos, concepto que entraña la idea de responsa- 
bilidad humana, tan común en los tiempos históricos y también en los actuales, pero 
que es fácil cambie en lo porvenir. 



Respecto a los placeres del amor, este pueblo sobrepasa con creces el culto que 
los griegos dedicaban a la Venus afrodita. Para la mujer japonesa, lejos de ser acto 



1 K) LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

deshonesto, es una virtud cautivar al hombre y abrasarle en su ardorosa pasión, en- 
tregándose a los placeres de la carne. En la quinta fiesta anual que se celebra, el dios 
Baco se enlaza con la Venus del placer, la ebriedad del sake y del té y lo opíparo de 
las comidas se hermanan con los refinamientos sexuales. Existe una orden de monjas 
mendicantes para cuyo ingreso en la comunidad precisa ser bella, y las cuales asaltan 
por los caminos a los nobles viajeros, descubren su seno, danzan a su presencia 
hasta obtener del caballero la remuneración y el placer; una especie de prostitución 
santificada y ambulante que diría algún europeo, pero en extremo cuidadosa de la 
limpieza y aseo corporal. La familia, empero, está consolidada, y la mujer casada 
reserva generalmente las caricias para su esposo. 

Otra fiesta anual se celebra dedicada á las estrellas, a las que se hacen ofrendas 
de modo análogo a las que se tributan a los dioses: frutas, comidas, flores, vino, agua, 
fuegos y perfumes; asimismo se les dedican composiciones poéticas. Esta fiesta va 
acompañada de ferias comerciales y representaciones teatrales. 

Además de las fiestas, la religión de Sinto, a semejanza de los otros cultos, tiene sus 
peregrinaciones, siendo la principal la que se hace a la diosa Amaterasu, en la pro- 
vincia de Isia. Allí existe la gruta de Tjoodji, que los fieles creen ser la aludida por 
la leyenda que refiere el retiro de la diosa, de que hemos hablado. Todos los devotos 
del Japón hacen sus peregrinaciones a esa divinidad para que les perdone sus 
pecados; la clase noble, no obstante, obtiene los mismos resultados mandando allí un 
encargado, el cual lleva los donativos para la diosa y sus sacerdotes. Las mujeres y los 
jóvenes sobre todo gustan de realizar este viaje como objeto de expansión y libertad; 
antes de partir de casa, las familias cierran la puerta con un cordel que sostiene un 
papel azul que sirve para alejar a las personas impuras. Durante el viaje los peregri- 
nos tienen mil ocasiones para vaciar sus bolsillos; encuentran pobres que deben 
verificar la excursión sin recursos, comediantes que representan escenas mitológicas 
sagradas, vendedores de libritos que contienen muchos prodigios y leyendas, explicando 
casi todos ellos casos de los malos resultados que produce en la peregrinación el goce 
amoroso de la mujer (seguramente debido a los excesos que se han cometido). Esas pro- 
cesiones son tan numerosas que las posadas rebosan de gente y muchos asistentes 
tienen que albergarse en las afueras, quedando otros en la intemperie. Alrededor del 
templo viven numerosos artesanos, construyendo medallas, reliquias y otros amuletos 
para vender a los fieles. Asimismo existen imprentas de hojitas piadosas, libros sagra- 
dos, etc. Llegados al templo, los sacerdotes acompañan a los fieles a las diversas capi- 
llas y narran allí prodigiosas leyendas. Los peregrinos rezan sus oraciones y después 
de cada una de ellas ofrecen una o varias monedas, que constituyen el sostenimiento de 
aquellos sacerdotes. Antes de partir, el director del establecimiento expide una bula al 
peregrino certificando que ha hecho su viaje, y que le quedan perdonados los pecados. 

Existen además de ésta otras divinidades. Jebisu,. dios de las aguas, simbolizado 
por un hombre sentado sobre una roca, protector de los marinos y comerciantes; 
Tossitoku, dios de la felicidad; Daikobu, dios de la riqueza, etc. El culto de Dabis es 
parecido a los maharajas de la India: cada mes se debe ofrecer una virgen al dios; 
dentro de la estatua se encierra un sacerdote que figura la encarnación de la divinidad 
y al que se entrega la doncella para convertirse en mujer. 



LEYENDAS Y SUPERSTICIÓN! ^ DI I JAPÓN 



ni 



lis curiosa la descripción que Siebold (1) hace de la fiesta que en Nagasaki (islas 
Kiiisin) se celebra en honor de Siwa. Después de las usuales ceremonias en el templo, 
el cual en estos días se encuentra ricamente adornado con banderas, se coloca la ima- 
gen del dios junto con preciosas armas (lo cual da a entender que fué un héroe his- 
tórico) en una urna dorada. Luego se organiza una procesión que abre una sección 
de caballería seguida de la multitud, viniendo finalmente la urna llevada en hombros 
por los empleados del templo, y los principales sacerdotes montados a caballo o en 
palanquines. La procesión se dirige a una 
capilla provisional construida de paja 
y cubierta con cortinajes: allí queda ex- 
puesta la imagen a la adoración pública: 
durante el día se organizan varias comi- 
tivas para visitar la capilla, que un via- 
jero describe en estos términos: «Pri- 
meramente va un monstruoso e informe 
bulto de lienzo, sujeto a un aro del cual 
cuelga hasta el suelo; un hombre que se 
oculta en el interior lo sostiene por me- 
dio de una caña de bambú, siendo enor- 
me la carga que lleva por la pesadez 
del paño bordado, y sobre todo por los 
ornamentos que decoran la parte poste- 
rior de este gran trofeo (pájaros o ani- 
males de gran estima, figuras de hom- 
bres o mujeres célebres, un ramillete de 
flores cubierto de nieve, instrumentos 
de oficios, símbolos de la prosperidad 
del país, etc.). Inmediatamente siguen los 
músicos tocando tambores, címbalos y 
flautas, acompañados de un gran núme- 
ro de criados, y detrás de éstos aparece una comitiva de niños representando alguna 
expedición de uno de sus mikados o grandes héroes. Esta parte del espectáculo es 
verdaderamente admirable; vestidos y armados según el verdadero estilo de la época, 
los jefes preceden a los demás con el mayor orden, seguidos por los que representan 
a la familia y servidumbre imperial, hombres y mujeres desplegando todo el lujo de 
la corte japonesa. Después de esto vienen compañías de actores que representan 
comedias de un cuarto de hora de duración, y un tropel de criados y parientes de los 
niños cierran la comitiva. A esas representaciones asisten los delegados del Gobierno. 

Estas fiestas, como es natural, han variado algo a través de los años. Kaempfer(2), 
que presenció una de ellas en el año 1692, la refiere de distinta manera. Abrían la pro- 
cesión dos caballos tan flacos como los que monta el patriarca de Moscú el día de 

(1) SiEFJOLD, «El Japón y los japoneses..— A^wevo Viajero Universal, t. II, págs. 626 y siguientes. 
(Madrid, 1860). 

(2) History ofjapan and Siam (Londres, 1727, 2 tomos . 




Peregrinos japoneses 



132 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

Pascua florida; seguían varios emblemas (una vaca, una lanza, unos zapatos grandes) 
que recordaban los tiempos primitivos; luego las urnas de los ídolos; después un 
grueso tronco, espejos, etc. Tras ellos venían los grandes sacerdotes con sus palan- 
quines y varas doradas, y el resto del acompañamiento, el cual, después de haber 
recorrido las principales calles, entraba en el templo, en donde los lugartenientes del 
gobernador, junto con los dos principales representantes de la religión, pronunciaban 
un brindis en honor de los antiguos, que ofrecían el anasake (licor alcohólico obte- 
nido del arroz) a los extranjeros, sencillos de costumbres como ellos. Desde luego 
esto revela que este pueblo no es refractario al trato con las gentes desconocidas, y es 
probable que su aversión a los europeos en los siglos pasados procediera de algu- 
nos malos tratamientos o de ir éstos en son de conquista. 

El autor citado refiere que los espectáculos teatrales eran parecidos a los de los 
griegos, refiriéndose a asuntos nacionales o mitológicos: las obras estaban com- 
puestas en verso e iban acompañadas de canto y baile; para la danza se escogían las 
más bellas mujeres de las casas de placer, elegante y ricamente vestidas, con rasgos de 
insinuante coquetería, las cuales, por sus ademanes y movimientos, rivalizaban — dice 
el autor— con las más notables bailarinas europeas. No faltan tampoco representacio- 
nes de las bellezas de la naturaleza: preciosos panoramas, cristalinas fuentes, hermosos 
jardines, artísticos edificios, puertos, árboles, animales, etc., en armonía con su esprit 
característico. 

* 
* * 

En dichas fiestas toman parte, generalmente, todos los individuos sin distinción de 
secta, demostrando que, a pesar de la invasión del budismo y de la moral de Confucio, 
el pueblo japonés conserva su espíritu tradicional, risueño y lascivo. La influencia del 
budismo, el cual hemos visto que era mantenido en China y Tibet por numerosas 
congregaciones, se ha dejado sentir en el Japón, transparentándose en las congrega- 
ciones sintoístas inclusive. 

Los jammabos forman una orden atlética y aparentemente ascética a la vez; su 
nombre indica «soldado del monte». Hacen penosas ascensiones a las más altas y 
escarpadas cumbres, se bañan en medio de los hielos, andan descalzos y duermen en el 
suelo. Esta regla de vida les da una aureola semidivina ante el pueblo, que ellos explo- 
tan curando las enfermedades por sugestión y magnetismo. Los jueces los llaman para 
que descubran la culpabilidad de los reos, condenando muchas veces a víctimas ino- 
centes con adivinaciones ridiculas; pretenden comunicarse con los dioses en las alturas 
y conocer las cosas sobrenaturales; pero la influencia búdica no ha sido suficiente 
para hacerlos castos: poseen sus esposas que forman parte de la congregación, y sus 
hijas contraen enlace generalmente con algún individuo de la misma. 

Los ciegos forman dos órdenes religiosas, dedicándose a la música y a la conserva- 
ción de las antiguas tradiciones del sintoísmo. Su vocación por la poesía y la historia 
es grande, constituyendo el testimonio más verídico acerca de los sucesos pasados. 
Finalmente: en general este culto está mucho más extendido que el budismo, pues con- 
taba a mediados del siglo XIX con 186,700, adeptos. 



I 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES QEL JAPÓN 



133 



El jefe de esta religión, o dairi, según dijimos antes, fué soberano del Japón hasta el 
siglo XII. En esta época se encargó del mando militar y civil Yori-Tomo. En un prin- 
cipio el dairi conservaba su autoridad sobre el regente; pero luego, en el siglo XVII, 
se entronizó la dinastía reinante hasta el año 1868, y solamente se le sometían a su 
sanción, por pura fórmula, los decretos del reino. En la revolución de 1868 se con- 
cluyó el régimen del thogun o generalísimo y fué substituido por la Constitución. Des- 
de el siglo XII hasta la men- 
cionada revolución, los tho- 
gus prestaron su apoyo a 
la religión budista, luchan- 
do frente a frente, durante 
esta época, el poder religio- 
so sintoísta, que tenía a su 
favor las tradiciones del país 
y las costumbres, contra el 
poder de la nobleza, que 
vinculó la supremacía mili- 
tar y abrazó el budismo. En 
1868 fué de nuevo depuesta 
la religión budista, decla- 
rándose nacional el culto de 
Sinto. Sin embargo, ya ve- 
remos la evolución que ha 
experimentado en estos úl- 
limos años el Japón, cuya 
preocupación religiosa ha 
disminuido en gran manera, 
existiendo como una verda- 
dera fusión de las sectas 
preexistentes, con la nueva 
cultura, a la que preocupa 
poco la religión oficial. 

El dairi ha sido consi- 
derado como un ser divino 

que recibe la visita de los demás dioses una vez al año: mientras duerme se le coloca 
una imagen a la cabecera para que vele su existencia. Antiguamente debía permanecer 
oda la mañana fijo en el trono sin poder mover la cabeza, pues hubiese sido señal de 
calamidades: así se mostraba al público. Actualmente, se le reemplaza por su corona. 
Todo cuanto usa el dairi recibe como una especie de consagración y no puede ser 
isado por nadie más; por eso después de las comidas se rompen sus utensilios. Viste 
naje de seda negro con una capa encarnada, sosteniendo una especie de mitra en la 
cabeza. Sus pies no pueden tocar jamás en el suelo, a no ser cuando falta la cosecha, y 
esto para obtener del cielo abundantes dones: su rostro no lo ha de herir el menor rayo 
<le sol. El cargo del dairi es hereditario; este pontífice tiene derecho a poseer ochenta 

Tomo I. - 18. 




La gran procesión del '*dAiri*', en lioto 



134 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



y una esposas, pero generalmente se contenta con doce, una de las cuales es la empe- 
ratriz. Cuando no tiene descendencia, y se encuentra en edad avanzada, pónenle en 
el jardín de su palacio im niño, escogido de las familias nobles y que se simula 
enviado del cielo. Tuvo por residencia a Mijako, capital del imperio hasta 1860, en que 
la corte se instaló en Yedo, en donde residía ya el sheigim, perdiendo, por consi- 
guiente, aquélla, gran parte de su esplendor y un número considerable de habitantes. 

Cuando recibía una esplén- 
dida lista civil, se reunían 
en aquella corte más de cin- 
cuenta mil almas destina- 
das al servicio de la religión. 
El clero, en sus diversas ca- 
tegorías, formaba una no- 
bleza, ostentando ciento 
treinta palacios y existiendo 
para el culto unos seis mil 
templos. Asimismo Kioto 
fué asiento de las perso- 
nalidades ilustres, de aca- 
demias y la universidad, y 
lugar en que la vagancia 
de la nobleza engendró la 
poesía y fomentó ia histo- 
ria, figurando entre los lite- 
ratos muchas mujeres. Kio- 
to conserva aún justa fama 
por la perfección de ciertos 
productos industriales. Des- 
de que existe el clero orga- 
nizado, se ha ido forman- 
do una metafísica religiosa 
dentro del culto de Sinto; 
pero los sacerdotes no la 
comunican al público, siendo las ceremonias de mero carácter exterior. Las preces 
no son como las oraciones cristianas en las que se pide a Dios que otorgue conce- 
siones diversas; la mayor parte de las veces consisten en repetir el nombre de algún 
kami o dios. Y lo propio sucede con la religión budista, que pronto estudiaremos. 
Dice un adagio japonés "si obras bien, los dioses te premiarán aunque no reces''. Por 
este motivo los misioneros católicos y algunos comentaristas han supuesto ateo al 
pueblo japonés. 

V 




Graa sacerdote y sus asistentes, celebrando en el altar de Quannon-Sama 



El proceso de desenvolvimiento del Japón puede ser considerado como formando 
dos largas etapas; cada una de las cuales tiene su origen en la introducción, en aquel 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEI. JAPÓN 



115 



pueblo, del cüiifucionisino y el budismo (I). 1:1 prinier pciiudo Ue^ti a ^u ov,.^,, o. ol 
iglo I de la Era cristiana, y el segundo comenzó en el siglo Vil y finalizó en 1867. La 
primera etapa, aunque no es bien conocida y se ha fantaseado con exceso acerca de 
la manera de ser en la antigüedad en el Japón, cabe, sin embargo, afirmar que tuvo 
un carácter mítico. Apenas si se conservaron más que tradiciones, en casi todas las 
cuales predominaba el elemento fantástico que sofocaba lo real. No obstante, es indu- 
dable que con el transcurso de los siglos las leyendas y las consejas fueron de un modo 




Exorcismo doméstico 



L^Tadual y sucesivo perdiendo una buena parte de su característica primitiva, y merced 
i la obra depuradora de la crítica se ha podido descubrir aquello que reviste alguna 
. eracidad. De suerte que, actualmente, se puede asignar un valor histórico a varias de 
iquellas tradiciones que hace un siglo aparecían mezcladas con absurdos y fantasma- 
-.orías. La carencia de fuentes que mereciesen ser tomadas en serio dificultó la labor 
inalítica; pero modernamente las exploraciones hechas en vivo por algunos viajeros 
ilemanes han permitido inquirir en lo íntimo del pueblo japonés; además, se ha podido 
averiguar que las creencias, los hábitos, las costumbres y las tradiciones de la época 
primitiva persistieron más o menos modificadas en las sucesivas. 

La mayoría de los autores se inclinan a aceptar la opinión de que la sociedad japo- 
nesa fué tribal y genética durante todo el primer período. A semejanza de lo que 
^e lee de los primitivos egipcios, caldeos, griegos e itálicos, la veneración de los ante- 
(1) P. F. voN SiEBOLD, Nippon, Archiv zar Beschreibung vonjapan (Leiden, 1832). 



136 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

pasados y el culto a los muertos fueron la base sobre que se asentó. Es sabido que 
todas las sociedades en el estado de barbarie y aun después al pasar de éste al de 
civilización, profesaron el mismo culto (1). 

Prescindiendo de una exposición minuciosa que se apartaría del objeto de este libro, 
nos circunscribiremos a hacer mención de las notas que son privativas de aquel pue- 
blo. La denominación sinto, que significa «camino de los dioses», se adoptó, según 
parece, al difundirse el budismo, después del siglo VI y para no confundirlo con But- 
sodo, que significa camino de Buda (2). El fundamento del sintoísmo lo constituyen 
cinco creencias, de las cuales tres son primitivas y dos derivadas. Las primeras son: 
1 ."' ¿05 muertos continúan en este mundo, viviendo en su tumba, y se interesan por 
la suerte de sus descendientes. La mitología japonesa nunca se figuró la concepción 
del cielo y del infierno: tales creencias no se encuentran hasta después de haber hecho 
su aparición en aquel pueblo el budismo. Los muertos vivieron alrededor de sus 
tumbas y, cuando más, en una mansión tenebrosa, muy semejante al Hades de los 
griegos. 2.*' Los muertos se convierten en dioses y adquieren poder sobrenatural, 
pero conservando el carácter que en vida tuvieron; asi, aquellos que fueron bonda- 
dosos siguen siendo benéficos, y aquellos en quienes anidó la maldad, prosiguen su 
ejecutoria maléfica. 3." La felicidad de los muertos estriba en el culto que les tribu- 
tan los vivos, y el bienestar de éstos, en la felicidad de los primeros. El culto ances- 
tral o de los antepasados revestía un carácter en su esencia propiciatorio (3). Las dos 
creencias derivadas son éstas: I."* Todo acontecimiento favorable o adverso — prosperi- 
dades, triunfos, hambres, tempestades, etc., — se debe a los antepasados. 2.'' Todos 
los actos humanos, buenos y malos, son presenciados por las almas de los muertos. 
Ambas creencias, al decir de varios japonófilos, fueron dos elementos importantí- 
simos que dieron singular consistencia a la moral del sintoísmo: sirvieron de modo 
poderoso para enfrenar las pasiones y dominar los impulsos arrebatadores (4). 



Existen sobrados motivos que inducen a considerar como cierto el hecho de que 
cuando una persona moría, la casa que el difunto habitaba era abandonada. En las 
épocas primitivas, o sea en pleno nomadismo, el abandono era para siempre; la casa 
sólo servía de tumba (5). Después, el abandono sólo fué temporal, por espacio de 
ocho o catorce días, que eran de luto riguroso, durante los cuales se llevaba al 
difunto alimento y bebida, y además, para honrarle, se recitaban poemas laudatorios 
y se tocaban tambores y flautas, se danzaba, y por la noche se encendían hogueras 
delante de la casa. De estos y otros muchos actos y ritos se deduce cuan hondas 
raíces tenía en el alma japonesa la creencia en la perennidad del ser. La idea de la 

(1) HiTOM!, DaíNippon. Le Japón (París, 1900). 

(2) M.-A. ToMi-i, Le Shintoisme, sa mythologie et sa morale, en Anuales du Musée Guimet{t. IX). 

(3) RoMYN HrrcHcoK, Shinto, of the Mythology of the Japanese. en Annual \Report of the 
U. S. National Museum for the year 1891. 

(4) Griffis, The religions ofjapan (Londres, 1895). 

(5) TiTsiNHG, Cérémonies usitées au Japón pour les mariages et les funérailles (París, 1819). 




niOHIA VJJVMOOtfU 



il 



.y 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 137 

inmortalidíid dio origeii a un simiúinem de ritos y prácticas funerarias; cuando habían 
transcurrido algunos días se daba sepultura al cadáver, echando tierra encima del mis- 
mo; según fuese la clase social del difunto, se hacía un otero más o menos grande, 
se depositaban en la tumba aquellos objetos que habían sido de uso del '-••'••■: los 
deudos llevábanle manjares y bebida y realizaban determinadas ceremonia^ 

Con ligeras variantes, en la actualidad subsisten tales usos. Según afirma L. Heam (1), 
en todas las primaveras un mensajero del imperio deposita en la tumba del emperador 
Jimmu una ofrenda que consiste en algunos pájaros, arroz, pescado y vino de arroz. 
Esta costumbre es al parecer antiquísima, pues, al decir de varios historiadores, hace 
dos mil quinientos años que perdura. La que ha caído en desuso es la de los sacrificios 
humanos, que fueron en la antigüedad uso común en los funerales de los personajes 
y cuyo fundamento era la creencia de aquellas gentes, de que los que le habían prestado 
sus servicios en vida habían de continuar a sus órdenes en el otro mundo. Hay que 
advertir que las prácticas revestían caracteres de brutal crueldad: se obligaba a los 
criados a ser enterrados vivos, y al efecto se les cubría de tierra hasta el pescuezo y 
aquellos desdichados perecían víctimas de los picotazos de las aves de rapiña y de los 
mordiscos de los animales carniceros. El sufrimiento que experimentaban aquellos 
infelices es innarrable. Esta costumbre nefanda se conocía con el nombre de hitogaki, 
que significa cerco humano, y todos los años ocasionaba gran número de víctimas. 
Al comenzar la Era cristiana, un emperador humanitario, Suinin, proscribió tales 
usos (7). De entonces en adelante se sustituyeron los hombres por imágenes de barro 
representando hombres, caballos, etc.; pero a pesar de la prohibición imperial el sa- 
crificio no desapareció, porque el pueblo se había connaturalizado con semejantes 
horrores y siguió practicándose en dos formas, espontánea una y obligada la otra. En 
el año 646 el emperador Kotoku ordenó de nuevo la prohibición, y a partir de la 
mencionada fecha quedó en absoluto abandonado el sacrificio impuesto; no obstante 
siguió subsistiendo el sacrificio voluntario, y así era corriente que al fallecimiento de 
un personaje sus servidores se suicidaran en masa. Esta forma de sacrificio se deno- 
minó junsfii, y cuantos lo practicaban lo hacían obedeciendo al móvil de ser útiles en 
el otro mundo al alma de su principal. Al instaurarse el poder militar se transformó 
esta costumbre, dando lugar al suicidio por medio de la espada, que hasta hace pocos 
años ha venido persistiendo y que tantos estragos ocasionó por haber sido prohibido 
en el siglo XVI. 

En los ritos funerarios se fué operando una evolución gradual: lentamente los pri- 
mitivos, pasando por una serie de fases, llegaron a ser un culto en cierto modo eleva- 
do (3). El templo sintoísta es la transformación de la casa mortuoria, moya, que 
conserva determinados caracteres de la choza primitiva. Más tarde, debido al influjo 
que indudablemente ejerció China, establecióse en el Japón el culto doméstico, que el 
budismo en definitiva fijó. La organización de la familia japonesa (4) así como las 

(1) Japan. An altempt ai interpretation (Nueva \'ork, 1904). 

(2) Perceival Lovt ELI-, Esoieric Shinto, en Transactions oj the As. Soc. of Japan, vol. XXI. 

(3) A. voN Knofiloch, Die Begrabnissgebrüuche der Shintoisten; Mittheilungen der Deut. Ges. 
für Natur. und VOlkerkunde Osiasiens (1874, vo!. I, pág. 39). 

(4) D{jwoL\RD, Le Japón politique, économique et social íí'arís. 1903): Ratmoen, yapa/Tí Volks- 
wirtschaft und Stadshaushalt (Leipzig, 1891). 



138 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



leyes concernientes a la propiedad y la sucesión, tenían su fundamento en la idea 
expuesta anteriormente, de que la felicidad de los muertos dependía del culto que les 
tributaban los vivos y la dicha de éstos de la de aquéllos. La primitiva institución 
familiar japonesa guardaba singular conexión con la romana, se componía de más de 
sesenta individuos; formaba una especie de comunidad, y todos los que a ella perte- 
necían vivían en una sola casa: a medida que se contraían nuevos matrimonios, la 
comunidad se extendía. En tiempo de lyeyasu se le puede llamar casi monógama, 
pues la poligamia se iba extinguiendo, así lo atestigua un texto que tiene un valor 




El acto de la boda en el Japón 



irrecusable; el artículo 54 de su Legado, que dice: «La posición de la mujer respecto 
de la concubina es la misma que la del señor respecto de su vasallo. El emperador 
tiene doce concubinas; los príncipes pueden tener ocho; los oficiales de primera clase, 
cinco; el samurai, dos; los demás tienen una.» 

Como se observará, aunque para las clases superiores subsistió la poligamia, el 
pueblo tendía resueltamente hacia la unión monógama. El vínculo que estrechaba los 
lazos familiares fué ante todo el culto ancestral, que era el verdadero nexo entre los 
individuos, porque representaba un ideal común a todos ellos (1). De ahí que se con- 
siderase como la mayor de las desdichas y aun como un crimen para los difuntos 
el morir sin dejar un hijo varón que pudiera continuar la práctica de los ritos funera- 
rios y prosiguiese la costumbre de dedicar las ofrendas consuetudinarias en las tumbas 
de los antepasados. Es probable que de este precepto, cuyo cumplimiento estricto era 

(1) E. BuRNouF, La Mythologie desjaponais d'aprés le «Kokuo-si-ryakou» ou Abrégé des histo- 
ríens du /apon (París, 1875). 



i.i:Yf-Ni 



'{•RSriClONKS DPI. JAPÓN 



139 



i)l)lÍL;cklo, siiii^u'ia la obligación de coiilrací malí iiiioino; lo uiimíiu que la frecuencia 
Ue la adopción, para designar heredero y lo general del divorcio en los casos de este- 
rilidad manifiesta; así como la prohibición a los jóvenes de elegir mujer, ya que tenían 
ol deber de aceptar la que sus padres les hubiesen escogido. Es, pues, evidente que el 
matrimonio revestía carácter religioso y sus ceremonias tenían lugar de modo riguroso; 
una de las principales consistía en que los novios bebían el vino de arroz en el mismo 
vaso; otra, que la desposada había de abjurar de los dioses de su familia y adoptar los 
de la familia del marido (1). La condición de la mujer era de completa sujeción; cuan- 
do soltera, se hallaba sometida al padre; de casada, dependía del marido, y en la viu- 
dez, de su hijo mayor. La 
mujer era jurídica y social- 
mente un ser sin derechos, 
y en toda ocasión estaba 
sometida a la tutela ominosa 
del varón (2). El poder del 
padre era omnímodo: estaba 
investido de todas las pre- 
rrogativas, ejercía de sacer- 
dote, de gobernante y de 
juez, tenía el derecho de 
vida y muerte sobre su mu- 
jer y sus hijos: su hegemonía 
llegaba hasta el extremo de 
sacrificar a su voluntariedad 
el honor de las propias hi- 
jas (3). Los bienes del patri- 
monio paterno pasaban íntegramente a los hijos, y al mayor de ellos la casa. En el 
alma del pueblo japonés influyó poderosamente la ley de senioridad, que significa el 
predominio de la jerarquía, en virtud de la cual el joven obedecía al viejo, la mujer al 
varón, y entre los hermanos el menor al mayor (4). Este principio se cumplía con extre- 
mada severidad, incluso en las intimidades del hogar, como la comida, etc. Es en cier- 
to modo curiosa la génesis del sentimiento religioso en el Japón. En principio se vene- 
raba a los üjigamis (5), dios del uji, que representaban los espíritus de los antepasados 
del clan o la tribu. Después se adoraban los dioses patronos de las familias que tenían 
el poder, y últimamente las deidades tutelares de la comunidad (6). En el Japón, en los 
primeros tiempos a que hace referencia la historia, según algunos autores {7\. exis- 

R. HiLDRETH, yapan as it was and is (Boston, 1855; nueva edición, Tokio, 1902). 

KouRi-MoTO Tei-zi-ro, Sur la condition de la femme au Japón (Nancy, 1869). 

J. M. W. SiEVER, Sketches ofjapanase manners and customs (Londres, 1867). 

G. H. ScHiLLS, La voie de la piété filíale, en Muséon, 1886, vol. V, pág. 143. 

Es una forma abreviada de Ujl-no-gami. 

TóNNiES, Gemeinschaft und Gesellschaft. Abhandlung des Kommunismus u. des Sozialismus 
ais empírischer Kulturformen (Leipzig, 18S7, nuava eJición ibíd. 19ü4'. 

(7) Sales y Ferré, La Transformación del Japón (Madrid, 1909). El ilustre sociólogo español, en 
en este libro hace una exposición admirable de la civilización japonesa. A! f-^'-rihir estas páginas hemos 
seguido en parte las orientaciones señaladas por el inolvidable maestro. 



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(5) 
(6) 



140 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



tían 1,182 clanes, en los cuales se habían establecido igual número de cultos: el factor 
social' que alcanzó una más positiva influencia en aquel pueblo fué el templo sinto, el 
cual todavía en la actualidad deja sentir sus efectos en la vida colectiva japonesa, pues 
apenas existe una aldea que no tenga su ujigami: las grandes ciudades también los 
tienen enclavados en los distintos distritos en que se hallan divididas, contribuyendo 
al culto todos los feligreses, que reciben el nombre de ujícos. Para que el lector se 
forme idea de las raíces que alcanzó el ujigami bastará imlicar que no realizaban un 
solo acto sin acudir al templo. Veámoslo. A los treinta y un días del nacimiento del 

niño era éste presentado al ujigami, las 
niñas eran presentadas dos días más tar- 
de; en las grandes festividades también 
era llevado el niño allí; la escuela estaba 
instalada en lugar próximo y muchas 
veces en el mismo templo. El ujigami 
dirigía por entero la actividad del indi- 
viduo; en diversas circunstancias y por 
el más tútil motivo acudía al mismo; con 
motivo de ausentarse o de regresar de la 
localidad en que residía, etc. 

Los templos sintos tenían su respec- 
tivo sacerdote, kannuski, cuyo cargo se 
transmitía de padres a hijos: sus hijas, 
miko, son las que ejecutan las danzas 
sagradas en las fiestas religiosas y cum- 
plen varios ritos del culto. La genealogía 
de estas familias se remontaba en mu- 
chas de ellas hasta el origen del ujigami, 
el cual había sido dios patrono. Al decir 
del profesor Wignore (1), estos sacerdo- 
tes no eran magistrados ni administra- 
dores, aunque de ordinario desempeña- 
ban funciones de autoridad. Tenían una alta representación porque eran los porta- 
voces del sentimiento colectivo,' en el cual el factor religioso predominaba sobre los 
demás, de suerte que el ujigama compendiaba la actuación entera de la comunidad, 
siendo la cristalización de los hábitos y las costumbres, alimentadas por las reminis- 
cencias de una leyenda. Los ujicos habían de acomodar por completo su conducta a 
los preceptos establecidos, y la más leve contravención era considerada como una 
ofensa a la divinidad y un atentado al orden social. Ninguna de las tradiciones japo- 
nesas fué escrita, pero el pueblo las vivía con tal intensidad, que no sólo las enseñaba 
a los niños, sino que las imponía a todas las clases sociales, considerando que el espí- 
ritu del pueblo estaba encarnado en el símbolo que representaban aquellas prácticas. 
El ujigami tenía en el orden social la misma representación que el culto de los ante- 
pasados en el seno de la familia, existiendo gran conexión entre ambas tradiciones, que, 
(1) Notes on Land Tenure and Local institutions in Oíd Jopan «Londres, sin fecha). 




miko" ejecaUndo ana ceremonia del culto sintoista 



I 1 \\ \|i A 



141 



además, tendían hacia un fin cüniini, el de afianzar la disciplina: por esto al ascen- 
der el individuo de subdito a jefe, su observancia a los principios había de ser más 
absoluta; tenía el deber imperioso de hacerlos cumplir, sirviendo así a los intereses de 
la comunidad. Cuanto más elevada era la representación que ostentaba el individuo, 
su libertad era menor, porque se hallaba obligado a robustecer la costumbre y man- 
tener el prestigio de la autoridad (1). 



La presión que la sociedad ejercía sobre el individuo se revelaba con cualquier 
motivo, por ejemplo, al ofender a su ujigami, en cuyo caso la colectividad, obrando 
como una personalidad, lo dejaba a sus propias fuerzas, 
aislado de los demás y aun le incomunicaba. El castigo 
más severo era el destierro, que llevaba aparejado el 
título de incapacidad de ser admitido en otro culto (2). 
La víctima, por el sólo hecho de haber cometido aque- 
lla falta, quedaba sin familia, sin religión, sin amistades, 
sin patria, en una palabra, huérfano de toda protección. 
Además de los ujigamis y prescindiendo de las múlti- 
ples deidades que el animismo creó, existían en los 
templos sintos de primer grado, otros dioses, Ychi-no- 
niya, casi todos representación de los espíritus de prín- 
cipes o claimios, que habían ejercido el poder en de- 
terminadas regiones: otros representaban el destino, los 
elementos, la longevidad, las cosechas, etc., y otros, por 
último, dioses de tribus, a las cuales adoraban las co- 
munidades gentilicias; sin embargo, ninguno de estos 
dioses y deidades significaba el grado máximo del culto 
sinto. El supremo grado, que llegó a ser la religión del 

Estado, fué el que representaba el de los antepasados imperiales, los dioses de quienes 
pretendían ser descendientes los emperadores (3). 

Este culto arranca de que los primitivos emperadores del Japón, por habérseles 
creído descendientes de la Diosa del sol, fueron llamados celestes. El culto de esta 
diosa, que se llamaba Amaterasu, se sobrepuso a los demás y llegó a ser más tarde el 
culto que al extenderse fué común a toda la raza, contribuyendo a dar vida a una tra- 
dición autóctona, al mismo tiempo que elevaba a su sacerdote a la categoría de supremo 
pontífice. Coincidió con el afianzamiento de esta nueva tradición el mayor esplendor 
y que el mikado fuese considerado como la encarnación de la deidad Anahitogami, 
iue representaba el dios de los vivientes, santo de los santos, etc. En su palacio, que 
era como el santuario nacional, se guardaba la urna privada de los emperadores ante- 
pasados; a la corte estaba exclusivamente reservada la veneración; el culto público 

(1) DicKsos, Japan, its history and government {Londres, ISW). 

(2) E. Satou, AncientJ apáñese rituals, en Transacilons of the As. Soc. of Jopan (1881). 

(3) A. M. Knapp, Feudal and modernjapan {Londres, 1898). 
Tomo I. — 19. 




Tossi-tokú (diñnidad tintoisU) 



142 



LAS SECTAS V LAS SOCIEDADES SECRETAS 



continuó en el célebre santuario de Isé. El culto ancestral tenía tres grados, que eran: 
el familiar, el comunal (que a su vez se dividía en el del clan y la tribu) y por último 
el nacional. 

Las leyendas y mitos de los diversos cultos, que se transmitieron de unas genera- 
ciones a otras, durante un largo lapso de tiempo se coleccionaron y escribieron por 
disposición imperial, formando dos libros intitulados: Kojiki, colección de tradiciones, 
y Nihoügi, crónicas del Japón, de los cuales se habló más arriba. 

Los dos libros revisten singular interés y ambos contienen las tradiciones de aquel 
pueblo, desde sus orígenes; algunas de sus narraciones son antiquísimas, remon- 
tándose a los tiempos primitivos, y contienen mitos, leyendas arcaicas, ritualidades 
del sintoísmo, etc. El ideal ético del credo sintoísta se condensa en la absoluta su- 
misión a los principios de la tradición (1). 
I y . . — -.í:-^' Todas las clases sociales debían atenerse a los 

^ .' -^ preceptos, y su actuación quedaba circuns- 

crita a practicar los ritos de modo escrupulo- 
so. Desde los personajes de elevada alcurnia 
hasta los más humildes, todos se hallaban so- 
metidos a una obediencia estricta: el summum 
de las virtudes era plegarse a esta sumisión 
completa que se reputaba voluntad de los 
muertos. La existencia del pueblo japonés, con- 
siderada en todos sus aspectos, movíase den- 
tro de la esfera religiosa: la actividad econó- 
mica y la esfera del Gobierno se subordina- 
ban por completo al credo sintoísta. La con- 
ciencia social no tenía otra fuerza impulsora 
que el predominio del sentimiento religioso, y 
la individualidad apenas se podía manifestar, 
pues cualquier acto individual que supusiese iniciativa reputábase como pecado y, por 
lojanto, era castigado; por otra parte, la esfera privada era tan mezquina, que puede 
decirse que carecía de todo valor. Los principales preceptos de la moral sintoísta eran 
adorar al No-visto, respetar a la autoridad, tratar con cariño a la mujer y los hijos, ser 
afectuoso con los parientes, tener benevolencia con los amigos y los dependientes, 
trabajar con perseverancia y diligencia, ser aseado y económico en el vestir, etc., (2). 




Hotei (divinidad sintoísta) 



Hemos visto antes que la organización de la sociedad japonesa en los distintos 
grados, familia, clan, tribu y nación, tenía como base fundamental el culto de los ante- 
pasados. Por la profunda raigambre que en el cuerpo social había echado la tradición 

(1) Brownell, The heart of Jopan (Londres, 1902). 

(2) MuNziNGER, Diejapaner (Berlín, 1898); Konigs.mark, Jopan und die ¡aponer (Berlín, 1909); 
FiscHER, Bilder aus Jopan (Berlín, 1897). 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEl. JAPÓN 



in 



cuyos caracteres señalamos, se comprende cuan difícil, pur no decir imposible, había 
de ser que aquel pueblo domeñado por una credulidad, que en muchos respectos 

podía calificarse de infantil, se hallase en condiciones de aceptar otra creencia reli- 
giosa. Y todavía menos si el nuevo credo, como el budismo, negaba la inmortalidad 
del alma (1). De ahí que no existiera modo de armonizar el alma japonesa con la reli- 
gión de Buda, pues la propia manera de ser del pueblo lo impedía. El sintoísmo consi- 
dera a los muertos como dotados de vida espiritual; el budismo, por el contrario, 
afirma que el vivo se halla espiritualmente muerto: es, pues, evidente que entre ambas 
doctrinas existe una absoluta disparidad, constituyendo ambas una petición de prin- 
cipio; sin embargo, el Japón no pudo librarse de ver su territorio invadido por el 
budismo, que en vez de imponer a los subditos de la diosa Amaterasu la doctrina 

integralmente, empleó el sistema que 

tan buenos resultados le había dado 
en China, Corea, India, Siam, Birma- 
nia, Anam y otros pueblos, que eran 
fíeles al culto de los antepasados. El 
budismo (2) penetró en el Japón por- 
que en vez de empezarse por un com- 
bate con las sectas autóctonas, se 
limitó a modificarlas sólo parcial- 
mente, para en cierto modo evitar la 
lucha entre los dos credos. Al tran- 
sigir, logró que la doctrina prendiese 
en las costumbres y evitó los trastor- 
nos en la sociedad japonesa, como 
los había evitado en los otros países 
que con anterioridad invadió, em- 
pleando una táctica semejante. Consiguió el budismo con su política de atracción con- 
quistar la simpatía del pueblo japonés, que como es notorio tiene un carácter sencillo 
y afable: al inculcar a aquella raza sufrida y humilde los principios de caridad, la be- 
nevolencia y el amor universal, alcanzó un éxito; pero para explicarse la relativa facili- 
dad con que el budismo penetró en el espíritu del pueblo japonés es preciso tener en 
cuenta un antecedente que reviste excepcional importancia en el proceso del desenvol- 
vimiento social de las sectas religiosas del Japón. Este fenómeno fué la introducción 
del confuncionismo, que desde el siglo I hasta el IV lentamente propagó sus doctrinas, 
y cuyas máximas fúndanse en un culto ancestral análogo al del Japón. El influjo que 
dejó sentir fué predominantemente ético; así contribuyó de modo poderoso a hacer 
más fuerte el concepto de la piedad en el seno del hogar; estableció nuevas reglas para 
los actos de la corte, y al dar a la moral un sentido más sistemático, transformó tam- 
bién los instrumentos del poder y la administración pública. 

A juicio de algunos autores que han indagado en lo íntimo de la estructura psicoló- 

(1) F. Brisklev. yapa/7 and China (Nueva York y Londres, 1903). 

(2) FujisHiMA, Le Boudhisme japonais (París. 1892); Oldenbero, Le Boudha (París, 1894); 3.* parte 
especialmente, en la que se describen las comunidades y asociaciotjes budistas (págs. 331-79'. 




.^M'á^.cmjf.'^.'m 



Doncella orando en el templo Irari 



144 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



gica y social del Japón, es incontestable que el confucionismo promovió una corriente 
ampliativa y renovadora de la mente colectiva, ya que no sólo despertó el deseo de 
saber, el ansia de inquirir, sino que también hizo más tarde posible que el budismo 
hallase el terreno roturado para sembrar la nueva doctrina al promediar el siglo VI y 
a comienzos del siguiente, durante el cual fué irradiando por todo el archipiélago. El 
budismo al difundirse trató de armonizar su obra de proselitismo con un cierto res- 
peto a las antiguas creencias y ritos sintoístas; admitió del antiguo culto toda la parte 
que no era incompatible con lo esencial de su credo; transigió incluso con que, en 
no pocas ciudades, las dos religiones convivieran en un mismo recinto; no obstante 
conservaron ambas la independencia, y así al cabo de un largo lapso de tiempo (mil 
años después) se separaron sin que el hecho diera lugar a luchas, con la misma faci- 
lidad que se habían puesto 
en relación estrecha, disgre- 
gáronse después, sin dejar 
el menor rescoldo de odios. 
El budismo llegó a ser la 
religión oficial en el Japón 
y su influencia fué efectiva, 
alcanzando preponderancia, 
sobre todo en la clase alta. 
Estableció el culto domésti- 
co tal cual lo hallamos en 
la hora actual, con estas 
formas llenas de encanto, 
para todo espíritu amante de 
la belleza. Cuentan los via- 
jeros que han recorrido el Japón, que en las casas hay un templete o relicario, que 
tiene la misma forma del templo sinto, colocada de ordinario en una alacena fija en la 
pared de un cuarto interior a menos de metro y medio del suelo: en dicho templete 
se guardan unas tablitas de madera, por lo general delgadas, y en las cuales están 
grabados los nombres de los antepasados. Según algunos autores, el número de esas 
tablitas no suele ser de ordinario más que de seis o cuando más siete, figurando en 
ellas el nombre de los abuelos, de los padres y de algún otro deudo recientemente 
fallecido; en una palabra, de aquellos ascendientes o colaterales del jefe de la familia 
de quienes se guarda en la memoria un recuerdo por haberse cobijado bajo el mismo 
techo. Ante el relicario se congrega cotidianamente la familia, haciendo ofrendas, tales 
como alimentos, bebidas, etc., acompañadas de oraciones. Estas ceremonias revisten 
distinto carácter entre las familias afiliadas a cada una de las sectas; unas dan a los 
muertos nombres reales; otras se los dan religiosos, considerándolos como dioses 
o como mera expresión de esperanza. 

El budismo ejerció una influencia evidente en las costumbres del país, contri- 
buyendo así a modelar el espíritu de los gobernantes. Se advierte el profundo cambio 
que se operó en la vida entera del pueblo, en el hecho de que los emperadores 
hubieran de hacerse monjes y sus hijas monjas, las personalidades investidas de 




Altar doméstico: los dioses de la felicidad 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 



145 



autoridad, en sus actos se acomodaron a los preceptos del budismo; las leyes y todas 
las disposiciones que emanaban del poder estaban inspiradas en las reglas de la reli- 
íAón; el párroco obtuvo la categoría de funcionario civil, y al mismo tiempo que 
desempeñaba su ministerio espiritual, tenía a su cargo el registro de la parroquia y 
daba los informes acerca de las cuestiones locales más importantes a las autorida- 
des. En el orden de la cultura, el budismo influyó incluso en la alimentación: el em- 
perador Temmu, en el año 675, prohibió comer carne de vaca, de perro, de caballo, de 
mono y aun de aves de corral, conforme a lo prescrito por el budismo. Inculcó a los 




Procesión en la fiesta del templo de Sannoó 



japoneses la creencia en una sanción futura, con la promesa de la dicha como premio 
para los buenos, brindándoles toda suerte de venturas en el paraíso de Amida, y predi- 
ciendo a los malos un porvenir pavoroso en los ocho infiernos ardientes, To-kwatsu, 
en los ocho infiernos helados. Abada. El budismo contribuyó a elevar los sentimien- 
tos del pueblo, propagando las ideas de amor y de piedad, el cariño hacia los niños y 
la compasión por los desdichados; dio un vigorosojmpulso a la educación, cuya esfera 
le acción extendióse por dondequiera, llegando sus efluvios beneficiosos hasta las úl- 
imas capas sociales; en locales de nueva planta y en los templos mismos se fundaron 
scuelas. El budismo importó en el Japón las más codiciadas y espléndidas conquistas 
ie la civilización china: la literatura, en sus varios géneros, poesía, novela, drama, his- 
toria; las Bellas Artes; pintura, escultura, decoración, tapices, etc., lo mismo que los 
placeres y las diversiones, y todo esto haciéndolo compatible con el carácter del pueblo. 



146 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



El Japón ofrece tales caracteres y tan privativos, que se le ha de considerar como 
un pueblo prototipo: tiene rasgos peculiarísimos, exclusivamente suyos, que le dan 
una fisonomía inconfundible. Así examinado bajo el aspecto religioso, presenta una 
modalidad realmente típica, y el espíritu que hace siglos alentó en las distintas reli- 



I 




El carro triunfal del Santo de Miódjin 

giones subsiste todavía en lo esencial, habiéndose sólo operado variaciones en el 
detalle. Aquel pueblo sigue siendo creyente; subsisten allí las mismas sectas que hace 
miles de años cautivaron la simpatía de los japoneses primitivos; el país es actual- 
mente, al igual que hace veinte y más siglos, un inmenso santuario. En 1904 había en 
el Japón 163,871 templos sintoístas y 71,992 budistas; en la campiña y especialmente 
en la montaña se encuentran a cada paso altares que demuestran que el culto a las 
divinidades representativas de la» fuerzas naturales se conserva aún (1). Viajeros 
europeos que residieron durante largo tiempo en el Japón y recorrieron una gran 
parte de su territorio, cuentan que son innumerables las peregrinaciones que se 
organizan anualmente, en los meses de verano. Al monte Tuji van invariablemente 
a adorar al sol miles de hombres que realizan la penosa ascensión casi desnudos, 
con la espalda cubierta con un manto de esterilla y un gran báculo en la mano, y cami- 
(1) A. FiscHER, Bilder amjapan (Beriíti, 1897). 



LEYENDAS Y SL'rrRSTICIONCS DI 1. lAPÓN 



147 



lian duiiUilc lodo el día íoiiuaiKlo laii^iiisiiiias Inicias, i aiiimeii una masa de individuos, 
que oscila entre 250 y 300,000, acude al templo de Kizuki, en Izumo: los peregrinos, 
sobre todo los aldeanos, recorren largas distancias a pie; ias gentes de las ciudades 
suelen ser menos fervorosas, por sus relaciones y tratos con los europeos, y emplean 
otros medios de locomoción, los vehículos que circulan por las carreteras y los Irenes. 

Un escritor francés (1) que ha publicado un libro muy documentado, afirma que 
sólo a los templos sintoístas de Ise acuden al año 500,000 fieles que, impulsados por 
una devoción extraordinaria, imploran la protección de una divinidad, a la que consi- 
deran investida de los poderes máximos. Todos los años excede de medio millón el 
número de peregrinos que visitan el santuario de Kompira, en Lhikoku; para llegar 
a la cumbre más elevada son necesarios tres días de continua ascensión; las multitu- 
des llevan a cabo la expedi- 
ción con un entusiasmo que 
asombra a los europeos que 
lo han presenciado, y al lle- 
gar a la ermita se sienten 
satisfechísimos, porque se 
creen en estado de pureza, 
y al entonar una plegaria 
determinada están persuadi- 
dos de que los dioses escu- 
chan sus súplicas. Los pere- 
grinos de cada provincia 
siguen el itinerario que se 
les fijó previamente, y éste 
es distinto según la secta a 

que pertenecen; durante el camino se detienen de vez en cuando para realizar deter- 
minados ritos en las estaciones. Según el testimonio de un autor que conoce a fondo 
la psiquis japonesa, donde la exaltación de los creyentes llega al paroxismo de la 
locura mística es en las cimas dé los montes: son cientos y a veces miles los indivi- 
duos que sufren ataques de enajenación mental y realizan todo género de extravagan- 
cias y absurdos, llevados del delirio pietista. Las supersticiones que anidan en el alma 
de la raza se observan en toda ocasión. Un ejemplo que prueba palpablemente cuan 
en lo íntimo del alma popular ha penetrado la creencia de que las prácticas religiosas 
han de depararles la felicidad en este mundo primero y en la eternidad después, lo 
hallan los observadores en la venta fabulosa de los objetos sagrados. Los sacerdotes 
de los templos donde se congregan los fieles, expenden algunos millones de talisma- 
nes, o mamori, y amuletos, o fuda. En el Japón, como en nuestro país, existen un 
sinnúmero de lugares a los cuales se dirigen las muchedumbres ignaras en demanda 
de cosas insólitas: hay allí varios santuarios, que son otros tantos Lourdes; con sus 
manantiales de aguas que curan todos los padecimientos; templos bajo cuyas naves 
se han realizado todo género de maravillas, en donde los ciegos de nacimiento vieron 
la luz; los mudos quedaron convertidos en oradores; los impedidos recobraron la 

. ; L. Nadal , Le Japón Moderne (París, 1908). 




Entraaa 



148 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

facultad de ordenar los movimientos; los ignorantes adquirieron el saber que ni siquie- 
ra habían soñado, etc. Asimismo se hallan muy extendidas otras supersticiones, como 
la de que del fondo del Océano surgen los dioses marinos que, acercándose a las ori- 
llas, alumbran las linternas de los santuarios. Entre los habitantes de las costas se 
cree que las diosas del agua van a quemar en las linternas sus perfumes, contribuyen- 
do así a hacer más bello el culto. 

En el Japón todos los años se crean nuevos lugares de oración: la fantasía de los 
creyentes japoneses es tan fecunda como el vientre de sus esposas. Dondequiera se 
emplazan monumentos a los varones reputados como santísimos, de quienes se dice 
que vierten agua cuando les toca un impío. Existen en los templos verdaderos museos 
donde guárdanse los vestidos de algunos discípulos de Buda, las espadas sagradas, 
las reliquias, las efigies que tienen la virtud de curar las más terribles enfermedades 
con sólo poner el paciente su mano en cualquiera de aquellos objetos. El Nisbihong- 
wanji, que es el templo de mayor capacidad del Japón, fué terminado hace pocos 
años, y se construyó sólo de limosnas y donativos. Este hecho es muy elocuente y 
demuestra que entre las clases sociales, casi sin excepción, perduran las mismas 
creencias. Hay que advertir que el nuevo templo se erigió en la misma capital del 
Imperio, en Tokio, que es, según el criterio general entre los europeos, la ciudad 
donde el espíritu cosmopolita ha penetrado más; el dato es, sin embargo, lo bastante 
significativo para que se abriguen dudas respecto al tan decantado influjo de la civi- 
lización occidental en el desarrollo del Japón en algunos respectos. 

En las proximidades de la mayoría de los santuarios se hallan inscripciones que 
hacen referencia a los donativos hechos por los devotos pudientes; allí, como entre nos- 
otros, hace sus delicias ver sus nombres en letra de molde. Los donantes contribuyen 
al esplendor del culto para satisfacer su vanidad. La generosidad y la devoción de los 
poderosos no es tan sincera como el fervor de las clases humildes, que se apiñan 
en las puertas de los templos tocando el gong o batiendo palmas, que, según creencia 
generalizada, son los medios más eficaces para evocar las divinidades tutelares. 

La enorme difusión que en el Japón tienen los símbolos del Butsudan o tablitas 
de Buda, y del Kami-dana o tablitas de los dioses sintoístas, la veneración de que son 
objeto, el culto que familias enteras les dedican, la marcada tendencia que las muche- 
dumbres sienten por el más allá; demuestran palpablemente que la masa del pueblo 
hállase obsesionada por la preocupación religiosa. ¿Cómo, si no, podría comprenderse 
ese afán por cultivar tantas y tan diversas formas de superstición? ¿Sería posible expli- 
carse la marcada preferencia que en toda ocasión muestra la plebe por las cosas fan- 
tásticas y maravillosas? Existen un sinnúmero de creencias dignas de especial mención 
y todas las cuales son prueba irrefragable de cuan dislocada se halla la fantasía de 
aquel pueblo pródigo en imaginar los mitos más raros y extravagantes. Los japonófilos 
presentan una gran variedad de esos tipos, entre ellos los tennis, especie de ángeles 
encantadores, que visten de azul y están reputados como excelentes músicos por la 
fábula popular; los tenga, traviesos gnomos que no cesan de hacer cabriolas en las 
claraboyas, dotados de alas y pico, y cuya nariz aseméjase a veces a una espada; los 
shojo, que no son maléficos y usan unas trenzas pintarrajeadas de rojo y carmín; 
existen asimismo los tejones, viciosos, pero que no causan daño, pues no son más 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 



149 



que mixtificadores que se iiallan cii perenne burrachez. También entre los aldeanos 
subsisten las leyendas terroristas, que inspiran el llamado zorro mágico, la mujer 
blanca, los ogros sanguinarios, los licomios, los fantasmas, etc. Y, por último, men- 
eionaremos otra conseja también de índole intimidadora, y según la cual a la orilla 
del mar y de los grandes ríos, en las grietas, hay que guardarse de las sirenas que 
trepando por las rocas apodéranse de la presa en tierra firme. 

Y como si todos los cultos antes descritos no fueran bastantes para revelarnos 
el modo de ser del pueblo japonés, hemos dejado para lo último hablar al lector de 




Bendición de amuletos eu el Japón 



Otra superstición degradante, la del culto fálico, que desde otro punto de vista confirma 
nuestra aserción de que es uno de los pueblos más dados a aceptar las concepciones 
arbitrarias y estúpidas. La adoración a los signos de la sexualidad era corriente en 
todo el territorio del imperio hasta 1868, en que el Gobierno dictó una disposición 
prohibiendo el mencionado culto; del arraigo que llegó a tener el mismo ofrece una 
prueba este dato, cuya veracidad no se puede poner en duda, porque lo hallamos 
relatado en obras de reputados sociólogos japoneses (1). Algunos autores declaran 
haber visto quince grandes santuarios a los cuales acudían las muchedumbres, sobre- 
excitadas, presas de un furor extraño, mezcla de credulidad pueril y de pasión carnal, 
a venerar los símbolos del aparato genital. En Uji, en las cercanías de Kyoto, hallábase 
situado el más famoso de los templos fálleos: acudían al mismo miles de individuos 
(1) ToKuzo FoKUDA, Die gesellschajtliche und wirtschajtliche Entmckelung, (Stuttgari, 1900). 
Tomo I. — 'y>. 



150 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

formando peregrinaciones; allí tenían lugar las^ grandes bacanales en las que se cele- 
braba el culto a la religión del estupro y de la fecundación.. Actualmente, a pesar de 
haber sido prohibido y de haberse transformado las costumbres por modo ostensible, 
no ha desaparecido el culto fálico: un escritor europeo (1) señala su opinión basada 
en versiones recogidas sobre el terreno, «que en nuestros días acuden aún, clandes- 
tinamente, millares de personas a Uji para adorar a las divinidades que hacen infinita- 
mente dichosos los amores». Otra prueba de que el culto fálico subsiste, la ofrece un 
viajero yanqui que hace algunos meses publicó un artículo pintoresco describiendo 
en tono humorístico una fiesta a la cual había asistido y que tuvo efecto en un lugar 
cercano a Uji, en donde se levanta el templo al dios Ágata, que tiene el extraño pri- 
vilegio de curar la impotencia, y otras enfermedades del aparato genital. Este dios, que 
tiene el poder mágico de restaurar los organismos depauperados, tornar vigorosos a 
los enclenques y reconfortar á los apesadumbrados por no poder gozar del placer 
venéreo, es popularísimo en el Japón. Van a buscar su protección muchos millares 
de individuos que ansian volver a recibir las caricias de las amables gehisas, sin- 
tiendo la nostalgia del bien perdido. En Tokio, que es una ciudad progresiva, donde 
la e///e japonesa ha alcanzado una positiva influencia, y el espíritu europeo ha tras- 
cendido en distintos aspectos, se efectúa anualmente, en un barrio en el que están 
enclavadas las casas de prostitución, denominado Joshiwara, una fiesta orgiástica que 
reviste colosales proporciones. Asisten a la saturnal de trescientas cincuenta a cua- 
trocientas mil personas. Esta fiesta de la gran águila recibe el nombre de O Waslii 
Djiudja, y cuantos europeos la han presenciado confiesan el asombro que experimenta- 
ron ante lo extraordinario del acto. Otra fiesta de la misma índole se celebra el 14 de fe- 
brero, que es el primer mes lunar, en el templo de Saidaiji, que excede a cuanto pueda 
imaginarse el aquelarre. Se congrega en aquel lugar una enorrne muchedumbre, por 
lo general más de cien mil personas pertenecientes a todas las clases sociales. Trenes 
especiales dispuestos al efecto transportan al lugar en donde se celebra la extraña 
fiesta grandes expediciones de peregrinos. El acto verificase de noche y consiste en 
una serie de danzas vertiginosas, durante las cuales la inmensa masa de peregrinos, 
completamente desnudos, celebran ritos fantásticos; a medida que avanza la fiesta, la 
exaltación religiosa va creciendo, los danzarines bailan con más rapidez y casi como 
autómatas, sus movimientos obedecen a un ritmo vertiginoso y no cesan de entonar 
un himno sagrado; al final, cuantos toman parte en el ceremonial se hallan poseídos 
de un terrible frenesí, completamente enloquecidos por un éxtasis lúbrico. La lucha 
adquiere caracteres generales en el mismo instante en que los bonzos arrojan a la 
multitud los emblemas de la dicha, que son unos trozos de leño, que a quienes se 
apoderan de ellos les deparan la felicidad perdurable. Hacen notar algunos tonrísíes 
que en estas últimas décadas han concurrido menos mujeres que antaño, en que abun- 
daban considerablemente. Esas ceremonias repugnantes es evidente que en su origen 
fueron ritos fálicos; todos los escritores que las relatan lo consideran así y aseguran 
que la fiesta es una genuina representación del misterio de la generación. La relativa 
decadencia de estos ritos paganos acaso se deba en una parte principal a la propa- 
ganda del feminismo, que va haciendo prosélitos entre las mujeres japonesas, y si no 
(1) L. Naudeau, Le Japón moderne (París, 1908). 



LF.Yf-'N'nAS V SUPERSTICIÓN KS DEL JAPí'íN ! >1 

lia elevado do hecho su coiivii^ion, poi lo mciio^ ha de>.|).'i hum i h l-ih>. n ^rtiinnu-iilo 
de hi d¡p:nidad del sexo y un ansia de liberación. La saturnal de Saidaiji, aparte del 
símbolo religioso que en otros tiempos pudo haber tenido, actualmente es un espec- 
táculo abominable que únicamente interesa conservar a los explotadores de carne 
femenina (1), que no pierden ocasión de excitar los instintos lúbricos de sus compa- 
triotas. Los dueños de las casas de té son los que laboran para que caiga en desuso 
esa tradición innoble que atenta a los fueros de la personalidad, al corromper las cos- 
tumbres envileciendo los caracteres. 




La matsuri de Hiódjin. Gran cabalgata de la cabeza de demonio 



De todos los pueblos orientales es el Japón en el que indiscutiblemente los desva- 
rios sexuales han llegado a un mayor grado de perversión, tal vez porque ningún otro 
ha vivido tan domeñado por la esclavitud del espíritu, constantemente aherrojado por 
la pesadilla de lo sobrenatural. El fetichismo, la idolatría, el encantamiento, la adivi- 
nación, el sortilegio, etc., tienen todavía millones de creyentes sinceros; los nigro- 
mánticos, los taumaturgos y los geománticos, gozan de bastante prestigio; los magos, 
las brujas, los hierofantes, los mistagogos inspiran confianza a una parte importante 
le la opinión pública. De otra suerte sería imposible que prestasen oídos a los dichos 
de los posesos y de los exorcistas, siendo así que no es sólo la masa rural, sino también 
los habitantes de las ciudades la que rinde pleitesía al charlatanismo, que sigue procla- 
mando las ventajas de las fórmulas mágicas, de las aguas purifícadoras, etc. En el 
Japón las supersticiones son innumerables; fuera tarea vana proponerse registrarlas 
todas, ni siquiera en forma de mero inventario. 

( 1 ) E. Cauda, // commercio deWamore nel Giappone (Turín, IQl 1 ). 



152 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



VI 



En el Japón, como en la China, los intelectuales adaptan sus actos de la vida 
a las doctrinas iniciadas por Khung-tseu (Confucio) y desarrolladas por sus dis- 
cípulos, especialmente por el gran filósofo chino Tchu-hi (siglo XII), con:ientador de 
las obras atribuidas a Confucio. Como este sistema filosófico y moral no está ence- 
rrado dentro de círculos dogmáticos, se ha modificado y adaptado al espíritu de las 
distintas épocas. 

El confuncionismo cree que los pueblos degeneran con la ignorancia y se elevan 
con el estudio, la tranquilidad y el raciocinio. Aplicando este principio a la historia, 
encuentran sus comentadores el bienestar en las épocas en que los ministros eran 
ilustrados, así en la ciencias prácticas como en las morales, y que la confusión, el des- 
orden, la miseria y el embrutecimiento venían con la ignorancia, clamando contra los 
discursos vanos y la elocuencia verborreica. 

El confucionismo es la antítesis del budismo: mientras éste proclama el vacío, el 
reposo, el éxtasis; el confucionismo establece la realidad, la actividad, el raciocinio; 
en tanto que los libros del budismo son en gran parte confusos e inaccesibles al pue- 
blo (si hacemos excepción de los preceptos); los Sse-chu, Hiao-king-te son claros, 
comprensibles y positivos. El budismo prohibe sólo lo malo; el confucionismo exige 
lo bueno. No es de este lugar desenvolver las doctrinas del Siao-hio, pequeña escuela 
(referente a todos los ciudadanos), del Li-ki (ritos de todos los actos de la vida) (1), 
Hiao-king (deberes filiales) (2) y de los Sse-chu (filosofía moral y política de la Chi- 
na) (3); estas doctrinas se explicaron en su lugar tratando de la China, y sólo nos resta 
estudiar su influencia en el Japón. 

Desde luego la práctica de la piedad filial, concerniente a todos los ciudadanos, 
se encuentra realizada en gran manera en el Japón, en donde los padres aman tierna- 
mente a sus hijos, los hijos prestan los cuidados debidos a sus padres, existe fraterni- 
dad social y obediencia a las leyes imperiales, régimen que perdurará hasta que la in- 
fluencia de las ideas modernas acerca de la libertad sacuda el yugo imperial. Pero es el 
propio confuncionismo, que permite examinar todas las verdades, quien favorece la 
aceptación de las nuevas ideas. El Hiao-king, a fin de elevar el prestigio del emperador, 
hace que sea el hombre más- sabio y el hombre más moral a la vez. Cuando se enquis- 
ta en sus honores, acude al despotismo, o desconoce la administración, entonces sólo 
es la plebe fanática del sintoísmo la que pudiera sostenerle, o la misma nobleza, caso 
de que entregaran en sus manos el Gobierno. Así ha sucedido en el Japón. La divinidad 
del confucionismo es un ser sobrenatural, que sus adeptos no nombran, ni se repre- 
sentan. En los templos dedicados a Koosi (así llaman a Confucio en el Japón), se 
honra la imagen de éste y la memoria de los muertos. Así el culto de los kamis del 
sintoísmo se hermana con el de los muertos del confucionismo. El racionalismo y la 

(1 ) Existe una traducción francesa por Callery (Turín, 1853). 

(2) Pluquet, Les livres classiques de l'empire Chinois (París, 1784). 

(3) Pauthier, Les Sse-chu (París, 1847) 



LEYENDAS Y SUPF.RSTICIONFS DIÜ. lAI'ÓN 



!S3 



moral ele C^oiilucio es odiada en ^liui inam-ra pm ios saccr<: ¡ d-l |.i|w)n 

por ser la doctrina que les quita más adeptos y que más perjinn i ; i . inirKM ,. ^in 
embargo, con el tiempo, sintoísmo, confucionismo y budismo, se han acostumbrado 
a vivir juntos, y con gran frecuencia encontramos individuos que piensan según Koosi, 
celebran las ceremonias alegres por el culto de Sinto, y cumplen los ritos tristes 
del budismo, cuando la muerte u otra desgracia viene a afligir su espíritu. Una 
época existió en que los sacerdotes de una y otra religión oficiaban juntos. Este culto 
se conoce con el nombre de «Sintoísmo 
dual». 



Para explicarse la propagación del 
budismo en el Japón hay que tener en 
cuenta que con las doctrinas del sintoís- 
mo y de Confucio se favorecían sólo las 
tendencias de los fuertes: según el pri- 
mero, la tristeza es desagradable a Dios, 
V según Confucio, debe rechazarse por 
dignidad, porque degrada al hombre. 
Quedaban, empero, millones de seres que 
no se amoldaban a esa lucha de espí- 
ritu. La introducción de una nueva reli- 
í^ión melancólica, que afirma que todo 
este mundo es un dolor, que después 
de la muerte se encuentra la gloria, de- 
bía consolarlos; los fracasados, pues, los 
perseguidos, los débiles hallaron una 
'nombra de espera.nza, que les daba fuer- 
zas en su angustia. Podían sufrir resig- 
nados en esta vida habiendo de encon- 
trar la recompensa en la otra: el dolor 
los purificaba. Así se satisfizo una ne- 
cesidad de conciencia, y hubo dogmas que halagaban a toda suerte de sentimientos. 

En lucha en un principio para establecer su radio de acción, concluyó el budismo 
por vivir en armonía con el culto sintoísta. Los mismos fieles budistas no rechazaban, 
en los momentos de gozo, el rito y las fiestas de Sinto. Pero muchos vieron un dechado 
de perfección en una religión ascética que prohibe todo exceso en los alimentos y 
bebidas, refrena la lujuria y anatematiza el robo. Sus sacerdotes, apartados de toda 
gloria y alegría humana, hacíanse encerrar muchas veces en una gruta y allí acababan 
^us días sufriendo el hambre con la esperanza de que Dios les concedería una recom- 
pensa. Estos hechos, más elocuentes que todos los discursos y arengas, eran causa de 
admiración y casi de estupor. 

La propagación de esta religión, oriunda de la India, se extendió al Daini-nipón 
mediante las relaciones chinas y coreanas con este imperio. Las versiones que se leen 




£1 árbol sagr&do que contiene nn depósito de tgnjk milagros» 



154 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

acerca de su introducción son varias; ciertos historiadores pretenden que Corea fué 
la intermediaria para la difusión de creencias y civilización entre el Celeste Imperio 
y el Japón. El país de Fiaksai, conquistado por los japoneses, fué el foco de un impor- 
tante movimiento literario y religioso por haberse refugiado en este territorio la destro- 
nada dinastía china Han, con toda su nobleza y sus partidarios ilustrados; allí se comu- 
nicaban, pues, chinos y japoneses directamente. Se refiere que, en 284, el dairi O-zin- 
ten-o envió una embajada especial a Fiaksai con el objeto de recoger sabios instruidos 
en la civilización china para enseñarla luego en su imperio. Con ellos fué introducido 
un misionero llamado Wo-nin, cuyo talento le hizo considerar como una divinidad y 
fué adorado posteriormente, conservándose su culto en la provincia de Idsumi (1). 
Otros historiadores suponen que por medio de una embajada pasó directamente de la 
China al Japón; pero la fecha que señalan los anales del Imperio es el año 552, antes 
de que penetrara en el Tibet. En aquella fecha el rey de Fiaksai envió una embajada al] 
dairi, encargada de entregarle una imagen de Buda y los libros sagrados, lo cual entu- 
siasmó al ministro Iname, pero no al dairi, que rehusó aquellos presentes al oir de los 
labios de otros consejeros las frases: «Tenemos muchos dioses para adorar, y si rin- 
diéramos culto a los de procedencia extranjera los nuestros se irritarían». Iname, em- 
pero, hizo levantar un templo a Buda y le prestó adoración, y otros doctores, proceden- 
tes de la China, continuaron la labor de propaganda. 

De entre los libros que se importaron en aquella época han quedado textos de 
gran valor, entre ellos Sukhavativyuha (historia de Amitaba, imagen del buda funda- 
dor que se aparece a los que están en éxtasis) escrito en sánscrito. A los últimos del 
siglo VI el budismo había logrado arraigar en el pueblo japonés, ayudando a ello 
cuantos desastres acaecían, por suponerlos causados al no aceptar la nueva fe, sus 
ciudadanos. Si los males se prolongaban, el dairi mandaba destruir los templos y des- 
trozar las imágenes del buda Sakiamuni. Cuando con esta medida no se detenía la 
plaga, los devotos multiplicaban sus templos con más entereza. Favorecía el incremento 
de la nueva religión el que los sacerdotes de la China, en concepto de sabios, tenían 
entrada en la corte japonesa. Desde la LXIII dinastía fué declarada oficial la religión del 
budismo; bajo la influencia y dirección de los monjes se desarrollaron nuevas indus- 
trias, se construyeron puentes para atravesar los ríos, se hicieron pantanos; actuaron 
de médicos, adivinos y educadores, y de este modo, en contacto con la masa de la 
población, lograron hacer asimilar las doctrinas de los vehículos. 

La metafísica de aquellos primeros tiempos es la que se ha conservado hasta el 
presente. Los budas vivientes, que más tarde se implantaron en la China y el Tibet, no 
lograron penetrar en el Japón; este es un rasgo peculiar del budismo japonés. No 
existen en este país lamas que se finjan encarnaciones de Buda; a pesar de esto, se 
refiere la historia del sabio Kobodaichi, a quien se supone concebido por inspiración 
en un sueño que tuvo su madre, en el que vio a un sacerdote de la India que la 
embarazaba. Desde niño se distinguió por su vivacidad, y en su juventud estudió las 
obras de Confucio y luego las doctrinas del budismo, las que abrazó, yendo a la China 
con el objeto de profundizar esta filosofía, y a su vuelta fundó la secta de Singam-Chin, 
retirándose al monte Makinayana. Este sabio dio al Japón un silabario nacional y gran 

< 1 ) Casson, obra citada, pág. 360. 



LnYnNDAS Y SUPnRSTICinNnS íiri lAt-nS 



iiiiiimr.1- a Li coii>li iiccioii tlc c^laiiqiK'>. CU i'l di>li ilu (\v I iii ,is!'. { ,{)n esto lo^^ro ciiptarsc 
lina iíciicral simpatía y hacer imiclios prosélitos, haciendo que el pueblo le llamase «El 

> rail maestro de la doctrina, cuya pluma difúndela luz». Al final días hízQ 

k^vantar el templo Koníro-busi, en el monte Koyasan, en el que la memuna de aqii'-l 

abio es universalmente venerada por el pueblo japonés. Los mismos dairis, reprc 
-cntantes de una religión opuesta, han enviado muchas veces embajadas a este templo. 
para honrar a Kobo. El culto de Sinto venera a todos los grandes antepasado^ 
había de hacer excepción para este 
religioso, no importando el que hu- 
biese sido apóstol de otro dios, pues 
el espíritu japonés es muy tolerante, 
liste respeto se muestra en nuestros 

lías: el sabio japonés Fukuzawa, con- 
temporáneo, escribe que no se debe 
vituperar la religión ajena para alabar 
la propia, que es necesario al pueblo 

I sentimiento religioso, que puede ser 
patrimonio de una de las muchas re- 
ligiones (budismo, cristianismo, etc). 
;-| autor no es religioso, él mismo lo 

onfiesa, pero no se ensaña contra los 

!ue no lo son; respeta este vínculo 

spiritual y aun aconseja a todos a 
proceder del mismo modo. 

