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Full text of "Las travesuras de un tunante: historia que parece novela, dividida, en ..."

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LAS 



TunsDus n i mm. 



HISTORIA OIIE PARECE NOVELA, 



DIVIDIDA EN CINCUEirTA Y CUATRO CAPÍTULOS 



O CUADROS DE COSTUHBBES NACIONALES. 



POR JESÚS S. ROZO. 



la novelft de eottnmbréi es el temímetio qne 
mide mejor log grados de eiviliifteíon del pneblo' 
qne el antor de ella ha tenido á Uen retratar. 




BOGOTÁ. 
Imprenta de " I«a Azneüca." 

1 sTs • 



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SAU SI íZsLd. f(:^0 »A«VARD C0LLE6E LIBRARY 

' COUNT OF SANTA EULALIA 

l/ * COLLECTIOH 

GIFT OF 
JOHN B. STETSON, Jr, 

mu 1932 



MANUEL MÜBILLO, 

Hace saber: 

Que el sefior Jesús S. Roíso ha solicitado privilegio exclusivo para publicar y, vender 
una obra de su propiedad, cuyo titulo que ha depositado en la Gobernación del Estado 
soberano de Cundinaiaaroa, prestando el juramento requerido por la ley, es como sigue : 

LAS TRAVESURAS DE UN TUNANTE. 

-Por tanto, en uso de la atribución que le confiere el articulo 66 de la Constitución, 
pone, mediante la presente, al expresado seüor Rozo, en posesión del privilegio por 
quince afios, derecho que le concédela ley 1,* parte 1,* tratado 3.° de la Recopilación 
Granadina que asegura ptr cierto tiempo, la propiedad de las producciones literarias y 
algunas otras. 

Dada en Bogotá, á veinte y seis de Noviembre de mil ochocientos setentii y dos. 

§í&. §ffi)UAÍfi&>. 

El d^cceiario de Qacienda y Fomento, 

AQUILEO PARRA. 



V 



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DEDICATORIA. 



Mis amigos predilectos: 

La historia enseña que no es cosa difícil hallar en las mo- 
narquías príncipes ilustrados, amigos de la prosperidad literaria 
de su país, que al dedicarles un libro no lo protejan con el pres- 
tigio de su nombre y con los medios necesarios para darlo á luz* 
Mas, si esto se puede conseguir en una monarquía, donde las 
instituciones tienden á enlbarazar el progreso literario, eso, ¡ cosa 
singular ! eso no se alcanza en una República democrática como 
la de Colombia donde las instituciones dan completa libertad al 
pueblo para que encienda ó apague las luces de la ilustración, 
lo cual viene, sin duda, de que en las monarquías hay príncipes 
ilustrados y generosos y en las Repúblicas incipientes como la 
nuestra, no sólo no existe esa clase privilegiada, sino que no hay 
quien la reemplace en cuanto á la protección de las bellas artes» 
Por esto podéis calcular, caros amigos, cuantos habrán dklo los 
obstáculos con que he tropezado y cuales las diligencias que he 
hecho para dar á la estampa las travesuras de un tunaiítií 
en más de dos años que hace que las escribí, pues no ignoraist 
que pobre como el leproso Job y olvidado de aquellos hombres^ 
públicos á quienes varias veces he ayudado á levantar^ con mis 
débiles fuerzas, á la cumbre del poder, he carocido de recurso» 



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-. 4 — 

para tomar la empresa por mi cuenta, y en tan triste situación 
me he visto precisado á buscar extraño auxilio, en mucho tiempo 
sin éxito feliz ; en todo el tiempo que anduve apartado del cami- 
no que debia conducirme ante vosotros á poner en vuestras 
manos mi libro para que lo leyerais, y si era de vuestro agrado, 
lo aceptarais. 

Urgido por la necesidad, ó si se quiere, por el deseo de dar 
á luz mi obra, he solicitado favor de algunos de mis conciuda- 
danos ; pero no como lo solicitan los mendigos, tendiendo la 
mano sin ofrecer cosa alguna en cambio. Yo he ofrecido darles 
á cuantos me he dirigido, lo que á vosotros he prometido daros : 
un derecho á lá obra impresa en proporción de la canti«1ad que 
tuvieran á bien anticipar ; pero ni por esto ha habido quien 
acepte mi propuesta ; unos porque han juzgado mi libro sin leer- 
lo ; otros porque lo han leido y no lo han entendido ; algunos 
porque lo han entendido á medio leerlo y les ha desagradado 
verse en algún capítulo fielmente retratados por su lado extra- 
vagante y ridículo, y los más porque han temido entrar en nna 
empresa en la cual no veian ni palpaban las ganancias antes de 
com(H*ometer una ^uma. 

Aniquiladas mis fuerzas con tantas diligencias inútiles, y 
agotada en mi corazón la fuente de la esperanza, estaba á punto 
de dedstir de tan ardua empresa, cuando he ahí que de repente 
me acuerdo de vosotros; de vosotros que aunque no sois 
reyes de corona y cetro, sí sois, como me lo estáis probamlo, 
príncipes de la filantropía y con especialidad del patriotismo, 
y en consecuencia no menos amantes del progreso de las letras, 
que aquellos monarcas ilustrados y magnánimos que gobiernan los 
Estados. A vosotros que habéis comprendido mi libro y estimá- 
dólo en lo que vale y tjue tenéis la liberalidad de auxiliar mi 
empresa sin ser movidos por espíritu de ganjería, sino por un 
sentimiento noble y generoso, os lo dedico con el mayor agrado 
y os ruego aceptéis esta dedicatoria como una simple señal de 
que he intentado cumplir con aquel dulce deber que impone 
siempre á la gratitud la beneficencia y como una muestra del 
afecto sincero que os profesa el ínfimo de vuestros amigos* 

Bogotá, 17 de Enero de 187% 



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PEOLOGO. 



SIGUIENDO el uso establecido, ha mnclios afios, de ponerle prólogo 
á toda obra grande 6 pequeña, seria ó jocosa, buena 6 mala, voy á es- 
cribir la prefiícion de esta historia, pues no seré yo quien se entrometa 
en hacer innovaciones en punto tan delicado no teniendo autoridad 
para ello. Yo bien sé que los prólogos son poco leidos porque la expe- 
riencia enseña que ellos nada sustancial contienen ; pero esto no me 
arredra ni me desanima de poner á la vuelta de la portada de la historia 
que vais á leer, las últimas páginas que de ella-escnbo, en atención á que 
me pica el deseo de hacer al público una confesión que leida por un sólo 
curioso es suficiente para que la pregone en todas partes y con ello basta y 
8obra para que este prólogo sea má^ leido que la misma obra. £s el caso, 
lector querido, que la historia de las tbavesubas de un tunante si la 
escribió mi mano no la concibió mi entendimiento. (Confesión es esta 
que 08 llenará de admiración porque bien sabéis que no hay hombre 
alguno que pudiendo, no usurpe la sabiduría ajena, para fundar con ella 
una reputación que no merece, y mayor será vuestro asombro al saber 
<iue yo he podido callarme y hacer pasar como obra de mi injenio la tal 
historia ; ora porque ningún envidioso sabe el secreto que voy á revelaros, 
ora porque el verdadero autor de la obra no puede alzar la voz para 
acusarme como usurpador de sus pensanjieirtos, por cuanto á que está 
debajo de tierra hace doscientos cincuenta y cuatro afios, y nó obs- 
tante esto, y de estar seguro de no ser desnudado en la calle, no quiero 
vestirme con lo ajeno y iiacer ostentación do lo que no es mió y por ello 
voy á contaros de qué entendimiento es hija la tal obra. 

Pensaba yo en escribir cierta historia que sabia ; pero en un estilo 
sencillo y que al mismo tiempo no careciera de chiste y de donaire, y 
meditando en este imposible para mí, como á eso de las seis de la tarde 
del 20 de Octubre de 1867, clavado de codos en ima ventana que dá 
vista á un jardincito que hay en el ])atio de mi casa (ubicada en Bogotá, 
en la carrera de San Martin, callo 1,* número 4), ebtró & deshora un 
amigo mió y dfjome : 



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— 6 — 

-—Hola ! en qué piensas ? 

— ^En escribir nn libro qne ha^ reir á cuantos lo lean, le respondí, 
8epai*ándoine del sitio qne ocupaba y saliendo al encuentro de mi visitador. 

— Oh ! para eso no necesitas calentarte los cascos, me dijo, nada 
más fácil que el que tú cojas la pluma y la dejes correr sobre el papel 
escribiendo á trochemoche lo que te venga al magin. 

— Qué consejo ! esclamé. 

El continuó : 

— De este modo escribirás en menos de nada el segundo tomo de 
La Tapa dd Cóngolo ó el de El Granate Granadino^ ó bien el de la 
De rota hatida^ que hará soltar grandes carcajadas á quien lo leyere. 

— "No haré tal, le contesté, una obra semejante haría reventar de 
risa allector, es verdad ; pero á costillas mias y no á las de los persona- 
jes que yo pusiese hábil y graciosamente en escena, que es lo que deseo. 

— X tu eres hombre capaz de escribir un libro sembrado de chistes 
y agudezas ? 

— ^No, amiffo, y he ahí la dificultad de satisfacer mi loco antojo. 

No bien siuieron de mi boca estas últimas palabras, el visitador 
me dijo : 

— Quieres saber sin esfuerzo alguno cuánto sabían los hombres que 
han cooperado con su talento y sus Tuces á dar lustre y gloria á los pa- 
sados siglos y al presente? Quieres adueñarte en nn momento del chiste 
y del donaire de los mg&mo& ^igramáticos qneJian hecho rdr al mundo 
entero á earoajradas ] 

Yo Ueüo de asombro le dije : 

^Sí quiero ; pein» dime, cuentas con el poder de Dios ó con el del 
Diablo para hacerme eabio «sin estudiar las ciencias y sin tener talento, 
y para lle&arme en un instanle de sal espaflola los aposentos de la 
cabeza ? . . . Porque según los cristianos sólo Dios podría obrar sema- 
jante milagro, y según las beatas sólo el Demonio, puesto que ^tas croen 
q^ue Satanás tiene un poder ilimitado y que concede cuanto se le pide^ 
«1 )en cambio se le dá ese ser indefinible que el mundo llama ánima. 

-T-]^o, yo no cuejQto.eoQ el poder de Dios ni con el de Satanaiu de 
que tú me hablas, me respondió, sino con un poder misterioso qne tiene 
todo ser raoiojQsl, con el cual puede cualquiera adueñarse del talento y 
de la sabiduría de todos los inteligentes y doctos qoe han descendido 
al sepulcro. 

— Me Uenas de Tmmo, le contesté. 

— rBígueme, pie aijo, y ahora mismo te ensebaré ©1 miedio de ser sabio 
ComoSalomon, gracioso eomo Qnevedo y ]>oeta como Lope de Yega. 

Sintiéndome dominado, tanto por la cm'io^dad de saber el secreto, 
<x^mo por el antojo de sar sabio, gracioso y poeta, tomé mi capa, uii 
fioonbrero y mi bastón y seguí líos pasos de mi guia. Catorce cuadras 
anduvimos, háeia el JSTorte por un piso enlodado y desigual, respirando 
um aire mefítico (como lo respira siempre todo el que. camiiva por las 
calles de Bogotá), y ál fin de la última, entramos en una casa de ruin 
afparieneia, subimos una escalera estrecha^ tortuosa y carcomida y al 
coronarla hallan¡K>8 nna puerta ancha y baja por donde entramos en una 
pieza de aepeoto sombrío, ya por el color verde de sus muros, ya por su 
pavimento cubierto de una alibmbra negra y ya en fin, por las lucea 
azuUnas que iluminaban aquella mansión. Más de veinte hombres de di- 
ferentes édad€S se veían allí graves y cari-asombrados, distribuidos en 
cuatro grupos rodeando igual número de mesas, donde había tiptoro. 



X^ 



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plama j {mpeL Pregnntéle á mi amigo <|ii6 liaoia a^tueUa gi^ib en 
tono de tAlea m^Bas, «imiday por inlenraloB, ea «a «il^ncio absokitoy j 
respondióme : 

«-Qoie qué hace «esta gente ? » . . • Bafa I pues evocar espiritiuk 
—Evocar cspiritns I le repliqué con acento de adañracion^ 
**^\y me conteelóy estos eefiores hacen comparecer actnaUneate de- 
lante de BÍ á las almas de algunos mnertos, coa el &i de apoderarle 
del entendimiento, del donaire y de la ciencia %u» poseían las perso^ 
ñas á las cuales esas ánimas perteneeian. Abre mucho los €|}oa y aplica 
los oidos y aprenderás el medio admirable de saberlo todo m hiaber 
aprendido nada. 

Siguiendo los consejos de mi amigo puse ateacion á lo ^«e los ex- 
presados hombres hacían^ y declaro que quedó mara^vUlado cuando vi 
cómo los miembros de aquella sociedad eepirita evocaban las animaste 
algunos desalmados, ó lo que es igual, de algunos guerreros ya diftmtos, 

Ír Tas hacian comparecer delante de sí y resoonder á las preguntas que 
es dirigían. Un espiritista evocó el espíritu oe JEtim^em$; otro el de Julio 
Oésar, cnal el de JfapcAeon y á cada uno su respectivo médium le hizo 
esta preranta : 

-^Qbá cac»a te impidió encumbrarte al elevado puesto á qne 
aspirabas ? 

Y cada alma, con la pluma de su evocador, respoudió.on sustancia 
lo siguiente, bien que en términos diferentes : 

--^abe hombre, que no derribé todos los solios que deseaba ani- 
quilar, ni levanté un trono estable sobre las minas de los que derribé^ 
porque en la mitad de mi carrera*se alzaron varios traidores y me detu- 
vieron el paso. 

Licontinentí. cada médium le preguntó á el alma que babia evocado : 

— Qué pesares llevaste al sepulcro ? 

Y cada espíritu contestó : 

— ^Llevé dos muy profundos ; haber hecho muchos males á la hu- 
manidad sin provecho de nadie y no haber decapitado á unos cuantos 
ambiciosos llenos de envidia, de quienes fundadamente temia y que al 
fin me traicionaron. 

Yo que tAl oía, dije para mi capote : 

-^Segun esto, una parte del mundo se compone de usurpadores sin 
freno, que no se psu-an en medios para encadenar á sus heipmanos ; otra, 
de envidiosos y traidores que nada respetan para llegar á su fin y otra 
parte de mártires que viven sufriendo la opresión de todos los bribones 
que han tenido audacia, fuerza ó mafia para esclavizarlos. 

Esta consideración me trajo á la memoria la traición más infame do 
cuantas se hayan ejecutado en la haz de la tierra desde que el mundo es^ 
mundo. Recordé que en la noche del 8 de Noviembre de 1861 un her- 
mano mió y yo hablamos sido vendidos á nuestros enemigos^ por un 
luHnbre, á quien sin conocerle el corazón, dimos asilo y protección en 
nnestra casa para librarlo del cadalso ó del destierro acaso bien merecí* 
dos. Por un milagro salvamos la vida ; pero no nuestra propiedad qu» 
fué arrebatada por la horda salvaje que invadió nuestra haDÍtacion, y 
por el mismo asilado, cuyo nombre no manchará esta página. 

La memoria de este horrendo crimen me hizo exclamar : 
^ — Ohl con razón que Eumenos, César jr Napoleón no perdonarati 
ni á la lloro de sa muerte á los que los traicionaron I . . . • Un reo de ase- 
fiinato, de robo y de incendio carga eon el aborrecimiento de todos los 



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— 8 — 

hombres honrados, pero pnede reconciliarse con ellos por medio de una 
lar^ expiación y un arrepentimiento sincero ; más, un reo de ingratitud 
ó (ü traician eerá siempre digno del odio y de la desconfianza de cuantos 
lo conozcan, hasta de aquellos en cuyo provecho haya sacrificado, con 
su felonía, su honra y su dicha. 

Esto me decia en el momento en que un socio evocaba el alma de 
Erostrato. No bien consiguió su objeto le preguntó: 

— Por qué quemaste tú el templo de I)iana ? 

Y el espíritu respondió con la pluma de su médium: 

— Por hacerme célebre. 

— ^Y qué celebridad alcanzaste í 

— ^La que alcanza todo perverso, todo ingrato ó todo traidor, que 
bascando por mal camino honra y gloría no consigne sino el odio de 
todas las generaciones^ una eterna ignominia. 

En esto un espiritista evocó el ánima de Homero y preguntóle : , 

— ^Tú pensaste alguna vez en inmortalizar tu nombre ? 

A lo cual el espíntu contestó por el medio que he expresado : 

-—Yo nunca ^ensé en la inmortalidad sino en la vida terrenal. Hice 
la Iliada y la Omsea y compuse millares de versos para ganar el pan 
que me conservara la vida, j la suerte quiso que me muriera de hambre 
y que alcanzara la inmortahdad, puesto que vive mi nombre jtmto con 
mi luADA y mi Odibba. 

— ^Pruébame, le dijo el m£dium^ que la Odisea es obra de tu numen. 

El alma de Homero escribió entonces un poema épico sobre el sitio 
de Cartagena de 1815, en el mismo idioma y en el estilo mismo en que 
corapufeo la Odisea. 

El evocador vertió rápidamente la epoi)eya al castellano, aunque 
para él era griego crespo, el griego en que estaba escrita, y los que oye- , 
ron leerla esclamaron : 

— He aquí una obra maestra digna solo del numen poético del in- 
mortal Homero. 

Yo al ver tales milagros me llené de admiración, y deseando prac- 
ticar el espiritismo ; sondear ese misterio propio de magos y hechiceros^ 
ó mas bien de pitonizas, que como la de Éndor, hacían bajar del otro 
mundo á este valle de lágrimas, las almas de los muertos, me acerqué 
id sugeto que me Iiabia introducido en la sociedad espirita y lo invite á 
que nos fuéramos ; pero como me respondiera que no tenia deseos de 
i*etírarse, me escabullí solo de entíbelos mencionados grupos y me mar- 
clié á mi casa á ejecutar cnanto habia visto, á fin de habérmelas cara á 
cara y verbo ad verhum con el aSma de un difunto. Guando estuve en 
rtii gabinete, preparé tinta, pluma y papel ; luego me senté delante de 
mi escritorio, y con el brazo apoyado de codo en el bufete y descansan- 
do la cabeza en la mano, me puse á pensar en el ex-woiente cuya alma 
evocaría. 

— Válgame Dios ! me decia, pensando en llevar á cabo mi deseo de 
escribir la consabida historia, ¿ cuál será el hombre que tuvo durante su 
vida más donaire para expresar sus pensamientos en espaDol ! 

Meditando en esto se me vino al magín el nombre de Cervantes, 
acaso por parecerme el más afamado decidor y aventajado hablista de 
todos los hombres jocosos que ha querido Dios enviar al mundo para 
divertif'á la humanidad, y en el momento resolví llamarlo á mi presen- 
cia y hacerle cantar cuanto sabia, y para ello dispuse ini^ corazón al 
espiritismo y murmuró la fórmula cabalística que los espiritistas acos- 



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— 9 - 

tumbran en sns evocacioneB. En segoida hice sobre el papel los signo» 
misteriosos qne ellos nsan en tal caso, j esperé .... ¡Oh místelo inson- 
dable t . . . . Oh sorpresa t • . . Oh pasmo I . . . • Qaién que no haya prac- 
ticado el espiritismo paede imaginarse lo aue 70 experimenté ? . . .Sabed^ 
caro lector, que de repente sentí que el alma del autor de El ingenioso 
hidalgo don Quijote de la Mancha se me encaramaba ó se me embutia 
en el cuerpo, sin que pudiera yo saber en donde tomaba asiento, si fuera 
ó dentro de mi. Montado ó incorporado dicho espíritu en mi humana 
personalidad, le pedí que fuera luz de mi entendimiento y guia de 
mi pluma, y como yo tenia esta entre los dedos en actitud de escribir,, 
sentí que lijera echó á correr sobre el papel trazando varias palabras sin 
qne para ello interviniera mi voluntad. 

Escrito un renglón lo leí y vi que decia : 

^' MiaiTEL DE OBBVÁsrrES SAAVEDBA BEBA TU FAMnJAB." 

Orgulloso con mi triunfo sonreí de contento y le dije al espíritu : 
— Cervantes, inspírame para escribir la historia, cuyos hechos prin- 
cipales pasan actualmente en mi memoria ; pero mira que ella ha de ser 
escrita en estilo y lenguaje clásicos ; esto es, que no lleve frases ampu- 
losas ni que huelan . á ^ongorismo, de modo que cualquiera al leerla 
piense que ha sido escrita en español y no traducida á%\ francés. 

— " Bien está, me respondió, yo pensaré por tí ; yo guiaré tu péñola 

Íde ese modo, entre los dos haremos, en castellano neto y castizo la 
istoria que tanto anhelas ver escrita." 

— Dame el título de la obra, príncipe de la literatura española, W 
dije, y guia mi mano para escribir el primer capítulo. 
Mi pluma trazó en el acto estas palabras : 

LAS TRAVESURAS DE UN TUNANTE, 

y en seguida escribió el epígrafe del capítulo y gran parte de este. 

De súbito sentí que mi mano se detenia y que mi voluntad imperaba 
de nuevo en mí El espíritu habia desaparecido ! . . . . 

Entonces me dije : 

— Qué bien me ha salido el consejo que rae dio mi amigo ; con qué 
facilidad he hallado el medio de ser escritor público sin saber formular 
bien un pensamiento^ Cuántos hombres habrá que pasan por sabios en 
el mundo, porque han tenido la audacia de usurpar pensamientos bri- 
llantes y sólidos, o porque han encontrado un espíritu generoso que le» 
ilumine su oscuro entendimiento. 

Díjeme esto y me acosté á dormir. 

Al día siguiente muy temprano dejó la cama, me fui á mi escrito- 
rio, evoqué mi famüir é iluminado por él continuó hasta el fin el capí- 
tulo suspendido. En esta ocasión como en la vez primera el espíritu se 
alejó de mí ; pero volvió á mis llamamientos y de este modo di feliz tér- 
mino á la historia. 

He ahí, lector amable, cómo Las Travesuras de un Tunante las 
escribió mi mano, pero no ías concibió mi entendimiento. 

Preciso era que vos supierais esto, ya os pareciese buena, ya mala, la 
historia que vais á leer. Si os hiciese rcir algunas veces; sí por un 
milagro de Dios llegaseis á juzgarla digna de ser leida por vos, e8j>ero 
que ya no diréis como soléis : 



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— 10 — 

— ^Esta hÍ6toria no puede ser producto del entendimiento del que 
<Hi elle «parece eorao bu autor ; qniaá es escriba por algún literato mo- 
desto y pobre que ha vendido el manuscrito, ó de no, ée plagio de alguna 
novela extranjera que no es conocida en el país. 

Decid en tal caso y no mentiréis : 

— Esta obra la concibió el alma de un muerto y la parió la plumfi 
de un vivo. 

Si al contrario llegaseis á creer que la mencionada historia es simple 
como aquellos truhanes que lá echan de graciosos sin tener en la mollera^ 
ima miaja de sal ; que es mala en su conjunto y en sns detalles ; que 
contiene defectos notables y adefeoios de mas de la marca, echadme á 
mí la culpa de tales imperfecciones y decid entonces á ciencia qierta : 

~^Se ve que la tal obra es hija del flaco y oscuro entendimiento del 
médium y no del robusto y claro del familiar. 

Si esto dijereis, con r^zon, en contra de las tbavbsijeas de. un 
TUNANTE, yo OS ofrcscQ agiíautar callado vuestra censura, pues si en 
realidad el libro fuere malo, la culpa seria mia y no de mi inspirador^ 
]K)r cuanto á que éste ha brillado en el mundo literario como un sol sin 
ocaso, y yo ni siquiera como una luciérnaga, por que soy un escritor- 
zuelo sin pisca de talento, de ciencia y de gracia, y en tal caso debe 
creerse que si la historia es mala, es porque por un coiidnoto imperfecto' 
no puede transmitirse nada puiD. 

Concluyo aquí, lector querido, esta prefación) rogándoos que leáis 
la historia de las travesuras de un tunante sin prevenciocí desftivo¿ 
rabie y con atención. Si ella es buena, pasareis unos dias entretenido 
y^ sacareis algún provecho, y sí no lo es, todavía no perderéis el tiempo, 
«i es que hemos de creer á rlinio el mayor, el cual dijo que no habia 
libro tan malo que no tuviera algo bueno. 

Bogotá, 6 de Noviembre de 1870. 



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L A.S 

TRAVESURAS DE M TÜMNTE. 

LIBEO PRIMERO. 



CAPITULO I. 

Sonde se ftemnestra que hb qneso de oro alimenta mejor á nna ayarienta qne los mas 

jugosos manjares. 

A MEDIADOS del siglo xvn vivía en Sevilla una familia opulenta, 
la c[ue con su inmensa riqueza habia conquistado un lugar distin- 
-^uido en la gerarquia social. Don Baltazar Bonderos, jefedelacasa, 
fundaba todo su orgullo en el pon poso título de marques de San Isidro y 
que habia comprado por la exhorbitante suma de diez mil ducados. Do&a 
Valentina Carranza, su esposa, no sólo hacia alarde de su inmensa fortna 
y de BUS pergaminos dorados, sino de la acrisolada honradez de todas las- 
j^eneraciones de su linaje. Imaginaos ahora, caro lector, cual seria la 
desesperación y vergüenza de la señora Carranza al tener noticia que el 
primogénito de sus hijos, enfurecido por la loca pasión de los celos, habia 
dado muerte á un rival suyo del modo más indigno de un caballero. 
Aunque los títulos nobiliarios ; las medallas, cruces y placaa con que los 
reyes honran á las familias que les caen en gracia, y a las que se dejan 
óxplotar, son otros tantos escudos portentosos donde va á estrellarse el 
oprobio ó la infamia que la opinión pública arroja siempre sobre el cri- 
minal y sus parientes, la señora marquesa no tuvo fe en sus pergaminos 
y al saber que su desgraciado hijo iba á ser decapitado, determinó dejar 
su amada patria ó irse á un país remoto y desconocido á ocultar su 
deshonor. 

Tomada semejante resolución se acercó á don Baltazar y le impuso 
su voluntad como un mandato. El bueno del marido inclinó la cabeza y 
empezó á vender cuanto poseía. Cuando á consecuencia de las ventas ee 
víó el marques dueño de una gran suma de piedras preciosas, de onzas 
de oro y de patacones de buena ley, arregló con su esposa el día de la 
marcha y sin decir nada á nadie se encaminaron hacia el puerto de Pa- 
los, acompañados del único hijo que les quedada y de un criado viejo 
que era el dechado de la fidelidad y de la honradez. Así como pisaron 
las playas del Océano se embarcaron y tomaron rumbo hacia la Amé- 
rica del Sur. 



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— 12 — 

£1 mismo dia en que pusieron sus plantas en las costas vírgenes del 
mundo de Colon, enderezaron su ruta háciá los pintorescos valles de 
CundiAamarca y fijaron su residencia en Santafé de Bogotá, ciudad fun- 
dada por Gonzalo Jiménez de Quesada hacia poco más de un siglo, 
sobre las ruinas de un hermoso parque de recreo de los destronados 
zipaa. Diez afios hacia que la familia española vivia en Santanfé cuando 
la muerte arrebató del mundo al seiüor marques. Esta funesta calamidad 
fué causa y parte para que la viuda se alejara de la sociedad con sn hijo 
y BU criado, y con ellos fuera á sepultarse en la soledad de un campo á 
consagrar en el silencio, como ella decia, sus pensamientos y lágrimas 
al hombre que le habia dado cuando vivo un título honorífico y que 
después de muerto la habia dejado dueña de una inmensa fortuna. 

Gnatavita fué el lugar que escogió para su recogimiento y aunque 
habia resuelto regi-esar a Santafé luego que trascurriese el año de luto, 
varió de parecer, desde 'que empezó á eonocer la dulzura del clima y la 
índole apasible de sus moradores. La marquesa le cobró tal cariño al 

Íiueblo donde habia enjugado sus lágrimas, que determinó pasar en 61 
os pocos años que le quedasen de vida. 

Establecida de una manera absoluta, la señora Carranza en -Guata- 
vita, compró una heredad distante como una legua de la población, e 
hizo construir en ella un elevado castillo que bautizó con el nombre de 
San Isidbo. Esta mujer superficial creia que al bajar al sepulcro se 
hundiría con ella su pomposo título si no lo gravaba en un monumento 
do piedra que fuera trasmitiéndolo á sus descendientes hasta el fin de 
los sigilos. 

No bien estuvo habitable el castillo, la señora marquesa se trasladó 
á él con sn hijo y su servidumbre. Su primer cuidado fué tratar de 
embellecer aquel sitio con arboledas y flores; pero cofno el terreno era 
ingrato, negó el follaje a los árboles y las rosas á las enredaderas y 
madre-selvas. Deshojados y secos se alzaban los troncos amortajados 
de áspera yedra en torno del deforme castillo, haciendo dicha morada 
melancólica y severa como la mansión de los muertos. Por entre esos 
árboles deshojados y esas plantas sarmentosas se paseaba á mañana y 
tarde la^escuálida marquesa, cual cadáver galvanizado que anduviese 
por entre los marchitos sauces y los melancólicos cipreses de un cemen- 
terio de parroquia. 

Doña Valentina Carranza, en el tiempo en que fué á habitar el 
castillo, contaba como ochenta años de edad. Su estatura era más que 
elevada ; pero en forma de flecha, tal vez por el peso de la larga vida 
que gravitaba sobre sus hombros ; sus cabellos emblanquecidos por la 
nieve de la edad, coronaban una frente estrecha, ceñuda y aplanada en 
las extremidades como la del Orangntang. Sus mejillas enjutas y plega- 
das como un abanico entre-abierto ; sus pómulos agudos y salientes; 
su alta y curva nariz semejante al pico del papagayo; sus ojos de bidrio 
deslustrado, sombreados de unas cejas cerdosas y largas, en forma de 
vicera y por fin, su boca delgada, tortuosa y undida, armada en un 
quijada angular, imprimian en su fisonomía el sello de la astucia» 
de la desconfianza y la avaricia. 

Nada más natural que esta vetusta anciana, que por su decrepitud 
tocaba ya á las puertas ele la eternidad, amara á Dios sobre todas las 
cosas ; pero no era así, por desgracia para la marquesa, puesto que sus 
riquezas ocupaban el primer lugar en su codicioso corazón. 

Su desenfrenada {\varicia habia desterrado de su alma los más bellos 



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— 13 — 

sentimientos con que el Supremo Hacedor ha dotado al rey de todo lo 
croado. Esa mujer pagana no adoraba á Dios, ni poseía ninguna virtud ; 
la caridad, la benevolencia, la filantropía j esos oti'os dones excelsos con 
que la Divinidad ha enriquecido al espíritu del hombre no dilataban 
jamas su metalizado corazón. 

La marquesa amaba á su hijo, según ella decia j pero si Dios hubiera 
trocado á ese adolescente en una estatua de oro, así como convirtió á la 
esposa de Lot en una de sal, su madre lo habria adorado de hinojos, 
como las hijas de Israel al Becerro de metal fabricado de sus joyas. La 
señora Carranza era una mujer pervertida, para quien no habia en el 
mundo nada más digno de ser amado y adorado que su espléndido cofre, 
repleto de piedras finas, de oro y plata. Sábese por tradición que la 
marquesa veia todos los objetos dorados, así como los asesinos lo vea 
todo de color de sangre! . . . . Esa desgraciada seflora no tenia sino una 
sola Mpiracion, un solo deseo ; en su naco cerebro no germinaba sino 
im solo pensamiento : acumular. Esclava de su avaricia sufría horribles 
privaciones que soportaba con resignación por amor á su caudal. Los 
ahorros que hacia en todos sentidos la obligaban á disminuir las como- 
didades de que debe disfrutar toda persona acaudalada. Lps alimentos 
que se servían en su mesa eran frugales y groseros; el ajuar humilde y 
sórdido de su habitación, revelaba su codicia; su cama estrecha y dura, 
semejante á la que le dieron en la venta al hidalgo caballero, era má$ 
bien un lugar de tormento que de reposo y finalmente, sus vestidos raí- 
dos y descoloridos se asemejaban más á los harapos del mendigo que se 
abriga mal porque nada tiene, que á la ropa buena y decente que debe 
vestir el que tiene mucho. - 

La marquesa se quejaba amargamente de la Justicia Divina por 
haber sujetado al hombre á alimentarse, á alojarse y á cubrir sus 
carnes, como si la satisfacción de las necesidades no fuera el supremo 
bien de la vida y el objeto de la humanidad en la tierra. Pero no era 
esto sólo : ella vivía maldiciendo la necesidad imprescindible de habitar 
con los animales de su especie. Aborrecía la sociedad con todas las 
ñierzas de sn alma por las obligaciones que tenia para con ella, y cosa 
Tara; jamas se acordaba de los bienes que esa sociedad lo dispensaba. 
El pueblo en venganza se desquitaba del egoísmo refinado de la mar- 
quesa, tratándola con acritud, naciendo de ella las más severas censuras 
y mirándola con aversión. Sabido es por todos, que el avaro ha acarrea- 
do siempre sobre sí el odio y el desprecio del género humano. A la vei^ 
dad, { quién puede amar á un ser para quien no hay en el mundo sino 
sn Yo y su cofre? ¿Quién no desprecia á aquel que tiene en más su 
tesoro que su Yo ? j Quién no odia al hombre que corrompido por la 
avaricia deja sacrificar la pureza de su hija, y el honor de su esposa, y 
consiente en que se aniquile la salud de ol mismo atacada por una cruel 
enfermedad, antes que disminuir en una, las monedas que rebosan en 
su gaveta? 

Kuestra heroína con todas sus ricjuezas era tan {)obre como el cie- 

So Milton, porque como él, se veia privada de los bienes que hacen la 
icha del hombre. Pero no sólo sufría por este lado la señora Carranza ; 
como era recelosa y desconfiada vivía llena de sobresaltos y susidios que 
le turbaban incesantemente el reposo. Ella creía ver en todas partes 
ladrones que se confabulaban y que le asechaban su casa para robarle 
su adorado tesoro. Su hijo que era un modelo de honradez no se escapó 
de sus infundadas sospecnas ; quizá creía la marquesa que él tenia déi'e- 



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— le- 
cho de tomar fartivamente la herencia que le correspondía 7 que ella le 
retenia indebidamente. 

Temerosa nuestr^ heroina, más de los ladrones que pudiera haber 
on la Casa, que de los que por fuera se confabularan para robarle, se en- 
tregó por algunos días á idear un medio que la pusiera á cubierto á& 
cualquier desfalco. Cuando brilló en su .mente el descubrimiento que 
con tanto afán buscaba, llamó un platero á su casa y díjole : 

— Quiero que usted me construya un cuerpo de la figura que le 
indique, formaoo del oro que poseo. 

— (Jna pirámide, un cilindro, por ejemplo?, le preguntó el platero. 

— Ya be pensado en ello, respondió la marquesa, y lo que deseo es 
que usted me fabrique una figura que no se preste al robo ; esto es, que 
no le entro cincel ni lima sin que se note. 

— Oh ! eso es muy difícil. 

— Puede usted darle al oro la forma de un queso i 

— Nada más fácil, 

— Con su esfera perfectamente labrada? 

— I Ah sí! eso depende del molde donde se vació el oro. 

— Y luego que usted haya dado esa forma al oro, ¿podrá incrustarle 
algunas piedras preciosas en ambas superficies ? 

— Bah ! si no pudiera hacer tal, no sabría mi oficio. 

— Bien, que dice usted ahora de mi invención? ¿íío cree usted qua, 
nadie se atrevería á sustraer una partícula de oro, porque el que lo in- 
tentara temería que yo lo notase ? Las piedras finas imposibilitarán el 
fraude en ambas superficies, y la labor lo impedirá eu toda la esfera. 

— Exactamente. Es usted, señora marquesa, una mujer de talento. 

— Puesto que usted aprueba mi invención, manos á la obra. 

— Según eso me pongo á trabajar el molde ? 

— ^Sin dilación. 

Ajustados en el precio, el platero partió para su taller y se puso 4 
dar principio á la obra. Cuando estuvo el molde, que el artífice constru- 

Író según el peso indicado por la señora Carranza, fué ésta á presenciar 
a fundición del oro y el engaste de las piedras. Terminada tan pre- 
ciosa alhaja, la marquesa la miró de hito en hito por espacio de una 
hora y en seguida se fué en busca de un carpintero, y no bien lo 
halló, contrato con él un enorme armario de nogal ; ó mejor dicho, un- 
iabernáoulo de grandes dimencienes. Concluido éste mueble, colocó en 
él su deslumbrante Queso, su deidad benefactora^ junto con algunas mo- 
nedas tanto de oro como de plata que había reservado para satisfacer 
sus escasas necesidades en los días que quisiera Dios dejarla en el mundo. 
Desde aquel instante la marques^ hizo del cuarto donde deposita 
su tesoro, un oratorio ; del armario un altar y del Queso de oro un dios. 
Tan cierto es esto, que gran parte del día se le veia de rodillas en su 
reclinatorio rindiendo culto a la vil materia que había pervertido su 
corazón, y no al verdadero Dios como ella decía hipócritamente. ¡ Y cosa 
extraña I cuando oraba al pié del innoble altar, no sentía hambre, ni sed, 
ni sueño ; la vista del Queso bastaba á satisfacerle las más imperiosa» 
necesidades de la vida. ... 

¡Oh si la Divinidad airada ejectura algún día con los avaros 
lo que hizo con los israelitas que adoraban al Becerro de oro, esto es: 
pulverizarles el ídolo^ hacerles comer el polvo y quitarles luego la vida 
de un modo violento y terrible, eg]erceria un acto de justicia visible para 
todo el mundo, como la que ey ercia en otro tiempo I . . • .: 



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-18- 

Seis afios tributó calta la marqiiefia á bu tesoro y al cabo de ello» 
notando q>ne las Bombras de la maerte la enyolvian ja, determinó ocul-^ 
tarlo ea un sitio donde pudiera liallarlo el dia del Juicio final, luego que 
-el Jaez Supremo hubiese resucitado á los moertoB. Los avaros esperan 
cotai fe ciega la resurrección de la carne y la vida perdurable acá en la 
tierra, y aooúnados por semejante creencia^ sepultan sus caudales á fin 
de asegurar así un capital para principiar sin afanes la nueva vida. . . . 
4, Estúpidos, que no alcanzan á compreuder que puede haber dicha 
^in oro ! . . . . 

Hemos dicho que la marquesa temiendo morirse pronto había 
resuelto ocultar su magnifica alhaja junto con el dinero que habia reser- 
vado, (ó con una psu'te al menos) y con efecto un dia que no habia en el 
castillo más personas que ella y su criado, llamó á éste y díjole : 

— Como tengo suma confianza en ti, voy á depositarte un secreto. 

— A depositarme un secreto i 

— Sí, pero antes júrame que no se lo revelarás á nadie. 

— Según eso no es tanta la confianza ^ue tiene vuestra merced en mí. 

— ^Hasta hoy te he tenido por muy sijiloso ; pero desconfío para el 
porvenir, ¿se yo si mañana se te mete el I)iablo en el cuerpo ? 

— ^El biablo no entra en el corazón de los buenos cristianos, sefíora 
marquesa, y ya vuestra merced sabe que en este país soy el mismo Juan 
Pablo Frías, católico, apostólico, romano que era en Sevilla. 

— ^Vamos, déjate de argucias, dijo la marquesa, que no podia sufrir 
que le contradijeran, y hace la sefíal de la cruz. 

—Haga vuestra merced su voluntad, dijo el bueno del criado 
sacando la mano derecha de debajo dejl ferreruelo con el índice y el pul- 
gar cruzados. 

— Juras por Dios nuestro Sefíor y esa sefíal de cruz, dijo la mar- 

Íuesa con voz solemne, juras no revelar á nadie el secreto que voy 
confiarte? 

— Sí juro, respondió el criado inclinando la cabeza. 

— Si cumples. Dios te premie y sino él te castigue. 

— ^Amen ! dijo Juan Pablo bajando los ojos al suelo.^ 

En seguida le dijo la marquesa : 

—Ahora toma una herramienta v vete tras de mí. 

— ^Una herramienta ? le pregunto el criado con acento de duda. 

— ^No me comprendes? bruto ! . . . . Te digo que tomes una barra y 
me si^s los pasos, pues quiero que abras un hoyo en el punto que voy 
á indicarte. 

— ^Válgame Dios t exclamó para sí el criado lleno de asombro, si 
querrá esta seUora que la entierro viva. . . . pero así como asi ya la está 
pidiendo la tierra. 

Esto dijo, se enkó en un cuarto, tomó una barra, se la echó al hom- 
bro y simulo lentamente los pasos trémulos de la marquesa. 

' Ko léj 08 del castillo cuando apenas la sefíora Carranza habs'ia andado 
nnos trescientos ó cuatrocientos pasos (que en esto no estamos ciertos 
aunque el historiador es^ como Dios que sabQ el pasado, el presente y el 
porvenir y que tiene ojos para verlo todo, hasta lo que esta en las entra- 
liaa de la tierra) se detuvo y le dijo á Juan Pablo : 

— Caba aquí, debajo de e^ árbol. 

El criado obedeció y pronto hizo un foso. 

Tenia el hoyo metro y medio de profundidad, cuando le dijo la 
i^ieja al hombre : 



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— 16 — 

— Suspende el ti'abajo y vuelve conmigo al castillo. 

El criado dejó la barra y siguió á sa ama sin murmurar. La mar- 
finesa entró en el oratorio ; abrió el armario de nogal, descubrió con 
^-everencia el deslumbrante Queso, lo besó repetidas veces con sus hela- 
dos labios, lo cubrió de lágrimas, cual madre carifíosa que acaricia por 
última ves á su hijo adorado poco antes de que sea conducido fd sepulcro. 
Después de esto se volvió al criado y le dijo con voz doliente y apagada: 

— Alza este ídolo de mi corazón y esas monedas que lo rodean y ve 
á enterrar todo, en el hoyo que acabas de abrir. 

—Pero.... 

— Silencio, le dijo la vieja interrumpiéndole, calla y obedece. 

El criado se dispuso á ejecutar la orden ; pero pronto conoció que 
sus fuerzas no eran suficientes para levantar aquella inmensa mole. 

— Es imposible, le dijo á su ama mirándola tristemente, yo sólo no 
podré trasladar este muerto al cementerio. 

— Sí podrás ; trae la carretilla. 

El hombre desapareció y pronto volvió á presentarse con la maqui- 
na que le pidió la sefíora. 

Con el auxilio de este aparato logró Juan Pablo trasportar el tesoro 
del castillo al foso. Hecho esto lo arrojó al fondo de él y lo cubrió 
de tierra. 

La marquesa puesta en pié al borde del hoyo, observaba aquella 

fúnebre escena con semblante abatido y melancólico. Pero al mismo 

tiempo que sufría perdiendo de vista á su dios, gozaba con la certeza de 

ponerlo á salvo de los ladrones y de volver á verlo después del fin del 

mundo. 

Así como el criado arrojó la última puñada de tierra sobre el tesoro 
y la comprimió con los pies, alzó la cabeza y le dijo á su ama : 

— Asunto concluido, no es verdad ? 

— Sí, eso basta. . . . ahora punto en boca. 

— ^Puede vuestra merced estar tranquila ; primero, me dejo arrastrar 
de la lengua que decir una palabra. 

Al cabo ae cuatro meses el criado fué atacado de una parálisis que 
e embargó e? habla y le suprimió la memoria, y tres semanas después 
a vieja bajó al sepulcro.' Con la parálisis del criado y la muerte de la 
marquesa quedó perdido el tesoro. Si el sirviente no se enferma es segu- 
ro que el Queso de oro sale de su sepulcro el dia en que la vieja fué en- 
terrada, pues los juramentos que se prestan sobre tales cosas no se guar- 
dan mejor que los que se hacen los enamorados sobre su fidelidad y 
constancia. 

El dia en que la seCíora Carranza exhaló el último suspiro fué para 
su hijo y su servidutnbre un dia de fiesta en vez de serlo de luto y dcr 
solacion. La muerte de los avaros se celebra, se rió, se bendice ; pero 
no se llora ! . . . . Sabéis por qué ? he aquí la razón : Tos no ignoráis, ca- 
rísimo lector, que el amor que cada individuo de la especie numanase 
tiene á sí ínismo, es superior al amor que profesa á cualquiera de sus 
semejantes ; nada importan los vínculos de sangi*e ; esto no destruye el 
sentimiento. Ahora bien, si el amor al Ti?, conduce á buscar con primacía 
la dicha para sí, y si la fuente de esta es el placer ó el bien, es claro que 
el hombre ama a quien le hace bien y aborrece á quien le hace mal, j 
vos sabéis que del avaro hay que temer el mal y no esperar jamas el bien. 
7odo ser racional le tiene horror al tigre porc[ne sabe que este animal ea 
feroz y sanguinario, y á todo hombre le inspira simpatía el caballo por- 



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— 17 — 

que espera vivir de sn servicio. He aquí por qné huimos del genio del 
mal y bascamos al ánjel del bien, lío hay, pnes, qnien no sienta pesar 
al saber que ha desaparecido la persona que lo hacia feliz, y quien no 
experimente alegría al tener noticia que ha muerto aquel que lo hacia 
desgraciado, y su contento será mayor si ve trocar su suerte de malaca 
bonísima. En semejante caso las lá^imas que pudieran salir de nuestros 
ojos por el dolor que engendra la desaparición de un pariente, las repri- 
nien las sonrisas que asoman á nuestros labios por el placer que da la 
muerte de un enemiga^ sin que nosotros lo queramos, sin que seamos 
de malos instintos, sentimos que el corazón se dilata de gozo dentro de 
nuestro pecho.... Así está hecho el hombre ! con amor al placer y 
aversión al dolor, y en vano condenarán los moralistas este modo de 
sentir ; ellos no podrán modificarse á sí mismos, no podrán destruir una 
ley natural 

Digímos que el fallecimiento de la marquesa había llenado de gozo 
á los habitantes del castillo, y nos fundamos en (^ue aun no había la 
muerte paralizado la sangre en las arterias de la vieja, cuando el hijo de 
ésta V algunos criados ocurrieron presurosos al armario j lo abrieron 
rápidamente, á ñn de regocijarse con la vista de la inestimable alhaja 
que la marquesa había puesto en él, y que no dudaban que estaria allí, 
todavía guardada. 

Imposible es demostar con sólo el recurso de las palabras el terrible 
dolor que experimentó el joven Eonderos al notar que el Queso de oro 
había desaparecido del armario. Estamos seguros de que el hermano de 
éste pobre hombre no sintió una sensación más desagradable cuando el 
Jaez le notificó la sentencia de muerte, que tres días después lo llevó al 
cadalso. El infeliz desheredado rujió de rabia ; pateó el suelo como un 
energúmeno y en seguida se puso á llorar como un niño. 

Konderos no derramó una lágrima por la muerte de su madre, pero 
se desesperó por la pérdida del tesoro, pues tan precioso depósito le había 
llenado el alma de las más lisonjeras esperanzas de un porvenir venturoso. 
El hijo amaba el oro y aborecia á su madre, porque la madre odiaba 
á su hijo y adoraba al oro. El joven con esto no hacía §^no obedecer una 
ley natural. ^ 

Tan pronto como le pasó al hijo de la marquesa el primer axceso 
de dolor y se trantjuilizó su espíritu, se puso á buscar al aios de su ma- 
dre en todos los sitios donde él creía encontrarlo. Has, toda diligencia 
fué inútil ; el magnífico Queso desapareció y sólo quedó la memoria de 
él, Que se trasmitió de generación en generación hasta la presente. El 
infeliz desheredado tuvo que contentarse al fin, con unas pocos onW de 
oro y unos cuantos pesos que encontró en un secreto del armario. 

] Desgraciado üel que finca su dicha en el oró de un avaro ! 

CAPITULO II. 
Bonde el lector hará eoHoeimiento eon nno de los personajes de nuestra historia. 

IOS descendientes del marques de San Isidro habitaron el castillo hasta 
el afio de 1743 en que un terremoto lo redujo á escombros y entonces 
le donaron el campo á la Oompafiía de Jesús. Los jesuítas edificaron 
sobre las ruinas del antiguo palacio una informe casa de ladrillo y teja 
que todavía existOi y conservaron la propiedad hasta la noche del 31 de 



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— 1« — 

Julio d«í 176T exí qtte 4l Yirey les notificó la real -prugmátícsL de Garlos IH 
de 2 de Abiril del mismo aUp, expulsándolos de los dommios espafioles á 
ios del Papa. 

Desde el día en que la antigás heredad de la xnarqnesa pasó á 
manos de los frailes, perdió el nombre que habia llevado hacia tantos 
afios y tomó el de Za Compañía^^ que conserva hasta el día de hoy. 

Oon la ^x;palsion délos jesuitas, la hacienda de La Compañía fae 
t^^nfiseada, como lo fueron todas las propiedades que ellos tenian, y 
vendida en pública almoneda. Los descendifentes del marques deseosos 
de poseeír la tierra donde se habia mecido la cuna de sus padres, la com- 
praron y se establecieron en ella. £n el año de 1780 . se vio la familia 
ejecutada por una deuda y no Queriendo desahacerse de su hacienda, se 
la dio en prenda al monasterio ae^ Santa Inés por la suma de 4,000 pesos. 
Treinta y nueve años pasaron sin que la familia pudiera recobrar su finca 
y cuando tuvo medios de redimirla que fué inmediatamente después de 
este lapso de tiempo, no pudo hacerse á ella porque las monjas se resis- 
tieron á entregársela, alegando que era propiedad del monasterio. Los 
despajados, enemigos de pleitos renunciaron el derecho que tenian á la 
propiedad y se contentaron con vivir en la tierra como arrendatarios. 

En el afío de 1847, época en que empiezan los sucesos importantes 
de. esta historia, existían varios vastagos del linaje del marques de San 
Isidro ; pero solo haremos especial mención de un viejo y un joven que 
desempeñan un papel importante en nuestra nairacion y que en el tiempo 
expresado vivian en La Compañía. 

Eran éstos, un anciano de 65 años de edad v un joven que acababa 
de cumplir 18. El viejo era abuelo materno del mozo y se llamaba 
Lorenzo Epnderos y el mozo era nieto predilecto del viejo y se llamaba 
José Acosta ; pero nadie le daba este nombre sino el de '(7A^¿¿<?, dimi- 
nutivo de José entre la jente del pueblo. 

Chepillo perdió á sus padres á la edad de 7 años y desde el dia en 
que le ocurrió semejante desgracia, lo acpjió su abuelo bajo su inmediata 
protección. El niño desde su temprana edad mostró un talento claro y 
dee^pejado y una prodigiosa memoria. Tan buenas dotes naturales, 
nnidas á la enseñanza que un maestro le daba, bastaron para que pronto 
aprendiera á leer, escribrir y contar, aunque imperfectamente á causa 
de la desaplicación del niño. 

Chepillo fué desa^Tollándose física é inteleQtualmente entre las cari- 
tías dé su abuelo y la tolerancia de su maestro», quienes lo querían tanto, 
que el mucho amor vino á ser causa de ^qoe C^e^^illo se perdiera. Por 
una parte el viejo ensalzaba á eu nieto elevándolo hasta las nubes, 
siempre que ejecutaba alguna acción ajustada a sus deberes morales, 
religiosos ó sociales, y por otra ni él ni el ayo le reprendian jamas las 
faltas ni le corregían los vicios. Semejante sistema de educación tenia 
que ser pernicioso para el muchacho y no tardó mucho tiempo en que 
aquel corazón mal dirigido, ofreciera, cual planta mal cultivada, su* 
amargos frutos. Chepillo á los 12 años de edad era un niño altivo, áspero, 
desobediente jr 'de ínálííoraáóB. 

Profundamente afligido el viejo con la conducta de su nieto, por- 
que Veiá 'que corría él abismó de la perdición, jBepfiso á discmtrir enfel 
4»edio que debia empleai" ;para .corregirlo, .y resolvió al fiusolnetorlo á Ha 
«ififteiitá'de educación contrario ^del que hasta entonces habia empldalk> 
(don él,^y lo colocó en la teecttek ^pública del distrito, la cual restaba biajo 
q^ di^ecbion 4e im laaeÉtjro ^e ^profesa]^ el error ^e cireer que la lesr 



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— 19 — 

del rígor era mejor que la del amor, y por ello ensefiaba á 808 disdpnloB 
á latigazos, oomp el eqaitador ensefia &u caballo á dar saltoB uniformeSi 
á encabritarse 7 caminar con cierto garbo. 

£1 local de la esencia donde Cnepillo entró, á perfeccionarse an el 
conocimiento de las primeras letras, merece que os lo describamos, lec- 
tor querido. Era este un edificio dé bahareque 7 paja dividido en dos 
departamentos, destinados, el uno á la enseüanza de los nifios*y el otro 
á la habitación del maestro. La sala donde los muchachos aprendían bus 
lecciones era oscura, húmeda 7 de un aspecto triste, porque tenia el piso 
desigual 7 el techo cubierto do telara&as. Al pié del tabique divisorio 
habla una plataforma de adobes 7 encima do ella una mesa de pesada 
construcción y una silla de brazos donde el maestro se sentaba hacer 
las muestras de escritura que debian imitar sus discípulos. No habia más 
mobiliario que cinco bancas con sus mesas correspondientes, en las cua^ 
les los nifios escribían en pizarras sin marco, 7 una serie de cuadros de 
citolegia prendidos en tablas 7 colgados de trecho en trecho en la pareded, 
donde los alumnos aprendían á leer parados en semicírculos. Veíase 
ademas, pendiente de un clavo en el tabique que hemos mencionado, 
una imagen de Nuestra Sefíora de Chiauinquirá, de gran dimencion, 
pintada en lienzo y con marco dorado, delante de la cual los nifios apren- 
dían de hinojos, no á orar como cristianos, sino á idolatrar como gentiles. 
Finalmente, en el centro de la escuela habia una columna perpendicular 
de dos varas de alto con una tabla horizontal en la parte supenor, donde 
se veían siempre una campanilla 7 un pito que servían para dictar 
ciertas órdenes generales. El monitor principal de pié en un taburete 
que habia adherido á la columna, hacia sonar ya el uno 7a el otro 
instrumento en determinadas horas del dia. 

He haí la escuela ; veamos ahora la habitación del maestro. 

Era esta una pieza separada de la otra por un tabique delgado 7 
bastante alto ; pero que no llegaba al techo, pues remataba unas dos ó 
tres cuartas abajo de éste, dejando un espacio donde liabia un palo sa- 
liente que iba á tocar en la cumbrera, palo del cual nqs apresuramos á 
hacer expresa mención, porque es necesario que el lector lo conozca 
desde ahora para mejor inteligencia de lo que referiremos luego. El 
cuarto era. feo 7 triste como la. escuela. Sin solado su piso, sin blanqui- 
mento sus paredes ; sin cielo raso su techo ; era la cueva de un mendigo 
donde se veia en uno de sus rincones un humilde lecho compuesto de 
una esterilla de junco, de tres pieles de oveja 7 de un cobertor con más 
claros que una celosía. Observábase en otro de sus ángulos tiíia percha 
clavada á la pared, de CU70S bolillos colgaban unos pantaloties de dril 
rajado ; un cnaleco de marsella amarilla ; una chaqueta de pana gris 7 un 
corbatín de charol con hebilla de cobre para abrocharlo. En el tercer 
rincón habia arrimadas á la pared unas piezas de madera de labor 7 cu 
el ipnro fronterizo á la puerta se v^ia una tabla sobre dos canes en forma 
de aparador 7 encima de ella variáis herramientas de carpintería. Final» 
mente, en el centro de la pieza se alzaba un banco angosto 7 largo donde 
el maestro carpinteaba en las mismas horas del dia en que ensefiaba 4 
sus discípulos á leer, escribir 7 contar. Como la renta de la escuela era 
peqiiefia é insegura, el sueldo del director era exiguo 7 pagado con re- 
tardos^ de dos 7 »tres meses, por lo cual se veía el pobre maestréenla 
precisión de hacer puertas, cajas 7 mesas para tenor con qué atender 
diariamente alas necesidades 'imperiosas de la vida. 

Sien está, diréis .vos, amado lector; pero { qué hacía el maestro 



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— 20 — 

para trabajar en su earpinteria constantemente sin dejar de cumplir coit 
sns deberc» de director de la escuela ? Pronto os diremos el medio de 
que el hombre se valia. Por ahora veamos como trataba á sus discípulos. 

Don Manuel Moreno (así se llamaba el maestro) babia conseguido 
por medio del rigor que los niños fueran sumisos y obedientes como lo 
es el soldado con su jefe, j que estudiaran sns lecciones como estudia su 
papel un comediante asalariado. Cuando por cansancio algún escuelan- 
te se distraía de sus ocupaciones y se ponia á jugar con las baratijas que 
llevaba en una chácara de cuero que cargaba constantemente, en el 
acto le caía el maestro, le confiscaba sus preciosos }\\^\\qí^^ y le sacudia 
media docena de latigazos con manofuerte. Como los nifios que se fati^ 
gabán de estudiar no jugaban sino durante la ausencia del maestro y en 
los instantes en que su monitor respectivo no los vigilaba, se debanaban 
los sesos indagando el medio de que se valia Manuel Moreno para saber 
que ellos habían suspendido su ocupasion y se habían puesto á jugar; 
unos con su zumbador y otros con su gallito de totunía, y como no acer- 
taban con el secreto, acababan por creer lo que el maestro les decía «4 
todos los escuelantes siempre que se le ofrecía hablar del asunto, a sa- 
ber : " Que él era brujo y que como tal adivinaba qué niños jugaban y 
cuales no." 

En semejante estado de atrazo y de inorancia se encontraban los 
alumnos cuando Chepillo entró en la escuela. 

Nuestro héroe era superior á sus compañeros en inteligencia, ins- 
trucción, audacia y valor, y por ello á muy pocos días de estar en la 
escuela, pensó en hacerse soberano de sus condiscípulos, y lo alcanzó 

1)ronto y á la medida de sus deseos, pues antes de un mes era dueño de 
a voluntad de los escuelantes como lo es un déspota de la de sus vasallos. 

Chepillo tenia una fisonomía expresiva y alegre, y estaba vestido 
como sus condiscípulos. Usaba camisa de lienzo del país abrochada al 
cuello con cordones ; pantalones y chaleco de manta azul : ruana listada, 
sombrero de trenza y alpargatas labradas de colorado y blanco. Terciada 
del hombro al cuadril llevaba siempre una chácara de piel de ternero, 
en la cual cardaba un catecismo de doctrina cristiana sin principio ni 
fin ; dos gises de pizarra, un trompo encordelado, un gallito saltador, un 
zumbador de latón, una puñada de botones de todas materias y formas y 
otra de habas tostadas. 

Como Chepillo era asaz travieso y juguetón, no tardó en saber que 
el maestro aunque ausente vigilaba á los escuelantes desde alguna paite 
ó tenia espías que los observaban y le dieran cuenta. Los muchachos le 
habían dicho al nuevo alumno que Manuel Moreno era brujo porque 
adivinaba quienes cumplían con sus obligaciones y quienes no ; pero 
Chepillo como era inteligente y despreocupado no había creído en las 
brujerías del viejo director, y asi se decía : — "Es seguro que el picaro 
maestro tiene comprometido á uno de los escuelantes para que nos vigile 
á todosy le dé cuenta de los que juegan." 

Andando el tiempo se convenció nuestro héroe de que en el aposto- 
lado no había ningún traidor y entonces so dijo : — ''No me queda duda 
de que el maldito viejo nos atisba por alguna grieta ó rendija." 

Desde que tal cosa pensó Chepillo, se propuso descubrir el sitio desde 
donde Manuel Morena atisbara á los escuelantes. Un día, estando en 
tales investigaciones^ de repente lanzó un grito y dio un salto de gozo ; 
era que acababa de descubrir lo que tanto anhelaba. Inquieto con el se- 
creto corrió á dond^ el monitor de la cuarta clase que era su amigo inti^ 



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— 21 ^ 

mo y que á la sazón estaba en un ángalo del local aoorrucadoi agujando 
un jis en una piedra, v díjole :. 

— Chiqui qui chtquij que yo ya sé ana cosita. 

— Qué sabes? ladino 1 le preguntó el monitor, poniéndose eñ pié y 
guardando el jis en el bolsillo del chaleco. 

-í— Ya sé desde donde nos atisba el maestro ; giiaii curruca/ 

— Embustero I qué vas á saber t - . 

— Por ésta^ mira, le dijo Chepillo haciendo una cruz con el índice 
y el pulgar de la mano derecha ; no te miento ni tantico. . . • Ves un 
agugero redondo, redondo como un zumbador allá en el tabique, al pié 
del cuadro de Nuestra Señora i 

— No lo veo. 

— Estás ciego? hombre! Yoy á hacerte la punteria, dijo Chepillo 

alzando un Urazo y estendiéndolo con el índice recto en dirección del 
agujero que deseaba que su condiscípulo viese. 

El monitor siguiendo con la vista la dirección del dedo le respondió^ 

— Cierto, cierto, allá veo un agujerito tan grande como un tortero. 
I Crees tú que el maestro nos vigila por él ? 

—Sí, hombre, yo creo que por ahí nos atisba el viejo, pues hace 
poquito que el agujero estaba oscuro y era seguramente que el maestro 
tenia un ojo pegado á él. 

— Bendito sea Dios ! exclamó el monitor ^frotándose las manos y 
brincando como un títere ; de hoy en adelante no volverá á cascárnolos, 
pues cuando veamos la tronera oscura ya sabemos que es mala sefía y 
nos ponemos á leer -como locos. 

— Te contaré, que estoy pensando en hacerle una buena picardía al 
maestro para desterrarlo de la tronera. 

—Como cuál? 

— Hace lo que yo te diga y la sabrás. 

—Bueno. 

— Vete á tu clase y colócate en el semicírculo, de modo que te 
quede la cara en frente del agujero ; plántale la mirada á éste y cuando 
veas que el maestro pone el ojo para vigilamos, hazme una sefía ó díme 
una palabra. 

— Una áefía ó una palabra ? 

—Sí. 

— ^Dondo te pones que me alcances á ver y á oir? 

— Yo sabré donde ; vete á tu puesto y se acabó. 

— ^En esto me voy á él. 

Nuestros dos interlocutores se separaron ; el monitor fué á colocarse 
en el punto convenido, y Chepillo corrió al patio, tomó una puñada de 
lodo de un caño que allí habia ; volvió adentro y se situó á un lado del 
agujero con el brazo levantado en actitud de arrojar el cieno por él. 
Los escuelantes al ver á Chepillo en semejante posición se callaron de 
improviso, y el preceptor notando el silencio corrió al agujero y puso 
el ojo. 

En este momento el monitor le dijo á Chepillo con voz levantada; 

—Ahora ! . . . . 

A esta indicación nuestro héroe arrojó el barro en la tronera con 
tal tino que al momento se oyó un grito de dolor y en seguida una terri- 
ble aipenaza. Chepillo no bien cumplió su deseo corrió á su clase, con 
la m^ao embarrada, pensando en el medio de que debia valerse pftrjQ; 
evadjyr la rejBpon3/}biU(}»d eu ^e híibia incurrido. 



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— 22 — 

Los e£(e^iiela(ntes no ootrlptendiendo nada de lo que estaba pasando 
86 quedaron con la boca abierta hechos unoé bausanes. 

Pronto el maestro se presentó en la puerta de la escuela, dóti la cara 
ienlódada, el ojo derecho lastimosamente estropeado j frotándoselo suabe- 
mente con un pafiueío que vaheaba. 

— Diablo I dijo con feroz semblante, j quién fué el malvado que 
arrojó una pufiada de barro poi* el agujero que hay eil el tabique^ debajo 
del cuadro de la Virgen f 

-^Fné Chepillo, sefior^ dijo en alta voz un escuelante á quieti llama- 
ban el ArmadülOé 

— ^Ya me lo figuraba, dijo el maestro ; pase el bribonazo al rincón 
y bájese los pantalones. . . . Hoy es San Martin de Cuero, añadió, cogien- 
do un látigo y sobándolo lentamente • . . Jesús í que índole tan perversa 
de muchacho ; yo habia lidiado nifios de malas inclinaciones, pero como 
este diablillo ninguno . . . ^ Vamos ! agregó alzando terriblemente la voz, 
{ no pasa usted al rincón ! quiere que lo conduzca yo de la mano ? 

Durante el tiempo en que el maestro hace á Chepillo tales amena- 
zas, éste se acerca con disimulo á su denunciante, ^el cual es de su 
misma clase ó semicírculo, lo reconviene en voz baja, le toma poi" debajo 
de la ruada una mano bon la que él tiene enlodada, se la aprieta cariño^ 
sanéente y luego alzando la cara mira de un modo particular á sus 
Condiscípulos, quienes á la sazón tienen los ojos puestos en él. 

— El Armadillo es muy hablador, señor maestro, dice, fue él quien 
le tapó á usted el ojo y me echa la culpa á mi. 

— Qué fui yo ? que le digan todos, expresó el muchacho, admirada 
dte la audacia de su condiscípulo. 

— Que lo digan todos, dijo Chepillo y ademas que muestre las 
manos el calumniante y si una de ellas no la tiene embarrada que me 
desuellen vivo. 

— Fué el Armadillo ! . . . . fué el Armadillo !^ . . . gritaron como 
diez escuelantes. 

Incontinenti sin dejair hablar al denunciante alzó nuestro héroe la 
vóa y dijo apretándole una mano con la que él tenia sucia: 

— No me empuerques la mano derecha. Armadillo, no seas malvado. 

— Vea usted, señor director lo perverso que es este Dómine dijo el 
pobre muchacho, todo azorado, fué él quien me ensució en antes una 
mano y ahora grita que yo se la estoy embarrando á él. 

El maestro les registró las manos á entrambos muchachos y halló 
que cada uno tenia una enlodada. La prueba reíd estaba oscura ; era 

Sr^ciso apelar á la testimoniíd. En tal caso Manuel Moreno resolvió 
éclarar culpable aquel de loé dos indiciados contra el cual hubiese en 
contra un numero mayor de testigos. 

Examinados los escuelantes resultó culpable el denunciante. 

El infeliz muchacho i^ecibió en premio de su delación una zurra de 
azotes qute lo hizo ver al Diablo con su legión de ánjeles carinegros. 

El delator se quedó fuertemente resentido con el maestro por tan 
iü&udita injusticia. 

Pasó una semana y Chepillo habiendo oido un dia al azotado que 
iid ^u^jabft amargamente d)& Manuel Moreno por la sinrazón con que 
ló hab4a vapulado, le dijo : 

-^VéDgttte, honibrc) no hay cteá' más dulce que la venganza ; yo 
«e^iryíidó. 

—Cómo me vengoi 



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— 2» — 

•—Tapándolo al maestro el ojo bu^no para qn^ quede á biieiia& 
«oches, 

— Con qué fueraasf 

— No me entiendes ! Haee lo que híee yo, y estarás vendado. C!oj^ 
una manotada de lodo; párate donde yo nie paré ; atisba tú miismo el" 
agujero de cuando en cuando, y al instante que le veas el ojo, zas K . . . 
le zampas el barro y corres á tu clase. No bien el maestro Tenga á aye-> 
rí^uar quien fué el truhán, le echas la culpa al indio Mue^e, qne. fué el 
primero que el otro día me apoyó la calumnia que contra ti forjé. Mien- 
tras tanto, para que el viejo no^ vaya á venir y te coj^ en la tentativa, 
yo me salgo á atisbarlo. 

— Me dá miedo, dijo el escuelante. 

— Qué miedo, ni qué demonios, no seas cobarde. Odmo á mi no me 
dio ni tantico susto el otro dia ? 

— Porque eres más animoso que ya 

—Qué bobo ! 

—Si me denuncian los escuelantes ? 

— No lo creas ; yo los comprometo á que le echen la culpa al indio 
JUuete. 

— Habíales, pues, á ver qué dicen. ^ 

Chepillo fué corriendo a cada clase y les dijo á todos sus conr 
discípulos : 

— El Armadillo se está preparando para taparle el ojo bueno al 
maestro ; se lo digo á ustedes para que vean bien quién es el truhán, y 
que luego no me echen la culpa á mi. 

Asi como nuestro héroe recorrió todas las clases, volvió á donde es- 
taba el muchacho, á quien seducia y díjole : 

— Todo está arreglado ; manos á la obra. 

— Bueno, voy ; pero si me sucede algo tú me la pagas. 

— Si algo te sucede, que me enmielen. 

El Armadillo salió al patio, cogió del caflo una puñada de lodo y. 
fué á situarse á un lado del agujero con el brazo levantado. 

ínterin Chepillo se salió del local diciendo en voz alta, para que lo 
oyera el mnchacno aue intentaba taparle un ojo al maestro: 

— Voy al corredor á cierta cosilia ; no tengas cuidado Armadillo. 

Pronunciado que hubo estas palabras, dijo para su sayo: 

— ^Voy á ver si el pedazo de alcornoque cae en el lazo que le he 
tendido. 

Y corrió al cuarto del maestro y díjole á éste : 

— ^Vava usted á la puerta de la escuela y se convence por sus pro- 
'pios ojos de que el niño á quien castigó el otro dia, fué el mismo que le 
tapó á usted el bjo derecho. 

— Cómo mer convenzo ! preguntó el maestro dejando de dividir un 
palo que á la sazón aserraba. 

— ^Viendo al tal preparado para taparle el otro ojo. 

— Con que sí ? hé ! dijo el preceptor y salió precipitadamentcí. 

Pronto se presentó en la puerta y gritó al Armadillo : 

— Gran picaro ! qué hace usted ahff 

El muchacho se estremeció rudamente, las piernas le flaquearon y 
cayó sentado, cual si la voz del maestro le hubiera herido el corazón. 

La tentativa de la injuria le costó al pobre niño otra zurra igual 
á la primera. 

El maestro temia ya poner el ojo en el agujero ; pero al mismo tiem- 



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^24 — 

po pensaba que, con el castigo severo qne le había becbo al Armadillo 
ya no se atrevería éste ni otro ninguno a repetir la picardía. Con tal re- 
fieidon continuó vigilando á sus discípulos desde su microscópica ventana. 

Trascurrió un mes á los sucesos descritos, j luego tuvieron lugar loi^ 
siguientes : 

Una mafiana, á la hora de escuela, se había retardado Chepillo un 
poco, j al entrar en el local vio á una críada de buena ñsonomia j lim- 
pía de traje que se acercaba á la puerta de la habitación del maestro. 

— Tate ! se dijo, ésta debe ser leí chola del preceptor. 

Y movido de la curiosidad entró en la escuela, corrió á la tronera, 
puso el ojo en ella y aplicó el oído á fin de ver y oír la escena que tu- 
viera lugar entre Manuel Morena y la moza, escena que vamos á poner 
á vuestro alcance, de modo . que podáis hacer de cuenta que sois vos, 
querido lector, y no Chepillo quien está en el agujero. 

La críada estaba ya parada en el quicio de la puerta, y desde ahí le 
dijo al maestro : 

— ^Recado le envía mi sefíora Presentación, que el niño Eamoncito 
no vino ayer á la escuela porque estuvo enfermito de las muelas. 

— ^Estoy un poco sordo, Micaelita ; si no entras y me das el recado 
en la oreja, me quedo en ayunas, le dijo, amolando un fierro. 

— Si está sordo, le replicó la moza contoneándose, métase un rabo 
de armadillo en el oído, qne para la sordera es cuanto lo primero. 

— Ven y méteme un dedo, que todos los de tus manos deben estar 
como cola de armadillo. 

— ^Todo esté el alma de ... . 

— ^Entra chata simpática, me soplas el recado en el oído y me das 
un besito. 

— Eso quería ? le dijo la críada haciendo mil contorciones y melin- 
dres, ¿no sabe usted que la mujer que come nísperos, que chupa espár- 
rago y que besa á un viejo, ni come, ni chupa, ni besa? 

El maestro se mordió los labios de cólera, pero procurando disimu- 
lar lo que sentía, dijo : 

— Con que viejo, hé?. . . . Pues has de saber que todavía no cuenta 
cien años. 

— ^Pero ,no le faltan sus sesenta. 

— Dejemos esas cuentas de edades, que siempre son odiosas ; pense- 
mos en que el corazón de los viejos como el de los mozos en toda ocasión 
está dispuesto á amar, y ámemenos ; que diablo ! . . . . 

— ^El negocio es bueno ; pero no me conviene. 

— No seas desamorada, graciosa morena, le dijo el maestro, acercán- 
dose á ella y cogiéndole una mano. 

— Estése quedo, dijo la criada en voz baja, suélteme por la Yírgea 
santísima ; mire que pueden venir los escuelantes y yo no quiero verme 
en enredos. ' , 

—Entra Micaelita, no seas,huraQa, le dijo el viejo con voz almiba- 
rada, halándola con fuerza de la mano que le tenia cogida, entra y me 
haces una visita. 

— No sea chocante, suélteme ^ue mi sefíora está esperándome, y si 
me tardo me pone de vuelta y media. 

—No. te suelto hasta que me digas que me quieres. 

—Qué empeño I . . . . ¿ Gana usted algo con que le diga que lo quie- 
ro, sin quererlo ? 

La gracia es. ••• 



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— 25 — 

— Hola! mofisieur^ gritó en esto Chepillo, intorrnmpiendo al maes- 
tro, } qué cbicoleoB son esos ? 

— Ye I ve ! . . . . dijo la criada con asnstada toz, haciendo esfuerzos 
por desasirse de las manos del maestro, bien se lo decia yo. 

£1 preceptor miró sorprendido hacia el sitio de donde le parecía qne 
salia la voz y dejó en libertad á la moza, la cual desapareció. 

La voz le dijo al director : 

—El agujero no sólo sirve para que el maestro vigile á sus discípu- 
los, sino también para que los discípulos vigilen á su maestro. 

Manuel Moreno se llenó de coraje, pero no dijo una palabra. Aver- 
gonzado coffió un cepillo, 7 con las manos puestas en él como para ace- 
pillar, se dijo : 

. — Está visto, este agujero no debe durar más tiempo, es preciso ta- 
parlo ; pero qué hago para vigilar á los muchachos? 

— Hó ahí una dincultaa; pero una dificultad que era necesario 
vencer. 

Después de diez minutos de reflexión alzó los ojos al techo del cuar- 
to 7 dijo para sí: 

— Cabal! .... por encima del tabique puedo observar á los escuelantes 
sin qne ellos me vean; pero necesito una escalera bastante larga.... La haré. 

Al día siguiente la escalera estaba hecha 7 el agujero tapado. 

Como los escuelantes notaron inmediatamente que el orificio había 
desaparecido ; que el maestro seguía trabajando en su carpintería 7 que 
los vigilaba como antes, se dijeron unos á otros : . 

— El viejo sigue atisbándonos como siempre, es preciso saber des- 
de dónde. 

No habían pasado ocho días 7 7a Chepillo había descubierto el pun- 
to de observación de Manuel Moreno. 

No bien vio á éste en la parte superior del tabique, lo miró de sos- 
layo 7 dijo como si hablara con él, en una voz qne apenas le salia de los 
labios : 

— Ah viejito solapado ! 70 te desterraré de ahí como te desterré 
del agujero. 

El mismo día en que Chepillo alcanzó á divisar la pnnta de las na- 
rices que el director asomaba por encima del tabique, se tué á un potrero 
donde abundaba la cardencha, cortó un tallo, hizo de él Una bodoqueri- 
11a, se prove7Ó de ffreda 7 esperó á que sonara la campana que llamaba 
á los muchachos á la escuela. Cuando 07Ó el toque acostumbrado, se fué 
al local, se situó detras de la columna que habia en el centro de la pieza, 
7 desde ahí empezó á dirigirle bodocazos á Manuel Moreno siempre que 
asomaba la cabeza. 

De golpe, zas! le dio nn bodocazo en un ojo. El herido lanzó un ru- 
gido horroroso, echó el cuerpo atrás 7 se llevó precipitadamente las ma- 
nos á la cara. Tan brusco movimiento le hizo perder el equilibrio, 7 para 
recuperarlo se inclinó con fuerza hacia adelante, extendió rápidamente 
los brazps para cogerse cUljpálo que sobrescdia dd tahiqtte^ 7 por un mi- 
lagro de la imagen de Chiquinquirá (á la cual invoco porque era de 
•ella mn7 devoto), consiguió asirse de él 7 quedar colganao á una altura 
<le 25 pies, por lo menos, pues la escalera al recibir el movimiento lateral 
que le imprimió el cuerpo del maestro, se resbaló lentamente por la 
pared hasta que llegó al suelo. 

El dcsdicluido viejo al verse á tanta altura 7 en peligro de caerse, 
4m\íó á dar formidables voces. 



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— 26 ~ 

•—Socorro 1 . . . . socorro ! que me caigo! .... Chepillo ! . . . . Ea- 

«ion ! . . . . Femando ! decia, vengan por DioB, que me mato ! 

Al oir los •escuelantes tan descomunales gritos, se agolparon en tro- 
pel á la puerta de la escuela, se estrecharon, se toI vieron una maraíSa 
y cayeron. 

Ínterin el maestro segnia dando voces. 

Al fin los muchachos se levantaron, corrieron, entraron en la car- 
l>intería y vieron á Manuel Moreno en una situación desesperada. 

Chepillo no bien alzó la vista y la puso en el cuerpo de su maes- 
^tro, le dijo: 

— Oh buena lámina 1 ahí era donde yo quería verlo. . . . Tienipo es 
de que usted nos pague todas las que nos ha hecho. 

— Pónganme la escalera, mis queridos hijos, gritó el maestro. 

/--Sí, dijo otro escuelante, ahora somos sus queridos hiios porque 
necesita de nosotros. Menos malo ha debido ser para que na lo dejemos 
ahí que se caiga y se mate. 

— Por lo que más quieran en esta vida, angelitos de Dios, exclama- 
ba el atribulado maestro, socórranme que me mato ! . . . . Ya no puedo 
resistir I Voy á caerme ! Dios mió, m vorecedme ! . . . . 

— ¿No le agrada al so vujo azotarnos como á perros? le gritó el Ar- 
madillo, pues á nosotros nos gusta verlo ahí colgando como cerdo muer- 
to ; sólo sentimos que no sea con la caDeza para abajo. 

Ko sean ustedes crueles, amados discípulos, que la cmeldad la cas- 
tiga Dios ; sálvenme do este trance que del cielo alcanzarán el premio ; 
pero sálvenme pronto. 

— Si somos crueles, usted nos ha enseñado á serlo, tratándonos co- 
mo á bestias de carga, dijo Chepillo, y si la crueldad la castiga Dios, us- 
ted ^stá sufriendo el castigo que merece. 

A estas razones gritó enfurecido el maestro : 

—Malvados I si no me ponéis ahora mismo la escalera, responderéis 
de mi muerte ante Dios y ante los jueces de la tierra! Seréis unos asesinos! 

La amenaza pudo más que las súplicas. En el a^to unos cuantos ni- 
fíos cogieron la escalera y empezaron á levantarla ; pero como era tan 
larga, y los que la alzaban tan pequeños, cuando la tenían á cierta altu- 
ra se les desplomaba y volvía al suelo. ínter tanto el maestro agonizaba. 
El infeliz sentía agotadas sus fuerzas; comprendía que iba á caerse y 
que al pié del tabique exhalaría el postrer aliento. 

— lío desmayen, les decia con voz suplicante, cojan la escalera, unos 
de la cabeza y otros de la mitad, y levántenla todos á un mismo tiempo. . . . 
Ahora ! pronto ! . . . . pronto ! que se me desprenden los brazos. ^ 

En esto un esfuerzo unánime y bien dirigido como de doce niños 
lleva la escalera hasta los pies del maestro, y el oesventurado al ir á des- 
cansar su planta en el primer peldaño, nota estupefacto que aquella se 
resbala dejando burladas sus esperanzas. 

Un gemido ahogado sale del pecho del maestro ; mira hacia abajo 
lleno de espanto ; mide con la vista la distancia que lo separa de la tier- 
ra y dice con voz lastimera: 

—Que altura. Dios mío ! . . . . infeliz de mi ! ... . voy á matarme sin 
remedio ! . . . . Oh ! qué hago en este caso ! . . . . Por las cinco llagas de 
Cristo, apárenme ! no me dejen matar ! . . . . Me es imposible resistir un 
minuto ya ! 

En esto el desdichado afloja los dedos del palo al dial estaba agar- 
rado y lanza un grito ahogado y lúgubre : 



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. ^ -: 1. 



— 27 — 

— Jesns me ampare ! dice, j desciende eomo un rayo al pié del 
muro. 

Inmóvil qnedó Manuel Moreno como un tronco. ^ 

. Todos los escuelantes acudieron á levantarlo, y al punto lo sentaron 
7 lo sacudieron ; pero el caido no daba séllales de tomar en sí. 

Acostáronlo en su lecho y CbepiUo, examinándole la faz moribanda^ 
y notando que entre-abria convulsivamente la boca, dijo: 

— Este hombre tiene ya la mitad del alma fuera del cuerpo. 
En seguida un estertor cavernario salió del pecho del maestro, una 
espuróa teñida de sangre enrojeció sus labios y cayó en la inmovilidad 
de la muerte. 

—Este bicho ya acabó, dijo nuestro héroe, bueno será que el cura le 
cante la tirana para llevar el cuerpo al cementerio. 

Espresado que hubo estas palabras se lanzó fuera del cuarto mortuo- 
rio en dirección de la casa cural. Cuando llegó á ésta, encontró al párroco 
con zamarros y espuelas preparando un arma para ir á una caceria. 
— Buenas tardes, señor cura, le dijo. 

— íQué hace usted, amigo? le contestó el presbítero quitando la 
vista do su escopeta y poniéndola en Chepillo. \ 

— Vengo á avisarle que el maestro de escuela ha muerto. 
— Cómo I . . . . él, el maestro ? j No estaba ayer alentado ? 
— Verdad es ; pero él no ha muerto de enfermedad. 
— Y entonces. ... 
— De una caída. 
—Cómo así? 

— Se trepó á un tabique muy alto que hay en la escuela y se dejó 
caer como un zoquete. 

—Quizá no esté muerto. 

— Señor, ya empieza á heder. 

— ^Tan pronto ? 

— Como se reventó por dentro ! 

— Ah ! . * * . Bien, y qué quiere usted de mí ? 
-^Que le cante el entierro. 
— Qué bienes dejó? 
—Ningunos, señor, era tan pobre 1 

— Si no defó bienes, cómo quiere que le haga entierro? jNo sabe 
usted que las ¿raciones de difuntos son para los que mueren ricos, 
esto es,^ para los que dejan con qué pagarlas, y no para los que mueren 
en la miseria ? 

— ^No sabia, señor; pero usted podia cantarle el entierro de balde y 
liacer de cuenta que era una limosna que le daba á el alma del maestro. 
— No, amiguito, yo acostumbro dar limosna á los vivos, pero no á 
los muertos. 

— Si el señor cura no le canta el entierro al maestro, puede mandar 
al sacristán que señale en el cementerio el sitio donde debe hacérsela 
sepultura para enterrar el cadáver. 

Pensando el cura en que Manuel Moreno habia sido partidario do 
la revolución que á la sazón agitaba al país ^ y que por consiguiente habia 
tenido ideas ^()^rm*ftw ó liberales^ le dijo á Chepillo : 

— Según ba di(^ tsted, el maestro ha muerto de un golpe. jNo 
es verdad? * * 

« Lá qt« €i«álló en 1840. 



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— 28 — 

—Sí, señor, de an golpe clandicó. 

— Por tanto ha muerto sin confesión, y en tal caso el cadáver no 
puede ser enterrado en sagrado. 

— ^Verdad es que ha muerto sin confesión ; pero no porque no qui- 
siera confesarse, sino porque la muerte no le dio tiempo. 

— Puede ser, pero él estaba excomulgado porque era partidario de 
la revolución, y el que muere fuera del gremio de la Iglesia no tiene se- 
pultura eclesiástica. ' 

— ¿Y qué quiere usted que hagamos con el cadáver?. ... Si fuera 
animal que sirviera para comer, lo descuartizaríamos, lo salariamos y lo 
pondríamos al sol ; pero como perro no come perro. . . . 

El cura se sonrió y dijo : 

— ^Pueden enterrarlo en los barrancos del Pozo-azul ; en los Baila- 
dores, en cualquier sitio, menos en el cementerio. 

— Pero sí podrá el sacristán dar unos dobles ? 

— Cada doble vale medio real, según el arancel. 

Chepillo se despidió y echó á correr hacia la escuela. 

— Jesús! se decía cuando iba corriendo; necesita uno mayor canti* 
dad de dinero para hacer el viaje á la otra vida que para ir á Jerusalen 
ó á Koma. 

Luego que llegó, encontró á sus condiscípulos sentados en torno del 
cuerpo haciendo castillos sobre el modo de emplear el tiempo en una 
vida agitada y divertida, mientras que la escuela permanecía cerrada. 

— Amigos, les dijo Chepillo ; qué tan malo seria el maestro, que el 
sefíor cura que es tan bueno, se niega hacerle entierro y á que lo se- 
pultemos en el cementerio. 

— De veras ? dijeron unos cuantos. 

— ^Tan cierto como ser quien soy. 

— Pero si no lo enterramos ¿ qué hacemos con él ? preguntó un niño 
que eippezaba á tenerle más miedo al muerto que el que le tuvo al 
maestro. 

— Lo sepultamos aquí en el patio de la escuela, respondió Chepillo, 

— Debemos enterrarlo pronto, dijo el Armadillo, no sea que esté 
vivo y vuelva en sí. 

— ^El maestro está tan muerto como mi madre, contestó nuestro 
héroe. 

—Con más razón debemos enterrarlo aprisa, dijo el nifío que tenia 
miedo. 

— Bueno, enterrémoslo, expresó Chepillo; pero necesitamos una 
barray una garlancha para abrir la sepultura. 

1 alzando la voz, añadió : 

— I Quién tiene eu su casa de esas herramientas? 

Más de cuatro niños respondieron afirmativamente. 

Entonces dijo Chepillo : , 

— Vayan dos de ustedes á traer una barra y un^ garlancha y si les 
preguntan para que son, digan que para abrir un caño, pues si llegan á 
contar que el maestro es alma de la otra vida, al momento se nos llena 
la escuela de gente y se n<>s acaba la diversión. 

Los dos niños partieron y pronto estuvieron de vuelta. 

Así como llegaron las herramientas, todos los escuelantes se disputa- 
ron el gusto de ser los sepultureros de su maestro ; pero como «ntre 
tantos no era posible abrir á un tiempo el oyó, convinieron en alternarse. 
De común acuerdo dispusieron que empezaran el trabajo los monitores ; 



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— 29 — 

que á ellos les sucedieran los adjuntos, 7 á éstos los que les siguieran en 
instrnecion, que bien sabian cuales eran. De este modo hicieron la se- 
pultura, la cual en breve se llenó de agua porque el patio era demasiado 
húmedo. 

Viendo los nifios que ya entraba la noche, se dieron prisa á enterrar 
al maestro. Con un cuerno de res echaron á desaguar el Iioyo, y en esta 
operación se oscureció, sin que consiguieran el objeto, pues entraba ma- 
yor cantidad de agua de la que sacaban. Deseosos de concluir su obra, 
alzaron entre muclios el cuerpo inmoble, lo trasladaron difícilmente al 
borde del sepulcro, lo suspendieron sobre él y á plomo lo soltaron. Al 

folpe, el agua saltó fuera del hoyo, y el maestro al recibir el frío glacial 
e ella, se conmovió como un resfriado y se sentó. . . . Los muchachos 
al ver tan extraño movimiento, huyeron despavoridos dando destem- 
plados gritos. 

El resucitado al oir tales voces y al verse hundido en aquel sepulcro 
medio lleno de agua, á aquella hqra pavorosa en que las negras tinieblas 
de la noche se extendían sobre él como un pafio mortuorio, se sobrecogió 
de espanto y con voz desfalleciente dijo : 

— En dónde estoy ? Dios mió ! . . • . qué me ha pasado ? 

Y no pudiendo darse cuenta ni de su situación, ni de lo que le ha- 
bía ocurrido horas antes, se esfuerza en traer á la memoria los sucesos 
del dia. Acuéglase al fin de su terrible caida; comprende que los vivos 
se han apresurado á declararlo muerto y que por ello lo han metido ya 
en el sepulcro donde se habría convertido en tarro si á los sepultureros 
no les coje la noche, y horrorizado se pone en pié, se sale de la fosa 
penosamente y huye con paso trémulo de aquella fúnebre mansión que 
lo llena de yelo la sangre y de pavor el alma. 

Cuarenta dias estuvo en cama en casa de un amigo suyo, quien 
compadecido de él lo amparó y lo curó. 

Kestablecido Manuel Moreno, abrió su escuela y su taller. Como 
entre muchachos no puede haber secreto, no faltó un inconsecuente que 
le contara al maestro, que Chepillo habia sido la causa eficiente del golpe 
que lo había conducido hasta él fondo del sepulcro, y se fundaba en que 
le habia oido contar al mismo nifío que él le habia dado al director un 
bodocazo en la cara que le habia hecho perder el equilibrio, y que por esta 
causa se le habia resbalado la escalera. Airado Moreno contra Chepillo 
por el agravio que le habia hecho, lo cogió dos dias después de haber 
abierto la escuela y lo azotó cruelmente. 

Enojado nuestro héroe, se fué á donde su abuelo jr con los ojos em- 

Íapados en lágrimas se quejó amargamente de la crueldad del maestro. 
)on Lorenzo que no le habia perdido el amor que le tenia á su nieto, se 
compadeció de él ; se irritó fuertemente contra Manuel Moreno, y de- 
jando vengar la ofensa, puso en juego su influencia de tinterillo (pues 
lo era muy famoso) y con ella consiguió que el preceptor fuera encarce- 
lado y removido del destino. Tanto así valia el hombre en el distrito^ 

CAPITULO III. 
Dos maestros de esencia ; ano sin ojos para ver y otro sin espirita pare obren 




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Don Lorenzo reflexionando que no habría cpia peor qne tener en la 
ociosidad á ChepUIo, lo llevó á La Oompaflía y le impnso la. obligación 
de que todos los días por la maSana repasara lo que había aprendido y 
que por la tarde fuera a cuidar el rebaño que comía en la falda de un cerro 
inmediato ; pero pronto el viejo se persuadió de que su nieto era un va- 
gabundo ^ quien no podía dejar do la mano un instante, y por ello se 
^ interesó en buscar un maestro que desempefSara la escuela para volver 
á colocar á Chepillo en ella. Después de esquisitas diligencias, Don 
Lorenzo tuvo noticia de que en Bogotá había un ciego López que era 
un aventnjado hablista en el castellano y el latín y que ademas era 
instruido en la pedagogía. 

El tinterillo hizo viaje á la capital, le habló al ciego y lo comprometió 
á que se encargara interinamente de la escuela, ofreciéndole que le con- 
seguiría el destino en propiedad. Como el ciego vivía en la mayor mise- 
ria no vaciló en aceptar una oferta que él creía que le venía del cielo* 

Era el tal, un hombre alto y gordo y como de unos sesenta afíos de 
edad. Vestia siempre pantalones anchos de paño negro ; dormán de cú- 
bica azul abrochado al pecho; botines amsv'úlos j cachucha depieldéi 
mono. 

López era instruido en humanidades, ciertamente ; pero como no te- 
nia ojos para ver, carecía de voluntad para determinar ó resolver y de 
libertad para obrar. No tenia voluntad, porque jcuál otra podía ser que 
la del lazarillo que lo guiara? ¿y qué libertad podía tener viviendo 
encerrado en el oscuro cálaboso de su cuerpo ? 

A pesar de ésto el ciego fué nombrado director y el día en que abrió 
la escuela, le recomendó Don Lorenzo muy particularmente á Chepillo, 
encargándole, sobre todo, que lo tuviera constantemente cerca de sí. Ló- 
pez deseoso de complacer ^l tinterillo^y sacar provecho de la recomen- 
dación, hizo al muchacho su lazarillo, ó lo que es igual, hizo de él los 
dos ojos de su cara. , 

Chepillo empezó á portarse bien con el ciego y semejante con- 
ducta fue motivo para que éste se entregara en alma y cuerpo en manos 
desuffuia. 

i^^ue8tro héroe conducía al maestro á todas partes. A la hora de es- 
cuela lo llevaba de la casa donde estaba hospedado, al local destinado á 
la enseñanza, y lo sentaba en la silla de brazos para que los niños vien- 
do á su maestro presente, cumplieran con su deber. El ciego enseñaba 
todo cuanto le era posible enseñar sin el auxilio déla vista, y donde esta le 
era necesaria, se T.alía de su lazarillo que lo desempeñara, el cual, mal 
que bien, no dejaba de suplir la falta del maestro. 

Todo el mundo creía que Chepillo se había enmendado, á juzgar do 
su formalidad y buen comportamiento ; pero no habia tal ; el perverso 
muchacho tan sólo habia dado una corta tregua á su vida inquieta, bulli- 
ciosa y traviesa. Una tarde que tenia gana de divertirse con el ciego, 
mandó á dos niños que sacaran de la escuela la silla de brazos y la fje- 
yaran á una plazuela que habia inmediata al local, donde se juntaban 
siempre los cerdos de todo el pueblo. Los dos escuelantes sacaron el 
asiento y lo llevaron á donde CnepíUo les mandó. El picaro lazarillo en 
vez de conducir «1 ciego á la escuela, lo llevó á la plazuda, y cuando 
entró en esta hizo poner en el centro de la piara de puercos la silla y 
sentó en ella al maestro. 

— ^Ta los ñiños ocupan sus puestos? le preguntó á'Chepilto él direc- 
tor, ál eentarge. 



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— 31 — 

'—Si Beíior, le respondió el muchacho, todos están en sns clases y ca- 
da uno está en su oficio. 

La mayor parte de los escuelantes se habian quedado en el patio de 
la escuela jugando á la j>elota y unos pocos que se habian ido detras de 
los que Iteraban la^lla, se agruparon á la espalda del ciego, luego que 
éste se sentó, y con ambas manos empezaron á taparse la boca para no 
reirse. 

— Lean, lean muchachitos, dijo el maestro. 

Los escuelantes viendo que la excitación se dirigía á los cerdos que 
estaban delante del cie^o, se echaron á reir á grandes carcajadas. 

— Niños ! . . . . grito el director colérico, jde qué se ríen ustedes ? 

— Se rien, respondió Chepillo, de que usted les manda leer, no es- 
tando en el paso de lectura sino en el de escritura. 

— Por qué no me advirtió usted que esta tarde había alterado el 
orden ? 

—Porque se me olvidó. 

— Haga usted que todos escriban. 

— Señor, están haciendo unos renglones muy bonitos, respondió el 
muchacho en voz alta, y dando un cuarto de converaion á la cabeza y 
bajando la voz, añadió con un aparte de teatro : - con el hocico. 

En esto un cerdo pasó gruíiendo por cerca del ciego, quien al oír 
semejante gruñido, dijo con enfado ? 

— Vamos! quién es el gracioso que gruñe como puerco ? 

— Es uno de los discípulos de usted, respondió Chepillo. * 

— Eso es intolerable ! 

— Cansado de hacer largos y torcidos renglones con el hocico se ha 
puesto á chillar como un cerdo, dijo Chepillo. 

— Con el hocico dice usted ? 

— Sí señor, es un ckinito muy inquieto. 

— Hombre, échele el guante y tráigamelo para hacer un ejemplar. 

— En este momento, señor. 

No bien Chepillo dijo esto, mandó á cuatro desús condiscípulos (sin 
que el maestro lo oyera) que cogieran de la piara un puerco para que 
el ciego le diera unos azotes y mientras que los muchacnos cumplían la 
orden, nuestro héroe corrió á la escuela por el látigo destinado á flagelar 
á los niños. Eegresado que hubo, le puso al ciego el rejo en la mano y 
comenzó á guiarlo á donde los escuelantes tenían cogido el cerdo. Los 
picaruelos, ínterin que L^pez llegaba al sitio que ellos ocupaban, envol- 
vierbn en una ruana al animal, porque sabían que el ciego tocata el 
cuerpo que ibaá castigar. Así como López fué informado ae que tenia 
el bulto delante, y que juzgó que estaba extendido sobre una banca, le 
tocó todo el espinazo y echó á darle rejo con todas las fuerzas que Dios 
le había dado. Como el puerco chillaba como quien era, el ciego se en- 
fureció pensando que el paciente se burlaba del castigo, y por ello se 
cebó en el cuerpo fdudo que él tenia Y>or pelado. 

Al cabo del rato dijo : 

^^No puedo cascarle más, tenff o el brazo cansado. 

— ^Ya estará bueno, le contesto Chepillo. 

Y pensando en agregarle -un acto más ala comedia, ^añadió pasado 
im aaiomento. 

— ^El niño que usted ha castigado, ha quedado sin el cuero con que 
lo parió su madre, y así dresp^llojado como un Cristo se ha ido á darle 
'qoe^as iá suipadre. 



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— 32 — 

HiEose el ciego sentar en la silla <^ne allí cerca estaba, y dijo t 

— Qué adelanta ?. . . . Bien puede ir á quejarse al Padre Eterno sin 
que á mí se me dé un ardite. 

— Ah I . . . . es que usted no sabe lo atrevido y esforzado que es esc 
f>rejon. Pega el condenado tan recio, que al maestro que habia' antes de 
usted porque le tiró las orejas al mismo muchacho que usted ha descas- 
carado, le dio un mojicón que lo sacó lejos como real de tángano, y al 
infeliz le costó la cachetada junto con ¿1 porrazo, como ocho dias dé 
cama y dieta. 

— Si eso hizo con el maestro Moreno, eso no hará conmigo, porque 
yo soy un hombre á quien todo el mundo respeta. 

— Mire usted que ei tal es un matroz que no respeta ni al mismo al- 
calde ; si viene, ya verá como le sacude el bulto bonitamente. 

— Usted y sus condiscípulos me dejarían estropear? 

— SeQor director, todos los escuelantes le tenemos tanto miedo á ese 
demonio como no se lo tienen los ratones al gato. 

En este instante un niño aconsejado por Chepillo, dijo : 

— Seííor ! . . . . señor ! . . . . ahí viene el padre del muchacho que 
usted castigó 1 . . . . Corre con un j5alo en la mano hecho una furia. 

El ciego se levantó precipitadamente de la silla haciendo la cara 
más afligida que se haya visto, y dijo con voz levantada : 

— Defiéndame usted Chepillo de ese bárbaro .... Defiéndanme 
todos, no me dejen matar. 

— ^Huyamos, le dijo nuestro héroe ; déme usted la mano . . . sígame 
usted corriendo. . . . í^or aquí. . . . Vamonos por este lado. 

Chepillo echó á caminar apresuradamente con el ciego de la mano, 
seguido de una docena de muchachos. Llevólo á la casa de uno de los 
escuelantes, la que á la sazón estaba al cuidado de un criado, por haber- 
se ido los dueños á una romería al pueblo de Chiqíinquirá. Cuando en- 
tró en ella, la encontró absolutamente sola, lo que le agrado mucho^ 
al considerar que no tendría obstáculo en llevar á cima una travesura 
que le habia ocurrido, y con tal seguridad introdujo al ciego en un cuar- 
to donde en otra ocasión habia visto una caja miiy granoe de guardar 
miel, pues como la señora de la casa era chichera, tenia por mayor uno 
de los elementos que se emplean en la fabricación del famoso licor que 
nos legaron los chuchas. 

£1 picaro lazarillo a|^ la tapa de la caja y le dijo al uiaestro : 

— Señor director I . . . . no hay que peraer un mmuto ; pronto, pron- 
to, métase usted en esta caja antes de que llegue el hombre que viene 
persiguiéndolo ; pues si él so presenta ahora, no respondo do la vida de 
usteo. ' s • 

— En que caja? preguntó el ciego jadeante por la precipitación c<^ 
que había andado y con la voz alterada por la angustia que se había 
apoderado de él. 

— ^En una muy grande que hay aquí en un cuarto donde nos hemos 
entrado en busca de un escondite. 

—Si he de caber en ella cómodamente, procuraré meterme con la 
ayuda de usted. 

-—Con n\i ayuda y con la de otros discípulos de usted que lo hau 
eeguido para protegerlo, dijo Chepillo y se airigió á los escuelantes di- 
ciéndoles : 

— Escondamos pronto á. nuestro querido maestro. 

"So fué menester repetir la incitación para que los compañeros de 



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— 38 — 

nneetro héroe alzaran en ^80 al viejo y lo metieran poco & poco en la 
caja. Cuando el ciego sintió en las piernas la pegajosa miel, di6 nn salto 
y un grito y se resistió á entrar. 

— Donde diablos van ustedes á meterme ? preguntó. 

— En un baño muy dulce, respondió Ohepillo, no se resista usted 
qne la miel no lo mata ni lo daña y un garrotazo de ese nuUroz si puede 
echarlo á pasear al otro mundo. 

— Cómo ! . . . • en una ca^'a de miel es que quieren meterme ?. . . . 
Oh I eso es horroroso 1 . . . . Prefiero morir á palos ! . . . . 

— 1^0 sea usted terco, le dijo Ghepillo comprimiéndolo hacia el fon- 
do del arca, á la vez que les hacia señas á sus compañeros' que lo forza- 
ran á sentarse. 

Los escuelantes como instrumentos que eran de Chepillo se carga- 
ron en la cabeza y en los hombros del ciego y éste no pudiendo resistir 
el esfuerzo simultáneo de cinco ó seis pilluelos, cayó en el asiento de la 
caja con las piernas dobladas. Así como el maestro se sintió con la miel 
al cuello se resignó con su mala suerte y esperó callado el desenlace de 
aquel acto. 

Metido el director donde los escuelantes querían, cerraron el arca 
y se salieron á la calle á charlar y reirse de su travesura, cuidando de 
no contársela á nadie. 

Compadecido Chepillo del pobre ciego, volvió donde él dos horas 
después de haberlo metido en la caja, y lo sacó de tan estrecha prisión, 
diciéndole que su enemigo va sabia que estaba escondido en la tal arca 
y que así convenia trasladarlo á otro lugar. Llevólo, por tanto, á un 
cuarto donde el dueño do la casa tenia mucho tamo de cebada para 
alimentar dos caballos de paseo que tenia en la caballeriza. 

— Métase ust^d ahí, y no hable una palabra ^ue el hombre viene por 
allí cerca haciendo juramentos de que lo hará picadillo donde lo encuen- 
tre, le dijo nuestro héroe empujándolo háci^ adentro del cuarto y cer- 
rando la puerta. 

£1 ciego cansado con la posición forzada qne había tenido entre la 
caja, nada deseaba tanto como echarse largo á largo en el suelo, y tra- 
tando de llevar á efecto su antojo, tentó en torno suyo el pavimento, y 
notando que estaba alfombrado de mullida paja, se tendió y se revolcó 
entre el menudo tamo muv á su satisfacción, con lo cual quedó como 
con una escama ó concha brillante. 

Como á eso de las cinco de la tarde entró el criado de la casa en el 
cuarto donde estaba el ciego, á sacar tamo para los caballos, y gucedio 
lo que Chepillo se habla imaginado, á saber : que el mozo al ver al niaes* 
tro como con concha de armadillo, con cara de hombre y cabeza de mo- 
no, se espantaria horriblemente ; correría á la calle ; contaría que híjJtm 
visto un animal desconocido y seguiría la función. Así aconteci<ji(^,Jiü 
criado vio un monstruo que como un culebrón se movía entre el tona y 
lanzó un grito de horror. En seguida, sin esperarse á examinas íó¿4que 
fuera, salió rápidamente á la calle temblando como un azogado, á^cíjjitai . 
lo que había visto. r 

En el momento muchos curiosos ocurrieron á la caaay desde un 
sitio que les daba seguridad, observaron el extrafio animal^-ae conven 
cieron de que era verdad lo que el criado decía. Corroborm^ el^^uento 
por éstos, el pueblo se alborotó, se armó de escovetaSjifÁ^ó^^l^^^oñ y 
aun de rejos de enlazar, y al cerrar la noche abrió can^afia^eu dirección 
de la casa donde estaba el monstruo que tanto tenáñ^^ii^yíiki ?*^ < " 




mía 






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— 84 — 

Inyadida que fué ésta, el ciego oyó el alboroto y al momento ae 
dijo: 

— ^El padre del muchacho á quien azotó lia logrado, sin duda, con- 
mover á los habitantes del lugar, y éstos airados contra mí me buscan 
para volverme cuartos. 

— ^Dónde está el monstruo ? preguntaron muchos de los invasores. 

— Allá en aquella pieza, dijo el criado señalando desde lejos con la 
mano, el cuarto donde estaba tendido el maestro. 

El ciego creyendo firmemente que se acercaba su hora postrimera, 
se dijo : 

•<— I Oh Dios mió ! jamas me imaginó que por castigar á un mucha- 
cho burlón se me caliñcara de monstruo y se levantara todo el pueblo 
contra mi, con el designio de matanne. 

— Animo, camaradas, dijo ühepiilo que también estaba en la danza, 
á coger ese animal horrible y desollarlo vivo. ' 

—Sí, á cogerlo ! . . . • á cogerlo ! . . . . y ahorcarlo en seguida, díge-' 
ron varios escuelantes. 

El ciego en el colmo de la aflicción exclamó en voz queda : 

—Por qué tanta rabia contra mí? He matado al muchacho á 

quien castigué para qud merezca tan ignominiosa muerte? 

Y acordándose de su idioma favorito, exclamo : 

— / Quam incomprensibüia suntjudioia Dei ! * 

— Que traigan velas encendidas para ver bien el culebrón y para 
poderle dar en el testuz, gritó la alcaldesa armada de un robusto madero. 

— Sí, velas ! . . . . luces ! . . . . gritaron muchas personas. 

Un instante después, aquel gentío semejaba una procesión nocturna ; 
tantas eran las luces que brillaban por todo el patio de la casa. 

Con tanta claridad como daban las velas encendidas todos pudieron 
ver al animal, el cual yacia inmóvil entre el tamo. El infeliz ciego no 
tenia ánimo ni para respirar; tanto era el miedo que se habia apoderado 
de su acongojado espíritu. 

Visible el monstruo para todos, muchos do los invasores gritaron 
sucesivamente : 

—7 Acometámosle de frente, dijeron unos. — Hagámosle salir del 
cuarto y lo matamos en el patio, dijeron otros. — Enlacémoslo y lo sa- 
camos arrastrando á la calle para que todo el pueblo goce con verlo vivo 
y después con verlo morir, dijo el gamonal. — Tirémosle un escopetazo 
á ver que. hace, voceó un valiente. 

En esto el alcalde que allí estaba, porque debia estar^ alzó la voz y 
dijo: 

— Yo voy á dirigir el ataque. Prepare todo el mundo sus armas. Los 
que tengan escopetas cojan la vanguardia; los armados de piedras pón- 
ganse á retaguardia y los que tengan palo ó rejo de enlazar, formen un 
cuerpo de reserva. A las voces de, á la una^ los de la vanguardia y los 
de la retaguardia pongan el cuerpo en disposición de atacar : á las voces 
de, á las aos^ levanten sus armas y hagan la puntería, y á las de, áloe 
ires^ fuego J descarga cerrada. Si al primer ataque el monstnio se enfure- 
ce y se viene encnma de nosotros, porque haya quedado mal herido, en- 
tóm^es el cuerpo de reserva haga cuanto pueda hasta acabar con él. 

El ciego oyó los preparativos del ataque y dijo para su sayo : 

^-Esto no puede pasar de una anaenaza : si esta gente quisiera ma- 

* Cuan ÍDeoii!preik8U)kB &»a los juicloB de Dios. 



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~ 36 — . 

tarme no se andaría con tantas ceremonias militares — •. \Qné soy yo 
para tan crecido número ! . . . . Si la pueblada me acomete aunque sea: 
en desorden, ella puede decir con César: VeniyVidi^ vid. *' 

Mientras que el ciego se hacia tan fondada refleccion, los invasores^ 
se disponían para ¿i ataque en la forma ordenada por el alcalde. 

— Todos están listos ? preguntó éste, luego que vio al ejército divi- 
dido en tres porciones. 

— Si ! .... si ! ... sí ! ... . expresaron más de veinticinco personas/ 

— Atención 1. ...Ala n^na, cujo el improvisado jefe. 

A estas voces se vio nu movimiento confuso en la vanguardia y en 
la retaguardia. 

— A las dm^ gritó el alcalde. 

El grupo de adelante tendió sus escopetas hadendo la puntería al 
maestro y los que formaban la retaguardia levantaron sus brazos arma- 
dos de piedras. 

— A las. ... ' 

— Alto alii señores, gritó en este instante Ohepillo, no hagan uste-^ 
des fuego que yo me comprometo á coger el monstruo que tanto miedo 
le ha metido al pueblo y sacarlo al patio como si fuera un cordero. 

— Bueno, dijo el alcalde, que nadie haga fuego y que Chepillo se 
acerque á coger el animal ; pero si se lo engulle,- advierto desde ahora, 
que la culpa es de él y no de otro ninguno, i o salvo mi responsabilidad. 

Los invasores so admiraban del valor de Chepillo y muchos no creian 
que ejecutara semejante locura. Nuestro héroe salió oon denuedo de en- 
tre la multitud, entró al cuarto, cogió al ciego con un rejo y le dijo al 
oido : 

•—Vengo á salvar á usted ; sígame. 

El maestro se levantó y siguió los pasos do su lazarillo. El travieso 
muchacho se endilgó al centro del patio, y era de ver como se retira- 
ban los invasores despavoridos, así como se les aproximaba el para ellos 
temible animal. 

— lío tengan ustedes miedo, les dijo Chepillo, abran bien los ojos 
y verán que cuanto ha pasado no ha sido sino un jueguecico del Diablo. 

Los expectadoree se acercaron y vieron. . . . Espanto ! vieron 

que el horrible monstruo en un abrir y cerrar de ojos se había conver- 
tido en hombre por arte diabólico ; ¿ y en qué hombre ? . . . . en el infeliz 
ciego á quien Chepillo llevaba del cabestro á todas partea ! . . . . 

Los peones de azadón, los leñadores y las aguadoras al ver semejan- 
te metamorfosis echaron á correr gritando: 

— Brujería ! . . . .brujería ! . . . . el Biablo está metido en esta casa. 
El telón descendió ! 

Una verdadera comedia se acababa de representar. 
El alcalde y unos pocos de su clase que comprendieron la tramoya, 
salieron de la habitación riéndose á carcajadas. 

El resto de los asaltadores, llenos de un terror pánico, se dispersaron. 
La pesada chanza fué funesta para el pobre ciego por dos lados : 
por las angustias que padeció en las largas horas que él se creyó en ca- 
pilla y porque perdió el destino. El pueblo irritado por la burla, se 
vengo en el desventurado ciego, solicitando del Gobernador que lo des- 
tituyera del empleo por tonto y por inepto, y el tal funcionario lo 
removió. 

* Yiae, tí y vencL ^ 



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— 36 — 

La escuela se cerró por segunda vez y Chepillo volvió al lado de sn 
abuelo, á apacentar el ganado de La Corapafiía. 

Cinco meses trascurrieron y. al fin de ellos fué nombrado director 
don Justo Pastor Kuiz, hombre que habia sido rico 6 ilustrado, pero 

3ue un revez de fortuna lo habia reducido á la mayor miseria, y el pesar 
e semejante pérdida le habia trastornado un poco las potencias del 
alma. Como debe suponerse, el infortunado vivia en el mayor abati- 
miento y sumido en una melancolía profunda. 

El dia en que Chepillo conoció á su nuevo director, se dijo : 

De éstos es de los que yo busco para divertirme. 

Y á la verdad Chepillo hizo del maestro su pelele. 

Cuéntase que á poco tiempo de abierta la escuela, el muchacho les 
dijo una tarde a sus condiscípulos : 

— ^Voy á probarle al director que él no es hombre sino gallina. 

Por lo pronto los escuelantes creyeron que Chepillo iba á desafiar 
al maestro á pelear y que contaba con acomodarle una zancadilla ; pero 
pronto se convencieron de que no era de ese modo qne el muchacho 
pensaba demostrarle á su preceptor que era de la familia de las galliná- 
ceas. Sabéis cómo? Voy á decíroslo : 

— ^El pilluelo tomó de un tintero una pluma de águila y con ella en 
la mano, se dirigió á donde el director estaba sentado y le dijo que se 
la tajara. 

Justo Pastor cogió la pluma, y como los brazos de la silla le impe- 
dían manejar los suyos, se puso en pié para tajarla, como lo tenia^de 
costumbre. Al levantarse el maestfo del asiento, Chepillo que se habia 
hecho á la espalda, le puso con disimulo en él un huevo de gallina que 
llevaba en su chácara. Tajada la«plama, Euiz se la devolvió á su discí- 
pulo y se sentó. Como al descansar en la silla sintiera que habia roto al- 
guna cosa, metió la mano para tentar lo que fuera y al palpar la sus- 
tancia húmeda y glutinosa de la tortilla que acababa de fabricar de tan 
inusitada manera, retiró ligero loS dedos y al vérselos pintados de 
amarillo, dejó escapar una exclamación de cólera, sacó del bolsillo su pa- 
ñuelo y se limpió lentamente la mano y los pantalones que le quedaron 
lastimosamente manchados. 

Hecho ésto llamó á Chepillo y díjole : 

—Es usted un atrevido y un indecente. 

— Yo ? Y por qué razón ? 

*^Por habei^ puesto un huevo en mi asiento. 

— No sefíor'; lo que hav de cierto es que usted es quien lo hsLpuesto^ 
por cuanto á que cuando el huevo fue puesto^ usted ocupaba la silla. 
Esto es tan claro como blanco es, gallina lo pone, se hace un caldo y se 
come. Y si no, dígame : si usted encuentra un huevo debajo de una pá- 
jara, creerá que es que se lo han puesto ó que ella lo \i2k puesto ? 

El maestro escuchó á Chepillo mirándolo con aire de desprecio y 
no le dijo una palabra. 

Pasó el tiempo. 

Un martes por la mafíana el director les dijo á sus discípulos : 

— I Quién de ustedes conoce una persona que pueda alquilarme un 
caballo para ir á Chocontá, que sea blando de movimientos, bueno de 
aliento y manso como una oveja ? 

—Yo, respondió Chepillo. 

— i Y puede usted decirle ahora mismo á esa persona que me flete 
el caballo ? 



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Qoo^(z 



-Í7- 

Si usted me da permiso da salir. ... 

—Sí, hombre, vaya y se interesa mucho. 

Chepillo cogió su sombrero de una estaca donde estaba colgado y 
se fué á donde su. posadero que tenia un caballo muy brioso y coreo Via- 
dor llamado e\ palas agrias^ y le dijo : 

— Eecado le envia el maestro de escuela que si le hace el servicio 
de alquilarle el patas agrias para ir á Choconta. 

El dueño del caballo oyó atentamente el recado y dijo : 

— Mi caballo el patas aginias f Es el maestro hombre que sepa 

tenerse? 

— Si será cuando me manda donde usted á rogarle que le alquile el 
tal caballo. 

— Será otro el que quiere, porque ese animal es endiabladísimo ; 
\ brica tan recio que no le paran encima ni las moscas. 

— Do esa clase es que le gustan los caballos á mi preceptor. 

— ^Vea usted 1 . , . . i con que el maestro es tantas carracas ? 

—Debe ser un jineton, pues me dijo que le dijera á usted que ha- 
bía de ser oí patas agrias el que había de alquilarle, que para él uo ha- 
bía dicha igual á la de montar un patón brioso y corcoviador. 

— Oiga ! lo mismo era yo cuando muchacho ; pero ha de saber usted 
que siempre que me montaba en un potro, quedaba encima de él como 
clavadado. 

— ^El maestro también quedará hoy como clavado^ dijo el picarillo 
á modo de fisga, y añadió entre dientes : - en el suelo como mariposa en 
la pared. 

— No tiene cara de jinete y dudo que se tenga en ú patas agrias; 
pero en fin, ya que él lo quiere que lo padezca. Coja usted el caballo que 
ahí está en la caballeriza ; lléveselo y dígale que siento en el alma no 
ver la hibena montada porque me voy ahora mismo para Bogotá. 

— Muy bien, respondió Chepillo. Y pasó á la pesebrera, cogió el 
caballo que estaba atado á ima columna y se lo llevo á Justo Pastor. 

Al entrar en el patio de la escuela le dijo al maestro, quien espera- 
ba en el corredor : 

— ^Aquí está el animalito ; creo que no le desagradará. 

— Hermoso caballo, á la verdad, dijo el maestro. Ensíllemelo usted. 

Chepillo sacó del cuarto del director la silla y los arreos de montar 
y lo ensilló fácilmente. El caballo aparentaba una mansedumbre extre- 
ma ; tanta, que se dejaba tocar las ancas, los corvejones y las patas. Se 
dejaba también montar sin dar muestras de enfado ; pero siempre que 
el jinete no lo provocara, pues si llegaba á sentir un espolazo, se enfu- 
recía y brincaba hasta que derribaba á su dueño. Otras ocasiones tenia 
tan mal humor que aunque el jinete no lo espolease, de repente agacha- 
ba la cabeza y echaba á corcovear como un condenado. 

Luego que el maestro vio ensillado el patas agrias^ se acercó á él, 
le sobó el cuello, le peinó las crines con los dedos y lo preguntó á 
Chepillo. 

— Será bien manso, no ? 

— Es una oveja, señor. 

— Parece un poco cascarillas. 

— Recién montado se frunce y caracolea ; pero á una legua de ca- 
mino se pone sonso como una pollina ; así es que le aconsejo que se pon- 
ga espuelas y que no le manifieste miedo, pues los caballos son como los 
hombres, que cuando le conocen á uno quo es cobarde, se lucen. 



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—Así lo haré, dijo Jnsto Pastor. 

Púsose Inego los zamarros, se calzó las ospnelas. cogió en la mano 
derecha una zurriaga j montó con mucho ánimo. £i caoallo salió del 

t»atio encogiéndose, encabritándose á medias é inclinando hacia adelante 
as orejas. 

Los escuelantes se fueron detrás de su maestro gritando : 

— ^Adios don Justo, que ni allá llegue, ni aquí vuelva ni el camino 
parezca. 

£1 caballo pasó las calles del lu^r dando muestras de querer derri- 
bar al jinete, pero éste tuvo la prudencia de conducirlo con mucho cui- 
dado, pues empezó á comprender que no ora tan manso como Chepillo 
le había dicho. 

Cnando el maestro entró en el camino, Chepillo le gritó: 

— ^Holal don Justo, no le tenga usted miedo, acomódele un espolazo 
en la barriga y verá qué molimientos, ó diré, qué movimientos. 

lí\ equívoco hizo reir estrepitosamente á los escuelantes, pues ellos 
oonocian muy bien al patas agrias. 

Como el jinete notara que el caballo andaba con embarazo, le pa- 
reció bien el consejo de Chepillo, y le batió fuertemente los hijares. 
Quién tal hiáso, que al punto el fogoso animal se recogió y dio un brinco 
formidable. A esta sazón el Armadillo dijo á voz en cuello: 

— ^Téngase maestro. . . . ajuste las piernas y entese el cuerpo. 

El caballo siguió brincando, pero con suspensiones. El maestro á 
pesar del susto que le infundía él peligro, se aseguró en los estribos, tem- 
pló las riendas con la mano izquierda, y con la derecha se agarró del 
rqjo de la grupa, sin botar la zurriaga. 

— Vivat.... viva!.... don Justo, gritó un muchacho, y más de 
diez .repitieron el grito^. 

En seguida dijo limo de estos : 

—Apuesto mi trompo de tíbar contra una pelota de lana á que no 
derriba el caballo al maestro. 
' ^-Corre. y vale, dijo otro, yo á que lo hace medir tierras. 

— Yo á que no. 

— Yo á que sí. 

«^—Téngase como garrapata maestro, le gritó el muchacho que tenia 
interesen que no cayera; no se deje usted aporrear; mire que hay 
apuesta gorda. 

^ ínter tanto el caballo daba tres ó cuatro saltos, se quedaba luego 
quieto un instante y volvia á corcovear. Eu una de estas brincadas el 
mostró aflojó las piornas, y el muchacho que habia apostado la pelota, 
dijo dando sálticos y batiendo las palmas : 

'—Bueno y rebueno f...^ ya perdió un estribo! Ya pedió el 

otro ! . . . . Va á caerse en esto, en esto. . . . Caramba ! como que lo tiene 
él Diablo 1 

^Diantro ! dijo ChepiÜo, mientras qúo el otro niño hablaba, el ma- 
jadero ha perdido el equilibrio y va á romperse la figura sin remeéio. 

— Ya se enderezó, expresó el que había apostado á que no caia el 
director. . . . Diablo ! ya se torció para el otro ladd. 

— ¡ A caballo para métetela recio ! 

—'El maestro no es ningún fraile para jinetear. 

*— Si será llanero. 

*^Miren ! — miren ! . . . . muchachitos de Diosí — lo sacó do 
la silla, te sacó. .., • Suápite !. .> . Chápese esa por guapo ! 

El jinete cayó. 



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— 39^ 

Después de grandes esfuerzos para no téjanle apolMar» al t>oibr0 
maestro se vio obligado á dejar la silla y á Tiiojar un ratíto por «I aíre* 
£1 desgraciado caballero al caer en el duro regase de la madre cbmao^ 
quedó como atontado ; pero haciendo nn esfueczo se levantó; 'miró átor 
dos lados 7 al ver á sas disciptüos que celebraban el golpe con gritos de 
júbilo, con risas, palmadas 7 brincos, se llenó de indignación. 

Pensando, Jasto Pastor, en qne el autor principal de cuanto le har 
bia sucedido, era Chepillo por haberle di<2ho qne el patae ágrioB era 
manso, lo buscó con la vista para ir á cogerlo 7 darle una tonda de pu- 
fietazos; pero no lo vio. El perillán se nabia escapado. Volteando el 
cuerpo incontinenti, al lado contrario, siguió con los ojos él camino aue 
habia tomado el caballo, 7 alcanzó á ver á lo lejos una nube de polvo 
qae envolvia al animal en su rápida carrera. 

Giró entonces sobre sus talones para mirar i sus discipulos 7 djioles : 

— Si ustedes no me hacen el servicio de irá coger ese caballo, se 
irá con mi silla hasta el cabo del mundo. 

Los muchachos partieron á correr llevando en el corazón el dolor 
de que el maestro no hubiera muerto del golpe, 6 que al monos no hu- 
biera quedado imposibilitado por unos seis meses para desempeflar la 
escuela. 

El caballo se detuvo cerca de ana era donde habia una cobra de 
yeguas trillando. Los escuelantes lo rodearon, lo cogieron 7 regresaron 
con él donde su maestro, Á qaien hallaron en la escuela. 

Justo Pastor les dijo : 

— Qué pronto han'cogído ustedes el caballo, amigos míos, les agra- 
dezco mucho este servicio ; pero más agradecido quedaré si me consi- 
guen otro ahora mismo. . • . Pero otro que sea manso 7 no indómito 7 
íeroz como este demonio, qne por nn áinas me destutana. 

Los niños se miraron unos á otros 7 digeron : 

— Vamos corriendo. 

Los muchachos se dispersaron por el pueblo 7 al cabo de un rato 
empezaron á llegar donde su preceptor, cada cual con la noticia de que 
no habia hallado quien tuviera «na b^tia do alquiler porque medio pue- 
blo andaba á caballo rodeando en un potrero inmediato unos toros 
bravos para conducirlos á la plaza á fin de continuar unas fiestas en que 
se recreaba el populacho hacia dos dias. 

El maestro tenia tal urgencia de ir á Chocontá, que pensaba en 
volver á montar sin espuelas en el patas agrias^ cuando un escuelante se 
acercó á él 7 díjole : 

— ^Yqi tengo una 7egüita en que suelo venir de mi estancia á la es- 
cuela : es muy buena de aliento, pues lleva cuando se ofrece, su carga 
de arina á Bogotá, pero es un poco fea 7 sonsa. ' 

—Eso no le hace, dijo Justo Pastor; como me lleve á Chocontá, 
aunque sea fea como la estampa de la heregía 7 sonsa como una tortuga. 

— Voy á traerla ? lo preguntó el muchacho. 

— Sí, tráigala usted. 

Una hora después estaba la jaca en el patio. £1 maestro al verla no 
pudo contener la risa. 

— ISo me imaginaba, dijo, que la raza caballar hubiera degenerado 
tanto en este pueblo. No tiene la tal yegua figura corporal como las de 
su especie ; es más fea que Gestas ; pero, qué be hacer ? que me la ensi- 
llen ; al menos iré seguro de que no me rompe la crisma. 
i En el acto cuatro niOos se comidieron y en menos de cinco minutos 



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— 40 — 

le quitaron el fuste tX^taa agrias y se lo pusieron á la yegua. Era ésta 
de un cuerpo tan desairado y triste, que de todos los que la veian, á unos 
les daban juanas de reir, (estos eran los más) y á oti'os de llorar ; pues 
entre los hijos de Adán hay muchos que se burlan de las desgracias aje- 
nas y unos pocos que las sienten como si fueran propias. Queréis cono* 
corla ? He aquí su figura con todos sus pelos y sefiales cual si la repro- 
dugera un espejo : -Era de regular estatura, de color rucio mosqueado, 
de cuello largo y encorvado hacia arriba como el del camello, á causa 
de una hinchazón que tenia en la nuca que la hacia mirar al cielo, mal 
de su grado. Su cola era limpia como la del ratón, de resultas de una 
sarna que habia padecido en su juventud ; las patas delanteras las tenia 
torcidas para adentro y las traseras para afuera, de tal modo que cuando 
caminaba aprisa, parecía que devanaba con Jas manos la madeja que 

fiarecia llevar en las patas. Su barriga era descomunal, en tal grado, que 
e habia granjeado eí ridiculo nombre de araña ; pero en compensación 
de tantos defectos corporales, y sobre todo del de su enorme vientre, 
llevaba en éste una música uniforme, que sonaba siempre que la infeliz 
hembra trotaba ; música que era muy á propósito para dicipar ese negro 
esplin que se apodera de continuo del viajero que anda sólo por nuestros 
desiertos y andurriales. 

Ghepillo que estaba escondido detras de una cerca de ramas que 
habia en el patio de la escuela, se estuvo desde ahí mirando desensillar 
el caballo y ensillar la yegua y de repente concibió la idea de divertirse 
otro rato á costillas de su director. Dominado por tal pensamiento se salió 
del sitio en donde estaba oculto, corrió á su casa y volvió á tiempo en que 
Justo Pastor partia de la escuela paso ante paso caballero en la araña. 
Como la perezosa yegua no hacia por correr, el jinete le dio un espolazo 
con toda la fuerza que tenía en la pierna derecha, y con él no consiguió 
sino que la jaca se enfureciera y que ciega de rabia volviera el hocico, 
le mordiera los zamarros, tirara coces á diestra y siniestra y tomara un 
trotecillo picado, acompañado de la monótona música que llevaba oculta 
en su seno. • 

— 8o gran demonio ! dijo el maestro colérico, yo te quitaré la mafia 
de morder .... Toma ! 

y le dio con la zurriaga un golpe en la cabeza. 

En esto se acercó Chepillo pasitamente á la yegua, le alzó la cola j^ 
le metió en la raíz una carda que habia traído de su casa. La jaca apretó 
el rabo y al sentir las espuelas de nueva invención , partió á correr con 
tanta velocidad que al jinete le zumbaban los oídos. El viento lo volteó 
el sombrero, le envolvió la ruana en la cabeza y ciego el desdichado, sin 
saber por donde iba, rogaba á todos los santos del cielo que guiaran la 
yegua por buen camino ó que la detuvieran en su rápida carrera. La 
quisquiIlos(^ bestia tomó por una callo que conducía ala plaza y se in- 
trodujo en ella atropellanao gente, á tiempo que unos cincuenta vaqueros 
entraban por una ae las esquinas con los toros que iban á jugar en las 
fiestas que hemos mencionado, fiestas que los habitantes hacían en cele- 
bración del para ellos feliz término de la guerra que habia estallado 
en 1840. Un grupo de jinetes, que se habia separado de los vaqueros y 
que á la sazón se remolinaba cerca del centro de la plaza bebiendo 
aguardiente á boca de cántaro y echando voladores, vio pasar como una 
sombra al maestro, caballero en la arañfii,^ y al punto pensó en ir a en- 
lazarlo. Todos los del grupo arrancaron á correr detras, voleando sus 
largos rejos, y cuando cada cual se fué poniendo á tiro de chamiuque^ 



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— el- 
le botó 8U lazo al caballero qne tan aprisa iba. Dos jinetes enlazaron, 
juntamente al hombre y la bestia, amarraron en seco^ como llaman los 
vaqueros, y los hicieron rodar de hocicos por el suelo. 

TiOS espectadores al ver tal acción, alzai'on un grito atronador que 
el aire llevo á una gran distancia, pero un grito de aplauso por el buen 
lazo y la buena arzonada^ y en seguida unos cuantos curiosos corrieron 
al sitio donde ^uedó estirado el desdichado jinete, á ver qué cara hacia 
el infeliz y á oír los lamentos y maldiciones que salieran de su boca. 

Felizmente el director no recibió otros daños que perder la epider- 
mis de lajfrente y las narices ; troncharse graveatente un pió y descompo- 
nerse una mano. 

Cuatro hombres piadosos lo alzaron, lo pusieron en una hamaca, 
improvisada de una ruana, y lo condujeron á su posada. 

£1 desventurado se tendió largo á largo en su cama á renegar de su 
mala suerte, protestando no volver á montar caballos de linda estampa 
ni yeguas feas como la estampa de Lucifer. 

Mientras que Justo Pastor exhalaba ayes profundísimos v gemidos 
dolorosos, como si se le fuera á arrancar el alma, sus discípulos daban 
gritos de alegría confundidos entre la chusma que con desenfrenada 
locura se divertía en las fiestas. 

De estas vamos, querido lector, á presentaros un cuadro ya que 
Chepillo desempeña un papel importante en las corridas de toros. 

£1 asunto bien merece capítulo separado. 

CAPITULO IV. 
Unas fiestas de plaza. 

VAMOS á describir un sólo día de las fiestas, y es el último, ^e es el 
Que se enlaza con los sucesos que estamos narrando. Describir un 
ala es describirlos todos, si se exceptúa lo que Chepillo hizo en el 
postrero. 

La mañana la pasaron los concurrentes; bebiendo chicha y aguar- 
diente hasta embriagarse, unos ; bailando en las tabernas, otros; íugando 
en las calles, muchos y los más entretenidos en los encierros de toros, 
de que hemos hecho mención. 

Por la tarde he aquí lo que se veia y se oia : 

Las calles principales estaban cubiertas de gente, en términos de 
semejar un enjambre de abejas cuando se disponen á salir de su colmena. 
El ruido de tantas voces y el movimienta^e tantas personas era conti- 
nuo ó incesante. En medio de la zambra, en un sitio jugaban unos mo- 
zo§ al gallo ¡ en otro una caterva <jíe hombres y mujeres se apuntaban á 
loa hlancoB y coloradas j más aJWá varios muchachos apostaban cuarti- 
llos y medias tortas á las. manos de los que se divertían á la hágatela ó 
al 7'uncho. Aquí en una tienda improvisada de una tela y tres palos, co- 
mían y bebían cuatro amigos en la mejor armonía ; allí en una mesa de 
lotería de figuras gritaba el garitero dominando la vocería del tumulto: 

— Se fue la ficha por real y cuartillo libres y sobran carteles. 

Y en seguida se oia su canto monótono publicando la pintura do 
cada ficha que de un talego iba sacando. 

— Enredada sale en mis uñas, decía, la calavera de tu abuela. ... y 
en seguidita viene, la lama para tu panza, ... y ahorita van saliendo. 



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— 42 — 

ImaríUospara tus ¿obiUos. . .y más detrasito asoma la culebra tatacoa. . . 
y de repente nos alambra el sol que virüi cueque. ... 

Por entre la inmensa turbamulta se veian pasar bandas de músicos 
de cuerda y de coscojas tocando con arrogancia y cantando con levan- 
tada voz diversas copiar populares, y de cuando en cuando se oia el gri- 
to de un tunante que decia : 

—So salió el toro ! . . . . Ahí viene el toro ! . . . • 

Grito que conmovia á la multitud por un momento ; que hacia sus- 
pender todas las ocupaciones y volver á uno y otro lado todas las caras* 

Yeiase en el sitio más espacioso una gran rueda de gente que hacia 
campo á una danza de lauques que al son de un pito y de un tamboril 
bailaban con castañuelas y cascabeles, unas veces naciéndose genuflexio- 
nes y otras tejiendo cintas de distintos colores sobre un palo que verti- 
cal sostenía un muchacho en el centro de los danzantes. 

Estos bauqUes^ vestidos de enaguas cortas de colores vivos y de 
chupas encamadas, con unas como alas tiesas y plegadas prendidas á 
los brazos, y cubierta la cabeza con un capirote aaomado de alhajas bri- 
llantes, de cuyo vértice pende una larga y espesa cola de cintas de los 
colores del iris, son bastante vistosos y elegantes. 

Hé ahí lo que habia en las calles. Veamos ahora lo que en la plaza 
había. 

Cercada estaba ésta do palos casi en contorno y dentro del circuito 
encerrado con la cerca y las paredes de algunas casas, se^corrián los to- 
ros. Veíanse Jas barreras entretejidas de hombres, mujeres y niños de 
todas clases y condiciones. Las puertas de las habitaciones donde no 
habia cerca, estaban defendidas con una mesa atravesada y cubiertas de 
rostros humanos llenos de animación y alegría. 

Una banda de música de viento, derramaba en la atmósfera sus 
notas sonoras y vibrantes, con las cuales llenaba de armonías los ámbitos 
del poblado. 

Un centenar de jinetes recorría la plaza en todas direccíoíjes, ani- 
mando al toro con garrochas. El animal, irritado por los aguijonazos 
que le daban los garrochadores, tenia la cara levantada; los ojos infla- 
mados y la boca espumosa ; corría acá y allá bramando; se detenía un 
instante, escarvaba el suelo con las patas delanteras y giraba con velo- 
cidad á todos lados, atendiendo á los gritos y silvos que lo llamaban de 
mil partes á la vez. 

Los muchachos lo apedreaban ; los toreros lo llamaban con la ruana 
y los truhanes le arrojaban cohetes por los pies. 

Los repiques eran incesantes y un clamor general se dejaba oir por 
intervalos. Todo era un inare máqnum^ una confusión, un ruido y 
alboroto indescifrables. Cuando el toro daba una porrada mortal á un 
malXorero, se alzaba un grito unánime de los ámbitos de la plaza qnq 
resonaba en despacio; ios jinetes rodeaban al caido, lo levantaban 
vivo ó muerto, lo trasladaban fuera de la barrera y seguia la diversión. 

Ninguna calamidad pública ni particular ha turbado jamas el 
regocijo en unas fiestas de toros, líi una peste desoladora que de impro- 
viso se haya pre.-^entado en el lugar ; ni la muerte de la persona más 
querida del pueblo que haya oaun*ido ; ni un incendio que de una hora 
a otra haya arruinado cuatro ó seis familias, nada de esto ha detenido 
jamas á la muchedumbre en sus locos devaneos. 

Todo el mundo en fiestas pierde el juicio. jCómo seria Chepillo?.. . 

Ved sus travesuras. . 



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En nno de loB ángnlos de la plaza se alzaba dentro de la barrera^ 
una de esas tiendas portátiles de qae hemos hecho mención, donde habia 
de venta muchas cosas de comer j de beber. Temerosa la ventera de 
qne el toro le embistiera á sn toldo y le cansara algún dafío, habia con- 
tratado con nuestro héroe, por nna pequeña recompensa, qne espantase 
/ al animal cuando se aproximase. * 

Chepillo habia ideado hacer huir al cuadrúpedo, primero arrojan- 
dolé cohetes y triquitraques y luego haciéndole mido con una pandereta. 
Después de haber Wrado así ahuyentar al toro muchas veces, de las 
inmediaciones del toldo, le rogó á un curtidor que entró á tomarse una 
copa de mistela (y que conoció qne era un bobalicón) que saliera á 
tocarle la pandereta al tenaz animal que se presentaba por décima vez. 
El curtidor qne, como todos los de su oficio, llevaba pantalones y cha- 
queta de gamusa, queriendo hacer ostentación de su vestido ante el 
publico i^orque era nuevo y elegante, se quitó su ruana, cogió la pande- 
reta, salió donde el toro estaba y empezó á tocársela haciendo mil cabrio- 
las y piruetas. Familiarizado ya el cuadrúpedo con el ruido de la& 
coscojas, se le encaró al músico y comenzó á menear las orejas y á sacu- 
dir la cabeza. El curtidor receloso de la mala intención que abrigara el 
toro, echó pió atrás ; pero Chepillo lo lo detuvo y en seguida lo animó á 
que avanzase sin temor sobre él. Hízolo así el buen hombre y entonces 
el travieso muchacho se le fue detras llamando con precaución al toro 
con un pañuelo. De repente el cuadrúpedo parte como una exhalación 
sobre el panderetero, lo derriba, lo revuelca entre la tierra y en seguida 
se lo lleva pendiente en un cuerno que le ha metido por entre las espal- 
das de la chaqueta y la camisa y sacádoselo por el cnello sin pausarle 
daño alguno. 

Chepillo al ver que el toro se lleva al curtidor, sigue tras él pal- 
meándose las piernas y dando gritos de alegría. 

Imaginaos lector, cuál seria la algazara que se levantó de la rauche- 
dumbye al ver tan extraño suceso, y cual el susto que se apoderó del 
infeliz curtidor al pensar, no tanto en que su magnífica chaqueta, iba á 
ser despedazada cuanto que su vida pendía de un hilo, estando él sus- 
pendido de los cuernos del toro. 

Como el curtidor era de carne y hueso, aunque Chepillo lo tuviese 
por un alma de cántaro, tenia bastante peso como todo cuerpo sólido y 
por ello tendia hacia la tierra, á consecuencia de la ley de la grave- 
dad, razón por la cual el toro se veía obligado á andar con la cabeza in- 
clinada al suelo y el hombre á caminar en cuatro pies como los cua- 
drúpedos. Yendo ambos así, de repente un toreador llamó al animal y al 
grito, éste alzó la cabeza y con ella al curtidor, ofreciendo á los ojos del 
público un cuadro semejante al del mal ladrón atado en la cruz. 

El pobre hombre, engarzado en las astas del toro, fué paseado por 
toda la plaza sin excitar la compasión do nadie; antes bien al contrario, 
fué la befa y el escarnio de los espectadores. 

^ Fatigado al fin el bruto con su carga, bajó tanto la cabeza, que 
debido á tal inclinación se resbaló del cuerno el cuello de la chaqueta, 
con lo cual el curtidor quedó boca abajo, sin que le hubiese acontecido 
el más lijero daño. 

Desembarazado el toro de tan incómodo fardo, alza la cabeza, mira 

* Sólo el que lia visto esas tiendas portátiles dentro del circuito donde se juegan loa 
toros puede dar crédito á costumbre tan brutal. 



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- 44 - 

é un lado y otro, se fija en la tienda de donde babian salido poco antes 
Chepillo y el curtidor, y como si antipatizara con ella por las burlas 
que éstos le habian hecho, abre carrera en dirección del toldo, le arre- 
mete con ímpetu, derriba la mesa que hace de mostrador y de estante, 
echa á tierra tas botallas de mistela, el pan, los bizcochos y las empana- 
das, y persigue á la despavorida ventera en el sitio donde la infeliz lo- 
gra meter la cabeza y los hombros, oue es detras de una olla grande de 
mazato de ibias, y allí el maldito le da hocicadas con su boca espumosa 
y le sopla con sus abiertas nariyes la parte del cuerpo que no ha podido 
la asustada mujer ocultar. 

