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Full text of "La vida literaria de México"

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THE LIBRARY 

THE UNIVERSITY 

OF TEXAS 



PRESENTED BY 

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MAR 8 1961 



TO BIND PREP- 

DATE 3mar'61 

NEW BINDING | 

REBINDING [ 

REGULAR [ 

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LACED-ON [ 

BUCKRAM [ 

SPECIAL PAM. [ 



AUTHOR AND TITLE 

ürbinat 

La vida literaria de ítóiico. 



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Tñadrid 1917 



ES PROPIEDAD 



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Tudescos, 34. - IñadHd. 



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XHE ÜNIVERSITY 

OF TEXAS 



71 ta memoria de 

JUSTO sieRRn 

firoUindo historiadas de Ménica. 

Con mí fiel devoción, 

••oOOOoo* 

U ¿os estudiantes de ta Tacuttad 

de Titoso^ia u letras, en ta ilni- 

uersidad de 'Buenos ñires. 

Con mi sincera símfiatla. 

£uis 6. UKBmn 



84742 



or? 



Este volumen contiene las cinco lecciones que y 
como curso sintético de Literatura mexicana, di en 
la Facultad de Filosofía y Letras de la Universi- 
dad de Buenos Aires, a mediados del presente año. 

Procuré que tales lecciones tuviesen forma de 
conferecida, y, hasta donde m£ fué posible, m£ es- 
forcé en hacerlas amanas, para despertar el inte- 
rés y entretener la atención de U7i auditorio que no 
estaba sólo compuesto de estudiantes (aunque éstos 
constituyeran la mayor parte de él), sino de perso- 
nas extrañas a la Universidad, y que, cultas como 
eran, pensé que aca^o no sentirían curiosidad por 
la expresión dogmáticamente fría y por la exposi- 
ción severamente metódica. El aula, concurrida de 



modo extraordinario desde la primera a la última 
de las lecciones y me hizo comprender que, en efecto, 
logré producir el resultado que me propuse: intere- 
sar a un grupo selecto de la juventud argentina 
por la cultura literaria de mi país. 

Sin preparación inmediata, sin documentación 
seria y suficiente, apremiado por el tiempo y urgido 
por las circunstancias, hube de valerme, de continuo, 
de mi memoria, de mis antiguas lecturas y de an- 
teriores estudios míos, para llevar a término mi 
trabajo. 

El cual no es de erudición, sino más bien de di- 
vulgación, por más que quizá sea esta la vez pri- 
mera en que se intenta explicar la relación entre 
los fenómenos sociales y las manifestaciones lite- 
rarias de México, En mi labor, huí cuanto me fue 
dable de la crítica afirmativa y clasificadora, y la 
sustituí frecuentemente por impresión personal y 
sincera. En varios casos, y por razón de la breve- 
dad a que naturalmente tuve que estar sujeto, sólo 
hice rápidas referencias de obras y hombres de le- 
tras, que merecen detenido y amplio análisis, Sir- 



va esta explicación de disculpa a mis omisiones y 
deficiencias. 

El próximo libro que y acerca de este mismo 
asunto y tengo preparado y será a manera de anota- 
ción y comentario del presente y y narrará la vida 
anecdótica y tal como yo lavi y gustéy del México 
literario de 1880 a igiOy el periodo que y en mi 
concepto y produjo los más grandes y conscientes ar- 
tistas verbales de mi tierra. Creo contribuir y asi, 
al allegamiento de materiales para la Historia de 
la Literatura mexicana. 

LUIS G, URBINA 



Madrid, leptiembre de 1917. 



THE UBttARY 

THE UNIVERSITY 

OF TEXAS 



Origen y carácter de la literatura mexica- 
na. — Bl ambiente de Nueva España durante 
los siglos XVI y XVn.— El problema de la 
poesía precortesiana. — Netzahualcóyotl. — 
Los bailes primitivos y el arte dramático. — 
Don Juan Ruiz de Alarcón.— Sor Juana 
Inés de la Cruz. 



La historia de la literatura mexicana, como la 
de otros muchos países de América, no está toda- 
vía profunda y definitivamente estudiada, desde 
el punto interesantísimo para nosotros, de expre- 
sión de nuestra vida nacional. 

Por eso, cuando en especiales circunstancias 
de mi carrera, en el profesorado de mi país, me vi 
precisado a meditar sobre esta cuestión de núes- 



^^^'^BOUND MAY 1961 



14 LUIS G. URBINA 

tra literatura, para orientar y ordenar mi juicio 
me hice las siguientes reflexiones, con las cuales 
he normado mi personal investigación en esta 
materia. 



Desde luego, me asaltó el tópico gastado, por 
incesantemente repetido: la literatura mexicana, 
y, en general, todas las hispanoamericanas, no 
son otra cosa que un reflejo de la peninsular, una 
familia de aquella antigua y nobilísima matrona, 
en cuyo seno se amamantan todavía, incapaces 
de nutrirse por si mismas, estas débiles literaturas 
novicontinentales. Tardías en su desarrollo, im- 
precisas en su ñsonomía, tales literaturas imitan, 
por incapacidad de crear, los accidentes de la 
evolución de las letras en España, y son algo así 
como la proyección de sombra de un cuerpo, 
como el eco que reproduce una voz. 

Indudablemente, en este viejo concepto hay 
una verdad incontrovertible: estamos en la Amé- 
rica española atados para siempre, en nuestra 
marcha hacia la civilización, por el vínculo inque- 
brantable del idioma. Cuanto pensemos en belle- 
za imaginativa; cuanto lucubremos en filosofía 
especulativa; cuanto experimentemos en sensa- 
ción o sentimiento; cuanto tengamos, en fin, que 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 15 

comunicar, que sacar a lo exterior en el natural 
esfuerzo de nuestros espíritus, lo expresaremos 
en la lengua madre, en el lenguaje que definiti- 
vamente nos da carácter en el mundo literario, y 
nos unifica con los demás pueblos que, en el ár- 
bol de la palabra viva, forman una de las ramas 
de las lenguas romances, la más vigorosa quizá, 
la más llena de savia, si bien no tan expresiva, 
flexible y amplia como la italiana, ni tan fina, su- 
til y primorosa, ni tan paciente y sabiamente la- 
brada como la francesa. Y por ser así, por estar 
vinculados a perpetuidad a una de las lenguas 
romances, tenemos derecho a creernos, a sentir- 
nos, a ser una difusión, más o menos remota, 
pero de virginales augurios, del alma latina. 

El idioma castellano es la forma única que nos 
ha dado y nos dará personalidad literaria en el 
universo de las ideas. 

De esta suerte es como, en virtud del uso pe- 
renne del vocablo, del giro, del modismo, de la 
formación analógica, de la trabazón sintáctica, 
de la muletilla y del proloquio, nos acercamos, 
en cognaciones incesantes, al espíritu de nues- 
tros progenitores, al mismo tiempo que al espí- 
ritu de nuestros hermanos de América. Y es así 
como no sólo hablamos una lengua misma, sino 
que solemos coincidir en ideas y en sentimien- 
tos y ofrecer el caso de que mentalidades colee- 



16 LUIS o. URBINA 

tivas en los grupos de cultura de nuestros países, 
resulten, cuando se les compara, de una seme- 
janza que se acerca a una identidad. La paradoja 
de psicología de que el pensamiento es un len- 
guaje interior, está, es evidente, fundada en una 
observación verdadera. Hablar habitualmente un 
mismo idioma desde la niñez, implica una serie 
de operaciones mentales que nos obliga a enfo- 
car, por decirlo así, nuestros pensamientos de un 
modo determinado y peculiar. Hablar en caste- 
llano es, en cierto modo, pensar y sentir a la es- 
pañola. Un misterio psíquico compenetra y cris- 
taliza, en unidad indivisible, la forma y la 'esen- 
cia, la voz y la idea, la materia y la energía. 

De modo que es de absoluta certidumbre que 
en la sucesión de los fenómenos vitales, en la 
transformación biglógica, étnica y social de las 
naciones conquistadas por el genio español, la 
lengua es uno de los más poderosos distintivos, 
una de las huellas más profundas que dejó a su 
paso la dominación. Y esa lengua, que aprendi- 
da y difundida con necesaria terquedad, por mi- 
sioneros y por soldados, por doctores y por rá- 
bulas, por buenos y por malos, a través de tres- 
cientos años; esa lengua, que, tratando de inva- 
dir las comarcas todas de los idiomas autóctonos, 
busca en mi país la realización del ideal supremo 
de derivar las expresiones heterogéneas, por un 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 17 

solo y vasto cauce filológico; esa lengua, nos 
subordina y nos hace tributarios de una litera- 
tura monumental: la literatura castellana. 

Es cierto, me dije: literatura mexicana vale por 
imitación, por reflejo de las letras españolas. Y 
me puse a recordar los principales accidentes de 
nuestra existencia literaria, desde las primeras 
tentativas de aquellos frailes — algunos de los 
cuales eran selectos ejemplares de bondad huma- 
na — como el seráfico Gante, Motolinía, Sahagún, 
Duran, pasando por los poetas latinizantes, y los 
eróticos, y los sagrados del siglo XVI que llega- 
ron de la Península a esa parte de América que 
hoy se llama México, trayendo en sus oídos y en 
su corazón rumores de las églogas de Garcilaso, 
de las odas de Herrera y de las unciosas liras 
de fray Luis, hasta la gloriosa aparición en Ma- 
drid de D. Juan Ruiz de Alarcón, y el prodigio es- 
tupendo de Sor Juana Inés de la Cruz, flor divi- 
na, flor del corazón, Yoloxochitly cuyo perfume 
exquisito, envuelto en sutilezas culteranas, tras- 
ciende todavía a cármenes paradisíacos. Y re- 
cordé también el arraigo lujurioso que en esta 
tierra extendió, como prolífica semilla, la extra- 
vagancia del siglo XVII; recordé la épica y la lí- 
rica coloniales, y vi cómo seguíamos los contor- 
nos y sinuosidades de las figuras retóricas, de 
los dibujos literarios, sobre el papel de calco de la 



18 LUIS O. URBINA 

imitación. Y ratifiqué: nuestra literatura es tras- 
plantada, es genuina y netamente española; en 
nuestro terruño, mal que bien, echa frutos menos 
sápidos y fragantes y de gusto menos delicado 
que los que nos suelen venir de la metrópoli 
verbal. 

Sin embargo, a la idea de trasplantación aso- 
cié — era preciso — la de modificación, la de alte- 
ración circunstancial, la de transformación, la de 
variación del tipo primordial, en fin, la de labor 
incesante de la naturaleza que descompone en 
familias diversas los organismos, según las in- 
fluencias del medio en que se desarrollan, sin ha- 
cerles perder los caracteres fundamentales de la 
especie. 

Y entonces amplié mi observación y la dirigí 
a distintos horizontes. Se sabe que la mezcla de 
dos razas, la aborigen y la conquistadora, que ha 
constituido el tipo del mexicano, del mestizo (lla- 
mémosle con el nombre evocador), ha producido 
alteraciones fisiológicas que los sabios estudian 
ahora en el fondo de sus gabinetes. Medidas an- 
tropológicas, cálculos y comparaciones anatómi- 
cos, minuciosas investigaciones, patentizan que 
la estructura corporal del mexicano difiere del 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 19 

típo español tanto como del americano primitivo. 
Fisiológicamente no somos ya éste ni aquél; so- 
mos otros, somos nosotros; somos un tipo étnico 
diferenciado y que, no obstante, pa|Jicipa de am- 
bas razas progenitoras. Y una y otra luchan por 
coexistir, por sobrevivir en nuestro organismo. 

Pues bien — me interrogué — ; ¿por qué lo que 
acontece en el mundo fisiológico no ha de ha- 
ber acontecido en el psicológico? Indudablemen- 
te que sí. Esa misma mezcla, ese mismo comba- 
te, esa misma coexistencia, se verifican en las 
regiones del espíritu, y han acabado, o acabarán 
por producir un tipo psíquico bien determinado 
y diferenciado, y paralelo al nuevo tipo fisioló- 
gico del mexicano. 

Entonces vi a mi alrededor. Y atentamente me 
puse a hacer un rápido análisis del ambiente 
nacional. Sacando mi reflexión de la literatura, la 
dirigí hacia otras ideas correlativas a la que ser- 
vía de objeto a mis investigaciones: pensé en la 
arquitectura y en la música. Y pensé en ellas, 
porque aun siendo individuales, interpretan me- 
nos los sentimientos personales que los colecti- 
vos o sociales. Nada retrata mejor a un pueblo, 
si atentamente se considera, que sus edificiosysus 
cantos. La música — dice un esteta moderno — es 
una arquitectura de sonidos; la arquitectura, una 
música de líneas. Están destinadas a las muche- 



o LUIS Q. URBINA 

dumbres, y muchas veces son anónimas, y con 
frecuencia son el resultado de obscuras colabo- 
raciones. En ellas reside, como en ningunas otras 
de las bella^rtes, el alma de un pueblo. 

Y rememorando nuestras viejas casas colonia- 
les, nuestras viejas iglesias, nuestras viejas fuen- 
tes, las encontré con su sello particular, con su 
aspecto característico, con sus rasgos distintivos, 
con sus elementos propios, que hacen variable el 
conjunto y le dan una tonalidad que no es espa- 
ñola ya, sino mexicana, para decirlo de una vez. 
Los materiales de construcción, el azulejo y el 
tezontle^ combinados o aislados, contribuyen a 
peculiarizar los edificios. Y en seguida el porme- 
nor, la alteración caprichosa de los estilos, el 
labrado por el cual se desliza alguna greca pre- 
cortesiana; la abundosa floración, la hojarasca de 
piedra de Churriguera, retocada aquí y allí por 
un deseo más vivo de ornamentación excesiva; 
tal cual motivo decorativo que recuerda vaga- 
mente los relieves de los teocalliy todo viene a 
peculiarizar la arquitectura de los tiempos devo- 
tos y relampagueantes, durante los cuales se fué 
formando el espíritu nacional, ese que, difun- 
diéndose y multiplicándose, ha de uniformar a 
mi país, el cual estaría en peligro de perecer si 
a la postre no se lograse este magno propósito. 

¿Y la música? Cuando en mi Patria oímos una 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 21 

canción lánguida, sensual y llorosa, una danza 
que dulcifica la voluptuosidad con una enfermi- 
za ternura, una melodía simple y apasionada, que 
prolonga en gemebundos calderones sus que- 
jas triviales y penetrantes, decimos inmediata- 
mente: esa es música mexicana. La guitarra anda- 
luza no es rasgueada allí para acompañar cantos 
muelles de pereza oriental, ni suspiros de amor 
gitano; allí, eso se transforma en la ardiente dan- 
za costeña; en la erótica y triste canción del Ba- 
jío; en las mañanitas frescas y alegres; en el ja- 
rabe retozón y picaresco como galantería ranche- 
ra. Esta es otra revelación que nos distingue y 
nos desata los lazos hereditarios de España. El 
folklorismo musical es completo. Canta dentro de 
él, verdaderamente, la sensibilidad popular. 

• • • 



Y si la arquitectura y la música revelan una 
clara diferenciación, ¿por qué — volví a pregun- 
tarme — la poesía no abandona el regazo mater- 
nal? <;Por qué sigue en su primitiva servidumbre 
de imitadora de la musa peninsular? Lo que su- 
cede en la Plástica y en la Euritmia, ¿por qué no 
ha de suceder en la Lírica, y, en general, en la 
Literatura? 



22 LUIS o. URBINA 

En efecto: si se observan con curiosidad nues- 
tros fenómenos literarios, se ve que sí se ha ve- 
rificado la misma diferenciación, sujeta, natural- 
mente, dentro de la forma impuesta por la len- 
gua. — El vino no cambia los contornos del 
vaso — . 

Y como traídas de la mano, acuden a mi me- 
moria las alteraciones fonéticas que hemos veri- 
ficado en el idioma. ¿No pronunciamos como nos 
enseñaron, o nos enseñaron mal a pronunciar? 
Hechas las investigaciones correspondientes re- 
sulta que la cuestión está resuelta de la primera 
manera: no pronunciamos como nos enseñaron; 
es decir, los grupos autóctonos que recibieron 
las primeras enseñanzas de la lengua, no alcan- 
zando a pronunciarla bien, extendieron y propa- 
garon las alteraciones fonéticas. El caso es inte- 
resantísimo. Todos los pueblos de América fue- 
ron rehacios a la pronunciación castellana de la 
¿r, de la //y de la z, Y de tal modo se sustrajeron 
a esta pronunciación, que después de algunas 
centurias, ni la pedagogía, empeñada en hacerlo, 
ha logrado restaurarla. 

A este respecto, las flamantes teorías lingüísti- 
cas, nos dicen que no es cierto que las modifica- 
ciones de pronunciación se deban al capricho o 
al defecto individual, sino que la inconsciencia 
de los fenómenos basta para demostrarnos que 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 23 

una fuerza misteriosa, ignorada de los que ha- 
blan, dirige todas estas evoluciones; que no son 
efecto del acaso los cambios fonéticos que se 
producen en una misma época, independiente e 
inconscientemente, entre millones de individuos; 
que la causa de estos fenómenos es de naturale- 
za fisiológica (el desplazamiento de los sentidos 
musculares, lo llaman los alemanes) y consiste 
en la adaptación continua de las articulaciones 
vocales a las facultades orgánicas. 

Pero no sólo hemos alterado la pronunciación 
de la lengua, sino también el modo de cantarla, 
el aire, que de enfático y sacudido que es en 
boca del peninsular, es suave y dulzón y como 
apocado en nuestros labios. El castellano, altera- 
do fonéticamente en las distintas regiones de Es- 
paña, sufre nuevas alteraciones, de igual géne- 
ro, entre nosotros: alteraciones mexicanas. 

Las costumbres y los usos de la vida ordina- 
ria nos han impulsado a modificar asimismo el 
vocabulario, introduciendo en él, castellanizadas 
la mayor parte de las veces, nombres de utensi- 
lios, de lugares, de cosas, de frutos, de muebles, 
y enriqueciendo así el léxico con palabras que 
entran en el acerbo común, y a las cuales abre 
poco a poco sus herméticas columnas el Diccio- 
nario de la Academia. 

La fonética alterada, el vocabulario enriquecí- 



24 LUIS O. URBINA 

do, ¿y la poesía esclava? No puede ser, y no es, 
efectivamente. 

El siglo XVI, con su ir y venir de cultura ibé- 
rica, con su flujo y reflujo de ambición y piedad, 
envía a Nueva España poetas que llegan con su 
carga de sueños y su bagaje de ilusiones, como 
Gutierre de Cetina, el platero de esa joya inolvi- 
dable, el madrigal a unos ojos claros; como Eu- 
genio de Salazar, el autor de la Epístola a don 
Hernando de Herrera; como Bernardo de Balbue- 
na, de cuya poesía, en la cual influye el ambien- 
te, dice Quintana que es semejante «al país in- 
menso que lo acogió, tan feraz como inculto, y 
donde las espinas se hallan confundidas con las 
flores y los tesoros con la escasez». En el siglo XVII 
y XVIII se va iniciando esta influencia, y al prin- 
cipiar el XIX, un neoclásico, fray Manuel Nava- 
rrete, prorrumpe en anacreónticas meliñcadas ya 
con almíbares de nuestros huertos. Y nos llega 
el romanticismo doliente y escéptico de Espron- 
ceda; y el musical y legendario de Zorrilla; y 
vienen el verso sutil y de rima corriente de Cam- 
poamor, y el germanismo lacrimoso de Bécquer, 
y la teatral sonoridad de Núñez de Arce, y, a 
cada paso, a cada accidente, vamos señalando 
una diferenciación poseída cada vez más, no di- 
versa de la inicial, pero sí más honda y segura. 
Es que se robustece ^1 doininio d§ nuestra indi- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 25 

vidualidad literaria; es que venimos buscando y 
encontrando nuestra expresión característica; es 
que desde hace cuatrocientos años estamos ela- 
borando las formas adaptables a nuestro espíritu 
colectivo y personal; es, por último, que en la 
lengua que hicimos nuestra, como era preciso 
y natural, seguimos paralelamente las alteraciones 
fisiológicas y psicológicas de nuestro ser. 

Y el temperamento, que es la resultante de es- 
tas alteraciones, se impone a la palabra y la plas- 
ma a su guisa, de acuerdo con sus necesidades. 
Mucho ha dejado en nosotros el alma española; 
pero por debajo de esta herencia palpita, con 
energía avasalladora, el sedimento indígena. A 
la alegría sanchuna, al delirio quijotesco, se jun- 
tan dentro de nuestros corazones la tristeza del 
indio, la fuerza selvática del antepasado, la an- 
cestral desconfianza del sometido, la desco> un- 
tada dulzura del aborigen. Y si somos mexica- 
nos para vivir, lo somos para hablar y para so- 
ñar, y para cantar. 

Y estos son los elementos, los materiales, con 
que componemos nuestra obra de arte. Y es de 
notar que si algo nos distingue principalmente 
de la literatura matriz, es lo que sin saberlo y sin 
quererlo, hemos puesto de indígena en nuestro 
verso, en nuestra prosa, en nuestra voz, en nues- 
tra casa, en rju^str^ música; la melancolía, 



26 LUIS o. URBINA 

Mirando los campos de la Mesa Central, de un 
gris dorado y salpicado por los verdes florones 
de púas del agave, y las matas de apretados dis- 
cos de obsediana, de las nopaleras] mirando 
nuestras largas llanuras inflamadas por el cre- 
púsculo de la tarde, y nuestras montañas bo- 
rrando su violeta pálido en el horizonte, senti- 
mos que en nuestro pecho se remueven obscuras 
añoranzas y vagas inquietudes, y, entonces, nos 
sentimos impregnados de la hierática melancolía 
de nuestros padres los colhtcas. Una resurrección 
sentimental se apodera de nuestro carácter de 
novo-hispanos. Y por eso nos inclinamos ince- 
santemente a melancolizar nuestras emociones. 
A todo le echamos y le ponemos un tinte de me- 
lancolía. Y no sólo en las cuerdas líricas, sino 
hasta en nuestros arranques épicos, hasta en 
nuestra gracia risueña, hasta en nuestro fugitivo 
humorismo^ solemos poner una arena de esta me- 
lancolía. Perfumamos regocijos y penas con un 
grano de Copal del sahumerio tolteca. 



Al concluir mis reflexiones pude reducirlas a 
los siguientes conceptos: del fenómeno Conquis- 
ta, al fenómeno Virreynato, a los fenómenos Inde- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 27 

pendencia y Reforma, los movimientos sociales, 
conmoviendo los espíritus, han influido sobre las 
ideas y han alterado, por lo tanto, las formas li- 
terarias. 

Ardua tarea, sin duda, sería la de estudiar es- 
tas alteraciones, siguiendo el cauce de nuestra 
vida social, y observando cómo va delineándose 
nuestra variedad expresiva dentro de la unidad 
inconmovible de la raza y del verbo. Es esta una 
de las fases, de gran trascendencia para lo futuro, 
del hispanoamericanismo, del destino de los 
pueblos, vinculados por herencia, a un brillante 
pretérito, y destinados, a la vez, a un papel de 
primera importancia en los sucesos por venir. 

Y si en conjunto, abarcando totalidades, se ve 
claramente que existe una literatura mexicana, 
a la cual ni cognaciones ni origines impiden 
tener una fisonomía propia, no demasiado mar- 
cada todavía, pero que ya muestra peculiares 
rasgos, en la observación pormenorizada, en el 
análisis particular, en la crítica de los diferentes 
tipos literarios representativos de nuestras épo- 
cas evolutivas, se confirma mejor tal vez esta di- 
ferenciación y se comprueba la tendencia á indi- 
vidualizarnos. 

A este criterio sujetaré mis apreciaciones al 
tratar de reducir en cinco conferencias, un es- 
bozo histórico y crítico de la literatura mexicana. 



28 LUIS o. URBINA 

Séame permitido en esta primera, pasar rápi- 
damente sobre nuestros orígenes literarios, y re- 
correr, a grandes vuelos, los siglos XVI y XVII, 
durante los cuales se fundó la cultura de la nue- 
va civilización. 

• • • 

En la pintoresca vida de la Colonia, la capital 
de Nueva España presenta una variedad y un co- 
lor extraordinariamente sugestivos. Una ciudad 
que emergía de las aguas apacibles de los lagos 
en el centro de un valle amplísimo; una ciudad 
que ofrecía el aspecto de un ramillete que flotase 
en las heces cristalinas de una inmensa copa de 
zafiro; una ciudad cuadriculada simétricamente 
por la línea de vidrio de los canales y cruzada 
por las bandas grises de las calzadas; una ciu- 
dad, donde empezaban a empinarse, al lado 
de las chinampas floridas y de los aztecas pa- 
lacios piramidales, y en torno del teocalli de- 
sierto, las pesadas casas castellanas y andaluzas, 
y los templos cristianos levantados con las pie- 
dras de las ruinas todavía calientes por el incen- 
dio, debió de interesar mucho a los hombres de 
observación y cultura de aquellos tiempos, a los 
que llegaban a la recién nacida Nueva España 
movidos por una fe, por una ambición, por una 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 29 

audacia, por la irrefrenable inclinación de aven- 
tura que sacudió el espíritu español en agitacio- 
nes de truhanes y caballeros, de frailes y solda- 
dos, de licencia y devoción, de miseria y grande- 
za, de burla y epopeya. Todo eso se derramó en 
la tierra de los meschica para fundar una civiliza- 
ción vencedora sobre los escombros de otra ven- 
cida. 

Pero al caer fué modificándose por efecto 
del cambio de ambiente, y con suma lentitud 
transformándose en peculiares manifestaciones, 
en variedades distintivas, como he dicho ya. La 
literatura vino también, no en grupos precisa- 
mente selectos, pero sí numerosos. Latinistas y 
helenistas, filósofos y poetas, congregábanse en 
monasterios y colegios; borlas doctorales de Al- 
calá, Salamanca, Lo vaina y París, esponjábanse 
orgullosamente sobre los obscuros birretes; maes- 
tros de las órdenes religiosas, oidores, notarios, 
físicos y cirujanos, traían entre su matalotaje al- 
gún cartapacio de manuscritos: éste una traduc- 
ción horaciana, aquél un tratado de retórica, el de 
más allá un centón lleno de anotaciones y glosas, 
y el otro una égloga, una epístola, una silva la- 
crimosa, un soneto amatorio. Era — lo repito — una 
trasplantación desordenada al principio, pero 
que poco a poco se metodizaba y hacía sus ofi- 
cios pedagógicos, en las aulas de los colegios, en 



30 LUIS Q. URBINA 

los patios de los conventos, y, a su tiempo, en el 
claustro de la Universidad. 

Los doce misioneros franciscanos que llegaron 
en 1524 a «conquistar y sojuzgar espíritus, como 
los soldados de Cortés habían conquistado tierras 
y avasallado hombres», fueron el cimiento sobre 
el cual se levantó, pesada y sombría, la nueva 
superstición del alma indígena, superstición que 
moderaba los ímpetus y bravuras del conquista- 
do, que disminuía sus ferocidades, que le hacía 
más sumiso y, por lo tanto, más resignado al 
yugo; pero que no variaba, porque era imposible 
variar así, y en tiempo tan breve, la estructura 
mental de la raza, la cual no hizo más que trasla- 
dar la adoración por los ídolos sanguinarios a 
otras imágenes, de actitudes tranquilas y mirada 
serena, que no pedían el sacrificio sino que lo 
aceptaban, y que, en vez de arrancar el corazón 
de los enemigos, ofrecían el suyo, y con él una 
vida mejor, sin hierros de esclavos, sin carga 
abrumadora, sin encomendero y sin conquista- 
dor. Aquellos frailes hicieron una labor piadosa: 
apaciguaron un poco el tumulto espiritual de los 
indios; no extinguieron su rencor, lo adormecie- 
ron solamente, y abrieron, en el nublado rojo que 
los envolvía, el horizonte de una remota esperan- 
za. La conversión al cristianismo era el fin único 
de los misioneros. Cortés se empeñaba en que 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 31 

los primeros en recibir la instrucción fuesen los 
príncipes y señores de las tierras sometidas, para 
poder así afirmar la obra de dominio; pero los 
franciscanos ensanchaban su misión con ardor y 
constancia. En 1536 establecieron, al lado de su 
convento, un gran colegio para los indios, llama- 
do de Santa Cruz de Tlaltelolco. Allí se enseñaba 
lectura, escritura, gramática latina, retórica, filo- 
sofía y música. Eran catedráticos fray Juan Fo- 
cher y fray Juan de Gaona, doctores de la Uni- 
versidad de París; fray Francisco de Bustamante, 
insigne predicador; fray Bernardino de Sahagún, 
penetrante y amable historiador de la vida y 
costumbres autóctonas. De allí salieron los pri- 
meros hombres de letras cultivados en Nueva 
España. Fray Pedro de Gante, un varón noble y 
de admirable virtud, que llevaba en las venas 
sangre del emperador Carlos V, abrió también, 
bajo la sombra del Convento de San Francisco, 
una escuela, a la que acudían hasta mil niños 
indios, a los cuales se enseñaba lectura, escritu- 
ra, latín, música y canto. La instrucción para na- 
turales y criollos se difundía con apremiante ra- 
pidez. Era preciso continuar en lo intelectual y 
moral la obra políticamente terminada de la es- 
pañolización. El rey, el virrey, el Ayuntamiento, 
al mismo tiempo que los misioneros, la empren- 
dieron también. Y el 21 de enero de 1553, trein- 



32 LUIS Q. URBINA 

ta y dos años después de la llegada de Hernán 
Cortés a Tenoxtitlán^ se inauguraba solemnemen- 
te la Universidad de México, en cuyos estatutos 
se la concedían iguales privilegios que a las de 
Alcalá, Salamanca y Lovaina. Doctores insignes, 
venidos de la Metrópoli, como fray Alonso de la 
Veracruz, Rodríguez de Quesada, Pedro de Peña, 
Morones, Arévalo Sedaño, ocuparon las cátedras, 
hasta las cuales elevaron la enseñanza de los 
idiomas mexicano y otomí. 

«La Universidad — dice mi maestro D. Justo 
Sierra — nació en la Colonia; nació con la socie- 
dad engendrada por la conquista, cuando no te- 
nía más elementos que aquellos mismos conquis- 
tadores proporcionaban o toleraban. Se erigió — 
agrega — una gran casa blanca, decorada de am- 
plias rejas de hierro vizcaíno, a orillas de uno de 
esos interminables canales que recorrían en to- 
das direcciones la flamante ciudad, y que pasan- 
do por frente a las casas del Marqués del Valle, 
corría a buscar salida por las acequias que cruza- 
ban, como en los tiempos aztecas, la capital de 
Cortés. Los indígenas, que bogaban en sus luen- 
gas canoas planas, henchidas de verduras y flo- 
res, oían atónitos el murmullo de voces y el bu- 
llaje de aquella enorme jaula, en que magistrados 
y dignidades de la Iglesia regentaban cátedras 
concurridísimas, donde explicaban densos pro- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 33 

blemas teológicos, canónicos, jurídicos y retóri- 
cos, resueltos ya, sin revisión posible de los fa- 
llos, por la autoridad de la Iglesia. Nada quedaba 
que hacer a la Universidad en materia de adqui- 
sición científica, poco en materia de propaganda 
religiosa, de que se encargaban con brillante su- 
ceso las comunidades, todo en materia de educa- 
ción por medio de las selecciones lentas en el 
grupo colonial. Era una escuela verbalizante; el 
psitacismo^ que dice Leibnitz, reinaba en ella. Era 
la palabra, y siempre la palabra latina, por cierto, 
la lanzadera prestigiosa que iba y venía sin ce- 
sar en aquella urdiiribre infinita de conceptos 
dialécticos; en las puertas de la Universidad, po- 
díamos decir de las Universidades de entonces, 
hubiera debido inscribirse Ja exclamación del 
príncipe danés: palabras, palabras, palabras. Pero 
la Universidad mexicana, rodeada de la muralla 
de China por el Consejo de Indias, elevada entre 
las colonias americanas y el exterior, extraña casi 
por completo a la formidable remoción de corrien- 
tes intelectuales, que fué el Renacimiento, igno- 
rante del magno sismo religioso y social que fué 
la Reforma, seguía su vida en el estado en que se 
hallaban un siglo antes las Universidades cuatro- 
centistas. ¿Qué iba a hacer? El tiempo no corría 
para ella; estaba emparedada intelectualmente, 
pero como quería hablar, habló por boca dé sus 

8 



34 LUIS o. URBINA 

alumnos y maestros, verdaderos milagros de me- 
morismo y de conocimiento de la técnica dialec- 
tizante. » 

«Así pasó su primer siglo aquella casa de estu- 
dios en que la Nueva España intelectual cifró su 
orgullo, hasta que aparecieron los terribles riva- 
les, los que, ad majorem Dei gloriam iban a mo- 
nopolizar toda la educación católica.» 

Dentro de ella y alrededor de ella, oyéronse 
cantos líricos que no eran imitaciones precisa- 
mente, sino reproducciones de los que sonaban 
en torno de las aulas de Salamanca y Alcalá, y 
que a pesar de los esfuerzos de Cristóbal de Cas- 
tillejo, llevaban ya, inclarificada pero fragante, la 
miel de Petrarca y la llorona insinceridad de las 
églogas italianas. La capital de Nueva España era 
una pajarera. Con la osadía de los soldados, la 
audacia de los aventui'eros y la virtud de los 
frailes, había llegado también la literatura tras- 
humante. Un cronista, Bernardo de Balbuena, 
añrma que la «facultad poética era como una in- 
fluencia y particular constelación de México, se- 
gún la generalidad con que en su noble juventud 
se ejercita». 

Y el doctor Pedro Morales, insigne jesuíta, na- 
rra una de las incesantes fiestas literarias de 
aquella naciente y alharaquienta sociedad de 
México, en el siglo XVI. Voy a permitirme copiar 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 35 

aquí un pequeño fragmento de la narración. (Se 
trata de la festividad hecha en el año de 1579, 
con motivo de la colocación de las santas reli- 
quias que envió Gregorio XIII.) 

«Se hizo — dice el Padre Morales — un solemne 
paseo de los estudiantes de nuestras Escuelas y 
Colegios, y luego se ofreció con mucho amor y 
liberalidad un padre de un colegial del Colegio 
de San Pedro y San Pablo, a querer tomar este 
asunto y que su hijo fuese el príncipe, y así lo 
sacó el día del paseo, que fué a 2 de octubre pró- 
ximo pasado, vestido todo rigurosamente de seda 
y oro, en un muy hermoso caballo blanco costo- 
sísimamente enjaezado, acompañado de cuatro 
caballos de librea y dos españoles reyes de ar- 
mas, que, con dos cordones de seda, le guiaban 
el caballo; y de esta suerte vino, con mucho 
acompañamiento y música, desde su casa hasta 
el patio de nuestras Escuelas, adonde se junta- 
ron en breve más de doscientos estudiantes, to- 
dos a caballo, con muy ricas libreas de seda y 
oro, en diferentes cuadrillas de españoles, in- 
gleses y turcos. Desde allí salieron todos en or- 
denanza, de dos en dos, por las mismas calles 
que había de ser la procesión de las santas reli- 
quias. En la delantera iba la librea de la ciudad, 
de colorado, con su música de atabales y trom- 
petas; en seguimiento las dichas cuadrillas muy 



36 LUIS o. URBINA 

concertadas y detrás de ellos, delante del prínci- 
pe, iba un rey de armas con un gracioso caballo, 
el cual, armado muy ricamente de punta en blan- 
co llevaba en una lanza dorada y banda de azul, 
el cartel y justa literaria en que se contenían sie- 
te certámenes sobre las santas reliquias. Tenía 
este cartel tres varas en alto y dos en ancho, en 
el cual iban las armas de la ciudad, que son una 
planta de tuna campestre en medio de una lagu- 
na y encima de ella una águila con una culebra 
en el pico. Iba también el cartel puesto en el 
cuerpo del águila, que ella misma lo abrazaba y 
sustentaba con las uñas. Por remate de todo iba 
el príncipe en la forma dicha, acompañado de 
dos colegiales de cada Colegio, hombres gradua- 
dos con sus becas y hábitos de colegiales en sus 
muías honestamente aderezadas, que daban mu- 
cho ser y giavedad a tpdo lo que se hacía. Y con 
este concierto, y en dos trechos algunos clérigos 
y gente principal ciudadana que los guiaban 
y acompañaban, prosiguieron su paseo hasta 
haber pasado la plaza que dicen del Marqués 
y asomar a la Plaza Mayor, adonde los salieron 
a recibir los alcaldes ordinarios y personas del 
regimiento que allí se hallaban y otros muchos 
caballeros, hasta llegar a las casas del Ayunta* 
miento, en las cuales, a una ventana, estaba ya 
puesto un rico dosel donde se fijó el cartel con 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 37 

mucho ruido de alambores y trompetas y rego- 
cijo de todos, que con mucho contento llegaron 
luego a ver y leer los certámenes y premios que 
con liberal mano, como acostumbra, había dado 
el muy ilustre Ayuntamiento.» Y el Padre Mora- 
les añade: «Las composiciones de latín y roman- 
ces a todos los certámenes fueron muchas y 
muy buenas, por ser tales las habilidades de esta 
tierra.» 

Incesantes, como digo, eran en Nueva España 
estas suntuosas fiestas, en las cuales la religión 
se valía de la inclinación poética para exhibirse 
y propagarse en un medio en el que todavía, 
bajo la morena masa de las multitudes, palpita- 
ba, como una entraña herida, una civilización 
agonizante. Todo ello era artificial y vano, y en 
su sonoridad aturdidora no se percibía una voz 
verdadera, una emoción sentida. El ruido retóri- 
co de la España quinientista se prolongaba como 
un eco profundo en las llanuras del valle mexi- 
cano. Por entre las predicaciones y las oraciones, 
por entre los rumores del tumultuoso trabajo de 
los indios, que a toda prisa levantaban las nuevas 
casas y las flamantes iglesias españolas, y labra- 
ban, en los sillares de sus templos, una arquitec- 
tura desconocida para ellos y menos suntuosa 
que la suya; por entre el ruido de las armas 
siempre dispuestas, de las espadas relampa- 



38 LUIS o. URBINA 

gueantes, de los arcabuces donde dormía el rayo, 
se abría paso, de cuando en cuando, el ritmo de 
una lírica que traída de allende el mar, empeza- 
ba a sentirse más libre en el ambiente colonial, 
y a producir obras de artificio, con frecuencia 
más sobrecargadas de retórica que los modelos 
a que se sujetaban. 

De allí Francisco de Terrazas; de allí Salvador 
Cuenca y Bernardo de Balbuena y Antonio Saa- 
vedra Guzmán. La exuberancia de la tierra, la 
novedad del medio, influían lentamente en el 
gusto literario, multiplicaban adornos y licencias, 
y daban a la poesía castellana un leve tinte, un 
suave matiz indígena que era ya una ligera con- 
taminación, una tentativa de acomodación al nue- 
vo ambiente. La sencillez de los primeros poetas 
del Siglo de oro^ halla facilidad y libertad en 
Nueva España para acrecentar dos defectos que 
van a seguir a la poesía mexicana a través de 
toda una época, y más allá de ella todavía: el pro- 
saísmo y la afectación. 

«La lengua escrita — dice un eminente crítico 
nuestro, el señor don Joaquín García Icazbalce- 
ta — siguió los mismos pasos que en España. 
Llana, castiza y grave en los principios, aunque 
no siempre galana, tomó desde temprano un co- 
lor de culteranismo, que trascendió a la conver- 
sación, como atestigua el doctor Cárdenas, al re- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 39 

comendar las razones bien limadas y sacadas de 
punto que usaban los criollos, y que en realidad 
no eran sino frases conceptuosas y rebuscadas. 
En terreno tan bien preparado cayeron las ins- 
trucciones de los jesuítas, que algo de aquello 
traían ya, y que con los cursos de retórica, las 
arengas, los certámenes y el estímulo incesante 
de los ingenios para competir en agudeza más 
bien que en profundidad, exageraron la trascen- 
dencia de los criollos, que se fué por aquel agra- 
dable camino y vino a convertirse en sutileza y 
depravación del buen gusto, no bastante bien 
defendido con el estudio de los clásicos antiguos. 
De ese modo se fué extendiendo el contagio que 
ya empieza a sentirse en algunos versos de Esla- 
. va, y que luego tomó creces, fomentado desde 
España, hasta darnos en el siglo siguiente infini- 
dad de poetas gongorinos, con un historiador 
como el padre Burgoa, y en el XVIII un Cabre- 
ra, acompañado de una nube de versistas ilegi- 
bles y de predicadores gerundianos.» 

Mostrar a ustedes ejemplares de esa literatura 
del siglo XVI colonial, ni vendría a propósito, 
dado lo sintético de este curso, ni yo ahora en- 
contraría, tal vez, documentación suficiente en 
las bibliotecas de Buenos Aires, ni quizá dejaría 
de producir desazón y fastidio en el auditorio. 
Pero como una curiosidad, quiero sacar del moa- 



40 LUIS G. URBINA 

ton de joyas falsas y gemas de vidrio de la poe- 
sía a que me estoy refiriendo, este soneto de 
Francisco de Terrazas, y que ha sido muy cele- 
brado en diversas antologías. (Terrazas nació en 
México y fué hijo primogénito del conquistador 
del mismo nombre, del cual dice Bernal Díaz del 
Castillo haber sido mayordomo de Hernán Cortés 
y persona preeminente): 



Dejad las hebras de oro ensortijado 
que el ánima me tíenen enlazada, 
y volved a la nieve no pisada 
lo blanco de esas rosas, matizado. 

Dejad las perlas y el coral preciado 
de que esa boca está tan adornada, 
y al cielo, de quien sois tan envidiada, 
volved los soles que le habéis robado. 

La gracia y discreción que muestra ha sido 
del jrran saber del celestial maestro, 
volvédselo a la angélica natura; 

y todo aquesto así restituido, 

veréis que lo que os queda es propio vuestro: 

ser áspera, cruel, ingrata y dura. 



Por aquel tiempo, un hombre de letras, des- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 41 

cendiente de la nobleza azteca e historiador in- 
teresante, D. Femando de Alva Pimentel Ixtlil- 
xochil, vertió de la lengua Náhuatl, en rima caste- 
llana, algunos cantares del rey Netzahualcóyotl. 
Este punto me da la ocasión de decir una sola 
palabra, una sola, acerca de la poesía precortesia- 
na. Los indios, que habían observado los astros; 
que habían hecho la división del tiempo; que ha- 
bían construido monumentos de solemne gran- 
deza; que habían modelado a golpes de obsidia- 
na relieves exquisitos, esculturas extraordinaria- 
mente elocuentes de hombres y dioses; que ha- 
bían hecho primores cerámicos en sus vasos de 
arcilla, de pórfido y de jade; que aprovechaban 
las plumas de sus aves, las pieles de sus fieras y 
el oro de sus ríos para las artes suntuarias; que 
empezaban ya, en sus pintorescos códices, a vis- 
lumbrar la escritura fonética, ¿habían alcanzado 
la suprema cultura de la poesía lírica, subjetiva, 
individual, que es la confesión y la revelación de 
una alma frente al espectáculo del Universo? Es 
de ponerse en duda. En primer lugar, no tenemos 
datos absolutamente seguros. En segundo lugar, 
el carácter de esta civilización nos obliga a pen- 
sar en que las formas de su poesía eran más 
bien la del himno religioso y la del cantar épi- 
co. (Las formas colectivas.) Las costumbres gue- 
rreras, las ceremonias litúrgicas, los bailes sa- 



42 LUIS o. URBINA 

grados, la música áspera, combinada con instru- 
mentos de notas huecas y de voces agudas, 
de percusión y de aliento, el teponanaxtle, el ca- 
racol^ sugieren la idea del canto frente al teocalli 
ensangrentado y el dios monstruoso; o del coro 
tremendo del ejército envuelto en una nube de 
flechas. El náhuatl^ entre los idiomas autócto- 
nos, es dulce y melodioso, con sonidos licuados 
como notas de flauta rústica, y, por esencia 
aglutinante, posee ya desinencias y terminacio- 
nes verbales que le dan un poco el aspecto de 
flexional; esto, agregado a sus condiciones pro- 
sódicas, lo capacitan para el ritmo y para la rima. 
Un historiador de nuestra vida precortesiana dice 
que «no conocemos muestras de aquella poesía, 
pues las que andan impresas o en manuscritos 
son obras posteriores a la conquista. Mas sí sa- 
bemos que los reyes tenían sus cantores, acaso 
músicos y poetas a la vez, que les componían 
cantares de las grandezas de sus antepasados, 
de sus victorias y linajes. Había otros que com- 
ponían cantares divinos en alabanza de sus dio- 
ses>>. 

