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Full text of "La vida en los bosques Sud-americanos: Viaje al Oriente de Bolivia"

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sA5i\-i-2_ 



Sarbanti CoUege Hibcarg 




THE FUND OF 

Mrs. HARRIET J. G. DENNY 

OF BOSTON 

Gilt of 95000 fram the children of Mrs. Denny, 
at hei request, " for the pocchase of books for the 
public libiuy of the College." 




I 



o 



LA VI DA 



EN LOS 



BASQUES SUD-AMERICimOS 



VIAJE AL ORIENTE DE BOLIVIA 



FOR 



J^ilificrfo dc ©livcira Gc^aij 




CASA EDITORA 



fmprenta, Litografia y Eneuadernacion de Jacobo Peuser 

LA PLATA 



BUENOS AIRES 
Etquina Sao Martin y Cangallo 



Boulev. Independencia esq. ^8 



ROSARIO 

689-Calle Cordoba— 685 

1891 



s^s»lv^. L 







/^jyvv/V^-^ix '>jkc^v-A^ 






INDICE DE LAS MATERIAS 



Pacikas. 

capItulo I 

SuHAKio. — Pr61ogo. — Partlda de Buenos Aires. — £1 campamento en Chamaco- 
cos. — Reconoclmientos inmedlatos. — Nos sorprenden los salvajes.— La 
sed. — Se resuelve formar dos expediclones. — Visita qae nos hacen los 
Chamacoros.— Ejercicios al bianco y de nataclon. — Muerte de un yaca- 
r6 por el hijo del cacique. — La chaquetilla turca. — A bordo del vapor 
** Rio Apa." — Curumbd y la fiesta de San Juan 3 



CAPfTULO II 

SuMABio. — £1 Campamento en Piedra Blanca.- Pusllamiento detres negros de- 
sertores. — £n vlaje. — £1 rio Tucabaca. — La canoa. — A cien metros de 
altura. — Batalla con los salvajes en los campos de ** La Florida *\ — 
Prdcticas A seguir entre los indlos chiquitanos 30 



CAPfTULO III 

SuMAsio. — Santiago de Chlquitos. — Los caciques Maimor^ y Taji-hualpa. — Me 
exijen que elija compafiera. — Concurso de doscientas bellezas indias. — 
Carolina Frias. — Casamiento chiquitano y danzas primltivas. — La hlsto- 
ria de mi elegida. — Recuerdos de la infancia. — £strofas de Carolina. — 
Inti-huaad 47 



CAPfTULO IV 

♦ 
SmAsio.— La caza de antas. — La gruta de los murci^lagos. — Tradiciou In- 
dia.— Termina la caceria.— La tribu Guarafioca y la Tupa.— Pricticas 
religiosas.— Los bafios y el espejo. — Estaba cautivo 69 



IV iNDICB DB LAS MATBRIAS 



CAPfTULO V 

SuMARio. — Volvemos al Chaco. -Taji-hualpa me acompafia. — El pueblo en 
fiestas de despedida. — Campamento en el Bosques delos Tamarindos. — 
Cara-huasi nps dd lecciones de geografla. — La transmigraclon . de los 
espfritus. — La pesca con hamacas. — Cacerfa en marcha. — Las ranasdel 
Pozo del Tigre. — C^ra-huasi y los Guards. — Las suaves caricias de la 
Aurora. — Manteo A los zorrosy comodebe cazarseal vuelo. — El rastro 
de una tribu. — El parlamento. — El aduar de los Toboroches. — Noticias 
de nuestros companeros. . .' 84 



CAPfTULO VI 

SuMARio. — Peripecias porque pasa la expedicion Minchin. — Mister Fiddes y 
Morisset.— Los correos Indios. — Collas ladrones. — El geroglffico de los 
pies izquierdos. — La choza de Cara-huasi y Tobalt^.— El tigre que 
pesca. — Onzal Onzal — Fiddes y el cocinero asistldos en una enfermedad 
por el sistema indfgena. — Pesca con narc6tico.— La perra y la mona.-^ 
La trampa de flechas.— Malmellan. — Visita del cura-medico. - Blanqueo 
del Templo.— Slmulacro de combate-^Triste despedida.— La cascada 
de Soutos.-Fln 121 



Buenos Aires, Agosto 1890. 



Senor doctor don Eduardo L. Holmberg. 



Mi disting^ido amigo : 

listed me habia dicho en varias ocasiones que escribiese 
mi viaje por el Chaco boliviano. Es complice de mi conato. 
Ahf va escrito el viaje. Deje por mi cuenta la parte de res- 
ponsabilidad que usted tiene en mi atropello a la literatura. 
Tengo mi compensacion en el petardo de hacerle leer este 
protocolo. 

Como han desaparecido el gaucho de la campaiia y el inr 

dio de la Pampa, va a desaparecer manana el habitante de 
las selvas del Chaco. 

Puede Uegar un dia, no lejano, en que sean interesantes 
estos rasgos de la vida primitiva en las selvas mediterraneas 
de Sud- America. Mis cuadros son tomados del natural: no 
bien pintados indudablemente; pero el sabor de la verdad 
disculpara un tanto las faltas de redaccion. De todos modos, 
esto no es pretensioso; he tratado de invertir un tiempo 
no ocupado, haciendo frente a un trabajo superior a mis 
fuerzas. 



Narro costumbres que despiertan curiosidad en todas 
partes, porque la humanidad esta lejos aiin de sospechar 
que no ha eliminado de las circunvoluciones de su cerebro 
las primordiales tendencias del hombre primitive. 

Permitame, pues, ofrecerle este tribute de amistad, que, 
sin su estimulo, no habria servido sino como uno de tantos 
temas de conversacion. 

Su afmo., 

FiLIBERTO DE OlIVEIRA CeZAR. 



Buenos Aires, Agosto de 1890. 



Senor don Ftliberto de Oliveira Cezar. 



Caro amigo: 

{Diez aftos? si; mas 6 menos. Llegaba usted del Chaco 

boliviano, que acababa de cru^ar, y me referia, viajando 

ambos en direccion al Tigre, lo que este libro contiene. Su 

narracion era tan fresca, tan ingenua, tan de muchacho tra- 

VieSO (era usted muy muchacho entonces, hasta creo que hlzo ese vlaje ctlebre, 
sin permlso de sumama— y era travieso), que nO pude menOS de arran- 

carle elcompromiso de escribirla tarde 6 temprano. 

jQue joya, mi amigo! 

Me parece que usted ha mentido a veces con todo el des- 
caro de un individuo que se abroga infulas de responsabili- 
dad cientifica, porque solo los sabios que creen serlo pueden 
mentir asi; pero usted no es sabio, porque ha cruzado el 
Chaco sin termometro que le de una temperatura media de 
45 grados a las siete de la maiiana; usted no seiiala una ve- 
getacion riberena de " Conifera$ entre las que predominan 
las solaneas;" usted no ha hallado Amonilas vivas. ^Como ha 
de ser usted sabio si no es capaz de decir todas estas burra- 
das en un informe oficial? 

Usted no ha tenido instrumentos gonometricos que le den 
23 grados, 5 minutos, 7 segundos y 6 pulgadas a la sombra. 



V 



Pero en cambio, ha escrito usted un libro delicioso. 

He dicho antes que me parece. 

Dejelo como esta. No lo toque. No deje manosear el ma- 
nuscrito por los hombres de ciencia. EUos le van a suprimir 
todo lo bueno, y le van a dejar todo lo malo. ^Sabe por qiie? 
Porque todo lo malo de su libro es cientifico, 6 todo lo cien- 
tifico es malo, y lo bueno, no es cientifico, pero es bueno. 

^Cual es el hombre de mas talento de la Repiiblica Argen- 
tina? {Si? Pues bien, bajo mi palabra de caballero, le 

aseguro que ese individuo que usted nombra mentalmente 
leera su libro "de unasentada," y durante variosdias se ocu- 
para de el. Andando el tiempo, olvidara a Carolina y a Inti- 
huasi, pero Filiberto, para el, y desde entonces, habra deja- 
do refranes y pasara a ocupar un lugar distinguido entre 
los humoristas Americanos. 

Un amigo mio, tan amigo como aficionado a los achaques 
electorates, trabajaba en cierta ocasion por no se que alcalde. 
— " Vea, don Felix, le dijo un sicario, usted va mal; usted 
anda mal; usted quiere trabajar a la inglesa; dejenos a noso- 

tros hacer elecciones a la criolla" y gano y ga- 

naron. 

En la literatura Americana, su libro crioUo no tiene prece- 
dente. Guarde el molde. 

Gracias. Muchas gracias. Mil gracias. 

Si volviese yo a escribir un libro de viaje, quisiera que us- 
ted fuese mi padrino. 

Hasta el otro. Adios. 

Eduardo Ladislao Holmberg. 



T7"IID 



EN LOS 



BOSQUES SUD-AMERICANOS 



(VIAJE POR EL ORIENTE DE BOLIVIA) 



.-J2 ±2^^f$^±. s^;».2^(?^.. .^^ im)9^ ■■ c^-g^!)^-..j2— .:^.L.>gXg^:i^> 




ilititllitilititiiilitililililitililiriiiiMiiiiiiitii witiiiiiiiiiiiiiii iiiiiiiiii iiitiiiiii iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiw 






I 



SuMARio: Pr61ogo. — Partida de Buenos Aires. — EI campamento en Chamacocos. — 
Reconocimientos inmediatos. — Nos sorprenden los salvajes. — La sed. — Se 
resuelve formar dos expediciones. — Visita que nos hacen los indios Cha- 
macocos. — Ejercicios al bianco y de natacion. — Muerte de un yacare por 
el hijo del cacique. — La chaquetilla turca. — Abordo del vapor "Rio Apa." 
— Curumbd y la fiesta de San Juan. 




ENiA yo veinte afios y muy poco dinero. Las juveniles ilusiones 
aleteaban en mi mente alegres y bulliciosas como aves de 
alas azules al suave calor de un sol primaveral. 

Mi existencia corria al amparo de estas impresiones en medio de 
nuestra sociedad porteiia. El desierto, la vida salvaje y errante, y 
«1 contacto directo con la Naturaleza, tenian para mi irresistibles 
atractivos. 

Soiiaba muchas veces con las legendarias acciones de guerra de 
nuestros heroicos antepasados, proclamando las masas populates, 
•escalaba los Andes, libraba batallas contra las hordas de salvajes, y 
vencedor de imaginarias lides, rendia a los pies de una mujer her- 
mosa los frescos lauros de tan brillantes hechos. 



LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD-AMERICANOS 



PARTIDA DE BUENOS AIRES 

ft 

Ijl clarin de la guerra habia sonado en el Pacifico el ano 187....; 
y se presentaba el momento de correr al campo de la accion. 

Una empresa comercial se preocupaba de encontrar una senda 
que, a traves del inmenso Chaco, comunicara los puertos del Alto 
Paraguay con el Oriente de Bolivia. 

Organizose en Buenos Aires una expedicion cientifico-militar que 
debia remontar los rios y explorar los desiertos de Otuquis y Chi- 
quitos, buscando los vestigios de las antiguas sendas que en tiempo 
de la conquista espanola y de la dominacion jesuitica Servian para 
cotnunicar las reducciones de los salvajes, con los pueblos del lito- 
ral y del antiguo Imperio de los Incas. 

Habia que evitar, en las largas travesias por entre bosques secu- 
lares y sin Umite, los rigurosos calores del Verano y con este mo- 
tivo la expedicion partio de Buenos Aires en Marzo, debiendo 
complementar, en la Asuncion del Paraguay, el personal de obreros 
y hombres practicos de la vida del desierto. 

Salimos del Riachuelo de Barracas en una de esas tardes diafa- 
nas de suave coloracion rosada que nos recordaria el golfo de Na- 
poles, si las costas estuviesen limitadas por pintorescas faldas. — 
Ibamos en el vapor ''Gualeguay" fletado expresamente para nues- 
tro servicio. 

Pronto abandonamos las angosturas del riacho y nos lanzamos 
a la planicie quieta del Plata, dejando en la ribera un grupo de pa- 
rientes y amigos que nos saludaban sacudiendo en el aire los pa- 
nuelos. 

Nos dirigiamos al Delta para internarnos al corazon de la Ame- 
rica, remontando el Parana. 

Veiamos perderse, en la ceja verde del horizonte, la querida ciu- 
dad de Buenos Aires, donde dejabamos tan multiples afectos. 

La bruma de la tarde fundio a lo lejos todo aquel cuadro que 
aun cuando se desvanecia a nuestros ojos, confundiendose en una 
extensa linea, quedaba grabado en nuestro recuerdo con los inde- 
lebles tintes del carino. 



PARTIDA DE BUENOS AIRES 



El Plata, mientras tanto, crecia a nuestro alrededor, alterado en 
su majestuosa quietud por la helice buUiciosa de nuestra nave. — 
Cuando la costa se perdio de vista, las gaviotas de vuelo capri- 
choso parecian las ultimas mensajeras que nos traian el postrer 
adios de las orillas, batiendo sus alas sobre las ondas argentadas. 

En medio de tanta majestad habia que recordar las inspiradas 
estrofas de Echeverria, el luciente astro de nuestra literatura en 
sus primeros pasos: 

** Salve, oh Plata! en tu presencia 
Multiplicarse ya slento, 
Sublimarse mi existencia 
Lo que hay de humanal en ml; 
Y ora quietaf\'or'a iracCinda 
Se muestra hirviendo la vida 
Rebosar en m( fecunda, 
C.omo rebosa ahora en tf. 

Nuestro rio, que mas bien podria Uamarse como le llamo Solis 
tiene su fisonomia propia y su faz tan expresiva y simpatica como 
la de la mujer querida. En aquella tarde, era para mi de dulce 
despedida. 

La noche nos envolvio al entrar en las aguas del Uruguay y cru- 
zar los canales que limitan las islas para caer mas tardie al Pa- 
rana. 

Y ya que hemos recordado a Echeverria en sus estrofas al Plata, 
;por que no valernos, ahora que vamos a entrar al Parana, para 
rentontarlo hasta el Paraguay, de aquellbs conocidos versosde Do- 
minguez, dulces, descriptivos y pintorescos, que nos exoneran de 
hablar en monotona prosa de las sublimes obras de la Natura- 
leza? 

De las entrafias de America, 
Dos raudales se desatan 
£1 Parand faz de perlas, 
El Urug^uay faz de nacar; 
Los dos entre bosques corren 
Y entre floridas barrancas^ 
Como dos grandes espejos, 
Entre marcos de esmeralda. 
Saliidanlos a su paso 



LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD-AMBRICANOS 



La melancolica pava; 
El picaflor y el jilguero, 
El zorzal y la torcaza; 
Como ante reyes se inclinan 
Ante ellos ceibos y palmas, 

Y le arrojan flor del aire, 
Aroma y flor de naranja, 

Luegfo en el Guasii se encuentran, 

Y mezclando alH sus aguas, 
Juntando ndcar y perlas, 
En el Plata se derraman. 



r 

A los ocho dias de navegar, siguiendo las margenes del Parana^ 
Uegabamos a la ciudad de Corrientes, que esta situada sobre la 
orilla izquierda y es una de las mas antiguas capitales de pro- 
vincia. 

Por la margen derecha contemplabamos los interminables bos- 
ques del Chaco Argentino, que no es mas que la prolongacion ha- 
cia el Sur de las extensas zonas del Chaco boliviano, que va a 
servir de campo a nuestras expediciones y correrias. 

En Corrientes permanecimos el tiempo necesario para levantar 
carbon, aburrimos y renovar las provisiones. 

Elsenor Francisco J. Bravo, principal empresario de los traba- 
jos y estudios de caminos que debiamos practicar en Otuquis y 
ChiquitoSy se encontraba tambien entre nosotros. 

En mi caracter de Secretario de la Comision exploradora, no 
podia ser extra^no a los percances de la vida azarosa de las selvas. 
Era precisamente esa serie de aventuras que debian desenvolverse 
en tomo nuestro, lo que me seducia y Uevaba en aquel grupo de 
ingenieros, exploradores y soldados. 

El elemento extranjero, Franceses, ingleses y espanoles, predo- 
minaba entre nuestros hombres y fue contratado, por nuestro dis- 
tinguido principal, un grupo de peones correntinos, que seguirian 
el viaje a nuestras ordenes, en su caracter de practicos. 

A los seis dias de levantar el ancla en el puerto de Corrientes^ 
fondeabamos en la Asuncion, Capital de la Republica del Para- 
guay. 

Como viajabamos con rumbo hacia el Norte, aproximandonos 
cada vez mas al Ecuador, notabamos que el Iiivierno se hacia mas 



PARTIDA DB BUBNOS AIRBS 



benigno, encontrandonos a aquella altura con la temperatura de 
una agradable Primavera. 

La comision exploradora bajo en corporacion y visito en su des- 
pacho al seiior Presidente de la Republica. 

Nuestros trajes no eran en'aquella ceremonia los que correspon- 
den a una embajada diplomatica, sino los que debian servirnos para 
las penosas travesias que ibamos a emprender. 

El territorio por recorrer se encontraba en aquel momento en 
litigio entre el Paraguay y la Republica de Bolivia; pero un tra- 
tado especial entre los dos gobiernos, celebrado por el Ministro 
sefior Quijarro y con la intervencion del senor Bravo, nos permitia 
practicar los estudios y reconocimientos, en el caracter de expe- 
dicion armada. 

En tres 6 cuatro dias pudimos complementar el grupo de gente 
de tropa, Uegando al niimero de treinta hombres, que quedaron al 
mando del capitan Perez, ex-oficial del ejercito argentino. 

Veinte bueyes y otras tantas mulas fueron embarcados, como asi 
mismo machetes, hachas de desmonte y otras herramientas y ar- 
neses que satisfarian suficientemente las exigencias de la travesia. 

Al abandonar la Asuncion, remontamos el Alto Paraguay, cuyas 
margenes cada vez mas escarpadas, recobraban el aspecto pinto- 
resco y agreste de las selvas virgenes en la zona torrida. 

En las costas los Yacares^ cocodrilos 6 cairaanes, los tucanos, 
y los pequenos monos, nos Servian de objetivo para ensayar las 
armas. De cuando en cuando sorprendiamos algunos salvajes, que 
presurosos y asustados por la proximidad del vapor, remaban 
vigorosamente en su canoa de un palo, para ocultarse en el re- 
codo de algun riacho 6 entre el juncal de la ribera. 



8 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD-AMERICANOS 



EL CAMPAMENTO EN CHAMACOCOS 



L-os pilotos de la navegacion 6 baqueanps del rio, nos anuncia- 
ron una tarde la proximidad en que nos encontrabamos del ba- 
rranco de los Chamacocos^ situado en el 19*^ paralelo. Este paraje 
lleva ese nombre a causa de llamarse Chamacocos los indtos de la 
tribu que habita el territorio inmediato y esta situado sobre la mar- 
gen derecha del rio, en el territorio en litigio de que hemos habla- 
do antes. 

El desembarque del grupo expedicionario en un punto mas 6 
menos centrico del Continente y de la dominacion salvaje, pudo 
efectuarse con felicidad sin ninguna clase de hostilidades por parte 
de los soberanos del suelo. El personal militar establecio el servi- 
cio de guardia, que debia ser doblado en las horas de la noche. 

Las blusas de lona cruda que preservan de las espinas en los 
enmaranados bosques, las luengas botas, las espadas relucientes, 
las tiendas de campana, las armas en pabellon y las oscilantes ha- 
macas suspendidas de un trcnco a otro de los grandes arboles, pre- 
sentaban un cuadro lleno de vida y movimiento. 

La carpa de la comision exploradora se armo en el centro del 
pequefio campamento y alii fueron instalados nuestros pertrechos 
particulares, armas, instrumentos y hamacas. El ingeniero principal 
de la expedicion, senor John B. Minchin, el segundo don Juan Morel, 
el capitan de infanteria senor Perez y el secretario de la comision, ' 
autor de estas lineas, eran los ocupantes de aquel sitio de prefe- 
rencia. 

EI techo que cubria las hamacas de la gente de tropa era el ver- 
de foUaje de lo: arboles, mucho mas agradable y comodo que el 
nuestro, en mi concepto, pues permitia a cualquier hora, sin recibir 
directamente los rayos solares, la contemplacion de una naturaleza 
exuberante. 

De lo alto de los mastiles del barco habiamos visto, durante las 
ultimas noches de navegacion, grandes hogueras hacia el N. Oo 
hechas por los salvajes, en medio de los bosques. 

Esos fuegos nos indicaban tolderias en la direccion que mas 6 



EL CAMPAMENTO EN CHAMACOCOS 



menos debiamos seguir al internarnos y no parecia aventurado su- 
poner que encontrariamos las aguadas que nos eran tan necesarias 
para efectuar la travesia. 

Pasado el primer momento del desembarque, los hombres prac- 
tices se ocuparon de cortar palmeras para construir un muelle 
flotante y una Casa rustica que fue rodcada por un foso pai^petado, 
el que, en comunicacion con la barranca de la costa del rio, nos sir- 
viera de defensa contra un ataque posible de los salvajes. 

Se establecio un bianco en Li parte desmontada de la selva, y 
dieron principio los ejercicios de tiro, el manejo del Remington y 
del Winchester, y nociones esenciales de movimientos militares 
en guerrilla. 



RECONOCIMIENTOS INMEDIATOS 



OiENDO necesario obtener conocimientos topograficos del interior : 
para hacer el primer cambio de campamento, se resolvio organi- 
zar dos comisiones compuestas de cuatro hombres a caballo, los 
cuales debian internarse en la espesura, sirviendose de la briijula. . 

Una comision exploraria el N. O. y la otra el S. O., debiendo 
regresar en el dia -al campamento. 

La partida debfa ser a las seis de la manana del siguiente dia, 
llevando armas, municiones y las provisiones necesarias. 

' Fui designado para dirigir el grupo que excursionaria al N. O., a 
cuyo efecto eleji tres hombres deentre los trabajadores correntinos. 

Cabalgabamos por debajo de los arboles en cuatro mansas 
itiulas que, lerdas y pacientes, soportaban resignadas la pesada 
cafga, abstraidas en la contemplacion de las verdes mat;as de 
yerba y nos alejabamos del campamento siguiendo las tortuosas 
sendas de los animales salvajes. 



10 LA VIDA EN LOS 6OSQUBS SUD- AMERICANOS • 

En las grandes espesuras de ramas espinosas, muchas veces 
habiamos hecho servir nuestras espadas de machetes de desmonte 
para abrirnos camino. 

Las cuadrillas de tigres y de Pumas (Leon de Sud America) que 
viven asociadas y recorren durante el dia la costa de los rios, 
haciendo presa de otros animales, rodeaban nuestro campamento 
durante la noche y nos sostenian un concierto infernal no interrum- 
pido de ahuUidos y rugidos. 

Varios perros de caza hablan sucumbido entre las garras de lo& 
tigres por alejarse algunos metros del reducto en las horas de la 
noche. 

Despues de adquirir el habito de oir el concierto de las fieras^ 
por espacio de algun tiempo, sabe uno interpretar perfcictamente 
la siiplica 6 amenaza que en cada bramido se formula. Conocia- 
mos el grado de hambre que cada animal tenia y de lo que era 
capaz, su edad, su sexo, y hasta su estado, discerniendo claramente 
si el bramido era de una madre segutda de cachorros 6 de un tigre 
solteron y calavera. 

En resiimen: los bramidos eran una eterna suplica por nuestras 
carnes 6 la de nuestros animates; suplica a la que nosotros nos 
mostrabamos poco blandos y a la que muchas veces correspon- 
diamos con una descarga de fusileria. 

Los centinelas se relevaban metodicamente durante las horas 
de la noche y haciamos hogueras con arboles enteros, no de- 
jandoles faltar el combustible necesario para mantenerse vivas 
hasta el dia sig^iente. 

La hoguera constituye en el Chaco una necesidad del campa- 
mento; si hace frio, lo calma; si calor, ahuyenta los mosquitos, 
sujeta las fieras a distancia de un tiro de revolver y hace presumir 
en el indio, que seguramente acecha en las proximidades, que la 
vigilancia del campamento se sostiene. 

Los salvajes no habian sido sentidos por nosotros durante los 
ocho primeros dias y esto habia establecido una especie de con- 
fianza relativa en el grupo expedicionario. 

Aquel dia el ingeniero principal senor John B, Minchin por 
un lado, y yo por otro, nos habiamos propuesto, en amistosa ri- 
validad, encontrar sendas 6 accidentes que hicieran digna de 
mencion nuestra primera salida. 



RECdNi]ClUlBNT09 INMEDIATOS 1 1 

Habiamos, pues, marchado del campamento a las seis de la 
manana, brdjula en mano,' haciendo angulos de un cuarto de 
rumbo en distancias de una hora al andar de la mula, a fin de po- 
der regresar seguros sobre nuestros pasos, cuando se quisiese 
volver al punto de partida. 



NOS S0RP8BNDBN LOS SALVAJES 

HiRA el medio dia y el sol abrasador de aquellas latitudes fa- 
tigaba nuestras cabalgaduras en su marcha al paso. Grandes ar- 
boles derribados por los vientos rodeaban nuestro pequeno 
grupo. 

Nos habiamos apeado a un par de leguas del campamento 
para echar un tastre de galleta y charqui a nuestros languidos 
estomagos. 

De mis companeros, dos eran 

gauchos correntinos, Juan y Me- 

liton, en su traje peculiar de cki- S^^^Hf^^ 

ripa^ botas de potro y facon en 

la cintura; el lercero era un joven 

espanol amigo de aventuras, aun- 

que nada avesado en este genero 

de excursiones, ni en el manejo 

del cab alio. 

Los paisanos nacidos y criados 
en la constante lucha con los ele- 
mentos, ejercitados en la vida 
campestre, eran a mi juicio mis 
hombres en cualquier apuro, y mientras duraba la frugal comida, 
establecimos la siguiente conversacion: 




12 LA VIDA BN LOS BOSQUES SUD-AMERICANOS 

Yo (el jefe). — ^Que les parece muchachos, encontraremos por es- 

. tos parajes las sendas que buscamos? 

Juan — Ld que vamos a encontrar ahorita son los indios, 

senor; se me hace que dende hoy estoy oyendo unos 
chijiidos con que ellos se hacen senal para juntarse. 

Espanol — [Ca, hombrel que indios ni que chiflidos quiere usted 

oir? Son los pajarillos que cantan! 

Meliton — Senor; si hace doscientos anos que por aqui habfa 

sendas para ir a Bolivia, yo le aseguro que hace 199 
anos que se borraron esas sendas que buscamos; a 
causa del crecimiento de los arboles. 

Juan — Los pajarillos que se oyen son los indios. 

Espanol — Parece que tuviese usted terror a los salvajes! 

Juan — Estamos muy lejos del campamento y no nos van a 

poder dar ayuda los companeros. 

Yo — Bueno, vamos a re^resar; pero primero cercioremo- 

nos de que estos arboles caidos no son el principio 
de la senda que buscamos. 

Y diciendo esto, poniamos el pie en el estribo para montar y se- 
guir nuestra marcha, cuando un alarido salvaje resono por los am- 
bitos de la espesura. 

Un momento antes, a nadie habiamos visto; apenas si se oia en 
la callada selva el tremulo piar de algunas aves y ahora aquel rui- 
do imponente, nos confundia y nos llenaba de espanto. 

Veiamos detras de cada tronco un grupo de flechas, de lanzas 
y de mazas que nos amenazaban en son de guerra. 

Aquel primer momento fue de terrible sorpresa; pretender defen- 
demos desde el centro de aquel circulo, cerrado por flechas eriza- 
das, era materialmente imposible. 

Los salvajes estaban perfectamente defendidos por los robustos 
troncos que los ocultaban y a pesar de nuestras armas de precision 
no hubieramos podido hacer sobre ellos ni un solo bianco. 

Un frio electrico y extrano corrio por mis venas en aquel instante; 
busque el rostro. moreno de mis hombres y las miradas de Juan 
y Meliton se cruzaron con la mia en un relampago de inteli- 
gencia. 

El espanol, ya montado y poco seguro de tenerse sobre su ca- 



NOS SORPRBNDBN LOS SALVAJBS 13 

balgadura, habia soltado las bridas confundiendose en un estrecho 
abrazo con su mula, la que se alejaba espantada de tanta griteria. 

La grotesca figura que presentaba la redondez del cuerpo del es- 
panol, al alejarsela mula, origino varios incidentes entre los indi- 
genas sacandonos de la primera sorpresa. 

Hice que Meliton gritase en guarani para que le entendiesen los 
indios: 

Somos amigos. 
No venimos a pelear. 
Queremos hablar con Vds. 
Tenemos mantas y... 
Galleta para regalarles 

Estos g^tos hubo que repetirlos varias veces para que los indios 
los entendieran, pues ellos hablan un lenguaje que tiene mucho del 
guarani y de la lengua quichua, probablemente. Cuando se aper- 
cibieron de lo que les gritabamos, un grupo salio de detras de los 
arboles y dejandd las armas en el suelo se adelanto levantando los 
brazos y abriendo las manos. 

Los Chantacocos no tienen plutnas, grito el que quedaba mas 
proximo a nosotros; con lo que se proponia significar que, sin em- 
bargo de los penachos de plumas con que venian adornados en 
son de guerra, estaban dispuestos, en vista de nuestras amistosas 
declaraciones, a no establecer combate y a entrar en parlamento. 

A cualquter movimiento que haciamos con las armas, tomaban 
rapidamente sitio detras de algun tronco, dando saltos inmensos; 
pusimos entonces nuestras armas entre los cojinillos del apero, suje- 
tandolas con la presion del muslo, y entramos en parlamento mas 
6 menos en los siguientes terminos: 

Indios — Ustedes han entrado en nuestra tierra y han formado 

casas en ella, sin habernos pedido permiso. 

Nosotros - Hemos hecho casas para dejarselas a ustedes, pues 

no nos vamos a quedar, sine de paso; queremos ir a 
Bolivia y ser amigos de ustedes para que nos acom- 
pafien y enseiien el camino. 

Indios — Nosotros no sabemos mas que lo que nuestro caci- 

que ordena y es que ustedes vengan a su presencia 
en nuestra compania. 



NOS SORPRENDBN LOS SALVAJBS 15 

Nosoiros — Nuestro cacique esta en la orilla del no y nos man- 
da a invitarles para que vengan a recibir los regalos 
que les traemos. 

Indios — Nuestro cacique manda en esta tierra y ordena 

que vengan. 

Nosoiros — Nuestro cacique invita al cacique de ustedes para ser 

amigos y vamos a ir todos juntos a visitarle. Vengan 
ustedes ahora 

Indios — No queremos ir. 

Nosoiros — Nosotros tampoco queremos ir y vamos a nuestro 

campamento. 

Indios — Nosotros somos mas y si no vienen peleamos y los 

Uevamos muertos. 

Nosoiros — Nos defenderemos, y si nos matan, no van a ser ami- 
gos con nuestros companeros y seguiran peleando, 
porque traeran mas soldados de nuestra tierra. 

Mientras ellos discutian por Uevarnos y nosotros por no ir, suce- 
dio que habian estrechado tanto el circulo, que casi podian 
prenderse de las bridas de nuestras mulas y desmontarnos de un 
golpe de maza. 

Volvimos a levantar nuestras armas, lo que les infundio serios 
temores, protestando que no queriamos pelear, sino ser amigos. 

Guardaron distancia con nuestra actitud y entonces empezamos 
a marchar en retirada siempre rodeados por aquellos empecinados 
salvajes que no querian sino Uevarnos a presencia de su cacique 

(jefe de tribu). 

Mientras nos preocupabamos de que no se aproximasen los 
indios a menos de diez pasos, cuatro 6 seis, destacados del gjupo 
principal, habian dado alcance al espafiol y le hacian entregar por 
csMS^forzosa^ las botas, el sombrero, el saco y los pantalones. 

Estos salvajes andan completamente desnudos y sus cuerpos 
cubiertos de aceite de yacare, para preservarse de los mosquitos, 
relumbran a la luz del sol, como figuras barnizadas de bronce enro- 
jecido. 

Usan el cabello largo, generalmente sujeto hacia atras por una 
fuerte ligadura; en lo alto de la cabeza se ponen pequenas plumas 
de avestruz recortadas caprichosamente; Uevan al cuello sartas de 



16 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD-AMBRICANOS 

cuentas y conchas de colores y a la cintura un mazo de piola de 
caiiamo silvestre (cara-guaii) prolijamente tejido y del que se sir- 
ven para la pesca. 

El pie descalzo ha tornado, en aquellos seres, enormes propor- 
ciones; muestran grande agilidad para saltar las matas espinosas 6 
cualquier obstaculo de su camino, bien que los flancos exteriores 
de sus muslos presentan cicatrices, heridas y rasgunos producidos 
por las espinas en las correrias por las selvas y matorrales. 

Al aproximarnos al grupo de nuestros compafieros, en la costa 
del rio, se alejaron de nosotros los pocos indios que quedaban, 
comprometiendose a visitamos unos dias despues. 



LA SED 



UuANDO Uegamos al campamento, mientras que los indigenas se 
habian ido quedando desgranados por el camino, salio a recibirnos 
el joven espanol, quien aseguraba graciosamente que habia rega- 
lado a los indios las prendas que le faltaban de su vestidura y que 
nosotros lo habiamos abandonado. 

Lo que le fue dificil explicar, en este caso, fue como pudo el re- 
gresar antes que nosotros. 

La idea de cambiar el campamento, avanzando sobre el bosque, 
hizo que se determinara un punto entre el matorral, al que Uegamos 
por varias picadas (sendas abiertas a machete a traves de la es- 
pesura.) 

AUi empezaron las experiencias de la bomba perforadora, que 
debia proveernos de agua, cuyo resultado fue negativo a causa de 
penetrar el aire en los tubos de absorcion y de encontrarse las co- 
rrientes de agua a una profundidad mayor que el largo de los ba- 
rrenos. 

Para dirigir las operaciones nos habiamos turnado cada veinti- 



LA SED . 17 

cuatro horas y los alimentos, lo mismo que el agua, tan necesaria 
bajo aquel clima, nos era enviada mientras tanto desde el campa- 
mento principal. 

Me toco el turno de veinticuatro horas en la picada, dando re- 
levo al segundo ingeniero que me habia precedido en el servicio. 

Las provisiones nos debian ser Uevadas esa tarde. Los cuatro 
hombres que hacian el trabajo se sofocaban dando vueltas alrede- 
dor del gran barreno. 

Pasamos la tarde sin ver Uegar a nuestros proveedores, y aun- 
que lo que mas falta nos hacia era el agua, pudimos pasar la noche, 
que es siempre mas fresca, sin sufrir. 

La distancia dife tres leguas a que estabamos de la costa y los 
bosques y campos que se habian quemado para facilitar el paso y 
hacer huir las viboras de cascabel y los mosquitos, confundian a 
los conductores de provisiones que indudablemente se habian ex- 
traviado. 

Pasamos lanoche esperando que el agua Uegaria al dia siguiente, 
del campamento principal, turnandonos uno por uno para hacer la 
guardia en prevision de indios 6 de tigres. 

El ultimo perro de la expedicion, mi noble Turco, el mas hermoso 
e inteligente de los perros, sucumbio aquella noche en las garras 
de an tigre. 

Era Turco un hermoso animal criollo, overo y de gran tamafio; 
se echaba debajo de mi hamaca, y, en las horas de reposo, nadie 
podia aproximarse a diez varas de donde yo dormfa. 

Aquella noche, al rugido vecino de los tigres, se habian he- 
cho varios disparos de fusil, y Turco se habia precipitado sobre 
las fieras, que ya cebadas a la carne de perro, lo atraparon y pro- 
bablemente hicieron con el un festin, porque al dia siguiente no 
se encontro ni los restos de su cuerpo en el sitio de la catastrofe. 

Yo habia perdido un amigO fiel y leal, dispuesto a dar su vida 
por la mla en el momento del peligro y lameritaba aquella irrepa- 
rable desgracia. 

El calor y la falta de alimentos propendian mas a nuestra este- 
nuacion y veiamos venir con angustia las horas del dia y del sol 
riguroso sin que Uegase ninguno de nuestros compafieros. 

Pronto haria veinticuatro horas que habiamos terminado el agua 
y los alimentos. 

La vida en los bosques sud-americanos 2 



18 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUO-AMERICANOS 

Puse mi rifle al brazo, me prendi el dnto con sesenta tiros y 
emprendi a pie la travesia por entre bosques quemados, en busca 
de las provisiones necesarias. 

Aquello fue una verdadera Via-Cructs, 

Llevaba en la mano la bnijula que debia guiarme al campamento, 
siguiendo el rumbo al S. E. Cada vez aumentaba mas el calor del 
medio dia y me debilitaba la fatiga de aquella Jornada. Las sinuo- 
sidades del suelo y los troncos quemados impedian la marcha re- 
gular y el arma que llevaba al brazo, asi como el cinto, se toma- 
ban para mi en un peso extraordinario, que aumentaba mas y mas. 

Pense en abandonar mi rifle y cartuchera. {Y si encontraba 
indios?— Despues, abandonar mis armas. {Oh! no era posible. 

Mi boca estaba seca, completamente seca y la sequedad me 
producia arcadas y un malestar insufrible. 

Me resolvi a descansar al pie de un arbol quemado; vi que ya me 
era imposible pasar adeiante y cai postrado por la fatiga entre 
los despojos del fuego. 

Pero la tierra, nuestra madre cariiiosa, me dio fuerza de nuevo 
con su contacto fresco, y al poco rato me puse otra vez en 
marcha. 

La distancia era enorme; yo debia haberme perdido; pasaban las 
horas y mis piernas flaqueaban mas y mas; no tenia ya fuerza para 
cargar mis armas que pesaban quintales; la vista se me nublaba con 
frecuencia y mis ideas divagaban inciertas y confusas, mientras que 
la marcha era cada vez mas lenta. 

iOh! habia ya caido seis veces postrado en mi camino y repues- 
tas un tanto las perdidas fuerzas, proseguia de nuevo la marcha 
con el rifle y municiones sobre las espaldas. 

|Animo! janimo! me decia a mi mismo; pero la energia me 

faltaba! caia nuevamente rendido y estenuado como anheloso de 
un largo sueno y mi cuerpo pesado quedaba tendido y desfalle- 
ciente al pie de los arboles sin hojas y expuesto a los rayos del sol 
abrasador. 

La tierra me restituia un poco de mi energia y, nuevamente de 
pie, seguia el penoso viaje. 

A las tres de la tarde Uegue por fin al campamento, donde mis 
companeros me alimentaron y dieron de beber poco a poco, mez- 
clando el agua con alcohol. 



LA SED 19 

Los peones que debian llevar las provisiones se habian perdido 
y Uegaron al campamento cuando ya una nueva expedicion habia 
salido en proteccion de los cuatro hombres que yo de^aba en la 
senda. 

Al siguiente dia estaba ya repuesto y no me acordaba mas de la 
sed del dia anterior. 

Debo hacer notar que en estos ardientes climas tropicales, la es- 
tenuacion por sed se produce casi violentamente. 

Por consejo de Juan y Meliton, mis asistentes; Ueve desde aquel 
dia una calabaza con agua y cognac en todas las excursiones que 
efectue en el desierto, — y el joven castellano escribio, sobre la re- 
donda y lisa superficie del mate, las siguientes estrofas que perte- 
necen a un celebre poeta espanol, a quien se le indico cierto dia 
que improvisara algo a proposito de estrellas y calabazas: 

Caminaba un pereg^rino, 
En una noche serena, 
Con la calabaza llena 
De un aventajado vino. 
La sed le salio al camino 

Y el de apartarla di6 traza; 
Pero no teniendo taza, 

Al cielo hizo punterfa; 

Y a UQ mismo tiempo veia . 
Estrellas y calabaza. 



SE RESUELVE FORMAR DOS EXPEDICIONES 

INo habiendo encontrado sendas ni vestigios de ellas despues de 
algunos dias, ni pudiendonos servir de la bomja para extraer 
agua en el Chaco, se penso en dividir la expedicion en dos, de 
veinte hombres cada una, para que, partiendo de diferentes puntos, 
procuraran internarse en los bosques con mas facilidad. 