Chepillo, que ve de lejos lo que en el toldo está pasando, corre 
pre8uix)60 á cumplir con su deber, y para poder apartar al toro de la 
ventera, lo coje de la cola, lo hala inertemente y le llama la atención á 
otra, parte. 

Cuando la mujer saca, á instancias del muchacho, la cabeza de don- 
de la ha metido y ve los estragos que el animal le ha hecho en su toldo, 
ee pone á dar gritos de aflicción. 

Chepillo al verla tan pálida y abatida le pregunta : 

— Dígame, señora, ¿ que le ha acontecido á usted ?.'... La hirió por 
desgracia el toro ? 

— No me hirió, por dicha mia, le responde. Si estoy medio muerta 
es por la pérdida de mi tienda y por el terror que me han causado esas 
frotaciones con soplos que ese endiablado animal me ha dado del espi- 
nazo á los pies. 

Chepillo le hace chacota del miedo que le ha metido el toro y des- 

})ues procura consolarla por la pérdida de la tienda y tranquilizarla por 
as frotaciones de bestial invención. 

— No lejos del sitio del desastre va un indio cantando, tan borracho 
que no siente ni comprende que el furioso animal se le acerca por la 
espalda. 

A esta sazón varias personas, deseando que se aleje del peligro, le 
gritan : 

— A un lado hombre ! Ala barrera borracho ! 

El indio, sin atinar con el motivo porqué le manden que se haga á 
la barrera, se alza de hombros y continúa su camino. 

De golpe el toro le acomete y lo arroja lejos del sitio. El beodo se 
levanta penosamente lleno de ira, creyendo que alguno de los que le 
gritaron que se hiciera á un lado, le ha dado un empellón, y dice : 

— Qué bestia y su modo de apartar la gente! .... ¿Por qué el atre- 
vido UQ me arrima á la barrera con moderación ? 

Los que esto oyen sueltan fuertes risotadas. 

La porrada del indio es la última que da el toro. Cafisado de tanto 
correr se arrincona en un ángulo de la plaza y se pone á escarbarla tier- 
ra. Declarado cesante en bu destino, lo enlazan más de veinticinco va- 
queros ; arzonan en opuestas direcciones ; lo echan por tierra, lo arrastran 
y casi casi lo descuartizan. 

Oh ! dicen que esta es tierra de cristianos y así tratan los vaqueros 
á sus semejantes ! . . . . . 

En seguida le sueltan los rejos que lo envuelven, ligan y atan por 
todas partes, dejándole solamente dos, prendidos de los cuernos, con los 
cuales lo conducen moribundo al toril. 

Hecho esto, los vaqueros se disponen á sacar á la plaza un nuevo toro. 

Visto lo cual por nuestro héroe y el Armadillo se dirigen apresura- 



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— 46 — . 

damente al toril, armado cada uno do un palo largo y puntiagudo ; se 
suben á la cerca y se sientan sobre el umbral de la puerta á fin de picar 
al toro cnando pase por ella, para tener el placer de verlo brincar y de 
cirio bramar. Dispuestos estaban como lo hemos dicho, nuestros dos 
escuelantes, á la ejecución de su proyecto, cuando al salir el cuadrúpedo, 
el Armadillo que meditaba de tiempo atrás una venganza contra Ohepillo 
por aquellas fechorías que este le nabia hecho, lo empuja Inertemente 
íiácia adelante, con lo cual el muchacho desciende con las piernas abier- 
tas sobre el pescuezo del toro. ' 

Chepillo al verse montado, es tal su asombro, que lanza un grito 
formidable. Furioso el animal al sentir un hombre sobre sí, parte á cor- 
covear ; pero nuestro héroe cobra ánimo y guarda el equilibro que es 
necesario para no caerse, lo cual le es fácil, ora porque los movimientos 
irregulares del toro no son impetuosos en el cuello, ora porque Chepillo 
sabe como todo pastor, tenerse en un toro. 

Estridentes carcajadas resuenan en los ámbitos de la plaza. Un 
aplauso jeneral saluda al jinete ! . . . Una ajitacion imposible de describir 
reina en la muchedumbre. . . . Todos los ojos están clavados en Chepillo 
y en el cuadrúpedo, y siguen todos los movimientos. La anciedad crece á 
medida que se prolonga la brincada. ... De repente cesa la algazara y 
sucede el más profundo silencio. Es que el toro se lia cansado de corco- 
vear y se queda inmóvil en un punto. 

Apenas sale Chepillo del peligro, cuando se presenta un torero 
armado de una banderilla de fuego; ofrece al público un lance y se dis- 
pone á llamar al toro. 

Al ver Chepillo al banderillero en actitud de torear, le grita enfu- 
recido : 

—No sea usted bárbaro! ¿Cómo quiere ponerle banderilla' al toro 
estando yo montado en el pescuezo de el ? 

— Qué hay con eso? le dice el torero. 

— Que qué hay?. . . .No ve usted que puede pincharme una pieraa ? 

— ¿Y cree usted que por ello he de dejar de hacer mi lance y he de 
resignarme á perder lo que por él me paguen ? 

— Pero hombre del Diablo 1 ¿no ve usted que puede hacerme cojo? 

— Pues amigo, desmóntese en el acto si no quiere exponerse á un 
rasguño con la banderilla, porque en esto boy á hacer mi lance. 

Y diciendo y haciendo se dirige al toro con una tela encarnada esten- 
dida en una varilla á ^uisa de bandera. 

— Gua ! . . . . le gnta, ha torito matrero ! ahora, ea ! 

Y le tiende la tela, tan pronto á su derecha, tan pronto á su izquierda. 
El toro al fin le embiste y el torero le clava la banderilla en el 

cuello. Al punto el animal brinca y brama enfurecido ; la mina prende, 
la pólvora comprimida estalla y Chepillo desciende á tierra. 

Qué le ha acontecido al jinete?. . . . Sus temores se han realizado; 
el bárbaro banderillero le ha llevado de camino con el arpón, un girón 
de la cutiz de una pantorrilla, causándole un agudo dolor, aunque no un 
grave dafío. 

Chepillo se levanta medio cojo Jurando vengarse del torero. 

Cansado el toro al cabo de media hora, los vaqueros lo reducen al 
toril y sacan otro ; pero no parA correrlo sino para montarlo. 

El banderillero es quien va á jinetear. ^ 

Chepillo discurre al instante el liiodo de vengarse del brutal toreador 
que intencionalmente lo hizo aporrean y se prepara al efecto con una 



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^.46 -^. 

navaja cortante. Con paciencia espera á qoe loe vaqueros aten el tora 
en una colomna de pieara qne desde tiempo inmemorial hay en el centro 
de la plaza ( donde el cura en la época de que venimos tratando, hacia 
amarrar y flajelar á los indios por ^uita alia estas paías); á qne el mon- 
tador le ponga cincha ; á qne se quite la chaqueta, se ate la cabeza con 
un pafiuelo, se ponga espuelas y suba en el toro. Una vez á ahorcajadas 
y al tiempo de quitai-le al cuadrúpedo el rejo que lo sujeta á la columna, 
se acerca Chepiflo y con la navaja que hemos .mencÍ9nado, le corta de 
un sólo tajo la grupera. El toro parte dando brincos violentos y al tercero 
o cuarto, por falta del rejo que Ghepillo ha cortado, la ciAcha se resbala 
hacia el cuello del animal, y con esto, el jinete pierde el equilibrio y se 
va de cabeza al suelo. 

Apenas cae el hombre, se le acerca Ghepillo y dícelo : 

—Amigo, conforme las dan las toman : ustea con su banderilla me 
hizo caer del toro y yo cortándole con esta navaja la grupera que suje- 
taba la cincha hacia atrás, lo hice descender a tíerrra como volador 
apagado . . . Mal por mal, estamos en paz y como para compadres. 

El aporreado se enfurece terriblemente y trata de acometer á Che- 
pillo ; pero el dolor del maltrato que ha sufrido, le impide perseguir al 
galopin, que huye haciéndole burla. 

Con la montada acaba la tardo ; con la tarde se acaban los toros y 
con los toros, la montada y la tarde se concluyen las fiestas. 

Excelentes estuvieron estas según el sentir de los que á ellas asis- 
tieron. Todos para ponderarlas decian ; que habia habido un gran con- 
sumo de chicha y aguardiente ; un número notable de ebrios ; crecidas 
sumas de dinero en los garitos ; tres muertos y siete heridos por los 
toros y otros tantos heridos y muertos en rifías, en las cuales se habia 
manejado el puñal y el garrote con admirable destreza. 

Con estos progresos en la moral y en la industria i cómo no han de 
engrandecerse rápidamente los pueblos ? 

Siguiendo el camino que llevamos no hay poi'qué perder la espe- 
ranza de ser pronto dichosos y felices I . . . • 

Alguien dirá que esos tiempos en que se celebraban semejantes 
orgías y bacanales, hace ya 25 años que pasaron y que las costumbres 
se van con los tiempos remotos ; pero nosotros decimos: 
Que si los tiempos pasaron, 
Las costumbres nos quedaron, 

CAPITULO V. 
Donde el lector segoirá eonoeiendo la índole de Chepillo. 

LA porrada que sufrió el maestro de escuela lo imposibilitó para ejer- 
cer sus funciones por veinte dias. Todo este tiempo necesitó el infeliz 
para curarse de las contusiones y lastimaduras de que hemos hablado. 
Restablecido volvió á sus tareas escolares. 

Pasaron algunos meses y un lunes por la mañana se i)resentó uu 
hombre en la escuela, de parte de la Junta curadora del distrito, á anun- 
ciarle al preceptor que el sábado próximo á eso de medio dia iria dicha 
Junta asociada del Gobernador de la provincia á examinar á los alum- 
nos á fin de averiguar el adelanto que ellos hubieran tenido en el último 



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-4T — 

Ohepillo al oir tal recado lee dijo á ens amigos predilectos : 

— ^Ei dia del examen hemos de darle un golpe al maestro, de modo^ 
qno caiga como ca>'ó el ciego López. 

Lnego qne lle&ó el dia exproeado, nnestro héroe fabricó dos docenas 
de éucuruchos, los llenó de arena y los repartió entre sns condiscípulos, 
advjrtiéndoles aue los arrojaran al techo ael local á la primera indica- 
ción qne para ello les hiciera, y que estuvieran listos para-griiar lo que 
él gritara y para hacer que 61 hiciera. 

Media hora antes ae las doce, Chepillo mandó á un nifío que se 
situara en la esquina de la calle por donde debía de pasar la Junta aso* 
ciada del Gobernador (el cual habia llegado al pueblo desde el dia 
anterior) j que así como los viera que corriera avisarle. 

ínterin, nnestro héroe hizo lo siguiente: con el mayor disimulo 
midió en una cabuya la distancia que habia de la silla donde el maestro 
estaba sentado, á la puerta do la escuela ; ató uno de sus cabos á una de 
las patas de Ja mesa y el otro lo preparó para amarrarlo á una de las 
puntas de la ruana del director, quien en ese instante estaba sumido en 
una distracción profunda. 

En esto entró jadeando el nifío que estaba en observación y le dijoá 
Chepillo en el oido, sin que el maestro se fijara en él: 

— Aquí cerca viene la Junta. 

Todo fué recibir Chepillo este aviso y atar el cabo de la cuerda que 
tenia en la mano, á una de las puntas de la ruana de J nsto Pastor y reti- 
rarse á un rincón oscuro. Situado en la sombra, lanzó al techo un cucu- 
rucho de arena y gritó fingiendo sorpresa y espanto : 

— ^Temblor ! . . . . temblor ! 

El grito se repitió en todos los ámbitos de la escuela, y también la 
lluvia de tierra emanada de los cucuruchos arrojados al techo. por mu- 
chos escuelantes. El maestro ( que como se ha dicho estaba sumamente 
distraído,) se sorprendió con los gritos que le herían los oídos y con la 
arena que le llovía en la cabeza y partió á correr temeroso de ique la casa 
se le cayera encima. Su carrera fué libre y franca hasta la puerta, que 
era hasta donde alcanzaba la cuerda, y al llegar á tal punto, la resis- 
tencia de la cabuya lo hizo caer de espaldas bruscamente. El infeliz 
procuró pararse, pero no pudo, porque Chepillo y los demás escuelantes 
se lanzaron sobre él y empezaron á salir en tropel oprimiéndolo con los 
pies desde el primero hasta el* último. 

Caído estaba el maestro y con dos costillas quebradas cuando la 
Junta curadora y el Gobeniador entraron. En ese instante los mucha- 
chos, gritaban como locos y huían á bandadas por todas partes. 

— ¿Qué hay ?. . . . ¿qué le ha acontecido á usted ? le preguntó el 
Gobernador al molido director. 

— Qué ha de ser, señor, le respondió tristemente Euiz, tratando en- 
vano de levantarse, qué ha de ser, sino que asustado con el temblor 
corrí el primero ; me caí aquí, no sé cómo, y los. escuelan tes, sin curarse 
de que yo estaba de largo a largo sobre el quicio de la puerta, echaron 
á salir como locos sin dejarme levantar; y como todos lian pasado por 
encima de mí, me han estropeado tanto, que no puedo pararme. 

— De qué temblor habla usted? le preguntó el Gobernador dándole 
la mano para qne se levantara. 

— Del que hubo ahora. ¿ No lo sintió uHal .... Ay I Dios mió I no 
puedo estar en pié ... . Jesús I qué dolores tan agudos I . • . • Permítame 
ma que me tienda en el suelo. 



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— 48 — 

—Bueno, tiéndase neted y escache, le difo el Gtobernador al ver la 
cnerda que sajetaba á Justo Castor ae la pata de la mesa : los escuelan- 
tes se han burlado de usted ; vea, esta cabuya ha ocasionado su caida, 
y los muchachos que se la amarraron son los ^ue le han hecho creer que 
estaba temblando . . • . Usted no puede contmuar en el destino porque 
le falta nervio y energía para hacerse respetar de sus discípulos. 

£1 maestro guardp silencio. Estaba persuadido de que los escue- 
lantes le habían hecho una burla pesada. 

—Hoy mismo voy á remover á usted del empleo, añadió el Go- 
bernador. 

— Señor I con que sobre cuernos penitencia ! 

—La removecion es cajonera^ dijo el Presidente de la Junta, pues 
el señor f/i^^o será muy leido y entendido; pero es un jubilado que 
no está en lo que está. 

— Removerme sin causa legal ! eso no es justo, dijo Ruiz. 

— Dentro de una hora, le respondió el Gobernador, tendrá en su» 
manos la nota de remoción y en ella verá usted los motivos. 

Con esto el jefe de la provincia y la Juntase despidieron del maes- 
tro y salieron de la escuela sin hacer el examen anunciado, porque, como 
se ha visto, los escuelaütes no se esperaron á él. 

El maestro aflijido por la remoción del destino y por la ruptura de 
las costillas que lo hacia dar al Diablo, exclamó: 

—Está visto que hay hombres que nacen con estrella y hombres 
que nacen estrellados. Yo soi de los últimos; paciencia y barajar. 

Destituido el director del empleo, la escuela se cerró, y como Che- 
pillo había cumplido ya diez y siete años, Don Lorenzo lo llevó á La 
Compañía y lo destinó de una manera permanente á la vida pastoril ; 

Íero la tal vida no fué larga, pues cansado al año con la sujeción en que 
y tenia su abuelo, rompió el yugo que 61 tenia como opresor y se retiró 
de la casa. Separado del hogar donde había nacido, fué á establecerse á 
la cabecera del distrito, y allí se entregó á una vida licenciosa digna de 
la mayor censura. Sentado al frente de dos botellas y un vaso pasaba 
aletargado las, mañanas; clavado de codos en la mesa de un garito veía 
abanzar la tarde sin inquietarse y reclinado muellemente á los pies de 
una querida sentía correr con delicia las horas de la noche. 

El pobre abuelo afligido con la pérdida de su nieto se culpaba á 
sí mismo y lloraba amargamente las debilidades y condescendencias 
que había tenido con él, como la Magdalena del Calvario lloró sus 
culpas y pecados. Deseoso Don Lorenzo de poner término al libertinaje 
de Chepíllo empleó la fuerza para reprimirlo y enmendarlo ; pero pronto 
tuvo qué convencerse que era impotente para refrenar y corregir aquella 
alma endurecida ya en la maldad. Persuadido de que el medio adoptado 
no le había dado el resultado que él se había prometido, buscó el apoyo 
de la ley y tampoco alcanzó nada, porque el Juez dn razón le negó el 
derecho que reclamaba. Desesperado Don Lorenzo consultó su desgracia 
con un amigo suyo y éste tuvo el tino de aconsejarle un procedimiento 
excelente : 

— ^Emplee usted la persuacion, le dijo, procure convencer á su nieto 
de que obra mal yendo por el camino del vicio ; haga usted calar en la 
cabeza del mozo esta idea : - que no es usted sino él, quien pierde su 
honra, su crédito, su salud y su fortuna si alguna tiene. 

El anciano consolado corrió con esta receta donde estaba el enfermo 
y sin dilación le aplicó la medicina morfil como el médico se lo había 
aconsejadov 



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. — 49 — 

— ¡ Oh esto es un milagro de Dios ! exclamó el viejo lleno de asom- 
bro al ver á Chepillo apartarse súbitamente del sendero del vicio y 
volver cual hijo pródigo á la vida tranquila y honrada que él le ofrecia. 

Esta metamorfosis del mal al bien se verifi^ en el mozo á princi- 
pios del año de 1847- Pero, ¿siguió Chepillo%on paso firme por el 
camino de la virtud ? No. Y he aquí lo que ha dado origen y suminis' 
trado material á la presente historia. 

CAPITULO VI. 
Una flor de calabaza en pago de an, yo k adoro. 

EKA Chepillo de buena estatura, es decir : alto, recto, censefío. Su 
fisonomía era simpática como lo son todas las que tienen ojos negros 
y brillantes ; frente espaciosa y coronada de rizos ; nariz deprimida 
del centro y levantada de la parte inferior ; boca risuefía, grande y bien 
matizada de blanco y encarnado, y tez de aquel color de perla que viene 
del cruzamiento de la raza caucácea con la mdígena ó muisca. Chepillo 
poseía aquellas cuatro cosas que constituyen la belleza de un hombre, á 
saber : boca bien armada; ojos alegres; frente espaciosa y cabellos finos 
y rizados. El mozo sabia que tenia una cara bien hecha, no porque se 
la hubiera visto en un espejo, sino porque su abuelo no habia podido 
ocultarle que era de una fisonomía agradable. 

Sabedor Chepillo de su hermosura confió en ella para vencer la 
altanería de una linda pastora que moraba cerca de La Compafiía. Lucía, 
que así se llamaba la zagala, solía salir á mañana y tarde lejos de su 
casa á cuidar el rebaño de su padre que pacía, ya en la montaña de la 
Carbonera, ya en las vegas del rio Tomine, y el mozo que gustaba tanto 
de estar con ella, se encaminaba hacia los prados y dehesas que la pas- 
tora frecuentaba, y no bien la avistaba corría á saludarla, se le ponía 
á 5u lado ; le hablaba del amor ^ue le tenia ; le regalaba flores que 
cogía en su presencia y le hacia las más claras demostraciones de 
estimación y cariño. 

Lucía era altiva y desdeñosa con los pastores comarcanos, tanto por 
su belleza arrobadora como por sus relevantes prendas morales. Ella se 
creía la reina de las zagalas por su hermosura, y en consecuencia no le 
concedía á ningún pastor el derecho de obtener su mano. Pretenciosa 
como todas las bonitas, aspiraba á un matrimonio ventajoso y por ello 
amaba á un joven comerciante de chucherías á quien había jurado una 
eterna fidelidad. En la época á que nos referimos, el afortunado joven 
estaba ausente y Chepillo aprovechando esta circunstancia procuró en 
vano hacerse amar de la zagaU y qao ésta desechara y que auu aborre- 
ciera á su amante. 

^ Como Lucía era fiel en su amor, por una parte y como por otra 
tenia mal concepto de la conducta de Chepillo^ éste no alcanzaba jamas 
ninguna esperanza de ser amado ; pero no por eso desistía ni desmayaba 
de sa intento. Fijo en la idea que lo dominaba, no sólo buscaba a la 
zagala en los prados y dehesas donde esta cuidaba el ganado de la estan- 
cia, sino en la casa donde ella moraba, la cual está ubicada en tierras do 
la misma hacienda de La Compañía y distante de lado teja, donde el 
mozo vivía, como una media legua. 

Permitiduos, caro lector,- suspender aquí nuestra narración, y abrir 

* é 



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— 50 — . 

tm peqnefio paréntesis para daros á conocer la casa de Lucia y la de 
Chepíllo, pues cscribienao esta historia habretnoe de referir Taríos suce- 
sos acaecidos, ya en la morada de la pastora, ya en la de nnestro héroe 
y bueno es que conozca^ el teatro donde pasaron. 

Dichas dos casas "unque es la una de ladrillo y teja y la otra de 
baharequo y paja se asimilan tanto en' su construcción qne puede ase- 
gurarse que el albañil que edificó la última, imitó en la forma á la que 
ya estaba hecha. Descrita pues, una de estas habitaciones, se tendrá una 
idea completa de entrambas. 

La morada de Lucia está edificada sobre un morro tan igual por 
todos sus lados, que parece artificial. Corapónese la casa de tres tramos, 
los cuales forman dos ángulos rectos unidos por una de sus líneas.. Ésta 
figura demarca un patio descubierto al occidente con anchos corredores 
de bajos techos sostenidos en columnas negras y carcomidas p<^i' el 
tiempo. 

I^ada más sencillo que el interior de esta pobre morada se^uá lo 
demostraban los groceros adornos y el humilde ajuar de una sala situada 
en el tramo que mira al occidente. -£sta sala tiene un aposento a la 
derecha cuya puerta de cedro alta y angosta, la cubría en el tiempo á 
que vamos renríéndonos, una cortina de zaraza blanca sembrada de 
flores encamadas. Sobre el dintel de esta puerta habia adherida una 
tabla horizontal con puntas en toda su longitud, á manera de encaje, 
formadas de la misma madera. La tabla estaba asegurada en sus estre- 
midades á sendas estacas capaces de resistir el peso de una pequeSía 
estatua de ^n Antonio de Pádua ; de un cajón del nacimiento hecho á 
golpe de hacha y lleno de zarandajas; de una pandereta sin coscojas, una 
vihuela y un tamboril ; de media docena de botellas ; nueve platos de 
barro tosco y dos cepitas de cristal remendadas con lacre, y una de eUas 
apoyada en un pié de lata. 

En la pared fronteriza á la puerta de la sala se veian extendidas 
cuatro gacetas de Colombia y sobre ellas una cruz grande formada de 
cartas de naipe ; á un lado de ésta habia tres láminas de papel bitela 
cubiertas de telarafias, donde se entreveían sendas pinturas, tales como 
un elefante con un hombre montado en la trompa ; dos gallos peleando, 
negro el uno y amarillo el otro, y un fraile dominico acariciando á una 
beata. Al otro lado de la cruz habia un cuadro de marco encarnado tan 
empolvado y negro, que el examen más detenido no habria suministrado 
al mejor observador idea alguna de la imagen que el pintor hizo en él. 

Su pobre ajuar se reducia á una silla de brazos del tiempo del virey 
Villalonga, con respaldo de bitela antigua adornada de varios gravados 
en bajo relieve ; á una mesa ahumada y carcomida, con tres patas fijas 
y lina vacilante; á una caja sin goznes ni chapa y á dos cojines de piel 
de cabra pelados por el uso¿ Tal era el amoblado de la sala, donde ade- 
mas habia en uno de sus áii^los unas erramientas de labor, apoyadas 
contra la pared, y en otro. Jos yugos con sus coyundas envueltas en 
espiral que semeiaban otras tantas serpientes descendiendo en hélice. 

En esa alcoba qtie hemos mencionado y que queda contiguo á la 
sala que acabamos de describir, dormían, Lucía, sus papas y una perrita 
saniosa. En uno de los ángulos se quedaba la pastora y en los tres res- 
tantes su padre, su madre y la perrilla expresada. 

El 25 de Junio de 1847 se levantó la zagala de su lecho á los pri- 
meros resplandores del alba; salió de la casa; soltó una hermosa vaca 
tiegra que estaba atada á un árbol y la puso á pacer en una fiorida^pra^ 



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— 51 — 

dera. Heclio lo cual se dirigió á la cocina, enjuagó toda la loza ; encendió 
Inmbre 3^^ colocó sobre el fogón la olla en que solia hao^r el almuerzo. 

Concluidas estas faenas se puso á barrer los corredores y el patío, 
cantando á inedia voz anas coplas populares. Un gallo de plumaje 
encendido como la llama que se desprende dé la hoguera y de cresta 
encarnada como la flor del granado, cantaba con arrogancia en una era 
inmediata, á la vez que escarbaba la paja para ofrecer á la gallina favo- 
rita el grano que se na escapado al ojo del trillador. 

— Qué me falta hacer? Dios raio!.... qué me falta? dijo alegre- 
mente la zagala cuando concluyó el oficio que habia emprendido, con 
una satisfacción tan grande, que se leia en su semblante el dulce gozo 
que esperimentaba su corazón por haber aliviado, en parte, á su querida 
madre de los quehaceres de la casa. 

— ^Ah I . . . . exclamó en seguida, en verdad que no he ordeñado la 
vaca. 

Esto dicho, se dirigió á un arbustillo en donde estaba atado un terne- 
ro, lo spltó y siguió tras de él, con una vasija en una mano y una zoga 
en la otra. El animal no bien se. vio libra, partió con la cabeza erguida y 
la cola levantada dando bramidos y brincos. Cuando llegó donde estaba 
la madre, dio una ó dos vueltas en contorno de ella y se puso á mamar. 
Lucía se Jes acercó y con la zoga que llevaba, ató las patas traseras de 
la vaca. Acurrucóse luego, dio un golpe con el revés de la mano en el 
hocico del ternero, y no bien este se retiró, la pastora limpió la ubre con 
la cerda que cubriía la punta de la cola de la hembra. 

Hecho lo cual, empezó á ordeñar. 

Sonaba la espumosa leche en el fondo de^la vasija al impulso pro- 
longado de las manos de la moza, cuando se dejó oir á poca distancia 
una voz que decia: 

— ^Así rae gusta, Lucía, que apenas eche Dios la luz al mundo y ya 
tú 0Stés dale que dale. . . . Eres una perla fina, un grano de oro, negra 
rODcantadora. ... Ay! quien pudiera decir: esta guapa muchacha es 
mi otra mitad, es mi querida costilla ! .... Si Dios quiere yo lo diré 
algún dia ! 

Lucía, sin dejar, de ordeñar, volvió la cara y fijó su penetrante mi- 
rada hacia el lugar de donde salia la voz y replicó : 

— Eso te quisieras, alma de cántaro ; j habría yo de tener el mal 

Susto de casarme contigo?. ... Ni aunque fueran tantas mis ganas y se 
ubieran escaseado mucho los hombres. Todo el mundo diría que estaba 
loca. . . jah ! • * • jah I . . . yo no me caso con nadie. No le tengo ni tanti- 
ca afición al matrímonio. 

— Como! dijo Chepillo, que no era otro el que hablaba, ¿piensas 
quedarte para tía?. . . Ah ! tú no sabes lo que es eso. Escucha, prenda 
mia: cuando la mujer llega á las 27 navidades y no ha encontrado con 
quien casarse se pone de un homor de todos los diablos ; vive ríñendo 
con todo el mundo j haciendo una cara de Lucifer que los hombres 
no pueden vérsela sm reirse y los perros sin aullar. 

— ^Todo eso será ; pero es mejor vivir una soltera que mal acompa- 
ñada, y ademas no tengo prisa de casarme, pues á Dios gracias, acabo 
de abrir los ojos al mundo. 

— No digo que no, pero si tú encontraras un buen muchaclio, te 
casaras? 

— Los buenos muchachos están en vara de castilla. 

— Y Jorge Gavilán 1 • . . . es. acaso un mal partido ? . . . Briboncilla, 
te haces la desentendida. 



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^ 52 — 

La pastora se enrojeció como la ffi'ana. 

* — ^Tan clünche ! exclamó miranoó de soslayo á Olicpillo con fin- 
gido enojo. 

— A propósito, dijo el mozo, voy á referirte nna cosa; pero si me 
prometes que no te enfadas. 

Chepillo expresó estas palabras y cargó el codo, como para descan- 
sar, en el cuadril de^a vaca. Esta que no estaba acostumbrada á seme- 
jantes confianzas, no bien sintió sobre sí el brazo del mozo, se encogió 
asustada y dio un terrible corcovo. Lucía ajena de que el animal fuera á 
brincar, estaba desprevenida y por ello exhaló un grito de terror y cayó 
de espaldas en el mismo sitio donde estaba ordeSando. 

La leche saltó del cántaro, se extendió en el aire como un velo de 
gaza y al descender, desapareció entre los pliegues de la ropa de Lucía. 
— l8s!....dijo esta levantándose penosamente del suelo y sacu- 
diéndose las arandelas de la camisa con el índice y el pulgar ; tan 
bruto!. . . . que hace brincar la vaca para que se me derrame la leche y 

se me rompa la vasija! Maldito seas ! como me hiciste empacar el 

seno ; iss ! . . . . 

—Mejor, Lucía, ese rocío te aplacará un poco la calentura qne ha 
debido producirte el endiablado amor que le profesas á Come pollos^ ó 
á Gavilán que es lo mismo. 

— Calla í escarabajo de los demonios Estoy aborreciéndote tanta 

por tus chanzas. . .. 

— Escarabajo yo ? yo ten bonito y bien plantado? 
Dijo, se caló el sombrero al desgaire, se cua'dró como un soldada 
y añadió : 

— Mira que linda figura, parezco un general, he ! 
— Un animal es lo que pareces. • 

Chepillo se quedó un momento callado y luego soltó una estrepitosa 
carcajada que resonó como un carromato arrastrado por un empedrado. 
— De qué te ries? pedazo de alcornoque, le dijo la pastora no poco 
eifadado. 

Me rio de acordarme que tú por atender á que no se te derramara 
la leche, te dejaste ver las pantorrillas. 

— Mira, le dijo la zagala ; ó infló el carrillo del lado derecho y des- 
cargó con la mano cerrada un golpe sobre él, que sonó cual vejiga 
llena de aire que se revienta comprimiéndola. 

— ^Mi palabra, le dijo Chepillo, te he visto una trola de pierna tan 
blanca, tan redonda, tan tentadora, que al momento sentí que me saltaba 

una cosa por aquí 

Y el joven se puso una mano sobre el corazón. 
— Ay ! tan gracioso ! esclamó Lucía adelgazando la voz y moviendo 
la cabeza cual flor sacudida por el céfiro. 

— Caramba! esa endiablada pierna es capaz de hacer perder el 
juicio al más santo y bendito. 

— Calla hereje!.... el perillán no respeta ni á los santos. Cuando 
se desjareta, manainga que le contenga la lengua. 

— ^Voto á sanes! iba á contarte una historia, pero con los brincos de 
la vaca, el derramamiento de la leche y la presentación de la pantorrilla 
se me escurrió del magin. 

— Algún enredo, cuando menos ; eres tan poquito ardidoso ! 

— ^No á fe mia,iba á contarte un cuento tan gracioso como verdadero- 

— Échalo, pues, que ya lo escucho. 



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— 58 — 

—Al pnnto, dijo el mozo, y sacó del bolsillo un papel ajado qna 
desdobló y presentó á la pastora. 

— Lee esta carta, añadió. 

— Phis ! quien te ha dicho qae yo se leer? 

—En verdad que eres un jumento, en cnanto á el alma se entiende, 
porque en el cuerpo te pareces á una sirenita del mar. 

— Mejor para tí que eres leido y escribido. 

^Ya se vé que si, y en prueba de ello voy á leerte el papeL 

Y aun que no era muy ducho en el arte, se puso á, leer la carta, no 
én titubear como un sacristán en el libro de las viacrucia. 

" Señor Luis Acosta, empezó. 

" Ambalema, 12 de Junio de 1847. 

^' Muy señor mió de todo mi aprecio. 

'' Quiera Dios <jue al recibo de esta carta se lialle usted gozando de 

Íerfecta salud en unión de mi eia Mariquita, de la niña Fulgencia, de la 
ómineja y d Golondrino como mi fino amor lo desea. La presente carta 
se reduce á hacerle un ruego que no dudo me lo oirá y hará lo que le 
pido. Le viviré eternamente agradecido -si me liace el favor de pasar á 
la casa de Lucía Pisca hija de Con Pió Pisco y de mi sia Juana Mené- 
enla Pata-gorda, y decirle de mi parte; que me ha sobrevenido un 
impedimento muy grande que me estorba cumplir la palabra de casa- 
miento que le tengo prometida. Dígamele también, que no se le dé 
nada por esto, que el nombre propone y Dios dispone; que aunque es 
verdad que^me comprometí á casarme con ella. Nuestro Señor Jesucristo 
me ha borrado del corazón el amor que la t^nia y me ha puesto en él 
pasión por otra mujer, sin que yo haya tenido arte ni parte en ello. Que 
no me olvide, que ei el cielo tiene dispuesto que al fin y al cabo sea yo 
esposo de ella, que él hará que enviude pronto de la mujer con quien 
ahora voy á casarme, y que en tal caso que se haga la voluntad de Dios. 

^' Saludes á la familia, mil besamanos á mi sia Mariquita, á lá niña 
Fulgencia y á los que pregunten por mí. 

" Tu afectísimo amigo y servidor, Jobob Gavilán." 

Lucía se quedó como petrificada al oír la lectura de esta carta^ cual 
si hubiera oido sonar el clarín del Juicio final. 

Chcpillo meditó un momento en la firma y dijo : 

— ¿De Gavilán y Pisca qué pajarraco habría salido? Válgame San 
Juan Crisóstimo ! 

Lucía lo cubrió con una mirada llena de indignación sin desplegar 
sus labios. 

— iLsta carta, expresó en seguida el mozo, me la dio mi tío Luis y 
me dijo que con disimulo te la enjaretara, que él no quería meterse en 
camisa de once varas. 

Lucía se rascó la cabeza con aire desesperado, y no dijo una palabra. 

— I Qué dices de^la constancia de tu muy querido negro? le pre- 
guntó Chepillo con chocarrería. 

— ¡ Ay Virgen santa ! si esa carta es de Jorge, el hombro es un 
infame. 

r-Lo dudas? 

— Hay que darle cuarentena ; Jorge es la constancia misma, es la 
misma fidelidad y tú eres un tuno. 

— Gracias por el buen concepto en que me tiene^. 

—No ; es imposible I . . . . ¡ Ay Dios mío ! ... Si Jorge se burla de 
mí, soy capaz de hacer ... yo no sé qué cosa. . . . 



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— 64 — 

Dijo, y apretó los dientes haciéndolos crujir. 

— No te aflijas, Lucía, es verdad que ya no cuentas con Jorge ; pero 
en cambio tienes al bizarro Gfaepillo, que vale por dos Gavilanes . . . 
Tú ganas en el negocio, querida mia. 

— Ay I ni liecna pedazos, de sólo pensarlo se me erizan los cabellos* 

— ^Vamos, le dijo, el mozo á la zagala golpeándole el hombro con 
la mano abierta, hablemos con seriedad, { por qué no te casas conmigo ? 

—Porque no qiiiero; porque no se me antoja; porque no se me dá 
la gana, respondió Lucía gesticulando y cargando el acento en la última 
palabra de cada oración. 

— Puú, tú, tú ; i pero por qué no te dá la gana í 

— ^Porque no te quiero. . . . porque no me convienes para esposo. 

— íY por qué no me quieres? 

— ^Porque no. 
/ — Oh I . . . vaya una razón más peregrina. 

— ^Vov á decirte el por qué 6 los porqués. 

— Hablando nos entendemos. 

— ^Primero, porque eres muy burlón . . . muy hablador, dijo hacien- 
do la cuenta en los dedos. 

— Oh !. . . cuando me case seré el hombre más serio del mundo; te 
aseguro que á los quince dias de ser tuyo ando con el sombrero metido 
hasta las orejas, y blanqueando los ojos al cielo como si contara las es- 
trellas. Lucía, no lo dudes, el hombre que se casa se convierte en un 
jumento. 

— Qué ocurrencia I y con conocimiento de ello tú te empeñas en 
jumentizarte ? 

—Eso no depende de mi voluntad, sino de la condición humana; el 
hombre está condenado á tener mujer, como el burro á llevar la carga. 

— Segundo, dijo la pastora, continuando la cuenta en los dedos ; por- 
que eres muy enamorado. 

— ^Estamos bien I ¿ quién diablos entiende á las mujeres? unas vece» 
se quejan de que el hombre no sabe amar, y otras de que es enamorado. 

— Yo no me quejaría de mi marido sino en el caso de que no me 
quisiera á mí, ó de que amara á otra mujer. 

— Vive Dios que el que se case contigo, no podrá amar á otra. . . . 
porque ¿quién no se enamora de por vida de esos ojos tan parleros, de 
esa trente de cielo, de esa boquita de pionia, que sin hablar está diciendo 
vén y .... ? 

Esto dijo, alargó los labios y produjo con ellos un ruido semejante 
á un beso dado con efusión. 

— Mira Chepillo. . . que. . . 

Dijo Lucía y alzó el brazo en ademan de cascarle. 

— Bien, dices que no me quieres porque soy enamorado, y jpor 
qué más? 

— Tercero, porque eres tahúr y holgazán, expresó la zagala dempro 
contando en los dedos. 

— ^Verdad es que soy un poco inclinado á menear él hueso^ lo mismo 
que á la vida marranal^ pero ello depende de que no tengo obli^ciones ; 
más, en cuanto sea casado, no volveré á jugar aunque me mvite el 
Arzobispo, y trabajaré como un pollino, de seis á seis para tenerte 
como á una reina. 

— Cuarto^ dijo Lucía poniendo el índice de la mano derecha sobre 
el índice de la mano izquierda, porque eres pohre. 



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— 65 — 

—Hola ! . . . . hola I • . . . {con que le tioDca Bkáa aftodon al oro que 
i mi |)er80Qa } . . . . carran-tam-plan ! . • . « 

---Qaé quieres ? el que no sabe trabajar, faerza ea qne tenga na 
capital. ^' £1 c|Qe se casa, quiere casa y costal para la plaza." 

A esto dijo Ghepillo con acento cómico : 

— Y el que tiene dinero I . . . . 

— 'So tiene pero, afíadió Lucía con viveza. 

Chepillo exhaló un largo suspiro v exclamó : 
— " Poderoso caballero 
"Es don Dinero!' 

Después de un momepto de silencio como si resolviera un problema 
en BU imaginación, dijo : » 

—Te juro que haré cuanto yo pueda POR SEE RICO, Y LO SEEÉ. 

Lucia se quedó meditabunda. 

Chepillo interpretando en su favor el silencio de la moza, dijo : 

— Üon que. . . . estamos arreglados, jno es esto? Yenga un abrazo 
en señal de matrimonio he ! 

Y se lanzó sobre Lucía, como el tiburón sobre la presa. 

— Zape Diablo ! . . . . exclamó la pastara con aspaviento, retroce* 
diendo dos pasos y metiéndole las manos por el pecho. 

—-Lucía!.... Lucía!.... no me dejas que te abrace?.... ¡Oh 
buena lámina ! con que no me das la más pequefia prueba de amor ! { á 
mí, que se me pasan las noches de claro en claro pensuido en tí. . . . 
Eres una ingrata, una fiera, una serpiente. 

Dijo, y se cubrió la cara con las manos fingiendo que lloraba. 

— A otro perro con ese hueso, CheiñUo ; el que no te conoce que te 
compre, como dice el refrán. 

— Adiós mujer descorazonada! le dijo el mo2X> entre sollozos, 
tapándose la cara con una mano y tendiéndole la otra. 

— Adiós, respondió Lucía, dejando caer su mano entre la que le 
tendía el mozo. 

— Ah por vida de. . . . Lucifer, gritó la infeliz, oh 1 no bárbaro.! que 
me rompes la mano. . . . no, no, demonio, no me aprietes, mira que me 
tronchas los dedos. 

—Tan quejumbrosa! Pone los gritos en el cielo porque le hacen 
an carifio, dijo Chepillo, como si hablara consigo mismo. 

— ^Ye al infierno con tu afecto, le dijo la zagala, desprendiendo con la 
mano izquierda los dedos de la mano derecha adheridos unos á otros. 

— Carambola ! te apreté un poquito para que te acuerdes de mi. 

— Sí ? mira, diio Lucía, y se golpeó con la mano cerrada un carrillo 
que había inflado áe aire. 

— ISo, Lucía, la cosa es seria ; piensa mucho en mi y en mi propuesta; 
mira que es un buen partido )>ara ti. . . . ) Qué más quieres quci casarte 
<ion un mozo lindo y bien nacidof 

— No me hables de eso por la Virgen ; no me mortifiques ; no me 
aburras más ; una vez por todas te digo ; ó me caso con Jorge ó muero 
soltera. 

— Te quedarás para vestir santos ! .... un hombre no puede casarse 
con dos mujeres ; Jorge á la hora esta debe de estar preparándose para 
unirse á su caUfada, 

Lucía al oír semejante pronóstico no pudo reprimir un suspiro que 
se desprendió del fondo de su alma, y que salió quemándole los labios, 



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— 66 — 

como esos globos de fae^o que se levantan del corazón de los volcanes 
y pasan bramando por el cráter, nó sin dejar una huella inflamada j 
negra. A la infeliz pastora se le oprimía el corazón siempre que ola 
hablar á Chepillo del matrimonio de Jorge con otra mujer. El mozo 
comprendiendo que sus palabras habían hecho en Lucia una dolorosa im- 
presión y queriendo dejarla oprimida con aquel pensamiento, resolvió 
separarse. 

Así, al ver escrito sobre la frente de Lucía el dolor que ella sentía 
en el alma, se caló de lado el sombrero como lo tenia de costumbre^ 
y dijo: 

— Adiós, prenda del alma, no te aflijas ni olvides á quien de veras 
te adora.... 

Dicho'esto tomó el camino de su casa, cantando el siguiente verso : 

" Ofrécele, que ofrecer 
Vale más que un yo te adoro 
Que si no se rinde al oro 
Es mentira, no es mujer." 



" Es mentira no es mujer. ..." 



Lucia oia el canto de Chepillo como el dormido oye el de una se* 
renata ; en su oido resonaba la voz, pero no la palabra; su abatimiento 
no le permitía escuchar. 

Mientras que el mozo cantaba, ella exclamaba en el colmo de su 
dolor : 

— ^Ay de mi! ... . ¿Será tan pérfido Jorge que se burle de la mujer 

que tanto lo ama ? Pero no, i á qué Sn arreglar conmigo y con 

mis padres el matrimonio si no tenia intención de cumplir su pala- 
bra ? . . . . { Por qué había de tratarme como á una enemiga, cuando sabe 
que yo lo quiero á él como á las niñas de mis ojos? 

Al cabo de un rato de silencio exclamó : 

-r-Pero qué le importa á él ningún comprometimiento?. . . . jNo se 
gozan los hombres con darles chascos á las mujeres ? . . . . Si Jorge se casa 
con otra y no conmigo, yo tengo la culpa de la burla que me haga, por 

tonta, por crédula, por simple Pero, cómo podía dudar ? se me metió 

con una labia tal, que todo él era una miclecita. 

Después reflexionando sobre la gravedad del acontecimiento, se 
quedó lar^o rato como estasiada ; parecía que su pensamiento se había 
detenido dentro de su cerebro, como un torrente que se estanca! dejm- 
proviso delante de un dique. De repente dejó asomar á sus labios una 
sonrisa v dijo : ' . it 

— ^^oto va ! no soy una estúpida ? Vaya! creerle á Chepillo! No 

es él un truhán que se divierte con todo el mundo ? No, Jorge no me 
ha olvidado, él me ama aún. . . . Tiene tan buen corazón ! 

Esto dicho, sintió que su alma se aliviaba de un gran dolor ; la pena 
que la torturaba se desvaneció con la fuerza de aquel razonamiento, 
como se desvanecen las tinieblas al despuntar la aurora ; como se disci- 
pa la niebla al recibir los rayos tibios del sol. 

— Oh exclamó en breve, pero la carta ! la maldita carta ! Che- 
pillo no ha podido escribirla porque él según me parece no sabe mucho 
de letras. . . . Qué Diablo ! lo mejor es esperar ; Jorge debe llegar dentro * 
de cinco ó seis días y entonces me desengañaré. 



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-. 57 — 

Dijo y soltó las patas de la vaca, recogió los fragmentos de la vasija 
y se dirigió tranquila á su habitación. 

Al verla un criado de la casa que á la sazón estaba en el patio, ex- 
clamó lleno de asombro. 

— ^Válgame el cielo ! qué ha sido eso, niña Lucía? i cómo se le 

quebró la vasija ?. . . . Qué dirá ahora mi señora Juana ? 

lia zagala de interrogada se convirtió en interrogadora. 

— Por dónde andabas? vagamundo, le dijo. 

— Bali ! pues por los pies ; por dónde quería su merced que an- 
duviera? 

V — Bien sé que no podias andar por la cabeza, inribécil, qué imbécil 
eres más bien que socarrón. 

— Si sabia que no podía can\inar por la motóla^ vive Dios ! que no 
adivino el fin de la pregunta. 

— He querido averiguarte la suerte que haz corrido en toda la 
mañana. 

— ^To ? ninguna. Puede su merced preguntarle al indio Mila que 
es el único que tiene su stierte de tierra aquí cerca y se convencerá de 
que no he corrido hoy en ella. 

— Oh I oh ! ... . que hombre tan muía, 

— El Diablo me lleve si tengo una pisca de hembra. 

— Quieres callar? 

— Si he de decir la verdad no tengo muchas ganas. 

— Chiton ! chiten ! no me hables que me quiebras la cabeza. 

— Eso sí no me cuela ; sólo que las palabras se volvieran piedras al 
salir de mi boca. 

— Aguárdame un instante ; yo te enseñaré á que me repliques. 

Dicho esto la pastora se armó de un pesado itiadero. 

Liberato Chirlobirlo, que así se llamaba el criado, apenas vio la 
tempestad que se preparaba sobre su cabeza, echó á correr. 

La zagala lo siguió buen trecho y reflexionando que no podría al- 
canzarlo, se volvió at patio y se entró en la cocina, jurando por la madre 
que la habia parido, que daria una buena zurra al insolente, en términos 
de no dejarle hueso en su lugar. 

CAPITULO VII. 
Tres eorazoDes que palpitan, dos de amor 7 uno de eelos. 



CrííCO dias después de los sucesos que hemos contado tuvieron lugar 
otros, que vamos á referir. 
Era una mañana luminosa y alegre. El sol ; esa lámpara radiante 
que colocó Dios en el cielo con la eficacia de su palabra, empezaba á 
teñir dé dorados tintes lap cúspides de las más altas montañas; y los 
pajarillos, esos músicos de vistosos plumajes con que pobló el espacio, 
cantaban revoloteando sobre unos árboles que se alzan en el patio de la 
casa de Lucía.^ Las mariposas de bellos y matizados colores volaban en 
la pradera adyacente, de flor en flor, y estas impulsadas por la brisa se 
agitaban sobre sus tallos cual si bailaran al son de los armoniosos con- 
ciertos de las aves. 

Sentada Lucia á esa hora esplendente y alegre en un cojin de piel de 
cabra, al pié de uno de esos árboles, parecía gozar con el dulce gorgeo» 



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— 68 — 

do las aves, con el vuelo de las mariposas y con el movimiento de la» 
flores, y aún con su ocnpacion j sus plácidos recuerdos, puesto que 
arneaba con mucha soltura y bno un poco de trigo y cantaba en voz 
baja unos versos que le habla ensefiado su amante pocos dias antes de 
emprender su viaje. 

ChepiUo que seguia á la pastora, como la sombra sigue al cuerpo, 
le espiaba los movimientos alzando la cabeza por encima de unas floridas 
plantas de maíz que habia tVonterizas al patio, y volvia á ocultarla cual 
cazador que dispone su arma para asegurar el tiro. 

— Voy á darle una sorpresa á Lucía, se dijo. 

Y con el cuerpo encorbado hádala tierra se fué por entre la espesa 
sementera en dirección de una cerca de espinos y madre-selva que sepa- 
raba el patio, del terreno labrantío. Cuando hubo llegado al sitio deseado, 
se agazapó entre la yerba y desde allí, de momento en momento se ende- 
rezaba^ er^nia la cabeza, atisbaba á Lucía y arrojaba una piedrecita hacia 
el punto donde ella estaba sentada. 

Ya fuera que la za^a estuviese empapada en lo que cantaba, ó 
distraída con lo que hacia, veía ú oía, 6 hien que Chepillo le dirigiera 
mal las piedrecilJas, el hecho es, que la pastora no se apercibió del retozo 
del zagal, puesto que no ejecutó ningún movimiento que lo indicara. 

Hacia rato que Lucía era el blanco de los tiros de Chepillo, cuando 
de súbito ella prorrunipió con un grito de alegría. 

— Qué veo ! Es él él es, exclamó ; y ligera como un pájaro 

se levantó de su asieato y corrió. 

Chepillo dio también un ligero grito, porque la voz de la pastora 
acaba de despertar en su alma las más dulces emociones. Él creía qu^ su 
amada lo había visto y que el grito que habia lanzado era efecto de la 
sorpresa y de la pasión juntamente, y así, sin esperar otra prueba alzó 
la frente con energía por encima del cercado y, vio. . . . ay I vio. . . . que 
la pastora abrazaba con amor á un hombre ! . . . . 

El primer movimiento de nuestro héroe, fué el de llevar maquinal- 
mente la mano al mango de un cuchillo que tenia atado á la cintura. 
Hizo esto, y un pensamiento criminal paso por su mente, un relámpago 
de rabia brilló en sus ojos y se dispuso á saltar la cerca para atravesar 
con su afilado acero al afortunado mancebo que poseía el corazón de 
Lucía sin temer á ningún rival. Mordiéndose los labios apoyó la mano 
en la cima de la cerca para salvarla, pero en ese instante un sentimiento 
benévolo lo detuvo. 

— ^No, dijo, volviendo atrás no quiero asesinarlo, le tengo horror á 
la sangre que se derrama contra la ley de Dios ! . . . . 

Así como pmnunció estas palabras volvió á echarse entre lá yerba. 

— Ay 1 Jorge, cuanto he sufrido por tu ausencia ! le dijo Dicía con vxkk 
agitada y temblorosa que denunciaba el tropel de olas de sangre que le 
subían del corazón á la cabeza. 

— Querida mía ! . . . . balbuceó el mozo sintiendo que la mano de 
Cupido le comprimía la garganta. 

— Con que me habías olvidado! . ... le dijo la pastora desabrazán- 
dose de su amante. 

— ^Yo olvidarte ? . . .Lucía, tú no sabes cuanto te amo ; desesperado 
he vivido lejos de tí. . . . Ay ! cómo se me calentaba la cabeza de noche 
á fuerza de pensarte ? Jesús ! qué angustia no poder domirl empe- 
zaba á dar vueltas en la hamaca y entonces se apoderaba de nú un calor 
que me devoraba . . . Horror ! y en esa tierra de Ambalema que quema 
como el mismo infierno. 



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^ 59 — 

— Mamola I si alguna vez te acordaste de mí por cierto que no fné 
para suspirar por mi auaencia sino para reirte á mis costillas. 

—Qué eetás diciendo ? 

Ghepillo se frotó las manos en &a escondite y dijo : 

— La cosa va á las mil maravillas. 

— Sí, y la qaerida de Ambalema?. . • • la Papayvda de que te haz 
enamorado? le dijo Lucía. 

— Quién . * . . yo? . . •. . vive Dios que no te entiendo, respondió Jorge. 

— Cómo ! se te ha arrepentido la novia, y crees que la carta no 
ha llegado ? 

— ^La carta?. ,.. de qué carta me hablas? mira que vas á poner- 
me loco. 

— Por la Virgen! no le escribiste una carta á Don Luis Acosta? 
piensas que .... 

— me lleven once mil diablos si sé de que carta tratas ? 

— Si, hácete el desentendido. 

— Lucía, haz perdido el juicio 1 

— ^No, por vida mia, ni quiera Dios tal cosa. 

— Si estás eti til acuerdo, á que vienen esos cargos, esas injustas 
reconvenciones ? 

— ^Escucha. Hoy hace cinco días vino aquí á mi casa Chepillo y 
me leyó una carta que tú le escribiste á Don Luis, en la cual le encai'gas 
que me diga que ya no te casas conmigo Mrque haz encontrado una 
moza muy fililí en el Magdalena ; que. . . . Phis I una porción de cosas 
dices en la dicha carta. 

— Esto es para perder la cabeza I ¿ quién es ese Chepillo ? ¿y en 
dónde está esa carta ? 

— ^Hum ! . . . . con negarlo haces pago. 

—A fe' de mi alma que no entiendo jota de esa gerigonza. Conozco 
á Luis Acosta y no sé más del cuento ; pues no le he escrito semejante 
carta ; ni sé quien es ese diablo de Chepillo que me haz nombrado. 

— Malaya ! con que no conoces al nieto de Don Lorenzo Konderos í 

— Por mi palabra que no lo conozco. 

— Al mozo aquel que vive en Casa de Teja? . . . . Por la Yírgen que 
te haces un nene ; no parece sino que vienes de la extranjería. 

— Ah I ah ! . . . . ya caigo ; aquel haragán que persiguieron una vez 
por va^o? £1 mozo aquel á quien au abuelo denunció á la justicia por 
disipado ? 

Chepillo dio un salto entre la yerba cual si lo hubiera moi'dido una 
serpiente ? 

— Sí, dijo la pastora, el mismo que .... 

— Denunciaron hace poco por ladrón ? le interrumpió *íorge con 
voz firme. 

— Miserable ! exclamó Chepillo mordiéndose los labios de furor y 
llevando involuntariamente la diestra al mango de su cuchillo, yo 
ladrón ? . . . . 

Dijo esto y se pu«o en pié, en actitud de salvar la cerca para 
coser á puñaladas á su odiado rival ; pero desistió al punto de su feroz in- 
tento, con la súbita reflexión de que iba á matar á un hombre que en nada 
le había ofendido. Su rabia no fué sino el relámpago de la tempestad 
que bullía en su cerebro irritado ; tempestad que se disipó instantánea- 
mente como se desbaratan, a veces, al primer soplo de huracán, las que 
¿e forman en el cielo. 



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- «0- 

— ^No, dijo la pastora, Chepillo será todo lo que imagine» menos 
ladrón. 

— ^Bneno I . . . . bneno ! . . . . exclamó nuestro héroe sobándose las ma- 
nos 7 acostándose entre la yerba, asi me gnsta, que la muchacha me 
defienda. 

—Así será puesto que tu lo dices, espresó Jorge con acento de 
duda ; pero vamos al asunto. Dime, ji qué enredos te ha contado ChepiUo ? 

-^Después de leerme la dicha carta, me hizo creer que ibas á 
casarte en Ambalema. 

— Esa mentira tiene su sal y su pimienta. , 

— No digo que no ; él traia su segunda intención. Si hubieras visto 
el empefío que tomó porque me casara con él. . . . No le faltó sino po- 
nerse de rodillas á mis plantas. 

— ^Miente, y remiente la bribona ! dijo Chepillo contrayendo horri- 
blemente las cejas y arrancando con furor una pufiadade yerba. 

— Hola! . . . . hó ! . . . . con que eso queria? pero le diste. . . . 

— Calabazas ! . . . . que han debido saberle de lo feo, según los jestos 
que hacia, agregó Lucia sin dejarlo concluir. 

Jorge soltó una estridente carcajada y dijo : 

— ¿ Con que chupó calabazas y se fué con el rabo entre las piernas, hé? 

lia risa de Jorge penetró en el corazón de Chepillo cual sonda que 
se introduce hasta tocar lo más sensible de una llaga recien abierta. 
Como el león ofendido dentro de su gruta, dio un furioso rugido en su 
lecho de yerba, y luego profirió una horrible maldición. 

— Y no volvió á señalarte los dientes? le preguntó en seguida Jorge 
á su amada. 

— Cuando ! Aunque no hubiera tenido pisca de vergüenza. 

— Oh vergüenza á la Pisc^i, dijo Jorge tomando á reirse. 

Chepillo se retorció entre la yerba como si lo hubieran picado mi- 
llones de espinas, y dijo con voz sorda : 

— No me llamara como me llamo, ni fuera hijo de quien soy si 
antes de un mes no me vengara de vosotros. 

— Por ocuparnos en ese zaragate, dijo Jorge, no hemos pronunciado 
una palabra de nuestro negocio. 

— Quieres que arreglemos. . . . 

— Sí, quiero que convengamos en el dia de nuestro casamiento. 
Tengo precisión de volver pronto á Ambalema y deseara dejar todo 
arreglado antes de partir. 

Lucía lanzó un suspiro al pensar en la inmediata ausencia de Jorge. 

—Si te parece, afíadió éste, mañana hacemos las informaciones, y 
mientras corren las proclamas voy al Magdalena y vuelvo. 

— No acabas do venir? Dios mió ! yo creia que ya no te aleja- 
rías más de mí. 

— ^No puedo menos, negra mia, tengo que ir á vender unos efectos 
que dejé á guardar, y á traerte las donas. 

— Te las perdono á trueque de que te quedes. 

— Hnm ! que diría Chepillo de mí, cuando menos q«e era un 
miserable. Los rivales son como los perros, que muerden siempre que 
pueden. 

— Sí, como los perros rabiosos, dijo Chepillo remangando el labio 
superior hasta unirlo á las narices. 

— ^Y cuándo vuelves? le preguntó Lucía. 

— Haber. . . . hoy estamos á. ... 30; me voy el cinco ó seis del en- 



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— 61 — 

traute Julio, y estaré aqaí de regreso.... aguarda. ... estaré aqni, el 
2.3, sin falta. 

— Corriente ! Mañana hacemos las informaciones, et dia 6 te. vas, el 
2S estás ya aquí de vuelta y . . . . 

— El 2é o 25 nos casamos, agregó Jorge. 

— Que dicha ! expresó Lucía. 

— Ya veremos, dijo Ohepillo, dejando asomar á sus descolorido» 
labios una sonrisa de demonio. 

— Adíüs, le dijo Jorge abriendo los brazos. 

— ^Te vas? almia mía! le preguntó la zagala con voz doliente. 

— Si, después de tí, tengo á mis padres á quienes ancio ver. 

— Y vuelves ? , 

— Quizá esta noche ó mañana. 

— Muy bien, con eso les hablas á mis papas sobre lo que hemos 
convenido. . •• Cómo siento que no estén ahora en casa! 

— A tí tengo que decirte una cosa, Lucía. , 

— A mí ?. . . dímela; por Dios dímela. ' 

— ^Tengo de decírtela, pero no ahora; será cuando puedas salir de la 
casa á un sitio apartado, donde estando yo persuadido de que nadie nos 
oye, no tenga embarazo en abrirte mi corazón ; y ha de ser á una hora 
en que no haya quien se presente á interrumpirnos. Yo te enviaré opor- 
tunamente nn recado. Pur hoy ten paciencia. 

— Ay ! me dejas con una aprensión ! . . . 

— Pronto saldrás de ella. 

— Dios lo permita. 

— Adiós, añora sí; adiós paloma mia, adiós mi sol, mi cielo, mi único 
bien, le dijo el mozo, abriendo los brazos por segunda vez. 

Lucía se dejó caer sobre el pecho de su amante, quien la estrechó 
contra sa corazón, dándole á la vez nn sonoro beso en la frente. Este 
ósculo hizo palpitar tres corazones ; dos de amor y uno de celos. 

Terminada esta escena Chepillo se deslizó por entre las plantas co 
mo una sombra, sin hacer el más leve ruido. 

CAPITULO VIII. 
Sonde se ve como Chepillo pone la primera piedra para constmir la prisión de sn rival. 

4 PENAS salió nuestro héroe del maizal tomó lentamente el des- 
censo de la colina donde la casa estaba edifícada, siguió una senda 
corta V tortuosa, bajó á una hondura y por entre barrancos y male- 
zas pasó al camino que conducía á su habitación. Cuando entró en éste, 
apretó á correr Hasta cerca de su casa, donde se detuvo á examinar un 
objeto que halló al paso y que le llamó la atención. 

A esa hora su abuelo estaba sentado en una silla de brazos en el 
corredor que mira hacia el poniente. El viejo calzaba unos anteojos mon- 
tados en carey, y leía un manuscrito, que ora alejaba de los ojos, ora 
acercaba á ellos, como si buscara el foco que le hiciera visibles los ca- 
racteres. De repente írguió la cabeza, se alzó las antiparras sobre la 
frente y fijó su mirada sombría hacia el punto por donde le parecía que 
66 aproximaba un ruido semejante al de un rio caudaloso sembrado de 
escollos ó de enormes piedras. 

—Sabéis lo que era? carísimo lector. El truhán de Chepillo que ^q 



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acercaba dando bramidos como el toro y arrastrando nn znrron á medio 
llenar de tiestos, bnesos y chinas que habia encontrado en el camino. 
Tan extraño mido alarmó á los animales de la casa ; á los perros, los loros 
y las gallinas, y todos ellos amedrentados entonaron nn concierto de vo- 
ces disonantes, propio solamente para festejar á \ob oomimrios reatos qi^e 
se atrevan á pisar el territorio colombiano. * En el acto en que Chepillo 
observó que se habiau alborotado cuantos animales poblaban la casa, 
dejó el zurrón y corrió abrazar á su abuelo haciéndole mil agasajos. 

— Bribonazo I le dijo el viejo desembarazándose de los brazos de su 
nieto, me haz metido un mono de todos los diablos ; no creí sino C[ue 
habia estallado una tempestad á corta distancia de aqui y qne una im- 
petuosa creciente se acercaba velozmente á la casa. 

— Chúpese esa por candido, le dijo el mozo. 

— Bueno, picaron, tú me las pagarás. , 

— Hablando ahora de otra cosa, dígame j qué leia su merced cuando 
yo llegaba ? 

— una nota del seBor Gobernador de la provincia. 

— Una nota? Y qué dice la nota? 

—Que le manden diez y seis hombres para el ejército. 

— ^Tóraa demonio ! no pide pocos. Ya habia oído el run run. 

— Y hay que enviarle ese número aunque haya que ir á cazarlos á 
los páramos y bosques. 

— ¡Y qué dia empiezan á atraparlos ! 

— Ignoro, hijo mió, qué habrá resuelto el Jefe jolito, respondió el 
viejo tociendo como un tísico. 

— Cómo, no le consulta ya á su merced todo ? 

— Sí, y en prueba de ello acaba de mandarme esta nota para que 
la vea. 

— Y para que resuelva lo que le parezca, no es así? afíadió Chepillo. 

— Puedj3 ser, dijo el viejo arrellenándose en su asiento. 

— ^Yo no le pido á mi abuelito sino una cosa, dijo Chepillo acordán- 
dose de su rival. 

— Habla, hijo mió ; tú sabes que yo nada te niego. 

— Quiero que me dé la comisión de coger gente. 

— ^Eso es muy odioso, hombre. 

— lío importa, deseo echarle el guante á cierto dogOj y como yo 
haga mi gusto aunque me piquen los ojos después. 

— Bueno dijo el viejo dorando su agrio semblante con una ligera 
sonrisa, ya que tú lo quieres haré que te ejercites en la caza de esos 
animales de dos pies, que se semejan á tí. Ya habia conocido que tenias 
una exelente disposición para esa clase de ejercicios ; ojalá que tengas 
la fuerza del oso, la agiliaad del tigre y la ligereza del perro. 

— Ya verá su merced ; yo le prometo que echaré por tierra de la 
primera tarascada al picaro alanoy que por ciertas cosas sospecho que va 
á embestirme cuando me vea pasar por cerca' de su madriguera. . . . Qué 
ganas tengo de apagarle el mecho al zaragate ! 

— Se lo apagarás, tú sabes que cumplo lo que prometo ; cuenta 
pues con la comisión. 

Una sonrisa de triunfo asomó á los labios de Chepillo. 

* Alusión á la cencerrada que en la noche del 20 de Marzo de 1S64 le dieron en Pana- 
má á don Ensebio Salazar y Mazarredo, Comisario regio, Enviado de S. M. la Reina de Espa- 
ña eerea del Gobierno peruano, yendo de regreso del Perú á Madrid, 



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^Bien va la cosa, dijo para su capote, ya le tengo hincado un coí- 
raillo en la nuca á mi rival, y asegurada una buena zancadilla á Lucía 
qtie he de hacerla caer rendida á mis plantas. 

Veremos si se cumplió ó no esta predicción. 

Cruzaban por la mente de Chepilio estas negras maquinaciones en 
el momento en que Don Lorenzo retiró su asiento de la pared y dejó 
caer dulcemente sobre ella la extremidad superior del respaldo, para 
mejor comodidad. Un instante hacia que estaba el viejo muellemente 
repantigado, cuando de repente sintió que la silla se deslizaba rápida* 
mente sobre el pavimento, al impulso de una terrible patada que le 
descargó el travieso muchacho. 

Don Lorenzo lanzó un grito de sorpresa agudo y breve como el 
chillido del águila cuando la picotea el halcón, y se hundió entre el 
asiento y la pared, con una angustia tal como si desendiera al abismo 
del sepulcro. 

El mozo (que remendaba admirablemente todos los males conocidos) 
maulló como el gato; mugió como el toro ; baló como el cabro, dio dos 
ó tres brincos de contento y desapareció por el mismo lado de la casa 
por donde se habia presentado. 

CAPITULO II. 
lo que le aeiBteee al qae se fía ei ns hombre qae le faltan dos poteneias del alma. 

ÁL DLA. siguiente por la tarde iba Ohepillo por un amenísimo prado 
cuando oyó una voz que decia : 
— Válgame Cristo I . . . . i Quién puede creer que es el cielo el que 
allá'se ve? 

El mozo volteó la cabeza hacia el punto de donde venia la voz y 
vio á un hombre parado al borde de un estanque. 

Este hombre era el criado de Lucía, el simplón de Liberato. 

Chepiflo así como lo avistó se dirigió al punto donde se hallaba 
parado, y como notó que estaba absorto y embobado mirando el agua 
del pozo, se le acercó pasitamente y poniéndole la boca en el oido le 
dijo con toda la fuerza de sus pulmones : 

—Don Panfilo! 

Liberato se estremeció como la rana* de Galvani, dio un brinco 
brusco, y haciendo una cara de Jeremías, dijo con voz trémula : 

— Qué chanzas ! . . . . ha podido matarme del susto. 

Chepillo se rió y «n seguida le dijo al criado poniéndole la mano 
en el hombro : 

— Liberato, tengo de decirte una cosa. ^ 

— ^T yo tengo de decirle otra á su merced. 

— ^Habla pues. 

—Estaba viendo como este ojo de agua parece que pasa de un lado 
á otro de la tierra, lo cual muy bien puede ser, si es ojo de la mar, que 
según cuentan no tiene la tal fin ó fondo. 

— Suponiendo que ese estanque sea ojo del mar (y cuenta que nadie 
ha dicho que el mar tenga ojos) } por qué habia de dar al extremo 
opuesto de la tierra ? 

—Porque en el aciento se ve ^1 cielo y no el barro, y como dicen los 
sabidos que el firman^nto existe en contomo de la tierra y que esta está 
suspendida en el aire como una lámpara. « . • 



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— 64 — 

— Luego el poso dá al otro estremo .... Oh I esto es de lo más gra- 
cioso que he oído en rai vida, dijo Chepillo riéndose á boca llena. 

— No se ria, rai amiguito ; cree acaso que soy algún embustero ? 
Venga su merced y se convence. 

— Oh! oh! estoy más qne persuadido de que se ve el cielo en el 
aciento del estanque ; sobre esto ao tendremos aisputa y te ruego que 
no hablemos más de ello. 

— ^Y entonces de qué quiere su merced que tratemos? 

— De cierta cosa que voy a decirte, le respondió Chepillo pensando 
en el anuncio que el día anterior le habia hecho Jorge á Lucía de que él 
le mandaría avisar oportunamente la hora en que ell^ debía salir á un 
sitio apartado de la casa para revelarle un secreto de importancia. 

—Muy bien, le contestó Chirlobirlo, estoy atento á lo qué su merced 
me diga. 

— Puedes hacerme un gran servicio ? 

— Siendo cosa .... que .... . , 

— Por supuesto, lo que quiero que me hagas es de lo más sencillo y 
que en nada te compromete. 

— Puede su merced mandar y pagar, como dijo el otro. 

— Diablo ! buen cobrador mal servidor. 

— Cómo ha de ser ? . . . . 

— Mira, le dijo Chepillo acercándosele y bajando la voz, te doy 
cuatro reales si haces lo que voy á decirte. 

Liberato abrió desmesuradamente los ojos al oír tan mágicas pala- 
bras ; la oferta q[ue Chepillo acababa de hacerle, exedia á sus mayores 
aspiraciones, el infeliz jamas habia sido duefio, ni esperaba serlo, de tan 
para él, crecida suma. 

— Cua.... cua cuatro reales! exclamó el hombre tartamu- 
deando de gozo, su merced se chancea. 

— lío Liberato, te daré lo que te he ofrecido si vas á donde tti 
señora y le dices, que Jorge Gavilán le manda recado qne la espera pre- 
cisamente en el estanque mañana al amanecer. 

— Uo señor, yo no me animo á decirle á mi señora un embuste que 
puede costarme muy <;aro. 

— Díle, en tal caso, que un mozo á quien ella quiere afectuosa- 
mente le envía recado, que mañana entre oscuro y claro la espera en el 
estanque debajo del árbol para confiarle un secreto del corazón. 

— No es más lo que he de hacer? 

— Nada más ; pero dime antes el modo de presentarte á ella y repí- 
teme lo que haz de decirle, no sea que cometas alguna brutalidad. 

—Me entro de sopetón á donde esté y le digo : Recado le envía Don 
Chepillo .... 

— Oh ! no, bruto ! exclamo nuestro héroe rascándose la cabeza 

con desesperación, cuidado con ir á nombrarme, pues sí ella sabe que 
soy yo quien la solicita, no irá al estanque, y sí irá sí tu le dices que la 
espera en él un mozo á quien ella ama afectuosamente. 

— Bueno, según eso, me le aboco á mí señora y le digo: Un mozo 
' que á su merced ama defeutuósamentey entre oscuro y claro . • . . 

Chepillo enfadado le acercó los labios á la oreja y con voz de truepo 
le gritó sin dejarle concluir los disparates que iba forjando. 

— Bestia ! .... y rebestia ! . . . . 

Liberato como en la vez primera,^e extremeció rudamente como la 
hoja de un árbol sacudida por la brisa, y con espantados ojos dijo: 



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— 65- 

— Por qué me asusta! 

«--Hombre de Dios, dónde tienes la cabeza ? 

— Sobre el pescuezo, en qné otra parte babU de tenerla ? 

<^No tal, tu no tienes cabeza ;, sobre el pescuezo llevas ujoa pelota ; 
pero esa pelota no piensa, 

Cliirlobirlo hizo la cara más triste c[ue imaginarse puede, 

Qhepillo lo cogió de una mano j dyole : 

— ^Escucha hombre; ponme atención; vete j dfle á tu sefioralo 
signiente :— Un mozo á qnien su merced auie^ mucho le envia á decir 
que mafiana al amanecer, la espera al pié del árboL Bepite, porque es 
preciso que aprendas bien estas palabras. 

Liberato se quedó con la boca abierta como si no fuera con él la 
conversación. 

— ürra diablo! le dyo Chepillo dándole un hnrgon con el índice de 
la mano derecha, por debajo de un brazo. 

El hombre dio un brinco y lanzó un grito de terror. 

— Majadero I pronuncia las palabras que acabo de decirte. 

— ürra diablo I . . . . Espresó Liberato lloriqueando. 

— ^No, pedazo de alcornoque, las que te dije antes para tu seíiora. 

Chirlobirlo se rascó el vientre, y se puso á* meditar como si trajera 
algo á la memoria ; ya se ponia sobre un pió, ya sobre el otro ; ora mi- 
raba al snelo, ora ai cielo, hasta que al cabo de un gran rato dijo : 

— ün mozo que á su merced le envia á decir mucho, quiere que 
mafíana, al amanecer al pió del árbol... .^ A memoria Dios mió!..», 
ya DO se me olvidó el resto? 

Ghepillo sintió opresión en svt alma; pero no de rabia contra 
Liberato porque fuera desmemoriado, sino movido á compasión por la 
rudeza del zopenco, que no podía retener en la memoria veintidós pala- 
bras en orden, cual si su intelecto fuera inferior al de esos animales de 
plumaje verde que repiten cuanto se les dice. 

—Eres un cuadrúpedo, le dijo Ohepillo con afligido semblante, tie- 
nes nna cabeza de hierro ; eres algo menos que un asno. Te juro que no 
se me ocurre el medio de hacerte calar en los cascos lo que has de decirle 
á ta señora. ... En mi vida habia dado con un hombre más bruto. 

Liberato tenia desarrollado el sentimiento del orgullo por lo mismo 
que era torpe, y aun que estúpido él no dejó de comprender que Che- 
pillo lo habia tratado ásperamente; así con aire altanero le dijo : 

— Carran .... tam .... plan I .... si su merced es tan leido y enten- 
dido respóndame una á una las preguntas que todos los a&oB me hace el 
sacristán el dia que voy á pedirle el sello efe confesión. 

— ^Dilas que si á tí te han hecho sudar para desenredarlas, á mi me 
harán reir de lo puro simples. 

— ^Baeno, dijo Liberato sonriéndose sardónicamente, está su merced 
pensando que va á comerse un biscochuelo y se equivoca de medio á 
medio ; yo ixe gastado más de diez afios para i^renderme las preguntas 
y sus contestaciones. 

— ^0 dudo que hayas empleado ese tiempo para convertirte en un 
sabio. . . p Pero vamos adelante ; puedes dar principio. 

— ^Dígame su merced, qué cosa es la luna? 

— ^Vay a una pregunta 1 .... la luna fué el primer sol que Dios fabricó, 
el cual gastodo con el uso, de más de mil afios, resolvió en un dia de 
buen humor dejarlo para alumbrar lafif noches. Adoptada esta determina- 
ción hizo otro para alumbrar lois ^^ y este es el que ahora nos ilumina. 

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— 66- 

— Algunos sacristanoB creen eso ; pero el de. esta tierra qne es muy 
sabido, ensefia otra cosa que voy á contar á sn merced. La luna, dice el 
tal hombre, es la esposa del sol; en otro tiempo tenia unos ojos muy 
vivos que le resplandecían como loe de su marido, pero á consecuencia 
de una riña qne tuvieron entre sí, hubo de cascarle el^sol una furiosa 
bofetada de la cual le echó un ojo afuera. Enojada la luna con la brus- 
quedad de sn esposo no quiso volver á hacer vida con él, y desde entonces 
cuando el sol se acuesta al anochecer la luna se levanta y se va á visitar 
á stls queridas hijas las estrellas. 

— Muy bien, dijo Chepillo, ahora voy yo á hacerte algunas pregnn- 
tas de las mismas que hacen los sacristanes, para dar el sello de que has 
hablado. — ^Dime, que astro del sol y la luna nos dispensa más favores? 

— Esa pregunta no la habia oído yo, pero si me atrevo á contestar 
que la luna ; esta al menos nos alumbra de noche. ¿ Qné gracia hace el 
sol con alumbramos de dia? 

— Liberato! le dijo Chepillo dándole una palmadita en el hombro, 
sabe que me vuelvo atrás respecto de 4a opinión que me habia formado 
de tí ; empiezo á creer que tienes alma, y que á esa alma no le falta 
ninguna potencia. 

—Nadie debe pensar que otro no piensa ; cada cual tiene el caletre 
que Dios le ha dado, sefior Don Chepe. 

— Dime hombre, en qué pensó Dios cuando hizo el sol? 

— Voto val eso no lo contesta ni mi amo Arzobispo ; y digo más, ni 
su paternidad el Papa. 

— Pues yo sin ser Arzobispo ni Papa, respondo que Dios pensó (m 
los ojos de los animales. 

—Por qué? 

— Porque, haber hecho la luz y no haber fabricado ojos que vieran 
lo que con ella so descubre, no habría valido la invención un comino, 
y haber hecho ojos á los animales, y no haber formado la Iu2, habria 
sido igual á habernos dado boca, y no alimentos que echar en ella. 

Carambola ! su merced sí que sabe. Es un pollo que se le puede 
echar de tapada al señor cura. Dígame, que sí me dirá, i en qué pensó 
Dios cuando hizo la gallina? 

— Bah ! . . . 'en el estómago de los hombres. 

— No, señor, su merced me dispensa, pero no fué en eso sino en el 
huevo. 

— En el huevo? 

— Sí, sefíor, pues de otro modo, luego que mi padre Adán se hubie- 
ra engullido la primera polla que Dios Nuestro Sefior crió, se habria 
acabado la cria. 

— Cierto es eso, tienes más talento que un monaguillo. Dime, gpor 
qué los muertos saben hacer cierta cosa mejor que los vivos? 

—Cuál? 

— ^No me negarás que un muerto nada mejor que un vivo. Un hom- 
bre se arroja á un rio caudaloso y se va al fondo de él, se ahoga y se so- 
breagua. 

— ^No es que nade mejor un muerto que un vivo, es que el peso del 
alma lleva al cuerpo al fondo del río, y la prueba es que cuando el cuer- 
po se halla libre de semejante fardo, se levanta fácilmente á la superficie. 

— Me llenas de admiración, Liberato. Dime, el sol es frío ó caliente í 

— Sopla Diablo t el sol es caliente como un demonio. 

— Se^tin eso, { por ané es que mientras más se acerca uno & ély su- 
biéndose á las crestas de los cerros, fíente más frío? 



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~6T — 

Después de nna profunda reflexión, dijo Liberato moTiendo la 
cabeza: 

— Sefíor no atino • . . . 

—Pues yo sí. Escnoha : el sol es caliente; pero como el fuego del 
Diablo lo és más, sucede que subiéndose uno á los cerros, se aleja del in- 
fierno, que está en el centro de la tierra, y es por esto por lo que á. pro- 
porción que uno va acercándpse á la cima de una montafía va sintiendo 
qae se le enfría la sangre. Y así también, á medida que baja á los valles 
y á las vegas de los ríos siente que se derrite lentamente. 

Chirlobirlo se quedó absorto con tan sabia Qontestacion. 

— ¿Por qué el agua corre para abajo y nunca pfira arriba? le pre- 
guntó el criaao á su interlocutor al cabo de un rato. ' 

— ^Porque le es más fácil bajar que subir, y ella hace lo que menos 
trabajo le cuesta. 

— ^De verás ! ... no habría advertido la causa en los días de mi Vida. 

— Contesta á la siguiente pregunta, Liberato : ¿por qué sale todos 
los dias el sol á espaldas del Montecillo, siendo asi que después de hacer su 
camino por el cielo, va á dar al punto opuesto, de donde no se le ve volver? 
— ^10 sí creo que se vuelve pasitamente por la misma via. 

— ^Bah ! pero alguien lo hubiera visto pasar siquiera una vez. 

— Seguramente el picaro se vuelve de noche y como en las tinieblas 
todos los gatos son pardos. ... 

— Qué quieres decir ? 

— Que muchos lo habrán visto pasar y no lo han conocido. 

— Oh ! oh I . . . no habia caido en ia cuenta. 

— ^El criado se sonrió con satisfacción. 

— ^Liberato I dijo Chepillo. 

— Señor! contestó Liberato. 

— ^Dime, i qué es lo que todos los hombres ignoran ? 

— ^Aquello que no saben. ». 

— No, hombre, el dia de su muerte. 

— ^Ménos los que condenan al patíbulo) porque tres dias antes les 
dicen la hora en que han de morir. 

— Eres un sabio y tienes más caletre que un maestro de escuela. 

— ^Y sin estudios, es lo que ha de ver. 

— ^Dime, i por que están sumergidos los hombres en tantos dolores 
y desdichas, cuando Dios los crió para la felicidad ? 

— Yo he oido al señor cura decir en el palpito muchas veces que 
las desgracias del género humano provienen del pecado original. 

— ¿ Y qué cosa es ese pecado original y quiénes lo cometieron ? 

-^Ese pecado lo cometieron Adán y Eva, y consistió en haberse 
engullido entre los dos una manzana, que me figuro yo que seria tan 
grande como una calabaza. 

— Bien, y qué manzana se comieron el primer pollino y la primera 
burra para que sus descendientes sufran tanto? 

— El Padre Astete dice : " Eso no me lo preguntéis á mí que soy 
dotoTj ignorantes tiene la Santa madre Iglesia que lo sabrán responder." 

— Qué desatinos los que estas ensartando, le dijo Chepillo; y alzando 
los ojos al cielo añadió : 

El sol va á galope tendido para su cama, volvamos á nuestro nego- 
cio que se nos viene la noche encima. 

— Como su merced guste. 

— Escucha amigo. Y oy á enseñarte las pocas palabras que has do 



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— 68 — 

decir á tu sefíom ; veo qoe no eres torpe, lo que te falta ea atención. 

— Sefior, voy á volverme todo oidos. 

— Chepillo tomando la paciencia de nna monja qne ensefia la doc- 
trina cristiana á sa criada, se pnso á enjaretarle á Liberato aquellas pa- 
labras que deseaba trasmitir á la duefio de su amor. 

Probablemente el criado las aprendió al fin, nna vez qne al sepa- 
rarse nno de otro se notaba cierto aire de satisfacción en el semblante de 
cada cual. 

Habría andado el criado media cnadra cuando Chepillo lo llamó. 
y dijole : 

-^ Antes de amanecer, hé t en el estanque, debajo del árbol, ya oyes 1 

— ^Ya oigo sefior, que no soy sordo, respondió el hombre. 

Liberato siguió á paso lento el camino y al volver un recodo de 
éste lo perdió de vista Chepillo. 

-*- Válgame Dios I dijo entonces el mozo para su sayo j que tenga qne 

echar mano de este orangutang para el asunto más delicado? .... Se ve 

. que el Creador no ha hecho nada inútil . . . . { Quién habia de pensar oue 

tendriaque valerme de un monstruo para conseguir la criatura más bella ? 

Chepillo decía la verdad. Liberto era soberanamente feo. 

Queréis ver su retrato! helo aquí. 

Era de estatura mediana y obesa ; corto de piernas ; dé vientre 
abultado ; ancho de espaldas ; lleno de cuello y de cabeza redonda y 
enorme. Semejante animal formado contra las leyes de la estática no 
podía menos de tambalear oon frecuencia y caer oe vez en cuando. Este 
bizarro personaje tenia una cara qae parecía hecha para tan gallardo 
cuerpo. Era estrecha su frente y plegada de arrugas ; verdes sus ojos ; 
sus cejas largas y cerdosas y su nariz roma como la del gato.. Su boca 
grande y remangada por una muda sonrisa dejaba al aire libre dos hile- 
ras de dientes blancos, tei'sos é incisivos como los del mastín. Sus grandes 
, orejas cubiertas de un vello áspero, se entreveían al través del claro 
velo que formaban sus cabellos de un rubio sin brillo como las crines de 
im caballo alazán. 

Este era el hombre que Chepillo habia escogido para que le sirviera 
de intermediario. Dando pasos cortos con esas piernas pequefias que 
hemos pintado, llegó al £n á su casa, llamó aparte á su ama y le enjaretó 
de una sola tirada el recado de Chepillo. Debió de trasmitir bien el 
pensamiento que se le habia confiado puesto que la mujer le dijo : 

— Bien está; pero qué mozo es ese que me hace la cita al estanque? 

—Su merced sabrá quien es cuando lo vea, pues yo no puedo decirle 
su nombre porque él me encargó en este punto la reserva y yo se la 
prometí. 

«-«Conmigo no debe haber reservas de esa clase. 

--Sepa su merced que primero me dejo dar papirotadas en las ñiflas 
de los ojos que faltar á mi palabra. 

Viendo la señora que no le arrancaba el seveto á buenas, quiso 
emplear el rigor, pero al momento pensó que aquel procedimiento eno- 
jaria al criado y revelaria á las personas de la casa el negocio, lo cual 
no quería ella, y por este motivo desistió de su intento. 

Lue^o que perdió la espereza de que Liberato le descubriera el 
nombre del mozo se dijo : 

No debe de ser Jorge quien me solicita para tratar del casamiento, 

Sueste a ue él no tiene porqué ocultar su nombre. Por si ó por no, no 
iró nada á nadie, é iré á la cita . « « • ( Qué puede sucederme ? 



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— 69 — 

A la hora en qne esto pasaba ya era de noche. Inquieta la mtqar eon 
lo que tei^ia entre el cnerpo deseaba estar sola á fin de dar rienda suelta á 
sus pensamientos, j para consegnirlo se fingió enferma de Is cabeca j ae 
recogió en sn lecho. Allí hizo mil congetnras; se imaginó eent^arids de 
cosas, se devanó los sesos, pero no adivinó qnieh foem el qne wn tanto 
secreto 7 ansia deseaba hablarle. 

Fatigada con el tropel de pensamientos qne se cruzaban «n su 
cabeza, se durmió cuando ya estaba bien abanzada la noche. 

Liberato se habia acostado en la salita, cerca de los yugos y roncaba 
como un canónigo. 

Pon fin llegó la hora en que se desierta ki mujer. Ko bien socedió 
esto, se incorporó en su cama, se frotó los ojos con el revés de la mano, 
y llamó al criado, no sin que su voz fuera interrumpida por un prolon'- 
gado bostezo. 

El hombre no respondió ; estaba como muerto* 

— ^Liberato ! . . . . gritó con voz fuerte. 

— Sefíora? respondió el criado, con voz perezosa. 

— ^No estoy lliunándote? 

— Y yo no estoy contestándole? 

-^ Jesús I como se me enciende la sangre de coraje cuando me res- 
p>nde este canalla. 

-«-Palo porque vogas y palo porque no vogaa, refunfofió el hom- 
bre. • .. Brava porque no respondo y furiosa porque respondo. . . . Dios 
me dé paciencia t 

•—Oran picaro I rugió la mujer, yo no te regafio sino porque me 
respingas. 

— Sea por Dios I exclamó Liberato con una resignación de mártir. 

-^1^0 te levantas? posma. 

— A qué he de levantarme con tanto frió? 

— ^Holgazán de mil. . • . Dios me detenga la lengua, dijo la eeflora 
santígnándose. 

Luego afiadió : 

— ^Levántate al instante y ve si amanece. 

— ^Todavía no cantan los gallos. 

— Quieres ^[ue vuele sobre tí y te harte á patadas? 

— ^No sefiora, yo no quiero eso. 

La mujer se sonrió. 

— ^Eres un vagamundo ^ue no ganas lo que te comes. 

— ^No hay dia de esta vida (^ue no me eche en cara el pan que me dá. 

— Apostemos á que el maldito follón está todavía tendido ? 

— ^Ya estoy levan. . . .tan. . . .dome. . . . 

— Vamos ! párate ligero, ó de nó me voto de la cama y te tiro con lo 
primero que encuentre. 

—Qué aprieto ! .... me dejo arrancia dos dientes si el pájaro á la 
hora de ahora ha dejado su nido para venir á tiritar de frió al pié del 
árbol. 

— Quieres callar? malandrin. 

Liberato dio una vuelta en su lecho como el cerdo en el lodo y se 
puso á roncar. Aquello era para hacer perder la paciencia á un viejo 
anacoreta, cnanto más á una mujer iracunda^ 

La sefíora notando que el molondro criado no diáni trazas de leran* 
tarse volvió á llamarlo con voz levantada. 

Liberato se extremeció como si lo hubiera conmovido xma corrieinte 



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— 70 — 

eléctrica, 7 se puso de rodillas en el lecho. Grnfiendo eomo un perro se 
paró j con los ojos entrecerrados y los brazos extendidos hacia adelante 
empezó á dar pasos lentos en busca de la pnerta. Al fin el tacto le 
indicó que habia llegado á ella, 7 entonces la hizo ^rar un poco 7 cual 
tortuga que saca la cabeza fuera de su concha, sacó el la suya fuera de la 
pieza donde estaba. 

— ^Hum I . . . . dijo, bien decia 70. . . . está como una tapia. 

, — ^Alma de cántaro! exclamó la mujer desde su cama, eres un gran- 
dísimo bestia. 

— ^Tengo la culpa de que no amanezca, dijo el criado enojado. 

— ^De que no amanezca no ; pero de no ver las estrellas si. 

—Mi señora, tengo los ojos bien abiertos. 

— Demonio ! los tienes cerrados. Si estuvieras bien despierto no 
habrías abierto la puerta del aposento en vez de abrir la que da al patio. 

Liberato, convencido de su error, se dirigió á la otra puerta sin 
replicar. 

— Hu7 ! dijo al recibir las primeras brisas de la mañana, hace un 
frió que descuajaringa^ 7 el sol hasta ahora comienza á abrir los ojos. 

En este momento cantó el gallo de la casa. 

La señora se levantó, se vistió 7 salió. 

£1 lector dirá para su capote : { cómo es que las demás personas de 
la familia toleraban con tanta resignación semejante diálogo, á una hora 
en que el más ligero ruido incomoda ? 

Esta-observacion pueden hacerla los que nunca se ha7an hospedado 
en casa de rústicos labradores, pero los que esto ha7an hecho, no habrán 
dejado de notar que las riñas de los amos con los criados son infalibles á 
la hora del alba. 

Cuando la mujer pasó el umbral de la puerta que da al patio, se en- 
contró frente por n'ente con su criado. 

— Hu7 ! que frió hace, le dijo éste tiritando como un azogado, a7 1 
quién pudiera arrimar la cepita por debajo de la nariz ! 

La campecina derramó sobre el hombre una mirada-de improbación. 

Liberato, como si tal mirada no le hubiera dirigido su ama, expresó : 

— ¡ Ah mala7a! ¡ quién pudiera zamparse un trago de chimpm para 
calentar el coleto ! 

La mujer, que 7a estaba calmada, 7 que empezaba á compadecerse 
del criado le dijo: 

—Ve á la tabla, 7 traeme la limeta del aguardiente. 

Los ojos de Liberato brillaron de alegría. Sin esperar á que la seño- 
ra le repitiera la orden, se puso de tres zancadas donde estaba la botella, 
la cogió con el ma7or regocijo 7 fué 7 se la presentó á su ama. 

— Animal ! le dijo ésta recibiéndosela, { en qué quieres que te eche 
el anisado ? 

— En la boca, respondió el tonto con la ma7or sencillez. 

— Cómo I i quieres beber á boca de cántaro ? 

— ^Ah I . . . ah ! . . . en verdad que no traje una cepita. 

Dicho esto, volvió donde estaba esta. 

■— ÍTo va7as á largarla, cógela bien, le dijo la mujer. 

Cuando estuvo en frente de la tabla que servia de aparador se em- 

1)inó, extendió el brazo, tomóla copita de pié de lata que conoce nuestro 
ector, 7 teniendo presente la indicación ae su ama, la afuretó tan vigo- 
rosamente entre la mano, que sin que él lo temiera, vio con lama7or 
sorpresa que estalló en mil pedazos. 



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-71 - 

— ] Ya iK) me hizo trizas la copa este imbécil! . • . gritó la ranjer en- 
cendida en cólera, y corriendo á donde estaba el criado. . . La copa de . 
cristal, por la Virgen !. . . y que era ajena. Qué dirá mi comadre An- 
selma cuando sepa <£ae le rompimos e^xx finca! Me la pagas ó ves lo que 
haces. 

—Yo no tuve la culpa. La cogi en la mano, y como si fuera una cas- 
cara de huevo se quebró sin más ni más. 

— Porque fuiste á apretarla como si fuera oreja de muleto cerrero, ' 
alma de Lucifer!. . . le dijo la sefíora halándole una oreja con todas sus 
fuerzas. 

El criado exhaló un grito de dolor y se retiró rezongando. 

La mujer volvió la botella á su lugar, y luego se endilgó hacia el si- 
tio díe la cita. 

Las últimas sombras de la noche cruzaban el espacio, debilitándose 
por momentos; el primer canto de los pájaros saludaba los albores de la 
mañana, catando Ghepillo daba la bienvenida á la mu]er que hemos 

f)uesto en escena. Esta, al divisar al mozo, se embozó en su ancha manti- 
la, tal vez por evitar el frió que le congelaba la sangre, ó quizá más 
bien impelida por el noble sentimiento del pudor, tan natural en la mujer. 

Ghepillo, al verla, le dijo con una voz meliflua y delicada : 

— Ángel mió ; mi bien, mi todo ! . . . luz de mis o]os, vida de mi alma, 
ven á mis brazos, que mia eres y no de otro ninguno. 

Y la estrechó convulsivo contra su amoroso pecho. 

Si antes te amaba, seguia diciéndole, ahora te adoro. . . . Cómo me 
gusta que seas amable y condescendiente y no desdeflosa y altiva. . . . 
Hoy eres para mí otra mujer, y esto me vuelve loco de contento. . . . 

Le decia esto y tomaba á abrazarla ; pero no como es uso y costum- 
bre entre la gente educada, sino con tan loco entusiasmo como si quisie- 
ra incorporar su ser en el de ella para formar un solo cuerpo. 

— ^Ay Dios mió ! anadia, como te quiero, y la besaba con efusión 
separándole el embozo. 

Cliepillo sentía en aquel momento, que le hervía la sangre en las 
arterias y que en furiosos borbotones se agolpaba á su cerebro. El cora- 
zón se le habia subido á la garganta y los oídos le zumbaban como sí 
fuera presa del más horrible vértigo. Deseoso de comunicar el fuego que 
ardía en su corazón á la mujer que era causa de su embriaguez, le decia 
con voz ahogada y trémula: 

— Con (|ue al fin te condueles de mí ! .... Oh 1 tú no sabes cuánto 
te quiero ! ni puedes imaginarte cuánto he padecido Por tí ! . . . . Díme 
por la Virgen cjue me amas, que eres mia en cuerpo y alma; júrame que 
no me olvidarás; que me serás fiel y constante en el amor; prométeme 
que me querrás como la yegua al caballo, como la oveja al cordero, como 
la gallina algalio; que correrás la suerte que yo corra, que morirás 
donde yo muera. ... Oh! no me respondes! qué te pasa? Cascaras! que 
te cabres y te envuelves cual si fuera yo un desconocido. Es acaso ver- 
güenza que tienes por loa desprecios que me has hecho?. . . . 

Esto dijo y procuró arrancarle el embozo á tiempo que la niebla de 
la mañana se rasgaba como un velo que se abre en dos partes. Desco- 
rrido el telón apareció en el escenario, no la linda pastora, sino la repug- 
nante vieja, no la hija sino la madre. Nuestro héroe aWer tan antipática 
figura prorrumpe con un rugido de rabia, más bien que con un grito de 
sorpresa, y no poco avergonzado da un paso atrás y gira ^obre sus talonea 
para emprender carrera, pero al verificar esto ultimo, siente que una 



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mafió tigorosá cuál ei íaéra áé hierro, lo coge déla gargfanta y lo detiene 
con mneetrás de querer extrftíi^larlo. 

-^j^randísimo bribón! qué agasajos son esos á mi mnfert aulló Don 
Fio fnem de sí estrechándole el gargüero con toda la fuerza que tenia en 
sus dedos. 

•H3anto Diodt Qué Cfi éstoí dijo el mozo, azorado y con enfocada 
voz — Porqué me nltraja usted? .... piensa usted acaso? • . . 

•^Dime perillán del demonio, { con qné derecho abwtóas á mi mujer 
y la Hcaricias? Qué ! creias qne yo era hombre muerto ? anadió lleno de 
furor contrayendo sus dedos de garfio sobre el cuello del infeliz. 

— ^Ah ! . . . • condenado ! . ^ . . qne me ahorca .... suélteme si no quiere 
que le falte. . < . ah. . . . ^an I 

Los dedos de Don Pío no le permitieron á Chepillo concluir la frase. 

-^Qué estás diciendo? bellaco .... No faltaba más ; ultrajar el pudor 
de mi casta esposa, en mis propias barbas, y ahora amenazarme?. . . . 

-^Don Pió, <Kjo Ohepiílocon voz chillona, ha sido una equivocación, 
éé lo juro por mi abuela. Yo vine en busca de la chica porque la amo 
de corazón ; y sin saber cómo, he dado con la vieja .... Caramba ! afíadió 
colérico, sintiendo que su enemigo lo edtrechaba, no es usted quien mo 
ahorca; veamos quien puede. 

Chepillo con los ojos brotados, la boca abierta, el rostro amoratado, 
y aullando como una fiera, cogió al viejo por el cuello de la ruana y 
empezó á agarrotarlo. 

-^Te atreves ? insolente!^ . . . gritó Don Pió con voz destemplada por 
el furor y la compresión de la garganta. 

Luego duplicando sus fuerzas hizo que lo aflojara su adversario nn 
poco, y entonces agregó: 

■^Conque tá eres quien pretende sembrar la zizafla en el hogar 
doméstico ? . . . . 

-^Yo no pretendo sembrar nada, Don Pió, lo que quiero es que 
usted me afloje un poco el gaznate, y de nó tenemos jarana. 

El viejo cedió a la amenaza, pues ya sabia que el mozo tenia fuerza, 
y sin soltarlo continuó diciéndolc: 

■-—Tú quien viene á emponzoñar un matrimonio que cuenta más 
de treinta aflos de felicidad y reposo? 

^-Bah ! . . . bah ! . . . .que mas se quería el muérgano de dofia Juana, 
dijo Chepillo con aire despreciativo. 

íiá vi€|ja qne miraba el combate á cuatro pasos de distancia, no bien 
oyó tan injuriosa palabra, gritó llena de rabia : 

^Lucía ! Lucia 1 . . . . traeme el palo de la escoba para moler á 

garrotazos á éste miserable. 

Pero como la muchacha no se presentaba, se acercó Dofía Juana al 
mozo y le dio un pellisco tan terribe, que Chepillo creyó que lo habia 

Einchado con unas pinzas de zapatero. Furioso se alzó como nn toro 
erido por el picador, v le acomodó en el vientre una terrible j)atada, 
de cuyo empuje la mtijer rodó lejos del sitio de la riña, como un cilindro 
por un plano inclinado. Haciendo en seguida Chepillo un esfuerzo pode- 
roso se libró de las manos de Don Pió y le echo una zancadilla cfue lo 
obligó á desender rápidamente sobre el césped. 

Alcan¿:ada esta victoria echó á correr hacia donde estaba Liberato, 
qne inmóvil como una estatua, presenciaba la lid, parado en la alta ri* 
berá de nn po¿o. 

HBí, grandfeimo tunante I le gritó Chepillo aproximándoéele, con 



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-78- 

qae me citaste á la vieja en vez de citarme á la muchacha, na?... 

— Sa merced me mandó que le hablara á mi señora y no á la niña; 
la culpa no es mia sino suya. Yo cumpli con aquello á que me compro- 
metí, ahora su merced debe pagarme, ralabra de rey no puede faltar. . . 

— Voy á darte un mogicon por ahora, que después te daré lofr cua- 
tro reales que te ofrecí . • . • Toma 1 . . . 

Esto dijo Ohepillo y le descargó una bofetada tan terrible, que el 
infeliz descendió al fondo del pozo como una bola de plomo, y desapare- 
ció entre el agua. El mozo salvó por encima con la velocidad de nn 
pájaro y se internó en la espesura de un exhuberante maizal. 

El criado al cabo de un rato sacó la cabeza cubierta de lama y lodo, 
sobre la superficie del agua ; quiso dar un grito, pero su voz se convirtió 
en un gemido y sin poder evitarlo volvió á sumergirse. 

— Que me ahogo! exclamó haciendo otra salida. 

En esta vez se salvó agarrándose de los abrojos qne eabrian el bor- 
de del pozo. 

El ruido de la voz llevó á Don Pió á aquel sitio, y el viejo, al yai el 
peligro en que estaba su criado, clavó las rodillas en la ribera del hoyo, 
alargó un brazo, y tomando á Liberato por los cabellos, lo arrastró hasta 
colocarlo sobre el césped. 

CAPITULO I. 
Uios eelos en la tarde de la vida. 

LUEGO que Don Pió sacó al criado del pozo, se acercó con semblante 
ftparetemente apacible á su cara mitad, cruzó los brazos sobre el 
pecho V díjole: 

—Sera posible, mi querida Juana, que después de haber vivido 
treinta afSos como dos ángeles, tengamos que vivir, tal vez otros treinta 
como dos demonios ! . . • . Ay Dios mió 1 esta infidelidad va á llenar mi 
vida de amargura ! 

Luego clavando los ojos en el suelo y hablando como consigo mismo, 
agregó: 

—Tan pura, tan casta que era, oue más parecía una paloma que 
una mujer, y venir ahora al cabo de la vejez á dar su abrazo á torcer? 
Ohl por la v írgen del Calvario 1 dejarse abrazar de ese picaro de Ohepi- 
llo . . . . Ay ! que mancha, qué deshonor ! .... Yo me muero de pesar ! . . . . 

Esto dijo, ocultó su rostro entre las manos y empezó á lanzar gritos 
desaforados que le arrancaba el coraje. 

— Pío, por la sangre de Oristo ! a qué vienen esos rebatos de locura 
y de furor? Tengo yo la culpa de que ese mozo haya venido de sopetón 
y me haya estrechado entre sus brazos ? 

Don Pío meneó la cabeza bruscamente en sefíal de negativa, y le 
respondió con alterada voz: 

—Si así fuera no sentina agní dentro de mi pecho un lobo que me 
muerde las entrañas. Juana, déjese usted de fábulas, que yo he visto 
con estos ojos que han de comer la tierra, que usted se dejó buenamente 

echar los brazor, y aún . . . . ay ! no quisiera acordarme ... no . . .no 

no. Y echó á dar rugidos de indignación. 

—Por la Santa Madre de Dios ! eso es nn falso testimonio ; Ohepillo 
me abrazó á traición .... Sí, ftié á traición ; lo juro. 



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— 7é — 

— Ay I 8i no fuera más qne el abrazo, pero. . . - 

—Pero, qué ? 

— ^Yo los ne visto dándose un ... . 

— ^Eso es upa calumnia, dijo Dofia Juana interrumpiéndole. 

—Se atreve usted á negarlo I 

—Yo no niego que Cnepillo me ha besado ; pero que yo lo haya 
besado á él, Dios es testigo. 

—Todo es uno : si ese bribón le ha puesto la boca encima de la vSU- 
ya, tanto él ha besado á usted como usted á él. 

— Quiero decir que yo no tuve voluntadt El malvado me zampó el 
ósculo de zopeton. 

— j Y por qué no le encaió usted un mordisco? 

— Con qué dientes? di^o la vieja remangando los labios y mostrando 
á Don Pió su boca de pescado del rio Funza. 

— Para mí tengo (jue en todo esto hay gato enmochilado, dijo Don 
Pío exhalando un suspiro. 

—¿Qué es lo que está usted diciendo ?. . . Soy yo acaso una mujer 
perdida? 

— {A qué vino usted al estanque al apuntar eldia? {Por 

aué motivo llegó Chepillo á este sitio á la misma hora? ¿Con qué 
erecho la abrazó y la besó? ¿Por qué se dejó usted acariciar man- 
samente? Juana, no quiera embaucarme ; usted tiene amores con 

ese bellaco. 

— Por todos los santos del cielo que estoy inocente ! . . . Pió, á mí 
ya nada me alegra el ojo; mi corazón está muerto ; por nada del mundo 
me brinca ya. Afios hace que no me hierve la sangre. . . Phisl hará vein- 
te nochebuenas que no pienso sino en mi vejete querido. 

Decir esto, y enlazar con sus brazos ¿I largo cuerpo de Don Pió, 
todo fué uno. 

, — Papá ! papá I gritó Lucía á esta sazón, ahí viene 

el seCor cura. 

La zagala pronunció estas palabras y echó á correr hacia donde es- 
taban sus padres, y así cómo se reunió á ellos dijo con voz jadeante : 

— Seguramente viene á que arreglemos el valor del matrimonio. Lo 
peor de todo es que me coge sin cuartillo ; si ipi señora madre no me 
presta algún dinero, tendré que vender la Clavellina. . . . pobre ternera 
mia ! . . . me da una tristeza deshacerme de ella ! . . . 

— ^No, hija, respondió la vieja, el señor cura no vendrá á eso, puesto 
que él sabe que e). novio es quien tiene la obligación de desembolzar lo 
que valga el casamiento. 

— ^ro creia que era la mujer, respondió Lucía, y es raro que los 
hombres no nos hayan echado esa obligación encima. 

— ^Por tener derecho de decir que compran la mujer y que la me- 
jorcita no les cuesta arriba de siete pesos. 

— Vamos Juana, le dijo Don Pió á su vetusta costilla, cogiéndola de 
la mano, vamos que ya llega. En cuanto á lo que ha pasado hoy, guar- 
demos silencio para el mundo entero. Los hechos que deshonran, lo 
mejor es no menearlos. 

Los dos Viejos compusieron respectivamente sus semblantes y segui- 
dos de su hija corrieron á recibir al párroco con aire festivo y gozoso, 
pues no se les ocultaba que esta visita era una honra aue el cura no 
dispensaba á todos. Pero la verdad sea dicha en honor ael Santo Após 
tol ; si Lucia no hubiera aido bella, él no habría sido atento. 



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-76- 

A nn miamo tiempo llegaron á la morada los dnefios de ella y 
el visitador. La plática one pasó entre los cnatro hemos resuelto po- 
nerla en capitulo separado, y por ello ponemos aquí punto final al 
presente. 

CAPITULO XI. 

Donde el lector le Terá obligado á leer lo que el antor le jia visto precisado á escribir. 

EL SACEEDOTE penetró hasta el patio de la habitación montado 
en un magnifico caballo perfectamente enjaezado. Caballero, saludó 
á los amos de la casa: en seguida se apeó, entró en la sala 7 se sentó 
en la silla de brazos que hemos dado á conocer á nuestros lectores en 
el Capitulo VI. Don rio se acomodó en un cqjin de piel de cabra, no sin 
recoger sus largas piernas á consecuencia de lo bajo del asiento ; la vieja 
se acurrucó frente por frente del cura, y Lucía se reclinó contra la jamba 
de la puerta con la cara hacia el patio como si estuviera refiida con 
la visita. 

— Sísefior Don Pió, dijo el santo varón. 

— Sí señor doctor, dijo Don Pió. 

— Con que se casa Lucía con el palurdo de Jorge, hó ? 

—Se casa Lucia con Jorge Gavilán, sí sefior. 

— ^Ayer, cuando los novios fueron á casa á hacer las informaciones 
deseé hacerle algunas reflexiones á esta muchacha (y señaló á la pastora), 
pero como.... ha bia gente ... . no me resolví á decirle que casa mal 
y remal,y que de todas las propuestas que haya tenido, seguramente ha 
aceptado la peor. 

Al pronunciar el cura estas palabras los purpurinos tintes del pudol* 
colorearon la linda faz de la zagala, quien turbada por su azaramiento 
empezó á rasguñar maquinalmente con el pulgar de la diestra el marco 
de la puerta. 

— Bien sabe usted señor cura que "casamiento y mortaja, del cielo 
baja," le dijo Don Pió en tono sentencioso y en seguida añaclió : 

Ninguna mujer puede escoger marido así como no puede elegir el 
día de su muerte. 

— No tal, expresó el presbítero, Itiscad y encanillareis, dice el Evaur 
gelio. Lucía es una joven excelente y muy bien puede encontrar un 
esposo que la ha^a dichosa. Jorge no es por cierto el marido que el cielo 
le destina. Mira liija mia, agregó con acento hipócrita, enderezando su 
voz y su faz á la zagala, tú te has dejado llevar del ardor de la pasión y 
sin reflexionar en el porvenir, has comprometido tu mano con nn hom- 
bre que hoy te halaga porque te ve fresca y bella, pero' que mañana al 
verte seca y marchita te arrojará al abismo del olvido donde pasarás tu 
vida llorando las penalidades y dolores que trae siempre consigo el 
desamparo y la miseria. Piensa hienden lo que vas á hacer ; advierte que 
el jardín delicioso que alcanzas á divisar más allá de esa puerta dorada 
hacia la cual te precipitas y por donde entrarías el dia que yo echase 
sobre tí la bendición nupcial, lo verías no muy tarde convertido en un 
bosque de abrojos y manzanillos ; abrojos qué espinan y manzanillos 
que envenenan con su sombra. La sujeción de la mujer al marído es 
una esclavitud ; la preñez un martirio ; los desvelos y cuidados que 
exigen los hijos, un tormento sin fin. Ahora bien, si el Criador ha con- 
denado á la mujer á sufrir todas estas desdichas, le ha concedido un re- 



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curso para que las aminore, tal es el de bascar un marido qne en vez de 
eer sn verdugo, sea su esposo segnn el querer de Dios. Aun es tiempd 
de volver atrás ; reflexiona hija mía. 

— Bien pensado lo tengo, seflor, y por nada del mundo dejaré de 
casarme con Jorge, dijo Lucía sin apartar la ufía del marco. 

— ^La muchacha está obstinada ; así le convendrá, dijoDofla Juana. 

— A nadie le conviene la desgracia, replicó el cura, y raucHo menos 
¿ Lucia ^ue es una buena criatura. Que aparte su corazón de ese hombre ; 
que le pida á Dios que le fortifique el espíritu para resistir á las malig- 
nas tentaciones qne la persignen ; que ore, que la oración es un gran 
recurso para las almas débiles, y le aseguro que con estos auxilios que 
DOS ha dado la Divina Providencia, conseguint desechar ese pensamiento 
que la conduce á su perdición. Yo ofí*ezco desde ho^ <}ne le ayudaré á 
buscar el premio que merecen sos virtudes ; como mmistro de la religión 
tengo ese deber, y por tanto me encargo desde ahora de ir abriendo 
delante de ella un camino por donde pueda ir ábanzando con paso firme 
hacia la bienaventuranza. 

— Amen ! dijeron en coro los dos ancianos. , 

— Si Lucía me promete desistir de ese abominable enlace, prosi- 
guió el párroco, yo me comprometo á enseíiarle muchas cosas necesarias 
para su felicidad temporal y eterna ; me obligo á trasformarla de rústica 
zagala en una mujer de finos modales y de delicada educádon, con lo 
cual aseguro que conseguirá casarse con un hombre de importancia quien 
la colocará en una distinguida posición social. 

Lucía comprendienoo que el cura tenia particular interés en hacerla 
desistir de su matrimonio se le encaró colérica y le dijo en tono enérgico : 

— Señor cura, yo no quiero ser mujer de letras ni casarme con un 
eabido sino con un hombre de mi clase. Cada oveja con su pareja, y 
nadie me aconseje qne yo sé bien lo <^ne debo hecer. 

La vieja dirigió á la joven una mirada terrible, y se puso el dedo 
índice sobre la boca. 

— 'No me entiendes hija mia, le dijo el cura, 

— ^Mucho que le entiendo ; ya sé por donde va usted. 

—Por dónde voy ? Lucía. 

' — Va por mal camino, j Quiere usted hacer conmigo lo que hizo el 
otro cura con una amiga mia, qne por más sefias se llama Magdalena ? 

— Y qué hizo el doctor Trapacero con tu amiga ? 

— Sí, hágase de las nuevas. 

— Ignoro. . . . hija mia. . . . 

— rúes si deverás no sabe esa historia, voy & referírsela. Magdalena 
iba á casarse, como yo voy á casarme ahora, y el dia que fué á hacer las 
informaciones, la llamó aparte el doctor Trapacero y comenzó á aconse- 
jarle que no hiciera tal ; pero como la mucl|acha no cejaba en su propó- 
sito, el sacerdote hecho a decirle mil patrañas, de que ahora no quiero 
acordarme, y con semejantes supercherías consiguió al fin su dañado 
intento. Convencida Magdalena ae que debia hacer lo que él le ordenaba, 
desistió de su matrimonio aquel mismo dia y se fué á vivir á la casa cural 
porque el doctor Trapacero se lo ordenó así. Él le prometió luego esta 
vida y la otra si ella le seguía fielmente los pasos, y sucedió que á los 
pocos meses Magdalena quería morirse porque aborrecía esta vida, y 
temia la muerte porque creía que tenia perdida la otra, es decir, la 
bienaventuranza. • . • Lo que le acontenció á la infeliz, bien lo compren- 
derá usted, qne para el buen entendedor. ... 



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— 77 — 

^ — Oh I seria de maks inclinaciones, dijo el cnra. 

^--Qnién ? ei doctor Trapacero I 

—Hablo de la joven* 

— ^No, seflor, era la naachacha más baena del mando, tan honrada 
y yirtaosa, que á pesar de ser snmamente pobre, nadie habia conse^nído 
inducirla al mal ni ofreciéndole grandes pnfiadas de oro* Ella habia 
preferido sa reputación á las mayores comodidades de la vida, y asi era 
que trabajaba nonradamente para alimentar á sus padres ancianos y 
enfermos ; pero la tonta se dejó intimidar, primero de las amenazas del 
sefior cara y Inego se creyó ae sas promesas, y cáteme ahí que se la 
llevó numavnga. 

— ^El qne tal cosa hizo no era un verdadero ministro del altar, dijo 
el clérigo con firmeza. 

Los dos viejos inclinaron la cabeza en seflal de aprobación. 

— Eso mismo creo yo, dijo Lucía, y á la verdad el doctor Trapacero 
era malo y remalo, i Ay Dios mió I si todos los sacerdotes de la Keligion 
de Jesucristo fueran así, que sería de sus ovejas, como ellos nos llaman ^ 

I)ero por dicha nuestra son pocos los que de Pastores se convierten en 
obos para devorar las borregas mas lucidas y bizarras del rebaño. 

— ^Lucía ! ... .le gritó Doña Juana, ¿ya quieres que te parta un rayo 
por lenguaraz ? i Cómo te atreves á comparar á los sacerdotes del per- 
genio del doctor Trapacero, con los lobos ?. . . . ¿De dónde habrá sacado 
esta charlatana tantas argucias? 

— De las malas compañías, respondió el cura ; yo veo con dolor que 
el alma de esta pobre criatura está ya inclinada sobre un tenebroso abismo.' 

— Si por decir la verdad me he de ir al infierno, los que dicen men- 
tira i donae irán ? . . . • se atrevió á decir la zagala. 

—Cuerpo de Cristo ! exclamó Don Pió, quien habia estado mudo un 
gran espacio de tiempo, el Demonio la tiene cogida. 

El cura alzó hipócritamente los ojos al cielo, como queriendo decir : 

— I Oh Dios nuo, ten piedad de ella ! . . . . • 

Después de esta muda exclamación se levantó del asiento. 

Pensando el presbítero en qne sus exhortaciones eran inútiles, se 
despidió de Don Pió y Doña Juana agradecido por su comportamiento, 
y de Lucía enojado por el suyo : montó en su brioso caballo y tomó al 
paso de volatería, en dirección del poblado. 

Por lo relatado se habrá colegido que el cura estaba ciegamente 
apasionado de Lucía, y por cierto que no condenamos su pasión, sino su 
inmoralidad, puesto que la pastora era preciosa, y sabido es que ningún 
hombre puede reprimir los ímpetus del corazón cuando ve á una mujer 
perfecta. * Diez leguas á la rectonda de la casa de Lucia no habia una 

Í>astora que le igusuara en gallardía de cuerpo y belleza de rostro. El 
ector puede formar opinión de tan sin par hermosura al leer la descripr 
cion siguiente : 

Era su estatura alta y airosa como la de Diana Cazadora ; á su andar 
majestuoso imprimía un movimiento tan voluptuoso que habría echo 

* EsperamoB qne no habrá nn sólo lector de sano y recto criterio qae impniebe la een- 
sora qae en el presente eapitalo hacemos con tanta Joatieia á los clérigoB qne se dejan donó- 
nar por las pasiones. El cargo no se dirige á la generaUdad de los ministros de la Keligion, 
pnes no desconocemos qae hav mnchos sacerdotes qne son modelo de virtad, pero también 
tenemos la triste convicción de que en el clero colombiano hay algnnos Judas qne bl«n 
merecen una severa censura por sob eostnmbrM reU^adat. -Qiüera Dios qne esta crítica eon- 
tribaya á «u^eiidarios y «orregirloi. 



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— 78 — 

entrar en tentación al mismo Newton, de quien asegura la historia que 
innrió puro como un ánjel á una edad abanzada. Su cuello torneado y 
garboso sostenía la cabeza más hechicera del mundo. Las facciones de 
su rostro no pueden describirse, pero vamos á darlas á conocer señalando 
otras que sean semejantes y qne el culto lector haya visto en buenos 
retratos de personajes históricos. Así pues, decimos ; que tenia la nariz 
recta y perhlada de la casta Lucrecia ; los ojos vivos, brillantes y anima- 
dos de la impúdica Gleopatra ; las crespas pestafias y cejas arqueadas 
de la compasiva y amante Isabel de Castilla, y finalmente la frente ele* 
vada y espacioso de la audaz y animosa Judit. Sus cabellos negros como 
la pluma del enervo, flotantes siempre en graciosos rizos, sobre sus mo- 
renas mejillas, contrastaban con la boca más blanqui-rosada que se haya 
visto jamas. Si la voluptuosa Venus hubiera conocido esa caja de coral 
adornada de perlas finas, habría deseado poseerla, para enviarle á 
Júpiter mil sonrisas de amor. Nuestra heroina era tan graciosa; tan 
linda; tan perfecta que sí hubiera nacido en Grecia en tiempo de Fídias, 
•es seguro qne este admirable escultor la habría tomado de modelo cuan- 
do pensó tallar en mármol una de esas Minervas que han inmortalizado 
8u nombre. 

CAPITULO XII. 
Despedida de Jorge y maquinaciones de Cbepillo. 

YENDO dias y viniendo dias, llegó al fin el 6 de Julio que era el fijado* 
por Jorffo para emprender su viaje al Magdalena. Amaneció claro y 
resplandeciente y los primeros rayos del sol de un color de rosa 
encendido, tifíieron las tortuosas líneas de los montes. Los pintados paja- 
rillos al ver la luz se sacudieron entre las ramas de los árboles y abriendo 
sus picos de'cornelina cantaron lo que sabian. La pastora al oir tan 
dulces ffoijeos se incorporó en su lecho, se lanzó rápidamente al suelo, 
ee vistió y salió. Un hombre la esperaba en el patio, quien al verla la 
saludó diciéndole : 

— Buenos dias tenga su merced, niña Lucia. 

— Buenos dias tío Juanchó, respondió la pastora, j qué hay ? qué 
nuevas me trae ? ^ 

— Vengo de parte de Jorge, á decirle que á la hora esta la espera 
en Piedra-cargada para contarle no sé qué cosa, y para despedirse. 

— Ah ! . . . dijo Lucía suspirando, en verdad que hoy es 6 . . . . Ese 
viaje de mis pecados va á quitarme media vida. 

— El refrán dice : '»' á lo que no tiene remedio hacerle buena cara," 
con que así, no se aflija su merced. 

— Si estuviera en mí, de seguro que no me echaría á la muerte, 
pero yo no soy dueña de despedir á la pesadumbre que ahora mismo se 
me ha encajaáo en el cuerpo. 

— Pero entonces, ya sabe su merced que el mal camino andarlo 
aprisa. Con que así, á despedirse pronto de su querido negrito, que no 
estará lejos el día en que lo tenga otra vez á su lado. 

— Sí, hombre, guíeme, que al fin y al cabo fuerza es que me despi- 
da de Jorge. 

£1 hombre tomó adelante, y Lucia detras sin hablar una sola pala- 
bra. Habrían andado un cuarto de hora cuando divisaron á Jorge, quien 



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— Y9- 

salió al encnentro de su novia y la recibió en sas brazos. Las sentidas 
palabras qne se dijeron ; los. ardientes suspiros que exhalaron ; las mira- 
das de fnego qae se dirigieron ; los mntnos juramentos de amor y cons- 
tancia que se hicieron, son más para imaginarlos que para describirlos. 
Diremos tan sólo que Jorge, al partir, cumplió con revelar á sn amada 
el secreto que le habia anunciado, el que, se^un se supo después, no era 
otro que hacerla sabedora de que en otro tiempo la fragilidad humana 
lo habia conducido á amar una pobre labradora, y qno de ese amor ha- 
bia resaltado una niña que existia por ahí. Según se le ha asej^rado al 
autor de esta historia, Lucía no se afligió con la revelación del secreto, 
y diz que ella le dijo que por ello no se le daba un ardite, que lo que no 
habia sido en su año no era en su daño, y que ademas no era tan igno- 
rante que no echara de ver que el honor del hombre no dependía del 
pudor y de la castidad como el de la mujer. Con esto se despidieron ; los 
dos hombres echaron á andar, y Lucía, líena de dolor, siguió con los ojos 
los bultos hasta que se le hicieron invicibles con la distancia. No bien 
los perdió entaramente de vista, tomó cabizbaja el camino de su casa 
gimiendo y suspirando. Luego que á ella llegó,* se entró en la huerta y 
se sentó inmediata á los límites de ésta con la cara entre las manos, 
sumida en una tristeza profunda. De repente se levantó, se subió en una 

Eiedra grande que allí habia, y con el cuello estirado se puso á mirar 
acia el camino que llevaba Jorge, imaginánáose que se habría vuelto, 
atraído por el amor que á ella le tenia. Buscando con la vista el objeto 
de su cariño, sentía la zagala que sus ojos se le empapaban en lágrimas 
y que su alma sucumbía bajo el peso de su aflicción. 

Mirando tristemente hacia el camino estaba Lucía, cuando hé ahí 
que pasa Chepillo por cerca de ella y le dice : 

— Adiós ! maravilla del campo I . . . ¿ Qué haces ahí tan pensativa y 
melancólica ? 

Lucía, al oír la voz del mozo, dirigió la vista hacia él y respondióle: 

—Si estoy triste, por cierto que no es por tí sino por otro. 

— Ya sé que Jorge te ha dejado viuda y por ello, vengo á consolarte. 

— Yete enhoramala, tunante K . . Mira que no te pongas donde mi 
padre te vea, porque es seguro que te rompe á porrazos la figura. 

— Con que sí, hé? dijo Chepillo ladeándose el sombrero sobre una 
oreja; poniéndose una mano en la cintura y escupiendo por un colmi- 
llo. .. . No sabia yo, aíladió, que Don Pió fuera tan guapetón. Temien- 
do estoy que asome, eñ mala hora las narices, y me haga huir, como el 
otro día, con el rabo entre las piernas. 

— No te burles, CSiepi^o, que no todos los días son dias de Santa 
Lucía. Si una vez saliste triunfante, hoy puedes quedar con una pierna 
quebrada ; y á fe que ello no me desagradaría, sino que, al contrario, lo 
celebraría en el alma. 

— Yeo, prenda mía, que tú estás rostrituerta conmigo, y á fe que no 
me choca tanto lo que me dices, cuanto el retintín con que me lo hablas ; 
pero mira que ha de pesarte en el alma ese aire despreciativo con que 
me tratas, pues día ha de llegar en que eches la baba por mí como Ja 
echas ahora* por Jorge. 

— Si, hé . . . . sólo que perdiera el juicio. Dios me libre. . . Biwi que 
en este mundo nadie puede decir de esta agua no beberé; y en esto de 
querer jr amar no debe una escupir al cielo porque á la cara le cae, v esto 
es tan cierto, añadió Lucía en tono irónico, que de un momento á otro 
he empezado á sentir que el corazón se me vuelve una melcocha por ti. 



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— 80 — 

— Sabe, ami^a, que me agrada oirte hablar as! aunque sea de burla, 
pues el refrán dice: ^ue el amor de chanza, algunas veces al corazón 
alcanza, y que el que juega con candela suele quemarse. 

— Si será por eso alitay que empiezo á sentir que me ardo. 

—Por ello debe ser; y es seguro que no tarda el Diablo en mandar 
tocar á fuego en los infiernos. 

—Si el Diablo manda tocar á fuego es porque me estoy ardiendo por 
tí, y en tal caso tú debes darte prisa á apagarme, pues no querrás que me 
vuelva ceniza. 

— ^Te equivocas, alma mia; á mi me conviene más, soplar que apa- 
gar, á fin de que tu pecho alce llama y me envuelva en ella. 

— ^Bueno, sopla que yo tengo mucho gusto en que ardamos juntos. 

— Oh I será una dicha que nos abraaemos los dos. • » . en una misma 
hoguera! 

— Deberás lo quieres ? 

— Lucia ! . . . . Lucía! .... me hablas de serio ? 

— De serio te hablo. Eres un muchacho tan juicioso y te haces que- 
rer tanto que nadie puede negarte lo que pidas. 

— Si es sátira que no valga; verdad es que yo era algo calavera ; 
pero ya estoy enmendándome. 

— Enmendándote ? No sabes que la copla dice : 

" El que ha sido calavera 

Y se trata de enmendar 
Deja pasar unos dias 

Y vuelve á calaverear ? " 

— Eso dice la copla ; pero no es verdad. 

— ^Bueno, si de veras ñas cambiado de vida, entonces. * . . 

— ^Entonces sí me aínas! le interrumpió Ghepillo* 

— Con todo mi corazón ; con toda mi alma. Jah I . . . . jah ! . . . . jah. 

— ^N*o te rías 9fií que me da coraje. 

— ^Estoy para darte gusto ; yoy á reírme de otro modo : jíh ! . . . . 
jih!. ... jih!.... 

— Estás hoy muy alegre y á fe que debieras estar acongojada. 

—Tu presencia me ha puesto contenta ; tu charla me ha hecho olvi- 
dar lo que me ^igía. 

— ^De veras has estado triste? 

— De veras; acaso es nada la ausencia de mi cachvndof 

— Hagámosle una pendura á ese caballertto? 

— Raímesela I...» hoy estoy dispuesto ano negarte nada dolo 
que me exijas. 

—Verdad? 

— Como lo hoyes. 

•—Bueno entonces aprovechemos la ausencia de Jorge. 

— ^De qué modo ? 

—Casándonos. Será un bonito chasco para el mercachifle. 

—El chasco sería para tí. 

—Para mí ? Por qué razón ? 

— ^Porque te casanas con una mnjer que se moría pronto. 

— ^De tristeza y de pei^r ? 

—No tal; de amor, de gusto, de felicidad* iNo \m oído decir qtie ^I 
contento mata? 



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— 81 — 

' -^i'eB de amor por mí^ qne mneres, no Bentiré quedarme vindo. 

—Si quieres verme muerta en tus brazos casémonos hoy mismos 

—Te cojo la palabra. Agur, agnr, al pueblo á hacer las informa- 
dones, y á qne el cura nos case en seguida. 

—Tira adelante que va te alcanzo. 

— ^Adios ! . . . . acuos I dijo Ohepillo. 

Y cogió el camino cantando las siguientes coplas : 

**No sé aae tengo en el alma '* Ayer ptsé por tos puertas 

Que explicármelo no pdedo, Con otro te mde hablando, 

Tengo celos, tengo amor, No te presté la candela 

Tengo pesar, tengo miedo. Porque yo ^tÍBÁjumiando. 

i 

'* Cada vez' qne yo me acuerdo '^ Aquel hombre que se moef^ 

Qne tengo un amor ingrato Sin querer á una morena 

No sé como no me doy Se va para el otro mundo 

Contra on colchón y me mato. Sin saoer de cosa buena. 

*' La camisa tengo rota 
Que se me ven las costíllas, 
El buche chiflando de hambre 
Y amor que me yuelyo astíllas,** , 

Cantpdo habia muchas coplas de esta clase cuando alcanzó á' uti 
hombre que iba con una escopeta al hombro j díjble : 
-—Hola Perico ! <jué haces por aquí ? 
— Cazando tortohtas en las eras. 
— Según eso, i 

^^ Toditos son cazadores 
Los que por el campo van, * 
Unos cazan tortolitas 
Otros las hijas de Adán." 

— Y su merced & qué cacería es más inclinado. 

— Si he de decir la verdad, á mi me jgusta la cacería que & tí te 
agrada. ^ 

— ^De veras} . . . . estoy por no creérselo. 

— Sí hombre ; {>ero es la cacería de aves de cierta especie \ de esas^ 
q^ no tienen alas id cola, pero que viven pensando en volar á las* nube^ 
j en tener roio qtie lea pisen. 

^^Mírenlo que gracioso! ya se me habia puesto que su merced' 
andaba por aquí en cacería de una de esas pájaras que ha pinftado. Di^ 
cen qne en La Oompafiía haj una que tiene muchos idcionados; per sur 
ojos n^zros, sú pico de coral y sus patitas de paloma, á quien Uamíati W 
bella'i^«MtMto^7ess^;uroquees á ella á quien su merced pretiendO' 
echarle el guante. 

-^Ah tunante leernos me c(^te el güiro? 

— Muy bien; acaso S07 algún a)^ud!(?! 

— ^Ko te niego que frecuento esos pandes por ver si puedo cazar á 
la tal'Fisea, 7 ya ane te confieso mi pecado, no siento embarazo en pedirte^ 
un servicio, con el cual^ si me lo prestas, mny bien puedo coger la presa' 
en pocos dias; 

-^endty cosa que esté en mi mano, bien puede contar conmigo, 
pvee desde que me nizo aqfiel delicado 'favor, que muy preEfente tendrá, 
estoy dispuestorá servirie en cmusto me ocupe. 

6 



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— 82 - 

r— Te he hecho tantos 7 tan grandes servicios, que no adivino de 
cual te maestras tan agradecido. 

— Oómo ! qae no adivina sa merced ? ( Ha podido hacerme uno 
mayor al de sacarme de la c&rcel donde me tenian sepultado mis 
acreedores? 

—Tienes razón. Becnerdo muy bien que pasando una vez por el pié 
de la ventana de chirona te vi preso ; te pregunté por qué te tenian ahí 
protocolado^ tú me dijiste que porque dcbias y no tenias con qué pa^r, 
y al mometo me fui donde mi abuelo y lo induje á que comprometiera 
tus acreedores á que tuvieran jnedad de ti, y de ese modo consegui que 
te pusieran en libertad. 

— ^Así pasaron las cosas. Tenia dos acreedores los cuales porque no 
les nagué lo que les debia al tencimieto del plazo, me hicieron poner 
en la cárcel, con lo cual me quitaron los recursos ane tenia para poder 
cubrirles más tarde, que eran mí libertad y mis orazos. Tan cierto es 
quede chirona no se saca con qué pagar lo que se debe, que seis 
meses estuve euf ella y mis. verdugos no recibieron un maravedí; me 
escaecelaron y pronto empecé á danés algo. 

—Hombre ! y cómo diablos te echaste á cuestas esas deudas ? 

—Va á saberlo su merced. Guando fui mozo grande, comencé á sen- 
tir la necesidad de tener plata en el bolsillo y pá)*a conseguirla eché 
ajenciarla con mi trabajo; pero como mi padre era muy agallento me 
quitaba siempre cuánto cuartillo me véia. Comprendiendo yo que el 
sudor era para mi cuerpo y el provecho para el de él, resolví pararlo el 
macho y se lo paré eü regla, y entonces aió el buen hombre en tratarme 
á la baqueta. Como mi vida iba cada dia-de mal en peor ; una noche 
puse pies eu polvorosa y ixii k dará lá ciudad de Neiva. Seis años pasa- 
ron sin que yo supiera nada de mi familia, y al cabo de ellos me encontré 
un día con un indio de este pueblo, quien me contó que hacia más de un afio 
que mi padre era alma de la otra vida j que había dejado machos inte- 
reses. Con tan buena nueva determiivé venir á reclamar mi herencia, y 
á pocos días me puse en camino. A mi llegada supe que mi padre había 
dejado una bonita > estancia inmediata á Bogotá que no dejaba de 
valer tres mil patacones, y que iñí hermano (el único que tengo) habia 
dispuesto de la üirte que me correspondía. Como el ladronazo vivía en 
Chapinéro, me fui á buscarlo para que me pagara lo que me habia qui- 
tado. PrÍ3guntandoaquíyallíj di con su casa; quísola suerte que lo en- 
contrara en ella, y al momento, casi Sin saludarlo, lo rec(»ivíne por la mala 
partida ^ue me había jugado, y el perillán me salió con qae era verdad 
que habia vendido lo que mí padre me habia dejado, porque habiendo 
corrido yo por muerto, el Juez lo había declarado á él único heredero. 
Como nó quiso arreglar á buenas mi crédito, di un brinco á Bogotá, busqué 
un abogado, le conté el asunto, él me manifestó que era pleito ganado, j 
que se encargaría del poder si le daba para los gastos del juicio y la mi- 
tad de lo que recuperase con la sentencia. Convine en la propuesta, y 
ese mismo día en que celebramos el negocio me hizo aflojar cincuenta 

Íesos para papel sellado, derechos de escribano y para no se que más. 
ra demanda se entabló ; pero no pudo notíñcarse en muchos meses por- 
que mí hermano se ocultó, y, según me dijo mí apoderado, en tal caso era 
necesario nombrarle ún curador de bienes con enl/revacion ó. . . . enter- 
vención del fiscal, para seguir el pleito con él. Por esta razón el curso 
del juicio comenzó á demorarse; pero no por esto los ^tos se sus- 
pendían. No habla vez que me acercara á mi apoderado ,á hablarle del 



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— sa- 
que no me pidiera dinero. Ya comenzaba á desesperarme con 
tanta socaliña' cuando ocurrió entre él y yo nn suceso nruy chistoso 
á causa de los crecidos gastos que me obligaba hacer. Aoerquémele 
un dia á preguntarle en que estado estaba la litís, y me dijo : ^^ Ami- 
go, el Juez acaba de pronunciar un auto en el cual dice que vista 
alúscal. ..." Qué vista al fiscal ? le repliqué yo enfurecido, no faltaba 
mas ; que lo vistan todos los diablos, que yo estoy ya arruinado. Mi 
apoderado soltó una carcagada y díjome :— Üálmese usted ; usted no 
comprende el auto del Juez ; éste no manda que usted le dé al fiscal 
ropa con qué se vista, sino que el expediente pase en vista á él para que 
exponga lo que fuere conveniente, xo lé pedí mil perdones por mi error 
y me retiré contento, porque, era lá única vez que salia bien librado de 
sus uñas. Después de dicho auto, el Juez nombró el curador, y el juicio . 
se siguió con él. Pero <jué gastos ; Dios Santo ! en menos de dos años con- 
sumí en el pleito trescientos pesos que habia traído de Neiva, j cuando 
me vi en la inopia iba perdiendo la chaveta. Lleno de congo]a me fui 
entonces Idonde mi apoderado y le dije que bien podía dejar la litis en 
el estado en que estuviera, porque yo no podía darle un cuartillo^ más. 
£1 picaro estafador me respondió : — Hombre de Dios! sepa usted que el 
pleito está para concluirse y que con un pequeño sacrificio que naga, 
conseguirá la herencia que reclama. Si en tan mala hora renuncia el de- 
recho á los bienes que le dejó su padre, me jiace á mí perder mi trabajo 
y usted queda arruinado. 

— ^Vaya un picaro redomado! exclamó Ohepillp; podía jurar que 
ese bellaco no es abogado sino tinterillof, y tinterillo famoso. Decir el 
grandísimo maladiín que si tú desistías del pleito, él perdía su trabajo, 
habiéndose engullido ya trescientos pesos, es la pvueba nías clara de que 
el bríbonazo es un estafador de siete zuelas, pues, que más habia podido 
gastar en papel sellado y en derechos de escribano que unos ochenta 
o cien pesos? Amigo, yosó qucvcnando los tinterillos conocen que el 
pleito que dirigen ha de perderse, hacen lo que los médicos boticarios 
cuando comprenden que el enfermo árquien recetan, es pobre 6 tramposo, 
que se dan sus trazas de sacar en los medicamentos lo que valen las 
recetas. Del mismo modo los tinterillos sacan el valor de su honorario, 
en las cantidades que piden para gastos del juicio. 

— Que el dicho apoderado es hombre de mala conciencia^ dijo Pe- 
rico, no tengo de ello la menor duda ; que sea abogado ó tinterillo, lo . 
ignoro, pues, no es tanta mi malicia que distinga la diferencia ; pero por 
lo que yo imagino, ésta no debe ser ni como el grueso de un pelo, y 
tengo para mi que han de parecerse tanto, como los usureros á los 
ladrones ó los zorros á los perros. 

— Cómo se llama el que fué tu apoderado ? 

—Don Frutos de la uña^ y como su merced vé le canta el nombre 

Íue es un ^usto. Pero permítame que le ensarte hasta el fin mi cuento. 
II susodicho sujeto tuvo labia para convencerme de que debia tomar 
prestados cien patacones para los últimos gastos del pleito, y sin pensar 
en las consecuencias de una deuda, me puse á solicitarlos, y por malos de 
mis pecados di con Don Amador del Real^ik quien Dios le ayude por la 
usura con que me los dio. 

— A qué ínteres te los prestó ? 

— Ahora verá su merced lo que me pasó por no conocer al mundo ; 

Jne bien dicen que el que ignorantemente peca, ignorantemente se lo 
eva el Diablo. Yo que jamas habia sabido lo que era deberle á nadie 



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— 84 — 

un caarjyiUOf QO teniai pcnr ello, conocimiento del interés corriente del 
diqero y p0r¡ esta ra?o^ ine obligué á pagar el que el desalmado me 
pidió que fné el de nn real por peso mensual, y lo bueno del cuento es, 
que entonces no me pareció excesivo, pues pensé que. en un mes, ) quién 
no ganaba un real con un peso í mi error estuvo en no calcular que con 
cien patacones ya la cosa variaba ; ya el cuento era distinto. 

-^esusl qué conciencia!. . . . Los usureros y los ladrones son de 
nn mismo linaje, no hay duda. Eobar como roba Don Amador, es peor 
que cqn ganz^A, puesto que los verdaderos ladrones hacen el mal a los 
que algo tienen, y los usureros á los infelices que van cuesta abajo. 

•^anta palabra ! A mi me dejó en la calle mi acreedor. Esclavo 
de él soy, y lo seré toda mi vida, porque apenas ganaré con qué pagar 
los intereses ; m^S, el capital quedará siempre sobre mí, , • 

—Y en ^ué paró el pleito ? 

— ^£1 pleito no paró tan pronto, seflor ; él siguió andando poco á 
poco mientras que yo corria á mi completa ruina. Después de que mi 
apoderado se engulló los cien pesos que me habia prestado Don Amador, 
y se persuadió de que yo estaba en la miseria y sin crédito ninguno, me 
dijo que lo mejor que podia hacerse era acabar el pleito por transacción. 
Tq convine ; él me exigió poder para transar ; se lo di y a los cuatro dias 
no más me participó que el asunto estaba arreglado. {Sabe su merced 
cómo? Escúcheme y verá como sé le enciende la sangre de coraje. El 
convenio fné que mi contrario me diera quinientos pesos (la 3.^ parte de 
lo q^e valia mi herencia sin sus productos en cuatro afios) y que yo lé 
pa^ra al apoderado de él su trabajo. 

. -"AhJ • .^ . ah I . . . /]^a^^mprendot, dijo Chepillo ; entre los dos tu- 
nantes se ^partáeron lo qite ii debías recibir según el convenio, y á ti 
te dejaron . por puertas. 

-^i seáor ; á m aj^erado tuve que darle doscientos cincuenta 
pesoa por su honorario y al de mi hermano trescientos. 

—De suerte que jmistQ pringado en cincuenta. 

— Oon esa deuda quedé á cuestas, sefior. 

—Y con la de los cien pesos que te dio prestados Don Amador 
del Real. 

— ^Junto con sus intereses que suben ya á una suma mayor que la 
que n^e dio en préstamo. 

— ^Y ademas de estas pérdidas has tenido otra más crecida; la de 
los trescientos pesos que tragiste de Neiva. 

-r- Ahora métamele pluma á los gastos que hice en tantos viajes í 
Bogotá ; al tienipo que perdí en la cárcel y á otras menud^icisA que 
algo valen, y verá su merced qué suma tan gorda ! 

— O^o te habrán quedado ganas de volver á pleitear. 