Los discípulos de Kobo profesan 

1 culto de Adi-buda, es decir, la 

reencia en un solo credo principal 
del cual se han derivado todos los 
demás. Esta doctrina es probable- 
mente originaria del Nepal, en donde 

e conserva, pues no la hallamos en 
iingún otro país del Asia meridional, 

parece que nació de la necesidad de aproximar al monoteísmo la veneración de tan 
innumerables budas existentes y reconocer de esta suerte la supremacía de uno solo. 
A esta secta, conocida con el nombre de Chingan, se agregó más tarde, en 1872, la 
más primitiva conocida con los nombres de Hoso y Foquexu. El Adi-buda que los tra- 
ídos de metafísica contienen es el Amida, que adora el pueblo representado en los 
altares montando un caballo de siete cabezas, que representan grandes épocas de la 
existencia, y con el rostro de perro, mordiendo un círculo de oro. No obstante, no se 
le cree un dios material, sino una substancia invisible, sin forma ni accidentes, eterno, 

nmenso, semejante al Dios Padre de la trinidad cristiana. A dicha secta pertenecía la 

rden de los monjes generosos, cuya organización era tal, que podía reunir en tres o 

uatro horas, bajo el llamamiento dé una campana, un ejército de treinta mil hombres, 

or lo que eran temidos de los emperadores, de los que lograban grandes concesiones. 




Sacerdotes "fuñabas" danundo 



156 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



El culto de Amitaba es tan floreciente como en la China. Se representa como 
Sakyamuni, en forma de hombre ya sentado, con los pies cruzados descansando sobre 
la ingle, con una bolsa en una mano en disposición de pedir limosna; ya derecho, en 
actitud de predicar al pueblo. De las sectas que le rinden culto, la más importante es 
la Yu-dzu-nen-butsu, «circulación del mérito de llamar constantemente al buda Ami- 
taba», pues se cree que recitando su nombre se ganan grandes méritos para la obten- 
ción de la gloria del cielo y el perdón de los pecados. Fué fundada en 1127 la escuela 
de Ziodo (1 174), que uno de sus discípulos amplió fundando la Chin-chin (1224); tiene 
la particularidad de considerar el alma mortal, es decir, niegan la existencia del yo. 

Esta secta está muy extendida en el Japón, 
contando con los más ilustres sacerdotes 
y con un gran número de templos. Su culto 
es sencillo y exento de supersticiones, de 
muy distinta manera que la secta Chin- 
chin, que llega a considerar como indis- 
pensable fijar las horas del rezo. Los mon- 
jes que pertenecen a esta secta tienen el de- 
recho de casarse, formando de este modo 

^\^i^ M i ' V I 'V^'^^^'l' '"' ' ' \^SI ^ ^"^ especie de casta sacerdotal. 
Vifeitil ' 'i A v^A i'.l'iiül'iwSi^ La idea primordial del budismo, es de- 

cir, la transmigración humana del alma que 
se encarna repetidas veces en nuevos niños, 
hasta purificarse completamente por el do- 
lor, no es la que informa a todo el budismo 
japonés. Se encuentra la transmigración en 
los animales, propia del brahmanismo de 
la India, y las recompensas (premio o pena) 
después de la muerte, extrañas a la doctrina 
de Buda y muy semejantes a las del cris- 
tianismo. Respecto de la existencia en la otra 
vida no están acordes las diferentes ramas del budismo japonés. Unas suponen que la 
estancia en los infiernos tiene su término, mientras que otras, tales como la secta Ziodo, 
creen que es eterna. El espíritu del budismo concuerda más con la primera tendencia, 
puesto que para él no hay nada eterno fuera del Nirvana. La creencia en un cielo es 
general, aunque el pueblo por lo común la toma en un sentido un poco materialista. 
La fe en la transmigración del alma humana creyendo que muerto el hombre pasa ella 
a ciertos animales, hace que se respeten éstos y se les prodiguen cuidados, mereciendo 
la preferencia los perros, serpientes, monos y zorros blancos. Estos últimos tienen tem- 
plos dedicados a su culto, en los que se encuentran imágenes de los mismos, con exvo- 
tos de los fieles. Hay una clase de monjes que poseen bosques poblados de estos ani- 
males a los que consideran como hombres, con las mismas ideas y sentimientos que 
éstos, pero que su falta de lenguaje les impide emitir, por lo cual los cuidan y alimentan 
esmeradamente. Muchas familias poseen un zorro al que destinan una habitación espe- 
cial y consideran como un oráculo. Cada empresa que el hombre acomete debe ser 




Sakyamuni en meditación 



LEVEN I 



ERSTICIONES DEL JAPÓN 



l"^? 



consultada con el animalito, al que se le ofrece un plato de arroz, siendo signo afirma- 
tivo o negativo el que se lo coma o no. Los prodigios que se narran acerca de ellos son 
estupendos, siendo defendidos como santas verdades por parte del clero. Desde luego 
este efecto del budismo es verdaderamente embrutecedor y fanático, distinguiéndose 
del ascetismo y humildad, los cuales pueden suministrar medios morales al pueblo. 

Existe una fecha especial para la vuelta de las almas a este mundo; en este día la 
población se prepara con gran fiesta para recibir el alma de los difuntos; las casas 
se adornan y por la noche se iluminan. Cada familia sale al encuentro a las afueras de 
la capital para recibir a estos seres imaginarios, a los que saludan mirando al aire, 
les ofrecen refrescos y con los que entablan animada conversación. Luego se dirigen 
a los hogares, en donde les invitan a una excelente comida, que 
termina con una recepción de amigos y vecinos. Al final de la 
fiesta se dan golpes en los muros y puertas, y se ahuyenta a los 
espíritus que se hubiesen equivocado de lugar. Al morir reco- 
mienda el «Shorei HiHki» que sean enterrados y no quemados 
los cadáveres de los difuntos, y que se aprendan durante la vida 
las ceremonias que se deben realizar en el entierro, que consis- 
ten en quemar incienso ante una lápida que lleva el nuevo nom- 
bre que al morir se dio al difunto (1). El clero budista agrega 
responsos y preces antes de la inhumación. 

El culto budista tiene lugar principalmente en los templos. El 
número de éstos es inferior al del sintoísmo, calculándose en 
unos 76,000, de los cuales 19,000 pertenecen a la secta Chin- 
chin, 14,000 a la de Soto, 13,000 a la de Chingon, y a las res- 
tantes unos 30,000 por término medio. Es digno de citarse el 
que existe en Miako dedicado al culto de Daibuts (personifica- 
ción de la divinidad). Se le conoce con el nombre de Fo-kuo-si 
y están construidas de mármol sus paredes, sosteniendo su techo 
noventa y seis preciosas columnas de cedro. En su interior se destaca una colosal 
estatua del Dios, de madera dorada, y en una sala especial se hallan millares de imá- 
genes de todos los tamaños. 

Entre las agrupaciones de conventos budistas merece citarse la ciudad de Koyasan 
situada cerca de Vakayama, en la que existen 370 templos y monasterios budistas. 
Esta ciudad se distinguió por su arte en épocas lejanas. Entre los templos hay varios 
dedicados al buda Sakiamuni, a los lados de cuyas estatuas arden constantemente los 
incensarios. Además de los templos dedicados al culto, las colosales estatuas de Buda, 
pertenecientes a los VI, VII y VIH, existentes en Nara y Kamakma, son verdaderas 
muestras de la grandeza del Japón. La primera mide 16 metros de altura, calculándose 
en 450 toneladas su peso. La segunda es de 13 metros y aloja en su interior un pequeño 
templo budista. Esta última ciudad conserva, además, restos de preciosos monumentos 
religiosos, ruinas de más de cien templos, palacios y sepulcros que recuerdan la época 
en que era capital del Imperio (siglos XII y XIII). 

(1) MiTTFORD, Tales of oldjapan, pág. 381 y siguientes (Londres, 1883'.(Esta obra contiene muchos 
detalles acerca de las supersticionej japonesas.) 
Tomol. — 'Jl. 




Sakramani prediundo 



158 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



Entre las ceremonias de las iglesias budistas lo preponderante y que tiene un valor 
superior a la adoración de los dioses, son las predicaciones. Los sermones eran des- 
conocidos antes de que los sacerdotes de Buda dejaran resonar su voz. Su tono es 
amenazador y terrible cuando se trata de combatir las faltas humanas; místico y tran- 
quilo cuando hacen el panegírico de al- 
guna deidad. La elocuencia se dirige a 
conmover el sentimiento de los fieles y, 
en los momentos oportunos, cuando el 
ánimo está lleno de entusiasmo, aprove- 
chan la ocasión para suplicar por la con- 
servación del culto y de los sostenedores 
de la verdad, y a* este fin imploran limos- 
nas y donativos de los oyentes; de estos 
discursos se pueden tomar conceptos 
importantes acerca de la concepción hu- 
mana y moral del budismo. En la citada 
obra, Mittford (1) refiere importantes ex- 
tractos de estas peroraciones. En una de 
ellas se dice: «El corazón del hombre 
por naturaleza es recto y sincero.» Fijé- 
monos en esta afirmación, opuesta al 
cristianismo, según el cual el hombre 
nace corrompido por el pecado original. 
Luego prosigue: «Pero existen siete pa- 
siones que lo corrompen: la ira, el mie- 
do, la tristeza, la alegría, el amor, el 
odio y el deseo.» Como se ve, son todas 
las emociones que, según su naturaleza, 
pueden pervertir el hombre; tanto el dolor como el placer pueden serle nocivos, según 
su fundamento. Del cuerpo tiene aquel sacerdote un concepto deplorable, pues dice 
que no hay nada, tan sucio bajo el cielo, y por consiguiente debe purificarse. Estos y 
otros muchos dogmas de la religión budista pueden ser extraídos de textos que con- 
tienen los discursos de los principales sacerdotes y en los cuales hallarse la evolu- 
ción de su moral. En medio de las exhortaciones se mezcla siempre la santa frase 
«Na-Mu-Miyo Ho-Ren-Yo-Kiyo » o «Narmiyo», que tiene virtudes y usos iguales a 
su análoga en el Tibet. 

Como la sintoísta y demás religiones extranjeras, el budismo tiene sus lugares 

sagrados para realizar sus peregrinaciones; pero todo lo que la peregrinación a Ise 

tiene de jolgorio y voluptuosidad, tiene la budista de penitencia. Las peregrinaciones 

de los budistas contrastan con las de Sinto por su ascetismo salvaje; cada año se realiza 

(1) /apa/2ese ser/no/zs, págs. 284 y siguientes. 




Esuiua colosal de Buda. (Bronce de la colección Cernushij 



I.KYF.Ní) 



■iRSTirioNT'^ nn. iapón 



IV) 



iiiKi pcrci;riiiacit)ii, cuyo puiiio de pailiila c^ Nava, uiiu.ui ijiii- nR-iita con numerosos 
templos y es llamada la Venecia japonesa por sus lagunas y preciosos puentes que 
cruzan las calles de la ciudad. Casson la describe del siguiente modo: Al día prefijado 
la cohorte de pereorrinos, cuyo aspecto lúgubre parece intimidar a esta villa de placeres, 
se pone en marcha con los pies descalzos y la cabeza descubierta, teniendo que atrave- 
sar un espacio de setenta y cinco leguas sembrado de peñascos y abismos, en cuyos 
parajes no existen posadas ni albergues, y a los que ni siquiera los animales osan acudir. 
Oda uno lleva su provisión de arroz de la que no debe comer más de un puñado por 
día; además, algunos traen agua, pues apenas se halla por el camino, y los que no se 
han provisto de ella, muchas veces desfallecen por el camino y allí quedan abandona- 
dos. Varios bonzos guían la multitud, fieros por sus disciplinas y exaltados por su 
abstinencia, de aspecto siniestro; y cuya agilidad para escarpar las peñas (en donde, 
dicen, se comunican con Dios), les da una aureola sobrenatural. 







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La matsuri de Roksamia: procesión nocturna en el bosque 



Durante los primeros días, cuando todavía están cerca de su hogar, les aconsejan 
el silencio y el ayuno; pero a medida que se alejan se muestran más y más rigurosos, 
castigando las faltas más leves con la pérdida de la vida. El infeliz culpable es colgado 
de las ramas de un árbol que se cierne sobre un abismo, sosteniéndose en sus propios 
dedos, que acaban por desfallecer y abandonar el cuerpo al precipicio. El que osase 
defenderlo sufriría la misma suerte. 

Al final de la excursión llegan a una alta meseta. Los bonzos mandan sentarse a los 
peregrinos con las manos cruzadas y la boca en las rodillas, posición que deben guar- 
dar durante veinticuatro horas sin hacer el más leve movimiento ni exhalar la más leve 
queja, pues de lo contrario se les apalea duramente, y en esta forma hacen examen de 
los pecados para la confesión que ha de tener lugar dentro de poco. Hecho el examen 
la comitiva se vuelve a poner en marcha y al poco tiempo llega a una especie de anfi- 
teatro que forman las altas montañas, en cuyo centro se destaca una elevada peña que 
domina el conjunto. De esta roca avanza hacia el abismo una enorme barra de hierro 
sostenida por una máquina que le puede comunicar un movimiento giratorio y a cuyos 
extremos se colocan dos grandes platillos de una balanza: en uno de estos platillos se 
coloca cada peregrino para hacer la confesión, y todos los demás están a su alrededor 
para escucharlo. En este momento de terror el penitente no debe ocultar ninguna falta; 



160 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

si el bonzo entreviera una mentira imprimiría una sacudida a la barra de hierro y el 
infeliz se estrellaría en el abismo que le aguarda a sus pies. El penitente no ve a su alre- 
dedor más que insondables profundidades, si levanta los ojos ve que le sostienen tenues 
cuerdas; en esa escena revela todas las intimidades de su vida para que le sean per- 
donados los pecados. Hecha la confesión entran en un templo a dar gracias a Dios y 
entregan crecidas limosnas a los monjes. 

Los potentados del Japón, creyentes en esta secta, se libran de estas penalidades 
dando cuantiosas sumas, mediante las cuales creen que se les aplican los méritos de 
los monjes, y llegan hasta a vender parte de la gloria del cielo entregando al creyente 
un billete que al morir se entierra o incinera junto con el cadáver. 

Los monjes, además de las ceremonias del culto, se dedican a la mendicidad, cuando 
no bastan los donativos de los templos. Las monjas son numerosas y hacen las mis- 
mas prácticas que los bonzos, existiendo una orden que habita en los monasterios de 
los bonzos, dedicadas a la confección de trajes que se venden para los difuntos. Se las 
acusa de tener relaciones con los frailes y de haber introducido el aborto en el Japón, 
como medio de que no se descubra la infracción de su castidad. 

El número de doctores budistas es mucho mayor que el de los sacerdotes del sin- 
toísmo, y podríamos decir que el budismo posee un clero más instruido: cuenta con 
más de 95,000 monjes que tienen aprobados los estudios, de los cuales unos 25,000 per- 
tenecen a la secta Chin-Chin, 16,000 a la de Ziodo y 9,000 a la de Chingon. El clero 
budista usa un lenguaje en sus devociones y cánticos que el pueblo no comprende, y 
en el propio lenguaje imprimen millares de obritas piadosas que compran y leen los 
fíeles sin entender sus palabras. La religión y culto budista presentan, pues, un aspecto 
moral y provechoso para la civilización y otro fanático, idólatra y brutal, verdadera- 
mente nefasto (1). 

VIII 

En casi todo cuanto se ha venido escribiendo en Europa acerca del resurgimiento 
del Japón durante estos últimos veinte años, se advierte la influencia de las ideas, los sen- 
timientos y la manera propia de hacer de los anglosajones. Y se comprende esta influen- 
cia a poco que ahondemos en la táctica empleada por los ingleses al estudiar, en 
numerosos libros, opúsculos y artículos, el desenvolvimiento político, económico y 
social del Japón. Es de todos sabido que los anglosajones dirigen predominantemente 
sus indagaciones en relación con los intereses que les son peculiares y varían de pare- 
cer a medida que las circunstancias políticas y el momento histórico lo exigen. Así 
pudimos ver reflejada, hace cinco o seis años, en los juicios de los articulistas que gozan 
de mayor reputación en la prensa londinense, una resuelta y viva simpatía hacia la 
nación amiga. Era el aspecto amable del alma inglesa, que dedicaba los más delicados 
e insinuantes epítetos al país aliado, porque en aquella ocasión el sentido político de 
los órganos de la opinión inglesa trataba de infundir en ésta y, en general en toda la 
europea, la alta significación de haberse granjeado la simpatía de un pueblo tan audaz 

(1) E. Noel Reighardt, The significance of ancient religions in relation to human evolution and 
brain development (Londres, 1912). 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEI. JAIHíN 



101 



y ijuc liahi.i asombrado al tmiiulo t-iitcro con su arrojo. En esta pi uncí a fase de la 
actitud de Inglaterra se transparenta un acentuado interés político y el firme propósito, 
más o menos oculto, aunque no disimulado por completo, de obtener ventajas de la 
alianza pactada. 

Ahora, sin embargo, ya no se preocupan de recatar sus recelos, y este es el lado 
más atrayente del espíritu comercial y del ansia colonizadora de la Oran Bretaña, que 
abriga fundados temores de la competencia que en ciertos respectos pudiera hacerle 
el Japón dentro de un plazo breve. La creen- 
cia de los escritores que inspiran el edito- 
rial de los grandes periódicos y crean esta- 
dos de opinión en Europa, refleja por lo 
general este criterio y sólo a través de él se 
conoce al Japón. La mayoría de los juicios 
que estampa la prensa de gran circulación 
de todas las naciones, responde al modo de 
ver que ha sugerido Inglaterra con una ha- 
bilidad prodigiosa. Valiéndose de mil ardi- 
des periodísticos, ha logrado la prensa in- 
glesa que todas las fuentes de información 
que se extienden por el continente tengan 
su origen en Londres. Las agencias allí do- 
miciliadas envían informaciones tendencio- 
sas a los periódicos reputados de más serios 
en las respectivas naciones. 

De ahí que el concepto que se tiene del 
Japón industrial y comercial en las grandes 
potencias productoras sea el de que consti- 
tuye, no sólo un peligro, sino una amenaza 
para la exportación de los pueblos de Oc- 
cidente (1). 

Así, por ejemplo, la opinión pública en Italia, en Francia y claro que en España— 
a juzgar por lo que han dicho los respectivos periódicos — se imagina al japón como 
un país eminentemente industrial, que va perdiendo todos sus viejos caracteres y que 
en breve se hallará ante los conflictos que habrán de ocasionarle las cuestiones obre- 
ras. Pero conviene hacer constar, para que nuestro público tenga una orientación 
exacta de la situación real de aquel país, que desde que se ha iniciado en él la nueva 
era, la única parte de la población que ha aumentado en una proporción mayor que 
las otras es la que se dedica a la agricultura. Treinta años atrás comprendía el 60 por 
ciento de la población en totalidad y actualmente es del 64'40 por 100. 

Todavía una parte muy importante de la opinión europea, y singularmente de la 
latina, se halla convencida de que la industria algodonera peligra por obra de los algo- 
doneros nipones y de los perfeccionamientos que han introducido en las manufacturas 
de hilados. En realidad, tal peligro no existe, o se refiere exclusivamente a algunas 

(1) Smnt-Aubis, Le ¡apon moderne, en La Revue (1904) págs. 101-06. 




Ua hermiuño d« lioto 



162 



lAS 



LAS SOCIEDADES SECRETAS 



cretonas de clase inferior elaboradas principalmente en Inglaterra y algo en el norte 
de Italia y en Calalnña. Donde realmente hay motivos serios que justificarían la pre- 
ocupación que ha licuado a inspirar la febril actividad de los japoneses, es en cuanto 
atañe a la industria sérica, que acaso en Francia e Italia no tarde en entrar en un 
período de decadencia. Hasta ahora la industria algodonera únicamente proporciona 
al Japón una exportación de cerca de noventa millones de pesetas y está como esta- 
cionada y más bien con una ligera 
tendencia a decrecer. Por el contra- 
rio, la industria sérica alcanza una 
exportación de cerca cuatrocientos 
millones de pesetas, con un aumento 
progresivo anual del 20 por 100 apro- 
ximadamente. Los progresos en el 
Japón se han operado de un modo 
gradual y como por sucesión. Pero 
lo que ha ocurrido es que no llega- 
ban a Occidente los ecos de su con- 
tinuado laboreo. Fué preciso que la 
guerra sostenida con Rusia advirtiese 
a Europa el impulso vigoroso de 
aquellas islas perdidas en los mares 
de Oriente. Más tarde, por virtud de 
la ley de los contrastes, se ha venido 
exagerando grosso modo la potencia- 
lidad expansiva del Japón, sin averi- 
guar en qué ramos de la producción 
se manifestaba preferentemente. Sin 
embargo, parece ser que algunos pu- 
blicistas, y en particular en Italia, van 
consagrándose, aunque con lentitud, 
a indagar con circunspección en la 
vida económica del Japón, publican- 
do estudios documentados que no sólo sirven para sustentar la tesis de que el desen- 
volvimiento de aquel país es intenso, sino que ofrece las mismas variedades y compli- 
caciones que en los demás países (1). Hay un dato que reviste singular importancia y 
que es verosímil. Un economista yanqui que ha permanecido dos años entre los nipo- 
nes, observa que la inmensa mayoría de la población japonesa no ha cambiado de ocu- 
pación con la implantación del nuevo régimen y apenas si ha aprendido nada de Oc- 
cidente, porque nada tenía que aprender. El avance se ha verificado sin saltos y sin ex- 
perimentar las crisis violentas que tienen lugar en las naciones de Europa y en los 
Estados Unidos. Aunque pueda parecer imposible, visto a distancia, según el mismo 
economista, sólo el 10 por 100 de la población japonesa se ha interesado en su euro- 
peización participando en la labor de colaboración que exige toda obra colectiva. 
(1) Yehro Oso, The industrial Iransiíion ofjapan (Baltimore, 1890-92 y 93). 




Presentación de un infante en el templo 



LEYENI 



I RSTICIONES DI-I. JyM'ÓN 



Lo que más asombra del Japón es, sin duda, la clarividencia coü qur ^c ül^p.Mle 
a reorganizar su vida espiritual y la sencillez con que ha adoptado el acuerdo trans- 
cendental de hacer la instrucción obligatoria; lo cual no signific ,io alguno 
que los japoneses hayan desechado su genio privativo, toda vez que en las escuelas 
los métodos occidentales sólo cuentan con un número de alumnos muy reducido. 




Fiesta en Gots-Tennoó: la casa del ídolo en el agua 

El resultado más importante, y que merece especial mención, obtenido por las 
nuevas escuelas, ha sido el de reafirmar en los japoneses la convicción arraigada en 
lo íntimo de su alma de la primacía de su raza sobre las demás. El espíritu étnico 
no se ha, pues, debilitado en lo más mínimo, y acaso sea esta cualidad la que les presta 
la confianza en su propio valer y les impulsa sin cesar, así en la paz como en la gue- 
rra, consiguiendo que el éxito corone siempre sus empresas. En el ejército y en la 
narina, las antiguas virtudes militares que antes estaban vinculadas en una sola clase 
-ocial, se hallan en la actualidad generalizadas en las clases sociales inferiores, si bien 
algo atenuadas. 



Las circunstancias exteriores adversas a esta raza de color — única libre en medio 
de los blancos— van siendo cada vez más hostiles a medida que crece la emulación 



164 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



creada por los éxitos obtenidos en la navegación, en la guerra y en algunos ramos del 
comercio. Pero en vano aquellos que temen al Japón fían su corrupción y su desmo- 
ronamiento al influjo que el socialismo pueda ejercer en la decadencia común a las 
sociedades occidentales. La corrupción ha existido siempre en el Japón, al igual que 
en todos los países del mundo; pero allí no se posponen jamás los intereses públicos 
a los privados, ni la dignidad personal, considerada según la moral japonesa, es supe- 
ditada en ningún caso al dinero. 

Las costumbres europeas no podrán penetrar más que parcialmente en el Japón, 
y por esto es difícil que lleguen a determinar su decadencia. Está muy remoto aún el 
día en que el europeísmo influya moralmente y de un modo directo en el desenvolvi- 
miento de la vida de aquel Imperio en plena eflorescencia. Hoy por hoy ni siquiera es 
concebible semejante influjo, pues la experiencia de los que han viajado por el país 

del sol naciente, asevera la gran virtualidad 
del patriotismo japonés con infinidad de 
detalles, algunos nimios e insignificantes al 
parecer, pero reveladores de la subcons- 
ciencia de aquel pueblo. Quizá China pu- 
diera intentar algún día influir en el Japón 
valiéndose de la fuerza persuasiva y de 
atracción que sobre él ejerce y que es para 
nosotros ignorada. Sólo si llegase a ser do- 
minado militarmente y fuese sometido, no 
le sería difícil la conquista moral del ven- 
cedor. 

Ahora es notorio que el pueblo japonés, 
cuya mentalidad ofrece algunas lagunas 
fuera de la esfera práctica, posee en tan alto grado las facultades organizadoras que en 
este respecto puede decirse que guarda grandes puntos de contacto con Alemania. 
Por esto ha sido capaz en treinta años de organizar los instrumentos bélicos más 
perfectos, si no los más poderosos que existen actualmente; pero donde su capacidad 
para la organización ha alcanzado un éxito por demás completo es en la escuela, y con 
más precisión en la universalidad y homogeneidad de la instrucción elemental. 

Una de las características más definidas de la civilización japonesa es el gran cui- 
dado con que allí se trata a la juventud. Las instituciones de la adopción de los meno- 
res, tan difundidas en todo el Japón, así como las entidades filantrópicas, cuyo objetivo 
principal es el de proteger a los desvalidos, son una prueba inequívoca de este aserto. 
La sociedad japonesa no se preocupa de atender a los inválidos y a los viejos; estas 
son preocupaciones de las sociedades decrépitas; los pueblos que ascienden piensan 
que la invalidez y la ancianidad son gravosas para sus familias y que ellas podrán 
soportar el peso únicamente si la juventud vive en plena prosperidad. 

Este sentimiento general y común que impulsa a todos los elementos sociales 
a apoyar a la infancia para hacerla vigorosa empleando todos los medios sin omitir 
sacrificios, es tal vez la principal razón por la que la instrucción elemental en el Japón 
se haya extendido y generalizado hasta los últimos confínes de su territorio. En 1907 




Techo del templo de Obaku, en Ouji 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 



165 



asistían a las escuelas el 96'28 por 100 de los niños japoneses de ambos sexos. La9 
escuelas elementales de todas las poblaciones y aldeas del Japón y de sus colonias 
están dotadas del mismo material y cortadas, como vulgarmente se dice, por el mismo 
patrón; los maestros y maestras de la populosa ciudad tienen igual categoría que los 
de la villa más insignificante, y el método de instrucción y educación es idéntico en 
todas partes. De tal modo atrae la escuela a los niños japoneses, que, sin hipérbole, 
puede asegurarse que asisten a ella con verdadero deleite, con esa alegría interior del 
que se dispone a ir a una fiesta. Lo cual, ciertamente, no deja de ser una sorpresa 
para los europeos y más aún para nosotros que sentimos por la escuela una ingénita 
aversión (1). 

El objetivo principal de las escuelas elementales en el Japón no estriba tanto en 
enseñar a leer y escribir cuanto 
en formar el carácter de los 
futuros ciudadanos. El niño 
aprende allí el origen divino de 
la nación japonesa, sus glorias 
inmarcesibles y sus aspiracio- 
nes de conquista, juntamente 
con los ejercicios de gimnástica 
militar y con los paseos en for- 
mación de marcha, que les 
acostumbran a cumplir las ór- 
denes, a sujetarse a la acción 
unánime y en común, a obede- 
cer a la disciplina y a sentir el 
ardor bélico de las canciones 
patrióticas, infundiéndole la 

idea del sacrificio por la patria, primera y única madre común que resume y garantiza 
todos los deberes del ciudadano, porque es fuerte por el valor de sus hijos y les enseña 
-el camino para conseguir «todos los derechos del hombre en todo el mundo». 

El célebre rescripto que el emperador otorgó generosamente en 1880 a la juventud 
escolar compendia el código moral del Japón. Y como el emperador representa para 
el Japón la más alta autoridad moral existente, por esto su rescripto tiene para los 
japoneses el mismo valor que para los católicos las palabras del Sumo Pontífice. Cier- 
tamente, después del Papa el emperador del Japón es el más elevado e indiscutido 
prestigio moral que existe en el mundo. Su rescripto se lee en todas las escuelas, ante 
la devoción general, en cada principio de año y con motivo de las grandes solemnida- 
des nacionales. 

He aqui un breve fragmento: 

«Vosotros, nuestros subditos, sed cariñosos con vuestros padres, afectuosos con 
vuestros hermanos...; haced progresar la cosa pública y promoved los intereses gene- 
rales; respetad siempre la Constitución y observad las leyes; si las circunstancias lo 

(1) fapan by thejapanese (Londres, Heineraann) obra redactada por los más eminentes escritores, 
bajo la dirección de Alf. Stead: 1 vol. en 8.", de 700 páginas. 
Tomo L— 22. 




Diciendo la buenaventora 



166 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

requieren, ofreceos animosamente a la patria, y así sostendréis la prosperidad de Nues- 
tro Imperial Trono, tanto en el cielo como en la tierra.» 



Existe un documento reciente que reviste gran interés, porque preveía mejor que 
ningún otro la función de la escuela japonesa. Es este el XXXIV informe anual (publi- 
cado recientemente, pero que se refiere al año académico de 1906 a 1907) del minis- 
tro de la Educación. Dice el ministro, en las «Notas generales», que durante la guerra 
con Rusia se maduró el plan de prolongar'el curso elemental obligatorio de cuatro a 
seis años. Y luego añade: «La educación tiene una gran parte en el progreso o el 
retroceso de una nación. El mejoramiento de nuestras escuelas es una de las causas 
de nuestro triunfo en la última guerra, y toda la nación debe cooperar al continuo 
perfeccionamiento de nuestro sistema docente. >> 

Otro pasaje que merece ser conocido y que no necesita comentarios es el siguiente: 
«Hay influencias siniestras que pervierten a la sociedad y producen muchos males: 
suscitan un frivolo y falso celo por el bienestar público; crean ideas exaltadas y senti- 
mientos pesimistas y dan lugar a opúsculos, revistas y pinturas de baja inspiración y 
de índole injuriosa para los sentimientos del país. En otras partes, los sostenedores del 
socialismo, que fingen ignorar los principios fundamentales de nuestra nacionalidad, 
apoyan doctrinas impracticables y peligrosas opiniones que amenazan comprometer 
la paz y el orden interior. La tentación es muy fuerte para los niños y las niñas que 
más tarde podrían dejarse asaltar por la desesperación y el desconsuelo. Nosotros in- 
vitamos a los maestros, a los directores de las escuelas, a que se unan con los padres 
y los tutores de los escolares para mejorar la moral pública y fortalecer el vigor nacio- 
nal, y alentamos a los escolares a que se eduquen en la abnegación, refrenando su 
pensamiento y su sentimiento y consagrándose al estudio para obtener premios. Así 
conseguiremos el mejor éxito de nuestro sistema didáctico.» 

Hace cuarenta años el Japón carecía de escuelas. Ahora cuenta con una organiza- 
ción pedagógica casi perfecta. Las escuelas se hallan a cargo de las provincias y de los 
municipios, y el Estado contribuye en parte a su sostenimiento. Para que pudiesen 
adquirir solares en que edificar escuelas, lo mismo las grandes que las pequeñas po- 
blaciones, fueron autorizadas para contraer empréstitos que garantizó el Estado. La 
deuda total que se contrajo ascendió a tres mil millones de pesetas. Después, por cuenta 
del Estado, se realizó otro empréstito de 420 millones, cuyo importe se destinó al 
mismo fin, y otro de dos millones de pesetas para un depósito que sirvió de garantía 
de la emisión. 

En cualquier población, por alejada que esté de los grandes centros y por insigni- 
ficante que sea, se encuentra una escuela, y el edificio en donde ésta se halla instalada 
es el más hermoso, el mejor construido y situado de la localidad. Un escritor alemán, 
que recientemente ha publicado sus impresiones de un viaje llevado a cabo por el 
Japón, cuenta la sorpresa que experimentó al encontrar en un islote del Pacífico una 
bonita y espaciosa escuela a la que concurrían alegremente los muchachos de los 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DEL JAPÓN 



167 



pescadores y los campesinos de todos los confines de las islas vecinas. La pobreza 
general de aquellos parajes se destacaba fuertemente por el contraste que ofrecía con 
el establecimiento docente allí levantado, rico y confortable. 

También la instrucción media en el Japón ha contado con excelentes bases, espe- 
cialmente en lo que concierne a la instrucción técnica, la cual, desde el punto de vista 
de la práctica, ha adquirido un desenvolvimiento extraordinario. En 1903 se crearon 
1,900 escuelas medias con ciento diez mil alumnos, y en 1907 contaba el Japón con 
4,500 escuelas y un contingente de escolares que excedía de doscientos diez y siete 




Sacerdotes de Odji-Gonghen danxando 



mil. Después de la guerra sostenida con Rusia ha aumentado esta cifra en algunos mi- 
llares más del doble. La inmensa mayoría de estos alumnos se especializaron en los 
varios ramos de la agricultura, la industria y el comercio, y así unos trabajan en las 
ocupaciones del campo y otros en las oficinas. A ios alumnos de algunas Escuelas 
comerciales se les concede la facultad de viajar gratis y bajo determinadas condiciones 
por los países del Extremo Oriente, en los buques de las Compañías de navegación 
subvencionadas por el Estado. Y a menudo a los alumnos de muchas escuelas se les 
lleva por poco dinero o de balde a visitar la colonia de Formosa o de Corea y singu- 
larmente a la Manchuria, para que conozcan de visa los lugares donde se libraron los 
más importantes combates con los rusos. Así, lentamente, van moldeando el espíritu 
de la mocedad y la hacen apta para las luchas bélicas. 



168 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



El ideal imperialista hase infundido de tal manera en la conciencia colectiva del 
JapÓH; que por dondequiera se advierten manifestaciones que lo patentizan y detalles 
que a cada paso demuestran la viva fe de que se halla poseído aquel pueblo. Todas 
las escuelas cuentan con un cierto número de fusiles para que los alumnos puedan 
aprender su manejo, ejercitarse en el tiro y acostumbrarse con las armas en la mano 
a maniobrar en columna cerrada. 

Hasta ahora los japoneses no han logrado iguales triunfos que en la enseñanza 
primaria, en la superior. El constituir un buen cuerpo universitario requiere elementos 
valiosos que no poseen aún los japoneses. Les falta el fundamento de la tradición y, 
sobre todo, carecen de la complejidad mental indispensable para cultivar algunos 
aspectos de la sabiduría occidental; no disponen en suma de las cualidades que este 
cultivo exige y que no se pueden improvisar. Una de las mayores dificultades con que 
han tropezado proviene de la necesidad en que se hallan de tener que estudiar desde 
la infancia los caracteres idiográfícos chinos. La representación en la memoria de 
algunos millares de tales signos, además de requerir bastante tiempo, encuadra las 
ideas y las orienta hacia un método de estudio muy diferente del nuestro. 

Comprendiéndolo así seguramente, los intelectuales y los gobernantes de aquel 
país acarician desde hace una década un proyecto significativo en extremo, pues se pro- 
ponen nada menos que abolir los caracteres chinos y romanizar la lengua. No es, sin 
embargo, probable que triunfe esta tendencia. En tanto China persista en conservar 
los caracteres de su lengua, el Japón se verá constreñido a seguir usando casi exclu- 
sivamente de los mismos, porque éste es el motivo más fácil y casi único de poderse 
entender con todos los pueblos del Asia oriental. Recientemente ha demostrado la 
práctica que, dadas las condiciones de vida del Japón, basta en la actualidad el cono- 
cimiento de dos mil vocablos para un hombre político y que mil doscientos [son sufi- 
cientes para cualquier hombre instruido. A esta última cifra queda limitado el estudio 
de los caracteres chinos en las escuelas elementales del Japón. 

Todavía China, y no el Occidente, tiene ceñida la mentalidad japonesa moderna. 
El despertar del Japón, a pesar del sedimento que en su psicología colectiva dejó la 
influencia china, es por muchos conceptos asombroso. El empuje creciente de su acti- 
vidad lo atestiguan la perfección de muchas de sus industrias, que invaden el mercado 
universal; y algunas de las manifestaciones de su arte admirable. 

En la esfera de la cultura sus progresos son, como hemos demostrado, incesantes 
y prueban de lo que puede ser capaz un pueblo cuando el interés de la comunidad 
flota sobre la individuación y ahoga al personalismo La civilización japonesa, pro- 
ducto a un tiempo de la acción individual y del impulso colectivo, revela la fuerza 
que consigue desplazar un pueblo al percatarse de la misión que le incumbe cumplir 
y al tener plena conciencia, o por lo menos la intuición, de lo que significa en cada 
momento de su historia. 

En la hora presente no existe en el mundo un ejemplo comparable a la evolución 
que se viene operando en el imperio japonés y que por lo rápida y brillante es única. 



LEYENDAS Y SUPERSTiaONES DEL JAPÓN 



169 



k 



La iraicrnidad social sostenida por el culto siiiioisia y elevada a la categoría del 
deber por la moral de Confucio, ha producido como efecto otra envidiable armonía 
y mutualidad que compendia el escritor japonés contemporáneo Suyematsu (1) en una 
de sus obras al decir: «no hemos necesitado hospitales ni asilos merced a la organiza- 
ción social y a las tradiciones filantrópicas que 
los hacían iniítiles.» Pero el contacto con la civi- 
lización europea ha coinunicado algo del egoísmo 
particular, de entibiamiento en los lazos sociales, 
además de ofrecerle sus modelos de protección, 
por lo que añade Suyematsu: «ahora empezamos 
a necesitarlos y a establecerlos; tal vez lleguemos 
a necesitar también las Ligas de defensa; la civili- 
zación occidental tiene su precio». La frase no 
puede ser más enérgica para expresar la influen- 
cia nociva que bajo este aspecto han recibido de 
Europa y Norte América. 

La alegría del sintoísmo, con la sobriedad en 
la alimentación y bebidas, ha contribuido a vigo- 
rizar el espíritu japonés, a almacenar la ener- 
gía vital que fué la causa de la victoria sobre 
Rusia, como dice Suyematsu. El budismo, por su 
parte, con su espíritu humilde y adversario a las 
vanidades mundanas, fusionado con el culto de 
Sinto que predica la sencillez de sus antepasados, 
ha influido notablemente en esta resignación va- 
liente que desprecia el placer, el dolor y la muerte, 
por ser todas esas emociones vanas; en la expre- 
sión constantemente modesta y serena; en rehuir 
los peligros del fausto; en ser sencillos en sus 
casas y en sus urbes y en todas las manifestaciones 

de la vida social. El obrero japonés no ha sentido tan intensamente esas diferencias de 
moradas que en las naciones dichas cultas le separan del patrono capitalista. Desde 
su pobre albergue ve el sol, divisa los paisajes y se regocija con el espectáculo todo de 
la Naturaleza (2). Entretanto la moderna arquitectura, que ha bebido en las fuentes ex- 
tranjeras, cuidará de ir desarmonizando esa democracia histórica, no del todo perfecta. 

La imitación que en los tiempos históricos hizo el Japón de la China, la ha reali- 
zado en las dos iiltimos centurias de los países europeos. El pueblo japonés no quería 
que le llamaran bárbaro y por esta razón violaba las costumbres sagradas cuando los 




Linterna de bronce en el templo de Shiba, ea Tokio 



(1) Suyematsu, Th^ Risen Sun, 2} edición (Londres, 1905). 

(2) Consúltese para el estudio del espíritu japonés a L. Hr arn-, Kokoro, 
1910). 



.ersión castellana. (.Wadrid, 



170 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

europeos solicitaban visitar la residencia del Mikado (1). Ellos se reconocieron atrasados 
y mandaron a la élite de los intelectuales a que estudiara en el extranjero. De Europa y 
Norte América importaron los adelantos científicos, pero las religiones no les infundie- 
ron igual entusiasmo. Los japoneses han creído que la moral cristiana era una pura 
farsa ante la conducta de sus creyentes, y no se han impacientado en imitarla. En cam- 
bio, envían los sacerdotes del país, budistas y sintoístas, a que estudien las formas de 
la ética de los diversos pueblos, con el objeto de que perfeccionen la moral indígena 
y eduquen a los creyentes nipones en una cultura correspondiente a la Edad contem- 
poránea. Las religiones japonesas por este camino tienden a convertirse cada día más 
y más en una práctica moral, y sus sacerdotes en guardadores de las buenas costum- 
bres. La moral es lo que más aprecian de su religión. A los europeos nos tienen por 
supersticiosos, debido a nuestro gran cúmulo de dogmas de fe y prácticas fanáticas, 
comparada con las cuales es ínfima la moral de los católicos. El principio de Confucio 
de regenerar el pueblo por la instrucción y educación, se muestra cada día más con- 
solidado. Su presupuesto de instrucción pasa de sesenta y tres millones, el número de 
maestros de noventa mil; en Tokio frecuentan la Universidad femenina más de seis- 
cientas alumnas. Los nombres y el culto de los antiguos moralistas podrán relegarse 
al olvido, pero quedarán sus efectos saludables. 

La mitología sintoísta se va desvaneciendo ante las enseñanzas de las ciencias 
naturales y de la evolución. Los jóvenes de nuestra época ven como pueriles cuentos 
las leyendas de sus antepasados. Pronto se registrará solamente en los textos históri- 
cos y del Folk-lore, lo que ha sido creencia de toda una religión nacional. Las antiguas 
supersticiones acerca de la deshonra por cualquier bagatela, se van disipando, siendo 
raros los harokisis, y no desesperándose la mujer por el roce de un extranjero. Las 
japonesas se unen temporalmente con los europeos de su agrado, y para ellas los 
hombres, en cuanto a su naturaleza, son los mismos. La mujer del Japón se interesa 
por la cultura y así vemos multiplicarse los centros de enseñanza destinados a la edu- 
cación femenina. 

No es pertinente tratar aquí de los progresos materiales en industria y comercio de 
todos conocidos, el cual es debido a la instrucción del país. Al Japón han sido llama- 
dos, como profesores, sabios de todas las naciones para que divulguen su ciencia, 
y hoy día son muchos ya los hombres ilustres hijos del país. Aumento de riqueza y 
cultura y disminución de supersticiones: tal es el proceso social del Japón en nuestros 
días, que conduce al camino de la dicha y el bienestar a sus habitantes. 

La vida intelectual en el Japón, actualmente es por demás intensa. Como en las 
demás esferas de la actividad, en los últimos lustros se ha operado en el orden de la 
producción intelectual de aquel país una sensible transformación. El resurgimiento 
de la civilización japonesa se transparenta en el gran impulso que ha ido adquiriendo 
la prensa (2). En 1878 se publicaban en el Japón 260 periódicos y revistas que en junto 
tiraban 28.000,000 de ejemplares. En 1900 veían la luz más de 2,000, cuyo tiraje ascen- 
día a 91.519,154 números. Los periódicos representaban una quinta parte próxima- 
mente de esta cifra fabulosa. Sólo en la capital, en Tokio, se publicaban más de veinte 

0) E. Cauda, I gtrmi della decadenza nipponica (Turín, 1911). 

(2) J. TÉBLA, Lejournalisme japonais, en La Revue, t. XXXVI (190n, págs. 418-31 y 565-72. 



LEYENDAS Y SUPERSTICIONES DPI. JAPÓN 171 

periódicos, algunos de ellos importantes, y que por mi c:>iimiuia y su presentación 
poco tienen que envidiar a sus similares de Inglaterra y ÍTancia. 

También en lo que va de siglo la producción literaria, técnica y artística, ha aumen- 
tado gradual y sucesivamente. Las revistas de esta índole con que cuenta actualmente 
están en relación con los periódicos en la proporción de cinco a uno. Entre estas 
publicaciones serias y cultas las hay que defienden las reivindicaciones del proleta- 
riado y los derechos de la mujer. 

Los progresos de la prensa se van acentuando de día en día al compás de U d^i.- 
vidad social que aumenta en complejidad y extensión. Algunos de los grandes órganos 
de la opinión japonesa pueden ser parangonados con los más acreditados rotativos de 
París y Londres, y teniendo en cuenta el modo de ser de aquel pueblo, cumplen a 
maravilla la misión informadora y en cierto respecto propulsora que está reservada 
i la Prensa en nuestra época. El Japón cuenta, pues, con esta gran fuerza intelectual 
y moral, cuyo extraordinario poder ha contribuido en no escasa medida a la transfor- 
mación y europeización del espíritu público, modificando las costumbres e infiltrando 
entre los elementos ilustrados las ideas occidentales y los adelantos de toda índole, así 
en lo que afecta a la cultura intelectual como a la vida material (1). 

El incesante intercambio de ideas y cultura de los japoneses con los europeos, está 
llamado a modificar hondamente el espíritu moral japonés. El socialismo europeo ha 
encontrado los afectos de simpatía entre los nipones que han facilitado su asimilación. 
Las formas de los Gobiernos liberales no dejan de ser conocidas por los japoneses, 
y llegará el día en que las ideas de libertad y de democracia surjan sus efectos. La 
ciencia va transformando la concepción de la existencia en gran nú«iero de estudiosos, 
preparando al pueblo para la Irreligión de Vavenir, de que nos habla el insigne Ouyau. 

El pueblo japonés ha entrado en la civilización contemporánea sin haber construí- 
do las artes góticas del misticismo cristiano y sin haber albergado en sus templos la 
tristeza y el éxtasis medioeval; sin las cruentas guerras religiosas que devastaron a Eu- 
ropa; sin la Inquisición y torturas que nos hicieron inhumanos, sin un Cristo redentor. 
Del naturalismo casi griego, y con un ligero paréntesis de espíritu caballeresco de los 
tiempos feudales, han pasado a la época utilitarista y científica de nuestros días. La 
evolución de este pueblo es digna de ser tenida en cuenta por su carácter especial y 
porque representa un tipo sui generis, en la psicología de los pueblos. 
(1) Yehro Ono, The industrial iransition ofjapan (Baltimore, 1890-92 y 93). 




CAPITULO VI 



Creencias de Corea y Tibet 

I. Posición topográfica y datos geográficos y estadísticos de Corea; su situación respecto de China y Japón 
y consecuencias de la misma. Demografía; castas y clases; forma de Gobierno; el soberano en Corea;j 
los nobles y sus exenciones; la clase media; un sindicalismo rudimentario; las asociaciones; la cías 
desheredada; la casta sacerdotal.— II. Tradiciones, supersticiones. Creencias de Corea: el culto al fuego 
de los primitivos habitantes. El budismo: reminiscencias de esta religión y su substitución por las 
doctrinas de Confucio; culto de los antepasados; culto y veneración al Sia-Trik. Templos de Confu- 
cio y de Buda; ¡bonzos y bonzesas; los charlatanes y adivinos; los ciegos como institución social; sus 
extrañas prácticas supersticiosas. Religión de la corte y de la clase alta; sacrificios.— III. El cristia- 
nismo [importado en Corea; vicisitudes de su introducción y evolución; su falta de arraigo y su adul- 
teración en las inteligencias coreanas. Nuevas tentativas para implantar la religión católica. Estado 
actual del catolicismo en Corea: datos estadísticos.— IV» El Tibet. El lamaísmo: reflexiones religioso- 
sociales acerca de él; psicología del Tibet. Los moradores del Si-kiang; costumbres del pueblo tibetano; 
esbozo de sociología tibetana; la [sociedad doméstica; carasterística del espíritu religioso tibetano. 
Origen de los pobladores del Tibet; un rasgo de predarwinismo; el dios de la sabiduría. La religión 
bon-po y la cosmogonía tibetana.— V. El budismo en el Tibet; los bonzos: historiografía, bosquejo 
psicológico: las cuatro ramas principales de esta secta; amalgama de espíritu religioso y voracidad 
mercantil; bonzesas. Proceso del desarrollo histórico del budismo; su importación de China; nueva 
fase del mismo con el nombre de lamaísmo; reformas de Tsonjapa.— VI. Tradiciones y ritos acerca 
de los lagos, montes y ríos sagrados. Los bodhisattvas^.— VII. Autoridades eclesiásticas; organización 
del clero. El Dalai-lama: ceremonias de su elecciónf los Khutuktus; los lamas, su educación y forma- 
ción intelectual y religiosa; Lassa, la metrópoli religiosa del Tibet.— VIII. Culto y ceremonias reli- 
giosas; fiestas anuales; ritos, funerarios.— IX. Países dependientes del Tibet. Resumen: el espíritu 
social tibetano. 

I 



p"n ü ^^^^ China y Japón ;se encuentra el pueblo coreano, habitando una prolon- 
gada península de 220,000 kilómetros cuadrados, bañada al Este por el mar 
del Japón y al Oeste por el mar Amarillo. Después de haber costeado por las 
risueñas y frondosas islas del Japón el navegante que llega sin transición 
ninguna a la vista de las costas meridionales de Corea, queda sorprendido de la 
aridez de las elevadas tierras que se ofrecen a sus ojos. Su asombro no es menor 
al experimentar el frío glacial y el calor tórrido en una latitud que no es, sin em- 
bargo, otra que la de Malta y la Italia meridional; en el mes de mayo vese aún nieve 
en las quebradas vecinas a las costas, y la baja temperatura, que en invierno es inso- 
portable, débese sin duda a la configuración montañosa del país y a los vientos que 
lo azotan procedentes de las heladas estepas de la Mongolia. De todas las montañas, la 
más elevada es la Paiktou-San (montaña de la cabeza blanca), emplazada en la larga 
cordillera de Chan-Yan-Alin, cordillera que separa de Corea, al Norte, la Manchuria 



v los territorios adquiridos por Rusia hacia el año de 1884. Según dicen los coreanos 
(pues ningún europeo se ha atrevido a hacer ascensión ninguna), en la cumbre de dicha 
montaña hay un precioso lago, cuyas aguas son negras y de una profundidad incalcu- 
lable; las nieves no la desamparan hasta el mes de mayo, viéndose desde muy lejos 
el resplandor que proyecta el gigante blanco, herido por el sol del Asia. Semeja 
la montaña un inmenso vaso que alza al cielo sus paredes blancas en el exterior 
V encarnadas en el interior. Entre los dos 
grandes ríos de Corea, el Am-no-kang, que 
desemboca en el mar Amarillo, y el Tou-man- 
kang, que va a perderse en el mar del Japón, 
hay una región montañosa, poblada de espesí- 
simos bosques, a la que no se ha dado aún 
nombre y en la que los bandidos de Corea, 
Manchuria y China viven (a manera de los 
úimosos héroes de los Pabellones Negros del 
Tonkín) formando una especie de Sierra More- 
na que da a menudo en qué entender a las 
lutoridades de los tres Estados vecinos. De la 
parte sur de este casi ignorado distrito fué de 
donde salieron hacia fines del siglo XII los 
lártaros, mongoles y hunos que se lanzaron a 
la conquista del Asia occidental y gran parte 
de Europa. 

La población de Corea, según el Nitchi 
Nitchi Chimboun, diario oficial de Yokohama 
(1884), se calcula en 7.294,367 habitantes; pero, 
como dice Reclus (1), según testimonio unáni- 
me de los coreanos, esta evaluación anda muy 
lejos de la realidad, porque los subditos del 
soberano de Corea se substraen al censo para 
eludir los impuestos. Dallet (2) cree que la 
península de Corea tiene más de diez millones 
de habitantes y Oppert (3) los hace ascender a 
quince o diez y seis millones (4). 

La presencia de innumerables fieras en este país indica que el hombre no se ha 
-•nseñoreado todavía de estas tierras: el tigre se pasea por los montes y llega hasta las 
ildeas, sirviendo de objeto de caza para el coreano, lo mismo que la pantera, el oso, 
el jabalí, etc. El coreano se nutre sobre todo de vegetales que cultiva; arroz, cereales, 
legumbres y frutas, figurando entre las carnes, por ser muy apreciada, la del perro (5). 




n dios Dnjo 



(1 ) Nouvelle Géographie Universelle (París, 1882), t. VII, pág. 664. 

(2) Histoire de l'Eglise de Coree (París, 1874). 

(3) A forbidden land (Londres, 1880). 

(4) Según el Almanaque de Gotha (1913), son 13.461,299. 

(5) Basil Hall, Account of a voyage of discovery to the west coast of Corea (Londres, 1818). 
Tomo 1,-23. 



174 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



Su situación geográfica explica que Corea sirviera de medio de comunicación 
entre China y Japón a través de la historia, y que por lo tanto recibiera la influencia 
civilizadora de aquellos pueblos. Efectivamente, Corea se apropió las formas de admi- 
nistración, las creencias religiosas y gran número de costumbres de China. Kitzu, 
tío del último emperador Chang, fué rey de Corea; más tarde se hizo independiente, 
durante las seis primeros siglos de la Era vulgar, pasando aquélla en el año 667 a 
ser provincia china otra vez. Desde entonces fué feudataria de este imperio, hasta 
que el Japón, en el siglo XIX, puso término a dicho feudo. Más tarde, Rusia intentó 




Sacerdotes budistas en meditación 

apoderarse de varios puertos; pero en la última guerra rusojaponesa, los nipones im- 
pusieron su protectorado y anexión. Corea facilitó en los siglos pasados a los japone- 
ses los elementos de civilización que había recibido de China. 

Esta región, una de las más desconocidas del mundo, «el reino solitario», como le 
llamó un escritor, «la tierra prohibida», según otro, sin relaciones políticas con los 
demás países, sin historia y casi sin tradiciones, fué conocida por los europeos, por vez 
primera, con ocasión de unos fugitivos holandeses que llegaron a Europa en 1668, los 
cuales, habiendo naufragado en las costas de Corea en 1653, sufrieron allí un cautive- 
rio de trece años. Pero hasta el siglo XIX no fué visitada por expediciones europeas (1). 

A semejanza de la India, la sociedad coreana se presenta dividida en castas. Cada 



(1) Para todo lo que concierne a los ritos, prácticas, costumbres, etc., de Corea, nos hemos inspirado 
en las tres obras más importantes y relativamente más modernas que existen y son: 1.°, History of Corea 
ancient and modern, with description of manners and custums, language and geography, por John 
Ross (Paissley, 1880), 1 t. en 8.^ con mapas y grabados; 2.°, Aforbidden land; voy ages to the Corea, with 



CREENCIAS DE COREA Y TIBET 



175 



individuo, segiin el bogaren que ha nacido, está dotado de ciertos privilegios o faltado 
de los derechos humanos. La forma de Gobierno es la monarquía absoluta; el rey 

ejerce una autoridad sin límites sobre los individuos, las cosas y las instituciones, 
y recibe del pueblo honores casi divinos. Está prohibido bajo severas penas pronun- 
ciar su nombre, pero esta prohibición es fácil de observar, pues al soberano no se le da 
definitivamente nombre alguno sino después de muerto, corriendo esto a cargo de su 
sucesor. Prohibido está también tocarle, y jamás el hierro puede acercarse a su cuerpo, 
dándose el caso de morir por no haber nadie, siquiera sea facultativo, que se atreva a 
operarle, como sucedió en 1800, en que el rey Tieng-Tsong murió de un absceso por 
no haber médico alguno 
que se atreviese a operarle 
con bisturí. El soberano he- 
redero de la corona, al lle- 
gar a la edad de doce años, 
es confinado al serrallo, en 
donde los ministros, para 
poder gobernar a su antojo, 
le dejan en manos de sus 
mujeres y favoritas. Por una 
singular costumbre, el so- 
berano está obligado a man- 
tener a los pobres de la ca- 
pital; el censo de 1845 con- 
taba 450 ancianos pobres 
que vivían de las limosnas 
reales. Los palacios reales 
hallánse repletos de muje- 
res y de eunucos; las prime- 
ras se reclutan de todas partes a elección del soberano; mientras que los segundos no 
son admitidos sino después de haber probado, previo examen, su habilidad para des- 
enredar la trama de los complots femeninos; si desempeñan bien su cargo, se les con- 
ceden altas dignidades. 

El Estado se divide en tres clases: nobles, plebeyos y esclavos. Los nobles descien- 
den, en su mayor parte, de los que hace cinco siglos pusieron en el trono al fundador de 
la actual dinastía; ellos monopolizan los servicios públicos y tienen ciertos privilegios, 
como el de que sus nombres no consten en las listas de reclutamiento para la forma- 
ción del ejército, la inviolabilidad de sus domicilios y personas, el de llevar el casquete 
de crin, que es el distintivo de su cargo. Son tan numerosos y saben asociarse tan a ma- 
ravilla para conservar los privilegios de su casta, que ni el pueblo, ni los mandarines, 
ni el rey mismo, pueden luchar con ellos con ventaja; cuando un gran señor se halla 



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Palio interior de un convento 



an account of its geography, hisíory, productions and commercial capabilities, por Ernest Oppert 
'Londres, 1880), 1 t. en 8.**, con dos mapas y 21 ilustraciones (ambas obras se citan con elogio en 
your/7a/ >ls/a//9üe, serie 7.«, t. XVIf.págs. 270-74); 3.°, Histoire de VEglise de Coree, por Ch. Dallet 
(París, 1874), 2 t.; la mejor obra que se ha escrito acerca de Corea. 



176 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



falto de dinero, envía a sus criados a que prendan a un comerciante o a un artesano 
cualquiera, y obtenido de él a las buenas el dinero deseado, le sueltan; de lo contrario 
le sitian por hambre y aun le apalean hasta arrancarle el dinero. La masa popular tiene 
un profundo respeto para los nobles; los jinetes plebeyos les ofrecen el caballo cuando 
les encuentran a su paso y apenas se les puede mirar ni interrogar. En sus manos 
se hallan los principales empleos, siendo además la clase más instruida en las ciencias 
y en la literatura chinas. No sin razón un ingenioso caricaturista coreano representó, 
en cierta ocasión, a su país en un hombre con cabeza y piernas completamente secas 
y con un pecho y vientre hinchados a punto de reventar: la cabeza era el rey; las pier- 
nas, el pueblo; el pecho y vientre, los fun- 
cionarios y la nobleza, que arriba reducen 
al rey a la nada, y abajo chupan la sangre 
del pueblo. La nobleza militar ocupa el 
rango subsiguiente a la nobleza civil. 

Entre la nobleza y el pueblo propia- 
mente dicho, hállase la clase media, com- 
puesta de las familias que desde tiempo 
inmemorial desempeñan cerca del Gobier- 
no cargos especiales, como los astróno- 
mos, intérpretes, médicos, etc. Sigue des- 
pués el pueblO; que no goza de ninguna 
influencia política; fórmanlo los artesanos, 
los labradores y pastores. Entre ellos, 
como en todo elemento supeditado a otro 
más fuerte, late un espíritu de protesta que 
se manifiesta en las corporaciones creadas 
entre los de un mismo arte, para defen- 
derse de la tiranía de la clase alta y aun 
del monarca, en caso de necesidad; y para 
formar parte de tales asociaciones basta pagar una cuota de mayor o menor importan- 
cia, según la posibilidad de cada uno. Reclus (1), comentando a Dallet (2), dice que 
todas las castas y corporaciones tienen entre sí un gran espíritu de solidaridad y saben 
conquistarse de esta manera el respeto de los otros grupos; los mozos de cuerda y 
porteadores en general, han llegado a constituir otro Estado dentro del Estado; tienen 
sus reglamentos y estatutos propios, y cuando no se les hace justicia o no se atienden 
sus reclamaciones, abandonan el país, dejando paralizado el tráfico, y para que se 
decidan a volver al país y al trabajo, el comercio se ve obligado a someterse a sus 
imposiciones; hermoso ejemplo de sindicalismo bien organizado, tanto más de admi- 
rar cuanto que se trata de un pueblo en que el espíritu moderno no ha entrado aún. 
Forma sección aparte la casta sacerdotal, de la que hablaremos al tratar de la reli- 
gión; aquí sólo haremos observar un fenómeno raro respecto de los bonzos o ministros 
del culto búdico, y es que mientras que en la China mangonean muchas veces los 

(1) Nouvelle Üéographie Universelle (París, 1882), t. VII, pág. 671. 

(2) Obra citada. 



I 




Retrato de sacerdote coreano 



CREENCIAS DE COREA Y TIBET 



177 



asuntos de palacio, y que como representantes de una religión dominante en casi todos 
los países, ocupan puestos privilegiados, en Corea pertenecen a una casta inferior 
a todas las citadas, siendo verdaderos parias, al igual que los obreros de las industrias 
de curtidos, metalúrgicas, etc. Existen también esclavos que a pesar de estar en manos 
de las otras clases sociales, pueden adquirir su libertad con cierta indemnización. 
Parece incompatible la existencia de 
castas con la profesión del budismo, 
cuyo innovador pretendió borrar en 
la India (el país de las castas) las di- 
ferencias que existían entre los hom- 
bres, y ello nos ofrece un verdadero 
ejemplo de la falta de adaptación de 
la religión budista al espíritu corea- 
no. Más desprecio existe todavía hacia 
la mujer, a quien parece que no se la 
considera ser humano, pues carece 
de personalidad jurídica y de nombre; 
es objeto de compra y venta como 
cualquier objeto, y el marido puede 
hacer de ella cuanto se le antoje: en- 
cerrada en su casa, sin poder respirar 
más que el aire nocturno, ama su escla- 
vitud y no anhela a su redención (1). 

Podría tal vez explicarse la sepa- 
ración de las clases populares en 
castas, teniendo en cuenta las diver- 
sas razas que integran la población 
coreana. M. S. Zaborowski (2) hace 
notar que entre las clases deshereda- 
das se encuentra un tipo distinto del 
europeo y del amarillo braquicéfalo, 
con la nariz achatada. 

En la familia, la monogamia es la 
forma preponderante del matrimonio, 
ofreciéndose algunos casos de poliga- 
mia, especialmente entre la clase elevada. Pero aquí no aparecen los casos de polian- 
dria que tan comúnmente se hallan en otros países asiáticos, como el Tibet, Ceilán, etc. 




Kwunon, diosa de la clemeacia 



Las leyendas de Corea tienen rasgos de las ideas brahmanistas, caracterizadas por 
su remota antigüedad. Efectivamente, sabemos que el animal sagrado de la India es la 



(1) Ly, Annales de la Propagation de la Foi (1836). 

(2) La Grande Encyclopédie, t. XII, pág. 961. 



178 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



vaca, como de Egipto lo fué el buey; igualmente el pueblo coreano cree descender de 
una vaca que vivía en las playas marítimas (1). Las clases nobles, en su orgullo, no 
quieren reconocer esta tradición popular y se dicen hijos del sol. La serpiente es objeto 
de un temor supersticioso, y no hay coreano que se atreva a matarla. Otra superstición, 
generalizada por toda la península, es que en la isla Dagelet o Sousima existen seres 
monstruosos, habiendo llegado a prohibir el Gobierno los viajes a la misma; a pesar 
de lo cual, no han faltado incrédulos que la han penetrado para sentar en ella sus reales 

con el objeto de cultivar sus tierras. El primitivo 
culto del fuego, elemento adorado por casi todos 
los pueblos en sus aborígenes, existe también en la 
península coreana. El ama del hogar cuida, cual vestal 
moderna, de la conservación del fuego, procurando 
que no se apague la lumbre, cuya extinción signifi- 
caría la desgracia de la familia en lo [sucesivo (2). El 
fuego que las razas primitivas veneraban profunda- 
mente como alrna de las industrias de sus metales, 
como preparador de sus alimentos, como dispensa 
del calor que acaricia el organismo humano en las 
heladas épocas del invierno, perdura siendo objeto 
del ritual religioso. Pero cuando la civilización avan- 
za, se practican sólo por rutina las ceremonias íg- 
neas, no se considera al fuego como a ningún dios, 
sino como un elemento dotado de un mágico poder 
capaz de influir en la existencia del hombre. En 
Corea es la familia la que conserva el culto al fuego, 
para ello no existen sacerdotes. Este carácter fami- 
liar de la religión es peculiar a todo el Oriente; ya 
lo hemos visto en la religión de los lares de tártaros 
y mongoles en la China. En los cambios de estacio- 
nes y otras fechas señaladas precisa que se cambie el 
fuego, se ha de renovar la lumbre que existe en el brasero sagrado; para ello se en- 
ciende el fuego virgen por el roce de dos palos y se apaga el antiguo. Esta renovación 
del fuego no es exclusivo ritual de los pueblos asiáticos; la religión católica lo posee 
como una de sus ceremonias que la Iglesia celebra en la fiesta de la Pascua (Sábado 
Santo) en la que el sacerdote bendice el fuego nuevo que se enciende después de la 
Resurrección. Zaborowski hace notar que en las aldeas y en las tribus montañesas se 
adora todavía al sol, la luna y otros astros (3). 

En el año 372 fué introducido el budismo en Corea, procedente de la China. El 
monje Chuntao trajo las primeras imágenes de Buda y los primeros textos sagrados, 
instruyendo a varios jóvenes coreanos en las doctrinas de aquel reformador, habiendo 
salido de entre ellos los primeros bonzos coreanos. Los monjes budistas no fueron 

(1) RosNY, Les Coréens (París, 1886). 

(2) Garles, Ufe in Corea (Londres, 1888); Ross, History of Corea (Paisley, 1879). 

(3) Ob. y lug. citados. 




Bonzo mendigo 



CREENCIAS DE COREA Y TIBET 



muy bien recibidos ni por los habitantes ni pur el üubiLi iiu; no se les perniiua lijar 
su residencia dentro de las poblaciones, viéndose obligados a levantar sus conventos 
V templos fuera de las murallas. De distinta manera que en el Tibet, los bonzos budis- 
;.is se entregan a la más rigorosa austeridad. Los monjes jóvenes atienden a su sub- 
MStencia ya procurándose recursos instruyendo a jóvenes del país, ya dedicándose a 
algún comercio; los viejos viven de la limosna (1). Como se ve, no se atienen a los 
verdaderos cánones búdicos que obligan a 
la mendicidad y prohiben toda otra ocu- 
pación. 

La clase de budismo profesado en 
Corea puede decirse que es el mismo que 
el de China, aunque poseamos escasos 
datos del mismo. Verifican el culto de los 
budas vivientes, es decir, de otros seres 
que aparecen de cuando en cuando por 
una especie de metempsícosis. Los días de^ 
luna nueva y luna llena confiesan los mon- 
jes sus pecados, y en resumen se entregan 
a las otras prácticas comunes del budismo. 
Esta, pues, fué la religión de Corea hasta 
el siglo XIV, en que la suplantó la religión 
de Confucio, o el confucianismo, viniendo 
en cierta manera a ser la religión oficial. 
Para la masa del pueblo, consiste ésta en 
el culto de los antepasados y en la obser- 
vancia de cinco deberes, a saber: la obe- 
diencia al rey, el respeto a los padres, la 
fidelidad conyugal, la piedad para con los 

ancianos y la amistad. En cuanto a los letrados, éstos añaden el culto de Confucio y 
de los grandes hombres, la veneración de los libros sagrados de la China, y, final- 
mente, el culto a Sia-Trik, o genio del reino, al que unos suponen el Ser Supremo, 
otros el Cielo, ignorando la mayor parte su significación y dándole un culto rutina- 
rio. Lo cierto es que a él invocan en demanda de lluvia, y que su templo es el más 
sagrado y venerado de la capital, ocupando el segundo lugar el templo en que se 
guardan las tablillas de los antepasados de la dinastía reinante. En cada distrito hay un 
templo de Confucio; son pequeños edificios en los que los letrados tienen sus reu- 
niones y ofrecen sacrificios a los genios en el novilunio y pleniluvio. Hállanse tam- 
bién algunas pagodas búdicas en las que los bonzos se esfuerzan en perpetuar las 
doctrinas de Fo (Buda); pero esta religión está en plena decadencia. Hay también mo- 
nasterios de bonzesas, las cuales, lo mismo que los bonzos, están obligadas a guardar 
continencia durante su estancia en las bonzerías, pues la ley castiga con pena de muerte 
a la bonzesa que pare; pero como quiera que la ley no las obliga a permanecer perpe- 
tuamente allí, cuando están cansadas de la vida de retiro, lo abandonan. 

(1) Cantú, Historia Universal, i. III, pág. 385, traducción española por N. Fernández CucsU. 




SI patrurcA budista Dharma 



180 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



Es incontable el número de charlatanes, astrólogos de pacotilla, farsantes y adivinos; 
pero los que mayor negocio hacen en este particular son los ciegos, los cuales ejercen 
desde niños, transmitiendo sus secretos y artes supersticiosas a sus hijos también cie- 
gos. En la capital forman una corporación poderosa que paga su impuesto al Gobier- 
no: llámaseles para predecir lo futuro, para revelar las cosas secretas y sobre todo para 
expulsar al demonio, ya en los casos de epilepsia (los que atribuyen a una invasión del 
demonio en el cuerpo), ya en otras mil circunstancias en que hacen entrar a este mal 
espíritu como factor importante, pues el coreano ve en todas partes al diablo, atribu- 




Danza religiosa de peregrinas coreanas 



yéndole, en su fanatismo, todos los fenómenos físicos y naturales. En el caso de un epi- 
léptico, se hace necesario el concurso de tres o cuatro ciegos a la vez; las ceremonias que 
hacen son de lo más extravagante; a semejanza de los iluminados de ciertas sectas ára- 
bes, entran gradualmente en una extraña exaltación o frenesí y arman un desacompasa- 
do concierto de aullidos, «capaces de espantar en realidad a todos los diablos del infier- 
no», como dice con gracia Daveluy (1); el exorcismo dura a veces varias noches segui- 
das, consiguiendo finalmente los ciegos expulsar al espíritu maligno, el cual, según 
ellos dicen, se ve obligado a refugiarse en una olla o en una botella que uno de ellos 
lleva en la mano, dispuesta a este efecto. Durante la ceremonia se ofrecen al espíritu 
maligno toda suerte de manjares a cual más suculento, sobre todo si el epiléptico es de 
familia rica; y no hay para qué decir que dichos platos van al estómago de los ciegos, 
cobrándose así su trabajo, además de la cantidad en metálico que perciben, la cual está 
en relación con el número e intensidad de los aullidos que han dado sobre el enfermo. 
(1) Annales de la Propagation de la Foi (julio, 1848). 



CREENCIAS DE COREA Y TIBET 



181 



lí^ualmente que en el imperio chino, los literatos y la corte profesan el racionalismo 
de Confucio, o mejor, el Joii-Kiao. ('.omo el emperador celeste, el rey de Corea maneja 
el arado en un campo cuando se efectúa la siembra, cuyo fruto es consagrado para los 
sacrificios que prescriben los ritos de su religión. Estos se verifican públicamente en 
la capital, Seoul, por los funcionarios de la corte; las víctimas consisten en carneros y 
cabras, animales considerados como sagrados en el confucianismo. En el solsticio de 
invierno, el emperador entra solemnemente en el templo del Cielo para celebrar la fiesta 
de la religión del Estado (1). 
Los sacrificios se dirigen a 
una infinidad de seres: al 
cielo, a la tierra, a los ante- 
pasados, a los dioses Chié-isi 
protectores de la siembra, a 
los astros, a los monarcas 
difuntos, a Confucio, a los 
fenómenos de la naturaleza; 
lluvias, vientos, etc.; a los 
montes, ríos, etc. Verdadera- 
mente, Confucio para nada 
alude a Dios en sus obras, ni 
proclamó culto alguno a tan 
variado número de objetos, 
que tienden más bien a fana- 
tizar a los ciudadanos que 
no a dignificarlos, propósito 
del gran comentador chino. 

III 

Como todos los demás 
países de Oriente, Corea no ei dios Hacimnaa 

quedó exceptuada de la pro- 
paganda del cristianismo, que los Estados europeos cuidaron siempre de hacer por 
medio de las misiones. En el reinado de Tay-sung, célebre emperador chino, fué cuan- 
do por primera vez el cristianismo penetró en la China, por la llegada del sacerdote 
nestoriano O-lo-pen, siendo acogido entusiastamente por el emperador, el cual le 
liando introducir en su palacio, hizo traducir los sagrados libros que aquel sacerdote 
raía, y considerando las máximas sagradas y revelaciones de los mismos como verda- 
leras, publicó un edicto en favor del cristianismo, decretó que se levantaría un templo 
n favor de la nueva religión y que éste tendría a su servicio veintiún sacerdotes (2). 
Según un monumento erigido al cristianismo en Singanfu, la protección a las doctri- 
nas cristianas continuó por los emperadores siguientes, y el conocido con el nombre 

(1) Grii Fis, The hermit Nation (Londres, 1882). 

(2) C. Canil, Obra citada; Oppert, A forbidden Land (Londres, 1880). 
Tomo I . — 24. 




182 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



de Kao-suiig, sucesor de Tay-sung, mandó construir iglesias en todas las ciudades. 
Como en esta época pasó á poder de los chinos la península de Corea, podría ser 
que los misioneros cristianos extendieran su propaganda hacia aquel país; pero dada 
la incultura de los coreanos no podían asimilar los principios de una religión evolu- 
cionada en alto grado, cual es el cristianismo, por lo que no se conocen huellas del 
mismo en Corea, si es que los sacerdotes de esta religión penetraron en este país 

durante aquella época (1). 