Mister Minchin dirigia la expedicion de Chamacocos, y yo, re- 



20 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUU-AMERICANOS 

montando el alto Paraguay, organizaria una nueva expedicion al 
Norte de la bahia de Caceres, punto conocido por la Piedra Blan- 
ca, 6 en su defecto, treinta leguas mas al Norte de la ciudad de 
Curumba, en un paraje denominado "La Gaiba" y cruzaria el Cha- 
co, encontrandome con la expedicion Minchin en Santiago de 
Chiquitos. 

Una manana esperabamos la pasada de un paquete brasilero, de 
los que remontan esos rios, para poner en practica el nuevo plan, 
cuando de improviso fuimos sorprendidos por los g^tos de jlndios! 
(IndiosI que daban los centinelas, el tropel de las mulas y el ruido 
de las esquilas. 



VISITA QUE NOS HACEN LOS CHAMACOCOS 

UcuLTANDOSE por los pajonales inmediatos, los indios habian ex- 
tendido una larga linea de batalla y a una serial de su jefe todos 
se habfan puesto de pie con las armas en la mano. 

Constituian su armamento, lanzas de madera dura, macanas, ha- 
chas de piedra, flechas y cachiporras. 

Aquella linea de figuras de bronce relumbrante, se destacaba en 
el fondo verde del paisaje, sombreado por las grandes hojas de 
palmera y helechos silvestres. 

Tres indios se destacaron del gnipo indigena avanzando hacia 
nosotros que saliamos tambien a recibirlos a la orilla del foso. Ve- 
nia delante un gallardo moceton como de veinte afios, sin armas en 
las manos; seguianlo a manera de escolta dos flecheros de mayor 
edad, armados de sus arcos. 

Cuando estuvimos en frente tendimos a los salvajes las manos 
amistosamente, mostrandose complacidos por nuestras demostra- 
ciones y los hicimos entrar en el reducto. 

Uno de los flecheros que hablaba guarani y algunas palabras en 
castellano aportuguesado, nos bizo saber por medio de Meliton, mi 



VISITA QUE NOS HACEN LOS CHAMACOCOS 21 

asistente correntino, que hablaba tambien el guarani, que aquel 
moceton salvaje era el hijo del cacique chamacoco, que venia a 
visitarnos. 

Vestia este [pero que digo! |no vestia nada! Estaba tan desnudo 
como sus compafieros y todos ellos como el dia en que nacieron. 

Solo Uevaban a la cintura el aparejo de que se sirven para pes- 
car; al pescuezo un collar de unas de tigre y cuentas de colores, y 
en la cabeza pequefias plumas. 

Tratamos de obsequiarlos de la mejor manera. — Mi padre nos 
manda, nos hizo decir el hijo del cacique, para conversar con uste- 
des y ver que es lo que quieren en nuestras tierras. 

Les hicimos algunos regales de harina, galleta y ropa,que entre 
todos juntamos. Cada objeto que se les regalaba era anunciado, a 
los de la linea de batalla, con un silbido que daban los flecheros y 
luego uno 6 dos se aproximaban y Uevaban al campo el objeto re- 
galado, ocultandolo entre los pajales. 



EJERCICIOS AL BLANCO Y DB NATACION 

vJuisiMos hacer experiencias I para ver como manejaban las fle- 
chas y con el fin de tenerlos contentos, empezamos nosotros a tirar 
con los Winchester, repitiendo sucesivamente y sin cargar, los 
quince tiros que tienen estas armas. 

Llenolos de sorpresa ver que tirabamos tantos tiros sin necesi- 
dad de cargar y a cada instante despues en su lengua ininteligible 
pero imitativa de los sonidos, se veia que hablaban del tun, tun de 
nuestras armas de repeticion. 

Habiamos querido por este medio hacerles comprender que 
aunque eramos pocos soldados, como ellos decian, la superioridad 
de nuestras armas nos ponia en condiciones ventajosas. 

Les toco el turno a ellos de disparar sus flechas y el hijo del 



22 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUP- AMER ICANOS 

cacique Uamo a varios, que debian ser sus mejores tiradores, para 
que mostraran su destreza. 

El bianco estaba colocado a una larga distancia y solo alcanza- 
ban las flechas tiradas por elevacion. Nosotros lo comprendimos 
al ver a los tiradores indios reforzar sus arcos. 

Varias flechas hendieron los aires y proyectando en su trayecto- 
ria casi un semicfrculo, fueron a clavarse blandiendose, en la arma- 
zon de tabla de nuestro bianco (TOO ™ >< )• 

Gritos de jdbilo, dados por los companeros y aplausos de nues- 
tros soldados, seguian a cada uno de estos pequenos triunfos de 
los flecheros indios. 

Ya eramos amigos. La linea de batalla se habia ido desorgani- 
zando y los soldados indigenas habian formado grupos alrededor 
de nuestros fogones, haciendo ovaciones a los tiradores mas sobre- 
salientes. 

Yo me habia propuesto dirigir aquellas fiestas que tenian por 
objeto hacer amigos a los indios^ teniendolos entretenidos. 

No comian ni probaban liquido que se les ofreciera, sin habernos 
visto antes gustar de lo mismo a nosotros. 

Prendi un cigarro y mi amigo el cacique, grande aficionado al 
tabaco, me lo pidio para seguirlo fumando: echo una humada y lo 
dio a sus guardias, silbaron estos y el cigarro paso a la linea de 
batalla, corriendo de boca en boca, a humada por soldado. 

Me quede sorprendido de esta reparticion de un cigarro y pen- 
saba cuan unidos estan estos seres que la Naturaleza ha puesto en 
condicion tan menesterosa. 

Su disciplina militar no es tan estricta, por otra parte, que les 
prive fumar del mismo cigarro que su jefe, estando sobrelas armas. 

A los ejercicios de bianco siguieron los de natacion, en que solo 
los indios tomaron parte. Tirabanse desde lo alto del barranco al 
torrentoso rio; se zambuUian y salian a treinta 6 a cuarenta metros 
de distancia, con una tortuga 6 un pez en la mano, tomado en el 
fondo de las aguas. 

Viendolos en el agua hacer proezas de natacion y cacarear ale- 
gremente en su idioma, cualquiera hubiese creido que se trataba de 
un bano de Sirenas negras 6 de simples lobos. 



MUERTB DB UN YACARB POR EL HIJO DEL CACIQUE 23 



MUERTB DB UN YACARB POR EL HIJO DEL CACIQUE 

Ue pronto salieron todos a tierra y uno de ellos dijo: 

— jYacare! |Yacare!. . . 

jCreen ustedes que los indios se habian asustado? — Pues se equi- 
vocan. Se trataba simplemente de efectuar lo que podriamos Ua- 
tnar un tour de force. La hazana debia ser hecha por el hijo del 
cacique. 

Busco un cuchillo afilado y probo entre sus manos la resistencia 
de la hoja, dirigiendose de nuevo al barranco. 

Los indios y todos los expedicionarios le rodeamos. 

;Iba a matar el caiman debajo de las aguas! 

Se arrojo de la altura a las corrientes impetuosas, Uevando en 
una de sus manos el cuchillo, y lo vimos perderse en la profundi- 
dad, efectuando una larga zambuUida. 

Los segundos pasaban. ... esos segundos que a uno le parecen 
horas, cuando espera el desenlace de una escena en la que peligra 
la vida de un hombre. 

De pronto asomo en medio de la corriente su cabeza negra, le- 
vanto los brazos y relumbro a la luz del sol la lamina de acero. 

Algo dijo a sus companeros que debio significar: 

— " El yacare ha desaparecido! ..." 

Pero los companeros le gritaban indicandole un sitio mas lejano 
sobre las aguas en que se veia la traza proyectada por pequenas 
burbujas de aire que salian del fondo del rio. 

El indio habia tomado un momento de aliento acostado de es- 
paldas sobre el agua. Cuando vio aquellas senas, dio una vuelta so- 
bre su cuerpo, semejante a los tumbos de carnero que suelen dar 
los muchachos en la arena y otra vez se oculto entre las aguas. 

Momentos mas tarde contemplabamos el enorme anfibio que pre- 
sentaba una profunda herida en el costado y sobre el agua se veia 
una ancha faja enrojecida. 

El indio temerario habia muerto al yacare y lo habia remol- 
cado hasta nuestro campamento. Tratabase de un caiman negro, 
cuyo largo era como de cinco ntetros. Este animal diferia de sus 



24 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD-AMERICANOS 

congeneres de anteojos, en que tenia una lista transversal entre 
los ojos y numerosas pintas en la nuca. 

La parte superior del cuerpo era de un negro oscuro y la infe- 
rior amarilla. 

Aseguronos el interprete que el capitanejo habia hecho una 
proeza; pues de las diferentes especies de yacares, esta era la mas 
temible. Agrego que el joven habia creido que se trataba de un 
yacare de otra clase menor, que ellos toman hasta con la mano. 

Despues de abierto el desagradable reptil, nos aseguraron los in- 
digenas que se habia comido mas de uno de nuestros perros. 

Lo que nos sorprendio fue que, despues de un rato, el mismo hija 
del cacique se manifesto asustado de su obra. 



LA CHAQUETILLA TURCA 

JLa tarde de los juegos vestia yo una chaquetilla turca, punzo 
y galoneada de cintas blancas y de alamares. 

El hijo del cacique me pasaba la mano carinosamente por la 
chaquetilla desde el primer momento de nuestra amistad, y yo com- 
prendi que me iba a tener que quedar sin aquel lujo juvenil que me 
habia proporcionado para las recepciones de indios en el Chaco. 

El flechero interprete, me flecho con esta frase: 

— Dice el cacique que tu chaquetilla es muy linda . . . 

— Bueno, le respondi; dile que esto Uevan en mi tierra los que 
son lijeros corredores y que si el me gana una carrera yo le doy 
la chaquetilla. 

Teniamos ocasion de una nueva fiesta, agregada a las que suce- 
sivamente ibamos inventando, y, aceptado el reto por el indio, se 
nombraron " Jueces de raya " y se establecio el camino; al final, 
sobre un palo se coloco mi chaquetilla, premio fijado al que Ue- 
gase primero. 



LA CHAQUETILLA TURCA 25 

1-- .. .. * : T : 

El indio queria salirse adelante, pero yo lo hacia igualar, sir- 
viendome de la frase que usan nuestros paisanos en esta clase de 
fiestas. 

Partimos, pues, y aunque le gane la carrera, como era tanto el 
deseo que tenia el intrepido matador de yacares de lucir aquella 
prenda nunca vista para el, al llegar a la raya pego tres formida- 
bles saltos y se abrazo del palo en que la chaquetilla estaba co- 
locada. 

jCuantas conquistas no haria el cacique, joven y buen mozo, en- 
tre las indias de su tribu vistiendo aquella chaquetilla galoneada y 
sobre todo, teniendo en cuenta que era la linica prenda de vestido 
que cubria su membrudo cuerpo! 



ABORDO DEL VAPOR " RiO Apa" 

Hl vapor brasilero "Rio Apa" paso alsiguiente dia. Hicimos ti- 
ros, levantamos banderas de senal y una vez que los de abordo 
se apercibieron de nuestro llamado, detuvieron la marcha del va- 
por y echaron lanchas al agua. 

Entramos por unos dias a hacer vida civilizada, pero muy pronto 
debiamos volver al desierto y esta vez para buscar por todos los 
medios el exito que nos proponiamos. 

Las dos costas del Alto Paraguay son en casi toda su extension 
del dominio del Brasil. 

El rio, menos caudaloso a medida que uno lo remonta, recorre 
valles y da tortuosas curvas rodeando montaiias elevadas. 

La ciudadela y fuerte de Cohimbra ocupa uno de los parajes mas 
pintorescos de la travesia. Dos moles de granito parecen, en aquel 
punto, querer interrumpir la corriente de las aguas y en la parte 
interior del cerro de la derecha se descubre a la distancia la anti- 
gua fortaleza. 

For las costas se extiende la poblacion, que es poco conside- 
rable. 




11m 4 malar si uiiMD debii]D de lu igum'. (Fii. 2 



CURUMBA Y LA FIESTA DE SAN JUAN 27 



CURUMbA Y la fiesta DE SAN JUAN 

A los ocho dias de navegar con rumbo al N. Uegamos a la ciu- 
dad de Curumba, poblacion brasilera, situada sobre las alturas de 
rocas calcareas de la margen boliviana. 

El arsenal de guerra Uamado L' Adario, es el establecimiento 
mas digno de visitarse. 

Debido a las grandes distancias que separan a esta agrupacion de 
los principales centros poblados, se mantienen aiin muchas de las 
costumbres y usos de la epoca colonial. 

Celebraban, el dia de nuestra Uegada, la fiesta de S. Juan Bauds- 
ta, santo por el cual demuestran gjan predileccion aquellas gentes. 

Las procesiones no cesaban de recorrer las calles llevando en an- 
das al Santo, tocando pitos y flautas y cantandole improvisaciones 
en ritmos como el que sigue: 

« 

DIvinbo San Joao, 
Baptlsta Sag^rado 
Con teu nacimento 
Nos teins alegrado. 

Dice el adagio: ''Si a Roma fueres, haz como vieres." Nosotros 
vimos la procesion y descubrimos la agradable circunstancia de 
que dos preciosas jovenes Uevaban el santo en andas; no vacila- 
mos en seguir la comitiva aproximandonos lo mas posible a aque- 
llas seductoras criaturas y entramos en los coros como cuahjuier 
hijo de vecino. 

Todas las procesiones se dirigian al rio, y nuestro santo fue tam- 
bien llevado por la comitiva y seguido de un pueblo numeroso. 

A la orilla del agua se habia preparado con anticipacion un ta- 
blado y despues de ceremonias y rezos alegoricos, el santo fue 
sumergido en las tranquilas linfas, por repetidas ocasiones. 

Era Invierno, pero como hacia tanto calor en aquellas alturas, 
nos explicamos perfectamente ese acto, pues con el no solo se 
bendecia las aguas sino tambien se refrescaba al santo, lo que 
mostraba la piedad y la higiene de los devotos. 



^ I 



2.8 LA yiDA EN LOS BOSQUES SUD-AMERtCANOS 

Mientras que bafiaban al santo, que no de otra cosa se trataba, 
un crecido niimero de hombres y mujeres, con la devocion y parsi- 
monia mas grandes^ ae desnudaban entre el grupo, concluyendo la 
escena por un bano casi general de la concurrencia. 

— El agua esta bendecida, decian, y hay que aprovechar este 
mometito para purificar nuestros cuerpos en el dia de tan glorioso 
santo. 

Yo me hubiera baiiado con la fe mas grande en la purificacion 
pero desgraci'adamente aquellasmuchachas brasileras de tan lindos 
ojos, no quisieron meterse en el agua conmigo y se ocuparon de 
secar el santo lo mejor posible, el que quedo descolorido comple- 
tamente porque era de palo de higuera pintado y yeso. 

Las muchachas eran hijas de una de las primeras autoridades del 
lugar, y grande y agradable fue mi sorpresa, cuando, invitado al 
baile esa noche en casa del personaje, me encontre con las dos 
minmas (muphachas) del bano y otras muchas, que en un espacio- 
so patio, hecho salon a objeto de la fiesta, bailaban una acompa- 
sada cuadrilla; 

Despues de las presentaciones de estilo a la mama y a algunos 
de los concurrentes, me diriji a la nina mayor, que era preciosa' 
como digo, y le pedi me acompanase a bailar. 

Empezaba a hablarle de esas generalidades que son de prac- 
tica antes de romper el hielo de las conversaciones. 

Le iba contando que era un explorador del Chaco y mis aven- 
turas con los salvajes, cuando de repente note que palidecia y 
caia desmayada entre mis brazos. 

Corre el papa a ayudarme a sujetar la nina desfalleciente, 
que tenia formas encantadoras y una cintura de avispa; corre la 
mama... corren los presuntos novios con agua de Colonia y 
Uoran las amigas . . Yo no atino, en medio de aquel barullo, a lo 
que debo hacer; la situacion es angustiosa y no se en que termi- 
nos expresarme que disculpe mi sorpresa, cuando el papa de la 
nina, aproximandose y mirandome con aire de investigacion, me 
pregunta en portugues: 

— (O sehor falou a fneaminina} 

— Si seiior, le respondi; le. hable pidiendole bailar una pieza y 
luego habia empezado a contarle algo sobre mi vida errante por 
las selvas del Chaco, cuando. . . se ha desmayado. 



CURUMBA Y la PIBSTA DE SAM JUAN 29 

— Meu avtigo! me dijo en tono de reconvencion; a las ntini- 
nas nao se/ala durante a dansa! 

Lleno de asombro y no sabiendo que contestar a tan original 
costumbre, ni como disculparmc con el papa por haber hablado 
con la minina, cuando nadie lo hacia, escurrime por entre las 
parejas y me aleje de la casa avergonzado. 

Habia hccho la primera victima de mis narracioncs de viaje. 





iimimminnnmiiiM" 



II 



SuMARio. — El campamento en Piedra Blanca. — Pusilamiento de tres negros deser- 
tores. — En viaje.— El rio Tucabaca. — La canoa y cl puente indio. — A 
rien metros de altura. — Batalta con los salvajes en los campos de '^La 
Florida " — Practlcas i segulr entre los indfos chiquitanos. 



_^L siguiente dia de la tertulia en casa del personaje curum- 
bense, nos encontrabamos en la Piedra Blanca, margen norte 
de la Bahia de Caceres. 

Teniamos a nuestra vista aquel extenso lago, que impropiamente 
Uaman Bahia, circunvalado por inmensos bosques. 

De trecho en trecho, sobre las aguas, las Victorias Regias 6 
maiz del agua, las largas espigas de arroz silvestre y floridos ca- 
malotes, formaban islas flotantes, verdes y pintorescas. 

Ya habiamos vuelto al desierto. Las inmensas e inexploradas es- 
pesuras del Chaco nos esperaban en Occidente y Uegaba el me- 
mento de organizar un grupo de hombres practicos y avezados a 
la vida azarosa de los bosques. 

Los desertores de los fuertes brasileros, que salvando la linea de 
fronteras se internan en las selvas donde encuentran segura su li- 
bertad, los indios reducidos a un estado de civilizacion rudimenta- 
ria que habitan aquellos parajes y los hombres que habiamos lle- 
vado desde Chamacocos, compusieron el g^po de mis elegidos 

A los ocho dias tenia veinte hombres habituados a la vida del 
campamento, buenos cazadores, ginetes y conocedores de muchas 
de las costumbres de las tribus de indios que encontrariamos. 

En esa vida aventurera y donde dicta la ley el mas fuerte 6 el 



EL CAMPAMBNTO EN PIBDRA BLANCA 31 



mas astuto, habia que proceder con cordura y discrecion para no 
caer en el desprestigio que precede al desorden y a la desmorali- 
zacion. 

En una palabra: era preciso ser jefe de aquel grupo elegido de 
veinte bandoleros, rauy aptos para atravesar el Chaco, pero muy 
poco acostumbradps a respetar los principios de moral y sanas 
practicas, base de toda sociabilidad. 

Habia que establecer la disciplina militar; ser severo 6 compasi- 
vo segun el caso y mostrarse superior hasta en los menores actos, 
para que aquella turb?i respetase a su jefe y le siguiera en el mo- 
mento del peligro. 



FUSILAMIENTO DE TRES NEGROS DESERTORES 

OucEDio en los primeros dias que varios de mis enganchados, 
negros desertores brasileros, fueron denunciados de haber sustrai- 
do a un arriero, mientras dormia, el cinto en que guard aba su 
dinero. 

Mande a mis hombres, Juan y Meliton, acompanados de los de- 
nunciantes, que me trajesen los negros, que habitaban con sus fami* 
Mas Unas chozas inmediatas. 

Me tocaba investir el rol de jefe supremo. En aquellas vastas 
comarcas no habia mas ley ni mas autoridad que la mia y cuando 
tres de los negros estuvieron en mi presencia, incorporandome en 
la hamaca paraguaya en que dormia la siesta patriarcalmente, hice 
a los prisioneros el siguiente interrogatorio: 

Yo — Pero hombres, ^por que en vez de robar no ban venido 

a pedirme lo que les hacia falta? 
Negros — Ilustrisimo senor, nosotros no hemos robado. 

Yo — (Un tanto descentrallzado por el tftulo.) Bien, si UStedes no ban 



32 LA VIDA EN LOS BOSQUE9 SUD-AMERICANOS 

sido, forzosaraente deberan ser los otros negros que 

anduvieron anoche con ustedes y, lo que es precise, 

es que ahora mismo declaren donde esta el tirador del 

arriero y que ban hecbo del dinero. 
Negros — Ilustrisimo y reverendisimo «enor, nosotros no beraos 

sido. 
Yo — Ustedes me ponen en el caso de que los mande fusilar, 

si no declaran donde esta la plata, mientras que si me di- 

cen la verdad los pondre en libertad. 
Negros — Muy ilustrisimo seiior..., nosotros no bemos sido. 
Yo — Bueno, desde que no quieren declarar, vayan Juan y 

Meliton, aten en aquellos arboles a esos negros que van 

a ser fusilados esta tarde. 

Mis fieles soldados ejecutaron la orden y los tres negros queda- 
ron amarrados al tronco de los arboles, dando tan agudos y lasti- 
meros gritos, que fue imposible seguir durmiendo la siesta, en la 
fresca posicion borizontal de mi bamaca paraguaya. 

Ordene la limpieza del armamento, lo qvie dio al cuadro un colo- 
rido de verdad e bice que Juan y Meliton fuesen por las cbozas, 
contasen lo que babia dispuesto y que esa tarde debia tener lugar 
la ejecucion. 

Poco tardo mi resolucion en dar los beneficos resultados que 
deseaba; un grupo de negras, negros y negritos, babitantes de las 
cbozas, se presento entonces trayendo el tirador de Monteros con 
el dinero robado, y exponiendo que lo babian encontrado en el 
camino, pedian por la vida de los tres amarrados. 

— Bueno, bijos, — les dije; — basta que el tirador baya aparecido y 
que ustedes me lo pidan, no voy a fusilar a esos tres negros; pero 
tengan mucbo cuidado en adelante y en particular cuando yo ande 
por aqui cerca, de no encontrar nada en el camino. 

Hice soltar a los negros, previniendoles lo mismo, y, bajo esos 
auspicios, entramos en el Cbaco Uevando el mando de tan discipli- 
nada gente. 



EN VIAJE 33 



EN VIAJE 

ijAs mulas, y los c^ballos sobre tqdp) sufreo en aqnellas/latitudes 
de una enfermedad que es generalmente mortal; Uatnanla "^ mal.de 

cadera" y CO|l.si§t€ (segun Holmberg, que desrubrio.la causa en 1886) en la 

presencia de |^afides cavidades pra^ticadas per parasito& en los 
miisculos 4e l^ cadera. 

Por e$ta rasi^on viajabamos en bueyes de silla, por los laberintos 
de la selva y las tortuosas sendas encontradas al azar, siguien- 
donps unos a ocr ob. 

Sobre el lomp de aquellos mansos y lerdos bueyes se colocaba 
gruesas albardas de,.paja y el jinete^ en tan espaciosa montura, y 
mientras se iba en marcha> podia dormir, fumar 6 leer, hacer uso 
de sus dps man09 para retirar las ramas que caian sobre los capii- 
nos, 6 finaltnente descender, seguir la marcha a pie, cazar, dete- 
nerse y alcanzar de nuevo i, su comoda montura He ahi las ven- 
tajas ^e aquc^a njpro^a marcha, al pasp tardio d^l buey. 

Los animates aprovechaban tambien de la lentitud para tomar de 
paso por entre los arboles uno que otro bocado verde. 

Sucedia frecuentemente que los pavos (Penelopes) y loros del 
monte, las charatas (Faisan del Chaco,) los conejos 6 los. jabaties ca- 
zados durante la marcha, proporcionaban suficiente provision 
para el almuerzo del dia. 

Oedicabamos las horas del calor al reposo, y las de marcha eran, 
desde la primera luz del dia hasta las nueve de la mafiana y desde 
las cinco p. m. hasta el crepiisculo de la tarde. 

Cada Jornada a paso de buey no excedia de cinco leguas y ha- 

ciamOS alto en la PaSCana (Reducto en el bosque i orilla del camino), que 

tenia mejor pasto 6 mejor agua y donde podiamos tender nuestras 
hamacas. 

En las noches, los tigres bramaban en las itunediaciones y Uega- 
ron, algunas veces que se descuidaron los centinelas, a robamos la 
provision de came. 

Todos los perros^ucumbieron comidOs por nuestros .visitantes 
nocturnos y las viboras decascabel, con las que ya estabamos 
familiarizados, solian amanecer enroscadas entre las jergas de los 

La vida en los bosquet sud-americaoos 8 



34 



LA VIDA BN LOS BOSQUBS SUD- AMERICANOS 



aperos de los peones, buscando el calor de la cama en las horas de 
la noche. 

Pero las fieras con sus rugidos y las ' serpientes enroscadas 
entre las camas, no eran tan incomodas coiho lo^ mo^quitos, los 
jejenes y las garrapatas, que caian de los arboles y poblaban^ el 
suelo, subiendose pof las plernas, escalando las bota^ de cuero^ 6 
intemandose por entre el cuello denuestras blusas« "* 

Causabannos esos insectps penosisimoS' tohtietit-os y teniamos 
que destinar largas horas del dia a arrojarlos d6 nuestro tuerpo. 

Los mosquitos de divet^as especies, en nubes de mlttares^^ de 
devorantes, se apinaban i^n nuestrosmosquic^ro^-como enjattibres 
de abejas y hacian pasar sus agudas puas de absorcion al tra- 
ves de la lonft de las baidiatst^. ^ » u,- ; :^idv 

Los mas- terribles y ^de mas podeftosa lailceta/ eran los ikig;76s. 

Solfa exhOrtar a mis soldados, cuando en eSos iifanes y'ejer- 
cicios se mo^raban abrumados, recordandolies la^^dien^cja y 
mansedumbre de Job; pero mis setmones no^eonvendan a aquello's 
bravos muchacbos, que anhelj^ban; tanto: conio yo, despues' de 
veinte dias de vueltas y revueltas, salir de las selvas al llanos de 
la planicie a las montanasy 6 encontraf'algo qiii^ nd^ sa>ttGi«e&ode la 
monotonia salvaje del ChacO; -i- 



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EL 



TUCABACA 



MBGUN nuf^tros baqueanos, estabamos proximos a un rm'Tio ex- 
plorado hasta entonces. El Tucabaca, : i. 

En realitiad^ algunos accidentes del terreno y. las pequefias pra- 
deras verdes^ de Jas ultimas jornadas, nos indicaban la proximidad 
de aquella corriente de agua y esa noche campamos a oriilas:tife 
UQ lago^ alp»«.de un eetro yen la cef cania de un puente^cons- 
truido eon ramas y^^ largas fibras de corteza de arbol ingeniosa- 
mente entretejidas.j 






EL RIO TUCABACA 35 



* Era-'aquel puente utm^obra <Ie arte irecien terminadat y perfecta- 
mente ejecutada pOr los satvajes d^?aquetla jnmediacion. Asi lo 
eomprotraroh nuestros guias, descubriendo €in el stielo las huellas 
estampadas de las plantas- de salvajes, . quieQea;,\probablemente al 
seQiiriK>s^ abandonaron el parage para ocultarse eit.kts -selvas inme- 
diata&c:: <?v" "'■;■: ^f' -pri . '. -^ i. -, ■ fcn^^ ./jI^w 

I>ofa]ahios niiestros centinela$; aquella nQche;Ja;.bc^^era acos- 
tumbrada se mantuva mas vivii y cada uno ipor si^'se/^uido mas 
qufi^ de cost^mbrei deatendcr a los njidos tiocturBtos>L-!ji> -\ -. . 
. -!Lo8'indi'OS, segun doctaii los guia^ conversand^ la la orilla del 
fuego, aprovechan la quietud y el silencio de l&^noche para asal- 
tar las carabanas^y si los centijpelas duermetif'}^ sorpresa. es segu- 
ra; ehtonces vienen macana enmano hasta las haiRa<;as del^viajero 
que descaosa dela§ fatigas de la Jornada .yiq^faunden en elcraneo 
la terrible maza. .'.;;>; 

Aquellas descripciones de pasajes ocurridos tanti;^ vec^, man- 
tuvieron mas vigilantes -^a nuestros cejitinelas, y .y{)s qon mi inse- 
parable Winchester metido entre la hamaca, intljcaba la hora en 
que debian cambiarse las guardias, durmiendo el leve siieno de los 
pajaros. 

El miedo de un golpe de maza estando dormido, me hizo acos- 
tumbrar desde entonces a pasar la noche en la hamaca con el 
brazo derecho pasado por sobre.mi cnbeza y el espadin desenvai- 
nado y tomado por la empunadura. 















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LA CANOA 


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A npche pasotr^pjquilamente; no. se oian en aquellas inmensas 
spledad-es del desiertp-mas que el ruidc del viento en la arbpleda, 
el grito de las aves nocturnas y de los animales salvaje^ y al ve- 
nir el alba coloj;eatxdo,el ci^lo y animandp las inmensas sabanas 
de verd(Bs,.hQia3> el canto de las aves ^legres, que era como el 



36 LA VIDA EN LOS BdSQUBS SUD-AMBRICANOS 

toque dediana d'e la Naturaleza que nos aniinciaba carinosaxnente 
que la honi de la accion habta Uegado. 
Aqoella manana pudiixios hacer excelente caza de jateltes en 

Costeando el do encontramos, como a seis cuadras de distancia, 
una nistica embarcacion de un solo palo, hecha por los indios de 
un^ m^dera t]ue los naturales llaimzn ToibrocAe 6 Palo borracho. 

La forma de e^ie arbol es muy original; se levanta su troiico del 
suelo ensanchandose prodigiosamente en forma de globo y estre- 
chase otra vez en lo alto, ddnde la espesa copa abre sus ramas 
mayores en un piano horizontal. 

Muchas veces encontramos, en el Chaco, Toboroches que no po- 
dianrodearse entre seis hombres tornados por las manos. La ma- 
dera es floja y estoposa, pareciendose mas al palo del piton que al 
del ombu, 6 al alcornoque. 

Como el palo es tan blando, los indios pueden trabajarlo con fa- 
cilidad, aun sirviendose de sus malas herramientas y construirse 
embarcaciones improvisadas que les prestan servicios importantes. 
Su duracion es de algunos meses. 



A CIEN METROS DE ALTURA 



LiA empinada cumbre del cerro a cuyo pie habiamo& campada la 
noche anterior, nos proporcionaba la ocasion de extender la vista 
sobre las verdes copas de los arboles gigantescos que pueblan el 
Chaco y con los rifles a la espalda subimos aquella cuesta de mas 
de cien metros de altura, en un piano cast verticaL 

Las raices de4t)S' ifbbles eiifoscaclas en las puntas salientes de 
las rocas, nos facilitaban la ascension a la cumbre; que de otro 
modo hubiese sido impracticable. 

Cuando estuvimos en. lo, alto, eaperabamos ver del otro lado la 
opuesta falda de lamontana; pero cual no seria nuestra sorpresa al 



38' > LA VIDA:?BN;^LOS'BOiQi;Be'SUD- AMERICANOS 

« 

encontrarnos con que esta era una meseta que no tenia mas que. 
una sola falda: aquetla por donde nosotros habiamos subido. 

Desde la ciispide, un ptano horizontal de praderas se extendia 
hacia occidente, y en las lejanias, la Hnea oscura de los bosques 
acemuaba el horizonte. 

Habiamos pasado ya el Chaco propiamente dicho y pisabamos 
en aquel mom/ento el bofde de Us altiplanicies del oriente de Bpli- 

via^-(60 legaas mas 6 menns). 

El Chaco inmenso que tan penosamente acababamosde cruzar se 
extendia por el lado del tiaciehte al S. y al N., y nosotros, desde 
aquella altura lo dominabamos ahora a vuelo de pajaro. 

Aquel inmenso oceano de copas de arbol presentaba las varian- 
tes mas diversas del color verde y, en las lejanias, el brumoso azul 
fundia aquellos tintes inimitables con el horizonte y con el infinito 
de los cielos. Al centro de la espesura una faja de un verde mas 
claro serpenteaba de N. a S. Indudablemente aquella era la capri- 
chosa traza de una corriente de agua desconocida para nosotros. 



BATALLA CON LOS SALVAJES EN LOS CAMPOS DB LA FLORIDA 



^os dias despues fuimos sorprendldos de improviso por los ala- 
ridos de los salvajes; las flechas llovian por la senda y arroUaban 
la vang^uardia de nuestros-cargueros. 

Indios! Indios! gritaban los peones y avanzamos nosotros pre- 
cipitadamente preparando nuestras armas. 

Los salvajes, al mismo tiempo que atacaban nuestra vanguardia 
tratando (}e impedirnos el paso, incendiaban unas^poblaciones que 
veiamos proximas al paraje en que nos encontrabamos en aquel 
momento. •' 

En una'^abra del monte a brilla de una corriente de agua, una 
agrupacion de ranchos simetricamente ordenados, denotaba la ha- 
bitacion de un hombre civilizado. ; 



BATALLA CON LOS SALVAJBS BN LOS CAMPOS DE LA FLORIDA 39. 

Pero aquella poblacion ardia entre las llamas, las hordas sal- 
vajes dando feroces alaridos esparcian el fuego por toJas partes, 
y facil nos fue comprender que asistiamos en aquel momentQ^rai- 
dos por la casualidad a uno de esos terribles malones que Uevan 
los indios frecuentemente a los hacendados 6 poblaciones de la 
frontera. 

A las detonaciones de nuestras armas habian respondido las 
de los habitantes de aquella cabana, que indudablemente se de- 
fendian desde el interior de las incendiadas viviendas. 

Un grupo de indios hacia arreo en direccion al bosque, de bue- 
yes y mulas que eomprendimos debian pertenecer a los asaltados. 

Aquellas escenas tenian para nosotros el prestigio de una doble 
sorpresa; encomrabamos despues de las ■ largas jomadas del de- 
sierto, en que la estampa de la planta humana confirmaba la pro- 
ximidad de un enemigo, la primera poblacion civilizada, y por 
asociacion de ideas, el recuerdo del hogar y de la patria abando- 
nada, cntzaba por la mente. 

Alli, entre esos cuadros de debiles paredes de adobe prontas a 
caer consumidas por el fuego, habia indudablemente un grupo 
de hombres que defendia su hogar y sus bienes, pero que arrolla- 
do por el numero, iba al fin a caer vencido por la insolente altivez 
del salvaje. 

No habia que vacilan todos a una avanzamos rapidamente des- 
cargando nuestras armas sobre los grupos de bandoleros que, al 
darse cuenta de nuestra proximidad, huian en todas direcciones. 

Despejada de salvajes la cercania, no tardaron en presentarse 
las gentes de la habitaciooy .cuyas jnanifestaciones de agradeci- 
miento y de sorpresa, por la oportunidad de nuestro arribo, nos 
Henaron^ de satrsfeccioR; 

Habian concluido las municiones en defensa de sus vidas, pues 
hacia algunas horas que peleaban desde el interior de los ranchos, 
mientras que el numero de los indijenas habia tdo en aumento. 

Un hombre vigoroso, de expresion energies en la plenitud de 
la vida, de raza blanca se aproximo hasta nosotros, abrazandonos 
efusivamente. 

Han 3idp ustedes nuestros salvadores, nos dijo. Antes de 
conocerlos les debemos ya la vida; i que import a que la habitacion, 
las plantacione3 y los utiles de.la molieoda hay an sido destruidos? 



40 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD-AMERICANOS 

Volveremos a organizarnos, y una proxima vez ya aleccionare- 

mos a' estds altivos Guaranocas.' (f^<Jmbre 'de la tribu askltaate). 

La persona que asi hablaba, era el senor don Jose'Flbres, dis- 
tinguido ciudadano, vecino de Santa Cruz de la Sierra, donde 
tenia su familia y su hogar. 

La hacienda en que nos encontrabamos era de reciente funda- 
cion, y, como el lector se habra apercibido, el sitio elejido por el 
sefior Flores estababastante avanzado en los dominios del sal- 
vaje. 

Apenas se restablecio el ordert y se apagaron los fuegos que 
consumian las habitaciones, se organize un' ghipo como de quince 
hombres, entre los que iban Juan y Meliton, el capataz del ingenio 
y algunos soldados de mi gnipo y bien armados y municionados 
salieroh en persiecucion de los asaltantes, dispuestos a traer de 
reg^eso el grupo de aniiiiales de servicio que habia sido arrebata- 
do un momento antes. 

Quince hombres bien dotados de municiones y dispuestos a 
atacar, podian tener en este caso la seguridad del exito. — Flores 
y yo, acompaiiados de la gente restante, nos quedamos en la Mo- 

lienda (Establecfmtento donde se trabaja la cafia de azdcar) OCUpadoS del reS* 

tableciiniento del orden y en prevision de un Segundo asalto. 

Algunos peones habian sido heridos en la refrie^a por las fle- 
chas guaranocas y teniamos tambien que atender a su asistencia. 
^ Nuestra rapidez al aproximarnos en proteccion de aquellos 
pioneers del progreso boliviano, no habia dado tiempo a los indios, 
en su precipitada fuga, para cargar con los muertos, como acos- 
tumbran hacerlo en casos de combate. 

Flores, excelefnte tirador, habia aprovechado perfectamente los 
proyectiles de su arma y en ^ reconocimiento que practicamos 
juntos, por la inmediacion, encontramos siete li ocho cadaveres 
de los asaltantes. Se dispuso fuesen enterrados aquellos cuerpos, 
y los peones, siguiendo las practicas establecidas en los casos 
analogos, les separaron las cabezas y fueron a colgarlas en los 
arboles sobre la linea del campo enemigo para escarmiento de 
asaltantes. 

— ^Como han podido ustedes atravesar el Chaco, nos tdecian 
aquella noche, sin haber tenido cincuenta encuentros con los indios? 

El secreto estaba en que habiamos tenido mucho miedo a las 



BATALLA CON LOS SALVAJES EK LOS CAMPOS DE LA FLORIDA 41 



sorpresas, y el indio si no sorprende no ataca, aunque cuente con 
fuerzas superiores. 

Mias de una vez habiamos encontrado frescas las rastrilladas de 
tribus enteras en la traveisia del bosque yla pisada del hombre 
salvaje nos causaba el mismo efecto de sorpresa que la estampa 
de las.pisadas de las fieras/ 

Recordabamos entonces en el desierto aquellos celebres versos 
de don Antonio de Tejada, los cuales concluyen: 



Aunqae fortirna^ ruede; 

Que eil mayor mal que a] hombre le sucede, 

No es de las fieras no, isino de otro hbrabre, 

Que la fiera se amansa, 

Y el hombre en dano de otro no dcscansa! 

Tienen tambien los indios otros medios de combatir y de veneer. 
Se hacen amigos, y cuando los viajeros ban creido y se ban confia- 
do en esa falsa amistad, los traicionan miserablemente.;(Asf fuemuer- 

to monsieur Crevaux, el sabio explorador frances d orillas del Pilcomayo por los 
traidores Tobas, antigua tribu clel Chaco.) Exactamente COmO hacen los 

hombres mas cultos y mas civilizados. 

Por regla general, el indio no es amigo, mientras no ha traido en 
su com'pania a su mujer y sus hijos. Cuando el voluntariamente ha 
Uevado al hombre bianco a su toldo, puede empezar a creerse en 
lina amistad de que en resiimen es mejor siempre dudar. (Entonces 

como entre nbsotros es en general el bianco el que traiciona al indio, seduciendole 
la miijer si puede.) 

Entre los muertos habia caido, traspasado el pecho por una bala 
de Winchester, el altivo salvaje que capitaneaba la cuadrilla de 

asaltantes. (Su crineo figura actualmente en el Museo de La Plata, regalado por 
el autor de estas Hneas;) 

Toda posesion establecida por hombres civilizados, importa 
para el indio un avance en sus tierras y he ahi la razon de aquel 
ataque. 