—No me hable de eso sefior Don Chepillo. La experiencia me ha 
ensebado qne los abogados son unos buitres hambrientos que al desdi- 
chado que cae en sus garras, le sacan las entraos. No ha mucho he sa- 
bido que cuando Don Jf rutas de la Uña me vio en la indigencia se fué 
á dond^e Don Tremebundo Vampiro^ (así se llama el apoderado que fné 
de mi hermano) y le dijo que comprometiera á su poderdante que se 
transara, que él me comprometía á mí á lo misnoto, y que de este modo 
ellos se llevarían la mejor tajada, y ya su merced ha visto que con este 
ardid los bribones conuguieron desplnmamos, y aun descrestamos como 
dijo el otro. 

— ^Esa es volada de tjnteríllo viejo ; de est» ha hecho á millares el 
tinterillo mayor del pueblo, dijo Chepillo. ' , 



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-^ 85 -- 

— iPero lo gracioso del cuetito es, que no contentos con hábenne 
atruinado, se convinieron en burlarse de mí, haciéndome cre^ qüG la 
transacción habla Sido tan baena, que si hubiera ganado él pleito no me 
habría ido mejor. Mi apoderado me lo juraba; me lo aseguraba el -de la 

1>arte contraria ; mi hermano me lo aármaba y mis amigos me daban 
os parabienes. Tanto se esforzaron todos en engafiarme, que llegu4á per- 
suadirme de que era verdad tal cosa, aunque me sentía ^n la indigencia. 
Me sucedió lo ^ue á aquel hombre que iba por las calles de no sé qué ciudad 
(de Bogotá sena), con un conejo en las manos gritando : t quién me compra 
este conejo? y habiendo visto y oido al tal unos estudiantes, se ecUivi- 
aieron en convencerlo de que lo que llevaba alsado era un |;allo, 
y para ello fueron pasando por cerca del hombt^ tino á tino y dicién- 
dolé : - Cuánto vale el gallo ? El vendedor del conejo qne^o habla com- 
prendido la trama echó en hora mala al primer estudiante oreyendoque 
se burlaba de él, y cuando llegó el segundo se contentó con re^pdnderie :-. 
DO es gallo, señor, sino conejo. Al oir la pregunta del tercerono cotítestó 
palabra, sino que bajó los ojos y miró al animal para aseguraí^e de que 
era conejo. Conociendo que no lo engapaba la vista, preguútó de ilüet^o :- 
i auien me compra el conejo ? A estas voces se presentó otro estudiante 
y le dijo : -amigo, cuánto vale el gallo? Convencido el hombre áe que 
su animal no era conejo, respondió : - vale una peseta, sefior ; :y por tal 
lo vendió. 

—•Ese cuento, dijo Chepillo, me recuerda aquel otro de un hc^bre 
que estaba enfermo y que lo recetaba un médico que tenia en isl pueblo • 
fema de sabio porque usaba las barbas muy largas, hablaba poco y era 
muy«erio. Es el caso que el enfermo se priv6 un dia; la &milia Hamo 
al médico; éste llegó, le' tomó el pulso al privadb y declaró que era 
alma del otro mundo. Como el enfermo era ricO) los heredel<os resol- 
vieron enterrarlo en el momento, antes de que volviera en si, si era que 
"Yio habia muerto, y al instante cargaron con él para el cementerio : al 
echarlo en el hoyo, el infeliz dio un gemido y .se sentó.— j Qué vais'á 
hacer de mí? les dijo á los sepultureros.— r A enterrarte, le respondió uno 
de ellos. A enterrarme? replicó el enfermo, no me veis vivol. . . . estáis 
locos? -No, respondió el mismo enterrador, dirás tú más verdad que 
el médico que te recetaba, el cual ha asegurado que tú eres hombre 
muerto? — ^Al oir el buen zopenco tan poderosa razón, contestó: Sí eso 
dice el médico, él «abrá cómo lo dice; bien pueden enterrarme. 

— Y es seguro que lo sepultaron aunque lo vieron vivo, dijo Perico, 
como me enterraron á mi en la cárcel Don Tremebundo y Don Amador 
aunque rae vieron en la miseria 

— Con que ellos fueron los que te hicieron poner en chirona ! 

— ^Ya no se acuerda su merced que con esos dos prógímos tüvo que 
hablar para sacarme de la cárcel ? 

—Yo no hablé con ninguno de ellos, sino mi abuelo, pues, & él fué 
á quien recomendé que lo hiciera, un dia que se iba para Bogotá. 

-^Dios proteja a Don Lorenzo y á su merced, que si no es por los 
dos, ahí estuviera yo blanqueando. 

— ^Ya ^ue de mí estás tan agradecido págame ese servicio. 

— Ojalá pudiera reconpensárselo de alguna manera, que no lo 
excusaría. 

—Voy á darte la ocasión á ver como te portas. . . . Sabes, amigo, 
que tengo un ribal y que deseo salir de él 

—Que tiene un ribal ! . . . . y que desea saHrde él ! , . . .le dijo Perico, 
deteniendo el paso y mirando á su interlocutor con asombro. 



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— 86 — 

—De qué te admíraB t . . . . Tiene algo de extrafio qm 70 quiera sa- 
lir de nn ribal ? 

— Piensa en merced qne porqne soy cazador de aves lo sea también 
de hombres ? 

— ^No Perico, yo no pienso tal cosa. Acaso á un ribal sólo se le pue- 
de sacar de enmedio, de un escopetazo? 

— Quiere por ventura que lo envenene ? • 

— Quién te habla de envenenarlo ? imbécil ? . . . . 
* -^Desea, entonces, que le dé una paliza con el fin de descomponerle 
la figura para que lo aborrezca la novia ? . . . . Pero el que apalea puede 
matar, porque nadie es dueño de descargar un garrotazovcon rabia en el 
sitío que quiera, ni con menos fuerza de la que ten^. 

— ^Tampoco escojo ese medio, porqne á la verdad es muy peligroso. 
Tengo un plan para mandar al mercachifle Jorge á trompetear al Calva- 
rio, plan que en el caso dé que me ayudes á ejecutarlo, no te comprome- 
i;erá en lo más mínimo. . , • 

—Sí. el tiro no es el de edharlo á pasear al otro mundo, estoy disr 

Íuesto á hacer todo lo que sii merced me mande, á pesar de que Don 
orge^Oavilan no me ha heoho ningún perjuicio. 
— ^Te lo prometo por mi palabra de honor. 
-r-Espli^uese, pues, á ver si na$ enten(^mos. 
— ^A'Bú tiempo lo sabrás todo, y el dia no estáléjos^ pues ya empiezo 
á preparar lo K^ecesario para darle el ^olpe, que tengo. proyectado. 
;> —Puede su' merced contar conmigo. 

En esto llejgaron á un puesto donde el camino se dividía en dos sen- 
das y se despiSiéron ; Chepillo tomó por la una y í^erico por la otra. 

If esotros también nos despedimos aquí del lector,' porque es tarde 
de la noche y^ deseamos acostarnos á dormir. . . • Oon que así, adiós; hasta 
el capítulo águiente. 

.CAPITULO XIII. ; 

Bonde m prueba huta la eyídeneia qne uña penona cargada pesa mfi qoe la misma 

penona lin carga. 

PASÓ el tiempo. Diez y riete dia^ corrieron y no bien alumbró el 
sol del 23 de Julio se levantó Lucía de su cama llena de gozo porqne 
se le vino á las mientes que ese era el dia que su amante le habia fi- 
jado para que volvieran á verse. Lucía revosaba de contento ; sus ojos de 
águila briñaban como un espejo que se mueve debajo del sol ; su encar- 
nada boca entre abierta por una lijera sonrisa dejando al aire libre sus 
preciosos dientes, semejaba una cajilla color de púVpnra con dos hilos de 
perlas cuidadosamente colocados en ella. Jamas habia estado tan bella 
y arrebatadora esta hija de los prados. 

£1 astro del dia habia discurrido las dos terceras partes de su carrera 
cuando la graciosa za^a se subió á una colina inmediata á su casa. Al 
llegar á la cima exhafó un suspiro y fijó su vista en la faja gris del ca- 
mino por donde su novio debía venir. De vea en cuando extendía sobre 
la frente su linda mano para ver mejor, velando sus ojos de los rayos 
del sol, y entonces buscaba con su inquieta mirada al nombre cuya pre-v 
sencia le hacia latir el corazón v cuya ausencia turbaba su reposo. 
Apenas columbraba un objeto allá en lontananza entreabría sus labioa 
de rosa para decir : 



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{i 



— 87 — 

— Ay ! . . . . bendito sea Dios t que va viene el alma mia de mi ne- 
gro — Sf, es él, él es, no hay que dudarlo. » . . Si supiera que estoy 
a^uí cansada de esperarlo alargaría las zancas. . . . Pobre palonúto mío! 
como lo idolatro! 

Gaando el bulto llegaba á una distancia tal que podia ser reconocido 
por Lucía, dejaba esta salir del fondo de su corazón un triste sollozo, y 
cual flor que se dobla sobre su tallo, inclinaba sobre el pecho su cabeza 
abatida. 

Cansada de desengafioe descendió rápidamente la colina y se ene»* 
minó hicia una campifia vestida de dorada mies, donde unos segadores 
con su curba hoz en la mano derribaban á su paso' los brillantes tallos 
espigados. 

üabia avanzado buen trecho cuando alcanzo 1& columbrar á lo téjos 
una bestia cargada ; pero por más que abria los ojos no distinguía de qué 
fuera la carga que tan extrafía le parecía. 

— { Qué diablo de bulto viene sobre aquel caballo ! se lárjo y aceleró 
el paso. 

Lueffo que estuvo á tiro de bodoquera, pudo notar que la bestia 
que á lo lejos habia visto no era ottek que una yegua rucia que tenia su 
padre ; que sobre dicha hembra iba una carga núxta ; mitad hombre» 
mitad gavillas de trigo ; que la yegua llevaba al hombre sobre sus lomos 
~ que el hombre sostenía en n>s suyos unos cuantos haces dé yerba. Tam- 
ien observó la pastora oue el jinete descargaba furiosos patos sobre el 
cuello y la cabeza de la hembra, sin que esta diera muestras de quer^/ 
continuar el camino. 

— Hombre de Dios ! estás loco ? le preguntó Lueta^überato (que 
no era otro el iracundo jinete), así como estuvo cerca de él. 

— ^No sefiora, estoy en mi sano juicio» . / 

— Si estás en tus cabales { por qué llevas las gavillas de trigo sol)re 
tus espaldas y así cargado vas montado en la yegua ? { y por qué tratas 
tan mal á esa desdichada bestia? 

— ^Voy á decir á su merced la que hay en eí caso. Desde el primer 
canto del gallo estamos llevando l&rucia y yo gavillas ala era, y de lo 
mucho que hemos andado y de lo poco que hemos comido, se nos han 
aflojado tanto las corvas que ya no podemos dar paso. Al principiareste 
viaje iba yo tan despiado, porque ha de saber sti merced que soy ae carne 
y hueso como cualquier animal. ... 

*-Bien, ibas despiado y qué í . . . . 

— Iba tan despiado, en términos de no poder dar una zancada más, 
que comencé á pensar lo que debia hacer para no dejar la tarea. -^ Voto 
al diágiro, me dije de golpe ; soy un animal, ^ por qué no me le encara- 
mo á la rucia por detras ? Dicho y echo, suámte ! me le acomodé bonita- 
mente en las ancas. . . . Quién ha de creerlo! la condenada apenas me 
sintió encima empezó á colear, á echar atrás las orejas y á plantarse. . . . 
Jesús ! ^ué coraje ! Entonces si fué cierto, para que he de negarlo, levanté 
mi zurriaga v le descargué en el pescuezo dos furiosos garrotazos ; pero 
nada; la maldita no se meneaba; parecía que había echado raices en el 
suelo. Yisto que la excomulgada yegua no quería llevar el tercio de car- 
ne humana y el de gavillas, me puse á cabílar qué haría para qne ella 
no se riera de mí. A fin de que el parto fuera bueno, cerré los ojos, me 
encomendé á buen santo, y de golpe me asomó al ma^n la cosa más 
famosa. . . . Ah ! ya sé, me dije ; ahvíándo á la rucia d^ peso de las ga- 
villas debe andar como un ringlete. Ko] bien se me encajó en los cascos 



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L. 



— 88 — 

eae pensamiento le rogné á un buen cristíauo qneá e^ tiempo pasaba 
ppr aquí) qne me echara el tercio ¿ cuestas, ya aue 70 no pooia nacerlo 
aesde á caballo, 7 así como el hombre me plantó la 7erba en las espaldas 
eché á darle 7 darle á la 7egna calcafíarazos por el vientre, 7 como la 
bribona se declaró muerto, 70 me declaré vivo 7 loas, ^as, comencé á 
cascarle con toda xpi alma. ... Aj Dios mío I como pierde uno la cabeaa 
cu^iido je le canza la bestia ! . . . . En estas estoba cuando4sn merced me 
dice : — ^Hombre de Dios ! estás loco ? . . . . Esto es cuanto ha pasado ,«» 
quitarle ni afiadirle. 

— JSres más bruto que la misma 7^na en que cabalgas ; crees por 
^ m^tpm que la ru^ia no sufra el peso oel trigo pc^ qué tú lo llecas ¿ 
cuestas? 

TTtEpr qijié íjp Jie de creerlo ? Ella vá sudando yor mí 7 70 por el 
p^ de éstas malditas gavillas que me llevan desollado el espixiaso. 

— ^fiombre sin seso ! escucha : cierto es que tú cargas el trigo, pero 
^0 joi&e negarás que la 7egua carga contigo 7 con la 7erba 7 hé «quí la 
razón por €[ué la infeliz se fatiga. 

T-nQuiere su merced darme á entender que la rucia se cansa con la 
W^ que 70 llevo? Voto va ! . . . . eso no me lo harán creer ni las áni- 
pfiB bw^itas .... Se le quito á su merced el hambre con lo que 70 como i 

r— Oh ! qué imbécil ! .... gritó la pastora tapándose la cara con las 
jK^os, tú ;no naciste para andar en dos pies, Liberato Cbirlobirlo. 

•— !Po;r la virgen! esto 7a pasa de ra7a I . . . . conque quiere ^ahora 
^prpb^me que yo caminaria meJ9r en un oimiento f 

—En un pié no ; pero en cuatro sí, como los asnos. 

^iber^to se quedó perplejo paeditando en lo que su aína quisiera 
darle á entender ,cpn eso de caminar en cuatro pies 7 dijo hablando 
entre 8Í: 

^-T-Esas ^sas me revuelven el magín ; por Judas que no enjbimido ni 
pisca de lo que quiere decirme. 

— ^Vamos ! echa pié á tierra que V07 á convencerte, le dijo Lucía 
iCon imperio. 

. jliberato no esperó qiie la zi^ala le repitiera la orden, al punto solt^ 
lel tercio ^ae llevaba á Quest^, el cual rodó hasto las patas de la rucia, 
y ffjpL sc^da se fl>eó. 

r-^rónte en cuatro piéE[, le mandó la zagala. 

Liberato no vaciló en apoyar las manos en el ¡suelo, pues al mo- 
mento se le vino á la cabeza que su. ama iba á demostrarle porqué iiabia 
napido él para a^dar cosoo los asnos. 

iiucia /^e apro;simó lal hoipbre-ci^rúpedo 7 de un brinco se mon- 
tó en .él. 

—Camina ! le dijo. 

Liberato haciendo un esfuerzo dio algunos pa^os. 

Yerífícado esto, la moza se apeó; fué adonde estoban las gavillas, se 
}f^ h^chó á cuesta, volvió donde estoba su criado, (el cual la esperaba 
^ 4^tro pies) y ^ le^sentó en las espaldas. 

.— ^Ouerpo de Cristo ! . . . . mire su merced que me plasta, dijo Libe* 
Tf^ cuando ^intió ^d>rje ú el peso de la mujer 7 ddL trigo. 

—lamina, hoipbre, como la vez primera qne me puse sobre 1i, % por 
4né X^ quejas ahora ? 

— iÑ^ífia 1 mir^ que me Qtortill^. 

rr-Óh no ! { cómo he de apacburit^rte con sólo el peso de mi cuerpo i 
iM9.J^ ^b^í® ^í Jas gf^viUj^? 



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~ 89 — 

•^Ya no agnafito ! • . . • ^jo el hombre, y se echó- 
Eq el momento en qae ^1 cuadrúpedo $e desbarató debajo del cuer^ 
poide la pastora, ésta se faé de espaldas alzando bruscamente los pies al 
cielo, sin que pudiera ^vitario. Ligera se leyantó con la agilidad de un 
^jatcy miró á todas partes para asegurarse de que nadie f& habia visto 
caer, y no bien se conyenció de que no habia más testigo de su vuelta 
de carnero, que la yegua, tranquila se puso en marcha hacia la campiña 
detri^. 

Liberajx) ^tsombrado con lo que le habia pasado, se quedó meditando 
(Coal fuera la razón por qué su 'ama cargada pesaba más que su misma 
tamn sin carga. 

CAPITULO XIV. 

Ambicíenla es la aitteeámara de la etenüAid. 

LA CAMPlS'A de trigo á donde Lucía se encaminó era* magnífica. 
Las brillantes espigas de un amarillo resf^Andeciente se mecian al 
soplo d^l viento semejando un lago de doradas aguas, eoerespadas 
por el huracán. Los secadores medio hundidos entre la mies, con ía hoz 
en la diestra, abanza^iiíK) lentamente 7 cantando unas copks adecuadas á 
su cffieio, parecían los vpgas de ese lago encantador. Lucuval ver de cerca 
^ loe alegres hijos de Géres que derribaban las brillantes cañas de trigo, 
V á las ipiles respigadoras que fabricaban á toda prisa las gavillas, sinti& 
la 4eli6ía que el proscrito siente cuando vuelve á ver su ^s natal, por- 
que ella como la chisga habia; pasado sus primeros a&os al campo razo 
entre la mies. Su contento fué tan grande oue involuntariamente em- 
pezó ¿ ajCOQip^jT . con 1^ mtAs dulce voz á la de los segadores quienes 
cantaban los siguietes yersQs; 

QuapdoPioss» luz, enría Preparada yA la tiem 

El ave en el cielo canta» Gomo base 7 oodm abrigo 

£1 aiüdor se levanta Deposita en ella rei trigo, 

Y principia «u labor ; T la planta echa á nacer ; 
Uqob gustoso eu8 bueyes, Oon el sol 7 con la Huria 
Al JiUgO: prepde, el i^rado CrecO' la delgada o$fia 

Y sobre el suelo mojado Y la amarilla zizafia 
Surcos traza qpn pT\JW>j;^ Se ^uede 4&a lado ver. 

Guando madura la espiga 
La cortan los segadores 

Y coronada de flores 
7a á la gavilla áespaiet ; 
Alejes zagalas cogen 
El hzo V dorado tallo 

Y lo trillan, del caballo 
Arrojándolo á los pies. 

De sábito la joven dejó de cantar 7 no bien espiró en sus labios la 
iñltima nota, un triste «uspiro salió de su pecho 7 dos gruesas lágrimas se 
agolparon á «US negros OJOS. Su alegría no fué sino como uno de esos 
relámpagos que iluminan todo el horizonte, 7 que llevan tras de sí la 
tempestad. 

^Tengo mis temores, exclamó, de que á Jorge le ha7a sucedido 
«Igtma desgracia. 



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— 90 — 

Fronnnciadas estas palabras echó & correr como una loca^ hacia la 
colina donde habia estado boitis antes. Jadeante la pastora, con la nariz 
dilatada, los ojos salientes, las megillas encendidas, coronó la altura, 
desde donde iba á ponerse en observación nuevamente. 

— j Ay que me muero de cansancio ! dijo, y se dejó caer descoyunta- 
da sobre el mullido césped. Largo rato estuvo allí inmóvil como un 
muerto, coa la frente unida al suelo. Sus cabellos extendidos encima de 
las espaldas, flotaban al soplo del viento como las negras alas de un 
cuervo al descender sobre el tronco de un árbol. Así como el sol enjugo 
el sudor que bafiaba su rostro, y la inacción le restituyó las fuerzas 
perdidas, alzó la cabeza, se apoyó en una mano para incorporarse y se 

Suso en pié ; entonces alcanzó á ver no muy lé^os á un hombre que an- 
abá aceleradamente en dirección de donde ella estaba y que conducía 
cardada una maleta,' cuyo cabestro sujetaba con el brazo izquierdo 
doblado sobre el pecho. 

Lucia al reconocer al hombre, exhaló un grito de placer y descen- 
dió la pendiente dando descomunales brincos cual dogo al avistar 
un conejo» 

Feto {quién era este hombre? ¡Cuidado con engafiaros cfuerldo 
lector; cuidado con pensar que era. . . . Jorge ; pues si eso creéis, vive 
Dios ! que sufris chasco. 

£1 viajero era un viejito de pequeña estatura ; cenceño de cuerpo ; 
de rostro arrugado por la edad, y tostado por los ardientes rayos del sol 
del Magdalena, amigo íntimo de Jorge Gavilán y habitual! compañero 
de éste en todas sus correrías. Era en una palabra, el tk> Juancho. 

El hombre apenas «vio á Lucía se adelantó á saludarla, dándole 
vuelta entre las manos á su sombrero dé palma. 

— «Buenas tardes, niña, le dijo. 

— HolaJ tío Juancho ¡qué milagro es Verlo? jNo me dá 

* usted razón de Jorge í . .« . Dónde lo ha dejado ? 

— ^En cuanto á Jorge, es necesario qpe su merced sepa, buena niña, 
lo <jue le ha sucedido. Por cierto que yo me he manejado como un buen 
amigo y su merced nada tendrá que echarme en cara. 

-^Dios mío ! exclamó Lucía poniendo la cara más afligida que se 
haya visto jamas, ¿se hit- muerto Jorge?. ... lo ha dejado usted en- 
fermo ? . . . • Dígame, por Cristo, lo que le haya acontecido ; no me oculte 
usted nada. 

—Toda prisa tiene su despacio, dijo el hombre con una pasta admi- 
rable ; vamos por partes. 

— ^Por lo que más quiera hable usted ; dígame por Dios lo que le 
haya sucedido. 

—No hay que nrecipitar las cosas, Dios da tiempo para todo. 

Luego alzando los o]os al cielo como para calcular la hora por el 
punto que ocupara el sol añadió : 

— ^Es temprano todavía ; muy bien puedo echarle todo el cuento. 

Lucía pareció resignarse, aunque por su semblante y por el modo 
de retorcerse las manos, se le notaba la más terrible inquietud. 

El tio Juancho resuelto á referir cuanto le habia ocurrido con Jorge, 
se dispuso á ello empezando por sacudir las espaldas, con cuyo movimiento 
hizo resbalar la maleta al cuadril. Yerificado esto, pasó el cabestro por 
encima de la cabeza y puso el lio á sus pies. En seguida metió lentamente 
la mano izquierda en el bolsillo de los pantalones, sacó un yesquero de 
cuerno, y de entre este hizo salir sacudiéndolo, un maguey, un pedernal 



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— 91 — 

y^ un grueso eslabón. Estas tres piezas las colocó conyenientemente y 
zic zaz, la chispa brilló y fué á inflamar en el acto la pavesa del com- 
bustible. Encendido el maguey echó á moverlo aceleradamente con una 
mano mientras que con la otra sacaba del forro del sombrero un cigarro. 
Tan pronto como puso faego al tabaco, guardó los chismes, adelantó un 
pié, hizo oscilar el cuerpo sobre las caderas, colocó una mano en la cin- 
tura y diio : — Como iba diciendo á su merced, (y no habia dicho nada) 
salimos de aquí. . . . haber. . . . hoy hace diez y siete dias, ¿no es así ? 

—Sí, hoy hace di.ez y siete dias, tiene usted razón ; pero abrevie el 
cuento que me muero de angustia. 

— Poco á poco se anda Tojos. Pues bien, salimos de aquí hdr hace 
diez y siete dias y caminamos de sol á sol como dos animales. Tal vez 
no me lo creerá, pero faimos á hacer noche al pueblo de Funza. Ahí nos 
quedamos á dormir donde una sefiora. . . . Cómo es que te llamas ? . . • ; 
haber. . . . Tengo el nonbre en la punta de la lengua. . . . Dios mió 1 que 
memoria tan mala* ... Pero, en fin, nos quedamos donde una* sefiora 
que es mujer de an caballero largo como un barredero y delgadito como 
una flauta.. • 

— ^Eso no hace al caso, tío Juancho, vaya usted derecho al grano y 
haga á un lado la hojarasca. 

El narrador arrojó una bocanada de humo, que subió al cielo en 
cortadas espirales, y luego dijo : 

— ^Todo debe platicarse, niña Lucía ; pero voy adelante. Esa noche 
era de ver al bueno de Jor^ ; parecía una mirla de puro alegre y una 
cotorra por lo mucho que charlaba. Media noche completa me tuvo en- 
tretenido contándome maravillas de su novia. *Me dijo que la quería 
como á las dos ñiflas de sus ojos ; me refirió mil primores que ella sabia 
hacer; me habló del buen genio que tenia.... Phts! me dijo tanto ( 
tanto me conversó que va' empezaba á darme coraje, porgue yo quería 
dormir y él no dejaba de charlar. Ya estará bueno, le decía, durmamos 
hombre. Como si platicara con una tapia.... se le soltó la lengua al mucha- 
cho como á los loros aue com^i sopas de bizcochüelo en vino y no fué 
posible qtíe callara. A mí por fin me venció el suefio ; pero le oía Ja 
conversación entre gallos y media noche, porque el maldito mozo no de- 
jaba la palabra. No sé á que hora se le aquietftria la lengua, pues al fin 
me qneaé como una piedra y cnanda desperté ya empezaba apuntar el 
día. lí'o bien vi los primeros rayos de luz, llamé á Jorge, nos levantamos 
y cogimos camino. Asi corno llegamos á la Soca-^el-monte se ine acercó 
el muchacho y me dijo:*-Tio Juancho, one dice usted de aquellas nubes 
negras que quieren venírsenos encima ? xa estoy en ello, le contesté, y 
lo que pienso es, que vá á desatarse una tormenta de todos los demonios* 
que no nos dejará cosa seca. Todo fué decir esto, y se nos encigó el chu- 
basco encima. . . . Dios santo 1 como culebreaban los rayos entre las pu- 
bes ; aquello parecía el día del Juicio ! 

— IMos mío I exclamó Lucía, en el colmo de la desesperación, que 
hombre tan pesado! . • . • Por qué no me dice usted en dos palabras lo 
que sucedió ? 

— Allá voy ñifla, dijo el tío Juancho arrojando grandes bocanadas 
de humo, y en seguida afiadió : 

— Serían cerca de las siete de la noche cuando llegamos al Aserra- 
dero hechos una sopa, agobiados de fatiga y medio muertos de hambre .... 
Qué noche esa ! ... . no se me olvidara en los dias de mi vida 1 En toda 
ella no dejaron de dolerme los huesos, ni supe que fuera pegar los ojos. 



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Al tercer canto del gallo nos cáramos las maletas y por aqai que es 
más derecho, cogimos cuesta abajo á paso de indio janiero« Anduvimos 
todo ese dia y como á eso de las nueve de la mafiana del siguiente en- 
tramos en el pueblo de Ambalema. Luego que aseguramos la posada 
nos dirigimos á una tienda donde Jorge compró las donas para su novia. 
Un sombrerito blanco y pequefiito como un nuevo de paloma, tan bonito 
y currutaco que ay á yay; un corte de pafio negro para mantilla, suave 
y fino como una telaraña ; otro corte de zaraza colorada para enaguas 
que parece un tafetán y unos dos pafiuelitos de seda de lo más cuco, aue 
no hay más que ver. ror la noche me dijo el muchacho :— Tio Juancho, 
me siento algo maloi — Pues acuéstese usted, le contesté. — "So haré tal, 
meliijo, quiero sudar un poco que eso me aprovechará. Dicho y hecho, . 
cogió la calle y se largó kjparramdewr. Toda la santa noche se estuvo en 
trisca y tuna ; bebió, se trasnochó ; agregúese á ello la mojada que lo 
cobijó én el camino y heme que al otro dia no levantó cabeza. 

Lucía se eictremeció de espanto ; pero no articuló palabra ; la infeliz 
temía entonces saber el fin de la historia. • 

El tio Juancho trozó con los dientes por la mitad el tabaco, que 
de lo mucho que hablaba y de lo poco que fumaba se le habia apagado, 
y según costumbre inveterada, trasladó el fracmento al carrillo izqnier- 
ao. Hecho esto, prosiguió su narración. 

—Como á eso de las doce me dijo :— Siento un calofrío que me hace 
tiritar todo el cuerpo ; la cabeza parece que va á rompérseme ; los brazos 
mñ duelen Gomosi|me los hubieran apaleado: — Malo está eso, le res- 
pondí, no hay para que dudarlo, usted tiene X^jiébre amariUa. Prontico 
me fui adonde el duefio de la posada y le supliqué que me recetara al 
loiidiacho, como conocedor que debia ser de la maldita enfermedad. — 
Si su compañero tiene la fiebre, me dijo, el picaro perro, sáquelo #d 
momento de la pieza, yo no quiero que se me contamine mi familia; 
usted sabe que esa enl^rmedad es como el incendio, que una pequeña 
chispa es suficiente para encender j destruir en breve toda una pobla- 
ción, lío valieron súplicas ni lágnmas ; tuve que envolver al pobre de 
Jorge en un Jergón y cargar con él á un corredor. 

Lucía dio un grito de dolor y se quedó como extasiada. 

— No hay porque haper tantos aspavientos ; todos hemos de morir. 
Pero voy adelante con nli cuento. Dejé al muchacho en el corredor y 
me fui en busca del señor cura porque primero está el alma que el cuer- 
<po. Ayt no quisiera decírselo, niña, pero en esa tierra maldita no 
^contré un sacerdote que lo confesara en Ambalema no hay cris- 
tianos ! . . . . Perdida la esperanza por ese lado me puse á buscar un 
'Curandero q^ fuera á hacerle un remedio al enfermo ; pero no en- 
contré una alma piadosa. . . . en ese pueblo no hay caridad 1 Desconso- 
lado y Heno de esteza volví id lado de Jorge y lo halló con un pió 
dentro de la sepultura. Entonces con una voz ronca y destemplada, que 
me parece que la estoy oyendo, me dijo : — Escúcheme ustea mi buen 
amigo ; yo me siento morir; dentro de pocas horas seré alma de la otra 
vida ; cuando yo haya espirado, tome usted del dinero que dejo en mi 
carriel, la suma necesaria para todos los gastos ; envuelva mi cuerpo en 
una mortaja ; deposito éste en un cajón; haga que le canten á mi alma 
un entierro y después. . . . acompañe mi cadáver al cementerio. — ^I^or 
que sacude usted de ese modo la cabeza ? me preguntó en seguida.-^ 
]rorque en esta tierra impía, le respondí, no hay ni cura que cante el 
entierro, ni cementerio donde enterrar loe muertos ; aquí el que mue^ 



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— 93 — 

re lo sacan en eileneio de sa casa y lo botan á la playa piara que se lo 
coman los perros ó al río para que se lo enrollan loa caimanes* 

Lucía al oir esta triste relación empesa á gritar coma nna desespe- 
radaor á soltar unas carcaiadas nerviosas como si estuviera loca. 

El tío Juancho se encogió de hombros y continúo impasible sn 
narración. 

—Qué he de hacer, haga Dios sii voluntad ! dijo Jorge con una 
conformidad cristiana que me llenó de asombro. Ya que eso no es po- 
sible, agregó, voy á exigirle otro servicio. Cuando usted se vaya de este 
Ingar no dele de llevarle á Lucía esas cosas que compré para ella y que 
tengo por ahí. Entregúele todo y dígale que cerré los ojos pronunciando 
su nombre. A mis padres dígales otro tanto y deles el dinero que* en- 
cuentre en mi carriel. — ^Bien, muy bien, le contesté, cumpliré su ultima 
voluntad, muera usted tranquilo. 

Seria más de media noche cuando empezó á morir y volver á la 
vida. Se asemejaba en su agonía, el pobre mozo, aquellos candiles Mtos 
de aceite cuya luz se consume y se levanta por intervalos hasta ^ue al 
fin se apaga para siempre. Ni más ni menos Jorge moría y volvía á la 
vida, y de golpe, buenas noches 1 . . . . negocio concluido 1 . . . . se muríó 
el bueno de ti orge ! . . . • ün bulto «menos y un claro más, dije para 
mi capote. 

duando concluyó esta terríble historía, Lucía estaba tendida en el ^^ 
césped, con la cabeza reclinada en un barranco, la boca fuertemente 
cerrada y sin respiración .... se había desma^|rado ! 

— ^Aqni están las donas c[ue le legó el dtftmío, añadió el viajero, 
dándole á la maleta con el pié. 

En seguida se puso en cunclillas*; echó á desatar el lio y hablarle á 
la pastora, como si lo eseuo|^ara : 

— ^Nifla no se afija, que á Dios gradas^ no sólo Jorje ha muerto* El 
día en que boté su cadáver al Magdalena se sobreaguaban en el puerto 
más de veinte mortecinos. Caramba ! como muere allí la gente h . . • 
aquello causa espanto I . . . . En .la époea de fiebre amarilla no queda 
títere con cabeza! 

— Qué es eso? Qué le ha acontecido ámi hija? srító un hombre 
que á espaldas del tío Juancho se acercaba á él y á Lucía. 

El viajero volvió la cabeza hacia el lado de donde le venia la voz 
y se enderezó. En seguida pasó la mascada de tabaco de un carrillo á 
otro ; puso ahuecada la mano casi encima de la boca y escupió una por^ 
cion de saliva oscura como el calor del café^ 

— -Sefior Don Fio 1 saludó haciendo una cortecia al reoien llegadok 

— Qué demonios le ha hecho usted á mi hija? exclamó el padre de 
la zagala precipitándose sobre el cuerpo inmóvil de la joven. 

-^Nada, sefior ; le he contado una historia y se ha conmovido ; Esto 
es todo* 

--*E8 usted un imprudente. Sabe Dios que brutalidades le hadioho^ 
le dijo Don Pió haciendo esfuerzos para levantar á Lucia. 

-^Yoy á espetar á su merced el cuento, señor Don FiO) y estoy seguvo 
de que no hará los aspavientos que ha hecho esta QÍfia. 

— ^No, no me cuente usted nada, lo que ha de hacer es, ayudarme á 
conducirla á casa. 

-r-Oon el mayor- gusto, diio el viajero, échemela su merced á las es- 
paldas que yo la enlazó con el cargador de mi maleta 

Dicho esto, quitó del lio el cordel con que lo traía atado, tomó en 



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— 94 — 

cada mano uno de los cabos ; encorvó el cuerpo para recibir el de Lucía 
y luego que Don Pió levantó á su hija j la puso en las espaldas del tío 
Juancho, votó éste el lazo por encima de su cabeza ; lo anudó sobre la 
frente y volviendo atrás los brazos cogió á la pastora por donde la cefiia 
el corcfel. • ^ 

El hombre echó á caminar con su pesada carga, seguido de Don Fio 
el cual tomó debajo de un brazo la maleta que antes conduela el viajero. 

CAPITULO XV. 

Donde el leetor yí í divertirse nn poeo eon nna periea de Don Lorenio y ana miea de 

Don Pío. 

DEJEMOS á la pastora sumida en su justo dolor y trasladémonos á 
La Compaíiia, si es que el lector tiene humor de seguirnos. ^ 
£1 dia siguiente al de los sucesos que acabamos de describir, era 
domingo. A los primeros albores de la mañana se levantó Don Lorenzo 
y se fué á pasear la tementera como lo tenia de costumbre. Pasada una 
.• hora volyio á la casa, entró en la sala y se acercó á una mesa, hizo cor- 
rer un cajón y sacó de él uña navaja ele barba, un pan de jabón, un pafío 
de lienzo burdo y un espegillo de marco de cartón rojo adornado de oro- 
peles. Con estos objetos en ambas manos se trasladó al corredor y colocó 
en el bra¿o de una silla que allí habia, las tres cosas que primeramente 
hemos mencionado. Ejecutado lo dicho, ató el espejo con nna cuerda á - 
. una columna. Incontinenti se fué á nh cuarto, sacó el coginete de su silla, 
afiló en él la navaja, y cuando se aseguró de que cortaba un pelo al aire se 
jabonó la cara y empezó á afeitarse. Así como acabó de raparse las bar- 
bas, se baño bien, se enjugó con el paño, se fué al aposento, preparó 
'^ unas piezas de ropa y mudóse de limpio. Si hubierais estado en la sala, 
querido lector, en el momento en que Don Lorenzo, ya mudado, entró 
en ella, aabriais visto á un hombre dé dimencion ordinaria ; seco de 
cuerpo, enjuto de mejillas; de tez morena, que frisaba en los sesenta y 
cinco años de edad y vestia su traje dominguero. Su camisa era de aran- 
delas en la pechera, coino se usaron há niedio siglo, y el cuello de ella 
tan alto que le cobijaba los amigados cachetes hasta el nivel de las ore- 
jas, las cuales las cubría ámédia^u^ pañuelo de cuadros que llevaba 
embuelto en la cabeza. Completaban su vestido, una chaqueta de pana 
rayada ; unos pantalones de mahon amarillo ; una ruana listada de colo- 
res fuertes y un enorme sombrero con funda de hule encarnado y barbi- 
quejo de trapillo verde. 

No bien entró en la sala cogió unos zamarros de piel de cabra que 
pendían de un garabato que habia adherido á la pared, y empezó á po- 
nérselos. Cnanoo se los subió á la cintura, como eran demasiado cortos, 
se alzaron ¿obre la garganta de los pies cerca de un palmo. Tomó, en 
seguida, un arríador que habia en un rincón, salió al patio y montó eu 
una yegua blanquecina que hacia rato estaba allí ensillada. ^ 

—Hasta la vuelta, le dijo á Doña Gertrudis, su esposa, que de pié en . 
«1 umbral de la puerta lo veia partir. 

La yegua, merced á un fuerte latigazo, echó atrás las orejas, coleó 
& diestra y siniestra y tomó al trote por una senda extrecha y tortuosa 
abierta por el fondo de una sementera. Así trotando avanzó hasta el 
punto donde convergían, el camino que llevaba y el que partía pará*la 
casa de Don Fio. 



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I 



— 95 — 

Semn coetambre de éste j Don Lorenzo, cnal^aiera de los dos qne 
•1 dia domingo al ir á misa llegaba primero al sitio expresado, aguar- 
daba al otro para continuar juntos el camino, hasta la cabecera del 
distrito. Esta vez fué Don Pió quien esperó. 

— ^Hola ! amigo, le dijo éste á Don Lorenzo al verlo de cerca, me 
ha hecho usted una mala pasada. . . • Yoto al Diablo I estaba ya aburri- 
do de esperarlo : si tarda un tris más, se las meto á mi yegua. 

-rQué quiere usted ? es tanto trabajo afeitar una cara arrugada con 
una mano trémula. Ademas, prender ¿otoñes, zurcir rotos, variar de. 
traje ; esto no es soplar y hacer botellas. , 

— ^Es que usted es muy molondro ; si hubiera madrugado habría 
sido mas puntual. . , • En lo sucesivo levántese á la que chiUa. 

— Siempre madrugo con las gallinas, amigo mió ; pero déjese usted 
estar que no ha de volver á ganarme la palmeta. 

Los viejos siguieron su camino hechos una pascua y charlando como 
dos procuradores. 

Estos campesinos eran el tipo característico del labrador cundina- 
marques : alegres, ingenuos y fanáticos hasta el' ¿xcqs'o. Las fachas y 
vestidos eran tan semejantes qne cualquiera que k>s hubiera visto por 
la espalda, caballeros en sus yeguas; se habría dicho : — Estos jinetea se 
parecen entre si, como un huevo á otro huevo de gallina. Lo gracioso es 
lae no solo los viejos se asimilaban, sino también las jacas; Eran estas^ 
ios yeguas rucias ael mismo tamaño y de la misma figura cual si fueran 
jemelas. «- 

Expresados estos detalles qne. son necesarios, sigámosle la pista á 
los viejos. 

Andando unas veces al trote y otras al galope llegaron por fin al 
pueblo. Apeáronse en la casa de un amigo ; al instante desataron el 
ronzal del arzón j cada cual amarró su jaca en un pilar. Quitáronse los 
zammrros, los arnraaron junto con los zurriagos en en rincón del corre- 
dor y se fueron á una venta donde almorzaron icon buen apetito* Hecho 
esto se encaminaron al templo. 

Después de haber oido misa con la mayor devoción salieron juntos 
de la iglesia. Al bajar las gradas del atrio lé dijo Don Lorenzo á 
su amigo: 

—Lo convido para las dos de la tarde á tomar unos tragos donde la 
niña Cecilia Bivera ; cuidado con faltar. 

— ^Bueno, bueno camarada ; por lo que es eso ya verá. ... El refrán 
dice : á beber, acudir y á trabajar huir. 

Los dos amigos se separaron. 

A la hora convenida se juntaron en el lugar acordado. Trascurri- 
da una hora se les veía sentados al uno frente del otro en sendos tabu- 
retes, con una pequeña mesa interpuesta, bebiendo y charlando que era 
un gusto. Empezaban á subirse á la cabeza de los bebedores los densos 
vapores del licor, cuando Don Lorenzo le dijo á su compañero tarta- 
mudeando. 

— Qué sabrosa está esta chicha parece vino de puro eosquisa. 

—Está maníjicay respondió Don Fio con voz apagada, la maldita 
está diciendo desde entre el vaso : — Venid bebedme ! 

—Sabe usted Don Pió que tengo un proyetof 

—Échelo afuera, señor mió. 

. — Quiero hacer á usted compadre del primer ohay que eche al 
mundo mi consorte. 



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- 96- 

Jah ! . « . • jah ! . . . . jah ! qué Don Lorenzo t Eso es mucho taco ! 
Primero da cria la mnla yaya del sefior párraoo que la viejita Gertrudis. 

— ^Hola, amigo ! sea usted bien portado. • . . vea con quien habla el 
gran picaro, grito don Lorenzo, descalcando un fuerte puñetazo sobre la 
mesa. 

— Qué ? . . • . piensa usted aue me mete los monos ? dijo don Fio ple- 
gándose la ruana sobre el homore, y procurando inútilmente levantarse 
del asiento. 

— Amigo, úo es usted quien me amenaza, ruj^ó Don Lorenzo oenran* 
do el pufio. 

^ — ^De hombre á hombre Tamos, diio Don Fio con voz cada vez más 
débil, haciendo vivos esfuerzos por abrir los ojos. Seguidamente de|6 
caer la cabeza sobre ambos brazos, los que tenia cruzados encima de la 
mesa^ y quedó inmóbil como un muerto. 

— Deiemonos de camorras, expresó don Lorenzo, usted está ya para 
que se lo lleven á dormir. ... yo, maldita lo que he bebido* . . • siento 
el gaznate seco como una yesca. . . . bendito sea Dios que tengo con qué 
apa^ la ^d .... ^AiQ^ nadie me respinga ; el que me arruga la ceja se 
la lleva ^orda.... vamoa! nifia Cecilia!.... ohiia/*... ohiial.... 
nifíaOecuial 

T como si no bastaran las palabras, descargó un furioso golpe sobre 
la mesa con un vaso que teiíia en la mano. 

' . Don Fio al oir el trueno, levantó lentamente la cabeza de entre los 
brazos, miró á su compañero con trastornados ojos y volvió á reclinar la 
frente sobre la tabla. 

La tabernera se presentó en este momento con cuatro vasos de licor 
en un charol desbarnizado. 

—A la salud de mi abuela, dijo Don Lormzo, y derramó en su gaz» 
nate un vaso del licor popular. 

Ko pudiendo ya este beodo mantenerse recto sobre el asiento, sele- 
vantó como Bacole ayudó, y tambaleando se acercó á im ángplo de lit 

Íij|za donde se unian dos poyos, y allí se dejó caer en vez de sentarse^^ 
!n s^nida reclinó la espalda contra la pared, dejodesgonzar la cabeza 
sobre el pecho y SQ quedo sin movimiento. 

En este momento entraron dos hombres en la trastienda donde esta* 
ban nuestros héroes ; el uno de raza muisca y el otro de hispano^-ameri- 
cana. El primero se acercó á la tabernera y díjole: 

— Dofia Cecilia, deno& usted algo que echar por debajo de la nariz. 

Le dijo esto y fué á sentarse cerca de uño de los beodos. 

La tendera entró en la trastienda sonándose con el nada limpio man- 
dil que llevaba atado á la cintt^a ; apoyó las manos en la mesa aonde es- 
taba reclinado don Fio y les preguntó á sus nuevos parroquianos : 

— Qué quieren ustedes, cniohita ó mistelita? 

—Tráiganos unos vasos de gua^arfia * j unos bizcochos, respondió 
el indio. 

La tabernera sirvió al instante lo que le pidió el parroquiano de tez 
cobriza. 

Los dos hombres empezaron á comer y á beben 

Beparando el blanco «i loe dos ebrios le dijo á su compañero : 

—Hola ! . . . . hola ! . . . . mire usted que par. de láminas ; los pobre- 
sitos se han quedado ahí como dos pollos. 

* Asi llama el vulgo la chicha. ^ ' 



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-97- 

Don Fio dio nn resoplido, alzó la cabeza 7 con voz trastoraada dijo : 

— ^Yo á nadie incomodo ; á aaien me falte le falto Soy todo nn 

hombre .... Oon mil diablos t £1 que se meta conmigo da con la horma 
de sa zapato. 

Los recien llegados se ^fieron el ojo y se sonrieron. 

—Cascaras ! exclamó el ebrio escupiéndose la palma de la mano 7 
apretando el pnfio ; 70 no me dejo supeditar de nadie ! . . que se me plan- 
te ál^ien 7 yerá lo que es bueno. . . . Jesús! . . . . qué mogicon le zam- 
para 1 Donde 70 descargo mi mano chisporrotea 7 huele á cacho que 
mado. ... Lo dicho, di(uio, ó cabras no dan leche. 

— OoDtra quién son esas roncas? le preguntó el blanco á su camarada. 

— Qué sé 70 ? comamos 7 bebamos 7 no le hagamos caso: á pala- 
bras necias oidos sordos. 

— Corriente. . . . Si el gozque no muerde dejarlo ladrar. 

El beodo alzó un vaso de los que quedaban en el charol 7 de dos 
tragos trasladó el contenido á su estómago. Lue^o apo7ándose en la 
mesa se paró, y tambaleándose unas veces, 7 teniéndose de la pared 
otras, sallo de la taberna. 

Se lúarchaba Don Pió Ínterin que Don Lorenzo abria paulatina- 
mente los ojos, como si le ofendiera la luz, 7 entonaba con moribunda 
Toz las siguientes coplas báquicas: 

La chicha para exquisa Ha de hacer cerrar el ojo 

Ha de ser embotellada, Al empapar el gargüero, 

Que bote lejos el corcho Y apretar recio los pufios 

De lo puro fermentada. Como si fueran de herrero. 

— Qné perica tan soberana, le dijo el blanco al indio. 

— Es de marca ma7or, le contestó el indio al blanco. 

— ^Pero la del compañero que salió, deja de ser perica para ser una 
soberbia mica. 

— Iguales van las cargas. 

* — Que que. • . .queque ? dijo Don Lorenzo haciendo un esfuero 

supremo para levantarse del asiento. . . . Yo empericado ! borracho ! 

bueno ! bueno ! . . . . lo que su paternidad quiera .... 

Y empezó á cantar con destemplada voz la canción anterior ; pero 
trocando 7 confundiendo los versos ael un metro con los del otro, del 
modo siguiente : 

— La chicha para exquisa 
Al empapar el gargüero. 
Que bote lejos el corcho 
Como si fueran de herrero. 

— Yiejito, le dijo el indio á esta sazón, haga usted pata de gallo. 
— ^Piensa su paternidad que e8to7 borracho ? . . . • mire ! 

Y levantando el pió derecho á la altura de la corba izquierda, con 
la fatuidad de un ebrio, perdió el equilibrio 7 ca7Ó sobre el pavimento 
como una masa inerte. 

Los recien llegados le hicieron mucha burla al viejo, pagaron lo 
que debian 7 salieron de la trastienda. 

Don Lorenzo echó una buena pieza de sueño en el sitio donde ca7Ó. 
Sonaban las seis en el campanario de la Iglesia cuando se despertó ; 
asombrado miró á todos lados, dio un largo bostezo, estiró los trazos 
Gon ademan perezoso, se incorporó, apo7ando ambas manos en el suelo, 
y á duras penas se puso eñ pié 7 salió de la taberna. 

{ A donde se dirigia ? 

A la casa donde nabia dejado su 7egua. 7 



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— 98 — 



CAPITULO XVI. 
De e<ímo dot pericaí y doi yepai iban tiendo la eaura de dot diToniot. 

APENAS llegó Don Lorenzo á la posada se puso los zamarros, tomó 
su arriador y fijó sus apagados ojos en las dos jacas á fin de distingir 
la suya ; pero ya fnera por el negro manto de la noche» que empeza- 
ba á cubrirlas; vapor la semejanza de las yeguas ó ya por las densas 
nubes del tufo del licor, que oscurecían la mente del jinete (pues la em- 
briaguez es ala luz de la razón lo que «el eclipse á la luz del sol], lo 
cierto es que Don Lorenzo equivoco las jacas y desató' el cabestro ae la 
de Don Pió. Hecho esto, aseguró el ronzal eu el arzón, colocó el pié en 
el estribo, se asió de las crines con la mano izquierda y haciendo supre- 
mos esfuerzos para montar, era de ver como bailaba en el pié derecho sin 
poder botar la pierna sobre la silla. Por fin tomando aliento comunicó 
a su cuerpo tan vigoroso movimiento, que se alzó del suelo m^s de lo 
que era necesario, y las dos terceras partes del jinete fueron á dar del 
lado opuesto al de montar, de un modo tal, que si no se abraza del cuello 
de la yegua, es seguro que desciende á tierra, cual piedra que se des- 
prende oe una eminencia. 

Enderezóse luego y tomó el camino. Al llegar á la convergencia de 
las dos sendas que conocen nuestros lectores, la yegua se fué, como era 
natural, por la que conduela á la casa de Don Pió, que era la que la 
rucia tenia la costumbre de andar. 

Don Lorenzo, aunque ya no iba muy trastornado, y aunque la lana 
empezaba á brillar en todo su explendór, no se apercibió de su error en 
toda la extensión de la senda, ni aun al entrar al patio de la habitación. 

No habrá olvidado el lector aue el orden arquitectónico de esta casa 
es idéntico al de La Compañía, y hé aquí la razón por qué Don Lorenzo 
nada extrañó. 

— Voto á tal ! . . . . exclamareis señor lector al llegar á este pasaje 
de nuestro libro : esta historia parece una novela ; los héroes son pareci- 
dos por la espalda ; las jacas iguales por delante y por detras y las habi- 
taciones cual si fueran vaciadas en un molde. . . . Todo esto parece in- 
verosímil ! 

Puede hacerse esta observación ; pero no por ello dejará de ser cier- 
to que se*^ asemejasen entre sí los dos viejos ; las dos yeguas y las dos 
casas. 

Dicho esto continuamos nuestra narración. 

No bien introdujo la jaca al ebrio en el patio de la casa, se apeó 
éste difícilmente, y abanzó hasta la sala tam baleándose. A esta sazón Dofia 
Juana, fumaba tabaco acurrucada en un rineon de la pieza. 

— Buenas noches, mis siete trompas ! le dijo el beodo. 

— Estas son horas de venir? holgazán ! . . . . replicó la mujer ponién- 
dose en pié llena de rabia y abanzanao á tientas en medio de las tinieblas. 

— Que quiere usted prenda mia ? es tanto trabajo desprenderse uno 
de los amigos. 

Observando Doña Juana que su marido le hablaba en un metal de 
voz parecido al de Don Lorenzo, le dijo : 

—Ha venido usted muy chistoso ; hágase el Don Lorenzo que p«*a 
ello se pinta. . . . veo aue lo remeda muy bien ; pero ni liaciendo gmcias 
me contenta ; estoy ecna una furia. 



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— 99 — 

— No Gertruditas, porque ha de eótaí usted braba con su viejo, con 
su viejo, con su viejo ? 

— ^Basta de chanzas, dijo la mujer enfadada, hable usted como siem- 
pre ; no faltaba más sino que se le hubiera prendido el sonsonete de su 
amigo Bien dicen que el que anda con lobos aprende á aullar. 

—Sonsonete, amigo do lobos, murmuró el beodo ; me lleve el Dia- 
blo si entiendo jota de su jerigonza. 

— Está divertido el hombre jah f . . . . jah ! . . . . jah I . . . . más 

bien me da risa. 

— Así me gusta que se ponga alegre mi querida costilla. . . . Yamos ! 
venga usted abrace a su vejete que el vejete abrazará á su vieja, ya 
que ella se ha puesto de un humor eicelente, 

—De cuando acá tan zalamero y almibarado .... El hombre ha lle^ 
gado hecho una miel ! 

-—lío quiere mi lucero abrazarme ?. ... qué he de hacer I yo si le 
haré una caricia. . , 

Diciendo esto se dirigió con paso inseguro y vacilante hacia donde 
estaba la vieja y la abra/o. Doña Juana con el fuego del tabaco que fU" 
maba, pudo distinguir perfectamente la faz de Don Lorenzo y sin poder 
reprimirse lanzó un grito de sorpresa. 

— Bien creia yo que no era Pió, sino el picaro de Don Lorenzo. . . * 
Como se atreve usted á abrazarme ? viejo desvergonzado ! . . . . Soy aca- 
so una mujer de poco más ó menos?. . . . Salga usted de mi casa ahora 
mismo, antes de que coja un garrote y le haga entender que el pudor de 
tina matrona no se ultraja así no mas. 

— Ay ! que melindrosa el demonio de la vieja ! . . . . á que vienen 
esos aspavientos ? es acaso la primera vez que la abrazo ? 

— -Vamos ! salga usted de mi casa, antes de que Pió llegue y haya 
las de San Quintín. 

— ^Voto á cribas ! que esto está divertido! Hágase usted la Doña 

Juana. Cree que estoy hecho una tuza ? Se engafia, vive Dios !. . . . 

lo juro y lo rejuro .... No se chancee más Gertruditas de mi alma. 

— Que Gertrudis ni que canastas ; soy Juana y muy Juana y como 
tal mando y desmando en esta casa. Asi, le repito á usted que salga 
de ella. 

— Qae qué ? que salga de mi choza ? Quién gobierna aquí, 

el hombre ó la mujer? Sepa usted que yo mando en mi consorte, en mis 
perros, en mis gatos y en mi casa, gritó Don Lorenzo perdiendo la 
paciencia. 

— ^Bah ! con que esta es su choza? no faltaba mas ? 

— Mujer del Demonio ! . . , . qué tiene usted en la cabeza ? Está loca 
<> borracha ? 

— Usted será el borracho qué yo estoy en mi sano juicio, y si no 
ahora veremos quien puede. . .* No quiere salir á buenas ? pues saldrá 
arrastrando. 

Y acercándose á la puerta alargó el cuello y gritó con toda la fuerza 
de sus pulmones : 

— Liberato ! . . . . trae una luz y un garrote. 

El criado se presentó un momento después con una vela encendida. 

A la primera ráfaga de luz, Don Lorenzo alcanzó á ver al travez 
del velo de su embriaguez que la mujer con quien hablaba era Doña 
Jnana y que la habitación eü donde estaba no era la de él, y así, sin 
obstinarse más dijo : 



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— 100 — 

—Mire, mire el Diablo como enreda ; á la verdad he errado el ca* 
mino 7 be venido á parar donde no me imaginaba. Podía haber jurado 
que estaba en mi casa platicando con Gertrudis. 

—Sí, se hizo el borracho 7 se vino derecho á casa á la si pe^a. 

— ^Vaya, va7a, va7a : piensa usted que anduviera 70 de noche más 
de media legua, sólo por visitar á una oruja para echar taha un raio 
con ella ? 

—Caramba ! esto 7a pasa de ra7a, no S07 70 quien se deja insultar 
de un viejo cazcarriento. 

Y furiosa como una leona, con los ojos encendidos como los del 
gato en las tinieblas, tomó la silla de brazos para atacar con ella á Don 
Lorenzo ; pero al levantarla sobre la cabeza, el peso del disforme mue- 
ble la hizo perder el equilibro 7 caer de espaldas sobre unas herramien- 
tas que habla apo7adas contra la pared. 

Don Lorenzo pensando en cortar la rifía en que se veia empefiado 
con la mujer de su amigo, salió de la sala ten con ten en derechura del 
patio donde habia dejaao la jaca. 

— SeHor de mi alma le dijo Liberato, sabe su merced por qué 
motivo ha venido á dar á casa ? 

— ^Ko lo sé hombre : 

—Porque fué 7 se encaramó en la 7egua del patrón Pió. 

^— Puede ser ; no habia caido en la cuenta. 

— Yo sí lo advertí al momento, que no S07 ningún majadero, dijo 
el criado dándose sus humos de esperto 7 avisado. 

— ^Ven Liberato 7 me a7uda8 á montar que me ha hecho tanto daño 
el sereno que tengo perdida la cabeza. 

— De mil amores, mi amo Don Lorenzo, dijo, 7 guifíendo un ojo 
afiadió á media voz : 

— La guasparria es la que no lo deja hacer pata de gallo. 

En seguida se acercó á im pilar del corredor, frotó contra él la vela 
encendida que tenia en la mano ; le pasó la llama al sebo que quedó 
prendido en el palo 7 repitió el frotamiento hasta que el cabo de vela 
se adhirió al pilar por el enfriamiento de la grasa. 

Hecho lo <jue se ha expresado, tomó al viejo por un brazo, lo acercó 
á la bestia 7 díjole : 

— Meta su merced el pié en el estribo. 

Al cabo* de un rato respondió el borracho : 

— Ya está, hombre. 

—Téngase, pues de las crines. 

Dijo Liberato, 7 lo levantó por la pierna derecha con tal fuerza que 
el infeliz anciano descendió por el lado opuesto rápidamente cual ave 
que al ir volando es herida por el tiro certero del cazador. 

— Ah ! grandísimo bruto, que me matas, dijo el jinete cuando iba 
con la cabeza inclinada hacia la tierra. 

— A7 mi cabeza ! exclamó después apretándosela con ambas manos. 
—Por eso le dije que se tuviera ; 70 temia una desdicha, !e dijo el 
sirviente. 

— Maldito seas de Dios, condenado. ' 

— Si he de decir la verdad, 70 no tuve la culpa ni su merced taiñ- 
poco ; á mi 86 me fué el pulso 7 á su merced se le corrió el cuerpo más 
ue lo que era necesario. 

— A7uda á levantarme, 7a que me aporreaste. 

£1 criado lo toinó de un brazo 7 halando de él sin piedad consiguió 



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. ^ 101 — 

que el ebrio se pusiera en pié. En este estado de cosas^ acercó la yegua 
al jinete, pues creyó más fácil esto, aue aproximar el jinete á la yegua. 

Después de gran trabajo, y con la ayuda de Liberato logró poner 
el pié en el estribo ; pero habiendo metido el derecho sin que el criado 
hiciera reparo en ello, sucedió aue Don Lorenzo quedó montado con la 
cara en dirección de la cola de la ye^ua. 

Este gracioso saínete lo presenciaba dofía Juana desde el umbral 
de la puerta, riéndose á boca llena. 

Al fin la jaca partió animada por un latigazo que le descargó Libe- 
rato en las corbas. La vieja corrió detras de la bestia á observar la 
última escena del saínete, y pudo ver que al bajar un barranco inmedia- 
to, zaz ! dio con su dnefio en tierra. 

— ^Don Lorenzo volvió á invocar á su protector, quieij al oir los gri- 
tos del caido acudió, lo levantó y lo colocó sobre la silla. La yegua tomó 
la senda paso ante paso y el jinete olvidándose repentinamente del mal 
rato que acababa de pasar, echó á cantar con el mayor entusiasmo : 

La mujer para bonita 
Ha de ser alta y morena, 
Garbosa en el caminar 
Y con dengue en la cadera. . . . 

Cuando la rucia llegó al punto donde los dos caminos se unian, el 
jinete alcanzó á columbrar á don Pió, que caballero se acercaba al mis- 
rao sitio, pero no porque viniese del lado del pueblo sino del lado de La 
Compañía. Entonces sofrenó la yegua y dijo en voz baja : 

— Lo que hace el Diablo, el borracho de Don Pió ha ido á resollar 
á casa, quiera Dios ^ue Gertrudis le haya compuesto el bulto. 

— Este soliloquio hacia en el instante en que Don Pío lo vio y le 
gritó : 

— Hola amigo ! de dónde viepe usted ? 

— Y usted de dónde ? le preguntó Don Lorenzo. 

— De dónde diablos he de venir sino de su casa ? 

— Y yo de dónde sino de la suya ? 

— Deseos tenia de atraparlo para decirle en su cara que es un ladrón. 

— ^Yo ladrón ? y por qué motivo ? 

— Por qué me ha robado mi rucia ? 

— Pues usted también es un ladrón porque le ha clavado las uñas á 
la mia. 

— Usted ha sido el primero, le gritó don Pío. 

— "No lo niego ; pero usted tampoco me negará que después de eso 
usted se ha robado mi yegua. 

— Yo he tomado su jaca por equivocación. 

— ^Yo también me equivoqué al tomar la suya. 
• — ^Usted lo hizo maliciosamente y no sólo quiso robarse mi yegua 
ensillada sino mi cojinete, cuyas alforjas estaban llenas de cosas muy 
buenas. 

— Sepa usted que soy un hombre honrado á prueba de bomba, le 
dijo Don Lorenzo con atronadora voz. 

— ^No me grite que no soy sordo, ni me sople las narices que no ten- 
go telarañas ; y en cuanto á eso de ser hombre honrado, le digo : ^e de 
esos conozco muchos que no sueltan la gata, pero es cuando Hay ojos 
que los vean. 



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— 102 — 

— CallQ usted calamniante, si no qniere que baile el torbellino so^ 
bre sus espaldas. ... Si usted despliega otra vez la jeta para ofender mi 
reputación, lo confundo á puñetazos. 

Don Pío á esto hizo cierto ruido gutural, como si tuviera carraspera, 
acompañado de una tosesilla de burla. 

— No me provoque usted, le dijo Don Lorenzo. 

Quiero saber si de veras es usted todo un hombre. 

No habia acabado Don Pió de pronunciar estas palabras j ya Don 
Lorenzo estaba desmontándose, si no con la agilidad de un hombre que 
se halla en su cabal jnicio, al menos sí, sin gran dificultad. Viendo Don 
Pío tal amenaza se apeó sin mucho embarazo, pues el licor no lo habia 
entorpecido á él tanto. 

Encarados estaban los dos viejos con los arriadoros en alto en acti- 
tud de batirse cuando oyeron una voz que les decía : 

—Alto ahí señores ! por Dios no peleen. 

Don Lorenzo volvió los ojos atrás y al ver al que gritaba, exclamó ; 

—Oh Chepillo ! . . . . Chepillo ! . . . . Dios te envía á qno presencies 
cómo un hombre de bien castiga la insolencia de un canalla. 

Al herir el oído de Don rio tan denigrante calificativo no pudo 
reprimir la cólera y dejándose dominar de ella descargó sobre su con- 
tendor un terrible garrotazo. Don Lorenzo irritado bramó como un toro 
y como tal le envistió á su enemigo, á quien atacó vigorosamente con 
el zurriago empuñado en ambas manos. 

Esto fué el principio de una tremenda lid. 

El mozo queriendo hacer el papel de mediador procuró interponer- 
se entre los batalladores. 

— Ay de mí 1 ... . que matan á mi padre ! . . . . gritó áesta sazón 
Lucía, precipitándose desde lo alto de un barranco. 

La pastora buscando un cordero descarriado del rebaño andaba 
á aquella hora por el campo. De lejos habia oído las voces de los conten- 
dores y atraída, más bien por la curiosidad que por la benevolencia, se 
había acercado á ellos. Gomo buena bija, apenas conoció que su padre 
efa maltratado por dos hombres, tomó parte, sin vacilación en la con- 
tienda ; y era de ver, como dice Oervánti^s, cual se menudeaban ; 
cascábale Don Pío á Don Lorenzo ; éste á la moza ; la moza al mozo, y 
el mozo á Don Pío. Despaes de una granizada de mojicones que sonaban 
como los golpes de cuatro martillos sobre el ayanque de una fragua, los 
lidiadores se asieron de los cabellos y empezaron a tirarse con tai fuerza 
que todas las cabezas fueron á converger á un punto, formando con los 
cuerpos un pabellón en constante agitación. Con tantas sacudidas y vai- 
venes taqtos, se enredó Don Pío en una raíz y cavó medio molido. 
Chepillo hizo entonces un esfuerzo con el cual se libro de las garras de 
Lucia que le hilaba los cabellos bruscamente, y acometió al qaido. 

— ^Estoy vencido, gritó Don Pió, no sea ust^d cobarde. 

—Así me gusta que pid^ cc^aa un guapo, gritó Don Lorenzo. 
. Endere:$Qse el y^ejo ^obr^ m brazo ; puso luego una rodilla en tierra, 
se paróy dijo : 

— V aínono^ hija mía, no pea que acaben con nosotros estos bandidos. 

— Sí, sí, marchémonos que estos picaros nos asesinan dijo Lucia con 
jadeante voz. Ve¡a papá cómo pie volvieron los malvados ; no me deja- 
ron ropa buena, añadió mostrándole los girones del vestido. ... Mi ca- 
misa estrenad^ hov por la n^añana, tan bordada y tan bonita, cómo me 
la volvieron, cual noja de plátano.... Dios mío! si hay justicia en la 



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— 103 — 

tierra ella debe hacer que estos desalmados me paguen hasta la última 
hilacha que se llevan enredada en las ufías. 

— Sí bija mia mafiana lo remediará todo el alcalde. 

— Amanecerá y veremos, como dijo el ciego, replicó Don Lorenzo. 

-^Sefíor, le dijo Don Pió, ni una palabra más ; efe hoy en adelante 
ni el saludo de usted y su nieto. Adiós relaciones de ambos. Les pre- 
vengo que no vuelvan á poner los pies en mi casa, no quiero amistad 
con gente de mala ley. 

—Ni usted ni su hija en los umbrales de la mia, le contestó el viejo. 

Chepillo se mordió los labios do coraje y dijo para su sayo : 

— Maldita sea mi suette I mi plan se ha'ido á tierra I . . . .cuanto 

he hecho en estos dias está perdido ! . . . . 

Terminada la riíSa, cada viejo montó en su propia jaca y se marchó 
para su casa ; Don Fio acompañado de su hija y Don Lorenzo de 
su nieto. 

Doña Gertrudis esperaba llena de impaciencia á su marido hacia 
más de cuatro horas ; no es extraño pues que ló recibiera con dos piedras 
en la mano. Cuando el viejo llegó, cuántas quejas ! . . . . cuántas recon- 
venciones ! . . . . qué de insultos 1 qué de amenazas ! . . . . Aquello 

era para tapar oidos. 

Luego que la vieja se apaciguó, le contó á su marido que Don Pió 
habia llegado á su casa aquella misma noche con malignas intenciones/ 
y que ella habia tenido el valor suficiente para enviarlo á chicolear á la 
mujer del Diablo. Don Lorenzo fingió irritarse, y le juró á su mujer 
que al dia siguiente le pediría al ofensor reparación del insulto. 

La hora en que concluyeron estas pláticas era bastante abanzada, 
asi es que Don Lorenzo pensando más en descansar que en continuar la 
conversación, se acostó y se quedó profundamente dormido. 

Chepillo también se acostó, pero no á dormir sino á renegar de su 
suerte por la desventura qpe acababa de ocurrirle con la mujer á quien 
amaba, y de quien esperaba ser amado después de la muerte de Jorge. 

Mil vueltas habia dado en la cama cuando se dijo : 

— Es necesario darle impulso á mi plan. ... el medio que he ideado 
es excelente ; no debo abandonarlo. ... Lo que me conviene es ponerlo 
pronto en ejecución. 

Dijo esto, se puso á meditar en cosas que se sabrán después, y en 
«eguida se durmió. 

lío le interrumpamos su sueño. 



^ xiN I3EL LIBRO PRIMERO. 



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LIBfiO SEGUNDO. 



CAPITULOI. 

Efl el eual se prueba que lai almas de la otra lida tienen entreyistas eon las de este 

Talle de ligrimas. 

COMO á eso de las cuatro de la mañana se despertó Don Lorenzo y 
llamó á su nieto. 
— Señor ! respondió Chepillo al oir la voz de su abuelo. 

— ^Levántate, hijo, y da una vuelta á la sementera no sea que haya 
daño. 

Chepillo como era perezoso ; como nunca se levantaba al primer 
grito del viejo, porque le gustaba la cama y lo hacia tiritar el frío, es- 
peró que su abuelo volviera á llamarlo y entonces presuroso se puso en 
pié, se medio vistió y salió. 

Don Lorenzo se volteó para el rincón y esperó á que regresara su 
nieto. Al cabo de media hora oyó un ay ! triste y destemplaao y todo 
volvió á quedar en silencio. 

— Grita Chepillo, dijb el viejo alzando la cabeza . . . . ^ que le habrá 
acontecido?. . . • V algame Dios ! si Don Pió y la hija le tenarian prepa- 
rada alguna celada ai pobre muchacho ! . . . . No lo' abandonaré ; moriré 
donde él muera. 

^ Dicho esto saltó de la cama ál suelo, se vistió presuroso v se dirigió 
hacia el punto donde, á su parecer, habia el mozo recibido el ataque, lo 
cual íuzgó por el camino que llevó la voz. 

Ko lejos de la casa y con la luz de las estrellas alcanzó á ver á su 
nieto que yacia en tierra inmóvil como un tronco. 

— María mater ! exclamó, qué te ha sucedido, hijo del alma ! 

Le hizo el viejo al mozo esta pregunta y corrió y le metió la mano 
por debajo de la cabeza para levantarlo, y como notara que tenia el 
cuello desgonzado echó a gritar. 

— Gertrudis ! . . . . Gertrudis ! • . . . mataron á Chepillo ! . . . . Ay tris- 
te de mí ! no respira ni se mueve ! . . . . ¡Ah desdicha ! 

Dijo, se llevó las manos á la cara y prorrumpió en lamentos. 

A las voces de Don Lorenzo ocurrió Doña Gertrudis toda alarmada 
dando unos alaridos espantables. Llorando los dos viejos alzaron á su 
nieto ; lo introdujeron en la sala y como no le hallaron ninguna herida^ 
le frontaron las sienes con aguardiente ; le pusieron en las narices humo 
de plumas de gallina, y con estos remedios el moribundo volvió en sí 
exhalando un hondo gemido. Estremecióse en seguida c9mo un cuerpo- 
galbanizaclo, abrió los ojos y se sentó. 

— Huv ! dijo con cortada voz contrayéndose todo. 
^ — Que ha sido ? hijo de mis entrañas, qué sientes ? le preguntó Ift 
vieja con la mayor ternura. 

— ^He visto ! . . . . he visto ! . . . . huy ! . . . . 



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— 106 — 

Exclamó, y un estremecimiento nervioso detuvo su lengua. 
— Qué has visto i le preguntó Don Lorenzo, alguna fantasma ? 
— Sí, he visto ! . . . . hay, pobre de raí, que me muero I . . . . gritó dan- 
do una violenta sacudida, de la cual derribó á los viejos, los que á la 
sazón lo sostenían de la cintura y los brazos. 

— Arre diablo I que me destutana, dijo Dofia Gertrudis enderezán- 
dose no poca molida. 

— A quién has visto, con mil demonios? expresó Don Lorenzo en- 
fadado. 

— He visto á mi tataradeuda Carranza ! . . . . respondió con voz 
desconcertada y trémula. 

— A tu tataradeuda Carranza ! . . . exclamaron en coro los ancianos. 

— Sí, la he visto en figura de esqueleto ! 

Dijo, y exhaló un gemido. 

— ^feien, expresó Don Lorenzo, la viste y qué sucedió? 
— La vi y me dijo. ... me dijo con una voz cavernaria, que parecía 
salir de las entrafias de la tierra:— Ven hijo mió, que para tí y los tuyos 
he depositado hace como dos siglos un rico tesoro consistente en un 
Queso de oro sembrado de piedf as preciosas y en unas cuantas monedas 
tanto de oro como de plata.... Ven y verás por tus propios ojos el sitio que 
tantos han buscado y que nadie ha podido hallar. Yo al ver tan informe 
esqueleto y al oír tan ronca voz, me sobrecogí de espanto ; quise hablar 
pero me faltó el aliento. Recuerdo que entonces el zancarrón me diio : 
— Sígneme y serás feliz, y me alargó una mano, erizada de garnos, 
y me cogió con ella la ijiia. El contacto de aquella mano descarnada, 
yerta y fria me hizo estremecer de pavor ; el espanto arrancó un grito 
de mi boca y caí en tierra sin sentido. 

— Y no supiste, al fin, donde está el tesoro? preguntaron simul- 
. táneamente los viejos como si estuvieran dominados por un mismo 
pensamiento. 

— lío supe, respondió el mozo, porque con el miedo perdí el sentido. 
— Pero sí le oiste mencionar el Queso de oro, no es así ? preguntó 
Doña Gertrudis. 

— Si señora, tengo muy presente que me habló del Queso de oro 
cubierto de pedrería. 

Los viejos abrieron tamaños ojos como los abre el gato cuando co- 
lumbra la presa. 

— Crees que el ánima vuelva á buscarte ? le preguntó el abuelo. 
— El ánima de mi tataradeuda ? 
—Sí. 

— Es natural que siga persiguiéndome ; pero procuraré sacarle 
el cuerpo. 

— Yo opino que debes salir todas las noches hasta que vuelvas á 

verte con ella Un rico tesoro es una bonita ganga que nadie debe 

despreciar. 

— Dios me libre ! . . . . dice su merced eso, porque no se imagina lo 
feo y espantable que es el esqueleto. Yo voluntariamente no volvería á 
verlo ni por todo el oro del mundo. Figúrese su merced una calavera 
con las narices desportilladas ; las cuencas vacias y arrojando por ellas 
una llama azulina ; la boca sin labios ni dientes saliendo de entre ella 
una voz apagada y trémula como la de un agonizante y las mandíbulas 
en constante movimiento produciendo el ruido destemplado de las hojas 
flecas sacudidas por el huracán. Supóngase, ahora, esa calavera sosteni- 



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— 107 — 

da en un hueso largo, delgado y nudoso y colgando de él en forma de 
brazos, dos largueros, enjutos, secos, tiesos y . . . . 

— Ah ! ya sé, le interrumpió la abuela, un esqueleto humano como 
los que sacan de las bóvedas antiguas del centementerio de Bogotá, ¿no 
66 así ? 

— Ni más ni menos ; pero con la diferencia de que esos zancarrones 
no hablan ni caminan. 

— No obstante esto, tá no debes tenerle miedo á el alma de Dofía 
Valentina por cuanto á que te busca para hacerte dichoso ; otra cosa 
fuera si te persiguiera para hacerte dafío. 

—Quisiera ver á su merced en mi lugar. 

— La cosa es grave, dijo Don Lorenzo, nadie lo nie^a ; pero debes 
considerar que Dios está de por medio y que él te dará fuerzas y valor 
para ses^uir el camino que te sefíale el alma de la difunta marquesa. 

— Lo pensaré, respondió Chepillo, no dudo que el bocado es de co- 
dicia, pero el miedo es alto de cuerpo. 

En esta conversación estaban cuando vino el dia, por cuyo motivo 
dijo Don Lorenzo : 

• — Es hora de ir al trabajo. 

Y DoQa Gertrudis añadió : 

—Y lo es también de hacer el desayuno. 

Dichas estas palabras el viejo se dirigió á la labranza, la vieja á la 
despensa, y el mozo al dormitorio á acabar de vestirse. 

No era medio dia y ya habia circulado por toda La Compañía y 
8Q8 con tomos la milagrosa aparición del alma de Doña Yalentina Car- 
ranza. Unos decían que eso no habría sido sino una ilusión de óptica 
f)roducida por el miedo ; otros que una visión fantástica ó un vértigo de 
a imaginación, fruto de la embriaguez ; aquellos que una fábula com- 
puesta por el mozo con el fin de llevar á cima alguna tenebrosa maquí- 
naiciou y no faltaban quienes creveran en la posibilidad del hecho, apo- 
yados en aquel pasaje de la Escritura donde se refiere la ^parición del 
alma de Samuel á Saúl, evocada por la pitonisa de Endor. 

Cuál de estas opiniones era la acertada? 

Sabido es que los novelistas en un caso como el presente se hacen 
varias preguntas, sobre la causa que haya dado origen al suceso de que 
tratan, y creyendo inoportuno contestarlas, responden siempre : " Lo 
ignoramos;" " no lo sabemos." Nosotros no hacemos tal, y así rogamos á 
nuestro lector que espere im poco, pues como historiadores queremos 
observar el orden cronológico de los acontecimientos. 

Según esto continuamos y decimos, que la aparición del alma de la 
marquesa en este Yalle de lágrimas fué objeto de las conversaciones de 
todo Guatavita por tres semas. Mas, el tiempo, semejante á la impe- 
tuosa corriente de un rio que se lleva envueltos en sus encrespadas 
ondas cuantos objetos débiles encuentra en su curso, se llevó de la me- 
moria de los hombres el acontecimiento de que venimos tratando y sólo 
se hablaba de él por rareza como sucedió una tarde en que hallándose 
un corrillo de señores en uno de los ángulos de la plaza, se le presentó 
de repente Chepillo. 

Entonces uno de los sujetos, quizá el más tunante é incrédulo, co- 
giendo al mozo de un brazo y colocándolo entre la rosca, dijo: 

— ^He aquí al hombre que tiene el privilegio de hablar coi? las al- 
mas de allende las nubes. 

Los oyentes (menos aquel á quien se dirigía la filípica) soltaron una 
estrepitosa carcajada. 



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— 108 — 

Chepillo estuvo á punto de correise ; pero tenia rootiyos que le 
daban valor en aquel dia. 

— Ustedes se ríen ahora de mí ; pero yo me reiré de ustedes más 
tarde, dijo con altanería. 

— ^Por qué dice usted eso ? le preguntó el del chiste. 

— Porque veo que usted se mofa de mí, pensando en que un hom- 
bre no puede tener entrevistas con las almas del otro mundo, y yo tengo 
de probarla que ello es posible ; si sefíor, jnuy posible. 

— Al contrarío, dijo uno q^ue tenia curiosidad de saber como eran 
esas entrevistas, yo creo á pié juntillo en la evocación de los espiritns; 
así me daría usted un rato muy agradable si se tomara la molestia de 
contarme cómo fué el coloquio que tuvo con el alma de su tataradeuda 
Carranza. 

— Mi primera entrevista es cosa bien sabida de todos ; pero la se- 
gunda, creo que la ingnoran ustedes ¿no es así? 

— Oh ! Oh ! . . . . con que ha seguido usted comunicándose con el 
ánima ? dijo el interlocutor. 

— Si sefior; anoche nádamenos tuve la dicha de platicar con ella. 

— ^Varaos, dijo el del corrillo guifíendo el ojo, refiera usted esa 
conversación. 

—Serian las doce de la noche, dijo Chepillo, cuando salí de mí dor- 
mitorio al patio, como lo tengo de costumbre, y no bien hube andado 
unos diez pasos se puso el alma delante de mis ojos, pareciéndome q^ue 
salía de las entrañas de la tierra. En esta vez no tuve miedo, quizá Dios 
me animaba ; así fué que con la mayor sangre fria permanecí un grande 
espacio de tiempo frente por frente de ella sin dejar de mirarla. 

— Vuelvo cerca de ti, me dijo con voz ronca, porque tengo ínteres 
en que tú seas el dueño del tesoro, que no lejos de este sitio he deposi- 
tado para uno de mis descendientes. 

Así como pronnnció estas palabras empezó á caminar y yo á se- 

fuirla sin poder evitarlo, cual si me llevara arrastrando. Anduvo más 
e tres cuadras y luego haciendo alto precisamente donde hay cierto 
objeto, que no me conviene decir, descargó un golpe con uno de sus 
zancajosos calcañares en el suelo y dijome : 

— Caba aquí y hallarás un Queso de finísimo metal sembrado de pie- 
dras preciosas y un considerable número de monedas tanto de oro como de 
plata. Cuando descubras el tesoro toma de él el dinero que estimes nece- 
sario, y todo lo demás déjalo oculto en el mismo sitio. Con el dinero que 
tomes haz en mi nombre cuatro romerías que deié de cumplir en vida y 
por cuya falta he sufrido tanto. Haz la primera a la imagen de Chiquin- 
quirá; la segunda á la de San Antonio de Coeua ; la tercera y cuarta 
a las vírgenes de la Peña y del Topo. (*) Hechas estas promesas, ó 
antes si á bien lo tienes, harás que se me canten unos funerales tan 
pomposos como los que se hacen á los grandes y ricos de esta tierra. 
Kada más necesito para volar del purgatorio al cielo. Cuando hayas 
cumplido con cuanto ^cabo de ordenarte, desentierra el Queso de 
oro y las preciosidades adjuntas; pero te advierto que si quebrantas mi 
mandato no serás el dueño del tesoro, pues yo tengo el poder de tomarlo 

(*) El lector notará qae Chepülo inearre aquí en un anacronismo, acaso por no baber 
oido bien lo que el alma de la marquesa le dijo. Sabido es que esta sefiora bace dos siglos 
que murió, y que las imágenes que el mozo cita, de San Antonio de Cogua y de la PeQa no 
nan sido conocidas y veneradas sino mncbos aüos después de muerta Dolía Valentina 
Carranza. 



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— 109 — 

del Ingar donde lo ocultes y trasladarlo á nn punto invisible para ti j 
tus descendientes. — ^Esto rae dijo y desapareció. 

El auditorio se picó del ojo como queriendo decir : 

-^O este hombre está loco 6 pretende divertirse con nosotros. 

—Bien, dijo uno de los interlocutores, ya nos contó usted la historia, 
ahora pruebe que es cierto lo que nos ha referido. 

— Hé aquí la prueba, respondió Chepillo golpeandp con la mano 
ana mochila llena de monedas que llevaba terciada al cuadril. 

— Cómo! trae usted ahí parte del tesoro ? 

—Sí, señor, sabrá usted que hoy madrugué á cabár á fin de persua- 
dirme de que no era un sueño lo que me había pasado, y luego que abrí 
nn foso como de dos varas de profundidad empecé á notar que salían 
entre los puñados de tierras varias piezas de estas: 

Dijo, metió la mano en la mochila y sacó de ella un puñado de 
monedas, unas de oro y otras de plata. 

Los circunstantes se dirigieron recíprocamente una mirada de 
asombro. 

— Canario ! exclamó estupefacto uno de los señores cogiendo una pie- 
za de oro y examinándola atentamente ; á la verdad ha hallado usted el 
tesoro ! esta prueba no deja ninguna duda. . . . Esta onza es españo- 
la, añadió mirándola con atención ; año de. . . . 1630. ... 

Otro que observaba otra onza dijo : 

— ^Todas las monedas halladas son de la misma época. . . . acuñadas 
en tiempo de Felipe IV. 

Las monedas circularon por todas las manos de los del corrillo, y 
después que las vieron y revieron ya no les quedó duda de que Chepillo 
era dueño de un inmenso caudal. La serpiente de la envidia echó á 
morderles las entrañas desde aquel instante y la codicia, su compañera 
inseparable, los empujó por el abismo de la bajeza y de la adulación. 
Quien lo felicitaba con la mayo;r cordialidad ; quien elogiaba su valor 
por haber hablado con el ánima de la marquesa ; cual le dirigía la pala- 
bra con el más profundo respeto ; cual con veneración. Como si Cnepi- 
11o sobrepujando súbitamente el nivel de sus iguales, se hubiera engran- 
decido, todos los del corrillo le rindieron consideraciones que sólo deben 
tributarse al verdadero mérito. 

— Quiere usted, señor Don José, tener la condescendencia de acom- 

[>afíarme á casa ? se atrevió á proponerle uno de los caballeros, mi fami- 
ia anhela conocer á usted para ofrecerle sus respetos. 

— Gracias, señor, respondió con timidez el mozo, pero con una timi- 
dez fingida, iré á su casa cuando pueda llevarle á su familia el Queso de 
OTO para que lo vea ; yo sin esta alhaja soy poca cosa. 

— Oh, señor ! no se deprima usted ; usted vale un reino por sí sólo. 

— Sí, contestó Chepillo, el refrán dice : Tanto vales cuanto tienes 
ó posees. 

— Es verdad, dijo el mismo individuo, usted posee un caudal de 
virtudes y la virtud vale más que el oro, y es por esto por lo que yo bus- v 
00 la compañía de usted. 

— Rafael tiene razón en lo que ha dicho, dijo otro, Don José vale 
por las cualidades que posee, y por eso todos Queremos arraatrar con 
él ; así, yo espero que 'me concederá el honor ae acompañarme hoy á 
comer. 

— De mí se dignará aceptar el café, le propuso otro, pues yo tam- 
bién soy de los que piensan que Don José es hombre de prendas y quo 
tino debe juntarse con quien le dé honon 



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— lio — 

Un cuarto adulador, le dijo : . , 

— ^Yo espero que esta noche irá usted á cenar con mi familia, pues le 
hago saber que, como mis amigos, admiro sus méritos. 

Chepillo al oir tantos convites y al ver tantas cortesías como le ha- 
cían, dio las gracias á todos y se dijo : 

Cascaras I mucho' es lo que se arrastra por el oro, el hombre ; se vo 
que es grande el amor que le tiene ; estos me adulan por estafarme ! 

En el momento en que meditaba estas razones nuestro héroe, sintió 
que lo halaban suavemente de la punta de la ruana ; volvió á mirar y 
sus ojos encontraron a Liberato, quien con el semblante más risueño del 
mundo, hacia rato que lo escuchaba. • 

El mozo se apartó del corrillo y le preguntó : 

— Qué quieres de mí ? 

— Sefíor, dijo el hombre abriendo tantos ojos, ahora que su merced 
está rico pagúeme los cuatro reales que me prometió en cierta ocasión.... 
Son tan bien ganados que Dios lo sabe : oir esa madrugada mil reniegoá 
y otras tantas maldiciones ; levantarme con un frió de perros que me 
quebraba los huesos ; rompérseme la cepita de vidrio entre los dedos y 
sufrir por esta desdicha un tirón de orejas, cuyo dolor me hizo ver el in-. 
fierno repleto de diablos negros, y más á más, el bafio que su merced 
me dio, en donde comí tantos sapos y ranacuajos que si no invoco á la 
irnágeii de los Desamparados me ahogo sin remedio ; ademas de esto, 
salir destilado como una vela y con las narices llenas de barro que 
cual me vi para destapármelas. 

— Por zopenco ! si en vez de empetacarle el recado á la vieja se lo 
zampas á la muchacha no habría tenido yo de qué quejarme y tú habrías 
quedado satisfecho. 

-—En adelante me encomendaré á buen santo, señor Don Chepillo ; 
cuente su merced con que no vuelvo á rascarme con la señora. 

— Harás bien. 

— Conque los cuatro realitos y cuando se le ofresca, le cito á la ñifla, 
dijo el socarrón alargando la mano y abríendo extraordinariamente los 
ojos y la boca. 

— Cuando tal hagas, cuenta con un patacón. 

— Phts ! con esa oferta no lleno ahora la panza. 

— Es verdad ; pero si tu te hartas á costas mías, me haces aflojar 
un poco la bolsa, y á mí me conviene, que mi bolsillo esté lleno aunque 
tu estómago esté vacio. 

— ^Dándome una moneda, quita el hambre á un pobre y disminuye 
«1 peso que ahora le incomoda. 

Chepillo metió la mano en la mochila, sacó nna moneda y se la 
ofreció á Liberato diciéndole : 

.-^Toraa ; me has convencido de que debo darte con que comer hoy. 

El criado abrió la mano y asi como sintió entre ella una pieza de á 
ocho reales, sin atreverse á cerrarla dijo : 

— Ah ! señor Don Chepillo ! i cuándo dejará sus chanzas ? 

— No, simplón, no es chanza ; guarda ese peso. 

— Cuando menos es falso, pensó el criado, no queriendo dar cré- 
dito á tanta generosidad. 

Deseanoo salir de la duda resolvió someterlo á mil pruebas. El lo 
frotó con las manos para asegurarse de que no variaba de color ;- él lo 

felpeó sobre las piedras para buscarie el tañido argentino ; él en fin, le 
incó el diente para Averiguar bu Bolidez. Cerciorado de que era d» 



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— 111 — 

buena ley se lo metió en el bolsillo de los pantalones ; pero sin soliarlo de 
lamano temiendo (^ue se le perdiera. Después de ésto se despidió de 
Ohepillo lleno de sincero agradecimiento. 

Liberato en toda su vida no habia tenido un dia tan feliz. La dicha 
de un pobre so hace con aquello que no aumenta la ventura de un rico ! 

El mozo volvió á incorporarse en el corrillo, y al punto le dijo ^1 
caballero que lo habia invitado á comer : 

— Amigo mió, resuelvo usted aceptar mi convite ? 

— ^Tanto se empeña usted que no debo desairarlo. 

— Le agradezco su fineza. 

—A mi tampoco me desatenderá, no es verdad? le dijo el que lo 
habia invitado á merendar. 

— Y yo no debo temer que me deje con la cara cortada ¿ no es 
cierto ? le dijo el que lo habia convidado á cenar. ' 

— Iré á merendar y á cenar con ustedes, i qué voy á hacer ? 

— Bueno, bueno, dijeron los convidantes riéndose de la rusticidad 
del mozo. 

El corrillo se disolvió y Chepillo se fué con el sujeto que lo habia 
convidado á comer, el cual se llamaba Miguel Kamírez. 

CAPITULO II. 

No nace el hombre caballero, 
Ni lo es por tener dinero. 

CONVIDANTE y convidado echaron á andar por la calle y ei:a de 
ver como el primero le hacia al segundo mil cumplidos y cortesias. 
Chepillo comprendiendo que no era él el directamente considerado 
sino su Queso de oro, empezó á sentir que la sangre le subia á la cara 
en olas ardientes. 

— Válgame Dios ! decia el mozo para sí, como son los hombres ; 
ayer me despreciaba éste porque me veia pobre y hoy está á mis pies 
porque me cree rico. 

A esta sazón el convidante pensaba : 

— Si este idiota habrá llegado á imaginarse que mis atenciones y 

comedimientos son á su persona? Por cierto que si alcanzara lo 

que pretendo, doblándole la rodilla al brillante Queso de oro y vol- 
viéndole la espalda al dueño, lo haria de buena ^ana. ... Un rico de 
estos no es más que una bestia cargada de oro á quien es bueno lisonjear 
por el provecho que de ello puede sacarse. 

Pensando en estas cosas y caminando iban nuestros dos hombres 
cuando de repente se detuvo Don Miguel y le dijo á su compañero 
mostrándole el portal de una casa : 

— Entre usted señor. 

Chepillo avanzó unos cuantos pasos y no sabiendo á qué cuarto di- 
rigirse, esperó á que lo guiara el amo de la casa. No bien llegó este á la 
paerta <le la sala nizo alto, y el mozo sin aguardar á que le ofreciese la 
entrada, se puso de un brinco dentro do la pieza. Inculto como era nues- 
tro héroe se dirigió al sofá que le pareció más bonito ; se sentó en el 
borde de él ; recodó un poco la pierna izquierda hasta formar con ella 
una línea perpendicular de la rodilla al pié y en seguida colocó tendida 
encima la otra pierna, tnusando im triángulo con ambas. Hecho esto se 



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— lia — 

i 

qnitó el sombrero, lo metió en el pié (el cual le sobresalia un palmo) y 
empezó á darle vuelta agitándolo por el ala. 

En este momento entró la señora de la casa v al ver al mozo y su 
postura, hizo un gesto de desprecio. Ghepillo la saludó sin levantarse del 
asiento. 

Bamirez notando el disgusto de su esposa se apresuró á decirle : 

—Aquí tienes á un caballero que ha conseguido un caudal inmenso 
de la nocne á la mañana. 

— Como así? preguntó la señora. 

— Sobras que el señor es descendiente del marques de San Isidro. 

—No lo ignoro. 

— ^Y que es el mismo á quien Dios ha, concedido el privilegio de 
conversar con el alma de su tataradeuda. 

— ^Ya habia oido decirlo. 

— Pues bien, anoche tuvo con el alma una entrevista muy ventu- 
rosa, puesto que le dijo el punto donde habia dejado un riquísimo teso- 
ro ... . Tesoro que está ya en sus manos . 

— ^De veras ! exclamó la señora asombrada con semejante noticia. 

— Tan cierto que puedes convencerte por tus propios ojos. 

Dijo, le pidió á Chepillo una onza de oro y se la presentó á la seño- 
ra. Esta la miró atentamente y expresó : 

— Verdaderamente es una moneda anticua. 

Incontinenti enderezando la voz y la mirada hacia el mozo le dijo : 

— Cómo ha sido esa dichosa entrevista? 

Chepillo le refirió puntualmente cuanto le habia ocurrido con 
el alma y que queda ya dicho, con lo que recibió no poco contento 
la señora. 

Cuando Chepillo concluyó su relación, Don Miguel le dijo á su es- 
posa: 

— ^Te aviso que he. convidado á Don José á comer hoy en casa. » 

— ^Lo tengo á mucho honor, respondió ella, y siento no^ haberlo sa- 
bido con tiempo para haberle preparado un banquete. 

— Un banquete ? pregunto Cliepillo, y que casta de pájaro es ese ? 

Caballero y señora se miraron y se sonrieron. Y como le apretara á 
ésta la gana de reírse á carcajadas, se levantó de su asiento y se salió de 
la sala. Eamírez que era algo burlón le dijo al mozo : 

— El banquete es el macho de la banqueta, el cual como asiento 
más cómodo hubiera querido mi mujer ofrecérselo para que se sentara 
usted á la mesa. 

— Con qué sí hé? .... Vaya una cosa más particular, dijo Chepillo 
con fisga al comprender que el dueño de la casa se mofaba de él. 

En este momento se presentó un criado y dijo : 

—La comida está servida. 

— Señor Don José, le dijo Don Miguel, vamos á hacer lo, penitencia. 

— ^Bueno, señor, cuando te ofrescan la vaquilla coríe con la sogui- 
lla, dijo el mozo y se puso en pié. 

En el acto salieron de la sala y se dirigieron al comedor. 

Chepillo fué atendido al empezar la comida como un príncipe. Le 
señalaron un asiento distinguido ; le sirvieron de preferencia, posponien- 
do á las señoras y lo abrumaron á cumplidos. 

El mozo se sentía azorado al verse entre tanta gente decente, 
pues, como la familia era numerosa la mesa estaba rodeada de señoritas 
7 caballerosv Cual crimii^al delante de sus jueces, no alzaba los ojos ni 



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— 113 — 

pronunciaba una palabra; era qne él comprendía qae iba á ser juzgado 
por personas competentes de su brutal educación. 

— Yoto va ! aecia para su sa^yo, jniráüdO el tenedor y el cuchillo, yo 
en los días de mi vida he manejado estas herramientas.... aquí fué 
Troya ; pero en fin, el que no se embarca no pasa el mar. 

Y empufiando los citados instrumentos, comenzó á cortar para divi- 
dir una presa de poUo^ sin poder alcanzar su objeto. Tiendo burladas sus 
esperanzas hincó el cuchillo con todas sus fuerzas, frunciendo la boca y 
apretando los dientes hasta hacerlos crugir, y como el plato estaba al 
borde de la mesa, hubo de faltarle apoyo y se volvió, con lo cual le cayó 
sobre sí el contenido de él. Avergonzado el mozo con este accidente se 
atolondró de tal modo que se le olvidó el lugar que ocupaba y levantán- 
dose bruscamente de su asiento, dio media Vuelta á la derecha y sacudió 
con tal violencia la ruana, que el guiso voló sobre los ojos de la señora 
que estaba á la cabecera de- la mesa. 

— Ay ! gritó la infeliz llevándose rápidamente las inanos á lá 

cara, j ya no me hizo ciega este orejón? 

En seguida dejó su asiento y á tientas corrió al patio. 

Los demás comensales ocurrieron á la novedad entre serios y risue- 
fíos gritando : 

. — Agua ! . . . . agua ! . . . . Un poco de agua! . . . . 

ínter tanto Chepillo se retiró á un rincón de la pieza y allí cabiz- 
bajo y avergonzado exclamaba Wtre dientes: 

— Maldita sea mi torpeza I . . . . Confieso que soy un asno ! . . . . la 
verdad es que yo no merezco estar entre gente de importancia. ... ;de 
qué me sirve ser rico si mis abuelos me criaron como uni cerdo 2 . . . . 
Qué tendría yo cuando puse los pies en esta casa ? 

Estas razones discurría el mozo, cuando lai sefiora, sana ya de los 
ojos, volvió al comedor con la familia. 

— Mí sefiora, le dijo Chepillo al verla, se me cae la cara de 
vergüenza. » 

— Seria mejor aue se le cayeran las manos con que hizo el daño, le 
contestó la sefiora algo enojada. 

" — Perdonen todos mi grosería, dijo el mozoy dirigiéndose á los cir- 
cunstantes, es verdad (jue soy descendiente del marqv^ de San Isidroy 
pero no por eso he nacido caballero. De ayer á hoy me he hecho dueüio 
de un gran caudal ; pero la riqueza no improvisa la decencia ni las 
buenas maneras. Yo soy* mal educado porque mis abuelos me dejaron 
crecer como una bestia. Les confieso á ustedes francamente que jami^s 
había comido entre Caballeros y sefiorás, ni había pinchado la carne con 
otros garfios que con los que^Dios me dio. . .'. A cada cual se le debe 
d€^ar en el lu^ar que le corresponde ; yo con mí Queso de oro soy el 
mismo ChepílTo sin afiadídura alguna. Con que asi quédense ustedes en 
su casa, que yo me marcho para la mía. 

Dicho esto tomó su sombrero, hizo una reverencia á todos y les vol- 
vió las espaldas. 

Aturdido y ciego el hombre se precipitó hacia la puerta á tiempo 
que una sirviente se presentaba en ella con una humeante sopera en 
ambas maínos. £1 reencuentro fué tan terrible queja vasija descendió ve* 
lozmente al suelo y estalló en mil pedazos ; la criada cayó lejos del sitio 
dando horribles gritos, y el mozo azorado con este otro desastre no pensó 
sino en librarse de ki vista de las personas que había en el comedor, y 
en consecuencia apretó á correr ; pero como no vela por donde iba, se 

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— 114 — 

enredó on las enaguas de la mnjer que él mismo acababa de derribar, 
se faó de broces j dia un bote de carnero qne hizo reír á los dneños de 
la casa, onienes con lo que había ocurrido en la puerta, se habían agol- 
pado á^Ila. 

Ligero como un gimnástico se paró y corrió ; pero como iba cegatón 
fué y cayó en un pozo de esos ^uo impropiamente el vulgo llama aljibes, 
que había en el centro del patio. 

De las personas que lo vieron caer una de ellas gritó : 

— Perfectamente ! . . . . bueno es el bafio después de un golpe. 

£1 mozo se hundió hasta el cuello en el agua, y Ine^o como pudo, 
sin (]^ue nadie le ayudara, se salió del pozo. Los espectadores creyendo 
que mtencionalmente se había arrojado á él para aliviarse del molimien- 
to del porrazo que acababa de sufrir, no se movieron á socorrerlo. 

Ai ver un criado de la casa que los vestidos de Chepillo manaban 
agua como una fuente, fingió compadecerse de él y lo condujo á un cuar- 
to donde le presentó un vestido completo y le rogó que se quitara el 
mojado y se pusiera el que le ofrecia. El tal sirviente que era burlón 
como el mismo Diablo, quiso reírse de Chepillo y por ello le presentó uu 
vestido que había pertenecido al abuelo de su amo en tiempo del virey 
Messia de la Cerda. Consistía el traje en una camisa de arandelas y 
golilla ; en un calzón corto de casimiro blanco ; en unas polainas de 
lana y unos pantuños de lo mismo; en un chaleco encarnado con grandes 
solapas y en un casacon pardo de largas faldillas qne tocaban los jarre- 
tes. Chepillo mal de su grado se desnudó apresuradamente y se puso 
semejante difraz, lo cual hubiera excusado, si hubiera podido, pero 
habia padecido de rumatismo y sabia por experiencia que la hnmedad 
le removeriala enfermedad, y por ello resolvió ponerse en ridículo antes 
que ir á la cama en un tiempo en que tenia necesidad de hacer cuatro 
romerías para sacar á luz el valioso Queso de oro. 

Nuestro héroe con tan extravagante vestido ofrecia la figura más 
extraña que haya podido verse en lo descubierto de la tierra á mediados 
del siglo XIX. 

•fedos los habitantes de la casa, que eran sabedores de la travesura 
del criado y que se imaginaban cuan digno de risa estaría el mozo, se 
situaron convenientemente para verlo salir y dirvertirse á sus costillas. 
Chepillo que estaba viéndose de tan mala estampa y que adivinaba la 
burla que le harían los de la casa al verlo de tan desaguisada figura, se 
terció al cuadril su mochila de dinero, se acercó á la puerta del cuarto, 
se encomendó á Dios de todo corazón y apretó á correr hacia la calle. 
El infeliz no alcanzó lo que deseaba, puesto que salió al son de extrepi- 
tosas risotadas ; de estruendorosos palmoteos y de silbidos destemplados. 

Al salir de la puerta de la calle tuvo un segundo reencuentro. Suce- 
dió que Chepillo salía á todo correr cuando entraba el sujeto que lo ha- 
bia invitado á merendar y se lo llevó de calles. 

— Urra diablo ! . . . . que me revienta, gritó el que llegaba. 

— Cuidado señor 1 . . . . dijo el mozo no poco azorado. 

— Cómo ! quiere usted acaso volver á sacudirme el bulto ? 

— Oh! no señor. . .. 

— Y entonces á que fin me previene que tenga cuidado después de 
atrepellarme ? 

— Es un modo de decir. 

—Como que es Don José ? . . . . Dígame, qué quiere decir ese disfraz, 
y quién viene corriéndolo ? 



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— 116 — 

—Amigo, el disfraz se lo debo á una desgracia, y nadie me persigne. 

— Qne nadie lo persigne? 

—Nadie ; me llevaba al trote nna diligencia urgente. 

—Al trote, dice usted ? Eayo de Dios I. . . . qne iba al ^lone, á ca- 
rrera abierta. . . . Pero, i qué le ba ocurrido qne va de tan risible talan- 
te? Pretendia usted seguramente á favor de ese disfraz, escaparse de mi 
vista para eludir la obligación qne contrajo? 

— Oh, no sefíor ! escuche usted lo que me ha sucedido. Como no soy 

£ráctico en las trampas de esta maldita casa, fui y caí en un pozo qne 
ay en el centro del patio, y como no me quedó cosa seca tuve que po- 
nerme este hábito antiguo á mi pesar, que tné el vestido qne me dieron. 

— Vive Dios que va usted pintoresco.. . • si los muchachos lo avis- 
tan cuente con una tunda de mas de la m^rca. Es necesario salir de aquí 
con tiento. 

Dijo esto^y echó un vistaso a la calle. 

— No hay un solo pilluelo, añadió, marchémonos mirando á todas 
partes ; yo seré su protector. 

Nuestros dos hombres echaron á andar y al llegar á la primera es- 
quina, el Diablo que todo lo malo ordena, quiso que por la otra callp hu- 
biera unos escuelantes traviesos y atrevidos en graao tal, que así como 
vieron á Chepillo empezaron á silbarlo, á señalarlo con el dedo y á lla- 
mar á grandes voces á otros pillnelos que no lejos de ellos estaban. En 
lüénos de nada se presentaron unos cuanto^ muchachos como si los hu- 
biera brotado la tienda, y en el acto rodearon al infeliz mozo, y empeza- 
ron á decirle los mayores sarcasmos, sin qne su compafiero pudiera im- 
pedirlo, á pesar de ser sujeto grande y principal del pueblo. Chepillo si- 
guió sn camino, y como los muchachos lo acompañaran en su marcha, 
con música de silbos y palmadas, se enfureció y echó á repartir mojico- 
nes y aunque de cada golpe derribaba uno ó dos, no por esto lo dejaban, 
sino que con mayor ahinco lo estrechaban, y hubiera salido mal parado ' 
si el caballero que lo acompaña no se echa la ruana al hombro y lo 
proteje denodadamente. 

En esto ya había entrado la noche y el mozo viéndose libre de los 
bichos que lo mortificaban, respiró con satisfacción, y se sentó en el qni- 
<;io de nna puerta á descanzar. 

— Yoto al Diablo ! exclamó Chepillo para sus adentros, quó cosas 
las de este mundo ! Yo qne tengo la costumbre de reirme y mofar- 
me de mis semejantes, cómo he sido hoy el escarnio de ellos.. .. No 
parece sino que'Dios ha querido que se me mida con la vara que he 
medido. 

— ^Yamos á casa, que cerca de aquí está, le dijo á esta sazón el 
caballero. 

— Oh ! cómo es posible qne vaya de tan mala guisa ? 

— Eso no quiere decir nada ; en casa será usted tratado con respeto ; 
yo me anticiparé á decirle á mi familia el motivo porque se presenta 
usted con traje del siglo pasado. 

— Todo eso será, pefo. ... 

— No hay pero que valga ; si usted no cumplo su palabra es señal de 
que no acepta mi amistad. 

Chepillo no sabia que hacer ; si no iba á la casa de su convidante 
como se lo habia ofrecido, le daba una prueba de incivilidad ; si asistía 
al convite, iba á servir de befa y escarnio de los qne se sentaran á la 
mesa. Como el caso era grave lo meditó un rato y resolvió cumplir su 
palabra^ 



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— 116 -- 

— Bíbül safior, iré & iu ca9f^ dijo, y se pnso en pié. 
—Le estimo su condescendencia, respondió el convidante. 
Los dos hombres p^tíer^^. 

Eran cerca de las siete cowdo entraron en la morada á la caal se 
habian encaminado. 

Sentados en on sofá de la sala charlando mano á mano hacia nim 
hora qne estaban caballero y moao cuando ^e presentó un criado j anun- 
ció qne iba á servir el café. AI recibir este aviso se trasladaron al co- 
medor. 

Cromo el caballero había tenido tiempo de contar á su familia lo que 
le habia ocnrrído á su conyidado y de la extraña ligara que iba, todas 
las personas principales de la casa se habian anticipf^o á recibir al hués- 
ped en el comedor, y así cuando éste Ueeó, vio con la mayor sorpre&a 
que de la pnerta adentro habia dos filas haciendo calle, una de señores 
y otra de damas, por la cual tenia que pasar infaliblemente, j asi sucedió. 

No poco contento recibieron todc»s al ver al marqueaüto represen- 
tando con su vestido el siglo xvm. Sentóse la familia a la mesa después 
que Ohepillo ocupó el asientp que le indicaron. Como el jefe de la casa 
le dio la prelacion en todo, mandó al criado que servia, que acercase el 
azucarero al convidado ; Cbepillo vio sobre él una tenaza de metal, pero 
no advirtiendo el objeto que tuviera, la separó con la mayor candidez é 
introdujo la mano en la vasija y sacó el dulce que pudo coger en los 
dedos. £1 vio que los amos ae la casa lo miraron y se rieron, pero no 
dio con la cansa de la risa hasta que uno de ellos sacó el azúcar con la 
tenaza. £i^ segida el mismo criado se puso á servirle el café y coqio no 
oyó la voz de, hastaj le llenó la ta^a hasta rebozar. * 

Guando el criado hacia tal, Chépillo miraba un tabaco que habia 
cercado sn taza y se decia : 

Con qué objeto me pondrían este cigarro ? 

Y como viera que cada ano de los que merendaban tenia también 
un Ambalema, inmediato á su taza respectiva, dijo para sí : 

Si no es para batir el café á fin de disolver el azúcar, no adivino 
para qné sea. En estas casas de los grandes hay costumbres tan raras y 
tan ridiculas ! . . . . 

Esto discurría nuestro villano en el acto en que observaba qne una 
de las damas introducía en el café, no el tabaco, sino una cuchara que 
habia en el plato. El mozo al punto la imitó, pues también tenia una en 
el suyo, en la cusd no se habia fijado. 

— Empiece usted señor, le dijo uno de los caballeros. 

Chépillo no esperó secunda invitación ; al momento levantó con 
ambas manos la taza hasta los labios y dio un sorbo que resonó por los 
ámbitos del cuarto como un trueno lejano. 

En esto una de las señoras le preguntó : 
, — ^o le gusta á- usted el café con tabaco ? . . . . no hay cosa más ríca. 

Cbepillo imaginándose entonces que la costumbre délos rústicos, de 
mascar tabaco aun bebiendo, existia también entre lo gente culta, res- 
pondió : 

* Nada de extraño tiene que siendo Chépillo un campesino inculto, aunque inteli- 

rmte, cometiera las faltas de educación que hemos referido, y aun las mayores que vamos 
narran cuando todo un Ministro Plenipotenciario de la nueva Colombia cerca del Go- 
bierno de Jos Estados Unidos del Norte, se puso en completo ridículo en un banquete que 
Je dieron eo Washigton» por ingnorar los usos 7 costumbres de la gente educada de aquel 
país culto, y eso que el tal personaje es un milüar de alta graducion y un eugeío denotn- 
Iradia enitia tierra. 



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- 117 — 

— Si eefiora, cómo no. 

Y corroborando el dicho con el hecho tomó ei tabaéoy lo dividió ea 
dos partes con Iob dientes y sobre la qtio le xjvedó defitro de la boca dio 
Tin sorbo de café. 

ios circutistantes, que hacia rato les retoxaba la risa por todo el 
caerpo, soltaron una esti'epitosa carcajada. 

Nuestro héroe picado por la risa, preguntó si él era Id eausa de ella.- 

— íTos reimos, dijo una de las señoritas, de ver que usted ácompí^ 
el tabaco con el cafó de la manera más original^ pues á nadie se le habia 
ocurrido masticarlo en vez de fumarlo. 

Chepiflo bajó la cabeza tan abochornado y corrido cual dóttcella 
lastimada en su pudor. Con todas las verus de stt alma le pedia á Dios 
que abriera un abismo debajo de suspiós y lo sepultáis en el mi^ siem- 
pre, aunque no disfrutara del precioso Queso ae orow Pero Dios no lo 
oyó ; sin duda reservaba al mozo para grandes cosa» I 

Luego qáe bajaron á su natural lugar los borbotonea de sangre que 
enrojecieron la cara del mozo, hizo éste tin esfuerzo sobrehumano para 
habmr, é irguiendo la cabeza dijo : , 

— Mé parece qtie nada tiene de parttcukn* lo que yo he heeho si se 
considera que la gente estanciera gtista más de mascar el tabaco que de 
fumarlo, y nada tnás común entre dicha gente, que beber cualquier 
licor sin arrojar la mascada. Es por esto por lo que he creído que nada 
tendría de raro 4110 la gente puMarna también mascase tabico y bebie- 
se café á un misará tiempo. ^ 

Cfaepillo que era de buena comprensión dijo y miró el semblante 
de sits oyentes para saber el efecto que hubieran producido sus palabras, 
y como observara en todos ellos pintada la imagen de \t burla, se azoró 
sobre manera y empezó á sufrir la más cruel angustia* Sentíase, el infe- 
liz, como enclavado en su asiento y parecíaleí que etiando llegara el 
momento de levantarse no podría conseguirlo. En el colfnío die sn deses- 
peración se decia : — Si no creyera que fmora que soy rioó^mé ernecesa- 
rio familiarizarme con la gente grande, no habría venido agesta casa, 
pues con lo que me pasó en la otra dones comí, tenia .piu^ huir toda mi 
vida de comer á manteles entre gente de botines. Oh I diera la mitad 
de mi fortuna por estar ahora mismo manducando papas gukadas en la 
choza de un pobre ! 

No bien se dijo esto, procnró salir pronto del tarraenío y en conse- 
cuencia, se echó de un trago la media taza de cafó que le quedaba, cmjo 
licor debió de abrirse paso por un lado del trozo de tabaieo, que el mozo 
no babia podido pasarse aunque para ello habia hecho los mayores es- 
fuerzos. Sirviéronle dulce, luego, y como á Chepillo no le faltaba ape- 
tito, acercó el plato para embaularse su contenido, pero antes pensando 
en deshacerse de la mascada de tabaco, (poroue le pareoia que no se 
avendria bien lo dulce con lo amargo), estiro el cuello por encima de 
la ca1)eza del caballero que tenia á sn áerecha, y arrojó lejos de sí el 
negro bocado que tanto rato hacia, tenia prensado entre cuatro muelas. 
A virtud de esta grosera acción, los honábres hicieron un gesto de impro- 
bación y las damas se levantaron de su asiento. 

Comprendiendo el mozo que él era la cansa de que las señoras se 
retirasen de la mesa, se tomó el dulce precipitadamente, se levantó, 
cogió su sombrero, se despidió en general de todos los caballeros y salió 
de la casa á pasos largos. 

— Por la Yirgen Santísima I iba éiciéndoae) éi iré á encontrarme 



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— 118 - 

con el caballero qne me convidó á cenar ; pero vive Dios ! que p^raeix) 
me dejo llevar á la horca que á otro suplicio bncólico. Diantre ! no quie- 
ro qae se rían más de mU Que humanidad ésta ; ayer me despre^ 
ciaban los ricos porque era pobre y hoy se burlan de mí los sabidos 
porque soy ignorantOi sin que me valga un bledo el capital que tengo 
entre manos. 

Concluia Chepillo este soliloquio cuando llegaba al zaguán de la 
casa qne habia elegido para pasar la noche. Sin anunciarse desde afuera, 
porque no habia puerta, entró en el patio y dijo : 
— Buenas noches ! 

Al son de semejantes vocee se presentó un hombre en la puerta de 
un cuarto con una vela encendida y respondió : 
— Buenas se las dé Dios, sefíor. 

—Hola I Perico. 

—Señor Don Chepillo, á qué debola dicha de ver á su merced á 
estas horas en mi casa ? . 

— Vengo á que me des posada. 

—Con el mayor gusto. Siga su merced á este cuarto y se sienta aun- 
que sea en nna enjalma ó en otra parte donde le parezca mejor. 

Chepillo entro y á lo que paso por cerca de su huéspea pudo este 
observarle á favor de la luz, el vestido que llev^aba y por ello le dijo: 

— Qué diablo de casacon es ese ? Si estuviéramos en aguinaldos 
juraría que habia ido á ganar alguna apuesta. 

— V erdad, hombre, que parezco un disfrazado de esos que se ocul- 
tan en los huecos de las puertas para ganar aguinaldos. I^ero te hago 
saber que la causa de mi disfraz no se asemeja en nada á la de una ale- 
gre diversión, sino que por el contrarío es tal, que al oírmela referir 
cualquiera, no podra menos de moverse á lástima. 

^T-Cuéntemela su merced que yo no soy insencible á sus desdichas. 

Chepillo le refirió en pocas palabras, que se habia dado, mal de su 
grado, un bafio en un pozo de la casa de Don Miguel Ramírez, y que 
por ese desastre habia tenido que ponerse el vestido que llevaba, el que 
un críado más por burla que por compasión le habia prestado, y conclu- 
yó diciendo : — -Y sabe, amigo, que no este vestido, sino uno de mujer me 
habría puesto á trueque de no vivir un mes con reumatismo. 

— En verdad que su merced es lisiado de ese mal. 

— Mucho he sufrido con él, dijo el mozo sentándose en un tercio 
de raaiz. 

Hubo un momento de silencio y al cabo de él le dijo Chepillo á su 
huésped. 

— ^Deseo hacerte una propuesta. 

— ^Bien puede, sefior. 

— Tú me ayudaste á pelar cierto pollo para conseguir cierto fin ; no 
es verdad ? 

— ^Verdad es sefior, pero no fué pollo sino Gavilán, dijo Perico con 
fisga. 

— Pues estoy agradecido de tí y en prueba de ello voy á protegerte. 

— ^Dios lo oiga. 

—No sé si tu sabes que soy duefío de un gran caudal. 

— No me consta, perp he oido decir que se encontró el tesoro de la 
marquesa. 

— Ténlo por cierto, hombre, y considera que para manejar tantos 
bienes como los que compraré con el valor del Queso de oro y con unas 



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le 



— 119 — 

cuantas monedas que traigo aqni, necesito nn mayordomo fiel y dili- 
gente. 

Perico sintió una emoción indescifrable, y dijo : 

— T en quién ha puesto su merced los ojofls para tan dif ícilxncargoí 

— En tí ; quieres ser mi mayordomo ? 

— Ob ! señor, de todo corazón. 

— Bien, pues, cuento contigo. 

— ^Desde este instante si á su merced le place. 

—Si desde este momento entras á mi servicio, prepárate para mar- 
char á Bogotá. 

— Cómo 1 y he de irme ahora. 

—No, esta noche te prepararás para marchar mafíana temprano. 
Quiero que vayas volando á la capital á traerme unas tres mudas, pues 
el hombre rico debe darse gusto. 

— Me parece eso muy puesto en razón. 

— Yo he hecho ya mi cuenta y pienso que con cuarenta ó cuarenta 
y nn patacones puedes hacer las compras. Escucha : llevarás quince 
pesos para tres pares de pantalones ; diez y ocho para otras tantas chu- 
pas ó levitas; cuatro pesos para tres chalecos de marsella; veintiún rea- 
es para tres pares de botines de cordobán negro, y seis reales para dos 
corbatas de algodón . . . « Ah ! se me olvidaba lo principal ; tienes que 
llevar un peso más para que me traigas una gorra para encasquetármela 
entre casa. Yo conozco gente de botas que le gusta más la gorra que el 
sombrero. 

—Si sefior, dijo Perico, la gente bogotana y la velefía dicen que es níuy 
íifecta á la gorra^ especialmente cuando sale de su tierra. Yo sé de algu- 
nas personas que les gusta tanto vimr de gorra que la usan de dia y de 
noche, en su tierra y fuera de ella, y cuando por un descuido se les llega 
á romper. Be dan tres caídas por pegarla. 

— Yo desearla saber, dijo CSiepillo, qué usa más la gente docente, 
6i el gorro ó la gorra, pues entre hembra y macho hay su diferencia. 

— Yo lo que sé, dijo Perico, es que la gorra la usan tanto los caba- 
lleros como los giuicÁeSj pero que á la gente decente lo que le sienta y 
le canta es el gorro. 

— Según eso no me traigas gorra sino gorro. 

— Le traeré lo que su merced guste. 

— Mira que madrugas, hé i estoy que no veo la hora de volverme 
cachaco. 

— lío hay más que hablar, señor. 

— Guando te levantes, lo primero que has de hacer es llevar este 
vestido que tengo puesto, donoe Don Mjguel Eamírez y traerme de la 
misma casa el mió, que dejé en poder de un criado. Después te cuento 
el dinero para las compras, y buen viaje. 

— Está bien, sefior. 

— Ahora aderézame una cama como mejor puedas, que quiero dor- 
mir, mu3s anoche me trasnoché platicando con el ánima. 

Perico le hizo un lecho á su huésped más á propósito para un ana* 
cereta, que para un fatigado pecador. Componíase de cuatro cueros de 
cabra que en lo tieso semejaban hojas de lata; de un viejo cobertor con 
más rotos que una criba, y de una almohada improvisada de unos zama- 
rros de cuero de oso, que en duresa no les iban en zaga á las pieles con- 
vertidas en colchón. 

£n esta miserable cama se recogió ühepillo, y annqne estaba acos- 



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— 120 — 

tambrf^do á la pobreza no pndo aceptarla sin repn^anoía. Pensando en 
los acontecimientos qne le hablan ocurrido en el día, el snefio huyó de 
sos ojos.... El tratamiento qne la gente principal del lugar le habia 
dado durante el dia 7 la pena qne la 'suerte le deparaba en ]a noche le 
parecieron un suefio de mal agüero, mitad de oro 7 mitad de hierro. 
Cosa singular ! el mismo dia en que Chepillo subió á la mesa del 

fámonal, bajo al lecho humilde del pobre, como si Dios hubiera anerido 
acer de él el símbolo déla instabilidad de la vida humana, ó cual si liu- 
biera procurado recordarle que de la feliz abundancia á la infeliz esca- 
sos no ha7 más que un paso. 

Cuando vino el dia, Perico hizo lo que su amo le habia ordenado, 
esto es ; entaregó el vestido en casa de Don Miguel, le llevó al mozo el 
que éste habia dejado en ella, recibió el dinero contado para las compras, 
montó á caballo 7 partió. 

A eso de las nueve de la mafiana salió Chepillo á la calle 7 púsose 
á buscar una casa en arrendamiento para irse á vivir á ella. Sabido es 
que el dinero hace milagros ; asi no debe extrafiarse que á poca diligen- 
eia consiguiera una hermosa habitación que pasaba por una de las más 
cómodas y lujosas del poblado. 

Establecido en ella, hizo fijar sobre el umbral del portón una tabla 
con un rótulo que nos servirá de epígrafe al capitulo siguiente. 

CAPITÜLOIII. 
<< Aqií w compra lo fue le ofrezet en tcoM y le Tende lo que le busque ei eompra.'' 

IBES dias le bastaron á Perico para ir á Bogotá, comprar las cosas 
que Chepillo le habia recomendado que comprara, jr regresar. Como 
el mozo lo esperaba con ansia, no bien supo que habia llegado, corrió 
á donde él, le hizo desenfardelar los vestidos, escogió el que le pareció 
más hermoso 7 se disfrazó con él. 

Hecho esto se fué 4 bu casa, seguido de su ma7ordomo, 7 como las 
calles estaban desiertas no fué saludado con música de silbos 7 palmadas 
como en otra ocasión. 

El que estas páginas escribe pasandt) ese dia por cerca de la puerta 
que tenia el letrero expresado, alcanzó á ver á Chepillo dentro de la ca- 
sa, vestido de colorines 7 recuerda que no pudo resistir á la tentación, 
propia de un escuelante, de decirle á boca llena: ^^ Hola I tio lagarto 
¿ quién le ha dicho á usted que ho7 es jueves de corpus ? " 

Para que convengáis en qu^ el autor de esta historia tuvo razón en 
bautizar á Chepillo con ese apodo burlesco, debéis saber que el mozo 
vestia camisa ra7ada ; corbata listada ; chaleco amarillo de una moda 
que en aquella época sólo pertenecia á la historia ; levita ó más bien una 
eí^)ecie de bata corta de calamaco pintado de amarillo, rojo 7 verde ; 
pantalón de mahon color de naranja ; botines negros de cordobán 7 un 
gorro de damasco azul adornado de una borla de Tana negra. En ese dia 
memorable (para el autor) se paseaba Chepillo á lo largo del corredor 
de la casa mu7 ufitno de veise tan parecido á la gente decente, cuando 
de repente sonaron dos golpes sobre la puerta que daba á la calle 7 el 
vaozo se detuvo 7 dijo : 

— Perico ! alguien llama. 

r^Qui^ es ? preguntó él criado^ 



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_ 121 — 

— Yo soy, respondió una voz. 

Contestación necia, como descortez es la pregunta. 

Como Perico se quedó sin saber quien fuera el que llamaba, corrió 
á la puerta, y como estaba entreabierta, vio ái.dos jóvenes en pié en el 
umbral. 

— Está en casa Don José ? preguntó uno de ellos. 

— Si seQor, respondió el mayoroomo, sigan sus mercedes. 

Los jóvenes siguieron á Perico, el cual Tos condujo á la sala. 

Chepillo que se habia entrado á esta pieza y se habia tendido largo 
á largo en un canapé, ofrecia mejor que nunca la imagen viva de un 
lagarto. ^ ^ 

Los recien llegados lo saludaron 'desde el quicio de la puerta con 
sombrero en mano. 

El mozo contestó el saludo enderezándose un poco. 

Uno de los jóvenes avanzó dos pasos y dijo : 

— Hemos visto un letrero sobre la puerta de esta casa 

— Ah! sí, si, le interrumpió Chepillo, sentándose en el canapé como 
gente educada, sigan ustedes y se sientan. 

Los Jóvenes obedecieron. 

—Bien, dijo Chepillo, y que quieren ustedes ¿ comprar ó vender ? 

— Vender, dijo el mismo que nabia hablado. 

A estas palabras afiadió el compafiero : 

— Yo le vendo á usted dos caballos excelentes, que usted conoce 
como á sus manos ; el rucio j el castafio. 

— En qué precio los estima usted ? 

— Es cuatro cientos pesos ; son dos caballos de patente; altos, airo- 
sos, bufadores parecidos en la fachada al bucéfalo de Alejandro ó 

al gigantesco de Troya. Un general montado en uno de estos corceles 
sena el terror y espanto del ejército enemigo. 

Chepillo hizo un gesto cual si pensara : 

— Tu charla es iputil puesto que no comprendo el idioma en que 
me hablas. 

— ^Bien, le dijo al compafiero del que ofrecia los caballos, y usted 
qué me vende ? 

— ^Treinta toros de paleta, tamafios como elefantes, á veinticinco 
pesos cada uno. 

— Me parecen caros tanto los caballos como los toros. 

— ¡ Oh, no señor ! dijo el primero que habia tomado la palabra, 
jamas pueden ser caros en cuatrocientos pesos, dos caballos corpulentos, 
nuevos, bien formados, de elegantes y variados pasos ; de movimientos 
tan delicados que á escape puede usted llevar un vaso de a^a sin derra- 
mar una gota ; no es ponderación, pero creo que no es mas suave una 
carroza tirada por encima de una alfombra. 

— Los toros son como castillos, dijo el otro, de una fuerza prodigiosa 
que se arrastrarian un bosque entero si se les pudiera prender al yugo ; 
están habituados á toda clase de trabajo, al arado, al carro, al tiro,. . . . 
para lo que quiera destinarlos usted, para eso le sirven. 

Chepillo se quedó un buen espacio callado como si meditara en algo 
que debiera decir á los vendedores y en seguida les dijo : 

— ^Y saben ustedes las condiciones con que compro? 

— Las condiciones ! . . . . exclamaron á la vez los negociantes. 

•—Quizá no ignoran ustedes que soy duefio de un tesoro oculto ; 
pero que para tomarlo del lugar donde está y disponer de él á mi talante 



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— 122 — 

C8 preciso que yo cumpla con ciertas órdenee que pne dio el alma de roí 
tataradeuda. 

— Hacer cuatro romerías y pagar unos funerales j no es esto t dijo 
el dnefio de los toros. 

— Ni más ni menos ; con que así compro los animales que ustedes 
están vendiéndome, pero con la condición de pagárselos cuando tenga 
entre mis manos el tesoro. 

— Eso no es un inconveniente para hacer el negocio, respondió uno 
de los contratantes. 

El otro vendedor se adhirió al dictamen de su compafíero con una 
sefial de asentimiento. 

Arregladas las condiciones para el pago, perfeccionaron el trato ; 
los caballos á ciento noventa pesos y los toros á veinticuatro. 

Los jóvenes salieron de la casa, y al pisar la calle el uno le dijo 
al otro. 

— Qué clavo se ha llevado Chepillo, se ve que es torpe para nego- 
ciar. ... Si continúa de ese modo, aunaue el Queso de oro valga tanto 
como las riquezas de Creso, en menos de un afio se queda bostezando 
y apretándose la panza. 

A esto le dijo el otro : 

— Nosotros no seamos tontos ; aprovechémonos socarronamente 
de la simplicidad del hombre ; procuremos echarle al Queso cuantas 
tarascadas podamos, tratando siempre de persuadir al paleto que en 
cada negocio perdemos un sentido. 

Estas cosas iban platicando los dos esplotadores en el instante en 
que entraban en la casa de Chepillo dos sefíoree, pero po á vender cosa 
alguna sino á comprar lo que les conviniese. 

Chepillo les ofreció los caballos y los toros que acababa de comprar 
y como dio la casualidad de que conociesen estos animales ; en dos por 
tres ajustaron el trato por la mitad del precio en que el mozo los habia 
negociado. Esta venta la hizo Chepillo so condición de que le pagaran 
en dinero y de contado. Los compradores salieron de la casa muy conten- 
tos, y una hora después volvieron á entrar con cuatro mochilas llenas 
de dinero. 

Pagando el mozo á tan subido precio las cosas que le vendian, y 
dándolas á tan bajo, se multiplicaron las transacciones prodigiosamente. 
De todos los pueblos circunvecinos acudían negociantes ; los más avaros 
á vender y los amigos de pájaro en mano, á comprar. Al mozo no le 

Quedaba tiempo para comer, ni para dorminir ; vivía comprando, ven- 
iendo y haciendo cuentas ; y cosa singular : él sin imaginárselo estaba 
dándole un impulso prodigioso al comercio de todo el cantón. .Guatavlta 
enriquecía, los pueblos adyacentes prosperaban que era una bendición 
y todo el mundo miraba á Chepillo como al Dios de la abundancia y de 
la dicha. No habia una persona en el cantón que no creyera oue era 
más felicidad acercarse al descendiente del marques de San IsiarOy que 
subir al cielo como subió el privilegiado Elias. Sí Chepillo hubiera 
muerto entonces, el pueblo agradecido como estaba, le hubiera tributado 
los honores divinos del apoteosis ! . . . . 



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— 123 — 

CAPITULO IV. 
El dinero aleanza lo qne el amor no pnede. 

HAMBREADO y trasnochado Chepillo de no comer ni dormir por 
estar ocupado en hacer compras y ventas, como le acontece siempre 
á todo hombre de crecidos negocios, ó sea á todo codicioso de esos 
que piensan más en sus bienes que ei> su propia persona, se fastidió de 
semejante vida, tal vez porque a ella no estaba acostumbrado, y se enfer- 
mó de melancolía. Lleno de tedio estaba un dia y queriendo distraerse le 
ordenó á su mayordomo que le ensillara el mejor caballo de los que ha- 
bia en su cuadra, con el fin de ir á disipar el malhumor que acongojaba 
su espíritu, viendo y paseando los campos donde había nacido y pasado 
la mayor parte de su vida. 

Hizo el mayordomo lo que su amo le mandó, y cuando este fué in- 
formado de que el caballo estaba preparado, paso á la caballeriza, se 
puso loa arreos de montar, de un brinco se colocó en la silla y partió 
tan aprisa y tan bien montado que despertó la envidia de los equitado- 
res que lo vieron pasar, que no eran pocos según se cuenta, pues en 
Guatavita todo el mundo lia sabido montar bien á caballo. 

Chepillo no corría sino volaba. Yendo con tanta prisa no tardó 
veinticinco minutos en pisar la tierra que lo había alimentado. De 
súbito sofrenó el caballo ; el animal se detuvo temblando bajo las pier- 
nas de tan cruel jinete, echando espumarajo por la boca y vertiendo 
por todos los poros gruesas gotas, de sudor. Chepillo de industria lo dejó 
descansar un momento, y luego poniéndolo en el paso más elegante lo 
endilgó por una estrecha senda que posaba por cerca de la casa de 
Lucía. ' 

Como la linda pastora no estaba por ahí a la vista, nuestro héroe 
dio un suspiro y exclamó : 

— Maldición ! he errado el tiro ! 

Don Pío que á la sazón se hallaba parado debajo del alar de la casa 
del lado de la senda, al ver á Chepillo que pasaba corriendo sin dar in- 
dicios de Querer llegar donde él estaba, le dijo con voz levantada: 

— Hola I amigo, por qué tan derecho ? 

El mozo deteniendo el caballo respondió : 

— La culpa no es mía, ello depende de lo recto del camino. 

— rDe eso estoy convencido, le gritó Don Pío ; he querido preguntar 
á usted por qué no llega á mi casa ? 

A todo esto Chepillo había dirigido ya su caballo al lugar donde 
Don Pío estaba parado, y andando le decía : 

— ¡ Oh qué memoria la suya ! . . . . i No me previno usted una vez 
que no volviera á poner mis pies en los umbrales de su casa? 

— Es usted muy rencoroso, señor mío ; esas cosas ha mucho tiempo 
que pasaron ; no resucite usted ese muerto ; echémosle tierra á nuestro 
^nojo y volvamos á ser amigos. 

— ^Bien está, respondió el jinete, le prometo á usted qne olvidaré 
lo pasado. 

— Si su reconciliación es sincera, entre usted en casa, que aunque 
estoy solo yo le haré. . . . 

— Oh I no, es necesario que usted me dé la prueba die esa sinceridad^ 
visitándome primero, le interrumpió Chepillo. 



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— 124 — 

— Né tengo inconveniente y hago saber á u&ted qne sentiré nn gran 
placer en estar nn rato con usted en su habitación. 

— Según eso lo espero mafiana á las siete en La Compañía, y elijo 
esta casa para recibirle la visita^ por dos i^azone^ : porque deseo que 
usted se amiste con mi abuelo y porque quiero que estemos solos para 
que hablemos, sin qne nadie nos interrumpa, de un asunto de la major 
importancia para entrambos y para cierta personita. 

El viejo recibió las últimas palabras de Chepillo como el anuncio/ 
de la futura dicha de Lucía, pues andando el tiempo se habia convenci- 
do de que no era á su mujer á quien amaba, sino a su hija, como el mo- 
zo se lo habia confesado el dia de la primera rifia que con él habia 
tenido, y así le dijo: 

— iré, palabra de campechano, pues adivino que ese asunto de que 
usted quiere hablarme, es tanto para provecho mió y de mi familia, 
como para dicha suya. 

Cliepillb se sonrió y se despidió de su nuevo amigo. 

Faso ante paso se lué alejando entre triste y alegre ; triste por no 
haber visto al ídolo de su alma, y alegre por haber anudado el hilo roto 
de 1^ relaciones qne hapian su ^licidad. ' 

Como iba pensativo y distraído, cuando menos lo pensó entró en la 
casa de su abuelo. • 

Pasemos en silencio su llegada á esta mansión y su estación en 0lla 
{x>r una tarde y una noche, ya que no ocurrió nada digno de ser escrito y 
volvamos á casa de Don Pió a verlo montar y acompafiarlo luego á ía 
visita. 

Como á eso de las siete de la mañana del dia siguiente mandó Don 
Pío á Liberato que le ensillara la rucia. 

El criado se fué donde la yegua estaba paciendo, la enlazó, la con- 
dujo al patio de la casa y se puso á ensillarla. Así como le colocó el fus- 
te sobre los lomos le apretó accidentalmente la cincha, ínterin le ponía 
la grupera y sucedió, por influencia del Diablo que en todo lo malo se 
mete, que al pobre de Liberato se le olvidara asegurarla y así sin mas, 
procedió á amarrar el cabestro de la jáquima al arzón y á avisar á su 
amo que la yegua estaba ensillada. 

Don Pío se acercó á la rucia y lleno de confianza se asió de la cabe- 
za de la montura con la mano izquierda, metió el pié en el estribo y al 
primer impulso que comunicó á su cuerpo para ponerlo en la silla, se le 
vino ésta encima, con lo cual perdió el equilibrio y cayó de espaldas 
produciendo un gran ruido. Espantada la vegua con la caída de su due- 
ño é impresionada con la silla que se le habia deslizado hacia el vientre, 
empezó á dar espantables bufidos y corcovos y en seguida partió como 
la ira malaj aplastando de camino una clueca con media docena de po- 
llos ; reventando una cuerda que atravesaba el patio, donde habia col- 
gada mucha ropa blanca, y enredando luego con la silla (que llevaba 
ya arrastrando) un cerdo que no lejos de la casa estaba atado á una es- 
taca. El infeliz puerco siguió el camino de la muerte, unas, veces de es- 
pinazo y otras de patas, grufíendo y chillando de tal suerte que no acer- 
tando nosotros á descifrar tan destemplado canto, dejamos que sus notas 
graves y agudas sean debidamente apreciadas de los lectores afortunados 
quO' entiendan de música. 

Lucía y Doña Juana al oír tan grande y descomunal ruido ocurrie- 
ron presurosas, y aunque vieron á Don Pió que caído en el patio se in- 
corporaba sobándose con arabas naanos las caderas y que daba dolorosos 



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— 125 — 

«yes, maldito el caso qne hicieron de él ; las desapiadadas pasaron por 
encima del viejo, ligeras como una ave á examinar las ruinas y tristes 
vestigios qve la perversa yegua habia dejado en el campo por donde ha- 
bia ejecutado su rápida carrera. 

—Por Cristo crucificado ! gritó la moza, mi gallina y mis pollos 
muertos I .... . que hago en este caso I . . . . 

— Virgen de los I)oloresI exclamó la vieja, ¡ha desdicha grande! 
la ropa recién lavada que parecía un alasbastro de puro blanca, como la 
volvió más negra que un limpión de cocina, la remilgada yegua que Sa- 
tanás la confunda!.... Otro medio real en jabón, y eso es, para enju- 
farla y quitarle la mugre que se le prendió. . . Así ni con la renta de 
antanderl ... 

Becia Doña Juana estas palabras al mismo tiempo qne recogía 
aquí y allí las camisas, las enaguas y los pañuelos dispersos por el patio. 
En esta ocupación estaba, cuando llegó a sus oidos el ruido de una voz 
que le era muy conocida ; al punto alzó la cabeza, corrió fuera de la casa 
y vio ¡ oh desgracia ! que la rucia llevaba al cerdo arrastrando. 

— Infeliz animal ! exclamó ; lo asesina la yugua, no hay para que 
dudarlo. 

Y como si quisiera apartar los ojos de tan triste cuadro se los cu- 
brió con las manos diciendo : 

— Lo qne es este miserable mundo ! tan contento que estaba esta 
mañana el alfnamia de mi marrano ; ¡ cuándo él creya que á la hora esta 
habia de hallarse al borde de la tumba ! . . . . 

Luego que hubo expresado estos lamentos, se descubrió la cara, 
tendió la vista hacia el lugar del desastre y vio que la yegua se habia 
detenido no lejos de la casa ; que el cerdo estaba tendido allí cerca y 
que esto acontecía porque la silla se habia encajado eqtre dos grandes 
piedras. 

Presurosa corrió la pobre mujer ; jadeante llegó á donde estaba el 
moribundo marrano, lo abrazó, le besó los ojos y le dijo mil palabras 
de ternura y de consuelo. Encarándose luego á la rucia, la maldijo, la 
trató de inhumana y de cruel, y la amenazó con que se vengaría de ella 
por el maltrato que le habia causado á su animal. Después de esto, que 
le sirvió de deshago, regresó á su casa con el cerdo del cabestro, el cual 
la siguió cojeando y manqueando. 

ínterin estas cosas pasaban, Don Pío se habia puesto en pié, y 
amostazado como estaba con lo ocurrido, le dijo á Liberato, que se había 
quedado cerca de él como aturdido : 

— Hombre de Satanás, cuando harás una cosa bien hecha ? 

— Cuando me hayan enseñado hacerla. 

— Qué es lo que dices? 

A esto dijo en voz baja el criado : 

— Como que lo ha dejado sordo el golpe, y esforzando la voz añadió : 

Cuando me hayan enseñado á hacerla. 

— £1 picaro se burla de mi, dijo el viejo mirando á todos lados 
como si buscara un palo para castigarle la falta. 

— Señor, respondió el criado con semblante abatido, yo no me burlo 
de su merced, he querido decirle aue hice mal el mandado, porque iia- 
die hasta el día de hoy, me ha dicno como se ensilla una bestia. 

— Hablas de un modo que cualquiera que te oyera diría que jamas 
habías ensillado un caballo. 

— ^Y á fe que decía verdad, pues no recuerdo haber ensillado en 
mi vida otro animal que la yegua de su merced. 



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— 126 — 

Don Pío so sonrió y dijo : 

— Lh silla no sé me volvió porqne no sepas ensillar, sino porqne 
eres muy descuidado, pues ya adivino la causa. 

— Su merced no es monos descuidado que yo. 

— Cómo ! . . . . qué dices ? socarrón ! 

— Yo tuve el descuido de no amarrar la cincha y su merced el de 
no mirarla para saber si estaba asegurada. 