Este pasaje nos añrma la hipótesis de una 
epopeya fragmentaria, primitiva y breve, hecha 
por aquellos juglares rudos en las cortes fastuo- 
sas henchidas de oro labrado, plumas de quetzal 
y collares de conchas y cuentas de colores; y de 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 43 

un ritual poético en honor de los simbólicos mo- 
nolitos de los templos. 

En el caso concreto de Netzahualcóyotl, la 
duda se acrecienta estimulada por el buen senti- 
do. Los cantares de este rey han sido tema de es- 
tudios en los que hay mayor cantidad de fan- 
tasía que de seria investigación. Un hombre 
de su época, de su raza y de su tiempo, induda- 
blemente soñador, porque de sus sueños parece 
que quedan vestigios en sus comarcas de Tex- 
coco, pero cruel, feroz, impregnado hasta la me- 
dula de sus creencias idolátricas, de sus profun- 
das teogonias, no era posible que se imaginase a 
un Dios único, misericordioso y tranquilo. La 
vida misma de este soberano prototipo de valor 
y de arte, se opone a ello. No; ni la canción al 
Dios único, ni los consejos a una doncella que 
va a casarse, ni los demás lirismos atribuidos a 
Netzahualcóyotl, concuerdan con aquella civili- 
zación, con aquel estado social, fundados en un 
concepto de la vida absolutamente diverso del 
que impuso la austera y devota España del si- 
glo XVL Esas canciones traducidas por D. Fer- 
nando de Alva Pimentel Ixtlilxochiltl vuélvense 
en castellano odas acompasadas, unciosas, con 
viejas imágenes que recuerdan las de fray Luis 
de León, y con un sentido de misticismo falso 
que suena a lección áulica de una cátedra de 



44 LUIS o. URBINA 

Retórica como la de Cervantes Salazar. Y el error 
consiste, probablemente, en el afán de los pri- 
meros cronistas, de los pacientes frailes, que a 
todo trance buscaban ocasión para propagar su. 
fe y su doctrina. El espíritu sencillo de estos mi- 
sioneros admirables estaba de continuo vuelto 
hacia la leyenda cristiana; y por eso, en el torpe 
relato que arrancaban de los labios trémulos de 
los indios, creían encontrar semejanzas con los 
episodios de los libros sagrados. Yo he podido 
comprobar, por ejemplo, que en la Crónica de 
Torquemada^ una de las obras de mayor inte- 
rés y sinceridad de aquel/ os sabios insignes, la 
vida de Netzahualcóyotl, contada con una sim- 
plicidad encantadora, es una adaptación de la bí- 
bli^^a vida del rey David, sin que falte a la narra- 
ción del cronista franciscano ni una Betzabé in- 
dia que encienda los apetitos del monarca texcu- 
cano, ni un Urías abnegado que sufra una 
traidora muerte, indigna de su lealtad. Recordan- 
do este pasaje, que tuve la oportunidad de estu- 
diar, deseo aclarar la tendencia a hacer de Net- 
zahualcóyotl otro rey poeta que, como el de los 
Salmos, cante la grandeza de Dios. Hay en es- 
tas supercherías, no tan sólo un yerro explica- 
ble, sino también un fondo de candida buena fe. 
La piedad de estos grandes educadores llevaba 
algunas veces su sabiduría hasta el pérfido lími- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 45 

te del engaño. Es dudosa, pues, la existencia de 
la lírica indígena. No se han encontrado funda- 
mentos sólidos en qué sostenerla. Tal vez alguna 
breve galantería, alguna suave queja erótica, pe- 
queñas como un Uta japonés, se hayan deslizado 
desde aquellas edades magníficas, y de boca en 
boca, la tradición oral, las haya dejado en poder 
de los exuberantes poetas coloniales que los 
transformaron en silvas petrarquistas y odas es- 
ponjadas. 

Pero si en la lírica de los siglos XVI y XVII 
no entra el poeta precortesiano, en cambio, para 
las formas dramáticas sí estaba preparado el in- 
dio, y pudo ayudar como elemento utilizable en 
el desarrollo del teatro. 

El baile de que más gustaban los mexicanos — 
dice Duran — «era el que con aderezos de rosas 
se hacía y se coronaban con ellas. Levantaban 
en el teocalli una casa de rosas, y formaban a 
mano unos árboles llenos de olorosas flores; co- 
locaban en esa casa o enramada a su diosa Xo- 
quiquetz%lli^ y, mientras bailaban, descendían 
unos muchachos vestidos como pájaros, y otros 
como mariposas, muy bien aderezados de ricas 
plumas verdes y azules, rojas y amarillas, y su- 
bíanse por esos árboles y andaban de rama en 
rama fingiendo que chupaban el rocío de aque- 
llas rosas. Luego salían unos danzantes, vestidos 



46 LUIS o. URBINA 

con los trajes de los dioses, y con sus cerbatanas 
simulaban tirar a los pájaros fingidos que anda- 
ban por los árboles. La mujer disfrazada de Xo- 
quiquetzalli salía a recibirlos, y llevándolos a sen- 
tar junto a ella, en la enramada, les daba rosas y 
hojas de tabaco para que fumasen)^. 

Del mismo modo relata Duran que había tam- 
bién otro baile en el cual los danzantes se disfra- 
zaban de viejos corcovados, y añade el cronista 
que no era poco donoso sino de mucha risa. 

Estos y otros bailes ofrecían caracteres panto- 
mímicoSj y fisonomía de embrionarias represen- 
taciones dramáticas. 

No les fué difícil a los sacerdotes cristianos 
implantar, para provecho de su enseñanza, el dra- 
ma religioso, las moralidades, los misterios, los 
autos sacramentales arreglados a la mentalidad 
de los indígenas, que hacían de actores, prime- 
ro en el interior de los templos, luego en los 
atrios y más adelante en calles y plazas, por la 
gran afluencia de espectadores. Esta costumbre 
de las representaciones religiosas, ha subsistido 
hasta los días que corren. Yo alcancé a presen- 
ciarlas, con una curiosidad un poco irónica y 
otro poco tierna, en algunos pueblecillos de los 
alrededores de la capital mexicana. 

Los indios trasladaban sus costumbres. Los 
bailes sagrados volvíanse pasos y escenas de la 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 47 

Pasión cristiana. Sus idiomas, aprendidos por tos 
frailes, eran estudiados con atención, y, aunque 
dificultosamente, eran ""escritos y analizados en 
sus componentes fonéticos y en su estructura 
gramatical. Hacia 1537 y 38 se había establecido 
la imprenta en México. De ella se valieron desde 
luego, como de precioso instrumento, los religio- 
sos educadores. La bibliografía del siglo XVI 
está llena de dos géneros de libros: de los que 
enseñan religión y moral, y de los que examinan 
lenguas indígenas; de Catecismos de doctrina 
cristiana y de vocabularios de náhuatl, tarasco, 
misteca y zapoteca. Y no es raro encontrar libros 
devotos escritos en alguna de estas lenguas. Li- 
bros de entretenimiento y de arte, hubo muy 
pocos al principio. La propaganda de la fe ape- 
nas les dejaba sitio. La poesía profana sona- 
ba, pero no se multiplicaba en papel impreso. 
Tras de ser escuchada en colegios, concursos y 
certámenes, refugiábase en los cajones de los vie- 
jos pupitres, y esperaba impaciente su hora de 
andar de mano en mano, ya que de boca en boca 
había volado por tanto tiempo. 

Pero ya a mediados del siglo XVII eran mu- 
chos y variados los libros de literatura y de his- 
toria. A las guías de aprendizaje religioso; a las 
crónicas interesantísimas de los misioneros — mu- 
cho tiempo después habían de conocerse la eró- 



48 LUIS o. URBINA 

nica de Bernal Díaz del Castillo y las Cartas de 
Don Hernando Cortés; a esas crónicas, en par- 
ticular las de Torquemada y Sahagún, a los trata- 
dos teológicos de fray Alonso de la Veracruz, a los 
diálogos de Cervantes Saleizar, sucedieron obras 
de todo género, y el verso coruscante y la prosa 
amanerada inundaron las imprentas y se exten- 
dieron por todos los ámbitos de la Colonia. Los 
volúmenes que llegaban de la Península y los 
que en México se editaban, y que se referían, 
unos y otros a asuntos de Nueva España, iban 
formando una bibliografía nacional cada vez más 
rica. La Grandeza Mexicana^ de Bernardo Bal- 
buena; El Peregrino Indiano ^ de Saavedra Guz- 
mán, pesado poema, compuesto según el modelo 
de las epopeyas artificiales, y en cuyas octavas 
altisonantes anida el aburrimiento; los coloquios 
de González Eslava, contenían asuntos, alusiones, 
descripciones, tipos o caracteres de la nueva so- 
ciedad, y anunciaban una modalidad indecisa 
todavía, mas con rasgos nuevos, con vocablos 
regionales para nombrar vestimentas, plantas y 
personajes, con modismos recién adquiridos, y, 
sobre todo, con un afán de profusión ornamental 
que intrincaba los conceptismos y culteranismos 
y que producía la sensación de un matorral com- 
pacto por exceso de savia. 

Todo ello acontecía en los grupos de selección 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 49 

que se levantaban sobre los macizos y extensos 
cimientos del analfabetismo indígena, que, aun 
hoy, no se han reducido ni debilitado, y que cons- 
tituyen, desde el punto de vista del futuro nacio- 
nal, un problema como el de Hamlet: el de ser o 
no ser. 

En este laberinto gongórico nacieron y se 
abrieron dos maravillosas flores de arte, que sin 
dejar de sufrir la influencia ineludible del am- 
biente, esparcieron sobre la mediocre aunque 
pródiga producción de su época, la inmortal fra- 
gancia del genio. A dos espíritus selectos me re- 
fiero: a D. Juan Ruiz de Alarcón y a Sor Juana 
Inés de la Cruz. 



El corcovado, a quien motejó Quevedo en una 
conocida letrilla y en un zumbón epigrama, y a 
quien Tirso de Molina estimó digno de escribir 
comedias con él, vivió largos años en la Corte de 
los Felipes. Allí alcanzó fama y honores; allí amó 
y sufrió; allí probó la miel de la gloria amargada 
con el zumo de la envidia. Antes de entregarse a 
sus graves ocupaciones del Consejo de Indias, 
tuvo tiempo para imaginar, planear y versificar 
aquellas impecables obras de teatro que funda- 



50 LUIS G. UR3INA 

ban en España la literatura dramática de tenden- 
cia moralizadora y docente, y daban a Francia ma- 
teriales para que dramaturgos excelsos siguiesen 
su orientación, imitasen sus tipos y hasta copia- 
sen sus argumentos. El Parnaso español lo recla- 
ma, lo llama suyo, y en la historia de las letras 
castellanas lo ha colocado junto a Lope de Vega 
y a Calderón de la Barca. Pero durante la vida de 
este hombre, atormentado por su defecto físico 
que le hacía blanco de burlas y panoplia de epi- 
gramas, durante una vida en lucha abierta con el 
destino y la malignidad, D, Juan Ruiz de Alarcón 
y Mendoza se oyó llamar en los salones de Pala- 
cio, en los corrillos de los poetas cortesanos, en 
el cuarto de los comediantes de los corrales, el 
Indiano, Se le señalaba como a un intruso; se le 
marcaba, con cierto desprecio, su procedencia; se 
le echaba en cara su pecado de origen. 

Era, en efecto, un indiano. Nacido en 1580 o 
1 581, en la capital de Nueva España, según sus 
propias declaraciones, vastago de una familia 
hidalga, de limpio abolengo, había, desde muy 
mozo, y en virtud de la precocidad de su talento, 
entrado en las aulas de la Universidad mexica- 
na, en donde comenzó y casi terminó sus estu- 
dios para el bachillerato en Cánones. Ansioso 
de espacio en que abrir las alas de su ingenio, 
partióse pronto a España; hízose en Salamanca 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 51 

bachiller en Cánones y Leyes; siete años estuvo 
ausente de América, viviendo la existencia des- 
enfadada y pobre del estudiante español, letrado 
ya y poeta por añadidura; y al cabo de ese tiem- 
po, tornóse a sus lares, y en 1609 solicitó de la 
Universidad mexicana el grado de licenciado en 
Leyes, y, obtenido éste, trató luego de adquirii' el 
de doctor de la misma facultad, para lo cual pe- 
día se le hiciese merced de dispensarle de la 
pompa, por ser tan pobre como constaba á su se^ 
noria — es la frase del memorial de Ruiz de Alar- 
cón — . Después, los fríos documentos universita- 
rios, anotan sus esfuerzos por adquirir bienestar 
económico y posición social; dicen que entró en 
oposición áulica para obtener diversas cátedras, 
sin lograr sus propósitos; y en su inquietud por 
alcanzar el triunfo, vuelve Ruiz de Alarcón a em- 
barcarse, rumbo a la Península Ibérica, hacia los 
años de 161 3 o 14. La fortuna comenzó entonces 
a sonreirle. Fué autor famoso, hombre de honores 
y hasta se sospecha que, a pesar de la joroba en 
que, como dentro de una concha se escondía un 
corazón altísimo, al^na célebre comedianta tejió 
con el Indiano una apasionada aventura de amor. 
Pero si allá lo ensordecieron los vítores del triun- 
fo y las murmuraciones de la maledicencia, fué 
Nueva España la que imprimió un suave carác- 
ter a su poesía, la que puso en las almas soña- 



52 LUIS o. URBINA 

das por él una ternura más dulce y melancólica 
que la que expresaban los otros ingenios; una 
cortesanía más blanda, un comedimiento más 
subrayado en sus galanes, y una ingenuidad 
más amorosa en sus damas (i). Rasgos son todos 
del espíritu criollo, de la vida mexicana, del am- 
biente espiritual; rasgos que aún persisten en mi 
país, y que se revelan con clara precisión, como 
tendré ocasión de manifestarlo, a través de toda 
nuestra expresión literaria. El recuerdo de Méxi- 
co no abandonó a Alarcón jamás. Aunque no 
frecuentemente, en sus comedias, en La Cueva 
de Salamanca^ en El Semejante a sí mismo ^ hace 
alusiones o descripciones novohispánicas. Era 
natural; su juventud, su cultura, sus combates 
por la adversidad, debieron de ser inolvidables 
para el Indiano. Fué, en cuanto a su conforma- 
ción psíquica, un hombre de México. España 
pudo cincelar la escultura; el bloque nos perte- 
nece; es de mármol americano. 

Ruiz de Alarcón, sin embargo, por peculiaridad 
individual probablemente, careció de un distinti- 
vo de la época y del medio. Su estilo no es 
exuberante; es, por el contrario, sobrio y neto. 



(1) Recuerdo aquí los conceptos que, acerca de Ruíz de 
Alarcón, expresó en un excelente estudio, Don Pedro 
Henríquez Ureña. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 53 



En cambio, la poesía de Sor Juana Inés de la 
Cruz es el prototipo de la lírica enmarañada, re- 
torcida y pomposa. Es verdad que Sor Juana na- 
ció cuando hacía más de diez años que Alarcón 
había muerto; cuando el desenfreno retórico, el 
abigarramiento, la obscuridad de las imágenes y 
el tormento inquisitorial de los conceptos, se 
extendían por todas las literaturas y hallaban te- 
rreno fértil en Nueva España para sembrar y co- 
sechar la semilla del preciosismo. ¿Cuál no sería la 
fuerza mental y sentimental de Sor Juana, cuando 
por debajo del laberinto verbal, de la intrincada 
ramazón de la frase, del enfático rebuscamiento 
de las antítesis, del forzado sentido de las pará- 
frasis, asoma el poder de un pensamiento muy 
vigoroso, y conmueve el latido de una muy sin- 
cera emoción? 

Juana de Asbaje nació al pie de los volcanes 
del Valle de México, de madre criolla y padre 
vizcaíno, en un pueblo pequeño, de casas de ado- 
be, iglesia humilde, plaza solitaria y árboles pol- 
vosos; alrededor, chozas de indios y campos de 
agave y de maíz, y en el horizonte la visión blan- 
ca del Ixtlaxihuatl y el Popocatepetl, destacándo- 
se entre el azul de piedra preciosa de la montaña 



54 LUIS Q. URBINA 

y el aire azul del cielo. La precocidad de esta 
niña es enfermiza. Si hemos de creerla, porque 
aunque sea contra ella Dios le ha dado la merced 
de un grandísimo amor a la verdad (es frase suya) 
no cumplía aún tres años cuando se sintió arre- 
batada del deseo de leer. Y lo cuenta así: 

«Prosiguiendo en la narración de mi inclina- 
ción (de que os quiero dar entera noticia), digo 
que no había cumplido los tres años de mi edad 
cuando, enviando mi madre a una hermana mía, 
mayor que yo, a que se enseñase a leer, en una 
de las que llaman Amigas^ me llevó a mí tras ella 
el cariño y la travesura; y viendo que le daban 
lección, me encendí yo de manera en el deseo de 
saber leer, que engañando, a mi parecer, a la 
maestra^ la dije que mi madre ordenaba me diese 
lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble; 
pero por complacer al donaire, me la dio. Prose- 
guí yo en ir, y ella prosiguió en enseñarme, ya 
no de burlas, porque la desengañó la experien- 
cia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sa- 
bía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra 
lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir 
el galardón por junto; y yo lo callé, creyendo que 
me azotarían por haberlo hecho sin orden. Aún 
vive la que me enseñó (Dios la guarde) y puede 
testiñcarlo. 

^Acuerdóme que en estos tiempos, siendo mi 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 55 

golosina la que es ordinaria en aquella edad, 
me abstenía de comer queso ^ porque oí decir que 
hacía rudos, y podía conmigo más el deseo de 
saber que el de comer, siendo éste tan poderoso 
en los niños. Teniendo yo después como seis o 
siete años, y sabiendo ya leer y escribir, con to- 
das las otras habilidades de labores y costuras, 
que deprehenden las mujeres, oí decir que había 
Universidad y escuelas en que se estudiaban las 
ciencias, en México; y apenas lo oí, cuando em- 
pecé a matai' a mi madre con instantes e impor- 
tunos ruegos, sobre que, mudándome el traje, me 
enviase a México, en casa de unos deudos que 
tenía, para estudiar y cursar la Universidad; ella 
no lo quiso hacer (y hizo muy bien), pero yo des- 
piqué el deseo en leer muchos libros varios que 
tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni re- 
prensiones a estorbarlo; de manera que cuando 
vine a México se admiraban, no tanto del inge- 
nio, cuanto de la memoria y noticias que tenía, 
en edad que parecía que apenas había tenido 
tiempo para aprehender a hablar.» (Respuesta de 
la poetisa a la muy ilustre Sor Pilotea de la Cruz,) 



56 LUIS O. URBINA 

A los nueve años, esta chicuela marisabida, 
llena de gracia y hermosura, era la admiración 
de la colonia. El virrey Mancera la llamó al Pala- 
cio, y tan cautivados quedai'on de ella los priva- 
dos y familiares de D. Antonio Sebastián de To- 
ledo, el marqués, que, desde aquel punto, la niña 
Juana fué nombrada dama de honor de la virrey- 
na. En aquella corte, un tanto suntuosa y otro 
tanto licenciosa, como solían ser las cortes de 
esas épocas, crecieron el entendimiento y la 
belleza de la muchacha. Los oidores y letrados le 
proponían cuestiones jurídicas y metafísicas; los 
frailes y clérigos de Palacio presentábanle pro- 
blemas teológicos; las mujeres la envidiaban; cor- 
tejábanla los galanes. Era graciosa y portentosa. 
Su fama se esparció tanto que cruzó los mares, y 
a España llegó envuelta en las hipérboles de la 
admiración. Juana de Asbaje no sólo devoraba 
libros, sino que escribía versos. Gongóricos, 
afectados y cargados de mitología son los suyos; 
pero brillantes y sonoros como limpia y áurea 
moneda. Una de las impresiones de ese período 
de su vida parece estar descrita en estos dos so- 
netos, que son algo así como un par de juguetes 
retóricos: 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 57 



SONETO 

Resuelve la cuestión de cuál sea pesar más molesto 
en encontradas correspondencias, yantar o abo- 
rrecer? 

Que no me quiera Fabio al verse amado, 
es dolor sin igual, en mi sentido, 
mas que me quiera Sylvio aborrecido, 
es menor mal, mas no menor enfado. 

¿Qué sufrimiento no estará cansado, 
si siempre le resuenan al oído, 
tras la vana arrogancia de un querido, 
el cansado gemir de un desdeñado? 

Si de Sylvio me cansa el rendimiento, 
a Fabio canso con estar rendida: 
si de éste busco el agradecimiento, 

a mí me busca el otro agradecida: 
por activa y pasiva es mi'tormento, 
pues padezco en querer y en ser querida. 



58 LUIS Q. URBINA 



SONETO 

Prosigue el mismo asunto, y determina que preva- 
lezca la razón contra el gusto, 

Al que ingrato me deja, busco amante; 
al que amante me sigue, dejo ingrata; 
constante adoro a quien mi amor maltrata; 
maltrato a quien mi amor busca constante. 

Al que trato de amor, hallo diamante; 
y soy diamante, al que de amor me trata; 
triunfante quiero ver al que me mata 
y mato a quien me quiere ver triunfante. 

Si a éste pago, padece mi deseo; 
si ruego a aquél, mi pundonor enojo: 
de entrambos modos infeliz me veo. 

Pero yo, por mejor partido escojo, 

de quien no quiero, ser violento empleo, 

que de quien no me quiere, vil despojo. 



Y cuando a poco andar, la dama de la virrey- 
na, que asistía a fiestas y saraos, y paseaba su 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 59 

gallardía y elegancia por entre la seda de los tra- 
jes acuchillados, los ampulosos tontillos, las en- 
carrujadas y blancas golas, los severos jubones 
de terciopelo y seda, los ferreruelos adornados de 
abalorio, el ante gris de los guantes modelando 
la mano puesta sobre el puño obscuro de la es- 
pada, o reteniendo sobre el pecho el sombrero 
de larga pluma; cuando, en los salones, bajo la 
luz de candelabros y arañas, o en los aposentos 
de la Marquesa, en el momento de la charla corte- 
sana, o en el silencio de la capilla, a la hora de 
la meditación y la oración, Juana de Asbaje em- 
pezó a sentir la inquietud primera de la ilusión 
amorosa, y a hundir su espíritu virginal en la 
vaguedad apasionada del ensueño, la versiñca- 
dora artificiosa puso en el arabesco retórico, en 
el ornato verbal, un aliento de verdad, de sinceri- 
dad emotiva que encendió y vitalizó, con llamas 
de pasión, el culteranismo. El sentimiento se 
abría vereda en aquel bosque estudiadamente in- 
trincado. El aire de un hondo suspiro rompía la 
frágil floresta de cristal. La mujer enamorada se 
imponía sobre la versificadora ingeniosa y sobre 
la celebrada erudita. La habilidad para rimar se 
puso al servicio de un amor misterioso y sin es- 
peranza. Mostraré algunos ejemplos: 



60 LUIS G. URBINA 



REDONDILLAS 

En que describe racionalmente los efectos irracio- 
nales del amor. 



Este amoroso tormento, 
que en mi corazón se ve, 
sé que lo siento, y no sé 
la causa por qué lo siento. 

Siento una grave agonía 
por lograr un devaneo, 
que empieza como deseo, 
y para en melancolía. 

Y cuando con más terneza 
mi infeliz estado lloro, 
sé que estoy triste, e ignoro 
la causa de mi tristeza. 

Siento un anhelo tirano, 
por la ocasión a que aspiro, 
y cuando cerca la miro, 
yo misma aparto la mano. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 61 

Porque si acaso se ofrece, 
después de tanto desvelo, 
la desazona el recelo, 
o el susto la desvanece. 

Y si alguna vez sin susto, 
consigo tal posesión, 
que cualquier leve ocasión 
me malogra todo el gusto, 

siento mal del mismo bien 
con receloso temor, 
y me obliga el mismo amor 
tal vez a mostrar desdén. 

Cualquier leve ocasión labra 
en mi pecho de manera 
que el que imposibles venciera 
se irrita de una palabra. 

Con poca causa ofendida 
suelo, en mitad de mi amor, 
negar un^leve^favor 
a quien le diera lá vida. 

Ya sufrida, ya irritada 
con contrarias penas lucho, 
que por él, sufriré mucho, 
y con él, sufriré nada. 



62 LUIS o. URBINA 

No sé en qué lógica cabe 
el que tal cuestión se pruebe, 
que por él, lo grave es leve, 
y con él, lo leve es grave. 

Sin bastantes fundamentos 
forman mis tristes cuidados, 
de conceptos engañados, 
un monte de sentimientos. 

Y en aquel fiero conjunto 
hallo, cuando se derriba, 
que aquella máquina altiva 
sólo estribaba en un punto. 

Tal vez el dolor me engaña, 
y presumo sin razón, 
que no habrá satisfacción 
que pueda templar mi saña. 

Y cuando a averiguar llego 
el agravio porque riño, 

es como espanto de niño, 
que para en burlas y juego. 

Y aunque el 'desengaño toco, 
con la misma pena lucho, 
de ver que padezco mucho, 
padeciendo por tan poco. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 63 

A vengarse se abalanza 
tal vez el alma ofendida, 
y después arrepentida 
tomo de mí otra venganza. 

Y si al desdén satisfago, 
es con tan ambiguo error, 
que yo pienso que es rigor, 
y se remata en halago. 

Hasta el labio desatento 
suele, equívoco tal vez, 
por usar de la altivez 
encontrar el rendimiento. 

Cuando por soñada culpa 
con más enojo me incito, 
yo le acrimino el delito, 
y le busco la disculpa. 

No huyo el mal ni busco el bien; 
porque en mi confuso error, 
ni me asegura el amor, 
ni me despecha el desdén. 

En mi ciego devaneo, 
bien hallada con mi engaño, 
solicito el desengaño, 
y no encontrarlo deseo^ 



64 LUIS Q. URBINA 

Si alguno mis quejas oye, 
más a decirlas me obliga 
porque me las contradiga, 
que no porque las apoye. 

Porque si con la pasión 
algo contra mi amor digo, 
es mi mayor enemigo 
quien me concede razón. 

Y si acaso en mi provecho 
hallo la razón propicia, 
me embaraza la justicia, 
y ando cediendo el derecho. 

Nunca hallo gusto cumplido; 
porque entre alivio y dolor, 
hallo culpa en el amor, 
y disculpa en el olvido. 

Esto de mi pena dura 
es algo del dolor fiero, 
y mucho más no refiero, 
porque pasa de locura. 

Si acaso me contradigo 
en este confuso error, 
aquel que tuviere amor 
entenderá lo que digo. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 65 



SONETO 

Qtu contiene una fantasía contenta con amor 
decente. 

Detente, sombra de mi bien esquivo, 
imagen del hechizo que más quiero, 
bella ilusión por quien alegre muero, 
dulce ficción por quien penosa vivo. 

Si al imán de tus gracias atractivo 
sirve mi pecho de obediente acero, 
¿para qué me enamoras lisonjero, 
si has de burlarme luego fugitivo? 

Mas blasonar no puedes satisfecho 

de que triunfa de mi tu tiranía; 

que aunque dejas burlado el lazo estrecho, 

que tu forma fantástica cefíía, 
poco importa burlar brazos y pecho 
si te labra prisión mi fantasía. 



66 LUIS o. URBINA 



SONETO 

En que satisface un recelo con la retórica 
del canto. 

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba, 
como en tu rostro y tus acciones vía 
que con palabras no te persuadía, 
que el corazón me vieses deseaba. 

Y amor, que mis intentos ayudaba, 
venció lo que imposible parecía; 
pues entre el llanto que el dolor vertía 
el corazón deshecho destilaba. 

Baste ya de rigores, mi bien, baste, 
no te atormenten más celos tiranos, 
ni el vil recelo tu quietud contraste 

con sombras necias, con indicios vanos; 
pues ya en líquido humor viste y tocaste 
mi corazón deshecho entre tus manos. 



LA VIDA UTERARIA DE MÉXICO 67 



ROMANCE 

Con que en sentidos afectos preiude al dolor 
"de una ausencia. 

Ya que para despedirme, 
dulce, idolatrado dueflo, 
ni me da licencia el llanto, 
ni me da lugar el tiempo, 

habiente los tristes rasgos, 
entre lastimosos ecos, 
de mi triste pluma, nunca 
con más justa causa negros. 

Y aun ésta te hablará torpe 
con las lágrimas que vierto; 
porque va borrando el agua 
lo que va dictando el fuego. 

Hablar me impiden mis ojos, 
y es que se anticipan ellos, 
viendo lo que he de decirte, 
a decírtelo primero. 

Oye la elocuencia muda 

que hay en mi dolor, sirviendo 



68 LUIS o. URBINA 

los suspiros, de palabras, 
las lágrimas, de conceptos. 

Mira la fiera borrasca 
que pasa en el mar del pecho, 
donde zozobran turbados 
mis confusos pensamientos. 

Mira, cómo ya el vivir 
me sirve de afán grosero, 
que se avergüenza la vida 
de durarme tanto tiempo. 

Mira la muerte que esquiva 
huye, porque la deseo; 
que aun lá muerte, si es buscada, 
se quiere subir de precio. 

Mira cómo el cuerpo amante, 
rendido a tanto tormento, 
siendo en lo demás cadáver, 
sólo en el sentir es cuerpo. 

Mira cómo el alma misma 
aún teme, en su ser exento, 
que quiera el dolor violar 
la inmunidad de lo eterno. 

En lágrimas y suspiros, 
alma y corazón a un tiempo, 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 69 

aquél se convierte en agua, 
y ésta se resuelve en viento. 

Ya no me sirve de vida 
esta vida que poseo, 
sino de condición sola 
necesaria disentimiento. 

Mas ¿por qué gasto razones, 
en contar mi pena, y dejo 
de decir lo que es preciso, 
por decir lo que estás viendo? 

En fin, te vas: ¡ay de mí! 
dudosamente lo pienso; 
pues si es verdad, no estoy viva, 
y si viva, no lo creo. 

¿Posible es que ha de haber día 
tan infausto, tan funesto, 
en que sin ver yo las tuyas 
esparza sus luces Febo? 

¿Posible es que ha de llegar 
el rigor a tan severo, 
que no ha de darle tu vista 
a mis pesares aliento? 

¿Que no he de ver tu semblante? 
¿Que no he de escuchar tus ecos? 



70 LUIS o. URBINA 

¿Que no he de gozar tus brazos? 
¿Ni me ha de animar tu aliento? 

I Ay mi bien! |Ay prenda mía! 
I Dulce fin de mis deseos! 
¿Por qué me llevas el alma, 
dejándome el sentimiento? 

Mira que es contradicción 
que no cabe en un sujeto, 
tanta muerte en una vida, 
tanto dolor en un muerto. 

Mas ya que es preciso (¡ay triste!) 
en este infeliz suceso, 
ni vivir con la esperanza, 
ni morir con el tormento, 

dame algún consuelo tú 
en el dolor que padezco, 
y quien en el suyo muere, 
viva, siquiera, en tu pecho. 

No te olvides que te adoro, 
y sírvante de recuerdo 
las finezas que me debes, 
si no las prendas que tengo. 

Acuérdate que mi amor 
haciendo gala del riesgo, 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 71 

sólo por atrepellarlo, 
se alegraba de tenerlo. 

Y si mi amor no es bastante, 
el tuyo mismo te acuerdo, 
que no es poco empeflo haber 
empezado ya en empeflo. 

Acuérdate, señor mío, 
de tus nobles juramentos, 
y lo que juró tu boca 
no lo desmientan tus hechos. 

Y perdona, si en temer 

mi agravio, mi bien, te ofendo; 
que no es dolor, el dolor 
que se contiene en lo atento. 

Y adiós, que con el ahogo 
que me embarga los alientos, 
ni sé ya lo que te digo, 

ni lo que te escribo leo. 



Y aquel amor, cuyo secreto nadie ha profana- 
do, la llevó, por un breve camino de tristezas, 
desde el desencanto hasta el convento. La poe- 
tisa se metió monja; no cumplía aún diez y seis 



72 LUIS O. URBINA 

años cuando tomó resolución tan firme. En 1667 
ingresó al convento de Santa Teresa, y, por ha- 
berse enfermado a causa de la severidad de la 
orden, pasó en 1669 al convento de San Jeróni- 
mo, en donde murió el año de 1695, cuidando 
monjas enfermas de una epidemia, de la que 
también ella fué atacada. 

Como era de uso, la dama de la virreyna cam- 
bió de nombre en el claustro. Se llamó Sor Jua- 
na Inés de la Cruz; sus panegiristas le dieron otro 
nombre: La Décima Musa, Mas ella no cambió 
de inclinaciones intelectuales, de curiosidad men- 
tal; se hizo quizá más afable; se volvió más tris- 
te; pero acaso con mayor ahinco se dedicó al es- 
tudio. Su manía de investigar, de observar, de 
encontrar, hasta en lo más nimio, objeto para el 
análisis, no la abandonó jamás. Y cuenta que 
para ello hubo de vencer muchas resistencias; 
las de la época, las de la religión, las de la socie- 
dad, las de la malevolencia. En el claustro Jeró- 
nimo, dentro de su biblioteca de cuatro mil vo- 
lúmenes, quizá la primera biblioteca particular 
de esa importancia en la América del siglo XVII, 
y junto a sus instrumentos científicos, Sor Juana 
siguió escribiendo sobre asuntos de filosofía, de 
teología, de matemáticas, de música, y también 
de literatura. A esta época pertenecen tal vez los 
siguientes sonetos: 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 73 



SONETO 

En que la moral cetisura a una rosa, y en ella a 
sus semejantes, 

Rosa divina que en gentil cultura 
eres con tu fragante sutileza 
magisterio purpureo en la belleza, 
enseñanza nevada a la hermosura. 

Amago de la humana arquitectura, 
ejemplo de la vana gentileza, 
en cuyo ser unió Naturaleza 
la cuna alegre y triste sepultura. 

¡Cuan altiva en tu pompa, presumida, 
soberbia, el riesgo de morir desdeñas; 
y luego, desmayada y encogida, 

de tu caduco ser das mustias señas! 
iCon que con docta muerte y necia vida, 
viviendo engañas, y muriendo enseñas! 



74 LUIS Q. URBINA 



SONETO 

Procura desmentir los elogios que a un retrato de 
la poetisa inscribió la verdad^ que llama pasión. 

Este que ves, engaño colorido, 
que del Arte ostentando los primores, 
con falsos silogismos de colores 
es cauteloso engaño del sentido: 

^ste, en quien la lisonja ha pretendido 
excusar de los años los horrores, 
y, venciendo del tiempo los rigores, 
triunfar de la vejez y del olvido: 

es un vano artificio del cuidado; 

es una flor al viento delicada; 

es un resguardo inútil para el Hado; 

es una necia diligencia errada; 

es un afán caduco, y bien mirado, 

es cadáver, es polvo, es sombra, es nada. 



Siguió, pues, haciendo versos, muchos versos; 
versos de ocasión, inflados y prosaicos; versos fa- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 75 

miliares, de donaire casero y forzada simplicidad; 
versos religiosos, llenos de unción algunos, de 
suave piedad otros; letrillas, jaculatorias, villan- 
cicos; y en estos juguetes devotos o íntimos, don- 
de Sor Juana puso adorable ingenuidad, puede 
el artista estudiar los primeros síntomas folklo- 
ristas de mi país: frases regionales, modismos 
coloniales y hasta imitaciones de la torpeza de 
los grupos indígenas no educados y que habla- 
ban un castellano salpicado de aztequismos. 
Donde Sor Juana desplegaba todo el vuelo de su 
fantasía, era en las alegorías, en los símbolos y 
emblemas. Allí están sus Loas, en las cuales dia- 
logan céfiros y ninfas, amazonas y diosas; allí 
está el Neptuno Alegórico , que es el estudio, abun- 
dante de razonamientos esotéricos, de un arco 
triunfal; allí, su auto sacramental El Divino Nar- 
ciso, en que personificados hablan La Naturale- 
za Humana, la Gracia, la Gentilidad, la Sinago- 
ga., la Soberbia, el Eco, el Amor propio, las ideas 
más disimiles y encontradas, que aun dentro de 
la extravagancia de la época, forman una unidad 
poética muy interesante. Además, no contenta 
con escribir diálogos en las Loas, los escribió en 
las comedias que compuso, y que fueron dos: 
Amor es más laberinto y Los empeños de una casa. 
Era el suyo un cerebro incansable; una facundia 
sin agotamiento posible. Tenía una perpetua an- 



76 LUIS o. URBINA 

siedad de saber y de comprender. Esta intranqui- 
lidad espiritual le fué reprochada severamente 
por sus directores espirituales. El Obispo de Pue- 
bla, bajo el nombre de Sor Pilotea de la Cruz, le 
dirigió una carta aplaudiendo a Sor Juana, pero 
aconsejándole que abandonara las letras y los 
estudios. La contestación que dio la Décima Musa 
al Obispo disfrazado de monja, es una vehemente 
defensa de la mujer que se dedica a cultivar su 
entendiminto. Es esa carta, puede decirse con 
el lenguaje moderno, un trabajo sobre el femi- 
nismo, 

Y es en esta defensa donde hace la monja rela- 
ción de sus esfuerzos por acrecentar el caudal de 
sus conocimientos. Con unas cuantas frases 
pinta la angustia de su labor en la soledad. «El 
no haber aprovechado los estudios — dice con 
apasionada modestia — ha sido ineptitud mía y 
debilidad de mi entendimiento, no culpa de la 
variedad; lo que sí pudiera ser descargo mío, es 
el sumo trabajo, no sólo en carecer de maestros, 
sino de condiscípulos, con quienes conferir y 
ejercitar lo estudiado, teniendo- sólo por maestro 
un libro mudo y por condiscípulo un tintero in- 
sensible». Las confesiones que hace para discul- 
parse ante el Obispo, del amor a los libros pro- 
fanos, son ingenuas y reveladoras. Indican quizá , 
un estado patológico de sus facultades int^lec- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 77 

tuales. Dice, por ejemplo: «Una vez lo consiguie- 
ron con una Prelada muy santa y muy candida, 
que creyó que el estudio era cosa de Inquisición, 
y me mandó que no estudiase: yo la obedecí 
(unos tres meses que duró el poder ella mandar) 
en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no 
estudiar absolutamente, como no cae debajo de 
mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque 
no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las 
cosas que Dios creó, sirviéndome ellas de letras 
y de libro toda esta máquina universal. Nada 
veía sin reflejo, nada oía sin consideración, aun 
en las cosas más menudas y materiales, porque 
como no hay criatura, por baja que sea, en que 
no se conozca el me fecit Deus no hay alguna 
que no pasme el entendimiento si se considera 
como se debe. Así yo (vuelvo á decir) las miraba 
y admiraba a todas; de tal manera, que de las mis- 
mas personas con quienes hablaba y de lo que 
me decían, me estaban resaltando mil considera- 
ciones; ¿de dónde emanaría aquella variedad de 
genios e ingenios, siendo todos de una especie? 
¿Cuáles serían los temperamentos y ocultas cuali- 
dades que lo ocasionaban?» Y agrega que en las 
cosas más pueriles encuentra motivo de cavila- 
ción; en los paseos que da por una habitación; en 
.el movimiento que hace un trompo con el que 
juegan los niños; en la figura que trazan unos al- 



78 LUIS Q. URBINA 

fileres. Su imaginación no tiene límite ni alcanza 
reposo. Y este curioso afán experimental lo lleva a 
los versos también; hace combinaciones métricas, 
alteraciones prosódicas de mucho atrevimiento. 
Pero como su oído es de una afinación perfecta, 
casi siempre encuentra la música del ritmo. El 
constante ejercicio le dio el dominio de la forma 
y la serena pujanza de la idea. Su madurez es 
filosófica y tierna al mismo tiempo. Ya no ex- 
presa la sensibilidad arrobada de la juventud 
plena de amor y ensueño; pero aún quedan en 
su corazón tibios vestigios de la hoguera extin- 
guida. Una sonrisa de bondad orea los últimos 
años de esta vida de reposo aparente y de es- 
condida lucha interna. El último dolor de Sor 
Juana fué, sin duda, la forzada separación de 
sus libros. 

El panegirista de La Décima Musa^ el jesuíta 
D. Diego Calleja, cuenta así el episodio: «La 
amargura más grande que, sin estremecer el 
semblante, pasó la Madre Juana fué deshacerse 
de sus amados libros, como el que, en amane- 
ciendo el día claro, apaga la luz artificial por in- 
útil; dejó algunos para el uso de sus hermanas, 
y remitió copiosa cantidad al señor Arzobispo de 
México, para que, vendidos, hiciese limosnas a 
los pobres, y aún más, para que, estudiados, 
aprovecharen a su entendimiento con este uso. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 79 

E^ta buena fortuna corrieron también los instru- 
mentos músicos y matemáticos, que los tenía 
muchos, preciosos y exquisitos. Las preseas, bu- 
jerías y demás bienes que, aun de muy lejos, le 
presentaban ilustres personajes, aficionados a su 
famoso nombre, todo lo redujo a dinero, con que, 
socorriendo a muchos pobres, compró paciencia 
para ellos y cielo para sí: no dejó en su celda 
más que dos o tres obritas de devoción y muchos 
cilicios y disciplinas». 

Sor Juana mereció de los hombres de cultura 
de su tiempo fervorosas alabanzas. Don Carlos 
de Sigüenza y Góngora, un sabio novohispano, 
clarísimo talento, poeta y prosista, dijo la ora- 
ción fúnebre, en las solemnes exequias que, en 
honra de la famosa Sor Juana Inés de la Cruz^ 
hizo la capital de Nueva España. 

Las obras impresas de La Décima Musa corren 
en ediciones diversas, antiguas y modernas, y to- 
das contienen errores y alteraciones. Urge hacer, 
por lo mismo, una edición definitiva y un estudio 
completo de esta mujer admirable. 

Ella, como digo, y D. Juan Ruiz de Alarcón 
son las dos figuras literarias de mayor relieve 
que produjo México durante los siglos XVI 
y XVIL 

Cronistas, educadores, doctores, frailes, rábu- 
los, aventureros y poetas, hombres de santidad. 



80 LUIS Q. URBINA 

hombres de ciencia y arte y hombres de audacia, 
emprendieron en Nueva España la obra de tras- 
plantación civilizadora. Los siglos XVI y XVII, 
en cuanto a las letras, no son sino una prolon- 
gación de las voces de España. 

El medio, altera ligeramente, pero no deñne to- 
davía un nuevo tipo literario. 



II 



Nueva España en el siglo XVin.— Cultera- 
nos y conceptistas. — La aparición del neo- 
clasicismo. — El principio del siglo XIX. — 
Fray Manuel Navarr etc.— Sartorio y Ochoa. 
Las Gazetas. — La guerra de independencia 
y la literatura. — El «Pensador mexicano». 



Esta segunda parte es el resumen de un libro 
que escribí hace algún tiempo en mi país, y pu- 
bliqué hace pocos meses en España. En él estu- 
dié precisamente el período comprendido entre el 
último siglo del virreynato, es decir, el XVIII, y 
los veinte primeros años del XIX, durante los 
cuales México preparó y llevó a término su lucha 
por la emancipación nacional. Este período no es 
precisamente interesante desde el punto de vista 

6 



82 LUIS O. URBINA 

estético; pero me parece que lo es, y mucho, des- 
de el histórico, porque en él se define, en virtud 
de nuevos elementos que entran a componer 
nuestra expresión artística, la fisonomía literaria 
de una época y dé un pueblo. 

Ruido retórico, maraña lírica, hinchazón y pro- 
saísmo: he aquí la herencia que recoge el si- 
glo XVIII en Nueva España, y con esa herencia 
llena media centuria. Las formas literarias del si- 
glo XVII se resistían a desaparecer, y hallaban 
arraigo y vida no ya sólo en los métodos de ense- 
ñanza y cultura, sino también en nuestro modo de 
vivir colonial, en nuestras costumbres viejas y 
persistentes, que nos daban el aspecto de una 
España arcaica, todavía al principiar el siglo XIX. 

Los conceptistas y culteranos españoles nos ha- 
bían atiborrado de oropelescas y caprichosas jo- 
yas de mal gusto. 