Los peones que en compafiia de Juan y Meliton y dirigidos por 

el capataz de "La Florida'' (zsi se liamaba el c^stablecimiento del senor Flo- 
res) habian salido a persfsguir a los indios y a traer las mulas, re- 
gresaron al siguiente dia, despues de sostener un nuevo combate 



42 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUO-AMERICANOS 



con los indigenas que,sintiendose perseguidos, habian abandona- 
do sin gran resistencia el arreo de que ya se conceptuaban due-, 
nos, al oir el estampido del atma de fuegp,^ que tiene _para ellos el 
pavoroso prestigib de lo desconocido, suponiendo muchos que el 
que maneja un arma de fuego es arbitro de los destinos de su coh- 
trario, repartiendole a voluntad rayos y centellas u otros furores 
de que dispone el espiritu misterioso en las noches de tormenta. 

Traian tambienun prisionero que habia sido tornado en larefrie- 
ga, probablemente por encontrarse herido, pues de otro mbdo es 
dificil alcanzar aquellos corzos que saltan 6 se ocultan entre los 
matofrales con asombrosa presteza. Habia recibido este una herida 
en el muslo izquierdo, que afectaba los musculos que tienen princi- 
pal juego en el mbvimiento de la marcha. 

Era imposible detenerlo 6 tratar de curarle las heridas. Aquella 
especie de potro 6 de fiera embravecida habia llegado hasta nues- 
tra presencia, gracias a las ataduras con que el capataz y los corren- 
- tinos lo habian aprisionado. 

La melena larga y desgrenada de aquella cabeza imposible; las 
rayaduras de espinas y maceraciones practicadas probablemente 
por los soldados que lo habian hecho cautivo, nos infundieron con- 
miseracion, e intercedimos ante Flores y el capataz de la molienda, 
que habia sido herido en un brazo, par a que aquel prisionero nos 
fuese entregado. 

Nos proponiamos la domesticidad y curacion de este energu* 
meno, cuyas costumbres deseabamos observar de cerca* 

"* El grado de salvajismo de una tribu^ puede deducirse de 
la mayor 6 menor ^eshudez en^^que-aco^umbra vivir,'" dice 
Mr. D'Orbigny. 

Las tribus del Chaco, en aquellas^ latitudes^ sen nomad^ts^y com-- 

pletamente salvajes; viven,.pues, desnudas, y se alimentan de frutos 

de los bosques, de la pesca 6 de la caza a flecha y a falta. de todo 

esto, de raices, <:ogoUos de palmeras, miel silvestre y maizv 6 por 

: otros ingeniosossistemas que despuesexplicaremos. . 

Las palmeras que son abundantes, tienen en su cuspide, oculta 
entre los troncos delaa ramas, una cavidad Uena de ima. pasta le- 
chosa y blanca^ muy alimenticia y senjejante a una bdla de queso 

fresco. .(Ctfando los Intiios tibneii.tiempo, comen. coctdo el cog^ollo de palmera^ 
il que tieoe un saborp^irecldo al del a|lcaucil.) 



BAJAIXA CQN LOS SALVAJES EN LOS CAMPOS DE LA FLORIDA 43 

Ppr esta circunstancia y la de abundar entre los arboles la miel 
silvestre, pueden compararse estas tierras con las de promision de 
la leyenda Btblica^ bieaque allLla miel y la leche coma en los 
rios y aqui, el proporcionarse esos alimentos, cuesta el trabajo de 
voltear el arbol, o sufrir las ponzonosas mordi^duras de las abejas 

que nada tienen de inocentes. (Las abejas i que alude el autor HO TiBVKii 
AGuijON pero algunas muerden.) 

Varios dias permanecimos en " La Florida," mientras se compu- 
sieron los techos y jse restablecio el orden, alterado completamente 
por.la invasion salvaje. 

Santiago de Chiquitos s61o distaba siete leguas del punto en que 
nos encontrabamo^ ; podiamos decir que habiamos triunfado del 
desierto. 

La expedicion salida de Chamacocos no daba senates de vida, 
y nosotros, en la imposibilidad de toda comunicacion, debiamos 
esperar en Santiago la Uegada de nuestros companerps. 



PftA^TlCAS A SBCrtmi BN'I1ffi»DO^'»I!TOlC»'-CHlQWmNeS-'» 

Los dias de permanencia en ^La Florida" pasaron agradable- 
m^nte; nos ctedicabambs'ccyft ^'^(peeftlidad' d la cazi de corzuelas; 
jabalies 6 aves del monte. El senor Flores preferia las grandes 
piezas y hacia blancos al codillo 6 a la cabeza con una precision 
extraordin^ria 

De noche, las narraciones de combates con los salvajes en la 
vida de fronteras, las costumbres y las tradiciones de los indios 
erafi el tema de nuestra conversacion 

— Usted va a Santiago de Chiquitos, me dijo el senor Flores una 
noche, y corao alii las autoridades linicas y superiores son los dos 
cacique^ de las tribus que componen ese pueblo, bueno es, ^e lo 
prepare sobre los usos y practicas que cpnviene adopten ustedes, 
para qiae los indios no les traten como a enemigos. 




cDltudnt FD lui drboles. sobn la Lraea del campo enemiio. (.tig- « 



PRACTICAS A SBGUIK ENTRE LOS INDIOS CHIQUITANOS 45 



\i V .'- 



Agradeci los buenos deseos de mi n'uevo amigo, que hablo de 
esta manera: 

En las alturas de esas piiitorescas montanas que usted va a trepar 
maiiana, esta el asiento de la tribu Guaraiibca y la Tiipii, qiie anti- 
guamente estuvieroa sometidas a las autoridades del pais. UsieH 
enco^tr^ra alio, y^stigios de 1& ?|ritigua rQ^HCPipn Jf ^uijuqa^ y re&tos 
d^l templo y casa de la priihitiva poblacion. 

Los indios son sumisos y perdpicaces; reconocen la superioridad 
del hombre civilizado; perd hay que cuidarse mucho de no brefn- 
der su susceptibilidad. 

Si le invitan a sus fiestas y' bailes, no deje de asistir, por lb me- 
nos a algunas. EUos bailan todo el ano, asi, es que no podria listed 
asistir a todas las fiestas para qiie va a ser ihvitado. 

Los caciques se inspiran en los deseos del pueblo para cualquier 
resolucion; si se hace simpatico a las mujeres, tendra lo que desee 

Hice notar al seiiOr Flores que eso tambien sucedia en los pue- 
blos mas civilizados; pero elagrego, en el deseo de Serme util: Si\ 
pero el dinero aqui es letra muerta; la plata que usted Ueva, no 
sirve entre estos indios para otra cosa que para^cdllares y Se 
prefieren las monedas chicas a las grandes, las de plata a las de 
oro. Esto usted no lo sabe, como tampoco que si los indios le fue- 
ran hofttiltts, se moriria de hstfnbpe y de^ neQ^4ac}- 

Asombreme de que hubiese un pueblo sobre la tierra donde no 
sirviese de nada el dinero y pedi a mi interlocutor que continuara. 

Tiene usted que pensar, que va a habitar una pequena villa de in- 
digenas que viven de la caza y de la pesca; que ellos son los dueiibs 
de las tierras inmediatas y que si le privasen cazar 6 les retirasen 
los recursos y los animales domesticos, que usted tiene que entre- 
garles para que ellos paistoreen, serian ustedes hombres pecdidos*- 

El comercio se hace por amistad y esta solo limitado al inter- 
cambio de alimentos. 

Un indio caza hoy una gacela en los bosques; otro junta miel 
silvestre; otreha traido y-eirba^ de los manantial<^ y etre tiene ba- 
nanas (Pldtanos) de SUS chacos (Asf Uaman A los sembrados). Todos estOS 

indios se juntan diariamente en casa del cacique y se reparten y 
cambian aquellos dones del suelo; en la estacion propicia se orga- 
nizan numerosas carabanas que penetran en los desiertos del Sur 
y traen sal de las g^andes salinas que alii existen. 



46 LA VIDA- BN LOS BOSQUBS SUD-AMfiRICANOS 

. El'caf4<]ue ^e; produce admtrabilemente, y el; azucar^eliiborado 
por ellos mismos, es tambien objeto de amistoso cambiOr -■ 

Si usted no ^ fimij/o, nadi^ le cambia, ni le da attjfnentos y le im- 
piden cazar^ retif andple lo$ animales salv^ajesy aiin ,lo!^; dpjnnesticos 
de que u§tiBdxree p^dc^Kse^^efVir. - >.> n,. 

r Hace algunos anos, dos Irctnce^es entusiasmados con la magnifi- 
ca produccion del caf^^^^trataron de establecerse.en <^anfijago> con 
objeto dp haicer grandes plantaciones; Pasarpfi aqui algunpis* me- 
ses, pero suc^ip que si&.at^laron/de los naturales, los trataban mal 
y no asistian a sus fiestas. ^ ,- p 

IJfi dt{| los franceses;JiiLabian:^cpncl.uido sus provisioi^.y se en- 
coptr^baprsin teoec^qu^ cpmer; bi^scarpn^^us animales doipesticos 
y estos se habfarv^extraviado por los bosques. Se renfermaron y no 
tuvi^rpn quien les hiciese uo remedio, 6 les alc^nzase i^^^sed de 

: — Yo andaba por el interior, cominuo Flores, y ami r^gtj^so a San- 
tiago, Alt' a la phoza qu^jlos fr^nce^.es^se habian.cctnsti'iiiido, con el 
vnico deseo de visitarl^^ y^s^ber«cQmo le|s iba. [Gni|ide;fue,mi spr- 
presa cuando vi, sobre Ips lech'^s de bambii, tendido$ do^ cada- 

• 'vetrSsr,' f. rn -. . . ->. . •> ■■ ■ :'- ■! .-. ,- 

Vine,;jil pueblo, interrogue i, los caciques s^bre .dquella desgracia 
y ellos me contestaron ^n,.le(igua chiquitana mas 6 meno^ lo si- 

• _ 

guiente; . • -'IdDur, •..'■</:. - •■ '»r-" • •.,\ 

. " Que quieres que te digamos^.hermancj; esqs l^ombr^s. no eran 
coroOijnQs^tros, eran de otr^tj^j^as y n6s rairaban..gon|desprecio; 
les ofrec}i|ios mgjeres y se l>ur<l$ripn de ellas, nun^.yinieron a nues- 
,-Ttras fiestas y eI;diftblo^e Ipsiiailevadp." ^ . , ,... 

^ iCpmp cjs ^^o de que Us/ff/r^e^ffios mu/er€S? pfegu&te a, mi in- 
terlocutor. >: ^ 
> — Si'i .ipie resppndio sonrieado; ellos supon^n que el hombre 
no puede ni debe vivir sin companera y solo lo .admiten en el que 
:vade paso, exigiendpje tpmar. mujer al que demofa entre ellos y 
xriucho mas al que es amigo. Esto t^^ qonsiderado comp uiia prueba 
dc carino y de aprecio que se les dispensa,,a la;que(no t2rdan en 
. mps^rarse agrndecidos. . , ; , .> ■ i. 

^De manera que estoyen visperas de •casarmel.agregue^., 
-frY yp se lo aconsejo^me repuso Flpres, si ustjcd pier^a perma- 
neceraqui por alguntiempo. •; | ;., j^; , >-. 



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iiiuiiuuuii M ]i iiM II II II rii«Mn««M«nMniiiuaniia«nnagHHHM«MKMnujfljniiniLMaimuuiLiLimu-iiJiaUAimjLitjmimmimJuauimuu 







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111 



SuMAKio. — Santiagfo de ChiqiiJtos.--Loti caciques Maimore y Taji-hualpa. Me exi- 
^en que elija compafiera. — Concurso de doscientas bellezas indlas. — Ca- 
rolina Frias. — Casamiento chfqultano y danzas primitlvas. — La htscoria 
de mi elegfida. — Recuerdos de la Jnfancia. — Inti-huasi. 




£as brumosas sombras de la tarde nos habian ya envuelto, mien- 
trais subiam<>s'l^ntaitiente en nue^trod escualidos bueyes las 
faldas de aqiiellas meset^s, por una callejUela que etlsanchatfa e'ntte 
lo&.arboI^S y las chozds de los indi^. - t .;.; : 

Una jauria de perros' de Wdafi menasy colores nos asaltaba al 
pasarpor la puerta de icada habitacion y detfas'd6U($sf^perros sa- 
ltan los indrosy las muj^res y los iiiuchachos, envuett^s ek^^and^^ 
y groseras jerjg^as; se aproximaban hnstst nosotrosv-noa^^^teonociail i 
la di^bil claridad de 1^ noche y silenciosos valVianPa ocfiittafse en- 
trees ranchos^^calzando a 6u paso la mal ajustada puertd.'de 'ctiefb 
que perniitia srempre la libre-B^tda del humo del ibgon interior, 
que calentaba a toda la familia. '^-j i. - 

Hoifte, sweet home/ \\\o^ty duicehog^ar!) podiscmQd repetip- con el 
moralifita ingles, ante aquelcuadro del hogar.pi*iWiitivo. ^^ 

En la'plazuela del lug»r, un'rancho techado.cOfliiO lo&detnas, de 
hojas de palmera, servia de Casa de cantinantes y alii fuimos 
nosotro^ alojados aquella primera noche de^nuesitra- tlegada a la 
capital del distrito de Ghiquitos. - > ^-- ^ ■- 

Tres cerros fdrmadog-por mesetas superpuesta^ forman el valle 
ocupado por aquella aldea indigena. 

El dia siguiente nos Sbrprendi6 en nuestras h;amacas colgadas en 



48 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUO- AMERICANOS 

los corredores de la casa de los caminantes y a nuestros bueyes 
paciendo en la plaza principal y linica de aquel pueblo original. 

Nos apurabamos por saludar en castellano a las muchachas 
indias, que vestidas de tipoy, con el pie descalzo y el cantaro en la 
cabeza, iban temprano a buscar agua a alguna fuente inmediata, 
pero cuandb mas, obteniamos una sonrisa por respuesta. 

Fuimos a visitar a los caciques y establecimos las amistosas 
conferencias que metodicamente narraremos. 



LOS CACIQUES MA1MORE Y TAJI-HUALPA 

IwHA el cacique Maimore, de ofic|p«platgrQ; §e Qpi)pab|^§n^u casa 
de hacer yesqueros y otros objetos sencillos, mientras que su 
mujer hilaba el algodon silvestre y hacia las mechas para los yes- 

qu$rP9) 1^ Q^S.^^^«^^^ y^^^f}^^^ colores. 

Fu{ obsequiado en mi primera visita con uno de aquellos apara- 
tos, que a falta de fosforos me presto muy importantes servicios 
en los tiempos subsiguientes. 

£1 cacique, hombre de escasa estatura y enjuto de cames, parecia 
muy elocuente cuando hablaba entre sus subordinados; en s\\ mira- 
da movil se descubria un hombre nervioso y astuto. 
_ „E1 rancho que leserviade taller estaha decorado en sus nmcos 
con ensayos de figuras que el ejecutaba en sus trabajos artisticos. 

Vestia chaqueta y calzones de algodon tegidos en los talleres 
del lugar, hojotas de Anta (Tapir) y sombrero de fibras de palmera. 

Su mujer Uevaba el tipoy de la^ guaranies, que es simplemelnte 
un camison de descote y manga corta, de tela de color vistoso, que 
Uega al tobillo 6 la media piema, segun la edad de la mujer que lo 
lleva, p^o que frecuentemeqi.te^rig^^parentan los cuerpos a la cla- 
ridad del dia. 

Una sarta de cuentas 6 de monedas al cuello y aros en las 



LOS CACIQUES MAIMORE Y TAJI-HUALPA 49 

• ' • ' ' . » • ' 

Orejas, constitu(an el total de los adornos que no d^niinciab^ii, a 
la verdad, las entidades hireditarias de un trono americano,' bien 
que en esta parte del globo tenga tan poca boga el sistema mo-* 
narquico. 

El otro cacique se Uamaba Taji-hualpa; vestia comp su colega 
el traje chiquitano y su mujer el tipoy liviaho y floreado, unica 
moda que por entonces hacia de las mujeres, de Ghiquitos, seres 
dotados de la superioridad recomendable de no atender a lbs usos 
de Paris, que arruinan a tantos maridos conjplacienteSv en las gran- 
des ciudades. , . 

Taji-hualpa llevaba suelta su negra cabellera, la que caia como 
la melena de un leon sobre sus anchas espaldas y cerraba sobre su 
pecho una espesa barba apostolica. 

Este cacique era gran admirador de los hombres de elevada 
talla; en esto pensaba lo mismo que su mujer y asi solia decirnos 
despues de unas cuantas libaciones de chicha y aguardiente. 

— Oh! hermano, como siento no tener una hija para darte por 
mujer! . 

Una manana vinieron los dos caciques a mi carpa y despues de 
embriagarse un tanto, segun era de practica, sentados los tres y los 
interpretes debajo de un frondoso arbol, se expresaron en los si- 
guientes terminos, que me fueron traducidos: 

— Amigo hermano: nosotros queremos que nob digas si tu pue- 
blo esta al otro lado de los grandes mares, 6 si esta en estas mismas 
tierras de que nosotros somos hijos. 

— Sojr de estas mismas tierras que se llaman Americanas^ les res- 
pond! y de aqui han sido mis padres y tambien mis abuelos. 

— ^Quedan muy lejos de tu tierra los franceses? me preguntaron. 

— Tan lejos como de esta Chiquitana, les repuse; porque los fran- 
ceses viven del otro lado de la redondez del mundo y para ir a sus 
tierras hay que atravesar los grjindes mares. 

Crei descubrir la intencioii de esa pregunta, recordando el cuento 
del seiior Flores. 

— Entonces eres nuestro hermano, aunque seas rubio, prosiguieron 
y asi lo habiamos supuesto ya, porque tu nos tratas como a Iguales. 

•r-Hermanos somos, les replique, e hijos del mismo Sol de Mayo 

^Hacfa alusion al sol de la bandera argentina aprovechando la circunstancia dg 
•que casi todos los indlos veoeran al Sol como & su Dios.) 

La vida en los bosques sud-americanos 4 



50 LA YIDA EN LOS BOSQUBS 8UD- AMERICAN OS 

— QbVsiy.aflyegaron alegremente, mirando con cariiio hacta el 
cielio^f el Sol es nuestro eterao padre y ha sido el padre de nuestros 
ahuelos. 

Esta veneracion al Sol nos ha parecido siempre mucho mas 
ihteligente qucrla de oti'bs pueblos 'salvajes que se tienen por civi- 
lizados y adoran santos de palo. 

£1 Sol es el padre de la luz y del calor que anima y fecundiza 
todo lo creado. Sus beneficios son reales y es centro de nuestro 
sistema planetario. 

El principio de adoracion a un ser supremo esta mucho mas bien 
comprendido por el indio, que parece haberse fijado mejor en las 
circunstancias que rodean su existencia. 



ME EXteEN QUE ELlJA COMPAl^ERA 

IIabiamos hecho amistad y profesion de fe en un breve instante 
y los caciques continuaron: 

— Ha Uegado el momento de que elijas mujer entre nuestro pue- 
blo y nosotros te vamos a mandar todas las que hay disponibles 
en estas dos tribus. 

Es posible que en tu tierra haya mujeres mas lindas que las nues- 
tras; pero aqui vas a permanecer por algun tiempo y noes justo que 
te quedes sin tu china, siendo ley que cada hombre tenga la suya. 

En vista de la necesidad indispensable en que me encontraba de 
Uevarme bien con aquellos personajes y movido por la curiosidad 
de aquella ceremcmia de elejir mujer entre las indias, acepte gus- 
toso el ofrecimiento de los caciques, manifestandoles que deseaba 
mucho encontrar una chiquitana que me gustara, lo que.no era 
raro ni dudaba sucederia, pues habia visto unas tan bonitas como 
las mujeres de mi tierra y otras de preciosos ojos negros, aparte 
de que no tenia aiin bien definida mi aficion por las rubias. 

— Ahora nos vamos a nuestras, casas, me dijeron los caciques. 



MB B^tGBN QUE BLIJA COMPAlf^RRA 51 

EI dia.de hoy y el de ni4^na V9S a emplearlos en recibir las 
mujeres que te vendrati a visit<ir. Te vamos a mandar las muchn* 
chas que no han tenido hombfe todavia, que son las que traen el 
pelo,atado; las que lo traen Suelto, son las que y^ lo han tenido y 
lo han perdido en la guerra 6 han sido abandonadas y que por 
tanto se eocuentran dispofiibies. 

Aquellas expljcaciones me interesaron mas en el estudio de las 
costumbres indigenasi y at retirarse los caciques me puse a espe* 
rar la visita de las india6« que no tardo en iniciarse. 

; Es original lo que itie pasa, me decia yo mismo, en un mono- 
logo que sostenia en presencia de las bellezas indijenas! {Quien 
me habia de decir a. mi que vendria a elejir esposa por convenci* 
miento de la necesidad de ser casado, en estos apartados lugares 
y en medio de estas gentes ? 

Yo, eterno enamorado de la belleza ideal, apenas revelada en 
las sublimes concepciones del arte; de esa belleza a la- que cada 
mujer hermosa le ha tornado en prestamo un rasgo! 

Prestamo del que es despojada a lo mejor! 

I Me quieren ustedes hacer teoria sobre bellezas del alma ? 

Estoy perfectamente de acuerdo; pero eso es buenopara enga- 
narse uno mismo, despues de ser casado con una mujer fea y mas 
que todo no tratandose de prendas morales de las beldades indi- 
jeqas Chaquefias. 

No era de realizar ensuenos de lo que se trataba. Era de algo 
mas terrenal, tratabase simplemente y como dicen los indios, 
•* de tener su china, " 



CONCURSO DE DOSCIKNTAS BELLEZAS INDIAS 

Las muchachas alegres y sonrientes, sin entender palabra de 
cuanto yo decia, con la cabellera negra suelta al viento, entraban 
y salian a mi tienda de campana, se sentaban, dejaban ver su pie 
pequefio y descalzo y una doblc hilera de preciosos dientes blan- 
cos, mal ocultos entre sus gordas bocas granates. 



52 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD-A'MBRICANOS 

Aquellos euerp.os sueltos debajo del tipoy, revdal^h sift enga- 
hp las ,fprmas y l^s curvas plasticas en su seHciilez priinitiva. En 
aquel tomeo de rbiBlt^za, hada habian tenido qae ver las Ma- 
dammes, Carreau, PHrand\ ni Vigneau (iijffdistas <!«< Buenos Aires) , en 
sus complicadas conf^cciones. j rv^ lib 

Ninguna mujer hablaba mas que su idioma y hiaibian -cometido 
ui> error los caciques, no dejandome interprete paifa:' entenderme 
con mi^/avorecedoras, Asi lo pensaba yo, cuandp se me ocurrio 
que debia estar equivocado y que al contrario, aqUfltUos hombres 
avezados a esta practica nacional, me ponian en tal situacion para 
propprcionacme la ocasion de hacerme entender por ^eiias 6 
valiendome del idioma sin palabras, de la mirada, que es tan anti- 
guo y mucho mas elocuente que el hablado. 

Me decidi, pues, a hacer carinos a aquellas fftuchachas, que 
locas de contentas salian corriendo y saltando ctfMd€fT^s dejaba 
en libertad, retpzando como las alegres gacelas de la pradera, por 
la plazoleta del villorrio. 

Sucediome por fin, con la elecciPn deuesposa, lo >c|ue al^rustico 
Bertoldo con el arbol en que debia ahorcarse, bieftque podra 
juzgarse de prudencia que pasase ese/ dia y el otro, sin que hu- 
biese elejido una entre las doscientas mujeres que se me pre- 
sentaron. 

Ya que de elejir una se trataba, quise pasar la revista completa 
antes de una resolution definitiva, 

Viendo que la revista habia terminado y que ya mis amigos y 
hertnanos los caciques no tenian nada mas que mostrarme, me 
diriji a casa de Taji-hualpa esperando disculparme, con el pretext© 
de la falta de interprete, cuando fui sorprendido por la voz clara 
y simpatica de una mujer joven, como de veinte anos, de alegre 
fisonomia y preciosos ojos negros, que en correcto castellano me 
decia: 

Extranjero: dice Tatai Taji-hualpa que si ya has elejido com- 
panera. 



CABOLINA' 7pltIAS 



- CAltOUNA FRTAS 



' rlijA! , , . le respondi, qjie el Sol te guarde! ... dile a Taji- 
hualpa y a todos los Taitas que.tu tengas, que la tnujer mas bella 
de esta tierra eres tu. 

Trato de alejarse sonrien- 
do mi interlocmora, pero 
apresure mi paso y dandole 
alcance, entablamos el si- 
guiente dialogo: 

— (Como hablas tu tan 
bien el castellano, cuando 
por aqui nadie lo habla? 

— Mi padre, que era cris- 
tiano, me lo ensefio cuando 
nina, dijome estirando su 
mano pequeiia, que yo tome 
entre las mias. 

— ^No me has dicho que 
Taji-hualpa era tu Taita? ~" 

— I aji-hualpa es mi 1 aita, 
pero mi padre, que murio siendo yo pequena, se llamaba Frias; 
yo me llamo Carolina, y me ha criado la mujer del cacique. Aque. 
tla es mi casa, anadio, indicando una casita que ocupaba el angulo 
proximo de la plazuela del lugar. 

— ^Quieres venir a tomar una taza de cafe conmigo? 

Acepte gustoso la galante invitacion y juntos, con la confianza 
de antiguos amigos, nos dirigimos a su pintoresca morada. 

Unos ranches de paredes de madera, lechados con largas tiojas 
de palmera, formaban el angulo saliente de la cuadra, sobre la pla- 
za del lugar y un terreno cercado por tapia de adobe y poblado de 
bananos y plantas de cafe en fior completaban la morada de Ca- 
rolina en que fui recibido. 

Al centro del rancho una hamaca cruceiia (Son como las paragpua- 
yas, pero de tela mas gruesa) desempeiiaba el complicado rol de sofa 




54 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUO-AMERICAMOS 

durante el dia y de cama de verano en las noches calurosas; una 
hermosa piel de tigre servia de alfombra y en la pieza contigua 
se veia una cama nistica, hecha con gajos de bambii. Otros obje- 
tos de construccion local completaban el menaje de la casa. 

Fui instado para que me sentara en la hamaca, invitacion que 
no acepte sino a condicion de que me acompanase Carolina y 
muy pronto empezamos a mecemos al suave y acompasado movi- 
miento. A poco, dos indias que Servian de criadas se presentaron 
trayendo entre sus manos unas mitades de calabaza, que conteni'an 
el humeante cafe, aziicar y roscas de maiz, para obsequiarme. 

Sorprendiome que en el pueblo no hubiera vasijas de barro 
para aquel uso; pero Carolina sostenia graciosamente que el cafe 
en mate 6 tutuma^ como alli Uaman a las calabazas,"^ era mucho mas 
sabroso y perfumado. 

— Yo desearia, la dije, entre un sorbo y otro del excelente cafe, 
elegirte por companera y que fuesemos amigos en adelante. 

— La amistad es posible, me replied la muchacha; pero lo de 
companera, no sepuede arreglar, porque yo estoy comprometida 
con Mainttlian^ que es el sobrino de Taita Taji-hualpa. 

— No hay Maimelian ni Taita que te valga, dije a Carolina en un 
rapto de entusiasmo, descubriendo la aprobacion de mis ])alabras 
en el fondo torcaz de sus brillantes ojos. 

— Tienes que arreglarte con Taita Taji-hualpa, itisistio y el te 
va a pedir muchas cosasque yo no valgo» para deshacer el com- 
promiso con su sobrino. 

— iQue me puede pedir, pense, si en este pais no vale nada el 
dinero? 

Mandale una yunta de bueyes de los de tutropa, anadio Caro- 
lina, y anda tu a decirle que me quieres, que yo sere interrogada y 
dire que te acepto, ya que eres hombre de la raza de mi padre y 
que hablas el idioma que el hablaba. 

Llame a Juan y a Meliton, que por aquel tiempo estaban tambien 
casados, temerosos tal vez de contrariar las practicas chiquitanas 
y les ordene llevasen los bueyes a casa del cacique Taji-hualpa. 
La empresa Bravo era en resiimen quien pagaba aquel lujo de que 
yo tuviera esposa india! 

Cuando mis enviados Uegaron, me pres^nte al jefe de la tribu 
Guaranoca^ pidiendole a Carolina por companera, y agregiie: 



CAROLINA UtlAS 55 



— {No me dijiste, cacique amigo, que no tenias una hija para mi? 

— Si, me respondio, acariciandp a Carolina; — pero lo dije, porque 
no pensaba que esta picara muchacha iba a querer dejar a mi so- 
brino ""Maimelian/* 

Asi quedo concertado ante la Suprema Autoridad del pais, m; 
nuevo estado, y esa noche, un gran baile en casa del cacique, feste- 
jaba mi ingreso en la tribu y el enlace de Carolina. 



CASAMIENTO CHIQUITANO Y DANZAS PRIMITIVAS 

Lios instrumentos que formaban la orquesta eran: flautas de 
cana, tambores y violines de construccion local y unos mates 6 
calabacitas sujetos a la punta de un palo, conteniendo granos de 
maiz, los que batidos contra el suelo completaban las armoniosas 
melodias. 

En un angulo de la sala espaciosa, se habia colocado con carac- 
ter estable, una enorme tinaja enterrada hasta la mi tad debajo del 
suelo, y que contenia el Champagne de la fiesta, Chicha de maiz. 

(Especie de cerveza hecha con maiz pisado, en fermentacion). 

Corrian por entre los concurrent's, de una mano en otra, las 
tutumas (Mitades de calabaza 6 mate) cargadas del brebaje tan estimado 
por los indios. 

Cuando la exigencia de beber juntos arreciaba, llegaban las tutu- 
mas hasta nuestros labios y los indios exigentes con el nuevo con- 
ciudadano, no siempre se conformaban con el aparato. 

La miisica original que mas excitaba a los concurrentes, paraba 
momentaneamente, para empezar con mas violencia, despues de una 
corta pausa; y de un lado de la sala, aobre una mesa, varias velas de 
sebo alumbraban la estancia y los venerablesy velludos ro^osdel 
cacique y demas amigos que jpres^dfW^l^eifta; Entonabari- freetreh- 
temente sus estomagos con prolongadas libaciones de aguardiente, 
que parecia ser la bebida predilecta en las veladas nocturnas. 



CASASfiENTO CHIQUITANO Y DAKZAS PRrillTIVAS 57 

Una de las danzas indigenas mas en boga entre los chiquitanos, 
es la que danios a continuacion. La parte de canto ejecutado en la 
flauta^ recupera mucho de su indole agreste y prinritiva. 

Con esa miisica se cantaba e improvisaba versos; con ella se 
bailaba y a impulsos del aguardiente y de la chicha, era mas 
acompasada 6 violenta, segun las exigencias del caso, hasta llegar 
al desenfreno en el colmo del entusiasmo. 

£1 diapason y el compas eran marcados por el Kquido de la ti- 
naja y de ahi la excitacion de los danzantes. 

Cuando se agota el aguardiente, puede decirse que termina el 
baile y el sol del dia siguiente suele llegar al zenit del cielo mas 
lindo del mundo, segun la frase de D'Orbigny, contemplando 
carinoso aquellas criaturas que tanto lo veneran, dormidas largo a 
largo sobre la verde grama, 6 a la sombra fresca de las palm eras 
y de Iqs platanos, que crecen silvestres y sin que nadie las contrarie 
en el borde de laszanjas 6 en medio de los aduares primitivos. 

El momento de la danza es generalmente elejido para festejar 
al extranjero que ha caido en gracia, y en los casamientos es la 
ceremonia del reconocimiento que todos hacen de la nueva 
pareja. 

Las mujeres de baile levantan al agraciado y lo colocan en el 
centro de la sala; ocho 6 diez de las mas jovenes y bellas, tomadas 
de la mano, bailan^ avanzando y retrocediendo, le cantan cpplas 
improvisadds 6 arregladas de antemano, pasanle las manos cari- 
nosamente por el cuepo y la cara, en el momento que los circulos 
se estrechan. Xonfieso que estos carinos suelen ser cargosos en 
publico, sobre todo si lino tiene cosquillas. Cuando son muchas las 
mujeres que hay en el baile, la fila de danzantes se hace doble 6 
triple y las ruedas giran a derecha e izquierda, turnandose en los 
carinos de la primera fila. 

Se hace coro de voces femeninas que cantan coplas. 

Traducimos al castellano las de aquella noche, que mas 6 menos 
significaban lo siguiente: 



Buen. extranjero 
Eres ^rande y fuerte; 
Nosotras somos debiUs mujeres, 
Quierenos y regdianos tipoys. 



58 LA VIDA BN LOS BOSQUES SUD-AMBRICANOS 

Te hacemos cariSos 
Porque tii te muestras 
Nuestro hermano y juegas 

Y bailas con nosotras; 

Ya no te irds de nusstro pueblo; 
Aquf somos ricos porque somos libres; 

(Indepenaientes y soberanos de nuettra voluntad.) 

No deseamos nada, vivimos felices« 

Y no nos queremos separar de tf. 

Dines cual de todas es tu preferida; 

EHje una buena muchacha 

Para que sepamos 

Que eres varon i^uapo y conozcaqoos tu p^endat 

Aquella noche Carolina y las demas muchachas indias se hablan 
adornado especialmente, Uevando el cabello y descote cubierto 
de luciernagas y tucu-tucos, Bella idea que hace pensar en el ofi- 
gen del uso de los brillantes. Yo por mi parte debo declarar, 
no sin rubor al narrar este pasaje, que asisti al baile en traje de 
tndio^ lo que merecio gran aplauso de la concurrencia y sobre to- 
do de Taji-hualpa. 

Cuando se acaba el baile, si el carino ha ido en aumento, los 
hombres y las mujeres cargan con el obsequiado sobre sus horn- 
bros hasta la casa en que habita, lo despojan de su liviano traje 
y lo meten en la cima, poniendole al lado a su elejida. 

Asi fuimos Uevados Carolina y yo la manana siguiente al baile 
en la casa del cacique Taji-hualpa. 

Estabamos casados! . . (a uso indio, bien entendido). 

La mas alegre de aquellas tribus es la de los indios Guaraiiocas, 
que se titulan especialistas y autores de las danzas indigenas de las 
comarcas circunvecinas. 

Tuvimos ocasion repetidas veces de ver bailar el Pavi-Pavi y 
otros bailes indudablemente originales de los bosques, por su ca- 
racter agreste e imitativo. 

Un indio se para en un extremo de la sala y sujeta en sus manos 
un palo perpendicularmente, el que tiene en.su extr^midad alta un 
mate coateniendo granos de maiz y plumas de avestruz, en forma 
de hojas de palmera. i . 

Las bailarinas avanzan en filas seguidas, agachandose y como 



CASAMIENTO CHIQUITANO Y DAMZAS PRIMITIVAS 59 

tratando de recojer frutos del suelo, cantan en coro refiriendose a 
la colecta de frutas del bosque y en Uegando a la palmera 6 
supuesto arbol que tiene el indio, tratan de hacer como que 
bajan frutos, golpeando el mate y los granos de maiz, todo esto 
al compas de musicas y cantos. . 

Al avanzar en fila, vienen haciendo la accion de espantar los 
mosquitos u otros insectps que les picaran, cantando siempre, 
se levantan el tipoy para quitarse el incomodo insecto, dejando 
ver en esa actitud una buena parte da \«s piern^ts 6 el senp. ' 

Las indias son sumamente presmmfia»y tienen muy desarrollada 
la coqueteria y ese buen sentido innato en la mujer, que la- hard 
siempre mostrar con preferencia la pierna, si es mejor que el seno, 
6 vice- versa. ' 



LA HISTORIA DE MI ELEGIDA 

"^JTIi hermano Antonio, me dijo Carolina una manana, ha "sabido 
que tu me has honrado y distinguido entre todas las muchachas 
de mi pueblo y esta muy contento de saber que eres tan bueno 
y generoso. 

Las mujeres de servicio han ido esta manana a nuestros Chacos 
a traer bananas y el les ha dado para ti estas dos grandes tutumas 
Uenas de miel silvestre,:que ha juntado en los bosques. 

Es un muchacho muy bueno, tiene gran aficion a la caza y 
quiere todo 16 que yo quiero; no extranes pues el regalo, sin 
embargo de no conocerte. 

Agradeci el presente y quise probar de aquella sabrosa y dulce 
miel de Carolina, que apreciaba en justo merito, aunque no me 
habia costado gran trabajo el conseguirla. 

Cuentame tu histocia, le dije a mi amiga, mientras gustabamos en 
la misma tutuma de la exquisita miel, que conservaba aiin la fra- 
ganda de las flores selvaticas. 






TIVINA 



' - Danza indiana 






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(Prfg. 67^ 



XA HISTORIA Dfe'iill fiLfeCTDA ' 61 



Supbngo, continue, que "debe ^ser intAiresante; cuentame tambien 
la de tus j^adres y todo lo qu^e a ti se* Vfefiere. 

— Ven debajo de estOS Tajt'dos {Arhol silvestre de belHsima forma que en 
esa epoca del aiko pierdeJahoja y se cubre 6fi fragaAtes floras de amarillo dorado), 

me respondio y ya que asi lo'qiiJert^^ tfe-hafe'mi relatb. 

El <lra se iiliciaba con un calbr st^Cktite y era'liVas agradable sa- 
lir -de -las estrechas habitaciohes <^(ibi^rtas cbii hqjas de palmera 
y recostarse sobre la fresca gramilla que alfombraba el siielo a 
sombra de aiidsos arboles en la falda de las cuestas vecinas. AUi 
una fresca brisa perfutnada por las 'fri^antes flores del Tajtbo nos 
invitaba a la holganza y al sopoi* de tina siesta chiqUitana. 

Venga con nosotros el lector, que' tal vez sigue fatigado este 
monotono relato y tirese largo a largd' en la ancha carna qiie le 
ofrece natura, tan prodiga en sus dohes. Oiga el canto de las 
ayes que saltan de una a otfa rama en los copudos arboles 
elijiendo su alimento en el mas sabroso fruto. 

Mientras repite con nosotros aquel conocido cuarteto de Fray 
Luis de Leon : 

** jCuin descansada vida 

"* aquella que se pasa en la escondlda 

** scnda por donde han ido 

*" los pocos s^blos que en el mundo han sidol '* 

le permitimos que contemple extasiado las brumas azules y viola- 
ceas de los hondos valles que nos rodean. 

Hecho esto, oiga la historia veridica de la joven india que 
sentada a nuestro lado hablo de esta manera: 

— Habia en Bolivia dos hermanos nacidos de la misma madre y 
del mismo padre, que juntos se educaron y juntos habian pasado 
los grandes mares que dicen rodean la tierra por confines muy re- 
motos, buscando ensanchar los muchos conocimientos que ya por 
aquel tiempo habian adquirido. 

Despues de muchos anos de estudio y de vivir lejos de su fami- 
lia, volvieron los dos hermanos a su patria, donde fuerori conoci- 
dos y respetados como sabios. 

Uno de los dos, el mayor, se habia dedicado preferentemente a 
la ciencia del gobierno y habia adquirido celebridad y renombre, 
ocupando en el pais muy encumbrados puestos (Fue Presidente de la 

Repiiblica.) 



62 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD-AMBRICANOS 



El $egundo hermano, se h.ibia dedicado al estudio de la Natqra- 
leza, de los astros que pueblan el firmamento y de las plantas ine-^ 
dicinales. 

Mas amigo del retire y del hogar que su mayor, se enamoro pri- 
mero y tomo una mujer que fue su esposa. 

Quiso la fatalidad que su hermano se enamorase de la que el ha- 
bia elejido por companera de su vida y que no fuesen bastantes 
para respetarla los vinculos del carino y amistad que a su hermano 
le ligaban. 

Llego un dia en que las criminales relaciones fueron descubierta^ 
por el marido y entonces acongojado y triste aquel infeliz hombr^ 
que no tan solo era un sabio sino un santo, abandono su c^sa y 
su mujer y huyo a los desiertos, buscando entre los salvajes, 16 
que la civilizacion le negaba .... La tranquilidad de su hogar! 