— ^Tienes razón, pues nadie debe confiar en un bestia como tú. 

' — Bestia he nacido y bestia han de enterrarme, dijo Liberato alzán- 
dos de hombros. ' 

Hubo un momento de silencio al cabo del cual le dijo Don Pío con 
acento de ira : 

— Con quo te quedas ahí armado como un poste y no das providen- 
cia alguna de coger la yegua ? 

Voy, señor, al momento, dijo. 

Y emi>ezó á andar tambaleándose, con una lentitud que no daba 
esperanza alguna de llegar en todo el dia donde estaba la rucia. 

— Quieres moverte ? le gritó Don Pió siguiéndolo. 
— Carambola ! qué aprieto, refunfuñó el criado. 

Y tomó un trotecillo algo, picadillo que en vez de calmar al impa- 
ciente amo lo hizo rugir de rabia. 

Por fin llegó al punto donde la yegua estaba detenida, la desenredó 
y púsose á ensillarla. 

— Animal de mis pecados, le decía, qué diablo de humorada ha sido 

esa? ¿Qué demonio se te ha encajado dentro del cuerpo para dar 

tanto qué sentir, haciéndote la potranca al fin de tu larga vida?.... 
Hembra habias de ser para portarte tan mal al cabo de las cansadas. 

En seguida hablando consigo mismo añadió : 

— I Quién habia de creer que la andrajosa ésta, habia de hacerce 
después de anciana la remilgada y la melindrosa cual doncella de quince 
años?. . . . Cuando llegue el dia de la trilla, agregó, dirigiéndose á la 
rucia, tengo de arreglar cuentas contigo. Sabe amiga que me aprieta el 
deseo de cascarte más de cincocientos kx/pos^ los que puedo darte sin res- 
ponsabilidad alguna. 

La yegua bajó la cerviz y con la mayor paciencia aguantó el rega- 
ño y la ameniza sin responder una palabra. 

Acabado este soliloquio que Liberato tuvo por coloquio, partió con 
la rucia del diestro. 

Don Pío esperaba la yegua con impaciencia ; los lamentos de las 
dos- mujeres lo tenian desesperado y quería apartarse lejos de ellaa. Por 
esto cuando Liberato entró en el patio con la bestia, Don Pió no reparó 
en el estropeo que habia sufrido la silla, sino que se apresuró á mon- 
tar é irse. 

Montó, pues, apresuradamente y salió á bonito paso. En breve llegó 
á La Compañía. Chepillo hacia rato que lo esperaba y no bien vio que 
se acercaba, le salió al encuentro ; le ayudó apearse y de bracero lo 
condujo por entre un hermoso trigal, <;uyas espigas de oro se blandían 
al soplo del viento. Después de haberse internado bastante trecho en la 
sementera, se sentó cada cual en una gran piedra, el uno en frente del otro 
y Chepillo le habló de esta manera. . .. Pero no, nos parece innece- 
sario que el lector asista á la conversación pues suponemos que él la 
adivina y para que no trabaje su imaginación le contaremos que cuando 
terminó la conferencia, nuestros dos personajes daban muestras del ma- 



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— 127 — 

yor contento 7 alegría ; en el semblante del anciano resplandecían do 
tal modo las gratas emociones de sn corazón, que su faz parecia tersa y 
hermosa como la de un joven ; en Chepiüo se veia brillar, bajo sus párpa- 
dos, una mirada sublime, j errar en torno de sus labios una graciosa 
sonrisa, 

Eeconciliados sinceramente estos dos hombres, que tan enojados se 
mostraban, regresaron al patio de la casa^ y Don Pió obedeciendo los 
gritos de su corazón buscó á su antiguo amigo Don Lorenzo y lo abrazó 
afectuosamente. 

El abuelo de Ohepillo deponiendo sus pasados resentimientos fué á 
sn pequefía bodega, sacó una botella de mistela y volviendo donde 
estaba Don Pió y su nieto les dijo : 

— Brindemos con esta mistelita por la nueva amistad de los tres, ó 
mejor por la amistad de las dos familias. 

Don Fio y Ohepillo aceptaron la proposición del viejo y todos tres 
bebieron sendas copas de licor por la eternidad del nuevo vínculo que 
unía sus almas. 

Pasados losbríndis, charlaron y fumaron tabaco nuestros héroes por 
más de ana hora, al cabo de la cual, Don Pío se despidió sin que bastaran 
los ruegos de sus dos amigos á detenerlo á comer ; pues le apretaba el 
deseo de ir á contar á su familia cuanto acababa de pasarle. Marchóse 
el viejo, y apuró tanto á la rucia que cuando llegó á la casa, temblaba 
la pobre yegua. Apeóse ligero, y á gritos llamó á su mujer y á su hija 
á un rincón de la sala y sentándose en la silla de brazos les dijo : 

— Esposa mía, hija querida, hoy toca la fortuna á las puertas de nues- 
tra casa ; es necesario abrirlas de par en par y darle entrada á esa hués- 
peda tan risuefía y tan benévola que derrama la felicidad por donde 
quiera que pasa. 

Doña Juana hizo un movimiento de sorpresa y preguntó : 

— Cómo así? esposo del alma. 

— ^Van ustedes á saberlo, dijo el viejo cogiendo entre sus manos una 
mano de su mujer y otra de su hija. Hoy, así como llegue á La Compa- 
ñía me llamó Chepillo aparte, me ofreció su amistad, su valimiento, sus 
riquezas, qué sé yo ? y en seguida me pidió la mano de Lucía, con la 
sinceridad más, grande del mundo; sinceridad que echó de ver en su 

mirada, en su semblante y hasta en el trémulo acento de su voz 

Díganme ahora ustedes ¿puede haber una dicha tnayor? 

La pastora se puso encarnada como la flor de lis y abrumada por 
la vergüenza, bajó la cabeza y clavó los ojos en el snelo. 

Doña Juana ahogada por la emoción que enjendra una buena 
nueva, diio con harta turbación. 

— ¡ Ay Dios mió ! si eso fuera cierto ! 

— Cierto y muy cierto, no hay para qué dudarlo, respondió el viejo 
con acento de convicción, yo garantizo la buena intención del muchacho. 

— Animo nifía, á cogerle hoy mismo la palabra, antes de que se 
vuelva atrás, le dijo la madre á la hija. 

— Yo quiero, señores padres, que sus mercedes me permitan per- 
manecer siempre á su lado ; desde que Jorge murió he hecho voto á 
Dios de vivir soltera y honrada. 

Dijo esto Lucía con los ojos fijos en la juntura de dos adobes de 
donde, con el dedo mayor del pió derecho, sacaba la basura de que 
siempre están llenas las grietas de los toavimientos solados 

—Con que, titubeas, hé? le dijo el vi^'o. 



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— 128 — 

— ^La verdad eB, señor, que yo no quiero tener marido, se atrevió á 
decir la zagala con voz tunida y llorosa. 
* — Vamos, y por qué no quieres ? 

—Por que á más de que pienso en cumplir el voto que he hecho á 
Dios de morir soltera, no tengo ni tanticas ganas de casarme. 

— Bah 1 qué niña eres ! ya se te abrirá el apetito, y advierte que en 
cuanto te venga el antojo harás tanto caso del voto, como el que 
hacen los ludios del prometido á Dios, el dia que se coníiesan, de no 
volver á probar la chicha. 

— £s tan caprichosa esta muchacha, dijo Dofia Juana rifiéndola. 
El otro dia (jneria casarse con un pobreton, (que hizo bien Dios en 
llamarlo ajuicio) y ahora se le brinda un partido de lo bueno y le hace 
el gesto, cómo si fuera una cosa que se encontrara todos los dias. 

— El otro dia quería unirme á un hombre á quien amaba, y á Che- 
pillo lo aborresco. 

—Ya lo querrás, le dijo Don Pió, lo que importa por ahora es que 
él sea tu mando. Para comer y rascar no hay sino empezar, dice el 
refrán, y á mi modo de ver, lo mismo acontece con el amor. 

— ^Tal vez, señor, pero al menos debiera su merced concederme . . . 

— Qué cosa ? 

— ^Tiempo para pensarlo. 

— Qué estás diciendo ? estás loca ? exclamó Don Pió con feroz sem- 
blante ; ni un dia ; qué digo ? . . . . ni un minuto. Desde este instante 
petteneces en alma y cuerpo á Chepillo ; lo entiendes? 

— ISi hecha pedazos, señor: primero me dejo arrastrar de los cabe- 
llos por un pedregal, G[ue ser esposa de ese hombre, le dijo la pastora 
pálida de rabia, con aire resuelto y alzando la mirada á la altura de la 
de su padre. 

El viejo pensando que seria más fácil atraerla con dulzura á su par- 
tido, le dijo : 

— Qué tienes? hija mía ; no reflexionas que tu madre y yo estamos 
viejos y enfermos y que no tenemos fuerzas para trabajar í ^ue tú sola 
no alcanzas á proporcionamos el sustento ? que el arrendamiento de la 
tierra sube cada año ? que los víveres sen cada dia más caros ? Medita 
en todo esto, hija idolatrada, y verás que si te casas con Chepillo tú y 
nosotros mejoraremos de suerte. Tú serás feliz siendo dueña de inmen- 
sas riquezas ; tendrás elegantes trajes que vestir ; hermosos caballos e^ 
que pasear ; mesa abundante y delicada para regalar el paladar ; casa 
en el pueblo y casa de campo para hacer grata la vida, yaríando de ha- 
bitación y . . . . qué sé yo qué más comodidades. Juana jr yo seremos pro- 
tegidos por nuestro yerno ; tendremos un campo propio que cultivar ; 
una choza que será nuestra, de donde nadie podrá desalojamos ; iremos 
á misa los dias de fiesta en caballos regulcures ; la rucia está ya cascada 

Í achacosa y es preciso darle carta de libertad. Ademas de esto, Ghepi» 
o nos hará dueños de un hato de vacas y entonces pasaremos las ma- 
ñanas ordeñándolas y las tardes haciendo quesos, con lo que consegui- 
remos para comer bien y vestir mejor. 

—No ignoro, reepondi^ la zagala, que sus mercedes están ya gasta- 
dos y débiles y que á duras penas se proporcionan el sustento ; pero á 
Dios gracia» yo soy joven y tengo buenos brazos y si necesario fuere 
doblaré mis fatigas para que no nos falte el pan de cada dia : cabaré la 
tierra sin cesar y el cielo nos protejerá haciéndola brotar abundai^tes 
frutos. Seré esclava de los que me dieron el ser, pero nunca de tm hom- 
bre que odio de corazón. 



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— 129 — 

— Qué tiempo en el que vivimos ! qué lejes las que nos gobier- 
nan ! . . . . exclamó él viejo con voz airada dando ana patada en el suelo; 
cuando yo era nifio las cosas pasaban de otro modo ; entonces eran los 
padres los aue hacian los matrimonios de sue hijos ; pero hoy, los peque- 
fiuelos son los que dan la ley ... . ^ Quién dijo que una mozi^ que nació 
ayer habia de tener más experiencia y juicio que un viejo y por consi- 
guiente mejor cálculo para elegir marido ? £n esa época á que me refie- 
ro no habia un cansamiento desgraciado ; más, hoy no se ve uno feliz .... 
Maldición á los que ^bieman I . . . • Maldición á los que hacen las leyes 
humanas en contra oe las leyes divinas ! . • . . Escucha Lucía mis últimas 
palabras. ... Yo be oido decir mil veces al señor cura en el plílpito : 
*^ Los padres son para susf hijos lo que Dios en el cielo para todos los 
hombres; su voz, es la voz ael Scfior, sus órdenes son sagradas, y ay I 
del hijo que las desobedezca ! " Yo pues con la potestad que tengo sobre 
tí te mando que te cases con Cbepiílo, y advierte que si desoyes mi or- 
den, de Dips recibirás el castigo. 

La muchacha aterrada con la amenaza de la ira de Dios y fascinada 
con la riqueza de Chepillo, dijo : 

— Me caseré, sefior ; que se haga su voluntad, y la voluntad Divina. 

— ^El cielo bendiga tu docilidaa, hija querida, expresó Dofia Juana. 

-—Gracias sean dadas á Dios que la deja caer en la tentación de ca- 
sarse, dijo Liberato, ^ue desde el umbral de la puerta, escuchaba la con- 
versación de la famiba. 

Don Pío le dijo á su hija : 

— ^Tus labios acaban de hacer nuestra dicha ; ven á mis brazoa. 

Y la estrechó entre ellos con la mayor tenmra. 

— Me caso ; pero bajo una condición, dijo Luda bajando los ojos y 
la voz y rascuñando la pared contra la cual se habia cargado. 

— Cuál ? le preguntó el viejo. 

— Que Chepillo me saque ae esta tierra donde tanto he sufrido. 

— ^Y á donde quieres que te lleve ? le preguntó la madre. 

— A Bogotá ; si hago el sacrificio de casarme que sea por al^o. Que 
Chepillo con tanto dinero como dicen que tiene, que me saque de entre 
las zallas y me coloque entre las señoras. Si él conviene en llevarme á 
vivir a la capital á una buena casa; en darme vestidos de seda, y una 
criada de zapatos que me lleve el tapete á la iglesia, me casaré con él, 
como ya lo dije. 

—-Qué pretenciones las de esta muchadia ! exclamó Dofia Juana ; 
sabe que el hábito no hace al monge ; una no es señora porque se vista 
de sed!a, sino por las prendas que ten^ elalma. La persona que quiere salir 
de su clase para colocarse en otra mejor, sin merecimientos, pierde el pues- 
to que tenia y es rechazada del que solicita. Si quices volar sin alas, no 
harás sino ponerte en ridículo, i río piensas que los comerciantes tanto de 
ruanas como de harina, que de aquí van á la ciudad, cuando te vean pasar 
llena de cintas, de colgandejos y de ringorrangos, dirán : '^ Mirad que 
remilgada y maja va la hija del tio Pisco f no na mi^^eho que ordeñaba 
su vaca en la orilla de la sementem ; que hilaba mi vej^on deb^o del alero 
de su choza, é iba al pueblo los domingos coii sip enaguas de bayeta y 
mantilla de lo mismo y hoy va que no pone lories en el suelo, con saya 
de seda y mantilla estampada, haciéndose >fó sefiorota y la desconoci- 
da ? ... . Quien no la conoce que la compi^'t 

— Con tal que de mi no oigan que^ ladrona ó querida del señor 
gamarkU ó del maestro de escuda, poiM^ demás no se me da un ardite. 

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— 130 — 

—Lucía tiene razón, dijo Don Pío, en exigir grandes comodidades; 
si no ee casa por el hombre sino por la bolsa, justo es que Chepillo le dé 
gusto en cuanto ella quiera. Yo me encargo de decírselo, 7 estoy seguro 
que por ello no bochará pié atrás. 

— Dígale taiñbien que me complazca en otra cosa ; que me dá un 
libro con pasta dorada como los que llevan las señoras á la Iglesia. 

— ^Yaya un capricho ; para qué quieres libro si no sabes leer ?. . . . 

— ^Nada importa que no sepa el A., B, C ; ya que soy una rústica, al 
menos debo suponer que na lo soy desde el momento en que use vestido 
de señora, y para ello creo que me bastará abrir el libro cuando el cura 
esté diciendo la misa y fingir que leo ... . { cuántas harán lo mismo ? . . . . 

— ^Bien está, le mré á mi futuro yerno que te dé el libro que deseas, 
dijo Don Pío con calma. 

— Bueno será ponerle dos condiciones á Chepillo ya que tiene tan- 
tas ganas descasarse con nuestra hija, dijo Dofia Juana ; que le dé ^usto 
á Lucía en cuanto ella le exija, y que nos dé á nosotros una estancia en 
propiedad.* 

— ^Eso es corriente, expresó Don Pío, y ademas que nos de unas vacas 
de leche, dos caballos en que ir á misa y un vestidito dominguero, á 
cada uno. 

— Mi amo, dijo Liberato á esta sazón, si por un milagro de Dios le 
diese Don Ohepillo un caballito en qué montar, espero que su merced 
se compadezca de mí y me deje la rucia, que ya no tengo fuerzas para 
andar Ipesuña. 

— £n ese caso tendrás la yegua para que hagas los mandados ; pero 
si me protnetes ser juicioso y honrado. 

— Hasta ahora me parece que su merced no me ha cogido en malicia 
alguna ni como al negro de la uña; nadie puede decir que Liberato 
C^irlobirlo haya andado un solo día con \aa patas tuertas. 

— Eso es verdad, pero estás en el camino del mal, puesto que eres 
muy haragán y la ociosidad conduce á todos los vicios. 

Liberato no se dio por entendido del car^o, y así dijo : 

—Quiero decirle otra cosa á su merced si es que no se incomoda. 

— Di lo que gustes, hombre, que hov es dia de ^audeámus. 

— Como el amo Don Chepillo habrá de regalarle á su merced una 
buena silla, espero que su merced me done la viejecita en que ahora 
monta. . 

«—Si así fuere tendrás también ese regalo. 

—Y como su merced dice que va á pedirle, como ribete del negocio 
un vestido nuevo .... yo ... . (añadió mirándose) ya bien ve, estoy hecho 
una hilacha. 

— ^Basta, basta atrevido, le dijo Don Pío impacientado, bien <}icen 
que á los criados no hay que darles el pié porque se toman la mano. 

— ^Diré como dijo el otro, replicó Liberato^ le pedí como á ricacho 
y salióme con un cacho. 

Don Pío se levantó de su asiento furioso, con ánimo de echarle al 
criado un cerro encima, pero se detuvo al oír el ruido de un caballo 
que entró en el patío precipitadamente. 

—Ahí está Don Chepillo, dijo Liberato. 

Efectivamente era el mozo que se presentaba muy bien vestido y 
mejor montado. Sin esperar 4 que le mandaran desmontarse se apeó y 
saludó cortesmente á sus futuros suegros quienes habían salido de la sala á 
recibirlo. Lucia al saber que ChtpiUo había llegado, se metió de rondón 



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— 131 — 

ten el aposento con la velocidad qne pasa la lanzadera por entre los hilos 
del urdiembre. 

— Yamos para la sala, le dijo Don Pío ¿ su visitador cogiéndolo de 
un brazo, y ecuando á caminar. 

Cuando los dos viejos y el mozo estuvieron adentro, se sentaron. La 
conversación rodó sobre el buen tiempo y el estado de las sementeraSi y 
después de un intervalo de silencio le dijo Chepillo al viejo. 

— Qué hay de mi negocio ? señor Don Pió. 

— 1^ide*^4pedir de boca; pero Lucia exige una condición. 

— Como no sea un imposible ? . . . . 

— lÍQ tal ; que luego que usted sea su esposo la Heve á vivir á Bo- 
gotá, y que allí la tenga con la decencia y lujo que corresponde á una 
sefiora. 

— Bah] eso se cae de su peso. Usted sabe que los hgmbres de buen 
meollo, á poporcion que aumentan su caudal buscan los goces. Ellos en 
tal caso degan el bosque por la aldea ; ésta por la parroquia ; la parroquia 

!)or la villa y la villa por la ciudad ó la corte. En cuanto al vestido sucede 
o mismo ; van mejorándolo hasta Bsar las telas más finas y delicadas. Yo 
rica como soy, ofrezco tener á Lucía como á una reina. 

La moi^a al oir esto, (que muy bien lo oyó en donde estaba) experi- 
mentó an gran contento y con la imaginación se trasladó & Bogotá y se 
▼i^ía4e raso y terciopelo. 

• — Pío y yo exigimos otra (y)ndicion, le dijo Dofia Juana ; que usted 
Boé haga donación de un pedazo de tierra, donde sembrar el grano que 
nos sustente, pues Luciano podría ser feliz viendo á sus padres en la mi- 
seria, j siendo ella desgraciada lo seria usted también. 

— En ello estaba pensando, y estoy ya decidido á comprar á Flores ; 
2síy cuando esto suce(te ustedes irán á manejar por su cuenta esa hacienda. 

— Pero, usted nos dará la tierra vestida, no es verdad ? se atrevió á 
decirle Don Pia 

Sí, si, de com]H*arla es con vacas, cdballos y ovejas. 

Liberato que estaba escuchando desde U puerta, empezó á bailar 
en un pié dando muestras de grandísimo placer. 

En este momento Don Pió se acercó á Chepillo y^á media voz* le di- 
jo en el oido. 

— ^Me parece conveniente que usted hable con Lucia. 

—En dónde está? 

— ^En el aposento; puede usted entrar y conversar con ella á sus 
anchas. 

No se lo dijo á ningún tullido ni ciego, al punto se levantó del asien- 
to y se metió como una flecha por la puerteciíla de la alcoba. Lucía es- 
taba sentada en el borde de su cama y al sentir al mozo se cubrió la 
cara con la mantilla. Chepillo se acercó á ella ; se le acomodó á un lado ; 
le echó el brazo por el cuello y dijole ; 

— Centro de mis entrañas, alivio de mis dolores, alegría dé mi vida, 
con que al fin jp" al cabo te condueles de esta alma desventurada que por 
tí tanto ha gemido y qua de hoy en adelante contigo tanto va á gozar ? . . . . 
Yo no soy ya, á Dios gracias, ese Chepillo que desechaste porque era 
pobre ; ese mozo que aborrecías porque era truhán, enamorado y malan- 
drín ; yo soy hoy, merced á la generosidad de mi tataradeuda Carranza y 
á los consejos de mi abuelo, un hombre rico y juicioso. 

—Válgame Crísto 1 exclamó Lucía destapándose un ojo ; cuanto pa- 
ra tan poco ; te has vuelto más parlanchín que el loro de la tía Tomasa. . . . 



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— 132 — 

Caramba ! qne me has puesto la cabeza tamafia t . . . Para decirme qne 
me amas no era necesario enjaretarme ese sartal de palabras, de vara y 
media de largo. 

Estaban los novios en este sabrosísimo coloquio, cuando Don Pió 
empezó alzar fervientes plegarias al cielo por el feliz éxito de la entre- 
vista, y Doña Juana á murmurar ciertas oraciones que para tales casos 
le había enseñado su abuela, pues ambos temían que Lucia se arrepintie- 
ra al ver al mozo. 

En estoa ruegos estaban ocupados los viejos cuando Chepillo salió 
del aposento, con el corazón palpitante de alegría 7 en los ojos pintado 
el trofeo de la victoria que acababa de obtener. Don Pió y su mujer que 
esperaban con impaciencia el resultado de la entrevista, bendijeron 4 
Dios, lue^o que vieron el semblante risueílo y satisfecho del mozo. 

—Sabrán ustedes que es negocio concluido, dijo Ohepillo con acen- 
to de triunfo. 

— ^Dios eche su bendicipn sobre entrambos, exclamó la vieja; 

— Y que esa bendición caiga sobre nosotros también, añadió Don Pió. 

— Lo que siento es que venga tarde ese bien que ustedes desean, 
dijo el mozo. 

— Por qué motivo ? le preguntó la vieja. 

-^Porque Lucía quiere que re^rdemos el matrimonio algún tiempo. 

— Qué capricho ! exclamó Don Pió. 

-^Quizá Lucía tiene razón, respondió Chepillo, pues el refrán dice : 
Casamiento á la lijera pronto desespera. 

— Bien, dijo Don Pió, y ^ue impedimento tiene Lucía para. . . . 

El mozo le interrumpió diciendole : 

-—Me dijo c|ue había hecho voto de no casarse hasta que pasara el 
año de luto que llevaba en su, corazón por la muerte de Joi^e ; que esto 
y el otro ; que tal yque qué sé yo ; que pitos y flautas. En ím, me metió 
imas cortas y otras lar^ y no hubo argumentos que la obligaran á ceder. 

—No importa, dijo el viejo, déjemela usted de mi cuenta. 

— ^Muy bien, solo usted puede ponerla como una gamuza. 

Dicho lo cual sacó Chepillo del bolsillo de los pantalones un enprme 
reloj de plata, y clavando los ojos en la muestra dijo : 

—Es hora de comer ; son las dos y diez minutos ; me voy. 

— Y diez centavos, querrá su merced decir, le corrigió Liberato. 

— Lo mismo es centavo que minuto, replicó el mozo con chocarrería. 

Y procurando esquivar una disputa inútU se apresuró á despedirse 
de Lucia. 

En 8eguida,.cambiando con los viejos un cordial apretón de manos, 
salió de lajpieza ; de un brinco se puso sobre el caballo y partió. 

Don Pip enarcó las cejas, y rascándose la cabeza con desespe- 
;racian aulló : 

—Con mil diablos que no le exigí á Chepillo que nos diera un 
traje dominguegro* ..... pero no le hace, tiempo queda. Mañana será 
otn)dia. 



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~ i3á — 

CAPITULO V. 
De eomo GliepiUo empieza i dar eiunplimiento í líu (írdenes del alma de la marqaeía. 

MONTADO Chepillo en su elegante y brioso caballo anduvo en corto 
tiempo el trayecto que separa la casa de Don Fio del putote del río 
Tominé. Llegó á este punto en el momento en que unos escuelantes^ 
que acababan de bailarse, se entretenían en jugar á la pelota en un bellísi- 
mo prado alfonbrado de poleo y de flores blancas y amarillas de achicoria. 
Todo fué ver los muchacnos que Chepillo se acercaba á ellps j al instante 
dej&ron el juego y corrieron á formarse en dos alas á contmuacion del 
puente. Ordenados así, convinieron en lo que debían decir y hacer en 
el acto en que por entre ellos pasara el mozo. Cuando esto sucedió gritaron 
con toda la fuerza de sus pulmones i-'^Viva el heredero de la marquesa de 
San Isidro;" Decir esto y botar los sombreros al aire, todo fué uno. Con 
los gritos y el vuelo de los sombreros se espantó el caballo y echó á dar * 
vueltas como una corredera de molino. Chepillo como era buen equita- 
dor no se asustó con semejante rotación ; antes bien se dio mafia de 
detener los movimientos circulares del caballo y de colocarlo en dirección 
del camino que llevaba y en segaida lo comprimió cruelmente con la^ 
espuelas. El animal embarazado para andar, porque el mozo lo prendió 
al pecho, empezó á caminar rápiaamente de para atrás, lo cual visto por 
los escuelantes no faltó un tunante de entre ellos que alzara la voz 
y dijera : 

—Don Qi¿e8o de oro^ voltee el caballo poniéndole el tracero para el 
lado del pueblo, y verá usted que á lo cangrejo en esto llega á su casa. 

Este chiste fué aplaudido con una salva ae vivas y palmoteos, con 
lo cual se espantó más el caballo y echo á corcovear. Chepillo en tan 
crítica situación metió, como pudo, la mano al bolsillo ; sacó una pufiada 
de reales y la arrojó sobre sus enemigos, que por tales los tenia según lo 
que estaban haciendo con él. Los escuelantes al sentir sobre sí tan her* 
mosa lluvia, dejaron á Chepillo y echaron á recoger las monedas dándose 
de testaradas, empujones y bofetadas. 

El mozo intertanto, apaciguó su caballo, y siguió en paz el camino 
del pueblo. 

Pronto liego á su casa. Unas cuantas personas vecinas de los pue- 
blos adyacentes lo esperaban desde el dia anterior, i Por qué buscaba 

todo el mundo á Chepillo con afán ? Oh ! bien sabe el lector que él 

era una rica mina de oro á quien sus amigos y conocidos y sobre todo 
los desconocidos, deseaban explotar. Cuantos se acercaban al mozo eran 
estimula'dos por el sórdido ínteres, por la innoble avaricia, por -ese loco 
deseo, que existe en todo el género humano, de hacer fortuna sin 
trabajar. ^ 

Así como entró el mozo en su casa, se vio rodeado y adulado de un 
considerable número de negociantes, ansiosos de hacer fortuna, los cuales 
semejaban un crecido enjambre de zí^ganos revoloteando en tomo de un 
rico panal de miel, dando muestras de un deseo grande de meter ea él 
su delicado pico. Pasaban de seis los caballeros que le ayudaron á ba» 
jarse del caballo ; unos le tenían la brida, otros el estribo derecho, aque- 
llos lo recibían en sus brazos. Chepillo no sabia como manifestarles su 
agradecimiento, por tantas finezas y consideraciones. 



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— 13é — 

—Vamos para la sala, sefiores, les dijo en el momento en qoe logr& 
tocar el snelo con la punta de los piés; 

— ^Vamos, vamos, respondieron todos. 

Y con el semblante más amable lo siguieron, dándole palmaditas 
en los hombros, 7 diciéndole mil elogios. 

Luego que entraron en la sala se sentai'on y empezó cada cual á 
proponene á Chepilio lo que le venia más á cuento. 

Uno le ofrecía grandes rebatios en venta; otro centenares de car- 
gas de trigo; cuál, pintorescas estancias vestidas de animales; quién, 
Preciosas alhajas de oro y piedras finas Otros le proponían compra 
algunas de las cosas que poseía y á las que acababan de ofrecerle y no 
falt¿'on dos ó tres ttüiures fulleros que lo invitaran á jugar á los dados. 

Chepilio oyó á todos y á todos los dejó contentos. Compró á unos 
las cosas que le ofrecían ; vendió á otros las que le com]>raban, y des- 
pués se puso á jugar con los que querían cogerse la mejor tajada ; los 
cuales se llevaron chasco, porque Chepilio manejaba los dados como el 
más pintado. Digimos al principio de esta historia ane Chepilio era in- 
clinado el juego, y ahora manifestamos, que si días antes de ser rico no 
frecuentaba los garitos era porque no tenia que jugar ; más, desde que 
heredó á su tataradeuda, jugaba demasiado ; pero con tantas fullerías 
que casi siempre ganaba y jamas perdía. Ko bien los acreedores de Che- 
pillo supieron que éste jugaba toaos los días, se inquietaron sobre mane- 
ra porque se les vino á las mientes que el deudor que juega, no sólo ex- 
pone en las paradas lo suyo sino lo ajeno, y que temprano ó tarde se 
arruina juntamente con sus acreedores. Por esta razón como por la de 
haber trascurrido un grande espacio de tiempo sin que el mozo se diera 
por entendido de que tenia obligación de pagar lo que debía, se juntaron 
una tarde.como veinte acreedores, se agolparon á la casa de Chepilio y 
le eslieron ásperamente que les pagara las deudas que con ellos habla 
contraído. 

— Yo convine con ustedes, les contestó, en que no les pagaría las 
cosas que les compré sino después de que se le cantaran unos funerales 
¿ el alma de mi protectora é hiciera cuatro romerías que ésta me ordenó. 

—Es cierto, respondió uno de los acreedores, que llevaba la voz por 
todos ; pero como usted ha tenido tiempo de sobra para llevar á cabo 
esas romerías y también para preparar lo necesario á fin de que se can- 
ten las honras, y como no lo ha veríficado, esa morosidad nos ha infan- 
dido serias desconfianzas. 

— ^Pierdan ustedes cuidado, señores, que dentro de quince dias hago 
* la peregrínacion á Chiquinquirá ; á mi regreso paso por Cogua ; en se- 

giiida procuro que se hagan las exequias, y celebradas éstas, marcho á 
ogota á visitar las imágenes del Topo y de la Pefia. 

Con semejante ofrecimiento Quedaron persuadidos los acreedores de 

3ue serian pronto pagados, y en la mejor armonía se separaron de sa 
eudor. 

Chepilio no tardó en empezar á dar cumplimiento á lo que había 
prometido. Antes del día señado, acompañado de su parentela hasta el 
vigésimo ^ado, j^ de sus numerosos amigos y aduladores emprendió 
camino hacía lá ciudad donde se venera á Si imá|;en. Su séquito era tan 
numeroso que llamaba la atención de cuantos velan tan gi*an xoacúcso. 
Los curíosos que al camino se acercaban á ver pasar tanta gente, creían 

Íue un pueblo entero como el de Israel se trasladaba á otras regiones. 
1 día antes de llegar á Chiquinquirá anticipó el mozo dos comisionados 



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— 136 — 

para ^ne bnscaeon las mejores casas donde hospedar holgadamente á su 
comitira. La diligencia que los tales hicieron, alboroto á la ciudad, 7 
caando Ohepillo con su acompañamiento se aproximaba á ella, la pobla- 
ción en masa salia del lugar a ver entrar un tan crecido número de pere- 
grinos. La fiesta qne el mozo hizo al cuadro faé suntaosa. * Jamas 
devoto alguno habia mostrado más yeneracion á la imagen; más amor 
al liemo qne al dinero ; más conmiseración 7 caridad con los desvalidos 
7 miserables que infestan de continuo la ciudad. Chepillo prodigó el oro 
á manos llenas, de tal modo que los frailes que administraban el curato, 
decían : — Si así fueran todos los peregrinos, la población estarla más 
acomodada ; nosotros seriamos mas ricos 7 los pordiseros de Chi^uin- 

ni no volverían á exhalar un gemido ; el dolor huiría de esta tierra 
ita! 

El dia en que Ghepillo salió de la ciudad, lloraban los pobres, ge- 
mían los frailes 7 suspiraban los fondistas. La fama que el mozo dejó 
en el pueblo de rico 7 generoso será eterna 1 

Oh ! no ha7 cosa más fácil para un ríco que granjearse la estimación 
pública 7 hacerse célebre. ¿Quiere C[ue el pueblo b^udi^a su nombre? 
reparta su renta entre todos. { Quiere llamar la atención por donde 

f)ase? deje un reguero de moneaas por el camino que Heve, j Quiere que 
o lloren el dia que se ausente ó se muera ? sea liberal 7 generoso con 
cuantos lo rodeen. 

Así pensaba nuestro héroe. 

• Qomo Ohepillo lo habia prometido, de Ohiquinquírá regresó por 
Gogna é hizo allí otra fiesta solemne. 

nuevamente en Guatavita, se olvidó nuestro héroe de las exequias 
7 de las otras romerías. Yendo dias 7 viniendo dias por fin llegó el mo- 
mento en que sus acreedores volvieron á cobrarle 7 lo hicieron con tal 
porfía, que el mozo se vio en la precisión de ir á donde el cura á contra^ 
tar los funerales. 

Luego que estuvo frente por frente del párroco le dijo : 

— ^Vengo donde el sefíor cura á pedirle un servicio. 

— Un servicio ? . . . . Y qué quiere usted ? 

— Que le cante unos funerales á el alma de la marquesa de San 
Isidro. 

— Ah ! sí, sí, mu7 bien ; 7 cómo los quiere? con viffilia, misa. . . . 

— ^Deseo que sean solemnes ; como no los ha7a habido iguales en 
esta tierra. 

El cura abrió los ojos de un modo, que si el lector se los hubiera 
visto, habría creído que iban á saltar de sus órbitas. 

— Quiere usted una fiesta fúnebre, con mucho aparato jno es esto ? 

— Justamente \ quiero que ha7a por lo menos seis pares de sacerdo- 
tes ; una docena de cantores ; una buena banda de música. Deseo que 

* La imagen de Chiquinquirá desde el afio de 1586 ha sido, no diremos reverenciada, 
sino adorada cual dios del paganismo, por una gran parte del pueblo que pervertido con 
falsas doctrinas desde la infancia, ha caido, sin advertirlo, en la más estúpida superstición, 
y de ella ha descendido al más grosero gentilismo. El pueblo colombiano es tan inclinado 
á la idolatría como el de Israel ; los hombres adoran al Becerro de oro y las mujeres á las 
eñgies de los santos. En el tiempo en que esto escribimos es público y notorio el culto, que 
en una casa de Bogotá se le tributa como al Dios verdadero, por un crecido ndmero de 
mujeres de todas las clases sociales, á una pequeiía estatua de San Antonio de Padua, en 
términos de llamar la atención de los verdaderos creyentes. Al paso que vamos en materia 
religiosa no estará lejos el dia en que los españoles vengan á catequizarnos apoyados en 
la misma razón que tuvieron para venir á conquistar y catequizar á los indios. 



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— 136 — 

ee enlate el templo ; qne se legante un túmulo para colocar' en él los 
huesos de la difunta (que según noticias se conservan en la Iglesia en 
una bóveda embebida en la pared), qne se queme mucho incienso 7 que 
ardan muchos cirios. 

— Se hará la función como usted la pide ; pero debo advertirle que 
esas pompas cuestan mucho dinero. 

— 'No importa, sefior ; con tal de que la fiesta se haga á mi conten- 
tamiento puede usted gastar sin escrúpulo, la sutna qne estime necesaria. 

—Según eso desea usted que 70 me encargue. . . . 

— Si señor, le interrumpió Chepillo, quiero que usted se encargue 
> de todo. Que invite á los curas de los pueblos vecinos ; qiie busque la 
música 7 los 'cantores ; que consiga los adornos para la Iglesia 7 que 
traiga de Bogotá un entendido en la materia para que la componga. 

— ^Y ademas, si á usted le parrece, dijo el cura, 70 corro con dar la 
oblata, con pagar los derechos del sota-cura, del sacristán 7 los mona- 
guillos 7 luego le paso la cuenta general. 

— Sí, señor, me parece bien que intervenga usted en todos los gastos 
7 que después me pase la cuenta, que en cuanto saque el tesoro que dejó 
enterrado la marq^uesa en La Compañía, le pago á usted en onzas de 
oro, de preferencia á cualesquiera otro acreedor. 

— ^Negocio concluido, dijo el cura frotándose las manos de contento. 

Chepulo se despidió sin añadir una palabra más, y el cura se entró 
en su gabinete á escribir varias cartas para Bogotá interesando á los 
amibos á quienes iba á dirigirlas, para que á la ma7or brevedad le con- 
siguieran 7 mandaran los adornos para el templo ; la banda de música, 
los cantores &c. &c. 

^ Ese mismo dia escribió á los curas de los pueblos circunvecinos 
invitándolos á que concurrieran á a7udarle hacer las exequias, 7 no des- 
cansó hasta que estuvo todo preparado. 

Diez dias después se celebraron las honras, 7 en honor de la verdad 
debemos decir, que el cura correspondió debidamente á los exagerados 
deseos de nuestro héroe, como de ello se persuadirá el lector al espetarse 
la siguiente descripción de la fiesta. 

£1 templo estaba suntuosamente adornado. Su fúnebre decoración 
despertaba en toda alma c^stiana el triste recuerdo de ese misterio som- 
brío llamado la muerte, enlazado con ese secreto consolador que llaman 
la eternidad. Los altares estaban vestidos de negro 7 de su fondo oscuro 
sobresalían imágenes blancas de semblantes doloridos que parecían in- 
crustadas allí para realzar el cuadro patético 7 conmovedor del fin del 
hombre. Las paredes se hallabtm enlutadas 7 de las vigas pendían her^ 
mosaa arañas de cristal decoradas de cintas ne^as. De la cumbrera se 
desprendían paños mortuorios en girones ondulantes que contribuían á 
dar realce á la idea conmovedora que pretendió imprimir el artista en 
todo el templo. £n el centro de éste se alzaba un magnífico catafalco 
adornado de crespones negros, sobre el cual se elevaban cuatro ángeles 
con los brazos levantados sosteniendo un pedestal, en donde descansaba 
la imagen del dolor coronada de cipreses, con la mano en la mejilla, los 
ojos llorosos 7 los cabellos flotantes. Al pié de este sombrío túmulo ha- 
bía una mesa enlutada 7 sobre ella un ataúd pintado de negro, en cu7a 
tapa se veían escritas con letras de oro las sígientes palabras : 

" Aquí reposan las aenizoa de la marquesa de San Isidro que murió 
d n/ñjo de 1672 y que vive hoy en el Purgatorioyen la m,emoria de su des- 
cendiente J. -á." 



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— 187 — 

Del pié de la mesa j &i dirección á la puerta del templo se exten- 
día una larga alfombra de color oscuro encerrada entre dos líneas de 
candeleros con cirios encendidos. Al ñn de esa alfombra j de estas líneas 
de Inces so veian hasta doce sacerdotes sentados en sendas sillas, cantan- 
do con melancólica voz el oficio de difuntos. El coro estaba decorado con 
crespones 7 ramas de ciprés y del fondo de él salian acentos 7 sonidos 
lúgubres 7 acompasados que iban á encontrar eco en el corazón de los 
devotos, (^ue de hinojos j^ con la cerviz inclinada hacia la tierra, pensa- 
ban en Dios, en las miserias humanas 7 en la inmortalidad del alma. 

Las honras concln7eron con misas, oración fúnebre y posas. Estas 
se le hicieron al cadáver en contomo de la plaza, 7 en el caerpo de la 
Iglesia hasta la bóveda. La fúnebre festividad daro desde las nueve de 
la mafiana hasta las dos de la tarde. A esta hora los concurrentes desfi- 
laron para sus casas, satisfechos de la función. 

Terminadas las honras, Ohepillo se fué para su habitación, 7 en el 
acto en que á ella entró se le presentó un mozo, sobrino del cura que iba 
siguiéndole los pasos, y dijole. 

— ^Buenas tardes í)on José. 

— ^Buenas tardes, ami^o, que quiere usted ? 

— ^Recado le envia mi ¿ioj que aquí le manda la cuenta de lo aue 
vale la función, le dijo el joven, entregándole un papel doblado que Ue- 
vába en la mano. 

Ohepillo desdobló el papel 7 le7Ó lo que sigue : 

^^ Cuenta de los gastos que hice en los funerales del alma de Valen- 
tina Carranza 7 del valor de mis servicios prestados : 

Servicio de diez sacerdotes de fuera ; . .$ 160 

ídem, de diez músicos 200 

ídem, de diez cantores 140 

Alquiler de adornos para el templo 25 

ídem, ^de ornamentos para los sacerdotes 25 

Servicio del artista que adornó el templo 50 

Cera 7 esperma 40 

Oblata 10 

Derechos de monaguillos 7 sacristán • 16 

ídem del infrascrito 7 del sota-cura 300 

Valor del ataúd 7 sus adornos 60 

Suma total $ 1,026 

SeSor José Aeosta. 

Su afectísimo amigo 7 capellán, 

Pastor Faeandulbro." 

— ^Está bien, dijo Ohepillo doblando el papel, digale usted al sefior 
cura que procuraré cumplir pronto las promesas que me faltan, que 
sacare luego el tesoro, 7 en seguida, sin más demora le pagaré los nül 
veintiséis pesos de esta cuenta. 

— *Le diré eso, dijo el joven, 7 se despidió. 



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— 188 — 

CAPITULO VI. 
Donde se ve edino nn confesor se alegra al saber cierto peeadillo de sn penitenter 

LOS SOBEBBIOS fanerales faeron el tema de las conversaciones de 
los ociosos por más de ocho dias. Al paeblo entero agradó la fimcion ; 
pero sobre todo á los acreedores de Ghepillo porqae contaban un 
obstácnlo menos para que su deudor diera cnmplimiento á la palabra 
empeñada. 

— ^Ya no hay nada qne temer, decian algonos, el hombre acaba de 
damos una pmeba plena de sus buenas intenciones. 

Esta buena opinión que los acreedores hablan formado de su dea- 
dor no duró mucho. El tiempo, enemigo mortal de los tramposos, vohió 
á correr y á dejar sin crédito al mozo por cnanto á que no se daba por 
entendido do hacer las romerías que debia, á las imágenes de la Pefia 7 
del Topo. Esta fría indiferencia de Chepillo fué causa para qne se renme- 
ran en {unta sus acreedores á deliberar sobre lo que debieran hacer con 
6U deudor. Hubo distintos pareceres, pero al fin se acordaron en nom- 
brar una comisión de cuatro individuos que fuera donde él á reconve- 
nirlo y arreglar definitivamente el dia del pago. Nombradas las pesonas 
3ue debian entenderse con Chepillo, partieron para la casa de éste, y cnan- 
estuvieron delante de él, alzó uno la voz desde su asiento y díjole : 

— ^Hoy nos hemos reunido muchos de los acreedores de usted, nos 
hemos constituido en junta y ésta nos ha nombrado á los cuatro, en 
comisión para que ocurramos donde usted á arreglar definitivamente el 
dia en que deba pagarnos. 

—Estoy dispuesto á ese arreglo, respondió Chepillo, si no me piden 
ustedes nn imposible. 

— -ün imposible no, expresó el mismo que habia hablado ; una de 
las cosas que le exigimos á usted es que no nos presente el subterfagio 
de que no nos pagara sino cuando se cumpla la condición que usted 
maliciosamente ños puso ; pues si nosotros tuvimos la candidez de dejar 
á su voluntad el cumplimiento de esa condición no debe usted abusar 
de la confianza que en usted depositamos. 

Calló el que estaba hablando y otro de los comisionados abrió la 
boca y le dijo al mozo : 

— ^La demora de usted en cumplir las romerías ha engendrado en 
nosotros fundada desconfianza, por la secilla .razón de que si usted creia 
que no podia disponer del tesoro sin hacer antes cuanto el alma de la 
marquesa le mandó, ha debido darse prisa á cumplir con ese mandato, 
con lo cual habría dejado satisfechos sus deseos y los de sus acreedores. 

Iba Chepillo á responder, pero otro de los comisionados se lo impi- 
dió diciéndole : 

--En todp cuanto usted ha hecho se trasluce mala fe. Usted ba 
cumplido parte de las promesas con el fin perverso de engafiar á sns 
acreedores y ponerles un sello en los labios y ademas con el de estimular 
á los papamoscas á qne al olor del Queso corran á caer en la trampa 
que diestramente ha armado usted para coger á los crédulos. 

A esta sazón desplegó los labios el cuarto miembro de la comisión, 
y encarándose á Chepillo le dijo : 

— ^Yo pienso que la condición puesta por usted de no disponer del 



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— 139 — 

tesoro sin hacer antes las romerías j hacer cantar los funerales^ etf 
un ardid de su invención para en^afiar á los tontos. {Quién puede 
creer que el alma de la marquesa, ó m del mismo Diablo que sea, tenga 
el poder de robarse el tesoro y trasladarlo á un lugar desconocido, si 
usted lo saca del sitio donde está i Parece que nstea cree en esto, como 
puede creer en que trefr y dos son siete { no es verdad ? 

— ^No es verdad, respondió secamente Chepilio. 
^ — ^Desentierre usted el tesoro ahora mismo y pagúenos, continuó 
diciendole el mismo acreedor ; que si el alma de la marquesa nos roba 
lo que recibiéremos, usted nada pierde. 

Atento estuvo Chepilio á los cargos que cada cual le hizo, sin dar 
muestras de enojo ni de rabia, y cuando concluyó de hablar el último, 
respondió con voz tranquila y reposada lo siguiente : 

— Sus distintos modos de pensar respecto de mis procedimientos en 
el asunto de que han hablado, me ha traidoií la memoria aquel cuento 
del viejo y el muchacho que iban por un camino con un burro, cuento 
que ustedes deben saber ; pero que no por eso dejaré de contárselo por- 
que viene al caso como anillo ai dedo. 

— ^Fnera de cuentos, le respondió uno de los comisionados, el caso 
no es para burlas ; vamos al asunto : responda usted categóricamente : 

— ^Tiene ó no, con qué pagamos ? 

— Sí señor, no sólo tengo con qué pagar á ustedes y á mis demás 
acreedores lo poco que les debo, sino con qué comprarlos, por mucho 
que valgan. 

— Bien, y qué dia nos paga usted i % 

— Antes de responder á esa pregunta permítame usted que les 
espete á los cuatro el cuento que he anunciado, que les ofrezco que no les 
desagradará. 

— ^Héchelo afuera, dijo el mismo, pero prométanos antes que lo 
recitará de corrida y sin ambajes ni rodeos, pues la mejor conseja fasti- 
dia y cansa si en ella se incluven digresiones. 

Ofreció el mozo contar el cuento como lo habia aprendido de un 
colegial Bartolo, pariente suyo, sin quitarle ni afiadirle una letra, y 
así oijo : 

— ^Estenme ustedes muy atentos que ya empiezo. 

Los oyentes tosieron, escupieron, se repantigaron en sus asientos y 
Chepilio comenzó de esta manera : 

Iban una vez por un camino un viejo y un muchacho y llevaban 
un asno, que el viejo cabestreaba y el nifio arreaba. Habrían hecho un 
cuarto de legua cuando se encontraron con un caminante, el cual se puso 
á mirarlos de hito en hito, y como si hablara consigo mismo, dijo : — ^^ Un 
viejo con un burro del cabestro y uu nifio arreándolo, pudiendo el ancia- 
no ir montado." Parecióle bien ál viejo la observación del viajero y 
se puso horcajadas en el pollino. Siguieron andandQ y á poco trecbio 
dieron con otro caminante, que como el primero se fijó en ellos y dijo : 
— "¡Oh quién puede creerlo! el viejo montado muy sí señor, y el 
niño á pié, debiendo ser al contrarío.'' El anciano como era hombre 
dócil so apeó é hizo montar al muchacho. Habrían andado así media 
legua y en esto alcanzaron á ver á otro caminante, quien a^ como estuvo 
á tiro de pistola, dijo : — ** Linda cosa ! el picaro muchacho muy descan- 
do viaiando en el burro, y el pobrecito viejo á pié." Oido lo cual se co- 
locó el anciano en las ancas del asno y continuaron andando. Adelante 
¿e encontraron con otro viajero quien al verlos, dijo : — " { Caramba qué 



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— 140 — 

erneldad ! el infeliz barro medio cansado y el viejo 7 el muchacho mon«^ 
tados en él, eu vez de ser ellos los que debian llevar á cuestas al pobre- 
cito animal. Al son de estas razones se apearon ambos jinetes 7 etf 
seguida el viejo le dijo al muchacho :- Todo naré, menos cargar el burro ; 
I quieres creer que e8t07 por matarlo? -No, respondió el nifío, será mejor 
soltarlo en el camino 7 que se aduefie de él el primero que lo coja. En el 
momento en que esto platicaban, se les presentó un hombre 7 les pe- 
guntó, qué era lo que les había acontecido con el asno, que intentaníui 
quitarle la vida. Él viejo le contó en breves palabras cuanto les habia 
ocurrido 7 la resolución que él tenia de matar el borrico antes que cargarlo. 
— No haga usted tal, le dijo el hombre, sino aquello que le venga más 
á cuento, ^ue más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena. 
Yió el viejo que lo que le decia el desconocido era mu7 puesto en razón, 
7 por ello determino se^ir su camino como lo habia comenzado, esto es ; 
él con el borrico del cabestro 7 el niño arreándolo. 

Aquí acaba el cuento, señores mios, 7 aquí me cumple decir i 
ustedes que después de las censuras que me han hecho, haré lo que á la 
mitad de la jomada hicieron el viejo 7 el muchacho: seguir como he 
empezado, por cuanto á que, más sabe el necio en su casa que el cuerdo 
en la ajena. 

L0Í3 cuatro comisionados se miraron unos á otros 7 sonriéndose se 
dirigieron una guiñada con la cual parecía que se decian : 

— ^Nos ha clavado la banderilla sin que podamos comearlo. 

— ^Está usted en plena libertad para nacer lo que le acomode, le di- 
jo uno de ellos, cumpla sus romerías ahora ó cuando le convenga ; pero 
pagúenos pronto lo que nos debe. 

— ^Piao quince dias más de plazo, dijo el mozo, para cumplir las ro- 
merías que me faltan 7 prometo aue todos mis acreedores serán cubiertos; 

— Concedidos ! dijo uno de tos comisionados. 

—Concedidos 1 repitieron los otros tres. 

Ko teniendo más que hablar, los cuatro acreedores se despidieron 
de su deudor 7 á paso largo se encaminaron al local, en donde la junta 
estaba reunida, á darle cuenta del buen éxito de la comiston. 

Ocho dias después de haber tenido lugar el arregló, partió Chepillo 
para Bogotá sin acompañamiento. Estúvose en la ciudad diez dias 7 re- 
gresó. Así como vio á sus acreedores les dijo : 

— 1^0 he podido hacer la promesa á la imagen de la Peña porque el 
capellán ^e la ermita donde ella está, se ha muerto. 

Cuando esta nueva 07eron los acreedores se encendieron en cólera 
porque se cre7eron burlados, 7 al punto se dispusieron á caer sobre Che- 
pillo cual bandada de buitres hambrientos. El infeliz mozo que vio la 
cosa mal parada inventó un ardid para templar la ira de sus perseguido- 
res 7 mientras tanto realizó secretamente cuanto tenia (menos tres caba- 
llos que dejó para un viaje que pro7ectaba), abrió un ho70 en su casa 
enteiró en 61 el dinero que le produjeron las ventas, junto con el que 7a 
poseía, 7 con unas alhajas preciosas que habia guardado desde que 
empezó su ventura, 7 luego se hu7Ó una noche del pueblo 7 fué á refu- 
giarse en la casa de su abuelo. De paso llegó á la morada de Lucía 7 
tuvo con ésta una larga conferencia con el*£n de comprometerla á que 
se fuera ocultamente con él á Bogotá, 7 como no consiguió su intento, 
le propuso en segiida que suprimiera el plazo que le habia fijado para 
el matrimonio, alo cual la joven accedió 7 con esto el tenaz pretendien- 
te vio brillar de nuevo la estrella de su felicidad que él notaba que em- 
pezaba á eclipsarse. 



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— 141 — 

Ghepillo llegó á La Oompafiía ya muy abanzada la noche, y al mo- 
mento despertó asa abuelo que- dormía profundamente y le dijo que iba 
mny enfermo. El viejo compadecido de bu nieto lo hi^ acostar en una 
camilla qne le improvisó y luego se puso á hacerle los remedios que se 
le ocurrieron. 

Dos días pasaron sin que el mozo fuera inquietado ni visitado de 
nadie, y al tercero en el instante en que la aurora extendía su nlanto de 
rosada luz sobre el campo de La Gompafiia, llegaba Liberato, á la casa 
de Don Lorenzo cargado de un suculento presente que Lucía le enviaba 
á su novio. Como la puerta del cuarto donde estaba el mozo era la única 
que se'hallaba entre abierta, el criado sin anunciarse se entró por ella; 
siguió derecho hasta la testera de la cama del enfermo, y luego que lo 
vio y se aseguró de que estaba con los ojos abiertos le dijo : 

— Buenos días, señor Don Chepe. 

El enfermo tosió suavemente y contestó : 

— ^Buenos días, Liberato. Qué se te ofrece tan temprano ? 

— -Eecado le manda la nifUij que cómo se siente su'merced de sus 
males j que aquí le envía esto presente. 

Dijo y le mostró un canasto que llevaba en la mano suspendido 
del asa. 

—Oh I con que al fin se ha acordado Lucia dé mi ! ... . Haber, hom- 
bre ; muéstrame 10 que esa ingrata me envía. 

El criado comenzó á sacar del cesto las cosas que en él llevaba y á 
ponerlas sobre una mesa diciendo el nombre de cada cual, y explicando 
cóuio había adquirido Lucía cada una ; de esta manera : 

— ^Una docena de bollos huecos hechos por la niña ; cinco pajas A^ 
huevos salidos del bientre de sus gallinas ; dos papones engordados con 
el trigo, que ella y no otra alguna ha respigado en los rastrojos vecinos 
á la estancia ; nueve tortas, tres mogicones y dos docenas de pastillas de 
chocolate que ha comprado con el dinero que había ganado con sus co^ 
tuiBs j STia chüas. 

— ^Phis I . . . . me ha mandado víveres para más de una semana. El 
domingo no hay para qué hacer mercado Dile á Lucía que es muy 

generosa ; que estos bocaditos van á engordarme mucho; que todo debe 
e estar esquisito y que porfolio saborearé cada taco para que me dure 
el gusto. 

— Está bien señor. 

•— Yuelve, ahora, todas esas cosas al canasto y entrégaselas á mi 
mamá señora. 

Liberato obedeció. 

Tin momento después entró á despedirse de Ghepillo y dijole : 

— { Qué le manda su merced decir de su enfermedad á la niña? 

—Dile que estoy en cama sufriendo horriblemente de la cabeza y 
del estómago^ 

— ^Anímese y se pone una docena de jwnientos en el vientre y verá 
como se mejora. Es cuanto lo primero para ese mal. 

—Voto al Diablo ? . . . . Se conoce q^ue tienes embocadura para mé- 
dico. . . .Con que una docena de jumentos, hé ? 

—No ha oído su merced decir que de médico, poeta y loco cada uno 
tiene su poco? 

^61 he oído ; pero veo' que tú tienes mucho de loco y nada de 
médico, pues si yo me pusiera en el vientre, no digo una docena de esos 
animales que tú dices, smo uno sólo, no contaría al cuento, porque { cómo 
podría resistir, sin rebentarme, un asno sobre mi estómago ? i. . 



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— 142 — 

— Veo que su merced me cambia los vocablos solo por hacerme 
burla, pues jo no he mentado asnos sino jumentos, y á mí me parece 

3ue de un jumento á un asno hajr tanta diferencia, como la que hay 
e un cristiano como, yo á una aiimafia de esas que su merced ha 
nombrado. 

— 'Ni más ni menos hombre de Dios, pues has de saber que asno 7 
jumento son una misma cosa, como una cosa misma son asno, jumento 
y Liberato. Chirlobirlo. 

— Sefior, no quiera su merced embaaesnae^ que ya sé que los iu- 
meatos son naoa tcafxia mejadoa en agua da yerba mora y leche que los 
^acáesmcm se ponen en el estómago ^ y ios asnos son los múao^ burros. 

— Lo que en eí estómago se ponen los enfermos son /<?m«n^, Libe- 
rato, y no ]umentos como tú dices. 

— Jumentos ó fomentos todo es uno para quien me comprende y no 
ande haciendo de lo blanco nc^o y de lo negro blanco. 

— ^Tú eres quien hace de lo blanco negro ; pero al fin y al cabo con 
la ayuda de Dioiínos hemos entendido, y te confieso que no le tengo ni 
tantíca fé al remedio que me das. 

— £n tal caiso mande llamar al maestro Juan Ghapetilla para 
que lo recete ; iodio es, tiene la cara n^ra y un o^ blanco coma un 
mffbe^ pero es un médico tan famoso que de los ^ifermos que asiste, si á 
.unos no alienta es porque no tienen cura y si otros se le mueren» . . . 

— Espera^ liombre, le interrumpió Chepillo ; qué hay enfermedades 
que nadie las saca del cuerpo, no hay duda, y es por eso por lo quediceiíi 
^ue los lázaros y los ermitas aunque cosas distintas se parecen, en que no 
tienen cura. 

— Decia que si á unos enfermos no alentaba Chapetilla era porque 
no habia medecina para su mal, y ahora digo que si otros se le mueren 
es porque hay un día del cual nadie puede pasar, porque todos tenemos 
un término y un fin que ha de llegar y en llegando no hay Rey ni 
Boque, ni santo médico que nos libre. 

—Yo se que de los enfermos que receta Chápetela, 4ubos mata y á 
otros no cura. £l como todos los de su oficio anda á tientas 6 á ciegas 
adivinando las enfermedades, y digo esto de todos los médicos no de mi 
propio caletre, sino porque se lo oí decir al señor cura no sé qué dia 
que estuve en su casa y le pregunté que representaba un cuadro que 
hay colgado en la pared de la sala, en el cual se ven pintados un agoni- 
zante tendido en una cama, y §n torno de él cuatro hombres con los ojos 
vendólos, en actitud de tomarle el pulso. 

Liberato que no ent^idió el cuento le preguntó á Chepillo : 

— Y qué le contestó mi amo cura ? 

— Me respoHdió que el cuadro representaba una junta de médicos, 
examinando á un enfermo, y que toaos tenian una venda en los ojos 
porgue eran como la Fe, aue creian lo que no habían visto, á saber : que 
su ciencia médica curara las enfermedades.. 

—Todo será, pero el maestro Ohapetilía si es un buen curandero, 
pues yo lo he visto recetar para el maUjicio^ el tucutuco y la gota coral 
y al momento alentar á los enfbrmos como si tuviera mano de santo. 
Cuando á algún prógimolehan hepho en el estómago, ya sea runcho, 
zapo ó culebra y se pone en manos del indio, al punto le hace vomitar 
el animal con sólo aarle una bebida compuesta de lo que cojan dos 
dedos de hipecacuana, tres de raspadura de pezuña de la gran bestia; 
cuatro de polvos de cuerno de venado pelón y una pisca de jalapa, todo 



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— 143 — 

Eaesto en infasion por tres días en chicha muy faerte. Si es mal de ra- 
la, le da al paciente un cocimiento hecho de snelda-cónsuelda, itamo- 
real y colmillos de caimán, y adiós enfermedad dolor qae se va 7 no 
vuelve jamas. 

— ^Me admiro como has aprendido tan bien esas recetas siendo tan 
desmemoriado. 

— Gomo el indio se las dá á todo el mundo, 7 todo el mundo las lee 
en todas partes, 70 las he oido leer muchas veces 7 así es como las he 
aprendido de corrida, como el Padre nuestro. 

En esto se 07o el ruido de un caballo que entró al patio precipita- 
damente. 

— Qué ha7 ?. . . • Quién llega?. . . . preguntó Ohepillo sorprendido» 

£1 criado se acercó á la puerta, estiró el cuello 7 dijo : 

— ^Es un.... un...« ca.... ballero.... Comises que te llamas? 
Don .... Don .... Es un señor que todas las hijas que ha tenido han 
sido hembras. 

— •Ya7a una seña.1 Qué hija de hombre no es hembra ? 

•^Quiero decir, señor, que no ha tenido hijos machos. 

^— Ah t 7a caigo, es Don Miguel Bamírez el que me llevó á comer 
i BU casa Ttti dia ; sal, sal pronto v si pregunta por mí dile que esto7 pri- 
vado ; que es inútil que entre á hablarme. 

— Al instante, señor, dijo Liberato. 

Y salió del cuarto tambaleándose como un ganzo. 

El recien llegado al verlo le preguntó : 

— ^Bnen hombre I está en la casa Don José ? 

— Me dijo que si su merced preguntaba por él le dijera que estaba 
privado, centesto Liberato en una voz que alcanzó á Ips oidos de Chepillo. 

— ^Linda escusa ; bien estamos ! . < • . Con qué es Don José Acosta el 
que rehusa hablar conmigo? 

Liberato se encogió de hombros 7 se marchó para su casa. 

£1 jinete se apeó 7 metióse de rondón en el cuarto del mozo. 

— ^JBEola ! hnena, pavay le dijo, ¿ con qué es usted quien despide á sus 
acreedores sin dignarse hablar con ellos 1 

Ohepillo exhaló dos ó tres a7e6 con moribunda voz, hizo otros tan- 
tos gestos de dolor 7 se enderezó penosamente en su lecho, pensando có- 
mo enmendaría la torpeza de Liberato. 

— Ese hombre que salió de aquí tiene vacíos los aposentos de la car 
beza, señor Don Imguél, dijo, 70 no le mandé que dijera que estaba 
privado, pues no S07 tan torpe, sino que estaba postrado, 7 tan cierto es 
esto, que udted vé como me nallo .... A7! pecador de mí I sólo Dios sabe 
que es verdad, que estov muriéndome. 

— Qué enfermedad padece usted ? 

— Sufro desvanecimientos hasta el punto de perder enteramento los 
sentidos ; convulciones en- todo el cuerpo, 7 retortiiones terribles en el 
estómago. . . . Ea7 ocasiones en que veo la muerté'á la distancia en que 
está usted. 

— Siento vivamente que esté usted postrado : pues 70 vengo á que 
me pague lo que me debe, pero según veo no está usted en actitud de 
lerantarse á sacar el tesoro. 

•—Es verdad, señor. 

— Si usted me dijera el sitio en doide está enterrado, yo. . . . 

— Eso es imposible ; es necesario que 70 mismo va7a; no por des- 
conflanza, señor Don M^uel, si^o p<>rqtie 70 he de ser el pninero que 
vea ese famoso Queso. 



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— 144 — 

I 

— He esperado mucho y estoy resaelto á no esperar inás. 
^ — Quien ha esperado lo más, debe esperar lo menos. 

^ — ^Y cuánto será ese menos ? 

Chepillo meditó un segundo y dijo : 

— Ocho dias ; tal vea antes será usted pagado. 

— Confío en su palabra, y le advierto que esta es la última recon- 
vención. 

— ^i le quedo mal haga de mi lo que le parezca. 

Don Miguel Bamírez se despidió. 
, No vien se marchó el acreedor,^ntró Perico en el cuarto del enfermo. 

— ^Te esperaba con impaciencia, le dijo Chepillo sentándose en el 
lecho. 

— Puede su merced mandar lo que guste que yo estoy pronto á 
obedecerle. 

— £s tiempo, amigo mió, de que me arranques de las garras de la 
desgracia. 

— Qaiere su merced que vaya á traerle un médico? 

-r-No, hombre, la desgracia que me aflige no la tengo en el cuerpo. 

— Qué está su merced diciendo ? 

— Como lo oyes Perico. El mal que me acongoja no lo cura ningún 
médico, sino un hombre activo y de confianza como tú. Estoy descen- 
diendo á un tenebroso abismo ; y sólo tú puedes detenerme en la mitad 
de la pendiente por donde voy resvalándome. 

— Siendo cosa de meter el hombro ó el pechoi ya sabe su merced 
que soy hombre de no hechar pié atrás. 

— ^Así lo creo, y es por esto por lo que confío en que tú vas á sal- 
varme ; pero para ello es indispensable que hagas con inteligencia y ain 
escrúpulo cuanto voy á decirte. 

—No siendo cosa de matar ó robar, estoy dispuesto. 

—Vas á saber mi secreto le dijo. 

Pronunciadas estas palabras, Chepillo se arrojó vigorosamente de 
la cama al suelo ; co^ó al criado de an brazo y se lo llevó al centro dd 
aposento cual si temiera que las paredes tenian oidos, y allí le derramó 
pasitamente en la oreja una tenebrosa maquinación que meditaba hacia 
muchos dias. Perico se estremeció al escucharlo, pero le ofreció que lo 
auxiliarla en su proyecto. 

El pobre criado salió del aposento pensativo y triste, como si su co- 
razón rechazara lo que su debilidad había aceptado, ó cual si un profundo 
pesar lo agoviara por el complot criminal en que habia entrado. Predso 
es decir, en honor del criado, que él no era perverso y que si se prestaba 
á las malas instigaciones de su amo, era impelido por el amor que á éste 
le tenia y por la costumbre de obedecerle. Perico era un autómata, 
Chepillo era su motor, y bien sabido es, que toda máquina anda cuando 
se le imprime movimiento. 

Después del cooúplot entre amo y criado, éste se encargó de divul- 
gar la nueva de que Chepillo estaba gravemente enfermo. Esta falsa 
noticia circuló entre los acreedores, quienes sobremanera alarmados se 
dispusieron á visitarlo ; pero no por am<»r al mozo sino por interés de lo 
que les debia. 

Un dia como á eso de la una se presentó en la casa de La Compañía 

el cura^del lugar acompi^todo de 2T acreedoras, todc» con ánimo ae co- 

, merse vivo ál mozo si no les pi^ba. Lu^o que entr^on en el aposento, 

lo primero que se les ofreció á U vkta^ como un testimonio de las d^ei^ 



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— 145 — 

ciasi^M periilq& fhá una ilieea pequefia en.üa riiicob^ y sobren dlii, ^«iilel 
mayor «desorden, unos caantos frascos, botellas, tácboels^ tatve&ée^po* 
aadas^.cartooes eon ungoeaitee y cataplatmag usadas^ 

£n otro ándalo del cuarto vieron al enfermo tendido en 3uia<)a$ii:|( 
á la- Ceatera de ella á Don L^imúsii^ sentado eaiuna^eUla^ ^:':t - w — 

.-^Ay ! mis queridos sefiores, 1^ d^oieLyiejoalTefflciyleTaotindóie 
del asiento, mí pOTre nieto ralada nHmrtaf . ,L<i>r: t.^kj 

£staa palobraá liicierenídokHroBaiDéaÉe eLcoraiotí desloa viftitadores. 
. '.«--«De muerte tvwj;.^xelamaiioixestopefaeto& i > i . ^ ^.4- / na-v,', 

— Sí, de muerte ! . . . . sí pudiera confesarlo el sefior cura ; pan»- tal 
ves ea; impcsifala ; . ;. . Anoflfari í;u¥q una entrevista <)en ^ ifñeaá >y desde 
eiaího»eflt¿fntoi;de*áí ;iiaabre:los ojos, no>bablB,'niaBmneívse.yi»' Ajr 
de mi I iilíelis de imrhijo ; añadió .el anciana con ¥08tbalb»4eat^7 pro- 
rumpioieii«ti98te llanto. -r • ^ ". iq : .. -. 

. JjQB áereedores ée mi|!aronj.recípnk»ttiait9^ con ojos eombika aili 
desplegar los labios. ' > > 

El cura se acercó alleoho.y llamó al enfók*mo. SlmoBo abriaüenta- 

menteílos ojo^ volvió áeenrarlosL^ v. .. !,:' 

' ^«"iQuiere usted /oonfesarse 2^ )e > pregDnt6 sentándose á la oafctCém 

delttícama y quitándose elraombrero. .1 '.!...' 

, £1 moribundo líizo coníios isgoB una'Sefitil>afirpiatíva* ' ' ^ - 
. ' f El saoerdotéidespidiáiárlas'persoiíaaquababia en>la píen yae que- 
dó á solas con su deudor. ^ ^ * , . ^ i ..; 1 „• 17 ■ .;, ■ ; .i^ -^ 
. -*-^Hennaii0/pned6 neÉBd.*]iáblaff''te pvegantó «n <mtato estuvie- 
ron solos. ..\..\ A>-' '> -i íi ''^ '• ' ■ •* "J • '""í -í''- ■' ' ':'':'::*i '•- 
. . ' fLdn&nBonoiréspon^fi&^Bliffll^neío^ontestólaipveganta^/i — 

— ^Tiene usted me^o]ii»?L«.;jreciéerda loa heciioapasadíMl - .^ 

Chepillo re8póadiojcolilo8iOJoÍB,^quaii^^ > • i * ' íti ^^ -* ^i 
:- .. f^^raedé ustediadiiwime de ia^na>maner3idr logar dónde -está d 
caudal ? . . . . Si usted muere, carísimo faenpana, oini pagar lo^ qtíe ^fd)e, 
(Dios^no pueda j^erd^narlo^ y étí iál oímk^ irá á fufrk miUoaet ida' ligios al 
^&dgD- átenlo*' '>'' i ' í- ;..• 'i..a • ! , ¡:" '^ "jI- , -. '■•'*>, j.. • •/!/* :,;•.> 

El enfermo exhaló un gemido y^dijo cMEfnsamente alonas pa- 

-labhlS.' / ¿. :íÚ' . >.'. y .'■'. » •' oí''i^. :.. , .: . ó. ' • ' ■,..'.!/ 

w^Abl esdaníió rt coafespe, «Bafea le vueltie á^asted el hablarpovqae 
qaiiejs 400 'muera ea attiBastaí^jgeaQkL £¡1 que lo' escogió paraque inem 
,el ¿eoederot de la dif mita manpésa le réstUaye . loé aentidosy las íbeajta^ 
des y potencias iquie .uBted{habia'P6rdído,pats<queu9e cumpla adisai^ 
voluntad.:. ^; (Aninui^ oarmano^ haga^uetted un^^ésioerad paraihablatr que 
.el Sefiorjleiajudaiá. . •- > a.í»/' ^1-. 'é- .. m 1 '- ;:• . - .n.;. ) ' í. .V..:d / 
<'- :.Ob0]iíUo.toéÍ0aomo(na>aoater0adD^ y sepilió»^ ^ ^- 

un relaanMgo.degambrill5ie»)0B,«^deLcnra^ iu>< < ri* \ 

iii>:.H^^tt^adoa¿n»s.r'«.». Virgen L^;;. dijoi el enfenw^ eatremecíéndose 
de pies á cabeza, voy.... á.... morirmei* ^ ¡i í» i k ^ * j v 
( : ' ; rri^oinbiB ite>Moab:aproi^ohe :U8t0d>este motidtetO'etí><Mie4a-Dívi- 
na Providencia, por un exceso de su bondad mfinitaf»le:«¿uélv6:€A 
iibUa^^iLi. ilTdteídise lidEieki cantil elfiér Suprema si íen 'este* miámo ins- 
tante no me descubre el sitio donde está el tesoro. . . . Vamos ! persíg- 
nese «irtadv diga dnr todo. coraadn iel Ybjmadar y dé pri]!ich)i€> á^la'con- 
• pAúñ' ^cietícto el .paradero' del Qi;éso dé oro. . . . Le advierto á Usted 
Qn$ ái se muere y ^1 tesofo , q?ie4ít. enterrado, aunque laTDívína rrciyir 
oÍeImía ie perdone sus pecados, su alipa no irá al cielo sino al fuxf^iom^ 
de donde no podrá salir en muchos afios, así como no na pbdido salir '4a 

10 



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— 146 — 

iü !fn áú9k flieloa el ahD» de la marquesa» ni «aldrát Jiasta .^6 el .Qsesa de 
Oi}& lo aoaijdeseiitwítuio. ^ .ó 

£1 mozo Be san^nó^mimimóuiiaomdoDy oim v<^ 

— ^Kecorra usted, padre mío, «i todas direoíñiDiieB^ el maiad de ésta 
eittiii^ia^.74oode encuentre tres* eafiae eaidas y enoadae, junto á nna 
piedra grande, cabe usted, ^adrefaúo» y^iailari el tesoro. 
. V IsaiiisoBoiDaíádelcttra.s&^miiDáty si hu- 

bieran visto caer del cido sobte el tmD]^>aio.Onatayitii ^un-doAúgm mi- 
JfajJWWf. ;r". . 

>] ^'H^Gipttfiniíe usted su eonfeeion, {ootietie^in&s ^pé d«dk>? le pregna- 
id á.8U jMmtente coa una lemoeíóo terrible <{ujb le amidaba la>gargaDla. 
, . , ^r^ii;,poeáúo.mtty .grare tengo^ ^padve mio^ que he querido ocultar- 
selo ; pero que el temor de Dios me obliga en este momeaiito>niprenio á 
iOeckáEdCv j e% que el a^ftde la marquesa ane ordenó que dividiera el 
tesoro con el cura de mi pueblo. 
¿:;i'G¡Blsáneird^eldÍó nnlij^oígritay exclttiií5 : . . ; . 

— Oh í . . . . ohl. . . . y yo soy el jeui^. de'iu- pueble !.*l..'fOon que hi 
MÍttd» héif. «. . i Usted está seguro del lo que acaba de decir) 4 ^está de- 
lirando ? . . . . Pero no ; parece que está ianisn cálMil juicio, ¿ncea aslJ 

— ^Yo sé bien lo que éBtoj dicieBdp^ padve mió. 
cuf> «^Qon que el tesoin está enterrado eátred maizal, donde hay una 
gran piedra y tres caflas caidas, 2 no es esto } ,"•■ i- 

oxv 4^reftcafiaa caídas y ernaadas^ dijoiQhej^illo eimnnaiftrme como si 
su cuerpo fuera fortaleciéndose con la confesión. 

— AhV Bistres oafiaá eaidasyerueadasy'iepitióelsKoérdo^ 
seguida aMdto : muy bien^ ; naitiene usted otro pecada! 

£n éste momento el enfermo dio ion gritode dolor^/i <a rj.i > 
; >t-Ay 1. dijoi qué accidente.me^ha daoo ! iy^etoreiéndoseiiiemo una 
jwh|LÍieDtey se cargó coiBKtra la. paredi : - 

X uuirnFiJ^neee usted . para recabiria absobieiaD^ k diijo elicuia,^ eu 
cuanto yo se la haya echado, di^ en penitencia de sus pecadoe^ portves 
T^ea^i^esus^ten piedad de mil/ . ,. . - 

El penitente alzó los ojos al cielo y elevó su esníritu á Dios^ al^- 
(mpmi.j iniéhtras tanto «1 cusa se posó á peaaar en -A sitie donde podia 
iceiar el tesoca Como extasiados se quedason im<» y otro un instante^ y en 
afluida aanó la vos del sacerdote^ aUBd^Mmacomo el ruido desuna mosca, 
jqm^ abaoli^ á OhepiUo de< tan ffmndes euüpas y pecados. 
. ji; .-Gonoluida^ la oonfeBbn, eTcura acomodó en A lecho al moribundo 
y salió del cuarto con el alma ^ne fe brincaba de gozo den^ del cuerpo. 

— Albricias, señores^ Jes di)0< á ioasmetoa queio háUan'áeeiD^>afiado 
y que esperaban en «1 oorred<»r,^^ oandal «stá en mía manos. > 
> I^. Al^i?uido ctoian méfi;icas palabras loa acséédoreaeorrierc» é hicieron 
circo en contorno del páiToca .!...,.. 

.< :-tt4^.dioe ustedyseñoír cnra?.. « jqné^évaÉáoittiael le preguntó 
imu^Ad loa inglesados. / ^ . » 

a • ; r^«tLa migorr nótioia del mundo.) Sabrán ustedes que Chepillo acaba 

. ,*. M^diO nqa datagradA Hue al sflcríbir d«la Urtoria noi. vearios coa frasoemis el»K- 

fadoe^ á ceo^pira^ los abusos 7 vicios da los malo^ füc^^dotesi, ^anqp^ ^ fse aitdo iOC«ari- 
úyaooos ¿'sncarrnarlos oor el camino que Ie¿ trazó su Diviqa Maestro. I4O6 hechos que 
désKif ibiidús en SETte cajiítalo V en el sig^üténté sobre la desehrremada codicia d!el mifis» 
4|(üfcié«A>|iM oiÁUiriee; pere ei tal hieiéramos JflBtariatlK» ál primer di&ber de lodo liiftorfaí- 



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~ 147 -^ 
^ ¿escnbrírme, m el ^giio de la.íHn^etío:^^ el(ú^(>.ilo&dt[eatík eotecrtti^ 

«fp-Oili aefiort ioxclaiao oAad^ los vc^.mfufo^ es /usted la paloma 
del.arciu .,", . • .„.. _ -, . ■ 

— Ah selior) dijo otro, qa^^n lo oodi<»<»8aiiase.lo>4iie4liíba;jata!«A 
d,.ja9ftenor9,es ustf^ el pr()(^ 

-— Seilo^! «exclamé un téiropro i ^DÍ9t|.llajQMUMi eVaiitío^iii^fio^ao 
^$tedt la vara de MoÍ8€u$.,4iue haribr^^^d^lBO^lO'aoagM it^ 
emo trozos de (m ^ug ap^garág^^eed que^sdeyoca^omoapAgi^la 
sed iiatu2;id 4e los israelitas e^Ucori vivifioao^ qaej>edU el 

pueblo entero eii el Desierto* : r . í 

A esto'alzó la voz el cai^ay dijo: i. , 

-rjy&aim gracias á Dios qi^-él e^rel aater da nUt^r^ venUim. 

Diciendo e^jto,^! curase mnc^ó^.svi^oompa^roS'Se quitaron id. <^m^ 
brero j^ Ip imitaroPí y todos ot^ disQuante^ yoees eintoMix^aun Te^ J)tíum 
ea acción de sacias, cual si hubiesen deqonbi^rtQ w) nnu^vo muado^ 
, , ^. Terpainada 1% oración se levantaron .tQdos ; j «1 |>inmeo cea vi» im*^ 
penosa dijo: • 

^ . — Usfiedei^ (jbben.taarcharse en q) aofio $«u?a^iid 70 ipneda^diar-prin- 
cipío al deitenterramiénto del tesoro. 1^4^ lo vaeílen ( .iváyanse ¡jr eanfíejoi 
«n, mí y en la Divina Pravi4en^* . -i 

-^ ^9P^^es necesario, pi^a qiie ^ .Qa^^o. cajiga de ;fiii tofllba, ]^arta- 
mpsii^ dijLaciÓ9) di|a uno» con s^mlj^lanté feptii^o». 

, ^rAgor, agmrydijp jptro, i^> )e qnitoH^^^» M jnomMto jal aefica^ eara^ 
<1 ñqoípo ea^precioso. ; \ . 

«— Acabi^K. ./.grittfoa^pcbóa, : . ,- 

FronuÁQifidas e4^ palabras^ que fu0ron como noa árdefa^montiuroit 
to4q«J(?p<acrp¿4or<Ms.ypiírti«rcfla^ , . , 






: ;\qA?i:Tiriú VII. 



I|0 fu|Í6^qnted(r lifc^ conftko i Cliepilíi^, por l^aher fieido qae ^1 )iioio t^Hi 
' VV '. ' i -^ eaíit cwnpíeto acaerdo» ^^ ^ . 

SOlfP tlN. Jl^fubrí^ se^ quí^ó acompasando al cura, leate bonÜMse era 
su ccf^julpr. Toqa/né lalir de la isasa los^ acneadores :y iáttaúsaMd 
cara sobre sa compacto y abrasarla. con. loca e(BtnsiaSmo¿ ^ : 
-^rCHnáiq.^XfXm^X^ dijo apret^di^lo vigoi^)aaiiiente;, estoy tan 
cpntentp que me baila el corazón choitro d^ pecho i « . w Yi^nos, vamos 
á sacar ;ese deeieadísiuu) tesoro. * . • Ay Dios núol . . . • qnese me sale el 
alrn^ ppr la boca;* « , , .coa razón dic^i que las ieiÉDciones de placer pne^ 
den matar más facilmwtB ¿un homWe, que laaeíaocitmesde ddor. 

--páscar^^dijo.el isoa^jiilior m0dío ahogado entre los brasos del 
cura, }uens^ úste4 en q9^;fii mQ apriete ^n poeo más, vamos i morir «m* 
bos ; usted en^^ If^ oras^.dela dicha yjro«ntrelossuy<»qneine€g)ri* 
mea con la yi^^eñci^da un torno. ^ 

— ^r erdóneme uáted mi amigo^; es qae la felicidad es como la cótera^ 
que aumepte laa fuerzas sin aueimo ae aperciba de dio, ie j^dspendió 
el cura quitándole los brazos ae encima. 

' — ^IxkIo lo pQi)doa9^ dyo^l ^^otat ctira, mánoe^ue el picaro.* de Ohepi- 
Úp. yaya¿ burlarse de no^ptroSf Si nos haca trahaí ar sin fruto ? * 

— i^ecuácñam, amigo inio, ningún hombre se chancea al hqcer el 



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— 148 — 

^¿gtó'piostrimerol Tengo certeza de qtie á pocas paladas ák tierra écliáii' 
á salir al aire las onzas de oro y los mohosos patacones^ y qtie al üborÁtuf 
el h6y<i unas doe varas^ alcansanios á ver ese precioso Qtíéso, de tantos 
codiciado.... Mañosa la obra amignito; no nos dempremos qné iodo 
fiet^^» aleja de ñoeoCros ese go2o inefable. . 

— ^Busquemos una bíatra y una garlancha,' le dijo ^Pcomptóíero, 
pues siü herramientas no podemos hacéí* el desenterramiento'. 

Vio el«nra queera bueno el pát^r del coadjutor, y se fué á dbhlíe 
Don Lorenzo y te pidió las herramientas expresadas^. El vlejp sé las di6 
con el mayóte gdsto, porque él íio deseaba raénób que 'na^é, que el 
Queso saliera á luz. Oon este preparativo, ^rtieron jos dos saberdotes 
en busca del brillante depósito. * '•'* 

A po<ia diligencia hallaron una seflal parecida á la expresada por 
Ghepilk) ; pero no idéntica. Andando unos pasos más rieron otra* Igual^ 
y luego otra, y otra ; porque en la sémenteffa habia mbébab cañas Raídas 
y muchas piedras grandes. Beeorrido que hubieran todo él marzal,' 
endontraron poi* fia tres oañaa caidoí y cmiuidaa junio á una ytfm 
piedra. ^ • ^ * *i 

^'M>Aqo{ está él Qtiés6^^ oro dijo el cura dando con el pié una pa- 
tada en el sitio donde estaba parado. . , y 

— Ahí debe ser donde está, dijo el coadjutor. ' 
' ¿Y ambos* se^^oitard^ laf rtiaiili y lá fi^otat)á,'SéarremátfgaroñIasin 
gas de la camisa, y á la ttiano dé í)i<^, enipezar^ii el trabMb^ébn'itu 
2i^o» imponitenU>&ii fia feetia fué Urga y penosa. OBT pero las fatigas 
que tuvieron, las hubieran llevado con cristiana' i^tímadoU' fei loé^ 
resultados hubieran correspondido' á^éíiS'ecipéraníÉis. . ; ; ' 3De!^r)A(9$ Inau- 
dita t^ ello» cs^abM y '^eada palada dé^ tíérra ^ue i^^^abande lo ho^do 
del foso, alejaba la certidumbre que habhtt) ábrigadd dé-^riri^tHe^^^^ 
abriendo aquel hoyo .... Al fin de largas horas de un trabajo continuo, 
el dia se acababa y la noche cabria de típiel^aQ el mundo en la misma 
proporción en que la negra ^¿rte Ueúabá ae aflixion el alma inmaculada 
de (os santos sacerdotes, c Ki el capsancio que josagobifiba, tí} Ja^d^lp^i* 
dad ^¿é'fós consumía, ni' él ddlor de las manos que destilaban sangte;' 
nada de esto bastó á detenerlos en su rudo trabajo ; sólo las tinieblas de la 
noche tuvieron el poder suficiente para obligarlos á que cesara^ ep su labor^ 
. > Eátrada 1» noche los: trabajadores '^egrésaVoñ á la , casa con éVtít^ 
entrístodidá, el corazón despedazado de pesar y Ikó' fa^oá Hagadáé, ún]| 
si hubieran sufrido el marttiío de fe crucifixión. ' ' \. . " ^* ' ' 

! :' At entrar en el' patio de lá habitación le dijo el cu^ á1?u' coadjutor. 

*— Yáyase usted al pueblo p<# lo que ptiedá ocurrir, que yo rtiiS 
quedo hasta conseguir el eanto fin que me ha tVaido á esta Cas^, á saber t 
eldepuriticabeaelcriaol de la penitencia la pervertida alma' de OUe- 

Eillo. El sábeardote le respondió que sí sé iria, pero 'después' de qué ha- 
íéra tomado alguH alimento, pues sef séntia cotí mucha hambre^ ^^^^ 
Gertrudis que tal oyó, cornóí á la déeípensa, pusó'éh üri Jplató tfnas tájádaá 
de pan y otras de quo80^jr>:en un vaso un poco dé chjéna,^: fe' líéVa; El 
pobre estenuado devoró primero con los'éjos ¡f' deépttés^tíókí.la boca el 
alimento del plato^y luéffó alzó él ifaéo y lo agotó; "".;' 

—Ahora sí tengo alientos de^méóikr, ^¡o^ bilT^jga llena' ffkuáp^ 
taazote. .í;--- • 'í. ■;■. .xír.d - . .':í^ -: ;^"r*^ •>• ■ 

:.{ Ooiiesto se despidió <}é Don Lorenzo y dé Doñ^ <Stórtrudíá ¿ejandof 
le salude^ al cura que estabaeon elfénfermo'á puerta cerrada. 'SJti ¿¿g&i- 
ÜHte^piíso^fiabrela sillay4efu4 á*gik^e''tWaao. ••.'><' 



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^ 149 ~ 

¿loibaíiebdbrá comprendido, el .cues se habiftienti^o ^^ 
cle.GtepUIoy (»>fiK>fleihabtá iMliviniftdoestalmi^^ ' 

■ /• SI le debía:" " '-.i i..^' ^" 'h i\>-/r .>. ' • -; :., -,• ¡.; ' v - .. 

—«•Hombre de Dios, nsted rae ha condenftdafaoy'y.faacÓBdenadaá 
mi ocnnp(f fiero ámna labor áspera :y rbda^sm (d. menor provecido ; feorao 
Ida epeoratíos de ^' Torre de Babel hemos trabajado nh^fhíto. .LargaA 
boros él y to Jiemós estado removiendo^ piedras yj sacando ^tierra^ hasta 
formr np «(>yl»ppo|ondQ^ en.elvsititK'dcAKtelaUamos las sellas, qne KitíSeá 
ote dí(HfaÍQ^n)QQi:(trar. el 'menor iátÜtío de la íxist^cia/del tesoro, r^ : } í 
^acr. ^bepiUcf notriespoó^ palabra; : víotíraa en esos monientosr del-tenrif 
blevShicapev,0O bablabia, nk>-QÍa{..noi'yeifl/>in^8e movia. Era nna masa 
miiH)Vle'qtiefno^.mcBtmlW'YitaU<jlad:mno pcMr los ténnes. latidos de an 
Oemcilllj "^..'j<, '-'.' '- ', ■ ...: \ j;íU; -jí;: ■■! / p !■ i j !" -■•'■ - ■' ♦.■•* , 
>£; r/ Eheara S|&ii)óereó^ al lecbd^ le tóm^ el pnUo^ ló . Uanló^ • lo méwió y 
ebém no di^ráj»fiardQ>tvóíl7er en-éi^^te dcjér caer en tmá dlla aullando 
de deéesp«caaÍDno!Fasada: media hofaR-salíoidel apxiseiitoren i^liciti»dide 
un; refrigerio para 'Stt' -estómago exhausto. .«:t« o , íj; 

./ >:< I^ofla/Ge^triidis le piieparó.-y survtiáunaaCTaxaboiidante^ y tan pronto 
oomo'consmniad alimento del último pla^ sainé rat cuarto >deÍmosEOtj^ 
se.^bdió.á'piémaestíradaan tina mala oaina qne le: había .^erezado 
Perico,.eltquéper ^beir«9tadaansenteeniel dia^ no habia podído-acéchar 
la'&eña.debfijeiiiraé.ii^. . ■ ■ .-,-.• »; v i v .--KtM-' ..•■'/■.. ;:: t -■' ■- . . / 
; . /£! páüKícoftehdtdo Qnisn.leclio OQnloft>q|06; oerhidosse j^nso^á rao- 
diter en lo6tacont;aóii:pientoa deljdiay 'siii : poder conciliar el saéfio Tino 
la madrugada, ¿cuya hora se quedó compléfamente dormido. Acababa 
Metfeodé entorpecer loMséntidoB del. cnra otando el espíritti de éste 
emj^epóiá re«?earse en el máft delié&osói snefio, que, si acaba como di6 
principio, es ségbro q]ae;el hombre, sé -despierta ' más contento oué 
Adán cuando volvió del suefío en que lo sumergió Dios y vióáEva 
acariciándolo. ' :: iM.r . 

> V £s el oaso.qi^ el cura dormido pensaba cual si estuviera despierto, 
que se hallaba á lá cabecera. :de la cama de Ofaepillo confesándolo^ y qnü 
el.iíOozo^ miodio ndriertov C6n vce desmayadaie decía :*-^ La mitad del 
tesoro que dejó enterrado la marquesa es suya; la otra míitad es mía; ya 
voy 4 expirar, pero moriría intranquilo si no dejara á usted de heredero 
de la.pfeirte qne me eíffrespondetf . A restas pa]abt*a8 el' cnrsL conteeító: 
, í — ^De nada rae serviráiqne usted .me instituya ;hered£tra de la mitad 
del tesoro sí no^ me^dice á pünto.fijo el lugar dónde él está; : 

, : *-r-^Ah.! ' sí, tiene iieted raaon;^ le reepbñcUó el moríbuqdo ; escuche 
QStedi padre. mid. .. ; <. .q í : • . . »-: \ . ./;'!-. 

.r «r£l ouraMhÍ£Oiiiq;ai hna£edrvíente plegaría á uno 'de lo^: san tos de sn 
devoción, pidiéndole mil) orejas repíaitidas ' pqr todo el cdorpíoá fin de 
qÚQ DO se Je escapara: una sbla óailabra de las que, el penitehte iba á pro- 
otatteifcir. JSlsanto le. concedió ;lo.qae^dia,^y el confesor oyóientónoe^ 
qoe)Obepillo le dijo^ no ya con voz a^onitiante, «ino.eon unaí eento so-^ 
Bóit>/y delhsado. como ^1 gorjeo del rüisefiór:/:; :*^: i: 1 i'* 

—El tesoro está;septtltado<eB las entrañas áel^m^mie piramübil que 
domina' lá poblaéion. Él es grande^ inmeasd, jextracirdinarío: Todas la^ 
alhajas 'deLtemplo^ido' Salomón ';:>tódá& las. joyas jy monedas de Creso j 
todo-el oro de Potosíittadaates esmeraldas de^Muzo y todos^losdiamam 
tes del Brasil son poca cosa en comparación del oro en bruto, monedas, 
aih^as y pedrería qáe mí tataradeuda Oarmn^aoetiltó en el fondo de di- 
cho cerro y. ;^ El monl^está minado; trasládese usted al pié de él ; pón- 



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— 160 — 

galo üng» i uaanieefaa que^hattará'eD la pnerta de la €Hr&kí>á»^ la Pe- 
nitenciay "^ y íal estallar la núnaYorá vstéd áividif88«i cerro en eoatrcr 
partes y brillar en el centro de dicha división las precionldades dmime- 
íadaSf oóal magDÍiioobróBaioét -- ' : . ')' •«. 

Él< páproaor no espelró áegahda nmtaeioii« IJevantéeeial'iMiiilo d^ 
asteóte, corría á la cocina^ «ogi& nñ tiasooi encendido j destlado abrió 
elurára hacia la piuarta do 3a ^mta. Cbepillo no lo habiá <eogafiado«en 
este vevplaí mecha estaba «Di'; el ómraíise agaché, áopl6:el fMsgo qiwiÁ 
la mano UeTaba y la pfendiái . ^ ^ Hecho esto se alejó ípieaipitadameflte 
mrgtáni tocho, j hragaccm' la cabeza encela eiit]% loa hohibros*^ 
espera.. « . i Fseó nnmomeiitoeb el mayor silenció: 7 ed aerada /orévéi 
estampido 'ddiBi trueno que ^retnmti6 por toda la -lierrau Loo0Úm^g(m 
alzó los ojos al cielo y vio qne nna inmensa cortina de oro en poito se 
elevaba, hasta laa iittbea* Bajó Ine^ la vistan al Monteeiiiay observó ene 
nnaabondante lava de oro derretido hervía' sobre el^cráter q«e 00 Inma 
abiéirt6,y qnerovosaadpcse^derlumaba en inmeinoií ^tomeinte» 9obve él 
valle. Despnes de esto vio, qnedcmonento eíi momealo, el. terrible 
vtácem (piiee en tal «e había conirertíde la moptaliai réireiltaáá) aurojaba 
d;oBii seno enomea díathantsa^ e^mearáldaé y topacsos^ boñ tal TÍoleiMia 
qne.ifaao.á caer fuera d^ alcance de su vistai Éntótacee «óntíS en^l ft>]^ 
do de su- ooraaon nna: pena horrible, pnés peasó qtto^byfíilimailmá 
enrí(]^necer al mnndo entero y no á él sólo, como se lo Imbia imagiDado* 
Tirábase losoaMlea pcMr esta gran^desdidiayCáaiidoTlariismeiiiálava 
oreoieifdoi coma las agoas del dihivio^ llegó á SQS'ipíéSy j anaqiBo Ii0t6 
qne tn» áe loaqneosaba, B¿.T¡&q|iie le iba snbiendo rfsiotenmiioii; Ptaito 
le ásottKttó'é las rodilIasvlQego:6 la eínlmrá^ á^ los hombios^' al cuello y 
debeiperode al ^er qne ibar& morir' lAo^do, exhaló on grito^agiido y se 
deapedó aobresalkado:.: * ¿ I . Al^abtir h» cgos vio lalnzi dei^ia; . 

£HplDn<;;ee'dÍ|o : v-;:. , m; 

— Chepillo, amigo, todavía duerme usted ? 

-N.*i^D, 'BGden; b^m 'ana hora qqe ebtoy despierto. 7 Valed com6 que 
tenia peladilla 7 ha dado «á grito que míe ba-aanstádo.' 

^^^tiíy kdmbrev atobo deaaür de ella. Pero hablando de otra oosa^ 
) por qvé; ida fia hecho trabajar sin £ruto ) 

•^Qué lito dio ratodeon el tesoro} , • 

•r^Amigo^ usted' ^oe hú engafiada No parece ainoqne t|sted ^ha dncH 
ridd bin4a]í8a>dB mí ; pero ftega ent^idido ano temprano 6 tacrde recibirá 
de Dios el condigna easfti^o. £1 qne se ríende un eacecdete, nhn^a áíla 
Providencia porqne loe mmiatiros del aaiKtimrioaoii en la tícarra loe repre- 
sentantes del Altísimo. Al Ser Supremo le pido que lo enmudezca la 
lenguayleíopagaeklnzde loecóoann¡áiitraS'i^va,|iara fc[iie no pneda 
gozar de l^s^ bieiies ^ae pqdiera fariodailo el teeoao. - 

•H-fiéñori Bo invoqn^ oatéd ladra del cíelo contra:»^ que Díoano hit 
pnesto ¿loa'sacerdotea en el mnndopara atraer laa maldi^nes del' ei^ 
sobreioahombre8,<eina laa bendiciones. Lejos de mi la mala ínteBcioii 
de burlarme de un ministro del altary cnaf es Usted. Si yole helado 
biqn }as seflaa del tesoiby usted noiíaoncootrado el sitio donde él^ está, 
pol* haberlo bnscado.mal, ia enlpa e& bnya y no ihia. Si yó np le he dado 
bien laa sefias, ha dependido del estado de ien^jehacion mebtal en que 
me encontraba antea de afaóra^ 'Como'nn Aieño ^ecmerdo boy laa cosaa 

• t Véase el ea)iftu)ó Ili átU Sftgmida pane da la dovtola titilada Eb manso tutv Dft 
LQ9. K^iaV-M» CQupliefllU por el aiit^ 4^ a8i%b1m;x^pnU>^^al.añéLdel664(to Bogotít. 



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— 151 — 

q«0 raiaroii «^ entmlosdo». AeCaalÓMiit» qae I^ Divífia I^rovld^ndia 
me aespeía el entendimiento y que puedo pensar en cuanto ttoaba 40' 
paBiime,aejiim'á!UB4éd>qM:no^d¿<|tlé6efia8le bedado; ' ^ ^ 

^^t hoy^'Jballá> asted en mdibal^^jtiiidó^^ (po^qn6¿oin(^d(a'M^ 
sellaadelsitíoi'doiide ie8t¿ol te^of'.pues^ aunque yo-m>pien6eJ4ÍD 1r4> 
sacarlo en el acto^ puede usted morirse de una hora á otra y qaedWMI 
p«fdidoi'*. -v . "-i'p . .' '' /v . >. , iu ' .} i. ■ • • • í.¡.' - 

— Con el mayor gusto, señor, escuche usted: el sitio quada^cutN^ld.^ 
üMUsal <fo esta estonoia^nlonktohoy utf «gran tcotuio que parece ana piedra 
y janto á él dos callas caidtfs t colocadas en forma de crius; ^v > i 

-^Oh! ooD raeon quenonuiíiara dado coael^M«^<leoro8i t^ 
no nie^iólfu^sefias ayer 'copio hielas ¡da hoy. ' - ' .'H 

' "^^^yisrvestaJya'd^BlsHrnitíi^ '^ > ^ 

'^YlM^yfquiéiiiMeiiBeftutfaqaet^k^^^estéf * ' •/:;:. 

; i'^Yo, seflór.^' - >' ■'""'■ '".■• - '■• \ •-'-• -^ ' '...•.-'?€•! 

^-j^Etoiuishio^ 4iaaaa4 co!^ otn^ p)^ 
embargo estaba fuera de f^;'^ ^ • ^>' ^^ >'ííi^ ^ • - 

rHP^O'hoy^mesUintoeñmL CofrfíetwtedebmtsanoJaldibyVixelva 
¿ busemr el tesoro, sefior conu ' : - » :.v>fiy; rrp 

*^Niidiaié tal^hMisefia» quetisiedacaba de<latfme soa^tan vaj^^kAM I' 

las prime»a% piie8tá>qiio i^ nkuehos troncos g¿Mdm ^^ paracén pitxltlíg 

y mocbaa cafias ^caidisosp varias partee. Lé^ más aceitado senir eó^tto'á* 

que usted «e 'mejovcy vaj^y^ me[ muestren sitio coa él diMÜo ^«ft eéé: 

caso cavaré 0MI la^segnrídadüde no exponerme ¿ otro ehiue^. ^^ '^' . ' ' "^ 

i -«é-EsD a* mny^Mzonable ; pe»> fu¿a que yo esté ea estado de 1#M^| 

tarme a guiar á usted, é» nécesaito qtié uí^fied ejspére por ló ttiénos odí^' 

dias-^Si distad conviene en ¿sto^infterésese'b^^ mis acmedórisdL^pe^no, 

ma idemanden ni me tnoie0te{&idtoraikto^oh^tíem{k>. ' * ^ * '- / 

- -««fuente asted «on^ ese íphac^ pe¿0 eiem^ qae thé- {^méta pét Ui* 

ama CB «donde «mtiéi el 8ahradpr) que no ))asairá'el'4cftavo dfiaaih qdé^ 

usted'hayajpiieatael tesoTp et^mié mánoe. • ; *^' '^ ' .:;L>i/ im. 

'Iba' Ohe^Uoíi>ti¿8{miderr pei'o i Mi sáaofl ee dj^otí .vat4aé^^NM|ér 

en el patio que decian : . • ' '^ "■' 

«^;&ieiio» diask . ;. }Oby«efior cota, bnotfé» diást* % ¿ . ^ 

-^Ajahl ya están ahí mis compafi«rós d<) ayef,dif^'^ fktü iéblto^ 
dose peuasanieíiteati el lechos; :;\ Óuet^rd de mi padrel afiad^^ntre 
riendo y llorando, estoy hecho añicos, no parece sino que hftá'pabadé^'A 
mi pobre humanidad pQir on trapi€^e¿> ' - ' ^ ; 

^ Despdea de (píe^m%& comeisifealmetiteí lo hatrienm tíidHd^^y de 
hacer más gestos que una dama de benitos ^ief^s, se te^átíté y^^áSifri 

Más de treinta atfreedores de Obepillo % balndaYotí y des{>ltél)ef 
rodearon para que les dijera si teniaia alguna esf^rinisa.^ < < . i r.:: ^ 

Si puiteiba á eoiitaiiee loqae' le haSta • pfaáiide el ^ia ianteríl^, Wo 
ano de los acreedores le quitó la pali^Mi para decirle tí'* ' ^ : ' 

«-«-JOon ique qI b^boo^^de ChkiriH^o se ha bwladó ^^üMéd y ae ha 
reido de nosotros á las inilmatmviUaB I 

— Quién ha informado á usted de eso ? 

—Quien habia de ser sino el doctor Zeta? no fué él su compafiero 
de fatigas ? 

— ^Ah ! si , sí ; pero Chepillo no ha tenido voluntad en darme el chasco 
que me llevé. 

— Oómo ! que Chepillo no ha tenido voluntad) 

— Gomo lo oye usted. £1 infeliz mozo no tenia ayer la cabeza en su 



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— 162Í — 
^^¡^0^9 7 ^'^ teinéf qüem ^sotoial progi^essi esté 1«k> jrematadoántei de 

Loe acreedores ül oir ú oaoGft^ del ¿ni» ydiwon de eolbr j etpe^^ . 
rktfeitfaMm <á méfi terrible pe^Ik \ thm snepihiroD dé tristeza^ otro» frnn- 
ciefdQ'laJboolt de i angustia ^/lesumás/apretáuroor ^oa dientes de doset^^ 

— Séfior cura, dijo uno de los más desconsolados ; qué nos aoénsega; 
TirtedqsieiJbagaiii^»} . : -i , 

. : i .-rHürm que no» conviene ; esperar. £Ii en&rino] en ímo de «bd hío* 
mentes lúcidoame ha dado boy* laJBefiadel'silib en donde ^eétá elteíoi»;', 
pfisa esa seSa é» JUga^y 70 no Quiero ]saC(k>neTme>á odro ^chasco ; . de^ ella 
sólo podemos servimos en el^asode q^^^^^^í^^o^ pierda ^1 juielo. Sú^ 
embargo, conño en Dios que esto no siicede£¿4;:p(ae|i»a;elk^ez de.^mpeo- 
rarse se repone, y él tiene tanta eapecapsaide; ftlettÉactoi pronto^ que no 
ha mucho me rogaba que me interesara con ustedes queile, concedieran 
uw.nKmt^ria de rOK^bO dias^ mientras qne se restablaea, xe levantály va á 
mostrarme el verdadero sitio donde está el deposbcKi . . , .. . -r .\ , 
^ ' ' rrJ^i^^a hom:más de plaao^ dijoPon HigoelSamírecs (elacreedor- 
qne ya conocen nuestros lectores) ese horabre'.es.ni^. iinpcwtar ^ei.ba 
'jliglidos«€Ma iiQSOti:oi Qwm^ lofr títm1»oa^oon>loe.Aif]|lftéod4 boy jniánK) lo 
d^isandoíj al^o j»^paga;lo qne me deberlo hgi^TfAneix,^ ftieion. ; . . 
Jifk^e^^Bfi hi»> paratJoa picarOs.y él.qne ee>el padn» de^1;odos9.aue te' 
ptidra en ^U^i; Puedo aüegnirar qiiei.<el pesillaR/no l»M»ioontradém to8ot> 
ro ; que las on^aa de .oro y loi^pesoe oon que ' hk : logradd íeogAHaraoft aer> 
lo^.^lrobadoáálgaien y que bueea ' «)n§ :ocfiísioa fayorabíe para- irse 
léJDft.4& ^ui á; go2»r en pax.^ frujl^ de- nuestra tcvíbtQO. ^ ^r 

. : r^aéte^iietrídad!: neplico eli^oiura^' Cbepillo indadaUemeñte ha 
hallado el tesoro que d€))o eiiton^otla: JODianqnesa. Ef^^taoioBS incapaa 
de invmtar una traína tapr:ada)irablemei\te eombikiada paura hacerse 
^oaepgoliimdo é todé^ 7 la( prueba es. que úi üú peasamiento hubiera 
sido el de adquirir dinero por medio de semejante lenperabena^ yja^ae' 
Iv^bjria vio léjoa de tus aereare» ; no lo )m hécbo^ te^e^ esto lo^ jioafifica 
del cargo. .:.; - • - ;*.• oi.. ., '•• ■, 

— ^Es ciertOi grit^Luiia yoí qne salióde'ie^ti^ la chusma^ .el señor 
ciifa:b| mf)K><^id<>oomo un Salomón. . j :. w * .ii 

.'^-rCbn qu0, amigos mios, ooncedámoeleifKiio. días de plaao^ jqué 
fijpaocb!(^Jdiafll>dijoel^cnrai f^ . ;' ' vt . . .. . «n ; 

— Si, si, ocbo dias más, dijeron nduohas iroces^; ; ... 
,1, ,£|:pá]rroco se etitró^ en eí confito del enfermo i > darle tan buena 
im^y% a^omp^fiado der yarw acreí^dores/yelmofíoaprovectó^linor 
n^O^. pftra hacer Infbi^nai^ioiüésrdey suí.niatdmonio,^^, las. onale» con- 
currió I)on Lorenm. y dio snconseiMáíni '. ^ ti-^ rv f : . 
m Pfaíw, de^e f^,v«¿twal de.la píu^rta^oboyó T te iriSi todo^ y luego 
apretó á correr par^^U^^isa de Ii«<^i¿« f /. /j ^ ;. : : - k Ií , , . -. .1 
i-'j MPíet lainuio^ d^pi^ laicater^n de acredoreagaldpaba por el x»mi- 
no que conduce de La Compañía innata vita. (^ { ; ^ mtí. o(t :>!i <... 

■ . ■ > ')ti í" ; • --i... .^i • ■ sui '/mi ,>--^ 
'^')^;.'[ ' ij ^^ .' íS'^• •-*. '.;.■- '^ r>!.;rT.A¡ ':; .-.i» ■ .::íi .'- * o-^' ■ • iñ /: ' :* \- • 



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, . .1 . CAFITüLOyin. ' . / ' 

' te la sdpreMa dieha á ia suprema áesveiUiim qo kay mi & 4Q&mi {ai¿ . ^ 

YESSMBARAZADO nneflitro hérde de H tormenta qoe se le faabnl 
I idóíeiieiimi/'i^ii^ con libertad/ :. ■; t 

^ '•''4)08 6 tres d^as' más^ y puedo eantaeri -rietoria^ dijo y se Tolteó -pata ^ 
el rincón. ... 

j.u ¿lorian trasenmdo i:re8 hbraa cuando entré Perica en elia{>e8ento 
]^'le>-dijO'á'sit>aimor '^ '•' ••')nrp>.- ,.'m • *• . •:.-,-. . .-..'.'r:- ) 
lí >^Me faeteho JCttántoi«u nleroed: me opden6 eú Io9 ^as pasados j es- 
pero que todo estará listo para mafianá enia nocdie. ♦ • . '< 
^^ ^ OabpiU(^aeienkletf0i;&en^8U lecba conel i^igotf de nn alentado y con 
el semblante más aleare del mundo, le dilo : 

— ^De^erasíi hombre^ * ; j» ' ^ * , : . 

—Como lo oye su merced* ^ * * 

^'*^— 'Mei sahras^amigo mio^ de las- garraa de loa feroceS'bnibdeaque 

Íuieren comerme vivo; y ademaS'nMí use j^ras asidla ¿dqaismbn del 
ien á que tanto he anhelado. 'ot.: r,. ,: í 

• i^^xa-YO su .merced, que no me- be portado mal. 

c -^{B^Jbeekpi inás w'^lo que yá .esperaba; estoy lleno de ^kgra- 

•"i >MMQuierá^I>ios>qtte"asísea« •■:•. ■-• - :v .» : -' i • i'^.-.* * 

' ' ^-^Peix) díme, el saésvdote "está pvepaéado ? : 
— ^Es lo primero que he asegurado. 
irjt -^y qpó dijo? na se^esquiro: . ... «oi i iw j?'.»: « 

M^^Al-prininpio BÍ9 pero<^enciiaBtale pvs^ m, la^manío los ilesos tiue^ 
soimlbroéd -mé manddqoe le diera, no opuso reáisteDoia. 

n . •44>D{o:hay como' á tmgüento: mejicana pBra ablandar YÓkintades i%< 
aiátédaa;''-.'.^ ■ ^ -•' —:::.*.' .... ; "• ; 

í. ^¿4^h ! 43e6or^ eso es ona maravilla; 
11 ; 1-^9 Ia^ ibas dicho algo á Don Pió delsnceao de hoy ! 
> j^íy sefibr^ iie dije que su merced Mbia becho informaciones dea- 
dé su cama, y> que aunque la novja no babia estado' presentev^l sefior 
ciihidaft UDbtá aijhiíitido, apoyado en que ella no babia de casarseíforza* 
da. Que las proclamas las habia dispensado en atención al peligro de 
mhertoeniqüe su merced estaba. i ^ . 

—Y á eso qué respondió ? 

-^<ia¿ leenadcabala noticia; que luego vehdriaá hablar con su 
mesced^ v.-,¡. ,..*.:. j -r : • . 

En esta plática estaban cuando se presentó el padre de .Lucía á tí- 
sitar ^-sa; futuro yerno. . Perico^ salió del euarto«n él>aetot>en que Don 
Pío saludó á Chepillo. La conversación rodó entre visitador y.visitida 
sobnala enfermedad deLm<^zo'; lajitíipmdencia delosa^ceviocéreB ir á 
ooürwlé' ' ástaado como éóiah&j y especialmente sobre su próxima, matri* 
monio con Lucía, el cual debia efectuarse en la noche del dia siguiente, 
si Chepillaestaba aliviado de sos males. . ' 

^ 'Don Fio prolongó su visita ¿asta ks^oa de la t»de>y todo fué des- 
pedifée^y entregarse Chepillo a discurrir sobre loa resultadoe de^su* tene^ 
pi90sa.;niaq«íinacion*' Aquelidia fué .para d ienf^mo lar^o como un triglo ; 
pero conclnyó al fin, como todas las cosas de este mundo, y traa^'vina- 



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-- 154; — 

eleigoiente, tan deseado del mozo. Perico se presentó en la tarde de este 
día en el aposento y le dijo ^ bx\ amo,: 

—Dentro de pocas borás vetydrá )á ijodbe, y cuando llegue será sa 
merced dichoso, pues el camino para ir donde está el bien que desea, lo 
tengo aWwftó y sin th>pté2o alguno. '::/:: • - . ^ 

— ^Eres mi mejor amigo; yo te recompensaré tan gran servicio; pero 
ann.so hss déáp ;fin 4 Ui tarea. Tete al pMblo^tat^ de má ddMÜeim 
los tres caballos que dejé en ella ; ocúlti^ entre ladbannQoaa 4e Pimai 
cargada ; ! ensülalos seéretatoeotay r «no^pam mif otro pasa tí y ^ tercéré 
para.... 

-«r>uAiil ei^si, mnv biieQ^ di|o eL^riidoi sin tlc^ar q^an amo l^ibara 

de hablar, haré todo lo que su merced quiere, á la medida de süeis péseos.' 

• '^Mura qm no te falte tiempo;, tfbuérdate 4)tte Jkienes.qiie eonsegnir 

una montura para el tercer tahaUOf. ..: i.: i . . « m * •; ^ I 

-^Y« la tengo en mk poderyseíM ; puesnhahM'adífinado. s^ inten- 
icíones. ;.■. ■ of-j .. 'i . •; ■/•• . ',;... .i:.- ;. 

*— Eres un hombre adecuado para sacar á otro de im apure»/ ' 

Perico se sonrió. «. . . > 

-«M^^ todo elté listo paralaa^ieterdelaínof^» y qüa Don- Pió, 
Dafia.Jiiéiia y Xocíi^esténieft ks astoa. . • . y . 

El criado desapareció. . •. ' ^> .. ' :,; .: r . 

; A lá hora señalada tomáei criadora entrav^ea el apúaaiito^^iWdijo 
á su amo (|ue bien podia levantarse y salir á montar, que loacaballag' 
estaban ensillados ; que la noche se prestaba por s^osiñuridaid . para ha- 
cer el camino que intentaban sift^ryistoS'dejttéki'y quola oaaai estaba 
eu el mayor siloncio. .♦ ¡.rv . i 'j; . i « j r.: - - 

Tan excelente noticia obró<sobre. la* enfermedad de Ohepill^eomo 
uii' reinedio celfCstíaLi lé q^antolsesusutiótno solp curado «de ansí ¿olores, 
sino vigoroso y fuerte 'Con «1 semblante nías id^^jse leviaUtóideisa 
leehov se vistíó á tod& prisa. Ji^ salió qon pasos oortoa. miranda áteatamen- 
te á un lado y á otro como si temiese ser visto de alguna persoiia<dá:lsr 
casa. Llegado que hubo al sitio, donde estei)an ios cabalHi6,!ovdmó al 
criado que subiera^ eñ el uno. y que tomara del4iestoo á aaloraide- He- 
cho esto, montóiChépillo ea el que Perico le iiabia destinadoy pi^rtíeron 
á paso regalarla dirección deXaoasa de Luda» Al cabp de uacaarto de 
hora el ladrido de los {berros le anfinoió á Doi(.Pio.la Hegadaida aafmta* 
ro yerno. .; - i . «•• i^- • .- ;, •. i • , ;í •"- ' 

El viejo brincando de gusto salió al vesouratrode tan» deseado^ 
huésped. , - -*• 

Por qué tanta diiaaion, aefior mioi le preguntó >con> roz nSábÍBr 

Oh señor ! usted sabe que un moribundo nunca puede moveDBe eon 
laagiUdad'dttUttlxmí^bre quegpzade boenftBáhidr «: ^ - ^ 

' -^¿ Pon iqile todavía sn&e ¡uáted mucho? t Ayer dejé áiosted mnjf 
repoesto. •, t ».*.. "/ • • ■ -< .- .■ > ■. , ^ .-. i ., J u ■ - */ ' 

-^¿olámeoteaLcomprómiso coptraido hapodidb áacarme de la cama. 

-^Así me gusta un itombre de psJabn^ dgt> < el: viejo tiotándoseiaa 
manos* ..... -,.' i, ^ . - . - .. i >. .. < 

El mozo continuó el camino acompaliado de Perico y de Don Pk>. 
Apenas llegaron los tres al'pafío déla casa, amo y criado se apearon y 
el primero corrió í abrazar á eu futura compañera, á la que le costé <90 
poco trabajo hallar entre la muchedumbre de cinv^ados que iM^unignea^ 
oan dtóteo de la habitación;. > < 



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: > -^Tenffo de faao^rto toAi aeria reccmvttcíon^) Iq dijo C%epiIIof á. Locís 
laego qne la ¿ubo abrasado* • >^ f 

. -r-*A mí? ■• < -». -..,.' ' /.' ' ■' ' { . 

— Sí á tí, díme, por qué has convidado esta ^nte { no manda decirte 
oau PeríoQ que tonv^nia que nuestro mfctrimdmolae hiciera eor Jk mayor 
ueiervat - '.-•».- '. -. - . . .•. -j-»,»:;.-. ..-:.•. : /;."• > 

—La culpa no es mia sino de mi papái.^iió se.floaetidr á ecmtidéít i 
toda.nnestva pAiDeatela^ pam dorprtínderte^ segnn me dijoy'reii'«ml>uen 
fandango. . . ».. ,:•<.•» 

-r^ féjque metíene bástanle inquieto la tal concnrrenéia^ Ha&de sa- 
ber oue^aigio la neáolíudoa de ^tie en ¡él acto qoe^paae lai^remoma noe 
marcnemos lejos de este pueblo ; y al efecto te traigo ún cahaUo'parepa' 
rado para que montes. :< ; .' • . v 

r^^aoavhaj pevflidó^lnob cesamos^ bailamoqfuíiii media^deoena de 

piezaevyjl^artagar.ir.. 4resol]J^r4£ogciitá.*.i . .¿¿í - ' 

' 1 SI dii^ogo ee interotinnípio cotí }a.. presentía de libérate^ el cnal 

les dijo: .'.• . • . ' ^o^ ' '• -i.'- }■■•'■ ^ ■ : ol* • i /' . '•'; 

^TT^Por San Oriepin^ñif^a» nochiedeen mác^ qm eltsi^ver^HÉ está 
impaciente esperándolos para echarles d>rémáffAe4> : - . ' / 

. . ••^VafiEk», dHo^OhfipiUojM ^ ' i :, ^ , v, 
.•Y toando dé )» mano.á'Lucáá fné^á eploearseoon oHaetoírente del 
ms^tá^tíd.j ttk xúBdkíéd Tioa Pío. y Pona Jnana^ qué eran loa pádiióofi^ 
' Los numerosos concurrentes rodéabron á loe iloviós j eeb aarabla»ie 
feítliioipare^aíqm dabsaaaiapíxHMektn 4 aquella aliam» qoeiba^á col- 
mar de dicha á una persona querida de su familia.. ^ ^ > 

Concluida que fué la ceremonia se principió el baile. 

En uno detosáDgiilosde.lafsalasereaniol» banda. >de másieay que 
se^un noticias no pasaba de cinco indaVidnós* Unojdebíapunteai^ la ban- 
dola ; otro rasguear el tiple^ aquel iiacer crujir el pandero ')tciaal tocar el 
0lfi$iéáoq(iái y^eual en fiU re^btaiir el úHmb&rrio. Los taleft püsienoD aúordes 
va» iilairumedfiíteeiijr en sQgnida^se cálbroii*^ desgaire sub sombreroaenfonr 
dados; plegaron sus ruanas sobre el hombro y empezaron átocav ése ton 
sin igual llamado ^¿6Z¿tW/'aatif(u\3^«om0k>s.conqmfitadofe8deCundina- 
inarca ; al^re «ornólos Talles'y JDOfiqíies de tan pintoresco suelo; armo- 
nioso como el canto de las aves que pueblan sus selvas vírgenes é itíok 
tativo para el baile com6 lo é» paya el paladaor éLfmto .«aaaonado de sus 
fecundos árboles. 

En el opuesto rinjoon^iábia ulKbdóeena^ iiiejas, en nié varías y-otraa 
sentadas etn el suelo formando, na grupo iateresüite.^ Estaba cada una 
con, la. mantilla por el cuello, atada la cabaza con un pafiuelo de algodmi 
á cuadros rojos y azules, fumando tabaco en pipa descomunajl y halSándo 
mil primores.de su feUz juventud enrque había sido riea^ bellá^orte- 
jada de los mejores mozos del ]ngar¿> -^ . . : f. 

■i Los paslcfres y las zagalas en piéy en confusa mezcla haoian corra 
a los bailarines. Chepillo y Lucía fueron los prírñeroe i danzantes qserae 
lanzaron al circo, y diz \qae arrancaron >mil aplausos por wa cldnaire y 
desenvoltura.* Tías los novios bailaron loa parientes mást^eroanos efe 
Lueí^, ya este ya el otro baile zmeional^ Los espectadorea pnliaolearon 
muchas veces á los:nú>zo& m&B apuestos y que conmayor soifan^adctaar 
ron con graciosas, cabricdas y piruetaaeL bambuco, la caña-ndulee y el 

torbellino. ; • :í :- . - 

' Después tle algiinaa iberas do baile incesante^ vino- un inteimedio. 
DoSa Juana que estaba locpite contento por el porvenir desu U^ j 



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ihtia (lie agnardienté porque liabia empitudo el eddo, Ho pndo soportar 
qne el regocijo se suspendiera an instante. Fuera ^de sf sé 4éVBntó^lél 
suelo donde estaba sentada, abanzó unos pasos hacia el fondo del corro 

..««^-Anriba tnuofaaehos ! . i^»;' ha malaya mii tiempos ! enténoessi qnd 
habia humor en las francachelas ! . . . . cuando yo tema calor en la^sangre 
y dientes en. las eBcii»^ iMÍlabaiTOmo uiía imria. 
1) > Láeffo'poaiándose un^ manó eti la <^adeni j.\ danaaodo ootlio uüma^ 
romero, decía : *' 

*-^Oiiqui.... qui.'. U chiquivi»* Tirrin..,. qni...» iqúitiqm.... 
£ai!itodaviame tiento 7 me hallo; así se bailaba treinta alios te Is 
valeneiana^^.j • • . .• . ^' • ..■./.'}•.'• v^iwni:'^:' 

Detúvose luego tm poco y agregó : - i i • , A.'- . 

; ) .>-.EraMa eit miar tpempos otros raües dedo lindos j ^ bolero', el mo- 
Uejony la cachucha. Ahon^^vií^iAñXieti^^á^ ¡ 

'*' TTi^ándoBe hm eiiagnas l^astb descábrirJos^iés, bail^ eoii tan loco 
entusiasmo que dio no poco que reir á los espectadores. • - ' 

• foestontiiiúsiea volTioá^sdnár^ losibaíwrineS'Mdlvibniff^á animarBe, 
y Dofia Juana se retiró drt eircó. ^^- « ', ¡ol^Tinti ¡ • : )*:- ii. 

Según la costumbre del pueblo bajo, el nofvio tíeuQ el-dd^i^ de bai- 
lar con joada unade his paríejas^del ftmdango. OonvpHi^ Ghepfl^' con tal 
cMígaoioft^n el mismo instante et> que ebti^a<lAbet«to en la safe 7 le 
deeía 4 Lucfo>en el oido estas 'palabras: * '^ - *: 'í> ^ ^ ^ 

^ «í-4Jn ÍM>mbre qne acaba oe ilegal dc}'Hond»esperfi|>&8tt>n^^ 
el cuarto del granero.-' -.i í •• ■ ' •■ • ' '■.••?'» ■*•"■ •"-. ' ¡ijí í^ •'■í '•'* •''' 'i*'-' 

—A mí? .' ^ .>:-....■• u.- . ■. • 1: -•:- ;; '■-'- j 
• • ; ^M^A, la misma'; no es su merced Ja:^nit]ía Lucía 'Hseaf^ ^^'^ 

í^ '-«^Yqué qiáei^e ese hombre dé nii?;' -''J í; : » 

I r-^Lo. que quiérese lo dirá en oilanto iarVéaf.'- • 1 - *i ^' ; - *' 
' Lueía'sidio'dek sala del blrile'seguÍNÍade^^ dhigióiki 

piezaoqpKí estele halña .expresado/ ^¡fectívámcníte un faonibre estaban» 
ella, el eaal^ to^oradeseonocido^ . • i i - . : :.- ,r. f '> 
V iMuMelieeesita usted? le preguntó la lwvía^^'^^ (':::. ) i 
- . n • ^— 13i- sefiora ; tei^ redomeml^dNyá nle iéntregiar -en su propia^ano 

ésta carta. >' ^ / -• ^.w ,■;'•• *••-:;; .> v • ^ : -.í. u.- í;: ' • « • 

. . Bidendo esto^tle dio £ Lneia un popel'doblado; '*i>^^' i> '" 
— Quién me la en via? - ' '''''■ -^ 

>:.«' w^Don Jorge GaTÍlaH,:i!^8pDndió el* Ksondoct^^ i • 
r Este nombra tan símpátitto y tan «querido le produjo 'i Imciti tma 
emodón que no pudo oenhar ; dorpréndiábe al oirloí ; qued3sé cott^o^ ]m5- 



í '.U-'..'. 



madaen'segoiday Iuege|íi2oune8fuersíoiyfdi|o.: *,-■ ,. 

^; : ;u.^^ien6 mtéd á burlarse deimií Aéasa Jorge no es mtiertol 

Liberato <]^ue en todo se entrometía Alfeéí la vo»y dijo^ : 
,, j : <w^Yo:creo que Dwi Jorge es'.müerto ; pero quei cnando espribió esa 
eartattedapiia estaba yinu- - a^ ■•-''•■ ^ -'^ • , ■ ■* •--•^•'i'^'' 
' '«*«^^ia-escaMa3^.:|iapaü8ta8, le ^V la ^«zagala. 

Diimémiose en «egm^a al condüeloradel papel afiadló: i ' ' 
t ./«t^D^^afne, séfior mensajero de cartasieilsás jbómo -es que Jorge lii 
podido esortbk'me ahora, haoendo kneses que muFÍ6i?r: ' > ' ^ « 
* ) ^^ ^^DdH¿Jo^eBavi}¿LesÍá.yivo ocmipioebtóyyo. ' i' > 

— Lo ha visto usted ha poco ? . . • .- 

.0 i '^^4^sefioraflohe7^istoen«Hoiida>Ia<9entftnapasada^ y le- 

Il88> üAé'ptfiguntó Tior ilsted y por Don ekqiillo-. - >i^ 



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^Jíorlxsti y por ObepUlo í exelamof ja sagala fstapifaota. . > / - 

, 7 T^Goma li> oyq tistea ; ncie preguntó M > yp sabia ^^ Bou . Cbéfi^fo 

visitáis i iifited con freoQQQcia.. ' i . , : . . ^ 

ttY ^nét lerrespondió üstedi?. : • ^ - ,— 

— Que no ^alna naila 4e lo qne pasaba ta Gnatavitay p(»qiie hada 

Olas de 000^ Ineses ^que «eíBtaba en tíeira caliente^ ., 

ttY de8{mea4tí eso le, d\jo usted qne Be ramaK... . • ;. f» 

; nrlpi, y me rogó que le trajera la cafta qiie heipaasio jen/ammanaB* 
Pasaba ahora por cerait Ae esto oasavque esi^l^caioino para la idí% y me 
dije : -Deba entregas la carta qne me rébomei^dó Don Jorge, ya que 
• t^iigQ oportunidad ; y decir y hacer^todo £aé uno. . . , . » i 

l4UQ($ino.ereia enlorque estaba oyeaida; eÚa sé ixnagiiiaba.qiie'era 
un lazo que 1& tendia su esposo, pi^atanteavlasobcftel amcr oue le tu- 
vieira^á Jor^ aun después de muecto, y Asi^ sin alterarse le dijo áLiberato : 
— Ve a la pieza del baile, Busca á Don IlaniotiiKjeto y düo qú ine 
hagaroLfaVorde Yienir,j « . . ! ' ' ' 

• El'.cmdo desapareció. n x « 

Un momento después volvió con la persona oue hajbia idoiá bnsoar. 
•^POn BaoKinoito, leidijoLttciá, Ince llamarlopara qno^o^ 
l4r vicio d^tleiertue e^ta carta. 

. La paistora le di6 el |)apel ; el moto to rfeibió yi leyó éntoa altarlo 
6ÍguientQ|[-\. : ' ■/ .'.,.; f . - v:-.;; .' .'' ■ >: > i ' i .!-"•'.• ' 
. .: 'Mfcnd^ti Lliio-.í Maja *Bí 1848. 

! .. " ]^ p^psa^fiXujQÍa-T*P9r el tM? Jugpcho h^bdís sa^^íJt'QWW <»í en 
la eniboscáda q^ue preparó contra mi el malvadp.^e Qh^piUQ ^el'. xmimd 
dia en que debí llegar á Guatavita, y <^n qnó.erueldad ést(3« y an cama- 
rada Perico me amarraron las manpa y,f9Q,an)en^z^on.dQ:¥ai|€U't0fiiiacia 
resiflUljeRpia. Ahora por mí ,y^s ^saber qi^q ^qq biep icaí jan'.^ h^PrVm Uev^ 
roiualcti^^ 0U n)anod);dk». 0troa 

verdugos. Aib me tuyierpii ^nce^^a^P pei;^ 4^ 4i^ p^es^iI&pB^Qánd^me 
¿:]^oarjel i^erpi<uo j^QÍ^tar y el xpfinejo del il^sil. Da^^Q^id^.e^tti hoy 
hace veíjii^ dias juata^nentei me sw^aron ewo}a4o lefí^.un.batoUoQ qnetv^ 
deetixia^o á la, costa ppr mucho tiempo, Por^hp^b^rse .^QÍ^m^ifo itfl con- 
siderable numero de soldados de fiebre angarilla, nos b^moQ di^ml.do 44 
esta ciadad, de donde marcharemos de un dia á otro á nuestro destino. 
" Si Dios me conserva la vida y el Gobierno me concede mi libertad 
algan dia, yo volveré á Guativita & ¿ump&r la palabra que te tengo em- 
pefiada y^ vengarme de mi feroz enemigo. Ko temo ni por un momento, 
querida Lucía, que mi 4val l|ajrí^,P9iSLpa^o en tu corazón el lugar que 
sólo á mí me pertenece, pues se bien qhé iodá persona odia al perseguid 
dor de aquel a quien eÚa ama. 

,"Tuyt)hwtá.lamriéEtfej : : Jorot ©aVilíImí^í » 

\' •• . ;•;,• - .. ,•'. 4.. .; ■; .- .>1j ."■: .' <i-ji:i.^. w , j 

l440íaAe quedo pfflisátira^eUaémpeaóá dudar; ^ i * , . : : 
» ^. :— -iSérá po^blei.^.J explamó^á^media voz. jX^ii Jorjrá 
ré de 4ídpr!4 .¿.: Dios tíóo 1 1 • . *. Dios mió 1. . i .- aiOadio ciu>né|ad¿ee la 

: Jj^(^ppues.daui^iiiQm^ittQde silenció dijo: < ' " j - • < i ; ' i 
—¡Será esto cierto ? Será Chepillo tan perverso í.^.. .. I^Ltodo ha sido 
iioa*. trama urdida por él,:iné fauir&dasú ladof me iré lé^ de aquí don- 
de nadie vuelva á saber de mí ; me enterraré viva.! . . .i. jPpft^ncy Cepillo 
no liabr^. heoho.t^U j^Kío nie contó el tío Jüauoho que habían irisioimorir 
á Jorgel P^ro de dónde me viene este tiro ? qué enemigo me persigue ? 



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— I6d ^ 

quién es el qne m eimefta «n empoiolia^ -mi ;TÍda 1^4 . , Obt áiJom 
^i«^loitoar£eoire(SDepiilo; pem no^i no quiero que éi'^ita; la yiaa 
de Jorge eería hoy para mi un tormento ; 4» mnerte eft un ^omwel^ 

—Don Jorge vive, dijo el condiictoridé la oi»rta> con «qpiel acento 
4e)Mn9ÍoeíoQ qat emplea ^ ftíe «s^gnra lo qne^hn vi«to; 

—Si eso 08 asi, respondió Lada, me quejaré á lotf tribtinales, al 
mundo entero, al mifihto Drosnleífiísiiiejante engafio, de tan atroi2 perfidia; 
laesepamrá dojGhapilM^ ; ii?é á bnsoar á Jor^ ; me botaré á milpiés ; él 
me peidonará j vivirémoe juntos maldioieiuSy al impostor». ' 

•^Y jp loa aeompanaró, dijo Libemto, y lea afeará ¿ máldech i 
Don Ohepillo, y como las Bmcuoiones nó caestim dinero y aliviab el* 
cimipa le édi^ jd belbuto tniaB tres doctas, sveu >n)erced quiere* 

lia pastova «ini acatu* las^ necedades de ^m criado dijo : 

^«-'^CJiépiUo iiie<li» la verdad, y ei quiere ocol|ái*mela yo sé la ia^- 
enbEKr^eátel-settiUailte; . . i 

Esto dijo y corrió precipitadamente hacia la eaia^ Los cinco mM- 
eos bebían sendos tragos de aguardiente y los bailarinéé eonverakban, 
cimadó entbó IjUipastom. ^^ i , ' ' 

' * -^Piua los ogos yor ^estai barta, le dijb á Ghepillo Con tono á^)ero. 

£1 mozo sorpi^endido recibió de su novia el papel - y> después ikl 
mina^kuatónito ii« buen espacio de tiempo^ lo de&dobló^ á la loas de una 
vela que tenia cerca de su asiento, comenzó á leerlo y a temblar: ^ ' 

Coando^apéáasbabia recorrido la cuarta ó quinta línea suspendió 
la lectura y dijo poniéndose pálido como un difunto ¡^ 

' -i-^Esfeíí'Carta'-es fatóft ; el que lá ha escWto éé un falsaritV y él que la 
ha imídtves'éüiCÓBiplíce. 

*-' -*-06nio1 qnéeteatíartaesfWsaí ' 

«íi.í^Í4Kiflcl!oía, y véyádé^óét^arfo. • ' -' ' ^ 

¿' ' ^ Eft é^ testaí^te ttft tropel de eabaílos hirió 1^ piedras def pai^óuon 
iflB'he^adds'cáscoe, yaltmdo^'todóis los dd baile se caHaron y üe^ íate- 
damíiüméyílíífe^oíni(>Wai*^^ qaei$e para de repente. ' ';^' 
K i Ftesado un toando, Okepillo se áliió de su asiento coma impeSdo 
^r^& lid(SN>^«6, y ^and6 muestras dé* fnqníétod miró á todos UA<\e. '. 
' ' Qfné híÉO ? . . :'. Oh ! detente pliiiha qtie tos sWesds qué tib á útrOüt 
bien'mwiídoen poT sr cápíliiíó feeparado.^ 



Bios eott^]tte/jt^ró''ik0, pm siempre. 



CWEStJlM) al sentir las pisadas de los caba&oa se .lleil4 die espanto. 
£l comprendiendo lo que pudiera ser, se levanto presuroso de su 
asiento, como heimks dichi»^ nfuró en todas direeoioiBes c^ ^jos asus- 
tados yjééb&étábnrm 'pa80)poar entre el grupo^ide gente qu^ tkmpaba el 
eápaeiOíi^tietiiddiáhaientre el o<nro doa& se biolaba '^f la pbeii;!! dé ^ 
sala. Cuando pisó el umbral de aquella, intentó franqnettit^lo ; pen» se lo 
impidió un centinela moatréñdoléiaenlaka>4enn^síly dieiéndélé: 
M*>' í^Alafeepaldaf.*., . •"' ; :- - . ^' . . */''''■' '' ■■'■'"*' 
lo £1 Dovio^ decir nna pal)ai:»ra echó pie* ateas sobrebo^dodlal^pardr. 
• -^Esfeoy nérdidoÜ balbuceó, ': * - 

i( ITilénada ¿ernorae dirigió al aposento en buítoa do ün escon^te; 



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— 159 — 

panden vaéo^.-por^tie un heonbre tsobtada no kmcMatta niiMft donde 
ocaltarse. ^ 

Entrar&e Chepillo en^el Aposentó^ j penetran én if sála el J«f» P<^- 
tífKfi ac^mpalUukv aeoehó hombrea^ imnados, todo toé á un tvempo. 

'-^n dónde jestá' José Aoosta^f pregunté el empleado con iros l&fm- 
tadaygiÍOTew 

«--Hjjqid 'estoy sefiof) re^)Oiidié el mozo lleno de miedo^ salieiido del 
'«Éipóaento a lárgala. , . 
'- ' ElJefb Político le dijo á la patroDa : 
:) . ..«^.Prended á ese hombre. ; ./ . ' 

i ¡Dos gendannea^ sé eolocoron á dereeha é izquierda de Ghe}Hllo. 
A H*4}áal de los presentes ee el fingido «acordóte 9 p»9gunt6 en scfgnida. 

' ^£8te/di|(>( W^ pastcHP de baen discurso (mostrando con el dedo á 
nn hombre gne inmóvil como la estatua^ del miedo, tenia hi cara puesta 
: hííeíaiiila yincon) y en eegiáda agregó : — Yeo qcte ^aqni nó «e há jo^do 
limpio, y en descargo de mi conciencia voy á referir 16 q^ne ¿1 sacristán 
ineWcontado^ásaDeí': qneel sefior onra no podiendo venir á casar 
á loé nov»io^ faabia necomendodo á esté sacerdote, recién llegado alpne- 
bk^ para que liiciera sns veces. 

u <:'* »*-^Prmdedlo tambí^ les dijo á los gendarmes el jefe de la patmlla. 
.«^r.jDos hombres se pusieron á k» lados de e^ como otros dos se ha- 
bían puesto á los de Chepillo; 

'// "^/t^Bosead^horaialisacristany^pmidedltt^ k@ mondó el Jefe» Político á 
los gendarmes que quedaban desocupados. r 

I : j: vJJarévden se edmplíé ; )el:saerisüan fué tfobenido. 

— Aun nos falta otro, dijo el mismo empleado, inquirid y aprehenda 
idtéviadd di^ José Acbsta. _ .: , 

-rq rA. <esto1e^«Minife8l& tm zagal que aoabttba de entntf. ^ 

— ^Perico se eseapé ; cntfiadoia patmlla ee acereaba, montó en «n 
^esbilfo y desai^alreeíó eomo' una ekhalacion: 

' i^^ilOMioel leictor ha debidoim^oáeriio, con la Cintrada de la palmda 
los del baile se quedaron mudos, asombrados, y como ha debido inf^irlo, 
alVeri]psítttWlo<qtie pttsaba^ddlttite de sus ojos se sobrecogieron de 
«qiánto. Don Pío sdrptwdido y aooDgojado con aquella no hna^nada 
dtt^raefea se acercó al «picado y con no poea tarlMweion se a^e«4éá 
■ | gegtt»tsarle ; ' ¡j : - »' ^ 

— Qué motiva este procedimiento ? señor. '^ '> 

: ' w.EB:aited<tntíy' candido, no eomprende qñe sn hija ha áido víctima 
de una infame superohería,'y'qhd iisted y »u eq^osa acaban de sbr;}«]^tte- 
tesdeunoTiiegrátWttkál • 
-' «^Tojnotomp«endonada,se!lor. - 

v-^Obt .\ . . ^tvy-. . no idcani^i «i^ted qñe k eerenftonia del ma^- 
monio ha sido una farsa, una comedia?.... Ghepillo hacia días q^ 
^eoBtaba'el'plM de apod«r«eifse de Lnda cotitra toaa mtoi) y todo dere- 
obo y para'llevará dimasff «tniesti^o 'fin sedujo á Perico, para que este 
iá«a Te2 sedi^era 4 otro hombre, que se preetam á desempeñar el papel 
de^sboerdote, y paira qne nadie faetiaádesonlbnrle, en mala hoiía, su ma- 
<][uinacion. le previno á su criado que comprometiera al sacristán á xfse 
lesiiminimarp.loS'Ve^tido&cleríctues ique fueran neeesarlos y á que se 
prcetase^ mlsm^áooBouriáralaeto, y usted ha visto eme Perico ha 
eieoitado las órdeneé de m amo al t>ié de ta letra. . . . { Entiende usted 
ahora cuál es la causa de mi proceoimiento ? 

— Oh, parece increíble ! exclamó Don Pío admirado de tanta auda- 
cia y tanta maldad. 