Y en México se cantaba y se vivía a la anti- 
gua. En America, en general, estábamos por aquel 
tiempo retrasados en modas y en literatura. Tar- 
díamente nos llegaban ambas cosas de la Colo- 
nia. La poesía novohispana era una banda innu- 
merable de liras gongóricas para entonar cantos 
de artificio y divertimiento, verdaderos juegos de 
palabras, sonetos ecoicos, octavas de doble rima, 
estrofas compuestas a manera de centones, con 
versos sueltos del lírico cordobés, arreglados y 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 83 

combinados como las piedras en un mosaico, 
para producir la sombra de un obscuro sentido. 
Como rocío inesperado en los ardores de un 
jardín veraniego, cayó, al mediar el siglo XVIII, 
en la literatura mexicana, el preceptismo amane- 
rado y gélido, pero sensato y circunspecto, de los 
doctrinarios neoclásicos. Poco a poco empezó a 
paladear Nueva España el gusto francés. La poé- 
tica fría y atildada del buen señor don Ignacio de 
Luzán Claramunt Güelves y Gurrea, pasaba de 
mano en mano entre la juventud literaria de Mé- 
xico. Y la miel empalagosa de Meléndez Valdés 
comenzaba a filtrarse entre los platerescos orna- 
tos del culteranismo, Y don Leandro Fernández 
de Moratín iniciaba su influencia en la compos- 
tura, armonía y proporción del verso y de la pro- 
sa. Las enciclopédicas enseñanzas del fraile bene- 
dictino don Benito Jerónimo Feijóo, que en su 
Teatro critico y en sus Cartas eruditas discutísLCon 
espíritu libre verdades positivas, en aquel tiempo 
de «paralización científica» en España; las sátiras 
agudas y donosas del Padre Isla en su Fray Ge- 
rundio de Campazas^ modelo de estilo claro y fá- 
cil y de burla elegante; las censuras risueñas y 
hondas de don José de Cadalso en sus Eruditos 
a la violeta — los tres, hablistas diáfanos — fueron 
lentamente deslizándose en Nueva España, sin 
que pueda afirmarse que por eso perdió nuestra 



84 LUIS G. URBINA 

literatura su viejo carácter encrespado, campanu- 
do y pomposo. 

Como acabo de decir, el movimiento evoluti- 
vo de las letras se había retardado en la América 
española, y todo ello sucedía, e imperaban toda- 
vía, como en dominio conquistado, Meléndez 
Valdés, fray Diego González, y un poco los Mo- 
ratín, cuando ya en España anunciaban con sus 
clarines de oro un alba nueva, el arrebatado y 
radiante D. Manuel José Quintana y el vehemen- 
te y enardecido D. Nicasio Alvarez de Cienfue- 
gos, ambos transformadores violentos de los mol- 
des poéticos, en los que insuflaron soplos cálidos 
de Revolución francesa. 

Los jesuítas, entre tanto, continuaban su obra 
de educación, la cual marcó huellas profundas 
en el alma de los colonos españoles, en los crio- 
llos y en los mestizos que pasaron por las aulas 
universitarias mexicanas, donde la metafísica su- 
mergía el pensamiento en profundidades de pe- 
numbra azul y la dialéctica era como una mura- 
lla de razonadas sutilezas. La filosofía escolástica 
reinaba en toda su magnificencia. Aristóteles y 
Santo Tomás dividíanse el señorío espiritual- 
Platón andaba errante fuera de las aulas, en la 
mente de algunos pensadores idealistas. 

Durante medio siglo XVIII, los jesuítas, con- 
sumados latinistas y teólogos, influyeron podero- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 85 

sámente en las orientaciones mentales de Nueva 
España, disciplinaron y formaron hombres de la 
talla del historiador D. Francisco Clavijero, de 
D. Andrés Cavo, el autor de Los tres siglos de 
México] de D. José Diego Abad, el poeta de la 
celebrada obra latina Heroica de Deo Carmino; 
de D. Francisco Javier Alegre, autor latino tam- 
bién y traductor de los clásicos. 

La Compañía de Jesús fué desterrada, pero 
quedaron sus herencias intelectuales. Quizá una 
buena parte de ellas tocó al doctor D. Juan Benito 
Díaz de Gamarra, profesor de filosofía moderna en 
México, primer expositor allí de Descartes, Locke 
y Gassendi; y alcanzó al célebre presbítero don 
José Antonio Álzate, cuyas Gazetas de literatura 
sirvieron tanto como propagadoras de cultura li- 
teraria y científica. 

Los poetas del siglo XVIII pasaron al XIX su 
bagaje de versos, y no hicieron otra cosa sino 
prolongar la ensordecedora garrulería y el rima- 
do prosaísmo de cepa genuinamente española. 



• • • 

Entre aquella vocería lírica, entrando apenas el 
siglo nuevo, oyóse de pronto una voz dulce y 
amable, una voz casi femenina, que entonaba 



86 LUIS o. URBINA 

suaves endechas amorosas. Las entonaba con 
una afabilidad y una cordialidad inusitadas, con 
un perceptible trémolo de sollozo y un ligero hu- 
medecimiento de lágrimas que llegaban al cora- 
zón. Era como si entre la algarabía de las aves 
de corral se escuchase, a intervalos, el zurear de 
una paloma en celo. Odas de forma anacreóntica, 
como entonces se las llamaba, odas lindas y pul- 
cras, que, aun imitando las del cantor de Rosana 
en ios fuegos^ tenían un acento muy personal de 
candor y pureza: 



''Por la margen de un río 
que mansamente corre, 
la zagala Clorila 
cortando estaba flores. 

Una le pido, y ella 
tan inocente, entonces, 
a escoger, de las que echa 
en sus faldas, me pone. 

Su confianza respeto, 
mas entre tanto dióme 
palabra de ser mía 
en lícitos amores. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 87 

Pasó el Verano: vino 
el Otoño, y conformes 
fueron siempre los frutos 
a sus honestas flores. 

Aprended, zagalejas, 
y vosotros, pastores, 
a disfrutar placeres 
que no son los de Dione.* 



De estas dulzuras eróticas pasaba la voz a sus- 
pirar nostalgias de perdida felicidad, de bien leja- 
no, de vaporoso ensueño desvanecido: 



•Mortal hipocondría, 

que siento como daños 

de mis molestos infelices años, 

enferma de mi musa la alegría. 

Ya no, como solía, 

canta de los pastores 

inocentes amores: 

ya no canta las simples zagalejas 

coronadas de flores 

tras de blancas ovejas. 

Ya no canta ¡ay de mí! la Doris bella 

ni la Clori serrana; 



88 LUIS O. URBINA 

ésta grata, y aquélla 

tan cruel como hermosísima tirana. 

Ya le influye otra estrella, 

otra estrella de aspecto rigoroso. 

Y mudada la alegre perspectiva 

del tiempo venturoso, 

los males llora de mi suerte esquiva. 

|Ay musa! ¡Desgraciada musa mía! 

Tras del alegre canto 

vaya tu triste llanto, 

al modo que la noche sigue al día.* 



¿Quién era ese poeta, que con la miel bucólica 
de los tiempos de Boscán, clarificada momentos 
después por el lusitano Montemor y por Gil Polo, 
edulcoraba la fruta, insípida antes y de áurea cor- 
teza, de la poesía colonial? ¿Qué aliento virgilia- 
no, venido del mismo seno de la Naturaleza, no 
del obscuro rincón del aula, con fragancia de 
campiñas en flor, y no con olores de manoseados 
escolios, oreaba los vetustos arabescos de las rui- 
nas escolásticas? 

El Diario de México^ en 1806, al calce de los 
Ratos Tristes puso la siguiente nota: «El autor 
de estos Ratos Tristes es el mismo de Las Flo- 
res de Gorila. Se nos ha remitido una carta en 
que se dice ser natural de la villa de Zamora. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 89 

Otros dicen que es de Celaya y nosotros hemos 
dicho que es de Querétaro. Siete ciudades de la 
Grecia se atribuían el nacimiento de Homero. Sea 
de esto lo que fuere, poco nos importa. Sus pro- 
ducciones son muy bellas y consei*vamos varias 
de las mejores, que se irán insertando.» 

En la villa de Zamora, hacia mediados de 
1768, había nacido el poeta. Había venido a Mé- 
xico en su primera juventud, y luego, muy 
pronto, se había vuelto a la provincia de Mi- 
choacán, donde tomó el hábito de San ?>ancisco. 
Bajo las arcadas del claustro de Querétaro, el 
joven fraile comenzó a soñar silenciosamente y 
a metrificar sus sueños. Sus estudios de latín 
diéronle considerable fuerza expresiva y pulie- 
ron su versificación. A Valladolid de Michoacán, 
donde residió mucho tiempo, a Silao, a San An- 
tonio de Tula, pueblecillo de la intendencia de 
San Luis Potosí, y al Real de minas de Tlalpu- 
jahua, el franciscano fué siempre acompañado 
de su musa. Tiempo hacía que, antes de que el 
Diario de México diese publicidad a las primo- 
rosas anacreónticas, el nombre del poeta sonaba 
en los grupos literarios. Algunas obras suyas co- 
rrían, manuscritas, entre los cultivadores lí- 
ricos (i). El glorioso recién llegado a las letras se 



(1) El Diario de México comenzó a publicar los versos 



90 LUIS o. URBINA 

llamaba el reverendo Padre fray Manuel Martí- 
nez de Navarrete (1768- 1809). 

Cuando con suave timidez se decidió a que 
sus inspiraciones saliesen de la celda, como 
salen los pájaros de la jaula, el guardián del 
convento de Tlalpujahua tenía treinta y siete 
años, gallarda figura, aire bondadoso y manso, 
y acrisolada fama de virtud. 

Ck)n su rostro apacible y sus ojos azules y 
limpios, suavemente iluminados por la lámpara 
perenne de una extática fantasía, fray Manuel 
Navarrete exteriorizaba los encantos de ternura 
y serenidad de su espíritu. Son los mismos que 
caracterizan su poesía. 

Entre los adornos de una retórica muy con- 
vencional y artificiosa, como la que entonces 
constituía el primer elemento poético, se sorpren- 
den en Navarrete expresiones vivas, enérgicas, 
animadas y sinceras. 

El sentimiento se revela, rompiendo moldes 
impuestos y quebrando adornos de papel. Late, 
por debajo de la tela sonora y meliflua de una 
versificación marginal^ un corazón de hombre 



de Nararrete en 2 de enero de 1806. Ya había hecho men- 
ción de ellos D. {uan Wenceslao Barquera, en una carta 
publicada en 20 de noviembre de 1805 . 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 91 

tierno y apasionado. Brilla la imaginación rica y 
verdadera entre las perlas artificiales de un ero- 
tismo suave y pulcro. 

Meléndez Valdés influye, casi completamente, 
en la forma poética de Navarrete. El gusto neo- 
clásico^ delicado hasta la insinceridad, simétrico 
hasta la monotonía, frío hasta el aburrimiento, 
invade casi toda la obra del fraile mexicano. 

Sin embargo, entre las nimiedades caseras y 
las quejas almibaradas, entre los cantos a la po- 
llita de Clori y a los canarios de Lisi, y los la- 
mentos de los pastores de biscuit de las églogas, 
que son una prolongación del italianismo de Gar- 
cilaso, se agitan emociones dulces e ingenuas, 
que nos producen ahora, a través de un siglo, la 
impresión de la realidad bien sentida. Lo que 
con más espontaneidad canta Navarrete es el 
amor y la tristeza. 

Mejor que en la oda pindárica, que intentó 
más de una vez, y que en la elegía lacrimosa, re- 
cargada de citas mitológicas, y que en los cantos 
místicos y éticos, su poesía encuentra en la me- 
lancolía terneza o en el apacible ardor del idilio 
las expresiones naturales y hermosas y las imá- 
genes lúcidas y evocadoras. 

Siente con mucha intensidad la Naturaleza y 
la describe con brillantes matices. Su silva La 
mañana tiene toques magistrales de colorista. 



92 LUIS o. URBINA 

Allí está mejor el poeta que en los cantos de 
gran aliento. Un lejano perfume de helenismo 
da, a veces, a sus pequeñas odas, aristocrático 
sabor. Los amores que le inspiran son, más bien 
que pasiones, entretenimientos apasionados, ju- 
veniles ansias, devaneos amorosos. Las deida- 
des paganas, con sus simbólicos atributos, cru- 
zan a cada instante por los versos de Navarrete, 
que, en su neoclasicismo^ de ellas se vale como 
de emblemáticas expresiones. Cupido retoza; 
Venus sonríe; Jove, el almo padre, es frecuente- 
mente invocado; pasan corriendo las Gracias con 
las cabelleras desatadas; Pan sopla en su agudo 
caramillo, bajo la frescura de las frondas, y sáti- 
ros y ninfas bailan en el claro del bosque, en tor- 
no de la fuente, en cuyos cristales arde el sol. 
Hasta las fábulas de Navarrete toman el aspecto 
de sátiras antiguas. 

Sin embargo, de cuando en cuando, fray Ma- 
nuel Navarrete, cediendo a las influencias del 
medio y al gusto de la época, cae en un prosaís- 
mo grosero, usa expresiones triviales y crudas, 
imágenes burdas, toscas y maí encubiertas alu- 
siones de sentido soez. 

Como acontece a casi todos los poetas mexi- 
canos, no siempre tiene pureza su léxico. Con 
relativa insistencia se deslizan los regionalismos 
en la dicción poética; y, por hacerse más fami- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 93 

liar, más íntimo, recurre a muy vulgares locucio- 
nes mexicanas. Uno de sus pruritos es el de abu- 
sar del diminutivo, el de aplicarlo impropiamen- 
te, como suele hacer nuestro pueblo. 

Incurrió también Navarrete en otro abuso: abu- 
só de la sinéresis, como todos o casi todos sus 
cont<smporáneos y gran parte de los que le pre- 
cedieron; ha sido éste un defecto común, por mu- 
chos años, en la poesía mexicana. No romper los 
adiptongos, darles valor unisílabo, es un vicio 
prosódico fuertemente arraigado en nuestra fo- 
nética americana. 

Pero, a pesar de sus imperfecciones, que en- 
tonces no se reconocían, o no se notaban, o eran 
perdonadas por los técnicos, el poeta ejerció, al 
aparecer, un súbito y vigoroso predominio. Don 
Juan Wesceslao Barquera escribía al diarista de 
México en noviembre de 1805, refiriéndose a las 
primeras composiciones de Navarrete, insertas 
en el periódico: «... en ellas verá usted que el 
lustre y la belleza de esa facultad no es tan ex- 
traña de nuestro clima. Bellas producciones del 
buen gusto que interesarán nuestros papeles y 
harán el honor del poeta que me les ha comu- 
nicado. Alternarán las mías siguiendo sus pro- 
pias huellas.» 

Eso hicieron muchos; seguir las huellas de 
Navarrete, y, por lo mismo, afirmarse en la imi- 



94 LUIS G. URBINA 

tación valdesiana* que invadió la literatura de 
Nueva España. 

La gloria de Xavarrete fué como un relámpa- 
go: luminosa y breve. Cuatro años duró. En 1809 
murió el poeta. No fué tampoco larga su agonía, 
pero, rápida como vino, le dejó tiempo para cum- 
plir con un escrúpulo de su conciencia; su pri- 
mer biógrafo lo dice: 

«Hallándose en esta situación, hizo salir de su 
recámara a una señora anciana, que le cuidaba, 
llamada doña Josefa Silva, con pretexto de en- 
viarla por un medicamento; y, aprovechándose 
de aquel intervalo, puso fuego a sus manus- 
critos» (i). 

Tal decisión no era, entre los poetas, rara en 
tiempos pasados, ni mucho menos tratándose de 
frailes y creyentes. La lumbre se comía los se- 
cretos. Estas reservadas discreciones, que no pa- 
recen ser otra cosa que un excesivo pudor con- 
tra las malignidades del mundo, traen a la me- 
moria los últimos momentos de San Juan de la 
Cruz, entregando a las llamas las cartas de la 
doctora de Avila. 



(1) Memoria sucinta de los principales sucesos de la 
vida de fray Manuel Navarrete, escrita por un íntimo ami- 
go sayo; figura en todas las ediciones de las poesías de 
Navarrete . 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 95 

«Se sabía — agrega el biógrafo — que perecieron 
treinta sonetos dirigidos a Anarda.» ¿Qué pasó 
por el ánimo del virtuoso poeta? ¡Quién sabe! 

Don Marcelino Menéndez y Pelayo disculpa los 
inocentes erotismos del fraile franciscano, atribu- 
yéndolos a prurito de imitación y artificio. A de- 
cir verdad, yo veo algo más que el afán literario 
en la obra de Navarrete, y más que veo, siento 
que un alma, delicadamente simpática, revela un 
poco, descubre a medias sus misteriosas agita- 
ciones de ternura y afecto. Nada real, nada posi- 
tivo se encontrará, tal vez, en lo referente a deva- 
neos amorosos, en la vida de este virtuoso va- 
rón. Pero, de las reconditeces de su corazón apa- 
sionado, salen estas voces suaves y castas, estos 
reclamos de ave, estos versos de dulzura inefa- 
ble. Los deliquios pastoriles, las aventuras idíli- 
cas, no están vividos, sino soñados. El Padre 
Navarrete no amaba a Clori, ni a Filis, ni a Lisi, 
ni a Anarda; amaba la ilusión; amaba al amor. 
Y en la lámpara de su fe, como en un vaso sa- 
grado, caían y se quemaban gotas de poesía pa • 
gana, esencias de voluptuosidad y deleite. 

Ello es que, en su tiempo, nadie puso reparo a 
los Cánticos eróticos de Navarrete. Don José Ma- 
nuel Sartorio, a quien tocó juzgar como censor 
de las odas que con el título general de La ino- 
cencia^ dedicó el poeta a la Arcadia mexicana^ de 



96 LUIS o. URBINA 

la cual fué electo Mayoral, dijo: «¿Quién puede 
negar su aprobación a estas bellezas, tan dignas 
de salir al público?» 

♦ * * 

El censor que así habló pasaba entonces por 
uno de los sabios en bellas letras más rectos y 
juiciosos. Era un hombre lleno de piedad, de 
bondad y de santidad el presbítero D. José Ma- 
nuel Sartorio (1746- 1829). Era también un poeta. 
Un poeta ramplón, aniñado, humilde. 

Cuando hizo el elogio de Navarrete alcanza- 
ba los sesenta años. Había sido alumno de los 
jesuítas, rector de colegios, catedrático de His- 
toria y disciplina eclesiásticas, capellán de va- 
rias instituciones religiosas, examinador sinodal 
del Arzobispado de México, presidente de Aca- 
demias de Humanidades. Su fama de orador se 
había extendido por todo el reino. Sin embargo, 
su vida no había dejado de ser modesta y pobre. 
No poseía bienes de fortuna; dedicábase a las le- 
tras; cultivaba el latín; vivía una vida sencilla, cris- 
tiana, amable y pura. Era un cura risueño, afable, 
nervioso; un imaginativo incansable. Gustaba de 
hacer versos. Rimaba incesantemente su existen- 
cia, hasta en los episodios más haladles y comu- 
nes. Cuando no tenía qué rimar, rimaba las ora- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 97 

dones de sus breviarios. Así, su obra poética 
resulta caudalosísima; casi toda ella es sagrada y 
piadosa. Tradujo, glosó, parafraseó, imitó pasajes 
bíblicos, plegarias cristianas, vidas de santos, le- 
tanías, secuencias, antífonas. 

Era inagotable, constantemente prosaico, fofo 
y chabacano. 

Una mano amiga, una curiosa gratitud, reco- 
gió en 1832 cuantas rimas del Padre Sartorio 
pudo encontrar. Son muchas. Están colecciona- 
das en siete gruesos tomos en octavo. Allí se 
leen, además de las poesías místicas, décimas de 
encargo, sonetos sobre temas familiares, octavas 
para felicitación, epigramas insulsos, redondillas 
para colectar limosnas, epitafios extravagantes, 
fábulas insustanciales, canciones para despertar 
a las novicias el día de su profesión; versos suel- 
tos a personas y animales, a damas nobles, a 
madres abadesas, al Arzobispo, al Virrey, y a un 
can llamado el Mono^ y a la victoria de mi perico\ 
a las caseras, a los pobres que andaban desnu- 
dos, a una viejecita que pidió versos al poeta; 
verdaderas inocentadas todas. Varias de estas 
fruslerías están escritas en versos latinos. Las 
más, en castellano de inferior calidad. Se dirían 
ensayos de un párvulo en una pizarra escolar. 

Aunque docto y severo en sus composiciones 
religiosas, todo lo que en estos juguetes profa- 



98 LUIS o. URBINA 

nos es vulgar y atrevido, no abandona D. José 
Manuel Sartorio su pedestre y desmañado estilo, 
y sólo muy de tarde en tarde se perciben, por 
entre el musitar de beatas de su versificación, al- 
gunos cristalinos acordes de arpas bíblicas y 
una que otra vibración de tiorbas angélicas. 

Mas después de que alguien se ha dado cuen- 
ta de labor tan pródiga, queda la impresión de 
haber recorrido un vasto campo árido, un llano 
extenso, que sólo aquí y allá deja asomar entre 
las secas hierbas de invierno, el cáliz pálido de 
una que otra retrasada amapola. 

Y este poeta prosaico y fecundo, este émulo de 
Rabadán^ de repente, por obra de una extraordi- 
naria exaltación sentimental, sacudía sus ramplo- 
nerías, olvidaba su verbosidad casera, cerraba los 
ojos ante la vulgar visión de la vida, y prorrum- 
pía en deliciosos himnos de amor sacrosanto, 
inspirados en la más pura fuente mística, en los 
cánticos del profeta, en las dxvmd^ fioretti que en 
la sombra medioeval se mecen acariciadas por 
brisas del cielo, en los deliquios enfermizos de 
Santa Teresa, en las contemplaciones luminosas 
de Luis Ponce de León. Es incorrecto todavía, 
pero ya no torpe, ni inferior, ni trivial; ya es un 
verdadero poeta, no exento de los defectos de ar- 
tificiosa retórica de su época; mas expresivo, sin- 
cero, embargado por un hondo sentimiento y 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 99 

abrasado por las lumbres del estro. Su fantasía 
se eleva, y la elevación es súbita y prodigiosa. El 
humilde y sano sacerdote que escribe . versos so- 
bre el papel de china en que envuelven su regalo 
de dulces las viejas abadesas; el abastecedor de 
décimas de ocasión en las fiestas de barrio; el 
piadoso juglar que excita la caridad cristiana po- 
niendo redondillas lacrimosas en el plato de las 
limosnas, sufre inesperadamente una transforma- 
ción, o mejor dicho, una transfiguración. Vuela 
arrebatado en una nube de incienso. Sube de ro- 
dillas, con las manos juntas y los ojos extáticos. 
Por debajo de la sotana le palpitan las alas. ¿Qué 
ha pasado? Una cosa sencilla: que canta el amor 
y el dolor de la Virgen María; que una devoción 
profunda lo ha vuelto uncioso e inspirado, que es 
un fervoroso mariano, 

\j8l candorosa hipérbole de un pasaje de su 
panerigista nos da la clave espiritual del Cape- 
llán de la Santa Veracruz. Aquí aparece, envuel- 
ta en credulidad infantil, una predisposición muy 
marcada, la predisposición al misticismo. Sarto- 
rio se creyó un predestinado, un elegido por la 
Madre de Dios. Y he aquí por qué, en ocasiones, 
tan ardientes son sus reclamos místicos; tanto, 
que se saborea en ellos un extraño gusto de vo- 
luptuosidad pagana: 



100 LUIS Q. URBINA 

|0h, resplandor del cielo, 
océano de grandeza desmedida I 
Ven a nuestro consuelo, 
benigna, sana mi inmortal herida, 
y con tus dulces pechos virginales, 
alivia mi aflicción, cura mis males. 



Estas imploraciones, de un evidente sensualis- 
mo, nos revelan también el apasionado tempera- 
mento de Sartorio. Bien se adivina, bien se sien- 
te correr, bajo la blancura de esta vida ejemplar, 
el fuego de la sangre italiana. Los requiebros y 
las ternezas a María alcanzan su grado máximo 
de ardor expresivo: 



Mi madre, te aclamo; 
mi luz, te venero; 
mi amparo, te imploro; 
mi salud, te aprecio. 



Tú, mi sol hermoso; 
tú, mi claro cielo; 
tú, mi bella luna; 
tú, mi firmamento; 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 101 

túy mi jardín noble; 
tú, mi alegre huerto; 
mi pensil tesalio 
y mi campo ameno. 



Pero este poeta que, bajo el nombre de Par te- 
ntó adoró con fervor tan vivo al más hermoso 
símbolo de la Castidad y del Dolor en la leyen- 
da cristiana, tuvo otro amor tan grande, tan 
hondo como éste; otro amor por el cual sacrificó 
el buen hombre su reposo, su tranquilidad, su 
bienestar; otro amor que él cantó, no ya en versi- 
ficación arrebatadora y arcaica, sino en cláusulas 
impetuosas, en discursos elocuentes, en impro- 
visadas y ardentísimas arengas: el amor a la Pa- 
tria. Mas de veinte años de su ancianidad inma- 
culada dedicó este mexicano al servicio de ese 
otro primer amor. El fué de los primeros, de los 
pocos que se negaron a hacer del pulpito una 
tribuna política en contra de la libertad. 

La historia literaria puede abandonarlo al ter- 
minar el año de 1809. La historia política debe 
ocuparse en seguir sus pasos a través de las vi- 
cisitudes sociales, hasta el año 1829, en que el 
Padre Sartorio entregó, por fin, a María y a Mé- 
xico su ya agobiada vida. El mismo lo sintetizó, 
haciéndose su propio epitafio; 



102 LUIS o. URBINA 

Conditas hac vílí,jacet en, Sartorius urna, 
Isfuit Orator, nunc tace, hospes abi. 

•Oculto bajo de esta 

losa, triste y funesta, 

yace el pobre Sartorio. 

Fué orador; aplaudióle su auditorio; 

mas nanea ha predicado 

mejor que ahora callado. 

La ipuerte, en fin, su asunto fué postrero; 

oye el sermón, y vete, pasajero.* 

• • • 



Otro colaborador de El Diario de México^ al 
mismo tiempo que lo eran Navarrete y Sartorio, 
es D. Anastasio de Ochoa y Acuña. 

El insigne Menéndez y Pelayo lo prefiere hu- 
manista y alaba su traducción de las Heroidas^ 
de Ovidio, de la cual dice que es bella, muy 
exacta, a veces muy poética, y con cierto suave 
abandono de estilo que remeda bien la manera 
blanda del original. 

En efecto; Ochoa fué un excelente latinista, 
como lo comprueban esa y otras traducciones de 
los poetas clásicos, y los fragmentos de la Heroi- 
ca de Deo Carmina del mexicano Abad. Desde 
muy niño, según aseguran sus biógrafos, Ocho^ 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 103 

estudió latín, y su paso por el Colegio de San 
Idelfonso y por la Universidad debe de haberle 
afirmado hacia su favorita inclinación por la len- 
gua matriz. 

Pero no es Ochoa un humanista seco y avella- 
nado, de sabor arcaico, de estilo sin jugo, de 
construcciones rigidas, de transposiciones latini- 
zantes. No es un enfático y académico latino-par- 
lante^ a la usanza de la época. Es en todo y por 
todo un verdadero poeta. 

No vuela mucho ni muy alto; pero si vuela 
con mesura y gallardía. Encuentra, a cada paso, 
expresiones elegantes y agradables eufonías. Es 
un poeta de su tiempo; artificioso y retórico, con 
ecos de Iglesias de la Casa, y marginales de las 
anacreónticas neoclásicas. Mas, sin dejar de ren- 
dirle el tributo a la moda literaria, a que tan po- 
cos espíritus pueden sustraerse, Ochoa lleva más 
lejos sus imitaciones , las remonta a los Siglos de 
Oro y es, se le conoce, un asiduo lector de los 
poetas andaluces del siglo XVI, de Jáuregui, de 
Caro y Andrada (probablemente ambos bajo el 
nombre protector de Rioja), y de los de otras es- 
cuelas: De la Torre, Cristóbal del Castillejo, los 
Argensola. 

Es indudable que Lope lo impresionó, lo sedu- 
jo. El famoso sonetista Tomé de Burguillos^ el es- 
tupendo Lope, es para Ochoa un ejemplo cons- 



104 LUIS O. URBINA 

tante. Lo sigue, trata de acercársele y de repro- 
ducirlo. Algunas veces copia, con fría gracia, el 
modelo. 

* * * 



Estos eran los estilos y formas, alrededor de 
los cuales se agruparon, para constituir núcleos 
de género literario, los poetas líricos mexicanos 
antes de 1810: el amatorio, el bucólico, el reli- 
gioso, el satírico. En cuanto a este último, el sa- 
tírico, no lograré, por hoy, sino anunciarlo nada 
más. Es ésta, sin embargo, una de las fases de 
nuestra literatura y merece estudio especial. Los 
prosistas, como ya lo expresé, seguían los rastros 
de Jovellanos, Isla, Feijóo y Cadalso, o bien se 
remontaban a'Gracián y Quevedo, y tal cual em- 
prendía el vuelo hasta Cervantes. 

La cátedra sagrada, importantísima rama lite- 
raria, que no me es dado estudiar aquí detenida- 
mente, se resentía aún, en principio del siglo, del 
galimatías gongórico que la contaminó en el si- 
glo XVIII. A la nueva era habían pasado las vo- 
ces enigmáticas y pedantescas de la secta gerun- 
diana. 

Por el viejo y sólido acueducto hispano nos 
llegaron las linfas claras y resonantes d^ la lite- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 105 

ratura francesa neoclásica. Por medio de Luzán 
supimos de Boileau y de Rapin; por medio de 
Samaniego nos impresionaron las Fábulas de 
moral caprichosa de Lafontaine; por medio de 
Moratín conocimos a Moliere, y por medio, en 
fin, de los escritores que propagaron el gusto 
francés^ nos contagiamos de esa aborrecible en- 
fermedad léxica, que se ha hecho endémica en 
la América española: el galicismo. 

Los medios de popularización de las bellas le- 
tras, de 1800 a 1809, fueron el periódico y el fo- 
lleto. Éste, sobre todo, constituía un importante 
vehículo literajio. Es innumerable la cantidad de 
cuadernillos que circulaban, y que, escritos en 
prosa o en verso^. contenían desde algún sesudo 
estudio sobre graves materias, excepto de la polí- 
tica, hasta un romance de ciego, satirizando per- 
sonas, tipos o costumbres. 

Las antiguas Gazetas^ periódicos de vida esca- 
sa e intermitente, se establecieron en Nueva Es- 
paña en el siglo XVII, y eran entonces hojas de 
noticias que se publicaban cuando llegaban a 
Veracruz barcos de España. 

El estudio del eminente D. Joaquín García 
Icazbalceta sobre Tipografía Mexicana^ trae da- 
tos sugestivos y curiosos acerca de los orígenes 
coloniales de las Gazetas. Eran esperadas éstas 
cpn 1^ apsi^dad con que se esperaban las nao$ 



106 LUIS o. URBINA 

de China que venían por Acapulco cargadas de 
seda oriental y de cerámica mongólica. 

Ello es que en último tercio del siglo XVIII se 
dieron a la estampa el Mercurio de Bartolache, los 
cuatro periódicos de Álzate, y, ya regularmente, 
con quince o veinte días de intervalo, la Gazeta 
de México^ dirigida por Manuel Antonio Valdés, 
poeta religioso y político de muy poco aliento, y 
tal vez el primer hombre de sentido periodístico 
verdadero. En la alborada del siglo XIX no que- 
daba en Nueva España sino esta sola publica- 
ción, constituida en órgano oficial del Virreina- 
to para dar a conocer, además de las noticias ex- 
tranjeras, algunas del interior del país, disposi- 
ciones gubernativas y bandos y ordenanzas mu- 
nicipales. Aunque escasos, no faltaban una que 
otra vez trabajos literarios y científicos. 



En 1805 el doctor D. Jacobo de Villaurrutia y 
el licenciado D. Carlos María de Bustamante, pre- 
vio permiso del Virrey Iturrigaray, fundaron el 
primer periódico diario de Nueva España: el Dia- 
rio de México, 

Una gran ayuda, un gran estímulo fué para la 
literatura el Diario de México, Es la exacta foto- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 107 

grafía de la vida ciudadana, no tanto en su as- 
pecto oficial como la Gazeta^ sino en el famiBar 
y callejero, en el social, y también en el intelec- 
tual. El Diario dio a conocer, acogió, prohijó, 
empolló a los escritores que iban a llenar el pri- 
mer tercio del siglo XIX. 

Curiosa y digna de atento y penetrante análi- 
lisis es la sociedad mexicana de aquella época 
churrigueresca y desorientada, y los arquetipos 
que se agitan en el ambiente colonial son por 
todo extremo interesantes como productos socio- 
lógicos; nuestro currutaco^ variante del español, 
no igual a éste, porque a la audacia y a la pere- 
za del modelo, mezcla un poco de la ladina hi- 
pocresía indígena; \di pirraquita^ hembra de arres- 
tos hispanos, devota y atrevida, ignorante y pre- 
suntuosa, llena de ridicula gracia y de malas cos- 
tumbres; el payOy de manga embrocada, paño de 
sol, botas de campana y ancho sombrero de alas 
rígidas, campesino malicioso, caviloso, honrado 
y fiel, sano de cuerpo y alma, heredero de la 
rusticidad castellana; el lépero^ paria del arrabal, 
humano despojo de la civilización, arrojado a la 
existencia por el deseo de un macho blanco sa- 



108 LUIS o. URBINA 

tisfecho en una india sumisa y asustada; y muy 
encima una aristocracia nueva, sin sangre azul, 
sin árbol genealógico, sin abolengo linajudo ni 
pergaminos apolillados, pero rica, fastuosa, derro- 
chadora y señoril; y muy abajo, un océano obs- 
curo de superstición y tristeza y abandono, un 
mar muerto^ sobre el que flotaba, como un eco 
pavoroso, el último grito de angustia de la raza 
vencida. La división etnológica separaba tam- 
bién moralmente los cuatro grandes grupos de- 
mográficos: los gachupines^ los criollos^ los mesti- 
zos^ los indios. En realidad, sólo la religión cató- 
lica juntaba las almas bajo las bóvedas de las 
iglesias coloniales. La devoción era el solo víncu- 
lo fuerte. 

Y así vivían, con apariencia tranquila, con aire 
manso, con levíticas costumbres, los habitantes 
de las principales ciudades de Nueva España. En 
la casa de un canónigo, en el sarao de una con- 
desa, en la tertulia de un oidor, en la sacristía de 
una parroquia, en el locutorio de un convento, se 
hablaba de cosas profanas o sagradas, se rezaba, 
se reía, se hacían comentarios, el último sermón 
de la catedral, las últimas noticias del infame 
Corso^ las fiestas populares, las luces de los ba- 
rrios, las ceremonias de pendón real; se escri- 
bían y se componían versos; se leía la Gazeta o 
p>l Diario de Medico,,, Y sotto voce^ a espaldas d? 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 109 

la Audiencia, detrás de la Santa Inquisición, en 
tomo del Palacio del virrey, se hacía otra cosa 
de mayor trascendencia: se conspiraba. 

Dos días después de que, con gran pompa y 
reales honores, la Audiencia de México entregó 
en el palacio virreinal el mando de la colonia al 
Excelentísimo señor Virrey don Francisco Javier 
Venegas, en el lejano pueblo de Dolores, de la 
intendencia de Guanajato, estallaba la insurrec- 
ción. En la madrugada del i6 de Septiembre de 
1810, un viejo cura, astuto y enérgico, rompió el 
silencio de la conspiración, preñado de pequeños 
rumores. Fué un acto violento, precipitado, sin 
plan, sin cálculo; fué un acto de decisión, de he- 
roísmo, de sacrificio; un acto supremo de fe en la 
patria que venía. Don Miguel Hidalgo y Costilla, 
el padre de ella, era un sacerdote ilustrado; muy 
afecto a la literatura francesa, que él bebía en sus 
mismas fuentes, sin necesidad de recurrir a las 
malas traducciones españolas, que rara vez nos 
llegaban de la Península. Se había hecho notable 
como estudiante en el Seminario de Valladolid 
hoy Morelia. Se cuenta que, ya cura, emprendió 
la versión castellana de varias obras de Racine, y 
que en las escuelas de su curato estableció clases 



no LUIS O. URBINA 

de lengua francesa. Hidalgo era un hijo directo 
de los enciclopedistas; un admirador de los trági- 
cos oradores de la Convención; \in jacobino. 

La noticia del levantamiento se recibió en la 
capital de Nueva España, probablemente, antes 
de que publicase algo respecto de ella la Gaeeta 
del Gobierno. 

Y en este punto, aparece una forma absoluta- 
mente nueva en la Colonia: la proclama política, 
la arenga revolucionaria. Las letras entonces 
prestan un servicio real, urgente, magno, al des- 
arrollo de la vida colectiva. Aprovechan los dibu- 
jos de la retórica para despertar y convocar las 
pasiones; se valen de la metáfora, del apostrofe, 
del climax, para convencer y enardecer los anhe- 
los de libertad. 

Fué éste un género accidental; una literatura 
de circunstancias, expresión característica de las 
perturbaciones sociales, de las exaltaciones espi- 
rituales que agitaban la obscura masa de nues- 
tro pueblo americano. 

Y mientras la revolución crecía con voracidad 
de llama estimulada por el viento, mientras se 
ponían en acción hombres de un vigor y de una 
voluntad prodigiosos, mientras las multitudes 
ciegas y famélicas se desbordaban como una 
inundación sobre campos labrados, y sobre ciu- 
dades del Bajío, los hombres letrados pugnaban 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 111 

por hacer triunfar sus ideas, revistiéndolas de los 
más deslumbrantes y ruidosos ropajes. Los rea- 
listas, los defensores del virreynato, más podero- 
sos y con mayores elementos, extendieron sus 
ardorosas prédicas por el reino entero: hicieron 
circular a millares los folletos escritos ya en esti- 
lo peinado y académico, para satisfacer a los 
cultos, ya en lenguaje burdo y popular para pe- 
netrar en la caótica conciencia de las muche- 
dumbres. También la oratoria sagrada entró en 
este combate, sosteniendo las ideas monárquicas. 
Los sermones de Bringas Encinas, por ejemplo, 
son una apretada malla de razonamientos jurídi- 
cos, teológicos y políticos, por entre cuyos hilos 
saltan las imprecaciones declamatorias, las vio- 
lentas interjecciones, los vocablos iracundos. Este 
fraile del Convento de Santa Cruz de Querétero 
no manejaba el idioma con elegancia ni limpieza, 
pero sí con sobriedad y facilidad. Gran efecto 
debieron de haber hecho sus peroraciones, decla- 
madas bajo las bóvedas resonantes de las igle- 
sias, sobre un concurso preparado para los ac- 
tos litúrgicos. 

Sin embargo, más eficaces fueron los folletos 
mariposeantes, los papeles de ocasión, que iban 
de aquí para allá, ágiles, sutiles, venenosos, epi- 
gramáticos. El españolismo esgrimía sus armas 
intelectuales: sermones, bandos, edictos, procla- 



112 LUIS Q. URSINA 

ir. 

mas, eran a modo de ejército de línea disciplina- 
do y compacto; y folletos, hojas volantes, pape- 
les^ eran las traviesas y peligrosas guerrillas. 

Los revolucionarios, en cambio, carecían de re- 
cursos para la propaganda literaria; y no obstan- 
te, tuvieron órganos admirables: el primero, que 
se llamó El Despertador Americano^ que alcanzó 
vida efímera, y que estaba redactado por un hom- 
bre de gran talento: D. Francisco Severo Maldo- 
nado; el segundo, más importante que el primero, 
íúé El Ilustrador NacionaL\]Tí criollo de admirable 
fuerza moral, de comprensión profunda, rápido 
en la decisión, caprichoso y violento en el ca- 
rácter, de muy educado ingenio, el doctor don 
José María Cos, fundó este periódico, en una po- 
blación lejana del Centro; lo fundó sin elementos, 
construyendo con sus propias manos una im- 
prenta, labrando en trozos de madera unos ca- 
racteres, usando de una mezcla de aceite y añil 
como de tinta, poniendo no sólo su inteligencia 
y su sabiduría al servicio de la causa, sino tam- 
bién su inventiva, su trabajo mecánico, su in- 
dustriosa habilidad. Era El Ilustrador Americano 
otro periódico insurgente que con El Semanario 
Patriótico^ fué escrito por D. Andrés Quintana 
Roo, figura prominente de la época, personaje de 
subido interés en el drama revolucionario, no 
sólo por el esfuerzo que desplegó para hacer 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 113 

triunfar el ideal de la Independencia, no sólo 
por la consagración de su existencia a la lucha 
de la Libertad, sino por su noble aventura amo- 
rosa con D.^ Leona Vicario, mujer digna de la 
apoteosis épica, dama que sobreponiéndose a 
las preocupaciones de su tiempo, a las imperfec- 
ciones de su educación y a las exigencias de su 
clase,, levantó su corazón hasta las más elevadas 
cumbres de la bondad humana, y amó la Liber- 
tad y soñó en la Patria, y alentó con su fe ciega 
y ardiente a los caudillos, sin que lograsen arre- 
drarla las persecuciones, miserias y sufrimientos 
de todo linaje. 

Con estos y otros muchos personajes litera- 
rios que escribían en el campo insurgente, apro- 
vechando instantes que les dejaban libres los 
azares de la guerra, en medio de la agitación y 
del sobresalto, entre el tumulto y las aventuras 
de la contienda, a la llama de las fogatas del 
vivac, la revolución hacía su camino en las con- 
ciencias y tenía una voz elocuente y alta, que, 
a pesar de las prohibiciones, de las excomunio- 
nes, de los castigos, de las amenazas de muerte, 
de la feroz crueldad de los realistas, resonaba 
clara y rotunda en los espíritus, despertando as- 
piraciones, de justicia. Los papeles insurgentes 
se mandaban romper y quemar: la mano del 
verdugo era la encargada de cumplir la orden 



114 LUIS O. URBINA 

virreynal en las plazas públicas de la capital y 
de las provincias. Todo inútil: en fragmentos, en 
cenizas, en polvo, se difundía y volaba por los 
ámbitos del país el alma de la Patria. 



Entre tanto, en la capital de la colonia se vivía 
en una inquietud silenciosa, pero expectante. Al 
parecer, la tranquilidad reinaba como antaño en 
la vida neoespañola. La Gazeta publicaba de 
cuando en cuando los partes militares de los je- 
fes realistas, anunciando las constantes derrotas 
de !as fuerzas insurgentes. El Diario de México^ 
con veladas alusiones, con suaves eufemismos, 
apenas si de tiempo en tiempo dejaba entrever la 
situación real del virreynato. La agitación no sa- 
lía a la superficie; quedábase revolviendo y en- 
turbiando el fondo. 

Nada públicamente escrito; todo comunicado 
en secreto, a la sordina, en voz muy baja, en cu- 
cliicheos de tertulia, en rumores de sacristía, en 
acercamientos femeninos de basquina a basqui- 
na, en rápidos vocablos y claves convencionales, 
bajo los embozos de las capas. La censura vigila- 
ba; atisbaba la Inquisición. 

De repente un grito de júbilo, un grito sonoro 
y vibrante salió, como un contenido desahogo, de 
algunos pechos viriles y fuertes; era que la Cons- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 115 

titución de Cádiz les otorgaba el supremo dere- 
cho de la palabra libre. La Constitución fué jura- 
da en 1812. El bando sobre la libertad de impren- 
ta se promulgó en México el 5 de octubre 
siguiente. Hijos de esta libertad, aparecieron mu- 
chos escritores políticos y revolucionarios. Para 
dar a ustedes idea de ellos, escogeré el hombre y 
la publicación más representativos en este géne- 
ro literario. 

A los tres días de haberse promulgado el libe- 
ral decreto, apareció un semanario célebre, el más 
célebre de nuestra historia de Independencia: El 
Pensador Mexicano, Lo redactaba un hombre de 
ingenio, de atrevimiento y de valor: don Joaquín 
Fernández de Lizardi. 

El número primero de este papel trae en la 
portada un epígrafe tomado de las fábulas de Pe- 
dro: «Ñeque enim notare singulos mens est mihi; 
verum ipsam vitam et mores hominum ostende- 
re... Ergo hinc abesto, Livor, ne frustra gemas>. 
El periódico de Fernández de Lizardi comenzó 
con sumo tacto, con estudiada discreción, al pun- 
to de que la misma Gazeta del Gobierno anunció 
la aparición de El Pensador Mexicano^ en un avi- 
so en el que indica los puestos y alacenas donde 
podía encontrarse el nuevo papel. Pero, a medida 



116 LUIS o. URBINA 

que avanzaba Fernández de Lizardi en el análisis 
de la situación, iba enardeciéndose su atrevi- 
miento y las verdades políticas saliendo de su 
pluma en un estilo franco y sencillo que no deja- 
ba lugar a dudas. 