La casualidad cjuiso que ese hombre humillado y entristeci4o 
viniese a vivir entre estos indios, de donde «ra natural mi pobfe 
madre. 

jAhitienes en pocas'plalabratettti triste historia! 

Antonio y yo, somos hijos de aquel que fue tan querido y res- 
petado entre los chiquitanos. Al tiempo de su muert^, mci dejo ^n 
poder de Taita Taji-hualpa, como tambien a mi heriiiano que es 
menor que yo. 

Siendo nina, una vez el hermano de mi padre mando una gran 
comitiva con el objeto de llevarselo, pero mi padre se resistio a 
las suplicas, y aquella gente solo consiguio ahondar la pena que 
a mi juicio lo llevo al sepulcro. 

Despues de la muerte de mi padre han venido a buscarnos a 
Antonio y a mi, de parte de nuestros parientes, pero nosotros recor- 
damos que nuestro padre no habia qiierido abandonar estos pa- 
rajes y hemos hecho el proposito deguardar sus cenizas. 

Recuerdo un hombre de quien mi padre hablaba siempre con 
carino. Era un pasajerb que habia venido de muy rambtas tierras 
yse Uamaba monsieur D*Orbigny. 

— ^D'Orbigny? exclame sorprendido. 

— Si, respondio Carolina y casi te aseguro, si no fuese que tan 
malos fueron los dos franceses que vinieron a plantar cafe el ano 
pasado, que aquel hombre era frances y probablemente un grande 
de su tierra. 



LA HISTORIA DB MI BLEGIDA 63 

Corri entohces a mis alforjas de viaje y saque el linico Wbto que 
conservaba entre mis c)bjetos de primera necesidad. Era un tomo 
de la obra del sabio naturalista frances, de quien Carolina me ha- 
blaba bacia un momento y se titulaba " Viajes por la America Me- 
ridional. (Bn ese y otros autores encontrari e1 lector el estudio cientffico *de las 
comarcas del Chaco, ageno al car^cter de esta obra.) 

Encontre alii el siguiente parrafo que traduje al castellano: 

"" Fue grande mi sorpresa cuando en las proximidades de San- 
tiago de Chiquitos encontre un indio que cazaba a flecha y que en 
correcto frances me dirigio la palabra en estos terminos: 

No tema usted a los indios de este lugar, que hay aqui algunos 
que se ban educado en Paris y que se honraran en recibirle con lia 
cortesia que usted se merece. " 

Ese era mi padre, replico Carolina; yo le he oido repetir ese en- 
cuentro con el sabio que manifestaba a su sirvietite los temores 
que lo asaltaban tie qn^ los indios no les recibiesen bien. 

Cuaitdo vayas a nueStrOS ChacOS (Sembcados que hacen en losbosques.) 

a orillas del rio Agua Caliente, te mostrare un retrato hecho por 
mi padre, el cual conservamos como un recuerdo de monsieur 
D'Orbigny, me dijo sonriendo. 

Rogdrae mi companera que la leyese todo el libro y asi lo hice, 
pasando mis largas boras en traducir aquellos viaje^ a la sombra 
apacible de las frondosas plantas de Tajibo. 



RBCUERDOS DE LA INFANCfA 



IVIe pidio Carolina le contase mi historia, pues ella me habia com- 
placido refiriendome cuanto de sus antepasados sabia, agregando 
que a ella tambien le seria interesante conocer mi pasado. 

Deseoso de complacerla y por no entrar en divagaciones, me 
concrete a recitarla los siguientes versos, que conservaba como un 
recuerdo de mi i'nfancia, y que crei satisfarian su curiosidad. 



RBCUBRDOS DB LA INPANCIA 65 

Alia en el Delta del Plata ameno, 
Bntre las islas del Parand. 
Donde las flores siempre fragaittes 
Suaves perfumes al aire dan . 

Alld en la patrla de las palmeras, 
Entre los ceibos y el azahar, 
Donde susurran brisas llgeras, 
Do la existencia toda es amar 

En leve hamaca pase cantando 
Alegfres dlas de juventud^ 

Y al son del eco de un arroyuelo 
Templando notas en mi laud. 

Y en mis angustias, siempre recuerdo 
El dulce timbre de a^rea voz, 

Qoe una roafiana dentro el folia je, 
Tr^mula y suave me acompand. 

Alegje entonces alee mi canto, 
En ese Instante me cref feliz; 
Mas fii^ tan solo la voz de un hada^ 
Que entre otros ecos perdldse al fin. 

Hoy cuando elevo sendllo canto, 
No me acompafia ya la vision, 
Tras un minuto de edad pasada, 
Voldse'el.hada; fue una ilusloni 

Tu histbria es muy corta, me dijo, y a la verdad me gusta mucho 
ese modo de expresarse, que quisiera me ensenases. (Debe recordar- 

se que Carolina no era precisamente una india. Hijade un hombre de educacion 
excepcional, que se habia ocupado de ella hasta la edad de 14 aS^s, viyia 6ntre 
losbosqoes, como la flor de un jardin puede ir 4 parar al deslerto Iteva^da por el 
viento de la casualldad 6 del infortunio.) 

Accedi gustoso al pedido de Carolina que, desde esa tarde, no 
ceso de formular estrofas. Unos dias despues me presento estas 
que me hicieron sospechar en ella, mas una musa errante de las sel- 
vas, que una mujer. 

Yo conserve casualmente esa produccion, debido a mi mania de 
no andar sin papel y lapiz, aiin en medio de los desiertos. (El inteli. 

gente lector comprenderd que no fueron estos precisamente los versos que dljo Ca- 
rolina, pero, en esencia, eso mas 6 menos significaban.) 

La vida en los bosques sud-americanot & 



66 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD-AMBRICANOS 

Son estos: 

Bellas las flores son, suave el perfume, 
Que la brisa ondulante va Ilevando, 
Al pasar, en las tardes suspiraado! 

Cuando este sitio dejes, 

Cuando de aqui te alejes, 
Buscare yo un aceuto, una dulce sonrisa, 
Tan suave y armoniosa cual la brlsa! 

Mira, ya en lontananza se ha perdido, 
De la nave querida hasta la vela, 
Busquemos sobre el mar su blanca estela! 

Cuando este sitio dejes 

Cuando de aqui te alejes, 
Buscare por doquiera, con mas crecido anhelo, 
La huella que tu pl^ deja en el suelo. 

Mira esa flor que arrastra la corriente! 
De una planta lozana fii^ arrancada, 
Y va a perderse alld, en la mar helada! 

Cuando este sitio dejes, 

Cuando de aqui te alejes, 
Contemplare yo triste mi amor asf perdido, 
En el ablsmo ing^ato del olvido! 

Aquellas estrofas que hablaban de nuestros amores presentes y 
de su desenlace ineludible, en respuesta a mis cuartetas contando 
las primerasilusiones a orillas del Plata, me llenaron de sentl- 
miento y pretendi alejarme de aquel sitio; pero el amor, que siem- 
pre va embozado jugandole a uno malas partidas, me habia fle- 
chado ya, oculto entre las estrofas de Carolina, que empezaba 
a hacerme su cautivo. 

Mi cautiverio estaba compensado, si se tiene en cuenta que yo la 
habia convertido, de tranquila criatura de los bosques, en victima 
de conatos literarios. 



nrrt-HUASi 



tNTt-ttUASI 



JuNTRE las muchachas que iban a la fuente durante el dia, cargan- 
do al hombro su cantaro de ardlla, como la duke Pinu de la tra- 
dicion india, pasaba por mi puerta una regordetona de nota* 
bles formas, desenvuelta bajo el suelto tipoy. Llamabase Inti^kuast 
<Ca9a del Sol.) 

Mi aficion a las artes y es- 
pedalmente a la escultura, 
me ha soltdo Uevar a inespe- 
rados lances y no se si esa 
aficion, 6 la circunstancia de 
que aquella joven india pa- 
saba con mas frecuencia que 
los primeros dias por la 
proximidad de mi tienda de 
camp ana, haciendo sonar so- 
bre la tierra del sendero en- 
durecidp, sus desnudos pie- 
cecitos, hizo que yo fuera a 
la fuente por entre los pla- 
tanos, en las boras de la 
calurosa siesta y le ayudase 
a llenar su cantaro rojizo 
con las frescas aguas del 
rtachuelo. 

Las grandes hojas de ba- inu-iiu».i ic«m aei uni 

nano parecen ensancbarse al calor de los abrasadores rayos del 
medio dia, e' invitar al descanso en las frescas grutas de vegetacion 
tropical, 

Mezclado entre los perfumes de las flores del bananal, se oia el 
murmullo arrobador y cadencioso de las aguas que caian por las 
piedras de la fuente vecina en cascadas de brillantes. 

Entre aquellas grutas, la sonrisa expansiva de Inti-huasi era 
mas franca y expresiva que cuando pasaba por frente a la puerta 
de Carolina y trataba de corresponder a mi saludo. 




68 LA VIDA BN LOS BOSQUES SUD-AMBRICANOS 

Como ella no hablaba sino en chiquitano, tenia que recurrir a 
la mimica para que me entendiese. 

Declaro que mi intencion de viajero y de admirador de costum- 
bres primitivas, era solo contemplativa y platonica en este case, 
sin embargo de lo expresivo de nuestro idioma adoptivo. 

Admiraba cada dia con mas frecuencia una belleza indigena 
pura y me seducia ese candor americano y agreste de aquellos 
ojos grandest sombreados de luces de bronce y animados por el 
temple de una pasion salvaje y juvenil. 

Oh! los enamorados que no ban salido de nuestros suntuosos 
salones de Buenos Aires, poblados de bellezas de la raza blanca^ 
no conocen mas que un tipo, un estilo; ignoran la grandiosidad de 
una pasion salvaje, con toda la poesia de las selvas, el arrullo de 
las cascadas y el impetu de las borrasCas tropicales. 

Pero Uego un dia en que Carolina no dormia la siesta y conocien- 
do tambien el misterio de las hojas del banano en las boras caluro- 
sas, cayo sobre nosotros como fiera embravecida, en momentos en 
que yo entrelazaba una guirnalda de azucenas rosadas, de las que 
crecen a la orilla de los lagos, a la negra y larga trenza del pelo 
de Inti-huasi. 

El cantaro de arcilla rodo por el suelo hecho pedazos, dejando 
escapar las aguas cristalinas que volvieron a la fuente y huyd mi 
timida gacela, dejando entre las espinas del camino la guirnalda 
con que momentos antes la adornaba. 

Yo sujetaba mientras tanto a la celosa leona. 

La paz y la confianza habian desaparecido desde entonces para 
Carolina. 

De dia me seguia por todas partes y cuando me acostaba y fin- 
gia dormir en mi colgante lecho, ella colocaba su cama debajo de 
mi hamaca, 6 me velaba el sueno largas horas, reflejando en su 
semblante algo de esa expresion intensa e indefinible del carino 
de una ma^Jre afeccuosa por un hijb calavera. 




^:?rv 



y fi I \ I \ ^ } I ^ rill f \ > ^ i \ t .y i ^ ri ' ^yj 



>^>^>^^^>^>^^^>^^cSi 



IV 



SuMARio: — La caza de Antas. — La gruta de los murd^lagos. — Tradicion india. — 
Termina la caceria. — La tribu Guarafioca y la Tupu. — Pricticas relfgio- 
sas. — Los ba?ios y el espejo. — Bstaba cautivo. 




ui despertado una manana por el ruido de gentes que entraban 
a caballo hasta el patio de nuestra casa; me incorpore en la ha- 
maca para investigar quienes eran los que aquella confianza se 
permitian en mis dominios, cuando un simpatico moceton, de ga- 
Uarda figura, se apeo de una hermosa mula tordilla y haciendo 
sonar las espuelas al marchar en la arena, se diriji6 a mi estirando- 
me la mano y diciendome amistosamente: 

Yo soy Antonio tu cunado, que vengo a conocerte. 

Estos dos indios flecheros que me acompanan, agrego, se Uaman 
Cara-huasi (Casa de cuero) y Tobaita (Cara de picdra); son cazadores. 

Venimos a buscarte porque dicen que eres buen tirador, para 
que esta noche tomemos juntos algunas Antas en los despe- 
naderos. 

Como no has de ir en buey, te traigo esta mula parda, hermana 
de la mia y excelente sillonera, para que vayas bien montado 

Agradeci y acepte la franca invltacion, como asi mismo el re- 
galo con que en dias anteriores me habia obsequiado mi hemtano 
politico y le pregunte si podria Uevar a Carolina en nuestra com- 
pania, porque asi la caceria seria mas entretenida para mi. 

— No, cunado, me respondio; las Antas no se cazan con mujer, y 
a mas, tendremos que pasar la noche enhorquetados en los gajos 
mas altos de alg^n arbol y ocultamos en el espeso follaje para 
poder cazar a esos astutos animales. 



70 LA VIDA £N LOS BOSQUBS SUD-AMBRICANOS 

Comprendi que se trataba de un sacrificio que amenizaria mi 
historia y lo acepte en holocausto a mis lectores futures. 

— Si hacemos ruido 6 dejamos nuestro rastro por el sendero 
donde las Antas acostumbran pasar, sera lo suficiente para que se 
espanten y habremos perdido nuestro tiempo, agrego Antonio. 

Salimos, pues, acompanados de los dos indios amigos y de Juan^ 
mi asistente correntino, y una hora mas tarde estabamos en las 
rocas de los despenaderos 6 guarida de las antas. 

— En aquel bosque de la falda opuesta, es donde vamos a ocul- 
tarnos, me dijo Antonio, pero he querido que entremos por el lada 
opuesto, a fin de que las antas, que tienen el olfato sumamente 
fino y la vista muy buena, no se aperciban de que nosotros hemos 
pasado antes que ellas. 

Llegamos a un sitio donde dejamos nuestras cabalgaduras at 
cuidado de Juan y de uno de los indios, Tobaita. 

Este paraje estaba rodeado de altas penas y sobre el nacimienta 
de un riacho que yo no conocia. 

— Aqui, me dijo Antonio, nace el rio AguaCaliente,y esta noche> 
si me acuerdo, te referire la tradicion que de esta fuente conservan 
los indios. 



LA GRUrA DE LOS MURCIELAGOS 

Oeguimos a pie faldeando la ladera y en las grutas de las peiias 
encontramos una oscura cueva que se intemaba en el corazon de 
\'A roca. 

Martille mi Winchester y penetre por aquella lobrega abertura^ 
pensando que a esa hora del crepiisculo de la tarde encontraria tal 
vez algun animal salvaje del cual pudiera hacer bianco. 

Gran variedad de pequeiios helechos y de flores del aire deco- 
raba las humedas rocas de aquel rdstico muro. 

Despues de caminar treinta 6 cuarenta metros, la entrada de la 
gruta se estrechaba y un ruido semejante al del trueno se dejo 



LA GRUTA DE LOS MURCIBLAGOS 71 

oir en el interior de la mohtaiia. For la escasa faja de luz que alum- 
braba el suelo no se veia avanzar ningun objeto, pero el tcueno 
crecia por momentos, aproximandose velozmente. 

En un instante una tunica negra inmensa envolvio mi cuerpo y 
mis ojos quedaron sepultados en las tinieblas. 

El espiritu de las cavernas se habia apoderado de mi 

Levante los brazos y lance un grito de espanto que resono en 
las reconditas cavidades, con ecos infernales. 

Sail de la gruta, retrocediendo, horrorizado hasta donde estaban 
mis compafieros, 

— Es la hora, me dijo Antonio, explicandome el fenomeno, 
en que millones de vampiros salen de estas grutas por ese 
estrecho hueco y al pasar velozmente por tu lado te ban golpeado 
con sus alas. 

Seguimos el camino, pasando sobre un puente natural formado 
por el torrente al caer por debajo de una inmensa roca, y muy 
pronto estuvimos en las sendas de las antas, entre una espesa arbo- 
leda. 

La noche era de luna y el sitio se prestaba mas para una escena 
de amor que para una caceria. 

— No es bueno, me dijo mi compaiiero, que nos coloquemos 
en los arboles que estan proximos a la senda; son mejores 
para hacer bianco los que quedan a treinta 6 cuarenta varas del 
camino. 

Si subiesemos a estos^ tendriamos que apuntar al lomo de las 
antas y en esa parte la piel es tan dura, que aiin cuando la flecha 
Uevara mucha fuerza no conseguiriamos herirlas. 

Es indispensable, pues, colocarse a un lado, y asi dominaremos 
masdistancia sobre el sendero y nuestras flechas,dirigidas al codillo, 
heriran de muerte, porque penetraran en el corazon. 

Escuchaba atento aquellas explicaciones, mientras que Cara-huasi 
trepaba con la facilidad de un gato por la corteza tosca de un enor- 
me roble y amarraba en lo alto la extremidad de una cuerda, anu- 
dada de trecho en trecho, que debia servirnos de escalera. 

Subimos Antonio y yo por la cuerda, y nos situamos en la al- 
tura, de la manera mas comoda, mientras que el indio fue a colo- 
carse en otro arbol inmediato y preparo sus flechas y su arco» 
tomando una actitud de tranquila espectativa. 



72 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD-AMBRICANOS 

— ^^Tu arma no es buena para estas cacerias, me dijo mi acompa- 
nante; el ruido ahuyentaria la caza, y, cuando mas bien nos fuese, 
habriamos conseguido una sola anta; el uso de la flecha tiene 
la ventaja de que podemos conseguir varias piezas y luego de te- 
nerlas seguras, tii podras tirar sobre otros animales. 

Me era^muy agradable vet cazar a flecha y como habia que es- 
perar hasta venir el alba, rogue a Antonio que me contase la tra- 
dicion india a proposito del rio Agua Caliente, que me habia pro- 
metido, y coloque mi rifle entre las ramas del roble. 

Antonio accedi6 a mi pedido y me refirio la leyenda en los ter- 
minos propios de su education y de su indole, con cierta natural 
poesia que me impresiono; pero el tiempo me obliga a transmitiria 
con traje civilizado y alterando la forma aunque de ninguna manera 
el fondo. 



TRADICION INDIA 



E 



N la proximidad, debajo de esas enormes rocas, mana un ria* 
chuelo cuyas aguas calientes le dan nombre, y en rapidos giros 
corre luego hasta ocultarse en las blancas arenas de la selva im- 
penetrable. Dice la tradicion, que nuestra madre la Virgen Pinii 
(linda) la graciosa Indiana de trenzas de ebano, de dulces y negros 
ojos, adorn6 una maiiana sus desnudos brazos y su precioso cuello 
con nacar y cuentecillas de oro; tomo su cantaro de rosada arciUa, 
y con los nacientes rayos de la primera luz, se f ue sola a la fuente 
en busca de agua cristalina. 

Su leve piececillo movio las areaas, y, sorprendidas las aguas, 
despertaron a un genio invisible que dormia sobre la tranquila 
superficie del lago. 

Al ver tanta belleza en Pinii, enamorose el getiio, y la encanto 
con las suaves armomas de su magica flauta; ocultandola luego 
entre las verdes y frescas grutas de enredaderas, y hactendola in- 
visible como el perfume de las flores. 



TRADICION INDIA 73 



Su tribu la busco inutilmente y despues la Uoro, vistiendose de 
amarillo los Tajibos. 

Airado el pueblo incendio las selvas en que vagaba oculto el 
genio y pasaron tres veces las estaciones de las rosas y de todas 
las flores. 

Agruparon despues en grandes pilas los formidables troncos 
del bosque e hicieron enormes hog^eras para calentar en las bra- 
sas las grandes rocas de la montana, las que candentes arrojaron a 
la perfida fuente para etemo castigo. 

Desde entonces el agua nace hirviendo en los manantiales y 
corre por el riachuelo dandose vuelta, semejando furiosas ser- 
pientes. 

La fuente ya no duerme tranquila acariciada por los gratos per- 
fumes del aura, y el pobre lenador indio, que pasa por las cer- 
canias llorando la infortunada suerte de nuestra madre la Virgen 
Pinii, escucha desde lejos el quejido que, como castigo, le ha sido 
impuesto a la fuente por el espiritu de la suprema justicia. 



TERMINA LA CACERIA 



iliN estas y otras platicas pasaron las horas de la noche; la brisa 
empezo a soplar y el f oUaje de los arboles a mecerse, de manera 
que nosotros, colgados en las alturas de las ramas, nos conciliaba- 
mos mal con el sueno y peor con la posicion horizontal tan esti- 
mable en las horas de reposo. 

Millares de luciernagas y tucu-tucos poblaban el bosque viajan- 
do de un lado a otro como estrellas erraates, cuando la primera luz 
del aura empezo a colorear fuertemente el horizonte. 

Se animaron poco a poco los colores de aquellos ramos de flores 
que formaba cada arbol, y el canto agreste de las aves, mezclado 
con el balido de los animales salvajes, formaba ese inimitable con- 
cierto de la Naturaleza al despertar el dta. 



74 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD- AMERICAN OS 

■ - - — — ^ - 

Sentia el perfume especial, olor de almendra, de los vastagos vi- 
gorosos del bosque de robles primitivos y lamentaba no tener alli 
a Carolina, que seguramente me esperaba ihquieta. 

Nuestro roble estaba en la ladera de un inmenso valle, alfom- 
brado por las copas floridas de los arboles. 

Aquellos colores vivos en la proximidad, fundianse en una tinta 
violacea a la distancia, e iban a pferderse en el azul brumoso del 
horizonte lejano. 

El ruido de pisadas en el lecho de ramas y hojas secas del bos* 
que es peculiar. 

Unos bultos oscuros aparecieron por los tortuosos senderos: 
eran las antas. 

Antonio y el indio prepararon sus arcos, apoyando la extremi- 
dad inferior en el tronco del arbol» probablemente para asegurar 
mejor la punteria. 

Los cuadrupedos avanzaban lentamente en niimero de ocho d 
diez; ya pasaban por delante de nosotros, presentandonos el cos- 
tado izquierdo, cuando escapo la flecha de Antonio, que fue a cla- 
varse en la primera bestia. 

Siguiole casi simultaneamente Cara-huasi que parecia haber es- 
perado solo a que tirase mi compaiiero. 

Alejose penosamente la primera anta, al parecer mal herida, 
mientras que la segunda habia caido como partida por un rayo. 

— No va a ir muy lejos, dijo Antonio, — refiriendose a la primera. 

De los animales que quedaban en la cuadrilla, unos se alejaron 
siguiendo al mal harido y otros se aproximaron a la muerta, tra- 
tando de practicar una especie de reconocimiento. 

— Tira ahora, que se aproximan, me dijo Antonio y juntos apun- 
tamos. 

Arrojo su flecha que birio otra anta a ocho 6 diez pasos de la 
anterior y yo tire con exito feliz sobre una pequena corzuela que 
aparecio en la senda. 

La rapidez de mi arma me permitio hacer un nuevo tiro sobre 
los tapires que aiin quedaban en pie y descendimos del arbol 
oyendo el tropel de los animales que se ocultaban en la espesura 
asustados por las detonaciones. 

— Ya no podriamos cazar mas antas hoy, me dijo Antonio. 

El tapir es tfmido y en el bosque es casi inofensivo; apenas oye 



76 LA VIDA BN LOS BOSQUBS SUD- AMERICANOS 

un leve ruido se precipita a los rios 6 a los torrentes, donde segu- 
ramente sera respetado por sus perseguidores; en el agua es un 
animal temible. 

Los peones que habian quedado la noche anterior en la gruta de 
los murcielagos, vinieron a encontramos, tomando por serial el 
ruido de los tiros, y se ocuparon de sacar las pieles a las antas> 
mientras nosotros regresabamos al pueblo. 

— Yo mellevo la corzuela,le dije a Antonio, para regalarsela a tu 
hermana, y cargue con la preciosa pieza de patitas finas y rosadas, 
piel aterciopelada y amarilla, pintada en el lomo de lunares blancos. 

— Estos dos indios que me acompanan, decia Antonio, y que van 
a traer las pieles de tapir, no tienen^mas oficio. que cazar. La ultima 
vez fueron sorprendidos por un tigre en el Chaco; y ese Cara-huasi 
que anoche quedo con nosotros, no pudiendo eludir el encuentro 
con la fiera, se saco la chaqueta precipitadamente, envolviendosela 
en el puno y el brazo izquierdo, tomo con la derecha su cuchillo y 
espero la fiera, que de un salto estuvo sobre el, apoyandose en las 
platas traseras. 

El moiiiento era supremo y habia que aprovecharlo, introdu- 
ciendo el brazo izquierdo por la boca y enterrando la daga en el 
corazon del terrible animal; un momento de vacilacion 6 de incer- 
tidumbre, son siificientes, en ese instante, para perder la vida que 
esta entre las garras del tigre. Ya conoces al mas intrepido de los 
cazadores de tigres, dijo Antonio. 



LA TRIBU GUARAlJOCA Y LA TUPU 



Antes de entrar al pueblito, pasamos por los Chacos de Anto- 
nio: unos cuantos ranchos de sembradores de cana de aziicar y 
mandioca. 

En el patio, que estaba dividido por una linea central, doce 6 
quince indios, repartidos en dos bandos, mantenian en el aire una 



k. 



LA TRIBU GUARAJ^OCA Y LA TUPU 77 

pelota de cuero que restaban de una parte a otra, a yeces en lar- 
gas distancias, dando saltos y salvajes alaridos. 

— Estos indios son Guaranocas^ me dijo mi acompaiiante, per- 
tenecen a la tribu barbara que habita las proximidades, mientras 
que los dos cazadores que han ido con nosotros son de la tribu de 
los Tupiis, que merodea el norte de Santiago. 

Objete a Antonio que los indios Tupus de Santiago hablan chi- 
quitano y que me parecia dudoso que Cara-huasi fuese de esa tri- 
bu, porque su nombre era en lengua quichua y sig^tficaba Casa 
de cuero, a lo que me respondio que le daban el nombre en qui- 
chua, por usarse muchas palabras de esa lengua en Chiquitos y 
porque este indio vivia en los bosques en uns^ chozas techadas con 
cueros de anta y tigfre. Tambien Tobaita, me dijo, tiene nombre 
guarani, (que significa Cara de piedra), siendo Tupii; asi le llaman, 
porque nunca se rie. 

Los barbaros, propiamente dichos, perdonan la vida de un hom- 
bre bianco que hagan cautivo en la pelea; pero no hay ejemplo 
que hayan dejado salvo a uno de estos indios de sus pueblos que 
se someten a nuestro regimen. 

En tiempo de la dominacion jesuitica, con esas dos tribus de Tu- 
piis y Guaranocas, se fundo la reduccion de Santiago de Chiqui- 
tos; pero la mayor parte de los indios volvio despues a la vida 
salvaje de los bosques y se han declarado enemigos de los que 
habitan el pueblo, trayendoles frecuentemente formidables ataques. 

Esa es la razon porque toda la pequena pobladon esta rodeada 
de foso y muralla de piedra. 



prActicas rbligiosas 



i/B la antigua iglesia existe una gran parte en pie, apuntalada 
con arboles y contrafuertes de piedra. 

Los indios conservan muchas de las practicas religiosas que les 



78 



LA VIDA BN I^S BOSQUBS SUD-AMBRICANOS 



fueron predicadas por los nusionems, mezcladas con las tradicio- 
nes y cree^cias salvajes, el culto al sol, a la luna y a las estrellas- 
Concurren alegres, bailando y cantando, desde la plasa al tem- 
plo, cuya puerta se abre muy temprano por un viejo indio que 
hace las veces de sacerdote y a quien le llaman El Cura, Una 
vez que los Seles e^an .reusidOG cantan de nuevo alrededor de 
una tarima que ha sido cotocada en el centre del recinto, la cual 
soporta una riistica ebcuUura ecuestre, obra maestra de los tallis- 
tas indios, que representa en madera a un valiente cacique Sanita- 
cu (Saoiiag^o) el que, montado en un brioso caballo, lanza en ristre y 
adornado de plumas y atributos belicos indi'genas, da muerte a 
otro cacique salvaje que estaclavado en el suelo por la lanza de 
Santiacu. 

El vencedor, el caballo y el cacique vencido son negros, pues 
este color ha sido el que se ha juzgadomas aparente por los indios, 
de entre todos los que proporcionan las tinturas de los arboles, 
para representar a lo vivo aquella escena de la historia chiquitana. 

Santiacu tiene un enorme pescuezo, mucho mas largo que el c 
po, lo que lo hace parecer un indio ctsne, unico medio que han en- 
contrado los autores de aquella ma- 
ravillosa obra de ane, para que el 
vencedor, estando a caballo y dcre- 
cho, pueda mtrar a su victima, que 
se revoelve entre las patas del ca- 
baUo. 

Nuestra lamina es copia de un 
Santiacu hecho a imagen y seme- 
janza del que esta en la iglesia, por 
uno de los naturales muy dado a las 
bellas artes, que anduvo algun tiem- 
po en nuestro servicio. 

Cuentan los indios, cuando uno les 
^"""""' pide explicaciones sobre la vehera- 

da figura, que un dia de batalla, el cacique de ellos, fundador del 
pueblo que habitan, estando en guerra, mato en las laderas inme- 
diatas, de un formidable lanzazo, al cacique Guaraiioca insurreccio- 
nado y que desde entonces conservan el recuerdo del vencedor e 
ilusfre guerrero. 




prActicas religiosas 79 



Las mujeres concurren 1 las fiestas religiosas 6 a los bailes con 
el pelo suelto y perfamado con esencias de plantas aromaticas. 

Constituye el lujo principal de su sencillo traje el collar de cuen- 
tas y monedas que cae sobre los desnudos y bien formados senos. 
La vida corre tranquila para aquellas buenas gentes, no atormen- 
tadas jamas por la envidia ni los deseos de vana reputacion, hija 
de la intriga y engendro de las cultas sociedades. 



LOS BA^OS Y EL BSPEJO 

ILn los dias de calor, las familias indias van en masa a los banos 
y pasan el dia pescando 6 durmiendo a la sombra de los arboles y 
al borde de las posas 6 represas, que forma la debil corriente de 
agua que cae de las montanas. 

Una maiiana fui en compania de Carolina a conocer su posa a la 
orilla del riacho y recuerdo haberla visto pasar por la sorpresa 
mas agradable que pueda describirse. 

Llevaba los utiles de toilette en mi necessaire de viaje, e hice 
uso de ellos despues del bano, en aquellos estanques de muros ro- 
sados. 

Carolina no sabia lo que era un espejo y era aquella la primera 
vez que contemplaba sus g^randes ojos y su boca diminuta, en la 
tersa superficie de un cristal azogado. 

— Hasta ahora, decia ella aiegremente, no habia visto mi rostro 
mas que en las aguas tranquilas de la fuente. 

Daba vuelta entre sus pequenas manos aquel precioso objeto, 
y no concluia de mirarse, haciendo reflejar todas las partes de su 
cuerpo en la superficie del cristal. 

En aquel momento era mi compaiiera una imagen viva de la su- 
prema felicidad; poseer aquella prenda, era una dicha tan ideal, que 
no podria pintarse la expresion de su fisonomia incomparable, cuan- 
do le dije: , 



80 LA VIDA BN LOS BOSQUES SUD-AMBRICANOS 

— Te regalo ese espejo y todo este eStuche, que contiene peines, 
cepillos y frascos de extracto. 

Aquello era un colmo que rayaba en preserite oriental y Caro- 
lina se conceptuaba mas poderosa que la reina de Saba. La felici- 
dad tocaba los limites del delirio. 

{Asi en la vida la dicha es relativa y quimerica! aquellos objetos 
no hubieran hecho feliz a ninguna otra mujer. 

Uno de los medios de ser feliz, es no pretender imposibles; asi 
decian las indias cuando cantaban: 

"• Somos ricas en nuestra pobreza, por eso somos felices, etc., 

etc. ^* (Los afios hacen cambiar radicalinente de conceptos. Garanto hoy, que la 
verdadera felicldad consiste en querer un Ideal irrealizable. — La dlcha esti en lo 
intangible^ en el eterno anhelo, en lo que nunca se alcanzara sobre la tierra. 
Cuando esto se anhela, el pijaro-h ombre canta admirablemente entre su jaula). 

En estas reflexiones acontecio que me quede dormido debajo de 
una planta de hermoso foUaje. 



BSTABA CAUTIVO 



A la tarde me desperte incomodo por la vaporizacion del suelo. 

Me levante entumido, y unos dolores a la cintura, cuya agudez 
aumentaba por momentos, me impedian marchar derecho. 

Al dia sig^iente no ppdia hacer un solo movimiento, y Carolina 
informandose de lo que me pasaba, me dijo: 

— Has tomado un pasmo de sol, que da a casi todas las per- 
sonas que pasan por estos lugares. De eso mismo murieron los 
franceses, imposibilitados de atenderse, porque no tenian amigos y 
no podian moverse de sus camas; pero a ti, querido mio, no>te pa- 
sara lo mismo, porque yo te curare con el remedio de mama Taji- 
^i^^ii^^;/ y diciendo esto corrio al monte, trayendo en susmanos 
unas almendras silvestres que machaco con un guijarro sobre una 
piedra plana. 

Aquellas almendras 6 capsulas silvestres, contenian g^an cianti- 



ESTABA CAUTIVO 81 



dad de aceite, que Carolina dijo llamarse de Pesoy y con ese li- 
quido unto sus manos y me dio una friega en la cintura y en las 
espaldas. 

Al cuarto de hora habian cesado por completo los dolores y mi 
cuerpo adquiria de nuevo su natural flexibilidad. 

r—Me has curado, le dije, y eres digna^ una vez mas, de mi mayor 
carifio. Quisiera llevarte a mi tierra, cuando tenga que dejar tu 
pueblo. 

— Tii no me abandonaras, me respondio Uorando. Te quedaras 
para siempre entre nosotros. Taita me ha prometido no dejarte 
partir. Yo he jurado a mi padre, en la hora, de su muerte, no aban- 
donar sus cenizas y aqui es unicamente donde puedo ser feliz. 

Aquellas palabras me confifmaron la intencion del cacique y el 
acuerdo que los indios habian tenido de no dejarme salir de entre 
ellos, trama de la que ya habia sido prevenido por Juan y Meliton. 

Comprendi entonces que en realidad estaba cautivo, y resolvi 
veneer con astucia los obstaculos que se me opusieran en lo 
sucesivo. 

— Carolina, — le dije en otra ocasion, — si tii no me acompanas a 
mi tierra, yo vjvire siempre en esta pintoresca villa, porque no pue- 
do separarme de tu lado, y aqui, entre estos preciosos bosques, en 
medio de la Naturaleza, soy mas dichoso que en las tumultuosas 
ciudades, donde rara vez se encuentra carifio 6 afecto verdadero 
y donde la felicidad es una quimera fugaz. 

Si habia pensado volver a mi pais, era solamente con la inten- 
cion de traer muchas cosas que aqui nos son indispensables. 

Tu necesitas tipoys y coUares; el cacique, tu padre, he- 

rramientas para labrar sus tierras; yo mismo necesito ropas y cal- 
zado y todos, en este pueblo, van a ser provistos por mi de cuanto 
les hace falta, porque todo puedo traer de mi tierra, regresando en 
muy corto tiempo. 

— Yo no necesito mas que tu cariiio, ~ respondiame aquella 
joven que, mujer al fin, sabia mucho en lo que se referia a las lides 
del amor, — y te pido que no pienses en irte, porque no pudiendo 
seguirte me morire de pena. 

Los indios podian favorecer a Carolina en su proyecto, pero yo 
me supuse que no habian de faltarme complices el dia que quisiese 
hacer mi viaje, prometiendo regalos a todos los necesitados y em- 
La vida en los bosques sud-americanos 6 



82 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD-AMERICANOS 

pece a hacer correr la noticia de que volvia por poco tiempo a mi 
tierra para Ilevar un cargamento de cosas utiles, con que obsequiar 
a los chiquitanos y que a mi regreso me instalaria alii definitiva- 
mente, viviendo en compania de Carolina. 

No habia en el pueblo, como antes hemos dicho, mas vasijas que 
las tutumas; la loza y los cristales eran completamente descono- 
cidos. 

Yo tenia en mi equipaje cuatro tarros de sustancia de carne Lie- 
big (que me parecfa detestable) y resolvi fabricar con ellos cuatro 
tazas 6 vasos, cortandoles el cuello. Los hice desocupar de la de- 
sagradable sustancia y con el lomo de mi cuchillo de monte, gol- 
peando suavemente, iba haciendo saltar en astillas pequefias la 
parte del goUete del tarro, hasta darle la forma deseada. 

Despues de alg^nas horas de trabajo habia logfrado mi propo- 
sito y presente a Carolina aquellos cuatro vasos, que fueron la ad- 
miracion de los caciques y de todos los habitantes del pueblo, 
pasando de mano en mano, como curiosidades nunca vistas de arte 
moderno. 

La lima de las unas, que tenia mi estuche de viaje, sirvio para 
alisar completamente el borde de los vasos. 

Con tan buenos presentes, la casa de Carolina se iba transfor- 
mando ya en un palacio de comodidad y elegancia para todos los 
moradores de Santiago. {Que no seria el dia que yo volviese de 
mi viaje, Uevando tantas cosas como prometia? 

Carolina tenia espejo, esplendidos coUares de monedas, peine 

de carey y ahora vajilla Liebig. (Lamentamos que la modestia nos im- 
pida hablar del hombre de Carolina, considerado bajo el punto de vista indio). 

Era, pues, aquella muchacha, un asombro entre sus compafieras; 
casi una gloria chiquitana. 





V 



SuMARio:— Volvemos al Chaco. — Taji-hualpa me acompafia.— £1 pueblo en fiestas 
de despedida. — Campamento en el bosque de los Tamarindos. — Cara- 
huasi nos da lecciones de geograHa. — La transmigracion de los espfritus. 
La pesca con redes. — Cacerfa en marcha. — Las ranas del pozo del tigre. 
Cara-huasi y los guards. — Lassuaves carlcias de la aurora. — Manteo a los 
2orros y como debe cazarse al vuelo. — £1 rastro de una trlbu. — £1 par- 
lamento. — £1 aduar delosToboroches. — Noticias de nuestros companeros. 




ABfAN pasado dos meses desde que nos separamos de nuestros 
companeros en Chamacocos, un mes y dias de que nuestro 
pequeno grupo hacia vida Chiquitana en la aldea de Santiago. 

Nos contrariaba no tener noticia de ellos. 

Varias veces interrogamos a los indios y a los caciques sobre la 
suerte que habria podido tener aquella expedicion de veinte hom- 
bres al mando del ingeniero ingles Mr. John B. Minchin, de la 
que no teniamos noticia, conviniendo antes de separarnos, en que 
nos encontrariamos nuevamente en las alturas de Santiago de Chi- 
quitos. iQue tribus hay por esta direccion, preguntaba yo a Taji- 
hualpa y a Maimore, apuntando al S. O.? 

Por ahi, me decian, los primeros indios que se ancuentran son 
los bdrbaros Guaranocas. Un poco mas a la derecha, los Moro- 
tocaSy cuyas tierras llegan hasta el Sur de San Jose, abarqando las 
ruinas de la antigua mision de San Juan. 

Hay entre esas dos tribus y un poco mas al Sur, la agrupacion 
de los Toboroches^ a quienes se les da este nombre porque son 
poco aficionados a construir viviendas 6 ranchos, como lo hacen 



VOLVEMOS AL CHACO 85 



las otras tribus, prefiriendo habitar dentro de los grandes troncos 
del Toboroche, donde labran con sus hachas un espacioso recinto 

La abertura que practican para entrar a su cuarto redondo, es 
cerrada durante la noche por una piel de anta seca 6 de tigre y si 
hay peligro de asalto de fieras, por una trabazon de ramas espino- 
sas que detienen el cuero del lado exterior. 

Para espiar lo que pasa fuera y tambien probablemente con la 
idea de que la vivienda este ventilada, tienen aquellas moradas re- 
dondas uno 6 varios agujeros en la parte alta, por donde el indio 
puede asomar la cabeza. 

Mas abajo de las tierras de los Morotocas y los Guaranocas es- 
tan los Bravos Salineros^ que sostienen a flecha batallas de dias 
enteros con los cristianos. 