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-^ 160 ^ 

> . i* ^-r£6 tan.etertodijo el Jé& PoHtioo^ coino ser Ghfpfllo soltero y 
seglar ese perillán. t 

Y se&al6 al que habia hecha de sacerdote^ 

— Una casualidad, af&adi6, ha sdvado.á sü hija del deshonor jk mtod 
y. ¿ sa mujer de no baldón eterno^ Un hombre, que, |>or motivoe^ parti- 
culares expiaba todos los movimientos de Ghepillo hacia muchos diáa, j 
C8rcí<»ado al fin, de qne esta noche se efectuaba la oeremonia del matri- 
monio, en los términos en qae se hizo, corrió á mi casa j me informó de 
lo que iba á suceder. Yo armé la policía j me vitie á im^dir el deliiko. 

En el camino supe, por un hombre que habiia anticipado, iqi»e la ce- 
remeoiii, sé 'había verificado y qlie si no apnvalttrel paso, Cnefállose 
ealdria con la suya, pues que estaba listo para partir eon Luteía esto mis- 
ma noche. Al momento ordené á la patrulla quo alargara el.paao y pare- 
ce que. hemos llegado á buena, hora. 

: ^ Dios<beñaiga 4.ese hombre .que lo vio toda y^lo^arttó á tiempo! 
exciaDEió Pofia Juada. : ' .. t > / . > : 

Lncia, al oir <saaoto acababa de dedr el. Jefe PoUtioo^aé indignó 
tanto, que tuvo impetoa de darle de bofetadas al.inlaoklite oue hwia 
intentado perderla y que tan cruelmente se habia burlado 4ei ^ua.;. pero 
podiendo más €fn: su ániAio los sentimientos, benévolos (pecAiiares de 
toda mujer), oue los épitimientos malévolos que engendra toda injuria, 
se reprimió y la ira dio lugar á la compasión. ';'•-> í nn- 

Tt-I^fells ¡exclamó, yo mié he.sahrado de él^; pero él no se ald^wá de 
una larga prisión. :,< *, ! .' .,(>. \ - 1 

Hubo un motoetato de! silencio que Aprovecho liberatoipamtcHnar 
lUip^abrf^. ^ I . \i fij/ - 

^-Por suerte, nada se ha perdido hasta ahora, diio, ¿ né ser loa boUoe, 
el chocolate, las iorM y los: cap<me8,: que biniiia'ie mandó' á este pas- 
^ato. . f • Oáscarasl un tantico máa^ montan á caballo y^*j.V ' 

— Galla ! perro socarren, le dijo Bofla Juana dándole con el ; xéra 
deJsi mano en M boca, ^n lo cual le^^'ó el desatino jqite se deslizaba 
yapQr'Ja:piintadestt lengua. ! • .!. ' (^ .•>«' 

. .)> : üm palabras del criado y el tapa-l)()ca que le dfó . él am%.provoea- 
^ron^Jajrís^ de lois circunstantes. £sta risa cn¿l aondo pujD^ ftaé* á herir 
;cniebñmt^ el sesible jcorazon de Lucia. La pobre joven no pmüendo 
hacerse la indiferente á tan amarga burla, sintió que se le homedeciap 
los ojos de lágrima. .i . : r 

. : rrAhl ...'i ^ eificlamé a media voa, después de> esta, desgracia -no me 
q^edn^inola remota esperanza dé que Jorge viva* 

—Marchémonos de aquí, dijo á esta eazon el Jefe Político^ / > - 

A esta voz los de la patrulla se mc^vieron Uevándose port delante i 
U)^MU>xbB ife la comedüa, á que fueran 4 representaír el segiUiÉdo acto á 
-otra^parte,. -í . . , . ;.:'-, j-. .;,.''' ' '. 

, / A^ cpn^o oaliercu) los presos,. una tríeteaaiprofondarisd dihi\Jóen los 
^emblaptesde todos aquellos anepoeo totea jrierbotohaa de. contesto. 
L(# músicos guardaron debido de la ropaJus iMtmmeñtos y |>ariieroB i 
Msos largos. Los convidad salieron tíras eUcs^ y antes de media hor^ 
la cí^ quedó en. el mayor silenoioí. ! . / , . 

, . DpU/PiQ y su famuiase acostaron á dornár ; pero, ipudieron con- 
^{Iíai: el süelK>;? — Qae lo digfi éi lector si ha estado |n^ximo i sor 
;fe}iz, y la yísper^ del buen dia iia vii^ buir la dicha de entro aúsman^ 



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— 161 — 

CAPITULO X. 
Del úaieo nmio que femeiti m mverto. 

LUCIA SE levantó al dia signiente más temprano qne de costambret 
la cama ee un tormentó cuando eufre el alma ó el cuerpo. 
£1 primer peraona{e aiie se le puso delante, fué el criado de la casa. 

— Buenos dias, ñifla, le dijo* 

Lucía lo miró sin responderle ; la pobre criatura no qneria hablarle 
á nadie, ni que nadie le hablara. 

£1 criado reparando en la tristeza de su ama le dijo ; * 

— Bien se lo decía yo 1 ... . Ah ! el mozo Chepillo es mía pava de 
encargo. Qué tal si no hay fandango { . . . . 

— Hablador 1 { cuándo me dijiste nada ? 

— No se lo dije con la lengua, pero se lo di á entender, pues él le 
mandaba reeaditos conmigo y yo me los manducaba, por lo cual su 
'inerced debió comprender aue no ora santo de mi devoción. 

— Vaya un hombre mas animal I . . . . juro que eres un mulo en 
cuerpo y alma. * 

—Ya sé, niña, que esa es la cantinelade siempre. Cuando venzo á su 

merced con una gorda razón, allá van injurias eres un mulo; eres 

esto y aquella Cuanto se le viene á la boca otro tanto escu|>Q sobre mí. 

—Mira que te saco de aquí á pontocones, malcriado, le dijo la zagala 
con aire amenazador. 

— Yo no miraré eso, nifía, porque en estome voy. 

Dijo y echó á correr^ 

— Grandísimo bribón, espérame ahí, le gritó la pastora indignada. 

— Que la espere ? eso si que no, le respondió el socarrón sin dejar 
de correr. 

£n esto se oyó una voz que decia : 

— Santos y buenos dias. 

—Buenos se los dé Dios, tío Juancho, contestó Lucía, i qué milagro 
es ver á usted en casa ? 

— ^He sabido sus desgi^acias y vengo á darle el pésame^ dijo el viejo, 
con voz triste, al ver que la jóvea estaba pálida y que sobre su rostro 
brillaban las huellas ae las lagrimas que habia derramado durante las 
últimas horas de la noche, y aun en las primeras horas del dia. 

— Oh } no me hable, no me diga nada, tio Juaneho, que se me cae 
la cara de vergüenza, resplicó Lucia con su voz armoniosa como el canto 
del canario. 

—Yo quiero, niña, empetacarle algunas palabras de consuelo, dijo 
el viejo pasando una enorme mascada de tabaco, del carrillo izquierdo 
al derecho. 

•^Ay desdichada de mi I { qué puede usted decirme que me devuel- 
va la tranquilidad perdida! 

— No se desconsuele su merced que solo para ht muerte tto hi^ re- 
medio. £s verdad que Chepillo le ka hecho una mala pasada; pe9e pier- 
da cuidado que Jorge la vendará. 

—Que JfoT^t me vengara ? . . . > dito líucía temblando -de plaoer. 

— Sí, sefiora, él vive y él castigara al engafiador. 

«•^í, vive en el cielo, y á él le pido que desde allá envíe un castiga 
«obre el que ha ultr^'ado mi ho&er. 11 



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— 162 — 

Lucía que deseaba hallar una prueba más de que existia su amante, 
resolvió no decir al tio Juancho que habla recibido la carta que ja han 
visto nuestros lectores, sino que espetó á que el viejito le desatara el 
misterio. 

-—Jorge no ha muerto, respondió el viejo y su vida es un secreto qne 
guardo entre los pliegues de mi corazón ha mucho tiempo ; pero creo 
que ha llegado ya la hora de despepitar la verdad. 

—Que! piensa comulgarme con ruedas de molino? lío me dijo 
nsted que lo había visto morir? 

—Es verdad que eso le dije, pero le he mentido. 

— Cómo! que usted me hiEi dicho una mentira? 

—Sí, pero no por hacerlo dafie á su merced, sino porque Chepillo 
no me lo luciera á mí. ^ 

,— No comprendo. . . . 

— Yoy á contarle esa historia con todas sus menudencias, aunque su 
merced salte y brinque contra mí. 

—Yo ? y por qué habría de onoiaitne con usted ? 

— Por haberle embutido ahora hace once meses un embuste de más 
de la marca. 

— 1^0 tenga cuidado, tio Juancho, que si las cosas resultan ahora al 
revés de como usted me las contó, en vez de- maldecirlo lo bendigo. 

— Siendo así voy al casó./ 

— Ya lo escucho. 

—Sepa, su merced, que Jorge no tuvo enfermedad ninguna en Anv 
balema. 

— Ah!.... exclamó Lucia pálida y temblorosa expresando en los 
ojos el mayor asombro^ 

— Luego que llegamos á la ciudad, continuó el viejo, empezamos 
nuestras diligencias y no bien las acabamos, que fué á los cinco dias, nos 
embarcamos en el Madálena á la mano de Dios, pues el rio estaba cre- 
cido .y la barca era cabeceadora. Quién ha de creer que la maldita en 
lo bueno del peligro comenzó á bailar la jota y la capuchinada que era 

un gusto ? aquello era de alquilar balcones. El pobre de Jorge, que 

es un gato para el agua, se agarró con ambas manos de los bordes de la 
barca y cada y cuando que ésta sacudía la cabeza, el infeliz se ponia pá- 
lido como un difunto y abría tamafios ojos y boca, cual oso acosado de 
► los perros.... Yo no sé cómo al verle la figura no me reventó de 
risa. . . . Jah ! jah ! jah ! . . . . 

— Qné manía la suya ? le dijo la moza ; por las canas de mi madre, 
déjese usted de rodeos y dígame pronto la suerte que haya corrido Jorge. 

— Allá llegaré si no enmudezco. El asno viejo, dice el refrán, no sale 
de su paso ni á palo ni á rejo ; con que así no me apure su merced, qnc 
el que anda despacio no resbala ni sufre porrazo, y con esto esteme muy 
atenta que voy al cuento. Como iba diciendo, nos embarcamos y no 
bien salimos á la playa cogimos camino á paso de buen andante. llasta 
Sopó venimos libres y lijeros como dos pájaros ; más, en cuanto llegamos 
al boquerón, de repente nos vimos presos y encadenados de pié y pierna. 
Ohepillo y Perico, que con machete al cinto, estaban ocultos con tres hom- 
bres ai:mados en la espesura de un bosquecillo salieron de improviso, y 
cual tigre que salta sobre su presa, cayeron sobre nosotros y nos atraparon 
el bulto. íQué es esto? dijo el pobre de Jorge cuando se vio rodeado de cin- 
co hombres con arma en mano. Tengo orden para r^clutar á usted y á su 
compaüero, contestó Obispillo; paía conducirloB directamente á Bogotá 



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— 163 — 

y para matarlos si hacen resisteucia. Jor^ viéndose perdido lió hizo opo^ 
sicion. En el acto mismo se humilló á su enemigo y le sflplicó de rodillas 
que consintiera en llevarlo antes á Gnatavita ^ue quería ver por última 
vez á sus ancianos padres y refalarle á su nona las donas que parft ella 
habia comprado en Ambalema y que luego, bien podia conducirlo al cuar- 
tel ; pero nada consiguió ; el hombre se mostró duro como el ínismo 

bronce Perdida la esperanza, vi que al bueno de Jorge se le 

salieron dos lágrimas, tamañas como dos huevos de paloma. En cuanto á 
mí, mwia le dije al grandísimo bellaco ; me resigné con mi suerte. En sfe; 
guida, el bribón de Perico comenzó á amarrarnos sin que Chepillo se lo 
mandara, y estando en esta maniobra le dijo Jorge en voz baja :-^" Yaque 
Qhepillo no se compadece de nosotros, compadézcase usted y amárrenos en 
falso, de modo que podamos escabullimos por aqui di el bosque ; mire 
que tenemos familia á quien hacerle falta, y yo ademas una novia con 
quien debo casarme esta semana, k que moriría de pesar si llegase 
a saber que he perdido mi libertad ; mire usted sobre todo, que estamos 
en el mundo y que eou las vueltas que él da, el que hoy está encima 
mañana puede quedar debajo." Ko valieron ruegos; el malvado se rió 
de las súplicas de Jorge y nos amarró con todas sus fuerzas y para que 
nadie nos conociera, de orden de su amo nos envolvió luego la cara en tra- 
pos blancos no dejándonos descubierto sino los ojos. Luego nos montaron 
en unos caballos que para el efecto habían llevado, y nos encaminaron 
hacia Bogotá. líabiamos andado largo trecho cuando Chepillo se acercó al 
hombre que conducía del cabestro oí caballo en que iba vo y le dijo estas 
palabras : — " Quédese usted con el preso un poco atrás." Obedecida esta 
(írífo/ise'aproximóámiy mepregunté.-"Quiere usted rescatar su libertad?" 
-"Cómo no, le contesté, darla hasta un ojo de mi cara." — " Pues bien, me 
dijo, si lísted me promete hacer cuanto yo le mande, le suelto las liga- 
duras ahora mismo y lo dejo en libertad para que coja el camino de su 
tierra." Yo le respondí que^no siendo cosa en contra de Dios, del progí- 
mo ó de mi honra estaba pronto. — " No, nada de éso, niQ contestó, 
escache usted." Yo escuche y él me dijo: — "No es más que esto; se irá 
usted á Guatavita y le dirá á Lucía Pisca que su novio falleció de fiebre 
amarilla en Ambalema. Pero es necesario que usted le jni-e que lo vio 
jnorir. Mas, para que la cosa sea completa le llevará las donas que Jor- 
ge compró para ella y le dirá que su amante al espirar le encargó rendí- 
mente a usted que le entregara esas cosas ; bien entendido, eso si, anadió 
el zaragate, que si usted descubre el pastel lo hago reclutar ])or vago,, 
como tres y dos son cinco." Yo lo pensé un rato y allá pa^a mi saco me 
dije : - "Si no convengo en lo que este picaro me propone, Jorge y yo 
somos perdidos ; si accedo, me salvo, y puedeque algún dia consiga darle 
cuenta á la niña Lucía, sin peligro alguno, de la suerte que realmente 
lia corrido su amante. Si le prometo una cosa y ha^o otra, el hombre es 
capaz de llevar á cabo la amenaza que me hace." Con esto me resolví y 
le dijo que haría lo que acababa de proponerme; confieso mi pecado, 
pero ya ve su merced que me salí con rqi dicho ; al fin y al cabo ha caí- 
do Chepillo y he venido á decirle que Jorge vive ¡ Dios consiente 

pero no para siempre ? ^ 



— ¡ Oh cielo santo ! exclamó Lucía, si eso que usted dice es cierto «o 
soy tan desdichada ; al monos tengo la esperanza de volver á ver al ne- 
gro del alma mía. Infeliz de Jorge! como se cebó ese tigi-e feroz en él j 
en él que no había cometido otro delito q4ie attiarme con todo su cora- 
ron .... Ahora que. sé que vive, ir^ á buscarlo y *ájuntartoe*coh'cl como 



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— 164 — 

Dip? xoAi^^a. «mqtOi? pw^ (Km«eje»irlo a^ u^cesmo gastar mis piernas 
hasta lasjroaillaá. 

— "E^o es un disparate, nííHai w merced no debe buscar ¿ Jorge sino 
esperar á que venga, d¡í<K^ hombre ;arrojajnlo U ntaseada de tabaco al 
suelo y repouiéudoAa coa otri^ que aacó del forxo del sombrero. 

^-Ab ! y si no yieuie en wi año, eu dos, en diez, debo esperarlo toda 
la vida. 

<— Ds verdad que^ que espera desd9pera ; pero que haría su merced^ 
con salir de su tierra, si no habría de llegar qnirá en un atso á la Costa, á* 
donde lo llevaron incorporado en una fuerza, según hesabido ha pocos diasf 

—A la Costa? y usted ^abe donde es ese país? 

-^Seguu be oido deoir, no ]>orqae me conste de ojos vistas^ laCost», 
es un pueblo que queda cerquitiea del mar ; es decir, en el cabo del 
mundo. 

— Yo sé de muy bueua boca que Jorge se ha detenido en Honda. 

— ^De veras? con que ya sabia su merced que Jorge no había muerto? 

— ^Recibí anoche una carta de él, y el que me la trajo me aseguro 
que lo había visto. 

— Ah ! y entonces para ^uó me ha hecho charlar ? 

— Para asegurarme de si la carta era ó no falsa. Usted que me ha- 
bía dicho que lo había visto cerrar los ojos, debía desatarme el enredo. 

— Y se lo he desatado. ... Oh ! si Jorge estuviera en Honda ! 

— Sabe Dios si está ahí todavía; 61 hacía dias que estaba con el mo- 
rral á la espalda, el chopo al hombro y un pié levantado. 

— En marcha para dónde? 

•—Para la^dicoa Costa ; que ei yo supiera á punto fijo donde queda 
me iría á verlo y abrazarlo. 

— ^Espérese su merced un pite^ le dijo el tío Juancho poniéndose el 
índice de la mano derecha sobre las narices, en actitud meditativa. 

— ^Debe quedar, si no me engafío, bastante abajo de Mompos, dijo 
después de un momento de pausa. 

—Y Mompos donde queda ? 

— Alwo de Honda. 

—Y Honda? 

— TJn poco más allá de Guaduas. 

—Y Guaduas? 

— No me haga más preguntas que el que T^oca tiene á Eoma llega. 

— ^Tiene usted razón. 

•—Si su merced insiste en irse para la Costa, yo volveré á darle unes 
consejos que pueden servirle de mucho. Por lo que es hoy no platico 
más, que se me está haciendo tarde, y adiós. 

■—Para dónde va usted ? 

— Para el pueblo. Esta naadana estuvo en casa un policía y me dijo, 
que el Jefe político iba á hacerle hoy un interrogatorio á Chepillo sobre 
BUS patraüas y pillerías y quiero oír las preguntas y las respuestas. 

— No deje de volver por aquí y me cuenta lo que conteste ese píca- 
1*0 brujo. 

'—Está bien y adiós que me voy. 

—Adiós tro Juancho. 

El viejito partió. 

Lucía se quedó meditando en el viaje á la Costa y después d« pen- 
sar bien el n.egocio se dijo : -^ Es más prudente enerar á que Jorge venga : 
él we ofrece en tu carta qu« v^aadrá y cumplirá su paletbra* 



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GAPITÜLO II. 
Boilde Chepíllo pone en elátD lo íúxíetíXo de es(a Uitofít. 

EL AMABLE lector tendrá la eondieseendeñcia dé se^oirle los paso» 
al tio Jnancho, penetrar por donde él entre y presenciar la escena de 
que él va á ser espectador. 

Imagínaos que estáis ya parado en el umbral de la puerta de la jefetn- 
ra ; abanzad ahora un poco y veréis al primer magistrado del cantón sen- 
tado en una silla de bracos, con una mesa delante ; al reo frente por frente 
de él, en pié, con el sombrero en la niiano y á derecha é izquierda de am- 
bos, un inmenso concurso. 

Abrid bien los ojos y aplicad los oídos y Veréis todos los movimien- 
tos y escuchareis todas las palabi'as. 

♦Estad muy atento a ue el interrogatorio empieza. 

El Jete político le aice al reo : 

— Responda usted con sinceridad y franqueza las preguntas que voy 
á hacerle, bien entendido que si usted no dice la verdad, lo remito á los 
llanos de Cabnyaro, donde todo será llegar y cemenzar á cerrar los oj^ 
para no volver á abrirlos jamas. 

— Kesponderé lo que es cierto dice Ohepillo y si á pesar de eso usted 
dispone que me ahorquen, ello no me intimida; temprano Ó tarde me 
ha de llevar la descarnada á tragar barro al cementerio, y para mí lo 
mismo es morir hoy que mañana. 

El Jefe político se repantiga en su silla y le pregunta al reo con 
tono enfático. 

— Es cierto que usted haya tenido entrevistas con el alma de su 
tataradeuda Carranza ? 

— No sefíor, 

— Según eso es falso que usted haya visto el Queso de oro áe que 
tanto ha hablado ? 

— Falso es ; cuanto he dicho á ése proposito ha sido inventado por 
mí con cierto fin. 

—Si usted no ha hallado el tesoro ; ; de dónde hubo' las on^as de 
oro y los patacones del tiempo de Felipe IV? 

— Voy a decir lo que hay en el caso sin quitar ni añadir ni el laegro 
de la uña. ^ 

Los de la barra tosen, escupen y estiran el cmello para prestar aten* 
cíon y oir bien lo que Chepillo va á decir. 

£1 mozo empieza de esta manera : 

— Un domingo que se vinieron mis abneloá y los criados á misa y 
me dejaron á mí sólo cuidándola casa, me trepé al 2»rzo por entrete- 
nerme, y andando por aquí y por allí tropezé de repente con tm- bulto ; 
me agaché, lo alcé y hallé que pesaba mucho. Fuime con él á una ren- 
dija por donde penetraba un rayo de Inxy alM.vi que era un saco de 
lienzo burdo lleno de monedas, unas de ore y otras de plata. Como 
entre el dinero hallé un par de mancornas de eruatillos de león qtte yo 
le había conocido á mi aouelo^ no dudé de que el depósito fuera de él ; 
por esta i-azon y por la de no tener vo ihalás mañas ni- estar necesitado 
ae dinero, d^jé el saco en ^ J»gar aonde lo eneontré^ sin decir nada á 



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— 166 — 

nadie y sin sacar de él una sola moneda. Después, andando el tiempo, 
vino un dia el Diablo donde raí y so rae, metió en el cuerpo en figura de 
mujer y aguijoneado por él me encaramé de nuevo al zarzo y le solté la 
gata al talego. 

— Vamos, hablo usted claro, j Qué motivos tuvo usted para usur- 
parse el depósito de su abuelo ? 

— ^Voy á decirlo. Hacia como siete meses que amaba yo apasion^^- 
damente á Lucia Pisca, sin que ella me correspondiera, y sucedió que 
una maüana del mes de Junio del afilo pasado, yendo de camino por cerqa 
de su casa la encontré ordeñando una vaca ; la miré, la hallé linda cdnio 
unas flores, me dio una corazonada y sin saber cómo, ni cómo no, le 
propuse que* se casara conmigo. Quen dijo tal, que al momento la pica- 
rona se soltó á reir como una loca, se puso á hacerme , mucha burla, y 
acabó la fiesta por mandarme á pasear a la punta de un cuerno.-^ Por qué 
me desairas ? le pregunté no poco avergonzado. — Porque eres pobre y 
no sabes trabajar, me contestó. No se lo dijo á ningún sordo ni tonto, al 
momento pensé en pillarme el saco de mi abuelo. Desde aquel dia me 
puse á cavilar en el medio de que debía valerme para sacar á luz y ma^ 
nejar el dinero que habia visto en el zarzo, sin poner en la hebra á mi 
abuelo y sin que nadie sospechara mal de raí, y de golpe me sopló el 
Diablo, que no pudo ser otro, el enredo que al íin me lia traido á este 
sitio como criminal. Esta es la verdad monda y lironda. 

— ^Y su abuelo no ha descubierto la sustracción del dinero? 

— No, señor ; ni habría tenido modo de saber si estaba donde lo ocul- 
tó, porque una enfermedad que padece le habría impedido subir al zarzo, 
si él lo hubiera intentado. 

— Habiendo conseguido usted fama de acaudalado y con esa fama 
el amor de Lucía Pisca, por qué no se casó con ella como lo anhelaba? 

— Porque desde que fui rico y adulado de los grandes del puebla 
ya no pensé sino en camrme con una rica. De Liicía no deseaba enton- 
ces sino hacerla mi querida, y abandonarla luego. 

A estas palabras ruje el auditorio como un león airado. 

—Voy á hacer á usted una pregunta incitada por la curiosidad, le 
dice el empleado al reo. ¿No pensando ya usted en casarse con Lucía 
Pisca y habiendo adquirido una buena riqueza, aunque por un medio 
inmoral, por qué no se fué a disfrutar de ella y á buscar una novia rica 
á un país donde nadie lo conociese? 

—Pensaba en ello, pero cuando trataba de irme, el Demonio me 
detenia aconsejándome que engañara á Lucia con nn fingido matrimonio, 
á fin de arruinar su reputación por este medio. Di oídos a Satanás ; pero 
como Lucia se rehusó á casarse inmediatamente, me vi precisado á esperar 
algún tiempo y cuando éste trasciwria, mis acreedores hubieron segura- 
mente de cogerme el güiro y comezaron á estrecharme. Acosado como 
estaba, me fui adonde Lucía á convencerla de que me siguiera á Bogotá, 
y como se resistió á mis pretensiones, entonces la comprometí á que no^ 
casáramos pronto.; pero como no fiíltó un zaragate que espiara todas mi_8 
acciones, el tal después de bien informado, ocurrió á doiide usted y le dio 
la punta de la hebra, y usted tirando <)e ella á tiempo ha logrado poner 
en descubierto el ovillo de' mis maquinaciones. 

— Pérfido I . • . . desvergonzado ! * . . . gritan algunos oyentes. 

El empleado agita una campanilla ;: el auditorio hace silencio y los 
interlocutores continúan hablando. 

— Si usted amaba á Lucia por qué se empeñaba en perderla ? 



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— 167 — 

— Cuando ella me despreció porque era pebre nAomprendi la gra- 
vedad de la injoria y por ello no pensó entonces sino en enriquecerme 
para alcanzar su mano. Mas, en cnanto adquirí la fortuna que anhelaba 
Ule crei otro liombre y desde que tal me consideró, tuve á mucha afren- 
ta el reproche do Lucía, y de aquí vino el qne el amor que le tenia se 
me con^virtíora en odio, y el odio me arrastrara á la venganza. Domina- 
da mi alma por estos malos sentimientos, me decía á mí mismo todos los 
dias:—" Lucía me ha abochornado desdefíándomc yo debo humillarla 
deshonrándola!" 

— Sus fingidas privaciones tenían algún fin siniestro ! 

— Hice el papel de privado para librarme de las exigencias de mis 
acreedores, y el de moribundo para ganar tiempo y llevar a cabo mi plan 
de r^pto. 

—Picaro farzante !. . . . dice una voz que se alza de entre la multitud. 

— I Qué objeto se propuso usted con nacerse el privado cuando por 
primera vez les aseguró á sus abuelos que había tenido una entrevista 
coa el alma de la marquesa ? 

— El de dar colorido de verdad á mi embuste. 

— 2 En dónde tiene usted el dinero de su abuelo y el que ha estafado 
con su ingenioso sistema de contratos i 

* — No lo tengo en ninguna parte puesto que lo he perdido al ju^o. 

— Miente elladron ! . . . grita una voz que sale de la barra como el 
rayo de la nube. 

-^-Chepillo se estremece por primera vez. 

El magistrado vuelve á hablar. 

— Le he seguido á usted un juicio breve ó sumario, dice, por el de- 
lito de vagancia ; hoy á las nueve pronuncié la sentencia y en ella lo con- 
deno al servicio de las armas por seis aflos ; mas, si usted da cumpli- 
^'iniento á dos cosas antes de 24 horas, le prometo á usted que revoco la 
sentencia. - 

— A cuales, señor ? 

— Primera; que me dé un fiador qne responda de que usted obfeer va- 
ra en lo sucesivo una conducta irreprensible, y segunda; que pague usted 
lo que debe. 

— Me pide usted sefior, dos imposibles, j Quién puede fiarme hoy 
después de saber mis travesuras ? . . . j Ni cómo podré pagar mis deudas 
si el juego me ha dejado en la miseria ? ' 

— Se irá usted al ejército, le dice ásperamente el empleado. 

— ^Esa amenaza no me accrbarda, responde el mozo con insolencia, 
pronto ascenderé á coronel y volveré por aquí á lucir mis charreteras. 

A estas palabras se oyen murmullos, rugidos é improbaciones aue 
salen de la barra cual tempestad que se desata lanzando rayos y centellas. 

El Jefe político toca la campanilla en señal de qne el interrogatorio 
está concluido y se levanta.de su asiento. 

La multitud se .mueve en todos sentidos disponiéndose á salir. 

En esto el tío Juancho avanza al fondo del salón y grita : — Señores, 
espérense un instante, si es que no tienen mucha prisa, y les cuento ma- 
ravillas del reo. 

Las palabras del viejo son acogidas con una explosión de palmoteo» 
y gritos ae alegría. Cuando el silencio se restablece, el orador levanta 
su voz chillona y cuenta con su habitual pachorra los amores de Jorge 
y Lucia ; el regreso de Ambalema de él y Jorge ; la emboscada que les 
puso Chepillo en el Boquerón de Sopó para aprehenderlos ; el motivo 



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— 168 — 

por qné él había sflo poesto en libertad ; la crueldad con que Jorge fnó 
tratado por su enemigo y el ardid de aue éste se valió para conducirlo 
ai cuartel sin qae faena conocido de loe paisanos que en el caminólo 
viesen. 

El «nditorio, al saber tanta felonía, se indigna contra el reo y se lan- 
za sobre él á despedazarlo ; pero no lo consigne porqne cuatro carabine- 
ros qne lo oustoaian, lo defienden valerosamente. 

El tio Jnancho deja qae todos se calmen y se aqnieten, vnelve á un 
lado la cara, echa entre su sombrero una mascada de tabaco qne tiene 
en la boca y dice : 

•^Yo sé otra cosa que los señores qne me escachan^ tal vez no saben, 
6 tal vez si ; pero sea como fuere yo voy á predicarla, y Dios sea conmi- 
go. Es el caso qne el dinero que Chepillo lé pilló á Don Lorenzo, era de 
a mai*que8a de San Isidro y del mismo que esta señoia trajo de Espáíia. 

-^Cómo sabe usted eso ? le pregunta uit curioso. 

•^-Que cómo sé eso? bah ! lo se por la tradición. De boca en boca 
ha venido la noticia de que la marquesa, al morh*, dejó un Queso de oro, 
mucho dinero y algunas alhajas preciosas, y que un hijo suyo no encon- 
tró de todo esto sino unas cuantas monedas de oro y otras de plata en nn 
secreto de un armario donde la dicha señora guardaba su rico tesoro. 
Del mismo modo se sabe que el tal hijo conservó esas monedas y se las 
dejó á su hijo mayor de herencia, y dizque éste se las dejó á su hijo pri- 
mogénito, y que así, de padres á hijos, han venido á manos de Don Lo- 
renzo, y aunque este sujeto óiempre ha negado que recibiera de bu padre 
el depósito, ahora, con lo que su nieto ha revelado, se confirma la tradi- 
ción, y si no es como yo lo digo, que me corten una oreja. 

—Que se la corten ! grita un mnchacho, pues yo sé que las monedas 
ue dijo Ohepillo haberse encontrado enterradas, eran de cobre unas y 
e estaño otras y fabricadas por él. 

Los circunstantes celebran este chiste con una carcajada y echan á 
desfilar. 

Chepillo sale en medio de su escolta abatido y triste ^ pero no arre- 
pentido. 

Salid vos también, lector querido, ya que todo lo habéis visto y es- 
cuchado, y paraps por ahí y veréis pasar al tio Juancho en via para 
donde Lucía á contarle cuanto vio, oyó y habló como se lo prometió á 
ella en la última ocasión que se vieron. 



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FIN DEL LIBRO SEGUNDO. 



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LIBRO TERCERO. 



CAPITULO I. 
Una mala inelinaeion, eondnce í la perdición. 

AL día siguiente de aqnel en que tuvo Itiffar el interpí^afeorio oficiaj 
y á la hora en que el rutilante febo abríala puerta de m balcón j 
salia á mirar al universo con sus ojos de fuego, Ohepillo partia hacia 
el lugar de su condena escoltado de dos hombres. Como el preso cami- 
naba tan despacio, cual si la senda del infortunio estuviera sembi-ada de 
abrojos y malezas, el dia iba á faltar antes de que el reo y sus conduc- 
tores hubieran hecho todo el camino, y viendo los de la escolta que la 
noche se les venia encima, resolvieron pernoctar en el ventorrillo de. 
Barrancas como á eso de las seis y media de la tarde. 

— Aquí debemos de hospedarnos esta noche, dijo uno de los 
guardias. 

— Es mejor la posada del Pedregal, respondió el reo. 

— Tal vez. pero ya está de noche y no llegaríamos allá á buena hora. 

— Es verdad, dijo el guardia que no habia hablado, quedémonos en 
esta venta que más vale pájaro en mano que buitre volando. 

La opinión de la escolta prevaleció, y sin hablar una palabra más 
entraron nu^tros tres hombres en la hostería y le pidieron posada á la 
hostelera. Esta que era una mujer atenta y afectuosa con sus huéspedes^ 
les hizo mil agasajos á los recien llegados y acabó sus cumplimientos 
llamando á una criada y ordenándole que acomodase á los tres hombres 
en el mejor cuarto de 1^ venta. 

— No hay ninguna pieza desocupada^ dijo la sirvienta; pero si los 
señores no son regodiones pueden conformarse con donnir en el mismo 
cuarto donde acaban de hospedarse dos comerciantes de Santarosa. 

— En cualquier parte quedamos bien, dijo uno de los guardias^ lo 
I que importa es dormir bajo cubierta. 

^ — Por lo que es eso^ manifestó la criada, no tendrán ustedes de que 
quejarse ; es verdad que el techo de la pieza tiene algunas estrellitas ; 
pero á Dios gracias estamos ahora en la mejor del verano. 

— Guiónos, pues, dijo á la moza el guardia que. antes habia hablado. 

La mujer echó á andar y nuestros hombres tomaron detras. 

—Aquí íes traigo eompi^i&| dijo la sirviedta haei^do alto, en la 
puerta de una pieza, y dirigiéndose á dbs hombres que estriban dentro 
de ella jugando á la baraja. 

— ^éuéDo, bueno, respondió uno de. elloB* sin dignarse mirlir á la 
mujer. 

Nuestros hombres entcaron, j tomaron posesión do uno d^ los 



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— 170 — 

áixgnlos del cuarto^ Así como se acomodaron, Chepillo derramó por los 
ámbitos de la pieza una mirada escadrifiadora y en el acto se üjó en nn 
cargamento de ropa de batan y en sus dueños, que sobre uno de los far- 
dos, jugaban á la caída. 

— Amigos, les dijo el preso enderezando su rostro y su voz á los que 
jugaban, no me dirán ustedes de dónde viajan ? 

— De Santarosa, respondió uno de los tahúres, dirigiendo la mirada 
á Cliepillo, 

—Y van ? 

— Paní Bogotá á vender unas cargas de ropa de batan. 

En este instante nn pensamiento siniestro cruzó por la mente del 
mozo, que le pareció fácil de ejecutar. 

— Ya que la fortuna ha querido, dijo, que durmamos ustedes y nos- 
otros bajo un mismo techo esta noche y que mañana llevemos un mismo 
camino, fnera de desear que nos tratáramos epmo amigos y que en con- 
secuencia pasáramos parte de la" noche en alguna diversión. 

— Bueno señor, respondió uno de los * santarosefíos, podemos pasar 
el rato jugando al naipe, si á nsted le parece. 

— Quó mejor pasatiempo ; á mí me gústala baraja como al gato 
la cuajada. 

. — Se conoce que los dos somos de una misma ralea. 

— Conque usted también es aficionado ? 

— Como la gallina al maíz ; como la garza al pescado. 

Chcpillo se sonrió con satisfacción. 

En seguida dijo : 

—Vuelvo en esto, señores. 

Y tomando á uno de sus guardias de un brazo se lanzó con él fuera 
del cuarto. Cuando estuvieron á veinte pasos de la puerta le dijo: 

— Es necesario adueñarnos del cargamento de batan, eh ? 

— -Piensa usted comprarlo ? * 

—No tal. 

— Intenta usted comprometerá los santaroseños á que lo pongan de 
parada en el j nejo por partes, y quiere en tal caso que se lo ganemos con 
trampas? 

— Nada de oso ; escuche usted el medio que se me ha ocurrido. 

Dijo y echó á andar alejándose siempre de la casa sin dejar del bra- 
zo al hombre. Caminando le reveló su plan con la mayor franqueza. El 
guardia se sorprendió según la cara que puso y el movimiento que hizo ; 
pero á las razones del preso, aquel fué variando de semblante hasta el 
punto de sonreírse y manifestar gusto con lo que Chepillo le decía. Un 
cuarto de hora bastó para que el reo alcanzara el.triuiuo, y alcanzado le 
dijo al guardia : 

— Queda usted encargado de convencer á su compañero, he ? 

— Pierda listed cuidado. 

Concertados en él complot regresaron á la pieza. 

El guardia llamó al hombre que componía la otra .mitad de la escol- 
ta, sajió con él, y un momento después volvieron á entrar. 

De los dos el que había hablado con Ohepíllo se acercó á éste y díjole : 

— Permítame listeados palabras. ; 

—Qué hay?.... 

— £1 hombre es nnestro, y ejecutará puntualmente las órdenes que 
le di, le dijo en el oído. 

Una aurora boreal, que no uh relámpago de alogria, brilló en los 
picarescos ojos del preso. 



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— 171 — 

—Los tahurea estaban tan enfrascados eu el juego que no se aperci- 
bieron de lo que se tramaba contra ellos. 

—Señores, prejfuntó el reo á los santaroseños : ^ es ya tiempo de que 
tomemos parte en la diversión? 

— Si sefíor, respondió uno de Ips comerciantes, esperábamos que nos 
manifestara usted su voluntad de empezar, para levantarnos é componer 
los asientos. 

Dijo, y se pusieron en pió los dos que jugaban. Incontinenti junta- 
ron dos fondos y colocaron la vela (por falta de candelero) en el centro 
de la línea que marcaba cada bulto por el lado de su unión. 

—A tomar asiento, dijo en seguida uno de los dueuoa del car- 
gamento. 

Los cinco hombres se colocaron en torno de la improvisada mesa. 

— Que jugamos ? preguntó unp de los santaroseños. 

— Báciga, contestó el preso. 

— Hablo del interés. 

— Ah 1 dijo Chepillo, juguemos aguardiente. 

— Bueno, respondieron los comerciantes. 

— Si es aguardiente lo que se juega yo me levanto, manifestó uno 
de los guardias, estoy enfermo y no puedo beber. 

— Es mny justo, expresó el mozo y ademas conveniente para todos ; 
jugandt) entre cuatro, formamos dos compañías iguales; dos contra dos. 

— Los santaroseños se miraroii y se hicieron una seña do aceptación. 

Chepillo agregó, dirigiéndose á los dueños del batan. 
— Por cada cuatro juegos que pierdan ustedes, ó que perdamos no- 
sotros, nos dan ó les damos una botella de ^hinpin, 

— Que nos beberemos entre los cuatro, añadió el guardia. 

— No sefíor, repuso Chepillo, que se beberán los gananciosos única- 
mente. 

— Así ha de ser, dijo uno de los comerciantes. 

Arregladas, como queda dicho, las condiciones del juego, comenzaron 
á andar las cartas del naipe por todas las manos y mny en breve los la- 
bios do los tahúres besaron rebosantes copas. 

Los santaroseños trasladaron al estómago tantas copas del espirituoso 
licor que como ff eso de media noche yacían largo á largo al lado «de sus 
fardos, sin sentir nada de lo que á su lado pasaba, y nos permitimos ad- 
vertir que el preso y su escolta no dejaron cosa en su lugar cuando se 
dispusieron á partir. Pero ¿ cómo era que los unos estaban sumidos en una 
beodez absoluta y los otros se hallaban en su cabal juicio % ¡Oh ! e«o es 
muy fácil de esplicarlo. Ello dependía de cierta estratagema sugerida 
por Chepillo : cuando éste y su compañero ganaban ; el guardia que no 
jugaba, advertido de antemano, corría á la taberna y volvia con una 
botella de agua. Cuando los comerciantes eran los gananciosos se la lle- 
vaba de aguardiente, y sabido es que el que bebe agua no se embriaga 
y el que bebe aguardi^ente por botellas pierde sus cinco sentidos. Expre- 
sado el motivo por qué unos tenian los ojos cerrados y los otros abiertos, 
digamos el fin de la maquinación. ' , 

Luego que Chepillo se auguró de que los santaroseños 3'acian boca- 
abajo en el tenebroso panteón de Baco, le dijo á su escolta : 

— Arriba muchachos ! es tiempo de obrar. . . . á sacarlos fardos y 
Ibg. arreos á la orilla del camino. Yo me encargo de traer las bestias. 

Los de la escolta obedecieron. 

Entretanto Chepillo corrió al potrero. 



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— 172 — 

Lod papeles se habían cambiado ; el reo con el arma del talento ha- 
bía roto sas cadenas y habíase convertido en amo de sns guardias. 

Pronto volvió el mozo de donde lae malas estaban y les dijo á sas 
compañeros : 

—He exátoinado la puerta del potrero y está asegurada con una 
cadena y un candado ; perb se me ocurre un medio ya que la cerca es 
de vallado ; síganme ustedes. 

Chepillo tomó adelante y los dos hombres detras, y cuando llegó en 
frente de su alojamiento les mandó que desquisiaran la puerta. Ellos 
obedecieron, v del primer halón la sacaron de su lugar. Arrancada ésta, 
6)6 la puso el mismo mozo acuestas, se fué con ella y la atravesó en el 
vallado para que sirviera de puente á las bestias. Incontinenti cogió 
éstas y, .en elogio de su mansedumbre, diremos que no opusieron ninguna 
resistencia al impulso del ronzal que las llevo fuera ael potrero por el 
improvisado puente, ni menos rehusaron recibir la carga que tantos dias 
habian llovaao sobre sus lomos adoloridos. 

Cuando las nmlas estuvieron cargadas, Chepillo montó en un ma- 
cho de los mismos santaroseños y, haciendo de caporal, mandó á sus 
guardias qiie sirvieran de arrieros. £1 mundo siempre, es del más audaz! 

Si el I)iablo en persona hubiera ido en persecusíon de nuestros hom- 
bres, no habrian cstjos corrido más ni mirado tantas veces atrás como 
corrieron y miraron. Las muías no trotaban sino aue corrían á escape; 
y aun estamos tentados á decir que iban en volandas, pero no nos atre- 
vemos porque tememos que el lector no quiera creer que hay muías que 
vuelan. Por supuesto que yendo con la rapidez de un pájaro ó de una 
locomotiva, nadie puede dudar de que en pocas horas recorrieran el camino 
que media entre la hostería de Barrancas y La Mesa de Jttan Díaz. Una 
vez en este lugar, ofrecieron ^u rico cargamento á los comerciantes de él; 
pero como no Imb'm pedido de tales efectos, no encontraron compradoi*es,*y 
esta circunstancia los obligó á esperar el mercado, que fué de allí á cnatro 
dias. Cuando vino el dia deseaop, Chepillo hizo trasladar los fardos á la 
plaza y se tendió sobre ellos con tal contianza, cual si cada hebra de la 
ropa que contenian, le hubiera costado una. gota de sudor desprendida 
de su ancha frente. 

Gomo á eso do las doce del dia se presentó un hombre delante del 
vendedor y le propuso negocio á todo el cargamento. El comprador, por 
su porte, sus movimientos é inquietud, parecia ser uno de esos hombres 
que estiman en más el tiempo que el dinero, pues sin cerciorarse de la 
calidad de la ropa y sin regatear en el precio, se ajustó con ^1 vendedor 
en brevísimo tiempo. 

Perfeccionado el contrato, los fardos fueran trasportados á la casa 
del comprador en donde éste^ eegun convenio, debia ^tisfacer su impor- 
te. Eeunidos estaban en dieha habitación los tres ladronea á recibir d 
premio de su obra, cuando de súbito aparecieron «n la puerta cnatro gen- 
darmas armados con sendos machetes y carabinas.... Chepillo y sus 
cómplices habían caído en el garlito sin comprenderlo! El alcalde, ocul- 
tando su autoridad, había hecho el papel d« comprador í . . . . Seis horas 
antes del aparente contrato este funcionario había recibido nn exhorto 
del Gobernador, en que le ordenaba la aprehenci<m de Chepillo y sus com- 
pafíexx)é, y como hombre diestro en cazar ladrones, babia preparadora 
trampa donde debia cogerlos, y no bien lá armó, fué él mismo á sei^vir^ 
les de guia.' 

Este alcalde, en el cumplimientade sus deberes, era ifna excepción. 



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— 173 — 

Aprehendidos los ladi'ones, depositados los fardos y las bestias, el 
alcalde dio cuenta al wiperior, del buen éxito de la orden, y éu seguida 
le envió los reos, las malas y las cargas. > 

Después de esté suceso, ¿qué suerte corrió nuestro endiablado hé- 
roe? En los siguientes capítulos lo sabrá el lector, si es que la curiosidad 
lo obliga á continuar la lectura de esta historia'. 

CAPITULO II- • 

Dónde se taentan varios loeesos que nadie, hasta ahora, hahia eserito; pero qne, sin. 
embargo, no serán nnevos para qnien los leyere. 

"VT O VAYAIB á creer, querido lector, que las autoridades encargadas 
\ de velar por él cumplimiento de las leyes, se dieron prisa á instruir 
J-1 el sumario en averiguación del delito que acababa de cometer Che- 
pillo. No, nada de eso vayáis á imaginaros. Los fnncionai:ios de instruc- 
ción gustan poco de mortificar al prójimo extraviado, á no ser que ten- 
gan coü el criminal alguna cuenta pendiente, pues entonces despliegan 
ana actividad y un celo, que los enemigos del reo elogian, y los escasos 
de vista aplauden. Estimulados por la venganza se energizan, toman , 
brio como si alguien los espoleara ; corren con su cola de gendarmae 
por todas partes ; dictan órdenes apremiantes para que se aprehenda 
al delincuente, y una vez que éste cae en sus garras, no hay que esperar 
compasión ; el infeliz es nundido en "^un calabozo, aherrojado y liasta 
fusilado, si hay modo de eludir la responsabilidad. 

Hemos. escrito este preámbulo para decir en seguida que el Gober- 
nador de Bogotá, cuando recibió á Chepillo, se conformó con mandar 
ejecutar la sentencia pronunciada por el Jefe político de Guata vita ( la 
que le habia enviado por el correo en la misma semana en que habia salido 
el preso para el luj^ar de su condena), y en consecuencia el mozo fué in- 
corporado en la ftierza veterana. Los de la escolta corrieron una suerte 
peor, pues fueron sumidos en la cárcel de la ciudad, donde murieron, el 
uno, al afío y medio y el otro, al cabo de dos aílos, sin que se les hubiera 
instruido el correspondiente proceso. 

La fuerza armada que fué á aumentar Chepillo con su pobre perso- 
nalidad, habitaba, en la época á que hemos llegado en esta narración, el 
antiguo cuartel de San Francisco, situado, como saben todos los que 
conocieron en ese tiempo á Bogotá, en la acera sur de la plazuela del 
mismo nombre. Desde el dia en que nuestro héroe hizo parte del cuerpo 
de esclavos destinado á la matanza^ quedó bajo el poder de un general 

3ue vive aún, r que, por lo que de él diremos adelante, no dejaremos 
eslizar su nombre por el pico de nuestra pluma. Los sucesos que vatnos 
á referir sonrojarán necesariamente la frente de ese veterano de la In- 
dependencia á quien, si no por su valor, por otros títulos, le debemos 
respeto y consideración, y esta es ya una nlzon qne nos obliga á ocultar 
su nombre. 

^ Lector malicioso, no vayáis á pensar que ese respeto y esa conside^ 
ración de que hablamos, sean el soñsma del miedo que muchos, en caso 
igual han empleado ) cuidado con creer que detiene nuestra pluma el 
temor de que el dia ménoa pensado se presente en la puerta de nuestra 
casa un lacayo de parte del general con un billete de desafío escrito en 



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— 17é — 

térrainoe nltrajantes. No tal ; no tememos al general ; ora, porque es co- 
barde, ora, porqne en nuestra calidad de liistoríadore» tenemos el valor 
8uticiente para decir cnanto sabemos, aanqne por ello hubieran de venir 
sobre nosotros las diez plagas de i:-gipto. Por la verdad moriríamos con 
placer, así como por la justicia se fué Aristides al destierro sin exhalar 
una (jueja. Son motivos de otra especie, como ya lo hemos dicho, los que 
nos oüligan á no escribir el nombre del personaje que vamos á ])oner en 
escena, y para tranquilizar al general le juramos como cristianos perfec- 
tos, que si en nuestra patria hubiera potro y nos pusieran en él para 
nrmncarnos las tres silabas de que se com|.K)ne su apellido, haríamos lo 
que aquella célebre griega, llamada Leénn, que se trozó la lengua con 
los dientes y escupió con ella la cara del tirano, á fin de que los dolores 
del tormento en <jue la pusieron, no la obÜgaian á pix)nunciar los nom- 
bres que ella tenia interés en ocultar. 

El general M. . . . (conformaos lector curioso con la inicial), cuando 
tuvo noticia de las travesuras de Chepillo, no pudo menos de admirarlas 
y aplaudirlas como se admira y aplaude toda acción qne revela ingenio 
y perspicacia en su autor. 

Oh ! exclamó, este hombre está dotado de una sagacidad y astucia 
maravillosas; debo apoderarme de él y aprovecharme de su inteligencia. 

Apenas discurrió de este modo, hizo qne lo llavaran el mozo á su 
presencia. 

Cuando estuvo delante de sv^s ojos díjole: 

— Hombre! sé que eres un muchacho inteligente, pero que has em- 
pleado tu entendimiento en el mal ; ofréceme que en lo sucesivo te con- 
ducirás honradamente y yo te prometo qne serás mi paje en vez de ser 
mi esclavo, pues esclavo de su jefe es todo soldado. 

— Señor, yo he maldecido mis errores, he llorado mis culpas! . . . . 

Y pensando oue no tenia palabras con qué expresar su agradeci- 
miento, se votó á los pies del general, se los cogió con ambas manos y 
se los besó con efusión. 

— Levántate, le dijo el general conmovido ; no serás mi esclavo, ni 
serás mi paje, serás algo mejor ; serás. ... mi amigo. 

— Yo amigo de usted ? señor. ... no merezco < . . . 

— Sí, desde este instante serás mi amigo, y en prueba de ello voy 
á hacerte depositario de mis más íntimos secretos; voy á confiarte Jos 
más recónditos pensamientos de mi alma, porqu5 tengo presentimiento 
de que con tu intervención conseguiré lo que hasta hoy no he alcanzado. 

— Oh señor ! yo soy un pobre campesino .... 

— Lo sé, hombre, y^veo que eso, unido á tu inteligencia, es lo que 
te hace recomendable; la gente del campo posee una cualidad que en 
vano he buscado en la de la ciudad ; el sigilo, y la reserva ; me com- 
prendes ? 

— Cómo no, señor ! En cuanto á eso soy cofre sellado, como dice el 
Eítual. Primero me dejaría arrancar la lengua que descubrir el secreto 
que usted me confiase. 

— Bueno, dijo el general, confio en tí, y en consecuencia escúchame 
lo que voy á decirte. 

Chepillo oyó entonces con el mayor asombro que su amo le reveló 
los más interesantes secretos d^ su corazón, como lo hubiera hecho un 
penitente con su confesor. 

Yoto al Diablo ! exclamareis vos, amado lector, jr qué, secretos 
60U esos?. .•• Yaisá saberlos, ' . 



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- 175 - 

En la carrera de B. . . . calle 4,* número 77, vivía en 1848 una ele- 
gante mnjer de 34 años de edad qne tenia en el bai-rio fama de hermosa 
porque se pintaba bien, y de ilustrada porque charlaba mucho. Llaniá- 
oaae Petrarca Subiy nombre romántico, según ella decía, y que ella 
misma se habia puesto en lugar del de Petrona Kubiano que era el de 
pila y el de su linaje. Esta señora estaba recien casada con el capitán 
'N , hombre de bella cara ; pero de escasa inteligencia, á quien tra- 
taba con desabrimiento, porque según contaba, se habia unido á el rio 
por amor sino por darle gusto á su familia. 

El capitán N . . . . orgulloso con su enlace pensó en relacionar á sus 
mejores amigos con su mnjer para que vieran en ella un prodigio de la 

naturaleza, y con este fin llevó á su casa al general M á quien el 

capitán estaba ligado no sólo con los vínculos de la amistad, sino con los 
de la disciplina militar. El dia en que el general fue presentado á la 
señora y la señora al general, sintió éste hervir su sangre á la vista de 
tan hechicera dama, y no pudiendo refrenar los ím])etns de su ardiente 
pasión, resolvió descubrírsela á la misma que se la habia engendrado, 
con la esperanza de deshojar algún dia una á una las flores de la corona 
de azucenas que ornaba la frente de tan bella mujer. 

El general aguijoneado por su mal deseo echó á frecuentar la casa 
valiéndose de una estratajema. Como el capitán N . . . . servia bajo las 
órdenes del general, éste ejercía sobre aquel un dominio tal, que le faci- 
litaba el medio de visitar á Petrarca cuando lo tenia á bien, aunque rio 
sin grave riesgo. Con tan poderoso rival encima, el desdichado capitán 
estaba siempre á la cabeza de toda comisión y era un mártir en el ser- 
cio, tan solo porque tenia la desgracia de estar casado con una mujer 
enya presencia hacia hervir la sangre del perverso general. Por fortuna 
para el capitán, la Eepública estala en paz, que de no, el buen hombre 
liabria corrido la suerte de Urías ... . 

' Empleando al capitán én el servicio, siempre que era posible, lo 
apartaba de su casa, y con este ardid lograba el general penetrar de vez 
en cuando hasta el retrete de Petrarca ; pero no sin el temor consiguiente 
á tan infame acción, de ser sorprendido y asesinado por el celoso capitán. 
¿ Qué necesitaba el pérfido general para visitar sin riesgo alguno á 
Petrarca y para andar con rapidez el camino que habia emprendido? 
Necesitaba un intermediario para las. citas y un espía que vigilara la 
calle mientras que él jugaba con Cupido, reclinado muellemente á los 
pies de su querida. . . . Chepillo entró á llenar esta falta. 

Instruido el mozo de los amores del general y del oficio que debia 
desempeñar, hizo ^conocimiento el mismo dia con la bella aama que 
quitaba la tranquilidad á su amo y robaba la honra del capitán. En 
pocos días consiguió Chepillo ganarse la confianza y estimación de los 
amantes en términos de llegar á ser el telégrafo que instantánea y cons* 
t^iteraente comunicaba los dos apasionados corazones. Era de ver como 
pasaban por sus manos todos los billetes perfumados ; todos los suntuosos 
regalos ; todas las prendas de amor, en fin, que uno á otro se enviaba. 
Este servicio infame despertando en el criado sus dormidas pasiones 
le engendró el deseo de enamorarse. Kosotros po aseguramos que haya 
en los hombres propensión á seguir el mal ejemplo ; pero lo cierto es que 
á Chepillo se le encajó en el coleto la más i^rip^a tentación de amar, y 
era tan. ardiente sa deseó que. se dio por muy dichoso en hallar corres- 
l>ondencia de una mujpr de la cual él mismo solia decir : ^S^U: diablo no 
¿ejHirece á nadie. . , , . 



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- 176 — 

Era esta nna móz» de Fontibon llamada Urraca que sejrvia.de ama 
de Haxres en )a easa de Petrarca y que bailándose, por casualidad, posei* 
da de los imsrnos sentíniientos é inclinaciones de CSiepillo, le liizo a es^e 
mil agasajos desde el primer dia qne lo vio en la casa de su ama. Fen* 
«amos, lector ami^o, qne tenéis gana de conocer á la moza, y como á 
nosotros no nos faltan deseos de presentárosla, por cnanto á qoe desem- 
peña cierto papel en esta historia (bien que sencillo y ligero como el 
del criado de comedia), vanios á ponerla delante de vuestros ojos tal cual 
salió del vientre de sn madre. 

Damos por sentado que habéis leido el Quijote y que conocéis á la 

Maritornes de Cervantes Pues quién no ha leido ese maravilloso 

libro? Suponeos que esta celebre asturiana fué hedía en un molde 
como las estatuas de bronce que adornan los palacios de los reyes ; figu- 
raos que nosotros nos apoderamos de ese molde y se lo llevamos á un 
estatuario para qne le haga algunas modificaciones. Haced de cuenta que 
el artista por recomendación nuestra le tuerce un poco la naiíz ; le forma 
bien los ojos ; le alarga dos dedos el cuello y le hace algo de cintura Wcín 
que un palmo arriba de donde lo exi^ eí arte. Ahora, imaginaos por 
uminstante que de entre ese molde síSe una mujer, no de bronce sino de 
carne y hueso, y tendréis á la querida de Chepillo con todos sus pelos y 
señales. Pero no, aun nos faltan unas buriladas para que quede acabada 
la obra. Se nos olvidaba añadir al retrato una cosa oue no ha podido 
sacar del molde, porque el supuesto de Maritornes no la tiene, á saber : 
dos hileras de dientes blancos y puntiagudos, descubiertos á medias por 
un labio grueso y remangado en tomo del cual anda una sonrisa continua. 

Hé auí, ahora sí, á la dama de nuestro héroe tal cual la forjó el Dia- 
blo y no Dios, pues no queremos hacer semejante ofensa al Ser Supremo 
atribuyéndole tan mala obra. 

Conocéis ya á los dos amantes por fuera, ¿ no es verdad ? Conoced- 
los ahora por dentro ; seguid leyendo y sabréis cual es el temple de sus 
pasiones. 

Sabed que siempre que Chepillo se presentaba en cosa de Petrarca ya 
fuera con un billete amoroso, con un recado ó un regalo de su amo, echa* 
ba a dar vueltas en torno del patio á fin de pasar y repasar por la puerta 
del cuarto de Urraca, como la mariposa al rededor de la luz, y al primer 
)ar^adeo de la señora, ran^ se entraba con la velocidad de un pájaro, en 
a pieza de la criada. Una vez frente por frente de su adorada fontibo- 
niana le hacia la corte, ó valiéndonos de la expresión del pueblo, le 
arrastraba él ala y le echaba taba. 

Yamos á colocaros en la puerta del cuarto de la moza para que 
veáis uno de esos requiebros ó retozos. 

Mirad á Urraca sentada en una vieja butaca zurciendo una media y 
á Chepillo cerca de ella en cunclillas haciendo más monerías que un 
mico. ¡Oh, qué modales t . . . . qué maneras I . . . . No le veia las manos 
en constante movimiento sobre el cuerpo de la criada, sin decirle nn ga- 
lanteo, una terneza ? Atisbad como le hala las orejas, como ae las muer- 
de suavemente. « . . Yed como se endereza, como le escurre loa dedos 
Eor las espaldas hasta la pretina y la suspende de ella; mirad qne figura 
ace la infeliz ; parece fardo colgado del garabato de upa romana. 

Clavad el ojo en la moderada Urraca y veréis como corresponde á 
las mil maravillas á su adúrado tormenta^ ... Oh I. . . . Oh I ... atisbad 
xomo le tápalos ojos con una nüfiada do tierra, y dorante la ,cegam 
te i^ijonea el cuerpo con >a aguja de que se sirve paia asurcirv 



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— 17t — 

Mirad á la brtital mujer qaé pellisco tan sobeiiaDO le ^iea]a al la4o iz- 
quierdo del bajo vientre. Escuchad el ^rito que lansa Ohepillo ;«-r-Arr6 
demonio ! dice, coli pinzas de sacar mu^as Jto es ^aciaqne me pincho^. 

Observad ahora cómo en remate de esasdtanzas soeces y brutales ha- 
cen hervir su sangre con un abrazo lleAo de amor y un halago expresivo.... 
Mirad, en fin, cómo se separa Chepillo dirigiéndole miradasTlenafi de fuego 
y cómo Urraca para los ojos, ábrela boca, saca la lengua y le hace: 

— Aha!. . *. ahal. ... aha!.;) .. 

Qué os parece echar taha t Y esto nada tiebe de e^trafio si se atien- 
de á que la masa ignorante del pueblo que airve 4e \)tase á la pirámide 
social, está fqrmada de la vil materia que s6 llama carne y carece de ese 
rór excelso y nobJe que poseen los pocos racionales que coronan la pirámi- 
de, y que se llama espíritu. Y es por eso por lo que cuando el nombrar 
rústico ó inculto busca á la mujer, no le habla ese lenguaje divino del 
amor, ni siente esas dulces emociones de tan noble pasión que ensanchan 
el alma del racional civilizado y la hacen ^olar por el azulado éter. 

He aquí la razón por qué nuestra rústica pareja no se ha dicho una 
sola palabra de amor y ha accionado mucho ; y no bay qne censurar que 
Chepillo .haya hecho tal cosa siendo inteligente, pues el talento sin culti- 
vo es como la luz encerrada entre cristales sin pulir, que penetra por 
ellos, pero ofreciéndose del lado opuesto turbia. y oscura^ 

On, qué demonios ! por meternos en dibujos nos hemos olvidado del 
asunto. Confesamos que hemos incurrido en una falta^ pues bien sabe- 
mos que el historiatdor debe narrar sencillamente los hechos siü emitir 
concepto alguno. Al. lector toca hacer apreciaciones; formar juicios y 
sacar lae deducciones que le sugiera su experiencia, su talento y su 
sabiduría. 

Ofrecemos enmendarnos^ (pero cuenta, que no lo juramos) y para 
que olvidéis nuestro error tiramos aquí una hnea, dando por concluido 
el presente capítulo. 

CAPITULO III. 

Oc eóíno Chepillo ge eonvierte en el eapitán N. . . . con el fin de engañar i Petrarca 

y al general M. .•* 

EL GENERAL M. . . . no hacia visitas diurnas á la sefíora Petrarca, 
porque la luz es una enemiga terrible de los enamorados, A favolr 
de las tinieblas y envuelto en su ancha capa enderezaba de. vez en 
cuando sus pasos hacia ese paraíso terrenal donde pasaba horas deliciosas. 

Desde que Chepillo estaba al servido del general, visitaba este á 
Petrarca «in temor porque se acompasaba de aquel hasta la. puerta de 
la casa, y allí lo dejaba de observador. 

— Este es tu puesto, le habia dicho el general al criado, atisba bien 
y sr vieres que se acerca el capitán, corre ala ventana de la sala, que es 
la del centro, y da en ella dos golpecitos. Vigila mucbp> mira que el 
hombre le hace cargo á sn esposa de haber puesto su amoii Qú mi, y por 
eso lleva siempre consigo una llave para abrir la puerta, á fín de^orpren- 
deviiOQ coqtieteando. 

Muchas poches*' habia .Chepillo guardado TignrósamojDíte aa puesto ; 
pero como nunca habia ocurrido que el capitán se presentara á. tuirbariel 
repoio^ioa 'ornantes, se puso á pensar q[uQ su VigilaúdAí^^a' estéril ; 



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— m — 

^e fta'edtaeiéneii la cotte ¿i« l&útR y iréeolvi^- porellodejaf el sithqne 
wlé babÜEi i confiado. ' ■ n^'^- : ' • í « í*- * 'A . - '- - / •♦ 

AieDüteci6 ei^ tm»^oelid'eiiiqae'«l friüiexesivq de la estación mtr- 
<»ba dieiS'gredod^^B «lnmái6tfi«tm'Céntíj^t^^ 

'•^^-<Dás|ñtftt«xblatn6^el'moioad^ tetnMando^^monn asoga^ 

do, qn^ pérustanatoyj g no ee báéna p^unplUnacJa qtie miéatrtts qoe im 
amo calienta dü^aav^-ei) el fuego del amor^ yp Ia'd€^&«};kdlar en! la brisa 
de la noche ? Vamos 1 imitemos bp- ejemplo. . j* i. ^ 

E^todiobotáedcldlizá^biomo tiná sombra m^i* el pié del maro^ llegó á 
la esqtiina de la callé 7 volteo sobre la derecha "; á pocos pasos sé detuvo, 
levantó et bra2o á la altara de nna ventanilla, y dio en ella doé golpeci- 
toftinesttrados.'ün Ínstente* después las-hoja» del agnjero se abrieron y 
poi^ entre so» ecu^Comidos'bal^ustres aparedóla cni'a de una mnjer, 

' — Qmén.llama?jMPegühtó estacón vo« muy ^«eda. 
* '' '^Qnién p«ede>aer, respondió Chepillo, sino tá idolatmdo negrito? 

-i-'Ah t . . ] . ah 1 con q«e tá eres J u. . . 

— Er miiamo en cuerpo y ánima. : > 1 

*-iiQné se te ofrítee f ; ' 

• — Quef me franquees la entrada, dijo dando diente con diente ; hace 
Tan frío d^ perros queme quiébralos hwesos. • 

— Abandonas tu puesto í ' * 
'*-Qné teitópórta? ;; •: 

;. —Y si por icasualidad llega mi amo i ^ 

— ^TendrómosjaranavypasaremoS'nn rato divertido. 
'. -^Diablo I dijo la criada y soltó: rtnacarcfajlui'á. '^ 
' :-^Pero ho tengas cuidado Urraca, que el general habrá matodadoal 
capitán á pasear á la punta de un cerro. 
• — Bien, dijo, voy á abrir la puerta, peroallá se te las haya. 

• Dicho estola voz oesá, la oara;de8apare(^d y la ventanilla «se cerró. 
AL cabo de tres minutos la puerta de la callenghr^ dulcemente 

sobre sus goznes, trazando en el pavimento una pequeña parte del semi- 
círculo que ordinariamente pr ^corfia. :Ei 019250 penetró de lado, raspán- 
dose la espalda y el vientre con la jamba y la puerta. Esta volvió á 
cerrarse y Ohepillo siguió, á su quej;ida al tr^ives de Jas tinieblas. Todo 
fué pasar el zaguán y entrar en vin ancho, corredor al fin del cuál voltea- 
ron sobre la derecha y se metieron en un Cuarto de mezquina apariencia, 
como soú todos los de los criados, aun en las casas de los opulentos. 

1 Ohepillo dié dé mano á la püertay saltó sobre las /egpaldas dé 'su 
dama con la agiliflad de un mico. Sbcbó lo cual leaaió.la:eabeza c(m 
ambas manos, se la retorció hacia a^as' y le estampó i éa . la irénte ^ü 
beso ruidoso y provoo£|tivo; N . ^ .- ./ 

• "^-^Tan atrevido 1 le dijo la moza. .*: ; . mi ^ - 

-^Qué estas diciendo ? mogigata, lexpresó Obepillo dífiéndole la gar* 
ganta con su vigorosa mano. j . ; ., i. ! :; 

-^Quieres soltarme?'!» dijo ürracai' *:í ' ^ u ; í 

' - ^— lío me dala gana. - » ■• • ■ j-;.' ■■' i ; u ^rr-r ■-. ■ < . 

♦ -^-*-Míra" que te^pe4U80oí . . - :/ • ; v- 

! r-OJalá nagas la gtnoia^ quepor/fottoaa te jtengo cogida 1 de bne- 
na-parte. ■ ■■ '^ ^'••"•: -- ^.1.. ; •.> -^1. .■ .:; ..■:■-,".» -.•*, :, . ■•, 

—Por cierto que nada me cuesta. . >' . 

oí Y dieiendo yíej6(M:#náev viflil^ «muslo 

i'Éftl'adotado;- ■ '■ >' ^-^ .'-' ^í'-. v j '-^ v.;:; ^'.r-rno'j tú¿i\A .;•;■. u'iT '* •- rv - ' 

' ' «^Goftde&adat ^flojaloi4^dw^'qae4iiBáin*aB9afi}el.ped8só,jteülam6 
Chepillo con voz chillona* 



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~Sí, vak^y le, dijo, y }a ftpr^tooQfi v^Mwncña proQürí^píq.suB^ 
derla del ctteUo^ie^ el aii^e. . ; ', ... ;«> .i ' . .,,; ...¡ . 

-^dlj^adoJ i>íüló Urraca re^oW^údoáíf^ >ie?f la fúei^fií^^^ 
8obre ei mualQ de;eu amjanjliQt / : ,',;>:' w.^o '>!• - ■ . •' ■■. «. ■'•/„., , ..'.- 

«-^Diautirel gritó el mozpf.. -,,>.; .. - ! :; ; 

— ConforjpQe ilas dap las tomap, diJA Ürrjicá riénjlpi^ej.. , ,„;, ,/ ,,\ ' 

f— Bien> voy á dejarte e^ Ubjertad ; perp ;pro¿a,ét^^ qpe iíi» t^ijoibien. 
á mí pie dejarAs, r • , '•_,;. ../,. , - . \ • ,\ , -,]. ; ; ",' , j . , ,: ■ j 
■ .. . —Telo juro.. • -■" . p *. ^ . « "., ;;/ .. ' ^. .^^/jíV- ^ ., i 

Chepillo soltó á Urraca* y Urraca á; OljeplUp, j^^^Vos^en Jft xpejo/rj 
armotóía se eeatarou eñ una eporme caja que er^ el* gu^c4¿Tj;pp^ ^é la 
criada.' . .. .'.-.. '..':■■.. •:;r ". ^-..íí-:' ..: -: i 

~ Gomo se^habrá notado^ el)irUQZ0'e@taba de,i(p,,]^ún^or eii,celqoti^*; a^í 
8iii mas ni más se pudoá eopt^rlfi^sa querida, aígupas de Ic^ .íocuraf». 
detsují^ida. '• •-. • ; •• , ■ ..'^^ " .. '' ? .. *-/ .-,* ; * \ \;/, ^ . 

Urraca ¡h tescnchaba at^eAtament^y derv^ez en cuapdo^^ reiacpp. 
tal estrépito, que.-Ghemllo la>cpdeabíi:par/Ji qme se callara, temerpbo^de' 
que iaoyeee.Ia sefípra retrárca.* ^ ' • i ,; v \ ;• 

—Dices tQs-gracias, ^rpresabala-ioriada, y Ipego quieres aue jdio m$, 
ria ; era neGes^rio ser una. do piedra^í. , . jají I. í . j^h f. ,.. jal^L . ^l¿Ay, 

f)or ean Cachirulo.! que me. rcíviento dp risfi . • . Diablo ! qu^ co's^ .t;aú s^-, 
adas y chistosas lasque dipes! í--,, ^ . ,, " / ,, 

Y volvia á las andadas soltando, un^s ^^aj^as, qu^ 1q i^nimaban. 
toda la casa y le haciati estiíemeeer- todp el cuerpo, ciia^ dfueira' de 
geltóna. . ;• . .^ ¡.. , ..' , ., ¡^ ^,..:";, ,.,;';./ 

Chepillo suspendió al fin la^- historia de su, vida y pambió de pon-:, 
versación.- ' .■ ',-•■,:,.: 

rV^Estaes la hora, dyo, en qu^losidos.amantps e^^n.wUandQá. 
palomas en el modo aearrullaiise y acaricjbarse entre sí. . . . 

. -Toalla, perillán ! . . ¿ • /aquietu .por Dios ;tu .lengua, qué; cuando la 
meneas oorta comp el ^m^ejor cuchillo, le dijo Ürraqa dándole un eu(ipu- 
jonoue lo obligó^ á.descenderd^ la p^'a aleudo. : . / 

I Esta grosera chauna Jii^o iestallari%>ri8£^ otra, vez, eu la reipang^a 

boca de Urraca.; . .. i- • > > 

El mozo, se IciTantó délisuelp^ siu pW^^ra yvolviq 4 spntarse en^' 

la caja.' . . . ,ii >- - » « , .<'•,... ^ '.'-,..''. ,:• 

--^Tecont^rój dijo «fti spguída, q\ie» hace días que me retp;2a.(Jjejpjtro 

del cuai!po:UBatentaciesD.; . ', ■ 

': : — Onáli ■,■ :/;:. . .> . .,, > ^: - ... V',/ ■ \;l . \ 

—La de contarle al capitán que mi amo le esta cortejando á la. 
ini:^er.. : -^ '»í. . , . ■/>•»•-:•.■• \ • •- <' i; ''•,/ . ; ,i 
r .—y para. iq^uÁhafe^e; captarle eso?. . , » :•; ^ > . . 

— Para que haga con ella y pl general lo; que liizo ep ]in.caso.semp- 
jaiit«ciei;tómarídPk9olé.padOjOoiiflue8ppsfr.yj5]ii:riyal*. . , , 
— Qué hizo?". h: ,..:r; -I' .; .. . .í .->^ •/ : ..'m - ,,¡.],;, ,, 
■ T-Se .bar}6 :bot)itjiment0i4e 'su jmpjer, ^en el iqomewto. en que 
ésta, iba á bUrflare» de él, y luego ¿ella y, al gajan l^s compu^ la figura. 
...' — íDd qué modo^. : .'.i. ;¿;',i .;.l *. ■ '. j.- '; m- .'• n-.v/ : '/ T .-. ■.' ., -r 
— ^Vas á saberlo, prenda mia ; pero para ello es preciso que tC; pspet^ 
todo«^ eiMntoJOCim ^tal^wi viejp (9iU9;ar/párt^$^^ero[,cp^^<q^ retenía 
afios^.detodad/llftfQado I>capi.£^eyegríi)p' Y|tr<^i^o<lRe, 9 ipenguada se 



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— I8d — 

qxie contaba apenas díeziocho nai^Idádéé. £1 viejo, el ám dé sn t)oda, eé 
creía tan felfar, qtio bailaba de contetito en tina üata, . . . no sospechaba 
el nene los dolores de cabeza qfle le daría la cníca. Sabido es qne todo 
f iéjí) qtiése casa cotí nná sirena como la cóñ qníen se casó el diché pmngo 
se expone á llevar nno de estos chascos : á ntié la nífia lo aborrezca y lo 
trate como á trasto iniítil; á qne con disimnío le ha^a trajg;ar nnajn{¿ora 
por heredarlo, si es rico, j si no lo es, por lilnrarse oe él para casarse con 
un mozo de sn gtlsto, y finalmente á cjue lo ponga de hiomho^ para entre- 
garse tras él á nna vida licenciosa y disolnta. Pnes bien, Don Peregrino 
ínó destipado, por sn cara consorte, á servir de biombo, y si se libró de 
la afrenta füó por tina viveza qne ejéctitó á tiempo. 

Dos nieses hacia qne era casado y ya la ñifla Inés, qne. así se llama- 
ba la bnená pieza, tenia sn chichisveo. Lo gracioso del cnento es q«o 
todo el mnndo era sabedor de las relaciones amorosas de la chica, menos 
el viejo Peregrino, pnes por desgracia el marido es siempre el último 
qne tiene ojos para ver las flaquezas de sn mnjcr ; pero cohh) tenia ami- 

fps qno miraban por sn honra y felicidad, no taraó en saber por nno 
e ellos la pieza qne sn adorada mitad qneria jngarle. 

Don Peregrino, al recibir tal notiéia, se enfureció sobre manera; 
pero ¿o vayas í pensar qne fné contra sn mujer, sino contra el mat ami- 
go que tan atroz calumnia le levantaba á la recatada Inesita, pues has 
de saber qne el viejo creía en la fidelidad de sn esposa con la misma fá 
que creía en la resurrección de la carne y en la vida perdurable ; pero 
muy_pronto salió de sn error, como vas á verlo. 

La mücíbacha tenia costumbre d© verseen la ventana con sn amante 
todos los días, á la hora en que sn marido dorroia la siesta. Una tarde 
que contra sn costumbre se acostó Don Peregrino én un canapé de la 
sala» sucedió qué al comenzar á dormirse lo despertó un ligero rnido 
producido con cautela en el bastidor de la ventana ; al punto abrió lo» 
ojos y vio al travez de los cristales la mano^ de un hombre. 

—Diablo ! se dijo el viejo, aquí hay gato encerrado ; debo hacerme 
el do'rmido y observar el desenlace de esta comenzada aventura. 

Dofia Inés que á la sazón estaba sentada en una poltrona cérea de 
su marido, llamo á esté en voz alta dos ó tres veces a fin do saber si 
estaba bien dormido. Como el viejo no respondió, se dirigió ella 4 la 
ventana con paso de gato, cuidando de que él no fuera á despertarse. 
Don Peregrino que la seguía con los ojos entre-cerrados, no bien ía vi6 
abrir los bastidores é incnnar el cuerpo hacia la calle, pnso el oído y 
percibió qne la bribonzuela hablaba en voz queda con un hombre* 

El vieío se puso pálido y tembloroso de coraje ; pero snpo repri- 
mir la cólera. 

— ^Tate ! exclamó, voy á hacerme el ciego y á tenderles un lazo a 
estos dos bribones. . . , La guerra está declarada ; la batalla va á empe- 
zar ; veremos quieíi alcanza la victoria. 

Al día siguiente por la mafiana salía á la calle, dio un largo pateo 
y volvió á donde su muier con los más tristes lamentos. ^ 

— ^Inés de mi alma ! le dijo, soy el hombre Más desdichado ! . . . . hoy 
hb comenzado á perder la vista y por Consiguiente mi felicidad!.... 
Todo lo veo al travez de una espesa niebla 1 Dentro de^ pocos dias no 
veré nada! 

-^Oh !' qué desgracia I ... * Pei«6 no ; confianza en Dioó q«r^ e^x^ no 
será grave, le contentó la chica llena' de contento, ungiendo o<mipa^n ; 
acaso estarái débil y será un vahidg^ ^ue té h44tráttoniado la vietB^ Voy 



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— 181 ^ 

i prepararte, yo miama un oaldito sastaisieiofio y estoy, segiurfi que al 
tDiaártelo te pasará el desvaneciraioTito. . . ^ ' . 

La mnchacha corrió á la cocina, hizo el caldo, volvió á dondq. su 
marido y se lo hizo tomar á soplo y sorbo ; pero este refrigeriouio le 
produjo ningún efecto : la c^aera continuó. 

A los ocho días el viejo estaba eu tinieblas. 

Entonces le dijo á su esposa :. i . ^ 

— ^Mi adoñida Inés, de hoy ea^adej^ante sin oíos paira ver, no seré ya 
ta Jipo JO sino una carga pesada para ti. ... ; Tenso robustas piernas, 
pero no podré andar; ten^o buenas fuersas y aere, ipáis débil que ua 
niño ; tengo corazón de soldado y seré cobarde como una mujer ; ten^ 
honra y canas,*que en todas yartes son respetadas, y seré el ludibrio, de 

mis semejantes 1 De hoy más, afiadió suspirando, no volveré á ve^ 

la luz del día ni tu alegre semblante ! . . . . Oh Dios mió ! no volver á ver^ 
querida Iné-s tu linda cara, es cosa que me despedaza el alma I 

— ^No te aflijas ni te acongojes tanto, ^ue pae partes el corazón, le 
respondió la joven, cierto es que has perdido mucho, perdiendo la luz 
de tas ojos ; pero yo calmaré tu dolor con mi amor y mis caricias. To 
no viviré sino para velar por tí; seré tu lazarillo, tu consuelo, tu nodri- 
za!.... Confía en que yo seré para ti, no una esposa sino una madro 
tierna y cariñosa. 

El marrullero viejo le dio las gracias sollozando y le rogó que le 
pusiera en la puerta de la sala una silla y una mesa y sobre esta uu 
bastón, para que le sirviera de guia cuando ouisiera pasearse en el corre- 
dor, y ademas unos cigarros y una caja de tosforos para entretenerse con 
la pipa cuando la soledad lo entristeciera y lo mortificara el hastio. 

— En' esa silla ])asaré sentado largas horas del dia, le dijo, y ya que 
estoy condenado á no ver tu bonito talle y tu carita de serafin^ al menos 
te sentiré pasar por cerca de mi y esto será un consuelo en mi aflicciout 

La muchacha ligera como una ardilla .corrió y le puso en la puerta 
de la sala la silla y la mesa y encima de esta el bastón, los tabacos y 
losíosforos. . 

Cuando todo estuvo listo, el solapado viejo se hizo sentar en la pol- 
trona. Con paciencia esperó la hora de la siesta y llegada que fué, encen- 
dió su pipa y se repantigó en su asiento. Arrojando al aire estaba grandes 
bocanadas de humo^ cuando el galán se anunció con dos golpecitos eu 
la ventana. Don Peregrino percibió los golpes y vio al mismo tiempo 
que la muchacha corrió á ésta y abrió precipitadamente los bastidores. 

— Ah malvados ! . . . , esclamó para su sayo el viejo, haced vuestro 
gasto que yo haré después el mió. Seguro estoy de que os cogeré ou 
ealle angosta. 

— ^Alegría de mi corazón ! le dijo la chica á su querido en voz que- 
da para que su marido no pudiera oiría, te doy los parabienes y espero 
que tá me los des á mí. 

— ^Por qué ? le preguntó el chichisveo. 

— ^Porque el viejo de mí marido se ha vuelto ciego. 

— ÍDe veras?. . . Me dices eso por darme un alegrón. 

— ^No, no, no es mentira. £1 pobre diablo está á buenas noches 

Bendito sea Dios! 

— ¡ Ah, entonces somos felicesL.. Tu ^stás desenci^enada del 
VÍ6J0 y yo encadenado á ti por toda mi. vida, , 

En esta sabrosa plática estaban cuando el ciego llamó á Doña Inés. 
La jóvsen enderezó sus upases hacia el sitio donde estaba su marido y leur 
lamente pasó por delante de él y salió al corredor. 



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•-iQói^de^etabas? Inesita, le^ppéganto el viejo dMmnlaiidty'lo que 

-A-íEii'lftícocifíá preparándote utt refrigerio. ; . . No te tiente» too 
debilidad? amor mió! ^ ^'' •'''- . ;• . . . . . j»- - . ,< 

—Si tal, si tal ... . V^; qtiérfda,' que ésto pronto eso. 

. — Ahora mismo debe traértelo la -cfríada.' ^ j 
"' l;ámuéhá(fettólvi6 ala Ventaiíaí pian pían, . -v . - 

• ¡ -i-Eptíft^! i'.i . étótfá ! . . ; ¿ le-drjtí á irti'at|ia!rte>;p«ro pwa cw cnidi- 
db^'deiWódo difé-lío tc^ftientatióiimarMb; ' • - i 

•' El niañéélíp entr6^pyr*él ^«agiianiiitiy pasito^y^ después en puntillas 
por delante del Viejo, aligerando el caerpo.lo iná^ «^ueipncb, y se«iiit6 
en'nn caíiapé j arito dé' lá nioza y le eehó dn b^rati por eljmúü^^ 
'^' ^ Don'Pérepfríüó los miró de soslayó é hizo nne*faeí5So¡ poderoso para 
reprimir la' i^áMa ^ne lo Ifevantálba tan alto; • ^ ^'^ ' i . < -. 

; u-Por Vida dét^emonio ! exeltoió' Urraca- int^tt-niDpiendoá Chepi- 
Hq, se coníoce que el babás-^frias üo^tenia eangré ¡en las^vcaas y yoí . . .. 
yóenelmiémo^ casó;, i'.' Jesutíl. . .. me habría lanado sobre ethora- 
Dre y la miijei* como nna loba irritada y' los habría* d«sfpeda2ado^coiv las 
Viñas y los* dientes^! i * /' - . ■ , ,- . 

— Eres muy celosa ? le preguntó el mozo. 

-^-Qtiiéníi... VO? VivelMoBquefeí losoy ! * : i 

I' •, — Pett> tío efiítés creyendo que el viejo era un babieca^; escúcfiay 
verás la pie¿á que leS'jngó á sú esposa y su competidor. 

' Después de haber abrazado el mozo á la muchacha Je oogi^ nna 
mano y le dio ^nélla un' sonoro beso. Al ver el Viejo la caricia del ga- 
lab, diq un brinco ^n snasiento y se lánz6 fuera de él como si lo.hubiera 
mordido una vívora. En seguida oo^gió la mesa y dándole- media vaelta 
la atravesó en la jMierta á ñn de impedir la salida de los dos amantes. 

— i Qué soho por ahí corno el chasquido de un látigo i dijo con re^ 
íeréncia al ruido del beso,- miéntradí que obstroia la puerta; . > ^ >^ 

—Fué que^ae chupé una muela quetne está doliendo, respoiklió la 
sagaíf m'ó'chachá. / .^ • .. * 

•^Ah ! . ; . . póbreicita ! exclamó el viejo con temblorosa nroz, 'cecea- 
do el bastón á dos manos y lanzándose con la agilidad de un nifio sobre 
el par.'de píllastrones. 

—Miserables! íes dijo, descargándoles tanfaertes^garrotazoscontal 
destreza y precipita.cióil que los zurrados üo sabían como escapar los golpes. 

Al llegar aquí CjbiepiUo en su cuento; Urraca se pnso a reir con una 
gana íJigna de los chistes de Que vedo.- . . •: , . 

— Bravo!. ... bravo!.... gritó palmeteando con entttsiasmo,... 
cómo iné ^nsta que el viejo se s&caiía el clavo 1 

Ghepillo continuó : '■' ' « ■■ ' , • ' ' - 

— Al cabo de las cansadas, y cuando Don Peregrino se sentía fatiga* 
do de cascarles, el mancebo advirtió que podia escaparse pc^r debajo de 
la mesa, y por aU se fué tan-aprisa cottí<^«u.estiropetw^erpo8elo 
permitió. \ : ' .; ,\ . .7 

■ La mácbácha toda desj^efládá t inolida se ' votó i loa pies dé su 
marido implorando compasión, lo cual dio lugar al siguiente. diálogo: 

-^Fér^piéaad,ledSjioéíla, no m^ finales. í . .•:., 

—Corno! que no te' mate í Pttfedeihabér perdoü paira tan grave . 
ofensaíf ■■' ' j ' ^^ '>■■' . .-:-<;: - , r.' :*[ . ^ ,.:■- '.. -v 

-*-Oh !' señor! éoiifiésb iq«e so^f» «ña malm^a'l y tambieiiifiniá in- 
grata ! . •'•' ' '•' ■> w ^~'!'-' ''; . *•' :í:' ■■ ... - . -i' 



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— 183 — 

- . ^'Ee- |íroiiíé^o qiié eq>le^60€e$ÍYa seré BMneroobaffieLí ' 'f^í''> • - -; ','1 * 

— No, no quiero» serjmarido trayaroni diaiDáib . jI o^ 'v ^ ; . uí ^ 

— Vas á dar el escándalo de pedir dÍTOBsioí. : • ') • j ' 
í: r^JSo «)3rteit0Ímpleí^eibu¿Qam6Dte ifiíiBh alo piéota psra que el 
péjblioo sé ria útí mí. Mira!,- iqiniero* tamnaigir ; so :te mofco^ |i^o bajo «na 
«oía condición. 

' >^í3aátk . * V díla j Ijabla rj^ar Dios, que' estoy pronta á, hacer lo que 
me exijas. ■ j)\ ''. > ¡.'«w ■ '••''■<' .<. . -, .ij'í .^ * -t •' > 

v^ámn^be^qíte te entrurástá irntnenasifeerio^por toda<t^> l^da. 

— Lo juro por Dios Nuestro SelSor.. ' ' '■ ^ { ^'-'' ' '^■ 

Sin más íüWídb^ Don Peregrino eogi6 é la: muchoélia' de tina mano 
yla llevó á uu convento de monjas de la ciudad, donde ¿Ha cón6igiri6 á 
loerzade rQego&;qtté le. dieran asilo; Según lá tradición' mui^ié en él 
maldáde&d0;la.*negráisuerte'4uela babija eopadebádo^oon^un víi^ú tñXró, 
jorobado^ ennegrecido por los afios y. lleno* de canas, dé arrufas," de ca- 
pñdao&Y de; acbaquesi;^ y ^e asegura qW el anciano ababo sus-dias 
dando al Diablo ia ñora fatal en <|oe ^^oncibióel peiísamiento de castaf s^ 
con ana m^iebaefaa bella/füesba, vivaracha y ^yeleidosá. ' - ' ' 

Dime ahora, qué te pareceel cuénloí 

— Bonitoy dijó. Prraca, TÍéndose con' toda su alma. 

n-Ohl si el capitán quisiecái hacer sel papel de Don^ íer^griáo 
Varofij' , v.-'^ . ■- ' •;'•.' - . •'v •» - /i .(-,, ' .. ■ > ^ '' ■ " • 

• *-l-Na lo quiera Dios. Mira Ohepillo^ue cuidado con la lengua. 

.-?*Blen, ya que tá no quieres, nú ie: diré nada al capitán. . 

-** Haces lo que debes, que en boea cerrada no entra mosca. * - 

—Mira que no eches en. olvido el.cu»ttto. Quiera Dios que el cono- 
cimiento de él te > sirva para qoei no vayas^iá hacer la calaverada de. 
casarte con un viejo. . • < - • .^ y - 

— lío tengas cuidado por eso <j)ue no estoy apuesta á que tal" cosa 
me siteeda. .1^ recheirdo jque^mi bisabuela decisc qiie la muchacha que 
«e'ca^ha con ün viejo,- pndiendó casarse con útí: mozo de su clase, era 
porqne léniaialgináa falta.oeulta itiuy gfande, "^e bsas <|ue los jóvenes 
no callan ni sufren con paciencia y con las cuales los viejos se confor- 
man ; y como yo, á Dios gracias, no soy mal mirada de los buenos mozos 
ni tengo de esas lesiones, nq cor;*o peligro d/d caer en las garras de nin- 
gún anciano. ' * ' • i / 

Hubo un rato de sflencio al cabo del cual Chepillo se puso en pié, 
emfte^> í pp$[a«i^.áJo l^rgQ.. d€|}:j^ftW!fe|i mai&ii£ida gravedad yiá hablar 
consigo mismo. * ^ ..... ,;)^„. íf,j ; 

—Carruchas! exclamó él ama dé llaves, no hay más que ver, es mi 
amo en persona. . .. Dé dónde diablos te salen tantos . cnistes v gra- 
cias ?.; ... jáfet J. .^ •• jah 1 .... ^kh !' Af l: ;l>. éiátíto'feohao'si'fuér^ II mi 
pérseme la cabeza, me hace : tu .*::: .- tu^.-. .• . turñ*. . V . thttí'! J : . . ' T es d* 
esíaewjO'qn^ hago 'para' reír me;' ''^ ^ v-n/f. • ;. j 

•; jObépiUiOi contüniió iíemed¿hdí6 ál ^ápittó y Ja moza' áRíj :- • ' 

—Si á la toraefttaí estuViera rttí s^Oíía piréíidida al ojo de la chapa', 
estoy ¡segura de qti¿ Jt€Wdria celós^dé^iak j -'^ áidftamóí bieny diría'; tni ma- 



= .i-HSabes una cosaíí le dljoiChé^Htó detí*iéíídd«is ftfente'á ITrAcá^dfe 
— Cuál ? mi chino. 



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— 184 ~ 

— Qne está briDetndo dentro de mi el ftAtojo de hacedee tina bnens 
vaya al caballero y ia «efiora. Tú no qnieree que el capitán lea mida Isa 
costillas ; pero to aé dé divertirme xm rato con ellos. 

— ^Y cómo? cachircúo de mivida. 

f-^Kada máá fácSL Ye al cnarto de tn amo y ine traes una capa, 
\ma cachacbflr y nna espada, me visto de militar y ya verás el susto ^ 
les meto. * 

— Y deápnes I exclamó la criada juntando por sus extremidades los 
dedos mayor y pulgar y sacudiendo el índice sobre ellos. 

-»J^<> importa, d\[oiCliepillo encogiéndose de hombros, me soplará 
el general unos palos y esto será todo. 

— Si tus costillas están dispuestas á recibir, mis apiernas están listas 
para ir á traer lo que me pides. 

—Zumba I . , . . zumba!. ... le dijo el mozo, resbalando la yema del 
dedo pulgar sobre la del inayor produciendo un sonido de castañeta. 

La moza salió precipitadamente. 

Cinco minutos después volvió con la capa, la cachucha y la espada. 
Chepillo se cifió esta ala cintura de modo que le arrastrara una parte 
de ella ; se cobijó la capa y envolviósela iuusta los q|os ; calóse la ca- 
chucha hasta las ceias, v le dijo á Urraca : 

— He, muchacha í neme aqui convertido en capitán de infantería ; 
en marido de la sefiora Petrarca ; en daeño de casa, en fin ... . Yamos, 
toma adelante que yo te seguiré á corta distancia, y cuando llegues á la 
puerta de la sala diles á los muy amables palomos : — ^Mi amo, aquí viene 
mi amo, por Dios I . . . • En ese instante me presento, Uamo á Petrarca, 
te Hamo á tí y á las demás criadas de la casa, grito, maldigo, pateo el 
suelo como lo acostumbra el capitán y ya verás que carrera la de nues- 
tros amos] ya verás como huyen cual ratones espantados por el gato. 

— Diantre ! dijo Urraca riéndose á boca llena. 

—Calla demonio ! que lo echas todo á pesder. 

— Haber cómo no ; tú sabrás lo que haces, dijo la moza tomando el 
camino qne le sefialaba Cbepillo, no sin clavarse las uñas en el pecho 
para disipar la alegría que Ja )iacia reir, con el dolor que debia ha- 
cerla llorar. 



CAPITULO IV. 

Donde le cnenttn tnenoi tan graeioifi qne karin famosa la presente historia fnera A 

la patria del antor. 

LA CRIADA entró de rondón en la sala y dijo con yo^ sufocada. 
— Ahí viene mi amo ! .... ya entra .... , 

Los amantes so miraron con espanto ; se levantaron precipitada- 
mente del asiento ; se consultaron con un jesto ^ cauxino que debieran 
tomar y vacilaron como si creyeran que estaban perdidos. 

— urraca ! . . . • Teresa I Jer vacia I . . • . una luz, con mil demo- 
nios, aue no vep, por dcmde voy, gritó el supuesto capitán, y abanzó 
hacia la puerta de la sala. 

Los amantes al oir, aquella vpz tan conocida ; al percibir el rumor 
d^ los pasos y el ruido que producíala espada arra9trada sobre el pavi- 
mento, huyeron con la velocidad del relámpago. Como la sala tenia dos 



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— 185 — 

alcobasy el general aq m^ió enlá de la kqniexdcp qne 0rik' lá piez» 
más iomediáta donde él podi $ ocnltárse. Así eontó entró en dicha esin»^ 
ciadierráinó en torno de sí, una mimda escndrifiadora, á fai^or dé nná 
luz que allí había, y como no encontrara modo de escaparse de la vista 
del capitán, se zampó debajo de.nnacam^ j pris*» por delante de su 
<stterpo uña petaca llena de botines viejos qne alguna imagen dé su de- 
«;(W¿(W, le deparó. 

La sefiora Petrarca se dirigió á la alcoba de la derecha y se escapo 
por una puerta que daba al corredor. Ohepiílo entró en la sala dáádose 
el tono de un hombre que tiwe mujer á quien gobernar y criadas á 
quien regañar. 

— (Jrraca! ^itó el mozo con imperiosa voz. 

Como la cnada no le respondió, porque estaba hablando con su ama, 
volvió á llamarla pasado un momento. 

—Mi amo! .... contestó ürraqa a este segundo llamamiento, corrien- 
do á donde estaba Chepillo y haciendo esfuerzos supremos para no soltar 
la risa que le asomaba por las extremidades de la boca, por los soplados 
carrillos y los ojos. 

— ^Dónde está tu sellora ? le preguntó el tuno. 

— ^Desde muy temprano se fué a donde su mamá, y al irse me dijo 
que como su merced no vendría esta noche, se quedaba á dormir allá. 

— Donde cuál mamá, la de ella ó la mia ? 

Urraca no pudo contener la risa ; dejó reventar la jareta y se le 
escapó un torrente que si como fué de ruido hubiera ^siuo de agua, se 
^nega toda la casa. 

r— De qué te ríes? simplona, le dijo el mozo. 

—De nada, ^efíor, contestó la criada, sin dejar de reiilBe. 

— ^Vuelvo á preguntarte j dónde está tu sefiora ? • 
i —Donde la señora suegra de su merced. 

— Bien estamos ! dijo el truhán haciendo el .papel admirablemente* 

En esto se le acercó Urraca á Ohepiílo y le dijo al oido que sabia 
que el general sé habia ocultado en ía alcoba de la izquierda, y que 
bien podían divertirse á sus anchas con él, pues era verdad que su ama 
se habla marchado y que al partir le iiabia rogado que le dijera *á sn 
marido que desde muy temprano se habia ido a la casa de su madre, á 
pasar la noche en ella. 

ínterin esto le deda la criada al mozo, el infeliz goneral temblaba 
de piésá cabezJEi al pensar que aquella noche seria la ultinria de su vida. 
Y en honor dQ la verdad, diremos de paso, que el militar amaba la vida 
más que otro ninguno y si habia llegado al punto más encumbrado de la 
milicia, por cierto que no liabia sido por el camino del heroísmo sino 
por el de la adulación y la bajeza. Es pública voz que el general 
M..«. bahía alcanzado las charreteras en la antecámara de Palacio y 
no en el campo de batalla, porque le había parecido mejor pedir de ro* 
dillas con ua incensario en la n^ano, que pelear como un léoií. 

Hemos dicho que el general temolaba de susto y por malos dé sus 
pecados se le vino un estornudo que salió al aire niiuy finito á causa del 
esfuerzo que hizo pana reprímirio y contenerlo. 

«^Qué diablo de ruido es ese?. . i . Gomo que hay gente en la alco- 
ba ? preguntó Ohepiílo, imitando por puesto la voz del capitán. 

jSl desventurado general sintió correr por tédo su cuerpo el hielo 
de la muerte. ^ » 

-^2fo8^<tf y contestó la criada, es él gato que estorntida por ahí. 



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.: V HOo» íQueiea oligato^ faé ? : . ..^ ¥!a me laía»pBgarái€l/atrevida; yo le 
luuré Ver [que .e<i Qoa falí» .entiterso^ Bia vni^ perui jsD. á bii ftlcQbá v , '. i Tojr 
«b:«i0c«»^i^tfa'l(>;pamBiem:]í»r6,^ ensartándolo ^eiir la panta^de mi tÍ20Bi. 
EMo /dUoi#ndp:0eb6 á aeaeiiTamáríla espada.i ' y ,*,,. j f[ .;¡ 
. r-rlofeliz de ,m¿I exclftzoajpara 8«b a^ntro8>«^'iBÍ8ffl*a'»BcoBdido, 
sititienda destilar de su fresit^ mi sudor eo^ioboyj £rkr;'i8oiiJÍndii^etas' 
á mí ; no hay dada de que el capitán me vió entrar. . .'. Qhl siy ¿om- 
breperdido.; ' " . ' ' • - - 'i' a -! j-w- - . ■■?•■ /:;.-■■•' 

-V Pasan' :poría mente d€llígen^aieéta8:triste8.idéas.ca«^acto^^q«l^ 
CbepiUo.se eptra.^n la aJtcobá^ Bei^eacorya^ceiro^ detd'aeamay emjHém 
á tirar á diestro y siniestro las más fariosas estocadas. EL atacado pCHi^ 
de trinchera la petaca, se reco^ /ttiastellasbasta volréi^e un ovillo, y 
lleno de sobi^illiltQisie&teqne lo pupt^ kie la espada sé estrella repetidas 
veces contra la barricada. Así enco^idQiocoQtiene'larqspiraoioDi^ comosi 

esto < Cuera i\^preserH^atÍYo costra JáSipnfbaladas. ' 

: . .Cuando el mfm> cesare tirar featóoadas el militaírrréspira. ' 
^ ...'A&í cotno el general se perfiíltadiódequé noibabiaeido descubierto 
del capitán y que por tanto no se dirigian á él los tiros- ^«olainó : = » 
— Hase visto brutalidad igual?.....;, ^k quién se le oeuTre; matar un 
gl^to á etoc^das ? El^^pitanestáibomacho, nomeíoüedaduda. 

. — Urraca ! dijo la voz del oa|>Uan' saliendo de la boca de Ohepillo. 
— Mi amo ! respondió :1a socarrona firigienxio seriedad. - 
— ^iDon^^ e^án mis pistolas ?:pregutit6.deBcillíán)doqe la espada* 
— ^fen la alaecBa del aposento ae la dereeha, sefíor; 
— Sácalas. r .: 

La criada se dirigió alar alacetía y jObepilló le eigiiió los, pateos, que 
no fueron perdido^ puesto qujeideiBeabríoun'barrilito-deipólvora-dela 
más á propósito paramuna broma de ifaacéa mayor; .«, . . 

El mozo cogió en una taono elipoivorin yen la otra lab (pistolas, y 
alvolveí::4ia saJaileliijoíá.IIrraeaí:. 'i. i ' . .. ^ 

— 4.Íonl^ hora dé ir á dormir: ■ k ' ' j. < • «¡ ' 

, . X^a. moza sfilió de la sala; peoro se. entró en la aleoba por ¿donde 
Petrarca ee hábia escapado. , ^ ; • : . ; ; 

- CybepiUo ^ceríó ambas puertas ¡y ¡dióidosTiiDeltaaá la llave de ca- 

dauna^. •'^. . 'w ,. ! ■ j ^. '' t^.-: . .: ''7 : .: / -.', i^ ím / 

— Maldición ! . . . . aulló en este instante c;on vigorosa v.oE^»dándo8e 
nnQipaJmadaí^ la frente. Un x»oménto de^Miei agregó : > . 

--tEI DeiflOtnioiiíie'condjafeiria.á'esa'iíifernaloasa de ¡jne^ow . . . Ah f 
yprme de un JA^ía^te á otro smnido^n elfangodfeia'miaekna^ aiá pan 
j sMi hogar^iw-.íOhJesto.esilíotrróJrQ^LJ;.... / ^..i Ir i- m 

I. Dijo y id^'ó cfaersíjoabe^y cualsí eatuviferaiabatida^entre aas toa- 
n(3>p,icpal:§i ^^víeran teiadÍ!blorip[sas, í: v .i i- :. :> n. -..• i ' 

, :J9<)la».^.,i*..penfló'elae^l^^al notando; q!tte<ld vólíria el/alma ál cuer» 
po, Qual(}ebfói4e sentir Lég^uQ que le volvía laívidaí; jebo tenemoslthé! 
I Con que en Iwgap de; cumplir Ja lafgajjr.erauaiíazosa coawfliooDuqfle Je*eñ- 
car^Hé,.s0 ¡ha puerto á jug$triy:lia; perdidoL . .í; razomtháy paará?qtie 
híCr*Al^a4o b0cAo,V»:tigue.: • . < I ;; ; «kv :■/.: ..jl / . - > . ♦ 

Chepillo salió de su Mugido .é;ctasisy íurrojaip^;nD^ maMicipn y. des- 
cargapdoi sobrÁ^^^Q»/ mesaron, terrible golpe^ quisliízío dlbtrétíiéc^ al ge- 
neral comoja fjpja de^uu átbol síWfudi^poir.élic^fih), - ;'w ój n j . ; \ ;- 
, -TÍío.es^pi(^ible^bbrevÍMÍpáil¡aina8adéspaoia^^^^ tenoj.pero 
por fortuna no me falta valor para quitarme la vida. . >> i .. ».. id / 

X %p^fi6lfftP<to:la,n>pypr. £rtalá*(^níla)S(tíié^^ 
pólvora y sin bala una de las pistolas. 



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— 187 — » 

,1:, r-rBjaVld] á^c^t^gfip^rj^^ .al}á;paí^.ft9 «^CQ(5D,¡Bj;Ípterin qqe gsta. 
{Mia^R)t8i)irá á Btiíclda^^.^at^ brutpi. , ,..iNro faltaba U|ás para mi com* 
pJota^Dma- .i»;. Bio&jwiipl; .., , j^i tal Jbapp, diráu matianíi que yo 8oy¡,el 
asesino, y en seguida me fusilarán I. ... Oh ! que trance tan, dc^esper^ 
úqÜp.í r.. 6Í;6£ilgt> 4e.#qv)i>.9iQ,ipatí^ e^te fiTripso.; si me quedo mé atri- 
buyen su muerte y me ajustician en la pl^za -mflyor, , , ' 
Xn^.üilitfiioadOfpor.ftqaidQ^i B^ly^dora^e l^enó de, j^gri^ y dijo 

para sí:, ¡^ . .. : ,,- ... : .-: [,,-. ., ^ , .^r.rr. - . ■ ..':•- 

— ^Ah 1 . . . . puedo favorecerme ; nadie sabe que,;e8tpy aquí, á no. 
set/ Petrarca,; y á ellí^J© conviene callar,; Ilrrac^ y J^s dornas criadas 
del^en^e 08tapdt^,«iiendo;,^o,t«yjnáa qqe.liac^r, dijq,;8mo que así cie- 
rno sé levante el capitán la tapa de los sesos, abro la puerta y me sa1g(^ 
díf 1^ ícaBa por <íualquÍQr partp* , . , ,^ ., ^ ; , 

Luego que Cliepillo tuvo cargada la pistola expresó; , ^ 

-r^Ant^ todori^S/ necesario, pix)bftr la.íuer^a ^^ ia.polvor^, pq^s si dá 
la desgracia ¡d.e que meiiieí:aíy no.me.n^t^, quedó en peor situaciQ^i. 
Perp, ¿ dónde :,0íisíyíri>?....j.^i dirijo l^i.bála sobre la pared, mafian^, 

cuandQjdesqubfíuSt la'sehal, dir^i^.que m^ hice dp3 t¡iros y que en el pri- 
fl^ftro' ítie /tejmfcl^ eV pulso,, puesto que dejé^e^traviar la bala^ y no'e» 
bueno dejar sentada la fama de cobarde. . . ... ' : . 

, :i Ea seguida, cQttip ^ reJlexipnaraun mopaento, exclapió : 
. ,:-r Ah ! . . ,„ sí, sí^ lii;iguii blanco. me}or^^. . . levantaré el^cplcochon 
y ^Wí^aró sobre ia.t^bia 4^ la cuja* 

El general, al oir semejante pénsamieuto, se estr^eció de miedo é 
instintivamente lleyórla mano á la tabl^ que, se ex,t^ndia sobre su cuer- 
po^ ^mo para cercipíarse.dp su ^espesor^y resistencia- 
Pecador de mí! exclamó de dientes para adentro, si este loco hace, 
lo ^ue dice, m^ asesina infaliblemente. ^ . 

El espanto que se apoderó del infeliz fué t^p. grande, qi^e sintió que 
se le erizaban los cabellos y se le movian 0oi^p sí fueran serpientes. Sus 
qjps dQ8mesurlS|(í^me9t^ abiertos cxpy^abap la angustia de su alma, y 
«18 mandíbulas y xiodillas feejmblorosas indicaban su excesiva cobardía».; 

Chepillo alzó el colchón como lo había dicho y brincó encinta de 
Ifi, cuia- El gftOejpalqíiisp.bablaí? para entregarse, pero su laringe entor- 
pecida poor pl miedo, ;po pudo articular ningún ac^ento. , La víctima, al 
eentir: jibre.sí al vpjrdugo que sedisponiji é- quitarle la vida, se reco- 
gió en forma de ovillo, cpfmo úítii;ao rpwrsp^ epiel centro del circuito 
qiiaoeap|ftba:la cuja y sq cubrió, la, «cabpza <^on ambos brazos.. ;. i 

Cb^pijlo, aue eomprew^ió por. loa mpvimientos de su.^no que éste 
se había xecogido:en el cput^p, .dijo>amartillaudo el arma : 
„ -r-De^capgi^ré, Ja pistpla en la mit^d def la cuja. ' . , 

El general, al oír tales palabras, y ^1 jbiíaquido de la ^fpartilladur/i, 
perro Ipi^ ojoiajT apíptó Ip^ dípntps. El priadp. se detuvo un m^omento go- 
Eáadose y eompl^Mjiéndosp^'ppi^.l^.apgastijí^ que se imaginaba tend^jU su- 
aínovylupgp disparó ¿^Irarrpa. , . / ..... ,. ., 

La detonación de la pistola fué á encontrar eco en el abatjdp opra- 
zjpljídel ,militar,t;qmen. pp<pgió .el alientp :á, 4p de i^otar , si le f^U^bft I cer- 
cioirftr^ de si esj;ál)a ó uóhpridp eu mala p§irte< . - . , , . 

•T^Pe?feetaii9Pu.tp, dijo Chepillo, sal.tandP'U.caíiw ftl suelo, la pól- 
vora es excelente. , fí-,,, :>>.'.:■ ■■ :, ..-;v* : ..■■..*.'', ^' .. ■'.:'.< 

— Ah'I.flp mq olvidaba, unaí prpj5aueípn,t ¿3^esó casi pn seguida, 
como $i el Diabío le apuntiwa lo que pasaba eu el :alma del general. ^*,. 
Heeido.im to?pp. . .^ ¿íía.híi,pp4ido pr'^^Qtarpe. ^Petrarca ó pualquiera 



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' -- 188 ~ 

otra persona y obligartne á abrir la puerta y desbaratar asi mi pi%ectu ? 
Pues para qae tal cosa no suceda, para que nadie pueda importciname 
á deshora, no tengo que hacer «ino es qnitar'las llaves 'y arrojaríais ¿ la 
calle por la ventana. • 

Dicho esto, arrancó la llave de cada cernidura, abrió la ventana y 
fingió que las arrojaba á la callé. 

Una densa nube oscureció la frente del militar al dir lo que dijo el 
supuesto capitán y al percibir el ruido que hizo cada llave al despren^ 
derse de la cha))a. ' 

— ^He escapado inilagrosamente de ser asesinado, se dijo el infeliz 
sin abrir los labios; pero no me libraré de ser fusilado en la plaza 
de BoKvar. 

Chepillo se puso á cargar la pistola que habia disparado, y de súbito 
la arrojó lejos de sí y dijo : . 

. —No, no debo suicidarme simplimente .... Mafiana vendrían los 
tramposos que esta noche me ganaron toda mi fortuna, ó mejor que me 
la robaron, y echarían de esta casa, para entrar en posesión de ella, á mi 
querida esposa, á mi idolatrada Petrarca.^. . . Yo les impediré llevar á 

cabo su crinien Yo haré que esos monstruos no 6e aprovechen del 

fruto de mi trabajo I . . . . 

Dijo y se lanzó al aposento de la derecha donde se esttivo un rato 
conversando con Urraca, quien se tapaba la boca para no reirse. En se- 
guida sacó de la alacena el barril de pólvora de que hemos hablado^ é 
hizo que la moza le diera unas hebras de hilo. 

Intertanto el general se devanaba los sesoeí pensando en lo que el 
marido de su querida iría á hacer ; pero su inteligencia comprimiaa por 
el miedo, nada le iluminó. 

— ^Tantas retinencias para suicidarse, me hacen creer que lo tiene 
miedo á la muerte, se dijo. 

Este raciocihio lo llenó^ de consuelo. 

Al cabo de un momento volvió Chepillo con el barrilito, entró en 
la alcoba donde estaba el general y lo coloco junto de la f)etaca, de que 
hemos hecho mención. 

El general vio el barril y se extremeció, pues se imaginó de qué era. 

—Esta es una idea grande, dijo el mozo, voy á morir como Rioaübtb 
en San Mmteoy destruyendo todo cuanto pueda llevarse mi enemigo y 
dejando uri nombre gravado en el corazón de los valientes. 

— ^Dios de Israel! exclamó el general, en el colmo de la desespera- 
ción Si antes me salvó la Providencia Divina del balazo, ahora no 

me salvará de la explosión aunque es infinito su poder ; debo conside- 
rarme como un hombre próximo á morir. ... Oh í maldita sea la hora 
en que el Demonio me condujo á esta caéiá í 

Guando estas palabras pronunciaba allá para sus adebtros, sentía el 
atribulado, como que se le salia el alma lentamente por todos los poros; 
pero no era sino oue de pies á cabeza le brotaba un sudor glacial que le 
atrancaba el mieao. , 

En tal conflicto le pidió á Dios de todo corazón que le perdonara 
sus pecados ; que le borrara sobre todo de la memoria, en aquella hora 
suprema, el nombre de Petrarca, que tanto tormento le causaba y que 
le abriera á su alma las puertas de la bienaventuranza.' 

—Oh Dios mió! decía el desdichado general, yo he sido malo para 
con vos, lo confieso ; poro me he conducido bastan tei bieii con mi próji- 
mo, pues no me acusa mi conciencia haber disparado un arma contra 



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— 189 — 

nadie^ m manchado mi espada obn la sangre de nno salo de mis femé* 
jantes. . . . Qhl sefior, recibid laagotiía de mi mherte como la expiación 
de mis culpas 1. ...' 

Mientras qne el general hacia estas sentidas plegarias, ChepiDo £»' 
hricaba de las hebras de hilo qne le liabia dado Urraca j d^ la pólvora 
del polTorin, una ^nesa 7 Wrga mecha. Condoida, la aseguró de una 
punta al barril y aijo : 

— ^Vamos ! . . • . valor! se acerca el momento de.. volar á las altas 
regiones del cielo, y de bajar al infierno á darle un abrazo á Lucifer. 

Estas palabras cayeron, cual gotas de nieve derretida, sobro el cora-' 
zón del militar. 

Chepillo se aproximó á la vela, encendió un cigarro, prendió foego 
con él á la mecha y se acostó en la cama a fumar con la mayor tran- 
quilidad. 

Oh! qué tormento para el afligido general I El infeliz sentia des- 
tilar su vida gota á gota, como debió acontecerle^ á los mártires de la 
inquisición. Si su cuerpo hubiera estado tendido en nna cama erizada 
de agudas puntas de hierro4 y si al mismo timpo los punzantes colmillos 
de un mastin le hnbiran estado mascando las entraflas, no habría experi- 
mentado tan crueles dolores como los qne lo atormentaban en aquella 
hora suprema. Su pensamiento fijo en la explosión que debia estallar 
de un momento á otro y Iiacerlo volar en alas de la llama á las éncura- 
brada3 regiones del firmamento, le torturaba el alma. Cada chisporroteo 
de la mecha le erizaba los cabello? y le helaba la sangre. Su agonía era 
lenta y cruel óomo la del malhechor á quien sus maldades llevan á la 
horca, que con el corazón oprimido, siente que se templa la cuerda qne 
lo snspende, sin que se reviente . ni 16 extrangule^ y que en el delirio 
producido por el vértigo de la muerte, vislumbra sobre su cabeza al juez 
que ha de juzgarlo, armado de la espada de la justicia, y debajo de sus 
pies el iu^mo con todos sus horrores. 

Impulsado al fin el general por la angustia que lo t(Miiuraba é inci-^ 
tado por él instinto de la conservación, resolvió extender el brazo hacia 
el barril y apagar eLfuego que lo amenazaba de muerte ; pero no tuvo 
fuerzas para ejecutar semejante acción; el hombre estaba moribundo, 
agonizante; cualquiera qne lo hubiera visto habría dicho qne iba á 
eeipirar. 

De súbito chisporroteó la mecha y se apago. Su último reflejo ilu- 
minó la frente del general con dos rayos: uno -oe luz j otro de ^peranza. 

CbepUlo imitando siempre la voz^ del capitán, dio un rugiao como 
de rabia y se lanzo fuera de la cama exclamando : 

— Dios no quiere que me suicide ; pero el Demonio arma mi bra^ 
zo <K>ntra mi existencia ; veremos quien tiene más poder .... 

Después de nn momento afiadió : 

^— Con uma-m^cha de algodón se abreviará mi término .... Pero en 
dónde hallarlo para hacerla? 

— Ah ! si, si, Urraca tiene algodón, ella me dará el que necesite^ 
Voy á su cuarto. • . , 

— Bendito seáis Dios mió ! que por segunda verme habéis sálv^o^ 
dijo el g^^ial. . . • Ahora no me quedaré aqaí un minuto más ; mé sal- 
dré tras el capitán, suceda lo que suceda. 

.Cbepülo se aproximó:^ la puerta:y*ru(i^ó eomo un león. 

— ^Voto al Diablo ! dijo, con qué llave he de abrir sila de e^pnes'ta 
la arrojé á la isalle, 7 también la de lá qhe da salida por la' alcoba f 



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— 190 — 

El paje fin^ép entonces iiirancarse loa cabeliótrcoÍBo Be . Iob \artancfl 
de yeviis en anianeeioríticb el que &&peif(fidoitoda''B^i*aiá2a. 

—Qué haréf dijo dándp una patada en el pavimento w^;. * Ahí no 
hay sino n]k)Pir>8Kbiei;ido-:el momento. Bel]iO'preqder direcUoñérite la 
pólvora con el cigacro, y. .w. adiofll^, .i • >; ' 

íi Al oir el general e&tis palabras <tí& delánteideiBÍ álainmágen de k 
mnerte amenazadora y sombría, como á la luz de:un reláiñpago la ve el 
viajero que caóirna á oscuras por entre pTeoi|!>iciór, o sea!por uno de los 
camino8.de Colombia en* nná> noche sin' Ibnat ' i - • 

— Pero nos'volrió y dijo el; mozo, ínfirire menos ígnoi'aqdo el ins- 
tante en que alce el vuelo ; es preferible la mecha de algodoniy para salir 
no tengo que haeer otra ooeá sina es, romper el pasador de la enapaí. 

. Y haciendo. el ademán dedespedazar la cerradora^ introdujo k 
llave, abrió y salió. ' ; i: 

/• Una vez afuera, diótiempo y liigáralí general, para-'qne se escapara, 

{)ües6i- este suspiraba por su libertad, Ghepillo tatnbien desbaba dejar 
á broma. • < ■ .:»•', 

'El hombre salió á ^atas, de debajo de la cama más pálido^que un di- 
funto. Dos veces trató.de pararse y otrasrtab tas tambaleó y caiyó. Por fia 
apoyándose en la pared, se levantó y ^alió miranidé á todos lados, em 
ojos espantados como los del ladrón al huir del sito de su crimen. 
Ghepillo que lo. acechaba gritóiál verlo pasar :- . 

-^Ladrones L . . ; ladrones ! ; . . , aquí hay: tm hombre 1 Urraca una 
vela!. . . . Pronto, pronto mis pistólas! . . . * j • •< 

El general aterrado con lo que de habia pasado! y cotí lo que le es- 
taba pasando se metió en la cocina y se ocultó en ia chimenea. 

: A Ibs gritos, de Ghepilio, salió la moza: con ima luz y .una pistola 
creyendo qiieeiBctÍT'amen te íhíkbialadnonesien la casa. 

^ El cáidiablado perseguidor del general le -quitó; la luz á Urraca de 
la mano y se puso á buscar á su amo- por todas paírtes, menos en la cocir 
na qué era donde lo habia visto entrar^ '^; ' ' 

. . El infeliz, tíepado óóiáo rnnchro paRdentroí de la chimenea, tavo 
allí otro siglo, de martirio.. /: .^^í' ' I . ; .- ct : . ' 

, ,: Gahsadoporrfinelmoad de representar ¿i capitu», le dijo.¿la criada: 
. . . -*-Baeno será concluir aquí la:di versioia na vayA el Diablo, á tsambiar- 
nos los papeles. Vamos Urraca á poner todo en su lugar que no quede 
señal déíla broma. .^ > ■■ , ' ;. . 

liosidosi «amantes' se entraron cn-ílasala y ári'e^laron cuanto liabian 
desordenado. Gutindio cayó el telón, loa do» criados se puíiierou á reír á 
todas sus anchas al recordar.cadaunadelosihcidenteedetHTi pesada burJip 
■r ■'■• Oorao era 'ya muyi avanzada lá inoche,j Ghepillo ■ se despi dio y ealió. 
Urraca haciéndose de [la vista gorda'con- el bulto xjüe ee habia Dietido en 
la chimenea, se entró en su cuarto y se aoostóiá'dormír, 
-: ) 'Pasadas doa.faótais royó la'<nÍQza:-:qué'<golpe¿>l»á suavemente en la 
puerta de su estancia; 

.r.'r-<5hiién>llámá4,pregnnt&.'U|'^ .: . -i í ,■ ; ,/, * 

— Yo, respondió una voz apenas perceptible. / .^ ♦*■ ^ i 

• . --^^ttiénjeé ysa? • « ■ ¡-J- i.". .- -:■' [ ' ;•.• : . '-r: ;; -(í ■ 
: ^f^Turamo general, contestón láviQz, abre la^púetta .Urraqnita por 
vida tíiya. ^ s . k'¡ \ ■' \ '•' .i.i:>'}'>íf. ..!.'j^;j ■ .. .■ 

La mozáihizo im eirfoevzp £nprensH> p[ará jpónebBe bien sériBi y. luego 
se-iev^iitóy ábiiió.'ii'-j: •' ^.l '.v;.í, ' :•; :i("> .v'ii. !•>. .% . •• 

-M^né.e^ésto^? lé'ájjoik egifM dk múói fiDónde estaba eioondl- 
do ? . . . . yo cx^ia que se habia marchado. 



I 



— 191 — 

' £1 'geiiisra! k ftt) dé e^ádi)* H respnedtb^ ' inierrojgd -á U iñüzsí. ' 

—Qué vía tomó dl*tiíi^tacní?' volvió á sú dormitorio y ée aco&téíí k> 
preguntó.'"':-. ■ ''"'■" > ' ' ' '■'' • ^ ■ ' 

—^Qaé ee yo, Contestó la oríada «iioogiétídose de hombros. 

'— ^Cóaíoí no farÍ8t»4oe( gritos? - ' ' . . i . 

— Los ff ritos de quién, i de mi amo ? : / 

—Sí, éT:téHaío6 y yo oret que bábias eaJido: 

— No señor ; poco después de haber entrado mi aúioTue rüetf éo'ttií 
cama; pronto me dormí y hasta aboi*a me de&pierto. 

£1 general reflexionó un minuto so*bre si debia contarle á 1^ eríads 
que él capitán inttíntabá^^uididarse, y parecíéndble mejor callar, le dijo : 

-^ Ven y ábreme la puerta de la ¿alie qnie Quiero irme, y ten pre- 
sente que á esta hora en que salgo rio ha ocurrido én la casa nibguna 
desgracia. ' - 

•^-Por^qnémeditíe suínerced eso? ^ 

— Maftftnaío sabrás. ' ■ ' • ' 

— BueiK), dijo Urraca cofl bellaquería, maíiana lo s^bró. 

T compadecida del buen hombre tótlíó' una hi* en una mano y' en 
la otra la llave de la puerta. Dirigióse asi al zaguán seguida del geireral ; 
abri6, y el papamoscaa pasó el umbral dando infinitas' gracias á Dios de 
liaber salido con vida del inminente peligro en queélcreía que se haWa 
visto, por obedecer los ímpetus de su ardiente pasión. 

/ CAPITULÓ: V. ■: " ¡ ['^ : 

fine bata del artificio que trúfltó (!bf pillo pftra hacer qde Incfa cayera en 
sos garras, lo caal és digíio i,t pe sf escriba y se lea, . ' 

ALAS siete de la mañana del dia que sneedíó 4 1& noche en qué tuvieron 
iogar los acontecimientos que quedan referidos, estaba Ghepillo, 
cargado de brazos en. el balcón interior ;dél cuartel pensando en La 
facilidad qne tenia de imitar, cotno d más pintado farsante, la yoz, los 
visajes y ad^emaoes desús semejantes, y dsí se deeia : 

—¿Qué tan biéa remedaré^ qaeianoelie cuaiic|aine posea imitar la 
Toz del capitán he logrado persuadir á la misma esposa de él y al sefior 

Seneral de que era aquel en persona ? . . . • Cascaras 1 no podria, remedan- 
o á Jorge Gavilán, engafiar á Lucia, de n^dio qne ella creyese que era 
sa propio amaáte ? . ; . . Fo^bíle ea <ptñ por medio de este artificio consiga 
vengarme d^ lá deadeüosa' mujer. . ¿ Qx^é teosa más.íácil que presentár- 
mele una noche bien oscura imitando á mi rival en el-habla^ en la risa 
y en los motimíentoA, cou tal pro{^iédad quü Lucía' no dude de. que es 
él, y fascinada hacerla oaei* ej^ él lazo que le- tienda;? . . . . A la b<)ra en 
que el se0or general séi Jetante le pido.{>ermÍ8o pairair á Gast^vita y si 
ine lo dft me voy oomenid^ á pbnéren ejectoiiciír el ardid qne be ideado, 
á Víeriqtte:re$ulía4o aa.. > c -v • ' 

: .; EsU) maquidablit jcontra la vixtaosa pastora ^el: peo^vetsa ; mo2o en el 
momento en que el general abrió la puerta de su estancia y lo llamó 

' iOhí^iU(^ só. presento, e* hnfuetiSL idal caáHo oon ^ eLiombiwó M 

la' 'íBatlQ,íieeL'«0fW/dtiítQ»pfetO^*: :*n'>-^ -' '/i '..\' •;..".' -I Jí ".V / - .... /• . -f 
£1 general >ted^<>frj:, v oí^^. r/uv. v;j '' h --ik-o . . -^U it i -i: ^ " . ■ * ■ 



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— 10$ — 

— Holgftjsan de los demonios ! diine por ouó bioÜvo abandonaste v 
luiodlie el puesto que estabas encargado de vigilar 7 

— Seflor, yo no me lie separado de él, respondió ühepillo, ahí ^estu- 
ve plantado al ptó de la ventana basta media noche,? com^ observó que 
era imiy tarde, me vine á dormir juzgando qiie usted habia salido ain 
que yo lo viera. • 

— Si eso es as!, cófhQ ha entrado el capitán en la casa sin que te 
apercibieras de ello ? 

—Cómo ! entró el señor capitán anoche? 

—No sabes íf 

. — No sefíor, respondió el paje, negando con la palabra y con la cabeza. 

— Iba habiendo Us del Diablo, liombre ; si no me paro en mis ca- 
cUlas me mete en un cacho el valentón. 

— Según eso, usted se le encaró al capitán ? 

—Que si me le encaré ? Bah I una cosa parecida. Me nietí en 

la alcoba y le di á entender con cierta tosecilla de burla que yo estaba 
ahí dispuesto á mandarlo á pasear al otro mundo si se metía conmigo y 
el hombre se hizo el desentendido. 

-T-Se conoce que es un cobarde el <^pitan. 

— No tal ; era que él sabia que daba con su maestro de esgrima ; y 
tan cierto es esto que habiendo entrado furioso y con deseos & matar- 
me, no se atrevió acometerme. 
^ — Pues ignoraba que el señor capitán hubiera entrado. . . • 

— Pero hombre de Dios ! j cómo dejaste penetrar al abejón en su 
colmena sin prevenir de ello al zángano que se ocupaba en chuparle la 
miel ? 

— Le aseguro á usted que el señor capitán no entró por la puerta 
principal ; yo creo que él se sampó en la casa por otra parte. 

Esta razón convenció al general. 

— Es posible, expresó. 

Chepillo se felicitó interiormente y dijese : 

— Vaya, que todavía se encuentra uno que otro en este valle de 
lágnmas á quien se puede eomnlgar con ruedas de molino. 

£1 general despidió al mozo, y al volver aqnel la espalda este le dijo : 

—Señor general, si yo no le hiciera tanta falta á usted en estos días, 
podía darme ucencia para ir á mi tierra á ver á mi abuelo que be sabido 
que está agonizando. 

El general le respondió : 

— j^i te vas y no vuelves? 

— Eso no haré yo, señor. Si tres dias después de haberme ido, no 
estoy aquí, puede usted mandar que.tne aprendan como desertor. 

— Si te ocultas ? 

— Qué ganaria con estar escondido toda la vida? Yo bien se que si 
voy á Gnatavita y me presento en público, al momento me cogen y me 
remiten para acá, aunque nadie me reclame. Si ahora llegase á ir, con 
el permifio de usted, tendría buen «cuidado de no poner Ja cata' en el 
pueblo, pues al columbrarme alguno de mis enemigos, jpobreáito de mi. 

^^Eso puede ser ; pero si te marchas á otro ^mtb donde nadie 
te conozca? - '. - 

— Si tuviera intención de irme y no volver, no necesitaría para eílo 
d^ licencia de .usted. ¿No- puado huirme á >la hora que qüié^t Pero 
para qué iría yo á buscar trabajos yendome tañí bien tilmo de usted } 
Quién otro me trataría como á hijo mimado y conseátído? 



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-- 193 — 

— Tienes razón Ohepillo. Vete á Guatavita á ver á tu abnelo que 
ni temo que jte quedes, ni ahora me haces {alta, pues donde Petrarca no 
pienso volver tan pronto. 

— ¡ Oórao le agradezóD el permiso, sefior general ! 

—i Qué dia quieres irte ? 

— -§i á usted le parece me voy mañana que es domingo, dia en qtie 
siempre me da lieencia de ir á' pasear. ^ - 

•^Véte : pero dentro de tres dias estás aquí. 

--A mas tardar, señor. 

El mozo sé aleió de su amo diciendo para su sayo: 

—Si la picardía que intento, me sale bien, me vuelve á yer el ge- 
neral como ahora llover pepinos. 

£1 dia lo pasó el mozo '^ensayando la voz, los movimientos y moda- 
les de Jorge Gavilán. Por la noche se pusa á discurrir en los riesgos que 
corría su vida al llevar á cima su proyecto, y para cualquier evento oes- 
- favorable, determinó armarse, y con efecto le sacó á su amo furtivamen- 
te de un baúl, un hermoso puñal con vaina de plata, que en él tenia. 

Preparado para el viaje, se acostó temprano para madrugar á oir mir 
M y marcharse. Luego que amaneció el dia, GhepiUo se endilgó áim tem- 
plo, se encomendó álnosj como si fuera á ejecutar una buena obra, y se 
puso en -camino. Al anochecer llegó á una cabana de indios distante 
^ como un cuarto de le^ua de la casa de Lucía, y en ella halló casualmente 
á un muchacho, á quien comprometió que fuera á donde' la pastora y le 
. dijera secretamente que Jorge Gavilán le enviaba á decir que esa noche, 
de las nueve á las diez, la esperaba en la quebrada de Piedras-blapcas 
(donde estaba oculto), para hablar con ella. 

Una hora después de haber partido el muchacho, volvió donde Che- 
pillo cop la respuesta de Lucia, la cual le enviaba á decir á quien la bus- 
caba : que si verdaderamente era Jor^ Gavilán la persona que deseaba 
verla, que fuera á la casa donde ella vivía; que como estaba sola, porquQ 
8U8 padres se habían ido á oir misa y á hacer macado al pueblo y se 
habían quedado en él, y Liberato estaba ya durmiendo en el rancho del 
corral de las ovejas, no podía ir á la quebrada de Piedras-^blancás por- 
que la casa quedaba expuesta A que se lá robaran los rateros que por 
fuli había, pues se le había perdido el candado de la puerta de la sala y 
no tenia cómo asegurarla. 

Al oir Chepülo este recado se llenó de contento y se fué para la 
casa d^ Lucftf se^ro dé obtener el triunfo. 

Guando iba llegando se dijo: >» . 

La noche no puede estar mejor para la zancadilla. . . . ¡Voto á cri- 
tüís, con la oseuríaad 1 • . . . No se ven ni las manos. 

Al entrar en el patio gritó, imitando la voz de su rival: 

— ^Lucía! Lucía! .... ven á mÍQ brazos que Dios ha (juerido con- 
cederme la vida para volver á verte y estrecharte contra mi corazón. 

La zagala, que á la sazón estaba en la cocina haciendo su cepa, sa- 
lió presurosa al encuentro de su amante voceando : 

—Jorge I . . . . Jorge ! . . . . con que é^es tú de veras? 

Y lo &razó con toda la efusión de su alma. 

^— ^Yamos para adentro, le dijo cogiéndole una mano, vamos y te 
ñentas y tomas algún alimento, que vendrás cansado y mueHo de hambre. 

— Cansado vengo, pero con hambre no, pues á Dios grócias no me 
ha faltado qué comer en el camino, le respondió, andando hacia la sala. 

Ño'' bien entraron, se sentaron juntos en la caja dcegonzada, y la 
pastora le dijo al que ella creía ser su amante. 13 



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_ 194 — 

«'^uA^do Uegóelmnchacho con el recado que me mandaste, me 
ímagixié qne faera algún chasca oue quisiera darme algún tunante. Yo 
me üije entonces: — Si es Jorge el que está en la. quebrada de Piedraa- 
blancas con deseos de verme, {por qué naviene derecho á mi eafea?^ 
I qué motivo puede tener para ocultar el bulto ? £1 debe saber que á la^ 
oora eh que se presente lo recibimos mi pad^e, mi madre jjo con los 
brazos abiertos. - ~ 

— No quería venir á tu casa, querida mia, le respondió el contra- 
heclio Sorgdy porque he temido que me aprehendan, pues hace más de 
veinte dias que me deserté en Monda, y es posible que la requisitoria 
baf a llagado a Guatavita, y como en tal caso aquí sería donde prímetb 
vendría el Alcalde á buscarme, no debia exponer mi libertad. 

-«-Tienes razón, Jorge: pero no temas que q1 Alcalde venga á ron- 
dar ahora ; es domingo en la noche y estará cqu sus cuatro granos en 
eltestus, 

«^Si la reqnisitoría le ha llegado, seguró es que ha determinado 
hacer la ronrda esta noche, porque la oscuridad es tal, que convida para 
lapperacion. 

-^&C<Mno que dijiste que hace veinte dias que te desertaste en 
Hpnda? 

•^í, señora, y qué í 

-**^ue según eso la toopa se ha detenido muchos meses en ese . 
pueblo. 

^^Y 66 detendrá hasta que llegue el reemplazp de los soldados . 
DOuertoQ, que son muchos^ ¿No recibiste una carta mia en donde te con- 
taba que la fiebre amarilla estaba haciendo estmgps en la tropa? 

i-^i la. recibí, y no sé cómo no me volví loca 4e conteii¿> al saber 
quo. vivias, pues hacia meses que te tenia por muerto. 

— Por ipuertol . . * . Ahí sí, ahora recuerdo que un paisqno m^ di^ 
en Houda que ChepiUo habia esparcido la patrafia que yo habia fall^i* 
do, con la esperanza de ocupar en tu éorazon eV lugar que yo ocupaba 
epi él. 

— Pero nada consieuió de mi. 

•i^Con que naÜa, he í 

— ^Nada, nada, dijo Lucía conturbada. - 

Y para eludir tan desa^adable conversación, exclamó : ^ 

^- Y álgame ! estoy hecha una maula; platica y más platica á oscu- 
ras como si no hubiera un mecho que encender. Espérame üq minnto 
naiéntras que voy á traer una vela. - . 

^«t-Nq, Lucía, no hagas tal. ¿No piensas que es fácil que alguien 
llegue sin que lo sintamos, y que al haber luz nqs v^a sin que lo .vea- 
mos? T si semejante, cosa sucede ¿no crees que en menos de hora y 
media estiaría el denuncio en el pueblo, y poco 'deanes el Alcalde aquí 
por mí?, , ^ 

— liO creo, Jor^e, todo puede suceder. Quería verte la cara, i>ero 
ya que eso no es posible me contentaré con oir ta voz que tan dulce m 
para mis oidos jjorque íne llega al corazón. Cuéntam'iB, Jorge de mi alma, 
todos los trabajos que has pasado dQsde que ese malvado de Chepíllo 
(que Dios eche á los infiernos) te aprehendió y te llevó amarraao al 
, cuartel, y después te cuento yo mis penas. 

—lío, prenda mia, no te refiero ahora mis fatigas y dolores, pOTque 
quiero ausentarme pronto, pues temo, como te he dii^iio, qu9 el AlciJd^ 
venga aprehenderme esta noche. Por tanto no d^perdiciemos el tíem- 



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.J 



J . _ 195 — 

po. . . Lncfa, si tu rao amas con todo él corazón^ como me amabas antea 

^ de que Ohepillo me cogiera para soldado ; si tú te sientes agradecida de 

'^tni cariño y constancia; si tiLestás dispuesta h^cer poi^ mí algan sacri^ 

ficio en pago de los muchos que yo n^ hecho por tí, espero que no me 

' negarás lo ciue voy á pedirte. 

— ISo siendo cosa que va^a eiv contra de mi honra^ cuenta con que 
no te niego lo que de mí solicites. 

— No Lucía, ni te lo imagines. Escúchame. Tú debes saber 'que to- 
dos mis deseos se reducen hoy á casarme contigo ; pero que no podré 
conseguir^ esto aquí en mi tierra porque no^soy hombre libre sino esclavo 
del (íobierno, y qué por ello al momento que el Alcalde me viera me 
pondría un lazo al cuello y me remitiría al cuartel. Según esto, no po- 
dremos unimos en matrimonio sino en un pueblo donde nadie me cono2- 
ctL Así, Lucía, si quieres durme tu mano y recibirla mia, huyamos á 
ser felices lejos del lugar donde hemos nacido. 

— ^No, ü or^e, eso no haré yo por nada del mundo. 8i tú me amas 
de veras no jme pidas un sacrificio con el cual me dejas sin honor. ^ 
La mujer que se* marcha con su amante pierde su reputación, y aunque 
después se case con él, esto no le quita la deshonra, asi como al ladrón 
no le Quita la manchaque el delito ha impreso en él, el que el ofefidido 
lo perdone y se haga de la vista gorda con la alhaja que el tal le haya 
robado. . 

— ^Yéndote cc^nmi^ á un pueblo donde nadie te conozca | qué pier- 
des! Si volvieras á vivir aquí donde están tus amigos y conocidos, claré 
éa que todos te señalarían con el dedo. El desconocido es honrado ea 
todas partes si se conduce bien ; así, no tencas nada, Lucía, por tu repu- 
tación, pues lejos de tu tierra viñrás con honra. Si no resuelves partir, ^ 
será para mí señal de que ya no me amas ; de que en nada estimas mi 
fidelidad y- constancia; será una prueba de que la cadena que arrastro 
.desde (][ue fui llevado al cuartel, á tí np te ha oprimido el alma como me 
ha oprimido la knia, y cuenta que tú debieras naber sentido más ym yo 
. la presión de ella, por cuanto a que Ohepillo me la puso en castigo del 
amorque á tí te he tenido. ^ 

-Aforge, yo te amo con todo mi corazón ; yo no he pensado nunca 
en otro hombre sino en tí ; tus desgracias las he sentido en la mitad de^ 
mi alúia, y puedo juraf que media vida me han quitado. Tú eres elúni- 
co dueño de mi amor, de mi libertad, de ini dicha ; todo cuanto t^ngp es 
tnyo, de todo puedes disponer, mépps de mi honra y del cariño que les 
^ tengo á nnis padres, pues mi^tras á ellos les falte lo necesario nos los ' 
abtodonaré por ninguna cosa del mundo. ^ ' ^ 

— ^Marchándote conmigo puede mortificarte aleo d qué diráñy pero no 
la suerte de tus padres, pucís yo te ofrezco que apenas nos hayamos casa- 
do y establecido en el pueblo que escojamos para vivir, les escribo una 
cartlt contándoles el motivo por qué te saqi^ de tu casa ocultamente, y ^ 
rogáí^doles que te perdonen y se vayan á vivir á nuestro lado. ¿Y no crees 
tú que se pondrían en camino al instante para ir á bendecir nuestro 
matrimo y para acabar los dias que les quedasen de vida, viendo di- 
chosos y contentos á su hija y á su yerno? 

— río mé jesuelvo á partía;; no tengo alma para irme y dejar sin 
apojo á esos infelices ancianos; ellos se morirían ^ae hambre y de pesar 
en pocos dias. 

— ^Adios, pues, ingrata, le díce^l finrálo Jorge levantándose de sa 
«asientOi me voy lejos de tí, mujer- desamada, me voy y nunca jamaa 



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— 196 — 

Volverás á verme. Quiera Dios que el lual que ahora me haces no quede 
sin castigo ; ojalá que tu vida sea de hoy en adelante un remordimiento 
continuo. 

— ^No te marches, Jorge; no te alejes d^ mí,*que tanto te amo; qué- 
date que yo te escondo donde nadie pueda encontrarte y cuando venga 
el dia me voy al pueblo á consultar a mis padres lo que me propones, y 
si ellos consienten en que te siga á donde aetermiues ir, me voy contigo 
al cabo del mundo, si tú quieres. 

— ISoy Lucía, no me espero á mañana. Preciso es que resuelvas aho- 
ra mismo, 6 irte conmigo ó quedarte sin nii. 