Un argumento en favor de que el cristianismo no era 
comprendido en aquellas tierras, ni siquiera por los chi- 
nos, mucho más civilizados, lo prueba la inscripción que 
figura en el monumento de Singanfu citado. En ella se 
refieren los principios de la revelación con una especie 
de vaguedad bíblica: refiriéndose a Dios, dice: «Formó una 
cruz para determinar las cuatro partes del mundo: fundó 
el viento primitivo y engendró dos materias. El vacío te- 
nebroso fué cambiado y aparecieron descubiertos el cielo 
y la tierra. El sol y la luna completaron sus revoluciones 
formando el día y la noche. Ejecutó con su trabajo diez 
mil cosas (2)». Este párrafo referente a la creación, nada 
puede agregar a la mentalidad china, la cual creía ya antes, 
que un ser lo había creado todo, aunque de un modo 
especial. La vaguedad es grande, igual que los que hacen 
referencia a la naturaleza de Dios; pues añade: «El siem- 
pre verdadero, solitario, primero entre todos, sin origen, 
profundamente inteligente, vacío...» Tales conceptos con- 
tradictorios revelan la mala disposición de aquel pueblo 
para comprender los dogmas del cristianismo y patenti- 
zan una vez más que una religión para adaptarse a un 
pueblo ha de poseer un fondo moral asimilable a su men- 
talidad. Por lo que afecta a las concepciones metafísicas, 
éstas no se imponen si antes no se concebían en algún 
grado semejante. Por esto las sectas cristianas no arraigaron en los pueblos orientales, 
a pesar de la gran propaganda hecha en su favor. 

Henri Cordier (3) remonta los principios del cristianismo en Corea a la invasión 
del emperador Tai-Ko-Sama, en el siglo XVII, de una manera problemática, y la fecha 
cierta de su introducción oficial a la misión del P. Jacobo Tsiou, procedente de Pekín 
en 1794, el cual fué martirizado en 1801. Desde aquella fecha numerosos misioneros 
frecuentaron el país, encontrando gran número de ellos la muerte en la predicación 
de sus doctrinas (4). Desde luego la aversión de los coreanos contra los misioneros 
era quizá debida principalmente a que fueran extranjeros, más bien que por proclamar 




loaata presentando una ofrenda 



(1) Ross, Notes on Corea (Shangai, 1884). 

(2) Herbelot, Biblioihéque Oriéntale, (París, 1697, pág. 375). 

(3) La Grande Encyclopédie, t. XII, pág. 963. 

(4) PiACENTiNi, Mgr. Ridel {Lyón, 1890). 



("KIüNCIAS DE CORTA Y TIMIT 



183 



una docUiiia lu.i.s cu un piicl)lu muy poco devoto y rrtran, !(, lo cjuc sean reli- 

giones y sacerdotes. Eji 1831 formó Corea un vicariato ih i : ;. la católica, para el 
que fué designado el obispo Bruguiére. En 1839 y en 1860 se desplegaron dos violen- 
tas persecuciones contra los misioneros cristianos, la última de las cuales dio lugar a 
una intervención francesa. Según datos estadísticos de 1907, la situación de las misiones 
itólicas en Corea es la siguiente: 1 obispo; 46 misioneros franceses; 10 sacerdotes 
oréanos; 11 Hermanas francesas; 41 Hermanas coreanas; 72 escuelas con 1,014 alum- 
nos; 5 escuelas con 261 niñas; 379 huérfanos recogidos por particulares; 2 farmacias; 
un seminario con 22 preparandos y 9 escolares de teología; 48 iglesias o capillas; 
^31 parroquias en 48 distritos; 63,340 cris- 
tianos bautizados; 5,503 catecúmenos en 
instrucción. 



IV 



En el Tibet existe el foco de una secta 
cuyos adeptos forman una de las legiones 
de creyentes más numerosas del mundo: 
el lamaísmo o budismo tibetano, creencia 

xtendida asimismo en la Mongolia. Por 

n conjunto de ritos es la más parecida 

1 catolicismo; y sus pagodas reflejan a 
maravilla el ascetismo junto a la especula- 
ción mercantil, rasgos que fueron siempre 
la característica de los cenobios cristianos. Es una religión mística en esencia, que 
desprecia este mundo para entregarse a la contemplación espiritual extática; si bien en 
este país el lujo y ostentación de los templos, así como el carácter de sus habitantes, 
no dicen mucho con sus principios. 

Desde el punto de vista psicológico representa una de esas crisis mentales y ner- 
viosas, traducidas por una depresión aniquiladora del espíritu y la primera etapa del 
instinto suicida: el aborrecimiento de la existencia. Todos los fenómenos sociales se 
corresponden: sumisión fiel de los subditos a todos los extravíos de los directores 
espirituales, gobierno teocrático que representa la desaparición de la sociedad civil, 

sa forma psicológica social, alma del desenvolvimiento de los pueblos. El fenómeno 
no es originario del Tibet: la psicoepidemia o contagio mental se propagó desde la 
India, encontrando en aquellas alturas un país apropiado para su difusión, por la 
inclemencia del clima y por la miseria y el atraso de sus moradores. 

En la meseta del Tibet, situada al norte de los colosales montes Himalaya, elevándose 

t una altura de cuatro y cinco mil metros, bajo una débil presión atmosférica que 

penas da aire para respirar y en una temperatura glacial, habitan una serie de tribus 
cuyo preponderante lazo social es su fanatismo religioso. Recordando a sus nómadas 
antepasados, gran parte tibetanos, habitan todavía en tiendas de campaña cuya cubierta 
tejen con los pelos de yak, bóvido muy extendido en aquel país. Los habitantes de 




Shin-ran, fundador de la secta budista que llera su nombre 



184 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

la ciudad residen en casas de dos o tres pisos, construidas de piedra (1). El pastoreo 
del yak y del carnero es la principal ocupación de aquel pueblo; la agricultura se 
reduce a la siembra de la cebada y trigo, en los valles templados; la industria, cuyos 
principales centros son Lhassa y Derigyé, consiste en el curtido y preparación de pieles 
y elaboración de metales: el subsuelo tibetano entraña grandes riquezas sin explotar, 
debido a la falta de estudios geológicos de los indígenas y la aversión tan grande a los 
extranjeros, que no permite la entrada de europeo alguno. Esta falta de expansión 
social y de relaciones con los pueblos civilizados explica el gran atraso en que vive 
aquella región. 



El organismo familiar en ellos se halla en un período primitivo. El hijo mayor, 
heredero de todos los bienes familiares, es quien asimismo tiene en propiedad las; 
mujeres que desposa. Si, como frecuentemente sucede, casa con una sola mujer, todos' 
los demás hermanos cohabitan con ella, existiendo por lo mismo una poligamia muy 
extendida que no ha cedido ni ante el espíritu religioso del budismo más perfecto 
y elevado que las antiguas creencias tibetanas (2). En las familias acomodadas, en 
las que el heredero puede mantener a varias esposas, la poliandria se mezcla con 
la poligamia, participando los hermanos de las mujeres que el primogénito les per- 
mite. Sólo en las familias acomodadas en que se concede parte de la riqueza a cada 
uno de los hijos, forma cada uno de éstos un hogar separado, con su propia esposa e 
hijos (3). 

Este grado de cultura doméstica nos indica claramente lo rudimentarios que entre 
ellos son los efluvios cordiales, las afecciones cariñosas y la simpatía entre los indivi- 
duos que componen la sociedad. Basándose el espíritu religioso en el sentimiento del 
individuo, el sectarismo de los tibetanos forzosamente ha de ser impulsado por senti- 
mientos rastreros. Este es el principio que todo investigador de las religiones ha de 
tener presente al trazar los rasgos de fervor de cada país. No es el nombre de la religión 
lo que nos indica el espíritu del pueblo y el aspecto de la secta, sino la cultura de sus 
habitantes. Son muy distintos los católicos españoles intolerantes y fanáticos de los 
católicos que pueblan los Estados Unidos, los cuales están poseídos de un gran res- 
peto para las creencias ajenas (4). En el Tibet el lujo y ostentación del culto fascina al 
público y le subyuga, haciéndole contribuir materialmente al sostenimiento del mismo; 
pero puede decirse que el espíritu religioso del budismo no sale de los conventos: son 
casi exclusivamente los monjes los que se entregan al Nirvana. 

Hay motivos para admirar a los naturalistas partidarios de la evolución en la ima- 
ginación de los tibetanos, los cuales, desde los más remotos tiempos, profesan la creen- 
cia de que sus antepasados, los aborígenes de la humanidad según ellos, fueron seres 
de los grupos de los simios; con gran satisfacción afirman que descienden de un 

(1) Desqodins, Noüce sur le Tibet, en Bull. de la Soc. Géograph. (1871). 

(2) Jacobi, Der Buddhismus und seine Geschichte (Leipzig, 1882). 

(3) BoNVALOT, De París au Tonkin (París, 1892). 

(4) Véase Congreso de las religiones en Chicago, en el Boletín de la Institución Ubre de Enseñanza 
(Madrid, 1900). 



CRÍ-l-Ní I \^ hl CnUl 



185 



par de monos, de Saam-mctclün el maclio y su lu-mhra Raktcha (1). Aunque el para- 
lelo esté ivAz^áo grosso modo, no por eso deja de sií^nificar la penetración comparativa 
de aquel pueblo para comprender las cualidades comunes que unen al hombre infe- 
rior con los antropoides. El explorador Saehrijí pretende encontrar una gran semejanza 
en los rasgos fisonómicos de los tibetanos y los de los monos, de los cuales se dicen 
descender (2). Existe la tradición de que el dios de la sabiduría, Yam-yang, el cual tenía 
por residencia la luna, enseñó a los demás dioses que para crear el hombre era preciso 
que un dios y una diosa tomasen la figura de monos. 
Estos animales abundan en el Tibet, y, como ellos, los 
mongoles tienen el principio de la nariz muy hundido, la 
boca grande y las extremidades superiores muy desarro- 
lladas, por lo que quizás encontraría alguna semejanza 
Saehrig entre ambos. 



Entre las múltiples creencias tibetanas se halla la 
Bon-po, cuyos secuaces adoran los lagos, los montes, el 
sol, y diversos fenómenos naturales como manifestacio- 
nes de su dios. El bonpoísta, unido íntimamente a la Na- 
turaleza, rinde adoración a los campos que le sostienen, 
al bosque que le ofrece animales para su nutrición y su 
industria, al astro vivificador, etc.; pero esta creencia for- 
talecedora no es pura, sino que se ha mezclado con fe 
budista. Según sus creencias, el Dios creador de todo 
lo existente se unió con otro del sexo femenino, y de la 
unión de ambos salieron los hombres primitivos, o pe- 
queños dioses, y asimismo la tierra. Ese matrimonio di- 
vino en la imaginación de los antiguos no significa pre- 
cisamente la unión de dos seres semejantes al hombre. Clavel (3) cita un fragmento 
de Creuzer en el que expone que, ante la contemplación de la fertilidad de la tierra, 
el hombre primitivo creyó que el cielo y la tierra venían a ser como seres de distinto 
sexo; el cielo, masculino, tiene como principio fecundante el sol, el cual emite los gér- 
menes de reproducción en los «fecundísimos senos de la luna» la cual los envía a la 
tierra, ser femenino. Ese poder reproductivo fué simbolizado por los órganos de 
la generación en la antigüedad, cuyos símbolos o Lingam hemos visto venerados 
en la India y volveremos a encontrarlos en Egipto y los imperios de Grecia y Roma. 

Considerado, pues, el hombre de origen divino, nada tiene de extraño que a seme- 
janza de los chinos rindan culto a sus antepasados, poseyendo cada familia su divinidad 
peculiar. En sus templos y monasterios existen, a semejanza de los budistas tibetanos, 

(1) BusHELL, The early history of Tibet, en ¡ourn. R. A. S. of Great Britain, 1880. 

(2) S. A. Buchón, Hist. um'verselle des Religions (Tibet, por Ch. Casson, t. II, pág. 290j; B. Hodü- 
soN, Tibetan type of Mankind, en Journal of Asiatic Socieíy of Bengaí (1848). 

(3) Clavel, Historia pintoresca de las Religiones. Traducción española del doctor Vicente, intro- 
ducción, pág. 8 (Madrid, 1845). 




Pagoda badiea 



186 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



los célebres cilindros o molinillos de oraciones, que contienen en su interior escri- 
tos sagrados, y que se hacen rodar, ya a mano, ya por medio de fuerza hidráulica, 
girando en el sentido de izquierda a derecha. Cual religión organizada, poseen sacer- 
dotes que viven ya en monasterios, ya en ermitas o. entre los seglares, dedicándose a 
la adivinación y nigromancia (1). Aunque residan en monasterios, los sacerdotes bon- 
poístas no por esto están sujetos al voto de castidad. 

La creencia bon-po se extiende sobre todo en las regiones del Este del Tibet. Como 
en los demás pueblos orientales, es general la creencia en genios que vuelan por los 
espacios en forma de espíritus, estando caracterizados una parte de ellos por ser 
genios benéficos, en tanto que los restantes atentan al bienestar de los hombres y han 

de ser ahuyentados por medio de exorcis- 
mos. Los tibetanos les dan el nombre de 
gases y los imaginan bellos, de gran es- 
tatura y de aspecto imponente: estos genios 
están divididos en nueve categorías o clases; 
pero lo contradictorio es que crean que el 
principal de los genios maléficos, Gougor, 
protege al mundo y a la religión. 



V 



Sabido es que la cuna del budismo no 
fué el Tibet, y que, por lo tanto, su existen- 
cia en este país se debe a la importación 
del mismo de la India, que fué su foco de 
origen. Todos los escritores están acordes acerca de la época y del modo cómo se ex- 
tendió el budismo en el Tibet, traído por el ministro de los tufanes tibetanos, Thon-mi- 
Sambota o Tuomi-Samburda, en el año 632 de nuestra Era. L. Feer (2) menciona una 
tentativa infructuosa para la intromisión de la reforma budista en el Tibet en el año 330. 
Conócese también otra misión enviada por el ex emperador de la India Asoka Piya- 
dasi, después de haberse celebrado el tercer concilio de los monjes budistas en la 
capital, en tiempo del rey de Asoko, Pataliputra; según el Dipavansa, historia de la 
isla de Ceilán, fué enviado como jefe de la misión Rakkhitay con cuatro subalternos, 
a últimos del siglo VI. El resultado de esta misión fué nulo. 

Respecto al citado viaje del ministro Thon-mi-Sambota, fué verificado por orden 
del monarca dzanfu, tibetano, llamado Srong-tsan-gam-po o Srong-sgambuo, el cual, 
poseyendo un vasto imperio que limitaba en el Indo, y recibiendo por medio de este 
contacto noticias acerca de la existencia de una gran religión en la India, decidió co- 
nocer a fondo esta secta para luego establecerla en su país. Tal vez influyó en este 
propósito el ascendiente de sus esposas, una de las cuales, hija del emperador de la 
China, profesaba aquella religión ya establecida en su suelo natal, y la otra, del reino 




Koó-boó-dai-shi, fundador de la secta budista que lleva 
este nombre 



(1) Ed. Specht, Tibet La Grande Encyclopédie, t. XXXI, pág. 62. 
;2) La Grande Encyclopédie, t. VII, pág. 591. Boudhisme. 



CREENCIAS DE COREA Y TIBET 187 

del Nepal, al Sur del Himalaya, la cual se había educad' propias creencias; 

nibas continuaban sus devociones en el palacio del emperador, adorando las imáge- 
nes de Buda que poseían y entregándose a la contemplación de las verdades escritas 
en sus devocionarios (1). El ministro de aquella embajada trajo consigo al Tibet varios 
doctores budistas, con objeto de que enseñaran la escritura y lectura en su país, 
llevando al propio tiempo libros sagrados que debían ser consultados y comentados 
para la implantación del culto. 

Al extenderse hacia el Norte el reino de los (ufanes (2) hasta encontrarse en los 
confines de China, se reforzaron las creencias religiosas neófitas que empezaban a afluir 
por el Tibet con las corrientes de la propia religión que procedían de China. La favo- 
rable acogida de la nueva religión por los monarcas dzanfus hizo que una considera- 
ble legión de monjes mendicantes de la India se corriera a nuevas tierras con objeto de 
aumentar y extender su poder. En las montañas de Lassa se levantaron de este modo 
gran número de conventos búdicos con sus templos respectivos, y como dice poéti- 
camente Casson (3) «los himnos, entonados por un numeroso y disciplinado clero, 
retumbaron por aquellos valles, habituados a repetir únicamente los inarticulados 
gritos bárbaros y los relinchos de los caballos de las estepas». 

El pueblo tibetano, acostumbrado a una vida nómada, trasladándose habitualmente 
hacia la parte que le era más conveniente, se vio obligado con la nueva religión a fijar 
su residencia. Además, y tal vez como causa fundamental, temieron los nobles que 
disminuyeran sus privilegios con el establecimiento de los monjes budistas; y de ahí 
^urgió una encarnizada lucha que duró gran número de años, en la que cuando 
los grandes salían victoriosos destruían templos y monasterios, y luego, al triunfar 
de nuevo los partidarios de Buda, erigían con mayor esplendor sus edificios arrasa- 
dos. Los piadosos budistas creyeron que su dios estaría muy irritado por el gran 
número de sacrilegios que cometieran los rebeldes, y para ello el rey llamó al gran 
sacerdote de la India, Urkien, quien con sus ejercicios expiatorios en función de des- 
agravios aplacó la ira del Señor. Nótese, de paso, la analogía entre el pueblo tibetano 
y el judaico respecto de la idea de Dios: el Dios de Abraham se ensañaba asimismo 
por cualquier profanación, y los sacerdotes entonaban salmos y el público rezaba 
oraciones para aplacarle (4). 



Tanto en el capítulo de la China como en el del Japón se hizo varias veces men- 
ción de los bonzos, y aunque esta secta no es privativa del Tibet, sin embargo, con 
toda intención se dejó para este lugar su explicación y descripción, para lo cual se han 
consultado todas las obras que de lejos o de cerca tratan de las crencias orientales, 
habiendo logrado hacer un verdadero retrato de este tipo original del bonzo, mezcla 

(1) Harmaud, Les relations entre l'lnde et le Tibet, en Compt. rend. de la Soc. de Géographie 
(1886). 

(2) Tufan, indica el nombre de una gran tribu salvaje que poblaba el Tibet. 

(3) Casson, obra citada, pág. 292. 

(4) KoppEN, Tibet und der Lamaismus (Berlín, 1860), 



188 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



de sacerdote y adivino con ribetes de hombre de ciencia, y atento siempre a su fin 
principal de explotar la buena fe, sacrificando la piedad y la devoción en aras del 
mercantilismo. 

Cuantos autores han estudiado el modo de ser íntimo de los bonzos, afirman que 
existe un ideal común entre las distintas sectas en que éstos se dividen y que el nexo que 
las une a todas es el credo budista. Las distintas ramificaciones han conservado a través 

de los tiempos su fe en Xaca, 
el fundador de esa confesión 
religiosa, a cuyos preceptos 
se atienen en la actualidad 
con la misma devoción que 
al ser predicada la doctána. 
La mayoría de los his- 
toriadores consideran que 
Xaca, para fundar la orden 
de los bonzos, incorporó a 
ella no pocos de los dog- 
mas de distintas sectas del 
Egipto. En un principio la 
predicación circunscribióse 
a la India, pero luego se 
extendió con rapidez por 
la China, Conchinchina, el 
Japón, Corea y Tibet. Xaca, 
en quien las muchedumbres 
veían a un Ser Supremo re- 
dentor de los hombres, na- 
cido de madre virgen, pre- 
dicó una doctrina que tenía 
un contenido moral, algu- 
nos de cuyos preceptos son 
semejantes a la mayoría de 
los credos religiosos antiguos y modernos, y que independientemente del tosco mate- 
rialismo de esta secta, llevan latente una idealidad que no pugna con los principios 
de la razón. 

Los sacerdotes budistas que comulgan en la doctrina de Xaca reconocen la exis- 
tencia de una divinidad, a la cual asignan tres personalidades^ que premia la virtud y 
castiga el vicio. Los bonzos atribuyen al paso por la tierra de su dios, el designio de 
dirigir a los hombres por los senderos del bien y para que, una vez expíen sus pecados, 
después de la muerte puedan resucitar en un ambiente donde reine la dicha (1). 

Para hacerse acreedores a tales goces les prohiben sacrificar los niños, apode- 
rarse de las cosas ajenas, cometer actos licenciosos, mentir, y, por último, abstenerse 
del vino. Otros preceptos importantes encierran este credo, entre los cuales figuran 
(1) J. BisHOP, Among the Tibetans (Nueva York y Chicago, 1894). 




.i >!«*«•, '^ sf^í -• 



Bonzos orando 



CREENCIAS DE COREA Y TIHET 



189 



las obras de misericordia, y especialmente la obligación de atender con solicitud a los 
sacerdotes y promover la construcción de templos y monasterios. Tales eran los pre- 
ceptos de esta comunión en un principio, pero luego la sencillez primitiva fué substi- 
tuida por una serie de prácticas introducidas por los monjes con objeto de hacer más 
lucrativo el culto externo. Entre ellas merecen ser registradas las siguientes: proveer 
a los enfermos breves instantes antes de expirar, de trajes de papel y de letras de cam- 
bio, requisito indispensable para llegar 
sin riesgo al Elíseo, pues de otra suerte 
no se lograría a lo sumo más que pasar 
de unos cuerpos a otros. Los bonzos 
han imaginado otros recursos para ex- 
plotar provechosamente la credulidad 
de los creyentes sencillos, y reciente- 
mente la Prensa ha registrado un sin- 
número de casos que demuestran cuan 
fecundo es su ingenio para infundir el 
temor a los coreanos y tibetanos que 
sufren su dominación espiritual. 

En esta concepción existe una parte 
misteriosa, que tan sólo es conocida de 
un número reducidísimo de sacerdotes, 
los grandes señores y los hombres que 
gozan fama de sapientes. Lo verdadera- 
mente esotérico constituye un secreto 
aún para los mismos bonzos, pues 
^•stos, en su mayor parte, predican un 
materialismo grosero y son víctimas de 
sus propias creencias, que a la postre 
les sume en un quietismo enervante, 
que lentamente les hace olvidar los 
anhelos de una segunda existencia. 

El número de sectas en que están divididos los bonzos se ha atribuido a las mani- 
fiestas contradicciones que se hallan en esta doctrina a poco que se la someta a un 
examen por somero que sea. No precisa el análisis detallado para convencerse de que 
han debido interpolarse en el texto primitivo adiciones que alteraron en algunos res- 
pectos el sentido. Esta hipótesis es verosímil, teniendo en cuenta que el libro auténtico 
o supuesto de Xaca se componía de hojas de árbol, porque se carecía de papel (1). 
Aunque las diversas sectas de los bonzos profesan creencias distintas, y en no pocos 
detalles y en repetidas ocasiones sostuvieron luchas fratricidas enconadas y crueles, 
convergen en un solo punto, en su devoción por el fundador, al cual adoran con 
•sinceridad. 

Los tratadistas distinguen entre los bonzos cuatro sectas principales. He aquí sus 
características: los xensus, que reducen su misión a enseñar lo interno de la dóc- 
il) BoNVALOT, L'Asie inconnue. A travers le Tibei (París, 18%). 
Tomo I. — L'5. 




Boiuo qnenundo perftunes 



190 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



trina de Xaca; los xedosios, que difunden el dogma de la inmortalidad del alma, y se 
atienen al cumplimiento estricto de los ritos; los /o^ízexos, partidarios acérrimos de 
los preceptos estatuidos por el tundador, y, que según parece, son prototipos de aus- 
teridad; tienen la costumbre de levantarse a media noche para entonar himnos a su 
dios y entregarse a la meditación y penitencia, torturando su cuerpo, y, por último, 
los negares, que constituyen una orden militar, más que una congregación religiosa. 

Los afiliados a esta secta, en los países 
orientales gozan de fama y se les dipu- 
ta como soldados valerosos y aguerri- 
dos (1). Cuéntanse de ellos grandes 
proezas, y en diversos combates eviden- 
ciaron entusiasmo guerrero y ejemplar 
disciplina. De ordinario en las ciuda- 
des habitadas por los negares fué pros- 
crito el acceso a las mujeres. 

Estas cuatro sectas son las principa- 
les, ya que de las demás apenas se co- 
nocen datos. Únicamente sábese que 
viven formando hordas y ambulando 
por los desiertos, y que de vez en cuan- 
do realizan correrías por los campos. 
La mayoría de los afiliados a estas sec- 
tas se entregan a la vida contemplativa 
y a la penitencia. Algunas otras profe- 
san la magia, y otras, en fin, constituyen 
legiones de vagos mendicantes, que 
sienten invencible aversión al trabajo y 
discurren por los caminos pidiendo 
limosna. Cuentan algunos viajeros que 
estos mendigos recitan pasajes del To- 
quicko, siendo escuchados por los al- 
deanos con cariño y simpatía. Independientemente de la doctrina que profesan los 
bonzos, en el aspecto exterior todos guardan semejanza entre sí. Su aspecto es de 
hombres sencillos y austeros; en su trato son afables y comunicativos, y se conducen 
con corrección y dignidad. Tienen la costumbre de llevar completamente rasurados el 
pelo y la barba, y siempre van con la cabeza descubierta. La preocupación religiosa ha 
polarizado su cerebro, pues su única ocupación es orar; las cosas terrenas no les 
atraen lo más mínimo. Viven completamente entregados a sus logomaquias, y el anhelo 
religioso es su obsesión perenne; en su manera de producirse entra por mucho el 
cálculo, pues sobre ser unos simuladores de determinadas cualidades, como la senci- 
llez, la humildad y el recogimiento, tienen un afán desmedido por atesorar dinero. Los 
bonzos explotan la ignorancia de los campesinos por distintos procedimientos. Es 
difícil en extremo escudriñar en la psicología de estos sectarios, porque tienen el há- 
(1) BoNVALOT, De Paris au Tonkin á travers le Tibet inconnu (París, 1892). 




Bonzo torturándose en un templo 



rRi-:F.N( i igi 

hito secular de liii.uii y oculi.u sus impulsos, > .. [n>.tv de la hahilidau y i-i tacto de su 
conducta, han podido inferir algunos exploradores de la Corea que los bonzos tienen 
una característica, y que no es otra que la codicia insaciable (1). 



La ingenuidad y la ignorancia de los creyentes ha sido y sigue siendo terreno 
ibonado para que los bonzos puedan desarrollar todas sus maquinaciones dirigidas a 
-acar dinero. En sus pláticas emplean todos los recursos imaginables para conmover 
.1 los oyentes, y terminan los sermones exhortando a los fieles para que sean dadivosos 
y contribuyan con su óbolo a aumentar el esplendor del culto. Inculcan en sus má- 
ximas los sentimientos de caridad, arguyendo que tan sólo se obtienen las gracias 
de los dioses cuando los fieles demuestran ostensiblemente su anhelo con la munifi- 
cencia. No poca parte de la riqueza del país va a engrosar el peculio de estos sacer- 
dotes, que poseen tesoros cuantiosos. 

Para dar forma a su ansia de poseer, los bonzos han organizado perfectamente el 
modo de engrosar sus arcas. Venden a elevados precios un sinnúmero de objetos, 
ropas de papel, y bagatelas de todas clases. Especialmente obtienen pingües beneficios 
expendiendo vestidos de papel, de los cuales cada año se hace un consumo enorme, 
pues son algunos millares los fieles que se apresuran a adquirirlos, pues están poseí- 
dos de la idea de que amortajados con el mencionado, vestido lograrán los dones 
impetrados de los dioses; apelan, además, a otros recursos que también les dan exce- 
lentes resultados. Para asustar a los reacios y los indiferentes se valen del requeri- 
miento y aun de la amenaza; para conseguir sus propósitos recurren a la metempsícosis. 
Para infundir el miedo a los que no se muestran sumisos a sus consejos, les aseguran 
que sufrirán atroces y repugnantes transmigraciones,. tales como las de pasar una vez 
difuntos al cuerpo de una serpiente, una rata, etc. 

Un misionero que viajó por distintas regiones de Corea relata varios episodios inte- 
rnantes que demuestran cuan arraigada está en dicho país la superstición. Cuenta que 
los bonzos en cierta ocasión persuadieron a un anciano que después de muerto había 
de ser el caballo del emperador. Presa el infeliz de gran inquietud, perdida por completo 
la tranquilidad y habiendo oído decir que los cristianos no experimentaban tales trans- 
migraciones, abrazó la fe de Cristo, con el exclusivo fin de librarse de la tortura moral 
en que vivía. Los bonzos en sus predicaciones afirman, cuando se dirigen a los pode- 
rosos con el objeto de impresionaries y hacer presión en su ánimo, que los pobres 
llenen la fortuna de no ser engañados. También, obedeciendo a! mismo propósito de 
intimidar, proclaman que las almas desús progenitores han pasado al cuerpo de algún 
animal despreciado, y pintan con tonos espeluznantes los horribles sufrimientos de 
ciue son objeto. Explotando la credulidad y el cariño filial, prometen aliviar al alma 
en pena, y con sus oraciones dejarla en estado de bienestar. Los autores que han estu- 
diado a fondo el modo de ser de los bonzos refieren las patrañas que urden para 
lograr sus propósitos pseudo-religiosos, pero en realidad menguadamente interesados 

( 1 ) I . A. Waddell, The budhism of Tibei (Londres, 1895). 



192 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

y miserables. He aquí un caso que el P. Le Comte describe: Con ocasión del falle- 
cimiento de un joven, su padre, contristado por su desgracia, interpeló a los sacerdotes 
preguntándoles con solicitud en qué cuerpo se hallaba el alma de su hijo idolatrado. 
Los bonzos respondieron a la demanda afirmando que el alma del príncipe había 
transmigrado a un muchacho tártaro, y que si se proponía recobrarlo era preciso que 
aprontara una elevada suma. Ilusionado el afligido padre, accedió a la petición en 
espera de ver realizado su ensueño de recobrar al hijo llorado. Al cabo de algún tiempo 
recibió en su palacio la visita de los bonzos que le presentaron un niño, que fué aco- 
gido con júbilo. El citado misionero refiere otros episodios en que el elemento melo- 
dramático juega un papel principalísimo, habitualmente aprovechado por los bonzos, 
que no perdonan medio de explotar a los espíritus crédulos, sin excepción de razas 
ni de clases (1). 



Los bonzos han cometido crímenes nefandos, citando algunos misioneros actos 
de crueldad salvaje y refinada a un tiempo. Se atribuye a estos sectarios fechorías 
como la de apoderarse de hombres y mujeres que tenían fama de ser ricos, a los cuales 
secuestraban encerrándolos en mazmorras, después de sujetarles los pies y manos en 
una máquina que no dejaba al descubierto más que la cabeza. Una vez realizada esta 
operación los conducían a la orilla de un río y los lanzaban al fondo. 

Para cohonestar tan torpes atentados a la personalidad humana sustentan la pere- 
grina tesis de que las víctimas hallan la bienaventuranza. Asimismo los bonzos inculcan 
a las «masas ignaras la necesidad de quemar tejidos de seda, papeles dorados, etc., 
prometiéndoles que en el otro mundo tales materias se convierten en metales precio- 
sos y vestidos. Para despertar la simpatía pública, los bonzos andan por las calles lle- 
vando a la rastra gruesas y pesadas cadenas, de vez en cuando detiénense ante las casas 
y con gesto dolorido y dando muestras de fatiga, exclaman: «¡Ved cuánto sufrimos 
para expiar vuestros pecados!». Algunos llevan grandes rosarios colgando del cuello 
y otros se flagelan y procuran lastimarse dando golpes con su cuerpo contra las pie- 
dras de las casas. No pocos de estos impostores visten trajes confeccionados con 
pedazos de telas de diferentes colores, para que resulte un conjunto abigarrado y 
extravagante. Cubren la cabeza con un sombrero desproporcionado a manera de qui- 
tasol. Ordinariamente se sientan a la orilla de los caminos y piden limosna a los 
viandantes; para que los trajineros se apiaden de ellos se introducen en la boca hierros 
candentes, y cuando aquéllos les preguntan extrañados porqué se someten a tales 
martirios, contestan que si no reciben una limosna continuarán atormentándose. 

Los bonzos hacen voto de castidad, pero no lo observan; sin embargo, cuando se 
les sorprende al lado de una mujer se les castiga con severidad, sometiéndoles a tor- 
mentos crueles y repugnantes, obligándoseles a ir desnudos implorando la caridad 
pública. Estos monjes casi nunca van solos, sino en parejas. Los de la secta de Laokun, 
entre las muchedumbres cuentan con alguna simpatía, porque se vanaglorian de pro- 
nosticar el porvenir, buscar la piedra filosofal y exorcizar a los endemoniados. Se les 
(1) M. S. Welbv, Through unknown Tibet (Londres, 



rríF.F.NCIAS DR COREA Y TIRrT 



193 



cree invcslidos de exlrai;idinarios podeies, y poi «.t^íi» vi i^wpm.i*. hu l()^ loini.i oe obse- 
quios y honores, viendo en ellos la sabiduría y la santidad. Los bonzos pertenecientes 
i la secta de Fó dedícanse por entero a las ceremonias fúnebres. 

Existe, además, en esta secta una variedad femenina, la cual la constituyen donce- 
llas que viven recluidas en lugares apartados, especie de conventos, cuya misión es 
educar a las jóvenes. Se las conoce con el nombre de biconis, si bien los europeos 
las denominan comúnmente bonzesas. En no pocos lugares los establecimientos de los 
monjes de ambos sexos están enclavados en lugares contiguos; en algunos monaste- 
rios celebran los actos del culto en un mismo templo, colocándose los varones a un 
lado y las hembras a otro. 
Las biconis tienen prescrita 
la castidad y presumen de 
honestas y virtuosas, pero 
ilgunos viajeros les han 
atribuido veleidades, y aun 
cuentan historias de amor 
en las que representan el 
papel de heroínas algunas 
de ellas, que por su gracia 
y hermosura inmortalizaron 
>u nombre. 



En el siglo VIH los mO- ^^ S^^^ convento de ios Lamas 

lasterios se habían extendi- 

io por todo el Tibet, no había comarca que no estuviese poblada de conventos, «y la 
religión de Buda resplandecía en el Tibet como la luz del sol» (1). El historiador mon- 
^o\, Sanang-Setzu, describe aquella época de poder sacerdotal con frases muy expre- 
sivas: «el ilimitado respeto que inspiraban los sacerdotes produjo en el pueblo la feli- 
cidad de que disfrutan los espíritus benignos». 

En la época de la invasión mongólica de la China (véase la parte de nuestro libro 
que hace referencia a aquellas sectas), cuyos dominios se extendieron asimismo por el 
Tibet, adquirió un gran poder el jefe de los monjes, Buda vivo, a quien se equiparó a 
los emperadores, dándole el nombre de Lama, que significa sacerdote, y confiriéndole 
los extensos dominios del Tibet. En todo el período anterior existía en cada convento 
in superior que gobernaba con autonomía, pero el primer lama se afirmó un cargo 
-upremo, representando la encarnación del mismo Buda, cuya tradición se ha conser- 
vado hasta hoy. Pero en nuestros días reciben el nombre de lamas los superiores de 
todos los conventos, y al Gran Lama se le conoce con el sobrenombre de Dalai-lama: 
Señor de los Océanos. En esta época se compiló la monumental colección de los libros 
sagrados que poseen los tibetanos, que consta de ciento ocho volúmenes, conocidos 
con el nombre de Kandjour; en ella se describe la vida de Buda y de sus discípulos, 

(1) O. y G. Reclus, Novísima Geografía Universai, t. II, pág. 351 (Barcelona, 1000). 




194 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



SUS pretendidas obras, concilios, principios filosóficos y religiosos, etcétera. Su copia 
se conceptúa que costó unas tres mil onzas de oro (1). 

En el siglo XIV el monje Tsonjapa reformó el budismo primitivo, revisando las 
antiguas doctrinas, modificando los ritos y muchos preceptos religiosos. El y sus suce- 
sores se consideraron como budas vivos, siendo estos últimos nuevas encarnaciones 
de Tsonjapa; de este modo Tsonjapa nunca perece y siempre es venerado por los 
tibetanos, residiendo en el santo monasterio de Tachi-Lumpo o «Gloria exaltada», 
cerca de Xigatgé, el cual reviste una forma piramidal, siendo pintadas sus cuatro caras, 
de verde las que miran hacia el Norte, de rojo las que reciben los rayos de Oriente, 
de amarillo la fachada Sur y de blanco la del Occidente. Las casas y templos de este 

monasterio se levantan so- 
bre una colina en la pen- 
diente de rojizas peñas; unos 
cuatro mil monjes pueblan 
los edificios que rodean el 
palacio en que reside el 
Tachi-lama, a quien también 
llaman Ranchen -rimboché 
«Joya de la inteligencia». 
Sus edificios, pintados de 
rojo en sus paredes, sirvien- 
do como fondo de granate 
al dorado de las cúpulas, 
infunden gran admiración a 
los fíeles de los alrededores 
y a los que acuden a los 
mercados. Esta ciudad santa está rodeada de murallas que le sirven de resguardo (2). 
Los fíeles de Tsonjapa, conocidos con el nombre de «gorros amarillos» o Gueluk- 
pa, son los que predominaron definitivamente en el Tibet, habiendo recibido el apoyo 
de la China. Los «gorros encarnados» ó Duk-pa, antigua secta, han desaparecido casi 
del Tibet, mientras que predominan en los Estados independientes del Nepal y del 
Butan, situados al Sur del Himalaya. Más tarde, cuando se estableció en China la di- 
nastía de los Mings, propia del país, continuó respetando a los lamas del Tibet. 

La invasión de los tártaros en el territorio chino y tibetano dio lugar a que los 
lamas del Tibet tuvieran que tratar con un nuevo soberano. Con objeto de obtener el 
reconocimiento de su poder se apresuraron los lamas a cumplimentar a los reyes tár- 
taros, quienes tomaron a aquella religión como un espectáculo cualquiera. En la corte 
de estos reyes encontraban hospitalidad los representantes de todas las religiones. Los 
musulmanes, los cristianos de la Siria (nestorianos) y los idólatras de distintos fetiches 
tenían sus cultos también en las altas mesetas. De ellos se aprovecharon los monjes 
budistas para tomar de los mismos toda la parte de culto que ofrecía más esplendor, 
asimilándolo a las ceremonias religiosas del lamaísmo; de este modo lograban fascinar 

(1) W. RocKHiLL, The land of the Lamas (Londres, 1891). 

(2) Huc, Souvenirs d'un voyage dans le Tariarie, le Tibet et la Chine (París, 1853). 




Decoraciones religiosas en los tejados de TacM-Lumpo 



CREENCI-' i' I A \ Mi: 



,1 la multitud y obtener de los emperadores su apoyo. 1 n la í\u,ía j, los manchúes 
(última dinastía) fué cuando se hizo la versión de los libros sagrados chinos, en cinco 
ieiiííuas: china, manchú, niongola, tibetana y sánscrita. 



VI 

Kstá circundado el Tibet de elevados montes: los Kuen-lun al Norte, Himalaya al 
Sur, Lantang y Petrang al Este, y al Oeste y Centro los Karakorum. Coronadas sus 
cumbres por nieves perpetuas, cubiertas sus laderas por extensos glaciares en los que 
los rayos del sol reflejan destellos luminosos, simulando una aureola divina y sobrena- 
tural, tomaron los habitantes de este país a las cordilleras por los confines del mundo, 
por la escalera de los cielos y por la mansión de los dioses. 

A este país la propia naturaleza lo aisla, siendo inexplorado todavía gran parte 

ie su territorio y prolongándose de este modo el salvajismo de su civilización. En 
donde no hay cordilleras infranqueables, en los lugares en los que los declives del 
terreno descienden a templados y profundos valles, los espesos bosques, las vírgenes 
malezas de proporciones colosales, entretejidas en impenetrables zarzas, inhabitadas por 
los hombres y pobladas por las fieras, hacen que los viajeros no se atrevan a penetrar 
en el Tibet oriental, que aunque es el más accesible por su topografía, es el más peli- 
groso por sus bosques y por la falta de víveres y hospitalidad (1). Las penosas excur- 
siones se han tenido que realizar escalando las alturas del Himalaya por la parte de las 
posiciones inglesas de la India. De este modo llegó la expedición militar inglesa en 1904 
hasta la capital religiosa y política, Roma del mundo oriental, Lassa (o Lassa), reco- 
ciendo importantes datos acerca de aquel país, al que declararon bajo el protectorado 
político de la Gran Bretaña. 

Por referencias de los chinos, los cuales han trazado diferentes mapas del Tibet y 

ie sus comarcas, a pesar de que se los considera de poca exactitud por los europeos, 

e sabe que en la cuenca septentrional, comprendida entre los montes Kuen-lun y 
Karakorum, existen numerosos lagos a donde afluyen las aguas de distintos ríos que no 
tienen salida al exterior, acumulando enormes cantidades de sales; otros son atravesa- 

los simplemente por el río, ya conservando sus aguas cristalinas, ya adoptando formas 
de pantanos o tierras cenagosas; depósitos de aguas situados a las mayores alturas del 
mundo, superiores a la del Mont-Blanc, y a pesar de esto sus alrededores están habi- 
tados. Entre ellos se encuentra el lago sagrado Dangrayun, cuyo nombre significa 

\iadre Dangra; su circuito se calcula que es mayor de 300 kilómetros. Los devotos 
budistas emprenden peregrinaciones a este lago; una vez llegados allí, lo mismo los 
habitantes del país que los que proceden de remotas regiones, realizan una procesión 

n torno suyo; la procesión dura varios días (de diez a doce por término medio). 

Mientras se efectúa se rezan letanías, plegarias, teniendo los devotos una especie de 

osarios en sus manos, y pronunciando de cuando en cuando la frase sacramental y 
mágica Om-mo-ni-pad-mi-um, que algunos traducen «¡Oh joya del loto, amén!». La 
cumbre que sé levanta al Sur dé este lago es considerada como el dios-esposo de la 
(1) RocKHiLL. A journey in Mongolia and Tibet, en Geogr.Joum. (1804) III, pág, 357. 



196 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

«Madre Dangra», habiendo recibido el nombre de Targot-yap o Padre Targot; ambos 
constituyen el matrimonio divino del cual emanó la Naturaleza, según nos dice la secta 
Bon-po. Este culto a los montes y lagos, propio de la religión indígena, lo vemos, 
pues, adoptado por los creyentes de Buda. Los tibetanos dirigían sus plegarias a los 
lagos antes de que los monjes de Buda fueran a predicar a su país. Así encontramos 
la compenetración de ambas religiones adaptándose al espíritu de aquel pueblo. 

Todos los montes y colinas que se divisan alrededor de esta pareja sagrada son 
hijos de Targot y Dangra; los dioses están muy complacidos de que los fieles visiten 
la montaña y lago celestiales. La peregrinación completa alrededor de ambos, que los 
indígenas llaman Kora, perdona un gran número de pecados; dos vueltas absuelven 
un homicidio, y con tres Koras se llegan a evitar los castigos que sobrevendrían por la 
ejecución de un parricidio (1). 

Otro de los lagos frecuentados por los peregrinos budistas es el Tengri-Nor (2), 
situado en la región oriental de la meseta, el cual ocupa una extensión de más de tres 
mil kilómetros cuadrados. En las colinas que lo circundan están emplazados varios 
monasterios budistas, en los cuales los visitantes ofrecen sus presentes y desde cuyos 
templos contemplan las purísimas aguas del Lago celeste. Los nevados montes que 
allí se descubren representan otras tantas divinidades hasta el número de trescientas 
setenta; en sus faldas buscan los peregrinos algunos fósiles que las aguas han puesto 
al descubierto, recogiéndolos como sagradas reliquias. 

Igualmente que en nuestro país y que en todos los lugares en que una religión ha 
sembrado el fanatismo, los sitios sagrados han engendrado multitud de leyendas en la 
imaginación de aquel pueblo; no hay gruta, fuente, quebrada ni collado que no tenga su 
mito particular; ya se refiere la historia de un virtuoso lama que dejó huella de sus 
hechos o de su transmigración a otro ser, o se fundió en el seno de Nirvana; ya 
de algún genio aéreo que verificó allí sus travesuras o maleficios. 



Al acercarnos al Sur del Tibet, los mitos budistas se confunden con los de los 
brahmanes de la India. Casi en los límites del reino del Nepal se eleva el monte Tise 
o Kailas, llamado Meru por los antiguos indios, el pistilo de la flor del loto, imagen 
del mundo como lo llama Reclus (3). Los lamas del Tibet realizan a él dificilísimas 
peregrinaciones, teniendo que atravesar nieves y glaciares: su culto es antiguo; los 
budistas no han hecho más que continuar la tradición de los fervientes de Brahma; 
estos indios, al divisar la cima de sus montes, se prosternan siete veces y otras tantas 
levantan al cielo sus manos para adorar a Dios, cuya morada suponen reside en la 
cumbre de las nieves. En las regiones bajas de los montes se encuentran, según las leyen- 
das indias, las grutas que dan acceso al seno del monte, del cual salieron los cuatro 

(1) S.MiTHsoN, The people of Tibet, en Scottish Geogr. Mag. (1895), pág. 402. 

(2) Great Tibet Discovery of lake Tengri-Nor, en Geogr. Magazine (1875), pág. 41-44. 

(3) O. y E. Reclus, Novísima Geografía Universal, t. 11, pág. 333, trad. española por V. Blasco 
Ibáñez. 



CREENCIA 



lí)7 



iiiimales divinos: el león, el elefante, la vaca y el caballo, símbolos de los cuatro gran- 
les ríos que en su periferia nacen: Satledy, Indo, Ganges y Tsangbo (1). Los budistas 
pretenden dar la figura de sus templos al monte Kailas, considerándole como una pirá- 
mide cuadrangular cuyas respectivas caras dicen ser de oro, plata, rubíes y lapislázuli. 
Al Sudoeste del Kailas nace el río Satledy, cuya cuenca es considerada como una tierra 
santa, en la que se encuentra el lago nacido del aliento de Brahma, o Mansaraur, en 
medio de cuyas soledades se divisan algunos albergues de peregrinos que afrontan la 
nuierte, para poder acabar sus días en el seno de Dios. Todo es divino en aquellos 




Tibetanas en peregrinación hacia el monte lailu 



parajes, los animales del bosque y las contadas aves aéreas; pero el más venerado es 
el blanco cisne que surca las cristalinas aguas. Tal vez la categoría de las fuentes de 
aquel río y lago dependen de haberlo confundido algún tiempo como origen del 
>agrado Ganges. ¡Dichosos los que tienen la suerte de expirar en su peregrinación! Si 
perecen en la tierra santa y los lamas mandan descuartizarlos, felices de ellos, porque 
los sagrados animales comerán sus restos; si los incineran, la recompensa no es menor 
li pensar que sus cenizas serán diluidas en las aguas del soplo de Brahma. 

La corriente de Satledy en su trayecto primitivo se desliza por profundos cauces, 
entre 100 y 500 metros de profundidad; las aguas afluentes han corroído asimismo las 
ierras laterales esculpiendo caprichosas figuras en los llanos y collados: aquí semejan 
1 na ciudad arruinada, allá gigantes de enormes figuras, más lejos monstruos diver- 
os; poesía en medio de una aridez desoladora, sin árboles ni plantas, sin cultivos ni 
industrias para la alimentación. La ciudad del Dabe, emplazada en aquellas már- 

(1) o. y E. Reclus, obra citada. 
Tomo I. — 26. 



1 



198 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



genes, contituye la residencia de numerosos lamas en donde pasan el verano, apro- 
vechando la ocasión para hacer algunas colectas. El pueblo que los visita se aloja en 
grutas y cavernas, muchas veces obstruidas por las nieves de invierno. 

No menos ornado de leyendas se encuentra el caudaloso río Tsangbo, cuyo nom- 
bre significa «Agua Santa*. Este río recorre a lo largo toda la cuenca que determinan 

el Karakorum al Norte y el 
Himalaya al Sur, atravesan- 
do el territorio de Lassa, re- 
sidencia del Daili-Lama, en 
donde recibe el afluente Sa- 
grado Kichu. Las aguas ter- 
males, que al brotar despi- 
den columnas de blancos y 
blandos vapores y las asfi- 
xiantes sulfurosas que ema- 
nan en distintos lugares, 
todo tiene su significado 
misterioso. Esta superstición 
religiosa, que considera to- 
dos los elementos de la na- 
turaleza como objetos so- 
brenaturales, explica que 
este pueblo fanatizado esté 
sugestionado y obediente a 
la voz de los lamas, verda- 
deros directores de la vida 
política, industrial, comer- 
cial, intelectual y religiosa 
del país. El pueblo no racio- 
cina los elementos de su 
creencia, no se detiene a 
hacer la crítica de su reli- 
gión, sigue satisfaciendo sus 
diezmos y limosnas a los 
pobres lamas, que acaparan todas las riquezas del país; el prestigio de éstos está segu- 
ro mientras no desaparezcan las leyendas de los lagos, montes y ríos sagrados. 




Monjes del convento de Mendong, especie de Tebaida en la cuenca del Tsangbo 



El budismo histórico es más bien fruto de las reformas de los monjes que de las 
doctrinas de Buda. Numerosos concilios han sentado dogmas distintos y cultos diver- 
sos. La polémica es permitida en los conventos, desplegando cada lama su fuerza 
dialéctica en la discusión de las verdades religiosas. Cuando un orador elocuente, de 



CRCENCIAS DE COREA V TIBM HK) 

¡aii poder discursivo, disiciUi: de las doctrinas lL .. . jcta y logí .: ,,...,:., ;i 

uniero importante de adeptos, se forma una nueva facción religiosa. 

' 's libros sagrados del Tibet contienen las doctrinas del Oran Vehículo en su 
iii.iyM parte, y las del Pequeño Vehículo en lo referente a la disciplina monacal. El 
nombre de Pequeño Vehículo se da al conjunto de diez y ocho sertas budistas que 
xistían a fines del siglo II; las doctrinas de ellas eran casi las misni : 
en ciertos puntos metafísicos, tales como la existencia o no existencia uei pa>aüo y 
del futuro, la existencia del yo, la naturaleza de los budas, bodhisattvas; pero la trans- 
migración, la moral, el espíritu místic i d (oii junto de caracteres psicológicos, 
ora el mismo para todas ellas. (Véase el principio del Budismo.) La doctrina del Pe- 
queño Vehículo se encuentra en los cánones sagrados del Tripitaka de la isla de Ceilán, 
scritos en la lengua poli, formando la religión de los cingaleses. El Gran Vehículo es 
una escuela más moderna que desenvuelve la teoría lK' los bodhisattvas, es decir, de 
' >s budas en germen, de los budas de la cuntemplaciún, el vacío absoluto, la ilusión 
el mundo, etc., ideas que figuran en el lamaísmo tibetano. Pero de las cuatro partes 
lie comprenden los libros sagrados o Kandjur de los tibetanos: Disciplina, Ciencia 
transcendental, Sutra y Trautra (destino, fatalidad), el más interesante es el Sutra, ya 
!ue es el libro sagrado que explica al pueblo en forma llana y sencilla, la historia 
igrada del budismo y su moral. Contiene el Sufra cuarenta volúmenes (1). 

El Rgya Tch'er Rol Pa (Lalitavistaca), Sutra del Gran Vehículo, contiene veinte y 
iete capítulos. Ananda, compilador de estos capítulos, explica que él mismo oyó estas 
erdades de boca del mismo Buda en la ciudad de Sravasti, en presencia de treinta y 
dos mil bodhisattvas y doce mil religiosos. En los cuatro primeros capítulos se narra la 
xistencia en los cielos de Buda, sus deseos de encarnarse para enseñar las verdades 
! los hombres, la selección de la familia real Sakya para nacer de ella, debido a su 
pureza, y las enseñanzas que da a los dioses. 

El Buda (Bodhisattva escribe el libro) desciende de los cielos, dejando en el llanto 
t los dioses, a quienes promete dejar un nuevo ser supremo; en la descensión, millares 
de dioses sostienen el carro en que se mantiene; llega a la tierra, que toda tiembla sin 
ue nadie se espante, y se alberga en el seno de la reina, entregada a la piedad. La cu- 
carnación tuvo lugar bajo la forma de un elefante blanco que entró en el vientre de la 
reina mientras estaba durmiendo, y salió del mismo modo sin producir daño alguno, 
al cabo de cierto tiempo, en el jardín real, en el momento en cjiu' la reina se cogió a 
las ramas de un árbol. Estas leyendas están llenas de maravillosas páginas que enume- 
ran minuciosamente todos los detalles de los sucesos, pero que en nuestra obra no 
hay espacio para reseñar. (Cap. V, VI y VII). Notemos de pasó la semejanza de la en- 

irnación de Buda con la de Cristo, quien asiniisiiK» viene a enseñara los hon: 
e! Nuevo Testamento. Ambos nacen de un modo milagroso, sin que en la conceptuin 
intervenga obra humana; los dioses que acompañan a Buda no son más que los ánge- 
s del catolicismo. Cristo y Buda escogen una mujer de descendencia real, etc. 

Se profetiza luego que este niño-dios renunciará a los honores reales y se dedicará 
la propaganda de una nueva religión, que modificará la ley y llegará hasta donde 

(1) Les Itvres sacres de toutes les religions dans la Bible, traducidos y corregidos por MM. Pantier 

Brunet, tomo II, pág. )7l a 77} 'París, 1866). 



200 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

nadie había alcanzado. Al presentarle en el templo, las estatuas le saludan; al condu- 
cirle a la escuela le sigue la multitud. Se marcha a los bosques para entregarse a la 
meditación, que es la guía principal que ha de salvar a los hombres. (Cap. VIII a XII). 

Lo más curioso es la igualdad humana que se establece por medio de una parábola 
en la que se dice que se ha de elegir la mujer para el príncipe divino. El buda adoles- ^ 
cente no quiere una mujer vulgar, sino que se amolde a su carácter, y pide que se le^i 
presenten jóvenes hijas de aristócratas^ de comerciantes, de pastores, de cualquier clase 
social; él escogerá de entre ellas la que mejor satisfaga a sus ideales. De este modo 
viene a destruir la división del pueblo en castas, institución tan arraigada en la India. 

El buda Sakia es tentado varias veces durante su vida por los espíritus malignos, que 
le quieren desviar de su camino virtuoso; pero él resiste a la tentación y ahuyenta con- 
fuso al diablo. (Compárese con las tentaciones de Cristo.) Sakia-muni no es un modelo 
de trabajo, de cultura, no piensa en impulsar las artes ni en instruir al pueblo. Renuncia 
a la vida, se hace mendigo y predica a sus discípulos una moral pesimista, fatal, como 
ésta: Nada existe en la naturaleza, todo es ilusión; la existencia es un dolor, y el que en 
esta vida no purifique su alma por medio de la meditación y no renuncie a los goces 
terrestres, se verá condenado después de muerto a encarnarse otra vez. El justo se ve 
recompensado con su aniquilamiento, ya no tiene necesidad de vivir más en el mundo, 
se disipa en el seno de Dios. 



Los monjes predican sus doctrinas sin preocuparse del bienestar material del país; 
para ellos el fomento de la cultura, la riqueza, el progreso, son otros tantos factores 
de la perversión. Lo santo es predicar las limosnas y oraciones, entregar todos los 
bienes al culto religioso y peregrinar por los yermos valles. Es inútil la actividad, la 
iniciativa, la empresa: todo es fatal, todo está destinado. Los monjes budistas señalan la 
suerte que toca a cada individuo; si éste quiere modificarla, no ha de acudir al esfuerzo, 
al trabajo; la virtud la poseen ciertas reliquias, estampas con un caballo pintado, etc. 
La doctrina es, pues, deprimente, aniquiladora, y el pueblo que la imita sufre las lógi- 
cas consecuencias. 

La historia del buda contenida en el Lalitavistaca es la de un desequilibrado; tien 
visiones divinas, sus ensueños son fecundísimos en apariciones y cosas extraordi 
nanas, a veces el sonambulismo le invade de día, tiene delirio de grandezas, de 
superioridad divina, de la suprema sabiduría que reside en él. En la China hemos 
encontrado un reformador místico y revolucionario a la vez, que conquistó muchos 
adeptos y era un loco bien determinado; en la India hemos encontrado otro caso, 
ambos de fecha reciente, por lo que tenemos datos muy precisos acerca de la influen- 
cia social de un espíritu místico y desequilibrado, que ordinariamente da lugar a la 
formación de una secta. 

En el Tibet existe el culto de los bodhisattvas, es decir, de una especié de budas 
vivos, como ya indicamos antes (1). En las doctrinas budistas figura como concepto 

(1) Sarat-Tohanüra-Das, Contributions on ihe religión, history, etc., of Tibet, enjourn. of As. 
Soc. 0/ BongohlSSl). 



i- . 



CRF.r.Ni . . ■. \ 1 ;!.i i ,'1)1 

fuiidanienu\l la transmigración, sc^ún la cual el alma de un diiuiiiü vuelve a encarnar- 
se en otro individuo humano, metamorfpsis de la que no se ha exceptuado de ésta ni 
al mismo reformador Buda. Los partidarios de los badas vivientes sostienen que el 
Buda reformador no fué el primer buda, sino que existían otros que como él conocie- 
ron las verdades santas, y vendrán de cuando en cuando nuevos budas a dar a conocer 
a la humanidad los principios de su redención. Pero para conservar el culto, entre 
buda y buda deben existir (con objeto de adquirir mayor prestigio) los precursores de 
Buda, budas en germen, quienes después de varias reencarnaciones llegarán a ser ver- 
daderos budas, y los cuales reciben el nombre de bodhisattvas. Entre éstos, el de más 
renombre en el Tibet es Avalokitcsvara, cuya milagrosa vida está escrita en el Mari 
Gambum, libro que figura en la colección sagrada. De él se dice que fué un gran re- 
dentor de las almas, que se propuso redimir a los condenados de los infiernos, jurando 
ser despedazado en veinte partes si no lo lograba, y que con su contemplación y oracio- 
nes y por medio de su éxtasis en la idea fija del Nii-vana, logró ver desalojados los infier 
nos. Pero ai cabo de poco tiempo sufrió el horrible desengaño de ver que el lugar del 
castigo estaba de nuevo ocupado por numerosos pecadores. Entonces se deshizo su 
cuerpo en fragmentos que su padre, Amitaba, volvió a recoger formando con ellos doce 
cabezas, de donde se conserva su representación con tan gran número de rostros. 

Esta tradición es muy importante porque nos muestra la creencia en el castigo de 
los infiernos, idea que no aparece ni en el brahmanismo ni en las doctrinas del refor- 
mador Buda. ¿Será natural del país o tomada de alguna misión cristiana? La bajada de 
Cristo a los infiernos en donde libró a las almas, semeja un paralelo de la redención 
de Avalokitcsvara, y por otra parte se sabe que ya en el siglo XIV, el monje Odorico 
de Pordenone residía en Lassa, capital de los tibetanos. Podría, pues, muy bien ser 
inspirada por el contacto con el cristianismo. 

En el puro budismo las almas deben perfeccionarse por medio de transmigracio- 
nes sucesivas hasta que, obtenida la perfección, se aniquilan en el seno de Dios. El 
bodhisattva de categoría siguiente a Avalokitcsvara es Mandjusri, a quien se le rinden 
los mismos honores, y es considerado como una divinidad. En el Tibet suponen que 
se encarna en el Tachilama del monasterio Tachi-lumpo, del que ya hemos hablado. 



VII 



De lo dicho al reseñar la historia del desenvolvimiento del budismo en el Tibet se 
desprende que existen dos grandes autoridades religiosas (1): el sucesor del reformador 
Tsonjaba, Tachi-lama o Bogdo-íama, considerado como un buda vivo y encarnación 
del bodhisattva Mandjusri, y el Dalai-lama, que reside en la capital de Lassa, dios y rey 
a la par, encarnación de Avalokitcsvara, quien de nombre es superior al Tachi-lama. El 
Dalai-lama tiene a su servicio un alto dignatario de la corte conocido con el nombre 
de tadik, quien le sirve las comidas, probándolas antes él mismo en garantía de que no 
hay adulteración. Guarda los tesoros del pontificado, es ayuda de cámara de su gran 
señor y el encargado de transmitir las órdenes a los altos funcionarios. Está revestido 
(1) ScHi AGiNTWEiT, Lc boudhisme au Tibet, trad. del alcm. por Milloné {Ann. da musée GuimeiUl). 



202 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



de una gran dignidad sacerdotal y cuida de la realización de las grandes ceremonias 

religiosas. 

El Dalai-lama, considerado como un ser divino, €S objeto de veneración y de la 
más exagerada idolatría. Se llegan a considerar sagrados sus excrementos, «los cuales 
son reducidos a polvo y conservados en cajas de oro incrustadas en pedrería, que se 
mandan como un presente a los príncipes, los cuales tienen a mucho honor llevarlos 

suspendidos a su cuello como otra 
joya cualquiera (1)». Es dueño abso- 
luto de cuanto existe en el Tibet; de 
sus subditos, así como de las propie- 
dades. Puede establecer los impues- 
tos que se le antojan, y todavía deben 
quedarle agradecidos sus habitantes 
si no les toma todos sus bienes, de 
los que ellos sólo son poseedores 
temporales. Sin embargo, el Dalai- 
lama respecta las costumbres del país 
y se ocupa preferentemente de los 
negocios espirituales, dejando la ad- 
ministración temporal a otro lama 
designado virrey por el gobierno de 
la China, a cuyo servicio están cuatro 
ministros y diez y seis gobernadores 
y mandarines, todos pertenecientes a 
la clase sacerdotal. El Gobierno de 
este país es puramente teocrático; 
desde el primero al último empleado 
han de haber sido monjes budistas. 
El cargo de juez es vendido en públi- 
ca subasta en el monasterio de De- 
bang, entregándolo al lama mejor 
postor. Para indicar la señal de que 
se le ha nombrado para administrar justicia se le entrega la vara de plata, con objeto 
de que los habitantes le reconozcan. Tal vez para reponerse del desembolso que le ha 
costado la adquisición del cargo, se concede al nuevo juez el derecho de imponer las 
multas que guste durante los primeros días de su jurisdicción, pudiendo disponer de 
las cantidades recogidas en los veintitrés primeros días. 

Los mandarines, en nombre del Gran Lama, reducen a la miseria a algunos de sus 
habitantes expropiándoles las fincas y dándoles un pase para mendigar por el país. 
Los lamas que ocupan cargos más inferiores son los más crueles en sus castigos. 
Los jefes supremos, si bien tienen carta blanca para realizar toda clase de crueldades, 
por lo general, para respetar los preceptos religiosos, prefieren no derramar sangre y 
dejan que los sentenciados perezcan de hambre. 
(1) Clavel, obra citada, pág. 385. 




TAclü-Laaia, custodio del dogma j juez supremo en asuntos religiosos 



CREENCIAS DE COI 



203 



I 



Cuando el Dalai-lama muere, cuando se despoja de su carácter de hombre para 
transformarse en niño», los khutuktu o grandes sacerdotes «se reúnen en cónclave y 
pasan una semana entrcí^ados al ayuno y a la oración» (I). fintonces deben reconocer 
en qué niño se ha ido a albergar el alma del difunto Buda, el cual ha de proclamarse 
futuro Dalai-lama, siendo reemplazado su mando por una regencia durante su menor 
edad. Hay escritores que opinan que el Gobierno de China ha intervenido clandesti- 
namente en la elección del nuevo Papa budista, con el objeto de que estuviera en buena 
armonía con el emperador celeste. Además, el Dalai-lama recibe del Tribunal de Cere- 
monias de China el título de supremo, firmado por 
el jefe del Estado, pero a la vez se llama subdito obe- 
diente. 

Se da el contraste de que los fieles chinos reco- 
nozcan como supremo pontífice al Gran Lama tibe- 
tano; toda la China acude en peregrinación a la sa- 
grada ciudad de Lassa, la Roma del Oriente; y en 
cambio el poder temporal del Tibet está supeditado 
a China. Los cuatro mil soldados de honor que el 
Dalai-lama tiene en su país, enviados de la China, no 
son más que sus guardianes para el día en que se 
pusiera en conflicto con aquella nación. En cambio, 
los tributos que se rinden a las autoridades religio- 
sas del Tibet, son grandes como los honores del em- 
perador. 

Copiamos literalmente la descripción que hace 
Turner, enviado de la Compañía de las Indias, de los 
honores que se ofrecieron en cierta ocasión al Tachi- 
lama o buda vivo, quien a pesar de que por su rango 
religioso debiera ser superior al Dalai-lama, sin em- 
bargo es un vasallo suyo, pues que este Gran Lama, al vincular el poder temporal, se 
hizo proclamar a sí mismo Bodhisattva, siendo hoy el jefe supremo. 

He aquí las fiestas que se celebran al tomar posesión de su cargo: 

«El emperador de la China,— dice,— había mandado sus embajadores como mues- 
tra de su celo y respeto al nuevo pontífice. El joven lama fué conducido a Tachi-Lumpo 
(Teschu-Lumbu) con toda la pompa y veneración que un pueblo fanático puede desple- 
gar en tan solemne ocasión. La multitud que de todas partes había acudido era inmensa, 
y el acompañamiento o procesión abarcaba tan gran extensión de terreno, que fueron 
necesarios tres días para un viaje de veinticinco millas. El camino había sido allanado 
y cubierto de una arenilla blanca, y en ambas orillas se elevaban pequeñas pirámides 
de guijarros, poco distantes unas de otras. El lama y su comitiva pasaron por medio 
de una doble fila de sacerdotes, de los cuales unos tenían en sus manos ramas olorosas 
que al quemarse despedían los perfumes más suaves, mientras otros tocaban diferentes 
instrumentos o entonaban himnos sagrados. Rompían la marcha tres divisiones milita- 
res de infantería y siete mil caballos. Veíase después de éstos al embajador de la China 
(D O. y E. Reclus, obra citada. 




El gran Lama vestido de sos ora*.mefltoj 
sacerdotales 



2i)\ 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



y SU comitiva, y luego el general chino con su escolta. Un gran número de tibetanos 
agitaban al aire variados estandartes y pasaban mezclados con comparsas músicos. 
Üüs caballos ricamente enjaezados llevaban dos hornillos redondos en que ardían 
ricos perfumes. Un anciano bonzo llevaba en su mano una bolsa bordada de oro que 

contenía los libros sagrados 
y algunos de los principales 
ídolos. Nueve caballos con 
preciosos arneses llevaban 
los ornamentos y vestiduras 
del bogdo-lama, precedien- 
do a cerca de setecientos 
bonzos dedicados especial- 
mente a la persona de aquel 
hombre- dios para ayudarle 
en las preces y ceremonias 
que hace diariamente en el 
templo. Dos hombres se- 
guían después cargados con 
un gran cilindro, sobre el 
que se veían en relieve va- 
rias figuras simbólicas. Va- 
rios otros dependientes dis- 
tribuyendo limosnas, cami- 
naban inmediatamente de- 
lante del trono del lama, 
compuesto de un sillón do- 
minado por un dosel y 
sostenido en unas andas por 
los hombros de diez y seis 
chinos. A un lado estaba el 
regente, y al otro el Dalai- 
lama. Después de ellos ve- 
nían todos los superiores de 
los monasterios del Tibet, a 
los que se unían todos los 
demás bonzos que flanquea- 
ban el camino, conforme iba 
pasando la procesión. Innu- 
merables estandartes flotaban en las torres y cúpulas de los monasterios por donde 
transitaba aquélla, así como en las demás que se elevaban en todos los ángulos de la 
ciudad. Al tercer día de la llegada del lama, fué conducido al gran templo, y a eso del 
mediodía ocupó el asiento de sus predecesores. Poco después el embajador de la 
China puso en sus manos las credenciales y dejó a sus pies los regalos de su amo, de 
que era portador. En los^tres días siguientes el Dalai-lama se presentó en el templo. 




Limts en la entrada de un convenio 



CREENCIAS DE CORHA N I II. I 1 



acoinparKiiido sicnijDre al joven lama y ambos a dos verificaron en común, ayudados 
por los demás sacerdotes, las ceremonias religiosas (1).» 

Para el gobierno de los asuntos espirituales existen diez grandes funcionarios 
llamados Fo por los chinos (2) y Khiiiuktits por los tibetanos. Tres de ellos residen en 
Pekín y los otros están diseminados por el país del lamaísmo. Son, como el Dalai-lama 
y el Tachi-lama, bodhisattvas inmortales, y su alma al morir, de la misma manera que 
aquéllos, se aloja en un niño escogido. Los lamas 
deben buscar este niño y una vez hallado presen- 
tarle objetos del difunto mezclados con otros ex- 
traños para ver si reconoce los suyos de la vida 
pasada. Asimismo es interrogado acerca de las 
etapas de su historia; a todo contesta acertada- 
mente, lo cual hace suponer que alguna prepa- 
ración de la ceremonia se verifica de antemano. 
Existe la leyenda de que su rostro cambia según 
las fases de la luna, pasando por todas las eda- 
des de la vida a cada revolución lunar. 




Los lamas del Tibet no son simples monjes 
desposeídos de cultura y estudio; sus cánones 
sagrados les obligan a cursar su carrera y a sufrir 
exámenes para comprobar su aptitud, inteligen- 
cia e ilustración. Los grandes establecimientos 
budistas poseen su Universidad, dirigida por un 
lama llamado Ji-wa, en donde se dan enseñanzas 
médicas, teológicas y de contemplación mística. 
La Universidad se divide en cuatro secciones 
para sus estudios. Las ciencias médicas de los ün lama ji-wa 

budistas no se asemejan a los estudios de las Fa- 
cultades de Medicina de los europeos; consisten, sobre todo, en el conocimiento de 
remedios vegetales y síntomas exteriores de la enfermedad, jugando un gran papel en 
su terapéutica o arte de curar, la sugestión, a la que rodean de una especie de magia. 

Al ingresar los monjes, dice Woodville refiriéndose a Kumbrum, pasan un pe- 
ríodo de noviciado dividido en dos etapas y comprendiendo ocho años, al final de los 
cuales sufren exámenes. Los que no se aprueban en estos exámenes van al Cole- 
gio búdico de Gyantsé, en donde se gradúan de bachiller (3). Una vez aprobados 
los estudios, pueden aspirar a las dignidades sacerdotales. Según Woodville (4), el 
principal del convento (Rang-pa) nombra para el término de tres años a cuatro oficiales 

(1) Clavel, obra citada, pág. 386. 

(2) Remusat, Fo koue ki (París, 1836). 

3) Grleber, Thévenos's Relations, II parte id. 

(4) Woodville, ¡ourney Through Mongolia and Tibet, 1891-1892. (Obra premiada con medalla de 
oro por la "Royal Geographical Society ), pág. 99 y 100. 
Tomo I. — 27. 



206 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

que tienen a su cargo los asuntos temporales del convento, conocido con los nombres 
de Ta Lao-yeh, Erh Lao-yeh, San Lao-yeh y Ssu Lao-yeh. El primero cuida de los 
negocios económicos; el segundo, de lo relativo al Jamen de Hsi-mug Amban; el 
tercero, de las relaciones del Convento con los mongoles y tibetanos, y el cuarto, de 
la Universidad de La-Lang. Además de éstos hay cuatro oficiales (Lung-Kuan), asi- 
mismo escogidos por el Rgan-pa (los Qukor), encargados de que se cumplan los 
mandatos y reglas de los superiores, teniendo, a su vez, a su servicio los llamados 
Lamas negros (1). 

La organización no será la misma en todas partes, ya que Recbes, Clavel y otros 
historiadores hacen mención de los Kegnien o niños de uno y otro sexo dedicados 
por sus padres a la vida religiosa (2). A los nueve años pueden emitir los votos reli- 
giosos; están obligados a observar los cinco preceptos budistas: primero, no matar; 
segundo, no robar; tercero, no fornicar; cuarto, no mentir, y quinto, no beber líquidos 
embriagadores. Además se les prohiben las comidas extraordinarias, las danzas, es- 
pectáculos, música, perfumes, adornos, camas cómodas y la aceptación de dinero. 
Más tarde están sujetos a los diez preceptos de la perfección: primero, no matar; 
segundo, no robar; tercero, no ser adúltero (que constituyen los actos corporales 
prohibidos); cuarto, no mentir; quinto, no calumniar; sexto, no injuriar; séptimo, no 
pronunciar discursos frivolos (actos de palabra); octavo, sacudir la pereza; noveno, 
refrenar la codicia, y décimo, concebir el terror dogmático. Estos preceptos provienen 
del brahmanismo, pues se encuentran en el Manú; pero son más observados por los 
budistas (3). A los veinte años, por medio de votos solemnes, entran en la verdadera 
vida monacal. Desde esta edad se entregan a una rigurosa práctica religiosa; deben 
guardar la más rigurosa castidad. El régimen del convento, así de hombres como de 
monjas, se parece mucho al de las congregaciones católicas; de noche se cierran las 
puertas, y los monjes se entregan a la meditación, no estando permitida la entrada de 
un religioso de orden distinta. Las visitas se reservan para las horas del día. Se entre- 
gan a la penitencia y ayuno, con el objeto de mortificar sus cuerpos. 