Mas al Sur los Chiri-huanos y los Tobas^ en las nacientes de los 
rios Pilcomayo y Bermejo. Por la costa del Alto Paraguay diver- 
sas iamilias de estas tribus, compuestas de algunos cientos de sol- 
dados con sus mujeres e hijos, forman lo que llamaremos Guardia 
de costas; tales son los Ghamacocos que ya conocemos,. celosos 
como todos los indigenas de la integridad de sus tierras. 

Poco adelantaba en noticias de mis companeros, despues de las 
conversaciones con los caciques y los interpretes. Resolvi enton- 
ces practicar una batida por el Chaco, acompanado de la gente de 
mi expedicion, armada de remingtons y de flecheros indios que 
ponian a mis ordenes los caciques. 

Despues de varias conferencias y razonamientos» pude convencer 
a Taji-hualpa de que el personalmente debia tambien acompa- 
narme. 

No quiero Uevar ataque a esas belicosas tribus, decia el cacique; 
hace tiempo que los Guaranocas de la selva no vienen ya a ata- 
carnos sobre nuestras trincheras. Con los Tupus que son menos 
temibles, porque cuentan con menos guerreros, mantenemos mas 
bien amistosas relaciones y los Morotocas y sus hijos los Toboro- 
ches, no han tenido nunca reyertas con nosotros. 

Exponiale yo, que nuestra actitud de expedicion armada, no 
significaba que quisiesemos combatir con los vecinos y que por el 
contrario, este era el medio de mantener las relaciones amistosas. 

Nosotros haciamos en medio de los salvajes, lo que hace la Eu- 
ropa moderna; nos armabamos y poniamos en pie de guerra, pre- 



86 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD-AMBRICANOS 

cisamente para no pelear. EI cacique por fin decidio acompanar- 
me; no tanto por convencimiento de que procedia bien, sino por la 
influencia queejercia sobre el la tribu, ante la cualyo gozaba de un 
inmenso credito. 

Carolina era para mi un medium politico admirable y a con- 
dicion^ de que yo no voiviese a mi pais, estaba dispuesta a todo 
cuanto se me hubiese ocurrido. Dotada de una inteligencia y de 
una vivacidad muy superior a la de los salvajes, ejercia sobre ellos 
y especialmente sobre sus mujeres, un dominio manifiesto. 

Criada en la casa del viejo cacique Taji-hualpa, conocia minu- 
ciosamente los resortes internos del manejo de aquella caja de 
Pandora gubernativa. Hubiera sido sumamente facil, despues de la 
organizacion de los guerreros indios que debian acompanarme al 
Chaco, y al mando de mis veinte hombres armados, declararme 
jefe supremo y cacique principal de aquellos pueblos y tribus in- 
mediatas. Algo mas: no hubiera habido necesidad para esta decla- 
ratoria, de que corriese sangre, yo era de hecho jefe del pueblo, 
viviendo entre ellos; las mujeres, los caciques y los indios todos me 
hacian manifestaciones visibles de su decidida simpatia y en cues- 
tion de afecto de gente sencilla, de habitantes de los campos 6 de 
los bosques, se perfectamente a que atenerme. 

Sone mas de una vez que se me proclamaba Inca Supremo y 
que restauraba el Imperio de Atahualpa, con mengua de invasores 
y basandome en el inconmovible poder de las mujeres de toda 
nuestra America. 



TAJl-HUALPA ME ACOMPA]^A 

JL/ECiDiDO Taji-hualpa a excursionar conmigo por el desierto, des- 
pues de largas conferencias con Maimore, su colega Tupu y otras 
entidades del lugar, resolvimos hacer los preparativos necesarios 
para el viaje. 

Era preciso cazar en esos dias algunas piezas mayores mas que 



TAJI-HUALPA MB ACOMPA^A 87 



las de costumbre, a fin de llevar en las alforjas de cada guerrero, 

una buena provision de chatasca. ( Came seca cocida y pisada que pre- 
parada espedalmente, const! tuye un agradable manjar). 

Las indias se ocuparon de amasijos de pan de maiz, que cocian 
al horno. 

Con la harina de maiz y la came seca pisada, hacen un pan 6 
boUo que hemos juzgado muy conveniente para la alimentacion de 
los viajeros en el desierto; pues aunque despues de unos dias esta 
pasta se endurece notablemente, es facil deshacerla en agua ca- 
liente obteniendose una especie de sopa muy alimenticia. 

I Anoten eso en su cartera los militares y los expedicionarios que no pueden Uc- 
var un gran convoy.) 

El transporte de este comestible no ofrece dificultades; es suma- 
mente liviano y de dificil descomposicion. 

Los guerreros indios que iban a acompanarnos, ensayaron sus 
arcos, se proveyeron de flechas de pelea y flechas de caza, fabri- 
cando ellos mismos unas con puntas de silex 6 piedra de chispa, 
y otras con espinas de pescados 6 astillas de Guayacan. 

Vimos entonces aparecer las cotas de malla y otras armaduras 
de cuero de anta durisimo con que los indios se preservan de las 
flechas de sus enemigos. Estas armaduras de cuero que se sujetan 
al cuerpo del guerrero por medio de piolines, tienen sus cortes ex- 
teriores mas 6 menos analogos al de algunas armaduras an- 
tiguas. 

Se construyen tambien las cotas de malla con gruesos tejidos de 
Chaguar y todas estas armas de defensa estan generalmente 
decoradas por guardas de cuadros, circulos 6 fajas rojas, neg^ras 6 
amarillas, segun las materias colorantes 6 las tierras que han te. 
nido mas a mano sus fabricadores. 

Los lanceros se proveian de dos clases de lanzas. - Unas largas 
como de tres metros y medio, de aguda punta, hecha de la 
misma madera, otras mas cortas, para ser arrojadas, semejantes a 
la jabalina de los antiguos. 

Los musicos del pueblo estaban tambien en movimiento prepa- 
rando pifanos, flautas de repuesto y tambores, con parches de cue- 
ro de gacela, los celebres violines 6 violones hechos a cuchillo y 
los inolvidables mates con maiz adentro, de los que es impo- 
sible prescindir para que las melodias sean completas. Rendian 



88 LA VIDA BN LOS BOSQUBS SUD-AMBRICANOS 

tambien su culto a Marte preparando flechas y arcos que llevarian 
sobre su desnuda espalda, a guisa de atributo, 6 tal vez dudando 
de que en los modemos tiempos pasase lo que en los mitologicos 
de la juventud de Apolo, en que con la melodia de una flauta se 
aplacaba la furia de las hambrientas fieras. 

Mama Taji-hualpa se habia decidido a venir con nosotros, lo 
mismo que Carolina y todas las mujeres de los guerreros y acorn- 
panantes de aquel paseo militar que ibaraos a practicar por entre 
los bosques. 

Maimore me decia, estrechandome entre sus brazos alegremente^ 
la noche antes de la partida : 

— Hermano ! ... si no tuviese yo la responsabilidad del Go- 
bierno de la tribu, iria tambien en tu compania a los chacos. Desde 
hace afios no duermo entre las selvas, ni me despiertan al venir el 
dia los cantos de las gallinetas, las charatas y las bandadas de 
tordos y bienteveos. 

jComo ama el indio sus bosques y su libertad! 



EL PUEBLO EN FIESTAS DE DESPEDIDA 

lliL primero de Agosto era un dia esplendido de primavera y el 
convenido con Taji-hualpa para nuestra partida al desierto. 

El ruido de las flautas, las cajas de guerra, los bailes y cantos 
de los indios en la plaza, nos anunciaban el momento de la partida. 

Mis veinte hombres estaban listos con sus armas y municiones. 
Mande formar enfrente de la Casa de los Caminantes al grupo es- 
pedicionario y aperar la recua de bueyes y mulas, bien repuestos 
entonces de la flacura y de la fatiga porque habian pasado en la 
travesia del Chaco. 

No pudo menos de causarme gran sorpresa ver que cada uno de 
mis soldados tenia, a dos 6 tres pasos a su retaguardia, una 6 dos 
indias y a veces tres, que se disputaban el derecho de cargar con 
su equipaje. 



BL PUBBLO BN PIBSTAS DB DBSPBDIDA 89 

Mis dos asistentes Uevaban una china cada uno : estos habian 
sido mas parcos en la reparticion de las mujeres del pueblo. 

Enfrente de la casa de Taji-hualpa, remolineaba la tribu entera- 
Los guerreros vestidos con sus belicas armaduras de cuero de 
anta, 6 de tigre, se habian adornado esplendidamente, segun es 
practica de ellos, el dia de una salida a campana. 

Las largas cabelleras negras estaban fuertemente atadas en mazo 
en la parte alta de la cabeza y muchos se habian adornado profu- 
samente con las mas pintadas plumas de las aves del bosque. 

Los flecheros tenian, a mas de las corazas que defendian su 
cuerpo, una especie de guante de cuero, de tigre 6 ciervo, en la 
muiieca de la mano izquierda, dispuesto entre sus dedos, de ma- 
nera que pudiese defenderlos del latigazo de la cuerda del arco al 
despedir la flecha. 

Las tierras de colores amasadas con resinas les Servian para 
desfigurar sus rostros tostados, haciendose rayas 6 lunares capri- 
chosos que les daban un aspecto mas salvaje. 

El distintivo de Taji-hualpa entre su tribu, no lo hacia su traje, 
que en nada se diferenciaba del de los demas guerreros ; sino que 
en vez de Uevar armas de combate, Uevaba entre sus manos un 
morrudo garrote de pesado yucatdn^ con empunadura de plata la- 
brada por los mismos indios. Su coraza era de piel de tigre, colo- 
cada encima de la chaqueta de algodon, tejida en su telar. Sobre 
los muslos y las piernas, cubiertas con un calzon rayado de la mis- 
ma tela de algodon, se veia caer un delantal de piel de anta, especie 
de guarda-monte, contra las espinas y las flechas. 

Cuando estuvimos listos, conferencie con el cacique sobre la 
hora de nuestra partida, expresandome este, por medio de Caro- 
lina, que la primera noche campariamos a dos leguas de distancia 
a orillas del rio "Agua Caliente." 

Convinimos en que la vanguardia iria defendida por diez de mis 
tiradores en hileras de a dos, quedando los demas a retaguardia. 

Los guerreros indios, en numero de cincuenta, ocuparian el cen- 
tro, yendo Taji-hualpa y yo, con la escolta de capitanejos, a la ca- 
beza de la columna. 

Los musicos seguian a mis diez soldados y formaban entre la 
turba indigena. Se veiaaparecer en primer termino la simpatica 
figura de mama Taji-hualpa, Carolina, la mujer del cacique Mai- 



90 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUO-AMERICANOS 

more y otras notables personalidades femeninas del cacicazgo. 

Los hombres, las mujeres del pueblo, losmuchachos y muchacbas, 
chicos y grandes, cantaban y danzaban al son de las miisicas patrias 
y en el semblante de cada uno se revelaba el contento general. 

Los bueyes de mi recua y unos diez 6 doce del cacique iban 
cargados con las provisiones y bagajes, al centro de la columna de 
los guerreros indios. 

Taji-hualpa, un interprete y yo, nos permitiamos ir montados 
en mulas presidiendo aquella lenta marcha. Las dificultades del 
forraje, de aguadas abundantes y las trabazones de la espesura, 
impedian que la columna expedicionaria pudiera ir montada. 

Nosotros mismos, tendriamos que apeamos mas de una vez de 
nuestras cabalgaduras. 

La gente de mi vanguardia se confundia con diez hacheros indi- 
genas, que armados de afilados machetes y cuchillos de monte, nos 
abririan paso al traves de las selvas en el caso de encontrar di- 
ficultades 6 caminos estrechos. 

En este orden marchamos de Santiago, en medio de las afectuo- 
sas manifestaciones de mas de mil indigenas que nos acompanaron 
hasta el Bosque de los Tamarindos. 



CAMPAMENTO EN EL BOSQUE DE LOS TAMARINDOS 

Al caer la tarde llegamos a aquel precioso sitio, valle de un 
monticulo de piedra salpicado por enormes arboles y festoneado 
per un riacho correntoso. 

Se establecio el campamento, se cjplgaron las bamacas, se en- 
cendieron los fuegos de costumbre y se puso a cocer sobre las 
brasas algiinos costillares de anta y de novillo. 

Dispusimos que los soldados de la columna expedicionaria cam 
paran en el mismo ord^n que se les habia dado para la marcha, 
debiendo regresar al pueblo desde aquel paraje el cacique Mai- 
more con su mujer, escoltados por los musicos que no habian sido 



92 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD- AMERICANOS 

■ I I I ii'i ■ ■ ■ ■ ■■■■■■•■■ ■ - ^— ■■ -..■■■■■■■— ■ - ■■■■■^1 I — — . ■ ■ m 

designados entre los cincuenta, y las doscientas 6 trescientas per- 
sonas que nos habian acompanado, Uegando hasta alli, y que perte- 
necian a las filas del populacho. 

Mi carpa fue ocupada por mama Taji-hualpa y Carolina; los na- 
turales colgaron sus hamacas en los arboles proximos. 

El grupo expedicionario quedaba asi compuesto de setenta sol- 
dados y treinta mujeres. 

Empezaban la3 noches de luna y como estabamos tan proximos 
al pueblo, creimos innecesario hacer montar las guardias dobles. 
Aquella primera noche estableci una guardia simple en la proxi- 
midad de la carpa del cacique, cuyo relevo se alternaba cada dos 
horas por un flechero indio. Paso la noche sin ningun acontecimien- 
to notable. 

Aunque la orquesta del pueblo, propiamente dicha, habia regre- 
sado con el cacique Maimore, no nos faltaron pifanos y flautas de 
cana que alternasen sus melodias sencillas con los extranos ruidos 
de la noche en los bosques.^ 

Mama Taji-hualpa y Carolina se ocupaban, acompanadas de Mi- 
ntntay^ (sirvienta de Carolina) en dar comoda colocacion, dentro de la 
carpa, a los loros domesticos de la primera, que se dejaban trans- 
portar de una parte a otra, parados en sus arcos de mimbre. 

Una COrzuela y un pecari, especle de jabalf pequeno muy domesticable 
que hablta los bosques del Chaco), folgaban COn dos perritOS CUZCOS a 

la puerta de la. carpa, comprendiendo instintivamente que por alii 
cerca debian pasar juntos la noche. 

Est OS animal es eran la familia y conistituian el objeto de los 
desvelos de mama Taji-hualpa, que infortunadamente no habia te- 
nido hijos, segun afirmaba Carolina. 

Era curioso observar la mansedumbre de aquellos animales. E^ 
pecari que vive en cuadrillas de quince 6 veinte entre las selvas, 
y Guya carne es tan estimada por los indios y por todo el que la 
gusta, es temido no solo por los cazadores, sino tambien por los 
tigres y los pumas, que gustan hacerle presa. 

Aquel animalillo habfa perdido por completo su aficion a las 
selvas; seguia de cerca a su duena y gustaba sobre manera de 
que cualquiera lo acariciase. 

La gacela 6 guazu como la Uaman los naturales,eramenos amiga 
de formar gfrupo con los perros y el jabali, sobre todo durante el dia* 



CAMPAMBNTO BN BL BOSQUB DB LOS TAMAR1NDOS 93 



Mientras las sombras envolvian los bosques y las praderas, 
iban aquietandose poco a poco los ruidos y las conversaciones 
de los indios, que formaban su aduar en tomo nuestro. 



CARA-HUASI NOS DA LECCIONES DE GBOGRAPfA 

I o habia visto con alegria, la tarde, aquella que el intrepido 
Cara-huasi, el matador de los noventa y siete tigres, mi amigo el 
de las antas, venia tambien con nosotros. Su figura grotesca 
me era profundamente simpatica; era un chino de mediana estatura 
y de herciileos miisculos; sus manos redondas y apambazadas, te- 
nian mas parecido a la garra del tigre, que a la mano del hombre; 
sus pies eran redondos, aquellos dedos separados por comodas 
distancias unos de otros, apuntaban en diversas direcciones del 
cuadrante y francamente, si hubiesemos tenido que medir el largo 
y el ancho de aquel pie, hubiera resultado mas tarde una con- 
fusion entre la longitud y la latitud. 

Su cara era horrible, si no fuera un vago tinte de nobleza in- 
genita, que campeaba de cuando en cuando en su mirada. Aquella 
cara hecha a punetazos en el yunque de Vulcano, estaba adornada 
por una melena ni larga ni corta; que mas bien podria Uamarse 
crin, cuyas puntas desiguales no Uegaban a descansar sobre los 
membrudos hombros, e indudablemente eran podadas a cuchillo. 

Seg^ialo Tobaita, que era, a mas de un bravo cazador, un exce- 
lente companero de correrias por el bosque. 

Cara-huasi que aiin no habia descargado de sus espaldas el arco 
y las fiechas en aquella hora que entraba a ser la del reposo co- 
mun, me miraba desde lejos medio de soslayo y al traves de las 
cortinas de sus pobladas cejas. 

Descifre aquella expresion agreste de salvaje y simpatica be- 
nevolencia, marcada en la ingenua sonrisa de aquel satiro y com- 
placido, me acerque a el palmeandole con carino y haciendole 



94 



L EN LOS BOSQUBS SUD-AUERICANOS 



aprozimar al enorme molle caido, en cuyo tronco estabamos sen- 

tados con el cacique y el interprete. 

Formamos alii an grupo, desdeiiando el indio sentarse como 

nosotros en el ironco, 6 encontrando tal vez mas blando el suelo 

alfombrado de yerbas. 

Como la conversacion se hiciese laboriosa para Cara-huasi, en 

sus largas descripciones narrativas al cacique y a mi, se mantuvo 

unos inslantes de pie, se sento despues a la manera turca y con- 
cluyo por acostarse de barriga 
a nuestros pies, manteniendose 
apoyado sobre los codos y 
acompaiiando la palabracon el 
movimiento de las manos que 
en actitud normal Servian de 
palanca de sosten a su enorme 
cabeza. 

Las piernas, de la rodilla 
abajo, mantenian en el aire los 
dos redondOs pies que hemos 
descrito ua momento antes, los 
que se hacian carinas trotan- 
dose uno con otro, se rascaban 
6 se espantaban los mosquitos 
con el afecto de dos enamora- 
dos. Esta DO ba ^dn la primera 
VM que yo haya vi'sto ternuras roaol- 
festadas por las extremldades infe- 

Cara-huasi habia entrado a. 
ser para mi el objeto de las 
m as benevolas atenciones. Me 
representaba en la selva un especimen curioso del hombre pri- 
mitivo, una era intermedJaria entre aquella del mafnmuth en que 
el hombre, aun sin idioma, disputaba con las fieras el abrigo de las 
grutas y los honrosos ejemplares de nuestra raza en la evolucion 
actual. 

Observando las oostumbres de los indios y comparandolas con 
las tradiciones que se conservan orales 6 escritas de los primeros 




CARA-HUASI NOS DA LBCCIONES DE GEOGRAPIA 95 



pueblos, tantas veces iguales 6 semejantes, concertaba en una frase 
mis pensamientos. 

La vida primitiva de las selvas, en su embrionario movimiento, 
marcha de la mano con la esplendorosa civilizacion de los pueblos 
mas adelantados del globo, y esta es a aquella, como el primer im* 
pulso de los manantiales de un riachuelo en su origen, a las corrien- 
tes impetuosas de los rios. 

La conversacion recayo naturalmente en las explicaciones to- 
pograficas de la zona que pensabamos recorrer. 

Yo entendfa ya, despues de dos meses de permanencia entre in- 
dios, casi todo lo que se decia en lengua chiquitana, aunque estaba 
lejos de poderme expresar en ella. 

De este lado, decia Cara-huasi, apuntando al poniente, queda el 
potrero de lupees, esplendida parada 6 abra de monte con buenos 
pastizales, cerca de la colina de Ckockus. De esos campos nacen 
tres torrentes que solo conservan agua en la epoca de las grandes 
lluvias y que son los principales que se encuentran en el camino 
de San Jose. 

Siguen los de Tayoe que nosotros llamamos de las Antas 
Gordas, el de Uracirchiquia en cuyas margenes abundan los co- 
nejos silvestres, como asi mismo el de Soboreca y forman entre si 
el Rio de San Rafael, afluente principal del Otuquis^ que cae 
en el Tucabaca y este por fin se pierde en los arenosos bajios 
de Chamacocos, proximidades de la margen derecha del Alto Pa- 
raguay. (El Tucabaca, afirman algunos geOgjafos, desemboca a los 19^ latitud 
en el Alto Paraguay^ pero en realidad no desagua, se pierde es las arenas). 

Asi pasabamos el tiempo, mientras que todo el campamento es- 
taba quieto. De algunos fuegos que se extinguian se levantaba en- 
tre las lianas y espesas ramazones verdes, la columna fina de humo 
azulado que iba a cemerse entre los aires, atravesando el foUaje. 

En las dos hamacas, que estaban dentro de mi carpa, dormian ya 
profundamente Carolina y mama Taji-hualpa. 

Los ronquidos de la mujer del cacique, a no tenerla cerca, hu- 
bleran sido tomados por el bramido de un puma. 

Aquella noche, apenas movida por las brisas, con todos los per- 
fumes de la selva tropical, estaba suavemente alumbrada por la luz 
de la luna, que proyectaba en el suelo, pasando por entre las hojas 
y ramas de los arboles, la rara trabazon de randas y de encajes. 



96 LA VIDA EN LOS BOSQITES SUD-AMERICANOS 



LA TRANSMIGRACION DE LOS ESPfRITUS 



D 



B pronto el silencio del bosque fue intemimpido por el me- 
droso lamento de un melancolico acento. 

Escuchamos sorprendidos aquella queja que parecia el ultimo 
acento de un moribundo abandonado. Habia en las notas lanzadas 
a intervalos la expresion de un dolor supremamente humano y mi 
vista se encontro a un mismo tiempo con la de mis tres acompa- 
fiantes en una reciproca pregunta. 

— Es el Cacui! (Buho), dijo Cara-huasi interrumpiendo nuestro 
silencio . . . y dando un salto, estuvo de pie con las fiechas en la 
mano. 

Entro unos pasos en la selva oscura, armo su arco y lanz6 
una flecha a la copa de un hojoso Curupi, 

La expresion de contrariedad se revelaba claramente en la fiso- 
nomia de Taji-hualpa, al oir el canto triste de aquella ave. 

El interprete miraba al cacique y a mi', sin atreverse a pronun- 
ciar palabra, cuando volvio a aproximarse a nuestro grupo Cara- 
huasi, trayendo en sus manos un enorme buho moribundo, atrave- 
sado por una flecha. 

Aqui esta el mal espiritu, Tatai, dijo el indio, tirando el ave 
herida a los pies del cacique. Taji-hualpa pronuncio unas pala- 
bras que debieron ser de reconocimiento al cazador y de tranqui- 
lidad personal. Un hondo suspiro me comprobo esta creencia; 
pusose de pie, tomo el buho con cierta repulsion por la punta de 
las alas, estrajole el dardo y arrojo el animal al centro de la jauiia 
de perros cazadores que descansaban en varios grupos pr6xinios. 

Si Cara-huasi no hubiera muerto el buho, me dijo el interprete, 
manana hubieramos estado de vuelta en Santiago. Esto me expli- 
caba una de las tantas supersticiones que tienen los indtgenas que 
creen en la metempsicosis 6 trasmigracion de las almas. 

Los espiritus de indios malos transmigran a buhos, tigres 6 ya- 
cares y los de indios buenos se convierten 6 posesionan de perros, 
t6rtolas, gacelas, bueyes, loros u otros animales domesticos, a fin 
de acompafiar a los seres queridos que les sobreviven. 



LA TRANSMIGRACION DB LOS BSPfRITUS 97 

— Desde que murio mi madre tengo este loro, me decia la mujer 
del cacique Maimore, conversando una tarde debajo de la ramada 
de su casa en Santiago de Chiquitos — y por no perderlo seria ca- 
paz de cualquier sacrificio. 

El lector comprendera, despues de estas explicaciones, la razon 
que tenia yo para no protestar, cuando veia a mama Taji-hualpa 
meter en mi carpa a sus dos cuzcos falderos, una gacela, cuatro lo- 
ros y un pecan. 

La hora avanzada invitaba al sueno, y Taji-hualpa, desperezan- 
dose pesadamente y ya tranquilo con la desaparicion del mal espi- 
ritu, me invito a acostarnos en las hamacas de nuestras dos mujeres. 
Yo preferi tender la mia al aire libre. 

Un momento despues, el solo de ronquidos de la indist %n/d 
sostenidOy era contestado per un do pro/undo del cacique, que 
hacia pensar, al que escuchaba medio dormido, en todos los histrio- 
nes, silfos y cavernas de un intrincado infierno. 



LA PESCA CON HAMACAS 



D 



lA 2 de Agosto.--^^. manana era tan hermosa como la del dia 
anterior. 

A la madrugada las indias trajeron agua del riacho vecino, se 
avivaron los fuegos del campamento y al mismo tiempo que se 
oian los cantos de las aves y la miisica de los flautistas indios, 
empezaron a circular las tutumas Uenas de cafe, que pasaban de 
mano en raano. 

Juan y Meliton cuidaban mi equipaje particular, que no era el de 
casado, y conociendo mis gustos de expedicionario, me desperta- 
ron esa manana presentandome en la tablita cuadrada que en cam- 
pafia constituia mi vajilla, un rinon de ternera asado y caliente. En 
este riacho, me dijo uno de ellos, acabo de ver muy buenos y 
abundantes pescados. Si usted, senor, no ordena la inmediata sali- 

La vida en los bosques sud-americanos 7 



98 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD-AMERICANOS 



da, podemos tpmar en un momenta gran cantidad y Uevarlos 
bien acondipionados en nues,tros cargueros. 

Le dije a Carolina que comunicase aquella idea al cacique y lo 
hice asi pareciendome que no estaba de mas la cortesia. Un 
mpmentp despues salio de la carpa y vino hasta mi hamaca, que 
estaba solitaria, colgada entre los robles, a expresarme de parte 
de Taji-hualpa la siguiente atenta misiva: 

— Dice Taita, que tii dispongas loquete parezca; que si quie* 
res ordenar que pesquen, pescaran inmediatamente, pues a ningun 
indio le falta red 6 hamaca de chaguar que desempena las mismas 
funciones. Me encarga tambien te manifieste, que el viene acompa- 
fiandote y por acceder a tu invitacion, pero que quedara miiy com- 
placido si tii dispones y mandas todo lo que tengas por conve- 
niente durante la excur3ion. 

Dio un silbido el cacique a la puerta de la carpa y seis capitane- 
jos se presentaron a recibir sus ordenes. 

Un momento mas tarde, los indios se disponian a la pesca en 
medio de la algazara general. 

Las hamacas de chaguar se colocaron en el suelo, unas despues 
de otras sucesivamente y las mujeres indias, cada una con un 
piolin en la mano, cosieron ligeramente aquellas pequeiias redes 
entre s , colocando sobre uno de los lados de la extensa red gene- 
ral, que tenia mas de treinta metros, pedazos de Toboroche ^^co%^ 
que hacian las veces deboyas. 

Practicada esta operacion en no mas de diez minutos^ Uevaron 
la larga red a la orilla del riachuelo, a un siticTproximo, donde las 
corrientes formaban una especie de lago. 

Dos grupos, de veinte indios cada uno, se alejaron en opuestas 
direcciones, bordeando la ribera. Cuando estuvieron a distancia 
de unos dps mil metros, proximamente, se metieron en el agua, 
retrocediendo en su marcha para encontrarse nuevamente en el 
sitio donde se extendian las corrientes en forma de laguna y en 
donde se encontraba la red, que atravesada ya en las aguas, impe- 
dia el pasaje de los peces. 

Avanzaron por el riacho los veinte indios que estaban en la 
parte de arriba de las corrientes; haciendo gran algazara para 
espantar la pesca, aproximandola a la red. Venian casi todos ar- 
mados de jabalinas, harpones 6 simples ramas de arbol. Cuando 



LA PESCA COrr HAMACAS 99 

estuvieron proximos a la red, se estrecharon mas entre las aguas 
y el ruido aumento. Manejada entonces la red desde los extremosi 
por cuatro companeros, ehvolvio ligefamente a los peces que 
fueron arrojados a tierra sobre la verde alfotnbra de un suelo de 
arena y de gramilla. . .t 

Descargadala red del primer vuelOy como dicen los pe^cadores, 
volvio a tomar la primera posicion atravesaado el curso de las 
aguas. Los veinte indios de la corriente abajo, que ya e^taban 
proximos a una distancia de cien metros, avanzaron con su arreo 
y una vez encima de la red se procedio como en el primer lance. 

La operacion habfa sido feliz y la pesca abundante. R^cogie- 
ronse los peces mayores y las mujeres arrojaron de nuevo al rio 
los pequenos 6 los que no podian ser utilizados* 

En las diversas categorias que observamos, era, la mas abun- 
dante, una especie de pescado de im jeme a una cuarta de largo, 
de carnes consistentes y con una mancha rosada con centro negro, 
en la base de la cola, y con figura general de Boga 6 de Salmon, 
y que, segun la opinion de un excelente amigo que entiende de Pe- 
ces, debe ser un Acharnes. 

Habia tambi^n bagres, mojarras, dorados, armados, dentudos y 
sabalos comunes. 

Los indios abrieron y salaron el pescado, disponiendolo en ces- 
tas para facilitar su transporte. 

Las mujeres descosieron de nuevo las hamacas, las tendieron al 
sol y despues de preparar el almuerzo para todos los expedicio- 
narios, dispusieron sus utiles y pertrechos de campafia en condi- 
cion de ser cargados sobre la tropa de bueyes, para poder seguir 
la marcha. 

El almuerzo de aquel dia fue para todos de pescado. A las cua- 
tro de la tarde nos pusimos en marcha en la forma del dia ante- 
rior, debiendo ir a campar en el sitio denominado Pozo del Ttgre. 

Recorrimos una buena distancia por las margehes del riacho, 
internandonos luego en la selva, siguiendo el rumbo Sur determi- 
nado por una serie de tortuosos senderos entre los grandes ar- 
boles 



100 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD-AMERICANOS 



CACERIA EN MARCHA 



c 



OMo cruzaran el camino algunos conejos y corzuelas, convine 
con Taji-hualpa en organizar dos companias de cazadores, com- 
puesta de cinco hombres cada una, que flanquearian sin orden en la 
formacion, unos a la derecha y otros a la izquierda de la columna 
en marcha. 

Esta disposicion Ueno de contento a los naturales, a quienes la 
caza proporci6na uno delos mas agradables entretenimientos. 

Me indico Taji-hualpa la conveniencia de no hacer uso de nues- 
tras armas de fuego en medio de aquellos bosques, pues esa noche 
entrabamos ya en los dominios de los Guaranocas de la selva y 
el ruido de la fusileria se tomaria como alarma 6 provocacion al 
conibate. 

Di las ordenes oportunas para que en ningun caso se hiciese uso 
del remington, sin mi expreso mandato, explicando, para mas se- 
guridad, a mis veinte hombres, la atendible circunstancia expuesta 
por el cacique. 

Las liebres, las corzuelas y los conejos grises lueron batidos in- 
trepidamente aquella tarde. Era admirable ver a los cazadores 
indios penetrar en los estrechos senderos tie un lado y otro y 
volver despues de un rato a incorporarse a la columna con algu- 
nas de las esplendidas piezas mencionadas tomadas a flecha. 

Al llegar al Pozo del Tigre y descargar las arganas del buey 
que Servian de deposito de cacerias, teniamos: 

Treinta y seis conejos. (El Tapiit.) Su color es gris; su tamano un poco mas 
pequefio que el que se cria en las conejeras y las orejas mucho mas cortas.) 

Nueve Guazus 6 corzuelas de dos especies. Tambien se tomo 
entre el bosqiie unas cuantas tortugas, probablemente del genero 

Testudo, (Nunca hemos encontrado ejemplares de mayores dimensiones que de 
sesenta 6 setenta centfmetros de largo, por treinta y clnco 6 cuarenta de ancho.) 

Los animales cazados en la marcha eran siempre preferidos para 
las comidas del dia, reservando lo mas posible las provisiones se- 
cas que veniah en los cargueros. 

El campamento de la noche del dos al tres de Agosto se es- 
tablecio en medio del espeso bosque. 



CACERiA EN MARCHA lOI 



Segun los indios y las narraciones del cacique, habfa existido 
alli, en tietnpo de los Jesuitas, una reduccton de naturales. 

En la manana siguiente tuvimos ocasion de comprobar este 
hecho, observando algunos promontorios de tierra de forma cua- 
drada que determinaban mas 6 menos el sitio de antiguas paredes 
y una cistema casi borrada, cuyo brocal, de adobe cocido, aiin 
podia examinarse. 

De los conejos tomados el dia dos, se hizo una distrlbucion) que 
alcanzo hasta para calmar el hambre de los escualidos perros. 

— {For que estan estos perros tan flacos? -pregunte al inter- 
preter refiriendome a unos que husmeaban por alii cerca. 

— Senor, me respondio: Perro gordo es ntal cazador, Los indios 
no olvidan esta maxima y conservan livianos a sus galgos. 

— Pero estos galgos estan tan livianos que casi vuelan, agregue. 
— En realidad, me dijo riendo . . . . • \ Mire senor, aquel que ahuUa 
tristemente mirando a la luna! {a que no imagina usted en lo que 
esta pensando? 

— jHombre! le respondi: probablemente tiene dentro de su cuerpo 
el espiritu de algun indio bueno, puesto que no muerde, y como 
mira a la luna, no es avanzado juzgar que el indio era aficionado a 
la astronomia, 6 por lo menos a la contemplacion del astro melan- 
c6lico de la noche, favorecedor de las misteriosas citas amorosas. 

— Nada de eso, senor, me dijo el interprete, que comprendio 
la broma que yo le daba, trayendole a la imaginacion el relato del 
mal espiritu, posesionado del buho de la primera noche; lo que 
hay es, que ese perro es un gloton y se supone ahora que la 
luna, que el no puede alcanzar, es un queso de cabra! .... por 
eso Uora, 

Aquella noche los aniniales tuvieron una guardia especial y 
fueron traidos al reducto para evitarles, por medio del centinela 
que los vampiros de la noche anterior, que ya volaban por encima 
de nuestras cabezas, les chupasen la sangre. 

El sol radiante del dia tres seco en muy corto tiempo las pieles 
de conejo que los indios habian estaqueado prolijamente en el 
suelo, con el objeto de hacerlas servir mas tarde para parches de 
sus estruendosos tambores. 

^Se han visto ustedes obligados a gozar alguna vez de las mog6- 
licas e infernales armoniasde ese instrupiento de toriura) 



102 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD-AMERICANOS 

En presen^ia de aquel cuadro recordamos los siguientes versos 
en que Wildinger enumera Ips enemigos de la liebre. 

" ' ' ' * " • 

Hombres, perros, lobos, linces, 

Porman confuso tropel, 

La martaf el gato y el «orro • ' ' 

Unense d aquellos tamblen; . . 

Y cl gabilan y la hurraca, 

Todos con saBa cruel, 

A la pobre liebre acechan 

Procurdndola coger. 

En esta inmediacton, me habia dicho Cara-huasi a proposito de 
conejos, puede cazarse todos los que se quiera. 

Hay cientos debajo de cada tronco, y si no hemos tornado 
mas ayer, es porque el cazador no debe aprovechar nunca de los 
dones de la selva, mas que lo indispen3able, para sPitisfacer sus 
necesidades. 

(El intelig^ente lector comprendera bien, que el redon do de Cara-huasi no dijo 
las palabras que yo le atribuyo, pues i. mas de ser indio crudo como ya lo sabe- 
mos, hablaba poco, guardando su elocuencla para manifestarla cuando se tratai»a 
de presentar piezas de caza. Me permito, pues, la libertad de atribuirle estos sen- 
timientoSf porque conociendo bastante el cardcter del hombre de los bosques, se 
que esta es la es la manera de pensar de todos. 



LAS RANAS DEL POZO DEL TIGRE 



Yecino a la cisterna se hallaba un estanque poblado de sapos y 
de ranas que nos habian hecho oir toda la noche su acompasado 
cric^ eric, altemandose a veces con la no menos agradable miisica 
de pifanos y flautas indias. 

Hasta que vino el dia estuve con la curiosidad de saber si aque- 
Uas ranas eran de esas grandes y verdes, que amenizan tanto la no- 
mina larga de los platos europeos. 

Nos fue muy agradable cpmprobar la existencia abundante de 



LAS HANAS DEL POZO DEL TIGRE 103 

esa.especie, y con finos piolines y pequenos trapios de Ikna colo- 
rados de que nos proveyo Carolina, rompiendo un pedazo de su 
tipoy, procedimos a la pesca de unas cuahtas docenas de hertnosos 
ejemplares. 

Aquel fue un bueh espectaculo para los indies, que se agrupa- 
ron en torno mio, y para algunos de mis soldados que reian estre- 
pitosamente. 

Ensene a Juan mi asistente, lo mismo que a Carolina, la manera 
de sacar la piel y preparar el delicado manjar que se ofrecia 
casualmente. 

Juan, como buen crioUo^ acostumbrado a creer qiie solo la carne 
de vaca es alimento y que si hay genie que se nutre con otra came 
es pofque le falta vaca 6 le sobra apetito, miraba con cierto desa- 
grado aquel capricho ihio. 

Taji-hualpa, mas observador y al corriente de muchos de los se- 
cretos de aquellas comarcas, pero que no se revelan al viajero, vien- 
dome empenado en el afan de comer ranas envueltas en harina de 
maiz, me dijo sonriendo: 

— Los padres jesuitas tambien comian ranas y ellos fueron los 
que las trajeron a estos sitios. A mi me conto mi padre una vez que 
andabamos cazando y que dormimos en este mismo paraje, que 
para criar las ranas se hizo estos estanques. 

Al principio no habia ranas mas que aqui y hoy abundan por 
toda la comarca. 

Quise explicar por medio de Carolina a Taji-hualpa, lo delicada 
y nutritiva que era aquella carne, pero el desdeno oir explicaciones, 
agregando: — La conozco. . . y no tengo inconveniente en acom- 
pafiarte a saborear ese buen plato. 

Los indios que vieron que su cacique, Carolina, mama Taji-hualpa, 
yo y todos mis soldados comiamos de aquellos indefensos animales, 
se echaron al estanque y sacaron a mano cuantas ranas habia, no 
preocupandose de prepararlas morosamente envueltas en harina. 

Ellos las tomaban, las pelaban con la rapidez mas grande y en- 
sartadas en un palito, despues de salarlas, la's arrimaban al fuego 
dandoles vueltas hasta que estaban cocidas. Luego se las devora- 
ban y me teiho mlicho qiie con hueso y todo. Habfan, pues, modi- 
ficado mi sistema, simplificando el procedimiento y comian como 
el mejor frances Grenouilles a la broche. 



104 LA VIDA BN LOS BOSQUBS SUD-AMBRICANOS 

Los reverendos padres jesuitas fueron objeto en aquel dia de mi 
cordial agradecimiento; pero lo que mas admiraba, era que aque- 
Has ranas, despues de tantos aiios, se hubiesen mantenido gordas 
y cantoras, esperando el dia ires de Agosto en que debian ser ex- 
terminadas por la voracidad de los expedicioparios. 

Hago notar el parecido que existe entre el canto de las ranas 
en un estanque y el coro de las letanias que entonan las viejas 
beatas, en los templos. 

En el estanque una rana de voz soprano absoluto hace: 

Crich! 

Y el coro popular responde a un tiempo : 

Croc, croc, croc, croc, croc. 

jAhora bien! ^quien les dice a ustedes que al Uevar los jesuitas 
las ranas y aclimatarlas en las lejanas comarcas de un pais medite-^ 
rraneo, no tuvieron el doble proposito de proveerse de un buen 
alimento y de enseiiar a los indios la manera metodica y ordena- 
da de cantar las letanias ? 



CARA-HUASI Y LOS GUARAS 



A la tarde del citado dia tres, continuamos la marcha, que fue 
penosa, por tener que atraver varios bajios del terreno y orillar 
espesos matorrales. 

Al campar esa noche en un abra de los bosques, estabamos mas 
6 menos a la distancia de quince. leguas de Santiago de Chiquitos. 