Así daba principio a su gran labor pública un 
literato que tres años antes apenas se había deja- 
do distinguir por algunos versos, por algunas le- 
trillas satíricas, y tal vez por alguno que otro fo- 
lleto intencionado y cáustico. 

La fecundidad de este escritor es incompara- 
ble. Fué periodista, político, costumbrista, nove- 
lista, poeta lírico y dramático. No comenzó, como 
tantos otros, a brillar desde la primera juventud. 
En la madurez de la vida estaba cuando apare- 
ció en México El Pensador Mexicano', se acerca- 
ba a los cuarenta años. 

Fernández Lizardi puede llamarse, literaria- 
mente hablando, hijo de la Constitución de Cá- 
diz. Ella lo alentó, lo estimuló, lo lanzó definitiva- 
mente. Desde que se promulgó la libertad de im- 
prenta, él se presentó como un voluntario del 
pensamiento. 

Juzguemos, desde luego, al periodista. 

En ninguna otra de sus obras se revela Fernán- 
dez Lizardi tan de cuerpo entero cono en la que, 
precipitadamente escrita en la hoja volante, en el 
papel, refleja la momentánea impresión, el influ- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 117 

jo directo del medio social sobre el espíritu gene- 
roso y libre de este hombre atrevido. 

Es en el periódico, en su periódico, donde re- 
sultan más relevantes sus facultades, y también 
mejor delineados sus defectos. Su estilo es llano 
hasta la chabacanería; su tendencia a la observa- 
ción y a la imagen naturalistas, lo lleva a ser 
exacto hasta la grosería. Los diálogos, que él ma- 
neja con magistral soltura, están copiados con 
tanta propiedad, que el léxico usado en ellos se 
halla recubierto de modismos y vocablos regio- 
nales; el lenguaje del pueblo está trasladado allí 
con fidelidad, con verdad, pero sin arte, sin arti- 
ficio alguno, sin gusto. 

Es realmente digna de estudio y reflexión la 
manera del pensador, su procedimiento. Se trata, 
en cierto modo, de un folk-lorista espontáneo, 
que hizo de refranes, locuciones y giros popula- 
res, una literatura especial, genuina y caracterís- 
tica, tan apropiada a las circunstancias, que nin- 
guna otra supo encontrar el camino para llegar 
más pronto al alma de la muchedumbre. No fué 
él el iniciador, es verdad, de este modo de llevar 
ideas y sentimientos políticos a las últimas capas 
sociales, para hacer propaganda entre los que se 
habían salvado del analfabetismo; otros, anterior- 
mente, emprendieron esta tarea de copistas ver- 
bales; pero en Fernández Lizardi se acentuó, se 



118 LUIS Q. URSINA 

definió y se perfeccionó el sistema. Mientras los 
literatos de gabinete, los letrados universitarios 
formulaban y conformaban su literatura de acuer- 
do con los preceptos de la retórica pulcra, fría y 
severa de entonces; mientras las altisonancias 
del lenguaje, la morbidez escultural de la cláu- 
sula, la forzada trasposición, el retorcido hipér- 
baton^ la construcción, latinizada, el academis- 
mo^ en fin, el atildado academismo pseudo-clásico^ 
llenaban los escritos realistas e insurgentes. El 
Pensador torcía el rumbo, desnudaba su estilo 
de la pedante ornamentación y hacía entrar, 
naturalmente, su pensamiento en la forma baja, 
en la expresión prosaica, en la ramplonería fa- 
miliar y casera. Es cierto que tan lejos estaban 
del arte los academistas como el sencillo imi- 
tador del habla popular; pero éste, sin preten- 
derlo quizá, orientaba el movimiento literario ha- 
cia una senda nueva, más amplia y de horizon- 
te más dilatado. En su trivialidad había una 
gran dosis de sinceridad, de verdad, de natura- 
lidad. Y estos elementos habían de incorporarse 
después a nuestra literatura y de sanarla un 
poco del terrible mal del énfasis. 

El Pensador^ por lo general, no abandonó su 
habitual llaneza. Escribió para el pueblo y en él 
entró, como nadie lo había logrado. 

A veces, sin embargo, la profundidad de su 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 119 

sentimiento, la claridad de su pensamiento, son 
poderosos impulsos, y bastan por sí mismo, sin 
necesidad de ajeno esfuerzo, a remontar su estilo, 
a elevar su palabra a las alturas aquilinas de la 
elocuencia. 

Pero nunca, ni cuando rastrea con apariencias 
de puerilidad, ni cuando vuela con fascinaciones 
de inspiración, lo abandona su maravilloso btien 
sentido', es él su segura y constante brújula para 
encontrar el norte de su pensamiento; es su en- 
cantado talismán en cualquier misterioso labe- 
rinto. Sus ideas avanzan, sus pasiones se expan- 
den, sus palabras se adornan, sus ataques se en- 
venenan, sus alabanzas se hinchan hasta donde 
lo permite el buen sentido. 

En medio de aquella sociedad que reventaba 
en fermentaciones de rencor y de odio, cuando 
la costra social estallaba para dar salida a gases 
de libertad largo tiempo comprimidos; cuando la 
exaltación tomaba proporciones de frenesí, y las 
pasiones estaban ciegas y locas, y una gran nube 
de sangre palpitaba en la atmósfera, Fernández 
de Lizardi combatió en favor de la Independencia 
con una serenidad extraordinaria. Era un equili- 
brado, un ponderado. Por eso calculaba y veía 
mejor que otros, y por eso también su pensa- 
miento, que era la verdad misma, penetraba más 
hondo en las conciencias. 



120 LUIS o. URBINA 

El Pensador no usó, o usó muy pocas veces, 
del insulto violento. A su servicio estuvo siem- 
pre arma más sutil y penetrante: la ironía, 

Y es asimismo de llamar la atención que, en 
tanto que el doctor Cos, 7 el licenciado Quintana 
Roo, y el doctor Maldonado, y Bringas Encinas, 
y Beristain, y Fernández de San Salvador, se 
enardecen con los hervores que engendra su plu- 
ma turbulenta, Fernández Lizardi conserva su 
juicio sereno y escribe artículos sensatos y razo- 
nados en frío. 

A cuanto pudo alcanzar su delicadeza, fué el 
autor del Periquillo un fino ironista. Hubo mo- 
mentos en que todos alrededor suyo blasfemaban 
y gritaban, y él sonreía. Mas aquella sonrisa, en 
su cara roja y cenicienta de mestizo lampiño, in- 
quietaba más a los gachupines que las noticias de 
los alborotos insurgentes. Aquella sonrisa, grave 
y fatídica, era la señal de la reivindicación, era la 
libertad, era la justicia. 

Ningún escritor hizo tantos adeptos ni conven- 
ció a tantos rehacios como éste, con su tranquilo 
pensar y su don prodigioso para esgrimir el ri- 
dículo y la burla. 

Cohibido cada vez más por la censura; ence- 
rrado en el círculo de la prohibición, que se re- 
ducía minuto a minuto en torno de sus ideas, El 
Pensador se veía obligado a sortear peligros y a 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 121 

burlar vigilancias, valiéndose de subterfugios de 
ingenio, de personajes simbólicos, de fábulas em- 
blemáticas y obscuras, o de triviales y maliciosos 
paliques. A través de ellos, dejaba transparentar 
sus opiniones, todas encaminadas a sugerir la 
emancipación. 

Ahí están, característicos de este modo de es- 
cribir, sus artículos. Ahí está la Proclama de Ei 
Pensador a los habitantes de México en obsequio del 
excelentísimo señor don Félix María Calleja del 
Rey^ en la que con el ropaje coruscante de un 
panegírico, lanza Fernández Lizardi al feroz gene- 
ral realista la sátira más terrible y sangrienta. Ahí 
está la famosa Visita a la condesa de la Unión^ 
donoso cuento que no es otra cosa que una re- 
vista política. Ahí está la Carta al excelentísimo 
señor don Francisco Javier Venegas^ sarcástica 
invectiva envuelta en dulzura y suavidad. 

En sus ratos de holgura y de alegría, era un 
censor municipal que se burlaba de las descabe- 
lladas disposiciones, de los inútiles bandos y re- 
glamentos del Concejo. Gustaba este escritor, no 
sólo de lucubrar en las regiones del ideal, sino 
de descender también a la tierra para ejecutar 
obras útiles y prácticas. Sus modos de ver no son, 
en este género, otra cosa que una aplicación de 
su buen sentido. Él hizo considerar la escuela 
como meta suprema de regeneración, sin la cual 



122 LUIS o. URBINA 

la libertad resultaría infecunda. En cuanto produ- 
jo este laborioso se sorprende su vocación de 
moralista; en nada tanto como en sus prédicas 
sobre la instrucción pública. Era un maniático de 
la educación. 

Son sus escritos sobre esta materia sermones 
cívicos de 1 8 14. Hoy nos parecen comunes y co- 
rrientes; en aquel tiempo eran raros y compro- 
metedores. 

El Pensador era un creyente, un cristiano, un 
católico observante y sumiso. Ni otra cosa era 
posible en México al principiar el siglo XIX. El 
ambiente levítico que se respiraba allí entonces, 
lo respiró Fernández Lizardi a plenos pulmones. 
En su testamento está su confesión. Allí se \ e 
que lo único que detestaba este hombre de sano 
criterio, era el absurdo religioso. Sin embargo, en 
sus declaraciones, muestra a las claras que no 
era, ni con mucho, un teólogo, y que, por lo tan- 
to, ignoraba la interpretación verdadera de los 
dogmas. 

«Digo yo, el capitán Joaquín Fernández de Li- 
zardi, escritor constante y desgraciado, conocido 
por El Pensador Mexicano, que, hallándome gra- 
vemente enfermo de la enfermedad que estaba en 
el orden natural me acometiera, pero en mi ente- 
ro juicio, para que la muerte no me coja despre- 
venido, he resuelto hacer mi testamento en la 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 123 

forma siguiente: — «Declaro ser cristiano católico, 
apostólico y romano, y como tal, creo y confieso 
todo cuanto cree y confiesa nuestra Santa Madre 
Iglesia, en cuya fe y creencia protesto que quiero 
vivir y morir; pero esta protesta de fe se debe en- 
tender acerca de los dogmas católicos de fe que 
la Iglesia nos manda creer con necesidad de me- 
dio. Esto sí creo y confieso de buena gana, y ja- 
más, ni por palabra ni por escrito, he negado una 
tilde de ello. 

»Mas acerca de aquellas cosas cuya creencia 
es piadosa o supersticiosa, no doy mi asenso ni 
en artículo mortis,i> 



El Pensador novelista, es poco distinto del 
Pensador periodista. Ni en la forma pierde su 
estilo grueso y seco, pero preciso y claro, ni en 
el fondo d^ja su marcada, su honda tendencia 
ética. Ya en 1814 había comenzado a ensayar 
su péñola en el cuento y la narración, mientras 
dio á la estampa su miscelánea periódica Alace- 
na de Frioleras, 

Se adivina también en las novelas de Fernán- 
dez Lizardi, la precipitación, el ahinco, el acele- 
ramiento con que fueron escritas. Es un autor 
superabundante, que tiene siempre á su disposi- 



124 LUIS o. URBINA 

ción, no un tesoro de ideas nuevas y brillantes, 
sino una serie de ordenados conceptos de socio- 
logía y de moral, ejemplificados constantemente 
con casos de la vida práctica. Sus teorías esta- 
ban basadas en lecturas de los pensadores fran- 
ceses de la segunda mitad del siglo XVIII, apli- 
cadas a las condiciones peculiares del pais y de 
su época. Y se valió de la novela como de un 
género a propósito, por su apariencia de entrete- 
nimiento y frivolidad, para la propagación eficaz 
de sus ideas políticas y de regeneración social. 

Cuatro obras del susodicho género escribió 
Fernández Lizardi: El Periquillo Sarmiento^ La 
Quijotita^ Noches tristes y Día alegre, Don Ca- 
trín de la Fachenda, Este último es trabajo pos- 
tumo (apareció en 1832), y quizá pudiera caber 
duda acerca de su perfecta autenticidad. No exis- 
ten precisas comprobaciones que demuestren 
ahora con toda claridad el verdadero origen de 
Don CatrÍ7t de la Fachenda; y sólo nos quedan 
dos datos muy dignos de tomarse en considera- 
ción, además de la semejanza literaria; la hono- 
rabilidad del impresor D. Alejandro Valdés, en 
cuya oficina se hizo la primera edición del Peri- 
quillo y el hecho de no haberse levantado pro- 
testa alguna de los contemporáneos del Pensa- 
dor^ a la aparición de su referida obra postuma. 

El Periquillo Sarmiento es un cuadro comple- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 125 

to de la existencia colonial, de la que nos que- 
dan todavía vestigios característicos. Es la his- 
toria de un mexicano de entonces... ¡ay! y de 
muchos de ahora: es una sátira flagelante de las 
costumbres de antaño, de las cuales algunas son 
de hogaño porque han persistido y flotado por 
encima de la ola civilizadora. 

Cada episodio tiene, por lo común, su lección 
moral, largo discurso persuasivo a manera de 
moraleja. 

Críticos entusiastas derivan esta novela de las 
picarescas españolas. Es verdad. 

El héfoe de la novela mexicana, de la prime- 
ra, tal vez de la única novela mexicana que está 
llena de capitoso sabor local, es un truhán de la 
familia de Lazarillo y de Guzmdft de Alfarache, 
Es un mestizo; pero en él se reconocen los ímpe- 
tus de la sangre española. Es audaz, pendencie- 
ro, jugador, amigo de la holganza y del vicio; y, 
no obstante, un fondo de generosidad y nobleza 
lo hace simpático. Indudablemente que Fernán- 
dez de Lizardi había leído las novelas picarescas; 
y asimismo, aquel genial resumen galo de ellas: 
el Gil Blas, Usa de los procedimientos narrati- 
vos de estas obras, a las cuales se asemeja por 
la copia brutal pero vigorosa y franca de la vida; 
sin engañifas, sin ambages, sin tapujos ni hipo- 
cresías. Y también posee de ellas cierta marcada 



12Ó LUIS O. URBINA 

complacencia en desciibir y contar escenas del 
más crudo naturalismo. 

El Pensador^ en ninguna página de El Pefi- 
quilloy 1 ega a ser in noral; en bastantes, sin em- 
bargo, es sucio hasta el asco. Nótase, a pesar de 
ello, su afán por presentar horrible y repugnan- 
te el vicio. Es la suya una prédica escatológica. 
Esto es lo que les da peculiaridad a los episo- 
dios, que, por otra parte, tienen mucho color, 
mucha viveza, y están estudiados con muy rara 
penetración. Toda la volumnosa novela, repito, 
no es más que un pretexto para que el moraliza- 
dor predique, y señale y analice el sociólogo. 

La sátira de las costumbres es tremenda. Los 
errores de educación, los vicios sociales, los abu- 
sos de autoridad, los rancios privilegios, las tor- 
pes reglamentaciones, las falsas ideas sobre los 
hombres y las cosas, los viejos modos de ver 
y de vivir, están espontánea y admirablemente 
expuestos y ridiculizados. 

En la ficción, las aventuras se suceden, aisla- 
das unas de otras, por largos intei*valos de di- 
gresiones morales exornadas de citas de historia 
clásica, y alguna vez de versos y sentencias la- 
tinas. Era el gusto de la época. 

El rasgo persistente del carácter del novelista 
se revela en su anhelo por interpolar en el curso 
reglas de conducta y prescripciones higiénicas. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 127 

El Periquillo es un tipo; es más, es una gale- 
ría de tipos chuscos, malignos, ridículos, perver- 
sos, bondadosos: Juan Largo, el doctor Purgan- 
te, el escribano Chanfaina, Luisa, el Chino; toda 
una teoría de personajes auténticos, moviéndose 
en primer término y teniendo por fondo los 
coros más abigairados y típicos: tumultos de lé- 
peros; rondas de serenos; cuadrillas de ladrones; 
procesiones de indios; el desfile, en fin, de una 
muchedumbre popular que cruza por la linterna 
mágica de un risueño é intencionado evocador. 
La ciudad de México está reproducida con 
una fidelidad de grabado antiguo. El México 
viejo resucita lleno de frescura y lozanía, ani- 
mado por el poder maravilloso de una pluma 
fácil y amena. 

No es minucioso Fernández de Lizardi para sus 
descripciones; es, por el contrario, sobrio, breve, 
simple. No son los suyos lienzos acabados, sino 
bocetos ligeros. Pero posee la facultad de los es- 
cenógrafos: dar efectos enérgicos y exactos con 
pinceladas de brocha gorda. 

Todos los críticos están conformes en que Eí 
Pensador era un revolucionario. Eso fué siempre 
en esta obra, más tal vez que en ninguna otra de 
sus fábulas. Era un demoledor. 

No lo es menos en La Quijotita^ que resulta 
otro inacabable sermón moralizador, otra sátira 



128 LUIS Q. URBINA 

de costumbres, otra acción desarrollada con len- 
titud e interrumpida por digresiones y comenta- 
rios sobre educación, higiene, religión y urba- 
nidad. 

La novela pretende comprobar, en su desarro- 
llo, cómo no sólo las malas inclinaciones, sino 
también los malos hábitos, destruyen toda felici- 
dad y acarrean toda desgracia. 

Con el mismo propósito que El Periquillo y Lm. 
Quijotiía^ fué escrita la narración, de gusto neta- 
mente mexicano, llamada Don Catrín de la Fa- 
chenda, Trátase de la vida de un picaro de los 
tiempos coloniales, y, en particular, se trata de 
pintar, con idéntico pincel epigramático y mora- 
lista, ese tipo de Nueva España: el Catrín. Los 
episodios novelescos de esta obra no carecen, 
como es de rigor en los procedimientos de Fer- 
nández de Lizardi, de su moraleja correspon- 
diente. 

Pudiera yo casi afirmar que, salvo el origen, 
que es bastante turbio en este héroe, Don Catrín 
no es otro que el mismisimo Pedro Sarmiento en 
una nueva serie de aventuras, no muy distintas, 
por cierto, de las anotadas ya en la pormenoriza- 
da crónica de su vida. La impresión, por lo me- 
nos, que produce Don Catrín, es la misma que 
produce El Periquillo: el estilo corriente y fácil; 
la observación burda, pero exacta; la sátira tosca. 



LA VIDA UTERARIA DE MÉXICO 129 

pero espontánea, y, bajo de todo, una severa pre- 
dicación contra los malos hábitos, las perversas 
costumbres y los errores rutinarios. 

En Las noches tristes y el día alegre y es ya otro 
el aspecto literario. En estos diálogos, El Pensa- 
dor imita, acercándose mucho al modelo, las fa- 
mosas Noches lúgubres^ de D. José Cadalso. El 
poeta español, cuya existencia agitada y apasio- 
nada terminó de manera tan heroica y trágica» 
escribió las Noches lúgubres^ imitando, a su vez, 
como se sabe, a un poeta inglés: a Young. Sin 
embargo, en su libro patético y macabro. Cadal- 
so puso todo el horror, toda la locura, todo el 
ciego arrebato de un amor bruscamente interrum- 
pido por la muerte. Y esa especie de necrofilia es- 
piritual cometida en el cadáver de la actriz doña 
María Ignacia Ibáñez, da acentos de verdad y sin- 
ceridad a las Noches lúgubres. 

Algunos soplos de ese aliento pavoroso pasan 
por las páginas de la imitación mexicana. Y que- 
riéndose adaptar Fernández de Lizardi al estilo 
solemne y elegiaco del autor gaditano, cuajó sus 
Noches tristes de exclamaciones, de interjecciones 
y deprecaciones, que, a través de los años, nos 
suenan ahora a vacío, a falso y artiñcioso. Aquí 
fué donde El Pensador pagó su natural tributo a 
la moda. No obstante, hay también en este traba- 
jo de nuestro novelista, como en el del español^ 



130 LU:S O. URBINA 

un deseo de reproducir la verdad exaltándola y 
deformándola. 

El escritor mexicano recuerda en sus Noches 
las angustias y los sufrimientos que lo conturba- 
ron durante las persecuciones de que fué victima 
en plena lucha por la Independencia. En este sen- 
tido son interesantes los diálogos, ya no como 
literatura únicamente, sino también como psico- 
logía. En las hojas de este trabajo de El Pensador^ 
se confiesa un alma. 



Las piezas teatrales de Fernández de Lizardi 
que han podido llegar hasta nosotros, son: la se- 
gunda parte del melodrama El negro sensible 
(1825), cuya primera parte, de autor ignorado 
hoy, se representaba ya en 1805; el Auto María- 
no^ para recordar la milagrosa aparición de nues- 
tra Madre y Señora de Guadalupe, y una Pasto- 
rela en dos actos, de la cual se han hecho en Mé- 
xico muchas ediciones. 

El erudito mexicanófilo don Luis González 
Obregón, cita también, en la biografía de El Pen- 
sador^ El unipersonal de don Agustín de Iturbide^ 
que, según el juicio del escritor nombrado, es un 
monólogo en verso endecasílabo, en el que hace 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 131 

serias reflexiones acerca de sus errores políticos 
el efímero Primer Emperador. 



Me detengo. Es preciso concluir en un breve 
espacio. A ser posible, hubiera querido contar a 
ustedes la historia de un Rocambole de aquellos 
tiempos y de aquellas tierras: Fray Servando 
Teresa de Mier, otro representativo, otro revolu- 
cionario, otro escritor típico. Hubiera querido 
hablar un poco de José Miguel Guridi y Alco- 
cer, que, aunque con menos relieve que El Pen- 
sador y que Mier, no deja de ser interesante. 
Hubiera querido también analizar rápidamente 
la obra exquisita de los hermanos Lardizábal y 
la silueta de un narrador lleno de variedad: don 
Carlos María de Bustamante. 

Mas para terminar, no puedo hacer otra cosa 
que esbozar los fenómenos característicos. HjIos 
aquí: la poesía desmedrada y pulida de los me- 
lendistas y moratinianoSy calló, como pájaro asus- 
tado, a los primeros truenos de la tempestad 
revolucionaria. Muchas endechas de almíbar se 
deshicieron en las primeras gotas de sangre in- 
surgente. No aletearon con la viveza de antes 
ni esponjaron con voluptuosidad sus plumas tor- 
nasoladas las torcaces arrulladoras de las ana- 
creónticas. Mirtilo empezó a dejar de llorar los 



132 LUIS o. ÜRBINA 

desdenes de Filis, y Batilo se alejó lentamente, 
sin soplar flébiles gemidos en las cañas de su 
albogue. Poco a poco se extinguieron los candi- 
dos erotismos pseudodásicos. 

Mas la tendencia española de versificar, halla 
en esta vez una derivación a propósito, y de ella 
se vale para seguir reflejando y expresando las 
impresiones de la existencia colonial: me refiero 
a las fábulas y a los epigramas. En la fábula y 
en el epigrama, como en redomas de vidrio que- 
bradizo, depositaron los espíritus ansiosos de li- 
bertad el licor corrosivo de la rebelión. Sólo así 
pueden las ideas salir a la calle y comunicarse 
con la gente. Sólo así pueden pasar sin castigo 
bajo la mirada furiosa de la censura. La versifi- 
cación es descuidada; el vocabulario pobre; pero 
la situación social de México está retratada en 
apólogos y epigramas. Después del Pensador 
muchos fueron los fabulistas mexicanos. Distin- 
guiéronse Mendizábal, Barriazábal, Lacunza. 

Y, andando el tiempo, pudo notarse que si la 
poesía desmedrada y pulida enmudeció, fué por- 
que ante el espectáculo de la guerra sufrió un 
instantáneo asombro que la vigorizó poco des- 
pués e hizo que se le agolpara la sangre al cora- 
zón. Un viento heroico empezó a sacudir las 
liras. 

Y una transformación de las expresiones ope- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 133 / 

rábase como por obra de hechicería. Los tem- 
blores sociales hacían alteraciones literarias, a 
las que de modo natural y fatal cedió de buen 
grado la lírica mexicana. 

No que se apartase — no podía ser — del íntimo 
parentesco filial con la poesía española; no que 
rompiese los vínculos que la ataban al organismo 
literario castellano; no que, torciendo el rumbo, 
siguiese distinto sendero que el marcado por la 
evolución de las letras peninsulares, sino que 
para la exteriorización de los sentimientos recién 
experimentados, de las agitaciones espirituales, 
buscó fórmulas a propósito y las halló instintiva- 
mente en la imitación de los poetas hispanos 
más en boga entonces y que mejor reflejaban el 
momento histórico de la nación madre. Y así, en- 
contró la ocasión propicia para que penetrasen en 
nuestro Parnaso americano tres 'grandes poetas: 
don Manuel José Quintana, don Nicasio Alvarez 
de Cienfuegos y don Juan Nicasio Gallego. Po- 
dría yo multiplicar los ejemplos, pero considero 
que estoy en un país de América que en aquella 
época sufrió sacudimientos sociales idénticos al 
de Nueva España y se sometió a adaptaciones 
literarias semejantes. Por lo mismo, tengo la es- 
peranza de ser comprendido sin verme obligado 
a ejemplificar. Otres dos poetas, quizá los más 
notables de entonces, pudieran caber dentro del 



134 LUIS o. URBINA 

somero examen de este período: don Manuel 
Sánchez de Tagle y don Francisco Ortega. Mas 
como su labor se prolongó hasta más tarde, me 
reservo a hacer mención de ellos en la conferen- 
cia siguiente. 

El triunfo de la revolución constitucionalista en 
España, puso de nuevo en vigor la Ley magna 
promulgada en Cádiz en 1812, y derogada poco 
tiempo después en medio de la convulsión insur- 
gente. Tal fenómeno político apresuró la realiza- 
ción de la Independencia. Sin ponerse de acuer- 
do, absolutistas y liberales coincidieron en creer 
llegada la hora de hacer viable y definitivo el 
pensamiento de la emancipación. El período de 
crisis social tocaba su fin. La literatura política se 
hizo más vehemente y enérgica, dentro de las 
nuevas modalidades adquiridas. 

Un capítulo de trescientos años de historia es- 
pañola quedó cerrado el 27 de septiembre de 
1 82 1. Nueva España tomaba otro nombre, el 
npmbre ancestral y nacional: México. 

Por lo que toca a los hechos y aspectos pura- 
mente literarios de este lapso de veinte años, los 
primeros del siglo XIX, creo que todos ellos pue- 
den reducirse a dos fórmulas: 

i.^ La literatura mexicana desde 1800 a 1810, 
conservó su fisonomía netamente española, la de 
los siglos anteriores, con los caracteres de los pe- 



LA VIDA LITERARIA DE .VíÉXICO 135 

ríodos de decadencia: culteranismo, conceptismo^ 
pseudoclasicismo . 

2.^ Las agitaciones sociales y políticas que 
desde 1810 a 182 1 sufrió la colonia, alteraron las 
formas literarias, creando la literatura política, y 
dando entonación heroica a la poesía lírica, siem- 
pre con la indispensable y natural dependencia 
de los modelos españoles. En las ideas y en lis 
expresiones, que se transformaron, se nota ya la 
influencia de la literatura francesa; pero esa .in- 
fluencia no es directa, sino que nos llega por 
medio de nuestro contacto con el alma española, 
que sufre en aquella época la sugestión y la fas- 
cinación del pensamiento francés. Nótase tam- 
bién una marcada tendencia a reproducir fielmen- 
te nuestro medio físico, moral y social, y a hacer 
entrar en la prosa, y aun en el verso, giros y mo- 
dismos populares. Esta tendencia, iniciada de 
tiempo atrás, adquiere fuerza y desarrollo duran- 
te la guerra insurgente, y tiene por origen la ne- 
cesidad de hablar al pueblo en su lengua y con 
su espíritu de cosas que necesariamente debía él 
comprender y saber, para animarlo a entrar como 
primer factor en la lucha por la libertad. De allí 
la aparición del escritor que personifica este im- 
pulso: El Pensador Mexicano, 

Un paso falta nada más para llegar al período 
romántico en la poesía de mi país. 



III 



México independiente.— Las clases socia- 
les y las escuelas literarias. — Clásicos j ro- 
mánticos. — Sánchez de Tagle j Francisco 
Ortega. — Rodríguez Galván y Femando 
Calderón. — «El Nigromante».— Guillermo 
Prieto. — Flores y Acuña. 



Más de cincuenta años de lucha política y so- 
cial presentaron en México diversas condiciones 
para el desarrollo intelectual del país. El esfuer- 
zo por constituir un pueblo que se desligaba del 
secular tutoreado español y que pugnaba porque 
desapareciesen, con la rapidez de su deseo de 
transformación, las arraigadas fórmulas bajo las 
cuales había vivido por tanto tiempo, estremecía 
la sociedad, la revolvía en tempestuosos arreba- 



LUIS G. URBINA 



tos Je pasión y de anlieío, en ciegos frenesís" 
delirios de ideales y ambídones. La nación me- 
xicana^ desde 1821^ a ia entrad i del Ejército Tri- 
garante, «había deja Jo de ser Nueva Esp¿mav 
pero se resistía^ naturalmente, a dejar de ser co- 
lonia! 1*. Y hombres de energía suprema, centros 
de pensamiento y de voluntad, núcleos de se- ' 
lección y de educación, agitiban las masas enat* 
decidas por el sentimiento de la libertad, y las'^ 
empujaban y orientaban hacia rumbos nuevos»,! 
Y como era precioso, y conforme a leyes ineludi- 
bles, entablóse el combate de la fuerza conser-^ 
vadora y de la fuerza revolucionaria. Toda h 
existencia nacional en ese periodo de conmociónt ^ 
y de adaptación, esti lleno de interés dramático* 
«Constantemente — dice un pensador— la historia 
de un grupo humano en los momentos en que 
se modifica y renueva, adquiere una apasionan- 
te intensidad, y es uno de los espectáculos más 
atray entes y variados de que puede gozar un es-- 
píritu superior,* E! pueblo mexicano es uno de 
los pueblo i que han sufrido mucho. Fué aquel 
un gran periodo de dolor y de sacrificio: el lm> 
perio de Uúrbide, el triunfo de los principios d©*- ! 
mocráticos, la dictadura de Santa Ana, la inva-j 
sion yanqui, la Kcforma, la invasión francesa, Itit 
tragedia de Maximiliano de Haspburgo, la Repú- 
blica de Juárez- Fistos son los cuadros de nueSr 




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LA VíDA LITERARIA DE MÉXíCO 



139 



drama de anarquía, de tiranía, de fe y de 
[ideal. Veamos cuáles fueron las voces que se le- 
I vantaron en ese largo tumulto de sombras y re- 
[lámpagos. 



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La división sodat se marcó en la literatura de 
un modo evidente. Las cla^^es superiores, las 
t que cuidaban y representaban los intereses y 
tradiciones, las que sostenían los conceí^tos 
monárquicos y habían gozado de los privilegios 
r virrey nales, estaban preparadas mejor para la 
LtepresLÓn y defensa de sus ideas. Españoles y 
•criollos salidos de la Universidad y de los Semi- 
'narios, prolon:^aban las tendencias clásicas^ frías 
y mesuradas, de que se hab'an servido para 
[^combatir la emancipación. Es cierto que algunos 
miembros de esta clase, como había sucedido 
durante i i guerra de la Independencia, estaban 
idei otro ladOj del lado de las clases medias, 
entre las cuales dominaba el elemento mestizo 
m^nos preparado, desde el punto de vista cul- 
tural, pero más brioso, más aud¿iz, más ágil de 
pensamiento, más seguro del porvenir y de la 
Victoria. 
A raíz de la Independenciaj la arenga revolu- 



140 LUIS Q. URBINA 

cionaria, y €i panfleto ^ el folleto, se modificaron, se 
enseriaron, y, por obra de las circunstancias, 
produjeron dos géneros literarios desconocidos 
hasta entonces: la oratoria parlamentaria y el pe- 
riodismo doctrinario. Una y otro señalaron el an- 
tagonismo, la disimilitud de las opiniones. El 
primer aspecto de esta lid es la divergencia den- 
tro de una aceptada teoría — la democrática — de 
estos dos criterios: el de los conservadores, que 
propendían al Gobierno Central, como una tran- 
sición entre lo pasado y lo futuro, y el de los li- 
berales, que se decidían por la inmediata realiza- 
ción de la República federal. Estas dos tenden- 
cias tuvieron órganos verbales y periodísticos de 
innegable valer literario, y, al mismo tiempo, es- 
timularon la creación de la Historia Nacional, no 
ya como las crónicas de los siglos coloniales, que 
eran narraciones más o menos verídicas de los 
sucesos, sino como estudio crítico de los aconte- 
cimientos, como análisis de sus causas y efectos. 
La historia de aquella época, narrada por D. Lu- 
cas Alamán y por D. Lorenzo Zavala, presenta 
los mismos hechos y los mismos hombres, pero 
los juzga de manera distinta. Y es que la histo- 
ria, entonces, no fué, no podía ser un juicio tran- 
quilo, ni una imparcial sentencia, sino una polé- 
mica. Mas lo que le faltó de equidad, le sobra en 
muchas páginas de elocuencia ardorosa, de rea- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 141 

lidad bien sentida, de fuerte y pintoresca des- 
cripción. A la vera de vibrantes narradores, como 
D. Carlos Bustamante, observaban los fenómenos 
y penetraban en su íntima esencia otros escrito- 
res de serenidad y ponde- ación, como D. José 
Luis Mora, quienes cimentaban con su examen 
y sus apreciaciones la sociología mexicana y pre- 
paraban el advenimiento de la filosofía de la his- 
toria, de nuestra historia, que tomó, por fin, cuer- 
po y adquirió vigor en la obra de los pensadores 
que siguieron, y entre los cuales descuellan tres 
figuras magistrales y representativas de la evo- 
lución intelectual de México: D. Ignacio Ramírez, 
D. Ignacio Altamirano, D. Justo Sierra. 

La literatura, propiamente dicha, la incontami- 
nada de la finalidad política, la bella literatura, se 
resintió asimismo de estas divisiones sociales. 
Este es el motivo por el cual permanecen todavía, 
hasta muy entrado el siglo XIX, los gustos y las 
imitaciones del clasicismo español, que es como 
una basta alquitara que destila y refina los añejos 
vinos romanos y helénicos. A la clase conservado- 
ra pertenecieron esos gustos y esa imitación. Con 
un intransigente sentimiento católico y una re- 
pugnancia agresiva por la libertad del pensa- 
miento y de la forma, los poetas que representa- 
ban esa porción social se empeñaron en cultivar 
las reproducciones hispánicas del Siglo de Oro^ 



142 LUIS o. URBINA 

la suavidad y blandura seudo-clásicas, la correc- 
ción y pulcritud académicas. 

En cambio, la clase media, francamente libe- 
ral, no incrédula, pero tampoco gazmoña, y, por 
efecto de la Independencia, beneficiada en sus 
derechos y estimulada en sus aspiraciones, pre- 
sentaba a sus literatos y poetas, los cuales tenían 
mayor espontaneidad y sinceridad, menos apego 
a la retórica y a la sumisión de los modelos anti- 
cuados y dejaban presentir ya las primeras ma- 
nifestaciones de un balbuceante romanticismo. 

Bien es verdad que México se prestaba enton- 
ces al desarrollo de ese modo hiperestesiado de 
sentir y de esa libertad de expresar que en Es- 
paña misma habíase apoderado de la poesía líri- 
ca y de la dramática, y desde D. José Mariano de 
Larra y D. Ángel Saavedra, hasta Espronceda y 
Zorrilla, mostraba ya un cambio radical que brus- 
camente la apartaba del artificio neoclásico y de 
las odas moratinianas y de la altisonante, de la 
desproporcionada sonoridad de Quintana y ( ien- 
fuegos. El romanticismo era una rebeldía contra 
todo eso: era una reacción. Y nos halló prepara- 
dos para recibirlo. El medio de agitación y de 
conmoción incesantes; nuestras costumbres ca- 
ballerescas y legendarias; el amor de reja y sere- 
nata, de reablo nocturno y desafío; la vida po- 
pular de hampa y truhanería; la profunda divi- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 143 

sión en las ideas, que engendraba delirantes 
afectos y frenéticos odios; la inquietud espiritual; 
la ancestral inclinación al sentimentalismo y al 
ensueño; los contrastes y antítesis de una exis- 
tencia en la que iban revueltos místicos que leían 
a Santa Teresa y ateos que estudi iban a los En- 
ciclopedistas; ios muros claustrales que encerra- 
ban plegarias y los cuarteles de donde salían 
ruidos bélicos; las conspiraciones de los conven- 
tos; las citas secretas de los masones; las bendi- 
ciones de los puñales; los juramentos bajo la 
luna; las apasionadas historias con su escala de 
Romeo y su túmulo de Julieta; las mismas ciu- 
dades coloniales con sus largas tapias de jardín, 
sus calles solitarias, sus noches luminosas y si- 
lenciosas, hasta la misma natura' eza plácida; las 
lejanías diáfanas; las montañas de azul cobalto; 
las llanuras de sendas grises y manchas de ver- 
de esmaltado, todo, la sociedad, el alma, el cielo 
y el suelo, eran a propósito para recibir y difun- 
dir la nueva manifestación literaria. Nuestro am- 
biente, el ambiente de esa parte de América, era, 
es incurablemente romántico. De modo es que 
poseíamos los elementos psíquicos; la expresión 
nos vino de fuera; la emoción la teníamos ya; 
era nuestra desde hacía muchos años. Un gran 
pensador — probablemente el más alto de nues- 
tros pensadores — añrma que toda nuestra litera- 



144 LUIS o. URBINA 

tura poética, desde 1830, es romántica. La forma 
de las obras realistas — dice en 1895 — es la que 
ha influido sobre nosotros, no la tendencia, el 
espíritu no, o muy poco: románticos hemos sido 
y seremos largo tiempo, a pesar de las transfor- 
maciones que sufren las escuelas de nuestros 
maestros de Ultramar. 

Y esto lo escribía cuando empezaba vigorosa- 
mente un período de renovación, el más amplio 
y firme de todos para la literatura mexicana. 

Tal disposición y tal medio obligaron hasta a 
los mismos poetas tradicionalistas a contagiarse 
de romanticismo. 

D. Francisco Ortega y D. Manuel Sánchez de 
Tagle representaban, al principiar el período re- , 
publicano, la aristocracia literaria. Ortega era el 
más pulido versificador de su tiempo. Si en sus 
primeras composiciones pueden ser notados los 
defectos prosódicos de la época, comunes a to- 
dos los poetas mexicanos, se nota que conforme 
se adueña de su arte, va corrigiéndolos lenta, 
pero seguramente, hasta que la rima y el ritmo 
adquieren una perfección inusitada entonces. 
Mas la tersura y la armonía de la versificación 
no corren parejas con el brillo del estro y el vue- 
lo de la fantasía. 

Mesurado frecuentemente en la dicción, don 
Francisco Ortega es calculador en la fantasía. Sus 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 145 

imágenes, sus metáforas, son obra paciente de la 
meditación, no espontáneo impulso imaginativo. 
Esta moderación, esta discreción, impiden el 
arranque desmelenado, siquiera sea falso, del li- 
rismo arrebatador que se usaba en aquellos tiem- 
pos. Ortega es claro, peco frío. El anhelo de con- 
servar siempre la compostura académica, recorta 
y empequeñece el traje declamatorio de su musa. 
Porque este poeta, como casi todos los de enton- 
ces, fué un poeta civil, y llegada la oportunidad, 
puso sus versos al servicio de la causa política. 
La efei'vescencia de los episodios que iban suce- 
diendo en la vida nacional, llegaba a la lira de 
los poetas y les arrancaba cantos heroicos y fer- 
vientes inspiraciones. El júbilo de la libertad em- 
briagaba a las musas, como una fuerte y agria 
posea. 

Ortega, hombre de gran salud moral, se con- 
tuvo en los límites de un generoso y medido 
entusiasmo. Era un sagaz y prudente observa- 
dor. Por encima del hervor de las pasiones, la 
severidad de su juicio clareaba como luz de es- 
trella sobre ola de borrasca. Tres númenes le 
inspiraron: son los mismos que mueven y soco- 
rren la lírica de Sánchez de Tagle: la Patria, la 
Religión, el Amor. 

«El Amor y la Melancolía me hicieron poeta», 
dice Sánchez de Tagle en una sentida confesión 

10 



146 LUIS O. URBINA 

íntima. Y es verdad. Las obras en verso de este 
patriarca literario están poseídas de lánguida 
tristeza y de ternura amorosa. Ni la retórica cul- 
terana de sus odas, ni el almibarado amanera- 
miento de sus versos eróticos, ni la solemnidad 
rebuscada de sus cantos patrióticos, ni las notas 
orgiásticas de candorosa falsedad de sus ana- 
creónticas, pueden ocultar un sedimento de pena, 
un dejo de amargura real. Y es que el poeta 
tenía, él mismo lo dice en su confesión, un co- 
razón demasiado sensible y delicado, y la época 
en que vivió no era propicia a la quietud conso- 
ladora, al tranquilo esparcimiento del ánimo. 

Mas herido y maltrecho en las primeras horas 
de su juventud, supo templar al fin su alma y 
abroquelarse serenamente contra los ataques in- 
sidiosos de la maldad; supo convertir la blandu- 
ra de su sentimentalismo en templado acero de 
convicción y de justicia, y de aquella exquisita 
fantasía salió más de una vez el rayo de las sa- 
gradas iras. Sánchez de Tagle era un creyente 
sincero; pero no desdeñaba la lectura de los en- 
ciclopedistas. 

No fué moralista en verso como por enton- 
ces se estilaba. No escribió nunca sátiras ni 
sentenciosas epístolas. Vivió transformando sus 
ideas con el curso del tiempo, y del mismo modo 
que sus vestidos, que al comenzar el siglo eran 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 147 

el obscuro casacón, el calzón corto, la media 
negra, el zapato con hebilla de plata, y en el año 
de 1847 eran la levita de largos faldones, el 
constrictor y alto corbatín, el ajustado pantalón 
de ü-abilla, del mismo modo fué adaptando su 
temperamento a las modificaciones del medio. Y, 
primero el lunar de la Virreyna y las desdichas 
de la madre España y la estatua imperial de Car- 
los, y luego el heroísmo insurgente y la libertad 
de la Patria, le arrancaron ya cortesanías, ya 
lamentos, ya elogios de vasallo fiel, ya gritos 
épicos, ya triunfales himnos. Meléndez, Quinta- 
na, Cienfuegos, influyeron en él; pero de su arti- 
ficio neoclásico y de su desbordamiento retórico, 
pasó este poeta por transformaciones sucesivas, 
y quizás inconscientes, a un suave y lacrimoso 
escepticismo romántico, al que lo condujeron sin 
esfuerzo la revolución naciente, los nuevos mo- 
delos y su corazón delicado y sensible. 

Sin embargo, como Ortega, como Castillo y 
Lanzas, como otros varios de segunda fila, Sán- 
chez de Tagle, en la totalidad de su obra, perte- 
nece al grupo conservador de las formas y de 
las ideas, que buscaba y hallaba en los anti- 
guos modelos españoles la manifestación supre- 
ma del arte. 



148 LUIS Q. URBINA 

Inmediatamente después de estas figuras ve- 
nerables, se destacan con fuerte relieve, en el 
grupo de los conservadores literarios, dos poetas 
celebrados y representativos: D. José Joaquín 
Pesado, D. Manuel Carpió* La crítica, reciente- 
mente y por causa de estos poetas, ha dado en 
la flor de llamar al grupo a que me refiero de 
los salmistasy tal vez porque hay en su númen^ 
particularmente en el de Carpió, una constante 
obsesión de la leyenda cristiana. 

Carpió es un versificador tranquilo. Heno de 
orden y buen sentido. Adjetiva con atención, 
enumera con paciencia, metrifica con amplitud y 
variedad. No carece a ratos de viveza. Gusta de 
pintar multitudes en movimiento. La fantasía de 
este poeta tiene las alas recortadas por un gusto 
burgués y parsiminioso. Muchas de sus compo- 
siciones producen el efecto de prosa rimada. Mas 
como su fe es verdadera, le ayuda a poner en su 
poesía entusiástica unción. Tiene en las descrip- 
ciones, que por lo regular son prolijas cuando 
trata de reproducir la Naturaleza, rasgos felices y 
epítetos sugestivos. Un canto suyo a México 
ábrese con este cuarteto, que ha pasado de gene- 
ración en generación, repetido y aprendido por 
todos mis conterráneos: 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 149 

Espléndido es tu cielo, patria mía, 
de un purísimo azul como el zafiro; 
allá tu ardiente sol hace su giro 
y el blanco globo de la luna fría. 