El principal centro de los religiosos budistas es la ciudad de Lassa, capital del 
Tibet y metrópoli religiosa de los fíeles budistas de la Tartaria, Mongolia y China. Está 
emplazada en la cima de la «Montaña Santa», a la orilla de un río también sagrado, 
rodeada de espléndida vegetación; los lamas han criado en aquellas alturas preciosos 
jardines, con magníficos álamos y rica arboleda, alrededor del palacio de Pótala, resi- 
dencia del Dalai-lama. En toda la ladera hay gran número de templos y monasterios, 
con fortificaciones y alojamientos para las tropas. La cúpula del templo y sus colum- 
nas están doradas con oro fino, existiendo asimismo grandes riquezas en los interiores 

(1) RocKHiLL, The land of the Lamas (Londres, 1891). 

(2) Feer, Le Tibet {Puris, 1886). 

(3, CCantú, Historia Universal, tomo III, pág. 399. Traducción castellana por N. Fernández, 
Madrid, 1855; Clavel, Obra citada. 



t 



CREENCIAS DE COREA Y IlHí:i 207 

de los monasterios, producto de los regalos y donaciones que aportan los peregri- 
nos de todos los países del lamaísmo. Unos veinte mil monjes habitan casi la mitad 
de Lassa, visten el pular rojo, tela fina de gran coste, y poseen preciosos caballos, 
montados en los cuales pasean la ciudad. A la «Silla de Dios» (significado de la 
palabra Lassa) acuden todos los años numerosas peregrinaciones de distintas regiones 
del Asia, existiendo el monasterio de Prebung para recibir a los monjes mongoles 
que acuden a oir las enseñanzas del Dalai-lama, de su propia boca, una vez cada 
año. Los conventos que existen en esta ciudad y en los alrededores absorben la vida 
de las poblaciones; a seis kilómetros, el monasterio de Debang contiene ocho mil 
frailes; el de Lena, más de cinco mil. 

En estos grandes centros religiosos prepondera la vida religiosa sobre la civil; las 
imprentas y bibliotecas, así teológicas como científicas, se encuentran en el interior de 
los monasterios. En las dos anchas alamedas que conducen de la ciudad al palacio del 
Dalai-lama vense constantemente multitud de fieles con su largo rosario, mientras los 
prelados de la corte, vestidos con magníficos trajes y montados en caballos ricamente 
enjaezados, pasan soberbios entre las gentes de a pie... Al declinar el día y cuando aun 
se proyecta sobre el azul del cielo el perfil de la montaña, suspéndense los trabajos en 
Ja ciudad y sus habitantes se reúnen en grupos sobre las azoteas, en las calles y en las 
plazas para prosternarse y entonar sus plegarias. Un sordo murmullo se eleva entonces 
de toda la población y sube hasta Pótala (1). Entre los conventos de monjas llamados 
gnelom-ma, femenino de gnelom fraile, y también Ain, el más importante se encuentra 
|en el lago Paité, en medio de una isla que emerge en sus aguas. Como en la religión 
católica, hay monjas de clausura que viven siempre encerradas en los conventos, gene- 
ralmente ricos, y monjas mendicantes que salen de su residencia. Tanto los monjes 
^como las religiosas dejan mucho que desear en el exacto cumplimiento de los cánones. 
Las prohibiciones que afectan a los goces corporales (comidas, diversiones, etc.), son 
habitualmente infringidas (2). 

VIH 

En los templos se levantan altares como los del catolicismo, en los que figuran 
las imágenes del buda Sakia-muni (fundador de la religión), en primer lugar, y en los 
lugares secundarios las de los otros budas divinos inferiores. Grandes candelabros 
iluminan a los santos de los altares y a las reliquias en que se conservan algunos res- 
tos de los venerados. Las estatuas de los dioses budas o suprema inteligencia, Darma 
o la ley (hay quien dice la materia) y de la unión de los dos anteriores o Sanga, son 
copias u originales de ídolos de la India, sin que en ellos se observen los rasgos tibe- 
tanos, revistiendo esta fisonomía solamente los santos de categoría inferior (3). Las 
estatuas se fabrican en los monasterios, ya de bronce, ya de sebo pintado con diversos 

(1) O. Y E. Recli s, Obra citada. 

(2) Markham, Travels in great libet, enjourn. ofR. Geogr. Soc. (1875); Trotter, Account of thc 
PundWsJourney from Leh to Lhassa, tn Journal of R. Geogr. Soc. (1877); Petermann's Mitiheilun- 
gen (1885). 

(3) O. V E. Reclus, Obra citada; Hardv, A manual of Budhism (Londres, 1853). 



208 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 




coluíc.. :-c venden a los fieles a buen precio, siendo pedidas para ostentarlas en sus 
moradas aun por los más pobres. En el palacio del Dalai-lama es en donde existe la 
mayor colección de las mismas. Las imágenes se adornan con cintas amarillas, en las 
que figuran diversos dibujos, y bendecidas por los sacerdotes, tienen propiedades 
curativas, traen la suerte a sus poseedores, etc., lo mismo que las que se despachan en 
los santuarios y ermitas de nuestro país. Estas cintas se regalan muchas veces en 
prueba de amistad y de sumisión. 

En las iglesias se oficia de un modo muy parecido a los templos cristianos. Los 
sacerdotes visten los ornamentos sagrados, leen los libros del Kandjour, y auxiliados 
por los monaguillos, incensan a las imágenes con unos incensarios metálicos sosteni- 
dos por cinco cadenas. Además de los inciensos, se ofrecen a los dioses diversos 
perfumes; los fieles adoran las reliquias (sarira), que contienen restos de los vestidos 

de Sakia-muni, las cuales acostumbran 
estar encerradas dentro de unas cajas 
en forma de pirámides. Al oficiar el 
lama, lleva la mitra en la cabeza y el 
báculo en la mano y da la bendición al 
pueblo, mientras los cantores entonan 
himnos acompañados de música que 
hacen con grandes instrumentos; todos 
los sacerdotes hincan la rodilla para 
saludar a las imágenes divinas; al en- 
trar en el templo se encuentran vasos 
de agua bendita para el uso de los fieles. De la misma manera que en la India, los bu- 
distas del Tibet en el mes de febrero celebran tres días festivos como principio de año 
nuevo; durante este tiempo los lamas realizan aspersiones de agua bendita en los tem- 
plos y por la ciudad, acompañándolas con oraciones. Luego siguen las ceremonias 
religiosas por espacio de quince días, en conmemoración del triunfo de la religión de 
Buda. En las procesiones que se verifican en honor de Sakia-muni no se llevan imáge- 
nes, sino sólo sus reliquias. En uno de estos días, el Dalai-lama celebra una recepción 
de los monjes de Lassa y pueblos vecinos, los cuales le ofrecen ricos presentes; luego 
se celebra una fiesta con bailes y saltos de maroma. El último día, un hombre, disfra- 
zado de diablo, sale en medio del público y ante un sacerdote que representa al Dalai- 
lama niega el dogma budista del Gran-Vehículo, diciendo que no es ilusorio lo que 
vemos por los cinco sentidos, y que es un error del budismo. Entonces el monje, para 
rebatir sus argumentos, echa los dados tres veces, sacando siempre seis; el disfrazado 
repite la operación (1) y saca as, y viéndose perdido, huye de entre la multitud. En 
mayo celébrase la fiesta de la concepción de Sakia. En las poblaciones que realizan 
procesiones adornan las calles con flores y hierbas; de las casas cuelgan tapices y 
ropas las más ricas y variadas. Antes de salir la procesión se colocan las imágenes 
en los umbrales de las iglesias, con el objeto de que el público las adore; cuando se 
pone en marcha la manifestación sagrada, salen los monjes con los objetos que usaba 
Sakia en su vida: su bastón de mendigo, su jarro, etc. Los fieles se postran en el suelo 
(1) C. CantC. Obra citada. 



Imá^nes de dioses en un convento de Ladak 



CREENCIA Pl. COREA Y TIHII 



y hacen gestos de adoración. Si la procesión cb de nuche, .^c ihuninan las casas con 
linternas de papeles coloreados. En agosto, época de recolección, se realizan fiestas 
religiosas con motivo de las cosechas. En las procesiones, que casi nunca faltan, apa- 
recen encabezando el acompañamiento las bayaderas, con sus gestos retorcidos, y los 
danzantes gimnásticos. Finalmente, en octubre se celebra la fiesta de los muertos, en 
la que varios hombres, disfrazados de serpientes, leones y otros animales, representan 
a los espíritus malignos. 

Las ceremonias del culto no se circunscriben a los templos y monasterios; por los 




Ceremonia religiosa, llamada "Danza del Diablo" que se celebra el día de Año Nnero 

caminos se encuentran montes de piedra y lápidas que contienen la célebre máxima 
sagrada: «¡Oh, la joya del Loto!». Las paredes de las casas, muros y monumentos 
contienen repetidas veces la inscripción. En los pasos que comunican los valles a 
través de los montes y en las cumbres, se ven banderolas colgando de grandes astas, 
en las que se lee la misma oración. Los tibetanos creen que basta poner una oración 
en movimiento para que la plegaria suba hasta los cielos; a cada ondulación de las 
banderas se eleva un himno devoto; a cada movimiento de un libro sagrado, se repiten 
todas las oraciones que contienen sus hojas. Para este fin existen en los templos 
budistas los molinos de plegarias, igualmente que en la religión bom-po, a los cuales 
dan un movimiento de rotación rapidísimo con el objeto de que sea mayor el nú- 
mero de preces. Así como los católicos acostumbran a llevar crucifijos, medallas, 
escapularios, etc., también los tibetanos llevan diversos amuletos con la oración mila- 
grosa, imágenes pequeñas, reliquias, etc. 

En todas las comidas y banquetes se rezan oraciones después de cada plato; la 
oración que más se repite es la milagrosa frase: Om-ma-ni-pad-mi-um. Esta oración. 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

a semejanza de lo que se hace en los países europeos, se ensena a los niños apenas 
saben balbucear algunas sílabas; poco importa que no comprendan su significado; 
para ellos al pronunciarla se alejan los malos espíritus y la dicha forma su destino; es 
el símbolo de su religión. A las plegarias se conceden propiedades curativas, si bien 
casi siempre esta clase especial de preces y encantos son encargados a los lamas 
y monjes. No son raros los casos en que a los enfermos (si su estado no es grave) se 
les expone al sol untados de manteca o se hacen otras prácticas por el estilo. En la 
celebración del matrimonio no interviene la iglesia, siendo un acto civil que se cumple 
colocando manteca en la frente de los desposados. En cambio, la muerte forma una 
serie de ritos religiosos muy diversos. El paso de esta vida a la otra es considerado 
por los budistas como uno de los momentos más trascendentales de la existencia. Al 
morir un individuo le cortan un poco de la parte superior de la cabeza, con la creen- 
cia que de este modo es más feliz su iransmigración; luego lo encogen de manera 
que descanse la cabeza sobre sus rodillas y se le colocan los brazos entre las piernas; 
de este modo lo atan y lo cuelgan en un cesto o saco, y empiezan las ceremonias reli- 
giosa^ el lama entona responsos y los individuos de la familia ofrecen en el templo 
manteca, con el objeto de iluminar las imágenes sagradas. Una vez concluidas las cere- 
monias sacerdotales, el cadáver es entregado a los cortadores, quienes lo atan a una 
columna y lo dividen en pedazos, que son arrojados, a los perros, con el fin de que 
coman su carne. Las familias ricas conservan el cadáver en su casa durante algún 
tiempo (a veces varias semanas), dándole luego el destino que indican los lamas. 

En algunas comarcas la carne de los difuntos es pasto de los cuervos. Estos anima- 
les, acostumbrados desde épocas remotas a ser respetados y a devorar carne humana, 
cuando divisan algún cementerio en el que hay gente reunida con objeto de prac- 
ticar las últimas ceremonias a los cadáveres, descienden en medio de ellos sin miedo 
alguno y se ceban sobre los restos humanos con la voracidad que les caracteriza. Los 
huesos son arrojados a las sagradas aguas de los ríos, conservándose algunas veces 
huesos largos de los muslos y brazos, con objeto de hacer trompetas para la ora- 
ción, y las falanges de los dedos para hacer rosarios (1). El mismo autor cita la cos- 
tumbre que existe en la provincia de Jam, en que un lama rompe el esqueleto en 
pequeños fragmentos y los reduce a pasta, machándolos, sirviendo este último postre 
a los cuervos mientras entona las últimas pompas fúnebres. Todas las prendas del 
difunto pertenecen a la iglesia; la mitad se destina al santuario y el resto se convierte 
para ofrecer té a los lamas y para pagades los funerales (2). A los lamas se les incinera 
y las cenizas se echan luego en algún lugar sagrado; otras veces se les entierra, sentados 
o agazapados. Después del sepelio, la familia del difunto celebra un banquete en su 
honor, al que se invitan conocidos y transeúntes; en él se desea para el finado la trans- 
fusión en el seno divino, que no tenga que verificar una nueva transmigración, si es 
posible, y, en caso contrario, que la nueva metemp sicosis sea feliz; luego, por la 
noche, se celebran los funerales en los templos, se encienden hogueras en los montes 
y se ilumina la morada del difunto. Viene luego un período de luto para la familia, 
despojándose del lujo, tan amado por sus habitantes; pero no existen los rigurosos 

(1) O. Y E. Reclus, Obra citada. 

(2) C. Cantú, Obra citadg. 



I 



CREENCIAS ÜL CUKl.A 



mu r 



211 



lutos de Corea y Clima m las opulentas exequias que en estos países celebran los ricos. 
VA espíritu tihetano recuerda al medioeval. La nación pobre, mísera, triste y lan- 
guideciente, manteniendo un soberbio culto, semeja el misticismo de la Edad media 
de España y de Europa en general, la época de los abades opulentos, de los señores 
feudales y del pueblo sumido en la ignorancia y sosteniendo con su trabajo aquellas 
instituciones fundadas en el privilegio. 



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Trajes de ius lamas en !a> 



La raza tibetana se extiende hasta la vertiente meridional del Himalaya, por el 
Nepal, Sikkin, Butan y reinos de los rajas. Con la raza se encuentra unida asimismo 
la religión; mientras los indus 
del reino del Nepal continúan 
su culto a Brama, los tibetanos 
de este país profesan la religión 
de Buda, poseyendo sus pro- 
pios templos, entre los cuales 
se distingue por su magnificen- 
cia el Baddhnath, emplazado 
cerca de la capital del Khat- 
mandu. Los lamas tibetanos 
acuden a visitarla durante las 
estaciones frías, por encontrar 
allí un clima más benigno. El 
edificio es soberbio, abovedado, 
con una enorme cúpula, sobre 

la que se levanta una torre que ostenta la figura de la divinidad (1). El Bután es por 
completo tibetano y el Gobierno de este país es igualmente teocrático, como en el 
Tibet; su capital Tasissudom, significa «la Santa cindadela de la fe>. El Rey de la ley, 
soberano, es también un buda vivo, que al morir se encarna en un niño, generalmente 
de la nobleza, el cual debe ser hallado por el cónclave de sus ministros (2). 

El monje Chy-fa-hian refiere una procesión magnífica. Delante de las puertas de 
la capital, de las que colgaban extensos y ricos tapices, se levantó un tablado rica- 
mente adornado y encima del cual se veían sentados el raja, sus mujeres y los gran- 
des del país. Los monjes condujeron una cabalgata simulando un pabellón adornado 
con doseles de seda, cintas, etc. En su interior se colocaron las estatuas de Buda, 
Darma y Sanga, trinidad budista, junto con otras imágenes de oro y plata. Cuando 
la procesión estuvo cerca de la puerta, el raja descalzóse, colocóse las vestiduras 
sagradas y se dirigió hacia la cabalgata para ofrecer flores y perfumes a los dioses; 
entretanto las doncellas arrojaban flores encima del vehículo hasta cubrirlo por com- 
pleto. Los demás monasterios hicieron lo propio. 

(1) Feer, Le Tibet (París, 1886). 

(2) Desqodins, La mission da Tibet (París, 1872). 



212 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



El pueblo tibetano ha prosperado en su lenguaje, merced a la introducción de la 
religión budista que aportó al país una lengua polisilábica con su correspondiente 
escritura. La instrucción se ha extendido mucho, habiendo gran número de habitantes 
que saben leer y escribir. El lujo del culto ha fomentado las industrias de la ornamen- 
tación. La arquitectura recibió asimismo un notable impulso con la construcción de 
templos y conventos. Pero el vigor del pueblo quedó agostado en flor. El fanatismo y 
el respeto mantienen al pueblo alejado de toda idea de organización social y de pro- 
greso; el pueblo está sometido a los sacerdotes, su hogar respira la mayor tranquilidad 
en medio de la poliandria, prestándose mil cuidados y atenciones para sostener una vida 
puramente somática; los tibetanos rezan maquinalmente, asisten a las ceremonias 
religiosas, por tradición y costumbre; pero no se remontan a interpretar los misterios 
y dogmas del budismo. 

El misticismo se halla entre la clase monacal. Su influencia es grande, pues en el 
Tibet es asombroso el número de individuos que llevan hábito religioso, y su horror 
a la existencia y sus ansias de aniquilarse en el seno de Dios (cuando menos esto es lo 
que predican) produce una depresión espantosa en el espíritu colectivo. Tal vez en la 
presente época del resurgir del pueblo chino llegará una oleada de vida de este rena- 
cimiento oriental para los tibetanos: el contacto con los ingleses ha de fortalecer esta 
corriente. La liberalización de los habitantes y la democratización y secularización del 
Gobierno cambiarían entonces la vida de un país que ostenta una vida medioeval 
en la Edad contemporánea. 

Los jampas del alto valle del Indo son los tibetanos de carácter más alegre y humo- 
rístico, cualquiera que sea la situación en que se encuentren. Están desposeídos del 
fanatismo de sus hermanos tibetanos, son muy poco religiosos, y de entre ellos casi 
nadie toma el hábito monacal. Pero el resto del país persiste unido al mandato de los 
lamas, carece de voluntad propia y obedece con una ceguera psíquica total. Con razón 
dice Reclus: «Si se convirtieran al cristianismo los lamas del Tibet, se convertiría todo 
el país y todos los millones de budistas que viven fuera de sus fronteras. Por este mo- 
tivo creen los misioneros cristianos que llegar a Lassa es atacar al Ídolo en su trono, y 
que triunfar equivaldría a recoger el cetro del Asia alta». Allí todo está preparado de 
antemano para substituir la religión de Oriente por la del Occidente. Para formar un 
clero indígena, la Iglesia tendría a su disposición legiones de lamas, acostumbrados a 
las reglas del celibato y de la jerarquía. Para recibir sus órdenes monásticas hallaría 
numerosos conventos budistas dedicados ya a la abstinencia, a la oración y al estu- 
dio. Para desplegar la pompa de su culto, encontraría templos en cuyo recinto se 
celebran desde hace mucho tiempo imponentes ceremonias. En ningún país del mundo 
ha arraigado el catolicismo como en las elevadas regiones de la América de Sur, habi- 
tadas por los quichuas. Y, según observa Markham- los Andes del Ecuador y del Perú 
fueron el Tibet del Nuevo Mundo, por la industria, la alimentación, las costumbres y 
el traje de sus habitantes. Quichuas y tibetanos pasan con igual respeto por los colla- 
dos de las montañas y ante los montones de piedras sagradas, recitando sus oraciones 



CREENCIAS DE CORI 



2n 



con la misma devoción. El paralelo de ambas elevadas regiones, cubiertas a nicnudo 
por las nieves, no puede ser más hermoso. Catolicismo y budismo, aunque separada- 
mente, han seguido una evolución semejante. Pero el influjo de las naciones varía el 
curso de las leyes naturales. Los austriaespañoles sembraron el culto católico en las 
Américas por medio de numerosas misiones, cuya opulencia de culto fascinó a los 
quichuas. Pero los pastores protestantes que puede enviar Inglaterra al Tibet tienen 
un culto demasiado humilde para que subyugue por igual. El porvenir más probable 
de los tibetanos es la irreligión característica del extremo Oriente moderno. 




Tomo I. — 28. 



CAPITULO Vil 



Mitos y cultos egipcios 

1. Generalidades: el enigma egipcio; un texto de Oauthier.— Posición geográfica del Egipto.— El Egipto 
precursor de las civilizaciones de los grandes imperios antiguos.— Dos palabras acercare la crono- 
logía egipcia.— II. Templos egipcios; las pirámides; una opinión de Ampére. Karnak y Luqsor; breve 
descripción desús bellezas arquitectónicas, de su historia y simbolismo; otros monumentos.— III. Teo- 
gonia egipcia; un pasaje de E. Quinet; los animales sagrados y las divinidades con atributos animales; 
divinidades de forma humana; Osiris, Isis, Nephytis y Horus; la trinidad tebana; los dioses cósmicos; 
los dioses abstractos; el mundo inferior o Hades.— IV. Casta sacerdotal; misterios, culto, ritos y cere- 
monias. Iniciación; sus varios grados; la Craia Repoa supremo grado de iniciación; subdivisión de 
ésta en varios grados. La leyenda de Hiram, o del Gran Arquitecto.— V. El culto de los muertos y 
el viaje del alma; Abydos; el Amenü o el abismo de las sombras; el desdoblamiento o la reme- 
moración del alma; el juicio o la segunda muerte; la aparición a la luz, o la resurrección.— VI. Los 
coptos: vicisitudes de esta secta cristiana; su constancia en la defensa de su ideal religioso; su inde- 
pendencia y su apego a la tradición nacional.— Conclusión. Distintos aspectos de la religión del 
Egipto; apreciación de conjunto acerca de sus creencias. 

I 

i algún pueblo hubo al que con toda propiedad se pudiese aplicar el epíteto 
de misterioso, fué ciertamente el egipcio. «La inmensa faja de desiertos que 
se extiende a través de las regiones centrales de Asia y de las septentrionales 
de África, dice una ilustre escritora (1), sólo queda interrumpida por la ferti- 
lidad de los valles del Eufrates y el. Tigris en Mesopotamia y por la cuenca del Nilo, 
que surge, cual espléndido oasis, merced al río sagrado del antiguo Kemií, alejando la 
invasión de los arenales del desierto de Sahara. Esta corriente, misteriosa y uniforme 
hasta en sus desbordamientos periódicos, fué un símbolo del país, pues así como su 
curso interrumpía la aridez del desierto con sus aguas sagradas, sin recibir auxilio de 
ningún afluente, el pueblo egipcio, consagrado a sus cultos vernáculos, creó por sí solo, 
sin ajeno influjo, una de las civilizaciones más típicas y espléndidas de la antigüedad.» 
Otro escritor (2) ha dicho que «todo el Egipto es una iniciación»: mejor, a nuestro 
juicio, hubiera dicho que todo el Egipto es un misterio, y aun con mayor propiedad 
un jeroglifico. Aquella civilización estuvo verdaderamente envuelta para nosotros en 
la densa niebla de la leyenda hasta que, llevada a cabo por el capitán del siglo (1798- 
1801) la colosal idea de una expedición militar (3) a las arenosas regiones del desierto, 

(1) M. Santiago Fuentes, Compendio de la Historia de la Civilización (Madrid, 1911). 

(2) Ch. W, Heckethorn, The secret societies of all ages and countries (Londres, 1897), t. I, c. V. 

(3) La JoNQL'iERE, L'expédition d'Egypte (París, 1898-1991); Raybaud, Histoire scieniifique et mi- 
Utaire de l'exp. franf. en Egypie ( París, 1 830-36). 




< 



í 



MITOS Y CULTOS EGIPCIOS 



215 



desenterraron sus monumentos e hicieron luz sobre aquella muerta civili/atión egip- 
tólogos tan eminentes como Rosellini, Champollion, Maspero, Steindorff, Mariette, 
Tiele, Wilkinson y muchos otros. 

Si bien lo consideramos, es aún hoy un enigma para la ciencia como pudieron 
realizarse construcciones tan atrevidas como las pirámides, los templos de Karnak y 
Luqsor, el Serapéum, el canal de unión del Nilo con el Mar Rojo, el célebre Labe- 
rinto y la gran obra hidráulica del reinado de Amemhat 111, conocida con el nombre 
de lago Meris, sin contar con los medios con que cuenta en las modernas edades la 




Fachada principal del templo del Luqsor 

mecánica y el arte de construcción, sin tener a su disposición ni los explosivos para 
perforar la roca viva, ni los recursos de la metalurgia, ni las máquinas que han sido 
producto del paciente estudio de tantos ingenios de épocas posteriores. Enigma es 
hoy también la ciencia y práctica de la química egipcia con sus aplicaciones a la 
medicina y a la conservación de los cuerpos de los difuntos por el sistema de la 
momificación. Enigma, finalmente, aquel profundo simbolismo que empezando por 
la escritura en sus tres formas, jeroglífica, hierática y demótica, acababa en todas 
las manifestaciones de la arquitectura y de las artes gráficas y suntuarias. El pueblo 
egipcio, fiel al mito de Osiris, se consagró cual ningún otro al culto de los muertos, 
basado en la magia y en el animismo: la magia fué una de las profesiones caracterís- 
ticas de aquel pueblo en que preponderaba el sacerdocio, y a los sacerdotes estaban 
encomendadas las ceremonias litúrgicas, formadas casi en su totalidad por artes má- 
gicas, conjuros y adivinaciones: la magia estaba indisolublemente unida a la religión 
y a la medicina, a tal extremo que las profesiones de sacerdote, médico y hechicero se 



216 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



confundían en una sola: el embalsamador era un sacerdote y un mago al propio 
tiempo que un cirujano, pues hacía uso de una combinación de recursos en que tan 
importante papel desempeñaba la religión, como la disección de los miembros, y los 
símbolos y artes de la magia. 



El gran escritor francés, Th. Gautier, en un pasaje de uno de sus mejores libros (1), ha 
sintetizado lo que vamos diciendo: «¡País verdaderamente espantoso es éste del Egipto: 

todo es en él sombrío, enigmático, incom- 
prensible! La imaginación no produce allí 
más que quimeras monstruosas y monumen- 
tos descomunales; su arquitectura y su arte 
me dan miedo; aquellos colosos a quienes 
sus piernas empotradas en la piedra, conde- 
nan a tener las manos eternamente puestas 
en las rodillas, me aturden con su inmovili- 
dad. ¿Cuándo vendrá, por fin, el gigante que 
les tomará de la mano y los sacará de su 
posición conservada durante veinte siglos? 
Hasta el granito me parece cansado ya de 
tanta monotonía. ¿Qué voz de soberano están 
esperando para abandonar la montaña que 
les sirve de asiento y levantarse en señal de 
respeto? ¿Qué invisible rebaño está encar- 
gado de vigilar esas colosales esfinges, sen- 
tadas en cuclillas a guisa de perros de guar- 
da, con ojo siempre avizor y con las garras 
a punto de caer sobre su víctima? ¿Por qué 
tienen sus ojos tan tenazmente fijos en la 
eternidad y en lo infinito? ¿Qué extraño se- 
creto ocultan sus labios cerrados? A dere- 
cha y a izquierda y dondequiera que vuelva 
uno su atónita mirada, no divisa sino mons- 
truos horrorosos; perros con cabeza de hom- 
bre, hombres con cabeza de perro, quimeras, 
partos monstruosos, anubis, tifones, osiris, 
gavilanes de amarillos ojos que parecen que- 
rer atravesar a uno con sus escrutadoras mi- 
radas y ver más allá de uno mismo cosas que 
es imposible repetir; toda una familia de ani- 
males y dioses espantable's, con alas de esca- 
mas, con picos encorvados, armados de cortantes garras, siempre a punto de tragarse 
al inerme transeúnte y devorar al temerario que se atreva a pasar el dintel del templo 
(1) Une nuii de CléopátreiParís, 1845). 




BtiUriaa egipcia 



MITOS Y CULTOS EGIPCIOS 



217 



O descorrer el velo que esconde sus niisienos. Sobre los muros, sobre las columnas, 
en los techos de los palacios y de los templos, en lo más profundo de las necrópolis, 
hasta las entrañas de la tierra en donde los rayos del sol no penetran y en donde la 
luz se extinc^ue por falta de aire, por todas partes se ven jeroglíficos esculpidos y pin- 
tados que relatan, en lenguaje incomprensible, cosas que ya no se hacen y que perte- 
necen sin duda a creaciones desaparecidas. No se ven sino símbolos amenazantes y 
fúnebres, esferas alegóricas, serpientes enroscadas, balanzas en donde se pesan los 
corazones de los vivos y las almas de los difuntos; lo ignoto, la muerte, la nada. Por 
toda vegetación, inscripciones con caracteres enrevesados; por paseos, grandes aveni- 
das orladas de obeliscos de granito; techos de granito por cielo; « n fin, la eternidad 




DeUUe del templo de Eurnak 

palpable, un amargo y perpetuo sarcasmo contra la fragilidad y brevedad de la vida. 
Escaleras y graderías hechas para titanes y que el pie humano es incapaz de franquear; 
columnas que cien brazos juntos no pueden abarcar; laberintos en los que se puede 
andar un año sin hallar la salida. En una palabra, el vértigo de la enormidad, la em- 
briaguez de lo gigantesco, el colosal esfuerzo del orgullo queriendo a todo trance 
grabar su nombre en la superficie de la tierra.» Esta pintura es indudablemente algo 
exagerada, pero da idea de aquel arte ciclópeo que pareció proponerse por objetivo 
aterrorizar y aplastar la imaginación con la enormidad de sus obras y lo extravagante 
de sus concepciones (1). 

El Egipto está limitado al N. por el mar Mediterráneo, al E. por el istmo de Suez 
y el mar Rojo, al S. por la Nubia y al O. por el gran desierto de la Libia. Los antiguos 
incluían el Egipto en el Asia, reduciéndolo al valle propiamente llamado del Nilo y 



(1) Champollion-Figeac, Lettre d M. Fourier sur V inscription grecque du temple de Denderah 
en Egypie (París, 1806); Champollion le Jeune, Egypíe sous les Pharaons (Orenoble, 1811»; Id., De 
Técriture hiératique des anciens Egyptiens (Ibid,, 1S21); Id., Letires écrttes d'Egypte et de Nubie, en el 
Moniteur Universel freunidasen un tomo en 1833, reediUdas en 1868). 



218 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



dividiéndolo en dos regiones, Maris y Tsahet, dando a la primera el nombre de Egipto 
y Heptanóniida o Egipto Medio, y a la segunda, el de Bajo Egipto o Delta. Dícese que 
Scsostris dividió el país en 36 nomos o provincias, diez de las cuales, según Estrabón, 
pertenecían a la Tebaida, diez al Delta y diez y seis al Egipto Medio. De las medallas 
e inscripciones se deduce que hubo una ulterior división en cuarenta y seis nomos. En 

esta época su población se 
elevaba a siete millones de 
habitantes, repartidos en 
más de diez y ocho mil ciu- 
dades y lugares. El historia- 
dor Josefo calcula en siete 
millones quinientos mil el 
número de habitantes, sin 
contar la población de Ale- 
jandría. 

El Egipto ocupa en la 
serie cronológica de las 
civilizaciones vivientes el 
puesto de precursor y an- 
cestral, pues era ya un pue- 
blo culto y había ya llegado 
a la meta de su progresivo 
desarrollo cuando a su al- 
rededor, o sea en las de- 
más naciones, la vida social 
daba sus primeras señales 
de vida y crecimiento. En 
tiempo de Cambises y de la 
Persia, la historia de Egipto 
contaba ya más de cinco mil 
años de gloriosos fastos: en 
los lugares en donde más 
tarde habían de establecer- 
se imperios tan poderosos 
como Caldea y Asina, Feni- 
cia, Grecia y Roma, no se veían más que numerosas llanuras, muchas de ellas desier- 
tas, pobladas otras apenas por unas cuantas familias humanas casi en estado salvaje; 
mientras que el Egipto era ya un imperio floreciente, rico, política y económicamente 
bien organizado, en pleno goce de sus artes, su religión, su escritura, sus ciencias 
exactas y naturales. Cuando la fugitiva Dido edificaba el fuerte de Birsa, primer ci- 
miento de Cartago, Tebas, la ciudad de las cien puertas, era ya el emporio de una 
civilización perfecta; y hacía ya veinte siglos que las pirámides contemplaban estáticas 
el ir y venir de las generaciones, cuando el Partenón empezó a dibujar su severa silue- 
ta en el Acrópolis de Atenas y el siglo de Pericles elevó a Grecia al apogeo de su glo- 




DUimos instantes de Gleopatra 



MITOS Y CULTOS EGIPCIOS 



210 



ria. Sin embargo, un pueblo de tan gloriosa historia hul)u de ser fatalmente presa de 
las águilas romanas. Su última soberana, la famosa Cleopatra, dejándose morder por 
el áspid, antes que presenciar la ruina de su pueblo, fué la última figura de relieve de 
aquella civilización oriental. 

II 

La cronología egipcia, que es un modelo, al propio tiempo que un duro reproche 
para las de los demás países civilizados de la antigüedad, está grabada con caracteres 
indelebles en sus imperece- 
deros monumentos (1). Pero 
aquellos obeliscos, dedica- 
dos al sol, con su forma có- 
nica imitando el curso de la 
llama; aquellos laberintos; 
aquellos pájaros con cabeza 
humana, emblema del alma 
inteligente; aquellos escara- 
bajos, signo del poder crea- 
dor; aquellas esfinges, ima- 
gen de la fuerza; aquellas 
serpientes, representación 
de la vida y de la eternidad; 
todas aquellas raras combi- 
naciones de formas; aque- 
llos jeroglíficos, que son aún 
para nosotros un secreto y 
lo fueron quizá también 
para aquel pueblo que ca- 
llando y temblando erigía 
las pirámides; todos aque- 
llos símbolos formaban el 
lenguaje de una de las más 
vastas y mejor organizadas 
sociedades secretas que ha- 
yan jamás existido. Al pe- 
netrar en aquellos gigantescos templos, que parecen ser la obra de una raza extingui- 
da, diferente de la nuestra, como los cuadrúpedos fósiles son diferentes de los que 
hoy existen; al atravesar aquellas galerías que por entre laberínticas curvas nos con- 
ducen a lo más íntimo del santuario, nos vemos sobrecogidos por una idea singular, 
la idea del silencio y soledad que reina y reinó siempre en aquellos edificios, en don- 
de el pueblo ignorante no pudo jamás penetrar porque le estaba prohibido el acceso; 
sólo unos pocos eran admitidos, y nosotros, los modernos, los europeos, hemos sido 
los primeros en dejar la huella de nuestros pies en aquellos solitarios recintos. 
(1) Max Müller, Asien und Europa nach altügyptischen Dcnkmaiern (Leipzig, 1893). 




U pran s&l* hipistilt de Itrwkk 



220 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

Penetremos, pues, y examinemos los templos más importantes, cuyas ruinas nos 
darán una idea de lo que fueron aquellas construcciones. Antes, empero, hemos 
de admirar lo que más llama la. atención del viajero al recorrer aquel país de lo 
grande y lo maravilloso, aquello que por su extraña forma, su imponente masa y su 
extraordinaria altura hizo ya la admiración de los antiguos que lo colocaron entre 
las siete maravillas del mundo: nos referimos a las pirámides. El primero que habló 
de estas grandiosas manifestaciones del arte gigantesco, de aquella que Plinio llama 
«demostración vana e insensata de la riqueza de los reyes*, fué el historiador He- 
redóte, según el cual la primera y mayor fué construida por Keops, la segunda 
por Kefrén y la tercera por Micerino: la construcción de la primera duró treinta 
años, de los cuales los diez primeros se emplearon en construir una calzada que 
había de conducir a la pirámide, y este trabajo preparatorio ocupó a cien mil hom- 
bres. La altura de la gran pirámide, o sea la de Keops, es de ciento treinta y ocho 
metros; su base, de doscientos veintisiete metros, y su arista, de doscientos diez y siete 
metros. Su volumen se calcula en dos millones quinientos sesenta y dos mil quinientos 
setenta y seis metros cúbicos, volumen verdaderamente prodigioso (1). Las dimensiones 
de la segunda son doscientos siete metros de base, ciento treinta nueve de altura; vo- 
lumen, un millón novecientos tres mil doscientos setenta y cinco metros cúbicos. Las 
de la tercera, cien metros de base; cincuenta y tres de altura; volumen, ciento setenta 
y nueve mil ciento ochenta y dos metros cúbicos. Ignórase quiénes fueron los autores 
y el modo y época de construcción de tales monumentos (2): las inscripciones de que 
estaban cubiertas han desaparecido, y aunque en su interior se hallaron uno o dos 
jeroglíficos, no es posible descifrarlos de manera que den .una idea ni siquiera apro- 
ximada acerca de lo que más excitaría el interés del arqueólogo. Diodoro de Sicilia 
dice que para la construcción de las pirámides se empleó una piedra muy resistente y 
refractaria a la elaboración, pero de una duración eterna y que, no conociéndose 
entonces el arte del andamiaje, se hizo uso de los terraplenes para elevarlas. Pero lo 
que más despista al investigador es que estando construidas en medio de la arena del 
desierto, no se ve huella ninguna ni de transporte, ni de haberse trabajado en el puli- 
mento de las piedras, ni de los terraplenes de que se supone haberse servido para su 
construcción. Es uno de tantos misterios de aquel pueblo apocalíptico. 



Pasemos ya a los templos. Tebas, la corte de los Ramsés y Amenofis, encierra los 
de Karnak y Luqsor. Acerca de ellos dice J.-J. Ampére (3): «Atravesado un pequeño 
palmeral, hállase un ancho portal que da acceso a un espacioso peristilo, en medio 
del cual se alzan doce columnas. Once de ellas fueron derribadas por un terremoto: al 
frente vese otro portal edificado delante de la grande y maravillosa sala de columnas, 

(1) Georqes Ebers, L'Egypte, traduc. por Maspero (París, 1880). 

(2) Chipiez, Hisioire de l'art dans Vantiquité, t. I (París, 1881). 

(3) Voyages en Egypte et en Nubie (París, 1867); Mariette Bey, Karnak (Psiñs, 1875); Le Sérapéum 
de Memphis (Ibid., 1866), 



MITOS V CULTOS EGIPCIOS 221 

llamada la sala hipóstila de Karnak. Aquí es donde el hombre empieza a experi- 
mentar el sentimiento de lo gigantesco. El terremoto derribó uno de los macizos del 
scjj^undo portal, que actualmente tiene el aspecto de una montaña de granito de la que 
se hubiese desgajado un peñasco. En presencia de estas ruinas, olvídase uno del mo- 
numento humano y no piensa más que en las grandes catástrofes de la naturaleza: 
en el dintel de la gran sala elévase una estatua colosal mutilada, es la de Ramsés el 
Grande; más adelante el efecto es sorprendente. Imaginaos un bosque de torres, repre- 



laterior del templo de Ápet 

sentaos un laberinto de ciento treinta y cuatro columnas, la más alta de las cuales no 
excede de setenta pies y su diámetro tiene once, cubiertas de bajorrelieves y jeroglífi- 
cos: los capiteles tienen sesenta y cinco pies de circunferencia; la sala trescientos diez 
y nueve de largo por ciento cincuenta de ancho. No hay para qué decir que esta 
arquitectura imperecedera ha desafiado las iras de dos razas conquistadoras que desola- 
ron el Egipto, a saber: los pastores, pueblo bárbaro, y los persas, pueblo fanático, y está 
intacta como estaba tres mil años atrás en el reinado de los Ramsés; las fuerzas destruc- 
toras de la naturaleza han sido impotentes contra la obra del hombre. El terremoto que 
derribara las once columnas del patio que hemos atravesado poco ha, derribó, como 
dije, uno de los macizos del portal, dejándole el aspecto de una montaña de granito 
de la que se hubiese desgajado un peñasco; pero las ciento treinta y cuatro columnas 
de la sala que contemplo no se han movido. Esta sala estaba completamente cubierta, 
aun se ve una de las ventanas que le daban luz: no era un templo, sino más bien un 

Tomo I. — 29. 



222 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

lugar de reunión, destinado sin duda a aquellas solemnes asambleas a que daban el 
nombre de panegirias. El jeroglífico, cuya traducción parece ser este nombre griego, 
compónese de un signo que quiere decir iodo y un techo sostenido por dos columnas, 
del mismo estilo que las que rodean la sala. Este monumento forma como un inmenso 
jeroglífico, en donde se pierde el espectador más sereno: sus compartimientos forman 
literalmente una epopeya en bajorrelieves, cuyo héroe es el faraón Sethos; cada com- 
partimiento es un canto distinto, y Wilkinson llegó a creer que Homero los había visto 
en su viaje a Egipto y que en ellos se había inspirado para pintar los combates griegos 
de su ¡liada. 

Del ángulo SO. de las ruinas de Karnak parte una avenida de esfinges que en 
doble fila de imágenes misteriosas y sagradas conduce al palacio de Luqsor (1). Luqsor, 
que en árabe significa los palacios, es, como Karnak, un conjunto de monumentos 
de varios siglos, pertenecientes a dos épocas: la parte más antigua es obra de Ame- 
nofis III, llamado por los griegos Memnón y cuyo doble coloso se levanta en la otra 
orilla del río. Amenofís construyó el santuario y el cuerpo principal del templo; ciento 
setenta años más tarde, Ramsés II añadió los portales (2) y levantó los magníficos obe- 
liscos que adornan la entrada. La obra principal, pues, se debe a Amenofís, y por lo 
mismo su nombre y sus alabanzas hállanse en las innumerables decoraciones de todas 
las partes del templo. Ensálzanse en ellas las riquezas y grandeza del faraón a quien 
todos los pueblos acudían a llevar tributos, consistentes en hijos, caballos y grandes 
cantidades de plata, oro y marfil. En aquellas inscripciones celébrase también a Ame- 
nofis por haber levantado templos a su padre el dios Amón y por haber mejorado y 
ensanchado la ciudad de Tebas. El dromos que precedía a la entrada del templo está 
hoy sepultado debajo de los escombros y del monte de arena sobre el cual está edificada 
la aldea árabe. En el estado actual de aquellas ruinas, lo primero que se ofrece al visi- 
tante son los portales de Ramsés, delante de los que había hecho el príncipe levantar 
dos obeliscos y dos estatuas colosales: éstas, formadas lo mismo que los obeliscos, 
por sendos bloques de granito rojo de las canteras de Syena, están enterradas en las 
tres cuartas partes de su altura detrás de los obeliscos, apareciendo sólo a flor de tierra 
el busto y la cabeza muy mutilados. Como todas las imágenes que se ven delante de 
los monumentos egipcios, están sentadas, siendo sus proporciones las de una estatua 
de trece metros. De los dos obeliscos, uno fué donado a Francia por Mahomed-Alí 
y se ve hoy en la plaza de la Concordia de París. Los dos son de una ejecución 
acabadísima; los jeroglíficos grabados en sus cuatro caras son de una pureza de líneas 
que el tiempo no ha podido alterar. El doble portal ante el cual se levantaban aquellos 
monolitos, se compone de dos macizos piramidales formando un frontispicio de diez 
y siete metros de alto, surmontado de una cornisa de la que no quedan sino unos 
cuantos arranques: las dos partes del portal exceden de seis metros de altura del fron- 
tispicio, extendiéndose hasta treinta metros de parte a parte. Las esculturas representan 
una campaña de Ramsés contra los khetamos y otros pueblos de la Siria en el quin- 
cuagésimo año de su reinado. Pasado el frontispicio hállase un patio rectangular de 
unos 59 por 52 metros, rodeado de una doble fila de columnas que forman una galeria 

!ií Íl5*^^^' ^^ '^'"^^^ ^^ Louxor, en Mém. Miss. Archéol. au Caire, XV, 368. 
12) Según lo más probable, estos portales los añadió Evergetes (v. infra). 



MITo- 



i:/<.Hio 



223 



cüiitiiuia, coronada de largas azoteas. Atravesado un sej^iindo patio y después un ves- 
tíbulo que es propiamente la pieza inmediata a lo más íntimo del templo, hállase la 
puerta principal que en el fondo del vestíbulo da acceso a una grandiosa sala en cuyo 
interior se alza una construcción completamente aislada. Esta construcción es el secos 
o santuario: dos puertas se 
ven mirando en sentido del 
eje del templo: el techo está 
pintado de colores, domi- 
nando el azul, y las paredes 
están cubiertas de escenas 
religiosas. Después del san- 
tuario y el corredor que lo 
rodea, hállase una galería 
transversal de veintidós me- 
tros de largo por unos nueve 
metros de fondo, cuyo techo 
está sostenido por una doble 
fila de doce columnas: seis 
puertas dispuestas simétri- 
camente, dan acceso a una 
serie de aposentos que for- 
maban la parte extrema del 
templo y de todo el edificio. 
Remontando la llanura 
de Tebas de N. a S., en di- 
rección paralela al Nilo, há- 
llase el templo de Gournah, 
el Ramesséum, el grandioso 
templo de Medinet-Abou, 
modelo de la elegante arqui- 
tectura del tiempo de Thout- 
masis y la arquitectura ma- 
jestuosa de la época de los 
Ramsés. Al lado de un pe- 
queño templo de Thoutma- 
sis III, Ramsés III levantó 

soberbios edificios precedidos de un palacio que se llama el pabellón de aquel monar- 
ca. En ningiín sitio la grandeza de los faraones se representó por una serie de bajo 
relieves tan preciosos como los del gran patio de Medinet-Abou. 

Además de los dichos, había en Egipto otros templos, cuya grandeza pregonan las 

ruinas hoy existentes (1). Estos eran: el de Ptah, enriquecido por Khámus, el heredero 

del gran Ramsés, quien hizo poner dos colosos ante sus puertas; el de Denderah, el 

de Hathor, el de Edfu y otros muchos de incomparable belleza arquitectónica, que 

( 1 ) Petrie, History of Egypt (Londres, 1894). 




Pórtico del templo de Medioei-iboa 



224 LAS SF.CTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

sería prolijo describir. Todos ellos, además de monumentos de la grandeza de los 
soberanos que los mandaron construir, eran la representación y como la síntesis de 
las creencias del pueblo egipcio. 

III 



Los seres objeto de la veneración del pueblo egipcio y a los que tributaba en 
mayor o menor escala los honores de la divinidad, eran los animales, los reyes des- 
pués de muertos y algunos personajes ya reales, ya producto de la imaginación y la 
leyenda (1). Todo ello forma la teogonia y la mitología egipcias, que vamos a describir 
con alguna amplitud, hablando de las divinidades con atributos animales, de las divi- 
nidades en forma humana, de las divinidades cósmicas y de las abstractas. 

El cinocéfalo (mono grande) era adorado como emblema de la sabiduría y de 
Tahuti, dios de la sabiduría; creencia que tenía por fundamento el aspecto y el proce- 
der de este animal. En el templo del Hermópolis se conservaban cuatro cinocéfalos 
como sagrada reliquia, y se le representaba a menudo en actitud de adorar al sol, por 
su costumbre de chirriar a la salida del astro del día. 

El león y la leona hállanse en las figuras de la época prehistórica y en los amule- 
tos, pero no aparecen en los monumentos. Las diosas con cabeza de león menudean 
en los templos de Menfis, Tefunt. El poder destructor del sol (como veremos más 
tarde) lo personificaban los egipcios en la leona Shekmet, la cual había destruido el 
mundo desde Heracleópolis hasta Heliópolis por mandato del Rá (el sol). 

Reverenciábase también a los felinos menores. El gato era un animal consagrado 
a Bast, especialmente en Bubastis y en Speos Artemidos, en donde se equiparaba a 
Bast con Artemis el cazador; estaba también consagrado a Mut, y en Tebas se le reve- 
renciaba probablemente como a un emblema de la maternidad. La intensidad de la 
adoración popular de los animales, aun en los últimos tiempos, se prueba por la muy 
conocida historia del fanatismo de la plebe haciendo añicos a un soldado romano por 
el mero hecho de haber dado muerte a un gato. 

El toro era adorado especialmente en el Delta, en donde había cuatro nomos (pro- 
vincias) que lo tenían por distintivo. Las cuatro divinidades en forma de toro eran: el 
buey Apis, de Menfis, cuyo templo estaba situado al sur del de Ptah; el Mnevis, de 
Heliópolis, que era de mayor musculatura; el Kanub o Kanobos, que daba el nombre 
a su ciudad, y el Bakh o Bakis, de Hermonthis. Estos toros estaban íntimamente rela- 
cionados con las divinidades adoradas en dichas ciudades. Apis era la encarnación de 
Ptah, como también de Osiris, bajo la forma de Osir-Api; Rá estaba encarnado en. 
Mnevis, y Mentu en Bakis. 

La vaca era adorada como emblema de Hathos. 

El morueco (carnero padre) era adorado como dios de la procreación: en Mendes, 
del Delta, se identificaba con Osiris; en Tebas era el mismo que Amón. Hanse hallado 
monumentos funerarios y sarcófagos de moruecos sagrados en Mendes y en Elefantina. 

(1) Maspero, Histoire ancienne des peuples de VOrient classique (París, 1895-99); Id., Eludes de 
mythologie et d'archéologie égyptienne (París, 1893-98); Id, Archéologie égyptienne (París, 1887); Tiele, 
Geschichte der Religión in Alterium (t I, Gotha, 1895). 



Mil 



I Líos poircins 



rrs 



Al hipopótamo se le llamaba «el j^rande. (Iauu> > r.., m, uiuvammai. sin i 
ninguno de humanidad; era el abogado o patrón de la preñez. No se conoce t 
ninguno dedicado a este animal. 

El chacal era el dios de la muerte a causa de su afición ;i los ( nixiitcno^ v 
cuentar el desierto occidental, por donde se suponía que pasaban las alma:.. Ln Asyut 
se le consideraba como el autor de los senderos en el desierto, porque las huellas del 
chacal son la mejor guía para huir de los precipicios; por lo cual la superstición dic- 



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Una boda en El Cairo 



taba que este animal podía conducir el alma al bienaventurado occidente, y se le 
llamaba el «abridor de caminos» y «aquel que está en los oasis> (1). 

AI perro se le honraba en la edad prehistórica enterrándosele junto con los muer- 
tos, y a veces también en tumbas especiales para perros. 

Entre los pájaros y aves, el halcón era el más comúnmente adorado en todo el Alto 
Egipto. En Edfu se rendía culto al halcón Behudet; otro halcón se adoraba en Hiera- 
kónpolis, y dos halcones eran la divisa de Koptos. El halcón era también el dios de 
la muerte en forma de momia, como el dios Sokar de Menfís; represen tábasele en una 
barca con dos halcones por remeros, que podían asimismo significar los reyes muer- 
tos o fallecidos, ya que se creía que las almas de éstos volaban al cielo como halcones. 

fl) Edw. Meyer, Die Entwickelung... und die sogenannten Schakatsgótier, en Aegyptische Zeit- 
schrift, XLI (1904) pág. 97-107. 



226 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

El halcón momificado se veneraba también en la región de Suez, siendo el emblema 
de Sopdu, dios del Este, que se hallaba en Goshen y Sinaí. 

El buitre era el emblema de la maternidad, al que daban culto en Tebas principal- 
mente, en donde últimamente evolucionó viniendo a ser una diosa-madre, Mut La 
reina madre usaba un peinado en forma de buitre, y este animal se representaba exten- 
didas las alas protegiendo al rey y vagando por las cercanías de las tumbas para 
proteger a las almas de los que en ellas yacían enterrados. También había una bui- 
tresa, la Nekheht, era la diosa del reino meridional con capital Hierakónpolis y fué 
empleada hasta los últimos tiempos como emblema del dominio meridional o Sur, 
como la serpiente de Uazet lo era de la septentrional o Norte. 

El ibis se identificaba con Tahuti, el dios de la sabiduría, probablemente por la 
tendencia de este animal a escarbar la tierra en busca de alimento, como el sabio 
investiga en las causas y en la esencia de las cosas para alimento espiritual de la inte- 
ligencia; era adorado en Hermópolis y estaba momificado en Menfis, Abidos y Tebas. 

El cocodrilo era venerado como dios de la región, especialmente en las orillas del 
lago de Fagyum. En los últimos tiempos se identificó con Osiris y con Rá; era también 
adorado en Onuphis del Delta y en Nubti u Ombos, en donde se confundía con Set. 

La rana era el emblema de las multitudes o de la reproducción, y representaba a la 
diosa Heqt, abogada de partos y nacimientos; pero no existen trazas de que fuese 
adorada como divinidad, aunque se la ve en forma de amuleto en la edad prehistórica 
y en las dinastías XVIII y XXII. 

La serpiente cobra fué objeto de singular veneración en los tiempos prehistóricos, 
hallándose en varias clases de amuletos colgantes, amuletos para lazos y en forma de 
collar. Los grandes pitones (serpientes de los oráculos) se representaban en la ser- 
piente mitológica Apap, La cobra con capirote extendido, vino a ser el emblema de la 
muerte y del juicio, y se la ponía en esta forma en la cornisa de las salas de los juzga- 
dos o audiencias y en la parte superior del tocado real. En el templo de Athribis 
PCVII! dinastía) había una inmensa serpiente de piedra que era como su custodio y 
guarda. Las serpientes generalmente se momificaban, y en las casas en donde se pro- 
fesaban las creencias gnósticas, se las tenía en concepto de espíritus benéficos. 



Después de la adoración de los animales es oportuno hablar de las divinidades 
con cabeza de animal, veneradas en Egipto. El Khnumu, criador, tenía cabeza de mo- 
rueco con cuernos entrelazados, y constituía un motivo de adorno del peinado de 
Osiris y de los reyes que se convertían en divinidad Osiris, en significación de sus 
funciones creativas. Khumnu era especialmente el dios de las cataratas, y se le repre- 
sentaba en actitud del alfarero que mueve la muela de su arte. 

Sékhmet, la diosa-leona, representaba la fiereza del calor del sol, y era el agente de 
que se valiera Rá para la destrucción de la humanidad. Sus estatuas eran objeto de 
veneración, especialmente en Tebas, en cuyos templos se contaban por centenares. En 
Menfis se la adoraba como esposa de Ptah. 



MITOS Y CULTOS EGIPCIOS 227 

Bastet tenía cabeza de gato; representaba el ardor de la pasión, y celebrábanse en 
su honor bacanales en la ciudad de liubastis, en las que el pueblo se entregaba a toda 
clase de liviandades. Figura su nombre entre el clero de la primitiva época de las pirá- 
mides, pero llegó a su más alto grado de esplendor en tiempo del poderío y floreci- 
miento de la ciudad de Bubastis, bajo el gobierno de los Chischaks; era también la 
abogada de la caza, por lo cual los griegos la identificaron con su diosa Artemisia. 

Anpu o Aniibis era el chacal guardián de los cementerios y el guía de la muerte; 
representábasele con cabeza de chacal y conduciendo los muertos al juicio de Osiris 
o empleándose en los vendajes y demás preparaciones para la momificación. 

Set o Setesch era el dios de los habitantes prehistóricos y probablemente el Sutekh 
de los hititas; revestía una forma completamente animal cuando se le representaba 
solo, pero al acompañarlo con otras divinidades, tenía forma humana con cabeza de 
animal, sin que se pueda descifrar la clase, pues mientras unas veces parece su cabeza 
de lebrel, otras tiene mayor parecido con el cerdo. 

Tahüti aparece con cabeza de ibis, nunca con la de cinocéfalo, aunque ambos 
animales se ven muy empleados como emblemas en todas las épocas de la historia 
egipcia; representábasele generalmente formando grupos con otras divinidades, como 
magistrado o juez en funciones; como dios de la pedagogía, era especialmente el pa- 
trono de los escribientes, pero no se le rendía culto en los templos, excepto en su 
ciudad de Hermópolis. 

Hor u Homs era el dios-halcón del Alto Egipto, especialmente en Edfu y en Hiera- 
kónpolis; su cabeza de halcón fué popular hasta los últimos tiempos, en que se 
representaba a Horus en forma de guerrero romano montado a caballo matando al 
dragón. 



Pero las divinidades egipcias propiamente tales eran las humanas, que podemos 
dividir en dos grupos, a saber: la familia de Osiris y la familia de Amón. Distínguense 
estos dos grupos en que sus individuos no toman forma ninguna animal, siendo más 
bien divinidades cósmicas o de la naturaleza y representando ideas abstractas. 

Osiris o Asar. En el Libro de los Muertos se hace al mito de esta divinidad ante- 
rior al mito del sol; de lo que no se puede dudar es que la adoración de Osiris data de 
la edad prehistórica. En la primitiva época piramídica no se hace mención de Anubis 
más que en la fórmula funeral, mientras que en la V dinastía fué substituido por 
Osiris. En las primitivas dinastías sólo los reyes tomaban el nombre de Osiris; mien- 
tras que en la dinastía XVI II y en las posteriores a ésta se daba tal nombre a toda 
persona difunta que en vida había estado unida con Osiris por medio de las virtudes 
propias de esta divinidad. En la realidad histórica, Osiris había sido un rey civilizador 
de Egipto, asesinado por su hermano Set y setenta y dos conspiradores; Isis, su mujer, 
halló el féretro de Osiris en Byblos (Siria) y lo trajo a Egipto; Set entonces hizo añicos 
el cuerpo de Osiris y lo esparció a los cuatro vientos, pero Isis recogió los fragmentos 
y edificó un templo para cada uno de ellos; según refiere otra leyenda, le resucitó en 
forma de Horus, y en su compañía atacó a Set, persiguiéndole hasta arrojarle del país. 



228 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

Otra representación de Osiris es como dios de la fertilidad (1): píntasele echado en el 
suelo, rodeado de vegetación, especialmente trigo, imitando todas sus formas corpo- 
rales la espiga de este cereal. La división de su cuerpo en varias partes, cada una de 
ellas sepultada ^n región distinta, puede simbolizar la idea de las facultades mentales 
del rey o del gran hombre, ocupadas en mirar por la prosperidad y fertilidad del 
país. En cuanto a los lugares en donde era venerado Osiris, puede verse la obra de 

Petrie (2). 

Isis o Aset, en su origen, fué una diosa independiente; pero a consecuencia de 
cambios políticos ocurridos en Egipto, su mito vino a unirse con el de Osiris, hacién- 
dosela hermana y mujer de éste. Su afecto hacia Osiris despertaba gran sentimiento 
en el pueblo, y la combinación de su culto con Horus en calidad de hijo suyo, excitó 
la devoción de los egipcios que la tenían en concepto de diosa-madre, llegando a ser 
su culto más popular que el del mismo Osiris. Los templos de Isis son como los de 
Osiris, de época muy lejana; el principal de ellos es el Isaeum, de granito encarnado, 
conocido con el nombre vulgar de Behbit-el-hagar, en la región oriental del Delta. 
Isis era generalmente divinidad doméstica y personal más que divinidad pública y de 
templo y sacerdotes; esto en los tiempos propiamente egipcios, pues en tiempo de los 
romanos se adulteró bastante, propagándose por todo el mundo y adquiriendo, a la 
usanza romana, gran esplendor con templos y sacerdotes y aparato ostentoso de culto 
y ceremonias religiosas. 

Nebhat o Nephthys figura como hermana de Osiris e Isis: venerábasela en Letópo- 
lis, Edfu, Diospolis Parva, Denderah y en el Isaeum. La adoración que se le tributaba 
y su mismo nombre, Neb-hat (señora del palacio), parecen dar a entender que en un 
principio fué la compañera más importante de Osiris; pero su culto fué postergándose 
gradualmente con la introducción del de Isis. Represéntasela comúnmente frente a Isis 
y en la misma actitud que aquélla, llorando sobre los restos de Osiris. 

Homs es una divinidad de forma muy compleja, por los varios cultos que se le 
tributaron, mezclados unos con otros, y por los varios aspectos bajo los cuales se hizo 
popular. Las varias alianzas de las tribus egipcias en diversas épocas, hizo que Horus 
tomara tres formas diferentes, a saber: L°, el gran Horus, hermano de Osiris; 2.°, Horus, 
hijo de Osiris, vengador de su padre; 3.°, Horus, niño o Harpócrates, hijo de Isis. — 
!.**, Horus era hijo de Hathor (mansión de Horus); teníasele por dios de Letópolis, al 
norte de Menfis, siendo también adorado en Denderah, Qus y Nubti, además de Fag- 
yum.— 2.°, Horus, hijo de Osiris, el vengador de su padre; representábasele a veces 
con cabeza de halcón, alanceando al cocodrilo, pisoteando a Set, guiando a sus hues- 
tes tuera del Egipto y acompañando a Osins en el juicio.— 3.^, La forma más popular 
de Horus era la que le representaba como niño, hijo de Isis. Ya en la dinastía IV se 
hallan figuras de Isis y Horus; pero cuando mayor desarrollo obtuvieron fué en la 
dinastía XXVI y en tiempo del cristianismo, en el cual se le adulteró con las repre- 
sentaciones paganocristianas. Hermana de ésta era la otra forma de Horus, muchacho 
que acosa a los cocodrilos y que empuña serpientes, escorpiones > otros animales 
dañinos; así se le representa generalmente en las tablitas domésticas y amuletos. 

(1) Frazer, Adonis, Attis, Osiris (1707), pág. 268. 

(2) Hisiorícaí siudies, p, VU. 



MITOS Y CULTOS EGIPCIOS 



229 



El grupo de Anión o Trinidad tebana, era también absolutamente humano, sin 
detalle ninguno de animales irracionales, por lo menos en los tiempos primitivos y en 
los medios. Amón era el dios local de Karnak; en su concepto mítico estaba íntima- 
mente unido a Min, el dios del vecino desierto de Koptos, en cuya itifálica forma también 
se le representa. El triunfo y engrandecimiento de los soberanos de las dinastías XI 
y Xn hizo que Amón se elevara a divinidad nacional, y la XVII dinastía, manteniendo a 
Tebas por capital, contribuyó tam- 
bién a que Amón fuese el gran dios 
del más importante de los períodos 
de la historia de Egipto. Así vérnosle 
unido a Rá de Heliópolis, la mayor 
divinidad del Delta, y Amón fué últi- 
mamente la suprema deidad de la re- 
ligión egipcia, rey de los dioses y 
*señor de los tronos de la tierra». 
Una de las fases de su culto fué la 
devoción que le profesaron las reinas 
de la dinastía XVIII y siguientes hasta 
la XXVI; la reina era la suprema sa- 
cerdotisa, y como a tal, Amón (perso- 
nificado en el rey) era su marido y 
padre de sus hijos, los cuales ya en 
su nacimiento quedaban consagrados 
con la divina paternidad. En Etiopía, 
en donde Amón era también divinidad 
nacional, la suprema sacerdotisa fué 
siempre la hija del rey actual, la cual 
había de ser también esposa del futu- 
ro rey. El morueco, que era el animal 
sagrado de Tebas, era venerado en 
combinación con Amón por los etío- 
pes, y en Napotana y Naga, vese al mis- 
mo dios con cabeza de dicho animal. 

Müt era la diosa de Tebas; su mayor templo estaba construido en un barrio de 
Tebas llamado Asheru, por lo cual se le llamaba vulgarmente «la señora de Asheru». 
Adorábasela también en el desierto de Hammamat, en Mendes y en Sebenytos, y se 
le suponía un poder especial para guiar y proteger a los reyes; las reinas se represen- 
taban a menudo en forma de esta divinidad y con el peinado de buitre que usaba 
la diosa. 

Khonsa era una divinidad muy semejante a Tohusti y a veces se identificaba con 
ésta en su carácter de dios del tiempo y dios-luna y ejecutor de designios» o dios del 
conocimiento. Su sede principal era Tebas, suponiéndosele hijo de Amón y de Mut. 
Ramsés III le edificó un soberbio templo, el Karnak, al cual Evergetes añadió la famosa 
-íran portada con la torre cuadrada por remate. 

Tomo I.— 30. 





«raiiH^ 


1 í ,M^ T^^^^^^^Bi 1 



Horas en sa trono 



230 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

A las tres divinidades anteriormente dichas, que eran las que formaban la Trini- 
dad tebaica, hay que añadir la diosa Neit, a la que se representa siempre en forma de 
mujer armada de arco y flechas y en la cabeza una lanzadera de tejedor; lo cual no 
parece implicar alguna relación con el arte textil, sino que se supone que los antiguos 
egipcios confundieron por error la lanzadera con la flecha (1). Neit fué la divinidad 
más popular en las dinastías Ist, cuyas reinas añadían este nombre al suyo, llamán- 
dose, por ejemplo, Neit-hotep, Mer-neit, etc. También gozó de gran fama en el período 
piramídico, siendo su sacerdocio el más prestigioso; era adorada en el Delta, en Sais 
Athribis y en Zar (Sebennytos), y en el templo ptolomaico de Esneh. 



Los dioses cósmicos, o sea los que representaban los cuerpos celestes, eran, entre 
otros, los siguientes: Rá, el dios del sol, que era adorado especialmente en Heliópolis 
(ciudad del sol), cuando esta antigua metrópoli volvió a adquirir importancia sobre las 
primitivas dinastías, cada uno de los reyes añadía a su nombre, al subir al trono, una 
de las cualidades de Rá. Representábasele o en figura absolutamente humana (como al 
aludir a su unión con Amón) o con cabeza de halcón, a causa de su unión con el dios 
halcón de Edfu; o también sencillamente en forma de disco solar, especialmente al 
navegar en su bote por las aguas del océano celeste; el disco llevaba varios emblemas, 
tales como la serpiente cobra, como rey de los dioses; dos cobras, una a cada lado, 
refiriéndose al doble reino del día y la noche, o a las dos riberas del Nilo; dos cuernos 
de morueco, como dios de la creación; dos alas de buitre, como dios protector. 

Atmu o Tum, era el dios del Delta oriental, desde Heliópolis alrededor del golfo 
de Suez, y representábasele siempre en forma humana. 

Aten, era también el disco del sol; pero completamente separado del concepto 
teológico de Rá, pues el objeto de su culto no era tanto el disco propiamente tal, sino 
más bien sus rayos o energías radiantes; aquéllos terminaban en forma de manos, 
como símbolo del poder, del dominio y de la inclinación a recibir ofrendas. Conside- 
rábasele como dios celoso que no permitía la adoración y culto de otra alguna divini- 
dad. Aten era la fuente y origen de toda vida y acción, y a él debían obediencia las 
tierras y los pueblos, pues de él recibían existencia y bienandanza. 

Nut, era una personificación de los cielos o firmamento y se la representaba en figu- 
ra de una mujer cubierta de estrellas como si llevara una túnica de lentejuelas. Decíase 
que habitaba en Dióspolis Parva y cerca de Heliópolis, pero no se le conocen templos; 
está generalmente encorvada, tocando con las manos y pies en el suelo, con Shu, el dios 
del espacio, en actitud de levantada; debajo de ella está «la tierra en forma de hombre. 

Seb, era la personificación de la tierra; llamábasele «príncipe de dos dioses». Per- 
tenecía auna primitiva cosmogonía, anterior a la egipcia. Dábasele el epíteto de «gran 
cacareador» y llevaba un pato en la cabeza, lo cual parece aludir al huevo del sol 
producido en el horizonte por la tierra. Era venerado en Menfís y Heliópolis, pero 
no se le conoce templo alguno. 

(l) Petrie, Royal tombs (Londres, 1900) front. del 1. \. 



MITOS Y CULTOS EGIPCIOS 



231 



Shu, el dios del espacio, simbolizábase por una pluma de avestruz; su imsión era 
levantar de la tierra el firmamento, y se le representaba arrodillado y con los brazos 
levantados. Adorábasele en todo el Egipto meridional, en Pselcis, Bigeh, Esneh y Den- 
derah, como también en Menfis. A menudo se le ve formando pareja con su hermana 
Tefnut, y algunas veces ambos en figura de leones. 

Hapi, el dios-Nilo, o sea la divinidad personificada de este río. Representábasele 
en figura humana, con pechos de mujer y a menudo 
cubierta con líneas onduladas en representación de 
las aguas. A causa de la división del Egipto en Alto y 
Bajo Egipto, dividíase también al Nilo en dos entida- 
des caracterizadas por el papyrus y por el loto, res- 
pectivamente; representábasele, pues, sosteniendo am- 
bas plantas enrolladas alrededor del Sma, jeroglífico 
que significa «la unión», como dando a entender la 
unión de todo el país, personificada en el dios Hapi. 
Era adorado en Nilópolis y en ciento seis pequeñas 
capillas que había en la ribera del Nilo y que marca- 
ban los lugares de paso de las sirgas (1). 




Imenofls kAciendo uu ofreada a Áaéo 



Finalmente mencionaremos los dioses abstractos, 
los cuales se llaman así porque no tienen historia o 
leyenda determinada, sino que se abstrajeron de toda 
personificación material. 

Ptah era el gran dios de Menfís, la cabeza de Tri- 
nidad menfítica; tenía dos caracteres a primera vista 
contradictorios, o sea el de criador que plasmó todas 
las cosas del barro primitivo y el de divinidad mumi- 
forme. La forma de momia implica necesariamente un 
ser humano deificado y procedente de las razas dinás- 
ticas, tal como se hacía en el antiguo Egipto y en otros 
pueblos al contraer los cadáveres para preservarlos de 

la corrupción y eternizarlos a su manera. También hubo otra creencia que hacía al 
dios Ptah creador con la sola palabra, y otra en la que se confundía con la primitiva 
adoración animal del buey Apis en Menfis. Relacionábase también íntimamente la 
leyenda de Ptah con la de Sokar, dios de los muertos, en forma de halcón momificado, 
como asimismo con el dios de la muerte Osiris, y en el conjunto ambas fusiones de- 
nominábanse Ptah-Sokar-Osiris. 

Min o Amsü era el dios-padre, y parece haber sido la primitiva forma de Amón. 
A la manera de Ptah, preséntasele envenado en forma de momia; pero así como Ptah 

(1) Sistema de navegación que consiste en arrastrar, por medio de caballos, la barca desde la orilla, 
corriente arriba; en algunos puntos se emplean hombres en vez de caballos. 



232 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

tiene las manos salidas del tronco y empuñando un cetro, Min tiene el brazo diestro 
sosteniendo un mayal (1) y con el izquierdo sostiene^-el phalus. Las figuras más anti- 
>ruas que se conocen de Min son tres colosos de piedra caliza, hallados en el suelo del 
templo de Koptos, con dibujos relativos a esta divinidad, incluyendo el Mar Rojo y un 
pez espada. Era especialmente el dios del desierto y se le adoraba en Hammamat (en 
el extremo del desierto de Koptos), en Ekhmin, en Dendereh, Edfu, Tebas y Saqqareh. 

Hat-horcrdi la diosa-madre, probablemente introducida en la teogonia egipcia como 
correlativa de Min; su peculiar situación al ser adorada por toda la región y hallarse 
identificada con las otras diosas, hace creer que se trataba de otra divinidad inmigra- 
toria. La cabeza de Hathor parece haber sido el emblema favorito del pueblo dinástico, 
y en las dinastías primitivas se habla a menudo del sacerdocio de Hathor y del amor 
de Hathor. 

Maat, diosa de la verdad. No tenía templos, ni recibía ofrendas; antes al contrario, 
se ve muy a menudo su imagen ofrecida a las otros dioses, de manos del rey. Tiene 
también una doble forma, ó sea dos Maat presidiendo a la justicia y a la verdad (2); 
ambas figuras se ponían una a cada lado en las capillitas de los dioses. Maat figura en 
las escenas del peso del corazón (3) como juicio para conocer la verdad, y está acom- 
pañada de Rá y Toth, y muy especialmente de Ptah, que es «el señor de la verdad». 

Nefertum era un joven dios de forma humana, con una flor de loto en la cabeza. 
Parece haber sido el dios de la vegetación y crecimiento, y figuraba como hijo de Ptah 
y Sekhmet en Menfís. 

Safekhi era la diosa de la escritura. No databa de más allá de la época piramídica, 
y en la dinastía XIX aparece en actitud de registrar los festivales del rey y teniendo en 
la mano un cuaderno. Su emblema era una estrella de siete puntas que llevaba en la 
cabeza y un par de cuernos invertidos, encima de ella; lo cual tenía gran relación con 
el safekh (número siete) y la estrella de siete puntas que figura como uno de los pri- 
meros emblemas de la divinidad. 






A todas estas divinidades les asignaba la teología egipcia un lugar en el mundo 
inferior, por el cual pasaba el alma al salir del cuerpo (4); mundo que, en el perpetuo 
simbolismo egipcio, se dividía en las doce horas de la noche, correspondiéndoles 
doce espacios llamados indistintamente «campos» o «cavernas», lo segundo a causa 
sin duda del sol que sale como del abismo a la superficie de la tierra. Cada espacio 
contenía un gran número de dioses, espíritus y muertos; la diosa especial de cada hora 
actuaba de guía, a través de esta hora, hacia Rá y su cortejo de dioses. A la primera 
hora asignábasele una longitud de 800 millas; a la segunda, 2,600; las demás tenían 
esta longitud; en la tercera habitaban Osiris y sus compañeros; en la cuarta y quinta, 

(1) Instrumento para desgranar el centeno. 