Durante la noche vino Cara-huasi a mi hamaca y despertando- 
nos a mi y a Carolina que estaba proxima, me dijo alegremente^ 
dejando ver los dientes agudos y.blancos en su espaciosa boca de 
jaguar: 

—Oyes! Oyes! ese ruido.,;? Y aitertdiendo' nosbtros, escucha- 
mos el batir de las alas de los pajarosque volaban,confundidos en 
la noche, golpeandose en las ramas. 



CARA-HUASI Y LOS GUARAs 105 

Esas son las charatas y los pavos de monte, nos dijo Cara-huasi, 
que han sido sorprendidos en las orillas del lago por algun Guard. 
Al campar en estos sitios, he visto sus cuevas en la proxi- 
midad. 

Me dijo Carolina que Cara^huasi me daba noticia de la existen* 
cia de aquellos zorros, porque en realidad eran animales que esca- 
seaban. La hora de tomarlos es al venir el dia, cuando regresan 
a sus guaridas. Agregome ella, de su parte, que era mejor que 
no fuese a esa hora a cazar los zorros con Cara*huasi, sino un 

pOCO mas tarde (ml compafiera era siem|>re opuesta d qae yo madrugase,) pues 

entonces y disponiendo del tiempo, corao nosotros disponiamos, 
podria proporcionarme el espectaculo de una fiesta india, que no 
todos los dias se veia. 

— A los indios les gusta mucho jugar con los zorros, prosiguio 
Carolina. 

Siendo yo nina, recuerdo que una vez se reunieron en los Cha- 
cos muchos cazadores con ese objeto. 

Se proponian una fiesta entretenida. Habia alli proxima una 
cueva como esta que anuncia Cara-huasi; cerraronle todas las 
salidas, colocando redes aseguradas en el Suelo, de manera que 
los zorros, cuando querian escaparse, quedaban prisioneros. Des- 
pues de bien cubiertas las salidas, acarrearon entre todos 
agua, en grandes tutumas, e inundaron latguarida. 

Los pobres animales saltan de sus cavernas medio ahogados y 
quedaban prisioneros. 

Los gritos y las carcajadas de los indios eran estruendosas. 
Abrian una extensa red de quince 6 veinte varas, que mantenian 
en el aire, tomada por sus extremidades. Un indio hacia de autori- 
dad 6 de gobierno y a su cuidado quedaban los zorros 

Los cazadores que tenian la red, venian de a uno y parandose 
delante del mas viejo, le hacian cargos y acusaciones, dicien- 
dole por ejemplo: 

— Picaro! ladron! . . . tu me robaste en tal tiempo una gallina; te 
acuso ante este cacique para que te de el castigo, por el robo que 
me hiciste. 

Los que tenian la red pedian que el zorro fuera condenado al 
vapuleo. 

El que hace de juez no produce la sentenci^; dice por el contra- 



106 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD-AMERICANOS 

- ■ ■ ■- ■ - . - _ ,11,1 ' , 

rio, aomando el aire grave de unmagistrado y levantando en alto 
su garrote: 

:— <^No!. . . For robar y coraerse una gallina nose puede prdenar 
la muerte de lin hombre que es tan baqueano (Practice de camfnos, etc.) 
y astuto cazadon Entonces otro indio de los de la red se aproxima 
con aire sumiso ante el cacique 6 juez^quien, olvidabanios decir, se 
pintavla cara y.se empluma de la tnanera mas grotesca, antes de 
empezar a dar sus fallos. 

El 3egundo acusador dice, por ejemplo : 

— Taita: este picaro hotttbre me comio un lore que tenia en mi 
casa y un gatito Colorado que cuidaba mi chinlta. Pido que sea 
sentenciado a recibir el castigo merecido. 

La turba de la red grita mas fuerte: 

— jQue nos entreguen a ese ladron! ... 

Pero el cacique no sentencia todavia y pronuncia por el contra- 
rio una arenga en indio, tratando de probar al pueblo que aquel 
hombre travieso y cazador debe ser perdonado. 

--Es un pobre mozo, dice,, que se busca la vida cazando, para 
Ueyarles alimento a sus pequenuelos. 

— [Que nos entreguen a ese picaro! dice la turba,— que robay 
mata cuantos animales encuentra. Prueban entonces que el mal 
fHOzO) roba y mata por gusto y el que hace de autoridad toma 
al zorro que esta metido entre la bolsa y ante esas pruebas y pe- 
ticiones de todos, lo tira al centro de la red. 

Se arma entonces el tremendo manteo, se tira y afloja la red y 
el zorro sube al aire 6 cae de nuevo sin poderse escapar, porque 
sus patas se aprisionan entre los agujeros de la tela. 

Grita el zorro y rodean los perros aquel sitio, hasta que cansa- 
dos los indios, dan escape al astuto animal, que muere general- 
mente en poder de los lebreles, cuando no delos efectos del juego. 

Asi acaban con toda la familiade los zorros, largando los peque- 
nuelos entre las poUeras de las mujeres que disparan y lanzan ala- 
ridos.' - . 

Me.parecio entretenido el cuento, pero hice notar a Carolina 
que era hora de dormir y que podia ampliarme la escena al si- 
gn iente dia y decide a Cara-huasi que yo queria pfegenciar aquel 
juego, en vez de cazar los zorros con las flechas. 

Asilo hizo. El indio se retiro de nuestro lado y al poco rato 



CARA-HUASI Y LOS GUAR AS 107 

todos dormian tranquilos en el campo expedicionaripi menos los 
dos centinelas que se paseaban sileuciosoSvproyectando sus som- 
bras a lo largo del sendero 

Durante la noche, otro incidence notable vino a interrumpir 
nuestro reposo. Un murcielago mal intencionado chupo la sangre 
al Pecari de mama Taji-hualpa. El jabalf gritaba como un verda- 
dero marrano! 

La familia real paso un mal rato. 



LAS SUAVES CARICIAS DE LA AURORA 

LfA madrugada del dia cuatro empez6 vagamente a colorear el 
horizonte. Veiamos del iondo del bosque gigantesco, por entre las 
tupidas ramazones, las ultimas estrellas que titilaban como lampa- 
ras mOribundas en el azul profundo de los cielos. 

El espacio infinito estaba siempre velado a nuestros ojos, por los 
cortinajes verdes del foUaje. 

Laluz aumentaba poco a poco, dispersando los negros tules de 
la noche y las lianas enroscadas en los troncos de guayacan, pare- 
cian serpientes perezosas sorprendidas en su profundo sueno. 

El canto de las aves arruUaba nuestro ultimo sueno en la col- 
gante hamaca. Los indios no dormian ya, desperezabanse pesada- 
mente en tomo de una hoguera que se avivaba poco a poco, mien- 
tras que el niimero de concurrentes aumentaba. 

Uno a uno habian revisado sus arcos y hecho un e^amen de sus 
armas. 

Cara-huasi sentado sobre un leno, rodeado de sus armas y de 
sus perros, parecia esperar impaciente, observando con atencion 
los movimientos de mi hamaca. 

Probablemente pensaba que los guarAs no podian ser ya ca- 
zados. 

Los mundos y nebulosas del infinito espacio. habian cesado de 
hablar en sus indefinibles signos. 

Pasada su hora, que los mortales dedican al sueno, nos cedian a 



108 LA VIDA EN LOS BOSQUfeS SUD- AMERICANOS 



nosotros el campo vasto de la accion. Era nuestro turno, tambien 
astros errantes del insondable arcano de la vida. 

En aquel pequeno grupo de hombres, que atravesaban la selva 
misteriosa^ se manifestaba Cara-huasi como el de mas impetuosos 
anhelos. 

Uti extrano sopor se habia posesionado de toda mi existencia. 
Envuelto en mi hamaca de nanduii (tela de arafia), en ese estado 
medio del sueno, que sigue al reposo de las largas horas de la no- 
che y a la luz vacilante del crepiisculo largo de las mananas tropi- 
caleS) hacia fantasias mi mente, saltando de hoja en hoja con sus 
alas inquietas. 

Taji-hualpa mientras tanto, sumido en un profundo sueno, asistia 
probablemente a acciones guerreras 6 asaltos de salvajes. 

Daba ordenes entrecortadas y pronunciaba palabras incompren- 
sibles. Habia comido excesivamente la noche anterior y aquellos 
suefios debian ser la consecuencia de una morosa digestion. 

Las aves en coros lejanos seguian entonando sus cantos y una 
tierna caricia, la caricia de una hada misteriosa de los bosques co- 
rrio suavemente por sobre la blanda piel de arrnino que envolvia 
mi tragil humanidad. 

Mis ojos sonolientos se entreabrian buscando en torno mio la 
realidad del carinoso ensueno. 

Nada habia!. .. . Yo estaba solo entre las selvas como alma erran- 
te y sin rumbo en el caos infinito de la existencia. 

Habian pasado indudablemente algunas horas. 

No conservaba la nocion dol tiempo, divagando en mi contuso 
sueno. Cuando medesperte^ el sol mostraba su faz dprada, y Ca- 
rolina^ de pie al lado de mi hamaca, como el angel tutelar de los 
desiertos, parecia velar mi sueno^ meciendo levemente el colgante 
lecho indio. Recuerdo muy bien la expresion apasionada de 
aquellos ojos supremamente inteligentes. 

- iComo has dormidol me dijo. Yo crei al principio que algun 
dolor te molestaba. Se, por instinto, lo lejos que has estado de mi 
en tu profundo sueno. Pero [oh!.... como me ha sido grato ro- 
dearte con mi brazo en las horas del silencio. 

Yo tambien he sonado en esta noche de angustiosas horas. ... El 
final de mi triste existencia me horroriza. . . . No puedo contartelo, 
no! ... 



LAS SUAVBS CARICIAS DB LA AURORA 109 

Arrojada de lo alto de una pefia, mi cuerpo destrozado fue de- 
vorado en las sombras porlos hambrientos. Guar as f... 

Tii estabas ya en tu pueblo envuelto en una aureola de con- 
tento y de felicidad — Las mitjeres de tez blanca, incolora y des* 
tenida, como su alma sin pasiones, te rodeaban acariciandote. 
{Infames usurpadoras de mi carino inmenso! 

SoUozos y lagrimas siguieron al relato, y aquel rostro juvenil, 
tostado por las brisas del desierto^ se oculto entre las ondas blan- 
cas de la piel de armino. 

Nuestra carpa habia sido tendida aquella nocbe entre las 
plantas A^pasionaria (Mburucuya). 

El vago perfume de la alegorica flor se percibia claramente. 



MANTEO A LOS ZORROS Y COMO DEBE CAZARSE AL VUELO 

L/ARA-HUAsi, acompanado de Tobaita y de otros indios cargados 
de redes y de flechas, se aproximo a mi hamaca. 

— Hermano, desde que se alzo el sol, te estamos esperando, me 
dijeron. Taji-hualpa anda cazando por la orilla del lago y nosotros 
hemos recibido la orden de ir contigo, y proceder a la fiesta del 
manteo a los Guards, 

Sake de la hamaca y en un momento me calce las largas botas 
y me puse la blusa de lona. Tome mi espadin, mi rifle y mi som- 
brero de anchas alas de fibra de yatai (palmera) e incorporandome 
al grupo de cazadores, seguido de Carolina, nos internamos en la 
espesura. 

AlK proximas estaban las cuevas de los zorros que debfan cos- 
tear la fiesta india. Las redes fueron colocadas en las entradas, de 
manera que los animales, al querer escapar, quedasen embolsados, 
y quince 6 veinte hombres y mujeres acarreaban el agua del ria- 
chuelo en cantaros y tutumas, 

Inundadas las cuevas y tendida la red, procedieron en medio de 



110 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUU'-AMERICANOS 

las aclamaciones a dar riiuerte a la fkmlliade los Guards, en la 
forma que Carolina nos habia descrito la noche anterior. La ale- 
gria g'^neral de los salvajes'se Tiizo tambien extensiva a los pe- 
rros, que en cbnfuso tropel se disputaban el derecho de la came de 
las victimas. 

Desde la salida de nuestra expedition del Bosque de los Tama- 
rindos^ Carolina y yo aprendiamos, bajo la direccion de Cara- 
hiiasi^'el manejo de laflecha. • 

— Pon un pie atras y otro adelante, decia el maestro gol- 
peando sus pies redondbs en elsilelo y tomando la actitud necesa- 
ria para dirigir al punto fijado su terrible dardo. 

Carolina sabia mucho mas que yo el manejo de la flecha |era 
mujer !....; pero Cara-huasi tomaba a lo serio mi ensenanza y no 
estaba satisfecho viendome errar en el bianco a que tirabamos 
siempre por elevacion. 

Como ya habia terminado el manteo de los zorros y cantaban 
a la orilla de la laguna las Charatas y las pavas de monte (Penelopes), 
nos invito Cara-huasi para que aprendiesemos a cazar al vuelo, 
yendo en su compania y en la de Tobaita. , 

La caza al vuelo, nos dijo, es mucho mas entretenida que la que 
se hace tirando la flecha a un punto fijo. 

Proveyonos de arcos y salimos con el en direccion de la aguada 
donde cantaban las Charatas. Mando el indio a otros cazadores que 
fuesen por el lado opuesto del lago, para tirar sobre el grupo delas 
aves y marchandb delante de nosotros, se interno en la arboleda. 

Cuando estuvimos proximos a la laguna, nos hizo ocultar, a Ca- 
rolina y a mi/detras de los troncos de unas palmeras, caminando va- 
rios pasos para quedar en un cfaro que hacia el bosque; se acosto 
de espaldas sobre la alfombra verde de gramilla, avisando a sus 
companeros que estaba listo, por medio de un prolonged© silbido, 
al que contestaron Tobaita y los suyos desde la opuesta margen. 

Cara-huasi entonces, siempre de espaldas en el suelo, levanto 
las piemas perpendicularmente sujetando en sus pies el fuerte arco. 

Las aves espantadas, probablemente, por las flechas de los otros 
cazadores, volaban por sobre nuestras cabezas, y Cara-huasi, sin 
cambiar de posicion, y con una ligereza notable, despachaba flechas 
a las hermosas penelopes y charatas, que caian heridas de muerte 
golpeando sus alas al pasar por la ramazon de la arboleda. 



112 LA'VIDA EH LOS BOSQUBS SUO-AMBRICANOS 

Cuando Cara-huasi se puso de pie y fuimos juntos a recoger las 
piezas obtenidas, vimos desde lejos que Tobaita y los otros indios, 
en la misma extrana posicion, cazaban todavia. 

Se empenaba Cara-huasi, en su sencillez primitiva, en colocarnos, 
a Carolina y a mi, en la posicion en que el habia estado antes para 
cazar al vuelo y fue necesaria mucha insistencia per parte de Ca- 
rolina para hacerlo desistir de su natural proposito. 

Las piezas obtenidas aquel dia fueron: 

22 charatas, 

14 pavas, 

3 patOS criollos (Bzisten en el Chaco enestadosalvaje), 

9 Guards, 

Heche el almuerzo del medio dia, se dispuso lo conveniente 
para seguir la marcha en la tarde. 

Habiamos salido ya del linde de los campos Guaranocas y de- 
biamos Uegar aquella noche, despues de una marcha de cinco le- 
guas, a las proximidades del aduar de los ToborocheSy al norte de 
los Chtrtguanos y al sur de las tribus antes mencionadas. 

Yo hicenotar al cacique Taji-hualpa que, si bien era cierto lo 
que el me habia dicho a proposito de la conveniencia de no tirar 
iiros, nos era indispensable hacer presente nuestra presencia en 
las selvas, por medio de descargas convenidas con nuestros com- 
paiieros de la expedicion de Chamacocos, a quienes buscabamos. 

Estas tierras no son ya de los Guaranocas, me dijo, de manera 
que tii puedes disponer que se hagan las descargas necesarias, 
como asi mismo que cacen tus soldados. 

Las descargas convenidas por mi con la expedicion Minchin, 
eran dos sucesivas, de diez tiros cada una, con el intervalo de un 
minuto; las descargas debian hacerse sentir a las seis de la ma- 
nana y las cuatro de la tarde. 

Estabamos ya en marcha el dia cuatro, cuando ordene el alto 
a la columna, haciendo avanzar diez tiradores. A las voces de pre- 
paren, apunten, fuego ... una detonacion, seguida de otra, resono 
en la selva. 

Organizada de nuevo la columna, esperamos un instante, pero 
ninguna descarga del lado del naciente respondia a la nuestra. In- 
dudablemente nuestros companeros estaban lejos del sitio en que 
nosotros nos encontrabamos. 



EL RAStRO DB UNA TRIBU 113 



EL RASTRO DE UNA TRIBU 

La columna expedicionaria siguio su derrotero marchando lenta- 
mente. Algunos senderos que atravesaban nuestro rumbo al 
sudoeste, fueron observados con sorpresa por los flecheros de 
nuestra vanguardia. 

Interrogados sobre lo que ocurria, nos hicieron notar el rastro 
fresco» estampado en la arena, por las plantas salvajes de una tribu 
eh movimiento. 

Son sesenta 6 setenta hombres, nos dijeron los guias, cuarenta 6 
cincuenta mujeres y diez 6 quince los ninos que marchan a pie. 

La marca grabada mas hondamente, del pie descalzo de las mu- 
jeres, en la parte delantera 6 de los dedos, demostraba claramente 
que estas iban cargadas. 

Era natural suponer, pues, que esta gran rastrillada indicaba la 
traslacion tranquila de un aduar salvaje. 

Cuando los indios se trasladan de una parte a otra en son de 
guerra, es dificil 6 imposible comprobar su niimero. En este caso 
todos marchan por el mas tortuoso y estrecho sendero, teniendo 
el mayor cuidado de seguirse de a uno y poner, al marchar, sus 
pies sobre las pisadas de los primeros. 

Doscientos indios asi, confunden su rastro con el de muy pocos, 
y a veces con el de uno solo. 

Taji-hualpa me hizo notar que probablemente la traslacion de 
aquellos indios, internandose hacia Occidente, era debidaa la exis- 
tencia de la expedicion Minchin por el lado Oriental 6 sea el de 
las costas del Alto Paraguay. 

La claridad de la luna, que cada noche aumentaba, nos permitio 
en aquella, hacer mas larga la Jornada. 

El sitio donde campamos debia estar muy proximo al aduar de 
los Toboroches, pues las sendas eran mas anchas y transitadas 
que las del resto de los caminos. 



La vida eo los bosques sud-americanos 8 



114 LA VIDA BN LOS B08QUBS SUD-AIIBRICANOS 



BL PARLAMENTO 

JL/URANTE la noche del cuatro al cinco yimos los fuegos proximos 
de la pequena tribu anunciada el dia anterior. 

Los ladridos lejanos de los perros comprobaban la existencia 
de la tribu, y aldespertar al dia sig^iente me dijo Taji-hualpa: 

Conviene que mandemos un parlamento a los moradores de esta 
tierra, haciendoles presente que pasamos amistosamente per su 
suelo, para lo que les pedimos el permiso acostumbrado. 

Voy a mandarles decir, por algfunos indios que entienden su len- 
gua, que vengo en caceria acompanando a un guerrero de lejanas 
tierras; que hace algunas lunas habita entre nosotros y que es un 
buen amigo. 

Tengo la segfuridad de que ellos no miraran a mal nuestro pa- 
saje, pues a mas del amistoso parlamento para entrar en la rela- 
cion que tu deseas y conseguir que ellos nos visiten, remitire al 
cacique alg^nos animates de regalo. 

Manifeste a Taji-hualpa que me seria muy agradable ir perso- 
nalmente acompanando el parlamento. 

Puedes hacerlo, me dijo; pero no es practica que en la primera, 
ni en la segunda entrevista, sean los jefes los que se crucen en 
parlamento. 

Desisti entonces de mi proposito, comprendiendo que no me iba 
a faltar la oportunidad, en aquel dia, 6 al sigfuiente, de visitar las ex- 
tranas viviendas de aquellos salvajes, construidas dentro de los 
enormes troncos de los toboroches. 

El parlamento se compuso de la siguiente manera: 

Un capitanejo. 

Tres flautistas. 

Dos violinistas. 

Tres pifanos. 

Dos tambores. 

Ocho flecheros. 

Cuatro conductores de presentes. 

Ocho rifleros. 

Diez 6 quince perros y 



EL PARLAMEI*TO 115 



TreS bueyes, (los del regalo). 

El capitanejo Uevaba en sus manos una pequena lanzao javalina. 

Los flecheros habian adornado con plumas su melena y llevaban 
sobre sus chaquetas de algodon las corazas de cuero de anta. 

Mis rifleros vestian el traje europeo un tanto modificado por las 
extgencias de las costumbres en boga. 

Los musicos se permitian la libertad de concurrir al parlamento 
en sus trajes habituates, y los perros seguian a sus duenos en igual 
forma. 

A medio dia regreso el parlamento acompanado de un crecido 
niimero de salvajes, la mayor parte compleiamente desnudos como 
los Chamacocos de las orillas del rio Paraguay. Casi todos tenian 
sin embargo penachos de pequenas plumas de avestruz en la ca- 
beza, un mazo de piola atado a la cintura y pendiente del pescuezo 
un collar de escamas de pescado^ pedazos de conchas, uiias de ti- 
gre u otros colgajos que les anunciaban la buena fortuna. 

Un crecido niimero de loros de diversas clases venia en retribu- 
cion de los bueyes de Taji-hualpa. 

Al ver cambiar loros por bueyes, se nos ocurrio pensar que no 
debian ser tan salvajes los indios Toboroches. 

Los parlamentarios fueron recibidos con los honores del caso 
por Taji-hualpa y los nuestros. Se diserto largamente sobre pue- 
blos amigos. 

, Debe entenderse aquf, al hablar de pueblos, que nos referimos a las tribus 
o(>ffladas inmedlatas, que cual enjambres, forman la gran colmena indfgena del 
Chaco). 

Note , viendo reirse a los indios y mostrar sus anchas filas de 
dientes, que estos eran cortados en angulos agudos y quise inves- 
tigar la causa de aquello, que al principio me parecio un rasgo ti- 
pico de la raza. 

Interrogue privadamente a Carolina sobre este asunto que me 
intrigaba desde que habia visto la dentadura de Cara-huasi. Me 
inform© ella, que los salvajes, hombres y mujeres, se liman los 
dientes en forma de sierras. 

Varias veces, despues de esto, tuyimos ocasion de presenciar la 
operacion practicada por los indios en su dentadura. 

Taji-hualpa y los interpretes me aseguraban que por este medio 
la dentadura se conserva sana hasta la vejez. 



LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD-AMBRICANOS 



Quisimos probarles el error en que estaban y lo que afeaba, en 
nuestro concepto, la forma que ellos daban a los dientes, tratando 
de corregir a la naturaleza; pero no habia razones contra la fuerza 
de una costumbre que proviene y es rasgo caracteristico del sal- 
vajismo de aquellas tribus. 

La circunstancia de tener todos los Toboroches los dientes 
limados, y de haber entre los de Santiago de Chiquitos muchos 
que no los tienen, nos probaba evidentemente que esa costum- 
bre, como la de grabarse en la cara figuras extraiias, atrave- 
sarse en los labios 6 en las orejas pedazos de hueso 6 de madera^ 
procedia simplemente del estado de mayor barbarie en que vivian 
en una epoca anterior a la presente. 



EL ADUAR DE LOS TOBOROCHES 

i^LBGADA la tarde fuimos invitados por el capttanejo del parlamento 
Toboroche, para visitar al cacique y a su pueblo. 

Realizabamos nuestro deseo; accedimos, pues, gustosos a la invi- 
tacion y tratamos de hacer lo mas pomposo posible el cortejo y 
la entrada triunfal al pueblo indio. 

Nos movimos con el convoy en masa: los indios de Taji-hualpa 
y las mujeres se adornaron de regia gala; las plumas y los colores 
formaban parte importante del arreglo y de los trajes. 

Taji-hualpa, el capttanejo Toboroche y yo, marchabamos de- 
lante; escoltabanos la orquesta; despues seguia una doble fila de 
mis veinte tiradores y a continuacion los pesados bueyes cargados 
de utiles y armas y seguidos de los cincuenta flecheros santia- 
guenos. 

En la retaguardia, las mujeres cerraban el cortejo. 

Una ancha calle, debajo de la arboleda, servia de entrada y de 
plaza al aduar indigena. 

Nosotros entramos por ella en medio de cantos y de musicas, y 
un niimero de naturales, que no bajaria de trescientos, salio a nues- 
tro encuentro. 



EL ADUAR DE LOS TOBOROCHES 117 

Las habitaciones eran pequenas y de la forma descrita ante- 
riormente. Ranchos circulares li ovales, a veces prolongados mas 
hacia un lado que a otro, con paredes de rama y techo de hojas 
de palmera 6 de pieles de animates. 

El recinto del aduar estaba rodeado en gran parte de una pali- 
zada 6 cerco de maderos clavados en el suelo en forma de muralla 
6 de defensa. 

Entre los arboles colosales que poblaban el paraje habta un 
niimero crecido de toboroches y pudimos comprobar lo que se 
nos habia afirmado a proposito de ellos, teniendo la ocasion de 
penetrar en una de las habitaciones acompanados del cacique To- 
boroche, Taji-hualpa, Carolina y algunos otros naturales. 

El espacio circular de la vivienda tendria tres metros de diame- 
tro. Al labrarse el gran tronco, se habia dejado una especie de 
banco 6 asiento, en el que descansamos. 

Varias de estas viviendas, en el interior de arboles, salpicaban 
la tolderia, siendo de mayor 6 menor tamano, pero siempre de la 
misma forma. 

El toldo del cacique era el mas espacioso y bien construido, esta- 
ba coronado de astas de ciervo, craneos de tigre, de anta y de otros 
animales. Una porcion de aves de las de gran tamano, cigiienas, 
garzas y avestruces colgados de las patas y amarrados a los arbo- 
les vecinos, formaban los trofeos del jefe de cazadores indigenas. 

Ninguna de aquellas viviendas era preferible a mi blanca carpa 
de lona, y en medio de las danzas, de las fiestas y de la borrachera 
general de los salvajes que bebian tutumas enteras de aloja 6 chi- 
cha, ordene a Juan y Meliton, que armasen la carpa y tendiesen 
las hamacas. 

Taji-hualpa y su mujer se alojaron en el rancho del cacique y 
aquella noche me vi libre de perros, gatos, loros, puercos y extra- 
iias sabandijas. 



NOTICIAS DB NUBSTROS COMPAi^EROS 119 



NOTICIAS DE NUESTROS COMPAIJEROS 

Al entrar la noche, un extrano raoviminto de alarma se dejo oir 
en el aduar y el campamento, entre las pocas gentes que no dor- 

mian la aloja (Bebida que hacen los indios con la fruta del algarrobo) O 
la chtcha. (Especie de cerveza de maiz fermentado). 

Los perros anunciaban la proximidad de gentes extranas, con 
sus insistentes ladridos, y al poco rato vimos con sorpresa, al- 
gunos indios de Santiago que nos traian de parte del cacique 
Maimore la agradable nueva de haber salido la expedicion Min- 
chin a la molienda de "La Florida." 

Taji-hualpa me comunico por medio de Carolina aquella noticia, 
y ansioso de ver a los bravos expedicionarios, resolvi el regreso 
de nuestra expedicion al dia siguiente. 

Los indios y los soldados juntaron los bueyes y las mulas en la 
madrugada, y todo se preparo para emprender la marcha de re- 
greso. 

£1 almuerzo de despedida se hizo en la tolderia, siendo el plato 
mas abundante la carne asada de monos y ciervos. 

Una tinaja de aloja, colocada en el patio del rancho del cacique, 
proveia a los concurrentes de la apetecible bebida, que se servia 
en cascaras de tortuga 6 mitades de calabaza. 

Al emprender nuestra marcha, cambiando en algo la direccion 
del camino que habiamos traido, encontramos algunas chozas 
construidas sobre los gajos de los arboles. Investigando la razon 
de aquellas construcciones en la altura, nos dijo el cacique Tobo- 
roche que asi acostumbraban hacer sus habitaciones en los bos- 
ques los cazadores, con el proposito de no ser molestados durante 
la noche por las fieras 6 las viboras. 

Un bosque de grandes Cactus erizados de espinas nos obligo a 
torcer nuestro camino, cayendo de improviso a un pequeiio valle 
poblado de Yatais cargados de frutas. Detuvimos la marcha a 
orillas de un lago y mientras que se desprendian de nosotros las 
familias toboroches que nos habian acompanado, soltaron los peo- 
nes las bestias de la recua, para que fuesen a beber a una fuente 
inmediata. 



120 LA VIDA EN LOS BOSQ UE8 SUD- AMERICANOS 

Vimos sorprendidos que un asno sediento se aproximaba a la 
orilla del agua, sacudia la cabeza sin resolverse a tomarla y daba 
fuertes rebuznos y coces. Los demas animales que habian seguido 
tras de el, se detenian del mismo modo sin decidirse a beber,-y los 
cuidadores indios reian viendo la actitud del asno que capitaneaba 
la cuadrilla y que cada vez, con mas fuerza, daba resoplidos y 
patadas. 

Aquella pantomima representada por nuestra recua, no tenia 
una facil explicacion. Nosotros creimos al principio que el agua 
era salobre, pero pronto oimos los gritos de Caiman!.. .. Cai- 
man! .... que daba Cara-huasi, mientras que uno de estos enor- 
mes anfibios sacaba la cabeza y abria descomunalmente la boca, 
casi en la orilla del lago. 

El burro, que no es tan burro como generalmente se cree, habia 
olfateado la existencia de un enemigo malo en las aguas y lo 11a- 
maba con rebuznos; pero, apenas lo hubo visto, pegando una ten- 
dida y emprendiendo una briosa carrera con acompafiamiento de 
saltos y coces al aire, se traslado por la orilla al extremo opuesto 
del lago, donde bebio alegremente en ccmpania de los otros 
animales. 

El yacare habia sido burlado y en busca de su presa salio al 
sitio en que en momentos antes se le provocaba, donde en vez del 
burro encontro los tiros de remington de los expedicionarios. 

La marcha de aquel dia fue rapida ; yo me proponia Uegar al 
dia siguiente a " La Florida,'' habilitando para marchar la noche 
de luna y algunas horas de calor. 





iiiiiniiiiluiiiim^^ 

i'iiiiiiiiiiiijiiiiiiiiiiiiiiii!iiiitiiiri^ 



VI 



SuMARio: — Peripedas por que pasa la expedicion Minchln. — Mr. Fiddes y Morfsset. — 
Los correos indios. — CoUas ladrones. — El geroj^lffico de los pi^s Iz- 
qulerdos. — La choza de Cara-huasi y Tobaiti. — El tigre que pesca. — 
Onzal Onza! — Fiddes y el cocinero asistidos en una enfermedad por 
el sistema indfgena.— Pesca con narcotico. — La perra y la mona. — La 
trampa de flechas. — Maimelian. — Visita del Cura-medico. — Blanqueodel 
templo. — Simulacro de combate. 

Ml 

3y|A mafiana del dia siete, un tanto nubia da, nos salvo de los rigo- 
res del sol y vimos aparecer a la distancia las cumbres de la 
Sierra de Chiquitos. 

Cuando oscurecio, aparecieron por entre las espesas ramazones 
de la selva, unos fuegos proximos, que segun los indios eran las 
luces de la estancia del sefior Flores. Con varios tiros de rifle 
anunciamos nuestra proximidad y no tardo en oirse el clarin y las 
cajas de los expedicionarios que nos contestaban alegremente. 

Un momento mas tarde el campamento del senor Minchin y la 
casa de nuestro amigo el senor Flores, fueron invadidos por 
nosotros. 

La alegria que se experimenta al encontrar gente civilizada des- 
pues de algunos meses de permanecer entre salvajes, es verdade- 
ramente grande y da lugar a ingenuas^expansiones. 

Todos los companeros estaban buenos. Las fatigas de la trave- 
sia parecian haberlos vuelto mas joviales. En un encuentro con 
los salvajes habian perdido un soldado y cuatro mulas que cuidaba 
este, heridas por las flechas de los indios; el soldado, despues de 
de mal herido, habia sido tornado prisionero y probablemente 
muerto. 



122 LA VIDA EN LOS BOSQUBS StJD-AMBRICANOS 

Nos sorprendio saber que los salvajes les hubiesen sido hostiles 
durante el transito; el senor Pascual Perez que tenia el mando 
militar de la tropa, nos narro los siguientes hechos : 

Despues de nuestra salida de Chamacocos habian seguido las 
amistosas relaciones con la tribu de ese nombre. El capitanejo, que 
como todos los indios anda completamente desnudo, almorzaba y 
comia aparte de las tropas formando un grupo de cuatro con la 
comision expedicionaria. 

La mesa era una manta tendida en el suelo y cada uno de los 
cuatro se sentaba en uno de sus angulos, colocando las iuentes de 
lata con el alimento, en el centro del grupo. La posicion en que 
nos sentabamos, me decia Perez, le privaba a nuestro amigo el 
capitanejo espantarse los mosquitos, que se ensanaban en picarle 
precisamente las partes mas sensibles de su cuerpo que quedaban 
en descubierto, gracias a la postura. 

La glotoneria del indio le hacia a veces olvidar las picaduras, 
pero no faltaba uno de esos bravios mosquitos negros que venia 
a interrumpirle en su comida, clavandole un enorme lancetazo. 
Largaba entonces el indio su bocado y acudia precipitadamente 
a defenderse, ocupando sus dos manos en la minuciosa investiga- 
cion. 

El ingeniero senor Minchin, hombre culto, de maneras distin- 
guidas, poco acostumbrado a sentar en su mesa esta clase de 
comensales en traje de Adan, sin hoja de parra, protest© un dia 
energicamente contra la sociedad del indio en la mesa. 

Echado el hijo del cacique del grupo de la comision explo- 
radora y obligado a refugiarse entre sus indios de tropa, manifes- 
tose profundamente airado contra los invasores de su tierra. 

Un momento mas tarde los salvajes tomaron sus armas y sin des- 
pedirse^ emprendieron el camino de ios bosques, perdiendose en 
las enmaranadas espesuras. 

Despues de las pruebas dp tiro al bianco y de los catorce dis- 
paros de cada Winchester, era dificil que los naturales presentasen 
un combate franco a los expedicionarios; pero indudablemente 
habia razon para temer a las traidoras flechas que salen sin saberse 
de donde en medio del bosque. 

El grupo expedicionario tuvo buen cuidado de las guardias que 
el capitan Perez hacia cambiar metodicamente; pero elsoldado que 



PERIPECIAS FOR QUB PASA LA BXPBDICION MtKCHtN 123 

^- ■ ■ ■ ■> ■! H^l - .. ^11 ■■ ^ II ■- » , ■ - »■■■..»■■■ _lll« ■ -■- ■ ■ ■■■■■.II I ■ ■ I I ■■ ■■ I III II ■ I ■ 

pastoreaba las mulas, obligado a alejarse del paraje vigilado, pago 
con su vida la ofensa inferida a la altivez salvaje. 

El dia 8 trasladamos el campamento general a Santiago de Chi- 
quitos, donde se proponian los expedicionarios descansar unos 
dias^ para continuar su viaje; unos al interior del pais y otros dc 
regreso a Buenos Aires. 

Sorprendio a mis amigos cuanto les narre de las costumbres 
chiquitanas. Les hice una formal presentacion de Carolina, del 
Cacique Taji-hualpa , su esposa , Cara-huasi , Tobaita y demas 
acompanantes que figuran en esta narracion. Les explique tam- 
bien las ceremonias y los bailes indios que habian tenido lugar 
en las fiestas de mi boda; el encuentro de Cara-huasi con An- 
tonio y las Antas en los despeiiaderos, el susto que me dieron los 
murcielagos en la gruta y cuantos hechos me habian ocurrido que 
pudieran interesarles, sin olvidar la escena del baile y la procesion 
y bano de San Juan en Curumba y el fusilamiento de los negros 
en el campamento de Piedra Blanca. 

El Chaco habia sido cruzado por diferentes rumbos, pudiendose 
establecer lineas de comunicacion y caminos carreteros el dia que 
se quisiese. 



MISTER FIDDES Y MORISSET 



E 



NTRE el grupo de compaiieros que llegaban de peregrinar, co- 
nocimos a Mr. Fiddes, un hombre de avanziada edad, norte-ameri- 
cano, que se encontraba en los obrajes del Alto Paraguay cuando 
nosotros pasamos embarcados. 

Gran aficionado a las exploraciones por el desierto, no teniendo 
en cuenta su avanzada edad, ni los peligros que podian sobreve- 
nirle, tomo pasaje en un vapor que cruzo despues de nuestra 
salida de Chamacocos, y se hizo dejar en la costa desierta, sin 
maS compafiia que su rifle, un poco de came secay el cuchillo de 
monte. 



124 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD- AMERICANOS 

A su llegada al barranco, punto de partida de la expedicion Min- 
chin, ya los expedicionarios se habian internado en el Chaco; pero 
el, impasible, no trepido un momento y siguio los rastros de la ex- 
pedicion, yendo a alcanzarla a unas veinte leguas en el interior de 
los bosques. 

Admiramos a aquel intrepido viejo, al que no guiaba otro pro- 
oosito que el de conocer costumbres salvajes. Su caracter jovial 
nos hizo pasar entretenidos, ntaiando el tientpo^ muclias horas per- 
didas que dedicaba a la narracion de cuentos de ingleses y norte- 
americanos, en los que siempre los primeros tenian la peor parte. 
El cuento favorito y el mas ingenioso de los de Mr. Fiddes, era 
uno del General Washington, que no se puede escribir. 

El cocinero de la expedicion que Uegaba, era un visionario que 
habia tornado aquel puesto con el proposito oculto de encontrar 
en el desierto tesoros escondidos por los jesuitas 6 filones de oro 
en barra. 

La eterna preocupacion mortificaba a aquel hombre, que ocul- 
tandose siempre de sus compafieros, dedicaba los ratos libres que 
le dejaba la cocina a hacer excursiones misteriosas por entre la 
selva y a coleccionar piedras. 

Mr. Fiddes habia comprendido desde el principio la mania de 
Morisset, y con esa flema que caracteriza a los sajones, recorrfa 
por la manana los caminos por donde suponia pudiera pasar mas 
tarde el cocinero, y frotaba los guijarros contra los clavos de bron- 
ce de sus botas de viaje, colocandolos de nuevo en la senda y en 
paraje visible. 

Un dia que cazabamos juntos, y que vi aquel procedimiento del 
viejo, no sabiendo lo que se proponia le interrogue scbre el parti- 
cular, y el contest© riendo: 

— Oh! ... , yo prepare mineral para nuestro cocinero, al mismo 
tiempo que le busco conejos para el guiso. Estas deferencias me 
son correspondidas por Morisset con tiernas costillas de liebre. 

— {De manera, Mr. Fiddes, que por liebres da Vd. gatos? 

— No hay otra cosa! Por aqui hay mineral de fierro en abun- 
dancia, pero el cocinero quiere oro; yo lo tengo contento propor- 
cionandole muestras. 

Seguramente Morisset pasaba mas tarde por las sendas que Fid- 
des habia recorrido y en una bolsa 6 en sus abultados bolsillos 



MISTER FIDDES Y MORISSET 125 

cargaba guijarros que era un contento y ocultandose cuidadosa- 
mente de todos, menos de Mr. Fiddes su intimo amigo, los iba 
estibando, numerados y rotulado^, en unas cajas de madera cerra- 
das con enormes candados. 

El norte americano ert preparar mineral y el cocinero inocente 
en acarrear desde largas distancias, piedras que creia oro, pasaban 
los dias entretenidos. 

j Juzg^e el lector cual no seria el desencanto deMorisset despues 
de pagar fletes por sus pesadas cajas desde Bolivia y transportar- 
las en parte del camino a lomo de mulas, cuando al llegar a Bue- 
nos Aires se encontro, con que, analizadas las piedras, resultaron 
de puro granito! 

jPero si yo he recojido este mineral en los desiertos, decial 

Y en realidad decia la verdad. 

Pero Mr. Fiddes conservaba el filon de aquel mineral en la suela 
de sus botas. 