Y no obstante ser un poeta de la religión, y de 
escoger sus asuntos entre las páginas bíblicas y 
las oraciones litúrgicas, se escurre de cuando en 
cuando el hilo claro de su moderada inspiración 
hacia el campo romántico. Canta cosas profanas. 
Y las canta con cierto vigor expresivo que produ- 
ce el efecto de la verdadera emoción. Entre estos 
trabajos, uno de los más relevantes es la oda El 
Turco^ que es la queja de un enamorado orien- 
tal que a la orilla del Bosforo llora males de 
ausencia. He aquí un rasgo erótico de El Turco: 



¿Qué me importa sin ti la blanca nube 
volando incierta por el aire leve? 
¿Qué los grandes y verdes platanares 
que el fresco viento vagoroso mueve, 
si nos separan los inmensos mares? 
¿De qué me sirven los jacintos rojos, 
el lirio azul y el loto de la fuente, 
si no los han de ver aquellos ojos, 
si no han de coronar aquella frente? 



150 LUIS o. URBINA 

Don José Joaquín Pesado es más fino, más atil-- 
dado, más vivaz y enérgico, más humano, y por 
eso, con más tesón que a Carpió, lo visita la 
musa profana. Vasta cultura y dominio del len- 
guaje ostenta este poeta celebrado sin tasa por 
Menéndez y Pelayo. Sobresalen en Pesado las 
cualidades descriptivas. Siente bien la Naturaleza 
y la dibuja con exquisito pincel clásico. En su 
colección de versos hay sonetos que, por lo ele- 
gantemente labrados, constituyen páginas de flo- 
rilegio. 

El género cultivado por Carpió y Pesado ha te- 
nido continuadores. Después de ellos vinieron 
don Alejandro Arango y Escandón, don José Se- 
bastián Segura, don Miguel Jerónimo Martínez, 
don José María Roa Barcena, todos ellos con su 
distintivo de academismo y pulcritud, que era 
algo así como la manifestación en las letras de 
una clase social en cuya educación entraban, 
como imprescindibles componentes, las rancias 
ideas, las devotas costumbres y el apego al mi- 
soneísmo, 

* * * 

Muy otros eran los literatos de las clases me- 
dias. La educación de éstos había sido una espe- 
cie de «mecanismo comprimente que a veces atro- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 151 

fiaba las energías psíquicas intelectuales, y sólo 
dejaba campo a la emoción, al sentimiento. Sa- 
lían de las escuelas e intentaban una reeducación 
que, como un viento huracanado, barriera en su 
cerebro el polvo de la rutina y el prejuicio. De 
moda comenzaba a estar inspirarse en el ateísmo, 
en el Diccionario filosófico de Voltaire, que era 
un buen disolvente, pero no un buen reconstitu- 
yente. Y si la Iglesia — afirma un historiador — en 
aquellos dramáticos días se ponía del lado de los 
intereses coloniales de España, en suma, una se- 
lección de emancipados intelectuales se puso de- 
cididamente del lado de la libertad, y aun tenien- 
do abajo la masa ignara que se movía instigada 
por una superstición de carácter religioso, preten- 
día sustituir la religión de Roma por la religión 
de ía Patria. Por eso luchaba y exageraba su in- 
cre4ulidad y su impiedad.» 

De esos centros de rebelión salieron — era lo na- 
tural — los románticos mexicanos. Salieron desen- 
frenados, incorrectos, desbaratando reglas, rom- 
piendo disciplinas, en un libertinaje retórico y pro- 
sódico que ponía espanto en el bando aristocrá- 
tico de los clásicos a la española. El gemido esple- 
nético^ el sentimentalismo que se torna sensible- 
ría, la vaguedad ideológica, la desesperación y 
el hastío, la duda del bien, la obsesión de la 
muerte, el vuelo lírico cortado bruscamente por 



152 LUIS o. URSINA 

la salida sarcástica, todo Byron a través de Es- 
pronceda, eran la seducción de aquellas genera- 
ciones literarias, que se encontraban prepara- 
das, organizadas, diré mejor, para la imitación 
más o menos superficial. El autor de El Diablo 
Mundo los llevaba a los frenesíes del romanti- 
cismo inglés, y el Duque de Rivas y Zorrilla los 
inclinaban al romanticismo legendario. La mele- 
na, la palidez, la misantropía, entraban de rondón 
en nuestras costumbres mexicanas. Todo el 
mundo quería ser romántico; es más, todo el 
mundo lo era. Y había quien por acercarse al 
original, imitaba la cojera del genial Jorge Cor- 
dón. Era preciso que delante de estas extrava- 
gancias, para modificarlas y atemperarlas, sur- 
giese la burla, sonriese la ironía, brincase, como 
chico travieso, el epigrama. Los escritores cos- 
tumbristas retratan risueñamente las escenas 
chuscas y los cómicos lances de nuestro ultra- 
romanticismo. 

Pero no eran sólo los españoles los que nos 
contagiaban su fiebre; eran los franceses, que ya 
empezaban, aunque poco, a ser leídos direc- 
tamente. 

Dos jóvenes, de 1830 a 1840, pueden repre- 
sentar, francamente definidos, los albores román- 
ticos de México: D. Ignacio Rodríguez Galván, 
D. Fernando Calderón. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 153 

Rodríguez Galván era un mestizo triste. De- 
pendiente de una librería en su mocedad, encon- 
tró allí fuente rica en que saciar su sed espiri- 
tiia.1. Allí estudió, devorando volúmenes. Allí, 
probablemente, escribió también sus primeros 
versos. La figura morena de este muchacho bar- 
bilampiño, de ojos negros y pelo lacio, cruza si- 
lenciosamente por el fondo de llama y humo de 
aquel periodo histórico. Parece que cruza dis- 
traído, con su melancolía hereditaria, y que va 
cantando en voz baja. Amaba a una mujer; ama- 
ba la gloria. En. ninguno de estos dos amores 
tuvo fortuna. Dice: 



Abrasa mi corazón, 
la ardiente voraz pasión 

de la gloria. 
¡Oh, si en mi patria querida 
durase, más que mi vida, 

mi memorial 



Dice también : 



Avaricia, no amor el mundo rige; 
yo a quien la suerte vacilante tñige. 



154 LUIS o. URBINA 

yo, que entre harapos, trémulo, nací, 
"¡Te amo!, le dije a la mujer. Resuelta 
ella responde con la espalda vuelta: 
•¡Mendigo, huye de aquíl^ 



Este poeta, cantor del desengaño y del pesar, 
y que murió en plena juventud, lejos de su país, 
en la Habana, tiene <los particularidades: la de 
ser un creyente, más, la de ser un observante y 
la de buscar los asuntos de sus poemas y de sus 
dramas — porque era también autor dramático — 
en la leyenda y en la historia del país. Poetiza 
la vida de México. En sus versos líricos hay a 
cada instante reminiscencias regionales, descrip- 
ciones precortesianas, panoramas y paisajes de 
nuestros valles. Los nombres de poemas y pie- 
zas dramáticas de Rodríguez Galván son por sí 
mismos evocadores y aclaratorios: La Visión d-e 
Moctezuma; La Profecía de Guatimoc; El Privado 
del Virrey; Muñoz el visitador de México. 

¡Cuan distintos estos npmbres de los que su 
contemporáneo D. Fernando Calderón, su ro- 
mántico compañero, puso a las producciones tea- 
trales que salían de la pluma de éste: El Tor- 
neo, Ana Bolena^ Hernán o la vuelta del Cruzado, 
Y es que Calderón, hijo de padres criollos, tenía 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 155 

otro concepto de la vida, el concepto caballeres- 
co, y buscó en las guerras de las Cruzadas o en 
las páginas de la historia y de la novela ingle- 
sas, asuntos para su inspiración. 

Pero es de notar que si en los temas hay di- 
vergencias entre Calderón y Rodríguez Gal van, 
en ^1 modo de rimar, en los procedimientos retó- 
ricos, en la impetuosidad del estilo, en la irregu- 
laridad de la dicción y de la métrica, en los pro- 
saísmos, hay semejanzas. Representan no sola 
una escuela, sino una época. Y representan tam- 
bién una clase social. 

Al llegar el año 1850, treinta y nueve años 
después de la Independencia, se complica, se in- 
tensifica la vida mexicana. Es una vida violenta^ 
de acometividad, de pugna incesante, de interés 
y aspiraciones. Comienza aquí la época que, en 
nuestra historia, llamamos de la Reforma. Una 
caprichosa dictadura militar y una invasión yan- 
qui, injustificada y cruel, habían debilitado y 
exasperado una sociedad, atacada incidental- 
mente de neurastenia aguda, por efecto de re- 
petidas y bruscas impresiones. Y la vibración y 
la exaltación de los espíritus se reflejó en las 
letr^. 



156 LUIS o. URBINA 

No sólo en las políticas, en las arengas revolu- 
cionarias, en los discursos de elocuencia encen- 
dida, en los periódicos, en que flameaban las 
cláusulas declamatorias, sino en los versos más 
gemebundos, de una idealidad más difusa y con- 
fusa; en la novela y el cuento, que pintaban, no 
como en tiempos del Pensador^ hombres y cosas 
de la realidad, sino fábulas extraordinarias, ac- 
ciones sublimes, personajes superhumanos, mal- 
dades diabólicas y virtudes angélicas. El teatro, 
el libro, la estrofa, abultaban, desfiguraban la 
existencia. Época dé sollozos y cantares, la llama 
un historiador. D. Fernando Orozco publicó por 
entonces La Guerra de Treinta -¿4«(?j, una nove- 
la de pasión y desencanto, de un pesimismo ne- 
gro y preñado de rayos, como cielo de tormenta. 
El interés de este libro y de otros, como los cuen- 
tos de Juan Díaz Cobarrubias, como las leyendas 
de Florencio María del Castillo, como Una rosa 
y un harapo, de José María Ramírez, estriba en la 
pintura del medio aquél, hecha a la manera ro- 
mántica, por supuesto, con un subjetivismo vi- 
sionario, y en la reproducción de las ideas y sen- 
timientos imperantes. 

Porque se prolongaba y acentuaba la tenden- 
cia a nacionalizar la literatura, a dibujar nuestros 
paisajes, a revivir nuestra historia y a presentar 
y estudiar nuestra humanidad. Conviviendo con 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 157 

esta3 psicopatologías, la franca alegría, la gracia 
sana, el humorismo intrascendental, aparecían 
por todas partes haciendo caricaturas verbales en 
el chascarrillo, en la anécdota, en el cuadro de 
costumbres. Y, a par de los sucesos y movimien- 
tos sociales, la literatura se intensificaba y se 
multiplicaba. Difundíase por todos los Estados 
de la República. En Yucatán, que puede decirse 
que tiene un Parnaso aparte, y donde el doctor . 
Sierra novelaba, y versificaba Wenceslao Alpu- 
che; en Guañajuato, en donde soñaba un poeta 
ciego, Juan Valle, con horizontes luminosos; en 
Veracruz, que llenaban las rimas de D. José 
María Esteva; en Puebla, en Michoacán, los Cen- 
tros literarios no se daban punto de reposo. La 
agitación de la vida estimulaba la producción» 
Quisiera yo presentar a ustedes algunos ejempla- 
res escogidos entre este numeroso conjunto de 
labor romántica de mi país. Pero es que voy con 
las botas de siete leguas del cuento, recorriendo 
la floresta lírica, un poco enmarañada, pero fra- 
gante, de este período de nuestras letras. Nece-^ 
sito pasar de prisa, llegar cuanto antes a la co- 
marca brillante, armoniosa, selecta, de los poetas 
modernos. Sin embargo, estancias y rimas hay 
que, como cálices abiertos, se asoman por entre 
el laberíntico ramaje y me incitan a cortarlas y 
presentarlas a ustedes conio una ofrenda. No re- 



158 LUIS o. URBINA 

sisto, y cedo a la tentación. Aquí está un soneto 
típico del romanticismo mexicano, que yo siento 
fresco todavía como lirio húmedo de rocío. Su 
autor, Pantaleón Tovar, es probablemente desco- 
nocido para ustedes. 



A UNA NIÑA QUE LLORA POR UNAS 
FLORES 



Apenas niña y el intenso duelo 
te llena el corazón de sinsabores, 
y mil gotas de llanto, los fulgores 
de tus ojos, ocultan tras un velo. 

Quien te hace padecer, insulta al cielo. 
¿Por qué lloras, qué tienes, quieres flores? 
Pues yo te las daré; pero no llores, 
no llores, alma mía, y si en el suelo 

no hallas quien bese la nevada seda 
de tu alba frente que al amor convida, 
si no hay en él quien abrazarte pueda, 

ven a mi seno y beberé, mi vida, 

■esa lagrima pura que se queda 

de tus húmedos párpados prendida. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 159 

En el fondo de las clases medias, asustándolas 
y dominándolas, se presentó una vez un hombre 
de aspecto sereno, pero de espíritu volcánico y 
arrebatado. Venía de la clase inferior, del subsue- 
lo, de la morena muchedumbre. Era un indio, un 
ejemplar de la raza. El talento y la ilustración de 
este hombre se impusieron al medio y obraron 
sobre él como un martillo sobre un bloque de 
granito. Su nombre en mi país posee la virtud de 
la evocación. Y más que su nombre, el seudóni- 
mo con que firmaba sus escritos políticos: Igna- 
cio Ramírez, El Nigromante, Quiero trasladar aquí 
un retrato a grandes rasgos, trazado por uno de 
nuestros historiógrafos. 

«£"/ Nigromante — dice — hacía a la vista de los 
piadosos, de los devotos, de los gazmoños y tar- 
tufos del moderantismo, un papel especial: era el 
Mefistófeles de la Reforma, era un Satanás. La 
boca irónica y ligeramente contraída, como el 
arco al disparar el dardo, portel hábito de la bur- 
la implacable y del sarcasmo; la mirada brava, 
observadora, un poco insolente, llena de miseri- 
cordia para todos los errores y miserias en el 
fondo de la pupila negra. Ramírez, como ministro 
de don Benito Juárez, era una inquietud, una 
alarma; era el representante del espíritu anticató- 
lico de la revolución. «No, decían todos, somos 
católicos, no venimos a hacer la guerra a la Igle- 



160 LUIS o. URSINA 

sia, sino a los abusos del clero.» Ramírez decía: 
«Vuestro deber es destruir el principio religioso» 
cristiano o católico, para que, emancipada la so- 
ciedad, ande.» 

% Ahora me permitirán ustedes que desde este 
momento mezcle, de cuando en cuando, entre es- 
tos juicios rápidos y estas bosquejadas observa- 
ciones, algunos recuerdos míos, algunas visiones 
directas de seres y cosas que yo logré alcanzar y 
ver en mi niñez, que provenían de la época que 
pretendo estudiar y que se prolongaron en una 
vetustez que engendraba curiosidad respetuosa, 
hasta posteriores generaciones. Recuerdo haber 
visto pasar por mi existencia escolar a este maes- 
tro, cetrino, flaco, viejo, con la espalda encorvada 
dentro de la levita de un negro amarillento. Cuan- 
do lo rememoro lo veo siempre abstraído, siem- 
pre triste, en una concentración despectiva. Y re- 
cuerdo también que un día, hace ya más de vein- 
ticinco años, una mujer que por entonces tenía 
la edad difícil de los treinta, la edad estudiada 
por Balzac, puso en mis manos un álbum de pas- 
tas de concha, algo más grande que un devocio- 
nario, y que ella cuidaba con meticulosidad reli- 
giosa. Era como su libro de oraciones. Lo guar- 
daba bajo siete llaves. Lo escondía a las miradas 
del mundo. Necesitaba estar segura de que la 
persona a quien lo enseñaba era digna de verlo. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 161 

Yo tuve esa fortuna. Cuando lo abrí no olvido 
que me invadió una emoción de timidez. Sugeri- 
do por la idea del tesoro, me repetía a mí mismo: 
estás tocando una reliquia. En una hora de amis- 
tosa intimidad, de familiar confianza, leí, ávida y 
respetuosamente, aquellas hojas que el tiempo 
comenzaba a patinar con sus aceitunados mati- 
ces. La portada era de don Ignacio Ramírez: un 
dístico lapidario. 



Ara es este álbum; esparcid, cantores, 
a los pies de la diosa, incienso y flores. 



Dentro de esta gran concisión latina se ocul- 
taba un amor senil, como una ave cansada que 
se escondiese entre las volutas de una capitel de 
mármol. Amor romántico, hecho de ternura pa- 
ternal e ilusión tardía, en la que, no obstante, 
brillan relámpagos de deseos anacreónticos. Un 
famoso soneto es un episodio de celoso despe- 
cho, rimado por el célebre ironista mexicano. (La 
sonrisa de don Ignacio Ramírez es, por paradoja, 
una de las cosas más serias de la vida intelectual 
mexicana.) 



11 



162 LUIS Q. URBINA 

¿Por qué, Amor, cuando expiro desarmado 
de mí te burlas? Llévate a esa hermosa 
doncella tan ardiente y tan graciosa 
que por mi obscuro asilo has asomado. 

En tiempo más feliz yo supe, osado, 
extender mi palabra artificiosa 
como una red, y en ella, cautelosa, 
más de una de tus aves he cazado. 

Hoy de mí mis rivales hacen juego, 
cobardes atacándome en gavilla; 
y libre yo, mi presa al aire entrego; 

al inerme león, el asno humilla; 
vuélveme. Amor, mi juventud, y luego 
tú mismo a mis rivales acaudilla. 



¡Lo que es haber vivido! Conocía a la paloma 
perseguida, al león humillado, a los asnos irreve- 
rentes. Aquel álbum me contó muchos secretos. 
En la salita de la casa pobre, con vestigios de 
faustos extinguidos — un mueble antiguo, un re- 
trato al óleo, un candelabro arcaico — me habla- 
ron el álbum y la mujer. 

El álbum guardaba el perfume de nuestra poe- 
sía romántica, en la cual, como caso aislado y 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 163 

casi Único, había brotado la clara fuente de una 
inspiración diáfana que corría en formas anti- 
guas, en vasos griegos, en ánforas latinas. — Don 
Ignacio Ramírez era un excelente latinista — . 

La mujer, conservaba, un poco marchita ya, 
una belleza arrogante, una hermosura matronal, 
que hacía pensar en la copla del rabí Sem Tob: 



Cuando es ida la rosa 
que ya el verano sale, 
queda el agua olorosa, 
rosada que más vale. 



Todavía aquellos ojos negros y abismales, 
dentro de la corola obscura de las ojeras, tenían 
fascinación. Todavía aquel perfil numismático 
destacábase en líneas delicadas, y aquella cabe- 
za romana conservaba encanto. La inteligencia y 
el corazón de esa mujer valían más que su her- 
mosura. Estaba raramente predestinada por la 
fatalidad. Los poetas románticos la habían ama- 
do hasta el delirio. A su alrededor el vulgo 
tejía fábulas de encantamiento y consejas de 
brujería. Todos los poetas del tiempo eran sus 
amigos, la visitaban y gustaban de conversar en 
su estrado literario. Este es también un dato pin- 



164 LUIS o. URBINA 

toresco de la época. Aquella costumbre de vivir 
entre hombres de letras era antigua en la casa. 
La madre de la Musa contaba con señoril acento 
las anécdotas de su amistad con Calderón, con 
Gorgstiza, con Guillermo Prieto. Sus hijas respi- 
raron desde la cuna en una atmósfera saturada 
de consonantes y ritmos. 

Ahora, lo que me contó el álbum, no hizo sino 
comentar en sus líneas la confidencia. Era un 
santuario en el que sólo penetraron tres sacerdo- 
tes del arte: Ignacio Ramírez, Manuel M. Flores, 
Manuel Acuña. El primero entró anciano y es- 
céptico; el segundo, fogoso y sensual; el tercero, 
ingenuo y desesperado. Los dos poetas jóvenes 
escribieron sobre un tema propuesto por el viejo. 
El cual le había dicho a la linda muchacha: 

Busca un sol, Rosario mía... 



Flores, orgulloso y atrevido, había contestado: 

|Y no buscaste un sol! Ya lo tenías 
dentro del alma... 



Manuel Acuña, soñando en una dicha imposi- 
ble, había visto ese sol de la mañana 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 165 

detrás del campanario, 
ardiendo las antorchas, 
humeando un incensario 
y abierta allá a lo lejos 
la puerta del hogar. 



El sol simbólico, el sol del amor, iluminaba 
dulcemente la tristeza del indio Ramírez, quema- 
ba en voluptuosidad el corazón de Flores, enti- 
biaba el ensueño casto de Acuña. 

Allí vi el autógrafo del Madrigal del Nigro- 
mante^ que parece, según la expresión de Me" 
néndez y Pelayo, un epigrama traducido de las 
Antologías helénicas. 



Anciano Anakreón, dedicó un día 
un himno breve a Venus orgullosa; 
solitaria bañábase la diosa 
en ondas que la hiedra protegía. 
Las palomas jugaban sobre el carro, 
y una sonrisa remedó la fuente, 
y la fama contó que ha visto preso 
al viejo vate por abrazo ardiente, 
y las aves murmuran de algún beso. 



166 LUIS o. URBINA 

Allí escribió Manuel Flores por primera vez 
su pasión: 



Tú pasas... y la tierra voluptuosa 
se estremece de amor bajo tus huellas, 
se entibia el aire, se perfuma el prado 
y se inclinan a verte las estrellas. 



Allí Manuel de Acuña dejó su inmortal adiós, 
-su célebre Nocturno a Rosario, 

Pero es fuerza que no me deje llevar de los 
recuerdos, y que, para completar el perfil del 
Nigromante^ enhebre en el hilo corriente de mi 
prosa, estos versos de D. Ignacio Ramírez, que 
definen su espíritu mejor que nadie pudiera 
hacerlo: 



¿Qué es nuestra vida sino tosco vaso 
cuyo precio es el precio del deseo 
que en él guardan Natura y el Acaso? 
Cuando agotado por la edad me veo, 
sólo en las manos de la sabia tierra 
recibirá otra forma y otro empleo. 
Cárcel es y no vida la que encierra 
sufrimientos, pesares y dolores. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 167 

Ido el placer, ¿la muerte a quién aterra? 
Madre Naturaleza; ya no hay flores 
por do mi paso vacilante avanza; 
nací sin esperanza ni temores, 
vuelvo a ti sin temores ni esperanza. 



Así, pobre, desesperanzado, impávido, abando- 
nó el mundo el año de 1879 aquel luchador, 
aquel maestro de una generación que fué educa- 
da por él en el culto de la ciencia y de la verdad. 

t» t» t» 

El discípulo más distinguido de don Ignacio 
Ramírez, el que continuó ardientemente su obra 
y difundió sus enseñanzas, el más fíel a la memo- 
ria del Nigromante^ fué otro indio de raza pura, 
que, llegada su vez, se hizo un maestro y tuvo una 
influencia de educador, superior quizá a la de Ra- 
mírez. Me refiero a don Ignacio Altamirano. 

Pero como Altamirano ejerció esa influencia 
sobre dos generaciones, me parece que estará 
más exactamente encuadrado entre las imágenes 
que he de evocar en la próxima conferencia. En 
ella tendré más amplio espacio para delinear, con 
cuanta precisión me sea dable, la nerviosa silueta 
de este indígena fino, altivo y apasionado. 



168 LUIS o. URBINA 

Por ahora úrgeme, para definir y concretar la 
época en su característico representativo, plas- 
mar, a golpe de espátula, una figura inolvidable 
y amada. En mi juventud la vi y ha quedado fija 
para siempre en los aposentos de mi memoria. 

** * 

Venido de aquellos remotos tiempos hasta to- 
car casi los límites del siglo pasado, deslizándose, 
resbalándose, como por una rampa, de la época 
en que florecieron los rosales de los primeros ro- 
mánticos a los días de la fiebre modernista, an- 
daba por esas calles de Dios, en la ciudad de Mé- 
xico, un viejo singular a quien todos conocían, 
saludaban y seguían con más confiado cariño 
que respetuosa admiración. Era un anciano alto, 
inclinado por los años, vestido siempre de negro: 
amplia levita de volanderos faldones, pantalón 
caído y como desfajado, chambergo de anchas 
alas, y bajo el chambergo, asomándose hasta 
semicubrir las orejas y abrigar el pestorejo, la 
montera de dómine, que, cuando se libertaba de 
la carga del chapeo, dejaba que su borla de hilo 
de seda jugase caprichosamente con el aire. El 
rostro, de amarillo de marfil, surcado, atravesado, 
acuchillado por las movibles líneas de las arrugas 
incontables. La boca, grande e inquieta, rodeada 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 169 

de un bigote y una barba intrincadísimos y de 
blancura sucia. Los ojos pequeños, juguetones, 
aunque de pupilas apagadas y párpados cansa- 
dos, detrás de los espejuelos de varillas doradas. 
Todo el personaje denotaba a las claras descuido 
y desenfado. La ropa no había tenido tratos con 
el cepillo, ni la barba con el peine. La camisa en- 
tablaba riña abierta con la corbata, y aquí y allá, a 
lo largo del chaleco, los botones se habían divor- 
ciado de sus respectivos ojales. En la mano, hue- 
sosa y percudida, una gruesa caña con puño de 
carey completaba la figura. El viejo marchaba 
arrastrando penosamente las plantas, mas con 
visibles señales de alegría en el ademán y en el 
gesto. De pies a cabeza era aquel hombre una 
sonrisa. Casi nunca se le veía solo. Alguien, mozo 
o de edad madura, caminaba a su vera, del lado 
opuesto al del bastón, para darle el brazo y ser- 
vir de accidental apoyo al risueño valetudinario. 
Con frecuencia, los muchachos voceadores de pe- 
riódicos le seguían. El mundo entero le saludaba 
de idéntico modo: 

— Adiós, maestro. 

Y él, sin fijar la atención, contestaba el saludo 
de manera igual siempre: 

— Adiós, hijo mío. 

Era un poeta, un viejo poeta nacional, el ami- 
go de Rodríguez Galván, el protegido de Fernán- 



170 LUIS o. URBINA 

do Calderón, el compañero de los Lacunza, el ca- 
marada de don Ignacio Ramírez, el ministro del 
presidente Juárez. Era Guillermo Prieto. Su char- 
la tenia una amenidad y un atractivo de cuento 
de abuelo. El ochentón habia acumulado historia 
general y particular, historia vivida entre agita- 
ciones políticas, hervores imaginativos, aventuras 
amorosas, regocijos populares, galanteos de sa- 
lón, penas de exilio, cuchipandas estudiantiles. 
Era ya serio, ya picante. Sabía del episodio heroi- 
co, del trágico trance, de la anécdota libertina, 
del verde proloquio, del verso espiritual. Fué úni- 
co en la literatura mexicana, a la que llevó ^XfoU 
klorismo^ que, para incrustar sus ideas subversi- 
vas en el pueblo, creó, durante nuestra lucha de 
Independencia, don Joaquín Fernández de Lizar- 
di. En sus odas patrióticas, en sus poemas eróti- 
cos, en sus poesías sentimentales, es arrebatado, 
obscuro, declamatorio. Abusa de las metáforas, 
las trunca, las estira, las teles copia. Es pródigo de 
tropos siderales: luz, astros, sol, cielo, infinito. 

Pero si en el género amatorio y en el heroico 
este poeta que traía de antaño la retórica lu- 
juriosa de los románticos, resulta difuso y arti- 
ficial, si ahora nos parecen hueca su sonoridad 
y vacíos sus tropos, es porque lo extraemos de 
su ambiente, de su época batalladora y tumul- 
tuosa, de su período jacobino, cuyo simplifi- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 171 

cado esquema acabo de hacer, y en el que toda 
voz tomaba entonación oratoria, toda emoción 
amplitud excesiva, todo brazo actitud frenética, 
todo pensamiento expresión pindárica. 

Guillermo Prieto venía de los ideales de la Re- 
forma, de los anhelos de la República, de los 
sueños de la Constitución, de los combates con- 
tra el Imperio de Maximiliano de Hapsburgo, de 
las proclamas contra la invasión francesa. Venía 
del destierro, de la miseria, de la gloria. Colo- 
quémosle entre los rayos y truenos de su Sinaí, 
démosle por cuadro su tempestad revoluciona- 
ria, metámosle en la hornacina de su época, y 
veremos entonces cómo se transforman su artifi- 
cio y su falsedad en verdadera y arrebatada ins- 
piración. 

Mas no está allí propiamente el poeta nacio- 
nal. Ese está en el Ro^nancero de la Independen- 
cia y de la Reforma^ y, tanto o más que en el Ro- 
mancero^ está en la Musa Callejera, En el Roman- 
cero, el poeta, siguiendo la huella de los anóni- 
mos juglares castellanos de la Edad Media, que 
forjaron la estupenda y fragmentaria epopeya en 
el metro sonante a hierro y oro del romance an- 
tiguo, trató de exaltar los hechos culminantes de 
nuestra lucha por la libertad. Mas no sólo se va- 
lió en su noble propósito de esa forma altisonan- 
te. Otra fué en la que alcanzó triunfos imperece- 



172 LUIS Q. URBINA 

deros. Espíritu soñador e irónico a un tiempo 
(como el Nigromante, aunque mucho menos tras- 
cendental que éste) entró en la lid de las ideas, es- 
grimiendo una arma formidable: la Sátira. Su sá- 
tira versificada condensó los anhelos de un pue- 
blo. Y la sátira se hizo muchas veces canción 
guerrera. Las coplas de Los Cangrejos, por ejem- 
plo — una diatriba contra el partido clerical — eran 
musicadas por las bandas militares y coreadas 
por los soldados en el entusiasmo de las batallas. 
El poeta que por los ámbitos del país llevaba su 
cancioncita de libertad, entró más que el Pensa- 
dor en el alma de las multitudes y las levantó y 
las enardeció. Es esta una fase interesantísima del 
poeta nacional; la otra, como dije, es la de la 
Musa Callejera, Desaparece el satírico y perma- 
nece el soñador, mezclado de cuando en cuando 
con el humorista. El poeta en la Musa Callejera 
se vuelve pintor de género. Su paleta está llena 
de colores. Y pinta, al aire libre, paisajes de la 
tierra, verbenas de barrio, gentes y costumbres 
populares: la China de castor lentejueleado; el 
Charro de sombrero entoquillado de plata; la 
gata voluptuosa, el indio ladino, el audaz guerri- 
llero. Cada uno dice su palabra, habla su jerga, 
se mueve en su fondo: la calle estrecha y prin- 
gosa, el puesto de fruta, la barbería de guitarra 
y gallo, la casa de vecindario alborotador, todo 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 173 

típico y regional, todo vivido y matizado con ad- 
mirable riqueza, a grumos y manchas de seguro 
efecto. Es la expresión, la manifestación de un 
pueblo idealizado por la ternura y la fantasía de 
un gran poeta. Género tan circunscrito como 
éste no sale del terruño, pero a veces muestra 
extensión de humanidad, universalidad de senti- 
mientos y rompe el valladar nacional y traspasa 
las regiones fronteras. Guillermo Prieto fué nues- 
tro Beránger. Cancionó las alegrías, los anhelos, 
los pesares de los seres que bullían en torno 
suyo. Adivinó, escudriñó, sacó a la luz el espíri- 
tu de los bajos fondos y le dio vida perdurable. 
Así declara él su vocación: 



Y yo soy quien, vagando, cuentos fingía 

y los ecos del pueblo, que recogía, 

torné en cantares, 

porque era el pueblo humilde toda una ciencia, 

y era escudo en mis luchas con la indigencia 

y 6n mis pesares. 



Y así pasaron cuarenta años de romanticismo, 
ya cuerdo, como el de José Monroy; ya loco, 
como el de Castillo y Lanzas; ya suave, como el 
de José Rosas Moreno; ya elegante, como el de 



174 LUIS O. URBINA 

Agustín Cuenca (de quien he de hablar en se- 
guida); ya populachero y maldiciente, como el de 
Antonio Plaza, que canta fuera del arte y que, sin 
embargo, es un poeta inferior que ha podido so- 
brevivir por la espontaneidad y la sinceridad de 
su pesimismo. 

Mas para concluir mi boceto del romanticismo 
mexicano, necesito presentar dos personalidades 
cuya fama ha recorrido la América: ya hice alu- 
sión a ellas: son D. Manuel M. Flores y D. Ma- 
nuel Acuña. 

• • • 

Más de treinta años hace que por una céntrica 
avenida de nuestra Metrópoli, tropecé con un 
hombre extenuado, visiblemente enfermo, de ros- 
tro cadavérico, luenga melena, barba crecida, ga- 
fas obscuras, sombrero de bohemio y pulcra in- 
dumentaria. Me llamó la atención una particulari- 
dad: un niño pobre, un lazarillo, llevándole de la 
mano, lo guiaba. El ciego caminaba con extrema 
fatiga. Alguien murmuró a mi oído: Ahí va Ma- 
nuel M. Flores. 

Mi adolescencia, asombrada y curiosa, encen- 
dió al paso de este hombre pequeño y doliente, 
el fanal de su admiración. Anhelaba alumbrar el 
sendero del poeta, que parecía ir apoyado, no en 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 175 

el lazarillo, sino, como el Petrarca de Juan Mon- 
talvo, en las musas invisibles. 

Meses después, los periódicos, enlutando sus 
columnas, daban la noticia en extensas notas ne- 
crológicas. Manuel M. Flores, herido de antema- 
no en el alma y en los ojos, dormía el último 
sueño. Reclinando su cabeza de inspirado en el 
seno piadoso de una mujer abnegada, de la mu- 
jer del álbum, que le había perdonado desvíos, 
errores, infidelidades, sintió venir la muerte, y 
quizá como pecador arrepentido, pidió también 
perdón a la vida, a la amada y al ideal, tan ofen- 
didos algunas veces por él. 

Manuel M. Flores sucumbió devorado por el 
mismo fuego que resplandecía en sus cantos ar- 
dorosos. El estro que lo mordió estaba emponzo- 
ñado de voluptuosidad. Lo que él tan vehemen- 
temente expresaba en estrofas, lo vivía intensa- 
mente en la realidad. Era un enfermo del mal de 
Eros. Su sed de sensaciones era insaciable. Esos 
arranques de pasión insana de sus versos son de 
una gran sinceridad. Una llama sensual lamía su 
inspiración hasta incendiarlo. 

Bésame con el beso de tu boca, 
cariñosa mitad del alma mía; 
un solo beso el corazón invoca, 
que la dicha de dos me mataría. 



176 LUIS o. URBINA 

Sus sentidos poseen una delicadeza hipereste- 
siada; sus anhelos son satánicamente amorosos: 



¡Habíame! que tu voz, eco del cielo, 
sobre la tierra por doquier me siga; 
con tal de oír tu voz, nada me importa 
que el desdén de tu labio me maldiga. 
¡Mírame! tus miradas me quemaron 
y tengo sed de ese mirar eterno; 
por ver tus ojos que se abrase mi alma 
de esa mirada en el celeste infierno. 



Nada hay en las Pasionarias , de Flores, falsea- 
do ni mentido. Ni ficción ni actitud. El poeta no 
engaña: sufre las sublimes angustias de su deseo 
insaciable. Y en la hoguera de su fantasía crujen 
y tienen brillo de 'ascua las vesánicas ilusiones. 

Bajo los atavíos de púrpura de su poesía, tiem- 
bla su musa como una bacante en celo. 

Don Marcelino Menéndez y Pelayo volvió la 
cara y se tapó las orejas, porque le fastidiaba, no 
le escandalizaba, a él, lector de Ovidio, el chasqui- 
do de los besos, que suenan, como en una alco- 
ba, en los versos de Manuel M. Flores. La obse- 
sión, la insistencia, llegan efectivamente a pro- 
vocar enfado; pero de cuando en cuando, sin 
contagiarnos, nos seducen estas exclamaciones, 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 177 

estos ímpetus salidos de tan adentro, de las en- 
trañas palpitantes de un artista poderoso. 

Mas no de continuo la urente inspiración pide 
besos: con frecuencia pide lágrimas y suspiros. 
Con frecuencia invoca, en voz baja, el espíritu 
de la amada muerta. ¿En dónde estás? — pregun- 
ta desde el abismo de un insomnio sombrío — . 
Tiembla en la sombra el gemido de su eterno su- 
frir. El fantasma atiende el delirante ruego. 



Aquí estás, melancólica María, 

tan pálida de amor, tan triste y bell , 

como en los cielos, al moiir el día, 

sobre la frente de Id tarde umbría, 

lágrima de oro la primera estrella. 

Aquí estás, compañera silenciosa 

del alma enamorada 

como el misterio de la noche, hermosa, 

como la misma luz, inmaculada. 

Aquí estás, junto a mí; tu forma blanca 

se dibuja en la sombra 

cuando del pecho trémulo se arranca 

el profundo sollozo que te nombra. 



El casto lirismo sube a las puras regiones del 
dolor, en las alas del éxtasis; la musa, desnuda 
como los ángeles, dejó, en su ascensión, caer al 

li 



178 LUIS o. URBINA 

suelo la túnica de Neso. Suenan en las frases, ya 
no ósculos, sino murmullos de plegaria; y en los 
versos, notas de arpas del paraíso. De repente, 
entra por el balcón abierto la luz de la mañana; 
es el día, y él, el poeta, se despide de la visión 
inmaculada. 



La sombra se refugia al alma mía; 
con la sombra la imagen de María... 
Volvamos a lá vida y al dolor. 



¡No, no eras un pervertido adorador de la car- 
ne turgente y el espasmo convulsionado; no eras 
un lúbrico enamorado de las curvas provocativas 
de Venus Calipigia, poeta que pasaste por la 
existencia sacudiendo la antorcha que te abrasó 
la mano y el corazón! Tuviste tus horas de arre- 
pentimiento, tus períodos de ensoñación candida, 
tus arrobos místicos, tus estremecimientos de so- 
llozo, tus platonismos llorosos y pudorosos, la 
inefable caricia de la ternura, que teme manchar 
con una mirada la epifanía virginal del primer 
amor; tuyos son estos divinos deliquios, en los 
que parece que los vocablos se ruborizan de ex- 
teriorizar una escondida tentación; 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 179 

jQuién me diera tomar tus manos blancas 
para apretarme el corazón con ellas, 
y beber en tus lágrimas preciosas 
la casta luz de tus miradas bellas! 

iQuién me diera tener un solo rayo 
de aquella luz de tu mirar en calma, 
para tener, al separarnos luego, 
con qué alumbrar la soledad del aln)al 

Manuel Acuña, compañero de álbum de Ma- 
nuel Flores, tenía un temperamento lánguido v 
anémico; no fué un sensual, sino un sentimental. 

Anterior a Flores en la adoración a Rosario, 
ocupa las primeras páginas que siguen a las es- 
critas por El Nigromante. Las ocupa con el Noc- 
turno, Si Ramírez es la nota clásica y Flores la 
erótica. Acuña es la melancólica. En la resigna- 
ción de Ramírez y en la pasión de Flores, se en- 
trevé un suave matiz pagano, una sensación vo- 
luptuosa ante la línea escultural. En Acuña todo 
es espiritual afán de dicha, ansia de purificación 
por el milagro del amor sereno. 

¡Qué hermoso hubiera sido 
vivir bajo aquel techo, 
los dos unidos siempre 



180 LUIS G. URBINA 

y amándonos los dos; 
tú siempre enamorad?, 
yo siempre satisfecho, 
los dos, una alma sola, 
los dos. un solo pecho; 
y en medio de nosotros, 
mi madre como un Dios! 
¡Figúrate qué hermosas 
las horas de esa vida; 
qué dulce y bello el viaje 
por una tierra así! 
Y yo señaba en eso, 
mi santa prometida, 
y al delirar en eso 
con alma estremecida, 
pensaba yo en ser bueno 
por ti, no más por ti. 

¡Qué blanco ensueño de juventud! A los vein- 
'^ tres años» un estudiante de Medicina, atacado 
del pensamiento suicida, lo rimaba, poniendo en 
las voces poéticas el prodigioso encanto del amor 
y del sufrimiento. La mujer que inspiró este can- 
to de la noche, que, como una noche, es sombrío 
y lleno de estrellas, lo vio escribir al muchacho 
soñador de cabellera lacia, ojos negros, ademanes 
nerviosos y aspecto desaliñado, que solía conten- 
der respetuosamente sobre asuntos de letras, ante 
la musa que uno y otro amaban. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 181 

Rosario sufrió una conmoción moral tan gran- 
de cuando supo la muerte de Acuña, que diez y 
seis años después, al referírmelo, aún estaba ves- 
tida de angustia como la reina del poema portu. 
gués. Ella no determinó el ñn imprevisto del de- 
sesperado estudiante; no lo amaba, lo admiraba; le 
ofrecía un cariño de hermana, una mano de ami- 
ga. El poeta pasó rumbo a la muerte mascullan- 
do el monólogo del loco shakesperiano. 

Era forzoso. Su alma, a semejanza del alma 
de Lamennais, había nacido con una herida; una 
prematura y tal vez ancestral desazón lo empu- 
jaba al abismo. Su ternura era inocente como 
una niñez; pero su dolor era fatal como un des- 
tino. Nada en él tan conmovedor como la nos- 
talgia del hogar abandonado en la provincia 
para seguir los estudios profesionales. 



Aún era yo muy niño, cuando un día 

tomando mi cabeza entre sus manos 

y llorando a ia vez que me veía, 

— adiós, adiós— me dijo— 

desde este instante un horizonte nuevo 

se presenta a tus ojos; 

vas a buscar la fuente 

donde apagar la sed que te devora, 

marcha; y cunndo mañana, 

al mal que aún no conoces, 



182 LUIS Q. URBINA 

le ñndas de tu llanto las primicias. 

ten valor y esperanza, 

anima el pasotardD, 

y cuando llegue de tu vuelta la hora 

ama un poco a tu padre que te adora, 

y ten valor, y marcha; yo te aguardo. 

Así me dijo, y confundiendo en uno 

su sollozo y el mío, 

me dio un beso en la frente, 

sus brazos me estrecharon, 

y después, a los pálidos reflejos 

del sol que en el crepúsculo se hundía 

sólo vi una ciudad que se perdía 

con mi cuna y mis padres a lo lejos. 

Las campanas distantes repetían 

el toque de oraciones; una estrella 

apareció en el seno de una nube; 

tras de mi obscura huella 

la inmensidad se alzaba; 

yo, entonces, me detuve, 

y haciendo estremecer el infinito 

de mi dolor supremo con el grito, 

¡Adiós, mi santo hogar, clamé llorando, 

adiós, hogar bendito, 

en cuyo seno viven los recuerdos 

más queridos de mi alma; 

pedazo de ese azul, en donde anidan 

mis ilusiones candidas de nifio; 

quién sabe si mis ojos 

no volverán a verte; 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 183 

quién sabe si hoy te envío 

el adiós de la muerte. 

Mas si el destino rudo 

ha de darme el morir bajo tu lecho, 

si el ave de la selva 

ha de plegar las alas en su nido, 

guárdame mi tesoro, hogar querido, 

guárdame mi tesoro hasta que vuelva. 



No sé si este infantil grito de pena penetrará 
en. el pecho de ustedes. En el mío sí. Y no me 
pongo a pensar en la estructura de la silva de 
versos sueltos en que se encierra. Probablemen- 
te los fragmentos que acaban ustedes de escu- 
char están ligeramente alterados, porque he ci- 
tado de memoria, en la imposibilidad de consul- 
tar el texto. Si a mano lo tuviera haría notar la 
porfía con que el poeta añora su casa, su infan- 
cia, el amor paternal. La madre es la imagen que 
más visita su memoria. La recuerda con fiel ve- 
neración. 



Y la que tiene el cielo entre sus brazos 
la madre de mi amor, 
ni viene a despertarme en las mañanas 
ni está donde yo estoy. 



184 LUIS O. UR3INA 

En el Nocturno preside la felicidad imposible. 
En Ayer y Hoy arranca al maniático suicida 
esta reveladora exclamación: 

Mi madre, la que vive todavía 
puesto que vivo yo... 

El mejor crítico español de estos tiempos — 
vuelvo a él — leyendo las poesías ocasionales de 
Acuña, las de tribuna, y las que, como La Ra- 
mera y El Hombre^ son de una vacua declama- 
ción, mal imitada de las estupendas antítesis 
huguianas, pone reparos, no injustiñcados, aun- 
que sí desdeñosos, a la obra en cierne de Ma- 
nuel Acuña. 

No, en esos desplantes de tribuna, no está el 
poeta: está el muchacho, el estudiante radical, el 
escéptico de corrillo escolar. El poeta está, de 
cuerpo entero, en las composiciones sentimen- 
tales, en los magnos tercetos Ante \un cadáver^ 
donde un negro materialismo reviste las más be- 
llas formas de piedad; y está también en el hu- 
morismo juvenil y rebosante de gracia. 