(2) Maspero, Dawn, pág. 187. 

(3) A esta prueba llamaban Psicfiostasia. En el museo del Cairo hay un papyras en que se repre- 
senta gráficamente este rito. 

(4) Er.man, Egypt. Religión (Londres, 1907), págs. 109-114. 



MITOS Y CULTOS EGIPCIOS 



233 



lü^ aiUii^uos dioses de los muertos; í^á había cambiado su barca en serpientf para que 
se arrastrase por toda la tierra. En la sexta hora hallábase el cuerpo de Osiris; en la 
séptima, la gran serpiente Apap (la tradición del boa consirictor); aquí se veía entro- 
nizada la carne de Osiris, y a sus enemigos encadenados ante ella; veíanse también los 
sepulcros de los dioses, como Atmu, Rá, Shu, Tefunt y otros. En la hora octava y 
nona, los remeros de la barca del sol tomaban tierra y descansaban. En la hora déci- 
ma, un escarabajo se apea al lado de Rá. En la undécima, las cuerdas de la barca se 
convierten en serpientes y la barca es arrastrada en el fondo del agua por las serpien- 
tes hasta casi media milla, y al emergir, conviértese Rá en escarabajo, el dios de la 
mañana (Khepera); esta es la hora duodécima (1). 

La teogonia egipcia, a pesar de las nieblas en que se halla envuelta, ha sido puesta 
a la luz por Edg. Quinet (2): este profundo espíritu fué el que se atrevió a levantar el 
velo de I sis; preguntó a la 

H 



muda divinidad del África y 
le arrancó estas palabras: 
«revelación por la vida or- 
gánica >. Reproducimos al- 
gunos de sus conceptos que 
serán como una admirable 
síntesis de cuanto hemos 
dicho antes: «El culto de los 
animales, dice Quinet, he 
aquí el signo de la raza de 
Cam, el rito del África. El 
pueblo africano no busca la 
creencia ni en la palabra ni 

en la luz; ambos elementos son demasiado sutiles para él; su genio inferior ha de ir a 
buscar las huellas de la divinidad, no en un prodigio social, sino en el corazón del ga- 
vilán y del león; ¡liturgia de la inteligencia embrutecida por la esclavitud!». Efectiva- 
mente, el animal debió parecer cosa temible al africano desnudo y desarmado, y des- 
pués de haberlo ido rechazando al interior del desierto, al oir sus rugidos debió de 
pensar que eran ecos de la cólera de un dios, y dios fué para el egipcio el animal. Este 
terror uniforme y constante, encarnado a su alrededor en la forma de león, de coco- 
drilo, de chacal, inspiróle un panteísmo poblado de encarnaciones a la vez divinas y 
animales, todas sin carácter definido, sin personalidad muy profunda, pudiéndose con- 
fundir las unas con las otras, hasta llegar a la formación de un monoteísmo abrumador. 




Adoración del disoo del Sol 



Ciñéndonos, pues, a la verdadera mitología de los egipcios, éstos distinguían 
en la generación eterna de la divinidad, un padre y un hijo, cuyas personas eran más 

(1) E. A. W. BuDQE, Book of Gates y Book of Am-Duat, en The EgypUan Heaven and Hell (Lon- 
dres, 1906); H. Schack, Das Buch von den zwei Wcgen (Leipzig, 1903). 

(2) Le génie des religions (París, 1842). 



234 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

O menos distintas, más o menos confusas, según las localidades. Una diosa madre 
juntábase a estos personajes divinos y completaba la sagrada trinidad. El primer lugar 
lo tenía el ser irreveiado, el cordero azul, Amón; seguía luego su misteriosa esposa, 
Hathor, la señora de Nubla con el niño en sus rodillas manifestado, revelado y encar- 
nado bajo la figura del mundo naciente, con el cual se completa la familia eterna. «En 
cada santuario, dice Quinet (1), se halla siempre la misma familia, con el nombre del 
padre siempre cambiado; unas veces es Amón, otras Osiris, otras Knef; la madre, 
unas veces se llama Mut, otras Isis, otras Neit; el niño, unas veces lleva el nombre 
de Horus, otras el de Chous, y otras el de Malui». Alrededor de la divina familia da 
vueltas su enemigo Tifón, el espíritu de muerte, el Satán del antiguo Egipto, quien, 
con su emponzoñado aliento, mata la luz y seca las fuentes de las aguas sagradas. 
Además de ésta, hay otra teología: el sol es el más anciano y el más grande de los 
dioses físicos. La diaria salida del seno del materno cielo, era el emblema de la gene- 
ración divina tal como la concebía el Egipto: el espacio celeste se confundía con la 
madre divina. El sol, tomado sin duda como el emblema de una idea metafísica más 
profunda, era el gran dios de Egipto: su nombre, Rá, estaba unido al de los dioses y 
aun al de los mortales que se querían identificar a él, como Amón-Rá, Neferon-Rá, etc. 
Esta supremacía del sol que absorbe las demás divinidades, reducidas a la secundaria 
categoría de modalidades de su existencia, esta fase física de la religión del Egipto 
parece ser la segunda. Allí, empero, sobresale otro dios poderoso y venerado: Osiris. 
Su papel en la teología egipcia nos descubre toda una divina comedia descrita en las 
paredes de las cámaras sepulcrales y en la que vemos el infierno africano. Dogma in- 
quebrantable de los antiguos egipcios fué la doble inmortalidad del alma y del cuerpo, 
inmortalidad especialmente prometida a las almas que hubiesen sido tenidas por vir- 
tuosas por Osiris, juez de los infiernos, y las cuales debían volver a unirse con sus 
cuerpos animándolos con una nueva vida no sujeta en ningún caso al fatal desenlace 
de la muerte (2). 

Osiris, representado por un cetro surmontado de un ojo para significar que gobier- 
na y vigila, simbolizaba el sol. El nombre deriva de Iswara, uno de los epítetos de 
Brahma y significa el Supremo Señor; las mismas aventuras que a Brahma atribúyense 
a Osiris: éste, habiendo sido muerto por Set, el T-y-phon de los griegos, — en quien se 
personificaba la imaginaria desaparición del sol durante el invierno,— su mujer Isis, 
o la luna, fué en su busca y halló al fin su cuerpo dividido en cuatro cuartos, o sea 
tantos cuantos días median entre la luna llena y la luna nueva: juntó los miembros 
dispersos y por medio de conjuros les devolvió la vida. Osiris resucitó bajo la forma 
de Horus: por consecuencia, Isis es esposa, hermana y madre, y como madre de Horus, 
se confunde con Hathor, así por lo menos era reconocida por los iniciados, juntamente 
con el concepto de madre universal, principio de la armonía y belleza, llamada también 
lophis, la Sophía de los griegos; su imagen era venerada en Sais bajo el emblema de 
«Isis con velo», y con esta inscripción: «Soy lo que ha sido siempre, lo que es y lo 
que será, y no habrá mortal alguno que pueda rasgar mi velo». 

(1) Obra citada. 

(2) SvANTE Arrhenius, Díc Vorstellung vom Weltgebaude im Wandel der Zeiten, trad. del sueco 
por L. Bambcrger (Leipzig, 1908), págs. 21-22 y 47-52. 



MITOS Y CULTOS EGIPCIOS 



235 



IV 




Todos estos riu»> yMipci^ucioiKs ckui iiaiuralineiiu- luim-iiiados por la clase alta 
del Egipto que, especialmente en un principio, la formaron los sacerdotes, puesto que 
el antiguo Egipto estaba dividido en tres categorías, o sea: los sacerdotes, los militares y 
el pueblo; éste era el único 
que trabajaba, y el fruto de 
sus sudores era' devorado 
por los sacerdotes, los cua- 
les tenían a sueldo al ejérci- 
to, valiéndose de su fuerza 
para tener a raya al resto de 
la nación. Pero llegó una 
época en que el ejército se 
cansó de obedecer ciega- 
mente a los sacerdotes; es- 
talló una revolución, y se 
operó un venturoso cambio 
de cosas debido al caudillo 
militar Menes, que llegó a 
ser jefe de la nación, esta- 
bleció el poder real y trans- 
mitió el poder a sus descen- 
dientes en línea directa, con 

lo cual los sacerdotes quedaron relegados a su misión de instruir y enseñar las leyes 
de la moral y los principios o rudimentos de Jas artes (1). 

En Egipto, lo propio que en otros países como la India, Media y Persia, el lugar 
destinado para las ceremonias de la iniciación era subterráneo, y aquí en particular 

estaba en los fundamentos 
de una pirámide. Las pirámi- 
des, dada su forma, su corte 
y su solidez, pueden ser con- 
sideradas como montañas, 
aunque desde el punto de 
vista simbólico representa- 
ban más bien la llama que 
asciende por el aire y el 
crecimiento de las plantas, 
cuyo extremo es generalmente piramidal, y la Gran Pirámide, la tumba de Osiris, se 
erigió en tal posición y a tal altura, que en la primavera y en el equinoccio de oto- 
ño, el sol en el mediodía diese exactamente en la cúspide de la pirámide, pareciendo 
como que descansaba en su gigantesco pedestal, mientras sus adoradores, acampados 
l) J . G . WiLKiNsoN, The manners and customs of the ancient Egyptians ( Londres, 1878), t. 1 1 , c. 1 2 



Tabernáoalo portátil 




Mesu de ofrendas 



236 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

en la base de la pirámide, contemplaban al gran Osiris, tanto al bajar a su tumba 
como al salir de ella triunfante. 

En cuanto al proceso de la iniciación, el cantiidato, acompañado de un guía, era 
conducido a lo más hondo de la caverna, bajando por medio de una escalera, alum- 
brando aquella obscuridad con una fúnebre antorcha. Llegado al fondo, dos puertas 
se ofrecían a su vista, una cerrada e impenetrable, otra que se abría al simple contacto 
de su mano: pasada ésta, el neófito entraba en una laberíntica galería, mientras la 
puerta se cerraba tras de él con un sonido metálico que resonaba en aquellas obs- 
curas bóvedas. Sus ojos, a la escasa luz de la antorcha, no veían sino inscripciones 
como la siguiente: «Quienquiera quf pasare por este camino, sin volver la vista atrás, 
será purificado por el fuego, por el agua y por el aire, y superando el miedo de la 
muerte, saldrá de estas mazmorras a la luz del día, preparada su alma para recibir y 
penetrar los misterios de Isis». Siguiendo adelante el neófito, llegaba a una nueva 
puerta de hierro guardada por tres hombres armados y encima de cuyos yelmos bri- 
llaba la figura del Cancerbero de Orfeo. Aquí ofrecíase al candidato la alternativa de 
seguir adelante o volver atrás; elegido lo primero, empezaba la prueba del fuego 
pasando a través de una sala llena de substancias inflamables en estado de combustión 
y formando un arco de fuego: el suelo estaba cubierto de barras de hierro candente, 
con unos estrechos intersticios en los que podía dificultosamente asentar el pie. Supe- 
rado este obstáculo, venía la prueba del agua: un obscuro y ancho canal, alimentado 
con las aguas del Nilo, oponíase a su paso: poniéndose la mortecina antorcha encima 
de la cabeza, tenía que sumergirse en aquella corriente y nadar hasta la parte opuesta, 
en donde le aguardaba la prueba más dura, la del aire. Abríase a su vista un terraplén 
que conducía a una puerta de marfil y estaba limitado por dos muros de bronce, en 
cada uno de los cuales había una inmensa rueda del mismo metal. En vano intentaba 
el neófito abrir aquella puerta; dándose entonces cuenta de dos anchos anillos de hierro 
que en ella había, agarrábase a ellos; pero de repente hundíase el terraplén, un fuerte 
soplo de viento apagaba su antorcha, y las dos ruedas de bronce rodaban con velocidad 
vertiginosa produciendo un ensordecedor ruido: el infeliz quedaba colgado de los 
anillos encima de un abismo insondable. Antes que el miedo y el estrepitoso ruido 
acabasen con su existencia, subía de nuevo el terraplén, abríase la puerta de marfil y 
se ofrecía a su espantada vista un magnífico templo, profusamente iluminado, lleno 
de sacerdotes de Isis, con las insignias de su dignidad y precedidos por el hiero- 
fante. Pero no cesaban aquí las ceremonias.de iniciación. El neófito era sujetado a 
una serie de ayunos que iban en aumento por espacio de nueve días, durante los 
cuales había de guardar el más riguroso silencio, y terminados los cuales se le iniciaba 
plenamente en las doctrinas esotéricas de Isis. Llevábasele ante la triple estatua de 
Isis, Osiris y Horus, en donde juraba no publicar jamás las cosas que se le habían 
revelado en el santuario y bebía por primera vez el agua del loto que le presentaba el 
sumo sacerdote, con cuya bebida olvidaba cuanto había oído antes de su regeneración 
y después bebía el agua de Mnemosyne para que conservara en su memoria todas las 
lecciones de sabiduría adquirida al ser iniciado en aquellos misterios. Últimamente se 
le introducía en lo más recóndito y secreto del edificio, en donde un sacerdote le ins- 
truía en la aplicación de los símbolos. Después de practicadas todas estas ceremonias 



217 



se publicaba su nonibic como de persona iniciada en los misterios de Isis, el primero 
de los ritos egipcios. 

El segundo estaba formado por los misterios de Serapis. Poco conocemos de ellos, 
pues sólo Apulcyo los tocó ligeramente. Al destruir Teodosio el templo de Serapis, 
descubriéronse galerías subterráneas y mecanismos que no parece pudiesen tener otro 
objeto que probar a los neófitos. Porfirio, refiriéndose a los grandes misterios, cita un 
fragmento de Cheremón, 
sacerdote egipcio, que atri- 
buye significación histórica 
a toda la leyenda de Osiris, 
confirmándose así lo arriba 
dicho. Herodoto también, al 
describir el templo de Mi- 
nerva, en el que se celebra- 
ban los ritos de Osiris, y 
hablando de una tumba que 
había en lo más escondido 
y apartado del sagrado re- 
cinto, dice: «Es la tumba de 
un dios cuyo nombre no me 
atrevo a pronunciar». 

Los misterios de Osiris 
formaban el tercer grado o 
lo más elevado de la inicia- 
ción laica, pues seguía a 
ellos la iniciación en el sa- 
cerdocio. En ellos repre- 
sentábase la leyenda de la 
muerte de Osiris por su her- 
mano Tiphon, y el dios era 
representado en la persona 
del neófito (1). El candidato 

una vez iniciado se llamaba Al-om-jak, del nombre de la divinidad, y se le comunicaba 
el principal y más importante secreto, que era el dogma de la unidad de Dios. Cuan 
grande y solemne fuese este secreto se comprenderá fácilmente si se tiene en cuenta 
que transcurridos bastantes siglos después de estos misterios, aun se dio muerte vio- 
lenta a Sócrates porque defendía esta doctrina. Según Jamblichus, toda persona iniciada 
en los más elevados y esotéricos misterios, quedaba como muerta a sí misma, siendo 
absorbida por la divinidad, en donde gozaba de la visión beatífica. No tenía que temer 
ni el fuego ni el cuchillo, y no había obstáculo alguno que pudiese oponérsele en su 
camino; el soplo del divino espíritu le circundaba y ponía a cubierto de todo daño. 
En estas fantasías se reflejan los favores de que, según la ascética cristiana, gozan los 
místicos en sus arrobamientos. 

(1) Q. LoRiNG Brace, The unknown God, or inspiraíion among pre-christian races, cap. I, p. 19 y 
siguientes 'Nueva York, 1890). 
Tomo I. — 31. 




La gran sala del cielo en Denderak 



23S LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

La diosa Isis se halla representada de varias maneras y con diversos emblemas 
corresponditMido a sus funciones características. La aureola de luz, la serpiente, las 
espidas di el sistro representan las divinidades titulares de los misterios de 

1 Ir. ite, la diosa de la noche de los báquicos, los eleusinos y los jónicos; o sea los ritos 
111 laucos en general, por cuya causa fué inventada la alegoría. El manto negro con que 
>c la pinta vestida, recamada de figuras de plata simulando la luna y las estrellas, 
denota el tiempo en el cual se celebraban los misterios, esto es, la noche. Sus nombres 
hállanse en el siguiente pasaje del Asno de oro de Apuleyo (1), que es una descripción 
de los misterios a modo de fábula: «Aquí me tienes presente contigo, oh Lucio, que 
he venido accediendo a tus plegarias; aquí me tienes a mí que soy en la naturaleza la 
creadora de todas las cosas, la reina de los elementos, la suprema de las divinidades, 
la soberana de los espíritus de los muertos, el más elevado de los espíritus celestiales, 
la primera y universal substancia, el aspecto uniforme y multiforme de la esencia 
increada: yo, con una sencilla señal de cabeza, gobierno las espléndidas cumbres de 
los cielos, los abismos del mar y las profundidades del Averno, y soy aquella deidad 
que todo el orbe venera bajo diferentes formas, con variedad de ritos y un sinnúmero 
de invocaciones. Los antiguos frigios me llamaban Pesinúntica, madre de los dioses; 
los aborígenes áticos, Minerva Cecropia; los navegantes chipriotas. Venus Pafia; los 
arqueros cretenses, Diana Dictina; los trilingües sicilianos, Proserpina Estigia, y los 
eleusianos, la antigua diosa Ceres. Unos me llaman Juno, otros Bellona, otros Hécate 
y otros Ramnusia. Los etíopes, los arios y los egipcios se esmeraron en honrarme con 
ritos muy especiales y me llaman con mi verdadero nombre, que es reina Isis.» De 
este pasaje se deduce claramente que Isis para los iniciados no era simplemente la 
luna, sino una verdadera divinidad. En el santuario, las más polifásicas formas ó mo- 
dalidades son reducidas a la unidad; como los diversos ídolos son reducidos a una 
sola divinidad, a saber: la suprema fuerza e inteligencia. 



Había, empero, en Egipto un grado superior de iniciación, una especie de quinta 
esencia del misticismo, un Sancta Sanctorum accesible sólo a las testas coronadas y 
a los ungidos con el óleo del sacerdocio: nos referimos a la llamada Crata Repoa 
o supremo grado de la iniciación egipcia. Según la autorizada opinión de un escri- 
tor (2), ni aun el nombre mismo de tal iniciación era conocido antes del año de 1785, 
en que se publicó un folleto de treinta y dos páginas, sin pie de imprenta ni colofón 
alguno. Ragón en su obra «Franc-Magonnerie: Rituel du grade de maitre», dio una 
traducción de dicho folleto, llamándola extracto de un folleto de 114 páginas en 8.°, de 
un extenso M. S. alemán del hermano Kóppen, con una versión interlineal al francés 
que fué comprado por el hermano Antonio Boilleul y publicado, en 1821, por el her- 
mano Ragón; pero como quiera que la traducción de Ragón no discrepa ni un ápice 
del folleto alemán publicado en 1785, dedúcese de ello que el M. S. alemán del herma- 

(1) Us méfamorphoses, ou Vane d'or; traduites enfrangais por Vict. Bétoland (París, 1873). 
K2) Ch. W, HECKETHORsrr/ie SBcret societies of all ages and countries (Londres, 1897), lug. cit. 



MirOS Y CULTOS EGIPCIOS 



23Q 



no Kóppen era, o el original o la copia del mismo. Ragón supone que la Crata Repoa 
era una refundición imaginada por los alemanes, de todo lo contenido en punto a 

iniciaciones en los escritores antiguos; pero el folleto de 1785 se apoya en autoridades 
tan sólidas como Porfirio, Herodoto, Jamblichus, Apuleyo, Cicerón, Plutarco, Ensebio, 
Arnobio, Diodoro de Sicilia, Tertuliano, Heliodoro, Luciano, Rufino y otros. Veamos, 
pues, ya lo que era este grado de iniciación. 

Para poder entrar en él era menester una especial recomendación de uno de los ya 
iniciados, el cual era generalmente el rey, y éste presentaba por sí mismo el aspirante 
a los sacerdotes. El aspirante era llevado desde Heliópolis a los sacerdotes de Menfis 



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Ramsés III guiando una procesión religiosa 

y de allí a Tebas; prohibíasele comer legumbres y pescado y beber vino; teníasele en- 
cerrado durante algunos meses en una cueva subterránea para que vacase a la medita- 
ción, con encargo de trasladar alpapyrus las reflexiones que se le ocurrieran en aquella 
época de ostracismo y encierro. Después llevábasele a un corredor, o pasadizo, soste- 
nido por columnas de Hermes, en las cuales se leían sentencias y máximas morales 
que el aspirante había de aprender de memoria. En cuanto las había aprendido, el 
tesmóforo ó introductor acercábase a él llevando un fuerte látigo en la mano para 
alejar, en caso necesario, a los profanos de la puerta por donde iba a pasar el iniciado, 
el cual llevaba vendados los ojos y atadas las manos con cuerdas. Una vez conducido 
a la «Puerta de los hombres», tocaba el tesmóforo, o introductor, en la espalda al por- 
tafero, o aprendiz que guardaba la puerta, el cual postrábase de rodillas en la puerta 
ya abierta. Al entrar por ella el aspirante, hacíale el hierofante varias preguntas, des- 
pués de las cuales hallábase envuelto en una horrible tormenta de viento, lluvia, 
truenos y relámpagos, y si no daba señales de miedo, el intérprete Menies le explicaba 
las leyes de la Crata Repoa, a las cuales tenía que dar él su asentimiento. Era luego 
conducido a presencia del hierofante, delante del cual tenía que postrarse de rodillas, 



240 l-AS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

y con la punta de una espada hincada en la garganta había de hacer juramento de 
fidelidad y secreto, poniendo por testigos al sol, a la luna y a las estrellas. Quitábasele 
entonces la venda de los ojos y colocábasele entre dos delgadas columnas, llamadas 
Betiü, en donde había una escalera de siete peldaños y al extremo de la misma ocho 
puntas de diferentes metales en gradación de brillo ascendente. El hierofante presen- 
taba al candidato a las musas Menas, o hijas de la Obra de Investigación Celestial y 
exhortábale a moderar sus pasiones y a tener su pensamiento fijo siempre en Dios: 
decíasele que la escalera cuyos siete peldaños había subido, era el símbolo de las 
peregrinaciones del alma en este mundo; explicábansele las causas de los fenómenos 
naturales, del viento, del relámpago, del trueno; instruíasele en la anatomía y medicina, 
en el lenguaje simbólico y en la escritura jeroglífica usual. Dábale, además, el hiero- 
fante el santo y seña con que se conocían unos a otros los iniciados, que era Amoun 
y que significaba secreto: juntamente le daban un gorro en forma de pirámide y un 
mandil llamado Xylon: poníanle al cuello un collar que le colgaba hasta el pecho. 
No llevaba más prendas de vestir, y su deber era guardar la Puerta de los Hombres 
hasta que le tocase el turno a otro. Este era el primer grado. 

En el segundo, habiendo dado el neófito pruebas de suficiencia, era llevado, tras 
un largo período de ayuno, a una obscura cámara, llamada Endimión: de allí era 
levantado al grado de Neócoris. Hermosas mujeres le llevaban entonces ricos manja- 
res; eran las esposas de los sacerdotes, que intentaban excitar su sensualidad: si resistía 
a la tentación de sus encantos, el Tesmóforo le visitaba de nuevo y, después de cate- 
quizarle, lo introducía en la asamblea, en donde el Stolista, o portador de agua, le 
rociaba con ella. Después el Tesmóforo le echaba una serpiente viva: además, todo 
el recinto estaba lleno de serpientes para probar el valor del Neócoris. Finalmente, era 
llevado ante un par de columnas, en medio de las cuales había un grifo o monstruo 
moviendo una rueda; las columnas simbolizaban el Este y el Oeste, el grifo represen- 
taba el sol, y la rueda, de cuatro radios, las cuatro estaciones del año. Enseñábasele el 
empleo del nivel y se le instruía en la geometría y arquitectura. Dábasele una vara con 
serpientes enroscadas en la misma, y el santo y seña Heve, que significaba serpiente^ 
y se le narraba la historia de la caída del hombre. La señal consistía en cruzar los 
brazos encima de un arca, su misión era limpiar las columnas (1). 

Al ser iniciado en el tercer grado o «Puerta de la Muerte», el Neócoris recibía el 
nombre de Melanóforis. Llevábasele a una antesala encima de cuya entrada se leía: 
«Puerta de la Muerte>. Todo aquel recinto estaba lleno de representaciones de cadá- 
veres embalsamados y féretros, y al llegar al sitio en donde se recibían los cadáve- 
res, el Melanóforis veía los paraskisios, o personas ocupadas en la disección de los 
cadáveres y su embalsamamiento. En medio se veía el féretro de Osiris: preguntábase 
al Melanóforis si había él tenido alguna participación en el asesinato de su maestro: 
diciendo que no, echábanle mano dos Tapixeitas, u hombres de los que quemaban 
los uiuertos, y conducíanle dentro de una sala, en la que hallaba a todos los demás 
Melanóforos vestidos de negro. El rey en persona, presente siempre a tales ceremo- 
nias, dingíasele y en tono amistoso le exhortaba a no perder el valor y a aceptar la 
corona de oro que se le ofrecía; pero el nuevo Melanóforis había ya recibido instruc- 

(1) Marc Sausier, La Ligende des Symboles, c. VVI, pág. 257 (París, 1911, 2.^ ed.). 



MITOS Y CULTOS hOlI'CloS 



241 



ciones para rechazar la tal corona y pisotearla. Entonces el rey exclamaba: * ¡insulto, 
venganza!», y levantando el hacha del sacrificio tocaba ligeramente con ella en la 
cabeza de Melanóforis; los dos Tapixeitas daban con el Melanóforis en el suelo, y los 
Paraskistos le envolvían el cuerpo con vendas de momia. Todos los presentes llora- 
ban. Llevábasele después a una puerta encima de la cual había estas palabras: San- 
tuario de los espíritus». En esta puerta, que estaba abierta, el hombre, al parecer 
muerto, era herido por el rayo y sentía el fragor del trueno. Caronte recibíale como a 
un alma, en su barca y llevábalo a los jueces del Averno. Pintón presidía el tribunal, 




Fachada del templo subterráneo de IsAmbul 



teniendo a su alrededor a Kalamanto y Minos, acompañados de Etón, Nicreo, Alastro 
y Orfeo. Hacíansele varias preguntas acerca de su vida pasada y, finalmente, se dictaba 
sentencia condenándole a permanecer en aquellas bóvedas subterráneas. Quitábansele 
las vendas y se le daban instrucciones para que no tuviese jamás sed de sangre huma- 
na, para que no dejase nunca cadáver ninguno sin quemar y que creyese en la resu- 
rrección de los muertos y en el juicio venidero. Después había de aprender la pintura 
para saber pintar los féretros, y además la escritura especial en la que constan los 
fastos del Egigto, y las obras de cosmografía y astronomía. El santo y seña era una 
especie de abrazo que expresaba el poder de Dios: las palabras eran Monarch carón 
mini (Cuento los días de venganza). Y permanecía en aquellas cuevas subterráneas 
hasta que se le reconocía digno de ascender a un grado superior. 

El cuarto grado era la Batalla de las Sombras. Los días de la venganza duraban 
^generalmente ano y medio, al cabo del cual acerrábase el Tesmóforo al Melanóforis, 
rogábale que le siguiese y le daba al propio tiempo una espada y un escudo. Pasaban 



242 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

ambos por unos obscuros y tenebrosos corredores, al extremo de los cuales hallaban 
algunas personas de horroroso aspecto, con antorchas y serpientes, quienes, agredién- 
doles, gritaban «¡Panisí». El Tesmóforo animaba al neófito a defenderse con bravura; 
pero al fin era hecho prisionero, vendábanle los ojos y poníanle una soga al cuello. 
Arrojábanle entonces, a empellones, a una sala, en la cual iba a ser iniciado en un 
grado superior, y desaparecían los espectros y las sombras. 

Era llevado al medio de una asamblea, quitábanle las vendas de los ojos, y él con- 
templaba el espectáculo que de repente se ofrecía a su vista, que era una sala magní- 
ficamente decorada con soberbias pinturas: estaba presente el rey y los demiurgos, 
o altos oficiales, todos condecorados con la insignia de la orden egipcia de los Alideos; 
que consistía en una figura formada por zafiros. Alrededor de aquéllos estaban el 
estolista, el hieroestolista o secretario, el zacoris o tesorero y el komaste o maestro de 
las suertes. El odos ú orador hacía su discurso congratulando al cristóforo (este era 
el nuevo nombre del iniciado) por su resolución. Dábasele luego a beber un licor 
llamado Cyce (probablemente el kikeón, o sea una bebida mezclada de alcohol, agua, 
vino y leche o miel), el cual debía él beber hasta las heces. Después confiábasele el 
escudo de ísis; calzábanle las botas de Anubis y vestíanle la capa y el sombrero de 
Orco. Recibía en sus manos una espada con la que había de cortar la cabeza al que 
se le hiciese encontradizo en la cueva y llevarla a presencia del rey. Todos los pre- 
sentes exclamaban: «¡Niobe, he aquí la cueva del enemigo!» Allí, en la caverna, 
había una mujer extraordinariamente hermosa que en apariencia era viva, pero en 
realidad era un muñeco formado de pieles. El cristóforo había de asir de ella por la 
cabellera y cortarle la cabeza, la cual llevaba a presencia del rey, y éste le alababa 
su gran valor diciendo que había logrado cortar la cabeza a la Gorgona, la mujer de 
Tifón, la cual había sido la causante de la muerte de Osiris. Dábasele permiso para 
llevar siempre el vestido que se le había dado, y su nombre era registrado en el libro 
como uno de los jueces de la tierra. Entonces podía comunicar francamente con el rey 
y recibir el diario sustento de palacio. Imponíasele además la investidura de una orden, 
la cual podía llevar solamente en el acto de la iniciación de algún cristóforo: la insig- 
de esta orden representaba a Isis en forma de lechuza. Declarábasele, además, que el 
nombre del gran legislador era Joa, nombre que era a la vez el santo y seña de la 
orden. Los cristóforos se reunían en capítulos o asambleas a que se daba el nombre 
de Pyxon y el santo y seña era Sasychis, nombre de un antiguo sacerdote egipcio; el 
cristóforo tenía que estudiar la lengua de los amonitas, lenguaje misterioso, pues era 
esto lo único que le faltaba para poseer toda la ciencia secreta de Egipto. 

Hecho esto, el cristóforo era promovido al quinto grado, o Balahate, sin que estu- 
viese en su mano rehusar este ascenso. Llevábasele a una sala en donde tenía lugar 
una representación escénica, cuyo único espectador era él. El Balahate, llamado Horus, 
entraba, acompañado de los demás Balahates armados de antorchas, en la sala como 
si buscase algo; al cabo de poco Horus sacaba la espada. Aparecía entonces Tifón en 
la cueva rodeado de llamas. Horus acercábase a Tifón, el cual se levantaba de súbito 
con sus cien cabezas y su cuerpo cubierto de escamas y con unos brazos extraordina- 
riamente largos, a pesar de lo cual Horus le degollaba. Decíase entonces al Balahate 
que Tifón significaba el fuego, el elemento más terrible, sin el cual, sin embargo, nada 



MITOS Y CULTOS tüIl'CIOS 



243 



sería posible hacer en el inundo. El santo y seña de este grado era Chymia y la ins- 
trucción que se daba era de química. 

El candidato al optar al sexto grado y entrar en la asamblea de los astrónomos 
o Puerta de los Dioses, iba atado con cuerdas y cadenas. El Tesmóforo guiábale a la 
Puerta de la Muerte, la cual tenía varios escalones que conducían a una cueva llena de 
agua. AHÍ veía el neófito muchos cadáveres de individuos que habían sido traidores a 
la sociedad. Allí aterrorizábasele con espantajos semejantes a los anteriores y salía de 
allí para prestar un nuevo juramento. Instruíasele en la astronomía, al mismo tiempo 
que se le armaba contra la astrología y el horóscopo, los cuales eran detestados como 
fuentes de toda idolatría y superstición. Los maestros de estas falsas ciencias tenían 
por santo y seña la palabra Fénix, de la cual se reían y hacían burla los astrónomos. 




Descuartiaamiento de las victimas y presentación de dones funerarios 



Era, finalmente, llevado a la Puerta de los Dioses, que estaba abierta, y él veía pintados 
en las paredes a todos los dioses. El demiurgo le contaba la historia de aquéllos y le 
enseñaba la lista de los consocios esparcidos por todo el mundo; dábansele lecciones 
de la danza sacerdotal que simbolizaba el curso de los astros en el espacio. El santo 
y seña era Ibis, el símbolo de la vigilancia. 

El último y más elevado grado, en el que se revelaban todos los secretos, era el 
Bofeta. No podía conferirse sino previo consentimiento del rey y de todos los altos 
dignatarios de la orden. Hacíanse públicas procesiones, llamadas Pamylach, la circun- 
cisión de Osiris, esto es, la lengua. Terminadas éstas, los miembros de la secta aban- 
donaban secretamente la ciudad en el silencio de la noche, retirándose a otras casas 
construidas en forma cuadrada y rodeadas de columnas, a cuyo lado estaban colocados 
alternativamente un escudo y un féretro, y cuyos departamentos estaban decorados 
con escenas de la vida humana. Llamábase a estas casas maneras, porque el pueblo 
ignorante creía que eran visitadas por los manes de los difuntos. A su llegada a una 
de estas casas el nuevo iniciado, llamado ydi profeta o Saphenath Pancah (esto es, hom- 
bre que conoce los secretos), dábasele a beber oimella, probablemente una bebida 
compuesta de vino y miel, y advertíasele que ya había terminado «I período de las 



244 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

pruebas. Recibía una cruz que tenía que llevar siempre encima. Vestíasele una vesti- 
dura ancha llamada etangi, y rapábanle la cabeza poniéndole un gorro cuadrado. En- 
tonces podía leer todos los libros sagrados escritos en lengua amonita, para la cual 
tenía ya la clave llamada el Real Brillo. Su más aventajado privilegio era el tener voto 
en la elección del rey. El santo y seña era Adón. 



A reserva de tratar con la extensión necesaria de la sociedad vulgarmente conocida 
con el nombre de Masonería,— una de las sectas que estudiaremos más a fondo,— 
trasladamos algunos conceptos emitidos por Marc Saunier (1) acerca del origen egip- 
cio de la leyenda de Hiram. 

El interés por conservar la tradición y los símbolos de su arte fué lo que indujo a 
los iniciados albañiles de Egipto a crear también misterios en honor de Hiram, a quien 
consideraban una divinidad. Inspirándose en la leyenda de Osiris forjaron a su vez 
un drama simbólico que había de ser el testamento común a todos los construc- 
tores de templos, continuando su misión a través de las edades. Para ellos, Hiram era 
el Oran Arquitecto del templo de la humanidad; él, quien ayudado del compás, de la 
regla y de la escuadra, había construido el más colosal monumento que jamás se 
viera, la pirámide humana, de la cual las pirámides de piedra no eran más que el sím- 
bolo masónico. Hiram había sido no sólo un artista, sino un plasmador de hombres, 
que enseñó a sus compañeros una serie de símbolos misteriosos y reveló la palabra 
sagrada Whod-Evé. En su palabra comulgaron todos, porque él había encarnado el 
verbo mismo de la vida construyendo el templo del universo. 

Esta leyenda de Hiram vino a ser para los iniciados albañiles un verdadero dogma. 
En el decurso de las pruebas, el aspirante había de jurar sobre el ataúd ensangrentado 
de su maestro que no había tomado parte en el crimen de la muerte del mismo, 
o sea que no había contaminado su carne, ni su alma, ni su inteligencia al contacto 
infernal de las zarabandas malditas en las que se entonaba, mezclándolas a los gritos 
de la orgía, las letanías del vicio. 

V 

Como preliminar del culto de los muertos, citaremos la momificación, o sea la ma- 
nera que tenían los egipcios de conservar los cadáveres, evitando la putrefacción, por 
determinados procedimientos. Los más comúnmente empleados eran tres. El primitivo 
consistía en sumergir el cadáver en un baño que contenía asfalto líquido; por este 
medio lograban la desecación. Hecha esta operación envolvían el cuerpo de los difun- 
tos con cintas ciñéndolas estrechamente al cadáver, empapándolas en bálsamos y esen- 
cias. En los tiempos del imperio de los griegos se substituyeron las cintas por un 
lienzo ajustado, a modo de sudario. El tercer procedimiento, el más extendido, con- 
sistía en preparar los cadáveres con natrón, cuya base, según el análisis químico, es 

vi) La Légende des Symboles, c. XVII, pág. 266 (2.^ ed., París, 1911). 



MITOS Y CULTOS EOIPCIOS 245 

un compuesto de sosa y potasa, que tiene la propiedad de secar de modo perfecto los 
cuerpos. Una vez terminado el embalsamamiento, a veces se aplicaba al rostro del di- 
funto una hoja de oro, y otras se le cubría con una máscara de cartón pintado o dorado, 
o simplemente con un velo de lino muy fino, a fin de ocultar las taras de la fisono- 
mía. Nunca olvidaban colocar debajo de la lengua una moneda que se destinaba a) 
barquero Caronte. La momia se guardaba en una arca que tenía la misma forma del 
cuerpo que había de encerrar, y el arca, comiínmente pintada, ostentaba jeroglíficos y 
también algunas figuras, entre ellas la de Neftlis, diosa de la muerte. En otras se repre- 
sentaba el chacal y el escorpión desenterrando los cadáveres (1). 

El punto de partida del espíritu humano en su viaje a la eternidad, era Abydos. 
Abydos, según afirman algunos egiptólogos, fué la ciudad-cuna de. donde irradió la 
activa germinación ideológica que dio lugar a una mitología antiquísima, cuyos oríge- 
nes se pierden en la noche de los tiempos; la doctrina sagrada que ofuscó deslum- 
hrando a las civilizaciones antiguas, y de la que a través de los siglos han llegado 
hasta nuestros días vagas reminiscencias que nos permiten reconstituir siquiera sea 
en parte el pasado remoto del pueblo egipcio. Y así, de las investigaciones de eminen- 
tes egiptólogos, puede inducirse que Abydos es el santuario cuya fundación se remonta 
a una fecha más remota, hasta el punto de que es más antiguo que el mosaísmo. Desde 
los primeros siglos del cristianismo se enseñaba una cripta, en el fondo de la cual 
había una tumba abierta en la roca, que, segiín una leyenda, era la de Osiris, dios mi- 
tológico fabuloso que enseñó las artes y las ciencias al Egipto. Por lo tanto, era Abydos 
el santo sepulcro, afluyendo allí los profetas de todas partes, y en ella recibían los fa- 
raones la más alta iniciación. Acudían también los peregrinos, los reyes y los grandes 
para consagrar éstos los féretros, a pesar de que los cadáveres habían de estar enterra- 
dos en los hipogeos de otras necrópolis, para asegurar así mejor el viaje de ultratumba. 

Desde el reinado de Seti 1, padre del gran Ramsés, que con los Touthmés y su 
hijo pertenecían a la dinastía telcana, ésta abolió los cultos fenicios que los hyksos, 
como invasores, habían aportado de Fenicia. En consecuencia, se fundó en Egipto la 
autoridad suprema por medio del culto masculino de Ammón-Rá, que era la forma 
exterior y oficial del culto secreto y de la iniciación oficial de Osiris. Allí no se reservó 
el santuario a una sola divinidad, como en los templos Denderah, Karnak, Luqsor y 
Edfou, y por esto se construyeron siete capillas: la de la izquierda consagrada al mo- 
narca reinante, las demás correspondientes a los grados sucesivos de la iniciación 
sacerdotal y real. La segunda capilla estaba dedicada a Ptah, el distribuidor de los 
elementos fiscos; seguían la de Harmakis, el regulador plástico; la de Amón, cora- 
zón del deseo, creador y reproductor; la de Osiris, el verbo humano revelador; la de 
Isis, o de la luz increada, y Horus, el espíritu divino resucitado por el hombre. Muy 
dudoso es si la tumba de Osiris era realmente la del primer profeta de éste, que fué 
el verdadero revelador, divinizado más tarde, de la antigua religión y el institutor 
de los Schesou-Hor, llamado por los griegos Mermes, al cual los alejandrinos atribu- 
yeron la doctrina secreta del sacerdocio egipcio. Cuando el Faraón recibía en Abydos 
su iniciación definitiva, entraba primero en la capilla izquierda consagrada al rey, en 
la cual había la estatua real, y sin caer en la más ridicula de las idolatrías reverenciaba 
(1) E. Meyer, Geschichte des Altertums (StuUgart, 1884-93). 
Tomo I. — 33. 



246 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

d ideal del Faraón que él debía seguir toda su vida; en las restantes seis capillas ren- 
dían homenaje ofreciendo el agua, el fuego, el incienso y la plegaria a cada uno de los 
principios cosmogónicos del universo, correspondientes a cada uno de los principios 
constitutivos del hombre. Ptah, el distribuidor vital elemental; Harmakis, modelador 
plástico del mundo y del cuerpo etéreo, o sea el duplicado del hombre; Amén, gene- 
rador de los seres y centro del alma individual; Osiris, el verbo de la inteligencia; Isis, 
la luz celeste e inteligible, y, por último, su hijo HoruS; el espíritu divino resucitado 
en el hombre. 

Se ve, pues, que en esta ceremonia religiosa el Faraón recorría la escala ascendente 




Los últimos honores al difunto 



de la vida y se impregnaba sucesivamente de los siete principios generadores del uni- 
verso, espiritualizándose de escalón en escalón para remontar a su origen, y en la 
última capilla había cumplido toda su evolución, puesto que él llegaba a ser un Horus, 
usando este nombre en todos los documentos oficiales. 

Para formarse una idea de la doctrina del verbo-luz es preciso leer el famoso Libro 
de los muertos, especie de breviario que se colocaba en el sarcófago de los difuntos, 
con el fin de estar prevenidos contra los peligros del otro mundo y daries la ciencia 
para recorrer los senderos obscuros de la eternidad. Los alejandrinos opinaron que 
este libro era uno de los cuarenta y dos atribuidos a Hermes, que contenían la ciencia 
secreta de los sacerdotes. Este manual de ultratumba no era probablemente sino un 
extracto del libro en cuestión, especie de catecismo, de un simbolismo confuso e in- 
tnncado, pero surcado de ideas profundas a modo de intensos relámpagos que ilumi- 
nan las densas tinieblas. Para desentrañar el sentido íntimo de ese texto y bosquejar 
el viaje del alma tal cual lo entendían los sacerdotes egipcios, es indispensable inves- 
tigar los cuatro puntos de vista principales: 1.°, el Amentí, o abismo de las sombras, 
2.*, el desdoblamiento, o la rememoración del alma; 3.", el juicio, o la segunda muerte; 
y 4.^ la salida al nuevo día, o la resurrección. 



MITOS Y CULTOS EGIPCIOS 247 

Trasladémonos al seno de un ho^ar egipcio, después de expirar uno de sus seres 
queridos. Terminadas las ceremonias fúnebres, el sarcófago de madera dorada que con- 
tenía el cuerpo embalsamado y reproducía la imagen del vivo, colocada de pie a la en- 
trada del hipogeo, había recibido las preces de la familia, los himnos sacerdotales y las 
libaciones de rúbrica; calladas ya las lloronas, había terminado el banquete de despedida, 
luego se sellaba y muraba la cámara de piedra, que era la mansión de la eternidad (1). El 
Libro de los muertos supone un alma poco iniciada en las cosas divinas y una mediana 
bondad, ni perversa ni superior, porque se suponía que los puros, los santos y los 
profetas podían atravesar rápidamente el Amenti, yendo directamente al mundo divino. 
El alma no es más que una sombra, sin embargo se siente cuerpo y miembros como 
un hombre; éstos son pesados, pero inmóviles. El alma quisiera llamar, pero es muda; 
intenta ver, pero un espeso velo se interpone, y no puede ver los objetos; la atmósfera 
que la circunda le oculta el sol, flota oprimida por el silencio, amurallada en las 
tinieblas angustiosas. Sobreviene la noche, la luz de la luna es penetrante, tiene una 
vibración magnética y surgen olas fosforescentes; se dibujan manos, brazos y larvas 
humanas, opacas y grises; se encienden y apagan otras, aturdidoras como un vuelo 
de mariposas nocturnas y murciélagos; hay manos que las palpan y las cogen. Entre 
los rostros observados el alma reconoce a los seres que vivieron, pero en su mayoría 
desconocidos para ella, siendo la expresión acentuada de los vicios o crímenes que le 
arrastraron durante su vida; ritos lascivos, máscaras de odio, crueles y rapaces perfiles, 
muecas hipócritas, el alma cree comprender los cuchicheos que dicen: «nosotros so- 
mos los completadores de las tinieblas, nosotros abrimos el abismo donde caen los 
manes, tú nos perteneces, ven», y como hoja arrastrada por el viento huracanado la 
conducen muy lejos en un cono de tinieblas que la tierra proyecta detrás del alma. 
Allí ella flota y rueda, desatinada, ebria de terror, entre millares de sombras, lejos del 
sol, de la luna, de todos los astros, en los precipicios del vacío anchuroso y helado. 

En este ambiente las muchedumbres de almas tenebrosas se persiguen abrazándose 
o desgarrándose y reanudando con una furia centuplicada la ronda de las pasiones 
terrestres. Cuando el alma difunta logra escapar de este abismo vertiginoso y horri- 
pilante refugiase en la cámara mortuoria de su hipogeo. Es preferible la nada de la 
disolución y la muerte a la horrorosa tempestad de las sombras en el abismo del 
Amenti. Este era considerado como una región del espacio comprendida entre la tierra 
y la luna, y para las almas perversas era la sombra nocturna de la tierra y llena de es- 
panto para las que carecían de la luz interior. 

En su desdoblamiento el alma percibe desde el fondo de las tinieblas y en lo alto 
del espacio una forma luminosa llevando un cetro y un casco alado que lentamente 
desciende. Ella pregunta al espectro: «¿quién eres?»; y aquél le contesta: «llámame 
Mermes, soy tu genio-guía, los dioses me han ordenado que haga para ti una verdad 
de la palabra de Osiris, yo abro las sendas y facilito el paso»; mira entonces Hermes, 
toca la sombra con su cetro y se abalanzan dos serpientes. Inmediatamente el alma 
recobra el movimiento, la vista y la palabra; séquitos dispersos de almas blancas se 
dibujan en el espacio, y en lo más alto una luz cegadora perfora el aire opaco y des- 

<I) G. Masper, Les Mastaba de I' anden empire, pág. 89 y siguientes (ed. litográfica, París, 1885); 
LoRiNQ Brace, le unknown Ood, etc., págs. 35 y siguientes (Nueva York, 1890). 



248 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



pierta de su fúnebre sueño al alma agarrada al borde de su tumba, y a la irrupción de 
la luz, de repente recuerda su divina vida pasada y dice: «¿No soy yo acaso una larva 
maldita, una sombra que pasa? ¡No; soy un alma viva y una partícula de Osiris!» La 
sombra le dice: «Sube conmigo a la región del sol.— ¡Ah, no puedo (responde el 
alma), me retiene el peso de mi vida terrestre, soy prisionera de mi sombra, en la red 
de Anubis, en las entrañas de Set.» El espectro dice: «¡Espíritu inmortal, has de sepa- 
rarte de tu sombra mortal.» El alma contesta: «¿He de dejarla en su angustia? No 
quiero».— Entonces tú no subirás conmigo como una pura llama; tú no te elevarás 
como el gavilán de Horus al cielo del cual descendiste. Cuando Mermes te habrá dicho 




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iil JUICIO de ios muertos 



adiós, la destrucción, el olvido y la muerte caerán sobre ti para borrarte del libro de 
los vivos.» El alma contesta: Oigo dos voces, mi sombra apegada a la tierra suplica 
que me quede, porque me amedrenta la luz; el espíritu de lo alto clama como una 
música intensa que suba y lo desafíe todo, diciendo: perezca tu sombra antes que no 
ver el cielo. ¡A qué voz he de obedecer, siendo yo doble!» El espectro contesta: «Yo 
soy el buen piloto, no escuches al otro, te conduciría a la serpiente Akery, a la man- 
sión del aniquilamiento. Yo sólo conduzco a la barca de Isis; quiero hacer de ti un 
lotus puro, un alma de eternidad. ¡Vamos, ánimo! ^^ El alma contesta: «¿Tú me arras- 
tras? ¡Espantoso desgarro, mi sombra llora y la tierra desaparece!» 

El Libro de los muertos llama muralla de hierro al mundo sublunar, límite del 
alma. Según los sacerdotes egipcios, son sus guardianes espíritus elementales cuya 
fluidez reviste todas las formas animales y humanas. Son elementos protoplasmas de 
almas futuras, sin individualidad fija, cuya habitación es la atmósfera terrestre, que 
asaltan al hombre vivo que quiere penetrar en lo invisible por medio de la magia, y al 
alma difunta que pugna, por subir del Amentí y ptu^irar en la región celeste. Esos 



^M\ 



y CULTOS EOIPCIOS 



249 



aiiardiancs los representa la mitología egipcia pur los cinocéfalos y es su maestro 
Aniibis con cabc/i di chacal, llamado por los griegos Cancerbero. Hermes, el genio 
del alma, los separa con un gesto real y un rayo de su cetro abriendo un boquete en 
esa muchedumbre arremolinada. Ya fuera de la atracción terrestre, surge el sol de los 
sombríos abismos del espacio, el alma le contempla cara a cara deslumbrada por el 
disco. El dios de los planetas le dice: ve a Amón-Rá, que no es más que la sombra 
del día, de la verdad que posee sus efluvios creadores; mira bien y no tiembles, por- 
que en un disco te aparecerán los siete verbos del dios único; si soportas sus fulgores 
serás el juez de tu propia alma. En efecto, aparecen sucesivamente los siete dioses 
como fulguraciones blancas sobre el disco rojo y le dicen al alma: «Nosotros te hemos 
dado nuestros hálitos, la justicia y la misericordia, la ciencia y la belleza, la sabiduría, 




Danza fúnebre 



el amor y la fuerza. ¿Te acuerdas? ¿Qué has hecho de ellos en el mundo de la mentira 
y de las tinieblas?» A cada uno de estos nombres el alma se siente atravesada por un 
rayo y ve abrirse el resplandor de un cielo hallado de nuevo, y también la miseria y la 
negrura de su vida terrestre. Desfallecida el alma, exclama: «¡El espectro se desespera, 
agoniza! Siento que me llama desde abajo. Descendamos». Entonces los dioses retor- 
nan a la zona que rodea a la tierra como una capa de cristal opaco abriendo un agu- 
jero en ella, de nuevo sumergidos en el doloroso círculo de las generaciones y en los 
limbos del Amenti. Azorada el alma, mira alternativamente a su genio luminoso, al 
casco alado, al cetro tutelar y a la sombra negra hundida sobre su féretro. El divino 
guía, sonriente e impasible, pronuncia estas palabras más temibles que una sentencia: 
«Ahora tú sabes, sé tu propio juez». 

Comienza entonces el juicio o la segunda muerte. El alma, separada del cuerpo 
e iluminada por la divina memoria del espíritu, ve desfilar ante sí toda su vida, y perma- 
neciendo extraña a su pasado se juzga por virtud de esa claridad implacable. Entonces 
va donde debe ir, según las afinidades engendradas por sus acciones, voliciones y se- 
cretos pensamientos, y esto acontece por una ley tan natural e infalible como la que 
hace que el corcho flote en el agua y que se sumerja el plomo. El lugar del juicio 



250 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

se denomina *sala de la verdad», el juez Osiris, sentado en su trono, con el cetro y el 
látigo en la mano, representa el espíritu divino existente en el hombre: Hermes desem- 
peña el papel de testigo y escribano, llevando las tabletas llamadas «los misteriosos 
archivos de los dioses», que esotéricamente significan el éter sutil, o sea las acciones, 
deseos y pensamientos del hombre impresos como imágenes más o menos fuertes y 
duraderas según su frecuencia e intensidad, las cuales, avivadas por el genio-guía, se 
desarrollan ante el alma como un vasto cuadro; los dos genios Schaí y Raneu— Fatali- 
dad y Dicha— coronan un grupo jeroglífico que significa renacimiento. Para saber 
hacia qué lado tiende el hombre, Hermes coloca en un platillo de su balanza el cora- 
zón del hombre y en el otro la estatua de la verdad. Son las intenciones secretas, no las 
acciones en sí mismas las que deciden el destino futuro del alma. Aquellos que endu- 
recidos por la práctica del mal, llegan hasta a perder el sentido de la verdad, han matado 
el postrer recuerdo de la vida celeste, cortando su vínculo con el espíritu divino y 
pronunciando su propio aniquilamiento, o sea la dispersión de su conciencia en los 
elementos cósmicos. Aquellos en quienes subsiste el deseo del bien, pero dominados 
por el mal, se condenan a una nueva y más laboriosa encarnación. Por el contrario, 
aquellos en quienes el amor a la verdad y la voluntad del bien han vencido los bajos 
instintos a pesar de sus errores y faltas pasajeras, están dispuestos para emprender el 
viaje celeste. Entonces el espíritu divino recoge en sí todo lo puro e inmortal de los 
recuerdos terrestres del alma, al paso que lo falso, impuro y perecedero, se disuelve 
en el Amenti como la vana sombra antes expresada, y el alma, a través de una serie 
de pruebas y encarnaciones, se aniquila o inmortaliza facultativamente. A esta unifi- 
cación llamaron resurrección los iniciados egipcios. 

En el Libro de los muertos y en los monumentos funerarios se representa la resu- 
rrección por medio de un gavilán con cabeza humana — símbolo del espíritu puro — 
cerniéndose sobre la momia— símbolo del alma terrestre. Según la doctrina esotérica, 
es la parte etérea del alma la que resucita y no el cuerpo físico; el pueblo, sin embargo 
materializó esta idea completamente espiritualista aplicándola a la resurrección corpó- 
rea, cosa que toleraron y favorecieron los sacerdotes y con ello la práctica del embal- 
samamiento y el deseo de conseivar las momias llevado hasta el fanatismo. 

El insigne egiptólogo, Q. Masper (1), desentrañó con admirable sagacidad la ver- 
dadera doctrina egipcia respecto a la constitución humana y la naturaleza del alma. 

En el día de la resurrección el alma se lanza al mundo divino como en su patria, 
se remonta, irradia y ve; han desaparecido el sol, los planetas y el mundo material; 
desprendida de su corteza opaca, entra en la vida y penetra en el interior de las cosas; 
purificada, emerge en el alma del mundo que contiene los fluidos, las esencias y 
los arquetipos de todas las cosas; deslumbrada por torrentes de luz, exclama: «se 
abren el cielo, la tierra, el sur, el norte, el oeste; ¡salgo de las muchedumbres ambu- 
lantes, vuelvo a estar entre los manes!»; su palabra se convierte en luz y ésta en pala- 
bra, porque desde las alturas fulgurantes millares de voces responden a su grito; «el 
cielo se abre cuando sale de nuevo el dios»; sube y sube siempre, de un punto incan- 
descente parten cuatro ríos que se esparcen en todas direcciones, como para abrazar 
el espacio. Hermes le dice al alma: <el río de oro procede de Osiris, que es la inteli- 
(l) Histoire ancienne despeuples de FOríent, 1. I, c. I, pág. 26 y siguientes (Paris, 1878). 



MITOS Y CULTOS EGIPCIOS 



251 



geiicia; el azul de Isis, que es el amor; el perfumado, de Rá, que es la vida, y el esme- 
ralda, de Nephys, que es la substancia universal». En estas aguas celestiales boga 
majestuosamente la nave de Isis; la diosa está sentada junto al timón, su hijo Horus, 
armado con la lanza, está de pie en la proa; en el centro del buque hay una capilla 
cuyas columnas y capiteles de lotus sostienen a modo de cúpula un globo brillante, 
reflejo del sol de Osiris; en este templo resplandecen las siete grandes divinidades, 
porque en el mundo celeste todas las ideas aparecen como personas y cada espíritu 
las percibe según su fuerza; ante esta visión, el alma, presa de gran exaltación, excla- 
ma: «siento pasar en miel hálito de los dioses, soy Osiris, Isis, Rá y Nephys»; los 



m^ii 




Oración del mediodía en Siut 



marineros responden: «sube en el buque por millones de años para cumplir tu ciclo 
divino». Recibido el hombre en la embarcación convertido en Osiris, exclama: «yo 
soy el ayer y conozco el mañana, soy dueño de renacer otra vez, atravieso el cielo 
haciendo la luz, vuelo para iluminar los manes, abro y cierro; esto me ha concedido 
el bondadoso Señor». 

Con un movimiento ascendente en medio de una calma vertiginosa el buque de 
Isis surca atravesando las flotas estrelladas; en esta maravillosa embarcación que puede 
ir a todas partes, a medida del deseo y que lleva el cerco y el arquetipo del Ser, el 
espíritu está como en el centro del espacio y del tiempo; abarca el drama del universo, 
ve las almas subir y bajar, libertarse, reencarnarse, y a las generaciones y a los mun- 
dos salir del caos y entrar de nuevo en el seno de Isis, que la restituye a su esposo. 
Todas estas cosas trágicas y terribles, en vez de formar como en el haz de la tierra un 
ensamblaje de ruidos discordantes y dolorosos, se expanden y ruedan anchurosamente 
y resuenan en el corazón del alma como una divina sinfonía. La tierra de Annsou, 
donde se detiene la barca de Isis, es un planeta espiritual sin atmósfera propia, ilumi- 



252 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



nado por el sol de la verdad, animada por su verbo, en donde los elegidos se crean 
un mundo a su imagen, según la ley de afinidad, amor y armonía, que viene a ser el 
Antichtone de Pitágoras, la segunda tierra de Platón, la Heliópolis celeste. Pretende 
Plutarco que Osiris es Dionisio, o cuando menos cree que el dios de los pámpanos y 
la juventud eterna no es más que otra cara del dios de los muertos y de los misterios, 
y esto es verosímil, puesto que en Abydos hállanse restos de la divina comitiva. 

Es probable que las razas cuyas civilizaciones precedieron al dominio de la blanca 
sobre la tierra adoraran el dragón a causa del terror que los terodáctilos— o seres 
antidiluvianos con membranas entre los dedos— inspiraron a los primeros hombres 

amedrentándolos. Creó 
un símbolo augusto quien 
primero osó colocar una 
cabeza humana sobre un 
cuerpo de león, pues no 
puede concebirse una 
imagen más sorprenden- 
te de la naturaleza evo- 
lucionando coronada por 
la humanidad. Todo 
cuanto la ciencia contem- 
poránea nos dice con 
fórmulas aun inciertas 
La esfiinge sobre cl dcsarrollo de las 

especies y los orígenes 
terrestres del hombre, está sintetizado en la imagen de la esfinge. Allí está la natura- 
leza terrenal con sus crueles garras y poderoso cuerpo apoyado sobre la arena marina, 
de la cual salieron todos los seres, remachado al suelo duro cuyo légamo es su subs- 
tancia elaborante. ¡Cuánta nobleza, sosiego y conciencia existen en la cabeza de la 
esfinge que mira el sol saliente del espíritu y de la eterna verdad! ¡Cómo se cumple 
potencialmente el inmenso trabajo que hace brotar la cabeza del dios sobre el cuerpo 
del terrible león!— Fuerza ciega, lucha por la existencia, selección de los fuertes, fata- 
lidad de los medios, dicen con razón los discípulos del célebre naturalista inglés Carlos 
Darwin. El influjo de Isis, esa gran alma del mundo, es la que infunde a la naturaleza, a 
los géneros, especies e individuos, las almas de la vida y los principios intelectuales 
cada vez más perfectos. Así pensaban, dice Eduardo Schuré (1), los sabios de la anti- 
güedad. 




VI 



Una de las sectas que han demostrado a través de los siglos una mayor fidelidad 
a su credo religioso es, sin duda alguna, la de los coptos, que en Egipto practican la 

(1) AI escribir estas páginas hemos seguido la notable descripción que hizo este ilustre escritor francés 
en su estudio: Sancíualres d'Qtient, L'Egypte ancienne son symbolisme et sa religión (Revue des Deux- 
Mondes, enero-febrero, 1895). 



MITOS Y CULTOS FOIPCIOS 



253 



fe de Cristo; los coptos son un ejemplo del intlujo que ejerce el ideal, cuando se vive 
intensamente. Algunos autores creen que los coptos pertenecen a la secta Jacobita, 
muy importante ha doce siglos, y que su nombre puede considerarse como una 
corrupción de Jacobita; otros les consideran árabes o como una rama del tronco 
semítico. Otros autores defendieron la tesis de que procedían de Kibt, uno de sus 
reyes más antiguos; otros afirmaron que procedían de Coptos, ciudad del Alto Egipto. 
Y, por último, no han faltado quienes defendían la hipótesis de que su origen era griego. 
Actualmente todas estas suposiciones han sido desechadas, y se conoce por coptos a 
los habitantes de Egipto que defendieron la doctrina de Cristo. 




Una sesión de quiromancia 



A raíz de la conquista del Egipto por los musulmanes, los coptos constituían una 
masa de población de algunos millones, siendo en los comienzos objeto de un trato 
benigno y afable por los dominadores. No duró, sin embargo, mucho tiempo la armo- 
nía entre ambos, pues se suscitaron divergencias que dieron lugar a luchas enconadas 
y sangrientas, estallando varias revoluciones que fueron ahogadas en sangre y tras una 
serie de persecuciones crueles. 

Acaso por haber sufrido durante tanto tiempo los rigores de la adversidad, los 
coptos aprendieron a disimular y a sufrir en silencio una opresión secular, se adapta- 
ron al medio y con tenacidad admirable siguieron en secreto sus prácticas religiosas. 
I^r sus excelentes dotes de carácter y su capacidad intelectual poseen en la actualidad 
alguna influencia y desempeñan cargos importantes en el país, distinguiéndose por su 
idoneidad para los negocios mercantiles y algunas industrias artísticas, y sobre todo 
para la contabilidad. 

Los coptos, como todos los monofisitas de Oriente, diputan como padre a Euti- 

Tomol. — 33. 



254 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

qucs. Dióscoro, patriarca de Alejandría, que fué un denodado campeón del eutiquia- 
nisnio, lo difundió por gran parte de Egipto, quien en sus campañas proselitistas 
procuró convencer a las gentes de que cuantos se mostraban hostiles a su predicación 
debían ser tenidos como nestorianos. Al ser Dióscoro depuesto en el Concilio de Cal- 
cedonia se produjo en diversas comarcas de Egipto una verdadera agitación. Las 
leyes que el emperador dictó con objeto de reprimir severamente el movimiento de 
rebeldía que había surgido, en vez de aplacar los ánimos sirvieron de acicate a los disi- 
dentes que cada vez sentían una simpatía más decidida por Dióscoro y mostraban 
más ardor al defender su independencia y su credo. A pesar del entusiasmo y el fer- 
vor que derrocharon, los castigos de los imperiales hicieron mella entre las filas de los 
antioquenos, que sucumbieron a la postre. El emperador tuvo a su favor patriarcas, 
obispos, gobernadores y funcionarios, y envió a Egipto elementos valiosos que se im- 
pusieron; además, excluyó a los naturales del país de las funciones públicas, civiles, 
militares y eclesiásticas. El régimen de excepción y las medidas represivas en un prin- 
cipio, surtieron un efecto inmediato, gran número de disidentes se refugiaron en el Alto 
Egipto, otros emigraron estableciéndose en la Arabia, y allí, en un régimen libre, dedi- 
cáronse al ejercicio de su culto con más entusiasmo que antes. 

Las constantes persecuciones de que fueron objeto los coptos hicieron germinar 
en lo íntimo de su espíritu el deseo ardiente de vengar las humillaciones y los castigos 
que les habían inferido sus dominadores, griegos y romanos, que no contentos con 
hacerles sentir el yugo de la dominación, los trataban con dureza y menosprecio; 
cuantas circunstancias favorables se les presentaban de sacudir el yugo de la tiranía, 
las aprovecharon, y no contentos con esto, llamaron en su auxilio a los sarracenos, 
facilitándoles el ingreso en su propio país. Los coptos resistieron más tarde con verda- 
dero estoicismo las persecuciones de los sarracenos, que, una vez establecidos, siguie- 
ron una política restrictiva y opresora, no obstante lo cual supieron conservar su fe 
cristiana, que tan sólo se diferencia de la Iglesia romana en el dogma de las dos natu- 
ralezas de Jesucristo. Los coptos tienen organizada su jerarquía y obedecen los manda- 
tos que emanan de cada una de las autoridades, consideran como jefe supremo, inves- 
tido de todas las perrogativas, al patriarca de Alejandría, en quien reconocen al legítimo 
sucesor de San Marcos. Como la Iglesia romana, la copta dispone de una organización 
radiada de la que forman parte los obispos, que se hallan en relación con el patriarca, 
quien posee amplísimas facultades para deponerlos y excluirlos de la Iglesia. Las demás 
categorías, con ligeras variantes, son muy semejantes a las de la Iglesia católica. En 
El Cairo se reúnen los obispos y demás funcionarios eclesiásticos para la elección de 
patriarca. Tan sólo puede ser elevado a este cargo un monje de reconocidas virtudes. 
Aunque no es obligatorio el celibato para los sacerdotes, la inmensa mayoría lo 
practica. La casi totalidad de los sacerdotes son de origen humilde, perteneciendo, con 
raras excepciones, a las clases menesterosas. El clero de esta secta, además de desem- 
peñar su ministerio espiritual, dedica su actividad a los oficios manuales, con el pro- 
ducto de su trabajo subviene a sus necesidades, pues por las funciones del culto en 
general no recibe estipendio alguno. En repetidas ocasiones intentóse que los coptos 
mgresaran en la Iglesia romana; pero las gestiones para ello efectuadas no obtuvieron 
éxito. Únicamente poco-después de celebrado el Concilio de Florencia, un número 



MITOS Y CULTOS EGIPCIOS 255 

escaso de coptos se pleu:aron a aceptar la heírcmonía romana, si bien conservando su 
liturgia y su disciplina. 

Lo que caracteriza la mitología y la religión egipcias, como todas las demás insti- 
tuciones de aquel país, es la coexistencia de usos, los más groseros y bárbaros, con 
los últimos refinamientos de la civilización, según opina Tiele(l). Otro escritor, insigne 
egiptólogo, Chabas (2), afirma que el gran Sam, hijo de Ptah, era el jefe de los artistas 
y que los Sams eran miembros de la clase sacerdotal, que ejercían ciertas funciones 
místicas. Es exacto que los egipcios desde la más remota antigüedad tenían concep- 
ciones religiosas muy elevadas, pero rehusaban, sin embargo, abandonar los totems, 
los animales-dioses y los mitos absurdos o blasfematorios que, como las hachas y las 
flechas de sílex, son en todas las latitudes los signos característicos de los pueblos 
salvajes. 

Los egipcios heredaron un gran número de leyendas de héroes sobrenaturales que 
tienen analogías con las existentes en los pueblos salvajes. Algunos de estos héroes 
eran fuerzas elementales personificadas bajo una forma humana, y otros simplemente 
hechiceros, que habían sido objeto de una apoteosis y subsistían en la leyenda sus 
viajes, raptos, asesinatos y mutilaciones. Estas leyendas se transformaron en alegorías, 
teniendo cada teólogo su sistema personal de interpretación, llegando hasta convertir 
estos seres sobrenaturales no en dioses, sino en demonios. 

Las conclusiones a deducir del breve examen que a modo de esquema hemos 
hecho de la religión egipcia, son que hubo dos corrientes de concepciones, la mitoló- 
gica y la religiosa, unas racionales y otras fetichistas, que discurrieron por un mismo 
cauce y hasta cierto punto confundiéndose. La tendencia racional que se revela en las 
preces y en los himnos da un nuevo desarrollo a la creencia humana primitiva en un 
porvenir protector y amigo que obra mirando a la justicia. La tendencia irracional, 
que se revela en los mitos y en el ritual, determina la supervivencia de confusiones 
primitivas entre el hombre, la bestia y el dios, las cosas animadas e inanimadas. De 
una parte se advierte casi un reconocimiento de la divinidad suprema, y de la otra 
ritos salvajes y creencias existentes también entre los australianos y bosquimanos. 

No es prudente ni científico, a juicio de M. Lang (3), tener por más antigua una 
que otra de tales tendencias, puesto que no existe raza alguna, por atrasada que esté, 
en la cual no se manifiesten ambas, y tampoco deben considerarse las costumbres sal- 
vajes como corrupción de creencias más elevadas. Acaso jamás será posible, añade el 
propio Lang, remontar esas dos corrientes hacia un punto común de origen, porque 
cabe que éste resida en diferentes planos de la conciencia, como defiende actualmente 
Bergson (4). Cabe reconocer estas tendencias y ponerías en contraste, pero sus oríge- 
nes se desvanecen en el pasado. La mitología y la religión de los egipcios no son 
cosas aisladas, sino, en sentir de Lang, la matería del pensamiento humano, coloreada 
o deformada por centenares de influencias diversas durante el curso de los siglos 
ignorados. 

(1) Revue de VHistoire des Religions (nov. dic. 1885). 

(2) Etudes sur I' antigüete (París, 1873). 

(3) Mythes, Cuites et Religión, vers. fr. de L. Marillicr, pág. 435 (París, 1896). 

(4) L'évolution créutrice (París, 1907). 



CAPITULO VIII 



Creencias de Caldeo-Asiría y Fenicia 

Qeoeralidades: orígenes de Caldea y Asiría; invasiones; los accadios; la magia. Mitología caldea: Baal 
y Baaltis, Astarté o Derceto; culto de esta divinidad en Hierápolis; sus sacerdotes. El culto de los 
peces; los dioses-peces; Oannés, Dagón y otros.— II. Teogonia caldea. Templos: su forma. Sacerdo- 
tes: su prestigio y su misión; la adivinación y el exorcismo; los sacrificios; los festivales religiosos. 
Astrología y astromancia. La cabala. El fanatismo religioso.— III. Influencia de la religión en los 
distintos aspectos de la vida; la condición de la mujer. Razas y castas. Literatura: El Poema de Gilga- 
mes; el Libro de los malos espiritas. Dos palabras acerca de la escritura. La arquitectura; los pen- 
siles o jardines colgantes. Causas de la decadencia de la civilización caldeoasiria. — IV. Fenicia. 
Generalidades; posición topográfica. Mitos cosmogónicos; Mot y su representación mítica; tendencia 
al ateísmo; el sabeísmo. Teoría de Sanchoniathon; Eon y Protágoras; origen del fuego; los gigantes 
y los héroes civilizadores; Chonsor y sus artificios. Opinión de Lang. El desdoblamiento y la sexuali- 
dad. La idea de la naturaleza creatriz; la diosa de la fecundidad. El dios Bes o el Hércules griego. 
Gerión.— V. Teogonia fenicia; su analogía con la asiriocaldea; Molok, Baal, Astarté; algo acerca de 
los misterios y formas de estas divinidades.— VI. Cultos; los Altos lugares; fetichismo; materialismo 
religioso; un pasaje de Tácito. El templo al aire libre; transformación del mismo por la influencia 
egipcia; los templos en Sicilia y Cartago; datos históricos de los de Erek-Hayim y de Lilybea y breves 
detalles de ellos.— VIL El erotismo, causa determinante de los ritos religiosos; Biblos, o la Ciudad 
Santa; mito de Adón y Ashera; el culto al estío representado en Molok; episodios de este culto in- 
fausto; la crueldad y el sensualismo. Moral del pueblo fenicio; su carácter; su concepción de la patria, 
inspirada en el espíritu cosmopolita; papel importante que desempeñó en la expansión comercial en 
la antigüedad. Colonización fenicia. Desaparición de Fenicia. 



jaldea es el nombre clásico de una región del Asia, cuyo origen y extensión 
son difíciles de determinar, aunque lo más probable es que comprendiese el 
país de la desembocadura de los ríos Tigris y Eufrates. Vecina a Caldea se 
hallaba la Asiría, respecto de cuyos orígenes tampoco tenemos datos fijos. La 
Biblia (Gen. X, 11) dice expresamente que Assur, hijo de Sem, salió de Caldea, del 
mismo país en donde radicaba el poderío de Nemrod. Estos dos pueblos se refundie- 
ron más tarde en uno solo, y su civilización tuvo como centro y emporio a Babilonia, 
ciudad rica y corte de los monarcas asirlos, que, en su calidad de soberanos absolutos, 
ejercían un gobierno despótico. Entre ellos, se distinguieron Nabucodonosor, Assur- 
banípal, Salmanasar, Assurnasírpal y los Sargones o Sargines. 