Me^pides un imposible, Jorge ; un imposible que me hace perder el 
juicio! dijo Iftv zagala con los ojos ])retlados de lágrimas. iJejarteir 
solo y no volver á verte jamás, es una idea que me despedaza el corazón; 
irme contigo y dejar á mis padres en la situación en qué están, es uu 
pensamiento que me espanta, qué me llena el alma de dolor. 

— Bien pues; parece que estás resuelta á quedarte, ¿no es verdad t ' 

— Ah I exclamó dolorosamente Lucia. ^^ 

, — Adiós señora^I adiós por última vez ! 

— Oh I no, espérame un momento y te sigo.\ . . Voy á hacer el sa- 
oírificio más grande de mi vida, dice la ^tribumda Jóvén sollozando. 

•^Marcnemos^ pues. No perdamos un instante. 

— Voy á encender una veía y hacer tin lio de ropa y partimos ; pero 
ei^ sí, Jor^e, con la condición de que nos casamos pronto y llevamos á 
nuestro laao á mi padre y mi njiadre. 

— ^En cuanto a eso ten confianza en mí, que ningún hombre c^ufk 
pie su palabra mejor que yo. 

— Verdad es. 

—Varaos, ponte hacer el lio. á oscuYas, pues si encieiules velase nos' 
puedequemar el pan en la puerta del horno. . 

— Así lo haré. 

La pastora se levanta al punto de Su asiento, se entra en )a alcoba 
buscando la puerta con la mano, y á tientas coge de aquí y de allí algu- 
nas piezas de ropa y se sale con ellas á la sala, en donde se pone a en- 
volverlas y á amarrarlas hincada de rodillas en el suelo. En esta opera- 
ción está cuando da un sollozo y suelta el llanto. 

— ^No, Jorge, dice deshaciéndose en lágrimas, yo no pinedo seguir- 
te 1 ... . Al hacer este lio me parece que me voy par» siempre de esta 
casa y que no he de volver á ver á los qua me dieron ¿1 ser I ... . No 
tengo valor p£u:a abandonar á mis padres ancianos, enfermos y pobres. . . 
no, no, no ! . . . ^ , 

-—Válgame el cielo ! No te aflijas Lucía, que si has de acompafiar- 
me no es á un cadalso ó á una pasioq, sino á un lugar donde, yo pueda 
darte con libertad mi corazoú y mi mano, ni te angusties por la suerte 
de tus padres, qué nadie se muere de hambre en cuatro dias, viviendo 
entre cristianos. ^ - . ' 

— Si fueran cuatro dias no se me daría mucho^ responde Lucía con- 
servando su posición ; pero pueden ser cuatro meses, un afío ; sabe Dios 
cuanto tiempo. 

— Qi no tienes ánimo para seguirme, adiós Lucía I . . .^. adiós I . . . . 

«—No me compadeces, Jorge, porque no ves'mis lágrimas que á tor- 
rentes caen de mis ojo@; 

r—No las veo ni quiero verlas;; la único que deseo es que me des la 
mano para estrechártela por última vez. 



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_ 197 ~ 

ínterin el moto dice cato, imitando lo mejor que pnede el habla de 
Jorge, la joven tccbíq la mano en el seno, saca nna cajilla de fósforos que 
tiene en él desde qne prendió lumbre en la cocina para hacer su cena, 
y de repente frota uña cerilla á tiempo que el mozo busca con el bVazo 
extendido la^mano de Lucía para estrechársela. La luz brilla tan repen- 
tinamente que nuestro héroe no tiene tiempo de ocultar lá cara á los 
ojos de la pastora, qiiien al vérsela prorrumpe en un grito de espanto. 

—Ahí . ... es Ghepillo, exclama. . 

Y se cubre la cara con las' manos, dejando otra vez en tinieblas 
la pieza. 

— Sí, soy Chepillo, dice el mozo con voz sorda, haciendo rechinar 
los dieijtes de rabia ; soy ttí perseguidor, soy tu enemigo, y esta vez 
triunfaré de tí porque estás bajo mi voluntad \, porque estamos solos y 
no puedes llamar á nadie en tu auxilio ; porque estoy muy ofendido y 
deseo vengarme .... 

— ^Dios mió ! . . . . Dit>s mió! .... exclama Lucía arrodillada, alzando 
los ojos al cielo; 

— Vamos, confórmate con tu suerte así como yo me he conformado 
otras ocasiones con la raia. Tú le has burlado de mí ; ahora yo voy ¿ 
reírme un poco de tí. 

— iQue yo me he burlado de tí ? j nó fuiste tú quien de mí se burló? 

— -Verdad es ; pero tenemos cuentas viejas que arreglar, y fuerza es 
que les arreglemos esta noche .... Oon el matrimonio fingido tú sufriste 
an chasco y yo Ja pérdida de mi libertad. Estocada por cornada, esta- 
mos en paz. Esto -por lo que hace á la última vez qne nos vimoá ; pero 
en otro tiempo me hiciste ciertas mofas y desprecios de que voy á ven- 
garme terriblemente. 

~^Por piedad, Ghepillo, no me hagas mal ninguno, mira qne soy 
una infeliz mujer. 

—Eres una mujer despreciadora, altanera y soberbia y yo quiero 
humillarte, le responde con un, tono amenazante que hace estremecer á 
la pastora. 

Lucía aterrada, se levanta del sitio donde está hincada de hinojos 
y huye ; pero desgraciadamente halla á Chepillo delante y se estrella 
contra él. 

El mozo la coge de ambos brazos y le dice con acento de fisga : 

—-Oh t { con que te vas y no me convidas? Bah I . . . hemos de irnos 

1* untos aunque no quieran. Bien, marchemos ! afiade arrastrándola hacia 
a puerta. 

— ^Déjame, Ghepillo, ño me maltrates, grita la zagala empleando 
todas la fuerzas que tiene para resistir á los nalonesde su raptor. 

— ^Escucha, le dice el ;nozo con jadeante voz ; si fritas, te tapo la ' 
boca con un pafSnelo y te ahogo ; si te resistes á ^seguirme, te maltrato 
hasta vencerte. 

Lucía le responde oon segunda intención : 

-r-A malas nada podrás conseguir de mí; primero me dejo matar. 

— ^Es decir que á ouenas sí ?. . . . Bien, pues, pon luz-en la pieza y 
hablemos en calma como dos amigos, le expresa nuestro héroe soltándola. 

Lucía obedece. "Encendida la vela, la pone sobre la mesa y resuelve 
inspirarle confianza á Ghepillo á ver si por estjs medio logra escapársele. 

-^Mira, no me trates nunca mal jque eso me enfurece, le dice sen- 
tándose en la silla, la cual está inmediata á la mesa. Si tú té portaras de 
otro modo conmigo, afiade, otra seria yo para contigo. 



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— 198 — 

El mozo, de pié delante de ella, le conteeta : 

'—'No me reprendas, Lueia, ni conmigo estés enfadadfi, que todo ba 
sido tina cluuaza. .Cascaras!...', qné miedo el que 'te he metido, por 
' vida! ... No temas de mi nada que soy nn hombre mni honrado ; hon- 
radísimo I . . . . £n adelante voy á tratarte como si fueras una santita. 

Estas palabras infunden en Lucía más terror que la amenaza. In- 
quieta busca en su ment^ un ardid que pueda salvarla j de súbito grita 
aparentando alearía ; \^ 

-r-Oh I . . . .bendito sea Dios 1 alguien llega 1 . • . . se oyen pa- 

Bosl.... es mi padre I. ... es mi padre 1.... ^ 

—Si alguien llega, dice Ohepillo con frialdad, i»acando de la vaina 
el pufial de su amo el cual lleva atado á la cintura, y alzando el brazo -^ 
armado de él, si alguien llega será conmigo, en batiulai pnee la presa 
' nadie me la anrebata así no más. 

Xa pastora al ver reflejar sobre su cabeza aquella ^rma brillante, 
aguda y afilada, tiembla de espanto. 

— Ea querida mia I qué te parece este prendedor para adornar tu 
..pecho ? Es una linda joya q^ue te traigo eb prueba de mi amor y en pa- 
go dcd carifio láue td me tienen 

— ^No me hables así que se me hiela la sangre de horror, le reroon- 
de Lucía quitándose bruscamente un pafiuelo que Uey»^ al cuello j 
^haciendo de él una bola, aparentando desesperación. Lo estruja un ins- 
tante y de repente lo arroja sobre la luz con tal tino, que la apaga. libre 
de Jas manos de Qhepillo é invisible á los ojos de éste en las tinieblas, 
huye rosando la pared para evitar un choque con su perseguidor ; pero ' 
éste la siente cc^rer y al momento da un salto á la puerta de la siua, y 
ocupa el quicio antes de que Lucia haya tenido tienipo de salir. Como 
el mozo ignora si su presa se ha escapado ó está dentro de la pieza, se 
queda en pié en el umbral con la espalda vuelta al interior de la sala 
pensando en lo que le convenga hacer nará .cerbioraree de si ha salido 6 
no. Ínter tanto viendo la zagala fruBtaaas sue esperanzas se resuelve á 
todo. Acércase pacítamente a Che pillo, (á q^ien alcanza á ver parado en_ 
el quicio,) y lo empuja vigorosamente con una mano mientras que con'' 
la otra cierra la puerta ^ la asegura bon un pagador de madera que ésta 
tiene en forma de^ cerrojo, ^ , ~ 

Yiéndose el mozo separado 4^ Lucía por un fuerte muro cuando 
menos lo piensa, ruge de coraje como una fiert^ irritada. Desatinado, 
lócd, se alejn unos cuatro pasos de la puerta y con una ira creciente 
vuelve sobre esta con ímpetu y se estrella en la tabla con violerfcia* 

— Abre, Lucía, grita con un furor concentrado, abre 6 de no rom- 
po la puerta y te coso á pufialadas. 

lia pastora con la boca entreabierta por la agitación y el miedo, los 
ojos desmesuradamente abiertos y el rostro bafiado en sudor, tiene el 
cuerpo apoyado eñ la puerta para aumentar la seguridad de ella, y el 
corazón puesto en Dios, para que la libre del peligro en que ae hojla. 

Después de un moídento de silencio afíade el mozo con vo9 airada : 

—-Piensas que de mí te burlas? espérame un minuto ! , 

Dice esto, mete el puSal en. la vaina, corre á la cocina, vuelve con 
un- tizón inflamado y gnta : '' 

— ^Ea I sí no abres la puerta le meto ahora mismo íueiso á la easa» En 
mi maño tengo jm tizón encendido que puedes ver por las ri^dijas de 
la puerta. Al empezar á arder la i^asa, tu te quemas, porque le hecho la 
aldaba á la armella y no te queda, salida. Cuando tú alces la voz priendo 



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tuisericordia, yo huyo, y ten por cierto que mafíatia le echarán la culpa 
del incendio y de tu muerte á tu amante Jorge: ... Sí, á tu amante por- 
que el muchacho que vo te mandé con el recado al cerrar la noche^ de- 
- nunciará á Jorge Gavilán y no á mí, de haber venido en secreto á tu casa ; 
y sabe que Jor^e ha podido venir, pues se desertó en Honda. 

Lucía se sSjrecoge de pavor y espanto. - 

— Este malvado pudde hacer Jo que dice, piensa ella. . . . Bios del 
délo y de la tierra ! exclama, salvadme del peligro en que estoy. 

Chepillo sigue amenazando á la pastora y forzando la puert^i. 

ínterin Lucía discurre el medio ^e escaparse de las garras ael tigre 
que de cerca la persigne y de la muerte con que la amenaza. EUa le dice: 

—Voy á abrir la puerta para que entres y á buenas convengamos eil 
el camino que nos convenga tomar y en el día en que debamos casamos, 
si es que tu quieres ser mi esposo,; pero júrame antes^ que no me hn* 
. ráfi^mal ninguno. 

—Te lo juro, le responde lacónicamente el mozo. 

La pastora le quita el pasador á la puerta y la entre-abre teniendo 
la precaución de hacerse á la jamba de ella. ^ 

. Chepillo ciego de rabia entra meneando el tizón para poder ver con 
su luz á Lucía, cogerla y quebrantar su juramento. 

La zagala, que esta preparada para huir, se desliza con la mayor 
sutileza á espaldas del ^ozo, .llevándose tras sí la puerta. 

Chepillo al notar la acción de la joven, dá una vuelta rápida sobre 
sus talones, suelta el tizón, co^e la puerta y tira de ella con todas sus 
fuerzas ; pero no consigue abrirla, pues Lucía ha tenido tiempo de echar- 
le la aldaba t^uya cerradura pone 4 cubierto de todo ataque á nuestra 
heroína, y priva de su libertad al perseguidor de ésta. 

Chepillo lleno de ira^ con los ojos enc^didos como dos brasas, echan- 
do espumarajo por la boca, se lleva los pufíos cerrados ala frente y pror- 
rumpe en malaiciones contra sí mismo. Pasado este rapto de locura 
coge la pu^Qfta otra vez y la sacude con tal violencia que nace temblar 
lacasa 

Díoele entonces Lucía cop voz reposada jr tranauila : 

— ^Apacigúate hombre y vuélvete á Dios que él acaba d¿ poner tu 
vida en mis manos ! Ahora, tú serás quien muaré quemadoi , 

Chepillo se horroriza y tiembla, 

— Justa es la venganza, dice, con apagada voz. 

Y desasosegado limpieza á meditar en lo que deba hacer para sal- 
varse de tan inminente peligrow 

La joven, para mayor seguridad amarra la aldaba con una cue^a y 
grita alejándose de la casa : 

— Arrepiéntete monstruo y pídele á Dios perdón de tus culpas que 
la casa está ya ardiendo por todos sus costados. 

El mozo viéndose perdido alza la vdz implorando socorro. DesespcM 
i^do invoca en su agonía á la que poco antes era su víctima ; pero 
ésta ya no lo oye porque se ha alejado gVan trecho de tíu habitación. 

A dói^de se'dirige con tanta prisa la pabtora? ^ 

Al pueblo en busca de la policía. . 

Lticía llega á la cabecera del distrito ya' bien abanzadala noche, 
toca en la casa del Alcalde, logra verlo, le denuncia la agresión de C9ie- 
pillo y le cuenta la prisión en que lo ha ddado. El empleado espera á 
^ue amanezca, teune la policía v vase con ella á la estancia de Don Fio 
a capturar al criminal. No bien llega, desata la aldaba que amarró Lucí^, 



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_ 200 — . 

abre la puerta y llama desde el umbral al preso ; pero nadie le respou' 
de. Entra al fin, registra y ^e un agujero en el techo ! . . . é El mozo se ha 
escapado por ahi. 

^e aquí lo ^ue hizo ^Chepillo cuando ovó la voz de Lucía llamándo- 
lo al arrepentimiento. Buscó a tientas la silla ; laj^uso sobre la mesa y 
se subió en los brazos de aquella. De ahí brincó á una yiga que alcanzo 
i tocar, y colocado de pié en ella, abrió un roto eli el empaje y se salió 
por él. Éajóse luejgo por un gallinero ^ne habia á espaldas de la casa y 
tomó cammo hacia el Sur, por andurriales de él solo conocidos, á toda 
la carrera de que sus piernas eran capaces. Habia hecho cerca de dos 
leguas cuando se tendió al borde de una fuente á descansar y á refrescar 
su boca abrasada por la agitación. Ahí tendido bebiendo agua como 
Diójenes en el hueco de la mano, se puso á pensar en si le conrendria 
continuar en el oficio de paje, ó si le traería más cuenta tomar tierras 
de por medio é irse á buscar la vida de otro modo en un país lejano d^n- 
de pudiera estar oculto de todos sus enemigos y conocidos. 

Pegues de serías reflexiones determinó seguir sirviéndole al gene- 
ral ya^que éste le daba lo necesario y lo trataba, como á un amigo. 

Recuperadas sus fuerzas se levantó y enderezó su ruta hacia la ciu- 
dad de donde habia salido. 

Al día siguiente al dar las once el reloj de la iglesia mayor, entra- 
ba en el cuartel, triste, abatido y cabisbajo. 

Quizá el remordimiento torturaba su alma I 



CAPITULO VI. . 
Por ins frutos te eonoee el ftrbol. 

TEES días habían trascurrído al regreso de Chepillo cuando mía 
noche, como á eso de las siete y media lo llamó el general áísu pieza 
ydíjole: * . 

— t)oa el hecho de^aVer vuelto pronto donde mí, me has dado una 
prueba completa del afectó que me profesas, y como yo soy agradecido^ 
voy á premiarte ese caríño tratándote en adelante mejoi: de lo que hasta 
hoy te he tratado. 

—Verdad es sefíor aue yo' amo á usted como á uik padre. * 

— Est^recompensaao tu afecto, Chepillo, pues yo te quiera como á 
un bijo, y por ello voy, desde esta noche, á partir mis ¿oces contigo. 
Dispónete á acompañarme al teatro. 

T--A1 teatro!. ... Y allá se come y se bebe ? 

— Oh ! no solo comiendo y bebiendo goza «1 hombre. Mas^ si no has 
de ir con gusto sino á donde se manduca, te prometo que en el teatro co- 
xnerás por ios oidos ua manjar esquisito con el cual alimentarás tú alma. 

— ^A mí me agrada más comer por la boca para alimentar el vien- 
tre. Yo^no me acuerdo que mi alma se haya quejado jamas de hambre. 

— ^Es que el alma no es como el cuerpo ; á ella solo le da hambre 
cuando se le ha dado de comer. Ya verás con qué porfía te pide alimen- 
to después de haberse engullido una comedia. 

—«Me está entrando la curiosidad, sefior general. 

— ^La satisfarás pronto, muy pronto. Toma el paraguas y los zapato- 
nes pop si lloviere y marchémonos. 



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— 301 — ♦ 

iMez mioiitoB doBpaee, amo y criado ealieron del cuartel. 

Al llegar á la plazuela de San Carlos le dijo Ohepillo al ee&eral í 

— ^Mire nsted sefior que pelotón de gente el qae naj all^ arriba en 
la mitad de la calle ; segoramente es alguna rifia. 

— K09 no es rifia, contestó el seneral^ es que ahí es el teatro, y co* 
mo es costumbre tanto en la gente de la clase media como en la de la baja 
apifiarse á la puerta de él en las noches de función, por ello está la calle • 
que hormiguea. De esa ^ente una parte es atraída por la curiosidad de 
Ter entrar 4 las bellas y de oler sus exquisitos perfumes ; otr» yiene es* 
timiüada.por la mala inclinación de robar lo que los descuidados lleven 
en los bolsüloS y otra es la que concurre á la función y pugna por entrar 
fj teatro. 

-— 8i hemos de habérnoslas con ladremos, bueno será llevar las ma- 
nee listas y el ojo alerta». 

En esto llegan nuestros interiocutores donde la ^nte está, y en el 
acto el general Te dice á Chepillo : 

— Toma adelante y abre calle como puedas» que yo me prendo de 
tí y fuerza es que unidos lleguemos á la puerta. 

£1 criado procura cumplir la orden ; pero notando aue sus esfuer- 
zos son inútil^, vuelve la cara para hablarle á su amo y le dice : 

— Es imposible romper este muro de carne humana. ... Ko sé co^ 
mo diablos hay gente c^ue tiene el mal gusto de venir á que la pisen, la 
eatrujeoí y espriman, sin más fin que el de pisar, estrujar y esprimir á 
los que quieren entrar al teatro. 

--Qué desmemoriado eres Ohepillo ; no hace dos minutos que te 
dije el objeto que trae aauí e^ gente y ya no te acuerdas I 

— Ah. ... en verdaa que usted me dijo. . . ^ 

— Mira, le interrumpe el general, ahí vienen unas sefioras, posible ^ 
es que les abran calle para que pasen ; vete tras ellas que yo te sigo. 

Ohepillo hace lo que su amo le manda j de ese modo ambos consi- 
men entrar al teatro» bien que no sin oprimir y estrujar á 1^ damas, 
&8 cuales salen de la turbamulta con varías ^contusiones y con sus her* 
VEíiíBOñ vestidos ajados y rotos que da compasión mirarlas. 

Así como nuestros dos personajes entran en el salón» el general 
toma asiento en la penúltima luneta y Ohepillo en la última á la espalda 
de su amo. Después que se sientan, este le pregunta á su criado : 
' —Qué te parece el teatro I 

— Me parece una hermosa cocina, sefior. 

—Una cocina ?,..,. ^ 

—Por el humo tan espeso ; no se ven las personas que-están distan* 
tes aunque hay algimas hwesj ni se puede respirar con ñicil^dad. 

—Veo que tienes razón. Aquí todos los hombres fuman cigarro co- 
mo si el teatro fuera una fonda. ^ 

— ^Porque es fonda será que fuman, jl^o dice usted que en el coliseo 
venden un n^jar para alimentar el alma ! 

' ^ — ^Porque el coliseo es una fonda donde todo hombre que discurre y 
piensa viene á darle de comer á su alma, es aue no debe fumarse. iSío 
me puedo explicar como es que la gente que irecuenta el teatro siendo 
de buen entendimiento v de alguna cultura como debe suponérsele» co- 
cometa actoa de tan mala educación. 

Enfrascados están en esta plática cuitndo empieza á sonar la orquesta. 

Ohepillo le pregunta á su amo : 

— ^Esta música es el manjar que me dijo usted que se c6mia aquí 
por los oidos f 



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— 202 — 

— ^Eaa m¿fiica es la sopa de la comida, que á dmr y^dad, no es 
desa^adable ; considera, pues, qaé platos tan exquisitos no tendrán de- 
. tras ae día.* 

—Ya veremos si son hechos para mi gusta 

^Si acaso no te agradan es porque la miel no se hizo para la boca 
del asno, le dice el general en tono de chanza. 

-rGracias, sefior, por el favor que me dispensa, le responde el cría- 
do con aoento irónico, sin dar muestras de eno^o. 

La orquesta toca una hora entera y el auditorio fastidiado busca 
distracción dando ffolpecitos á cómpaz con los bastones en las patas de 
las lunetas. £1 ruido es insoportable, los que no golpean se tapnn los 
oidos. 

--<2u6 insolencia 1 esclama el ^neral ; verdad es que los comedian- 
tes han faltado á su deber no principiando la función a la hora anunciar 
da ; pero esta faJta no autoriza á ninguna porción de los concurrentes 
para ser irrespetuosos y groseros. / 

— ^El cargo es justo, le dice un provinciana que á un 'lado del gene- 
ral está sentado* 

Al fin la música cesa y con ella el atronador compaz. La orquesta 
tiene compadon de la gente bien educada-que callada aguanta el mido 
que hacen los patanes de botas 7 levita. 

-^iSabe usted, le pr^nnta el provii\crano al* general, quien ^s d 
autor de la pieza que la compafiía dramática va á representar esta 
noche? 

— ^He oido decir que es compuesta por uno de nuestros literatos; 
pero no sé por cual. 

^— Según eso será Buena. 

•—No creo que lo sea^ pues tengo mis -sospechas de que ella faava 
sido formada de trozos inconexos de comedia espafiolas, y haya quedar 
do como colcha de sastre remendón . . .\ En esta tierra es muy fácil, y 
por ello muy común, hacer el papel d^e sabio sin saber pei^ignarse. Quiere 
alguno pasar por literato? pues compone una pieza dramática de reta- ^ 
zos ajenos, como llevó dicho, ó haoe unas docenas de-versoa como quien 
eBcrÍDe^p2/¡z'sin ser músico, sal^ lo que saliere; ntmás ni menos que los 
metros sin medida que componm Bat^rgeoieJentilhomme^ de quien dice 
Moliere que gran parte de su vida, habló en f^rosa sin sabíalo : ó bien 
lee la gramática de la Academia española, la de Salva, la de Martínez 
López, la de Quiros, la de Sicilia^&c, toiíia de cada una lo que le parece 
y K>rma un compendio al cual le da el título de orí^nal. {Quiere hacerse 
pasar por matemático, astrónomo, geógrafo, historiador? pues hace otra 
piratería igual á la antetíor y con eso tiene para alcanzar fama de docto 
y erudito. rPre^jide ser clérigo y tener una buena congrua ? pues^tipren- 
oe á leer el latin, mas no á^traducirlo, que eso no es necesario, y luego, 
se instruye un poquito en la liturgia y esto le basta y le sobra para pe- 
dir órdenes mayores que á buen^ seguro no s&le negarán. Ordenado in 
sacris será cura de almas y siendo cura se entre^rá á cantar en una 
lengua que no entiende, y cantando sanará la vida, v en este ejercicio 
envejecerá, y siendo viqo tendrá el ^^ardon^ destinaao á sus años, ga^ 
lardón c|ue consistirá ó en uüa canongia ó en^n curato de primer orden. 
Aspira a hacer el papel de jurista ? pues hace poco más 6 menos le ^ue 
aquel joven- casquivano llamado Don Zoilo Bueno de.Granada, de quien 
se cuenta que para conseguir el titulo de docto en el Derecho civil le 
propuso á un abogado que Te enseñara en pocos dias á defender pleitos y 



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qne cnando ganara el primero le daría por sus servicioB cien pesos. B3 abo- 
gado se comprometió á ensenarlo .en una semana v apenas le habia dado 
cinco lecciones enai^o ocurrió á nn tribunal y demandó á sa discípulo 
por la sama de dinero prometida. £1 jaez hizo comparecer al alumno 
a aae contestara la demanda, 7 éste se presentó y dijo : qne no estaba 
obligado á pagar & su maestro los cien pesos, sino cuando ^nara él 
primer pleito y (]^ae tal condición no se habia cumplido. £1 abeldó - 

. replicó que el pleito que le entablaba era el primero qae le ponia á prue- 
ba para que se juzgara de su aptitud 7 se cumpliese la condición si io 
ganaba. A esta manifestación del maestro, el juez le dijo al denuKodado : 
^Perdido está usted, señor estudiante, pues si lo absudvo de la deman- 
da, gana el primer pleito ^ tiene que pagar á su maestro los cien duros, 
7 si 10 condeno, también tiene due pagárselos ppr cuanto áquQ fuerza es 
^iie se cumpla mi sentencia." A estas razones el joven le contestó al 
iuez, qne él quedaría <;ontento 7 nfano con qué la sentencia fuera abso- 
lutoria aunque tuviera que pa^ar los cien -pQBo&sin recibir mas leecione^j 
por cuanto a que. así conseguiría su deseo que era el de darse á conocer 
como abogadjO, aunque no laj[uera, pues bien sabia que con el nombre 
podia embaucar á mu45hos 7 ganar üinero. 

^ — ^To fqi sacrificado,^ dice á esta sazón el provincianc^ por la ifiti^o* 
i^ancia de uno de esos abogados de chicha y nabo, en un negocito que le 
encomendé. Era sobre la posesión de los bienes de una mortuoria 7 el 
derecho á la sucesión de los mismos ; perdió la acción de posesioB 7 
cuando ganó la otra 7a la contraparte había disipado los bienes que todos 
eran muebles. Gkmé, pues, el pleito ; pero perai el derecho 4 los bienes. 
^ — Pero ha7 más todavía, a&ade el general. Quiere alguno hacerse el 
médico ? pues compnit un botiquín de sustancia homeop&cns 7 un cua- 
dro sinóptico xie la ciencia méaica adaptado al nuevo sistema, en el cual 
se halla una larga lista de las enfermeclades más comunes que afligen al 
linaje humano, 7 la nomenclatura de las sustancias que las combaten, 7 

N sin más conocimientos qne los que le suministra el cuadro, se entrega á 
recetar gotas de tintura 7 glóbulos de a^car de leche preparados con 
cada una de las sustancias descubieitas por Simnemann f j & quienes? 
á cuantos teng^fe én la medicina de dosis infinitesimides 7' en la cien- 
cia Ín/Wa del impostor, piié» de advertir es, qne sin esa iñrtud Uolméí 
no hay <^ura posible. Si no acierta, que es lo ^egui:o, dice que le ha fal- 
tado fe al enfermo, 7 si llega á curar a alguno, entonces aclama : | oh, mi 
ei^cia I . . . . mi ciencia. ... I no e^ sino que, 

^^ Sin reglas del arte 
Borríquitos ha7 
Que una yez aciertan , 
Por casualidad.'' 

— Que verdades t{ín gordas las qne está diciesdo usted^ expresa el 
antioqnefio. ^ ' 

—Sí, si, pero me permitirá usted que va7a adelante con mi crítica, le^_ 
responde el general .... Se le antoja alguno hacerse periodista f pues fc»ja 
cada semana ó cada quincena un largo artículo que llama de fondo, no por 
lo qne tenga de profundo, sino por cierta razón que solo el escritor sabe 
y que yo barrunto que será la de la distancia que le pone del epígrafe á 
la ultima palabra, en el cual trata de lo que han tratado todos los redac- 
tores de periódicos qu§ le han precedido, á saber : de la fastidiosa é in- 



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— 204 — 

grata politca, y en donde no l^iy para qué buscar una idea nuera, un 
pensamiento brillante, una doctrina benéfica ; algo original y sorpren^ 
dente. El resto del papel lo llena con remitidos sobre asuntos persona- 
les que no le interesan al público ; con avisoe qne nadie lee y con ártica- 
los tomados de periódicos ingleses, franceses y alemanes trasladados 
por supuesto ai espafiol, como pudiera trasladarse á otro campo un plantio 
<le rábanos arrancándolos por las hoja^ Con tal periódico, si no adquiere 
peseta» si alcanza cierta celebridad, núes en este país como en las B(t 
tueooB^ si no se escribe }5ara comer á lo menos se come para escribir, 4 
fin de adquirir una reputación, sin advertir que ella es pasajera, pues no 
teniendo existencia propia, vive lo que la. oruga, como dice Larra por 
otro motivo, lo que dura la hoja qne la mantiene. 

Al dejar el general la palabra, dice el provinciano : 

— A cuanto usted ha dicho puede afiadir algo más, pues no solamente 
los hombres <^ue se dedican á la& letras tienen la pr^nncion de querer 
pasar por sabios sin haber aprendido el cHstus, sino que también los qne 
se aplican á las artes. Quiere alguno hacer el papel de platero, ebanista, 
talabartero, ojalatero &c ? Pues no hace más que ^ar una tabla sobre 
la puerta de su obrador con un rótulo ppr el estilo de los del primer 
DiABio DB AVISOS quc SO publicó CU Madrid, á saber: Aqm se hacen 
sortijas con piedras j^ara novias montadas al aire - Aqtá sefaíbriean U- 
4shospaa'a matrvmontos sólidos y ¡den ensomblados * 8e hacen gálápá^ 
para caballeros y sefSoras de cuero de marrano- La fama. OjcUdlelivai 
de GleMenfe VerDuao^ y con esto tiene el tal artesano para encargarse de 
obras qne no puede hacer como las promete, y para que todo el mundo le 
dé el título de maestro sin saber el oficio. 

— Oiérto y muy cierto es eso, pero como que nó viene Al caso, dice 
Ohepillo, en voz baja. 

En este momento se levanta el telón. 

ün actor aparece en la escena hablando solo. Él se da cuenta de 
las üramas de sus enemigos para perderlo ; de los lazos que le han ten 
dido y del modo como ha escapado de semejantes alevosías y asechanzas. 
Él dice los medios de que en lo sucesivo puede disponer para frustrar 
los golpes de sus perseguidores y los ardides de que va á valerse para 
vengime de ellos. 

— Señor general, le pregunta.Chepillo á su amo, f con^ quién con- 
versa el caballero que acaba de presentarse allá en la pieza alta ! 

— ^Eso no lo se yo, y es seguro que él tampoco lo sabe.". . . éegon 
parece conversa consigo mismo, y á esas pláticas las llaman los leidos j 
escribidos, soliloquios^ y á f e que. seria mejor que laa llamaran, sóltí^ 
dejóos. V 

Asomando en este^ instante la cabeza un actor que está escondido 
debajo de un canapé, dice con atronadora voz : 

— Ah bribón 1 ya escucho tus planes y tus^ pérfidas maquinacio- 
nes! Ya veremos cual de los aos venee...'. Dia llegará en qne 

tiembles al oirmi Hombre ! ^ 

El auditorio rie á carcajadas porque oye la filípica y la amenaza j 
' porque nota que el personaje á quien una y otra' van dirigidas, no lai 
lia oído. 

— Sefior general, dice Ohepillo, el caballero que parlotea solo como 
que jBS sordo rematado ; ya ve usted lo que el otro le ha dicho y no se 
ha dado por entendido. 

—No es que él sea realmente sordo, sino que el autor ^e laLcomedi» 
le ha tapado los oidos para este pasaje 6 aparte. 



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— 205 — 

— Dígame, sefíor, y perdoue que lo importune con tantas preguntas; 
por qué hablan los cómicos como cantando t 

—Hablan asi jiorqne no saben su oficio ; se han llegado á imaginalr 
que el actor bueno es el que no imita al hombre ni en el^cento de la yoz. 
-r- Válgame el cielo I exclama el criado, qué sefiorota la que se pre- . 
senta I . . . . Santo fuerte I que le brillan los yestidos j la corona, comió 
el mismo sol. . . • Yoto al chápiro I que se parece á la botillera Juana 
Bomero del puente de San Yictorino, aue no hay más que ver. 

— ^Ella debe ser, ex()re8a el general, no puede' ser otra por lo que 
tú dices y por los adefecios que ensarta y los movimientos j contorcio- 
nes que hace, propios de una pulpera ; pero ^o de la reina á quien 
representa. ... Las compañías dramáticas debieran componerse de per- 
sonas muy bien educadas, de esquisitos modales y bastante instruidas en 
la declamación y en el idioma, puesto que su oficio es imitar los adema- 
nes, las funciones y los visajes, ef talante y lenguaje de altos y distingui- 
dos personajes. 

£1 acto sigue tan nialo como ha empezado y el eeneral echándola 
de inteligente y docto, continúa censurándolo sm piedad. 

Tan pronto como baja el telón, estruendorosos aplausos resuenan por 
todo el ámbito del teatro, aplausos que salen de una fila de asientos, y 
que repite el auditorio entero. 

— Qué es lo que palmotea aquella gente t pregunta^ el provinciano 
señalando la ¿t^n^to de aplaudidores. 

•^Palmetea su salario, responde el general. 
— Su salario?, 

— Si señor, es el coro de aplausos qua-haee su oficio; que produce 
sin trabajo lo que le han comprado los señores comediantes. 

— !No comprendo. . • .^dice el provincisCno, entrando en familiaridad 
con su interlocutor. 

— ^Sabrá usted que en este teatro como en el tea^o dd mv/indo los 
cómicos de uno y otro, tienen aplndidores asalariados para que palmo- > 
teén y echen bravos de tiempo en tiempo, mientras dure la función. 
— 7Holal hola 1 eso no estaba en mi librito. 

— ^Pero U. dirá que si las cosas pasan así, por qué aplaude el auditorio 
entero ! Pues eso depende de que el hombre tiene cierta afinidad con el 
mico y por ello hace siempre cuanto ve hacer. % No le parece á F ? 

— ^Efectivamente el hombre es muy propenso á imitarlo todo, hajsta 
lo extravagante y. ridículo. ' 

— ^Ebos coros de aplausos, <lice el general, se usan hoy en todos los 
actos públicos de la vida. Los hay en los Congresos y en los templos 
para aplaudir á los oradores profanos y á los sagrados. Desempeñan 
este papel casi siempre en. las barras de las cámaras los estudiantes y los 
ra^amundos, con gritos vigorosos y ruidosos palmoteos, y al pié de los 
pulpitos los fanáticos, los hipócritas y las beatas, con lágrimas sollozos y 
exclamaciones. En las imprentas, ó sea en las oficinas á ellas^ anexas, 
hay también die esos coros. Publica usted un libro do versos ; una come- 
dia; un drama ó una novela y quiere hacer pasar su composición como 
un modelo de literatura ; como una pieza acabada, sin tomarse la mo- 
lestia de escribir usted mismo un largo artículo encomiando su obra,^ 
como hacen muchos? pues se vaá la redacción de un periódico y les da' 
nnoB doblones á los redactores ó editores porque le pongan en la sección 
de VARIEDADES media docena de párrafos diciendo maravillas de su com* 
posición, y esto basta para que digan de ella lo que usted misino no 



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habría dichos En eetoa últimas tiempos se ha inventado otro género de 
aplanso, á saber; el qne se tributan los políticos nnos á otros y ios lite- 
ratos entre sí, con el fin de aparecer i^pentinamente grandes en sa linea, 
i los ojos del mnndo. Unos escriben elogiando y alabando á otros, 7 
. éstos á sa tamo publican artículos y aun folletos elogiando á sus enco- 
miadores, y con este ardid cada cual cond^e el renombre á que aspira, 
y heme shl como unos alcanzan fama de Catones y otros de Horneros 
no siendo todos sino farsantes del grun Teatro social^ como diría fráj 
Qerundio. 

A esta sansón le pregunta Chepillo & su amo : 

—Dígame sefior general, j^a se acabó la función ? 

— ^No, amigo, falta «& acto ; pero bien podemos irnos al cuartel, 
acostamos tranquilamecíte, echar un ^uefio y volver & tiempo ; pues 
naesti^os cómicos tienen la manía de olvidarse de lo que están haciendo. 

— ^Yol verían á tiempo deotpa función le dice el provinciano al general 
" Tiene usted razón, pues con entreactos tan largos como los que se 
acoetihnbran en este teatro, cada acto bíene á ser nna pieza separada. . . 
.Á los que somos de mala memoría nos sucede loque dice fray Oernndio, 
cttisnrando eéta mala <5ostumbre, que cuando llega el acto segundo ya 
no nos acordamos de lo que pasó en el príáiero, y en consecuencia cada 
acto es para los desmemoriados una pieza mutilada. 

— Oh I fray €kmndio le hace al teatro de Madrid censuras terribles. 
Becuerdo que hablando de los entreactos largos dice : ^^ que hay oca- 
siones en que le asaltan á él temores de que los actores hayan empren- 
dido al^nn vijije ó les haya sucedido alguna desgracia, y qne tan solo le 
tranquiliza la seguridad, adquirída por la costumbre, de que ha de 
tener el gusto de. verlos al cabo de mucho tiempo aparecei; de nuevo en 
la escena." 

Después de esta conversación, la orquesta empieza á tocar y el ge- 
neral, Gnepillo y el provinciano se salen del teatro, dan un largo paseo 
j vacdven á sus asienten al punto en que se levanta él telón. 

' Aparece en la escena un actor haciendo' el papel de borracho. 

— Diablo 1 . . . . diablo 1 . . . . dice Ohepillo, miren como se ha metí- 
do de cómico el sastresillo Pedro Bedondo que tiene taller arriba del 
^ Ouartíll(h<ile'-¡U68(K' 

— Cidla, por la ICadre de Dios ! le dice el general, que no dejas oír 
lo que habla el actor. 

— ^Pero qué cosa buena va é decir si es un pobre Diablo que día y 
noclfe está en^urc(if. .'. . Mírelo bien y dígame si no-es verdad que estík 
haciendo equis y atajando pollos 7 

— ^Nocréi que tueras tan brato que no comprendieras qeféeáé có- 
mico estar haciendo el papel 3e ebrio. 

— Por 1)ien.que lo haga no hace gracia, pues todos los días se ensa- 
ya. .. • Pero mire, sefior, como son las cosas ; mejor lo hace en la tabe^ 
na que en el teatro. ... De repente ha émpido á hablar y caminar 
como si estuviera en su sano juicio. 

— Así es, hombre, así es ; se ha olvidado el bi<ntote del papel que 
desempefia. 

«-Mire, sefior ; allá eptre bastidores asoman dos caballeros las narí* 
¿es ; si vendrán á armar camorra cou. Pedro Bedondo. 

A esta sazón, el apuntador se deja oir en todos los ámbitos del tea- 
tro. £1 dice: * ' ■ / 

^— Padre mió, sabrá usted que estoy degamente enamorado de Ma- 
tilde y qtys deseo casarme con eua. 



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— 207 — N , 

uno de loe actQrea de la última escena repite una á una las palabras 
del consncita dirigiéndoselas á sa compañero. 

— Qnién demonios le 90^^ al recién lleudo ? pregunta OhepiUo. 
—Calla ! qae es el apuntador, le responde su amo. 
— -Sefiop general) vea usted due cosa tan particular. . . . 
—Cuál?. 

— Que el hijo es mayor ^ue el padre % No ve usted como tiene mas 
barbas y un aspecto m^ grave í 

— Ciertamente que están mal distribuidos los papeles. Se copoce 
que el director delteatro no tiene dedos de organista. 

—Ahí se presenta una joven .... Qui^ linda es I y qué cuca^ exclama 
el criado. 

— Cósete la boca, hablador,^ que lias hecho del teatro un lugu* de 
t^tuUa, en términos de desesperar á cuantos tienes cerca. 
. — Pero aquí todos hablan, ^^esuran y co'dean. 
En este ;nomento el actor que hace el papel de ebrio le dice con 
voz apagada y gangosa á la dama que^ acaba ^ de presentarse en la 
escena. 

— ^Matildel. • • • me abraso por ti de amor. . . . ¡oh, tengo un halcón 
enélfecJio! . ... , , ^ 

— ^Y yo un vesnvio I grita agesta sazón el otro enamorado. •> * 
— r yo me 9i¿boI .. . . dice una voz qQe sale de las lunetas. 
El auditorio palmetea, ríe y gríta desaforadamente. ' 
^-Porqué es esta algazara í pregunta el provinciano. 
— -Bah I exclama el general, pues porque el boiTacho dijo : tengo rn 
5a2c(7fat en el pecho, en vez de decir : ten^o un volcan: j>orque el otro 
Iftáiaate de Matilde dijo : y yo un vemvio. y un chusco le torció el vo- 
cal^ diciendo zjyome swo ; lo cual es chistbsísimo, tanto la feliz eqni- 
Toeacion del beodo, como la/ corrección del gracioso. ^ 
—Quién seria el del chiste } 

—Puedo jurar que fué un b<^otano, pues no hay un solo hijo de la 
.capital qué no sea salado y agudo. 

— ^£1 del chiste, diee Cbepillo,' fué un sujeto de Kemocon que tam- 
Hea es tierra de aaHadaa^ aunque no de agudos, porque todos sus habitan- 
tes, según he oído, son obesos y mofletudos. 

Chiten ! aue está hfiblando el ebrio. . . • Escuchémoslo. 

— ^Ingrata I le dice á. Matilde el susodicho acfbr,; sé que tú me des- 
precias, aunque me amas, pereque soy pobre, y vas á dar tu mano á otro 
á.qoien aborreces porqpe es rico. . . . Con esa conducta infame ; con ese 
reproche ofensivo me has despeñado de la alta cumbre del amor hasta, 
el profundo amsmo del odio y de la venganza. . . .:. Satanás me inspin^ 
en esta hora Critica el medio de castigar tu excecri^ble traición y el de 
anular eltríunfd de mi rival con un solo golpe, dice sacando de «ntre 
sa vestido un largo y brillante pufial. . . . Muere ! como debe morir toda 
mujer infiune t agrega, hacienao el ademan de hundirle el arma en el 
corazón. ^ . . 

ILa víctima cae á les pies del asesino, y al punto un horrible alarido 
sale de un palco. ' 

Al oir los espectadores tan destemplado grito, vuelven rápidamente 
la cara hacia el sitio de donde la vpz ha salido y ven á una señora como 
desmayada en su asiento y á un caballero, vestido de uniforme militar, 
qne la sostiene de la cabeza. 

£1 público se río y se burla de esta pantomima. ^ ' 



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— 208 — 

ínterin la comedia oontinúa. Oambiasé repentinamente la escena 
con dos nuevos actores que llegan aditados y que con aire despavorido ' 
dicen simultáneamente al ver el cadáver de Matilde : 

— " Muerta^ eetá UirdevenimoéJ^ 

El público al oir tan enorme tlesatino prorrumpe en ¿Ibos ^ carca- 
jadas, y no bien la -rechifla se aplaca un tanto, se deja oir la voz 'sonora 
del apuntador que corrige el error diciendo : 

— " Muerta está, tarde vinimos.^^ 

Y el telón desciende. 

En esto alza la voz un tunante y ^ice : 

—Que quisquilloso es el público I Guanta algazara y gritería por 
una nimiedaa ; por la colocación indebida de un acentioo y una comí$a 1 

£1 auditorio entero aplaude el chiste con palmoteos y vivas. 

A todo esto el general deseoso de saber quién es la dama del sincor 
pe, le presta un binóculo al vecino, se lo lleva á los ojos ^ al ver á la sen- 
sible eefiora que tanto se ha impresionado con el fingido asesinato de 
Matilde, exclama: ■* ^ 

-^ios mioi . . . Dios mió I . . . • es Petrarca t Me vo^ á socorrerla. 
^ general se dispone á salir; pero su criado lo detiene diciéndole: 

— Sefíor, no vava usted ; acuérdese que está de malas con el sefior- 
capitán, y que puede haber esta noche una, desgracia. 

-—Bueno es tu consejo. Ciertamente que no me conviene ir al palco; 
pero sí al callejón de la saUda á ver que cara me hace Petrarca. 

Esto dicho, nuestro héroe se dirige á la puerta que media entre la 
del salón y la de la calle y se sitúa en ella embozado en su capa. 

Di^ez minutos después Petrarca pasó de bracero con su marido, rb* 
sándo con su vestido el del general. Las miradas de los dos amantes se 
encontraron y con ellas se hablaron ló que sentían en ese lenguaje mudo, 
pero espresivo que sube siempre del corazón á los ojos de todo enamo- 
rado Al pasar, Petrarca 1^ dijo én Voz tan baja qué solo el oido 

perspicaz de nñ apasionado pudo^percibir : 

— ^Mafiana en la tarde lo espero en casa. 

— Ko faltaré á la cita, le respondió el general á media voz. 

Articuladas estas palabras, la ola de gente que salia, arrebató á la 
señora Eubí. lejos de nuestro héroe. 

Ciomo el general qada deseaba tanto como saber lo que hnbiera 
ocurrido entre el capitán y Petrarca, después deVcritico lance qué tanto 
lo había hecho temblar, recibió con alborozo la invitación de su dama, . 
pues 43omprendió que sus relaciones i^o estaban rotas y que podia volver 
á la casa sin peligro. ^ 

Contento se retiró del sitio que ocupaba pensando en la entrevista 
que ad día siguiente iba á tener con su Amada. 



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— 209 — . 



CAPITULO VIL 

De edmo en nna mala fonda se goza mfis eon lo qne se oye y se ve qne eon lo qne 

se come y se bebe. 

EEA -MAS de media noche cuando la función terminó, y excusado pa- 
rece decir que. el general salió del teatro bostezando de hambre y de 
sueño. Deseoso de tomar algún alimento se encaminó rápidamente á 
La llosa Blanca^ única^fonda decente (Jde en el tiempo de que tratamos 
habla en Bogotá y la cual todavía existe. 

—Para poder dormii*, bueno será cenar, le dijo á Chepillo qué lo 
iba siguiendo. * 

'Luego que á la fonda entraron, el general sementó delante de una 
mesa dondeun amigo suyo estaba ceñando huevos fritos, carné guisada 
' y pan. Saludólo cordialmente y en seguida le dijo á Chepillo que hiciera 
que le sirviesen una.taza de café, y que cenase él lo que gustase. 

Mientras que le servían la cena, el general se entretuvo oyendo 

4 charlar á media docena dQ lechuginos que hacia el centro de la pieza, en 

mesa de convite^ comian y bebian con buen apetito, y sazonaban Ta cena 

con chistes, cbanzonetas'y cuentos de todo género, á cual más obscenos 

y libres. - - 

— ^Paf a quién es el café? preguntó «n criado sucio que en pechos 
de camisa entró á la pieza con una cafetera en la un mano y una lechera 
en la otra. 

— Para íní, contestó el general. . - . 

, El^nozo se aproximó ála mesa y le sirvió á nuestro héroe inedia 
taza de café y media de leche. 

El general se llevó la taza á los labios y exclamó : ' 

— Hombre de Dios ! esto está frío. ... - 

^ — Si está fri9 se calienta, respondió el criado sin alterarse ni sor-- 
prenderse. , . 

— ^Piensas, acaso, que yo tomo café recalentado ?s 

^-Qué toma en lugar de él ? le preguntó el criado con soma. ^ 

— Sírveme dulce. 

El criado desapareció. 

El entre-acto rué largo como lo había sido el del teatro. El general 
cansado de esperar, se levantó de- su asiento, saKó al patio, llamó ; j)ero 
nadie le respondió. Chepillo nada consiguió tompoco, aunque se entró en 
la cocina á reconvenir á los criados. 

Después de aguardar'cerca de una hora se presen^tó el mismo sirviente 
con un plato de brevas crtidas, sumergidas en agua de azúcar caliente. 

El general probó el dulce y retirando el plato le dijo al criado : 

— Otra vez aunque me hagas esperar una hora más, traeme el dul- 
ce hecho y frió y no caliente y á medio hacer. 

El mozo tíe alzó de hombros y se marchó. - ' 

Nuestro héroe poffó lo que na debía é iba á salirse de la fonda á tiem- 
po que uno de los lechuginos contaba una conseja con algo de gracejo, y 
deseando^oirla hasta elSn, se detuvo. Fijándose luego en caoauno de 
los jóvenes que cenaban, le llatnó la atención uno de ellos \ ora por su 
lujo y compostura, ora por las adulaciones que le rendian sus compa- 

14: . 



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__ 210 — 

r 

fieros, quienes estaban prontos á aplaudir cuanto salia de sus labios ann- 
que fuera la mayor sandez, y ora, en fin, por las peticiones incesantes 
que de vino generoso hacia al fondista para dar á sus aduladores en re- 
compensa-de tanta lisonja y tanta alabanza como le tributaban. Moviólo 
el ^bneral por la curiosidad de saber qué pei*8onaje fuera aquel tan ala- 
bado, le dijo á BU compafiero de mesa : * 

— Amigo ftampelavo,- conoce usted al dan4y ó petinoetre que hace 
cabeza eu el convite y a quien sus compaSeros le vaten tanto el incen- 
- sario? 

— Mucho que sí ; es Don Cándido Nifío^ joven de buena familia, que 
hace pocos meses heredó una gran fortuna y que está dándose prisa á 
derrocharla como si le hiciera mucho estorbo. . *. Yo fui amigo de la 
casa en vida de su padre ; pero desde que éste murió no he vuelto á po- 
ner los pies en la puerta de ella. . . . Voy á dirigirle la palabra á ver si 
se acuerda de mí. 

— Hola I amigo Don Gandido,' mucho ^oza usted Qué vidita la 

que se está dando. Eso^s saber disfrutar la herencia. 

— Ah I si, respondió el petimetre, la existencia de mi padre era un 
obstáculo para mis goces ; la Muerte desbarató ese estorbo y mi vida 
se ha deslizado por una pendiente résvaladiza de placeres que me con- 
ducirán al paraíso encantador de mis ensueños. . . . Usted sefior ^am- 
pelayo, es testigo de lo que yo sufría en la casa de ese hombre estúpido 
que no pensó jamas en ^ozar ni en que sus hijos disfrutaran de la vida. 
Educado mi padre en la escuela del ascetismo, adquirió costumbres 
extravagantes que pugnaban con las del espíritu de la épcrca, y hé ahí 
la causa de su parsimonia extremada y de las penalidades de la familia. 

— Cierto es, dijo Sampelayo, que Don Modesto, su padre, fué un 
hombre de costumbres severas y rígidas y^oue sacrificó siempi:e su pre- 
sente á su porvenir. Cierto es que él dedicó las dos terceras partes de las 
riioras de su vida al trabajo y que se sujetó á mil privaciones ; pero cierto 
es también aue esto lo hizo estimulado por el noble deseo de tener con 
qué educar a sus hijos v aiíimado de la buena intención de dejarles una 
fortuna regular con qué pasarán la vida sin amarguras. . . . Don Modesto 
en mi opinión, fué un j38dre modelo 1 . . . . 

— Oh ! dijo Don Cándido, si el viejo no trabaja y guarda, yo no se- 
ria feliz hoy, eso es claro. Por tanto, no ie censuro su vida activa y eco- 
nómica, sino que no hubiera adoptado otras costumbres, icon las cuales^ 
sin dejar de acumular bastante, hubiera disfrutado él y hubieran disfru- 
« tado sus hijos y su esposa de algunos placeres, ya que la riqueza no tiene 
otro destino que hacer grata la vida. Eso lo habría conseguido fácil* 
njente, mejorando el ajuar de la casa, y las viandas de lá mesa ; vistién- 
dose él y vistiendo á la familia con decencia ; haciendo una que otra ter- 
tulia, dando una que otra comida, lo cual, le habría granjeado, ademas, 
un ^ran número de amigos de respeto y ponsideracion, cuyas relacio- 
nes le habrían dado nombre. 

—Verdad es, dijo Sampelayo, que cuando hay higos en la huerta 
hay amigos en la puerta. 

Don Cándido continuó hablando <^ual si su interlocutor no le hubie- 
ra interrumpido. 

- — To educado á \^,~modemay dijo, no he vacilado en entregarme á 
todo género de goces ; en darme gusto, regalando mis cinco sentidos con 
todos los placeres inventados por los hombres de vida muelle y refinada. 
Ko bien murió mi padre reedifiqué la casa dándole un aspecto elegante. 



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_ 211 — 

Enseguida la adorné lujosamente. Las paredes de la sálalas cubrí con 
'colgaaaras de papel aterciopelado sembrado de estrellas de oro, y 
las decoré con espejos de gran tamaüoy cuadros excelentes de la escue* 
la, veneciana ; el pavimento lo adorné con una alfombra de hermosos ma- 
tices ; los muebles antiguos los reemplacé por otros do madera de rosa de 
exquisita construcción. Del cielo raso suspendí una magnífica araña de 
cristal ; x^ubrí casi enteramente las puertas j ventanas con cortinas de 
telflí de la India color de paja, las cuales sembradas de figuras arabescas 
hechas de bordados de realce, pon del gusto más delicado, y finalmente 
las consolas las adorné con sendos floreros del Japón, matizados de oro, 
de púrpura y azul y con varios juguetes primorosos de porcelana de Sé^ 
. vres. Este lujo esplendido dé mi habitación ha atraído á ella la gente de 
mejor sociedad ; la que , corresponde al mundo elegante, y de ese modo 
he alcanzado la grata satisfacción de epsanchar notablemente el círculo 
de mis relaciones, " 

A esto le dijo Sampelayo : 

-—Esa gente atraída á la casa suya, más por el lujo del salón de recibo 
que por las simpatías que tenga por usted, busca sin duda el placer de 
sentarse en sofás de resorte y terciopelo ; el gusto de ver reproducida su 
imagen entera en tres ó<5uatro espejos y el capricho de poner los pies 
_en una alfombra, y no la satisfacción de ver á usted, de extrecharle la 
mano y de oir su agradable conversación. Mas, si esas personas no fuesen 
atraídas á la casa de usted \m el lujo y brillo de los muebles, puedo 
jurar, que en tal caso, han solicitado su amistad estimuladas por un ín- 
teres innoble y bajo. Saben que usted es rico y generoso, y deseando 
concurrir á Ips banquetes, saraos y paseos ; á los festines de todo géhero 
que usted dé á sus camaradas, se han por esto relacionado con usted, y 
ademas .por aquello de hazte amigo del rico que mafíana prestarte puea^ 
el lorrieo. A esos falsos amigos, señor Don Cándido se les dá con las 
puertas en la cara, en vez de abrírselas de par en par ; a esos amigos de 
«u propia conveniencia y comodidad, se les dá con el pié, pero no se les 
tiende la raáno, porque. ellos son dignos del desprecio y no de la estima- 
ción de un caballero como usted. " 
— Usted se equivoca, respondió el señor Niño, pues no todos los que 
buscan la amistad de los ricos de buen tono, son falsos amigos ; pero 
dado caso que lo sean, yo Qon esas relaciones no sufro cliasco, puesto 

3ue las' acepto únicamente por llamar la atención general, y poco se me 
á con que las consideraciones que me dispensan sean fingidas ó inte- 
resadas. .^. . Yo he reducido todas mis apiraciones á una sola cosa ; á 
hacerme el hombre de-moda ;^él primer galán del Teai/ro-SodaZj el pro- 
tagonista de la gran comedia mundana, y creo haberlo conseguido con- 
virtiendo iQÍ casa.en un lujoso palacio y naciendo de éste el centro de las 
más raras, agradables y exquisitas diversiones. Mi nombre es hoy pro- 
nunciado con respeto y aun con veiíeracion por todas las personas que 
llevait una vida bulliciosa, afegre y divertida, porque les recuerda jos 
más brillantes bailes y saraos ; los banquetes mas suntuosos y las fiestas 
más espléndidas que he dada en mi casa, y porque les trae á la me- 
moria los más alegres y agradables paseos que he hecho al Salto de 
Tequendama, á Fusagasugá, al Puente natural de. Pandi, á los Man- 
zanos y á XJbaque. Para conquistar el nombre áQ raro personaje déla 
época^ he llamado la atención pública de un modo más serio : ,me he 
batido tres veces con hombres ae mérito; una por amores; otra porjque 
un caballero pretendió quitarme cierto pi\esto en una contradanza y la 



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— 212 -. 

última;ve¿ por nn artículo qne di á luz en un periódico en el cual puse 
en ridículo á una familia honorable. -, 

— Ciertamente que se ha hecho usted nn personaje singular; pero 
si continúa con esa vida, no tardará mucho tiempo en que lo vernos 
descender á largos y precipitados pasos por los^ escalones de la miseria, 
hasta ir á parar en el abismo tenebroso donde gimen y sollozan tantos 
imprudentes que no han tenido tino para invertir £ns rentas, ni juicio ^ 
^para conseívar su herencia. Y tenga ustfed en cuenta esto : que desde el 
motnento en que empiece á revolcarse en .el fango de la miseria y á dar 
gritos de dolor, nadie de usted se condolerá 1 nadie le oirá sus gemidos, 
y si^cosado por el hambre llegase usted á la puerta de la casa de cada 
uno de aquellos á quienes ob^quió cuando filé rico y feliz, á pedirles un 
pedazo de pan, le volverán la espalda y lo desecharán coiho á huésped 
importuno é incómodo. 

—No creo mucho en los profetas de este tiempo, le respondió Don 
Cándido un poco picado ;*ese temor de empobrecer gastando, solo lo 
abrigan las almas ruines esclavisadas por la sórdida avaricia. JPero si 
disfrutando en lo sucesivo de mi herencia, como de ella he disfrutado 
hasta el dia de hoy, quisiera la mala suerte* conducirme á ese abismo ^ 
que usted ha pintado, yo sabria burlarme doi Destino dándome á tiem- 
po un balazo. 

Oh I .^. . . ct)n que usted es hombre de ánimo tan resuelto que a.tente - 
contra su vida en un lance desesperado? le dijo uno de sus convidados ; 
con esa acción probaria que tenia los sentimientos de los héroes de lá 
antigüedad! Si llegara ese dia, usted se inmortalizaría conao el célebre 
Catón que se atravesó con su espada en Ütica por no caer en manos 
de sus enemigos. * - ^ 

— Sí ! sí ! .... gritaron todos los del convite, viva el moderno 

Catón ! . . . . Viva el héroe de las diversiones ! Bebamos á su salud! 

La entrada en la fonda de un raro personaje puso fin al diálogo y á 
los vivas. 

Era este tm joven de alta estatura ; de fisonomía agradable aunque 
algo alterada por los estragos del vino, vestido con desencia, bien 'que 
con aquel desalifio peculiar de toda persona entregada al torpe vicio de 
la embriaguez. Este hombre al pisar el umbral de la puerta-de la pieza 
Be detuvo, aplicó al ojo derecho una lente montada en oro, que llevaba 
al pecho, pendiente de un cordón, y fijó su mirada en cada uno de los 
concurrentes. 

— Ahí tiene usted un ejemplo vivo del triste fin de todo pródigo, lo 
dijo en voz baja Sampelayó al general,' señalándola el joven que acaba^ 
ba de entrar. 

— Qué sujeto es ese ? 

Es Don í^entura de jE>wí«, joven de mérito en otra época, que here- 
dó cien mil duros, y en el acto de entrar en posesión d^ ellos, sin poner- 
se á pensar en las consecuencias de la prodigalidad, empezó á dar festi- 
nes con frecuencia ; á conceder empréstitos y hacer donaciones tanto al 
Gobierno como á particulares, y en menos de un año salió de la mitad 
de su caudal. En seguida hizo un viaje al extranjero; visitó las principa- 
les ciudades de Europa, y en el viaje, en el j<iego y en vicias vergonzosos 
derrochó el resto. Volvió á Bogotá median tcuna' contribución levantada 
entre sus Ijuenos parientes y amigos verdaderos. Recien llegado está de 
Paris, de dpnde ha traido uo pocos vicios y un aire insolente y desprecia- 
tivo. Vive ebrio, pues como todo el que ha sido rico y deja de serlo, 
bu?ca el alivio de sus penas ahogando sus recuerdos en aguardiente. 



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. — 213 — ^ 

El geüQi^al dijo : 

— ror el gesto despreciativo que usa y el lente que tiene en la^ma- 
no para mirar cuanto lo rodea, conocí que estaba recien llegado de Eu- 
ropa* Ko sé porqíié motivo los que visitan esas tierras cultas, á su vtielta 
pretenden pasar por hombres de gran mérito haciéndose los naiopes ó 
escasos da vista. Estoy por-creer que en Europa todos los hombres de 
alta importancia son cegatones. , ' • 

—Es, seguramente, que tpdo el que va ^ Europa se deslumhra y 
ofusca con laa^ resplandecientes bellezas que allá vé, y á su regreso ha- 
llando los objetos de su país, opacos, deformes y pequeSitos, necesita de 
lente para distinguirlos. 

—-Inclusos los hombres en esos • objetos ? 

—Sin duda. "• 

-En este instante el jó vea del lente abanzó doa^ pasos tambaleándose, 
y le dijo á un criado : 

— Di .... di ... . díle al patrón del esta . . . cimiento que me 'tnande 
de cenar y <jue. . . . que . . . . que me haga cuentas. 

— Y quién«,es usted ? le preguntó el sirviente. 

—Que.... qué.... que quién soy yo?.-.. Bah 1 yo no sé quién 
soy, tartamudeó, y en seguida pasó por la pieza al interior, de la casa. 

— Oh ! . . • . dijo riéndose uno de los petardistas de Don Cándido Ni- 
fío, eso de, yo no $4 quién soy^ me recuerda el cuento del maestro Pabli- 
to. i Quieren ustedes que les eche ese cacho f 

— Bueno, bueno, échelo usted, le respondió Don Cándido. 

— Atención cargaradas. El maestro Pablito era un zapatero qije se 
éoiboiTachaba con frecuencia y que cuando estaba ebrio le daba muchos 
ffolpes á su esposa, la cual era casi una santa, porque ,oia misa y se con- 
fesaba todos los dias. Cansada la infeliz mujer de sufrir tan mala vida, se 
fué un día á donde su confesor, que era pn fraile franciscano dealguna 
gravedad 5 le contó el mal trato que le daba su marido, yje rogó que le 
ájconsejase lo*que le conviniese hacer para enmendar y corregir al njal 
hombre. 

El fraiífe después <ie meditar largo rato en el medio que fuera apro- 
jjósito para mejorar al zapatero en su mal vivir, le preguntó á la mujer 
si su marido bebia hasta quedar inmóvil como im muerto. 

— Señor, le respondió la susodicha, el hombre se emborracha hasta 
perder completamente los sentidos. 

— Bien pues, le dijo el padre, cuando usted lo vea en tan miserabl(B^ 
estado, ven^a avisarme, que yo tengo de jugarle una mala pasada que 
quede curadp del vicio. 'v 

La mujer se retiró consoladja.. 

Al di a siguiente como á eso' dé las. seis y media de la noche, se fue 
la mujer á la portería del monasterio y le dio cuenta al fraile de que el ^ 
maestro Pablito estaba fuera de sí en su mismo taller (situado, sogun ft) 
reza la crónica,. en la esquina de la calle de la Veleta.) 

— Cómo ! el suceso pasó en Bogotá ? preguntó Don Cándido. 

— Sí señor, aquí pasó. Pero voy adelante con jni cuento. 

:^1 padre valido decierta autoridad que tenia en el convento, mandó al 
punto á cuatro coristas que tomasen un ataúd y un hábito de San Fran-^ 
cisco (que como ustedes saben es la mortaja ae los J^obrefe) y que lo 
acompañaran á donde el zapatero. 

Preparadas ambas cosas, sé encaminaron todotí cinco al tfdler. Lue- 
^o que llegaron, se apoderaron del cuerpof inmóvil, lo amortajaron con 



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— 214 — 

el hábito ; lo metieron en el ataúd y cargaron con él, para el convento. 
Depo8Ítár<;>nlo, cnal si estuviera muerto, en la sala de profundia; le en- 
cendieron dos cirios ; cerraron la puerta y se retiraron silenciosamente 
á sus celdas, sin que nadie hubiera visto nada de cuanto 'acababan de 
hacer* 

Media noche podía ser cuando el pobre maestro vuelve en sí de su 
embriaguez y al verse amortajado, metido en un ataúd y solo en aquella 
inmensa sala cubierta de sombras, lanza un grito dé espanto y se levan- 
ta aterrad<5. , ^ 

Desesperado cort^ á la puerta y como la halla cerrada, y no tiene 
por donde escaparse de la mansión de los muertos, empieza á dar golpes 
en la tabla y prorumpe en aullidos horribles. A los golpes y gntos se 
. despierta la comunidad, se levanta y ocurre, como impulsada por una 
fuerza mist<3riosa, al claustro en donde está situada \a sala de la c\i«I 
salen los ruidos. 

De los coristas que son sabedores de la travesura, uno abre la puerta 
y al ver los frailes á aquel padre desconocido, retroceden despavoridoa 
creyendo que es algún monje muerto ha muchos años, que con el poder 
de Dios se levanta de su sepulcro. 

El zapatero no pudiendo darse cuenta de su propia existencia abre 
los brazos y se deja caer de rodillas gritando : 

— Dios mió I Dios mió ! .... en dónde estoy ? qué es de mí ? 

El prior invocando el auxilio del Todopoderoso, avanza un paso y ^ 
con voz pausada, pero trémula le dice : - 

—De parte de Dios, díme alma ¿ quién eres? 

-^Señor, responde el zapatero con destemplado acento; si el maestro 
Pablito Que vive en la esquina de la calle de la Veleta, está en su taller^ 
yo no sé quién soy. 

Los que oyen el cuento sueltan una carcajada. 

— Ban! exclama Sampelayo, esa conseja es más sabida' que el 
bendito y más vieja que la sama. 

^ —Cierto es ; pero no por eso deja de tener chiste y gracia, replica el 
recitador, y en prueba de ello el auditorio se ha reído- 

—Y en que paró maese Pablito ? se corrigió del vicio ! le pregunto 
un curioso ? 

^ — Completamente. Como el pobre zapatero no supo jamas que él 
habia sido juguete de una farsa ejecutada por el confesor, de su mujer^ 
le entró en sustancia su muerte y resurrección y so metió de anacoreta 
en una ermita de Monserrate, donde murió hecho un santo. Del dia de 
BU conversión data la venei'acion de los zapateros de esta ciudad por el 
dia lunes, pues el héroe de mi consga se entregó & la vida solitaria la 
víspera de un martes. 

^ *— Y qué desenlace tuvo el suceso la noche que los fraHés encentra- 
raron á maese Pablito en la sala de prqfundis f 

«— Aúfiigo, esa pregunta es demasiado indiscreta habiendo dicho ya 
la gracia del cuento* 

*— Me imagino, dice Sampfelayo, que á muchos ciudadanos, poi:, mo- 
tivos de otra especie, les habrá sucedido en este país lo que a maese 
Pablito. 

— A quiénes y por ^ué motivos ? pregunta Don Cándido. 
^ — A todos aquellos ignorantes, que protegidos por su hiena estrella 
énioamente^ se h^n visto de un dia á otro colocados en los más altos y dis- 
tinguidos puestos públicos. . . Esos tales cuando se hayan puesto á meditar 



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_ 215 — ' 

fen lo q[ile fueron y en lo que son, se liabráií dicho lo que dijo el zapatero 
que vida en la esquina de la calle de la Yeleta : si fulano d^ tal que 
' vive en tal parte, está en su casa, yo no sjé quien boy. 

—Voto á bríos I dice Doíi Cándido, á fe mia que tiene usted razón. 

Y se pone á reír desaforadamente. 

Esta risa es imitada por todos los circunstantes. . 

ínterin pasaba en la pieza donde estaba el general, cuanto acabá- 
bamos de contar, eri otro cuarto situado al lado izquierdo del patio tenia 
lugar un suceso algo chistoso que con el mayor gusto vamos á referir á 
nuestros lectores» 

Después de haber reconvenido Chcpillo á los mozos de la fonda por 
la tardanza en servirle al general el dulce quq este habia pedido, se en- 
tró en la pieza que liltimamente hemos citado, donde halló á cuatro ca- 
balleros cenando con buen apetito, hablando á gritos y manoteando como 
energúmenos. Era uno de estos Don Ventura dfe Díaz que ya conocen 
nuestrqs lectores, otro Don Casimira J!íublado que no Tiabiamos dado á 
conocer y loB otros sujetos eran dos literatos de los más conspicuos del 
pakj (según el concepto de ellos mismos), cuyos nombres tenemos 
él capricho de dejar en el tintero. Los dos primeros departian con en- 
tusiasmo, como buenos bebedores, acerca de ía fuerza de los vinos que 
les eran conocidos y la cantidad de alcohol que cada uno de ellos 
con tenia. Espresábánse los tales con la misma propiedad y esactitud 
que lo hiciera un comerciante de licores espirituosos,^ acostumbrado á 
examinar la fuerza de ellos con el alcohómetro -sentecimal de Gay- 
Lussac. . . .Fero de ello no hay que admirarse pues los famosos bebe- 
dores tienen' un alcohómetro excelentre : él paladar y la lenffua. Los 
otros sujetos estaban empefiados en la más intrincada discusión sobre 
cuál debi^ ser de la G y la J la que convenia nsar en los vocablos que 
€egun el Diccionario de la lengua llevaban la G precedida, ya de la E ya 
de la I,, debate de la mayor importancia para el progreso de las letriis é 
ilustración de la humanidad, como aquel que tanto agitó el ánimo de 
dos filósofos de la antigüedad sobre qné habia sido primero si la gallina * 
ó el huevo, respecto de ciíya investigación escribieron gruesos y razo- 
nados volúmenes que darán luz á nuestros sabios para seguir el camino 
principiado por dichos filósofo^, hasta que logren descubrir la verdad en 
punto tan interesante y de tan fecundas y trascendentales consecuencias 
para la dicha y prosprídad del género humano. 

' Chepillo sin hacer mucho caso de la disputa, atravesó la pieza 
lentamente en dirección de uno desús ángulos donde habia una pequeña 
inesa sin manteles y un taburete de paja desvencijado, en ei cual 
ce sentó. 

^ — Hola ! le dijo á uno de los criados, dígame usted qué alimentos de 
sal puede darme de cenar ? ♦ 

—«lío hay, respondió el sirviente, sino es sopa de menudo y sesos 
atomatados. y " 

— Bien, déme usted un plato de esa sopa y un pa\i francés. - ^ 

El mozo desapareció. 

Al oír Don Ventura de Díaz este diálogo, dejó la conversación que 
4;enia con Don Casimiro y Hamo la atención de sus compafieros hacia 
Chepillo que esperaba á que volviese el criado con la sopay el pan, y les 
manifestó á media yqz el disgusto que le causaba que un hombre de nta- 
na se dispusiese á cena en la misma pieza donde ellos estaban cenando. 



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♦ — 216 — - ' 

Los tres camaradas de Díaz volvieron al punto la cabeza hacia donde 
CSiepillo estaba sentado y lo níiraron de reojo acompañando lá mirada 
con un gesto de desprecio. 

El mozo notó la. mirada y el gesto y juzgándolos debidamente, 
se dijo : ^ » * 

—Yaya unos caballeros más quisquillosos!.... como sí, no filera 
permitido por el dueño de la fonda v tolerado por sus parrojquianos de 
casaca^ que entrase aquí toda clase ae gente á comer y a beber teniendo 
dinero con-qué pagar..:. Pero aunque esta fonda estuviera destinada 
únicamente á las personas que visten de paño y terciopelo, i no ^ale 
más un hombre de ruana en su sa^o juicio'^quo cuatro borrachos de 
levita? 

Cbepillo decia verdad, pues los^susodichos caballeros estban achis- 
pados, bien que no tanto que no supieran lo que hacían. 

Tales cosas meditaba el mozo cuando el criado le sirvió la^sopa d^ 
menudo y el pan francés que deseaba trasladar á su estómago vacío. 

Como Chepillo estaba con hambre estudiantina, empezó á devo- 
rar el plato engulléndose descomunales cucharadas, 

Don Ventura al ver la glotonería con que comía el mozo (lo que 
muy bien pudo notar por habÓBsele despejado algo la cabeza con le 
que había cenado)^ le dijo : 

í— Hola amigo ! le aconsejo que coma menudito si es que quiere 
hacernos creer que es persona decente. 

— Estov comiendo, respondió Chepillo, apresurándose á devorar lo 

Sine en el plato quedaba, sin apercibirse del doble y contrario sentido* de 
apalabra. ' 

— Sí, está comiendo, dijo Don Ventura ;, pero con una glotonería 
que espanta, y por ello es por lo que le aconsejo que lo haga echándose 
menvdoa locados. 

No fué menester más para que Chepillo . comprendiera la sátira* 
Irritado por tan gratuita ofensa quiso vengarla zahiriendo el amor pro- 
pio de Don Ventura, qtíe laf echaba de gracioso, y- coni efecto toáió el 
salero que cerca tenia y fué y lo puso inmediato ál plato de su provocador 
án decirle una palab^. 

—Oh ! con que muy simple le parece lo que acabo de decirle, que 
se apresura á obsequiarme con la sal de su mesa para que sale mi lengua-) 
, le diio Díaz, y en seguida aüadió dirigiéndose á uno de los mo2os de la 
, fonda: 

—Mira, garzón, -sírvele al señor un plato de sesos que bien los ha 
^menester. • ^1 

—Y al caballero, que tiene gusto en incomodarme, dijo Chepillo, 
acérquele usted el .taller á su plato para que se sirva vinagre y mostaísc^ 
que por lo que veo son condimentos propios de su picante lengua. 
— Le han hecho ampolla mis palabras ? 
. — Cómo no, si su lengua es un sinapismo verdadero; sinapismo que 
irrita, sin hacer reír. - ~. 

Durante este diálogo los literatos habían dejado su discusión y esta- 
ban atentos á lo que los contendientes se decian. Asombrados^ de las 
contestaciones g^ue^daba el hombro de rua/na^ cambiaron una mirada y 
fijando en seguida sus ojos en Díaz le hicieron cierta seña, con la cual le 
dieron á entender >3ue había hallado la horma de su zapato. 

Don Ventura frunció la boca^ hizo unagifiada y dijo entre diéntese 
—A fe que np^s un mandria ^/rmneU. 



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— 217 — 

^ En este inoinen^^ entró en la pieza ün criado y puso en el centro de^ 
la mesa, donde nuestros caballeros cenaban, una bandeja con un lechon 
relleno que humeaba^ despedía un olor tan fuerte quenábria abierto el 
apetito a un enfermo de inaigestion ó haltera. / 

Sucedía esto en el instante en que Ghepillo acababa de engullirse 
la sopa y el pan. Hallándose satisfiecho se levantó de su, asiento, pagó 
loque se "había comido y se despidió con urbanidad de los seflores 
cenadores. - 

— Hola!..,, holal.,,.. no se yaya usted, le dijo Don Casimiro • 

(quien no había perdido 4ina palabra del diálogo y deseaba que conti- 
nuara), espérese usted y si gusta pone en el estómago, coaK> añadidura 
á p cena,. una presa de este cocbmíUo. 

— No, señor, no^quiero ceuar lechon ; que le haga á usted provecho, 
respondió el mozo con cortesía. 

— Usted dirá que perro no come perro i no es verdad? ^ ^ 

— Sí come, y en prueba de ello va usted á ver <jue sin repugnancia 
noe manduco una tajada de ese animal de mí es))ecie, dijo Onepillo re- 
primiendo la cólera que le produjo semejante insulto y dando á enten- 
der que tenia correa, ^ ^ '' ' 

En seguida se acercó á Ja. mesa, extendió un braiso, cogió la bande- 
ja dónde estaba el lechon y la hizo resbalar sobre el mantel hasta colo- 
carla á corta distancia' de su cuerpo. Luego tomó un tenedor y un 
cuchillo y se pufio á amolar éste en aquel como lo hiciera un cosmero 
experiment&do. - ' . 

-—Sí ese aimal,<le dijo Don Casimiro, fuera pavono gallina, le acon- 
sejaría á usted que se sirviera la pechi^ga: pero ya que ps ün lechon le 
encargo que se engulla las orejas, que es bocado de orejón. 

— Me comeré las orejas, dSjo con calma Chepíllo, pero siempre que 
usted me acepte la pieza que al cochinillo le sobra, porque de nada le 
sirve, y que a usted le falta porque debe llevarla. 

— La cola ! . . . . la cola ! . . . . gritó uno de los literatos soltando una 
risotada .... Bravo I . . . . bravísimo I . , . . Que siga la zumba que está 
de alquilar balcones. 

— No podré saber, dijo Don Casimiro frunciendo el entrecejo, quién 
es usted que tan insolente se muestra í ' 

^—jx usted no me hará el honor de decirme quién es, que tan pro- 
vocador sé manifiesta ? le preguntó Chepíllo con chocarrería. ^ 

— Yo soy el coronel Ódsz-miro Nwlado^ uno de los héroes afortu- 
nados de la acción de La Cuiebrera^ acostumbrado á matar^ culebras^ 
como usted debe suponerlo. 

— ^En esta vez no le arriendo las ganancias,^ dijo el mozo, {aparte) j 
como en las representaciones teatrales, pues bien puede suceder qué el 
matador de serpientes muera ahogado entre los anillos de 1^ que íntenia 
despachurrar. , . 

— Amenazas I .... y por quién ? Sepásmolo ! gritó Don Casimiro 

con un acento de irritación que no pQ<\emos pintar. 

— ^Por un descendiente delmarqices de i^n Isidro, que no mira nu- 
blado sino piuy claritOj dijo el mozo con reposado continente, aludiendo 
al nombre y apellido de sii contendor. 

. -^Voto al chápiro, hé ? con que tengo que habérmelas, nada menos 
que con un caballero noble á quien tal ve^ la mala suerte ha empobre- 
cido? dijo acentuando irónicamente cada una de las palabras que iba 
pronunciando. 



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— ^Nada menos, respondió Ofaepillo, clavando el tenedor en el lechoii 
para empezar ¿ despresarlo. * 

—Atrevido ! . . . . le gritó Don Ventura con nn acento que envolvía 
el más acre vituperio, sepa us^ed que estoy resuelto á hacer en su cuerpo 
cnanto usted baga en el de ese cochinillo. - -^ 

—Sí, dijo Don Casimiro con atronadora voz, haremos con usted lo 
que usted haga con el lechon : lo entiende ? señor margruesiUo. 

£1 diálogo comenzado con burla j como en chanza se tornaba som- 
brío y amenazador. Nuestro héroe, viendo el giro que . tomaba, quiso 
verle el fin y con efecto aceptando el reto dijo : 

—Con que harán ustedes conmigo lo que yo haga con este animal ?..« 
Muy bien ; ya veremos ! 

Y poniendo el tenedor y el cuchillo sobre la mesa, cogió el lechon 
de una pierna y le metió el índice de la diestra por. . . . j Jror dónde" se 
lo metería, el truhán de Chepillo, cuando no sabemos de qué suerte de- 
círselo aT lector? Pues bien, se lo introdujo por donde le pareció conve- 
niente, y en^seguida se lo sacó lentamente y se lo chupó con vehemen- 
cia, como si fuera u» caramelo. Ejecutada esta acción se cruzó de brazos, 
tomó un ademan chocarrero, dirigió una mirada de burla á los sujetos 
que tan sería amenaza leliabian hecho, y les dijo : 

— Espero que ustedes, valientes caballeros, cumplirán puntualmente 
fia palabra. 

Los literatos cambiaron una mirada con sus compañeros y soltaron 
una risotada. . ' 

Incontinenti Chepillo les hizo á todos una profunda reverencia y - 
desapareció, dejando confundidos v abochornados á los dos truhanes que 
habían querido ponerlo eji ridículo. ^ 

Pronto el mozo se reunió con su señor y un instante después' juntos 
salieron de la fonda. 

Trascurrida media hora, amo y criado dormían tranquilamente en 
•II lecho. , 

CAPITULO VIII. 

Donde se ve que no toda mujer que es bonita de noehe lo es también de día, 
ni toda la qne babla mncbo es ilnstrada, 

GUANDO el dia amaneció; el general despertóen su cama ; cosa á la 
verdad rara en un militar. . 

Levantóse á la hora acostumbrada, (entre nueve y diez), se afei- 
tó, se bafió, se tifió las canas de los vigotes y de la cabeza con cosmético 
negro ; se peinó y perfumó, como un refinado lechugino y se vistió un 
magnífico uniforme, como si^fuera á pasar revista general jó de inspec- 
ción. Hecho esto, se paseó un rato en su cuarto, y aburrido dé verane 
el tiempo no corría, ^ salió á la calle anduvo arriba y abajó ; almorzó y 
volvió al cuartel de mal humor. . . . Jamás habían pasado las horas pa- 
r^ el general con más lentitud como las de aquel día. 

Al fin sonó la tan deseada y nuestro héroe se lanzó á la calle en di- 
rección de la casa de su amada. 

En aquélla sala donde el paje del general representó, una verdade- 
ra comedia, estaba Petrarca como á eso de las cuatro recostada en un 



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— 219 — ' 

_ gran sillón forrado en tripe color de cereza. »Su peinado era nn poco gro- 
tesco, pues lo tenia recargado de ¿ores, cintas, plumas, peifretí» y ca- 
chumbos. Su vestido era de gro color de grana y sobre el resaltaba -el 
blanco subido de un cuello de encaje y unos puñoB de punto, admirable- 
mente trabajados. ^ 

La emoción que agitaba á nuestra heroína crecia al aproximarse la 
hora en que debia llegar el general, y no obstante esa agitación, leía 
atentamente en ^unlibro de lujosa pasta, en cuyo lomo Sabia escritas 
" estas palabras ; las mil y una noches. 

Dq repente se presentó el general en el umbral de la puerta y 
aunque clavó su mirada en la faz de Petrarca no pudo leer en su sem- 
blante la impresión que le hiciera la lectura de las páginas que recorría 
con ávidos ojos. Sabéis por qué? Porque la cara de Petrarca tenia 

fasta comt) el libro en que leia, y un libro cerrado no lo lee ni el mismo 
diablo, que según la opinión de las beatas es un excelente mágico. 
Si sefíor lectoi^, no lo creeréis ; pero es verdad que la cara de Pe- 
trarca era empastada y ia pasta bella en toda la acepción de la palabra; 
rosada, pulida, fresca, deslumbradora, que ocultaba la vejez de la obra 
rustica haciéndola aparecer apenas de unos 2é años. Esta dama cubría 
con una espesa capa de cascarilla y colorete por lo menos dos lustros, 
que para una mujer comaPetrarca, que empezaba ya á declinar, no era 

{)Oca cosa, borrar de su vida diez años, y volver á una edad florida ccm 
a cual lograba hechizar á cuantos la veian .... de noche. Petrarca se 
retocaba en términos que cuando se estaba inmóvil parecía más bien 
una estatua quiteña que unaTjpnita hija de Eva. Sinembargo tres cosas 
' indicaban que habia vida en aquella máscara de yeff<? ; los ojos, la booa 
y la voz^ 

Los ojos grandes, negros, centellantes, lanzando vivos resplandores 
y moviéndose en todas direcciones siempre que su lengua^espresaba las 
distintas emociones de su alma. 

La boca pequeSa, de labios color de fosa que remangaba hacia la 
nariz, á la derecha y á la izquierda, como para ostentar unos dientes 
parejos, blancos y tersos cui^I teclado de nácar de un acordion pequefio 
mirado por una lente de diminución. 

La voz dulce y armoniosa qu^ producía notas delicadas, que salían 
snavemente por entre esa admirable dentadura, como salen las del acor- 
dion por encima de sus nacaradas teclas. 

_ Petrarca, tanto por su lado físico como por su lado moral incitaba 
siempre la risa y nunca inspiraba respeto "ni consideración. Las personas 
sensatas que s*b acercaban á está vciXíjQvsemiartificialy se burlaban de ella 
por dos cosas, á saber : por su máscara tiesa, encarnada y reluciente y 
por su insulsa y fastidiosa bachillería. 

Nuestra heroína se pintaba mucho y hablaba demasiado porque pre- 
teñdia dos imposibles : ser la reina de las bellas, y la persona más ilus- 
trada en literatura, en geografía, en historia, en política y en otras ma- 
terias que por moda se enseñaban en Bogotá en ese fiempo. 

Paria alcanzar el primer trono (que' no podia conquistar ya con su 
hermosura natural, porque habián pasado sus bellos días), ideó una ca- 
reta de cascarilla iluminada con arrebol, que no dejaba de alucinar á 
los tontos. ^ 

Para conseguir el segundo trono se dijo : 
- -^Teiígo un gran talento y mucha afición á la lectura ; no debo hacer 
sirio es leer mucho y meditar algo y con esto tengo para saberlo todo. 



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— 320 — 

Desloe que tal cosa pensó, se dedicó á leer, sin método ninguno, 
cuantas obras didácticas caian en sus níanos j cuantas novelas antiguas 

Ír modernas hafbian venido de allende los mares. Cuando habia l^ido unos 
reinta vdíimenes se creyó llena de erudición y sabiduría y deseando lu- 
cir su ilustración, comenzó á emplear en la conversación los términos 
más rimbombantes ; á emitir en los discursos las ide^ más incoherentes 
y á sacar, de cuanto leia, las deducciones más disparatadas y antilógicas, 
porque la pobrecita era cerrada de entendimiento como todas las qne se 
precian de tener talento claro y despejado. 

- Como se cfeia una madama Stael, se entregó á escribir al público 
cuanto se le venia á las míenos, sin advertir que el público podía discu- 
rrir y pensar que la atrevida escritora pen8a\>a y discurría no oqmo una 
madama Stc^fj sino como una madama estólida. ... 

Hecostada estaba, esta señora, en una silla, como lo hemos dicho, 
cuando se presentó el general en el umbral de. la puerta. Petrarca apartó 
los ojt>s del libro para ponerlos en su amante, se enderezó un poco y con 
ia mayor amabilidad le dijo con tono y ademan de cómico. 

—A qué raira easualidad debo la inefable dicha de ver á usted en 
la puerta de mi confortable retrete? 

— ^Me trae á su casa la invitación que usted tuvo la bondad deTia- 
eeiune anoche ál salir del teatro, le respondió el visitador. 

f— Se^n eso, mi^ caro general, usted habia resuelto no volver á mi 
morada si yo no desplegaba mis labios para deciíle : v^nga usted ? dijo 
Petrarca ^cerrando el libro que tenia en la mano, poniéndolo á un kao 
y ^e&alándole á su amante una silla para que se sentara. 

— Oh ! no, grandes deseos tenia de visitarla, pero no lo habia hecho 
porque he estado indispuesto, contestó el general, sentándose en la 'billa 
que le mostró Petrarca. ' , 

— Lo siento, se^or mió, en los pliegues más recónditos de mi alma. 

— Gracias ! . . . . j y usted ha estado bien ? 

—Oh ! Ho, general; el susto de la otra noche desarrolló en mi má- 
quina nn e'epistotono, ó sea una conmocioir nerviosa tan violenta, que te- 
mí que parara en un sincope. Después, á cassa, seguramente, de la fdne- 
bre melancolía que torturó mi corazón, estuve por largo espacio sufriendo 
vigorosas convuisiones,en#el diafragma. 

— Ah ! sí, quiere usted decirme que tuvo hipo, | no es esto ? 

— Sí sefíor, y ha de saber usted que semejante enfei^medad es en mí 
^el todo exótica y agena de mi complexión. 

— Bien, dijo el general, me ha dicho usted que estuvo indispuesta 
por consecuencia del susto que le infundió la repentina aparición del 
capitán ; pero no me ha contado cómo la pasó esa nocke ni qué camino 
tomó. * ^ "^ 

— Oh ! no quisiera acordarme de ese nocturno suceso, dijo apre- 
tando los diéntela y los puños, se me enciende la sangre de fra al consi- 
derar que füí víctima de un ^ran terror y que ese terror fuera pánico. 
Voy á referir á usted en pocas palabras mis m^vimiwitos corporales y 
mis inquietudes, zozobras y tribulaciones es))irituales de esa norrórosa 
noche. ^ ' 

Cuando se presentó mi cónyuje en el umbral de la puerta me quedé 
frígida y espantada ; pero no obstante tuve ánimo para deslizarme por 
la recámara de la diestra y exhibirme en el corredor, Qon la velocidad y 
rapidez que pudiera hacerlo un perico ligero. Sin detenerme un ápice, 
huí como und exhalación por la puerta que da al pensil. Rozagante y 



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' — 2n — ^ 

altiva cnal Minerva Cazadora, me interné entre los bosques de dalias, 
de jazmines y de tulipanes^ sin advertir que los aromas son nocivos en 
altas horas de la noche. Ay ! no sé cómo no caí exánime al espirar las 
volátiles esencias de las flores . . , . Los perfumes de las corolas y los pó- 
talos antipatizan conmigo como el sol con lá nieve. 

*Perg mohe debviado de mirelacioií, vuelvo á tomar el hilo de ella^ 
La noche estaba oscura^, pues la reina de las tinieblas no réco^ 
rria á esa hora Qon su plateada faz el camino sembrado de estrellas que 
tantas veces h^ discurrido. En su ausencia las sombras enVolvian el 
espacio y las plantas del jardin parecían amortajadas con pafíos negros. 
A esa hora dé reposo, de quietud y de silencio, en que el espíritu esta dis- 

Enesto, más á la pracion que á las malignas pasiones, el travieso oefirillo 
acia besar las flores, empujando al clavel sobre la fosa; al tulipán sobre 
la dalia y al jazmín sobre la crespa amapola. Imagínese usted mi querido 
general, cnal seria mi vergüenza al ser testigo de «se libidinoso contac- 
to I ... . los tintes del pudor sonrojaron mis megillas y misojos se enipa- 
parpn de castas lágrimas. Aterrada huí de tan funesta riiansion ; desgre- 
ñada V fuera de mí llegué á la puerta falsa, la abrí salté á la calle y me 
fui á Dusear albergue en el caro hogar de los editores de mis días. 

El resto de la noche fué para mí espantoso. Ansiosa de tranquilizar 
mi alma, me metí en la >cama ; pero Saturno mostrándoseme desdefíoso ^ 
no hizo á n^is ojos ^na sola caricia. Privada del suefio, que es el alivM> 
de los dolores, me vi acosada de cuantos males se encerraban en la ca]a 
de .Pandera. Mil pensamientos caliginosos y fatídicos cruzaban por mi 
frente como sombras negras. Mi corazón^ oprimido por el pe^ de mis- 
inquietudes destilaba gruesas gotas de acíbar. Bensible á tantos pesares . 
faí luego víctima de un deslumbramiento inefable que trastornó mis sen- 
tidos. Fuera de mí, casi loca, empecé á ver al través del prisma del temor 
á mi buen cpnsorte y á usted, querido general, que empufSaban uno y 
otro su afiliada y reluciente espada y que en singular lid se acestaban 
impías y descorteses estocadas ; que á cada instante la lucha se hacia . 
mas encarnizada y feroz y que ae repente ... ( Oli ! esto que sigue es 
horroroso !....) y q^ue de repente veo y siento caer en tierra un cuerpo 
pesado, y oigo m mismo tiempo un grito de dolor y una maldición con- 
tra mi nombre. Oh ! al llegar aquí^ mi desesperacioi;! Ue^ó á su colmo !... 
Después de esto, me estuve quieta un buen espacio de tiempo y poco á 
poco volví en mi acuerdo. Como mis tormentos venían de mi desvelo y 
mi desvelo de mis recuerdos, invoqué á las nueve musas de los romanos ; 
á las vestales de Ibs griegos ; á las pitonizas de Iqs iberos para que cou 
BU mágico poder auyentaran de mídese espíritu de alas negras que lace- 
raba mi corazón, extraviaba mi pensamiento y disipaba el suefío de mis 
ojos; pero nada.... todos esos genios de la edad media se mostraron 
$ordos á mis clamores. Después de mi delirio vinieron á posar en mi 
cerebro pensamientos reales, i Qué será del general y* el capitán? me 
decía ; si la espada de mi esposo estará á la hora esta tefiida en la san- 
gre noble de mi mejor amigo ? Atormentada pqr la incertidunábre rene- 
gaba del país donde vivía y recordaba á la culta Europa en 4onde, á es^ 
ora habría tenido facilidad dé saber lo que pasara en él cabo del mun- 
do. En qué ciudad, en qué villa, en qué distrito del viejo Continente no 
¿ay gitanas y otras personas dotadas del don maravilloso de verlo v de 
saberlo t9do? í En New-Tork, Egipto, la Persia, Teherán, Ispahan, 
Lima, Washington, Francia, Paris, el Cairo, én toda la Europa, en fin, 
no hay hechiceros, nigrománticos, ^liliputienses, gladiadores, gitanas, 



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mágicos, juglares y prestidigitadores que saben el pasado, el presen- 
te y el porv9nir ?. . . . La incertidumbre que es peor que la misma. des- 
gracia, me sumió en una profunda melancolía y ésta arrancó de mis ojos 
copioso llanto. La pérdida de tantas lágrimas debilitó mi cerebro y esto 
fue causa para que al fin y al cabo me durmiera. 

El general nizo un gesto horrible como si las palabras de Petrarca 
le hubieran producido en el oido el mismo disgusto que produce un olor 
nauseabundo al aspirarlo. . ' 

La bachillera continuó, , " 

Guando desperté, el viento del Mediodía llevó á mis oidos las vibra- 
ciones del péndolo de la Catedral, que daba las seis. 

Las seis son, me dije, y me airojó de la cama al alfombrado pavi- 
td. Volando rae vestí j ligera me trasladé á casa. Temerosa entró en ella 
creyendo encontrar aquí y allí las frescas huellas de un asesinato ; pero 
nada, no hallé ninguna fatídica sefiial. Entonces una sonrisa de felicidad 
se dibujó en mis labios y una lágrima de placer rodó por mis mejillas, 
cual gota de aljófar sobre la tierna flor. Tranquila me senté en estf pol- 
trona en que usted descansa, y rebosando de contento me puse á desba- 
ratar el negro castillo que mi imaginación acalorada habia fabricado en 
las últimas horas de la noche. 

— Oh ! qué mujer para disparatar ! dijo el general de dientes para 
adentro, cree la estúpida que há hablado en español y no ha hecho sino 
chai-lar encotarra. 

-^Éien, afiadió de dientes para^afuera^ y cuando usted se vio con el 
capitán que le dijo él? 

— Cuando me ví con el capitán ? 
, -^i. ~ . 

— Bah 1 qué iba á decirme ? \ 

— Cómo ! que, qué iba á debírle? , , - 

— Según eso usted ignora. . . • 

— Conque uq ireconvino á usted porque se quedó fuera de su casa! le 
interrumpió el general, { no le.contó que habia intentado suicidarse por- ^ 
que habia perdido todos sus bienes ? ¿no le dijo que esa noche habia sor- 
prendido á un ladrón en el patio y tratahdo de matar al gaíto á estocadas! 

Petrarca en contestación soltó una carcajada tan estrepitosa que la 
piel de la cara se le contrajo y se le estiró en términos de requebrajár- 
sele el barniz de la frente y las megillas. 

El general un poca picado le preguntó : 

— De qué se ricj usted ? señora. 

— De pensal* en la cara que usted haría debajo de la cama sin estar 
expuesto á ningún peligro, pue^ todo fué una ficción. 

— Cómo I una ficción? , 

— ^Ha de saber usted que no fué mi cónyuge quién mo6tró en el 
^ umbral de la puerta su serena faz. ^ 

— ^Dice usted que no fué ^1 capitán el que esa noche. ... 

— Como lo oye usted. 

— Pretende usted hagenñe creer que todo fué un sueño ? 

— ^Un sueño no ; mal hiciera en querer copvertir el sol en luna, ó el 
dia en'uoch^, que es lo n^ismo. 

—Afirma usted, que el capitán no fué quien nos sorprendió esa 
noche en que usted tuvo que huir y yo que resignarme á perder la vida ; 
antes que resolverme á matar á mi mejor amigo? 

— íCodo cuanto usted vio y <oyóesa noche no fué más que una burla. 



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— 223— 

— Una burla 1 - 

— Sí, una chanza de ... • ^ 

— De quién ? ^or qué no acaba usted ? 

— De cierta persona. ... de. . . . Pero no, no le digo ; quiero que 
usted adivine. . 

-T-De algún nigromántico^ acaso ? ' ^ 

— Ignoro si Chepillo es nigromántico. 

— Ha dicho usted que Ohepillo ! - 

— Parece que he pronunciado claramente todas la§ letras de ese 
participio. 

— tTsted se chanceaT 

— ^Esciíclie usted general. . .' . 

'—Muy bien, hable usted. 

— Sé de una manera evidente que Chepillo esa noche de risibW re- 
cordación, deseando divertirse con los dos, comprometió á Urraca á que 
le consiguiera un vestido de mi esposo ; que ésta le llevó la ropa que/ le 
pedia; que se disfrazó con ella; que imitando la voz y los movimientos 
del capitán s^ presentó de repente éti la puerta, y que con semejantes 
vestido,' tono de voz y ademanes logró habernos creer que él no era él, 
sino que era quien no era. 

El general sintió que le Stbia upa ola de sangre del corazón á la 
frente. 

— ^Ah ! sieso es ciej'to, desgraciado del tuno, exclamó lleno de coraje, 

-^Tan cierto como haber existido Don Quijote de la Mancha ; como 
haber conquistado Francisco Pizarro á Méjico; como ... haber sido 
diBgoUado Cicerón de orden de Tolomeo 3^ rey de Siracusa, dijo Pe- 
trarca aprovechando la oportunidad de ittdr su erudición. 

— Se Ha propuesto usted burlarse de mí? le dijo el general no poco 
irritado. ^ 

— Yo f por qué habia de burlarme de usted ? 

— ^Su modo de expresarse no me deja duda. 

— No c(5mprendo . . . . ^ ^ 

— ^Dice u§ted qu^ es tan cierto que Chepillo fué el de la burla como 
- haber existido Don Quijote ; como Pizard haber conquistado ¿.Méjico ; 
como Cicerón' haber muerto asesinado por los esbirros ide Tolomeo XII 
Tey de Siracusa ¿no es verdad? 

— ^Bien, y qué ? 

— Que como Don Quijote es un personaje imaginario ; com(T Pizarra 
no conquistó á Méjico sino al Pei^ú; como fue Pompeyo y no Oiceron el 
asesinado de orden de Tolomeo XII y como éste era rey de Egipto y no 
de Siracusa. • . . luego. ... 

— General ! yo he leido algo, le interrumpió la erudita á la violeta, 
con aire de vanidad. 

— Oh ! cómo voy á dudarlo cuando mis ojos me lo están diciendo ? 
Si no me equivoco, el libro que tiene usted ahí cerca es el mismo en 
donde leia cuando yo entré, y si mi vista no me engaña es la novela ti- 
tolada Zas mil y una noches. . . . Pero. . . .. seguramente usted olvida lo 
que va aprendiendo, ó los libros dónde usted lee no^le enseñan historia. 

— Es posible, caballero ; ó tengo mala memoria, 6 los libros donde 
leo no me instruyen en 4a vida de los grandes genios, repuso Petrarca 
moviendo la boca, los ojos y la cabeza de un modo (jue daba á entender 
que ni tenia mala memoria ni eran fábulas lo que leía. 

— Entendámonos, le dijo el general. 

— Muy bien. * ~ \ 



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— 224 — 

, — ^Dígame usted clara y distintamente si es verdad que no fné el 
capitán quien nos dio la sorpresa, ¿ino Chepilló disfrazado con la ropa 
de aquel. 

— Sí señor, fué ei criado de usted, y en seguridad de mi aserción le 
hipoteco mi laringe ; mi cafía Vertebral, mis dos Cartílagos, cuanto 
usted quiera. ' 

— Basta, señora, me hará usted un bien en uió^ hipotecarme más 
piezas de su cuerpo ; de ello le quedaré agradecido, -así como también 
de que me diga cómo llegó á su noticia que Chepilló faé el de la l)roraa. 

Lapersona que me contó todo, me rogó no descubriera su noinbre. 

— Esa persona no puede ser otra qi^e Urraca. 

Petrarca no respondió. • 

—¿Pero está usted segura de que mi criado fué el de la pillería? 

-í-Más que segura, señor. Tengo evidencia de que esa noche á qufe 
nos referimos, se representó en esta casa una comedia; y ha de^saber 
usted que, si yo tuviera el numen poético de Nelsoij, pondría en verso 
heroico esa travesara. ^ 

— ^Si tuviera el núitien poético de Homero, querrá decir'usted. líel- 
son no conocía sino el arte de matar gente, y ese arte no tiene nada de 
poéftico ; al co;itrario, es prosaico como la muerte. 

— Sí, sí, tiene usted razón, quería hablar del romano Homero. 

Parece que Homero no era romano sino griego. 

— Lo mismo es, poique siertío Eoma la capital de Grecia, al decir 
que Homero era romano digo implícitamente c^ne er& griego. 

El general moviq la cabeza ae derecha á izquierda y ae izquierda 
-á derecha v se dijo : Jesús ! que atrevida es la ignorancia ! . . . . pero en 
fin, nada de extraño tiene lo que ha dicho, pues ello es natural en boca 
de. una bachillera. > - ^ 

En este momento entró Urraca y difo : ' i 

—La señorita Fresolina l^ontoya, de visita. 

— Que siga para la sala; que pase adelante, respondió Petrarca con 
vivesa. Es mi mejor amiga, añadía, dirigiéndose al general ; la amo en- ^ 
trañ'ablemente porque fes tan amable y generosa. íiunca se presenta en 
mi casa sin trae;r un objeto digno de agradecimiento. Seguro es que vie- 
ne á convidai'me, ó á un amvigú,6 á una sitaré^ 6 á un paseo 6 á otra 
alegre diversión. Sé da una vida de reina; pero hace bien ; para «lio 
tienen sus padres bastantes bienes de fortuna. 

Apenas expresó Petrarca estas palabras,, el general se levantó de su 
asiento, cogió su sombrero y dijo: ' 

— Déme usted sus órdenes. . .. , ' 

— Se va usted? oh no!.... espérese y tercia en Ja conversación 
con su con tertuliana. ¡ Es tan agradable y simpática ! .- 

— No puedo detenerme : tengo una cita para esta hora. 

— Siempre que viene usted a mi casa de día, queda comprometido 
en la calle ; espero que alguna vez venga libre. * ' 

—Le prometo que en la siguiente visita seré toda la tarde suyo, dijo 
tendiéndole la mano, * v ' 

Petrarca estrechándosela le dijo con ese acento dulce que le era 
peculiar: , , ^ 

-r-Adios mi excelente amigo ; ojalá que no olvide el camino, ni lo 
, vpelva á espantar su criado, envuelto en la capa de mi marido. 

— Pierda usted cuidado que ahora soy yo quien va á espantar al 
perillán. 

El general salió de la sala y Fresolina entró en ella. 



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— 226 — • 

' CAPITÜLÍTIX. 
Donde se Té cómo canta Chepillo al son que el general mandS qne le tocaran» 

LA iiER6Q.NA.que esta historia lea tendrá. deseos de quedarse en la 
visita con las señoras, ^i e& hombre, j de seguirle los pasos á nuestro 
héroe, si es mujer. Nosotros^ galílnlies ícomo somos, damos la prefe- 
rencia al sexo heíonoso, y por eso nos vamos detras del general* 

Ademas de esta consideración tenemos otra ; y es que la señorita 
* Fresolina no es personaje esencial siüo accidental dé nuestra historia, 
que acaso no volveremos á poner en escena sino otra vez. Si la hicimos 
entrar en la sala de nuestra heroína, fué no tanto por darla á conpcer 
al lector (aunque era bueno que la conocieée con anticipación) como por 
sacarn^ al general de la casa y terminar el capítulo variando de escena^ 
Bien sabemos que esto es contra las reglas del arte antiguo ; pero no contra 
las del moderno, pues hemos visto que los literatos del dia intl'oduce^ 
sin necesidad personajes ^n el proscenio, para que los que allí estén pue- 
dan salir por la puerta por donde los otros entrep^ á fin de que vayan á 
continuar su papel á otra parte, y como sprnos aincionados a las refor- 
mas literarias, hemos, por "esta ra^on, metido arrastrando de los cahellos 
á la dicha se£k>rita en i a sala de la. casa de Petrarca y sacado de día con 
disimulp al general y ya que tal hicimos^ ofrecemos el brazo á nuestra 
lectora p^ra que nos acompañe á donde el vaya, 

> El general M asi como, salió de la caea se dirigió al ouaiftel de 

San Francisco. ^ . ; 

Sigámoslo.. * ' ' ! ■ .' 

Luego que entró en él le dijo á Chepillo. 

— Llámame á un cabo. 

El criado obederié. 

Así como el cabo Be presentó delaüte del general este le dijo> sefifr» 
laudóle á BU lacayo. 

—Haz que le den cien palos á esté bribón y cuando esté curado del , 
maltrato es mi volxmtad que forme coh la tropa y que no sialga nuúca 
^lo del cuartel. - • 

El mozo asustado le preguntó : 

— Por qué manda usted que m^ apaleen ? . 
' — Es una broma, contesto el amo, és que quiero divertirme tm Tato 
oootigOi así convo tú te diviertes de vez en cuando conmigo. 

— Yo í señor, que caiga un Tsyoj me parta si alguna vez me he 
burlado de .usted. 

' — No es un rayo sino ciento, los que van á caer sobre tí. 

T dirigiéndole la palabra al cabo, añadió : 

— ^Vamos ! ejerce inmediatamente el poder de Júpiter. 

El cabo mir^ al general de uñ modo que parecía decirle : ^ 

— No' entiendo lo que usted me dice. 

El general comprendió el significado de esta mirada y le dijo : 

-r-Da cu¿ipl¡miento á mi orden. . 

-rPordóneme 1 mi querido señor, exclamó el mozo cayendo de ro- 
dilla á las plabtas de lu amo. 

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— 326 — 

— Primero perdono una bofetada qu^ una burla, respondió, y se 
marchó lejos del cuartel.^ 

Ohepillo quiso seguirlo, pero no pudo porque cuatr4> soldados se 
apoderaron de él j arrastrando se lo llevaron a un lugar llamado El 
TormerUo^ donde lo pusieron boca--abajo sobre un banco y lo sujetaron 
á él con una cuerda. ^ , 

Al verlo el cabo en semejante posición, le hizo cierta sefia á un sol-* 
dado, destinado á servir de verdugo, auien se armó al momento de una 
Yara de rosal ; se colocó á un lado de la víctima y dio principio á sn ofi- 
cio. Mientras que los palos iban y venian un pensamiento ocupaba la 
mente de Ghepiílo, no obstante el dolor que lo hacia gritar. 

-«-Cómo demonios habrá el general descubierto la tramoya ? se 
decía. 

De repente dio un alarido lastimero y dijo: 

— Maldita sea Urraca. ... esa deslenguada es la causa de que me 
asesinen. . . . ella es quien ha despepitado todo á la señora. 

O Chepillo ^ra adivino ó era brujo, pues á decir verdad, la moza le 
habia contado á su sefiora la travesura que era causa de la paliza, por 
hacer ostentación de la gracia que tenia su amante para remedar. 

Cada golpe que el verdugo descargaba sobre el paje, hacia cantará 
, este en alta y desentonada voz, y contar al cabo. Ko bien el guarismo 
llegó á ciento, dijo el contador : 

—•Basta, la orden está cumplida. 

El infeliz mozo quedó tan desbaratado que sus mismos verdugos 
compadecidos de él lo llevaron en brazos á un cuarto del piso más .eleva- 
do, y lo colocaron allí en una tramilla. 

Muchos de nuestros lectores recordarán que en 1848. el cuartel te- 
nia del lado del Siir en lamparte más alta del muro una ventana epabe- 
bida, de balaustres de hierro que miraba al rio San Francisco, Ventana 
que no ha podido dejar de observar todo el que haya pasado por el 
autiguo puente de pie()ra en ésa época; Hoy el oue pase por el mismo 
puente no verá ya la ventana expresada sino un balconsito que en línea 
vertical da, no sobre el agua como daba la ventana, sino sobre el piso 
de una caballeriza construida posteriormente contra la y^ared del cuartel 
entre el lecho del rio. Esa ventana tantas veces mencionada, daba luz á 
un cuartico de mezquina apariencia, y en ese cuarto fué donde pusieron 
al desdichado mozo por ser el hospital de los apaleados. 

Sábese por traüicion que el dolor de las heridas arrancaba de la 
boca del pobre mozo lastimeros ayes que iban á perderse en el alborota- 
do ruido oue las ondas del rio producían al estrellarse contra el muro 
del cuartel. . , 

El que en el dia de hoy suba al mismo cuarto no oirá semejante 
ruido, ya porcjue entré el río y el muro se interpone la pared de la caba- 
lleriza mencionada, ya porque el agua se ha secado en términos de ha- 
berse convertido el no en un miserable riachuelo. 

Lector que conocéis á Bogotá, me parece oirós exclamar al llegar á 
este punto : 

— ^Yoto al Diablo I eso xie que fuera caudaloso en 1848 el rio de 
San Francisco no estaba en mi Ubrito. 

Desde ahora os respondemos: 

— Es posible que tal fenómeno no estuviera jen vuestro líbrUo ; 
pero BÍ lo está en el que escribió cierto viajero francés, en donde, si lo 
leis, sabréis que en la época expresada, el río San Francisco era majes- 



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— 227 — • ■ - ■ 

tnoso |>or el caudal jdie sua aguas, y rico* por la abundacia y calidad de 
8U8 peces. * En el mismo libro aprenderéis lo siguiente, qja© es raás cu- 
rioso aún.: qae loe frailes del monasterio de San JB*rancÍ6C0 (ediñcio que 
se el^va en una de las márgeqes del rio) careciendo de bienes de fortu* 
na y no queriendo vivir de petardistas, se alimentan (ó se alimentaban, ^ 
poraue gracias áJa última i*evQlíicion ya no existen), con er pecado quó 
desde las rejas del convento sacaban prendido en 8ic& agudos (m3uelo& f 

Volviendo á nuestro cuento, diremos que digimos que los gritos del 
enfermo se perdían en la resonancia da lia olas que azotaban el muro ^ 
del cuartel y nadie dudará de que hemos expresado la verdad si es (jue 
8e da entero crédito al viajero mencionado. Bien, pues ; Ohepillo grita^ 
ba sin que ifadíe To oyera; por dos razones : la primera, porque lo impe-f 
dia el rmdo del agua desque hemos hablado, y la segunda (que debi^ 
ser la primera por ser la principal) porque nadie se acercaba á la puerta 
xáel cuarto donde el mozo yacia en el lecho del dolor. Los soldados aun-» 
que acostumbrados á ver sufrir, le huian al enfermo porque los ayes yi 
suspitos eran una música á la cual no habian podido, nabituarse. 

Diez dias llevaba Chepillo de cama cuando una tarde se present6 
un hombre delanté^ de su lecho, y lo saludó afectuoeamentls. 

El combálecieuto al verlo se incorporó dando muestras de alegría, 
y díjolé: ' , ^ 

— j Oh Perico i cuánto gozo en terte. . . . 

—Señor, con que muy mal lo ihan tratado ? como se siente de sus 
heridas? , r 

— De lilis heridas ya est^y mejor, hombre ; pero dime, que milagro^ 
jBS verte i 

— ^Toraa ! el milagro no es mió >8Íno de otro, respondió el recien 
Uegado.\ 

—Según eso ¿te han. traido arrastrando ? 

*-rNada menos señor ; con un dogal al cuello. 

Es decir que te dejaste atrapar ? 
. — Qué iba á hacer? me vi en tierra ajena sin cuartillo y sin amigos 
me desesperé, volví á mi pueblo y me pusieiron la mano. /" 

-^Qué camino llevaste, la noche que te escapaste y dónde has estado 
desde entóneos ! 

— ItSL noche en que aprehendieron á su naerced pude escaparme 
milagrosamente en uno de los caballos ensillados ; me trepó en él casta- 
lío y abrí carnerá. El mismo Diablo que se me hubiera puesto por delan- 
te no me habría atajado — Jesús 1 cómo me zumbaban los oidosí Sabe 
su merced dónde fui á resdlar ? * « . . Caramba, si corrí, seria la madrn- . 
gada grande cuando entré al pueblo de Hatovieto. Ahí iae detuve, gol-, ' 
pee en la puerta de una tienda; pedí una copa de anisado, la dejé-escn- 
rrir entre pecho y espalda, la pkguó y se las metí al mochoí^ . . . Que 
animal tan alhaja I . . • • todavía estaba altico el sol ese otro dia, ó dirá 

* No Bon sátiras al Conde dé Gabriaé por lo que de Bogotá diee eo el mentiroso libro 
x¡^^ no ha mucho publicó, sobre el viaje que hizo al centro oe la América Meridional. Nos 
refetímoa á otro YMJero más embustero que el Conde. ^ . ^ 

f Qae los franciscanos hicieran oso de su anzuelo para alimentarse, lo dejamos-á la con- 
dderaeión del lector. Asi mismo déjateos á su juicio lo siguiente : si por suculentos que fue- 
ran lot peces; 8i por flaco que fuera el viajero que tal escribió; si por grandes que fueran 
sus deseos de engordar, se habría comido el tal escritor una docena de semejantes animalias. 
If osotros creemos que no se habría mándaoado un soto pej^ ni en penitencia que su confe- 
«or le hubiera impne9t<» en renaidioir del pecado Biát negro, cual es el de la iofraocioa del 
<K»tavo muadamieoíto. - ' ■ 



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/ -- 228 — 

mejor, ese dia en que me bebí la copa de cMnipin en Hatoviejo, cuando 
entré en la ciudad de Tunjá. En ese pqeblo me estuvennos dias ; pero 
qué gastos ! . . María mater ! . . . . cómo ee va eí dinero en tierra ajena ! 
En menos de un parpadear cohsumi los pocos reales que llevaba. En- 
tonces me dije; — "Debo vender el caballo ; así disminuyo una. boca y 
aumento lofif recursos para la mia.'' Sin pensarlo más, busqué comprador 
y salí de él. Tras del^toi.se fué la silla, y cuando rae vilampayv nie di- 
je : " Perico, patas para tu tierra." Dicbndo y haciendo emprendí el 
viaje.para hacer lo qi^e el león herido que procura siempre ir á refugiar- 
se al fondo de su cueva. Una vez en i^i casa no faltó un buen cristianó 
que me denunciara, y con tal aviso se prepai*ó una nbche la policía y 
meiechó el guante. 

— Y en derechura te trajeron al cuartel ? le preguntó Chepillo. .■ 

T-No lo creerá su merced ; poro no bien a,maneció e} dia me pusie- 
ron un lazo al t^uello; me amtCi'raron las manos como á un Ci*ÍBto^ y- m» 
tr¿\}eron al trote» como si estuviera haciendo mucha falta en este sitio. 

— Has de saber que no me desagrada tener un. compañero en mi 
desgracia. . , : • 

— lliíal de muchos consuelo de necios, dice el refrán, sefior Don 
Cfaepe. - ' 

— No solo de necios es consuelo, sino de todo hombre atribulado^ 

—Si así es, aquí estoy para consolar á su nwjrced. 

— Si estás en buena ;aispo8Ícion, te confío un secreto. 

—Bien puede. ^ . 

— ^Sabrás que tengo un proyecto que es toda mi esperanza. 

—Cuál? 

:-r-El de desertarme. ^ ..■:'.. 

— Difícil me parece. 

— No tal ; pretendo escaparme po» esa ventana ; y lasefÉaJó. - 

Perico se acercó á ella, metió la cabeza por ñn oíaro que dejaba la 
falta de un balaustre, midió la altura con la vista y dijo: ^' 

. — ^Por esta ventana se va cualquiera á los infiernos en monos de un 
segundo {Es allá donde su merced piensa ir? ^ 

—Qué l'crees acaso que soy tan estólido? Escucha mi plan ^-corjo 
una cuerda, la ato á uno de los balaustras y me deslizo énavementepor 
ella hasta yeldar á la superficie deL agua. 

— Y en dónde está la cuerda? ^ . 

La cuerda tú ine la consigues; ese es cabalmente el servicio con el 
cual puedes darme 'un gran consuelo. 

I— Se la consigo como ahoía ^r media noche ; solo ^que estuviera loco, 

—Porqué? , 

-^Diablo 1 nó le satisface á su merced vern^e.aquí con. chaqueta 
colorada, sino que quiere que in^ muelan los huesos árpalos, como se loa 
han molido á su merced ? . - 

— B^h I para que no nos descubran el pastel tomamos todas las 
percauciones. \ 

— De qué le sirvieron á su, merced las que tomó la noche en que le 
hecharon el gaante eü Guatavita ? ' 

--rAh I esa noche no caí en el garlito por culpa mia^ , , . Sí Don Pió 
no se m^te á htíoerfandariffOy otra era mi suerte el dia de hoy. 

^^ -kDe que-le sirvieron las precjiíicioíiés que torúó el dia en que se 
4^ó^trapar.del alcalde de La.]Síesa1.,. , . QaIJ ^piensa q,ue nahe ave^ 
riguado su vida ? " : .. h . f • it. 

— Oh I confieso que en esa vez me faltó talento para obrar. • 



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— 259 — 

. -^De qae le val^erom las qae tomo la uoche ^ú que se burló del ge- 
neral M...J * 

— Voto al Diablo 1 no me iraj)ortune8. 

— No es más que xm.jrecorde^'is. 
' ^—Varaos ; me consigues la cuerda, 6 no me la consigues? 

-—No cabalkaroj'no me comprometo. 

— ^Bnenój si no quieres piestarme ese servicio, conveñgarrioa en 
Qua cosa. ' . . 

— ^Diga á ver. . \ 

— Desertémonos entrambos. Yo buBcaró mi libertad solo; pero 
cuando sepas que la he alcanzado, desértato td y vete á la hostería de U 
tía Panfila donde precisamente me encontrarás. 

:r-La hostería dér la calle Honda ? 

— La misma. .^ 

«**Yea su mercei^ ; esa proposición no es tan mala. 

—La aceptas? ' 

■ -^La acepto. - 

— Ouidadi? con faltar. , ^ 

—Su merced sabe que cuando empeño mi palabra no falto á ella. 

r— Dime una cosa, hombre ; tengo curiosiaad de saber qiíe suerte 
corrieron, el fingido sacerdote que me cobo y^ el sacristán que cooperó á 
la travesura. 

—A. mi llegada á Guatavita supe qué el Jefe-político le habia im- 
puesto á cada uno una multa de diez pesos y cien piedras para los ci- 
mientos de la torre que e^jtán hacienda 

— Qué modo de impartir la. justicia! ó á todos multa ó todos al 
cuartel. 

— La ley del embudo, dijo Perico, lo ancho pai'a ellos y para noso- 
tros lo o^t^; Y tendiéndoie la mano al ei^fermo añadió : 

Me voy; hasta miás ver. . . ^ 1 

— Adiós! le dijo Chepillo, extrechando con wis dos manos la que 
le tendiá au Mitigue mayordomo, * 

El hombre salió. . 

CAPITULO X. , 

En el mX aprenderá el lector mí» de eaatro cosas qne no están en stt librito. 



ASÍ COMO se restableció Chepillo de sus heridas empezó á pensar 
seriamente en la evasión. Pero, cómo verificarla? Qué debia hacer 
^ para descender, bíu matarse 'de una altura, que media veinte Varas por 
lo monos? Solamente con el auxilio de una cuerda podia bajar hasta el 
pié *del muro y el mozo carecia de ella. - ~ 

: Eshi dificultad no lo hizo des>nayar. ; , ■' . :. 

^i-Voy á pensar incesantemente en mi fuga hasta que Jialle el medió de 
conseguirla, se dijo una mañana, y entregóse á pj-ofundas niedítaciones^ 
Al dia' siguiente por la tarde lína idea cruzó su mente coma una 
exhalación ci-uza el horizonte, y Heno de 'entusiasmo lanzó un grito de 
alegría; votóse de la cama al suelo y hetíhó á decir á grandes voc«i : 

— ^Me he salvado! me he salvado I . . . . Chepillo hizo, ni más ni me- 
nos, lo que Arquimedes, cuando halló la solución de un problema dé 
areometría que tanto habia meditado. Cuéntase que estando en el bafíof^ 
se salió del agua enteramente desnudp y, echó acorrer por la ciudad gri- 
tando : — ^Le he hallado ! . w . . le he hallado ! . . . . 



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— 280 — - 

Chq)illó ebrio de placer se puso á observar caatro tomillos de gran 
dimensión que tenia la enja donae dormía, j que sujetaban las cuatro co^ 
lumbás sobre las cuales descansaba en otro tiempo el cielo de ella. 

— Sacaré estos tornillos, dijo el mozo, haré de mis ealzoncillaaMxxÁ 
cuerda, y auxiliado de estas cosas descenderó hasta la ribera del rio. 

Expresado lo cual, arrancó haciendo fuerza con las manos, un pei- 
nazo de la carcomida puerta ; tomó la llave de esta que estaba prendida á 
la cerradura y sirviéndose de ella como de destornillador sacó los tornillos. 
En seguida hizo la cuerda tan larga como le fué posible, sin debilitarla. 
Cuando concluyó esta operación ya era de noche. Chepillo esperó una 
hora oportuna, y no bien llegaron á sus oidos las vibraciones de la cam- 
pana del reloj ae la Catedral que daba las díoz, se dispuso á la ovación. 

El momento no podia ser mejor ; la noche estaba muv oscun^y una 
tempestad comenzaba á desencadenarse sobre la ciudad. lEl huracán sil- 
baba furioso por entre los intersticios que dejaban las hojas carcomida» 
de la ventana. Los relámpagos vivos y multiplicados, penetrando por entre 
las rendijas de la puerta y la ventana, iluminaban ei cuarto con una luz 
rojiza que hacia' visibles los muebles. Los truenos terribles seguidos in- 
mediatamente á los relámpagos y acompasados de gruesas gotas que 
se estrellaban sobre el techo delouartel, indicaban que la tempestad ocu- 
pa1)a el zenit dolos habitantes de la ciudad. 

— El tiempo me protejo, dijo Chepillo abriendo la ventana y cla- 
vando nsn mirada de águila en el fondo tenebroso de la noche; á la 
hora esta,-ailadió, todo el mundo corre para su (»isa huyendo del agua- 
cero ; dentro de un momento las calles estarán desiertas. ... Esperemos. 

£1 mozo dejó trascurrir unos pocos m^inutos y como la tempestad se 
desplomó, se dijo : 

— Manos a la obra. ■- 

Decir esto y ponerse en 'acción, todo fué uno. El mozo tomó la cuer- 
da, que media apenas cinco varas y media ; le xjuitó una parte con la 
cual se prendió al cuello el peinazo ; al otro pedazo (que era de^iatro 
-varas) lo hizo en uno de sus cabos una argolla ó llave, lo recodó y se lo 
metió en pn brazo ; en seguida se colocó los tornillos en el cmturon de 
los pantalones y se lanzó fuera de la ventana. Como Chepillo se salió de 
pies ; ar sacar todo el cuerpo se suspendió con una mano de uno de loa 
balaustres, mientras que con la otra buscó una grieta que tenia el muro 
desde el tejado hasta su base y que él habla visto hacia mucho tiempo. 
Así como halló la hendidura, U^vó la mano al cinturon, sacó un tornillo, 
1q fijó en la abertura, y á golpes con el peinazo lo aseguró. Hecho esto 
prendió la cuerda del clavo, por el lado de la argolla y se deslizó lenta- 
mente por ella. Luego que llegó al cabo opuesto, clavó otro tornillo en 
la grieta, como el que habia clavado antes ; &e suspendió de él,~ hizo os- 
cilar la cuerda hasta que se satfó la lazada del primer tornillo, y apenas 
sucedió esto, la sujetó del segundo y descendió otro trecho igual al pri- 
^ mero. Chepillo con tino así su descenso y no bien iba recorriendo el ter- 
cer intervalo le vino al magiñ un pensamiento som,brio. 

~yalgame Dios ! decía, si liabró hpcho mal mi eálculo ! . . . . si me 
faltarán tornillos para poder llegar á la superficie del agua. 

Espiraba en los labios del mozo la última palabra cuando brilló un 
relámpago, que iluminó toda la ciudad, y tras él resonó en el oído de 
Chepillo, no el trueno consiguiente, sino é\ grito aterrador del jefe de 
pna patrulla que le decia : 

— Alto ahí, señor desertor !-•... 



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— S31 — 

El mozo en vez de obedecer la orden, quedándose en el aire osci- 
lando como péndola, abrió las manos involuntariamente y sin pensarlo 
ni quererlo descendió como un rayo al pié del muro. No vayáis á creer 
lector amabilísimo, que os llevamos ahora, á ver un cadáver ó una pier- 
na quebrada, nada de eso ; el desertor estuvo tan feliz en su caida, {grch 
cias á lo caudaloso dd rio^ que no bien su cuerpo azotó el agua, irguió 
la cabeza sobre las ondas^ y echó á nadar. ^ 

Gomóla patrulla le habia dado el a2^ desde uxi puente de madera 
que corta el no una cuadra arriba del de piedra, el mozo tuvo tiempo 
para atravesar la corriente ; trepar la inuralla ; saltar á la calle del Co- 
mercio y entrarse en una taberna que en el tiempo de que vinimos tra- 
tando habia en la casu^a que se eleva sobre el arranque del arco del 
puente del lado izquierdo, tomando éste de Sur á Norte ; taberna que 
merced al progreso material de la ciudad ha sido trasformada en una 
aseada botiliena. 

La tienda rebosaba de plebe, ya por la buena chicha que allí se ven- 
día, ya porque el aguacero continuaba con la fuerza que habia empezado, 
Tcuantos pasaban, ocurrían á alojarse, bajo aquel ahumado techo. Nuestro 
héroe, asustado como iba, no se detuvo en la puerta ; con el hombro y la 
cabeza se abrió calle hasta ^ue consiguió ponerse contra la jamba de una 
puertesilla lateral que habia fuera del mostrador. No bien llegó á tan 
deseado sitio, empujó la portezuela y al rodar sobre sus gastados ^ozneís, 
se ofreció á la vista de Chepillo un cuarto espacioso^ de feo techo, cu- 
bierto de telarañas ; cruzado de vigas negras y colgada de una de ellaá 
una verdadera araña de tnadera con tres candiles y una vela de sebo. 
Estas pálidas luces alumbraban varios grupos de hombres y de mucha- 
chos, vestidos todos de andrajos, que acá y allá jugaban, los primeros 
para empobrecerse más y los segundos por divertirse. 

También vio nuestro desertor que en tomo de los jugadores de nai- 
pes, dados y triques.se tambaleaban, con los ojos entre ceiTados, unos 
cuantos ebrios, y oyó que con apagada voz decían chistes groseros, propios 
de aquel horri^ble lugar. En dos de los rincones del cuarto columbró sendos 
grupos de pilluelos, que jugaban, el uno ^al churriburri dando*^ agudos 
grijtos ; y el otro al pite^ silbando piezas bélicas y caminando en los cal- 
cañares por no poder asentar sobre el desigual pavimento sus dedos en- 
fermos y envueltos en trapos blancos. Ademas de estos grupos observó, 
3ue sentadas en una tarima habia como una docena de nifias desceña- 
%8 y cubiertas de girones de bayeta azul y oyó que unas gritaban y 
otras aullaban como furiosas. Una decía con voz penetrante : 



— Por la señal 
De la canal, 
Comí tocino 
Y me hizo mal ; 
—lías hubiera 



Mas comiera 
Me ahitara, 
Mq muriera 
Poca falta 
Les hiciera. . 



Otra se desgaítítaba procurando dominar la voz de la primera. 
— ^Déjame ahora á mí decir el sermón de los\pasteles, voceaba : 



Predico, predico fieles 
El sermón de los pasteles. 
La mesa sin los manteles. 
El cuchillo en el fogón. 
Las ollas en el rincón, 
Santa Bita en su balcón ; 



Comiéndose un mogicon ; 
Pasa un fraile motilón 
Orejas de chicharrón, 
Diciendo tilín, tilín 
Que salga la procesión ; 
Y acabo con mi sei-mon¿^ 



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. — 232 — 
—Ahora me toca á mí, gritaba otra ; yoj á empezan 
— Tínica, doéica, 



Tresica, cuatrana, 
Oolor de manzana 
La bnrray la pez 
Contigo son diez. 



En una de nona 
De tena catona 
De quiñi quinete, 
Estaoa la reina 
En su gabinete. 

Tanpoco escapó al ojo de Chepillo un nifio que brincaba en ná pié^ 
por el centro de la pieza y en torno de todos los grupos, gritando : 

—-Aserrín, aserran, . , 

Las maderas de San Juan, 
Piden queso, piden pan 
Triquitrin, triquitran. 

Chepillo cobijó primero todo el. cuadro con una sola mirada y luego 
8ia pasar adelante lo observó en detal. Cuando no le qtiedó nada que no 
hubiera visto, se lanzó al fondo de aquel mar encrespado. El ruido de 
tantas voces no lo distrajo del pensamiento que ocupaba su mente, tal 
era el do esconderse donde estuviera á salvo de las pesquisas de la pa- 
trulla, caso que entrar» en la taberna. 

Dirigiendo fa vista éi todos lados miró lo que desde la puerta habia 
visto con poco interés ; una escalera portátil que conducia á un zarzo. 
El mozo intentó subirse con disimulo por ella, pero al 'verificar su inten- 
to lo detavo una reflexión. 

—Es seguro, se dijo, que ese chiribitil á donde voy á meterme, es 
el dormitorio de los muchachos de Ifi taberna^ y en tal caso yo no quedo 
bien ahí. , ' 

Volteó la vista á otro lado y divisó una artesa de gran dimerlsion 
que sin duda era la vasija donde la tabernera fabricaba su afamado licor. 

---Debajo de está casa de madera quedo tan bien escondido que ni 
el mismo Diablo puede encontrarme, pensó el mozo. 

Y se sentó junto á la consabida (que por fortuna estaba bien colo- 
cada y dispuesta para poder servir de escondite) y pasitamente fué 
alzándola ael borde^ hasta que calculó que el hueco era suficiente para 
pasar por él el volumen de su cuerpo, y entonces se deslizó hacia aden- 
tro con la flexibilidad y destreza que se mete una serpiente en la grieta 
de un tronco- 

* V El mozo, acostumbrado á senrejántes lances, no se angustió por la 
situación embarazosa en que se halíaba. Conio si estuviera en su casa, 
se quitó tranquilamente el vestido que; como se ha visto, estaba mojado ; 
lo arrimó á un lado, encogiólas piernas, metió la cabeza entre loa brazos 

Í empezó á dormirse oyendo el siguiente canto, de un muQltachoj<[ue se 
abia trepado á la artesa : 

— Mañana es domingo 
, De San G-aravito ' 
Se casa la reina ' 
.Con un borriquito : 
í Quién es la madrina ? 
liaría Catalina. 



Don Juan "Botijón.' 
¿ Qué ¿oipaen los ricos? 
Gallina, y capón., 
í Qué comen los pobres! 
Tronquitos de col. 
Pues vamos andtado 
Con el zancarrón . . . • 



i Quién es el padrino ? 

Espiraba este cauto por décima vez en los labios del cantor, cuando 
Chepillo flo^ quedó profundamente dormido. > 



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_ 233 — 

Todo fué dormirse el mo2x> y presentarse la patrulla en^Bolicitnd del 
desertor. Los tahúres se levantaron sorprendidos de sus asieptos ; los 
muchacho^ dejaroji su bulla, la taberna toda se puso en confusión. El ' 

1'eíe de la patrulla preguntó si allí había entrado un soldado ; y como 
os muchachos le contestaron que sí hablan visto entrar á nn descono- 
cido; lo hizo buscar en toda&piartes (menos en donde estaba) 7 no habién- 
dolo hallado se marchó con su ¿ente. / ' 

A las doce en punto salid la patrulla y á esa hora la, tabernera echó 
portafuera, á los tahúres, á los nifios y á los ebrios y se rl^co^ióá dormir 
con su familia, que constaba de tres mozas, en un aposento que lindaba 
con el icuarto qx^e hemos descrito. 

A los primeros alboi*es de la matian^ Ohepillo se despertó sobresal*- 
tado y dando un prolongado bostezo : 

— Voto á cj^ibas ! exclamó, jamas se duerme tanto así en la puerta 
de una prisión. . .- Cómo que es ya hora de salir de esta cueva. 

Dijo, torció su ropa, que estaba aun mojada, se la vistió mal de su gra- 
do (temiendo que «e le i;emo viera su enfeñnedad de reumatismo) levantó 
lentamente la artesa, pupo el oidoNy como no percibió iaino la respiración 
tranquila de las personas que dormían en el apos^ento, se salió lentamente 
do su escondite, sé enderezó poco á poco como si temiera tropezarse con 
alguna cosa, y extendiendo tin brazo 'hacia adelante, para que le sirviera 
de guia, se dirigió pian pian á la tienda, abrió la portezuela, entró 
por ella, y saltó el mostrador. Trasladado á la jurisdicción de la señora 
tabernera se puso á buscar á tientas en los estantes y cajones un pan 6 
un queso con (juó saciar el hambre que lo aniquilaba. ?ronto se persua- 
dió ae que la tienda no tenia con qué alitóentar una hormiga, y desahu- 
ciado volvió á salvar el mostrador y se endilgó á la puerta principal^ que 
dá á la calle, con el objeto de marcharse. Mas, cual fué su asombro ál 
- notar que estaba cerrada con llavje y que ésta no se hallaba prendida á 
la cerradura ! Ueno de congoja por el hambre y\Je angustia por la prisión 
en que se veia, regresó á la ^astienda con ánimo de vplver á su escon-. 
ditey salir de él cuando la tabernera abriera la puerta, ó irse aun 
haciendo uso de la fuerza si era necesario. 

Al pisar el suelo del cuarto que le habia servido de asilo esa tio- 
che, exclamó : 

— Ah ! ahi .... ya sé lo que voy é engullirme Tate f . . . . 

cei^a de la artesa sobre un poyo de ladrillo, recuerdo haber visto un 
tercio de miel. Sobre él; Josecito, sobre él.... 

Tomada esta determinación, extendió el brazo, como la vez primera, 
y sin dejar por ello de tropezarse con los mriebles, acáry allá, en medio 
de las tinieblas, llegó donde estaba el zurrón. Con rio poco gozóle soltó 
la J>oca, que la tenia atada, é inclinándosela hacia abajo se puso en cucli- 
llas y la colocó contra la suya ; pero como no^alia una gota del precioso 
líqmdo, pensó entonces en establecer una cascada que tuviese de eleVa- 
cioii una ó dos cuartas y por término de su caida la boca de él mismo. 
Admitida esta idea^ procedió á ponerla en práctica y én consecuencia se 
sentó en el suelo y casi debajo <lel zurrón ; en seguida agachó con una 
mano la boca de éste, y apoyando la otra mano en tierra, levantó Jas 
piernas que descansó, la una sobre el poyo y la otra encima del pellqo 
ae miel y colocando su boca abierta, debajo de la boca cerrada del 
zarrón, comprimió éste con el pié y al punte flameó, cual bandera, una 
hermosa pluma de miel que le cubrió la cara. 

La tabernera que se disponía á volver en este ini^ante á sug ^^na0 



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— 254- ^' 

domésticas, saltó de la cama al suelo, y al oir CbepíUo él crqgido de la 
cnja se levantó rápidamente, con nn susto tal, que al momento Qo pudo 
discurrir en el camino que debía tomar. No obstante su azoramient'o, él 
pensó que el escondite que antes le habia servido d^ asilo no le daría 
ahora seguridad, por la sencilla jrazon de que la tabernera, al ver la miel 
derramaaa (pues ya apuntaba el dia) levantaría la artesa, por cuanto á 
que por, debajo de ella habia corrido el dulpe líquido qiie había salido 
del zurrón. No hubo remedio, el pobre mozo tuvp^ue tomar el camino 
del zar^o. Sin deliberación , trepó por la escalera portátil, cgn tanta pre- 
cipitación que de cuatro lineadas salvó sus ocho peldaños. 

Una vez en el chiribitil buscó alguna qosa con qué limpiarse la cara, 
y su mano dio al fin con un fardo que soltó, y del que saco una parte do 
su contenido, con la cual empezó á enjugarse. Como el paño de ^ue se 
servia estaba sin tejer, puesto que era algodón escarmenado, sucedió que 
una ^an porción se le prendió eu la cutis, y como mientras más recio se 
frotaba más se le adhería, se pusoel mozo espantable. 

Imaginaos, lector^ qué aspecto presentaría aquella cara de león: 
afrícano ó de demonio. 

Mientras ane en el zarzo .pasaba cuapto hemos referido, la taberne- 
ra habia entrado en la trastienda y habia abierto las puertas de dos bal- 
cones elevadísimos que dan al rio. Con la luz de Ips primeros albores del 
día habia visto los arroyos de miel que llenaban las grietas' del enladri- 
llado y en presencia de seniejante desastre no pudo menos de alzar loa 
ojosy las manos al cielo y exclamar : * ' • 

. — Virgen de los afligidos I Qué es esto ?^^. . Por qué está la miel 
derramada y la boca del zurrón suelta ? . . . . Anoche se han robado la 
tienda. 

Dijo y corríó á la puerta ; pero como la encontró como la había 
dejado, volvió á la trastienda grítando ; 

--Alguien se ha quedado adentro .... Toríbia ! Fachita I Petronila I 
levantaos corriendo y venid que aquí hay un ladrón. 

Como las mozas estaban ya en pié ; al oir las voces de su madre 
eorríeroR á la trastienda haciendo mil aspavientos. 

—Enciendan una vela que en el zarzo debe de estar el ladrón j es 
menester buscarlo en él, dijo la tabernera. 

•^To creo que es ladrona, expresó Pachita. 

— áea macho ó hembra no se escapará, manifestó Petronila armándo- 
se con un palo de escoba. 

— Aquí está la luz, gritó Toríbia. 

La tabernera recibió la vela de su hiia y asiéndose de la escalera 
con la mano que le quedó libre, empezó a subir con la lentitud que sube 
la víctima las gradas del cadalso. ^ Era miedo lo que tenia la mujer Í-^o 
por cierto ; era que su pesada mole no le permitía ser ágil y ligera. 
Figuraos una mujer alta, corpulenta, de enormes piernas, de gruesos 
brazos, de anchas espaldas, "de abultado vientre y con cincuenta^ y dos 
años á ci^stas y iOs explicareis la causa por aué semejante hipropotauío 
no se movía con la soltura de la ardilla y la nexibilidad del mono. 

ChepíUo que habia oído el complot de las mujeres para atraparlo 
jr que y^ia la ascención de la rrj^a/yúaculii para consumar el plan, resol- 
tio entregarse en alma y cuerpo, presentándose y confesando lisa y franca- 
mente su falta. Acercóse, pues, al borde del zarzo y asomó su algodona- 
da cara en el acto mismo en que trepó la tabernera el último peldaffo. 
Como los ojos.de esta vieron lo que no habían en su vida visto; su boca 



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— 235 — 

dejó escapar un grito de espanto j con en mano ornada deila vela repelió 
ltl mónstrna qne^ fié^n 88 imaginó amenazaba tragársela. AI contacto de 
la llama con el algodón se encendió este y fulguró como un relámpago en 
las tinieblas. Aterrada la tabernera con tan espantable visión, retrocedió 
j como su pié no halló apoyo atrás, rodó por la escalera entre los alari- 
dos de la familia que con ojos despavoridos observaba desde el fondo de 
la trastienda la iniernal escena del zarzo. 