Que Manuel Acuña leía a Campoamor es in- 
dudable. En la metriñcación y aún en la imita- 
ción de las Doloras está patente la influencia del 
autor de los Pequeños Poemas, 

El árbol cargado de flores prometía sazonados 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 185 

frutos. Una racha de tempestad lo abatió y le im- 
pidió cumplir sus promesas. Sus amigos lloraron 
inconsolablemente. El pueblo asistió a los fune- 
rales. Al pie de la fosa abierta, habló un joven 
corpulento, de talla extraordinaria, de ensortija- 
da y caudalosa cabellera, de rostro de gesto 
olímpico, como el de un bondadoso Zeus, de 
mirada penetrante como un venablo negro, de 
voz tan admirablemente sonora cual si un bati- 
hoja golpeara suavemente láminas de oro. El 
joven pronunció una elegía, cuya primera es- 
trofa compendiaba la tragedia: 



Palmas, triunfos, laureles, dulce aurora 

de un porvenir feliz, todo en una hora 

de soledad y hastío, 

cambiaste por el triste 

derecho de morir, hermano mío. 



Cuentan las crónicas que aquella elegía causó 
una emoción indescriptible. Un hálito sagrado 
cruzó como una ráfaga magnética por los espí- 
ritus; un poeta de veinticinco años se despedía 
de otro de veintidós. El vivo no era ya un des- 
conocido; pero aún no era un glorificado. Se lla- 
maba Justo Sierra. 



186 LUIS o. URBINA 

En la tumba de Acuña no quedó sepultado el 
romanticismo mexicano. Vamos a verlo aparecer 
todavía, aunque atenuado y renovado, en el pe- 
riodo siguiente, del cual trataré en la próxima 
conferencia. 



IV 



Una velada memorable.— Bl maestro Alta- 
mirano y la poesía nacional.— Los prime- 
ros discípulos del maestro.— Juan de Dios 
Peza. — Justo Sierra.— Los últimos discípu- 
los.— El Liceo Mexicano;— Manuel Gutié- 
rrez Nájera. 



Una noche de febrero del año de 1893, ^1 sa- 
lón de la Sociedad mexicana de Geografía y Es- 
tadística estaba fúnebremente decorado; paños 
negros ocultaban las estanterías; obscuras y gran- 
des coronas colgaban, a trechos simétricos, de los 
muros, y, bajo el dosel del fondo, una gasa enlu- 
tada circuía el marco dorando y amplio de un re- 
trato fotográfico. El salón estaba henchido de 
estudiantes imberbes, entre los cuales muchos 



188 LUIS o. URBÍNA 

hombres serios y graves mostraban una actitud 
silenciosa, y muchos viejos de cabeza blanca es- 
taban inmovilizados por una preocupación que 
parecía cargada de recuerdos. En los coiTedores 
de aquel severo edificio colonial, la gente que no 
pudo alcanzar sitio en el salón, habíase quedado 
atisbando por las ventanas abiertas. Había en to- 
dos los semblantes una curiosidad nerviosa, y en 
cada espíritu una inquietud interior, como forza- 
da y constreñida a permanecer en un discreto y 
callado ambiente. Sin embargo, lo que iba a su- 
ceder nada podía tener de extraordinario: una ve- 
lada literaria, una de tantas veladas con las cua- 
les solemos conmemorar en estos tiempos las vi- 
das proceres y las muertes augustas. Lo singular 
era que, en aquel instante, tres generaciones de 
mexicanos habíanse reunido para hacer aquella 
rememoración: la entonces ya casi extinguida de 
los reformadores, de los que se despedían de la 
existencia en la línea de la senectud; la de los 
republicanos, luchadora y briosa, y a !a que per- 
tenecía el conmemorado, y la llegada a la vida en 
un período normal y tranquilo, cuya prolonga- 
ción excesiva, bajo un régimen dictatorial, bene- 
fició materialmente a nuestro país, pero, a causa 
del estancamiento de las actividades civiles y po- 
líticas, lo desnutrió moralmente, paralizó sus ener- 
gías en vez de encauzarlas hacia la realización de 



LA VIDA LÍTERAKIA DE MÉXICO 189 

los ideales democráticos, y preparó, por efecto de 
naturales reacciones, la violencia de una revolu- 
ción que no ha sido otra cosa que el adormecido 
anhelo de llegar a la libertad y a la justicia, el 
cual despertó y se puso otra vez en movimiento. 
La edad provecta, la viril, la juvenil, se convoca- 
ron en torno de una memoria con tristeza de do- 
lientes que rodeasen una tumba. Ocho días antes 
se había recibido en México la noticia de que a la 
orilla de la Costa Azul, frente a la llanura de tur- 
quesa líquida del Mediterráneo, había cerrado los 
ojos para dormir el sueño último un batallador, 
un poeta, un maestro, un representativo: Ignacio 
Altamirano. 

Altamirano, indígena, nació en las montañas 
del Sur, y en la escuela de su aldea mostró tal 
aplicación, tan afanoso deseo de estudiar, que 
pronto tuvo el premio de seguir una caiTera pro- 
fesional en el Instituto de Toluca, que dirigía en- 
tonces Ignacio Ramírez, el Nigromante. Fué este 
exaltado, este enamorado de la belleza, quien se 
encargó de plasmar el alma del niño indio, que, 
tímido y semidesnudo, llegaba a sus manos, pero 
cuyos ojos refulgentes y negros, como de pulida 
obsidiana, tenían brillo de genio. Altamirano re- 
cogió la herencia de Ramírez y la incorporó para 
siempre en su propia vida. En la tribuna parla- 
mentaría, en los campos de batalla, en la Prensa, 



190 LUIS o. URBINA 

en el Gabinete ministerial, defendió el pensa- 
miento de la Reforma, predicó la libertad de con- 
ciencia, combatió los privilegios, las sumisiones, 
las tiranías, allí donde él creía que podrían en- 
contrarse, y, rebosante de pasión jacobina, fué 
implacable para los enemigos y constante, gene- 
roso y fiel para sus compañeros de ideal. Era un 
poeta de voluptuosidad romántica. Mas por un 
instinto, aficionado a una educación literaria de 
primer orden, Altamirano logró tener una expre- 
sión nítida de clásica sobriedad, dentro de la 
cual quedaba preso y aquietado su hervoroso 
temperamento. 

El corcel impetuoso de su sentimentalismo, 
obedecía a los vendavales de oro del Arte. Odiaba, 
como si fuesen sus adversarios políticos, la exa- 
geración, la superabundancia, la desproporción, 
la asimetría. Poseía y cultivaba el sentido de lo 
armónico y ponderado. La gracia tierna de Tí- 
bulo y la elegancia libertina de Cátulo retenían 
su atención y lo encantaban. Y la exquisitez, la 
compostura, la preferencia por la simplicidad 
estética, que marcaban su inclinación y consti- 
tuían su doctrina, las llevaba este hombre al 
modo de vivir,. a las costumbres, a los muebles, 
al traje, al pormenor insignificante. Porque este 
jacobino que fué militar, soldado de la patria en 
la época de la invasión francesa y del Imperio de 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 191 

Max de Hapsburgo; que fué diputado — orador 
ardentísimo y ten'orista que pedía en la tribuna 
cabezas de ministros — ; que fué escritor político 
— predicador formidable de la violencia y el en- 
cono — , poseía la distinción de las maneras caba- 
llerescas, la galantería y la hidalguía de los gala- 
nes calderonianos, y la aristocracia del buen 
gusto. 

Para entrar en sociedad, cuando era preciso, 
abandonaba sus exaltaciones, y mostraba el lado 
afectuoso de su carácter, que era verdaderamente 
adorable. Nadie como él para conversar y entrete- 
ner en una reunión íntima de intelectuales. Su 
imaginación muy despierta, su memoria muy 
clara, su palabra muy viva, producía el efecto 
del pájaro de la leyenda: se podía uno quedar 
escuchando un siglo. 

De esta fascinación, sabiamente ejercida por 
él, Altamirano se aprovechó para difundir sus 
ideas, no ya en el Parlamento, ni en la hoja vo- 
lante, ni en el estrado, sino en la cátedra. Y allí 
estaba en realidad como príncipe en su dominio. 
El atractivo que tuvo para las almas nuevas era 
indiscutible. Si se le oía se le seguía. Tenía la 
virtud magistral por excelencia: sabía socratizar. 
Por eso pudo hacer, por eso hizo un gran bene- 
ficio a la literatura romántica de México: la des- 
encrespó, la tranquilizó, la equilibró, la presen- 



192 LUIS G. URBINA 

tó los modelos eternos, los giiegos y los latinos, 
y le dijo: por ahí... 

No se volvió ni se podía volver a la frialdad 
académica, ni a la alusión mitológica, ni al arti- 
ficio insubstancial, pero se limpió de sensiblería 
y de falsedad la lírica y los ojos se fijaron de 
nuevo en el mundo real, y dio principio la no- 
ble tendencia de sentir con sinceridad y de ex- 
presar con verdad. 

Altamirano pertenecía a la generación que en 
mi país produjo hombres de singular talento lite- 
rario, como don Juan Mateos, novelista y come- 
diógrafo de escasa cultura, pero de inteligencia 
extraordinaria; como don Alfredo Chavero, muy 
distinguido historiador y excelente poeta dramá- 
tico; como don José Peón y Contreras, espléndido 
tipo de espontaneidad lírica que escribió innume- 
rables piezas de teatro al margen del siglo XVII 
español; como don Vicente Riva Palacio, ingenio 
poderoso, que, a fuer de general y de cortesano, 
ora en el vivac, ora en los salones, pasaba las no- 
ches con igual desen ado; encantador epigramá- 
tico del que han quedado divertidísimas anécdo- 
tas, y poeta de natural inspiración, no contami- 
nada por el romanticismo gemebundo. De Riva 
Palacio, recogerán \os Florilogios estos^dos sone- 
tos, que juntan a la tersura del lenguaje la suavi- 
dad de la emoción: 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 193 



AL VIENTO 

Cuando era niño, con pavor te oía 
en las puertas gemir de mi aposento; 
doloroso, tristísimo lamento 
de misteriosos seres te creía. 

Cuando era joven, tu rumor decía 
frases que adivinó mi pensamiento: 
Y después, al cruzar el campamento, 
¡Patria! tu ronca voz me repetía. 

Hoy te escucho, azotando en las obscuras 
noches, de mi prisión las fuertes rejas; 
pero me han dicho ya mis desventuras 

que eres viento no más cuando te quejas, 
eres viento si ruges o murmuras, 
viento si vienes, viento si te alejas. 



LA VEJEZ 

Mienten los que nos dicen que la vida 
es la copí dorada y engafíosi, 
que si de dulce néctar se rebosa, 
ponzoña de dolor lleva escondida. 

13 



194 LUIS o. URBINA 

Que es la juventucl senda florida 
y en la vejez pendiente que, escabrosa» 
ha da eruzar el alma congojosa 
sin fe, sin esperanza y dolorida. 

Mienten; si la vejez sus homenajes 
a la virtud rindió, con sus querellas 
no conteita del tiempo a los ultrajes; 

que tiene la vejez horas tan bellas, 
como tiene la tarde sus celajes, 
como tiene la noche sus estrellas. 



El general Riva Palacio intentó, quizás influido 
por Altamirano, dirigir la poesía mexicana a su 
peculiarización, es decir, darle un sello propio, 
marcarle un espíritu de raza, hacerla nacional, en 
suma. Ese fué el sueño del. maestro Altamirano; 
.dentro de una forma impecable, como un escul- 
pido vaso corintio, verter el vino de la sangre in- 
dígena. Para ello creyó que la descripción del 
paisaje era lo primero que había que intentar. 
En la reproducción de la naturaleza radicaba 
para él, principalmente, la caracterización de 
nuestra poesía. Si el paisaje es un estado de alma, 
es en él, en su diseño y su matiz, donde hemos 
de revelarnos mental y sentimentalmente. El cur- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 195 

S0 de nuestros ríos, el rumor de nuestros bos- 
ques, la gris placidez de nuestras aldeas, los nom- 
bres autóctonos de nue^^tras flores y de nuestros 
pájaros, todo eso era preciso que entrase en 
nuestra poesía, en nuestra literatura, que tomaría 
un aspecto distinto regional, sui generis^ que nos 
daría pronto una definida personalidad ameri- 
cana. 

Voy a presentar unas muestras que indican 
su manera de realizar esta teoría de la poesía 
nacional. Este es el fragmento de un romance 
que se llama Flor del Alba. 

Las montañas del Oriente 
la luna traspuso ya. 
El gran lucero del Alba 
se mira apenas brillar. 
A través de los nacientes 
rayos de luz matinal, 
dejó su manto la niebla, 
gime soñoliento el mar. 

En las praderas, el céfiro 
tibio despertando va 
de l^ sonrosada aurora 
con la dulce claridad. 

Todo se anima y remueve; 
todo se siente agitar. 



196 LUIS o. URBINA 

Sobre las rocas, el águila 
con fiereza y majestad 
erguida ve el horizonte 
por donde el sol nacerá. 

Mientras el tigre gallardo 
y el receloso jaguar 
se alejan buscando asilo 
del bosque en la obscuridad, 
los halcones en bandadas 
rasgando los aires van, 
y el madrugador comienza 
las aves a despertar. 
Aquí salta en las caobas 
el pomposo cardenal 
y alegres los guacamayos 
aparecen más allá. 

El ani canta en los mangles, 
en el ébano el turpial, 
el cenzontle entre los ceibas, 
la alondra en el arrayán, 
en los maizales el tordo 
y el mirlo en el arrozal. 

Desde su trono la orquídea 
vierte de aroma un raudal; 
con su guirnalda de nieve 
se corona el guayacán. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 197 

Abre el algodón sus rosas 

el {tamo su azahar, 

mientras que lluvia de aljófares 

se obstenta en el cafetal 

y el nelumbio en los remansos 

se inclina el agua a besar. 

Y estas octavillas de Los Naranjos. 

Perdiéronse las neblinas 
en los picos de la sierra, 
el sol der ama en la tierra 
su torrente abrasador. 

Y se derriten las perlas 
del argentado roció, 

en las adelfas del río 
y en los naranjos en flor. 

Del mamey el duro tronco 
picotea el carpintero 
y en el frondoso manguero 
canta su amor el turpial. 

Y se buscan las abejas 
en las pinas olorosas, 

y pueblan las mariposas 
el florido cafetal. 



*♦♦ 



198 LUIS Q. URBINA 

En el resto de Hispano-América, por aquel 
tiempo de 1860 a 70, otros hombres de letras en- 
sayaban, con parecidos procedimientos, la trans- 
ftírmación lírica que intentaban en México los 
literatos románticos, con Altamirano a la cabeza. 

La innovación parecía una moda. Y no: era un 
impulso de crecimiento. El maestro sintió la vibra- 
ción y la propagó con el apasionamiento que 
acostumbraba poner en todos sus actos. Quería 
que en la poesía americana dominasen la trans- 
parencia de piedra preciosa d¿l estilo, y el color 
local. Mas no era él de esos maestros que se en- 
castillan en lo arcaico, viven en éxtasis bajo la 
sombra de la musa antigua y circunscriben su 
admiración por las obras pretéritas, desprendidos 
de la existencia real y presente, fantasmas de 
ayer que, por anacronismo, pasan indiferentes al 
hoy y desdeñosos del mañana. Era por el contra- 
rio, y no era fácil que dejara de ser en litera- 
tura lo que en otras actividades: hombre de su 
tiempo, observador incesante de la cultura con- 
temporánea, lector de los poetas ingleses, alema- 
nes y franceses. De estos últimos, sobre todo. 
Porque el francés, idioma tan diáfano, tan sutil, 
tan ñnamente trabajado, le parecía el más a pro- 
pósito para realizar los ideales del arte literario. 
Lo poseía a conciencia, y gustaba de expresarse 
^n él. Bien es verdad que ya en esa época la len- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 199 

gua francesa se había extendido en la educación 
y en la literatura de México, como en comarcas 
conquistadas. Se traducía constantemente a La- 
martine, a Musset, a Hugo. Altamirano tenía 
puesta en un francés toda su devoción artística: 
Ernesto Renán. 

Y si en sus versos aspiraba a la noble senci- 
llez, en su prosa buscaba y encontraba las cuali- 
dades de precisión y claridad, verdaderas túnicas 
griegas que vestían las ideas, realzando junta- 
mente sus contornos. Sus novelas Clemencia^ El 
Zarco^ sus crónicas eruditas y pulidas, forman, 
en prosa, la unidad de estilo que, en verso, de- 
muestran El Atoyac y Las Abejas^ por ejemplo. 
Y este hombre infatigable era menos maestro por 
lo que enseñaba que por lo que alentaba. En la 
primera generación de sus discípulos, descuellan: 
Justo Sierra, Joaquín Casasús, Juan de Dios Peza, 
y muy niño, escolarillo travieso, Manuel Gutié- 
rrez Nájera. A la segunda pertenecen José María 
Bustillos, Balbino Dávalos, Enrique Fernández 
Granados, Antonio de la Peña y Reyes, Rafael de 
Alba, Ángel de Campo. En estas dos generacio- 
nes, unidades aisladas, tipos de potencia y relie- 
ve — como Salvador Díaz Mirón, en Veracruz, y 
Manuel José Othón, en San Luis Potesí — trabajan 
en la provincia y logran llamar la atención y 
abrirse paso por un esfuerzo personal, hasta la 



209 LUIS o. URBINA 

admiración y la glorificación. Algunos de los 
nombres que acabo de decir saltaron por encima 
de las fronteras de mi país y han sonado por 
todo el Continente. Tal vez ninguno se populari- 
zó como el de Juan de Dios Peza. Este poeta no 
es precisamente, un artista, un complicado, un jo- 
yero del verso, un perseguidor del atildamiento. 
Nadie más lejos que él de los modelos, de los 
análisis de las formas, de los ejercicios del estilo. 
Peza siguió su gusto y su inclinación con la im- 
previsión con que se abre una rosa o se tiende 
una ala. Y su inípiración fué haciéndose bella 
como una ds esas muchachas que se hermosean 
cuando comienza su juventud. Claro que no hay 
poetas de generación espontánea; que se princi- 
pia siempre por imitar, que es necesario un pe- 
ríodo de asimilación para hallar, al fin, la expre- 
sión individual. Juan de Dios Peza tomó el 
rumbo que le marcaron los poetas españoles: 
Campoamor, Núñez de Arce y Gustavo Bécquer, 
el cual, como se sabe, por causa da los innume- 
rables imitadores de sus Rimas, llenó la lírica de 
habla castellana de los llamados suspirillos ger- 
mánicos, 

Y tan bien supo asimilarse Juan de Dios Peza la 
versificación castellana, que sus composiciones 
pueden compararse con las de los poetas penin- 
sulares de esa época (Grilo, Velarde); es más, con- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 201 

fundirse con ellos. Poeta a la española, rotundo y 
sonoro, de precisión absoluta en las líneas rítmi- 
cas, es buen constructor del tradicional endecasí- 
labo, del martilleante alejandrino zorrillesco, y de 
los versos de art^í menor, de la décima, que 
se desenvuelve como una cachemira, de la copla, 
que se retuerce como una espiral de colores, de 
la quintilla, que se mece airosamente, como en 
un tallo largo y débil, una corola de cinco pé- 
talos. 

Los primeros versos de Peza encantan por la 
música que hay en ellos, agradablemente fácil y 
halagadora, siempre afinada y flúid:i. Hablan del 
amor, del sufrimiento y de la Patria. Pero, como 
son jóvenes, parece que van distraídos y suelen 
repetir lo que hemos escuchado tantas veces. Mas 
una vez, este poeta, armonioso y brillante, sintió 
que se le prendía al cuello la garra del dolor, que 
lo sacudía, que lo elevaba, que lo dejaba caer en 
la sombra y la desesperación. Y entonces, entre 
aquellos trinos de ruiseñor, se oyeron gritos, 
quejas, sollozos, y la insinceridad se volvió ver- 
dad, y la verdad cantó. Murmuró ternezas a los 
hijos del poeta, los arrulló con amorosas dulzu- 
ras, y sustituyó el acento maternal con melancó i- 
cas canciones. 



202 LUIS o. URBINA 

Mi tristeza es un mar, tiene su bruma 
que envuelve, densa, mis amargos días; 
sus olas son de lágrimas; mi pluma 
está empapada en ellas, hijas mías. 

Vosotras sois las inocentes flores 
nacidas de ese mar en la ribera: 
la sorda tempestad de mis dolores 
sirvió de arrullo a vuestra edad primera. 

En los Cantos del Hogar fué donde Peza se 
reveló un poeta humano; sus anteriores faculta- 
des de versificador, sólo le sirvieron de prepara- 
ción para el momento en que, una tragedia ínti- 
ma, colmó de amargura el corazón del hombre, 
y le hizo llorar rítmicamente un desengaño, y 
así, mojar de llanto las pensativas cabecitas de 
sus hijos. Estos versos que sonríen a los niños 
como para ocultarles la pena de la vida, y jue- 
gan con ellos con enternecedora alegría, y, repri- 
miendo el llanto, los besan y acarician, han re- 
corrido el mundo; están traducidos a varios idio- 
mas y se los saben de memoria los chicos y los 
grandes. Es que son cristalinos y puros por den- 
tro y por fuera, de forma y de fondo, y con un 
arte sencillo y una emoción cierta, logran con- 
mover a las gentes buenas, a las que no se pre- 
ocupan de distinguir las fórmulas ni los refina- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 203 

mientos. Este es el poeta, no diremos popular, 
sino doméstico. A medida que humanizaba y sen- 
sibilizaba su obra, iba haciéndose, no tan sólo más 
interesante, sino también más artista, más dueño 
de su manera, más personal; e iba perdiendo, 
conforme avanzaba, su parentesco con los versi- 
ficadores peninsulares. A este instante de su 
desarrollo lírico pertenece la composición En mi 
barrio^ la más acabada y sentida quizás de cuan- 
tas produjo la franca inspiración de Juan de Dios 
Peza. 

El fué uno de los oradores en la velada de 
que acabo de hablar. Parece que lo estoy miran- 
do ahora mismo. Fuerte de cuerpo, ancho y son- 
rosado de rostro, prematura la calvicie que deja- 
ba al descubierto el amplio y bruñido cráneo; 
gris de canas el bigote espeso, un^bigotazo de 
carabinero que mal se avenía con la suave y 
perpetua sonrisa de la boca; grandes los ojos 
bajo las cerradas pestañas, iluminados conti- 
nuamente por un dulce rayo de cariño; y una 
voz fresca, atenorada, flexible, de una afinación 
acariciante. Juan era un notabilísimo recitador 
y — cualidad común a las gentes de letras de en- 
tonces — un charlador delicioso. Para el chasca- 
rrillo, el cuento, la fugaz anécdota, el juego del 
vocablo, tenía una gracia juvenil y ligera que 
forzaba imprescindiblemente la risa. 



204 LUIS O. URBINA 

Pero en aquella velada todos tení'ín una grave- 
dad angustiosa; un gesto apesadumbrado. Lra 
idea de la mue^^te ensombrecía todas las almas. 
En silencio habían descendido de la tribuna 
todos los oradores. En silencio llegó a ella don 
Justo Sierra. No era ya el muchacho de melena 
rizada que recitó su elegía sollozante al borde 
de la fosa de Manuel Acuña. Erguido estaba 
su cuerpo, macizo y gigantesco; límpida y áurea 
su voz de barítono, relampagueantes sus pupi- 
las de inteligencia y bondad; pero ya su ca- 
beza estaba blanca, inmaculadamente blanca, y 
por el color, y la proporción y la majestad y el 
aire de grandeza solemne de que estaba tocada, 
hacía pensar en la estatuaria, en el mármol, en 
alguno de esos bustos antiguos que meditan so- 
litarios en las salas de los museos. Escultural 
era la cabeza; genial el pensamiento que la ilu- 
minaba con llama perenne. 

Justo Sierra habló. Comenzó por evocar la 
figura de Altamirano. Y fué tal el poder sugesti- 
vo de la evocación, tan hondamente lo sentimos, 
magnetizados por la primera cláusula del discur- 
so de Sierra, que cuando él dijo: «su gran figu- 
ra pasa...» la vimos efectivamente. Vimos cruzar 
el fantasma da Altamirano por la penumbra del 
recuerdo, con su hermosa fealdad, su cuerpo pe- 
queño, la «cara azteca de rojo cobrizo, la nariz 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 205 

ancha y palpitante entre los pómulos enérgicos, 
amplísima la boca, los ojos obscuros y fulminan- 
tes, pequeña la frente, el cabello lacio y largo, 
inverosímilmente negro y lustroso, y en el que 
se perdía la mano pequeña y elegante de mujer 
nerviosa»... y al exclamar el orador «gracias, 
maestro, no nos podías abandonar, no nos has 
abandonado, no nos abandonarás», rompimos 
el silencio como si rompiésemos un muro que 
encerrase nuestra emoción, y prorrumpimos en 
un larguísimo y frenético aplauso. 

Justo Sierra obtenía, en ese minuto de entu- 
siasmo, que volaba por sobre una memoria dolo- 
rosa, su consagración de maestro. Su elección 
era anterior Quince años hacía que, sustituyen- 
do precisamente a Ignacio Altamirano en la cá- 
tedra de Historia Universal, en nuestra Escuela 
Preparatoria, habíase revelado un espíritu con- 
ductor, una mentalidad guiadora, una voluntad 
capaz de dirigir las curiosidades ñamantes de la 
adolescencia y de convertirlas en observaciones 
metódicas, en decisiones inquebrantables de al- 
canzar la verdad , de sentir y propagar el bien y 
de comprender y admirar la belleza. 

Justo Sierra es un ejemplo altísimo de evolu- 
ción intelectual. A los trece años había salido de 
un colegio de Yucatán, lejana provincia mexica- 
na, rumbo a la capital de la República; «era muy 



206 LUIS O. URBINA 

aplicado — según confesión de un prohombre, tío 
suyo, don Santiago Méndez — y para su edad sa- 
bía mucho de historia, y tenía muy aprendido el 
francés». Estos dos conocimientos infantiles, en- 
sanchados en la juventud, determinaron su voca- 
ción; la historia le dio los materiales del pensa- 
dor; el francés le puso en contacto con la poesía, 
y este contacto le encendió el estro. Entre sus pa- 
peles de estudiante, ya el chiquillo traía versos. 
Con ellos se presentó en uno de los cenáculos de 
las letras mexicanas, donde pontificaba Altamira- 
no y oficiaban sacerdotalmente Alfredo Chavero, 
el doctor Peredo, Luis G. Ortiz, poeta de roman- 
ticismo muy delicado esté último. Eran los versos 
una barcarola pensada y escrita a la orilla del 
mar de Campeche — la provincia natal de Justo 
Sierra — y que tenía ritmo de onda mansa y ca- 
brilleos de agua dormida: 

Baje a la playa la dulce niña, 
perlas hermosas le buscaré, 
deje que el agua, llegando, ciña 
con sus cristales el blanco pie. 

Venga la niña risueña y pura, 
el mar su encanto reflejará, 
y mientras viene la noche obscura 
cosas de amores le contaré. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 207 

Estas dos estrofas que desenhebro, como dos 
pequeñas margaritas, del hilo de oro de la Playe- 
ra^ dan idea del candor de niño con que está es- 
crito este poemita, impregnado de gracia y de co- 
lor. Apenas balbuce una inspiración que, sin 
perder lozanía, adquirió poco a poco un brío, un 
movimiento, una fuerza, de los que hay pocos 
ejemplos en nuestra literatura. El poeta de la pu- 
bertad no anunciaba, por cierto, al poeta de la 
juventud. Este había seguido a los líricos de 
Francia, y arrastrado por Víctor Hugo, aportaba 
a la poesía mexicana las visiones apocalípticas de 
sus tremendas metáforas, de sus bruscos símiles, 
de sus odas grandilocuentes, de su vasta y fogo- 
sa expresión, que deshacía de un soplo los mol- 
des discretos y proporcionados que estaban en 
boga. El énfasis volvía a México, pero revivido, 
engrandecido, ennoblecido, pudiéramos decir, 
nutrido con la fecunda savia del más grande y 
maravilloso de los románticos. El victorhuguismo 
estaba iniciado antes de la aparición de Justo Sie- 
rra en nuestro Parnaso; pero no se había deñni- 
do con tanta precisión como con él. Las alusio- 
nes a la leyenda napoleónica, las defensas de la 
mujer caída, databan de una época anterior y eran 
huguianas; pero la antítesis centelleante y la ima- 
gen deslumbradora y el tropo titánico, entraron 
con las odas de Justo Sierra, con esas silvas que 



208 LUIS o. URBíNA 

chispean como hierro batido en yunque, con esos 
endecasílabos y heptasíiabos de bronce, con ese 
filosofar transcendentalista, un poco misterioso, 
un poco sibilino, que hace de la poesia un canto 
profético. Y todo aquel torrente de lirismo en 
ebullición, era como un manantial de exuberan- 
cia. La prodigalidad poética se manifestaba natu- 
ralmente, sin fingimientos, porque no era sino el 
indicio de la abundancia, del tesoro mental y sen- 
timental, imaginativo y afectivo, de un ser excep- 
cionalmente dotado por el genio. 

Y el estudiante del colegio de San Ildefonso, 
de temperamento radical, de intransigencia reli- 
giosa, de arrebatos pindáricos; el atrevido mozo 
que una vez en la capilla del severo colegio, a la 
hora de la misa escolar, había gritado para espan- 
tar a profesores y alumnos ¡muera el Papal^ ya 
hecho hombre, ya director de un periódico polí- 
tico, desapareció un día para ocultar una terrible 
pena que acababa de afligirle. (La muerte, en 
duelo, de su hermano Santiago, otro extraordina- 
rio talento mexicano.) Estaba más allá de la fron- 
tera de los treinta años. 

Varios años de retraimiento y ensimismamien- 
to le permitieron completar los profundos estu- 
dios de ciencia y arte, emprendidos de tiempo 
atrás, y de los cuales había dado elevadas mues- 
tras en el aula y en el periodismo, en su clase de 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 209 

histt^ria y en un diario que él dirigió, en unión 
de don Telesforo García, y que es un notable 
exponente de la época: La Libertad, 

Justo Sierra rehizo su educación, la afirmó, la 
amplificó, y de ella salió el poeta, el escritor, el 
soñador del Canto a Colón y de los Cuentos ro- 
mánticos, hecho un pensador profundo, un histo 
riador, un sociólogo, y como coronamiento de la 
obra, un educador. La metamorfosis se había 
efectuado sin disminuir el valor artístico, sin 
transformar esencialmente las cualidades de fan- 
tasía y emotividad del literato, sino dando a to- 
dos sus dones, ponderación y equilibrio, y pasan- 
do por el encrespado apasionamiento del carácter 
un hálito reconfortante de serenidad y piedad. 
A partir de su reaparición, el pensamiento de 
Justo Sierrk fué como una mano que levanta una 
antorcha en la sombra, como un promontorio que 
sostiene un faro en el mar. 

Sus libros, sus discursos (no coleccionados 
éstos aún y que formarán el momento excelso 
de las letras y las ideas mexicanas) sus informa- 
ciones como ministro de Instrucción Pública, sus 
leyes pedagógicas, sus arengas a los maebtr(^s, 
sus improvisaciones ante los estudiantes, están 
henchidos de misericordioso optimismo, de fe 
ardorosa, de amor a lo bello y a lo bueno. Uno 

de sus novísimos discípulos, Antonio Caso, lo 

u 



210 LUIS Q. URBINA 

analiza así: «Justo Sierra fué un platónico por- 
que fué como Platón, un amante. Sabía amar con 
fuego divino lo mismo las grandes cosas que las 
cosas pequeñas; su intuición poderosa iba siem- 
pre en alas de su insaciable amor, en pos de cer* 
tidumbre moral y de ciencia; por eso penetraba 
adonde no puede llegar la fría y pura razón de 
los temperamentos discursivos, la razón clarivi- 
dente, pero incapaz de fundarse en si misma; 
por eso en sus libros de Historia y en sus dis- 
cursos pedagógicos y cívicos (consagrados á la 
nación mexicana para enaltercerla y dignificarla, 
como los de Fichte a la nación alemana, para 
despertada de la atonía patriótica en que yacía 
cuando a principios del siglo pasado, fué escar- 
necida por los ejércitos de Bonaparte) palpita el 
conocimiento de la Humanidad en el fondo de 
un optimismo sincero, en verdad apostólico, que 
«besa con profunda piedad» a despecho de to- 
das las ironías y todos los escepticismos «la 
mano de la mártir cristiana que encendió la 
lámpara de las catacumbas.» 

«Era el suyo un amor ardiente e incontenible, 
filosófico, a la manera de los místicos. Era tam- 
bién un amor matizado de ironía pero no subdi- 
to de ella, no vasallo, sino imperante siempre y 
siempre sentimental. Tenia en verdad aquel gran 
viejo ilustre, cuya sólida cabeza, cuyo pecho ro^ 



LA VIDA LITERARIA C'E MÉXICO 211 

busto sólo fueron albergue de nobles y viriles 
entusiasmos, un incomparable caudal de pasión; 
y así describiera una época histórica colmada 
de heroísmos y empenachadas victorias, o ha- 
blara como un buen pdre de familia, de la patria 
o de la escuela, o bien trazara en unas cuantas 
líneas el retrato de un gran hombre o bien se 
inclinara con unción religiosa hasta auscultar el 
corazón de los humildes, hasta besar en donde 
besa el pueblo «por fe o por amor» siempre de 
su pasión, de su entusiasmo, brotaba el primer 
acto y la primera fórmula orgánica de su cono- 
cimiento histórico para después extenderse y di- 
fundirse luego en el ritmo de su prosa magnífi- 
ca, hasta completar un conjunto armonioso, en 
que la resurrección del pasado se cumplía, ante 
sus lectores o sus oyentes, con el engaño real 
de las alucinaciones psicológicas.» 

Y he aquí que al historiador, al orador, al edu- 
cador, siguió aferrado, vivo y vigoroso, el poeta. 
Ya no escribía versos, sino de cuando en cuan- 
do, pero los oía, los aplaudía, los leía en horas 
de reposo y delectación. No aconsejaba como su 
maestro Altamirano las fórmulas de la poesía 
nacional, pero ayudaba a la formación de cada 
personalidad, con muy libre criterio, haciendo 
observaciones de saludable juicio. Veía desde 
muy alto y con una comprensión dentro de la 



212 LUIS o. URBINA 

cual cabia todo menos la vulgaridad y el mal 
gusto. Coiociendo nuestra idiosincrasia literaria, 
su consejo tendía siempre a evitar los excesos 
verbales, y a cultivar la exactitud y la sobriedad. 
Sabía muy bien que la literaíura nacional se es- 
taba formando, que paso a paso tomábamos, di- 
señábamos un contorno peculiar, que nuestra 
orientación francesa nos servía para desprender- 
nos definitivamente del aspecto y de las imita- 
ciones españolas y que limpiábamos con un 
baño de arte nuevo, con el arte espléndido de la 
poesía y de la prosa galas, nuestras empolvadas 
imágenes, nuestros rancios prejuicios, nuestros 
viejos modelos castellanos. Purificar el estilo, ha- 
cerlo cada vez más castizo y límpido, conservar 
fundamentalmente nuestro carácter novohispá- 
nico, pero abrir a los cuatro vientos del espíritu 
nuestra curiosidad, y renovar ideas y formas, de 
acuerdo con nuestro desarrollo cultural y social: 
ese era el horizonte señalado por el maestro. 

Cuatro glandes maestros tuvo México para 
encauzar esta renovación: D. Gabino Barreda, 
discípulo de Augusto Comte, cuyas lecciones 
habí i escuchado en Francia y que fué quien es- 
tableció en mi país en el año 1868, la enseñanza 
superior, la educación universitaria, sobre la base 
de la Filosoíía Positiva; (i) D. Ignacio Ramírez, 

(1) Dm entra los discípulos de D. Gabino Barreda 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 213 

cuya sabiduría era más bien iconoclasta y des- 
tructora, y que por eso tal vez no logró transmi- 
tir intensamente sus enseñanzas; D. Ignacio Al- 
tami' ano, que era armoniosamente amable, brioso 
predicador de libertad y belleza, pero que ponía, 
por altivez de raza tal vez, cierto orgulloso escep- 
ticismo en sus doctrinas; D. Justo Sierra, inte- 
lectual y sentimental en iguales proporciones, y 
que infundía con su palabra y con sus actos el 
amor creador, la fe tranquilizadora. Los cuatro 
son representantes de un período de evolución 
social y nacional; los cuatro resumen, en distin- 
tos aspectos, el desenvolvimiento de las ideas y 
de su expresión, durante la época en que empe- 
zó a formarse el alma de la pati'ia. 

* * * 

Los discípulos de Altamirano pueden presen- 
tar muestras literarias de evidente mérito. Acabo 
de referirme a Juan de Dios Peza. Debo ahora ci- 



toc]39 ellos apegados a la mis rigurosa disciplina cíentIHca, 
aali ¿ron dos perionalidades literarias muy distinguidas; el 
doctor D. Porfirio Parra poeta que quiso llevar al verso 
asuntos de la ciencia pura (Oia a las Matemática!, «Dina* 
mo», «El A^ua») y el doctor D. Manuel Flores, excelente 
prosista y dialéctico de primera fuerza. 



214 LUIS Q. URBINA 

tar a Agustín Cuenca. Fué este poeta un cuida- 
doso modelador del verso, lo plasmaba con mu- 
cho arte y luego lo matizaba con muy buen gus- 
to. Por casualidad, en un libro corriente adquiri- 
do aquí, me he encontrado algunas estrofas de 
Cuenca, que dan idea de la brillantez con que 
escribía. 



LA MAÑANA 

Tiende el sol cuando amanece, 
gasas de oro en la esmeralda 
de los campos, la humedece 
con sus perlas, y parece 
cada campo una guirnalda. 

Crien sus nacientes fulgores 
sobre el templo solitario, 
y es florón de resplandores 
la vidriera de colores 
del esbelto campanario. 

Del monte incendia el selvoso 
laberinto de retamas, 
y se alza el monte boscoso 
como se alzara un coloso 
con un turbante de llamas. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 215 

Matiza el cristal del río, 

y lleva el rfo en sus ondas 

copiando un pinar sombrío, 

ramajes en que el rocío 

se envuelve en doradas blondas. 

De carmín tifie al rosal, 
de oro tiñe al girasol, 
y es la escarcha matinal 
una hamaca de cristal 
bajo un velo de arrebol. 

Sobre la cumbre riscosa, 
en los témpanos de hielo 
pinta ráfagas de rosa, 
y hace de la mariposa 
un iris que cruza el cielo. 

Abrense cuando desata 
a la fuente, cuyo rastro 
es una estela de plata, 
junto a adelfas de escarlata 
floripondios de alabastro. 

Presta el rizado plumaje 
de los pájaros colores, 
da colores al encaje 
de las nubes, y al pnisaje 
perlas, pájaros y flores. 



216 tUIS C. URBINA 

Todo es luz, aves, aromas, 
fuego el sol. llanto el rocío, 
flores el juncal, las pomas 
roj 1 grana, las palomas 
blanca nieve, espuma el río. 

La obscura selva rumores, 
el torrente centelleos 
de divinos esplendores, 
la alameda ruiseñores, 
los ruiseñores go.jeos. 

Toda la naturaleza 
cuando el sol la da calor, 
palpitaciones, grandeza, 
es mujer cuya belleza 
entra en tálamo de amor. 

Lasciva al placer arroja 
djl pudor los blancos velos... 
C^sa su febril congoja, 
y cuando ella se sonroja 
ya tienen bajo los cielos: 

Los arroyos más cristales, 
y los pardos más espinas, 
más flores los florestales, 
más espigas los trigales, 
el torreón más golondrinas...! 



LA VIDA Literaria de México 217 

Estos versos fueron publicados en México el 
año de 1875, hace cerca de cincuenta años, y se 
diría que son algo así como la alborada, como el 
presentimiento de la poesía moderna, que no iba 
a tardar en presentarse en México. 

José María Bustillos es otro de los discípulos 
de Altamirano que, sin producir obra grande, la 
produjo primorosa. Escribió sobre asuntos de le- 
yendas indígenas, poemas encantadores, como 
Las dos rocas y La Gruta de Cicalco. Murió en 
flor; anunciaba frutos de paraíso. 

El amor del maestro Altamirano por la antigüe- 
dad clásica, inspiró la musa de otro discípulo 
suyo, Enrique Fernández Granados, cuyo es este 
mirto de florilegio: 

Si queréis de mi lira 

oír los sones, 
dadme vino de Lesbos 

que huele a flores; 
y si queréis que dulces 

amores cante, 
venga Lelia a mi lado 

y el vino escancie. 
Pero no en cinceladas 

corintias copas, 
porque el vino de Lesbos 

se liba en rosas; 
es dulce como el néctar 



218 LUIS Q. URBINA 

que en los festines 
de Olimpo, Ganímedes 

alfgre sirve, 
venga Lelia a mi lado, 

y sus hechizos 
celebraré en mis cantos 

bebiendo vino. 
Veréis cómo la niña 

si oye mis coplas, 
me da vino de Lesbos, 

pero en su boca, 
porque el vino de Lesbcs 

se liba en rosas. 

Ahora bien; si en la poesía no se marcó clara- 
mente la influencia del maestro Altamirano, tuvo 
éste un discípulo, el predilecto, quien, continuan- 
do el género del Pensador del Gallo Pitagírico y 
de Guillermo Prieto, trasladó a su prosa el mun- 
do que lo rodeaba, y perfeccionó, hasta hacerlo 
trabajo de arte, el cuento nacional. Ángel de Cam- 
po se llamaba: su pseudónimo era Miceos. La 
vida popular no tenía secretos para este costum- 
brista. Las casas, las calles, los barrios, las gen- 
tes, revivían bajo su pluma. Es un pintor de gé- 
nero. No ve en grande, pero ve en detalle y lím- 
pidamente. Su dibujo es asombroso; su color, 
enérgico. Tiene las cualidades de un Meissonier. 

¡Y qué estilo tan flexible el suyo, de ornamen- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 219 

taciones claras, de giros gallardos! Ha recogido 
como un fonógrafo las conversaciones de su país 
y las ha trasladado con aiingente fidelidad a sus 
cuadros. Nuestra personalidad entera, lo que con- 
servamos de característico, está en Micros, en sus 
novelas, en sus cuentos, en sus artículos. Desde 
este punto de vista, nadie lo ha superado en Mé- 
xico. 



*** 



Pero el tiempo pasa y yo necesito emplear el 
poco que me queda en hablar del más grande de 
nuestros líricos, ponocido probablemente de us- 
tedes, querido y admirado como ninguno en mi 
país. Asimismo, tiene él un nombre glorioso y un 
pseudónimo célebre: Manuel Gutiérrez Ná jera; El 
Duque Job, 

Hijo de familia burguesa y piadosa, Gutiérrez 
Nájera solazó su infancia con la lectura de libros 
ortodoxos y místicos: Juan de Avila, ambos Lui- 
ses, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Malón de 
Chaide. Sus padres quisieron que aprendiese la- 
tín, y en casa, sin haber ido a la escuela, fué un 
cura su profesor. De esta aurora intelectual que- 
dan vestigios en la obra entera de Manuel. No ol- 
vidará ya, en adelante, ni a los poetas místicos ni 



220 LUIS Q. URSINA 

a los poetas latinos. Aún llevaba el pantalón cor- 
to, no cumplía trece años, cuando cometió su 
primera calaverada: se escapó del regazo mater- 
nal y se presentó en la redacción de un periódi- 
co católico, pidiendo que le publicasen un artícu- 
lo. Se lo publicaron con presentación y elogio. 
Después, no soltó la pluma; la muerte, al cumplir 
el poeta treinta y cinco años, se la arrancó de las 
manos y le obligó a reposo eterno; ese fué su 
primero y único descanso. Mas al cumplir la pu- 
beilad, Gutiérrez Nájera, como la mayor parte de 
los muchachos de entonces, había aprendido el 
francés (¡ah, siempre el francés: ese es el secreto 
de nuestra transformación!), y en seguida se de- 
dicó, por necesidad instintiva, a estudiar a los 
poetas franceses, los viejos y los nuevos, los ro- 
mánticos, los parnasianos, los modernistas; en 
breve leería y comentaría a los neurópatas, a los 
malditos, a los decadentes, a los simbolistas. 