Las distintas invasiones que tuvieron lugar en aquel país, las luchas entre las diver- 
sas razas se reflejaron en la formación del credo religioso del pueblo caldeoasirio. 
Más que a la afinidad entre las creencias de los sucesivos pobladores, debióse a la 
yuxtaposición de unas sectas con otras. Los accadios fueron los que influyeron más de- 
asivamente y acabaron por predominar; pero las concepciones religiosas, cuyo origen 




CREENCIAS DE CALDEO-ASIRÍA Y lENICIA 



257 



era semítico, prevalecieron más tarde sobre el culto de los accadios, y el fetichismo de 
las razas primitivas fué en cierto modo depurándose hasta convertirse, por una especie 
de sistematización, en una religión más elevada; las creencias accadias, por el contra- 
rio, quedaron cristalizadas, y a causa de ello acabaron siendo un culto inferior. Algunos 
autores afirman, sin embargo, que la magia caldea tiene sus orígenes en las supersti- 
ciones accadias. 

He aquí lo que acerca de este fenómeno religioso y social dice P. Oener (1): «En 
Egipto, la magia nacía de una degeneración de un culto convertido en politeísmo y aun 




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Escena de ofirendas a Assur (el dios-á^iU) 

en fetichismo por las muchedumbres. En Caldea, al contrario, la religión oficial al 
unificar los diversos fetichismos de que constaba la religión primitiva, organizó y 
reglamentó la magia, que era su culto. Así, en la época en que Babilonia presenta una 
religión sabiamente organizada, encontramos dos especies de magia; una superior 
o teúrgica, por la cual el mago tendía por medio del conocimiento de lo divino, 
, a identificarse con la propia divinidad, y otra popular, buena o malvada, según servía 
; para librar de los maleficios de los demonios o para desencadenarlos.» 



La escasez e incertidumbre de los documentos antiguos envuelve en una nube 
de obscuridad todo lo concerniente a los dioses y seres mitológicos de este pueblo. 
(1 ) La Muerte y el Diablo, t. II, c. II, pág. 20 (Barcelona, 1884-85). 



258 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



La divinidad más importante parece haber sido Baal o Bel, denominación genérica 
que significaba lo mismo que el Adón de los fenicios y el Jehovah de los hebreos, 
o sea Señor o Dios. En su tendencia al culto sabeísta, aplicaban este nombre al sol, 
a Júpiter o a cualquiera otro de los planetas (1). Otra forma de Baal era el Moloch 

de los Amonitas, al que éstos inmolaban los niños 
recién nacidos. La divinidad femenina de Baal era 
Baaltis o Beltis, que significa señora y que los 
babilonios denominaban Mylitta, personificando 
en ella el principio femenino de la naturaleza que, 
según ellos, residía en la luna o en el planeta 
Venus. En Babilonia era costumbre que las mu- 
jeres todas, una vez por lo menos en su vida, pa- 
gasen a esta diosa el tributo del placer, entregán- 
dose, a precio de oro, a los extranjeros, cerca del 
templo de la diosa (2). Con Baaltis parece con- 
fundirse la diosa Astarté o Astaroth, que tenía su 
principal templo en Sidón; de ella se decía que 
habiendo querido recorrer la tierra, se puso una 
cabeza de toro; con lo cual aludíase a los cuernos 
de la luna, con cuyo astro la confundían a menu- 
do. Seguía a Astarté, la diosa Atargatis, como la 
nombra Estrabón, o Derceto, como la llama Cte- 
sias; representábasela mitad mujer y mitad pez. 
Luciano (3), que le da los nombres de Hero o 
Juno, reconoce en ella rasgos de todas las divini- 
dades femeninas griegas, especialmente de la Ve- 
nus Urania, con extraordinaria semejanza de culto 
con el que se tributaba a Cibeles de Frigia; dice 
el mismo (4) que en Hierápolis, como en Frigia, 
existían eunucos sagrados y tenían lugar sagradas 
orgías, en las que los devotos se entregaban a 
danzas salvajes al son de la flauta y al compás del 
tambor, y se azotaban mutuamente hasta derramar 
^^ sangre, y en el transporte del frenesí, ante la vista 
W '^9 de la muchedumbre, se desposeían de la virilidad. 

- -■ *- ^ ■:jL^^k.2^ Allí también, mujeres fanáticas, ardiendo en pa- 

Uj uiri* n trije de ceremonia sión por aqucllos voluutarios cuuucos, se entre- 

gaban a un monstruoso comercio. El colegio de 
los sacerdotes era tan numeroso que a veces eran trescientos los que tomaban parte 
en un sacrificio; llevaban vestiduras blancas y la cabeza cubierta con un gorro para 

iU r. Creuzer, Reiigions de Faniiquité, III, c. III, pág. 18-92 (París, 1829). 

(2) Hcrodoto, I, 199; Estrabón XVI, p. 745. 

G) DeDeaSyria,c.32. 

(4J Lug.cit párrafo 22, 43, 50 y siguientes. 




CREENCIAS DI: CALÜLO- A^II/IA V II \U !A 259 

preservarse de los rayos del sol, y estaban presididos por un pontífice o sumo sacer- 
dote, cuyas señales distintivas eran la tiara y una túnica de púrpura. El concurso de 
los extranjeros procedentes de varios pueblos del Asia Menor, llevando ofrendas a la 
diosa, aumentaba prodigiosamente el tesoro del templo. 



Otras instituciones había de carácter general, entre las cuales merece nombrarse la 
veneración hacia los peces, en virtud de la cual estaba prohibido comerlos, especial- 
mente a los sacerdotes; aunque hay quien dice que la prohibición se extendía sólo 
a los peces criados en los estanques de los templos. 

Entre los dioses-peces está colocado Oannés, de Babilonia, ser monstruoso con 
dos pies humanos y terminado en cola de pez. Salía todas las mañanas del mar Eritreo 
e iba a Babilonia a instruir a los pueblos dándoles leyes, enseñándoles las artes y las 
ciencias, entre ellas la Astronomía, y fué considerado como el autor de la civilización. 
El historiador caldeo, Beroso (III ant. de J. C), distinguía cuatro Oannés llegados en 
otros tantos períodos diferentes como preceptores y bienhechores, todos mitad hom- 
bres, mitad peces, y uno de ellos, que precedió al diluvio, fué llamado Odacón. Este 
nombre recuerda al dios Dagón, de Palestina, y no es dudoso que este nombre proceda 
de la raíz Dog o pez, pero invertida Gad o Ged, en los nombres de Atargatis y Derceto. 

En cuanto al nombre de Semíramis, Diodoro le da positivamente la significación 
de paloma, pero Hesiquio y Bochart, con mayor precisión, la denominan paloma de 
las montañas. El nombre de Ninus, su esposo, procede de la lengua siriaca y significa 
peces celestes (1). En todas estas descripciones simbólicas se halla la explicación de la 
leyenda fabulosa que considera a Derceto mujer-pez, madre de Semíramis, mujer- 
paloma. Estos dioses-peces son a la vez dioses del trigo, Dagón y Litón, relacionados 
astronómicamente con Piscis y Virgo o Ceres. Así Oannés, el hombre-pez de Babilonia, 
tiene su verdadero sentido en el mismo orden de ideas y de hechos, o sea el pez aus- 
tral, saliendo del mar Eritreo y precediendo a los dos solsticios, el de verano y el de 
invierno. Los antiguos dijeron, con una sencillez que parece aproximada a la verdad, 
que la paloma había sido consagrada a Afrodita desde los tiempos más remotos, a 
causa del temperamento voluptuoso de esta ave. El simbolismo oriental viene en apoyo 
de este aserto, puesto que la paloma empollando sus huevos fué siempre un emblema 
de la generación y por consiguiente de la Urania asiría, fuego femenino, generatriz, 
madre que todo lo vivifica, y esta diosa es Semíramis, que no sólo fué calentada y 
nutrida por palomas, sino que finalmente voló en esta forma. 



II 



Es notorio que existe gran analogía entre el mito de Bel y Belit y los de Osiris 
e Isis, y Demeter y Proserpina; lo cual se comprende teniendo en cuenta que en 
(1) Dupuis, U origine de tous les cuites, II, pág. 210 (París, 1822). 



260 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



todos ellos predomina el simbolismo, que compaginaba los fenómenos de carácter 
genético repetidos anualmente, con la religión. Todos los seres eran provenientes del 
amor de Bel o Tammuz y de Istar o Milita; al llegar el estío, Bel sucumbía víctima del 
calor abrasador y descendía a los infiernos; Istar seguíale, y entonces, al extinguirse 
el amor supremo, la tierra quedaba triste, convertida en la imagen de la desolación (1). 

La parte más bella de esta 
leyenda es la referente a los 
episodios, en que se narran 
los desvelos y sufrimientos, 
el llanto y la desesperación 
de Istar, simbolizadas en las. 
lluvias torrenciales, para 
aplacar la terrible cólera de 
Allatu, el dios del infierno. 
¡Qué hermoso es el relato 
de la transformación de Istar 
quejumbrosa, al trocarse en 
Zirbanit, representación del 
deseo vehemente, que al 
despertar del letargo univer- 
sal en la primavera, era la 
representación del amor que 
triunfaba de todas las ase- 
chanzas y se imponía a la 
adversidad! En la teogonia 
babilónica, los dioses sur- 
gían como por encanto; lle- 
garon a existir más de siete 
mil divinidades, que tenían 
distintas jerarquías y forma- 
ban grupos; también exis- 
tían considerable número 
de genios, unos y otros se 
asimilaban a las clasificacio-a 
nes de los astros, con lo 
cual se originó una religión marcadamente sabeísta. Los asidos consideraron como 
encarnación de la suprema deidad al sol; lo cual dio origen a un culto que si no puede 
considerarse monoteísta, tendía por lo menos a la preponderancia de uno de los dioses 
a quien se atribuían poderes insólitos. 

A juzgar por las inscripciones de todos los períodos, halladas en las ruinas de las 

ciudades del imperio asiriobabilónico, numerosos fueron los templos erigidos en 

honor de los dioses del panteón caldeoasirio. No sólo el dios de la ciudad tenía su 

templo principal en ella, sino que las divinidades inferiores, o sea las que pertenecían 

U) Reinach, Orpheas, kist genérale des religions, pág. 52 (París, 1909). 




Templo caldeo 



CREENCIAS DE CALDEO-ASIRÍA Y FENICIA 



261 



al mismo grupo, eran adoradas en templos particulares. En general, la forma del tem- 
plo era la siguiente: un ancho patio rectangular, al que daba acceso un pequeño ante- 
patio, ocupaba el principal espacio; en un extremo, el más lejano de la entrada, había 
un pequeño santuario, el lugar más sagrado del templo, y en él la estatua del dios; 
a los lados de la gran sala o patio, dependencias destinadas parte a guardar los vasos 
sagrados y utensilios del culto, y parte a habitación y viviendas de los sacerdotes. 
Adosado al templo estaba el ziqqurat, torre de varios pisos, cuadrada, la cual, en el 
perpetuo simbolismo oriental, era como una imagen de la estructura del mundo 
al que consideraban en forma de varios pisos; además, considerábase la torre como la 
sepultura del dios al cual el templo estaba dedicado (1). 

Teniendo en cuenta el lugar preferente que la religión ocupaba en la vida social 




Assurnasirpal libando a los dioses 



de aquel pueblo, salta a la vista que el poder y prestigio de los sacerdotes había de ser 
extraordinario, y lo era en efecto, hasta equipararse y aun superar al de los reyes, como 
se vio en el caso de Senaquerib, cuyos esfuerzos por abatir el poderío sacerdotal fracasa- 
ron, dando origen a una reacción que puso más de relieve el prestigio sacerdotal. Aquel 
héroe, que según dice la inscripción grabada en un prisma de barro cocido existente 
en el Museo Británico, había vencido a los armenios, medos, partos, sirios, tirios 
e israelitas; fué impotente para sojuzgar a los ministros del altar. Entre los ministerios 
a que se dedicaba el clero babilónico, había la adivinación o predicción de lo futuro, 
lo cual hacían los sacerdotes, ya por los fenómenos de los astros, ya por los sueños, 
ya por varios acontecimientos casuales de la vida ordinaria. Otros se dedicaban al 
exorcismo, ya curando enfermos, a los que rociaban con agua, acompañando la cere- 
monia con oraciones; ya bendiciendo los templos recién construidos (2). Otros sa- 
cerdotes se dedicaban a la música, y su oficio era cantar los himnos en el ser\'icio del 
culto. Para cada una de estas tres clases de ministerios había instrucciones rituales, 
algunas de las cuales se han conservado hasta hoy en las tablillas cuneiformes y otros 
documentos. Las varias clases de sacerdotes formaban también entre sí unos como 

1 ) R. W. RoGF.RS, The Reí. of Babylonia and Assyria (Nueva York, 1908). 
>> J. HuNGER, Becherwahrsagung by den Babyloniern (Leipzig, 1903). 

Tomo I. - 34. 



262 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



gremios con tradiciones propias y privativas; así en los adivinos, la facultad o ciencia 
era hereditaria de padres a hijos, y regían reglas especiales, tanto para las condiciones 
físicas del individuo que había de ejercer las funciones, como para su habilitación 
moral (1). La clase sacerdotal era, además, la que monopolizaba la escritura, de ma- 
nera que el pueblo estaba sumido en la más crasa ignorancia y el analfabetismo. 

En todos los períodos de la religión asiriobabilónica estuvo en vigor la institución 
del sacrificio, según puede deducirse, no sólo de las varias inscripciones que de aquella 
civilización nos quedan, sino también de las pinturas murales y otras, en las que me- 
nudean las escenas de sacrificios a las divinidades. La idea dominante en la concepción 

religiosa del sacrificio era la 
de ofrecer un don o dádiva, 
aportando ai dios alimento 
o bebida, o recreando sus 
sentidos con el olor del in- 
cienso y los perfumes; pero 
muchas veces el sacrificio 
del animal era considerado 
como una substitución del 
sacrificio humano, el tual 
hubiera tenido que hacerse 
como para pagar la deuda 
de la vida a la divinidad. 
Naturalmente, todo ello en 
la práctica se reducía a un 
recurso de explotación por 
parte del clero, pues de las 
ofrendas del pueblo crédulo vivía; éstas consistían, principalmente, en panes, vino, 
miel, manteca, leche, aceite, granos y frutas. Para los sacrificios entregaba el pueblo 
bueyes y carneros especialmente, aunque también admitían los sacerdotes otras clases 
de animales, aun los salvajes; la parte más noble del animal se ofrecía a la divinidad, 
reservándose el resto para los sacerdotes. 




Imágenes de dioses llevadas en procesión 



Además de los sacrificios había los festivales religiosos, que eran como las supre- 
mas manifestaciones del culto; entre ellos, el más solemne era el de Año Nuevo en 
Babilonia. Aunque en un principio estuvo dedicado a todos los dioses, sin embargo, 
posteriormente al ponerse en primera fila el culto de Marduk, dios de la capital, dicho 
festival fué propio de esta divinidad, viniendo a ser la fiesta más importante del calen- 
lendario babilónico (2). Celebrábase en los primeros días del mes llamado Nisan, que 
coincidía con el equinoccio de primavera; uno de los principales números del pro- 

(1) A. BoissiER, Choix de textes relatifs á la divinaiion assyr-babylon. 2 vols. (Ginebra; 1905-1996); 
C FossEY, ¿a mojpie assyrienne (París, 1902). 

(2) F. Hehn, Hymmen und Gebete an Marduk, en Beitrüge zar Assyriologie, v. III (Leipzig, 1905). 



CREENCIAS DV CALDEO-ASIRÍA Y I INICIA 



263 



L^iaiiia Lia una colosal procesión en la que se llevaba tiiuiilalmeiite la imagen de Mar- 
diik, en un carro equipado con profusión verdaderamente oriental de flores, adornos, 
tejidos, cintas y toda clase de emblemas y ornamentos; el recorrido era desde el templo 
Esagila (residencia habitual del dios) hasta el palacio del Nuevo Año, y de allí otra vez 
al templo. Engrosaban la comitiva los puebios circunvecinos, llevando en andas a sus 
divinidades titulares. Era creencia general entre el pueblo que mientras se cele- 
braban estos festivales los 
dioses estaban reunidos en 
solemne cónclave bajo la 
presidencia de Marduk, en 
la cámara o estancia del des- 
tino, para dictaminar acerca 
de los sucesos prósperos o 
adversos del nuevo año; de- 
cisiones que eran más o me- 
nos halagüeñas según que 
el rendimiento de las ofren- 
das del año anterior había 
sido más o menos abundan- 
te, en beneficio del clero. 
Como festivales menos im- 
portantes pueden citarse el 
de Tammuz, que se celebra- 
ba en verano, en el mes de 
este nombre, y el de Istar en 
el mes subsiguiente. 

El pueblo asido, en su 
afán de crear mitos, volcó 
su imaginación dislocada al 
concebir una sociedad aná- 
loga a la humana para los 
astros; creyó en estrellas 
despóticas y esclavas y en 

estrellas belicosas y pacíficas, a las cuales atribuyó las mismas cualidades que 
a los hombres, suponiendo que una voluntad misteriosa dirigía los movimientos del 
mundo sideral (1). En este pueblo se hallaban entremezclados el interés científico con 
la más grosera credulidad; lo cual se evidencia en el hecho de que al mismo tiempo y 
casi paralelamente nacieran la astrología y la astromancia. Ulteriores descubrimientos 
llevados a cabo por competentes asiriólogos han demostrado que Babilonia fué la 
cuna de la mayor parte de los errores que más tarde sustentaron los astrólogos, que 
no acertaban a distinguir el conocimiento verdadero de lo que era superstición. En 
la actualidad puede asegurarse que lo típico y original de los babilonios fué la astro- 
mancia y no la astrología propiamente dicha. 

1 S. Reinach, Orpheus, hist. gen. des Religions, pág. 56 (París, 1909). 




Sargon venerando ei árbol sagrac 



I 



264 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

Los caldeos tuvieron siempre gran predilección por la cabala. Esta les llevó a creer 
que una cifra determinada era el símbolo numérico de cada, uno de los dioses. El ca- 
rácter cabalístico del número siete, que, como es sabido, estuvo muy extendido no sólo 
entre los caldeos sino también entre los judíos, fué el origen de la división de la 
semana en siete días, que todavía perdura. En Caldea el influjo de los magos fué con- 
siderable; puede decirse que ellos fueron quienes moldearon la mente del pueblo. La 
mayor parte de las leyendas arrancan de las hipótesis que lanzaron acerca de diversas 
cuestiones; así, verbigracia, cuando trataban de columbrar en lo porvenir, atribuían 
un cierto valor a los movimientos de los astros y haciendo todo género de combina- 
ciones, hasta que una de ellas creían que inspiraba los augurios; cuando la suerte no 
les favorecía, consideraban que los conjuros habían sido la causa de que las volunta- 
des siderales no hubiesen triunfado. De ahí que los salmos, las penitencias y los 
exorcismos creciesen en proporciones tan considerables hasta ser enorme su número. 
Este desarrollo extraordinario de la magia y la cabala dio lugar a las primeras mani- 
festaciones de la literatura accadiocaldea. 

El fanatismo religioso fué incontrastable; las guerras eran más religiosas que 
políticas. Los reyes perpetuaban por medio de inscripciones y relieves los terribles y 
refinados suplicios que imponían a los prisioneros (1). La imaginación más exaltada 
y perversa de nuestra época no llegaría a discurrir los tormentos que se infligían a los 
vencidos. El término de toda conquista era siempre una carnicería horrenda, y lo más 
notable es que la religión justificaba estos excesos, añadiendo a ello la esclavitud de la 
inteligencia, pues los delitos de herejía se castigaban brutalmente. Las leyes penales 
eran severísimas, crueles, y su inhumanidad llegó a ser tanta, que no tuvieron igual 
en el mundo antiguo. 

III 

De la propia suerte que la religión había impuesto la sumisión absoluta a los reyes, 
y cada uno de ellos sobreponía su deidad favorita a los dioses consagrados anterior- 
mente, determinó la condición de la mujer. Desde los tiempos más remotos la poliga- 
mia estaba admitida; el culto orgiástico de Milita alcanzó suma preponderancia, y el 
erotismo llegaba a revestir los caracteres más desenfrenados. La mujer, sin embargo, 
consiguió cierta preponderancia, debido quizás a que, por diversas supersticiones, el 
pueblo creyó en la necesidad de los cruces de razas para vigorizar sus energías. Las 
hierólulas que se hallaban consagradas a Istar, gozaron de algunas ventajas, y en 
general a las mujeres babilónicas se las trataba con alguna consideración, porque 
veían en ellas a la gran diosa, cuya omnipotencia era indiscutida en la Mesopotamia. 
Algunos autores inclínanse a creer que aquella relativa consideración de que gozaban 
la mayoría de las mujeres era una reminiscencia del culto antropomórfico, de la divi- « 
nización de las matronas de épocas anteriores. No obstante, la condición de la mujer f 
babilónica no era superior, en el fondo, a la que tenía en los demás pueblos antiguos. 
A pesar de cuanto se ha dicho en contra, el culto de Istar revestía un carácter en que 
la voluptuosidad sofocaba al sentimiento religioso. 

(1) E. DE Sarzec, Découveries en Lhaldée (París, 1884). 



CREENCIAS DE CALDEO-ASIRÍA Y FENICIA 



265 



fin la literatura como en la religión y en el proceso j^eiicral de la civilización de 
aquel país, obsérvanse las tendencias encontradas de los diferentes pobladores que 
ocuparon el territorio. De él, por su situación geográfica, arrancaban, como de cepa 
común, los varios troncos genealógicos del Asia occidental. Berose, según dice Euse- 
bio, ya caracterizaba a Babilonia como centro de reunión y foco de los pueblos de 
más diverso origen, pues 
no solamente los arios 
procedentes del Oriente 
se mezclaban allí con los 
semitas inmigrados del 
Mediodía, sino que aun 
los pueblos septentriona- 
les de la raza uraloaltai- 
ca habían enviado allí 
emisarios de su civiliza- 
ción. La variedad de su 
etnografía pudo tener 
también su origen en las 
diversas nacionalidades 
de los soberanos que la 
gobernaron, sobre todo 
en los primeros tiempos. 

Los accadios, según 
el parecer de reputados 
asiriólogos, al sentar sus 
reales en Caldea, entre 
otros elementos caracte- 
rísticos poseían una le- 
2^islación completamente 
>uya, con rasgos muy 
acentuados, como antes 
hemos hecho constar; 
una literatura en la que la 
magia ocupaba el papel 
principal, y un sistema de 

escritura cuneiforme* en el que habían influido los jeroglíficos que aquel pueblo usó 
en los tiempos primitivos. C. Loring Brace (1) menciona los siete salmos accadia- 
nos, o invocaciones a los «Siete malos Espíritus», sacados de textos cuneiformes y 
en los que están como compendiadas las creencias de aquel pueblo, al que suponen 
muchos el aborigen del caldeo y del que parece procedía Abraham, el patriarca de 
los israelitas. 




Dibnjo de un palacio asirio. — Íl soberano reeibiando un* embajada 



(1) The unknown God or inspiration among pre-chrisítm 
ginas 51-77. 



^^), cap. ni, pá- 



266 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



La obra maestra de la literatura caldea es El Poema de Gilgamés, rey de Erec, 
que ha sido considerado como la epopeya de aquel pueblo. Como las epopeyas aryas, 
El Poema de Gilgamés debió de ser una obra hecha en comunidad, pues de otra 
suerte sería inconcebible que en ella se hubiesen compendiado las diversas tradiciones 
de carácter épico, concernientes a la constitución de Uruch. Los especialistas que dedi- 
cáronse a estudiar á fondo la literatura caldea aseguran que en El Poema de Gilga- 
més es evidente que existen adiciones interpoladas en el texto primitivo, ya que de no 

ser así sería imposible com- 
prender los anacronismos 
que se encuentran en distin- 
tos pasajes de la obra (1). 
El Poema de Gilgamés 
hállase dividido en doce 
cantos, en los cuales se en- 
salzan las hazañas de los 
héroes. Es una especie de 
síntesis del mito solar, y a 
juicio de la mayoría de los 
autores representa la fase 
intermedia entre los tiem- 
pos heroicos y los históri- 
cos. Existen otros monu- 
mentos literarios que revis- 
ten interés y que tienen im- 
portancia indudable porque 
descubren que las manifes- 
taciones más culminantes 
del espíritu caldeo fueron • 
religiosas (2). La labor paciente de algunos indagadores ha sido colmada por notables 
descubrimientos, figurando entre los más curiosos el de una obra de magia que se inti- 
tula: El libro de los malos espíritus, que en ciertos respectos tiene un valor incuestio- 
nable. Este libro fué hallado en la biblioteca de Koysundjik por Layard; más tarde, 
Rawlinsson pudo interpretar su sentido esotérico. En El libro de los malos espíritus 
se preconizan el exorcismo, el encantamiento y los himnos litúrgicos como medio 
para ahuyentar a los demonios y los maleficios, y al propio tiempo como panacea para 
curar diversas enfermedades. Este libro considérase que para Caldea representó lo 
que para la India el Atarva-Veda (3). 

La riqueza literaria caldeoasiria se conservó por medio de delgadas láminas de 
arcilla, en las cuales, empleando un estilo o punzón, se grababan los distintos caracteres 
de la escritura cuneiforme. Esta escritura, a compás de los tiempos, fué evolucionan- 
do, y se señalan en la misma cinco períodos: el jeroglífico, el hierático, el cuneiforme 

(1) Fried. Delitzsch, Assyrische Grammatik '2." edición, Berlín, 1902). 
<2) HOM.MEL, Geschichte Babyloniens und Assyriens (Berlín, 1885). 
(3) TiELE, Babylonisch-assyrísche Geschichte (Gotha, 1886). 




Representaciones de "malos espíritus' 



CREENCIAS DE CALDEO-ASIRÍA Y FFN'ICIA 



267 



antif^uo, el cuneiforme moderno y el cursivo. Una j/ai.» Je la copiosa liieralura de 
este pueblo pudo substraerse a los efectos corrosivos del tiempo, por haber sido repro- 
ducida en panes de arcilla. Los escribas colocaban sobre la palma de la mano estos 
panes y o:rababan en ellos y luego los llevaban al horno. Así, los rasgos de la escri- 
tura quedaban impresos en el barro por modo indeleble (1). Los textos más anti- 
guos que contenían leyendas, salmos, poesías, conjuros, etc., fueron recopilados y 
luego refundidos. Assurbanípal, un gran rey asirlo, fué quien dispuso que se realizara 




El rey Assurbauípal cazando 



I obra de compilación, sin la cual seguramente se habría perdido toda una literatura 
que por tantos conceptos reviste interés, ya que además de ser copiosa y típica, se ha 
demostrado que ejerció algún influjo sobre la fenicia y muy especialmente sobre la 
hebrea. 

En Caldea, lo mismo que en Egipto, el arte adquirió un grado de desarrollo real- 
mente asombroso; su ejemplo cundió por modo extraordinario, yes notorio que entre 
»s persas, los hebreos, los fenicios, los héteos, los chipriotas y los cartagineses existen 
miniscencias del espíritu caldeo. De todos los pueblos orientales, el caldeoasirio fué 
! que reveló una mayor previsión al construir sus ciudades; procuró en toda ocasión 
daptarse a las exigencias del medio, y de esta suerte consiguió a menudo librarse de 
'S desbordamientos de los ríos. Como elemento principal de construcción empleó el 
iadrillo y dio pruebas de su espíritu previsor al dotar a sus ciudades de elementos de 
hig:iene, como los sistemas de recoger y conducir las aguas, y otros, entre los que 
MüRDTER, Geschichte Babyloniens und Assyriens (Kalw, 1891). 



268 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

ocupa lugar prcieiTiuc lo que toca a la oxigenación de la atmósfera por medio de los 
jardines urbanos (1). Los jardines de Babilonia alcanzaron extraordinaria celebridad 
y han sido considerados como una maravilla; ni los griegos ni los romanos consi- 
guieron emular la esplendidez y el buen gusto que derrocharon los babilonios en los 
jardines suspendidos. En aquellas planicies, que en la actualidad son tierras estériles y 
desoladas, no quedan de los pensiles más que algunos vestigios de las columnatas, 
capiteles y archivoltas. Si no existiesen los testimonios de Estrabón, Diodoro de Sicilia 
y Filón, se tendrían por una de tantas invenciones de la fantasía desbordada y loca, que, 
convertida en leyenda secular, adquirieran cierta verosimilitud. 

Diodoro de Sicilia y Quinto Curcio, según afirma Eduardo André (2), nos legaron 
la descripción. Él primero de los mencionados historiadores refiere que los jardines 
se construyeron en una época posterior a Semíramis, por un rey sirio. Tenían una 
forma cuadrangular y estaban dispuestos en terrazas escalonadas que se apoyaban en 
bóvedas de ladrillos, unidas sus junturas con betún y enlucidas con la misma subs- 
tancia, por la superficie exterior de la bóveda. Pilares enormes de fábrica rellenos de 
tierra sostenían las bóvedas; de esta suerte los árboles, aun los más corpulentos, po- 
dían echar profundas raíces y vivir lozanamente. La terraza superior estaba a treinta 
metros del suelo; en la base, los muros tenían un grueso de seis metros y en la cima, de 
tres. La cubierta de la bóveda tenía tres capas, una de piedra berroqueña, otra de cañas, 
unidos ambos materiales con asfalto, y, por último, una tercera formada por doble 
hilada de ladrillos. Para evitar los efectos de la humedad colocaban planchas de plomo 
que protegían los ladrillos. El lecho de tierra vegetal extendíanlo sobre las mencio- 
nadas planchas en cantidad suficiente para que pudieran desarrollarse árboles de diez 
y quince metros de altura. Para' dar una idea de la inmensidad de aquellos jardines 
bastará indicar que algunos de ellos constaban de diez pisos, con sus correspondientes 
terrazas. Las raíces de los árboles y los arbustos entrelazábanse, dando gran solidez 
a las terrazas. 

El sistema de irrigación era admirable; máquinas hidráulicas elevaban el precioso 
alimento conducido por arroyuelos, que surcaban las frondosas alamedas. Alguno de 
estos jardines estaba situado a orillas del Eufrates y parecía como suspendido sobre 
el famoso río; acaso por esto se les llamó jardines colgantes. Se hallaron huellas de 
estos jardines en Iqs alrededores de Hillé; muchos viajeros, y entre ellos Niebuhr y 
Guillermo Lejean, vieron los muros de los basamentos. Acerca de la época en que 
fueron construidos nada afírmase con certeza; no obstante, parece que fué entre 2,000 
años antes de J. C. y 759 (muerte de Sardanápalo). 



Entre los asirios, el culto a los muertos no revistió el trascendentalismo que alcanzó 
en Egipto; por lo menos, a juzgar por los vestigios de su arte, los monumentos fune- 
ranos fueron menos importantes. Los cadáveres eran conducidos a la parte baja del 
territorio que fué la necrópolis de la Mesopotamia entera. Los asirios, a falta de piedra 

(1) Lenormant, Manuel d'histoire ancienne de l'Orient (9.^ edición, París, 1882). 

(2) L'Art desjardins, Traite General de la composition des Pares etjardins, pág. 8 (París, 1879). 



CREENCIAS DE CALDEO-ASÍ i 



Jí.lA 



emplearon otros materiales, por eso quizás cultivaiüii el bajorrelieve preíerentementc; 
en vez de columnas erigieron obeliscos. iMuy pocos de sus monumentos son compa- 
rables por sus grandes proporciones a los que levantaron los egipcios. 

Lo deleznable de la organización interna fué lo que más contribuyó a la caída de 
la civilización caldeoasiria. El esplendor de aquellos pueblos fué destruido de un lado 
por el despotismo político, y de otro por la relajación de las costumbres. Las distintas 
sectas, en lucha constante entre sí, contribuyeron a minar los cimientos de su consti- 




Ásirios eonstrujendo un toro alado 

ilición íntima. La religión, que había consagrado los ritos más sensuales, no pudo 
-abstraerse al ambiente de abyección a que la había llevado el erotismo, que era la 
característica de los pueblos mesopotámicos sin excepción. 



IV 



Por poco que se haya leído la Historia universal, no hay quien no tenga alguna noli- 
ia de aquel pueblo émulo de las conquistas del romano y su perpetuo enemigo, que 
n tres distintas épocas le hizo derramar la sangre desús hijos en las famosas guerras 
ninicas, que fueron el duelo a muerte entre dos razas que se disputaban el predo- 
ninio de su influencia en el desarrollo histórico de todo un mundo, o sea la conquista 
y posesión de toda la costa del Mediterráneo, centro del mundo antiguo. Aludimos 

Tomo I. —35. 



270 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

al pueblo fenicio, el cual se personificó en la república de Cartago, una de sus ciuda- 
des más importantes (1). 

Entendíase en la antigüedad por Fenicia, en su acepción más lata, la región del 
Asia occidental a lo largo de la costa del Magnum Mare, o Mediterráneo, desde la 
costa de Siria hasta la frontera de Egipto; aunque la Fenicia propiamente dicha era la 
parte de este litoral comprendida entre el río Eléuteros (Nahr-el-Kebir) al N., y el Belos 
o Nahr-mamón, y más tarde el Corseos o Karaye al S. Los muchos cabos que forman 
la silueta de dicha costa y las dificultades de comunicación por tierra, hicieron que 
se desarrollase muy pronto una navegación de cabotaje, y los fenicios fueron siempre 
los hombres del mar. 

El pueblo fenicio, considerado desde el punto de vista religioso, no ofrece carac- 
terísticas que lo presenten como creador; sin embargo, a semejanza de la mayoría de 
las antiguas civilizaciones orientales, hallamos que en alas de la fantasía calenturienta 
ideó múltiples divinidades cosmogónicas. Las relaciones comerciales que mantuvieron 
los fenicios con los griegos en el ciclo homérico influyeron considerablemente en el 
arte de los segundos, que les debieron el alfabeto y las famosas leyendas de Cadmo 
y Europa. Las mitologías en algunos puntos guardan semejanzas evidentes, pero un 
gran número de mitos griegos no son de procedencia fenicia. Por desgracia, las fuen- 
tes de información acerca de la mitología fenicia son de fecha reciente y han llegado 
a nosotros en forma fragmentaria y adulterada. De otra parte, existen interpretaciones 
alegóricas y simbólicas, teorías personales y creencias sólo comprendidas a medias, y 
los documentos contienen muchos errores y en ellos aparecen numerosas señales de 
falsificaciones literarias y piadosas. Las fuentes principales de los mitos fenicios son 
los fragmentos atribuidos a Sanchoniathon por Filón de Biblos, gramático de los 
siglos 1 y 11 de nuestra Era. 



Hay varios sistemas cosmogónicos en esos fragmentos. Comienza la exposición 
con una especie de hipótesis más filosófica que mitológica acerca del origen de las 
cosas. Hablase de una atmósfera agitada y perturbada por los vientos y caos hirviente 
y obscuro, ilimitado y de remota fecha; el viento se enamora de su propio principio, 
mezclándose y volviéndose en sí mismo, que se llamó el deseo. Este devenir incons- 
ciente fué el generador de todas las cosas, y de allí surgió Mot, una especie de barro 
húmedo, del cual se desarrollaron los gérmenes de toda existencia. En esta especie de 
protoplasma, vagamente animado, nacieron los seres vivos inconscientes, y ellos en- 
gendraron a su vez los seres conscientes llamados contempladores de los cielos. Mot 
tenía la forma de un huevo, era brillante y contenía el sol, la luna las estrellas y los 
planetas. 

A esta concepción sistemática, Ensebio (2) opone grandes objeciones, pues un 
evolucionismo semiconsciente se mezcla a las viejas ideas míticas, respecto a los pri- 
meros amores del mundo y el huevo primordial. Según el parecer de dicho historiador, 

(1) DuRCAu DE LA Malle, Topographie de Carihage (París, 1835). 

(2) Sanchoniathonis Sragmentor, c. x, P 4-38 y siguientes (edic. Orellii, Leipzig, 1826). 



1 



CREENCIAS di; CALDEO-ASIRÍA Y PIINICIA 271 

esta doctrina conduce directamente al ateísmo. El texto atribuye la aparición de la vida 
animal a las perturbaciones atmosféricas producidas por el calor solar en los primiti- 
vos vapores y en los elementos errantes del mundo. «Y el macho y la hembra— hasta 
entonces unidos formando un mismo cuerpo— comenzaron a buscarse en el haz de la 
tierra y en los mares.» Entonces los primitivos hombres adoraron los astros, los ele- 
mentos y las fuerzas naturales, mirándolos como dioses y ofreciéndoles sacrificios; he 
aquí la teoría de Sanchoniathon, sobre el origen de la religión. Con esto entra en el 



Gruta de Mar Georgious 

dominio mítico cuando hace nacer el primer ser humano de los abrazos de Colpias, 
o el viento de la noche y de su mujer Baau; sus descendientes fueron los adoradores 
del sol y descubrieron las primeras artes útiles. Aquellos hombres, Eon y Protágoras, 
fueron llamados Genos y Genea, que habitaron Fenicia, y apremiados por el ardiente 
calor elevaron sus manos al cielo para adorar el sol. De esta familia eran los que 
inventaron el arte de producir el fuego frotando dos trozos de madera. Sus hijos 
fueron los gigantes; la moralidad descendió y la batalla condujo a estos dos herma- 
nos semidivinos al amor incestuoso, y entonces el mundo fué castigado por un ángel 
de agua y otro de viento, como en los mitos australianos. Este fragmento termina ahí» 
y el siguiente se refiere a nuevos héroes civilizadores, entre ellos Chonsor, o Chyrsor, 
que practicaba la magia y el sortilegio, que inventó las redes, los cebos, los anzuelos 
y los barcos, siendo a su muerte divinizado. Hablase de otros que inventaron otras 
artes, y de Taüd que inventó las letras. 



272 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



Parece imposible, dice A. Lang en su obra Mythes, Cuites et Religions (1), deter- 
minar con certeza qué partes de esta exposición mítica son verdaderamente antiguas, 
lo que contienen de tradiciones griegas y lo que éstas a su vez deben a las fenicias, en 

el supuesto de que así fuese. El espíritu humano, en todos 
los países, pudo imaginar cuentos tan groseros y repug- 
nantes como los que dieron lugar a las primeras hipótesis 
acerca de la formación del universo, y Fenicia no pudo 
substraerse a la preocupación que indujo a todos los pue- 
blos de la antigüedad a identificar sus credos con la Natu- 
raleza. Así observamos que constantemente mostraban una 
decidida preferencia a representar los símbolos en la espe- 
cie humana (2); por esto en las deidades fenicias existen 
evidentes analogías con las caldeas y en éstas a su vez con 
las egipcias. En el concepto del desdoblamiento basaron 
uno de los principios fundamentales de su religión los 
fenicios. La actividad, representáronla en el hombre, pre- 
tendiendo significar su creencia de que el sexo masculmo 
era el germen de vida, la fuente de renovación, la divinidad 
representativa de la acción, etc.; así representaron en aqué- 
lla el curso del sol, la renovación de la flora y la fauna. En 
el sexo femenino simbolizaron la pasividad; y como quiera 
que entonces tenían ideas erróneas acerca de las leyes del 
Universo, por esto al deificar la naturaleza simbolizaban la 
pasividad en la mujer, porque se figuraban al mar en calma 
perpetua, a la tierra inconmovible y a la luna s,iji vida. 

Afine a esta idea era la de la naturaleza creatriz, con- 
cepto que en casi todos los pueblos germinó y tomó arraigo 
y que al tratar de traducirlo por una forma sensible, acudie- 
ron a la mujer. En el cuerpo, en los rasgos de la mujer, madre y nutriz de las genera- 
ciones, concibieron y representaron la potencia eterna que conserva y perpetúa la vida. 
Así nació, como símbolo de la concepción religiosa a la vez que científica, la diosa de 
la fecundidad, que más tarde entre los griegos había de ser la diosa de la hermosura y 
del placer, factores indispensables para la propagación de la especie (3). Los fenicios, 
más materiales que los griegos, la representaban también en formas más sensibles alu- 
diendo a las funciones de la maternidad y no prestando tanta atención a la belleza 
plástica e ideal, por lo cual adornaban esta divinidad con collares y objetos preciosos, 
eco del espíritu industrial y mercantil de que estuvo siempre animado aquel pueblo de 
las colonias y factorías, de la navegación, del cabotaje y del intercambio de productos. 

(1) Versión francesa (París, 18%) pág. 304. 
í2) MovFRs,D/eP/i<5n/aer (Berlín, 1840>. 
(3) Cesnola. Cyprus, c. III. 




DioM de U feeondidad 



CREENCIAS DE CALDEO-ASIRÍA Y I ÍNK lA 



273 



Después de la diosa del amor y de la fecundidad, el personaje divino más cele- 
brado parece haber sido un dios que los fenicios hacían análogo al Hírcules griego, 
probablemente el dios Bes (1), de gran musculatura, representado en el Coloso de 
Amathonte, especie de Sileno de la mitología grecorromana, a juzgar por los rasgos 
^^rotescos que tiene. También sobresale un dios monstruoso, de una muy complicada 
teogonia, llamado Gerión, muy popular 
en Chipre, y al que se atribuía triple 
forma; según la leyenda, había sido pas- 
tor de grandes rebaños de ganado vacu- 
no. Entre los fenicios, los dioses tenían 
nombres distintos, y los símbolos cam- 
biaban también. En cada país les daban 
una distinta denominación, según las 
tradiciones que en el mismo predomi- 
naban; no obstante, era corriente desig- 
nar a la divinidad masculina con nom- 
bres que significaran poder y fuerza, 
empeño y audacia (2). 



V 



Los autores que se han ocupado es- 
pecialmente en el estudio de las sectas 
fenicias indican que el nombre que al- 
canzó más extensión fué el de Baal, como 
en Caldea el de Bel. La hipóstasis fe- 
menina tuvo positivo arraigo en la tradi- 
ción mítica y legendaria de aquel pueblo. 
Al designarla emplearon los términos 
que mejor se adaptaban a la índole del 
culto que predominaba, obscureciendo 
a los demás. En Fenicia, donde se im- 
pusieron los de Baalin y Astarté, se de- 
nominó a la hipóstasis femenina 5aa/í7//z 

y Baaleth; en Babilonia se habían denominado Beleth o Bilith, por haber sido los que 
más influyeron. El mismo fenómeno se advierte en los pueblos de las riberas del Jor- 
dán, etc. Fenicia fué un pueblo por esencia acometedor, que hubo de buscar expan- 
sión a su impulso fuera de los límites naturales de su territorio; acaso por esto tuvo 
tanta preferencia por la navegación (3). El dios representativo de aquella raza, de suyo 
aventurera, fué el Baal marino: lo representaban con cabeza de hombre y cuerpo de 

1 1 li NZEN , Papposiléne et le dieu Bes, en Bull. de correspondance hellénique, 1884, pág. 162. 
' 2 i K' [ ; N Á N , Mission de Phénicie ( París, 1 865-74 ), 
(3) G. Rawlinson, History of Phoenicia (Londres, 1889>. 




Coleto de imathonte, represenucióa del diea Bm 



274 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 




pez. En este símbolo se observa la evidente relación que existía entre el ideal religioso 
y el modo de vivir del pueblo. La religión no era más que la prolongación del hábito 
y éste la realización del ensueño. Por lo general, al nombre de Baal afladíase el del 
lugar en donde se le veneraba; por ejemplo, Baal-Thares, Baal-Beryth, que significaba 

señor de Tarso, señor de Beryth, ciudad ésta 
cuya fundación se atribuía al gran dios de los 
fenicios. Los dioses, además de agregar el 
nombre del lugar donde se les tributaba el 
culto, recibían diversas denominaciones en las 
colonias o ciudades fenicias. En Biblos, la ciu- 
dad santa, al principio creador, aquel en el 
que se sintetizaba la vida, el pueblo dábale el 
nombre de Adón; en Cartago se le dio el de 
Amón; en Arka, el de Tammuz, y en otras se 
le conocía con el de Glium. Con la deidad fe- 
menina aconteció lo mismo; en Sidón la deno- 
minaban Astarté o Astaroth; en Cartago, a la 
diosa marina llamáronla Bilit-mer; a la luna, 
Tanit o Bilit-Tihamti; otras designábanla con 
el de Salambó, que significaba la apesadum- 
brada (1), de la que hablaremos más tarde. 



VI 



El primer culto que según parece practica- 
ron las tribus cananeas y semíticas habitantes 
en Siria, fué el de los Altos lugares de que 
tanto habla la Biblia, y en la época más remo- 
ta era fetichista. En tierra que tiene escasas 
llanuras y que está atravesada por grandes 
cordilleras cuyas cimas cubre la nieve, la mon- 
taña era el gran fetiche, y, para honrarle, en el 
punto culminante estaba encendido el fuego 
del sacrificio. Andando el tiempo se añadió 
otra idea: al concebir dioses semipersonales 
habitadores del cielo, creyóse que subiendo a 
las alturas de las montañas se acercaba el hom- 
bre a ellos y que desde allí el humo del ho- 
locausto y las preces del sacerdote podían 
llegar más fácilmente a la nariz y los oídos de la divinidad. El primer pensamiento 
inspirador de este culto fué extremadamente sencillo, como lo prueba un curioso pasaje 
de Tácito, que refiere también Suetonio, respecto a Vespasiano, quien hallándose en 
(1) PiETscHMANN,Gesc/i/c/i/eí/erP/i¿f/2tó/er (Berlín, 1890). 




imón 



CREENCIAS DE CALDEO 



275 



Palestina consultó al oráculo del Carmelo: «Este se encuentra en el Iítnil<- de la Judca 
V de la Siria y se le llama a la vez la montaña y el dios, éste tío tiene m < laua rtí tem- 
plo (tal es la tradición de los antepasados), y no existe más i\\\r im ilt n imiv reveren- 
ciado (1).» La mano del hombre que no intervino más que paia coiir^uuirlo ensam- 
blando piedras en seco, igual al que en esta misma montaña construyó el profeta Elias 
para el Eterno el día en el que hizo 
bajar fuego del cielo sobre las carnes 
de la víctima para confundir los falsos 
profetas de Baal. Cuando en la época 
grecorromana se quiso dar a dichas 
cumbres una decoración arquitectó- 
nica, rodearon con una columnata la 
parte más elevada de la colina. En 
este culto al aire libre no se utilizó la 
escultura ni la arquitectura, no hubo, 
pues, ni imagen ni casa del dios; pero 
los fenicios al frecuentar el Egipto, 
éste les sugerió la idea del templo. 
Así, el único que subsiste en Fenicia 
no es más que una reducción del 
templo egipcio; imitación de este tipo 
apropiada a la naturaleza del terreno 
y a las costumbres del país, y por 
esto los habitantes de esta región lo 
llaman con mucha propiedad e/-Aíaa- 
bed o el templo. Como los edificios 
del valle del Nilo, la parte esencial es 
el tabernáculo, una capilla monolítica, 
en donde estaba encerrado ya un si- 
mulacro, ya un símbolo representan- 
do la divinidad. 

Malta y Gaulos han conservado 
muchos templos fenicios donde aun 
se puede reconocer la disposición 
L^eneral del edificio con los acceso- 
rios del culto, aun cuando no existen sino en ruinas los santuarios más importantes y 
ricamente decorados, que los cartagineses habían erigido en Sicilia mientras domina- 
ron allí hasta el fin de la primera guerra púnica. Nada ha quedado del famoso templo 
en que se adoraba a Astarté con el título de Erek-Hayim, que significa, traducido lite- 
ralmente, «larga vida que concede la diosa», de donde procede el nombre Erise dado 
por los griegos a la ciudad, que con este nombre describen los autores clásicos. Sólo 
se sabe que el templo se hallaba enclavado en la cima de la montaña y rodeado de un 
gran recinto en lo alto de las pendientes abruptas que defendían el pináculo. No se 

1 1 T \(:i ro, Hist, I. II, c. 78 (París, ISO t >, VespasiumK c \', pág. 107 (París, 1860). 




Estela de Liiibea 



276 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

conserva más que una estela cuya inscripción hace referencia a una reparación del 

templo. 

la moderna Marsala, parece haber tenido un templo dedicado a Amón, 

según se mfiere de una curiosa estela recientemente descubierta, en la cual figura 
una breve dedicatoria firmada por Hanón, hijo de Adonbaal, y lo interesante es el 
bajorrelieve situado en la parte superior. En el centro de esta inscripción hay uno 
de esos candelabros o píreos iguales a las estelas de Cartago. A la izquierda se halla 
el cono sagrado que, como en las monedas de algunas ciudades de Asiría, aquí tiene 
dos brazos y una cabeza; cerca de este símbolo hay un caduceo. A la derecha se en- 
cuentra un hombre en actitud de orar y con un vestido que le cubre hasta los pies, 
ceñido, y luego en la cabeza un gorro puntiagudo. Esta escultura carece de valor artís- 
tico, pero tiene el nicrilo de dar una idea exacta del traje fenicio, recordando el que 
llevan, en los puntos de escala de Levante, los comerciantes armenios, griegos o siria- 
cos, que todavía no han adoptado el traje europeo. 



VII 



Como en casi todas las religiones orientales, en la Fenicia el instinto sexual llevado 
a la mayor exaltación determinó un sinnúmero de ritos en los cuales reflejó los im- 
pulsos de un erotismo morboso en que lo obsceno se unía a los macábrico, sofocando 
las cualidades virtuales. En algunas localidades los ritos eran la mera reproducción de 
escenas repugnantes, verdaderas saturnales en las que la dignidad humana era vil- 
mente pisoteada por los excesos de la lubricidad más desenfrenada y horrenda. En 
Biblos o Gebal, los ritos religiosos preconizaban todo género de excesos y eran fiel 
reflejo de la perversión erótica (1). La ciudad santa se hallaba edificada en una comarca 
rica y floreciente, el suelo era fértil y la vegetación lozana, exuberante. Los autores que 
muchos siglos más tarde elaboraron la teoría filosóficohistórica acerca del influjo del 
medio externo, habrían podido escoger a Biblos como el lugar más adecuado para 
sus disquisiciones. Realmente, la ciudad santa es en este sentido un ejemplo que evi- 
dencia el poder considerable, en ocasiones avasallador, del suelo y de las condiciones 
climatológicas para determinar el carácter, el modo de ser, y, en una palabra, la actua- 
ción de un pueblo. Nada tiene, pues, de extraño que el pueblo fenicio reflejase en los 
extravagantes cultos del mito de Adón y Ashera su idiosincrasia. En Biblos, la prima- 
vera deliciosa, en la que la floración y la fructificación de árboles y de plantas realizá- 
base espléndidamente, era considerada como el resultado de la unión feliz de ambas 
divinidades; pero al llegar el estío la fuerza de los rayos solares y el vaho caliginoso 
que desprendía la tierra agostaban los cultivos y hacían muy difícil la existencia a los 
habitantes que no podían resistir los rigores de la temperatura, y la sequía los diez- 
maba. Todos los años eran innúmeros los seres que perecían víctimas de la insolación 
y devorados por las fieras sedientas que recorrían el país alocadas en busca de agua. 
El culto al estío fué representado por Molok, que simbolizaba el dios de la muerte, 
divinidad de origen ammonita y más tarde moabita. Su culto naturalista se extendió 

. 1 > Landau, BtítrOgt zur^rientalischen A Itertumskunde ( Leipzig, 1 899-901 ). 



CREENCIAS DE CALDEO-ASIK 277 

il pueblo fenicio y luego a Cartago. Según la leyenda, Molok, que ardía en celos ante 
la* dicha de Adón y Ashera, convertíase en jabalí y mataba en el Líbano a su encanta- 
dora rival y extendía su poderío maléfico sobre la tierra. Al llegar el otoño, las lluvias 
íortilizabau el terreno y la esposa divina se trocaba en Salambó, imagen de pureza, 
que triste y sin consuelo lloraba el trágico fin de Adón. El llanto de Salambó refrige- 
raba los campos resecos, volvía a la vida al adorado esposo, y al conjuro del amor 
renacía la vida en la naturaleza (1). El mito descrito originó el culto que hizo famosos 
a la diosa y al templo de Biblos. Durante el período estival, cuando el sol abrasaba la 
vegetación y calcinaba los huesos de los muertos, Gebal quedaba convertido en un 
lugar de expiación, las gentes eran presas de una aura de exaltación mística; un senti- 
miento de terror, más que de devoción, se apoderaba de las muchedumbres, que iban 
a impetrar piedad y conmiseración para sus dolores y sus miserias. Los peregrinos, 
formando una hilera interminable, se entregaban a todo género de aberraciones; las 



Templo de La Giganteja , 

mujeres con el rostro sudoroso, desgreñadas, con los vestidos desgarrados, se punza- 
ban de continuo con los cilicios y lanzaban quejidos de angustia y desesperación, 
llorando la infausta muerte de Adón Adonim. Los hombres se flagelaban ferozmente 
unos a otros, su delirio llegaba al paroxismo hasta penetrar en el templo, fatigados y 
en plena vesania. Entonces hacía su aparición el sumo sacerdote, que, revestido de 
úrpura y tocado de alta tiara de oro y pedrería, explicaba a la multitud atónita, con 
irase épica, lo que significaba el pavoroso mito que se conmemoraba. Después de este 
acto continuaba el duelo y tenían lugar otros que duraban varios días, en el último 
de los cuales se celebraba con gran pompa el entierro de Adón. 

Para narrar los efectos terribles del culto a Molok sería preciso escribir considera- 
ble número de páginas. El relato de los distintos episodios a que dio lugar el horrendo 
repugnante culto al dios antropófago sería tarea interminable. Para que el lector 
)mprenda lo que significó para el pueblo fenicio bastará una ligera exposición, abre- 
viando todo lo posible las digresiones. Molok imperaba en Fenicia durante el estío; la 
superstición del pueblo entero adquirió caracteres extraordinarios, enormes. Parece 
inconcebible a los extremos de crueldad a que llegó aquel pueblo, sojuzgada la mente 
por la horrible creencia en un dios vengativo, feroz, que era la encarnación de la 
crueldad erigida en norma. Impulsados por una fe ciega, los padres llevaban a sus 
hijos al sacrificio; voluntariamente entregaban a los niños de corta edad para que 
E. Mever, Geschichie des Aliertums (Stuttgart, 1884). 
Tomo I. — 36. 



278 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



fueran devorados por el monstruo candente, que simbolizaba la estación devastadora; 
es de advertir que los niños torpemente inmolados eran los más bellos y robustos. 
¡Es incalculable el número de niños que fueron sacrificados en holocausto a la vora- 
cidad del dios de las fauces metálicas (1)! 

En el otoño se celebraba la segunda parte del terrible poema. El fanatismo fenicio 
exigía nuevos episodios para atraer de nuevo la atención de los penitentes; éstos, dando 
pruebas de su estulticia, se entregaban durante siete días a llorar, en compañía de 
Salambó, la muerte de Adón. El rito funerario prescribía más penitencias y más mor- 
tificaciones. Las escenas antes 



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Templo de Hagiar Kim 

ansia de vivir y de gozar abandonaba el templo 
los bosques para adorar a la diosa del placer. 



descritas se repetían; las muche- 
dumbres, impresionadas por el re- 
doble y el sonido de las flautas, 
sollozaban y seguían las prácticas 
de ritual hasta caer exánimes cien- 
tos y miles de penitentes, que no 
podían resistir una plegaria de 
tanta duración (2). Al terminar el 
séptimo día los ecos de los cró- 
talos eran el anuncio de que el 
dios había renacido. Al conocer la 
nueva, los peregrinos prorrumpían 
en exclamaciones de alegría y co- 
rrían alocados hacia el templo. La 
multitud presenciaba entusiasma- 
da cómo se desmontaba el túmu- 
lo funerario, y poseída de una 
y entonando himnos dirigíase a 



La moral de la religión fenicia era una especie de ensambladura entre los instintos 
de crueldad que anidaban en lo íntimo de la raza y el sensualismo desenfrenado que 
tan bien se connaturalizaba con su temperamento dado a las aventuras y las empresas 
atrevidas. La nota más acentuada del carácter fenicio era cohonestar la bravura con la 
ductilidad, en ocasiones su afán de lucro le hacía posponer sus más arraigadas creen- 
cias, y poseía excepcionales cualidades para las empresas mercantiles. El fenicio pres- 
cindía de ordinario de cuanto pudiese contrariarle; solía ir derechamente a la conse- 
cución de sus propósitos; tenaz y ladino, procuraba aprovechar los esfuerzos, y su 
preocupación principal era el negocio; no sentía la nostalgia de la patria; tenía una 
gran facilidad de acomodación, y en todos los países se aclimataba (3). Era, además, 

(1) Baudissin, Studien zar semitiscfien Religionsgeschichte (Leipzig, 1876-78). 

(2) Seldes, De diis Syris ^Londres, 1617). 
<3) iAzLrzEK, GeschicAie der Kartager (Leipzig, 1879). 



CREENCIAS DE CALDEO-ASIRÍA Y MíNK lA 279 

un pueblo cosmopolita, consideraba que la patria se prolongaba hasta más allá de las 
íronteras, y por esto sentía una marcada simpatía por aquellos territonos en los 

líales vivían y prosperaban él y los suyos. A pesar de su tendencia al éxodo, procuró 

icmpre conservar los vínculos que unían a las colonias con la metrópoli. Los fenicios 
no tenían apego al terruño que les vio nacer, pero sentían viva simpatía por todos los 
que eran de su raza. ¿Qué significó la confederación mediterránea más que una 
verdadera solidaridad étnica, por medio de la cual se protegían entre sí y explotaban 
al extranjero? (1). 

A pesar de sus defectos, el pueblo fenicio es de los que más contribuyeron con 
sus arrestos al expansionamiento del comercio. Ellos fueron los que crearon las insti- 
tuciones mercantiles en la antigüedad; impulsando el intercambio de productos, esta- 
bleciendo numerosas relaciones comerciales entre unos pueblos y otros. La pasmosa 
actividad que el pueblo fenicio reveló, fué altamente provechosa para la civilización. 
Muchos de los descubrimientos e inventos que se le atribuyeron no fueron obra suya, 
pero es evidente que contribuyó poderosamente a difundirlos (2). En este sentido 
fueron los mayores propulsores del progreso, ya que en su calidad de navegantes 
expertos dieron un gran impulso al intercambio, favoreciendo así de un modo notable 
el desenvolvimiento de la cultura. No existe en la Edad antigua otro pueblo que 
pueda parangonarse con el fenicio: llevado de su genio emprendedor, transportó a las 
más lejanas comarcas los gérmenes del espíritu mercantil; generalizó el uso de la mo- 
neda, que habían iniciado los egipcios y asirios. A su esfuerzo se deben dos grandes 
conquistas: la difusión del alfabeto, que, como es sabido, se atribuye a los egipcios, y 
el haber extendido el cálculo por medio de las cifras aritméticas, que hizo más fáciles 
las transacciones. Además, enseñó a los íberos y otras tribus la salazón, el modo de 
extraer el aceite, la explotación de las minas, etc. A pesar de haber sido el pueblo feni- 
cio egoísta y codicioso, y haber empleado procedimientos brutales en la colonización, 
los pueblos que sufrieron su yugo, a la postre salieron beneficiados, porque obtuvie- 
ron grandes ventajas al ver multiplicadas sus fuentes de producción. La colonización 
fenicia en la antigüedad era comparable a lo que modernamente ha sido la inglesa. 
El engrandecimiento de Fenicia fué debido a que no habiéndose dedicado a la 
agricultura, su portentosa actividad se desarrolló en la industria, y para exportar los 
productos de la misma hubieron de buscar en la expansión mercantil el medio de acre- 
centar su vitalidad económica y con ella su poderío. La decadencia del pueblo fenicio 
fué debida, entre otras causas, al excesivo crecimiento de algunas de sus colonias y 
principalmente Cartago, que trató de ejercer el monopolio del tráfico en el Mediterrá- 
neo (3). No fué éste el peor enemigo con que hubo de luchar; el peligro más grave 

¡é la rivalidad existente entre Asiría y Egipto. Poco después, el pueblo fenicio fué 
sojuzgado primero por los babilonios, luego por los persas, y, por último, fué total- 
mente vencido por Alejandro Magno, pasando su emporio mercantil a poder de Ale- 

indría (4). 

( 1 ) Lenormant et E. Babelon, Histoire ancienne de tOrieni (París, 1888». 

(2) Berger, ¿a P/zén/c/e( París, 1881). 

(3) Labarre, Die rómische Kolonie Karthago (Postdam, 1882). 

' 4 ) / Fenici nel Mediterráneo, en Nuova Antología, 16 marzo 1Q13, pág. 347. 



CAPITULO IX 

Mitos, misterios y sectas de Grecia y Roma 

I. Los misterios griegos, derivación de los de Egipto. Inseparabilidad de Grecia y Roma en el estudio de 
sus mitos y creencias; divinidades romanas correspondientes a las griegas.— Mitos cosmogónicos grie- 
gos: su procedencia; Homero y Hesíodo; estudio comparativo entre las concepciones de ambos poetas 
respecto de los mitos griegos; la tradición; los apologistas paganos. Formación del Olimpo.— II. El 
mito de Cronos; una opinión de Tiele. Los poemas de Orfeo; cosmogonía órfica; Cronos, Caos, Éter.— 
Introducción de las creencias orientales en Roma; los cultos privado y público; los Lares y Penates; 
Marte o Quirino; Júpiter, Jano y Juno —III. Los dioses del Olimpo. Zeus; el dios de la lluvia; el señor 
de los dioses y los hombres; la degradación de Zeus; explicación de la misma; lo que decía la leyenda; 
hazañas del soberano del Olimpo. -IV. Apolo; su carácter antropomórfico: su representación del sol 
bajo el nombre de Helios; la serpiente Pitón; su significado mítico; el hombre lobo; el exterminador de 
los ratones; relación de Apolo con varios insectos y aves y con diversos árboles y flores; el dios bienhe- 
chor.— Las fiestas Delias y el templo de Délos.— V. Artemisa, su culto; la Artemisa braurónica, la ortia, 
la de Táurida, la Diana de Efeso; reflexión acerca de la concepción poética de Artemisa.— VI. De- 
meter: su significado; su culto; la Demeter negra; digresión acerca del modo de ser de los misterios 
griegos y su misión.— VIL Dionisos: leyenda acerca de su nacimiento; sacrificios que se le ofrecían; 
el toro; el dios de la vid y del zumo de la uva. Las Bacantes de Eurípides.— VIH. Atenea: su naci- 
miento y sentido moral que le dio Homero; opiniones de los mitólogos acerca del origen de Atenea.— 

IX. Afrodita: la diosa del amor; la hija de la espuma marina; sus múltiples nombres; el mito de Adonis; 
culto de Afrodita, conceptos erróneos del mismo, éticamente considerado; misterios afrodisíacos en va- 
rias localidades de Grecia, especialmente en Corinto; las hetairas, simbolismo del ritual afrodisíaco.— 

X. Hermes: carácter de esta divinidad y diversos significados que se le atribuyen; el guía de las almas. 
Reflexiones acerca de los dioses de Grecia: su personalización, su adoración, su influjo en el modo de 
ser del pueblo helénico; juicio de Lang. El carácter de los pueblos griego y romano determinado por 
los misterios; un pasaje de C. Loring Brace acerca de las asociaciones y sociedades secretas de Grecia 
y Roma.— Xl. Los misterios de Grecia. Los misterios dionisíacos o misterios de Baco; las trietéridas; 
d culto orgiástico; celebración en Delfos; las faloforias: celebración en Atenas; su carácter cosmopolita 
y solemne.— XI I. Los misterios de Eleusis: los Grandes Misterios; los nueve días señalados; su parte 
intima; los ritos de iniciación; un texto de A. Maury; simbolismo de la iniciación; mitos de Zeus y Core 
y de Demeter y Proserpina.— XIII. Los pequeños misterios. Los misterios órficos; Dionysos Zagreus; 
el juramento de los iniciados.— Misterios de Cibeles o la Bona Dea: los agirtos y metragirtos; 
simbolismo; mito de Atis; los cinco días sagrados.— Los misterios de Samotragia; los catiros; mito del 
diluvio; iniciación; privilegio especial de los iniciados.— XIV. Las sociedades Tiasas y Eranias; su 
organización; la diosa Cotitoylos misterios cotitios; su relación con los serapiastas; su carácter orgiás- 
tico; su finalidad. — XV. Misterios o festivales de Roma. Las Saturnales: su anunciación; los esclavos; 
los festines. El culto de Vesta: las vestales; detalles de la institución. Las fiestas en honor de Vesta.— 
La» ninfas: origen de esta institución en los demás'pueblos de raza indoeuropea.— XVI. Los oráculos, la 
comunicación de los seres sobrenaturales con los humanos. El oráculo de Delfos; descripción topográ- 
fica; el templo y detalles del mismo; un texto de Bouché-Leclerq; la adivinación; las consultas; el mercan- 
tilismo; la pitonisa. Los dorios propulsores de los oráculos. Un pasaje de E. Havet.— El oráculo de Dodo- 
na; el Zeus Ammón; la cleromancia.— XVII. Las sibilas: su institución; la sibila de Cumas; los libros 
sibilinos; la manera de pronunciar los oráculos; el rey Tarquino. Un texto de A. Sabatier.-Lo esotérico 
de la psicología grecorromana. El nacimiento: horóscopo. La muerte: el alma separada de la materia; 
€l destino de los muertos y su culto. La laguna Estigia y los jueces infernales Minos, Eaco y Rada- 
mantc: el limbo y el purgatorio: el Tártaro y los Campos Elíseos. Ritos funerarios: el óbolo de Caronte; 




MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 281 

la exposición del difunto; el transporte del féretro; el enterramiento; las lamentacioncf, la conclamatio 
funebris; las ofrendas; los banquetes.- XVIIl. Relación entre las creencias grecorromanas y U filotofU. 
Sectas y sociedades secretas filosóficas; los milesianos, los pitagóricos, los sofistas, los estoicot, los 
epicúreos y los cínicos.— Conclusión; significación de los mitos grecorromanos y su acepción por 
los mitólogos; su simbolismo y representación artística. 

I 

as irradiaciones de los misterios del Egipto y de toda aquella multitud de ritos 
y ceremonias, concreción espiritual de aquella raza personificada en la enig- 
mática esfinge; penetraron e influyeron poderosamente en las secretas doctri- 
nas de las civilizaciones del Asia Menor, Grecia e Italia (1). Cadmo e Inaco 
las introdujeron en Grecia; Orfeo, en Tracia; Melampo, en Argos; Trofonio, en Beocia; 
Minos, en Creta; Ciniras, en Chipre; Erecteo, en Atenas. Y así como en Egipto 
los misterios estaban dedicados a Isis y Osiris, así también en Samotracia lo estaban 
a la Madre de los dioses; en Beocia, a Baco; en Chipre, a Venus; en Creta, a Júpiter; 
en Atenas, a Ceres y Proserpina; en Anfisa, a Castor y Pólux; en Lemnos, a Vulcano, 
y a otras divinidades en otros sitios, conspirando en todos ellos a dos ideas princi- 
pales: el monoteísmo y la vida futura. Roma, que fataltnente había de enseñorearse 
del mundo por la fuerza de las armas, y que era ante todo un pueblo ecléctico y de 
un poder extraordinario de asimilación, de los trofeos de los pueblos vencidos supo 
guardar los elementos todos de civilización, especialmente los que se referían al culto 
y a las creencias, mejorando, en virtud de la inevitable ley del progreso, todos aquellos 
elementos de importación griega, cuyo espíritu condensó admirablemente en su polí- 
tica, en su religión, en su literatura y en su arte. Por esto Grecia y Roma no se pueden 
separar al tratar de las sectas y sociedades secretas del Occidente. 

La historia de la antigua Grecia es como el primer capítulo de la historia de la 
Europa civilizada; a ella se remontan nuestra vida intelectual, nuestra ciencia, nuestra 
filosofía. Las ciudades libres de la Mellada forman aún hoy el bello ideal de muchos 
pensadores, ya que ellas realizaron una de las formas más perfectas de organización 
política, proclamaron a la faz de las absolutistas y despóticas monarquías de Oriente, 
los principios del Estado moderno, y establecieron el reinado de la razón sobre las 
ruinas de las supersticiones religiosas. Grecia, pues, había de legar a Roma todos los 
tesoros de su civilización, desde el momento en que cayendo en poder de las águilas 
romanas, el vencedor no dudaba de adoptar las prácticas, usos y costumbres de su 
noble vencida. 

La primera influencia que se ejerció sobre la religión de los romanos fué etrusca. 
Parece indubitable que el culto a la trinidad capitolina, Júpiter, Juno y Minerva, era de 
importación etrusca, y a los reyes etruscos, los Tarquinos, atribuía la tradición romana 
la construcción del Capitolio. Al propio tiempo que sus dioses y sus ritos, introduje- 
ron en Roma los etruscos los primeros elementos de mitología griega que allí pene- 
traron; más tarde, en tiempo de la república, las divinidades griegas invadieron pro- 
gresivamente la religión romana, aunque la mayor parte de ellas fueron designadas 

(1) Harrison, Proleg. to the study of Greek religión (Cambridge, 1008); Farnell, Culis of t/te 
Greek States (OxíoTd, 1906); A. Laso, Myíties, Cuites eí Religions (París, 1896). 



282 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



con los nombres de las divinidades romanas que más se les parecían: a Artemis se le 
llamó Diana; a Ares, Marte; a Demeter, Ceres; a Mermes, Mer.curio; a Afrodita, Venus; 
a Efesto, Vulcano. Transportáronse también a Roma los mitos griegos, y más tarde 
Diana, Marte, Ceres, Mercurio, Venus y Vulcano tuvieron sus mitos y sus leyendas, 
que no eran otros que los que la imaginación griega concibiera para las respectivas 
divinidades. Confundióse, además, a Júpiter con Zeus, a Juno con Hera y a Minerva 

con Palas Atenea. Los romanos, seduci- 
dos por el encanto y la brillante poesía 
de la mitología griega, apropiáronsela 
del todo, aunque conservando los nom- 
bres de sus antiguas divinidades, pero 
estos nombres designaron siempre más 
bien las divinidades helénicas que no 
las romanas. 



El conocimiento de los mitos cos- 
mogónicos griegos procede de los poe- 
mas atribuidos a Homero y Hesíodo, los 
primeros destinados a la clase noble de 
los guerreros, cuyo texto es la Iliada, y 
los segundos, sobre todo la teogonia, 
de objetivo predominantemente didácti- 
co. Todos se escribieron para presentar 
un orden sistemático de las genealogías 
divinas, y su época es anterior al siglo IX 
antes de nuestra Era; no obstante, aunque 
los poemas homéricos son considerados 
en su conjunto como los más antiguos, es 
preciso hacer notar que el origen de las 
cosas que refiere Hesíodo tienen un carácter más salvaje y arcaico que el de los poe- 
mas guerreros. De otra parte, la teogonia de Hesíodo es completa, mientras que Ho- 
mero no refiere más que las aventuras turbulentas de los dioses, y por esto el concep- 
to que formaba de la vida de aquéllos difiere mucho de las tradiciones expresadas por 
e! autor de la obra titulada Las obras y los días. Comparando la concepción de estos 
dos autores, se ve que el genio divino de Homero escogió los elementos míticos más 
clásicos conservando un recuerdo más puro y diáfano que el que había guardado He- 
síodo de una tradición divina, original y auténtica. Después de estos dos escritores, 
las autoridades más antiguas para conocer los mitos cosmogónicos griegos son proba- 
blemente los fragmentos de los poemas órficos (1). Es cierto que Homero no habla de 

(1) SvANTE Arrhenius, D/e Vorstellung vom Weltgebüude im W andel der Zeiten, trad. del sueco 
por L. Bambcrger (Leipzig, 1908), págs. 52-61; A. W. Benn, Early Greek Philosophy (Londres, 1908), 
c I, pig. 6. 




Capilla etrasca 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 



283 



Orfeo, y por esto existe la costumbre de considerar las ideas de este personaje como 
introducidas más tarde y en una fecha reciente. Grote, Lobech y Lang, opinan que las 
ideas del ascetismo órfico han tenido importancia entre los años 620 y 500 antes de 
Cristo. En esta época se desarrollaron el terror supersticioso y las ceremonias místicas 
originarias de Egipto y de Asirla, y un diluvio de supersticiones orientales y bárbaras 
se infiltraron en el espíritu humano antes de que surgiera la aurora de la filosofía grie- 
ga. No es posible determinar lo que en los mitos órficos fue importado de aquellas dos 
antiguas religiones, y por esto los datos 
que proceden de los textos órficos no 
ofrecen jamás noticias satisfactorias. Por 
lo que concierne al estudio de las leyen- 
das cosmogónicas, éstas son útiles para 
conocer la vida de los dioses y los hé- 
roes, en particular la de los segundos, 
considerados como agentes poderosos 
de civilización. Hay abundancia de au- 
toridades en la literatura griega entera 
para conocer las tradiciones mitológicas 
y cosmogónicas, expresadas por poetas, 
autores dramáticos, filósofos, historiado- 
res, críticos y viajeros. 