La&^ mozas fuera de si, creyendo firmemente que Satanás en persona 
estaba dentro de la venta, se agolparon á la puerta, la abrieron y salta- 
ron á la calle dando gritos descomunales. * ^ 

— El Diablo í . . . . el Diablo ! aquí está el Diablo ! decian. San 

Jerónimo ! Ave María purísima ! . • . . 

Ghepillo aprovechando este momento de pavor general, bajó rápida- 
mente la escalera; salto por encima de la mpjer que aun no babia podido 
pararse ; atravesó los dos cuartos y se lanzó á la calle con la velocidad 
del ciervo. ^ 

Envuelto el mozo en la niebla de la mtifiana se dirigió á la hoste- 
ría de la tia Panfila y se estuvo oculto en ella por -espacio de -dos dias 
que tardó Perico en juntársele. 

Nuestros dos personajes salieron de su escondite como á lasaseis y 
media de la tarde del dia siguiente al en que Perico se presentó en la ex- 

E rosada hostería. Procurando tomar el canrino de Occidente anduvieron 
acia arriba la Calle Honda hasta la esquina de la plazuela de San Yic- 
torino, luego torcieron á la izquerda y al concluir Ja cuadra volvieron 
sobre la derecha. Al entrar en esta calle que es la de la Cochera alcan- 
zaron á ver hacia la mitad de ella un mulo calcado y á un ht>mbre que 
á la sazón se ocupaba en quitarle la oar^, con el fin de meterla, como 
cupieron luego, en una panadería que £ibia allí inmediata y en donde 
el tal ac^ababa de venderla. • ^ 

— Sabe, amigOj le dijo Ghepillo áPoricodeteniéndolo por un brazo, 
sal^e que me esta entrando tentación de hacer el paj« que hemos em- 
prendidoj moütando en aquel mulo que allá en la mitad de la calle se 
alcanza á ver, y para ello no tengo <jue. hacer otra cosa sino es, ocurrir 
al medió de que se valieron dos estudiantes tomitas en cierta ocasión para 
apaCíarle un caballito á un caranero. ^ 

^ Perico temiendo las consecuencias de la mala acción que su Gon|!- 
pañero intentaba, le respondi6: 

— Señor 1 por las cinco llagas de Cristo I no vaya á hacer tal cosa. 
{ Le parece á su merced poco que huyamos como desertores, i^ue quiere 
ahora que hagamos el mismo camino como ladrones ? Mire bien <|ue la 
honra no se pierde cuando el hombre huye por lo que nosotros huimos ; 

E ero sí es vergonzoso que uno se oculte de las miradas del prójimo por 
aber cogido To ajeno contra la voluntad de su. dueño. Yo ú he de decir 
lo^que 'diento, no le ten^o ni tántica afición al robo, y no sé cómo su 
merced que es hijo de 6u6n(7« padree Be esté inclinando tanto á soltar 
lagata. 

^--'Qué bruto eres I } Piensas que ño podré hacerme al mulo, sino 
robándoselo al dueño? . 

• — Si es que ha de comprárselo, entonces es otro cantar. 

— ^Ni he de comprárselo,' ni he de robárselo y vive Dios que he de 
llevármelo. Corramos, Perico, al sitió donde está, ahora que el arriero va 
á meter &n la casa inmediata el último tercio, y asi ^ue lleguemos, haz 
cnantoyoie mande.y veráa cómo me pongo en el animal án comprome- 
terte en lo más mínimo. 



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— 286 — , 

---Hii*6 Bofior que no sea cosa que sa merced haga algaoa diablura 
con la cual alboroté la policía de modo qne esta misma noche dalga de 
su madriguera y nos siga la pista hasta ponernos la mano. 

—Qué poco rae conoces, hombre; cuándo yo .te. diga : échate tras 
de mí, aunque veaaqüe yo me voy resbalando por un despeñadero, no 
temas, que si yo me he votado por ahí^ es porque estoy seguro de ir á 
caer sobre almohadones. - 

— ¿ Pero cuántas ocasiones en vez de caer sobre almohadones h» 
caido sobife duras piedras contra las cuales se ha tirado á desnucar t 

— Cierto es eso ; pero el que no arriesga el bulto no medra.„ 

— ^Bien, pues, eche su merced adelante á ver encima de qué caemos, 
8Í sobre almonadones ó piedras. 

Los dos hombres comenísaron á andar aceleradamente y no bien 
llegaron al sitio adonde el mulo estaba parado le dijo Ohepillo ¿ sa 
compañero. ' * . 

—Ahora que el dueño está dentro de la casa y que estará ocupado 
en contar el dinero que han debido darle por la carga, és tiempo de ha- 
cerle la volada. / . 

Dijo esto y cogió el macho con la sobre-carga qi;e allí estaba exten- 
dida en el suelo. Quitóle el cabezal y. púseseló el en la cabeza. £n se- 
Snida se cruzó de brazos, afectó un aire melancólico y severo y esperó 
eno de confianza al dueño del animal. 

Mirando entonces á su antiguo criado le dijo : 
: —Es tiempo, Perico, de que montes en el macho y corras, pero 
tnira que has de aguardarme en Puente Aranda. 

\ Perico qecuto sin la menor dilación lo que Ohepillo le ordenó. 
Doblaba la esquina montado en el animal en el momento en que el 
arriero salia de la casa, y al notar que su macho no estaba donde lo ha- 
bía dejado, le dijo á Ohepillo: , . 

— Señor raocitOj me da su merce^ razón, y perdone, qué camino 
tomó un macho rosillo que estaba en ese mismo lugar donde su persona 
está parada, el cual deje ahí enjalmado no hace un credo, mientras que 
metí^uí en la panadería una carga de harina que vendí ? 

-i— Oh señor arriero I respondió Ohepíllé con voz trémula exhalando 
un suspiro, ese macho por el cual usted pregunta soy yo, como puede 
verlo por el cabezal que tengo puesto. H» de saber usted que en mi 
vida pasada cometí hn pecauo muy grande^ y así como Dios se sirvió 
llamarme ajuicio, me condenó por mi grave culpa ávolyérá este^un- 
do, pero ya; no corno honjbre eino en figura de macho- Desgracia muy 
grande fué esta para mí, pero mayor ha sido todavía la de haber caido 
en poder de un nombre tan inhumano como usted qué con tanta cruel-' 
dad me ha tratado, ora echándome cargas de más de diez arrobas como 
si fuera de bronce y no de carne y hueso como lo es usted j/toda su, 
descendencia ; orív apretándome con la sobre^carga,' casi hasta dividirme 
por la mitad como si fuera doncella de corsé ; ya dándome sin miseii- 
cordia centenares de palos cuando el cansancio me rendía y no podía 
dar un paso más, cual si fuera esclavoópresidiarioy ya-en fin, amarrán- 
dome al pilar de una venta, tardes y noches enteras sin darme de comer ni 
de beber. Este trato bárbaro y brutal que usted me ha dado,^a movido á 
Dios Nuestro Señor á perdonar hií culpa y á devolverme la figura de 
hombre para que muriendo otra vez, vaya á disfrutar de la bienaventuran- 
za. Ahora quiero que usted sepa, sefíor arriero, que to^o cuanto acabo de 
decirle no ee lo he referido por mi propia voluntad, sino por la voluntad 



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' > d« Dios, e^l cual qitiere hacerle saber, por boca mía, que está enojado 
coü usted por la crueldad con que trata á bus bestias y quo $i no 3Q en< 
iuiendíi,;lo convertírá en macho cómo me convirtió a mí^ y lo pondrá 
bajo el poder d6'un hombre de las etitrahai^ de .usted para que experi- 
men^te en su propio. pellejo lo que es tratar mal á ios animales que el ha 
dado á los hijos db Adán para <jue se sirvan. de ellos sin estropearlos. 

Atónito sobre maiiera SQ quedó el arriero al oir.el discurso del 
hombre que tenia delante y con no poco pavor y 0$panto se quitó el 
sombrero y, una montera blanca que llevaba, en la cabeza, se hincó 
de rodillas y dijoíe'*: , 

^-^Sefíora ánipnaberiditav ya que su merced viene de parte de Dios 
y no de parte del Diablo, me siento con algo, de ánimo para decirle ; 
que es cierto y muy cierto que su merced no ha pasado en ^mi' poder 
muy buena \íida que digamos. Que es verdad que no ha comidp una^ 
miaja de buñuelos ni dormidb^ntre sábanas de holanda: pero ello ha 
consistido en que yo no sabia que el macho era alma de la otra vida, y 
por otra parte, justó era que le sacara. el fruto de lo que. me hí^bia cos- 
tado. . . .Por mi santiguada que en este cambio de bestia por ánima 
cristiana no siento sin^ es la pérdida del dinero que di por el maldito 
macho rosillo, ó por su merced, que viene á ser ío mismo. Mis bonitos 
veinte patacones y siete reales én pura pecunia, con njás un real de tronche^ 
le di por el tal macho á nar Flugencio Arévalo vecino del mismo pueblo 

de G de donde soy. yo, y acaí para 0í tQugo .que. él no se Ip compró 

á nadie, sino que sji merced se le apareció en. el patio de su casa en 
figura de macho, pues hacia dias que cprria la voz de qUe andaba una 
Ittz,^ apenas cerraba U noche, de }a casa del tal J^hc^enciOy al corral á^ 
las orejas del difunto Juan de k Hatáy deil corral a la casa,, y esa luz 
n^ha podido sef otra cosa que el aln^a de su persona, y, sí el hecho es 
a¿, el buen hombre me ha vendido el macho con^macula, y en justicia 
y lejí de Dios debia devolverme el dinero que le di ; pero pensar en eso, 
^ pensar en que algún dia verán. los ciegos. En pago de mi dinero, que 
tooo yoy á perderlo, no le pido á m ^lerced sino §s que me perdonólas 
felpas que le casqué junto con las hambres jque le hice pasar y que 
^ <jo«n4o esté gozando de la vista^de Dios no se olvide áe Tiov^cio Traní' 
peteroi el cual le ofrece á su merced que no volverá á tratar mal á los 
aninoalitos de Nuestro Sefíór Jesucristo. 

-^Se lo prometo á usted, le dyo Qhepillo'sin alzar los cgos para 
n^irar al arriero, y en seguida afíadió: \ v 

Adiosj.amigp Tiburcio, hasta el valle de Josafet si es <Jue ao volvé- 
Boc^á vernos en ^ste picaro mundo. • ^ 

—Aguárdeme su merced unpí^é y dígame; i la, enjalma solare, la 
cual trajo el macho la ca^ga de harina y X^ sobre-carga con que ésta 
vino apretada, ¿ tanibi^ ee volvioiron ánima bendita que no las veo 
por aquí?- ■ ^ ^ 

' — 1^0 amigo, la einialma jr la sobrar carga se las llevó Satanás por- 
que, ;Como usted sabe, el persigue á todas las almas para llevárselas, y 
a la queno puede atrapar le quita cuanto ella t^^ga, que bien le sirve 
al «^<m para aumentar el jfue^o del infierno. ^ 

Él arriero al Bsíj^er que el Diablo andaba por ahí c^ca, se puso en 
pié, se, santiguó y echó á decir á grandes voces ^ 

. T— Santo Dios'l Santo fuerte I ... * Santo inmortal I Líbranos Se- 
ñor ^e»todom)ftL. .. ! 
;;.. ^jpbepiUoaLv^ i^ne m obra ^tab^aKaeitoa^a,! paríalo á correr sá^síe- 



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clio de 8n travesura, dejando el cabezal en el sitio donde el arriero eistA- 
ba. Jadeando llegó á Puente Aranda y al ver á su compafiero, que allí 
estaba aguardándolo, le contó la astusia de qi^ se había valido para ha- 
cerse al macho sin comprarlo ni robárselo* 

Perico seadmiró de la sagacidad de Ghepillo, le ponderó mnho 
la invención y le dio el mulo para que montase. 

En sabrosa plática siguieron el camino, que llevaban y después de 
dos jornadas y media llegaron á un pueblo en donde hicieron alto. 

Dos di^s hacia que estaban en dicho lugar cuando le dijo Chepillo 
á su compafiero : 

. — Voy á encalcarte de una comisión importante, pues quiero hacer 
confianza otra vez de tí, y que seas mi criada ' - 

i— Será su merced bien servido, le contestó el hombre. 

En seguida hablaron largamente y se separaron. Perico se fué á 
preparar ciertas cosas que necesitaba para llevar á cima la orden de su 
atitiguo y nuevo amo, y lufiffo emprendió viaje por el. camino^ que aca^ 
baba de andar, dejando á Chepillo en el distrito. ' 



CAPITULO XI. 
(tne al leerlo iro faltará quien diga : — Oh ! hobiera Mo ya ese lumbre. 

HABElá visto, amado lector, qué Chepillo y Perico se -separaron al 
llegar á un pueblo, que el amo se auedó ahí y que el criado se vol- 
vió* Sabed ahora, que cuatro dias después de esa separacion^acon- 
teció un suceso que bien merece fe^ escrito y leido. Pues bien, par» 
que lo leáis aquí lo escribimos. 

Serian las doce de la noche, poco m^s ó menos, hora en que tpda 
racional está entregado á las delicias del suefio, cuando entraba en la 
población de Guatavita, por el camino del Sur, uü hombre que por sus 
ademanes y su modo de andar habria infundido sospechas á cualquiera 
*que lo hubiera observado. A cada instante interrumpía su. marcha^ 
estiraba el cuello, ponia el oido y luego proseguía, ya |>or la acera de 
la calle,^ ya por el centro de ella cual si buscara el piso arenoso que 
apagara el rumor de sus pasos. Por fin llegó al ángulo de una encruci- 
jada donde termina la huerta de una casa; midió con 4a vista la eleva- 
ción del muro y al instante sacó de debajo del brazo izquierdo una escala 
de cuerda que llevaba i'ecogida ; tomó de este instorjimento, en la mano, 
la cantidad que juz¿ó necesaria y la arrojó sobre la barda. Como la 
escala tenia un gancno de hierro, este se engarzó del tejado y ^in difi- 
cuitad subió el desconocido hasta la cima de la tapia. Luego que se víó 
sobre ella desengarzór el gancho, lo sujetó de la barda qné caia al lado 
de la calle, botó la escala hacia el interior de la huerta y bajó. Teme- 
roso dió los primeros pasos y azorado miró por entre los árboles que 
poblaban aquel sitio y como no descubrió ningún individuo, de los qnie 
matan con pufial ó pistola ni de' los que despedasan ton sus aguaos 
dientes, se dirigió al ángulo opuesto de la huerta y se puso á ealmr al 
pié de un sauce, que allí había, con una pequeña herratnienta que lle- 
vaba prendida á la cintura. No necesita nacer muchos esfuersospaim 
deacabrir un cofrecitó de madera forrado M zinc, el cual aac6 ooñ gran- 



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— 239 — 

díflímo contento, del hoyo que hizo, se lo puso debajo de nn brazo y 
salió de la huei-ta como había entrado en ella. 

Habréis CQlegido ya que el desconocido no era otro que el fiel cria- 
do de Ohepillo-; que la huerta donde él entró pertenecía- á la casa que 
nuestro héroe habitó en sus mejores tiempos y que el cofi'ecito contenia 
un precioso depósito de monedas de oro, joyas de excelente calidad y pie- 
dras finas que el prevenido Chepillo habia hecho, para disfrutar de él al- 
gún dia. Habréis advertido igualmente que ese depósito lo formó del que 
su abuelo tenia en el desván de la casa ; de las alhajas que compró y del 
dinero que le produjeron laá v^tas de las divei*sas cosas que algunos 
codiciosos le dieron en cambio de una parte del tesoro, qiie Chepillo ase- 
guró haber, hallado enterrado á imnediaciones de la casa de La 
Compañía. 

Hemos dicho que Perico salió de la huerta con el rico cofre debajo 
del brazo ; pues bien, apenas se vio en la calle sacó del bolsillo una na- 
v^aja; cortó la escala á la altura de su bntóo y echó á cort^er y' á mirar 
atrás como si sintiera las pisadas de alguno que fuera á su alcance. Así 
como consideró que habia echo más de una legua y se convenció de que 
nadie lo seguía, se desvió unos cien pasos del camino; se metió en la 
concavidad de un barranco y allí envolvió el cofre en una ruana dé dos 
que llevaba \ le hizo cargadot* del pedazo de escala ; se lo echó á cuestas 
y continuó BU camino. 

Como el maldito cofre pasaba mucho más de lo que Perico quería,, 
el infeliz carguero se fatigaoa y por ello teniar que hacer largas descan- 
sadas. A consecuencia de estas detenciones se tardó seis días en ir á 
Ambalema, que órá el pueblo donde Chepillo lo esperaba, y esta demora 
iba haciendo perder la chaveta al mozo. 

El dia eu que nuestra héroe vio llegar á Perico con el cofre á las es- 
paldas lanzó un grito de alearía que diz que se oyó á una gran distancia. 
No obstante esta demostración de contento, su go¿o no fué tan grande, 
como habl-ia sido su pena sí el criado se huye con el cofre dj^ preciósi* 
dades. Escrito está que el hombre es más sencible por el lado del dolor 
que por el del placer. 

Aquí debiéramos escribid los grandes elogios que Chepillo hizo á 
sxj, criado en sus propias barbas, ó mejor en su propia cara, pues barbas 
no tenia ; pero «o hacemoirtal por no alargar demasiado esta historia, 
con lo cual dificultariambs su publicación. Expuesta tan justa excusa 
para no narrar cuanto sabemos, continuamos. 

Desdo el momento en que Perico se presentó á su amo cargado de tan 
bello tesoro, este empezó á pensar seriamente en un viaje que proyecta- 
ba, y para hecerlo con alguna comodidad compró dos muías de primera 
clase y se dispuso á partir de Ambalema con su criado, en un dia 
de mercado en qu^la gente hormigueaba por todas partes. El macho 
rosillo que con tan^aciosa astusiale había quitado al ^. ..o lo tenia > 
destinado para llevar un lio de ropa v algunos comestibles, y mientras 

3ae se ocupaba en comprar estos^ había dejado al dicho animal mania- 
p en el centro de una calle junto con las muías expresadas, cuando 
he ahí, que de repente se aparece Tiburcio Trompetero ; se quita el som- 
brero, se hinca de rodillas (leíante del mulo y le dice : 

-^Qué ha sido esto ? liii señor ! . . . , Volvió su merced á cometer 
aqoél tan n§ffro pecado de marras ? Por desdicha suya le ha encajado 
otra ver mi Señor Jesucristo la penitencia de servir como macho en ^ste*-* 
val^e de lágrimas ? . . . • Quiera el cielo que el que ahora es bu dueño no 
lo trato con el rigor y crueldad con que yo lo trató. 



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, — 240 — 

, Como la gente qne por alli andaba; viera aquél moderno israelita 
qne de hinojos adoraba, no á an becerro de oro fabricado con sus manos, 
sino un mulo descarne y hueso, corrió á donde estaba el idólatra y le 
hizo circo. 

— Qaé hace usted ahí de rodillas delante dehese animal?. ... ¿Es 
usted gentil ? le- preguntó uno de los cifriosos. 

El hombre al ser interrogado se puso en pié, -se caló el sombrero 
hasta las orejas y respondió: , . 

— rNo, mi amo, yo no soy Gentil sino Tiburcio Trompetero de la 
parroquia de Q. . . ., para servir á todo fiel cristiano. 

—No podría negar usted qne es del pueblo que acaba de citar, le 
dijo otro de los del corrillo ; pero díg^iAe : qué I)ios es ese que esta- 
ba adorando ? 

— 1^0 es Dios, ni tampoco es animal, auijtqne tal parece. Ahí dan- 
ele sus mercedes lo ven, no tiene de macho, sino lo que de macho t^ene 
el señor alcalde de mi pueblo ó «cualquiera de mis paisanos ; el es un- 
prójimo como yo, 6 como el ^>ejorc¡to de mis ¿lijos, y sino fuese cierto, 
lo que <íigo, no vuelvan á creer nada délo que les cuente Tiburcio 
Trompetero. Es el caso que eso macho rosillo que. está ahí maneado y 
que no me dejará mentir, es hijo de una mujer y no de una yegua como 
parece y como pueden oreerlo los que no lo conozcan. Yp sé (}né cuan- 
-do el tal sujeto fué hombre hecho y derecho cometió ño sé que pecado y 
-por él, Dios Nuestro Señor lo llamó á juicio y Ip ernpuntóotxB, vez para 
este mundo á que purgara su culpa en la figura, traza y. jíergenio en 
que sus mercedes están viéndolo. En este. estado lo compré yo á un mal 
artigo ; y Hacia más de un afio que lo tenia en mi poder> cuando una 
tarde llegué á Santqfé con él, cargado de harina y^a á boquita de no- 
che lo descargué en el portad de una panadería, y mientras metí Ips dos 
tercios y conté el dinero que por eljos me dieron, que- no me tardé ua 
credo, cuando salí encontré al dicho animal convertido .en ánima ben- 
dit» con cuerpo y cara de hombre, y de§pues de que ^me contó quien 
era, y quien nabia sido, desapareció de mi vista dejándome con un pal- 
mo de narices y con la lengua tamaña que no me cab.ia en la boca. Hoy 
que mediai^te el favor de Dios he llegado & esta parroquia^ lo primero 
que se presenta á mis ojos, es el susodicho prójimo he^ho animal 
como antes, y egpor.estp por lo que me he acercado á platicar con él 
porque sé que nae entiende cuanto le diga, como si conversara con nu 
propia esposa, ó con el gamonal de mi parroquia. 
. ^ Los del circo al oir tan extrañas razones soltaron una gran risotada 
que no. poco rato hacia les retozaba por los ojos y la boca. Todos los que 
allí estaban tuvieron al g. . . . por un loco gracioso y en vez de compade- 
cerse do' él le hicieron muchaburla y chacota. Un racimo de muchachos 
descamisados que en Ja función andaba,, pensó ponerlo en un ridículo 
mayor que aquel en, que el buen hombre se habia puesto, y áfin de lle- 
var á cima su intento, lo rodeó para que no so le escapara, y lo estre- 
chó con necias preguntas para distraerlo, y mientras tanto le puso pla- 
mas de gallina en el sombrero y le ató délas puntas traceras de la rua- 
na, largas colas de trapos viejos, papeles sucios y hoj^s de plátano. A 
esj;os rabos (que bien los merecía por estólido) le amarraron, losjoiéa 
traviesos, un?, docena de triquitraques y les prendieron fuego ; y } quién 
h^bia de pensar que al reventar estos, habia de enfurecerse el hombre 
ép términos de acometer á la vil canalla que 1q incomodaba ? Pues así 
Bu<?^4í6. Acordán(Jpse Troñlpetero, por el olor de la pólvora, que era 



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— 241 — 

orlando de G-. . . • se armó de ese valor heróieo que en los grandes peli> 
gros, j en circunstancis^s solemnes, acompaña siempre á los qae lian na- 
cido en ese suelo predestinado por el Dios de las batallas Dará dar gue- 
rreros distinguidos, y acometió a los muchachos con denueao y bizarría. 
Estos que no deseaban otra cosa, le devolvieron mojicón por mojicón y 
golpe por golpe. Cansado de luchar se dejó vencer, quiza por (>rimera 
vez en su vida ; (pero, preciso es advertir que era la vez primera que en 
tremenda lid entraba). JDerrotado, corrió llevándose sus dos colas, la una 
de hojas, pajjeles y trapos y la otra de muchachos. Fatigado de tan vio- 
lento ejercicio en ese clima abrazador donde sin moverse el hombre se 
le agotan las fuerzas, se sintió con sed, y ansiando apagarla, se entró en 
una taberna y pidió de beber ; sirviéronle un vaso de aguardiente y sin 
reflecQionar en los efectos, lo alzó y lo apuró sin descansar, como si fuera 
de agua fresca. £1 hombre que no estaba acostumbrado á beber aguar- 
diente por vasos como los calentanos, perdió el sentido. Vencido también 
por este otro enemigo, se dejó caer encima de unos tercios de tabaco 
' (que en fila habia puesto la tabernera contra la pared fronteriza al mos- 
trador para que sirvieran de asiento á sus parroquianos) y allí se quedó 
Erofunaamente dormido. Gomo los muchachos que lo perseguían se ha- 
lan separado de él desde que se habia entrado en la taberna, el infeliz 
ébrio^ pudo echar una buena pieza de sueño sin que tales bichos lo inco- 
modaran. ^ • 

Miéntiras que Trompetero dornua, Chepillo llegó al sitio donde ha- 
bía dejado sus bestias y habiendo recibido allí noticia de la conversación 

que el g habia tenido con el macho rosillo, y apercibiéndole del 

peligro en que estaba de que el tal hombre descubriera la tramoya y lo 
pusiera en apuros delante de la justicia, resolvió salir inmediatamente 
del lugar. * 

En él acto mismo Chepillo "y Perico tomaron rumbo no por entre 
las mansas olas del Magdalena sino en dirección de las empinadas y ás- '- 
peras^ crestas de- la Montaña Central, hacia la provincia del Cauca. 
Dejémoslos viajar dichosos. 



FIN DEL LIBRO TERCERO 



16 



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I 



LIBRO CUARTO. 



CAPITULO I. . 

Yida j niiJagros de Jorge fiaTilaa. 

DEJEMOS viajar ricos y felices á Ohepillo y Perico, volvamos un 
poco atrás j veamos qué suerte ha corrido m desventurado novio de 
Lucia desde el <dia de su aprehensión. 

No vayáis á pensar, apreciable lector, que vamos á referir una á una 
las aventuras que corrió el pobre de Jorge Gavilán desde el dia en que 
fué encadeftado por su rival, hasta el tiempo á que h^mos llegado en nues- 
tra narración. Ko, no penséis en eso. Por cierto que lo quémenos hemos 
querido .es, escúbir páginas que no sean absolutamente necesarias para 
poner en claro los hechos, concernientes i, la historia que estamos rela- 
tando. He aquí las razones que para ello tenemos : 

Sea la primera, que la imprenta es demasiado costosa en esta tierra, 

Í escribir hojas inátiles para venderlas en forma de libro, seria ofrecer 
asura á peso de oro. Sea la segunda, que las personas que pagan lo 
que leen son contadas, y mientras más voluminosa fuera la obra valdría 
más, y valiendo más, sería menos comprada y en consecuencia menos 
leída ; lo cual es contrario á nuestro deseo. Sea la tercera y iiltima ra- 
£on, que sabemos que en el mucho hablar no falta yerro, y escribiendo 
largo daríamos motivo á los críticos para censurar, y asa á los criti- 
castros para. morder ; á esos criticastros, délos cuales hay unos que se 
'llaman asi mismos leidos y entendidos, aunque no entienden lo que leen, 
y otros que al leer una historia, no diremos como lá presente, que nada 
vale, porque está desprovista de todo méríto literario, sino como la 
mejor novela de costumbres que en estilo sencillo se haya compuesto, 
exclaman : — ^^Yoto va! ^ué sandeces! . . . . borrachos habríamos escrito 
nosotros lo mismo;" y pretendiendo probar no ya su habilidad en 
eacríbir bien, sino la facilidad que todo el mundo tiene para escribir 
simplezas, toman la pluma y sin poder concluir la prímera página por 
falta de fuerzas intelectuales, dicen tratando de no dar á conocer su 
insuficiencia: '^ Eso basta para dar 4a prueba; por tanto, no hay para, 
qué continuar." 

En Colombia sucede hoy lo que dice Larra que sucedía no ha mu-, 
eho tiempo* en Espafia, á saber : que la mitad de £as gentes no eseríbia 
porque la otra mitad no leia, y due esta no leia porque aqaella no ^escrí- 
l>ia. ^Pues bien, eñ este pais donde hemos nacido, accmtece hoy lo mismo, 
j lo peor de todo es que no se esoríbirá ni se leerá en mochos siglos, 
porqué de escribir son los pobres y al hacerlo es para q[ue lean los ríeos 
j como los nrimeros no tienen dinero con qué haeerimjmmir sus obras, 
y los segunaos tienen más amor id oro que á las letras, vivirlos toda- 
vía por elloy si no nos morimos de exfe^nüacion por falta de alimenta 



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— 244 — 

intelectnal, unos mil afios sin escritores ni lectoreSi hasta tanto qne loa 
literatos se hagan ricos y los ricos se bagan literatos. 

Explicando el motivo por qué no damos á conocer la vida detallada 
de Gavilán, continnamos nuestra narración. 

"No habrá olvidado el lector que nuestro héroe fué aprehendido por 
Chejñllo fen ún camino público : que de ahí fué conducido al cuartel de 
San Francisco, y que de Bogotá lo sacaron diez rbeses después incorpo- 
rado en una fuerza veterana. , . 

Esta fuerza iba destin'ada á custodiar á los presidiarios condenados 
á sufrir su pena en Chágres. 

En el tiempo en que estuvo Gavifan haciendo parte de la custodia 
de los forzados, ocurrieron tres sucesos notables que influyeron podero- 
samente en su suerte, puesto que fnevou la causa de que él ascendiera 
en poco tiempo á un grado distinguido en la carrera de las armas. 

Navegando en cierta ocasión la tropa con varios presidiarios, un* 
malvado de estos, que habia sido condenado. á diez y seis afíos de tra- 
bajos forzados^ desesperado con su larga pena, pensó en suicidarse como 
Sansón, acabando á la vez con sus guardias. [No bien concibió tan atre- 
vida idea, espió la ox^asion en qne los soldados fabricaran cartuchos en 
el parque de la nave, y una noche q1ie estaban varios en la opera- 
ción, entró en el camarote, y sin dejar tiempo á que pudieran impe- 
. dírselo, arrojó una mecha de cáñamo encendida^ entre un barril casi 
lleno de pólvora. Los soldados al ver tan inaudita locura huyeron des- 
pavoridos del parque, y con ojos espantados j voz, trémula se presenta- 
ron al jefe de la fuerza á darie cuenta del inminente peligro en que 
estaban, el buque, los pasajeros y la tripulación. El capitán de la nave 
lo mismo que el superior de la tropa dictaron órdeneé severas para obli- 
gar á alguno á que corriera al parque á apagar la fatídica mecha ; pero 
todos se resistieron á entrar en el camarote donde estaba la muerte. 

De súbito una voz se alzó de "entre la multitud y dijo : 

— Yo seré-el salvador de todos ! 

El que dio la voz salió de entre la tropa y con ánimo resuelto corrió 
al parque. 

Entonces presidiarios, soldados y marineros se apiñaron en el puíito 
que les pareció menos inseguro, con el alma oprimida, los ojos salientes, 
la boca abierta y los brazos en alto, temiendo el estallido del parque ; 
cuando se presentó Jorffe Gavilán con semblante sereno mostrando la 
mecha encendida que eldesesperado reo habia arrojado entre la pólvora, 
y que felizmente habia caidp con la punta inflamada, levantada y car- 
gada contra la pared del barril. 

Algunos meses después, habiéndose incendiado la casa de presidio 
en Chagra, donde á la sazón agonizaba de flebre el jefe de la fuerza, 
no obstante de ser un hombre querido de sus subalternos, no hubo quien 
se expusiera á las llamas para librarlo de la muerte, excepto Jorge Ca- 
vilan. Cuéntase que el generoso joven al saber el peligro en' que eátaba 
su jefe, se destaco, de ui^ grupo de espectadores, corrió á la puerta de la 
^asa abrasada j penetró por ella envu^to en un manto de llamas. L.a 
multitud que vio esta heroica acción prorampió en gritos^de admiración 
y esperó atónita t . . . . Pocos minutos liespnes apareció Jorge en la 
puerta con el moribundo al hombro, chamuscados ambos por el fuego . 
que los habia cobijado. 

Por último, una noche en que el presidio, en número considerable, 
se arrojó sobre la guardia con ánimo de recuperar su libertad perdida. 



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~ 246 — 

Jorge qne era el jefe de esa guardia se plantó denodadamonte. en sn 
puesto j con espada en mano impidió la fu^ dqn nn valor ^ y una 
destreza admirables, hasta que ocurrió un batajion á reforzarlo. 

Con tan distinguidas hazañas alcanzó Gavilán tres grados en la mi- 
licia. Por la primera acción ascendió de soldado fazo á sargento primero^ 
por la segnhaa á alférez segando j por la última á teniente primero. 

Onando Jorge se vio 1 tal altará en la gerarauia militar^ buscó un 
maestro de es&rima que lo perfeccionara en el ¿órete (pues ya sabía 
' algo, cotilo se bá visto), y que le onsefiara á manejar la pistola y elgarrqte 
porque nada preocupaba tanto su imaginación como vengarse algún dia 
del malvado que lo nabia privado de los dos bienes más preciosos de la 
vida : la libertad y la novia. 

Todas las mañanas al levantarse Jorge de su lecho, renovaba eí si- 
guiente jiiramento: ' - - 

^ — "Donde quiera que encuentre, al pérfido que ha labrado mi in- 
fortunio le prevengo qu^ se arme y en seguida lo ataco con arma en 
mano, hasta que lo ínate, ó rae mate. Si logro vencerlo, me voy en busca 
do Lucia y si ella ha sido fiel á las promesas que me hizo, juro que se^á 
mi esposa.'' ^ ^ ^ ■ - 

Los deseos de Jorge eran irrealizables si por casualidad no iba 
Ohepillo á la Costa ó Jorge al lugar donde residía Chepülo. Sinembar- 
go, el no porcia la esperanza. 

Gavilán estuvo en Chágres hasta el mes de Juiio de 1849 en qué 

f>artíó para Cartagena á una comisión, v cumplida que fué, el Gobierno 
o destinó al servicio do la guarnición de la misma' plaza y estuvo allí 
.hasta principios de 1850 en que se embarcó para Kiohacha de segundo 
jefe de una compañía qlie de órd^n del Gobiernp fué á perseguir á los 
indios goajiros que devastaban las poblaciones civilizadas. 

En 1851 por coYisecuencia de la revolución que estalló en varias 
provincias, marchó Jorge á Antioquia con parte de la fuerza que había 
en la Costa. El fué uno de los lifortunados héroes qne en la jornada del 
cementerio de Eionegro alcanzaron, sobre las fuerzas del general Borrero, 
una completa victoria. En éste campo.de batalla consiguió Jorge ^ con 
una acción distinguida de valor, guarnecer su Jképis con los tres galones 
que constituyen la divisa de capitán. 

A fines de 1851 biarchó Gavilán á la cabeza de una compañ(a á la 
^ provincia del Cauca y en los dos años siguientes recomo todo el &iir de 
la Repáblica en distintas comisiones del Gobierno. .. . 

A principios de 1854 se estacionó con una pemieña fuerza en Car- 
tago y a i>oóo tiempo de estar allí, lo nombró el (robíerno, jefe ¿e una 
compañía que debia marchar á la ciudad de Ocaña. 

Gavilán se resignó con su suerte y cuando llegó el diá de la marcha 
emprendió camino a la cabeza de sus compañeros de armas sin murma- 
var. Sábese que llegó al puerto de Ocafia el 20 de Marzo del mismo 
año y que sé estacionó en la cindad según la orden que llevaba. Su^ 
estacioYi no fué larga, pues habiendo llegado la notiqia de que el 17 de 
Abril liabia estallado en Bogotá, unáí revolución acaudillada por el 
general en jefe del ejército, José María Mélo; el capitán, de matv-pro- 
prio se trasladó con su compañía á Bucaramanga á fin de prestar 6U€ 
servidos á la legitimidad,, y atií auxiliado de las autoridades y de algu- 
nos ain%oa del orden^ eoop^ó á la formación del ejército que pocos días 
después fB¿ dest^ziúio en las calles de Copaquira. 

Sabido es que cerca de cuatro mil hombres armados salieron del 



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— 246 — 

Norte haciendo marchas forzadas en dirección de la sabana ; que el 20 
de Majo acamparon en las inmediaciones de Cipaqnirá.y qae el día 21 
se rompieron los fuegos entre éste ejército y la gnamicion qne defendía 
la ciudad. 

La batalla fué terrible y Gavilán soportó en ella cómo un héroe de 
la antigüedad. Dos veces entró basta dos de las esquinas de la plaza con 
una compañía de valientes y dos veces retrocedió haciendo saltar su caba- 
llo por enciuHi de los cadáveres de sus invencibles soldados. La noche 
amorta^ba con su negro manto aquel campo sembrado de muertos, cuan- 
do Jorae á la ^cabeza de cuarenta hombres arremetió la teit^era vez por 
enmedio de los fu^os del enemigo. ' jEizo esta entrada por el lado de la 
mon tafia, y al llegar á la plazuela del Terraplén fné atacado por una'com- 
pafiía laque arrouó con sus soldados al centro de la ciudad. Perseguian 
estos á los derrotados, mientras que et jefa rebelde se tiroteaba con nues- 
tro valiente capitán en una callejuela donde se habían avistado. 

La suerte que siempre protege á los valientes, quiso que Jorge le 
diera un balazo al caballo de su contrario y que animal^ ginete descen- 
dieran al suelo rápidamente. Gavilán al verlos caer, corrió á sacar al pri- 
sionero de debajo del corcel, y al llegar donde áml;K>s estaban tendidos, 
. se apeó. 

A la luz de la luna que empezaba á brillar detras de loa cerros qne 
quedan al Oriente, el capitán pudo ver bien la faz del caido y como lo 
conociera, dio un grito de asombro. 

—Oh I que es lo que veo ?. . . . Con que eres tú ? Chepillo ! exclamo. 

— Joijeí titubeó el prisionero, tú eres generoso, no me mates I 

En aquel momento el negro cuadro de la vida de Gavilán se pintó 
en la mente de éste, y al instante sintió arder, cual plomo derretido, la 
sangre dentro de sus arterías. 

— Que no te mate ? bandido I . . . Vivé Dios que no escaparás, le 
gritó con voz airada. 

Y desenvainando su espada, la asestó contra el pecho de su enemi- 
go, pero al atravesárselo se detuvo. ^, 
' ^ —No, dijo, con una hidalguia propia de un caballero^Yaliente, no 
quiero manchar mis manos en la sangre de un asesinato. Levántate infa- 
me y ponte en guardia que tú me has hecho todo el mal que has podido 
y acaba de sonar la hora de la venganza. 

Chepillo ayudado de Jorge se puso en pié y sin hablar una palabra 
desenvainó su espada y los dos aceros se cruzaron. El combate fué en- 
carnizado y terriolp. Si Gavilán era diestro en el manejo del arma con 
que, peleaba, Chepillo no le iba en zaga. Ninguno de los dos retrocedía 
- un paso ; firmes en sus puestos con las espaoas en alto, ya dirigiendo 
golpes, va quitando los contrarios, sostenían la lucha con uña bizarría 

fropia de los antiguos caballeros, pues no parecia sino qi!tó peleaban Don 
^earo el Cruel y su hermano Don Enrique conde de Trastamara« En el 
curso de la lid hubo un momento en que una nube cubrió la luna y en 
ese instante habiéndose visto Jorge obligado á dar un paso atrás, desr 
graciadamente tropezó con el cadáver del caballo que estaba allí tcndi- 
dq, se fué deespaloas por encima de él, y aprovechándose Chepillo de la 
caída, le tiró una furiosa punzada que no fué perdida, puesto eme la es- 
pada entró más de un palmo en el cuerpo que recibió el golpe. £1 leetor 
pensará que el combate terminó aquí; pero ^ve Dios, que si eso cree, Be 
equivoca de medio á medio, como se equivocó Chepillo, que teniendo 
por muerto á su adversario se sorprendió al ver que se levantaba preci- 



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— 247 — 

piladamente, cerno si Dios le volviera la vida. Levantóse Jorj^ con los 
ojos encendidos como dos brasas, i>or la rabia que se babia apoderada de 
él, jr apretando los dientes le dirigió á sa enemigo tan certero golpee, que 
castigo con éí sus maldades y paso fin al combate. Cbepillo recicibiala' 
mortal estocada en el acto en que, sacaba su espada de la paleta de su 
caballo, pues es bueno que sepáis que el cuerpo de este animal fué el 
herido j no el de nuestro simpático capitán: 

Rendido. Ghepillo, Jorge le tendió la mano para ayudarle á que se 
levantai*a, pero no pudo incorporarse porque el alma empezaba á salir- 
flole del cuerpo. 

— He hecho tu desgracia, dijo el herido con voz agonizan1;e, pero en 
mi última hora voy á reparar mi falta. . . . Pendiente llevo del nombro 
un guarnid que puede hacer tu dicha es mi voluntad legárte- 
lo. *.•• perdona 

Esta última palabra expiró en los helados labios de Chepillo cual si 
liubiera entrado en la inmovilidad de la muerte. 

Jor^e se dio prisa á cumplir la última voluntad de su vencido con- 
tendor, y con efecto se dijo : 

— ¿vamos ; despojemos al muerto de lo que nos ha legado, que buen 
provecho nos hará. 

Hacia lo que décia cuando se le presentó un oficial enemigo con 
espada en mano. 

— Ríndete j miserable ! . . . . le dijo. 

— Un hombre armado combate y muere, pero no se rinde, respon- 
dió nuestro capitán poniéndose en actitud de pelear y asestándole una 
estocada. 

— ^Ea f aon que es de veras! gritó el melisa». 

Un segundo combate se traba, en el cual Gavilán uo pudíendo ha- 
cer otra cosa que aparar golpes, comprende desde In^go la snpeHoridad 
de su adversario. Temeroso estaba del éxito de la lucha cuando otro 
enemigo se acerca auxiliar al primero ; J^^r^e retrocede entonces de- 
fendiéndose, hasta que llega á una pared que Te protege la espalda. Éti 
este sitio la lid so encarniza, los lidiadores se enfurecen cada vez más, y 
no parece sino que todos han resuelto morir ó triunfar como si fueran 
otros tantos Horacios y Curiados. 

Dejémoslos pelear, que el lector no tendrá muchos deseos de eaber 
él fin de este combate peligroso para nuestro héroe, y ^ trasladémonos á 
la casa de Lubfa, que ha llegado la oportunidad de visitarla^ después de 
haberla echado en olvido por mucho tiempo. 

GAPITÜLOII. 
La Aoehe de 1 II de Mayo de 18$f» 

CINCO ANOS y medio han trascurrido desde que Chepillo le armó 
á Lucía la asechanza (jue contamos en el Capítulo V. del libro ter- 
cero y ojalá que imaginariamente haya pasado el mismo, tiempo para 
vos, amado lector, desde que hemos dejado de mencionar á la pastora 
en esta historia. 

Contamos con ello y proseguimos. 

i Sabéis cuántas calapiidades le han ocurrido á la infeliz joven en 
•1 tiempo expresado ? Leed .... 



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^ _ 248 — 

Sa padre y bu madre han descendido al sepulcro ; ana parientes la 
han abanaonado; los malvados la han persegaiao ; pero ella aunque ai^o- 
tada por tantos males, ha podido conservar la pureza de su corazón j la 
belleaa de sus formas. £1 dolor que eBgendi*an el desamparo y la miseria, ^ 
quebranta un poco la hermosura, pero no la destruye ; solo el vicio da ' 
al traste con ella, y hé aquí la razón por qué Lucia estaba bella y hechi- 
cera no obstante haber sufrido tanto. 

Si hubierais entrad^ en su casa el 21 de Mayo de 1854 á las diez. 
de la noche, la babriais visto sentada en un rincón de la salita cosiendo 
una camisa á la luz de una vela de cebo, y la habriais oidoilisputar con 
Liberato, ánica persona que la acompañaba en su orfandad. Suponeos 
que la escena se r^ite y que vos la presenciáis sin que os vean. 

,^— Es necesario doblar el trabajo, le dice Lucía a su criado, los víve- 
res están á un precio exhorbitante. ... Si por un milagro de Dios no 
bajan, no sé cual será nuestra suerte. 

A esto le responde el criado : 

— ^Más caros nan estado otras veces y por cierto que no/hos hemos 
muerto de hambre. 

— Mira, le dice la moza, haciendo cuenta ^n los dedos, como lo tiene 
de costumbre ; el maíz está ¿nueve reales y las papas á siete y medio 
la medica ; la carne á dos pesos la arroba ; las arbejas y las habas no se 
hallan sino á peso de oro ; todo eslá por las cumbres. 

— Qué diablos ! Dios hará que no nos falte quó^ comer,^ como ha 
hecho que no nos falte hasta el dia de hoy» 

— Dios no abandona á sus criaturas, es cierto ; pero él ha dicho : 
"'Ayúdate y yo te ayudaré." 

— Aunque uno no se meneé. Dios no lo desampara, así como no de-- 
sampara las aves del cielo. 

— A las aves del cielo no las maldijo Dios, cuando maldiio al hom- 
bre, en el Paraíso. . 

—Ni á los dos tampoco porque no habíamos nacido. 

— Cuando Dios maldijo á Adán y á Eva y los echó del Paraíso terre- 
nal porque se comieron una manzana que £l les habia mandado que no 
tocaran, maldijo á todo el género humano. 

— Eso de que Dios' maldijera á los descendientes de Don Adán por 
haberse manducado entre éste y su mujer una manzana, lo cuentan 
muchos como cierto, y yo. lo he creído á ojo cewado; pero de poco 
tiempo acá me he puesto á pensar en eso y me he dicho, que no habia 
de ser Dios Nuestro Señor tan menino que por, una frutiUal maldijera 
al género humano y hechara del JParaisoá Don Adán y su esposa. Si 
acaso 08 verdad qtie los arrojó 3e la tierra, es seguro que fué porque no 
le pagaron el arrendamiento, y por eso no creo yo que los hayaN malde- 
cido, y menos á sus hijos. Al ménps así lo hacia mi amo Don Clemente 
Amoroso ; él nunca se incomodaba con sus arrendatarios porque se co- 
mían las frutas de la huerta-; lo que sí no les toleraba era que le queda- 
ran mal con el arrendamiento de la hacienda ; pero por esto nunca los 
maldecía, sino que los echaba de la tierra sin decirles una mala razón* 

— ^Eso que dices, es una. herejía, Liberato ; la Santa Madre Iglesia 
cnsefía que nuestros primeros padres fueron destarrados del Paraíso por 
haberse comido la frutarle un árbol que Dios les mandó que no ^tocasen 
y el que no crea esto se condena. "" 

— Si por eso he do irme al infierno, desde ahora empiezo á creer quQ 
se embaularon todas las frutas que había en la huerta j que porgloto- 



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nes los echó Dios de la estancia j los conclené á ellos y á, sus descendientes 
á comer con el sudor de bu frente. Yeo que con creer se puede ganar j 
con ño creer se puede perder. - 

— Pero Volviendo á nuestra conYersácioñ, dice Lucia, tú debes sa- 
ber que el holgazán vive bostezando de hambre. 

—Si señora, y también sé, que el c^xxe trabaja no come paja ni bebe 
agua como buev. 

— Si €80 sabes, pbrquó no echas á un lado la pereza y me ayudas á 
trabajar?. . . . Mira, á buenas te lo digo, enmiéndate por \?ida tuya ; sa- 
cude por Dios esa pereza que no te deja hacer nada. 

Liberato se encoje de nombres y refunfuña : * 

—Siempre la misma tonada ; Liberato es un perezoso ; Liberato es 
un vagamundo. . . . ¡ Ay Dios mío ! Liberato es el dedo malo de esta 
maldita casa, y el pobre criado hace todo cnanto se le manda. 

— Quien te oyera diria que eras un primor, pero por cierto que la 
fierra'hace más que tú y coiné menos. • 

— Infeliz da mí que soy para su merced menos que \sl sarnosa que 
cuida las ovejas. 

— Lucía 1 .... Lucía ! . . . . gritó á esta sazón una voz alegre en el 
patio de la casa. ^ . 

-r-Bendito sea Dios ! exclamó la joven cotí ahogado acento levan- 
tándose presurosa del asiento [ es Jorge . . . bien me lo decía el corazop. 

Y lanzándose á la puerta la abrió y djjo : ' - 

— Aquí estoy querido Jorge .... te esperaba de un dia' á otro, por- 
qiíe hubo quien me dijera que venias en el ejército del Socorro. 

— Lucía querida Lucía ! un abrazo, balbuceó Gavilán apeándo- 
se de su caballo. - 

Y los dos amai\tes se arrojaron el "uno en brazos del otro. 

Jol*ge y Lucía unidos estrechamente sintieron que sus almas nada- 
ban eii un fluido de dicha inefable ; que sus corazones latían con una 
fuerza extraordinaria y ,que sus pechos crecían y se ensanchaban cual 
bí fueran á estallar de ^ozo. Sns ojos estaban humedecidos de lágri- 
mas y sus labios entreabiertos articulibah confnsamente esas palabras 
breves y dulces que son el eco fiel de las tempestades del corazón. Tan 
enajenados estaban qué si en ése niometito cae un rayo á sus pies no se 
habrían sorpendidó ni espantado. ^ " * 

— Ay ! dijo Lucía desabrazando 'á su amante, Dios no míe ha enga- 
llado; dias hace que él me ha puesto en el corazón que, vendrías de 
un momento á otro. 

— Poco á faltado, querída amiga, para que no volvieras á veríne ; 

figúrate, vivir más de seis^años en climas como los de la Costa y los del 

. Sur! estar expuesto á mil peligros y pelear en dos batallas reñidas ! . . • 

— ^T todo por culpa de ese picaro deChepillo, añadió Lucía. . . ^ Je- 
sús ! cómo me enfurezco al pensar en ese demonio ! - ^ 

— El ñiismo Diablo es el tal Ohepillo, dijo Liberato acercándose al 
recien llegado. 

Luego quitándose el sombrero agregó : " " 

— Buenas noches mi amo Don Jorge ; ya no conoce su merced á 
Chirlobirio? 

— Hombre, Liberato ! como te ha ido ? 
. — ^Así ; bien lo puede ver, cuando po peor en un ser . . , . Como iba 
diciendo, el moz<t Cepillo es pájaro de mal agüero; supiera su merced 
la burla que / 



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^ 350 — ; 

_ — Calla ! lengua de loro/le dijo Lucía con agrio acento^ no me guB- 
ta que los criados se entrometan en las conversaciones de los amos. 

— Vamos para adentro Jorge, afiádió, á fin de no ^ejar tiempo á 
Liberato de qne fuera á salir con alguna de las suyas ; pues- como debe 
suponerse, la pastora no queria que su amante supiera que habia sido 
novia de Cbepillo, y menos que ^ste se babia burlado de ella. 

— ^De qué burla hablabas? le preguntó Jorje á Liberato entrando 
del corredor á la sala. 

— Ko le hagas caso á ese tonto, se apresuró á decirle Lucía ; es el 
mismo bruto de ahora ha seis afíos. 

— No soy un hombre leido y escribido, nifia, pero sí distingo lo 
blanco de lo negro .... Se acnerda que Don Chepillo. .... 

—Te mando que calles, le interrumpió Lucía alzando. la voz, por 
Dios no me' mientes á ese bribón que me hierve la sangre al oir su nom- 
bre .... Ay I acordarme de los trabajos que ha hecho pasar á Jorge ! 

— Todas me las ha pagado, dijo el capitán, me ne vengado de él 
como me lo pedia el cuerpo. 

— ^De veras ? Jor^e. 

•^Como lo oyes. Lo maté Con mi espada l^ace pocas horas en un duelo. 

— Oh I si eso fuera cierto. . . .'Pero pobre, añora me da lástima ! 

— Voy á contarte cómo han pasado las cosas. . . . Pero me^permiti- 
rás que me siente pues estoy muy fatigado. 

— Ah ! si, si, con la alegría se me habia olvidado ofrecerte la silla 
de brazos. 

Gavilán se acercó al expresado mueble, que alcanzó á ver ^i un 
rincón á la pálida 4uz de la vela, y se sentó en él. 

Lucía y Liberato dispuestos á escucharlo se sentaron, ella en im 
cojin de piel de cabra y él en el quicio de la puerta. 

El capitán empezó de esta manera su narración : 

—Venia yo incorporado en el ejército del Norte, en ese ejércto que 
ha peleado hoy en las calles de Cipaquirá con un valpr admirable. . « . 

Al llegar aquí le interrumpió el criado. 

— Verdad es que hoy hubo pelea en Cipaquirá, dijo, yo me estuve 
toda la tarde plantado en la cima del cerro ae Tocancipá, desde donde 
se veía la humareda y se oia el traqueo que era un gusto. 

— Cómo le he pedido á Dios, desde que supe queestaban en batalla, 
que no fueran á matarte, dijo la zagala. 

— T él ha oido tus ruegos, pues he salido sano j salvo de tantoa 
peligros. . . . Pero voy adelante con mi cuento. - Prmcipiadatla acción 
corro á ocupar el puesto que me toca; combato todo el dia como 
un demonio y no bien llega la noche entro en una callejuela donde 
me ataca un hombre de acaballo ; me defiendo, lo venzo, lo hago 
prisionero y reconociendo en él á Chepillo le concedo la libertad con 
la condición de que me acepte un duelo á muerte. El hombre empuña 
BU espada, yo em.puño Ja mia y el combate principia de un modo encar- 
nizado. Hácese á cada instante más terrible, y durante él me dirige una 
estocada con tal destreza qne me hace hechar pié atrás, y al retroceder 
, tropiezo con un caballo-muerto y caigo por encima de él. Mi advers[ario 
se aprovecha de mi caida para matarme y con efecto me asesta una es- 
tocaaa que recibe el cadáver d^r animal. Yo me levanto con ligereza y 
sin darle tiempo á quQ quite el golpOi le atravieso el pecho do parte á 
parte. Chepillo expira implorando mi perdón é indemnizándome de los^ 
dafíos que me ha causado (si es que no me ha engañado al morir)^ con 



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_ ¿61 — 

un euarniel que me regala, Heno, segnn me dice, áe objetos preciosos 
que harán mi completa dicha. 

Justicia de Dios I . . . • castigo del cielo I exclamó Luría, Che- 
pillo tenia qne correr esa suerte, porque nadie llega á buen lugar por 
mal camino, como dicen. 

— ^Y porque la Providencia ha dispuesto que la virtud triunfe siem- 
pre del cnmen, agregó el capitán. 

—Eso es. Pero sigue, que me tienes entretenida. 
-=r Acababa de. matar á mi^enemi^o, continuó Jorge, cuando me veo 
atacado por un oficial <^ue manejaba la espada^omo el mismo Lucifer- 
'^ Yoto á cribas ! me dije, lo que siento es que este canalla me apague 
el mecho j qué Lucia no llegue á saber jamas que mandé á Ghepillo á 
|>asear al otro mundo»" , ^ 

— ^Y en qué paró la jarana ? preguntó Liberato, mató su merced al 
oficial ? ó el oficial lo mató á su merced ? 

— No me 16 creerás, pero no fui yo el muerto, le respondió el capitán 
riéndose, voy á decirte quién. Acosado por mi contrario np sabia si debia 
rendirme ó morir lidiando, cuando en este instante se me vino encima 
otro demonio. Aquí fué mi sepultura, me dije, y sin volverla cara, retro- 
cedí defendiéndome hasta que llegué á la pared de la calle, y en cuanto 
me vi resguardado por ella, cobró brio y arremetí con tal furia y destreza 
que en dos por tres^ maté al primero'é hice huir al segundo. Libre de^ mfs 
enemigos corrí al sitio á>donde se hafoia detenido mi caballo, monté y 
abrí carrera por las calles hasta que llegué al camellón.. Lue^o que me 
yí fuera de la ciudíid dejé tomar aliento á mi animal y emprendí de nue- 
vo mi marcha, la que he venido á suspender en el patio de esta casa. 

— Gracias á Dios que te ha sacado con bien ^n todo y por todo, dijo 
Xiucía. 

— ^Tálvez es cierto lo que su merced ha contado, expresó él criado, 
pero á mí no me cuela la muerte de Don Ghepillo. x 

— Como ! que nb crees en la muerte de Chepillo I ^ 

- — Greo que su merced le zampó toda la espada dentro del cuerjjo ; 
pero temo que el dia menos pensaao se le presente y le diga i»^^ Amigo 
Gavilán los dos tenemos una cuenta que arreglar." iOréame su merced, 
ese mozo es medio briijo ; eso^ si no es brujo entero'. 

^ — 'So temas nada Liberato, que Chepillo quedó tan muerto que no 
movia pié ni mano. ' . 

— Debió háberlo^epultado, que el que es cobijado con capa de tie- 
rra no vuelve á comer ni á beber. / 

— Oh ! quo_ ocurrencia ! . . . . f cómo era posible enterrarlo ? 
_ — Al menos ^debió cortarle la pelota '<jue no hay noticia de que nin- 
gún santo haya hecho el milagro de resucitar á un dijunto sin cabeza, y 
Eor ello es que dice el refrán que después del ojo afuera no hay Santa - 
.ucía que valga. -, 

X— Con que crees en la resurrección de Chepillo. 
— ^Era tan arbitrio8o,que' parecía que el Diablo le ayudaba, y si te- 
nia pacto con Satanás es posible que él le encaje otra vez el alma en el 
cuerpo. . 

— Ohl x5on que le concedes mas poder al Demonio que á los santos ! 
— Como no, señor, dicen que Satanás hace todo cuánto quiere y si 
eso es cierto córaoslo es, bien puede volverle la vida con condición de. 
qué Don" Chepillo eche áirodar al infierno una docena de almas. 
— Para la muerte no hay Satanás que valga. 



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_ 252 — 

El crii^do se quedó un momento callado j laego dijo : 

— Habieri^ yo visto la cara que hizo el mozo en el momento en que 
su merced le hizo escupir el alma con el espadazo qne le acomodó, y hubie- 
ra oido las maldiciones qne vomitó, ño bien se sintió dijunto. . . . Era- 
tan iracundo I ' * 

-i-Quó cosas las qne estas diciendo ! . . . . Habrá un bestia igual ! 

— Es un jumento de carga, dijo Lucía. No te digo que este imbécil 
es el mismo animalote de ^hora ha tantos afios ? . . . . El pobresito tiene 
una cabeza de gallina que dácompacion ; bien se ve que es de una clase 
intermedia entré el hombre y el bruto. 

— Dale con bestia! . . . . por qué me tratan sus mercedes asi ? 

— Porque eres un cuadrúpedo, respondió Lucía. 

— Pobre de mí ! exclamó el criado sumamente acongojado. 

Gavilán deseando consolarlo, le dijo : • 
* -—Me arrepiento de lo dicho y sostengo ahora que eres un hombre 
de buen discurso. 

—Tampoco digo que soy un dotor. 

— No tienes eftítulo, pero sí eres más ilustrado qué los quQ salieron 
déla Universidad en 1851, pues ninguno de ellos ha tenido hasta hoy el 
acierto dé decir tantos y tan garrafales desatinos en tan pocas palabras 
como los dices tú siempre. 

—Si eso es así, cómo es que soy un imbécil; cómo es que tengo ca- 
beza de gallina ? i quién los entiende ? 

Los dos amantes se miraron y echaron á reírse. 

Hubo un momento de silencio qne rompió Jorge diciéndole á Lucia: 

— Se me habi^ olvidado preguntarte : { qué na sido de tí durante 
mi ausencia ? . . .^ Kecibiste una carta que te envié de Honda?- 

— Ay ! Jorge de mi alma ! mucho he sufrido desde que te perdí. En^ 
cuanto lá la carta fué la única* tuya que llegó á mis'raanos. ^ 

— La niña no miente, expresó Liberato, recuerdo que^ la dicha ear- 
ta la recibióla noche de la mlatunctque .... 

—Vamos, lejos dé aqni, le dijo el ama arrugándole el ceño, no hay 
cosa qne me desagrade más que el que este bruto me interrumpa cuan- 
do hablo. ' • 

El bueno de Liberato obediente á la voz de Lucía bajó la ca- 
beza y salió con paso lento como hubiera salido un perro regañado 
de su duefío. - " 

-^Díces que has sufrido mrícho ? 

— Sí, Jorge no hay desdicha en el mundo con la eual pueda com- 
pararse la pérdida de los padres. 

— Ya sabia que habías pasado por ese suplicio. • ^ 

— Cómo ! que lo sabias ? 

— Preguntando haóe tres dias por tí y tu familia á un paisano (jne 
se incorporo en el ejercito, adelante de Nemocon, me refirió que habían 
muerto Don, Pió y Dofla Juana. Luego me contó que los abuelos do 
ChepíUo también habían fallecido, y qne se decía que había sido de 
pesadumbre de haber perdido á sn nieto yernas onzas de croque tenían 
por ahí en un zarzo ; y á propósito de ésto me dijo que el ladrón delae 
monedas había sido Chepfllo^y que por dicho robo y por no sé que otra% 
fechorías lo habían encausado 'y condenado. 

Lucía tembló al pensar que el paisano le hubíera.c©ntado á Jorge 
que ella había sido novia de Chepillo ; pero la consoló^ él silenció qtie 
sobre este punto guardó su amanjfce. _ 



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J 



— 253 — 

— ^Y lio sabes que el pobre del tío J aancUb falleció también i le dijo 
la pastora con el fin de desviar la conversación, de los hechos relativos 
c4 la vidá'de Chepillo. 

— Si, el tal paisano me refirió que el tio Juancho se habia ahogado 
en el Magdalena. 

— N"o ves qué desgracia ? tan formal que era el viéjito ! 

—Recuerdo que juntos veníamos el diá que nos aprehendieron, y 
que yo solo fui el desdichado, porque 4 él lo pusieron eíi libertad el 
mismo dia. 

— ¡ Ay ^Jorgito I no puedes imaginarte cuál fué mi pesadumbre al 
saber ese dia, ó al siguiente, me parece que fué, por el tio Juancho, no 
que te hablan cogido páVa soldado sino que te hablas muerto de fiebre 
en Ambalema. . . . No me lo creerás pero me desmayó, y no volví i sa- 
ber de mí en muchas horas. / . 

Y esa mentira de que me habia muerto, con que fin ? 

Después te con taró porqué motivo el tio Juancho me dijo seip'ej an- 
te embuste. ' ^ 

— Y ahora por qué no ? " 

— Porque me pongo de mal humor con solo pensar en nuestros per- 
seguidores. 

Jorge exhaló un snspiro y dijo-: 

— Si entonces nadie me detiene el paso, mi felicidad habría empe- 
zado pocos dias después, casándome contigo. 

Lucía bajó los ojoB. 

— Pero esa dicha empezará ahora i no es verdad ? 

La zagala no respondió. 

— No me contestas ! . . . • qué ; es que ya no me amas ? 

— No, no es eso ; es que con ese vestido que tienes y con ese lengua- 
je y esos modales de caballero que usas me pareces otro hombre, y temo 
que siendo otro, ya no tengas intensión de casarte con una pobre pas- 
tora que no tiene más que buena reputación y un corazón que sabe 
amar. 

— Esa pobre pastora vale para mí más que la más encopetada prin*- 
cesa, porque ha sabido guardar durante siete afíos, su corazón y su non- 
ra para mí. '^ 

— Si, Jorge, eso es verdad. El dia que lleffó á mis oidos la noticia 
de ^le habías muerto, hice un voto que ne ouptido fielmefite : entonces 
dije delantede Dios : — " Ya que Jorge ha muerto, renuncio para siem- 
pre al matrimonio, pues en el mundo no hay para mí otro hombre, co- 
mo él. " 

— Gracias Lucía, le contestó Jorge levantándose de su asiento, yen- 
do donde ella estaba y cogiéndole una mano entre las suyas, gracias* 
amada miá, yo te he pagaoo en la jxiisma moneda, y en prueba de ello 
aquí mé tienes dispuesto á cumplir mi palabra empeñada hace más de 
siete afíos. 

— ^El no haberte, arrepentido de ser mi esposo y el haber cumplido 
yo mi voto, es una prueba de que Dios ha querido que nos juntemos co- 
mo él manda. A tu voluntad dejo el dia en, que debamos casarnos. 

—Dices bien Lucí% Dios ha dispuesto que seamos el uno para el 
otro y lo seremos. Mañana dispondremos las cosas de modo que el ma- 
trimonio se celebre pronto, y celebrado iré á comprar lejos de aquí un 
campo donde- podamos vivir en paz los días que Dios noS'diere de vida. 

—Has venido dineroso?. 



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— 254 — 

• 

—Asi lo creo ; á no ser que el pillastron de Chepillo se haya burla- 
do de mí en su últíma hora. 

— En verdad que me dijiste que te había hecho un regalo al morir. 

—Si, 7 comienza á anretarme el deseo de saber en que consiste ese 
regalo, digo Jorge pasándose por encima de la cabeza la cpnfea del 
guarnid que llevaba terciado al hombro. 

Hecho lo cual lo abrió con una pequefia llave que del mismo guitmiel 
pendia de una cadenita^y á la luz de la vela comenzó á vaciarlo .sobré la 
mesa coja que cpnoceis. Al volverlo boca abajo una multitud de mone- 
das de oro rodaron sobre la ne^ra tabla, haciendo -vivos reflejos. 

Los ojos de Lucia brillaron comádos luciérnagas á la vista de aquel 
cuadro. . - , 

. —Yaya I dijo Jorge con voz agitada por la emoción ; 'Chepillo s^ 
ha portado en esta vez como un hombre honrado : £1 legado, no está tan 
de lo peor, si las onzas no son falsas. 

Y llevándose la mano al corazón para contener los latidos qn^e ló 
ahogaban, afiadió r " 

— Contemos .... 

No bien dijo esta palabra se puso á contar las monedas y á colocar- 
las en columnas de á diez. 

Luego que concluyó, contólas columnas, y como alcanzaban á cin- 
co, dijo: 

— Cinco por diez son cincuenta. . . . Estas onzas corren en el mer- 
cado á veinte pesos fuertes; de suerte que multiplicando cincuenta por 
veinte, da por resultado un guarismo de ... . de ... . mil .... 

Mientras que Jorge hacia la multiplicación, la pastora desplegaba 
el guarniel y registraba sus secretos. De repente exclamó : 

— Ay I ... miral. . . , mira lo que me encontré ! 

Y le mostró á su amante una pequeQa caja descarten atada con una 
cinta. 

Lucía soltó la atadura, abrió la cajilla y al ver su contenido no pn- 
do reprimir un ligero grito. 

— Son piedi-as veraes, y piedras blancas ; si serán finas Jorgito ! Ca- 
ramba! nos poniamos las botasl . . . . Yo he óido decir que las esmeral- 
das son verdes, y que los topacios son blancos Dios santo que bri-- 

lian como luciérnagas ! 

Jorge pálido y tembloso por la sorpresa, tenia los ojos clavados 
sobre las piedras preciosas sin pestañear y sin pronunciar una palabra^ 
Después ae un grande espacio ae tiempo, dijo con voz apagada : 

— Son piedras finas! .... Esmeraldas y diamantes, no hay duda ! , . . 
Deben valer un dineral, pues son dé un tamaño nada común. 

— Yo sé, dijo la zagala, que Chepiílo compró en los dias en que es- 
tuvo de alta, muchos diamantes, esmeraldas, topacios y ru . . . • n^bides, 
ó como se llaman, con el dinero que estafó á los tontos que creyeron en 
el hallazgo del Queso de oro iTo has oido hablar de ese ardid ? 

«-^Si, si he oido, respondió Jorge, sin pensar en lo que decia, cual ai 
estuviera vembélezado con su repentina dicna. 

En seguida expresó con él mayor fervor : 

— ¡Bendito seáis Dios mió que te has' acordado hoy de nosotros !. 

Después 4e tan sincera manifestación de gratitud echó á recoger 
a^nel rico tesoro^ que contrastaba con la ne^ra mesa, con lo humilde a^l 
ajuar y lo sórdido de las paredes y techo dá. cuarto. 

Introducidas las monedas y piedras en el £uamiel| Jorge se lo j^re- 
sentó á Lacia diciéndole : 



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— 255 ~ 

— ^He acuita dote, amiga mía. 

-^-Gracias ! respondió la zagala recibiendo el gnarniel con la mayor 
alegría ; te gaardo este caudal para que compres con él la estancia á 
"donde debamos irnos, pues yo también quiero salir de este lugar. 

•r-Haré con ese dinero lo que tú desees. 

Lucia abrió la caja carcomida y desgonzada que os dimos á conocer 
•desde el principio de esta historia y metió en ella el guarniel. 

— Me voy, dijo Jorge. ^ 

— Como rque te vasl ^ ^ 

■ . — Ansio ver á mi familia. ' 

—Es muy tarde. 
Que importa eso ? Acaballo no gasto un cuarto de hora, pero aun- 
que empleara más, no debería por ello, retardar á mis padres el gozo que 
tendrán al verme. 

—Es muy gusto, pero seria mejor, que te quedaras. 

— No, Lucia, mañana sabrían tus vecinos que un hombre había dor- 
mido bajo el mismo techo que te cubre á tí y eso mandilaría tu reputa- 
ción. Sabe querida mia que yo 'nunca cooperaré á la deshonra de la mu- 
jer que hé elegido para esposa. 

Si no quieres quedarte, espérate y te preparo algo de cenar. Hoy no 
habrás comido nada. , j j 

— Hoy no ha entrado á mi boca sino la punta de los cartuchos que 
he ¡mordido, pero no te molestes; pronto estaró en casa, donde comeré 
y beberé hasta quitar el hambre. 

A semejantes razones la pastora no replicó, antes bien le tendió la^ 
mano que Jorge estrechó convulsivamente entre las suyas. 

No bien «e despidió salió de la pieza. 

El caballo temblando todavía por consecuencia de la carrera, esta- 
ba en el patio con la cabeza inclinada liácia el suelo. Jorge le levantóla 
rienda, montó j partió al galope, al tréves de las tinieblas. 

«APITULO IH. 
Tras d placer Yieii6 la j)6Ha. 

LUMINOSO y radiante en el fondo de tm cielo límpiáo y azul brilla- 
ba el sol de ía mañana que sucedió á la noche del 21 de Mayo. 
Serian las nueve cuando se presentó Jorge en la casa de Lucía« 
Iba vestido de militar como en la noche pasada.; pero se notaba en su 
traje mavor limpieza. Llevaba una levita larga de pafio azul con cuello 
encaraiado, adornada de galones y botones de metal. ' Sus solapas desa- 
broébadas dejaban ver una camisa blanca como el papeT, cuyo cuello 
ceñido ^r un corbatín de charol, no embarazaba, por su gran flexibi- 
lidad, «1 libre movimiento á la cabeza más bien configurada. Jorge 
^cra dé alta talla á la cual le sentaba bien el uniforme del guerrero, esto 
'^es : la levita 4^ que hemos hecho mención y un pantalón encamado con 
franja de hilo de oro. La fisonomía de nuestro personaje era de tique- 
Has que nadie ^ye sin sentir en el alma nn movimiento de impulsión 
liácia ellas, |K)rque la naturaleza les ha dado nn poder de atracción 
extraordinario. Hela aquí : ojos garzos y brillantes que expresaban con pro- 
piedad loB distintos sentimientos del alma según estuviera eata, alegre, 



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, _3S6 — 

triste ó irritada ; cejas espesas y arqueadas^ abiertas sobre una narii^ 
recta ; boca regular con hermosos dientes y negro bigote ; frente ancha 
T prominente que indicaba la solidez de 9Q6 nensamientós, y un color 
blanco un poco amortiguado por los rayos del sol de lasxjampañas. 

• Llegó, pues, Jorge al patio de U casa, vestido como hemos diclo, 
y dijo : 

— Buenos diasj amiga. 
: Lucía estaba sentada á la sambra de los sauces, hilando una guedeja 
de lana. negra y tarareando un bambuco moderno. 

Al oir la voz de su amante dejó el canto y respondió : 

--^-Buenos días, Jorge. 

Mirándolo tan majo añadió : 

— Carántula! bienes compuesto qne es un*gu6to.-.. pareces un 
pisco ó un rey de los gallinazos con tantos colorines. 

Decia, torciendo el huso sobre la pierna derecha y descarmenando 
ligeramente la lana que tenia envuelta en el hrazo izquierdo. 

Jorge sojiri endose se acercó á ella, le cogió una mano y se la extrechó. 

— C^mo te haces desear le dijo la pastora, ya estaba pensando que 
habias tirado de largo. 

— No prenda mia, cómo podia irm^ sin casarme? es que hay tauto 
que charlar con la familia después de siete afios de ausencia. ^ , 

— Es cierto I hacia siete años que no veias á tus padres, pero 

parece que Jiacia el mismo tiempo que no veias á tu Lucía ; verdad i 

— Ingrata ! te he dadQ la preferencia, y te quejas ? ^ -- 

—Carruchas ! quó palabrotas las tuyas í. ... necesito estudiar diez 
años en un convento^de monjas para ^ue nosentendamos. ... ^1 Diablo 
cargue conmigo si sé lo que es perfer^ncia. 

■i— He querido decirte que he venido primero á tu casa, que ir á la 
de mis padres, dijo Jorge un poco afligido con la ignorancia de su 
amada. Es verdad que hoy soy ofro hombre ; en siete años he aprendido 
muchas cosas que espero enseñarte en poco tiempo. 
^ — ^Tengo tan maia memeria. 

— No es tan m^la cuando en siete años de ausencia no me has 
olvidado. 

— Ah ! eñ cuanto á eso, aunque hubiera pasado un siglo. 

— ^Ya <^ue hablamos de tu constancia^ digamos algo ael dia en que 
debas recibir el premio de ella. 

— Hablemos de lo que tú quieras. 

— ^Ven conmigo, le dijo Jorge. 

Y tomándola de una mano Ei condujo á la pfeza que la zagala y 
nosotros hemos tenido la vanidad de llamar sala. 

Lucía se sentó en uno de los cojines que conocéis y Jorge en la silla 
de brazos. 

—Conversemos sobre nuestro matrimonio, le dijo él. 

— Conversemos, le contestó ella. 

—Te propongo que nos casemos dentro de sei^ dias, 

— Dentro de seis^dias es imposible. • 

—Por qué razón ? ' . 

-r-Pojmue es necesario hacer algunos preparativos y enseisdias no 
se hacen. Por otra parte las proclamas piden quince o veinte dias de 
término. - 

—Las proclamap pueden dispensárnoslas. 

-rLas proclamas I ..» * ' 



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— 267 — 

—Si, con dinero se consigue todo en este picaro mnnda. 

^Lo que es ignorar únalas cosas. 

— Yotillano esa dificnltad. 

—Dale con términos jpati^tiebradoa. 

— Digo que yo arreglo lo délas proclamas. 

-—Bien está ; pero debemos hacer tina bodita, y por otra parte yo 
estoy escasa de ropa ; bien que para el casamiento me alquilaría la tía 
Simona un vestido, que de alquiler tos tiene muy currutacas. 

— ^No, Lucía, yo no consentiré en qiíe te vistas con ropa alquilada ; 
en seis dias se hará la que necesites para la ceremonia. 

— ^No, Jorge, no quiero oponerme á la costumbre ; todas las que se 
casan, se visten con la ropa de la tia Simona y la que no lo hace, dicen: 
los murmuradores del pueblo, que es porque no tiene con qué pagar el 
alquiler, - 

— Haz tu gusto, pues ; lo que importa es que nos casemos dentro 
de seis dias. 

— ^En seis dias no se tacen los preparativos para la boda. 

—Sí, es tiempo suficiente para conseguir cuanto tú desees, aunque 
demos un esplónaido antbigú. 

— ^Espléndido ambigú 1 qué cosa es eso ! 

— Es una abundante comida ó cena. 

— Lucia soltó una carcajada, 

— Jorge se azoró como si sospechara que alguien los escuchaba. 

— Con que, estamos arreglados ? le pregunto este. 

— Para dentro de diez días. 

— Convenido. Nos casaremos dentro de diez dias. 

— Pero. .... yo soy una pobre, Jorge. 

— ^Lo sé, Lucía ; no ignoro que eres pobre de dinero ; pero sé que 
eres rica de virtudes, y yo apreció más esta última riqueza porque ella 
dura siempre y* hace mejor la felicidad que la otra. • , 

—Nina Lucía I . . . . nifia Lucía I . . . • gritó á esta sazón Liberato á in- 
mediaciones de la casa. 

La pastora corrió á la puerta y vio á su criado que llegaba á toda pri- 
' sa con el feembrero en la mano y ahogándose de fatiga. 

—Qué hay? qué sucede? hombre. 

—Que aquí cerca vienen unos soldados. 

Jorge que tal oyó sé levantó presuroso de su asiento y de un salto 
se puso en el corredor. Corriendo atravesó el patio y al salir de la casa, 
divisó una partida de gente armada que se oproximaba. El capitán te- 
miendo oue fueran melistas, saltó la cerca de espinos y se ocultó ^ntre 
el maizal que por suerte todos los afios por el ñies^de mayo era un 
bosque. 

Lucía asustada se .metió también entre la sementera y dejó la casa 
al cuidado del criado. 

Los soldados llegaron al patio, mataron tres gallinas, se entraron en 
las •pJLezsLBj se robaron cuanto encontraron de su gusto y siguieron su 
camino. ' . 

La pastora volvió al rato y lo primero que hizo fué abrir la caja 
para cerciorarse de lo que le faltara,, y como no vio el guarüiel de su 
dote, exclajnó : 

-^Ah ! . • . . se robaron el oró y las piedras finas I • 

T arrancándose los cabellos prorumpió en amargo llanto. 

Desesperada, inconsolable echó á correr para el maizal y á gritar : 

17' , 



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— g58 — 

— Jorge I . .^. . Jorge f. . . . At Jorge ! . . . . los soldados se robarcm el 
guamiel. ^ 

Pero como solo el eco le respondía, remedando su voz, sesenta á 
gemir. 

En esto se le acercó Liberato y le pregan t6 : 

— Qué le aflige ? niña, j Qué fué lo que lé robaroirlos melitaresf...^ 

—Corre por el amor de Dios, le dijo sin contestarle la pregunta^ co- 
rre^ busca 4 Jorge en el maizal y dile que venga pronto que me ha acon- 
tecido una desgracia muy granae. 

Liberato no vaciló en obedecer la orden ; estaba conmovido con el 
Uanto de su ama y pensó que le aliviaría sus dolores ^presentándole al 
,médico del alma, ' ' • 

Al cabo de un rato volvió con Jorge. 

— Qué hay ? le preguntó sorprendido el capitán á Lucía. 

— Me preguntas qué hay? dijo la zagala sollozando, 

— Sí, te pregunto, que desgracia te ha sucedido ? 

— OÍxl negro del aímjftl qué ha ser, sino que los soldados se robaron 
el guarnTel. ' 

— ^De veras! dijo els^apitan con los ojos encendidos de coraje, 

f>ues me voy tras ellos ; ó los mato ó me matan ; pero el dinero no se lo 
levan así no más. 

El hombre partió á correr. ^ 

Lucia siguió tras él llamándolo á gritos y llorando. 

— Ah Jorge ! . . . . le decia, no vayas ; no quiero que vayas ; mira 
que te matan ! . . . ^ no nae dejes sola ; no me abandones ! . . . . ^ 

Después de haber corrido conio tres cuadras inútilmente, la infeliz 
cayó en el camino casi desmayada. 

' Liberato que iba detras al trote, ijo bien llegó donde la pastora esta- 
ba tendida, le preguntó : - 

— Qué es lo que se hají robado los soldados, que no ha querido 
decirme? 

— ün guarniel con una gran suma d^ dinero y unas piedras pre- 
ciosas. ^ * 

— Qué cosa es guamiel ? 

— Una especie de zurroncillo, i no lo habias visto entre la caja? 
' —Será esto, por suerte? dijo el criado mostrando el objeto perdido. 

— ^Bendito sea Dios ! exclamó la zagala alzando Jos ojos al cielo^ 
donde lo encontraste ? 

— Como yo sé por experiencia que los soldados son linces para esto 
de la ufía, así como vi que su merced y Don Jorga se entraron en el . 
maizal, jo me zampé en la sala, abrí la caja para sacar el dinerillo que 
allí hubiera, y como encontré está chácara encima de todo, me la metí 
debajo del brazo y me dije : esta cosa debe de ser de Don Jorge ; bue- 
no es esconderla y si no se la apañan los melitares. 

— Hombre de.Dios, me has causado una pena muy grímde. 

—Mayor habría sido si nó hago lo que hice. 

— Es verdad ; pero por qué no me entregaste el guamiel en el mo- 
mento en que me oíste aecir que se lo habían robadp ? 

— Su merced nunca me (fijo que le habían robado tal chácara y por 
otra parte me olvidé de que tenía semejante bulto debajo del brazo. 

—Corre y díle á Jp^e que ya pareció lo perdido. 

— Que vaya alcanzar á Don Jorge ? ^ 

—Sí, ve, \ví^ no irá muy léjoB. 



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— 259 — ■ . ^ 

— Con qué piernas i 
— Iré yo, ya que tú no quieres. 

Lucia le rapo el guarniel á Liberato de las manos y echó á correr 
por el mismo camino que llevaba su amante. 

No^ la sigamos; dejémosla correr que pronto estaremos con ella. 

CAPITULO IV. ^ 

Oe tomo ana gallina paso fin í m banquete de pipiripao. 

EL SOL del dia deseado por los novios se anunció al fin, y á los pri-' 
meros albores de la maílana los dos amantes salieron á pié de la 
antigua morada de Don Pió en dirección del poblado. Iban acom- 
pañados de sus parientes próximos j remotos, los que ataviados de sus 
mejores trajes deseaban honrar debidamente á los novios. 

Jorge iba sencillamente vestido ; el barniz de civilización que ha- 
,bia recibido en los pueblos-del litoral y en los del Sur, pugnaba con las 
costumbres coloniales de los campesinos cundinamarqueses. Por esta 
razón él se opuso decididamente á disfrazarse en aquel dia solemne con 
el vestido del gamonal de antaño. . .. No así Lucía; ella obediente á 
los usos de su país natal, fué víctima de la funesta costumbre. Desde el 
momento en que llegaron al poblado se hospedaron en la casa de un • 
pariente de la pastora, y en el acto dos señoras solteronas de esas que 
visten imágenes, se apoderaron de ella, la peinaron mallsimamente y la 
ataviaron de pié» á cabeza con los adornos más chavacanos. El vestido 
era alquilado y esto basta para hacer sabor que él pertenecía á una mo- 
da de la cual nadie hacia memoria en el lugar. El traje de lanilla de un ' 
color indefinible, tenia el descote bajo, el talle inmediato al nacimiento 
de losk^brazos y remataba en una pequeña arandela de tela encarnada que 
parecía más bien un apéndice que un adorno. La estrechez de las ena- 

fjuas era tal, que íiabria nodido servir de modelo á un sastre para hacer 
a hopa de un tomista pooreton, ó la de un monagillo^ de aldea. Las 
mangas cortas y ajustadas, ceñían tan éxtrechamente los rollizos brazos 
de la zagala que el más inesperto cirujano, se habría resuelto á sangrar- 
la' sin temor de que lo tuviesen por practicante del hospital de San J aan 
de Dios* ^ I 

Los zapatos eran demasiados grandes v habiánselos, por ello, calzado 
sobre dos pares de medias y sujetádoselos a los tobillos y á las piernas con 
cintas de distintos colores, formándole équises hasta la parte superior de 
las pantorrillas. . " . 

El tocado ó la toilette^ como dicen los que la echan dé Bober. el fran- 
cés, era tal que bien' merece describirse. Infeliz mujer ! . . . . unas cuan- 
tas trenzas pequeñas-^y apretadas salían del nacimiento de la frente é 
iban á perderse en un deforme ínofío que á semejanza de clavo romano 
llevaba adherido á la nuca. Esas mal formadas trenzas á causa de su ti- 
' rantez sacaban de su lugar la piel de la cara, desfigurando cada una de 
las facciones, del naismo modo que el coto las desngura en sentido con- 
trario, es decir; de arriba para abajo. El resto del tocado era más risi- 
ble aún : componíase de una maraña de cintas de colores varios, sobre- 
Íaesta al naoño y de la cual salían muchos lazos que iban á perderse en 
>s ptmtos de partida de cada trenza. 

De la caDeza al pecho tenia mil pelendengues. Colgábanle de las - 



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* — 260 — 

orejas unos zarcillos descomunales qne cual péndola de reloj le oscilaban 
rosándole los hombros; escalonábanse en su garganta de nácar cosa de 
cuatro cintillos; uno de cuentas blancas, otro de amarillas, cual de tojba, 
cual de azules, 7 sobre su pecho resplandecian njultitud de cruces, es- 
tampas 7 prendedores qne laraian á la insoria las tiendas portátiles de 
nuestros buhoneros 7 las ermitas del Corpus de esta tierra de cristianos 
que ho7 se llama. Estado de Oundinamarca. 

Lucía estaba desfigurada, horrorosa, con su traje á la antigua 7 &a 
abominable tocado. 

No sabemos como es que los campesinos cundinaraarqueses no se 
arrepienten de casarse al ver á sus novias tan cariestiradas^ á causa de 
esos tocados horribles que hemos descrito, 7 tan embarazadas para ca- 
minar con esps trajes estrechos que hemos pintado, que las asimilan en 
la cara 7 vestimenta aquellos matachines del córpvs quó los alféreces de 
la fiesta visten ad hoc para divertir á* los muchachos 7 á las criadas. 

Así como la novia estuvo emperegilada^ Jorge le ofreció el brazo y 
estrechamente asidos se encaminaron al templo. Media hora después 
pronunciaron ambos en presencia de Dios el juramento solemne de unir- 
se 7 de partir entre sí los placef es 7 la^ penalidades de la vida. Ligados < 
los' corazones de nuestros héroes por el vínculo vitalicio del matrimonio 
se retiraron del templo 7 se dirigieron á la casa donde se habían hos- 
pedado. V 

Cuatro amigos de Jorge Cavilan esperanban en el patio de la posada 
á la simpática pareja 7 su cortejo, con una recua de caballos á cual peor, 
pues de ellos no habla uno que no estuviera tristemente mutilado. E^- 
tas incompletas animalias, debían trasportar á los novios 7 su comitiva 
al .campo, 7 aunque eran residuos de brutos 7 no brutos enteros j nadie 
exhaló una queja ; ora porque los novios de pueblos pequeños cabalan 
siempre en malas jacas, ora porque en Junio de 186é estaba el país sumido 
en la anarquía de la guerra civil, 7 las bestias baldadas eran las únicas 
que hablan escapado de la rapacidad de los melistas, v eso porgue lo 
inútil ha tenido siempre el privilegio de ser respetado díe los facciosos y 
guerrilleros* 

En la posada sé sirvió un almuerzo abundante para todos. Con el 
* último bocado salieron caballeros los novios de la casa, junto con su lu- 
joso acompafiaráiento. Muchos curiosos quo tuvieron noticia de tal sa- 
lida se agolparon á la esquina de la calle que conduce al camino de la 
estancia, á^conocer al paso á Jorge 7 Lucía, 7 diz que las festivas cata- 
duras de los jinetes todos 7 el aspecto melancólico de sus cabalgaduras 
les dio no poco que reír. Las mujeres iban confortablemente sentadas, 
en sillones colorados, adornados de galones blancos 7 cantoneras de 
plata, con los pies apojados en una ta^blilla suspendida de asiónos y 
descausando los brazos en torneadas barandillas. Grandes sombreros en- 
fundados sombreaban su cara 7 pequeñas ruanas listadas flotaban sobre 
sus hombros. 

He aquí las jinetas; veamo? ahora las jacas todas.... ¡Oh las jacas ins- 
piraban compasión I Si uno de esos genios maravillosos de Las mil y una 
n¿>eAé^ hubieran tomado un miembro de cada una, para con ellos formar 
unaJ>estia completa, no lo habría conseguido; ¡ Infeliz paballería I . . ; . 
el rocín que no era tuerto ó cojo, no tenia cola, ó le faltaban ambas 
orejas. 

Los hombres cabalgaban eií las jacas ^cojas lo cual era mu7 razona- 
ble, pues sabiendo que el que cojea cae, no debían exponer, montando 



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— 261— - 

etí ellas, á las delicadas mujeres qne podían desbaratarse si se aporrea^ 
ban. Por esto los labradores iban caballeros en los peores animales y 
sin hacer de ello mucho caso, hacian ostentación de sns sülas bordada^T 
de blanco ; de sns herixados zamarros de piel de cabro j de sns descomn* 
nales espacias, las que al punzarlos hijaresde sus lerdos brutos sonaban 
contra los labrados estrióos cual campana de administración. Era de 
rer como llevaban el sombrero en una oreja, como fumaban cigarro al 
desgaire y como punteaban y rasgueaban con arrogancia las cuerdas de 
sus bandolas y tiples. 

A paso de buey unas veces y á paso de muía otras, echando vivas 
á los novios y disparando^ cohetes, llegó la cabalgata á la casa de Lucia. 
Los corredores, el patio y el campo adyacente hormigueaban de amigos, 
conocidos y desconocidos de los novios, j Cuál era el objeto de semejante 
concurrencia? ¿Era que esta ^nte se presentaba 4 felicitar á Jorge y 
Lucía por su dichoso enlace ? lío por cierto. Era que .... de antemano 
se había anunciado una espléndida comida, una comida de pipiripao y 
como para manducar de gorra, todo el mundo está pronto, por éíló me- 
dio pueblo se hallaba en la estancia de Lucía el dia \le su boda. 

Desde la una de la tarde algunos de los concun*entes se pa8eat>an 
por los corredores dando prolongados bostezos y derramando tal cual 
mirada dentro de la pieza destinada al convite ; otros pasaban y repa- 
saban por la puerta ue la cocina y de vez en cuando estiraban el cuello 
al percibir el olor de las suculentas bandejas que hervían y humeaban 
que era una bendición de Dios. ínterin varios tahúres jugaban á los, 
naipes, tendidos horizontalmente sobre el mullido césped bajo la som- 
bra de los árboles y unas tres docenas de n»uchachos, gritaban, silbaban, 
brincaban y arrojaban tejos sobre el tángano, en una era inmediata á 
la casa. • 

Mientras que los hombres atisbaban, ofian y jugaban, las pastoras 
tegian gimaldas de flores silvestres para coronar á fos novios y adornar 
las paredes del comedor. 

Gomo á eso de las cuatro de la tarde se oyó una voz que decía : 

— ^La comida está en la mesa, señores y señoras ; á manducar todo 
bicho.... TJrral.... urra!.... alienar la panza. 

Al dar Liberato estas voces todo el inundo volvió la cabera hacia 
el punto de donde salían y no hubo uno que no mirara con agrado al 
buen criado que tan excelente-nueva llevaba. En honor de los concu- 
rrentes diremos ademas, que la campana de un colegio llamando la co- 
munidad al refectorio, jamas ha sido tan rápidamente obedecida. Todos 
impulsados por la poderosa atracción del banquete se precipitaron á la 
puerta del comedor cual famélica' jauría. 

Lucía colocada á la cabeza de la mesa vio oscurecerse el cuarto con 
el muro viviente de innumerables personas que cubrían la puerta y se 
apresuró á decir á Jorge^ dominando el ruido de cien-voces : 

—Negro del alma ! ven agentarte junto de mí ; este puesto eá para 
los dos. 

'Jorge aceptó el asiento qne le brindó su novia, y no poco angustia- 
do con lo qne veía y oía se enjugó con su pañuelo el sudor que caía de 
su frente, y dijo á media voz : 

— Qué turbamulta, Jesús ! . . . . 

— Señores oonvidada^MsL^bf en voz alta ; siéntense ustedes donde 
más les acomode. 

Ocupados todos loi asientos empezaron á circular sobre la mesa losx 



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S latos de sopa de pan, sembrada de peqnefias revanadas de huevo cocí- 
o; las grandes bandejas de arroz glutinoso; los" apetitosos capones 
magnificamentejdorados por un fuego apacible ; las sabrosas papas gui- 
sadaff, cubiertas de un trasparente velo de aueso, j en fin, multitud de 
otroa manjares preparados para el paladar-ae la gente rústica. 

Los convidados empezaron á engullirse monstruosos tacos en el 
mayor silencio. . . 

De repente alzó la voz un campesino de avanzada edad 7 dijo ; 

— Diantre 1 se han quedado toaos como en misa. 

— Nos henios quedado^ decia el tio Luna, observó una graciosa 
pastora. 

— Vmnos I ... i gritó un viejo cari-redonda, rugoso y barbudo, 
Quya faz era semejante 4 la de un mico, varaos camaradas, echemos 
unos tragos para que se nos caliente el coleto, y se nos suelte la len- 
gua. . . . qué diablos ! esto tiene más bien cara de entierro que de casorio. 

— Don Jorge, dé usted el ejemplo ¿quién dijo miedo? expresó la 
pastora que antes habia hablado. 

— ^Bueno, dijo el novio, voy á beber -á la salud de Lucía. 

Y alzando á dos manos una enorme totuma encarnada que rebosaba 
de chicha, la llevó á la altura de sus labios y bebió. 

Aunque sobre la mesa habla otras vasijas que contenian conforta- 
ble muiscay ninguno de los convidados se atrevió á libar con el novio ; 
Hsada cual espero 4 que le llegara su turno, pues según la costumbre de 
los campesinos cundfiuam^rqueses, los convidados no beben sino 6n el 
mismo vaso donde beba el amo de la casa. 

Excusado es decir que £aco derramó la alegría 4 manos llenas, en 
el corazón de los concurrentes. De allí apoco comenzó el mayor conten- 
to, la mayor hilaridad ; todos dirigían la palabra 4 todos, pero ninguno 
escuchaba á otro. Era una Babilonia donde se charlaba, se exdamaba, 
se gesticulaba, se reía 4 más no poder, sin que uno solo comprendiera lo 
que otro decia. * , 

Con esta descomunal algarabía, sucedió que una gallina que tenia 
nido en el zarzo ó desván del comedor se espantó y empezó 4 cacarear 
con tal violencia que Liberato perdiendo su habitud calma echó mano 
del palo de la escoba y comenzó 4 dirigirle terribles garrotazos. La ga- 
llina estrechada por su adversario resolvió escapar el bulto y en conse- 
cuencia emprendió vuelo h4cia otro parage ; más, la casualidad ó la ía- 
talidad (no sabemos cual) quiso que la- infeliz descendiera- sobre un in- ^ 
menso platón de humeante mazamorra que un priado acababa de servir. 
El quemante líquido desorganizándole la piel de las desnudas piernas la 
hizo exhalar un grito de dolor y sacudir vigorosamente las alas para li-" 
brarse de tan cruel suplicio, y entonces. . . . (Perdonad que en este cua- 
dro que debiera ser serio, os presentemos á Heráclito y Demócrito abra- 
zados). ... y entonces 4 causa del sacudimiento sucedió que una copiosa 
lluvia del espeso U^uido cubrió la faz de los que comían j ceg^ sus ale- 
gres ojos ; aconteció que el platón tambaleó al salirse el ave, con lo cual 
perdió el equilibrio y se derraiñó la mazamorrasobre los manteles y man- 
chó los ricos vestidos de los novios ; acaeció que la vallina libre del cri- 
sol que la deshacía, echó 4 dar zancadas con lo cual no dejó cosa en su 
lugar. Liberato encarnizado con la desventurada pájara, ía persiguió sin 
el nienor respeto donde quiera que el infortunio la condujo. Apenas se 
habia salvado de una muerte inquisicional, cuando el criado cayó sobre 
ella como un rabioso y echó á tirarie por encima de la cabeza de loa 



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— 26a — 

qae 'estaban comiendo, repetidos garrotazos, con cnyos golpes redujo ^ 
ménades pedazos cnanto habia sobre la mesa. Liberato colérico, ftmoso, 
á nadio'Obedecia. Cnal^nieraal verlo habría dicho que acababa de perder 
el juicio, y no se habría engafiado porgue á decir verdad el criaao ha- 
bia empinado algo el codo. Más de diez bocae le gritaban que se con- 
tuviera, pero el fiombre sediento^ de sangre no veía ni oia; en a^ nei 
momento el energúmeno no tenia más que un solo pensamiento ; asesifiar 
4 la enfeUz gaJUna. Hay hombres que estén 6 no ebrios tienen dias en 
que desean con loco frenesí aniquilar un ser viviente y no se tranquili- 
zan hasta que no lo ven voltear los ojos al cíelo y espirar. El criado de 
Lucía estaba dominado por el cruel antojo de cometer un gaUinicidio y 
por ello era por lo que el sanguinario insistía e» su feroz propósito. 

Desc^gaba Lioerato palos á diestro y siniestro cuando media do- 
cena de perros que habiá'debajo de la mesa entró en la más espantable 
batalla. Ooma en las bodas de Peleo, una pastora cual otra Discordia 
habia arrojado, en vez de unavmanzana.de oro entre los convidados, 
una presa de carne entre la jauría y esto habia dado origen á la terrible 
lucha. Los perros por disputarse la presa, cual políticos del dia, se 
gruñeron recíprocamente mostrándose sus afilados dientes; echas las 
provocaciones ae lanzaron todos sobre cada uno y cada uno sobre todos, 
dando roncos ladridos y tirándose feroces tarascadas. Los concurrentes 
parados, unos sobre los-asientos que habia contra la mesa; en pié otros en 
torno de ella; y agrupados los más en un rincón de la pie^ ; gritaban, 
reían, vociferaban, se extreohaban y se ensancbabanxíe tal modo que 
ningún observador habría podido describir ese conjunto de hombres y 
muí eres en tan desordenada mezcla y confusión ; ningún pintor habría 
poaido reproducirlos en un cuadro. 

Sosegado Liberato y apaciguados los perros se restableció el orden. 
Como nada habia quedado sobre la mesa, nadie pensó en volver á sen- 
tarse á ella, sino en hacer la nai'rativa de cnanto acababa de suceder. 
La conversación se prolongó hasta ]>ien entrada la noche. 

A las ocho se dio principio á un fandango donde se bailó, se bebió, 
ee charló y se rió hasta el cansancio. A las tres de la mañana los que 
no habian desertado se acostaron á dormir sobre lo* que pndieron. 

" Cuando vino el dia todo habia acabado ; pero algo extraordinario 
comenzaba : una vida nueva para nuestros dos amantes. 

Ya tenemos á nuestros héroes casados ; pero, residieren siempre en 
el lugar donde nacieron, ó se trasladaron á otro sitio ? A la hora en que 
esto escribimos viven todavía ? Se han amado durante su matrimonio ? 
j Son felices ó desgraciados ! 

El curioso lector que tales cosas y otras más quiera saber, espétese 
las páginas siguientes hasta dar con la última y le prometemos que ex- 
<;lamará al ver el fin : 

— Oh ! qué sabroso cuento ! es^ una historia que paeece novela,- 
y se tenderá largo á largo á meditar en las vicisitudes humanas. 



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CAPITULO V. 

En 6l fual se ve cómo le enmplen ciertos pronoitieos de íneía y donde tie prueba ima 
Tez mil, 4ue libérate ChirloMHo tiene capacidad ; pero idéntica á la de nn tonel. 

ONCE días hablan trascarridou al matrimonio de Jorge y Inicia 
cuando una mafiana le dijo aqael á esta : 
V —Sabe amiga quB esloy fastidiándome mucho en este sitio apar- 
tado del trato de los honores, j lo qne es más, estpji sintiendo un ^ran 
pesar por haber metido mi espada en la vaina y no haber vuelto a sa- 
carla ahora que la libertad está en peligro. Preciso es que.yo me marche 
al campamento de los legitimistas á cumplir con mi deber de soldado y 
de patriota ; pero no quiero dejarte aquí expuesta á los ultrajes de las 
tropas que pasen por este lugar, y 'por ello he determinado ir antes á 
Bogotá á conseguir una casa en compra ó arrendamiento para llevarte á 
ella, á fin de que estes con alguna comodidad y á salvo de todo peligro 
durante mi ausencia. ¿No eres del mismo parecer ? 

— ^No, negro de mi alma, yo no quiero que te separes de mí y mu- 
cho menos que vayas á Bogotá en este tiempo, porque correrías el riesgo 
dé ser encarcelado. No crees tú que si los mdistas te ven y te conocen^ 
al momento te ponen la mano ? 

. — Lo creo Lucía ; pero para evitar ese peligro voy con los ojos bien 
abiertos, y husmeando como los perros. 

— Eso no ha de valeríe, Jorge ; si los melistas te veri, cuenta con 
que teechan el guante y te pillan el dinero que lleves para comprar 
la casa. ^ ' ' 

— ^No me opongo á tus reflexiones ; convengo en que puedo ser en- 
carcelado ; pero ¿qué quieres ? es un deber mió unirme á Isk fracción li- 
beral que' combate por echar abajo al Dictador, y al irme no debo dejarte 
. aquí entregada á tu propia suerte. Mas, si yo me expongo al ir á Bogotá, 
el dinero no corre ningún riesgo, pties no, ne'' pensado en sacarlo del sitio 
donde tú lo tienes guardado. Me voy, pues, sin llevar dinero, y si no 
encuentro quien me venda una casa con. plazo, no faltará quien me la 
arriende y de un modo ó de qtro he de conseguir llevarte a Bogotá y 
dejarte acomodada en una bonita habitación por todo el tiítopo que esté 
separado de tí. 

— ^Bien quisiera yo que no te fueras, aunque estoy que no veo la 
hora de ir á feogotá a vivir ; pero ya que no puedo echarte un , lazo al 
cuello y amarrarte á un pilar del coiTcdor para que no me abandones^ 
^ té aconsejo que vavas con cuidado, no sea el Diablo que los melistas te 
atrapen el bulto. Ahora por esto que te digo no vayas á creer que á tn 
regreso te dejo ir á matar rebeldes, pues por Dios y por mi alma que te 
qtíedarás con el antojo, que bien sé que el que va por lana suele volver 
trasquilado. ^ 

— Corriente, maQana me pk)ngo en camino, y te prometo que á más 
tardar dentro de quince días estoy de vuelta. 

«Nada más hablaron sobre el asunto nuestros dos novios. 

Gavilán se marchó al dia siguiente mu;^ temprano y entre tanto 
Lucía se quedó llena de temor v apsiedad porque tenia presontlmientoa 
de que á su marido iba á suceaerle alguna desgraci^. 



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— 865 — 

£1 dia sefialado por Jorge para su reeres<H pasó, j como no yojivió 
á La Oompañia eomo se lo habla prometido á Lucia, ésta se desesperó j 
lloró amargamente machas horas. Calmada su angustia, reflexionó en 
lo que debia hacer y ál punto determinó enviar á Ohirlobirlo en busca 
de Q-avilan. 

— ^Ven acá le dijo Lucía á su criado. 

— A^uí me tiene su merced, le respondió Liberato presentándosele. 

— ^Mira, ayer hizo quince dias que se fué Jorge para Bogotá, y 
como no ha vuelto, es señal dé que le ha sucedido alguna desgracia. Es 
necesario, pues, que vayas á buscarlo, ó al menos á averiguar la suerte 
que haya corrido. 

— Que mi amo se fué ayer hizo quince dias, no lo niego; pero que 
le haya sucedido alguna desdicha, no me^cuela. Espérelo su merced otros, 
quincQ dias y si no viniere, le manda^ una carta que no faltará quien se 
la lleve. 

— 'Digo aue te vas mañana á buscar á Jor^e y has de irte. Lo man- 
dado, mandado, 6 de no, no seria yo hija de mi madre. 

— ^Pues no será hija de su^madre, porque yo no me obligo á ir á una 
tierra que no conozco, y menos en tiempo de ca/nículas en que es tentar 
á Dios el salir uno de su pueblo. 

— Ya veremos si vas á Bogotá ó no. Por ahora veto al pueblo en 
solicitud de una persona que ^sepa escribir y cuando la hayas hallado, 
ruégale que |e ponga *á Jorge una carta en mi nombre, diciéndole que 
estoy muy afligida {>or no haber vuelto el dia que convino en regresar ; 
que paso mi vida llorando ; que desdo que él se fué no como, ni bebo, 
ni duermo y que si se tarda en venir no volverá á verme porque me ha- 
bré muerto de pesar. Otro encardo voy á hacerte, y es que Ge pasadita 
entres en ta tienda del chato Kubio y compres cuatro reales de dl^fanda- 

Ífxiea^ de esos de á seis al cuartillo que parecen alfeñiques, para que se 
os lleves á Jorge en un canastico. 

— Al pueblo á hacerle las diligencias^que acaba de decirme, estoy 
pronto á ir ; pero á San tafo no voy ni por la mocha. Con que así, bien 
puede su merced darme el dinero y el canasto para los encargos, y me 
marcho á la mano de Dios. 

'Lucía desató de uno de los picos del pañuelo que llevaba puesto al 
cuello, un niido donde tenia envueltas algunas monedas y de ahí tomó 
y le dio áXiberato, cuatro reales para los alfandoques ; medio real para 
el papel en oue debia hacer poner la carta y para pagar el servicio del 
que la escribiera, y un cuartillo para que el criado tomara algún alimen- 
to. En seguida entró al aposento, desocupó un canasto que tenia con ropa 
y se lo entregó á Liberato. 

El hombre partió 

Fuese al trote y llegó pronto. 

—Válgame Dios 1 se áecia al entrar en el pueblo, {á quién le echo 
el guante para que me haga la carta?. . . . An! ya sé de quien he de 
valerme ; el Mosqui4io Pepe puede hacerme el favor y quizá no tendré 
que andar mucho para ^>6«car^. Como es el soólador de la fragua, es 
seguro que lo encuentre en ella. . . . Diablo ! allá sale. • . . Hola ! nifío 
Pepe, añadió alzando la voz, espéreme usted ahí un tris. 

. El hombre se detuvo. Chilobirlo apuró el paso y pronto se le puso 
por delante. 

— ^Puede usted hacerme un servicio que Dios se la pagará de gloría} 

—Si es que viene á ponerme la ha/naerÍUa^ por mi ánima que/ierra 



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— 266 — 

el golpe; puede saeadirme^de los piés'y jaro que no oaye al. suelo un 
sólo cisco. 

— Ko es dinero lo que necesito, seflor mió, sino que me liaga usted 
el ]>ien de ponerme una cartíca para mi amo Don Jór^e Gavilán que se 
fué para Bantafé hace ya quince dias y no se lia tenido noticia de él, 
chica ni grande. 

— ^An 1 siendo cosa de pluma y ^apel ya sabe usted que estoy á su 
deeposicion. Bendito sea Dios que mi taita hizo cuanto pudo por darme 
inaiccacioni mis buenas felpas rae dieron los cKreitores en la escuela ; 
pero aprendí á tratar con los sujetos estínauidos y á poner mi nombre. 
I Onde qniere usted que vamos á eacrébir la carta ? 

— ^Vamos á la tienda de Don Eafaélito Huertas que es seguro que 
ahí encontramos de todo, aunque sea por le^ plata. 

Fuéronse á la expresada tienda j^ en ella se proveyeron de papel, 
pluma y tintero. Preparado todo, el amanuense extendió sobre el mos- 
trador una de las puntas de la ruana, puso encima de ella un pliego de 
papel y le dijo á Chilobirlo : 

—Amigo, á usted le toca notar la carta y á raí escrébirla. 

— ^Pensando en ello estaba, pero aguárdeme usted un tris que 
estoy cavilando 4l ver por donde he de empezar. 

En seguida Liberato dictó la carta que á continuación insertaiáos^ 
y aunque tuvo muchas detenciones, é hizo borrar algunas frases que in- 
consideradamente notó, no la ponemos así, ni con la mala ortograna que 
fué escrita, por no abusar de vuestra paciencia, amado lector. 

La carta corregida por el mismo Liberato estaba concebida en es- 
tos términos : , ^ 

" Mi amo Don Joree : 
^ " Esta es la primera carta que noto en mi vida y al espetársele á su 
merced voy á comenzar por el principio. Como sui persona no volvió el diá 
quedado, que fué ayer, la niña Lucía se apesadumbró tanto que daba ^ri- 
ma verla, y pronto me mandó qcie me viniera al pueblo y le rogara á quien 
supiera escribir, que le pusiera á su merced una carta en nombre de . 
ella, dicióndole una caterva de cosas que maldita si me acuerdo una 
, miaja de lo que me dijo. Por dicha mia al entrar en la primera calle 
pesqué á un buen prójimo, el cual me está síicando del aprieto, y ya 
que está en el macho que sude la gota plantificando en el papel todo lo 
que sé me va escurriendo del magín. Ha de saber mi amo de mi alma, 
que la ñifla se ha echado á la muerte 'por la ausencia de su marido^así es 
.que si su merced no se da priesa en volver, cuando venga, ó no ha de 
verla porque se habrá muerto de pesar, ó si la ve, no ha de conocerla de 
lo puro traspillada y flaca, porque no hay cosa- que más enínte, descolo- 
rise y descame que el mucno gemir.y llorar, y como la nifía no ha he- 
cho otra cosa desde que su merced se ftié, la pobresita se vavá poner 
como la estampa de la herejía. Con que así, véngase hoy mismo aun- 
que esté agonizando y haya de morirse en el camino, que el marido 
queda la vida por su mujer vale más á los ojos de Dios Nuestro Señor, 
que el due la mata de una pesadumbre. 

"En este pueblo han sucedido varías desventuras que Voy á con- 
tarle. Los melistas han venido dos veces ; la primera saquearon la casd 
de los señores Rozos, y se dice que en dinero no más les robaron mil y 
nicevecientos patacones, y la secunda vez alcanzaron á un primo de ellos 
llamado Braulio, que iba del Socaire para La-ratoneíra, y lo mandaron 
á platicar con Cristo, sin más ni más. Al otrQ dia del asesinato cogieron 



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— 267 — . 

veinte hombres y se los llevaron para ponerlos de soldados. Aquí eü 
casa han sucedido dos desdichas muy grandes y son, que á la perra sar- 
nosa que llamamos la Toronja le quebraron un brazo de una pedrada, 
por maicera, y á la yac^ calseta le dio ranilla y se- habiste en las delga- 
ditas. Se me iba olvidando decirle, que como no soy yo quien va áSán- 
tafó á llevarle esta carta, le advierto que se_la pongo debajo de unos 
alfandoques que en un canasto le manda la nifía Lucía ; así, cuando 
llegue el peón que ha -de, ir, pídale el cesto, meta la mano hata el asiento 
de él y allí la encontrará. Con esto, Dios me lo guarde allá y lo traiga 
por buen camino. Su criado. 

Liberato Ohirlobiblo, 
Firmado á ruego." 

Concluida esta carta el amanuense la leyó en alta voz, 1^ cerró y se 
la entregó á Liberato, quien ^n agradecimiento de habérsela escrito lo 
convidó á una chichería y le dio descomer y de beber. Chirlabirlo se 
echó también algunos bocados y se tomó un jarro de chicha. En el acto . 
en que salió de la taberna se fué á la tienda del chato Rubio, compró 
los alfandoques que le encargó su ama, los acomodó, en el cesto, en el 
cual habia ya metido la carta, y regresó á la estancia. 

— Niña, le dijo á Lucía no bien llegó, aquí tiene su merced el pa- 
pel escrito y los alfandoques para mi amo Jorge. Tanto una cosa como 
otra viene en el canasto. 

— ^Hoy te has portado como hombre diligente. Dios permita ^ue la 
carta este buena, i Quién la escribió y qué hiciste poner en ella ? 

— La carta la escribió el nifio Pepe, que por mal nombre llaman el 
Mosquito, que las vale para rasguñar papel, y puso en ella lo que yo le 
fní notando. 
.. — Y qué le notaste ? 

— Ló que su merced me dijo. 
— ÍTotada la carta por tí quedaría como tu estampa. 
— No quedaría de .perlas, pero apuesto una oreja á qué su merced 
no la haría mejor. 

Ya lo creo, pue& nunca he dudado de que tienes más capacidad que 
JO, respondió Lucía en tono irónico.. 

— Es la primer vez que^sú merced confiesa lo que es y lo que soy. 
—Hablemos de otra cosa, Liberato. No te parece que ya que todo 
está listo, lo que importa es que madrugues ? 

- — Ya le tengo dicho á su merced que á Santafó no voy, y ahora le 
digo qiie no iria aunque supiera que al entrar me recibían con repiques, 
cruz alta, vara de paUo y boda como dicen que recibían los frailes de 
Chiquinquira, á Don Juan Manuel Martin cuando iba hacer la fiesta á 
la imagen de la Virgen Santísima. 

— Bien estamos ! . . . . Si has de hacer tu gusto, toma las de Villadie- 
go, que yo no quiero en mi casa criados voluntariosos. 

— Ah nifía I así paga el Diablo á quien bien le sirve. Mandarme que 
desocupe el puesto si no voy á Santafé, es sitiarme para que me rinda. 
Bueno, conciento en ir, que he de hacer ; pero á pió si no me obligo. 

— ^Vaya una ocurrencia! ¿cómo quieres ir acdjallo.en tiempo de 
guerra en que no hay bestia por mala que sea que en columbrándola 
cualquier soldado no le sicelte la gata f 

— Eso ha de ver su merced para no mandarme por allá tan lejos. No 
cree que si á mi me alcanzan á ver, no me ponen la mano ? 



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—Eres tú caballo, por ventura ? 

—Yo no soy caballo sino hombre, por la gracia de Dios ; pero los 
fioldados no solamente jacas cogen^ sino que también cogen gente, pues 
no bace muchos dias que se llevaron del pueblo veinte hotnbres. 

— ^Td nó tienes peligro ninguno. . • . { Para qué querrían semejante 
armatoste i 

— Para qué me querrían i No les serviría |)ara posta? Se queja su- 
merced d& mí porque no le sirvo de nada y si no fuera por Liberato 
Chirlobirlo j qué haría su merced en este caso ? 

— ^Tienes razón, es que nó hay cosa en el , mundo por despreciable 
que parezca que no sirva de algo. . . . Pero dime, estás ya resuelto á ir 
ápie? 

— Estoy resuelto, sefíora,*y hasta de hocicos iría por ser coáa de su- 
mercedy mi amo Jorge. Ay niflal... siento la muerte ae la rucia al hacer 
este viaje, ni más ni menos que como sentí la de mi madre. Dios las tenga 
á ambas en buena parte I 

— ^Ántes que se me olvide voy á hacerte unos encargos. En Bogotá 
^hay unas" tiendas qué llaman boticas, donde venden remedios, según 
cuentan los que por allá han estado ; averigua por lana de. ellas, compra 
y me traes me¡3io real de contrarotura para curarle el brazo á mi pe- 
rra. .. . Hay otras tiendas .... (atiende bien) ; hay otras tiendas donde 
venden de toda; en una de ellas puedes encontrar camándulas, me traes 
una que necesito para rezar, que ^e no encomendarme á Dios será que 
están sucedicndome tantas desgracias. 

—Le traeré los encargos ; pero ei cum quibusf 

— Espera. ' 

Lucía entró en la salita, abríó la caja des^onzada, tomó una peta- 
quita, sacó de ella unas monedas y le dijo al criado : 

¿—Pon la mano. . . . Cuatro reales para la camándula y medio real 
pdra el remedio.' Cuidado como se fe olvida ! 

— Qué, jla contra-quebradura? 

— -No es contra-quebradura, animal, sino contrarotura. 

— Qué cabeza la mia ! si tengo una memora ! . . . . Contrarotura. . . . 
contrarotura. Cuente su merced con que no se me olvidará de hoy en 
adelante. , \ 

— 'Ahora voy á racionarte para ocho dias que será lo más que pue- 
des echar en buscar á Jorge. Te daré real y medio para cada tiia. 

— Déme á razón (Je dos reales diarios, que en ser larga de mano no 
peca ; y mejor es que dé uno digan, que es generoso y no que tiende bol- 
sa de fierro. 

— ^No repararé contigo, le dijo Ludía, contándole en la mano, peseta 
por peseta. 

Concluida, la cuenta le dijo Chirlobirlo : 

— Y para el camino? Por lo que he oido decir de su lójura, lo me- 
nos echo dos diaá de ida y dos de vuelta. Estoy tan hobachón 1 

— Ahí van ocho reales más. 

— Así tratando á uno con consideración, quien dirá nada ? Cuente su 
merced con que no será dinero perdido, que si es la voluntad dé Dios, 
acá vuelvo con el amito Don Jorge. 

— Encielo te oiga. 

Aquí terminó el (liálogo. ^ 

Al dia siguiente muy temprano Liberato se echó á cuestas la canas- 
ta de alfandoques» se despidió de su ama y partió. 



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Dos días y algunas horas empleó en el camino y cpmo la segunda 
jornada la rindió en Usaqnen al Otra dia como á eso de las diez llegó á 
Bogotá. 

' En la plazuela de San Diego se encontró con un paisano suyo llama- 
do el ChomOy por apodo, hombre de peq^ueQa estatura y de escasQ enten- 
dimiento como nuestro héroe. 

Liberato al verlo le dijo : 

— Hola ! Chomito, j qué hace usted por aquí ? 

— Nada, sefior, queriendo irme para mi tierra, pero detenido por 
falta de una peseta. Esta mafiana me dieron de baja en el cuartel de 
San Agustin y me echaron á la calle sin más amparo que Dios. 

—-En verdad que usted fué de los aprehendidos en Gutavita Hoy hace 
ocho dias. Pero dígame, já qué Santo se^ encomendó para que lo sol- 
taran? .^ ^' ' 

A Isí imagen de los Desanroarados ; ella sería la que me hizo el 

milagro de que me registraran el cuerpo y me vieran una costilla que 
tengo sumida. ^ \ 

— Ya que no tiene con qué hacer el viaje acompáñeme unos días 
aquí en la ciudad, que yo lo mantengo y- después las ejnplumamos jun- 
tos para nuestra tierra. " 

— Si es su gusto. ... 

— ^Es que uo hay com^b tener un paisano de compañero %en tierra 
extraña. Usted al menos puede servirme de guia, pues yo en este pue- 
blo soy un ciego que no sé por dotvde voy. ^ ^ 

— ^Mal vamos, amigo, pues si usted está como á oscuras en esta 
tierra, yo estoy como los topos. De noche me metieron eií la ciudad y 
derechito rae enjaularon en el cuartel; de modo qi»e no conozco otras 
calles que las que acabo de ver del cuartel á este sitio. 

—No importa, siempre será para mí un consuelo tener un amigo á 
mi lado.^ . . .' ' 

.—Si es que de todo corazou apetece mi compatíía, me quedo. 

— UTo le miento ni tantico ; pero cuando vi á usted me ha dado 
tanto gusto como si viera á mi madre. 

— Yo también sentí un brinco en el corazón, cuando á usted lo vi. 
' —Con la ayuda de Dios pasemos adelante. 

Nuestros dos hombres echaron á andar por la calle real de las Kié- 
ves, y al yer Liberato la longitud de la carrera y el gentío que en ella 
habia (pues acertó á entrar el 2 de Julio que es de gran concurso, por ser 
jubileo de cuarenta horas en San Diego), le dijo á su compañero : 

— Qué pueblo tan largo, Chomito, es casi un tanto mas grande que 
Guatavita, y qué gentío por San Juan Crisóstímo, parece que la tierra 
vomita hpmbres, mujeres y niños. . .No es mentira, pero se me desvanece 
la cabeza de ver tanto prójimo .-• •• Me parece que hoy es primero de 
Noviembre y que estoy viendo pasar los pájaros de guerra, ó la langosta 
como los llaman los indios. 

Y como Liberato era atentó se quitó el sombrero y empezó á salu- 
dar á todo el mundo ; especialmente á los hombres que veia con bas- 
tón porque creia que eran alcaldes ó jueces ; pero como nadie le contes- 
taba, se cubrió la cabeza y le dijo al Chomo : 

— Que malcriada es esta ^ente { no le parece á usted ? ^ 

— ^No señor, es que en esta tierra no se usa el saludo como en la 
nuestra. ^ , ' 

"^Lo que aquí no se usa e9 que Iq^ vecinoB se vistan coma ^nte^. 



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fli 



— 370 - 

Vea usted ; los hambres parecen diablos salidos del infienio con esos 
(japifotes negros en la cabeza y esas capas de distintos colores, y las 
sefioras con sus ringorrangos, burujos, ciptas y colgandejos se asemejan 
á los hauques ó indios de oanza. 

—Verdad es señor ; pero cada tierra tiene sus usos y costumbres, y 
por ello debemos ver y callar. 

En este momento ifuestros dos hombres alcanzaron á ver un militar 
vestido de magnífico jiaiforme, (cuyo sombrero de tres picos le brillaba á 
los rayos del sol) que según so supo despueé era el marido de Petrarca 
ascendido á general, sin haber hecno nueva campaña, ni ejecutado ha- 
zaña alguna. 

— Mire ustpd qué modas, lo dijo Chirlobirlo á su paisano, ahí viene 
un caballero con cuernos en la cabeza y las barbas largas hasta el pecho 
que semeja un cabrón. 

—De esos hay machos en esta tierra ; al cuartel entraban por banda- 
das y me daba. risa verlos como andaban de orondos con su cornamenta, 
como si llevaran una corona de Oro en la cabeza .... y qué cuernos, uno 
adelante y otro atrás como dicen que los usa el Diablo ! 

— Hola ! con que usted es también de los que censuran las modas 
de la ciudad y me manda ver y callar ? pero quiéh es el que andando 
por estas calles puede tener la lengua quieta ? . . . . Mire, allá en aqüe- 
la esquina están paradas dos personas q^ue por mi santiguada que son 
dos machos y no dos hembras aunque tal parecen por las enaguas^ la 
mantilla y el sombrero. 

— Mire si no serán dos machos, si son dos reverendos legos de San 
Francisco. ^ 

Departiendo así y andando, llegaron á la encrucijada de la Tercera 
y al ver Liberato el arco de fábrica que en esa época habia de una acera 
á otra, en la calle que queda hacia el Poniente,, le dijo al Chorno de- 
teniéndolo: . 1- - 
— Vea usted, allí comenzaron á levantar un puente y no lo acaba- 
ron. Algún rio pasaba^por esta calle y lo quitaron para echar los oimien- 
tos en seco como hicieron ei\ Sisga. 

' — Seguidamente el rio San Francisco, que ahora corro allá adelante, 
le responaíó el Chomo. 

Nuestros dos papamosoas continuaron andando v en la calle del Co- 
mercio, era de ver como se paraban con la boca aibierta, como dos bau- 
sanes, en la puerta de alguna^ tiendas ; ora viendo á los mercaderes tendi- 
dos á la bartolA sobre eimostrador fumando cigarro, ora oyen do disputar 
á los imprudentes tertulianos so^e política y ora observándolos jugue- 
tes y preciosidades de que estaban llenos los estantes. 

Por fin llegaron á la plaza de Bolívar y entóneosle dijo Chirlobirlo 
' á su compañero mostrándole la Catedral: ' ' 

— Paisanito del alma ! mire que iglesia tan macona ! las veletas de 
las tprres parece que están abriendo un ojal en el cielo t Jesús I me dueie 
el espinazo de echar atrás la cabeza para mii*ar tan alto. 

Viendo luego la estatua del Libertador con su capa larga y tercia- 
da y su espada desnuda en la mano derecha, le dijo al Chomo : . 

— Muchos santos debe haber en las igle^as puesto que los sacan á 
la plaza. Este si no me engaño es San Pe(&o ApóstoL ^ - 

— Como que no tiene cara de Santo, y menos de San Perucho, le 
replicó el Chomo. 

^Cámo ! i qué no ? Escudie usted paisana £1 fian Pedro de Guata- 



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J 



— 271 — 

vita es de capa larga y del mismo pergenio qua éste y aunque no tiene 
machete como el que está presente, puedo jurar que tan SanTedro es el 
uno como el otro, y para ello me estribo en lo (^ue le he oido decir al 
señor cui:a en catorce años "seguidos que h^ pedhcado del Santo ^1 mis- 
mo sermón y es que mi padre San Pedro un dia que estaba con la vena 
atravesada le bajo de un machetazo la oreja derecha á un Manco, de mo- 
do que por ahí verá usted que el. jsanto bendito fué hombre de machete, 
bien que nada guapo, puesto que le arremetió á. un hombre estropeado 
que tenia inútil una mano ó que le faltaba de raíz* 

—No es mentira lo que usted dice : yo también le he oido tres veces 
el mismo siermon al áeñov cura. ; 

-^Dígame ahora, | tengo caletre para conocer los santos? No le 

f)arece awe la cara de este es de ser formal? Seguro es que por mi-^ 
agrOsolohan puesto en la mitad de la plaza.. *. Voy á rezarle un 
credo para que me haga el milagro de poner á mi amo Jorge delante 
de mis ojos. 

Diciendo esto se quitó el sombrero ; se hincó de rodillas delante de 
la estatua y se puso á rezar con la mayor devoción. 

Un instante después nuestros dos hombres tomaron por la calle de 
San Bartolomé y al ver el Chomola pila ó fuente que hay en la plazuela 
de San Carlos, se detuvo y le dijo á Chirlobirlo : 

—Mire ! , . . . mire I . , . . que chorros de agua los que salen de esas 
piedras labradas. Eso si que es un milagro tal vez de ese Santo que -está 
en la mitad de la plaza. 

■7-De veras I paisano, dijo Liberato poniéndose á mirar la pila 
con ojos asombrados; de donde diablos salará tanta agua? Si es que la 
coluna es hueca y alguno se la ha echado pai'a que la escupa, no se le 
ve barriga donde le quepa tanta. Esto es lo que se llama una cosa cJiv^s- 
ca. En este Santafé si que hay primores y maravillas. 

>. — Pero ahí donde usted ve, esas cosas no'son hechas aquí. 

— Que no son hechas aquí ?.. .. 

— Son traídas de la extranjería. 

— La iglesia grande también ? 
, —De la iglesia no aseguro } pero de las demás cosas si -pw^Ao jurar- 
lo porque k) he oido decir > 

Nuestros hombres siguieron andando la calle y al concluirla torcie- 
ron sobre la izquierda, anduvieron dos cuadras en línea recta y bajaron 
por La Eosa Blanca. Hacia la mitad de esta calle habia una hota de 
madera colgada sobre la puerta de una zapatería y al verla Chirlobirlo 
Be dijo : . " . . ' 

—Si no fuera allí la hotica de qu,e me habló la niña Lucía ya no ha- 
bia puercas rucias en este mundo ; 

Acercóse y le dijo á un -zapatero que inmediato á la puerta se ocu- 
paba en coser un cañón de bota : 

— ^Me vende usted media real de coritrarotuta ? 

El zapatero sorprendido con lo que el hombre le decia, alzó los ojos 

Eara mirarle la cara, y al vérsela tan fea y cubierta de mechones de ca- 
eüo, le respondió con aire despreciativo: 

-^Es aquí lotica ? . . . . espeluco de loa Aguas I t 

.—Si no es botica por' qué ha piiesto^.usted un» bota sobre la puerta 
8U de su tienda ? ; 

— Oh ! conque ^s mal visto que un zapatero "ponga de muestra ó se- 
na un^ bota sobré la puerta de su taller de hacer botas! £s usted muy 



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— á72 — 

' chistoso ! Aguárdeme un instante que en este momento saco y le pongo 
én el roto por donde está pecando, la contrarotura <jue me pide. 

Dijo el zapatero y corrió á un rincón donde tenia una olla con man- 
tequilla rancia para ablandar ^us cueros ; metió la mano, sacó un poco 
de esta grasa v volviendo á la7)uerta donde estaba Liberato esperando, 
le "dijo i^ef regándosela bruscamente en la boca y en las narices : 

— ^Ahí va la contrarotura que yo vendo ; Ojalá que con ella se Fe com- 
ponga la boca y no vuelva á chancearse bruscamente con quien no co- 
noce, ^ , < 

Semejante injuria encolerizó terriblemente á Chirlobirlo, quien pa- 
ra vengarse cojió de la calle una piedra ; pero no puedo hacer uso de 
ella porque el zapatero anduvo vivo y se encerró dentro de" su taller. 

Cuando esto acontecía habian ocurrido á la novedad más de cincuen- 
ta personas de todas clases y condiciones,, y el tumulto crecia minuto 
por minuto. ^ 

Muchos preguntaban : 

— Qué es?. .'.4 Qué ha acontecido? ^ 

Y los preguntados respondían : 

— ^No s6. . . • Estoy en ayunas de lo que ha pasado. . . . Ignoro ; Ee 
venido de curioso como usted ha venido. 

Como el tumulto no se dispersaba, Uee^á oidosdel Gobierno la nue- 
va de que en la calle de La Bosa Blanca habia estallado un movimiento 
contrarevolucionario. La ciudad se alarmó; el Gobernador corrió al 
cuartel más inmediato y salió apoyado de un batallón á sufocar el p|:o- 
nunciamiento: pero cuando llegó, encontró ya' la calle casi desierta. 

Tan sólo habian quedado unas pocas personas acá y allá y ceréa de^ 
la puerta del taller, nuestros dos personajes : Chirlobirlo esperando á que^ 
el zapatero abriera, para darle una pedrada y el Chomo, como fiel ami- 
go, acompañándolo. Este que habia visto el manoseo, pero que no adi- 
vinaba la causa, le preguntó á su paisano : 

— Qué insulto le hiab usted á ese hombre para que le manoseara el 
' rostro como se lo manoseó ? 

— ^Ninguno, paisano, usted es testigo. Tareco que se enfadó porque 
tuve- su tienda por botica, no siendo sino taller de hacer botas. 

El Chomo le dijo : \ • 

— Vamonos de aquí que ese hombrees traicionero y le puede- jugar 
, alguna, pues yo lo he visto asomarse dos veces po^ la rejilla que hay en- 
cima de la puerta. 

—Vamonos, dijo Liberato, arrojando al cafío la piedra de que esta- 
ba armado. , . 

Siguieron calle abajo y al llegar á la es(]^uina de Plorian torcieron 
sobre la izquierda. Al entibar en esta carrera Liberato vio aborta distan- 
cía una mano de madera colgada del dintel de ía puerta de una tienda 
donde vendían guardes y otras cosas de usos distintos, y le dijo á su com- 
paüero deteniéndolo de lá ruana : 

—Si donde hacen botas, ponen de muestra una bota, donde ponen 
una mano, es seguro que hacen manos, i no le parece á usted! 

— Sí me parece, y ya me^imagino que usted ló dice por la mano 
que allí se ve. 

— Quisiera yo saber el preéio para decírselo al tio Juan Lanas que 
se molió la mano derecha en un thipiche de Villeta hace como dos me- 
^ ses, á ver si se anima á comprar una ; que sí la Comprará si no son mu j 
caras* 



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--Según 680 hacen n^anos que les sirvan & los mancos I le preguntó 
el t/homo á su amigo, lleno de aamiracion* 

— -B^ouibre de Dios 1 hacen dientes q^ne sirven para morder y mas- 
car y no har^n manos que sirvan para coger y agarrar! 

— Jesús ! qué prodigio I Pero digaine : á esas ma^ós les ponen utías 
que se veap bienal \.. . 

—Yo creo aúe sí, pues ahora están en uso las uñas largas. Y ha de 
saber usted que nay personas decentes que haoeh ^alade tenerlas^an* 
Mes como las de Caco, que dicen que las tenia formidables, como si fuera 
una cosa bien vista en manos c^xxq debieran estar siempre limpias. 

— Vienen de tiempo en tiempo algunas modas que parecen inven- 
tadas por el Diablo, dijo el Chorno. ^ ^ 

— Así es la verdad ; pero yq con mí tema. Espéreme usted aquí un 
tris mientras que vov á preguntar por el precio de las manos. 

Liberato abanzo, entró á la tienda y le dijo al mercader quesera un 
f rancfes recien llegado de su país. 

—A cónio me dá si^ merced manos I patrancito. 

— Manos ! respondió el francés batiendo un gesto dé duda; pero re- 
flexionando un instante : 

— Jih ! exclamó, manos de papiel preguntar bostet I 

— De papel ? dijo Chirlobirlo con extn^ieza. . . . Bueno, muéstreme 
las manos de papel. , 

Eí francés tomó de su estante cinco cuadernillos de papel ministro 
y dijo: 

— Aquí tener bostet una mano de' papiel magnific, como non pal- 
parla bostet meoor en otro parte. ' , . 

Liberato asombrado de lo qu6 veia y oíale replicó : 

— Cómo ! eso es una mano de papel ? Quiere su merced comulgarme 
con ruedas^ de molino? ,¿ 

Oh ! sinior ! en tnlis partes una mano de papiel tener cinco ouader- 
- nill^. . 

— ^La tierra se abra y me trague si entiendo jota de lo que su mer- 
ced me dice. 

— Non entender ye eso de terre y joto que acabar bostet de dicir^ 
porque ye non parlar claro el ispagniol. 

— <Jué demonio de jerga es esa ? . , • . Hábleme su merced en cris- 
tiano y nos entendemos. 

A este punto llegaba el diálogo cuando entró un anciano en la tien- 
da y preguntó si había cosmético negro para^eñir las barban y el pelo. 
El francés alzó la mano de papel para ir á atender al recien llegado, y 
Chirlobirlo se salió y fué á juntarse con su compañero. 

-^-Amigo, le dijo á éste, rae he vuelto én las mismas porque por 
malos de mis pecados di con un inglés c^ne no hablaba sino en latín y ni 
yo le entendí á él nada de lo que me dijo ni él me entendió á mi lo que 
yo le düe. 

- — ^Estará de Dios qué jTuati Lanas muera manco. 

^ En ese acto alzó Liberato los ojos al sol y dijo : . ' ^ 

— Válgame Cristo 1 ya casi es medio dia y todavía no he tenido la 
menor noticia de mi amo. Verdad es que no se lo he preguntado á na- 
die ; pero de aquí para adelante he de averiguar por él, á todo fiel cris- 
tiano. 

' — ^Hola caballerito ! su merced me dá razón dé mi amo Jorge ^avi- 
lan ? le dijo á un sujeto que pasaba* 

18 



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— srí — • ' • 

'El interrogado miró & Güfrloljirlo como sbiprendido de Ta pregfanfia? 
y no le coníeBto palabra. ^ . 

— ^ariio f .... mí amo f . # . . tíñenos días le dér Dios, íe 4ijo á otro 
sujeto^ sü. merced que será más atento qne . el otro caballero, dígame por 
vida síiya, ? conoce á;D6rf Jorge Gavíhfn ?* - 

, El iiombra indicó ^ue no lo conocía, mo^^ieado la cabeza á ^erecfaa 
é izí^uiórda y con timiÓ sn camino. •: ' ' 

-^Qué tierra eata, díjx> Liberato ; cnf^Jqa'ierá dfria qne á tbdas-Ias^ 
personas, qne andan por la caHe les han cortado la lengnal i Que trabajo 
íes cuesta contestad ros buenos días y re0ponder lo qiie sé tes pregimta ? 
^ río vnelvo á averiguar por mí amo, bien pudiera ser. . . . ^mos paisa- 
no á tomar alguna cosa, que yo estoy trozado de hambre ykisted debe- 
de estar fo nlismo^ 

— T á donde nbs dirfgfmosí^To no conozco eii este pueblo ninguna 
chicBerfa. . 

— Mire usted, le dijo Chirlobirlo, señalándole Con la mano una ban- 
derola verde que al soplo del viento tremolaba sobre la puerta de una. 
vendhcüi situada en los I\)rtále8 de Al-rúbla, mire ; allá donde se sacude- 
aquel trapo verde deben, vender taonales, vamos á comprar un par de 
yuntas. ^ , 

— Qu6 vista la dé usted f. . ..^ Terdatf que allá se muevo-, convidan- 
da á todo, bicho, una muestra de bollos^ Corramos cristTanitp dd'Diosqne^ 
eí hambre aprieta. . ' 

Nuestro ^ar de papanatas echaron á andar y no bien llegaron á ki 
puerta de la tienda le preguntó Liberato al vendutero ^ 

— Le quedan todavía, tamalea á su niercedt 

-^Tamales!..,. dice usted? ^ 

—Sí señor, tamales S bollos» . ^ 

— Quién le ha dicho al perro mUfi*to que yo vendo en mrtfendá por-^ 
querfas ? 

—Porquerías? de esas habrá comido muchas, le respondió eFCha- 
mo amostazado de la grosería del comerciante. 

X Liberato le dijo a 

— ^^Que quién liie ha dicho que su merced vende tamales ? auíén ha- 
biadeser sinoeseiírap^'y^rdé quehayaquíencimade la puerta f| No sa- 
be su merced que en mi tierra las almuerceras avisan á los golosos lá ven- 
ta de bollos ó de tamales con una' hoja de col 6 de chisgua puesta á la^ 
puerta de la tienda? jy qué de extraño tiene que aquí en Santafé, don- 
de todb fie hace eu' grande y con gollerías, acostumbren poner en vez de 
hoja uu trapo verde? Ahora, si el tal trapo no lo ha puesta su merced co- 
mo señal de que hay ¿ai^^aZ^^ ó bojíos^ el Diablo que le adivine la intención. 

El vendutero pn vez de enfadarse con las sandeces de- Chirlobirlo, 
se rió de ellas. Este y su campanera pasaron adelante. í 

En la extremidad délos Portales, deriado delSür había sobre Fa puer- 
ta de una tienda dondB se vendían carnes compuestas al humo, una tabla 
en la cual se veían pintados naos cuantos chorizos y dos brazos de ma- 
rrano en forma de cruz. Al pasar nuestros hombres por fí'énte dé dicha 
tienda,^ Liberato se detuvo y le dijo al Ohomó ; 

T-Era niucho que esta vez también errara ; si en está tienda no ven- 
den camándulas, voy á creer que los tenderos son unas' truhanes que po- 
nen ciertas niuestras para, div^-tirse con loa forastei'os. 

Dijo esto, entró ^ la tienda y le preguntó al choricero ; 

— A como me da su merced las caniándulas ? 



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— 3T5 — 

-—Yo ño Tendo camándulas, amigo ; artíeiüo es Q&e que puede us- 
ted hallar dónde el señor Lozano, en la calle de San José, 

-^Como TÍ pintada en la tabla que hay sobre la puerta ifma muy 
grande, pensé»»»* 

— Acabáramos I ; » . • ahora comprendo' que las camándulas que us- 
ted busca son de las que sirven para alimentar el cuerpo y no el alma ; 
de esas que se echa uno al estómago cuenta por cuenta y no de las míe 
se cBelga encima de él. .;. Soy un poco zonzo; lo confieso..*^. Me 
quedan unas pocas que voy á meetráselas. 

Y alcan^ndo del estante una gruesa sarta: 

— Vea usted, le dijo^ esta hermosa camándula aeom]>añada de un 
queso de Flandes ; dé una docena de panes franceses y de un par dq bo- 
tellas de lo caro, proporcionaria up rato de contento á cuatro amigos, 
despues^de un dia de ayuno 6 de un viernes de cuaresma, j Tifo le pare- 
ce áust^d? .» . 

— A mí lo que me parece es, qu& e» esta descomulgada tierra ha- 
blan todos una lengua que no es la mia. Yo na le he pedido á usted 
chorizos sino camándulas ; pero en fin yaque el hapibre aprieta dígame r 
¿qué vale la sarta? ^ 

— Vale doce reales^ pues tiene una docena. 

— Jesús t á real cada chorizo? ... .En Gnatavtta los da la Juana Ma* 
ria á dc>6 al ctrartillo. ' 

— ^Vaya una sandez, replicó el choricero alzando su sartay es que ca- 
da cosa vale según su calidad, y yo le aseguro á usted que- chprizos ha- 
brá ; pero como los bogotanos ningunos, miéntri^ que bien sabido es qtie 
los de Guata vita son unas trolas de carne podrida como para los perros. 

—Amigo, lé dijo el Chomo picado ; segua eso, perros son los suje- 
tos que de aquí van allá, pue&á mi me consta que tras de cadadiorizo 
que se engullen, se chupan los dedos que es un gusto. 

— Puede ser, dijo^el tendero, que hombres hay que tieneií estómago 
desgalgo. 

Nuestros dos sandios salieron de la tienda y á pocos pasos torcieron 
sobre la derecha por la carrera donde estaba situada la cárcel. En la pri- 
mera cuadra descubrieron lo que tanto deseaban. Al empezarla alcanza- 
ron á ver más de cuatro bodegones & fbndillas populares que convida- 
ban por su apetitoso olor á guiso, tamales y longani-za asada. 