¿Cómo Manuel, sin haber pasado por las aulas 
oficiales, aprendió desde temprano el francés? Es 
que desde la invasión de los soldados de Napo- 
león ni, México experimentó, en las clases media 
y alta, la irresistible influencia de ese pueblo tan 
comunicativo y sugestivo. Al retornarse las tro- 
pas extranjeras después de cuatro años de vivir 
entre nosotros y de combatirnos, quedaron en el 
país muchos franceses asimilados ya a nuestra 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 221 

vida, y entre ellos hubo quienes se dedicaran a 
la instrucción y abrieran colegios. 

Esto determinó entre otras causas la propaga- 
ción del idioma y la literatura de la nación inva- 
sora. Gutiérrez Nájera, por efecto de sus recien- 
tes estudios, dio la espalda al españolismo; se 
afrancesó. Mas era tan ingénito su buen gusto 
que, en sus trabajos juveniles, (los diez y seis y 
diez y siete años), aunque hay preponderancia de 
sus flamantes aficiones, hay rasgos de sus pri- 
mitivas admiraciones; y aun por los años de 
1876-77 se ve como imita a Campoamor y a 
Bécquer. 

Pero de día en día el contagio es evidente; el 
galicismo empieza a aparecer; salta la alusión 
exótica; entra sin anunciarse el modismo extran- 
jero; habla la cita intrusa en idioma extraño y 
tiene la retórica atrevidas novedades. El libro y 
el ambiente iba modelando a Gutiénez Nájera; 
iban formar do sus ideas y su estilo, y realizando 
en él, como consecuencia de impulsos anterio- 
res, un tipo perfecto de innovación y de selec- 
ción. Poco a poco, en cuanto a la idea, afinó la 
sutileza y la gracia; en cuanto al sentimiento, 
diafanizó el manantial puro de su emoción y su 
ternura, y en cuanto a la forma, halló una ele- 
gancia suya, muy personal, en la que se mezcla- 
ban los elementos propios con los extraños. La 



222 LUIS o. URBINA 

observación de D. Justo Sierra ^s exactísima: 
«el habla española — dice — el vehículo con que 
ahora y siempre expresamos nuestras ideas, se 
alteró profundamente, no para traducir necesi- 
dades de nuestro espíritu, sino exigencias facti- 
cias de núes ra retórica. Precisamente el servicio 
del admirable poeía, fué poner su ejemplo, como 
impulso, para acentuar el movimiento que nos 
llevaba al conocimiento íntimo de la reina de 
las literaturas latinas en nuestra época, y defen- 
der la lengua de España como el vaso único en 
que debíamos beber el vino nuevo. Pensamien- 
tos franceses, en versos españoles. He aquí su 
divisa literaria.» 

Por ahí, por Gutiérrez Nájera, entiendo yo, co- 
menzó el movimiento inicial de la nueva litera- 
tura de los países de origen hispánico en este 
continente, del modernismo americano, que lue- 
go se extendió a la lírica española de allende el 
mar, llevado por el genio dilecto de Rubén Darío. 

Gutiérrez Nájera se distinguió de continuo en 
la vida y en el arte por una cualidad: su aristo- 
cratimo. No era hermoso, al contrario: cuerpeci- 
11o mediano, airoso y flexible dentro del flux 
claro o la levita de ceremonia; grande la cabeza, 
braquicéfala, de cabello corto, recortado en tupé, 
sobre una frente amplia y un poco asimétrica. 
Desproporcionada la nariz, mal hecha, cyranes- 



LA VIDA LITERARIA D£ MÉXICO 223 

ca, de carne rojiza; ojos amarillentos y de forma 
ligeramente oblicua; no espeso el bigote, pero 
de púas largas y enceradas; inclinada hacia un 
lado la boca, h cia el lado que soportaba la per- 
petua carga del puro. Jesús Valenzuela, al des- 
cribir al Duque Job^ en verso, dice de él que 
parece 

Un joven japonés en terracota. 

Las caricaturas de la época amplificaban tres 
cosas para caracterizarlo; una nariz, una garde- 
nia, un puro. Porque ni el puro en los labios ni 
la gardenia en el ojal se sep traban de él jamás. 

Sin embargo, un aire de distinción rodeaba 
esta figura abocetada. Se conocía a distancia que 
el poeta tenia una preocupación brummelesca. 
Gustaba naturalmente, sin afectación, de todo lo 
exquisito y elegante. Y en la sociedad, como en 
la literatura lo anunciaba esa distinción. Poseía 
la sabiduría de la frivolidad intencionada, del 
chiste alado, de la dorada galantería. Nunca en 
mi país hubo cronista de salones como él. Tam- 
poco hubo humorista, escritor epigramático de 
aticismo más fino, de más penetrante ingenio. 
Porque él adquirió presto dos matices sustan- 
cialmente franceses de la gracia: el ckk; el espriu 

y ^ste escritor de atildamiento espontáneo y 



224 LUIS O. URSINA 

noble, de frase joyante; este poeta de versos de 
oro y cristal, podía elevarse a las alturas del do- 
lor, de la desesperación y de las lágrimas, y ha- 
cer con su prosa y con su verso hondas y vigo- 
rosas expresiones de angustia. Su elegancia se 
dramatizaba en un rapto de sinceridad. El alma 
dolorida y atormentada subía a flor de inspira- 
ción. Eso era, en el fondo, un poeta atormentado. 
Sólo que, incesantemente, su tormento permane- 
cía encubierto por los velos de una dulce y ama- 
ble gracia. Justo Sierra, en su crítica, lo cree así: 
«Un poeta atormentado por el deseo de la felici- 
dad y la sed de la verdad, es una tragedia que 
pasa cantando por la mascarada humana; eso era 
Manuel, eso era esa alma enferma de ideal, que, 
como algún día dijo de la de Joubert, estaba en- 
cerrada y cohibida por un cuerpo cualquiera en- 
contrado por casualidad». 

Para aclarar este concepto, séame permitido 
seguir en dos o tres ejemplos una nota, la del su- 
frimiento a través de los versos de GutiéiTez Ná- 
jera. 

Primero viene la distintiva: la ternura elegante. 

¡CASTIGADAS...! 

Como turba de alegres chiquillas 
que en tropel abandona la escuela» 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 225 

y, cantando, cual pájaros libres, 
a su casa de tarde regresan, 
tras el largo trabajo del día, 
siempre viVas, garbosas y frescas, 
regresabais a mi alma, ilusiones, 
coronadas de mirto y verbena. 
¡Qué de flores hermosas traíais! 
|Cuán henchida de frutas la cestal 
En los labios, ¡qué risas tan dulces! 
En el alma, ¡qué nobles promesas! 
Aún os miro, mis pobres hijitas, 
impacientes tocar a la puerta, 
y con ansia de hacerme cariños* 
muy aprisa subir la escalera. 
—¿Qué me traes, botoncito de rosa? 
—Este ramo de azules violetas... 
—¿Qué me da la señora de casa? 
— Su boquita de grana que besa. 
— Ya venís de cazar mariposas; 
os aguarda caliente la cena, 
y mañana, cantando felices, 
volveréis muy temprano a la escuela. 



Hoy despacio venís y enlutadas, 

poco a poco subís la escalera, 

con los párpados tiernos muy rojos, 

huerfanitas, calladas y enfermas. 

Ilusiones ¡qué mala es la vida! 

la esperanza del bien [qué embustera! 

15 



226 LUIS o. URBINA 

y |cuán tristes, con cuánto cansancio 
volveréis de mafiana a la escuela! 



Ni una ñor en el búcaro roto... 
jLos que vienen aquí se las llevan! 
¡Como todo en la casa está triste, 
las palomas huyeron ligeras...! 
¡Ya no agitan sus alas de nieve, 
despertando a la luz mis ideas; 
no son aves de rico plumaje, 
no retozan, ni cantan, ni vuelan! 
¿No lo veis? Por un claustro sombrío 
en la noche silente, atraviesan, 
con la toca y el hábito negros 
y en las manos la pálida vela. 
Van al coro sin verse ni hablarse, 
sola, obscura, se mira la iglesia... 
¡Cuan heladas las losas de mármol 
y cuan dura la fúnebre reja! 
¡Óh mis monjas! del mundo olvidadas 
paso a paso volvéis a la celda, 
y en el lecho, cruzados los brazos, 
silenciosas quedáis como muertas. 



¿Por qué en monjas de lúgubres tocas 
se trocaron las ñiflas traviesas? 
Ilusiones,, ¿por qué os castigaron? 
¡Pobrecitas... yo sé que sois buenas! 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 227 

Sólo amor y ternura pedíais, 
sólo os dieron engaño y tristeza. 
Ilusiones... ¿por qué os castigaron? 
¡Pobrecitas...! yo sé que sois buenas. 



Y esta delicada ternura se torna penetrante, se 
obscurece, y lo que fué suspiro ahora es sollozo: 



MIS ENLUTADAS 

Descienden taciturnas las tristezas 
al fondo de mi alma, 

y entumecidas, haraposas brujas, 
con uñas negras 
mi vida escarban. 



De sangre es el color de sus pupilas, 
de nieve son sus lágrimas: 

Hondo pavor infunden... yo las amo 
por ser las solas 
que me acompañan. 



Aguardólas ansioso, si el trabajo 
de ellas me separa, 



228 LUIS Q. URBINA 

y buscólas en medio del bullido» 
y son constantes, 
y nunca tardan. 



En las fiestas, a ratos se me pierden 
o se ponen la máscara, 

pero luego las hallo, y así dicen: 
—¡Ven con nosotrasl 
{Vamos a casa! 



Suelen dejarme cuando sonriendo 
mis pobres esperanzas 

como enferniitas, ya convalecientes, 
salen alegres 
a la ventana. 



Corridas huyen, pero vuelven luego 

y por la puerta falsa 
entran trayendo como nuevo huésped 

alguna triste, 

lívida hermana. 



Ábrese a recibirlas la infinita 

tiniebla de mi alma, 
y van prendiendo en ella mis recuerdos 



LA VIDA UTERARIA DE MÉXICO 229 

cual tristes cirios 
de cera páiida. 



Entre esas luces, rígido, tendido, 
mi espíritu descansa; 

y las tristezas, revolando en torno, 
lentas salmodias 
rezan y cantan. 



Escudrifian del húmedo aposento 
rincones y covachas, 

el escondrijo do guardé cuitado 
todas mis culpas, 
todas mis faltas. 



Y urgando mudas, como hambrientas lobas, 

las encuentran, las sacan, 
y volviendo a mi lecho mortuorio 

me las enseñan 

y dicen: habla. 



En lo profundo de mi ser bucean, 

pescadoras de lágrimas, 
y vuelven mudas con las negras conchas 

en donde brillan 

gotas heladas. 



230 LUIS o. URBINA 

A veces me revuelvo contra ellas 
y las muerdo con rabia, 

como la niña desvalida y mártir 
muerde a la harpía 
que la maltrata. 



Pero en seguida, viéndose impotente, 

mi cólera se aplaca. 
{Qué culpa tienen, pobres hijas mías, 

si yo las hice 

con sangre y alma? 



Venid, tristezas de pupila turbia, 
venid, mis enlutadas, 

las que viajáis por la infinita sombra, 
donde está todo 
lo que se ama. 



Vosotras no engañáis: venid, tristezas, 
|oh mis criaturas blancas 

abandonadas por la madre impía, 
tan embustera 
por lá esperanza! 



Venid y habladme de las cosas idas, 
de las tumbas que callan. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 231 

de muertos buenos y de ingratos vivos... 
Voy con vosotras, 
vamos a casa. 



Luego, en Las Aimas Huérfanas, el sollozo se 
vuelve grito de desesperación y duda: 



LAS ALMAS HUÉRFANAS 

En las noches de insomnio medroso, 
en el lecho, ya extinta mi lámpara, 
por la sombra, cual niño extraviado 
que no encuentra, y la busca, su casa, 
va llorando, pidiendo socorro, 
por la sombra infinita mi alma. 
Desconozco los sitios que cruzo; 
yo no he visto jamás esas caras; 
tienen ojos y a mí no me miran; 
tienen labios y a mí no me hablan. 
iQué ciudad tan hermosa y tan grande! 
¡Cuánta gente por las calles y plazas! 
{Cómo corre hervorosa la turba 
y atropella, derriba y aplasta! 
Ennegrece los aires el humo 
que en columnas despiden las fábricas. 
iQué suntuosos palacios! |Qué luces! 



232 LUIS Q. URBINA 

Y las torres |qué altas!, (qué altas! 

Y estoy solo, y a nadie conozco; 
oigo hablar, y no sé lo que hablan; 
si pregunto, no entienden y siguen.. 
¡Oh mis padres! ¡Mi casa! {Mi casa! 
¿Será suefto? ¿Fué cierto que tuve 
un hogar, la casita callada, 

tan alegre, tan fresca por fuera 
y por dentro tan pura, tan santa? 
El balcón, siempre abierto de día 
y cruzado por mística palma, 
a la luz semejaba decirle: 
Aquí hay dicha y virtud: Pasa, pasa. 
De mi padre el cabello muy blanco 
y los muros color de esas canas, 
en los tiestos muy frescas las rosas 
y de rosa vestida mi alma. 
iQué bien sabe, entre risas, la cena! 
|En el lecho albeaban las sábanas 
y allí el suefio y el beso materno 
y el tranquilo esperar ía maftana! 

¿Cómo fué? Yo salí con alguno... 
La viviente, brutal marejada 
me arrastró... volví luego los ojos 
y estoy solo... {Mi casa! ¡Mi casa! 



No, no está solo; cruzan los grandes poetas 
del dolor: Leopardi, Byron, Musset, y él exclama: 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 233 

|Ayl es cierto que todos decimos 

como Rückert: |Oadme alas! ¡Dadme alas! 

|0h Destinol La lluvia humedece 
en verano la tierra tostada; 
en las rocas abruptas retozan, 
su frescor esparciendo las aguas; 
pero el hombre de sed agoniza, 
y sollozan las huérfanas almas: 
¿Quién nos trajo? ¿De dónde venimos? 
¿Dónde está nuestro hogar, nuestra casa? 

Pero donde su angustia se revela más ator- 
mentadora y más implacable, es en Después, don- 
de un simbolismo pertuibador nos da la impre- 
sión de asomarnos a una sima en la noche. 



DESPUÉS... 

¡Sombra, la sombra sin orillas, esa 
que no ve, que no acaba... 

La sombra en que se ahogan los luceros. 

¡Esa es la que busco para mi alma! 

¡Esa sombra es mi madre, buena madre, 
pobre madre enlutada! 

Esa me deja que en su seno llore 

y nunca de su seno me rechaza... 



254 LUIS Q. URBINA 

{Dejadme ir con ella, amigos míos, 
es mí madre, es mi patria! 



¿Qué mar me arroja? ¿De qué abismo vengo? 

¿Qué tremenda borrasca 
con mi vida jugó? ¿Qué ola clemente 

me ha dejado en la playa? 
¿En qué desierto suena mi alarido? 
¿En qué noche infinita va mi alma? 
¿Por qué, prófugo, huyó mi pensamiento? 

¿Quién se fué? ¿Quién me llama? 
jTodo sombra! |Me¡or! |Que nadie mire! 
¡Estoy desnudo! {Ya no tengo nada! 



Poco a poco rasgando la tiniebla, 

como puntas de dagas» 
asoman en mi mente los recuerdos 
y oigo voces confusas que me hablan. 
No sé a qué mar cayeron mis ideas... 

Con las olas luchaban... 
{Yo vi cómo convulsas se acogían 

a las notantes tablas! 
La noche era muy negra... el mar muy hondo. 

¡Y se ahogaban... se ahogaban! 
¿Cuántas murieron? ¿Cuántas regresaron, 
náufragos desvalidos, a la playa? 
... {Sombra, la sombra sin orillas, esa, 
esa es la que busco para mi alma! 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 235 

¡Muy alto era el peñón cortado a pico, 

sí, muy alto, muy alto! 
Agua iracunda hervía 
en el obscuro fondo del barranco. 
¿Quién me arrojó? Yo estaba en esa cumbre... 

¡y ahora estoy abajo! 
Caí, como la roca descuajada 

por titánico brazo. 
Fui águila tal vez y tuve alas... 

lya me las arrancaron! 
Busco mi sangre, pero sólo miro 

agua negra brotando; 
y vivo, sí, más con la vida inmóvil 

del abrupto peñasco. . . 
¡Cae sobre mí, sacúdeme, torrente! 
¡Fúndeme con tu fuego, ardiente rayo! 
¡Quiero ser onda y desgarrar mi espuma 

en las piedras del tajo...! 
Correr... correr... al fin de la carrera 
perderme en la extensión del Océano. 

El templo colosal, de nave inmensa, 

está húmedo y sombrío; 
sin flores el altar; negro, muy negro; 

¡apagados los cirios! 
Señor, ¿en dónde estás? ¡Te busco en vano...! 

¿En dónde estás, oh Cristo? 
Te llamo con pavor porque estoy solo, 
como llama a su padre el pobre niño...! 
¡Y nadie en el altar! ¡Nadie en la nave! 



236 LUIS o. URSINA 

¡Todo en tiniebla sepulcral hundidoi 
{Háblal iQue suene el órganol |Que vea 
en el desnudo altar arder los ciriosl... 
|Ya me ahogo en la sombra... ya me ahogo! 
iResucita, Dios míol 

iUna luz! {Un relámpago...! |Pué acaso 

que despertó una lámpara! 
I Ya miro, sí! ¡Ya miro que estoy solo...! 

I Ya puedo ver mi alma! 
Ya vi que de la cruz te desclavaste 

y que en la cruz no hay nada... 
Como esa son las cruces de los muertos... 

los pomos de las dagas... 
¡Y es un pufial, porque su hoja aguda 

en mi pecho se encaja! 
Ya ardieron de repente mis recuerdos, 
ya brillaron las velas apagadas... 
Vuelven al coro tétrico los monjes 
y vestidos de luto se adelantan... 
Traen un cadáver... rezan... ¡oh, Dios mío, 
todos los cirios con tu soplo apaga...! 

¡Sombra, la sombra sin orillas, esa, 
esa es la que busco para mi alma! 

Por fortuna, el hombre recobra al final de la 
vida un poco de serenidad y dice en Pax Anime: 

¡Ni una palabra de dolor, blasfemo! 
Sé altivo, sé gallardo en la caída, 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXiCO 237 

y ve, poeta, con desdén supremo, 
todas las injusticias de la vida. 

Y luego: 

En esta vida el único consuelo 
es acordarse de las horas bellas, 
y alzar los ojos para ver el cielo 
cuando el cielo está azul y tiene estrellas. 

Recordar... perdonar... haber amado, 
ser feliz un instante, haber creído, 
y luego, reclinarse fatigado 
en el hombro de nieve del olvido. 

Lejos está el poeta que asi sufre y que así se 
consuela, de aquel risueño y fácil rimador de la 
hora efímera: 

Desde las puertas de la Sorpresa, 
hasta la esquina del Jockey Club, 
no hay espaftola, yankee o francesa, 
ni mas graciosa, ni más traviesa, 
que la duquesa del Duque Job. 



Boileau se queda en el aula 
y Voltaire en la ciudad. 
iMusa al campo! |Abre la jaulal 
¡Seftores versos, entrad! 



238 LUIS Q. URBINA 

¡Y qué lejos de las ternuras.. de enamorado de 
sus poemas eróticos; qué lejos de la perfumada 
voluptuosidad de las Odas breves y de la prosa 
saltarina, mórbida, juguetona, de las Crónicas de 
colores^ y de las suaves emociones de los Ctientos 
frágiles! 

Fué en todo un artista supremo. No me es 
dado mostrar aquí la parte peculiar de su obra. 
De buen grado lo haría, seguro de agradar a us- 
tedes y entretenerlos. El Duque Job es un hechi- 
cero en la prosa, más tal vez que en el verso. 
Pero es preciso concluir. De Manuel Gutiérrez 
Nájera queda mucho en la literatura americana 
actual. El difundió la tendencia modernizante. El 
inyectó sangre nueva al cuerpo anémico de nues- 
tro españolismo poético. Sin haberse sentado 
nunca en el sillón dej profesor, orientó a su ge- 
neración y la enseñó a salir de la torre en que es- 
taba prisionera, y preguntaba: Ana, hermana 
Ana, ¿qué ves? El es un maestro, no mexicano 
sólo, sino — me atreveré a afirmarlo — continental. 
Hizo, en definitiva, lo que alguna vez he dicho: 
eliminando muchas rancias fórmulas y también 
muchas intrusas e inadaptables modalidades, re- 
construyó nuestro organismo verbal. Desde que 
tal hizo, la literatura mexicana entró, a bandera 
desplegada, en los reinos del Arte. 



V 



Bl estancamiento político y el desarrollo 
literario. — La Dictadura y el Arte. — Socie- 
dades y Revistas.— La Novela.— El Teatro. 
Los gandes líricos.— Othón.— Díaz Mirón. 
Ñervo.— González Martínez.— Icaza.— Los 
recién llegados.— Conclusión. 



En los albores del siglo presente, la literatura 
mexicana había adquirido un desarrollo máximo; 
estaba en el apogeo de la fuerza y el brillo. En los 
centros poblados, en las regiones industriales y 
comerciales, entre las colonias extranjeras (que 
habían llegado a explotar las riquezas naturales 
del país, y que, por un mal criterio gubernativo, 
obtenían individualmente injustas ventajas para 
la adquisición de concesiones^ exenciones y pre- 



240 LUIS o. URBINA 

rrogativas, sobre los hijos del país, en quienes 
empezaba a despertar vigorosamente el espíritu 
de empresa); entre las clases burocráticas nume- 
rosas y apegadas, por inmemorial y pernicioso 
hábito, a los presupuestos fiscales; en las regio- 
nes medias y altas de la sociedad, la vida venía 
adquiriendo una complacencia tranquila que no 
era otra cosa que la manifestación de un bienes- 
tar económico, desaprovechado — por las ambi- 
ciones, arriba, y las adulaciones y los servilismos 
abajo — para mejorar, civil y moralmente, el esta- 
do general de un pueblo, que desde hacía siglos 
no lograba encontrar su equilibrio y cimentarlo 
sobre bases de justicia y de libertad. 

El descontento palpitaba en las masas, y se 
sentía cómo i^ja creciendo, a manera de una pul- 
sación cada vez más perceptible, y a medida que 
se prolongaba un régimen político que abando- 
naba en manos de un hombre anciano todos los 
poderes, todas las voluntades, todos los derechos, 
en una especie de morbosa pereza, de viciosa in- 
actividad, de indiferencia malsana y egoísta. 

Este largo período de marasmo espirítual, sin- 
tomático de las dictaduras que se prolongan, ex- 
plica por sí mismo la conmoción revolucionaria 
de México. No era posible que nuestro organismo 
político y social se evadiese a la ley biológica de 
la renovación. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 241 

Eso lo presentían y lo temían muchos atentos 
observadores de la existencia nacional; pero un 
ambiente de impureza respirado a plenos pulmo- 
nes durante años inacabables; el temor de des- 
hacer una situación que se pensaba que podría 
modificarse por efecto de suaves evoluciones, y 
la enfermiza costumbre de no usar de nuestra 
energía en una verdadera — no en una fingida — 
lucha política, habían debilitado el carácter y nos 
daban un humillante y automático aspecto de 
comparsas de una aburridora comedia democrá- 
tica. 

Por fortuna, hombres no contaminados del 
daño, ánimos fuertes y ambiciones vigorosas, re- 
movieron el país, el cual despertó febril y doloro- 
samente, y readquirió su potencia de ser, de vivir 
y de mejorarse. Y rápida y ampliamente ha co- 
menzado a lograr sus propósitos. 

Pero los grupos literarios colocados en alturas 
sociales, desconectados de los bajos fondos, per- 
feccionaban día por día su producción y en- 
sanchaban su cultura. Las clases medias, en par- 
ticular, se refinaban en su gusto artístico, e iban 
entrando en posesión cada vez más segura del 
conocimiento de la belleza. Una paz mecánica 
permitía el desenvolvimiento cultural de los gru- 
pos privilegiados. Un ministro de Instrucción 
pública, el primero por tiempo y por mérito, 

16 



242 LUIS o. URBINA 

había dado principio a un programa educativo 
de excelentes resultados en la preparación del 
ambiente escolar para difundirlo con lentitud, 
pero a la vez con seguridad, hacia los abismos 
de un medroso y secular analfabetismo. — Este es 
nuestro magno problema en México; hacer en- 
trar en la civilización, por especiales medios pe- 
dagógicos, a siete u ocho millones de semiadapta- 
dos y de retrasados que viven junto a nosotros 
en asombro perpetuo y agitándose obscuramen- 
te en una vasta niebla de ignorancia y de fana- 
tismo—. 

Mas como el arte ha tenido siempre, en nues- 
tra edad moderna una función restringida, por 
lo que en mi país se refiere a las letras, durante 
la última dictadura, puede afirmarse, como acabo 
de decir, que se robustecieron y brillaron. Las 
sociedades literarias que en nuestra América es- 
pañola suelen prestar un concurso más decora- 
tivo que real, modificábanse de acuerdo con las 
nuevas idas. 

La Academia Mexicana de la Lengua, corres- 
pondiente de la Española representaba una sana 
aunque estrecha tendencia conservadora, frente 
a otras que, como el «Liceo Altamirano» que era 
una transformación de otros libérrimos cenácu- 
los de antaño (el «Liceo Hidalgo»; la «Academia 
de San Juan de Letrán»j recogían con beneplá- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 243 

cito el rebelde antiacademismo, nunca tan grande 
como veinte años antes. De las escuelas univer- 
sitarias se desprendió un poco más tarde, el 
núcleo literario para formar el «Ateneo de la Ju- 
ventud» que es, según la usada muletilla: el úl- 
timo barco. 

El periodismo de arte experimentaba transfor- 
maciones análogas: los viejos modelos de se- 
manarios como El Federalista y El Domingo y 
después La Juventud Literaria (i), eclécticos, 
tolerantes, desiguales, que recibían lo bueno y lo 
malo, lo hermoso y lo feo, con una amabilidad 
de salón, fueron substituidos por las formas de 
capilla y escuela, las de examen intransigente, las 
representativas, en fin, de ideales deterniinados: 
como la Revista Azuly fundada por Gutiérrez Ná- 
jera y Carlos Díaz Dufóo (escritor de primer orden 
este segundo) (2); como la Revista Moderna^ órga- 



(1) En Lajaventad Literaria, que apareció, si no re- 
cuerdo mal en 1887, se dio a conocer un s^rupo de escrito- 
res, nuevos entonces, en el que descuellan; José Peón del 
Valle, poeta de inspiración byroniana, e Ij^nacio M. Lu- 
chachi, poeta colorista enamorado de la perfección de la 
forma. 

(2) En La Revista Azul, que fué una eficaz propaj^ado- 
ra de la literatura nacional, dábanse a la estampa, frecuen- 
temente reproducidos, nombres y obras de poetas provin- 



244 LUIS Q. URBINA 

no del más alto grupo intelectual que ha produci- 
do México. La Revista Moderna^ que fundó Jesús 
Valenzuela, un poeta manirroto de tres riquezas: 
la de su oro, la de su corazón y la de su ingenio, 
estaba dirigida por su fundador y por Amado 
Ñervo. En ella alcanzaron su consagración defi- 
nitiva, entre otros, José Juan Tablada, Balbino 
Dávalos, Rubén M. Campos, Ciro B. Ceballos,. Ber- 
nardo Couto (un malogrado niño, una deliciosa 
flor que se marchitó antes de abrirse) y el dibu- 
jante Julio Ruelas cuya fantasía intencionada y 
honda, dejó en delicados diseños, potentes y ge- 
niales expresiones. 

Y en este lugar me complazco en nombrar a 
Jesús Urueta, brillantísimo escritor de La Revista 
Moderna y el primer orador de su generación. Él 
y Francisco Bulnes (de la generación anterior), 
periodista incomparable, acróbata sorprendente 
dei razonamiento, malabarista de la paradoja, 



cianos: José!. Novelo, Delio Moreno, Cantón» de Mérída; 
^aauel Pu^a y Acal (quien por haber vivido varios años en 
Europa, volvió a México saturado de gusto francés, y que 
intentó, el primer d, una crítica sería de los poetas en bog'a 
entoncef--(1885-90)— Díaz Mirón; Juan de Dios Peza, Gu- 
tiérrez Nájera); Manuel M. González y Manuel Alvarez del 
Castillo, de Guadalajara, y otros muchos que escapan a mí 
recuerdo. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 245 

pensador muy original y fuerte domador de la 
palabra — son las dos figuras de mayor relieve de 
la elocuencia mexicana — . 

El Teatro no ha tenido jamás en México la 
exaltación y la personalización que en la Ar- 
gentina. Creo que es este país el único que pue- 
de presentar en la América latina, con envidia- 
ble orgullo, un arte dramático verdaderamente 
nacional, no regional tan sólo. 

Yo he sentido muchas veces la satisfacción de 
decirlo así. Nuestro teatro — ¡cosa rara! — sufría 
una decadencia notable. A los esfuerzos que hasta 
1880 se habían hecho para crear nuestro tipo de 
dramática, sucedían las cloróticas obrillas de gé- 
nero chico, qué desvirtuaban, encanallándola, la 
nota popular. A los dramas caballerescos, linda- 
mente versificados, de Peón y Contreras; a las re- 
surrecciones en el tablado, ya precortesianas, ya 
psicológicas, de Chavero; al docentismo social 
intentado por Manuel Acuña, por Agustín Cuen- 
ca, por Juan A. Mateos, seguían petipiezas inno- 
bles, de mal copiadas figuras plebeyas, de ger- 
manía recogida en el arroyo y de acción incon- 
gruente y caótica. La zarzuelilla española, el paso 
populachero, la revista espectacular, de allende 
el Océano, saturándonos de chiste grosero, enve- 
nenaron nuestra incipiente dramaturgia, de entre 
la cual podría entresacarse, sin embargo, tal cual 



246 LUIS o. URBINA 

pieza frágil, pero bien lograda. No obstante, al- 
gunos literatos que no abandonaron su aspira- 
ción de arte genuino y puro, presentaron en 
nuestros escenarios obras serias, nacionales y 
hermosas: Federico Gamboa, el primero de todos 
y a quien volveremos a citar con otro motivo; 
Antonio Mediz Bolio, poeta de juvenil talento; 
José María Gamboa y Marcelino Dávalos, a quien 
corresponde el lugar postrero en tiempo, no en 
mérito quizás. 

Mas lo que perdimos en el teatro, lo ganamos 
en el cuento y en la novela. Por la misma época 
en que escribía en la capital Ángel del Campo 
encantadoras fábulas, deliciosas miniaturas y 
cuadros de género, en las provincias, Rafael Del- 
gado, un magnifico hablista, en Orizaba; Cayeta- 
no Rodríguez Beltrán, en Tlacotalpam; José Ló- 
pez Portillo, en Guadalajara, novelaban sus sen- 
dos terruños y reproducían, con mucho color y 
mucha gracia, la atmósfera que les rodeaba. 
A ellos tendrán que acudir en lo futuro quienes 
deseen conocer en determinado momento nues- 
tra vida, nuestras costumbres, nuestras modali- 
dades. 

El más preciso en observarlas, el más artista en 
copiarlas, el más sincero en sentirlas y en vivir- 
las, es, a mi juicio, Federico Gamboa. Con un ca- 
non naturalista un tanto anticuado; con un estilo 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 247 

algo tardo, aunque con frecuencia limpio y con- 
movedor; con un desarrollo de acción que, por 
prodigalidad detallista o manía episódica, no 
siempre muestra ligereza, Federico Gamboa lo- 
gra, a pesar de todo, que la curiosidad se avive, 
que la atención se abstraiga, que se despierte la 
emoción, que se siga la lectura de una novela, 
como se sigue el curso de una existencia que nos 
interesa. 

La narración adquiere una animación, una vi- 
vacidad positivas en nuestro mundo imaginativo. 
Pasan los seres, lloran, ríen, son venturosos o 
Derversos; se suceden los acontecimientos con la 
fatalidad del destino; se ven las calles, los paisa- 
jes, las casas, y fascinados por aquel evocador, la 
vida ficticia, una vida netamente mexicana, se 
apodera de nuestro espíritu, y en seguida, desva- 
necido el hechizo, deja una indeleble huella en la 
memoria. 

Ese triunfo de novelista lo alcanza de continuo 
Gamboa. 

Un nuevo escritor, Carlos González Peña, ha 
ensayado, con mucho provecho, sus excelentes 
facultades de prosista fino y de atinado observa- 
dor, en la novela nacional. Gamboa tiene ya obra 
considerable. González Peña, aún no; y es que el 
uno ha traspasado el límite de los cincuenta años 
y el otro no está muy lejos de los treinta. (¡Cuan 



248 LUIS O. URBINA 

fugaces, oh postumo, repetimos a cada rato los 
que peinamos canas...!) 

En la anterior generación, don José T. Cuéllar, 
con el seudónimo de Facundo^ había hecho, es- 
casos de belleza, pero abundantes de verdad, ri- 
sueños cuentecillos, en los que pintaba, con afán 
moralizador, el plano de lo cursi; era Cuéllar una 
persona inteligente, que salía de la clase que 
flagelaba en sus obras, y que, por lo tanto, ense- 
ñaba en su literatura los propios defectos, de los 
cuales, con tan suelta gracia, hacia la caricatura. 
Era un espontáneo narrador, más preocupado de 
la intención que del arte de sus fábulas. 

El arte lo trajeron los posteriores, los que per- 
tenecen a la zona ya impregnada de literatura 
francesa, desde Manuel Gutiérrez Nájera, que fué 
el que con mayor audacia destapó el pomo de 
exóticos perfumes, pasando por Micros y Gam- 
boa, que destilaron su gusto en alambiques de 
Daudet y de Zola, hasta los que ahora, como 
González Peña y Rubén M. Campos, y los cuen- 
tistas de esta generación, como Fabela, como Sil- 
va, como Castro, estudian el sencillo vigor de 
Maupassant y la simplicidad seductora, por per- 
fecta y humana, de ese ironista escultural que in- 
mortalizó su falso nombre: Anatole France. 

En la novela pasamos por el realismo y el na- 
turalismo de Francia, al tiempo en que los demás 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 249 

pueblos sentían, como nosotros, el contagio. Pero 
es necesario decir que también el realismo espa- 
ñol, que es de antiquísima cepa y que produjo 
ese espeso y reconfortante vino que se paladea en 
los dos Arciprestes, en La Celestina y en las No- 
velas picarescas, alimentaba, alimenta todavía, 
muchas de nuestras vernáculas narraciones. Ra- 
fael Delgado, por ejemplo, López Portillo y Rojas, 
Manuel Sánchez Mármol, Rodríguez Beltrán, a 
quienes acabo de citar, vienen del tronco hispá- 
nico, de Alarcón, de Valera, de Pereda, de Pérez 
Galdós, grandes representantes de un pasado flo- 
reciente de las letras ibéricas. 

Pero todos los nuestros traen elementos pro- 
pios de ambiente y de psicología, que ellos mol- 
dean y expresan, siguiendo cada cual sus inclina- 
ciones, con procedimientos y formas imitadas de 
esta o aquella literatura. 

Naturalismo y realismo imperan en la novela 
mexicana a principios del siglo. En la lírica, esta 
influencia de Francia — lo tengo que repetir — es 
más decisiva, más completa. 

No es vanidad pueril — he dicho en alguna par- 
te — sino verdad demostrable, que de aquí, de la 
lírica americana, han salido los moldes en que 
ahora vierte la poesía española su noble espíritu 
soñador. El tinte suave, los tonos velados, la su- 
tileza y flexibilidad del léxico, el atrevimiento en 



250 LUIS Q. URBINA 

la resurrección de ciertos ritmos, la elegancia pro- 
sódica, la renovación — fundiremos todo eso en 
esta palabra — , la renovación fué nuestra y se 
realizó por efecto del contacto con los maestros 
franceses, a quienes estuvimos, llegado el instante 
preciso, más dispuestos a seguir que a los espa- 
ñoles, precisamente porque la juventud de nues- 
tro espíritu no se resignó a encastillarse en arcai- 
cas fórmulas, ni a rumiar paciente y orgullosa- 
mente laureles envejecidos. Nuestra inquietud era 
revolucionaria, y tras disparatados tanteos, en- 
contró el modo de relabrar la copa que luego ce- 
dió al generoso vino de los lagares antiguos en 
señal de confraternidad artística. 

La impresión que, por su forma y su alma, 
nos deja la lectura de un poema lírico america- 
no, es inconfundible. Hay en esa poesía virgini- 
dad sentimental y novedad de expresión. Encie- 
rra el hechizo de no se qué emoción delicada y 
pura que se revela en un fino y exquisito mode- 
lado del lenguaje, que no poseyeron, por lo ge- 
neral, los poetas de España, enamorados hasta 
ayer de la resonancia y del énfasis. Mas para 
llegar a esa adquisición, a esa plástica personal, 
¡qué gran río, qué río Amazonas de disparates, 
de absurdos, de locuras, de aberraciones, cruzó 
los campos literarios de nuestra América! El mo- 
dernismo fué a manera de fiebre eruptiva que 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 251 

hizo delirar a las musas en las cosas más extra- 
vagantes. En poco tiempo la enfermedad infan- 
til pasó, no sin depurar y vigorizar la literatura. 
En México la tendencia a la exageración se re- 
veló entonces en decadentismos y simbolismos, 
como dos siglos antes se había revelado en alam- 
bicamientos gongóricos. 

En pie, resistiendo aquellas marejadas imita- 
tivas, firmes y sólidas, quedaban algunas figuras 
literarias, dos sobre todo, quizá por altas, mejor 
iluminadas por la inspiración. Eran dos poetas 
representativos, inolvidables; dos casos aislados 
de inmunidad: Manuel José Othón; Salvador 
Díaz Mirón. 

Este período, que no ha concluido todavía, 
está tan cerca, tan al alcance de la mano, que yo 
no me considero capaz de verlo ni de juzgarlo 
como un crítico. No puedo, qué digo analizarlo, 
ni contemplarlo siquiera tranquilamente. No asis- 
tí a este movimiento como un espectador, sino 
que tomé parte mínima en él y no me es posible 
otra cosa que enfocar aquí y allá mis recuerdos, 
y con ellos, y con mis propias impresiones, 
hacer un relato de conjunto y trazar, a cuatro 
rasgos de pluma, un poco de lo que vi y de lo 
que sentí entre las gentes de mis tiempos. 

Suplico a ustedes que me permitan descender 
de la montaña doctrinaria que tantos peligros 



252 LUIS O. URBINA 

ofrece para hacer juicios de cosas presentes y 
vividas; pero les ruego asimismo, que no por 
eso, echen en saco roto mis palabras. Ellas, qui- 
zá, les proporcionen materiales para su criterio, 
ya que un testimonio personal, como el mío 
ahora, es acaso también una de esas críticas, 
que sin saberlo uno y sin quererlo, se elaboran 
secretamente en el cerebro, y son provechosas 
cabalmente por venir de una directa realidad. El 
gastado apotegma de que el yo es odioso, debe 
aplicarse a lo insincero. ¥Xyo sincero es, en oca- 
siones, interesante. 

Desde este momento, cuanto diga está, mucho 
más que cuanto dije, sujeto a la revisión de la 
crítica futura. No es sino un documento de testi- 
go; la impresión de un soldado que regresa de 
los campos de batalla después de haber entrado 
en la contienda. 



Manuel Othón, que había seguido la carrera 
de abogado en San Luis Potosí, era juez de al- 
dea, letrad.o lugareño. Distrayendo su juventud 
montaraz por bosques y rancherías, por valles y 
cumbres, llenó su espíritu de naturaleza. Supo 
verla, entenderla, traducirla, fraternizar con ella, 
amarla, Por largas temporadas prefería te amis- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 253 

tad del campo, de las llanuras arboladas o de- 
siertas, al trato de los hombres. No era un misán- 
tropo, pero sí un solitario. Gustaba a menudo de 
pasarse horas enteras tumbado a la sombra de un 
ramaje y con los ojos fijos en el libro que soste- 
nían las manos. Repartía su vida entre la con- 
templación del mundo exterior y el estudio de los 
clásicos latinos y españoles. En su soledad, en 
su reconcentramiento, esculpía paciente y sabia- 
mente versos fuertes como las rocas que miraba, 
cristalinos como los ríos a cuya orilla descansa- 
ba, jugosos como las plantas que verdeaban a su 
alrededor, en la campiña. Aprisionar la naturale- 
za en un ritmo poderoso y vasto, ese era su anhe- 
lo. De cuando en cuando, inexperto, vibrante, 
como caído de las nubes, visitaba las ciudades. 
Después se volvía a su silencio y a su soledad. 
Una o dos veces al año pasaba unos días con 
sus amigos de la Metrópoli. Era con ellos efusi- 
vamente ingenuo, como si toda la ternura acu- 
mulada en su aislamiento, se derramase de un 
golpe sobre nosotros. Alto, delgado, recio dé car- 
nes, flexible y brusco de movimientos, como 
acostumbrado a trepar montañas y a correr por 
las llanadas a semejanza de los pastores; cabeza 
pequeña, de pelo cortado al rape; cara de perfil 
numismático, de líneas precisas; ojos vivacísimos 
en perpetuo acecho, cual insaciados de contem- 



254 LUIS Q. URBINA 

plación; bigote ralo y corto que dejaba al descu- 
bierto unos labios de dibujo primoroso, infantil- 
mente risueños, abiertos sobre los dientes de 
blancura luminosa. Cuanto había sido descuida- 
do en el vestir durante sus horas campesinas, 
era provincianamente elegante en sus vacaciones 
urbanas. Llegaba locuaz, ávido de humanidad y 
deseo, exaltado de ensoñación, y con unos plie- 
gos de versos nuevos en la maleta. Reía y char- 
laba entre nosotros, nos leía sus poemas, y lue- 
go regresaba a su Tebaida montañesa. 

Regresaba, eso sí, cargado de libros, recién 
publicados, de ediciones nuevas, con preferencia 
españolas, y con mayor preferencia si éstas eran 
de gusto clásico y de autor académico. Porque 
este gran poeta bucólico de verdad, no marginal 
ni de gabinete; este soñador que se separaba de 
la naturaleza como un enamorado, prometiéndo- 
la volver pronto y cumpliendo con ñdelidad la 
promesa, era también un adorador de la versiñ- 
cación de limpidez castellana, de la prosa nítida 
de los viejos escritores, especialmente de los del 
siglo XVI; de las odas del uncioso fray Luis, de 
la Guía de Pecadores del elocuente Granada. 
Académico, arcaizante, católico, apegado a las 
reglas y al dogma, se diría que su alma se an- 
quilosaba y que su arte adquiría rigidez forzada 
dentro de la severidad de los preceptos. Y no 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 255 

sucedía así. Fáciles y puras fueron su devoción 
religiosa y su devoción artística y por eso se 
amoldaba con docilidad a las exigencias de la 
disciplina. Su ideal de artista y de creyente era 
rectilíneo. Meses antes de morir lo afirmaba en 
una elegía. 



De mis obscuras soledades vengo 
y tornaré a mis tristes soledades 
a brega altiva tras camino luengo; 

que me allego tan sólo a las ciudades 

con vacilante planta y errabunda, 

del tiempo antiguo a refrescar saudades 

yo soy la voz que canta en la profunda 
soledad de los montes ignorada, 
que el sol calcina y el turbión inunda. 

Ignoro de mi rústica morada 

qué tiene, que viniendo de mi mismo, 

vengo de la región más apartada; 

y endulzo el amargor de mi ostracismo 

en miel de los helénicos panales 

y en la sangrienta flor del cristianismo. 



256 LUIS o. URBINA 

Estas pocas líneas son una revelación. Nos 
presentan al poeta en sus inclinaciones, nos dan 
idea de sus lecturas, y nos dejan percibir un do- 
loso pero sereno estado de conciencia. Mas el 
poeta no está allí en plenitud. Está en las des- 
cripciones magnificas de los panoramas rústicos, 
en la visión del bosque, de la montaña y del 
desierto; está en la reproducción de la naturale- 
za. Porque al reproducirla, pone su alma en ella, 
un alma de niño atormentado y creyente, una 
alma pávida y contemplativa a la vez, soñadora 
y escudriñadora de la belleza, alucinada del mi- 
lagro, extática del misterio, poseída de la fasci- 
nación de lo divino. 