Conviene tener en cuenta que los 
escoliastas y los mitógrafos profesiona- 
les, cuyo tipo es Apolodoro (que vivió 
150 años antes de Cristo), escribieron 
manuales destinados a explicar los mis- 
terios a que aluden los poetas, y a menu- 
do han conservado los mitos proceden- 
tes de poemas y escritos perdidos, y, 
además, los historiadores y los viajeros 

ofrecen ejemplos de cuentos y capítulos sagrados que los sacerdotes y los que oficia- 
ban en los templos contaban a los peregrinos que visitaban sus santuarios. Casi todas 
estas referencias eran pueriles, bárbaras y obscenas, sin revestir una forma literaria 
que las hubiera purificado, y eran transmitidas personalmente por los sacerdotes de 
cada santuario local como tradiciones inmutables, sagradas. Como por otra parte los 
griegos habían vivido en aldeas antes de reunirse en las ciudades, sus dioses habían 
sido locales antes de convertirse en divinidades nacionales. Por esto domina una 
antigüedad arcaica y una grosería completa que no tienen las tradiciones literarias, 
y frecuentemente se interpretaron en formas alegóricas, cuando se comprendió la 
monstruosidad de su sentido literal (1). 

Existe otra categoría de estudios referentes a la mitología griega, que son obra de 
los apologistas paganos o de personas ilustradas que en los primeros siglos del cris- 
tianismo defendieron la concepción pagana, teniendo por adversarios a los padres de 

1 1 A RNELi., Higher aspeéis of Greek Religión ( IQl 2). 




irbol sagrado 



284 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

la Iglesia, y son realmente útiles los testimonios del arte antiguo que revelan los vasos, 
las estatuas, las pinturas, ampliamente descritas. Señalados estos orígenes de la mito- 
logía griega, procede el estudio de las leyendas homéricas relativas al origen de las 
cosas y el principio del mundo. El poeta trata incidentalmente de esto. Así, perso- 
nalizando a Okeanos, río fabuloso que rodea al mundo, le denomina «el origen de los 
dioses y de todas las cosas». No considera a Uranos como padre de Cronos, jefe de la 
dinastía precedente a Zeus, éste es considerado como el hijo mayor de Cronos; en 
cambio, Hesíodo dice que era el hijo menor. Así queda expresada la primera dinastía 
del Olimpo. Dejando aparte la polémica moderna con respecto a la antigüedad de las 
obras de los dos poetas citados, es indudable que las leyendas hesiódicas testimonian 
la mayor antigüedad relativa, y ofrecen la forma literaria completa de los mitos cosmo- 
gónicos griegos. Hesíodo hace del Caos, el primero de todos los seres, a quien siguie- 
ron la Tierra, el Tártaro y Eros, o el amor. El Caos produjo por sí solo el Erebo y la 
Noche, y los hijos de ambos son el Éter y el Día; la Tierra engendró el Cielo, y de su 
unión con el mismo nacieron el Océano y los Titanes, Ceos y Crios, Hyperión y Ja- 
petos, Tea y Rea, Temis, Mnemosyne, Febe y Tetis. Luego engendró a Cronos, astuto 
y terrible, que siempre detestó a su poderoso padre, el Cielo. Había otros hijos de la 
Tierra y el Cielo que odiaban a su padre, conspiraban contra él porque los encerraba 
en el hoyo de la Tierra; Okeanos no entra en la conspiración. En el mito griego, el Cielo 
y la Tierra son considerados como seres cuyos cuerpos están unidos, y aquél es una 
potencia maligna que entierra sus hijos en las tinieblas. Al paso que la concepción del 
Cielo y de la Tierra como antepasados de las cosas vivientes tiene un sentido inteligible, 
la idea de que eran seres dotados de pasiones humanas, y corporalmente iguales a los 
hombres, no tenía explicación para los griegos anteriores a la época de los primeros 
filósofos. La antigua concepción física de la pareja fecunda se convirtió en una metáfora, 
perdió toda su significación transformándose en un mito ininteligible y abominable. Su- 
poniendo que se llame dioses a todos los individuos de esta raza sobrenatural, la se- 
gunda generación, según Hesíodo, fué tan desgraciada como la primera. Cronos casó 
con su hermana Rea, engendrando a Demeter, Hera, Hades, Poseidón y Zeus, el último. 
«El Cielo y la Tierra le habían predicho que sus hijos lo destruirían y él los devoraba 
a medida que nacían.» La esposa, aconsejada por Uranos y Gea, substituyó a Zeus 
por una gran piedra envuelta en unos pañales, con lo cual pudo salvarse educándose 
según los consejos de Gea (1). 

II 

El mito de Cronos o Saturno ha sido interpretado de modo diverso por los escrito- 
res contemporáneos, pues mientras unos creen que es el dios del huracán y la tempestad 
aniquiladora, otros creen que es análogo al Moloch de los fenicios, la representación 
del canibalismo, y en realidad los detalles de su leyenda se adoptan sin dificultad, como 
acontece de ordinario entre ambas hipótesis (2). Hay, además, relaciones entre las divi- 

{h En toda esta descripción hacemos uso de los poemas de Homero y Hesíodo en las ediciones de 
París (Firmin-Didot) 1881 y 1878 respectivamente. 

^2) J, AoAM, The religious ^eacfiers of Greece (Edimburgo, 1908). 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE ORECIA Y ROMA 



285 



'lidades y los mitos de la mayoría de las religiones antiguas y las salvajes, pues tienen 
I andes analogías y puntos de contacto. Y se comprende que los griegos reconocieran 
Dionisos en el Osiris egipcio, a Afrodita en la Astarté semítica, y a Cronos en el 
Moloch, también semítico. Es imposible seguir paso a paso la controversia que en la 
actualidad sostienen los más insignes tratadistas con respecto a la personalidad de 
Cronos, y así se explica que a la par haya podido considerarse que Cronos no es ni 
el tiempo, ni el trueno, ni el sol, sino el dios de las cose- 
chas y del otoño que hace madurar las simientes y los fru- 
tos. No obstante, el punto principal subsistente consistía 
en sacrificios humanos, y esto parece estar en conformidad 
con el carácter que se le atribuía de devorador. 
La fiesta antigua llamada Cronia, que se cele- 
braba después del día doce del solsticio de 
verano, era a la vez una fiesta de recolección 
de la cosecha y una conmemoración de la 
edad de oro, como las saturnales romanas, 
y a esto debe añadirse la opinión de Píndaro, 
que suponía a Cronos viviendo en las islas 
Afortunadas, en una especie de edad de oro, y se añade un 
aspecto benévolo al carácter de ordinario tan feroz del dios 
que vive en el Occidente, en el ocaso del sol, en las pro- 
fundidades, que reina sobre los titanes y los héroes difuntos, 
y, por consiguiente, es un dios de la cosecha y de la fecunda- 
ción de las semillas por los poderes subterráneos (1). Exis- 
ten, pues, apariencias contradictorias, porque siendo por ex- 
celencia el alma del mundo subterráneo, lo es también del 
aire y de la noche, y así, durante ella, asciende de las pro- 
fundidades en que mora para reinar en el mundo supe- 
rior, según opinión de Kuhn y Preller. 

Según Tiele (2), en el mito de Cronos están representa- 
dos los mismos fenómenos de la naturaleza, expresados 
por medio del culto, que son paralelos y en parte simultá- 
neos; pero, bajo la influencia del arte, la mitología sinté- 
tica los ha colocado en una serie continua, en forma de 

episodios de una misma descripción. La parte mítica, la más bárbara y la que re- 
fiere cómo Cronos tragaba a sus hijos, y la idea central es que los dioses luminosos, so- 
beranos del día, son devorados por el de las regiones subterráneas que los vomita a la 
hora del crepúsculo vespertino. En realidad, en este punto de la mitología debe acep- 
tarse la opinión de Lang, que debemos contentarnos con explicar lo que se puede, sin 
intentar comprender más que lo que se explica, haciendo una penosa confesión de ig- 
norancia, a que está reducido el prudente crítico que emprende el estudio de Cronos. 




/ 



Saitra* o Gr«Mt 



(1) T. GoMPERz, Griechische Denker (Leipzig, 1903-08). Tenemos a la vista la traducción inglesa 
en 3 tomos The Greek Thinkers (Londres, 1905), t. I. 

(2) Geschiedenis van den godsdienst in de oudheit (Amstcrdara, 1892-1902). 

Tomo \. — 37. 



286 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



El mito de devorar un dios a varios seres, tiene numerosos ejemplos equivalentes 
en las leyendas salvajes délos bosquimanos: entre los australianos, la luna estando so- 
bre la tierra tragó al dios-águila, al que luego hubo de vomitar; entre los indios de la 
üuayana existen leyendas análogas, y en la obra homérica Hércules fué tragado y expe- 
lido por el monstruo que debía matar a Heriona. Los campesinos escoceses refieren las 
mismas tradiciones, localizando los mitos en las orillas del Kent; entre los basutos, 
los esquimales y los zulús, en sus cuentos de hadas hállase este incidente, pues hay 
un ser que devora muchas personas que luego salen de su estómago vivas. Cualquiera 
que sea el origen de esta leyenda mitológica, es probable que se trate de una tenta- 
tiva de explicación mítica de un fenómeno natural. Esta manifestación de una farsa tan 
repugnante y salvaje como la de devorarse mutuamente, parece una tradición familiar en 

la raza de Cronos. Por esto 
cuando Zeus casó con Me- 
tis, pudiendo ésta adoptar la. 
forma que más le agradara, 
la convenció, cuando se ha- 
llaba próxima a ser madre, 
que tomase la de mosca y la 
devoró, evitando el peligro 
de que el hijo fuera más 
poderoso que él, siguiendo 
los consejos de Urano y 
Gea, engendrando de sí 
mismo a Minerva. La idea de eliminar un enemigo tragándole después de reducirle 
a dimensiones adecuadas por artificio mágico, se observa también con frecuencia en 
las leyendas populares, y entre ellas la de Taliesin, reducida a gallina y tragada en for- 
ma de grano de trigo, haciendo lo propio que la princesa de Las mil y una noches, 
la cual tragó a Djinu. 




Adoración de un ídolo 



Al lado de las obras de Homero y Hesíodo, los textos más antiguos referentes a 
los mitos cosmogónicos griegos, son los poemas atribuidos a Orfeo (1). Se sabe poco 
de su época probable; no quedan más que fragmentos, pero parece que en éstos se 
contienen las primeras conjeturas de una filosofía todavía no libre de explicaciones 
míticas y en ellos se conservan algunos de los rasgos más groseros de la imaginación 
primitiva, a la vez que expresiones nobles y atrevidas del pensamiento panteísta. Pro- 
ceden del mismo manantial las ideas purísimas contenidas en el himno filosófico de 
los Vedas, y las salvajes ¡deas del Purusha-Sukta, leyenda que refiere la constitución 
del mundo, de los miembros destrozados de Purusha. La cosmogonía órfica comienza 
con observaciones acerca de Cronos, el tiempo, el cual «se considera que existió antes 
que el mundo y como ser mítico que engendró a Caos y Aether; Caos es el abismo, el 
agujero monstruo». Y esto recuerda «el Ginnunga-Qap de las leyendas escandinavas, 
(1) Rapp, Ueber Orpheusdarstellungen (Tubinga, 1895). 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 



287 



ligero como el aire sin viento». El soplo caliente halló el frío y del contacto nació Imir, 
ideas que encuadran muy bien con la concepción órfica del espacio primitivo. En 
el transcurso del tiempo, Caos produjo un huevo brillante y blanco como la plata, y 
ésta es una de las primeras hipótesis presentadas a las inteligencias incultas, siendo 
tres las generaciones primitivas, que son: el tiempo, el caos y el huevo; de éste, en 
la cuarta generación, nació Fanes, el gran héroe de la cosmogonía órfica. Este era 
a la vez macho y hembra y contenía 
en sí los gérmenes de todos los dio- 
ses, confundiéndose su nombre en 
una especie de trinidad formada por 
él, Metis y Ericapeos (1). En resumen, 
los fragmentos órfícos, según Lang, 
parecen contener restos de mitos sal- 
vajes relativos al origen de las cosas, 
mezclados con especulaciones muy 
puras y recientes. Hay dificultades 
para desentrañar las diversas leyen- 
das locales griegas concernientes al 
origen del hombre, del héroe y de los 
\nitos (2). 



Después de Grecia, cúpole al 
Oriente la misión de introducir sus 
creencias en Roma. Desde 204"años 
antes de la Era cristiana la diosa Pe- 
sinonte, o Cibeles, fué llevada de 
Frigia a Roma, haciendo en ella su 

Urada solemne; en 186, las ceremo- 
nias secretas e inmorales del culto de 

Baco hacían tal estrago en la sociedad romana, que el Senado creyó conveniente pro- 
mulgar el famoso senado-consulto De Bacchanalibüs, después de haber procesado a 
más de siete mil iniciados, la mayor parte mujeres, cuyos aullidos al son del ruido de 
los címbalos, perturbaban el reposo de la noche. Tras de Cibeles y Baco vinieron las 
dos grandes divinidades del Egipto tolemaico, Isis y Serapis (3), el dios sirio Adonis, 
diosa de Capadocia, Belona; el mismo culto de Mitra se introdujo en Italia. De ma- 
nera que, poco a poco, fueron tomando en Roma carta de naturaleza la mitología 
írriega y las religiones orientales, y el pueblo acogía con creciente favor las más grose- 

is supersticiones, la magia de Persia y la astrología de Caldea, hasta que el Gobierno 





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U dios» Cibeles, la "D«a later. 



(1) Maars, Orp/ieus (Munich, 1895;. 

(2) SusEMiHL, De TheogonicB Orphei forma antiquissima 'Greifswaid, 1890». 

(3) T. P. BouLAOE, Les Mystéres d'Isis et d'Osiris; initiation égyptienne (París, 1Q12); Warde Fov- 
', Oriental religions in Román Paganism (19\\). 



288 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



imperial creó, o por lo menos dejó prosperar, una religión oficial en la que se elevaban 
a divinidades, ya la ciudad de Roma (UrbsRoma, aeterna Augusta), ya el emperador 
(Divas Augustas, Divas Vespasianas), ya los miembros de la familia Imperial. En 
los últimos tiempos de la República, y después en tiempos del Imperio, la religión 
romana no hubiera tenido ni rastro de su origen y carácter primitivo, si la organiza- 
ción de los cultos privado y público no hubiese permariecido a cubierto de la influen- 
cia extranjera. 

Antes de entrar de Heno en los misterios y or8:anización secreta del mundo reli- 




Dioses en el altar de un templo domestico 
(t»it grabado es fragmentario: en el grabado completo, el plano del altar descansa sobre un zócalo.) 

gioso griego y romano, digamos algo de esos cultos, privado y público, lo cual será 
como sentar la base explicando primero lo que podríamos llamar la ortodoxia de las 
creencias romanas y entrando después en lo que forma su parte heterodoxa. 



En Roma, el culto privado era esencialmente familiar y doméstico; el cabeza de 
familia era el sacerdote; las ceremonias del culto celebrábanse en lo interior de la casa, 
cerca del hogar, encima de un altar de forma redonda o cuadrada, y los dioses a quie- 
nes se daba este culto eran los genios de la familia, los Lares o Penates. Cada día se 
les dedicaban las primicias de las comidas, creyendo el pueblo que los dioses do- 
mésticos asistían a ellas;^los días de fiesta, se les ofrecían dulces y miel; coronábaseles 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE ORECIA Y ROMA 



289 



de guirnaldas y flores; quemábanse en su presencia incienso y perfumes (1). Entre 
el culto doméstico y el público, o del Estado, la sociedad romana conocía una forma 
de culto intermedio, el gentilicio y el de las sodalitales (asociaciones). El gentilicio 
era el que tributaban varias familias oriundas de un mismo tronco o antepasado, 
al cual consideraban como el dios de la gens (familia); sobre el modelo de este 
culto creáronse otros muchos que se tributaban a determinadas divinidades por 
í^rupos de fieles asociados, que se llamaban colegios o asociaciones. El culto pú- 
blico, o del Estado, ofrecía mayor complejidad que el privado. Habiéndose el Estado 
! omano constituido por la sucesiva allegación de comunidades separadas, el culto 
in'iblico conservó el recuerdo de los cultos 
privativos de cada una de aquéllas. La gran 
divinidad del Palatino era Marte o Quirino; 
los primitivos habitantes del Esquilino ado- 
raban a Júpiter, Jano y Juno; los dioses y 
diosas del culto sabino que radicaba en el 
Quirinal, tuvieron menos importancia; pero 
las divinidades etruscas del Capitolio, Júpi- 
ter, Juno y Minerva, vinieron a ser las pro- 
tectoras del Estado. Este, además, en el 
concepto de casa o entidad compuesta de 
todos los ciudadanos, tuvo también su ho- 
gar, cuya diosa, Vesta, recibió también culto 
público, por lo cual los cultos públicos más 
importantes de Roma fueron los de Marte, 
Quirino, Jano, Vesta y la trinidad capitalina. 

III 

Entrando ahora en la exposición de las 
personalidades divinizadas, la primera le- 
yenda que hay que analizar es la que se 
refiere a Zeus (Júpiter). Este dios ha sido 

considerado como el soberano del Olimpo griego durante todo el período clásico, 
desde Homero y Hesíodo hasta la fundación del cristianismo, y es preciso recordar 
que todas las leyendas de los poemas épicos son de fecha posterior a la constitución 
de un Olimpo oficial y nacional. Están de acuerdo los filósofos en considerar a esta 
divinidad equivalente al Dyaus sánscrito, que significa el día o el cielo. Se le adoraba 
en la cúspide de las colinas como a dios de la lluvia; cuando en ellas se celebraban 
los ritos más antiguos y extraños, el sacerdote procedía lo mismo que los que promo- 
vían la lluvia en las razas africanas, practicando en los períodos de sequía ciertos 
ritos, preces y sacrificios, removiendo el agua con una rama de roble, árbol sagrado, 
con lo cual suponían que al evaporarse el agua, se elevaba la niebla que atraía las 

(1) J. EsTLiN Carpenter, Comparativc Religión (Londres, 1913), pág. 145; Warde Fowler, The 
religious Ufe of ancient Rome (1912). 




Júpiter con el ravo en ¡a mano 



2Q0 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

nubes y producía la lluvia, y es probable que se practicase el rito en una especie 
de observatorio meteorológico, cuando el sacerdote sabía que pooía sobrevenir una 
depresión atmosférica. En la epopeya aparece como el padre y el señor de los dioses 
y los hombres, más fuerte que todos ellos; es enamoradizo, lujurioso, pero no todopo- 
deroso y omnisciente; su poder sobre los mortales es como un sentimiento que tiene 
alguna analogía con el fatalismo del Islam; distribuye las inquietudes de los hombres, 
ve y oye todas las cosas, castiga los perjurios haciendo recaer su venganza en las 
esposas y los hijos de los perjuros, vigila la fidelidad y cela el cumplimiento de las 
promesas y niega su protección a los mentirosos; proceden de él los extranjeros y los 
mendicantes, puesto que la hospitalidad y la caridad son gratas al ser olímpico; hace 
prosperar el trabajo, rechaza y condena las acciones perversas, y respeta la justicia 
de los hombres (1). 



Los poemas épicos demuestran que una religión noble puede coexistir con una 
mitología salvaje y desenfrenada. Zeus, en su aspecto ético, heredó la cualidad del 
guardador sobrenatural de las acciones y de la conducta moral del hombre, careciendo 
de importancia su primer origen, puesto que estudiando al dios en el ritual, "los poe- 
mas o las tradiciones de los templos, existe en él un conjunto de dotes y atributos 
espirituales, morales, elementales, zoológicos y humanos. 

Fenómeno raro es, en concepto de Lang (2), que el Zeus mítico se hubiese degra- 
dado moralmente en el preciso período en que el dios de la religión se acercó más y 
más a la concepción de una divinidad pura y casi soberana, y esto se explica, porque 
entonces la Grecia adquirió una conciencia nacional más amplia y dejó de ser un 
agregado de tribus locales, cuyos peores elementos primitivos prevalecieron en sus 
leyendas. Añádase a esto la influencia de las religiones extranjeras, y se verá que se 
desarrolló así la deplorable leyenda del Zeus mitológico precisamente cuando se 
purificaba la inteligencia griega aproximándose a la concepción poética, moral y filo- 
sófica de la religión, como divinidad verdaderamente pura, liberada de los detalles 
repugnantes legendarios de muchos sistemas alegóricos. 

El culto a Zeus tenía lugar en las altas montañas, muchas de las cuales llevaban el 
nombre de Olimpo: en sus santuarios se ejercía la cleromancia, o adivinación por la 
suerte, y la ornitomancia, o sea por el vuelo de las aves, las cuales eran muchas veces, 
como en el santuario de Dodona, palomas que se criaban en la encina sagrada: las 
consultas las proponían los devotos escribiéndolas en láminas de plomo que los sacer- 
dotes devolvían con la respuesta escrita también, y estas láminas quedaban guardadas 
en el archivo del santuario. La mencionada encina servía también para el augurio, 
pues según era el murmullo de sus hojas agitadas por el viento, era señal favorable o 
desfavorable para el que consultaba a la divinidad (3). 

(1) C. LoRiNQ Brace, The unknown God, etc, (Nueva York, 1890) pág. 92. 

(2) Obra citada y lugar citado. 

(3) Darembero y Saqlio, Diction. des antiquités grecques et romaines (París, 1899) art. "Júpiter" 
página 6%; Farnell, Culis olihe Greek States (Oxford, 1906) t. I. 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 



2Q1 



A pcsíir de ser luinierosos los dioses que formaban la corte de Zeus, rodeando su 
trono, la leyenda sigue siendo el tipo permanente de las demás divinidades, y la revista 
de ésta debe comenzarse por el estudio de los que en sus orígenes significaban fenó- 
menos o fuerzas de la naturaleza. Según la leyenda, los primeros siglos de la existencia 
de Zeus fueron una sucesión de aventuras amorosas; su mujer legítima y hermana 
Hora, a quien sedujo antes de desposarse, era celosa y con razón, pues en sentir de 
los padres de la Iglesia, Zeus durante diez y siete generaciones persiguió a las mujeres 
de los mortales y entre ellas a su madre y sus hijas, y para ello utilizaba todos los 




Inierior del templo de Zeas en Olimpia 

recursos meteorológicos. Convirtió a Semele en cenizas; para Danae se trasformó en 
lluvia de oro y sucesivamente en toro, cisne, palomo, águila y hormiga. La explicación 
más natural de estos cuentos amorosos y de las metamorfosis animales del dios pro- 
cedían de leyendas groseras que por largo tiempo existieron en diversas familias y 
localidades, > pueden explicarse probablemente por la costumbre que tenían las fami- 
lias nobles de hacer remontar hasta los dioses su genealogía, y esto era propio de 
antiguos mitos totémicos y también locales, muy remotos. 



IV 



A Zeus sigue, en orden de importancia, Apolo, por otro nombre Helios (el sol) y 
que, según parece, adquirió en el Olimpo una situación independiente como dios 
brillante, antropomórfico, patrono de las artes, amante de las ninfas, habiendo sido 



292 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

considerado, en opinión de Max Müiler (1), como un semidiós o héroe que en otro 
tiempo había habitado en la tierra. La personificación del sol en Apolo concuerda a 
maravilla con la teoría mítica del origen de este astro que se halla entre los azte- 
cas (2) y bosquimanos. Apolo no es precisamente el sol, sino un ser que representa 
este astro en el mundo espiritual, que por su voluntad ejerce la misma influencia 
que el astro material por la energía de sus rayos. Esta divinidad llega a poseer atri- 
butos y funciones múltiples, y se ve rodeado de minuciosas precauciones cuando se 
intenta demostrar en alguno de los mitos de su leyenda uno que forme parte de la 
leyenda total. La filología comparada no ha podido aún señalar la verdadera etimo- 
logía de Apolo, según advierte Max Müiler. Se le atribuyen varios nombres y dife- 
rentes atributos, se dice que era la divinidad que presidía la medida del tiempo y se 
llamaban Apolíneos los principales días del año, las lunas nuevas y los plenilunios, 
los días 7 y 29 del mes, y el comienzo del año solar. Así se comprende que sus ritos ^j 
no se celebrasen en Delfos durante los tres meses de invierno, y al solemnizarse el 
día del nacimiento del dios, se los relacionase con la renovación del año, y en su 
combate con Pitón, el dragón enorme, se simbolizara la victoria de la luz y el calor 
contra la obscuridad y el frío del invierno. Esta serpiente impedía el acceso al abismo, 
del cual surgían los humos misteriosos que daban el poder profético, y matando al 
monstruo se apoderó del oráculo. Lo propio que en los mitos sudaneses, australianos 
e iroqueses, las ranas y las sabandijas se tragaron las aguas. Aquel monstruo fué repre- 
sentado en los himnos homéricos como la nodriza de Hera y el azote de los rebaños. 

En algunas descripciones se encuentra la idea de que la muerte de la serpiente era 
un acto que necesitaba purificación y excusa. El expresaba los oráculos en Delfos por 
medio de laureles, como Zeus por medio de las encinas en Dodona; se transformaba 
en un gran delfín, que aproximándose a un buque transporte de marinos cretenses le 
condujo a Crissa, puerto de Delfos, y allí surgió espléndido del seno de las olas lle- 
nando el templo de luz; luego recobró la forma humana y ordenó a los habitantes de 
la isla que le adoraran en su santuario con el nombre de Apolo Delphiniüs, es decir, 
delfín. Así se fundó el oráculo de Delfos, en donde los dioses, los hombres y las 
bestias se mezclan a la antigua usanza. También puede verse en el expresado animal 
uno de los muchos cuyo culto se refundió en el del sol, y también un símbolo de la 
primavera, época en la cual la navegación es muy fácil. En conjunto, no es posible 
formar una idea clara de Apolo como dios solar, conteniendo la leyenda materiales y 
épocas tan diferentes concretadas a los mitos de la serpiente Pitón y del oráculo de 
Delfos (3). 

En el himno cantado en la fiesta que los jonios celebraban en Delfos, es donde 
se puede vislumbrar la forma más aceptable con respecto al mito más antiguo del 
nacimiento del dios, descrito en el himno homérico. Entre los mitos más salvajes agru- 
pados en torno a la figura de Apolo, es conveniente colocar la fábula en que cuenta 
cómo su madre Leda se convirtió en lobo. Las relaciones entre Apolo y el lobo han 
dejado numerosos vestigios. El hombre-lobo (Lykios) era la divinidad de los vencidos, 

( 1 ) Einleitung in die vergíeichende Religions-wissenschaft ( 1 874). 

(2) De dio trataremos próximamente al estudiar lo referente a Méjico y demás pueblos americanos. 
O) Farnell, Culis of th€ Greek States (Oxford, 1906), t. IV . 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 



293 



<t.^. ^uiiio Atenea con sn é^ida lo era de los vencedores. En Delfos se explicaba la 
presencia de la imagen en bronce de un lobo, contando que éste había indicado el 

lio en donde estaban ocultos los tesoros del santuario que habían sido robados, y el 
animal consagrado al dios velaba por los intereses de éste. En varios mitos se cuenta . 
que los hijos de Apolo habían tenido descendientes mortales que habiendo sido aban- 
donados les alimentaron los lobos. Además, es frecuente observar que en la estrecha- 
relación entre un dios y determinados animales, aquél era indiferentemente su pro- 
tector o su destructor. Así se comprende que se llamara a Apolo, Smintheus o 

aón, adorado por los hamaxitos, y 
on otras localidades se le adoraba 
porque se le atribuía el exterminio de 
los ratones. También las moscas te- 
nían un lugar en el culto de Apolo, 
y en Lecaude se sacrificaba un buey 
destinado a atraer tales insectos a fin 
de dejar libre el resto de la costa. 




En Atenas había una estatua de 
Apolo, Parnopios, o langosta, porque 
contaba la leyenda que aquél había 
acabado con la plaga de estos insec- 

s. Asimismo estaba Apolo relacio- 
nado con los carneros, y en la fiesta 
de Carneia se le sacrifica un morue- 
co, interpretando esto como un sím- 
bolo de la protección del dios de los sacerdote de ipoio 
pastores, y recordando su vida de 

pastor cuando guardaba el rebaño de Admeto en Tesalia. También se relacionaba 
'polo con las sabandijas, las chicharras, los halcones, los cisnes, los cuervos, las 
cornejas y los buitres, opinando los mitólogos que aquéllos eran símbolos del dios-sol, 
considerado en sus múltiples funciones. 

Los amores de Apolo ocupan gran extensión en el romántico capítulo de su leyenda. 
La leyenda del nacimiento de Ion dio motivo para que los jonios convirtieran a este 
héroe epónimo en hijo de dios, cuya paternidad convertía a los jonios en herma- 
nos de Apolo. Muchos árboles y flores, entre ellos el laurel, el ciprés y el jacinto, 

taban estrechamente unidos al culto de Apolo, y es verosímil la hipótesis de que el 
nlto al dios se refería a la agricultura de diversas localidades. El laurel era grato al 

ios; por suponerse que una muchacha a quien perseguía se transformó en dicho 

bol para escapar a su seducción; el ciprés y el jacinto se decía que eran dos her- 
mosos muchachos amados de Apolo, a los cuales jugando mató involuntariamente. 
Dentro de los elementos procedentes de orígenes tan diversos, se obsena que contri- 

uyeron a formar su leyenda y su culto favorables a la civilización griega por su 

Tomo I. — 38. 



2Q4 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

influencia sobre la vida y la sociedad humanas de un modo tan amplio y bienhechor 
como la del sol mismo en el universo. Tuvo bajo su dependencia la salud y la medicina, 
la pureza corporal y la espiritual, fué el dios del canto y del verso hexámetro; en sus 
-oráculos daba consejos a los hombres, siendo una especie de mediador entre éstos y 
Zeus; endulzaba la austeridad de la justicia con una ternura compasiva; santificó la 
vida pastoril con su ejemplo y su simpatía que aligeraba el peso de la esclavitud; 
conocedor de todas las vías terrestres y marítimas, guiaba a los viajeros errantes lejos 
de Grecia enseñándoles puertos abrigados y fértiles riberas donde establecerse. 
Era también el dios ante el cual los atenienses fustigaban y quemaban a los hom- 
bres cargados de los pecados de la muchedumbre, y en la época posthomérica su 
ejemplo fué consagrado a los vicios más monstruosos; en sus templos abundan las 
imágenes de los animales antes mencionados, a los que antiguamente había dado su 
protección y culto. Finalmente, Apolo es el dios de la muerte repentina; era a la vez que 
amoroso, vengativo, y por esto lleva la marca nativa de las antiguas creencias que obs- 
curecen y empañan el brillo de su leyenda y de su gloria, según el parecer de Lang (1). 
Respeto del culto de Apolo, aunque hablaremos de él largamente al tratar del san- 
tuario de Delfos, anticiparemos aquí que uno de los elementos principales era la danza 
acompañada del instrumento preferido del dios, que era la cítara o la lira, y más tarde 
la flauta: los jóvenes le tenían particular devoción y le ofrecían los cabellos la primera 
vez que se los cortaban: en los gimnasios y en las palestras se veía su imagen, acom- 
pañada de las de Hércules y Mercurio, como modelo de vigor, de hermosura y de 
juventud eterna (2). La isla de Délos era uno de los lugares especialmente consagra- 
dos al culto de Apolo; en ella se celebraban en honor de esta divinidad las famosas 
fiestas De//as, acudiendo de todas las regiones de Grecia una multitud enorme de 
devotos. La expedición principal salía de Atenas formando una verdadera peregrina- 
ción compuesta de sacerdotes, coristas y cantores; la travesía duraba cuatro días y 
se hacía en galeras de treinta remos. Al llegar celebrábanse las fiestas en el orden 
siguiente: procesión, hecatombe (3), concurso atlético, distribución de premios y ban- 
quete; en la ceremonia religiosa se inmolaban por lo menos cien bueyes. De las exca- 
vaciones recientemente hechas en Délos se deduce la existencia de un grandioso 
templo con grandes posesiones que producían pingües rentas, sumadas al producto 
de los negocios usurarios que hacían los cuatro hieropes o sacerdotes que lo adminis- 
traban y al valor de los exvotos que el fanatismo de los devotos allí dejaba (4). 



La concepción primordial de Artemisa es obscura, según Schreiber, así como el 
significado de su nombre. Los numerosos cultos de las tribus se fundieron en su 



(1) Obra citada, pág. 512. 

(2) Hesíodo, Teogonia, 346, cit. por Daremberg y Saglio, ob. cit. "Apolol" pág. 316. 

(3) Sacrificio de cien bueyes u otras víctimas que se hacía a una divinidad. 

(4) RoussEL Y Hatzfeld, FouUles de Délos etc., en Bulleün de correspondance hellénique, t. 32; 
HOMOLLE Y HoLLEAUx, Exploraüotí archéologique de Délos, publ. por cuenta de la Escuela francesa 
<l€ Atenas (Atenas, 1902); O. Fritsch, Délos, die Insel des Apollan (Gütersloh, 1908). 



> 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 



295 



leyenda, que por otra parte debe ser considerada, en opinión de Roscher, como la 

nás antigua. En toda la poesía griega no existe una diosa más pura, virginal y her- 
: liosa, que brille como la hermana de Apolo; sus santuarios hállanse situados en lo 
profundo de las selvas; es la soberana de las ninfas de los bosques, y su vida está 
mnetida a una regla; es la amiga del purísimo Hipólito, y aunque invisible, está 

lempre presente en aquellos que son puros de corazón; sin embargo, en la Odisea, 
; hasta llegar a Eurípides, las tradiciones y los ritos locales en muchos distritos 
distanciados entre sí, mez- 

lan a su leyenda y su cul- 

) crueldades asquerosas y 

asi prácticas de canibalis- 
mo, y restos del culto sal- 
vaje a las bestias como dio- 
sa de la caza, pues se le sa- 

rifícan víctimas humanas, y 
por ella los osos, ciervos, 
lobos y las palomas, hués- 
pedes selváticos de las mon- 
tañas, son en Acaia arroja- 
dos al fuego, y las jóvenes 
de Ática la adornan con 
danzas imitativas de los mo- 
vimientos del oso. La Filo- 
logía no aclara el origen de 
Artemisa, las leyendas arcá- 
dicas y áticas son unánime- 
mente consideradas como 
las más antiguas, de modo 
que la diosa tiene una estre- 
cha relación con el culto de 
los animales, y los cuentos 
de tales metamorfosis que 

son los elementos característicos de las leyendas y los mitos de las razas más inferiores. 
Es probable, sin embargo, que en época muy lejana la diosa era un oso, y que por 
lo menos el culto a ella reemplazó el del animal, puesto que le sucedió extendiendo 
su protección a esa bestia. Acaso en toda la leyenda y el culto de Artemisa no hay 
ningún elemento más arcaico. La ciencia y la mitología son igualmente obscuras acerca 
de la naturaleza de Artemisa. La diosa adorada en Braurón es innegable que tenía un 
fundamento totémico, y su culto, sucediendo probablemente al de un oso, reclamaba 
sangre humana, y sólo con ésta se podía apaciguar a la Artemisa Ortia de Esparta. 
Los que hacían sacrificios a este ídolo luchaban y se mataban, por lo que sobrevenía 

na peste, y entonces se creyó que la diosa exigía víctimas humanas; en sus altares se 
hacía correr sangre y se sorteaba a las víctimas, por lo que Licurgo logró substituir las 
íiecatombes por flagelaciones, y así, los jóvenes eran apaleados hasta brotar la sangre 




Capilla rustica consagrada a Diana o ÁrUmi 



296 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



ante el altar de la divinidad. Pausanias refiere una costumbre parecida, impuesta por el 
oráculo de Delfos, con flagelación de las mujeres en las fiestas de Dionisos, en Alea, 
localidad de la Arcadia. 



La Artemisa de Taurida y su sacerdotisa Ifigenia eran adoradas con los mismos 
ritos sangrientos, pues se les ofrecían sacrificios humanos. La famosa Diana de Efeso 
tiene probablemente un origen muy diferente de la que en las antes citadas localidades 
fué divinizada por los poetas. Esta Artemisa «imagen caída del cielo*, era una super- 
vivencia oriental, y la diosa considera- 
da en su aspecto olímpico como hija 
de Leto y hermana de Apolo, tiene una 
relación muy lejana con los elementos 
salvajes antes enunciados, y por conse- 
cuencia tiene un rango elevado en la 
epopeya nacional al descender en los 
combates sobre la llanura de Ilion, en 
medio de los dioses y los hombres, en 
lucha entre sí. Como en el culto de la 
mayoría de los seres olímpicos, los ani- 
males y las plantas desempeñaron un 
papel importante en el de Artemisa. 
Esta tenía los nombres de Dafnea y de 
Cedreatis, y en Efeso se le consagra- 
ron el olivo y la encina; el ídolo estaba 
colocado en estos árboles o suspendido 
en sus ramas, y no es improbable, dice 
Lang, que su culto haya reemplazado 
al de los vegetales adorados en sí mis- 
mos, o suponiendo que el espíritu o el genio habitaba en ellos, y es explicación 
plausible esta presencia de elementos groseros en la religión de esta diosa lo propio 
que en la de Apolo, Zeus o Dionisos. Tal fué la tendencia del pensamiento griego, 
separarse de la contemplación del obscuro e impenetrable abismo de la esencia de la 
divinidad y revestirla con los más hermosos atributos. La Artemisa descrita por Eurí- 
pides es una diosa digna, pura, virgen, errante en las soledades donde no alcanza la 
mirada humana, y esta es la idea que, según Hipólito, se forman de ella sus fieles. En 
esta concepción poética de Artemisa hallamos la verdadera religión natural que el 
hombre se esfuerza por alcanzar sufriendo hasta llegar a alcanzar su finalidad, y aunque 
el camino es largo y el viaje penoso, la humanidad sigue una senda desconocida; así 
la religión deja tras sí creencias muertas, parecidas a la envoltura de las crisálidas, y 
las cosas de tiempo remoto son un enigma perturbador para los que siguen su des- 
arrollo y estudian su camino hacia la perfección. 

El culto de Artemis tenía su expresión en las fiestas llamadas artemisias: paseábase 
en procesión y cantando himnos sagrados, la imagen de la diosa, armada de arco y 




Plegaria a Diana 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 297 

aljaba y vestida con una piel de animal salvaje. Los concurrentes iban en traje de fiesta 
y se ponían sus mejores galas; algunos se disfrazaban y se ponían antifaz entregándose 
a actos lúbricos; las jóvenes llevaban, a semejanza de las ninfas de Diana, el arco, la 
aljaba y la piel de ciervo, o vestidas de túnicas ligeras, ejecutaban danzas impúdicas (1). 

VI 

Otra divinidad femenina del Olimpo era Demeter o Ceres, nombre que significa 
madre tierra o tierra maternal. Su culto no tiene estrecha relación con el mito de Gea, 
considerada como engendradora de todos los dioses por su unión con el cielo. En la 
religión popular griega Demeter era considerada principalmente como la divinidad de 
la tierra en la época de la sementera y de la siega, y no hubo divinidad que fuese más 
adorada en las ciudades y aldeas, ni que tuviese más santuarios y capillas rústicas. El 
sitio que se le destinaba era una pequeña casa en la que se guardaban las herramientas, 
y en ella estaba colocada una grosera imagen en un pequeño altar. En sus misterios 
y prácticas secretas se adoraba a esta divinidad bajo el aspecto no olímpico, sino terreno, 
pues era poderosa sobre todo lo que se hallaba enterrado en su seno, incluyendo la 
muerte y los difuntos. Refiere Pausanias, que en la Argolida Driópica se celebraba una 
procesión compuesta de hombres, mujeres, niños y sacerdotes que arrastraban una 
ternera hasta las puertas del templo, y soltadas las ligaduras la impulsaban hacia el 
santuario, siendo inmolada por cuatro ancianos, los cuales empleaban para ello las 
hoces segadoras, luego se abrían las puertas, repitiéndose el sacrificio con una segunda 
y tercera bestia, operándose el milagro de modo que todas las terneras caían en el mis- 
mo lugar que la primera. 

En la Arcadia había también un templo dedicado a Demeter, y sus sacerdotes se 
jactaban de estar en relación con los de Eleusis, practicando los misterios siguiendo 
el rito eleusiano; la divinidad estaba representada con cabeza de animal. Y esta divi- 
nidad de los peneatas y la de Eleusis ejercían el tabú (2) sobre las habas, legumbres que 
representaban un singular papel místico en los rituales griegos y romanos. La Demeter 
negra de los Figalianos de Arcadia presenta otra forma arcaica de la diosa, apesadum- 
brada a causa del rapto de su hija Perséfone por Hades. Las ofrendas que se hacían a 
esta divinidad consistían en frutas, uvas, miel y la lana sin cardar, recibiendo así la diosa 
en homenaje los productos de la tierra y de los rebaños. Herodoto marca las seme- 
janzas que existían entre los misterios de Osiris y las Thesmophorias de Demeter, afir- 
mando que éstas eran egipcias y que habían sido importadas por los pelasgos de 
Egipto. Cuando los griegos vivían dispersos en las aldeas, cada una de éstas tenía sus 
fiestas y misterios, que más tarde ejercieron gran importancia en el desenvolvimiento 
de la civilización helénica. Así se comprende que las ceremonias eleusinas alcanzaran 
en Atenas la categoría de institución nacional y fueran patrimonio de los griegos que 
gozaban los derechos de ciudadanía; pero los misterios locales conservaron probable- 
mente los rasgos de su primitivo carácter, adorando las mujeres a Demeter como 
protectora de la fecundidad humana y universal, y por esto en las ceremonias no se 

(1) Darembero y Saglio, ob. cit., pág. 440. 

(2) Prohibición, bajo pena de muerte, de usar de una persona o cosa. 



298 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



permitía el acceso a los hombres, puesto que en ellas reinaba una licenciosidad alegre, 
análoga a la que Homero atribuye a Ulises y Penélope. 

Es indiscutible la semejanza existente entre el himno homérico y la leyenda de los 
pieles rojas. El rapto de la hermosa Perséfone por el rey de los muertos, mientras 
cogía flores, hizo que estando encadenada en el mundo de los difuntos y no pudiendo 
romper las ligaduras, los dioses encargaron a Mermes que devolviera su hija a Deme- 
ter sólo durante la mitad de cada año, con lo cual ésta quedó consolada, la tierra llevó 

de nuevo los frutos y aquélla enseñó a 
los jefes de Eleusis sus misterios sagra- 
dos y los ritos que convenía celebrar. 
No es posible afirmar que los misterios 
eleusinos son posteriores a Homero 
porque no habla de ellos, lo cual se 
explica porque no tuvo necesidad de 
citarlos. Si estas fiestas fueron naciona- 
les y las más solemnes de Grecia, fué 
debido a que se adoptaron en Atenas, 
y estaban destinadas a imitar y por tan- 
to asegurar el retorno de la primavera 
o de la nueva vegetación. Estas ideas 
pudieron desarrollarlas hasta el infinito 
los sacerdotes, y en la época de Platón 
y Píndaro se creía que ejercían una in- 
fluencia purificadora sobre la vida hu- 
mana y aseguraban un destino feliz al 
alma en la otra vida; de modo que el 
hombre que no toma parte en los ritos 
sagrados no gozará del destino dichoso 
después de su muerte, y permanecerá 
en las tinieblas (1). 

Lang, de acuerdo con Lobeck, opina 
que estas ceremonias no constituyeron 
un sistema sacerdotal de enseñanza mística y esotérica, moral o física, que gracias al 
genio helénico el ritual eleusino fué tan hermoso. De unas ceremonias primitivas, 
groseras, surgieron los misterios que llevaban el consuelo a los afligidos, el alivio a 
los que la pesada carga de la existencia había fatigado. A despecho de las ceremonias 
bárbaras con que se la adulteró y las calumnias con que se pretendió difamar su me- 
moria, el culto de Demeter fué una de las más naturales, bellas y atractivas creencias 
de la Grecia. 

VII 

En Dionisos o Baco, se halla la personificación de los fenómenos de la naturaleza, o 
cuando menos de las fuerzas propias de ésta. Muchos mitólogos consideran a esta 
<1) K. H. E. DE Jo.NG, Das antike Mysterienwesen ^Leipzig, 1909). 




La diosa Ceres 



MirOS, MISTERIOS Y SECTAS DE ORECIA Y ROMA 



299 



divinidad como la forma espiritual de la primavera renovadora del brote de la nueva 
vegetación, del año recién nacido, que se revela sobre todo en la vid y en el zumo del 
racimo. La leyenda popular del nacimiento de Dionisos es interesante: su madre Semele 
deseó ver a Zeus en la plenitud de su gloria, tal como se mostraba en presencia de Hera 
cuando le manifestaba su amor; habiendo, pues, accedido a los deseos de la ninfa, 
acercóse Zeus a ella rodeado de su atmósfera de rayos y truenos; Semele ardió viva, 
pero el fruto que llevaba en su seno fué salvado por Zeus, quien lo encerró en su pro- 
pio muslo. En este episodio ven 
algunos mitólogos un símbolo de 
la unión del cielo con la tierra y 
las primeras tempestades del mes 
de marzo; el muslo de Júpiter sig- 
nifica «la fresca humedad de las 
nubes*. Transcurrido algún tiem- 
po, Dionisos vino al mundo, sa- 
liendo del muslo de Zeus. 

Los sacrificios ofrecidos a Dio- 
nisos tenían un carácter particu- 
lar, puesto que con más frecuen- 
cia que en los otros cultos eléusi- 
cos existía una identidad entre el 
dios y la víctima, y hablando De- 
charme (1) dice a este propósito 
que siendo el toro una de las for- 
mas de este dios, los iniciados 
destrozando el cuerpo del animal 
bebían la sangre en este banquete 
místico. Cuando no se le da el 
nombre de toro, se le llama, sin 
embargo, «divinidad cornuda, dios 
con cuernos de toro, y muchacho 
cornudo». Para este sacrificio se 

escogía un becerro calzado, es decir, que tenía coturnos en las patas. También el 
dios tenía en algunos de los rituales el nombre de chivo. Opinan algunos mitólogos 
que Zeus le transformó en cabrito para que pudiera librarse de los celos de Hera, y se 
le dedicaron muchas estatuas en forma de toro. Era, no sólo un animal-dios, que recor- 
daba los cultos más antiguos a los animales, sino también el dios de los árboles 
o un árbol divino. Las imágenes talladas en madera de higuera expresan que el ídolo 
representaba la comunidad de naturaleza del dios con este árbol. Esta representación es 
más antigua que la de Dionisos antropomórfico descrito por los poetas; un dios joven 
y hermoso, coronado de pámpanos que sale del mar para consolar a Anana, y así era, 
no sólo el espíritu de las orgías báquicas y de la poesía dramática, sino también de la 
juventud, la salud y la alegría, aunque conservando algo enigmático, falaz, que recor- 
daba ideas muy antiguas. 

(1) Myihologie de la Gréce antigüe (París, 1886', pág. 437. 




Dionisos o Bmo 



300 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



El dios de la vid y del zumo de la uva alegra el corazón humano, pero también 
determina metamorfosis debidas al vino, y ora se le representa con fisonomía grave y 
barbudo, ora como joven muy viril, y, finalmente, como un mozo afeminado con la 
gracia de una muchacha; verosímilmente el tipo primero es el más antiguo, y el último 
puede explicarse por las tendencias artísticas de una época de decadencia en que pre- 

valecía el símbolo de una beldad hermafrodita 

o asexuada. Es confusa, sin embargo, la perso- 
nalidad de este dios; en la Iliada se le concede 
poca importancia en la dirección de la política 
del Olimpo, y al llamarle furioso parece que 
se le identifica con el furor orgiástico. El céle- 
bre himno a Dionisos prueba, según Hesíodo, 
que el dios era considerado como el patrono 
de la vid, y refiere que cuando los piratas se 
apoderaron del hermoso joven de ojos azules 
y le encadenaron en el buque, hizo prodigios 
estrepitosos, tomó la forma de león, transformó 
en delfines a sus raptores, mientras el vino 
corría por la cubierta del sombrío buque, tre- 
pando una vid hasta lo más alto de la vela, 
esparciendo una yedra florida sus ramos alre- 
dedor del mástil. El más abundante material de 
la leyenda de Dionisios Zagreus hállase en Las 
Bacantes de Eurípides, que consideran a aquél 
como el patrono del drama, que a su vez pro- 
cedía de los antiguos cantares rústicos y de las 
danzas de su fiesta en Atenas. Mezclados con 
los elogios existe un espíritu de ironía, y la tradición y el mito ofrecen el eco de una 
verdad histórica al afirmar que las orgías del dios fueran admitidas con repugnancia 
en la religión oficial (1). Son supervivencias de la antigua desconfianza contra Dioni- 
sos, los cuentos referentes a Licurgo y a Panthea, perseguidores de las bacantes en 
Tebas, que fueron despedazadas por su propia madre en un acceso de locura divina, 
porque era imposible a Eurípides en una época de escepticismo, siendo el suyo asom- 
broso, hacer el elogio sincero del dios cuando estaba obligado a celebrarlo. Los rasgos 
de asquerosa venganza que la divinidad realizaba en las personas que rechazaban sus 
ritos salvajes y crueles no podían ser aceptados, sino porque habían llegado a ser 
artículos de fe; tan bárbaros y obscenos eran, que se tenían por importados del Oriente 
bárbaro e inventados por Rea, diosa orgiástica extranjera, y el dios que se transforma 
en toro, en león y en serpiente de múltiples cabezas ofrece un contraste con la imagen 

(1) R. Reitzenstein, Grandgedanken u. Wirkungen der hellenist. Mysterienreligionen (Leip- 
zig, 1910;. 




Meuda en el delirio báquico 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 



301 



que el arte griego hizo de Dionisos «un muchacho con rizos dorados, que tiene en sus 
ojos melancólicos la gracia de Afrodita». En Grecia la furia de los placeres groseros 
declinaba, pero antes de extinguirse fué santificada y se perpetuó revistiendo una forma 
religiosa, cubriendo las gentes sus cuerpos desnudos con la piel del gamo o del toro 
dionisíaco y transformándose el dios en un joven de rubios rizos, ojos lánguidos, 
labios sonrientes y afeminado por el arte de Praxíteles, de tal manera, que al contem- 
plarie en las estatuas que se conservan, éstas hacen olvidar sus ritos horrorosos y los 
animales de que su culto procedía. 



VIH 



'^ o ^ '^/ A 1 A 



ros^ I aoa^ 



La diosa de la guerra era Atenea o Palas, acerca de cuyo origen poco se sabe, pero 
lo que ha quedado en claro de sus mitos y ceremonias locales es que son en conjunto 
menos bárbaros que los de muchos de sus compañeros del Olimpo. En La /liada y ím 
Odisea hállanse los datos literarios más 
antiguos de esta diosa. En el primero de 
estos poemas aparece con el aspecto de 
una virgen marcial, hija de Zeus, exclusi- 
vamente; tiene bajo su protección a los 
valerosos, y ella inspira las resoluciones 
sabias; detiene la mano de Aquiles cuan- 
do disputa con Agamenón; es fiel pro- 
tectora y compañera de Ulises, y, aun- 
que es adorada en Troya, continúa fiel a 
la causa de los aqueos. Se refiere que la 
diosa tomó la forma de una ave mari- 
na y de una golondrina, y en el poema 
de Homero no conserva nada de la bar- 
barie hereditaria, pues se la mira como 
una representación ideal de la sabiduría, 
el valor y la energía del hombre y tam- 
bién de la pureza, el brío y la nobleza 

de la mujer. El episodio del nacimiento de Atenea, referido por Hesíodo, conserva los 
rasgos de aquellas leyendas religiosas primitivas que Homero no menciona, y es pro- 
bable que el poeta dio un sentido moral y especulativo al relato bárbaro superviviente 
en la tradición religiosa referente a la muerte de Metis, su madre, convertida en mosca 
antes del parto, devorada por Zeus, temerosa de que Atenea le fuese superior. Se com- 
prende que los mitólogos modernos hayan podido sostener diversas teorías con res- 
pecto a los nombres de Atenea, sus diversos cultos y sus acciones legendarias al decir 
que fué la personificación de la sabiduría, la aurora y el aire, y que era el relámpago 
de las nubes tempestuosas y aun de la luna, además de personificar en ella el aire su- 
premo (la hija de Zeus que habita en el éter), y su nombre de Tritogenia deriva de 




Dispau entre Heptoao j MiaerTí o PaIas iteaea 



Tomo I 



^. 



302 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



un antiguo nombre del agua que, como el fuego, tiene su origen en el éter. Se le consa- 
graron templos a título de divinidad de los vientos, de los caminos, de la hiedra, del 
peñasco, del mercado, de la trompeta, etc., y se le consagró el olivo. 

No es éste el lugar adecuado para discutir las opiniones emitidas por los filólogos 
acerca de la etimología que pueda servir de base a la explicación del nacimiento de 
Atenea surgiendo de la cabeza de Zeus y dando un grito espantoso y temblando el 
cielo y su madre la tierra. Este grito era el estruendo del trueno, la lanza que llevaba 
era el relámpago, el escudo la piel de cabra, y la nube la cabeza de Júpiter. Otra prueba 




Templo de Palas o Minerva, en Roma 



de la relación entre Atenea y la tempestad es el milagro operado haciendo brotar uiu 
llama de la cabeza de Diomedes o Aquiles y de lanzarse al cielo como un meteoro 
además de que en ciertas monedas se le representa teniendo en la mano los rayos dt 
Zeus. Bajo el nombre de Ergane, preside Atenea el trabajo del hombre y de la mujer 
y en las regiones superiores del aire se ocupa probablemente en tejer los vellones d( 
lana. Al representarla como araña, golondrina, ruiseñor, delfín y rana, se significabí 
la metamorfosis de un ser humano operada por un dios iracundo. Tal como se hall; 
Atenea en Homero es a la vez el tipo y la protectora de la excelencia física y moral d 
los humanos. Los animales consagrados a la diosa eran el buho, la serpiente, el galh 
y la corneja. En la leyenda persiste inmaculado el tipo virginal a despecho del amo 
grosero de Efesto, \^ esto prueba que la diosa no fué más tarde representada coi 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 303 

c' seductor como una de aquellas divinidades que personifican los fenómenos natu- 
rales. Lang cree «que cuando existe tanta diversidad de opiniones apoyadas en prue- 
- muy frágiles, lo natural y necesario es suspender el juicio (1)». 
1:1 culto a Atenea tenía su centro y manifestación en las fiestas llamadas Panate- 
neas, las cuales se dividían en mayores y menores, según que se celebraban cada cua- 
tro años o cada año. Los organizadores eran los magistrados ordinarios de la ciudad 
de Atenas. La ceremonia principal era el ofrecimiento del peplo (2) a la diosa: esta 
pieza de indumentaria era tejida exclusivamente por mujeres al mando de la sacerdo- 
tisa de la diosa: la procesión llevando el peplo, salía al despuntar el alba del estable- 
cimiento llamado Ceramicón y atravesaba el agora o mercado: formaba parte de ella, 
además de todo el elemento prestigioso de la ciudad, las canéforas o jóvenes con ees- 
de flores y los pompéis o encargados de guiar los animales para el sacrificio: éste 
se celebraba en el santuario sacrificándose animales (de rebaño mayor y de rebaño 
menor), cuyas carnes se repartían entre el pueblo de Atenas. Seguían luego los juegos 
con grandes concursos hípicos, musicales y gimnásticos. Todo ello duraba por espa- 
cio de diez días. 



IX 



Todas las religiones politeístas tienen una diosa del amor, y en el Olimpo griego 
ocupa Afrodita un lugar principal. Así en La Ilíada, La Odisea, y el Himno homérico 
es la reina del deseo, la belleza, la dulzura y la alegría femenina. Toda la magia de la 
pasión hállase en su cintura, que Hera le pide prestada para reconquistar a su capri- 
choso esposo; ella sola perturba la sociedad de los dioses por sus amores con Ares, 
engañando a Efesto, su esposo, que era el dios del fuego, y se entrega también a mor- 
tales, por ejemplo, Anquises. 

En cuanto a su nacimiento, Homero dice que es hija de Zeus, y Hesíodo, inter- 
pretando una leyenda más antigua y grosera, como de ordinario, afirma que nació de 
la espuma del mar y de los restos que Zeus dejó al matar a su padre Cronos. Los 
antiguos nombres de Afrodita Chipriota y Citerea expresan su preferencia por estas 
localidades insulares y el haber preferido también Pafos e Idalia, ésta colonia fenicia 
de Eryx en Sicilia, indica tradiciones históricas en algún modo procedentes de Orien- 
te. Aun sin influencias extranjeras, es más que probable, cierto, en concepto de Lang, 
que en Grecia hubiese tenido su cuna una diosa del amor a la manera de lo que 
dicen los mitos de Méjico y de Escandinavia; asimismo ciertas partes del culto y algu- 
nos elementos del mito de Afrodita provienen del ritual y de las leyendas de esta reina 
oriental del cielo, adorada desde la antigua Babilonia hasta Chipre y en muchas costas 
e islas de los mares griegos. Esto lo reconocen todos los escritores helénicos, y Pausa- 
nias afirma que el templo que dedicaron a Afrodita en Citerea, era un santuario tenido 
ñor el más sagrado y antiguo de los templos. Herodoto dice lo propio del santuario 

1 ) Obra citada. 
(2) Vestidura exterior amplia suelta y sin mangas y que bajal» de los hombros a la cintura. 



304 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

existente en Askalón, siendo los fenicios emigrantes de Siria los que llevaron a Grecia 
el culto. El parentesco de Afrodita con la divinidad semítica del amor indica sus múl- 
tiples nombres,.tales como diosa de la luna y de la fecundidad de las plantas, de los 
animales y de la mujer. Según Roscher (1), era llamada por los íenicios Astarté, por 
los asirios Istar, por los sirios Ashera, y por los babilonios Militta. 

Precisa señalar las prácticas comunes a los cultos de las diosas de Oriente y 
Occidente, la prostitución sagrada de las sacerdotisas, los sacrificios de animales, en 
particular los que se suponían más amorosos, es decir, palomas, gorriones, chivos, etc., 
y sobre todo las fiestas y los lutos en honor de Adonis, el joven cazador, amado de 
Afrodita, muerto por el jabalí y llorado por su amante, en quien se ve un símbolo 
de la estación juvenil, de la vegetación primaveral destruidas por el calor extremado 
del verano, y que después pasa el resto del año en el mundo subterráneo. Hesíodo le 
llama hijo de Fénix y Alfesibea, mientras que Pausanias le atribuye un origen asirlo 
con igual significación. El nombre de Adonis es una forma derivada de la palabra 
fenicia que significa señor. 



El culto de Afrodita puede afirmarse que fué casi general en una forma u otra, en 
los países mediterráneos. Ocupaba un lugar preeminente en los grandes centros de la 
civilización helénica. En lo que respecta a su naturaleza éticamente considerado, hay 
que tener en cuenta que muchas de las modernas concepciones están basadas en una 
noción radicalmente falsa y en una indiscreta aplicación de los mal entendidos fenó- 
menos orientales a las prácticas helénicas (2). Hasta la decadencia de la civilización 
griega, el culto de Afrodita, según se desprende de los testimonios literarios y monu- 
mentales, no se distinguió en punto a pureza y austeridad, del de Zeus o Atenea, y en 
este sentido era mucho más elevado que el de Artemisa; de manera que en muchos 
casos se imponían preceptos de castidad a sus sacerdotisas, como puede verse en 
Pausanias (3). Sólo en algunos lugares parece que estuvo en vigor un conjunto de prác- 
ticas impuras formando parte del ritual de la adoración de dicha divinidad en las fies- 
tas y solemnidades que se le dedicaban. Entre ellas, probablemente las más célebres 
eran los Wdundiáos misterios afrodisíacos. Para su celebración juntábase gran multitud 
de gentes que llegaba de varios puntos muy apartados (4): el nombre de Agetor que 
llevaba el sumo sacerdote en Pafos, parece indicar que era el guía de una gran proce- 
sión. No se ofrecían sacrificios sangrientos, aunque se inmolaban víctimas para fines 
de adivinación. 

Una de las características de aquellos misterios eran el baño ritual y la danza 
mímica (1); en Chipre había además representaciones escénicas y se exponía una 
imagen de la diosa, la que suponían volver a nueva vida después de celebradas algu- 

( 1 ) Aasführüches Lexíkon der griechischen und rómischen Mythologie (Leipzig, 1897). 

(2) Frazer, Adonis, Attis, Osiris (Londres, 1906), pág. 21 y siguientes. 

(3) 11, 10, edic París, 1882. 

(4) EsTRABÓN, VI, 20 (edic París, 1853). 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 



305 



ñas ceremonias. Los que querían iniciarse en las prácticas obscenas recibían un falo 
y un terrón de sal, dando ellos una moneda para el tesoro del templo. 

Pero en donde se celebraban con mayor pompa era en Corinto, la ciudad de carác- 
ter más oriental en toda la Grecia. Allí se rendía público culto a la prostitución sin 
velo ninguno, tomando parte en las ceremonias las hetairas, hasta el punto, dice un 
escritor (2), de ser peligrosa para los extranjeros la estancia en Corinto, aquellos días. 
í:n Argos, el culto tomaba la forma de fiesta hermafrodita: en ella los hombres se dis- 
frazaban de mujer, y las mujeres de hombre, entregándose a todo género de excesos. 




Mujeres griegas ocupadas en trabajos de casa 

Según iMannhardt (3), los principales rasgos del ritual usado en la fiesta de Adonis 
eran la vegetación nueva representada por un hermoso joven y por las plantas de su 
jardín, en el cual con su desposada gozan de la luna de miel; pero aquélla muere y él 
pasa el invierno en el país de los muertos, se llora en sus funerales y se ríe en su 
resurrección. La unión de los amantes divinos está representada por el concurso de 
jóvenes de ambos sexos unidos por los lazos del amor. El culto de Afrodita procedía 
de las colonias fenicias y estaba unido al de su amante la primavera. El citado autor 
halla diversos rasgos del culto afrodisíaco en el Folklore de los aldeanos alemanes. 

Acerca del papel que representa Afrodita, como inspiradora de las pasiones huma- 



(1) Harrison, Proleg. to the study of Greek religión (Cambridge, 1908) pág. 283-212: Farnfil, 
Culis of the Greek states (Oxford, 1906), pág. 651. 

(2) WooDMOL SE, en Encycl. of Reí. and Ethics, "Aphrodísia" (Edimb. 1908). 

(3) Wald und Feldkulte (Berlín, 1875-77), II, pág. 276. 



306 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

ñas amorosas y diosa que preside la fecundidad general de la naturaleza, puede 
afirmarse que es ésta una característica evidentísima en toda la literatura griega. La 
hipótesis de Max Müller, que ve en Afrodita la aurora, apenas encontró eco. El rasgo 
de origen naturalista que puede hallarse en la leyenda de esta divinidad es semítico, 
y ante todo, lo propio que Mermes, ha de ser considerada Afrodita como la personifi- 
cación de la pasión amorosa y la reina del placer voluptuoso. 



X 



Hermes o Mercurio fué uno de tantos hijos de Zeus; su origen y significación han 
dado origen a una controversia muy empeñada respecto al verdadero carácter de esta 
divinidad, atendidas las antiguas leyendas poéticas, el ritual y la religión; aunque, según 
Herodoto, los ritos procedían de muy remota antigüedad, remontando hasta los pelas- 
gos, que eran considerados como los prehistóricos griegos. De una parte, la represen- 
tación de este dios consistía simplemente en un gran falo: era la divinidad de los pasto- 
res libres y acaso presidía a la fecundidad de sus rebaños. En la estatuaria, su compañero 
favorito era el morueco, y se le tuvo por inventor de la lira en el Himno homéricOf 
lo que puede explicarse por el carácter musical y poético de la antigua vida pastoril 
en Grecia. Las diversas teorías naturalistas hacen de Hermes el viento tempestuoso, el 
crepúsculo y el niño de la aurora, y Homero le atribuye la función de la buena suerte, 
de la prosperidad y del éxito, diciendo que «Hermes da a las obras humanas la suerte 
y la gloria». En los festines se libaba en su honor, porque «él daba la dicha», y en la 
ciudad reinaba en el mercado y en las asambleas públicas y presidía en los certámenes 
musicales. Como dios del éxito feliz* lleva en la mano un hermoso ramo de oro con 
tres hojas que dan la riqueza y la felicidad y preservan de todo mal». Así está relacio- 
nado el dios con los hombres y sirve de heraldo y mensajero de los dioses en algunos 
mitos, como encubridor y cómplice que comprometen su dignidad. 

Las hipótesis que se han hecho no explican que fuera el guía de las almas condu- 
ciéndolas hacia las obscuras puertas de la muerte; sin embargo, los atenienses dedi- 
caban todos los años, en el mes de febrero, un día a Hermes y a los difuntos. En La 
Odisea, Hermes atraviesa el vasto abismo de los mares, mensajero de alas veloces, 
cuyas plumas apenas rozan la cresta de las olas, y así se ha querido explicar que 
esta divinidad representa el rayo o el viento, y es, sin embargo, común que todas las 
numerosas funciones del dios hacen referencia al poder que tiene de conducirio 
todo hacia un buen fin. El parecido que tiene con el crepúsculo concuerda con 
la frase de Safo al decir que «da a todas las cosas un feliz término». Esta teoría 
crepuscular es sumamente ingeniosa, y Pablo de Saint-Victor (1) la desarrolla con 
alguna extensión. Se comprende que es fácil hacer de las funciones de los dioses un 
reflejo de los fenómenos materiales de la naturaleza. Hermes, en su forma poética, es 
uno de los más bellos y humanos dioses olímpicos; sus relaciones con los animales 

(1) Les Deux Masques, pág, 318 (París, 1386-93). 



MITOS. MISrtíRIOS Y SECTAS 



107 



son pocu extensas, y no hallamos, como en Apolo y Uiomsüs, un culto en el que 
sobreviven los restos de la antigua adoración a las bestias. Aunque plásticamente, a 
veces se le representa con barba, en la imaginación de todos persiste lo que dijo 
l'lises al verle: «Mermes es el de la raza de oro, semejante a un muchacho en cuyas 
mejillas apenas asoma el bozo a la hora en que la juventud posee todos los en- 
cantos»; 

Dábase culto a Mermes en templos circulares como, los de Vesta, o en simples ca- 
pillas, emplazadas en los barrios de más tráfico, pues era el dios del comercio: allf 
se le ofrecían libaciones de vino y de leche. Como dios de la asociación, tenía su 
clientela de devotos en los gremios de mercaderes, revendedores, cambistas, a los 
cuales se juntaron más tar- 



de los campesinos, artesa 
nos y pescadores (1). 



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Sacrificio de un cordero y un buey 



En los dioses de Grecia 
representados por las crea- 
ciones ideales del arte y el 
sentimiento religioso más 
elevado, que se revela en las 
obras de los poetas y de los 
filósofos, se observan com- 
binados lo divino y huma- 
no. Es evidente que en la 
religión personalizada en 

Apolo, Atenea, Artemisa y Mermes, existe una adoración de las cualidades morales y 
físicas, superiores y nobles; el nombre del dios supremo es una concepción espiritual 
de la divinidad que no reviste forma ni atributos particulares, teniendo fuerzas y ten- 
dencias espirituales que gobiernan el mundo, y en Momero predominan los rasgos 
antropomórficos, mientras que en Herodoto hay un prudente respeto para los ritos y 
las creencias populares. 

Es muy difícil, acaso imposible, esclarecer la embrollada madeja que el refinamiento 
griego produjo mezclando las leyendas mitológicas, los ritos sacerdotales, los cultos 
localizados y las aspiraciones religiosas del prodigioso pueblo helénico. El sentimiento 
de la divinidad deserta de la brillante asamblea olímpica y se refugia en la paternidad 
de lo divino, a la que tienden la mayoría de los hombres, tal vez porque se sienten 
débiles y el drama de la existencia les amedrenta. Acierta el insigne tratadista A. Lang, 
al afirmar que «examinando los mitos griegos es preciso recordar siempre que están 
mucho menos estrechamente ligados a la religión concebida en su verdadera forma, 
o sea aquella aspiración hacia lo divino jamás alejada de nosotros, dirigida a un dios 
con quien vivimos y somos y nos movemos, qtie a lá religio, o sea un tejido de viejos 
y bárbaros terrores, de aprensiones e ideas falsas. Esta religión mitológica sobrevivió 

(1) Plauto V Horacio, aducidos por Dartmberg y Saglio, ob. cit. "Mcrcurc", pág. 1818. 



308 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



gracias a la antigua superstición que hace temible cambiar de fortuna y obliga a con- 
servar los actos rituales que han perdido su significación durante su curso a través de 
la obscuridad de los tiempos. Así los sacerdotes de los demás pueblos y de las aldeas 
conservaron los usos de las antiguas tribus y los clans, usos sin concordancia con el 
estado mental de los habitantes de las urbes espléndidas, y con el sentimiento nacional 
del helenismo (1)». Importa buscar una explicación al elemento zoomórfico de los 
mitos griegos y tener en cuenta los ritos de las leyendas tomadas de los pueblos veci- 
nos, porque los griegos pertenecían a una raza muy asimiladora. 

Lo que más al vivo pinta el carácter religioso de los pueblos griego y romano es 
la parte que arriba calificamos de heterodoxa, o sea los misterios de las respectivas 
divinidades (2). Acerca de los cuales, dice el célebre escritor 
C. Loring Brace (3): «Notables asociaciones existieron entre 
los pueblos clásicos; estas asociaciones eran secretas y a ellas 




Suplicantes dirigiéndose a la diosa Juno, precedidos de magistrados 



eran admitidos los candidatos después de haber pasado por ciertos ritos de purifica- 
ción. Suponíase que los efectos de la iniciación eran de un alto sentido moral, y a los 
individuos de los grados superiores de tales asociaciones se les confiaban verdades 
del más sublime carácter... La idea, pues, de los misterios parece haber sido la de unir 
a hombres y mujeres para la secreta adoración de la divinidad y para la audición de 
grandes verdades simbólicamente enseñadas, procedentes del Egipto. El griego y el 
romano, con todo y su ingénito escepticismo, eran introducidos en grandes salas ilu- 
minadas a media luz y allí veían ya a los dioses del Hades castigando a los malvados^ 
ya las divinidades del Olimpo paseando por los campos Elíseos y haciendo felices a 
los buenos. Después, rodeados del interés de las escenas dramáticas, dejaban oir los 
sacerdotes sus misteriosas voces a modo de oráculos, exponiendo verdades de tanta 
trascendencia como la inmortalidad del alma, el juicio venidero y la posible unión del 
espíritu humano con su divino origen... Estas sociedades secretas religiosas fueron la 
antígua Iglesia de los pueblos paganos, y parece que existió entre ellos un bautismo o 

(1) Mythes, Cuites el Religions, cap. XVIII, pág. 472 (París, 1896). 

(2) Stenqel, Griechische Kuliusalterthümer (Munich, 1890). 

(3) The unknown God, or inspiration among pre-christian races (N. York, 1890), página 78 y 
siguientes. 



MI ros, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 



309 



purificación como condición para ser admitidos en ella los candidatos. Hasta los satí- 
ricos hicieron alusión a su influencia para el bienestar social del hombre; Arístóíanes 
(Ran. pág. 451), dice que dos cosas hay que garantizan al ciudadado la buena acogida 
en el otro mundo: la iniciación en los misterios y el respeto a los extranjeros. 



XI 



Los misterios más importantes eran los Dionisiacos (1) o misterios de Baco (Dio- 
nisos). Estas fiestas populares se celebraban en dondequiera que el dios Baco era 
honrado. Sabido es que el culto de esta divinidad, originaria de Tracia, fué transportada 
por las tribus meridionales 
de aquel país a las regiones 
del Parnaso y del Helicón. 
De allí difundióse primero 
entre las razas cólicas y jó- 
nicas, después entre los 
Aqueos y Dóricos, hasta que 
un misterioso trabajo de aso- 
ciación, de una parte entre 
Júpiter y Apolo y de otra 
entre Ceres y Cora, pudo 
introducir a Baco en el 
mismo Delfos, el gran san- 
tuario dórico, y más tarde 
en Ática hacia los comienzos 
del período de mayor es- 
plendor de Atenas. Últimamente, a consecuencia de progresos más o menos antiguos 
y de muy diversa índole, estuvieron en boga los misterios dionisiacos en el Pelopo- 
neso, en las islas del Mar Egeo, en Sicilia y en el Sur de Italia, desde donde se exten- 
dieron a Etruria y Roma (2). 

Entre los múltiples aspectos de Dionisos, dos son los principales que determinan 
el carácter de las fiestas de que tratamos: Baco es el dios de los misterios y el dios del 
campo. La trietéridas tebanas son las que, dentro de las tradiciones religiosas y lite- 
rarias de la antigüedad, representan principalmente el culto orgiástico de Dionisos. 
Celebrábanse en las sinuosidades del monte Citerón, sobre todo durante la noche, al a 
luz de las antorchas, y sólo las mujeres tomaban en ellas parte; coronadas de hiedra, con 
la cabellera suelta, agitando tirsos y al sonido de atabales, entregábanse a lúbricas 
danzas y a una furiosa agitación en toda la montaña invocando al dios a grandes 
voces. De noche también tenían lugar los actos más santos y secretos de estas fiestas 




Ceremonia báquica 



(1) GiLBERT, Die Festzeii der attischen Dionysien (u<ni. 1^72); fc. Kiiode, Psyche ( Tubinga, 1907), 
t. II, «Dionysische Religión*. 