No habia razones que convenciesen al cocinero, que sometio a 
varios examenes sus guijarros. 

El viejo habia sido mejor cuidado que nadie, durante el penoso 
viaje por el Chaco. 

La ignorancia es siempre pasto de la malicia humana! 

jSaben mucho, los viejos! 



LOS CORREOS INDIOS 



Anunciaron un dia en el pueblo la Uegada de unos correos indios 
que traian oficios para los caciques y prevenian la venida de unos 
enfermos que querian tomar baiios en el rio Agua Caliente. 

Interrogamos a los naturales sobre las propiedades medicinales 
de aquellas aguas y nos informaron de lo eficaces que eran para 
curar el coto y las enfermedades de la piel 6 de la sang^e, cura- 
cion que se obtenia con solo tomar algunos banos. 



126 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD-AMERICANOS 

Lo interesante de estos informes nos llevo mas tarde a visitar a 
los viajeros que ocuparon chozas a orillas de las fuentes termales. 
Se manifestaron ellos tan contentos de la mejoria que habian teni- 
do que quedamos asombrados viendo en realidad las cicatrices de 
Uagas que habian sido curadas y el pescuezo de algunas mujeres a 
las que aun no se les habia recojido del todo el pellejo, estirado 
por el coto en curacion. 

Algunos de los banistas nos manifestaron el proposito de per- 
manecer alii a orillas de aquella fuente benefica, el resto de sus 
dias, y otros, el deseo de construir habitaciones que permitiesen 
una comoda permanencia a los enfermos. 

Las aguas son sulfurosas, a juzgar por ese olor desag^adable 
que las caracteriza en todas partes donde las hemos visitado; la 
profundidad de que provienen, debe ser grande, teniendo en cuenta 
la subida temperaturaque permite^ algunos dias, en el punto deno- 
minado los hervores, cocer un huevo de gallina en cortos instantes. 

Los correos indios del interior, son aiin los establecidos desde 
la civilizacion Inca, anterior al descubrimiento de America. 

El General San Martin, Bolivar y otros ilustres proceres de la 
Independencia Americana, utilizaron ese sistema de correos a pie, 
que aiin hoy presta en el AltoPerii grandes servicios, no habiendo 
convenido reemplazarlos, en muchos puntos, por los de coches- 
correos, 6 correos a caballo. 

Se trata, por ejemplo, de Uevar una correspondencia 6 un objeto 
a doscientas leguas de distancia atravesando rios 6 serranias im- 
practicables. 

Los indios, estacionados de dos en dos, en distancias de veinte 
leguas mas 6 menos, reciben el mensaje en el extremo de la linea, 
y, sin perdida detiempo, cargan su Panacu (Cesta lljera de cargar A la 
espalda) toman su arco y sus flechas, y marchan por las montanas 
con una velocidad sostenida mas semejante al trote del caballo 
que a la march a del hombre. 

Unas cuantas hojas de coca, que mascan siempre,son suficientes 
para evitarleslas fatigas.y alimentarlos hastael fin de su Jornada. 

En Uegando a la primera estacion, pasan el parte 6 el objeto a 
los dos indios que esperan ordenes, sequedan en sulugarlos prir 
meros, e inmediatamente contimian su veloz marcha a pie los dos 
que estaban en descanso. 



LOS CORREOS INDIOS 



127 



Hay infinidad de casos de marchas practicadas con mcreible ra- 
pidez por los correos isdios. 

La nottcia de una batalla en tiempos que no se conocia el tele- 
grafo, ha sido trasmitida en horas, al traves de comarcas mootanO' 
sas y de distancias inmensas. 

El Panakis 6 Panacu de los indies, que varias veces hemos 
examinado, pesara medio ktlo y es hecho de fibras de palma,jun- 
cos 6 mimbre entretejido con delgados hilos de Chaguar muy 
comun en el Cbaco. En esa cesta va el equipaje de los correos, que 
consiste en granos de maiz tostado, un par de hojotas li ojotas 
(Saodaiias) de repucsto, una hamaca (rrd de aieodon livlana) e indispen- 
sablemente una buena cantidad de hojas de coca. 

Con esta frugal provi- 
sion y ligero eqiiipaje, cual- 
quier buen coUa se atra- 
viesa media America, y va 
desde el alto Perii a Buenos 
Aires 6 al Ecuador, a ven- 
der, por centavos, pepitas 
de Quina-quina, Estora- 
qui d otras sustancias me- 
dicinales. 

A veces estos hombres 
de piemas excepcionales, 
alquilan una mula a un pa- 
sajero que tiene que hacer 
una larga Jornada 6 un pe- ■^'■^ 

noso trayecto. Si el viajero ^^^^ ^^^.^ 

es desconocido del indio, 

puede tener la seguridad de que marchara a su lado, con la misma 
rapidez del cuadnipedo, por las escabrosidades de un suelo pe- 
dregoso. Si es conocido, el indio se adelanta tomando sendas mas 
rectas por sobre las quebradas y anticipandose a la Uegada del 
ginete, prepara forraje para su mula, descansa mientras masca unas 
hojas de coca, y muy luego de recibir su bestia, emprende el viaje 
de regreso, conduciendola del cabestro 6 arreandola; pues seria un 
mal colla si tuviese que montar aquel debi! animal para regresar 
a su casa. 




128 LA VIDA EN LOS BOSQIIES SUD-AMERICANOS 

Un sentimiento innato de equidad, le impide trepar sobre el cua- 
dnipedo. Sabe que el por sus pies puede efectuar el viaje con mas 
ligereza y menos fatiga. 

Cuando los animales que se trata de conducir son varios, el 
asunto es mucho mas sencillo para uno de esos campesinos. Una 
vez recibidos se echan por delante y si alguno quiere desviarse 6 
salir del grupo, ponen en su honda un guijarro de los tantos que 
hay por el suelo y con punteria certera lo dirijen a la quijada del 
animal que se desvia, haciendolo entrar al grupo por ese procedi- 
mieiito ejecutivo y contundente. 

Ksos soldados de infanteria aunados a los gauchos de Giiemes 
en las quebradas de Salta, de Jujuy y de Tarija, fueron los que 
impidieron, por el norte de la Repiiblica Argentina, la invasion de 
los disciplinados ejercitos espanoles.' 



COLLAS LADRONES 

J-Jos coUas, como todos los indios, tienen la astucia del zorro. 
Hay tambien coUas ladrones. 

Los que roban mulas se valen de un medio ingenioso para to- 
mar las que desean, muchas veces casi a la vista de su dueiio. 

Ponen un poncho 6 manta atado a la extremidad de un lazo que 
esta prendido por la otra extremidad en el apero del animal en 
que montan y pasan al trote por delante de la tropa en que esta la 
mula codiciada. Cuando estan frente a ella, dejan caer la manta a 
su vista, siguiendo impavidos al trote de su cabalgadura. 

El animal 6 animales sueltos, instigados por la curiosidad, siguen 
corriendo detras del poncho, hasta que el indib se ha perdido de la 
vista del propietariq. 

Apoderase entonces el cuatrero del animal deseado, por medio 
desu lazo. Si el animal es chucaro (no domado 6 saWaje) es muy fa- 
cil convertirlo en manso, aparentemente. Sele arrancan unas hebras 



COLLAS LADRONES 129 



de cerda de la cola y con estas se le ata fuertement;e la punta de 
una oreja, 6 se le- da una ajustada ligadura en una pata. El animal 
puede entonces arrearse suelto,.presentando to^as las apariencias 
de domestico y lerdo ante quien no esta en el secreto de las liga- 
duras; a mas, si tenia una mancha blanca en la frente, por ejemplo, 
el colla Je unta barro en el primer ch'arco por donde pasa y con 
estos artificios y el de desfigurarle el corte de las cerdas del pesr 
cuezo y de la cola, es capaz un indio coUa, de venderle un animal a 
su propio dueno, sin que este lo reconozca. 

Aproposito de mulas y de collas, he oido en Tupiza una.historia 
que no carece de interes y que revela el ingenio y la astucia de 
los indigenas, calidades inherentes al hombre primitivo de nuestra 
America. 

El cuento es este: 

Un estanciero de Salta tenfa la costumbre de vender mulas y 
las entregaba en el corral, no responsabilizandose despues de sa- 
carlas de su casa. 

Sucedia que en el campo habia grandes bosques y que las mu- 
las ^Ji^^^zr^i' y aquerenciadas al lugar, huian f-'icilmente de manos 
de los compradores y venian otra vez a poder de su antiguo duefio. 

El estanciero vendia, pues, kentregar en el corral^ y el lector 
comprendera que si aquellos animales ya tenian la mafia de no sa« 
lir de su campo, el propietario podia vcnderlos por cualquier in- 
fimo precio. 

Despues de varias ventas de mulas en esa forma, acontecio que 
el propietario vendia por la decima parte de su valor, y entonces 
aparecio un colla, que despues de regatear mucho el precio, corn- 
pro muy barata una gran partida de animales. 

El estanciero estaba contento por aquella venta, y el colla, que 
ya sabia la maiia de los animales, los pago y dijo: 

- Bien, hermano; no me sueltes las mulas del corral antes de que 
las irabaje y entrando con sus peones les ligo las orejas y las patas 

a todas. 

Abriendo despues la puerta, marcho con ellas para su destino, 

sin perder ninguna. 

El estanciero no quiso, desde ese dia, hacer mas tratos maliciosos 



La vida en lo« bosques sud- americanos ^ 



130 LA VIDA BN LOS BOSQUES SUD-AMERICANOS 



EL GEROGLiPICO DE LOS PIES IZQUIERDOS 

llABiA prometido a Cara-huasi y a Tobaita hacerles una visita 
en su choza oculta entre las selvas de la falda Norte del cerro de 
las Mesetas. Con este proposito tome una mafiana mi rifle y em- 
prendi viaje a pie, proponiendome cazar por el camino. 

Segui las sendas que conducian por entre los cerros y las lade- 
ras proxims^, y a corta distancia del pueblo encontre a nuestro 
celebre cocinero Morisset, que a aquetla hora temprana del dia ya 
habia coleccionado gran cantidad de muestras de minerales. 

Me pidio le permitiese acompafiarme en la excursion que yo em- 
prendia, a lo que accedi, siguiendo juntos el camino por las pinto- 
rescas faldas de la montana. 

Supuse que Mr. Fiddes no debia estar lejos de nosotros, por la 
cantidad de piedras que abultaban los bolsillos de mi acompanante. 

— ^Ha encontrado usted muchos minerales hoy? le pregunte. 

— jOh senor! me respondio, aunque yo no deberia revelar a nadie 
mi secreto, asegfuro a usted que estamos pisando sobre cordiUeras 
de oro purisimol 

— ^Es posible?. . . le repuse. Pero el continuo entusiasmado: 

— Anoche, por medio de un interprete de quien me he hecho ami- 
go, he sabido que existe oculto un tesoro en las proximidades de 
un cerro que Uaman de San Miguel. A Mr. Fiddes y a mi nos han 
contado los indios misteriosamente, que el gran tesoro esta en me- 
dio de las selvas impenetrables, desde el tiempo en que los Jesuitas 
gobernaban estas tribus. — Solicito de usted permiso paradisponer 
de unos dias e internarme en los bosques, acompanado del inter- 
prete y de algunos indios amigos, a fin de visitar esos parajes. 

— Si las selvas son impenetrables, jcomo va usted a encontrar el 
tesoro? le interrogue. 

Deteniendose con aire misterioso el visionario, saco de entire su 
seno un papel que conservaba en varios dobleces, y melo present© 
diciehdo: 

—Las seiiales del tesoro, oculto por los Jesuitas, estan determi- 
nadas por este geroglifico que hoy cubren las espinosas malezas. 



EL GBROGLfPrCO DB LOS PI^S IZQUIBRDOS 



131 



Yo llamo aesta ioscripcion el geroglifico delospies izqiuerdos, 
y en rai concepto y en el de Mr. Fiddcs, deapues de las expUcaciones 
de los iadios, este misterioso dibujo tiene la siguiente traduccion: 

"■A los sets pies y sobre mano tzquierda esta enterrado el tesoro 
en una boHja" 

— Bien puedeser esa,le dije,la3igni6caciondeI dibujo que listed 
me muestra. Pero, 
^no ha encontrado 
otra manera de des- 
cifrarlo? 

— Sciior, insisti6 
contrariado por nii 
duda. '^A los sets 
pies., esto se ve, es- 
tan ahi estampadas 
seis plantas huma- 
nas. Sobre mano 
isquierda...: es 16- 
gico, una mano iz- 
quierda lo indica en 
el dibujo, esta en- 
terrado el tesoro 
en una botija.... bi ^r«ufl» 

Esto se deduce tan claramente como lo anteriori 

— Le permito los dias que necesite para ir al cerro de San Mi- 
guel, le respondf; pero si he de-darle un Imen consejo, no olvide in- 
vitar para esa excursion a Mr. Fiddes, que, a mas de ser un sabio 
muy entendido en mineralogi'a, es sumamente habil para descifrar 
geroglificos. Puede sucederle a usted que donde ha encontrado una 
inscripcion, encuentre ciento, y entonces le sera muy interesante 
el concurso del viejo norte-americano, 

Prometiome Morisset hacerlo asi, agregando que el ya habia 
pensado acompanarse del astuto yankee, en quien descubria tan 
■ grandes cualidades. 

Dice un adagio arabe que " es mas facil hacer pasar un camello 
por el ojo de una aguja, que traer a la razon unhombre alucinado." 

— En el dibujo que usted me muestra, dije a Morisset, hay un 
dato mas, muy importante, y del que no me ha hablado. 




132 LA VIDA BN LOS BOSQUBS SUD- AMERICANOS 

Esas cinco cruces escritas sobre la botija, deben ser niimeros 
romanos, y suman en total la cantidad de cincuenta. 

Como en tiempo de los espanoles y caando se trataba de en- 
tierro de tesoros, no se andaba con chicas; como, por otra parte, en 
aquel tiempo la onza de oro era una moneda muy generalizada, me 
inclino a suponer que la cantidad ctncuenta^ quiere decir cincuenta 
mil, y que en este caso debe tratarse de onzas de oro, por las cir- 
cunstancias expuestas. 

— 50,000 onzas de oro, hacen la friolera de ochocientos mil du- 
ros, 6 sea cuatro millones de francos oro sellado. 

— Ya puede usted ir viendo si le conviene atender al arte culina- 
rio, 6 a esa respetable suma que lo ennobleceria en su pais. 

Entusiasmado mi interlocutor con aquel calculo, de lo que indu- 
dablemente pondria en su bolsillo, me manifesto: que desde que yo 
le permitia disponer de unos dias para ir al cerro de San MigueU 
queria regresar inmediatamente a la aldea y salir sin perdida de 
tiempo en busca de la losa del gerogltfico de los pies izquierdos> 
acompanado de las personas antes mencionadas. 



LA CHOZA DE CARA-HUASI Y TOBAItA 

OEGuf mientras tanto aproximandome a la choza de los Indies 
Tupus. 

Un gran niimero de plumas de ave formaban monticulos alrede- 
dor del toldo de los cazadores, las qu$, a causa del viento, se des- 
parramaban por los caminos de la proximidad. 

En los arboles, y en picas de madera clavadas en el suelo, se 
veian, a manera de trofeos, cabezas y pieles de tigre, de anta, de 
puma y de otros animales salvajes. 

La choza, techada con pieles de los mismos animales y formada 
de bambu, se levantaba dos metros del suelo, en el centro de aque- 
Uos numerosos despojos de las cacerias diarias. 



LA CHOZA DE CARA-HUASI Y TOBAItA 133 

Coronaba la habitacion, sobre los cueros de tigre, una cantidad 
de craneos de ciervo apuntando hacia arriba con sus afilados 
cuernos. 

Detiiveme a unos cien metres de la choza, en la curva saliente 
que hacia el sendero, sobre una empinada roca. 

A mis pies habia un pequefio valle y la choza estaba situada 
en el linde del bosque vecino. 

Una mujer india, mal cubierta por algunas pieles, escarbaba 
el suelo virgen con una especie de pala de madera. 

El leve murmuUo de la selva en aquella placida hora, solo era 
interrumpido per el canto de un aire primitivo y senciUo con que la 
indigena entretenfa a su chicuelo que estaba sentado cerca de ella, 
sobre la verde yerba. 

Me detuve silencioso, contemplando aquel cuadro lleno de 
agreste poesia y no alcanzaba a comprender el trabajo que 
practicaba la india, dando vuelta a los terrones, cuando vi que 
recogia raices y las apilaba prolijamente. 

No habia sido visto por aquella mujer, que se afanaba en su 
tarea. De pronto levanto los ojos y me descubrio sobre la altura; 
una actitud de espanto se revelo en sus mOvimientos, y sin darme 
tiempo a saludarla 6 a hacerle una manifestacion amistosa, corrio 
hacia su pequenuelo, lo tomo en sus brsizos y se oculto precipita- 
damente entre la selva vecina. 

Quedeme triste, viendo que un ser humano, una debil mujer, se 
alejaba de mi espantada como de una fiera salvaje. 

Aproximandome lu,ego al sitio donde habia estado escarbando, 
puse sobre la pala de madera riistica de que se habia servido, las 
provisiones de carne seca y galleta que llevaba conmigo. 

Entre despues a la choza, pero nadie habia en ella, ni en sus 
vecindades. 

Mis amigos Tupiis andaban probablemente a aquellas horas en 
sus excursiones tras las aves 6 las corzuelas. 

En el centro de la choza, un fuego casi apagado calentaba una 
vasija de barro, en la que se cocian algunos peces y patatas silves- 
tres de las mismas que la india recojia un momento antes. 

Varias hamacas de tejidos de algodon y fibras de chaguar col- 
gaban recojidas en los angulos del rancho, que tendria de largo, en 
forma irregular, unos cinco 6 seis metros, por tres 6 cuatro de an- 



134 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD- AMERICANOS 

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cho. Algunas sartas de pescados secos al humo, trozos de came de 
anta y utiles de pesca y de caza, distribuidos por el mure de canas^ 
formaban el bagaje de la habitacion de Ids cazadores de tig^es. 

Unas g^andes calabazas colgadas del techo, dejaban ver por en- 
tre sus abiertas bocas una buena provision de sal, aziicar que ellos 
mismos fabrican, hojas de coca y frutas silvestres. 

Varias flechas y arcos en construccion, unas hojas de machete 
viejas, unos pares de ojotas, los husos y lana a medio prepararcon 
que las indias fabrican sus vestidos, complementaban la lista de 
los utiles. 

No habiendo encontrado a nadie, regresaba al pueblo, cuando 
salio a mi encuentro, por la tortuosa senda, la celosa Carolina, que 
ocultandose a las miradas, habia seg^uido mis pasos desde el primer 
momento, tratando de descubrir si yo, en vez de cazar corzuelas 
6 codornices, trataba de tener un nuevo encuentro con Inti-huasL 

— [Te huyen lasmujeres! me dijo, aproximandose. 

— No siempre, respondile, puesto que tii me sig^es, que eres la 
mas linda de todas. 

Volvimos juntos a la aldea recogiendo flores silvestres con las 
que Carolina hizo un gran ramo. Por all! abunda el cedrin (Lippia) 
las azucenas de diversos colores, las margaritas blancas y pun- 
zoes, las flores del aire y mil otras, cuya clasificacion cientifica 
haran los botanicos, mientras que nosotros, mas fuertes en la clasi- 
ficacion de los sabrosos platos de una comida criolla, vamos a 
enumerar la lista tndigena con que nos esperaban para el almuerzo 
la risuena Mtm-piatyl^s otras criadas de Carolina: 

Pldtanos asados^ (que reemplazan el pan de trigo, grano que no se produce 
en aquellas regfones.) 

Costtllas de anta y de corzuela^ (asadas.) 

MoTcillaS (preparadas con yerbas aromdtlcas. 
Chatasca^ (came seca plsada, despues de cocida.) 

Charatas en asador^ (Falsan del Chaco,) 
Queso de cabra. 
Miel silvestre. 

Cafe en tUtuma^ (preparado y cultivado en la caisa.) 
EsplendldoS Ctgarros^ (Hoja de tabaco del Beny.) 

Suprimimos de esta lista la Aloja y la Chicha, por ser bebidas 
que no son de nuestro agrado y que tampoco gustarian al lector. 



LA CHOZA DB CARA-HUASI Y TOBAITA 135 

Con este almuerzo y otras variantes y extras indias, reemplaza- 
bamos ventajosamente las comidas europeas de que nos veiamos 
privados, porla ausencia de nuestro ilustre cocinero Monsieur de 
Morisset, dedicado de Ueno en esos momentos a la Mineralogia. 



EL TIGRE QUE PESCA 

lloRAS despues de regresar al pueblo con Carolina, y degustar los 
platos de la cocina indigena, se presento en nuestra tienda de cam- 
pana el simpatico Cara-huasi, manifestandose contrariado por no 
haber estado en su casa en el momento de nuestra visita. 

Por medio de Carolina, que me servia de interprete, me pedia 
disculpa a causa de la huida de su mujer al verme sobre la roca. 

— Disculpa, hermano, lo que ha pasado, me decia el indio; mi po- 
bre mujer que es una asustadiza, hija de los bosques, nunca habia 
visto un hombre vestido; cuando le he explicado que la apari- 
cion que ella habia supuesto, eras tii, nuestro hermano y compa* 
nero de cacerias, y en la seguridad en que esta ahora de que tu 
vestido no ofrece ningun peligro, me ha pedido que te lleve a nues- 
tro rancho, porque quiere conocer a un hombre tan grande y tan 
rubio. 

El temor le fue causado por tu traje y por una vara de plata 
que dice Uevabas en la mano, la cual daba reflejos deslumbradores. 

Explique a Cara-huasi que la vara que daba reflejos, no era otra 
cosa que mi rifle nikelado de quince tiros sistema Colts, que los 
reflejos eran producidos simplemente por los rayos solares y que 
a fin de no asustar a su mujer, estaba dispuesto a ir a verla desnu- 
do, la proxima vez. 

Acepto el indio mi deferencia mostrandose complacido por la 
adopcion del traje nacional y prosiguio de esta manera: 

— Esta manana he andado cazando con mi companero. Esta- 
bamos encima de un arbol, bajando Cantuaii (Colmena silvestre). 



136 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD-AMERICANOS 



Hay que. practicar esta operacion silenciosamente y sin hacer 
ningun movimiento rapido con las manos, con los pies, ni con las 
piernaS) consistiendo en esto principalmente el secreto de que no 
le piquen las avispas al operador; cuando de pronto oimos el ruji- 
do proximo de algunas onzas y pumas que se aproximaban hacia 
nosotros, bordeando un riachuelo que corria a pocos pasos del 
arbol. 

Nos Uamo la atencion que un Yaguarete se quedara solo a la 
orilla del agua, mientras que los demas se perdieron en la espesura. 

El enorme animal se echo tranquilamente en el barro de la 
orilla del riachuelo, metiendo sus garras delanteras y parte de la 
boca dentro de la corriente. 

Creimos con Tobaita que el tigre toraaba agua; pero como la 
operacion se prolongaba, sin que' el animal se moviese de aquel 
sitio y posicion, resolvimos esperar, observando aquella actitud de 
que no nos dabamos cuenta. 

El tigre tenia los ojos casi cerrados y dejaba salir por sii entre- 
abierta boca una cantidad de baba espumosa que flotaba exten- 
diendose sobre las aguas. 

Pensabamos que se trataria de un animal enfermo; pero cual no 
seria nuestra sorpresa cuando vimos volar de entre las garras del 
tigre, arrojado a unos cuatro 6 seis metros hacia atras de su cuer- 
po, un hermoso Sdbalo comun. 

Impasible siguio nuestro pescador en la misma actitud espec- 
tante por espacio de una hora mas 6 menos, sacando a tierra con 
sus poderosas garras, ya un bagre dorado, ya un dentudo li otros 
ejemplares de las especies mencionadas antes. 

Despues de transcurrido ese tiempo, el animal se retiro del 
rio y empezo a buscar entre las yerbas los peces que el habia 
sacado de entre la corriente mansa de las aguas. 

Hasta entonces habiamos sido nosotros los de la sorpresa^ viendo 
la manera ingeniosa de que se servia el hofnbre malo (se refiere al tigre) 
para satisfacer su aficion por la carne de pescado; pero en aquel 
momento entro tambien a sorprenderse y a enfadarse despues, 
el formidable tigre, que no encontraba a su alrededor ninguno 
de los peces que acababa de arrojar a tierra. 

Habia sucedido que una astuta zorra, que tenia su cueva y su 
cria por la vecindad, dandose cuenta perfecta de la distraccion y 



EL TIGRE QUE PESCA 137 



entretenimiento del tigre, que indudablemente gozaba poniendo en 
juego sus instintos, habfa Uevado los peces uno a uno hasta su es- 
trecha cueva, ocultandose despues de atrapar el ultimo bagre, para 
burlar asi el enojo del senor de la selva. 

Bramo la fiera enfurecida; siguio el rastro de la zorra hasta su 
cueva; volvio de nuevo al sitio de los peces y cada vez mas bravia, 
parecia no quererse convencer de la mala partida que la zorra le 
habia jugado. 

Brama, se irrita, corre, da vueltas y encuentra por fin nuestro 
rastro que la conduce al pie del arbol en que estabamos subidos. 
Vefa'mos la mirada feroz de aquellos dos ojos inyectados de san- 
gre y en los que se pintaban todas las iras y las furias juntas. 

jTobaita! . . . La emprende con nosotros el ntalo, dije a mi 
companero riendo, mientras (jue el tigre daba saltos al pie de 
nuestro arbol, colocando sus garras a una altura de mas de dos 
metros. 

Habiamos dejado desgraciadamente, al trepar al roble, nuestros 
arcos y flechas en el suelo, y no podiamos por tanto responder 
debidamente al duelo a que la fiera nos provocaba. 

No pudiendo subir por la corteza, resolvio el animal embrave- 
cido esperarnos echado al pie del roble, teniendo fija en nosotros 
aquella mirada de siniestros resplandores. 

Vimos despues de un rato que nuestro contrario tenia paciencia, 
y resolvimos hacerle correr por las avispas. 

Cortamos la cesta del Cantuati que pendia de las ramas y la 
arrojamos sobre el, que la emprendio a manotones y dentelladas 
con el albergue de los enojados insectos. Salieron estos a millares 
de entre la colmena, prendiendose al tigre furioso, que creyo por 
un momento tener entre sus garras uno de nuestros cuerpos. 

Cuando se apercibio nuestro enemigo de que se las tenia que 
ver en desigual batalla con los millones de insectos, empezo a dar 
tumbos y desesperados saltos en medio de rugidos espantosos 
producidos por las picaduras ponzonosas y concluyo por arrojarse 
al agua, dando un salto formidable y unas cuantas zambuUidas. 

Asi nos vimos libres de la fiera, pero tuvimos que permanecer 
algun tiempo inmoviles y ocultos entre el alto foUaje del roble, 
esperando que las avispas se aquietasen para poder descender y 
seguir nuestro camino. . 



138 LA VIDA BN LOS BOSQUBS SUD- AMERICANOS 

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Veniamos por la senda despues de un rato en direccion a nues- 
tra choza. Tobaita habia desarmado su arco y marchaba a unos cien 
metros detras de mi, cuando de repente oi que me gritaba: 



onza! onza! 

lYli companero no tenia defensa en aquel jnomento, porque su arco 
estaba desmontado y el linico cuchillo que tenemos, lo Uevaba yo 
en mi cintura. 

Tobaita iba a ser alcanzado por la fiera — ya estaba sobre el.... 
era la terrible onza pescadora que habia salido del agua y vuelto 
al roble, desde donde, como no nos encontraba, venia siguiendonos 
por el rastro. 

Saque mi facon^ (cuchillo) y corri precipitadamente hacia donde 
estaba mi companero, que esperaba la fiera a pie firme teniendo 
sus flechas a manera de espadas en las manos. 

Me era imposible Uegar donde el estaba antes que el tigre; en 
la rapida carrera me saque la chaqueta, envolviendola en el bra- 
zo izquierdo, pero ya el tigre estaba sobre Tobaita levantandose 
del suelo como para abrazarlo. 

Yo VI las garras de la fiera puesta sobre los hombros de mi 
hermano, y la formidable boca, mostrando dos hileras de puna- 
les dispuestos a triturar el craneo del viejo camarada. 

Tobaita estaba inmovil y sereno! ... no habia corrido hacia mi 
buscando la proteccion que yo podia darle, esto hacia mas deses- 
perante mi veloz carrera. 

Soltando las flechas, habia agarrado al tigre por las munecas, al 
tiempo del formidable salto y lo tenia por este medio prisionero, 
sin dejarle hacer uso de sus garras. 

El musculoso indio alejaba 6 desviaba los mordiscos que le eran 
dirigidos, gracias a la longitud del brazo y a la manera como tenia 
sujeta a la fiera. 





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140 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD- AMERICANOS 

Cuando el animal se convencio de su impotencia, trato de herir 
al cazador con las garras de las patas, pero el indio de buena vista 
se defendia de aquellos cinco punales haciendole cuerpeadas. 

Era aquella escena una especie de danza en que se marcaba el 
corapas de una musica de ahullidos y tarascones. 

El ansia de la fiera por devorar se traducia por la gruesa co- 
lumna de vapor con que su aliento envolvia al indio indefenso, 
pero en ese instante de terrible pruebapara la flema y serenidad 
de un cazador, Uego Cara-huasi y enterro la afilada lamina de su 
cuchillo, traspasando el pecho de la bestia. Herida de muerte, 
cayo en el suelo la fiera, con el punal clavado en las entrafias. 

— Ya van, con la de hoy, noventa y siete onzas que mato en este 
Chaco: dijo Cara-huasi terminando su relato y tendiendo la mirada 
y el desnudo brazo en direccion al bosque silencioso. 

He ahi un hombre bien organizado para las luchas de nuestra 
vida social, en que uno se v6 asaltado por fieras a cada instante! 
pensamos. 



PIDDES Y EL COGINERO ASISTIDOS EN UNA ENFERMEDAD POR EL SIS- 

TEMA INDIGENA 

Llego un interprete a mi carpa; iba buscando a Cara-huasi para 
pedirle lo acompanase al cerro de San Miguel en la excursion de 
Morisset. Interroguele sobre la verdad que habia en la historia que 
se me narraba, del geroglifico de los pies izquierdos. 

Es positivo, sefior, me dijo, hay una ancha losa cerca de un 
cerro, en un sitio en que dicen ha existido antiguamente un pue- 
blo, en la que esta grabado un niimero crecido de pies, manos y 
pisadas de animales. Yo no la he visto, pero estoy acostumbrado 
desde nifio a oir este relato a los indios, como tambien, que en la 
proximidad de ese paraje, hay tesoros escondidos. 

En todas las partes del globo, donde hay un pico mas elevado 
que el resto de las montanas, 6 una colina que por su forma 6 po- 



FIDDES Y EL COCINERO ASISTIDOS POR EL SISTEMA INDIGENA 141 

sicion se distingue de las restantes, es objeto, para los naturales, de 
novelas mas 6 menos fantasticas, pensandp muchas veces, y sobre 
todo, cuando son inexplorables, qiie es su ciispide de oro 6 de 
metales preciosos. 

Asi sucede con el Ilit-Mani cerca de La Paz, con el cerro del 
Inca en Santaipata, y con otras tantas prominencias en todas par- 
tes del mundo. 

Agregome el interprete, que el iba a alcanzar a Morisset y a 
Fiddes que se encontraban ya en camino acompanados de algunos 
indios, y que los esperaban en el rio Agua Caliente. 

Seis dias despues de la partida al cerro, entro ^a mi tienda de 
campana, Meliton, manifestandome que Fiddes y Morisset habian 
Uegado esa manana y se encontraban gravemente enfermos, 
acostados en sus lechos y en la casa de los caminantes. 

Fui a verles, e tndudablemente sus semblantes y sus miradas 
vagas, me revelaron un estado de fiebre 6 calentura que ho sabia 
a que atribuir; frecuentes vomitos se habian prdducido durante la 
noche, e ignoraba la causa de aquella especie de intoxicacion que 
padecian, a juzgar por las manifestaciones exteriores. 

— Hemos sufrido horriblemente en estos dias, me dijeron. Se 
trataba de abrir sendas a machete por entre medio de espesos ma- 
torrales de una planta de la familia de las acacias que tiene espinas 
en forma de unas de gato (Napinday), A cualquier movimiento 
nuestro, las cien unas 6 garfios se clavaban en nuestros cuerpos 6 
desgarraban nuestras ropas. 

Despues de un dia de estos afanes, salimos a un bosque de ir- 
boles mayores. Esa noche los horribles mosquitos negros de todo 
el Chaco se habian dado cita en nuestro campamento y como ha- 
biamos terminado las provisiones de carne, ayer temprano. dimos 
caza a una bandada de loros parleros que andaban por sobre nues- 
tras cabezas, en las copas de los arboles, e hicimos con ellos un 
guiso, del que comimos abundantemente. 

La carne de los loros, esta vez, no tenia el gusto que cuando la 
comiamos en Chamacocos, agrego Morisset, dirigiendose a mi. Su 
sabor se parecia al de unas frutas silvestres, cuyo gusto desagra- 
dable siento todavia en el paladar. 

Carolina que habia ido conmigo a visitar a los enfermos, 
nos interrumpio al Uegar el cocinero a aquella parte de su relato. 



142 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUU-AMERICANOS 

— Lo que tienen estos hombres, dijo, es una indigestion; han 
comido loros en momentos en que estos animales se alimentan con 
frutas de la selva, que son nocivas para nuestros estomagos. 

Este habia stdo el resultado obtenido por los buscadores de 
tesoros al traves de las delvas. 

Carolina Uamo al Cura, como le decian al indio que cuidaba la 
iglesia, y este, que hacia las veces de medico y de adivino, despues 
de revisar minuciosamente el cuerpo de los enfermos, les receto 
una bebida (que eUos no tomaroo) y entono unos cantos que segun nos 
dijo, juzgaba conveniente^ para la rapida curacion de los extran- 
jeros. 

— Tus hombres tienen en la barriga un mal espiritu, decia el 
Galeno indio, y en medio de los cantos hacia horribles muecas y 
ademanes, mirando al lecho de los calenturientos, quienes igno- 
rando aqael sistema de curacion, sostenian que el viejo se habia 
vuelto loco. 

La buena voluntad del indio por curar a mis acompanantes Uego 
a tal punto que hizo venir a otros coristas y pantomimeros. Enton- 
ces fue cuando se armo la gran jarana, alrededor del lecho de los 
enfermos, en coro de siete voces, con acompanamiento de muecas 
y saltos. 

Los ha, ha, ha, ha, ha, 
u, u, li, u, u, 

6, 6, 6, 6, 6, 

* f f f » 

ci, a, ci, a, a, 

au, au, au, au, au, y diversas clases de alaridos 
para dispersar los malos espiritus que se habian posesionado de 
los vientres del cocinero y del norte-americano, eran sostenidos 
con una tenacidad digna de mejor causa. 

Como aquel ruido infernal conspiraba contra nuestros timpanos, 
resolvimos hacerlos cesar de una manera que no ofendiese la ga- 
lante persistencia de los medicos, que al fin y al cabo se tomaban 
la molestla de ahuyentar espiritus maleficos por pura amistad y 
sin esperar retribucion pecuniaria, como hacen sus colegas en los 
pueblos civilizados, aplicando las mas de las veces a sus clientes 
remedios tan eficaces, como el a, a, a de los salvajes. 

Dijimos, pues, a Carolina que manifestase al cura y demas apos- 
tolcs, que los dos enfermos se encontraban ya completamente res- 



PIDDBS Y EL COCWERO ASISTIDOS FOR EL SISTEMA INOfGENA 143 

tabtecidos, segun lo manifestaban, agradeciendoles de una manera 
cordial sus deferencias musicales y sil^ esplendidos breyajes. 

— Lo unico curioso que hemos encontrado en esta excursion, me 
dijo Fiddes cuando estuvo bueno, han sido cuatro grandes monos 
negros, que al principio crei muchachos indios, y que apenas nos 
vieron se subieron velozmente por el tronco de una enorme tipa 
(macherium fertile) y se alejaron de copa en copa, saltando con una 
velocidad de pajaros. 

He visto tambien algunos conejos entre los troncos anosos de los 
arboles caidos, y unas enormes cascaras de tortugas terrestres, 
de cincuenta a sesenta centimetros de longitud por treinta a cua- 
renta de latitud. 

Hemos encontrado gran niimero de ellas en un sitio proximo al 
de nuestro campamento, donde parecia que los indios nomades 
habian tendido su aduar en noches anteriores, alimentandose con 
la carne de esos animales. 

En cuanto al geroglifico dijo Fiddes que no lo habian visto, pe- 
ro lo habia buscado suponiendo fuese la huella estampada por las 
tortugas fosiles en la arenisca endurecida, como sucedia en el 
condado de Dunfries (Escocia); 6 del Cheirotheriunt cuya pista 
encontrada en las mismas formaciones geologicas en E. U. semeja 
mucho la estampa de la mano del hombre. 

Empezamos a comprender desde aquel dia, que el viejo Mister 
Fiddes no era un simple admirador de costumbres indias. 



PESCA CON NARCOTICO 

Instalados en Santiago de Chiquitos, Carolina, que habia dado 
en seguirme, no solo estaba . celosa de la pobre Inti-huasi, que y a 
no pasaba por mi puerta en busca de agua, sino que habia empe- 
zado a contrariarse por mi aficion a la caza. 

Hasta las canoras avecillas del bosque, que venian adespertarnos 



144 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD- AMERICANOS 

al principio con su biillicioso canto, Uamando a Carolina que las 
tenia acostumbradas a comer en sus faldas, habian sido abandona* 
das por aquella muchacha que parecia haberse propuesto ser mi 
sombra inseparable. 

Las tiranias del amor son iguales en todas partes! 

Mis libertades eran tan limitadas, que hasta paiia hablar tenia 
que valerme de ella, pero esto, en vez de inspirarle confianza, 
aguzaba mas loscelos. No le bast aba seguirme, ser mi interpreter 
dormir debajo de mi hamaca, queria algo mas; que estu viesemos 
solos y que no pensase mas que en ella. 

Era gran partidaria de la mas agradable de las soledades, la 
soledad de dos en companta. 

— Yo tamhien se pescar, me dijo iina manana que hablabamos 
de pesca con un indio; y te invito para que hoy vayamos con ma- 
ma Taji-hualpa y las chinas a pescar a un riachuelo que yo co- 
nozco. Estaremos solos y no necesitaremos ser mas para estar a 
nuestro gusto. 

— Me lo supongo! dije, pero detesto esas escenas de pesca en 
que uno, teniendo la cana, se pasa las horas enteras sin sacar un 
pescado; y me fastidia profundamente hasta la idea de que puedo 
estar condenado a ese suplicio. 

Riose Carolina y agrego: 

— No es de esa odiosa pesca con cana de lo- que se trata; quiero 
que pesquemos juntos al uso de los indios chiquitanos; no necesita- 
mos anzuelo, ni red, ni cana, ni piola, ni nada mas que irnos al ria- 
cho donde esta el pescado que tomaremos con nuestras propias 
manos, eligiendo el que mas nos guste. 

Tratandose de una manera facil y nueva de pescar, 6 que por lo 
menos yo no conocia, manifeste a mi companera que estaba con- 
forme en ir con ella al sacrificio de la pesca, autique preferiria 
que, para acompanarnos, en vez de la mujer del cacique, invitara 
a Inti-huasi, que la creia dotada de mejores aptitudes para aquel 
genero de ejercicios. 

No hubo razones que la convencieran de la ventaja del cambio, 
y salimos para el riacho bajando el estrecho sendero de una 
ondulada cuesta. 

Mini-mai, la criada de Carolina, Uevaba con dificultad una gran 
cesta conteniendo provisiones. Vi que aquella muchacha iba a su« 



PESCA CON NARCOTICO 145 



frir en un viaje tal vez de algunas cuadras y Uame a Meliton para 
que llevara la pesada cesta. 

— Haz tambien traer las hamacas, ya que viene tu criado, dijo 
Carolina, pero cuando Ueguemos, lo despachas de regreso. 