Transparente y pulida es la forma de la poesía, 
y por ella cruzan el pensamiento y el sentimien- 
to como por un prisma de cristal pasa la luz del 
sol. Mas la seducción, con ser tan grande, no 
está en la forma, sino en el espíritu platónico, 
sutil, que siente la vida y la interpreta en cons- 
tante exaltación. Alientos virgilianos hay en esos 
poemas; pero por todas partes se siente que un 
soplo dantesco, que una expresión trágica anima, 
a relámpagos, la placidez de la naturaleza. Y he 
aquí cómo este poeta, obligado por un maravi- 
lloso temperamento de visionario, da una origi- 
nal, una extraña y nueva expresión, que está 
muy lejos de la fría y marmórea de los idilios 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 257 

clásicos. El himno de los bosques^ Pastoral^ Poema 
de viduy Las montañas épicas^ son cuadros dise- 
ñados con exactitud enérgica. La noche rústica de 
Walpurgis está llena de drama sombrío, en el 
cual, estrellas, selvas, abismos, cimas, tienen una 
personificación y una voz. Alas yo he querido 
presentar a ustedes, no la más hermosa concep- 
ción del poeta, sino la más doliente confesión del 
hombre. Es su último poema. Es la confidencia 
del último amor y del último desencanto de su 
corazón de solitario, herido de pronto por una 
tardía y violenta pasión, en cuya impureza brilla 
un resplandor de bondad, como, en la noche, la 
luz de un lucero sobre agua fangosa. 



EN EL DESIERTO 



IDILIO SALVAJE 



I 



¿Por qué a mi helada soledad viniste 
cubierta con el último cehje 
de un crepúsculo gris...? Mira el paisaje 
árido y triste, inmensamente triste. 

17 



258 LUIS o. URBINA 

S vienes dd dolor y en ¿1 nutriste 
tn corazón, bien vengas al salvaje 
desierto, donde apenas un miraje 
de lo que fué mi Juventud existe. 

Mas si acaso no vienes de tan lejos 

y en tu alma aún del placer quedan los dejos, 

puedes tornar a tu revuelto mundo. 

Si nOy ven a lavar tu cyprio manto 
en el mar amarguísimo y profundo 
de un triste amor, o de un inmenso llanto. 



n 



Mira el paisaje: inmensidad abajo, 
inmensidad, inmensidad arriba; 
en el hondo perfil, la sierra altiva 
al pie minada por horrendo tajo. 

Bloques gigantes que arrancó de cuajo 

el terremoto, de la roca viva; 

y en aquella sabana pensativa 

y adusta, ni una senda, ni un atajo. 

Asoladora atmósfera candente, 
do se Incrustan las águilas serenas 
como clavos que se hunden lentamente. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 259 

Silencio, lobreguez, pavor tremendos 
que viene sólo a interrumpir apenas 
el galope triunfal de los berrendos. 



III 

En la estepa maldita, bajo el peso 
de sibilante grisa que asesina, 
yergues tu talla escultural y fina, 
como un relieve en el confín impreso. 

El viento, entre los médanos opreso, 
canta cual una música divina, 
y finge, bajo la húmeda neblina, 
un infinito y solitario beso. 

Vibran en el crepúsculo tus ojos, 
un dardo negro de pasión y enojos 
que en mi carne y mi espíritu se clava; 

y, destacada contra el sol muriente, 
como un airón, flotando inmensamente, 
tu bruna cabellera de india brava. 



IV 

La llanada amarguísima y salobre, 
enjuta cuenca de océano muerto. 



260 LUIS o. URBINA 

y en la grís lontananza, como puerto, 
el peñascal, desamparado y pobre. 

Unta la tarde en mi semblante yerto 
aterradora lobreguez, y sobre 
tu piel, tostada por el sol, el cobre 
y el sepia de las rocas del desierto. 

Y en el regazo donde sombra eterna, 
del peñascal l)ajo la enorme arruga, 
es para nuestro amor nido y caverna, 

las lianas de tu cuerpo retorcidas 
en el torso viril que te subyuga, 
con una gran palpitación de vidas. 



¡Qué enferma y dolorida lontananza! 
¡Qué inexorable y hosca la llanural 
Flota en todo el paisaje tal pavura, 
como si fuera un campo de matanza. 

Y la sombra que avanza... avanza, avanza, 
parece, con su trágica envoltura, 
el alma ingente, plena de amargura, 
de los que han de morir sin esperanza. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 261 

Y allí estamos nosotros, oprimidos 
por la angustia de todas las pasiones, 
bajo el peso de todos los olvidos. 

En un cielo de plomo, el sol ya muerto; 
y en nuestros desgarrados corazones, 
el desierto, el desierto... y el desierto. 



VI 



¡Es mi adiós!... Allá vas, bruna y austera, 
por las planicies que el bochorno escalda, 
al verberar tu ardiente cabellera, 
como una maldición, sobre tu espalda. 

En mis desolaciones, ¿qué me espera?... 
(ya apenas veo tu arrastrante falda) 
una deshojazón de primavera 
y una eterna nostalgia de esmeralda. 

El terremoto humano ha destruido 
mi corazón, y todo en él expira. 
|Mal hayan el recuerdo y el olvidol 

Aún te columbro, y ya olvidé tu frente; 
sólo ¡ayl tu espalda miro, cual se mira 
lo que huye y se aleja eternamente, 



262 LUIS O. URBINA 



ENVÍO 



En tus aras quemé mi último incienso 
y deshojé mis postrimeras rosas. 
Do se alzaban los templos de mis diosas, 
ya sólo queda el arenal inmenso. 

Quise entrar en tu alma, y ¡qué descenso, 
qué andar por entre ruinas y entre fosas! 
¡A fuerza de pensar en tales cosas 
me duele el pensamiento cuando pienso! 

iPasó!... ¿Qué resta ya de tanto y tanto 
deliquio? En ti ni la moral dolencia, 
ni el dejo impuro, ni el sabor del llanto. 

Y en mí, ¡qué hondo y tremendo cataclismo! 
iQué sombra y qué pavor en la conciencia, 
y qué horrible disgusto de mí mismo! 



En este género bucólico, del cual es el más ge- 
nial representante Manuel José Othón, se han 
distinguido mucho dos obispos mexicanos y aca- 
démicos correspondientes de la Española: el se- 
ñor don Ignacio Montes de Oca y el señor don 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 263 

Joaquín Arcadio Eaggz^. Un joven poeta ha se- 
guido también, con éxito notable, las huellas de 
Othón: don Juan B. Delgado . 

A este grupo de cultivadores del clasicismo 
pertenece el poeta don Joaquín D. Casasús, tra- 
ductor magno de Horacio y de Catulo, 

• • • 

Mientras Othón, en los campos del norte de la 
República, dejaba vagar su inspiración como una 
aldeana libre, otro poeta, en la orilla del mar de 
Veracruz o un poco más adentro, en los apreta- 
dos jardines de Jalapa, cincelaba, con asombrosa 
paciencia, las estrofas más perfectas que puede 
presentar hasta hoy la poesía mexicana. El nom- 
bre ha recorrido todo el continente. Ha sonado 
en España, y alguna ocasión lo han recogido con 
beneplácito idiomas extranjeros; seguro estoy de 
que al decirlo aquí tendrá un eco en la memo- 
ria de los que me escuchan: Salvador Díaz Mirón . 

Vive aún, expatriado, enfermo, triste, este 
hombre cuya juventud arrogante tiene parecido 
y afinidad con la de los héroes antiguos, en el 
vuelo del ímpetu tanto como en la nobleza de la 
actitud. Un ser excepcional, de leyenda caballe- 
resca, dotado de" un temperamento ágil siempre 
para la acción, como su inteligencia para la per- 



264 LUIS Q. URBINA 

cepción. Es de los admirables y los temibles. Pa- 
rece un artista del Renacimiento. Sufriría el paran- 
gón con los quinientistas italianos, por la variedad 
de los conocimientos, como Leonardo; por el im- 
pulsivismo del valor, como Benvenuto. En la tri- 
buna parlamentaria y en la arenga política dio a 
conocer su elocuencia tormentosa y centelleante; 
cuando alzaba en la tribuna la trémula diestra, 
semejaba que sacudiese un haz de rayos como 
el dios olímpico. Todo en él era nervioso y apa- 
sionado: el cuerpo frágil y apuesto, la cabeza al- 
tiva de rostro moreno, ojos obscuros y enérgi- 
cos, lacii y fuerte la melena, tersa y audaz la 
frente. Así lo vi en mi mocedad, en una época 
de gestas triunfantes. Entonces, cantaba con un 
ardor delirante, no imitado, abrevado en el Ígneo 
torrente del profeta de Los Castigos\ entonces, 
volaban a los cuatros vientos los cuartetos A 
Gloria^ la Oda a Víctor Hugo^ la silva Sursum^ 
las décimas A unos ojos. Ese Díaz Mirón rotun- 
do, brioso, audaz, de metáforas imprevistas y 
deslumbrantes, de pasión desbordada y de dic- 
ción expresiva y musical, es conocido de todos y 
parafraseado de muchos. De él tomó los prime- 
ros bríos el que es ahora un insigne representa- 
tativo: José Santos Chocano. De él, acaba de con- 
fesar en mi país Villaespesa que recibió las pri- 
meras influencias. Mas antes de ser tan afirma- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 265 

tivo y voluntarioso, Díaz Mirón fué un adorable 
garzón romántico de ternura muy viril, pero muy 
penetrante. Sus amores de provincia le hicieron 
escribir versos como éste: 

A ti, la de radiante y angélica hermosura, 
la rubia de ojos negros que lleva el traje azul, 
la del lunar lascivo junto a la boca pura, 
mujer hecha de aroma, de música y de luz. 



Y éstos en recuerdo de una cita frustrada: 

Toda la tarde lloviendo estuvo; 
toda la tarde para mí mal, 
por las regiones del aire, anduvo 
barriendo nieblas el vendaval. 



O éstos, principio de una deliciosa composi- 
ción, en recuerdo de un encuentro logrado: 

Una flor por el suelo; 
un cielo de hojas empapado en lloro, 
y arriba de ese cielo el otro cielo 
lleno de luz y de cambiantes de oro, 



266 LUIS o. URBINA 

O estos otros, que arranco de un canto de au- 
sencia: 

Me hallo solo y estoy tiiste; 
tu viaje, que no maldigo 
porque tú lo decidiste, 
me hundió en la sombra; partiste 
y la luz se fué contigo. 

Somos en este momento 
en que el amor nos consume 
Hos flores de sentimiento 
separadas por el viento 
y unidas por el perfume. 



De estos cantos de pubertad, de estas ternezas 
áureas, a la firmeza y luz de cristal de roca, al 
hierro sonoro, que forjó atezado vulcano, de la 
juventud batalladora, hay evidentemente una 
ascensión. El poeta encontraba su modo, su per- 
sonalidad, pero no estaba contento. 

Cada vez se exigía más a si mismo; perseguía 
una pureza y una nitidez de expresión más ab- 
solutas. Y concebía una técnica en la cual no cada 
sílaba, sino cada letra, tuviera una colocación 
armónica para que, combinadas en la unidad 
acentual de cada verso, realizasen un ideal rítmi- 
co, una música sin opacidades ni disonancias, 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 267 

sin hiatos ni cacofonías. Y como este ideal pro- 
sódico, es el verbal que impide aconsonantar dos 
adjetivos, y el sintáctico que huye cuanto puede 
de los artículos para acercarse a la frase latina, 
y dar pulimento lapidario y concesión epigrama- 
tana al idioma. 

De este afán de perfección, que no permite 
una delgada veta, ni aún imperceptible siquiera, 
en el pulido mármol de la expresión, nació el 
libro de vesos que lleva por título Lascas. El tí- 
tulo lo dice todo: se trata de una obra de escul- 
tor, penosa, ardorosa, altísima. Díaz Mirón, infor- 
mado en todas las literaturas, recitador brillante 
de los poetas ingleses, franceses, italianos, desde 
Byron hasta D'Annunzio, pretende y logia purifi- 
car la lengua castellana y darla flexibilidades, 
sonoridades y delicadezas no poseídas hasta 
ahora. Tembloroso todavía por la mordedura del 
estro, ha perdido, tal vez, en espontaneidad lo 
que alcanzó en plasticidad e instrumentación. 
Tiene, a través de los siglos, afinidades con don 
Luis de Góngora. Es como un Góngora moder- 
nizado. Ahora se acerca el tipo parnasiano; ahora 
la belleza de su musa es más augusta; ahora está 
alejado de la multitud; ahora, en fin, lo sentimos 
menos, pero él, en cambio, se siente más cerca 
de su sueño de perfección. Complicado es su pro- 
cedimiento, y en ocasiones, hasta amanerado, 



268 LUIS o. URBINA 

La emoción no se nos presenta desnuda, sino 
envuelta en túnica estatuaria. Asi, por ejemplo, 
cuando el poeta narra su salida de una prisión 
para ver el cadáver de su padre, que era también 
un poeta, escuchamos acentos de angustia, por 
bajo el velo inmaculado de los versos: 

Llego entre dos esbirros que no dudan 

de que a un monstruo feroz guardan y aquietan. 

Gritos desgarradores me saludan 

y brazos epilépticos me aprietan. 

Suspenso en el umbral callo y vacilo. 
Alto y grueso blandón muestra y agrava 
con lampo incierto el espantable asilo. 
La llama treme al soplo» sesga y nava... 

¡Pugna por arrancarse del pabilo 
y huir de penas que ilumina esclava! 

Sobre mezquino y enlutado lecho, 
y en negro traje que semeja extraño, 
y las manos unidas en el pecho, 
y al vientre hielo y en la faz un paño, 
el cuerpo yace inmóvil y derecho. 

Y ante la forma en que mi padre ha sido, 
lloro, por más que la razón me advierta 
que un cadáver no es trono demolido, 
ni roto altar, sino prisión desierta, 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 269 

Ni podemos menos de conmovernos cuando, 
en la sombra de su calabozo, el poeta prisionero 
ve la celestial aparición: 



EL FANTASMA 

Blancas y finas, y en el manto apenas 

visibles, y con aire de azucenas, 

las manos— que no rompen mis cadenas. 

Azules y con oro enarenados, 

como las noches limpias de nublados, 

los ojos — que contemplan mis pecados. 

Como albo pecho de paloma el cuello; 
y como crin de sol barba y cabello; 
y como plata el pie descalzo y bello. 

Dulce y triste la faz; la veste zarca... 
Así, del mal sobre la inmensa charca, 
Jesús vino a mi unción, como a la barca. 

Y abrillantó a mi espíritu la cumbre 
con fugaz cuanto rica certidumbre, 
como con tintas de refleja lumbre. 

Y suele retornar: y me reintegra 

la fe que salva y la ilusión que alegra;— 
y un relámpago enciende mi alma negra. 



270 LUIS a URBINA 

Diaz Mirón no solamente ha modificado su 
técnica, sino su estética. Y en Luscas y otras 
poesías posteriores anuncia una trasmutación de 
su idealismo impetuoso por un naturalismo im- 
personal y atrevido. Productos de este cambio 
son, con otros, los poemas: Idiüo^ Ciaudia, Dea. 

En una composición: Ecc^ Homo habla del es- 
fuerzo artístico de su lira; dice: 

Sé que la humana fibra 
a la emoción se libra; 
pero que menos vibra 
al £oce que al dolor. 

Y en arte no me ofusco 
y para el himno busco 
la estética del brusco 
estimulo mayor. 

Mas no en aleve audacia 
demando a la falacia 
la intensa y cruda grada 
como un juglar sutil. 

A la verdad ajusto 
el calculado gusto 
bajo el pincel adusto 
y el trágico buril. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 271 

Fatiga y pena ignotas 
soltaron acres gotas 
que son espumas rotas 
al pie del bogador. 

¡Sondad en mi lirismo 
como en el ponto mismo, 
un vasto y fíero abismo 
de llanto y de sudorl 

• • • 

Los versos de Díaz Mirón están en verdad en- 
tonados en diapasón agudo. Se cantan. Piden el 
acompañamiento de la lira septicorde. ¡Cuan dis- 
tintos a los de Amado Ñervo, caprichosos, ondu- 
lantes, íntimos, que nos acarician el oído como 
un violín que llorase a la sordina una melodía de 
Schubert, y que nos salen de la boca como si las 
palabras fuesen flores y con sus pétalos nos ro- 
zasen los labios! 

Este poeta, otro gran poeta nuestro, sí es de 
inconfundible filiación francesa. Criado y educa- 
do a la sombra de las iglesias, estudiante semi- 
narista, lector obligado de textos latinos, oyente 
constante de antífonas y secuencias, desplegó las 
alas de sus púberos ensueños en un aire cargado 
de beatitud e incienso. Había pisado ya las gra- 



272 LUIS o. URBINA 

das del altar, subía a diaconizarse, cuando la 
mano de su suerte lo detuvo, lo hizo descender, 
salir de su templo y de su colegio, lo empujó ha- 
cia la vida, hacia el mundo, hacia la libertad, y le 
dijo: en marcha. 

El muchacho, atolondrado y tímido, dio los 
primeros pasos; mas con la fe, con una fe en Dios 
que no le ha abandonado, se le robusteció desde 
temprano el carácter, halló pronto el camino y se 
dispuso a recorrerlo resignada y firmemente. Las 
vicisitudes del chicuelo, que salió a ganarse el 
pan, no fueron pocas; pero él sorteaba escollos, 
vencía obstáculos, dominaba situaciones, y cre- 
ciendo, creciendo, de tumbo en tumbo, desde su 
provincia de Tepíc, se partió hasta las riberas del 
mar Pacífico, hasta Mazatlán; allí escribió en pe- 
riódicos, publicó versos, adquirió exigua reputa- 
ción, y con todo ello, entróse un día en la Metró- 
poli, como el famoso Patourot, en busca de una 
posición social, o mejor, como el Poquita Cosa de 
Daudet, para reconstituir la familia. Poco a poco 
se impuso, visitó las redacciones de los periódi- 
cos, fué presentado a las personas de viso, a los 
literatos de moda. Y pronto, en camaraderia con 
los poetas, empezó, no diré su gloria, pero su re- 
putación sí. 

Era sumamente simpático, con su aire de se- 
minarista, su largo levitón, su cuerpo flaco, un 



LA VIDA LITERARIA DH .MÉXICO 273 

tanto encorvado; su cabeza de abundante y lisa 
cabellera, su rostro afilado y pálido, en el que 
principiaba a crecer una barba prematura, que, 
ayudada de los ojos profundísimos y muy abier- 
tos y fijos de continuo en algo invisible, le daba 
una fisonomía de anacoreta en cierne. Y luego, 
sus silencios de recogimiento, sus actitudes dis- 
traídas, y de pronto, como contraste, el manan- 
tián inagotable de su verbo, el aluvión de su dis- 
curso, que en determinados momentos confinaba 
con la elocuencia; la cálida recitación de sus ver- 
sos, hecha con un especial dejo provinciano; su 
mutismo de secreto, al que seguía su charla de 
confidencia; su espíritu aniñado, encogido a ra- 
tos, a ratos expansivo, le dieron una personali- 
dad interesantísima en los círculos artísticos, en 
este taller de pintor, en aquella mesa de redac- 
ción, en esotro tablado de teatro. Porque Amado 
Ñervo, en aquellos tiempos (1894-98) era infati- 
gable para trabajar y para vivir, lo hacía todo 
(versos, artículos, traduccionesi crónicas, nove- 
las), y estaba en todas partes: en una reunión de 
amigos, en el estreno de una pieza dramitica, en 
una comida de artistas, en una velada literaria» 
Y aún le quedaba tiempo para estudiar, para 
aprender, en libros franceses sobre todo, esa duc- 
tilidad, esa suavidad, esa naturalidad tan llana, 
tan simple, tan prodigiosa de su estilo. Una no- 



274 LUIS o. URBINA 

vela, El Bachiller^ lo hizo célebre, no tanto por la 
hermosura de la forma cuanto por lo escabroso 
del asunto. Un libro de poesías, Místicas^ lo defi- 
nió y lo consagró. 

En ambos libros se notaba su nostalgia del 
ambiente eclesiástico, su añoranza de existencia 
religiosa; sueña en misales, en casullas, en paños 
litúrgicos, en imágenes sagradas, en confesiona- 
rios, en oraciones y cilicios. Increpa a Kempis 
que lo entristeció; comenta versículos bíblicos. 
Ilumina su memoria con los reflejos de oro de 
los altares. 

Pero lentamente, la vida, que lo sube, lo trans- 
forma, sin quitarle su misticismo, su disposición 
al vuelo extático, su deslumbramiento de claridad 
divina, el incesante viaje de su alma al más allá. 
Como vino a la capital de México y la conquistó, 
así, con mucha fe y mucha ansia de ver y de 
sentir, llegó a París y fué a Italia, y recorrió Eu- 
ropa, recibiendo siempre sensaciones y retenién- 
dolas en notas y en poemas cada vez más refina- 
dos, más sutiles, más atrevidamente modernos, 
saltando por encima de las reglas prosódicas y 
poéticas, en una envidiable libertad espontánea- 
mente bella, que se emparejaba, en soltura, con 
la de Rubén Darío, su íntimo amigo de ensueño 
y aventura. 

Rn esos años de bohemia, de agitacióa y lu- 



LA VIDA IJTERARIA UE MÉXICO 275 

chas, Amado Ñervo completó su vocación artís- 
tica y se hizo él. Afinidades tiene, casi todas 
francesas; parentescos, no. Su obra de entonces 
precisa ya una individualidad: Poemas^ ei Éxodo 
y Las flores del camino; entre esa obra va la her- 
mana Agua^ que lo presentó como artista su- 
premo. 

De aquel Ñervo barbudo y andariego que co- 
nocí hace veintitantos años, a este que acabo de 
dejar en Madrid, de cara afeitada, escaso cabe- 
llo, mirada melancólica y blanca y dulce sonrisa; 
de aquel poeta que parecía impaciente a este di- 
plomático que parece cansado, hay la distancia 
que va de la ilusión al desencanto, de la ale- 
gría al dolor, de la adolescencia que se despidió 
de nosotros a la vejez que nos anuncia su lle- 
gada. 

Pero, en su corazón, en su ánima, Amado 
Ñervo apenas ha sufrido metamorfosis. Un soñar 
perpetuo en lo superhumano; una inquietud 
ante lo misterioso; un filosofar sobre lo divino; 
una aspiración muy grande por la belleza, un 
sueño muy alto por la eternidad, una explica- 
ción consoladora del sufrimiento que purifica y 
del amor que eleva; una esperanza que aletea, 
un presentimiento que ilumina. El misticismo 
de Ñervo se ha pulverizado en vaguedad sideral, 
en contemplación teosófica. Su musa canta ««n 



276 LUIS o. URBINA 

VOZ baja» sus últimos libros líricos: se llaman: 
Serenidad^ Elevación. La forma que ahora tiene 
apariencias de descuidada, es viva y artística 
cumo nunca. La simplicidad de la idea y de la 
emoción que quiere ser pueril, es profunda ince- 
santemente. El otoño del poeta está lleno de 
rosas. El lo adivinó cuando dijo: 



¡ESTA BIEN! 

Porque contemplo aún albas radiosas 
en que lieinbla el lucero de Belén, 
y hay rosas, muchas rosas, mu. has rosas, 
gracias, ¡está bien! 

Porque en las tird^s, con sutil desmayo, 
piadosamente basa el sol mi sien 
y aún la tranfigura con su rayo, 
gracias, ¡está bien! 

Porque en las noches, una voz me nombra, 
(¡voz de quien yo me sé!) y hay un edén 
escondido en los pliegues de mi sombra, 
gracias, ¡está bien! 

Porque hasta el mal, en mí don es del cielo, 
pues que al minarme va, con rudo celo, 
desmoronando mi pasión también; 
porque se acerca ya mi primer vuelo, 
gracias, ¡está bien! 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 277 

Pero al lado de este Ñervo de Elevación^ hay 
otro galante, cortesano y ligeramente irónico. 
Ustedes, tengo la seguridad de que conocen 
muy bien a uno y a otro y sólo como un home- 
naje al cantor me permitiré recordar esta rara 
galantería: 



LOS CUATRO CORONELES DE LA REINA 

La reina tenía 
cuatro coroneles: 
un coronel blanco, 
y un coronel rojo, 
y ifn coronel negro, 
y un coronel verde. 

El coronel blanco, nunca fué a la guerra; 
montaba la guardia cuando los banquetes, 
cuando los bautizos y cuando las bodas; 
usaba uniforme de blancos satenes; 
cruzaban su pecho brandeburgos de oro, 
y bajo su frente, 

que la gran peluca nivea ennoblecía, 
sus límpidos ojos de un azul celeste 
brillaban, mostrando los nobles candores 
de un adolescente. 

El coronel rojo siempre fué a la guerra 
con sus mil jinetes 



278 LUIS o. URSINA 

O, llevando antorchas en las cacerías, 
con ellas pasaba cual vis.ón de fiebie. 
Un yelmo de oro con rojo penacho 
cubría sus sienes; 
una capa flotante de púrpura 
al cuello ceflía con vivos joyeles 
y su estoque ostentaba en el puño 
enorme carbúnculo ardiente. 

El coronel negro para las tristezas, 

los duelos y las 

capillas ardientes; 

para erguirse cerca de los catafalcos 

y a las hondas criptas descender solemne, 

presidiendo mud is filas de alabardas, 

tras los ataúdes de infantes y reyes. 

Mas cuando la reina dejaba el alcázar 
a furto de todos, recelosa y leve; 
cu$ndo por las tardes, en su libro de horas 
miniado por dedos de monje paciente, 
murmuraba rezos tras de los vitrales; 
cuando en el reposo de los escabeles 
bordaba rubíes sobre los damascos, 
mientras la tediosa cauda de los meses 
pasaba arrastrando sus mayos floridos, 
sus julios quemantes, sus grises diciembres; 
cuando en el sueño sumergía su alma, 
silencioso, esquivo, la guardaba siempre 
con la manx) puesta sobre el fino estoque, 
ei coronel verde.,. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 279 

El coronel verde llevaba en su pecho 

vivo coselete 

color de cantárida; fijaba en su reina 

ojos de batracio, destilando fiebre; 

trémula esmeralda lucía en su dedo, 

menos que sus crueles 

miradas de ópalo, henchidas de arcanos 

y sabiduría, como de serpiente... 

Y desde que el orto sus destellos lanza 
hasta que en ocaso toda 1 z se pierde, 
quizás como un símbolo, como una esperanza, 
jibi tras la reina su coronel verdel 



En el grupo de los característicamente france- 
ses como Ñervo, hay poetas extraordinarios en 
la literatura de México: José Juan Tablada , ex- 
quisito, exótico, muy culto, el primero que dio 
en mi país la nota baudeleriana; Balbino Páya - 
los , elegante y refinadísimo, muy versado en li- 
teraturas clásicas y modernas y admirable tra- 
ductor; Francisco Qlaguibel, muy inspirado y 
muy nuevo, y por cuya colección Oro y Negro 
obtuvo un gran elogio de vuestro Leopoldo Lu- 
gones; Manuel Larragaña Portugal , de inspiración 
lozana y fácil; Rubén M. Campos , citado aquí 
en distintas ocasiones, pero no analizado en su 



280 LUIS O. URBINA 

temperamento artistíco, uno de los más natural- 
mente fmos de México. 

Rápida ha sido esta excursión literaria, dividi- 
da en cinco jornadas, y, por rápida, incompleta. 
Pero faltaría yo a mi deber de expositor del mo- 
vimiento cultural de las letras mexicanas, si no 
mencionase yo dos personalidades verdadera- 
mente gloriosas y brillantes: Francisco A. de Ica- 
^; Enrique González Martin ez. 

Icaza tiene veinte años de vivir fuera de su 
país. De tarde en tarde lo visita, y pronto se 
vuelve a Europa a continuar sus labores diplo- 
máticas y sus minuciosas 3' concienzudas in- 
vestigaciones de crítica. Mas Icaza salió de su 
tierra hecho todo un poeta, aunque con menos 
atildamiento y exquisitez, con menos perfección 
plástica que los que hoy caracterizan su versifi- 
cación. El equilibrio estético, la expresión elegan- 
te y sobria, que son distintivo de los verdaderos 
artistas, dan una impresión de nobleza espiritual, 
de aristocracia del sentimiento, a la obra poética 
de Icaza. Pero en el fondo de este orfebre sutil 
y cuidadoso, de este filigranista de la rima, está 
vibrando, contenida dentro de la cobertura de que 
habla Santillana, una alma criolla, una alma de 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 281 

América, con su dulce languidez ancestral y su 
vieja melancolía de raza, suavemente matizadas 
de escepticismo. La maestría de la forma no es 
sino un velo, bajo el cual tiembla la virginidad 
del sentimiento. Es Icaza un poeta intensamente 
emotivo, que ha logrado dominar la rebeldía de 
la palabra, sin perder en esa tarea paciente el te- 
soro de su sensibilidad. La emoción tiembla a 
flor de verso. La estrofa es como una fuente, bajo 
cuyos cristales límpidos cabrillea el astro de la 
tristeza. El dolor, en la lírica de Icaza, no es el 
desmelenado y romántico que enseña sus heri- 
das en el impudor de una confidencia sincera; es 
el tímido sufrimiento que cierra los ojos, rubori- 
zado, cuando los siente llenos de lágrimas. Habla 
poco, por lo común, pero cuanto dice, aunque 
sea cosa de felicidad y alegría, está lleno de ter- 
nura delicada. ¿No conocen ustedes estas estan- 
cias? 



Este es el muro, y en la ventana 
que tiene un marco de enredadera, 
dejé mis veisos una mañana, 
una mañana de primavera. 

Dejé mis versos en que decía 

con frase ingenua cuitas de amores; 



282 LUIS a USBINA 

dejé mis versos que al otro dk 
su blanca mano pagó con flores. 

Este es el huerto, y en la arboleda, 
en d recodo de aquel sendero, 
ella me dijo con voz muy queda: 
«Tú no comprendes lo que te quiero». 

Junto a las tapias de aquel molino, 
t)ajo la sombra de aquellas vides, 
cuando el carruaje tomó el camino, 
gritó llorando: «¡Que no me olvides!» 

Todo es lo mismo: ventana y yedra, 
sitios umbrosos, fresco emparrado, 
gala de un muro de tosca piedra; 
y aunque es lo mismo, todo ha cambiado. 

No hay en la casa seres queridos; 
entre las ramas hay otras flores; 
hay nuevas hojas y nuevos nidos, 
y en nuestras almas, nuevos amores. 



Icaza es pintor deliciosamente intencionado. 
Maneja con vigor el claro-obscuro, y da a sus 
cuadros un misterioso ambiente. 

Recorro, al azar, una de las colecciones de sus 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 283 

versos, y me encuentro con esta preciosa es- 
tampa: 



EN LA NOCHE 

— Los árboles negros, 

la vereda blanca, 

un pedazo de luna rojiza 

con rastros de sangre manchando las aguas.- 

Los dos, cabizbajos, 

prosiguen la marcha * 

con el mismo paso, en la misma línea, 

y siempie en silencio y siempre a distancia. 

Pero en la revuelta 

de la encrucijada, 

frente a la taberna, algunos borrachos 

dan voces y cantan. 

Ella se le acerca, 

sin hablar palabra 

se aferra a su brazo, 

y en medio del grupo, que los mira, pasan. 

Después, como antes, 

cae el brazo flojo y la mano lacia, 



284 LUIS O. URBINA 

y aquellas dos sombras, un instante juntas, 
de nuevo se apartan. 

Y así entre la noche 

prosiguen su marcha 

con el mismo ritmo, en la misma línea, 

y siempre en silencio y siempre a distancia. 



Y este mexicano ilustre no sólo ejercita sus fa- 
cultades en el lirismo, sino que muchas veces las 
ha empleado en las duras y severas atenciones 
de la crítica literaria. Poseedor de un fuerte cau- 
dal de cultura, ha podido entrar por los obscuros 
laberintos de la erudición, lámpara en mano y sin 
perderse, antes hallando a cada paso joyas de 
verdad y belleza. Y como es un poeta, la docu- 
mentación erudita, bajo sus miradas, readquiere 
vida y movimiento. La fantasía y el juicio, de 
consuno, galvanizan los cadáveres de los manus- 
critos, enterrados, como en un panteón, en el pol- 
vo de los archivos. 

Icaza, como buen crítico, posee la virtud mila- 
grosa de la reanimación histórica. En esos traba- 
jos eruditos dominan dos elementos: el análisis, 
la pasión. El análisis es metódico, nimio, cauto; 
la pasión es evocadora y animadora y humana. 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 285 

Por encima se extiende un ideal de justicia, brilla 
un anhelo de verdad. 

España lo ha comprendido así, y considera a 
Icaza como uno de los más serios comentadores 
de la literatura castellana. 

♦ ♦♦ 

Enrique González Jíartiafiz, el último gran poe- 
ta de México, es, hoy por hoy, el más amado y 
admirado de la juventud de mi país. Tal vez sea 
poco conocido de ustedes, y siento que, por nece- 
sidad cronológica, sea el postrero. Podría ser el 
primero. Lo es a juicio de los críticos que han 
analizado su producción. Vasta y nobilísima es 
ella y marca una elevación espiritual y una per- 
fección artística cada vez más admirables. 

González Martínez, médico de provincia, auto- 
ridad de pueblo, se rozaba a diario con la exis- 
tencia trivial de aldeas y cortijos. Mas por un es- 
fuerzo psíquico, que sólo pueden hacer las vidas 
superiores, realizaba ese inexplicable desdobla- 
miento, gracias al cual el hombre queda en tie- 
rra ejercitando su actividad material en los me- 
nesteres cotidianos y el alma sube, como un ce- 
laje> a las alturas, de azul profundo, de la belleza 
y^ la contemplación. Y el poeta, así, en su aisla- 
miento meditativo, fué vertiendo gota a gota su 



286 LUIS o. URBINA 

ilusión en las vasijas de diamante labrado de sus 
versos. 

Cuando González Martínez llegó de la provin- 
cia a la capital de México, a conquistar «la rama 
del soñado laurel», todavía su orientación no es- 
taba definida, ni precisos los lineamientos de su 
inspiración. La belleza moderna de su musa co- 
menzó por vestirse el peplo antiguo y ceñir a las 
ágiles piernas las áureas correas de la sandalia. 
Su instintiva repugnancia por la vulgar despro- 
porción y el declamatorio romanticismo, lo man- 
tuvo por algún tiempo asomado a la muralla de 
alabastro de la comarca clásica. Pero el horizonte 
lo llamaba, lo atraía la luz. Y presto bajó la musa 
nubil, y recorrió los campos, y, en silencio, se 
perdió en los senderos ocultos, y sorprendió las 
voces simbólicas de la naturaleza. González Mar- 
tínez se hizo poeta actual sin que su expresión 
perdiese la transparencia clásica. El pensamiento 
se agudizó; el sentimiento adquirió vaguedad de 
esplendor que se aleja, de fragancia que se disi- 
pa; pero la forma, conservó una limpidez de vi- 
drio bohemio. 

Sentiría dejarme arrastrar ahora de mi admira- 
ción y mi devoción por este poeta. Alguna vez, 
muy pronto acaso, intentaré un estudio serio de 
artista tan influyente en los dominios de la líri- 
ca mexicana. Mas no he de abandonar esta breve 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 287 

silueta sin reproducir aquí una opinión autoriza- 
da que me parece que resume bien la personali- 
dad de González Martínez: «Ductilizó su propio 
verso— dice Francisco Icaza — en la perfecta inter- 
pretación castellana de los poetas extranjeros más 
contradictorios: Lamartine, Poe, Verlaine, Here- 
dia, Francis Jammes, Samain; y llegó a lograr esa 
técnica que distingue hoy su poesía, original del 
todo, sabia en el mecanismo de la expresión. — La 
poesía de González Martínez es panteísta. Hay un 
panteísmo que al divinizar al mundo le adora, 
adorándose en él. Hay otro que ál divinizar la 
naturaleza la ama devotamente hasta en lo más 
humilde: ese es el de González Martínez.» 



BUSCA EN TODAS LAS COSAS... 

Busca en todas las cosas un alma y un sentido 
oculto; no te ciñas a la apariencia vana; 
husmea, sigue el rastro de la verdad arcana 
escudriñante el ojo y aguzado el oído. 



No seas como el necio que al mirar la virgínea 
Imperfección del mármol ({W la arcillai apri^iona^ 



288 LUIS O. URBINA 

queda sordo a la entraña de la piedra que entona 
en lecónúito ritmo la canción de la línea. 



Ama toJo lo grácil de la vida, la calma 
de la flor que se mece, el color, el paisaje; 
ya Sabrás poco a poco descifrar su lenguaje... 
¡Oh, divino coloquio da las cosas y el almal 



Hay en todos los seres una blanda sonrisa, 
un dolor inefable o un misterio sombrío. 
¿S ibes tú si son lágrimas las gotas de rocí 7 
¿Sabes tú qué secretos va cantando la brisa? 



Atan hebras sutiles a las cosas distantes; 
al acento lejano corresponde otro acento... 
¿Sabís tú dónde lleva los su apiros el viento? 
¿Sabes tú si son almas las estrellas errantes? 



No desdeñes al píjaro de argenti la gi'-gaita 
que se queja en la tarde, que salmodia a la aurora; 
es un alma que canta y es un alma que llora... 
|Y sabrá por qué llora y sabrá por qué canta! 



Busca en todas las cosas el oculto sentido; 

lo sabrás cuando logres comprender su lenguaje; 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 289 

cuando escuches el alma colosal del paisaje 
y los ayes lanzados por el árbol herido.. . 

(Los Senderos Ocultos) 



COMO HERMANA Y HERMANO 

Como hermana y hermano 

vamos los dos cogidos de la mano... 



En la quietud de la pradera hay una 
blanca y radiosa claridad de luna. 
Y el paisaje nocturno es tan risueño 
que con ser realidad parece suefío. 
De pronto, en un recodo del camino, 
oímos un cantar... Parece el trino 
de un ave nunca oída, 
un canto de otro mundo y de otra vida... 
¿Oyes?— -me dices— y a mi rostro juntas 
tus pupilas preñadas de preguntas. 
La dulce calma de la noche es tanta 
que se escuchan latir los corazones. 
Yo te digo: no temas, hay canciones 
que no sabremos nunca quién las canta. 



10 



290 LUIS O. URBINA 

Conio hermana y hern^ano 
vamos los dos cogidos de la mano. 



Besado por el soplo de la brisa, 
el estanque cercano se divisas- 
Bañándose en las ondas hay un astro; 
un cisne alarga el cuello lentamente 
como blanca serpiente 
que saliera de un huevo de alabastro... 
Mientras miras el agua silenciosa, 
como un vuelo fugaz de mariposa 
sientes sobre la nuca el cosquilleo, 
la pasajera onda de un deseo, 
el espasmo sutil, el calosfrío 
de un beso ardiente cual si fuera mío... 
Alzas a mí tu rostro amedrentado 
y trémula murmuras: ¿me has besado? 
Tu breve mano oprime 
mi mano; y yo a tu oído: ¿sabes? Esos 
besos nunca sabrás quiéa los imprime.. 
Acaso, ni siquiera si son besos... 



Como hermana y hermano 
vamos los dos cogidos de la mano. 



En un desfalleciente desvarío, 
tu rostro apoyas en el pecho mío, 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 291 

y sientes resbalar sobre tu frente 

una lágrima ardiente... 

Me clavas tus pupilas soñadoras 

y tiernamente me preguntas: ¿lloras...? 

Secos están mis ojos... Hasta el fondo 

puedes mirar en ellos... Pero advierte 

que hay lág imas nocturnas — te respondo — 

que no sabemos nunca quién las vierte... 



Como hermana y hermano 
vamos los dos cogidos de la mano. 



(Los Senderos Ocultos) 



*** 



Una nueva generación se levanta en México, 
seria, nutrida de cultura, vigorosa de probidad ar- 
tística: la representan Luis Rosado Vega, Rafael 
López, Antonio Mediz Bolio, Rafael Cabrera, Ma- 
nuel de la Parra, José Elizondo, José de Jesús 
Núñez y Domínguez, Efrén Rebolledo, Antonio 
Caso, Julio Torri, Manuel Toussaint, Alberto Váz- 
quez del Mercado, Jesús Villalpando, José D. 
Frías, González Guerrero, Ruiz Cabanas, Fernán- 
dez Ledesma, Castillo Ledón, Eduardo Colín, 



292 LUIS Q. URBINA 

López Velarde, María Enriqueta, y el mejor pre- 
parado para la alta crítica por sus condiciones 
analíticas e imaginativas: Alfonso Reyes. No 
todos ellos han producido ya obra sólida y seria, 
pero algunos sí. Luis Rosado Vega, por ejem- 
plo, puede presentar dos o tres colecciones de 
versos, entre los cuales hay muy hermosas com- 
posiciones. Rafael López ha reunido en un vo- 
lumen que se titula Con los ojos abiertos^ poe- 
mas de forma primorosa; Núñez y Domínguez 
acaba de publicar un tomo. Holocaustos^ que con- 
tiene señaladas bellezas; Manuel de la Parra, poe- 
ta de sentimiento puro y diáfano, coleccionó en 
un libro — Visiones lejanas — sus mejores trabajos, 
y Alfonso Reyes, que es la flor de su generación, 
ha dado a la estampa dos espléndidos ejempla- 
res de su talento de ensayista: Cuestiones este'ticas 
y El suicida. 

El reloj me señala el limite, la atención de us- 
tedes también, y por eso renuncio a presentar 
ejemplos y a hacer comentarios de estos novísi- 
mos escritores. 

* * * 

Resumo: La literatura mexicana en el tronco 
hispano a que pertenece ha logrado, dentro de 
esa unidad, su variedad correspondiente. Asimi- 



LA VIDA LITERARIA DE MÉXICO 293 

lándose, de modo permanente, elementos extra- 
ños encontrados casi siempre en la lengua y el 
espíritu franceses, formó su personalidad, que 
si bien no es enteramente nacional, sí es conti- 
nental y que ha contribuido, con su renovación 
y su esfuerzo, a caracterizar la literatura novo- 
hispana, particularmente en el género de la poe- 
sía lírica. 



Baeaos Aíref, julio do 1917. 



índice 



1. — Origen y carácter de la literatura mexi- 
cana.— El ambiente de Nueva España 
durante los siglos xvi y xvii. — El pro- 
blema de la poesía precortesiana.— 
Netzahualcóyotl.— Los bailes primiti- 
vos y el arte dramático. — Don Juan 
Ruiz de Alarcón. — Sor Juana Inés de 
la Cruz 13 

IT.— -Nueva España en el siglo xviii.— Culte- 
ranos y conceptistas.— La aparición 
del neoclasicismo.-— El principio del 
siglo XIX.— Fray Manuel Navarrete.— 
Sartorio y Oclioa.— Las Gazetas.— La 
guerra de independencia y la literatu- 
ra.— El "Pensador mexicano* SI 



298 



ÍNDICE 



Páftn— . 

DI.— México independiente.— Las clases so- 
ciales y las escuelas literarias.— Clá- 
sicos y románticos.— Sánchez de Ta- 
gle y Francisco Ortega. — Rodríguez 
Galván y Fernando Calderón.- "El 
Nigromante* • — Guillermo Prieto.— 
Flores y Acufta 137 

IV. — Una velada memorable. — El maestro Al- 
tamirano y la poesía nacional. — Los 
primeros discípulos del maestro.— 
Juan de Dios Peza.— Justo Sierra.— 
Los últimos discípulos.— El Liceo Me 
xicano. — Manuel Gutiérrez Nájera.. . 187 

V.— El estancamiento político y el desarro 
lio literario. — La Dictadura y el Arte 
Sociedades y Revistas.— La Novela. 
El Teatro. — Los grandes líricos.— 
Othón. — Díaz Mirón. — Ñervo. — 
G3nzález Martínez. — Icaza. — Los re- 
cién llegados.— Conclusión 239 



ERRATAS NOTABLES 



P4glii» 


Linea. 
16 


Dice. 


Debe deeir. 


24 


y XVIII 


y en el XVllI 


79 


28 


rábulos 


rábulas 


104 


9 


anunciarlo 


enunciarlo 


138 


15 


lleno 


llena 


162 


15 


conocía 


conocí 


190 


15 


vendavales 


réndales 


190 


19 


Tíbulo 


Tibulo 


190 


20 


Cátulo 


Catulo 


191 


15 


producía 


producían 


192 


26 


Florilogios 


Florilegios 


194 


1 


Que es la 


Que es en la 


206 


26 


contaré 


contara 


218 


17 


Pitagírico 


Pitagórico 


218 


21 


Míceos 


Micros 


221 


19 


ambiente iba 


ambiente iban 


272 


7 


mas coo 


mas como con 



ACABÓSE 

DE IMPRIMIR ESTE LIBRO 

EN MADRID, EN LA IMPRENTA 

DE LOS HERMANOS SAEZ, EL DÍA XXVir 

DB OCTUBRE DE MCMXVII 



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