(2) WiESEiER, Ueber den Stierdionysios (en Nachrichten der Qóttínger Oesetlschaft der Wissen- 
schaften, 18Q1). 



310 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

entusiastas y se celebraban hacia el solsticio de invierno en las noches más largas y 
frías del año; hacíanse sacrificios con ritos particulares, sirviéndose los celebrantes 
de diversos objetos místicos. Dionisos era tenido por el dios de la naturaleza, de la 
vegetación durante su anual período de muerte, o sea el invierno. Representábase la 
muerte del niño Baco: arrancaban los sacerdotes, a mordiscos, las carnes a un toro 
vivo; interrumpíase con desaforados gritos la soledad y silencio de la selva; llevábase 
en procesión la císta (1) en donde Palas había escondido el corazón de su hermano 
despedazado por los titanes; imitábase con el sonido de las flautas y el repique de los 
címbalos, el de ios juguetes que sirvieran para engañar al joven dios. 

En la Grecia propiamente dicha, las fiestas dionisíacas más célebres eran las de 
Delfos. La tropa de Tíadas, compuesta de mujeres de Atenas y de Delfos, recorría con 
antorchas toda la región vecina del Parnaso, próxima a la gruta Coriciana, en las heladas 
noches de invierno por entre las nieves y los temporales. Llamaban a grandes voces al 
niño Baco, llevado en el místico harnero, excitándole a que despertase, esto es, pedían 
el despertar de la naturaleza. En la misma Delfos, el colegio de los puros ofrecía un 
sacrificio en el sepulcro de Baco, que se hallaba en el templo de Apolo; entonces, sin 
duda, oíase resonar el ditirambo, el canto de Dionisos. Las trietéridas celebrábanse 
en muchas ciudades de Grecia, como lo indican los varios nombres con los cuales se 
honraba a Baco; en Elida celebrábase la fiesta llamada Thyia, en la cual las mujeres 
llamaban al dios-toro que precipita su furiosa marcha; en Elea (Arcadia) celebrábase 
la Skieria, uno de cuyos ritos era la flagelación de las mujeres. Los argienses llamaban 
al dios Baco al son de las trompetas, invitándole a salir de los pantanos de Lerna, de 
sus aguas insondables, echando antes en ellas un carnero negro para conquistar la 
voluntad del Pylaochos, portero del infierno. 



La parte más característica de esas fiestas, rurales o urbanas, que se celebraban en 
casi toda la Grecia, consistía en las faloforias, o sea procesiones en las que se llevaba 
el /a/o (2), símbolo de la fuerza reproductora. En el campo, el alegre cortejo, formado 
por los gennetai y en el que tomaba parte toda la familia, hombres y mujeres, dueños 
y esclavos, avanzaba hacia el altar o templo de Dionisos. Hermosas muchachas, lla- 
madas canéforas, llevaban encima de la cabeza los útiles del sacrificio y las golosinas 
para las ofrendas; llevábanse también vasos de vino, cestos de higos y manzanas, y la 
víctima que se iba a inmolar era un macho cabrío. Amenizábase el acto con los cantos 
fálicos en honor de Pales, el alegre y licencioso compañero de Dionisos, personifica- 
ción del /o/o. Al sacrificio seguía el banquete, en el cual el cortejo se entregaba a 

(1) Sinónimo de arca o caja, destinada a guardar juguetes, joyas y objetos preciosos (Dictionnaire 
des antiquités, por Daremberg y Saglio, París, 1887). 

(2) Fa/o: representación obscena del miembro viríl. «La representación obscena del falo, dice Roque 
Baraa (Diccionario general y etimológico de la lengua castellana), se llevaba en ciertas fiestas de los 
gentiles corno símbolo de !a fecundidad de la naturaleza. Desde este punto de vista, dicha representación 
actK considerare como una especie de emblema religioso. Así acontece que, en la mudanza de los tiem- 
pos, para unos hombres era un rito lo que para otros es un escándalo y una abominación.» 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 



311 



todos los excesos de la bebida, saliendo de allí agresivo como el que más, y esto era 
propiamente el cornos. Según Aristóteles (1), los primeros esbozos de la comedia 
L^^riciía debiéronse al desarrollo de los cantos tálicos y del cornos, empezando en Me- 
lara hacia la olimpíada 45.". 

De todas las fiestas dionisíacas las más importantes fueron las que se celebraban 
en Atenas (2): su desarrollo coincide con el de la pujanza de aquella ciudad, y fueron 
el más brillante testimonio de su prosperidad y grandeza política. Celebrábanse cada 
año a la entrada de la primavera y duraban muchos días. Llenábase entonces la ciudad 




Arúspices examinando las entrañas de la nctima 



de extranjeros, que acudían a ella en tropel a llevar los tributos de las islas sometidas 
a los atenienses y para asistir a las nuevas piezas teatrales que con ocasión de las fíes- 
tas de Baco se representaban; su objeto era también asistir a los varios juegos y espec- 
táculos públicos que se celebraban, y sobre todo a la famosa procesión que represen- 
taba el triunfo de Baco. Veíase en ella el cortejo que, según la tradición, había tenido 
el dios al volver de su conquista de la India, formado de sátiros, del dios Pan, de 
hombres que arrastraban machos cabríos para inmolarlos, de falóforos cargados con 
un falo de colosales proporciones y de figuras obscenas colgando de largas perchas; 
seguían otros, caballeros sobre jumentos, a imitación de Sileno, otros disfrazados de 
mujeres cantando himnos licenciosos; una mezcla, en fin, de personas de ambos sexos, 
cubiertas la mayor parte de pieles de ciervo y tapada la cara con antifaz, coronados 

(1) Poet. 1 11 (edic. París, 1878). 

(2) Strube, Síudien über den Bilderkreis von Eleusis (Leipzig, 1830). 



312 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

de hiedra, ebrios o fingiendo estarlo, en confusa gritería acompañada de músicos ins- 
trumentos; unos se agitaban como insensatos abandonándose a todas las convulsiones 
del furor, otros ejecutaban danzas regulares y militares con vasos en vez de escudos y 
adargas y lanzando, en vez de flechas, tirsos, con los cuales herían a veces a los espec- 
tadores. En medio de aquella cuadrilla de furiosos actores avanzaban en buen orden 
los varios coros organizados por las tribus; eran una serie de muchachas, de las más 
distinguidas familias de la población, que iban con los ojos bajos, ricamente vestidas 
y llevando en la cabeza ricas cestas que, además de las primicias de los frutos de la 
tierra, contenían golosinas de varias formas, granos de sal, hojas de hiedra y otros 
misteriosos símbolos, como falos de pasta de harina y de alfarería. Las azoteas de las 
casas estaban llenas de espectadores, especialmente mujeres, muchas de ellas con lám- 
paras y hachas de viento para alumbrar la procesión, cuyo desfile se prolongaba las 
más de las veces hasta muy entrada la noche, y se detenía en todos los atrios de 
las casas para hacer libaciones y sacrificar a Baco. Durante esas fiestas el menor acto 
de violencia contra un ciudadano era considerado como un crimen y estaba prohi- 
bido a los acreedores reclamar deuda ninguna. La embriaguez, empero, no sólo 
era permitida, sino que se fomentaba durante las fiestas dionisíacas ; la ciudad toda se 
entregaba a ella, y en los barrios en que no pasaba la procesión, veíanse cuadrillas 
de faunos, sátiros y bacantes, coronados de hiedra, hinojo y álamo, danzando y sal- 
tando, aullando en calles y plazas, invocando a Baco con voces desacompasadas y 
rasgando con los dientes y las uñas las entrañas crudas de las víctimas, apretando 
serpientes con las manos, enroscándoselas entre los cabellos y ciñéndoselas al cuerpo, 
espantando y divirtiendo a la muchedumbre con toda clase de excesos. 



XII 

De menor importancia social, aunque mayor desde el punto de vista religioso, 
fueron los llamados Misterios de Eleusis, que se celebraban en la población de su 
nombre, en la provincia de Ática (1). Empezaban el 15 de septiembre y duraban de 
doce a catorce días. Los primeros días eran destinados a las iniciaciones; el 20, verifi- 
cábase la panegírica (procesión general), solemnidad magnífica y verdaderamente reli- 
giosa que hería vivamente la imaginación del pueblo. Esta procesión, tan nutrida como 
ruidosa, iba de Atenas a Eleusis; el día antes fijábase la ruta que había de seguir. El 
cortejo llegaba a la ciudad santa por la noche, a la luz de las antorchas, después de 
haber atravesado el Rhiti, en donde los iniciados se purificaban. Durante el trayecto 
ofrecíanse sacrificios, se ejecutaban danzas típicas y religiosas y otros ritos, y durante 
el curso de la procesión no cesaban los cánticos y salmodias. Cada uno de los varios 
días afectados por esas ceremonias llevaba un nombre especial: el primero se llamaba 
día de junta; el segundo, día de baño, porque en él los futuros iniciados habían de 
purificarse tomando baños de mar. El tercero, era del ayuno; preparábase en él el 
lecho nupcial de la virgen divina, y al llegar la noche rompíase el ayuno comiendo 

(1) Nebe, De mysieriorum Eleusiniorum tempore et administratione publica { Halle, 188b); E. Rho 
DE, Psyc/ie(Tubinga. 1907), 1. 1, »Die Mysterien von Eleusis*. 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE ORECIA Y ROMA 



513 



golosinas, mijo, cebada, adormideras, y bebiendo el ciceón, licor consagrado a Ceres. 
Et día cuarto tenía lugar la procesión, en la cual se llevaba el calathus o cesta sagrada 
cantando la fórmula «¡Salve, Ceres!». Fl quinto día se llamaba de las hachas, porque 
en él se celebraba una procesión con antorchas. El sexto era el señalado para la salida 
de la magna procesión para Eleusis: era el más solemne y se le llamaba lacchus, por- 
que el dios de este nombre, hijo de Ceres, era llevado en triunfo coronado de mirto, 
según el rito, y a cada instante se le aclamaba con la célebre invocación: ¡¡acol ¡íacof 
El día séptimo empezaba la 
vuelta, señalada por varias 
y singulares ceremonias, es- 
pecialmente la de la higuera 
sagrada, los gefirismos y la 
burla del puente (1). Con- 
sistía la última en que al lle- 
gar los iniciados al puente 
de Cefíso, los habitantes de 
los alrededores acudían a 
presenciar el paso de la pro- 
cesión y se desataban en sar- 
casmos y bromas licenciosas 
contra aquéllos, los cuales 
a su vez respondían con no 
menor libertad, y de las pa- 
labras pasábase a las obras, 
dando origen a acciones 
grotescas y bufonas masca- 
radas. El octavo día era el 
de los epidaurios, en me- 
moria de Esculapio, el cual, 
según la tradición, había lle- 
gado en aquella fecha de 
Epidauro a Atenas y sido 
iniciado por la noche, cos- 
tumbre que se perpetuó para todos los que se hallaban en caso semejante. El último 
día era el plemochoe, nombre significativo de los dos vasos que se llenaban de vino 
colocándolos uno al Oriente y otro al Occidente, después de lo cual se hacía pedazos 
pronunciando palabras mágicas. Esta era la parte exterior de las fiestas o misterios 
de Eleusis. Falta ahora conocer su parte íntima, que es la más importante. 

Según A. Maury (2), los atenienses distinguían dos clases de misterios en honor 
de las grandes diosas Ceres y Proserpina, los cuales correspondían a dos grandes 
épocas agrícolas que estas fiestas solemnizaban y que tenían, a su vez, relación con 

(1) Lenormant, Monographie de la Voie Sacrée éleusinienne, de ses monuments et de ses souve- 
n/r<f (París, 1864», c. IV, págs. 230 a 234 y siguientes. 

(2) Histoire des religions de la Gréce antigüe (París, 1857-1859, 3 vol. en 8." . 



BéSíSÍÍIíI 



Interior del Partenon 



314 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

los dos actos principales de la historia mítica de aquellas diosas. Había, pues, los 
grandes y los pequeños misterios. 

Los Grandes Misterios, que eran los más antiguos, estaban acompañados de toda 
la pompa que hemos descrito antes. Componíanse de una parte exterior, o sea pro- 
cesiones y ceremonias públicas, y otra parte más íntima, o sea las ceremonias que 
tenían lugar en lo interior del templo de Ceres y Proserpina, en donde las dos augus- 
tas diosas recibían culto diario durante todo el año (1). El templo en cuestión estaba 
situado cerca de la ciudad, en una colina debajo de la fuente de Callichoros. Cerca de 
esta fuente, según rezaba la tradición, era donde las mujeres de Eleusis habían formado 
el primer coro en honor de la diosa Ceres. Allí, pues, se celebraban las iniciaciones. 



Los ritos de iniciación constaban de escenas mímicas y simbólicas, reprefsentadas 
por los sacerdotes con gran aparato e indumentaria característicos. Los iniciados 
llevaban también un vestido especial, consistente en largas túnicas de lino; sometía- 
seles a varias observaciones dietéticas, ya antes de la celebración de los misterios, ya 
durante los mismos; pero debían abstenerse de comer carne de aves domésticas y 
pescado, habas, granadas y manzanas. Estas abstinencias no se basaban en la idea de 
mortificación corporal, sino que correspondían a ciertas ideas místicas inherentes a 
los alimentos, cuyo uso se prohibía. Estaba además prohibido a los iniciados tocar 
ciertps animales, considerados impuros, por ejemplo, las comadrejas. Los sacerdotes 
tenían observancias mucho menos rigurosas que los iniciados. Una de las prescrip- 
ciones impuestas al hierofante, o sacerdote, era la continencia; puesto en funciones, 
había de abstenerse de todo comercio corporal con su esposa, y para facilitar esta 
continencia, bebía zumo de cicuta. 

A los misterios de Eleusis no se admitía a todo el mundo indistintamente; ya desde 
el primer día el hierofante y el daduco (dos clases de sacerdotes) declaraban excluidos 
a los extranjeros, a los asesinos y, en general, a cuantos hubiesen incurrido en penas 
correccionales, o sobre los que pesasen graves acusaciones de impiedad o magia; por 
esto se explica que en los últimos tiempos se excluyese taxativamente a los epicúreos 
y a los cristianos. Según parece, el derecho a hacerse iniciar era en un principio exclu- 
sivamente helénico, y así se explica que se excluyesen de la iniciación a los extranjeros 
y los hijos ilegítimos, a quienes su nacimiento privaba del derecho de ciudadanía. 

Entremos ya en los demás misterios propiamente dichos, los cuales empezaban el 
día 20, y veamos lo que dice M. Maury (2): «Los ritos misteriosos se celebraban en las 
vigilias sagradas. Representábase primero un drama místico y seguían después las 
pruebas para los iniciados. Hacíaseles describir penosos círculos en las tinieblas 
exponiéndoles a terrores y ansiedades de todo género y ofreciéndoles a sus espanta- 
dos ojos gran número de objetos horripilantes y a sus oídos voces descompasadas, 
misteriosas y desconocidas. Pero de repente a las tinieblas sucedía una gran clari- 

li! ^^*!»T,/«'»^''c'^es sur ¡'origine et la nature des mystéres d' Eleusis (París, 1895). 
(2) Obra atada. 




UJ 



niOMIA VIJVMOOdIJ. 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE ORECIA V woma 



315 



dad y entonces los iniciaaus eran recibidos en un lu;;ar üc delicias, en donde 
recreaban sus oídos voces melodiosas y sagradas armonías, y sus ojos se extasiaban 
contemplando coros de danzas y maravillosas apariciones. Abríanse los propíleos 
del templo, hacíanse caer los velos, y la imagen de la divinidad aparecía a la vista de 
los iniciados radiante de luz y esplendor divinos. Esto era lo que se llamaba phota- 
gogia (introducción a la luz). Antes y después de estas iniciaciones, los coros cantaban 
cánticos sagrados y a su compás iban las danzas místicas. Entre los primeros ocupaban 
el primer lugar el de la ins- 
titución de la agricultura y 
el de los amores de Júpiter. 



«Zeus y Cora, dice Cle- 
mente de Alejandría, son 
los protagonistas de un dra- 
ma místico; Eleusis, a la luz 
de las antorchas, esclarece 
el rapto de Cora, los viajes 
del errante Zeus y su duelo 
final. > Sábese también que 
las vicisitudes del destino 
de Proserpina responden a 
los fenómenos de la renova- 
ción anual de las mieses. 
Además, sea cual fuere el 
punto de vista desde el cual 
se miren las versiones que 
la antigüedad nos legó res- 
pecto a las fábulas de Eleu- 
sis, siempre resulta que entre la producción de los cereales y las doctrinas místicas de 
Eleusis existe una íntima relación. 

Veamos ahora cómo explica Lenormant(l) la segunda parte del espectáculo, o sea 
la representación del doble incesto de Demeter y Proserpina. Demeter, que no tenía 
sino una hija, ofrece el primer ejemplo de un incesto divino. Un hijo, cuyo padre es 
desconocido, atenta contra el pudor de su madre. Demeter se enfurece por tamaño 
atentado, pero no por eso deja de ser fecundada por el principio generador, y Proser- 
pina es el fruto que ella ha concebido. Proserpina entretanto nace y crece, y su padre, 
el lascivo Júpiter, seducido por la belleza de la niña, transfórmala en serpiente y le 
hace violencia. De este segundo incesto nace un niño con cuernos de toro en la cabeza; 
pero este niño, al que Clemente de Alejandría da el nombre de Dionisos, es sorpren- 
dido, casi al nacer, por los titanes, quienes le despedazan. Júpiter, para vengar su 
muerte, mata con rayos a los titanes y ordena a su hijo Apolo que dé sepultura a 

1) La grande Gréce (París, 1881) t. I, c. VII. 




Un tauroboio (sacrificio a Ceres^ 



316 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

Dionisos. Pero el misterio de la iniciación eleusíaca no terminaba con la sepultura del 
niño. En una última escena intervenían Venus y las Gracias: tenía lugar un verdadero 
concubinato entre el hierofante y la sacerdotisa de Ceres, y el viejo Mercurio itifálico 
de los Pelasgos, parecía presidir esta unión. La mención que de la cámara nupcial se 
hace en la cuarta frase, parece indicar la circunstancia principal, la cual no parece que 
podía tener lugar sino poniendo en medio de la escena, aunque a obscuras, un tálamo 
o lecho nupcial, en el que operaban el hierofante y la sacerdotisa. En aquel mismo 
instante aparecía Venus, y figurando como que toda la naturaleza concurriese al gran 
acto de la suprema generación, hacíase silencio de repente, el coro quedaba inmóvil, 
desvanecíanse las sagradas apariciones como por ensalmo, y en su lugar veía elevarse 
un símbolo, una espiga en sazón, el más grande, el más maravilloso, el más perfecto 
de los emblemas— dice Orígenes— que se pudo jamás mostrar a los iniciados, como 
que representaba la fecundidad de la madre Naturaleza. 



Xlll 



Acerca de los Pequeños Misterios, poco se puede decir (1). Sábese solamente que 
se hacía una purificación o lustración en las orillas del Iliso; celebrábanse, sin duda, 
también ritos expiratorios, abstenciones y varios preludios, que ignoramos, para la 
iniciación propiamente dicha. En cuanto a la fiesta, puede conjeturarse con Preller (2) 
que era de género orgiástico y mímico, como todas las fiestas misteriosas en general, 
que se celebraba, en parte, de noche y que, en parte también, se relacionaba con el 
culto de los muertos. El mito que recuerdan los misterios de Eleusis, tanto en las 
fiestas del otoño, como en las de primavera, tiene un carácter elevado y universal, pues 
simbolizaban el incesante cambio que se opera en la naturaleza, de la vida a la muerte 
y de ésta a la vida, la resurrección material de las substancias que componen el mundo 
físico. 

Los Misterios Orficos consistían, como las otras instituciones análogas de la anti- 
gua Grecia, en ceremonias secretas y en la enseñanza y profesión de una escuela 
especial o cuerpo de doctrina; según la tradición, instituyólos Orfeo (3) a su regreso 
de Egipto, como fruto de sus relaciones con los hierofantes de Heliópolis. Su ense- 
ñanza, que estaba exclusivamente reservada a los iniciados, se apoyaba en los princi- 
pios de la cosmogonía y teogonia órficas. Los que los profesaban, o sea los teólogos 
de aquella escuela, tenían por objetivo en sus actos la naturaleza del alma y su destino 
después de esta vida. El culto a que se dedicaban era el de Dionisos, pero no el vulgar 

(1) Ol'ioniaut, Religions de l'antiquiié considérées principalement dans leurs formes symboli- 
ques ei myihologiques (París, 1825). 

(2) Griechische Myíhologie (Berlín, 1894) t. I, pág. 847 y siguientes. 

(3) Personaje de la mitología griega, a,quien Apolo dio una lira y las musas le enseñaron a tocarlaj 
con el encamo de su música atraía hacia sí y embelesaba no sólo a las bestias feroces, sino también a los 
árboles y objetos inanimados de la naturaleza. Del poder fascinador de su lira se contaban cosas estupen- 
das; en la expedición de los Argonautas, debióse a los dulces tonos de su música el que la nave Argos no 
fuese sepultada por las movientes rocas de la Simplegades, las cuales al oiría se quedaron quietas; en su 
descenso a los infiernos, a libertar a su espDsa Euridice, sus melodías adormecieron al cancerbero y a los 
soberanos del Hades. 



MITOS, MISTERIOS Y SP.CTAS PP ORPCIA Y ROMA 317 

ICO, dios ücl vino, sinu el Diunyaos Zü¿;uíí.^, v.t/...aor de almas, el lu.h p.u 
1 poder del rey del Averno, presidía a la purificación de los espíritus y ase^ > > i 
s mismos la inmortalidad. Los sacerdotes órficos, en vez de entregarse a un cntu- 
isnio desordenado, a una furiosa embriaguez como las bacantes, hacían por el con- 
trio, una vida austera, y después de haber probado en una cena mística la carne 
iida del toro de Dionisos, se abstenían de todo otro manjar suculento. Como símbolo 
la pureza moral a que aspiraban, vestían ropas blancas de lino, a manera de los 
..icrofantes orientales; sin embargo, este ascetismo no excluía la obscenidad de los 
misterios. El naturalismo sobre que se apoyaba la teología órfica, había llevado a los 
le la profesaban a introducir en la leyenda de los misterios una porción de fábulas 
que desnaturalizaban su verdadero y genuino concepto y borraban su carácter moral. 
Llevóse hasta el extremo la manía de sacrificar la moralidad de la narración al deseo 
representar fielmente un fenómeno natural. Diógenes Laercio censuraba a Orfeo, 
o sea a los órficos, el que hubiesen atribuido a los dioses toda clase de pasiones huma- 
nas, aun las más vergonzosas. Las falogogias que se mezclaron en los últimos tiempos 
con los misterios de la Ática, parece fuera de duda que fueron introducidas por los 

í^onmndida ya con la doctrina de los misterios, la teología orjica comunicóse a ma- 
nera de iniciación; muchos de los poemas (1) empiezan con una súplica en demanda 
de que se cierren las puertas a los profanos. A los iniciados se les obligaba a prestar 
juramento de secreto. El hombre había de llegar por grados al conocimiento de la 
verdad y avanzar progresivamente hasta la plenitud de la ciencia de las cosas superio- 
res invisibles. El sistema de enseñanza de las escuelas órficas exigía esta gradación 
•n tanto mayor motivo, cuanto que la teología se presentaba bajo una forma enigmá- 
tica y en un lenguaje figurado y metafísico, cuyo sentido no hubieran podido com- 
prender los iniciados al primer momento (2). 



Cibeles, diosa de la Tierra en el mito grecorromano, llamada también Bona Dea 
(la buena diosa) y Madre de los Dioses, era hija de Saturno y madre de Júpiter, de 
Neptuno, Plutón y la mayor parte de los dioses de primer orden. Cuéntase de ella 
que habiendo sido desdeñada por un joven pastor frigio de quien estaba perdida- 
mente enamorada, en venganza inspiró al mancebo una locura tan desenfrenada que 
llegó a mutilarse a sí mismo. Cibeles no fué conocida ni honrada en Roma hasta 
^ tiempos de Aníbal; sus sacerdotes eran los cúreles y los gallos, los cuales se mu- 
tilaban en su honor. Sus misterios se celebraban de la manera más ruidosa y or- 
giástica. Los sacerdotes, mientras cantaban alabanzas a la diosa, se entregaban a dan- 
zas frenéticas al son de címbalos,- flautas y tambores, y en sus accesos de furor ficticio 

(1) En lo antigüela poesía, o, por mejor decir, la forma poética, era la expresión de las creencias 
telis^osas, y las teogonias orientales son verdaderos poemas. El arte y la religión se compenetraban tan 
intimamente, que sacerdote y poeta eran una misma cosa, y el pueblo bebía en las fuentes de la poesía la 
nspiración religiosa, sus mitos y sus leyendas. 
<2) E. RonDE, Psyche (Tubinga, 1907), t. II. • Die Orphikcr». 
Tomo 1,-41. 



318 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

llegaban hasta el extremo de mutilarse. Parece también que realizaban actos de asce- 
tismo fanático, pues se abstenían de ciertos alimentos y flagelaban sus carnes con 
unos azotes de cuerdas, armados de huesecillos puntiagudos; estaban organizados en 
colegios y, como los derviches, recorrían las aldeas vecinas mendigando y rezando 
preces y fórmulas purificatorias a cambio de unas pocas monedas y distribuyendo 
filtros amorosos entre el pueblo crédulo e ignorante. Semejantes a éstos eran los 
agirtoSf sacerdotes mendigos charlatanes y adivinos de pacotilla que de Grecia pasa- 
ron a Roma con el culto de Cibeles, de Isis y de las divinidades del Oriente; allí se les 
llamó también metragirtos (1). Daban orden que se celebrasen sacrificios, pronuncia- 
ban palabras mágicas, prohibían o aconsejaban ciertos manjares y ciertas maneras de 
vestir, y pretendían con sus prácticas secretas hacer bajar la luna a la tierra, obscure- 
cer el sol, atraer la tempestad o serenar el cielo y hacer fértil o árida la tierra. En 
Roma las autoridades, que ya se habían desengañado de sus artimañas, los vigilaban 
rigurosamente y no les permitían hacer sus cuestaciones más que en ciertos días, y 
ningún romano osaba contribuir ni tomar parte en sus procesiones. En ellas paseaban 
unos ídolos, los que hacían llevar por animales salvajes domesticados. Los metragirtos 
danzaban al son de flautas, tambores y címbalos, y distribuían presagios en forma de 
sentencias escritas en tablillas que hacían sacar de una urna al que deseaba saber su 
porvenir. No perdonaban medio alguno a trueque de llamar la atención del público 
y explotar la ignorancia y la superstición. 



El culto de Cibeles tendía a representar de una manera simbólica la leyenda mítica 
de la diosa, leyenda que no era otra cosa que la expresión de los principales fenóme- 
nos naturales que van unidos a la influencia del sol sobre la tierra, a la producción 
de los seres y a la sucesión de las estaciones del año. «Junto con el nombre de Cibe- 
les, dice Maury (2), vemos el de un dios Atis, de rango inferior a ella y al que se 
considera como su amante. Este Atis parece haber sido una personificación del sol. 
Su fiesta era a la entrada de la primavera; el primer día de la solemnidad, a la que 
los griegos daban el nombre de misterio por la analogía que presentaba con los mis- 
terios de Deméter, llorábase la muerte del dios. He aquí la manera cómo los frigios 
narraban este acontecimiento: Cibeles se había enamorado del bello Atis y le había 
escogido por sacerdote suyo a condición que guardase castidad; pero el pastorcillo 
(que tal era la profesión de Atis) olvidó la promesa de castidad uniéndose a la hija del 
río Sangario. En castigo de su falta envióle la diosa un furioso delirio, en uno de 
cuyos accesos se castró a sí mismo; iba a atentar contra su vida, pero Cibeles le con- 
virtió en pino. He aquí la muerte de Atis de que se hacía memoria por medio de una 
ceremonia lúgubre al empezar las fiestas de la diosa. En todo este mito hay una alu- 
sión evidente al tránsito de la naturaleza, del verano al invierno, Atis es un pastor, 
porque los pueblos de Oriente compararon a menudo al sol con un pastor que guarda 

(1) Daremberq y Saolio, Obr, cit., t. I, 1/ p., pág. 169, 

(2) Histoire des religions de la Gréce antiqne {PAvís-^lSbl-SQ). 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 



319 



los rebaños celestes, o sea las constelaciones o las nubes; llegado el invierno, pierde 
SU fuerza, o, para usar de términos simbólicos, su virilidad, y parece amenazado de 
muerte; entonces la tierra, Cibeles, llora a su amante; la metamorfosis del pino hace 
alusión a que las coniferas son casi el único vegetal que tiene verdor perenne. Atis 
vuelve a la vida y esta resurrección se verifica precisamente en la primaveía. 

Mientras se lamentaba la pérdida de Atis, paseábase un pino sagrado en memoria 
de su metamortosis. El segundo día, 
los sacerdotes hacían resonar el aire 
con sus cuernos y trompetas. El ter- 
cero, en el paroxismo de sus ejerci- 
cios orgiásticos, se amputaban los 
miembros sexuales. El cuarto, supo- 
niéndose a Atis ya resucitado, dábase 
suelta a la alegría con bailes y danzas 
frenéticas. El quinto día, finalmente, 
se dedicaba al reposo. 




Los misterios de Samotracia o 
cabíricos se celebraban en honor de 
los Cabiros, divinidades de origen y 
ituralfeza muy dudosos, y «cuya ins- 
titución, dice Freret (1), es uno de los 
puntos más importantes y a la vez 
más complicados de la mitología 
griega»; por lo cual no entraremos 
en disquisiciones impropias de esta 
obra, pasando desde luego a tratar 
de los ritos y ceremonias que forma- 
ban dichos misterios. Según Diodoro 
de Sicilia (2), el fundamento mítico 
de los mismos era la leyenda del di- 
luvio, el cual hizo que se rompiesen los diques del Ponto Euxino, abriéndose las aguas 
paso por el Bosforo y quedando toda la región inundada, excepto el pico de Samotra- 
cia, en donde se refugiaron los fugitivos, como Noé en el monte Ararat; éstos, en agra- 
decimiento a los dioses, consagráronles toda la isla y les dedicaron altares en todo el 
circuito de la misma. Los misterios estaban a cargo de una casta sacerdotal muy 
numerosa, la cual practicaba los ritos purificatorios, sometiendo a los candidatos a 
una verdadera confesión auricular. Parece que no había instrucción alguna dogmá- 
tica, sino que se daba la explicación del nombre catiro, y para ello había un conjunto 
de ritos rodeados de una atmósfera de supersticioso respeto y velados a los profanos 

(1) Mem. de l'Acad. des Inscript., !.■ serie, t. XXIII, pág. 43. 

(2) Edic. París, 1878, t. I, págs. 290 y 291. 



Saoerdotisft de Cibeln 



320 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



por la ley del más severo secreto; ceremonias y espectáculos sagrados, acompañados 
de palabras enigmáticas, según dice Cicerón (1). Las insignias de los iniciados eran la 
corona de laurel y una cintilla de púrpura alrededor de ía cabeza (2), la cual tenía la 
virtud de preservarlos de los mayores peligros, como le sucedió a Agamenón, quien 
presentándose a sus tropas amotinadas, ceñida la cabeza con la cinta de Samotracia, 
las apaciguó al instante, y Ulises, en un naufragio, habiéndose ceñido los ríñones con 
dicha cintilla, flotó milagrosamente sobre las aguas. En efecto, el principal privilegio 
de la iniciación de Samotracia y lo que la hacía más apreciable, era que, a causa del 

conocimiento adquirido del ver- 
^^^^ dadero nombre de Cabiros, el 
iniciado les podía dirigir una in- 
vocación nominal y todopoderosa 
que le garantizaba el auxilio de 
estas divinidades (3). 

XIV 

Mr. Foucart, en una memoria 
presentada a la Academia de Ins- 
cripciones de París en 1867, estu- 
dió la naturaleza y la influencia 
de las sociedades griegas denomi- 
nadas Tiasas y Eranias, que en la 
época de Alejandro se refundie- 
ron en una sola. El poder en estas 
sociedades competía a una asam- 
blea y los jefes eran elegidos 
anualmente; unos cuidaban del 
culto y otros tenían a su cargo la 
administración, existiendo un te- 
soro común a todos los asociados. Se admitía en su seno a las mujeres, los extran- 
jeros, los libertos y acaso también los esclavos (4). 

Las tiasas y las sociedades análogas nacieron de las relaciones entre los griegos y 
los pueblos bárbaros. Después de la conquista de Tracia por los atenienses, se formó 
en Atenas una sociedad de adoradores de la Venus Tracia, llamada Cotito, instituyén- 
dose allí culto y misterios llamados cotitios, parecidos a los de la Cibeles Frigia, de 
carácter licencioso y orgiástico. A los iniciados se les hacía pasar por una purificación 
por medio del agua y jurar por el almendro, árbol que también entraba en los miste- 
rios de Cibeles y Atis. En su culto figuraba un dios; que Esquilo supone ser Dioni- 
sos, y su cortejo cantaba al son de címbalos, tímpanos y flautas que excitaban el deli- 

(1) De nat. Deor. (edic. París, 1864), c. I, 22. 
zi ^^L5''^^"^^^^'^'^'"^^^^^''"^'^ Gesellschaften, Verbindungen und Orden, t. I, pág. 175 (Leip- 

(3) Daremberg y Saglio, Obra cit., t. I, 2.^ p., págs. 765 y 766. 

(4) Revue Archéologique, París, año V, t. II, pág. 401. 




ün cabiro 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 321 

rio. Aunque se ha supuesto que la Cotis de los frigios era la Madre Frigia asociada a 
Sabacio, parece más bien haber sido una divinidad lunar (1). Los festivales se cele- 
braban de noche acompañados de danzas lascivas y toda clase de desórdenes; estaba 
prohibido, bajo pena de muerte, el revelar tan vergonzosos misterios. Tenían lugar en 
Atenas, Corinto y Chíos. En Sicilia se celebraba una fiesta parecida, y los que toma- 
ban parte en ella paseaban ramas de árboles, de las cuales pendían tortas y frutas. 
Sus sectarios, llamados Baptai, entre los que se contaba Alcibiades, fueron ridicu- 
lizados por el poeta Eupolis en la escena. En la época de Demóstenes, la tiasa de 
Júpiter Sabacio, en la que figuraba el gran orador Esquines, intentó difundir en 
Ática el culto del dios frigio con los ritos orientales. 

Una serie de inscripciones halladas en las ruinas de Metroum en el Pireo, que 
datan de los años 317 a 294 ant. de J. C, da a conocer la sociedad de los orgeones, 
cuya fiesta principal era dedicada a Atys, el amante de Cibeles, representando primero 
la muerte y después la resurrección del dios. La divinidad de los orgeones era la 
madre de los dioses o la Cibeles Frigia, marcando una serie de exvotos el carácter 
médico de esta diosa, que curaba los males, y también era designada con el nombre 
de Afrodita Urania. En la tiasa de los serapiastas, la fiesta principal era la de Isis, que 
va en busca de Serapis, y las fiestas eran también orgiásticas. En la isla de Rodas se 
han hallado varias sociedades cuyo culto era semejante al de las sociedades antes 
citadas. A la vez que estas tiasas, había otras asociaciones religiosas que no tenían por 
objeto la propaganda, y las cuales estaban formadas por extranjeros reunidos para 
elevar un templo al dios de su patria. 



Desde el punto de vista religioso, estas asociaciones no aportaron a Grecia creen- 
cias nuevas ni más elevadas; de modo que no merecen elogio por su influencia moral. 
Se ha exagerado la importancia de las condiciones religiosas por la ley de los eramis- 
tas para ser admitida en la asociación. No fué un progreso la admisión de la mujer, 
puesto que se celebraban ceremonias acompañadas de bailes orgiásticos y de repre- 
sentaciones obscenas. Los autores antiguos y sobre todo los filósofos, proclaman con 
rara unanimidad que estas asociaciones eran peligrosas para la moral, y censuraron los 
desórdenes cometidos por los errantes apóstoles de la madre de los dioses serapeos. 

En síntesis, estas cofradías establecieron y propagaron en Grecia el culto de divi- 
nidades extranjeras, conservando las ceremonias orientales, y su fondo común era el 
símbolo representado por los amores de Cibeles y Atis. Dos causas favorecieron su 
desarrollo: el carácter místico y orgiástico de sus fiestas y la índole médica de estas 
divinidades, que seducían a los crédulos con la esperanza de curaciones milagrosas. 
Estas asociaciones no contribuyeron al mejoramiento moral ni religioso de la sociedad 
antigua, no aportando ningún principio de altruismo y fraternidad, y, por el contrario, 
favorecieron el desorden de las costumbres con sus ceremonias obscenas, contribuyen- 
do a la ruina del paganismo oficial en provecho de las supersticiones orientales (2). 

(1) Darembero y Saglio, Obra cit., t. I, 2.' p., pág. 1551". 

(2) Revue Archéologique (París), año VIH, t XV; págs. 156-58. 



322 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



XV 



En Roma, las fiestas más antiguas y más extraordinarias eran las Saturnales (1), 
que caían hacia mediados de enero. Durante su celebración desaparecían todas las dis- 
tinciones sociales para dar lugar a la más absoluta igualdad; allí no había señor ni sub- 
dito, libre ni esclavo, y aun los mismos señores se ponían en el lugar de los esclavos 
y servían a éstos en la mesa. Estas fiestas, que antes de Julio César no duraban más 
que un día, aumentólas este emperador hasta dos, y con la añadidura de las opalias 
y sigillares prolongáronse hasta siete días. Por una carta de Cicerón a Ático vemos 
que se celebraban lo mismo en el campo que dentro de la ciudad de Roma, y aun en 
pleno campamento durante la guerra. En la época de su celebración dejaban de fun- 
cionar los tribunales, las escuelas, las oficinas del Estado, y Macrobio dice que durante 
estas fiestas no se podía ni emprender ni continuar guerra ninguna, ni era tampoco 
lícito ejecutar a criminal alguno. 

El día 16 de las Calendas de Enero presentábase un pontífice debajo del pórtico 
de Saturno, avanzaba hasta el centro del Forum y exclamaba: "¡Saturnales! i Saturna- 
les!^. Este era el grito de alegría, la voz que hallaba eco en millares de voces de aquel 
pueblo delirante de entusiasmo. De repente el numeroso ejército de esclavos que, para 
oprobio de aquella refinada sociedad formaban una gran parte de la población romana, 
desparramábase por calles y plazas clamando en voz en cuello la sacramental fórmula: 
'¡/o saturnales!'' Era un desorden general, pero un desorden permitido por las leyes, 
y que iba hasta la orgía; era la licencia y la disolución con carta blanca para hacer 
alarde de sus desmanes y extravagancias (2). Hemos dicho que no había diferencia 
entre señor y subdito, así era en efecto, aunque parezca increíble en una sociedad 
como la romana, en donde la diferencia de clases era tan marcada. En aquellas fiestas, 
pues, la esclavitud quedaba completamente abolida. Aquellos amos tan crueles y aun 
se puede decir sin temor de exagerar, tan feroces con los esclavos, convivían con ellos, 
tratándolos no sólo como iguales, sino aun como superiores, pues les permitían las indi- 
rectas más mortifícativas, las verdades más irrespetuosas, sufriendo los señores las más 
atroces injurias sin chistar, es más, sin el menor asomo de pretensión de castigarlas. En 
la víspera de las fiestas, eran lavadas y purificadas las casas, y al día siguiente empe- 
zaba la fiesta con un envío mutuo de regalos. Los que los llevaban tenían orden de no 
aceptar gratificación alguna, ni aun un vaso de vino. La costumbre general era enviar 
regalos exquisitos a las personas más instruidas y cultas y aun había ricos que lleva- 
ban su generosidad hasta a pagar las deudas de los amigos pobres; propietarios había 
que en esas fiestas perdonaban a sus inquilinos los atrasos en el pago de los alquileres. 



La parte más importante de la celebración de las Saturnales eran los festines que se 
hacían, seguidos de tumultuosas orgías; como preludio a la comida se tenían los juegos 



(1) Warde Fowler, The román fesíivals (1899) 

(2) Hartüno, DieReUgion4er Rómer (Erlagen, 1836). 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE GRECIA Y ROMA 



323 



de azar: al ir el sol a su ocaso, cuando la sombra turnaba la dimensión de scis pies, en- 
trábase en la sala del festín. Allí reinaba la igualdad característica de aquellas fiestas; 
todos bebían del mismo vino, y los manjares eran los mismos; no se retiraban los pla- 
tos hasta que los convidados juzgaban que era tiempo de hacerlo. El escanciador, 
o copero, llenaba las copas de todos los convidados, excepto la de su amo. Así que 
estaban todas llenas del generoso licor, los esclavos cantaban, chillaban y alborotaban, 
interpelándose unos a otros, zaherían a sus señores con bromas pesadas y dichos mor- 
daces, o, como refiere Didón, poníanse los vestidos de sus señores y remedaban su 



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Doncellas ocupadas en hacer la "toilette" a ana dama romana 



andar, sus palabras y sus maneras. Los esclavos de los jueces, magistrados y abogados 
repartíanse las magistraturas, haciendo de la casa una segunda república, convirtiendo 
el atrio en Fomm en donde se veía perorar a los letrados ante un improvisado tribu- 
nal, desde cuya altura los más inteligentes, vestidos de cónsules o pretores, dictaban 
sentencia como si actuasen de hombres piíblicos ante una asamblea popular (1). 

«Antes del banquete, dice Cronosolón, y al momento de salir del baño, los invitados 
echan suertes para elegir el rey del festín; el favorecido por la suerte, ese rey efímero, 
no deja de alegrar a la sociedad con la extravagante manera cómo ejerce el poder; 
complácese en^dar órdenes, las más ridiculas, las más absurdas y a las veces las más 
obscenas; así, por ejemplo, manda a uno de los asistentes que cante o baile desnudo; 
a otro que cargue en sus espaldas con una joven flautista y dé tres vueltas por la casa; 
a otro, que se embadurne la cara con grasa, o también, en un exceso de despotismo, 
(1) ScHWEGLER, RómiscHe Geschichte Tubinga, 1867). 



324 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

ordena a todos los servidores del banquete que se echen en el agua fría y helada, en 
la estación más fría del año, so pretexto de que cumplen mal su oficio.» Como puede 
suponerse, eran muchos los señores que veían con poco gusto acercarse la época de 
las Saturnales, y por lo mismo eran muchos los que abandonaban la ciudad y se 
refugiaban en el campo, a pesar de los rigores de la estación; otros, como puede 
verse en los escritos de Séneca y Macrobio, se aislaban, sin salir de Roma, celebrando 
reuniones particulares, apartándose de ía vista del pueblo. 



Otras fiestas o misterios celebraban los romanos, que describiremos sucintamente, 
por no permitir más los límites de nuestro trabajo. Las Lupercales en honor de Fauno, 
durante las cuales se mataban cabras y con los cuchillos ensangrentados se hacían 
incisiones en la frente de los jóvenes, lavándolas después con leche para restañar la 
sangre que manaba: los jóvenes heridos habían de reír, mostrando así el gozo que 
sentían al ver que se había inmolado las cabras en lugar de ellos. Después se cortaban 
en pedazos las pieles de aquellos animales, y los sacerdotes lupercos se vestían con 
ellos, recorriendo la población y golpeando a las mujeres que encontraban, para puri- 
ficarias y preservarlas de la esterilidad. Las Terminales se celebraban en honor de los 
mojones o términos, a los que se consideraba como genios tutelares de los lugares y 
caminos: ofrecíaseles sacrificios de leche, dulces y frutas, echando estos productos tres 
veces en un fuego que se encendía en la casa y se transportaba a un altar de césped; 
más tarde se añadieron sacrificios de cerdos y corderos. El mes de abril comenzaba 
con las Megalesianas, que duraban seis días; en ellas, además de celebrarse juegos 
dedicados a la madre de los dioses, se practicaban ciertas ceremonias, como la planta- 
ción de un pino en el templo y la mutilación, y se representaba el hallazgo y resurrec- 
ción de Atis; los gallos, sacerdotes de la diosa, vestidos de blanco, recorrían las calles 
pordioseando y llevando el cuchillo encorvado, instrumento de la castración. Las 
Cereales se celebraban el 12 de abril; empezaban con una gran procesión en el circo. 
Ofrecíase a la diosa Ceres zorras que se ataban de dos en dos con una vela en el rabo, 
y en esta disposición se les daba caza en el circo. Las Liberales se celebraban en honor 
de Minerva; eran las fiestas de la liberación y la cultura. En ellas dábase la toga libera 
o virilis a los adolescentes romanos, en señal de que habían salido de la infancia y 
llegado a la edad del vigor y de la fuerza. En sus cuatro últimos días se dedicaban 
sacrificios no sangrientos a Minerva, que en su calidad de diosa de la sabiduría, de 
las artes y de la industria, amparaba a los que ejercían profesiones liberales, y se cele- 
braban combates de gladiadores. Terminaban con los Tubilustrios, en las que se puri- 
ficaban, por medio de la inmolación de un cordero, las flautas y trompetas de que se 
hada uso en el culto. El misterioso sacrificio que las mujeres ofrecían a la Bona Dea 
tenía lugar en el mes de mayo; procedíase a los juegos del hipódromo, instituidos por 
Augusto en honor de Marte, a los que seguía un segundo tubilustrio para consagrar 
y purificar las trompetas de los sacrificios y las flautas mortuorias. Finalmente, en las 
i4«^sto/es conmemorábase la entrada de .Augusto victorioso en la capital; celebra- 



MITOS, MISTHRIOS Y SKCTAS DK ORHCIA Y ROMA 



325 



banse el 12 de octubre con una pompa y un lujo de juegos que eclipsaba el de la 
mayor parte de las antiguas solemnidades; el día 15 ofrecíase a Marte el caballo de 
octubre, atravesándole la cabeza con un clavo, y el 19 tenía lugar el armilustrio o 
purificación de las armas y trompetas e instrumentos de música guerreros (I). 



Roma, que en su mitología, como arriba dijimos, había copiado toda la teogonia y 
cosmogonía de Grecia, tenía sin embargo un culto particular, privativo suyo, que daba 
margen a una verdadera institución social. Nos referimos al culto de Vesta. Vesta 
era una divinidad pagana, 
probablemente de abolengo 
persa, cuyo atributo era el 
fuego, y que entre los ro- 
manos era la diosa del ho- 
gar doméstico. «Consagrá- 
basele, dice Creuzer (2), un 
fuego puro, que no debía 
extinguirse nunca y que ar- 
día en su honor en el altar 
doméstico, o sea en el ho- 
o^ar. En efecto, así como la 
Lj^ran diosa del fuego, Mithra, 
obra por un poder invisible, 
desde el seno de la tierra en 
donde reside, así Vesta, des- 
de lo más íntimo de la casa 
en donde se le honra, es- 
parce sus bendiciones y 

L^Tacia sobre la familia.» El culto de Vesta estaba confiado a las sacerdotisas llamadas 
vestales, que tenían obligación de guardar virginidad. Su principal ocupación era 
mantener el fuego sagrado, y si se apagaba, era menester avivarlo de nuevo, sin que 
para ello pudiesen emplearse medios naturales y ordinarios; sino que era necesario 
valerse de medios extraordinarios. Además de la conservación del fuego sagrado, 
tenían obligación de hacer durante la noche sacrificios especiales, y durante el día 
oraciones a los dioses por la felicidad y prosperidad del imperio romano. A sus 
preces se atribuía una gran eficacia. Todos los años, el 15 de mayo, las vestales 
arrojaban al Tíber treinta figurillas de hombre, hechas de mimbre o de otro ma- 
terial semejante, en representación de los treinta habitantes de Argos que era fama 
haberse ahogado en aquel lugar (3). Las vestales eran escogidas de entre las familias 

(1) DoLLiNOER, Paganisme et Judal'sme (Bruselas, 1858), t. III, pág. 136 y siguientes. 

(2) Symbolik and Mythologie der alten Vfflker (Leipzig y Darmstadt, 1810-1S12. 4 vols.: 181Q-23, 
6 vols.; 1837-44, 6 vols.) 

(3) Preller, Rómische Mythologie (Berlín, 1883). 

Tomo T. - 42. 




Ált&r de TesU: l&s resUles manUaiendo el fae^o sagrado 



326 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



de la clase alta, y no podían tener defecto alguno físico; su ministerio duraba treinta 
afios, durante los cuales gozaban de privilegios especiales y. grandes honores, como el 
de darse fe a su sola palabra ante la justicia: su presencia salvaba de la muerte al cri- 
minal al ser conducido al patíbulo si éste tenía la suerte de encontrarse con alguna de 
ellas. Las penas a que se sometía a las vestales delincuentes eran tan terribles como 

grandes eran los honores que se les atri- 
buían. Cuando por negligencia dejaban 
apagar el fuego sagrado, eran azotadas por 
el gran sacerdote; las que quebrantaban el 
voto de castidad, eran apedreadas, y su 
cómplice muerto a azotes; Tarquino el 
Viejo estableció un nuevo suplicio, que era 
el de enterrarlas vivas. El suplicio de la 
vestal que había quebrantado el voto de 
castidad se llevaba a cabo con gran solem- 
nidad: decretábase un duelo general, cerrá- 
banse las tiendas y se suspendían los nego- 
cios; bajábase a la delincuente a una es- 
trecha mazmorra en donde se le había 
preparado una cama, una lámpara, un poco 
de pan, agua y aceite, y la piedra de esta 
sepultura se cerraba y sellaba. 

Las fiestas en honor de la diosa Vesta 
se celebraban todos los años del 7 al 15 de 
junio (1). En tales días el templo de Vesta 
permanecía abierto y se hacían rogativas 
públicas y grandes sacrificios en presen- 
cia de la muchedumbre, por la prosperidad 
del pueblo romano; las sacerdotisas vestían 
sus más ricos ornamentos; todo el mundo 
podía aquel día penetrar en el interior del 
templo, estando los objetos sagrados ex- 
puestos al público cubiertos con un velo 
y rodeados de espigas de trigo. No se sabe a punto fijo qué objetos eran éstos; hay 
autores que afirman ser las imágenes de Castor y Pólux; otros, las de Apolo y Neptuno, 
no faltando quienes creen que eran los dos toneles, uno vacío y abierto y otro lleno y 
cerrado, que las vestales guardaban en su poder y que sólo ellas podían ver. Lo más 
probable, empero, es que se mostrasen al público los objetos relacionados con los 
orígenes de Roma, en cuyo número hay que poner el sagrado palladium, al que esta- 
ban íntimamente ligados los destinos de la vida eterna y que era guardado por las 
vestales. Había también bailes públicos y se llevaba manjares exquisitos a las vestales 
para que ellas los ofreciesen a la diosa. La verdadera fiesta de las vestales se celebraba 
el día 9 y era un recuerdo de la preparación o elaboración del pan que en su princi- 
(1) DóLLiNOER, Ob. y lug^cit., pág. 140. 




Vestal (museo de Florencia) 



Wlio^, MISTERIOS Y SECTAS DE ORECIA 



327 



pió había tenido lugar en el templo de Vesta; era también y de un modo especial, la 
tiesta de los panaderos y molineros, los cuales recorrían la ciudad conduciendo asnos 
con collares de panes ensartados en un cordón; el significado de este rito era que 
hallándose la diosa Vesta en estado de embriaguez dormida en la hierba, un asno la 
había despertado para que se librase de la persecución de Príapo. Las damas romanas 
iban descalzas en peregrinación al santuario de la diosa. 



En la mitología grecorromana ocupan un importante lugar las ninfas como for- 
iiando parte muy principal de lo misterioso y alegórico de aquellos ritos (1). Las 
linfas representaban la fuerzas vivas de la naturaleza, como el curso de las aguas de 
ios ríos, la emergencia de 
las fuentes en la superficie 
Je la tierra, el movimiento 
de la savia de los árboles, 
la florescencia y fructifica- 
ción de todos los gérmenes 
fecundos, que, a juicio de 
los antiguos, se formaban 
■:\\ el seno de la tierra. Las 
ninfas no eran divinidades 
en el sentido usual de la pa- 
labra, aplicado a potencias 
de orden universal; sino que 
más bien estaban adheridas 
a determinados objetos y lu- 
gares; pertenecían en cierta 
manera a la tierra y por esta 
razón se les atribuía una 
substancia más material que 
la de los dioses y casi cor- 
poral. De ellas había va- 
rias clases, correspondiendo 
cada una a los varios con- 
ceptos antes expresados; las 
naíades, o de las aguas co- 
rrientes; las nereidas, o de 

las aguas del mar; las limoniadas, o de los estanques; las hamadriadas, o de los árbo- 
les, y las orestíadas, o de las montañas. 

El culto de las fuentes y los ríos, y de las aguas en gcnerai, luc pairimonio de la raza 
indoeuropea. En los vedas invócase a las aguas como divinidades bienhechoras; entre 

(1) Lehr, Populare Aufsütze (Leipzig, 1875). 




Marco iorelio ueriAoAndo dtkaU d«l Uaflo i» JkfUtr 



328 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

los galos, los germanos, los eslavos y los latinos, este culto, aunque diversificado en su 
forma, aparece el mismo en el fondo. En la Galia había ya en lo antiguo fuentes y 
lagos sagrados que en la época de la introducción del cristianismo fueron puestos bajo 
la protección de los santos. En Irlanda e Inglaterra hállanse también vestigios de este 
culto, que debió pertenecer a toda la raza céltica. Entre los antiguos germanos dábase 
al Rhin una especie de culto (1), y en todos los pueblos se ven trazas de la veneración 
que el hombre ha rendido a lo que sobrepuja su conocimiento y le da idea de una fuerza 
superior directora del complicado mecanismo sobre que gira en perpetuo e incesante 
movimiento la naturaleza. 

XVI 



Hemos explicado, en lo que precede de este capítulo, los misterios de Grecia y 
Roma y la naturaleza de las divinidades que formaban la teogonia de ambos pueblos. 
Falta ahora exponer la comunicación que esas divinidades tenían o parecían tener 
con el pueblo, el medio de que se valía la clase directora, que era la sacerdotal, para 
poner en práctica su eterna tarea de explotar la ignorancia de los dé abajo, de aque- 
llos cuya sencillez y buena fe les inclinaba a creer toda clase de aberraciones. Este 
medio era el oráculo (2). 

El oráculo era un instituto mántico administrado generalmente por una corporación 
y formado por tres elementos, a saber: un dios inspirador, un sacerdote o ministro y 
un lugar en donde la tradición había fijado los ritos divinatorios; cada uno de estos 
tres elementos tuvo en su tiempo importancia preponderante, pero los tres eran esen- 
ciales (3). El poder miraculoso de ciertos lugares privilegiados fué allí el punto de 
partida del culto y atrajo allá a los creyentes; los intermediarios, establecidos al lado 
de aquellas fuentes permanentes de inspiración, formaron comunidades sacerdotales 
que se encargaron de la explotación; pusiéronse bajo el patronato de alguna divinidad 
y se gloriaron de poseer la investidura divina; al principio se veía un especie de feti- 
chismo; después, una vez evolucionados, se notó la influencia espiritual. Los sacerdotes 
eran corporaciones secretas cuyos miembros trabajaban sólo en interés de la comuni- 
dad, y no deja de ser extraño que a despecho del amor propio, tan connatural al 
pueblo helénico, se conservase durante tantos siglos tan exacta disciplina en aquellas 
comunidades. Gracias a esta disciplina, cuanto allí se hacía era únicamente en nombre 
de la divinidad; y hay que confesar, en abono de tal institución, que no careció de 
ventajas en algún orden como, por ejemplo, el social; pues como quiera que las ciu- 
dades griegas no tenían iglesia oficial, ni sacerdocio nacional sobre el que apoyarse 
y a quien pedir consejo en momentos de crisis decisivas, los oráculos fueron los ver- 
daderos consejeros políticos. 

Varios fueron los oráculos que en Grecia y Roma funcionaron hasta el principio de 
la Era cristiana, pero hablaremos tan sólo de dos, uno de Grecia y otro de Roma: Delfos 

<1) E. CuRTius, Die Plastik der Hellenen an Quellen und Brunnen (Berlín, 1876). 
(2) D6HLER, D/e OroAre/ (Berlín, 1872). 

^c?\ ,E' '^"*^°"^'^' i-'administration financiére du sanctuaire pythique au VI siécle avant fésus- 
Chríst (París, 1905). 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE ORECIA Y ROMA 



329 



y Cumas. El oráculo de l^clfos hallábase en la ciudad del misino nombre, en un ban- 
tuario rodeado de una muralla, que ocupaba la parte alta de la población. Todo aquel 
recinto estaba lleno de estatuas de atletas y de ofrendas, de tal manera, ,que en tiempo 
de Plinio había aún más de tres mil, a pesar de las muchas que habían sido roba- 
das, pues sólo Nerón había quitado quinientas de bronce. Había en el centro un 
peñón, llamado «piedra de la Sibila», pues se decía que había sido el asiento de la 
primera sibila; detrás de él estaban los tesoros, pequeños edificios alineados entre el 
peñón dicho y el altar, y en ellos se po- 
nían las ofrendas más preciosas (1). No 
lejos de allí se hallaba la sala del Conse- 
jo, en donde celebraba sus juntas el se- 
nado de Delfos; delante del templo alzá- 
base el gran altar de Apolo, en el cual 
se sacrificaba todos los días en honor 
del dios. El templo tenía tres partes: el 
pronaos, o atrio; la celia, o nave, y el 
adytum, o parte interior y reservada, en 
la que se emitían los oráculos; en las pa- 
redes del pronaos los anfitriones habían 
hecho grabar en letras de oro las máxi- 
mas de los siete sabios del Areópago, y 
dentro del atrio veíanse la estatua de 
bronce de Homero y la crátera de plata 
ofrecida por Creso; la celia, apoyada 
sobre columnas jónicas, tenía además un 
altar dedicado a Poseidón (Neptuno), 
primitivo dueño de aquel lugar y del 
oráculo (2). El templo era hípetro; su 
abertura caía encima del hogar en don- 
de ardía el fuego sagrado; al lado estaba 

el omphalos, la famosa piedra blanca que marcaba el centro del mundo, en el mismo 
lugar a donde habían convergido las dos águilas enviadas por Júpiter, salida una del 
extremo oriental y otra del extremo occidental del mundo. El adytum, construido de 
grandes sillares poligonales y que encerraba una estatua de oro macizo del dios, era 
el lugar de los oráculos, el asiento de la Pitonisa o sacerdotisa de Apolo, que los 
emitía. Veamos lo que dice Bouché Leclerq (3): «El aire que allí se respira es denso, 
cargado de un vapor tibio cuando los rayos del sol reverberando de las desnudas 
rocas, van a dar contra sus muros, pero de un fresco húmedo tan pronto como la 
sombra se cierne sobre aquel rincón perdido: los más imperceptibles ruidos repercu- 
ten y toman cuerpo por el eco sonoro de los Fedríados. Este conjunto de sensaciones 




L« pitonisa de Delfos 



(1) GóTTE, Das delphische Orakel in seinem politisch-religiOsen und siWichen Einfluss auf die 
Alte Welt (Leipzig. 1839). 

(2) MoMMSEN. Delphica (Leipzig, 1878). 

(3) Histoire de la divination dans laniiquité, t. III, pág. 43 (París, 1880). 



LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

fuertes insinuaba en el alma sencilla del pelasgo y del heleno de los primeros siglos, 
una especie de recogimiento involuntario y secreto terror, ya fuese que su pie hiciese 
rodar hacia el fondo del barranco las piedras de que. estaba cubierto el suelo, ya 
fuese que, alzando sus ojos hacia las sagradas cimas del monte, viese revolotear en el 
aire las aves de rapiña, o que al sacrificar a los poderes del cielo viese el humo del 
altar remontarse a lo alto formando caprichosas espirales; todo incidente era para él 
significativo de una solemnidad particular y revestido de una intención sobrenatural. 
En fin, dormíase al arrullo de los riachuelos que saltaban entre las rocas y sus sentidoSí 
conmovidos, transformaban en sueños poéticos las impresiones que debían a los objen 
tos que les rodeaban». 



La divinación estaba localizada cerca de una grieta, que se consideraba como 
la boca de Gé (la Tierra), la primera que había hecho revelaciones. El símbolo exte- 
rior facilitado por el dios era una trípode de bronce colocada a la entrada del sagrado, 
antro, a donde se había encauzado de antemano las aguas de la fuente Cassotis. La ^ 
pitonisa era generalmente escogida entre las jóvenes más bellas, aunque más tarde, 
a consecuencia de haber sido una de ellas raptada por el tesaliano Equécrato, se esco- 
gieron mujeres ancianas (1). Cuando la institución del oráculo llegó a su apogeo, fué 
menester poner dos pitonisas, pues las consultas eran tan frecuentes que no bastaba 
una sola; la pitonisa, en sus éxtasis, tenía a su lado uno o varios profetas o sacerdotes, 
los cuales se encargaban de tomar nota de las palabras, de los gritos y macabras 
demostraciones de la pitonisa y de ellos hacían unos versos hexámetros, de una obs- 
curidad calculada y anfibológica; el oráculo, redactado por los sacerdotes, trasladábase 
a los divinos exégetas, los cuales lo interpretaban de palabra al consultante (2). 

En un principio las consultas fueron muy raras, algunas al año. Apolo no estaba 
siempre dispuesto a hablar, ni prodigaba así como así su presencia; más tarde ya fué 
vulgarizándose el oráculo, en términos que para dar satisfacción a todos los consul- 
tantes, especialmente los que por escasez de recursos no podían pagar consultas par- 
ticulares, introdújose la consulta general el día séptimo de cada mes, y en ella, como 
género de pacotilla, se servía el oráculo a bajo precio, prescindiendo de las formali- 
dades habituales; sentábase la pitonisa en las gradas del templo ante la muchedumbre 
ansiosa y profetizaba, sacando cada uno de los asistentes lo que le convenía o creía 
convenirle de aquellas respuestas colectivas (3). Las consultas privadas y más caras 
hacíanse en el santuario, y para ellas la pitonisa subía a la trípode. Había, empero, otras 
extraordinarias, que llegaron a ser las más numerosas, en las cuales había que consultar 
previamente al dios para saber si el consultante era admitido o no; para ello hacíase 
un sacrificio de una cabra, de un toro o de un jabalí; en el primer caso, la señal de que 
el dios aceptaba la consulta era que la cabra temblase al verter sobre ella el líquido 
de la libación; en el segundo y tercero, el toro y el jabalí habían de aceptar la harina 

(1) Peñascos o montañas roquizas no lejos de Delfos. 

(2) WiLSTER, De religione et oráculo Apollinis Delphici (Copenhague, 1827). 

(3) WoLFF, De novissima oraculorum aetate (Berlín, 1854). 



331 



los garbanzos rcspeclivamentc; s¡ la cabra no temblaba, y el loro o jabalí no acep- 
:aban la comida propuesta, el consultante tenía que renunciar ante la expresa negativa 
del dios. En caso afirmativo, la pitonisa se purificaba por medio de abluciones en el 
agua de la fuente de Castalia y de fumigaciones quemando laurel y hanna de cebada, 
entraba en el santuario llevando un vestido semejante al del dios Apolo Musageta, 
bebía un sorbo de agua de la fuente Cassotis, poníase en la boca una hoja de lau- 
rel y en la mano una rama 
de lo mismo y subía a la 
trípode; el consultante, que 
había estado aguardando en 
una habitación contigua, era 
introducido en el santuario 
y formulaba su pregunta, ya 
por escrito, ya de palabra ( 1 ); 
la pitonisa, embriagada por 
los vapores que emanaban 
del antro, montaba en éxta- 
sis, sufriendo unas crisis 
nerviosas tan violentas, que 
a veces le causaban la muer- 
te. El profeta que asistía a la 
pitonisa, recogía el oráculo, 
lo redactaba y daba una co- 
f>ia al consultante; si éste no 
era el propio interesado, sino 
un delegado, dábasele la res- 
puesta sellada; los oráculos 
«e archivaban en el templo y 
eran estudiados por los sa- 
cerdotes. 




Haliogibalo toma por mujer a au r«sul 



El poder moral y presti- 
gio de los oráculos debióse 
en gran parte a los dorios: 
esta raza enérgica y fanática 

púsose incondicionalmente a su servicio. Ella les creó una especie de poder temporal 
poniendo a su sujeción los dríopes que se establecieron en las inmediaciones de 
Cirra como feudatarios de Apolo. El oráculo presidió la alianza de los heráclidas y los 
'dorios, a quienes prometió la conquista del Peloponeso y organizó la liga anfíctiónica, 
rodeado de esta aureola de proteccionismo, fué como la salvaguardia de la mayor 
irte del pueblo heleno, empezando su papel político con la conquista del Pelopo- 
neso. La obediencia al oráculo de Delfos se mantuvo en todo su vigor en Esparta, 
n> Hf.ndess, Oracw/a^^raeca» Halle. 1S77). 



332 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 

cuya constitución, atribuida a Licurgo, había merecido la consagración de la pitonisa. 
Largo sería de enumerar todo el catálogo de empresas, ya guerreras ya políticas, a que 
contribuyó el oráculo de Delfos, habiendo llegado a ser sus dictámenes la norma y 
criterio de los héroes de Marte y de aquellos rudos gobernantes de un pueblo que se 
distinguió por su administración y buen gobierno. 

Extráñanse hoy algunos escritores de que instituciones fundadas sobre creencias tan 
ilusorias y tan poco confirmadas por la experiencia hayan gozado de un crédito tan 
arraigado; pero esto es desconocer la naturaleza de la fe religiosa cuando reviste los 
caracteres del ciego fanatismo. En nuestra patria tenemos por desgracia hartos ejemplos 
de lo mismo y aun con circunstancias agravantes, pues muchos de los órganos del 
fanatismo de que estuvo imbuido, sobre todo en los siglos medios, no tenían ni con 
mucho el aparato escénico del que nos ocupa, ni los visos de verosimilitud que él 
ofrecía, teniendo muchas veces por único fundamento la estúpida tradición legada ruti- 
nariamente de padres a hijos. A este propósito creemos conveniente trasladar el para- 
lelo trazado por el sabio helenista francés Ernesto Havet (1): «Se ha comparado, y 
con razón, la autoridad de Delfos a la del Papado. Delfos dictaminaba soberana- 
mente sobre cuestiones religiosas; hacía sus dioses como Roma sus santos y disponía 
todo lo referente al culto; además, sabía y decía la última palabra sobre las cosas 
humanas lo mismo que sobre las divinas; era consultado aun por los bárbaros. De la 
infabilidad de su palabra no era lícito dudar, porque era la palabra de Apolo; además, 
su manteon (profeta) reunía todas aquellas condiciones que hacen la autoridad verda- 
dera: era libre e independiente. Sus tesoros, puestos bajo la protección del Estado de 
Grecia, aumentaban con los diezmos del botín de las guerras, de las confiscaciones y 
multas y con los presentes de los peregrinos que acudían en romería a aquel lugar 
santo y venerable. Respetábase religiosamente la autonomía de su territorio y lo que 
llamaríamos hoy nosotros su poder temporal.» Pero desgraciadamente para esta insti- 
tución, lo temporal corrompió lo espiritual. El oro de los bárbaros disminuyó el patrio- 
tismo del clero deifico, haciendo que su modo de proceder no revistiese en las grandes 
crisis del pueblo griego, aquel desinterés de los comienzos y de lá edad floreciente de 
la institución. Acusóse al oráculo de estar a la disposición del que mejor pagaba, tachó- 
sele de venal. La explotación de los peregrinos por parte del vecindario poco reco- 
mendable que vivía a costas del templo atribuyóse, no sin razón, al sacerdocio mismo. 
Desde el momento en que la veracidad del oráculo fué puesta en tela de juicio, empezó 
su decadencia. 



Además del de Delfos, hubo en Grecia otros oráculos menos importantes (2). El 
de Dodona, que fué uno de los más venerados: estaba situado en un húmedo valle al 
pie del monte Tmaro; había en él la corporación de las peleiadas (mujeres dedicadas 
al culto de Dionea) de origen asiático. El rito primitivo de Dodona y el más particular 
era la observación del rumor del aire al rozar las hojas de la secular encina dedicada 

il) Le christíanisme et ses origines (París, 1871) , t. I. pág. 72. 
(2) ScHUEMAss, en Allgemeine Zeitang {1874). 



MITOS, MISTERIOS Y SECTAS DE ORECIA Y ROMA , , 

a Zeus (Júpiter) cerca de la fuente milagrosa; allí también, ai pie de dicha encina, prac- 
ticábase probablemente la oniromancia por la incubación. Las peleiadas estaban en- 
cargadas de escuchar la voz de la encina profética y anunciar la divina respuesta al 
consultante. Por mediación de las mismas practicábase también la cleromancia; para 
ella valíanse de un lebrillo de bronce, sobre cuyos sonidos se emitían profecías. Cé- 
lebre era también el oráculo de Ammón, establecido en un oasis del desierto de 
Libia, bajo la invocación de Zeus Ammón; los ritos que allí se observaban estaban 
tomado? del Egipto. Una de las formas de la divinación consistía en interrogar a la 




Templo del Sol, en Roma 



estatua de Ammón, después de haberle puesto una gran sarta de piedras preciosas 
que se llevaba en una barquilla de oro, siendo los portadores ochenta sacerdotes; no- 
tábanse los movimientos, los ruidos, los reflejos de las piedras, y el profeta les daba 
las interpretaciones que convenían al caso. Practicábase también la adivinación por 
medio de la salida y ocaso del sol, los árboles y los pájaros. La fama de este oráculo 
influyó mucho en la admiración que los griegos profesaron al Egipto; los atenienses 
le consultaron varias veces durante la guerra del Peloponeso; pero lo que puso el 
colmo a su reputación fué la visita solemne que le hizo Alejandro Magno, de la cual 
salió tan satisfecho, que ordenó en su testamento que a su muerte le sepultasen, em- 
balsamado, en el templo de aquel oráculo. El oráculo de Ammón, en sus últimos 
tiempos, fué célebre por el inmoral comercio que sus sacerdotes hacían del agua de la 
fuente sagrada, vendiéndola para operaciones de magia e hidromancia. Seguían luego 
en inferioridad de importancia los oráculos de Poseidón, Hades, Dionysos, Pan, 
Afrodita, Hermas y Palas, que eran más bien privativos de varias regiones. 

Tomo I. — 43. 



334 LAS SECTAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS 



XVII 



El pueblo romano ejerció la divinación por medio de las sibilas (1), institución 
sobre la cual vamos a decir algo, como remate de este capítulo, dejando lo restante, 
como también lo que hemos omitido de los oráculos griegos, para el capítulo especial 
de Magia y Ciencias ocultas, en el cual trataremos de estas teorías en general, expli- 
cando las prácticas de todos los pueblos, desde sus primeras manifestaciones hasta la 
moderna y actual teosofía. 

Dábase el nombre de sibilas a unas mujeres a las que se atribuía el don de cono- 
cer y predecir lo futuro. Aunque la institución de las sibilas es de origen griego (pro- 
bablemente no antes del siglo VI de la Era cristiana), sin embargo, puede decirse que 
es característica del pueblo romano, el cual, sin dar a las sibilas los honores de la 
divinidad, las juzgaba de una naturaleza más que humana, intermedia entre ésta y la 
divina; la obediencia a los oráculos sibilinos es uno de los hechos permanentes de 
su historia. Cicerón en su noveno discurso contra Verres, queriendo encarecer la 
magnitud del sacrilegio cometido por el inmoral pretor contra la Ceres de Enna, pone 
de manifiesto el carácter excepcionalmente venerable de esta diosa y recuerda que la 
misma había sido propuesta al culto de los romanos por los libros sibilinos consulta- 
dos a raíz de ra muerte de Tiberio Graco, bajo el consulado de P. Mucio y de L. Cal- 
purnio al verse amenazada la República por grandes calamidades. 

La más célebre de todas las sibilas fué la de Cumas, que, domiciliada sucesivamente 
en varios puntos de Italia, formó todo el grupo de las sibilas del pueblo romano, a 
saber: Cimeriana, Itálica, Lucaliana, Siciliana y Tiburtina. Gran parte de su importan- 
cia la debió a la relación que se estableció entre ella y los libros sibilinos de Roma (2). 
Eneas la consultó antes de emprender su bajada a los infiernos, tal como lo relata 
Virgilio en el libro VI de la Eneida, en el cual se inspiró Dante Ali