Pasamos por casa de mama Taji-hualpa, que no se hizo espe- 
rar y despues de una arenga en indio, en que debio manifestar 
probablemente su jovial satisfaccion por la ocurrencia de Caro- 
lina, tomo de la ramada un mazo de varejones y siguio con nos- 
o'tros la excursion. 

— Mama, le dije, i para que Uevas leiia?. . . {Habra por ventura 
en el Chaco algun sitio en donde no se encuentre? No es lefia, me 
respondio: estos son varejones para castigar las piedras y despues 
las aguas, dandonos el resultado de quedarnos con los peces. 

No entendia aquellas explicaciones y mis originales compane- 
ras convinieron, en su lengua, no decirme el procedimiento de que 
iban a valerse para pescar, hasta que yo lo viese por mis ojos. 

A poco andar Uegamos a un riacho que corrfa de un pequeno 
lago y cuyo fondo de arenas blanquecinas se transparentaba per- 
fectamente al traves delas cristallnas aguas. 

El cauce era angosto y hermosos arboles con flor, especie de 
grandes retamos, bordaban la tortuosa orilla, interrumpida de 
trecho en trecho por algunas rocas que cerraban el paso a las 
aguas. En uno de esos sitios, frente a la falda de la montana que 
se levantaba delante de nuestra vista, detuvimos la marcha, col- 
gando Meliton y Mini-mai las hamacas de los arboles. 

— Este sitio es bueno, dijo la mujer del cacique, y, arremangan- 
dose el tipoy, entro con Carolina y Mini-mai a la parte angosta 
del riacho. 

Me pidio nuevamente Carolina que despachase a Meliton, ex- 
plicandome que como aquel hombre no era el de ellas, les disgus- 
taba que las viese pescando. 

Agrego, que frecuentemente caian resbalando sobre el verdin 
6 hisopo que crian las piedras, viendose obligadas a salir fuera 
del agua con el delgado tipoy pegado al cuerpo. 

Las tres mujeres arrimaban con los pies la arena del fondo del 
riacho, tratando de cerrar el paso estrecho de las aguas. 

Sospeche que Meliton en vez de regresar al pueblo, se habia 
quedado oculto entre los arboles, pues ya estaba practico en la 

La vida en los bosques sud-americanos 10 



146 LA VIDA SS LOS BOSQUBS SUD-AHBRICANOS 

manera como In hacen los indios, desde aquel celebre encuentro 
en que nos sorprendieron y rodearoii, dandonos gritos de guerra 
los astutos Chamacocos. 

El correatino me jugada una pasada p^recida a la que el zoiro 
le hizo al tjgre pescador, y no fue dificil comprobarlo, pues Mini- 
mal, dando una disculpa india, un momento despues, se nos perdio 
de vista en la espesura. 
Hoy me vengo de la pobre china, dando al publico su retrato. 
Ya habian cerrado con arena uno de los estrechos pasajes del 
riachuelo. Golpeemos las varas contra esta piedra, dijo mama 
Taji-hualpa; y con unvarejon en cada mano, nos dirigimos a una 
roca vecina propinandole una soberana paliza. 

Los varejones quedaban casi desflocados y soltaban una tintura 
coloreada de verde. Cuando esa operacion estuvo terminada, nos 
fuimos Unas dos o tres cuadras no 
arriba, Carolina y yo por una ribe- 
ra, Mini-mai que ya habia regresado, 
y mama Taji-hualpa por la otra y 
desde el lago empezamos a espan- 
tar el pescado en el riacho, hacien- 
dolo agrupar en la proximidad de la 
represapracticadaun momento antes. 

Como algunos pescados se vol- . 

vian y eran generalmente los mas 

grandes, resolvieron las indias me- 

j„„,,^,, terse nuevamente en el agua y en 

un punto proximo al dique de arena 

en que habi'a otra angostura, practicaron un nuevo atajo, dejando 

asi encerrado, en una especie de estanque, el numeroso arreo de 

variados peces. 

—Hoy castigaroos las piedras, dijo Carolina; ahora castigare- 
mos las aguas;— y tomando entre todos los gruesos varejones, 
empezamos a dar palos sobre la superficie del estanque improvi- 
sado. Contaminaronse las aguas con las sustancias y jugos de 
aquel vegetal que nos servia de latigo y sus propiedades narco- 
ticas se sintieron bien pronto. Primero los pequenos peces y des- 
pues los mayores, fueron quedando adormecidos sobre el agua. 
—Ahora ya no nos clavaran con sus poas, ni pueden escaparse. 




PESCA CON NARCOTICO 147 



dijeron las tres mujeres, penetrando en el agua, y este quiero, este 
no quiero, tiraron a la orilla los mas graades, en abundante can- 
tidad. 

Se abrio de nuevo el paso a la corriente retirando las arenas. 
" Asi pescan los indios y a veces la tribus enteras en varias repre- 
sas," nos dijo Carolina. 

— Pero esos pescados que quedan, van a morir, repuse;— y di- 
ciendo esto, tornado del brazo por mi duena, nos alejamos por la 
orilla del riacho siguiendo la corriente caprichosa y perdiendonos 
mny pronto en el espeso'bosque de los verdes cocales. 

El siguiente dia fue de regocijo en casa de Taji-hualpa; no pre^ 
cisamente porque se diese pescado fresco a todo el que lo queria, 
sino porque las mujeres indias, amigas como las parisienses de las 
Irases alegoricas 6 de doble sentido, habian encontrado en su len- 
gua chiquitana, una, que traducida al castellano, decia mas 6 menos: 

'^ El hombre grande ha encontrado ntuchos y muy buenos peces 
en la cesia de Carolina, " 

Las palabras peces y cesta (Panakisc) en indio, son las que ha- 
cen el calembour^ que a poco andar se hizo chascarrillo, que repe- 
tian las indias del villorrio, cantando y riendo, mientras se dirigiat;i 
a sus chozas, con uno 6 dos pescados en la mano. 



LA PBRRA y LA MONA 

— Oe^or: ya he dado con los ladrones; voy a matarlos!... decia Mo- 
risset preparando con golpes rapidos el resorte de su pesado fusil 
Chasepot, y dando vueltas alrededor del patio de la casa de los 
caminantes. 

Yo voy a ensenar a esos dtablos de ladrones^ repetia el coleccio- 
nista de guijarros, acentuando la frase afrancesadamente. Son de la 
bruja mujer del cura-medico, aquel que nos dio una musica es- 
tando enfermos, capaz de ahuyentar a los demonios. 



148 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD-AMERICANOS 

— ^Que le pasa, hombre? No mate usted a nadie; digame que es 
lo que le ocurrel le dije al exaltado cocinero que parecia dispuesto 
a cometer una averia. 

— Sucede, seiior, me respondio, que desde que he llegado a este 
pueblo, se me pierden las frutas y los comestibles que dejo en la 
cocina, teniendo la precaucion sin embargo de cerrar perfecta- 
mente con Have la linica puerta de salida. Dejaba solo abierta la 
ventana que tiene unos barrotes de madera dura, por donde no su- 
ponia que pudiese entrar el ladron. 

Yo me devanaba los sesos y me daba a los demonios, sin saber 
& quien atribuir el robo de la carne, unas veces, de la fruta otras, 
y muchas veces de todo cuanto tenia para nuestra alimentacion, 
sufria mas aun, pensando que podrian sustraerme los minerales! 

Encontrandome convaleciente, Ueve mi cama a la cocina y me 
he quedado en ell a durante el dia de hoy, tratando de investigar 
quien era que se burlaba tan claramente de mis precauciones. 

Acabo de ver con sorpresa, que la mona de la vieja bruja, que 
vive en la iglesia, ha venido montada a caballo en la perra del 
sacristan, se han detenido en la parte exterior de la ventana y en- 
trando la mona por la reja a grandes saltos, ha recojido cuanto 
habia, le ha puesto en la boca la came a la perra, y montando en 
ella con lo restante en la mano, se han alejado los dos animales tan 
precipitadamente, que me ha sido imposible darles caza! 

— Es raro lo que usted me cuenta,le dije,y dudo que esa extrana 
sociedad proceda tan ingeniosamente ; de todos modos no mate 
usted la mona y la perra del cura, porque esos animales conservan 
en su interior el espiritu de los parientes de sus dueiios y usted se 
acarrearia la enemistad del medico, de su esposa, de toda la fami- 
lia y tal vez de la tiribu entera. , 

Dude de aquel cuento y ordene al cocinero que guardase su fu- 
sil para otra ocasion, pues si la historia era veridica, los ingenio- 
sos ladrones no merecian, en mi concepto, ser fusilados; antes por 
el contrario, se hacian acreedores a una doble racion y a los mejo- 
res elogios y carinos. 

— Senor, esto es tan cierto, me dijo Morisset, como que estoy 
aqui parado. Acabo de verlo con estos dos ojos que tengo en la 
cara! 

— Bueno, le repuse: me gusta, en todo caso, que usted afirme ha- 



LA PBRRA Y LA MONA 149 



berlo visto con sms propios ojos^ pero aviseme manana cuando sea 
hora oportuna para comprobar el hecho. 

Conte a Carolina y a Taji-hualpa esa tarde el suceso de Moris- 
set, y rieron de la sorpresa que a mi me causaba un hecho que 
para ellos era familiar. La viejita de la iglesla y su marido el 
cura-medico son muy pobres, me dijeron: ellos cuidan a Santiacti 
y cantan las letanias. La perra y la mona han sido ensenados es- 
pecialmente por ellos para buscar el alimento, que acarrean de 
donde lo encuentran. Si el cocinero cierra la ventana, los animales 
se dirigiran a otra choza y asi andan todo el dia merodeando, 
hasta llevar a su casa los alimentos necesarios que cualquiera les 
da porque son para la iglesia. 

Al dia siguiente comprobe por los ojos de tni cara^ corao decia 
Morisset, las idas y venidas de la amazona y quede admirado del 
original sindicato, compuesto por una mona, una vieja, una perra 
y un indio, (titulado Cura, por afiadidura) para proveerse de re- 
cursos. 

El lector comprendera, despues de esto, que no han sido los in- 
gleses de la City de Londres los inventores de los sindicatos y de 
las sociedades anonimas. 



LA TRAMPA DE FLECHAS 

L/ESEOso Taji-hualpa de obsequiar a mis compaiieros de la expe- 
dicion Minchin, me propuso efectuar una caceria de tigres. Estos 
debian ser tomados con trampas de flecha, preparadas por el mis- 
mo cacique. 

La comision expedicionaria, acompanada del indio, se dirigio a 
un paraje de espesos bosques, donde los tigres, los ciervos y las 
corzuelas abundaban. Se eligio un sitio en que las sendas conver- 
gian a un solo punto, por ser aquel reducto estrecho, entre una 
montana y un riacho. En el paraje mas transitado se atraveso 



150 



LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD-AMBRICANOS 




ArmM Indias 



una cuerda asegurada fuertemente por uno de sus extremos al 
tronco de un arbol, la otra punta tenia sujeta una chaveta 6 cuna 

de escape que mantenia en tension un arco 
fuerte y bien ligado a una estaca de hor- 
queta en donde estaban colocadas las 
flechas de tal suerte, que al venir a pasar 
un animal por el sendero y rozar con su 
pecho, en la oscuridad de la noche, la 
cuerda tendida, safaba la chaveta v esca- 
paba el arco, recorriendo la flecha en su 
trayectorfa la proyeccion de la cuerda 
y clavandose seguramente en el codillo 
del cuadnipedo. 

Como esta, se coloco varias trampas 
en diferentes puntos por Taji-hualpa en 
persona, que parecia un gran maestro en esta clase de cacerias. 
" En cazar asi me entretenia yo, cuando era mozo," nos dijo. Arma- 
ba mis trampas como ahora, y me iba a dormir tranquilamente, 
seguro de encontrar en la madrugada del siguiente dia las pie- 
zas deseadas. 

Para tener la seguridad de que en algunas trampas cayese tigre, 
el cacique buscaba un arbol proximo que tuviese horqiieta a una 
altura de dos 6 tres metros, y alli colocaba un perrito cuzco ama- 
rrado convenientemente para que no pudiese caer, ni hacerse dano. 
Durante la noche, el animal ahuUaba y era infalible que alg^na 
fiera viniera abuscarlo, atraida por sus lament os, cayendo antes de 
conseguir su objeto en la celosa y bien preparada trampa. 

Ocho fueron los arcos preparados en esta forma por Taji-hual- 
pa. A tres se les habia puesto perro, para que cayesen tigres y 
los restantes estaban armados sin este agregado, a fin de que no 
se ahuyentasen los ciervos 6 las antas. 

Despues de estar todo listo, nos retiramos a lo que podria Ua- 
marse la Granja del cacique Chiquitano, pasando la noche en nues- 
tras carpas preparadas de antemano por los asistentes. 

A la madrugada del dia siguiente recorrimos las trampas, encon- 
trando en la primera que era. para tigre, un rastro claro de los 
saltos en ztc^zac que habia dado el gran felino, tratando probable- 
mente de arrancarse del flanco el mortifero dardo. En el suelo un 



LA TRAMPA DB PLBCHAS 151 



ancho reguero de sangre comprobaba la certera direccion dada a 
la flecha por Taji-hualpa, al preparar la trampa. 

— Esta cerca el tigre....! nos dijo el cacique; seguramente no ha 
pasado de aquel matorral proximo. 

Avanzamos detras de los perros por el rastro que la fiera habia 
dejado, encontrando tendido a corta distancia un esplendido Jaguar 
dorado, de preciosas pintas negras. 

Habia side tan grande la tension dada al arco, que la flecha, to- 
cando el corazon, asomaba por el extremo opuesto. 

La segunda trampa fue desmontada, no habiendo dado resultado, 
como asi mismo la tercera. 

En la cuarta habia caido en el sitio una cierva que aiin estaba ro- 
deada por sus pequenuelos. Aquellos preciosos animalitos fueron 
a reemplazar, en casa de mama Taji-hualpa, el malogrado Pecart 
que aniquilaron los murcielagos. 

Las dos trampas siguientes y la ultima habian sido desmontadas 
por las antas sin caer en ellas, y en la septima encontramos los ras- 
tros de otro tigre que probablemente habia huido herido de menos 
gravedad que el de la primera trampa. 

Descolgamos los perros de los arboles en que habian pasado tan 
angustiosa noche, y con una piel de tigre, y los pequenuelos de la 
cierva, envueltos en la piel de esta, regresamos al pueblo satisfe- 
chos de la Jornada. 



MAIMELIAN 



Al llegar a Santiago aquella tarde, fui sorprendido por los Uantos 
de Carolina, que se ocultaba en su aposento. Llamela e hice que 
me revelara el motivo de su cuita. 

— Ha Uegado Maimelian, me dijo, por ahi anda borracho; ha en- 
trado en mi casa armado de un gran cuchillo y pretendia ocultarse 
para darte jutierte esta noche, cuando estuvieses dormido. 

Manifeste en -respuesta, como ewdbtttra;ba natural y Icigico que 
me quisiese matar. 



152 LA V1DA BN LOS BOSQUBS SUD- AMERICANOS 

— Otro tanto hubiese hecho yo, le decia a Carolina, si un Juan 
de afuera me hublera quitado mi dulce prometida; mucho mas, si 
esta era la mujer mas bella de mi pueblo. 

Carolina pretendia avisar a Taji-hualpa lo ocurrido, pero yo se 
lo impedi, diciendole: que a un indio, beodo por anadidura, no se le 
debia temer. Estaba lejos de suponer, que al abrir la puerta y 
querer salir al patio en la manana del dia siguiente, mi enemigo 
me asaltaria. 

Al pararme en el umbral del rancho, el ofendido salvage, que 
esperaba escondido, pusose rapidamente delante de mi, colocan- 
dome en el pecho su mano izquierda en actitud de sujetarme, mien- 
tras que echaba hacia atras la derecha en que tenia el punal con 
que queria embasarme. 

La fisonomia del indio tenia en aquel instante los reflejos de 
todas las iras de una fiera embravecida. 

Los instintos feroces del hombre primitivo se manifestaban en 
vigorosos rasgos. Aquella figura de cuerpo entero y desnudo, hu- 
biese hecho el mas bello Cain imaginable. 

Pero infortunadamente el momento apremiaba, impidiendome 
sacar partido artistico de tan bella actitud. 

Mi muerte era un hecho en la decision de aquellos ojos! ... el 
brazo derecho en su tension hacia atras, era ya atraido poderosa- 
mente por los musculos fuertes. 

Recorde entonces al viejo Bay, el lejendario maestro de boxing 
de todos los muchachos de Buenos Aires, y cerrando nerviosa- 
mente mi puno izquierdo, y trayendolo en un moyimiento de em- 
bolo sobre mi pecho, lo envie con tal presteza sobre la cara del 
salvaje, que rodo desmayado y banado en sangre por el centro de 
la calle. 

No se conoce entre los indios la aplicacion de esta clase de ar- 
mas naturales de que esta uno munido. 

Probablemente el novio de Carolina me creyo muerto, al verme 
sin armas. 

El cuchillo de mi rival habia caido en el sendero. 

Hice levantar al indijena que parecia sorprendido al ver conver- 
tida su nariz en manantial; supuso probablemente que yo iba a 
darle muerte Con su propia arma. 

Cuando estuvo de pie le hice senal de que siguiera su camino. 



MA1MBLIAN 153 



Carolina que habi'a saltado del lecho y visto caer a Maimelian, 
buscaba en torno mio el arma de que me habia servido para he- 
rirle, no pudiendo convencerse de que cualquier puno ejercitado 
es bastante para romper una nariz. 

He conservado mucho tiempo en mi panoplia el cuchillo del 
indio con la siguiente inscripcion: Obsequio que un rival tndijena 
pretendto depositar en mi vientre. 



VISITA DEL CURA-MEDICO 

i>ECiBi una tarde la visita del cura-medico y de su mujer, que se 
manifestaban agradecidos por la doble racion que habia dispuesto 
se diese a la mona y a la perra astutas. 

Pregunte al interprete por que le Uamaban el Cura a aquel indio 
que no hablaba castellano, aunque iniciaba el coro de las tetanias 
en un latin indijena, y que se permitia el lujo, siendo cura, de 
tener mujer. 

— Le dicen el Cura, me contest© despues de interrogar al visi- 
tante, porque su padre era cura; y tiene mujer, porque sabe per- 
fectamente que en Bolivia este es un motivo de mayor considera- 
cion dispensada al que ejerce la profesion del sacerdocio. 

— Pero hombre, £c6mo es esto de hijo de cura) le repuse. Si 
los de la Iglesia catolica, apostolica y romana no pueden ser ca- 
sados! 

— Es verdad, me contesto; ellos no se casan porque asi tienen 
derecho de tomar mujer 6 desechar la que tienen cuando no les 
conviene^ 6 tiene muchos hijos. j 

Lo que prueba esta afirmacion es que hay pueblos donde se 
conoce cuatro 6 cinco familiajS de un mismo cura. . ^ , . 

He oido decir de una senorita £nc3.rnacion, que vivia en Sucre, 
perteneciente a una de las mas distinguidas familias, de la cual, 
cuando se queria hacer un elogio, decian sus panegiristas: 



154 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD- AMERICANOS 

|C6mo sera de distinguida la Encarnacion, que el hijo que ha 
tenido este afio es del Canonigo. ... tal! 

Comprendi entonces que el Cura de Chiquitos procedia de una 
manera correcta, mucho mas. cuando se trataba de un intermediario 
por raza, entre Dios y los simples mortales. 

Visite nuevamente el interior del teraplo, acompanado del Cura 
y su mujer, descubriendo en lo alto de la Sacristia seis antiguas 
telas, que a pesar de ser sobre motivos religiosos, no carecian de 
merito artistico. 

Quise hacerlas bajar y cambiarselas al indio por una mula par- 
da que andaba en la recua y de la que se manifestaba aficionado; 
pero no hubo interes nl fuerza de razonamiento que convenciese al 
indio de que podia hacer aquellos tratos. 

Desde entonces soy partidario de que los curas sean indijenas y 
casados! 

Quiero consignar un dato curioso que prueba la ignorancia y la 
fe de los indios. 

Desde la expulsion de los Jesuitas cultivan el tartago, extraen 
el aceite y mantienen encendida la lampara de Santtacu en el tem- 
plo del lugar. 



BLANQUBO DEL TEMPLO 

Y ARIAS indias e indios trataban de blanquear un dia el frente de 
la iglesia. Cada uno independientemente preparaba su cal, mas 6 
menos roja, segun el punto de donde la tomaba en la ladera del 
cerro, y cargandola en tinajas 6 tutumas, se colocaba al frente del 
muro ensopando en el liquido una bola esponjosa, formada de ve- 
getales, que arrojaban violentamente contra la pared de roca. 

La diferencia de los tonos de color quedaba manifiesta en el 
muro y trate de fabricar un pincel, .procurando. explicarles, que 
juntando la cal, traida por todos, en una sola vasija, y usando de 



BLANQUEO DEL TEMPLO 155 



aquel aparato, facil de construir con los mismos vegetales de que 
ellos se Servian, podia obtenerse la uniformidad del colorido. 

Pero mi trabajo fue inutil; los indios se rieron de mis lecciones y 
me sostenian por medio del interprete, que era mas Undo blan- 
quear a pelotazos, viendose por este medio la obra de todos y 
prestandose mucho mas el sistema que ellos adoptaban, para ju- 
gar y reir, condicion indispensable que segun los naturales debe 
tener todo trabajo para ser Uevadero. 

Las salpicaduras de cal no solo manchaban la pared, sino tam- 
bien a los alegres blanqueadores, que se entretenian en ponerse 
rayas unos a otros, disparando a veces, para evitarlas, por la pla- 
zuela inmediata. 

Era aquel un juego parecido al de la ntancha de los colegiales; 
asi me lo explicaron. Los indios que no tienen absolutamente habi- 
tos de trabajo, afrontan cualquier ocupacion desde el tiempo de 
la civilizacion Inca, con el aliciente de una fiesta 6 de una dan- 

za mezclada al quehacer. (Esa manera de ejecutar trabajos no fii^ urdida por 
los PP. Jesultas; proviene de la civllicacion anterior k la conquista, segfun varios 
historiadores.) 

{Como iban ellos a querer pincel y andamio para pintar el tem- 
plo? Yo era simplemente un insensato y sabios los Incas que les 
habian ensenado a hacerlo de la unica manera que ellos podian 
emplear a su satisfaccion. 

La Iglesia quedo en un dia pintada, a estilo chiquitano. 



SIMULACRO DE COMBATE 



Al siguiente dia empezaba el tiro de fiecha, en que se ejercitan 
los muchachos indios, en la plaza del lugar. 

Esta es una diversion que autorizan y presiden los caciques. Se 
trata de un simulacro de batalla, que dura algunos dias, sucediendo 
muchas veces, en el calor de la reyerta, que en vez de flechas inofen- 



156 LA TIDA EN LOS BOSQUES BUD- AMERICAN OS 

sivas, se tira las de combate y concluye la jarana con muertos y 
heridos. 

Los caciques llamaron esta vez a los muchachos y al pueblo todo, 
y les pronunciaron una arenga, accediendo al pedido de los chi- 
cos para que la fiesta se celebrara y exhortando a los grandes 
a que los acompanaran, para que el orden no fuese alterado y no 
hubiese que lamentar alguna desgracia. 

Los indiecitos saltaban y brincaban en grandes grupos alrededor 
del cacique y de los concurrentes, 

Se dispuso por los jefes de tribu, unas ligeras construcciones 
especie de fortaleza, en dos angulos opuestos de la plaza. 

Se ordeno que ningun flecHero indio podia tomar parte en aquel 
ejercicio, cuyo objeto era aleccionar a la juventud en el manejo 
del arco y de la lanza, y a fin de evitar rivalidades de una tribu 
con otra, convinieron tambien Taji-hualpa y Maimore en que una 
vez organizados los dos bandos, de blancos y colorados, los dos 
jefes serian cada dia de la misma tribu. Para el primer dia se 
nombraron dos muchachos Guaranocas: para el segundo dos Tu- 
piis, correspondiendo el tercero otra vez a los Guaranocas y asi 
sucesivamente. 

Nos causo novedad aquella fiesta y quisimos conocer todos sus 
detalles y presenciar los combates. Los muchachos mostraban 
gran aficion a estos juegos y habian preparado sus arcos y sus 
corazas de antemano, de manera que a la hora de empezar el simu- 
lacro, cuando sonaronlos cuernos de caza y las cajas guerreras, 
aparecieron en los fuertes los dos ejercitos, yendo los jefes del 
combate a recibir de mano de los caciques, uno la bandera blanca 
y otro la punzo, que les debian servir de distintivo. 

Se paso revista de las flechas que eran todas emboladas; es de- 
cir, que tenian en vez de la aguda punta, un pedazo de madera re- 
dondo que impedia pudiesen ofender; otros llevaban tambien lan- 
zas inofensivas y bolas arrojadizas con cintas coloradas en la 
manija, simulando el fuego que debia incendiar las poblaciones. 

Algunos llevaban banderolas y todos se habian adornado con 
plumas y pinturas, a la manera de sus padres los indigenas de la 
selva. Aquella era una escuela de los tiempos heroicos. Desde la 
plaza de su pueblo en la primera edad, ya empezaban a descoUar 
los de mejor punteria para la flecha, los aficionados al arma de 



S1MULACRO DE COMBATE 157 



SanttacUy los diestros en incendiar poblaciones y los practices en 
la toma de una fortaleza. 

Todo el pueblo concurrio a la plaza. Dos grandes zanjones, 
dividian el campo de blancos y colorados. 

Cada bando tomo su puesto y empezaron a salir de una y otra 
parte los chicuelos vestidos de animales. Habia unos, retobados 
en cuero de anta; unos cuantos se ocultaban entre la piel seca de 
cornudos ciervos; otros hacian el papel de burros por el mismo 
procedimiento y como las pieles de tigre a.>undan, salia de una y 
otra parte un crecido numero de ellos. Todos estos animales imi- 
taban a los de la selva, bramando 6 rebuznando segun su papel y * 
se paseaban por uno y otro campo. 

Varios cazadores del bando rojo salieron por sus tierras y pasa- 
ron al campo de los blancos, cazando alli y Uevandose a su trin- 
chera algunas antas y corzuelas. 

Salen entonces los blancos, que se ban apercibido de la invasion 
y piden un parlamento, reclamando contra la conducta de los caza- 
dores. Las reclamaciones son largas y despues de mucho discutir 
no consiguen mas que la mitad de las piezas de caza que les han 
sido tomadas, retirandose a su campo. 

Sucede muy luego la escena inversa; son los blancos los que 
roban a los colorados, no limitandose solo a mulasy tigres, sino que 
se atrapan una muchacha que ha ido a una fuente en busca de agua. 

Reclaman los colorados de una manera energica y violenta y el 
cacique bianco accede a todo menos a entregarle la mujer, de 
quien se muestra apasionado. Mientras dura este parlamento, al- 
gunos soldados rojos invaden sin ser sentidos y, aprovechando las 
horas de tregua, que son siempre funestas para los beligerantes, 
toman a los blancos unas cuantas mujeres y cargan con ellas, 
echando por delante todos los burros, tigres, antas, yacares y 
pumas que encuentran a su paso. 

Viene entonces el gran conflicto, los blancos no se limitan a re- 
clamar y se establece el combate. 

Las flechas cruzan de uno a otro campo; el objetivo de los tira- 
dores es posesionarse del mayor numero de animales y entonces 
entra la parte grotesca y entretenida, viendo a un muchacho lijero 
correr a un tigre que se alza en dos patas y que es mas rapido que 
su cazador. 



158 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD- AMERICANOS 

Los presuntos animales tratan de escapar en la misma forma; 
pero si una flecha acierta a pegarles, tienen el deber de tirarse al 
suelo, haciendo el papel de muertos. Sus perseguidores cargan 
con la pieza obtenida, alzandola de las piemas y brazos y trans- 
portandola a su campo. 

Sigue a la rina por los animales, la rina por las mujeres, que es, 
como en todas partes donde hay hombres, la mas encamizada. 

Se asaltan los fuertes reciprocamente; vuelan las flechas y las 
lanzas, produciendose por fin el entrevero, del que los mas fuertes 
sacan partido, alejandose con una 6 mas muchachas y procurando 
a la retirada no ser vistos por los contrarios. 

Cuando en estosjuegosysaltos los jovenes guerreros se acalo- 
ran mas de lo conveniente, intervienen los padres 6 los caciques y 
el que altera el orden de la fiesta deja de formar parte de ella al 
dia siguiente. 

Estos entretenimientos duran semanas enteras, como todas las 
fiestas de los indios, rematan en la noche en bailes y chichas y en- 
tonces toca su tumo a los mayores. 



TRISTE DBSPBDIDA 



riABiAN pasado ya los dias destinados al reposo de los expedicio- 
narios fatigados por las penosas travesias del bosque. 

Las dos expediciones reunidas formaban una de cincuenta hom- 
bres. La simple presion del numero y la fuerza establecian la ley 
en nuestro favor, tratandose de cu alquier emergencia. 

Debiamos regresar unos a Buenos Aires, intemandonos por el 
norte de la Repiiblica Argentina, otros a Sucre, La Paz y Santa 
Cruz de la Sierra. Se anuncio nuestra partida a los caciques, 
insist! nuevamente en mi proyecto de Uevar a Carolina en mi com- 
pafiia, proponiendome regresar a Chiquitos unos meses despues, 
llevando los obsequios, herramientas y armas que tantas veces les 
habia prometido; aquella muchacha tan contristada por mi viaje, 
hubiera hecho cualquier cosa que yo le hubiese pedido, pero no 



160 LA VIDA BN LOS BOSQUBS SUD-AMRKICANOS 

habisl que hablarle de abandonar su pueblo. Despues de muchos 
razonamientos terminaba cualquier conversacion y se cerraba el 
debate en esta forma : 

" Aqui estan las cenizas de mi padre y yo me he comprometido 
a guardarlas. '' 

Habia en esto un sentimiento levantado. Hablaban la fe y el ca- 
rifio al traves de los tiempos. Los nobles sentimientos y el apego 
a la memoria de su padre, vencian al amor pasajero; aquella ab- 
negacion tenia algo de sublime que inspiraba respeto. — No puedo 
ser feliz sino entre los salvajes, me decia a veces llorando; ten^o 
la envoltura de india, mi tez es cobriza, mi pie acostumbrado a 
pisar el suelo, estaria mal dentro de un zapato de cuero y me 
acomodaria peor a las costumbres adelantadas de las ciudades. 

Perdoname si ofendo tu carino; pero al manifestar que me quie- 
res Uevar en tu compama, cruza por mi mente el pensamiento de 
que no es el amor, sino la generosa conmiseracion de una pobre 
muchacha desgraciada, el sentimiento que te inspira. 

Dejame en el desierto de mi alma solitaria, llorar a un mismo 
tiempo la pena de perderte y la muerte de aquel viejo que guio 
mis pasos en la debil e inocente edad primera! 

Cuando me convenza de que no vuelves, colocare debajo de las 
paliiias que sombrean la tumba de mis viejos, otra riistica cruz, la 

cruz de mi honda pena indicara a mi alma un funesto carino 

que vivira en la triste memoria hasta mi proximo fin! 



LA CASCADA DE SOUTOS 

Unos dias despues estabamos ya en viaje de regreso. Nuestro cam- 
pamento se habfa establecido la noche antes en la proximidad de 
la poblacion de- San Jose, al pie de una bella cascada de treinta 6 
cuarenta metros de altura, poblada en su proximidad de elevados 
arboles y cuya frescura encanta al viajero en medio de aquel clima 
abrasador. 



LA CASCADA DE SOUTOS 161 



Bandadas de aves de raros y agrestes cantos animaban el con- 
junto y daban caracter propio a la armonia de la naturaleza. 

Los pajarillos colorados, los tucanos, los loros parleros y la in- 
finidad de aves de la zona torrida, caracterizadas por su variado plu- 
maje, formaban alegres y buUiciosos coros. Todo invitaba a que- 
darse en aquel sitio y solo el recuerdo de la familia y de la patria 
lejana pudieron desterrar de mi mente un grupo informe de pensa- 
mientos que pugnaban por hacerme desandar mi camino y quedar 
entre los indios al lado de la amorosa Carolina. 

A mi salida de Santiago de Chiquitos todos habian venido a 
acompanarme hasta el bosque de los Tamarindos. Carolina Uo- 
rando habia caido al pie de un anoso sauce cubriendose el rostro 
con sus desnudos brazos. 

jPobre muchacha!... me habfa alejado de ella, mezclado entre el 
grupo de los expedicionarios y a la distancia, ya lejos para 
corregir mi falta, lamentaba no haberla dicho un adios carinoso, 
despues de haber recibido tantas pruebas de su afecto. 

Me habia conducido mal — tenia el presentimiento, es verdad, 
que Carolina faltaria a las promesas hechas sobre la tumba de sus 
padres y se vendria conmigo — me alcanzaria en el camino. 

Reflexionaba asi a orillas de la cascada viendo los tumbos de 
agua caer por entre las breiias y despeiiarse en el abismo, cuando 
los gritos de un indio en lo alto de un penasco me sacaron de 
mi meditacion. 

Al mi^mo tiempo un cuerpo bianco, voluminoso, rodo por la 
cascada y se perdio flotando a la distancia. 

El indio que gritaba dirigiendose a nosotros y que se aproximo 
un momento despues, era Maimelian que seguia los pasos de la 
infortunada Carolina. 

^El objeto bianco que flotaba sobre las aguas era el tipoy de 
la desventurada joven? 

^Se habia arrojado de lo alto de las rocas? 

iRealiz^ba asi el triste suefio de la noche de las pasionarias? 

Detuvimos la marcha de nuestra caravana y anduvimos dos dias, 
buscando por las alrededores el cadaver de la dQ3dichada suicida. 
Todo fue en vano; las aguas se perdian en las impenetrables espe- 
suras del bosque de espinos. 



La vida en los bosques sud-americaoos II 



162 LA VIDA EN LOS BOSQUES SUD- AMERICANOS 



FIN 

£iL amable lector comprendera bien que hemos podido terminar 
aqui nuestro relato, pero debemos aiin darle algunos datos sobre 
el valor de los signos ortograficos. 

Si en los parrafos anteriores hubiesemos puesto una admiracion, 
en vez de una interrogacion, nuestro episodio terminaba de un 
modo tragico, novelesco, conforme al gusto mas sentimental del 
lector, y la pobre Carolina habria dejado desprender su alma como 
una burbuja de aire del fondo de las aguas. El mismo lector nos 
habria calificado de inhumanos y odiosos, pues los lectores de 
romances 6 historias tiernas, siempre quieren que el tenor se case 
con \?iprznta donna, aunque el tenor vaya de viaje por accidente 
y la prima donna sea india salvaje. Basta el dato sentimental para 
componer su fin de historia y no se considera que el pobre tenor 
tiene familia, negocios con perdidas y ganancias, aspiraciones, res- 
petos sociales y quiza otras novias de diferentes grados de civili- 
zacion. 

Confesamos, sin embargo, que matar a Carolina habria sido un 
buen fin y matarla en el agua proporcionarle un sepulcro digno 
de su pureza de alma; la unica verdadera a los ojos de Dios. 

Los puntos de interrogacion nos han salvado pues de lamentar 
un trajico fin y nos proporcionan la ocasion, rara entre autores, de 
contar la verdad respecto a la vida de Carolina, la suave Carolina, 
a quien Dios conserve muchos anos en las embalsamadas grutas 
de la floresta, los frescos valles y los templos blanqueados con 
cal roja. 

Pues sucedio lo que naturalmente tenia que suceden Me lo ha 
contado un estudiante que paso por Santiago de Chiquitos, dos 
aiios despues de mi viaje. 

Carolina no se habia suicidado. El bulto bianco que nuestra 
imaginacion nos present© como un cuerpo flotante fue quien sabe 
que. Yo y su novio, Maimelian, nos aflijimos iniitilmente y si el 



• FIN 163 

Uoro mas que yo, no fue porque yo la sintiera menos sino porque 
el llorar es una costumbre primitiva. 

Carolina, llorando, llorando, se habia vuelto a su pueblo. 

Maimelian desesperado habia vuelto tambien lleno el pecho de 
una salvaje desesperacion y con gana de ahogarse como su novia, 
pero no en agua sino en aguardiente. 

Algunos de sus amigos indios le aconsejaron,.sin embargo, que 
prefiriese la chicha, consejo que acepto con regocijo, pues le ofre- 
cia un medio agradable de quitarse la vida. 

Habia empezado ya a suicidarse con una hermosa tutuma de caiia 
cuando supo que Carolina vivia. Oh! transporte! festejo la noticia 
con media tutuma mas y se fue derecho, no, tambaleando, a buscar 
a su novia indebidamente extraviada. 

La encontro bien pronto. 

Carolina lloraba todavia mi perdida, estaba desolada y linda 
como un angel fetmenino indio. 

Maimelian no pudo resistir a sus sentimientos y bajo el influjo de 
ellos y de la tutuma y media de carta, se convirtio en una verdadera 
Uuvia de lagrimas. 

La declaro su pasion a pesar de todo, le dijo que la perdonaria, 
que le regalaria un cuero de tigre, otro de ciervo y mil otras cosas 
mas, con tal de que consintiera en ser su esposa. 

Carolina acepto el cuero de ciervo por ser alusivo al caso y en 
cuanto al matrimonio, dijo que reflexionaria. 

Reflexiono en efecto, y pocos dias despues se caso con Maime- 
. lian, que siempre la habia amado, que nunca la habia dejado y que 
la haria feliz no recordando lo pasado, sino cuando se encontrara 
mal de la cabeza. 

Carolina ha tenido dos hijos despues de todo eso. El mayor se 
llama Maimeliancito y el segundo Filibertito. 

El marido con esa perspicacia que caracteriza a los del gremio 
cree sinceramente que Carolina le ha puesto Filibertito al hijo, 
para perpetuar el nombre de algun tio abuelo de su padre y que el 
hecho de llamarme yo Filiberto es una pura casualidad. 

Carolina ha engordado, se ha vuelto prosaica a punto de que no 
conoceria sus poesias si Uegase a caer en sus manos estelibro; ya 
no habia como Seneca ni como Virgilio; no hace idilios, y reduce 
sus conversaciones a los asuntos familiares. 



164 LA VIDA EN LOS BOSQUBS SUD- AMERICANOS 

No tiene penas ni alegrias intensas y lo unico que suele entriste- 
cerla, es el reproche que le hace su marido, cuando interviene alguna 
tutuma de aguardiente, respecto a sus veletdades con el hombre 
blainco. Sufre ella entonces menos por el reproche que por el re- 
cuerdo que el suscita y piensa cosas agradables. Desgraciada- 
mente las piensa ahora en indio; nosotros estamos lejos y ya no 
podemos traducirlfis. 




INDICE DE LOS GRABADOS 



PXginas 

Retrato del autor. 

Meliton II 

Hlce que Meliton gritase en guaranf 14 

Iba d matar el caiman debajo de las aguasi 26 

Los habitantes se defendlan desde el interior de la cabafia incendlada. 37 
Lits cabezas liieron colgadas en los drboles, sobre la llnea del campo 

enemigo 44 

Carolina Frias * 53 

I No me dijiste , cacique amigo , que no tenfas una hlja para mf ? 56 

Tlvina ( danza India) ; 60 

Yo asistf al baile en traje de Indio 64 

Inti-huasi ( Casa del sol) 67 

Tira ahora , que se aproximan , me dijo Antonio 75 

Santiacu 78 

Carolina no sabfa lo que era un espejo 83 

Mi vanguardia se confiindia con la orquesta indigena 91 

Cara-huasi 94 

Cara-huasi, entdnces, levant6 las piernas perpendicularmente Ill 

Aduar de los Toboroches. ^ 118 

Correo indio 127 

El gerogUfico 131 . 

Cara-huasi le enterro la afilada Idmina de su cuchillo 139 

Mini-mai 146 

Armas Indias 150 

Unos dias despues estdbamos ya en vlaje de regreso 159 

Piano de las rutas de ezpedicionarios por el Cbaco Boliviano, 1878. 



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