Excusado es decir que alegres entraron en una de ellas y comieron 
dfe lo bueno; pero no como la higiene ordena, sino como dispone y man- 
da una hambre atrasada. 

De ahí salieron por la tardfi y echaron á andar calles sin que les hu- 
biese ocurrido cosa digna de escribirse. La noche la pasaron en los por- 
talesJe la Oficina de correos, entre un poco de paja que recogieron en 
la plaza de mercado, y al apuntar el alba se levantaron y se fueron á to- 
mar aguardiente y chocoíáto al mismo bodegón donde el dia anterior 
habian^comido. 

Salia Chirlobirlosolo de la tienda á las siete de la maQana, limpián- 
dose la boca con el revés de la mano, cuando oyó' una voz que por el 
áiredecia: - ^ . 

—Liberato !»...' Líbefat^!' 

El hombre miró acuito á una parte y á otra y como no dirigía la 
Tisual en la línea en que podía descubrir á la persona que lo llamaba,- se 
encogió de hombros y siguió el camino que llevaba. 

LsL voz. volvió á sonar eií el aire diciendo i 



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— 3T6 — 

—Liberato ; levanta lo6 <>jos al cielo ]iP rerás quien te llamd^ 

Chirlobirlo ákó á mirar y vio -la cabesade Jor¿e Qavilaa alomada 
por entre los balaustres de una elevada ventana de lia cárcel. ^ 

— Alabado sea Dios! exclamó el criado para su, sayo, como el santo 
bendito qne está plantado .en W mitad de la piaza, rúe bizoel milagro que 
le pedí. ' ',:''-, 

Dijo y corrió al pié del maro donde estaba la Ventana. 

— Mi amito, cnanto lo be bnscado ! le dijo á Jorge: alzando los ojos 
hacia la ventalla; pero como iba á encontrarlo si está encaramado como 

{jato por allá tan alto! . . . .Baje su merced acá á la tierra y platicamos, que 
as cosas que tengo que contarle me están haciendo cosquillas en la lengua. 
-^No puedo bajar donde tú estos, respondió Gavilán, pties. has de 
saber que estoy preso. Pasa al cuerpo de guardia qne^está ahí cerca y 
pídele permiso ai oficial para ^entrar y hablar cootnigo en el rastrillo. 
— Muy bien, mi amo, ,voy corriendo. 

Un momento después amo* y criado se daban la mano al travez de 
una pesada re^a de madera^ en presencia deF ofíckil de guardia/ 

— ^Mi amito dé mi alma ! le dijo Cl^irlobirlo con voz afligida y do- 
liente, se me parte el corazón al verlo í^hí encerrado en la cárcel como 
si fuera un malhechor. Si la niña supieJra esta desdicha se moriría de 
pesar. . . . Ay Dios mió I quién habia de creer eldiaque bu merced salió . 
de casa, que yo no habia de volver á verlo librey dueílo de su voluntad, 
sino preso entre cuatro paredes como el -pájaro en su jaula? Que ha- 
bla de perderlo, porque co. . . * omo. . . . mué. . . , erto. ... es. ... el. , . 
hom .... hombre .... si .... in ... . 

El sensible criado no pudo concluir la frase; .empezó á hacer pu- 
cheros, á ahogarse y á gimotear tristemente. 

*— No llores Liberato, le dijo el preso, que Dios mediante, pronto 
saldré de, esta prisión. 

— Ah señor ! es que yo he oido decir qne la, cárcel de esta ciudad es 
como el infierno, que cuando alguien llega á caer en ella, no vuelve á 
salir jamas. . . 

— Cierto es que eso acontece con los reos de delitos comunes ; pero 
á mí no me tienen preso por una mala acción, sino por una .buena. Mas, 
dejemos esta conversación que puede peijudicarme, y hablemos de Lu- 
'CÍa; ¿qué es de ella? 

— La niña está buena ; pero muy afligida por no haber vuelto su 
merced el dia quedado. Tres dias con sus noches hizo ajer.que me man- 
dó aquí á Santafó á buscarlo, y desde que llegué he estado calle arriba y 
calle abajo mirando á todos lados hasta que supersona me vio y me llamó, 
qué bien dice el refrán que el que más mira menos ve, y para más fué 
su mercad, que sin buscarme me vió.^ 

— No me escriliió Lucía ? 

•^ — La niña le mandó una carta ; pero no Ja escribió ella. Yo la noté 
de mi caletre y el Mosquito Pepe la puso ; así es que la tal carta viene 
en nombre de la nifia ; notada por mí y firmada á ruego por Pepe. 

Jorge se rió de la estolidez de «u criado y díjóle : 

— Haber ; dame esa carta. 

— Si su merced quiere verla, puede meterla mano donde yo la eché 
y sacarla de ahí : 

--T dónde la echaste? . v . - 

— La carta lo reza. 

— ^Hombre estúpido ! { pero cónao puedo yo saber eso i 



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— 277 — 

" — Tenga su merced paciehcmqaeyo se lo diré ; la eché en el asien- 
to de este canasto de alfandoques nae íe envia la nifia. 

' Dijo y sacudió bruscamente 4 Wzo rodar s<^bre el cuadril el cesto 
c(ue llevaba á cuestas y lo descargó en él suelo. Iba á abrirlo ^tiempo 
que el oficial le dijo : 

— Alto ahí ; buenas son palabras, pero no cartas. 

— ^JPueda usted leerla,, lo dijo el preso al oficial, y si le parece. . . . 

El militar sin responder ¿ Jorge nada, se dirigió á Oixirlobirlo, di* 
cióndole : 

— Vamos I saque usted pronto Qsa carta v agur, 

Liberato abrió el cesto ; metió la mano al fondo de él, sacó la carta 
y se la entrego al o^cial. Este la desdobló, y empezó a leerla para sí y á 
reírse ; pero ae 8Úbi{;o su semblante se puso torvo, suspendió la lectura 
y preguntóle 4 Liberato: 

' —Es cierto que las troteas del gobierna provisorio han ejecutado en 
Guatavita las tropelías que relata esta carta ? 

—Tan cierto es eso, que el pueblo entero es testigo del saqueo que 
á los sefiores l^ozos les hizo una partida de soldados, ha pocos días, y en 
cuanto al asesinato, allá está enterrado el muerto en el cementerio, que 
no me dejará mentir. 

' — Con razou (^ue la revolución se haj^a despopularizado tanto, dijo ^ 
el oficial en voz baja como si hablara consigo mismo; y mirando al pre- 
so añadió : 

— Esta carta no puedo dársela á usted. . . . Ahora mismo voy á man- 
dársela al general ^elo, porque conviene qué él la vea. 

Liberato al oir lo que antecede, se acercó á su amo y le dijo en voz 
apenas perceptible: . * • 

—ile tienen en mi pueblo por un asno, como le consta á su mer- 
ced, y la primera carta que noto en mi vida le parece al caballero tan 
famosa que vaá mandársela al general Meló para que vea una cosa buena. 

Gavilán temiendo por las necedades que Liberato hubiera hecho 
poner en la carta, íe dijo al oficial : 

— Dígame, usted señor, esa parta me compromete en algo ! 

— Oh ! no, ni en lo más mínimo. 

— Si eso es así, por qué no me permite usted leerla 1 

—Porque la consigna Ib prohibe. 

— ^i la consigna lo prohibe,^ tiene usted razón. ' 

Hubo un momento do silencio, después del cual le dijo Jorge á su 
criado : /- 

— Vete ahora mismo á Guatavita,^ sin detenerte en parte alguna, y 
dile a Lucía que me hallo preso ; que se' venga en el acto ; que estoy stt- * 
friendo muchas penas que ella pued^ aliviarme. 

—En este mísmo instante voy á ponerme en marcha, le respondió 
el criado i pero dígame ; en qué parte le dejo estos alfandoques? 

—Esos alfandoques, dijo el oncial, voy á nacerlos registrar uno á uno 
y luego le daré orden al carcelero para que se los entreguen al preso. 

Chirlomirlo se despidió de Ofa anM> estechándole afectuosamente la 
mano, besándosela una y otra vez y humedeciéndosela con sus lágrimas.; 
En seguida se marchó (Jejando el cesto al pié del rastrillo. 



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— 278 — 

' . CAPITULO VI. 

lo gne pnede una amaite hermosa y andas. ^ 

UNA HOKA después de haberse despedido Liberato, éste y el Cño» 
mo salieron de jBogotá con un paso tan lento, que parecía que^los 
pies se les pegaban en el suelo al andar. A causa de esta lentitud 
gastaron en el caminó tres dias; esto es, el triple del tiempo que fiabiera 
^npleado un peón medianamente caminador. 

La entrevista que Ohirlobirlo tuvo con su ama y el viaje que juntos 
hicieron á Bogotá, son más para imaginarlos, que para doscríbirlos, y por 
ello en silencio los pasamos. No acontece lo mismo cpn los lances que á 
ambos les ocurrieron en la ciudad, los cuales son más para describirlos 
que para imaginarlos, y por esto, cafo lectoi^, váDápS á referíroslos del 
modo como pasarotí. 

Tan pronto como Lucía llegó a Bogotá (que fué tres' dias después 
del regreso del criado áf Quatavita) se dirigió a la cárcel pública con el 
designio de ver á su marido ; pero la guardia no le permitió la entrada, 
porcjue según la consigna de ese diá, ningun'preso, por motivos políticos, 

Eodia ser visitado sin orden escrita del Gobernador de la provincia, y* 
lUcía se presentó sin boleta. Con esta repulsa, nuestra heroína, se dirigió 
á la gobernación. No le fué difícil conseguir la tal orden para ella y sn 
criado, pues sabido es, que ningún empleado público recibe con desabri- 

- miento á una mujer hermosa sea esta de la clase y cpndicipn que fuere ; 
ni le ni^ga lo que pida si la petición está dentro de la esfera de las atri- 
buciones del empleado á quien Ja tal se dirija. 

. Con ía orden, las puertas de la cárcel se abrieron para Lucía y Li- 
berato, preVio eso sí, un registro escrupuloso en ama y criado, con el,fin 
de impedir la introducción de papeles, armas ó dinero. 
^ ^ El registro tuvo lugar en el zaguán de la cárcel, en el cual estaba 
\ situado e\ cuerpo de guardia, y así c^mo se verificó, Lucía y su criado 
fueron introducidos por un soldado en un callejón largo y angosto que" 

. conducía al cuarto del alcaide, situado contiguo al rastrillo de que hici- 
xnos mención en el capítulo precedente. 

Luego quev el car celero^recibió la orden de dejar pasar adelante á 
nuestros dos personajes, (la que le comunicó el soldado acompafíante), 
se ofreció á guiarlos hasta la puerta del calabozo, donde Jorge Gavilán 
dormía y pasaba la mayor parte del tienípo. 

El aspecto moral y material de una cárcel tiene mucho de siniestro 
y espantable y de ahí es que u'n señtimicíito de horror y de tristeza se, 
apodere generalmente de toda alma sencible ó pensadora que de improvi- 
so te el sombrío cuadro de una prisión^ porgue nadie que tenga corazón 6 

^ que sepa dicernir ó razonar puede ver con fría indiferencia el ínal régimen 
de palubridad y de moralidad á que Tos desgraciados criminales están so- 
mqtidos. A ese naal régimen se debe el que muchos de esos infelices, en- 
tren en la cárcel sanos y robustos ^ór ¿na pequeña culpa y salgan des- 
pués de algunos años, enfermos y maestros consumados enVtodo^nero 
de delitos, ' 

"" Hoy todovía, después de las reformas que se han introducido en el 
sistema penal y de la nueva organización quetó le hadado á los estable- 
cimientos de castigo y á las casas de detención, no pueden visitarse mx 



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espanto ni Uorror esas zahúrdas Uatn^aa ^penitenciarias y cárceles don* 
de hoiHnigaean tantos delincuentes en el fango de la ignorancia, de las 

{privaciones de todo género y de l^i -ooiTupcion más d^radante jr envi- 
ecedora. 

Cuando la zagaU entré en la^^ápcel, ipresedidadel alcaide y segui- 
da de su cria4o, -estaba 43I (pátio ^te^tado de criminales. Ella no pudo 
reprimir un movimiento de conmiseración y de horror al mismo tiempo, 
al ver atantes desgraciados medio desnudos y hambrientos respirando una 
atmósfisra corrompida, y al notar las caras airadas y siniestras de unos^ 
abotagadas, con nariz en forma de trompeta sembrada de rnbíes, de otros 
y macilentas de frentes estrechas* de ojos oblicuos de feroz ^míraday -de 
abultadas y torcidas bocas de una multitud. r. 

Lucía se estremeció decspanto al ver ese conjunto repugnante de 
malvados reunidos en tan pequefie espacio, y temió entrar en medio de 
ellos, como el Profeta Daniel ea el ibso /de los leones ; pero el amor ven- 
»ció al miedo. Revistióse de valor y siguió con animólos pasos -de bu guia, 

Í[aien tomó ^1 patio peral centre) en dirección de tina escalera construida 
rente por frente del rastrillo, la cual conducia al piso superior y departa- 
mento donde estábanlos presos políticos, y en consecuencia donde reha- 
llaba situado el calabozo de Jorge. 

Hallábanse los reos divididos eü grupos, y de ellos unos estaban re- 
'costados en el suelo j ugando á los dados ; otros paseándose en ¿las de á 
cuatro, de á cinco y de á seis, tratando de planes de venganza y de pro- 
yectos inmorales para cenando alicanzaran su lil>ertad ; otros tocando tiple 
y cantando coplas indecen tes y obsccüag;. algunos insultándose con los v^ 
cabios más torpes y groseros; varios renegando jde:6u mala suerte, con las 
maldiciones más abominables y las blasfemias más impías y heréticas; 
y finalmente, muchos tambaleáad«>se de embriaguez, liaciendq y dicien- 
do cosas tan ridiculas ^que eran «el juguete y escarnio de cuantos los 
rodeaban. ^ '• ■ ■ ■ . ^ 

Al pasar la pastora por el centro de «estos grupos, varios reos lanza- 
irou sob^ ^lla miradas impúdicas y le dirigieron pullas picantes que la 
hicieron estremecer de^espanto y ruborizar desvergüenza. " 

Lucía no solo xyyó Jo <iue á ella le decían, sino que^ tarahien llegaron 
á su^ oídos varias chufletas que con un descaro inaudito algunos presos 
irnos á otros se dirigían^ qué la hicieron reir á carcajadas^ 

Despues,de haber subido la escalera, columbró ia«agala en uno de 
ios cuartas, por cuyo frente pasaba, á una multitud de criminales senta- 
-dos en fila en un banco y delante de ellos en pié á un bandido que les 
babiabacon tono magistral. Detúvose á exanrmar lo que fuera y com- 
prendió que el bandolero era un especie de catedrático de pervcEsidad 
que enseñaba á varios, criminales las Tejías necesarias para cometer con 
seguridad 4oda «dase de delitos. Era«l tal un facineroso insigne, dotado 
de una astucia, penetración y perspicacia maravillosa^. Poseía una 'gran- 
de experiencia en el modo de hacer el mal y se «abia el Código Fenal 
como el más hábil jurisconsulto. Con semejantes cualidades y cünóci- 
xuiento& podiá prever todos los riesgos y evitar todos los peligros que 
hubiese en la ejecnci(m docnalqnier crimen, y cnanto sabia y se le ocür- 
ida .en el arte diabólico de hacer da^o á la scM^edad^ lo trasmi^ia con 
Interés á sn atento auditorio^ 

Es admirable que, el. Gobierno liaya. mirado 8Í^m|M'e -con tanto 
desprecio la organización de las cárceles y casas de castigo, sin advertir 
que no hay Gobienio posible .iñn seguridad para |oa gobemados,^y*qué 



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ésta no paede existir eino eon el pantual cumplimiento de la» leyes y el 
castigo j corrección de los deliAcnentes. 

Féro volvamos á nuestros personajes. 

Lucía, Liberato 7 el alcaide se detuvieron un instante á esctfcbar 
las inmorales ensefianzas del bandido, y^ luego la pastora le hizo una * 
sefia al carcelero para que continuara gniéndolos en el camino que lle- 
vaban. ' , ' 

Nuestros tres individuos siguieron andando y pronto llegaron á lá 
puerta del calabozo á donde se dirigian. 

—Aquí es, le dijo el carcelero á Lucía, mostrándole una puerta éti- 
tomada^ aquí es la prisio^ del señor Gavilán. 

L^ pastora junto con su criado entró en ella, y el alcaide regresó á su 
puesto. 

Los dos esposos al verse se abrazaron ; á (^avilan se le humedecie- 
ton los ojos y á Lucía se le escaparon ahogados ^ollozo6 y dos raudales 
de lágrimas.* 

— Mi amito de mi corazón I le dijo Chirlobirlo, yo también quiero 
abrazarlo, ahora que no tenemos por medio aquella maldita reja del 
otro dia. 

— Oon el mayor ffusto, le respondió Jorge, y lo abrazó con efusión. 

Lucía viendo un banco de madera que habia inmediato á una de las 
paredes del calabozo^ se sentó en él y le preguntó k su marido : 

-^Oómo ha sido esta desgracia tan grande? Jorge. 

— ^Poruña casualidad he sabido, le contestó el caj)i tan, que debo 
mi desventura á un soldado de mi batallón, de los prisioneros que me 
hicieron en la acción de Cipaquirá. Se me ha asegurado que ese traidor 
me vio ha pocos dias en la caite y que al momento se fué a donde el Go- 
bernador y le dijo: que acabab^a áe ver en tal parte á uno do los oficiales ■ 
derrotados en la batalla del 21 de Mayo, y parece que este denuncio . 
bastó para que se indagara por mí y se me redujera á prisión. 

— Bien me avisaba el corazón que iba á sucederte lo qiie te sucedió^ 
y por ello te rogué que no vinieras á Bogotá, pero metiste la cabeza, y 
sa&e Dios si nada conseguiste de lo que deseabas.^ 
X ; — ^Ko me ha ido del todo i^al, Lucía ; te tengo una casita amoblada 
de todo a todo, donde te iras á vivir llena de comodidades. 

— A donde nos iremos á vivir juntos^ le respondió Lucía, pues no^ 
saldré de aquí sin tí. ~^ . ^ 

— Cómo I j quieres quedarte en la ptísion conmigo ? le preguntó Ga- 
vilán sentándose á un lado de ella. ^ 

— Al contrario, quiero que salgas hoy de la. cárcel cuando yo me 
vaya. 

— ^Difícil es eso, querida mía. 

— ^No esr difícil A consientes en meterte en un costal grande que á 
propósito trae Liberato, y si tienes ánimo de salir á cuestas de^éste^ , 

— Orees que el alcaide y la guardia dejarian pasar W carga sin e2ca^ 
minarla? ^ 

; -^Todp ejs posible, Jorge., P^o supongamos que registran el costal 
y te descubren \ qué pierdes \ .De la cárcel no has de pasar. 

. -^-.Tienes razón ; me resuelvo ; pero esperemos que sean las doce que 
á esa hora mudan la guardia, y guardia que ño te ha viste entrar á ti ni 
á tu criado, es posibtó qtió te permita salir con él sin hacer alte en la 
carga que lleve Liberato. 

Acordado asi el pbm de evaeioii^ Jorge le previno al criado qucise 



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— 281 — 

cociera ía boca y que no rompierala costnra hasta qae todos no cstavíe' 
ran respirando el aire libre de la calle. 

Liberato le prometió oue no chistaría palabra. 

Mientras que llegábanla hora, Jorge y Lucía se pusieron á departir 
sobre sus penas pada<&s, y luego que conversaron bastante, la pastora se 
levantó del banco donde estara sentada y se ^uso á mirar varías pintu- 
ras que con lapi2 habia bosquejadas en la pared. Gomo viera, también, 
unos letreros que habia acá y allá le entró deseo de saber su contenido 
y para ello le dijo á Jorge : 

— ^Acércate y me lees estos renglones. 

Jorge se pu^o en pié y yendo donde Lucía estaba, le dijo : 

— ^Eres inuy curiosa y á fe que seria mejor que no lo fueras. Letre- 
ros hay en este calabozo que por sí solos dicen qué ciarse dé gente na es- 
tado presa en él. Verdad es que hay otros que manifiestan claramente 
que á la caree} también entran hombres inteligentes y honrados. 

— Como su merced, pues yo pienso que sabe mucha letra meirada Jr 
que hasta el diadehoy no le ha hecho mal á ningún prójimo, le dijo Li- 
berato, quien desde que entró habia permanecido en pió en un éngulo^de 
la pieza. 

Gavilán observando atentamente uno de los letreros dijo: 

— ^Aquí dice: — ^El abuso de la libertad ha hecho necesarios los Go- 
biernos y las cárceles, y el abuso de los Gobiernos ha sido causa muchas 
veces de la libertad.' 

-T-Lo entiendo, dijo Lucia para sí, como los latines que dice el sefior 
cura en sus sermones. 

—Aquí hay otro que expresa lo siguiente ; dijo Jorge avanzando dos 
pasos :— Las prisiones bien organizadas son crisoles donde se purifican los 
malvados, y las mal ordenadas son escuelas de todos los delitos. 

—Que verdad tan grande, dijo Lucía, pensando^ en lo que acababa 
do ver y oir. ' ^ 

^ — ^feste otro me gusta por Ja verdad que encierra, expresó Jorge 
acordándose de que otra vez lo habia leido : — La venalidao de.uñ fuez 
me condujo á est^ calabozo ; la de otro ¿ae devolverá la libertad, puesto 
que la justicia está en almoneda. 

—El que sigue es magnifico, añadió, después de haberlo leido para 
6Í : — ^Los crímenes de los grandes y opulentos se tienen por ligeros ex- 
travíos, y los ligeros extravíos de los pequefíos y pobres, como crímenes. 

Aquí cerca hay otro, que dice, agregó : ^l mejor Gobierno es aquél ' 
que recohoce todos Ips derechos que hacer puedan la felicidad del hom- 
bre eb sociedad y que los asegura á menos precio. 

A esta sazón el reloj de la Catedral dio la hora deseada. Jorge vol- 
vió á mirar á, Lucía y díj ole : 

—Es tiempo, amiga mia. ^ : 

Yse fué metiendo en el costal ^ne Liberato llebaba al efecto. Acó* 
modado en el fondo ^del saco, acabo Lucía de llenario, con doB sába&as 
y alguna ropa del preso, y luego entre ella^y su criado alearon la simpá- 
tica carga y la pusieron encima del banco que conocéis^ y de ahí Cbir* 
lobirlo la levantó sobro sus eq^aldaa ayudado de su ama oue se la solivió 
lo bastante. Hecho lo dicho, echaroiíá andar enoomendánaose á todos les 
santos de la Oorte celestial. Felizmente á las doce, los presos se retirabna 
todos los días á xm patio interior á comer, y^r e^ta eircunstanoia ama- 
tros héroes no encontraron á su paso á nadie. Los corredores, los enar-» 
tos y el patío estaban desiertos y sUehdosos, Ko parecía síbo que la 



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— 282— . 

Providencia protegía la fuga d§ Jorgd. Luego que llegaron al rastiillo, 
llamaron al alcaide j en el acto éste se presento é hizo girar la pesada 
»reja para dar paso" al lioinbre jr á la mujer que poco antes habiati entra- 
do, em apercibirse de que uno de Ioq presos pasaba también el umbraL 

— ^Coa felicidad Tornos caliendo del paso^ le.dijo d criado á su amd; 
al entrar ten el calieron que conduela ai zaguán. s 

: — Calla, hercge'de los demouiios que pueden oirtey maliciar, 

r-Ni aunque fueran brujos. 

— Por Dios ! no hables que me desesperas. 

{)n este instante alcanzai^n á ver al cuerpo de guardia j-Lucía em- 

Íezó & sentir que se le subia el corazón á la ¿arganta, que la sangre, se 
) helaba y que los cabellos tod^s -se le erizaban. La infeliz hizo un es- 
fuerzo sobrehumano para serenarse y continuar impávida §u camino ; 
p^ro envano^, Al pasar ama y criado por entre las dos filas de^soldados, 
el ofíx^ial de guardia', que estaba sentado en una silla, se levantó precipi- 
4:adamente y dirigiéaaose á Liberato Je dijo con voz levantada y gravé : 

— Alto allí .! ., .- ¿Qué s^ lie va usted entre ese costal ? . . . . 

Ghirlobirlo abrl6 unos ojos, que parecía que se le iban a salir, echó 
á temblar <5orao un globo de azogue y no pronunció una palabra. " 

Lucia que -estaba también muy asustada hizo un esfuerzo y réspon- 
dio con voz balbuciente : 

— Unas {)iezas de ropa, sefior ; soy la aplanchadora de las mudas de 
algunos presos y las sa. ... ha. .. .col. .. . 

Dijo, y se íe anudó la garganta por la emoción* > 

— Ah! sí, expresó el oficial en forma de áíladidura, y las saca entre ese 
^costal ; pero usted debe de saber {puesto que no iseré la primera vez que 
entra en la cárcel), que cuanto pasa por este zaguán, está aujeto á nn 
escrupuloso registro; asi, u«t€Kl se tomará la molestia de pasar á este 
-cuarto que ésta á la derecha, donde puede ver el examen que yó haga 
de la carga que lleva á cuestas su criado. 

Luci^ hizo la cara más afi^igida del mundo y notándosela el oficial, 
le dijo: 

— Ko se angustie usted, que al cuarto entramos solamente los tres ; 
usted, su criado y yo, ^ . ' . 

Y como lá joven se resistía á entrar, el oficial la empujó suavemen- 
te hacia el interior de la pieza. 

Liberato siguió á su ama y se situó en un rincón del cuarto. 

lío bien entraron todos, el oficial se acercó á la zagala y con la voz 
más dulce Je dijo : 

— Qué hermosa morena es usted J-- .- Diablo! es usted la mujer 
más bella del mundo ! . . . . Qué cara la que tiene. Dios mió I . . . . Me 

vuelvo loco por usted Si usted quisiera dejar d mal oficio que tiene 

é irse á vivir conmigo, seria la criatura más feliz, pues, dispuesto estoy 
já sacrificar por xisted cnanto tengo, menos lá vida que seria lo único que 
coáojser varia para amarla y servirla. . ¡ 

. Lucía se puso encarnada como la flor del granado y no le respondió 
ajoa palabra* , • . " 

A Oavilan empezó á hervirle la ^an^re de cólera y tuvo ímpetus 
de aaürsedel sacp y darle de bofetadas al bellaco que semejantes corte- 
jos y despropósitos dirgia á su mujer ; pero pensó que tal imprudencia lo 
peraeria á él y podia perder á ella, y esta reflexión^ lo contuvo y lo hi 
zp esperar él' aesenlace. 

Ohilobirlo po pudiéndo r^ríoikse abrió la boca j dijo* ^ r 



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_ 2frS — 

— TMire Benor melitar, que la niña es casada y que todos los chico- 
leos, qne le espete paeden llegar á oídos de su esposo, pues ocasiones hay 
en que uno piensa, al cortejar á una hmjer, qne el marido está lejos y 
no es asi, sino qne lo está escuchando todo. 

Lucía tembló y Gavilán, se creyó perdido, al (»r á su criado. 

— Cierto es que usted es casada eón e8te:liombre que la acompaña? 
le dijo el oficial a la joven echándole el brazo por el cuello. 

— ^Eso si noj caballero; yo no consiento en que' usted me abrace, le 
dijo Lucía haciendo uu cuarto de conversión para desechar el bras^ 
del oficial. 

Gavilán al oír lo cjue Lucía dyo, rugió de rabia é hizo un nioviraien- 
to tan brusco que obligó á Chilobirlo á dar un paso. 

£1 oficial estaba tan entregado a su ardiente pasión que no vio ni, 
oyó nada delc^que á su lado pasó. v ^ 

— ^Es usted muy esquiva, le dijo á Lucía. 

La muchacha le hizo al oficial una seña de inteligencia mostrándole 
á Chilobirlo, y le respondió en voz baja j 

— rNo %oj esquiva, señor ; yo siiñpatizo mucho con usted ; pero no 
quiero que este hombre sepa nada de ío que pase entre listéd y yo> por- 
que es muy hablador. ... Si pudiéramos deshacernos de él ... . 

Los ojos del militar brillaron como dos estrellas, y loco de contento 
le respondió á Lucía : " 

—Nada mác fácil ; ahora Veráusted. 

Y dando unos tres pasos hacia el rincón donde Liberato estaba 
parado, le dijo : 

— Amigo, usted está fatigándose inútilmente con su carga ; puede 
usted marcharse, que la señora me dirá lo que va en ella. 

Liberato salió mirando á su ama con unos ojos que parecían decirle : 
mi amo está ya libre I pero su mo^'ced ? 

Lucía tranquilizó á Liberato con una seña y una mirada , llena de 
expresión. 

Gavilán que comprendió muy bien lo que estaba pasando, resolvió 
dejar obrar á siuesposa : él tenia confianza en ella. 

Sofos el oficial y Lucía^ le dijo aquel á esta : . i 

— ^Prenda miar! ahora quenadie nos ve,abracémoncfe, que yo estoy 
que me abraso. ... 

.Lucía fingiendo la mayor inquietud le contestó : 

-^Espéreme usted uo^nstante, señor, voy corriendo alcanzar á mi 
criado para hacerle mía advertencia qne nos conviene á usted y á mí, y 
vuelvo á darle gusto en cuanto quiera. . .". Cuente con quano me tai-do 
no momento. ^ ' 

Y sin dejar tienipo al oficial para que le impidiera la salida, .partió 
con la velocidad de un pájaro. 

íl militar se quedo con lo boca abierta, espera y más cspera.miran- 
dp para San Felipe. 

Quince dias después de estos sucesos, Gavilán estaba en el Korte de 
la Bef)pública ocupando el puesto que debia, en las filas del Gobierno le- 
gitimo, y Lucía establecida ^n una l^onita quinta situada á extramuros 
de la ciudad* 



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-28* — 



CAPITULO VII. 

Donde se describe la famosa batalla que se libré en Bogotá en los dias iji de diciem- 
bre de ll§4, eon varios iaeídeAte» aotablesqae e(NPresponden i esta historia. * 

SALTEMOS algunt)8 meses v anudemos el hilo de los acontecimientos 
que hemos narrado, con el de los sucesos que aún nos quedan por 
referir. , . 

La casualidad, rio una invención nuestra ha querido qufe encQntre- 
moa á todos nuestros personajes en Boffotá, en los dias 3 y 4 de Diciem- 
bre de 1854, unos de lidiadores y otros oe espectadores en el combate que 
en dichos diafi se libró. * 

Vamo^ á bosquejar brevemente el cuadro de esta ]?atálla, ya qtielas 
dimensiones de la obra que escribimos no nos permiten hacer de tan 
memorable acción una^descripcion detalladí^. \ 

Después de siete meses de una guerra desastrosa on que hubo va- 
rios comoates favorables 4 la buena c&.usa, los enémigoé de la justicia y 
del derecho se replegaron á Bogotá con d fin de reforzarse, uniéndose 
á la guarnición de la ciudad y haber el último esfuerzo en pro de su desa- 
creditada bandera. Con niás de diez mil soldados contaba el general 
Meló para defender Ios-principales edificios y las más importantes en- 
crucijadas. 

Dos ejércitos aguerridos y dos brillantes legiones acamparon el 
dia 2 de Diciembrie en las inmediaciones de la ciudad á dar fin al drama 
sangriento ^ue liabia principiado el 17 de Abril. 

Los dos ejércitos y las dos legiones se distribuyeron conveniente- 
mente en los cuatro puntos cardinales ' de la población. ' Según el plan 
de ataque popibinado de antemano, el ejército del Sur á órdenes del ge- 
neral José Hilario López debia invadir la ciudad por el arrabal de las 
Cruces; el del Norte al mando del general Tomas C de Mosquera por la 
plazuela de San Diego ; la Légibn de Oriente por el arrabal de Egipto y 
la de\ Occidente por el barrio de Sari; Victorino. 

Cumpliendo con las disposiciones del general en jefe de operacio- 
nes de los ejércitos unidos (que lo era el sefíor Pedro Alcántara He- 
rran), el dia 3 á las.doce en punto y al toque de diana, lafe divisiones de 
infantería y de artillería que componían el ejército del Sur^ empezaron 
á establecer la línea de asalto, formando un semicírculo desde Egipto 
hasta la encrucijada de las Letras. 

El general' jQaquin París á quien se le confió el ala izquierda, 
desde la plazuela de las Cruces hasta la esquina de las Letras, con los 
cuerpos de la segunda división, y éí general Kafael Mendoza á quien se 
le señaló el ata derecha, que principiaba en la plazuela expresada y cpn- 
cluia en el arrabal de Egipto, con la primera división y el batallón Oá- 
qnezá que hacia parte de la columna de Oriente, ocuparon sus puestos 
con admirable presteza, áhtés de las dos déla tardel^ 

Kecónocidos en seguida^' por Ids generales que mandaban las fuer- 
ssas del asalto del lado del Sur^ los puntos principales de la línea estable- 
cida^se rompieron los fuegos con el etieraigo m todas direpcionés, A las 

* Los hechos principales de esta WtallA los hemos tomado, parte de los periódicos pu* 
Wcados en Bogotá éa 1855 y parte de nuestito» recuerdos. 



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— 286 — 

<^natro de la tarde la» baterías del<;0DtFQ de la ^nea de circunvalación 
enfilaban las oalles de Santa Bárbai^'j la Carrera, asi como también la 
calle del Coaven to de San Agustín en dirwcion de los Portales de Axr»- 
bla y vomitaban cppv^sa y abundante* metralla sobre las dos esaninas del 
monast^io mencionado y sóbrelas casas adyacentes, donde ei enemigo 
hacia nna resistencia heroica. 

Como á eso del las cinco de la tardo un centenar de soldados de la 
primera división penetra á viva fuerza eiTiina casa aspillerada que queda 
situada, frente por frente de la capilla de Jesús. £1 enemigo que se de- 
fiende atrincherado en la casa, al verla invadida empieza á arrojar las 
armas por el balcón á la calle en sefial de rendimiento; pero el jefe 
resuelto á morir, antes que entregarse vivo en manos de sus verdugos, 
corre solo, con espada en mano^.al encuentro de los invasores, y C01L9I ma- 
yor denuedo y valentía que se haya visto jamas en lo descubierto de la 
tierra, traba combate con lo^ cie^ato. Situado en la, parte superior de la 
escalera se defiende detrás de una columna de piedra de los aroabiizafBos 
del enemigo y desde allí corta y punza á cuantos tienen el arrojo de 
ascender ariiltimo escalón. Al fin, cansado de lidiar solo y notando que 
su último instante se acerca, intentad abrii^se calle. por en medio de sus 
contrarios, y con efecto, baja rápidamente la escalera, acomete al grupo, 
hace una^rau carnicería, y al conseguir la corona de la victoria, alcanza 
la del martirio inmortalizando su nombre, cual Leónidas en las Termó- 
pilas. ^ 

Sabéis quien era este valiente jefe ? El marido de Petrarca ! . . . . 

Á las cinco y media las fuerzas in vaseras se habían ya apoderado 
de muchas de ¿as casas que^el enemigo ocupaba y habían hecho un con- 
siderable numero de prisioneros. 

Antes de entrar la noche, las fuerzas le^itimistas que combatían por 
el lado del Oriente habían arrollado al enemigo hacia el centro de la ciu- 
dad y ocupado el palacio Arzobispal y la Casa de Moneda, que los me- 
listas defendían valerosamente. 

A la misma hora la legión de Occidente, vencía á su paso á cuantos 
se le ponían por delante, intrépida y arrojada se había apoderado del 
barrio de San Yictorino rindiendo fuerzas muy considerables que el ene- 
migo habia destacado sobre ella. 

A las siete y» cuarto todos los fuegos se habían apagado y los solda- 
dos de ambas partes guerreadoras, descansaban sobre sus armas, jadean- 
do de cansancio y orgullosos de haber cumplido con su deber. 

Los inflamados rayos del sol del día 4 doraban las cúpulas de la» 
torres cuando los oídos del ejército del Sur fueron heridos con las deto- 
naciones de los arcabuces del ejército del Norte,y con las de losmelistas 
que lidiaban por el lado de San Diego. El volcan que acababa de reven^ 
tar cubriendo de abrasadora lava á Tos rebeldes, entusiasmó á los legiti- 
mistas que habían combatido el dia anterior, quienes al punto levanta- 
ron íus armas, las dirigieron contra el eneníigo y empezaron á ganar terreno 
á fuego graneadp. Digno de eterna alabanza es el brío y denuedo con que los 
soldados del Gobierno desalojaron á los rebeldes de sus fortalezas y los 
obligaron á concentrarse en las plazas de San Agustín y de Bolívar. 

Despuei^ de dos horas de una batalla encamízadaen que ambos ban- 
dos lidiadores alzaron un trono á la muerte y sentaron en él á esa reina 
sombría, los fuegos de las baterías de San. Agustín se apagaron, ya por- 
que muchos desús attilleros habían caído sin vida sobre sus cañones, ya 
porque otros habían hipdo hacia el interior uel edificio sobrecogidos de 
pavor y espanto- 



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_ Í9^ _ 

Se reríficaba e6ta hnida en el moraeoto eo qae pasaba p<MP la por- 
leria del monasterio dé Santa Clara, de Occidente é Oriente y & gaIoi>e 
tendido, en un coi5>ulento caballo, un militar T€Étido de magnífico uni- 
forme. Llevaba calzón blanco; ftota alta, cafiBca azul eoWerta dé borda- 
dos de oro ; en los hombro* dos grandes^ clmrfeleras q»e resplandecían 
á los rayos del sol, y en la cabeza un sombrero» de tres picos adornado 
de vistosas plumas y de biülawtes dorados: El caballo era blanco como 
el ampo de la nieve & iba enjaezado á la francesa. 

Al pasar por dicha portería resoné» ftna \oz en una de las-elevadas 
celosías del muro, que decía : 

— General I . . . . General Mí.... 
' El jinete sofrenó su brioso corcel y aleó los ojos alcielov 

— Oh I querida Petrarca! exclamó j que hace usted a Wí^ le- preguntó 
en seguida. 

— rOaprichoí de mi. marido, contestó ella, sacando* k- eabeza hasta 
los hom|)ros por un roto que tenia la celosía, se fe metió ea el teístus que 
debia pasar el tiempo del asalto emparedadla en este derruido convento, 
porque le parecía á él que en otra parte corría riesgo mi pulcra honesti- 
dad con los negros del Cauca que aiz^que tienen fama de atrevidos. 

El general M. ... se rió y dijo : ^ 

— A fe que no le faltó- razón al capitán, ó diréj al generala . 

— Qué noticia mse da usted de 6í ? le preguntó Petrarca. 

— ííing.una ; á mí me toco abajo y á él arribaf. 

— ^No sabe usted oue ayer mataron á Urraca? ¡ ay Dios mío í he es^ 
tado con una pesiadumbre I 

— ^Dice usted que mataron á' Urraca? 

— Si señor ; esta mafSana muj temprano vine» una mujer á decirme 
que por desnudar ayer á un oficial que cayó nraerto eu frente de la 
puerta de casa, le volaron el cráneo de un baEazo. 

, -—Infeliz muchacha ! exclamó el general. 

— Me voy, añadió,, al oir que silbaban las balas por encima de sa 
cabeza. 

— ^ITo, espérese usted ; hablando ahora del combate, dígame : á que 
bando pro tejerá el dios Marte? Si es la justicia la que debe triunfar,, 
nuestra debe ser la victoria,, pues, sí el dei'echo- de insurrección existe 
contraía opresión, taml)ien debe de existir contm la excesiva libertad^ 
y en tal caso la. Constitución, del 21 de Maya debe caer á balazos. 

— Temo que no triunfe la justiciar. . . . Los enemfgos nos estrechan 
demasiado desde ayer. Yo ven*¿o medio derrotado. ^ 

— Ay ! exclamo Petrarca, lanzañdo un grito horrible y cayéndose de 
para atrás, á tiempo que el general oye el subido de un proyectil. 

El jinete que comprénmó que una bala pet-dida ó acaso bien diri- 
gida había herido k Petrarca, se dijo: . 

— Diablo I ya la hirieron T. . . . jr á mí pueden herirme también. 

Y espoleó su corcel en la' dirección que llevaba; torció* luego á la 
izquierda, despubs á Ja dereqha y se entró» en el fuerte de ¡San Bartolomé 
con el alma oprimida por la desgracia de Ptetrarcav ^ * 

El general no se había equivocado ; una* bal» disparada desde una 
gran distancia había arrancado á sa querida l^ narices, desfigurándola 
por todos los días de bu vida. 

Esta bala había sido lanzada por uno dé los soldados de la primera 
columna de la segunda división x{XiQá paso' de vencedores ^^ ajA-oxíma- 
ban á la Casa del Grobierno provincial que defendían más de ciea 
liombres. 



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^ 3sr — 

Los legitímistás tomaban este edificio, interín qne ef general Kiifael 
Mendoza penetraba en el colegio de San Bartolomé con ochó honábred 

Cor nn agujero y rendia á trescientos soldados, y al general M. . . que: 
abia llegado en mala hora, como se ha visto. s 

Por el lado de Occidente lia^ta avanzado el coronel Viana con str 
fuerza hasta el hospital át- San Juan de Dios, harBia* rendido el regimien- 
to que allí e^tm, y se disponía á; proseguir sir marchar hasta la plaza 
de Bolívar. 

A este tiempo el batallón Salamina invadia por la es]>fJdb, el cuar- 
td de San Affustm j la coinpafíía- de hi Unión tomaba á la bayoneta aí- 
ganas casas de la plazuela mmediáta ;• el coroneí Aíboleda se acercaba 
con la columna de str mandojjácttr^ plaza. mayor y el general Parfs so 
movia apresuradanrente sobre el mismo sitio. 

Poned aquí et dtedo, lector complaciente-, pues, en este punto sus- 
pendemos la narración de las hazafías del ejercita del Sur con el objeto 
de volver atrás, describir las del ejército diel Norte^, y acabar de bosque- 
jar el cuadro de la batalla á Ja ver. 

A las siete de ía maiíana dtel dia tres se movió el ejercito del Norte 
dividido en dos cuerpos, uno do vanguardia y otro de reserva; Compo- 
níase el primero, de las dos primeras brigadas de las, divisiones primera 
y segunoar k órdenes dtel general Tomas Herrera y ef segundo, délas se- 

g indas brigadas á órdenes del general Camilo Mendoza. Los escuadrones* 
uias-del-Qeneral y Oazadores-del-íTorte llevaban la descubierta en la 
vanguardia y la artillería ocupaba el* sftíamáB adecuado-para obran 

A corta dfstancia deP enemigo, el general Mosquera ordenó la reu- 
nión de todo su (ejército para atocar la ciudad por líneas paralelas de 
Este á Oeste con el objeto de cortarla comunicación entre ^n Francis- 
co y San Diego, en cuyos ediffcios estaba situada la mayor parte de la» 
fuerza enemiga. Un aguacero impidió los movimientos y por tal motivo 
el general en jefe resolvió ejecutarlos al siguiente dia y en consecuen- 
cia determinó que el qército tomara cuarteles cu la parte Este dte la 
ciudad, lo que así se verifica 

Al apuntar el dia 4 se prihcrpio el ataque en la forma acordada - 
e] dia anterior* El general Herrera á la cabeza de los batallones pri- 
mero y sexto de línea. Libres y Tundama emprendió- el asaltó en las 
manzanas que están entre las canceras de Margarita, Bárinas y Bárbula. 
Impávido y brioso conducía Herrera la primera cóhimna yera digno 
de ver como marchaba; esta alambor batiente, con bandera desplegada,, 
atronando el aire con sus bélicos darines ; mas, su gallardía duró poco, 
pues, se afligió é inclinó al suelo la cerviz cuando llegó á la encrucija- 
da de ías carreras de Pamplona y Bárbula y vio allí eclipsarse para 
siempre la estrella que lo guiaba á fa gloria. . . . El bravo general cayó* 
de su caballo herido de un balazo mortal f. . . .. 

El malogrado Herrera foe reemplazado por el coronef Weir, quien 
sin pérdida & tiempo marchó con la colum'na á ocuparla carrera del 
líorte. • 

Mientras tanto el temente-coroñel Jorqe Gavilán * avanzaba con 
el batallón Vélez por fas carreras de Yarumal, Majagual y Chire á tomar 

* i¡n kir baüatla. 4ei' Alto áeUs Cacaos qae- dio «1 general Mosquera pocos Was an- 
tes de la que estamos narhindo, alcanzó Jorge Gayilan el grado de teniente-oorpDel ea* 
el campó mismo del combate, á causa de dos acciones do valor que ejecutó coa el mar 
jor denuedo, y que contribuyoiou al trhiníoe 



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— 288^ T- 

uua trinclí$rA (fí^ hablado la encrncijaé^ d^ las carreras de Chire ^ de 
PfiumloDa, " s * • , 

Lidiabap copio leones los soldadoü^dé la columnarque dirígia Weir, 
y ganaban terreno avanzando por encima de los cadáverjas del eneinií^j 
ínterin qne el batallón Yéle^ hacia inátiles esfuerzos por tomarle la tria- 
cbera de la esquina de Chire. La compañía que con tanto valor defendia 
la barricada era dirigida por un jefe intrépido aunoue improvisado. Este 
jefe era uno de nuestros personajes; el criado de Chepillo conocido €on 
el nombre de Perico. 

En la. primera arremetida que hizo sóbrela barricada, el batallón 
Yélez, retrocedió espantado al ver caer mád de treinta de sus soldados 
entre muertos y bcridos. Apenas alcanzaron los atrincherados este pe- 
,(jueño triunfo, voló Perico sobre la pared improvisada. por los suyos, fe- 
licitó á sus soldados por la victoria y. lo3 exhortó á que se dejasen matar, 
antes que dejarse vencer. 

Organizado el batallón que acababa de ser rechazado, volvió á la 
carga con tal ímpetu que los rebeldes se vieron precisados á abandonar ' 
por un insíante la trinchera. El denuedo, bizarna y npble ^'emplo del 
jefe, dio en este segundo ataque el triunfo á los melistas. 

Derrotados los vélenos, nuestro héroe sp trepó segunda vez á la trin- 
,chera ; pero no arengar á sus soldados, como en la vez primera, sino á 
observar mejor el camino que tomaran las reliquias del batallón enemi- 
go. Desde aquel punto puuo distinguir una nueva columna que se les 
loa encima apoyando á los veleí5os. 

— Ánimo soldados ! dijo Perico, á morir todos al pié de esta 
trinchera.. ^ - 

Y saltó al suelo. 

Pasados diez minutos se encendieron los fuegos, y las detonaciones 
de los fusiles, acompañadas del ruido iiicesante de los atambores y del 
sonoro toque de las cornetas, ensordecian álos lidiadores. Ambas fuerzas 

()eleaban con ferocidad, hacia media hora, y se veia j& descender sobre 
a trinchera, con sus alas desplegadas, al ángel de la victoria á coronar á 
los rebeldes, en el momento en que nna compañía legitimista, logra in- 
vadir por el interior una casa y debelar una tuerza que defiende á los 
atriácuerados por la espalda, con lo cual consigue prot^er á los vélenos 
cuando éstos empiezan á volver caras. Yencidos los melistas botan las 
armas al suelo y se rinden á discreción. . ^ 

El jefe temeroso de caer en manos de sus enemigos volosolbre la 
trinchera, saltó de ésta al tejado de una casa y echó á correr por la cum- 
brera, sirviendo de blanco á Jos tiros de los vencedores. De repente el 
hombre tambaleó, cayó y rodó hacia el interior del edificio. ¿Qué le 
aconteció al infeliz ? Lo que ñor ahora podemos decir es, que los soldados 
qtte dispararon sus armas en aireccion de Perico, entraron en disputa atri- 
buyéndose la gloria cada cual, de haber siclo quien Ip habia herido. . . . 
Bárbaros ! que gloria puede haber en matar á un hombre que huve !. . . 

Se verificaba la toma de la trinchera, inter tanto ^^e el coronel Weir 
marchaba á la cabeza ,dí¿ batallón Santander por la carrera de Majagual 
con áninp de penetrar en la manzana que da á la plaza de San Francis- 
co, y mientras que él coronel Kamon Amaya apoj^aba por el Este con 
las columnas de las guerrillas del cantón de Guata viía, el ataque que ha- 
cia por el 6nr de la plaza de San Diego la cnárta cotnpañía oel batallón ^ 
sexto. Después de un fuego nutrido por más de hora y media, enarbola- 
ron en San Diego bandera blanca. Kendido el enemigo en ésta pferte de 



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J 



— 2*8d — 

la ciudad, el batallón Libres con sus jefes, comandante Ücros y mayor 
Bivas, se dirigió por la carrera dé Margarita á la del Norte. 

Entraba esta tuerza en la carrera expresaida en el acto en que el ge- 
neral Camilo Mendoza atacaba con uña columna por la parte interior de 
las casas, las fuerzas que defendían al Hospicio y la Tercera. £1 arrojo 
de este jefe sin par lo condujo á la muerte en el instante én que iba á 
gozar de los honores del triunfo. El golpe de una bala que recibió e^n el 
-corazón, derribó al guerrero al pié de la palma de la victoria! /^ 

No bien llegó á oidos del general en jefe tan funesta noticia se ^é 
personalmente a dirigir el asaltó sobre San Francisco, ya que laa fuer- 
zas del Hospicio sé habian rendido. 

Como una gran parte del ej6i*cito del general Meló estaba concen- 
trada en el Colegio de San Buenaventura, el general en jefe ordenó que 
se atacase por la espalda, lo cual ejecutaron los batallones Libres y Tunr 
dama luego que estuvieron en disposición de hacerlo. : 

Efectuábase este asalto á la misma hora en que^los batlallones pri-^ 
mero y sexto tomaban la Tercera, ^ el coronel Codazzi y el comandante <Je* 
zapadores Reed, preparaban' sus mstrumentos fatídicos para hacer volar 
con sus minas, una paite del edificio de San Francisco, desde donde ha- 
cían los rebeldes sobre los soldados del Norte un fuego nutrido y certero. 

Los preparativos indicados fueren inútiles, puesto aue habiendo llega- 
do á tiempo las fuerzas míe habian estado peleando del lado del Occiden-, 
te, cargaron con las del Norte sobre San Francisco, y sin grande^ esfuer-' 
ZOB obligaron al enemigo á echar bandera blanca. . .'. .; 

Levantad el dedo, sefior lector, del punto donde lo pusisteis, qué 
aquí mismo vamos á unir las dos mitades del cuadro que estamos bos- 
quejando. ' 

Alcanzada la victoria en la parte Norte de la ciudad, el general 
Mosquera marchó con narite de su Estado Mayor,hácia la plaza doBo-, 
lívar, donde acababan ae entrar lo/asaltádores del lado del ¡Sur, despue? 
de vehcer simultáneamente, al enemigo encastillado en San Agustín y 
al que defendía la plaza mayor. , / 

Allí los dos bizarros jefes, á lá sombra del pabellón nacional, que 
tremolaba sobré la estatua del Libertador, se apearon de á caballo, se 
abrazaron con efusión y .se felicitaron recíprpcaménte por la víctpria qué 
cada uno había alcanzado. 

Sucedía ésto en lá plaza de Bolívar á la hora misma en que en la de 
San Francisco iacontécia un hecho que llamaba lá" atención de la tropa. 

Una mujer desgreñada y Uprosa, de bellas formas, corría con loa 
brazos abiertos gritando como una loca : . . 

— Jor^. . .! mi querido Jorge. . .! decía. . , 

Al ruido de -estas voces se Heafacó un hombre del ejército, salió á 
fia encuentro con los brazos alzados, diciendo : 

—Aquí estoy Lucía, aquí estoy. ^ . . 

Y los dos esposos se abrazaron. 

A esa hora, los repiques de mil campanas; los cohetes que ascendían 
ruidosamente ai cíelo ; los bélicos sonidos d^ los clarinetes, requintos y 
flautines ; de los platillos y las trompas ) del trombón, oficleíde, serpen- 
ton, bombo y redoblante que en raudales de armonía se extendían por 
el ámbito de la ciudad; los gritos de alegría del pueblo libertado ;^ las 
coronáis de flores y laurel que llovían sobre los vencedores^ todo esto 
expresaba claramente que acababa de obtenerse un triunfo brillante, 
uKia victoria completa. 

Í9 - 



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^ _ 290 -^ ' 

* 

CAPITULO VIII. 
Eíectoide la derrota. 

ACABÁIS de vor, amado lector, lo& efectos saludables de «na bata- 
lla, ved ahora los dolorosos, pues todo combate tieae dos lados, uno 
bueno y otro malo. ^ . ^ 

En el mismo espacio de la ciudad donde las campa.nas repicaban, 
donde las sonatas bélicas y los gritps de jubilo llenaban de diversas vo-, 
ees él aire, donde volaban de los balcones y las ventanas sobj-ejas cabe- 
zas de los vencedores, las caronas de flores y laurel, se veian' centenares 
de cadáveres medio hundidos entre charcos de sangre ; unos cuantos 
heridos qnemaldecian su suerte ^innumerables prisioneros que gemían 
su cautiverio ; los deudos de lo& nmertos y moribundos aue lloraban de 
dolor; los derrotados distinguidos, en fin, que fugian oe rabia porque 
los altos puestos públicos porque tanto habian luchado, los hallaban tro- 
cados 6 eñ .una infamante picota ó en una roca limpia de esas que se 
alzan en las costas de lejanos mares. 

Toda batalla acaba con gritos de alegría y alaridos de dolor; con 
risas y lágrimas, con gloria y ascensos para los vencedores y <^on infamia 
y muerte para los vencidos ! Sí, muerte real en un patíbulo 6 civil en un 
destierro o en una larga prisión ! 

El 12 de enero de 1855 cuando habia ya trascurrido el tiempo. sufi- 
ciente para obrar sin pasión ; cuando habian pasado ya 38 dias, durante 
los cuales muy bren pudo entibiarse la sed de venganza de los vencedo- 
> res y aplacarse la cólera contra los vencidos, dos altos empleados piibli- 
cos del ramo ejecutivo firmaban dos decretos, el uno concediendo hono- 
res y ascensos a los victoriosos, y el otro imponiendo, contra la ley, destie- 
rro á Panamá á los vencidos de baja categoría y graduación. 

Ko diremos una palabra délos honores y ascensos aunque no los 
aprobamos tal cual se concedieron, esto es : más á la vil intriga que al 
modesto mérito ; hablaremos solo de la pena. 

Fué esta justa? lío! Ella ademas de arbitraria, fué bárbara y 
cruel, por cuanto á c|ne condenaba una gran parte de lo» veAcido& á una 
muerte lenta y dolorosa, mil veces más terrible que la qué ae da en el 
cadalso dé un solo golpe. La pena de destierro para un hombre pobre y 
con familia, es algo peor que la del suplicio de la Hueda de que se l\izo 
/ uso en Francia, cuando esta nación era un poco más cruel para castigar 
á^us delincuentes de lo que es al presente. 

Para los vencidos no hay pruebas jamas, porque i en dónde están 

los testigos fidedignos de los comprometimientos que caída cual haya te- 

. nido en la rebelión? No hay juez imparcial que Jos juzgue, porque i de 

qué bando puede serlo que imparta la justicia extrict^meji^te? Ncj n¿j 

Sena que los intimide, porque ^ cuál puede ser que aventaje en su8 con- 
iciones dé terror y espanto á la de destierro á una playa mhospítalaria; 
, 6 desierta, dé mortífero clima, 6 á la del último, fiupíicioj Kinsuna,/ 
sabido es que el Conspirador no sólo juega en los combates su vida sino 
que desafia el enojo y la rabia de sus aaversarios, enojo y rabia que él 
sabe bien que siempre estallan sobre el vencido con las persecuciones 
más brutales é inicuas y con las crueldades más atroces, hijas de la pa- 
sión más violenta y ciega, cual es la pasión política. 



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^ — 291 — ^ 

Pues bien, porqne no hnbiese pruebas fidedignas contra los rebel- 
des do 1854, ni juez recto que los juzgara, ni pena qué los escamíentara, 
I debía por esto'el <Jol)ienio violar laTey al j uzgar y castigar á los infrac- 
tores de todos los Coditos? No, no era lógico ni moral cometer seme- 
jante atentado con el pretexto de corregir j mejorar ¿ unos cuantos 
centenares de extraviados. \ 

Creemos que el Gobici*no tien« perfecto derecho de mantener en 
seguridad á uñ prisionero peligroso ó á un enemigo implacable, mientras 
<jue subsista la guerra*; i>ei*o el dia <«ie ésta termina, ese derecho cesa, 
y toda detención es inicua, ürra revolución vencida deja de sdr una ame- 
liaza para el Gobierno. Un ejercito desarmado y disperso no es ya un ene- 
migo. La pei*socncion es injustificable cuando el perseguido huye y sé 
oculta. Con ella no Jiacerel Gobierno slilo confesar su debilidad, su im- 
popularidad y su crueldad, y la debilidad, la impopularidad y la ci'uel- 
dad no tienen derecho de gobernar ningún país del mundo. 

La rebelión como delito es indefinible. La primera condición 5 ca- 
lidad caracterísca de ógte es la inmoralidad (jue encierra; pero'^inmol'ali- 
dad cierta 6 indudable. La moral es una y univei'sat, es de todos los tiem- 
pos, y lugares, Ahora bien ; vemos que las rebeliones regularmente son 
•cbnoenacíás por una generación y justificadas por otra; que la posteridad 
ensalza, glorifica y lei^aocii estatcuts á los mismos rebeldes que cincuenta 
é cien años ántesfncron abatidos, infamados y ajusticiados como malhe- 
chores. Observamos que los rebeldes de Cuba que hoy lidian por la in- 
dependen ¿ia dé sil patria, son repirtados como facciosos y bandoleros por' 
su madrasta la España, mientras, aue por sMb hermanas las naciones de 
America ^oii calibeados como reaenl^es inmaculados^ como prócéreB 
generosos que €0 «aerifican por la más justa dé las causas. Vemos tam- 
bién qné cuando unárevolucion triunfa, los rebeldes son héroes á quienes 
losjjoetas cantan y los escritores públicos ttdmiran y encomian, y cuati-. 
do/Ta conspiración es vencida, los conspiradotes son malvados á ,q1iiieñes 
los vates execran y. los periodistas afrentan y deshonran. 

Fero adviél'tetsé qné tratamos aquí de las revoluciones qne tienen 
un objetó político importante, íE5omr) la independencia de una colonia, 6 
nn cambio de instituciones jñb dé las que se hacen por una simple va- 
riación del personal del ministerio ó de todos los gobernantes, ni de esos 
tilzamientos patciales de vagamundos y ladrones sin combinación ni 
ticuerdo, qi\e se denominan guerrillas^ y en cuyas porciones no domina 
' mngun pensamiento político. Esas guerras sin bandera serán siempre i^e- 
probadas por todas las generaciones j vítu.pem.dafi por la historia, ' 

Nosotros opinamos con Lamartine que la guerra no es sino un .ase- 
«inataen masa y qne el asesinato en' maaa no es un progreso. En tioñse- 
-cneticia, pensamos que es conveniente dar un golpe mortal a las re^olu- ' 
iSbnes*; pero creemos que estas no mtieren, matando á los rebeldes, ni 
' desterrándolos^ ni encarcelándolos perpetuamente. En los países gobe^ 
nados por un déspota como la Turquía, ó por leyes restrictivas ú opresi- 
vas ©orno la España, las conspii:aciones so matan con ]$l libertad. En los 
países republicanos Como Colombia, la guerra se extingue con la indus- 
tria para la clase alta jjr con el trabajq para laclase obrera. Aquí se 
<^nspira no por conífuistaí libertad, que la tenemos de sobra, wno por 
alcanzar el poder cuando echamos de ver que nos falta. En esta tierra 
desdichada una ^ran porción de bombines de ambos partidos políticos ha 
contraído el hábito de vivir á espensas' del Tesoro público, y por ello 
cuando el un bando ha cogido la presa el otro se la disputa á ualazos. 



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— 292 — 

En tal virtud las revolucioues Be sucedep con pequeíl<;>8 intervalos. 
Cuando termina una, ya otra está fraguada. Casi todas las administra* 
clones Que hanexistiao 4esde la independencia hasta nuestros días, están 
salpícaaas con Ja «angre de una guerra. Pero necesario es decir, que no 
siempre el pueblo lia sido- el' conspirador ;-ocasione8 ha habido en que el 
Gobierno ha sido él revoltoso movido del desep de afianzar á su partido 
en elpoder. , ^ 

^Tantas han sido las revueltas políticas, que los colombianos han 
adquirido la costumbre, de fi^jar en su memoria la época de los diversos 
sucesos particulares que en el cursó de su vida les han o^jurrido, tenien- 
do on cuenta el tiempo en que ha tenido lugar esta ó la otra revolución, 
pue» todo puede olvidarlo el^ hombre, menos la época en que haya estado 
su vida, su propiedad y su honor atacados por la anarquía de una guerra. 
Es p¡or esto por lo que en esta tierra nadie extraña oir á cualquier sujeto 
distinguido ó caballero de moJiatra que recordando los acontecimientos 
notables de su vida, se exprese, por ejemplo así : En Ja revolución de 1828 
me casé con una viuda rica, me entregué al Juego y unos tahúres tram- 

-ppsofl me ganáronlo más bien, me robaron mis bienes v los de mi mujer. 
En la de 1830 falsifiqué unos documentos "públitsos-, la justicia intentó 
perseguirme y huyendo de ella me fui al extranjero é hice -por allá el 
papel de Gran Señor. En la de 1833 volví al pWs, y cómelos gobernan- 
tes eran otros, nadie pensó en perseguirme ni hacerme daño. En la mis- 
naa época tuve un duelo con un espadachiu por una ofensa que me irrogó 
con el fin perverso delastimar mi notior\ y recibí una herida en el pecho 

, de mucha gravedad. En la <íe 1840 n?e nombró el Gobierno Administra- 
dor de la Aduana de Santa^iarta ; me puse de acuerdo con los contra-' 
bandistas, que todos eran comerciantes acreditados en Bogotá, é hidr^ un 
gran capital. En la de 1851 me dediqué á la indvsiHa de fabricoí' mo- 
neda, taptó de pro como de plata, y al comercio de ropas con el extran^ 
jero; me favoreció la suerte y cuadrupliqué mi caudal, Jín la d^ 1854 
quebré por especulación como es costumbre en los negociantes notables 
de este país. En la de X860 tomé las armas y con eUas fabriqué una es- 
calera de cadáveres, poj: Ja cu al subí á un/i garande altura en la gerai^quía 
militar. Aun no había concluidp la guerra cuando logró comprar mis 
créditos pasivos con la rebaja de un noventa por ciento y de ese modo 
me rehabilité en mis operaciones comerciales y en mi bonra que habían 
sufrido un poco, y finalmente Qula de 1865 entré ep un juego de bpjsa y 
rematé muchas finceos de manos muertas, con lo cual hice una fortuna 
inmensa, que á Dios gracias, conservo hasta el dia. Hoy gozo de la fama 
de hombre neo ; de servidor leal y desinteresado á la Ilepnblica, de ca- 
ballero honrado y probo y de ciudadano distin^uidp y sin tacha. ^ 

Estas cosas ú otras por el estilo puede decir cualquiera de psos nota- 
Uea que hemos pintado, recordando los acontecimientos particulares de 
BU vida. 

Todas esas guerras y otras más que se han llamado loc^les^ han azo- 
tado al país. Ellas lo tienenempobrecido, embrutecido, desmoralizado y 
relajado que da tristeza y compasión* * * 

Tiempo es ya de que se ensayep cuantos remedios se juzguen ade^ 
cuados para poner punto final á ese piedio inmoral y escandaloso, ideado 

* El lector habrá oomprendido qtie nos referimos' á aquellos bribones que hacen ea 
la sociedad el papel de grandes señores, debiendo por sus ^ilmenes, estiO" enc^rrftdos «q 
una penitenciaría. 



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— 293 — 

por ios v^ágamundos y caballeros de industria, para consegfíir el pan de 
eada día. Ojalá que los conatos del Gobierno y los esfuerzos de los hom<- 
bres amantes de la paz piiblica, se dirijan de preferencia á estos puntos 
que pueden cortar el mal de raiz: 

1.* A moralizar al pueblo é infundirle amor al trabajo ; 

2.® A instruirlo en el arte de leer y escribir y en aq^uéílas ciencias 
que le den á conocer sus derechos y obligaciones como miembro de la 
sociedad, á fin de formar buenos ciudadanos ; '^ 

«3.^ A fomentar, hasta conseguir, la importación de capitales-; 

4:® A promover y protejer el desai*rollo de todo género de industria 
¿til al paTsíy - 

5.®, A abrir caminos, ^^que el movimiento de los carros es Ja vida 
de los pueblos." ^ , 

Teniendo el pueblo ocupación constante y lucrativa, la guerra de- 
saparecerá para siempre^de esta tierra y vendrá la paz con la civilización 
y la riqueza. 

Después de, esta digresión ^ue ño es del todo inconexa & nuestra 
ki^oria, volvamos á nuetra narración. 

Yeámos cómo s^ cumplió el decreto de destierro, puesto que él éon^ 
cierne á nuestro- asunto. 

Apenas fue comunicado á los empleados públicos del &rden admi- 
nistrativo, estos se encargaron de su ejecución, y para ello derramaron 
mil patrullas por la ciudad y por todos los pueblos de la República en 
persecución de los- vencidos que estuviesen ocultos. 

A prima noche de uno de los últimos dias del mes de Enero, en que 
las visitas domiciliarias eran más frecuentes, una patrulla asaltó una casa 
situada en la calle de los Carneros, y cual jauría que levanta pn ciervo 
de su lecho, hizo salir de su escondite á un hombre como de treinta y 
ocho á cuarenta años de" edad, censéfíó y bien formado, que no poco es- 
pantado de los mastines que lo perseguían, saltó la pared de un solar, 
cayó á la calle y echó á correr sin sombrero, porque^se le cayó al saltar 
el muro. * * ' 

La patrulla deseosa dtí que no se le escapara el qne huia (que para 
ella era un animal feroz) se dividió en dos grupos, el uno tornó á la 
puerta por donde todos los soldados habían entrado y el otro salv6 la 
misma pared que había salvado el fugitivo, y siguió al infeliz disparán- 
dole arcabuzasos que por fortuna eran mal dirigidos. 

Quién era el perseguido ? Adelante lo sabréis si es que np lo habéis 
adivinado. 

CAPITULO IX. . ^ 

Si lay cosas en el manda que hacen reir, otras hay que hacen llorar. 

YOL VAMOS atrás cincuenta y peis dias y conduzcamos á nuestros lec- 
tores, si no lo tienen á mal, á una de las casas inár sombrías yjiesapa- 
siblea-donde el alma se aflige profundamente y'el corazón se parte de 
dolor. Para nosotros no hay nada más triste, nada que infunda más melan- 
colía y pesar que la vista áe un hospital fundado y regido por el Gobier- 
no. En él se ve el sufrimiento en relieve ba^o todas sus formas y se oyexi 
todos los gritos y gemidos destemplados del dolor. En'él se respiran los 



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— 294 — 

miasmas más infectos y pestilentes capaces de trastornar él; sentido de la 
persona más fuerte y rigorosa, y en él, íinflJnieutef sé siente desfallecer el 
espíritu á la vista de líkJíuerte desapiadada, la q^ue armada de bu afilada, 
segar sienta siempre el real en el centro délas eiifennerías. El Gobierno 
no podrá jamas fundar ni regir debidaraeute nn establecimiento de 
beneficencia, porque él como eivtidad nioral carece de alnja y cuerpo 

Sen consecuencia de religión y corazón-, fuentes de todo sentimiento 
enévolo. 

£1 hospital de San Juan.de Dios situado en ui>a de las calles cen^ 
trales de la ciudad, es un antiguo y extenso edificio de dos pisos, de- 
bastos patios cubiertos de yerba y d^ anchas galenas formadas de grue- 
sas columnas de piedra labrada á cinceL 

Uña escalera dividida en dos partes, de las cuales la una tiene catorce 

ÍT la otra siete grada» compuestas de largas y macizas piedras á media 
abor, ennégrecidas.por el tiempo^ el uso y la humechid,. conduce del patio 
principal al piso superior, dopde existen los departamentos destinado» 
á los enfermos de distintos 6e:so8, y ademas, un anfiteatro de janatomia ;. 
unas piezas donde habitan las enfermeras; varios cuartos donde estudian 
y asisten los practicantes y otras denendencias^ Este patio de que aca~ 
bamos de hacer mención, es circunoado de elevadas paredes y sin gale- 
ría en el costado Occidental; tiene una grande albevea en el centi-o,.y en 
sus ^gulos unos áriíoles añosos y mustios que le dan un aspecto triste, 
melancólico y severo» Pero si el patio es sombrío y desapasiblé, lo efr 
más aún la enfermería de mujeres, donde vamoB á introducir al lector* 

En una espaciosa sala, con rejas de hierro, á la eallq, situada en el 
ti'amo donde está construida la es^calera ; á lo largo <le sus desnudas pa- 
redes, hay dos hileras de camas paralelas donde en cada una yace una 
enferma exhalando dolorosos gemidos, respií'ando una atmoefera nausea- 
bunda y temiendo la hora postrimera, * en que después de dar la última 
boqueada, sea su cuerpo trasladado al anfiteatro anatómico á servir de 
lüro á los estudiantes ávidos de conocimientos en el arte de curar Ia& 
enfermedades que debilitan y acongojan á la especie humana. 

El 5 de Bimembre como.á las seis de la tarde^se veía al lado de uno 
de esos lechos, sentada en una silla andrajosa y desvencijada á una de las- 
enfermeras del hospital, conversando en voz baja con una enferma jo- 
ven, de rostro pálido y enflaquecido por el dolor, en el cual como en sus- 
£nos modales se entreveía la clase distinguida á (¡fiQ la infeliz había per^ 
tenecido. ' . 

— Parece queusted está mejory verdad? sefloiita Montoy a,. le pre- 
guntó la enfermera. 

— A Dios gracias, la fiebre ha cedido un tanto de ayerá hoy y las- 
heridas empiezan á cicatrizarse, respondió la' joven. 

— Ahora que está-usted restablecida insisto en mi empeño, señopta 
Fresolina. ^ . . 

— En qué empeño t 

— Qué olvidadiza....! No recnei-da que á pocos días de haber 
entrado usted en el hospital le insté que me contara^ cómo siendo una 
señorita de alta alcurnia nabia habido quien alzara la mano contra usted, 
y cómo habiendo tenido tantos bienes de fortuna, según cuentan, ha 
caído en tanta miseria, de verse en la necesidad de v^nir^á ocupai* una 
cama desharapadá en el hospital ?. . . . Sí usted está aliviada de sus heri- 
das, como parece, dígnese referirme la historia de su vida, por la cual 
me siento sumamente interesada. . 



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— 295 — 

—Basta con qne usted se haya conducido conmigo con especial be- 
nevolencia y solicitud desde que entré en el hospital, para aue yo no me 
rehuse á contar á usted cuanto desea saber. Todo, todo, voy a revelárselo. 
Tengo uñ carácter tan franco que en vano Querría ocultarle algo. Escu- 
che usted : Era mi padre un hombi-e -opulento, dueño de las mejores 
casas dé esta ciudad ; de las quintas más pintorescas de sus alrededores 

Ír de las más extensas y fértiles haciendas de la sabana. La vida de él, 
n de mi madre y^ lamia eran una serie de variados goces y placeres. 
Habitábamos una casa que por su magnificencia, lujo y mueblaje seria 
igual, si no superior, aT palacio de cualquier magnate parisiense ; nues- 
tra mesa era suntuosa y rica; en ella se eervian los manjares más delica- 
ílos y exquisitos y los más generosos vinos ; vestíamos de las telas más 
preciosas que venían al país, y mi madre y yo deslumhrábamos con nues- 
tíos adornos de oro y pearería ; en el verano paseábamos en elegantes y 
briosos caballos, y en el inví-erno en coches y qarrosas; concurríamos á los 
festines y las fiestas y vivíamos eu íntimas relaciones con la gente de buen 
tono, con esa gente holgazana y vagamunda de la cual se dice que co-, 
rresponde al mundo elegante, porque pasa síis dias en orgías, saraos y re- * 
gocijos del más retinado orientalismo. 

Sumergido mi padre hasta la coronilla en tantos deleites, llegó el día 
en que fastiiliándose dé ellos (por cuanto á que no hay placeí que á la 
larga no se convierta en pena) dejó la vida que llevaba por otra que 
despertara en su alma, ávida de novedades, nuevos goces. Había enton- 
ces en esta ciudad, como hay hoy, varias casas de juego donde los hom- 
bres de distintas condiciones iban á poner á prueba su fortuna. Mi padre 
devorado por el tedio, buscó en esas casas distracción á ^^ alma repug- 
nada de los deleites, y la encontró, sin duda, una vez que desde que 
entró en ellas se olvidó de cuanto lo rodeaba ; de su esoosa, de su 
hija,, de sus riquezas y ha^ta de su propia existencia. No nabian tras- 
currido seis meses y ya el juego era en él nin vicio dominante que ava- 
sallaba su espíritu. Cada dia arriesgaba en las paradas mayores sumas y 
de este modo su caudal se disminuía rápidamente. Pronto ningún dique 
fué capaz de contenerlo en ba pendiente resbaladiza por donde el torren- 
te impetuoso del vicio lo arrastraba sin cesar. Mi madre le suplicaba 
porfiadanxente'que dejara el juego ; yo se lo rogaba con lágrimas en los 
ojos; ^is amigos se lo aconsejaban ; pero ninguna reflexión obraba en su 
animo, Í¡1 mismo nos decía á mi madre y á mí : " Yo sé que el juego es 
muy pernicioso, que él arruina las familias y empobrece á la sociedad, 
y que ni el deseo de la ganancia puede seducir, puesto que siempre 
€e arriesga una pérdida mayor contra una ganancia menor. Si mi ca- 
pital es de treinta- rail pesos y la apuesta de quince mil ; si pierdo, mis 
bienes se disminuyen en la mitad y si gano solamente ae aumentan en 
nn tercio. Suponiendo la apuesta de treinta mil pesos ; si gano, nii dicha no 
se dobla con la ganancia, y si pierdo queda destruida mi felicidad junto 
con la de mi familia.^' * Yo sé todo esto, nos decía, p^ro no puedo conte- 
nerme, siento que el vicio me arrastra incesantemente á iin abismo de 
desdichas sin que yo pueda oponerle resistencia. 

Avasalladfo mi padre por el maldito, vicio empezó á arruinarse. 
Poco á poco fué venciiendo cuanto tenia : los carruajes, los caballos, las 
casas, las quintas, las haciendas, y de escalón en escalón fuimos descen- 
diendo desde el alto trono de dicha y prosperidad eñ que nos hallába- 

* Beflcxlp0ft5 de un moralista sobré el juego. 



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— 296 — 

moa, hasta ir á caer en el fatigo de la miseria. En poco tiempo, todas la» 
riquezas de mi' padre pasarían á otrüs manos, y él, mi madre y pro nos 
encontramos un dia sin medao algnqo de existencia y suietos á vivir de 
la caridad privada. Por primera vez en el curso de. nuestra vi<f4, nos 
vimos frente á frente de laipobreza ektrema. Xia, magnífica casa donde 
habitábamos se trocó en una humilde cabafia situada en los arrab^le&de 
Egipto ; nuestros suntuosos trajes se convirtieron en andrajosos vestidos ; 
nuestras apetitosas comidas se redujeron auna que otra taza de sopa 
que alguna mano caritativa nos daba á fuerza de importunar : nuestra 
Cama suave y delicada se cambió en un poco de paja seca y los peifa- 
mes que no& embriagaban y dormían, fueron sastituiaos ppr los miasmas 
infectos dé los muladares que circundan siempre la choza del pobre. 

desprovistos de los recuraos necesarios para yívir, era forzoso tra- 
bajar para no morímos de hambre ; pero mis padres no podían ocuparse 
en naaa porque no sabiart ningún oficio, y yo ¿do (jué ^edria servirles 
cuando no me habían educado para las fatigas de la industria, sino para 
una vida regalada y vagamunda?. . . . Mis habilidades se reducían á'di- 
bnjar caras, flores y paisajes al trasluz j á tocar medianamente el piano ; 
á cantar haciéiíllo gorgoritos; á traducir el francés con"dicciona:io; á 
bailar con desemboltura y gracia y á prenderme • á las mif .maravillas 
con ayuda de cámara. Con estos conocimíetos, preciso.es confesarlo, no 
podía procurarme un pan. 

Acosados por el hambre^ mí padre recorría, las puerkas de los pode- 
rosos pidiendo un alimento cualquiera para él y p^ra su familia f pero 
casi siempre se lo negaban con, dureza aquellas mismas personas que 
habian asistido á nuestros banquetes y saraos. Estenuado por la fatiga y • 
el hambre cayó iin dia enfernK>, y entonces oponiendo mí voluntad á la de 
mi madre, que-queria hacer las veces de mí padre^ meexpuséyoalsonrojo 
de pedir limosna . . . •Ah señora! qué amargo es el pan que se come díe la 
candad voluntaria ! . . . . En una casa me decían : perdón^ usted, no hay 
que darle ; en otra, vuelva usted otro dia, hoy no acostumbramos soco- 
rrer vá nadie ; en otra, hoy hemos dado mucha limosna, no hay ya para 
usted, quizá mafíana habrá. Siempre retardando el socorro como si el 
hambre diera espera T - 

— T en esos ricos monasterios 9e raonias no ha hallado usted pro- 
tecQÍoií? le dijo la enfermera como alumbrándole este medio paralo 
venidero. ^ . 

—Los clamores del pobre» regpondió la señorita Fresolina, se estre- 
llan siempre contra' esos muros de piedra; jamas su acento doloroso y 
triste resuena ei;i el empedernido corazón de una monja. Esas mujeres 
son rumbosas ;. pero no caritativas ; ellas obsequian al poderoso con mag- 
níficos regalos y se olvidan de íos .desvalidos que lafiguid^cen de hambre 
á sus puertas, ib siempre había oido decii* que lasínujerés que dejaban 
el bullicio del mundo, por la soledad del claustro, era porque W movía 
nn amor á Dios profunao y sincero, y cuando me he acercado .á ellas á 
pedirles un mendrugo de pan, me he dicho ; anda hipócritas, que ya no 
níe engañarás más; ¿dónde está ese amor á Dios y al prójimo tan aecan- 
tado cuando no socorréis. á vuestros hermanos hambrientos y desnudos ; 
cuando las lágrimas de estos no ablandan vuestro corazón aunque habéis 
oido decfr centenares de veces á los propagadores del Evangelio que sin' 
caridad no hay religión ; aunque ^abeis qu^ esa virtud excelsa es la llave 
que abre las puertas del cielo ? 

Un escritor frances^cuyo nombre no recuerdo ahor^,ha dicho cou mu- 



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- »97 - . ^ 

oharazoD^que na monasterio no es más qué ana tnmba preparada por él 
cristianismo á fin de hacer bi^ar á ella aquellas mujeres desesperadas 
por la burla de nn amante ó por otro infortunio, que creyéndolo irrethe- 
aiable atentarían contra su vida si no encontraran tal muerte cristiana. 
Se^un esto, no es la virtud sino la falta <Ie fe en un porvenir mejor, la 
que arrastra al claustro á esas almas dei^onfíadas. 

Ahora bien; si esas mujere» se desprenden fácilmepte de los senti- 
mientos más nobles y. cristianos ; «i dejan para siempre á sus padres, á 
8U8 hermanos, y á aus amigos ; si el amor filial y jbI fraternal, no es para 
ellas más que una palabra sin seotido, y si se desprenden fácilmente del 
dulce vínculo de la amistad, {podrán los- pobres esperar de ellas com- 
pasión? V ' 

—Evidentemente que no, dijo la enfermera. 

— 1-Ya usted vé que al desdichado se le cierran todas las puertas ? 

r- Verdad es, señorita. - 

— Ay Dios mió! qué sed rae ha dado I dijola jóveti incorporándose. 
~ La enferma se levantó de su asiento, se acerco á una mesa, tomó de 
ella un jarro que contenia una tisana preparada para la enferma, y vol- 
viendo donde ésta le dijo : ^ 

— ^Beba usted, mi querida sefíorita. 

La joven recibió el jarro y después de haberlo apurado basta las 
heces y d^vuéltosejo ¿ la enfermera, le dio las gracias. 

-7-Bien, diio ésta ; poniendo la vasija en su lugar, ahora puede usted 
continuar su historia que es bien interesante. 

, La joven prosiguió : - *. ' 

^-Dije á usted que mi padre habia caído enfermo ; pues bien, la 
enfermedad se le fué agravando lentamente y luego' el pesar de verse en 
la indigencia junto, con las privaciones consiguientes á la miseria lo 
condujeron al sepulcro. Mi madre lo siguió biep pronto al panteón y yo: 
q^iedé desamparada y sola en d centro ae una sociedad que se precia de 
civilizada y cristiana. En tan cruel congoja y desamparo sufrí lo-que no 
es imaginable, hasta que hice conocimiento con una' muchacha costu- 
rera, vecina mia, llamada Felina, quien rae Uevó á su casa, me consoló 
y me enseñó á coser, á bordar y hacer flores de género y de papel. Estos 
oficios pronto empezaron á darme para subsistir. Trabajando diez horas 
diarías Felina y yo, podíamos tivir medianamente sin importunar á ija- 
die, lo cual era una felicidad. Contentas vivíamos cosiendo, bordando y 
haciendo flores, cuando un dia se no& presentó nn cómico á proponernos 

Sué entrásemos en una compañía dramática que acababa deformar, 
fíea sabiamos que siendo cómicas trabaíáriamos monos y cojeriamos 
más dinero; pero como no se nos ociiltaba que en cambio 'sacrificábamos 
liuestra honra, por cuanto á que la esperfencia enseña que el público 
siempre piensa mal de las mujeres que se dedican á entretenerlo y di- 
vertirlo, esta consideración nos determinó á «desechar la propuesta. Más, 
nuestra negativa no fué bastante á hacer desrstíir al cómico dé su intento ; 
él siguió yendo á nuestra casa á instarnos que aceptáramos las plazas 
que nos brindaba en su compañía; pero siempre encontró de_parté nues- 
tra la misma resistencia. Tantas visitas del cómico dieron -ocasión á que 
llegase á tratarnos con tal franqueza é intimidad que cualquiera que lo 
hubiera visJto cerca de Felina y de mí, habría creído que era galán de 
ambas ; pero la verdad es, que no era de ninguna, como va usted á verlo. 
Un dia se presentó delante de las dos y nos di^jo : *'Ven^o hoy no á visitar^ 
las ni'hablarles sobre lo que tanto les he instado, sino á pedirles per- 



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- ~ 298 — 

miso para presentarlos á un joven amigo mió que está ciegamente ena* 
morado de una de ustedes (sin que haya querido decirme -de cual) en 
..térióinos de pretender, de la manera más sería, la mano de la que ha 
elegido su corazón. Es un caballero á quien quizá ustedes conocen, por 
cuanto á que han debido verlo en la esquina inmediata á esta casa, don- 
de se pasa horas enteras mirando para laa ventanas. Es rico, de finos 
modales y de buena educación al parecer. Lo qne sí noiiseguro es, qne 
tenga genio apacible y dócil ni un cai*ácter benigno, ni,ménos garantizo 
su conducta, pues nuestra amistad es resiente y no ne tenido tiempode 
conocerlo á fondo ni de averiguar su vida." 

No bien acabó el cómico de decirnos esto, FeRna y yo nos interro- 
gamos con una mirada sobr'e lo que cada una pensara, y habiéndonois 
entendido, le contestamos ambas : que conocíamos de vista á un joven 
que con frecuencia se paral^ en la esquina inmediata á nuestra casa; 
que ya fuera ól ú otro semejante, quabien podía presentárnoslo cuando 
quisiera. Quedó en que esa misma noche lo llevaría, pues nos dijo qne 
á su amigo le apretaba el deseo de «aber si seria aceptada ó recil^azada 
su propuesta matriní?oniaL 

Apenas se despidió el cómico me dij^o Felina, que no habia duda 
alguna de que ella era la elegida del joven pretendiente, pues que mu- 
chas tardes qne se habia asomado á la ventana, el tal le habia hecho 
senas muy significativas desde la esquina de la calle. A esto kk respondí, 

3ue el susodicho, ó era un grandísimo perillán que pretendía burlarse 
e ambas, ó un hombre muy aficionado á las mujeres y qué estaba ena- 
morado de las dos, por cnanto á qne siempre que ámi me veia me hacia 
mil demostraciones de. amor en ese lenguaje mudo, pero ospresivo de 
los enamorados y que ademas, me hacia ciertas señas con las cuáles me 
daba á entender claramente que deseaba que yo fuera su esposa. Esta 
réplica provocó una disputa tan acalorada entre Felina y yotjue estuvi- 
mos á Plinto dQ. irnos á las raques. Al fin tuvimos el buen juicio de cal- 
marnos y aperar la hora de la presentación para que el mismo preten- 
diente decidiera cuál dé las dos era la preferida. La tarde la pasamos 
eñ el tocadí)r peinándonos, perfumándonos y ataviáúdonos con nuestros 
mejores trajes, y adornos, pues cada una tenía, no esperanza sino eviden- 
cia de ser la predilecta. ^ ' 

Cuando llegó la noche, ima agitación creciente se apoderó de mi 
ánimo, y la emoción llegó á ser tan violenta qaie estuve por esconderme 
en un armario y fenunciar la ocacion que se me brindaba de poder ser mu- 
jer casada. Alas ocho en j>unto oimos dos fuertes golpes en la puerta de la 
calle que resonaron en mi corazón, el cual comenzó á saltarme acelerai- 
damente y 4 crecerm^^ tanto que se dilató hasta el nacimiento de mi 
'garganta, en términos dé impedirme la respiración. En tal estado de 
agitación le dije á Felina que yo no me hallaba con fiíerzas bastantes 
para ir á abrir la puerta, que bien podia ir ella. 

-—" Si tú estas sin fuerzas, me respondió, yo estoy icón una convul- 
sión, cual si vinieran á llevarme al patíbulo ; bien se ve que las dos no 
estamos acostumbradas á estos lances." 

lío bien Babia dicho esto, oimos que los visitadores repetían los 
golpes. No hubo remedio ; tuvimos que ir ambas á abrir el portón. 
Abrimos — . Qué chascó ! ^ quién creé usted que era el pretendiente ? 
Era. ... (estoy segura de que va usted á reírse). . . . era un negro fino ; 
negro como la pez y lustroso como el azabache. 

—Qué pesadilla ! Jesús ! . . . ^' Con que eiTi un negro con tanta jctaf 
dijo la enfermera riéndose. 



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— 299 — 

— ^No, no era nn negro de fisonomía rnlgar, ni de trato áspero j 
gi'osero ; siis fiíccioneB eran finas y perfiladas ; sns modales exanisitos y 
sn educaeion )ade un caballero* Estaba vestida de paño fino y á la última 
moda, y con sombrero, corbata y gnantes negros. 

—lióla t cojí que se presentó perfectamente emperegiladot 

—Como no ; á fin de hacer buen efecto. : . . Pero voy adelante coa 
mi historia. Así como abrimos el portón y le vi al pretendiente la estam-^ 
pa, le dijo á Felina, en el oido, que le cedia mi derecho de muy buena 
voluptad. 

— " Yo lo rehuso, me respondió ella, también en el oido, y te «eda 
el que me corresponde, pues prefleix> tu felicidad á la mia.^ 

Kq bien nos saludamos con los recien llegados, los condujimos á 
nuestro taller, que era la pieza más desente de nuestra casa y los hici- 
mos sentar en un canapesito forrado en zaraza, que era nuestro mejor 
mueble. Felina y yo tomamos asiento cerca una de otra, cada cual en 
una butaca, y esperamos con frialdad á que hablaran^ nuestros vi^ta- 
dores, t , '^ 

^ Inmediatamente el cómico hizo la presentación dé estilo con mucha 
seriedad, cual si estuviera en el escepario representando su papel, y 
en seguida el negro nos manifestó que habiendo conocido á Felina y á 
mí sn^cesivamente, se habia prendado de ambas con un amor tan igual, 
que estaba firmemente persuadido de que no amaba más á una que á otra \ 
que tenia la franqueza de descubrirnos su afecto tal cual lo sentía» pues 
que no abrigaba el menor temor de que ninguna de la» doa se lo -reci- 
biera mal, en cuanto supiéramos la sana intencion.que llevaba, tal era* 
la de solicitar la mano de una ó do otra; que si una sola aceptaba su 
amor, que esa seria su esposa y que si era tan afortunado que se lo 
aceptásemos ambas, que quedaría muy contento con la que le designara 
la suerte. 

Atenta estuve á estas razones de nuestro pretendiente, y miéi^tras 
que decia otras, que no le escuché, me puse á pensar en lo que seria mi 
suerte al casarme con semejante ne^ro. . . . Ay Dios mió ! me decia, que 
no parece sino que estos hijos de Chám han nacido para servirle á los 

blancos, y ser yo sierva de él ? ... . Cuando ! Ahpra, ese olorsillo que 

algunos de ellos tienen, oue el almizcle más penetrante no alcanza á des- 
truir, \ ú este lo lleva, como podría aguantarlo, una persona que como 
yo ha tenido costumbre de aspirar delicados perfumes ? . . . . Oh ; y los hi- 
jos ! que mipos serian. Dios ¿^anto I . . . . qué micos tan horribles y feos ! 

Cuando acabé de pensar en esto, que fué en el momento en que el 

negro dejó la palabra, le dije que por mi parte le agradecía su amor y 

^811 deseo de unirse á mí en matrimonio; pero que yo no podría aceptar 

su propuesta por ciertas razones graves que no debía decirle. Felina le 

hizo igual reproche, y entonces el negro nos dijo con mucha calma. 

— Deseara yo saber si ustedes me desechan por mi color solamente* 
Si esa es la razón, espero que no me la oculten, que yo por ello no me 
reciento ni me enojo. 

— Sí BeOor, ha adivinado usted la causa, le digimos' Felina y yo con 
firmeza. 

— He ! con q^ue he adivinado el motivo, replicó el negro sonriendo- 
se, pues,.á*fe que él es bien fútil ; portante, y siendo mi propuesta ven- 
tajosa, deben ustedes meditarla siquiera un instante. A fin de darles 
tiempo para ello, jne retiro un momento con mi amigo á otro cuarto. 

Diciendo esto cogió una de las luces que había sobre una mesa, to-^ 
mó del brazo al cómico y juntos salieron del obrador. 



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— 300 — - 

No bien pasaron la puerta, la cnrioBÍdad rae movió á segtiírios con 
los ojos y vi eme se entraron en el cuarto destinado al tocador. 

Caando Felina y jo nos vimos solas, nos miramos^ y pensando eü 
el chasco aue nos habíamos llevado, prorumpimos en fuertes carcaja- 
das. AcoraándonoB después, qtie habiamos estado á punta de rompernos 
largara á pnfiadad y de quebrar nuestras relaciones por imprudentes 
celiltos, nos avergonzamos mutuamente. 

Pasado habna un cuarto de hora cuando tornaron al taller el conii- 
co y el pretendiente .... Oh qué* sorpresa 1 . . . . el negro se habia vuelto 
blanco I . . . . Gomo el coUr era postigo y los apretados rizos eran artifi- 
ciales, se habia lavado la cara y qnitádose la peluca, y esto lo habia 
transformado en nn joven de hermosa fisonomía, pues el pretendiente 
^a bien parecido. 

- —Si me despreciaron ustedes porque era negro, nos dijo al entrar, 
creo due ahora me aceptarán viéndome blanco y rosado, ¿no es vendad? 
I puedo temer de ustedes que mé den nuevas calabazas ? 

— ^De ninguna manera, dijo Felina; si desechamos al negro, acep- 
tamos al blanco con el mayor gusto, { no es cierto Fresolina ? 

— Sí, con el mayor gusto, y que desida la suerte, respopdí yo sin 
refleccionar en lo que deoia. 

Apenas dije estas palabras, tomó el joven un continente grave y 
con voz solemne nos dijo á Felina y á mí : 

-—Señoritas : el negro que ha poco propuso & ustedes matrimonio es 
el mismo hombre blanco que ahora les propone, ustedes han desechado 
alnegro, por ser neffroy han aceptado al blanco por su buen color, puesto 
que tan aesconocido les era el negro como les ^ea el blanco. Bien podia 
ser el primero tin caballero dotado de aquellas cualidades y virtudes que 
debe tener el hombre para ser buen marido, y ser él blanco un quídam, de 
carácter violento, de genio áspero, de mala educación y de costumbres 
depravadas que hiciera con todo esto imposible la paz doméstica. Ade- 
mas, el negro bien podía ser un sujeto instruido y de mérito y el blanco 
un ignorante despreciable, ^ sabido es que el nombré no por su color 
sino por sus méritos 6 deméritos levanta a la mujer con quien se case, á 
te altura donde él se halle colocado, 6 la 'baja' al fango donde él esté 
sumido. Si ustedes antipatizaron con el negro por su color, han debido 
tratarlo antes de desecharlo, que no siempre entra el amor por los ojos ; 
ocasiones hay que se introduce por los oidos, y el afecto que engendra el 
buen trato y las demás cualidades morales, es más sólido y duradero que 
el que inspira una butóia cara. Si ustedes han simpatizaao con el joven 
blanco por su buena fisonomía, no por esto han debido aceptar su mano sin 
conocerlo á fondo, que el amor que entra por los ojos no se afianza en el 
corazón sino en virtud de las buenas prendas morales que posea la perso- 
na que ha inspirado esa loca pasión, y ustedes no saben si yo tengo algu- 
nas. Según esto, ustedes han procedido con ligereza en tan grave Munto, 
ligereza que me da motivo para juzgar que ustedes obran atolondrada- 
mente en todos los casos importantes de la vida ; que son poco discretas, 
avisadas y juiciosas, y mujeres con semejantes defectos no pueden ser ja- 
mas buenas esposas. Así, pues, con perdón de ustedes, las desecho á. en- 
trambas. 

Dijo, tomó su sombrero y se marchó con- su acompasante dejando-^ 
nos cabizbajas y, abochornadas. , ~ . - 

^— Qué buena lección la que les dio el fingido pretendiente, le dijo la 
enfermera ; o¡|alá que la aprendieran tantas casquivanas que en achaqne 
de amores dejan de continuo lo bueno por lo bello. ' 



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— 301 — 

La señorita Fresolina prosiguió la historia de sn vida, siir hacer caso 
de la sátira de su interlocQtora* 

— TJn mes después de estos sucesos, continuó, se separó- Felina de 
mi para ir á acompasar en el campo á una tia suya que acababa de en- 
vindar. La noche d^l dia en que se fué mi amiga, estaba yo s'umidf^ en 
la mayor consternación cuando de repente llamaron á la puerta de la 
calle. Al instante me levanté de donde estaba sentada y corrí á abrir, 
creyendo que fuera el cómico, quien hkbia continuado yendo á casa. Al 
dar vuelta á la llave se abrió violentamente la puerta y up hombre en- 
mascarado se lanzó sobre mí. Una lucha obstinada se siguió al ataque, 
durante la cual recibí varias' heridas. Como desde el principio, empezó á 
dar gritos desaforados; á mis voces ocurrieron los vecinos ó impidieron 
qne el bandolero me matara y me robara lo poco que tenia en mi pas^ 

— Cree usted que era un ladrón? le preguntó la enfermera. 

— Si no era ladrón, ^quó podia ser un hombre qne á deshoras entra 
enmascarado en casa ajena y ataca al díiefío de ella ? " , ^ 

\ -—Ha podido ser un raptoVj y sabe Dios si era el cómico ó^el fingido 
pretendiente. ^ 

A estas palabras un ligero sonrosado, signo de pudor y honestidad^ 
coloró las pálidas megillas^de la enferma. 

Efectivamente, ^ enmascarado no era nn ladrón que habia ido á^ ro- 
barse la casa, sino i^n raptor que habia ido a robarse a la dueño de ella. 
Frcsolina bien lo sabia pero se calló por cordnra. Desgraciadamente esr 
tosiataqnes al honor de las mujeres son harto frecuentes en e^ta Bogotá 
centro de la moral y cuna de la civilización de la Kepública, y con per- 
fecto conocimiento juzgamos quo el mal vien^ de la impotencia de la 
ley y de la debilidad de la sanción moral producida par la relajación do 
las coBtumbres.. Debieran inventarse otras penas para prevenir y castigar 
los delitos: contra el bpnpr ; pues sin duda son necesarios remedios nue- 
vos, como dice an afamado publicista, cuando la experiencia ha demos- 
trado la ineficacia de los antiguos. 

Despaes de un momento de silencio la enferma continuó su relación. 

— ^Por desgracia mis salvadores, dijo^no pudieron cojer al raalhe- 
clior, el cual.se escapó por el interior de la casa; pero al instante denun- 
ciaron el dejito ala policía é indicaron el camino queiiábia tomado el 
hombre para que lo persiguiera. * Ignoro si fue aprehendido. . _ 

Tres dios deaptieei del mcesOy el alcalde se presentó en mi Ita^itacion 
y me recibió denuncio jurado del hecho ejecutado en mi persona ; y dos 
méceos que lo acompañaban, examinaron mis heridas y contusiones. 
Q3ino éstos-declararon que eran graves y por otra parte yo le manifesté 
al señor alcalde mi pobreza y desamparo^- él dispiiso incontinente que 
faeraeondhcidaá este establecimiento. ^ • . 

Concluía la sefiorita Fresolina su relación cuando se oyó de repente 
un tumulto producido en la galería' inmediata á la enfermería, y el rígido 
(ie pasos desiguales y bruscos como de personas que condujeran un ob- 
jeto pesado. 

— Qué ruido es ese? preguntó la señorita. ^ 

— Como qne es de gente qué se acerca á la enfermería;. Es sin duda 
que llegan con nna señora enferma que está anunciada. 

— «Con una señora, dice nsted? 

— Sí, con nna señora que estando refugiada en el monasterio de 
Santa Clara en los dosdias del asalto, tuvo. la imprudencia, según cnen-^ 
tan, de éacar ayer la cabeza por una celosía rota, en lo mas reñido del 



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, _ 302 — 

«oiubatc y i'ecibió un balazo en la cara. Como la herida os gra\»e las 
madres luonjas se han apresarado á mandar hi eufeniia al hospital para 
qué la curemos. ^ * 

—Qué desgracia . , . ! Pera dígame : i por <juc' las monjas no'iíacen 
la bíiena obra oe asistirla, teniendo médico, paciencia y recui'sos.. .? Ya 
ve usted que me sobra la razón en lo q«e he dicho de esas santas 
mujeres. 

— Ya lo creo. 
^ — Sabe usted cómo se llama esa señera herida? 

— Se llama Petrarca Rubí. _ ^ 

— Petrarca Rubí! dijo la jíiven con acento de admi^'acion. Esa 
señora era amiga íntima mía y-do mi familia en los dias de nnestra pros- 
peridad; siempre era la primer peiisoná convidada á nuestros festmes, 
pero desdo que caímos en la indigencia nos volteó la espalda y nos negó 
ías relaciones de amistad que á ella nos ligaban, con el propósito (Je no 
aliviar nuestras necesidades. No iMirece sino qne Dios la mide con la 
vara que ella nos midió, haciéndola sufrir el mayor despareció de quie- 
nes tenía der^lio á esperar amparo y' protección .... La ingratitud es un 
crímeii que el cielo castiga con severidad !...,_ 

En este acto se abrió una de las puertas de la enfermería y cuatro 
hombres entraron con unas andas cubiertas con lyiíi sábana. Én ellas iba 
tendida la señora Rubí, cuan larga era. La infeliz estaba devorada TX)r 
una fiebre lenta qne !e embargaba los óentidosy con la cara horrible- 
mente hinchada á consecuencia del golpe de la bala que le había lle^ 
vado de raíz las narices. Los couductoi-es de ía enferma descargaron las 
andas en el st^elo, y entóces dos enfermeras sacaron de Ta camilla á la 
éefioi-a y la traéladarou á uñ lecho que le habían preparado. 

La señora Rubí abrió lentamente, los ojos y vio ese conjunto de es- 
queletos humanos que inmóviles yacían en sus fechos de agonía. Aquel 
cuadro de enfermos rbalzado con las sombras de la muerte y visto por la 
paciente con febriles ojos, tomó proporciones desmesuradaáquele arran- 
caron un grito de espanto. 

— En dónde estoy, Dios mió! dijo cou voz desfalleciente. ^ 

—Está usted en la enfei-mería del monasterio de Santa Ólara, le res- 
pondió una de las enfermeras que había ayudado á conducirla á la cania, 
quien deseaba calmarle la angustia con una mentira. 

— Ah ^ exclamó, que horrible es una enfermería ! . 

Y sus ojos irritados comenzaron á mirar con inquietud aquel espan- 
table depósito de miserias humanas ; la noche empezaba y sus oscuras 
fidmbras extendiéndose lentamente sobro tantas morifeundas, le trajetón 
á la imaginación ideas lúgubfes que le llenaron el alma de ten*or ; pare- 
cíale ver en esas sombras las negí^ moi*tajas con que cubren los 
muertos! 

—Dios mió I exclauvó con débil voz ; j qué espectáculo tan doloroso 
ofrece una sala de enfermos á un alma tierna y sensible ! 

. La luz del dia fué sustituida bien pronto por dos lámparas débiles 
y mortecinas como las vidas de las desventuradas que ágouieabaa en 
aquella inmensa sala. Las horas de esa primera noche fnei*on para Pe- 
trarca, largas y penosas como el dolor que vela. Allí la atormentabajn siú 
cesar, los dolorosos ayes de una enferma ; los hondos gemidos de otra ; las 
últimas palpitaciones vitales de aquella, y l6s suspiros, los sollosos y los 
llantos de una multitud. El aire corrompido por tantos miasmas que 
exhalaban las muertas, las moribundas y entermas de distintos males, 



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— 303 — ' 

le produjo un embotamiento de los sentidos que no la abandono liasta 
que aclaró el dia. A las siete de la maOana entró el médico del hospital, 
aoompaHado de varios de sns discípulos los cnales iban cubiertos por 
delante con petos blancos y con las manos llenas de estuche» de cirugía, 
vendas, hilas, esponjas, fraseos de cloroformo y otras muchas cosas. . . * 
Parecían los tales unos verdaderos precursores de la Muerte ! 

El doctor Cartadolientea (así llamaban los practicantes á sti maestro 
por la afición aue tenia á la cirugía), manifestó, que era tiempo de 
dar principio á la visita, y seguido de numerosos discípulos dio principio 
é ella. 

Después de haber visitado sin detención á varias enfermas' cuyos 
males no pedían ui^ exámea que redundara, en adelanto de la ciencia 
médica ni en provecho de los practicantes, llegó el doctoral lecho de la 
señora Rubí. 

Al ver esta desolada mujer el crecido número de hombres qne la 
iwleaban, comprendió que no. podía estaren la enfermería de (m monas- 
terio, sino en el hospital de San Juan de Dios, y lanzó un grito de deses- 
peración y se cubrió la cabeza con él cobertor de la cama. 

— Vamosl señora, le dijo el^ medico con acritud, descubriéndole brus- 
,camente la cabeza, nada de monadas, nada de melindres. 

La enferma dio' un grato de dolor.... Habíase enredado el nudo 
del vendaje en un roto de la colcha y al halón, el trapo habia sido 
arrancado de la heri^da, estropeándola cruelmente. 

Los qspectadores al ver la risible cara sin narices de la señora 
£Liibf, soltaron una carcajada. . 

— Díantre I exclamó el doctor, nna herida grave ; se ve que las 
riñas menudean en esta tierra más de lo que cualquiera puede ima-' 
gioarse. -'- . - 

>— Se equivoca usted cabaftero, respondió la enferma con voz gan- 
gosa ; yo no soy mujer de dimes y diretes sino nna señora de chapa) de 
seao y formalidad. La herida que ha dado ai traste con mi hermosura, 
me la causó anteayer nn proyectil dirigjdopor mano torpe y sanguinaria 
en el acto en que yo cometía la imprudencia de sacar mi ex hñdafúSi 
por nn ventanillo abierto en los muros de mi caduco monasterio. 

£1 médico se rió del lenguaje afectado de la enfei*ma- y dijo á me- 
dia voz : 

— Parece que delira. 

Luego dirigiéndose á la señora Ilubí le dijo : ^ 

— fSiempre fué en tífía que lo hirieron, porque i qué otra cosa 4B6 
uqa batalla que una riña en grande ?. . . . Pero empezemos nuestro exa- 
men. . . . Que edad tiene usted ? 

La señora Petrarca titubeó para responder. 

— Tendré unos tieinta y dos años, dijo. 

A esto murmuró uno de los practicantes : 

— Ha pasado ya de la primavera de la vida ; no sentirá tanto el 
de8asti:e que ha sufrido. % 

Esta chanza provocó ki risa de los discípulos del doctor Corta- 
dolientes. , 

—Saque usted la Ipngua, le dijo el medicó. 

La enferma hizo mi esfuerz^o y la sacó con harta repugnancia. 

Al ver los estudiante^ aquella cara sin narices con la lengua afuera, 
volvieron a reírse. , ij^ 

La señora Babí sintió qne lo subia de indignación, la sangro al 
rostro. 



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— 304 — 

-Mu¿6treme nstod el pcchoj qiio segnn parece j la hinchazón déla 
cara iú hn bíijíido á él, le dijo eo seguida el doctor. 

— Caballevu ! replicó la infeliz enferma, en prcBencia de tanta gcrntej 
no haró tal cosa» Soy una señora desgraeiada digna por tanto de ser tra- 
tada con la mayor consideración por loa Líjob de ¿koulajno^ de SÓctaiea 

— De Escidapío bien será ; pero de Soeratosy Galileo fwn, le obserrá 
un estudiante ; ú dijera, de Hipucratca y Galeno eetariamos de acuerdo. 

— Pronto I desabotónese ueted la caniiBa, le ordenó íriauíente el 
médico. 

— Soy la viuda del general N*-- qne murió anteayer en la bata- 
Ua^ peleando cquio un Aníbal en las Termopilas. . . , No lia llegado á Bns 
oidús esa nueva? 

~\ La do qno muriera su marido peleando como Aníbal en las Ter- 
óiópiiasí le pregnutó el módico con chocarrería ; no, á fe niia ; pues quién 
poüria venir á decirme semejante adefecio histórico?,,.. Pero sea de 
ello lo qne fuere lo que no admite disputa es, que el valor de su señor 
esposo no tiene relación con cl mal que usted padece. 

Dijo y le metió doa dedos por el cuello de la camisa y do un halón 
hizo saltar los botones y descubrir el peello. 

La seílora se quedó atónita por un instante, y luego llenándose de 
indignación le dijo al módico con ¿bpero acento : 

— Atrevido..,.! ¿con que derecho ultiaja usted á una infeliz 
enferma 3 . -^ 

— SÜcncio ! le contestó el doctor con imperiosa voz, ei usted se re- 
siste á las diaposicíones del reglamento^ la declaro loca y como ¿ tal la 
trato. 

La pobre niujer comprendiendü la desigualdad en la lucha j se re- 
signó y se sometió al examen sin dejar de implorar la conmiseración del 
médico. Pero como el doctor Cortado Hentes era sordo á loa clamores de 
los enfermos, con una frialdad brutal le registró el pecho en presencia 
de auB di&cípulosj se lo tocó en distintas > partes y en seguida hizo un 
prolijo diagnóstico que agradó mucho á los estudiantes. 

La visita continuó y despnes de un ligero examen practicado en 
nna pobre enferma, el doctor dispuso qne se le diera una copiosa aan- 
gría. La mujer se opuso, manifestando que ella sabia por experiencia 
que la sangría le perj udicaba* En vano resistió la infeliz, pues dos estu- 
diantes la sujetaron por fuerza y un practicante poco práctico en san- 
grar, le abrió las venas con torpeza inaudita. Adelante, eligió el doctor> 
otra víctima que varios estudiantes estropearon lastimosamente aguje- 
reándole la piel del estómago para ponerlo un sedal. Más allá encontró 
á una vieja con nn brazo dañado; en el acto mandó á sus discípulos que 
se lo amputaran, aunque creía qne era posible curárselo. Tres practican- 
tes la clor of o r misaron y la operaron rápidamente. 

En el curso de la visita fueron encontradas tres muertas recientes- 
&ie preúiúSü hallazgo dio oiígen á una obstinada lucha entre los practi- 
cantes ; ellos Be disputaron los cadáveres como se disputan los vencedores 
de un combate los despojos del vencido. 

Concluida la visita/el doctor Corfcadolientes se retiró coa su comitiva 
á otra pieza á ordenar los remedios que se debian administrar á cada 
enferma. 

En honor del medico y de sus díscípuloe diremos, qne antes de que 
llegara la nochoj las campanas de San Juan de Dios clamoreabsui por 



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Qoo^Q 



■ — f— ^ . ■ i.^>^- 



— SOS- 
IA muerte de las enfermas que habían sufrido las operaciones quirúrgicas 
ordraadas por el doctor y ejeentadas por los practicantes. ^ 

Ojalá que nnestros hombres públicos, que hasta ahora se han oca- 
paio más en su propio bien qne en el bien general, pensaran menos en 
inventar medios de sacar al pueblo contribuciones sm que las sienta^ j 
pensaran más en aliriar de una manera sensible las dolencias de todo 
género qne padece ese pueblo á quien esquilman sin piedad. *^ 

CAPITULO X- 
teide u n esas id U msiáin iú iékf hay ineesos que haeea reír. 

EL 7 BE Diciembre i las ocho en punto se presentó en la enfermería 
de mujeres el doctor Gortadolientes con su numerosa comitiva. Hizo 
precipitadamente la visita reglamentaria porque, según dijiO^ tenia 
asuntos más serios á que atender, j salió del salón recomendando el eum^ 
plimiento de sus órdenes á su discípulo predilecto. el joven JPedro urde- 
males. Este joven era muy querido de los estudiantes por su genio 
festivo, su talento despejado y su aplicación ; y conocido del puebfo por 
la circunstancia de ser descendiente de aquel truhán :del mismo nomnre 
que se ha inmortalizado por sus travesuras. 

ürdemáles «q eumplimientb de las órdenes de su maesteo» hi^o ^ue 
sus compafleros ejecntiu*an varías operaciones quirúrgicas y en seguida 
se retiró con ellos del hospital. Serian las .diez de la mañana cuando ía 
enfermería y los claustros q^uedaron en el mayor silencio, silencio qne solo 
era interrumpido por gemidos dolorosos, tristes siispiros y frases entre^ 
cortadas de algunas desgraciadas qne presas de acerbos padecimientos, se 
quejaban, ya de sus dolencias, ya de su suerte im^^a que debían en 

Sarte, según decían, al Destino inexorable y en parte á la falta de cañ- 
ad en los caritativos y de humanidad en los humanos que gobernaban 
y dirigían el hospital. 

Al cabo de un rato de ese silencio interrumpido con ayes y gemi- 
dos, se oyeron pasos precipitados como de una persona que anduviera con 
agitación en la g^eria inmediata, y de repente se abrió con violencia 
nna de las puertas de la enfermería y apareció un hombre de semblante 
torvo, vestido de pantalones, verdes, casacon encamado y botas altas; iba 
sembrado de cascabeles de los hombros á los pies ; con la cabeza cubierta 
de una coroza armada sobre una cornamenta de venado, y empuñaba en 
la mano derecha una navaja de afeitar. Este hombre singular avanzó 
dos pasos y blandiendo la cuchilla en todas direcciones dijo : 

— Yo soy médico y sé el oficio como el más pintado De cuan- 
tos os han recetado, ninguno sabe la medicina como yo — Los m^icos 
del hospital os curan vuestros males lentamente ; yo voy á quitar vues- 
tras dolencias al momento : ahora lo veréis. 

* No DOS dirígimoB á nioguD médico ni á niognn praciioAote en especial De la íeeha á 
qué nos referimos no debe deducirse aue hacemos cargo directo á nadie. Ko es nnestro 
ámmo ofrader á persona alguna en particular, ni en este capitulo ni en los demás de la obra ; 
aei, el que se sienta a^viado y levante la yoz quejándose, él es quien se injuria, puesto que 
se declara comprendido entre los censurados y no ea la ezeepoios. 

** La mayor parte de Us i^eas expresadas en este ca pítalo las publicamos siendo estu- 
diantes del Colegio del Rosario el a&o d^ IS^S» eo un periódico nedactiHJo por sne escolares, 
titulado La Juventud, 

20 



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— 306 — 

Dijo f Be püso á paaar y lepaaar la navaja como aiBolácdoIa ^Q nna 
de laa órnelas de sus botaB| cu jo pió terantó á otia alinra con Teniente^ 

De las enferraaB, nnaa ee llenaron de terror al ver ian desu&ada y 
cetrafatarla ligura j prorumpieron en gritos, llamando a San JerénimOf 
creyendo que era el Diablo en pereona que so presentaba por ella», y 
otraa vienao en tome] ante matacbin á un loco eacapado de au jaflla^ se 
apercibioron del peligro inminente en que estaban ms TÍdaa ^ por locnal 
ac sentaron como pudieron en eus lechos y tomaron la resolución de Luir 
en el acto en que el desconocido cometiera el primer desmán- 
De repente el loco (pues un loco era y no el Diablo) se dirigió á 
nna enferma que hacia esfuerzos supremos por incorporarse entre su cama 
y no podia, á causa do un disforme cúta que le caia sobre el vientre y le 
embarazaba la respiración. Con una destreza y prontitud incroibles, el 
hombre levantó un pié y le pisó la cabellera para que no pudiese moTCr 
la cabezBjydeun tajóle QortbH papera mariquiUña^ La paciente lanró 
Rn grito desgarrador en bu agonía y se desinaj'ó. 

— Ya está curada una, dijo el loco, levantando en alto el cot0 en- 
eangrontado* 

Las enfermas al ver la decapitación (que por tal reputaron la opera- 
ción brutal del desjuiciado) y al observar la cabeza ensangrentada que 
el hombre mostraba (que por tal tuvieron el coto) saltaron de sus lechoe 
al suelo, y sacando fuerzas de flaqueza, echaron á de&vandarse por todas 
partes dando aulUdos horrorosos. 

Aquella desordenada deserción era nna verdaflera mojiganga con 
el Diablo en la danza. Unas enfermas coman en cueros vivos, otras en- 
vueltas en sábanas, cuales vestidas de medio cnerpo abajo, cuales de 
medio cuerpo arriba, y todas con la cara tan descompuesta que no pare* 
cia sino que estaban enmascaradas. 

El loco haciendo mil cabriolas, las seguia; pero ya no con ánimo de 
hacerles daño, sino de atemorizarlas. 

— lío huyáis gente encamisada y descamisada, les gritaba, no hu- 
yáis que yo no os dubco sino para curar vuestros males, . . *1 i Cómo es 
que me teméis á mí y no teméis al médico y á los practicantes cuando 
Tienen á medicinaros y á. • . * operaros? No lo comprendo ! 

Las TOCOS del loco producían el efecto contrario, pues mientras más 
llamaba á las mujeres que huian, más corrían en dirección del camino 
que llevaban. De todas las enfermas, solamente unas pocas, cayendo y 
levantando aquí y allí, tomaron por la galería que mira al occidente y las 
demás cogieron en dirección de la escalera, por la cual rodaron con gran 
precipitación. El loco se quedó situado en la grada superior dando tiem- 
po á laa caídas que se leTantaran y siguieran corriendo. 

Mientras que se ponen en pié y cobran fuerzas, Te amos lo qñO ocu- 
rría en otra parte* 

Celebrábanse á la sazón unas honras funerales en la iglesia del 
hospital en sufragio de los que habian muerto en la última batalla de- 
fendiendo la Constitución. El tomplo estaba lleno de mujeres, en tér- 
minos que si ©1 coocurso hubiera sido de hombree, se habría visto eso 
oleaje continuo de cabezas estrellándose, ora contra el cancel déla puerta 
que dá á la calle ; ora contra los ángulos entrantes y salientes de las 
columnas que sostienen los arcos sobre los cuales descansan laa bÓTcdas 
que cubren las pequcHas naves ; ora contra la puerta lateral que dá al 
interior del establecimiento, y ora, en fin contra las paredes y loa altares 
del templo ; pero como ese concurso era en su totalidad de mujeres, uo 



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-907- 

€e percibia agit^on ni movimieii4¡o..opc^l^tQrio ^^Igoxio, einp una g^nie- 
tad y calma sepulcrales. , 

Un sacerdote ocnpata-el palpito. El orador se contíaia á demostrar 
¿ sa atento y silencioso aviditorío (ju? las almas de los que hablan muer- 
to peleMKia en defensa de la legitimidad, estaban eñ el purj^torio 6 en 
el délo, y las de los que habían muerto combatiendo eñ contta, estaban 
eaelinfterno* ., . , . . 

•— " Sí, decía el predicador, ep: el infierno horrible y espaütable 
dpndeá esta hora estarán sufriendo tormentos inauditos inventados ¿or 
Satsmas que tanto go^a con el padecimiento de los condenados. Oh! 
cómo deseo en. este n^omento solemne^ ser inspirado por el Espíritu Santo, 
«orno lo fueron los apóstoles, para haceros una pintura animada del averno, 
trazando al vivo un cnadio capas de infundir en vuestro corazón todo el 
horror ^ue q%2l peiñteúciaria aé castigo eterno inspira. Oh ! q\]¿ ventu- 
roso sena yo,^.Bi Dios me escobera,. aiiQqiie indigno y píbcador, como ins- 
tru^pento de. sus milagros, así corno escogió en otro tiempo á tantos 
varones dignos, para lo mismo, y al son de mía palabras hiciera salir de 
los profundos infiernos á todos los reprobos, acompaGados del ángel 
malo, y los presentara á la vista de mis caros oyentes. , , . Si ahora se 
abriera por un milagro esa puerta lateral y aparecieran los condenados 
agrupados en un cuadro negro y caliginoso, iluminado con llamas 
temblosas y chispeantes pidiendo á gritos misericordia, oe haríais car- 
go de lo que es la mansión de los malos y de loa padecimientos que 
sufren, y solo así viendo el infierno al vivo os derterminaríaiñ á ser- 
vir á Dios Y á obedecer al César. ... sólo así deiariais de rebelaros contra 
las l^es divinas y humanas .... sólo así . . . .^' 

El predicador no pudo cpncluir la oracipn porque al instante, como 
por encantamiento, la puerta lateral se abrió bruscamente y una bandada 
espantable de condenados, al parecer, con Lucifer detras, penetró por 
ella dando alaridos y pidiéildo sóoórro á grandes voces. 

El sacerdote pasmado de tan extraordinario suceso, dio lin grito de 
asombro y cayó exánime entape él pulpito» 

El auditorio en vista de tan mearoso acontecimiento, en presencia 
de semejante aborto del infierno, se levanta apresuradamente y prprumpe 
en voces desaforadas pidiendo misericordia! Él se mueve con violencia^ 
se oprime, se atrepella y trata de huir én confusión. Cual bosque batidé 
por vientos encontrados, se mece á uno y otro lado ; se encorba y cae 

Sor tierra una y otra vez y vuelve á levantarse. Cótt tantos vaivenes y 
esordenados movimientos, vuelve, cierra y comprime las hojas de la 
puerta lateral y las de la puerta del cancel, y. si éste, viejo, carcomido 
y débil no cede al empuje simultáneo de niillares de fuerzas reunidas, 
mueren sin remedio muchas personan oprimidas, apretadas, magulladas 
y molidas unas contra otras. 

Derribado el cancel, las mujeres salen estrechada^ y compactas 
'Cual torrente impetuoso que al romper el dique que lo detiene, se pre- 
cipita formando borbollones espuniosos. En medio del tumulto domi- 
nando los 4es£;reflados tocados y las estropeadas castafías se ve la 
cornamenta del Diablo, quien hace esfuerzos supremos por Salir del 
templo. Ko bien toma la calle, corre dando briucos descomunales, á lo& 
cuales le suenan como roncas campanillas un sinnúmero de cascabeles 
que prendidos tiene en todo el cuerpo, ün centenar de muchachos, ^ue 
como por encantamiento aparecen, lo siguen haciéndole cruces y dicien- 
do á voz en cuello la oración del Sanvto Dios; pero el Diablo se muestra 



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ciego 7 sordo á los sigtios y á la jacnlato^ia de loe cristiaBillos qne I0 
peragaen, pnes no hace manifestación alguna de terror ni espanto. 

En breve el tetnplo se vi6 dáñ desie^o ; tan solo (jnedaron en él, el 
sacerdote medio desmayado dentro del pulpito y nnas pocas reprobas 
qae no hablan sido enroeltas en el torbellino qne habia iarrebatado á la 
calle todas las derotas. 

Cuando se restablecia el orden y el sociego, el clérigo volvía do sn 
kturdimíento. Poco á poco fué levantándose y con precaución sacó la 
cabeza por encima del palpito, se frotó los ojos para ver bien lo que 
hubiera y al columbrar el grupo de algunas almas de las que habían 
invadido el templo, arrimadas eniín ángulo de esté, les dijo con tem- 
blosa voas: 

—En nombré de Dios os pregunto: sois reprobas del infierno 6 
ánimas benditas del purgatorio f . . . . Responded. 

A esta apóstrc^e ün alma de cara abotagada y sin narices, envuelta 
de pies á cabeza en una sábana, avanzó algunos pasos y con ronca y 
gangosa voz le contestó : * ' 

. — ISo somos reprobas del infierno ni ánimas del purgatorio, sino des- 
venturadas enfermas de esa casa que llaman indebiaamente Hospital áe 
Caridad^ dpride im loco más temible que el médico principal, y aunque 
el mismo Satanás, nos perse^úi'a para asesinarnos. Huyendo de ese de- 
monio hemos venido á refugiarnos en la casa de Dios. 

— Oh r exclamé el clérigo, con que no sois ánimas dé la otra vida, 
sino enfermas de este valle de lágrimas ? . . . . Con qué lo que ha pasado 
no ha sido un ffiüagro operado por la Divinidad haciendo venir aelante 
de mí Ips condenados al fuego eterno ? Qué chasco ! qué chasco ! . . . . 

Dijo y se dejó caer en 3 fondo del pulpito con las piernas dobladas. 

GAPITÜLOXI. . 
Complot entre dog truhanes para bnilano ie dos amantes. 

LOS lííOrDENTES que acabamos de referir empeoraron un poco la 
herida de la seápra Bubí, como era natural ; pero merced al mteres 
que en sii curación tomó el practicante Pedro XJrderaáles, pronto 
empezó á calmarle Ja irritación y 4 notarse qiie principiaba el período 
de la cicatrización*, 

¿ Qué motivo tenia tJrdém ál es pai'a interesarse por la salud de la 
enferma ? Él decía que habiá excitado sü compasión hacia ella el hecllo 
de haberla conocido dias antes, hermosa, aleare, sana, rica y bien rela- 
cionada, y verla luego monstruosa, triste^ enferma, pobre y abandonada 
de sus pai'ientes y amigos. 

Cuando la sefíora Kubí se sintió restablecida y eñ aptittld de levan- 
tarse de la cama le rogó á ür^emáles que le consiguiera permiso pai*a 
retirarse de la enfermería á otra pieza aentro del mismo hospital, donde 
pudiera pasar, sin tantas mortificaciones, el tiempo que acaso necesitase 
para completar su curación. 

El practicante le prometió que haría cuanto pudíei^ por satisfacer 
su deseo y le dijo que desdé luego podía contar con que seria trasladada 
á una pieza cómoda y aseada. 

Ai día siguiente la enferma ocupaba uno de los cuartos altos del 
patio que queda al sudeste del patio principal. 



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— B0$ — 

TruBladada la seííora Babia dicha pieza, faé Pedro Urdemáles á 
visitarla. Oaando estuvo frente por frente de ella le preguntó como se- 
guía de la herida. 

— Cada dia mejor, le respondió la enferma. 

— ^Parece que ha sufrido usted mucho, {no es verdad! tomó á pre«- 
gnntarle el joven médico, sentándose en una baifqueta que allí había. 

— Oh I señor, lo que no es imaginable, ni comparable, ni conmen- 
surable, le contestó la bachillera. 

— Sopla diablo 1 exclamó para su savo el practicante ; cómo será 
que no me ha ensartado el creíble, decible, calculable y demad de la 
&mUia? 

— Quisiera yo saber, 7 perdone mi curiosidad, le dijo en seguida, 
por qué razón la han abandonado sus parientes j allegados ! 

— ^Es que no los tengo, sefíor, al menos en está ciudad. Mi madre 
murió va ja para siete meses ; mi marido fué asesinado en el combate 
del 3 de Diciembre y dos hermanos que tengo viven en Bucaramanga. 

•—Amigos no tiene usted i . 

— Quién los tiene en la desgracia ? . . , • Quizá usted no ignora cómo 
me han tratado las monjas, y ha de saber que la Priora y otras sefioras 
notables del convento se me vendian por amigas. 

— Cómo ! y el general M. . . . es también inconsecuente en la amis- 
ta ? He oido decir que es su íntimo .... 

. — Ah ! no, el general M.. .» no es un mal amigo ; si él hubiera po- 
dido me habría socorrido en mi enfermedad. Pero como ifuó de los com- 
batientes del dia 4 debió ser de los muertos, heridos ó pririoneros y por 
ello no ha podido protejerme, dijo la señora con una emoción creciente 
que embarazó sus movimientos é hizo temblar su voz. 

El general M . . . . no es muerto ni fué herido ; es tan solo prisionero, 
dijo el estudiante. 

—De veras ? . . . . loado sea Dios ! . . . . Y sabe usted eü qué cárcel 
ó prisión lo tienen ? 

— En el cuartel de San Buenaventura. 

— Oh ! si pudiera hacerlo sabedor de mi horrible situación, de mi 
cruel infortunio, de mis acerbos dolores. . . • 

— Si usted quiere, yo me encargo de hablarle eñ su nombre. 

— Si me hiciera usted ese servicio esculpiría su nombre en mi cora- 
zón ; pero en tal caso, no le diga usted al general que la bala que me 
hirió, me derribó la ternilla de mi acordonada nariz, pues él no sabe el 
mal que me causó, y al saberlo se apesadumbraría. Es tan sensible ! 

— No hay para qué. Ya le haré al general una pintura d© la des- 
gnicia de usted de modo de excitar su compasión sin disminuir $1 amor 
que le profesa. 

— Cómo sabe usted que el general me ama ? le preguntó lá seííora 
Bnbí visiblemente turbada^ 

— Que c^mo lo sé? Bah I como se saben todos los secretos de lá vida 
de todos. ECay acaso algo oculto eñ el mundo ? 

—Yo no pienso ya en el amor del general. Mi corazón está entre- 

fido hc^ á Dios.^ . . Nada anhelo tanto como meterme á un convento 
orar. 
j-^ la ¿alta, de narices jes la cansa de esos piadosos deseosi bien pue- 
de virar de bordo que en Francia las hacen pintiparadas. 

— ÍjO creo, porque sé que los franceses son sapientísimos; pero aunque 
fií^^ posible acomodarme narices de lo;^ ó de metal que imitaran per 



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jL . ^- ._._^ ^ _ ..:. 



— 310 — 

íectameBtd las uatuxalee, no por esto volveria ú nmár mí rían como 
antea. I-e he cobrado arerBÍon á mi persona y quiero morirme 6 sepul- 
tarme en un monasterio. 

— Muclio apreciaba n&ted sus nances. Las majeree son m\iy extra- 
vagantes en BUS afecto*. Ningiin hombre se echaría i la mnertc por 
semejante friolera. 

— Cómo ! piensa usted qneea cosa inaignificante no tener narices L. 
Los hombres son bien singutareB en biib ideas, , * , Pero por Dios ! no 
hablemos más de mi infortunio que me da horripilación. 

— Sea asíj ya que usted lo quiere. 

— Hablemos de lo que me interesa. Quedamos conirenidoa en que 
Ta usted á visitar al general en mi nombre. No es así ? 

— Confíe usted en mi ofrecimiento. Le he prometido q\ie iré á 
yerlOj y cumpliré mi palabra, lo dijo el practican to levantándose del 
lugar donde se habla sentado, y despidiéndose de la señora Petrarca^ 
con un apretón de mano, 

— Qué me receta í le preguntó la enferma deteniéndola de la punta 
de loe dedof y mirándolo ae hito en hito* 

—Puede usted continuar con el mismo régimen curativo que le he 
prescrito, le respondió Urderaáles. 

El estudiante salió del cuarto. 

Al entrar en el patio principal vióá un condiscíjjnlo suyo que carga- 
do de brazos en la baranda de la galería estaba su mido, al parecer, en 
una profunda distracción. 

Urdemáles lo llamó. 

— ^Hola ! Samuel Garnica, ven acá, le dijo. 

El estudiante se acercó á su compaSero y preguntóle ; 

— Para que me quiere ? 

^^Deseaba verte para proponerte que me auxilies en la ejecución 
de una travesura^ le dijo Pedro deteniéndose. 

*— De esas qne haces todoa los dias y que tanto divierten al Colegia í 

— Precisamentej respondió Urdemáles. 

— VeamoB ciial, dijo Samuel. 

— Conoces a la dama desnarizadaí 

— A la señora Petrarca ?. , , , mucho ^ue jbí, 

— Pues bien, yo sé que esa señora tiene amores viejos con el ge- 
neral M 

—Con el reo de estado que está preso en San Bnenaventara í 

— Con el mismo. 

— Bien, tiene amores la aeSora con el general, y qué í 

*-Que pensando en que se quieren, se me ha metido en la cabezi^ 
hacerlos casar. 

— Difícil es eso estando él preso y ella en el ho&pital* 

—Para mí no hay dificultad eB ; yo venzo Iob mayores obetáculos 
ciando pretendo conseguir algún fin. ¡ Cirántas veces me he propuesto 
domar un loco y someterlo á mi voluntad, que es cuanto hay que decir, 
y á poco de poner por obra mi proyecto he logrado mi intento í 

— Cierto debe ser eso, pues dicen que tú fniste quien disfrazó de 
diablo al loco PimenUl ^1 otro dia y lo mandó á la enfermería de muje- 
res á recetarlas. Pué una feliz ocurrencia, puesto que el tema del loco ea 
la medicina. Hay dias qne es el primer homeópata y diaa que ea tiii 
allópata admirable. 

—Hombre ! ha podido coatarme cara esa travesura^ puea el detao- 



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— 311 ^ 

ttio del loM W 6M& {ortivamente de mi cñáirtó nntf fiárajá d^ áifoitar, 7 
00a dlA lii<o utiA opeiiieíóii tjtie no se hkhU atrevido náeér el doctor 
Cortadolientes apesar de aer mny aficionado & la drogfa. 

-^ttpe que le había cortado de raia ua coto á una mt^e^ y qtie esta 
tío había muerto. 

—Y 81 le habiera hecho la operación nn médico, aegnro e$ que la 
manda al otro mundo. Lo qne es la medicina en todos sifs ramos ! Pero 
volviendo i nliedtra conversación, ja ves que pátátnl no hay ím^oribles. 

— Así es. 

•^Ven i iai cuarto te escrHio el papel qué has do deéémpefiár en el 
aaineto y si dentro de pocod dtas el general M . . . . no etí marido de la 
•eñora retrarca Rubí, to autoriso para que digas qtie no ontiendo jota 
de aduique édpUát^múé. 

Dijo y éoho á andar hombro á hombro con su cdndiscípulO. Proüto 
ll^ai^on al ángulo de la galería, torcieron i la bquierda, anduvieron 
una barte d^ daastro y entraron en un cuarto qué iJtdéináles abrió con 
ana llave que llevaba on la fáltiquera. No bien entraron aé sentaron 
ambos ; Gamioa en un taburete que habia inmediato & H puerta y 
Pedro en una silleta ante un pequeño bufete. Ifiéntrad qt(e aquel se 
cortábalas uñas cuidadosamente con una navaja que sacó del bolsillo, 
éate tom6 «n pedazo de pa^el y se puso i escribir- Bipiéamente traeo 
algunos rengioaes y ée losí presentó i Samuel párá que los leyera. 

«^Be imí lo que tíenes que hacer, le dijo : desempe&a osé papel oon 
habilidad y ros^va y tendremos t^ra reimos muchos días. 

Gamiea leyó el papel y respondió : 

'«^Nada mas £ácü^ conna esarúL 

Dgo y se retíró. 

Yeinaonataro horas déspué» de este complot sé paseaba el mismo 
escolar en el claustro de la enfermería con varios oondiseípuloS, estu- 
diando la oonferen^ del día, cuando de repeiíte coronó la escalera una 
beata de las mereédes, do semblante compun^do y mogigáto. Los estu- 
diantes al ver la mujer se detuvferoa y Samuel te preguntó qué se lo 
ofreeia ea aquel lugar. 

•^ Vengo, dijo día, á hablar de nn asunto interesante con la señora 
Petrarca BubL No rae hará udted ol servicio, por amor de Dios, de 
decirme en dónde está para verla ? 

*-6igttue úisited, le respondió él praoticante, qne yo la conduciré á 
la pieaea que ella habita. 

Qarnleá se seiMÓ de sus condiscípulos y guió & la desconocida 
hasta la paed» del cuarto donde estaba la viuda dú capiten K . . . . 

A la aaxon se haHaba la enferma sentada On una butaca con la cara 
entre las aiaaoe pendando^en au triste situación^ 

-^Mi «€dtota, le dijo el prttoticánte defide d juicio de ta puerta, esta 
buena aiu|ar quo me acompaii^, desea hablar con usted ^óbre no se qué 
asunto que í usted le interesa. 

La eüfiorma á láé priníeraa palabh» do Saihuol al2ó lá cabeza y 
fijando su mirada alternativamente en el escolar y en la beata le dijo a 
esta, no bieidíjó de hablar CFarhicá^ ^ 

— ^Puede usted entrar y tomar asiento, seftora. 

lia desoonodda'saltidó i la viada, euM y se sentór 

-rCoB ^mÍM de uitedes toe retiro, <B}o el estudiante. 

•^SuegoA usted* qtié bé d^nga un- momento, si no le os molesto, 
le dijo la beata, y me acOttipaiSa á mi re¿f^. 



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— M2 — 

—May bien, Wd^osperaré respondió Samuel cargándose contra la 
jamba de ta puerta, abriendo un Ubro.que Uevabii depajp de ^uu brazo 
y poniéndose á leer mentaloaente. 

— Yeo^Q donde usted á dos cosas, le düo la beata á la señora Pe- 
trarca, á cnmplir con la obra de caridad de visitarla 7 á traerüe uust 
buena noticia. • , 

—Gracias, v cuál es la buena, nueva í 

— £La de sabery señora, que el señor capitao, marido que fué de 
usted.... 

—^£1 señor general, diga usted cuando tenga que nombrar á mi di- 
funto esposo^ pues fiíé ascendido á ese grado eminente 7 brUlante por 
el Gobierno provii^rÍQ.. v 

— Bien, sabrá usted que el señor general, ((|ue en paz desowse) em 
intima amigo mío 7 que en atención a esa amistad y al buen coacepto 
que de mi probidad 7 honradez Labia formado, xae escogió «Mre isus 
numerosos amigos, no ha muchos dias, para depositarla de una gran suma 
de dinero aue se vela precisadoá ocultar durante el asalto de la ciudad. En 
esta virtua, en la mañana del día 3 del actual se presentó en mi casa 
acompañado de un mozo de cordel que iba cargado ^e un coíre lleno 
de onzas de oro, 7 me dijo : 

— '^ Amiga núa, guárdeme usted este dinero. Si lalgo ton vida de 
la batalla que va á librarse ho7, acá vendré por él, 7 si me fuataren, 
entregúeselo usted á mi espoaa que está ocQUa^en Santa Olara." Como 
el señor general pereció en el combate, esta desgracia nae causó un pesar 
tan grande que no tuve ánimo para salir á la calle ¿ buscar á usted 
hasta el dia 8. Serian las diez de la ma^^a de ése dia, c^ando^ salí de 
easa en dirección del monasterio, 7 así como llegué á él averigüé por su 

Íaradero á la monja tornera 7 esta me di|o que usted había muerto de un 
alazo que habia recibido en la cara el dia 4, al asomarse á la caUe por 
una celosía rota. Muertos ambos, 70 sabia que el depósito le pertenecía 
á sus parientes más cercanos ; pero como no conocía á ninguno, comtuUé 
con un abogado lo que debía nacer^ 7 este me aconsejó aue depositara él 
cofre en el Juzgado 1." del circuito, empleando para ello las formalidades 
de la ley. Así k> hice. Demnes he sabido que usted vivía 7 que estaba 
enferma aquí en el hospital 7 al instante me he venido á dañe cuenta 
de cuanto le he referido. 

— ^Gracias, señora, le dijo Petrarca :notablemen te eonmovi<^por la 
buena acción de la beata, 7 por el cambio de suerte que esa acción le 
ocasiona^ba ; es usted un ser raro, prodigioso, extra<»raÍDario ; un fenó- 
meno de probidad, integridad 7 honradez. Tan-sipgular he<^o, tan buen 

proc^er, no^se quedara sin su galardón • Pero no sé qmea es usted 

y es necesario que 70 sepa su, ncxnbre para publicarlo ea toátíA part^; 
para hacerlo conocer en la China^ en la Indc^Ghina 7 ea la. Qocninchi- 
na ; en Pekín, Tonkín 7 Kankíu^ en Catalina 7 Tolosa 7 para gravarlo 
eternamente en mí memoria. , 

—Yo S07 Custodia Sogiwra de.Cofre%; servidora de usted y de la 
Víi^en María, de quien 607 numiíde esclava. 

— Oh ! sí usted no fuera ío que svinonibre di^, perdido* estaba él 
oro que me dejó mi esposo» ' 

r-Si por desgracia el señor general bus(» á un t^al cmtíf»io paca qne 
le guarde el dinero, seguro es que usted no jfojKAeei» él jamas ..^ Hay 
personas de tan mala conducta que no ae les hace escrúpulo de concien- 
cia quedarse con lo ajeno. Tal ^ui^do K^,»,f.> primero ^ sadracleá de mi 
alma que la conveniencia de mi cuerpo* 



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1 t 



— 313 — 

— Una cosa no me pnedo explicar, dijo la enferma, y es de dónde 
«acó ese dinero mi mariq^.i / O . ; *^ 

—Yo sí me la explico, dijo Samuel, que hacia rato estaba atento á 
la conversacíwi* CpmP:©^,^e^eral est^ViO ae..,¿&i¿^ 
hasta el dia del combate, es seguro que el dinero C[ue dio á guardar á la 
señora Custodia era del erario del Gobierno provisorio y del que él dis- 
ponía para Iíe^ jtnahtitetícíon de las tropas. * ; 

— Eso no- puede ser, replicó lá viuda, pues mi marfdo era' él bríj en 
el crisol, y sí ése dinero nb nubiera sido de él, no habría dispuesto que 
me lo entregara áthí la ^señora, si él lle^ba( á morir? Como el general 
era jugador, es indiida%le que alguna not^e- le ligó la suerte, y de ahí 
viene el cofre- de onzas/ '! '. 

-^BilBíi pufeáeséí eso, dijo; Samuel: ' « 

— Nb sé q^úe haga, cSjólt enferma páfti' reclamar ese dinero; si 
usted señor práféticante éé encargara de esa dilíjencia, yo le pagaría muy 
bien los pasos eme diera. . *' 

— Bi^n quisiera^ haéerie ese servidlo,' pero no entiendo Jota de 
abogacía.'- :-•-'■.■••-•■'■ • ' * . •■.-'' 

— Eso ribirhporfe ; si está usted én buena disposición' de servirme, 
puede hacerme la diligeném como si supiera el berecho, consultando 
con un íurisperito. ' *' . 

— Qi es'mie usted no tíérie confianza de otro individuo y quiere !que 
sea yo quien haya de reclamar el cofre, puede contar conmigo, que bus- 
canuo como na he de 'encontrar. Espíritu Santo qué me ilumine. 

—Contenido; e